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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)
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Talla baja

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J.I. Labarta Aizpún

Jefe de Servicio de Pediatría. Unidad de Endocrinología. Profesor Titular de Pediatría. Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza

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Autor de correspondencia:

jilabarta@salud.aragon.es

Resumen

La talla baja es un motivo frecuente de consulta. Las causas son múltiples, pero, en la mayoría de las ocasiones, se trata de variaciones normales del crecimiento y, muy pocas veces, se identifica una etiología responsable. El concepto de hipocrecimiento patológico incluye valorar no solamente la talla, sino también la velocidad de crecimiento, la talla genética y la estimación de la talla adulta. La talla baja idiopática es un concepto amplio y de difícil definición y, en los últimos años, se han identificado anomalías en genes implicados en el desarrollo del cartílago de crecimiento. El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objetivo diferenciar una talla baja variante de la normalidad de una talla baja patológica, identificar la causa e instaurar un tratamiento lo antes posible. Una historia clínica y exploración completa, junto con una juiciosa valoración de la auxología, edad ósea y pruebas complementarias básicas, permiten orientar el diagnóstico sin necesidad de estudios avanzados. El tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) se debe realizar en las condiciones y dosis indicadas e iniciarlo lo antes posible durante la prepubertad. En esta revisión se realiza una actualización del tema, tanto a nivel del diagnóstico diferencial como de las posibilidades de tratamiento.

 

Abstract

Short stature is a very common cause of referral. There are many causes of growth failure, but the great majority of cases are due to normal variants and only in a minority of cases an underlying disease is found. Pathological growth failure includes the consideration not only of short stature, but also growth velocity, genetic height and estimation of adult height. Idiopathic short stature is a broad concept difficult to define and in the last years new genes related with the development of the growth cartilage have been implicated. The diagnostic process must be progressive and the objecive are to differentiate normal variant from pathological short stature, identify the underlying cause and initiate treatment as soon as possible. Medical history and a comprehensive physical examination with a judicious assessment of auxology, bone age and a minimun of general complementary analysis may lead to a clinical diagnosis without requiring further specialized studies. rhGH treatment must be done in the approved indications with the recommended doses and initiated as early as possible during prepuberty. This review presents the state of the art regarding differential diagnosis and therapeutic possibilities.

 

Palabras clave: Talla baja; Retraso de crecimiento; Hormona de crecimiento.

Key words: Short stature; Growth failure; Growh hormone.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 249 – 271

 


OBJETIVOS

• Conocer la clasificación y las diferentes causas de los trastornos del crecimiento.

• Saber realizar una historia clínica, exploración física y valoración auxológica completa que permita establecer un diagnóstico de sospecha.

• Saber identificar a los pacientes con talla baja variante de la normalidad (talla baja familiar y/o retraso constitucional del crecimiento y desarrollo).

• Saber identificar a los pacientes con talla baja patológica y conocer los diferentes niveles de pruebas complementarias que se pueden realizar para identificar su etiología subyacente.

• Conocer las opciones terapéuticas disponibles en el tratamiento de la talla baja.

• Conocer las indicaciones aprobadas de hormona de crecimiento en el tratamiento de la talla baja.

 

 

Talla baja

https://doi.org/10.63149/j.pedint.43

 

Introducción

La talla baja (TB) constituye uno de los principales motivos de consulta, y la valoración del crecimiento es un indicador muy sensible del estado de salud de un niño/a. El crecimiento humano es un proceso dinámico sometido a una regulación multifactorial y la variación de la talla en la población se explica por factores genéticos y, en menor medida, por factores ambientales. El eje GH-IGF-I es el sistema endocrino más importante en la regulación del crecimiento postnatal.

La valoración del crecimiento de un niño es un indicador muy sensible de su estado de salud y bienestar, y su valoración forma parte de los programas de control del niño sano. La talla baja (TB) constituye uno de los principales motivos de consulta y de ahí la importancia de realizar una correcta valoración que permita dirigir adecuadamente el proceso diagnóstico y diferenciar una TB patológica de una TB no patológica, expresión de una variante de la normalidad del crecimiento y ritmo madurativo del ser humano(1,2).

El crecimiento humano es un proceso dinámico, continuo, no lineal, y que está sometido a la regulación por múltiples factores, que se pueden clasificar en factores exógenos (nutrición, actividad física, afectividad, influencia psicosocial) y endógenos (genéticos, hormonales, metabólicos y de receptividad tisular a nivel del cartílago de crecimiento). Aproximadamente, el 80 % de la variación de la talla adulta que se encuentra en la población depende de factores genéticos y el 20 % restante se explicaría por factores ambientales que son responsables de la diferencia de talla entre poblaciones y de la aceleración secular del crecimiento. Esta dependencia genética se atribuye a la participación combinada de múltiples genes, haciendo que la talla adulta sea considerada un rasgo poligénico. El ritmo madurativo de una persona también está condicionado por factores genéticos. Los factores ambientales, como la nutrición, estrés, afectividad y condiciones socioeconómicas, son capaces de influir en el crecimiento y en el ritmo madurativo, de manera que unas condiciones desfavorables determinan una menor talla adulta y una pubertad más tardía(3).

El eje GH-IGF-I es el sistema endocrino más importante en la regulación del crecimiento(4,5). La hormona de crecimiento (GH) posee acciones directas estimuladoras del crecimiento y la mayoría de ellas están mediadas por la acción del IGF-I (factor de crecimiento semejante a la insulina número I) producido a nivel hepático. El IGF-I es el principal factor de crecimiento postnatal y ejerce acciones mitogénicas y anabólicas sobre la mayoría de las células. El IGF-I circula en la sangre unido a las proteínas transportadoras o IGF binding proteins (IGFBPs). La IGFBP más importante en suero es la IGFBP-3, que junto con la subunidad ácido lábil (SAL) y el IGF-I forma un complejo ternario que vehiculiza el IGF-I hasta los tejidos. A nivel periférico, las proteasas rompen los complejos de IGFBPs y permiten la liberación de IGF-I libre a los tejidos. Tanto el IGF-I como la IGFBP-3 y la subunidad ácido lábil son proteínas producidas a nivel hepático que dependen de la secreción y acción de la GH. En los últimos años se ha avanzado en el conocimiento de la biodisponibilidad periférica del IGF-I y se ha descrito el papel de las papalisinas, de manera específica la papalisina-2 (PAPP-A2, pregnancy-associated plasma protein 2), que actúa como una enzima proteolítica que rompe el complejo ternario de IGF-IGFBP-3-SAL, facilitando la liberación de IGF-I a los tejidos. Las estaniocalcinas son péptidos que regulan, a su vez, la acción de las papalisinas, por lo que también intervienen en la regulación de la acción periférica del IGF-I(6). La GH y el estado nutricional son los dos factores reguladores más importantes de la secreción hepática de IGF-I y de IGFBP-3. Otros sistemas hormonales que intervienen en la regulación de los niveles de IGF-I son la insulina, hormonas tiroideas, glucocorticoides y esteroides sexuales. La malnutrición, condiciones como anorexia y enfermedad celiaca, enfermedades crónicas inflamatorias, como enfermedad de Crohn o artritis crónica juvenil, disminuyen los niveles de IGF-I e IGFBP-3, a pesar de una secreción normal de GH, indicando la existencia de una resistencia secundaria a la GH(2). En el cartílago de crecimiento, además de la acción endocrina del IGF-I y de la GH, también intervienen otros factores de crecimiento y proteínas producidas por los propios condrocitos y que tienen acción autocrina y/o paracrina, como IGF-I, FGF (factor de crecimiento fibroblástico), TGFβ (factor de crecimiento transformador), CNP (C-natriuretic peptide o péptido natriurético tipo C), PTHrP (proteína relacionada con la PTH), citoquinas, proteínas de la matriz extracelular y proteínas morfogenéticas del hueso (BMP, bone morphogenetic proteins)(3,5).

Concepto de talla baja e hipocrecimiento

Mientras que TB es un concepto estático y estadístico, el hipocrecimiento se define en base a ritmo de crecimiento, talla genética y expectativa de talla adulta. La mayoría de las tallas bajas que acuden a la consulta son variantes normales del crecimiento y solamente en un ~15-20 % se encuentra una causa o patología subyacente.

La talla sigue una distribución normal y, por definición, un 2,3 % y un 0,6 % de individuos sanos tienen una talla que se sitúa 2 DE y 2,5 DE por debajo de la media para edad y sexo de una determinada población, respectivamente. Ello indica que muchos niños/as que son referidos para estudio de TB no tienen patología y se encuentran en el extremo de la curva de la normalidad. Para realizar una correcta valoración del crecimiento y poder identificar un crecimiento patológico, es necesario considerar 3 parámetros: a) talla en relación a la media (DE o posición percentilada de la misma); b) comparación de la talla en relación a la talla genética (TG); y c) velocidad de crecimiento (VC) ajustada para edad y sexo y estadio puberal, donde una pérdida de talla superior a 0,3 DE/año se considera superior a lo esperado por la variabilidad fisiológica del crecimiento. TB es un concepto estático, basándose en un criterio estadístico que se define como una talla inferior a la normalidad, y el concepto de hipocrecimiento es más amplio e implica la valoración del ritmo de crecimiento y de las expectativas futuras de talla adulta. Los criterios más frecuentemente utilizados para hablar de TB/hipocrecimiento son los siguientes: a) talla inferior a -2 DE para edad y sexo en unas gráficas adecuadas a la población estudiada; b) talla normal (entre ±2 DE), pero 2 DE por debajo de la talla genética (TG); c) una estimación de talla adulta 2 DE por debajo de su talla genética; y d) velocidad de crecimiento disminuida, incluyéndose una velocidad de crecimiento inferior a -1 DE (~percentil 25) para edad y sexo de manera mantenida a lo largo de un periodo superior a 2 años. Este concepto acepta situaciones donde un niño/a no tiene TB, pero sí que puede tener un hipocrecimiento patológico(4,5).

Es difícil establecer la prevalencia de los hipocrecimientos, pero se piensa que aproximadamente un 3-5 % de la población infantil puede exhibir una TB en un momento dado de su crecimiento. No hay motivos para pensar que la prevalencia de la TB varíe en función del origen de la población estudiada, exceptuando únicamente los hipocrecimientos de origen nutricional o carencial de los países desfavorecidos. La prevalencia de la TB patológica está entre un 1,5 % y un 40 %, y ello depende de la severidad de los criterios auxológicos de inclusión, pero se acepta que aproximadamente el ~15-20 % de las TB son de causa conocida(5), mientras que la gran mayoría son variantes de la normalidad o TB no patológica.

Etiología y clasificación de la talla baja

Los trastornos del crecimiento tienen multitud de causas y se clasifican en trastornos por afectación primaria o intrínseca del cartílago de crecimiento, trastornos por afectación secundaria del cartílago de crecimiento por alteración del entorno nutricional-hormonal-metabólico y trastornos de causa no conocida. La TB idiopática es un concepto de difícil definición, controvertido y que, en gran medida, depende de las pruebas realizadas. Los estudios genéticos han permitido, en los últimos años, identificar anomalías genéticas en genes relacionados con el desarrollo del cartílago de crecimiento en pacientes con talla baja que, anteriormente, eran considerados como idiopáticos.

La variación de la talla en la población normal se relaciona mayoritariamente con variantes en genes implicados en el cartílago de crecimiento y, por este motivo, muchos autores prefieren categorizar la TB en función de si la afectación del cartílago de crecimiento es primaria, por la afectación de los genes implicados en su función, o secundaria a otros procesos(7). En la tabla I(8) se presentan las diferentes etiologías de acuerdo a la clasificación propuesta por la Sociedad Europea de Endocrinología Pediátrica(8), que las divide en 3 grandes grupos: a) hipocrecimientos de origen primario, por defectos o anomalías intrínsecas al cartílago de crecimiento; b) hipocrecimientos secundarios, motivados por todos aquellos procesos que determinan una alteración del ambiente nutricional-hormonal-metabólico en el cartílago de crecimiento; y c) hipocrecimientos de causa desconocida, en lo que se ha denominado talla baja idiopática (TBI).

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Hipocrecimientos de carácter primario

Hipocrecimientos de origen prenatal

El crecimiento prenatal se puede ver afectado por numerosos factores maternos (tabaco, alcohol, drogas, enfermedades sistémicas), placentarios (insuficiencia útero-placentaria) y fetales (infecciones, cromosomopatías, genopatías); si bien, en la mayoría de las veces, no se identifica una causa y se habla de retraso de crecimiento intrauterino idiopático. El concepto de pequeño para su edad gestacional (PEG) no es siempre sinónimo de retraso de crecimiento intrauterino, ya que algunos niños pueden ser considerados como PEG sin haber sido objeto de restricción intrauterina, si su potencial genético y su percentil de crecimiento han estado durante toda la gestación en percentiles bajos (PEG constitucional). El término crecimiento intrauterino retardado debería calificar a aquellos fetos en los que existe clara evidencia de que se ha restringido su crecimiento; es más un concepto obstétrico, que incluye la determinación del crecimiento fetal en dos tiempos y la constatación de una interrupción del mismo. El término PEG se define como aquel recién nacido (RN) cuyo peso y/o longitud al nacimiento está ≥2 DE por debajo de la media para su edad gestacional(9). La mayoría de los RN PEG presentan un crecimiento recuperador, que es más intenso en los primeros seis meses, y el 80-90 % alcanzan en la primera infancia una longitud dentro de la normalidad, entre ±2 DE, si bien se sitúan con frecuencia por debajo de su rango familiar. A los 2 años, el 13-15 % de estos niños presenta longitud por debajo de -2 DE; tras los dos primeros años de vida, es raro que se produzca una recuperación del crecimiento, excepto en los RN prematuros. El grupo de RN PEG sin recuperación espontánea del crecimiento debe ser seguido, ya que puede ser candidato a tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH). La GH no juega un papel primordial en el crecimiento prenatal, que a nivel hormonal depende más de la insulina y de los factores de crecimiento similares a la insulina-1 y -2 (IGF-I e IGF-II, insulin-like growth factor). En el grupo de hipocrecimientos de origen prenatal deben incluirse los trastornos ligados a la deficiencia de insulina y de síntesis o de acción del IGF-I por mutaciones en los genes IGF1 e IGF1R, respectivamente(10).

Síndromes asociados a hipocrecimiento

Se conocen diferentes síndromes que asocian retraso del crecimiento(10,11). La TB es con frecuencia de origen prenatal, traduciendo una alteración intrínseca del crecimiento. En este grupo de pacientes, la exploración clínica es fundamental para orientar el diagnóstico (Tabla II)(3,4).

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Displasias esqueléticas

Se describen más de 400 tipos de displasias óseas (DO) que se clasifican en función de los criterios clínicos, radiológicos, bioquímicos y moleculares, y existen más de 350 genes implicados. Las DO tienen en conjunto una incidencia de 1:5.000 recién nacidos vivos y representan el 5 % de los niños nacidos con un defecto congénito. Las DO se presentan frecuentemente con talla baja en la infancia, pero debido a su heterogeneidad clínica, la clínica puede oscilar desde una artritis prematura con talla normal a pacientes con talla baja severa con fallecimiento en el periodo perinatal. Habitualmente, se afecta la columna y las extremidades, pero, además, es necesario descartar afectación de otros órganos y sistemas, como visión, audición, afectación neurológica o de la función cardiorrespiratoria. El signo guía es la TB desproporcionada con anomalías de los segmentos corporales(12).

La acondroplasia, que se debe a una mutación en el gen FGFR3 (4p16.3) con un patrón autosómico dominante y con una penetrancia completa, y la hipocondroplasia, forma más leve de la acondroplasia y también ligada al gen FGFR3, son las DO más frecuentes y de fácil identificación clínica por su hipocrecimiento, acortamiento de extremidades, rizomelia, incurvamiento de las piernas y genu varo frecuente(13). La hipocondroplasia no tiene el aspecto facial característico de la acondroplasia y su hipocrecimiento es menor, y puede confundirse y ser diagnosticada como una TB idiopática familiar. Otras DO menos comunes son la displasia epifisaria múltiple, en la que, al menos, cinco genes han sido implicados (COMP, COL9A1, COL9A2, COL9A3 y MATN3), y la displasia acromesomélica de Maroteaux, que está ligada a una pérdida de función de los dos alelos del gen NPR2.

El gen SHOX se localiza en la región pseudoautosómica del brazo corto de los cromosomas X e Y, y tiene una expresión predominante en el 1º y 2º arco faríngeo, húmero distal (codo), cúbito y radio distal (muñeca), tibia proximal y fémur distal (rodilla) y regula la diferenciación y proliferación de los condrocitos. Las mutaciones o deleciones en homocigosis o heterocigosis compuesta son muy raras y se asocian con la displasia mesomélica de Langer, DO muy severa con talla muy baja (-6 DE), acortamiento severo de las extremidades y aplasia del cúbito y peroné. La haploinsuficiencia del gen SHOX por mutación o deleción en heterocigosis del gen SHOX o de su región reguladora PAR1 es responsable de la discondrosteosis de Léri-Weill y también de algunas manifestaciones clínicas del síndrome de Turner. La discondrosteosis de Léri-Weill se caracteriza por hipocrecimiento mesomélico (acortamiento de antebrazos), cúbito valgo, deformidad de Madelung, acortamiento de metacarpianos y metatarsianos, paladar ojival, micrognatia y cuello corto; estas manifestaciones son más marcadas en las mujeres y después de la pubertad, por la influencia de los estrógenos. La variabilidad fenotípica es amplia, de modo que el espectro clínico es un continuum entre formas graves, con TB desproporcionada, hasta formas leves, con TB proporcionada con anomalías esqueléticas y radiológicas menores sin deformidad de Madelung. Hasta un 2-15 % de las tallas bajas idiopáticas están asociadas a mutaciones en heterocigosis del gen SHOX. En la tabla III(14), se presentan los cuadros clínicos asociados con anomalías del gen SHOX(14).

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Hipocrecimientos de carácter secundario

Enfermedades crónicas y malnutrición

En los países desarrollados, la malnutrición como causa de retraso de crecimiento suele estar ligada a patologías crónicas con dietas y aportes inadecuados de nutrientes. Dietas restrictivas, asociadas o no a ejercicio excesivo, y trastornos de la conducta alimentaria, como anorexia nerviosa, pueden conllevar, en función de la severidad y de la duración en el tiempo, una malnutrición proteico-calórica y un hipocrecimiento. La malnutrición se acompaña de un estado de resistencia secundaria a la GH con niveles de IGF-I e IGFBP-3 disminuidos y secreción de GH normal o elevada. Las infecciones recurrentes (gastrointestinales, parasitarias) son causa frecuente de retraso del crecimiento en países subdesarrollados. En nuestro entorno, la presencia de infecciones recurrentes debe hacer pensar en la posibilidad de inmunodeficiencia subyacente (primaria o secundaria) o de malformaciones asociadas. Se estima que un ~10 % de las causas de TB patológica son de causa secundaria a enfermedad crónica. El patrón de crecimiento es similar, con repercusión inicial en la evolución ponderal y en el índice de masa corporal (IMC) y, posteriormente, disminución de la velocidad de crecimiento, caída de la talla, retraso puberal y de la edad ósea. La liberación de la noxa y el tratamiento adecuado producen un crecimiento recuperador, que puede ser total o parcial(15).

Enfermedades endocrinas

Las enfermedades endocrinas suponen en torno al ~5 % de las causas de TB patológica. Además de los trastornos del eje GH-IGF, se incluyen hipotiroidismo, hipercortisolismo crónico (síndrome de Cushing), que puede ser de etiología hipofisaria (enfermedad de Cushing) o suprarrenal (hipercortisolismo ACTH independiente) o, lo más frecuente, por administración crónica de corticoides. En este último caso, la severidad del hipocrecimiento depende del tipo de corticoide, dosis, duración, régimen de administración y sensibilidad individual. Otras causas endocrinas son pseudohipoparatiroidismo y diabetes mal controlada. En los hipocrecimientos de causa endocrina se incluyen las situaciones clínicas de exceso de esteroides sexuales (pubertad precoz, hiperplasia suprarrenal congénita, administración exógena de esteroides) que presentan un hipercrecimiento transitorio, aceleración de la edad ósea y cierre precoz de los cartílagos de crecimiento y acaban con talla adulta inferior a la normalidad(16).

Trastornos del eje GH-IGF

Los hipocrecimientos por alteración del eje GH-IGF suponen el 2-5 % de los casos de TB proporcionada de aparición postnatal. El déficit de GH (DGH) puede ser genético o adquirido, aislado o asociado a otros déficits hormonales. El DGH tiene una incidencia de 1:3.400 y una prevalencia de 1:29.000. La mayoría de los DGH son idiopáticos y solo el 20 % asocia una causa orgánica. Entre el grupo de DGH idiopáticos se pueden encontrar anomalías embriológicas a nivel hipofisario, como hipoplasia hipofisaria, tallo hipoplásico o ausente y neurohipófisis ectópica(17).

Entre un 3-30 % de los casos de DGH selectivo son de tipo familiar o genético. La mayoría de las mutaciones implican a los genes de la GH (GH1) o al receptor de la hormona hipotalámica liberadora de GH (GHRHR) y, hasta la fecha, no se han identificado pacientes con mutaciones en el gen GHRH. Mutaciones en heterocigosis de los genes HESX1 y SOX3 son una causa poco frecuente de DGH selectivo. Es importante considerar que algunos casos de panhipopituitarismos se presentan inicialmente como un DGH aislado y con el tiempo desarrollan el resto de déficits hormonales. Se han descrito mutaciones recesivas y dominantes en el gen receptor tipo 1 de los secretagogos de GH (GHSR), cuyo ligando natural es la ghrelina, en pacientes con DGH idiopático parcial. El DGH asociado a agammaglobulinemia se produce por afectación en el gen BTK (Bruton agammaglobulinemia tirosin kinasa). Las manifestaciones clínicas del DGH dependen de su severidad. Lo habitual es un retraso progresivo del crecimiento, caída de la talla, disminución de la velocidad de crecimiento y, habitualmente, retraso de la edad ósea. No siempre se observa retraso de la edad ósea, ya que puede coexistir una adrenarquia prematura o una pubertad precoz/adelantada, o si proviene de una familia de ritmo madurativo rápido. Las formas severas se acompañan de un fenotipo característico (adiposidad central, cara de muñeca, acromicria, voz aguda, disminución de la masa muscular). En la edad neonatal, si están asociados otros déficits hipofisarios, presentan hipoglucemia, micropene, con o sin criptorquidia, ictericia prolongada y enzimas hepáticas elevadas(18).

Al igual que ocurre con el DGH selectivo, la mayoría de los casos de déficit hormonal múltiple son idiopáticos y, en un 20-25 % de los casos, se identifica un gen responsable. Muchos de los factores de transcripción implicados en la secreción de las hormonas hipofisarias no son específicos de la glándula pituitaria y participan en la ontogenia de otros órganos, por lo que es frecuente que asocien otras malformaciones. El modo y momento de presentación de los diferentes ejes hormonales pueden variar, de modo que pueden aparecer en edades tardías; a modo general, el déficit de TSH y de GH son los más “precoces”, mientras que la afectación de la FSH, LH, PRL y ACTH pueden ser “tardíos” y manifestarse en edades adultas. Los genes más frecuentemente implicados en el déficit hormonal múltiple son HESX1 (displasia septo-óptica), PROP1, POU1F1 (déficit de TSH, GH y prolactina), RIEG (síndrome de Rieger), LHX3, LHX4, SOX3 (DGH ligado al X con retraso psicomotor), GLI2 (holoprosencefalia), GLI3 (síndrome de Pallister-Hall), OTX2, FGF8 (holoprosencefalia), FGFR1 (defectos oculares, hipoplasia cuerpo calloso) e IGSF1 (déficit de TSH, GH y prolactina con macroorquidismo)(18,19).

La GH inactiva se refiere a una molécula de GH inmunológicamente reactiva, pero estructuralmente anómala y biológicamente inactiva, producida por una variante patogénica en el gen GH1. Se caracteriza por un retraso de crecimiento progresivo con niveles séricos normales o elevados de GH, ya que producen GH inmunológicamente detectable, pero inactiva biológicamente, por lo que asocia niveles disminuidos de IGF-I e IGFBP-3, respuesta positiva en el test de generación de IGF-I (administración de rhGH durante 5 días con un incremento del 50 % de los niveles basales de IGF-I), ya que el receptor de GH es normal, y una buena respuesta al tratamiento con rhGH(5,17).

El déficit primario de IGF-I o síndrome de insensibilidad primaria a la acción de la GH es una situación poco frecuente, que cursa con un fenotipo muy característico y severo; se engloban dentro de los hipocrecimientos de aparición postnatal, de aspecto proporcionado. Estas situaciones se caracterizan por la secreción normal o aumentada de GH con niveles muy disminuidos de IGF-I e IGFBP-3 en ausencia de enfermedad sistémica, malnutrición, inflamación crónica, daño hepático o de otra comorbilidad que justifique una menor producción de IGF-I por insensibilidad secundaria. Cursan con TB severa, velocidad de crecimiento disminuida y fenotipo característico (facies con hipoplasia mediofacial, frente amplia, adiposidad central), si bien, en la actualidad, se aceptan formas parciales o de severidad variable. El síndrome de Laron por afectación del gen del receptor de la GH (GHR) fue identificado hace 50 años y representa la forma extrema de insensibilidad, pero hoy se aceptan formas de menor severidad e insensibilidad parcial. La acción de la GH y la transmisión de la señal biológica requieren la fosforilación de proteínas, entre las que se encuentra la STAT5b (signal transducer and activator of transcription 5B), implicada también en la función inmunitaria y, por ello, el déficit de este factor se asocia con infecciones pulmonares y cutáneas de repetición. Se conocen otras proteínas encargadas de la transmisión de la señal de la GH, como son la STAT3, implicada también en la función inmunitaria, el receptor de interleukina 2 (gen ILRG2) y la fosfatidil inositol 3 kinasa (gen PIK3R1)(35). El defecto primario de la subunidad ácido lábil (SAL) determina una menor biodisponibilidad de IGF-I a nivel periférico y cursa con niveles séricos muy disminuidos de IGF-I, IGFBP-3 y de SAL; el fenotipo no es tan severo y su patrón de crecimiento puede recordar a un retraso constitucional del crecimiento. La mutación del gen IGF1 puede determinar una disminución severa del IGF-I, que cursa con gran retraso prenatal y postnatal, microcefalia, hipoacusia neurosensorial, retromicrognatia y retraso mental, reflejando el papel importante del IGF-I en el crecimiento prenatal y en el desarrollo del sistema nervioso central (SNC). También se ha descrito el hipocrecimiento por IGF-I bioinactiva por mutación en el gen IGF1, que asocia niveles elevados de IGF-I, pero inactivos biológicamente. La resistencia al IGF-I se debe a mutaciones en heterocigosis en el gen del receptor tipo 1 de IGF-I (IGF1R), que son responsables de aislados casos de retraso de crecimiento pre y postnatal, y estudios recientes indican que están presentes hasta en el 2 % de los PEG con TB. Los pacientes con mutaciones en el gen IGF2 presentan fenotipo similar al síndrome de Silver-Russell, lo que indica que el IGF-II juega un papel en el crecimiento postnatal, además de su función en el crecimiento fetal. Recientemente, se ha descrito un nuevo síndrome debido a mutaciones en el gen PAPPA2 y supone el déficit de una proteasa de la proteína de transporte de IGF-I (IGFBP-3), que al estar deficiente no se produce la liberación de IGF-I del complejo ternario. Cursa con elevación de la GH y del IGF-I total, IGFBP-3 y de la SAL y disminución de IGF-I libre por una menor biodisponibilidad a nivel periférico(20). En la tabla IV(19,20) se presenta la clasificación de los trastornos del eje GH-IGF.

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Trastornos psicosocial e hipocrecimiento por iatrogenia

Situaciones de deprivación afectiva (negligencia, abandono, acoso, maltrato) asocian, en función del grado y de la duración, retraso de crecimiento y de la pubertad por un hipopituitarismo funcional secundario. Los tratamientos de las enfermedades oncológicas pueden conllevar un hipocrecimiento; la irradiación corporal total, además de la afectación hipofisaria, conlleva un menor crecimiento del tronco, que se traduce en un hipocrecimiento disarmónico; la quimioterapia y los fármacos que bloquean la actividad tirosínkinasa celular pueden también enlentecer el crecimiento. Los tratamientos que disminuyen el apetito pueden causar una menor velocidad de crecimiento.

Trastornos del crecimiento de causa desconocida: talla baja idiopática

El término talla baja idiopática (TBI) es un concepto arbitrario y controvertido, ya que establecer la etiología de un paciente está muy en relación con la extensión de los estudios complementarios. La definición clásica de TBI incluye todo niño/a con talla ≥2 DE por debajo de la media para edad, sexo y grupo de población, crecimiento prenatal normal valorado por una longitud y peso normal para la edad gestacional, ausencia de enfermedad endocrina, que incluye la demostración de una secreción de GH normal, ausencia de enfermedades crónicas, anomalías cromosómicas, carencias nutricionales y/o afectivas, exploración física normal y proporciones corporales normales. Desde un punto de vista conceptual, la TBI se ha subdividido en TBI de tipo familiar y TBI de tipo no familiar y, a su vez, ambos grupos pueden ser subclasificados en niños con pubertad retrasada y niños con pubertad normal. La TBI ha sido motivo de amplias revisiones y su concepto ha estado sometido a debate y discusión a lo largo de los últimos años(21).

Dentro del grupo de TBI se incluyen a los niños/as con variantes normales de talla baja (VNTB), que son la talla baja familiar (TBF), el retraso constitucional del crecimiento y desarrollo (RCCD) y las situaciones mixtas. Además, en el concepto de TBI se incluyen pacientes que, cumpliendo los criterios de la definición anterior, presentan anomalías esqueléticas o fenotípicas menores, que pueden pasar desapercibidas si no se hace una exploración minuciosa, y que alcanzan una talla adulta baja e inferior a la talla genética. Este grupo de pacientes no forma parte del concepto “clásico” VNTB y serían formas de TB patológica de causa no identificada con los estudios habituales, en los que se requiere un estudio avanzado para poder asegurar que son realmente “idiopáticos”. Se estima que aproximadamente el 60-80 % de los niños/as que consultan por TB entran en el grupo de TBI, y de ellos la gran mayoría serían VNTB y el resto TBI patológica(22).

Variantes normales de talla baja

El término talla baja familiar (TBF) incluye individuos con talla baja sanos, que tienen un ritmo madurativo normal (edad ósea y pubertad normal), velocidad de crecimiento normal, presentan antecedentes de TB en familiares de primer grado y alcanzan una talla adulta baja acorde a su rango genético. El diagnóstico de TBF se realiza por exclusión y es importante resaltar que no siempre que los padres sean bajos se va a tratar de una TBF simple, ya que la presencia de este dato no excluye que el niño/a pueda presentar otras causas de retraso de crecimiento o que los padres porten una anomalía genética de expresividad variable.

El concepto de retraso constitucional del crecimiento y desarrollo (RCCD) incluye niños/as con maduración lenta, velocidad de crecimiento adecuada, pero que, a partir de los 7-8 años, experimentan una disminución de la velocidad de crecimiento, que se hace muy manifiesta en las edades peripuberales, con retraso de la edad ósea y del inicio de la pubertad. Es muy frecuente el antecedente de retraso puberal en el padre (edad de afeitado tardío, estirón tardío) y/o en la madre (menarquia tardía). El patrón de crecimiento de estos niños/as es muy característico y se podría resumir de la siguiente manera: a) peso y longitud normales al nacimiento; b) velocidad de crecimiento normal durante los primeros 12-18 meses de vida con disminución posterior hasta los 2-4 años, en la que la talla se sitúa en su carril genético; c) desde los 2-4 años, la velocidad de crecimiento adquiere un ritmo normal, pero por debajo de la media; d) disminución prepuberal importante de la velocidad de crecimiento; e) retraso de talla para la edad cronológica, pero no para la edad ósea, la cual presenta un retraso ≥2 años; y f) estirón puberal tardío, pero acorde a la edad ósea, que se caracteriza por presentar un menor intervalo de tiempo desde el comienzo de la pubertad hasta iniciar el estirón y por tener un pico de velocidad de crecimiento menos intenso. Todos los niños/as alcanzan de forma espontánea, aunque tarde, una maduración puberal completa y, la mayoría, una talla adulta normal y adecuada para la familia; si bien, en un porcentaje variable (~20 %), la talla adulta se sitúa entre 0,6 y 1,5 SDS por debajo de su TG. Los pacientes que asocian una TBF y/o una velocidad de crecimiento disminuida a lo largo de la infancia y durante el periodo prepuberal tienen más riesgo de no alcanzar su TG; por el contrario, los niños/as con antecedentes de talla alta familiar tienden a igualar o superar su TG(39,40). El diagnóstico de certeza de RCCD no se puede realizar hasta comprobar en su evolución que se inicia tarde la pubertad (≥13-14 años en el varón y ≥12-13 años en la mujer)(14,25). En la tabla V(1,16,23) se presentan las características clínicas de las VNTB.

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Talla baja idiopática patológica

Los estudios de genoma poblacional han demostrado que la mayoría de los genes implicados en la variabilidad de la talla están relacionados con la placa de crecimiento y la osificación endocondral. Entre estos genes se encuentran el gen SHOX (short stature homeobox gen Xp22.33 e Yp11.2); NPR2 (natriuretic peptide receptor 2; 9p13); FGFR3 (fibroblast growth factor receptor 3; 4p16.3), NPPC (natriuretic peptide precursor C; 2q37); ACAN (aggrecan; 15q26.1) e IHH (indian hedgehog homolog; 2q35). Son genes cuyas mutaciones en estado de homocigosis o heterocigosis compuesta determinan una DO específica, mientras que variantes patogénicas en heterocigosis determinan una TB sin desproporción aparente y con signos clínicos y esqueléticos menores e inespecíficos. Al ser genes que se heredan de forma dominante es frecuente el antecedente de TB en uno de los progenitores. Estos pacientes formarían el grupo de TBI patológica y que, una vez identificada su causa, saldrían del grupo de TBI y pasarían a formar parte de los hipocrecimientos por afectación primaria del cartílago de crecimiento. La haploinsuficiencia del gen SHOX está presente en un 2-15 % de los pacientes con TBI aparente, y los hallazgos clínicos sugestivos serían la presencia variable de anomalías esqueléticas menores, como acortamiento de las extremidades, paladar ojival, micrognatia, cúbito valgo, incurvación tibial y apariencia robusta. Radiológicamente, estos pacientes pueden presentar hallazgos menores, como alineamiento óseo alterado en los huesos de la muñeca, deformidad piramidal de los huesos carpianos o deformación triangular de la cabeza del radio, pero no todos los pacientes presentan todos los signos y puede haber pacientes que no evidencien anomalías radiográficas (Tabla III)(14). Pacientes con afectación en heterocigosis del gen ACAN presentan talla baja adulta y un patrón de crecimiento caracterizado por aceleración de la edad ósea y cierre precoz de los cartílagos de crecimiento. El gen ACAN codifica un proteoglicano denominado agrecan, que es un componente de la matriz extracelular de la placa de crecimiento y del cartílago articular. Los pacientes clínicamente se caracterizan por talla baja, edad ósea acelerada y cierre precoz del cartílago de crecimiento. Tienen un hábito mayormente proporcionado, si bien la braza es mayor que la talla en algunos pacientes. Estos pacientes asocian osteoartritis de aparición precoz, lordosis y herniación lumbar precoz(5,22).

Diagnóstico

El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objeto diferenciar una TB variante de la normalidad de una TB patológica e identificar la causa lo antes posible para poder instaurar un tratamiento precoz. La realización de una historia clínica detallada, una exploración rigurosa junto con una correcta interpretación de los datos auxológicos y de la edad ósea, constituyen el primer paso a realizar para establecer un diagnóstico de sospecha y poder orientar las pruebas a realizar.

En muchas ocasiones, no se llega a un diagnóstico a través de la historia clínica y exploración, por lo que se deben realizar pruebas complementarias básicas para descartar enfermedades sistémicas. No existe un consenso en torno a qué pruebas realizar y, habitualmente, ofrecen un rendimiento diagnóstico muy bajo. Cuando se sospecha una anomalía del eje GH-IGF, la determinación del IGF-I es la primera prueba a realizar. El diagnóstico de DGH en la infancia es directo en las formas severas. Sin embargo, el diagnóstico del DGH idiopático, que es la forma más frecuente, exige la correcta y juiciosa interpretación de datos clínicos, auxológicos, radiológicos y hormonales (niveles de IGF-I y test de estimulación de GH), ya que no existe ninguna prueba específica. En aquellos casos de TB idiopática que muestran anomalías esqueléticas menores y/o dismorfias leves, especialmente si son formas severas y con antecedentes de talla baja familiar, se debe sospechar una causa genética y realizar estudios genéticos avanzados en colaboración con el genetista clínico para una correcta interpretación de los resultados, ya que ofrecen un alto rendimiento diagnóstico.

Las causas de TB son múltiples y el diagnóstico diferencial exige una serie de pasos escalonados y bien estructurados antes de proceder con los estudios complementarios. La mayoría de las veces son VNTB y no todo niño/a requiere la misma extensión de pruebas complementarias, ya que, en la mayoría de ellos, bastará una minuciosa historia clínica y exploración física para poder establecer un diagnóstico. En la aproximación diagnóstica de la TB, se podría hablar de 5 niveles de exploración(23,24).

Paso 1: historia clínica y exploración física

El primer nivel se fundamentaría en una historia clínica y exploración física detallada dirigida a la búsqueda de datos que ayuden a la identificación de una causa conocida responsable del hipocrecimiento (Tabla VI)(24,25).

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Se debería realizar una historia perinatal y preguntar por el embarazo y parto, enfermedades maternas, crecimiento prenatal, peso, longitud y perímetro cefálico al nacer, para identificar si el origen del hipocrecimiento es prenatal (retraso de crecimiento intrauterino idiopático o secundario) o postnatal. Es necesario valorar los antecedentes familiares y preguntar por los datos de crecimiento y maduración de los padres y familiares. Se debe conocer el potencial o “carril” genético del niño y ello se realiza mediante el cálculo de la TG, que sería la talla que un hijo/a debería alcanzar asumiendo unas condiciones de salud óptimas y similares en ambas generaciones. Existen diferentes métodos para calcular la TG, pero la fórmula más empleada se obtiene calculando la talla media parental ajustada por sexo (fórmula de Tanner); en el caso de las mujeres, es [(talla padre + talla madre) – 13] / 2; y, en el caso de los varones, es [(talla padre + talla madre) + 13] / 2. La TG ± 8,5 cm corresponde con el percentil 3 y percentil 97 de la estimación adulta de la talla y se dice que un niño/a tiene una talla baja para su familia cuando está ≥ a 2 DE de la TG. La fórmula de Tanner infraestima la TG en el caso de progenitores con talla baja y la sobreestima en el caso de progenitores con talla alta. En estos casos, se aceptaría otra fórmula de TG que sería [(talla padre DE + talla madre DE) / 2] x 0,72(24,25).

Se debe hacer una historia personal para descartar síntomas de enfermedad sistémica por aparatos (diarrea crónica, heces sanguinolentas, dolor abdominal, anorexia, infecciones recurrentes, tos crónica, disnea, artralgia, artritis, fatiga, lentitud, pérdida de peso, hipertensión, virilización, cefalea y síntomas neurológicos) y realizar una anamnesis nutricional, psiquiátrica y emocional. La exploración física incluye auxología completa. Se habla de longitud por debajo de los 2 años; el niño a esta edad debe ser medido en decúbito supino en un infantómetro, y de talla por encima de los 3 años, y debe ser medido en un estadiómetro bien calibrado; entre 2 y 3 años, se realiza una medición de ambas maneras para calcular la velocidad de crecimiento previa y futura con la misma metodología. Además de la longitud/talla, se debe explorar el peso, perímetro cefálico, índice de masa corporal, talla sentada, relación talla sentada/talla, braza y estudio de segmentos corporales, segmento superior (SS) y segmento inferior (SI). En niños menores de 2-3 años, se debe explorar también la fontanela y dentición (indicativos de ritmo madurativo) y el estado nutricional se valora mediante la relación peso para la longitud. En niños/as mayores se debe explorar el desarrollo puberal de acuerdo a los estadios de Tanner, ya que es muy importante relacionar la velocidad de crecimiento con el estadio puberal; debe explorar si el niño ha iniciado o no la pubertad (testes de 4 mL en el varón y mamas con botón glandular estadio II en las mujeres) y, a su vez, en qué estadio puberal está, ya que el estirón puberal se da en la mujer en las fases iniciales de la pubertad Tanner II-III, mientras que en el varón se da en estadios avanzados, Tanner III-IV. En la valoración del crecimiento es muy importante la elección de gráficas apropiadas y se recomienda el uso de gráficas actualizadas nacionales, especialmente aquellas realizadas en base a estudios longitudinales. En España, las gráficas más utilizadas para valorar el crecimiento son las provenientes del Estudio Transversal Español de 2010(26). En ausencia de ellas y por debajo de los 2 años de edad, se deberían utilizar las gráficas de la Organización Mundial de la Salud (2006); ello es especialmente aceptado para la evaluación nutricional y, por encima de dicha edad, el uso de las gráficas del CDC (Centers for Disease Control and Prevention)(5,25).

Para una correcta valoración auxológica es necesario considerar 3 parámetros: talla en relación a la media (DE o posición percentilada de la misma); comparación de la talla en relación a la talla genética; y velocidad de crecimiento ajustada para edad y sexo y estadio puberal. Muchas veces se realizan estudios de manera innecesaria y sin que la situación lo requiera. En la tabla VII(25) se presentan los criterios auxológicos a partir de los cuales se debería iniciar un estudio de TB para descartar una TB patológica(24,25).

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La historia clínica puede evidenciar signos claves que permitan hacer pensar en la existencia de un DGH, como hipoglucemia, ictericia neonatal prolongada, micropene, antecedente de irradiación craneal, traumatismo o infección del SNC, consanguinidad o afectación de algún familiar de primer grado y anomalías de la línea media craneofacial. En la exploración física destaca una talla baja proporcionada, adiposidad central, frente amplia, hipoplasia mediofacial y/o de la raíz nasal, facies de muñeca de aspecto grácil y acromicria de manos y pies. En muchas ocasiones, solamente se identifica una talla baja, y los criterios auxológicos para iniciar la sospecha de un DGH son los siguientes: a) talla baja severa inferior a -3 DE; b) talla situada a más de 1,5 DE por debajo de la talla media parental; c) talla inferior a -2 DE y velocidad de crecimiento durante un año o más por debajo de -1 DE o que exista una pérdida de talla superior a 0,5 DE durante un año en niños por encima de 2 años de edad; d) en ausencia de talla baja, una velocidad de crecimiento inferior a -2 DE durante un año o inferior a -1,5 DE de manera sostenida o una pérdida de talla más de 1,5 DE durante 2 años; y e) signos indicativos de lesión intracraneal o de deficiencia hipofisaria múltiple o de déficit de GH en el neonato(17-19).

La exploración física debe incluir la búsqueda de signos de dismorfia facial o rasgos fenotípicos y proporciones corporales que hagan pensar en un síndrome específico. La medición de los segmentos corporales permite orientar hacia un hipocrecimiento disarmónico o desproporcionado y equivale a decir que existe una anormalidad en la relación entre la talla sentada (TS) y la talla en bipedestación. La TS (distancia entre vertex y cóccix) da una idea de la longitud del tronco. La ratio TS / talla es de 0,7 al nacimiento y es de 0,5 cuando se alcanza la maduración esquelética. Una ratio talla sentada / talla bipedestación elevada, superior a 0,55, orienta hacia una TB por acortamiento de extremidades (DO tipo acondroplasia, hipocondroplasia, síndrome de Turner, raquitismo hipofosfatémico); mientras que, si está disminuida, orienta hacia una TB por acortamiento del tronco (DO espondiloepifisaria, TB postradioterapia espinal, escoliosis). Este cociente se puede expresar en DE de acuerdo a los estándares de referencia y sospechar una TB desproporcionada si la ratio está por encima o por debajo de 1 DE. La medición del segmento inferior (SI) (distancia entre la sínfisis del pubis y el suelo) es más imprecisa que el cálculo de la TS, pero también es un dato utilizado en la clínica para el diagnóstico de las TB desproporcionadas. El segmento superior (SS) se calcula restando talla menos SI. Existen referencias para el cociente segmento superior / segmento inferior. Los valores de normalidad del SS/SI varían con la edad: en el RN es 1,7; en los primeros años es >1; a los 10 años es igual a 1 y por encima de los 10 años es < 1. Cuando el cociente SS/SI está reducido, se sospechará un acortamiento de la columna vertebral y, cuando está aumentado, un acortamiento de los miembros inferiores. La medición de la braza o envergadura (distancia entre las puntas de los dedos con los brazos en extensión completa y abducción de 90º) permite identificar acortamiento de la extremidad superior. La braza, en el RN, es 2,5 cm menor que la longitud; en la infancia, es igual a la talla y, en la adolescencia, en el varón es 2 cm mayor que la talla y en la mujer 4 cm mayor que la talla. En la exploración, cuando hay una diferencia superior a 4 cm, se debe sospechar un acortamiento de las extremidades superiores. Igualmente, es posible realizar la medición del antebrazo o de la pierna para identificar un acortamiento mesomélico de las extremidades superiores o inferiores de acuerdo a los estándares de referencia. La exploración física y la anamnesis son muy importantes, ya que hasta un 25 % de los niños/as con TB patológica pueden no ser identificados por los criterios auxológicos y de ahí la importancia de valorar el fenotipo, dismorfias, patología asociada y la historia clínica personal(5,23,24).

Las mediciones seriadas permiten calcular la velocidad de crecimiento con un periodo mínimo de 6 meses, idealmente 1 año. Es fundamental hacer una reconstrucción exhaustiva del patrón de crecimiento que ese niño/a ha llevado hasta el momento actual. La velocidad de crecimiento (VC) se puede expresar también en DE para edad y sexo y por percentiles. Se admite que una VC inferior al percentil 25 (~ -1 DE) mantenida durante un año es indicativa de posible trastorno del crecimiento y, cuando está por debajo del percentil 10, requiere un estudio especial.

Es importante la realización de una edad ósea (EO) (radiografía de mano y muñeca, habitualmente de la mano izquierda o mano no dominante). Existen diferentes métodos para su valoración, pero el más empleado es mediante el atlas de Greulich y Pyle, que es un método observador-dependiente con alta variabilidad. La EO informa del crecimiento residual del paciente y ayuda a orientar el diagnóstico. A partir de la edad ósea y mediante las tablas de Bailey-Pinneau, se puede realizar el cálculo del pronóstico de talla adulta (PTA). Hay métodos automatizados que disminuyen la variabilidad y que también permiten calcular el PTA. El PTA es orientativo y sirve como parámetro evolutivo, si bien es poco fiable cuando hay un adelanto o retraso importante de la EO o en las DO y TB sindrómicas. Una EO retrasada sugiere RCCD, déficit de GH, deficiencia nutricional o enfermedad sistémica crónica. Por el contrario, una EO adelantada orienta a maduración adelantada (pubertad precoz, hiperandrogenismo suprarrenal). Habitualmente, en los trastornos primarios del crecimiento (síndromes, DO), la EO suele ser acorde a la edad cronológica. La radiografía de mano y muñeca sirve también para descartar anomalías esqueléticas indicativas de síndromes o DO menores (braquidactilia, acortamiento del 4º metacarpiano en el pseudohipoparatiroidismo, síndrome de Turner, deformidad de Madelung por haploinsuficiencia del gen SHOX).

Paso 2: exploración complementaria orientada

El segundo nivel de exploración se centraría en investigaciones específicas orientadas en función de los hallazgos de la exploración. Cuando se sospecha una DO (TB desproporcionada o TB muy inferior a su talla genética), es necesario realizar un estudio radiográfico que debe incluir cráneo, columna, tórax, pelvis, huesos largos y mano izquierda. Los signos clínicos que deben hacer sospechar una DO son macrocefalia, acortamiento de extremidades o de algún segmento corporal, hipocrecimiento severo, limitación de movimiento articular, anomalías torácicas, cifosis y/o escoliosis, genu valgo/varo, braquidactilia y, muchas veces, historia familiar positiva por el carácter dominante de muchas de ellas. Es necesaria la realización de un examen clínico detenido antes de la exploración radiológica, que debe incluir talla, peso, perímetro cefálico, braza, talla sentada y la relación talla sentada/talla o relación segmento superior/segmento inferior. Todo ello permitirá identificar las DO con cortedad de tronco (displasias espondiloepifisaria, mucopolisacaridosis) o acortamiento de extremidades (acondroplasia, hipocondroplasia, pseudoacondroplasia, discondrosteosis de Léri-Weill, displasia metafisaria) y, a su vez, estas últimas clasificarlas en rizomélicas, mesomélicas o acromélicas, si el acortamiento de extremidades es proximal (fémur y húmero), medio (radio, cúbito, tibia, peroné) o distal (manos y pies), respectivamente. El estudio radiológico permite clasificarlas en DO epifisarias, metafisarias, diafisarias, determinar las regiones afectadas y descartar anomalías de la mineralización ósea. Las DO no siempre se presentan con TB desproporcionada evidente, ya que tienen una expresividad variable. Algunas formas de DO con expresividad leve pueden tener anomalías esqueléticas menores que pasan desapercibidas y, en estos casos, pueden ser incluidas en el grupo de TBI y formar parte del diagnóstico diferencial. Hay muchos síndromes asociados a hipocrecimiento que pueden ser diagnosticados clínicamente a través de una minuciosa exploración física (Tabla II)(3,4); muchos de estos síndromes están ligados a anomalías genéticas específicas, por lo que las pruebas genéticas se realizarán de manera orientada(14,24).

Paso 3: exploración complementaria general

En la mayoría de las ocasiones, no se llega a un diagnóstico específico a través de la exploración física y la historia clínica, por lo que se deberían realizar pruebas complementarias. En este sentido se han propuesto diversos protocolos de actuación, pero no existe un consenso internacional (Tabla VIII)(24).

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En niños/as con talla baja, sanos y sin antecedentes específicos de interés, con una exploración física normal y que mantienen una velocidad de crecimiento superior a 5 cm/año, el rendimiento diagnóstico de las pruebas realizadas es muy bajo (inferior al 2 %), ya que la gran mayoría de ellos no tenían ninguna anomalía en el estudio practicado, indicando la baja incidencia de patología en niños sanos con talla baja y exploración normal. Se está de acuerdo en que a todo niño con TB debe realizarse una función tiroidea, despistaje de enfermedad celiaca y niveles de IGF-I. Si la anamnesis y exploración sugieren una causa específica del retraso de crecimiento, se deben realizar las pruebas complementarias específicas (test del sudor antes de sospecha de fibrosis quística, cortisol libre urinario de 24 horas si se sospecha de hipercortisolismo por enfermedad o síndrome de Cushing, o parásitos en heces si se sospecha de parasitosis intestinal).

Paso 4: exploración complementaria avanzada: estudio del eje GH-IGF

La determinación de IGF-I es la primera prueba a realizar cuando se sospecha un DGH, de manera que valores disminuidos sugieren su diagnóstico. Sin embargo, las variaciones con la edad, estadio puberal, sexo, estado nutricional e índice de masa corporal y la limitación de la metodología para realizar una determinación robusta y consistente de IGF-I, así como la ausencia de valores de referencia aplicables de manera generalizada, limitan su utilidad y dificultan su interpretación. A una edad inferior a 3 años, el rango de valores de la normalidad de IGF-I incluye el nivel inferior de detección del método, por lo que existe un solapamiento de valores entre niños normales y deficitarios. Por ello, en esta edad, el valor predictivo de la IGFBP-3 se considera superior, pero, a partir de dicha edad, su sensibilidad es inferior a la del IGF-I. Una disminución de los valores de IGF-I y de IGFBP-3 hace muy probable un DGH, pero hay que descartar otras patologías, como un estado de malnutrición, hipotiroidismo e insensibilidad a la GH. A su vez, cuando se asocia con retraso madurativo y puberal, el nivel de IGF-I debe ser interpretado en relación a su estadio puberal (edad ósea) y no en relación a su edad cronológica. El IGF-I como parámetro diagnóstico de DGH tiene una sensibilidad y especificidad variable en función de los estudios; el nivel de corte que mejor sensibilidad y especificidad ofrece es el de -1,65 SDS. El IGF-I aisladamente considerado tiene poco valor y debe siempre interpretarse en combinación con el resto de exploración. Una determinación aislada de IGF-I inferior a -2 DE tiene una sensibilidad del 65 % y una especificidad del 80 % como valor diagnóstico de un DGH, por lo que hasta un 35 % de los niños con DGH tienen niveles normales de IGF-I. La determinación de IGF-I sí que puede ayudar a seleccionar los pacientes a estudiar, ya que se ha descrito una muy baja probabilidad de presentar un DGH en niños con IGF-I por encima de -1 DE (14 %) o de 0 DE (4 %). La combinación de IGF-I y velocidad de crecimiento aumentan la sensibilidad hasta un 95 % y la especificidad hasta un 96 %. En un niño con TB y velocidad de crecimiento normal (≥p25), tener un IGF-I normal (≥p50) hace muy improbable el diagnóstico de DGH(27).

Si la auxología y los niveles de IGF-I hacen sospechar un DGH, el siguiente paso es la medición de la secreción de GH mediante un test de estimulación. La naturaleza pulsátil de la secreción de GH exige la realización de pruebas de estimulación, pero son muchas sus limitaciones. Se trata de estímulos no fisiológicos, con poca especificidad y reproducibilidad, que pueden dar un elevado número de falsos positivos. Se carece de valores normativos ajustados a edad, sexo, estadio puberal, IMC e incluso ajustados a cada tipo de estímulo. No se aconseja su realización en la primera infancia, donde la variabilidad y las limitaciones son mayores. Hasta la fecha, no hay estudios randomizados controlados a talla adulta que correlacionen los niveles de GH en los test de estimulación con la respuesta al tratamiento con rhGH hasta talla adulta. Los puntos de corte se han establecido de manera arbitraria y han ido variando a lo largo de la historia desde 3-5-7-10 ng/mL. La metodología actual de determinación de GH en suero basada en anticuerpos monoclonales más específicos ha llevado a plantear una modificación del nivel de corte de 10 ng/mL a 7 ng/mL. En la actualidad, todavía no se conoce con seguridad el nivel de corte que permita diferenciar normalidad vs. deficiencia. En la edad peripuberal es difícil establecer si una respuesta insuficiente de GH es indicativa de un DGH y es obligado diferenciarlo de un retraso constitucional. Ello se fundamenta en la auxología, en el grado de retraso de la talla para su talla genética y en el estudio del patrón de crecimiento, que debe ser interpretado acorde a su ritmo madurativo y con estándares de referencia adecuados. Para diferenciar estas dos situaciones, se ha propuesto clásicamente realizar un estudio del eje GH-IGF tras una tanda corta de esteroides sexuales (primación), pero al no existir criterios de normalidad para interpretar los resultados, su utilización es controvertida. Existen pacientes con criterios auxológicos compatibles con un DGH que presentan niveles de IGF-I disminuidos y niveles de GH en los test de estimulación por encima del punto de corte; estos niños no tienen un déficit clásico de GH, pero sí una anomalía en el eje GH-IGF y, tras exclusión de otras patologías, serían candidatos a tratamiento con rhGH(27,28).

La RMN cerebral centrada en el área hipotálamo-hipofisaria puede ayudar a realizar el diagnóstico de DGH. Entre las anormalidades hipotálamo-hipofisarias sugestivas de DGH, se encuentran silla vacía y ausencia de hipófisis anterior, neurohipófisis ectópica, hipoplasia o ausencia del tallo hipofisario o de la glándula hipofisaria. La RMN está indicada ante todo niño, aún en ausencia de TB, que presente una detención brusca de la velocidad de crecimiento y/o signos de hipertensión intracraneal para descartar un tumor en el área hipotálamo hipofisaria. La presencia aislada de una hipoplasia hipofisaria no es suficiente para realizar un diagnóstico de DGH, si bien indica la necesidad de profundizar en el estudio(19).

En niños con sospecha de DGH, las guías clínicas siguen recomendando la realización de test de estimulación, pero igualmente recomiendan no fundamentar el diagnóstico de DGH únicamente en base a los resultados de los test de estimulación, reconociendo implícitamente la falta de sensibilidad y especificidad. Una manera de disminuir los falsos positivos de los test de estimulación es seleccionar auxológicamente los pacientes a estudiar. La combinación de talla inferior a -2 DE, velocidad de crecimiento inferior a -1 DE y talla que está ≥1,5 DE por debajo de la talla genética ofrece una alta sensibilidad y especificidad para un punto de corte de 7 ng/mL en el test de estimulación, como criterio diagnóstico de DGH. Existen situaciones clínicas especiales donde la realización de un test no es necesaria, como en recién nacidos (nivel de GH basal inferior a 7 ng/mL) o en pacientes con criterios auxológicos severos que asocian un defecto malformativo hipotálamo-hipofisario o un hipopituitarismo congénito o adquirido. El DGH severo es fácilmente identificable, pero el diagnóstico de DGH idiopático es siempre un desafío, ya que la diferencia entre TB idiopática y DGH idiopático es problemática; por ello, se considera que el diagnóstico de DGH idiopático en la infancia debe estar basado en un juicio clínico, que incluya parámetros auxológicos, radiológicos y hormonales, así como la experiencia del médico(28).

Una disminución de los niveles de IGF-I con secreción normal o elevada de GH debe hacer pensar en dos situaciones: una GH inactiva o bien en un síndrome de insensibilidad o resistencia a la GH(20,28). Los síndromes de insensibilidad o resistencia a la GH pueden ser primarios o de origen genético, o bien secundarios a una malnutrición proteico-calórica o a una enfermedad sistémica crónica. Las formas primarias son cuadros muy excepcionales por defectos genéticos a nivel de receptor de la GH, o postreceptor, en la cadena de la transmisión de la señal biológica de la GH, con una auxología muy severa y anomalías características del eje GH-IGF. En las formas secundarias existe una disfunción postreceptor por la malnutrición. En la tabla IX(19,20) se presenta un diagnóstico diferencial de los trastornos del eje GH-IGF.

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Paso 5: exploración complementaria avanzada: estudios genéticos

El último nivel de exploración supone la realización de estudios genéticos que permitan identificar la causa del hipocrecimiento en aquellos casos en donde no se haya podido realizar un diagnóstico específico, y que son catalogados como TBI patológica, ya que el estudio realizado hasta ese momento ha sido normal. Pacientes catalogados como TBI que muestran anomalías esqueléticas y/o dismorfias menores inespecíficas hacen sospechar una causa genética. Los estudios genéticos deben ser realizados como última prueba diagnóstica y siempre tras una exploración clínica rigurosa. Existen una serie de datos clínicos que hacen más probable una causa genética (Tabla X)(3,10).

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Los estudios genéticos, como cGH array, multiplex ligation-dependent probe amplification (MLPA), Single Nucleotide Polymorphism (SNP)-array, exoma clínico en panel, exoma a tríos y genoma completo, deben ser realizados bajo una sospecha diagnóstica y en colaboración con el genetista clínico para la correcta interpretación de los resultados. En la actualidad, los estudios genéticos han permitido conocer la implicación de nuevos genes reguladores del cartílago de crecimiento, que en homocigosis o heterocigosis compuestas se presentan como DO, mientras que en heterocigosis se presentan como TBI (SHOX, NPR2, NPPC, IHH, FBN1, BMP2, FGFR3, ACAN). En la tabla III(14) se presentan los hallazgos clínicos que deben llevar a la sospecha de TBI asociada a anomalía del gen SHOX y, si este es negativo, se deben buscar mutaciones en otros genes, como NPR2 (fenotipo clínico semejante sin deformidad de Madelung), IHH (manos pequeñas, acortamiento de la falange media del 4º y 5º dedo) o NPCC (manos pequeñas, braquidactilia moderada). Cada uno de estos genes representa un bajo porcentaje de los niños/as con TBI, pero este porcentaje es mayor en los casos que tienen antecedentes de TB en sus progenitores, ya que son genes que se heredan de forma autosómica dominante. La prevalencia de anomalías patogénicas en las variaciones del número de copias (CNV o copy number variants) en pacientes con TB y retraso psicomotor, discapacidad intelectual o malformaciones añadidas oscila entre el 10-15 %. La realización de exoma clínico dirigido o de exoma a tríos en pacientes con hipocrecimiento patológico sin causa identificada tiene un alto rendimiento diagnóstico (25-50 %)(5,24).

Tratamiento

El tratamiento de la TB depende de la causa subyacente y debe estar orientado por la etiología.

El uso de rhGH se debe realizar en las condiciones clínicas indicadas y a las dosis recomendadas. Los factores predictores de buena respuesta a largo plazo y ganancia de talla adulta son iniciar el tratamiento a una edad precoz, la duración del tratamiento en edad prepuberal y la respuesta en el primer año. La rhGH es eficaz y segura con una incidencia muy baja de complicaciones. La GH de larga acción de administración semanal muestra una eficacia y un perfil de seguridad no inferior a la rhGH diaria, motivo por el cual las agencias internacionales han aprobado su indicación en el déficit de GH en la infancia, a partir de los 3 años de edad. Las VNTB, TBF y RCCD, no suelen necesitar ningún tipo de tratamiento, una vez se hayan excluido otras causas de TB y se haya realizado un diagnóstico diferencial con el DGH idiopático, que muchas veces es difícil. En algunos casos de RCCD puede existir en el paciente una afectación psicológica importante y, en ese caso, que es más frecuente en varones que en mujeres, se puede ofrecer un tratamiento con una tanda corta de esteroides sexuales. Es muy difícil corregir un déficit de talla durante la pubertad y el uso de análogos de LHRH o de inhibidores de la aromatasa para retrasar la maduración ósea e incrementar el potencial de crecimiento es controvertido y debe ser realizado por el pediatra endocrinólogo experto en crecimiento de manera individualizada. El IGF-I recombinante está indicado en los casos de deficiencia primaria de IGF-I. El vosorotide es un análogo del CNP (C-natriuretic peptide) que está indicado en pacientes con acondroplasia, ya que mejora el crecimiento y las proporciones corporales.

La TB en sí misma no es una enfermedad, sino un síntoma de un proceso subyacente. Por ello, el tratamiento de la TB depende de la etiología. El tratamiento del hipocrecimiento secundario está encaminado a tratar la enfermedad de base y mejorar la nutrición. En el caso de hipocrecimiento psicosocial, cuyo diagnóstico es complejo y difícil, se deberán modificar actitudes del entorno familiar y garantizar una nutrición óptima. Se disponen de fármacos que pueden influir sobre el crecimiento (rhGH, rhIGF-I, esteroides sexuales, análogos del CNP (C-natriuretic peptide), modificar el desarrollo puberal y aumentar el potencial de crecimiento (análogos de LHRH, inhibidores de la aromatasa) y técnicas quirúrgicas que permiten el alargamiento óseo.

Hormona de crecimiento

La hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) tiene más de 40 años de historia desde su producción en 1981 y posterior indicación en 1985 para el déficit de GH (DGH) en la infancia. El tratamiento con GH recombinante humana (rhGH) está disponible desde 1985; con anterioridad, se usaba la GH extractiva de hipófisis de cadáver, pero fue desechada por su asociación con la enfermedad de Creutzfeldt-Jacobs. La mayor disponibilidad de rhGH ha permitido ampliar las indicaciones a otras condiciones no deficitarias (Tabla XI)(29,30). En muchas enfermedades crónicas, como enfermedad inflamatoria intestinal, artritis crónica juvenil o corticoterapia crónica, se ha utilizado la rhGH con el objetivo de mejorar el crecimiento, pero, salvo en la insuficiencia renal crónica, en el resto de situaciones no está aprobada la indicación(29,30).

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El objetivo del tratamiento con rhGH es normalizar la talla lo antes posible (crecimiento recuperador), garantizar un crecimiento y desarrollo puberal normal y alcanzar una talla adulta normal para la población y acorde a su TG. Su uso está contraindicado en el caso de enfermedad sistémica mal controlada, enfermedad oncológica activa y/o cierre de las epífisis. La rhGH se administra vía sc, diariamente, por la noche, tiene un efecto dosis-dependiente y es bien tolerada. Su control debe ser realizado por un pediatra endocrinólogo; habitualmente, se realiza un seguimiento cada 3-6 meses con controles clínicos (talla, peso, IMC, velocidad de crecimiento, desarrollo puberal) y, anualmente, o si es necesario antes, se recomienda control de la edad ósea, valoración del PTA, determinación de los niveles de IGF-I, que deben ser mantenidos dentro de la normalidad, función tiroidea y control metabólico (HbA1C, lípidos). El tratamiento se mantiene hasta llegar a talla adulta y se suspende cuando se alcanza una EO ≥ de 14 años en las mujeres o ≥ 16 años en los varones y existe un VC ≤ a 2 cm/año. En caso de deficiencia hormonal múltiple, debe realizarse el tratamiento de los correspondientes déficits hormonales(31).

El tratamiento con rhGH plantea cuestiones sin resolver, entre las que destacan la variabilidad en la respuesta y la dificultad para diferenciar pacientes respondedores con ganancia significativa de talla de pacientes no respondedores. Independientemente de la condición clínica, iniciar el tratamiento a una edad precoz, el número de años en edad prepuberal y la respuesta en el primer año son predictores muy importantes de buena respuesta a largo plazo. En niños prepuberales diagnosticados de déficit de GH, una ganancia de talla en el primer año de 0,5 DE se asocia con una ganancia de talla final de 1 DE. La presencia de una pobre respuesta puede obedecer a diferentes causas, como mala adherencia, diagnóstico y dosificación inadecuados, patología o comorbilidad concomitante, que requiere un tratamiento específico (hipotiroidismo, enfermedad celiaca, mala nutrición o dieta hipocalórica), escasa sensibilidad a la acción de la rhGH o incluso ser de causa desconocida. El reconocimiento de una mala respuesta es una parte esencial del tratamiento. Se debe instruir y motivar a la familia y al paciente en la necesidad del buen cumplimiento. El tratamiento con rhGH es seguro a las dosis indicadas, con una escasa incidencia de efectos secundarios, y se han realizado estudios de farmacovigilancia verificando la seguridad del tratamiento. Entre los efectos adversos que pueden aparecer, destacarían: lipoatrofia, si no se rotan los lugares de inyección, artralgias, edema, ginecomastia prepuberal, aumento del tamaño de los nevus, hiperglucemia por disminución de la sensibilidad a la insulina e hipotiroidismo parcial por interferencia con la acción de la TRH y/o incremento de la conversión periférica de T4 en T3; todos ellos son poco frecuentes, leves y desaparecen al disminuir la dosis o suspender temporalmente el tratamiento. Entre las posibles complicaciones del tratamiento, cabe destacar hipertensión craneal benigna, epifisiolisis de la cabeza del fémur y progresión de la escoliosis que, en ausencia de factores de riesgo, son muy excepcionales (<1:1.000 niños en tratamiento). No se ha demostrado una asociación entre el uso de la rhGH y el desarrollo de neoplasias en niños/as sin riesgo incrementado de cáncer. Existe insuficiente evidencia para concluir que la rhGH aumenta el riesgo de neoplasias en niños/as que tienen una condición de riesgo para presentar neoplasias, si bien se desaconseja su utilización en este tipo de pacientes. Se ha descrito un incremento del riesgo de segundo tumor en pacientes con antecedente de cáncer infantil tratados con rhGH; este riesgo disminuye al prolongar el tiempo de observación y es difícil establecer la relación causal dada la presencia de otros factores, en especial, haber recibido radioterapia, por lo que no hay suficiente evidencia para no indicar el tratamiento con rhGH(31).

La GH tiene diferentes acciones; a nivel óseo, estimula el crecimiento longitudinal, el remodelado óseo, la osificación endocondral y la aposición cálcica, pero a nivel metabólico, favorece el anabolismo proteico y la ganancia de masa magra, estimula la función cardiaca y la capacidad aeróbica máxima y disminuye la masa grasa e inhibe la captación de glucosa y la lipogénesis. Estas acciones a diferentes niveles han hecho que sus indicaciones no se limiten al efecto estimulador del crecimiento (p. ej.: déficit de GH en la adolescencia, déficit de GH en la edad adulta). El DGH debe ser reevaluado al llegar a talla adulta; la mayoría de los DGH idiopáticos son transitorios, pero los DGH severos, hipopituitarismos combinados y déficits orgánicos son, con frecuencia, formas permanentes, al igual que defectos genéticos. La interrupción del tratamiento con rhGH en adolescentes con una forma permanente de DGH se asocia con un aumento de los factores de riesgo cardiovascular (aumento de grasa visceral, aumento de los niveles de colesterol total, colesterol LDL y disminución del colesterol HDL), menor ganancia de masa magra y menor ganancia de masa ósea. El tratamiento con rhGH deberá ser reiniciado en la adolescencia tras una correcta reevaluación y valoración clínica(29-31).

Hormona de crecimiento de larga acción (GHLA)

A pesar de la experiencia acumulada con el tratamiento con la rhGH, hay diferentes lagunas sin resolver, entre las que destacan la falta de adherencia y el impacto que un tratamiento crónico de inyección diaria tiene sobre el niño y su familia. En este sentido, los beneficios potenciales de la GHLA de uso semanal son una menor frecuencia de inyecciones, una potencial mejora de los resultados clínicos al mejorar la adherencia, una menor carga de la enfermedad sobre pacientes, familia y cuidadores y mejor tolerabilidad y aceptación del tratamiento, todo lo cual redundaría en una mejora de la calidad de vida para el paciente y su entorno. Los ensayos clínicos han mostrado un efecto mantenido en el tiempo con una progresiva normalización de la talla, de manera que el paciente alcanza una talla normal para la población y se sitúa en su rango genético. Los estudios demuestran un claro efecto beneficioso en las variables que miden la carga de la enfermedad y la experiencia del tratamiento. La incidencia de efectos adversos es similar a la rhGH diaria y los niveles IGF-I se incrementan de una manera dosis dependiente, al igual que los niveles de IGFBP-3, y se mantienen dentro del rango de la normalidad. Las tres moléculas de GHLA que han mostrado un efecto no inferior al de la rhGH diaria en ensayos fase II y fase III en el déficit de GH en la infancia son somatrogon, lonapegsomatropina y somapacitan. La GHLA de uso semanal muestra una eficacia y un perfil de seguridad no inferior a la rhGH diaria, motivo por el cual las agencias internacionales han aprobado su indicación en el déficit de GH en la infancia, a partir de los 3 años de edad. En 2023, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) aprobó el uso de somatrogon a una dosis de 0,66 mg/kg/semana. La GHLA, en la actualidad, no está indicada para otras situaciones de TB, como síndrome de Turner o PEG, si bien se están haciendo ensayos clínicos al respecto. No cabe duda de que se ha abierto una nueva era en el uso de la GH con la aprobación de la GHLA, que puede suponer importantes beneficios para la calidad de vida de los pacientes y sus familias. Se deberán hacer estudios de seguimiento en la vida real que verifiquen el beneficio de la GHLA sobre adherencia y calidad de vida y demostrar que esta alternativa terapéutica es coste-efectiva y segura a largo plazo(32).

Talla baja idiopática

Las VNTB, TBF y RCCD no suelen necesitar ningún tipo de tratamiento, una vez se hayan excluido otras causas de TB y se haya realizado un diagnóstico diferencial con el DGH idiopático, que muchas veces es difícil. Suele ser suficiente con una explicación de la situación a la familia y reforzar el apoyo psicológico al niño/a, informando de la benignidad del cuadro, de la ausencia de enfermedad y de la previsible evolución normal de su crecimiento y pubertad hasta alcanzar una talla adulta acorde a su familia. El seguimiento clínico está orientado a ofrecer tranquilidad a la familia y al paciente. En algunos casos de RCCD y cuando se acompaña de retraso de talla y pubertad manifiesto, puede existir en el paciente una afectación psicológica que hay que valorar; ello es más frecuente en los varones que en las mujeres. Aquellos casos en los que exista afectación psicológica y repercusiones emocionales (menor autoestima, fracaso escolar) y sociales (aislamiento) son candidatos a un tratamiento hormonal. Si ello ocurre, estaría indicada una tanda corta de esteroides sexuales, durante 4-6 meses, para inducir el desarrollo puberal y estimular el crecimiento. En el varón se administran dosis bajas de ésteres de testosterona en forma de preparados depot (propionato) a una dosis de 50 mg/mes intramuscular a partir de los 14 años de edad cronológica o 12 años de edad ósea, durante un periodo de 3-6 meses. La testosterona estimula el crecimiento sin acelerar la edad ósea ni comprometer la talla adulta, induce la aparición de caracteres sexuales secundarios y, como a dosis bajas no se inhiben las gonadotropinas, se favorece el desarrollo puberal. No se considera necesario iniciar el tratamiento por debajo de esa edad por el riesgo de acelerar la edad ósea. El primer ciclo de tratamiento debe ir seguido de un periodo de observación clínica (6 meses). La oxandrolona, anabolizante no esteroideo, ha quedado en desuso y se han realizado ensayos clínicos con inhibidores de aromatasa de nueva generación (letrozole) con resultados prometedores. En la mujer es menos frecuente su indicación y se aconsejarían dosis bajas de estrógenos a partir de los 13 años de edad cronológica u 11 años de edad ósea. Se utiliza 17β-estradiol (vía oral 5 mcg/kg/d o preferiblemente transdérmico 3,1-6,2 mcg/días alternos, que equivale a 1/8-1/4 de parches de 25 mcg) durante un periodo corto de 4 meses con un control de la edad ósea. Se sabe que el tratamiento con esteroides sexuales para inducir la pubertad, cuando se inicia a una edad superior a 14 años en niños o 12 años en niñas, no tiene impacto en la talla adulta, pero supone un refuerzo psicológico importante(15,16).

En 2003, la FDA aprobó la indicación del uso de la rhGH en la TBI, para niños/as con TB ≤ a -2,25 DE por debajo de la media que presentan una velocidad de crecimiento que hace muy improbable alcanzar una talla adulta normal y en los que se han excluido otras causas de TB a una dosis de 0,035-0,050 mg/kg/día. La EMA, European Medical Agency, no ha aprobado dicha indicación. Existe controversia en cuanto al grado de efectividad de la rhGH y se acepta una variabilidad importante en la respuesta, que es concordante con la heterogeneidad de los pacientes categorizados como TBI. En comparación con la población control no tratada, se ha observado una ganancia media de 0,65 DE, lo que supone 4-5 cm, que es inferior a la observada en otras condiciones clínicas. Un metaanálisis encuentra una ganancia de talla adulta de 4-6 cm, con un rango entre 2,3 y 8,7 cm, y una ganancia media de 1 cm por año de tratamiento. Algunos autores sugieren iniciar el tratamiento a una dosis de 0,034 y aumentar la dosis hasta 0,067 mg/kg/día. Los mayores predictores de una mejor respuesta a talla adulta han sido la edad de inicio de tratamiento precoz (<9 años), mayor dosis, mejor longitud al nacimiento, mayor retraso en la edad ósea y mayor déficit de talla respecto a la TG. Dado que la respuesta al tratamiento es variable y debido a que la respuesta en el primer año se correlaciona con una mejor respuesta a largo plazo, se propone valorar la ganancia de talla a los 12 meses y, si la ganancia es inferior a 0,3-0,5 DE, reconsiderar la continuidad del tratamiento. Es una cuestión abierta a debate si la ganancia de talla adulta que se obtiene es coste-efectiva y beneficiosa para el bienestar psicológico del paciente(29-31).

Tratamiento de la talla baja durante la pubertad

Al margen de la etiología del retraso de crecimiento, las posibilidades de aumentar el potencial de crecimiento durante la pubertad están limitadas por el inexorable tempo de fusión de los cartílagos de crecimiento que limita el tiempo residual de crecimiento, y la experiencia clínica dicta que es muy difícil corregir un déficit de talla durante la pubertad. El incremento de talla durante la pubertad solamente supone el 17 % y el 12 % de la talla adulta de los varones y mujeres, respectivamente. Dado que muchos pacientes se presentan tardíamente con una talla baja severa al inicio de la pubertad, uno de los objetivos es cómo incrementar este porcentaje de ganancia de talla. Existen diferentes observaciones clínicas que apoyan la idea de que la talla adulta es dependiente del tempo y del nivel de exposición del cartílago de crecimiento a los estrógenos. Pacientes con elevada exposición alcanzan una menor talla adulta de la genéticamente esperada, como ocurre en la pubertad precoz y, a la inversa, pacientes con menor exposición, como en el hipogonadismo, alcanzan una talla adulta relativamente elevada. El estradiol es el factor hormonal más importante en la maduración del cartílago de crecimiento, tanto en el varón como en la mujer. Las estrategias para disminuir la exposición del cartílago de crecimiento a los estrógenos con objeto de retrasar la maduración ósea e incrementar el potencial de crecimiento son dos: bien a través de los análogos de LHRH (a-LHRH), por inhibición de la liberación de gonadotropinas, o por bloqueo periférico de la conversión de testosterona en estradiol a través de los inhibidores de la aromatasa (IA)(33).

Existen suficientes evidencias que indican cómo los a-LHRH pueden detener la pubertad, retrasar la maduración ósea y el cierre epifisario e incrementar la talla adulta en pacientes con pubertad precoz central. El tratamiento con a-LHRH en niños con TBI y pubertad normal o adelantada no ha demostrado eficacia significativa y clínicamente relevante para mejorar la talla adulta, por lo que el uso de los a-LHRH no está indicado. En pacientes con pubertad adelantada y progresión rápida, se podría valorar de manera individualizada en función del grado de afectación de la talla adulta. La combinación de a-LHRH y rhGH se ha propuesto como una opción para mejorar la talla adulta en pacientes con grave afectación del crecimiento durante la pubertad, siempre balanceando beneficios e inconvenientes, especialmente en el área psicológica y de la salud ósea. En aquellas situaciones de pacientes con TB (DGH, PEG) que reciben tratamiento con rhGH y que su talla al inicio de la pubertad está por debajo de la normalidad y presentan una pubertad adelantada con afectación importante del PTA, se podría considerar añadir a-LHRH, especialmente en niñas, durante un periodo mínimo de 2-3 años, ya que se asocia con una ganancia de talla adulta de 6 a 9 cm y les permite alcanzar su TG. Dado que la mayor parte de la evidencia se ha obtenido de estudios no controlados y el número de ensayos clínicos randomizados es escaso, para algunos autores su indicación es controvertida. Esta opción debe ser realizada de manera individualizada por el pediatra endocrinólogo experto en crecimiento y compartiendo la decisión con la familia por el impacto psicológico que supone detener la pubertad.

Una manera selectiva de prolongar el periodo de crecimiento en la pubertad es evitando la acción de los estrógenos a nivel del cartílago de crecimiento mediante los IA; ello tiene la ventaja frente al uso de a-LHRH que no detiene la progresión puberal(70). Los IA no están aprobados para ninguna indicación pediátrica y sí para el tratamiento del cáncer de mama, y se han utilizado off label en diferentes situaciones de TB patológica en varones, bien de manera aislada o asociada a la rhGH. Los estudios de los IA en la TBI y RCCD son limitados y, si bien se demuestra un enlentecimiento de la EO y una mejoría importante del PTA de +5 cm, existen pocos estudios a talla adulta y los resultados no siempre son coincidentes. El uso de IA en combinación con rhGH se ha estudiado en pacientes con TBI y DGH. Los pacientes que reciben tratamiento combinado (rhGH + anastrozol) presentan una progresión significativamente más lenta de la EO que los que recibieron solo rhGH y una ganancia de talla en relación al pronóstico de crecimiento significativamente mayor, evidenciando que asociar un IA al tratamiento con rhGH incrementa el potencial de crecimiento. Los estudios tienen limitaciones, siendo la principal la falta de datos a talla adulta. Los posibles efectos secundarios de los IA están en relación con la disminución de los niveles de estradiol y una posible afectación de la morfología de los cuerpos vertebrales y del perfil lipídico, si bien un tratamiento corto inferior a 2-3 años no ha demostrado afectación de la densidad mineral ósea.

En relación al uso de los IA en Pediatría, el grupo Cochrane ha realizado una revisión sistemática y concluye que la evidencia actual indica que el uso de IA mejora los resultados de crecimiento a corto plazo, pero no hay suficiente evidencia para indicar un aumento de la talla adulta debido a la escasez de estudios con metodología adecuada(70). La falta de datos a talla adulta hace que no se puedan extraer conclusiones firmes y sea considerado como un tratamiento en controversia. El uso de los IA debe ser individualizado, realizado por pediatras endocrinólogos con experiencia, en varones con talla baja patológica en pubertad instaurada y afectación importante del PTA, no en prepubertad, con una edad ósea superior a 12 años e inferior a 14,5 años. Se aconseja una duración corta del tratamiento, 2-3 años, en combinación con rhGH, ya que permite mejorar el crecimiento y la respuesta a largo plazo. No se recomienda su uso en mujeres, ya que al incrementarse los niveles de LH pueden desarrollar quistes de ovario. El uso de medicación “off label” no implica que sea ilegal o esté contraindicado, siempre y cuando su uso esté avalado por estudios y tras consentimiento e información a la familia y al paciente de los beneficios, riesgos y resultados esperados. El uso de los IA en pediatría debe ser muy individualizado y cauteloso(33).

Factor de crecimiento similar a la insulina tipo I (IGF-I)

El IGF-I recombinante fue aprobado en 2007 para pacientes con deficiencia primaria de IGF-I (anomalías primarias/genéticas del receptor de GH, en sus vías de señalización intracelular post-receptor STAT5B, deficiencia genética de IGF-I, déficit de PAPP-A2, déficit de SAL), que cumplen los siguientes criterios: talla ≤ a -3 DE, velocidad de crecimiento disminuida ≤ percentil 10, secreción de GH normal o elevada y niveles de IGF-I inferiores al percentil 2,5 para valores ajustados por edad y sexo, ausencia de enfermedad secundaria (malnutrición, hipotiroidismo) que justifique una insensibilidad secundaria a la GH y test de generación de IGF-I con ausencia de incremento de los niveles de IGF-I tras la administración de rhGH. También está indicado en los pacientes con DGH genético tipo IA (ausencia de GH), que tras la administración de rhGH sintetizan Ac anti GH neutralizantes y, por lo tanto, son resistentes al tratamiento con rhGH. La dosis recomendada es entre 40-80 mcg/kg/día, en dos dosis, vía sc. Entre los efectos secundarios, destaca: hipoglucemia, hipertrofia de tejido adenoideo y amigdalar (ronquido, apnea nocturna, hipoacusia), lipohipertrofia, hipertensión craneal benigna, crecimiento de tejido subcutáneo y cambios faciales, visceromegalia, artralgias y dolor muscular. Se aconseja su administración con las comidas para evitar la hipoglucemia. La experiencia clínica está centrada, sobre todo, en la deficiencia primaria del receptor de GH y se ha observado una respuesta positiva con una ganancia de talla variable (0,8-4,3 DE) que es menor a la observada en el déficit de GH tratado con rhGH. Esta menor respuesta se atribuye a la ausencia de restitución de la fisiología del sistema IGF, ya que los niveles de IGFBP-3 y SAL no se normalizan, y a una ausencia de la acción directa de la GH a nivel de los condrocitos, por lo que habría menor diferenciación de los mismos y menor producción local autocrina de IGF-I(34).

Displasias óseas

El alargamiento quirúrgico de los huesos largos (tibia, húmero, fémur) ha sido utilizado en el tratamiento de la TB severa por DO con un doble objetivo: incrementar la talla adulta y mejorar la proporcionalidad de los segmentos. En la TB severa no asociada a DO, su indicación es más controvertida. En relación con el alargamiento de miembros inferiores (fémur y tibia) y de miembros superiores (húmero), se han descrito diferentes opciones y se discute sobre su indicación, edad de realización y técnica empleada. El alargamiento de miembros inferiores entre 14 y 40 cm pretende un incremento de talla en bipedestación, mejorando las variables de proporcionalidad, funcionalidad y calidad de vida dependientes del segmento inferior. De la misma manera, el alargamiento de las extremidades superiores, con elongaciones entre 8 y 10 cm, permite el incremento de la longitud de los brazos y, con ello, mejora las variables de proporcionalidad corporal y funcionalidad dependientes del segmento superior. Se consiguen incrementos de talla muy importantes, pero son intervenciones que, con relativa frecuencia, conllevan complicaciones e incidencias, que requieren un seguimiento prolongado, con resultados funcionales no siempre satisfactorios. Por ello, se requiere previamente una información completa al paciente y a la familia de las ventajas e inconvenientes, y se exige que el paciente esté muy motivado; solo deben ser realizadas por centros con acreditada experiencia(13).

En 2022, la AEMPS aprobó la indicación de vosorotide para la acondroplasia en pacientes mayores de 2 años de edad y con las epífisis abiertas y, posteriormente, se amplió la indicación a partir de los 4 meses de edad. La acondroplasia es la causa más frecuente de TB asociada a DO, con una incidencia estimada de 1/10.000-1/30.000 de RN vivos. Se produce por una mutación activadora del gen FGFR3 que determina una ganancia de función del receptor y la sobreactivación de la vía de señalización MAPK (mitogen-activated protein kinase), inhibiendo la proliferación y diferenciación de los condrocitos de la placa de crecimiento. El vosorotide es un análogo de CNP (C-natriuretic peptide) que, al unirse a su receptor, produce una inhibición de la actividad de la vía MAPK y determina una mayor diferenciación y proliferación de los condrocitos. Los ensayos han demostrado un incremento de la velocidad de crecimiento anual de 1,57 cm/año en el grupo tratado vs. el grupo control, que se mantiene a lo largo de los años y produce una ganancia neta de talla. Además, se evidencia una mejoría de las proporciones corporales. El tratamiento aprobado es de 15 mcg/kg/día, se mantiene hasta el cierre de las epífisis y es bien tolerado con un buen perfil de seguridad. Se están realizando ensayos clínicos en fase III en pacientes con hipocondroplasia con resultados esperanzadores(35).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria tiene un papel fundamental en el control del crecimiento del niño sano y en la detección precoz de los trastornos del crecimiento. Es muy importante la existencia de una buena comunicación y coordinación entre Atención Primaria y atención especializada para poder realizar un diagnóstico y tratamiento precoz de los trastornos del crecimiento. Si bien no hay un consenso establecido en cuanto a qué pruebas se deben realizar en Atención Primaria y cuándo derivar a los niños/as con talla baja a atención especializada, las funciones del pediatra de Atención Primaria se podrían esquematizar de la siguiente manera:

• Controlar el crecimiento y desarrollo del niño sano como indicador de salud y bienestar. Además de controlar la talla, peso e IMC, debe comprobar un normal desarrollo puberal en cuanto a inicio y progresión.

• Ante un niño/a con TB, saber diferenciar si se trata de una VNTB de una posible TB patológica. Es importante tener los fundamentos para realizar una historia y exploración física completa, valoración auxológica e interpretación adecuada de la curva de crecimiento que permita sospechar una TBF y/o un RCCD.

• Realización de pruebas complementarias básicas de carácter general que permitan asegurar la sospecha diagnóstica de VNTB y descartar otras enfermedades sistémicas.

• Derivar a la Unidad de Endocrinología Pediátrica de referencia los casos con sospecha de TB patológica y aquellos niños/as con diagnóstico de VNTB que tengan un retraso de crecimiento acentuado y/o un mal pronóstico de talla adulta y/o su evolución no sea la esperada.

• Realizar el seguimiento de los niños/as con diagnóstico establecido de VNTB y transmitir a los niños/as, padres y cuidadores una información real de las expectativas de crecimiento.

El crecimiento y desarrollo es un proceso complejo que abarca desde el periodo fetal hasta el final de la adolescencia, en el que intervienen multitud de factores, y una correcta monitorización del mismo es una herramienta clínica muy útil para la detección de enfermedades a diferentes niveles.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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34. Backeljauw P, Andrews M, Bang P, Molle LD, Deal CL, Harvey J, et al. Challenges in the care of individuals with severe primary insulin-like growth factor-I deficiency (SPIGFD): an international, multi-stakeholder perspective. Orphanet J Rare Dis. 2023; 18: 312-30.

35. Semler O, Cormier-Daire V, Lausch E, Bobefr MB, Carroll R, Sousa SB, et al. Vosorotide therapy in children with achondroplasia: early experience and practical considerations for clinical practice. Adv Ther. 2024; 41: 198-214.

Bibliografía recomendada

– Wit JM, Kamp GA, Oostdijk W. Towards a rational and efficient diagnostic approach in children referred for growth failure to the general paediatrician. Horm Res Pediatr. 2019; 91: 223-40.

Artículo de obligada lectura. Se trata de una excelente revisión del tema, donde aborda de manera muy docente y académica el diagnóstico diferencial de la talla baja. Está realizado por un grupo de trabajo holandés de una fuerte tradición en los estudios de crecimiento y tiene un planteamiento muy clínico. El lector lo disfrutará.

– Collett-Solberg PF, Ambler G, Backeljauw P, Bidlingmaier M, Biller BMK, Boguszewski MCS, et al. Diagnosis, genetics and therapy of short stature in children: a Growth Hormone Research Society International Perspective. Horm Res Pediatr. 2019; 92: 1-14.

Se trata de un artículo elaborado tras la reunión de un grupo de expertos de la Growth Hormone Research Society. Lectura fácil con mensajes claros sobre cuándo iniciar un estudio de talla baja, pruebas a realizar, selección de pacientes para realizar estudio genético y sobre el manejo del niño en tratamiento con rhGH.

– Grimberg A, DiVall SA, Polychronakos C, Allen DB, Cohen LE, Quintos JB, et al. Guidelines for Growth Hormone and Insulin-like Growth Factor-I treatment in children and adolescents: growth hormone deficiency, idiopathic short stature and primary insulin-like growth factor-I deficiency. Horm Res Pediatr. 2016; 86: 361-97.

Se trata de una guía clínica elaborada por la Pediatric Endocrine Society, en relación con el diagnóstico y tratamiento del déficit de GH, talla baja idiopática y deficiencia primaria de IGF-I. Establece recomendaciones basadas en el sistema GRADE, por lo que es un artículo de obligado conocimiento para realizar una buena práctica clínica. Muy recomendable.

 

Caso clínico

 

Mujer de 6 años y 7 meses de edad que acude a la consulta para estudio de talla baja. La madre está preocupada, porque siempre la ha visto pequeña; aporta los datos de la cartilla de su pediatra y se aprecia que su talla se ha mantenido paralela e inferior al percentil 3 en los últimos años sin pérdida de talla.

Antecedentes personales: embarazo normal, bien controlado. Parto eutócico. Edad gestacional: 38+5 semanas. Peso: 2.450 g (-1,82 DE). Longitud: 47 cm (-1,34 DE). Perímetro cefálico: 33,5 cm (-0,44 DE). Cribado neonatal normal. Ictericia fisiológica. Sin intolerancias alimentarias. Desarrollo psicomotor normal. Buena curva ponderal, sin enfermedades previas, salvo una infección de orina en el primer año de vida, siendo diagnosticada de doble sistema pielocalicial en el lado derecho. Otitis frecuentes, en seguimiento por ORL. Buena conducta social, rendimiento escolar normal. Estenosis aórtica que ha requerido valvuloplastia.

Antecedentes familiares: madre sana: tiroiditis de Hashimoto en tratamiento, menarquia a los 13 años. Talla madre: 161 cm (-0,52 DE). Padre sano: sin enfermedades relevantes, no recuerda edad de afeitado y cree que hizo la pubertad a una edad normal. Talla padre: 177,8 cm (0,05 DE). Talla diana: 162,9 ± 5 cm (-0,2 DE). No consanguinidad. Sin otros antecedentes familiares de interés. Tercera hija de una fratría de 3. 2 hermanos sanos de 8 y 11 años de edad. Sin abortos.

Exploración física: edad: 6 años y 7 meses. Peso: 17,5 kg (-1,47 DE). Talla: 106,3 cm (-2,82 DE). Índice de masa corporal: 15,49 kg/m2 (-0,38 DE). Perímetro cefálico: 50,5 cm (-0,61 DE). Talla sentada: 58 cm. Cociente talla sentada/talla: 0,546 (0,05 DE). TA: 105/65 mm Hg. FC: 85 lpm. BEG. Facies triangular, orejas de implantación baja, ptosis leve en ojo izquierdo. Cuello ancho. Tórax campaniforme con mamilas separadas. No se palpa bocio. Efélides en tronco y espalda. Uñas displásicas. Hábito robusto. Talla sentada/talla: 0,54. Auscultación cardiopulmonar: soplo sistólico II/VI. Abdomen normal. Prepuberal, Tanner I.

Exploración complementaria: hemograma, sideremia, ferritina. VSG: normales. Bioquímica general básica: normal. Ac: antitransglutaminasa. IgA: negativos. Inmunoglobulina A en suero: 205 mg/dL (VN 35-250). Función tiroidea: TSH: 3,5 mUI/mL. T4 libre: 0,98 ng/dL. IGF-I: 185 ng/mL (VN 63-250). IGFBP-3: 4,1 mcg/mL (VN 2,2-5,2). Edad ósea: 6 años con una edad cronológica de 6 años y 7 meses. PTA de 147 cm (-2,86 DE).

 

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Short stature

>J.I. Labarta Aizpún
Topics on
Continuous Training



J.I. Labarta Aizpún

Head of the Pediatrics Department. Endocrinology Unit. Professor of Pediatrics. Miguel Servet University Hospital. Zaragoza

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Corresponding author:

jilabarta@salud.aragon.es

Abstract

Short stature is a very common cause of referral. There are many causes of growth failure, but the great majority of cases are due to normal variants and only in a minority of cases an underlying disease is found. Pathological growth failure includes the consideration not only of short stature, but also growth velocity, genetic height and estimation of adult height. Idiopathic short stature is a broad concept difficult to define and in the last years new genes related to the development of the growth cartilage have been implicated. The diagnostic process should be stepwise and aims to differentiate between short stature that is a variant of normal and pathological short stature, identify the cause, and initiate treatment as soon as possible. A complete medical history and examination, together with a careful assessment of auxology, bone age, and basic complementary tests, allow the diagnosis to be guided without the need for advanced studies. Treatment with recombinant human growth hormone (rhGH) should be carried out under the indicated conditions and doses and started as soon as possible during prepuberty. This review presents the state of the art regarding differential diagnosis and therapeutic possibilities.

 

Resumen

La talla baja es un motivo frecuente de consulta. Las causas son múltiples, pero, en la mayoría de las ocasiones, se trata de variaciones normales del crecimiento y, muy pocas veces, se identifica una etiología responsable. El concepto de hipocrecimiento patológico incluye valorar no solamente la talla, sino también la velocidad de crecimiento, la talla genética y la estimación de la talla adulta. La talla baja idiopática es un concepto amplio y de difícil definición y, en los últimos años, se han identificado anomalías en genes implicados en el desarrollo del cartílago de crecimiento. El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objetivo diferenciar una talla baja variante de la normalidad de una talla baja patológica, identificar la causa e instaurar un tratamiento lo antes posible. Una historia clínica y exploración completa, junto con una juiciosa valoración de la auxología, edad ósea y pruebas complementarias básicas, permiten orientar el diagnóstico sin necesidad de estudios avanzados. El tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) se debe realizar en las condiciones y dosis indicadas e iniciarlo lo antes posible durante la prepubertad. En esta revisión se realiza una actualización del tema, tanto a nivel del diagnóstico diferencial como de las posibilidades de tratamiento.

 

Key words: Short stature; Growth failure; Growth hormone.

Palabras clave: Talla baja; Retraso de crecimiento; Hormona de crecimiento.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 249 – 271

 


• To present the classification and different causes of growth disorders.

• To be able to perform the clinical history, physical examination and complete auxological assessment that allows for establishing a suspected diagnosis.

• To identify patients in whom short stature is a variant of normality (familial short stature and/or constitutional delay of growth and puberty).

• To recognize patients with pathological short stature and the different levels of complementary tests that can be performed to identify their underlying etiology.

• To be familiar with the therapeutic options available for the treatment of short stature.

• To know the approved indications for growth hormone in the treatment of short stature.


 

 

Short stature

https://doi.org/10.63149/j.pedint.44

Introduction

Short stature (SS) is one of the main reasons for consultation, and growth assessment is a highly sensitive indicator of a child’s health status. Human growth is a dynamic process subject to multifactorial regulation, and height variation in the population is explained by genetic factors and, to a lesser extent, by environmental factors. The GH-IGF-I axis is the most important endocrine system in the regulation of postnatal growth.

The assessment of a child’s growth is a very sensitive indicator of their health and well-being, and its evaluation is part of well-child monitoring programs. Short stature (SS) is one of the main reasons for consultation, hence the importance of performing a correct assessment to adequately direct the diagnostic process and differentiate pathological SS from non-pathological SS, which is a variant of normal human growth and maturation rates(1,2).

Human growth is a dynamic, continuous, non-linear process regulated by multiple factors, which can be classified as exogenous (nutrition, physical activity, affectivity, psychosocial influence) and endogenous (genetic, hormonal, metabolic, and tissue receptivity at the growth plate level). Approximately 80% of the variation in adult height found in the population depends on genetic factors, and the remaining 20% is explained by environmental factors that are responsible for the difference in height between populations and the secular acceleration of growth. This genetic dependence is attributed to the combined participation of multiple genes, making adult height a polygenic trait. The maturation rate of an individual is also conditioned by genetic factors. Environmental factors, such as nutrition, stress, affectivity, and socioeconomic conditions, can influence growth and the maturation rate, such that unfavorable conditions determine a lower adult height and a later puberty(3).

The GH-IGF-I axis It is the most important endocrine system in the regulation of growth(4,5). Growth hormone (GH) has direct growth-stimulating actions and most of them are mediated by the action of IGF-I (insulin-like growth factor number I) produced in the liver. IGF-I is the main postnatal growth factor and exerts mitogenic and anabolic actions on most cells. IGF-I circulates in the blood bound to carrier proteins or IGF binding proteins (IGFBPs). The most important IGFBP in serum is IGFBP-3, which together with the acid-labile subunit (ALS) and IGF-I forms a ternary complex that transports IGF-I to the tissues. At the peripheral level, proteases break down the IGFBP complexes and allow the release of free IGF-I into the tissues. Both IGF-I and IGFBP-3 and the acid-labile subunit are proteins produced in the liver that depend on the secretion and action of GH. In recent years, progress has been made in the understanding of the peripheral bioavailability of IGF-I, and the role of pappalysins, specifically pappalysin-2 (PAPP-A2, pregnancy-associated plasma protein 2), which acts as a proteolytic enzyme that breaks down the ternary complex of IGF-IGFBP-3-ALS, facilitating the release of IGF-I into the tissues. Stanniocalcins are peptides that regulate, in turn, the action of pappalysins, and are therefore also involved in the regulation of the peripheral action of IGF-I(6). GH and nutritional status are the two most important regulatory factors of hepatic secretion of IGF-I and IGFBP-3. Other hormonal systems involved in the regulation of IGF-I levels are insulin, thyroid hormones, glucocorticoids and sex steroids. Malnutrition, conditions such as anorexia and celiac disease, chronic inflammatory diseases such as Crohn’s disease or juvenile chronic arthritis, decrease the levels of IGF-I and IGFBP-3, despite normal GH secretion, indicating the existence of a secondary resistance to GH(2). In the growth cartilage, in addition to the endocrine action of IGF-I and GH, other growth factors and proteins produced by the chondrocytes themselves and which have autocrine and/or paracrine action also intervene, such as IGF-I, FGF (fibroblast growth factor), TGFβ (transforming growth factor), CNP (C-natriuretic peptide or C-type natriuretic peptide), PTHrP (PTH-related protein), cytokines, extracellular matrix proteins and bone morphogenetic proteins (BMP)(3,5).

The concept of short stature and growth failure

While short stature is a static and statistical concept, growth failure is defined based on growth rate, genetic height, and expected adult height. Most short statures presented to the clinic are normal growth variants, and only in approximately 15-20% is an underlying cause or pathology found.

Height follows a normal distribution, and by definition, 2.3% and 0.6% of healthy individuals have a height that is 2 SD and 2.5 SD below the mean for age and sex in a given population, respectively. This indicates that many children referred for SS testing do not have pathology and are at the extreme end of the normal curve. To correctly assess growth and identify pathological growth, three parameters must be considered: a) height relative to the mean (SD or percentile position); b) comparison of height relative to genetic height (GH); and c) growth velocity (GV) adjusted for age, sex, and pubertal stage, where a height loss greater than 0.3 SD/year is considered greater than expected based on physiological growth variability. SS is a static concept based on a statistical criterion defined as a height below normal, while growth failure is a broader concept and involves assessing growth rate and future expectations for adult height. The most frequently used criteria for describing SS/growth failure are: a) height less than -2 SD for age and sex on charts appropriate for the population studied; b) normal height (within ±2 SD) but 2 SD below genetic height (GH); c) an estimated adult height 2 SD below the individual’s genetic height; and d) decreased growth velocity, including a growth velocity less than -1 SD (~25th percentile) for age and sex, sustained over a period of more than 2 years. This concept includes situations where a child does not have SS but may have pathological growth failure(4,5).

The prevalence of growth failure is difficult to establish, but it is thought that approximately 3-5% of the child population may exhibit SS at any given stage of their growth. There is no reason to believe that the prevalence of SS varies depending on the origin of the population studied, with the exception of growth failure due to nutritional or deficiency causes in underprivileged countries. The prevalence of pathological SS is between 1.5% and 40%, depending on the severity of the auxological inclusion criteria, but it is accepted that approximately 15-20% of SS cases have a known cause(5), while the vast majority are variants of normal or non-pathological SS.

Etiology and classification of short stature

Growth disorders have a multitude of causes and are classified as disorders with primary or intrinsic involvement of the growth plate, disorders with secondary involvement of the growth plate due to alterations in the nutritional-hormonal-metabolic environment, and disorders of unknown cause. Idiopathic SS is a difficult and controversial concept to define, largely dependent on the tests performed. In recent years, genetic studies have made it possible to identify genetic abnormalities in genes related to growth plate development in patients with short stature who were previously considered idiopathic.

Height variation in the normal population is mostly related to variants in genes involved in the growth cartilage and, for this reason, many authors prefer to categorize SS based on whether the growth cartilage involvement is primary, due to the affectation of the genes involved in its function, or secondary to other processes(7). Table I(8) presents the different etiologies according to the classification proposed by the European Society of Pediatric Endocrinology(8), which divides them into 3 large groups: a) growth failure of primary origin, due to defects or anomalies intrinsic to the growth cartilage; b) secondary growth failure, caused by all those processes that determine an alteration of the nutritional-hormonal-metabolic environment in the growth cartilage; and c) growth failure of unknown cause, in what has been called idiopathic short stature (ISS).

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Primary growth failure

Growth failure of prenatal origin

Prenatal growth can be affected by numerous maternal (tobacco, alcohol, drugs, systemic diseases), placental (uterine-placental insufficiency), and fetal (infections, chromosomal abnormalities, gene abnormalities) factors; however, in most cases, no cause is identified and the term idiopathic intrauterine growth restriction is used. The concept of small for gestational age (SGA) is not always synonymous with intrauterine growth restriction, as some children may be considered SGA without having undergone intrauterine growth restriction if their genetic potential and growth percentile have been within low percentiles throughout pregnancy (constitutional SGA). The term intrauterine growth restriction should describe fetuses in which there is clear evidence of growth restriction; it is more of an obstetric concept, which includes the determination of fetal growth in two stages and the verification of growth cessation. The term SGA is defined as a newborn (NB) whose birth weight and/or length is ≥2 SD below the mean for their gestational age(9). Most SGA newborns show catch-up growth, which is most intense in the first six months, and 80-90% reach a normal length in early childhood, between ±2 SD, although they are often below their family range. At 2 years of age, 13-15% of these children have a length below -2 SD; after the first two years of life, catch-up growth is rare, except in premature newborns. The group of SGA newborns without spontaneous catch-up growth should be followed, as they may be candidates for treatment with recombinant human growth hormone (rhGH). GH does not play a primary role in prenatal growth, which at the hormonal level depends more on insulin and insulin-like growth factors-1 and -2 (IGF-I and IGF-II). The group of growth retardation of prenatal origin should include disorders linked to insulin deficiency and IGF-I synthesis or action due to mutations in the genes IGF1 and IGF1R, respectively(10).

Syndromes associated with growth failure

Various syndromes are known to be associated with growth retardation(10,11). SS is frequently of prenatal origin, resulting in an intrinsic growth disturbance. In this group of patients, clinical examination is essential to guide the diagnosis (Table II)(3,4).

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Skeletal dysplasias

More than 400 types of bone dysplasias (BD) are described and classified according to clinical, radiological, biochemical, and molecular criteria, and more than 350 genes are involved. BDs have a combined incidence of 1:5,000 live births and represent 5% of children born with a congenital defect. BDs frequently present with short stature in childhood, but due to their clinical heterogeneity, symptoms can range from premature arthritis with normal stature to patients with severe short stature with death in the perinatal period. The spine and extremities are usually affected, but it is also necessary to rule out involvement of other organs and systems, such as vision, hearing, neurological impairment, or cardiorespiratory function. The key sign is disproportionate SS with abnormalities of the body segments(12).

Achondroplasia, which is due to a mutation in the gene FGFR3 (4p16.3) with an autosomal dominant pattern and complete penetrance, and hypochondroplasia, a milder form of achondroplasia and also linked to the gene FGFR3, are the most frequent BDs and are easily identified clinically due to their growth failure, shortening of limbs, rhizomelia, curvature of the legs and frequent genu varum(13). Hypochondroplasia does not have the characteristic facial appearance of achondroplasia and its growth stunting is less, and it can be confused with and diagnosed as familial idiopathic SS. Other less common BDs are multiple epiphyseal dysplasia, in which at least five genes have been implicated (COMP, COL9A1, COL9A2, COL9A3 and MATN3), and Maroteaux’s acromesomelic dysplasia, which is linked to a loss of function of both alleles of the NPR2 gene.

SHOX gene is located in the pseudoautosomal region of the short arm of the X and Y chromosomes, and is predominantly expressed in the 1st and 2nd pharyngeal arch, distal humerus (elbow), distal ulna and radius (wrist), proximal tibia and distal femur (knee) and regulates the differentiation and proliferation of chondrocytes. Mutations or deletions in homozygosity or compound heterozygosity are very rare and are associated with Langer’s mesomelic dysplasia, very severe BD with very short stature (-6 SD), severe shortening of the limbs and aplasia of the ulna and fibula. Haploinsufficiency of the SHOX gene by mutation or deletion in heterozygosity of the SHOX gene or its regulatory region PAR1 is responsible for Léri-Weill dyschondrosteosis and also for some clinical manifestations of Turner syndrome. Léri-Weill dyschondrosteosis is characterized by mesomelic undergrowth (shortening of the forearms), cubitus valgus, Madelung deformity, shortening of the metacarpals and metatarsals, high-arched palate, micrognathia, and a short neck; these manifestations are more marked in women and after puberty, due to the influence of estrogen. The phenotypic variability is wide, so the clinical spectrum is a continuum ranging from severe forms, with disproportionate SS, to mild forms, with proportionate SS with minor skeletal and radiological abnormalities without Madelung deformity. Up to 2-15% of idiopathic short stature is associated with heterozygous mutations in the SHOX gene. In table III(14), the clinical pictures associated with SHOX gene abnormalities are presented(14).

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Secondary growth failure

Chronic diseases and malnutrition

In developed countries, malnutrition as a cause of growth retardation is usually linked to chronic pathologies with inadequate diets and nutrient intake. Restrictive diets, whether or not associated with excessive exercise, and eating disorders such as anorexia nervosa, can lead, depending on the severity and duration, to protein-calorie malnutrition and impaired growth. Malnutrition is accompanied by a state of secondary GH resistance with decreased levels of IGF-I and IGFBP-3 and normal or elevated GH secretion. Recurrent infections (gastrointestinal, parasitic) are a common cause of growth retardation in underdeveloped countries. In our setting, the presence of recurrent infections should raise the possibility of underlying immunodeficiency (primary or secondary) or associated malformations. It is estimated that ~10% of pathological SS causes are secondary to chronic disease. The growth pattern is similar, with an initial impact on weight development and body mass index (BMI) and, subsequently, a decrease in growth velocity, a drop in height, as well as delayed puberty and bone age. The release of the noxa and appropriate treatment produce a recovery growth, which may be total or partial(15).

Endocrine diseases

Endocrine disorders account for approximately 5% of the causes of pathological SS. In addition to GH-IGF axis disorders, these include hypothyroidism and chronic hypercortisolism (Cushing’s syndrome), which can be caused by the pituitary (Cushing’s disease) or adrenal (ACTH-independent hypercortisolism), or, most commonly, by chronic corticosteroid administration. In the latter case, the severity of growth retardation depends on the type of corticosteroid, dose, duration, administration regimen, and individual sensitivity. Other endocrine causes include pseudohypoparathyroidism and poorly controlled diabetes. Endocrine-caused growth failure includes clinical situations of excess of sexual steroids (precocious puberty, congenital adrenal hyperplasia, exogenous administration of steroids) that present a transient hypergrowth, acceleration of bone age and premature closure of growth cartilages and end with adult height below normal(16).

GH-IGF axis disorders

Growth retardation due to alterations in the GH-IGF axis accounts for 2-5% of cases of postnatal SS. GH deficiency (GHD) can be genetic or acquired, isolated or associated with other hormonal deficiencies. GHD has an incidence of 1:3,400 and a prevalence of 1:29,000. Most GHD are idiopathic, and only 20% have an organic cause. Among the idiopathic GHD group, embryological abnormalities at the pituitary level can be found, such as pituitary hypoplasia, hypoplastic or absent stalk, and ectopic neurohypophysis(17).

Between 3-30% of cases of selective GHD are familial or genetic. Most mutations involve the GH genes (GH1) or to the hypothalamic GH-releasing hormone receptor (GHRHR) and, to date, no patients with mutations in the GHRH gene have been identified. Heterozygous mutations in genes HESX1 and SOX3 are a rare cause of selective GHD. It is important to consider that some cases of panhypopituitarism initially present as isolated GHD and eventually develop the other hormonal deficiencies. Recessive and dominant mutations have been described in the GH secretagogue receptor type 1 gene (GHSR), whose natural ligand is ghrelin, in patients with partial idiopathic GHD. GHD associated with agammaglobulinemia is caused by an affectation in the BTK (Bruton agammaglobulinemia tyrosine kinase) gene. The clinical manifestations of GHD depend on its severity. The most common manifestations are progressive growth retardation, loss of height, decreased growth velocity, and, frequently, delayed bone age. Delayed bone age is not always observed, as premature adrenarche or precocious/advanced puberty may coexist, or the patient comes from a family with a rapid maturation rate. Severe forms are accompanied by a characteristic phenotype (central adiposity, doll-like face, acromicria, high-pitched voice, decreased muscle mass). In the neonatal age, if other pituitary deficits are present, patients present with hypoglycemia, micropenis, with or without cryptorchidism, prolonged jaundice, and elevated liver enzymes(18).

As with selective GHD, most cases of multiple hormonal deficiencies are idiopathic, and in 20-25% of cases, a responsible gene is identified. Many of the transcription factors involved in the secretion of pituitary hormones are not specific to the pituitary gland and participate in the ontogeny of other organs, so they are frequently associated with other malformations. The mode and timing of presentation of the different hormonal axes can vary, so they can appear at later ages; generally speaking, TSH and GH deficiencies are the “earliest,” while FSH, LH, PRL, and ACTH impairment can be “late” and manifest in adulthood. The genes most frequently involved in multiple hormone deficiencies are HESX1 (septo-optic dysplasia), PROP1, POU1F1 (TSH, GH and prolactin deficiency), RIEG (Rieger syndrome), LHX3, LHX4, SOX3 (X-linked GHD with psychomotor delay), GLI2 (holoprosencephaly), GLI3 (Pallister-Hall syndrome), OTX2, FGF8 (holoprosencephaly), FGFR1 (eye defects, corpus callosum hypoplasia) and IGSF1 (TSH, GH and prolactin deficiency with macroorchidism)(18,19).

Inactive GH refers to an immunologically reactive, but structurally abnormal and biologically inactive, GH molecule produced by a pathogenic variant in the GH1 gene. It is characterized by a progressive growth retardation with normal or high serum levels of GH, since they produce immunologically detectable GH, but biologically inactive, which is why it is associated with decreased levels of IGF-I and IGFBP-3, a positive response in the IGF-I generation test (rhGH administration for 5 days with a 50% increase in basal IGF-I levels), since the GH receptor is normal, and a good response to treatment with rhGH(5,17).

Primary IGF-I deficiency or primary GH insensitivity syndrome is a rare condition that presents with a very characteristic and severe phenotype; it is included within the postnatal growth retardation, with a proportionate appearance. These conditions are characterized by normal or increased GH secretion with very low levels of IGF-I and IGFBP-3 in the absence of systemic disease, malnutrition, chronic inflammation, liver damage or other comorbidity that justifies a lower production of IGF-I due to secondary insensitivity. They present with severe SS, decreased growth velocity and a characteristic phenotype (facies with midfacial hypoplasia, broad forehead, central adiposity), although partial or variable severity forms are currently accepted. Laron syndrome due to affectation of the GH receptor gene (GHR) was identified 50 years ago and represents the extreme form of insensitivity, but today less severe forms and partial insensitivity are accepted. GH action and biological signal transmission require protein phosphorylation, including STAT5b (signal transducer and activator of transcription 5B), also involved in immune function, and therefore, deficiency of this factor is associated with recurrent lung and skin infections. Other proteins responsible for transmitting the GH signal are known, such as STAT3, also involved in immune function, the interleukin 2 receptor (ILRG2 gene) and phosphatidylinositol 3 kinase (PIK3R1 gene)(35). The primary defect of the acid-labile subunit (ALS) results in a lower bioavailability of IGF-I at the peripheral level and is associated with very low serum levels of IGF-I, IGFBP-3 and ALS; the phenotype is not as severe and its growth pattern may resemble constitutional growth retardation. The mutation of the IGF1 gene can determine a severe decrease in IGF-I, which causes severe prenatal and postnatal delay, microcephaly, sensorineural hearing loss, retromicrognathia and mental retardation, reflecting the important role of IGF-I in prenatal growth and in the development of the central nervous system (CNS). Growth retardation due to bioinactive IGF-I due to a mutation in the IGF1 gene has also been described, which associates elevated levels of IGF-I, but biologically inactive. IGF-I resistance is due to heterozygous mutations in the IGF-I type 1 receptor gene (IGF1R), which are responsible for isolated cases of pre- and postnatal growth retardation, and recent studies indicate that they are present in up to 2% of SGAs with SS. Patients with mutations in the IGF2 gene present a phenotype similar to Silver-Russell syndrome, indicating that IGF-II plays a role in postnatal growth in addition to its function in fetal growth. Recently, a new syndrome due to mutations in the PAPPA2 gene has been described and involves a deficiency of a protease of the IGF-I transport protein (IGFBP-3), which, when deficient, prevents the release of IGF-I from the ternary complex. It occurs with elevated GH and total IGF-I, IGFBP-3 and ALS, and a decrease in free IGF-I due to lower bioavailability at the peripheral level(20). The classification of GH-IGF axis disorders is presented in table IV(19,20).

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Psychosocial disorders and iatrogenic growth retardation

Situations of emotional deprivation (neglect, abandonment, bullying, abuse) are associated, depending on the degree and duration, with growth and pubertal delays due to secondary functional hypopituitarism. Treatments for cancer can lead to impaired growth; total body irradiation, in addition to affecting the pituitary gland, leads to reduced growth of the trunk, resulting in disharmonious growth retardation; chemotherapy and drugs that block cellular tyrosine kinase activity can also slow growth. Treatments that suppress appetite can cause reduced growth rates.

Growth disorders of unknown cause: idiopathic short stature

The term idiopathic short stature (ISS) is an arbitrary and controversial concept, since establishing the etiology of a patient is closely related to the extent of complementary studies. The classic definition of ISS includes any child with height ≥2 SD below the mean for age, sex and population group, normal prenatal growth assessed by normal length and weight for gestational age, absence of endocrine disease, which includes demonstration of normal GH secretion, absence of chronic diseases, chromosomal abnormalities, nutritional and/or emotional deficiencies, normal physical examination and normal body proportions. From a conceptual point of view, ISS has been subdivided into familial ISS and non-familial ISS, and in turn, both groups can be subclassified into children with delayed puberty and children with normal puberty. ISS has been the subject of extensive reviews and its concept has been subject to debate and discussion over the last years(21).

The ISS group includes children with normal variants of short stature (NVSS), which include familial short stature (FSS), constitutional delay of growth and puberty (CDGP), and mixed cases. Furthermore, the ISS concept includes patients who, while meeting the criteria of the previous definition, present minor skeletal or phenotypic abnormalities that may go unnoticed without a thorough examination, and who reach a short adult height that is lower than their genetic height. This group of patients is not part of the “classic” NVSS concept and would be forms of pathological SS with a cause not identified with standard studies, in which an advanced study is required to ensure that they are truly “idiopathic.” It is estimated that approximately 60-80% of children who consult for SS fall into the ISS group, and of these, the vast majority would be NVSS and the rest would be pathological ISS(22).

Normal variants of short stature

The term familial short stature (FSS) includes healthy individuals with short stature, who have a normal maturational rhythm (normal bone age and puberty), normal growth velocity, have a history of SS in first-degree relatives, and reach a short adult height commensurate with their genetic makeup. The diagnosis of FSS is made by exclusion, and it is important to emphasize that short parents do not always mean simple FSS, since the presence of this finding does not exclude the possibility that the child may present other causes of growth retardation or that the parents carry a genetic abnormality of variable expressivity.

The concept of constitutional delay of growth and puberty (CDGP) includes children with slow maturation and an adequate growth velocity, but who, from 7-8 years of age, experience a decrease in growth velocity, which becomes very evident in the peripubertal ages, with delayed bone age and the onset of puberty. A history of pubertal delay in the father (late shaving age, late growth spurt) and/or in the mother (late menarche) is very common. The growth pattern of these children is very characteristic and can be summarized as follows: a) normal weight and length at birth; b) normal growth velocity during the first 12-18 months of life with a subsequent decline until 2-4 years of age, when height is within its genetic range; c) from 2-4 years of age, growth velocity reaches a normal rate, but below average; d) significant prepubertal decrease in growth velocity; e) delayed height for chronological age, but not for bone age, which presents a delay ≥2 years; and f) late pubertal growth spurt, but in line with bone age, characterized by a shorter time interval from the onset of puberty to the start of the growth spurt and by a less intense peak growth velocity. All children spontaneously, although late, reach complete pubertal maturation, and most achieve a normal adult height appropriate for the family; although, in a variable percentage (~20%), adult height is between 0.6 and 1.5 SDS below their GH. Patients with associated FSS and/or a decreased growth velocity throughout childhood and during the prepubertal period are at greater risk of not reaching their GH; conversely, children with a family history of tall stature tend to match or exceed their GH. A definitive diagnosis of CDGP cannot be made until the late onset of puberty is confirmed (≥13-14 years in males and ≥12-13 years in females)(14,25). The clinical characteristics of NVSS are presented in table V(1,16,23).

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Pathological idiopathic short stature

Population genome studies have shown that most of the genes involved in height variability are related to the growth plate and endochondral ossification. These genes include the SHOX (short stature homeobox gene Xp22.33 and Yp11.2); NPR2 (natriuretic peptide receptor 2; 9p13); FGFR3 (fibroblast growth factor receptor 3; 4p16.3), NPPC (natriuretic peptide precursor C; 2q37); ACAN (aggrecan; 15q26.1) and IHH (Indian hedgehog homolog; 2q35). These are genes whose mutations in a state of homozygosity or compound heterozygosity determine a specific BD, while pathogenic variants in heterozygosity determine SS without apparent disproportion and with minor and nonspecific clinical and skeletal signs. As these genes are inherited in a dominant manner, a history of SS in one of the parents is frequent. These patients would form the group of pathological ISS and, once their cause is identified, would leave the ISS group and would become part of the growth failure due to primary involvement of the growth cartilage. The haploinsufficiency of the SHOX gene is present in 2-15% of patients with apparent ISS, and suggestive clinical findings would include the variable presence of minor skeletal abnormalities such as limb shortening, high-arched palate, micrognathia, cubitus valgus, tibial curvature, and a stocky appearance. Radiologically, these patients may present with minor findings such as altered bone alignment of the wrist bones, triquetrum deformity of the carpal bones, or triangular deformity of the radial head, but not all patients present with all these findings, and there may be patients who do not show radiographic abnormalities (Table III)(14). Patients with heterozygous involvement of the ACAN gene present short adult stature and a growth pattern characterized by accelerated bone age and premature closure of growth cartilages. The ACAN gene encodes a proteoglycan called aggrecan, which is a component of the extracellular matrix of the growth plate and articular cartilage. They have a mostly proportionate habit, although the arm span is greater than the height in some patients. These patients associate early-onset osteoarthritis, lordosis, and early lumbar herniation(5,22).

Diagnosis

The diagnostic process should be step-by-step and aims to differentiate normal variant SS from pathological SS and identify the cause as early as possible to initiate early treatment. A detailed clinical history, a thorough examination, and a correct interpretation of auxological and bone age data are the first steps in establishing a suspected diagnosis and guiding the appropriate testing.

In many cases, a diagnosis cannot be reached through clinical history and physical examination, so basic complementary testing must be performed to rule out systemic diseases. There is no consensus on which tests to perform, and they usually offer very low diagnostic yield. When an abnormality of the GH-IGF axis is suspected, IGF-I measurement is the first test to perform. Diagnosis of GHD in childhood is straightforward in severe forms. However, diagnosis of idiopathic GHD, which is the most common form, requires correct and judicious interpretation of clinical, auxological, radiological, and hormonal data (IGF-I levels and GH stimulation test), as there is no specific test. In cases of idiopathic SS that show minor skeletal abnormalities and/or mild dysmorphisms, especially if they are severe forms and there is a family history of short stature, a genetic cause should be suspected and advanced genetic studies should be performed in collaboration with a clinical geneticist for correct interpretation of the results, as they offer high diagnostic yield.

The causes of SS are multiple, and differential diagnosis requires a series of well-structured, step-by-step procedures before proceeding with complementary studies. Most cases are NVSS, and not every child requires the same range of complementary tests, since, in most cases, a thorough clinical history and physical examination will suffice to establish a diagnosis. In the diagnostic approach to SS, one could refer to five levels of examination(23,24).

Step 1: Medical history and physical examination

The first level would be based on a detailed clinical history and physical examination aimed at finding data that help identify a known cause responsible for the growth failure (Table VI)(24,25). Perinatal history inquiring about pregnancy and delivery, maternal illnesses, prenatal growth, weight, length and head circumference at birth, to identify whether the origin of the growth retardation is prenatal (idiopathic or secondary intrauterine growth retardation) or postnatal. It is necessary to assess the family history and ask for growth and puberty data from parents and relatives. The child’s genetic potential or “path” must be determined, and this is done by calculating the GT, which is the height that a son or daughter should reach assuming optimal and similar health conditions in both generations. There are different methods for calculating GT, but the most commonly used formula is obtained by calculating the average parental height adjusted by sex (Tanner formula); for women, it is [(father’s height + mother’s height) – 13] / 2; and for men, it is [(father’s height + mother’s height) + 13] / 2. GT ± 8.5 cm corresponds to the 3rd and 97th percentiles of adult height estimates, and a child is said to be short for their family when it is ≥ 2 SDs from the GT. Tanner’s formula underestimates the GT in the case of short parents and overestimates it in the case of tall parents. In these cases, another GT formula would be accepted: [(father’s height SD + mother’s height SD) / 2] x 0.72(24,25).

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Personal history must be made to rule out symptoms of systemic disease (chronic diarrhea, bloody stools, abdominal pain, anorexia, recurrent infections, chronic cough, dyspnea, arthralgia, arthritis, fatigue, slowness, weight loss, hypertension, virilization, headache and neurological symptoms) and to perform a nutritional, psychiatric and emotional history. Physical examination includes comprehensive auxology. Length is defined below the age of 2; children at this age should be measured supine using an infant stadiometer. Height is defined above the age of 3 and should be measured using a well-calibrated stadiometer. Between the ages of 2 and 3, both methods are used to calculate previous and future growth velocity using the same methodology. In addition to length/height, weight, head circumference, body mass index, sitting height, sitting height/height ratio, arm span, and a study of body segments [upper segment (US) and lower segment (LS)] should also be assessed. In children under 2–3 years of age, the fontanelle and dentition (indicative of developmental rhythm) should also be examined, and nutritional status is assessed using the weight-for-length ratio. In older children, pubertal development should be assessed according to Tanner’s stages, since it is very important to relate growth velocity to pubertal stage. The child should be examined to determine whether or not he or she has started puberty (4 mL testes in boys and breasts with a stage II glandular button in girls) and, in turn, what stage of puberty he or she is in, since the pubertal growth spurt occurs in girls in the initial stages of puberty (Tanner II-III), while in boys it occurs in the advanced stages (Tanner III-IV). When assessing growth, the choice of appropriate charts is very important, and the use of updated national charts is recommended, especially those based on longitudinal studies. In Spain, the most commonly used charts for assessing growth are those from the 2010 Spanish Cross-Sectional Study(26). In their absence and below 2 years of age, the charts from the World Health Organization (2006) should be used; this is especially accepted for nutritional assessment, and above this age, the use of the CDC charts is recommended (Centers for Disease Control and Prevention)(5,25).

For a correct auxological assessment three parameters need to be considered: height relative to the mean (SD or percentile position); comparison of height relative to genetic height; and growth velocity adjusted for age, sex, and pubertal stage. Studies are often performed unnecessarily and when the situation requires them. Table VII(25) presents the auxological criteria based on which a SS study should be initiated to rule out pathological SS(24,25).

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The clinical history may show key signs that allow us to think about the existence of GHD, such as hypoglycemia, prolonged neonatal jaundice, micropenis, history of cranial irradiation, CNS trauma or infection, consanguinity or involvement of a first-degree relative, and craniofacial midline abnormalities. Physical examination reveals proportionate short stature, central adiposity, broad forehead, midfacial and/or nasal root hypoplasia, a graceful doll-like appearance, and acromicria of the hands and feet. In many cases, only short stature is identified, and the auxological criteria for suspecting GHD are as follows: a) severely short stature less than -3 SD; b) height more than 1.5 SD below the mean parental height; c) height less than -2 SD and growth velocity for one or more years below -1 SD or a height loss greater than 0.5 SD for one year in children over 2 years of age; d) in the absence of short stature, a growth velocity of less than -2 SD for one year or less than -1.5 SD on a sustained basis or a height loss of more than 1.5 SD for 2 years; and e) signs indicative of intracranial injury or multiple pituitary deficiency or GH deficiency in the newborn(17-19).

The physical examination should include a search for signs of facial dysmorphia or phenotypic features and body proportions that suggest a specific syndrome. Measuring body segments can indicate disharmonious or disproportionate growth retardation and is equivalent to indicating an abnormality in the relationship between sitting height (SH) and standing height. SH (distance between vertex and coccyx) gives an idea of trunk length. The SH/height ratio is 0.7 at birth and 0.5 when skeletal maturation is reached. A high sitting height/standing height ratio, greater than 0.55, indicates SS due to limb shortening (achondroplasia-type BD, hypochondroplasia, Turner syndrome, hypophosphatemic rickets); whereas a low ratio indicates SS due to trunk shortening (spondyloepiphyseal BD, post-spinal radiotherapy BD, scoliosis). This ratio can be expressed in SD according to reference standards, and disproportionate SS can be suspected if the ratio is above or below 1 SD. Measuring the lower segment (LS) (distance between the pubic symphysis and the floor) is less precise than calculating the SH, but it is also used clinically to diagnose disproportionate SS. The upper segment (US) is calculated by subtracting height from LS. References exist for the upper segment/lower segment ratio. Normal values for the US/LS vary with age: in newborns it is 1.7; in the first few years it is >1; at 10 years of age it is equal to 1; and over 10 years of age it is <1. A reduced US/LS ratio suggests shortening of the spine, and when it is increased, shortening of the lower limbs. Measuring the arm span (the distance between the fingertips with the arms fully extended and abducted at 90°) can identify upper extremity shortening. Arm span, in newborns, is 2.5 cm shorter than length; in childhood, it is equal to height; and in adolescence, it is 2 cm longer than height in males and 4 cm longer than height in females. Upon examination, when there is a difference greater than 4 cm, upper extremity shortening should be suspected. Similarly, measurements of the forearm or leg can be performed to identify mesomelic shortening of the upper or lower extremities according to reference standards. Physical examination and history taking are very important, since up to 25% of children with pathological SS may not be identified by auxological criteria and hence the importance of assessing the phenotype, dysmorphisms, associated pathology and personal clinical history(5,23,24).

Serial measurements allow for the calculation of the growth velocity over a minimum period of 6 months, ideally 1 year. A thorough reconstruction of the child’s growth pattern up to the present is essential. Growth velocity (GV) can also be expressed in SD for age and sex and by percentile. It is accepted that a GV below the 25th percentile (~ -1 SD) maintained for one year is indicative of a possible growth disorder, and when it is below the 10th percentile, it requires a special study.

It is important to carry out a bone age (BA) (hand and wrist X-ray, usually of the left or non-dominant hand). There are different methods for its assessment, but the most commonly used is the Greulich and Pyle atlas, which is an observer-dependent method with high variability. BA provides information on the patient’s residual growth and helps guide the diagnosis. Based on bone age and using Bailey-Pinneau tables, the predicted adult height (PAH) can be calculated. Automated methods that reduce variability also allow for the calculation of PAH. PAH is indicative and serves as a developmental parameter, although it is unreliable when there is a significant advancement or delay in BA or in BD and syndromic SS. A delayed BA suggests CDGP, GH deficiency, nutritional deficiency, or chronic systemic disease. In contrast, an advanced BA indicates premature maturation (precocious puberty, adrenal hyperandrogenism). In primary growth disorders (syndromes, BD), BA is usually consistent with chronological age. Hand and wrist radiographs also serve to rule out skeletal abnormalities indicative of minor syndromes or BD (brachydactyly, shortening of the 4th metacarpal in pseudohypoparathyroidism, Turner syndrome, Madelung deformity due to haploinsufficiency of the SHOX gene).

Step 2: Targeted complementary examination

The second level of examination would focus on specific investigations based on the examination findings. When BD is suspected (disproportionate SS or SS significantly below the patient’s genetic height), a radiographic examination is required, which should include the skull, spine, thorax, pelvis, long bones, and left hand. Clinical signs that should raise suspicion of BD include macrocephaly, shortening of limbs or a body segment, severe undergrowth, limited joint movement, thoracic abnormalities, kyphosis and/or scoliosis, genu valgum/varus, brachydactyly, and, often, a positive family history due to the dominant nature of many of these abnormalities. A thorough clinical examination is required before the radiological examination, which should include height, weight, head circumference, arm span, sitting height, and the sitting height/height ratio or upper segment/lower segment ratio. All of this will allow the identification of BDs with trunk shortness (spondyloepiphyseal dysplasia, mucopolysaccharidosis) or limb shortening (achondroplasia, hypochondroplasia, pseudoachondroplasia, Léri-Weill dyschondrosteosis, metaphyseal dysplasia) and, in turn, the latter can be classified as rhizomelic, mesomelic, or acromelic, depending on whether the limb shortening is proximal (femur and humerus), middle (radius, ulna, tibia, fibula), or distal (hands and feet), respectively. Radiological studies allow them to be classified as epiphyseal, metaphyseal, or diaphyseal BDs, determine the affected regions, and rule out bone mineralization abnormalities. BDs do not always present with obvious disproportionate SS, as they vary in expression. Some mild forms of BD may have minor skeletal abnormalities that go unnoticed, and in these cases, they can be included in the ISS group and form part of the differential diagnosis. There are many syndromes associated with growth retardation that can be diagnosed clinically through a thorough physical examination (Table II)(3,4); many of these syndromes are linked to specific genetic abnormalities, so genetic testing should be performed in a targeted manner(14,24).

Step 3: General complementary examination

In most cases, a specific diagnosis is not reached through physical examination and clinical history, so complementary testing should be performed. Various treatment protocols have been proposed in this regard, but there is no international consensus (Table VIII)(24). In healthy children with short stature and no specific medical history of interest, with a normal physical examination and who maintain a growth velocity greater than 5 cm/year, the diagnostic yield of the tests performed is very low (less than 2%), since the vast majority of them did not have any abnormalities in the study performed, indicating the low incidence of pathology in healthy children with short stature and a normal physical examination. It is agreed that all children with SS should have a thyroid function test, celiac disease screening, and IGF-I levels. If the history and examination suggest a specific cause of the growth retardation, specific complementary tests should be performed (sweat test if suspected cystic fibrosis, 24-hour urinary free cortisol if hypercortisolism due to Cushing’s disease or syndrome is suspected, or stool parasites if intestinal parasitosis is suspected).

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Step 4: Advanced complementary examination: study of the GH-IGF axis

Determination of IGF-I is the first test performed when GHD is suspected, with decreased values suggesting its diagnosis. However, variations with age, pubertal stage, sex, nutritional status, and body mass index, and the limitations of the methodology for performing a robust and consistent IGF-I determination, as well as the absence of generally applicable reference values, limit its usefulness and make its interpretation difficult. Before the age of 3, the range of normal IGF-I values includes the method’s lowest detection level, so there is an overlap of values between normal and deficient children. Therefore, at this age, the predictive value of IGFBP-3 is considered higher, but, beyond that age, its sensitivity is lower than that of IGF-I. Decreased IGF-I and IGFBP-3 values make GHD highly likely, but other pathologies must be ruled out, such as malnutrition, hypothyroidism, and GH insensitivity. In turn, when associated with delayed development and puberty, the IGF-I level should be interpreted in relation to the child’s pubertal stage (bone age) and not in relation to their chronological age. As a diagnostic parameter for GHD, IGF-I has variable sensitivity and specificity depending on the study; the cutoff level with the best sensitivity and specificity is -1.65 SDS. IGF-I alone is of little value and should always be interpreted in combination with the rest of the examination. An isolated IGF-I measurement below -2 SD has a sensitivity of 65% and a specificity of 80% as a diagnostic value for GHD, so up to 35% of children with GHD have normal IGF-I levels. IGF-I measurement can help select patients for study, as a very low probability of presenting GHD has been described in children with IGF-I above -1 SD (14%) or 0 SD (4%). The combination of IGF-I and growth velocity increases sensitivity to 95% and specificity to 96%. In a child with SS and normal growth velocity (≥25th centile), having a normal IGF-I (≥50th centile) makes the diagnosis of GHD very unlikely(27).

If auxology and IGF-I levels suggest GHD, the next step is measurement of GH secretion using a stimulation test. The pulsatile nature of GH secretion requires stimulation tests, but they have many limitations. These are non-physiological stimuli with low specificity and reproducibility, and can produce a high number of false positives. Normative values adjusted for age, sex, pubertal stage, BMI, or even for each type of stimulus are lacking. Their use is not recommended in early childhood, where variability and limitations are greatest. To date, there are no randomized controlled studies at adult height that correlate GH levels in stimulation tests with the response to rhGH treatment until adult height. Cut-off points have been established arbitrarily and have varied historically from 3-5-7-10 ng/mL. The current methodology for determining GH in serum based on more specific monoclonal antibodies has led to a modification of the cut-off level from 10 ng/mL to 7 ng/mL. At present, the cut-off level that allows us to differentiate normality vs. deficiency is still not known with certainty. In the peripubertal age, it is difficult to establish whether an insufficient GH response is indicative of GHD, and it is essential to differentiate it from constitutional growth retardation. This is based on auxology, the degree of height delay for the child’s genetic height, and the study of the growth pattern, which must be interpreted according to the child’s maturation rate and with appropriate reference standards. To differentiate between these two situations, a study of the GH-IGF axis has traditionally been proposed after a short course of sex steroids (priming), but since there are no normal criteria for interpreting the results, its use is controversial. Some patients with auxological criteria compatible with GHD have decreased IGF-I levels and GH levels in stimulation tests above the cutoff point. These children do not have a classic GH deficiency, but do have an abnormality in the GH-IGF axis and, after excluding other pathologies, would be candidates for treatment with rhGH(27,28).

Brain MRI focusing on the hypothalamic-pituitary area may be helpful in diagnosing GHD. Hypothalamic-pituitary abnormalities suggestive of GHD include empty sella and absence of the anterior pituitary gland, ectopic neurohypophysis, hypoplasia or absence of the pituitary stalk or pituitary gland. MRI is indicated in any child, even in the absence of SS, who presents with an abrupt arrest of growth velocity and/or signs of intracranial hypertension to rule out a tumor in the hypothalamic-pituitary area. The isolated presence of pituitary hypoplasia is not sufficient to diagnose GHD, although it indicates the need for further work-up(19).

In children with suspected GHD, clinical guidelines continue to recommend stimulation testing, but they also recommend against basing the diagnosis of GHD solely on stimulation test results, implicitly acknowledging the lack of sensitivity and specificity. One way to reduce false positives from stimulation tests is to auxologically select patients for study. The combination of height less than -2 SD, growth velocity less than -1 SD, and height ≥1.5 SD below genetic height offers high sensitivity and specificity for a stimulation test cutoff of 7 ng/mL as a diagnostic criterion for GHD. There are special clinical situations where testing is not necessary, such as in newborns (baseline GH level less than 7 ng/mL) or in patients with severe auxological criteria associated with a hypothalamic-pituitary malformation or congenital or acquired hypopituitarism. Severe GHD is easily identifiable, but the diagnosis of idiopathic GHD is always challenging, as the difference between idiopathic SS and idiopathic GHD is problematic; therefore, the diagnosis of idiopathic GHD in childhood should be based on clinical judgment, including auxological, radiological and hormonal parameters, as well as the physician’s experience(28).

A decrease in IGF-I levels with normal or elevated GH secretion should lead to consideration of two situations: inactive GH or a GH insensitivity or resistance syndrome(20,28). GH insensitivity or resistance syndromes may be primary or of genetic origin, or secondary to protein-calorie malnutrition or a chronic systemic disease. Primary forms are very rare conditions due to genetic defects at the level of the GH receptor or postreceptor in the GH biological signal transmission chain, with very severe auxology and characteristic abnormalities of the GH-IGF axis. In secondary forms, there is a postreceptor dysfunction due to malnutrition. A differential diagnosis of GH-IGF axis disorders is presented in table IX(19,20).

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Step 5: Advanced complementary examination: genetic studies

The last level of examination involves carrying out genetic studies that allow the identification of the cause of the growth retardation in cases where a specific diagnosis has not been made and who are classified as pathological ISS, since the study performed up to that point has been normal. Patients classified as ISS who show skeletal abnormalities and/or minor nonspecific dysmorphisms raise suspicion of a genetic cause. Genetic studies should be performed as a final diagnostic test and always after a rigorous clinical examination. There are a series of clinical data that make a genetic cause more likely (Table X)(3,10).

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Genetic studies, such as cGH array, multiplex ligation-dependent probe amplification (MLPA), Single Nucleotide Polymorphism (SNP)-array, clinical exome panel, exome trio, and whole genome, should be performed under diagnostic suspicion and in collaboration with the clinical geneticist for correct interpretation of the results. Currently, genetic studies have allowed us to understand the involvement of new growth plate regulatory genes, which in homozygosity or compound heterozygosity are presented as BD, while in heterozygosity they are presented as ISS (SHOX, NPR2, NPPC, IHH, FBN1, BMP2, FGFR3, ACAN). Table III(14) presents the clinical findings that should lead to suspicion of ISS associated with an anomaly of the SHOX gene and if this is negative, mutations in other genes should be sought, such as NPR2 (similar clinical phenotype without Madelung deformity), IHH (small hands, shortening of the middle phalanx of the 4th and 5th fingers) or NPCC (small hands, moderate brachydactyly). Each of these genes represents a small percentage of children with ISS, but this percentage is higher in cases with a history of SS in their parents, since they are genes that are inherited in an autosomal dominant manner. The prevalence of pathogenic abnormalities in copy number variants (CNVs) in patients with SS and psychomotor retardation, intellectual disability or additional malformations ranges between 10-15%. Performing targeted clinical exome or exome trio analysis in patients with pathological growth failure without an identified cause has a high diagnostic yield (25-50%)(5,24).

Treatment

Treatment of SS depends on the underlying cause and should be guided by etiology.

rhGH should be used under the indicated clinical conditions and at the recommended doses. Predictors of a good long-term response and adult height gain include starting treatment at an early age, prepubertal treatment duration, and response within the first year. rhGH is effective and safe with a very low incidence of complications. Long-acting GH administered weekly demonstrates an efficacy and safety profile that is not inferior to daily rhGH, which is why international agencies have approved its indication for GH deficiency in childhood, starting at 3 years of age. NVSS, FSS, and CDGP do not usually require any type of treatment once other causes of SS have been excluded and a differential diagnosis with idiopathic GHD has been made, which is often difficult. In some cases of CDGP, the patient may have significant psychological impairment, and in this case, which is more common in males than females, treatment with a short course of sex steroids can be offered. It is very difficult to correct a height deficit during puberty, and the use of LHRH analogues or aromatase inhibitors to delay bone maturation and increase growth potential is controversial and should be performed by a pediatric endocrinologist expert in growth on an individual basis. Recombinant IGF-I is indicated in cases of primary IGF-I deficiency. Vosoritide is an analogue of CNP (C-natriuretic peptide) which is indicated in patients with achondroplasia, as it improves growth and body proportions.

SS itself is not a disease, but rather a symptom of an underlying process. Therefore, treatment for SS depends on the etiology. Treatment for secondary growth retardation is aimed at treating the underlying disease and improving nutrition. In the case of psychosocial growth retardation, which is complex and difficult to diagnose, family attitudes should be modified and optimal nutrition should be ensured. Drugs are available that can influence growth (rhGH, rhIGF-I, sex steroids, CNP analogues (C-natriuretic peptide), modifying pubertal development and increasing growth potential (LHRH analogues, aromatase inhibitors) and surgical techniques that allow bone lengthening.

Growth hormone

Recombinant human growth hormone (rhGH) has a history of more than 40 years since its production in 1981 and subsequent indication in 1985 for GH deficiency (GHD) in childhood. Treatment with recombinant human GH (rhGH) has been available since 1985; previously, GH extracted from cadaveric pituitary gland was used, but this was discarded due to its association with Creutzfeldt-Jacobs disease. The greater availability of rhGH has allowed the indications to be extended to other non-deficiency conditions (Table XI)(29,30). In many chronic diseases, such as inflammatory bowel disease, juvenile chronic arthritis or chronic corticosteroid therapy, rhGH has been used with the aim of improving growth, but, except for chronic kidney failure, the indication is not approved for the rest of the situations(29,30). The goal of rhGH treatment is to normalize height as quickly as possible (catch-up growth), ensure normal growth and pubertal development, and achieve a normal adult height for the population and commensurate with TG. Its use is contraindicated in cases of poorly controlled systemic disease, active oncological disease, and/or epiphyseal closure. rhGH is administered subcutaneously, daily, at night, has a dose-dependent effect, and is well tolerated. It should be monitored by a pediatric endocrinologist; follow-up is usually performed every 3–6 months with clinical tests (height, weight, BMI, growth velocity, pubertal development), and annual monitoring of bone age, PAH assessment, determination of IGF-1 levels, which should be maintained within normal limits, thyroid function, and metabolic control (HbA1C, lipids) is recommended. Treatment is continued until adult height is reached and is discontinued when a BA ≥ 14 years in women or ≥ 16 years in men is reached and there is a GV ≤ 2 cm/year. In cases of multiple hormonal deficiency, treatment of the corresponding hormonal deficiencies should be carried out(31).

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Treatment with rhGH raises unresolved issues, including variability in response and the difficulty in differentiating responding patients with significant height gain from non-responders. Regardless of the clinical condition, starting treatment at an early age, the number of years in prepubertal age, and response in the first year are very important predictors of a good long-term response. In prepubertal children diagnosed with GH deficiency, a height gain of 0.5 SD in the first year is associated with a final height gain of 1 SD. Poor response may be due to various causes, such as poor adherence, inadequate diagnosis and dosage, concomitant pathology or comorbidity requiring specific treatment (hypothyroidism, celiac disease, poor nutrition or low-calorie diet), low sensitivity to the action of rhGH, or even an unknown cause. Recognizing a poor response is an essential part of treatment. The family and patient should be educated and motivated regarding the need for good compliance. Treatment with rhGH is safe at indicated doses, with a low incidence of side effects. Pharmacovigilance studies have been conducted to verify the safety of the treatment. Adverse effects that may occur include lipoatrophy if injection sites are not rotated, arthralgia, edema, prepubertal gynecomastia, increased nevi, hyperglycemia due to decreased insulin sensitivity, and partial hypothyroidism due to interference with the action of TRH and/or increased peripheral conversion of T4 to T3; all of these are rare, mild, and disappear upon dose reduction or temporary discontinuation of treatment. Potential treatment complications include benign cranial hypertension, femoral capitis epiphysiolysis, and progression of scoliosis, which, in the absence of risk factors, are very rare (<1:1,000 children on treatment). No association has been demonstrated between the use of rhGH and the development of neoplasia in children without an increased risk of cancer. There is insufficient evidence to conclude that rhGH increases the risk of malignancy in children with a risk factor for malignancy, although its use is not recommended in these patients. An increased risk of developing a second tumor has been described in patients with a history of childhood cancer treated with rhGH; this risk decreases with prolonged observation, and a causal relationship is difficult to establish given the presence of other factors, especially prior radiotherapy. Therefore, there is insufficient evidence to recommend against rhGH treatment(31).

GH has different actions; at the bone level, it stimulates longitudinal growth, bone remodeling, endochondral ossification, and calcium apposition, but at the metabolic level, it promotes protein anabolism and lean mass gain, stimulates cardiac function and maximum aerobic capacity, and decreases fat mass and inhibits glucose uptake and lipogenesis. These actions at different levels have meant that its indications are not limited to a growth-stimulating effect (e.g., GH deficiency in adolescence, GH deficiency in adulthood). GHD should be re-evaluated upon reaching adult height; most idiopathic GHD are transient, but severe GHD, combined hypopituitarism, and deficits are frequently permanent forms, as are genetic defects. Discontinuation of rhGH treatment in adolescents with a permanent form of GHD is associated with an increase in cardiovascular risk factors (increased visceral fat, increased total cholesterol, LDL cholesterol, and decreased HDL cholesterol), decreased lean body mass gain, and decreased bone mass gain. Treatment with rhGH should be restarted in adolescence after appropriate clinical reassessment and evaluation(29-31).

Long-acting growth hormone (LGH)

Despite the accumulated experience with rhGH treatment, there are several unresolved gaps, including poor adherence and the impact that chronic daily injection treatment has on children and their families. In this regard, the potential benefits of weekly rhGH are lower injection frequency, potentially improved clinical outcomes by improving adherence, a reduced disease burden for patients, families, and caregivers, and improved tolerability and acceptance of treatment, all of which would result in improved quality of life for the patient and their carers. Clinical trials have shown a sustained effect over time with progressive normalization of height, with the patient reaching a normal height for the population and within their genetic range. Studies demonstrate a clear beneficial effect on variables measuring disease burden and treatment experience. The incidence of adverse effects is similar to that of daily rhGH, and IGF-1 levels increase in a dose-dependent manner, as do IGFBP-3 levels, and remain within the normal range. The three LGH molecules that have shown a non-inferior effect to daily rhGH in phase II and phase III trials for GH deficiency in childhood are somatrogon, lonapegsomatropin, and somapacitan. Weekly LGH demonstrates an efficacy and safety profile that is non-inferior to daily rhGH, which is why international agencies have approved its indication for GH deficiency in childhood, starting at 3 years of age. In 2023, the Spanish Agency for Medicines and Medical Devices (AEMPS) approved the use of somatrogon at a dose of 0.66 mg/kg/week. LGH is not currently indicated for other SS conditions, such as Turner syndrome or SGA, although clinical trials are underway. There is no doubt that a new era in the use of GH has opened with the approval of LGH, which may bring significant benefits to the quality of life of patients and their families. Real-life follow-up studies should be conducted to verify the benefit of LGH on adherence and quality of life and demonstrate that this therapeutic alternative is cost-effective and safe in the long term(32).

Idiopathic short stature

The NVSS, FSS and CDGP do not usually require any type of treatment once other causes of SS have been excluded and a differential diagnosis with idiopathic GHD has been made, which is often difficult. It is usually sufficient to explain the situation to the family and reinforce psychological support for the child, informing them of the benign nature of the condition, the absence of disease, and the expected normal progression of growth and puberty until reaching an adult height commensurate with their family. Clinical follow-up is aimed at providing reassurance to the family and the patient. In some cases of CDGP, and when accompanied by obvious delayed height and puberty, the patient may have psychological impairment that must be assessed; this is more common in males than in females. Those cases with psychological impairment and emotional (lower self-esteem, academic failure) and social (isolation) repercussions are candidates for hormonal treatment. If this occurs, a short course of sex steroids for 4-6 months would be indicated to induce pubertal development and stimulate growth. In men, low doses of testosterone esters are administered in the form of depot (propionate) preparations at a dose of 50 mg/month intramuscularly starting at 14 years of chronological age or 12 years of bone age, for a period of 3-6 months. Testosterone stimulates growth without accelerating bone age or compromising adult height, induces the appearance of secondary sexual characteristics and, since gonadotropins are not inhibited at low doses, pubertal development is favored. It is not considered necessary to initiate treatment below this age due to the risk of accelerating bone age. The first treatment cycle should be followed by a period of clinical observation (6 months). Oxandrolone, a non-steroidal anabolic steroid, has fallen into disuse, and clinical trials have been conducted with new-generation aromatase inhibitors (letrozole) with promising results. Its indication is less frequent in women, and low doses of estrogen are recommended starting at 13 years of chronological age or 11 years of bone age. 17β-estradiol (oral 5 mcg/kg/d or preferably transdermal 3.1-6.2 mcg/alternate days, equivalent to 1/8-1/4 of a 25 mcg patch) is used for a short period of 4 months with monitoring of bone age. It is known that treatment with sex steroids to induce puberty, when started after the age of 14 in boys or 12 in girls, has no impact on adult height, but provides significant psychological support(15,16).

In 2003, the FDA approved the indication use of rhGH in ISS, for children with SS ≤ -2.25 SD below the mean who have a growth velocity that makes it very unlikely they will reach normal adult height and in whom other causes of SS have been excluded at a dose of 0.035-0.050 mg/kg/day. The EMA, European Medical Agency, has not approved this indication. There is controversy regarding the degree of effectiveness of rhGH, and significant variability in response is accepted, consistent with the heterogeneity of patients categorized as ISS. Compared with the untreated control population, a mean height gain of 0.65 SD was observed, representing 4-5 cm, which is lower than that observed in other clinical conditions. A meta-analysis found an adult height gain of 4-6 cm, with a range between 2.3 and 8.7 cm, and a mean gain of 1 cm per year of treatment. Some authors suggest starting treatment at a dose of 0.034 and increasing the dose to 0.067 mg/kg/day. The strongest predictors of a better response to adult height have been an early age at initiation of treatment (<9 years), a higher dose, better length at birth, greater delay in bone age, and greater height deficit with respect to the TG. Since treatment response varies, and because response in the first year correlates with better long-term response, it is proposed to assess height gain at 12 months and, if the gain is less than 0.3-0.5 SD, to reconsider continuing treatment. Whether the resulting adult height gain is cost-effective and beneficial to the patient’s psychological well-being is open to debate(29-31).

Treatment of short stature during puberty

Regardless of the etiology of growth retardation, the possibilities of increasing growth potential during puberty are limited by the inexorable tempo of fusion of the growth plates that limits the residual growth time, and clinical experience dictates that it is very difficult to correct a height deficit during puberty. The increase in height during puberty only accounts for 17% and 12% of adult height in males and females, respectively. Since many patients present late with severe short stature at the onset of puberty, one of the objectives is to increase this percentage of height gain. There are several clinical observations that support the idea that adult height is dependent on the tempo and the level of exposure of the growth cartilage to estrogens. Patients with high exposure reach a smaller adult height than genetically expected, as occurs in precocious puberty, and conversely, patients with lower exposure, as in hypogonadism, reach a relatively tall adult height. Estradiol is the most important hormonal factor in the maturation of the growth cartilage in both men and women. There are two strategies to reduce the exposure of the growth cartilage to estrogens in order to delay bone maturation and increase growth potential: either through LHRH analogues (LHRH-a), by inhibiting gonadotropin release, or by peripherally blocking the conversion of testosterone to estradiol through aromatase inhibitors (AI)(33).

There is sufficient evidence to suggest that LHRH-a can halt puberty, delay bone maturation and epiphyseal closure, and increase adult height in patients with central precocious puberty. Treatment with LHRH-a in children with ISS and normal or advanced puberty has not demonstrated significant and clinically relevant efficacy in improving adult height, so the use of LHRH-a is not indicated. In patients with advanced puberty and rapid progression, individualized assessment could be made based on the degree of impairment in adult height. The combination of LHRH-a and rhGH has been proposed as an option to improve adult height in patients with severely impaired growth during puberty, always balancing benefits and disadvantages, especially in the psychological and bone health areas. In patients with SS (GHD, SGA) receiving rhGH treatment and whose height at the onset of puberty is below normal and who present premature puberty with significant AHP involvement, the addition of LHRH-a could be considered, especially in girls, for a minimum period of 2-3 years, since it is associated with an adult height gain of 6 to 9 cm and allows them to reach their GT. Since most of the evidence has been obtained from uncontrolled studies and the number of randomized clinical trials is limited, some authors consider its indication controversial. This option should be made on an individual basis by a pediatric endocrinologist expert in growth, sharing the decision with the family due to the psychological impact of halting puberty.

A selective way to prolong the growth period in puberty is to prevent the action of estrogens at the growth cartilage level by means of AIs; this has the advantage over the use of LHRH-a that it does not stop pubertal progression. AIs are not approved for any pediatric indication, but are approved for the treatment of breast cancer, and have been used off-label in different situations of pathological SS in men, either alone or in combination with rhGH. Studies of AIs in ISS and CDGP are limited, and although they demonstrate a slowing of BA and a significant improvement in AHP of +5 cm, there are few studies at adult height and the results are not always consistent. The use of AIs in combination with rhGH has been studied in patients with ISS and GHD. Patients receiving combination therapy (rhGH + anastrozole) show significantly slower progression of BA than those receiving rhGH alone and a significantly greater height gain relative to the growth prognosis, demonstrating that combining an AI with rhGH treatment increases growth potential. The studies have limitations, the main one being the lack of data at adult height. The possible side effects of AIs are related to the decrease in estradiol levels and a possible impact on the morphology of the vertebral bodies and the lipid profile, although short-term treatment of less than 2-3 years has not demonstrated any impact on bone mineral density.

Regarding the use of AIs in Pediatrics, the Cochrane group has conducted a systematic review and concluded that current evidence indicates that the use of AIs improves short-term growth results, but there is not enough evidence to indicate an increase in adult height due to the scarcity of studies with adequate methodology. The lack of data on adult height makes it impossible to draw firm conclusions and it is considered a controversial treatment. The use of AIs should be individualized, performed by experienced pediatric endocrinologists, in boys with pathological short stature at the beginning of puberty and significant involvement of the AHP, not in prepuberty, with a bone age greater than 12 years and less than 14.5 years. A short treatment duration of 2-3 years is recommended, in combination with rhGH, since it allows to improve growth and long-term response. Its use is not recommended in women, since when LH levels increase they can develop ovarian cysts. The use of medication “off-label” does not imply that it is illegal or contraindicated, as long as its use is supported by studies and after consent and information to the family and patient of the benefits, risks and expected results. The use of AI in pediatrics must be very individualized and cautious(33).

Insulin-like growth factor type I (IGF-I)

Recombinant IGF-I was approved in 2007 for patients with primary IGF-I deficiency (primary/genetic abnormalities of the GH receptor, in its post-receptor intracellular signaling pathways STAT5B, genetic IGF-I deficiency, PAPP-A2 deficiency, ALS deficiency) who meet the following criteria: height ≤ -3 SD, decreased growth velocity ≤ 10th percentile, normal or elevated GH secretion and IGF-I levels below the 2.5th percentile for age- and sex-adjusted values, absence of secondary disease (malnutrition, hypothyroidism) that would justify secondary insensitivity to GH, and IGF-I generation test with no increase in IGF-I levels after rhGH administration. It is also indicated in patients with genetic GHD type IA (absence of GH) who, after rhGH administration, synthesize neutralizing anti-GH antibodies and are therefore resistant to rhGH treatment. The recommended dose is 40-80 mcg/kg/day, in two subcutaneous doses. Side effects include hypoglycemia, adenoid and tonsillar hypertrophy (snoring, sleep apnea, hearing loss), lipohypertrophy, benign cranial hypertension, subcutaneous tissue growth and facial changes, visceromegaly, arthralgia, and muscle pain. It is recommended to administer with meals to avoid hypoglycemia. Clinical experience has focused primarily on primary GH receptor deficiency, and a positive response has been observed, with variable height gain (0.8-4.3 SD), which is less than that observed in GH deficiency treated with rhGH. This lower response is attributed to the absence of restoration of the physiology of the IGF system, since the levels of IGFBP-3 and ALS are not normalized, and to an absence of the direct action of GH at the level of chondrocytes, which would mean less differentiation of the same and less local autocrine production of IGF-I(34).

Bone dysplasias

Surgical lengthening of the long bones (tibia, humerus, femur) has been used in the treatment of severe SS due to BD with a dual objective: to increase adult height and improve segment proportionality. In severe SS not associated with BD, its indication is more controversial. Regarding the lengthening of the lower limbs (femur and tibia) and upper limbs (humerus), different options have been described, and their indication, age at which they are performed, and the technique used is discussed. Lengthening of the lower limbs between 14 and 40 cm aims to increase standing height, improving the variables of proportionality, functionality, and quality of life dependent on the lower segment. Similarly, lengthening of the upper limbs, with elongations between 8 and 10 cm, allows for an increase in arm length and, therefore, improves the variables of body proportionality and functionality dependent on the upper segment. Significant increases in height are achieved, but these procedures frequently involve complications and incidents, requiring prolonged follow-up and not always achieving satisfactory functional results. Therefore, patients and families must be fully informed beforehand about the advantages and disadvantages, and the patient must be highly motivated; they should only be performed by centers with proven experience(13).

In 2022, the AEMPS approved the indication of vosoritide for achondroplasia in patients older than 2 years of age and with open epiphyses, and the indication was subsequently extended to 4 months of age and older. Achondroplasia is the most common cause of SS associated with BD, with an estimated incidence of 1/10,000-1/30,000 live births. It is caused by an activating mutation in the FGFR3 gene which determines a gain of receptor function and overactivation of the MAPK signaling pathway (mitogen-activated protein kinase), inhibiting the proliferation and differentiation of growth plate chondrocytes. Vosoritide is an analogue of CNP (C-natriuretic peptide) which, upon binding to its receptor, inhibits MAPK activity and leads to increased chondrocyte differentiation and proliferation. Trials have shown an increase in annual growth rate of 1.57 cm/year in the treated group vs the control group, which is maintained over the years and produces a net gain in height. In addition, an improvement in body proportions is evident. The approved treatment is 15 mcg/kg/day, is maintained until the epiphyses close, and is well tolerated with a good safety profile. Phase III clinical trials are being conducted in patients with hypochondroplasia with encouraging results(35).

Role of the Primary Care pediatrician

Primary care pediatricians play a fundamental role in monitoring the growth of healthy children and in the early detection of growth disorders. Good communication and coordination between primary care and specialized care is essential for early diagnosis and treatment of growth disorders. Although there is no established consensus regarding which tests should be performed in primary care and when to refer children with short stature to specialized care, the functions of the primary care pediatrician can be summarized as follows:

• Monitor the growth and development of healthy children as an indicator of health and well-being. In addition to monitoring height, weight, and BMI, they should also check for normal pubertal development, both in terms of onset and progression.

• When faced with a child with SS, it is important to know how to differentiate between NVSS and possible pathological SS. It is important to have the foundation for a complete history and physical examination, an auxological assessment, and an accurate interpretation of the growth curve to suggest FSS and/or CDGP.

• Carrying out basic general complementary tests to confirm the suspected diagnosis of NVSS and rule out other systemic diseases.

• Refer cases with suspected pathological SS and those children diagnosed with NVSS who have marked growth retardation and/or a poor prognosis for adult height and/or whose progression is not as expected to the reference Pediatric Endocrinology Unit.

• Monitor children with an established diagnosis of NVSS and provide children, parents, and caregivers with realistic information about growth expectations.

Growth and development is a complex process that spans from the fetal period to the end of adolescence, involving a multitude of factors. Proper monitoring of this process is a very useful clinical tool for detecting diseases at different levels.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

Bibliography

The asterisks show the author’s opinion that the article is of interest.

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A must-read article. This is an excellent review of the topic, which addresses the differential diagnosis of short stature in a very informative and academic manner. It was written by a Dutch research group with a strong tradition in growth studies and has a very clinical approach. The reader will enjoy it.

– Collett-Solberg PF, Ambler G, Backeljauw P, Bidlingmaier M, Biller BMK, Boguszewski MCS, et al. Diagnosis, genetics and therapy of short stature in children: a Growth Hormone Research Society International Perspective. Horm Res Pediatr. 2019; 92:1-14.

This is an article elaborated after the meeting of a group of experts from the Growth Hormone Research Society. Easy to read with clear messages about when to begin a study for short stature, tests to perform, patient selection for genetic testing, and management of children on rhGH treatment.

– Grimberg A, DiVall SA, Polychronakos C, Allen DB, Cohen LE, Quintos JB, et al. Guidelines for Growth Hormone and Insulin-like Growth Factor-I treatment in children and adolescents: growth hormone deficiency, idiopathic short stature and primary insulin-like growth factor-I deficiency. Horm Res Pediatr. 2016; 86: 361-97.

This is a clinical guide elaborated by the Pediatric Endocrine Society, regarding the diagnosis and treatment of GH deficiency, idiopathic short stature, and primary IGF-I deficiency. It establishes recommendations based on the GRADE system, making it a mandatory article for good clinical practice. Highly recommended.

Clinical case

A 6-year-7 months-old female, attended the clinic for evaluation of short stature. Her mother was concerned because she had always perceived her as small. She provided information from her pediatrician’s growth chart, which showed that her height had remained parallel and below the 3rd percentile in recent years, with no loss of height.

Personal background: Normal and well controlled pregnancy. Normal delivery. Gestational age: 38+5 weeks. Weight: 2,450 g (-1.82 SD). Length: 47 cm (-1.34 SD). Head circumference: 33.5 cm (-0.44 SD). Normal neonatal screening. Physiological jaundice. No food intolerances. Normal psychomotor development. Optimal weight curve, no previous illnesses, except for a urinary tract infection in the first year of life, being diagnosed with double pyelocaliceal system on the right side. Frequent otitis, under ENT follow-up. Good social behavior, normal school performance. Aortic stenosis that has required valvuloplasty.

Family history: Healthy mother: Hashimoto’s thyroiditis under treatment, menarche at 13 years. Mother’s height: 161 cm (-0.52 SD). Healthy father: no relevant diseases, does not remember the age of shaving and believes he entered puberty at a normal age. Father’s height: 177.8 cm (0.05 SD). Target height: 162.9 ± 5 cm (-0.2 SD). No consanguinity. No other family history of interest. Third daughter with 2 healthy siblings aged 8 and 11 years. No miscarriages.

Physical examination: Age: 6 years and 7 months. Weight: 17.5 kg (-1.47 SD). Height: 106.3 cm (-2.82 SD). Body mass index: 15.49 kg/m2 (-0.38 SD). Head circumference: 50.5 cm (-0.61 SD). Sitting height: 58 cm. Sitting height/height ratio: 0.546 (0.05 SD). BP: 105/65 mm Hg. HR: 85 bpm. BEG. Triangular facies, low-set ears, mild ptosis over the left eye. Broad neck. Bell-shaped chest with widely separated nipples. No goiter is palpable. Ephelides on the trunk and back. Dysplastic nails. Robust habit. Cardiopulmonary auscultation: II/VI systolic murmur. Normal abdomen. Prepubertal, Tanner stage I.

Complementary examinations: Complete blood count, iron and ferritin, ESR: normal. Basic general chemistry: normal. Ab: antitransglutaminase IgA: negative. Serum immunoglobulin A: 205 mg/dL (NR 35-250). Thyroid function: TSH: 3.5 mIU/mL. Free T4: 0.98 ng/dL. IGF-I: 185 ng/mL (NR 63-250). IGFBP-3: 4.1 mcg/mL (NR 2.2-5.2). Bone age: 6 years with a chronological age of 6 years and 7 months. AHP 147 cm (-2.86 SD).

 

tabla

Manejo nutricional de los trastornos del comportamiento alimentario en el niño y adolescente

P.M. Ruiz Lázaro
Temas de FC


P.M. Ruiz Lázaro

Jefe de Sección de Psiquiatría Infanto-Juvenil HCU Lozano Blesa de Zaragoza. Profesor asociado médico de Psiquiatría. Universidad de Zaragoza. I+CS. Coordinador ZARIMA y ZARIMA-Prevención. Vocal ARBADA, AEETCA. UTCA Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa de Zaragoza

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Autor para correspondencia

pmruiz@aragon.es

Resumen

Los trastornos del comportamiento alimentario (TCA) en niños y adolescentes son patologías graves y frecuentes, discapacitantes y potencialmente mortales, que se asocian a patologías médicas multisistémicas. Con importante repercusión en la salud física, el desarrollo y el funcionamiento psicosocial. El tratamiento principal recomendado es la rehabilitación nutricional y la intervención psicoterapéutica con una terapia psicoconductual específica ambulatoria cognitivo-conductual, motivacional, basada en la familia. Se requiere hospitalización parcial o total solo en los casos más graves. Y se deben abordar las comorbilidades nutricionales, físicas y de salud mental por un equipo interdisciplinar.

 

Abstract

Eating disorders (ED) in children and adolescents are serious and frequent, disabling and life-threatening pathologies that are associated with multisystem medical pathologies. They present an important impact on physical health, development and psychosocial functioning. The main recommended treatment is nutritional rehabilitation and psychotherapeutic intervention with specific cognitive-behavioral, motivational, family-based outpatient psychobehavioral therapy. Partial or total hospitalization is required only in the most severe cases. Nutritional, physical and mental health comorbidities must be addressed by an interdisciplinary team.

 

Palabras clave: Trastornos de conducta alimentaria; Nutrición; Niños; Adolescentes.

Key words: Eating disorders; Nutrition; Children; Adolescents.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 181 – 187

 


OBJETIVOS

• Aproximarse a la detección y diagnóstico de los trastornos del comportamiento alimentario desde Atención Primaria.

• Conocer los tratamientos principales recomendados de manejo nutricional e intervención psicoterapéutica.

• Comprender la necesidad del tratamiento con hospitalización total o parcial solo en los casos más graves.

• Saber la importancia de evitar rehabilitar nutricionalmente de manera agresiva para evitar el síndrome de realimentación, pero con la meta de una recuperación ponderal relativamente rápida.

• Entender en qué consiste la prevención de los trastornos del comportamiento alimentario.

 

Manejo nutricional de los trastornos del comportamiento alimentario en el niño y adolescente

https://doi.org/10.63149/j.pedint.31

 

Introducción

Se reconocen seis trastornos del comportamiento alimentario (TCA) principales: anorexia nerviosa (AN), bulimia nerviosa (BN), trastorno por atracón (TA), trastorno por evitación-restricción de ingesta de alimentos (TERIA), pica y trastorno de rumiación (TR)(1).

Bajo este término TCA, se engloba un conjunto de enfermedades mentales que comparten la presencia persistente de una alteración del comportamiento alimentario, que afecta al estado nutricional y de salud, así como a la funcionalidad psicosocial(2). Los TCA en la infancia y adolescencia son trastornos psicosomáticos multifactoriales frecuentes, costosos, graves, discapacitantes y potencialmente mortales(1,3,4). Y afectan a las personas a lo largo de su vida, con especial impacto en el desarrollo físico y psicológico de niños y adolescentes(3). Los pacientes presentan comorbilidades médicas, psiquiátricas y posibles secuelas psicológicas(5,6).

Epidemiología

Los TCA pueden afectar a personas de cualquier edad, género, orientación sexual, etnia y geografía(1,7).

Adolescentes y adultos jóvenes, especialmente del género femenino, están en mayor riesgo. La AN comienza antes que la BN o el TA. La edad de inicio de la AN parece estar en descenso(1,7). Los grupos de riesgo lo son por edad (adolescencia), género (mujeres) o por la participación en actividades profesionales o de ocio (deportistas de élite, gimnastas, atletas, patinadores, bailarines, modelos)(8). Se pueden admitir unas horquillas de prevalencia de riesgo de TCA entre un 4 % y 12 % y de prevalencia de TCA entre el 1 % y 5 % en mujeres. Y menor del 1 % en hombres(9). Se estima una prevalencia vital en la adolescencia de AN del 0,5-1 %. Y de BN del 2-4 % en mujeres jóvenes, con inicio posterior que la AN(10).

Etiología

La AN es una enfermedad de origen multifactorial. Recientemente, se ha sumado el papel de las redes sociales y de la microbiota intestinal en la patogenia(2).

Fisiopatología

En los TCA, por la pérdida ponderal, aparecen signos/síntomas de desnutrición y de adaptación a la misma.

Con la malnutrición instaurada, en especial si esta es grave o rápida, los cambios fisiopatológicos en la AN son similares a otros estados de inanición. Con el ayuno prolongado se desarrollan mecanismos adaptativos para intentar mantener la vida. Funciones “no vitales”, como el crecimiento o la reproducción, pasan a segundo plano. Entre otros cambios, hay un hipogonadismo hipogonadotrófico adaptativo. Tales adaptaciones producen un deterioro funcional en otros sistemas que limitan la capacidad para realizar actividades físicas y mentales(11,12). En la AN, las reservas de glucosa, proteínas y micronutrientes se conservan a expensas de utilizar solo depósitos grasos; no hay cetoadaptación. Existe descenso de insulina, IGF-1, catecolaminas, T3, T4 e incremento de cortisol, glucagón y GH. Estas alteraciones permiten explicar signos y síntomas, como intolerancia al frío, disminución de frecuencia cardiaca, respiratoria o estreñimiento(11,12). En pacientes con BN se pueden observar cambios de semiinanición similares a la AN(12).

Clínica

Los TCA son entidades nosológicas diferenciadas con nexo común en una alteración continuada en la conducta alimentaria, con posible distorsión en la imagen corporal(12).

La comida, la percepción de la propia imagen y el peso corporal se transforman en los elementos centrales de la vida de las personas con TCA, relegando el resto de los aspectos a un segundo plano. Dentro de su clasificación, destacan los siguientes trastornos: AN, BN y trastorno de la conducta alimentaria no especificado (TCANE)(6,10). La AN es un trastorno de curso crónico con malnutrición, caracterizado principalmente por una negativa, restricción o disminución de la ingesta, junto a distorsión de la imagen corporal, con miedo intenso a ganar peso, a engordar, con negativa a mantener un mínimo peso normal(6,10-12). Dentro de la AN encontramos dos subtipos: restrictivo, sin atracones ni purgas, y purgativo, donde encontramos atracones y/o conductas purgativas. En la BN destaca la presencia de atracones de comida y posterior conducta compensatoria (purgas, vómitos autoprovocados, ejercicio intenso, laxantes, diuréticos…). Con marcadas alteraciones emocionales en relación con la evaluación de la imagen corporal. El trastorno por atracón se caracteriza por atracones sin conductas compensatorias. Se considera atracón al consumo rápido de una cantidad excesiva de comida, superior a la usual, con sensación de pérdida de control(6,12,13). Los TCANE serán los que no cumplen todos los criterios de los manuales al uso, como el DSM-5(6,10,12). TERIA, pica y TR se agregaron al capítulo revisado del DSM-5 TCA y de la ingestión de alimentos en 2013(12,14). El TERIA categoriza a pacientes con patrones de alimentación selectivos y/o restrictivos sin cognición distorsionada en relación con el peso, comida e imagen corporal. La pica es una forma de comportamiento peligroso, potencialmente mortal, con ingesta de sustancias no nutritivas, que ocurre con discapacidades del desarrollo y, en ocasiones, con deficiencias nutricionales (hierro, zinc)(12). El TR o mericismo es un TCA DSM-5 y un trastorno gastroduodenal funcional(12) en que la comida se regurgita y pasa a la boca, se mastica y expulsa.

Diagnóstico

La Atención Primaria es clave en su detección(4).

Hay resultados significativamente mejores para los pacientes identificados y tratados temprano, y se evita la evolución a formas crónicas(4).

Signos y síntomas de detección de TCA

En la tabla I se recogen signos y síntomas de detección de TCA.

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Sospecha de TCA

En la tabla II se recogen características que nos deben llevar a sospechar un posible riesgo de TCA.

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Ante la sospecha de un posible caso, se aconseja la utilización de instrumentos de criba, como el Cuestionario SCOFF (Sick, Control, One, Fat, Food questionnaire)(4) (Tabla III).

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Manejo del caso

En la AN, el peso y el índice de masa corporal (IMC) no son los únicos indicadores de riesgo físico, siendo recomendable una anamnesis y exploración física exhaustiva, y pruebas complementarias para un correcto diagnóstico etiológico(4).

Pruebas médicas

En la tabla IV se indican las pruebas médicas recomendadas.

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Exploración psicopatológica

En la tabla V se recoge la exploración psicopatológica recomendada.

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Diagnóstico diferencial

Con enfermedades consuntivas no neoplásicas (digestivas, endocrinas, infecciosas, hematológicas, reumatológicas, neurológicas, renales), neoplásicas y trastornos psiquiátricos(12). Los síntomas de la desnutrición pueden diagnosticarse erróneamente, como ansiedad, depresión o trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Tratamiento y manejo nutricional

Para todo TCA, el tratamiento principal recomendado de elección es rehabilitación nutricional y terapia psicoconductual, por lo general ambulatoria(1,11,12).

La intervención temprana mejora resultados. Es esencial un inicio rápido del tratamiento y atención especializados para los TCA, en lugar de la espera vigilante. Para casos leves o moderadamente graves, el primer paso es un tratamiento psicológico ambulatorio que involucre a la familia de manera apropiada para la edad. Si el riesgo médico o psicológico es alto o existe falta de respuesta a la atención ambulatoria, se puede brindar una atención más intensa diurna u hospitalaria. Alrededor del 20-35 % de los pacientes necesitarán este nivel más alto de atención. Para pacientes del espectro compulsivo, es posible secuenciar tratamientos, comenzando con autoayuda guiada y siendo seguidos por terapia cognitivo-conductual (TCC) o tratamiento farmacológico, o ambos. La recuperación es posible para más del 60 % de pacientes tras nueve años de enfermedad(1). El restablecimiento de un apropiado estado nutricional es un pilar fundamental del tratamiento en la AN. Para ello, hay que diseñar una intervención de renutrición individualizada que incluya educación nutricional(2).

Según gravedad, se trata con hospitalización total o parcial o tratamiento ambulatorio con diferentes psicoterapias, como la terapia basada en la familia (FBT), individual psicodinámica, TCC, terapia centrada en adolescentes, psicoterapia interpersonal o farmacoterapia, o su combinación. La FBT se considera de primera línea para la AN, y la segunda, la terapia centrada en adolescentes. Un tratamiento ateórico basado en la familia (FBT) es la principal modalidad de atención en niños y adolescentes. La psicoterapia focal para adolescentes puede usarse para personas más jóvenes con AN(12,16). En adolescentes con BN, la TCC es una terapia alternativa y, administrada en forma de autocuidado guiado, produce mejora más rápida en atracones que la FBT y el manual se puede compartir con los padres(1). En la BN, tanto el tratamiento familiar como la TCC son casi igual de eficaces. En el TA, la TCC y la psicoterapia interpersonal son las más beneficiosas. Para el TERIA, se podría considerar la psicoterapia o la hospitalización. Ningún medicamento ha sido aprobado por la FDA para los TCA en niños y adolescentes(15).

Las personas con TCA, a menudo, no reciben un tratamiento basado en pruebas científicas. Las nueve guías clínicas actuales respaldan los principales enfoques de tratamiento validados empíricamente con acuerdo considerable(12). Las terapias psicológicas efectivas son la primera línea en la atención y la mayoría de las personas se recuperan a medio y largo plazo(16). Las terapias psicológicas específicas, como la TCC transdiagnóstico mejorada (TCCT-M, CBT‐E), son el tratamiento de primera línea para todo TCA, con mayor impacto en reducción de síntomas(16).

Los pacientes con síntomas más graves o sin mejora ambulatoria pueden ser tratados en un programa hospitalario especializado parcial (Hospital de día) o completo, en unidad de corta estancia. Las terapias basadas en pruebas administradas por médicos, psicólogos y terapeutas formados sobre TCA se consideran las más eficaces. Y son las preferidas por las personas con TCA. Este enfoque también puede ser más rentable y reducir hospitalizaciones(12,16). El tratamiento debe abordar, además, comorbilidades nutricionales, físicas y de salud mental por un equipo interdisciplinar. En casos más complejos, como la mayoría de personas con AN, casos más graves de BN y TA, y aquellos que requieren atención hospitalaria, se requieren apoyos interdisciplinares adicionales en unidad específica (psiquiatra, enfermero, nutricionista, médico/pediatra, trabajador social/terapeuta familiar y terapeuta ocupacional y de ejercicio físico)(12,16). En la tabla VI se presentan criterios para hospitalizar.

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El objetivo más común para la estabilización hospitalaria es la restauración nutricional(17). El tratamiento hospitalario conlleva apoyo nutricional, que en una proporción de pacientes con AN puede implicar alimentación nasogástrica. Una revisión sistemática del tratamiento nutricional en adolescentes encontró una gran variación en los protocolos, que van desde los cautelosos (por síndrome de realimentación) hasta aquellos que respaldan una resolución más rápida de la desnutrición. Una revisión posterior sugirió que algunos enfoques podrían ser demasiado conservadores(1,12). Es importante equilibrar dos objetivos contrapuestos: lograr un aumento de peso rápido y evitar el síndrome de realimentación(17). El síndrome de realimentación se refiere a cambios metabólicos y clínicos que, ocasionalmente, ocurren cuando un paciente desnutrido se rehabilita nutricionalmente de manera agresiva(15); las características distintivas son la hipofosfatemia y la disfunción multiorgánica. Una revisión sistemática de adolescentes hospitalizados con AN informó una incidencia promedio de hipofosfatemia de realimentación (sin necesariamente disfunción orgánica) del 14 %. Durante la última década, se ha desafiado una máxima largamente seguida: “comenzar con poco e ir despacio”. Varios centros han descrito el inicio de dietas a 1.400 kcal o más por día, con informes recientes que demuestran el tratamiento seguro de adolescentes con desnutrición leve y moderada mediante el uso de prescripciones calóricas iniciales de 2.200 a 2.600 kcal por día, mientras se logra un aumento de peso de aproximadamente 1,3 a 2 kg por semana(17). Pese a que el riesgo de síndrome de realimentación se correlaciona con el grado de inanición, se puede optar por un enfoque más cauteloso en niños gravemente desnutridos (70 % mediana IMC) hasta que haya más estudios(17).

La mayoría de programas americanos reservan la alimentación por sonda nasogátrica (SNG) para pacientes que no pueden completar las comidas. Internacionalmente, algunos centros informan del uso rutinario de alimentación por SNG, ya sea exclusivamente al principio o en combinación con las comidas. Los posibles beneficios de la alimentación por SNG incluyen un aumento de peso más rápido y una estabilización médica, con menor duración de la estancia hospitalaria. Aunque algunos la consideran invasiva o punitiva, otros la ven empática, al reducir el dolor físico y psicológico en las primeras etapas del tratamiento(17).

La hospitalización breve de adolescentes con AN (para estabilización médica) seguida de tratamiento familiar o diurno tuvo resultados similares a la más prolongada (recuperación de peso)(1,12). El tratamiento hospitalario es eficaz para mejorar la salud nutricional, pero puede haber recaídas. Se han añadido modificaciones para reducir la tendencia a recaer tras el alta, como intervenciones digitales y fomentar el apoyo de cuidadores(1,12). Durante la hospitalización, las familias que observan a los profesionales del hospital implementar un plan de nutrición organizado están más equipadas para sostenerlo al momento del alta en comparación con las familias que construyen un programa de alimentación organizado bajo la supervisión de un terapeuta ambulatorio(15).

Los programas de hospitalización diurna y parcial pueden ayudar a las personas con TCA médicamente estables que no requieren cuidados 24 horas, pero más que un tratamiento ambulatorio. Un equipo interdisciplinario brinda de 8 a 10 horas de atención cada día (comidas, terapia de grupo…) cinco días a la semana(15).

Para la mayoría de los pacientes con AN, lo ambulatorio es eficaz y tiene menor coste económico que el tratamiento hospitalario. Se proporciona a niños y adolescentes que se encuentran médicamente estables y cuyo riesgo psiquiátrico está controlado. Una variedad de opciones de tratamiento tiene como objetivo educar a los jóvenes y a sus padres sobre los efectos fisiológicos y psicológicos de la restricción de alimentos y ayudarlos a manejar los problemas de manera efectiva(15). La mayoría de los usos de psicofármacos son “no autorizados” (“off label”). En AN, TCANE y TERIA se limita a formas graves con agitación, hiperactividad y/o intensa rumiación, que interfieren en la rehabilitación nutricional e intervención psicoterapéutica, o para tratar la comorbilidad. En la AN se usa olanzapina. En la BN está indicado el uso de antidepresivos, como fluoxetina, asociada a TCC e intervención familiar. En el TA se emplean zonisamida y topiramato (este menos por sus efectos adversos), y se ha estudiado atomoxetina. La FDA ha aprobado la lisdexanfetamina para el TA en adultos moderado a grave y bajo control por psiquiatra especializado(1,12,16).

Prevención

La promoción de la salud, alfabetización y disonancia cognitiva se muestran hasta la fecha como los más eficaces para una adecuada prevención de los TCA(7,8,18,19).

Con técnicas de implicación, metodología pedagógica activa, participativa y experiencial, que responde a contenidos de procedimientos y actitudinales. Los estudios con mayores beneficios se dirigen a participantes con riesgo relativo mayor para TCA, son selectivos, interactivos, multisesión, con mujeres mayores de 15 años, sin contenido psicoeducativo, realizados por profesionales entrenados, con contenidos de aceptación corporal, alfabetización mediática o inducción de disonancia cognitiva, evaluados con medidas validadas y con periodos de seguimiento más cortos(7,8,12,18,19). La mitad de las intervenciones preventivas en TCA (un 51 %) reducen factores de riesgo y, más de un cuarto (29 %), la patología alimentaria actual o futura. Algunos programas con buenos resultados son: The Body Project, Sorority Body Image Program, Student Bodies o el currículo manualizado ZARIMA(18,19) (Fig. 1) y el DITCA en España(7,8).

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Figura 1. Guía Programa ZARIMA.

 

Función del pediatra de Atención Primaria

Detección temprana, prevención primaria y secundaria, supervisión médica de pacientes con TCA diagnosticado, coordinación de la atención y defensa de servicios adecuados.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1. Treasure J, Duarte TA, Schmidt U. Eating disorders. Lancet. 2020; 395: 899-911. Disponible en: https://doi.org/10.1016/s0140-6736(20)30059-3.

2.** Campos del Portillo R, Palma Milla S, Matía-Martín P, Loria-Kohen V, Martínez Olmos MA, Mories Álvarez MT, et al. Consenso del grupo de trabajo de los trastornos de la conducta alimentaria de SENPE (GTTCA-SENPE). Evaluación y tratamiento médico-nutricional en la anorexia nerviosa. Actualización 2023. Nutr. Hosp. 2024; 41; 1-60. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.05175.

3. Hornberger LL, Lane MA, Committee on Adolescence. Identification and Management of Eating Disorders in Children and Adolescents. Pediatrics 2021; 147: e2020040279. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2020-040279.

4. Ruiz-Lázaro PM. Protocolo – Guía de actuación ante los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en la adolescencia en Atención Primaria. Adolescere. 2020; VIII; 64.e1-e7. Disponible en: https://www.adolescere.es/protocolo-guia-de-actuacion-ante-los-trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-la-adolescencia-en-atencion-primaria/.

5. Uniacke B, Walsh BT. Eating Disorders. Ann Intern Med. 2022; 175: ITC113-28. Disponible en: https://doi.org/10.7326/aitc202208160.

6. Salmerón MA, Román C, Casas J. Trastornos del comportamiento alimentario. Pediatr Integral. 2017; XXI: 82-91. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2017-03/trastornos-del-comportamiento-alimentario-2/.

7.** Ruiz-Lázaro PM. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. En: Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Ediciones Pirámide; 2017. p. 25-53.

8. Ruiz-Lázaro PM. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y los diversos ámbitos de actuación. En: Martínez MA, ed. Todo sobre los trastornos de la conducta alimentaria. Una visión multidisciplinar desde la experiencia y la evidencia científica. Tarragona: Publicaciones Altaria; 2015. p. 431-76.

9.** Ruiz-Lázaro PM, Calvo D, Pérez J, Gómez del Barrio JA, Calado M. Prevención secundaria de los trastornos de la alimentación en adolescentes escolarizados del norte de España. En: Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Pirámide; 2017. p. 267-83.

10. Díaz-Marsá M, Alberdi-Páramo I, Niell-Galmés Ll. Suplementos nutricionales en trastornos de la conducta alimentaria. Actas Esp Psiquiatr. 2017; 45: 16-36.

11. Faya M, Graell M, Plana MT. Anorexia nerviosa. En: Lázaro L, Moreno D, Rubio B. Manual de Psiquiatría de la infancia y la adolescencia. Barcelona: Elsevier España; 2021. p. 336-44.

12. Ruiz-Lázaro PM. Trastornos del comportamiento alimentario. Pediatr Integral. 2022; XXVI: 76-82. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2022-03/trastornos-del-comportamiento-alimentario-2022/.

13. Plana MT, Graell M, Faya M. Bulimia nerviosa y trastorno por atracón. En: Lázaro L, Moreno D, Rubio B. Manual de Psiquiatría de la infancia y la adolescencia. Barcelona: Elsevier España; 2021. p. 345-52.

14. Campuzano SH. Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 108-14. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-03/trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-el-nino-pequeno/.

15. Alharbi Y, Saleh F, Shahat KA. Effective Treatment Approaches for Eating Disorders in Children and Adolescents: A Review Article. Cureus. 2024; 16: e74003. Disponible en: https://doi.org/10.7759/cureus.74003.

16. Hay Ph. Current approach to eating disorders: a clinical update. Intern Med J. 2020; 50: 24-9. Disponible en: https://doi.org/10.1111/imj.14691.

17. Hornberger LL, Lane MA; Committee on Adolescence. Identification and Management of Eating Disorders in Children and Adolescents. Pediatrics. 2021; 147: e2020040279. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2020-040279.

18. Ruiz Lázaro PM, de Diego Díaz Plaza M, Belmonte Cortés S. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria en la comunidad. Nutr Hosp. 2022; 39: 93-6. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.04184.

19. Ruiz-Lázaro PM. Programa ZARIMA. Guía de prevención de trastornos de conducta alimentaria. Zaragoza: Gobierno de Aragón. 2022.

Bibliografía recomendada

– Morandé G, Graell M, Blanco A, eds. Trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. Un enfoque integral. Madrid: Editorial Médica Panamericana. 2014.

El manual de referencia, en este momento en lengua española, precisaría una nueva edición actualizada.

– Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Ediciones Pirámide. 2017.

Se recopilan en este texto los programas de prevención primaria y secundaria españoles. Necesario, si se desea realizar prevención de los TCA.

– Campos del Portillo R, Palma Milla S, Matía-Martín P, Loria-Kohen V, Martínez Olmos MA, Mories Álvarez MT, et al. Consenso del grupo de trabajo de los trastornos de la conducta alimentaria de SENPE (GTTCA-SENPE). Evaluación y tratamiento médico-nutricional en la anorexia nerviosa. Actualización 2023. Nutr. Hosp. 2024; 41; 1-60. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.05175.

Artículo imprescindible, actualizado y consensuado, para el manejo nutricional de la AN.

Caso clínico

 

Mujer de 14 años de edad, gimnasta rítmica, que desde hace seis meses presenta conducta restrictiva adelgazante con ingesta muy reducida, con hiperactividad, ejercicio físico excesivo con finalidad adelgazante, sin purgas, con pérdida ponderal rápida y grave en tres meses superior a 1 kg semanal, con índice de masa corporal muy bajo de 15,1 kg/m2 con 40 kg, sin mejoría ambulatoria, con alimentación con rituales, disforia, irritabilidad, ansiedad con amenorrea primaria, miedo morboso a engordar, dismorfofobia de abdomen y muslos, con autolesiones autoinfligidas, extrema malnutrición con alopecia, lanugo, mareos, estreñimiento, dispepsia y frialdad. Con rasgos caracteriales premórbidos (sensible, perfeccionista), uso excesivo de pantallas y redes sociales.

 

 

algoritmo

 

Del fallo de medro a la desnutrición infantil: un cambio de paradigma

A. García Díaz*,  E. Román Riechmann**
Temas de FC


A. García Díaz*, E. Román Riechmann**

*Servicio de Pediatría. Hospital Universitario El Escorial. San Lorenzo de El Escorial. Madrid. **Servicio de Pediatría. Unidad de Gastroenterología Pediátrica. Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda. Majadahonda. Madrid

X

Autor para correspondencia

alegarditri@hotmail.com

Resumen

A falta de consenso en la definición, se considera, en la actualidad, el fallo de medro, como la incapacidad para mantener una velocidad de crecimiento adecuada, tanto en peso como en longitud/talla, en menores de 3 años y que conlleva una situación de desnutrición. El diagnóstico diferencial es muy amplio, pues existen múltiples enfermedades graves o crónicas que pueden afectar al crecimiento del paciente pediátrico. Sin embargo, se estima que, en más del 80 % de los niños con un crecimiento inadecuado, no se halla ningún trastorno médico orgánico subyacente, por lo que no se recomiendan las pruebas de laboratorio de rutina. Una historia clínica y dietética cuidadosa y una exploración física exhaustiva, con una valoración antropométrica adecuada y exclusión de datos de organicidad, son las principales herramientas para orientar y plantear el abordaje nutricional. El objetivo es que el paciente alcance los requerimientos nutricionales para un adecuado crecimiento, logrando una ingesta adecuada y la recuperación nutricional. El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en estos casos, identificando y abordando de forma precoz estas situaciones y, en determinados casos, derivando a una Unidad de Gastroenterología Pediátrica.

 

Abstract

In the absence of consensus on the definition, failure to thrive is currently considered as the inability to maintain an adequate growth rate, both in weight and in length/height, in children under 3 years of age and that leads to a situation of malnutrition. The differential diagnosis is very broad, as there are multiple serious or chronic diseases that can affect the growth of the pediatric patient. However, it is estimated that in more than 80 % of children with inadequate growth no underlying organic medical disorder is found, so routine laboratory tests are not recommended. A careful clinical and dietary history and an exhaustive physical examination, with an adequate anthropometric assessment and exclusion of organic data, are the main tools to guide and plan the nutritional approach. The objective is for the patient to meet the nutritional requirements for adequate growth, achieving adequate intake and nutritional recovery. The role of the primary care pediatrician is essential in these cases, identifying and addressing these situations early and, in certain cases, referring them to a pediatric gastroenterology unit.

 

Palabras clave: Fallo de medro; Alteración del crecimiento; Desnutrición; Ingesta inadecuada; Valoración antropométrica; Índices nutricionales.

Key words: Failure to thrive; Growth faltering; Malnutrition; Inadequate intake; Anthropometric assessment; Nutritional indices.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 161 – 168

 


OBJETIVOS

• Entender el carácter descriptivo de la definición del “fallo de medro” y su evolución al concepto de “desnutrición”.

• Identificar, con los datos de la historia clínica y la exploración física, los casos de fallo de medro en la primera infancia.

• Interpretar las alteraciones en las medidas antropométricas.

• Reconocer el soporte nutricional óptimo según las distintas situaciones, así como el abordaje psicosocial y conductual más adecuado.

• Conocer los síntomas y signos de alarma que implican la necesidad de hospitalización.

 

Del fallo de medro a la desnutrición infantil: un cambio de paradigma

https://doi.org/10.63149/j.pedint.29

 

Introducción

Hay una falta de consenso en la definición del llamado fallo de medro (FM), contemplándose como un concepto descriptivo más que un diagnóstico clínico en sí. Se ha considerado como tal la incapacidad para mantener una ­velocidad de crecimiento adecuada, tanto en peso como en longitud/talla, en menores de 3 años, pudiendo desembocar en una situación de malnutrición grave, así como de afectación en el desarrollo psicomotor, social y emocional. Por su carácter evolutivo, es importante definir un intervalo de seguimiento adecuado, al menos dos meses, en menores de 6 meses, o de tres meses para los mayores de esa edad(1).

En la actualidad, el término equivalente en la literatura inglesa, failure to thrive, ha sido desplazado por el de growth faltering, sustituyéndose thrive por growth, por ser más descriptivo y menos peyorativo. Sin una clara traducción, se podría considerar “el niño que no gana bien”(2). En un periodo de crecimiento y desarrollo tan importante como son los primeros años, esto sería casi sinónimo de desnutrición y, según la Sociedad Norteamericana de Nutrición Parenteral y Enteral (ASPEN), se considerarían dos situaciones: la desnutrición relacionada con la enfermedad y la relacionada con la situación económica o social, que equivaldría al FM no orgánico(3).

La prevalencia del FM es difícil de establecer debido a la falta de consenso en cuanto a la definición de esta entidad. Se estima que puede presentarse en aproximadamente el 5-10 % de los niños atendidos en Atención Primaria y en el 3-5 % de los ingresos hospitalarios(4).

Etiología

A pesar de que, clásicamente, las causas de FM se dividían entre orgánicas y no orgánicas, siendo una clasificación práctica que puede ayudar en el ámbito asistencial, actualmente se prefiere abordar esta patología desde una perspectiva multifactorial, en la que pueden coexistir patologías médicas orgánicas con alteraciones conductuales o psicosociales.

Entre los factores de riesgo médicos que pueden dificultar un crecimiento adecuado se incluyen algunos, como la prematuridad, el crecimiento intrauterino restringido, algunas anomalías congénitas, exposiciones intrauterinas a drogas o fármacos y, en general, cualquier condición médica que desemboque en una nutrición deficiente. En cuanto a la etiología no orgánica, existen numerosos factores de riesgo psicosociales, como el síndrome de deprivación materna, la existencia de psicopatología en el entorno familiar, las diferentes creencias culturales o religiosas, la limitación al acceso de alimentos en entornos con un nivel socioeconómico bajo, el establecimiento de técnicas erróneas de alimentación o la existencia de patología de origen psicológico en el niño, como son los trastornos de la conducta alimentaria(5).

El diagnóstico diferencial, por tanto, es muy amplio, ya que existen múltiples enfermedades graves o crónicas que pueden afectar al crecimiento del paciente pediátrico, ya sea directa o indirectamente. Sin embargo, se estima que, en más del 80 % de los niños con un crecimiento inadecuado, no se halla ningún trastorno médico orgánico subyacente(6).

En la tabla I se resumen algunas de las causas de FM en función del mecanismo fisiopatológico.

tabla

De manera simplificada, se puede afirmar que el fallo de medro puede producirse por:

• Una nutrición insuficiente secundaria a una ingesta inadecuada.

• Una digestión o absorción inadecuada de nutrientes o un aumento de las pérdidas intestinales.

• Un aumento de los requerimientos nutricionales.

• Una utilización metabólica ine­ficaz(7).

Es importante destacar que existen variantes de la normalidad que pueden ser erróneamente atribuidas a un FM. Ejemplos de esto son los casos de talla baja familiar, con un crecimiento acorde a su talla diana, o pacientes prematuros o con antecedente de crecimiento intrauterino restringido, que pueden presentar percentiles de peso y/o talla por debajo de lo normal sin deberse a un crecimiento inadecuado. Por último, no es inusual observar un catch down en lactantes que fueron grandes para la edad gestacional al nacimiento debido a circunstancias prenatales, como la diabetes gestacional. Por ello, puede ser prudente una actitud expectante durante los primeros meses para detectar otros datos patológicos antes de hacer un diagnóstico o comenzar una evaluación de fallo de medro en un niño con buen aspecto y sin hallazgos sugestivos de enfermedad orgánica(6).

Evaluación diagnóstica

El diagnóstico del fallo de medro se basa en una adecuada anamnesis y una exploración física completa, con mediciones precisas de peso y de longitud o talla. La realización de pruebas complementarias solo sería necesaria en una minoría de los casos(8).

Anamnesis

Para evaluar el FM y orientar su etiología, es fundamental una historia clínica completa y que incluya los aspectos que se citan a continuación.

Antecedentes personales

• Antecedentes pre y perinatales: entre los factores prenatales se encuentra la exposición prenatal a fármacos o drogas, que pueden comprometer el crecimiento, al igual que la existencia de abortos previos de repetición, que puede sugerir patología genética. El bajo peso al nacer, la restricción del crecimiento intrauterino, el estrés perinatal y la prematuridad también son factores predisponentes importantes, al igual que la presencia de malformaciones congénitas en el recién nacido(1).

• Antecedentes médicos: es importante que la anamnesis recoja enfermedades crónicas y/o agudas de cualquier tipo que pueden afectar a la ingesta, absorción o a los requerimientos nutricionales; las hospitalizaciones previas y factores epidémicos que pueden influir en la alimentación del paciente, como puede ser la asistencia a guardería. También es necesario preguntar acerca de la edad de inicio del FM, así como de la coexistencia de síntomas respiratorios, digestivos o neurológicos que orienten a causas orgánicas. El FM se puede acompañar de síntomas digestivos, como vómitos, regurgitaciones, disfagia o síntomas de reflujo gastroesofágico, que pueden dificultar la ingesta, o de diarrea crónica, con el riesgo de pérdida de nutrientes. Estos síntomas pueden orientar hacia una patología orgánica. Por último, se deben incluir en la historia clínica los tratamientos actuales y previos que haya seguido el niño(9).

• Antecedentes familiares: en este apartado se incluirán las enfermedades de los padres y hermanos, haciendo hincapié en aquellas de base genética, como diabetes, enfermedad celiaca o fibrosis quística. Hay que considerar datos antropométricos de peso y talla, así como retrasos en la pubertad o en el desarrollo de los familiares de primer grado(10).

• Antecedentes psicosociales: la historia psicosocial es fundamental en la evaluación de los niños con FM, ya que este puede ser consecuencia de problemas sociales o psicológicos en el ámbito familiar.

Implica realizar una evaluación de los cuidadores del niño, la composición del hogar, la situación socioeconómica y el estrés familiar(6). Para ello, se recomienda abordar de forma específica:

– Recursos económicos y riesgo de pobreza. En familias con recursos limitados, identificar si existe inseguridad alimentaria y, por tanto, riesgo de carencias nutricionales.

– Conocimientos de los cuidadores sobre nutrición.

– Factores de estrés psicosociales, como cambios de domicilio o en la composición del hogar o conflictos en el núcleo familiar.

– Factores maternos perinatales, como la planificación o no del embarazo, el consumo de alcohol o drogas durante la gestación, la depresión posparto o lactancias maternas inadecuadas que pueden incentivar el rechazo de la alimentación complementaria.

– Negligencia infantil. Aunque sea infrecuente, debe considerarse si se detecta que existen exclusiones amplias de alimentos de forma intencionada o creencias sobre regímenes de salud y/o nutrición perjudiciales para el niño, además de en el caso de abusos físicos o emocionales(11).

Encuesta dietética

Hay que obtener información detallada sobre la alimentación del niño, incluyendo la duración de las comidas, el tipo y cantidad de alimento y la existencia o no de comportamientos selectivos, restrictivos o evitativos.

Es recomendable preguntar por el tipo y duración de la lactancia y sobre el momento y la forma en la que se introdujo la alimentación complementaria. El tipo de alimentos incluidos, las consistencias que ingiere y la relación que establece con la comida ayudarán a evaluar si existen problemas con la alimentación y, de ser así, cuándo y cómo se iniciaron y cómo repercuten, tanto en el paciente como en los cuidadores.

Conocer la cantidad y el tipo de alimentos (macro y micronutrientes) que el niño consume facilitará hacer una valoración de los aportes nutricionales y el riesgo de desnutrición que existe. Para ello, son útiles los cuestionarios de alimentación, que pueden proporcionar información sobre posibles carencias nutricionales. Se pueden realizar encuestas de 24 horas, de 3 días o cuestionarios de frecuencia de consumo(12). Mediante estas herramientas, se valorará la cantidad, variedad y frecuencia de alimentos, las posibles restricciones dietéticas voluntarias o involuntarias (por enfermedades como alergias o intolerancias), los hábitos dietéticos (horarios y número de comidas) y la conducta alimentaria del niño (entornos en los que se produce la ingesta, compañía durante la misma, comportamientos de rechazo o desinterés con la comida…)(13,14).

Exploración física

Para evaluar objetivamente el fallo de medro, es fundamental realizar mediciones antropométricas precisas y una exploración física completa, a fin de objetivar posibles signos de enfermedad orgánica o negligencia(12).

Hay que recoger datos antropométricos, tanto en el momento de la evaluación como previos a la consulta, para evaluar la evolución ponderoestatural. El peso, la talla, el perímetro cefálico (PC), el índice peso/talla en menores de 5 años y el IMC en mayores y los pliegues cutáneos son parámetros antropométricos muy útiles en la valoración del FM. En los niños menores de dos años se debe obtener la longitud en decúbito, en lugar de la altura de pie. Estas medidas, junto con el peso del niño para la longitud, se deben trazar en una gráfica de crecimiento estandarizada y controlarse con mediciones repetidas a lo largo del tiempo, valorando la adecuación a la ganancia esperada de peso y talla según la edad (Tabla II)(15). Generalmente, en los primeros años, se emplean las curvas de crecimiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es recomendable objetivar el momento en que se producen los cambios en las pendientes de las trayectorias de peso, longitud o PC para identificar posibles factores que contribuyen al FM (inicio de alimentación complementaria, aparición de diarrea, factores estresantes, inicio de guardería…).

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Como criterios diagnósticos de FM se han considerado clásicamente(1):

• Peso < percentil 3-5.

• Peso < 80 % del peso ideal para la talla.

• Disminución evolutivamente de 2 percentiles principales de peso y/o talla.

Al evaluar el crecimiento de los niños que nacieron prematuros, es importante corregir los parámetros de crecimiento en función de la edad gestacional. La OMS sugiere la corrección de los tres parámetros de crecimiento hasta los dos años de edad para los niños nacidos antes de las 32 semanas de gestación y, al menos, hasta los 12 meses de edad para los niños nacidos entre las 32 y 36 semanas de gestación(16).

El análisis antropométrico facilitará establecer el origen del FM:

• La afectación, tanto de peso, como de talla y PC, puede deberse a patología intrauterina o de origen congénito.

• La alteración de la talla, con peso y PC proporcionados, orienta a patología endocrina.

• La afectación de peso, con talla y PC normales, es sugestiva de una ingesta inadecuada, patología gastrointestinal o de enfermedades crónicas.

• Parámetros antropométricos normales al nacer, con desaceleración simultánea de longitud y peso antes de los dos años de edad y una velocidad de crecimiento normal después de los dos años de edad, son indicativos de baja estatura genética o retraso constitucional del crecimiento. Estos patrones de crecimiento normales, a menudo, se pueden confundir con FM(12).

También son herramientas de ayuda los índices nutricionales, que facilitarán graduar la gravedad de la desnutrición. El índice nutricional de Waterlow se basa en la comparación de la relación simple del peso y la talla del paciente con la relación del peso y talla medios para la correspondiente edad y sexo. Es de utilidad para determinar si el estado de malnutrición es agudo o crónico.

• Para valorar desnutrición aguda:

% peso para talla P50 = peso actual (kg) x 100 / peso para la talla en P50 (kg).

– Estadio 0 (normal): >90 %.

– Estadio I (malnutrición leve): 80-90 %.

– Estadio II (malnutrición moderada): 70-80 %.

– Estadio III (malnutrición grave): <70 %.

• Para valorar desnutrición crónica:

% talla para la edad = talla actual (cm) x 100 / talla P50 para la edad (cm).

– Estadio 0 (normal): >95 %.

– Estadio I (malnutrición leve): 90-95 %.

– Estadio II (malnutrición moderada): 85-90 %.

– Estadio III (malnutrición grave): <85 %.

Para evaluar la gravedad de la desnutrición, se puede utilizar el índice peso-talla (peso/talla), fundamentalmente en niños menores de 5 años, siendo la desnutrición leve si el Z-score de este índice es de -1 a -1,9 DE, moderada si es de -2 a -2,9 DE y grave si es <-3 DE.

También puede ser útil la evaluación antropométrica de la composición corporal de forma indirecta mediante la medida de los pliegues cutáneos o de los perímetros(17).

Por último, es necesario realizar una exploración física completa por órganos para objetivar si existen hallazgos de enfermedad orgánica subyacente y cuantificar el riesgo de desnutrición. Entre los signos de malnutrición, se incluyen: una piel poco elástica y turgente, escaso panículo adiposo subcutáneo, disminución de masa muscular, lanugo y cabello ralo, áspero y escaso. Otros hallazgos pueden orientar a un déficit de micronutrientes: xeroftalmia, queratomalacia (vitamina A), gingivitis (vitamina C), craneotabes, rosario costal (vitamina D), caries (flúor), bocio (yodo), queilitis angular (niacina, riboflavina), palidez conjuntival (hierro)(13).

Pruebas complementarias

Se ha demostrado que es poco probable que el ingreso hospitalario y las pruebas de laboratorio conduzcan a un diagnóstico orgánico específico en un niño cuyo retraso en el crecimiento no se explica después de una historia clínica y un examen físico cuidadosos. En consecuencia, no se recomiendan las pruebas de laboratorio de rutina, ya que se estima que solo clarifican una causa orgánica de fallo de medro en <1 % de los niños. En caso de sospecha de patología orgánica, el pediatra de Atención Primaria puede realizar un estudio de primer nivel y, según resultados, derivar al pediatra gastroenterólogo, quien, en función de la clínica y los hallazgos exploratorios, valorará realizar pruebas complementarias de segundo nivel orientadas, como se refleja en la tabla III(1,13,17).

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Abordaje terapéutico

Un adecuado abordaje terapéutico debería incluir un equipo multidisciplinar, constituido por: pediatra de Atención Primaria, pediatra gastroenterólogo, pediatra endocrinólogo, nutricionista, trabajador social, logopeda, psicólogo y terapeuta ocupacional, que evalúe y establezca un tratamiento integral del fallo de medro(18).

Este tratamiento debe incluir el manejo de la enfermedad orgánica de base subyacente, en caso de que exista una, un soporte nutricional óptimo y un abordaje conductual y psicosocial completo, con la modificación de los factores ambientales implicados.

El ámbito de atención variará en función de la gravedad de la desnutrición:

• Desnutrición leve: los niños con desnutrición leve generalmente pueden ser tratados por el médico de Atención Primaria en el ámbito ambulatorio. En el caso de los niños con sospecha de patología orgánica subyacente, puede estar justificado un tratamiento multidisciplinar y derivación a Atención Hospitalaria.

• Desnutrición moderada: en estos pacientes se recomienda un manejo interdisciplinar entre Atención Primaria y Hospitalaria, en el que participe el pediatra de Atención Primaria, el pediatra gastroenterólogo y, en caso de estar disponible, el dietista nutricionista.

• Desnutrición grave: en el caso de niños con desnutrición grave, se recomienda la derivación de forma preferente al hospital, considerando el ingreso para realizar estudio e iniciar tratamiento nutricional(19).

Entre los criterios de hospitalización, además de los casos de desnutrición grave, estarían: deshidratación significativa, enfermedad intercurrente grave, circunstancias psicosociales, falta de respuesta a varios meses de tratamiento ambulatorio, necesidad de documentar de forma precisa la ingesta energética, ansiedad importante de los padres o cuidadores, interacción cuidador-niño problemática o imposibilidad de tratamiento ambulatorio por circunstancias familiares.

Tratamiento de enfermedad de base

Si bien, la mayoría de los casos de FM no tienen una causa orgánica, el reconocimiento precoz de una enfermedad de base es fundamental para instaurar lo antes posible un tratamiento específico y adecuado.

Soporte nutricional

El soporte nutricional tiene como objetivo ayudar a que el paciente alcance los requerimientos nutricionales para un adecuado crecimiento, logrando una ingesta adecuada y un catch-up o recuperación nutricional.

Es fundamental la estimación de los requerimientos energéticos diarios, que se basa en el requerimiento energético estimado (REE) para niños sanos según la edad (Tabla II). Se calcula multiplicando los REE por el peso ideal para la talla (peso necesario para que el índice peso/talla del paciente estuviera en p50) dividido entre el peso actual: Requerimientos necesarios = REE x peso ideal talla / peso real(15).

Se deberá decidir la vía y la pauta de alimentación para alcanzarlos:

• Vías de alimentación: va a depender de la capacidad del paciente para alimentarse. La vía de elección va a ser la oral, al tratarse de la forma de nutrición más fisiológica y menos invasiva. Sin embargo, en algunas ocasiones, será necesaria la alimentación por sonda nasogástrica o transpilórica, bien por condiciones orgánicas o bien por alteraciones conductuales que impidan alcanzar los requerimientos a través de la vía oral. La nutrición parenteral solo será necesaria en una minoría de los casos(13).

• Pautas de alimentación: en este apartado se incluyen diferentes alternativas para alimentar al niño con fallo de medro, siendo estas, en muchas ocasiones, complementarias y no excluyentes:

– Enriquecimiento de la dieta con alimentos naturales: es la primera intervención nutricional que se debería plantear y consiste en aumentar la ingesta calórica con alimentos naturales (Tabla IV).

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– Módulos nutricionales: debido a que la práctica de concentrar la fórmula de lactantes ha caído en desuso por el aumento de la carga osmolar que implica y los errores en la preparación que se podían producir, el empleo de módulos nutricionales es una alternativa en lactantes, bien con lactancia materna o con fórmula adaptada. Los más utilizados son los módulos de hidratos de carbono, como las maltodextrinas, en dosis de 5 g/100 ml, para un aporte de 20 kcal/100 ml. Existen también módulos lipídicos en forma de triglicéridos de cadena media (aceite MCT), empleándose no más de 2 g/100 ml, lo que supone 17-18 kcal/100 ml.

– Fórmulas enterales: estas fórmulas son dietas completas que aportan macro y micronutrientes para cubrir las necesidades del paciente. La elección de la fórmula debe individualizarse en función de la edad y los requerimientos del niño. Así, existen fórmulas para lactantes (prematuros o a término), fórmulas de nutrición enteral pediátrica para niños y para adultos. También se distinguen diferentes fórmulas en función del contenido calórico (normocalóricas o hipercalóricas) o proteico (poliméricas, peptídicas, elementales)(19).

– Suplementos de vitaminas y minerales: no se recomienda el tratamiento con multivitamínicos de forma generalizada. Sin embargo, sí que es importante detectar las deficiencias de vitaminas y oligoelementos, en especial la ferropenia o anemia y el déficit de vitamina D, y tratarlas de forma específica. Algunos autores recomiendan la suplementación con zinc (0,3 mg/kg de zinc elemental por día; dosis diaria máxima de 6 mg) en pacientes con fallo de medro(20).

Tratamiento farmacológico

Los estimulantes del apetito, como la ciproheptadina, pueden ser útiles en determinadas circunstancias, aunque se dispone de datos limitados, no existen pautas de dosificación establecidas y no se han demostrado beneficios a largo plazo. En niños mayores de 2 años en los que no se logra una recuperación de peso tras 3-6 meses de tratamiento nutricional adecuado y tras haber descartado causas orgánicas, se puede valorar iniciar ciproheptadina a una dosis de 0,25 mg/kg al día por vía oral, dividida en dos dosis diarias, suspendiéndose el tratamiento si el peso no mejora tras 2-3 meses o si hay efectos secundarios importantes, como somnolencia(1).

Soporte psicosocial y conductual

El neurodesarrollo y la conducta de los niños con fallo de medro deben ser monitorizados, con el fin de detectar precozmente trastornos de la conducta y déficits del desarrollo. Además, es importante tener en cuenta que algunos de estos niños tienen alteraciones en el procesamiento sensorial que contribuyen a sus problemas con la alimentación. Por este motivo, en estos pacientes sería adecuada la valoración por un terapeuta ocupacional experto en integración sensorial, aunque desafortunadamente son contadas las unidades de gastroenterología y nutrición pediátricas que cuentan con estos profesionales.

Las modificaciones ambientales y conductuales también van a contribuir a una mejor recuperación nutricional. Para ello, es importante que los cuidadores tengan una actitud común y que el entorno en el que tienen lugar las comidas sea el adecuado, reduciéndose las distracciones y fomentando un ambiente relajado y de relación con el resto de familiares, evitando los castigos y fomentando el refuerzo positivo con los avances que se vayan produciendo.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria y el de la enfermería pediátrica es fundamental en el abordaje y orientación de estas situaciones, pues son los profesionales que van a detectar de forma precoz la alteración en el crecimiento de estos pacientes y a realizar la valoración y el abordaje desde el punto de vista nutricional y psicosocial. En muchos de los casos, el equipo de Atención Primaria podrá realizar el seguimiento, aunque en determinados casos será preciso derivar a una Unidad de Gastroenterología Pediátrica para estudios o intervenciones nutricionales que no son posibles de forma ambulatoria, por lo que es necesaria la coordinación entre el pediatra de Atención Primaria y el pediatra gastroenterólogo, para ofrecer una orientación común del tratamiento y poder transmitir a la familia un mensaje uniforme.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.** De Hoyos López MC, León Jiménez JP, Puente Ubierna N, Barasoain Millán A, Bezanilla López C, Botija Arcos G, et al. Fallo de medro en Pediatría de Atención Primaria: recomendaciones para su abordaje y seguimiento. Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: e17-e29.

2. Moreno Villares JM. Fallo de medro: ¿un término a desaparecer? Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: 331-2.

3. Becker P, Carney LN, Corkins MR, Monczka J, Smith E, Smith SE, et al; Academy of Nutrition and Dietetics; American Society for Parenteral and Enteral Nutrition. Consensus statement of the Academy of Nutrition and Dietetics/American Society for Parenteral and Enteral Nutrition: indicators recommended for the identification and documentation of pediatric malnutrition (undernutrition). Nutr Clin Pract. 2015; 30: 147-61.

4. Schwartz ID. Failure to thrive: an old nemesis in the new millennium. Pediatr Rev. 2000; 21: 257-64. Disponible en: https://doi.org/10.1542/pir.21-8-257.

5. Mazze N, Cory E, Gardner J, Alexanian Farr M, Mutch C, Marcus S, et al. Biopsychosocial Factors in Children Referred with Failure to Thrive: Modern Characterization for Multidisciplinary Care. Glob Pediatr Health. 2019; 6: 1-7.

6. Cherry RN. Failure to thrive/growth faltering. En: Robert Wyllie, Jeffrey S. Hyams, Marsha Kay. Pediatric Gastrointestinal and Liver Disease. 6ª ed. Elsevier; 2020. p. 118-24.

7. Perrin E, Frank D, Cole C, Glicken SR, Guerina N, Petit K, et al. Criteria for Determining Disability in Infants and Children: Failure to Thrive: Summary. 2003. En: AHRQ Evidence Report Summaries. Rockville (MD): Agency for Healthcare Research and Quality (US); 1998-2005. p. 72. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK11940/.

8. Cooke R, Goulet O, Huysentruyt K, Joosten K, Khadilkar AV, Mao M, et al. Catch-Up Growth in Infants and Young Children With Faltering Growth: Expert Opinion to Guide General Clinicians. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2023; 77: 7-15.

9. Mash C, Frazier T, Nowacki A, Worley S, Goldfarb J. Development of a risk-stratification tool for medical child abuse in failure to thrive. Pediatrics. 2011; 128: e1467-73. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2011-1080.

10. Blair PS, Drewett RF, Emmett PM, Ness A, Emond AM. Family, socioeconomic and prenatal factors associated with failure to thrive in the Avon Longitudinal Study of Parents and Children (ALSPAC). Int J Epidemiol. 2004; 33: 839-47. Disponible en: https://doi.org/10.1093/ije/dyh100.

11. Wright C, Birks E. Risk factors for failure to thrive: a population-based survey. Child Care Health Dev. 2000; 26: 5-16. Disponible en: https://doi.org/10.1046/j.1365-2214.2000.00135.x.

12. Rayo AI, Ferrer C, Moreno JM, Urruzuno P, Barrio J, Salcedo E, et al. Anorexia infantil/fallo de medro. Grupo Gastro-Sur. Madrid. 2007. Disponible en: https://www.ampap.es/wp-content/uploads/2014/05/Anorexia_Fallo_de_medro_2007.pdf.

13. Herrero Álvarez M, García Calatayud S. Fallo de medro. Protoc Diagn Ter Pediatr. 2023; 1: 491-504.

14.** Lezo A, Baldini L, Asteggiano M. Failure to Thrive in the Outpatient Clinic: A New Insight. Nutrients. 2020; 12: 2202. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu12082202.

15.*** Kleinman RE, Greer FR; American Academy of Pediatrics. Malnutrition/Undernutrition/Failure to thrive. En: Kleinman RE, Greer FR (eds). Pediatric Nutrition (Sponsored Member Benefit). 8ª ed. Itasca, IL. 2020. p. 781.

16. Wright CM, Williams AF, Elliman D, Bedford H, Birks E, Butler G, et al. Using the new UK-WHO growth charts. BMJ. 2010; 340: c1140. Disponible en: https://doi.org/10.1136/bmj.c1140.

17. De la Mano Hernández A, Martínez Zazo AB, Castejón Ponce E. Fallo de medro. Dificultades en la alimentación infantil. Manual de Nutrición de la AEP; 2021. p. 20-9.

18. Cooke R, Goulet O, Huysentruyt K, Joosten K, Khadilkar AV, Mao M, et al. Catch-Up Growth in Infants and Young Children With Faltering Growth: Expert Opinion to Guide General Clinicians. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2023; 77: 7-15.

19. Rodríguez Salas M. Fallo de medro: aproximación diagnóstica y enfoque terapéutico. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 132-38. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-05/fallo-de-medro-aproximacion-diagnostica-y-enfoque-terapeutico/.

20. Kistin CJ, Frank DA. Failure to thrive. En: Augustyn M, Zuckerman B (eds.), Wolters Kluwer. Zuckerman Parker Handbook of Developmental and Behavioral Pediatrics for Primary Care. 4ª ed., Philadelphia; 2019. p. 256.

Bibliografía recomendada

– De Hoyos López MC, León Jiménez JP, Puente Ubierna N, Barasoain Millán A, Bezanilla López C, Botija Arcos G, et al. Fallo de medro en Pediatría de Atención Primaria: recomendaciones para su abordaje y seguimiento. Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: e17-e29.

Revisión actualizada del fallo de medro desde el punto de vista de la Atención Primaria, con un enfoque práctico de la orientación en el diagnóstico y el tratamiento. Se establecen unas líneas de actuación según las curvas de crecimiento y se define el papel del pediatra y de la enfermera pediátrica de Atención Primaria en el abordaje de esta patología.

– Lezo A, Baldini L, Asteggiano M. Failure to Thrive in the Outpatient Clinic: A New Insight. Nutrients. 2020; 12: 2202. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu12082202.

Revisión en la que se abordan los principales aspectos del fallo de medro, destacando el enfoque actual de esta patología, en el que se redefine esta situación como un estado nutricional deficiente relacionado con un crecimiento inadecuado.

– Kleinman RE, Greer FR; American Academy of Pediatrics. Malnutrition/Undernutrition/Failure to thrive. En: Kleinman RE, Greer FR (eds). Pediatric Nutrition (Sponsored Member Benefit). 8ª ed. Itasca, IL. 2020. p. 781.

Manual del comité de la Academia Americana de Pediatría, en el que, además de definirse el fallo de medro, se aborda su prevalencia, etiopatogenia, diagnóstico y manejo, incluyéndose una figura en la que se describe de forma gráfica el cambio de paradigma en la definición del fallo de medro hacia definiciones relacionadas con la etiología.

Caso clínico

 

Lactante de 12 meses que acude a consulta por estancamiento del peso desde los 6 meses de edad. Entre los antecedentes familiares, destaca intolerancia a la lactosa en la madre. Parto a término, inducido a las 37 semanas por crecimiento intrauterino restringido, con peso al nacimiento 2.320 g (p6 –1,52 DE), longitud en p18 y PC en p20. Lactancia materna hasta la actualidad. Los padres refieren curva ponderoestatural ascendente, en torno a p5 de peso y p15 de talla hasta los 6 meses. Refieren problemas de alimentación desde el inicio de alimentación complementaria a los 6 meses, con falta de interés por la comida y preferencia por lactancia materna. Sigue dieta variada, pero toma pocas cantidades. A los 8 meses inició asistencia a guardería, presentando desde entonces procesos infecciosos intercurrentes, durante los cuales empeoró la ingesta. Realiza una deposición al día tipo 4 de Bristol. Sin vómitos ni regurgitaciones. Se ha realizado analítica de sangre con hemograma y bioquímica normales, salvo ferritina de 8 ng/ml, con serología específica de celiaca negativa. Además aporta una tira de orina normal con urocultivo negativo y un examen de heces con parásitos negativos.

A continuación, se resumen los datos antropométricos desde el nacimiento:

– 2 meses: peso: 4,5 kg (P6, –1,60 DE); talla: 56 cm (P13, –1,11 DE); PC: 38 cm (P19, –0,88 DE). Índice de Waterlow (peso): 92,69 %. Índice de Waterlow (talla): 96,19 %.

– 4 meses: peso: 5,8 kg (P6, –1,60 DE) (OMS 2006/2007); talla: 61,8 cm (P17, –0,94 DE) (OMS 2006/2007); PC: 41 cm (P32, –0,48 DE) (OMS 2006/2007). Índice de Waterlow (peso): 89,47 %. Índice de Waterlow (talla): 96,93 %. Relación peso/longitud-talla: 0,09 (P9, –1,34 DE). Relación peso/longitud-talla: 0,08 (P20, –0,84 DE).

– 6 meses: peso: 6,5 kg (P4, –1,77 DE); talla: 65 cm (P12, –1,19 DE). Índice de Waterlow (peso): 89,21 %. Índice de Waterlow (talla): 96,24 %. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (P8, –1,39 DE) (OMS 2006/2007).

– 8 meses: peso: 6,8 kg (P2, –2,14 DE); talla: 68 cm (P12, –1,17 DE); PC: 43,5 cm (P21, –0,82 DE). Índice de Waterlow (peso): 84,72 %. Índice de Waterlow (talla): 96,35 %. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (P2, –1,99 DE).

– 12 meses: peso: 7,5 kg (P1, –2,28 DE); talla: 73 cm (P12, –1,15 DE); PC: 45 cm (P20, –0,83 DE). Índice de Waterlow (peso): 82,32 %. Índice de Waterlow (talla): 96,38. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (<p1, –2,40 DE).

 

 

algoritmo

 

Alteraciones más frecuentes de micronutrientes

L.N. Magallares García
Temas de FC


L.N. Magallares García

Servicio de Gastroenterología Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

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Autor para correspondencia

lorena.magallares@salud.madrid.org

Resumen

Una nutrición adecuada asegura un crecimiento fisiológico, a la vez que previene enfermedades. Tanto los macronutrientes como los micronutrientes en cantidades adecuadas son esenciales para una nutrición infantil equilibrada. La falta de un único micronutriente puede tener consecuencias importantes, perjudicando el crecimiento. Además, cada edad tiene sus necesidades nutricionales específicas. Factores intrauterinos y perinatales específicos, condiciones patológicas y restricciones dietéticas pueden representar factores de riesgo potenciales para deficiencias de micronutrientes en los primeros años de vida, que pueden tener consecuencias sistémicas negativas. Con el fin de apoyar los procesos fisiológicos de las diferentes edades, un conocimiento profundo de las necesidades nutricionales específicas de los niños, y cómo cambian de acuerdo con su edad y estado de salud, es una herramienta útil.

 

Abstract

Adequate nutrition ensures physiological growth while preventing disease. Both macronutrients and micronutrients in adequate amounts are essential for balanced infant nutrition. Lack of a single micronutrient can have major consequences, impairing growth. In addition, each age has its specific nutritional needs. Specific intrauterine and perinatal factors, pathological conditions and dietary restrictions may represent potential risk factors for micronutrient deficiencies in early life, which can have negative systemic consequences. In order to support the physiological processes of different ages, a thorough knowledge of the specific nutritional needs of children, and how they change according to their age and health status, is a useful tool.

 

Palabras clave: Deficiencia; Vitaminas; Oligoelementos.

Key words: Deficiency; Vitamins; Trace elements.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 197 – 207

 


OBJETIVOS

• Conocer las deficiencias más frecuentes de vitaminas y oligoelementos en la población infantil sana, durante las diferentes etapas del desarrollo.

• Identificar los síndromes clínicos asociados a los déficits de micronutrientes más comunes.

• Alertar a la población de los riesgos de las diferentes dietas y modelos de alimentación en el niño en desarrollo.

• Conocer y manejar las posibles carencias de micronutrientes asociadas a diferentes trastornos y patologías prevalentes en la infancia.

 

Alteraciones más frecuentes de micronutrientes

https://doi.org/10.63149/j.pedint.34

 

Introducción

La malnutrición relacionada con los micronutrientes es un tipo de malnutrición que incluye tanto la deficiencia de micronutrientes (la falta de vitaminas o minerales importantes) como su exceso.

La deficiencia se define como una ingesta por debajo de la recomendación estándar y la presencia de signos o síntomas clínicos o concentraciones en sangre/plasma por debajo del rango de referencia, junto con efectos metabólicos de insuficiencia(1).

La proporción de niños y adolescentes con dietas deficientes es alta en todo el mundo, y muchos niños pequeños no cumplen con la ingesta diaria recomendada de varios micronutrientes.

Las deficiencias de micronutrientes en los niños pueden ocurrir por múltiples razones, incluyendo un acceso deficiente a los alimentos, patrones dietéticos particulares (comedores selectivos o dietas veganas) o condiciones de salud que pueden afectar la absorción y utilización de nutrientes.

La desnutrición por micronutrientes puede ser denominada “hambre oculta” y puede ocurrir en presencia de una dieta por lo demás nutricional o energéticamente apropiada. Puede ser causada por comer alimentos baratos y saciantes, pero con deficiencia en micronutrientes esenciales, lo que es más probable en periodos de depresión económica(2). Un gran estudio de cohorte alemán mostró que la mayoría de los niños cubrían sus necesidades, pero que el yodo, el hierro y la vitamina D se encontraban con frecuencia en el límite inferior(3). En encuestas realizadas a nivel europeo, las deficiencias más comunes en los distintos grupos de edad incluyeron vitamina D, vitamina E y yodo(4).

En estudios recientes llevados a cabo en la población infantil y adolescente española, la ingesta habitual de vitamina D fue insuficiente en prácticamente todos los individuos. La de vitamina E, folato y calcio fue insuficiente, especialmente a partir de los nueve años, y la de magnesio y yodo a partir de los 14 años. La ingesta de sodio fue excesiva en un porcentaje considerable de la población, especialmente en varones, y aumentó con la edad. Finalmente, más de la mitad de los niños menores de cuatro años tenían ingestas habituales de zinc que superaban el nivel máximo tolerable(5).

Las deficiencias, ya sean específicas de enfermedades o debidas a la desnutrición global, tendrán efectos negativos a corto y largo plazo, incluyendo deterioro físico, cognitivo y del desarrollo, mayor susceptibilidad a infecciones, retrasando la maduración o determinando enfermedades carenciales, como raquitismo, escorbuto e hipotiroidismo, aumentando la morbilidad y mortalidad, y disminuyendo la productividad más adelante en la vida.

Riesgo de déficit de micronutrientes durante el desarrollo del niño

El niño necesita micronutrientes para sustentar su crecimiento y desarrollo fisiológico.

La leche materna es adecuada para cubrir las necesidades de micronutrientes del lactante en el primer semestre de vida: es rica en minerales y vitaminas. La leche materna es relativamente deficiente en hierro y zinc, pero, mientras que por un lado se absorben muy eficientemente, por otro lado sus depósitos formados durante el embarazo pueden sustentar las necesidades fisiológicas en los primeros 6 meses de vida, hasta el comienzo del destete(6). Entre los minerales, el calcio y el fósforo son esenciales para el crecimiento y la leche materna es rica en ellos. La leche materna aporta un contenido adecuado de yodo al lactante si la madre introduce con la dieta unos 250 µg/día. La vitamina D es esencial para la absorción de calcio y la síntesis de tejido óseo. Debido a que la leche materna es pobre en vitamina D, se recomienda una suplementación diaria de 400 UI en el primer año de vida. La vitamina A es esencial para la diferenciación celular y la modulación de la apoptosis. También regula la embriogénesis, el crecimiento, la función inmune y la visión. La vitamina K permite la activación de los factores de coagulación y su deficiencia determina hemorragias. La leche materna es deficiente en vitamina K, por lo que todos los bebés amamantados deben recibir suplementos de vitamina K por administración intramuscular al nacer.

Durante la primera infancia, los minerales y las vitaminas son esenciales para el crecimiento. Después del destete, una dieta variada es esencial para obtener una ingesta adecuada de micronutrientes.

En la edad preadolescente y adolescente, las necesidades de micronutrientes se satisfacen con una dieta variada. Los niños no necesitan suplementos, pero algunos alimentos, como la sal, se enriquecen con yodo para evitar el bocio y el hipotiroidismo. Durante la adolescencia, con el estirón del crecimiento, aumentan las demandas de micronutrientes, en particular, calcio, hierro, zinc y folato.

En cualquier país caracterizado por deficiencias endémicas de micronutrientes, esto debe abordarse específicamente con políticas de fortificación de alimentos generalizadas, ya que la administración de micronutrientes individual no podría lograr resultados equivalentes.

La fortificación de alimentos agrega vitaminas y minerales a los alimentos durante el procesamiento para aumentar su valor nutricional. Es una estrategia eficaz y segura para mejorar las dietas y prevenir y controlar las deficiencias de micronutrientes.

Varios países han estado fortificando alimentos desde la década de 1920, lo que ha dado como resultado la erradicación de enfermedades relacionadas con la nutrición. A diferencia de lo que ocurre en los países occidentales, la fortificación comercial o industrial de alimentos en los países de bajos ingresos es esporádica e ineficaz(8).

Síndromes clínicos por deficiencia de micronutrientes

Los micronutrientes con riesgo significativo de deficiencia durante la infancia en el niño sano, se muestran en la tabla I. Entre ellos, las deficiencias de ácidos grasos omega-3, vitaminas A, C, B9, B12 y D, y minerales como el yodo, zinc y el hierro, parecen ser los más involucrados en los síndromes clínicos(6).

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Dietas y conductas alimentarias con riesgo de deficiencia de micronutrientes

Dieta cetogénica

Las dietas cetogénicas se consideran un tratamiento adyuvante en varias patologías, incluidas las formas de epilepsia resistentes a los fármacos. Aprovechando un proceso conocido como cetosis nutricional, la reducción de la ingesta de carbohidratos en la dieta facilita la cetogénesis para proporcionar una fuente alternativa de energía.

La dieta cetogénica también plantea algunos problemas, como náuseas, estreñimiento, fatiga, deshidratación, desequilibrios electrolíticos y deficiencia de micronutrientes. La ingesta limitada de frutas, verduras, carbohidratos y alimentos ricos en calcio puede provocar deficiencias de vitaminas y minerales. En los niños que siguen una dieta cetogénica, algunas deficiencias comunes incluyen vitamina B, vitamina C, vitamina D, calcio, selenio y magnesio. Siempre se recomiendan suplementos multivitamínicos y minerales libres de carbohidratos para prevenir las deficiencias de micronutrientes. Se necesitan más estudios para investigar los posibles efectos a largo plazo de estas dietas cuando se inician en niños(6).

Dieta vegetariana

El grado de restricción de alimentos de origen animal define los diferentes patrones vegetarianos, aunque un enfoque más integral también considera la diversidad de alimentos incluidos. Históricamente, las dietas vegetarianas siempre se han desalentado durante la infancia debido a preocupaciones sobre deficiencias nutricionales y crecimiento deficiente. Por el contrario, los documentos de opinión de América del Norte afirman que las dietas vegetarianas y veganas bien planificadas, cuando se complementan adecuadamente, son adecuadas para todas las etapas de la vida(9).

Y parece que las dietas lacto-ovo-vegetarianas son generalmente bien equilibradas si incluyen cantidades suficientes de productos lácteos, huevo(10) y legumbres a diario. Sin embargo, las sociedades europeas recomiendan encarecidamente que no se adopten dietas vegetarianas/veganas sin supervisión médica y dietética(11). El riesgo de deficiencia de micronutrientes está presente en todas las dietas vegetarianas e incluye específicamente micronutrientes de los cuales los alimentos de origen animal representan un origen más biodisponible: vitamina B12, vitamina A, hierro, zinc, vitamina D y ácidos grasos esenciales. Durante el embarazo y la lactancia, las dietas vegetarianas proporcionan cantidades suficientes de proteínas y micronutrientes, excepto B12 y hierro, que la madre debe complementar. La dieta vegetariana materna representa la principal causa de deficiencia de vitamina B12 en los lactantes amamantados(12).

Parece prudente sugerir la suplementación personalizada solo bajo supervisión médica.

Dieta vegana

La dieta vegana es la más restrictiva y excluye todos los alimentos de origen animal, así como los productos que contienen ingredientes derivados de alimentos de origen animal. El principal problema de la dieta vegana es la falta total de vitamina B12 en los alimentos de origen vegetal.

Los recién nacidos con madres con deficiencia de vitamina B12 suelen ser asintomáticos al nacer y desarrollan signos clínicos a los 4-6 meses de edad, que van desde anemia megaloblástica hasta daño neurológico irreversible.

En el otro extremo, se ha descrito una alta prevalencia de sobresuplementación con niveles altos de vitamina B12 en sangre en niños veganos(12,13). La realización de análisis de sangre apropiados permite diagnosticar deficiencia o exceso(14), y la prescripción de suplementos adaptados durante periodos de crecimiento rápido limita el riesgo de deficiencia.

La vitamina A está presente en alimentos de origen animal y vegetal; su biodisponibilidad está condicionada por la cantidad y calidad de los lípidos consumidos, que permiten su absorción. El riesgo de deficiencia de vitamina A es bajo para la dieta ovolactovegetariana, pero aumenta para los niños en edad preescolar que siguen dietas veganas debido a sus limitadas preferencias alimentarias.

Por otro lado, la ingesta dietética tiene una influencia limitada en el estado individual de vitamina D, porque pocos alimentos son ricos en vitamina D, en su mayoría alimentos de origen animal. Tanto la dieta ovolactovegetariana como la vegana no garantizan una ingesta óptima de vitamina D. La suplementación con vitamina D es necesaria en el primer año, independientemente de la dieta seguida, y luego se ajusta la dosis según los hábitos dietéticos y la exposición solar.

La dieta vegana también supone un mayor riesgo de deficiencia de hierro en comparación con otras dietas vegetarianas. Los niños que siguen una dieta ovovegetariana obtienen una pequeña cantidad de hierro hemo procedente de los huevos, que es más biodisponible, mientras que los sujetos que siguen una dieta vegana ingresan únicamente hierro no hemo a través de su dieta. Además, la biodisponibilidad del hierro está limitada por la fibra dietética y el fitato, pero aumenta con la vitamina C. Por lo tanto, es necesario consumir alimentos fortificados con hierro.

El riesgo de deficiencia de yodo es particularmente alto en niños veganos estrictos, como lo demuestra un estudio checo reciente que incluyó una investigación de la función tiroidea(15). En cuanto a las consecuencias a largo plazo sobre la salud, no es posible establecer con certeza a qué edad se puede comenzar una dieta vegana sin efectos secundarios sobre el crecimiento y el estado nutricional. No se encontraron diferencias significativas en cuanto a la función tiroidea, pubertad precoz, telarquia prematura o irregularidades menstruales. Los efectos de las deficiencias de nutrientes están fuertemente relacionados con la etapa de desarrollo de cada área cerebral específica. Considerando los potenciales resultados a corto y largo plazo de la deficiencia de nutrientes en el desarrollo neurológico, las dietas veganas durante la infancia y adolescencia, sin una supervisión médica y suplementación adecuada, se consideran inadecuadas para un desarrollo psicomotor óptimo.

Dieta basada en productos ultraprocesados

En el análisis transversal de niños en el proyecto SENDO en nuestro país, se encontró una asociación lineal directa entre el consumo de alimentos ultraprocesados (UP) y el número medio de micronutrientes con ingesta inadecuada, con aumentos significativos cuando el consumo de UP estaba por encima del 60 % de la ingesta energética total.

En conclusión, se encontró que el consumo elevado de UP se asociaba con mayor probabilidad de ingesta inadecuada de ≥3 micronutrientes en la infancia, siendo el consumo promedio de UP del 38 %(16).

Comedor selectivo

La alimentación selectiva se considera a menudo una forma leve de dificultad para alimentarse.

Aunque no se ha llegado a un acuerdo sobre una definición formal de la alimentación selectiva, normalmente incluye el rechazo o la restricción de alimentos nuevos y desconocidos, lo que a menudo indica una especie de neofobia. La alimentación selectiva se observa con frecuencia en niños pequeños y puede generar un estrés parental significativo y afectar negativamente las relaciones familiares(17). El problema suele resolverse con poca o ninguna intervención médica(18).

Las dificultades de alimentación, como la alimentación selectiva, se observan principalmente en países desarrollados donde hay más margen para la selección de alimentos y abarcan un conjunto complicado de interacciones entre padres/cuidadores e hijos, centradas en la alimentación.

Las tasas de prevalencia informadas varían entre el 15 y el 40 % en preescolares. El amplio rango de prevalencia en la alimentación selectiva se puede atribuir a las variaciones en su definición y las diferencias en los métodos de evaluación utilizados.

La alimentación selectiva puede deberse a la interacción de factores psicológicos, factores físicos, demográficos, socioculturales y familiares. La cantidad de investigaciones que exploran los efectos de la alimentación selectiva en la diversidad y variedad de la dieta es relativamente baja. Varios estudios han demostrado que los niños que comen de forma selectiva tienen un mayor riesgo de tener bajo peso y un crecimiento deficiente. Es probable que esto se deba a una menor ingesta de energía, en combinación con una ingesta baja de micronutrientes como el zinc y el hierro, que son fundamentales para un crecimiento óptimo(19).

Por otro lado, una revisión sistemática reveló que una dieta diversificada se asoció significativamente con la ingesta adecuada de micronutrientes en lactantes y niños menores de 5 años. En algunos estudios, una diversidad dietética menor de 2 grupos de alimentos fue el mejor predictor de baja ingesta de micronutrientes(20).

El comportamiento alimentario y las elecciones de los niños están influenciados principalmente por los hábitos alimentarios y las técnicas de alimentación de sus padres. Los padres deben presentar a sus hijos opciones de alimentos nutritivos y dietas equilibradas y dar un buen ejemplo siendo modelos positivos.

Trastornos y patologías que se asocian a deficiencia de micronutrientes

Sobrepeso y obesidad

La obesidad puede estar asociada a deficiencias de múltiples micronutrientes debido a diferentes mecanismos.

Los déficits más relevantes y sus causas son:

• Hierro: ingesta nutricional deficiente. Aumento de los requerimientos debido a un volumen sanguíneo elevado para una mayor masa adiposa. Reducción de la absorción debido a una mayor inflamación.

• Ácido fólico y vitamina B12: ingesta nutricional deficiente y requerimientos aumentados.

• Vitamina D: secuestro en una masa adiposa aumentada. Reducción de la liberación por la piel. Inhibición mediada por leptina de la enzima renal responsable de la forma activa de la vitamina D.

Lamentablemente, solo existen unos pocos estudios sobre la eficacia de la suplementación oral o la pérdida de peso para el tratamiento de estos déficits, por lo que es necesario un seguimiento nutricional continuo(21).

Alergia alimentaria

Diferentes estudios han reportado una ingesta baja o insuficiente de calcio, fósforo, zinc, selenio, cobre, vitamina A, vitamina D, riboflavina y niacina en niños con alergia alimentaria.

En muchas sociedades, las fuentes dietéticas más importantes de calcio son la leche y los productos lácteos. Se estima que la contribución de los productos lácteos a la ingesta total de calcio es superior al 50 % en EE.UU., Alemania e Inglaterra, mientras que en los Países Bajos representa más del 70 %. Por este motivo, el consumo insuficiente de leche y productos lácteos como consecuencia de una afección médica, como la APLV, puede provocar el riesgo de una ingesta baja de calcio. Se evidenció que los niños que siguieron una dieta de eliminación debido a un diagnóstico de APLV durante más de cuatro años tenían un contenido y una densidad mineral ósea más bajos, y su edad ósea estaba retrasada 1,4 años. En este estudio, el consumo de calcio, calculado a partir de la ingesta de alimentos de los niños con APLV, comprendía solo el 25 % del valor recomendado(22).

Los factores de riesgo de déficits nutricionales en pacientes sometidos a dietas de eliminación están representados por alergias alimentarias múltiples, destete precoz, eliminación de alimentos básicos, como la leche de vaca o el trigo, y alimentación selectiva. Todos los pacientes alérgicos con dietas de eliminación se beneficiarían de una derivación a un dietista para aprender a sustituir los alimentos eliminados mientras se minimiza el riesgo de deficiencias de nutrientes y crecimiento deficiente. Los suplementos pueden ser necesarios en niños con alergias alimentarias múltiples, especialmente aquellos que excluyen otros alimentos además de la leche.

Insuficiencia renal

Se sabe poco sobre los requerimientos de micronutrientes de los niños con insuficiencia renal. Sería razonable indicar la dosis diaria recomendada de vitaminas, minerales y micronutrientes como para los niños sanos, con excepción del calcio, el fosfato, el magnesio, el sodio y el potasio, que pueden estar alterados y deben determinarse para cada niño en particular.

• Vitamina A: se debe tener cuidado de no administrar cantidades excesivas de vitamina A, ya que los altos niveles séricos resultantes pueden provocar hipercalcemia, anemia e hiperlipidemia.

• Vitamina D: no es necesario alcanzar la ingesta recomendada de vitamina D, ya que no se puede convertir a la forma activada. Las recomendaciones recientes para adultos son evaluar los niveles de 25-vitamina D, calcio, fósforo y PTH e iniciar tratamiento con vitamina D (colecalciferol o ergocalciferol), dieta y quelantes según sea necesario para evitar la enfermedad renal ósea, pero no existen recomendaciones equivalentes para niños. El valor objetivo de calcidiol en sangre es por encima de 30 ng/ml.

• En adultos en diálisis peritoneal, se ha descrito que las concentraciones sanguíneas de algunas vitaminas hidrosolubles (C, B6 y ácido fólico) son bajas. Esto se debe a una combinación de ingesta inadecuada, mayores pérdidas transperitoneales y mayores necesidades. En niños con diálisis peritoneal se han reportado ingestas bajas de cobre y zinc. El KDOQI (Kidney Disease Outcomes Quality Initiative) recomienda que se controle la ingesta de estos cada 4 a 6 meses y se administren suplementos si es necesario(23).

• El KDOQI recomienda que se considere la posibilidad de administrar suplementos de micronutrientes si la dieta oral por sí sola no alcanza la ingesta dietética de referencia, si los niveles de vitaminas en sangre están por debajo de los valores normales o si hay evidencia clínica de deficiencia.

• La anemia se puede prevenir con la prescripción de suplementos de hierro y agentes estimulantes de eritropoyetina.

Enfermedad hepática

Debido al deterioro del metabolismo de los macronutrientes, especialmente de los lípidos, la deficiencia de vitaminas liposolubles (A, E, D y K) puede estar presente entre el 20 al 35 % de los pacientes con enfermedad hepática colestásica, especialmente en aquellos con baja ingesta de alimentos que sean fuentes de vitaminas y que no reciben suplementos.

Estas deficiencias resultan en cambios visuales y cutáneos, trastornos neurológicos, raquitismo, osteoporosis, ataxia cerebelosa y coagulopatía. La mayoría de los pacientes con enfermedad hepática crónica deben recibir una dosis estándar de multivitamínicos con vitaminas liposolubles, según los resultados de laboratorio.

Las deficiencias de minerales y oligoelementos más comúnmente observadas son: hierro, zinc y calcio, lo que hace que el seguimiento de estos micronutrientes sea fundamental para adoptar cualquier tipo de suplementación.

La malabsorción de grasas también se asocia a una menor absorción intestinal de calcio y fosfato, lo que puede favorecer el desarrollo de enfermedades óseas, que, a su vez, no necesariamente responden a la normalización del nivel sérico de vitamina D. Durante la terapia de reemplazo de vitamina D, por ejemplo, todos los niños deben recibir suplementos de calcio, independientemente de la presencia o ausencia de hipocalcemia, para evitar la deficiencia(24).

Enfermedades metabólicas hereditarias

Se sabe que la dieta representa una forma primaria de tratamiento para muchas enfermedades metabólicas hereditarias y es esencial para prevenir y minimizar la discapacidad intelectual y la epilepsia.

Las estrategias terapéuticas pueden incluir una dieta restringida en proteínas, grasas y en uno o varios aminoácidos, dieta cetogénica, dieta libre de galactosa y de fructosa, y suplementación dirigida de macro y micronutrientes.

Además, la nutrición juega un papel crucial en los protocolos de emergencia para los días de enfermedad, especialmente en niños más pequeños con acidurias orgánicas, ciertas aminoacidopatías, trastornos del ciclo de la urea y defectos de oxidación de los ácidos grasos.

La restricción de componentes específicos de la dieta reduce potencialmente el estado de micronutrientes; por lo tanto, se debe proporcionar un suplemento integral de vitaminas y minerales y se convierte en un complemento esencial del tratamiento dietético(6).

Fibrosis quística

La fibrosis quística es la enfermedad autosómica recesiva más común que reduce la expectativa de vida. Los pacientes con fibrosis quística son propensos a la desnutrición y a la deficiencia de micronutrientes, principalmente porque las secreciones espesas obstruyen los conductos intrapancreáticos, lo que reduce el suministro de enzimas digestivas al intestino y perjudica la absorción de nutrientes clave. La insuficiencia pancreática exocrina conduce a una malabsorción de vitaminas liposo­lubles.

La colestasis y la enfermedad hepática relacionada con la fibrosis quística reducen las sales biliares disponibles, y la falta de secreciones de bicarbonato pancreático provoca acidificación intestinal, lo que limita aún más la absorción de ácidos grasos y vitaminas. Además, estos pacientes tienen una demanda metabólica intrínsecamente más alta, un mayor recambio de ácidos grasos esenciales y dismotilidad intestinal. Se recomienda una suplementación diaria de vitaminas liposolubles A, D, K y E. Debido al aumento de la sudoración, la malabsorción intestinal y la inflamación crónica, los pacientes con fibrosis quística pueden tener requisitos más altos de lo normal de electrolitos y minerales: ESPGHAN recomienda que se evalúe regularmente el estado de sodio, hierro, calcio y zinc y se complementen si es necesario. Además, parece que los antioxidantes pueden tener un impacto positivo en el pronóstico de la enfermedad(6).

Prematuridad y bajo peso al nacer

Los bebés prematuros y de bajo peso al nacer tienen un riesgo intrínseco de deficiencias de micronutrientes durante los primeros 1.000 días de vida, debido a reservas corporales limitadas, sistemas de regulación inmaduros y altas demandas nutricionales. Además, el tercer trimestre del embarazo es un periodo de rápido crecimiento y desarrollo cerebral fetal. Y la desnutrición fetal, ya sea en exceso o deficiencia, puede predisponer al desarrollo de patologías crónicas en la edad adulta.

La duración y la dosis de la suplementación con micronutrientes durante los primeros 1.000 días de vida difieren entre centros. Las deficiencias de micronutrientes peculiares en esta categoría de pacientes incluyen hierro, vitamina D, zinc, ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (LCPUFA, por sus siglas en inglés), calcio y fósforo.

La prematuridad detiene la transferencia de hierro placentario y el crecimiento de recuperación rápido posterior, típico de los bebés prematuros, reduce aún más las reservas de hierro del cuerpo. La AAP y la ESPGHAN recomiendan la suplementación con hierro personalizada según el peso al nacer, la edad gestacional, el tipo de alimentación y el estado de hierro, con mediciones del almacenamiento de hierro al momento del alta hospitalaria, durante el seguimiento y al comienzo de la alimentación complementaria. La ingesta dietética recomendada de hierro es de: 3 a 4 (máximo 6) mg/kg/día para lactantes de muy bajo peso al nacer (<1.000 g); 2 a 3 mg/kg/día para lactantes con peso al nacer <1.500 g; y 2 mg/kg/día para pesos entre 1.500 y 2.000 g. La lactancia artificial proporciona 2,25 mg/kg de hierro si se consume a 150 ml/kg/día; la lactancia materna exclusiva proporciona cantidades menores.

Debido a que carecen de un sistema de almacenamiento apropiado, los recién nacidos prematuros, a las 40 semanas de edad posconcepcional, tienen niveles séricos de zinc más bajos en comparación con los neonatos a término. Aunque no se recomienda la medición seriada de la concentración sérica de zinc, a menos que exista evidencia clínica de deficiencia de zinc, la suplementación con zinc durante el primer año de vida puede ser aconsejable, especialmente en niños con crecimiento deficiente. Ingesta diaria recomendada de 2-2,25 hasta 3 mg/kg en neonatos extremadamente prematuros.

Los bebés prematuros corren riesgo de osteopenia, porque la mayor parte de la mineralización ósea se produce durante el tercer trimestre del embarazo y la absorción de calcio posnatal es subóptima. Se recomienda la fortificación de la leche materna o el uso de fórmulas para prematuros en los hospitales, pero no hay consenso sobre su uso después del alta. La suplementación debe iniciarse cuando los niveles de fosfatasa alcalina sean iguales o superiores a 800-1.000 UI/ml, con una ingesta diaria total de 120-200 mg/kg/día y 70-115 mg/kg/día, respectivamente (ESPHGHAN 2022). El almacenamiento de vitamina D neonatal está directamente relacionado con el estado materno de vitamina D. Es difícil lograr un suministro suficiente de vitamina D incluso para los recién nacidos a término, porque tanto la leche materna como la de fórmula contienen niveles inadecuados; el crecimiento rápido y la hospitalización prolongada de los bebés prematuros pueden aumentar aún más el riesgo de deficiencia.

Por lo tanto, la profilaxis con vitamina D debe implementarse en todos los bebés durante el primer año de vida en una dosis de 400 UI/día; La ESPGHAN sugiere una dosis más alta para los bebés prematuros hasta la edad corregida de término completo (ingesta diaria de vitamina D de 400-700 UI/kg/día, dosis máxima de 1000 UI/día). La transferencia placentaria de LCPUFA (DHA, ácido docosahexaenoico y AA, ácido araquidónico) ocurre principalmente durante el tercer trimestre, y la acumulación cerebral es considerable. Además, los bebés prematuros no pueden convertir los precursores de ácidos grasos (ácido linoleico [LA] y ácido α-linolénico [ALA]) en DHA, debido a los altos requerimientos de ácidos grasos y la inmadurez metabólica. Como los resultados contradictorios se derivan de estudios que investigan los beneficios de la suplementación con LCPUFA, actualmente no hay evidencia suficiente para una recomendación de consenso.

Los bebés prematuros alimentados por vía oral podrían correr el riesgo de sufrir deficiencia de folato. Las fórmulas modernas para prematuros han reducido la necesidad de suplementación con ácido fólico, aunque la suplementación con ácido fólico sigue siendo común(6).

Trastornos del espectro autista y trastorno por déficit de atención e hiperactividad

Las deficiencias nutricionales y la calidad de la dieta se han relacionado con la patogénesis de varios trastornos mentales comunes, como la depresión, la esquizofrenia, el trastorno del espectro autista y el trastorno por déficit de atención e hiper­actividad. En concreto, la dieta puede interactuar con otros factores del estilo de vida, y los niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) muestran una menor adherencia a los patrones de alimentación saludable que los niños sin este trastorno.

En consecuencia, se detectan niveles bajos de zinc, magnesio y ferritina en sangre en niños con TDAH. Los problemas de alimentación, como la selectividad alimentaria, el rechazo de alimentos y los patrones dietéticos anormales, son muy frecuentes en niños con trastorno del espectro autista.

Al comparar el estado nutricional de los niños con autismo con el de los niños neurotípicos, se pueden encontrar diferencias en los biomarcadores que indican insuficiencia vitamínica y aumento del estrés oxidativo, y varios biomarcadores se asocian con variaciones en la gravedad del autismo. Los estudios informan una ingesta dietética reducida y niveles séricos más bajos en ácido fólico; vitaminas B12, D, A, E y K; hierro; calcio; y zinc en niños con autismo en comparación con controles neurotípicos. Por lo tanto, sería recomendable proporcionar una evaluación nutricional detallada e intervenciones nutricionales individualizadas para los niños con TDAH y trastornos del espectro autista(6).

Síndrome de intestino corto(25)

La absorción de vitaminas en pacientes con síndrome de intestino corto está influenciada por la anatomía remanente, aunque otros factores, como los medicamentos, la dieta, el uso de nutrición parenteral y los estados de inflamación, como la enfermedad inflamatoria intestinal también contribuyen a la malabsorción y a la deficiencia de vitaminas.

Debido a que el intestino delgado proximal generalmente permanece intacto, las deficiencias de vitaminas hidrosolubles son relativamente infrecuentes. Una excepción incluye a los pacientes con resección ileal terminal de más de 60 cm, ya que probablemente requerirán suplementos de vitamina B12 de por vida. Por el contrario, las deficiencias en las vitaminas liposolubles y ácidos grasos esenciales son comunes en estos pacientes.

Las deficiencias de los oligoelementos también son comunes, aunque generalmente son clínicamente silenciosas. Sin embargo, en pacientes cuyo intestino delgado proximal no es funcional, como en pacientes con resección proximal, fístula o ciertas anatomías de bypass intestinal, pueden ocurrir deficiencias clínicamente sintomáticas. La deficiencia de zinc, cobre y selenio ocurre comúnmente en pacientes con aumento de las pérdidas gastrointestinales. Las manifestaciones clínicas de déficit de cobre que podemos encontrar son: anemia refractaria al hierro, alteraciones óseas parecidas al escorbuto, hipopigmentación de piel y cabello, palidez, neutropenia y retraso psicomotor. En el caso del déficit de selenio, el paciente puede presentar cretinismo, cardiomegalia y/o edema pulmonar, debilidad muscular, elevación de transaminasas, macrocitosis y pseudoalbinismo. Aunque el hierro se absorbe en el intestino delgado proximal, que permanece intacto en la mayoría de los pacientes, la deficiencia de hierro es una de las deficiencias más comunes, particularmente en aquellos pacientes que requieren nutrición parenteral crónica, ya que no contiene hierro, debido a su incompatibilidad con los lípidos y propensión a causar una reacción alérgica.

Los pacientes frecuentemente requieren suplementos de micronutrientes y, a menudo, con dosis por encima de la ingesta dietética de referencia, para mantener los niveles séricos normales. Tenga en cuenta que la suplementación oral crónica de zinc puede competir con la absorción de cobre, lo que provoca deficiencias. Los intervalos de monitoreo recomendados oscilan entre 3 y 12 meses y se pueden determinar en función de la presencia de deficiencias existentes. En pacientes que requieren una reposición de vitaminas liposolubles, se deben tomar formulaciones orales con una comida o merienda que incluya grasa dietética para facilitar la absorción.

Interacción entre nutrición y fármacos(6)

La ingesta prolongada de algunos fármacos puede provocar deficiencias de micronutrientes debido a una menor absorción o una mayor pérdida gastrointestinal (Tabla II).

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Diagnóstico y monitorización

El tema del diagnóstico rara vez se aborda. Si bien, hoy en día, es posible determinar en sangre la mayoría de los valores plasmáticos de oligoelementos y vitaminas, estos no son indicadores absolutos de deficiencia y, en muchas ocasiones, son los signos clínicos los verdaderos indicadores de la existencia de déficit.

El concepto de déficit subclínico corresponde a valores plasmáticos y celulares disminuidos, y define las depleciones de vitaminas que preceden a los síntomas y signos del déficit.

La interpretación racional requiere un enfoque importante que, a menudo, se olvida; es decir, la integración en la evaluación clínica y la investigación de la presencia y magnitud de una respuesta inflamatoria concomitante o hipoproteinemia o condiciones que aumentan las necesidades de micronutrientes, como el hipertiroidismo. Estas situaciones pueden alterar también los valores de micronutrientes en sangre.

Por lo tanto, los niveles séricos no deben utilizarse como únicos indicadores del estado de vitaminas y oligoelementos: los factores clínicos (características del paciente, enfermedad subyacente y su tratamiento) y los signos clínicos de deficiencias o toxicidades deben ser parte de la evaluación(26).

Si se sospecha deficiencia o toxicidad de las siguientes vitaminas y oligoelementos, se pueden controlar según las indicaciones de la tabla III.

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Intervenciones dietéticas y suplementación (27)

Los suplementos de vitaminas y oligoelementos se incluyen en el campo general de los suplementos dietéticos, es decir, “productos alimenticios añadidos a la dieta normal que constituyen una fuente de sustancias nutricionales, como vitaminas y minerales, o sustancias con un efecto fisiológico o nutricional, como aminoácidos, ácidos grasos esenciales, fibras o extractos vegetales en formas predosificadas”. Existe una gran cantidad de material disponible sobre los suplementos vitamínicos, lo que a veces puede crear confusión tanto para los médicos como para los pacientes. Una información inadecuada puede conllevar el riesgo de atribuir propiedades beneficiosas y pasar por alto los efectos secundarios de estos suplementos, lo que lleva a su uso excesivo en el ámbito pediátrico.

Los datos actuales indican que entre el 24 % y el 38 % de los niños en edad escolar consumen suplementos en todo el mundo.

Los suplementos comerciales se enfrentan a la dificultad de diferentes DRI/RDA (ingesta diaria recomendada) según la edad: los productos disponibles para niños cubren las necesidades de una manera muy variable.

La organización alemana de consumidores reunió una amplia muestra de productos disponibles sin receta o en la web, y analizó su contenido, que, en algunos casos, fue problemático (dosis demasiado bajas o demasiado altas). Por lo tanto, la prescripción de suplementos debe seguir una historia dietética cuidadosa y abordar dos situaciones muy diferentes: la desnutrición global en la que la intervención debe ser “nutricional/energética”, con suplementos específicos orientados a las deficiencias más frecuentes y la situación de hábitos alimentarios selectivos o deficiencias relacionadas con enfermedades, donde los suplementos de micronutrientes solos, pueden ser la mejor opción. La elección del producto óptimo se basará en su capacidad para cubrir DRI sin ser excesivo, y en la detección de un nivel de ingesta subóptimo de micronutrientes específicos.

Función del pediatra de Atención Primaria

La desnutrición temprana en términos de macro y micronutrientes puede causar trastornos metabólicos que podrían perjudicar o retrasar el desarrollo físico y cognitivo del niño. Las deficiencias deben identificarse rápidamente para adaptar las estrategias de intervención específicamente a las necesidades metabólicas. Cuando no se satisfacen las ingestas dietéticas de referencia, es aconsejable la colaboración entre el pediatra y un nutricionista o dietista pediátrico.

Los biomarcadores nutricionales tienen limitaciones en términos de precisión.

Solo combinando la anamnesis, la evaluación clínica, el crecimiento y la evaluación dietética, los pediatras pueden identificar y abordar de manera efectiva las posibles deficiencias de micronutrientes en los niños.

En general, la mayoría de las deficiencias de micronutrientes se pueden prevenir a través de orientación nutricional, fortificación de alimentos o suplementos. La suplementación oportuna puede proporcionar un impacto ventajoso de por vida en el desarrollo del niño. Es evidente que los pediatras tienen una tarea fundamental. Sin embargo, tanto los factores ambientales como el deterioro cultural de los hábitos alimentarios lo dificultan. Por un lado, el contenido de micronutrientes puede verse alterado por el aumento de la temperatura y el aumento del dióxido de carbono atmosférico, reduciendo el rendimiento global de los alimentos ricos en micronutrientes (frutas, verduras, pescado y frutos secos). Por otro lado, el consumo de cantidades excesivas de alimentos refinados y procesados y bebidas azucaradas está aumentando, lo que contribuye a una ingesta inadecuada de micronutrientes.

Se necesitan políticas públicas e iniciativas de educación para la salud para eliminar los productos ultraprocesados y productos azucarados dirigidos a la infancia de las dietas de los niños y fomentar el consumo de productos no procesados y mínimamente procesados.

En conclusión, la nutrición durante la infancia a través de una guía correcta, específica y precisa podría ayudar a prevenir la mayoría de los efectos perjudiciales de la malnutrición sobre el desarrollo del niño.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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Esta guía tiene como objetivo proporcionar información para la práctica clínica diaria sobre la evaluación del estado de micronutrientes, seguimiento y tratamiento.

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Encuesta alimentaria en la que se incluye a población infantil y adolescente entre 6 meses y 17 años de edad de todas las comunidades autónomas. Es una encuesta individual, que ha permitido conocer con exactitud el tipo de alimentos y las cantidades que se consumen, lo que resulta esencial para valorar la ingesta de nutrientes.

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En este manuscrito se abordan los nutrientes fundamentales en cada etapa del desarrollo del niño.

Caso clínico

 

Motivo de consulta: exantema resistente a inmunosupresores y diarrea.

Antecedentes personales: embarazo controlado con ecografías prenatales normales. RN pretérmino (35+5 semanas) de peso adecuado para su edad gestacional. Gestación gemelar monocorial-biamniótica, primer gemelo. Parto eutócico. Riesgo infeccioso por tiempo de bolsa rota prolongado sin signos clínicos de infección. Tiempo de bolsa rota: 21 horas. Frotis vaginal de SGB: negativo. Ingreso la primera semana de vida por pérdida de peso suprafisiológica. Hipoglucemia precoz asintomática. Cribado auditivo y endocrinometabólico sin alteraciones. Profilaxis VRS a los 2 días de vida. Lactancia artificial desde el nacimiento, con introducción de alimentación complementaria desde el sexto mes sin incidencias. Correcto desarrollo ponderoestatural. El paciente no presenta alergias conocidas. Pauta vacunal al día. Ingresos: 4 ingresos por bronquiolitis y broncoespasmo desde el mes de vida. Antecedente de reflujo gastroesofágico en primeros meses de vida, resuelto.

Historia actual: lactante de 11 meses de vida que permanece ingresado por lesiones cutáneas a estudio de 1 mes de evolución, acompañándose de episodio de diarrea de 3 semanas de evolución. Al inicio del cuadro clínico, diagnosticado de dermatitis del pañal, sin respuesta a corticoide tópico, corticoide oral, antibiótico oral y tópico. A la vez que las lesiones cutáneas, el paciente presenta aumento del ritmo de deposiciones, hasta 10 deposiciones diarias de consistencia semilíquida y coloración verdosa. Los padres refieren que, en las últimas dos semanas, el paciente había presentado estancamiento del desarrollo psicomotor (ha dejado de gatear). Encuesta nutricional: 6-7 biberones de 240 mL “coladitos de plátano” (hierven agua, plátano, panela y canela) y un puré al día de pollo y verdura desde los 5-6 meses de vida.

En la exploración física, destaca: buen estado general. Buen color. Bien hidratado. Masas musculares hipotróficas. Edema en miembros inferiores y escroto. Sin dificultad respiratoria. CARDIOPULMONAR: auscultación sin alteraciones. PIEL: lesiones eritematosas confluentes no sobreelevadas con zonas descamativas en región peribucal y genital. En zona genital, placas blanquecinas que no se despegan al tacto. En extremidades, lesiones eritematosas de aspecto geográfico y áreas de hipocromía. Las lesiones evolucionadas se observan como placas marronáceas no sobreelevadas. Pelo ralo de claro / pajizo (previamente tenían el pelo moreno). Uñas de las manos blandas, sin lesiones. Uñas de los pies endurecidas. ABDOMEN: distendido, no doloroso, no ascitis, no signos de irritación peritoneal ni megalias. NEUROLÓGICO: conecta bien, tranquilo, actividad espontánea normal. Fontanela normotensa.

Pruebas complementarias: ANALÍTICA DE SANGRE: hemograma normal. Equilibrio hidroelectrolítico sin alteraciones. Perfil lipoproteico normal. Perfil hepático normal, excepto hipoalbuminemia. Función renal normal. Proteína C reactiva normal. Serologías de enfermedad celiaca negativa. Vitamina B12, ácido fólico y vitaminas liposolubles normales. Elementos traza: zinc: 500 µg/L (670-1.200); cobre: 686 µg/L (700-1.550). Estudio inmunológico normal. MICROBIOLOGÍA: biopsia cutánea: Candida albicans. Coprocultivo: negativo. Serologías (CMV, VEB, CMV, VIH, parvovirus): negativo; PCR familia herpes y enterovirus (biopsia intestinal): negativo. Estudio portador nasal S. aureus: negativo. ORINA: no proteinuria, no leucocitos ni nitritos. Estudio de malabsorción en heces: elastasa levemente disminuida, no esteatorrea, alfa-1-antitripsina normal. Gastroscopia y colonoscopia sin hallazgos a nivel macroscópico ni histológico. Genética de fibrosis quística: estudio inicial (mutaciones prevalentes): resultados: no se ha detectado ninguna de las variantes patogénicas analizadas en el gen CFTR.

Al ingreso del paciente en planta de hospitalización, se inicia tratamiento con antibiótico y antifúngico intravenoso y se indica alimentación con nutrición parenteral y realimentación enteral progresiva con fórmula hidrolizada y alimentación complementaria, con resolución de lesiones cutáneas y diarrea tras 15 días de ingreso.

 

Prevención y tratamiento de la alergia gastrointestinal no mediada por IgE

G. Domínguez Ortega*,  S. Rodríguez Manchón**
Temas de FC


G. Domínguez Ortega*, S. Rodríguez Manchón**

*Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. **Hospital Vital Álvarez-Buylla. Mieres

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Autor para correspondencia

gloriadominguezortega@yahoo.es

Resumen

Las alergias gastrointestinales no IgE mediadas son reacciones adversas a alimentos desencadenadas por un mecanismo inmunológico no mediado por IgE, que cursan con clínica digestiva de aparición tardía. Es una patología en aumento, dentro de la cual se incluyen diversas entidades, siendo la más frecuente la proctocolitis alérgica. Existe un interés creciente en identificar posibles estrategias preventivas que eviten su aparición o, en caso de no ser posible, disminuyan sus complicaciones y aceleren su resolución. Sin embargo, no existe evidencia suficiente para recomendar ninguna intervención en las madres gestantes ni lactantes, salvo una dieta saludable y variada sin exclusiones alimentarias. Tampoco existe evidencia suficiente sobre el papel preventivo de ninguna intervención dietética ni suplementación con probióticos en los lactantes. Una vez instaurada la alergia, la base del tratamiento será la evitación de los antígenos alimentarios causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores. Será necesario comprobar periódicamente la adquisición de tolerancia a los alimentos eliminados y realizar una adecuada intervención nutricional que asegure los requerimientos nutricionales de cada niño y prevenga el desarrollo de dificultades y trastornos de la alimentación.

 

Abstract

Non-IgE-mediated gastrointestinal food allergies (GIFA) are adverse food reactions triggered by a non-IgE mediated immune mechanism characterized by delayed onset gastrointestinal symptoms. Its prevalence seems to be increasing and allergic proctocolitis is the most frequent entity among them. There is a growing interest in identifying possible preventive strategies that prevent its appearance or, when not possible, reduce its complications and accelerate its resolution. However, there is not enough evidence to recommend any intervention in pregnant or lactating mothers other than a healthy and varied diet without dietary exclusions. There is also insufficient evidence on the preventive role of any dietary intervention or probiotic supplementation in infants. Once the allergy is established, the basis of treatment will be the avoidance of the causative food antigens, ensuring an adequate nutritional intake and minimizing their impact on eating behaviour and children’s and caregivers’ quality of life. It will be necessary to periodically check the acquisition of tolerance to the eliminated foods and to carry out an adequate nutritional intervention to ensure the nutritional requirements of each child and prevent the development of feeding difficulties and disorders.

 

Palabras clave: Alergia no IgE mediada; Alimentos; Pediatría; Prevención; Tratamiento.

Key words: Non-IgE gastrointestinal allergy; Food; Paediatrics; Prevention; Treatment.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 169 – 180

 


OBJETIVOS

• Conocer la importancia, por su frecuencia, de alergias gastrointestinales no IgE mediadas.

• Entender las bases de su etiopatogenia.

• Conocer las principales estrategias preventivas, estudiadas hasta el momento, para prevenir su aparición, disminuir sus complicaciones y acelerar su tolerancia.

• Conocer las bases del tratamiento de la alergia gastrointestinal no IgE mediada y sus principales complicaciones.

• Conocer el papel del pediatra de Atención Primaria en la prevención y tratamiento de las alergias gastrointestinales no IgE mediadas.

 

Prevención y tratamiento de la alergia gastrointestinal no mediada por IgE

https://doi.org/10.63149/j.pedint.30

 

Introducción

Las alergias alimentarias no IgE mediadas engloban distintos cuadros clínicos producidos por respuestas inmunológicas adversas frente a alimentos no mediadas por IgE.

Las alergias alimentarias son reacciones adversas a alimentos, desencadenadas por un mecanismo inmunológico que puede ser mediado por inmunoglobulina E (IgE), no mediado por IgE o mediado por un mecanismo mixto (Fig. 1)(1).

figura

Figura 1. Tipos de reacciones adversas a los alimentos basados en las definiciones.

Las alergias alimentarias gastrointestinales no IgE mediadas (AGI) se caracterizan por síntomas predominantemente digestivos de aparición tardía y en los cuales no suele ser posible confirmar la implicación de un mecanismo inmunológico mediante pruebas complementarias(2). Dentro de ellas, se engloban distintos cuadros clínicos diferenciados, aunque con solapamiento en las manifestaciones clínicas: la proctocolitis alérgica (PA), la enteropatía alérgica (EA) y el síndrome de enterocolitis inducida por proteínas alimentarias (FPIES, por sus siglas en inglés). Se incluyen también, dentro de este tipo de alergia, la esofagitis eosinofílica, los trastornos gastrointestinales eosinofílicos primarios (TGIEP), aunque existe controversia al respecto, también la dismotilidad alérgica. La descripción de los distintos cuadros clínicos, así como su diagnóstico, han sido ya abordados en un número previo de Pediatría Integral (https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-05/alergia-gastrointestinal-no-mediada-por-ige-en-pediatria/).

Epidemiología

Se trata de una patología en aumento en los últimos años, aunque su prevalencia exacta es desconocida. Dentro de ellas, la proctocolitis alérgica es la entidad más frecuente.

La PA es la entidad más frecuente, aunque se desconoce su prevalencia exacta. En un gran estudio israelí se objetivó una prevalencia global del 0,16 %(3), mientras que otro estudio prospectivo observacional estadounidense evidenció una incidencia del 17 %, aunque estas cifras pueden sobreestimar el diagnóstico ante la ausencia de confirmación con provocación diagnóstica(4).

La prevalencia de EA no ha sido adecuadamente estudiada, pero se considera una entidad más infrecuente y cuya incidencia parece en descenso(2). En cuanto al FPIES, aunque clásicamente se consideraba una entidad rara, recientemente se han descrito incidencias acumuladas en la infancia de entre 0,3-0,7 %(5) y, en España, un estudio multicéntrico registró 120 nuevos diagnósticos durante el año 2017(6).

Mecanismos de tolerancia oral

La alteración de la tolerancia oral desencadenará respuestas alérgicas indeseadas, secundarias a mecanismos no claramente establecidos, no mediados por IgE.

La mucosa intestinal es el mayor órgano inmune del cuerpo humano, constituido por la barrera epitelial, la lámina propia y el tejido linfoide asociado al tracto digestivo; distingue entre componentes beneficiosos y perjudiciales a nivel intestinal. La tolerancia oral es el estado de inhibición activa de las respuestas inmunitarias a un antígeno (alimentario y de microorganismos comensales) mediante la exposición previa a través de la vía oral y constituye la respuesta fisiológica a la ingesta de alimentos. Su malfuncionamiento se traduce en respuestas alérgicas indeseadas. Las reacciones IgE mediadas se caracterizan por manifestaciones clínicas inmediatas debidas a la liberación de mediadores desencadenada por la unión de anticuerpos IgE a mastocitos y basófilos. En cambio, aunque el mecanismo de las reacciones no IgE mediadas no está claramente establecido, parece secundario a respuestas mediadas por células T(7). En el FPIES, se ha demostrado la presencia de respuestas específicas de las células T frente a antígenos alimentarios y la existencia de un desequilibrio entre una secreción exagerada de TNF-α por las células T específicas de alimentos y una respuesta insuficiente de TGF-β. Se postula que estos mecanismos conducirían a una infiltración de células T y a la inflamación local, con el consiguiente aumento de la permeabilidad intestinal y, con ello, al incremento en el paso de antígenos(8). Sin embargo, también se han descrito en los FPIES respuestas Th2 típicas de las alergias IgE mediadas, que pueden atribuirse a la asociación en estos pacientes de otras comorbilidades atópicas(8). En la EA, el daño de la mucosa yeyunal parece ser secundario a la infiltración celular mediada por células T, especialmente CD8+, aunque se ha descrito también un incremento en los linfocitos intraepiteliales gδ-TCR+(9).

Prevención de la alergia alimentaria

Existen intervenciones preventivas dirigidas a evitar el desarrollo de alergia en niños no sensibilizados (primaria), en sensibilizados (secundaria) y otras dirigidas a prevenir las complicaciones y acelerar la tolerancia en las ya instauradas (terciaria).

Considerando el aumento de las alergias alimentarias, sus repercusiones socioeconómicas, su efecto sobre la morbilidad infantil y sobre la calidad de vida, existe un gran interés en el estudio de intervenciones que puedan prevenir su desarrollo o, en caso de no ser posible, modificar su curso natural a fin de conseguir una tolerancia oral más precoz. Hablaremos de prevención primaria, cuando se busca evitar el desarrollo de la alergia en individuos no sensibilizados; prevención secundaria, cuando la intervención se establece en sujetos ya sensibilizados que no han desarrollado aún clínica alérgica; y prevención terciaria, cuando se busca controlar los síntomas, prevenir sus complicaciones y el desarrollo de otras enfermedades alérgicas e intentar acelerar la tolerancia oral.

Prevención primaria: intervenciones en la madre durante la gestación y lactancia

No existe evidencia sobre el papel de las distintas intervenciones en la dieta de las madres gestantes ni lactantes ni sobre la modulación de su microbiota intestinal, como medidas preventivas del desarrollo de alergias alimentarias no IgE mediadas (Fig. 2).

figura

Figura 2. Factores que pueden estar involucrados en el desarrollo de alergias alimentarias en la infancia. Modificado y traducido de: J Allergy Clin Immunol Pract. 2024; 12: 1686-94.

Intervenciones dietéticas y suplementación

Diversos estudios han tratado de analizar el papel de las intervenciones dietéticas en la madre, durante el embarazo y la lactancia, en el desarrollo de alergia alimentaria en sus hijos, aunque se han centrado especialmente en alergias IgE mediadas(10). Actualmente, ante la ausencia de evidencia a favor de ninguna intervención y considerando los potenciales riesgos nutricionales, se desaconseja la exclusión de potenciales alérgenos alimentarios durante el embarazo y la lactancia. Tampoco existe evidencia suficiente sobre la suplementación con vitaminas, minerales ni omega-3(11). La dieta occidental, rica en productos con glicosilación final avanzada (advanced glycation end-products, AGEs) producidos tras el cocinado a alta temperatura de alimentos, como carne, aceites y queso o en presencia de altas concentraciones de azúcares, se ha relacionado con la sensibilización y alergia alimentaria. Por este motivo, parece recomendable una dieta saludable que evite alimentos ultraprocesados por su alto contenido en AGEs(12).

Modulación de la microbiota materna

Una adecuada colonización bacteriana resulta fundamental para el desarrollo de una mucosa intestinal saludable, mientras que una exposición bacteriana insuficiente en la primera infancia podría estimular respuestas Th2 y contribuir al desarrollo de respuestas inmunes inadecuadas, confiriendo mayor susceptibilidad al desarrollo de alergia. Tras el nacimiento, factores como el tipo de parto (vaginal o cesárea), el uso de antibióticos o el tipo de alimentación (lactancia materna o artificial) influyen en el desarrollo de la microbiota. También se ha descrito en modelos animales la posible transferencia de microbiota intestinal materna a través de la lactancia materna, favoreciendo la creación de un ambiente tolerogénico y disminuyendo el riesgo de alergia en la descendencia(13).En vista de estos hallazgos, se ha explorado la modificación de la microbiota fetal como forma de prevención del desarrollo de atopia. Sin embargo, los estudios publicados hasta el momento difieren en las cepas estudiadas, la cantidad administrada y la duración y el momento de la suplementación. Por todo ello, actualmente, no hay evidencia suficiente a favor de la suplementación prenatal con probióticos, aunque tampoco existen datos que sugieran efectos negativos en las madres ni los niños con su administración(11,14).

Prevención primaria y secundaria: intervenciones en el lactante

El papel de la lactancia materna en la prevención de las alergias es controvertido. No existe evidencia suficiente sobre el papel preventivo de ninguna intervención dietética ni suplementación con probióticos en los lactantes.

Papel de la lactancia materna

La lactancia materna es el alimento ideal para el lactante, ya que aporta los nutrientes necesarios para asegurar un adecuado crecimiento y desarrollo durante los primeros 6 meses de vida. Además, contiene diversos factores antimicrobianos e inmunomoduladores, como oligosacáridos, moléculas inmunoactivas, vitaminas, metabolitos y microbiota, que protegen al lactante frente a agentes infecciosos y promueven la adecuada maduración de su sistema inmune(10). Sin embargo, su papel en el desarrollo de alergias es controvertido. Existen estudios que sugieren un posible papel protector frente al desarrollo de alergias en lactantes de madres no atópicas, pero otros estudios describen ausencia de efecto y otros, realizados en madres atópicas, sugieren que la lactancia materna puede, incluso, suponer un riesgo mayor de desarrollar alergias, por su mayor contenido en citoquinas y quimioquinas y menores niveles de TGF-b1(15). No obstante, ante la ausencia de evidencia, considerando todos sus beneficios científicamente demostrados, se recomienda apoyar y favorecer la lactancia materna(11).

Suplementación con fórmula adaptada

Diversos estudios han analizado la evitación de la suplementación con fórmula adaptada de proteínas vacunas en los primeros días de vida en lactantes con riesgo atópico, pero únicamente en relación con el riesgo de alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) IgE mediada y sin resultados concluyentes ni generalizables a los lactantes sin dicho riesgo(10). Además, también en APLV IgE mediada, se ha descrito el posible beneficio de la ingesta continuada de fórmula adaptada, incluso en pequeñas cantidades, en aquellos lactantes que recibieron suplementación en los 3 primeros días de vida; mientras que la exposición ocasional se ha relacionado con un posible aumento del riesgo(16-18). Sin embargo, no existen aún estudios centrados en el riesgo de desarrollo de APLV no IgE mediadas, por lo que se requiere un mayor número de estudios para intentar dilucidar el papel de la suplementación precoz en el desarrollo de APLV no IgE mediada, así como el momento apropiado de la introducción de las proteínas lácteas, las cantidades necesarias y la duración más apropiada de la intervención.

Introducción precoz de los alimentos y suplementación en la dieta infantil

En los últimos años, diversos ensayos clínicos han descrito el beneficio de la introducción precoz de distintos alimentos en la prevención del desarrollo de alergias alimentarias IgE mediadas. Sin embargo, no existen todavía estudios que analicen el impacto del momento de introducción de los distintos alimentos en el desarrollo de alergias no IgE mediadas. Tampoco existe evidencia sobre el papel preventivo de la suplementación con vitamina D, antioxidantes ni ácidos grasos omega-3 en el desarrollo de AGI(11).

Consumo de fibra, pre- y probióticos

La disbiosis intestinal se ha relacionado con el desarrollo de alergias alimentarias y diversos estudios han tratado de dilucidar si la composición de la microbiota intestinal está involucrada en su aparición, persistencia e incluso resolución. Diversos metabolitos microbianos, especialmente el butirato, podrían proteger frente al desarrollo de alergia a través de su efecto sobre las células T reguladoras y la inhibición de las funciones proinflamatorias de las células dendríticas(19). Una dieta variada y rica en fibra resulta fundamental para incrementar la microbiota intestinal y la producción de butirato y, por ello, podría ser beneficiosa en la infancia(10). Así mismo, diversos estudios han tratado de analizar el posible efecto protector de la administración de prebióticos, probióticos y simbióticos en la prevención de alergias alimentarias, sin que exista evidencia suficiente para poder realizar recomendaciones ni a favor ni en contra de su uso en la infancia(11,14).

Utilización de emolientes

La dermatitis atópica es un reconocido factor de riesgo para el desarrollo de alergias alimentarias. La hipótesis dual del alérgeno propone que la alteración de la barrera cutánea y la presencia de inflamación podrían favorecer el desarrollo de sensibilización alimentaria a través de la piel. Por ello, diversos estudios han analizado el papel de los emolientes tópicos y del tratamiento agresivo de la dermatitis atópica en los primeros meses de vida para reducir el desarrollo de dermatitis atópica, sensibilización alimentaria y alergias alimentarias en la infancia(20). No obstante, no existe aún evidencia suficiente a favor ni en contra de la utilización de emolientes(10). La diversidad de resultados puede estar en relación con el momento de inicio de la intervención, ya que si el tratamiento se inicia una vez ya establecida la sensibilización, no será eficaz en la prevención, así como a las diferencias de emoliente empleado, el número de aplicaciones, la forma de aplicación o el mecanismo causante de la sensibilización alérgica; es decir, si es por deshidratación cutánea, por inflamación cutánea o por la combinación de ambos.

Prevención terciaria de las alergias alimentarias

Aunque se ha estudiado el papel de la suplementación con probióticos en las fórmulas hipoalergénicas, no existe evidencia suficiente para generalizar su uso.

En aquellos casos en los que no se ha logrado prevenir el desarrollo de la alergia alimentaria, será fundamental prevenir su progresión y el desarrollo de otras comorbilidades atópicas. En las AGI, la adquisición de tolerancia oral suele ser precoz, habiéndose resuelto la mayoría en la edad escolar; sin embargo, la resolución de algunos cuadros, como el FPIES, puede ser más tardía, entre los 3-5 años de edad, aunque dependerá del tipo de alimento, la presentación clínica y la localización geográfica(8). Por ello, algunos pacientes pueden requerir dietas prolongadas en periodos críticos de la infancia, por lo que será especialmente importante la búsqueda de intervenciones terapéuticas potencialmente curativas o que favorezcan o aceleren la adquisición de tolerancia oral. Estudios previos de un mismo grupo de trabajo han descrito una aceleración en la adquisición de tolerancia oral y una menor incidencia de otras manifestaciones alérgicas con el uso de una fórmula extensamente hidrolizada de caseína suplementada con Lactobacillus rhamnosus (LGG)(21,22). Este efecto se ha relacionado con un incremento en la producción de butirato y modificaciones epigenéticas. No obstante, es necesario confirmar estos hallazgos con ensayos clínicos de mayor tamaño muestral, que incluyan mayor número de pacientes con APLV no IgE mediada. En esta línea, en la reciente actualización de las guías DRACMA (Diagnosis and Rationale for Action against Cow’s Milk Allergy) de la Organización Mundial de Alergia (WAO), se indica, en forma de recomendación condicional en función de la escasa evidencia disponible, que al elegir una fórmula hipoalergénica para el tratamiento de la APLV no IgE mediada se recomiende emplear o una fórmula extensamente hidrolizada sin probióticos o una fórmula extensamente hidrolizada de caseína suplementada con LGG(23). En cualquier caso, serán necesarios nuevos ensayos clínicos, analizando el papel de otras cepas, como Bifidobacterium infantis o combinación de distintas cepas, en la prevención de atopia(10).

Existe también controversia en cuanto al efecto de las fórmulas elementales en la adquisición de la tolerancia oral, y se ha propuesto una adquisición de tolerancia a la leche más tardía por la ausencia de estimulación antigénica. Sin embargo, no existe suficiente evidencia al respecto y existen otros factores, como la severidad de la clínica y la presencia de otras comorbilidades o de alergias alimentarias múltiples, que pueden influir en la adquisición de tolerancia en pacientes alimentados con fórmula elemental, aunque en ellos sea necesario su uso(2).

La tabla I recoge un resumen de estrategias preventivas de alergia IgE mediada, que podrían ser extrapolables a AGI, en cuanto a la modulación inmune.

tabla

 

Tratamiento de la alergia gastrointestinal no IgE mediada

La base del tratamiento es la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores.

El diagnóstico de AGI se apoya en la sospecha clínica, seguido de una prueba de eliminación y, en el caso de mejoría, confirmación con una prueba de provocación(2). En el FPIES, el diagnóstico se basa en una serie de criterios clínicos, quedando la prueba de provocación relegada a casos dudosos que no cumplan los criterios diagnósticos(24). La retirada del alimento sospechoso producirá la mejoría y resolución de los síntomas en un periodo variable: entre horas-días en el FPIES agudo, en 1-2 semanas en la PA, y en 2-4 semanas en la DA y en la EA, aunque la reparación mucosa puede requerir varios meses(1). En casos de lactancia materna exclusiva, tras el inicio de la dieta de exclusión en la madre, los alérgenos alimentarios pueden continuar eliminándose en la leche hasta 7-10 días, por lo que la respuesta puede ser más tardía(25).

Alimentos desencadenantes

La leche es el alimento causante más frecuentemente implicado, seguido de la soja. Otros desencadenantes frecuentes son: trigo, huevo, pescado, cereales y legumbres.

Globalmente, la leche es el alimento más implicado y supone el desencadenante en hasta un 40-50 % de los casos(2). La soja es el segundo alimento en frecuencia, describiéndose co-reactividad con la leche en hasta un 40-60 % de los FPIES y en hasta un 20 % de las PA(2). Sin embargo, prácticamente cualquier alimento puede comportarse como posible desencadenante. En los FPIES existen grandes variaciones geográficas, probablemente influenciadas por las diferencias dietéticas locales y por variaciones raciales en la predisposición genética. En España, además de la leche, son frecuentes desencadenantes el pescado, el huevo y el arroz(6). Además, entre un 15 % y un 35 % de los niños podrá presentar reacciones a varios alimentos(6,8). En el caso de las PA, además de la leche, se han implicado otros alimentos, como soja, trigo, huevo, maíz, pescado y/o sésamo a través de la lactancia materna, siendo posible la reacción a varios alimentos. Las EA, además de con leche y soja, se han relacionado con trigo y menos frecuentemente con huevo. En los casos más complejos de alergia gastrointestinal múltiple, se ha descrito una gran variabilidad de alimentos no tolerados, además de la proteína de leche de vaca, y un gran número de pacientes precisarán exclusión de múltiples alimentos e, incluso, alimentación con fórmula elemental de forma exclusiva.

Alergia gastrointestinal y lactancia materna

Las dietas de eliminación restrictivas en madres lactantes pueden conllevar riesgos nutricionales y repercutir negativamente en su calidad de vida y en su salud mental.

Las distintas proteínas alimentarias, como la proteína de la leche de vaca, el huevo, la soja y el trigo, son detectables en la leche materna horas e, incluso, días después de su ingesta y, por ello, pueden también desencadenar reacciones alérgicas no IgE mediadas. Las diversas sociedades científicas recomiendan favorecer y mantener la lactancia materna en todos los lactantes, incluso en niños con alergias alimentarias. Sin embargo, es importante considerar también los efectos nutricionales y los efectos psicológicos deletéreos que estas dietas de eliminación pueden conllevar en las madres. Las dietas de eliminación restrictivas, especialmente las que incluyan alimentos de elevado valor nutricional, como la leche, el huevo, la soja, el pescado o los frutos secos, pueden afectar significativamente a la composición nutricional de la lactancia materna y repercutir negativamente, tanto en la madre como en el niño(26,27). Por ello, será fundamental realizar un diagnóstico adecuado, a fin de evitar dietas de eliminación innecesarias en madres lactantes y, cuando sea posible, realizar una valoración y asesoramiento en estas madres por un dietista/nutricionista para garantizar una adecuada sustitución de los alimentos excluidos(27). Además, en casos severos en los que persistan síntomas a pesar de dietas maternas muy restrictivas, puede ser necesario valorar la retirada de la lactancia materna y el inicio de fórmulas especiales.

Manejo nutricional de las alergias gastrointestinales

La base del tratamiento es la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores.

El inicio habitual en los primeros años de vida y la necesidad de dietas de eliminación prolongadas hacen que estos pacientes sean especialmente sensibles al efecto de los déficits nutricionales, que pueden afectar negativamente a su crecimiento y desarrollo. Además, la presencia de AGI puede afectar negativamente al desarrollo precoz de las habilidades motoras, sensoriales, comunicativas y de comportamiento, que serán fundamentales para el desarrollo normal de una adecuada conducta alimentaria, contribuyendo al desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria del niño pequeño. Por todo ello, será fundamental hacer siempre una adecuada valoración nutricional al diagnóstico, una correcta intervención nutricional y un seguimiento estrecho. La valoración del estado nutricional deberá incluir siempre una valoración antropométrica completa registrando peso, talla/longitud y perímetro cefálico (en función de la edad), tanto actuales como previos. Será también importante registrar los antecedentes médicos del paciente, prestando especial atención a posibles comorbilidades atópicas, como asma, alergias alimentarias IgE mediadas o asma, así como necesidad de otros tratamientos médicos que, a su vez, puedan interferir en el estado nutricional. Será fundamental realizar una historia de la conducta alimentaria exhaustiva, identificando posibles signos de alerta que nos orienten hacia la existencia de problemas en la conducta alimentaria y una historia dietética completa. Será necesario registrar el volumen y el tipo de fórmulas especiales empleadas y los métodos de preparación, así como el posible uso de suplementos vitamínicos, minerales u homeopáticos que, frecuentemente, pueden contener entre sus ingredientes trazas de alimentos potencialmente alergénicos. En lactantes alimentados con lactancia materna exclusiva, será fundamental registrar las exclusiones dietéticas en la madre y la posible repercusión en ella, tanto nutricional como emocional y psicológica. La historia dietética nos permitirá también determinar qué alimentos se encuentran actualmente en la dieta, qué alimentos han sido eliminados, en qué momento y por qué motivo y qué alimentos aún no han sido introducidos. En la tabla II se incluyen indicadores de riesgo nutricional elevado en este tipo de pacientes.

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Además, siempre habrá que realizar una exploración física completa, identificando signos sugestivos de desnutrición y/o déficits específicos de micronutrientes y una valoración analítica del estado nutricional, centrada en la identificación de los déficits vitamínicos y de micronutrientes más habitualmente asociados (vitamina D, vitamina B12, ácido fólico, calcio, zinc y hierro)(28). La intervención nutricional deberá individualizarse en cada paciente, proporcionando una correcta educación y asesoramiento a los pacientes y sus cuidadores en la identificación de alérgenos, lectura de etiquetados (Reglamento UE Nº 1169/2011 de declaración obligatoria de alérgenos en el etiquetado de los alimentos) y sustitución de los mismos para minimizar la repercusión nutricional y en la calidad de vida y facilitar el cumplimiento terapéutico (Tabla III)(28). Además, en algunos casos, será necesario indicar suplementos específicos y su dosificación adecuada y proporcionar recursos, como grupos de apoyo, fuentes fiables con alimentos libres de alérgenos y recetarios. Existen fórmulas especiales con distintas indicaciones en los diversos cuadros de AGI. En pacientes menores de dos años con APLV no IgE mediada y lactancia artificial, podrán emplearse, como sustitutivos a la fórmula adaptada de proteínas vacunas, fórmulas extensamente hidrolizadas de caseína y/o seroproteína. Las fórmulas de arroz hidrolizado son también una alternativa en estos casos(12).

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Considerando el riesgo de co-reacción a soja en lactantes con APLV no IgE mediada, no se recomienda el uso de fórmulas de soja, especialmente en menores de 6 meses. Las fórmulas elementales serán de elección cuando fracase la fórmula hidrolizada, en la EA que curse con fallo de medro, hipoproteinemia y anemia graves, en FPIES graves, en alergia gastrointestinal a múltiples alimentos y en sangrado rectal importante que condicione inestabilidad hemodinámica(23). Así mismo, deberá también considerarse la retirada de la lactancia materna y el inicio de fórmulas elementales en clínica refractaria con lactancia materna exclusiva a pesar de dietas de exclusión extensas en la madre o cuando la dieta materna asocie en ella un riesgo nutricional y/o emocional significativo(25,27). En cuanto a la diversificación alimentaria, no se recomienda retrasar la introducción de la alimentación complementaria, sino que será necesario expandir el número de alimentos introducidos para asegurar un adecuado aporte nutricional y permitir la adquisición progresiva de habilidades en la alimentación y la exposición a diversas texturas y sabores(29,30). En pacientes con FPIES, se recomienda comenzar con un solo alimento (generalmente, vegetales y frutas) y esperar, al menos, 4 días antes de continuar con otro alimento, para evidenciar posibles reacciones(24,29). Aunque, potencialmente, cualquier alimento puede desencadenar síntomas en pacientes con AGI, se han propuesto en FPIES una serie de recomendaciones para la diversificación alimentaria, basadas en el riesgo de reacción de distintos grupos de alimentos (Tabla IV).

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En todas las entidades de AGI, durante el seguimiento será necesario comprobar, periódicamente, la adquisición de tolerancia a los alimentos eliminados, para lo cual deberá realizarse, de forma controlada, la reintroducción progresiva de cada alimento en la dieta. En el caso de los pacientes con FPIES, ante el riesgo de presentar reacciones potencialmente graves, la reintroducción de los alimentos desencadenantes deberá hacerse siempre mediante una prueba de exposición programada en medio hospitalario, recomendándose, en general, esperar entre 12-18 meses desde la última reacción. Aquellos pacientes con múltiples restricciones o con indicadores de riesgo precisarán un seguimiento más estrecho, pero sería recomendable en todos los casos, al menos, revisarlos antes y después de la diversificación alimentaria, al año de edad y cuando precisen la retirada de las fórmulas sustitutivas. La monitorización nutricional será fundamental para asegurar una adecuada intervención y que se cumplan los requerimientos nutricionales de cada niño.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en el reconocimiento de los síntomas de AGI, sospechando la relación causal entre cada una de las entidades y la introducción de los diversos alimentos. Ante la sospecha de AGI, debe confirmar el diagnóstico con una prueba de eliminación y en el caso de mejoría, confirmación con una prueba de provocación. Aunque no existe evidencia suficiente sobre ninguna estrategia preventiva de AGI iniciada en el embarazo y la lactancia, se debe desaconsejar la exclusión de potenciales alérgenos alimentarios en la madre y recomendar, en cambio, una dieta variada y saludable sin abuso de ultraprocesados. Una vez instaurada la alergia, el pediatra debe ayudar a garantizar el mantenimiento de la dieta de eliminación de forma correcta, asegurando, cuando la situación clínica del paciente sea estable, una diversificación alimentaria adecuada sin retrasar la introducción de la alimentación complementaria, para asegurar un adecuado aporte nutricional y un adecuado desarrollo de la conducta alimentaria. El pediatra de Atención Primaria debe, además, aprovechar su contacto cercano con el paciente y sus familias para prevenir en lo posible el desarrollo de dificultades de alimentación y, en caso de instaurarse, realizar un diagnóstico y abordaje precoces.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Artículo de revisión sobre las alergias no IgE mediadas, que describe las principales formas clínicas, su manejo y diagnóstico.

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Revisión sobre el papel preventivo en el desarrollo de alergias alimentarias IgE mediadas de las distintas intervenciones en las madres y neonatos.

– Vandenplas Y, Broekaert I, Domellöf M, Indrio F, Lapillonne A, Pienar C, et al. An ESPGHAN Position Paper on the Diagnosis, Management, and Prevention of Cow’s Milk Allergy. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2024; 78: 386-413. Disponible en: https://doi.org/10.1097/mpg.0000000000003897.

Documento de posicionamiento de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas sobre el diagnóstico, manejo y prevención de la alergia a la proteína de leche de vaca.

– Espín Jaime B, Díaz Martín JJ, Blesa Baviera LC, Claver Monzón Á, Hernández Hernández A, García Burriel JI, et al. Alergia a las proteínas de leche de vaca no mediada por IgE: documento de consenso de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP), la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP), la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP) y la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP). An Pediatría. 2019; 90: 193.e1-e11. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.anpedi.2018.11.007.

Artículo que resume las recomendaciones del documento de consenso elaborado por varias sociedades pediátricas españolas, para el diagnóstico y manejo de la alergia a la proteína de leche de vaca en niños menores de 2 años.

– Meyer R, Chebar Lozinsky A, Fleischer DM, Vieira MC, Du Toit G, Vandenplas Y, et al. Diagnosis and management of Non‐IgE gastrointestinal allergies in breastfed infants—An EAACI Position Paper. Allergy. 2020; 75: 14-32. Disponible en: https://doi.org/10.1111/all.13947.

Artículo de posicionamiento en cuanto al diagnóstico y manejo de las alergias gastrointestinales no IgE mediadas en niños con lactancia materna, elaborado con el fin de potenciar el mantenimiento de la misma en este subgrupo de pacientes.

– Groetch M, Henry M, Feuling MB, Kim J. Guidance for the Nutrition Management of Gastrointestinal Allergy in Pediatrics. J Allergy Clin Immunol Pract. 2013; 1: 323-31. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.jaip.2013.05.002.

Artículo sobre el manejo nutricional y dietético en este tipo de pacientes, con recomendaciones sobre su valoración inicial, sobre la intervención nutricional con pautas y recomendaciones sugeridas, así como del seguimiento.

Caso clínico

 

Niña de 4 meses y medio de edad, derivada desde Atención Primaria a consultas de gastroenterología infantil, por sospecha de alergia gastrointestinal no IgE mediada. Como antecedentes personales, se trata de la segunda hija de una madre con síndrome de intestino irritable, rinoconjuntivitis alérgica y alergia a marisco, y un padre celíaco con alergia a inhalantes y asma. Además, su hermano mayor de 7 años presentó, en los primeros años de vida, alergia a la proteína de leche de vaca no IgE mediada con adquisición de tolerancia a los 2 años y, actualmente, presenta alergia a pescado y dermatitis atópica. El embarazo fue adecuadamente controlado sin incidencias y el parto fue a término y eutócico. Ante los antecedentes familiares, su madre decidió realizar durante el embarazo una dieta saludable con alto consumo de fibra y ausencia de ultraprocesados y consumió un suplemento con omega-3 y un probiótico que le recomendaron desde su farmacia de confianza. Durante su estancia en la maternidad, su madre rechazó la administración de suplementos con fórmula adaptada, por lo que desde su nacimiento recibió alimentación de forma exclusiva con lactancia materna. No presentó en el periodo perinatal ni hasta el momento de la consulta actual otras enfermedades de interés.

En la primera consulta refieren inicio, a los 2 meses de edad tras las primeras vacunas, de cuadro consistente en diarrea con deposiciones pastosas con mucosidad (unas 6-8 al día) y hebras de sangre roja, ganancia ponderal escasa y episodios de llanto y regurgitaciones frecuentes tras las tomas. No relacionaban el inicio de los síntomas con ningún otro desencadenante infeccioso, habiéndose además recogido desde Atención Primaria estudio microbiológico en heces con coprocultivo negativo y antígeno positivo para rotavirus en relación con la reciente administración de la vacuna para el rotavirus oral. Desde el inicio de los síntomas, refieren haber realizado primero prueba con retirada de proteína de leche de vaca en la madre y suplementos con fórmula extensamente hidrolizada que rechazaba por el sabor. Ante la persistencia de la clínica y progresivo estancamiento ponderal en la niña, desde su centro de salud se ampliaron secuencialmente las exclusiones dietéticas en la madre, añadiendo a la dieta de eliminación retirada de soja, seguida posteriormente de huevo y gluten. En el momento de nuestra consulta, la madre refiere alimentación con lactancia materna exclusiva y, ante persistencia de los síntomas, decidió ampliar las exclusiones dietéticas, realizando actualmente dieta sin proteína de leche de vaca, soja, huevo, gluten, pescado ni legumbres. A pesar de ello, la niña continúa presentando diarrea con deposiciones con abundante moco y hebras de sangre roja y la madre manifiesta una profunda ansiedad por la situación de la niña y nos comenta que la dieta también está repercutiendo en ella, habiendo perdido 5 kg desde que comenzó la dieta y generando en ella un gran impacto emocional y psicológico.

Exploración física: en la antropometría, en la primera consulta presenta un peso de 5 kg (P1, –2,31 DE) (OMS 2006/2007), una talla de 62 cm (P33, –0,44 DE) (OMS 2006/2007) y una relación peso/talla de 0,08 (<P1, –2,79 DE) (OMS 2006/2007), lo que correspondería con una desnutrición aguda moderada, de acuerdo a los estándares de la OMS. En la exploración física presenta buen estado general, con un adecuado estado de hidratación, con masas musculares blandas, panículo adiposo escaso, pliegues de adelgazamiento y con buen aspecto de piel y faneras. Presenta una exploración abdominal y perianal normal y una adecuada neuroconducta para su edad.

Pruebas complementarias: en consulta se realiza reconstrucción de la evolución antropométrica de la niña, evidenciándose al nacimiento un peso en el percentil 30 con una longitud en el percentil 50 y una relación peso/longitud en el percentil 30. A partir de los dos meses de edad, se evidencia una afectación ponderal progresiva con un descenso en el percentil del peso hasta un percentil 1, manteniendo una longitud estable, con una afectación progresiva en la relación peso/longitud hasta un percentil inferior al 1 en el momento de la primera consulta. No se evidencia en la reconstrucción de la curva antropométrica una mejoría ponderal con ninguna de las medidas terapéuticas previamente realizadas.

 

 

algoritmo

 

Dislipemias

Temas de FC


A. Parra Rodríguez, L. Soriano Guillén

Unidad de Endocrinología Infantil. Servicio de Pediatría. Instituto de Investigación Biomédica-Fundación Jiménez Díaz. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid

X

Autor de correspondencia:

lsoriano@fjd.es; leandro.soriano@uam.es

Resumen

Las dislipemias constituyen un problema de salud pública de primer orden. De esta forma, conociendo que el inicio del proceso aterosclerótico aparece ya de forma temprana en los niños y es un factor clave en la morbimortalidad cardiovascular en la vida adulta, resulta fundamental identificar mediante un cribado poblacional qué pacientes son susceptibles de un diagnóstico y con ello la instauración de un tratamiento precoz. Todo ello constituye un gran reto para reducir la mortalidad cardiovascular en el mundo desarrollado, donde el pediatra de Atención Primaria resulta clave. Mediante la presente revisión pretendemos dar a conocer las medidas higiénico-dietéticas básicas para estos pacientes, así como el tratamiento médico de primera línea. Asimismo, se comentan las nuevas terapias destinadas al tratamiento de las dislipemias familiares.

 

Abstract

Dyslipidemia is a major public health problem. Therefore, since the onset of the atherosclerotic process is known to occur early in children and is a key factor in cardiovascular morbidity and mortality in adulthood, it is essential to identify by means of population screening which patients are susceptible to diagnosis and thus to initial treatment of hypercholesterolemia. All this constitutes a great challenge for reducing cardiovascular mortality in the developed world, where the primary care pediatrician plays a key role. The aim of this review is to provide information on the basic hygienic and dietary measures for these patients, as well as first-line medical treatment. New therapies for the treatment of familial dyslipidemias are also discussed.

 

Palabras clave: Dislipemia; Hipercolesterolemia; Cribado; Estatinas.

Key words: Dyslipidemia; Hypercholesterolemia; Screening; Statins.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 188 – 196

 


OBJETIVOS

• Conocer los valores de normalidad de perfil lipídico por grupo de edad.

• Resaltar la importancia de la detección precoz de las dislipemias familiares.

• Enumerar los criterios de sospecha de formas genéticas.

• Manejo de hipercolesterolemia en Atención Primaria y necesidad de valoración por especialista.

• Asesorar sobre las medidas higiénico-dietéticas básicas para estos pacientes.

• Recalcar las indicaciones y efectos adversos de tratamientos de primera línea, así como cuándo recurrir a fármacos de segunda y tercera elección.

 

 

Dislipemias

https://doi.org/10.63149/j.pedint.32

 

Introducción

De forma general, se hablará de dislipemia cuando nos encontremos con los siguientes parámetros: colesterol total ≥200 mg/dl, C-LDL ≥130 mg/dl, triglicéridos ≥130 mg/dl y C-HDL ≤45 mg/dl. No obstante, conviene señalar que los parámetros anteriormente citados cambian con la edad, particularmente durante el desarrollo puberal, y están influenciados por el sexo. El proceso aterosclerótico se inicia a edades tempranas cuando existe exposición a niveles de colesterol muy elevados. Por ello, clasificar y diagnosticar a estos pacientes es fundamental para el inicio precoz de hábitos saludables y tratamiento farmacológico, previniendo el desarrollo de enfermedad cardiovascular en la vida adulta.

Se considera dislipemia a un valor por encima del p95 para la edad y sexo para el colesterol total (CT), lipoproteínas de baja densidad (C-LDL), triglicéridos (TG) e inferior al p10 de lipoproteínas de alta densidad (C-HDL). De forma orientativa, CT ≥200 mg/dl, C-LDL ≥130 mg/dl, TG ≥130 mg/dl y C-HDL ≤45 mg/dl (Tabla I).

Los valores plasmáticos de lipoproteínas varían a lo largo de la infancia y adolescencia. Así, desde el nacimiento, las lipoproteínas se elevan de forma muy lenta hasta quedar estabilizadas a los cuatro años, permaneciendo casi invariables durante la etapa prepuberal. Con posterioridad, se produce un descenso de CT y C-LDL de hasta un 10 % en los primeros años del desarrollo puberal. Seguidamente, se produce un ascenso de estos al final de la época puberal, estabilizando los valores del adulto a partir de los 20 años. Este aumento es más atenuado en las mujeres.

El C-HDL tiene un descenso marcado y mantenido en los varones durante la época puberal, lo que, junto con el mayor aumento de C-LDL, contribuye a presentar un patrón más aterogénico durante la etapa adulta.

La exposición mantenida a valores elevados de colesterol, predominantemente C-LDL, junto a factores ambientales desde edades tempranas, se manifiesta en pequeñas estrías lipídicas en la pared arterial. Estas progresan a un engrosamiento de la íntima y media vascular, derivando en un proceso inflamatorio causante de la placa de ateroma, principal etiología de la enfermedad cardiovascular (ECV), que, a su vez, es la principal causa de mortalidad en el mundo desarrollado. De la misma forma, la disminución de valores de colesterol desde edades precoces ha demostrado la reversibilidad de estas alteraciones estructurales iniciales y la reducción de eventos cardiovasculares en la vida adulta.

A pesar de ser infrecuente la aparición de ECV antes de los 20 años, resulta relevante el cribado en la población pediátrica para la detección de dislipemias con base genética, ya que en nuestro medio existe una alta prevalencia de hipercoelsterolemia familiar.

La identificación temprana de estos pacientes y la instauración de un tratamiento precoz son pilares básicos de la medicina preventiva del niño y el adulto. Si sumamos las campañas destinadas a evitar el tabaquismo y el exceso de peso, promocionar el ejercicio físico, así como la detección y tratamiento precoz de la hipertensión arterial, todo en su conjunto contribuye a disminuir la morbimortalidad cardiovascular de forma notable, mejorando la calidad y esperanza de vida(1).

Etiología

En las formas primarias, destaca la forma poligénica como la más frecuente, pero deben conocerse las formas familiares por la importancia de su diagnóstico precoz. Las formas secundarias, también frecuentes, siempre deben incluirse en el diagnóstico diferencial.

Se clasifican las dislipemias en formas primarias, de origen genético, y secundarias a una patología o factores exógenos.

Primarias

• Hipercolesterolemias familiares (HF): de base monogénica, con herencia autosómica dominante, produciéndose por mutaciones del gen que codifica para el receptor del C-LDL en aproximadamente el 90 % de los casos (se han descrito más de 2.000 mutaciones, siendo la gravedad dependiente de la cantidad de actividad residual del receptor). De forma mucho más infrecuente, se han descrito mutaciones en ApoB, PCSK9 y LDLRAB1 (que contribuyen a la disminución de receptores de c-LDL en el hepatocito o al mal funcionamiento de este)(2). El estudio genético negativo no excluye el diagnóstico, si este es muy sugerente.

– Hipercolesterolemia familiar heterocigota (HFHe): herencia autosómica dominante, prevalencia aproximada de 1 entre 215-300 personas. Debe sospecharse en pacientes con C-LDL ≥160-190 mg/dl junto con antecedentes familiares de eventos cardiovasculares y/o hipercolesterolemia, más lesiones cutáneas o corneales (estas muchas veces no las presentan en edad pediátrica)(3).

– Hipercolesterolemia familiar homocigota (HFHo): herencia autosómica recesiva, prevalencia aproximada de 1 por cada 400.000-1.000.000, siendo la sospecha con cifras de C-LDL >330 mg/dl, lesiones cutáneas evidenciadas antes de los 10 años y antecedentes de ambos progenitores compatibles con HFHe. La gravedad del cuadro y la respuesta al tratamiento va a venir orientadas por la actividad residual del receptor de C-LDL, según el gen afecto y el tipo de mutación. Suele desarrollar aterosclerosis en la 1-2ª década de la vida y fallecer antes de los 30 años, si no recibe tratamiento.

• Poligénica: la más frecuente, afecta al 4-8 % de la población, presenta niveles de C-LDL elevados (130-160 mg/dl), teniendo habitualmente antecedentes familiares con cifras similares de colesterol. En el momento actual, no existe una base genética conocida. Se especula sobre la interacción de varios genes con factores ambientales. Su debut suele ser más tardío que las formas anteriores.

• Hipercolesterolemia familiar combinada: de herencia autosómica dominante, con genética más heterogénea, presentan habitualmente la combinación de elevación de CT, TG, C-LDL y apoB100 junto con familiar de primer grado con ECV y analítica similar.

• Con mucha menor frecuencia:

– Sitosterolemia: de herencia autosómica recesiva con afectación del gen ABCG5/8, implicado en el transportador intestinal de colesterol no esterificado. Presentan cifras muy elevadas de fitosteroles plasmáticos junto a cifras elevadas de colesterol. Se caracterizan por la aparición temprana de xantomas. Responden bien a medidas dietéticas y a tratamientos como resinas o ezetimiba.

– Disbetalipoproteinemia: de herencia autosómica recesiva, presenta elevación de colesterol y triglicéridos por alteración en el gen de Apo E.

– Hiperquilomicronemia familiar: en la mayoría de los casos se debe a alteraciones del gen de la lipoproteínlipasa. Se caracteriza por cifras muy elevadas de triglicéridos, lo que aumenta mucho el riesgo de hepatoesplenomegalia y pancreatitis(4).

Secundarias

El tratamiento estará orientado a la etiología de las patologías que la causan (Tabla II).

 

Diagnóstico

Cribado

El beneficio de una estrategia de cribado eficaz radica en encontrar a los pacientes con formas genéticas para un inicio de tratamiento precoz e identificación de familiares en riesgo. En la actualidad, sería deseable la combinación de un cribado universal antes de la pubertad junto con cribado en cascada.

Existen diferentes estrategias de cribado:

• Universal: intenta alcanzar a toda la población, recomendándose entre los 9-11 años o después de los 17, sabiendo que puede detectarse el 90 % de los casos de HF(5).

• Selectivo: solo si hay historial de evento cardiovascular o hipercolesterolemia familiar, o bien si el propio paciente tiene factores de riesgo (obesidad, HTA, hábito tabáquico u otra causa de dislipemia secundaria). Se estima que pueden diagnosticarse el 60 % de los casos mediante este modelo.

• Cribado en cascada: estudiando a los familiares de primer grado del que se conoce la alteración genética. Considerado el mejor modelo desde un punto de vista costo-efectivo.

• Cascada inversa: en el caso de que el niño sea el caso índice, se propone el estudio de los progenitores ante la sospecha de hipercolesterolemia familiar.

• Cribado oportunista: objetivando la alteración lipídica de forma incidental en contexto de estudio de otra patología, estimándose que se captan aproximadamente <10 % de las formas familiares.

Hoy en día, sigue existiendo gran controversia entre modelos europeos y estadounidenses para establecer una estrategia costo-efectiva de cribado de dislipemia, sin una evidencia lo suficientemente fuerte para decantarse por un modelo y la edad a la cual realizarlo(6-8). Se estima que es realizado por el 9 % de los médicos de Atención Primaria(9).

Parece que la estrategia más aceptada es aquella que combina cribado en cascada y universal antes de la pubertad (9-11 años)(10); valorando el cribado selectivo solo antes de los 9 o en edad puberal (Tabla III). Otros autores consideran que el mejor momento de cribado podría ser antes de los 9; sin embargo, la gran mayoría no inicia tratamiento farmacológico antes de esa edad(9).

A pesar de ser clara la utilidad del cribado selectivo, depender solo de él limitaría el número de pacientes captados, ya que muchos familiares desconocen su perfil lipídico y todavía no han desarrollado ECV, si se trata de padres jóvenes(1).

Orientación diagnóstica

Tras el diagnóstico de dislipemia, resulta fundamental detectar los casos de hipercolesterolemia familiar. Estos deben ser derivados a un especialista para considerar la idoneidad de instaurar tratamiento farmacológico.

A raíz de alguno de los cribados anteriormente descritos, nos encontramos con un niño/adolescente con sospecha de dislipemia. Tras una anamnesis detallada y una exploración física orientada, deberemos tratar de diferenciar entre dislipemia primaria versus secundaria.

La anamnesis recogerá los siguientes datos:

• Antecedentes familiares: dislipemia primaria (causa genética conocida o sugerente con C-LDL ≥190 mg/dl), enfermedades cardiovasculares (edad de aparición, dando importancia a varones menores de 55 años y mujeres menores de 65 años).

• Antecedentes personales: patología causante de dislipemia secundaria o patología crónica que aumente el riesgo cardiovascular (obesidad, diabetes, hipertensión arterial, entre otras).

Dentro del examen físico, resultará de gran importancia:

• Datos antropométricos: peso, talla e índice de masa corporal. Calcularemos percentiles y Z-score.

• Tensión arterial.

• Lesiones cutáneas: xantomas tendinosos (más frecuentes en tendones extensores, como el tendón de Aquiles), xantomas tuberosos (en codos y rodillas), xantomas plantares o palmares, xantelasmas en región palpebral o lesiones de arco corneal.

De entrada, se solicitará una analítica de sangre, que incluya lipidograma completo (CT, TG, C-HDL y C-LDL) junto con lipoproteína A si está disponible (sobre todo, si casos o eventos familiares), útil como predictor de evento cardiovascular prematuro, manteniendo niveles similares en la infancia y edad adulta(1).

El colesterol “no HDL” (CT menos C-HDL) puede ser un marcador muy práctico, al ser un valor no dependiente de ayunas, informando de todas las lipoproteínas “aterogénicas”. Actualmente, se viene empleando como otro parámetro adicional de riesgo cardiovascular. De esta forma, se considera valor elevado ≥145 mg/dl.

En el caso de que existan cifras elevadas o en el límite de los intervalos sugeridos más adelante, donde deba valorarse la variabilidad interindividual (hasta un 20 % del valor normal), es aconsejable repetir analítica (entre 3 y 6 meses después), asegurando las condiciones estrictas de ayuno (al menos, 12 horas, sabiendo que afecta, sobre todo a los triglicéridos), con una orientación inicial de alimentación y ejercicio, estando en un periodo de dos meses libre de enfermedad aguda y/o cirugía. Además, se estudiará la función renal, hepática, proteínas totales/albúmina y función tiroidea (v. Algoritmo al final del artículo).

En función de la anamnesis junto con el examen físico y los datos analíticos, podremos tener las siguientes sospechas:

• Dislipemia secundaria.

• Dislipemia primaria:

– Hipercolesterolemia poligénica: valores de C-LDL elevados discretamente (130-160 mg/dl), con niveles similares en los familiares.

– HFHe: valores de C-LDL superiores a 190 mg/dl, con casos familiares, tanto de hipercolesterolemia marcada como de ECV, pueden asociar lesiones cutáneas/oculares.

– HFHo: valores de C-LDL superiores a 500 mg/dl, antecedentes familiares compatibles o diagnosticados con HFHe/HFHo y lesiones cutáneas/oculares presentes.

Para la detección de hipercolesterolemia familiar se han venido empleando diversos sistemas de puntuación clínica (Tabla IV)(2). En nuestro medio, se han empleado con mayor frecuencia los criterios planteados por el Dutch Lipid Clinic Network(2), recomendados por la OMS, de forma extrapolada a la edad pediátrica. En los últimos años, se ha incorporado el diagnóstico genético a estas escalas clínicas. Cabe señalar que dichos sistemas de puntuación se utilizan también en la mayoría de las comunidades autónomas para solicitud de reducción económica en el precio del tratamiento farmacológico.

Ante la sospecha clínica de hipercolesterolemia familiar, estos pacientes deben ser derivados a un centro hospitalario que disponga de especialista pediátrico con experiencia en el tratamiento de dislipemias, puesto que probablemente necesitarán tratamiento médico desde el diagnóstico.

¿A qué pacientes se recomendaría realizar el estudio genético? Atendiendo a la evidencia científica más reciente, sería aconsejable el estudio genético a todos los pacientes con alta probabilidad de hipercolesterolemia familiar(2). En el supuesto de que haya antecedentes familiares de primer grado con mutaciones genéticas causantes de HF, el estudio genético deberá ser dirigido. Por otra parte, mediante el análisis genético podremos conocer la actividad residual del receptor de LDL, favoreciendo la implementación de una medicina personalizada(3).

Tratamiento

Tras confirmarse la dislipemia de nuestro paciente, es aconsejable derivar a consultas especializadas en los siguientes supuestos (v. Algoritmo al final del artículo):

• Valores de C-LDL ≥190 mg/dl.

• Valores de C-LDL ≥160 mg/dl con antecedentes familiares de dislipemia o ECV y/o afectos de patología crónica (obesidad, diabetes mellitus, enfermedad renal crónica, trasplante de órganos y antecedente de enfermedad de Kawasaki con aneurismas).

• Siempre que tengan defecto genético conocido.

En los pacientes con C-LDL ≥130 mg/dl, parece razonable continuar el seguimiento en Atención Primaria, con repetición de nuevo control analítico en 6-12 meses tras implementar medidas higiénico-dietéticas y repasar el grado de actividad física que viene realizando. En esta línea, recomendamos considerar la suplementación con esteroles vegetales.

En las diferentes guías sobre hipercolesterolemia familiar en la infancia y adolescencia, se comenta como objetivo alcanzar valores de C-LDL por debajo de 130 mg/dl. A nuestro entender, deberemos individualizar a cada paciente, teniendo en cuenta las bases genéticas, antecedentes familiares de ECV y presencia de patología crónica. Asimismo, se tendrá presente la dosis más eficaz posible del fármaco empleado que no produzca efectos adversos.

Recomendaciones nutricionales y de ejercicio físico

Aunque en la gran mayoría de los casos debe recurrirse a terapia farmacológica, las medidas dietéticas y el ejercicio físico deben ser un pilar fundamental en todos los estadios de tratamiento.

• Dieta: puede llegar a disminuir el C-LDL en un 10-15 %. Debe indicarse como medida general en los niños a partir de los dos años, junto con el objetivo de mantener el IMC en rangos normales (<p85).

Pueden establecerse dos niveles de dietas restrictivas, siendo el nivel más básico (basado en recomendaciones CHILD –1):

– Las grasas deben ser el 25-30 % de las calorías totales.

– Los ácidos grasos saturados: 8-10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos poliinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos monoinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos trans: <1 %.

– Colesterol: <300 mg/día.

Después de 3-6 meses con esta dieta, puede plantearse el paso a un segundo nivel de restricción (basado en recomendaciones CHILD-2), no siendo utilizada de forma habitual debido a su difícil adherencia:

– Las grasas deben ser <25 % de las calorías totales.

– Los ácidos grasos saturados: <7 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos poliinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos monoinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos trans: <1 %.

– Colesterol: <200 mg/día.

Las dietas restrictivas, principalmente CHILD-2, presentan enormes problemas de adherencia y, en ocasiones, pueden condicionar alteraciones del comportamiento alimentario. Por ello, para la mayoría de los autores en la actualidad, resulta de más utilidad el asesoramiento nutricional mediante elección de comida:

– Reducir el consumo de carnes rojas a 1 vez por semana. En la actualidad no existe unanimidad científica sobre el consumo de huevos. A nuestro entender, sería razonable no superar las 4 unidades por semana (pudiéndose aumentar la cantidad de claras).

– Consumir pescado dos veces por semana, una de ellas incluyendo pescado azul.

– Evitar cocinado en aceite, priorizando plancha, vapor o cocido. Limitar rebozados o salsas.

– Retirar la grasa visible de los alimentos.

– Lácteos desnatados a partir de los dos años.

– Priorizar el uso de aceites vegetales, priorizando el aceite de oliva. Consumo muy ocasional de mantequilla y margarina.

– Consumo diario de frutas, verduras, cereales integrales. Incluir la legumbre y frutos secos varias veces a la semana, asegurando con estas medidas los aportes diarios de 6-20 g de fibra.

– Restringir los azúcares refinados y la sal sobreañadida.

– Restringir el consumo de bollería, snacks, embutido, repostería industrial y alimentos precocinados/procesados.

• Suplementos nutricionales:

– Esteroles/estanoles vegetales: además de los naturalmente presentes en la dieta y alimentos enriquecidos, su uso como suplementos a partir de los 6 años, a dosis de 1,5-2,2 g/día, disminuye la absorción intestinal de grasas si se emplean durante las comidas principales. Diferentes ensayos clínicos han mostrado su utilidad, puesto que son capaces de reducir los valores de C-LDL en un 8-16 % de forma sobreañadida a la dieta implementada. No tienen efectos secundarios relevantes, debiendo asegurarse la ingesta concomitante de vitaminas liposolubles en la dieta(12). En nuestra experiencia, el uso de esteroles vegetales junto a recomendaciones nutricionales supone una medida muy eficaz en el tratamiento de la hipercolesterolemia poligénica.

– Los ácidos ω-3 a dosis altas pueden ser útiles en el tratamiento de hipertrigliceridemia. Paradójicamente, en ocasiones, pueden producir elevación de C-LDL.

– Si se cumplen las medidas dietéticas, no es necesario añadir suplementos de fibra(13).

– En la actualidad, no existe la evidencia científica suficiente como para recomendar de forma sistemática la suplementación con ajo, derivados de soja, levadura de arroz rojo o probióticos en la edad pediátrica(14).

• Ejercicio: asegurar una actividad aeróbica de intensidad moderada un mínimo de tres días por semana (idealmente cinco) de 60 minutos. Asimismo, se aconseja combinar con ejercicios de fuerza, si el niño tiene la madurez suficiente. En suma, deben fomentarse las actividades no sedentarias.

• Es fundamental la prevención de la no exposición e inicio del hábito tabáquico y alcohólico.

Tratamiento médico (Tabla V)

 

Indicado si:

• C-LDL ≥190 mg/dl.

• C-LDL ≥160 mg/dl con antecedentes familiares de dislipemia o ECV prematura.

• C-LDL ≥160 mg/dl con factor de riesgo (obesidad, diabetes mellitus, enfermedad renal crónica, trasplante de órganos y enfermedad de Kawasaki con aneurismas).

Las estatinas constituyen el tratamiento de primera línea. Estos fármacos inhiben la enzima HMG CoA reductasa, disminuyendo la biosíntesis de colesterol hepático, junto con reducción de los receptores de C-LDL en la membrana celular. Pueden reducir hasta un 50 % de la cifra de C-LDL, de forma secundaria los triglicéridos en un 30 % y aumentar las cifras de C-HDL en un 10 %.

La FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos) y la EMA (Agencia Europea de Medicamentos) han autorizado el uso de rosuvastatina y pitavastatina a partir de los 6 años, pravastatina de los 8 años, fluvastatina de los 9 años, atorvastatina y simvastatina de los 10 años.

Debe comenzarse con la dosis más baja posible, de preferencia al acostarse, monitorizándose su efecto a los dos meses y, posteriormente, cada 6 meses, incluyendo en la analítica el perfil de transaminasas y creatinkinasa, dada la posible aparición de efectos adversos a nivel muscular y hepático (el aumento de 3 veces el nivel de transaminasas o 10 veces el nivel de CPK previo es indicación para suspender el tratamiento con estatinas y valorar retomar a partir de dos semanas de ausencia de síntomas).

La aparición de efectos adversos es mucho más frecuente en adultos, sobre todo por interacción con otros fármacos. Conviene señalar que no se ha demostrado repercusión sobre el crecimiento, desarrollo puberal y absorción de vitaminas liposolubles; sin embargo, sí existe controversia en la literatura sobre posible aumento de predisposición a diabetes tipo 2. No deben utilizarse durante la lactancia y embarazo(15).

Si con el empleo de estatinas a dosis máxima no se consigue mejorar el perfil lipídico o si el tratamiento no es bien tolerado, puede recurrirse a fármacos de segunda línea:

• Ezetimiba: inhibe selectivamente la absorción intestinal, tanto del colesterol alimentario como de origen biliar (bloqueo de NPC1L1). Reducen la cifra de C-LDL en un 20-27 % en monoterapia, existiendo registros de hasta un 90 % de reducción de C-LDL cuando se asocian con estatinas. Puede utilizarse a partir de los 10 años, habitualmente a dosis de 10 mg/día, independiente de la comida. Los principales efectos adversos son diarrea y dolor abdominal.

• Resinas de intercambio iónico: mediante la interferencia con la absorción de ácidos biliares, disminuyen el C-LDL en un 10-20 %. Pueden iniciarse a partir de los 6 años (colestipol y colestiramina) o 10 años (coleveselam), preferiblemente antes de cenar, siendo opciones muy seguras debido a la no absorción del fármaco; sin embargo, es muy difícil la adherencia debido a su mala palatabilidad. La alteración de la absorción de otros fármacos hace que suelan usarse en monoterapia y debe vigilarse también la absorción de vitaminas liposolubles.

Como tratamiento de tercera línea en edad pediátrica, se dispone de los inhibidores de PCSK9, anticuerpos monoclonales que actúan sobre dicha proteína a nivel hepático, reduciendo el número de receptores de LDL que van a ser degradados y, como consecuencia, aumentando su disponibilidad en membrana. Diferentes estudios han mostrado reducciones de C-LDL que oscilan entre un 24 % y un 30 %. En España disponemos de evolocumab (a partir de 10 años en casos de HFHe y HFHo) y alirocumab (a partir de los 8 años en HFHe). Son utilizados en niños que no responden a tratamiento a dosis máximas toleradas de estatinas o bien cuando surgen contraindicaciones para el empleo de estas. Habitualmente, se administran por vía subcutánea cada 2-4 semanas. Son fármacos relativamente seguros, limitando sus efectos adversos a reacciones locales, artralgias, mialgias, cefalea y posible aumento de cuadros respiratorios del tracto superior.

Formas específicas

HFHe

Se recomienda seguimiento por un especialista pediátrico con experiencia en dislipemias. En la mayoría de las ocasiones, va a ser preciso combinar terapia farmacológica con medidas dietéticas. Como se ha comentado, el tratamiento médico de elección serán las estatinas. La elección de esta dependerá de la edad del paciente, así como de la experiencia del centro. Una aproximación inicial sería pautar rosuvastatina a la dosis de 5 mg/día a partir de los seis años. Podría incrementarse hasta una dosis máxima de 10-20 mg/día (en función de la edad), con el objetivo de descender los valores de C-LDL por debajo de 160 mg/dl. Aunque, como se ha comentado previamente, deberemos abogar por una medicina de precisión adaptada a cada paciente(1). En función del grado de respuesta, podrá considerarse la adición de ezetimiba a dosis de 10 mg/día(2). Los inhibidores de PCSK9 pueden ser una buena opción en caso de mala tolerancia a las estatinas o dificultad para conseguir los objetivos planteados. Debe transmitirse la importancia a la familia de una buena adherencia al tratamiento junto con el mantenimiento de las recomendaciones dietéticas y de ejercicio físico.

HFHo

El seguimiento debe ser en un centro especializado en dislipemias primarias y con posibilidad de realizar aféresis. En estos casos, la respuesta al tratamiento va a depender de la actividad residual del receptor LDL (en los pacientes con actividad residual nula, los inhibidores de PCSK9 no serán eficaces). Desde el diagnóstico va a ser necesaria la combinación de terapia de estatina con fármacos de segunda o tercera línea, consiguiendo una reducción del 20-30 % de C-LDL. Por ello, en la mayoría de las ocasiones, será necesaria la posibilidad del tratamiento con aféresis, pudiendo iniciarse esta a partir de los 5 años y no más tarde de los 8 años, que de forma quincenal puede reducir hasta un 75 % la cifra de C-LDL. Esta respuesta a la aféresis ha condicionado un enorme cambio en el pronóstico vital de estos pacientes. En última instancia, conviene apuntar que son pacientes que pueden tener que recurrir al trasplante hepático.

Hipertrigliceridemia

El tratamiento inicial consistirá en implementar las recomendaciones dietéticas anteriormente mencionadas, con especial hincapié en el consumo de pescado, incluyendo pescado azul (sardina, salmón, atún, caballa, etc.), restringiendo bollería industrial, grasa de origen animal y azúcares refinados.

Si a pesar de la implementación de las medidas anteriormente comentadas la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 200 mg/dl, se recomienda la suplementación con ácidos grasos ω-3 que contengan ácido eicosapentanoico (EPA) y ácido docosahexaenoico (DHA). De entrada, dosis 500-1.000 mg/día y comprobar respuesta (pueden reducir las cifras de triglicéridos hasta en un 45 %).

Si a pesar de ambas medidas la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 200 mg/dl y se constata una elevación de CT y C-LDL, deberemos sospechar una hiperlipemia familiar combinada y sería recomendable añadir una estatina a los suplementos con ácidos grasos ω-3.

Si a pesar de la implementación de medidas higiénico-dietéticas junto con suplementos de ácidos grasos ω-3 la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 500 mg/dl, deberá plantearse el tratamiento con fibratos, siendo fenofibrato el más utilizado a dosis de 70-145 mg/día (máximo 200 mg/día). Estos fármacos presentan frecuentes y notables efectos adversos: rabdomiolisis, hipertransaminasemia, dispepsia, anemia, etc. No obstante, el elevado riesgo existente de desarrollar pancreatitis cuando se manejan estos valores de triglicéridos podría justificar el inicio de esta terapia. Por otra parte, conviene apuntar que, en estos casos, con cifras tan elevadas de triglicéridos, existe una mayor probabilidad de hipertrigliceridemia de causa genética. Por ello, los antecedentes familiares resultan relevantes para orientar el estudio genético.

Función del pediatra de Atención Primaria

Resulta fundamental en la detección de estos pacientes en una edad clave para la medicina preventiva, apoyándose en las estrategias de cribado descritas anteriormente. Así pues, es importante el despistaje de los pacientes candidatos a estudio genético e inicio de un tratamiento médico precoz.

Como función aún más relevante, está la de impartir hábitos de alimentación y ejercicio adecuados, siendo el primer escalón en cualquier tipo de hipercolesterolemia pediátrica.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Lectura fundamental para la formación completa en el estudio de dislipemia, hincapié especial en orientación diagnóstica y tratamiento.

– Mainieri F, Tagi VM, Chiarelli F. Recent Advances on Familial Hypercholesterolemia in Children and Adolescents. Biomedicines. 2022; 10: 1043.

Actualización en nuevos tratamientos, junto con pautas en el manejo de formas familiares.

– Fogacci F, ALGhasab NS, Di Micoli V, Giovannini M, Cicero AFG. Cholesterol-Lowering Bioactive Foods and Nutraceuticals in Pediatrics: Clinical Evidence of Efficacy and Safety. Nutrients. 2024; 16: 1526.

Amplia revisión de la bibliografía existente sobre suplementos en edad pediátrica.

Caso clínico

 

Motivo de consulta: acuden los padres de un niño de 7 años al Centro de Salud, solicitando información, ya que ambos refieren tener hipercolesterolemia y dudan de posible afectación en sus hijos.

Antecedentes familiares: madre: 35 años, con normopeso, hipercolesterolemia diagnosticada desde los 25 años, en tratamiento con estatinas desde los 28 años (último control: CT: 245 mg/dl; C-LDL: 178 mg/dl), sin otra patología de interés. Padre: 38 años, sobrepeso, hipercolesterolemia (último control: CT: 215 mg/dl; LDL: 143 mg/dl), en tratamiento con dieta exclusivamente, sin otra patología de interés.

Abuela materna: tuvo infarto de miocardio a los 54 años, en tratamiento con estatinas desde los 30 años.

Antecedentes personales: niño sano, bien vacunado, sin alergias conocidas.

Exploración física: peso: 28 kg (p50-75); talla: 126 cm (p50-75); IMC: 17,64 kg/m2 (p50-75); TA: 105/64 mm Hg; no presenta lesiones cutáneas ni alteraciones oculares, estadio de Tanner I.

Mediante cribado selectivo, se solicita estudio de perfil lipídico a través de un control analítico con ayunas de 12 horas, en el que se objetiva: CT: 287 mg/dl; C-LDL: 198 mg/dl; HDL: 67 mg/dl; triglicéridos: 75 mg/dl; perfil tiroideo: normal; glucosa basal: 95 mg/dl; y HbA1c: 5,4 %.

Decide enviarle a unidad especializada en lípidos, donde refieren los familiares que también le han iniciado tratamiento farmacológico.

 

 

algoritmo

 

 

Dyslipidemias

Topics on
Continuous Training


A. Parra Rodríguez, L. Soriano Guillén

Pediatric Endocrinology Unit. Pediatric Service. Fundación Jiménez Díaz – Biomedical Research Institute. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid

Abstract

Dyslipidemia is a major public health problem. Therefore, since the onset of the atherosclerotic process is known to occur early in children and is a key factor in cardiovascular morbidity and mortality in adulthood, it is essential to identify by means of population screening which patients are susceptible to diagnosis and thus to initial treatment of hypercholesterolemia. All this constitutes a great challenge for reducing cardiovascular mortality in the developed world, where the primary care pediatrician plays a key role. The aim of this review is to provide information on the basic hygienic and dietary measures for these patients, as well as first-line medical treatment. New therapies for the treatment of familial dyslipidemias are also discussed.

 

Resumen

Las dislipemias constituyen un problema de salud pública de primer orden. De esta forma, conociendo que el inicio del proceso aterosclerótico aparece ya de forma temprana en los niños y es un factor clave en la morbimortalidad cardiovascular en la vida adulta, resulta fundamental identificar mediante un cribado poblacional qué pacientes son susceptibles de un diagnóstico y con ello la instauración de un tratamiento precoz. Todo ello constituye un gran reto para reducir la mortalidad cardiovascular en el mundo desarrollado, donde el pediatra de Atención Primaria resulta clave. Mediante la presente revisión pretendemos dar a conocer las medidas higiénico-dietéticas básicas para estos pacientes, así como el tratamiento médico de primera línea. Asimismo, se comentan las nuevas terapias destinadas al tratamiento de las dislipemias familiares.

 

Key words: Dyslipidemia; Hypercholesterolemia; Screening; Statins.

Palabras clave: Dislipemia; Hipercolesterolemia; Cribado; Estatinas.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 188 – 196

 


• To be familiar with the normal lipid profile values by age group.

• To highlight the importance of early detection of familial dyslipidemias.

• To list the criteria for suspected genetic forms.

• To manage hypercholesterolemia in Primary Care and to identify the need for specialist assessment.

• To provide advice on the basic hygienic and dietary measures for these patients.

• To emphasize the indications and adverse effects of first-line treatments, as well as the use of second and third choice drugs.


 

 

Dyslipidemias

https://doi.org/10.63149/j.pedint.33

 

Introduction

Generally, dyslipidemia is defined as the following: total cholesterol ≥200 mg/dL, LDL-C ≥130 mg/dL, triglycerides ≥130 mg/dL, and HDL-C ≤45 mg/dL. However, it is important to note that the aforementioned parameters vary with age, particularly during puberty, and are influenced by sex. The atherosclerotic process begins at an early age when exposed to very high cholesterol levels. Therefore, classifying and diagnosing these patients is essential for the early initiation of healthy habits and pharmacological treatment, preventing the development of cardiovascular disease in adulthood.

Dyslipidemia is considered to be a value above the p95 for age and sex for total cholesterol (TC), low-density lipoproteins (LDL-C), triglycerides (TG) and below the p10 for high-density lipoproteins (HDL-C). As a guideline, TC ≥200 mg/dl, LDL-C ≥130 mg/dl, TG ≥130 mg/dl and HDL-C ≤45 mg/dl (Table I).

Plasma lipoprotein levels vary throughout childhood and adolescence. From birth, lipoprotein levels rise very slowly until they stabilize at age four, remaining almost unchanged during the prepubertal stage. Subsequently, TC and LDL-C levels decrease by up to 10% during the first years of puberty. These levels then rise at the end of puberty, stabilizing at adult levels after age 20. This increase is more attenuated in women.

HDL-C has a marked and sustained decline in males during puberty, which, together with the greater increase in LDL-C, contributes to a more atherogenic pattern during adulthood.

Sustained exposure to elevated cholesterol levels, predominantly LDL-C, combined with environmental factors from an early age, manifests as small lipid striations in the arterial wall. These progress to thickening of the vascular intima and media, leading to an inflammatory process that causes atherosclerotic plaque, the main etiology of cardiovascular disease (CVD), which, in turn, is the leading cause of death in the developed world. Similarly, lowering cholesterol levels from an early age has demonstrated the reversibility of these initial structural alterations and a reduction in cardiovascular events in adulthood.

Although the onset of CVD before the age of 20 is uncommon, screening the pediatric population for the detection of genetically based dyslipidemia is important, since familial hypercholesterolemia is highly prevalent in our setting.

Early identification of these patients and the establishment of early treatment are essential pillars of preventive medicine for children and adults. If we add campaigns aimed at preventing smoking and excess weight, promoting physical exercise, and the early detection and treatment of high blood pressure, all of this contributes to a significant reduction in cardiovascular morbidity and mortality, improving quality of life and life expectancy(1).

Etiology

Among the primary forms, the polygenic form stands out as the most common, but familial forms should be recognized due to the importance of early diagnosis. Secondary forms, also common, should always be included in the differential diagnosis.

Dyslipidemias are classified into primary forms, of genetic origin, and those secondary to a pathology or exogenous factors.

Primary forms

• Familial hypercholesterolemia (FH): of monogenic basis, with autosomal dominant inheritance, caused by mutations in the gene that codes for the C-LDL receptor in approximately 90% of cases (more than 2,000 mutations have been described, the severity of which depends on the amount of residual activity of the receptor). Much less frequently, mutations in ApoB, PCSK9 and LDLRAB1 have been described (which contribute to the decrease in c-LDL receptors in the hepatocyte or to its malfunction)(2). A negative genetic study does not exclude the diagnosis, if it is very suggestive.

– Heterozygous familial hypercholesterolemia (HeFH): autosomal dominant inheritance, prevalence of approximately 1 in 215-300 people. It should be suspected in patients with LDL-C ≥160-190 mg/dl along with a family history of cardiovascular events and/or hypercholesterolemia, plus skin or corneal lesions (these are often not present in children)(3).

– Homozygous familial hypercholesterolemia (HoFH): autosomal recessive inheritance, approximate prevalence 1 in 400,000-1,000,000, its suspicion is based on LDL-C levels >330 mg/dL, skin lesions evident before the age of 10, and a history of both parents compatible with HeFH. The severity of the condition and the response to treatment will be guided by the residual activity of the LDL-C receptor, depending on the affected gene and the type of mutation. They usually develop atherosclerosis in the 1st or 2nd decade of life and die before the age of 30, if untreated.

• Polygenic: the most common, affecting 4-8% of the population, they present elevated LDL-C levels (130-160 mg/dL) and usually a family history of similar cholesterol levels. Currently, there is no known genetic basis. There is speculation about the interaction of several genes with environmental factors. Its onset usually occurs later than in the previous forms.

• Familial combined hypercholesterolemia: autosomal dominant inheritance, with more heterogeneous genetics, they usually present the combination of elevated TC, TG, LDL-C and apoB100 together with a first-degree relative with CVD and similar laboratory tests.

• Much less frequent:

– Sitosterolemia: autosomal recessive inheritance with an affected ABCG5/8 gene, involved in the intestinal transporter of non-esterified cholesterol. They present very high levels of plasma phytosterols along with elevated cholesterol levels. They are characterized by the early appearance of xanthomas. They respond well to dietary measures and treatments such as resins or ezetimibe.

– Dysbetalipoproteinemia: of autosomal recessive inheritance, they present elevated cholesterol and triglycerides due to alteration in the Apo E gene.

– Familial hyperchylomicronemia: in most cases, it is due to alterations in the lipoprotein lipase gene. It is characterized by very high triglyceride levels, which greatly increases the risk of hepatosplenomegaly and pancreatitis(4).

Secondary forms

The treatment will be directed towards the etiology of the pathologies that cause it (Table II).

 

Diagnosis

Screening

The benefit of an effective screening strategy lies in identifying patients with genetic forms for early treatment initiation and identification of at-risk relatives. Currently, a combination of universal screening before puberty with cascade screening would be desirable.

There are different screening strategies:

• Universal: it attempts to reach the entire population, recommended for ages 9-11 or after 17, acknowledging that 90% of FH cases can be detected(5).

• Selective: only if there is a history of cardiovascular events or familial hypercholesterolemia, or if the patient has risk factors (obesity, hypertension, smoking habits or other causes of secondary dyslipidemia). It is estimated that 60% of cases can be diagnosed using this model.

• Cascade screening: studying first-degree relatives for whom the genetic alteration is known. Considered the most cost-effective model.

• Reverse cascade: in the case where the child is the index case, the study of the parents is proposed in view of the suspicion of familial hypercholesterolemia.

• Opportunistic screening: targeting lipid abnormalities incidentally in the context of studying another pathology, estimating that approximately <10% of familial forms are identified.

Today, there is still considerable controversy between European and American models for establishing a cost-effective dyslipidemia screening strategy, without sufficient evidence to determine a model and the age at which it should be performed(6-8). It is estimated that it is performed by 9% of primary care physicians(9).

The most widely accepted strategy appears to be one that combines cascade and universal screening before puberty (9-11 years of age)(10); selective screening is considered only before age 9 or during puberty (Table III). Other authors consider that the best time for screening may be before age 9; however, the vast majority do not start drug treatment before that age(9).

Although the usefulness of selective screening is clear, relying on it alone would limit the number of patients recruited, since many relatives are unaware of their lipid profile and have not yet developed CVD, if they are young parents(1).

Diagnostic guidance

After diagnosing dyslipidemia, it is essential to identify cases of familial hypercholesterolemia. These patients should be referred to a specialist to consider the appropriateness of drug treatment.

Following one of the screenings described above, a child/adolescent with suspected dyslipidemia is identified. After a detailed history and a focused physical examination, we must try to differentiate between primary and secondary dyslipidemia.

The history will collect the following data:

• Family history: primary dyslipidemia (known or suggestive genetic cause with LDL-C ≥190 mg/dl), cardiovascular diseases (age of onset, giving importance to men under 55 years of age and women under 65 years of age).

• Personal history: pathology causing secondary dyslipidemia or chronic pathology that increases cardiovascular risk (obesity, diabetes, high blood pressure, among others).

Within the physical examination, the following will be of great importance:

• Anthropometric data: weight, height, and body mass index. We will calculate percentiles and Z-score.

• Blood pressure.

• Skin lesions: tendon xanthomas (more frequent in extensor tendons, such as the Achilles tendon), tuberous xanthomas (in elbows and knees), plantar or palmar xanthomas, xanthelasmas in the eyelid region or corneal arcus lesions.

Initially, a blood test will be requested, including a complete lipid profile (TC, TG, HDL-C and LDL-C) together with lipoprotein A if available (especially in family cases or events), useful as a predictor of premature cardiovascular events, maintaining similar levels in childhood and adulthood(1).

Non-HDL cholesterol (TC minus HDL-C) can be a very practical marker, as it is a value independent of fasting, and provides information on all “atherogenic” lipoproteins. It is currently used as an additional cardiovascular risk parameter. Thus, a high value of ≥145 mg/dL is considered elevated.

In the event of elevated levels or those at the limit of the ranges suggested below, where interindividual variability (up to 20% of the normal value) must be assessed, it is advisable to repeat the analysis (between 3 and 6 months later), ensuring strict fasting conditions (at least 12 hours, knowing that this particularly affects triglycerides), with initial guidance on diet and exercise, and within a two-month period free of acute illness and/or surgery. In addition, kidney and liver function, total protein/albumin, and thyroid function will be assessed (see Algorithm at the end of the article).

Based on the history, physical examination, and laboratory data, we may have the following suspicions:

• Secondary dyslipidemia.

• Primary dyslipidemia:

– Polygenic hypercholesterolemia: slightly elevated LDL-C values (130-160 mg/dl), with similar levels in family members.

– HeHF: LDL-C values greater than 190 mg/dl, with familial cases of both marked hypercholesterolemia and CVD, may be associated with skin/eye lesions.

– HoFH: LDL-C values greater than 500 mg/dl, family history compatible with or diagnosed with HeFH/HoFH, and present skin/ocular lesions.

Various clinical scoring systems have been used to detect familial hypercholesterolemia (Table IV)(2). In our setting, the criteria proposed by the Dutch Lipid Clinic Network(2), recommended by the WHO, have been most frequently used, extrapolated to pediatric patients. In recent years, genetic diagnosis has been incorporated into these clinical scales. It should be noted that these scoring systems are also used in most Spanish autonomous communities to request a reduction in the price of pharmacological treatment.

If familial hypercholesterolemia is suspected, these patients should be referred to a hospital with a pediatric specialist experienced in the treatment of dyslipidemia, as they will likely require medical treatment from the moment of diagnosis.

Which patients would be recommended for genetic testing? Based on the most recent scientific evidence, genetic testing would be advisable for all patients with a high probability of familial hypercholesterolemia(2). If there is a first-degree family history of genetic mutations causing FH, genetic testing should be directed. Furthermore, genetic analysis can determine the residual activity of the LDL receptor, facilitating the implementation of personalized medicine(3).

Treatment

After confirming our patient’s dyslipidemia, it is advisable to refer to specialized consultations in the following cases (see Algorithm at the end of the article):

• LDL-C values ≥190 mg/dl.

• LDL-C values ≥160 mg/dl with a family history of dyslipidemia or CVD and/or chronic disease (obesity, diabetes mellitus, chronic kidney disease, organ transplant, and history of Kawasaki disease with aneurysms).

• As long as they have a known genetic defect.

In patients with LDL-C ≥130 mg/dL, it seems reasonable to continue follow-up in Primary Care, with a repeat laboratory checkup in 6-12 months after implementing health and dietary measures and reviewing the patient’s current level of physical activity. Along these lines, we recommend considering supplementation with plant sterols.

In the various guidelines on familial hypercholesterolemia in childhood and adolescence, the goal is to achieve LDL-C levels below 130 mg/dL. In our opinion, each patient should be treated individually, taking into account genetic factors, family history of CVD, and the presence of chronic disease. The most effective possible dose of the drug used without adverse effects should also be considered.

Nutritional and exercise recommendations

Although drug therapy is necessary in the vast majority of cases, dietary measures and physical exercise should be a fundamental pillar at all stages of treatment.

• Diet: it can reduce LDL-C by 10-15%. It should be indicated as a general measure in children from the age of two, along with the goal of maintaining BMI within normal ranges (<85p).

Two levels of restrictive diets can be established, being the most basic level (based on CHILD –1 recommendations):

– Fats should be 25-30% of total calories.

– Saturated fatty acids: 8-10% of total calories.

– Polyunsaturated fatty acids: 10% of total calories.

– Monounsaturated fatty acids: 10% of total calories.

– Trans fatty acids: <1%.

– Cholesterol: <300 mg/day.

After 3-6 months on this diet, you can consider moving to a second level of restriction (based on CHILD-2 guidelines), not being used routinely due to its difficult adherence:

– Fats should be <25% of total calories.

– Saturated fatty acids: <7% of total calories.

– Polyunsaturated fatty acids: 10% of total calories.

– Monounsaturated fatty acids: 10% of total calories.

– Trans fatty acids: <1%.

– Cholesterol: <200 mg/day.

Restrictive diets, mainly CHILD-2, present enormous adherence problems and can sometimes lead to an abnormal eating behavior. Therefore, for most authors today, nutritional advice based on food choices is more useful:

– Reduce consumption of red meat to once a week. Currently, there is no scientific consensus on egg consumption. In our opinion, it would be reasonable not to exceed 4 units per week (although the amount of egg whites could be increased).

– Eat fish twice a week, one of which should include blue fish.

– Avoid cooking in oil, prioritizing grilling, steaming, or boiling. Limit batters or sauces.

– Remove visible fat from food.

– Skimmed dairy products from the age of two.

– Prioritize the use of vegetable oils, especially olive oil. Very occasional consumption of butter and margarine.

– Consume fruits, vegetables, and whole grains daily. Include legumes and nuts several times a week, ensuring your daily intake of 6-20 g of fiber.

– Restrict refined sugars and added salt.

– Restrict the consumption of pastries, snacks, sausages, industrial pastries and pre-cooked/processed foods.

• Nutritional supplements:

– Sterols/plant stanols: in addition to those naturally present in the diet and enriched foods, their use as supplements from the age of 6, at doses of 1.5-2.2 g/day, decreases intestinal fat absorption if used during main meals. Different clinical trials have demonstrated their usefulness, since they are capable of reducing LDL-C values by 8-16% in addition to the implemented diet. They have no significant side effects, and the concomitant intake of fat-soluble vitamins in the diet should be ensured(12). In our experience, the use of plant sterols together with nutritional recommendations is a very effective measure in the treatment of polygenic hypercholesterolemia.

– ω-3 acids at high doses can be useful in the treatment of hypertriglyceridemia. Paradoxically, on occasions, they can produce elevation of LDL-C.

– If dietary measures are followed, it is not necessary to add fiber supplements(13).

– Currently, there is not enough scientific evidence to systematically recommend supplementation with garlic, soy derivatives, red yeast rice or probiotics in the pediatric age(14).

• Exercise: ensure moderate-intensity aerobic activity a minimum of three days per week (ideally five) lasting 60 minutes each. It is also advisable to combine this with strength training if the child is mature enough. In short, non-sedentary activities should be encouraged.

• Prevention of non-exposure and initiation of tobacco habit and alcohol abuse is essential.

Medical treatment (Table V)

 

Indicated if:

• LDL-C ≥190 mg/dl.

• LDL-C ≥160 mg/dl with family history of dyslipidemia or premature CVD.

• LDL-C ≥160 mg/dl with risk factors (obesity, diabetes mellitus, chronic kidney disease, organ transplant, and Kawasaki disease with aneurysms).

Statins are the first-line treatment. These drugs inhibit the HMG-CoA reductase enzyme, decreasing hepatic cholesterol biosynthesis and reducing LDL-C receptors on the cell membrane. They can reduce LDL-C levels by up to 50%, secondarily triglycerides by 30%, and increase HDL-C levels by 10%.

The FDA (US Food and Drug Administration) and the EMA (European Medicines Agency) have approved rosuvastatin and pitavastatin for use in children 6 years and older, pravastatin for children 8 years and older, fluvastatin for children 9 years and older, and atorvastatin and simvastatin for children 10 years and older.

It should be started with the lowest possible dose, preferably at bedtime, monitoring its effect after two months and, subsequently, every 6 months, including the transaminase and creatine kinase profile in the analysis, given the possible appearance of adverse effects at the muscular and hepatic level (a 3-fold increase in the transaminase level or 10-fold the previous CPK level is an indication to suspend treatment with statins and consider resuming treatment after two weeks of absence of symptoms).

The occurrence of adverse effects is much more common in adults, especially due to interactions with other drugs. It should be noted that no impact on growth, pubertal development, or absorption of fat-soluble vitamins has been demonstrated; however, there is controversy in the literature regarding a possible increased predisposition to type 2 diabetes. They should not be used during breastfeeding or pregnancy(15).

If the use of statins at maximum doses does not improve the lipid profile or if the treatment is not well tolerated, second-line drugs may be used:

• Ezetimibe: Selectively inhibits intestinal absorption of both dietary and biliary cholesterol (NPC1L1 blockade). It reduces LDL-C levels by 20-27% in monotherapy, with reports of up to 90% reduction in LDL-C when combined with statins. It can be used from the age of 10, usually at a dose of 10 mg/day, regardless of food intake. The main adverse effects are diarrhea and abdominal pain.

• Ion-exchange resins: by interfering with bile acid absorption, they reduce LDL-C by 10-20%. They can be started from age 6 (colestipol and cholestyramine) or 10 (coleveselam), preferably before dinner. They are very safe options due to the lack of drug absorption; however, adherence is very difficult due to their poor palatability. Because the absorption of other drugs is impaired, they are often used as monotherapy, and the absorption of fat-soluble vitamins must also be monitored.

As a third-line treatment in pediatric patients, PCSK9 inhibitors are available. These monoclonal antibodies act on this protein in the liver, reducing the number of LDL receptors that are targeted for degradation and, consequently, increasing its availability in the membrane. Different studies have shown LDL-C reductions ranging from 24% to 30%. In Spain, evolocumab (from 10 years of age in cases of HeFH and HoFH) and alirocumab (from 8 years of age in cases of HeFH) are available. They are used in children who do not respond to treatment at maximum tolerated doses of statins or when contraindications to their use arise. They are usually administered subcutaneously every 2-4 weeks. They are relatively safe drugs, limiting their adverse effects to local reactions, arthralgia, myalgia, headache, and a possible increase in upper respiratory symptoms.

Specific forms

HeFH

Follow-up by a pediatric specialist with experience in dyslipidemia is recommended. In most cases, a combination of drug therapy and dietary measures will be necessary. As mentioned, the medical treatment of choice will be statins. The choice of these will depend on the patient’s age and the experience of the center. An initial approach would be to prescribe rosuvastatin at a dose of 5 mg/day starting at age six. This could be increased to a maximum dose of 10-20 mg/day (depending on age), with the goal of lowering LDL-C levels below 160 mg/dL. However, as previously mentioned, we should advocate for precision medicine tailored to each patient(1). Depending on the degree of response, the addition of ezetimibe at a dose of 10 mg/day may be considered(2). PCSK9 inhibitors may be a good option in cases of poor tolerance to statins or difficulty achieving the set goals. The importance of good adherence to treatment, along with maintaining dietary and exercise recommendations, should be communicated to the family.

HoFH

Follow-up should be in a center specializing in primary dyslipidemias, with the option of performing apheresis. In these cases, the response to treatment will depend on the residual LDL receptor activity (in patients with zero residual activity, PCSK9 inhibitors will not be effective). From the moment of diagnosis, a combination of statin therapy with second- or third-line drugs will be necessary, achieving a 20-30% reduction in LDL-C. Therefore, in most cases, apheresis treatment will be necessary. This can be initiated as early as 5 years and no later than 8 years, and biweekly treatment can reduce LDL-C levels by up to 75%. This response to apheresis has led to a significant change in the prognosis of these patients. Ultimately, it is important to note that these patients may require liver transplantation.

Hypertriglyceridemia

Initial treatment will consist of implementing the aforementioned dietary recommendations, with special emphasis on fish consumption, including oily fish (sardines, salmon, tuna, mackerel, etc.), and restricting processed baked goods, animal fats, and refined sugars.

If, despite implementing the aforementioned measures, triglyceride levels remain above 200 mg/dL, supplementation with ω-3 fatty acids containing eicosapentaenoic acid (EPA) and docosahexaenoic acid (DHA) is recommended. Initially, use a dose of 500-1,000 mg/dL and monitor for response (they can reduce triglyceride levels by up to 45%).

If, despite both measures, the triglyceride level remains above 200 mg/dl and an elevation in TC and LDL-C is observed, we should suspect familial combined hyperlipidemia and it would be advisable to add a statin to the ω-3 fatty acid supplements.

If, despite implementing health and dietary measures along with ω-3 fatty acid supplements, triglyceride levels remain above 500 mg/dL, treatment with fibrates should be considered. Fenofibrate is the most commonly used at doses of 70-145 mg/day (maximum 200 mg/day). These drugs have frequent and significant adverse effects: rhabdomyolysis, hypertransaminasemia, dyspepsia, anemia, etc. However, the high risk of developing pancreatitis with these triglyceride levels may justify starting this therapy. Furthermore, it should be noted that in these cases, with such high triglyceride levels, there is a greater likelihood of genetically caused hypertriglyceridemia. Therefore, family history is important in guiding genetic testing.

Role of the Primary Care pediatrician

It is essential to detect these patients at a key age for preventive medicine, based on the screening strategies described above. Therefore, it is important to screen patients who are candidates for genetic testing and initiate early medical treatment.

An even more important function is to teach proper eating and exercise habits, which is the first step in any type of pediatric hypercholesterolemia.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

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The asterisks indicate the authors’ opinion of the article’s interest.

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Update on new treatments, along with guidelines for managing familial forms.

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Extensive review of the existing literature on supplements in pediatric age.

Clinical case

Reason for consultation: the parents of a 7-year-old boy came to the Health Care Center, requesting information, since both report having hypercholesterolemia and were unsure of any possible effects on their children.

Family history: mother: 35 years old, normal weight, diagnosed with hypercholesterolemia at age 25, treated with statins since age 28 (last check-up: TC: 245 mg/dl; LDL-C: 178 mg/dl), with no other pathology of interest. Father: 38 years old, overweight, hypercholesterolemia (last check-up: TC: 215 mg/dl; LDL: 143 mg/dl), treated exclusively with diet, with no other pathology of interest.

Maternal grandmother: suffered a myocardial infarction at age 54 and was on statin therapy since age 30.

Personal background: healthy child, well vaccinated, with no known allergies.

Physical examination: weight: 28 kg (50-75 kg); height: 126 cm (50-75 kg); BMI: 17.64 kg/m2 (50-75 kg); BP: 105/64 mm Hg; no skin lesions or eye abnormalities, Tanner stage I.

A 12-hour fasting lipid profile was performed through a selective screening test, which revealed: TC: 287 mg/dl; LDL-C: 198 mg/dl; HDL: 67 mg/dl; triglycerides: 75 mg/dl; thyroid profile: normal; basal glucose: 95 mg/dl; and HbA1c: 5.4%.

The primary care pediatrician decides to send him to a specialized lipid unit, where his family members say they have also started drug treatment.

 

Alimentación en el niño hasta los dos años de edad

 

E. Guerra Vilches, M.P. González Rodríguez
Temas de FC


E. Guerra Vilches, M.P. González Rodríguez

Pediatras de Atención Primaria. Centro de Salud Barrio del Pilar. Madrid

X

Autor para correspondencia

eguerra.vilches@gmail.com

Resumen

Durante los primeros años de vida ocurren grandes cambios tanto en el desarrollo físico como en el neurodesarrollo, donde la alimentación desempeña un papel fundamental. Desde la lactancia en los primeros seis meses hasta la incorporación de nuevos alimentos, se desarrollan habilidades como masticar, utilizar las manos e integrarse en la dinámica familiar durante las comidas. La alimentación complementaria incluye todos aquellos alimentos no lácteos que aportan nutrientes esenciales para el crecimiento. Durante el primer año de vida el ritmo de desarrollo es muy rápido, mientras que en el segundo año este proceso se desacelera. Es común que el apetito del niño varíe en esta etapa, por lo que es crucial fomentar buenos hábitos alimentarios, como compartir las comidas en familia, evitar forzar al niño a comer y respetar sus señales de saciedad. Una dieta saludable y variada debe incluir proteínas, cereales integrales, frutas, verduras y lácteos. Se recomienda evitar alimentos azucarados, ultraprocesados y con bajo valor nutricional. Existen herramientas para que el pediatra evalúe el desarrollo del niño y su dieta y poder proporcionar información a las familias sobre recursos electrónicos de utilidad.

 

Abstract

During the first years of life, great changes occur in both physical development and neurodevelopment, where food plays a fundamental role. From breastfeeding during the first six months to the incorporation of new foods, skills such as chewing, using the hands and integrating into the family dynamics during meals are developed. Complementary feeding includes all those non-dairy foods that provide essential nutrients for growth. During the first year of life the pace of development is very fast, while in the second year this process slows down. It is common for the child’s appetite to vary at this stage, so it is crucial to encourage good eating habits, such as sharing meals as a family, avoiding forcing the child to eat and respecting their satiety signals. A healthy and varied diet should include protein, whole grains, fruits, vegetables, and dairy. Avoiding sugary, ultra-processed foods with low nutritional value is recommended. There are tools for the pediatrician to evaluate the child’s development and diet and to be able to provide information to families about useful electronic resources.

 

Palabras clave: Nutrición infantil; Alimentación complementaria; Recomendaciones nutricionales; Alimentación dirigida por el bebé.

Key words: Infant nutrition; Complementary feeding; Nutritional recommendations; Baby led weaning.

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 94 – 101


OBJETIVOS

• Conocer las bases de una nutrición saludable en los primeros años.

• Informar de los aspectos actuales en alimentación infantil.

• Aprender a utilizar los recursos y herramientas para valorar la alimentación y el estado nutritivo en la consulta.

• Conocer y utilizar recursos disponibles para las familias.

 

Alimentación en el niño hasta los dos años de edad

https://doi.org/10.63149/j.pedint.16

 

Introducción

Los hábitos alimentarios saludables se construyen en los primeros años.

La alimentación en la primera infancia desempeña un papel fundamental en el crecimiento y desarrollo de los niños. A esta edad, se forman los hábitos alimentarios saludables. La lactancia materna, que favorece el crecimiento adecuado y mejora el desarrollo cognitivo, reduce el riesgo de sobrepeso, obesidad y enfermedades crónicas. La alimentación complementaria supone el cambio de succión a la ingesta de alimentos sólidos y promueve el desarrollo físico, neurológico y cognitivo.

Una dieta equilibrada protege contra la malnutrición y contribuye a prevenir enfermedades cardiovasculares, diabetes, obesidad y ciertos tipos de cáncer. En el desarrollo de los hábitos influyen la calidad y cantidad de alimentos ofrecidos, la relación emocional asociada a la comida y los patrones diarios.

En los últimos años, los cambios culturales y de estilo de vida han alterado los patrones de alimentación. El aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares libres y con bajo valor nutricional, desplaza opciones tradicionales y saludables, como la dieta mediterránea u otras propias de diferentes culturas.

Desarrollo del niño en los dos primeros años

En este periodo, el niño tiene un gran desarrollo físico, neurológico y social, una gran velocidad de crecimiento y un metabolismo acelerado.

Los primeros meses de vida son un momento crítico para el desarrollo del niño, donde una alimentación inadecuada puede provocar deficiencias nutricionales que condicionen negativamente el desarrollo.

El niño precisa ir adquiriendo hitos que le permitan modificar la alimentación basada en líquidos para ingerir sólidos. Los tres primeros años de vida constituyen la etapa más importante del neurodesarrollo(1).

En este periodo, el crecimiento es muy rápido: el peso al nacimiento se duplica entre los 4 y 6 meses, se triplica al año y se cuadriplica a los dos años. La talla aumenta 2 cm por mes durante el primer año y entre 10-12 cm el segundo año. En general, los lactantes pierden peso durante los primeros días, hasta un 8 %, y, progresivamente, recuperan el peso del nacimiento hacia el 10º-15º día.

Algunos niños pueden tener más dificultad en establecer una ganancia mantenida, en los que, sin embargo, las deposiciones, las micciones y las tomas son adecuadas.

Desde los 6 meses, aumenta la masa grasa con relación al conjunto corporal, condicionada por una mayor ingesta (pasa de 20 a 200 ml de capacidad gástrica en pocos meses). Pasados los dos años, la ganancia ponderal se estabiliza y el ritmo disminuye respecto a los primeros meses de vida(2).

Necesidades nutricionales

Energía

Los requerimientos energéticos dependen de la edad y otras características del niño (Tabla I), que condicionan la cantidad de veces que se alimenta, la preferencia por alimentos de diferente densidad energética o el tamaño de las porciones ingeridas gracias a la capacidad del lactante para autorregularse(3,4).

tabla

 

Macronutrientes

• Hidratos de carbono: representan el 40-50 % de las calorías totales en los primeros meses, aumentando hasta un 60 % al año de vida.

• Lípidos: el aporte disminuye hasta el 35-40 % del valor calórico total (VCT) al año de vida. Se prioriza el consumo de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (LC-PUFA), como el ácido docosahexaenoico y el linoleico, esenciales para el adecuado neurodesarrollo, procedentes de aceites vegetales y pescado, o el araquidónico, procedente de la carne roja, así como insaturadas o monoinsaturadas. Las grasas saturadas, procedentes de fuentes animales, se limitarán a un 10 % del total calórico.

• Proteínas: el 10 % de las calorías diarias (10-13 gramos/día), no excediendo el 15 % del VCT por el riesgo obesogénico de las dietas ricas en proteínas en la infancia temprana, como sugieren algunos estudios(5,6).

• Fibra: hasta 10 gramos/día al año de vida: cereales, fruta y verdura.

• Líquidos: 100 ml/kg/día a partir de los seis meses, predominando la lactancia y el consumo de agua frente a zumos o bebidas azucaradas(7).

Micronutrientes

Las ingestas recomendadas son orientativas, y deben adaptarse a las necesidades de cada niño y a las posibles carencias nutricionales previas (prematuridad, retraso del desarrollo psicomotor, enfermedad crónica del niño o de la madre, grado de madurez, dietas restrictivas) (Tabla II).

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Hitos del desarrollo alimentario

La aparición de hitos, como la sedestación estable y la coordinación mano-boca, son esenciales para introducir los alimentos sólidos.

Inicialmente, el lactante posee un patrón alimentario sencillo, caracterizado por la succión y deglución y los movimientos en avance-retroceso de la lengua, propicios para el manejo de líquidos.

En torno a los 5-6 meses, comienza la sedestación y la desaparición progresiva del reflejo de extrusión. La desaparición de este reflejo y la aparición del primer reflejo de masticación permiten el inicio de la alimentación complementaria cuando el niño reconoce ya la cuchara y abre la boca al aproximarse a ella. Cuando se sienta, ya es capaz de pasarse alimentos de una mano a otra y manejar purés de mayor consistencia. A los 6 meses ya puede estar preparado para los primeros sólidos (Tabla III)(8).

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El inicio del gateo se acompaña de la introducción de mayor variedad alimentaria. Para entonces suelen ser capaces de realizar movimientos laterales con la lengua, masticar con eficacia y beber de una taza sin ayuda.

Con la deambulación, surge la capacidad de utilizar una pajita, sostener el vaso con ambas manos y usarlas para alimentarse con soltura, consolidando sus capacidades para masticar y tragar cuando son capaces de caminar de manera independiente, momento que suele alcanzarse en torno al año de vida, indicativo de que pueden participar activamente de las comidas familiares(8,9).

Desarrollo de la conducta alimentaria

El mejor método de alimentación es aquel encaminado a favorecer la autonomía alimentaria y la capacidad de autorregulación del lactante.

El desarrollo alimentario es un conjunto de comportamientos aprendidos durante los dos primeros años de vida, en los que se incorporan nuevos alimentos y se adquieren nuevas habilidades, donde influyen las costumbres familiares y culturales(9).

El niño tiene predilección innata por los sabores dulces, con mayor densidad energética y proteica, y rechaza aquellos ácidos y amargos, relacionados con lo potencialmente tóxico presente en la naturaleza. Este reflejo hacia alimentos “más seguros” disminuye a medida que el individuo crece hasta la edad adulta(8).

Intraútero, el niño está expuesto a sabores a través de la barrera placentaria. Tras el nacimiento, los lactantes alimentados con lactancia materna (LM) experimentan una mayor variedad de sabores, a diferencia de los alimentados con fórmula artificial (FA), siendo por ello que la lactancia materna asociada a una dieta variada de la madre es la puerta de entrada a una futura conducta alimentaria menos restrictiva(8).

Uno de los objetivos de la alimentación complementaria (AC) es fomentar una relación sana del niño con la comida y es crucial, por ello, el marco afectivo en que se desarrolla: los padres deciden qué alimentos y de qué manera los va a recibir el lactante, potenciando su capacidad para autorregularse, su desarrollo cognitivo y social, la futura autonomía alimentaria y unos hábitos nutricionales saludables. Fomentar un estilo respetuoso y participativo es una conducta saludable, haciendo de la comida algo agradable (Tabla IV)(10,11).

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Están descritos diferentes métodos educativos en relación con la alimentación: controlador, indulgente, negligente y responsivo/perceptivo, que muchas veces se entremezclan en la misma familia y en diferentes momentos del proceso.

Ofrecer alimentos como consuelo está relacionado con un mayor riesgo de sobrepeso por la asociación de la oralidad con la gestión emocional(12). De igual manera, coaccionar, restringir cantidades, forzar o premiar a un niño para que coma interfiere con los mecanismos innatos de regulación del hambre y la saciedad e influye en su capacidad de percepción. Esta conducta, mantenida en el tiempo, se relaciona con mayor riesgo de sobrepeso y obesidad, por la menor capacidad de regulación de la saciedad, comportamientos aversivos a determinadas comidas, favoreciendo una alimentación poco variada y, además, potencia en los padres la sensación de que el niño es “mal comedor”. La crianza basada en el modelo de percentiles puede potenciar el abandono precoz de la LM, forzar la ingesta del niño o propiciar la introducción precoz de la AC.

Alimentación de 0 a 6 meses: alimentación láctea

La lactancia materna es la mejor forma de alimentación en las primeras etapas de la vida. Reúne innumerables ventajas a corto y largo plazo para la salud física y emocional tanto del lactante como de la madre(13).

El amamantamiento exclusivo los primeros seis meses, complementado de forma gradual con otros alimentos, y el mantenimiento hasta los 2 años de vida o hasta que la madre y el hijo quieran, aporta nutrientes, anticuerpos y sustancias que favorecen el desarrollo inmunológico del lactante. Para conseguirlo, es importante que los profesionales apoyen a las madres y a las familias.

Los cuidados para el mantenimiento de la lactancia materna deben empezar antes del nacimiento, aportando información sobre los beneficios de la lactancia, las técnicas correctas para amamantar, detectar posibles complicaciones de manera precoz y reconocer contraindicaciones reales para lactar. Estos cuidados deben seguir al nacer, favoreciendo el contacto piel con piel y el enganche precoz al pecho, y permanecer durante todo el tiempo que dure la lactancia.

El seguimiento incluye la valoración del estado del bebé y de la toma del pecho, el bienestar de la madre y de la familia. Es importante establecer la primera cita en las 48 a 72 horas tras el alta hospitalaria. De esta manera, se detectan problemas con la lactancia y se previenen situaciones, como deshidratación, abandono de la lactancia o problemas con el pecho, que pueden ser resueltos con una intervención temprana. Hay que preguntar: cuántas tomas hace, sensación de la madre con el agarre, dolor, duración o cantidad y aspecto de las deposiciones, que se espera sean frecuentes y de consistencia blanda-líquida, y de las micciones.

Valoración del bebé:

• Realiza, al menos, 8 tomas sin ayuno. Da señales de disposición para mamar: bostezos, movimientos oculares, chupeteo o búsqueda.

• Muestra buen agarre realizando succiones efectivas.

• Está bien hidratado, mucosas húmedas, piel elástica y turgente.

• Micciones frecuentes (seis o más al día) de color claro o amarillo pálido.

• Deposiciones: frecuentes (cinco a diez), líquidas de color amarillento.

Las mediciones de peso y longitud se registran en tablas de crecimiento(14). Para disponer de un patrón de crecimiento en lactantes amamantados, en el año 2006 la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó los patrones de crecimiento infantil, elaborados con una muestra de bebés amamantados de 6 países diferentes. Disponibles en: https://www.ihan.es/estandares-de-crecimiento/. Hay que tener en cuenta que las curvas de crecimiento no son la representación exacta del crecimiento real de los niños. Los bebés suelen fluctuar dentro de distintos percentiles, así que una bajada o un aumento es normal en la mayoría de las situaciones. Tampoco tiene que ver el percentil de nacimiento con la evolución posterior, que puede variar. Al valorar el percentil de peso se debe tener en cuenta la longitud y su consonancia. Un 3 % de niños sanos están por debajo del percentil 3. Solo si son muy discordantes con la longitud o no se produce aumento progresivo hay que valorar al bebé.

Alimentación de 6 a 12 meses: alimentación complementaria

La incorporación de los nuevos alimentos supone una oportunidad para la adquisición de hábitos saludables que perdurarán el resto de la vida.

La alimentación complementaria (AC) es la introducción de alimentos diferentes a la leche materna o de fórmula, una vez estas no son capaces de satisfacer los requerimientos nutricionales del lactante.

¿Cuándo y por qué introducirla?

Si bien la OMS recomienda mantener la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses, varias organizaciones [Asociación Española de Pediatría (AEP), European Society for Paediatric Gastroenterology Hepatology and Nutrition (ESPGHSN) o Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)] proponen un rango de edad entre los 4 y 6 meses, pues la evidencia científica no permite establecer un tiempo exacto, sino que el momento de la introducción de la AC debe individualizarse en cada niño(1,5,15).

En cuanto al límite inferior, la ESPGHAN establece que no debe ser antes de las 17 semanas de vida, por el riesgo de atragantamiento y aspiración, la inmadurez renal o digestiva(5,14).

Más allá de las 26 semanas de vida, las necesidades nutricionales (energía, hierro, zinc, calcio, vitaminas A, C y D) se ven comprometidas con el aporte exclusivo de la leche, especialmente en aquellos niños de riesgo, como los alimentados por madres con dietas restrictivas o en pobres condiciones de salud, prematuros, pequeños para la edad gestacional o lactantes con elevada velocidad de crecimiento(15,16).

Es, por tanto, esta ventana temporal de las 17 a las 26 semanas, una oportunidad clave para la diversificación de la dieta y la incorporación de diferentes texturas, apareciendo dificultades para la alimentación, mayor rechazo de nuevos alimentos y riesgo de problemas de masticación cuando la introducción se demora hasta los 9-10 meses(5), puesto que el aprendizaje de la capacidad masticatoria y el desarrollo emocional ligado al deseo de autonomía y la exploración oral del entorno evolucionan exponencialmente en esta época.

Tanto la American Academy of Pediatrics (AAP) como la ESPGHAN han enfatizado en no demorar la introducción de los alimentos alergénicos más allá de este límite, ya que la exposición reiterada y precoz dentro de estos márgenes temporales reduce el riesgo alérgico, independientemente de los antecedentes familiares.

¿Cuánta cantidad?

La lactancia constituye el alimento principal de la dieta durante todo el proceso de la alimentación complementaria hasta los 12 meses de vida.

La alimentación se ofrece en pequeñas cantidades, mientras la lactancia sigue siendo parte fundamental de la dieta. La AC aporta un 20-30% del VCT entre los 6-8 meses, aumentando progresivamente hasta el 50-55% entre los 12 y 23 meses.(9,12). Puede empezarse complementando con dos tomas al día, aumentando a medida que el niño afianza su capacidad para comer, de manera que hacia los 12 meses de vida la AC supone ya 4 o 5 comidas diarias, de manera similar al resto de la familia.

¿Qué alimentos introducir?

• Cereales: a diario, preferentemente integrales, en forma de pan, pasta, arroz… El gluten a partir de los 4-6 meses(5,16,17).

• Carnes: rica en hierro, zinc y ácido araquidónico, se introduce desde el inicio, como puré, hasta que sean capaces de manejar otras texturas. Las vísceras no ofrecen ventajas y sí exceso de hormonas y tóxicos.

• Frutas y verduras: ricas en vitaminas, fibra, carotenoides (anaranjadas) y folatos (verde oscuras), se recomienda su consumo diario. Se recomienda evitar las verduras de hoja verde grande en altas cantidades por el alto contenido en nitratos durante el primer año de vida.

• Pescado: rico en ácidos grasos omega 3 y 6, hierro, zinc, yodo y fósforo. Puede empezarse por el blanco, de digestión más fácil, y después por el azul, evitando los de gran tamaño por el alto contenido en metales pesados.

• Huevo: de alto contenido en proteínas y hierro, bien cocinado, disminuyendo progresivamente el grado de cocción para facilitar su digestibilidad y evitar reacciones alérgicas.

• Legumbres: alta densidad energética y contenido proteico, aunque de menor biodisponibilidad. Pueden introducirse en puré o en formatos más creativos en el Baby Led Weaning (BLW).

• Frutos secos: se introducen triturados, desde el inicio de la alimentación complementaria y enteros a partir de los 4 años.

• Agua: desde los 6 meses, especialmente los no amamantados y en los meses de calor(8).

• Leche de vaca: a los 12 meses, leche entera y no antes por el riesgo de sobrecarga renal y de ferropenia. No está justificado el uso de leches de continuación salvo necesidad de fortificación con hierro o L-PUFA(11).

¿Cómo introducir los nuevos alimentos?

La AC puede prepararse en casa u obtenerse ya preparada, siendo más recomendable la primera(5,7). Se recomienda ir dando cada alimento poco a poco(4). Si genera rechazo, se puede ofrecer varias veces cambiando la presentación.

Cada alimento precisa habilidades motoras diferentes, que se inician hacia los 4 meses para los triturados y entre los 5 y 7 meses para otras texturas. El modelo tradicional de AC aboga por la introducción progresiva: primero, purés claros con cuchara desde el 6º mes, aumentando en consistencia, para introducir los sólidos una vez afianzadas la sedestación independiente, la masticación y la adecuada manipulación del alimento, en torno a los 8 meses.

En contraposición, el BLW y el BLISS (Baby Led Introduction to SolidS), obedeciendo a los criterios de alimentación perceptiva, ponen el foco en el comportamiento del bebé, que demuestra su hambre o saciedad, para administrar los alimentos que él tomará de manera espontánea. Precisa una sedestación estable, interés por la comida del adulto y una buena coordinación ojo-mano-boca, sin tener un límite temporal concreto, sino individualizando en cada caso. Se utilizarán alimentos saludables en consistencia blanda para que puedan ser fácilmente aplastados por las encías (no es obligatoria la dentición) y del tamaño de un dedo adulto (finger foods) para que puedan ser sostenidos en el puño y manejados fácilmente. Es necesario informar a las familias sobre el reflejo de arcada y el riesgo de atragantamiento. El BLISS difiere en que en cada comida siempre debe ofrecerse un alimento de alta densidad energética y otro de alto contenido en hierro.

En niños sanos a término y de peso adecuado al nacimiento, no se encuentran diferencias estadísticas relevantes entre el modelo tradicional y el dirigido por el bebé en cuanto al riesgo de obesidad, hipocrecimiento o atragantamiento, aunque podría sugerirse que los niños alimentados con BLW/BLISS presentan a largo plazo menor BMI y avidez por la comida(16). La tendencia actual aboga por un modelo mixto, adecuando la textura y consistencia a cada etapa y a cada niño, sin prolongar el uso de triturados y sin diferir la introducción de los sólidos más allá del 8º mes, independientemente del modelo(9,10,18).

Uso de suplementos durante la AC

• Vitamina D: desde el inicio de la lactancia hasta los 12 meses como prevención del raquitismo. La cantidad diaria recomendada es de 400 UI, tanto para los lactantes amamantados como en aquellos alimentados con fórmula artificial. En niños prematuros, se recomienda hasta los 12 meses de edad corregida.

• Hierro: la lactancia materna a partir de los 5 meses no es capaz de satisfacer los requerimientos de 1 mg/kg de hierro elemental diario. La AC debe suponer un 90 % del aporte(2) y para ello es suficiente con la inclusión de dos porciones diarias de hierro a través de alimentos proteicos o cereales fortificados(4,5). Los prematuros consumen las reservas sobre los 2-3 meses de edad corregida, por lo que se utilizan suplementos de hierro hasta los 11-14 mg/diarios(11,19).

• Vitamina B12: los lactantes amamantados por madres veganas estrictas que no reciben suplementación en su alimentación o aquellos niños que siguen una AC vegana estricta deben recibir suplementos de vitamina B12 y llevar un seguimiento nutricional para prevenir otros déficits que perjudiquen el neurodesarrollo del niño(5).

Relación de la AC con otras entidades

Prematuridad

El niño pretérmino representa, por las dificultades intrínsecas a su inmadurez, mayor riesgo de déficits neurológicos y otras comorbilidades. No hay evidencias firmes sobre el método más adecuado, por lo que deberá individualizarse en cada caso, basándose en sus habilidades motoras y en la edad cronológica corregida, orientativamente en torno a los 5-8 meses de vida o bien en torno a los 3 meses de edad corregida, priorizando los alimentos ricos en hierro, al margen de que reciban suplementación.

Riesgo cardiovascular y caries

La ingesta de azúcares, especialmente la sacarosa, es el principal factor de riesgo para la formación de placa bacteriana y caries, además de incrementar el riesgo cardiovascular. Evitar el uso de chupetes con fruta y dormir con el biberón, así como iniciar la higiene desde la primera erupción dental.

Alimentación del niño de 1 a 3 años

A partir del primer año, la alimentación ha de permitir un crecimiento y desarrollo óptimos y procurar un aprendizaje de hábitos correctos que permanecerán a lo largo de la vida.

La OMS establece recomendaciones en cuanto a la alimentación entre 6 a 23 meses(19) referente a la lactancia materna, alimentación complementaria y alimentos recomendados para las familias, también recogido por el Grupo Español de Gastroenterología y Nutrición de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (Tabla V)(11).

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Requerimientos nutricionales. Alimentación saludable

La alimentación saludable mantiene un buen estado de salud cubriendo las necesidades nutricionales para el desarrollo y conservación del organismo.

Entre los 6 y 23 meses los niños deben consumir una dieta variada. Es recomendable la ingesta diaria de alimentos de origen animal (carne, pescado o huevo), frutas y verduras, y el consumo frecuente de legumbres, frutos secos y semillas. La tabla VI recoge las necesidades nutricionales partir del año.

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Se puede organizar en 4 a 5 comidas: 20-25 % en el desayuno, 10 % a media mañana, un 20-25 % en la comida, merienda un 10 % y cena 25 %. El desayuno es importante, ya que aporta la energía para el comienzo de la jornada tras un periodo de ayuno(20).

Cada niño precisa una cantidad de alimentos diferente y, además, el apetito es variable a lo largo de cada periodo de crecimiento. No se debe forzar a terminar una comida o distraerlo para que coma. El niño regula la cantidad de lo que come según su sensación de hambre, sin emplear la comida como recompensa o castigo.

No son recomendables los alimentos azucarados, ultraprocesados y/o con mucho contenido en grasas. Es preferible utilizar los hidratos de carbono complejos, ricos en fibra, y reducir el consumo de bollería y dulces.

Como bebida, agua y evitar los refrescos y bebidas azucaradas. Los zumos naturales contienen azúcar en forma libre, siendo mejor tomar fruta entera.

Para estructurar las comidas, se ha extendido la utilización del plato saludable. Se basa en el plato de Harvard que muestra cómo conseguir una dieta saludable y equilibrada en cuanto a proporciones y nutrientes. Su versión española es el Nutriplato (Fig. 1) (disponible en: https://www.nutriplatonestle.es/)(21).

figura

Figura 1. NUTRIPLATO®.
Fuente: Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

 

¿Qué cantidad hay que comer?

Es frecuente que las raciones que se ofrecen sean de un tamaño mayor que lo que el niño desea, sin tener en cuenta aspectos como la variabilidad del apetito, las diferentes necesidades a lo largo del crecimiento ni la autonomía del niño para alimentarse. La frase “no termina la comida” es habitual, tanto en familias como en escuelas infantiles. Forzarles a comer conlleva la pérdida del control de la saciedad y desarrollar obesidad. Igualmente, tampoco se recomiendan los fármacos estimulantes del apetito(22).

Un recurso para calcular de forma aproximada las cantidades que dar es el método de la mano, que utiliza la mano del niño para orientar la cantidad de cada grupo de alimentos en la comida (Fig. 2):

• Verduras: la cantidad que cabe en dos manos juntas en forma de cuenco.

• Hidratos de carbono: equivale al espacio que ocupa un puño cerrado en crudo.

• Proteína: carne, pescado y huevo, la medida de la palma de la mano. Las legumbres se pueden medir como las verduras.

• Frutas: la cantidad que cabe en una mano abierta en forma de cuenco.

• Quesos: la ración equivalente en largo y ancho a los dedos índice y corazón.

• Grasas: el primer tramo del dedo índice, o sea, la primera falange.

• Azucares: no están recomendados a ninguna edad. Limitar su consumo.

figura

Figura 2. Método de la mano. Mirella Termes Escale.
Fuente: Cómo deben de ser las raciones de la comida en los niños. Sant Joan de Deu. Escola de Salut.

 

Alimentos no saludables

En las últimas décadas aumenta el consumo de alimentos ultraprocesados(23), ricos en sal, azúcar y grasas saturadas, en niños menores de 2 años. La OMS advierte que su consumo se asocia a desnutrición, sobrepeso y otras consecuencias adversas(24). Se recomienda evitar el consumo de estos alimentos de alto contenido calórico y bajo contenido nutricional que además desplazan el consumo de otros alimentos nutritivos.

Recursos online para profesionales

Valoración nutricional

• Calculadora de percentiles IHAN: https://www.ihan.es/calculadora-de-percentiles/.

• Patrones de crecimiento (OMS): https://www.who.int/tools/child-growth-standards/standards/length-height-for-age.

• Calcular antropometría y composición corporal online: https://www.webpediatrica.com/endocrinoped/antropometria.php.

Valoración de la ingesta

• Test de adherencia a la dieta mediterránea Kidmed: https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1137-66272010000100004#t1.

• Test de adherencia a dieta mediterránea Predimed: http://www.predimed.es/uploads/8/0/5/1/8051451/p14_medas.pdf.

• Recursos del centro de investigación de endocrinología y nutrición de la Universidad de Valladolid. Calculadora de dietas: https://calcdieta.ienva.org/?lang=es.

Recursos online para familias

Las familias pueden acceder a información sobre la salud y alimentación de sus hijos a través del pediatra y de recursos fiables de la red. En un estudio en España en 2023, la totalidad de los participantes habían consultado acerca de la salud en redes sociales, utilizándolas activamente el 72 %(25):

• Lactancia Materna AEP: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.LactanciaMaterna.AEP&hl=es_419. LactApp: https://lactapp.es/.

• Enfamilia de la Asociación Española de Pediatría (AEPED): https://enfamilia.aeped.es/vida-sana/alimentacion.

• Familia y salud en la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap): https://www.familiaysalud.es/vivimos-sanos/alimentacion.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es labor del pediatra conocer las diferencias madurativas de cada etapa del niño, sus necesidades nutricionales y cómo adecuar la alimentación en cada momento, para así asesorar a los padres en las sucesivas revisiones de salud. Se recomendará a los padres una nutrición rica en alimentos saludables y un modelo alimentario flexible y responsivo, que se adecúe a las respuestas del niño.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Alimentación del lactante y del niño de corta edad. Guías conjuntas de Patología Digestiva Pediátrica Atención Primaria-Especializada. 2019. Disponible en: https://www.ampap.es/wp-content/uploads/2019/04/Alimentacion-del-lactante-y-del-ni%C3%B1o-de-corta-edad.pdf.

Las guías de Gastrosur, elaboradas por pediatras de Atención Primaria y hospitalaria, de los grupos de gastroenterología y nutrición, son documentos actualizados que resumen los conocimientos actuales en temas de digestivo y, en este caso, de alimentación en el niño pequeño.

– Manual de Nutrición. AEP. Coordinadores del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. 2021. Lua Ediciones 3.0.

Documento elaborado por los comités de Nutrición y de Lactancia Materna de la AEP, que aborda aspectos nutricionales amplios y bien documentados, desde la alimentación en niños sanos, como en numerosas patologías.

Caso clínico

Niño de 12 meses que acude para una revisión de salud. Los padres lo ven más pequeño que otros niños de su edad. Le interesa la comida y probar cosas nuevas, pero creen que come poca cantidad. En la guardería, le han dicho que no quiere los purés. Intentan que los tome y el niño rechaza la cuchara. Observan que es activo y espabilado. Realiza una o dos deposiciones diarias de características normales.

Están preocupados. Les dicen que el niño come mal y que tiene un problema con la alimentación. Les recomiendan darle purés y hacer que coma más cantidad.

Antecedentes de embarazo, parto y periodo neonatal normales. Lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses y alimentación complementaria desde entonces. Mantiene la lactancia materna, especialmente por la mañana y la noche. Al nacer pesó 2,800 kg y midió 49 cm. Desde el inicio de la guardería a los 9 meses, ha tenido algunas infecciones leves.

En la exploración, peso: 8,200 kg (p5); talla: 73 cm (p10); IMC: 15,4 (p10). La exploración física es normal, sin signos de desnutrición. Desarrollo psicomotor en área motora, social e ítems del neurodesarrollo son apropiados.

Nutrición en la adolescencia

J.M. Moreno Villares*, R. Núñez Ramos**
Temas de FC


J.M. Moreno Villares*, R. Núñez Ramos**

*Departamento de Pediatría. Clínica Universidad de Navarra. Madrid. **Servicio de Pediatría. Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid

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Autor para correspondencia

jmorenov@unav.es

Resumen

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales, que tienen como resultado un aumento de las necesidades nutricionales. Este incremento en los requerimientos de energía, macro y micronutrientes, unido a los cambios en los hábitos alimentarios, los comportamientos sociales y la exposición ambiental, puede conducir a dietas desequilibradas o inadecuadamente suplementadas. Sin embargo, los efectos de la nutrición en el desarrollo del adolescente van más allá del crecimiento y abarcan la salud cardiovascular, el desarrollo intelectual y el estado inmunitario, por lo que debemos acercarnos a ella considerándola una valiosa oportunidad para transmitir normas dietéticas y consejos de vida saludables que pueden modificar el riesgo futuro de enfermedades relacionadas con la alimentación y que, si se interiorizan en esta etapa, se conservarán a lo largo de toda la vida adulta. Los adolescentes están sometidos a una triple carga: desnutrición, deficiencia de micronutrientes y exceso de peso. Para un abordaje integral de los problemas nutricionales en la adolescencia, debe actuarse no solo desde el mundo de la salud, sino también en el ámbito escolar y en la sociedad en su conjunto. Sobre todo, no podemos olvidar al propio adolescente como agente del cambio.

 

Abstract

Adolescence is a critical stage of development associated with widespread physical, psychological, social and emotional changes leading to higher nutritional needs. This increase in energy, macro and micro nutritional requirements, along with modifications in diet patterns, social behavior and ambient exposure, make adolescents a vulnerable population to unbalanced or inadequately supplemented diets. However, nutrition impact in teenage development goes beyond growth, and involves cardiovascular health, neurocognitive development and immune status, so it should be considered a valuable opportunity to transmit both dietetic and healthy lifestyle recommendations modulating the risk of diet-related conditions in the future. If these advises are internalized at this stage, they will be maintained throughout adult life. Adolescents suffer the triple burden of malnutrition, micronutrition deficiency and excess of body weight. For a comprehensive approach to nutritional problems in adolescence, action should be taken not only in the field of health, but also in the school environment and in society as a whole. Over all, adolescents should be considered as engines of change themselves.

 

Palabras clave: Adolescencia; Escuela; Trastorno de la conducta alimentaria; Obesidad; Prevención.

Key words: Adolescence; School; Eating disorder; Obesity; Prevention.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 109 – 118

 


OBJETIVOS

• Conocer las necesidades nutricionales de los adolescentes que los diferencian de otras etapas de la vida.

• Entender las particularidades de la alimentación en situaciones clínicas especiales, como el deporte de alta competición o el embarazo.

• Identificar los riesgos nutricionales de este grupo de edad.

• Entender los factores que explican el riesgo nutricional aumentado en esta población.

• Conocer las estrategias encaminadas a mejorar la situación nutricional de los y las adolescentes.

 

Nutrición en la adolescencia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.18

 

Introducción

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales.

Se estima que los adolescentes constituyen alrededor del 16 % de la población mundial. En España, en 2023, había 5.111.805 individuos entre 11 y 20 años según el Ministerio de Sanidad(1). Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye hasta los 24 años en este periodo de edad, nos referiremos, siguiendo el criterio más habitual, al grupo de individuos entre los 10 y los 19 años. En última instancia, la adolescencia es el periodo de transición de la niñez a la edad adulta, desde el inicio de la pubertad hasta la mayoría de edad legal.

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales. Como consecuencia de estos cambios, las necesidades nutricionales aumentan, con requerimientos mayores que en la población adulta en la mayoría de nutrientes(2). Sin embargo, en las políticas nutricionales se presta poca atención a este grupo de edad, si exceptuamos los aspectos relacionados con la imagen corporal y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), en especial si se compara con el periodo precedente (infancia)(3). Durante la infancia tardía y los primeros años de la adolescencia, la nutrición tiene un papel rector sobre el momento y el desarrollo de la pubertad, con consecuencias en la estatura final, los depósitos de grasa y la masa muscular, así como en el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles a lo largo de la vida. Los efectos de la nutrición en el desarrollo del adolescente van más allá del crecimiento y abarcan la salud cardiovascular, el desarrollo intelectual y el estado inmunitario(4).

Características de la nutrición en los adolescentes

Los requerimientos nutricionales en el adolescente variarán en función del sexo, edad puberal, altura, índice de masa corporal (IMC) y, especialmente, del grado de actividad física.

La adolescencia se caracteriza por un intenso desarrollo y crecimiento (mayor que en cualquier otra etapa si se excluyen los dos primeros años de vida, adquiriéndose el 50 % del peso definitivo y el 25 % de la talla adulta)(5). Se produce un aumento en la velocidad de crecimiento y se adquiere el pico de masa ósea. También, tiene lugar un cambio en la composición corporal en función del sexo, con un significativo incremento de la masa magra en varones y de la masa grasa en las mujeres, que hace que los requerimientos sean más elevados y diferentes en ambos sexos.

Por razones prácticas, las necesidades de energía y nutrientes durante la adolescencia se establecen en función de la edad cronológica; sin embargo, estarán íntimamente relacionadas con la velocidad de crecimiento y el cambio en la composición corporal. Las ingestas recomendadas son muy similares en ambos sexos hasta la pubertad, momento en el que se establecen diferencias en función del desarrollo y de la actividad física. Al igual que en otros grupos de edad, se recomienda hacer una aproximación de las necesidades energéticas a partir de ecuaciones para el cálculo del gasto energético en reposo, siendo en nuestro medio las más empleadas las de la OMS o Schofield (Tabla I). La distribución calórica recomendada es del 20-25 % en desayuno, 30-35 % en almuerzo, 15-20 % en la merienda y 25 % en la cena.

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Durante la adolescencia, al igual que en la niñez y en la etapa adulta, es necesario que exista un equilibrio entre la energía procedente de los 3 macronutrientes principales (Tabla II), recomendándose la siguiente distribución: 10-15 % de proteínas, 25-35 % de grasa (máximo 10 % en forma de grasa saturada, un 15 % monoinsaturada y el 10 % restante poliinsaturada, con una relación w-6:w-3 de 5:1 hasta 10:1) y 45-65 % de hidratos de carbono, que deben suponer la principal fuente energética de la dieta. Respecto a los micronutrientes, debido al incremento del gasto energético, hay una mayor necesidad de vitaminas del grupo B, que intervienen en el metabolismo intermediario de los hidratos de carbono y en la síntesis de ácidos nucleicos. Las vitaminas A, C, D y E tienen también unos requerimientos aumentados por su implicación en diversos procesos de crecimiento, diferenciación, proliferación y reproducción celular.

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Por último, entre los minerales, destacamos los siguientes por su especial importancia en la adolescencia:

• Hierro: en la adolescencia aumentan los requerimientos debido a la mayor cantidad de hemoglobina originada por la expansión del volumen de sangre, por la mayor cantidad de mioglobina originada por el aumento de la masa muscular y por la instauración de la menstruación en la mujer, entre otros factores. Como se absorbe aproximadamente el 20 % del hierro procedente de las carnes (hemo) frente al 5 % procedente de frutas y verduras (no hemo), el déficit es más probable en el caso de dietas vegetarianas estrictas. Entre los elementos que favorecen la absorción del hierro, se encuentra el ácido ascórbico, mientras que los fitatos y el calcio disminuyen su absorción.

• Calcio: implicado en el crecimiento de la masa ósea, las recomendaciones de calcio se han establecido basándose en un balance positivo de calcio y la adquisición del contenido mineral óseo que prevenga la osteoporosis. En general, se absorbe un 30 % del calcio consumido, lo que implica unas necesidades de calcio en la etapa de mayor crecimiento (alrededor de los 13 años en las chicas y los 14,5 años en los chicos) situadas entre 900 a 1.300 mg al día.

• Zinc: forma parte de múltiples metaloenzimas y es indispensable para el aumento de la masa muscular, ósea y para la maduración sexual. Déficits leves producen retraso del crecimiento y de la maduración sexual, acné, anorexia, infecciones recurrentes, cicatrización inadecuada de las heridas y alteraciones del gusto, entre otras. Su principal fuente son las carnes, el pescado y los huevos.

Los requerimientos de vitaminas y minerales se resumen en las tablas III y IV.

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Nutrición del adolescente en situaciones especiales: embarazo, lactancia y deporte

Embarazo

Las adolescentes embarazadas deben satisfacer las necesidades de energía y nutrientes de su propio crecimiento residual, así como cubrir las demandas propias del embarazo.

El embarazo en la adolescencia es un fenómeno mundial con graves consecuencias sanitarias y socioeconómicas, que se define como aquel que se produce entre los 10 y los 19 años, independientemente de la edad ginecológica. En España, la tasa de fecundidad en adolescentes, aunque es variable según la nacionalidad y la franja de edad, se encuentra en descenso en los últimos años, desde 7,94 nacimientos por 1.000 mujeres españolas de 15 a 19 años en 2010 a 3,84 en 2022 en el mismo grupo de edad, según datos del Instituto Nacional de Estadística(1). Sin embargo, se trata de una situación muy compleja desde el punto de vista biológico, psicosocial y nutricional, cuya atención ha de ser multidisciplinar y exige una formación específica para acercarnos a todas las particularidades que conlleva. La gestación durante la adolescencia habitualmente es no planificada y ha de ser categorizada como de alto riesgo en la mayoría de los casos, por asociar una elevada morbimortalidad materna y perinatal, con tasas más altas de preeclampsia, parto prematuro y bajo peso al nacimiento. La prevención de estas complicaciones exige un acompañamiento global, en el que la valoración nutricional de la adolescente esté incluida(6).

Aunque el pico de la velocidad de crecimiento en las mujeres suele alcanzarse antes de la menarquia, las niñas continúan creciendo y presentan una ganancia media estimada de aproximadamente 6 cm hasta que cesa el crecimiento lineal. Aquellas adolescentes que se embarazan en los cuatro años siguientes a la menarquia estarán doblemente en riesgo; por una parte, los asociados al embarazo y, por otra, los propiamente nutricionales, ya que se crean dos tipos de demandas: deben satisfacer las necesidades de energía y nutrientes de su propio crecimiento residual, así como cubrir las demandas propias del embarazo, produciéndose un fenómeno conocido como competencia entre la madre y el feto por los nutrientes(7).

La gestación es una etapa anabólica en la que se sintetizan tejidos nuevos, lo que se traduce en un aumento progresivo de peso como resultado del crecimiento del feto, la placenta y el aumento del líquido amniótico. Los requerimientos de las adolescentes gestantes son mayores que los de las mujeres de la misma edad no embarazadas, aunque difíciles de determinar, ya que influyen varios factores, como el estado de crecimiento y el peso antes del embarazo, la etapa del mismo y el grado de actividad física.

La ingesta calórica debe aumentar aproximadamente 300 kcal/día durante el embarazo. Este incremento es discretamente desigual según el momento de la gestación; ya que, en el primer trimestre, los requerimientos energéticos son generalmente los mismos que en mujeres no embarazadas, estimándose que aumentan entre 340 y 450 kcal/día en el segundo y tercer trimestre, respectivamente. El reparto calórico se realizará siguiendo las bases de una alimentación equilibrada (12-15 % en forma de proteínas, 50-60 % en forma de carbohidratos y 20-35 % en forma de grasa). Sin embargo, si bien el incremento calórico es pequeño, los requerimientos de vitaminas y minerales aumentan en mayor proporción. Aunque las mujeres adultas con un adecuado estado nutricional pueden llegar a cubrir los requerimientos diarios a través de la dieta, en general es prudente recomendar suplementos de micronutrientes, y esto será especialmente importante en el caso de la adolescente embarazada, a su vez más susceptible de realizar dietas desequilibradas o de partir de algún déficit nutricional previo por el estirón puberal o la menarquia recientes, como es el caso del hierro. Otros nutrientes de interés son: el ácido fólico, el calcio, el yodo, el cobre, la vitamina C y la vitamina A, teniendo en cuenta que, para esta última, niveles altos pueden tener un efecto teratogénico, por lo que se deben evitar los suplementos sin receta, especialmente de dosis superiores a 4.000 UI, y el uso de análogos de la vitamina A vía oral (isotretinoína o etretinato) para el tratamiento del acné. Además, para las adolescentes se cumplen las mismas recomendaciones de suplementar 150 mcg de yodo en forma de yoduro potásico, así como la profilaxis universal con 400 mcg de ácido fólico en las 12 primeras semanas después de la concepción, para reducir el riesgo de defectos del tubo neural.

Por otra parte, deberá prestarse aún más atención en caso de embarazos consecutivos o gemelares, por el riesgo de agotamiento de los depósitos maternos de nutrientes.

En la adolescente embarazada será importante también informar, desde las primeras visitas, sobre las toxiinfecciones alimentarias que pueden suponer un riesgo adicional durante el embarazo, como la toxoplasmosis, la listeriosis y la brucelosis, evitando el consumo de alimentos crudos o poco cocinados, así como lácteos y derivados sin pasteurizar.

Lactancia

En general, las tasas de lactancia materna son inferiores en la adolescencia respecto a otros grupos de edad y, cuando se inicia, las madres adolescentes precisan más apoyo para mantener una lactancia materna exclusiva(8). Además, será particularmente importante reforzar los consejos dirigidos a evitar el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas.

Desde el punto de vista nutricional, las necesidades del recién nacido son mayores que en cualquier otra etapa de su vida, y la leche materna debe garantizar la adecuada nutrición del lactante como continuación de la nutrición intrauterina. En general, podemos asumir que todas las madres, a excepción de aquellas que se encuentren extremadamente desnutridas, podrán producir leche en cantidad y calidad adecuadas. En esta etapa, el cuerpo de la madre siempre prioriza las necesidades del recién nacido y, por ello, la mayoría de los nutrientes, como el hierro, zinc, folato y calcio, se siguen excretando en la leche en un nivel adecuado a expensas de las reservas almacenadas durante la gestación (2-5 kg de reservas grasas) y de la dieta que realiza la madre durante la lactancia. Durante la lactancia, las necesidades nutricionales aumentan, estimándose este incremento en 500 kcal y 25 g de proteínas más diarias que las mujeres no lactantes. Deben, además, beber la cantidad de agua necesaria para satisfacer su sed. De forma general, los requerimientos de nutrientes aumentan un 10-20 % durante la lactancia respecto al embarazo, siendo especialmente difíciles de cubrir los requerimientos de calcio, yodo, ácido fólico y vitaminas A, E y D. Por ello, se recomienda incluir un suplemento diario multivitamínico que contenga 150 mcg de yoduro potásico. Esto será especialmente importante en mujeres con lactancias prolongadas o en tándem, por el riesgo de agotamiento de los depósitos maternos de nutrientes, ya que se estima que el 60 % de las primigestas adolescentes vuelven a quedarse embarazadas dentro de los 2 años siguientes.

Deporte

En el adolescente que practica deporte de competición, el peso no es un buen orientador de las necesidades nutricionales, y será mejor disponer de información sobre la composición corporal.

La actividad física en la infancia genera múltiples beneficios sobre el desarrollo del sistema cardiorrespiratorio y musculoesquelético, favoreciendo además la interacción social y el bienestar mental, por lo que todos los profesionales de la salud deben promoverla a cualquier edad, incluida la adolescencia. Las necesidades del adolescente deportista dependerán de varios factores, como la edad, el sexo, el desarrollo puberal y el tipo de deporte que practica. Dadas las diferentes tasas metabólicas entre el tejido graso y muscular, el peso no es en este contexto un buen orientador de las necesidades nutricionales, y será mejor disponer de información sobre la composición corporal.

De forma general, su gasto energético se verá incrementado de forma proporcional a la intensidad y el tiempo de la práctica deportiva. A diferencia del adulto, el niño y el adolescente en crecimiento suelen utilizar la grasa como fuente de energía, ya que sus reservas de glucógeno y su capacidad glucolítica son menores. En general, los hidratos de carbono se utilizan preferentemente en los deportes de alta intensidad y corta duración, y los lípidos en los de baja intensidad y duración prolongada.

Para los adolescentes que realizan actividad en el ámbito escolar y que no incluyen actividades de resistencia ni de alta competición, las recomendaciones serán las mismas que las de la población general y solo será preciso asegurar una correcta hidratación antes, durante y después de la práctica deportiva. Sin embargo, cuando la intensidad o el tiempo dedicado superen estos límites, será necesario incrementar el aporte calórico, ya que una práctica deportiva de competición puede suponer un reto para el organismo si coincide en un momento de cambio, como el estirón puberal y el desarrollo sexual. La dieta en este segundo escenario deberá proveer de energía y nutrientes en cantidad suficiente para reponer las reservas de glucógeno hepático y muscular, cubrir los requerimientos de macro y micronutrientes y garantizar el crecimiento. La proporción de macronutrientes es la misma que en la dieta de los niños que no practican deporte. Se recomienda insistir en el reparto de ingestas (5 comidas diarias) y establecer algunas recomendaciones sobre el aporte de hidratos de carbono, proteínas y líquidos antes, durante y después de la práctica deportiva (Tabla V)(9,10).

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Es importante resaltar también que el adolescente se encuentra en un periodo vulnerable y sensible a los mensajes relacionados con modificaciones dietéticas destinadas a modificar el peso corporal o al consumo de sustancias con el objetivo de aumentar el rendimiento deportivo. No está indicado el uso de ningún suplemento dietético en los adolescentes deportistas. La utilización de barritas energéticas, con una gran densidad calórica, grandes cantidades de proteínas y vitaminas, no parece reportar ningún beneficio y, en todo caso, se ha asociado al aumento de masa grasa. La bebida idónea para la hidratación es el agua.

Riesgos nutricionales durante la adolescencia

La calidad de la dieta tiende a disminuir en la transición de la infancia a la adolescencia, en especial en el grupo de edad de 14 a 18 años.

Los adolescentes están sometidos al riesgo de la “triple carga” de la malnutrición: desnutrición, deficiencia de micronutrientes y exceso de peso. Mientras que en los países de rentas medias y bajas coexisten la desnutrición y la obesidad, en los países del primer mundo, la obesidad constituye el principal problema nutricional(11). La necesidad aumentada de nutrientes en esta etapa, unida a los cambios en los hábitos alimentarios, en los comportamientos sociales y la exposición ambiental, hacen de los adolescentes un colectivo con un riesgo aumentado de desequilibrios nutricionales(4). Entre las deficiencias de micronutrientes, encontramos las deficiencias de vitaminas A, B6, B2, D y ácido fólico, calcio, hierro, yodo, zinc y selenio.

La calidad de la dieta tiende a disminuir en la transición de la infancia a la adolescencia, en especial en el grupo de edad de 14 a 18 años(12). Ese empobrecimiento se caracteriza por un bajo consumo de frutas, verduras y cereales integrales, así como de carne magra y lácteos desnatados y, por el contrario, un aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados, bebidas carbonatadas, cereales refinados y comidas ya preparadas. El patrón de consumo también cambia, con tendencia a saltarse algunas comidas, en especial el desayuno, o sustituyéndolas por un tentempié (snacks)(13).

Causas de la peor calidad de la dieta en los adolescentes

La conducta alimentaria y los patrones de consumo de alimentos en esta edad están influidos por una pléyade de factores, individuales, sociales o culturales (Fig. 1 y Tabla VI).

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Figura 1. Factores individuales, sociales y ambientales que influyen en la alimentación de los adolescentes.

 

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La adolescencia se caracteriza por un aumento en las conductas de riesgo y un rechazo a la autoridad, al que acompañan cambios drásticos en el estilo de vida, influidos en gran medida por el entorno y por el grupo(14). Se unen así los factores individuales, como las preferencias y la imagen propia, a las preocupaciones por la salud o por la sostenibilidad del planeta, que determinan el qué comer y el cómo(15). Aparecen así comportamientos alimentarios que contribuyen al desequilibrio nutricional, como es el recurso de dietas hipocalóricas no adecuadamente planificadas, dietas restrictivas, etc.

También influyen la clase social y el estatus socioeconómico, siendo los estratos más bajos los que presentan patrones alimentarios menos equilibrados y un mayor índice de exceso de peso. El precio de los alimentos, su disponibilidad, así como el efecto de la publicidad, juegan asimismo un papel primordial en esas elecciones. También, el acceso a las máquinas de vending o a establecimientos de comida rápida en los entornos escolares. Se ha demostrado que existe una asociación directa entre la proximidad de establecimientos de comida “poco saludable” a los centros escolares y el sobrepeso/obesidad en jóvenes(16).

Consecuencias del empobrecimiento de la dieta en los adolescentes

Una dieta pobre en el adolescente tiene repercusiones a lo largo de toda la vida. La obesidad es el principal problema nutricional en los adolescentes.

Seguir un patrón alimentario poco equilibrado y, por tanto, una ingesta pobre de nutrientes en una etapa de gran crecimiento, pone a los adolescentes en riesgo de deficiencias nutricionales. La deficiencia en vitamina D entre los adolescentes es elevada, entre un 40 % y un 80 % en función de las series y países(17). De todos los déficits de micronutrientes, después de la deficiencia en vitamina D, el déficit de hierro ocupa el segundo lugar. Se asocia a un peor rendimiento escolar, mayor susceptibilidad a las infecciones y a modificaciones en el estado de ánimo(18). Es especialmente importante en mujeres adolescentes y en jóvenes que realizan deporte de alta competición. Se estima una prevalencia de deficiencia de hierro cercana al 10 % en adolescentes españoles, ligeramente superior en mujeres(19). El estado en otros micronutrientes, como el ácido fólico o el yodo, es aceptable en la mayoría de la población adolescente.

La malnutrición por exceso es, con mucho, el principal problema nutricional en este grupo de edad. Los últimos datos sobre obesidad y sobrepeso infantil en España corresponden al estudio ENE-COVID, publicado en 2023, con la información de 10.543 menores de entre 2 y 17 años. Según sus resultados, el 30 % de menores de entre 2 y 17 años en España tenía exceso de peso y 1 de cada 10, obesidad. La prevalencia de obesidad severa era del 2,1 %. La prevalencia de sobrepeso (+2,2 %), obesidad (+5,5 %), exceso de peso (+7,7 %) y obesidad severa (+1,7 %) es superior en los niños respecto a las niñas(20,21). El ser un adolescente con obesidad se relaciona muy directamente con la obesidad en el adulto y sus consecuencias cardiometabólicas (Fig. 2).

figura

Figura 2. Consecuencias de la obesidad infantojuvenil.

 

La obesidad infantil y juvenil constituye un factor de riesgo para el desarrollo a corto plazo de un amplio abanico de complicaciones: ortopédicas (pies planos, genu valgo), respiratorias (asma), digestivas (esteatosis hepática, reflujo gastroesofágico), endocrinológicas (resistencia a la insulina, prediabetes y dislipemias), hipertensión arterial y trastornos psicológicos (falta de autoestima, ansiedad, depresión y riesgo de sufrir acoso escolar), entre otras. Además, un gran número de estudios pone en evidencia que la obesidad juvenil tiende a perpetuarse en la edad adulta, favoreciendo el desarrollo precoz de la aterogénesis, incrementando el riesgo de desarrollar enfermedades graves, como las cardiovasculares, la diabetes y ciertas formas de cáncer, que hacen que en el futuro los pacientes con obesidad tengan una menor esperanza de vida. Todas estas comorbilidades asociadas a la obesidad son más prevalentes y severas en los niños y adolescentes con mayor grado de obesidad y con mayor tiempo de evolución de la misma(22).

Oportunidades para mejorar la nutrición de los adolescentes

Es posible conseguir mejorar los hábitos alimentarios de los adolescentes. En esta tarea participan todos: la escuela, las familias, las instituciones sanitarias y, sin duda, el propio adolescente.

Los adolescentes son agentes activos de cambio, también en lo que se refiere a la alimentación. Probablemente, la escasa presencia de estrategias encaminadas a mejorar la nutrición en este grupo de edad explica el bajo número de artículos publicados que recojan los resultados de las intervenciones en esta materia(23). Las acciones más eficaces en la promoción de la salud en los adolescentes son las que tienen en cuenta sus rápidos cambios emocionales, la formación de su identidad y las fuerzas sociales, como el contexto de su relación con los pares(24).

Las intervenciones más exitosas son las que se adecúan más con los valores de los propios adolescentes y su contexto social. Por ejemplo, su mayor sensibilidad a las influencias del ambiente. Estas acciones pueden englobarse dentro de cuatro grandes campos: la educación, el sistema sanitario, la cadena alimentaria y las acciones comunitarias(25).

El sector educativo

Las acciones sobre los menús escolares son la forma más directa de intervenir sobre los hábitos alimentarios en la población infantil. Sin embargo, probablemente, su eficacia sea muy limitada en el caso de los adolescentes. Otras aproximaciones, como, por ejemplo, las directrices sobre las máquinas expendedoras de alimentos en el entorno escolar, la elección de alternativas saludables en los menús escolares, las estrategias encaminadas a obtener habilidades prácticas (p. ej.: cultivar alimentos o cocinar), así como los huertos escolares o el compromiso con agricultores o ganaderos locales, han conseguido buenos resultados en algunos países. Sin embargo, dependen, en gran medida, del compromiso de los educadores y del resto del personal de las escuelas. Cada vez se da más valor a lo que se denomina “abordaje integral en el entorno escolar”, que incluye cambios en el currículum, integrando la nutrición y facilitando la actividad física y el transporte activo, la creación de un entorno alimentario seguro y, en ocasiones, programas de suplementación (p. ej.: desayunos saludables u otros similares), además del refuerzo individual por parte del personal del colegio(26). Existen iniciativas a nivel global, como “The School Meals Coalition” (https://schoolmealscoalition.org/), que recogen los resultados de estas intervenciones, con el fin de proporcionar un marco común de acción(27).

Área de la salud

El papel de los pediatras y del resto de profesionales de la salud se ha enfocado, sobre todo, a la detección precoz y al tratamiento del sobrepeso y la obesidad. Se han desarrollado un gran número de intervenciones, tanto individuales como grupales, que incluyen el consejo nutricional, la entrevista motivacional, programas personalizados de actividad física solos o en combinación. Las intervenciones que combinan todas estas actuaciones junto con la participación de la familia y el uso de herramientas digitales son las que han conseguido mejores resultados(28). El uso de la tecnología digital abre nuevos campos de intervención, tanto en la prevención como en la detección precoz y el tratamiento en adolescentes con exceso de peso(29).

Sistemas alimentarios, regulación y recursos familiares

No debemos olvidar el papel de las familias en esta etapa. Las comidas en familia son el mejor momento de practicar buenos hábitos alimentarios, al tiempo que es uno de los pocos momentos en los que compartir espacio con los adolescentes.

Las acciones encaminadas a modificar el consumo de determinados alimentos, por ejemplo, por medio de los subsidios a la agricultura y ganadería de proximidad, o el gravar con mayores impuestos determinados alimentos, o bien las campañas institucionales para disminuir el consumo de sal, entre otras estrategias, ejercen un efecto positivo sobre los hábitos alimentarios de las poblaciones, aunque existe escasa evidencia de sus efectos sobre la población adolescente. Pero incluso en el caso de facilitar el acceso a alternativas de alimentos saludables, también en adolescentes de menores recursos económicos, no debe subestimarse la influencia comercial(30), de ahí la importancia de regular la publicidad de los alimentos no saludables.

No debemos olvidar el papel de las familias en esta etapa(31). Las comidas en familia son el mejor momento de practicar buenos hábitos alimentarios, al tiempo que es uno de los pocos momentos en los que compartir espacio con los adolescentes. Conseguir un número mínimo de momentos a la semana en los que los adolescentes se sienten con el resto de la familia en la mesa debe ser un objetivo a cumplir.

Influencias sociales y comunitarias

Las intervenciones comunitarias proporcionan oportunidad para mejorar la alimentación y el estado de salud de los y las adolescentes, como promover el transporte activo limitando el acceso de vehículos a las zonas escolares, la restricción a la autorización de restaurantes de comida rápida o de venta ambulante en los entornos de escuelas e institutos, son algunas medidas. Pero también, desde un punto de vista activo, su mayor participación en las redes sociales, su mayor sensibilidad a problemas, como la sostenibilidad o la justicia social, les convierten en verdaderos agentes activos del cambio. Un ejemplo es el trabajo de los “Real Food Systems Youth Ambassadors” (https://www.realfoodsystems.org/), en el que se involucra a los adolescentes en la apuesta por la denominada “comida real”, es decir, productos mínimamente procesados o cuyo procesamiento no ha empeorado su calidad o reducido sus propiedades. Este movimiento, de moda en todo el mundo, defiende el derecho a una alimentación saludable y respetuosa con el medio ambiente.

Conclusiones

Las características fisiológicas, emocionales e intelectuales de los adolescentes son muy diferentes de las de las edades previas y de la etapa adulta. La nutrición durante esta etapa no ha recibido, probablemente, la atención necesaria, en un periodo en el que una de las grandes preocupaciones sobre la salud tiene que ver con la obesidad y el sobrepeso. Los y las adolescentes se ven sometidos, tanto a las consecuencias del exceso de peso como a la deficiencia de micronutrientes, fruto del uso inadecuado de dietas poco equilibradas, así como a la presión del ambiente sobre la imagen corporal. El fracaso en conseguir mejorar la alimentación y las conductas alimentarias en este grupo de edad puede tener repercusiones a largo plazo. Al mismo tiempo, se observa un cambio de actitud en la sociedad al considerarlos como agentes del cambio. Las intervenciones que involucran tanto al sector educativo como a los agentes de salud y a la comunidad son las que obtienen mejores resultados, sin olvidar, por supuesto, la participación del o de la adolescente.

Función del pediatra de Atención Primaria

En esta etapa de transición, quizá no se ha prestado una atención suficiente a la alimentación de los adolescentes y el enfoque principal se ha dirigido a la detección precoz del exceso de peso y a la identificación de los trastornos de la conducta alimentaria, así como a la prevención de las adicciones y, últimamente, al uso desmedido de las pantallas. El pediatra de Atención Primaria (PAP), además de continuar siendo un referente en el consejo nutricional y de hábitos saludables, debe contar con el/la adolescente como vector de cambio en su propia familia y en su entorno. La función del PAP es coordinar las acciones que se realizan en el entorno escolar y desde el ámbito de la salud. Y debe ser un actor importante a tener en cuenta en las medidas que instauran las administraciones públicas de carácter local. También, es clave el apoyo familiar para conseguir que nuestros jóvenes coman mejor. Un objetivo concreto puede ser considerar el número de veces que comen con el resto de la familia en casa.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Descripción detallada y académica de las características nutricionales del adolescente: requerimientos, recomendaciones de dieta saludable, desequilibrios, así como educación nutricional y programas de actuación.

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Tercero de los tres capítulos que la revista Lancet dedicó en 2022 a la alimentación en la adolescencia. Este capítulo se centra en las intervenciones y estrategias para conseguir mejorar su alimentación.

– López-Sobaler AM, Aparicio A, Rubio J, Marcos V, Sanchidrián R, Santos S, et al. Adequacy of usual macronutrient intake and macronutrient distribution in children and adolescents in Spain: A National Dietary Survey on the Child and Adolescent Population, ENALIA 2013-2014. Eur J Nutr. 2019; 58: 705-19.

Estudio transversal de una muestra de 1.862 niños y adolescentes españoles que describe las características de su alimentación. Uno de los pocos estudios nacionales en este grupo de edad.

– Varea Calderón V, Moreno Aznar LA. Nutrición en la adolescencia. En: Rivero Urgell M, et al. (coords.). Libro Blanco de la Nutrición Infantil en España. Prensas Universitarias de Zaragoza; 2015. p. 123-30.

Análisis DAFO de la alimentación en este periodo de la vida, incluido en una amplia valoración de todos los aspectos relacionados con la alimentación infantil.

 

Caso clínico

Andrés tiene 14 años y siempre ha sido de complexión delgada. No tiene ningún antecedente médico de interés, salvo algún episodio reciente de mareos al salir de la ducha, que se han interpretado como hipotensión ortostática. Sus datos antropométricos son los siguientes: peso: 45 kg (P24, -0,71DE) (Hernández et al. 1988); talla: 169 cm (P83, 0,94DE) (Hernández et al. 1988); IMC: 15,76 kg/m2 (P3, -1,83DE) (OMS 2006/2007); puntos de corte IOTF: IMC-IOTF 17-18,5; SC: 1,49 (fórmula de Du Bois). Índices nutricionales: índice de Waterlow (peso): 78,27 %; índice de Waterlow (talla): 105,02 %. Viene acompañado de su padre y nos pregunta si podría hacer algo de musculatura en el gimnasio. También nos pregunta si podría tomar algún suplemento nutricional para mejorar su masa muscular. Ha visto que existen productos nutricionales para deportistas y piensa que pueden servirle. También le han hablado de la creatina. Su padre no está muy de acuerdo, pero piensa que quizá un complemento con vitaminas le podría venir bien. La exploración física es poco reseñable, con apariencia de delgadez, aunque tiene un aceptable panículo adiposo. Pliegues tricipital (PCT): 10 mm (P43, -0,17DE) (Hernández et al. 1988); perímetro braquial: 19 cm (P61, 0,27DE) (Hernández et al. 1988). En el recuerdo de ingesta de 14 horas, se obtiene que su ingesta calórica es de 1.850 kcal (41 kcal/kg/d) y unos 65 g de proteínas diarias (1,4 g/kg/día).

Comentario: para los adolescentes que realizan actividad en el ámbito escolar y que no incluyen actividades de resistencia ni de alta competición, las recomendaciones serán las mismas que las de la población general y solo será preciso asegurar una correcta hidratación antes, durante y después de la práctica deportiva. Sin embargo, cuando la intensidad o el tiempo dedicado superen estos límites, será necesario incrementar el aporte calórico. No existe un plan único en lo que respecta a la nutrición. Las necesidades individuales de nutrientes varían según el deporte, el tipo y la intensidad de la actividad, la edad, el tamaño corporal, los objetivos y el volumen de entrenamiento. En términos generales, cuanto más intensa sea la actividad y más horas entrene, mayores serán sus necesidades de carbohidratos y calorías. Dependiendo de sus objetivos, estado de entrenamiento y tipo de actividad, los atletas necesitan entre 1 y 2 gramos de proteína por kg de peso corporal. Como regla general, los jóvenes atletas pueden satisfacer sus necesidades diarias de proteínas asegurándose de incluir una fuente de proteínas magras, como huevos, leche, yogur, frutos secos, mantequilla de frutos secos, frijoles, lentejas, tofu, pollo o pescado en cada comida y refrigerio. No está indicado el uso de ningún suplemento dietético en los adolescentes deportistas. La utilización de barritas energéticas, con una gran densidad calórica, grandes cantidades de proteínas y vitaminas, no parece reportar ningún beneficio y, en todo caso, se ha asociado al aumento de masa grasa. Tampoco es necesario un aporte extra de vitaminas o minerales.

 

 

 

Dietas vegetarianas y otras dietas alternativas

R. da Cuña Vicente, M. Mata Jorge, A. Hernández Hernández, C. Coronel Rodríguez
Temas de FC


R. da Cuña Vicente1, M. Mata Jorge2, A. Hernández Hernández3, C. Coronel Rodríguez4

1Pediatra de Atención Primaria. Zona Básica de Salud Íscar. Valladolid. 2Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Parquesol. Valladolid. 3Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Tacoronte. Santa Cruz de Tenerife. 4Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla

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Corresponding author:

rebecadcv@gmail.com

Resumen

Existen numerosos mitos en Pediatría y, especialmente, en el ámbito de la Nutrición Infantil. En los últimos años, ha aumentado el número de familias que acuden a las consultas siguiendo un patrón de alimentación vegetariano, vegano o basado en opciones alternativas. Es necesario que los profesionales estén actualizados en estos temas para hacer las recomendaciones más adecuadas, así como resolver las dudas que puedan surgir, sobre todo en los primeros meses de vida del bebé y durante la adolescencia: ¿es posible y saludable?, ¿le faltará algún nutriente?, ¿hay que dar alguna vitamina?, ¿qué controles se deben realizar? Con este trabajo se pretende revisar la literatura escrita sobre la alimentación con dietas no tradicionales, especialmente vegetariana o vegana, y resolver estas cuestiones que nos preocupan a los profesionales, permitiendo guiar a las familias para llevarla a cabo de forma adecuada. Se realiza un análisis detallado de los nutrientes a vigilar, con recomendaciones para cubrir las necesidades de los mismos, así como una revisión de la evidencia en cuanto a los suplementos que se precisan en algunos casos. La leche materna es el alimento idóneo para el bebé. A partir de los 6 meses, se debe comenzar la alimentación complementaria, pudiendo ser vegetariana o vegana, si se basa en productos frescos poco procesados, incluye los nutrientes necesarios y se suplementa con, al menos, vitamina D hasta los 12 meses y vitamina B12 de por vida. Es posible realizar una alimentación vegetariana o vegana de forma adecuada y saludable en cualquier etapa de la infancia, siempre y cuando esté bien planificada, suplementada y supervisada por un profesional con experiencia.

 

Abstract

There are numerous myths in Pediatrics, and especially referred to Infant Nutrition. In recent years, the number of families attending clinics following a vegetarian, vegan, or alternative eating pattern has increased. It is essential for healthcare professionals to be up-to-date on these topics in order to make the most appropriate recommendations and resolve any questions that may arise, especially in the first months of a baby’s life and during adolescence: Is it possible and healthy?, will it lack any nutrients?, should any vitamins be given? what follow-up should be performed? This paper aims to review the literature on feeding with non-traditional diets, especially vegetarian or vegan, and address these questions that concern us as professionals, allowing us to guide families in appropriately implementing them. A detailed analysis of the nutrients to monitor is provided, with recommendations for meeting these needs, as well as a review of the evidence regarding the supplements required in certain cases. Breast milk is the ideal food for babies. From 6 months complementary feeding should be started, and it can be vegetarian or vegan provided it is based on fresh and minimally processed products, includes the necessary nutrients, and is supplemented with at least vitamin D until 12 months and vitamin B12 for life. A vegetarian or vegan diet can be adequately and healthily implemented at any stage of childhood, as long as it is well planned, supplemented, and supervised by an experienced healthcare professional.

 

Palabras clave: Alimentación; Niños; Adolescentes; Vegetariana; Vegana.

Key words: Food; Children; Teenagers; Vegetarian; Vegan

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 119 – 132

 


OBJETIVOS

• Revisar la posición de expertos respecto a la alimentación vegetariana y vegana en la infancia.

• Establecer las recomendaciones para la alimentación vegetariana en la infancia que cubra las necesidades en cada etapa.

• Determinar los nutrientes a vigilar y cómo hacerlo.

• Dar ideas concretas de alimentos para aconsejar a las familias con estos patrones de alimentación.

 

Dietas vegetarianas y otras dietas alternativas

https://doi.org/10.63149/j.pedint.19

Introducción

Alimentación en la infancia

La alimentación infantil constituye la base de la salud presente y futura del individuo, por lo que se debe asegurar que sea adecuada y suficiente.

Desde antes del nacimiento, en la etapa que se conoce como “los primeros 1.000 días” y que abarca desde la concepción hasta los 24 meses del niño, incluyendo los meses de gestación, el organismo utiliza los nutrientes y el estilo de vida para programar algunos de los procesos que le acompañarán siempre(1,2). Por ello, orientar a los padres acerca de los hábitos saludables y, concretamente, dar consejos adecuados sobre alimentación infantil, respetando las costumbres en la medida de lo posible, constituye uno de los pilares fundamentales de salud pública(3).

En las últimas décadas, se ha observado un aumento de la población con dietas vegetarianas y veganas, ya sea por motivos de salud, de ecología u otros. El 2-5 % de los adultos americanos son vegetarianos(4,5). Se calcula que en EE.UU. hay más de 20 millones de veganos(6). En Europa, entre el 3 y el 8 % de la población es vegetariana(6,7). Se estima que, en Alemania y Suecia, lo es hasta el 10 % y, aunque se desconoce el número de niños que siguen estas dietas, es más probable que estas familias opten por patrones similares(5,7). En Italia, Francia y España, hasta un 7 % de la población tiene este tipo de alimentación(8). En Polonia se obtienen tasas del 8 % en adultos y en Reino Unido del 12 %(7). En la India, el porcentaje asciende al 30 %(2,5,9). A veces, son los padres los que se sienten identificados con esta opción y, en otras ocasiones, son los propios niños los que expresan su deseo de evitar los productos de origen animal(10). En los niños más mayores, sobre todo si su familia es omnívora, se deben investigar las preocupaciones referidas a la alimentación y, en especial, a su imagen corporal, con el fin de descartar o detectar de forma precoz un trastorno de la conducta alimentaria como origen de las restricciones dietéticas(6,10,11).

¿Cuáles son los alimentos básicos en la infancia?

La principal alimentación que debemos promover de forma indiscutible y que ha demostrado ampliamente sus beneficios en la salud infantil es la lactancia materna. Además de disponible, modificable y adaptada a cada momento evolutivo, es completa para cubrir las necesidades nutricionales hasta los 6 meses de vida, porque dispone de los nutrientes que el bebé necesita(1,10). Se promueve la lactancia materna exclusiva como la óptima alimentación del bebé hasta los 6 meses de edad. Después, la leche materna sigue siendo la base y el principal componente de la dieta hasta los 2 años de edad, si bien es cierto que debe empezar a complementarse y a diversificarse los alimentos progresivamente desde que el lactante cumple los 6 meses. La lactancia materna se recomienda hasta, al menos, los 2 años de edad y, posteriormente, todo el tiempo hasta que madre e hijo lo deseen(1).

Si la lactancia materna no es posible o resulta insuficiente, el bebé debe ser alimentado con leche de fórmula, adaptada a sus necesidades, durante el primer año de vida. Existe una leche de vaca adaptada para los primeros 6 meses, llamada fórmula de inicio o tipo 1. Si se desea, a los 6 meses se puede cambiar por la llamada tipo 2 o fórmula de continuación. Desde los 12 meses de vida, el bebé ya está preparado para tolerar la leche de vaca entera. En el caso de las familias veganas, que no desean ofrecer leche de animal ni sus derivados, la opción recomendada durante el primer año de vida debe ser la fórmula de origen vegetal adaptada al bebé. No se deben dar otro tipo de bebidas destinadas a la población general, comerciales o caseras, como leche de almendras o de avena. Es importante que sean productos preparados específicamente para que sean tolerados y resulten suficientes para el crecimiento y desarrollo del lactante(10).

El resto de alimentos no son imprescindibles. No es “absolutamente necesario” que los niños coman carne, pescado, leche ni ningún otro alimento concreto. Lo que sí es importante es conocer cómo garantizar el aporte de los nutrientes necesarios, sea cual sea el origen de los mismos.

De la misma manera, a todas las familias se les debe insistir en la recomendación de limitar el consumo de productos ricos en azúcares simples, grasas saturadas y sal, los denominados ultraprocesados, debido a que se asocian con el desarrollo de enfermedades crónicas, como la obesidad, la hipertensión y la diabetes tipo 2. Con la llegada de la corriente vegetariana y vegana, unida en muchas ocasiones a la idea de salud, bienestar y ecología, la industria alimentaria ha aumentado la oferta de productos preparados con este sello, lo cual no garantiza que sean saludables, como sucede con gran cantidad de dulces, bollería, zumos y bebidas azucaradas. Toda dieta, omnívora o no, debe basarse en productos frescos poco procesados(10,11). Esto es especialmente importante en los primeros años de vida, en los cuales se desarrollan las preferencias alimentarias. Si la oferta de productos procesados es elevada, es probable que aparezca un rechazo a los alimentos frescos, ya que los primeros poseen una alta palatabilidad. Además, se recomienda no añadir sal a los alimentos que se ofrecen al bebé hasta los 12 meses de vida. El dulce añadido a los alimentos (azúcares libres en su mayor parte) se debe evitar lo máximo posible, al igual que los edulcorantes. Cuanto más tarde conozcan este tipo de sabores, más fácilmente aceptarán la variedad de productos que ofrece la naturaleza(11).

Los pediatras, especialmente de Atención Primaria, debemos estar actualizados para aconsejar a las familias, sea cual sea su patrón dietético. Independientemente de las costumbres alimenticias, cada vez se consumen más productos ricos en grasas saturadas, azúcares y sal, perjudicando la salud actual y futura de la población, por lo que tenemos por delante un amplio margen de mejora(12).

Patrones de alimentación basados en plantas

Existen numerosas variantes de la dieta vegetariana(10,13,14). Las principales se muestran en la tabla I. En este artículo nos vamos a centrar en los dos principales patrones alimentarios basados en productos vegetales, vegetarianismo y veganismo, dado que el resto de opciones no se recomiendan durante la infancia.

 

Vegetarianos: son las personas que no consumen alimentos obtenidos de la carne de los animales, incluyendo el pescado y el marisco, pero sí ingieren productos obtenidos de ellos en vida, como los lácteos, los huevos y la miel.

Veganos: en su dieta no consumen ningún producto obtenido mediante la utilización de los animales.

¿Es más saludable la alimentación vegetariana?

Para dar respuesta a esta cuestión, es importante tener en cuenta qué alimentos van a estar presentes en el menú de la familia. La presencia de alimentos ultraprocesados, ricos en grasas saturadas, azúcares, sal o combinaciones de ellos, puede ocurrir en cualquier tipo de patrón alimentario. Es decir, aunque no sean de origen animal, esos productos no tienen propiedades beneficiosas en sí mismos. Esto sucede, por ejemplo, con ciertos tipos de bollería industrial, bebidas azucaradas, snacks… Uno de sus reclamos publicitarios es ser “aptos para veganos” y distan mucho de ser adecuados para el organismo. Por el contrario, si una alimentación incluye productos de origen animal poco procesados (pescado, carne, queso, leche, yogur natural), pero está basada en frutas, verduras, cereales y semillas, puede ser más equilibrada y saludable que la vegetariana con exceso de superfluos. Todo depende del tipo de alimentos que se incluyan en cada patrón dietético. Debemos abordar el tema sin prejuicios y con rigor, mostrando interés real para comprobar si la familia dispone de los conocimientos necesarios y, de no ser así, orientar hacia un patrón alimentario óptimo para el niño.

En general, las dietas basadas en plantas tienen algunas ventajas, como una mayor cantidad de fibra, una menor cantidad de grasas saturadas que contribuye a un perfil lipídico más favorable, además de aportar antioxidantes y otros compuestos bioactivos beneficiosos para el organismo. Por otro lado, la huella hídrica de estos alimentos es mucho menor, siendo más sostenibles para el planeta y teniendo menor impacto medioambiental sobre los recursos naturales(3,11).

Ahora bien, para que una alimentación vegetariana sea adecuada, debe estar bien planificada y precisa conocimientos con evidencia científica(10).

¿Es adecuada la dieta vegetariana en la infancia?

La mayoría de entidades dedicadas a la Pediatría avalan el patrón de alimentación vegetariano y afirman que se puede alcanzar el crecimiento y desarrollo óptimo de los niños siguiendo este tipo de dietas. Aun así, todos los estudios señalan la importancia de que se tenga una adecuada información, se planifiquen los menús de forma correcta y se suplemente con vitamina B12, dado que la única fuente de ella son los productos de origen animal, no siendo suficientes los lácteos y huevos. Los estudios y entidades que no están a favor del vegetarianismo en la infancia remarcan el riesgo de deficiencias nutricionales en los casos que no están correctamente asesorados, fundamentalmente en hierro, yodo, ácidos grasos omega 3, vitamina D, calcio y vitamina B12(11). De ahí la necesidad de que los profesionales de la salud en contacto con las familias deban estar correctamente formados para dar recomendaciones y hacer un seguimiento de estos niños. Si no tienen los conocimientos necesarios, es fundamental derivar a las familias a un dietista-nutricionista experto en alimentación vegetariana para asegurar que la alimentación va a ser equilibrada y suficiente. Cuanto más pequeño es el niño y más restrictiva es la dieta, mayor probabilidad de que no se trate de un patrón dietético saludable, por lo que habrá que prestarle mayor atención. Es necesario asegurar el aporte de todos los nutrientes, en proporción y cantidad adecuada, lo que implica unos conocimientos concretos, de forma que pueda llevarse a cabo el crecimiento y las funciones óptimas del niño a cualquier edad(15).

Hay estudios que muestran peso inferior en los niños que siguen este patrón alimentario, con menores índices de sobrepeso y obesidad en este colectivo, siendo su crecimiento adecuado a cualquier edad. Parece que también disminuye el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas. Es necesario seguir investigando, ya que faltan estudios actualizados, a largo plazo, con muestras suficientes y homogéneas(2,10).

No existe consenso entre los expertos respecto a la alimentación vegetariana y vegana en la edad pediátrica. La tabla II resume la postura de diferentes organismos y países respecto al vegetarianismo en la infancia.

 

La Sociedad Alemana de Nutrición, la Academia Americana de Pediatría y la Academia de Medicina de Bélgica no recomiendan que los niños, adolescentes, embarazadas ni madres que lactan sigan dietas exentas en productos animales, especialmente el patrón vegano. Afirman que la dieta más adecuada en la infancia es la omnívora, con un consumo elevado de vegetales y moderado de carne, pescado y lácteos(5-7,15-17). Expertos de países como Francia o ­Italia, indican que se debe evitar que los niños sean veganos por el alto riesgo de deficiencias nutricionales, si no se suplementan, y promueven la suplementación sistemática con vitamina B12 y D, calcio y ácido docosahexaenoico (DHA), además de sal yodada(5,9,12,18). La Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN) lo desaconseja en menores de 12 meses(6,9,15). En la Guía Americana 2020-2025, se dan recomendaciones de patrón alimentario vegetariano a partir de los 12 meses de edad. Sin embargo, la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos, la Sociedad de Pediatría de Canadá y la Sociedad Argentina de Nutrición sí consideran que es un patrón alimentario saludable a cualquier edad, siempre y cuando estén bien planificadas y suplementadas, con información veraz y adecuado seguimiento por profesionales expertos(3,5-7,15). Lo mismo opinan las Asociaciones de Dietética de Australia, Reino Unido, Italia, Portugal y países nórdicos(5,7,12). En Polonia, consideran que es necesaria la suplementación y el seguimiento por parte de un experto en Nutrición(12). En España, la Asociación Española de Pediatría (AEP) considera más adecuada la dieta omnívora, especialmente en lactantes, pero afirma que la alimentación vegetariana y vegana suplementada con vitamina B12 y bien planificada puede ser saludable a cualquier edad(5,10). Los más escépticos consideran que ningún sustituto equivale exactamente a los nutrientes de la carne, lo cual en los niños podría suponer un riesgo en la salud a corto y largo plazo. Algunos proponen reducir el consumo de carnes rojas aumentando la ingesta de aves y pescado en el llamado flexitarismo, con lo que podría reducirse el riesgo cardiovascular sin aumentar las posibilidades de deficiencias nutricionales. En general, las deficiencias de nutrientes se podrían evitar mediante la suplementación, con un seguimiento clínico y analítico adecuado por parte de profesionales bien cualificados y con experiencia(4,11).

¿Cómo debe ser la alimentación vegetariana o vegana?

Para proporcionar al niño todos los nutrientes necesarios, la dieta debe estar bien planificada, independientemente del tipo de patrón que se adopte. Esto significa que la oferta de alimentos sea amplia en variedad, incluyendo grasas vegetales, fuentes de omega 3, calcio y vigilando los aportes de vitamina D y B12(8). En el caso de las familias vegetarianas o veganas, se recomienda que cada comida incluya, al menos, uno de los siguientes grupos de alimentos: legumbres y sus derivados, cereales, frutos secos, semillas y, si los consumen, lácteos y huevos(11).

Si la familia lo desea, se le puede recomendar el asesoramiento por un especialista en nutrición. Para evitar déficits nutricionales, en ocasiones, es necesario un entrenamiento previo y un acompañamiento profesional. Un menú equilibrado y variado debe huir de improvisaciones y aplicar los conceptos básicos de la dieta vegetariana(4).

En la figura 1 se muestra la pirámide de alimentación basada en plantas que se ha elaborado en Francia. De una forma muy original, se muestran las raciones recomendadas de los distintos alimentos.

Figura 1. Pirámide alimentaria vegetariana.
Fuente: Pyramide alimentaire végétale – AVF (Association Végétarienne de France).
Disponible en:
https://www.vegetarisme.fr/produit/pyramide-alimentaire-vegetale/.

 

Planificando la dieta vegetariana y vegana

Para que el patrón de alimentación en la infancia sea saludable, es fundamental planificar las comidas.

Con el objetivo de garantizar el aporte de los nutrientes necesarios en la infancia y evitar el abuso de productos insanos, cualquier opción alimentaria debe estar organizada y plantearse de forma correcta. Esto es especialmente importante cuando se prescinde de algunos grupos de alimentos. En general, si la dieta está bien planificada, no suele haber deficiencias nutricionales. Con ello se logra poner el foco en aquellos componentes de la comida que son clave y merecen una especial atención, evitando deficiencias que pueden ser peligrosas para un organismo en crecimiento, como es el de los niños. El conocimiento de los padres sobre la alimentación y su asesoramiento por parte de un profesional determinan la calidad de la dieta de los niños vegetarianos y veganos(6).

Varios estudios que comparaban niños vegetarianos y veganos con omnívoros, constataron que la cantidad de energía consumida fue similar(19,20). Otros mostraban menor consumo de energía en los niños veganos(21). En general, los macronutrientes ingeridos por los niños vegetarianos y veganos son los necesarios para su óptimo crecimiento(22). Los niños omnívoros consumen más cantidad de proteínas, grasas (especialmente saturadas) y azúcares libres, mientras que los veganos ingieren mayor proporción de carbohidratos y fibra(19,21). También muestran mayor ingesta de colesterol, calcio, yodo, zinc, DHA y vitaminas B12, B2 y D en omnívoros. Los niños vegetarianos muestran menor ingesta de todos los aminoácidos, pero resultan suficientes para cubrir los requerimientos. Se observa en ellos un consumo más elevado de folatos, carotenoides, magnesio, hierro, vitaminas E, A, B1, B6, K y C, potasio, ácidos grasos monoinsaturados (MUFA) y ácidos grasos poliinsaturados (PUFA)(11,17,20-23). Si no se suplementan, presentan déficit de vitaminas, fundamentalmente B12 y D(19). Se han visto niveles más bajos de albúmina sérica en niños vegetarianos respecto a omnívoros, pero estaban dentro de los límites normales, al igual que los valores de aminoácidos en sangre. Estudios recientes muestran que los niños veganos ingieren mayor cantidad de algunas vitaminas y minerales, aunque el calcio se encuentra por debajo de los requerimientos. Los omnívoros superan en yodo, calcio y riboflavina. Las vitaminas B2 y B12 y el hierro se mostraron también inferiores en los niños con dietas veganas, aunque sin constatarse déficits séricos.

Todos los niños, independientemente de la dieta, tenían aportes escasos de vitamina D(12,19). El selenio podría ser un nutriente deficitario en vegetarianos y veganos de lugares con suelos pobres en este mineral. La tabla III resume los nutrientes en riesgo según el patrón alimentario(12).

 

Nutrientes en dietas basadas en plantas

En el patrón de alimentación vegetariano se debe tener en cuenta el aporte de distintos nutrientes.

Los nutrientes que deben vigilarse en las personas con dietas vegetarianas o veganas son: proteínas, hierro, zinc, yodo, selenio, ácidos grasos omega 3, vitamina D, calcio y vitamina B12. Se debe prestar especial atención cuando el niño presenta aversiones a grupos de alimentos, muy habituales en ciertas edades, ya que aumenta el riesgo de desnutrición o déficit. Existen estudios en niños que siguen dietas exentas de carne con resultados variables, pero la mayoría son antiguos y heterogéneos. Los más recientes muestran que, gracias a los alimentos fortificados y suplementos y al mejor conocimiento de las necesidades nutricionales infantiles, los patrones alimentarios vegetarianos son adecuados para el crecimiento.

Se ha visto que los niños vegetarianos tienen niveles séricos inferiores de colesterol total, lipoproteínas de alta densidad (HDL), vitamina B12 y D (sin suplementación), con glucosa y triglicéridos más elevados. En cambio, los veganos tienen menores valores de lipoproteínas de baja densidad (LDL), HDL, hierro, proteína C reactiva, vitamina B12 y D (sin aportes externos), con niveles más altos de homocisteína y volumen corpuscular medio(20,21). Los veganos también presentan menores niveles de vitaminas liposolubles, especialmente A y D(21). En el colectivo vegetariano se observa menor índice de estrés oxidativo. Si se planifica la dieta de forma adecuada, se observa un perfil inflamatorio más favorable, con un efecto protector de la dieta basada en plantas sobre el estado inflamatorio del organismo.

Calorías

Debemos asegurar el aporte necesario para el crecimiento del niño. Como, en general, los productos vegetales son menos calóricos que los alimentos de origen animal, se establece que el aporte de calorías en la dieta vegetariana puede ser un 10-15 % más elevado. Esto se consigue aumentando la cantidad, si lo toleran y lo aceptan, o escogiendo los alimentos con mayor densidad calórica, como puede ser el aguacate, las cremas de legumbres o de frutos secos o los huevos si los consumen.

Proteínas

La creencia de que a las dietas vegetarianas les faltan proteínas, en la mayoría de los casos, no sucede. Si el aporte de energía es suficiente, las necesidades de proteínas se cubren correctamente(3,5). Los llamados menús infantiles, de hecho, suelen contener un exceso de proteínas. El aporte de proteínas en el patrón de alimentación vegetariano está asegurado con una dieta variada y equilibrada que incluya en cada comida alguno de estos grupos de alimentos: legumbres (incluyendo la soja y sus derivados), cereales (trigo, avena, quinoa), semillas, frutos secos y leche o huevo si lo desean. Así, con 2-3 raciones diarias de estos alimentos, mejor si se van combinando, se aseguran los aportes(5,10,12,15). En la figura 2 se muestran alimentos vegetales ricos en proteínas.

Figura 2. Alimentos vegetales ricos en proteínas. Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Para lograr el aporte necesario de los aminoácidos esenciales, se deben combinar los alimentos (p. ej.: legumbres y cereales) a lo largo del día, no necesariamente en la misma comida, como se pensaba(3,5). En niños menores de 2 años, sí que parece ventajoso combinar las proteínas complementarias en tramos de 6 horas(8). Esto se debe a que los cereales son deficitarios en lisina y algunas legumbres lo son en metionina. Los garbanzos, la soja y otros vegetales, como la remolacha o los pistachos, poseen un perfil nutricional que incluye todos los aminoácidos esenciales, por lo que se recomienda incluirlos en la dieta habitual. El seitán, producto derivado del trigo, también es una buena fuente de proteínas de origen vegetal(11). Debemos recomendar el aporte de diferentes alimentos, intercalando unos con otros. Sucede también que la digestibilidad de las proteínas vegetales es menor que la de origen animal, lo cual contribuye a la necesidad de asegurar el aporte necesario para cubrir los requerimientos(23). Debido a todo lo expuesto, se recomienda aumentar el aporte de proteínas entre un 10 % y un 30 % diario, con el fin de garantizar las cantidades adecuadas durante la infancia y la adolescencia(5,8,13,15,19). De forma más concreta por edades, los menores de 2 años son quienes necesitan un mayor aumento del aporte de proteínas, alrededor de un 30-35 % más que los omnívoros, del 20 al 30 % hasta los 6 años y del 15 % a partir de esa edad(3,14).

Hierro

Algunos estudios muestran niveles inferiores de ferritina en los niños vegetarianos respecto a los omnívoros, pero no les suponía una deficiencia, ya que estaban dentro de los rangos normales, sin presentar mayores tasas de anemia(3,4,11,14,17). Además de la ferritina más baja, también se han visto valores más bajos de hepcidina y concentración aumentada del receptor de transferrina sérica(22). Por su contenido en taninos, polifenoles, fitatos y fibra, la biodisponibilidad del hierro de los vegetales es menor(6,16). En el colectivo vegetariano, la absorción del hierro se encuentra aumentada de manera fisiológica(2,3). De hecho, algunos estudios muestran una ingesta mayor de hierro en niños y adolescentes vegetarianos(17).

Los alimentos con alta cantidad de hierro, que deben formar parte de la dieta habitual del niño para lograr un buen aporte de este mineral, son las legumbres, las espinacas (a partir de los 12 meses), los huevos, las semillas, los frutos secos y los cereales integrales. Se puede favorecer su aprovechamiento si la ingesta se acompaña de alimentos ricos en vitamina C, como el kiwi, la mandarina, el tomate o la naranja, lo que contrarresta su menor biodisponibilidad(3,5,10,11,13). En la figura 3 se muestran algunos ejemplos de alimentos vegetales ricos en vitamina C. La absorción del hierro se mejora mediante la fermentación, germinación y remojo de legumbres y semillas, al disminuir el efecto quelante de los fitatos que contienen. Por el contrario, se debe evitar su asociación con alimentos ricos en fitatos, ácido oxálico y calcio(6). Es importante, por lo tanto, aumentar la ingesta de alimentos ricos en hierro en esta población. Se debe prestar aún más atención en la adolescencia, dado que el riesgo de ferropenia es mayor(12).

Figura 3. Alimentos vegetales ricos en ácido ascórbico o vitamina C.
Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations. Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Yodo

Se recomienda asegurar la ingesta de yodo con los alimentos o la leche hasta que pueda introducirse la sal yodada a los 12 meses de edad(8). A partir de esa edad, en España, se recomienda a toda la población cocinar con sal yodada, que está suplementada con este mineral. Con esta práctica, junto con una dieta variada y equilibrada, se aseguran los aportes necesarios. Las algas, un alimento que contiene elevadas cantidades de yodo, no se recomiendan en la dieta de los niños por riesgo de exceso y toxicidad(6,10).

Hasta los 6 años de edad, la ingesta diaria recomendada de este mineral es de 90 microgramos, siendo de 120 entre los 6 y los 12 años y de 150 a partir de la adolescencia(15).

Zinc

Aunque la ingesta de zinc en vegetarianos y veganos es menor que en omnívoros, esta suele ser suficiente para mantener los niveles en rango normal(11). Se encuentra en multitud de alimentos, como lácteos, huevos, legumbres, frutos secos, semillas y cereales, como la avena y la quinoa, pero algunos antinutrientes dificultan su absorción. Por ello, se recomiendan técnicas culinarias, como la fermentación o el remojo de legumbres. Es favorable su aporte junto con ácidos orgánicos de frutas y verduras(2,6).

Selenio

El selenio puede ser deficitario en dietas vegetarianas de niños que viven en zonas con suelos pobres en dicho mineral, por lo que se debe recomendar la ingesta de cereales, frutos secos y legumbres en estos colectivos, enmarcado en un patrón dietético variado y equilibrado. Se desaconseja el consumo excesivo de nueces de Brasil a largo plazo en niños pequeños por riesgo de exceso de selenio.

Ácidos grasos poliinsaturados (omega 3)

El perfil de ingesta de grasas es más saludable en dietas vegetarianas, con un estado antioxidante mejor, aunque hay que asegurar el aporte de omega 3 procedente fundamentalmente de pescados grasos en las dietas omnívoras(11).

Debido a las fuentes alimentarias incluidas en su dieta, los niños con dietas vegetarianas consumen menor cantidad de ácido eicosapentaenoico (EPA) y DHA, aunque los efectos de esta ingesta aún no se han determinado(6,10). En el caso de los veganos, su porcentaje de grasa ingerida con la dieta es aún más bajo y, en ocasiones, los omega 6 desplazan a los omega 3, lo cual no resulta saludable a largo plazo, por lo que se debe hacer seguimiento de los aportes de ambos grupos de lípidos(6). Para lograr unos niveles adecuados de ácidos grasos omega 3, que además estén equilibrados respecto a los ácidos grasos omega 6, se debe evitar el consumo de productos ultraprocesados. Se promoverá la utilización del aceite de oliva o el de girasol alto oleico, incluyendo, en la dieta habitual, alimentos con perfil lipídico saludable, como son los frutos secos, molidos o en crema los primeros 5 años de vida, especialmente las nueces, las semillas como el lino o la chía y la soja(10,15). Como recomendación, se debe fomentar el consumo regular de alimentos ricos en ácido alfa-linolénico (ALA), precursor de los omega 3 y que está presente en alimentos, como nueces, soja, semillas de lino y chía y verduras de hoja verde(11).

Podría ser interesante y beneficiosa la suplementación con DHA en los lactantes cuya proporción de lactancia materna no alcance la mitad de sus aportes diarios, e incluso se plantea la posibilidad de dar aceite de algas a todos los lactantes vegetarianos y veganos cuando comienzan la dieta sólida.

En algunos países como Italia, se recomienda que los niños de entre 6 meses y 3 años consuman 100 mg de DHA al día, independientemente del tipo de dieta(5,8).

Vitamina D y calcio

En todos los niños menores de 12 meses, sean o no vegetarianos, se recomienda la suplementación diaria con 400 UI de vitamina D, preferiblemente en forma de D3, que ya existe de origen vegetal(3,8,11). A partir de esa edad no suele ser necesario si la alimentación es variada, suficiente, equilibrada y poco restrictiva, aunque hay que valorarlo de forma individualizada, especialmente en veganos. Los estudios más recientes, realizados en niños, muestran niveles dentro del rango normal con tasa de recambio óseo similar a los omnívoros. Sí se observa menor contenido mineral óseo en veganos, lo que se corresponde con los niveles más bajos de consumo de calcio en este tipo de alimentación(20).

Debemos insistir en la necesidad de exposición solar diaria con protección. La principal fuente de vitamina D es la luz del sol. Basta con 15 minutos al día sobre cara, cuello y antebrazos para recibir los aportes necesarios. En los alimentos se encuentra en pocas cantidades y de forma variable, por lo que puede resultar interesante incluir alimentos fortificados(6). Es fundamental inculcar desde pequeños el hábito de la realización de ejercicio físico. Durante toda la infancia, se recomienda hacer 60 minutos diarios de actividad moderada o intensa. Además de otros muchos beneficios, esta práctica favorece el desarrollo adecuado de los huesos(10).

Las recomendaciones dietéticas deben ser individualizadas. Los alimentos de origen vegetal que aportan calcio son, principalmente: legumbres (en especial, alubias blancas, soja y sus derivados), cereales, frutos secos (almendras, tahini), higos, col, berza, repollo, grelos, berros, brócoli, rúcula, lácteos y huevos(3,13,14). La figura 4 muestra alimentos vegetales ricos en calcio. Se debe promover el consumo de verduras de hoja con bajo contenido de oxalato, como el brócoli, el kale o la col rizada, para evitar que disminuya su biodisponibilidad(5,10,11). Las verduras de hoja verde, como las espinacas y las acelgas, no son buenas fuentes de calcio por su baja absorción ante la presencia de oxalatos, además de que se deben evitar hasta los 12 meses, por el riesgo de metahemoglobinemia. El ácido fítico de las legumbres, frutos secos y semillas también reduce la biodisponibilidad del calcio.

Figura 4. Alimentos vegetales ricos en calcio.
Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Por todo ello, las personas con patrón dietético basado en plantas deben aumentar en un 20 % los aportes de este mineral(6,15). En la tabla IV se muestran los aportes de calcio de algunos alimentos. En comparación, 100 ml de leche de vaca contienen 120 mg de calcio.

 

En ocasiones, se recomienda ofrecer a los niños alimentos enriquecidos o fortificados, según el caso y en función del aporte de nutrientes que reciben con la dieta habitual. Esto se debe hacer de manera individualizada. El consejo de un dietista nutricionista experto en alimentación vegetariana garantizará la adecuada administración de suplementos si se precisan. Esto es especialmente importante en los niños con alimentación vegana, ya que no consumen leche ni derivados y puede ser más difícil alcanzar los requerimientos de calcio(10). Por tanto, en niños veganos, se pueden recomendar alimentos fortificados con calcio, incluyendo el agua mineral, de tal forma que se asegure su aporte, o suplementos si es necesario(15). No se debe olvidar la leche materna como fuente de calcio. Su biodisponibilidad en ella es de casi el 60 %, mientras que en la leche de fórmula es del 38 %.

Vitamina B12

Es imprescindible su suplementación en todos los niños vegetarianos a partir de los 6 meses de edad, aunque consuman huevos y lácteos(15,23). Para poder alcanzar unos niveles de ingesta adecuados, la cantidad de estos alimentos que serían necesarios desequilibraría la dieta(10). En los primeros 6 meses de vida, si la madre es vegetariana, debe tomar ella un suplemento y con ello sería suficiente para cubrir los requerimientos del bebé. A partir de esa edad, la cianocobalamina se debe aportar externamente durante toda la vida(5,15).

La posología puede ser semanal o bien administrarse varias veces a la semana, variando según la edad y características del niño. Se pueden encontrar diversas recomendaciones con dosis diferentes según la pauta elegida, aunque lo más importante es facilitar el cumplimiento a largo plazo. Algunos estudios indican que es preferible tomar la dosis fraccionada durante la infancia, es decir, a diario o varias veces por semana, para así favorecer la absorción de la vitamina a nivel intestinal y lograr su óptimo aprovechamiento(8). Las altas dosis en una toma semanal única pueden saturar los receptores intestinales de la vitamina, con lo que se pierde gran parte al no poder absorberse(6,11). Se estima que aportes mayores de 2,5 microgramos saturan el factor intrínseco e impiden la absorción del resto, por lo que parece más beneficioso administrar la vitamina de forma fraccionada o con dosis únicas diarias(5).

En la figura 5 se pueden consultar las principales fuentes alimentarias vegetarianas de algunos nutrientes clave en este colectivo(14,23).

Figura 5. Fuentes vegetarianas de algunos nutrientes.

 

No se recomienda la suplementación con complejos multivitamínicos, ya que existe riesgo de interacción entre compuestos e incluso de intoxicaciones(5).

Técnicas culinarias

Algunos alimentos de origen vegetal contienen antinutrientes, como inhibidores de enzimas, polifenoles, fibra dietética, taninos o fitatos, entre otros, que interfieren en la capacidad de utilización de los aminoácidos y minerales. Además, en ocasiones, la digestión de ciertos alimentos resulta complicada, especialmente para los niños más pequeños.

Hay una serie de consejos de higiene alimentaria, como lavar bien las frutas y verduras antes de consumirlas y algunas técnicas culinarias que mejoran la digestibilidad o el aprovechamiento de la comida, como remojar las legumbres o no desechar el caldo de cocción de las verduras, que deben conocerse para asesorar a las familias. La preparación y el cocinado de ciertos productos influyen en su absorción(5).

Las recomendaciones para el cocinado incluyen: remojar las legumbres durante, al menos, 8 horas previas al cocinado, retirando el agua de cocción. Para facilitar su digestión y reducir la cantidad de gases que incomodan a los niños, se recomienda someterlas a ­cocciones prolongadas. Para optimizar la asimilación de los alimentos vegetales, se deben priorizar como formas de cocinado el hervido, la cocción, la germinación o la fermentación. El calor inactiva muchos de los antinutrientes, por lo que resulta beneficioso cocer o hervir algunos productos vegetales.

Ultraprocesados

Los productos ultraprocesados son aquellos elaborados por la industria alimentaria mediante técnicas o adición de sustancias que los hacen muy diferentes de los ingredientes originales. Es decir, se les ha modificado para aumentar su palatabilidad o mejorar sus características organolépticas. Suelen ser productos ricos en grasas saturadas, sal, azúcares simples o una combinación de ellos. La aparición de estos alimentos ha revolucionado la forma de comer de la población. Como, en su mayoría, se trata de productos listos para el consumo, que reducen el tiempo dedicado a la cocina, las familias, que muchas veces han de buscar la manera de conciliar las horas de trabajo con las de crianza, han incrementado su utilización hasta el punto de utilizarlos de forma diaria. Ya sea por comodidad o por preferencia alimentaria, los índices de consumo de este tipo de productos se han disparado en los últimos años. Estos datos son muy preocupantes, debido a la asociación entre este tipo de alimentación y el desarrollo de enfermedades crónicas, como las cardiovasculares, la obesidad o la diabetes.

La alimentación saludable, a cualquier edad, se basa en el consumo de alimentos frescos poco o nada procesados. Debemos insistir en que, por muy “de origen vegetal” que sea un producto altamente procesado, no resulta beneficioso para el organismo. Se trata de reclamos publicitarios que aprovechan la desinformación de la población y llevan a confusión. Se ha demostrado que las dietas vegetarianas no saludables, ricas en azúcares libres, sal y grasas saturadas, se relacionan con un perfil metabólico desfavorable, como elevación de LDL, hipertensión arterial o alteraciones en el metabolismo de la glucosa, por lo que se debe limitar la ingesta de este tipo de productos(9). La industria alimentaria puede implementar medidas para mejorar los productos que ofrece, contribuyendo a la salud pública de la población y, especialmente, de la infancia(12).

Recomendaciones generales por edades

Lactantes menores de 6 meses

Se debe recomendar y promocionar la lactancia materna a demanda en todas las familias. El único alimento del bebé debe ser la leche, si es posible materna o, en su defecto, fórmula adaptada de inicio que cumpla con la normativa (animal o vegetal).

La vitamina B12 se debe administrar a la madre en caso de que amamante. Suele estar añadida en la fórmula adaptada, si la lactancia es artificial. Además, en España se aconseja suplementar con vitamina D a todos los lactantes hasta los 12 meses de edad.

Niños de 6 meses a 2 años

Su alimento principal aún debe ser la leche, preferiblemente materna o, si esta no es posible, fórmula adaptada de continuación (animal o vegetal). A partir de esta edad, se aconseja utilizar las legumbres en sustitución de la carne, ofrecer alimentos ricos en hierro y nutritivos mediante el método baby led weaning (alimentación guiada por el bebé) (BLW) o baby led introduction to solids (introducción del bebé a los sólidos) (BLISS), si lo desean. En veganos puede ser interesante introducir yogures de soja enriquecidos con calcio. Resultan muy bien tolerados alimentos como el huevo, el hummus o paté de garbanzos, el tofu, el aguacate, los guisantes, las lentejas con arroz, los garbanzos con cuscús o la crema de cacahuete. Si es posible, es preferible utilizar cereales integrales, incluyendo variantes menos conocidas, como la quinoa o el amaranto. Se debe promover el consumo habitual de verduras ricas en vitamina A, como la zanahoria, la calabaza o la batata(10,13). En realidad, el menú del lactante debería ser similar al del resto de la familia, adaptado a su edad, siempre y cuando este sea equilibrado, bien planificado y basado en productos frescos poco procesados. Tras la introducción de los diferentes alimentos, se recomienda que los niños vegetarianos y veganos coman con frecuencia legumbres (incluyendo soja y derivados), frutas, verduras, frutos secos, semillas (lino, chía, sésamo) y huevos y productos lácteos, si los utilizan(8,11). Las legumbres son un magnífico alimento para los lactantes a partir de los 6 meses. Les aportan multitud de nutrientes, entre los que destacan: proteínas, hierro, zinc, calcio, magnesio, fibra, hidratos de carbono y antioxidantes. Son muy fáciles de masticar y hay gran variedad de presentaciones y derivados, como el tofu y el tempeh(11). Los frutos secos y las semillas son otro fantástico grupo de alimentos a tener en cuenta para la alimentación complementaria. Son fuente de proteínas, grasas mono y poliinsaturadas, fibra, antioxidantes, calcio, hierro, selenio, zinc y vitaminas del grupo B y E. Se pueden ofrecer a partir de los 6 meses, distribuidos a lo largo del día, siempre molidos o en crema hasta los 5 años de edad. Durante el primer año, hay que evitar ofrecer espinacas, acelgas, borraja, rúcula, miel y algas. Los alimentos con efectos laxantes, como las semillas de lino y chía, se deben ofrecer de forma ocasional y, preferiblemente, molidos(11). En los niños más pequeños, especialmente al inicio de la alimentación complementaria, se debe limitar la ingesta de fibra para no interferir con la absorción de nutrientes, principalmente calcio, hierro y grasas, ni provocar saciedad temprana(5,8). Se debe asegurar el aporte de hierro. Los alimentos ofrecidos deben ser de alta densidad nutritiva, con aporte de energía, proteínas, hierro, zinc y otros nutrientes, incluso con pequeñas cantidades. Ejemplo de ello son: legumbres, aguacate, huevo, tofu o frutos secos en crema o molidos(3). El hecho de variar los alimentos, además de hacer la dieta menos monótona y más divertida, contribuye a aumentar la saciedad y asegurar el aporte de nutrientes, especialmente importante en el colectivo vegano(17).

Se han elaborado algunas herramientas que pueden ayudar a planificar las comidas de los lactantes vegetarianos o veganos, como la rueda que se muestra en la figura 6. En ella se observan los diferentes grupos de alimentos a ofrecer, sin olvidar los suplementos de vitamina D y B12, la primera hasta los 12 meses (en España) y la segunda durante toda la vida, si no come carne ni pescado(8).

Figura 6. Necesidades alimentarias en el lactante.
Modificado de: Baroni L, Goggi S, Battino MA. Planning well-balanced vegetarian diets in infants, children and adolescents: the vegplate junior. J Acad Nutr Diet. 2019; 119: 1067-74.

 

Niño en edad escolar

A partir de los 2 años, los niños deben comer lo mismo que toda la familia, predominando los productos frescos.

En cada comida principal (2-3 raciones al día), se debe incluir, al menos, uno de los siguientes alimentos, procurando variarlos a lo largo de la semana: legumbres, cereales, frutos secos, semillas y, en el caso de las familias vegetarianas, lácteos y huevos. Se debe recomendar la ingesta de legumbres, al menos, una vez al día.

Ejemplos de una ración de proteínas: un huevo o un vaso de leche; en el caso de legumbres: un vaso de leche de soja, un cazo de lentejas cocidas, un puñado de soja texturizada y una hamburguesa de garbanzos.

Una ración de frutos secos: una cucharada de crema de cacahuete, una cucharada de almendras molidas, un puñado de nueces trituradas (los frutos secos enteros, a partir de los 5 años).

Algunos alimentos muy utilizados en las dietas basadas en plantas son:

• Tempeh: preparado con fermentación de la soja. Se puede comer frito o a la plancha o se puede usar para dar textura a los platos.

• Soja texturizada: es un preparado de soja que puede hidratarse y utilizarse como sustituto de la carne picada para preparar platos, como lasaña o pimientos rellenos.

• Seitán: alimento elaborado con el gluten del trigo. Tiene una textura firme, por lo que puede tomarse solo o añadirse como ingrediente en muchas preparaciones (ensaladas, guisos…).

• Tofu: es un preparado de soja cuajada, con aspecto similar al queso y textura variable según el tipo. Se puede consumir troceado o usarse para elaborar salsas o cremas.

• Natto: es un producto hecho con habas de soja fermentadas, pero en este caso su textura es pegajosa. Se suele mezclar con arroz y condimentos.

• Cuscús: es sémola de trigo duro. Necesita hidratación para consumirlo.

• Miso: es un condimento en forma de pasta hecho a base de semillas de soja fermentadas. Lo más habitual es usarlo para hacer sopa.

• Tahini: es una pasta elaborada con semillas de sésamo. Se utiliza en la elaboración del hummus.

No es necesario introducirlos en los menús, pero pueden facilitar el aporte de nutrientes y ampliar las posibilidades culinarias, por lo que son buenos recursos a tener en cuenta(14). Si son procesados, es preferible escoger los que no excedan el contenido en sal ni tengan añadidos azúcares o grasas saturadas, sobre todo si se utilizan con frecuencia.

Adolescente

En esta etapa hay que asegurar el aporte calórico y proteico, cuyas necesidades aumentan dado el estirón puberal. Aunque en estas edades mejora la capacidad de absorción del calcio, es un mineral que no puede ser deficitario en la adolescencia. De no poder asegurar su aporte en la cantidad necesaria, sobre todo en familias veganas, hay que recurrir a alimentos fortificados o suplementación. En el caso de las niñas, debemos incrementar el aporte de hierro, coincidiendo con la menarquia y las pérdidas menstruales.

Siempre se debe estar atento ante posibles conductas restrictivas que indiquen un trastorno del comportamiento alimentario encubierto(3).

Debemos recomendar el consumo diario de legumbres o sus derivados, además de lácteos y huevos, si así lo desean. A partir de los 10 años, una ración de huevo son 2 unidades y una ración de lácteo son 2 yogures(14).

Seguimiento y controles

El seguimiento de los niños con dietas vegetarianas debe ser individualizado.

En los niños que tienen un patrón dietético vegetariano, hay que hacer los controles necesarios para garantizar el óptimo crecimiento y desarrollo, como se haría con cualquier otro niño, teniendo en cuenta que, en ellos, debemos prestar atención a detectar posibles deficiencias nutricionales(5,9,19). En cada visita, se debe preguntar por síntomas, como cansancio, palidez, irritabilidad, caída del cabello o parestesias, que pueden ser causados por alguna carencia de micronutrientes. En la tabla V se resumen las manifestaciones de los estados carenciales de algunos nutrientes(17).

 

El seguimiento a largo plazo debe realizarse de manera individualizada por un profesional cualificado y con experiencia en el tema. No está justificado en todos los casos realizar analíticas o pruebas complementarias. Es preciso valorar la edad y otras circunstancias individuales, dado que no es el mismo seguimiento el que precisa un niño con patrón dietético ovolactovegetariano que uno vegano, o una familia con años de experiencia que un adolescente que inicia este tipo de alimentación. Los hábitos dietéticos varían mucho entre familias, por lo que se debe realizar una anamnesis adecuada que aporte la información necesaria sobre las características de la dieta en cada caso. Es preciso valorar la edad y otras circunstancias individuales, como el grado de restricción de grupos de alimentos(3). De forma general, hay grupos de expertos que sugieren la realización de una analítica sanguínea que incluya hemograma con reticulocitos, perfil férrico, vitamina B12 y homocisteína al inicio del cambio de patrón dietético. Del mismo modo, proponen la monitorización periódica con estudios analíticos cada 6 meses los primeros dos años de vida y durante la adolescencia, y una vez al año en el resto de la infancia. Es posible añadir otros estudios en función de la clínica o si lo sugieren el examen físico, el perfil de alimentos que consume el niño o el tipo de suplementación que realiza. Si se sospecha un déficit de vitamina B12, los marcadores precoces son la homocisteína, la transcobalamina y el ácido metilmalónico, por lo que deben solicitarse dichos niveles(5,6,15). Parece que los marcadores más adecuados para valorar el estado del hierro son la hepcidina y el receptor de transferrina, siendo menos variables en estados inflamatorios habituales en la infancia y permitiendo la detección precoz de deficiencias de hierro subclínicas(22,15).

Es fundamental comprobar que la dieta es equilibrada y que el niño crece dentro de los patrones adecuados, está activo y es feliz. De ser así, se le realizarán los mismos controles de salud que al resto de niños sanos.

Se ha observado que los niños vegetarianos tienen un menor índice de masa corporal (IMC) en comparación a los omnívoros, pero su crecimiento y desarrollo son normales(4,11). Un estudio mostró que los niños vegetarianos presentan menor adiposidad glúteo-femoral, pero similar proporción de grasa total y masa magra que los omnívoros, mientras que los veganos tienen índices menores de grasa corporal con masa magra parecida al resto(20). Otros resultados concluyen que los vegetarianos tienen menor índice de masa grasa. En algunos estudios no se encontraron diferencias en los parámetros de peso, talla e IMC(22).

En comparación con las escalas de peso y talla habituales, los niños menores de 5 años vegetarianos y veganos suelen mostrar valores inferiores, aunque dentro de límites normales. Esto no es siempre negativo, ya que los IMC actuales tienden al sobrepeso y la obesidad. En muchos casos, los niños con patrón dietético vegetariano y vegano han recibido o reciben mayor proporción de lactancia materna que los omnívoros, que, con frecuencia, son alimentados con fórmula, presentando patrones de crecimiento más acelerados(4).

En mayores de 12 meses se recomienda vigilar los aportes de vitamina D, incluso con monitorización de niveles. No obstante, la suplementación universal no está indicada, debido al riesgo de toxicidad en caso de sobredosificación. Durante la adolescencia, algunos estudios recomiendan la realización de una densitometría lumbosacra anual(6,15). Por el contrario, estudios realizados en 2001 mostraron densidad ósea adecuada en niños vegetarianos, dado que la capacidad de absorción de calcio resulta más efectiva en dicha población(15,24).

No debemos olvidar que la nutrición es algo más que comer. Son tradiciones, creencias, hábitos, rutinas y todo ello englobado en la realidad del día a día en las familias. Los profesionales debemos respetar estas elecciones, siendo capaces de realizar recomendaciones dirigidas a lograr el máximo nivel de salud infantil.

El futuro del colectivo vegetariano y vegano infantil

Esto ya se está empezando a plantear en algunos países con trayectorias más largas en estos tipos de alimentación. Aún faltan estudios con muestras más numerosas y características similares, utilizando marcadores y parámetros que permitan analizar la salud global de los niños con estos patrones alimentarios y haciendo seguimientos prolongados en el tiempo(12,17,18). Es necesario realizar investigaciones dirigidas a disipar las inquietudes y dudas que aún plantean algunos expertos y evidenciar la seguridad de este tipo de patrón alimentario bien planificado.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra debe ser capaz de escuchar, empatizar, entender y respetar las opciones dietéticas de la familia y las de cada persona, identificando posibles deficiencias que deban ser corregidas.

Como profesionales sanitarios, promotores de la salud infantil y responsables del seguimiento de los niños durante toda la infancia, los pediatras de Atención Primaria son pieza clave en las familias. Dentro de ello, un apartado fundamental es la alimentación. No siempre los síntomas que presenta el niño se deben a problemas nutricionales, algo que debe tenerse en cuenta también en las familias vegetarianas y veganas. Con una serie de preguntas se puede conocer la calidad de la alimentación del niño y tener una orientación sobre dónde poner el foco(23). Este cuestionario dirigido a las familias con patrón de alimentación basado en plantas reúne los puntos clave para reforzarlos y asegurar una nutrición óptima. Se basa en los siguientes aspectos, según la edad:

• Menores de 2 años: la madre tiene apoyo para la lactancia materna, toma vitamina B12, DHA y yodo y come saludable; el bebé toma vitamina D3; si la lactancia es artificial, se realiza con fórmula adaptada durante el primer año de vida; si utiliza la leche adecuada (materna el tiempo que deseen, fórmula adaptada hasta los 12 meses y, a partir de entonces, leche de vaca entera o de soja enriquecida con calcio); el lactante toma legumbres, frutos secos y semillas, calorías suficientes y leche a demanda; incluyen, de forma habitual, aguacate, cremas de frutos secos, legumbres o sus derivados y tubérculos; saben qué alimentos evitar (sal y azúcares, miel, algas, verduras de hoja verde como espinacas, acelgas y borraja hasta los 12 meses, frutos secos enteros, alimentos redondos sin cortar, duros o con riesgo de atragantamiento hasta la edad escolar); el lactante toma suplementos de B12 de 6 meses en adelante y vitamina D3 hasta los 12 meses.

• Mayores de 2 años: come frutas y verduras variadas en todas las comidas, incluyendo ricas en vitaminas A y C (boniato, zanahoria, pimiento, espinacas, brócoli, albaricoque, kiwi, naranja…); incluye un alimento proteico en cada comida; predominan los cereales integrales frente a los refinados; uso habitual de aceite de oliva o de girasol alto oleico; consume dos raciones diarias de lácteos con calcio (o en veganos se asegura la equivalencia); utilizan sal yodada; poco consumo de azúcares simples y de ultraprocesados; y suplemento adecuado de vitamina B12.

Por último, se debe individualizar cada caso para recomendar los suplementos necesarios. En la tabla VI se resumen los más importantes.

 

Conclusiones

La alimentación vegetariana y vegana bien planificada y suplementada en nutrientes (vitamina B12 y otros, según la edad y circunstancias) permite el adecuado crecimiento y desarrollo del niño. El pediatra de Atención Primaria es una figura clave para acompañar a estas familias.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Moreno-Villares JM, Collado MC, Larqué E, Leis-Trabazo MR, Sáenz-de-Pipaon M, Moreno-Aznar LA. Los primeros 1000 días: una oportunidad para reducir la carga de las enfermedades no transmisibles. Nutr Hosp. 2019; 36: 218-32. Disponible en: https://dx.doi.org/10.20960/nh.02453.

2. Chouraqui JP. Risk Assessment of Micronutrients Deficiency in Vegetarian or Vegan Children: Not So Obvious. Nutrients. 2023; 15: 2129. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu15092129.

3. Academia de Nutrición y Dietética. Postura de la Academia de Nutrición y Dietética: Dietas Vegetarianas. 2016. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1016/j.jand.2016.09.025.

4. Elliott LJ, Keown-Stoneman CDG, Birken CS, Jenkins DJA, Borkhoff CM, Maguire JL. Vegetarian Diet, Growth, and Nutrition in Early Childhood: A Longitudinal Cohort Study. Pediatrics. 2022; 149: e2021052598. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2021-052598.

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10.** Redecilla Ferreiro S, Moráis López A, Moreno Villares JM. Recomendaciones del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría sobre las dietas vegetarianas. An Pediatr (Barc). 2020; 92: 306.e1-e6.

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12. Neufingerl N, Eilander A. Nutrient Intake and Status in Children and Adolescents Consuming Plant-Based Diets Compared to Meat-Eaters: A Systematic Review. Nutrients. 2023; 15: 4341. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu15204341.

13. Aránzazu Ceballos AD, Osorno Gutiérrez AP, Ortega Sierra OL. Dieta vegetariana en Pediatría, un análisis desde la Pediatría y la nutrición. Pediatr. 2021; 54: 155-62.

14. Farran A, Illan L, Padró L. Dieta vegetariana y otras dietas alternativas. Pediatr Integral. 2015; XIX: 313-23. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-06/dieta-vegetariana-y-otras-dietas-alternativas/.

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17. Schürmann S, Kersting M, Alexy U. Dietas vegetarianas en niños: una revisión sistemática. Eur J Nutr. 2017; 56: 1797-817.

18. Simeone G, Bergamini M, Verga MC, Cuomo B, D’Antonio G, Iacono ID, et al. Do Vegetarian Diets Provide Adequate Nutrient Intake during Complementary Feeding? A Systematic Review. Nutrients. 2022; 14: 3591. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu14173591.

19. Alexy U, Fischer M, Weder S, Längler A, Michalsen A, Sputtek A, et al. Nutrient Intake and Status of German Children and Adolescents Consuming Vegetarian, Vegan or Omnivore Diets: Results of the VeChi Youth Study. Nutrients. 2021; 13: 1707. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu13051707.

20. Desmond MA, Sobiecki JG, Jaworski M, Płudowski P, Antoniewicz J, Shirley MK, et al. Growth, body composition, and cardiovascular and nutritional risk of 5- to 10-y-old children consuming vegetarian, vegan, or omnivore diets. Am J Clin Nutr. 2021; 113: 1565-77. Disponible en: https://doi.org/10.1093/ajcn/nqaa445.

21. Hovinen T, Korkalo L, Freese R, Skaffari E, Isohanni P, Niemi M, et al. Vegan diet in young children remodels metabolism and challenges the statuses of essential nutrients. EMBO Mol Med. 2021; 13: e13492. Disponible en: https://doi.org/10.15252/emmm.202013492.

22. Ambroszkiewicz J, Klemarczyk W, Mazur J, Gajewska J, Rowicka G, Strucińska M, et al. Serum Hepcidin and Soluble Transferrin Receptor in the Assessment of Iron Metabolism in Children on a Vegetarian Diet. Biol Trace Elem Res. 2017; 180: 182-90. Disponible en: https://doi.org/10.1007/s12011-017-1003-5.

23.** Martínez-Biarge M. Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

24. Leung SS, Lee RH, Sung RY, Luo HY, Kam CW, Yuen MP, et al. Growth and nutrition of Chinese vegetarian children in Hong Kong. J Paediatr Child Health. 2001; 37: 247-53.

 

Bibliografía recomendada

– Gutiérrez M, Marín V, Raimann X, Le Roy C. Dietas vegetarianas en Pediatría: Recomendaciones de la Rama de Nutrición. Andes Pediatr. 2021; 92: 781-9.

En este artículo se realiza una revisión de la dieta vegetariana y vegana en la infancia, con especial énfasis en las recomendaciones culinarias. Resulta muy práctico, con las claves fundamentales por etapas y en condiciones especiales.

– Redecilla Ferreiro S, Moráis López A, Moreno Villares JM. Recomendaciones del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría sobre las dietas vegetarianas. An Pediatr (Barc). 2020; 92: 306.e1-e6.

Se trata de un artículo sencillo de leer, actualizado, que revisa los nutrientes principales a considerar en el patrón de alimentación basado en plantas. Señala la suplementación recomendada y enfatiza en los puntos clave según la edad del niño.

– Martínez-Biarge M. Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

Artículo muy actualizado, completo y práctico. Dirigido especialmente a los profesionales de Atención Primaria, con recomendaciones muy útiles en la consulta.

– Web: https://veganhealth.org/

En esta web se comentan nutrientes, incluye tablas y ejemplos. Es muy práctica y visual. Fácilmente accesible para la población general.

– Web: https://www.vegweb.com/

Contiene recetas. Se comentan posibles alimentos sustitutos de otros de origen animal (huevo, leche). Muy útil para dar ideas.

– Web: https://www.unionvegetariana.org/

Incluye recetas. Dispone también de un Blog y de distintos servicios.

– Libro: Basulto J, Blanquer M, Manera M, Serrano P. Alimentación vegetariana en la infancia. DeBolsillo.

– Calculadoras: buscador DRV (EFSA). Tablas de composición nutricional (https://www.dietas.net/).

 

Caso clínico

 

Acude a la consulta una familia para la revisión de 6 meses de su primogénito. El crecimiento es armónico y desde el nacimiento se mantiene en el percentil 25-50 de peso, talla y perímetro cefálico. El desarrollo psicomotor es adecuado. Muestra interés por los alimentos, se mantiene sentado y se lleva las manos a la boca, aunque de momento solo le ofrecen lactancia materna a demanda.

Después de explicarles la alimentación complementaria, comentan con cierto recelo que, aunque saben que no “les gusta a los pediatras”, ellos en casa no consumen carne ni pescado desde hace años, por motivos éticos y ecológicos muy arraigados. Se han informado a través de varias asociaciones e incluso la madre ha cursado un título oficial relacionado con la alimentación.

La familia consume a diario frutas, verduras, legumbres, cereales y frutos secos. No descartan ofrecer al niño productos derivados de los animales que no supongan su sacrificio, como lácteos, huevos o miel. De todos modos, quieren saber la opinión de su pediatra de Atención Primaria.

 

 

 

 

 

Nutrición en el preescolar y escolar

 

S.H. Campuzano Martín*, A. Hernández Hernández**, C. Coronel Rodríguez***
Temas de FC


S.H. Campuzano Martín*, A. Hernández Hernández**, C. Coronel Rodríguez***

*Centro de Salud Casco Vello. Vigo. Pontevedra. **Centro de Salud Tacoronte. Santa Cruz de Tenerife. ***Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla. Grupo de trabajo de Gastroenterología y Nutrición de la SEPEAP

X

Autor para correspondencia

samuel.hector.campuzano.martin@sergas.es

Resumen

La edad preescolar y escolar se caracteriza por una desaceleración del crecimiento hasta estabilizarse y por una progresiva madurez psicosocial. En estas etapas se establecen las bases de los hábitos alimentarios saludables que van a influir a lo largo de toda la vida y que van a tener especial importancia en la prevención de enfermedades nutricionales a corto y largo plazo. Es un periodo de gran variabilidad individual en los hábitos, preferencias y necesidades nutricionales, que deben ser calculadas de manera particular, teniendo en cuenta la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona. Son objetivos de la nutrición pediátrica en estas edades asegurar un crecimiento y desarrollo óptimo adecuado a la actividad física, y promover hábitos dietéticos saludables y otras conductas, como la reducción del sedentarismo incrementando la actividad física. El pediatra dispone, en la consulta diaria y en las revisiones de salud, de la oportunidad y de las herramientas para valorar el estado nutricional del niño y dar a conocer las correctas normas nutricionales para cimentar las bases de un estilo de vida saludable.

 

Abstract

Preschool and school ages are characterized by a slowdown in growth until its stabilization and by progressive psychosocial development. In these stages of life the basis of healthy diet habits are established, and this will have an important influence throughout life, that will have special importance in the prevention of nutritional diseases, in the short and long term. It is a period of important individual varieties in habits, preferences and nutritional needs, which must be calculated in a particular way, according to age, sex, physical activity and physiological state of each person. Pediatric nutrition objectives at these ages are directed to ensure optimal growth and development, appropriate to physical activity, and to promote healthy feeding and lifestyle behaviors, such as reducing sedentary lifestyle and increasing physical activity. In the daily consultations and health check-ups the pediatrician has the opportunity and the tools to assess the child’s nutritional status and to promote correct nutritional standards to stablish the basis for a healthy lifestyle.

 

Palabras clave: Niño; Alimentación; Requerimientos nutricionales; Recomendaciones dietéticas.

Key words: Child; Food; Nutritional requirements; Dietary recommendations.

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 102 – 108


OBJETIVOS

• Conocer las características biológicas, psicológicas y sociales que influyen en la alimentación del niño en edad preescolar y escolar.

• Saber calcular las necesidades energéticas, de macronutrientes, vitaminas, minerales y oligoelementos en estas edades para garantizar un crecimiento y desarrollo adecuado.

• Conocer estrategias para una alimentación saludable en el preescolar y escolar. Saber aplicar recomendaciones prácticas para fomentarla y promover hábitos dietéticos saludables que prevengan el desarrollo de enfermedades nutricionales a corto y a largo plazo.

 

Nutrición en el preescolar y escolar

https://doi.org/10.63149/j.pedint.17

 

Introducción

La edad preescolar y escolar es una etapa clave en la educación del niño en hábitos dietéticos adecuados y de un estilo de vida saludable.

Disponemos de importantes conocimientos acerca de la lactancia materna y de la alimentación adecuada durante los dos primeros años de vida. Sin embargo, tradicionalmente, se ha dado menor importancia a la nutrición durante las etapas preescolar y escolar, considerando en muchas ocasiones a estos niños como adultos pequeños, lo cual puede tener consecuencias negativas en cuanto al mantenimiento de un estado de salud adecuado y la prevención de enfermedades crónicas.

La alimentación saludable es aquella que proporciona los nutrientes que el cuerpo necesita para mantener el buen funcionamiento del organismo, conservar o restablecer la salud, minimizar el riesgo de enfermedades y garantizar un desarrollo y crecimiento adecuados. Las necesidades calóricas y de nutrientes a estas edades irán en función de las características biológicas de cada edad, del grado de actividad física de cada individuo y de las circunstancias sociales(1).

Por otra parte, a lo largo de estos años, se establecen los hábitos alimentarios en los que se basa su futura alimentación, por lo que es parte fundamental del pediatra y de la familia educar al niño en hábitos dietéticos y en un estilo de vida saludable, que han demostrado ser importantes métodos de prevención de un importante número de enfermedades crónicas. El acto de la comida es una gran oportunidad para inculcar unas costumbres que repercutirán en el comportamiento nutricional del futuro individuo(2,3).

Características biológicas, psicológicas y sociales

En estas etapas se va adquiriendo una autorregulación de la ingesta a lo largo del día en función de las necesidades energéticas.

• Nivel biológico: durante la edad preescolar (2-6 años) se produce una desaceleración, tanto del crecimiento (pasando de 8-9 cm/año en el tercer año a 5-7 cm/año) como de la ganancia ponderal (se estabiliza en un aumento de 2-3 kg/año), lo que conlleva un descenso de las necesidades de energía y nutrientes que puede condicionar un menor apetito, interpretado en ocasiones de forma errónea por parte de los padres o cuidadores del niño. Presentan un aumento del depósito mineral óseo y de la masa muscular (aumentando las necesidades proteicas), completándose la erupción dentaria temporal. La edad escolar (6-12 años) se caracteriza por un crecimiento estable (5-6 cm/año) y una ganancia de peso de 3-3,5 kg/año. Continúa la maduración de órganos y sistemas, y las necesidades energéticas dependen de manera importante de la actividad física realizada, que condiciona en estas edades una autorregulación de la ingesta a lo largo del día(4,5).

• Nivel psicológico: en la edad preescolar se adquiere un rápido aprendizaje del lenguaje y un desarrollo importante de la psicomotricidad fina y gruesa. Aumenta la autonomía y curiosidad, desarrollando sus preferencias y su desconfianza ante todo lo nuevo, incluyendo los alimentos (neofobia), rechazando los desconocidos y solicitando otros de manera reiterada(6). En la edad escolar se incorporan habilidades, como la lectoescritura y la adquisición de conocimientos, siendo una época fundamental para establecer hábitos adecuados de alimentación para prevenir problemas de salud en el futuro.

• Nivel social: son etapas importantes de socialización, con la incorporación a la guardería y a la escuela, y la influencia de otros niños y educadores. Adquieren significación los comedores escolares, aunque la familia sigue representando un importante modelo para la adquisición de hábitos y costumbres. En estas edades, la publicidad, la televisión, las redes sociales y el uso de otras tecnologías promueven el consumo de alimentos atractivos de dudoso valor nutricional (comida rápida, snacks, refrescos…)(1,3,4).

Requerimientos nutricionales

Las necesidades nutricionales deben ser calculadas de manera individualizada, teniendo en cuenta la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona.

Definiciones

• Necesidades nutricionales: son las cantidades de energía y nutrientes esenciales que cada persona requiere para lograr que su organismo se mantenga sano y pueda desarrollar sus variadas y complejas funciones. Dependen de la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona.

• Requisitos medios estimados (Estimated Average Requirement, EAR): nivel diario estimado de ingesta para cubrir las necesidades de la mitad de la población sana.

• Ingesta dietética recomendada (Recommended Dietary Allowance, RDA): nivel diario estimado para cubrir las necesidades de casi toda la población sana (98 %).

• Ingesta adecuada (Adequate Intake, AI): niveles recomendados de nutrientes estimados de manera experimental. Se utiliza si no se puede determinar la RDA.

• Nivel superior de ingesta tolerable (Tolerable Upper Intake Level, UL): nivel superior medio diario de ingesta de nutrientes, por encima del cual existan efectos perjudiciales para la salud.

• Ingesta dietética de referencia (Dietary Reference Intakes, DRI): valores de referencia de ingesta de nutrientes, cuantitativamente estimados para ser utilizados en la planificación y asesoramiento de dietas para personas sanas.

El Food and Nutrition Board, Institute of Medicine norteamericano, en las publicaciones de las ingestas dietéticas de referencia entre 1997 y 2023(7-11), y la European Food Safety Authority(12) (2005-2024) han establecido la gran mayoría de recomendaciones que utilizamos en la actualidad.

Necesidades energéticas

Las calorías necesarias en la dieta deben ser calculadas de manera individual en función del peso, talla, sexo y nivel de actividad física según fórmulas (Schofield, Harris-Benedict, Fleisch) que calculan el gasto energético basal, al que hay que añadir el asociado a la absorción de alimentos, el gasto por actividad física y por crecimiento (Tabla I).

tabla

Disponemos de herramientas, calculadoras y aplicaciones donde se puede obtener. El aporte calórico debe ir distribuido de manera proporcional a lo largo del día, aportando el 25 % de las mismas en el desayuno (incluyendo el almuerzo de media mañana), el 30-35 % en la comida, el 10-15 % en la merienda y el 25 % restante en la cena(13). El hábito de desayunar diariamente está establecido en la población infantojuvenil española, siendo la adolescencia el periodo que presenta un cumplimiento menor. Sin embargo, la proporción de niños/adolescentes que toman desayunos de alta calidad nutricional (que incluyan lácteos, cereales y fruta) es baja(14). El mejor indicador de un adecuado aporte calórico es comprobar que el niño presenta una buena progresión ponderoestatural, por lo que va a ser importante calcularlo en aquellos que presentan algún tipo de patología, incluyendo el fallo de medro.

Necesidades de macronutrientes

Los principios inmediatos deben ser aportados de manera proporcional según las calorías suministradas por cada uno de ellos. Los hidratos de carbono (HC) deben añadir el 50-60 % del total de la energía diaria, las proteínas el 10-15 % y los lípidos el 30-35 % a los 2-3 años y el 25-35 % a partir de los 4 años.

• Hidratos de carbono y fibra: son necesarios 130 g/día (RDA) para cubrir las necesidades de glucosa del cerebro. Las fuentes principales deben ser HC complejos de absorción lenta (90 %), basados en la ingesta de cereales, legumbres, frutas y verduras. Los azúcares simples (miel, mermelada, dulces) deben constituir menos del 10 % de la ingesta total de HC, y los azúcares libres se deben minimizar o eliminar de la dieta(15). La fibra está compuesta por HC no digeribles (fruta, verdura, legumbres y tubérculos), importantes para regular la motilidad intestinal y la absorción de azúcares y grasas, prevenir el estreñimiento, la obesidad, la hipercolesterolemia y la diabetes(16,17). La ingesta recomendada en mayores de 2 años (g/d de fibra) se calcula con la fórmula: edad en años más 5-10 g (máximo 30 g)(18).

• Proteínas: importantes en el crecimiento, con funciones estructurales, mecánicas y celulares. Se recomienda una ingesta (DRI) de proteínas de alto valor biológico de 1,05 g/kg/d en niños de 1-3 años, disminuyendo a 0,95 g/kg/d de 4-10 años. El consumo de proteínas en nuestro medio tiende a ser elevado, recomendándose un límite superior de ingesta de 2-3 g/kg/d en estas edades. Las proteínas de origen animal son de mayor valor biológico que las de origen vegetal, que son deficitarias en algunos aminoácidos, por lo que es importante combinar alimentos proteicos en la misma comida para compensar los déficits de alguno de los aminoácidos esenciales y aumentar el valor biológico de las proteínas ingeridas(19).

• Lípidos: fuente importante de energía y de ácidos grasos esenciales, y transporte de vitaminas liposolubles. Se ha observado en edades precoces un aumento del riesgo de obesidad en dietas pobres en grasas, por lo que, en esas edades, las recomendaciones de ingesta cada vez son menos restringidas(17). La ingesta total de lípidos en estas etapas (30-35 % de la ingesta de energía a los 2-3 años y 25-35 % a partir de los 4 años) debe estar repartida entre: grasas monoinsaturadas (15 %) presentes en el aceite de oliva y los frutos secos; poliinsaturadas (10 %), fuentes de omega 3 (pescado azul) y de omega 6 (huevos y aceites vegetales), esenciales para mantener la integridad celular neuronal, en la diferenciación celular y en la neurogénesis del cerebro en desarrollo, reguladoras del colesterol y cardioprotectoras; y grasas saturadas (por debajo de un 10 %) presentes en carnes grasas y alimentos procesados o envasados con alto contenido en aceite de coco o palma, con importante potencial aterogénico. El aporte máximo de colesterol diario no debe superar los 300 mg. Por todo ello se recomienda incrementar en la dieta el consumo de aceite de oliva, pescado (evitando en menores de 10 años el consumo de especies con gran contenido en mercurio como el pez espada, el tiburón y el atún rojo), frutos secos naturales y restringir las carnes grasas, margarinas, alimentos preparados, bollería industrial, comida rápida y alimentos ricos en aceites de palma y coco.

Necesidades de vitaminas, minerales y oligoelementos (Tabla II)

tabla

• Vitaminas: en nuestro medio no es necesaria la suplementación vitamínica en niños preescolares y escolares sanos que consumen una dieta variada y equilibrada. Niños con factores de riesgo de déficit de vitamina D (síndromes malabsortivos, insuficiencia renal crónica, dietas restrictivas…) pueden precisar una monitorización y suplementación adecuada(8,10).

• Minerales y oligoelementos: cumplen un papel fisiológico fundamental y su déficit puede tener consecuencias en el crecimiento y desarrollo. Las necesidades de calcio en estas etapas se logran con una ingesta diaria de 500 ml de leche entera o sus derivados. El déficit de hierro es la carencia de micronutriente más frecuente en el mundo; su ingesta se realiza a través de dos fuentes, el hierro hemo o animal (carnes rojas, huevo y pescado) con mayor biodisponibilidad que el hierro no hemo o vegetal (frutos secos, legumbres, frutas y verduras). El flúor solo debe ser suplementado en aquellas zonas donde el agua de consumo contenga cantidades insuficientes del mismo (0,3 mg/l), siendo las pautas cada vez más restrictivas por el riesgo de fluorosis dental(3).

Estrategias para una alimentación saludable

Los objetivos nutricionales a estas edades deben ser asegurar el crecimiento y desarrollo adecuados y promover hábitos dietéticos saludables a corto y largo plazo.

Pirámide de la Alimentación Saludable y Plato para Comer Saludable

A pesar de una ligera tendencia a la disminución del exceso de peso, debida a las disminuciones producidas en escolares con sobrepeso y de los pertenecientes a familias con más renta, más de un tercio de la población infantil de 6 a 9 años en España padece exceso de peso. La reducción de la obesidad y el sobrepeso infantil en los últimos años supone un avance en la situación, si bien estas cifras continúan siendo muy elevadas y persisten las diferencias atribuibles a las características económicas de las familias (Estudio Aladino 2023)(20).

Una guía útil para realizar una nutrición adecuada es la Pirámide de la Alimentación Saludable, que divide a los alimentos en varios escalones según el consumo que debemos hacer de ellos (Fig. 1)(21).

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Figura 1. Pirámide de la Alimentación Saludable de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) 2019(21).

 

En la base de la pirámide encontramos alimentos de consumo diario (frutas, verduras, cereales, aceite de oliva virgen, lácteos), en la zona media aquellos que se toman de manera alternativa a lo largo de la semana (pescados, carnes magras, carnes blancas, legumbres, huevos, frutos secos) y en el vértice los de consumo opcional, ocasional y moderado (carnes rojas, embutidos, dulces, bollería, snacks) sin raciones asignadas al no precisar de requerimientos mínimos. El tamaño de las raciones debe ser proporcional a la edad. La pirámide también incide en el uso variado de alimentos, en la importancia del uso del agua, necesaria como bebida que acompaña a todas las comidas, y en la práctica del ejercicio físico diario.

El mayor inconveniente de la Pirámide de Alimentación Saludable es que puede llegar a avalar el consumo de algunos productos de dudoso valor nutricional dentro del esquema de alimentación saludable, descontextualizándose el concepto de “ocasional”. Si consumimos cada uno de esos productos de manera ocasional, la cifra total dejará de ser moderada, superando la ingesta diaria(22). Son alimentos que suelen ser gustativamente muy apetecibles, con cantidades añadidas de grasas, sal y azúcar, lo que induce a nuestro cerebro a comerlos con más frecuencia de lo que sería deseable. Por todo ello, se ha desarrollado en los últimos años el concepto del Plato para Comer Saludable (Harvard School of Public Health)(23) (Fig. 2) o Nutriplato© (desarrollado por el Hospital Sant Joan de Déu y Nestlé©), herramienta educativa que muestra de manera muy intuitiva las proporciones adecuadas de los grupos de alimentos que forman parte de las dos comidas principales: la comida y la cena, mostrando de forma orientativa las cantidades recomendadas, y elimina los alimentos del vértice de la pirámide de alimentación.

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Figura 2. Healthy Eating Plate o Plato para Comer Saludable.
Fuente: Harvard T.H. Chan School of Public Health. The Nutrition source
(23).

 

Hábitos alimentarios

La alimentación es el acto relacional por excelencia, por lo que es fundamental la interrelación que existe entre padres e hijos para condicionar una adecuada conducta alimentaria. De esta manera, los diferentes estilos educativos (influidos por las normas culturales, la preocupación de los padres y las características del niño) pueden influir de manera tanto positiva como negativa en la adquisición de unos hábitos de alimentación saludables. Un estilo responsable o asertivo es el más adecuado, consiguiendo que el niño reconozca adecuadamente los signos de hambre y saciedad, y realice con más frecuencia una dieta equilibrada adecuada para su edad. Los padres guían al niño en la alimentación y fijan límites sin recurrir a técnicas de coacción, son sensibles y afectivos, hablan positivamente de los alimentos, siendo un modelo para sus hijos. Determinan claramente qué, dónde, cómo y cuándo debe comer el niño, dejándole decidir cuánto puede ingerir. Los padres y educadores enseñan a comer alimentos saludables y los niños son capaces de regular su ingestión en respuesta a la densidad energética de los alimentos administrados. Estilos educativos controladores, permisivos o negligentes influyen de manera negativa en la adquisición de hábitos positivos y pueden llegar a condicionar la aparición de algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria(6).

En cuanto a la distribución de las comidas, el desayuno es una comida muy importante tras 10-12 horas de ayuno; debe incorporar lácteos, cereales (preferiblemente integrales sin azúcares añadidos) y fruta (aconsejable entera, fresca y de temporada), destinando el tiempo necesario para realizarlo, influido por factores como el realizarlo de manera rápida, viendo la televisión u otros dispositivos (3 de cada 10 escolares están expuestos a más de 2 horas diarias de tiempo de pantalla) y haber dormido poco con el descanso inadecuado consiguiente. La comida de mediodía es la comida principal que incluye alimentos de todos los grupos, no debiendo ser excesivamente copiosa para evitar la somnolencia posterior que dificulte las actividades de la tarde. La cena cumple una función complementaria a la comida, aportando los alimentos y nutrientes que no se han tomado durante el día(24).

Comedores escolares

En España, 1,7 millones de niños comen en comedores escolares. El comedor escolar puede y debe ser un marco en el que día a día se adquieran unos hábitos alimentarios saludables y se conozcan de forma práctica las normas para una óptima alimentación y nutrición durante toda la vida. Además, la escolarización permite al niño adquirir cierto grado de autonomía en su alimentación, al realizar alguna comida sin supervisión familiar. Los menús escolares deben ajustarse a las recomendaciones dietéticas en composición energética y nutricional, raciones y variedad del menú, ya que una dieta variada dará lugar a una dieta equilibrada, cumpliéndose los requisitos nutricionales saludables. Por otro lado, es muy importante fomentar los conocimientos nutricionales y gastronómicos entre las familias y el alumnado. En la actualidad, existe una “Guía de comedores escolares”, dentro del programa Perseo(25), que aporta recomendaciones para que los menús escolares sean más saludables. Debe hacerse entrega de una guía de menús mensual para que los padres puedan adaptar el resto de comidas diarias de manera compensadora, y debe ofrecerse la posibilidad de adaptar menús a alergias alimentarias, enfermedad celiaca y otras alteraciones o enfermedades.

Recomendaciones prácticas para fomentar una alimentación saludable en el preescolar y escolar

El papel de los padres o cuidadores va a tener una importancia decisiva en la adquisición de hábitos de alimentación saludables.

• Servir raciones apropiadas en tamaño según la edad del niño y su gasto energético, calculado de manera individualizada en función del peso respecto a la talla y según el grado de actividad física.

• Ofrecer una alimentación variada (no más de un 25 % de las calorías en forma de un solo alimento), con una correcta proporción entre los principios nutritivos, teniendo en cuenta los gustos, aversiones, costumbres y condicionamientos sociales(24).

• Repartir las comidas en tres principales (desayuno, comida y cena) y una o dos intermedias (almuerzo y merienda), con solo agua entre ellas (evitando los snacks), aprendiendo el contraste entre hambre y saciedad. Utilizar formatos atractivos y variados, con preparaciones culinarias sencillas, que aporten poca grasa. Evitar fritos, empanados, rebozados y salsas realizadas con aceite, mantequilla o huevo.

• Establecer unos horarios y un lugar regular donde comer, sin permitir ruidos ni distracciones durante las comidas (televisión, teléfonos, juguetes) mientras se come. El ambiente debe ser agradable y distendido (nunca enfadarse ni parecer enfadado), manteniendo una actitud neutra agradable en las comidas, sin forzar ni amenazar, ni ofrecer alimentos como recompensa o castigo. En caso de presentar rechazo por alimentos nuevos, es importante ofrecerlos sistemáticamente poco a poco. Comer en familia siempre que se pueda, siendo los padres modelos de buenos hábitos alimentarios. Los padres eligen el tipo, los horarios y el lugar de alimentación, y el niño decide cuánta cantidad de alimento quiere ingerir(6).

• Favorecer la ingesta de hidratos de carbono complejos ricos en fibra (cereales, sobre todo, integrales, frutas, verduras y legumbres), y reducir la ingesta de azúcares libres para que sea menos del 5 % de la ingesta energética total, evitando azúcar, dulces y bollería.

• Combinar las proteínas de origen animal (huevos, lácteos y pescado) con las de origen vegetal (legumbres y cereales), para aumentar su valor biológico.

• Incrementar el consumo de grasas monoinsaturadas (aceite de oliva virgen, rico en antioxidantes) y poliinsaturadas (sobre todo, pescado rico en omega 3), evitando las saturadas (embutidos, bollería industrial, carnes grasas).

• Todo desayuno debe incluir lácteos, cereales (preferiblemente integrales sin azúcares añadidos) y fruta (entera, fresca y de temporada). La ingesta de lácteos debe cubrir las recomendaciones de vitamina D y calcio en las diferentes edades. Se recomiendan 500-1000 ml/día, restringiendo mantequilla, margarina y quesos grasos.

• Restringir la sal y el consumo de aperitivos y snacks, evitando el salero en el comedor. Usar sal yodada. Prevenir el consumo de alcohol y tabaco.

• Utilizar agua en cantidad suficiente como bebida en todas las comidas, evitando refrescos y zumos industriales que contribuyen al sobrepeso y a la obesidad, así como colas, té y café por su efecto excitante.

• Mantener un peso saludable, con equilibrio entre el aporte y el gasto energético. Estimular el ejercicio físico, se recomienda realizar 60 minutos de ejercicio diario moderado, divertido y atractivo.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria (AP) puede desempeñar una labor muy importante, dando a conocer en la consulta diaria, de manera individualizada, las correctas recomendaciones nutricionales.

Dentro de los objetivos del pediatra de AP, son de especial importancia el mantenimiento de un estado de salud óptimo y la prevención de enfermedades no solo infantiles, con importante repercusión en la vida adulta. El pediatra debe promover en la consulta diaria unas correctas normas nutricionales que pueden tener un papel decisivo en la adquisición de unos hábitos de alimentación saludables, siguiendo las guías vigentes de las diferentes sociedades científicas y haciendo uso de diferentes herramientas de educación nutricional de las que disponemos en la actualidad. Las diferentes consultas realizadas y, en especial, las revisiones programadas, son una oportunidad para valorar el estado nutricional del niño, su dieta, actividad física, uso de tecnologías y factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades, como la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Es importante implicar a la familia y a los pacientes en el desarrollo de adecuados patrones, fomentando el conocimiento de unas pautas de nutrición y de vida saludable, críticas sobre las normas que imponen con frecuencia la sociedad actual y la publicidad.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.* González Calderón O, Expósito de Mena H. Alimentación del niño preescolar, escolar y del adolescente. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 98-107. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-03/alimentacion-del-nino-preescolar-escolar-y-del-adolescente-2/.

2. Polanco Allue I. Alimentación del niño en la edad preescolar y escolar. An Pediatr, Monogr. 2005; 3: 54-63.

3.** Hernández Hernández A, Coronel Rodríguez C. Alimentación a partir de los 3 años. En: Manual de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. Lúa Ediciones 3.0, S.L.; 2021. p. 306-27.

4.** Ros Arnal I, Botija Arcos G. Nutrición en el niño en la edad preescolar y escolar. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 1: 455-66.

5.* Peña Quintana L, Ros Mar L, González Santana D, Rial González R. Alimentación del preescolar y escolar. En: Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica SEGHNP-AEP. Ergon; 2010. p. 297-306.

6. Campuzano Martín S. Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 108-14. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-03/trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-el-nino-pequeno/.

7. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for energy, carbohydrate, fiber, fat, fatty acids, cholesterol, protein and amino acids. Washington DC: The National Academy Press; 2002.

8. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for calcium, phosphorus, magnesium, vitamin D and fluoride. Washington DC: The National Academy Press; 1997.

9. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for energy, carbohydrate, fiber, fat, fatty acids, cholesterol, protein, and amino acids (macronutrients). Washington DC: The National Academy Press; 2005.

10. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for vitamin D and calcium. Washington DC: The National Academies Press (US); 2011.

11.** Dietary Guidelines for Americans 2005. U.S. Department of Health and Human Services. U.S. Department of Agriculture. Disponible en: https://www.dietaryguidelines.gov/about-dietary-guidelines/previous-editions/2005-dietary-guidelines-americans.

12. European Food Safety Authority (EFSA). Dietary Reference Values for nutrients. Summary report. Update: 2019. Disponible en: https://doi.org/10.2903/sp.efsa.2017.e15121.

13. Sancho A, Dorao P, Ruza F. Valoración del gasto energético en los niños. Implicaciones fisiológicas y clínicas. Métodos de medición. An Pediatr (Barc). 2008; 68: 165-80.

14. Luis Moreno LA, Vidal Carou MC, López Sobaler AM, Varela Moreiras G, Moreno Villares JM. Papel del desayuno y su calidad en la salud de los niños y adolescentes en España. Nutr Hosp. 2021; 38: 396-409.

15.** Fidler Mis N, Braegger C, Bronsky J, Campoy C, Domellöf M, Embleton ND, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition:. Sugar in Infants, Children and Adolescents: A Position Paper of the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2017; 65: 681-96.

16. Recomendaciones dietéticas saludables y sostenibles. Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. 2022.

17.** Verduci E, Bronsky J, Embleton N, Gerasimidis K, Indrio F, Köglmeier J, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition. Role of Dietary Factors, Food Habits, and Lifestyle in Childhood Obesity Development: A Position Paper From the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2021; 72: 769-83.

18. Cobaleda Rodrigo A, Bousoño García C. Alimentación de los 2 a los 6 años. En: Muñoz Calvo MT, Suárez Cortina L, ed. Manual Práctico de Nutrición Pediátrica. Madrid. Ergon; 2007. p. 79-89.

19.* Gidding SS, Dennison BA, Birch LL, Daniels SR, Gillman MW, Lichtenstein AH, et al; American Heart Association. Dietary recommendations for children and adolescents: a guide for practitioners. Pediatrics. 2006; 117: 544-59.

20. Estudio ALADINO 2023 sobre la Alimentación, Actividad física, Desarrollo Infantil y Obesidad. Agencia Española de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Madrid. 2023.

21. Guía de la alimentación saludable para Atención Primaria y colectivos ciudadanos. Sociedad Española de Nutrición Comunitaria. Madrid. 2019.

22. Casabona Monterde C, Serrano Marchuet P. ¿Por qué tu hijo come peor de lo que piensas? (20 consejos útiles para la consulta del pediatra de Atención Primaria). En: AEPap (ed.). Congreso de Actualización Pediatría 2019. Madrid: Lúa Ediciones 3.0; 2019. p. 183-203.

23.* Harvard T.H. Chan School of Public Health. The Nutrition source. Healthy Eating Plate. Disponible en: https://nutritionsource.hsph.harvard.edu/healthy-eating-plate/.

24. Aranceta-Bartrina J, Partearroyo T, López-Sobaler A, Ortega R, Varela-Moreiras G, Serra-Majem L et al. Updating the Food-Based Dietary Guidelines for the Spanish Population: The Spanish Society of Community Nutrition (SENC) Proposal. Nutrients. 2019; 11: 2675. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu11112675.

25. Guía de comedores escolares. Programa Perseo. Ministerio de Sanidad y Consumo. Agencia española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Ministerio de Educación, Política Social y Deporte. Disponible en: https://www.sennutricion.org/media/guia08_COMEDOR_ESCOLAR_txt.pdf.

 

Bibliografía recomendada

– Ros Arnal I, Botija Arcos G. Nutrición en el niño en la edad preescolar y escolar. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 1: 455-66.

Exhaustiva revisión de la alimentación del niño preescolar y escolar, desde el prisma de la Gastroenterología y Nutrición Pediátrica.

– Hernández Hernández A, Coronel Rodríguez C. Alimentación a partir de los 3 años. En: Manual de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. Lúa Ediciones 3.0, S.L.; 2021. p. 306-27.

Reciente actualización, desde el punto de vista práctico, de la alimentación a partir de los 3 años.

– Gidding SS, Dennison BA, Birch LL, Daniels SR, Gillman MW, Lichtenstein AH, et al; American Heart Association. Dietary recommendations for children and adolescents: a guide for practitioners. Pediatrics. 2006; 117: 544-59.

Artículo que revisa, de manera completa y práctica, la alimentación en los niños a partir de los 3 años.

– Verduci E, Bronsky J, Embleton N, Gerasimidis K, Indrio F, Köglmeier J, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition. Role of Dietary Factors, Food Habits, and Lifestyle in Childhood Obesity Development: A Position Paper From the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2021; 72: 769-83.

Importante artículo acerca del papel de los factores dietéticos, los hábitos alimentarios y el estilo de vida en el desarrollo de la obesidad infantil.

Caso clínico

Paciente que acude a la revisión de salud programada a los 8 años de edad. En la antropometría nos encontramos con los siguientes datos: peso: 35 kg (P98, 2,05DE); talla 130 cm (P69, 0,48DE); índice de masa corporal 20,71 (>P99, 2,37DE). Ante estos datos, realizamos una encuesta nutricional a la familia en la que destacan las siguientes afirmaciones: reconoce repetir plato de forma habitual, suele acompañar con frecuencia las comidas de refrescos y zumos comerciales, come rápido y viendo pantallas, escasa ingesta de verdura (2-3 veces a la semana y siempre en forma de puré) y toma una pieza de fruta al día, siendo el plátano la más frecuente. Realiza ejercicio físico en el colegio (1,5 horas/semana) y baloncesto (2 horas a la semana). Utiliza pantallas 1-2 horas/día en días laborables y 2-4 horas/día en fines de semana.

 

 

 

Vegetarian and other alternative diets

R. da Cuña Vicente, M. Mata Jorge, A. Hernández Hernández, C. Coronel Rodríguez
Topics on
Continuous Training



R. da Cuña Vicente1, M. Mata Jorge2, A. Hernández Hernández3, C. Coronel Rodríguez4

1Primary Care Pediatrician. Íscar Health Center. Valladolid. 2Primary Care Pediatrician. Parquesol Health Center. Valladolid. 3Primary Care Pediatrician. Tacoronte Health Center. Santa Cruz de Tenerife. 4Primary Care Pediatrician. Amante Laffón Health Center. Seville

X

Corresponding author:

rebecadcv@gmail.com

Abstract

There are numerous myths in Pediatrics, and especially referred to Infant Nutrition. In recent years, the number of families attending clinics following a vegetarian, vegan, or alternative eating pattern has increased. It is essential for healthcare professionals to be up-to-date on these topics in order to make the most appropriate recommendations and resolve any questions that may arise, especially in the first months of a baby’s life and during adolescence: Is it possible and healthy?, will it lack any nutrients?, should any vitamins be given? what follow-up should be performed? This paper aims to review the literature on feeding with non-traditional diets, especially vegetarian or vegan, and address these questions that concern us as professionals, allowing us to guide families in appropriately implementing them. A detailed analysis of the nutrients to monitor is provided, with recommendations for meeting these needs, as well as a review of the evidence regarding the supplements required in certain cases. Breast milk is the ideal food for babies. From 6 months complementary feeding should be started, and it can be vegetarian or vegan provided it is based on fresh and minimally processed products, includes the necessary nutrients, and is supplemented with at least vitamin D until 12 months and vitamin B12 for life. A vegetarian or vegan diet can be adequately and healthily implemented at any stage of childhood, as long as it is well planned, supplemented, and supervised by an experienced healthcare professional.

 

Resumen

Existen numerosos mitos en Pediatría y, especialmente, en el ámbito de la Nutrición Infantil. En los últimos años, ha aumentado el número de familias que acuden a las consultas siguiendo un patrón de alimentación vegetariano, vegano o basado en opciones alternativas. Es necesario que los profesionales estén actualizados en estos temas para hacer las recomendaciones más adecuadas, así como resolver las dudas que puedan surgir, sobre todo en los primeros meses de vida del bebé y durante la adolescencia: ¿es posible y saludable?, ¿le faltará algún nutriente?, ¿hay que dar alguna vitamina?, ¿qué controles se deben realizar? Con este trabajo se pretende revisar la literatura escrita sobre la alimentación con dietas no tradicionales, especialmente vegetariana o vegana, y resolver estas cuestiones que nos preocupan a los profesionales, permitiendo guiar a las familias para llevarla a cabo de forma adecuada. Se realiza un análisis detallado de los nutrientes a vigilar, con recomendaciones para cubrir las necesidades de los mismos, así como una revisión de la evidencia en cuanto a los suplementos que se precisan en algunos casos. La leche materna es el alimento idóneo para el bebé. A partir de los 6 meses, se debe comenzar la alimentación complementaria, pudiendo ser vegetariana o vegana, si se basa en productos frescos poco procesados, incluye los nutrientes necesarios y se suplementa con, al menos, vitamina D hasta los 12 meses y vitamina B12 de por vida. Es posible realizar una alimentación vegetariana o vegana de forma adecuada y saludable en cualquier etapa de la infancia, siempre y cuando esté bien planificada, suplementada y supervisada por un profesional con experiencia.

 

Key words: Food; Children; Teenagers; Vegetarian; Vegan.

Palabras clave: Alimentación; Niños; Adolescentes; Vegetariana; Vegana.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 119 – 132

 


OBJECTIVES

• To review the expert position on vegetarian and vegan nutrition in childhood.

• To establish recommendations for vegetarian nutrition in childhood that meet the needs at each stage.

• To determine the nutrients to monitor and how to do it.

• To provide food options to advise families with these eating patterns.


 

 

Vegetarian and other alternative diets

https://doi.org/10.63149/j.pedint.20

Nutrition in childhood

Infant nutrition is the foundation of an individual’s present and future health, so it must be ensured that it is adequate and sufficient.

From before birth, in the stage known as “the first 1,000 days” which covers from conception to 24 months of life, including the months of gestation, the body uses nutrients and lifestyle to program some of the processes that will accompany it forever(1,2). Therefore, guiding parents about healthy habits and, specifically, giving appropriate advice on infant nutrition, respecting traditions as much as possible, constitutes one of the fundamental pillars of public health(3).

In recent decades, there has been an increase in the number of people adopting vegetarian and vegan diets, whether for health, environmental, or other reasons. 2-5% of American adults are vegetarian(4,5). It is estimated that there are over 20 million vegans in the United States(6). In Europe, between 3 and 8% of the population is vegetarian(6,7). In Germany and Sweden, the figure is estimated to be as high as 10%, and while the number of children following these diets is unknown, these families are more likely to adopt similar patterns(5,7). In Italy, France, and Spain, up to 7% of the population follow this diet(8). In Poland, rates are as high as 8% among adults, and in the United Kingdom, 12%(7). In India, the percentage rises to 30%(2,5,9). Sometimes it is the parents who identify with this option, and other times it is the children themselves who express their desire to avoid animal products(10). In older children, especially if their family is omnivorous, concerns about food and, in particular, their body image should be investigated in order to rule out or detect early an eating disorder as the cause of the dietary restrictions(6,10,11).

What are the basic foods in childhood?

The main diet we should undeniably promote, and one that has widely demonstrated its benefits for infant health, is breastfeeding. In addition to being available, modifiable, and adapted to each stage of development, it is complete enough to cover nutritional needs up to 6 months of age, as it has the nutrients the baby needs(1,10). Exclusive breastfeeding is promoted as the optimal diet for infants up to 6 months of age. After that, breast milk remains the basis and main component of the diet until 2 years of age, although it is true that supplementation and diversification of foods should begin progressively once the infant turns 6 months old. Breastfeeding is recommended until at least 2 years of age and, thereafter, for as long as both mother and child desire(1).

If breastfeeding is not possible or is insufficient, the infant should be fed formula adapted to their needs during the first year of life. There is a cow’s milk adapted for the first 6 months, called starter formula or type 1. If desired, at 6 months it can be switched to type 2 or follow-on formula. From 12 months of age, the infant is ready to tolerate whole cow’s milk. For vegan families who do not wish to offer animal milk or its derivatives, the recommended option during the first year of life should be a plant-based formula adapted to the infant. Other beverages intended for the general population, whether commercial or homemade, such as almond or oat milk, should not be offered. It is important that the products be specifically prepared to be tolerated and sufficient for the infant’s growth and development(10).

Other foods are not essential. It’s not “absolutely necessary” for children to eat meat, fish, milk, or any other specific food. What is important is knowing how to ensure they get the necessary nutrients, regardless of their source.

Likewise, all families should be encouraged to limit their consumption of products rich in simple sugars, saturated fats, and salt, known as ultra-processed foods, because they are associated with chronic diseases such as obesity, hypertension, and type 2 diabetes. With the arrival of vegetarian and vegan trends, often linked to the idea of health, well-being, and environmental friendliness, the food industry has increased the supply of prepared products with this label, which does not guarantee that they are healthy, as is the case with many sweets, pastries, juices, and sugary drinks. Every diet, omnivorous or not, should be based on fresh, minimally processed products(10,11). This is especially important in the early years of life, when food preferences develop. If the supply of processed products is high, a rejection of fresh foods is likely to develop, since the former are highly palatable. Furthermore, it is recommended not to add salt to foods offered to babies until they are 12 months old. Sweeteners (mostly free sugars) should be avoided as much as possible, as should artificial sweeteners. The later they become familiar with these types of flavors, the more readily they will accept the variety of products nature offers(11).

Pediatricians, especially those in primary care, must be up-to-date in order to advise families, regardless of their dietary pattern. Regardless of eating habits, people are increasingly consuming foods rich in saturated fats, sugars, and salt, which is detrimental to the current and future health of the population. Therefore, we have ample room for improvement ahead(12).

Plant-based eating patterns

There are numerous variations of the vegetarian diet(10,13,14). The main ones are shown in table I. In this article, we will focus on the two main plant-based dietary patterns: vegetarianism and veganism, since the other options are not recommended during childhood.

Tabla

 

Vegetarians: these are people who do not consume foods derived from animal flesh, including fish and shellfish, but do consume products derived from live animals, such as dairy products, eggs, and honey.

Vegans: their diet does not include any products obtained through the use of animals.

Is a vegetarian diet healthier?

To answer this question, it is important to consider what foods will be included in the family’s menu. The presence of ultra-processed foods, rich in saturated fats, sugars, salt, or combinations of these, can occur in any type of dietary pattern. That is, even if they are not of animal origin, these products do not have beneficial properties themselves. This happens, for example, with certain types of processed pastries, sugary drinks, snacks, and so on. One of their advertising claims is that they are “suitable for vegans”, and they are far from being good for the body. On the contrary, if a diet includes minimally processed animal products (fish, meat, cheese, milk, natural yogurt) but is based on fruits, vegetables, grains, and seeds, it can be more balanced and healthier than a vegetarian diet with an excess of unnecessary ingredients. It all depends on the type of foods included in each dietary pattern. We must approach the topic without prejudice and with rigor, showing genuine interest in checking whether the family has the necessary knowledge and, if not, guiding them toward an optimal dietary pattern for the child.

In general, plant-based diets have some advantages, such as higher fiber content, lower saturated fat content, which contributes to a more favorable lipid profile, and providing antioxidants and other bioactive compounds beneficial to the body. Furthermore, these foods have a much smaller water footprint, making them more sustainable for the planet and having a lower environmental impact on natural resources(3,11).

However, for a vegetarian diet to be adequate, it must be well planned and requires knowledge based on scientific evidence(10).

Is a vegetarian diet suitable for children?

Most pediatricians support the vegetarian diet and affirm that optimal growth and development can be achieved in children following this type of diet. Even so, all studies point to the importance of adequate information, properly planned menus, and vitamin B12 supplementation, given that the only sources of vitamin B12 are animal products, and dairy products and eggs are insufficient. Studies and organizations that do not support vegetarianism in childhood emphasize the risk of nutritional deficiencies in cases where adequate counseling is not provided, particularly in iron, iodine, omega-3 fatty acids, vitamin D, calcium, and vitamin B12(11). Hence, the need for health professionals who work with families to be properly trained to provide recommendations and monitor these children. If they lack the necessary knowledge, it is essential to refer families to a dietitian-nutritionist expert in vegetarian diets to ensure that their diet will be balanced and sufficient. The younger the child and the more restrictive the diet, the greater the likelihood that the dietary pattern is unhealthy, so greater attention must be paid to it. Ensuring that all nutrients are supplied in the right proportion and quantity requires specific knowledge, so that optimal growth and function can be achieved at any age(15).

Studies show lower weight in children who follow this eating pattern, with lower rates of overweight and obesity in this group, and adequate growth at any age. It also appears to reduce the risk of developing chronic diseases. Further research is needed, as updated, long-term studies with sufficient and homogeneous samples are lacking(2,10).

There is no consensus among experts regarding vegetarian and vegan diets in children. Table II summarizes the positions of different organizations and countries regarding vegetarianism in childhood.

Tabla

 

The German Society of Nutrition, the American Academy of Pediatrics, and the Belgian Academy of Medicine do not recommend that children, adolescents, pregnant women, or breastfeeding mothers follow diets free of animal products, especially the vegan pattern. They state that the most appropriate diet in childhood is omnivorous, with a high intake of vegetables and a moderate intake of meat, fish, and dairy products(5-7,15-17). Experts from countries such as France and Italy indicate that veganism in children should be avoided due to the high risk of nutritional deficiencies if they do not receive supplements. They also promote systematic supplementation with vitamins B12 and D, calcium, and docosahexaenoic acid (DHA), in addition to iodized salt(5,9,12,18). The European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) advises against it in children under 12 months of age(6,9,15). The 2020-2025 American Guidelines recommend a vegetarian dietary pattern starting at 12 months of age. However, the American Academy of Nutrition and Dietetics, the Canadian Pediatric Society, and the Argentine Nutrition Society do consider it a healthy dietary pattern at any age, as long as it is well planned and supplemented, with accurate information and adequate monitoring by expert professionals(3,5-7,15). The same opinion is held by the Dietetic Associations of Australia, the United Kingdom, Italy, Portugal, and the Nordic countries(5,7,12). In Poland, they consider supplementation and monitoring by a nutrition expert to be necessary(12). In Spain, the Spanish Association of Pediatrics (AEP) considers an omnivorous diet more appropriate, especially for infants, but states that a well-planned vegetarian and vegan diet supplemented with vitamin B12 can be healthy at any age(5,10). The most skeptical consider that no substitute exactly matches the nutrients found in meat, which could pose a short- and long-term health risk for children. Some propose reducing red meat consumption by increasing poultry and fish intake in a so-called flexitarian approach, which could reduce cardiovascular risk without increasing the risk of nutritional deficiencies. In general, nutrient deficiencies could be avoided through supplementation, with appropriate clinical and analytical monitoring by well-qualified and experienced professionals(4,11).

What should a vegetarian or vegan diet be like?

To provide a child with all the necessary nutrients, the diet must be well planned, regardless of the type of diet adopted. This means a wide variety of foods, including vegetable fats, sources of omega-3, calcium, and monitoring vitamin D and B12 intake(8). For vegetarian or vegan families, it is recommended that each meal include at least one of the following food groups: legumes and their derivatives, cereals, nuts, seeds, and, if consumed, dairy products and eggs(11).

If the family wishes, advice from a nutrition specialist may be recommended. To avoid nutritional deficiencies, prior training and professional support are sometimes necessary. A balanced and varied menu should avoid improvisation and apply the basic concepts of a vegetarian diet(4).

Figure 1 shows the plant-based food pyramid developed in France. The recommended servings for different foods are shown in a very original way.

Figure 1. Vegetarian food pyramid. Source: Pyramide Alimentaire Végétale – AVF (Association Végétarienne de France).
Available in:
https://www.vegetarisme.fr/produit/pyramide-alimentaire-vegetale/.

 

Planning the vegetarian and vegan diet

For a healthy eating pattern in childhood, meal planning is essential.

To ensure the intake of necessary nutrients in childhood and avoid the overuse of unhealthy foods, any dietary choice must be organized and planned appropriately. This is especially important when certain food groups are omitted. Generally, if the diet is well planned, nutritional deficiencies are not likely to occur. This helps focus on those key components of food that deserve special attention, avoiding deficiencies that can be dangerous for a growing body, such as that of a child. Parents’ knowledge of nutrition and their professional advice determine the quality of the diet of vegetarian and vegan children(6).

Several studies comparing vegetarian and vegan children with omnivorous children found that the amount of energy consumed was similar(19,20). Others showed lower energy consumption in vegan children(21). In general, the macronutrients ingested by vegetarian and vegan children are those necessary for optimal growth(22). Omnivorous children consume more protein, fats (especially saturated fats) and free sugars, while vegans consume a higher proportion of carbohydrates and fiber(19,21). They also show higher intakes of cholesterol, calcium, iodine, zinc, DHA and vitamins B12, B2 and D than omnivores. Vegetarian children show lower intakes of all amino acids, but they are sufficient to cover their requirements. They have a higher intake of folates, carotenoids, magnesium, iron, vitamins E, A, B1, B6, K and C, potassium, monounsaturated fatty acids (MUFA) and polyunsaturated fatty acids (PUFA)(11,17,20-23). If they are not supplemented, they present vitamin deficiencies, mainly B12 and D(19). Lower levels of serum albumin have been observed in vegetarian children compared to omnivores, but they were within normal limits, as were the values of amino acids in the blood. Recent studies show that vegan children ingest higher quantities of some vitamins and minerals, although calcium is below requirements. Omnivores exceed iodine, calcium and riboflavin. Vitamins B2 and B12 and iron were also shown to be lower in children with vegan diets, although no serum deficiencies were observed.

All children, regardless of diet, had low vitamin D intakes(12,19). Selenium may be a deficiency nutrient in vegetarians and vegans living in areas with selenium-poor soils. Table III summarizes the nutrients at risk by dietary pattern(12).

Tabla

 

Nutrients in plant-based diets

In the vegetarian eating pattern, the contribution of different nutrients must be taken into account.

Nutrients that should be monitored in people on vegetarian or vegan diets include protein, iron, zinc, iodine, selenium, omega-3 fatty acids, vitamin D, calcium, and vitamin B12. Special attention should be paid when a child exhibits aversions to food groups, which are very common at certain ages, as this increases the risk of malnutrition or deficiency. Studies on children following meat-free diets have yielded variable results, but most are old and heterogeneous. The most recent studies show that, thanks to fortified foods and supplements and a better understanding of children’s nutritional needs, vegetarian dietary patterns are conducive to growth.

Vegetarian children have been shown to have lower serum levels of total cholesterol, high-density lipoproteins (HDL), vitamins B12 and D (without supplementation), with higher glucose and triglycerides. In contrast, vegans have lower values of low-density lipoproteins (LDL), HDL, iron, C-reactive protein, vitamins B12 and D (without external input), with higher levels of homocysteine and mean corpuscular volume(20,21). Vegans also have lower levels of fat-soluble vitamins, especially A and D(21). A lower index of oxidative stress is observed in vegetarians. If the diet is properly planned, a more favorable inflammatory profile is observed, with a protective effect of the plant-based diet on the inflammatory state of the body.

Calories

We must ensure the necessary intake for the child’s growth. Since, in general, plant-based products are lower in calories than foods of animal origin, it is established that the calorie intake in a vegetarian diet can be 10-15% higher. This is achieved by increasing the amount, if tolerated and accepted, or by choosing foods with greater calorie density, such as avocado, legume or nut creams, or eggs if they consume them.

Proteins

The belief that vegetarian diets lack protein is not true in most cases. If energy intake is sufficient, protein needs are adequately met(3,5). So-called children’s menus, in fact, often contain excess protein. Protein intake in a vegetarian eating pattern is ensured with a varied and balanced diet that includes one of these food groups at each meal: legumes (including soy and its derivatives), cereals (wheat, oats, quinoa), seeds, nuts, and milk or eggs if desired. Thus, with 2-3 daily servings of these foods, preferably combined, protein intake is assured(5,10,12,15). Figure 2 shows protein-rich plant foods.

Figure 2. Protein-rich plant foods. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

To achieve the necessary intake of essential amino acids, foods (e.g., legumes and cereals) should be combined throughout the day, not necessarily in the same meal, as was previously thought(3,5). In children under 2 years of age, it does seem advantageous to combine complementary proteins in 6-hour intervals(8). This is because cereals are deficient in lysine, and some legumes are deficient in methionine. Chickpeas, soybeans, and other vegetables, such as beetroot and pistachios, have a nutritional profile that includes all the essential amino acids, so it is recommended to include them in the daily diet. Seitan, a wheat-derived product, is also a good source of plant-based protein(11). We should recommend the intake of different foods, alternating them. It is also true that the digestibility of plant-based proteins is lower than that of animal proteins, which contributes to the need to ensure the necessary intake to cover requirements(23). For these reasons, it is recommended to increase protein intake by 10% to 30% daily to ensure adequate amounts during childhood and adolescence(5,8,13,15,19). More specifically, by age, children under 2 years of age require the greatest increase in protein intake, around 30-35% more than omnivores, 20-30% up to 6 years of age, and 15% thereafter(3,14).

Iron

Some studies show lower ferritin levels in vegetarian children compared to omnivores, but this did not indicate a deficiency, as they were within normal ranges and did not present higher rates of anemia(3,4,11,14,17). In addition to lower ferritin, lower hepcidin levels and increased serum transferrin receptor concentrations have also been observed(22). Due to their tannin, polyphenol, phytate, and fiber content, the bioavailability of iron from vegetables is lower(6,16). In vegetarians, iron absorption is physiologically increased(2,3). In fact, some studies show a higher iron intake in vegetarian children and adolescents(17).

Foods high in iron, which should be part of a child’s regular diet to ensure a good supply of this mineral, include legumes, spinach (from 12 months of age), eggs, seeds, nuts, and whole grains. Iron utilization can be enhanced by accompanying foods rich in vitamin C, such as kiwi, tangerines, tomatoes, or oranges, which counteracts its lower bioavailability(3,5,10,11,13). Figure 3 shows some examples of plant foods rich in vitamin C. Iron absorption is improved by fermenting, sprouting, and soaking legumes and seeds, which reduces the chelating effect of the phytates they contain. Conversely, their combination with foods rich in phytates, oxalic acid, and calcium should be avoided(6). It is therefore important to increase the intake of iron-rich foods in this population. Even more attention should be paid in adolescence, since the risk of iron deficiency is higher(12).

Figure 3. Plant foods rich in ascorbic acid or vitamin C. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

Iodine

It is recommended to ensure iodine intake through food or milk until iodized salt can be introduced at 12 months of age(8). From that age on, in Spain, the entire population is recommended to cook with iodized salt, which is supplemented with this mineral. This practice, along with a varied and balanced diet, ensures the necessary intake. Seaweed, a food that contains high amounts of iodine, is not recommended in children’s diets due to the risk of excess and toxicity(6,10).

Up to 6 years of age, the recommended daily intake of this mineral is 90 micrograms, 120 between 6 and 12 years of age and 150 from adolescence onwards(15).

Zinc

Although zinc intake is lower in vegetarians and vegans than in omnivores, it is usually sufficient to maintain normal levels(11). Zinc is found in a multitude of foods, such as dairy products, eggs, legumes, nuts, seeds, and grains like oats and quinoa, but some antinutrients hinder its absorption. Therefore, cooking techniques such as fermenting or soaking legumes are recommended. Zinc intake is beneficial alongside organic acids from fruits and vegetables(2,6).

Selenium

Selenium may be deficient in vegetarian diets of children living in areas with selenium-poor soils, so the intake of cereals, nuts, and legumes should be recommended for these groups as part of a varied and balanced diet. Long-term excessive consumption of Brazil nuts in young children is not recommended due to the risk of selenium excess.

Polyunsaturated fatty acids (omega 3)

The fat intake profile is healthier in vegetarian diets, with a better antioxidant status, although the intake of omega 3, mainly from fatty fish, must be ensured in omnivorous diets(11).

Due to the food sources included in their diet, children with vegetarian diets consume lower amounts of eicosapentaenoic acid (EPA) and DHA, although the effects of this intake have not yet been determined(6,10). In the case of vegans, their percentage of dietary fat is even lower, and sometimes omega 6 displaces omega 3, which is unhealthy in the long term, so the intake of both lipid groups should be monitored(6). To achieve adequate levels of omega 3 fatty acids, which are also balanced with respect to omega 6 fatty acids, the consumption of ultra-processed products should be avoided. The use of olive oil or high-oleic sunflower oil should be promoted, including, in the regular diet, foods with a healthy lipid profile, such as nuts, which can be ground or in cream form, during the first 5 years of life, especially walnuts, seeds such as flax or chia, and soy(10,15). As a recommendation, regular consumption of foods rich in alpha-linolenic acid (ALA), a precursor of omega 3 and present in foods such as nuts, soy, flax and chia seeds and green leafy vegetables should be encouraged(11).

DHA supplementation could be interesting and beneficial for infants whose breastfeeding does not reach half of their daily intake, and there is even the possibility of giving algal oil to all vegetarian and vegan infants when they begin solid food.

In some countries such as Italy, it is recommended that children between 6 months and 3 years consume 100 mg of DHA per day, regardless of the type of diet(5,8).

Vitamin D and calcium

For all children under 12 months of age, whether vegetarian or not, daily supplementation with 400 IU of vitamin D is recommended, preferably in the form of D3, which is already available from plant sources(3,8,11). From that age onwards, it is not usually necessary if the diet is varied, sufficient, balanced and not very restrictive, although it must be assessed individually, especially in vegans. The most recent studies, conducted in children, show levels within the normal range with a bone turnover rate similar to that of omnivores. Lower bone mineral content is observed in vegans, which corresponds to the lower levels of calcium consumption in this type of diet(20).

We must emphasize the need for daily sun exposure with protection. The main source of vitamin D is sunlight. Just 15 minutes a day on the face, neck, and forearms is enough to receive the necessary intake. It is found in small and variable quantities in food, so it may be worth including fortified foods(6). It is essential to instill the habit of physical exercise from a young age. Throughout childhood, it is recommended to do 60 minutes of moderate to intense activity daily. In addition to many other benefits, this practice promotes proper bone development(10).

Dietary recommendations should be individualized. Plant-based foods that provide calcium are primarily legumes (especially white beans, soybeans, and their derivatives), cereals, nuts (almonds, tahini), figs, cabbage, kale, collard greens, watercress, broccoli, arugula, dairy products, and eggs(3,13,14). Figure 4 shows plant-based foods rich in calcium. Consumption of leafy vegetables with low oxalate content, such as broccoli, kale, and collard greens, should be encouraged to prevent a decrease in oxalate bioavailability(5,10,11). Green leafy vegetables, such as spinach and chard, are not good sources of calcium due to their low absorption in the presence of oxalates. They should also be avoided until the age of 12 months due to the risk of methemoglobinemia. Phytic acid in legumes, nuts, and seeds also reduces calcium bioavailability.

Figure 4. Calcium-rich plant foods. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

For all these reasons, people following a plant-based diet should increase their intake of this mineral by 20%(6,15). Table IV shows the calcium intake of some foods. In comparison, 100 ml of cow’s milk contains 120 mg of calcium.

Tabla

 

Occasionally, it is recommended to offer children enriched or fortified foods, depending on the individual needs and the nutrient intake they receive from their regular diet. This should be done on an individual basis. The advice of a dietitian with expertise in vegetarian nutrition will ensure the appropriate administration of supplements if necessary. This is especially important for children on a vegan diet, as they do not consume milk or dairy products, and it may be more difficult for them to meet their calcium requirements(10). Therefore, for vegan children, calcium-fortified foods, including mineral water, may be recommended to ensure calcium intake, or supplements may be recommended if necessary(15). Breast milk should not be overlooked as a source of calcium. Its bioavailability is almost 60%, while that of formula milk is 38%.

Vitamin B12

Supplementation is essential for all vegetarian children from 6 months of age, even if they consume eggs and dairy products(15,23). To achieve adequate intake levels, the amount of these foods required would unbalance the diet(10). In the first 6 months of life, if the mother is vegetarian, she should take a supplement, which would be sufficient to cover the baby’s requirements. After that age, cyanocobalamin must be supplied externally throughout life(5,15).

Dosage may be weekly or administered several times a week, varying according to the child’s age and characteristics. Various recommendations can be found with different doses depending on the regimen chosen, although the most important thing is to facilitate long-term compliance. Some studies indicate that it is preferable to take the dose in fractions during childhood, that is, daily or several times a week, to promote intestinal absorption of the vitamin and achieve its optimal use(8). High doses in a single weekly dose can saturate intestinal vitamin receptors, resulting in the loss of a large part due to non-absorption(6,11). It is estimated that doses greater than 2.5 micrograms saturate the intrinsic factor and prevent the absorption of the remainder, so it seems more beneficial to administer the vitamin in fractions or in single daily doses(5).

Figure 5 shows the main vegetarian food sources of some key nutrients in this group(14,23).

Figure 5. Vegetarian sources of some nutrients.

 

Supplementation with multivitamin complexes is not recommended, as there is a risk of interaction between compounds and even poisoning(5).

Culinary techniques

Some plant-based foods contain antinutrients, such as enzyme inhibitors, polyphenols, dietary fiber, tannins, or phytates, among others, which interfere with the ability to utilize amino acids and minerals. Furthermore, certain foods can sometimes be difficult to digest, especially for young children.

There are a number of food hygiene tips, such as washing fruits and vegetables thoroughly before eating them and some cooking techniques that improve digestibility or food utilization, such as soaking legumes or not discarding the broth from cooking vegetables, that should be known in order to advise families. The preparation and cooking of certain products influence their absorption(5).

Cooking recommendations include soaking legumes for at least 8 hours before cooking, removing the cooking water. To facilitate digestion and reduce the amount of gas that bothers children, it is recommended to cook them for longer periods of time. To optimize the assimilation of plant foods, priority cooking methods should be boiling, stewing, sprouting, or fermenting. Heat inactivates many antinutrients, so cooking or boiling some plant products is beneficial.

Ultra-processed foods

Ultra-processed products are those produced by the food industry using techniques or the addition of substances that make them very different from the original ingredients. That is, they have been modified to increase their palatability or improve their organoleptic characteristics. They are usually products rich in saturated fats, salt, simple sugars, or a combination of these. The emergence of these foods has revolutionized the way people eat. Since they are mostly ready-to-eat products, which reduce the time spent in the kitchen, families, who often have to find ways to balance work and parenting hours, have increased their use to the point of using them daily. Whether for convenience or food preference, consumption rates of these types of products have skyrocketed in recent years. These data are very worrying, due to the association between this type of diet and the development of chronic diseases, such as cardiovascular disease, obesity, and diabetes.

Healthy eating, at any age, is based on the consumption of fresh, minimally or unprocessed foods. We must emphasize that no matter how “plant-based” a highly processed product may be, it is not beneficial to the body. These are advertising claims that exploit public misinformation and lead to confusion. It has been shown that unhealthy vegetarian diets, rich in free sugars, salt, and saturated fats, are associated with an unfavorable metabolic profile, such as elevated LDL cholesterol, high blood pressure, or altered glucose metabolism. Therefore, the intake of these types of products should be limited(9). The food industry can implement measures to improve the products it offers, contributing to the public health of the population, and especially children(12).

General recommendations by age

Infants under 6 months

Breastfeeding on demand should be recommended and promoted in all families. The infant’s only food should be milk, preferably breast milk or, failing that, an adapted infant formula (animal or plant-based) that complies with the regulations.

Vitamin B12 should be given to the mother if she is breastfeeding. It is usually added to the formula used for formula feeding. Furthermore, in Spain, vitamin D supplementation is recommended for all infants up to 12 months of age.

Children from 6 months to 2 years

Their main diet should still be milk, preferably breast milk or, if this is not possible, an adapted follow-on formula (animal or plant-based). From this age on, it is advisable to use legumes instead of meat, and to offer iron-rich and nutritious foods using the baby-led weaning (BLW) method or the baby-led introduction to solids (BLISS) method, if desired. For vegans, it may be worth introducing calcium-enriched soy yogurts. Foods such as eggs, hummus or chickpea pâté, tofu, avocado, peas, lentils with rice, chickpeas with couscous, or peanut butter are very well tolerated. If possible, it is preferable to use whole grains, including lesser-known varieties such as quinoa or amaranth. Regular consumption of vegetables rich in vitamin A, such as carrots, pumpkin, and sweet potatoes, should be encouraged(10,13). In reality, an infant’s menu should be similar to that of the rest of the family, tailored to their age, as long as it is balanced, well-planned, and based on fresh, minimally processed products. After introducing different foods, it is recommended that vegetarian and vegan children frequently eat legumes (including soy and soy products), fruits, vegetables, nuts, seeds (flax, chia, sesame), and eggs and dairy products, if used(8,11). Legumes are a wonderful food for infants from 6 months of age. They provide a multitude of nutrients, including protein, iron, zinc, calcium, magnesium, fiber, carbohydrates, and antioxidants. They are very easy to chew and come in a wide variety of forms and derivatives, such as tofu and tempeh(11). Nuts and seeds are another fantastic food group to consider for complementary feeding. They are a source of protein, mono- and polyunsaturated fats, fiber, antioxidants, calcium, iron, selenium, zinc, and vitamins B and E. They can be offered from 6 months of age, distributed throughout the day, always ground or in cream form until 5 years of age. During the first year, spinach, chard, borage, arugula, honey, and seaweed should be avoided. Foods with laxative effects, such as flax and chia seeds, should be offered occasionally and preferably ground(11). In younger children, especially at the beginning of complementary feeding, fiber intake should be limited so as not to interfere with the absorption of nutrients, mainly calcium, iron, and fats, or cause early satiety(5,8). Iron intake must be ensured. The foods offered should be of high nutritional density, providing energy, protein, iron, zinc, and other nutrients, even in small quantities. Examples of this are: legumes, avocado, eggs, tofu or nuts in cream or ground form(3).Varying foods, in addition to making the diet less monotonous and more fun, contributes to increasing satiety and ensuring the supply of nutrients, especially important in the vegan community(17).

Some tools have been developed that can help plan meals for vegetarian or vegan infants, such as the wheel shown in figure 6. It shows the different food groups to be offered, without forgetting vitamin D and B12 supplements, the first up to 12 months (in Spain) and the second throughout life, if the infant does not eat meat or fish(8).

Figure 6. Nutritional needs in infants.
Modified from: Baroni L, Goggi S, Battino MA. Planning well-balanced vegetarian diets in infants, children and adolescents: the vegplate junior. J Acad Nutr Diet. 2019; 119: 1067–74
.

 

School-age children

From the age of 2, children should eat the same food as the rest of the family, with a focus on fresh produce.

Each main meal (2-3 servings per day) should include at least one of the following foods, trying to vary them throughout the week: legumes, grains, nuts, seeds, and, for vegetarians, dairy products and eggs. Legumes should be eaten at least once a day.

Examples of a protein serving: one egg or a glass of milk; for legumes: one glass of soy milk, a bowl of cooked lentils, a handful of textured soy, and a chickpea burger.

A serving of nuts: one tablespoon of peanut butter, one tablespoon of ground almonds, a handful of crushed walnuts (whole nuts, for children 5 and older).

Some foods widely used in plant-based diets are:

• Tempeh: prepared by fermenting soybeans. It can be eaten fried or grilled, or it can be used to add texture to dishes.

• Textured soya: it is a soy preparation that can be hydrated and used as a substitute for minced meat to prepare dishes such as lasagna or stuffed peppers.

• Seitan: a food made from wheat gluten. It has a firm texture, so it can be eaten alone or added as an ingredient to many dishes (salads, stews, etc.).

• Tofu: is a preparation of curdled soybeans, with an appearance similar to cheese and a texture that varies depending on the type. It can be consumed chopped or used to make sauces or creams.

• Natto: this is a product made from fermented soybeans, but in this case, its texture is sticky. It is usually mixed with rice and seasonings.

• Couscous: durum wheat semolina. It needs to be hydrated for consumption.

• Miso: it is a condiment in paste form made from fermented soybeans. It is most commonly used to make soup.

• Tahini: this is a paste made from sesame seeds. It is used to make hummus.

They do not necessarily need to be included in menus, but they can provide nutrients and expand culinary possibilities, making them good resources to consider(14). If they are processed, it is preferable to choose those that do not exceed the salt content and do not have added sugars or saturated fats, especially if they are used frequently.

Teenagers

At this stage, it is important to ensure adequate calorie and protein intake, as the need for these increases due to the pubertal growth spurt. Although calcium absorption improves at these ages, it is a mineral that cannot be deficient during adolescence. If it is not possible to ensure adequate intake, especially in vegan families, it is necessary to resort to fortified foods or supplements. For girls, we should increase iron intake, coinciding with menarche and menstrual bleeding.

The healthcare professional should always be alert to possible restrictive behaviors that indicate a hidden eating disorder(3).

Daily consumption of legumes or their derivatives, as well as dairy products and eggs, if desired, should be recommended. From the age of 10, a serving of eggs is 2 units, and a serving of dairy products is 2 yogurts(14).

Monitoring and check-ups

Monitoring of children on vegetarian diets should be individualized.

Children on a vegetarian diet should be monitored for optimal growth and development, as would be the case with any other child. However, we must also pay attention to detecting possible nutritional deficiencies in these children(5,9,19). At each visit, patients should be asked about symptoms such as fatigue, pallor, irritability, hair loss, or paresthesia, which may be caused by micronutrient deficiencies. The manifestations of deficiency states in some nutrients are summarized in table V(17).

Tabla

 

Long-term follow-up should be conducted individually by a qualified professional with experience in the field. Additional laboratory tests or analyses are not justified in all cases. Age and other individual circumstances must be assessed, since the follow-up required by a child following a lacto-ovo vegetarian diet is not the same as that required by a vegan child, or by a family with years of experience as that required by an adolescent starting this type of diet. Dietary habits vary greatly between families, so an adequate history should be taken to provide the necessary information on the characteristics of the diet in each case. Age and other individual circumstances, such as the degree of food group restriction, must be assessed(3). In general, some expert groups suggest performing a blood test that includes a complete blood count with reticulocyte count, iron profile, vitamin B12, and homocysteine levels at the start of a dietary change. Similarly, they propose periodic monitoring with laboratory tests every 6 months during the first two years of life and during adolescence, and once a year for the rest of childhood. Other tests can be added depending on the clinical presentation or if suggested by the physical examination, the child’s dietary intake, or the type of supplementation they receive. If vitamin B12 deficiency is suspected, early markers include homocysteine, transcobalamin, and methylmalonic acid, so these levels should be requested(5,6,15). The most appropriate markers for assessing iron status appear to be hepcidin and the transferrin receptor, as they are less variable in inflammatory states common in childhood and allow for early detection of subclinical iron deficiencies(22,15).

It’s essential to ensure that the child’s diet is balanced and that he or she is growing within the appropriate guidelines, is active, and is happy. If so, he or she will undergo the same health checks as other healthy children.

Vegetarian children have been observed to have a lower body mass index (BMI) compared to omnivores, but their growth and development are normal(4,11). One study showed that vegetarian children have lower gluteal-femoral adiposity, but a similar proportion of total fat and lean mass to omnivores, while vegans have lower body fat indices with lean mass similar to the rest(20). Other results conclude that vegetarians have a lower fat mass index. In some studies, no differences were found in the parameters of weight, height and BMI(22).

Compared with standard weight and height scales, vegetarian and vegan children under 5 years of age often show lower values, although within normal limits. This is not always negative, as current BMIs tend toward overweight and obesity. In many cases, children with vegetarian and vegan dietary patterns have been or are receiving a greater proportion of breastfeeding than omnivores, who are often formula-fed, showing more accelerated growth patterns(4).

In children older than 12 months, monitoring vitamin D intake is recommended, including monitoring levels. However, universal supplementation is not indicated due to the risk of toxicity in the case of overdose. During adolescence, some studies recommend annual lumbosacral bone densitometry(6,15). In contrast, studies conducted in 2001 showed adequate bone density in vegetarian children, given that this population’s calcium absorption capacity is more effective(15,24).

We must not forget that nutrition is more than just eating. It involves traditions, beliefs, habits, routines, and all of this is part of the daily reality of family life. As professionals, we must respect these choices and be able to make recommendations aimed at achieving the highest level of child health.

The future of the vegetarian and vegan children’s community

This is already being considered in some countries with longer trajectories of these dietary patterns. Studies with larger samples and similar characteristics, using markers and parameters that allow for analysis of the overall health of children with these dietary patterns and conducting long-term follow-ups, are still needed(12,17,18). Research is needed to address the concerns and doubts that some experts still have and to demonstrate the safety of this type of well-planned dietary pattern.

Role of the Primary Care pediatrician

The pediatrician must be able to listen, empathize, understand, and respect the family’s and individual’s dietary choices, identifying possible deficiencies that need to be corrected.

As healthcare professionals, child health promoters, and those responsible for monitoring children throughout childhood, primary care pediatricians are key players in families. Within this, a fundamental aspect is nutrition. A child’s symptoms are not always due to nutritional problems, something that should also be taken into account in vegetarian and vegan families. A series of questions can help determine the quality of a child’s diet and provide guidance on where to focus(23). This questionnaire, aimed at families with a plant-based eating pattern, brings together key points to reinforce them and ensure optimal nutrition. It is based on the following aspects, according to age:

• Children under 2 years old: the mother is supported with breastfeeding, takes vitamins B12, DHA, and iodine, and eats a healthy diet; the baby takes vitamin D3; if formula is given, it is with an adapted formula during the first year of life; if the appropriate milk is used (breast milk for as long as desired, adapted formula up to 12 months, and thereafter, whole cow’s milk or calcium-enriched soy milk); the infant eats legumes, nuts, and seeds, has sufficient calories, and receives milk on demand; they regularly include avocado, nut butters, legumes or their derivatives, and tubers; they know which foods to avoid (salt and sugars, honey, seaweed, green leafy vegetables such as spinach, chard, and borage up to 12 months, whole nuts, uncut round foods, hard foods, or foods that pose a choking risk until school age); the infant takes B12 supplements from 6 months onwards and vitamin D3 up to 12 months.

• Over 2 years old: he/she eats a variety of fruits and vegetables at every meal, including those rich in vitamins A and C (sweet potato, carrot, pepper, spinach, broccoli, apricot, kiwi, orange, etc.); includes a protein-rich food at every meal; focuses on whole grains over refined grains; regularly uses high-oleic olive or sunflower oil; consumes two daily servings of dairy products with calcium (or, for vegans, ensure the equivalent); uses iodized salt; minimizes consumption of simple sugars and ultra-processed foods; and takes an adequate vitamin B12 supplement.

Finally, each case must be individualized to recommend the necessary supplements. Table VI summarizes the most important ones.

Tabla

 

Conclusions

A well-planned vegetarian and vegan diet, supplemented with nutrients (vitamin B12 and others, depending on age and circumstances), allows for proper growth and development. The primary care pediatrician is a key figure in supporting these families.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

Bibliography

The asterisks indicate the authors’ opinion of the article’s interest.

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This article reviews the vegetarian and vegan diet in childhood, with special emphasis on culinary recommendations. It is very practical, with key points outlined by stage and under specific conditions.

– Redecilla Ferreiro S, Moráis López A, Moreno Villares JM. Recommendations of the Nutrition and Breastfeeding Committee of the Spanish Association of Pediatrics on vegetarian diets. Recomendaciones del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría sobre las dietas vegetarianas. An Pediatr (Barc). 2020; 92: 306.e1-e6.

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– Martínez-Biarge M. Feasibility of vegetarian and vegan diets in childhood and adolescence. How should it be prescribed correctly? Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

A very up-to-date, comprehensive, and practical article. Specifically aimed at primary care professionals, it offers very useful recommendations for consultations.

– Web: https://veganhealth.org/

This website discusses nutrients, including tables and examples. It’s very practical and visual, and easily accessible to the general public.

– Web: https://www.vegweb.com/

It contains recipes. Possible substitutes for other animal-based foods (egg, milk) are discussed. Very useful for providing ideas.

– Web: https://www.unionvegetariana.org/

It includes recipes. It also has a blog and various services.

– Book: Basulto J, Blanquer M, Manera M, Serrano P. Vegetarian diet in childhood. Alimentación vegetariana en la infancia. DeBolsillo.

– Calculators: DRV search engine (EFSA). Nutritional composition tables (https://www.dietas.net/).

Clinical case

A family attends the clinic for a 6-month checkup of their firstborn. His growth is harmonious, and from birth he has remained in the 25th-50th percentile for weight, height, and head circumference. His psychomotor development is adequate. He shows interest in food, sits up, and brings his hands to his mouth, although he is currently only being offered breastfeeding on demand.

After explaining complementary feeding to them, they comment with some hesitation that, although they know pediatricians do not like it, they have not eaten meat or fish at home for years, for deeply rooted ethical and ecological reasons. They have sought information from various associations, and the mother has even completed an official certification related to nutrition.

The family consumes fruits, vegetables, legumes, grains, and nuts daily. They have not ruled out offering the child animal-derived products that do not involve slaughter, such as dairy products, eggs, or honey. However, they would like to hear the opinion of their primary care pediatrician.

 

 

Trasplante hepático: indicaciones y cuidados postrasplante

M. García Vega,  M. Alós Díez
Temas de FC


M. García Vega, M. Alós Díez

Servicio de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

X

Autora de correspondencia

marta.garcia.vega@salud.madrid.org

Resumen

En los últimos años, las habilidades técnicas y quirúrgicas en torno al trasplante hepático han mejorado mucho. La mejora en los cuidados previos al trasplante, la selección de pacientes, la preservación de órganos y el seguimiento postrasplante han contribuido a la consecución de excelentes resultados en la supervivencia y la calidad de vida. Esto, junto con los avances en el campo de la inmunosupresión, ha confirmado el trasplante como tratamiento de elección para pacientes con enfermedad hepática terminal, con una esperanza de vida inferior a 1 año, insuficiencia hepática aguda, tumores hepáticos no resecables y enfermedades metabólicas con participación hepática. Las mejoras en las tasas de supervivencia y la calidad de vida a largo plazo dependerán de las modificaciones de los regímenes actuales de inmunosupresión, ya sea por la adquisición de tolerancia al injerto o por el desarrollo de terapias personalizadas. Son pacientes que van a precisar seguimiento a largo plazo, con monitorización regular de la función hepática, los niveles de inmunosupresión, el crecimiento y desarrollo y el estado nutricional y psicosocial. La atención multidisciplinar, con una comunicación eficaz entre el médico de Atención Primaria y el equipo de trasplantes, es crucial para optimizar los resultados.

 

Abstract

In recent years, technical and surgical skills surrounding liver transplantation have greatly improved. Improved pre-transplant care, patient selection, organ preservation and post-transplant follow-up have contributed to excellent survival and quality of life outcomes. This, together with advances in the field of immunosuppression, has confirmed transplantation as the treatment of choice for patients with end-stage liver disease and a <1-year life expectancy, acute liver failure, non-resectable liver tumors and metabolic diseases with hepatic involvement. Improvements in survival rates and long-term quality of life will depend on modifications of current immunosuppression regimens, either through the acquisition of graft tolerance or the development of personalized therapies. These are patients who will require long-term follow-up, with regular monitoring of liver function, immunosuppression levels, growth and development, nutritional and psychosocial status. Multidisciplinary care, with effective communication between the primary care physician and the transplant team, is crucial to optimize outcomes.

 

Palabras clave: Trasplante hepático; Atresia biliar; Inmunosupresión; Tacrolimus.

Key words: Liver transplantation; Biliary atresia; Immunosuppression; Tacrolimus.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 69 – 76

 


OBJETIVOS

• Conocer las principales indicaciones de trasplante hepático y los protocolos de seguimiento.

• Estudiar las recomendaciones en cuanto a promoción de actividades preventivas, como vacunaciones, dieta, ejercicio y educación sexual.

• Tener nociones sobre la terapia inmunosupresora, prestando especial atención a las posibles interacciones con otras medicaciones.

• Conocer las complicaciones más frecuentes que pueden acontecer en el periodo postrasplante.

• Saber identificar aquellas situaciones que requieran atención hospitalaria o contactar con el equipo del centro trasplantador.

 

Trasplante hepático: indicaciones y cuidados postrasplante

https://doi.org/10.63149/j.pedint.9

 

Introducción

El trasplante hepático pediátrico sigue siendo el tratamiento gold standard para hepatopatías agudas y crónicas y múltiples metabolopatías. A día de hoy, ha mejorado mucho la supervivencia, gracias a los avances en técnicas quirúrgicas y en la inmunosupresión.

El trasplante hepático es el tratamiento de elección para los pacientes con enfermedad hepática terminal, hepatopatía crónica con mala calidad de vida y determinadas enfermedades metabólicas con riesgo de deterioro de otro órgano (cerebro, riñón).

En los últimos años ha mejorado mucho la supervivencia a largo plazo, tanto del paciente como del injerto, siendo superior al 90 % al año y del 75 % a los 15-20 años(1).

Esto ha sido gracias a los avances en técnicas quirúrgicas, las mejoras en el manejo perioperatorio de las complicaciones hepáticas, el soporte nutricional y en los regímenes de inmunosupresión(2-4).

Estudio del candidato a trasplante. Indicadores pronósticos y evaluación

En el estudio de candidato, inicialmente deberá confirmarse el diagnóstico y la necesidad de trasplante.

Se solicitarán pruebas cruzadas con grupo sanguíneo, serologías [citomegalovirus (CMV), virus de Epstein-Barr (VEB), virus de la hepatitis B (VHB), virus de la hepatitis C (VHC), toxoplasmosis, sífilis y virus de inmunodeficiencia humana (VIH)] y valoración por parte de Neurología y Cardiología.

En la hepatopatía en estado terminal, aparecerán defectos de síntesis (con alargamiento del tiempo de protrombina e hipoalbuminemia), dificultad para controlar el sangrado por varices, ascitis, desnutrición, síndrome hepatopulmonar y osteodistrofia. El fallo hepático agudo tiene sus propios criterios de indicación de trasplante que varían también en función de la etiología(4,5).

En EE.UU. se emplea el score PELD (Pediatric End-stage Liver Disease) en menores de 12 años, que evalúa el riesgo de mortalidad a 90 días sin trasplante e incluye la cifra de bilirrubina, el INR (índice internacional normalizado para el tiempo de protrombina), la albúmina, la edad <1 año y el retraso de crecimiento. Sin embargo, este score no se emplea habitualmente en España, dada la tendencia a infraestimar el riesgo de mortalidad en los menores de 2 años(6).

Indicaciones y contra-indicaciones de trasplante hepático (Tabla I y Fig. 1)(7)

tabla

 

figura

Figura 1. Indicaciones de trasplante hepático pediátrico en el Hospital Universitario La Paz, en el periodo 2003-2022 (n = 450)

Los procesos que conducen a la indicación de trasplante incluyen un elevado riesgo de mortalidad debido a la hepatopatía y sus complicaciones en los próximos 12 meses, riesgo de daño de otros órganos que puede prevenirse con el trasplante, un daño neurológico reversible o una inaceptable calidad de vida consecuencia de la hepatopatía (por prurito refractario o retraso de crecimiento). Las complicaciones presentes en las enfermedades hepáticas crónicas se deben principalmente al desarrollo de hipertensión portal(5,7).

La principal indicación de trasplante en la infancia es la atresia de vías biliares (en torno al 45 % en nuestra serie), a pesar de la mejora del cribado, el diagnóstico y la portoenterostomía de Kasai(6,8,9).

Tipos de trasplante. Técnicas quirúrgicas. Lista de espera

La escasez de donantes sigue siendo un gran problema, pero se ha visto mitigada gracias a técnicas quirúrgicas innovadoras, como los programas de donante vivo o la técnica split.

En la actualidad, la probabilidad de recibir un órgano en el primer año para un niño en lista de espera se sitúa en torno al 60 %, similar a la de la población adulta, pero la mediana de los tiempos en lista de espera (>60 días) es mayor. La priorización pediátrica en la asignación de órganos con el desarrollo de mejores sistemas de estratificación del riesgo sigue siendo uno de los objetivos para reducir la mortalidad infantil en lista de espera(5).

La escasez de donantes sigue siendo un gran problema, pero se ha visto mitigada gracias a técnicas quirúrgicas innovadoras(10).

Según el donante, el injerto puede ser:

• De donante cadáver (muerte encefálica o en asistolia controlada): injerto entero, lóbulo izquierdo (S II-III y IV), segmento lateral izquierdo (S II-III) o split (bipartición hepática).

• De donante vivo relacionado: lóbulo izquierdo, segmento lateral izquierdo o lóbulo derecho(4).

La baja disponibilidad de órganos y la morbimortalidad en lista de espera han hecho que se renueve el interés por los trasplantes ABO incompatibles. Los niños hasta los 2 años tienen bajos niveles de anticuerpos anti-A y anti-B (la producción de isohemaglutininas empieza sobre los 4-7 meses y alcanzan los niveles de adulto a los 4-7 años), y en este grupo etario se han obtenido resultados comparables a los trasplantes ABO compatibles(11).

Seguimiento del paciente trasplantado hepático en consultas externas: recomendaciones

El seguimiento a largo plazo y el manejo multidisciplinar son cruciales para optimizar los resultados. Se tiene que monitorizar de forma regular la función hepática, el crecimiento y desarrollo y el estado nutricional y psicosocial(12).

• Anamnesis: medicación/adherencia, procesos intercurrentes, datos de toxicidad (poliuria, polidipsia, nicturia, temblor). Síntomas compatibles con síndrome linfoproliferativo (respiración nasal, ronquido, diarrea…).

• Exploración física: síndrome de Cushing, hipertricosis, nutrición, hipertrofia adenoamigdalar y masas.

• Control analítico cada 3 meses, que incluya: hemograma, perfil hepático, coagulación, albúmina, colesterol, creatinina, iones, gases, PCR cuantitativa CMV y VEB y monitorización de niveles de tacrolimus.

• Doppler hepático cada 12 meses, más frecuente en caso de patología biliar o vascular.

• Recomendaciones:

– Evitar fármacos que interaccionen con los inmunosupresores (ver tabla VI). Los cuadros de diarrea pueden aumentar el nivel.

– Vigilar situaciones que puedan favorecer la deshidratación. Fluidoterapia precoz. Evitar paracetamol, AINEs y nefrotóxicos. Prevenir insuficiencia suprarrenal en situaciones de estrés.

– Mantener profilaxis contra CMV y VEB 6 meses postrasplante y de Pneumocystis jiroveci 6-12 meses.

– Se recomiendan controles periódicos por odontólogos. Son frecuentes: caries, gingivitis y malposición dental. La ciclosporina causa hipertrofia gingival. Estará indicada profilaxis antibiótica en caso de manipulaciones invasivas.

– Evitar el contacto con personas enfermas. Insistir en la higiene de manos. Tomar la fruta pelada, verdura y carne cocinada. En caso de viajar, tomar agua embotellada y no tomar hielo. Evitar los baños en agua dulce.

– Vacunación: a partir del 4º mes postrasplante, puede continuar el calendario vacunal habitual, sabiendo que NO PUEDE RECIBIR VACUNAS DE VIRUS VIVOS (varicela, triple vírica, rotavirus, BCG, fiebre amarilla, fiebre tifoidea oral, polio oral y la vacuna de influenza atenuada intranasal). Algunos estudios recientes sugieren que la vacunación con la triple vírica es segura y recomendable debido a los brotes de sarampión en los últimos años y a las menores tasas de vacunación en algunos países. Es importante asegurar protección frente al virus de hepatitis A y B, con control IgG VHA y Anti-HBs, revacunar si negativo. En otoño se recomienda vacunación antigripal al paciente y a la familia (se puede administrar a partir del mes postrasplante si coincide con epidemia de gripe). Los convivientes sí pueden recibir vacunas de virus vivos (excepto la polio oral y la antitifoidea oral)(3,8,13,14).

Complicaciones postrasplante hepático

Las complicaciones más frecuentes que pueden acontecer en el periodo postrasplante incluyen: riesgo de rechazo, infecciones, síndrome linfoproliferativo, riesgo aumentado de otros tumores, complicaciones biliares y vasculares y disfunción renal (Tablas II y III)(11,15).

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Rechazo

El rechazo agudo puede ocurrir entre los días 5 y 10 postrasplante hasta en un 20-50 % de los casos, y se manifiesta con sintomatología inespecífica, como febrícula y dolor abdominal, y con elevación de transaminasas. El 5-10 % experimentará rechazo crónico, que cursa con disfunción hepática persistente que conduce a colestasis progresiva. Los factores de riesgo para un rechazo crónico son: la presencia de una enfermedad autoinmune de base, la etnia afroamericana, la infección por CMV y una inmunosupresión deficiente. Se debe realizar biopsia hepática para su diagnóstico, y el tratamiento consiste en la administración de bolos de esteroides, cambio a tacrolimus si el paciente estaba recibiendo ciclosporina, asociar micofenolato o administrar basiliximab en caso de no obtener respuesta con los tratamientos anteriores(7).

Infecciones

Tras el trasplante, son vulnerables a diversas infecciones debido a su estado de desnutrición, el uso de múltiples antibióticos de amplio espectro, a la inmunosupresión y a los numerosos focos de infección (drenajes, vías centrales, etc.). Debemos recordar que, en inmunodeprimidos, las infecciones pueden tener una escasa expresión clínica(1,3,7).

• Infecciones bacterianas: más frecuentes en el primer mes. Especialmente con gramnegativos, estreptococos y enterococos. Se traducen en infecciones abdominales, sepsis por catéter, infecciones pulmonares, infección urinaria y de la herida quirúrgica.

• Las infecciones fúngicas también son relativamente frecuentes en el primer mes postrasplante, siendo las más frecuentes la Candida albicans y el Aspergillus.

• Entre el 1er y 6º mes postrasplante, son más frecuentes las infecciones por oportunistas, como Pneumocystis jirovecii, CMV y VEB.

• En etapas posteriores, predominarán las infecciones víricas:

– El citomegalovirus es el agente infeccioso más frecuente en el periodo postrasplante. La infección puede deberse a una reactivación de un CMV latente en el receptor o por la transmisión de CMV a través del injerto. Puede cursar de forma asintomática, pero también provocar complicaciones graves, incluyendo hepatitis, neumonitis y complicaciones gastrointestinales. Se diagnostica a través de la PCR (reacción en cadena de la polimerasa) de DNA de CMV, y para su profilaxis y tratamiento son efectivos el ganciclovir y valganciclovir.

– Virus de Epstein-Barr: puede cursar de forma asintomática, como mononucleosis, o desencadenar un síndrome linfoproliferativo (PTLD). Reciben profilaxis con ganciclovir intravenoso y, posteriormente, valganciclovir oral.

– Virus influenza: está indicado tratamiento con oseltamivir.

– Varicela zóster: iniciar tratamiento con aciclovir, con estrecho control clínico, pues en casos graves pueden precisar ingreso para tratamiento intravenoso.

– Herpes simple: tratamiento con aciclovir.

Síndrome linfoproliferativo (PTLD)

Afecta al 5-10 % de los trasplantados. Se divide en no destructivo, PTLD polimórfico y monomórfico y PTLD linfoma de Hodgkin clásico. Es el resultado de una inmunodeficiencia causada por los inmunosupresores, que provoca una reducción en la actividad de las células T y proliferación linfocítica. Los factores de riesgo incluyen la ausencia de infección por VEB previa al trasplante, edad <1 año y cantidades superiores de inmunosupresión. Hasta el 70 % de los pacientes son VEB+, por lo que la monitorización de su carga viral permite disminuir la inmunosupresión cuando se observan cargas virales elevadas (lo que, en ocasiones, precede al desarrollo de PTLD). La clínica es muy variada y se necesita un alto grado de sospecha. Los datos de alarma son: cuadros de mononucleosis infecciosa, adenopatías, hipertrofia amigdalar con clínica de obstrucción (ronquido), diarrea, fiebre prolongada, neumonitis, anorexia, pérdida de peso y hepatoesplenomegalia. El diagnóstico definitivo es histopatológico. El tratamiento incluye la reducción o suspensión de la inmunosupresión, anticuerpos anti-CD20 (rituximab), cirugía, radioterapia y quimioterapia(7).

Riesgo aumentado de otros tumores

Por una menor inmunovigilancia tumoral, respuesta crónica a la inflamación y daño de DNA por las medicaciones. Es importante la protección solar, por el riesgo aumentado de melanoma y otros cánceres en la piel(8).

Complicaciones biliares y vasculares a corto y largo plazo

• La anastomosis biliar habitual en niños es la hepaticoyeyunostomía en Y de Roux. La estenosis biliar afecta al 5-25 % de los trasplantes. Las manifestaciones habituales son disfunción del injerto con GGT elevada o colangitis recurrente. Pueden precisar dilatación con balón mediante colangiografía transparietohepática. Si hay riesgo de colangitis, precisan antibioterapia oral prolongada. A veces, precisa cirugía o, incluso, retrasplante.

• Las trombosis de la arteria hepática y de la vena porta, poco frecuentes, pueden requerir retrasplante hepático urgente.

• La estenosis de la anastomosis portal puede requerir angioplastia mediante portografía directa. En los casos de trombosis crónica se indica intervención quirúrgica (shunt de Rex o derivación mesoportal).

Disfunción renal

Los inhibidores de la calcineurina son nefrotóxicos y contribuyen a la disfunción renal de novo, aguda y crónica, postrasplante. Además, determinadas condiciones preexistentes pueden poner en peligro la función renal, como el síndrome de Alagille, la fibrosis hepática, el uso de quimioterápicos nefrotóxicos o determinados errores innatos del metabolismo, como la tirosinemia. En consecuencia, pueden presentar disminución del filtrado glomerular y tubulopatía, precisando, en muchas ocasiones, suplementos de bicarbonato o magnesio y siendo necesario el uso de antihipertensivos. En el seguimiento será importante monitorizar la función renal y la tensión arterial. Es fundamental detectarlo precozmente para añadir otros inmunosupresores, como micofenolato o sirolimus, que permitan disminuir la dosis de anticalcineurínicos(3,8).

Inmunosupresión. Interacciones farmacológicas. Situaciones que pueden modificar los niveles. Profilaxis de insuficiencia suprarrenal. Tolerancia al injerto

Los protocolos de inmunosupresión más habituales incluyen tacrolimus y esteroides. Algunos fármacos de uso frecuente, como macrólidos o antifúngicos, inhiben el citocromo P450, produciendo un aumento importante de los niveles de tacrolimus y ciclosporina, que pueden alcanzar rango tóxico.

Los protocolos de inmunosupresión van a variar en función del centro trasplantador. En general, incluyen tacrolimus (inhibidor de la calcineurina) y esteroides. Además, en el momento de la reperfusión del injerto, se administra una dosis elevada de metilprednisolona y, en los días 1 y 4 postrasplante, se administra basiliximab (anticuerpo monoclonal anti-IL-2)(1,3,7).

En los pacientes con mayor riesgo de afectación renal se puede asociar micofenolato mofetil para reducir el nivel de tacrolimus. En los pacientes que presenten efectos secundarios debidos al tacrolimus, se optará por cambiar a ciclosporina (Tabla IV). En algunos casos seleccionados se empleará el sirolimus como inmunosupresor(1,3,7).

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Presentaciones y formas de administración (Tabla V). Monitorización. Interacciones farmacológicas

Los médicos especialistas se encargarán del ajuste de la inmunosupresión.

El nivel de inmunosupresión deseado es mayor en los primeros meses postrasplante, cuando hay más riesgo de rechazo. A largo plazo, el objetivo es mantener al paciente con la mínima inmunosupresión necesaria para mantener una función hepática normal, reduciendo los efectos secundarios.

Es importante valorar las posibles interacciones de nuevos fármacos con su tratamiento habitual (Tabla VI). Se evitará el uso de claritromicina/azitromicina, ya que aumentan los niveles séricos de anticalcineurínicos. Su uso se restringe a casos seleccionados y disminuyendo temporalmente la dosis de inmunosupresor que reciben. Se evitará también el uso de metoclopramida por el riesgo de distonía(4).

Riesgo de insuficiencia suprarrenal

Considerar riesgo de insuficiencia suprarrenal en los pacientes que reciben corticoides de forma crónica, si presentan patología concomitante severa o se van a someter a cirugía. Se debe aumentar la dosis de forma transitoria y volver a la dosis previa en cuanto se solucione la situación de estrés(3).

Tolerancia al injerto

Se está estudiando la posibilidad de suspender la terapia inmunosupresora sin que esto afecte a la función normal del injerto. Sin embargo, aún no se ha integrado en la práctica clínica, porque no se dispone de biomarcadores que permitan anticipar qué pacientes podrían desarrollar dicha tolerancia al injerto. Además, debe tenerse en cuenta que una función hepática adecuada sin terapia inmunosupresora no descarta la presencia de daño histológico. Muchos centros realizan biopsias hepáticas por protocolo en el seguimiento, donde se evidencia la presencia de hepatitis y fibrosis a pesar de presentar unos niveles de transaminasas normales(5,7).

Alteraciones metabólicas. Nutrición. Crecimiento, retraso puberal y obesidad

Muchos receptores de trasplante hepático padecerán diabetes, hipertensión, dislipidemia y obesidad, por lo que presentan mayor riesgo cardiovascular(8).

• Crecimiento y rehabilitación nutricional: la ganancia de peso se recupera totalmente en pacientes con adecuada función del injerto, a pesar de presentar malnutrición previa al trasplante. También hay una recuperación de la talla.

• Obesidad: la proporción de receptores de trasplante hepático adultos con obesidad es próxima al 30 %. Muchos presentan diabetes (30 %), hiperlipidemia (60 %) e hipertensión (60 %), por lo que presentan mayor riesgo cardiovascular.

• Metabolismo endocrino y óseo: la producción reducida de hormonas sexuales antes del trasplante, especialmente en adolescentes, puede afectar al crecimiento y retrasar la pubertad. Pueden presentar: baja masa ósea, fracturas, raquitismo, anomalías en la columna vertebral y retraso de crecimiento. Los factores de riesgo incluyen: una edad mayor al trasplante, sexo masculino, fracturas previas al trasplante, bajo peso y dosis acumuladas de esteroides.

Conviene monitorizar el calcio, fósforo (P), vitamina D y hormona paratiroidea por lo menos 2 veces/año y asegurar unos aportes suficientes de calcio y P, especialmente en niños con tacrolimus, que puede causar pérdida de P.

En los pacientes que presentaban osteopenia previa al trasplante, debería monitorizarse la presencia de escoliosis y, en los mayores de 5 años, las fracturas(8).

Motivos de consulta en Urgencias o Atención Primaria

En inmunodeprimidos, las infecciones pueden tener una escasa expresión clínica. Conviene evitar situaciones que pueden desencadenar insuficiencia renal aguda o agravar la disfunción renal preexistente(1,16).

• Fiebre: la medicación inmunosupresora puede modificar la respuesta inflamatoria, por lo que los signos y síntomas pueden ser más sutiles. Dependiendo del momento del trasplante y del grado de inmunosupresión, pueden presentar mayor riesgo de enfermedades oportunistas. En pacientes con estenosis biliar con fiebre, sobre todo si asocian disfunción del injerto, debería descartarse colangitis. El rechazo agudo también puede cursar con fiebre. En función de los antecedentes, la anamnesis y la sintomatología, se orientarán las pruebas diagnósticas a realizar. Generalmente, se solicitará un estudio analítico (hemograma, coagulación, bioquímica: GOT, GPT, GGT, bilirrubina total y directa, iones, incluyendo P y Mg, PCR, PCT), hemocultivo y se valorarán otros estudios bacteriológicos (frotis faríngeo, urocultivo, etc.). Se recomienda, como antitérmico, el uso de metamizol, evitando el uso de paracetamol (por riesgo de toxicidad hepática) y de ibuprofeno (por vasoconstricción renal).

• Vómitos y diarrea: ante la presencia de vómitos, recordar la posibilidad de obstrucción intestinal por bridas. Importante asegurar una adecuada hidratación, en ocasiones, mediante fluidoterapia intravenosa, dado que puede agravarse la insuficiencia renal y la exploración no suele reflejar el grado de deshidratación. Los vómitos pueden bajar los niveles de inmunosupresión y la diarrea subirlos(4).

• Infecciones respiratorias: valorar la etiología vírica (VRS, influenza, parainfluenza, adenovirus, norovirus, CMV, VEB, etc.), bacteriana y agentes oportunistas (Pneumocystis jirovecii, tuberculosis, etc.). El tratamiento se pautará en función de la sospecha clínica.

• Hemorragia digestiva: puede presentarse en forma de hematemesis, melenas o rectorragias. Realizar siempre ecografía abdominal para comprobar la permeabilidad portal.

Adolescencia

En esta etapa deberemos reforzar la adherencia al tratamiento por el riesgo de incumplimiento terapéutico. También, promover la educación sexual y los hábitos saludables (ejercicio, evitar alcohol y drogas)(12).

• Adherencia al tratamiento: la inmunosupresión es esencial para la supervivencia del injerto, y la adherencia al tratamiento es imprescindible. Durante la adolescencia existe un alto riesgo de incumplimiento terapéutico, siendo esta la principal causa de rechazo agudo. Los métodos para su control pueden ser subjetivos (reportes, entrevistas) u objetivos (niveles de medicación en sangre, observación del paciente, recuento de medicación). Estrategias para mejorar la adherencia incluyen simplificar los regímenes de tratamiento, abordar los factores de riesgo, usar intervenciones como los recordatorios (p. ej.: mensajes de texto, alarmas…) y el seguimiento más intensivo de los pacientes(12).

• Anticoncepción: es importante insistir sobre el riesgo de enfermedades de transmisión sexual y de embarazo, especialmente en aquellas pacientes tratadas con mofetil micofenolato, por el riesgo de teratogenicidad. En el postrasplante inmediato, el método recomendado es el de barrera. Al año, y una vez bien establecida la inmunosupresión, pueden emplearse anticonceptivos orales o implantados.

• Alertar sobre la importancia de evitar el alcohol y las drogas.

• Incluir en programas de transición para evaluar el nivel de conocimiento de la enfermedad y el estado clínico, la comprensión y adherencia a la medicación.

Calidad de vida

La calidad de vida postrasplante es similar a la de otras enfermedades crónicas e inferior a la de la población general. Esto se debe al complejo régimen de medicación, las frecuentes visitas y pruebas médicas y las hospitalizaciones. Además, la pérdida de actividades escolares y sociales puede afectar a la educación y al desarrollo social y neurocognitivo(12).

Función del pediatra de Atención Primaria

La comunicación eficaz entre el médico de Atención Primaria y el equipo de trasplantes es imprescindible para optimizar los resultados. El pediatra de Atención Primaria tendrá un papel esencial desde el punto de vista preventivo, pues deberá encargarse de asegurar la correcta vacunación del paciente y sus convivientes, y de promover hábitos saludables en cuanto a dieta, ejercicio, educación sexual, etc.(3,15).

Debe tener nociones básicas sobre los regímenes de medicación (prestando especial atención a las posibles interacciones que pueden presentar los inmunosupresores), las complicaciones más comunes y las infecciones. Será importante saber identificar aquellas situaciones que requieran atención hospitalaria.

Además, puede ayudar a identificar los factores que puedan modificarse para mejorar la calidad de vida y a reforzar la adherencia al tratamiento, especialmente en adolescentes.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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3.** Hierro Llanillo L, Muñoz Bartolo G. Seguimiento del niño con hepatopatía crónica y trasplante. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 47-55. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-01/seguimiento-del-nino-con-hepatopatia-cronica-y-trasplante/.

4. Guerrero Fernández J, Cartón Sánchez A, Barreda Bonis A, Menéndez Suso J, Ruiz Domínguez J. Manual de diagnóstico y terapéutica en pediatría. 6ª ed. Madrid: Editorial Médica Panamericana; 2018.

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6. Kathryn Smith S, Miloh T. Pediatric liver transplantation. Clin Liver Dis. 2022; 26: 521-35.

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8.*** Kelly DA, Bucuvalas JC, Alonso EM, Karpen SJ, Allen U, Green M, et al. Long-Term medical management of the pediatric patient after liver transplantation: 2013 Practice guideline by the American Association for the study of liver diseases and the American Society of Transplantation. Liver Transpl. 2013; 19: 798-825.

9. Ng V, Alonso EM, Bucuvalas JC, Cohen G, Limbers CA, Varni JW, et al. For the Studies of Pediatric Liver Transplantation (SPLIT) Research Group. Health status of children alive 10 years after pediatric liver transplantation performed in the US and Canada: Report of the studies of pediatric liver transplantation experience. J Pediatr. 2012; 160: 820-6.

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11. McLin V, Allen U, Bucuvalas J, Colledan M, Cuturi M-C, d’Antiga L, et al. Early and late factors impacting patient and graft outcome in pediatric liver transplantation: summary of an ESPGHAN monothematic conference. JPGN. 2017; 65: e53-9.

12.*** Hassan S, Ng VL, Aqul A. It takes a village: primary care of the pediatric liver transplant recipient. Curr Opin Pediatr. 2019; 31: 636-44.

13.** Vacunación en niños candidatos y receptores de trasplante hepático. En: Jara P, et al. Manual de Trasplante Hepático Pediátrico. Tile Von Spain S.L.; 2016. p. 123-35.

14. Suresh S, Upton J, Green M, Pham-Huy, Posfay-Barbe KM, Michaels MG, et al. Live vaccines after pediatric solid organ transplant: Proceedings of a consensus meeting, 2018. Pediatr Transplant; 2019. p. 23.

15. McGuire BM, Rosenthal P, Brown CC, Busch AMH, Calcatera SM, Claria RS, et al. Long-term management of the liver transplant patient: Recommendations for the Primary Care Doctor. Am J Transplant. 2009; 9: 1988-2003.

16. Vázquez Vázquez M, Hierro Llanillo L, Jara Vega P. Urgencias en el niño con trasplante hepático. En: Urgencias en Gastroenterología, Hepatología y Nutrición. Madrid: Ergon; 2011. p. 281-93.

Bibliografía recomendada

– Vimalesvaran S, Verma A, Dhawan A. Pediatric liver transplantation: Selection criteria and post-transplant medical management. Indian J Pediatr. 2024; 91: 383-90.

Revisión del panorama actual del trasplante hepático pediátrico, incluyendo las indicaciones, el momento de derivación para el trasplante, las técnicas quirúrgicas, los resultados y los problemas a largo plazo.

– Kelly DA, Bucuvalas JC, Alonso EM, Karpen SJ, Allen U, Green M, et al. Long-Term medical management of the pediatric patient after liver transplantation: 2013 Practice guideline by the American Association for the study of liver diseases and the American Society of Transplantation. Liver Transpl. 2013; 19: 798-825.

Artículo en el que se abordan las indicaciones del trasplante y sus complicaciones. Se basa en una revisión de literatura mundial recientemente publicada sobre el tema, evaluación de políticas de la Asociación Americana para el Estudio de las Enfermedades Hepáticas y la experiencia de los autores en el tratamiento de niños con trasplante hepático.

– Hassan S, Ng VL, Aqul A. It takes a village: primary care of the pediatric liver transplant recipient. Curr Opin Pediatr. 2019; 31: 636-44.

Artículo cuyo objetivo es destacar aspectos clave en el cuidado del receptor de un trasplante pediátrico, involucrando a los pediatras de Atención Primaria y destacando su papel vital en la atención y tratamiento de esta población de pacientes.

Caso clínico

 

Acude a su consulta de Atención Primaria un lactante varón de 15 meses, con antecedente de trasplante hepático hace 7 meses por atresia de vías biliares sin restablecimiento del flujo. Presenta un cuadro de vómitos profusos, diarrea y dolor abdominal de 48 horas de evolución. Afebril. Ambiente epidémico familiar: hermano de 4 años con cuadro de gastroenteritis aguda, epidemia de rotavirus en la Escuela Infantil.

Exploración física: peso: 9 kg. TA: 100/65 mmHg; FC: 95 lpm; Sat O2: 97 %. Triángulo de evaluación pediatrica (TEP): alterado por afectación de la circulación (palidez mucocutánea y mucosas pastosas). Presenta un aceptable estado general, con leves datos de desnutrición. Auscultación cardiopulmonar sin alteraciones. Abdomen blando, depresible, levemente doloroso a la palpación profunda de hipogastrio, con ruidos hidroaéreos aumentados, sin masas ni megalias. Sin signos de irritación peritoneal. Neurológico: normal.

 

 

 

Patología de la vía biliar

M.D. Lledín Barbancho, M.J. Quiles Blanco
Temas de FC


M.D. Lledín Barbancho, M.J. Quiles Blanco

Servicio de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

X

Autora de correspondencia

dolores.lledin@salud.madrid.org

Resumen

La patología de la vía biliar en la edad pediátrica es muy poco frecuente. Se trata de un grupo muy amplio y heterogéneo de entidades (Tabla I), para muchas de las cuales no disponemos de un tratamiento médico eficaz que cambie el curso natural de la enfermedad. En algunas patologías es fundamental el diagnóstico rápido, ya que la demora puede suponer un rápido deterioro del paciente, en ocasiones, con daños irreversibles. En este capítulo se han clasificado según su patogenia en: 1) colangiopatías debidas al daño inflamatorio en los conductos biliares por la activación de los colangiocitos por múltiples estímulos, centrándonos en la atresia de vías biliares; 2) alteraciones en la embriología de la vía biliar que originan vías biliares anómalas, con escasez ductal como dato predominante, como en el síndrome de Alagille, o con fibrosis peribiliar y formación de quistes a diferentes niveles del árbol biliar que caracterizan a las enfermedades hepáticas fibroquísticas; y 3) obstrucción de la vía biliar por cálculos biliares, una patología cada vez más diagnosticada, debido al número creciente de ecografías abdominales realizadas en la población infantil por otros distintos motivos.

 

Abstract

The pathology of the biliary tract in pediatric patients is very uncommon. It includes a broad and heterogeneous group of conditions, many of which lack effective medical treatments that alter the natural course of the disease. For some conditions, rapid diagnosis is crucial, as delays can lead to swift patient deterioration, sometimes resulting in irreversible damage. This article categorizes these conditions by pathogenesis into: 1) Cholangiopathies caused by inflammatory damage to the bile ducts, where cholangiocytes are activated by multiple stimuli, with a focus on biliary atresia; 2) Developmental abnormalities of the biliary tract, resulting in anomalous bile ducts with ductal paucity as a predominant feature, such as in Alagille syndrome, or with peribiliary fibrosis and cyst formation at various levels of the biliary tree, as seen in fibro-polycystic liver diseases; and 3) Biliary tract obstruction due to gallstones, a condition increasingly diagnosed as a result of the rising number of abdominal ultrasounds performed in pediatric populations for various reasons.

 

Palabras clave: Atresia biliar; Síndrome de Alagille; Enfermedades hepáticas fibroquisticas; Cálculos biliares; Pediatría.

Key words: Biliary atresia; Alagille syndrome; Fibro-polycystic liver diseases; Gallstones; Pediatrics.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 58 – 68

 


OBJETIVOS

• Destacar los datos clínicos que orientan al diagnóstico de colestasis en los primeros meses de vida.

• Comprender la etiopatogenia de las distintas alteraciones de la vía biliar en la infancia.

• Conocer las características clínicas más destacadas de las patologías con alteración del desarrollo embriológico de las vías biliares.

• Conocer los tratamientos disponibles para los pacientes con colestasis y prurito.

 

Patología de la vía biliar

https://doi.org/10.63149/j.pedint.8

 

Introducción

La colestasis se define tradicionalmente por un aumento en los niveles séricos de bilirrubina directa (>1 mg/dL), elevación en las concentraciones de gamma-glutamil transferasa y de los ácidos biliares en sangre.

La patología de la vía biliar es rara en la edad pediátrica. La etiología es muy diversa, ya que una amplia variedad de defectos congénitos, alteraciones metabólicas y causas hereditarias, entre otras, pueden producir cuadros de diferente evolución y gravedad (Tabla I).

tabla

Generalmente, cursa con un cuadro de colestasis, que se define tradicionalmente por un aumento en los niveles séricos de bilirrubina directa (>1 mg/dL)(1), elevación en las concentraciones de gamma-glutamil transferasa (GGT) y de los ácidos biliares en sangre. Enfermedades poco frecuentes, como los trastornos de la síntesis de ácidos biliares o la colestasis intrahepática familiar progresiva, pueden cursar con valores normales de los ácidos biliares y de GGT. Además, en algunas ocasiones podemos encontrarnos cifras de bilirrubina en sangre normal con valores de GGT y/o ácidos biliares elevados y déficit de vitaminas liposolubles(2).

Los primeros meses de vida suponen un momento clave, porque un gran abanico de enfermedades hepáticas debutan en este periodo con signos de colestasis: ictericia, coluria, hipocolia-acolia y, más tardíamente, desnutrición, hepatoesplenomegalia y prurito. Es fundamental identificar los primeros síntomas de manera precoz durante las revisiones realizadas por el pediatra de Atención Primaria, con el fin de iniciar el estudio de forma urgente, ya que una intervención temprana puede prevenir la progresión irreversible hacia una cirrosis en algunas enfermedades, como la atresia biliar, y evitar serias complicaciones, como la coagulopatía por deficiencia en la absorción de vitamina K y/o el riesgo neurológico asociado a la hipoglucemia e hiperamoniemia, entre otras(3).

El diagnóstico precoz de una ictericia colestásica resulta particularmente difícil, ya que durante las primeras semanas de vida puede superponerse con la ictericia fisiológica del recién nacido. Por ello, en todo recién nacido con ictericia prolongada de más de 15 días o más de 21 días si es alimentado con lactancia materna, se debe descartar un cuadro de colestasis mediante la determinación de la bilirrubina directa en una muestra de sangre(1).

En los recién nacidos prematuros o con patologías neonatales, la causa más común de colestasis es la inmadurez hepática asociada a otras comorbilidades, como la nutrición parenteral, el uso de antibióticos, cardiopatías o enterocolitis. En el caso de recién nacidos sanos sin patología previa, las causas más frecuentes incluyen: la atresia de vías biliares (AB), el déficit de alfa-1 antitripsina, el síndrome de Alagille (SA) y el grupo de colestasis intrahepática familiar(4). Cuadros infecciosos, como las infecciones de orina, bacteriemias, virus herpes y citomegalovirus (CMV) son causas tratables que se deben considerar, pero que pueden coexistir con las otras causas citadas anteriormente y que no deben retrasar la derivación al médico especialista(5) (v. Algoritmo 1 al final del artículo).

Colangiopatías

En todo RN que presente ictericia a las 2 semanas de vida o a las 3 semanas, si recibe lactancia materna, se le debe realizar una analítica para determinar la cifra de bilirrubina directa. Si esta es mayor de 1 mg/dl, se debe derivar a las consultas de Atención Especializada para ampliar los estudios.

Atresia biliar

La atresia biliar, aunque es una enfermedad rara con una incidencia en nuestro medio de alrededor de 1:15.000 recién nacidos vivos, debemos pensar siempre en ella debido a que el periodo para realizar una cirugía de derivación (hepatoportoenterostomía o cirugía de Kasai) con éxito que evite la progresión de la enfermedad hacia una cirrosis terminal tiene un rango muy estrecho, debiéndose operar idealmente en los primeros 60 días de vida. Después de este periodo, el éxito de la operación disminuye de manera significativa.

Patogenia y clasificación

La AB es una colangiopatía rápidamente progresiva. La activación de los colangiocitos intraútero, en respuesta a distintas causas (tóxicos, virus, vasculares…) y/o en individuos con cierta predisposición genética, produce una reacción inflamatoria que activa las células estrelladas periductales, iniciándose el proceso de fibrosis, conocido como “proliferación ductal” (ductular reaction). La enfermedad progresa rápidamente hacia una fibrosis hepática, obstrucción y destrucción de los conductos biliares. Si no realizamos ninguna intervención, la esperanza de vida es de 2-3 años.

En la patogénesis de la AB se han involucrado factores genéticos que afectan al correcto funcionamiento de los cilios (PKD1L1, entre otros)(6), factores epigenéticos, infecciones (CMV, rotavirus, reovirus), factores inmunológicos, alteraciones vasculares, distintos tóxicos y defectos en la morfogénesis. Por lo que no podemos decir que la AB es una entidad patológica única, sino que se trata de un fenotipo común a diferentes etiologías (una o varias combinadas)(7).

La AB puede presentarse de forma aislada (80-90 %) o asociada a otras malformaciones, forma sindrómica. Generalmente, esta última tiene defectos de la lateralidad y alteraciones esplénicas (BASM: siglas en inglés de biliary atresia with splenic malformations). Según la zona anatómica de la vía biliar afectada, se clasifica en: tipo 1, si afecta al colédoco; tipo 2, si afecta al conducto hepático común; y tipo 3 (80 %), que cursa con una fibrosis de la placa biliar y afectación de la vía biliar intrahepática y tiene peores resultados tras la cirugía de Kasai. Existe un subtipo denominado “forma quística” que asocia un quiste próximo al conducto hepático común y que, en ocasiones, tiene un diagnóstico prenatal. Esta forma tiene mejores resultados tras el Kasai.

Presentación clínica

La tríada clínica típica de los niños con AB es: ictericia, coluria y acolia. Generalmente, son recién nacidos a término con adecuado estado nutricional en las primeras fases de la enfermedad. Con el tiempo, presentan hepatoesplenomegalia, ascitis y malnutrición(3).

Tal como se ha mencionado previamente, la ictericia observada coincide temporalmente con la ictericia fisiológica del recién nacido y por la lactancia materna, lo que complica la detección temprana de un posible cuadro de colestasis. La acolia en muchas ocasiones puede pasar desapercibida para los padres e incluso para el personal sanitario. En algunos países están disponibles tarjetas de colores y aplicaciones móviles para identificar la acolia-hipocolia. Otra medida para intentar diagnosticar precozmente a estos pacientes sería realizar un screening mediante la determinación de la bilirrubina directa sérica en las primeras 24-48 horas a todos los recién nacidos; un valor superior a 1 mg/dl obligaría a ampliar el estudio(8). Otros trabajos publicados valoran la determinación de los ácidos biliares, en concreto del ácido taurocolato, en gotas de sangre seca(9), y la determinación de oxisteroles urinarios(10). Todavía ninguna de estas medidas está implementada en nuestro medio.

Diagnóstico

Entre las pruebas de imagen empleadas para el diagnóstico, destaca la ecografía abdominal que, realizada por radiólogos expertos, tiene una sensibilidad del 77 % y una especificidad del 93 % para el diagnóstico de AB. Generalmente, muestra unos hallazgos típicos: signo de la cuerda y/o vesícula atrófica o ausente tras, al menos, 4 horas de ayuno, pero estos datos no siempre son tan evidentes. Otros, como la presencia de situs inversus, anomalías esplénicas, porta preduodenal, apoyan el diagnóstico de las formas BASM. Otras pruebas, como la elastografía, la colangio-RM y la colangiografía endoscópica retrógrada, pueden ayudar al diagnóstico, pero no están disponibles en muchos centros(11).

La biopsia hepática preoperatoria queda reservada para los casos dudosos, siempre que no retrase la cirugía en espera de los resultados. Tiene una alta sensibilidad, cercana al 90 %(12). Los hallazgos típicos son la proliferación ductal, tapones de bilis, expansión de los tractos portales y fibrosis, pero no son específicos de la AB y dependen de la edad del paciente(13).

La colangiografía intraoperatoria, realizada por vía laparoscópica o cirugía abierta, es considerada la prueba “gold standard” para el diagnóstico.

Se están estudiando diversos biomarcadores para el diagnóstico de la AB. La proteína MMP-7 (metaloproteinasa-7 de la matriz) sérica es la más prometedora; sin embargo, aún se requieren más estudios para estandarizar el procesamiento de las muestras y establecer un punto de corte que permita implementar su uso en la práctica clínica(14).

El diagnóstico diferencial con otros cuadros de colestasis neonatal se expone en el algoritmo 2(4) (v. al final del artículo). En la actualidad, los estudios genéticos basados en los paneles genéticos (NGS: siglas en inglés de next-generation sequencing) son una herramienta de gran utilidad en el diagnóstico de las colestasis neonatales, permitiendo estudiar un importante número de genes simultáneamente con un bajo coste y en un menor tiempo.

Tratamiento y nuevas perspectivas terapéuticas

El tratamiento no ha experimentado cambios significativos desde los años 80. En pacientes menores de 3 meses sin cirrosis avanzada, se realizará una portoenterostomía de Kasai, consistente en una resección de la vía biliar extrahepática y anastomosis de un asa intestinal en Y de Roux a la placa biliar. La cirugía es considerada eficaz si el flujo biliar se restablece, definido por una bilirrubina sérica menor de 2 mg/dL ­en los 3 meses siguientes. Pero, a pesar del éxito del Kasai, la enfermedad continúa progresando en distinto grado hacia una hepatopatía crónica. Según datos publicados, aproximadamente el 50 % de los pacientes requerirán un trasplante de hígado dentro de los 2 años y solo el 30 % alcanzarán los 18 años sin trasplante(15).

Entre los factores que influyen en el éxito de la cirugía de Kasai, el más importante es la edad del paciente; por lo tanto, se deben implantar medidas para detectar la colestasis en las primeras semanas de vida, como hemos comentado anteriormente.

En el postoperatorio del Kasai se emplean corticoides, antibióticos profilácticos y/o ácido ursodeoxicólico dependiendo de los Centros. Es fundamental optimizar la nutrición en estos pacientes con fórmulas enriquecidas con MCT (triglicéridos de cadena media) y con aumento del aporte calórico, además del aporte de vitaminas liposolubles. Un adecuado estado nutricional disminuye la morbi-mortalidad de los niños que precisarán un trasplante hepático(16) (Tabla II).

tabla

En la evolución, los pacientes tienen un riesgo elevado de padecer colangitis ascendentes de repetición, que empeoran el pronóstico al acelerar la progresión a cirrosis. Se debe siempre sospechar esta patología si el paciente presenta: fiebre, ictericia, exantema urticariforme, cambio del color de las deposiciones o dilataciones biliares en la ecografía. Se debe ser agresivo en el tratamiento de las colangitis, requiriendo en la mayoría de las ocasiones antibioterapia intravenosa(17). Otras complicaciones que pueden presentar estos pacientes son las derivadas de la hipertensión portal, como descompensaciones ascíticas en el contexto de infecciones, y sangrado digestivo en forma de hematemesis o melenas.

Actualmente, se están realizando múltiples ensayos clínicos con diversos fármacos para mejorar la supervivencia con el hígado propio en los pacientes que restablecen el flujo biliar. Entre los fármacos en estudio están: ácido obeticólico, N-acetilcisteína, inmunoglobulinas, inhibidores del transporte de ácidos biliares ileal (IBAT), G-CSF, rituximab, mitomicina C, benzafibratos, cenicriviroc (agente antiinflamatorio y antifibrótico) y el trasplante de hepatocitos e infusión de células madre, entre otros(18). Más recientemente, se han publicado trabajos estudiando cómo la microbiota intestinal puede influir en la evolución de los pacientes(19).

Alteraciones en el desarrollo embriológico de la vía biliar

Síndrome de Alagille

Es una enfermedad multisistémica con distinta afectación en diferentes órganos.

Es una enfermedad hereditaria, autosómica dominante con penetrancia variable, en donde hasta un 60 % son mutaciones “de novo”. Tiene una incidencia aproximada de 1/30.000 recién nacidos vivos. Las mutaciones se localizan en el gen JAG1 en el 94 % de los casos, o en el gen NOTCH2 en el 2,5 %. Estos genes codifican proteínas que intervienen en la señalización de la vía Notch, crucial en la regulación del desarrollo celular durante la vida embrionaria. El defecto en estas vías de señalización conduce a una vasculopatía, que es el mecanismo patogénico inicial de la afectación de los diferentes órganos.

Por lo tanto, el síndrome de Alagille es una enfermedad multisistémica con distinta afectación en diferentes órganos (Tabla III).

tabla

A nivel hepático, se caracteriza por una escasez ductal que conduce a un cuadro colestático. Los niños debutan con colestasis neonatal (85 % de los casos). La evolución es variable, dependiendo del grado de afectación de los conductos biliares. Algunos niños tienen una mejoría espontánea, con estabilización de la colestasis durante la infancia, evolucionando hacia una disfunción leve y distinto grado de prurito; en cambio, en otros pacientes se acompaña de complicaciones, como malnutrición, hipovitaminosis, xantomas, prurito refractario y fracturas óseas(20). Aproximadamente, un 30 % evolucionan a cirrosis con desarrollo de hipertensión portal, precisando generalmente un trasplante hepático en los primeros 5 años de vida(21). En el estudio internacional GALA, realizado en 29 países con una cohorte de 1.184 niños con síndrome de Alagille que debutaron con colestasis neonatal, observaron que un 50 % precisaron un trasplante hepático antes de los 18 años. Las indicaciones del trasplante hepático fueron prurito intratable, fracturas óseas recurrentes, retraso del crecimiento e hipertensión portal(22).

Clásicamente, el diagnóstico se sustentaba en criterios clínicos, pero, en la actualidad, se basa en la realización de estudio genético de las mutaciones. Hasta la fecha, no se ha encontrado una correlación clara entre el genotipo y el fenotipo, por lo que se piensa que deben existir modificadores de la enfermedad que condicionan distinta gravedad(21).

El tratamiento, en general, consiste en medidas nutricionales con fórmulas enriquecidas en MCT y aporte de vitaminas liposolubles (A, E, D y K), así como tratamientos dirigidos a aliviar el prurito: ácido ursodeoxicólico, fenobarbital, rifampicina, antihistamínicos y los nuevos fármacos IBAT (inhibidores del transportador de ácidos biliares ileales). Todavía son necesarios más datos para poder establecer si estos nuevos tratamientos modificarán el curso de la enfermedad, disminuyendo la necesidad de trasplante hepático en el futuro. Otra medida quirúrgica dirigida a disminuir el prurito es la realización de una derivación biliar parcial externa, actualmente prácticamente en desuso desde la introducción de los IBAT(23).

Dado que la vía biliar continúa modelándose hasta el año de edad, se están estudiando en modelos animales tratamientos modificadores de la enfermedad. Entre las sustancias estudiadas están los agonistas del receptor NOTCH, que aumentarían la expresión de SOX9, disminuyendo la gravedad de la patología y el empleo de tratamientos con oligonucleótidos antisentido para reducir los niveles de la proteína Poglut1 y así mejorar la señalización mediada por el ligando JAG1(24).

Enfermedad fibroquística hepática

Este término hace referencia a un conjunto de enfermedades hepáticas producidas por el desarrollo anómalo de la placa ductal, una estructura embrionaria que da origen a los conductos biliares. En la actualidad, este grupo de trastornos se incluye en un grupo más amplio de enfermedades denominado ciliopatías.

Las ciliopatías se dividen en móviles y no móviles. Las ciliopatías no móviles presentan un defecto en las proteínas ciliares encargadas de las interacciones intercelular y con la matriz, cruciales para el desarrollo, regeneración, reparación y homeostasis de los tejidos.

La enfermedad fibroquística hepática se clasifica, dependiendo del nivel anatómico de la vía biliar afectada, en (de menor a mayor calibre): complejo de von Meyenburg, fibrosis hepática congénita (FHC) que afecta a pequeños conductos intrahepáticos; enfermedad de Caroli, con quistes a nivel de los conductos intrahepáticos más grandes conectados directamente con el árbol biliar; y síndrome de Caroli (SC), cuando coexiste la enfermedad de Caroli con la FHC. Puede existir solapamiento entre ellas(21).

Además, pueden asociar quistes en otros órganos, como el riñón y páncreas, y alteraciones nerviosas y oculares, entre otras. Hasta en un 40 %, la FHC y el SC se asocian con la enfermedad poliquística autosómica recesiva renal, debida a mutaciones en el gen PKHD1. Este gen codifica una proteína, fibrocistina, que se expresa en el epitelio biliar y renal, cuya misión es mantener la estructura tridimensional tubular. La proteína mutada produce un acortamiento de los cilios, alterando la estructura de los colangiocitos y del epitelio renal. Otras mutaciones en diferentes genes (TMEM67 y ZFYVE19) producen cuadros de solapamiento, como el síndrome de Meckel (FHC, quistes renales, microcefalia, defectos cardiacos) y el síndrome de Bardet-Bield (FHC, afectación renal, retinitis pigmentaria e hipogonadismo)(25). La afectación renal y hepática sigue un curso independiente.

Las características específicas de la FHC y la enfermedad y síndrome de Caroli se detallan en la tabla IV.

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En la actualidad, no existe un tratamiento efectivo para revertir o enlentecer el curso de la enfermedad. Se deben tratar las complicaciones asociadas, como el sangrado digestivo y las colangitis.

Quiste de colédoco

Es una anomalía de la unión pancreático-biliar que produce una dilatación del colédoco y/o vías biliares principales. Dependiendo de la localización, del segmento de la vía biliar afectada y de la forma (fusiforme o quística), se clasifican en 5 tipos (Fig. 1). El tipo I (85 %) y el IV (10 %) son los más frecuentes y los que con mayor probabilidad se asocian a malignidad(26).

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Figura 1. Clasificación de Todani de los quistes de colédoco.

Puede debutar como una colestasis neonatal o, de forma más insidiosa, como dolor abdominal recurrente, predisposición a la formación de cálculos biliares y, en ocasiones, de forma brusca, como una peritonitis biliar por rotura del quiste. Un 15 % son diagnosticados en las ecografías prenatales y hasta un 20 % en la edad adulta. El diagnóstico se realiza por ecografía, precisando, a veces, una colangio-RM para confirmar el diagnóstico (Fig. 2).

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Figura 2. Quiste de colédoco.

El tratamiento es siempre quirúrgico mediante la realización de una hepaportoenterostomía en Y de Roux. No se debe demorar la cirugía para evitar la aparición de colangitis, pancreatitis, fibrosis hepática y cirrosis. Estos pacientes tienen más riesgo en la edad adulta de desarrollar colangiocarcinoma.

Enfermedades con obstrucción de la vía biliar extrahepática

Litiasis biliar

El tratamiento se realiza en función de la edad del paciente, la sintomatología, la patología asociada y la localización, tamaño y composición de los cálculos.

La presencia de cálculos en la vía biliar es infrecuente en Pediatría, pero su diagnóstico está aumentado debido al número creciente de ecografías abdominales realizadas en la población infantil por distintos motivos.

Dependiendo de la composición del cálculo, se clasifican en pigmentarios, de colesterol o mixtos. En el niño predominan los cálculos pigmentarios, formados por bilirrubina y carbonato cálcico. Estos suelen ser pequeños, múltiples y radiopacos hasta en un 50 %. Los cálculos de ésteres de colesterol son radiotransparentes y son más frecuentes en la edad adulta por patologías, como la obesidad, hipercolesterolemia, resecciones intestinales, etc. Los cálculos mixtos están formados por sales cálcicas y un 10-30 % de colesterol(27).

La patogenia es multifactorial, donde intervienen mecanismos que alteran la composición normal de la bilis y la motilidad de la vesícula biliar. Entre los factores de riesgo más frecuentes figuran: patología grave que precise ayuno prolongado y uso de nutrición parenteral, como grandes prematuros, cirugía abdominal importante (enterocolitis necrotizante, síndrome de intestino corto), cirugía cardiaca e infecciones de la vía biliar (E. coli, Salmonella, Klebsiella), entre otros. Otras causas que se deben valorar son las enfermedades hematológicas (esferocitosis hereditaria, hemoglobinopatías…), alteraciones genéticas (déficit de MDR3, genes LITH, etc.), uso de determinados fármacos (furosemida, cefalosporina de 3ª generación). En niños escolares y adolescentes, lo más frecuente es su asociación con historia familiar de cálculos y enfermedades hemolíticas, obesidad, fibrosis quística y enfermedad de Crohn con afectación ileal(28).

Lo más frecuente es que el niño se encuentre asintomático. Durante la evolución, pueden presentar clínica de cólico biliar, ictericia obstructiva, pancreatitis, colecistitis aguda, crónica, colangitis y, rara vez, perforación y peritonitis. La ecografía es el principal método diagnóstico con una alta sensibilidad y especificidad (Fig. 3).

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Figura 3. Litiasis biliar.

Otros métodos diagnósticos son la radiografía de abdomen y colangio-RM para casos no concluyentes y con anomalías asociadas de la vía biliar (Fig. 4).

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Figura 4. Colangiopancreatografía retrógrada endoscópica (CPRE).

El tratamiento se realiza en función de la edad del paciente, la sintomatología, la patología asociada y la localización, tamaño y composición de los cálculos. A edades tempranas, si el paciente se encuentra asintomático, generalmente se opta por una actitud expectante con revisiones periódicas, ya que, en algunas circunstancias, los cálculos pueden disolverse o eliminarse espontáneamente al intestino y se asocia con un bajo riesgo de complicaciones(27).

El tratamiento médico con ácido ursodeoxicólico (dosis de 10-15 mg/kg/día) no está claramente establecido en Pediatría. Se indica en casos de barro biliar y en cálculos de colesterol pequeños. Tiene un efecto colerético, aumentando el flujo biliar y desplazando los ácidos biliares endógenos. Si tras seis meses de tratamiento no obtenemos respuesta, se debe suspender. En los casos en que resulta eficaz, existe riesgo de recidiva tras la suspensión(29). Los agonistas del receptor FXR, como el ácido obeticólico, se están empleando en adultos para tratar los cálculos de colesterol, pero todavía no existe indicación en Pediatría.

El tratamiento quirúrgico se reserva a los casos complicados (colecistitis, pancreatitis…) con cálculos numerosos, grandes o con factores de riesgo asociados. Se puede realizar un abordaje por laparotomía o por laparoscopia, realizándose generalmente, además, colecistectomía(28). En Pediatría, el uso de la litotricia mediante ondas de choque para desintegrar el cálculo es muy escaso y solo en casos muy seleccionados.

La colangiografía endoscópica retrógrada es el tratamiento de elección en el caso de que el cálculo se localice en el colédoco. La limitación más importante es que no se dispone del aparataje adecuado para neonatos y lactantes. En estos casos, la colangiografía percutánea transparietohepática o transcística es una opción(27).

Otros

Colangitis esclerosante primaria

Es una enfermedad muy rara en Pediatría (1: 100.000 niños), pero muy grave por el carácter progresivo de la enfermedad y la ausencia de un tratamiento médico eficaz. Tiene una etiología multifactorial: predisposición genética, exposición ambiental, disbiosis de la microbiota y disregulación inmune.

Afecta a niños mayores, aunque la edad de comienzo es muy variable, incluso presentándose en neonatos, y su curso es insidioso, lo que puede retrasar el diagnóstico. Suele presentarse como un cuadro de colestasis con evolución a fibrosis hepática progresiva e hipertensión portal. Hasta en dos tercios pueden presentar en la evolución una enfermedad inflamatoria intestinal (colitis ulcerosa), por lo que se considera que en la patogenia debe influir la traslocación bacteriana del intestino que activaría a los colangiocitos.

Existe un subgrupo que presenta características compartidas con la hepatitis autoinmune tipo 1, con autoanticuerpos positivos y hepatitis de interfase en la biopsia hepática. Esta entidad se denomina colangitis esclerosante autoinmune (CEA) o síndrome de Overlap, aunque es un término todavía no aceptado universalmente en el campo de la medicina de adultos.

El diagnóstico se realiza mediante colangiografía o colangio-resonancia, apreciándose imágenes de arrosariamiento de la vía biliar intrahepática con dilataciones saculares, estenosis múltiples y una porción extrahepática muy irregular.

Existe un subtipo que solo presenta alteraciones en la biopsia hepática sin datos en la colangio-RM que se denomina “de pequeño ducto”; en hasta un 20 % de estos pacientes, la enfermedad progresa hacia la forma de grandes ductos. Esta forma en Pediatría es menos agresiva.

El tratamiento se basa en el empleo de ácido ursodeoxicólico. En el caso de la CEA, se añadirá tratamiento con corticoides +/- azatioprina. Se debe tratar adecuadamente la enfermedad inflamatoria intestinal, ya que se ha correlacionado con un mejor pronóstico. Se debe evitar la cirugía biliar, ya que influye negativamente en la evolución. Datos publicados por el grupo de trabajo de CEP pediátrica en 781 niños: el 30 % de los niños a los 10 años de edad necesitó un trasplante con un tiempo medio desde el diagnóstico hasta el trasplante de hígado de 4 años. Desgraciadamente, el trasplante hepático no es curativo y un tercio de los pacientes recurrirá en los 5 años siguientes(21).

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental destacar el papel del pediatra en el diagnóstico de los neonatos con colestasis. Debe estudiarse siempre a todo neonato con ictericia de más de 15 días o 21 días si toma lactancia materna. La única manera de descartar una colestasis es la determinación de la bilirrubina directa en sangre. Otro dato que debemos investigar en todo lactante con ictericia es el color de las deposiciones. Se debe preguntar a los padres, haciendo hincapié en que nos detalle el color de las heces, mostrándoles diferentes repertorios de colores (desde mostaza a blanco-yeso). En caso de hipocolia o acolia, se debe derivar urgentemente (Algoritmo 2).

El prurito es un síntoma muy típico de las colestasis crónicas y, en ocasiones, el tinte ictérico no es apreciable. Se debe estar alerta cuando consultan por un prurito intenso que interfiere con el descanso y la actividad diaria.

Se debe sospechar una fractura ósea en los niños con colestasis en caso de deformidad de los miembros, irritabilidad, etc.

Además, el pediatra debe estar familiarizado con los tratamientos empleados en los pacientes con colestasis para realizar un estrecho seguimiento nutricional y conocer los efectos colaterales de los diferentes fármacos que reciben (Tabla V).

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Por último, los pacientes con hepatopatía crónica pueden consultar por ascitis, sangrado digestivo y episodios de colangitis que precisen una derivación rápida a un Centro Hospitalario.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

– Fawaz R, Baumann U, Ekong U, Fischler B, Hadzic N, Mack CL, et al. Guideline for the Evaluation of Cholestatic Jaundice in Infants: Joint Recommendations of the North American Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition and the European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2017; 64: 154-68.

Guías elaboradas por las Sociedades Europea y Americana de Gastroenterología Pediátrica, donde se exponen las recomendaciones para reducir el tiempo de diagnóstico de enfermedades hepáticas pediátricas, incluida la atresia biliar, para intentar mejorar el pronóstico.

– Fernández Tomé L, Frauca Remacha E. Colestasis en el lactante. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 1: 341-60.

Revisión reciente de las colestasis en Pediatría, avalada por la Sociedad Española de Pediatría. Expone las patologías más frecuentes, además de algoritmos de actuación en nuestro medio.

– Sutton H, Karpen SJ, Kamath BM. Pediatric Cholestatic Diseases: Common and Unique Pathogenic Mechanisms. Annu Rev Pathol. 2024; 19: 319-44.

Artículo donde se exponen los mecanismos patogénicos de las enfermedades colestásicas en Pediatría y los modelos experimentales para su estudio.

– Eiamkulbutr S, Tubjareon C, Sanpavat A, Phewplung T, Srisan N, Sintusek P. Diseases of bile duct in children. World J Gastroenterol. 2024; 30: 1043-72.

Este artículo ofrece una concisa revisión de las patologías biliares en la edad pediátrica, mostrando interesantes casos clínicos para una mejor comprensión.

– Díaz Fernández C, Ponce Dorrego MD. Colelitiasis. Pediatr Integral. 2015; XIX: 214-23. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-03/colelitiasis/.

Excelente revisión publicada en esta revista, que explica con detalle el diagnóstico y manejo de las litiasis biliares en el campo pediátrico. Además, incluye un caso clínico con imágenes muy ilustrativas de las posibles complicaciones.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: paciente de 2 meses de edad remitido por su pediatra por cuadro de ictericia e hipocolia desde el nacimiento. Sin ganancia de peso en la última semana. Lactancia materna exclusiva. Afebril.

Antecedentes familiares: tercer hijo de padres no consanguíneos, sin prurito durante la gestación. Sin antecedentes familiares de interés.

Antecedentes personales: embarazo controlado de curso normal. Edad gestacional: 38 semanas. Peso RN: 2.800 g. Apgar 9/10. Pruebas metabólicas normales. Eliminación de meconio en las primeras 24 horas. Lactancia materna exclusiva. Deposiciones claras desde el nacimiento (Fig. 5).

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Figura 5.

Exploración física: ictericia ++, fenotipo llama la atención: ojos algo hundidos y mentón prominente, masas musculares blandas. Auscultación cardio-pulmonar: se ausculta soplo sistólico II/IV, buena entrada de aire bilateral. Abdomen: sin circulación colateral, hígado a 2 traveses de consistencia aumentada, mínimo polo bazo. Neurológico: fontanela normotensa, leve craneotabes. Genitales masculinos normales.

Se realiza analítica: hemograma normal. Coagulación: actividad de protrombina: 79 %. Bioquímica: colesterol total: 233 mg/dl (<200); colesterol HDL: 22 mg/dl (>40); colesterol LDL: 189 mg/dl (<160); triglicéridos: 234 mg/dl (<150); proteínas totales: 5,4 g/dl (5,7-8,0); albumina: 4,0 g/dl (3,5-5,2); calcio total: 10,1 mg/dl (8,8-10,8); fosfato: 5,7 mg/dl (4,0-7,0); LDH: 773 UI/l (<975); AST: 208 UI/l (15-60); ALT: 307 UI/l (<45); GGT: 285 UI/l (12-122); fosfatasa alcalina: 579 UI/l (82-203); colinesterasa: 5.974 UI/l (4.620-11.500); amilasa: 16 UI/l (28-100); urato: 4,4 mg/dl (3,5-7,2); creatinina: 0,60 mg/dl (0,20-1,00); bilirrubina total: 13,10 mg/dl (0,30-1,20); bilirrubina conjugada: 7,10 mg/dl; glucosa: 89 mg/dL; gasometría: sin alteraciones; vitamina D en suero (calcidiol): 5 ng/ml (15-100); vitamina A: 0,52 ug/ml (0,30-0,60); proteína transportadora del retinol: 1,10 mg/dl (3,00-6,00); prealbumina: 1,80 mg/dl (18,00-40,00); cociente vitamina A/RBP: 3,5 (0,8-1,2); vitamina E: 5,00 ug/ml (7,00-15,00).

Ecografía: hígado de tamaño, morfología y ecogenicidad normal. Porta en el hilio de 4-5 mm, con flujo hepatópeto de 23 cm/s. Arteria hepática con IR (índice de resistividad) de 0,72. Vía biliar no dilatada. Vesícula biliar tras 5 horas de ayuno, poco distendida, con una longitud de 1,8 cm (límite de la normalidad: 1,5 cm). Riñones de tamaño (5,1 cm) y grosor parenquimatoso normales. Leve aumento de la ecogenicidad cortical. Sin ascitis (Fig. 6).

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Figura 6.

Se amplía estudio con: urocultivo: E. coli; alfa-1 antitripsina: valores normales. Galactosa 1-fosfato-uridil transferasa: se observa actividad normal. Serología CMV y sífilis en sangre: negativo. Hormonas tiroideas (TSH y T4): normales. Cortisol: normal. Ácidos biliares sangre: 88,10 umol/L (<10 umol/L).

 

 

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Tumores hepáticos

E. Frauca Remacha,  M. García Vega
Temas de FC


E. Frauca Remacha, M. García Vega

Servicio de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

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Autor de correspondencia

esteban.frauca@salud.madrid.org

Resumen

La incidencia de los tumores hepáticos durante la infancia es baja. De entre los tumores benignos, el más frecuente es el hemangioma, mientras que el hepatoblastoma y el hepatocarcinoma son los tumores malignos más frecuentes. En la mayoría de los casos, se va a detectar el tumor tras una ecografía, bien tras palpación de una hepatomegalia o bien en el contexto de un examen rutinario. El hemangioma presenta un ciclo natural de crecimiento y posterior involución, por lo que el tratamiento solo está indicado en aquellos casos sintomáticos. En los casos de un hepatoblastoma o hepatocarcinoma, la curación de la enfermedad pasa por la resección completa del tumor y tratamiento con quimioterapia adyuvante. La supervivencia de los niños con tumores hepáticos, especialmente en el caso del hepatoblastoma, ha mejorado significativamente tras la introducción de pautas de quimioterapia efectivas y definición de estrategias quirúrgicas, incluyendo el trasplante hepático, apropiadas en cada caso.

 

Abstract

The incidence of liver tumors during childhood is low. Among benign tumors, the most common is hemangioma, while hepatoblastoma (HB) and hepatocarcinoma (HCC) are the most common malignant tumors. In most cases, the tumor will be detected after an ultrasound, either after palpation of hepatomegaly or in the context of a routine examination. Hemangioma presents a natural cycle of growth and subsequent involution, so treatment is only indicated in symptomatic cases. In cases of hepatoblastoma or hepatocarcinoma, the cure of the disease involves complete resection of the tumor and treatment with adjuvant chemotherapy. The survival of children with liver tumors, especially HB, has improved significantly after the introduction of effective chemotherapeutic regimens and appropriate surgical approaches, including liver transplantation, resulting in an increase in the number of patients undergoing definitive tumor resection and a decrease in the incidence of postsurgical recurrences.

 

Palabras clave: Tumores hepáticos; Diagnóstico; Opciones terapéuticas; Supervivencia; Recurrencia.

Key words: Liver tumors; Diagnosis; Therapeutic options; Survival; Recurrence.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 49 – 57

 


OBJETIVOS

• Conocer los distintos tipos de tumores hepáticos en niños.

• Conocer las variantes clínico-patológicas de cada tipo tumoral.

• Exponer los modos de presentación clínica y métodos diagnósticos.

• Presentar las diferentes posibilidades terapéuticas y el pronóstico de los tumores más frecuentes.

 

Tumores hepáticos

https://doi.org/10.63149/j.pedint.7

 

Introducción

Los tumores hepáticos infantiles son tumores relativamente infrecuentes, con una incidencia estimada de entre 0,5-2,5 casos por millón de habitantes. Suponen, por otro lado, del 0,5 al 2 % de todas las neoplasias infantiles y el 4 % de los tumores sólidos en niños. De entre los diferentes tipos de tumores hepáticos que se diagnostican con cierta frecuencia en pacientes pediátricos (Tabla I), el hepatoblastoma, hepatocarcinoma y el hemangioma hepático infantil suman dos tercios de todos los casos aproximadamente(1,2).

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Tumores benignos

Hemangioma hepático infantil

Es el tumor hepático benigno más frecuente y un 90 % de los casos se diagnostican en los primeros meses de vida. Las pruebas de imagen son la base para el diagnóstico y solamente está indicado el tratamiento en aquellos casos sintomáticos.

Representa el tumor hepático más frecuente durante el primer año de vida y, de entre los benignos, el más frecuente en la infancia. Entre un 80 % y 90 % de los casos se manifiestan en los dos primeros meses de vida. Presenta un similar comportamiento biológico al del resto de hemangiomas infantiles de otras localizaciones, como la piel. Es importante su distinción de otras lesiones diferentes, como son el “hemangioma hepático del adulto” (malformación vascular que no involuciona) o del “hemangioendotelioma epitelioide” (tumor maligno con capacidad metastásica y excepcional en la infancia).

Es un tumor vascular benigno compuesto predominantemente por células endoteliales y pericitos, que carece de zonas sólidas sarcomatosas y de la capacidad de invasión vascular (sinusoides, venas hepáticas o portales). Pueden ser lesiones únicas (55 %) o múltiples (45 %), afectando a uno o a los dos lóbulos hepáticos. Comparten con el resto de angiomas infantiles la existencia de tres fases en su ciclo vital: a) fase de alta proliferación y rápido crecimiento; b) fase de involución espontánea, con una duración de entre 5 y 10 años, en la que los fenómenos de apoptosis predominan sobre las mitosis, y se produce un reemplazo progresivo de las células endoteliales y pericitos características de la primera fase por estroma; y c) fase de tumor involucionado de forma definitiva, donde todo el tejido original ha sido sustituido por otro fibroso y graso.

En función del momento temporal de su desarrollo, la ISSVA (Sociedad Internacional para el Estudio de Anomalías Vasculares) define dos subtipos:

1. Hemangioma congénito con inicio de la proliferación intraútero y desarrollo completo en el momento del nacimiento. En su involución se distinguen tres patrones: rápida en <2 años (RICH), parcial (PICH) y no involución (NICH).

2. Hemangioma infantil con inicio de proliferación al nacimiento y hasta los 6-12 meses. Involución progresiva hasta los 3-9 años.

Por otro lado, una segunda clasificación, con base en características de imagen, anatomopatológicas y en su comportamiento, diferencia tres subtipos macroscópicamente diferentes: focal, multifocal y difuso (Fig. 1).

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Figura 1. Hemangioma hepático: 3 patrones. Subclasificación 2007 (criterios radiológicos, comportamiento biológico). RICH: patrón de involución rápida en <2 años.

Las lesiones focales son únicas, bien definidas, esféricas, y frecuentemente presentan áreas de necrosis o hemorragia central. En la RMN aparecen como lesiones hipointensas en T1 e hiperintensas en T2 respecto al parénquima hepático circundante. En la mayoría de los casos, se trata de lesiones asintomáticas, muchas de ellas descubiertas accidentalmente en una ecografía prenatal, y que involucionarán rápidamente en la mayoría de los casos (RICH), aunque están descritos casos con insuficiencia cardiaca (ICC) de alto gasto al nacimiento. El subtipo multifocal, cuyas múltiples lesiones esféricas presentan las mismas características radiológicas que las lesiones focales, es también asintomático en la mayoría de los casos, aunque también algunos pacientes pueden presentar una ICC debido a la presencia de shunts arterio o veno-venosos. En la mayoría de ocasiones, asocian hemangiomas cutáneos y, al igual que estos, presentan positividad inmunohistoquímica para el marcador endotelial GLUT-1 y un proceso involutivo similar de las lesiones. Por último, las lesiones difusas (hemangiomatosis hepática difusa) son aquellas que afectan a la práctica totalidad del parénquima hepático con incontables lesiones. Estos casos son, generalmente, clínicamente más severos debido a la gran hepatomegalia que presentan, con compromiso respiratorio por compresión torácica y de la cava inferior e incluso, en algunos casos, con desarrollo de un síndrome compartimental abdominal. Asocian, además, en un porcentaje de casos, un hipotiroidismo severo debido a la producción de iodotironina deiodinasa que inactiva la hormona tiroidea. Por el contrario y a diferencia de los tumores multifocales, y a pesar de su gran “masa tumoral”, es muy infrecuente que ­asocien una insuficiencia cardiaca de alto gasto(3).

Microscópicamente, se diferencian dos patrones distintos, definidos por Dehner e Ishak: tipo I (más frecuente), con canales vasculares dilatados delimitados por una única capa de células plumosas endoteliales sobre un estroma fibroso; y tipo II (aproximadamente un 20 %), que consiste en canales vasculares con ramificaciones irregulares delimitados por células endoteliales pleomórficas e hipercromáticas, a veces, en acúmulos. En ocasiones, un mismo tumor puede contener ambos patrones histológicos. En un 50 % de los casos, pueden verse grandes canales vasculares que recuerdan al hemangioma cavernoso.

Es fundamental, desde un punto de vista pronóstico y terapéutico, diferenciar este tipo de tumor de un angiosarcoma. No siempre es sencillo e incluso se han descrito casos con rasgos anatomopatológicos de ambos tipos tumorales coexistentes. No existe acuerdo en cuanto a si la presencia de un patrón tipo II representa una forma de angiosarcoma o, más probablemente, un simple cambio degenerativo del tumor. Se ha sugerido, como conveniente, un elevado índice de sospecha de lesiones malignas sarcomatosas en aquellos tumores vasculares de aparición tardía (por encima de los tres años de edad).

El debut clínico se produce habitualmente en los primeros meses de vida (un tercio aproximadamente durante el primer mes) y con discreta preferencia por el sexo femenino. En la mayoría de los casos sintomáticos, son la distensión o la palpación de masa abdominal los signos clínicos iniciales. Según datos del Hepatic Hemangioma Registry, sobre 123 casos de hemangioma multifocal o difuso, un 24 % desarrollaron ICC y un 33 % hipotiroidismo. Otros síntomas posibles son: escasa ganancia ponderoestatural, fiebre y, de forma excepcional, pueden presentar anemia/trombopenia por sangrado intratumoral o intraperitoneal, ictericia o fallo hepático. No es infrecuente la coexistencia de otras localizaciones tumorales, preferentemente en la piel (70 %), pulmonares, encéfalo u otros órganos. Está descrita una tasa de mortalidad en caso de tumores multifocales/difusos entre un 4 % y un 16 %.

No existe un patrón analítico característico, habiéndose señalado la anemia (50 %), hiperbilirrubinemia (20 %) y elevación de transaminasas (32 %) como alteraciones más frecuentes. La cifra de alfa-fetoproteína en suero no está elevada para la edad que presentan la mayoría de estos pacientes, ya que se consideran normales hasta los seis meses de edad cifras posteriormente consideradas como elevadas.

Debido al elevado riesgo de sangrado que comporta la biopsia de estos tumores, el diagnóstico se realiza habitualmente en función de la combinación de rasgos clínicos (masa abdominal en lactante de menos de 3-6 meses, coexistencia de angiomas cutáneos…) y pruebas de imagen (ecografía Doppler, tomografía, angio-resonancia). Solamente debe asegurarse el diagnóstico mediante biopsia en aquellos casos de presentación “atípica”, como tener edad mayor de un año o mostrar signos radiológicos diferentes a los habituales (lesión homogénea sólida con refuerzo centrípeto). En los casos con shunts de alto flujo, es habitual y característica la reducción del calibre de la aorta distal al tumor por el alto grado de “robo” vascular que ocasiona.

No existe actualmente una pauta de tratamiento universalmente aceptada. En general, la decisión de tratamiento y la modalidad de este dependen de la presencia o no de síntomas al diagnóstico y del subtipo de lesión. En el caso de que el tumor sea focal o multifocal y asintomático, es razonable una actitud expectante en espera de la probable regresión tumoral. Por el contrario, en aquellos de estos casos con ICC, se ha demostrado necesario el tratamiento con fármacos con actividad antiangiogénica que acelere la involución tumoral, además de tratamiento de soporte con digoxina y diuréticos. Se añadirá tratamiento con hormona tiroidea en casos de hipotiroidismo(4,5).

Actualmente, y en función de la eficacia en el tratamiento de angiomas cutáneos, se usa el propranolol (2 mg/kg/día oral) con muy buenos resultados (reducción del tamaño del tumor y mejoría/desaparición de los síntomas) y apenas efectos secundarios, por lo que representa la primera opción terapéutica en tumores multifocales y difusos(6,7). Los corticoides (prednisona 2-3 mg/kg/día) representan la alternativa al propranolol en este tipo de tumores y en casos en los que esté contraindicado. Por el contrario, en tumores focales sintomáticos, es el tratamiento de elección.

Alternativamente, se pueden contemplar otras opciones de tratamiento en casos seleccionados, como la resección/hepatectomía de lesión única accesible quirúrgicamente; la embolización de arteria hepática, en casos con un shunt de alto flujo e insuficiencia cardiaca; o incluso, el trasplante hepático en casos de angiomatosis difusa, en los que, a pesar de todas las demás medidas de tratamiento disponibles, el paciente permanece con síntomas y elevado riesgo vital.

Hamartoma mesenquimal

Segundo tumor benigno más frecuente. Diagnóstico habitual en niños menores de 2 años. En algunos casos, el tumor regresa espontáneamente, pero, en la mayoría de los casos, está indicada la resección.

Tras el hemangioma, es el segundo tumor benigno hepático más frecuente y representa entre el 6-8 % de todas las neoplasias hepáticas infantiles. Se presenta de forma típica antes de los 2 años de edad e incluso se han diagnosticado casos intraútero mediante una ecografía fetal rutinaria.

El primer síntoma suele ser la palpación de una masa hepática y, en fases más avanzadas, el crecimiento tumoral, que puede ser rápido, puede provocar compresión de la vena cava inferior, dificultades para la alimentación o incluso compromiso respiratorio. Se trata habitualmente de una neoplasia única y grande, localizada con más frecuencia en el lóbulo hepático derecho. Las pruebas de imagen (ecografía, TC) revelan una masa bien delimitada, poliquística, que contiene quistes de densidad baja, separados por tabiques sólidos y estroma, aunque en ocasiones, cuando dichos quistes son de pequeño tamaño, la apariencia del tumor es sólida y puede sugerir un tumor maligno, por lo que será necesaria la biopsia para el diagnóstico diferencial. Histológicamente, son tumores compuestos de células endoteliales mezcladas con tejido fibroso y mixoide, formando áreas sólidas y quísticas.

La evolución habitual en el tiempo es el crecimiento del tumor durante los primeros meses de vida para ­posteriormente estabilizarse, continuar creciendo o regresar espontáneamente. Esta última posibilidad sustenta la opinión de no extirpar quirúrgicamente aquellos tumores asintomáticos frente a la más extendida de resección en todos los casos, sintomáticos o no, teniendo en cuenta la posibilidad, aunque infrecuente, de malignización de este tumor hacia un sarcoma embrionario. Se han publicado casos aislados de trasplante hepático en este tipo de tumor, quedando reservado como opción terapéutica para aquellos casos en que la resección quirúrgica no sea posible o fracase.

Otros tumores benignos

• Adenoma hepático. Tumor raro de incidencia mayoritaria en mujeres jóvenes en tratamiento con anticonceptivos. El tratamiento es la resección o la ablación con radiofrecuencia.

• Teratoma hepático. Muy infrecuente. Los escasos casos reportados muestran una incidencia predominante en niños menores de tres años. En estos casos, se describen rasgos de malignidad en casi la mitad de los mismos, por lo que deben ser resecados.

Tumores malignos

Hepatoblastoma

Es el tumor hepático maligno más frecuente en la infancia y el 90 % de los casos se diagnostica en los primeros cinco años de vida. El diagnóstico de sospecha se basa en una prueba de imagen y lo confirma la biopsia del tumor. La curación pasa por la resección mediante hepatectomía o trasplante hepático y quimioterapia coadyuvante.

El hepatoblastoma es el tumor hepático maligno más frecuente en la infancia y supone, aproximadamente, el 1 % de todos los tumores pediátricos y alrededor del 75 % de los cánceres hepáticos en niños. Se le calcula una incidencia anual en los países occidentales de entre 0,5 y 1,5 nuevos casos por millón de niños menores de quince años. Afecta, fundamentalmente, a niños entre los 6 meses y 3 años de edad (90 % se diagnostica en los primeros 5 años de vida), aunque también han sido comunicados casos entre neonatos o adolescentes.

No se ha descrito la predilección racial del tumor y sí un predominio masculino de entre 1,5:1 a 2:1 sobre el sexo femenino. Como factores de riesgo, se han reseñado la prematuridad o el peso bajo al nacimiento (<1.000 g), lo que podría ser la razón del aumento de incidencia del tumor en la última década.

Aunque la gran mayoría son esporádicos, se han comunicado casos familiares de hepatoblastomas asociados a entidades, como la poliposis adenomatosa familiar y el síndrome de Beckwith Wiedemann, lo que sugeriría un cierto papel en la patogenia de estos tumores de los cromosomas 5 y 11, respectivamente. El análisis de las células de este tipo de tumor no ha mostrado un patrón determinado de anomalías citogenéticas. En general, se asume que los casos esporádicos de hepatoblastoma representan un tipo de tumor heterogéneo desde un punto de vista molecular. No se han establecido los mecanismos patogénicos responsables, aunque parece cobrar protagonismo la hipótesis de un incremento en la producción de un factor de crecimiento hepático por parte de fibroblastos y células endoteliales, tras el incremento en la producción de determinadas interleukinas por parte de las células tumorales. Se ha sugerido la posible inactivación de genes supresores tumorales (como el gen APC en cromosoma 5 que regula la vía beta-catenina o el p53), como posible mecanismo implicado en la patogenia tumoral.

Es un tumor embrionario en el sentido de presentar una diferenciación incompleta y derivarse de células stem hepáticas, con la potencialidad de convertirse en hepatocitos o células del epitelio biliar. Existen dos subtipos: a) tipo “epitelial”, con tejido epitelial predominante con células embrionales, fetales o ambas; y b) tipo “mixto”, con tejido mesenquimal (cartílago y osteoide) añadido a los elementos epiteliales. Hoy en día, se reconocen, a su vez, cinco subtipos “epiteliales” en función del grado de diferenciación celular: a) “fetal”, muy diferenciado, recordando sus células a hepatocitos maduros (31 %); b) “embrional”, pobremente diferenciado (19 %); c) “anaplásico” o indiferenciado de células pequeñas (3 %); d) “macrotrabecular”, similar al hepatocarcinoma (3 %); y e) “colangioblástico”. En referencia al pronóstico, parece el tipo “fetal” puro como el más favorable; se asocia la indiferenciación histológica con un pronóstico desfavorable y en el tipo “mixto” una mayor presencia de tejido mesenquimal parece mejorar el pronóstico.

El debut clínico habitual es el descubrimiento de una masa abdominal asintomática en un niño pequeño. En estadios avanzados pueden presentar, además: pérdida de peso, anorexia, vómitos y dolor abdominal. Un 5 % presenta ictericia. En la exploración física se objetiva una masa firme e irregular en cuadrante superior derecho del abdomen y que, en ocasiones, cruza la línea media del mismo. Un 20 % de los pacientes presenta metástasis en el momento del diagnóstico, en la mayoría de los casos de localización pulmonar, aunque también se han descrito en el sistema nervioso central y en otras localizaciones. No son frecuentes las metástasis óseas ni la afectación de la médula ósea.

Entre los hallazgos de laboratorio destacan la anemia (70 %), trombocitosis (50 %) y, por encima de todas ellas, la elevación marcada de las cifras de alfa-fetoproteína (90 % de los pacientes), que la convierten en un marcador muy sensible, aunque inespecífico (puede aumentar en cualquier enfermedad hepática que asocie regeneración del hígado), para el diagnóstico. Asimismo, es muy útil como marcador de la respuesta al tratamiento y de la recurrencia tumoral. Es importante recordar que la alfa-fetoproteína en condiciones normales puede alcanzar niveles de hasta 25.000-50.000 ng/ml al nacimiento y no desciende hasta los niveles “adultos” de menos de 25 ng/ml hasta los 6 meses de vida.

Las técnicas de imagen juegan un papel de suma importancia tanto en el diagnóstico y estadiaje de estos tumores como en la decisión y seguimiento de su tratamiento. La ecografía es con frecuencia el medio diagnóstico inicial con la objetivación de una (o varias) masa bien definida, intrahepática, hiperecoica, sólida, no encapsulada, usualmente sin quistes, y en un 60-70 % de los casos localizada en el lóbulo derecho hepático y con un 35 % de pacientes con afectación de ambos lóbulos al diagnóstico. El escáner abdominal y la resonancia magnética confirman el hallazgo, además de permitir establecer la extensión tumoral y su vascularización (Fig. 2).

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Figura 2. Hepatoblastoma.

La biopsia del tumor es la única forma de confirmar plenamente el diagnóstico, por lo que se recomienda su realización en todos los casos, y se considera obligada en aquellos que no respondan al perfil clínico habitual (edad menor de 6 meses o mayor de 3 años o cifra de alfa-fetoproteína normal al diagnóstico).

Coexisten dos sistemas de estadiaje, aunque basados en las mismas variables (tamaño y extensión tumoral, posible invasión vascular y existencia de metástasis), para estadiar y estratificar el riesgo de los tumores hepáticos en niños. El propuesto por el Children´s Cancer Study Group (CCSG) y el Children’s Oncology Group (COG) y, desde 1990, un estadiaje adicional (PRETEXT) diseñado por SIOPEL (International Child­hood Liver Tumor Strategy Group). Este último es el más utilizado en nuestro entorno europeo y está basado en hallazgos preoperatorios mediante pruebas de imagen, dividiendo los tumores en cuatro categorías (frecuencia relativa de 4 %, 34 %, 29 % y 25 % para estadios I, II, II y IV, respectivamente) según el número de sectores hepáticos (lateral izquierda: segmentos 2 y 3; medial izquierda: segmentos 4a y 4b; anterior derecha: segmentos 5 y 8; y posterior derecha: segmentos 6 y 7) que ocupen, añadiendo a estas una letra según exista o no afectación de vena cava o suprahepáticas (V), vena porta (P), extensión extrahepática abdominal (E), metástasis ganglios linfáticos (N), metástasis a distancia (M) y rotura tumoral/hemorragia intraperitoneal (H)(8) (Fig. 3).

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Figura 3. Estadiaje preoperatorio de hepatoblastoma y hepatocarcinoma (PRETEXT).

En cuanto al pronóstico, son criterios de riesgo: el estadio tumoral IV, la presencia de invasión vascular, la extensión ganglionar o metastásica, las formas histológicas más indiferenciadas, la normalidad en los niveles séricos de alfa-proteína y la mayor edad (>8 años) al diagnóstico (Tabla II). La aplicación de estas variables consigue una estratificación del riesgo (muy bajo/bajo/intermedio/alto) de los hepatoblastomas (Tabla II) que permite definir de forma individual el tratamiento más apropiado(9,10).

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La posibilidad real de curación del hepatoblastoma se basa en la resección completa del mismo, bien mediante una hepatectomía o mediante un trasplante hepático en aquellos casos considerados como irresecables, y en el tratamiento coadyuvante con quimioterapia(11-13) (Fig. 4).

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Figura 4. Estrategia de manejo de hepatoblastoma.

El esquema de tratamiento más aceptado recomienda el uso de quimioterapia preoperatoria, porque incrementa la posibilidad de resección completa (desde un 40-60 % hasta un 90 %) al reducir en muchos casos el tamaño tumoral y delimitar mejor su extensión y la postoperatoria.

En referencia a la pauta de quimioterapia, su objetivo es el de lograr la mayor eficacia, pero a costa de la menor toxicidad posible, lo que supone la adaptación de su intensidad (número de ciclos, fármacos incluidos, dosis y frecuencia) basándose en el índice de “riesgo” establecido para cada caso.

En aquellos casos que tras el tratamiento con quimioterapia se mantienen como irresecables (extensión tumoral hepática PRETEXT IV o tumores PRETEXT II-III “centralmente localizados” con afectación de estructuras vasculares hepáticas principales) y no existe evidencia de extensión extrahepática, la única posibilidad de tratamiento es el trasplante hepático(14). La necesidad de trasplante en este tumor se estima entre un 8-10 % y los resultados muestran una tasa de supervivencia global por encima del 80 %, la cual es comparable con la obtenida tras el tratamiento quirúrgico convencional de aquellos tumores considerados como resecables. Los resultados han sido significativamente mejores cuando se ha indicado el trasplante de forma primaria en el momento del diagnóstico frente al trasplante de “rescate” tras una resección tumoral incompleta o recaída de la enfermedad tras dicha intervención (supervivencia libre de enfermedad del 82 % y 30 %, respectivamente). La presencia de metástasis pulmonares en el momento del diagnóstico, si estas desaparecen tras la quimioterapia o son resecadas, no contraindicaría el trasplante, ya que se han obtenido supervivencias de entre el 58 % y 80 % tras el mismo. Estrategias, como la utilización de injertos hepáticos de donante vivo o la priorización de estos pacientes dentro de la lista de espera, reducen el riesgo de recidiva o metástasis postquimioterapia.

La necesidad y el tipo de quimioterapia post-resección o trasplante dependen del nivel de riesgo estimado para cada caso. Su uso ha reducido la tasa de recurrencia de la enfermedad.

A modo de conclusión, el pronóstico de estos tumores viene marcado por la presencia o no de aquellos factores que condicionan su resecabilidad (extensión tumoral, localización extrahepática, invasión vascular, multifocalidad…), estimándose globalmente en un 75 % aproximadamente la posibilidad de curación actual de este tipo de tumor.

Hepatocarcinoma (HCC)

Tumor hepático muy agresivo con una media de 12 años al diagnóstico de los casos sobre hígado sano, aunque también puede desarrollarse sobre cirrosis en niños más pequeños. El pronóstico depende del diagnóstico temprano y de la posibilidad de resección mediante hepatectomía o trasplante hepático.

Tumor de alta malignidad que se desarrolla fundamentalmente en niños mayores (edad media al diagnóstico de 12 años con un 65 % por encima de los diez años de edad) y escasa incidencia (0,24-0,65 caso por millón/año). A diferencia de los adultos, con una práctica totalidad de casos que se desarrollan sobre cirrosis, en la infancia, un 35-40 % de los casos son tumores primarios sobre hígado sano.

En áreas de alta prevalencia de la infección por el virus de la hepatitis B (VHB), la incidencia de HCC secundario ha sido históricamente más alta, pero se ha reducido en un 70-80 % tras la introducción de la vacunación sistemática frente al virus. En nuestro medio, la prevalencia de hepatocarcinoma a largo plazo (10-20 años) en niños con hepatitis crónica por VHB es alrededor del 1 %. Otras enfermedades hepáticas a las que se asocia este tipo de tumor:

• Enfermedad hepática con cirrosis:

– Tirosinemia tipo I.

– Colestasis familiar progresiva: especial riesgo en los tipos 2 (defecto BSEP) y 4 (defecto TJP2).

– Otras: atresia biliar, síndrome de Alagille, déficit de alfa-1 antitripsina. Glucogenosis 3 y 4.

• Enfermedad hepática sin cirrosis:

– Infección crónica por VHB (26-53 % de los HCC son sin cirrosis).

– Glucogenosis tipo 1.

– Shunts portosistémicos.

En la mayoría de tumores primarios, la presentación clínica es en forma de dolor abdominal o detección de una masa abdominal; mientras que en los casos en los que el tumor se desarrolla sobre una cirrosis, son los signos, clínicos o analíticos, derivados de esta los que dominan el cuadro. En dos tercios de los pacientes existe un aumento de alfa-fetoproteína al diagnóstico, y al igual que en el hepatoblastoma, sirve como marcador de respuesta al tratamiento. Las metástasis más frecuentes son pulmonares o de ganglios linfáticos regionales y pueden estar ya presentes en el momento del diagnóstico (31 % y 18 %, respectivamente)(15).

La biopsia hepática es el método de confirmación diagnóstica. Histológicamente, se distinguen dos variantes: (a) el patrón anaplásico o epitelial (75 % de casos), de células más grandes que los hepatocitos normales, con hipercromasia nuclear, dispuestas en trabéculas anchas, pleomorfismo celular con frecuentes células gigantes y ausencia de hematopoyesis; y (b) patrón fibrolamelar (25 %), con células grandes, eosinofílicas en trabéculas separadas por un estroma fibroso lamelar. Esta variante aparece casi invariablemente en adolescentes-adultos jóvenes, sin cirrosis subyacente, con frecuencia no asocia aumento de alfa-fetoproteína y, aunque inicialmente, y en función de la experiencia en pacientes adultos, se consideró como con mejor pronóstico que la variante anaplásica, este hecho no se ha confirmado posteriormente en niños.

El sistema de estadiaje que parece más útil, al igual que sucede con el hepatoblastoma, es el preoperatorio PRETEXT (Fig. 3). La ecografía, el escáner y la resonancia magnética abdominal habitualmente delimitan la masa y pueden definir las posibilidades de resecabilidad (Fig. 5).

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Figura 5. Hepatocarcinoma.

Es habitual que aquellos tumores sobre cirrosis se diagnostiquen en fases precoces (PRETEXT I-II), ya que son pacientes en seguimiento por su enfermedad hepática, mientras que los HCC primarios lo sean en fases tardías (PRETEXT III-IV).

La única opción curativa, al igual que sucede con el hepatoblastoma, se basa en la resección quirúrgica completa del tumor, bien sea mediante realización de hepatectomía en aquellos casos considerados como resecables, o trasplante hepático en el caso de tumores considerados irresecables y siempre con el requisito de ausencia de extensión extrahepática de la enfermedad(16). Además, el trasplante debería ser el tratamiento de elección en todos aquellos HCC que asienten sobre una cirrosis, independientemente de que dicha enfermedad reúna o no criterios de trasplante en el momento del diagnóstico del tumor, ya que se resolverán tanto el tumor como dicha enfermedad subyacente.

Incluso en aquellos casos de tumores primarios considerados como resecables, está actualmente abierta la discusión en cuanto a que el trasplante hepático tenga mejor resultado, en cuanto a supervivencia, frente a la resección mediante hepatectomía parcial.

En pacientes pediátricos, no están claramente definidos los criterios tumorales que contraindiquen el trasplante por alto riesgo de recidiva posterior al mismo, a diferencia de lo que ocurre en pacientes adultos, en los que para la selección de receptores aplican los criterios de Milán (tumores únicos menores de 5 cm o hasta 3 tumores menores de 3 cm o tumor de hasta 7 cm en hígado sano). Datos de registros europeo (ELTR) y norteamericano (UNOS) muestran una supervivencia postrasplante en niños del 53,5 % y 57,6 % a 5 años, respectivamente. Series pequeñas de pacientes han reportado una supervivencia postrasplante a 5 años del 72-83 % en pacientes con HCC que excedían los criterios de Milán.

Se han identificado como factores de riesgo para la recurrencia postrasplante: invasión vascular, tamaño, multifocalidad, trasplante de rescate tras resección fallida y el HCC primario sin enfermedad de base, dado su habitual diagnóstico más tardío.

El resto de opciones disponibles de tratamiento no son curativas. La quimioterapia pre-resección (PLADO: cisplatino, carboplatino y doxorrubicina) obtiene una respuesta parcial en menos del 50 % de casos y no incrementa significativamente la resecabilidad del tumor. Otra opción es el sorafenib, que inhibe el receptor de factor de crecimiento endotelial y Raf kinasa con efecto antiproliferativo/antiangiogénico.

En estos momentos, está activo un estudio (Pediatric Hepatic International Tumor Trial), donde se evalúa la eficacia de quimioterapia asociada a sorafenib pre-resección o trasplante en tumores irresecables o metastásicos y, por otra parte, la quimioterapia post-resección o trasplante en tumores primarios sin enfermedad de base y cuyos resultados no están disponibles actualmente.

El pronóstico del HCC en niños ha mejorado sustancialmente en las dos últimas décadas hasta alcanzar una tasa de supervivencia actual del 60-80 % a 5 años. Los principales factores para esta mejora de los resultados son una detección más precoz y el desarrollo de la técnica quirúrgica y el trasplante hepático, incluyendo el acortamiento de los tiempos de espera en lista, bien mediante la realización de trasplante de donante vivo o split o mediante la priorización en la lista de estos pacientes.

Sarcoma hepático

Tumores muy raros y de alta malignidad con tasas bajas de supervivencia. En algunos casos, los resultados de las pruebas de imagen pueden ser superponibles a un hemangioma, lo que obliga a la biopsia para su diagnóstico diferencial. No existe un tratamiento definido.

Angiosarcoma hepático

Tumor vascular de muy escasa incidencia y alta malignidad. Edad media de presentación entre los tres y cuatro años. La presentación clínica habitual es la de distensión abdominal que puede asociar ictericia, dolor abdominal o disnea. A diferencia de otros tumores vasculares, no suelen asociar un cuadro de insuficiencia cardiaca congestiva. Al diagnóstico, suelen ser tumores grandes con afectación de ambos lóbulos difusamente o con múltiples lesiones. Microscópicamente, es un tumor de células fusiformes de estirpe endotelial. Metastatiza a ganglios linfáticos, suprarrenales, pleura y pulmón. Las pruebas de imagen muestran lesiones hipodensas y heterogéneas, por contener zonas de necrosis y hemorragia, semejantes a las imágenes de un hemangioma hepático infantil. En ocasiones, es difícil el diagnóstico diferencial con este último, y debe sospecharse un angiosarcoma en todo teórico hemangioma que evoluciona progresando de forma inusual o que se diagnostica en un niño mayor de 3-4 años. Su gran malignidad y capacidad de crecimiento determinan un pronóstico muy pobre con una supervivencia global por debajo de los dos años. En su tratamiento se han usado diferentes medidas terapéuticas que incluyen: resección, quimioterapia, radioterapia e incluso trasplante, pero su rareza impide que se haya podido establecer una pauta definida.

Sarcoma embrionario (sarcoma primario)

Es un tumor hepático primitivo, infrecuente, indiferenciado y, generalmente, diagnosticado a partir de los 6-7 años. Algunos estudios sugieren su relación con el hamartoma mesenquimal, bien como polos opuestos en un mismo espectro o bien como un estadio evolutivo posterior de este. Macroscópicamente, aparece como un tumor grande, sólido pero con áreas quísticas. Tradicionalmente, considerado de muy mal pronóstico, en años recientes la combinación en su tratamiento de quimioterapia o radioterapia previa y resección quirúrgica posterior ha permitido alcanzar tasas de supervivencia de hasta un 80 % a los 4 años.

Rabdomiosarcoma de la vía biliar

Tumor extremadamente raro que aparece casi exclusivamente durante la infancia (con frecuencia, en menores de 5 años). Debut clínico con ictericia, hepatomegalia, coluria e hipocolia. El diagnóstico se hace por biopsia, en algunos casos a través de una colangiografía endoscópica retrógrada o transparietohepática. Pobre supervivencia en general, aunque se han reportado casos con buena evolución tras quimioterapia y radioterapia y subsiguiente resección y quimioterapia posterior a esta.

Función del pediatra de Atención Primaria

En la mayoría de los casos, los tumores hepáticos son asintomáticos o presentan síntomas inespecíficos, siendo la palpación de una hepatomegalia el primer paso para su diagnóstico. Por este motivo, es en el ámbito de la Atención Primaria donde se establece la sospecha por parte del pediatra en las revisiones de rutina del niño sano o ante la consulta por dolor abdominal o molestias digestivas. En el caso de la detección de una hepatomegalia dura, es necesaria la remisión urgente del paciente para la realización de una primera prueba de imagen (ecografía) que establezca el diagnóstico de un tumor hepático. La tipificación histopatológica, la definición del tratamiento y el mismo se realizan en el ámbito hospitalario; mientras que, en el seguimiento posterior, la intervención combinada de especialista (hepatólogo u oncólogo pediátrico) y pediatra de Atención Primaria, este último en los aspectos de seguimiento pediátrico (nutrición, vacunas, desarrollo psicomotor, etc.), diagnóstico y tratamiento de enfermedades intercurrentes (infecciones) y detección de posibles complicaciones o efectos secundarios del tratamiento de la enfermedad tumoral. En referencia a los hemangiomas es importante ante la detección de angiomas cutáneos grandes o muy numerosos la búsqueda de lesiones viscerales / hepáticas mediante prueba de imagen (ecografía).

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Revisión actualizada y amplia de los diferentes tumores hepáticos en la infancia. Extensa bibliografía sobre el tema.

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Análisis riguroso de los resultados de la hepatectomía versus el trasplante hepático en el número importante de tumores incluidos en el registro de cáncer SEER (The Surveillance, Epidemiology, and End Results Program).

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Estudio prospectivo sobre hepatocarcinoma del grupo de expertos en el contexto de la Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica.

 

Caso clínico

 

Niño de 5 meses que consulta por episodios de llanto y haber notado los padres que el abdomen en su zona superior derecha está duro. No presenta otra sintomatología.

Antecedentes perinatales sin interés. Curva de peso y talla normal. Sin antecedentes familiares de interés.

Exploración física: buen estado general. Bien nutrido. Palidez cutánea. Auscultación cardíaca sin soplos. Auscultación pulmonar: buena ventilación bilateral. Abdomen blando y depresible. No doloroso. Se palpa una hepatomegalia de tres traveses de dedo, de consistencia dura y borde irregular. No se palpa bazo. Sin adenopatías. Neurológico normal.

 

 

 

Hepatitis autoinmunes, metabólicas y otras hepatitis no infecciosas

M. Alós Díez*,  E. Frauca Remacha**
Temas de FC


M. Alós Díez*, E. Frauca Remacha**

*Facultativo Especialista de Pediatría. Servicio de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil.

**Jefe de Sección de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil
Hospital Universitario La Paz. Madrid

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Autora de correspondencia

maria.alos@salud.madrid.org

Resumen

Las causas más frecuentes de hepatitis no infecciosa son la hepatitis autoinmune y la tóxica. Su presentación clínica es similar a una hepatitis aguda viral, por lo que es muy importante la sospecha diagnóstica. En la hepatitis autoinmune, el diagnóstico y tratamiento precoz evitan la evolución a cirrosis o la necesidad de trasplante hepático. La afectación hepática por tóxicos o medicamentos supone una de las principales causas dentro del diagnóstico diferencial ante un paciente con disfunción hepática con hipertransaminasemia o síndrome colestásico. En el caso de la hepatitis tóxica, su detección y suspensión del agente causal pueden evitar la progresión del daño hepático y, en casos como la hepatitis por acetaminofeno, permiten instaurar un tratamiento específico. Dada la idiosincrasia de algunos fármacos, requiere un alto índice de sospecha y, muchas veces, el diagnóstico se confirma tras la normalización de la función hepática tras la retirada del fármaco.

 

Abstract

The most common causes of non-infectious hepatitis are: autoimmune and toxic hepatitis. Its clinical presentation is similar to acute viral hepatitis, so diagnostic suspicion is very important. In autoimmune hepatitis, early diagnosis and treatment prevent the progression to cirrhosis or the need for liver transplantation. Liver involvement due to toxins or medications is one of the main causes in the differential diagnosis in a patient with liver dysfunction with hypertransaminasemia or cholestatic syndrome. In the case of toxic hepatitis, its detection and suspension of the causative agent can prevent the progression of liver damage, and in cases such as hepatitis due to acetaminophen, it allows specific treatment to be instituted. Given the idiosyncrasy of some drugs, a high index of suspicion is required and the diagnosis is often confirmed following normalization of liver function after drug withdrawal.

 

Palabras clave: Hepatitis autoinmune; Hepatitis tóxica; Enfermedad de Wilson.

Key words: Autoimmune hepatitis; Toxic hepatitis; Wilson’s disease.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 38 – 48

 


OBJETIVOS

• Comprender la patogenia de la hepatitis autoinmune, así como las alteraciones analíticas, para poder realizar el diagnóstico y establecer el tratamiento adecuado.

• Actualización del algoritmo diagnóstico de hepatitis autoinmune.

• Conocer las principales enfermedades metabólicas que presentan disfunción hepática.

• Actualización de la sospecha diagnóstica de enfermedad de Wilson, aproximación al diagnóstico y su tratamiento.

• Conocer la existencia de la hepatitis secundaria a fármacos.

 

Hepatitis autoinmunes, metabólicas y otras hepatitis no infecciosas

https://doi.org/10.63149/j.pedint.6

 

Introducción

La hepatitis es el cuadro clínico que asocia una elevación de aminotransferasas (AST/ALT) por encima de los rangos de normalidad. En muchas ocasiones, la hipertransaminasemia es el primer hallazgo de una hepatopatía subyacente. Las causas de hipertransaminasemia en la edad pediátrica son múltiples, por lo que el diagnóstico diferencial es amplio. Las causas más frecuentes de hepatitis no infecciosa son la hepatitis autoinmune y la tóxica. El despistaje de ambas entidades junto a otras, como la enfermedad de Wilson o la posibilidad de una enfermedad metabólica subyacente, es prioritario ante un niño con hipertransaminasemia sin proceso reactivo intercurrente asociado. La presentación clínica de estas entidades es similar a una hepatitis aguda viral, por lo que es muy importante la sospecha diagnóstica. El inicio precoz del tratamiento adecuado permite un buen control y una buena supervivencia a largo plazo en el caso de la hepatitis autoinmune y en la enfermedad de Wilson. En el caso de la hepatitis tóxica, la sospecha diagnóstica es esencial para la retirada del fármaco, si es posible(1-3).

Hepatitis autoinmune

La hepatitis autoinmune (HAI) es una enfermedad inflamatoria hepática de etiología autoinmune; sin tratamiento, avanza a cirrosis e insuficiencia hepática. El despistaje de HAI es prioritario ante un niño con hipertransaminasemia. El inicio precoz del tratamiento adecuado permite un buen control y una buena supervivencia a largo plazo.

La incidencia de las hepatopatías autoinmunes está aumentando en los últimos años, principalmente en las sociedades desarrolladas. Suelen tener un curso crónico, pudiendo asociar brotes de actividad inflamatoria que generan daño hepatocitario. Según el autoanticuerpo detectado, se clasifican en: HAI tipo I (ANA o AML) o HAI tipo II (LKM-1 o LC-1) (ANA: anticuerpos antinucleares; AML: anticuerpos antimúsculo liso; LKM: anticuerpos antimicrosomales tipo 1 de hígado y riñón; LC-1: anticuerpo anticitosol hepático tipo 1). Existe la hepatitis autoinmune seronegativa, también llamada HAI tipo III (presencia de disfunción hepática, hipergammaglobulinemia, datos en biopsia compatibles, pero autoanticuerpos negativos). Dada la posibilidad de solapamiento (“overlap”) con una colangitis esclerosante autoinmune, se aconseja realizar colangiografía a todos los pacientes(4,5).

Epidemiología

Su incidencia anual en Europa puede variar de 0,7-2/100.000 habitantes/año, mientras que su prevalencia es de 4-25/100.000.

La incidencia es mayor en el sexo femenino (4:1) y se presenta en todas las edades y grupos étnicos.

En la actualidad, su diagnóstico es más frecuente debido a un aumento real de su incidencia y al mayor índice de sospecha diagnóstica.

Fisiopatología

El mecanismo por el que se induce el daño hepático continúa siendo una incógnita. La hipótesis principal sugiere que la enfermedad se inicia tras un desencadenante ambiental, en un paciente genéticamente predispuesto, provocando una respuesta inmunitaria disregulada.

La lesión hepática se inicia y perpetúa por una respuesta inmune frente a autoantígenos hepáticos con fallo en los mecanismos inmunorreguladores. En la lesión hepática están implicados autoantígenos, el complejo mayor de histocompatibilidad y los receptores α/β de los linfocitos T. El reclutamiento masivo de células proinflamatorias, mayoritariamente linfocitos T CD4 helper, seguidos por CD8, células “natural killer” (NK), macrófagos, linfocitos B y células plasmáticas, reconoce dicho autoantígeno induciendo un efecto citotóxico en cascada.

El péptido del autoantígeno, abrazado por una molécula HLA clase II, es presentado por una célula presentadora de antígeno a un CD4 T helper naive (Th0), el cual se activa y desencadena una cascada de reacciones inmunes determinadas principalmente por las citoquinas: interleuquina 2 (IL-2) e interferón γ, las cuales provocarán el daño celular. Otras citoquinas implicadas en la citolisis de los hepatocitos son: la IL-1, el factor de necrosis tumoral α, la IL-4, IL-10, IL-13, IL-17, IL-22 y el ligando de quimoquina CCL-20. Se conoce que existe un defecto de la inmunorregulación que afecta a las células T reguladoras, particularmente en el debut y durante los brotes de la enfermedad. Entre los factores ambientales desencadenantes, se han propuesto fármacos, virus (VHA, SARS-CoV2, sarampión, VEB) o la vacunación.

La mayor comprensión de los mecanismos involucrados en la patogénesis contribuirá al desarrollo de nuevos tratamientos, como la transferencia de linfocitos T reguladores autólogos expandidos y específicos de antígeno, para restaurar la tolerancia a antígenos hepáticos(5).

Genética

La hepatitis autoinmune tiene una asociación muy sólida con el locus (HLA)-DRB1 del antígeno leucocitario humano. Se sugiere que los pacientes con HAI tipo 1 y 2 tienen diferente base genética. La HAI tipo I se asocia al HLA DRB1*03, y también el HLA DRB1*04 predispone a dicha enfermedad en la población adulta, pero no en la edad pediátrica. La HAI tipo 2 se asocia al DRB1*07.

La hepatitis autoinmune tipo 2 puede formar parte de un desorden autosómico recesivo monogénico llamado síndrome de poliendocrinopatía autoinmune tipo 1 (poliendocrinopatía autoinmune, candidiasis crónica y distrofia ectodérmica)(5).

Criterios diagnósticos de hepatitis autoinmune (Tablas I y II)

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Requiere elevación de transaminasas y de IgG, autoanticuerpos positivos y criterios histológicos en la biopsia (hepatitis de interfase), junto con la exclusión de otras enfermedades que recuerdan a la hepatitis autoinmune, como la enfermedad de Wilson, déficit de alfa-1 antitripsina, infección viral (virus de la hepatitis A, B, C, VEB) y fármacos(6).

Clínica

Se debe sospechar en un niño con síntomas agudos o crónicos de hepatitis en ausencia de otras etiologías y, sobre todo, si en él o en sus familiares coexisten enfermedades autoinmunes.

La mayoría de los niños presentan al inicio una clínica similar a una hepatitis aguda ictérica prolongada y un 10 % (sobre todo, pacientes LKM1 y menores de 2 años) debutan como fallo hepático agudo. El resto inician una clínica insidiosa de enfermedad hepática o, un pequeño porcentaje, se diagnostican de forma casual estando asintomáticos o en el seguimiento de una hipertransaminasemia.

Los antecedentes familiares de enfermedades autoinmunes o la asociación en el mismo paciente de tiroiditis autoinmune, enfermedad inflamatoria intestinal, artritis reumatoide, celiaquía, vitíligo, déficit de IgA (40 % de las HAI tipo 2) o diabetes mellitus tipo 1 deben hacer sospechar HAI. Hasta un 40 % de los niños con HAI pueden tener enfermedad autoinmune extrahepática.

Excluidos los niños con debut como fallo hepático, la clínica es similar en la tipo 1 y en la tipo 2. La exploración física es normal en un 25 % de los pacientes. La hepatomegalia es el hallazgo más frecuente; la esplenomegalia puede indicar la existencia de una hepatopatía crónica. En la exploración física de los pacientes se puede apreciar ictericia. En los casos evolucionados se pueden apreciar estigmas de hepatopatía crónica(6,7).

Bioquímica

Puede existir cualquier grado de elevación de transaminasas (AST/ALT), con o sin elevación de otros marcadores, como la fosfatasa alcalina o la gamma glutamil-transferasa (GGT), y puede acompañarse de colestasis. La concentración de gammaglobulinas séricas o IgG total suele ser mayor de 1,5 veces su límite superior. Hasta un 20 % de niños no muestran elevación de gammaglobulinas.

El hallazgo más frecuente es la elevación de AST y ALT. La elevación de gamma glutamil-transferasa (GGT), bilirrubina y fosfatasa alcalina (FA) suele ser menos marcada que en otras hepatopatías. En caso de que los marcadores de colestasis estén muy elevados, considerar la posibilidad de síndrome de solapamiento. Es característica la elevación de gamma­globulinas séricas a expensas de IgG.

Los niveles de cobre, ceruloplasmina y alfa-1 antitripsina, así como las serologías de virus hepatotropos, deben ser normales.

Otras alteraciones bioquímicas, como el INR (índice internacional normalizado del tiempo de protrombina) alargado o la hipoalbuminemia, orientan a insuficiencia hepática(3,6,7).

Autoanticuerpos

Seropositividad de ANA, AML a título mayor de 1:20 y de LKM y anti-LC1 mayor de 1:10 en niños, mediante inmunofluorescencia indirecta en sustrato fresco de roedores, que incluye riñón, hígado y estómago.

Los autoanticuerpos más típicos son los ANA, antimúsculo liso (AML) y anti-LKM y anti-LC1.

Los autoanticuerpos no son patognomónicos ni específicos de la enfermedad y su expresión puede variar en el curso de la hepatitis autoinmune. Un título bajo no excluye el diagnóstico ni uno alto lo confirma en ausencia de otros datos.

En niños se ha demostrado, en la evolución de la hepatitis autoinmune, correlación entre el grado de actividad de la enfermedad y el nivel de IgG y autoanticuerpos(1,2,6,7).

Subclasificaciones

Hepatitis autoinmune tipo 1

Se asocia con ANA y anti-músculo liso (AML) positivo. Los ANA son poco específicos de HAI, porque también se elevan en otras entidades sistémicas de base autoinmune, en niños obesos y, en ocasiones, en hepatitis reactivas a procesos intercurrentes.

Un 30 % presentan AML, la mitad como único marcador serológico y la otra mitad junto a los ANA.

Hepatitis autoinmune tipo 2

La presencia de anti-LKM1 y/o de anti-LC1 define la HAI tipo 2. Los anti-LKM también se pueden encontrar en infección crónica por VHC.

Hepatitis autoinmune tipo 3 o seronegativa

La prevalencia de enfermedad celiaca en niños con HAI es del 19 % y, muchas veces, es seronegativa. Se trata de niños con alteración en la bioquímica hepática, niveles elevados de IgG y daños histológicos compatibles con HAI, habiendo excluido otras causas de disfunción hepática, pero sin positividad en los autoanticuerpos.

En todos los tipos de HAI se debe hacer cribado de enfermedad inflamatoria intestinal (EII) mediante calprotectina fecal y de posible síndrome de overlap mediante colangio-RMN(6).

Histología

La diana de la lesión es el hepatocito. Por tanto, existirá hepatitis con actividad moderada o grave con necrosis periportal, conocida como hepatitis de interfase, con o sin lesión lobular o necrosis en puentes centro-portal, siendo el infiltrado portal predominantemente linfoplasmocitario.

La hepatitis de interfase es el hallazgo típico de la hepatitis autoinmune, si bien no es patognomónico de la misma. Consiste en una infiltración densa de la placa limitante compuesta de linfocitos y células plasmáticas. En las formas agudas y durante los periodos de enfermedad activa, se puede encontrar una hepatitis panlobular con necrosis en puente. Otros datos sugestivos son las células de Kupffer y la formación de hepatocitos en rosetas. Si el daño en los conductos biliares es llamativo, es importante descartar un síndrome de solapamiento.

No deben existir lesiones biliares, granulomas, depósitos de cobre u otros cambios que sugieran otra etiología. Los hallazgos de ductopenia o colangitis destructiva añadida pueden apoyar el diagnóstico de colangitis esclerosante autoinmune descrito en niños (“overlap”). En niños con hepatitis autoinmune, principalmente HAI tipo 1, se recomienda realizar colangiorresonancia magnética para descartar síndrome de solapamiento. La presencia de sobrecarga de hierro o esteatosis sugiere diagnósticos alternativos, como hepatitis C, enfermedad de Wilson o toxicidad por fármacos. Existe algún grado de fibrosis en prácticamente todos los pacientes. La histología inicial es de cirrosis en la mitad de los niños (Tabla III)(6,8).

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Tratamiento

El objetivo de tratamiento de las HAI es prevenir la progresión de la enfermedad y obtener la remisión completa (estimada en >80 %); esto es, ausencia de síntomas, normalidad de transaminasas y mejoría de la inflamación histológica. El 50 % de los casos consigue además normalizar niveles de IgG y negativización o títulos bajos de anticuerpos.

El tratamiento se debe iniciar en cuanto se establezca el diagnóstico. Una de las características de la hepatitis autoinmune es que la gran mayoría responde a la terapia inmunosupresora.

La pauta convencional se basa en metilprednisolona con o sin azatioprina (v. Algoritmo al final del artículo). Se inicia a 2 mg/kg/día (máx. 60 mg/día)
con descenso gradual durante 6-8 semanas hasta dosis de mantenimiento (0,1-0,2 mg/kg/día o 2-4 mg/día). La azatioprina (1-2 mg/kg/día, máx. 100 mg/día), como ahorrador de corticoide, se añade tras la mejoría bioquímica inicial. Se debe monitorizar la evolución bioquímica de la HAI estrechamente para ajustar el corticoide, así como vigilar los posibles efectos adversos de la azatioprina (citopenias o pancreatitis bioquímica) (Tabla IV)(1,2,6).

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El tratamiento es indefinido dada la alta tasa de recaídas tras su retirada. Solo en una minoría de pacientes con rigurosa normalización clínica, bioquímica e histológica, se considera monoterapia con azatioprina, y un porcentaje bajo permite la retirada completa a largo plazo del tratamiento. Solo se puede plantear la retirada de tratamiento en casos seleccionados, nunca antes de los 2-3 años de haberlo iniciado y siempre que mantengan función hepática normal, IgG en rango y autoanticuerpos negativos o débilmente positivos, al menos, durante un año. Un 10 % de pacientes con hepatopatía muy evolucionada al diagnóstico requiere trasplante hepático evolutivamente.

Para el manejo de las recaídas, se aumentará de forma transitoria la dosis de metilprednisolona con posterior disminución progresiva, tras evidenciar mejoría del perfil hepático, hasta llegar a la dosis de mantenimiento.

Existen tratamientos de segunda línea para los fallos de inducción a la remisión como para los casos con recaídas frecuentes. Estos fármacos son, por orden de frecuencia: el micofenolato mofetil (MMF), seguido de los inhibidores calcineurínicos (tacrólimus)(9).

• Respuesta completa: supone la desaparición de los síntomas y la normalización de la función hepática con gammaglobulinas en rango y negativización de los anticuerpos (ANA y AML <1:20, LKM y LC1 <1:10) durante el primer año tras el diagnóstico. Se considera, además, que dicha respuesta es mantenida si persiste durante, al menos, 6 meses con terapia de mantenimiento.

• Recaída: es el restablecimiento de la actividad de la enfermedad después de la inducción de remisión, bien al suspender el tratamiento o bien al intentar reducirlo. Ocurre hasta en el 40 % de los casos y los pacientes con recaída muestran mayor riesgo de progresión a cirrosis.

• Fallo del tratamiento: es el empeoramiento clínico o de laboratorio a pesar del tratamiento. Se produce en menos del 10 % de los niños. La respuesta incompleta se caracteriza por mejoría de la clínica, la función hepática e histología, pero sin llegar a la remisión. Estos casos son indicación de fármacos de segunda línea(2,8).

Enfermedad de Wilson

La enfermedad de Wilson (EW) es un trastorno autosómico recesivo (gen ATP7B) que condiciona un acúmulo progresivo de cobre en el hígado con extensión secundaria a otros tejidos. En la infancia predomina la clínica hepática, más frecuentemente en forma de disfunción leve (hipertransaminasemia) asintomática. El tratamiento con quelantes de cobre o sales de zinc normaliza la función hepática en los pacientes sin cirrosis.

La enfermedad de Wilson (EW) es un trastorno autosómico recesivo (gen ATP7B) que condiciona un acúmulo progresivo de cobre en el hígado con extensión secundaria a otros tejidos. La prevalencia es de 1/30.000 personas. La instauración de un tratamiento precoz es vital porque mejora el pronóstico, por lo que siempre debe estar en el diagnóstico diferencial de una disfunción hepática(3,10,11).

Clínica

La forma de presentación es muy heterogénea. En la infancia predomina la clínica hepática en forma de disfunción leve (hipertransaminasemia en ausencia de síntomas), hepatopatía crónica (cirrosis, hepatomegalia, ascitis, varices esofágicas, ictericia) o fallo hepático agudo (asociado con frecuencia a hemólisis). En paralelo a la lesión hepática pueden aparecer síntomas neurológicos (disfunción extrapiramidal y cerebelosa), anillo de Kayser-Fleischer, anemia hemolítica (Coombs directo negativo), tubulopatía por cobre, etc.(10,11).

Diagnóstico

El diagnóstico requiere de un alto índice de sospecha. Se debe solicitar ceruloplasmina ante cualquier disfunción hepática. El estudio genético es una herramienta fundamental para confirmar el diagnóstico.

El diagnóstico requiere de un alto índice de sospecha. Se debe solicitar ceruloplasmina ante cualquier disfunción hepática en niños mayores de 1 año. La ceruloplasmina baja (<20 mg/dL) es el test de mayor sensibilidad para el diagnóstico de sospecha. Otros hallazgos diagnósticos dependen del estadio avanzado de la enfermedad, como el cobre en orina de 24 horas elevado (>40-100 µg/día) y el cobre en suero. Los niños presintomáticos no suelen tener cupruria elevada. La biopsia hepática presenta datos de inflamación, fibrosis y esteatosis no específicos. El cobre en tejido hepático es la base del diagnóstico de certeza y requiere que el paciente no tenga colestasis; ya que, independientemente de la etiología, la colestasis aumenta el cobre intrahepático. Se obtienen dos cilindros conservados en fresco, procesados inmediatamente o congelados a –20 °C. El valor normal es <50 µg/g de tejido seco y el valor característico de EW es >250 µg/g. De esta forma, la biopsia sirve como criterio diagnóstico y del grado de severidad de la enfermedad (fibrosis)(11).

El estudio genético es una herramienta fundamental para el diagnóstico: variantes patogénicas en ambos alelos del gen ATP7B confirman el diagnóstico. El hecho de que no todas las posibles variantes asociadas a la enfermedad sean conocidas actualmente supone que en algunos pacientes con EW no se identifiquen. Además, permite el despistaje de la enfermedad en los familiares de primer grado(10,11).

Tratamiento

El tratamiento normaliza la función hepática en los pacientes sin cirrosis. Se utilizan quelantes de cobre en los casos sintomáticos y quelantes de cobre o sales de zinc (disminuyen la absorción intestinal de cobre) en los asintomáticos.

El tratamiento en la enfermedad de Wilson (EW) es de por vida y su objetivo es normalizar la función hepática en los pacientes sin cirrosis. En pacientes cirróticos con insuficiencia hepática al diagnóstico (tiempo de protrombina <50 %), el tratamiento consigue revertir la insuficiencia en el 50 % de los casos.

Se utilizan quelantes de cobre en los casos sintomáticos y quelantes de cobre o sales de zinc en los asintomáticos:

• Quelantes de cobre: D-penicilamina (20 mg/kg/día en 2-3 dosis) o trientina (20 mg/kg/día en 2-3 dosis). Vigilar efectos secundarios de D-penicilamina (exantema, citopenias, lupus, síndrome nefrótico) que indicarían cambio de tratamiento a trientina. Control de cumplimiento: cupruria de 24 horas elevada (200-500 µg/día).

• Sales de zinc (<50 kg, 75 mg/día en 3 dosis; >50 kg, 150 mg/día de zinc elemento). Control de cumplimiento: cupruria normal con zinc elevado en sangre y orina.

Se aconseja moderar el consumo de alimentos que contienen cobre (chocolate, frutos secos, moluscos, setas). Los pacientes requieren controles clínicos y analíticos cada tres-seis meses.

Los pacientes con hepatopatía avanzada que no responden a tratamiento médico y aquellos que debutan con fallo hepático (“Wilson fulminante”) requieren trasplante hepático(10,11).

Hepatitis metabólica (Tabla V)(12)

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Ante el proceso diagnóstico de un paciente con disfunción hepática por una enfermedad metabólica, resulta útil partir de la alteración analítica inicial o predominante para establecer el diagnóstico diferencial.

Parámetros a valorar ante una sospecha de hepatitis metabólica (12):

• Glucemia.

• Gasometría venosa o arterial.

• Lactato.

• Cetonemia.

• Amonio.

• Aminoácidos en plasma y ácidos orgánicos en orina.

Hepatitis tóxica

Introducción

Una de las funciones primarias del hígado es la biotransformación de fármacos, suplementos y productos de herbolario en compuestos que puedan ser metabolizados y excretados de forma segura por el organismo. Cuando esto no sucede así, se produce un daño hepático por tóxicos que puede ser predecible y dosis dependiente, como es el caso del acetaminofeno (la intoxicación por paracetamol) o idiosincrásico, no dosis dependiente. Estos últimos casos requieren de un alto índice de sospecha para realizar el diagnóstico y retirar el agente causal.

La afectación hepática por tóxicos o medicamentos supone una de las principales causas dentro del diagnóstico diferencial al evaluar a un paciente con hipertransaminasemia o síndrome colestásico. Su incidencia real en Pediatría se desconoce, ya que muchos casos son asintomáticos(1,2,13,14).

Fisiopatología

El concepto de hepatitis tóxica en­globa cualquier grado de afectación hepática, desde la elevación asintomática de transaminasas hasta el fallo hepático agudo.

El hígado metaboliza y excreta los fármacos en tres pasos:

• Fase 1 activación: el citocromo P450 inserta un residuo de oxígeno en la medicación, haciéndola más hidrosoluble y a la vez más tóxica.

• Fase 2 detoxificación: mediante conjugación del metabolito, aumenta la hidrosolubilidad y se neutraliza la toxicidad.

• Fase 3: excreción del producto hidrosoluble, se transporta al canalículo y se segrega a la bilis.

La mayoría de las veces, la hepatotoxicidad se produce por acumulación de metabolitos de fase 1, siguiendo un patrón de toxicidad intrínseca o idiosincrásica.

Desde un punto de vista conceptual, se pueden establecer tres categorías en las hepatitis tóxicas.

Los fármacos con hepatotoxicidad intrínseca causan daño hepático previsible, dosis dependiente y con periodos de latencia cortos (horas, días). El paradigma es el paracetamol (acetaminofeno) que se convierte por medio de las monooxigenasas del CYP 450 en NAPQI (N-acetil-p benzoquinona imina), que es neutralizada por el glutatión. En grandes dosis, si se sobrepasa la reserva de glutatión, la NAPQI daña los hepatocitos. La toxicidad del acetaminofeno puede ser revertida por la N-acetilcisteína que restaura la producción de glutatión(15).

La mayoría del resto de fármacos causa hepatotoxicidad de forma idiosincrásica, no dosis dependiente, con un periodo de latencia variable (días, semanas). Suele deberse a variabilidad individual de las fases 1 y 2 como resultado de interacciones complejas por factores genéticos, edad, sexo, hormonas, estado nutricional y patología hepática previa (podría aumentar la toxicidad de fármacos debido a la disminución de su metabolismo y aclaramiento) con factores adquiridos (polimedicación, alcohol y tabaco) y respuesta de adaptación inmune asociado a HLA. Es menos frecuente que la intrínseca, pero son las que presentan la mayoría de fármacos(16).

Más del 50 % de los fármacos que producen hepatotoxicidad es por causar disfunción mitocondrial. Los niños con mutaciones de enzimas mitocondriales tienen mayor susceptibilidad a este tipo de daño hepático. Los polimorfismos del gen POLG (gen gamma de la DNA polimerasa mitocondrial) se han asociado a fallo hepático por valproato.

La toxicidad idiosincrásica puede ser causada también por un mecanismo inmunoalérgico que asemeja a un daño autoinmune. Es el caso de minociclina, metildopa, diclofenaco, azitromicina, amoxicilina, valproato, fenitoína, lamotrigina e isoniazida. En estos casos, el metabolito de fase 1 se ligaría a proteínas del hepatocito, formando neoantígenos que, en algunos individuos, desencadenarán una respuesta inmune. Suelen tener un periodo corto de latencia, pueden detectarse autoanticuerpos (64 % en Pediatría) y, en el caso de la reintroducción del fármaco, la sintomatología reaparece de forma precoz. Es difícil de diferenciar de la hepatitis autoinmune. La ausencia de reactivación tras la retirada de la medicación inmunosupresora descarta la hepatitis autoinmune clásica.

En Pediatría, el principal grupo de fármacos causante de hepatitis tóxica son los antibióticos (50 % de los casos), seguido de los fármacos para el sistema nervioso central (antiepilépticos, medicación para el TDAH). Como fármaco aislado, el más frecuente es la minociclina, empleada para el tratamiento del acné (13 % casos)(13,14).

Clínica

El tiempo de latencia desde que se tomó la medicación y los síntomas es difícil de precisar; la toxicidad puede ocurrir incluso semanas después de suspender el fármaco.

Establecer un diagnóstico de certeza es complicado. Los pacientes pueden tener un curso subclínico con solo alteraciones de laboratorio. En muchas ocasiones, se trata de un diagnóstico de exclusión. En la evaluación clínica de un paciente con hipertransaminasemia o colestasis, realizar una anamnesis detallada que recoja la ingesta de medicación, ­productos de herboristería y suplementos dietéticos. Se puede encontrar información actualizada de la toxicidad hepática de los diferentes fármacos en la web LiverTox: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK547852/.

Cuando el daño es fundamentalmente de los hepatocitos, la clínica es muy similar a una hepatitis aguda viral con náuseas, vómitos, anorexia y aumento de transaminasas. Lo más frecuente es la afectación mixta de hepatocitos y colangiocitos, con clínica de hepatitis y síntomas colestáticos (ictericia y prurito). La enfermedad puede progresar a fallo hepático agudo. Algunos fármacos ocasionan importante daño endotelial y producen enfermedad venoclusiva con ictericia, hepatomegalia y ascitis. Cuando los metabolitos inducen una reacción inmunoalérgica, puede haber síntomas acompañantes de fiebre, rash, artralgias y edema facial(13,14,16).

Diagnóstico

El diagnóstico de hepatotoxicidad es a menudo de exclusión, basado en la historia clínica, presentación, laboratorio y evolución.

Se debe descartar: hepatitis virales, esteatohepatitis no alcohólica, hepatitis autoinmune, enfermedad de Wilson, causa metabólica y enfermedad mitocondrial; y en los casos que predominan los síntomas colestáticos: colangitis esclerosante y enfermedad pancreático-biliar.

En la mayoría de ocasiones, el diagnóstico se confirma con la normalización de la función hepática tras la retirada del fármaco o tóxico.

El papel de la biopsia hepática para establecer el diagnóstico es discutido; se reserva para casos seleccionados, principalmente orientada a descartar otras causas de enfermedad hepática, ya que no hay hallazgos patognomónicos de hepatotoxicidad. Se recomienda realizar biopsia en aquellos en los que no haya disminuido un 50 % la cifra de transaminasas en 1-2 meses, o un 50 % la cifra de bilirrubina en los 6 meses siguientes a la retirada del tóxico. Otra excepción sería para establecer el diagnóstico diferencial con una hepatitis autoinmune clásica. Es común observar necrosis hepatocelular, muchas veces acompañada de esteatosis con infiltrado de eosinófilos, en ocasiones prominente(17).

Tratamiento

Lo más importante del tratamiento es la retirada causal y el tratamiento de soporte. Solo es eficaz el tratamiento con N-acetilcisteína en el caso del paracetamol y la L-carnitina para el valproato.

Se ha probado el tratamiento empírico con corticoides en pauta corta, habitualmente 6 meses, en casos de colestasis progresiva y en curso clínico similar a una hepatitis autoinmune, pero la eficacia no ha sido probada. No se dispone de suficientes datos que avalen el uso de ácido ursodeoxicólico en los pacientes con patrón colestático.

En algunos casos se produce descompensación aguda, siendo causante de fallo hepático agudo en niños, sobre todo causado por paracetamol (acetaminofeno). Si se producen datos de fallo hepático (coagulopatía, encefalopatía o hipoglucemia), los niños deben ser remitidos rápidamente a un centro donde se realice trasplante hepático(13,14).

En otros casos, la evolución es hacia una enfermedad hepática crónica, a pesar de la retirada del agente tóxico. En el resto de casos, se produce recuperación en un periodo de días a meses(18).

En todos los pacientes con hepatitis tóxica, tanto idiosincrásica como intrínseca, se debe monitorizar la función hepática y el seguimiento clínico tras su retirada hasta la normalización de los valores analíticos y la desaparición de la sintomatología clínica. Evitar la reintroducción del fármaco sospechoso salvo no disponer de terapia alternativa eficaz en caso de riesgo vital y a menor dosis. La reintroducción del fármaco puede generar hepatotoxicidad de forma más precoz y grave, con mayor riesgo de fallo hepático agudo (Tabla VI)(18).

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Función del pediatra de Atención Primaria

Se debe tener en cuenta cualquier grado de elevación de transaminasas como posible indicador de enfermedad hepática. Es importante el seguimiento del paciente ante la detección de una elevación de transaminasas por cualquier contexto, hasta la resolución o el diagnóstico de la causa por parte de su pediatra de Atención Primaria. Es importante recordar que la hipertransaminasemia puede ser la manifestación clínica inicial de una hepatopatía crónica no diagnosticada, como una hepatitis autoinmune o una enfermedad de Wilson, si persiste la hipertransaminasemia en el control evolutivo. Se debe remitir al especialista para realizar un estudio etiológico de disfunción hepática con ceruloplasmina, inmunoglobulinas, y autoanticuerpos. En la mayoría de las ocasiones, el pediatra de Atención Primaria es el primer contacto del niño con el sistema sanitario para poder detectar enfermedades hepáticas subyacentes y signos de alarma, así como manejo multidisciplinar con el especialista para detectar posibles brotes de enfermedad de base y complicaciones y monitorizar la adherencia al tratamiento.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.** Marugán de Miguelsanz JM, Torres Hinojal MC, Alonso Vicente C. Aproximación diagnóstica al paciente con enfermedad hepática. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 6-14. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-01/aproximacion-diagnostica-al-paciente-con-enfermedad-hepatica/.

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Bibliografía recomendada

– Mieli-Vergani G, Vergani D, Baumann U, Czubkowski P, Debray D, Dezsofi A, et al. Diagnosis and Management of Pediatric Autoimmune Liver Disease: ESPGHAN Hepatology Committee Position Statement. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2018; 66: 345-60. Disponible en: https://doi.org/10.1097/mpg.0000000000001801.

Artículo de posicionamiento realizado por un grupo de expertos y los miembros del Comité de Hepatología de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN), centrado en el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de la enfermedad hepática autoinmune en el niño. Se revisan los artículos publicados en los últimos 30 años.

– Mack CL, Adams D, Assis DN, Kerkar N, Manns MP, Mayo MJ, et al. Diagnosis and Management of Autoimmune Hepatitis in Adults and Children: 2019 Practice Guidance and Guidelines from the American Association for the Study of Liver Diseases. Hepatology. 2020; 72: 671-722. Disponible en: https://doi.org/10.1002/hep.31065.

Actualización de las guías clínicas de algoritmo diagnóstico y tratamiento en hepatitis autoinmune de la Sociedad Americana de Estudio de Enfermedades Hepáticas (AASLD).

– Socha P, Janczyk W, Dhawan A, Baumann U, D’Antiga L, Tanner S, et al. Wilson’s Disease in Children: A Position Paper by the Hepatology Committee of the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2018; 66: 334-44. Disponible en: https://doi.org/10.1097/mpg.0000000000001787.

Artículo de posicionamiento realizado por un grupo de expertos y los miembros del Comité de Hepatología de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN), centrado en el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de la enfermedad de Wilson en el niño. Se revisan los artículos publicados en los últimos 25 años.

– Amin MD, Harpavat S, Leung DH. Drug-induced liver injury in children. Curr Opin Pediatr. 2015; 27: 625-33.

Revisión de la etiología, epidemiología, fisiopatología y tratamiento de la hepatitis tóxica en niños.

Caso clínico

 

Niña de 12 años que consulta por ictericia conjuntival de 24 horas de evolución junto a cuadro de astenia de 1 mes de evolución con náuseas y dolor abdominal asociado. Afebril, deposiciones con color. No ha tomado paracetamol ni otros medicamentos. Sin ingesta de productos de herbolario.

Antecedentes familiares: madre con enfermedad de Graves y hermano con diabetes mellitus tipo 1. Sin ambiente epidémico familiar.

Exploración física: buen estado general. Ictericia generalizada. Bien nutrida. Sin circulación colateral ni otros datos de hepatopatía. Auscultación cardiopulmonar: rítmica, sin soplos. Buena entrada de aire bilateral. Abdomen: blando, depresible, no doloroso, sin datos de irritación peritoneal. Hepatomegalia: 1-2 traveses. No se palpa bazo.

Se extrae analítica sanguínea y ecografía abdominal (con 4 horas de ayuno): analítica de sangre: hemoglobina: 12,6 g/dL;
plaquetas: 269.000; leucocitos: 6.820. Coagulación: TP: 67 %; INR: 1,2; fibrinógeno: 114. Bioquímica: AST: 1.761 UI/L; ALT: 2.067 UI/L; LDH: 980 UI/L; GGT: 212 UI/L; Bili T: 7 mg/dL; Bili D: 5,1 mg/dL; amilasa: 88 UI/L; CPK: 48 UI/L; proteínas: 8,3 g/dL; albúmina: 3,8 g/dL. PCR: 10,7 mg/L.

Ecografía abdominal: hígado con aumento de ecogenicidad periportal, edema de pared vesicular y adenopatías en hilio hepático, todo ello en relación con cuadro de hepatitis. No se visualiza dilatación de vía biliar. Sin datos de hepatopatía.

Se trata de una hepatitis ictérica sin datos de insuficiencia hepática, dado que el tiempo de protrombina (TP) mejora tras la administración de vitamina K. Las pruebas de laboratorio para estudio de disfunción hepática han resultado normales, salvo IgG 2.790 mg/dL con ANA + (1/160) y AML (1/320) y las serologías virales negativas. Se realiza biopsia hepática, cuyo resultado muestra lesiones histológicas características de autoinmunidad (hepatitis crónica activa con infiltrado portal de predominio linfocitario, presencia de células plasmáticas, rosetas y presencia de células inflamatorias [eosinófilos y neutrófilos]) y excluye otras patologías (ausencia de depósitos de cobre, no gránulos compatibles con alfa-1 antitripsina, no colestasis); además, no aporta datos compatibles con hepatopatía evolucionada (grado de fibrosis o cirrosis). Ante los resultados de la biopsia, se establece el diagnóstico de hepatitis autoinmune y se inicia tratamiento. En los controles evolutivos presenta transaminasas, GGT y bilirrubina normales, mantiene hipergammaglobulinemia, aunque en descenso, y negativiza los ANA.

 

 

algoritmo

 

Hepatitis infecciosas

 

P. Alonso López*, C. Alonso Vicente*, J.M. Marugán de Miguelsanz**
Temas de FC


P. Alonso López*, C. Alonso Vicente*, J.M. Marugán de Miguelsanz**

*Pediatra Adjunto. **Jefe de Servicio de Pediatría.
Sección de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición pediátricos. Hospital Clínico Universitario de Valladolid

XAutor para correspondencia

palonsolo@saludcastillayleon.es

Resumen

Las hepatitis infecciosas en Pediatría se caracterizan por cuadros de inflamación hepática debidos exclusivamente a infecciones víricas, entre las que destacan las que producen una afectación sistémica con repercusión hepática, como el virus de Epstein Barr y el citomegalovirus. En la mayoría de estos casos, su presentación clínica tendrá un patrón agudo autolimitado de síntomas inespecíficos. Por otro lado, existe un amplio grupo de virus hepatotropos, de los cuales cinco de ellos (virus de la hepatitis A, B, C, D y E) son los responsables de la mayor carga mundial de hepatitis víricas, con la posibilidad de cronificación en algunos casos, así como de complicaciones a largo plazo en forma de cirrosis y hepatocarcinoma. Solo un pequeño porcentaje desarrollará un fallo hepático agudo, asociando riesgo de trasplante hepático e incluso la muerte del paciente. Su diagnóstico se basa en la combinación de estudios serológicos específicos y pruebas de detección del genoma viral. En los últimos años se han desarrollado importantes avances tanto en la prevención primaria (vacunas frente a hepatitis A y B) como en el tratamiento de las formas crónicas de hepatitis B y C (análogos de nucleótidos orales y antivirales de acción directa).

 

Abstract

Infectious hepatitis in pediatrics is characterized by symptoms of liver inflammation due exclusively to viral infections. Those that cause systemic involvement with hepatic repercussion such as Epstein Barr virus and cytomegalovirus stand out. In most of these cases, its clinical presentation will have an acute self-limiting pattern of nonspecific symptoms. On the other hand, there is a large group of hepatotropic viruses of which five of them (hepatitis A, B, C, D and E viruses) are responsible for the greatest global burden of viral hepatitis, with the possibility of chronification in some cases, as well as long-term complications like cirrhosis and hepatocellular carcinoma. Only a small percentage will develop acute liver failure, associated with risk of liver transplantation and even death of the patient. Its diagnosis is based on the combination of specific serological studies and viral genome detection tests. In recent years, important advances have been made both in primary prevention (vaccines against hepatitis A and B) as well as in the treatment of chronic forms of hepatitis B and C (oral nucleotide analogues and direct-acting antivirals).

 

Palabras clave: Hepatitis infecciosas; Virus; Niños.

Key words: Infectious hepatitis; Viruses; Children.

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 25 – 37


OBJETIVOS

• Conocer las principales etiologías de las hepatitis infecciosas en Pediatría.

• Conocer las características epidemiológicas de los diferentes virus implicados, con el fin de promover las mejores medidas preventivas.

• Poder reconocer las diferentes presentaciones clínicas de las hepatitis infecciosas en Pediatría.

• Saber interpretar los resultados de las pruebas diagnósticas recomendadas en cada caso.

• Evaluar la necesidad de tratamiento específico en función de su etiología, así como de su evolución analítica.

 

Hepatitis infecciosas

https://doi.org/10.63149/j.pedint.5

 

Introducción

Las hepatitis infecciosas suelen ser procesos benignos autolimitados en niños sanos, pero en pacientes inmunodeprimidos existe el riesgo de complicación hacia formas crónicas y fatales.

Las hepatitis infecciosas en Pediatría constituyen un grupo de patologías de etiología viral que producen inflamación del hígado. Los agentes virales más frecuentes son los que ocasionan un cuadro sistémico en­globando cierto grado de afectación hepática, como son: el virus de Epstein Barr (VEB) y el citomegalovirus (CMV). El grupo de virus hepatotropos más específicos se asocia con la mayor carga mundial de hepatitis vírica, aunque, en su mayoría, no tienen un efecto citotóxico directo sobre el hepatocito, sino que la propia respuesta inmune de nuestro organismo es la que provoca el daño hepático. Aunque estos virus no están biológicamente relacionados(1) y su evolución clínica es muy variable de unos tipos a otros, sí que comparten algunas características comunes, como veremos a continuación.

Hepatitis A

El virus de la hepatitis A (VHA) es una de las causas más frecuentes de hepatitis aguda en la infancia, con un pronóstico favorable en la mayoría de los casos.

Patogenia

Se trata de un virus de la familia Picornaviridae del género hepatovirus formado por una sola cadena de ARN, del que se han descrito hasta seis genotipos diferentes, pero solo un serotipo, lo que ha hecho posible la elaboración de una vacuna efectiva(2,3).

A pesar de que el hígado es el sitio primario de replicación de este virus, el daño tisular no se produce por un efecto citopático directo, sino por la reacción inmune generada por el huésped a través de las células T CD8+, CD4+ y las natural killer. En algunos individuos aislados, si la respuesta inmune es exagerada, puede llegar a producirse un fallo hepático fulminante, pero en ningún caso se cronificará. La infección confiere al paciente inmunidad permanente(2).

Epidemiología

Se diferencian dos patrones fundamentales: países en vías de desarrollo con alta endemicidad y exposición casi universal en la infancia versus países desarrollados con baja endemicidad y exposición tras viajes a países endémicos o brotes en guarderías.

Este virus resiste en el ambiente durante una hora a 60 °C, así como en alimentos poco cocinados. Se inactiva mediante una temperatura alta de cocción durante, al menos, cinco minutos, radiaciones ultravioleta y tratamiento con cloro o formaldehído.

Su principal vía de transmisión es la fecal-oral, por contacto directo con personas infectadas o a través del consumo de alimentos y/o agua contaminada. Es posible su detección en heces de personas infectadas durante meses, sobre todo en niños pequeños(1,2).

En países con deficientes condiciones higiénico-sanitarias (endemicidad elevada), la mayoría de las infecciones ocurren en la primera infancia de forma asintomática, por lo que casi el 100 % de la población presenta inmunidad en la primera década de la vida(3).

En países con elevado nivel sociosanitario (endemicidad baja), los contagios se producen en viajeros no vacunados a zonas endémicas, ya sean por ocio o visitas a familiares de inmigrantes que viajan a sus países de origen; los brotes en guardería son otro foco de infecciones por contaminación de cambiadores.

Este último sería el caso de la población española, con una tasa de prevalencia que varía entre el 5 % en niños hasta un 15 % en adolescentes, con formas en general más graves a mayor edad, lo que viene resultando en una tasa de 25 casos por cada 100.000 habitantes(4).

Existiría un tercer patrón de endemicidad intermedia en países que han mejorado sus condiciones higiénico-sanitarias, siendo los adolescentes y los adultos jóvenes los más susceptibles(5).

Clínica y evolución natural

Su forma de presentación es edad dependiente, siendo generalmente asintomática en la primera infancia (menores de 6 años), mientras que más del 70 % de adultos manifiestan ictericia, hepatomegalia e hipertransaminasemia.

El riesgo de contagio es mayor durante las dos semanas previas a la ictericia y es mínimo una semana después; aunque, como hemos dicho, el virus puede ser excretado en las heces durante meses, sobre todo en neonatos y niños pequeños.

Solo el 10-30 % de los casos cursan con síntomas, siendo inicialmente muy inespecíficos: anorexia, náuseas, vómitos, diarrea y fiebre. Posteriormente, pueden aparecer signos de colestasis: coluria, hipocolia e ictericia. En la exploración física se suele apreciar una hepatomegalia leve, con o sin esplenomegalia y adenopatías asociadas.

A nivel analítico, primero se objetiva una elevación importante de transaminasas (>1.000 UI/ml) y, posteriormente, una hiperbilirrubinemia a expensas de bilirrubina conjugada tras una semana del inicio de los síntomas. Los parámetros bioquímicos vuelven a la normalidad al cabo de dos o tres meses. La asociación de signos analíticos de coagulopatía es muy poco frecuente, pero, cuando aparecen, deberemos estar alerta ante la posibilidad del desarrollo de un fallo hepático agudo (FHA), debido a una respuesta inmune desproporcionada, caracterizada por niveles bajos de viremia y altos de bilirrubina (excepcional: 0,015-0,5 %)(1).

Otras manifestaciones atípicas serían la colestasis persistente (solo en un 10 % de casos), los patrones bifásicos (hasta en el 25 % de casos sintomáticos con evolución favorable) y otras de mayor a menor frecuencia: artralgias, exantemas evanescentes, pancreatitis, glomerulonefritis, mielitis transversa y síndrome de Guillain-Barré.

Diagnóstico

El diagnóstico específico en fase aguda se puede realizar tanto por detección de la serología específica en sangre (anticuerpos IgM frente al VHA) como por detección molecular mediante reacción en cadena de la polimerasa (PCR), tanto en suero como en heces.

La hepatitis A no se puede diferenciar del resto de hepatitis infecciosas por las características clínicas o epidemiológicas, precisando su confirmación diagnóstica mediante la detección de anticuerpos tipo IgM específicos anti-VHA. Pueden estar presentes incluso antes del inicio de los síntomas, alcanzando su máximo nivel durante la fase ictérica y desapareciendo a los 4-6 meses, aunque pueden persistir a título bajo durante 12-14 meses(1).

Las inmunoglobulinas tipo IgG anti-VHA se detectan generalmente en la fase de recuperación y aumentan de manera inversa al descenso de las IgM. Las IgG persisten de por vida y proporcionan inmunidad permanente contra la enfermedad(6) (Fig. 1).

figura

Figura 1. Evolución de la infección por virus de la hepatitis A. ALT: alanina aminotransferasa; IgG: inmunoglobulina G; IgM: inmunoglobulina M; VHA: virus de la hepatitis A. Fuente: López Medina EM, Pérez Escrivá A, Piqueras Arenas AI. Hepatitis víricas. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 2: 219-43.

El diagnóstico molecular mediante PCR podría ser utilizado para detectar el VHA en la fase aguda, tanto en suero como en heces, con una seguridad diagnóstica equivalente a la IgM anti-VHA(5).

Tratamiento

No existe ningún tratamiento específico, precisando un tratamiento exclusivamente de soporte: adecuada hidratación, reposo y antitérmicos.

En los casos de colestasis prolongada, puede ser necesaria la suplementación con vitaminas liposolubles.

En todos los casos será conveniente realizar pruebas de coagulación para detectar pacientes que cumplan criterios de FHA: tiempo de protrombina (TP) >15 y/o international normalized ratio (INR) >1,5 con encefalopatía o TP >20 y/o INR >2 sin encefalopatía, que no responden a la administración de vitamina K. Estos pacientes deberán ser transferidos con celeridad al centro sanitario con experiencia en trasplante hepático más cercano.

Prevención

Los humanos son el único reservorio conocido del VHA, por lo que teóricamente podría ser erradicado mediante una estrategia de inmunización universal con su vacuna específica(5).

Como medidas generales, se incluyen la mejora en las condiciones sociosanitarias de la población con la potabilización del agua y saneamiento, así como el lavado cuidadoso de manos.

Existen tanto medidas de inmunización pasiva (gammaglobulina polivalente en los primeros 14 días post-exposición) como activa (vacunas de VHA inactivados, tanto solas como en combinación: VHA + VHB); pero, hoy en día, la pasiva solo se utilizará en casos de alto riesgo de contagio: inmunodeprimidos o con hepatopatía crónica (siempre junto a la vacuna)(1).

La pauta de administración de la vacuna VHA es de dos dosis separadas por vía intramuscular (0 y 6 meses). En el caso de la vacuna combinada VHA + VHB, se deberán administrar tres dosis (0, 1 y 6 meses). La edad mínima autorizada es de 12 meses (por interferencia de anticuerpos maternos transmitidos), salvo casos excepcionales de alto riesgo de contagio, pudiendo ser administrada entre los 6 y 12 meses de edad (dosis no contabilizada).

Se indica en población pediátrica perteneciente a colectivos de riesgo, como los siguientes: hepatopatías crónicas, candidatos a trasplante, síndrome de Down, infectados por VIH, viajeros a zonas endémicas y niños inmigrantes que visitan sus países de origen con endemicidad intermedia o alta. En el caso de viajeros, debe administrarse, al menos, dos semanas antes. En España solo está incluida en los calendarios de Cataluña, Ceuta y Melilla.

No estaría recomendada la profilaxis postexposición en contactos escolares de un único caso; solo en casos de brotes.

Los niños afectados no deben regresar al colegio hasta una semana después de la resolución de los síntomas y tras haber completado la profilaxis de todos los contactos.

Hepatitis E

El virus de la hepatitis E (VHE) es el agente etiológico mayor de hepatitis de transmisión entérica no-A a lo largo de todo el mundo(4).

Epidemiología

Se caracteriza por cuatro genotipos de diferente prevalencia geográfica, con dos vías de transmisión fundamentales: fecal-oral o por agua/comida contaminada.

El VHE es un virus RNA que pertenece a la familia de los “hepavirus”, siendo descritos cuatro genotipos diferentes según las áreas geográficas (tipo 3 más frecuente en Europa). Los genotipos 1 y 2 son responsables de casos endémicos y brotes epidémicos en países en vías de desarrollo, así como de casos en viajeros a zonas endémicas por consumo de agua contaminada. Los genotipos 3 y 4 infectan animales (cerdo, jabalí, ciervo) y los casos aparecen por consumo de carne poco cocinada (zoonosis). Prevenibles mediante el cocinado a temperatura superior a 70 °C mantenida más de 20 minutos.

La seroprevalencia aumenta con la edad, siendo aún mayor en países en vías de desarrollo. Los brotes se asocian habitualmente al genotipo 1 y las formas crónicas al genotipo 3 en pacientes inmunodeprimidos.

Clínica

Predominan las formas asintomáticas o agudas autolimitadas, pero se pueden producir formas graves y crónicas en pacientes inmunocomprometidos.

La mayor parte de los niños que contactan con el VHE no presentarán síntomas.

Los genotipos 1 y 2 pueden producir formas agudas autolimitadas muy similares a las hepatitis por VHA.

Existe la posibilidad de FHA (0,5-4 %), sobre todo en pacientes con hepatopatía de base y embarazadas en el tercer trimestre, con una tasa de mortalidad alta de hasta el 25 % (genotipos 1 y 2, sobre todo en la India)(1).

En nuestro medio, los genotipos 3 y 4 pueden producir hepatitis crónica, especialmente en trasplantados de órgano sólido o hematopoyético, inmunodeprimidos o infectados por VIH. Los del tipo 3 pueden desarrollar manifestaciones extrahepáticas, destacando las neurológicas (Guillain-Barré y neuritis braquial).

Diagnóstico

Su diagnóstico resulta complicado porque suelen pasar desapercibidas, pero se debe sospechar en pacientes inmunodeprimidos con elevación de transaminasas.

En sus formas agudas, es posible la detección del ARN del virus en heces desde una semana antes del inicio de los síntomas hasta varios meses después (incluso años en inmunodeprimidos).

Las IgM e IgG se detectan a los pocos días del inicio del cuadro agudo, persistiendo las primeras en un tercio de los pacientes y las segundas en todos ellos.

En inmunodeprimidos con elevada sospecha, pero serología negativa, deberemos ampliar el estudio con PCR en sangre, ya que en estos casos muestra una mayor sensibilidad (Fig. 2).

figura

Figura 2. Evolución de la infección por virus de la hepatitis E. ALT: alanina aminotransferasa; IgG: inmunoglobulina G; IgM: inmunoglobulina M; VHE: virus de la hepatitis E.
Fuente: Centers for Disease Control and Prevention,
www.cdc.gob/hepatitis/index.htm. Graphic 81261 v. 2.0.

 

Tratamiento

Solo estará indicado en las formas graves, crónicas o en pacientes inmunodeprimidos, mediante el uso de ribavirina.

La mayoría de las infecciones por VHE son autolimitadas y no precisan tratamiento específico, aparte de las medidas de soporte.

Sin embargo, todos aquellos pacientes que tengan riesgo de desarrollar FHA o que lo desarrollen deberán recibir como tratamiento de elección la ribavirina, ya que se ha visto que puede evitar la necesidad de trasplante, permitiendo una recuperación completa(7).

Los pacientes inmunodeprimidos o trasplantados pueden ser manejados inicialmente con un ajuste a la baja de su tratamiento inmunosupresor y controles mensuales de viremia; si a los tres meses no se consigue respuesta o no es posible ajustar más la inmunosupresión, se recomienda el inicio del tratamiento con ribavirina durante tres meses. Su persistencia en heces se asocia con recaída, aunque no nos aparezca en suero, siendo posible un nuevo ciclo de tratamiento con ribavirina durante otros seis meses.

Solo los pacientes trasplantados de hígado que no respondan a los ciclos de ribavirina deberán recibir tratamiento con interferón pegilado durante tres meses (v. Algoritmo 1 al final del artículo).

Prevención

Se basa en medidas higiénico-sanitarias, así como en el desarrollo e implementación de una vacuna específica.

Los viajeros a zonas endémicas deben evitar consumir agua no embotellada, alimentos de vendedores ambulantes, mariscos crudos o poco cocinados y productos cárnicos.

En China se comercializa una vacuna frente a la hepatitis E, pero no se encuentra autorizada en otros países.

Hepatitis B

La infección por el virus de la hepatitis B (VHB) tiene una distribución universal, lo que la convierte en un problema de salud pública mundial.

Patogenia

Se describen hasta diez serotipos distintos, predominando el A y el D en países mediterráneos, cada uno de ellos con diferente riesgo de cronicidad y respuesta al tratamiento.

El VHB pertenece a la familia de los Hepadnaviridae, describiéndose hasta diez serotipos diferentes (A-J) con una amplia distribución geográfica. En los países mediterráneos predominan el A y el D. Cada uno tiene sus propias características diferenciales, tanto a nivel de comportamiento clínico, como de evolución a la cronicidad y de respuesta al tratamiento.

El virus se compone de una envoltura lipoproteica externa que contiene el antígeno de superficie (HBsAg) y una interna que forma la nucleocápside o núcleo (core), donde se localiza el antígeno core (HBcAg). En el interior del núcleo se encuentra el genoma, que consiste en una doble cadena de ADN y una enzima ADN polimerasa inversa, responsable de la síntesis del ADN viral(8).

El genoma codifica varias proteínas, entre las que destacan: HBsAg, HBcAg, antígeno e de la hepatitis B (HBeAg) y polimerasa viral. En el curso de la infección pueden aparecer mutaciones que modifiquen la evolución de la enfermedad y su respuesta al tratamiento(9).

El VHB, al igual que el VHA, no es directamente citopático, por lo que la inflamación hepática que produce es secundaria a la respuesta inmune que genera el propio huésped.

Epidemiología

En los países de alta endemicidad, su principal vía de transmisión es la vertical, con un riesgo de cronificación en periodo neonatal sin medidas profilácticas del 95 %.

Se describen como zonas de alta prevalencia (5-10 %): China, sudeste asiático, África y algunos países de Europa del Este. España se encuentra entre los países con baja prevalencia (1-2 %)(2).

La principal vía de transmisión en las zonas endémicas es la vertical durante el periodo perinatal y la primera infancia. Las madres HBsAg+ tienen una alta capacidad de contagio y, en ausencia de medidas profilácticas, en torno al 70-90 % de sus hijos se verán infectados. Los hijos de madres HBeAg- tendrán menor riesgo de contagio, pero en su defecto tendrán mayor riesgo de desarrollar una hepatitis fulminante debido a una mayor probabilidad de virus mutados(10).

Las formas crónicas en periodo neonatal suelen cursar de forma asintomática por el paso transplacentario del HBeAg materno que induce una falta de respuesta específica de los linfocitos T frente a los antígenos virales, no siendo capaz de reconocer el HBcAg expresado en los hepatocitos infectados(2).

Clínica

El VHB es capaz de producir todo tipo de presentaciones (agudas, fulminantes y crónicas), en función de las condiciones basales y la edad del paciente en el momento del contagio.

Hepatitis B aguda

Su curso es variable en niños, desde infecciones asintomáticas hasta el FHA (en el 1 % de formas ictéricas)(11).

En fase prodrómica pueden desarrollar un síndrome similar a la enfermedad del suero: artralgias y lesiones cutáneas (urticaria o púrpura); seguido de síntomas constitucionales leves: anorexia, náuseas, vómitos, signos de colestasis y molestias en hipocondrio derecho. Pueden asociar acrodermatitis papular o síndrome de Gianotti-Crosti: exantema maculopapuloso eritematoso no pruriginoso en cara y extremidades de unos quince días de duración.

Se objetiva una elevación de transaminasas y se detectan tanto el HBsAg como el ADN-VHB. Si evoluciona hacia la resolución, el antígeno se aclara y el ADN desaparece.

Hepatitis B crónica

Se define por la persistencia del HBsAg durante más de seis meses. A menor sintomatología inicial y menor edad, mayor riesgo de cronificación: 90 % en neonatos, 30 % entre 1-5 años y <5 % en adolescentes/adultos inmunocompetentes.

Los pacientes suelen estar asintomáticos y, ocasionalmente, presentan fatiga o anorexia. En torno al 1-10 %, pueden expresar manifestaciones extrahepáticas: panarteritis nodosa, glomerulonefritis membranosa o membranoproliferativa y acrodermatitis papular.

Se diferencian cuatro fases de infección activa (no necesariamente secuenciales) y una fase de curación funcional que describimos a continuación (Fig. 3); en cursiva se incluye la nueva nomenclatura propuesta por las guías de la European Association for the Study of the Liver (EASL) de 2017, basada en la cifra de ALT (infección o hepatitis) y en el HBeAg (positivo o negativo):

figura

Figura 3. Evolución de la infección por virus de la hepatitis B.

ALT: alanina aminotransferasa;
HCC: hepatocarcinoma; HBeAg: antígeno e de la hepatitis B;
HBsAg: antígeno de superficie de la hepatitis B;
VHB: virus de la hepatitis B.

Fuente: López Medina EM, Pérez Escrivá A, Piqueras Arenas AI. Hepatitis víricas. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 2: 219-43.

1. Fase de inmunotolerancia o de alta replicación (infección crónica HBeAg positivo): presencia de HBeAg, carga viral elevada (ADN-VHB >105 copias/ml o >20.000 UI/ml) y ALT normal o ligeramente elevada. Es la típica y más prolongada en niños infectados, llegando a durar décadas en los casos de transmisión perinatal(2).

2. Fase de inmunoeliminación o inmunoactividad (hepatitis crónica B HBeAg positivo): aclaramiento del HBeAg, ALT fluctuante con elevación previa a la seroconversión a anti-HBe y, al final, descenso de la carga viral (<2.000 UI/ml) con normalización de ALT. La seroconversión anual en Pediatría es menor que en adultos: 2-5 % vs. 5-16 % (cada año). Su prolongación en el tiempo aumenta el riesgo de cirrosis y hepatocarcinoma (HCC)(2).

3. Fase de baja replicación o portador inactivo (infección crónica por VHB HBeAg negativo): HBeAg negativo, anti-HBe positivo, transaminasas normales o mínimamente alteradas ­y carga viral baja o indetectable (<2.000 UI/ml) de forma mantenida. El 1-3 % anual de los pacientes pueden negativizar el HBsAg, en general tras varios años de ADN-VHB persistentemente indetectable.

4. Reactivación (hepatitis B crónica HBeAg negativo): progresión a fase de actividad inmune con HBeAg negativo por mutaciones en el virus, tanto de forma espontánea como en estados de inmunosupresión (raro en niños: 5 %); elevación tanto de la carga viral como de la ALT.

5. Hepatitis B resuelta o en remisión (fase HBsAg negativo): con o sin anti-HBs, anti-HBc positivo, ALT en valores normales y niveles indetectables de ADN-VHB; posible detección del ccc-DNA (ADN circular cerrado covalentemente) en los hepatocitos (infección oculta), con riesgo de reactivación en inmunodepresión y de HCC si el genoma se integra en el hepatocito(2).

Las complicaciones a largo plazo más temidas son el riesgo de desarrollo de cirrosis (1-5 % de los niños HBeAg+) y de hepatocarcinoma (<1 %). Se consideran factores de riesgo de cirrosis: la seroconversión antiHBe antes de los tres años con importante actividad necroinflamatoria y una fase de inmunoeliminación prolongada(12).

Diagnóstico y seguimiento

Se basa en técnicas serológicas, con la detección del HBsAg en suero a los pocos días tras la exposición y la positividad de los anti-HBc. La vacuna solo positiviza los anti-HBs.

Los primeros marcadores en detectarse en la fase aguda son el HBsAg y el HBeAg en suero, antes incluso del inicio de los síntomas. Posteriormente, se detectan los anti-HBc tipo IgM, indicando siempre una infección natural (nunca como respuesta vacunal). En caso de resolución de la infección, el HBsAg desaparece siendo sustituido por los anti-HBs.

Cuando el HBsAg se mantiene positivo durante más de seis meses y la carga viral es detectable, se considera evolución hacia la cronicidad. Se define carga viral muy elevada, valores por encima de 105 copias/ml o 20.000 UI/ml (Tabla I).

tabla

Los recién nacidos con riesgo de exposición al virus deberán ser estudiados con la determinación del HBsAg a los 6-12 meses de vida para disminuir el riesgo de falsos positivos(12).

Añadiremos al diagnóstico serologías ampliadas, incluyendo virus de inmunodeficiencia humana (VIH), virus de hepatitis C (VHC) y virus de hepatitis D (VHD). La alfa-fetoproteína se deberá solicitar cada 6 meses, tanto en fase de replicación baja como ante sospecha de hepatopatía avanzada. La ecografía hepática se debe incluir al diagnóstico, con controles posteriores anuales(1). La elastografía de transición (Fibroscan®) no se encuentra aún validada en niños y adolescentes con hepatitis B crónica.

En la mayoría de los pacientes pediátricos se aconseja la realización de una biopsia hepática antes de iniciar el tratamiento para evaluar el grado de inflamación y/o fibrosis.

La frecuencia de las revisiones periódicas de estos pacientes dependerá de la fase en la que se encuentren (cada 3-4-6 meses).

Tratamiento

Los candidatos principales a recibir tratamiento son los afectos de hepatitis B crónica HBeAg+ con AST >60 UI/L y DNA-VHB >20.000 UI/ml de forma mantenida durante, al menos, 6-12 meses.

El objetivo del tratamiento es reducir el riesgo de cirrosis y HCC; para ello, se intenta alcanzar la seroconversión anti-HBe mantenida, que incluye la supresión de la carga viral y la disminución de la inflamación hepática. En ocasiones, se consigue la seroconversión anti-HBs (1-6 % de niños), pero sin llegar a erradicar completamente la infección ante la persistencia del ccc-DNA en el núcleo de los hepatocitos.

La decisión de tratar dependerá de múltiples factores: edad del paciente, cifras de ALT, carga viral, HBeAg, lesión histológica, asociación de otra enfermedad e historia familiar de HCC (v. Algoritmo 2 al final del artículo). A nivel histológico, un mayor grado de inflamación periportal y portal en la biopsia hepática previa al tratamiento se correlaciona con una mayor probabilidad de seroconversión, así como cifras elevadas de ALT y carga viral baja(2).

No todos los pacientes infectados por el VHB deberán ser tratados; con el objetivo de una mayor respuesta y evitar tratamientos prolongados, se recomiendan las siguientes indicaciones:

• HBeAg+ con ALT elevada, al menos 6 meses, carga viral >2.000 UI/ml y moderada inflamación/fibrosis o leve con historia familiar de HCC.

• HBeAg- con ALT elevada, al menos, 12 meses, carga viral >2.000 UI/ml y moderada inflamación/fibrosis o leve con historia familiar de HCC.

• Hepatitis B aguda grave o fulminante.

• Reactivación grave con ALT >10 veces la normalidad y carga viral detectable.

• Receptores de trasplante hepático por hepatitis B y receptores de injertos de donantes antiHBc+.

• HBsAg+ que van a recibir tratamiento inmunosupresor o citotóxico.

• Cirrosis, glomerulonefritis asociada a VHB, coinfección con VHC, VHD o VIH (incluso sin elevación de ALT, ADN-VHB ni daño histológico).

Los fármacos disponibles en la actualidad son el interferón alfa, su forma pegilada y los análogos de nucleótidos. La respuesta al tratamiento se define por niveles de carga viral indetectables y pérdida del HBeAg o normalización de la ALT o ambos.

Los primeros tienen un efecto inmunomodulador, con la ventaja de una duración finita de tratamiento (6-12 meses); pero, como inconvenientes, su administración es vía subcutánea y asocian numerosos efectos adversos: fiebre, fatiga, neutropenia, pérdida de peso, retraso del crecimiento, etc. Están contraindicados en cirrosis descompensada, citopenia, trastornos autoinmunes, insuficiencia cardiaca o renal, enfermedad psiquiátrica y en trasplantados. La respuesta puede lograrse en los seis meses siguientes a su finalización, por lo que habría que esperar 6-12 meses antes de considerar otras terapias.

Los análogos de nucleótidos actúan inhibiendo la síntesis del ADN-VHB, pero no a nivel del ccc-DNA, por lo que no logran eliminar el virus de los hepatocitos infectados. Tienen la ventaja de administrarse por vía oral y con menos efectos adversos; pero, como desventaja, no se puede definir su duración con anterioridad, siendo recomendable su mantenimiento, al menos, doce meses tras la seroconversión y carga viral indetectable. El tenofovir y el entecavir constituyen, hoy en día, la mejor opción de tratamiento por su alta tasa de respuesta y menor probabilidad de resistencia, ya que poseen una alta potencia antiviral y una alta barrera genética (número de mutaciones necesarias para el desarrollo de resistencias farmacológicas). El hecho de ser tratamientos prolongados dificulta su adecuado cumplimiento a largo plazo y aumenta el riesgo de reactivaciones graves si se interrumpen de forma brusca.

Prevención

La vacuna de la hepatitis B ha demostrado una gran eficacia, disminuyendo la prevalencia de la infección y la incidencia de hepatocarcinoma en adolescentes y adultos.

Se basa fundamentalmente en la inmunización tanto activa (vacunas) como pasiva (inmunoglobulina específica frente a la hepatitis B = IGHB). Otras medidas preventivas incluyen el sexo con protección, no compartir jeringuillas, control de hemoderivados y cribado serológico en gestantes.

La vacuna es de tipo inactivada, desarrollada por ingeniería genética e induciendo respuesta seroprotectora (anti-HBs >10 UI/ml) en el 95 % de vacunados con tres dosis. Se comercializan en España tres formas de presentación: monovalente, combinada hexavalente o combinada bivalente (unida a la hepatitis A). A pesar de que, en la mitad de los casos, los anticuerpos se pierden en un periodo entre los cinco y quince años posteriores, debido a la memoria inmunológica, la vacuna confiere protección a largo plazo. No sería necesario administrar dosis de refuerzo en niños y adultos inmunocompetentes, a pesar de la ausencia de anti-HBs. Solo se recomienda el control serológico post­vacunal en grupos de riesgo: hijos de madres HBsAg+ (tras 1-2 meses de la dosis final), infectados por VIH, hemodializados y celiacos(2).

El esquema de vacunación recomendado en lactantes incluye, al menos, tres dosis, más una extra en periodo neonatal si existe riesgo de transmisión vertical. La pauta de rescate para niños mayores y adolescentes no vacunados consta de tres dosis: 0, 1 y 6 meses; igual que para las formas combinadas de hepatitis A + B.

Ante un hijo de madre portadora del VHB (HBsAg+), se deben administrar una primera dosis de vacuna y una dosis de IGHB: ambas intramusculares, pero en diferente lugar anatómico, preferentemente en las primeras doce horas de vida. Tras completar la inmunización activa con cuatro dosis, deberemos realizar un control serológico uno o dos meses después (en torno a los 12-13 meses de vida):

• Si HBsAg negativo y anti-HBs >10 UI/ml, indica protección (no requiere más seguimiento).

• Si HBsAg negativo y anti-HBs <10 UI/ml, indica susceptibilidad: revacunar con 1 o 3 dosis y control serológico 1-2 meses después.

• Si HBsAg positivo, indica infección.

A pesar de las medidas preventivas anteriores, existe riesgo de transmisión vertical del 2-10 %, sobre todo en gestantes con alta carga viral (>200.000 UI/ml); en ellas, se recomienda tratamiento antiviral con tenofovir durante el tercer trimestre para prevenir la infección en el recién nacido. A los quince días de vida del niño, se aconseja realizar un control clínico y analítico, incluyendo hemograma, función renal, hepática, amilasa, lipasa y creatina-fosfoquinasa.

La lactancia materna no se encuentra contraindicada si se ha realizado una adecuada profilaxis, incluso aunque la madre haya precisado tratamiento antiviral(13).

En caso de exposición accidental (sexual, pinchazo o salpicadura cutáneo-mucosa) en personas no vacunadas, con vacunación incompleta o con anti-HBs <10 UI/ml, se deberá administrar una dosis de IGHB junto a una dosis de vacuna y una segunda dosis vacunal al mes.

Hepatitis D

El VHD se trata de un virus defectuoso que precisa del VHB para su replicación, ya sea en forma de coinfección o de sobreinfección (la segunda con mayor riesgo de complicaciones graves).

Epidemiología

El virus delta se forma por una única cadena circular de RNA y una envoltura constituida por el HBsAg.

Las vías de transmisión son las mismas que las del VHB, pero la vía perinatal es poco frecuente, ya que es prevenible con la vacunación frente a VHB.

Si la infección se produce al mismo tiempo que la del VHB, hablaremos de coinfección y, si se produce en pacientes afectos de hepatitis B crónica, hablaremos de sobreinfección.

La infectividad máxima ocurre antes del inicio de los síntomas, con caída rápida posterior de su carga viral, pero la infectividad puede persistir, aunque el antígeno sea indetectable(1).

Clínica

En caso de coinfección, la enfermedad cursa de forma aguda y autolimitada, con riesgo de progresión a cirrosis en el 20 % de los casos.

La sobreinfección ocasiona una enfermedad aguda grave, evolucionando a hepatitis D crónica en el 90 % y cirrosis en el 70 % de los casos (tres veces mayor que en la infección aislada por VHB), asociando un mayor riesgo de HCC, así como de FHA (1 % vs. 5 %).

Diagnóstico

La infección se confirma con la detección del ARN-VHD y anticuerpos anti-VHD, junto a la serología frente a VHB. El ARN-VHD indica infección activa, aunque existe riesgo de falsos negativos, por lo que, en casos sospechosos, deberemos solicitar IgM anti-VHD.

La sobreinfección se confirma con anti-VHD positivo e IgM anti-HBc negativo.

Tratamiento

La terapia dirigida a la hepatitis B conlleva la resolución de la infección por el VHD.

En las formas crónicas de hepatitis D, el único tratamiento aprobado es el interferón pegilado, aunque la tasa de respuesta viral sostenida (ARN-VHD negativo tras seis meses de suspender el tratamiento) es solo del 25 %(1).

La prevención consiste en la vacunación frente a la hepatitis B.

Hepatitis C

El VHC se caracteriza por una gran variabilidad y potencial capacidad de mutación, con un elevado porcentaje de cronificación (70-80 %); pero, gracias a los nuevos antivirales de acción directa, el pronóstico de estos pacientes ha mejorado enormemente con tasas de curación muy elevadas.

Epidemiología

La vía principal de transmisión del VHC en Pediatría es la vertical, generalmente asociada a la coinfección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), así como a otros factores perinatales.

El VHC se trata de un virus RNA monocatenario de la familia flaviviridae, conformado por múltiples proteínas estructurales y no estructurales, participando todas ellas en el proceso de replicación y confiriendo una gran variabilidad, así como potencial capacidad de mutación. Estas características estructurales han dificultado todo este tiempo el desarrollo de una vacuna eficaz(14).

Se definen siete genotipos diferentes, siendo el tipo 1 el más frecuente a nivel mundial y el 1b el predominante en Europa.

En niños, la principal vía de transmisión es la vertical. El riesgo se duplica en madres coinfectadas con el VIH, pudiendo llegar a producirse una transmisión intraútero, así como en madres adictas a drogas (atribuido a un daño placentario). Existen otros factores que aumentan la probabilidad de contagio perinatal: carga viral materna elevada (>106 copias/ml), parto >4 horas, distocia, rotura de membranas >6 horas, monitorización fetal invasiva y genotipo IL28B(15).

A pesar de todo, no existe autorización para el uso de antivirales de acción directa durante el embarazo, con el fin de disminuir la viremia materna en el momento del parto.

El tipo de parto (vaginal o cesárea) no modifica el riesgo de contagio, por lo que la cesárea programada no estaría indicada en todos estos casos. La lactancia materna no está contraindicada.

Aproximadamente, el 20 % de los niños infectados en periodo perinatal se curarán de forma espontánea en los primeros 3-4 años de vida, manteniendo anticuerpos durante el resto de sus vidas.

Los adolescentes presentan mayor riesgo de transmisión por consumo de drogas por vía parenteral, tatuajes o vía sexual.

Clínica

La hepatitis C es generalmente asintomática, con elevación de transaminasas como único hallazgo más frecuente y riesgo de cronificación en el 70-80 % de los casos.

La hepatitis C aguda en niños suele ser asintomática, aunque pueden presentar síntomas inespecíficos: letargia, fiebre, mialgias, elevación de transaminasas y hepatomegalia leve.

Las manifestaciones extrahepáticas son raras en la infancia, pero pueden asociarse fenómenos autoinmunes, siendo el más peculiar la presencia de anti-LKM1+ que se asocia con una mayor gravedad histológica(15).

Un alto porcentaje de casos se va a cronificar, pero la progresión de la enfermedad es mucho más lenta que en adultos, siendo menos frecuentes las complicaciones a largo plazo como la cirrosis y el HCC.

Durante la fase crónica, también asintomática, podemos detectar tanto hepatomegalia como elevación intermitente de transaminasas.

Diagnóstico

La infección por VHC se diagnostica mediante la detección de anticuerpos anti-VHC y posterior confirmación mediante un estudio de PCR para ARN-VHC positivo.

El estudio de anticuerpos frente al VHC está indicado en las siguientes situaciones:

• Hijo de madre con infección por VHC a los 18 meses de vida.

• Exposición intrafamiliar.

• Procedencia de zonas de alta prevalencia.

• Signos y/o síntomas de hepatitis.

• Adolescentes encarcelados.

• Realización de tatuajes o piercings en malas condiciones sanitarias.

• Consumo de drogas por vía parenteral.

• Infección por VIH.

• Punción accidental o exposición de mucosas a sangre positiva para VHC.

• Abuso sexual.

Los anti-VHC aparecen en torno a la tercera semana del contagio y nos indican infección, pero no nos aclaran si es una forma aguda, crónica o si se ha resuelto.

Los anticuerpos maternos transplacentarios pueden persistir en el lactante hasta los 18 meses de vida, por lo que hasta entonces solo podremos confirmar la infección mediante ARN-VHC (v. Algoritmo 3 al final del artículo).

El ARN-VHC se detecta días después del contagio, indica infección activa y su negativización representa la curación. Se considera infección crónica la positividad de ARN-VHC durante más de tres años. Su estudio es imprescindible en pacientes inmunodeprimidos debido al riesgo de anticuerpos falsamente negativos.

Se debe completar el estudio de estos pacientes con las siguientes pruebas:

• Genotipo, útil para el diseño del tratamiento.

• Cuantificación de la carga viral, útil para la evaluación antes y durante el tratamiento, aunque no se relaciona con la gravedad o progresión de la enfermedad.

• Comorbilidad y coinfecciones (VIH o VHB), ya que es posible una reactivación del VHB con la terapia antiviral.

• Si manifestaciones infrecuentes (elevación de GGT o predominio de AST vs. ALT), realizar ecografía, elastografía (Fibroscan®) y biopsia hepática. La elastografía es una técnica no invasiva que nos informa sobre el grado de fibrosis hepática y se describen cuatro grados: F0-1 = no fibrosis; F2 = fibrosis leve; F3 = moderada; F4 = severa/cirrosis. La biopsia hepática se reserva para casos con signos de alarma (alteración ecográfica, trombopenia o elevación de GGT) y elastografía sugerente de fibrosis grado F2 o más.

Tratamiento

La aparición de los antivirales de acción directa (AAD) ha cambiado de forma muy significativa el pronóstico de estos pacientes, obteniendo tasas de curación muy elevadas.

El objetivo del tratamiento es la curación definitiva de la infección y, en consecuencia, evitar tanto la progresión de la enfermedad hepática como de sus complicaciones. Se define como respuesta viral sostenida o curación, a la viremia negativa a las doce semanas de finalizar el tratamiento con AAD, alcanzando tasas del 98-100 % con las nuevas combinaciones de fármacos. Sin embargo, esta curación de la infección no confiere inmunidad frente a reinfecciones por VHC en el futuro.

El gen IL28B está implicado en la respuesta al tratamiento frente al VHC, de tal forma que un único polimorfismo de un nucleótido puede influir tanto en su eliminación espontánea como en su respuesta a los diferentes fármacos(2).

Los AAD se dirigen frente a diferentes partes del VHC, impidiendo su replicación. Los esquemas de tratamiento varían en función del tipo de genotipo viral y de la presencia o no de cirrosis, asociando dos fármacos con rangos de duración entre un mínimo de 8 y un máximo de 16 semanas. Algunos de ellos se definen como pangenómicos: eficaces frente a cualquier genotipo viral. En algunas ocasiones, será necesaria la asociación con ribavirina (Tabla II)(14).

tabla

Las últimas recomendaciones de tratamiento publicadas por el Comité de Hepatología de la ESPGHAN tras la reciente aprobación del uso de nuevos regímenes de AAD en Pediatría por las agencias europeas y americana del medicamento se resumen en los siguientes apartados(16):

• Indican tratamiento con AAD a todos los niños con hepatitis C crónica a partir de los 3 años, tanto si han sido tratados previamente con otros fármacos como si no.

• Se debe posponer el tratamiento de aquellos pacientes que no sean capaces de tragar las presentaciones disponibles.

• Recomiendan por igual los AAD pangenómicos como los genotipos dirigidos para el tratamiento de niños y adolescentes.

• Preferencia por los regímenes pangenómicos, sin ribavirina y de menor duración si están disponibles.

• Combinaciones recomendadas en niños y adolescentes, tanto sin cirrosis como con cirrosis compensada: glecaprevir/pibrentasvir; sofosbuvir/velpatasvir; y sofosbuvir/ledipasvir (todas ellas una vez al día).

• En casos con cirrosis descompensada, recomiendan su derivación a centros con mayor experiencia y, en ausencia de evidencia pediátrica, basarse en guías de adultos.

Prevención

No existe ninguna vacuna eficaz frente al VHC, por lo que las principales estrategias disponibles serán la educación y el asesoramiento.

Estos pacientes deben recibir las vacunas frente al VHA y VHB, no compartir objetos potencialmente contaminados con sangre, evitar consumo de alcohol, cannabis y fármacos hepatotóxicos, comportamientos de riesgo (compartir agujas y actividad sexual con múltiples parejas), así como la obesidad para minimizar la progresión de la enfermedad hepática.

Otras hepatitis virales

La gran mayoría de infecciones virales que manejamos en Pediatría pueden producir alteraciones hepáticas, generalmente en forma de cuadros leves de hepatitis, pero pueden llegar a evolucionar hacia formas fulminantes.

Entre ellas destacan las producidas por la familia de los herpesvirus:

• Virus herpes simple tipo 1 y 2: riesgo de infección diseminada con fallo hepático tanto en periodo neonatal como en inmunodeprimidos.

• Virus varicela-zóster.

• Citomegalovirus: cuadro de mononucleosis en primoinfecciones; riesgo de colestasis severa en formas congénitas e inmunodeprimidos.

• Herpes virus humano tipo 6, 7 y 8.

• Virus de Epstein-Barr (VEB): cuadro de mononucleosis en primoinfecciones; riesgo de síndrome proliferativo en inmunodeprimidos.

Otros virus que se ven asociados a cuadros de hepatitis son: parvovirus B19, adenovirus, enterovirus, parechovirus, rubeola, sarampión, etc.

Cabe recordar, en este momento, la alerta sanitaria que se notificó desde el Reino Unido, en abril de 2022, por un aumento de casos graves de hepatitis aguda de etiología desconocida en niños previamente sanos, lo que desencadenó una búsqueda global de casos y de sus posibles etiologías. A raíz de esta situación, en ese mismo país se realizó un estudio de casos y controles para investigar la posible asociación con la presencia de adenovirus en sangre y otros virus como el SARS-CoV-2. Como conclusiones, observan una asociación entre la viremia por el adenovirus 41F y la hepatitis aguda pediátrica, mientras que no identifican ninguna asociación para la seropositividad de anticuerpos frente al SARS-CoV-2. Estos resultados pueden servir de base para las recomendaciones de pruebas diagnósticas y manejo clínico en los casos de hepatitis aguda pediátrica de etiología desconocida(17).

Función del pediatra de Atención Primaria

• Promocionar la prevención activa de las hepatitis prevenibles mediante la vacunación universal frente a la hepatitis B, así como recomendar la vacuna frente a la hepatitis A a todas sus familias con riesgo de contagio por viajes a regiones de alta prevalencia.

• Identificar todos sus pacientes con riesgo de transmisión vertical por el virus de la hepatitis B y C, por el elevado porcentaje de cronificación, realizando los controles serológicos en los intervalos de tiempo más adecuados.

• Vigilar de forma estrecha las hepatitis de presentación aguda por el riesgo de evolución hacia un fallo hepático fulminante, tanto por virus típicos hepatotropos (A y E) como por otros virus más habituales, considerados en general como benignos (VEB, CMV, etc.).

• Prevenir los comportamientos de riesgo de contagio en todos sus pacientes con hepatopatía de base o situación de inmunosupresión, en los que el desarrollo de una hepatitis infecciosa tendrá mayor riesgo de complicaciones tanto a corto como a largo plazo.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– López Medina EM, Pérez Escrivá A, Piqueras Arenas AI. Hepatitis víricas. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 2: 219-43.

Amplio protocolo actualizado sobre el manejo de las hepatitis víricas agudas y crónicas, avalado por la Sociedad Española de Infectología Pediátrica, así como por la Asociación Española de Pediatría.

– Vega Bueno A, Lledín Barbancho MD. Hepatitis víricas. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 15-27. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-01/hepatitis-viricas/.

Revisión extensa y detallada de las hepatitis víricas por parte de autoras expertas en Hepatología y Trasplante Hepático de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP).

– Indolfi G, Easterbrook P, Dusheiko G, Siberry G, Chang MH, Thorne C, et al. Hepatitis B virus infection in children and adolescents. Lancet Gastroenterol Hepatol. 2019; 4: 466-76. Erratum in: Lancet Gastroenterol Hepatol. 2020; 5: e4.

Revisión y puesta al día de la infección por el virus de la hepatitis B, comparando la evolución y tratamiento entre adultos y niños.

– Indolfi G, González-Peralta RP, Jonas MM, Sayed MH, Fischler B, Sokal E, et al; Hepatology Committee of the ESPGHAN. ESPGHAN recommendations on treatment of chronic hepatitis C virus infection in adolescents and children including those living in resource-limited settings. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2024; 78: 957-72.

Documento de consenso realizado por un comité de expertos en hepatología de la sociedad europea ESPGHAN, acerca del tratamiento actualizado de los niños con hepatitis C crónica a partir de los 3 años de vida, incluyendo recomendaciones para aquellos pacientes que tienen limitado el acceso a todos los recursos disponibles en la actualidad.

– Mandal S, Simmons R, Ireland G, Charlett A, Desai M, Coughlan L, et al. Paediatric acute hepatitis of unknown aetiology: a national investigation and adenoviraemia case-control study in the UK. Lancet Child Adolesc Health. 2023; 7: 786-96.

Estudio de casos y controles publicado a raíz de la alerta sanitaria en Reino Unido del 2022 sobre hepatitis agudas graves de etiología desconocida, encontrando asociación con un tipo específico de adenovirus (41F) y descartando su posible relación con el contacto previo con el SARS-CoV-2.

Caso clínico

Presentamos una recién nacida a término de peso adecuado para su edad gestacional, con los siguientes antecedentes perinatales: amniorrexis 10 horas previas, cesárea por fracaso de inducción, periodo neonatal sin precisar reanimación (Apgar 9/10), permaneciendo en la maternidad con su madre.

La exploración física neonatal se encuentra dentro de la normalidad en todo momento, con somatometría de peso, talla y perímetro cefálico en percentiles normales para su edad gestacional. Recibe lactancia materna exclusiva.

Como antecedentes maternos obstétricos, se trata de una madre con el antecedente de adicción a drogas por vía parenteral, una interrupción voluntaria de embarazo previa, primera gestación controlada con ecografías normales en todo momento y tóxicos en orina positivos durante el tercer trimestre. En el estudio serológico rutinario: anti-VHC positivos y resto de serologías negativas, salvo rubeola inmune, asociando una PCR para ARN-VHC positiva (>106 copias/ml).

A los 3 meses de vida, se realiza un estudio analítico en nuestra paciente con los siguientes resultados: anti-VHC positivo y ARN-VHC negativo. Se repite el estudio a los 18 meses, manteniendo los mismos resultados, por lo que se deriva a atención especializada donde realizan seguimiento clínico y analítico. A los 3 años repiten las pruebas, objetivando persistencia de los anti-VHC+ y detección del ARN-VHC esta vez positiva.

La paciente permanece asintomática, con adecuado desarrollo ponderoestatural, sin signos de hepatomegalia a la palpación abdominal y con transaminasas normales en todos los controles.

En el estudio ampliado se descartan comorbilidades infecciosas: VIH y VHB negativos. Se incluyen pruebas de imagen con una ecografía hepática informada como dentro de la normalidad y una elastografía hepática sin signos de fibrosis (F0-1).

 

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Diagnóstico en la enfermedad hepática

M.J. Quiles Blanco, L. Fernández Tomé
Temas de FC


M.J. Quiles Blanco, L. Fernández Tomé

Facultativo Especialista Adjunto. Servicio de Hepatología y Trasplante Hepático Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

X

Autor de correspondencia

mjose.quiles@salud.madrid.org

Resumen

Las enfermedades hepáticas en la infancia abarcan una amplia gama de patologías, que incluyen: colestasis, enfermedades metabólicas, autoinmunes, fibroquísticas, tumores e infecciones. El diagnóstico se basa en una anamnesis detallada y pruebas complementarias que permiten identificar la enfermedad, evaluar su pronóstico y respuesta al tratamiento. Las pruebas de laboratorio son fundamentales para detectar daño hepático, insuficiencia hepática o estudiar un paciente con colestasis. Los marcadores utilizados principalmente incluyen transaminasas AST (aspartato aminotransferasa), ALT (alanina aminotransferasa), bilirrubina, GGT (gamma-glutamil transferasa) y la coagulación como marcador de función hepática. Además, las técnicas de imagen y los estudios genéticos complementan el diagnóstico, permitiendo un manejo integral. El pediatra en Atención Primaria juega un papel crucial en la detección temprana y seguimiento de estas patologías, como en la ictericia prolongada o hipertransaminasemia persistente.

 

Abstract

Liver diseases in childhood encompass a wide range of conditions, including cholestasis, metabolic, autoimmune, fibro-cystic diseases, tumors, and infections. Diagnosis begins with a thorough medical history and complementary tests, allowing for disease identification, prognosis evaluation, and treatment response monitoring. Laboratory tests are essential to detect liver damage, liver failure, or cholestasis. Key markers include transaminases AST (aspartate aminotransferase), ALT (alanine aminotransferase), bilirubin, GGT (gamma-glutamyl transferase) and clotting. Additionally, imaging techniques and genetic studies complement the diagnostic approach, enabling comprehensive management. Primary care pediatricians play a vital role in the early detection and follow-up of these conditions, such as prolonged jaundice or persistent hypertransaminasemia.

 

Palabras clave: Enfermedad hepática; Colestasis; Hipertensión portal; Daño hepático; Infecciones.

Key words: Liver disease; Cholestasis; Portal hypertension; Liver damage; Infections.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 16 – 24

 


OBJETIVOS

• Identificar y evaluar signos clínicos en la enfermedad hepática en el niño y realizar una anamnesis dirigida. Además, aprender qué pruebas solicitar según la sospecha.

• Interpretar resultados de pruebas de laboratorio para enfocar el diagnóstico de un niño con sospecha de hepatopatía.

• Establecer criterios de gravedad que impliquen referencia a un centro especializado, principalmente conocer e identificar los signos de alarma (encefalopatía, coagulopatía, hipertensión portal).

 

 

Diagnóstico en la enfermedad hepática

https://doi.org/10.63149/j.pedint.3

 

Introducción

Las enfermedades hepáticas en la infancia son muy diversas. Las podemos dividir en grandes grupos: colestasis, enfermedades metabólicas, enfermedades autoinmunes, enfermedades fibroquísticas, tumores o infecciones(1). El diagnóstico siempre comienza con la historia clínica, añadiendo después las pruebas complementarias pertinentes. Estos test diagnósticos nos permiten realizar un despistaje de la enfermedad hepática, evaluar su pronóstico y su respuesta a tratamiento una vez se ha instaurado.

Historia clínica

La anamnesis completa y detallada es esencial para orientar el diagnóstico en pacientes con sospecha de enfermedad hepática, incluyendo antecedentes personales, familiares y gestacionales. La exploración física busca signos clínicos, como hepatoesplenomegalia o estigmas de hepatopatía.

La anamnesis detallada será fundamental para orientar las pruebas necesarias en un paciente con sospecha de hepatopatía: historia clínica completa con antecedentes personales y familiares, historia gestacional, ecografías y analíticas prenatales, tipo de parto, necesidad de reanimación, peso al nacer, cribado metabólico, auditivo, curva pondoestatural, aversiones en la diversificación alimentaria y desarrollo psicomotor. Además, es importante conocer si existe antecedente de tratamiento farmacológico o productos de herbolario u homeopatía.

En cuanto a antecedentes familiares, se valorará la presencia de autoinmunidad en la familia, antecedentes obstétricos (prurito gestacional), antecedentes de malformaciones o muertes fetales, consanguinidad, cálculos o quistes en la familia, entre otros. Se deben orientar las preguntas según la sospecha.

Sobre la exploración física, destacar que en la hepatopatía crónica los signos clínicos aparecen tarde y no son específicos de una enfermedad concreta. La ictericia se observa en la hiperbilirrubinemia; a partir de 3 mg/dL se hace evidente en escleras. Las causas son diversas y no siempre tienen que ver con enfermedad hepática (Tabla I).

La eritrosis palmar o palmas hepáticas es un eritema punteado en las yemas de los dedos y en la región tenar e hipotenar por vasodilatación (Fig. 1).

Figura1

Figura 1. La eritrosis palmar o palmas hepáticas es un eritema punteado en las yemas de los dedos y en las regiones tenar e hipotenar por vasodilatación.

Las arañas vasculares pueden localizarse en cara, abdomen o dorso de las manos (Fig. 2).

Figura1

Figura 2. Spider. Las arañas vasculares pueden localizarse en cara, abdomen o dorso de las manos.

Datos de desarrollo de hipertensión portal, como complicación de la enfermedad, son: la detección de circulación colateral (vasos distendidos y marcados en hipocondrio y abdomen) y hepato o esplenomegalia (Fig. 3).

Figura1

Figura 3. Ascitis e ictericia junto con otros datos de hepatopatía crónica grave, como circulación colateral en paciente con atresia de vía biliar sin restablecimiento de flujo tras Kasai.

Algunos pacientes, en la evolución de una hepatopatía avanzada, pueden presentar ascitis y acropaquias por la existencia de shunts arteriovenosos intrapulmonares. Los xantomas son depósitos de lípidos en cara y zonas de extensión, se ven en colestasis graves junto con lesiones de rascado por prurito(2). Algunas enfermedades pueden presentar un fenotipo concreto (síndrome de Alagille, infecciones TORCH, hipopituitarismo, síndrome de Zellweger, trastornos de glicosilación) o presencia de soplo cardiaco. El 10 % de los pacientes con atresia de vía biliar pueden asociar situs inversus (formas “sindrómicas”), pudiendo variar la auscultación. La acantosis nigricans es un hallazgo frecuente en niños con enfermedad de hígado graso no alcohólico (EHGNA). La encefalopatía hepática es difícil de valorar, sobre todo en niños de menor edad; inicialmente, consiste en cambios sutiles en el comportamiento, pero a medida que avanza será más evidente la somnolencia y, en estadios finales, coma arreactivo. Se da en situaciones de fallo hepático agudo en niños previamente sanos o en hepatópatas crónicos que sufren una descompensación, como puede ser un episodio de sangrado digestivo o infección.

La hepatomegalia puede estar presente en enfermedades hepáticas y extrahepáticas. Los mecanismos etiopatogénicos implicados son: inflamación (infección, autoinmunidad), depósito (glucogenosis, obesidad), infiltración, congestión vascular y la obstrucción biliar.

La esplenomegalia se detecta en enfermedades que han desarrollado hipertensión portal, como hepatitis autoinmune, obstrucción extrahepática al flujo portal (cavernoma) o en enfermedades de depósito (glucogenosis y enfermedades lisosomales).

Laboratorio

El hígado realiza funciones clave en síntesis, almacenamiento y depuración, y su evaluación frecuentemente comienza con análisis que pueden ser inespecíficos. En Pediatría, es importante interpretar los valores en función de la edad.

El hígado es un órgano envuelto en importantes funciones en el organismo: síntesis, almacenamiento, excreción y depuración de numerosas sustancias. El diagnóstico de las enfermedades hepáticas comienza muchas veces en una extracción analítica donde poder valorar todas ellas. Cualquier parámetro analítico alterado debe ser analizado en el contexto concreto del paciente. En general, son inespecíficos y no determinan el tipo de hepatopatía, incluso un paciente con hepatopatía crónica se puede presentar con transaminasas normales. Otra posibilidad es la detección de una enfermedad sistémica sin implicación del hígado, aunque presente alteración en bioquímica hepática, como ocurre en situaciones de shock o hipoperfusión sistémica o en las infecciones respiratorias tan frecuentes en la infancia.

Es fundamental en Pediatría disponer de correctas referencias por edad para todos los parámetros analizados, por ejemplo: un neonato puede tener hasta cinco veces elevada la GGT sobre el límite del valor normal(3).

Clásicamente, los parámetros que pueden ser analizados se clasifican según la información que dan sobre cómo está el hígado: si existe daño hepático, si hay insuficiencia hepática o si hay colestasis.

Daño hepático

Las transaminasas AST y ALT son enzimas hepáticas clave para evaluar el daño en el hígado; AST también se encuentra en otros tejidos, por lo que su elevación no es específica de daño hepático. ALT es más específica del hígado, y el análisis conjunto de ambas ayuda a identificar la causa y severidad del daño.

Transaminasas

Las transaminasas son enzimas intracelulares que catalizan la transferencia del grupo alfa-amino (NH2) de aminoácidos aminados (AST: ácido aspártico, ALT: alanina) al grupo alfa-ceto del ácido cetoglutárico.

AST se encuentra en más células además de en el hígado: músculo, corazón, riñón, páncreas, cerebro, leucocitos y eritrocitos. La elevación de AST, por tanto, no es específica y en el diagnóstico diferencial se debe solicitar creatinfosfoquinasa (CPK) para discriminar el origen muscular de la elevación de AST (si está elevada la CPK, sospecharemos esfuerzo físico excesivo o distrofia muscular, entre otros), o haptoglobina y LDH (lactato deshidrogenasa) por si es de origen eritrocitario.

La enzima ALT es más específica, se encuentra en el citosol del hepatocito. Ambas se deben estudiar de forma conjunta, ya que la proporción entre ambas puede orientar sobre la causa subyacente. AST está presente, además de en el citosol, en la mitocondria del hepatocito; su elevación puede implicar necrosis más grave. Una relación de transaminasas “invertidas” (AST mayor que ALT) indica un daño hepático más profundo.

Existen tablas con percentiles y variabilidad por sexo, pero en la práctica clínica se suele usar un punto de corte de 45 UI/L. No obstante, no hay una relación directa entre la cifra de transaminasas y la gravedad de la enfermedad subyacente. Las transaminasas se liberan a sangre tras el daño en la membrana del hepatocito y hay una mala relación entre el grado de necrosis en biopsias hepáticas y la elevación de transaminasas obtenidas.

El diagnóstico diferencial de una hipertransaminasemia asintomática incluirá: enfermedad hepática grasa no alcohólica (EHGNA), enfermedad de Wilson, déficit de alfa-1 antitripsina, hepatitis virales, tóxicos, enfermedad autoinmune y fructosemia (Tabla II).

La enfermedad del hígado graso no alcohólico es la causa más frecuente de enfermedad hepática en niños en EE.UU., dado el auge de la obesidad infantil: es importante su diagnóstico y seguimiento precoz por su alta prevalencia y su buena evolución con tratamiento adecuado. La asociación con síndrome metabólico, cirrosis y hepatocarcinoma lo ha hecho una causa mayoritaria de indicación de trasplante en adultos(4,5) (Tabla III).

Ante cualquier hipertransaminasemia, es importante realizar un seguimiento hasta asegurar la resolución analítica o el diagnóstico del paciente, aunque la mayoría de los casos tengan resolución espontánea, no anula la necesidad de estudio y seguimiento.

Los signos de gravedad asociados son: los valores más altos (diez veces el valor normal), asociar alteración de GGT y/o bilirrubina, presentar datos de insuficiencia hepática (coagulopatía o sangrados como epistaxis) o signos de hipertensión portal (esplenomegalia o trombopenia)(6).

LDH

La enzima lactato deshidrogenasa (LDH) está presente en músculo cardiaco y esquelético, eritrocitos, riñón y cerebro. Se eleva en isquemia y hemólisis. En el caso de una elevación mantenida de LDH y fosfatasa alcalina, hay que descartar infiltración maligna del hígado.

Función de síntesis

La albúmina, principal proteína sanguínea sintetizada en el hígado, y los factores de coagulación son indicadores clave de la función hepática. Las lipoproteínas y la colinesterasa también ayudan a evaluar la gravedad y evolución de las hepatopatías.

Albúmina

La albúmina es la principal proteína de la sangre, está sintetizada únicamente en el hígado y tiene una vida media de 20 días; por tanto, niveles bajos suelen ser indicativos de patología crónica. El diagnóstico diferencial de la hipoalbuminemia incluirá la enteropatía pierde-proteínas, el síndrome nefrótico o la desnutrición grave. Sus funciones no solo incluyen regular la presión oncótica, tiene efecto inmunomodulador, antioxidante, estabiliza el endotelio y transporta diversas moléculas (incluyendo fármacos y toxinas).

Coagulación

El hígado sintetiza muchas proteínas de la cascada de la coagulación (procoagulantes y anticoagulantes): factores V, VII, IX, X, XI, protrombina y fibrinógeno. La vitamina K es necesaria en varias de las reacciones y la capacidad de almacenamiento del hígado es limitada; por ello, podemos ver en situaciones de déficit (colestasis o diarrea) que se alargue el tiempo de protrombina y el INR (índice internacional normalizado), pero se resolverá tras la administración intramuscular o intravenosa de vitamina K.

El fallo hepático agudo se define por un INR elevado (o tiempo de protrombina alargado y actividad de protrombina baja), pero hay un equilibrio entre los factores pro y anticoagulantes y, por tanto, no refleja el riesgo de sangrado ni la necesidad de recibir transfusión de hemoderivados. Es una situación crítica que necesita manejo en unidades de trasplante hepático infantil. Ante un valor de actividad de protrombina disminuido o INR aumentado, se debe administrar vitamina K para valorar la reversibilidad del cuadro y, si no es así, referir a un centro especializado(7,8).

El fibrinógeno bajo se puede ver en cuadros de coagulación intravascular diseminada o en hepatopatía avanzada. Existen enfermedades genéticas con mutaciones específicas que afectan a su síntesis: afibrinogenemia (herencia autosómica recesiva), disfibrinogenemia o hipofibrinogenemia (herencia auosómica dominante). El fibrinógeno puede elevarse como reactante de fase aguda.

El factor VIII no se sintetiza en el hígado, por tanto, sirve para diferenciar alteración en la coagulación debida a hepatopatía (factor VIII normal) de la debida a coagulación intravascular diseminada (factor VIII disminuido).

Liproproteínas

El hígado sintetiza y metaboliza muchas de las lipoproteínas. En la colestasis hay un aumento en la síntesis de colesterol inducido por la regurgitación de fosfolípidos a la circulación plasmática. Además, se forma lipoproteína X, que es una forma anómala de LDL (lipoproteína de baja densidad).

En la hepatopatía no colestásica, la bajada en colesterol y lipoproteínas indica empeoramiento de la disfunción y peor pronóstico.

En el daño hepático agudo hay hipertrigliceridemia y aumento de LDL por descenso de la actividad de LCAT (lecitin colesterol acetil transferasa) y de la lipasa de triglicéridos.

Por otra parte, la alteración en las cifras de las lipoproteínas es inespecífica ­y no permite discernir la causa de la hepatopatía. En las patologías que elevan mucho la cifra de colesterol aparecen xantomas, como en el síndrome de Alagille.

Colinesterasa

La colinesterasa (CHE) cataliza la hidrólisis de los ésteres de colina. Se sintetiza en hígado, páncreas e intestino delgado y, por ello, es indicativo de hepatopatía o de progresión de la misma, porque indica incapacidad en la síntesis de proteínas. Hay gran variabilidad interindividual, pero es útil para ver la progresión en analíticas sucesivas en el mismo paciente.

Puede estar disminuida también en desnutrición, insuficiencia cardiaca congestiva y en el déficit congénito de colinesterasa (se produce en el 4 % de la población).

Función detoxificadora

El hígado detoxifica el amonio mediante el ciclo de la urea. En casos de daño hepático, el amonio se acumula en sangre y afecta al cerebro, provocando encefalopatía en fallos hepáticos agudos o cirrosis descompensada.

Amonio

El amonio se sintetiza en el colon por la ureasa de las bacterias intestinales que degradan las proteínas de la dieta y su metabolización se produce en el hígado mediante el ciclo de la urea, convirtiéndose en urea y glutamina.

El daño hepático implica la liberación de amonio a sangre, produciendo un efecto deletéreo sobre el tejido cerebral. La encefalopatía hepática en niños tiene mala correlación con la cifra de amonio. Puede producirse en casos de fallo hepático agudo o en episodios de descompensación sobre cirrosis; por ejemplo, en un episodio de sangrado intestinal (descompensación aguda sobre enfermedad crónica: acute-on-chronic).

Otra causa de hiperamonemia es la presencia de shunts portosistémicos que pueden ser congénitos o aparecer en un hígado cirrótico con obstrucción a la entrada de sangre por la vena porta o en la enfermedad portosinusoidal.

Además, parte del amonio se sintetiza en el intestino delgado y el riñón, y puede ser inducido por ciertos fármacos, como el ácido valproico.

Daño en el flujo biliar

La colestasis es una disminución en el flujo biliar que acumula bilirrubina y otros compuestos en sangre y su diagnóstico implica evaluar bilirrubina, fosfatasa alcalina (FA), GGT y ácidos biliares, entre otros. La bilirrubina conjugada elevada siempre indica daño hepático.

Se denomina colestasis a la situación en la que el flujo biliar está disminuido, dando lugar al acúmulo en plasma de ácidos biliares, colesterol y bilirrubina. En la biopsia hepática, se define por la presencia de pigmento biliar en los hepatocitos y conductos biliares(9).

La colestasis está asociada con alteraciones complejas transcripcionales en los transportadores de sales biliares y enzimas que participan en la síntesis biliar. Es un campo de investigación en crecimiento, en el que se están describiendo nuevos genes implicados que ayudan a comprender el mecanismo molecular de las colestasis intrahepáticas familiares y a ofrecer nuevas dianas terapéuticas.

Bilirrubina

La bilirrubina es un pigmento derivado de la metabolización del grupo hemo de la hemoglobina de los eritrocitos destruidos en bazo, médula ósea e hígado, y una pequeña fracción tiene su origen en la destrucción de proteínas que contienen hemo: mioglobina, citocromos y peroxidasas. La bilirrubina no conjugada será introducida en el hepatocito, donde será conjugada con la enzima UDP (uridina difosfato) glucuroniltransferasa, siendo soluble y pudiendo ser excretada a la bilis por el canalículo biliar para posteriormente dar color a las heces.

La cifra de bilirrubina se verá alterada en patologías con colestasis o en aquellas patologías con hígado insuficiente, en el cual el metabolismo de la misma estará también afectado.

La bilirrubina conjugada se une a albúmina y tiene mayor vida media, hasta 14 días; esto explica que, en procesos obstructivos reversibles, persista elevada una vez se han resuelto los mismos.

La hiperbilirrubinemia indirecta o no conjugada (liposoluble) se puede detectar en: hemólisis (ver LDH); síndrome de Crigler-Najjar (déficit congénito de UDP glucuroniltransferasa); síndrome de Gilbert (presente en el 5 % de la población sana, hiperbilirrubinemia en contexto de cuadro infeccioso o de estrés sin implicar hepatopatía crónica); o en la hiperbilirrubinemia fisiológica del recién nacido, que tiene un origen multifactorial en relación con la inmadurez hepática neonatal(10). Cuando se sobrepasa la capacidad de transporte unida a la albúmina, la fracción libre atraviesa la barrera hematoencefálica, produciendo lesión cerebral (kernicterus).

La hiperbilirrubinemia conjugada se define por un valor de bilirrubina directa más del 20 % de la bilirrubina total o de más de 1 mg/dL si la bilirrubina total es <5 mg/dL. Indica siempre daño hepatobiliar y es siempre patológica. Se puede detectar en orina con tira reactiva de forma rápida y barata, puede ayudar, pero no se suele utilizar, porque factores externos, como pH o alteración tubular, pueden modificarlo. No se deben demorar los estudios en estos pacientes, ya que puede tener implicaciones pronósticas; por ejemplo, la detección y tratamiento precoz en la galactosemia, panhipopituitarismo o sepsis, en el caso de un neonato con colestasis antes de que aparezcan secuelas, o de una atresia de vía biliar o quiste de colédoco antes de que el daño sea irreversible. La cifra de bilirrubina no diferencia si la enfermedad es intra o extrahepática(11) (Tabla IV).

Fosfatasa alcalina

La fosfatasa alcalina (FA) es un grupo de enzimas implicadas en metabolizar ésteres de fosfato a fosfato inorgánico, se encuentra en numerosas células: membrana canalicular del hepatocito, osteoblasto, borde en cepillo del enterocito, túbulo proximal renal, leucocitos y placenta. No está clara su función a nivel hepático. Una elevación aislada en FA en un niño en crecimiento (precisamente por su implicación en la síntesis de hueso) sin otros test hepáticos alterados no indica hepatopatía, existen tablas de percentiles con los valores normales por edad de FA(12) (Tabla V).

Existe una entidad llamada hiperfosfatasemia benigna de la infancia en la que permanece alterada semanas sin otra causa aparente (hasta 10 veces el valor normal), también puede verse elevada en diarreas. Habrá que hacer un control analítico posterior para comprobar normalidad y descartar otros datos que impliquen diferentes patologías (LDH en tumores, GGT en procesos obstructivos biliares).

GGT

La gamma glutamiltransferasa es una enzima que cataliza la transferencia de grupos glutamilo de péptidos, como glutatión, a otros aminoácidos. También está presente en muchas células: riñón, páncreas, hígado, bazo, cerebro e intestino delgado; por tanto, de forma aislada es inespecífica. Ayuda a discriminar el origen hepático de una FA elevada. Los neonatos tienen valores más elevados, normalizándose alrededor de los 6-9 meses de edad (Tabla V).

Es una enzima inducible por fármacos y también estará elevada en procesos obstructivos de la vía biliar: atresia de vía biliar, colangitis esclerosante y síndrome de Alagille, entre otros. No diferencia entre procesos obstructivos intra o extrahepáticos. En las colestasis intrahepáticas familiares, se emplea como clasificación tener GGT elevada o normal. Existe una entidad llamada colestasis benigna recurrente (autosómica recesiva) que tiene un carácter intermitente, pudiendo durar el episodio de colestasis y prurito semanas o meses. El locus es el mismo que el de la colestasis intrahepática familiar por defecto de FIC1. A veces, se desencadena con el embarazo o con el empleo de anticonceptivos orales (Tabla VI).

Ácidos biliares

Los ácidos biliares se sintetizan en el hepatocito y son conjugados con glicina o taurina y excretados a la bilis para participar en la digestión de la grasa de la dieta. Además, activan receptores nucleares que participan en diversas funciones: controlan la homeostasis de la síntesis de los propios ácidos biliares y en el metabolismo de fármacos, lípidos y glucosa. Es un campo en expansión como diana farmacológica para varias enfermedades.

En la hepatopatía se altera el metabolismo de ácidos biliares por destrucción de la masa celular, disminución de su excreción y la aparición de shunts portosistémicos. El defecto congénito de la síntesis de ácidos biliares es una enfermedad con baja prevalencia que se diagnostica midiendo el nivel de los mismos en orina. No puede medirse si el paciente recibe ácido ursodeoxicólico.

Miscelánea

Globulinas séricas

Las globulinas séricas se clasifican según su migración en electroforesis:

• Alfa-1 que incluye, principalmente, alfa-1 antitripsina, ceruloplasmina y orosomucoide, todas actúan como reactantes de fase aguda.

En el déficit de alfa-1 antitripsina, además de la patología pulmonar en el adulto (enfisema precoz), en el niño se desarrolla hepatopatía por acúmulo de proteína mal plegada. Se relaciona con el genotipo, de forma que no todas las mutaciones producen enfermedad. La ceruloplasmina participa en el transporte de cobre en sangre y está baja en la enfermedad de Wilson.

• Alfa-2: incluye haptoglobina, también puede comportarse como reactante de fase aguda.

• Beta: las principales son transferrina y betalipoproteína.

• Gamma: las gammaglobulinas son IgG, IgM e IgA. En la hepatitis autoinmune hay hipergammaglobulinemia a expensas de IgG, están sintetizadas por linfocitos B, por lo que no son exactamente un indicador de función hepática.

Aminoácidos

La medición de aminoácidos en sangre y orina se emplea para el diagnóstico de defectos congénitos del metabolismo, como los defectos del ciclo de la urea, la tirosinemia o las acidemias orgánicas (metilmalónica, propiónica).

Autoanticuerpos

Aunque no se sintetizan en el hígado, en el diagnóstico diferencial de la hepatopatía es frecuente hacer el despistaje de enfermedades autoinmunes: antitransglutaminasa IgA, anti-LKM (anticuerpos de tipo 1 microsomales de hígado y riñón), anticitosol hepático (LC1), antinuclear (ANA) y antimúsculo liso(13).

Alfa-fetoproteína

Marcador tumoral, sobre todo con especial relevancia en el hepatocarcinoma, aunque no siempre se eleva. Puede servir, además de para diagnóstico, para evaluar recidiva tras tratamiento.

Microbiología

El diagnóstico en la enfermedad hepática, en muchas ocasiones, va orientado a la infección viral en el niño sano o hijo de madre con infección por virus de la hepatitis B o C derivado desde maternidad. Por tanto, en la batería de pruebas diagnósticas se incluyen: serologías TORCH, citomegalovirus, virus Epstein Barr (VEB), hepatitis A, B, C y E. Las hepatitis agudas virales asocian mucha citolisis, pueden ser asintomáticas o presentarse como un cuadro inespecífico de dolor abdominal, vómitos y diarrea, no siempre asociando ictericia. Es importante vigilar la evolución clínica. Una complicación grave de la hepatitis viral es la hemofagocitosis linfohistiocitósica secundaria a VEB y, en ocasiones, el fallo hepático agudo.

Genética

En la actualidad, gracias a los avances en investigación, se incluyen las pruebas genéticas en escalones avanzados del proceso diagnóstico. El estudio de un gen en la sospecha de enfermedad nos permite evitar técnicas más invasivas, como biopsia de hígado, piel o músculo. También son pruebas muy importantes para el estudio de familiares (hermanos, padres), por ejemplo, en déficit de alfa-1 antitripsina o enfermedad de Wilson.

En casos en los que no es fácil dilucidar el origen de la hepatopatía, se emplean paneles genéticos específicos de enfermedad hepática o que implican alteración en el hígado: transporte de ácidos biliares, fallo hepático agudo recurrente, fibrosis hepática por ciliopatías, errores congénitos del metabolismo o colestasis intrahepática familiar, entre otros.

Técnicas de imagen

• Ecografía: identifica malformaciones de la vía biliar o litiasis y tumores, o detecta signos de cronicidad, como ascitis, alteración en la ecogenicidad hepática, esplenomegalia, presencia de varices o alteración en los flujos arterial o venoso en el estudio Doppler.

• Colangioresonancia: en la patología autoinmune hepática se debe realizar para descartar afectación de vía biliar (colangitis esclerosante aislada o síndrome de solapamiento).

• Elastografía: técnica que informa del grado de fibrosis del hígado y de la proporción de grasa. La velocidad de propagación de la onda elástica es proporcional a la rigidez. Tiene buena correlación con los resultados obtenidos por biopsia hepática(14).

Técnicas invasivas

• Biopsia hepática: la anatomía patológica puede ayudar a diferenciar ciertas patologías: hepatitis autoinmune, donde se detectará hepatitis de interfase e infiltrado de células plasmáticas; enfermedad de Wilson, con cuantificación de cobre en tejido; defecto de alfa-1 antitripsina, con hallazgo de gránulos PAS positivo; o atresia de vía biliar, con colestasis y proliferación ductal. Con técnicas de inmunohistoquímica, se puede detectar la presencia o ausencia de transportadores del canalículo biliar y proteínas de membrana, permitiendo diagnosticar colestasis intrahepáticas familiares (BSEP, MDR3).

• Endoscopia: en niños con hipertensión portal avanzada con marcada trombopenia, se realiza un programa de profilaxis primaria de sangrado con endoscopia y tratamiento en caso de hallazgo de varices (colocación de bandas).

• Colangiografía intraoperatoria: gold standard en el diagnóstico de la atresia de vía biliar, consiste en inyectar contraste en la vía biliar, permitiendo delimitar su anatomía. La colangiografía también puede servir como medida terapéutica en los casos de colestasis obstructiva o lactantes con síndrome de bilis espesa o litiasis.

• Colangiografía transparietohepática: punción ecoguiada del parénquima hepático realizada por radiólogos intervencionistas, para, a través de un radical biliar periférico, inyectar contraste y llegar a la vía biliar principal. Permite el tratamiento de complicaciones, principalmente en pacientes trasplantados: dilatación con balón y/o colocación de stent.

Función del pediatra en Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria será quien, muchas veces, manteniendo un alto grado de sospecha, sea capaz de diagnosticar un paciente con hepatopatía, como es el caso de una ictericia prolongada en un lactante. Al mes de vida, hasta 1/5 de los neonatos estarán ictéricos por hiperbilirrubinemia indirecta en relación con lactancia materna, pero es importante descartar enfermedad hepática. A partir de los 15 días de vida se debe solicitar una analítica, discriminando entre bilirrubina directa e indirecta para su derivación precoz y ver las deposiciones en persona para asegurarse de la ausencia de acolia o hipocolia, ya que la descripción por parte de la familia puede ser errónea (v. Algoritmo 1 al final del artículo).

Igualmente, realizará el seguimiento de pacientes con hipertransaminasemia hasta que la analítica sea normal; en caso de no resolverse, se debe ampliar estudio y, si es necesario, derivar a un especialista en gastroenterología pediátrica o hepatología (v. Algoritmo 2 al final del artículo).

Los signos de alarma que se deben tener presentes son: encefalopatía, coagulopatía que no revierte con vitamina K, otros signos de insuficiencia hepática, como hipoalbuminemia o hipoglucemia, o desarrollo de hipertensión portal (esplenomegalia o trombopenia).

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

– Jara P. Enfermedad hepática en el niño. Tile Von Spain. S.L. 2013.

Manual de fácil lectura que sintetiza la patología hepática pediátrica y las indicaciones y complicaciones del trasplante hepático. Algunos avances terapéuticos, dado el año de publicación, no están incluidos, pero cuenta con grandes autores.

– Lledín Barbancho D, Vecino López R. Exploraciones clínicas, bioquímicas y técnicas de imagen en la valoración de la patología digestiva y hepatobiliar. Pediatr Integral. 2015; XIX: 66.e1-e18. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-01/exploraciones-clinicas-bioquimicas-y-tecnicas-de-imagen-en-la-valoracion-de-la-patologia-digestiva-y-hepatobiliar/.

Completo y clarificador artículo sobre la aproximación diagnóstica a un niño con sospecha de enfermedad hepática.

– Hegarty R, Dhawan A. Fifteen-minute consultation: The child with an incidental finding of elevated aminotransferases. Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2018; 103: 228-30.

Breve y conciso artículo del centro de referencia inglés King’s College Hospital sobre el manejo en Atención Primaria de un niño con posible hepatopatía, sintetizando los datos de alarma.

– Squires JE, McKiernan P, Squires RH. Acute Liver Failure: An Update. Clin Liver Dis. 2018; 22: 773-805.

Resumen del mayor registro de fallo hepático agudo en niños recogido, actualizando los protocolos diagnósticos con recomendaciones para optimizar el manejo y derivación precoz al centro de trasplante.

Caso clínico

Niño de 10 años que acude tras cuadro febril de 5 días de evolución, refiere dolor abdominal leve y sensación de astenia. Destaca en la exploración física: arañas vasculares en manos y esplenomegalia de tres traveses; peso: 35 kg p45; talla: 140 cm p51; IMC: 17,8 kg/m2. Últimamente, ha tenido varias epistaxis y se han citado en otorrino privado, pero todavía no ha tenido la consulta.

Analítica en Urgencias: AST: 259 UI/L; ALT: 122 UI/L; GGT: 44 UI/L; bilirrubina total: 1,2 mg/dL; actividad de protrombina: 55 %; plaquetas: 40 x 10 e3/µL.

Destaca en la exploración: distensión abdominal, esplenomegalia, circulación colateral y spiders.

Antecedentes personales: refieren que hace 2 años hicieron una primera analítica en Urgencias con hallazgo: AST: 313 UI/L; ALT: 602 UI/L; GGT: 71 UI/L; bilirrubina total: 0,6 mg/dL; directa: 0,2 mg/dL; plaquetas: 300 x 10 e3/µL. No extraída coagulación.

Al repetir el control a los 10 días en su centro de salud: AST: 199 UI/L; ALT: 229 UI/L; GGT: 49 UI/L; bilirrubina total: 0,7 mg/dL; directa: 0,2 mg/dL; actividad de protrombina: 90 %; plaquetas: 280 x 10 e3/µL y hallazgo de serología de parvovirus IgM positiva, pero no volvieron a hacer nuevos controles.

Antecedentes familiares: abuelo materno con artritis reumatoide y abuela paterna con diabetes mellitus tipo 2, resto sin interés.

 

 

 

Diagnosis in liver disease

M.J. Quiles Blanco, L. Fernández Tomé
Topics on
Continuous Training



M.J. Quiles Blanco, L. Fernández Tomé

Consultant. Pediatric Hepatology and Liver Transplant Service. La Paz University Hospital. Madrid

X

Corresponding author:

mjose.quiles@salud.madrid.org

Abstract

Liver diseases in childhood encompass a wide range of conditions, including cholestasis, metabolic, autoimmune, fibro-cystic diseases, tumors, and infections. Diagnosis begins with a thorough medical history and complementary tests, allowing for disease identification, prognosis evaluation, and treatment response monitoring. Laboratory tests are essential to detect liver damage, liver failure, or cholestasis. Key markers include transaminases AST (aspartate aminotransferase), ALT (alanine aminotransferase), bilirubin, GGT (gamma-glutamyl transferase) and clotting. Additionally, imaging techniques and genetic studies complement the diagnostic approach, enabling comprehensive management. Primary care pediatricians play a vital role in the early detection and follow-up of these conditions, such as prolonged jaundice or persistent hypertransaminasemia.

 

Resumen

Las enfermedades hepáticas en la infancia abarcan una amplia gama de patologías, que incluyen: colestasis, enfermedades metabólicas, autoinmunes, fibroquísticas, tumores e infecciones. El diagnóstico se basa en una anamnesis detallada y pruebas complementarias que permiten identificar la enfermedad, evaluar su pronóstico y respuesta al tratamiento. Las pruebas de laboratorio son fundamentales para detectar daño hepático, insuficiencia hepática o estudiar un paciente con colestasis. Los marcadores utilizados principalmente incluyen transaminasas AST (aspartato aminotransferasa), ALT (alanina aminotransferasa), bilirrubina, GGT (gamma-glutamil transferasa) y la coagulación como marcador de función hepática. Además, las técnicas de imagen y los estudios genéticos complementan el diagnóstico, permitiendo un manejo integral. El pediatra en Atención Primaria juega un papel crucial en la detección temprana y seguimiento de estas patologías, como en la ictericia prolongada o hipertransaminasemia persistente.

 

Key words: Liver disease; Cholestasis; Portal hypertension; Liver damage; Infections.

Palabras clave: Enfermedad hepática; Colestasis; Hipertensión portal; Daño hepático; Infecciones.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (1): 16 – 24

 


OBJECTIVES

• To identify and evaluate clinical signs of liver disease in children and to perform a targeted history. Additionally, another aim is to learn which tests to order based on suspicion.

• To be able to interpret laboratory test results so as to focus on the diagnosis of a child with suspected liver disease.

• To establish severity criteria that imply referral to a specialized center, mainly knowing and identifying the warning signs (encephalopathy, coagulopathy, portal hypertension).


 

 

Diagnosis in liver disease

https://doi.org/10.63149/j.pedint.4

 

Introduction

Liver diseases in childhood are very diverse. They can be divided into large groups: cholestasis, metabolic diseases, autoimmune diseases, fibrocystic diseases, tumors or infections(1). Diagnosis always begins with the clinical history, followed by the addition of the relevant complementary tests. These diagnostic tests allow us to screen for liver disease, assess its prognosis and its response to treatment once it has been started.

Medical history

A complete and detailed history is essential to guide the diagnosis in patients with suspected liver disease, including personal, family and pregnancy history. Physical examination looks for clinical signs, such as hepatosplenomegaly or stigmata of liver disease.

A detailed history is essential to guide the necessary tests in a patient with suspected liver disease: complete clinical history with personal and family history, pregnancy history, ultrasounds and prenatal tests, type of delivery, need for resuscitation, birth weight, metabolic and hearing screening, weight-height curve, aversions to dietary diversification and psychomotor development. In addition, it is important to know if there is a history of pharmacological treatment or herbal or homeopathic products.

Regarding family history, the presence of autoimmunity in the family, obstetric history (gestational pruritus), history of malformations or fetal deaths, consanguinity, stones or cysts in the family, among others, will be assessed. Questions should be directed according to the suspicion.

Regarding the physical examination, it should be noted that in chronic liver disease the clinical signs appear late and are not specific to a particular disease. Jaundice is observed in hyperbilirubinemia; when concentrations exceed 3 mg/dL it becomes evident in the sclerae. The causes are diverse and are not always related to liver disease (Table I).

Palmar erythrosis or hepatic palms is a dotted erythema on the fingertips and in the thenar and hypothenar region due to vasodilation (Fig. 1).

Figure 1. Palmar erythrosis or hepatic palms is a punctate erythema on the fingertips and in the thenar and hypothenar regions due to vasodilation.

Spider veins can be located on the face, abdomen or back of the hands (Fig. 2).

Figure 2. Spider veins can be located on the face, abdomen or back of the hands.

Data indicating the development of portal hypertension, as a complication of the disease, are: the detection of collateral circulation (distended and marked blood vessels in the hypochondrium and abdomen) and hepato- or splenomegaly (Fig. 3).

Figure 3. Ascites and jaundice together with other signs of severe chronic liver disease, such as collateral circulation in a patient with biliary atresia without restoration of flow after Kasai.

Some patients, in the course of advanced liver disease, may present ascites and clubbing due to the existence of intrapulmonary arteriovenous shunts. Xanthomas are lipid deposits on the face and in extension areas, seen in severe cholestasis together with itchy scratching lesions(2). Some diseases may present a specific phenotype (Alagille syndrome, TORCH infections, hypopituitarism, Zellweger syndrome, glycosylation disorders) or the presence of a heart murmur. 10% of patients with biliary atresia may have situs inversus (“syndromic” forms), which may modify auscultation. Acanthosis nigricans is a frequent finding in children with non-alcoholic fatty liver disease (NAFLD). Hepatic encephalopathy is difficult to assess, especially in younger children; Initially, it consists of subtle changes in behavior, but as it progresses, drowsiness becomes more evident and, in the final stages, unresponsive coma. It occurs in situations of acute liver failure in previously healthy children or in chronic liver patients who suffer a decompensation, such as an episode of digestive bleeding or infection.

Hepatomegaly may be present in hepatic and extrahepatic diseases. The etiopathogenic mechanisms involved are: inflammation (infection, autoimmunity), storage (glycogenosis, obesity), infiltration, vascular congestion and biliary obstruction.

Splenomegaly is detected in diseases that have developed portal hypertension, such as autoimmune hepatitis, extrahepatic obstruction to portal flow (cavernoma) or in storage diseases (glycogenosis and lysosomal diseases).

Laboratory

The liver performs key functions in synthesis, storage and clearance, and its assessment often begins with analyses that may be nonspecific. In Pediatrics, it is important to interpret values based on age.

The liver is an organ involved in important functions in the body: synthesis, storage, excretion and purification of numerous substances. The diagnosis of liver diseases often begins with an analytical extraction where all of them can be assessed. Any altered analytical parameter must be analyzed in the specific context of the patient. In general, they are nonspecific and do not determine the type of liver disease; even a patient with chronic liver disease may present with normal transaminases. Another possibility is the detection of a systemic disease without liver involvement, although there may be an alteration in liver biochemistry, as occurs in situations of shock or systemic hypoperfusion or in respiratory infections so common in childhood.

It is essential in Pediatrics to have correct references by age for all the parameters analyzed, for example: a newborn can have GGT up to five times higher than the normal value limit(3).

Classically, the parameters that can be analyzed are classified according to the information they provide about the state of the liver: whether there is liver damage, liver failure, or cholestasis.

Liver damage

AST and ALT are key liver enzymes for assessing liver damage; AST is also found in other tissues, so its elevation is not specific for liver damage. ALT is more specific to the liver, and the joint analysis of both helps to identify the cause and severity of the damage.

Transaminases

Transaminases are intracellular enzymes that catalyze the transfer of the alpha-amino group (NH2) of amino acids (AST: aspartic acid, ALT: alanine) to the alpha-keto group of ketoglutaric acid.

AST is found in more cells than just the liver: muscle, heart, kidney, pancreas, brain, leukocytes and erythrocytes. Elevated AST is therefore not specific and the differential diagnosis should include creatine phosphokinase (CPK) to determine whether the AST elevation is of muscular origin (if CPK is elevated, we will suspect excessive physical effort or muscular dystrophy, among others), or haptoglobin and LDH (lactate dehydrogenase) in case it is of erythrocyte origin.

The ALT enzyme is more specific, being found in the cytosol of the hepatocyte. Both must be studied together, since the ratio between the two can provide information on the underlying cause. AST is present not only in the cytosol but also in the mitochondria of the hepatocyte; its elevation may imply more serious necrosis. An “inverted” transaminase ratio (AST greater than ALT) indicates more profound liver damage.

There are tables with percentiles and variability by sex, but in the clinical practice a cut-off point of 45 IU/L is usually used. However, there is no direct relationship between the transaminase level and the severity of the underlying disease. Transaminases are released into the blood after damage to the hepatocyte membrane and there is a poor relationship between the degree of necrosis in liver biopsies and the elevation of transaminases obtained.

The differential diagnosis of asymptomatic hypertransaminasemia will include: non-alcoholic fatty liver disease (NAFLD), Wilson’s disease, alpha-1 antitrypsin deficiency, viral hepatitis, toxins, autoimmune disease and fructosemia (Table II).

Non-alcoholic fatty liver disease is the most common cause of liver disease in children in the USA, given the rise in childhood obesity: its early diagnosis and monitoring are important due to its high prevalence and good outcome with appropriate treatment. The association with metabolic syndrome, cirrhosis and hepatocellular carcinoma has made it a major cause of transplant indication in adults(4,5) (Table III).

In the case of any hypertransaminasemia, it is important to monitor the patient until the analytical resolution or diagnosis is ensured. Although most cases resolve spontaneously, this does not eliminate the need for study and monitoring.

Associated signs of severity are: higher values (ten times the normal value), associated alteration of GGT and/or bilirubin, presenting data of liver failure (coagulopathy or bleeding such as epistaxis) or signs of portal hypertension (splenomegaly or thrombocytopenia)(6).

LDH

The enzyme lactate dehydrogenase (LDH) is present in cardiac and skeletal muscle, erythrocytes, kidney and brain. It is elevated in ischemia and hemolysis. In the case of a sustained elevation of LDH and alkaline phosphatase, malignant infiltration of the liver must be ruled out.

Synthesis function

Albumin, the main blood protein synthesized in the liver, and coagulation factors are key indicators of liver function. Lipoproteins and cholinesterase also help to assess the severity and progression of liver disease.

Albumin

Albumin is the main protein in blood, it is synthesized only in the liver and has a half-life of 20 days; therefore, low levels are usually indicative of chronic pathology. The differential diagnosis of hypoalbuminemia will include protein-losing enteropathy, nephrotic syndrome or severe malnutrition. Its functions not only include regulating oncotic pressure, it has immunomodulatory and antioxidant effects, it stabilizes the endothelium and transports various molecules (including drugs and toxins).

Clotting

The liver synthesizes many proteins of the coagulation cascade (procoagulants and anticoagulants): factors V, VII, IX, X, XI, prothrombin and fibrinogen. Vitamin K is necessary in several of the reactions and the liver’s storage capacity is limited; therefore, in deficiency situations (cholestasis or diarrhea) prothrombin time and INR (international normalized ratio) are prolonged, but this will be resolved after the intramuscular or intravenous administration of vitamin K.

Acute liver failure is defined by an elevated INR (or prolonged prothrombin time and low prothrombin activity), but there is a balance between pro- and anticoagulant factors and, therefore, it does not reflect the risk of bleeding or the need for transfusion of blood products. It is a critical situation that requires management in pediatric liver transplant units. In the case of a decreased prothrombin activity value or increased INR, vitamin K should be administered to assess the reversibility of the condition and, if not, referral to a specialized center(7,8).

Low fibrinogen levels can be seen in cases of disseminated intravascular coagulation or in advanced liver disease. There are genetic diseases with specific mutations that affect its synthesis: afibrinogenemia (autosomal recessive inheritance), dysfibrinogenemia or hypofibrinogenemia (autosomal dominant inheritance). Fibrinogen levels can be elevated as an acute phase reactant.

Factor VIII is not synthesized in the liver, therefore, it is used to differentiate coagulation disorders due to liver disease (normal factor VIII) from those due to disseminated intravascular coagulation (decreased factor VIII).

Lipoproteins

The liver synthesizes and metabolizes many lipoproteins. In cholestasis, there is an increase in cholesterol synthesis induced by the regurgitation of phospholipids into the plasma circulation. In addition, lipoprotein X is formed, which is an abnormal form of LDL (low-density lipoprotein).

In non-cholestatic liver disease, a decrease in cholesterol and lipoproteins indicates worsening dysfunction and a worse prognosis.

In acute liver damage there is hypertriglyceridemia and increased LDL due to decreased activity of LCAT (lecithin cholesterol acetyl transferase) and triglyceride lipase.

On the other hand, the alteration in lipoprotein levels is nonspecific and does not allow the cause of the liver disease to be determined. Xanthomas appear in pathologies that greatly increase cholesterol levels, as in Alagille syndrome.

Cholinesterase

Cholinesterase (CHE) catalyzes the hydrolysis of choline esters. It is synthesized in the liver, pancreas and small intestine and is therefore indicative of liver disease or its progression, because it indicates an inability to synthesize proteins. There is great interindividual variability, but it is useful to see the progression in successive analyses in the same patient.

It may also be decreased in malnutrition, congestive heart failure and congenital cholinesterase deficiency (occurs in 4% of the population).

Detoxifying function

The liver detoxifies ammonia through the urea cycle. In cases of liver damage, ammonia accumulates in the blood and affects the brain, causing encephalopathy in acute liver failure or decompensated cirrhosis.

Ammonium

Ammonium is synthesized in the colon by urease from intestinal bacteria that break down dietary proteins and is metabolized in the liver through the urea cycle, converting it into urea and glutamine.

Liver damage involves the release of ammonia into the blood, which has a deleterious effect on brain tissue. Hepatic encephalopathy in children has a poor correlation with ammonia levels. It may occur in cases of acute liver failure or in episodes of decompensation on cirrhosis; for example, in an episode of intestinal bleeding (acute decompensation on chronic disease: acute-on-chronic).

Another cause of hyperammonemia is the presence of portosystemic shunts that may be congenital or appear in a cirrhotic liver with obstruction to the entry of blood through the portal vein or in portosinusoidal disease.

In addition, some ammonia is synthesized in the small intestine and kidney, and can be induced by certain drugs, such as valproic acid.

Damage to bile flow

Cholestasis is a decrease in bile flow that accumulates bilirubin and other compounds in the blood. Its diagnosis involves evaluating bilirubin, alkaline phosphatase (ALP), GGT and bile acids, among others. Elevated conjugated bilirubin always indicates liver damage.

Cholestasis is the condition in which bile flow is reduced, leading to the accumulation of bile acids, cholesterol and bilirubin in plasma. In liver biopsy, it is defined by the presence of bile pigment in hepatocytes and bile ducts(9).

Cholestasis is associated with complex transcriptional alterations in bile salt transporters and enzymes involved in bile synthesis. This is a growing field of research, in which new genes involved are being described that help to understand the molecular mechanism of familial intrahepatic cholestasis and offer new therapeutic targets.

Bilirubin

Bilirubin is a pigment derived from the metabolism of the heme group of hemoglobin from erythrocytes destroyed in the spleen, bone marrow and liver, and a small fraction originates from the destruction of proteins containing heme: myoglobin, cytochromes and peroxidases. Unconjugated bilirubin will be introduced into the hepatocyte, where it will be conjugated with the enzyme UDP (uridine diphosphate) glucuronyltransferase, being soluble and able to be excreted into bile through the bile canaliculus to later give color to the feces.

The bilirubin level will be altered in pathologies with cholestasis or in those pathologies with an insufficient liver, in which the metabolism of the same will also be affected.

Conjugated bilirubin binds to albumin and has a longer half-life, up to 14 days; this explains why, in reversible obstructive processes, it remains elevated once the process has been resolved.

Indirect or unconjugated (lipid-soluble) hyperbilirubinemia can be detected in: hemolysis (see LDH); Crigler-Najjar syndrome (congenital UDP glucuronyltransferase deficiency); Gilbert syndrome (present in 5% of the healthy population, hyperbilirubinemia in the context of an infectious or stress condition without involving chronic liver disease); or in physiological hyperbilirubinemia in the newborn, which has a multifactorial origin related to neonatal hepatic immaturity(10). When the transport capacity bound to albumin is exceeded, the free fraction crosses the blood-brain barrier, causing brain injury (kernicterus).

Conjugated hyperbilirubinemia is defined by a direct bilirubin value greater than 20% of total bilirubin or greater than 1 mg/dL if total bilirubin is <5 mg/dL. It always indicates hepatobiliary damage and is always pathological. It can be detected in urine with a dipstick quickly and cheaply, but it is not usually used because external factors, such as pH or tubular alteration, can modify it. Studies should not be delayed in these patients, since it may have prognostic implications; for example, early detection and treatment in galactosemia, panhypopituitarism or sepsis, in the case of a newborn with cholestasis before sequelae appear, or biliary atresia or choledochal cyst before the damage is irreversible. The bilirubin level does not differentiate whether the disease is intra- or extrahepatic(11) (Table IV).

 

Alkaline phosphatase

Alkaline phosphatase (ALP) is a group of enzymes involved in metabolizing phosphate esters to inorganic phosphate. It is found in numerous cells: the canalicular membrane of the hepatocyte, osteoblast, brush border of the enterocyte, renal proximal tubule, leukocytes and placenta. Its function in the liver is not clear. An isolated elevation in ALP in a growing child (precisely because of its involvement in bone synthesis) without other abnormal liver tests does not indicate liver disease. There are tables of percentiles with normal values by age of ALP(12) (Table V).

There is a condition called benign hyperphosphatasemia of infancy, in which the level remains elevated for weeks without any other apparent cause (up to 10 times the normal value). It can also be elevated in diarrhea. A subsequent analytical control will have to be carried out to verify normality and rule out other data that imply different pathologies (LDH in tumors, GGT in biliary obstructive processes).

GGT

Gamma glutamyltransferase is an enzyme that catalyzes the transfer of glutamyl groups from peptides, such as glutathione, to other amino acids. It is also present in many cells: kidney, pancreas, liver, spleen, brain and small intestine; therefore, in isolation it is nonspecific. It helps to discriminate the hepatic origin of an elevated ALP. Neonates have higher values, which normalize around 6-9 months of age (Table V).

It is a drug-inducible enzyme and will also be elevated in obstructive processes of the biliary tract: biliary atresia, sclerosing cholangitis and Alagille syndrome, among others. It does not differentiate between intra- or extrahepatic obstructive processes. In familial intrahepatic cholestasis, the classification used considers elevated or normal GGT. There is an entity called benign recurrent cholestasis (autosomal recessive) that has an intermittent presentation, with episodes of cholestasis and pruritus lasting up to weeks or months. The locus is the same as that of familial intrahepatic cholestasis due to FIC1 defect. Sometimes, it is triggered by pregnancy or the use of oral contraceptives (Table VI).

 

Bile acids

Bile acids are synthesized in the hepatocyte and are conjugated with glycine or taurine and excreted into the bile to participate in the digestion of dietary fat. In addition, they activate nuclear receptors that participate in various functions: they control the homeostasis of the synthesis of bile acids themselves and in the metabolism of drugs, lipids and glucose. It is an expanding field as a pharmacological target for various diseases.

In liver disease, bile acid metabolism is altered by destruction of cell mass, decreased excretion and the appearance of portosystemic shunts. Congenital defect of bile acid synthesis is a disease with low prevalence that is diagnosed by measuring the level of bile acids in urine. It cannot be measured if the patient receives ursodeoxycholic acid.

Miscellany

Serum globulins

Serum globulins are classified according to their migration in electrophoresis:

• Alpha-1 which mainly includes alpha-1antitrypsin, ceruloplasmin and orosomucoid; all of them acting as acute phase reactants.

In alpha-1 antitrypsin deficiency, in addition to lung disease in adults (early emphysema), liver disease develops in children due to the accumulation of misfolded protein. It is related to the genotype, so that not all mutations cause disease. Ceruloplasmin participates in the transport of copper in blood and is low in Wilson’s disease.

• Alpha-2: it includes haptoglobin, which can also behave as an acute phase reactant.

• Beta: the main ones are transferrin and betalipoprotein.

• Gamma: gamma globulins are IgG, IgM and IgA. In autoimmune hepatitis there is hypergammaglobulinemia at the expense of IgG. They are synthesized by B lymphocytes, so they are not exactly an indicator of liver function.

Amino acids

Measurement of amino acids in blood and urine is used to diagnose congenital metabolic defects, such as urea cycle defects, tyrosinemia, or organic acidemias (methylmalonic, propionic).

Autoantibodies

Although they are not synthesized in the liver, in the differential diagnosis of liver disease it is common to screen for autoimmune diseases: anti-transglutaminase IgA, anti-LKM (microsomal type 1 antibodies of the liver and kidney), anti-hepatic cytosol (LC1), antinuclear (ANA) and anti-smooth muscle(13).

Alpha-fetoprotein

Tumor marker, with special relevance in hepatocellular carcinoma, although not always elevated. It can be used, in addition to diagnosis, to evaluate recurrence after treatment.

Microbiology

Diagnosis of liver disease is often directed towards viral infection in healthy children or children of mothers with hepatitis B or C virus infection. Therefore, the diagnostic tests include: TORCH serologies, cytomegalovirus, Epstein Barr virus (EBV), hepatitis A, B, C and E. Acute viral hepatitis is associated with a high level of cytolysis, may be asymptomatic or present as a nonspecific picture of abdominal pain, vomiting and diarrhea, not always associated with jaundice. It is important to monitor the clinical course. A serious complication of viral hepatitis is lymphohistiocytotic hemophagocytosis secondary to EBV and, occasionally, acute liver failure.

Genetics

Nowadays, thanks to advances in research, genetic testing is included in advanced stages of the diagnostic process. The study of a gene in a suspected disease allows us to avoid more invasive techniques, such as liver, skin or muscle biopsy. They are also very important tests for the study of relatives (siblings, parents), for example, in alpha-1 antitrypsin deficiency or Wilson’s disease.

In cases where it is not easy to determine the origin of the liver disease, specific genetic panels for liver disease or those involving alterations in the liver are used: bile acid transport, recurrent acute liver failure, hepatic fibrosis due to ciliopathies, congenital errors of metabolism or familial intrahepatic cholestasis, among others.

Imaging techniques

• Ultrasound: it identifies malformations of the bile duct or lithiasis and tumors, or detects signs of chronicity, such as ascites, alteration in hepatic echogenicity, splenomegaly, presence of varicose veins or alteration in arterial or venous flow in the Doppler study.

• Cholangioresonance: It should be performed to rule out biliary tract involvement (isolated sclerosing cholangitis or overlap syndrome) in autoimmune liver pathology.

• Elastography: a technique that provides information on the degree of fibrosis in the liver and the proportion of fat. The speed of propagation of the elastic wave is proportional to the stiffness. It has a good correlation with the results obtained by liver biopsy(14).

Invasive techniques

• Liver biopsy: pathological anatomy can help differentiate certain pathologies: autoimmune hepatitis, where interface hepatitis of the liver will be detected as well as plasma cell infiltrate; Wilson’s disease, with copper quantification in tissue; alpha-1 antitrypsin defect, with positive PAS granules; or biliary atresia, with cholestasis and ductal proliferation. Immunohistochemical techniques can detect the presence or absence of bile canaliculus transporters and membrane proteins, allowing the diagnosis of familial intrahepatic cholestasis (BSEP, MDR3).

• Endoscopy: in children with advanced portal hypertension with marked thrombocytopenia, a primary bleeding prophylaxis program is carried out with endoscopy and treatment in case of finding varices (placement of bands).

• Intraoperative cholangiography: the gold standard in the diagnosis of biliary atresia, it consists of injecting contrast into the biliary tract, allowing its anatomy to be delineated. Cholangiography can also serve as a therapeutic measure in cases of obstructive cholestasis or infants with thick bile syndrome or lithiasis.

• Transparietohepatic cholangiography: ultrasound-guided puncture of the liver parenchyma performed by interventional radiologists to inject contrast through a peripheral biliary radical and reach the main biliary tract. It allows the treatment of complications, mainly in transplant patients: balloon dilation and/or stent placement.

Role of the Primary Care pediatrician

The primary care pediatrician will often be the one who, maintaining a high degree of suspicion, is able to diagnose a patient with liver disease, as is the case of prolonged jaundice in an infant. At one month of age, up to 1/5 of newborns will be jaundiced due to indirect hyperbilirubinemia related to breastfeeding, but it is important to rule out liver disease. From 15 days of life, an analysis should be requested, distinguishing between direct and indirect bilirubin for early referral and the stools should be seen in person to ensure the absence of acholia or hypocolia, since the description by the family may be erroneous (see Algorithm 1 at the end of the article).

Patients with hypertransaminasemia will also be monitored until the analysis is normal; if this does not resolve, further study should be carried out and, if necessary, referral to a specialist in pediatric gastroenterology or hepatology (see Algorithm 2 at the end of the article).

Warning signs that should be kept in mind are: encephalopathy, coagulopathy that is not reversed with vitamin K, other signs of liver failure, such as hypoalbuminemia or hypoglycemia, or development of portal hypertension (splenomegaly or thrombocytopenia).

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

Bibliography

The asterisks indicate the interest of the article in the opinion of the authors.

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An easy-to-read manual that summarizes pediatric liver pathology and the indications and complications of liver transplantation. Some therapeutic advances, given the year of publication, are not included, but it features great authors.

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Brief and concise article from the British reference center King’s College Hospital on the management in Primary Care of a child with possible liver disease, summarizing the alarming data.

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Summary of the largest registry of acute liver failure in children collected, updating diagnostic protocols with recommendations to optimize management and early referral to a transplant center.

Clinical case

 

A 10-year-old boy attended the clinic after a 5-day history of fever, mild abdominal pain complaint and feeling asthenia. The physical examination revealed spider veins on the hands and three centimeter splenomegaly. His auxology was: weight: 35 kg (45th centile), height: 140 cm (51st centile); BMI: 17.8 kg/m2. He has recently had several episodes of epistaxis and has requested an appointment with a private ENT specialist, but has not yet had the consultation.

Emergency Room Laboratory results: AST: 259 IU/L; ALT: 122 IU/L; GGT: 44 IU/L; total bilirubin: 1.2 mg/dL; prothrombin activity: 55%; platelets: 40 x 10 e3/µL.

Highlights in the examination: abdominal distension, splenomegaly, collateral circulation and spider veins.

Personal history: Parents report that 2 years ago he had a first analysis in the Emergency Room with the following findings: AST: 313 IU/L; ALT: 602 IU/L; GGT: 71 IU/L; total bilirubin: 0.6 mg/dL; direct bilirubin: 0.2 mg/dL; platelets: 300 x 10 e3/µL. No clotting test was extracted.

Upon repeating the blood test 10 days later at the health care center: AST: 199 IU/L; ALT: 229 IU/L; GGT: 49 IU/L; total bilirubin: 0.7 mg/dL; direct bilirubin: 0.2 mg/dL; prothrombin activity: 90%; platelets: 280 x 10 e3/µL and positive parvovirus IgM serology was found, but no further controls were done.

Family history: maternal grandfather with rheumatoid arthritis and paternal grandmother with type 2 diabetes mellitus, the rest are of no interest to the case.

 

 

 

 

Diarrea crónica

M.L. Cilleruelo Pascual,  A. García Díaz
Temas de FC


M.L. Cilleruelo Pascual, A. García Díaz

Servicio de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda. Madrid

X

Autor para correspondencia

luzcilleruelo@gmail.com

Resumen

Valoración y manejo de la diarrea crónica en función de su mecanismo fisiopatológico, síntomas, exploraciones complementarias y tratamiento. La diarrea se clasifica en diarrea osmótica y diarrea secretora. También puede dividirse en diarrea por maldigestión, cuando no se producen las enzimas digestivas que hidrolizan las proteínas, grasas y carbohidratos, y diarrea por malabsorción, cuando existe una alteración del epitelio intestinal que impide el transporte de los nutrientes ya digeridos. Deben considerarse los signos y síntomas de alarma para efectuar una aproximación diagnóstica inicial de diarrea de origen orgánico o funcional. En la historia clínica se definirán las características de las heces, acuosas, con sangre o con grasa, lo que permitirá orientar el posible mecanismo fisiopatológico. En la exploración física se valorará especialmente la repercusión nutricional. El diagnóstico diferencial es muy amplio y las exploraciones complementarias numerosas, pero deben efectuarse en función de los hallazgos clínicos. Con las exploraciones de primer nivel se puede llegar al diagnóstico de las causas más frecuentes. Aparte del soporte nutricional, se efectuará el tratamiento específico de la enfermedad de base, que con frecuencia, pero no siempre, será exclusivamente nutricional. El correcto y temprano diagnóstico y tratamiento de estos pacientes minimizará la morbilidad y las consecuencias nutricionales de la diarrea crónica.

 

Abstract

This article focuses on the assessment and management of chronic diarrhea according to its pathophysiological mechanism, symptoms, complementary examinations and treatment. Diarrhea is classified as osmotic diarrhea and secretory diarrhea. It can also be divided into diarrhea due to maldigestion, when the digestive enzymes that hydrolyze proteins, fats and carbohydrates are not produced, and diarrhea due to malabsorption, when there is an alteration of the intestinal epithelium that prevents the transport of already digested nutrients. The warning signs and symptoms must be considered to make an initial diagnostic approach to diarrhea of organic or functional origin. The clinical history should define the characteristics of the stools, watery, bloody or greasy, which will help to orientate the possible pathophysiological mechanism. In the physical examination severity of malnutrition is specifically assessed. The differential diagnosis is broad and the complementary examinations numerous, but they must be carried out based on the clinical findings. First level investigations can lead to the diagnosis of the most common causes. In addition to nutritional support, specific treatment of the underlying disease is provided, which will often, but not always, be exclusively nutritional. Correct and early diagnosis and treatment of these patients will minimize the morbidity and nutritional consequences of chronic diarrhea.

 

Palabras clave: Diarrea crónica; Diarrea funcional; Diarrea orgánica; Malabsorción; Maldigestión; Exploraciones complementarias; Tratamiento.

Key words: Chronic diarrhea; Functional diarrhea; Organic diarrhea; Malabsorption; Maldigestion; Complementary tests; Management.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (8): 493 – 502

 


OBJETIVOS

• Comprender los mecanismos fisiopatológicos de la diarrea crónica para efectuar una primera aproximación diagnóstica.

• Conocer las diferentes etiologías de la diarrea crónica para poder establecer el diagnóstico diferencial.

• Efectuar una correcta historia clínica, concediendo la mayor importancia a las características de las heces y a la exploración física del paciente.

• Seleccionar las diferentes exploraciones complementarias en función de los hallazgos clínicos.

• Conocer el tratamiento, especialmente de las diarreas crónicas, cuyo manejo es fundamentalmente dietético.

 

Diarrea crónica

Introducción

La diarrea crónica dura más de 14 días y tiene un comienzo insidioso. El diagnóstico diferencial es complejo por la multiplicidad de causas.

La diarrea no es fácil de definir en la edad pediátrica, ya que la frecuencia y consistencia de las heces va a ir variando con la edad y con la introducción de la alimentación. Lo esperable es que el número de deposiciones disminuya y su consistencia aumente con el paso del tiempo. La OMS define la diarrea como el paso de 3 o más deposiciones al día, blandas o líquidas, o con una frecuencia superior al que era el ritmo previo del paciente(1).

La diarrea prolongada es aquella que persiste más de 14 días. Suele tener un comienzo agudo y es más frecuente en el niño menor de 5 años. La diarrea crónica es la que dura más de 14 días, el inicio es insidioso y la progresión lenta(2).

La diarrea crónica puede tener múltiples etiologías y diferentes mecanismos fisiopatológicos, por lo que el diagnóstico diferencial no es sencillo. Es necesario efectuar una historia clínica detallada y una exploración física enfocada al estado nutricional y a los potenciales déficits nutricionales específicos, para seleccionar las exploraciones complementarias dirigidas a conocer su causa.

Fisiopatología

La diarrea crónica se clasifica en diarrea osmótica y diarrea secretora. Asimismo, puede dividirse en diarrea por malabsorción y por maldigestión.

El intestino maneja una gran cantidad de líquidos que proceden de la ingesta y de las secreciones de saliva, jugo gástrico, biliar, pancreático e intestinal. Existen numerosos procesos de transporte de líquidos, electrolitos y solutos que tienen lugar fundamentalmente en el intestino delgado. El resto de los fluidos se reabsorben en el intestino grueso hasta formar el bolo fecal. Cualquier disbalance en estos procesos dará lugar a una diarrea.

El mecanismo más importante de regulación del transporte de fluidos es mediante el transporte activo de iones (sodio, cloro y bicarbonato) a través del enterocito. El movimiento del sodio favorece la absorción y el del cloro la secreción de líquidos. También es necesaria la integridad de la barrera epitelial para evitar que los electrolitos y, por tanto, el líquido, sean transportados pasivamente tras la absorción o secreción. Por último, es necesaria una motilidad intestinal normal para que se pueda producir un adecuado contacto entre los nutrientes y el epitelio intestinal. El proceso de digestión se inicia con la acción de las enzimas luminales y se completa con la actuación de las enzimas del borde en cepillo en la mucosa intestinal (Tabla I).

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La diarrea crónica se clasifica, según su mecanismo fisiopatológico, en diarrea osmótica y diarrea secretora.

• Diarrea osmótica: es aquella que resulta de la malabsorción de solutos. Como en todas las diarreas, se producen fuerzas osmóticas; hay autores que prefieren el término de diarrea inducida por alimentos(3). El aumento de la osmolaridad en la luz intestinal produce movimientos a favor del gradiente de agua y electrolitos. Este tipo de diarrea mejora característicamente con el ayuno(3).

• Diarrea secretora: en estas diarreas se produce un aumento de la secreción de líquidos arrastrados por aniones (cloro o bicarbonato) o potasio o por la pérdida del mecanismo de absorción de líquidos a través del sodio. Por esto, algunos autores prefieren utilizar el término de diarrea relacionada con el transporte de electrolitos(3).

La diarrea crónica también puede clasificarse en función del proceso digestivo por el que se produce la alteración en:

• Maldigestión: cuando fracasa la producción de las enzimas digestivas, tanto las intraluminales como las del borde en cepillo, que hidrolizan las proteínas, grasas y carbohidratos. Fundamentalmente están implicadas las enzimas pancreáticas y, clínicamente, predomina la esteatorrea.

• Malabsorción: cuando existe una alteración del epitelio intestinal que impide el transporte de los nutrientes ya digeridos. La fermentación en el colon de los alimentos no absorbidos produce ácidos grasos de cadena corta, que ejercen un efecto catártico en el intestino delgado, dando lugar a heces muy voluminosas.

Etiología

Debe establecerse la sospecha de diarrea de causa funcional u orgánica y, posteriormente, se valorarán las posibles causas de diarrea orgánica, teniendo en cuenta la edad de inicio y los síntomas de alarma.

Las causas de diarrea crónica son muy numerosas. Es importante tener en cuenta la edad del paciente para considerar, de forma lógica, las distintas posibilidades etiológicas. En la tabla II se muestran las principales causas de diarrea crónica por grupos de edad.

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La diarrea crónica puede ser de origen funcional u orgánico. Deben buscarse los signos y síntomas de alarma (Tabla III), cuya ausencia orienta al diagnóstico de diarrea funcional, con la consiguiente limitación de las exploraciones complementarias a realizar.

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Diarrea funcional

• Diarrea funcional del lactante: se caracteriza por el paso de, al menos, 4 deposiciones al día, abundantes, no formadas, con alimentos reconocibles y de color claro, sin dolor, pérdida de apetito ni alteración en la ganancia de peso. Se inicia a los 6 meses y suele resolverse a los 5 años, pero puede persistir a lo largo de la infancia y adolescencia(4,5).

• Síndrome de intestino irritable: se caracteriza por, al menos, 4 días al mes durante 2 meses de dolor abdominal asociado a uno o más de los siguientes síntomas: dolor con la defecación, cambio en la frecuencia y cambio en la apariencia de las deposiciones, en este caso con predominio de diarrea(6).

Diarrea orgánica

Las características clínicas más importantes de cada enfermedad se muestran en la tabla IV.

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Diarreas y enteropatías congénitas

Son trastornos monogénicos, algunos de ellos extremadamente infrecuentes, con herencia autosómica recesiva, que se manifiestan en los días inmediatos al nacimiento e incluso intraútero, aunque hay excepciones, como es el caso del déficit de sacarasa-isomaltasa que se inicia con la introducción de la alimentación complementaria (frutas, zumos y alimentos con almidón)(7). Fundamentalmente, producen diarrea líquida, pero también pueden causar diarrea con sangre (enfermedad inflamatoria intestinal de comienzo muy precoz) o esteatorrea (déficit primario de sales biliares y alteraciones en el transporte o metabolismo de la grasa). Las diarreas congénitas se pueden dividir en 5 grupos en relación a su mecanismo fisiopatológico:

1. Alteraciones de los transportadores epiteliales(3,8,9).

2. Alteraciones de las enzimas epiteliales y el metabolismo(3,7,10,11).

3. Alteraciones estructurales y funcionales de la absorción(3,8).

4. Neuroendocrinopatías entéricas(3).

5. Enteropatías asociadas con alteraciones de la inmunorregulación(3,12) (Tabla IV).

El trastorno más frecuente de este grupo es el déficit primario de lactasa, hipolactasia de tipo adulto o no persistencia de la lactasa. Se debe a la disminución de la función de la lactasa-floricina hidrolasa, enzima presente en la zona más apical de las vellosidades intestinales. Es un trastorno autosómico recesivo que puede aparecer en la raza caucásica a partir de los 5 años. Los síntomas se inician con la ingesta de leche o productos lácteos, cuando el porcentaje de actividad de la enzima es inferior al 50 % y son muy variados en intensidad, ya que la adaptación de la flora intestinal contribuye a la tolerancia. La deficiencia secundaria de lactasa es transitoria y adquirida tras lesión de la mucosa intestinal.

Además de las diarreas congénitas, los recién nacidos pueden presentar diarreas por malformaciones congénitas digestivas, como en el intestino corto (<75 cm de longitud) y en la enterocolitis como complicación en la enfermedad de Hirschsprung. Otras diarreas crónicas son adquiridas y más frecuentes en prematuros, como los defectos anatómicos intestinales (atresias) o la enterocolitis necrotizante(3).

Respuesta inmune anómala

Este grupo comprende enfermedades mucho más frecuentes en la práctica clínica, como la enfermedad celiaca, la alergia a las proteínas de la leche de vaca (APLV) no IgE mediada(13) y la enfermedad inflamatoria intestinal (EII). Los trastornos gastrointestinales eosinofílicos primarios producen una gran variedad de síntomas, entre los que se incluye la diarrea crónica, y van adquiriendo protagonismo en las unidades especializadas. Las dos entidades que producen diarrea son la gastritis eosinofílica y la colitis eosinofílica(14). Por último, en la colitis microscópica, que engloba la colitis linfocítica y la colitis colágena, la mucosa tiene un aspecto normal y son los hallazgos histológicos específicos los que permiten el diagnóstico, al ser ambas enfermedades clínicamente indistinguibles(15).

Insuficiencia pancreática exocrina

En la insuficiencia pancreática exocrina se produce una disminución de la secreción de enzimas pancreáticas, bicarbonato o ambos, dando lugar a una maldigestión de los nutrientes. Las principales enzimas secretadas son la amilasa para la digestión de carbohidratos, la lipasa para la digestión de la grasa y las proteasas (tripsinógeno y quimotripsina) para la digestión de las proteínas. La insuficiencia de amilasa no origina síntomas, ya que se compensa por la secreción de amilasa salivar y de las glándulas del intestino delgado. Cuando la secreción de tripsina es menor del 5-10 % de lo normal, se produce un exceso de pérdida de nitrógeno en las heces. Por tanto, la principal consecuencia de la insuficiencia pancreática es la malabsorción de grasas.

Los síntomas más característicos son la diarrea crónica, la esteatorrea y la pérdida de peso asociadas a distensión abdominal, que aparecen cuando la función del páncreas es inferior al 10 %. Asimismo, se produce un déficit de las vitaminas liposolubles (A, D, E, K) y oligoelementos, como el magnesio y zinc(16).

Diarrea inducida por fármacos

• Diarrea asociada a antibióticos: aparece hasta 2 semanas tras el inicio de antibióticos, como cefalosporinas, ampicilina y amoxicilina-clavulánico.

• Colitis pseudomembranosa: causada por el Clostridium difficile en niños tratados con antibióticos (clindamicina, penicilina, fluoroquinolonas y cefalosporinas). También, puede producirse en niños con enfermedad inflamatoria intestinal o con inmunodeficiencias(17).

• Diarreas no asociadas a antibióticos: el abuso de laxantes (polietilenglicol, hidróxido de magnesio), sorbitol y edulcorantes artificiales y el tratamiento con eritromicina, que acelera el tránsito intestinal, no alteran la mucosa intestinal. Sin embargo, los antiinflamatorios no esteroideos y los inhibidores de la bomba de protones (IBP) pueden producir enteritis(17).

Miscelánea

El síndrome de sobrecrecimiento bacteriano (SIBO) se caracteriza por un crecimiento excesivo de microorganismos en el intestino delgado, bien de tipo colónico (coliformes) o de bacterias orofaríngeas y respiratorias. En un estudio reciente, los dos factores más frecuentemente asociados a su desarrollo fueron el antecedente de infección gastrointestinal en el último año y el uso de IBP en el último mes. Solo un 7,4 % tenía antecedentes de cirugía intestinal previa y hasta en un 22,2 % el cuadro recurrió tras el tratamiento(18).

Diagnóstico

El diagnóstico de la diarrea crónica se basa en una anamnesis y exploración física completas y en la realización de pruebas complementarias y herramientas diagnósticas de primer y/o de segundo nivel.

Historia clínica y exploración física

Al valorar al paciente con diarrea crónica, es muy importante evaluar la edad de comienzo y su posible relación con la introducción de nuevos alimentos, tratamientos farmacológicos previos o en curso, las características de las heces y los antecedentes familiares de enfermedades digestivas.

Las características de las deposiciones nos pueden informar sobre los mecanismos responsables de la diarrea: intolerancia a hidratos de carbono (deposiciones líquidas, explosivas y ácidas, pudiendo asociar eritema perianal); maldigestión de grasas (deposiciones pegajosas, brillantes, pálidas y que flotan); origen autoinflamatorio (deposiciones con moco y/o sangre, frecuentes, pequeñas, pudiendo asociar tenesmo y/o hábito nocturno) y origen funcional (deposiciones blandas, cuya consistencia disminuye a lo largo del día y que pueden contener restos de alimentos, en ocasiones, alternando con deposiciones normales o duras).

La exploración física y la valoración antropométrica son fundamentales para evaluar la posible repercusión nutricional de la diarrea y para detectar signos y síntomas de alarma. Se debe registrar la curva de peso y talla del paciente, ya que el descenso de esta puede ser un dato de patología orgánica.

En los trastornos funcionales, una clínica compatible y la ausencia de datos de alarma son suficientes para establecer el diagnóstico; mientras que, si se sospecha patología orgánica, habitualmente son necesarias pruebas complementarias orientadas en función de la edad del paciente, el cuadro clínico y los hallazgos a la exploración.

Pruebas complementarias de primer nivel

Son suficientes para establecer el diagnóstico de las causas más frecuentes de diarrea crónica en Atención Primaria.

• Análisis sanguíneo: hemograma, bioquímica con glucemia, urea, creatinina, proteínas totales, albúmina, colesterol, triglicéridos, iones, calcio, fósforo, fosfatasa alcalina y ferritina. Además, se recomienda solicitar: inmunoglobulinas, TSH, serología de enfermedad celiaca y reactantes de fase aguda, como VSG y proteína C-reactiva. Estos parámetros nos permitirán el diagnóstico de enfermedades, como la enfermedad celiaca y el hipertiroidismo, además de evaluar la posible malabsorción de nutrientes o la repercusión bioquímica. Así, en procesos inflamatorios podemos encontrar anemia (de origen multifactorial), trombocitosis, hipoalbuminemia y elevación de los reactantes de fase aguda. La anemia también puede estar presente en casos de malabsorción de hierro, ácido fólico y/o vitamina B12, y los niveles bajos de proteínas totales y albúmina en suero pueden orientar hacia una enteropatía pierde proteínas(8).

• Examen microbiológico de heces:

– Coprocultivo y antígenos virales: aunque estos patógenos producen habitualmente cuadros de diarrea aguda, pueden cronificarse, principalmente en niños con inmunodeficiencias.

– Parásitos en heces: resulta fundamental su determinación, ya que la infección por Giardia lamblia es la causa infecciosa más frecuente de diarrea crónica en los países desarrollados. Debido a la eliminación intermitente de los quistes del parásito, la recogida de heces de tres días diferentes aumenta la sensibilidad del estudio.

– Toxina de Clostridium difficile: indicado si la diarrea se acompaña de sangre en las heces, principalmente en pacientes inmunodeprimidos, con enfermedad inflamatoria intestinal o que hayan recibido tratamiento antibiótico reciente.

• Prueba terapéutica de exclusión-provocación: se puede considerar una prueba empírica de exclusión y provocación posterior, si se sospecha alergia no IgE mediada o intolerancia digestiva, como puede ocurrir con las proteínas de leche de vaca (en lactantes) o con algunos hidratos de carbono (lactosa o fructosa).

Pruebas complementarias de segundo nivel

En el caso de que tras una valoración clínica completa y un estudio de primer nivel no se obtenga el diagnóstico de la diarrea crónica, se deberán realizar estudios específicos por parte del pediatra gastroenterólogo. La elección de las pruebas a realizar vendrá orientada por la sospecha diagnóstica en función de los síntomas y las características de la diarrea.

• Analítica sanguínea orientada según sospecha clínica:

– Existen anticuerpos que pueden ser positivos en EII, como el anti-Saccharomyces cerevisiae (ASCA), más frecuente en enfermedad de Chron y los anticuerpos anti-citoplasma de neutrófilos (p-ANCA), que puede estar elevado en colitis ulcerosa(2).

– Los niveles bajos de vitaminas liposolubles (A, E y D) se detectan en caso de insuficiencia pancreática.

– Niveles bajos de zinc, en el contexto de diarrea crónica asociada a acrodermatitis, pueden orientar a la acrodermatitis enteropática.

• Estudios en heces:

– Test de Van de Kamer: consiste en la determinación de grasa en heces en 72 horas. Los recién nacidos y los lactantes excretan entre el 15 y el 20 % de la grasa de la dieta en las heces. El coeficiente de absorción de grasas aumenta con la edad y alcanza valores adultos de >95 % a partir del año de vida. Los valores normales son <3 g/24 horas en niños y <6 g/24 horas en adultos. Es recomendable hacer una encuesta dietética de tres días con la determinación del coeficiente de absorción grasa (grasa ingerida/grasa excretada) para evitar falsos negativos por baja ingesta de grasas. Aunque es el gold standard, han aparecido otras técnicas, como el análisis por reflexión en el infrarrojo cercano (NIRA), que facilita el manejo de la muestra y, además, aporta datos sobre la absorción de azúcares (valores normales <2,5 %), almidón (valores normales <1 %) y contenido de agua (valores normales <85 %).

– Osmolalidad de las heces: los electrolitos de las heces se utilizan para calcular el gap osmótico fecal. En la diarrea secretora, el gap osmótico en las heces es <50 mOsm/kg, mientras que en la diarrea osmótica es >125 mOsm/kg(2).

– Sustancias reductoras (>1 %) y pH en heces (<5,3) indican malabsorción de carbohidratos. Hay que considerar que la sacarosa no es un azúcar reductor.

– Elastasa-1 fecal: es una enzima pancreática resistente a la degradación por la flora intestinal, por lo que cuando el valor es bajo (<200 μcg/g de heces) sugiere insuficiencia pancreática exocrina(8).

– α1-antitripsina fecal: proteína sérica sintetizada en el hígado, resistente a la proteólisis, que normalmente está presente en bajas concentraciones en las heces. Valores ≥2 mg/g de heces en una muestra pueden indicar pérdida de proteínas.

– Calprotectina fecal: proteína citosólica de los neutrófilos que se eleva en cuadros de inflamación intestinal, siendo normales valores <50 μg/g. A pesar de su alta sensibilidad, este parámetro puede estar elevado en infecciones gastrointestinales, pólipos juveniles, uso de antiinflamatorios no esteroideos o hemorragia gastrointestinal. Además, los valores de calprotectina tienen una correlación negativa significativa con la edad, observándose niveles muy altos, de hasta 1.500 μg/g, en lactantes sanos y una amplia variabilidad hasta los 4 años, por lo que hay que tener precaución con su interpretación en niños menores de esta edad(19).

– Sangre oculta en heces: marcador inespecífico que indica pérdida gastrointestinal de sangre.

• Test de aliento: las pruebas de aliento de lactosa y fructosa consisten en administrar estos carbohidratos marcados, midiendo posteriormente el H2 exhalado. En cuadros de malabsorción de carbohidratos, estos no se absorben, por lo que son fermentados en el colon, produciendo H2 y metano, que pasan a la sangre y se eliminan durante la exhalación. En el SIBO, las bacterias del intestino delgado fermentan la glucosa antes de su absorción, detectándose un aumento temprano del hidrógeno en el aliento. Ante una sospecha de intolerancia a hidratos de carbono, estas pruebas solo están indicadas en casos de no respuesta clínica concluyente a la exclusión-provocación.

• Endoscopia y estudio histológico: esta prueba es fundamental en enfermedades, como la enfermedad inflamatoria intestinal, la enfermedad celiaca, las enteropatías congénitas, la colitis microscópica, los trastornos gastrointestinales eosinofílicos primarios, la abetalipoproteinemia y la linfangiectasia intestinal, así como para el estudio de disacaridasas en mucosa intestinal.

• Estudios genéticos: la mayoría de las diarreas congénitas, la fibrosis quística (FQ), la EII monogénica y los trastornos de inmunodeficiencia tienen una base genética. El análisis genético ayuda a realizar un diagnóstico definitivo y a orientar el manejo.

• Test del sudor: estimulación del sudor mediante iontoforesis con pilocarpina. Se realiza un primer test mediante conductividad y si los valores son >50 mmol/l, se medirá la concentración de cloro en sudor. Dos determinaciones de cloro de >60 mmol/L confirman el diagnóstico de FQ. Se consideran dudosos valores entre 40-60 mmol/L.

• Pruebas de imagen: la ecografía abdominal y la enterorresonancia tienen un importante papel en el estudio de la EII. La albúmina marcada con Tc99 permite visualizar la fuga de linfa en la linfangiectasia intestinal.

Al final del artículo se muestra el algoritmo diagnóstico de la diarrea crónica, con las exploraciones de primero y segundo nivel de los diferentes tipos fisiopatológicos de diarrea y por etiología.

Tratamiento

El tratamiento de la diarrea crónica se basa en el manejo general de la misma, asegurando un adecuado soporte nutricional, y en el tratamiento específico de la causa subyacente.

Tratamiento general

El tratamiento de la diarrea crónica requiere un diagnóstico preciso para un manejo adecuado y específico de la causa subyacente, siendo la rehabilitación nutricional el aspecto más importante en el tratamiento de estos pacientes. El aporte adecuado de nutrientes facilitará la recuperación de la mucosa intestinal, siendo la vía oral la de elección. En ocasiones, pueden ser necesarios suplementos nutricionales para cubrir los requerimientos del paciente. En casos de mala tolerancia oral o compromiso en la seguridad o la eficacia deglutoria, la alimentación puede administrarse a través de sonda nasogástrica o transpilórica a débito continuo o intermitente. La vía parenteral se reservará para aquellos pacientes con mala tolerancia enteral, desnutrición grave y diarrea intratable. El empleo de fármacos inhibidores del peristaltismo intestinal no está recomendado en población pediátrica. Los probióticos solo estarían indicados en la prevención de la diarrea asociada a antibióticos y no hay suficiente evidencia en la prevención o tratamiento del SIBO.

Tratamiento específico

• Tratamiento dietético: será el de elección en patologías en las que existe una malabsorción por deficiencia de enzimas o proteínas transportadoras, como sucede en la malabsorción de glucosa-galactosa, intolerancia a la lactosa, a la fructosa o en el déficit de sacarasa-isomaltasa, basándose el manejo de estos cuadros clínicos en la retirada parcial o total del hidrato de carbono implicado(20). También es el tratamiento de elección en diarreas crónicas por alergias no IgE mediadas, como en la APLV(13). La dieta estricta sin gluten es el tratamiento de la enfermedad celiaca. En la linfangiectasia intestinal, el manejo nutricional es fundamental, indicándose una dieta pobre en grasas, con triglicéridos de cadena media (MCT) y rica en proteínas(20). En las alteraciones en el transporte y metabolismo de las grasas, como la abetalipoproteinemia, se restringirán las grasas de la dieta y se aportarán ácidos grasos esenciales(20). En la enfermedad de Crohn, el tratamiento dietético tiene un papel importante como alternativa a los corticoides. En la fibrosis quística se precisa suplementación con vitaminas liposolubles. En las diarreas que cursan con enteropatía pierde-proteínas, se precisa dieta sin o baja en grasa, con aceite MCT, rica en proteínas y suplementación de vitaminas liposolubles y ácidos grasos esenciales(20).

En la diarrea funcional, una dieta baja en oligosacáridos, disacáridos, monosacáridos y polioles fermentables (FODMAPS) puede ser útil en el síndrome de intestino irritable, aunque debe indicarse con precaución y realizarse un seguimiento estrecho por el riesgo de repercusiones nutricionales(20).

• Tratamiento farmacológico: los tratamientos específicos dependerán de la etiología de la diarrea. Los antibióticos son empleados fundamentalmente en la diarrea de causa infecciosa, aunque también pueden indicarse en el SIBO (rifaximina o metronidazol)(18). Los corticoides y los fármacos inmunomoduladores son ampliamente utilizados en la EII y en patologías menos frecuentes, como la colitis microscópica(15), los trastornos eosinofílicos gastrointestinales(14), la enteropatía autoinmune y la linfangiectasia intestinal(8). Otros tratamientos específicos incluyen: el tratamiento enzimático de sustitución en la insuficiencia pancreática exocrina; las resinas de intercambio iónico en la diarrea por ácidos biliares; y el octreótido en la linfangiectasia intestinal(8).

Función del pediatra de Atención Primaria

• Realizar la historia clínica y exploración física iniciales, detallando las características de las heces y la situación nutricional del paciente.

• Pedir las pruebas de primer nivel, con las que se pueden diagnosticar las causas más frecuentes de diarrea crónica.

• Derivación a la consulta de gastroenterología pediátrica, si no se ha llegado al diagnóstico y el paciente mantiene los síntomas.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Tripathi PR, Srivastava A. Approach to a Child with Chronic Diarrhea. Indian J Pediatr. 2024; 91: 472-80.

Artículo de revisión en el que se explican los distintos tipos clínicos de diarrea crónica. Asimismo, se actualizan los procedimientos diagnósticos de los que se dispone y se muestran algoritmos diagnósticos exhaustivos para efectuar el diagnóstico diferencial.

– Shankar S, Rosenbaum J. Chronic diarrhoea in children: A practical algorithm-based approach. J Ped Child Health. 2020; 56: 1029-38.

Artículo de revisión en el que, además de mostrar algoritmos diagnósticos, se valoran los tratamientos farmacológicos disponibles para algunos tipos de diarrea crónica.

– Shankar DS, Durairaj E. Diet and Management of Diarrhea. Indian Journal of Pediatrics. 2024; 91: 590-7.

Excelente artículo de revisión en el que se valora de forma detallada el tratamiento de las diferentes causas de diarrea crónica, cuya terapia es exclusivamente dietética.

 

Caso clínico

 

Niño de 3 años con antecedente de dermatitis atópica y alergia a huevo IgE mediada que acude a consulta por diarrea de 6 meses de evolución. Los padres refieren que previamente realizaba una o dos deposiciones diarias tipo 4 Bristol. Sin embargo, tras el inicio de guardería presentó múltiples procesos infecciosos, entre ellos una gastroenteritis aguda de 5 días de evolución, con diarrea, fiebre y vómitos. Desde entonces, el paciente realiza 2-3 deposiciones al día tipo 6 Bristol con abundante meteorismo. Asocia distensión abdominal tras las comidas y molestias periumbilicales. No ha presentado pérdida de apetito y tiene una curva ponderoestatural ascendente. No relacionan la diarrea y los síntomas acompañantes a la ingesta de ningún alimento específico. Los padres retiraron la lactosa de la dieta con mejoría parcial durante una semana. Sin embargo, posteriormente recayeron de nuevo los síntomas antes descritos.

Presenta buen estado de nutrición y de hidratación, con exploración por aparatos normal, en la que solo destaca un abdomen globuloso, aunque blando y depresible, sin masas ni megalias, que no impresiona de doloroso a la palpación.

Ante diarrea crónica, se realiza coprocultivo y parásitos en heces, que son negativos, y analítica de sangre con hemograma y bioquímica (con inmunoglobulinas) normales, salvo anti-péptido deaminado de gliadina IgG positivo (40 U/ml), con anti-transglutaminasa IgA y antiendomisio negativos.

 

 

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Enfermedad celiaca

C. Coronel Rodríguez*,  L. Beth Martín**,  F.J. García Díaz***
Temas de FC


C. Coronel Rodríguez*, L. Beth Martín**, F.J. García Díaz***

*Pediatra. Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla. Presidente de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP). **FEA Pediatría. Hospital Universitario Torrecárdenas. Almería. ***FEA Pediatría. Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda. Madrid

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Autor para correspondencia

cristobalcoronel@gmail.com

Resumen

La enfermedad celiaca (EC) es un trastorno autoinmune común, inducido por la ingesta de gluten, con una incidencia en aumento, que se comunica ser superior al 1 % de la población, aunque está bastante infradiagnosticada. En esta revisión y actualización de nuestros anteriores trabajos de 2019 y 2015 sobre la EC en la población infantil, nos centramos en aquellas novedades en el algoritmo diagnóstico y en el seguimiento (v. al final del artículo). Profundizaremos en la EC en subgrupos de pacientes especiales, en las manifestaciones extradigestivas, en el proceso de transición a médicos de adultos y, finalmente, en el impacto que tiene en la calidad de vida de los afectados. El único tratamiento existente en la actualidad a pesar de existir múltiples líneas de investigación es la dieta sin gluten de manera estricta y para siempre.

 

Abstract

Celiac disease (CD) is a common, gluten-induced autoimmune disorder with an increasing incidence, reported to be greater than 1% of the population, although it is significantly underdiagnosed. In this review and update of our previous work from 2019 and 2015 on CD in the pediatric population, we focus on new developments in the diagnostic algorithm and follow-up (see end of article). We will delve deeper into CD in special patient subgroups, extradigestive manifestations, the transition process to adult physicians, and finally, the impact it has on the quality of life of those affected. The only treatment currently available, despite multiple lines of research, is a strict, lifelong gluten-free diet.

 

Palabras clave: Enfermedad celiaca; Enteropatía inducida por gluten; Esprúe no tropical; Criterios diagnósticos; Niños.

Key words: Celiac disease; Gluten-induced enteropathy; Nontropical sprue; Diagnostic criteria; Children.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (8): 503 – 514

 


OBJETIVOS

• Aumentar la concienciación y conocimiento de la enfermedad celiaca.

• Actualización del algoritmo diagnóstico y de seguimiento de la enfermedad celiaca en la población infantil.

• Descripción del algoritmo y de los criterios para el cribado de la enfermedad celiaca en grupos de riesgo.

• Insistir en las formas de objetivar la adherencia a la dieta sin gluten.

• Importancia del impacto que tiene en la calidad de vida de los niños y adolescentes afectados por la enfermedad celiaca.

• Destacar el papel del pediatra de Atención Primaria en el diagnóstico precoz, el seguimiento de la enfermedad y la transición al médico de familia y/o atención especializada (gastroinfantil y de adultos) cuando corresponda.

 

Enfermedad celiaca

Introducción

La prevalencia de la enfermedad celiaca está en aumento; no obstante, muchos casos permanecen sin diagnosticar.

En España, la incidencia de la enfermedad celiaca (EC) en la población infantil se sitúa en torno a 1 de cada 71; en Andalucía, el rango de edad más prevalente es de 15 a 19 años(1) y no en la primera infancia como podría suponerse. La prevalencia de la EC ha ido en aumento, atribuible al aumento de concienciación, sensibilización por los sanitarios y mejora en la accesibilidad para la realización de pruebas complementarias. No obstante, una gran parte de los afectados permanece sin diagnosticar. La presentación clínica clásica de malabsorción es cada vez menos frecuente y cada vez se reconoce más sintomatología extradigestiva relacionada con la EC. El único tratamiento eficaz es la dieta sin gluten (DSG). Varios ensayos clínicos están investigando el ­tratamiento no-dietético para los pacientes con EC, pero el más avanzado sigue en fase III(2). Clásicamente, el diagnóstico se ha basado en la clínica, la serología y el estudio histopatológico(3,4). En los últimos años ha surgido un nuevo enfoque sin biopsia en pacientes seleccionados(5).

Diagnóstico

Hoy en día, el diagnóstico se basa principalmente en la clínica y la serología, reservando la biopsia para casos concretos.

El diagnóstico de la EC, en la mayoría de las veces, no es ni fácil ni rápido y se basa en la conjunción de las manifestaciones clínicas, la serología, el estudio genético y/o estudio histopatológico, la respuesta a la retirada del gluten de la dieta y la prueba de provocación. De acuerdo con la nueva evidencia disponible, existe la posibilidad de realizar el diagnóstico de celiaquía en individuos seleccionados, e incluso en asintomáticos, basándose solamente en la serología, reservando la biopsia intestinal para casos concretos(5).

En 2020, se han publicado las nuevas recomendaciones de la ESPGHAN(6) (European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition). A continuación, se presentan las diferencias más significativas con respecto a la guía previa de 2012(7) (Tabla I), y en el algoritmo 1 (v. al final del artículo) se incluye la propuesta del nuevo algoritmo diagnóstico inicial de la EC en pacientes pediátricos.

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Historia clínica y exploración

La realización de una buena historia clínica y examen físico completo es imprescindible, pero es complicado, ya que la EC no solo se limita a los signos clásicos de malabsorción. Cada vez se conoce más sintomatología extradigestiva e incluso se describen pacientes totalmente asintomáticos. Para poder realizar el diagnóstico de EC, el niño debe estar realizando una dieta que incluya gluten; en caso contrario, obliga a realizar una prueba de provocación(6). Mayor tiempo con manifestaciones clínicas previas al diagnóstico, se ha asociado con mayor severidad histopatológica y tiempo de recuperación intestinal(7).

No existe un patrón único definido, ni una clínica común para todos los pacientes, puesto que las presentaciones de la enfermedad son múltiples y muy variadas.

Puede cursar con diarrea o estreñimiento, con pérdida de peso u obesidad, con o sin procesos autoinmunes asociados, etc. Por eso se considera una enfermedad camaleónica, ya que puede simular cualquier otra(3). En la tabla II se recoge la sintomatología digestiva y extradigestiva de la EC. Por todo lo anterior, el tiempo transcurrido entre el comienzo de los síntomas y el diagnóstico es habitualmente muy prolongado, que puede ser incluso superior a los diez o veinte años en gran parte de los casos(3). En ocasiones, el sujeto es tratado de muchas enfermedades que no tiene y acepta el diagnóstico como una liberación y una explicación a todos sus padecimientos que, por lo general, puede deteriorar notablemente la calidad de vida de los mismos.

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Es importante destacar que no hay diferentes grados de gravedad de celiaquía, sino distintas formas de presentaciones, incluso sin síntomas, y el riesgo de complicaciones graves está siempre presente si se consume gluten, aunque sean en cantidades mínimas. Las formas de presentación de la EC más frecuentes son las denominadas “no clásicas”. Los síntomas clásicos, los más fáciles de diagnosticar, varían en función de la edad de presentación, y son más frecuentes en los menores de dos años(4). La enfermedad celiaca se puede presentar a cualquier edad de la vida y hasta un 20 % de los casos se diagnostica en pacientes mayores de 60 años(8).

Se cree que hasta el 75 % de los casos de celiaquía siguen sin ser diagnosticados. Esto se explica principalmente por la naturaleza engañosa de este trastorno autoinmunitario, que puede surgir a cualquier edad, a menudo con síntomas vagos. Tanto, que se ha comunicado que 1 de cada 4 pacientes celiacos recibe primero un diagnóstico incorrecto de síndrome del colon irritable. Por motivos prácticos, podemos agrupar los síntomas más frecuentes en función de la edad de presentación: infancia, adolescencia y edad adulta(3). En la infancia predomina diarrea, dolor abdominal, vómitos, irritabilidad o hipotonía. En la adolescencia son frecuentes las irregularidades menstruales, alteraciones del ritmo intestinal, dolor abdominal y cefaleas; y, en los adultos, sintomatología extradigestiva o digestiva crónica(3).

Cada vez es más habitual encontrar formas asintomáticas a pesar de estar activa la enfermedad, especialmente durante la adolescencia y en adultos jóvenes. La presencia de otros casos en la familia ayuda a orientar y acelerar el diagnóstico. La enfermedad celiaca es una enfermedad autoinmune de base genética de elevada penetrancia y con un muy elevado porcentaje de infradiagnósticos (90 % de celiacos sin diagnosticar). Se debe realizar un estudio familiar, buscando casos potenciales o manifiestos, que eran previamente desconocidos en el momento del diagnóstico del caso índice(1).

Por todo lo anterior, se necesita una mayor conciencia y conocimiento de la enfermedad celiaca como un problema de salud común que sirva para reducir la carga innecesaria de esta enfermedad.

Pruebas complementarias

Serología

En los últimos años se ha reconocido que es seguro y preciso realizar el diagnóstico basándose solamente en la serología, reservando las biopsias para casos seleccionados.

Para el estudio inicial más preciso y coste-efectivo, se recomienda la medición total de IgA y de anticuerpos IgA anti-transglutaminasa 2 (IgA-TGA). Un nivel mayor de anticuerpos se ha asociado con mayor daño histopatológico(9). No es necesario medir inicialmente IgA anti-endomisio (IgA-EMA) ni anticuerpos IgG anti-péptidos de gliadina desamidada (IgG-DGP). Recientes estudios confirman que estos criterios se pueden aplicar también en pacientes asintomáticos y/o con sintomatología extradigestiva, como se recoge en el posicionamiento(6).

Se considera seguro y preciso un diagnóstico sin biopsia intestinal en niños con títulos de IgA-TGA ≥10 veces el límite superior de la normalidad y, posteriormente, IgA-EMA positivos en una segunda determinación(6).

Está indicado derivar a un especialista de gastroenterología infantil desde Atención Primaria a todo paciente pediátrico que cumpla los criterios serológicos para confirmar el diagnóstico de sospecha.

Limitaciones de las pruebas serológicas(8):

• Requiere estandarización, ya que existen variaciones entre diferentes pruebas y/o entre laboratorios.

• Requiere que se siga una dieta que incluya gluten. En los últimos años ha surgido la “moda” de adoptar una dieta exenta de gluten (DSG) sin indicación médica. Esto ha creado dos grupos de individuos, aquel con una dieta estricta sin necesidad médica y aquel que podría beneficiarse de esta, pero está sin diagnosticar. Los beneficios de una DSG en pacientes sin EC ni intolerancia al gluten no están claros e incluso se han identificado algunas desventajas. Seguir esta dieta restrictiva y costosa innecesariamente crea un desafío para los médicos para diagnosticar correctamente la EC(8). Por lo que, para que este estudio tenga valor, se deberá comer una determinada cantidad de gluten durante, al menos, las 6 semanas previas a la extracción analítica.

• Siempre se debe realizar con una cuantificación de IgA sérica total.

• Falsos negativos: dermatitis herpetiforme, tratamiento con inmunosupresores…

• Falsos positivos: diabetes mellitus tipo 1, infecciones…

Biopsia intestinal

Se recomienda realizar biopsia intestinal en los siguientes casos(6):

• Títulos de IgA-TGA positivos, pero <10 veces el límite de normalidad (independientemente de la positividad
de los IgA-EMA) para evitar el riesgo de falsos positivos. En caso de discordancia entre niveles de IgA-TGA y la histopatología, se recomienda repetir la biopsia.

• Títulos de IgA-TGA ≥10 veces el límite superior de la normalidad, pero con IgA-EMA negativos.

• Individuos con déficit de IgA sérica total, independientemente de los IgG-TGA, IgG-EMA e IgG-DMG.

• Individuos con diabetes mellitus tipo I asintomáticos, aunque presenten cifras de IgA anti-TG2 superiores a 10 veces el LSN para el laboratorio y los IgA EMA positivos.

Para que una biopsia sea fiable, debe cumplir unos criterios de calidad. El informe histopatológico debe estar estandarizado y debe describirse el grado de lesión según el sistema más utilizado actualmente, como son los “criterios de Marsh”(8), descritos en 1992 y actualizados por Oberhüber(8) en 1996. Incluyendo una descripción de la orientación, la evaluación de las vellosidades y de las criptas, la relación vellosidad/cripta y el número del infiltrado linfocitario hallado. Los informes anatomopatológicos incompletos deben rechazarse, sobre todo, si no se especifica lo anteriormente citado y no figura el inmunofenotipo de linfocitos intraepiteliales(10).

Estudio genético

No es obligatorio un estudio de HLA si cumple los criterios serológicos. Presentar HLA-DQ2 ± HLA-DQ8 negativo indica muy bajo riesgo de padecer EC. No obstante, un resultado positivo no confirma la enfermedad. Actualmente, las guías aconsejan reservar el estudio genético para el cribado de la EC(6). Las recomendaciones de cribado en el niño en función al riesgo genético se recogen en la tabla III, y en el algoritmo 2 (v. al final del artículo) se incluye el nuevo algoritmo diagnóstico para el cribado de la EC en pacientes pediátricos.

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Prueba de supresión y provocación

Prueba de supresión

A veces, en casos seleccionados y escasos, tenemos que recurrir al diagnóstico a través del tratamiento.

Cuando se tiene una gran sospecha clínica, pero se trata de casos con serología negativa y/o marcadores genéticos negativos y/o biopsias duodenales con cambios mínimos o enteritis linfocítica limítrofe (<25 %), etc., se podría proponer la realización de una DSG(3).

Para que esta tenga valor diagnóstico, debe realizarse durante un mínimo de 6 meses, preferiblemente un año, con controles clínicos y analíticos, antes y después de la retirada del gluten. Esta DSG debe ser estricta, evitando contaminaciones inadvertidas y todo tipo de transgresiones dietéticas(3).

Con dicha dieta de prueba, en la mayoría de los casos, se produce una mejoría clínica significativa, con desaparición de la mayoría de las molestias, que se confirma además con una mejoría o normalización de la mayor parte de las alteraciones analíticas, previamente existentes.

Prueba de provocación

Está indicada en los siguientes casos(6):

• Inicio de DSG por parte del paciente por iniciativa propia, sin indicación médica.

• Diagnóstico dudoso, con clínica compatible, pero resultado serológico, histológico o genético negativos.

Se debe realizar bajo supervisión médica. La ingesta diaria normal de gluten se estima entre 5-15 g al día. Se recomienda comenzar con cantidades pequeñas (3-5 g, equivalente a una rebanada de pan) y aumentar hasta cantidad normal según tolerancia. Se realizará un seguimiento clínico y analítico, monitorizando los niveles de IgA-TGA (IgG-TGA en caso de déficit de IgA) al mes y, posteriormente, cada 3 meses hasta completar 12 meses. En caso de aparición de sintomatología compatible y/o positivización serológica, se realizará el diagnóstico de EC en función de los criterios citados anteriormente. En caso contrario, tras 12 meses se podría liberar la dieta completamente(11).

Cribado de la enfermedad celiaca

Existen unos grupos de riesgo que, aunque no presenten ninguna sintomatología, presentan un mayor riesgo de desarrollar la EC.

Se recoge en el algoritmo 2 el cribado para la EC en los grupos de riesgo.

No se recomienda el cribado de la EC de forma universal en la población, solamente en los individuos que se incluyen en los siguientes grupos de riesgo(1):

• Familiares de primer grado con EC o familiares de segundo grado si hay más de dos afectos. Se realizará en el momento que se diagnostique la enfermedad en el caso índice o en torno a los 12 a 18 meses de vida una vez introducida la ingesta de gluten. Consiste en la determinación de: tipaje HLA (HLA-DQ2 ± HLA-DQ8), IgA-TGA e IgA sérico total. Según los resultados tenemos las siguientes situaciones:

– HLA e IgA-TGA negativos: no precisa seguimiento, salvo aparición de sintomatología sugestiva de EC.

– IgA-TGA positivos, independientemente del tipaje HLA: descartar EC siguiendo el algoritmo diagnóstico de la población general.

– HLA de riesgo con IgA-TGA negativos: tienen riesgo de desarrollar la enfermedad y precisan controles analíticos seriados. En los adultos, los controles se realizarán cada 2-3 años. En la tabla III se incluyen los haplotipos de HLA y las recomendaciones para los controles posteriores en los niños según el riesgo genético, adelantándose si aparición de sintomatología compatible.

• Personas con alteraciones cromosómicas: síndrome de Down, Turner o Williams. Se debe seguir el mismo algoritmo que el de pacientes con familiares de primer grado con EC.

• Patologías autoinmunes: diabetes mellitus tipo 1, hepatitis autoinmune, tiroiditis autoinmune. En estos pacientes se debe determinar IgA sérico total e IgA TG2, sin ser necesario tipificar el HLA. Se plantean dos situaciones:

– IgA-TGA positivo: descartar EC siguiendo el algoritmo 1.

– IgA-TGA negativo: tienen riesgo de desarrollar la EC y precisan controles analíticos periódicos.

• Individuos con déficits selectivos de IgA. Se debe determinar el tipaje HLA:

– HLA-DQ2/DQ8 negativo: es improbable el desarrollo de EC; no precisa control salvo aparición de clínica compatible.

– HLA-DQ2/DQ8 positivo. Medir IgG-TGA e IgG-DMG; si alguno es positivo, continuar con el algoritmo general para estudio de EC (Algoritmo 1) y, si es negativo, controles analíticos periódicos.

Grupos especiales

El diagnóstico y seguimiento en pacientes que pertenecen a grupos especiales difiere al resto de la población de celiacos.

Déficit selectivo de IGA

Es la inmunodeficiencia primaria más frecuente, caracterizada por unos niveles bajos de IgA con niveles normales del resto de inmunoglobulinas (IgG, IgE e IgM). Se define como niveles de IgA sérico inferiores a 7 mg/dL
en pacientes mayores de 4 años. La mayoría de los pacientes permanecen asintomáticos. Sin embargo, hasta el 30 % presentan infecciones respiratorias o del tracto intestinal de repetición, con predisposición a presentar atopia y asma. La mayoría de los casos son esporádicos, pero pueden ser secundarios a medicamentos o infecciones víricas. No existe un tratamiento específico, sino el de las complicaciones. La concurrencia con enfermedades autoinmunes es común, en hasta el 20-30 %, enfermedad de Graves, diabetes mellitus tipo 1 y EC(12).

En los pacientes con EC y déficit selectivo de IgA, la medición serológica de los anticuerpos IgA-TGA e IgA-EMA no es valorable, dando falsos negativos. Por esto, es imprescindible en todos los pacientes, extraer en toda sospecha niveles séricos de IgA total(1,6,12,13).

Se sabe que existe una correlación entre los niveles de IgA-TGA y la gravedad de los cambios histológicos en la mucosa intestinal de los individuos con EC. No obstante, esta correlación no se ha establecido con los niveles de IgG(14).

El control y seguimiento de estos pacientes consiste en la medición anual de IgG-TGA e IgG-DGP y, si presentan elevación, es obligatorio realizar una biopsia intestinal para poder establecer el diagnóstico de EC(1).

Diabetes mellitus tipo 1 (DM1)

Los pacientes con DM1 tienen entre un 3-10 % mayor riesgo de padecer EC que la población general, ya que comparten una base genética común (haplotipo HLA DQ2/DQ8). Además, estos pacientes presentan un mayor riesgo de presentar retinopatía (58 % frente a 25 %) y nefropatía (42 % frente a 4 %). La mayoría son asintomáticos, pero pueden debutar con difícil control de sus glucemias en pacientes previamente controlados. Una dieta exenta de gluten disminuye los episodios de hipoglucemia y previene el daño de la mucosa intestinal. Por esta razón, se recomienda el cribado de EC en todo paciente con DM1, con determinaciones anuales de IgA-TGA desde el debut. Una vez llegada a la edad adulta, los controles se pueden espaciar a cada 2 años y, posteriormente, cada 5 años(13).

En caso de presentar niveles de IgA-TGA elevados y/o IgA-EMA positivos, a pesar de ser >10 veces el límite superior a la normalidad, es necesario realizar biopsia intestinal en pacientes con DM1(1,6).

Otras enfermedades autoinmunes

Tiroiditis de Hashimoto, enfermedad de Graves y hepatitis autoinmune son otras enfermedades autoinmunes que presentan mayor riesgo de padecer EC, por lo que también se recomienda la medición periódica de IgA-TGA y posterior biopsia intestinal, si presentan ≥10 veces el límite superior de la normalidad con IgA-EMA positivos(1,6).

Dermatitis herpetiforme

Se considera “la enfermedad celiaca de la piel”, ya que su existencia solo aparece en individuos celiacos y, por tanto, desaparecen las lesiones por completo con la DSG, que constituye su único tratamiento. Las lesiones cutáneas pueden reaparecer en pacientes que tienen en apariencia un buen seguimiento de la DSG, por transgresiones de la dieta, tanto voluntarias como inadvertidas. Suelen tener un predominio por zonas de roces y presentan una distribución simétrica por lo general, afectando simultáneamente a ambos brazos o piernas, aunque pueden aparecer en cualquier parte del cuerpo donde se manifiesta con intenso picor(1).

Tratamiento y seguimiento

Asegurar la adherencia a la dieta sin gluten y la detección de trasgresiones es un reto para pediatras de Atención Primaria.

El único tratamiento existente en la actualidad es la dieta exenta de gluten de por vida. Los efectos de la DSG aparecen tras unas semanas de cumplimiento correcto a nivel clínico y analítico. No obstante, la histopatología puede tardar en recuperarse y normalizarse incluso años(4).

Hay muchos trabajos, aún en fase de investigación, con posibilidades de futuro. Los ensayos clínicos más prometedores están investigando el tratamiento no-dietético para los pacientes con EC, pero aun así el más avanzado sigue en fase III(2). Clásicamente, el diagnóstico se ha basado en la clínica, la serología y el estudio histopatológico. En los últimos años ha surgido un nuevo enfoque sin biopsia en pacientes seleccionados.

El seguimiento del paciente diagnosticado de EC se debe realizar de manera coordinada entre el pediatra gastroenterólogo y el de Atención Primaria (PAP) (v. Algoritmo 3 al final del artículo).

Se recomienda una primera visita al pediatra gastroenterólogo entre 3 y 6 meses tras el diagnóstico. Posteriormente, cada 6 meses hasta negativización de los anticuerpos IgA-TGA y luego anualmente(15). En cada revisión, se debe valorar:

• Sintomatología digestiva o extradigestiva.

• Antropometría completa.

• Títulos IgA-TGA (IgG-TGA en pacientes con déficit de IgA).

• En la primera visita, estudio analítico completo (vitaminas, ácido fólico, inmunoglobulinas, perfil tiroideo, férrico, hepático, hemograma y coagulación). Cualquier anomalía se debe investigar, tratar y seguir en próximos controles(16).

Se considera controlada la EC, cuando el paciente mantenga una correcta adherencia a la DSG, haya remitido la sintomatología, negativizado la serología y revertido los déficits nutricionales(1). Una vez controlada, el seguimiento se realizará por parte del PAP, que derivará de nuevo si aparición de complicaciones o en alguna de las situaciones recogidas en la tabla IV. Hay evidencia de que un seguimiento incompleto se asocia a una peor adherencia a la DSG(16). A pesar de ello, hasta un 35 % de los casos no acude a los controles programados(12).

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Seguimiento en Atención Primaria: adherencia a la dieta sin gluten

Ante la sospecha de EC, es necesario derivar siempre al paciente al gastroenterólogo infantil para ampliar su estudio y confirmación diagnóstica.

Una vez confirmado el diagnóstico, el PAP debe realizar una educación familiar inicial y valorar la necesidad de derivar a una consulta de enfermería o de nutrición especializada.

La evaluación del cumplimiento de la dieta puede ser complicada. Hay varias herramientas disponibles para valorar la adherencia a la DSG: respuesta clínica, cuestionarios dietéticos, marcadores serológicos, biopsia intestinal(3), y métodos nuevos como la medición de péptidos de gluten en heces o en orina, aún no validados. No hay ninguna prueba que asegure completamente el cumplimiento de la DSG; ni la ausencia de síntomas que justificaron el diagnóstico, ni la negatividad de los anticuerpos garantizan que exista una recuperación de la mucosa intestinal, cuya valoración mediante las biopsias es complicada y tampoco segura.

La forma de objetivar la adherencia más frecuentemente empleada son los cuestionarios dietéticos (Tabla V) y la medición serológica. No obstante, la determinación de los IgA-TGA no es lo suficientemente sensible para detectar pequeñas transgresiones dietéticas puntuales (voluntarias o involuntarias)(12,17). En general, la persistencia de títulos elevados de anticuerpos se interpreta como una mala adherencia a la dieta. De hecho, muchas veces se complica y genera retraso en el diagnóstico de EC, cuando el paciente se somete por diversos motivos a una DSG durante, al menos, 6 semanas antes del análisis de sangre de serología. Como resultado, obtenemos unas cifras no precisas, y terminamos en un diagnóstico erróneo en principio.

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Un método más novedoso es la medición de péptidos inmunogénicos del gluten (GIPs) en orina o heces(16). Los GIPs son pequeños fragmentos de gluten (péptido G12 anti-33 mer α-gliadina) resistentes a la digestión gastrointestinal, que provocan reacción inmunotóxica de las células T(12,17,18). Una fracción llega a la circulación y se excreta en orina (detectables mediante tiras inmunocromatográficas [IC]) o en heces (mediante ELISA o tiras IC), siendo detectable tras 4-6 horas de la ingesta y durante 24-36 horas. Es altamente sensible, con un límite de detección de 50 mg de gluten(12). GIPs positivos de manera repetida durante varios días seguidos se han correlacionado con daño e inflamación de la mucosa intestinal(12,19). No obstante, es necesaria más información para poder recomendar su uso de manera rutinaria en el seguimiento de la EC. Actualmente, son útiles para ayudar en la detección de transgresiones dietéticas fuera de domicilio o involuntarias, o en persistencia de sintomatología o elevación serológica a pesar de realizar una DSG(15).

Debemos recomendar también a los familiares que contacten con asociaciones de celiacos locales para una mayor compresión de la enfermedad y acceso al conocimiento a los posibles recursos disponibles. En el enlace siguiente se puede acceder a la clasificación anual de los alimentos de la Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE) en función de su contenido en gluten (última consulta 15-09-2024); disponible en: https://celiacos.org/tratamiento/clasificacion-de-los-alimentos/.

También es papel del pediatra o médico de Atención Primaria, una vez confirmado el diagnóstico del caso índice, evaluar y estudiar a los familiares de primer grado, ya que estos pasan a pertenecer a un grupo de riesgo. Es frecuente que en los familiares, la serología (herramienta principal de seguimiento) se negativice, por la disminución en general del consumo de gluten entre los convivientes de un paciente celiaco. Además, la expresión clínica que pudiera existir latente en estos sujetos pasa a ser aún más inadvertida.

Transferencia a adultos. Enfermedad celiaca en la adolescencia

El proceso de transferencia de los adolescentes a adultos debe realizarse en una época de estabilidad social y emocional.

Es un proceso que se debe realizar de manera estructurada, individualizada y coordinada entre el PAP, el médico de familia, el paciente, sus familiares y, en ocasiones, con enfermería o un nutricionista.

Los adolescentes deben estar lo suficientemente preparados y competentes para la transición. El proceso debe comenzar desde los 14 hasta los 18 años, teniendo en cuenta en cada individuo la madurez emocional y física, la actividad de la enfermedad, la adherencia al tratamiento, las comorbilidades y el apoyo sociofamiliar. La transición se realiza en el ámbito hospitalario y extrahospitalario, entre un especialista en gastroenterología infantil y adultos, y entre un PAP y un médico de familia(1,16,12).

Se recomiendan controles más frecuentes en los meses previos a la transición para asegurar la adherencia a la DSG; ya que, en general, los adolescentes suelen tener un menor cumplimiento terapéutico que el resto del rango de edades por varios factores, como la presión social, el deseo de independencia y el deseo de “ser normales”, resultando en un mayor número de transgresiones dietéticas(12). Se trata de que el adolescente celiaco se sienta más responsable de su enfermedad, dándole las herramientas para adquirir un comportamiento responsable y autónomo.

El papel del PAP previo a la transición es: asegurar un diagnóstico correcto; asegurar que el paciente conozca su enfermedad y saber realizar una DSG correcta; informar al paciente de las posibles complicaciones en caso de mala adherencia a la DSG; y realizar analítica de control(16). La ESPGHAN(15) recomienda recoger los datos de cada paciente en un “pasaporte celiaco” (Tabla VI). Este informe debe recoger datos del diagnóstico (como las manifestaciones clínicas, alteraciones analíticas y serológicas, HLA y resultado endoscópico, si se han realizado) de la DSG (fecha de inicio, grado de cumplimiento, tiempo en normalizar alteraciones analíticas, número de trasgresiones dietéticas), antropometría y desarrollo, pruebas complementarias realizadas y resultados, calendario vacunal, comorbilidades, repercusión psico-social y antecedentes familiares (de EC, patologías autoinmunes y cribado)(12,15,16).

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Impacto psicológico y en la calidad de vida

Tanto el diagnóstico de una patología crónica como la necesidad de adoptar una dieta restrictiva presentan una fuerte carga sobre la calidad de vida de los pacientes con EC.

La EC tiene repercusión en el estado psíquico de los afectados y la calidad de vida se haya claramente disminuida. Tanto los factores fisiológicos como los socioambientales son responsables.

Mantener una dieta por el resto de la vida puede significar un desafío debido al control y la vigilancia continuos, el alto coste económico y las restricciones sociales, sobre todo durante la adolescencia(12). Esto, junto con la sintomatología física de la enfermedad, tiene un impacto a nivel psicológico. La prevalencia de ansiedad y depresión es mayor en los pacientes celiacos que en la población general y, como consecuencia, presentan una calidad de vida disminuida(20).

Los adolescentes con EC tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria: dieta excesivamente restrictiva por ansiedad por la ingesta de gluten, transgresiones frecuentes, mayor prevalencia de bulimia y ayuno prolongado(21).

El papel del PAP es dar apoyo psicosocial y educación dietética, identificando si es necesaria la derivación al servicio de Salud Mental. La evaluación en Atención Primaria se realiza mediante una serie de cuestionarios. El CDAT (Celiac Dietary Adherance Test)(22) valora la adherencia a la DSG. Actualmente, es el único cuestionario que se rellena por parte del paciente que está traducido al español. Combina cuestiones sobre la sintomatología, conducta, expectativas y conocimientos de la enfermedad (Tabla V). Existen varios cuestionarios para valorar la calidad de vida; por ejemplo, el cuestionario de salud SF-36 o su forma reducida, el cuestionario de salud SF-121(23). Los dos cuestionarios específicos de la EC disponibles que han sido adaptados al español y validados son CDDUX y CDPQOL(24).

En resumen, la enfermedad celiaca se debería de abordar desde varias perspectivas: 1) clínica: sintomatología y adherencia al tratamiento; 2) nutricional: asesoramiento del estado nutricional y crecimiento; 3) psicológica: apoyo psicosocial y valoración de la calidad de vida; y 4) social: educación de la sociedad para mejor conocimiento de la enfermedad y evitar aislamiento o rechazo de los pacientes afectados(25).

Función del pediatra de Atención Primaria

• Conocer las formas de presentación clásica y no clásica de la EC para poder realizar un diagnóstico precoz, evitando potenciales comorbilidades.

• Realizar un seguimiento estrecho, coordinado con el equipo de Gastroenterología Pediátrica, para asegurar una buena adherencia a la dieta y detectar complicaciones lo antes posible.

• Seguir al paciente celiaco, no solo desde el punto de vista nutricional y médico, sino también psicosocial.

Conflicto de intereses

Todos los autores declaran que no hay ningún conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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3. Coronel Rodríguez C, Romero Pérez AS, Guisado Rasco MC. Enfermedad celiaca. Pediatr Integral. 2019; XXIII: 392-405. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/wp-content/uploads/2019/xxiii08/03/n8-392-405_CristCoronel.pdf.

4. Coronel Rodríguez C, Espín Jaime B, Guisado Rasco MC. Enfermedad celiaca. Pediatr integral. 2015; XIX: 102-18. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/wp-content/uploads/2015/xix02/04/n2-102-118_CristobalCoronel.pdf.

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Bibliografía recomendada

– Guía para el diagnóstico y seguimiento de la enfermedad celíaca en Andalucía. Servicio Andaluz de Salud. Consejería de Salud y Consumo. Junta de Andalucía; 2023.

Este documento trata de ser una herramienta útil para todos aquellos especialistas implicados en la atención del paciente celiaco en el Servicio Andaluz de Salud. Tiene una vocación eminentemente práctica y la intención de ser lo más completo posible englobando recomendaciones, basándose en la evidencia actualmente disponible sobre diagnóstico, cribado, tratamiento y seguimiento del paciente celiaco.

– Mearin ML, Agardh D, Antunes H, Al-Toma A, Auricchio R, Castillejo G, et al. ESPGHAN Position Paper on Management and Follow-up of Children and Adolescents with Celiac Disease. Journal of pediatric gastroenterology and nutrition. 2022; 75: 369-86.

Diez recomendaciones planteadas por un consenso de expertos para el manejo y seguimiento de la enfermedad celiaca en niños y adolescentes tras una revisión de 164 publicaciones desde enero 2010 y 2020.

 

Caso clínico

 

Varón preadolescente de 12 años de edad en el momento de la consulta.

Antecedentes familiares: primer hijo de padres no consanguíneos, padre de 41 años diagnosticado de dermatitis atópica y psoriasis, madre de 40 años diagnosticada de rinitis y asma extrínseca alérgica, dispepsia pendiente de filiar. Tiene un hermano de 6 años sano, intervenido de adenoides hace un año.

Antecedentes personales: embarazo controlado, que cursa sin incidencias y finaliza a término. Parto mediante ventosa. Antropometría al nacimiento normal. Lactancia materna hasta los 3 meses, mixta desde el 3º al 5º mes de nacimiento. Introducción de la alimentación complementaria sin incidencias. Introducción del gluten sin precisar. Curvas de crecimiento de peso y talla, oscilando sobre los percentiles 50 y 75, respectivamente. Bronquiolitis con 5 meses y bronquitis de repetición los 3 primeros años de vida. Dermatitis atópica, hipertrofia adenoidea, prurigo y rinitis perenne con sensibilización a varios neumoalérgenos en seguimiento en la unidad de alergología infantil. Vacunado según calendario oficial de Andalucía y las recomendaciones del Comité Asesor de Vacunas e Inmunizaciones de la Asociación Española de Pediatría (CAV-AEP), con pauta completa en todos los casos. Hace 4 años, en estudio en reumatología por artralgias inespecíficas con ANA positivos que cedieron al año de evolución y que solo precisó tratamiento sintomático y reposo relativo.

Enfermedad actual: consulta por presentar dolor abdominal difuso de más de un año de evolución, localizado en hemiabdomen derecho, no irradiado, de tipo opresivo, sin predominio horario ni relación con las comidas, pero mejora con la deposición, ocasionalmente nocturna, con flatulencia y pesadez postprandial. Se asocia desde hace meses con deposiciones diarreicas (blandas y espumosas tipo 6 de Bristol) y urgencia defecatoria con sensación de evacuación incompleta y tenesmo rectal de carácter intermitente. Tras insistir en la anamnesis, refiere también desde hace meses malestar general, halitosis y discreta pérdida de peso (se constata de 800 gramos en 2 meses). Respecto a la alimentación, refiere que desde hace más de un mes no toma cereales, porque cree que le sienta mal, escasa ingesta de frutas y verduras, leche, al menos, 1 litro al día en el último mes, también sin lactosa.

A la exploración, presenta excelente estado general, buena coloración e hidratación de piel y mucosas, y sin otros hallazgos de interés salvo dolor abdominal generalizado a la palpación con aumento de borborigmo intestinal.

Antropometría: peso: 45 kg (p41, -0,22DE); talla: 154,5 cm (p57, 0,17DE); e índice de masa corporal: 18,85 (p37, -0,33DE) (Carrascosa et al 2010).

Pruebas complementarias: se solicitó desde Atención Primaria: coprocultivo, estudio de parásitos en heces, hemograma, bioquímica general, ferritina, inmunoglobulinas y determinación de anticuerpos anti-transglutaminasa IgA (ATA) e inmunoglobulina A total. Los resultados de todas ellas fueron normales a excepción de: AAT IgA >18 UI/mL (valores de referencia: negativo <7 UI/mL, equívoco de 7-10 y positivo mayor de 10 U/ml). Estudio de parásitos en heces: muestra artefactada. Phadiatop a antígenos alimentarios no se realiza en Atención Primaria a mayores de 4 años.

Evolución: ante los resultados y la persistencia de la clínica, se remite a consultas externas de gastroenterología infantil del hospital de referencia para ampliación de estudios insistiendo que debe hacer una dieta normal que incluya gluten. Juicio clínico en la derivación: probable celiaquía.

Servicio de Gastroenterología de su hospital de referencia: se recibe en consultas externas 32 días después, durante este tiempo la familia sigue con dieta de exclusión de gluten y lactosa por mejoría clínica a pesar de las recomendaciones médicas de su pediatra. Se solicita ampliar el estudio analítico con los siguientes resultados que se adjuntan: hemograma, estudio de coagulación, perfil bioquímico, iones, transaminasas e inmunoglobulinas (IgA, IgM, IgG): normales; IgE total: 365,8 KU/L (VN 0-90). Parásitos en heces: negativo; marcadores de enfermedad celiaca: persisten AAT IgA 6 UI/ml;
anticuerpos antiendomisio: muestra insuficiente; PCR: 3,6 mg/L (VN <5); Calprotectina <5 = mcg/g (VN <50); Phadiatop a mezcla de cereales (Ac IgE, fx20 que incluye trigo, centeno, avena y arroz), así como a olivo, alternaria, alternata, lolium perenne: positivo; que se amplía al recibirlos a múltiples alimentos y nueva analítica. Estudio genético pendiente. Impedanciometría y pHmetría esofágica: normal.

Juicio clínico: enfermedad celiaca versus alergia al trigo.

Evolución: a los 15 días se recibe en consultas de Atención Primaria, sigue el tratamiento con exclusión del gluten y lactosa de la dieta y presenta resolución completa de la sintomatología y se mantiene asintomático. Acude para revisión y recogida de los segundos resultados solicitados en atención especializada, que son los siguientes: IgA: 99 mg/dL;
ATA: 0,9 u/mL (VN<7); nuevo Phadiatop a múltiples alimentos: leche de vaca (y sus fracciones proteicas), huevo (y sus fracciones proteicas), leguminosas (soja, lentejas, garbanzo negativo), frutos secos (IgE; fx1/fp1 de cacahuete, avellana, nuez de Brasil y almendra) negativa y Ac Trigo semilla (IgE; f4) 0,42 y trigo cultivado (IgE; g15) positivo. Estudio genético HLA de alta resolución: NO presenta ninguna de las combinaciones de alelos HLA de riesgo de celiaquía (DQA1*01:02P: DQA1*; HLA- DQB1*06:02P y HLA-DQB1*06:09P). Endoscopia digestiva alta: sin hallazgos significativos.

 

 

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Insuficiencia pancreática exocrina y fibrosis quística

 

C. Martín Fernández, M. Di Campli Zaghlul
Temas de FC


C. Martín Fernández, M. Di Campli Zaghlul

Unidad de Digestivo y Nutrición. Hospital Universitario Niño Jesús. Madrid

XAutor para correspondencia

carmen.martin.fz@gmail.com

Resumen

La insuficiencia pancreática exocrina (IPE) es un trastorno en el cual el páncreas no libera suficientes enzimas pancreáticas, causando malabsorción de nutrientes y diarrea crónica. La causa más común en Pediatría es la fibrosis quística (FQ), en la que la disfunción del regulador CFTR en FQ impide el correcto transporte de iones y fluidos, obstruyendo los conductos pancreáticos y dificultando la digestión. Más del 85 % de los pacientes con FQ desarrollará IPE a lo largo de su vida. El principal signo de IPE es la esteatorrea, heces grasientas y malolientes. En el momento actual, el diagnóstico se realiza mediante la determinación de elastasa fecal, y la monitorización de la respuesta a la terapia enzimática mediante el test de Van de Kamer o el coeficiente de absorción de grasa junto con una encuesta dietética de 72 horas. El tratamiento se basa en la dieta y terapia enzimática sustitutiva. Es crucial mantener una ingesta calórica alta y monitorear las deficiencias de vitaminas liposolubles, esenciales para prevenir complicaciones graves, como anemia, alteraciones visuales y coagulopatía. La suplementación de vitaminas debe hacerse con las enzimas sustitutivas durante comidas ricas en grasas para mejorar la absorción y efectividad del tratamiento.

 

Abstract

Exocrine pancreatic insufficiency (EPI) is a disorder in which the pancreas does not release sufficient pancreatic enzymes, leading to nutrient malabsorption and chronic diarrhea. The most common cause in Pediatrics is due to cystic fibrosis (CF), where dysfunction of the CFTR regulator impairs proper ion and fluid transport, obstructing pancreatic ducts and hindering digestion. More than 85 % of patients with CF will develop EPI over their lifetime. The primary sign of EPI is steatorrhea, characterized by greasy and foul-smelling stools. Currently, diagnosis is made by determining fecal elastase and monitoring the response to enzyme therapy using Van de Kamer test or the coefficient of fat absorption along with a 72-hour dietary survey. Treatment is based on diet and enzyme replacement therapy. It is crucial to maintain a high caloric intake and to monitor fat-soluble vitamin deficiencies, essential for preventing severe complications such as anemia, visual disturbances and coagulopathy. Vitamin supplementation should be administered with enzyme replacements during fat-rich meals to enhance absorption and treatment efficacy.

 

Palabras clave: Insuficiencia pancreática exocrina; Fibrosis quística; Enzimas pancreáticas; Síndromes de malabsorción; Esteatorrea.

Key words: Exocrine pancreatic insufficiency; Cystic fibrosis; Pancreatic enzymes; Malabsorption syndromes; Steatorrhea.

Pediatr Integral 2024; XXVIII (8): 526 – 534


OBJETIVOS

• Conocer las características principales de la insuficiencia pancreática exocrina (IPE) en los pacientes con fibrosis quística (FQ).

• Saber diagnosticar precozmente la insuficiencia pancreática exocrina (IPE) en pacientes con FQ.

• Optimizar el tratamiento y manejo de la insuficiencia pancreática exocrina en niños y adolescentes con FQ.

• Desarrollar y aplicar protocolos de tratamiento individualizados que incluyan terapia enzimática sustitutiva, una dieta adecuada y asegurar la suplementación correcta de vitaminas y micronutrientes, especialmente vitaminas liposolubles (A, D, E y K).

 

Insuficiencia pancreática exocrina y fibrosis quística

Introducción

La insuficiencia pancreática exocrina es un trastorno que impide al páncreas liberar suficientes enzimas, causando malabsorción y síntomas, como diarrea crónica. En Pediatría, la causa más común es la fibrosis quística.

La insuficiencia pancreática exocrina (IPE) es un trastorno que se caracteriza por la incapacidad del páncreas para liberar una cantidad suficiente de enzimas pancreáticas específicas al intestino, lo que conlleva a malabsorción de nutrientes, vitaminas liposolubles y oligoelementos, manifestándose clínicamente con diarrea crónica, esteatorrea y retraso ponderoestatural(1).

La etiología es diversa, incluyendo tanto causas primarias como secundarias (Tabla I), siendo la causa más frecuente en Pediatría, la fibrosis quística (FQ)(2).

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La FQ es una enfermedad genética que ocurre debido a mutaciones en los genes que codifican al regulador de la conductancia transmembrana de la fibrosis quística (CFTR), lo que conlleva una deficiencia o disfunción del mismo, impidiendo el correcto transporte de iones a través del epitelio y membranas celulares. Como resultado, el transporte de fluidos es anormal, tornándose las secreciones mucosas más espesas y afectando a la función de varios órganos, principalmente a los pulmones y el páncreas(3).

Epidemiología(4)

Más del 85 % de los pacientes con FQ padecerá insuficiencia pancreática exocrina (IPE), más de la mitad al nacer y un 15-20 % la desarrollará a lo largo de su etapa escolar.

La prevalencia de IPE en la población pediátrica varía según la etiología, siendo la FQ la causa más frecuente en esta edad.

Existen 6 tipos de mutaciones genéticas asociadas a la fibrosis quística, nombradas de la I a la VI, yendo de más grave a más leve (considerándose graves la I, II y III). Si el paciente es portador de 2 mutaciones asociadas a la clase I, II o III, probablemente presente insuficiencia pancreática desde el nacimiento. Por otro lado, si la genética del paciente pertenece a las clases IV, V o VI, o solo presenta una copia severa, seguramente sea suficiente pancreático al nacimiento, pero estos pacientes presentan mayor riesgo de desarrollar pancreatitis. Es importante tener en cuenta que aquellos que son suficientes pancreáticos pueden convertirse en insuficientes pancreáticos exocrinos a cualquier edad.

En general, más de la mitad de los pacientes con FQ presentarán IPE al nacer y un 15-20 % adicional presentará pérdida progresiva de la función pancreática en la edad escolar, por lo que se estima que, a lo largo de su evolución, más del 85 % de los pacientes desarrollarán esta condición.

Fisiopatología

El trastorno en CFTR impide el correcto transporte de iones y fluidos, generando secreciones espesas y viscosas que obstruyen y dañan el tejido pancreático.

En las células acinares del páncreas se sintetizan las enzimas pancreáticas (como la amilasa, lipasa y proteasa pancrática), las cuales son almacenadas en vesículas secretoras, como zimógenos inactivos, y, en respuesta a ácidos grasos, péptidos y aminoácidos en la luz intestinal y con la mediación de colecistoquinina y la secretina, son secretadas en el duodeno a través del conducto pancreático principal, donde estos zimógenos inactivos son activados por la enzima enteropeptidasa.

La activación del zimógeno principal, tripsinógeno, en tripsina desencadena la activación de toda la cascada de zimógenos pancreáticos.

Bajo la estimulación de la secretina, el epitelio de los conductos pancreáticos libera bicarbonato (HCO3) y fluidos, neutralizando el ácido gástrico y proporcionando un pH óptimo para la función de las enzimas pancreáticas.

El CFTR desempeña un papel esencial en esta regulación al facilitar el transporte de iones cloruro (Cl-) y bicarbonato (HCO3) a través de la membrana de las células ductales hacia la luz del conducto pancreático. El bicarbonato generado es transportado activamente hacia el lumen ductal junto con sodio, y el movimiento pasivo de agua hacia el conducto facilita el flujo del líquido pancreático.

En los conductos pancreáticos proximales, la secreción de bicarbonato está mediada principalmente por el intercambiador SLC26A6, mientras que, en los conductos distales, donde la concentración de bicarbonato es alta, el CFTR es el principal mediador de esta secreción(4,5).

Los pacientes con FQ presentan una disfunción en el CFTR debido a mutaciones en los genes que lo codifican, lo que impide el correcto transporte de iones y fluidos a través de los conductos pancreáticos, provocando una acumulación de secreciones espesas y viscosas que obstruyen y dañan el tejido pancreático. La obstrucción de los conductos impide que las enzimas pancreáticas lleguen al duodeno en cantidades suficientes y la falta de bicarbonato reduce el pH en el duodeno, dificultando la acción de las enzimas pancreáticas, lo que impide una correcta digestión de carbohidratos, grasas y proteínas, resultando en una mala absorción de nutrientes y en deficiencias nutricionales(6).

Clínica(2,4)

El signo más común es la esteatorrea, que, en ocasiones, puede asociar diarrea crónica, estancamiento ponderal, distensión abdominal o flatulencia.

El signo más común de la insuficiencia pancreática exocrina es la esteatorrea, que se expresa, clínicamente, como heces frecuentes, voluminosas, malolientes y aceitosas, que, en ocasiones, flotan y se adhieren al inodoro.

Además, estos pacientes pueden presentar diarrea crónica, pérdida de peso o escasa ganancia ponderal, aumento de apetito, distensión abdominal y flatulencia.

En pacientes con IPE no diagnosticada o sin suplementación adecuada, se pueden observar deficiencias de vitaminas liposolubles (A, D, E y K), pudiendo ocasionar alteraciones visuales, neurológicas, raquitismo y coagulopatía.

En casos severos no tratados, debido a la mala absorción de macro y micronutrientes, pueden presentar edema, hipoproteinemia, alteraciones electrolíticas y anemia.

El cribado neonatal permite un diagnóstico y tratamiento precoz de esta patología, pudiendo evitar la aparición de deficiencias nutricionales y mejorando significativamente la situación nutricional y pancreática de estos pacientes(7).

Diagnóstico(8,9)

El cribado se realiza con la elastasa fecal, y la monitorización mediante el test de Van de Kamer o el coeficiente de absorción de grasa junto con una encuesta dietética de 72 horas.

Desde la existencia del cribado neonatal, la mayoría de los pacientes acude por primera vez a consulta en el primer mes de vida.

Consideramos que un paciente es insuficiente pancreático, cuando la producción de enzimas postpandrial es ≤10 %. No existe una prueba gold standard para el diagnóstico ni para conocer el grado de severidad de la insuficiencia, puesto que la mayoría de los test son positivos cuando ya se padece una insuficiencia grave. Sin embargo, como veremos a continuación, en el momento actual, el diagnóstico se realiza mediante la determinación de elastasa fecal, y la monitorización de la respuesta a la terapia enzimática mediante el test de Van de Kamer o el coeficiente de absorción de grasa, junto con una encuesta dietética de 72 horas.

Es importante tener en cuenta que la excreción de grasa en las heces varía según la edad, y en los primeros meses de vida es posible que exista una malabsorción fisiológica de las grasas. Por otro lado, tampoco debemos olvidar que la ingesta de grasa influye en los niveles de excreción de grasa en las heces; por lo que, aunque poco frecuente, la presencia de esteatorrea también puede ser debida a una dieta inadecuada(10).

Test indirectos

Históricamente, la técnica considerada gold standard era el test de Van de Kamer. Para esta prueba, los pacientes deben seguir una dieta con 100 g de grasa al día durante 5 días y recoger sus deposiciones los 3 últimos días. Se considera normal, si el contenido en grasa en las heces se encuentra entre 5-7 g de grasa (5-7 %)(11).

Dado que la excreción de grasa en las heces está influenciada por la dieta y que la realización de una dieta fija de 100 g de grasa puede ser complicada en algunos casos, se ha reemplazado el test de Van de Kamer por el cálculo de coeficiente de absorción de grasa. Para este test, se debe realizar una encuesta dietética detallada durante 72 horas que permita conocer la grasa ingerida y correlacionarla con el contenido en grasa de las heces. Se considera normal un coeficiente de absorción de grasa: entre 60-75 % en prematuros; ≥80-85 % en menores de 6 meses; y ≥85-95 % a partir de los 6 meses de edad. Las desventajas de estas pruebas radican en que son laboriosas y molestas para los pacientes y que, además, solo demuestran la existencia de esteatorrea, pero no la causa de esta malabsorción(10).

Es por ello que la elastasa fecal (EF) es el test principal para el cribado de insuficiencia pancreática exocrina, quedando relegado el test de Van de Kamer y el coeficiente de absorción de grasas, como métodos de monitorización de esteatorrea, para el ajuste de la terapia enzimática. Se considera diagnóstico de insuficiencia pancreática exocrina un valor de elastasa fecal <200 µg/g. Es importante tener en cuenta que los valores de EF pueden fluctuar en el primer año de vida. Debe determinarse la EF tanto en el momento del diagnóstico inicial como de forma anual en pacientes suficientes pancreáticos (o con mayor frecuencia, si existe clínica de esteatorrea o estancamiento ponderal). Las ventajas de la EF son que: se trata de una prueba sencilla, su resultado no se ve afectado por la terapia enzimática y se considera apta una muestra de heces recogida los últimos 5 días antes de la prueba. Pueden producirse falsos positivos, si la prueba se realiza con deposiciones de consistencia diarreica, por lo que siempre deben reemplearse unas heces formadas o semi-formadas(8,9).

Test directos(8)

Estas pruebas consisten en la medición directa de la secreción de enzimas pancreáticas y bicarbonato. La colecistoquinina estimula la secreción de enzimas pancreáticas y la secretina estimula la secreción pancreática de bicarbonato. Esta medición se puede hacer a través de la sonda de Dreiling, una sonda de doble luz que consta de un extremo gástrico y otro duodenal que nos permite medir las secreciones duodenales, o bien mediante endoscopia. Dado que los resultados obtenidos mediante ambas técnicas son similares, en la actualidad, la endoscopia ha desplazado el uso de la sonda de Dreiling. Es importante destacar que la endoscopia tampoco se usa con este propósito con frecuencia, dado su elevado coste, que precisa sedación y que no existen valores de referencia bien definidos.

Pruebas de imagen(8)

El uso de las pruebas de imagen para el diagnóstico de insuficiencia pancreática es cuestionable. Algunos estudios han empleado la colangio-pancreatorresonancia con secretina y, aunque la prueba sí que diferenciaba adecuadamente los controles sanos frente a pacientes con FQ e insuficiencia pancreática, no fue capaz de distinguir pacientes con FQ suficientes pancreáticos de aquellos que no lo son. Son necesarios más estudios para el desarrollo de estas técnicas.

Otras pruebas

En todos los pacientes con insuficiencia pancreática se debe hacer una determinación al diagnóstico y, posteriormente, anual, de todas las vitaminas liposolubles (K, E, D y A).

Diagnóstico diferencial(8)

En la actualidad, la mayoría de los pacientes son diagnosticados mediante el cribado neonatal, pero no la totalidad de los casos. Por ello, ante cuadros de malabsorción o estancamiento ponderal grave, se debe realizar un test del sudor de forma precoz (Tabla II).

tabla

Tratamiento
(nutricional, farmacológico, quirúrgico, etc.)

El manejo de los pacientes con insuficiencia pancreática se basa en dos pilares: la dieta y la terapia enzimática sustitutiva.

Es fundamental un tratamiento individualizado con una educación adaptada a cada rango de edad, haciendo especial hincapié en la importancia de la nutrición de cara a una mayor efectividad de la terapia enzimática y una mayor supervivencia. Es esencial que los centros especializados cuenten con nutricionistas entre su equipo, puesto que van a ser una pieza clave para los pacientes, sobre todo en los primeros años tras el diagnóstico.

Dieta(12)

La fibrosis quística suele estar asociada a un estado nutricional inadecuado debido a los altos requerimientos nutricionales, la pérdida de nutrientes secundaria a malabsorción y, en muchas ocasiones, una dieta insuficiente para cubrir sus necesidades energéticas.

En lactantes y niños pequeños, el objetivo nutricional es mantener un peso y una talla en torno al percentil 50 (siguiendo curvas establecidas para población sin patología de base). En niños mayores y adolescentes, el objetivo es mantener un IMC (Índice de masa corporal) en torno al percentil 50. En cambio, en adultos por encima de los 18 años, el objetivo es un IMC en torno a 22 kg/m2 en mujeres y 23 kg/m2 en hombres.

En general, se recomienda una ingesta diaria del 120-150 % de los aportes diarios recomendados (RDAs) para la población sana de su mismo sexo y edad. Estudios recientes sugieren un aumento en el aporte diario proteico con propósito de conservar la masa muscular, puesto que una masa grasa elevada con una masa muscular baja se ha asociado a una peor evolución de la enfermedad(13).

Es interesante realizar encuestas nutricionales de 3-5 días para confirmar si la ingesta dietética es adecuada para cubrir los requerimientos energéticos y los nutrientes necesarios de nuestro paciente. Se recomienda realizar estas encuestas cada 3 meses en pacientes pediátricos y cada 6 meses en adultos.

En recién nacidos diagnosticados mediante el cribado neonatal, se debe mantener la lactancia materna exclusiva, puesto que se ha asociado con mejor función pulmonar y menor tasa de infecciones(14). Cuando la lactancia materna no es posible, se debe emplear una fórmula artificial de inicio, ya que no hay evidencia de que las fórmulas hidrolizadas sean mejores.

Respecto a los micronutrientes, los pacientes con fibrosis quística tienen mayores requerimientos de sodio, calcio, hierro, zinc y selenio, como consecuencia de su cuadro de malabsorción e inflamación crónica. En pacientes con insuficiencia crónica debemos prestar especial atención a las vitaminas liposolubles.

Vitaminas liposolubles (K, E, D y A)(12)

La deficiencia de vitaminas liposolubles ocurre en un 10-35 % de los pacientes con insuficiencia pancreática exocrina. No es habitual que la deficiencia llegue a asociar clínica, por lo que es fundamental hacer determinaciones periódicas de las mismas. En pacientes en los que se confirma el déficit, lo ideal es hacer una determinación al inicio del tratamiento, después a los 3-6 meses y, posteriormente, hacer una determinación anual.

Es fundamental tener en cuenta que las vitaminas liposolubles deben tomarse con las enzimas sustitutivas y, ambas, se tienen que ingerir durante una comida rica en grasas.

Vitamina A

El déficit de vitamina A se ha detectado en un 10-40 % de los pacientes con FQ e insuficiencia pancreática. Aunque la clínica asociada a dicho déficit es rara (pseudotumor cerebri, xeroftalmia o parálisis facial bilateral), este déficit sí que se ha asociado con una peor función pulmonar y a un aumento de las exacerbaciones.

Podemos suplementarla de dos modos: empleando retinol o beta-caroteno. Este último es un precursor de la vitamina A que está controlado mediante un biofeedback negativo, por lo que su uso se considera más seguro que el retinol.

Si se suplementa mediante retinol, se recomienda comenzar por una dosis baja e ir ajustando la dosis según niveles séricos. En general, las dosis recomendadas son 5.000 IU/día para pacientes entre 1-3 años y 10.000 IU/día para el resto de edades pediátricas.

En el caso de los beta-carotenos (provitamina A), para niños entre 6-18 años se recomienda una dosis inicial de 1 mg/kg/día durante 12 semanas seguida por una dosis de mantenimiento (máximo 10 mg/día). En menores de 6 años se precisan más estudios.

En casos de enfermedad hepática grave, los niveles de proteína fijadora de retinol descienden, por lo que las dosis de vitamina A deben ser menores por riesgo de hipervitaminosis.

Se recomienda una medición anual de los niveles de vitamina A o cada 3-6 meses en caso de suplementación. Es importante tener en cuenta que los niveles séricos no se corresponden totalmente con los niveles tisulares de vitamina A, por lo que durante procesos agudos no se debe medir esta vitamina, puesto que los niveles séricos descienden en respuesta a la inflamación.

Vitamina D

Como sabemos, la vitamina D tiene un papel fundamental en la absorción de calcio a nivel intestinal y su déficit contribuye a la pérdida de densidad mineral ósea. El mejor indicador de su nivel sérico es el 25(OH)-colecalciferol.

No existe un consenso sobre cuál es el nivel apropiado de vitamina D, pero las guías europeas recomiendan un nivel ≥20 ng/ml (50 nmol/L)(15). Se debe hacer una determinación anual, preferiblemente al acabar el invierno, y cada 3-6 meses si precisan tratamiento. Es preferible una suplementación con vitamina D3 frente a vitamina D2, reservando esta última para familias vegetarianas o veganas dado su origen vegetal.

Vitamina E

La vitamina E, también llamada alfa-tocoferol o tocoferol, tiene un papel fundamental en la eliminación de radicales libres y con ello, en la preservación de las membranas celulares al proteger los ácidos grasos frente al daño oxidativo.

Su déficit puede ocasionar anemia hemolítica, degeneración neuromuscular, degeneración de retina o alteración cognitiva.

Los ácidos biliares son fundamentales para la absorción de la vitamina E. Tradicionalmente, se consideraba deficiencia a aquellos niveles séricos que fueran <300 µg/dl. Es importante conocer que, en caso de hipolipidemia, los niveles de vitamina E pueden estar falsamente bajos. Por tanto, la mejor manera de conocer los niveles séricos de vitamina E es empleando el cociente alfa-tocoferol/colesterol total. Aunque en la población general se considera adecuado un ratio >2,47 mg/g, la ESPGHAN recomienda un ratio >5,4 mg/g en pacientes con fibrosis quística. Se recomienda, al igual que en el resto de vitaminas, una determinación anual o cada 3-6 meses si precisa suplementación.

Vitamina K

La vitamina K interviene en la coagulación sanguínea y en la homeostasis ósea. Su deficiencia puede suponer sangrados graves o pérdida de densidad mineral ósea. En ocasiones, su déficit está relacionado con enfermedades hepáticas, cuadros de malabsorción grasa o uso prolongado de antibióticos.

Es fundamental que todos los lactantes alimentados con lactancia materna exclusiva reciban suplementación sistemática de vitamina K.

En la práctica clínica solemos emplear el tiempo de protrombina como aproximación a los niveles séricos de vitamina K, pero no es un buen marcador; puesto que, cuando dicho tiempo se encuentra prolongado, ya existe un déficit severo de vitamina K. Existen otros indicadores como PIVKA-II (inmunoensayo para la medición cuantitativa de proteínas inducidas por ausencia de vitamina K), pero que no son empleados de rutina.

La vitamina K1 (fitometadiona) es la forma más segura de suplementación. La ESPGHAN recomienda una dosis diaria de 0,3-1 mg/día para menores de 11 años y de 1-10 mg para mayores de 11 años. La administración debe ser preferiblemente diaria, debido a la baja capacidad de almacenaje.

Terapia enzimática sustitutiva(9)

En pacientes que presenten mutaciones asociadas a insuficiencia pancreática o con estancamiento ponderal, el tratamiento enzimático debe iniciarse lo antes posible (incluso antes del diagnóstico de insuficiencia pancreática).

Existen tres formas de presentación: con cubierta entérica, sin cubierta entérica y “cartucho” de enzimas pancreáticas. Generalmente, se trata de cápsulas que contienen microesferas o comprimidos con una cubierta entérica pH-sensible que resiste el pH ácido del estómago y se activa en medios alcalinos, como el duodeno. Dichas cápsulas contienen lipasa, proteasa y amilasa. Las microesferas parecen ser más efectivas que los comprimidos. Algunos autores indican que añadir inhibidores de la bomba de protones (IBP) mejora la efectividad de las enzimas.

Todos los productos actuales son de origen porcino. Existen enzimas de origen no porcino, pero su efectividad es menor.

Las cápsulas pueden abrirse y tomarse con alimentos ácidos (como el zumo de naranja). Es importante tener en cuenta que las microesferas o los comprimidos sí que deben deglutirse de forma íntegra.

En pacientes portadores de dispositivo externo de alimentación (DEA), existen enzimas en polvo que podrían emplearse temporalmente. En estos casos, las enzimas no deben ser mezcladas con la comida y se deben administrar en forma de bolo a través del DEA.

Dosificación(16)

Se debe comenzar el tratamiento titulando la dosis según su peso y, de ahí, ir buscando la dosis adecuada para asegurar una correcta ganancia de peso en ausencia de síntomas digestivos, sin sobrepasar nunca una dosis de 2.500 U lipasa/kg peso/comida ni una dosis total de 10.000 U lipasa/kg/día. La forma de ajuste es aumentar una cápsula por comida sin sobrepasar las dosis mencionadas previamente.

En los preparados comerciales, el número después del nombre de la enzima indica la cantidad de unidades de lipasa por cápsula, multiplicados por 1.000.

Terapia enzimática vía oral con preparados de cubierta entérica

• Prematuros y RN a término menores de 12 meses:

– Iniciar cuando tome ≥60 ml de leche materna o fórmula de inicio por comida.

– Dosis inicial: 3.000 U lipasa/comida.

– Rango: 1.000-2.500 U lipasa/kg/comida.

– Máximo 10.000 U/kg/día.

– Aumentar en dosis de una cápsula según la clínica o el estancamiento ponderal.

Titulación: aumentos de 1 cápsula por comida según la clínica.

Recomendaciones:

– Mezclar el contenido de la cápsula con líquidos ácidos (p. ej., zumo de naranja).

– Administrar al inicio de la co­mida.

– Administrar por boca, nunca por DEA.

– Comprobar la cavidad oral para descartar restos que podrían irritar la mucosa.

• Niños y adolescentes:

– 1-4 años: 1.000 U lipasa/kg/comida (máx. 2.500 U lipasa/kg/comida).

– ≥ 4 años: 500 U lipasa/kg/comida (máx. 2.500 U lipasa/kg/comida).

– Rango: 500-2.500 U lipasa/kg/comida.

– Máximo 10.000 U/kg/día.

– Snack: mitad de la dosis de las comidas.

Recomendaciones:

– La cápsula se debe dar por boca, aunque la nutrición sea mediante DEA.

– Si no es capaz de tomar la cápsula entera, se puede abrir la misma y mezclar su contenido con una pequeña cantidad de líquido ácido.

– Si la ingesta dura más de 30 minutos, se recomienda dividir la dosis a la mitad y administrar la segunda mitad de la dosis a la mitad de la ingesta.

Terapia enzimática mediante dispositivo externo de alimentación (DEA)

Algunos pacientes con FQ no logran cubrir sus necesidades nutricionales por vía oral y precisan el uso de DEAs. Para estos casos, existen las siguientes opciones:

1. Relizorb® (cartucho de enzimas pancreáticas):

• Indicado para niños de ≥2 años de edad.

• Un cartucho de Relizorb® se puede usar para una dosis de hasta 500 ml de fórmula enteral; en estos casos, el ritmo de administración de la fórmula enteral debe ser de 10-120 ml/h.

– Si se emplean menos de 500 ml de fórmula enteral, se debe desechar el Relizorb® sobrante después de la toma de nutrición.

– Para volúmenes entre 500-1.000 ml, se pueden conectar dos cartuchos de Relizorb® en tándem, en cuyo caso, el ritmo de administración de la fórmula enteral debe ser de 24-120 ml/h.

• Dosis máxima: 2 cartuchos en 24 horas.

2. Viokase® (enzimas con cubierta no entérica):

• Comprimidos:

– Dosis según gramos de grasa: dosis inicial: 1.800-2.200 U lipasa/g de grasa; rango: 500-4.000 U lipasa/g de grasa.

• Se puede machacar Viokase® y añadir a la fórmula: no se puede administrar vía oral.

• Iniciar cuando el ritmo sea ≥15 ml/h (lactancia materna/fórmula).

• Las unidades de lipasa que provienen de Viokase® no cuentan para la dosis máxima total por día de 10.000 unidades de lipasa/kg/día.

• Redondee siempre a la mitad del comprimido más próximo de Viokase®.

• Las opciones de dosificación de Viokase® son 10.440 o 20.880 unidades de lipasa por tableta.

3. Enzimas con cubierta entérica:

• Solo pueden darse por vía oral.

• Dosificación:

– Según el peso: 500-2.500 U lipasa/kg/comida; máx.: 10.000 U lipasa/kg/comida.

– Según gramos de grasa: dosis recomendada: 1.800-2.200 U lipasa/g de grasa; rango: 500-4.000 U lipasa/g de grasa.

• Esta opción es para niños mayores de 2 años con alimentación enteral nocturna y que pueden tomar enzimas orales cuando Relizorb® o Viokase® no están disponibles.

• No se debe emplear para nutrición enteral continua de 24 horas.

• Iniciar cuando el paciente reciba ≥15 ml/h (fórmula/lactancia materna).

• No se recomienda el paso de las microesferas a través del dispositivo de nutrición enteral por riesgo de obstrucción.

Causas de fracaso enzimático(9)

Ante un paciente que no mejora tras el inicio de la terapia sustitutiva, debemos valorar cuidadosamente posibles factores que estén limitando la efectividad de la terapia.

Uno de ellos puede ser el hecho de que los pacientes con FQ presentan un aumento de la acidez gástrica que puede disminuir la eficacia de las enzimas y/o precipitar las sales biliares en el intestino, por lo que administrar las enzimas junto con tratamientos que disminuyan la acidez gástrica (destacando los IBPs) pueden mejorar la absorción de las grasas.

Otra causa de fallo de tratamiento está relacionada con “los tiempos” de administración de las enzimas pancreáticas. Lo óptimo es administrarlo antes del inicio de la comida y que la ingesta dure en torno a 45-60 minutos. En pacientes que tardan mucho en comer, pacientes con gastroparesia o que tomen las grasas al final de la comida, se podría administrar la mitad de la dosis al inicio de la comida y la otra mitad durante la ingesta.

Debemos tener también precaución en la forma de almacenaje de los fármacos, los cuales deben mantenerse a temperatura ambiente, puesto que tanto el frío como el calor pueden dañar las enzimas.

Complicaciones(9)

La complicación más conocida es la colonopatía fibrosante, la cual se ha asociado a dosis elevadas de terapia enzimática, por lo que tradicionalmente se ha establecido una dosis diaria máxima de 10.000 U lipasa/kg/día. Recientes estudios(17) defienden que dicha dosis no tiene una evidencia científica asociada, por lo que algunos pacientes, sobre todo, lactantes, se beneficiarían de una liberalización de la dosis máxima, pero no llegan a concretar una dosis máxima.

Seguimiento y prevención

Tras el inicio de terapia enzimática, los controles deben ser mensuales en niños y cada 3 meses en adolescentes. En caso de riesgo nutricional, el seguimiento debe ser más estrecho.

En pacientes con riesgo de deficiencia nutricional, si son menores de 1 año, se recomiendan controles clínicos cada 1-2 semanas hasta confirmar un adecuado estado nutricional y, posteriormente, mensuales hasta el año de vida. En caso de ser mayor de un año, convendría realizar controles clínicos cada 3 meses, con estudio de ingesta dietética diaria y del estado antropométrico.

Es importante tener en cuenta que si nos encontramos ante un paciente con empobrecimiento del estado nutricional o estancamiento ponderal-estatural, se debe realizar determinación de elastasa fecal para cribado de insuficiencia pancreática.

Si el paciente recibe tratamiento enzimático, se recomienda control clínico mensual en niños, cada 3 meses en adolescentes y cada 6 meses en adultos. Además, se recomienda determinación de coeficiente de absorción de grasa en heces (Van de Kamer) cada 3 meses.

En el resto de pacientes se recomienda, al menos, una visita anual, en la que se lleven a cabo los siguientes controles:

• Estudio de la composición corporal mediante antropometría, bioimpedanciometría, pletismografía, absorciometría de rayos X de energía doble (DEXA), hidrodensitometría y dinamometría de mano (según los medios disponibles en cada centro).

• Análisis de sangre con hemograma, estudio de hierro, estudio de lípidos, vitaminas liposolubles (K, E, D y A), función hepática e iones.

• Estudio de función pancreática mediante determinación de elastasa fecal.

• Cribado de tolerancia de glucosa.

• Valoración de salud ósea con metabolismo fosfo-cálcico, y densitometría (DXA) cada 1-5 años a partir de los 8 años de edad.

Función del pediatra Atención Primaria

La función del pediatra de Atención Primaria es asegurar el manejo integral y continuo de la enfermedad desde el diagnóstico, coordinando la atención con servicios especializados. Debe realizar evaluaciones regulares del crecimiento y nutrición, vigilar la evolución clínica y detectar posibles complicaciones. Es fundamental brindar apoyo a la familia, proporcionando educación sobre la enfermedad.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Este artículo permite una visión global del tema, proporcionando información sobre etiología, clínica, diagnóstico y manejo de la insuficiencia pancreática exocrina en niños.

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Este artículo ofrece una revisión exhaustiva y actualizada sobre el tratamiento enzimático sustitutivo en pacientes con fibrosis quística.

Caso clínico

Paciente varón de 3 años y 5 meses de edad, en seguimiento por fibrosis quística, genotipo F508del/N1303k, con diagnóstico por cribado neonatal.

Anamnesis en la primera consulta: primera consulta al mes y medio de vida. Alimentación con lactancia materna exclusiva, con buena succión y enganche. Realiza una deposición abundante, amarillenta y grumosa tras cada toma. Recibe suplementación con 400 UI/día de vitamina D. Buena evolución ponderoestatural desde el nacimiento.

Antecedentes personales: embarazo normal y controlado. Serologías y ecografías maternas normales. Parto eutócico a término. Sin incidencias perinatales. Cribado auditivo sin alteraciones. Cribado metabólico alterado (tripsina inmunorreactiva: 133,13 ng/ml, valor normal hasta 60 ng/ml). Diuresis y meconiorrexis en primeras 48 horas de vida. Antropometría: peso: 2.950 g (p18); longitud: 49 cm (p27); perímetro craneal: 35 cm (p60). Antecedentes familiares: sin interés.

Exploración física: peso: 3,9 kg (-0,9 DE según OMS); talla: 53 cm (-0,9 DE según OMS); IMC: 13,88 kg/m2 (-0,8 DE según OMS); perímetro cefálico: 38 cm (0,6 DE según OMS). Exploración física sin alteraciones relevantes.

Pruebas complementarias: se solicita elastasa pancreática, con valores de 11 µg/g y análisis de sangre sin alteraciones relevantes, con hemograma, bioquímica general, perfil férrico y vitaminas liposolubles en rango adecuado.

Tratamiento: se inicia tratamiento con vitaminas liposolubles (vitamina A en forma de betacaroteno: 2.500 UI/día; vitamina D3: 500 UI/día; vitamina E: 33,3 mg/día; y vitamina K: 0,2 mg/día) y tratamiento enzimático sustitutivo con pancreatina (421 U lipasa/kg/toma; 2.947 U lipasa/kg/día).

Evolución: desde el punto de vista respiratorio, ha tenido varias exacerbaciones, precisando antibioterapia oral en múltiples ocasiones, sin requerir ingresos ni necesidades de oxigenoterapia. Desde el punto de vista digestivo y nutricional, ha presentado buena evolución clínica y antropométrica. Se mantuvo lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses de edad. A los 6 meses, se inició alimentación complementaria, sin intolerancias alimentarias y sin incidencias, con una ingesta del 120-150 % de sus requerimientos diarios. A lo largo de su evolución, se ha ido ajustando la dosis de tratamiento enzimático según clínica y coeficiente de absorción de grasa, precisando hasta el momento actual un máximo de 5.565 UI/kg/día de lipasa. A partir del año de vida, se duplican aportes de vitaminas liposolubles, manteniendo valores en rango en análisis de sangre seriados. No ha presentado ninguna complicación grave desde el punto de vista de digestivo a lo largo de su seguimiento.

 

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Evaluación del dolor abdominal crónico en Pediatría

S. Serra Font
Temas de FC


S. Serra Font

Unidad de Gastroenterología Pediátrica. Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Barcelona. Institut Pediàtric Marès Riera. Blanes. Gerona

X

Autor para correspondencia

sserraf@santpau.cat

Resumen

El manejo del dolor abdominal crónico supone un reto diagnóstico. Se estima que este afecta al 10 % de los niños y adolescentes, aunque podría oscilar entre el 4-25 %. Esta entidad genera una gran ansiedad familiar que pide un diagnóstico y un tratamiento. A veces, poder diferenciar el origen orgánico del funcional, el cual resulta más frecuente, resulta difícil y ocasiona incomodidad al profesional, que para quedarse tranquilo acaba solicitando una batería de pruebas complementarias sin sentido y muchas de ellas innecesarias. En el siguiente artículo se presenta una estrategia de manejo basada en la clasificación práctica del dolor abdominal crónico en tres grupos. Esta clasificación permite esquematizar las diferentes etiologías y acotar mejor las pruebas complementarias a estudiar en cada grupo.

 

Abstract

The management of chronic abdominal pain represents a diagnostic challenge. It is estimated to affect 10 % of children and adolescents, although it could range between 4-25 %. This entity generates great anxiety to the members of the family, who requests a diagnosis and treatment. Sometimes being able to differentiate the organic etiology from the functional one, which is more frequent, is difficult and causes discomfort to the professional, who in order to be sure ends up requesting a set of pointless complementary tests, being many of them unnecessary. This article presents a management strategy based on the practical classification of chronic abdominal pain into three groups. This classification makes it possible to outline the different etiologies and to better delimit the complementary tests to be studied in each group.

 

Palabras clave: Niño; Adolescente; Dolor abdominal; Dolor crónico; Diagnóstico diferencial.

Key words: Child; Adolescent; Abdominal pain; Chronic Pain; Differential diagnosis.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (8): 486 – 492

 


OBJETIVOS

• Comprender la nueva definición de dolor abdominal crónico.

• Reconocer los signos y síntomas de alarma del dolor abdominal crónico.

• Describir cómo clasificar el dolor abdominal crónico en su grupo práctico.

• Definir las pruebas complementarias que corresponden a cada grupo y cuáles solicitar.

 

Evaluación del dolor abdominal crónico en Pediatría

Introducción

El dolor abdominal crónico es el dolor abdominal constante o intermitente, de causa orgánica o funcional y de duración mayor a 3 meses.

En 2005, la NASPGHAN (Sociedad Norteamericana de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica) recomendó sustituir el término de dolor abdominal recurrente, descrito por Apley en 1957, por dolor abdominal crónico, con el que se define el dolor abdominal constante o intermitente de causa orgánica o funcional. Siendo así una descripción más completa y que incluiría el dolor abdominal de duración mínima de 3 meses, aunque en la práctica se podría considerar aquel mayor de 1-2 meses(1).

Dada esta consideración, se desconoce exactamente la prevalencia del dolor abdominal crónico en Pediatría, pero se estima que afecta al 10 % de los niños y adolescentes, aunque podría oscilar entre el 4-25 % en distintas series(1).

A pesar de que la mayor parte del dolor abdominal crónico es funcional (dolor abdominal no atribuido a ninguna condición médica después de una evaluación médica apropiada)(2), debemos saber desgranar bien la historia clínica para descartar una posible patología orgánica oculta; ya que, como médicos, es lo que más nos preocupa. Además, los nuevos criterios de Roma IV para trastornos funcionales refieren que, para ser diagnosticados como tal, se precisa una evaluación médica adecuada(2).

Así pues, el objetivo de este artículo es poder esquematizar la evaluación del paciente con dolor abdominal crónico para poder darle origen a su molestia, ya que esto va a ser lo que va a dar más tranquilidad al paciente y a su familia, aunque no podamos hacer desaparecer su dolor, ya que el dolor abdominal inexplicado es una gran preocupación para las familias y una angustia para el paciente.

Evaluación clínica

Para una correcta evaluación del dolor abdominal crónico, debemos realizar una amplia anamnesis, exploración física y tomar medidas antropométricas actuales y pasadas.

Dado que el dolor abdominal crónico puede tener tanto el origen en una causa orgánica como funcional o incluso coexistir(3,4), deberemos analizar todas las partes y dirigirnos adecuadamente para evitar exploraciones complementarias interminables y, a veces, innecesarias.

En el dolor abdominal crónico, la herramienta que nos dará más información es una buena historia clínica, por lo que iniciaremos nuestra evaluación con una anamnesis exhaustiva, preguntando: las características del dolor (situación, frecuencia, relación con las comidas, con el ejercicio, con el momento del día que aparece, interferencia con el sueño…), los síntomas digestivos asociados (náuseas, vómitos, pirosis, reflujo, diarreas, estreñimiento, inapetencia, flatulencias, eructos, distensión…) y los síntomas extradigestivos (fiebre, cefalea, dolores articulares, cambios de comportamiento…), medicaciones o posibles tratamientos efectuados.

También, debemos explorar los aspectos emocionales y la relación en el medio familiar y escolar del niño y ver la repercusión que tiene este dolor abdominal. Así mismo, es de igual importancia recabar los antecedentes familiares y personales previos y preguntar no solo por enfermedades orgánicas, sino también funcionales.

Posteriormente, debemos hacer una exploración física completa, y según los síntomas incluir la exploración anal y en casos concretos y muy seleccionados el tacto rectal, ya que es una prueba invasiva que solo nos dará información en casos muy puntuales, por lo que no se recomienda hacer de forma rutinaria.

Además, hay que registrar las medidas antropométricas actuales y verificar su evolución hasta el momento, con el objetivo de detectar estancamiento o pérdida de peso y/o afectación del crecimiento.

Con esta primera valoración podemos ya orientar dónde situamos el dolor y así poder guiarnos mejor para el diagnóstico (Tabla I).

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Con esta diferenciación podremos acotar mejor las diferentes patologías y seleccionar las pruebas complementarias en el caso de ser necesarias.

Así mismo, habremos detectado los signos de alarma. Estos los podemos ver en la tabla II, aunque no son únicos. La presencia de estos signos y síntomas de alarma aumenta la probabilidad de enfermedad orgánica y justifica el uso de pruebas complementarias(1).

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Es importante que, en este punto, expliquemos a la familia nuestra sospecha diagnóstica y los pasos a seguir en este momento, ya que esto va a brindar tranquilidad a los padres.

Antes de seguir con la evaluación de la etiología del dolor, debemos saber que, en la anamnesis, las características del dolor y su impacto en la vida del paciente, aunque ayudan a orientar, no son suficientes para diferenciar el origen funcional u orgánico del dolor(1), pero veremos que sí nos pueden sugerir la posibilidad de diferentes entidades.

En referencia a las pruebas complementarias básicas en sangre, no hay ninguna con valor predictivo para diferenciar el origen funcional u orgánico(1). No obstante, deberemos realizar una analítica básica (hemograma, bioquímica, screening de celiaquía y estudio de orina) para poder descartar distintas patologías y, muy concretamente, la celiaquía, dada su elevada frecuencia oligosintomática. De hecho, hasta el 20 % de los pacientes celiacos cumplen los criterios de Roma para el síndrome de intestino irritable(5).

De las pruebas de heces, deberemos solicitar siempre un estudio parasitario, dada su presentación, a veces, sin diarrea y dada la alta frecuencia de infección y reinfección en el entorno pediátrico. Las infecciones parasitarias son predominantes en menores de cinco años y suelen asociarse a cambios deposicionales tipo diarrea y dolor abdominal, pero en casos más crónicos pueden presentarse con dolor abdominal y deposiciones alternantes(6).

La calprotectina fecal sí que permite diferenciar el dolor abdominal funcional del orgánico(7), aunque debemos saber que puede estar influenciada por diferentes parámetros (ver más adelante).

En referencia a la ecografía abdominal realizada en un paciente sin signos de alarma, solo se encuentran anormalidades en el 2 % de los pacientes(8). En aquellos que presentan signos o síntomas atípicos (dolor abdominal de alta intensidad o de localización no periumbilical, síntomas urinarios, pérdida de peso, fiebre, vómitos, hemorragia digestiva o alteraciones en la exploración) se detectan anormalidades hasta en el 11 %. Aunque es una de las pruebas de primer nivel, no invasiva y sin irradiación, es mejor reservarla para cuando hayamos clasificado el dolor abdominal en alguno de los subgrupos. En muchos casos, incluso, podremos orientar el diagnóstico sin la necesidad de ecografía; por ejemplo, cuando detectemos un estreñimiento oculto (ver más adelante).

Las otras pruebas complementarias más específicas son las que seleccionaremos en función del tipo de dolor y después de haber hecho la primera evaluación.

Dolor abdominal con síntomas de dispepsia/molestias digestivas superiores

Las características del dolor y su relación con la ingesta son la información más relevante que nos dará el paciente en este grupo.

En este grupo, los síntomas referidos suelen ser: dolor epigástrico, reflujo, pirosis, náuseas, vómitos, sensación de plenitud, saciedad precoz o dificultad para tragar. En la tabla III se pueden ver las entidades orgánicas de este grupo.

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En este subgrupo es muy importante preguntar por las características del dolor, confirmar que la situación de este dolor sea en la zona epigástrica y comprobarlo con la exploración física. Ver: si es de forma mantenida o de forma episódica; si el dolor aparece por la noche (suele verse en las úlceras)(9); y si tiene relación con la comida (en las úlceras se alivia con la comida y empeora tras ella)(9) y con el tipo de alimentos ingeridos (mala tolerancia a grasas en las úlceras, en el reflujo y con los problemas biliopancreáticos).

Preguntar por posibles atragantamientos o impactaciones alimentarias, necesidad elevada de agua o necesidad de cortar la comida en trozos muy pequeños para explorar posible disfagia e indagar acerca de la esofagitis eosinofílica u otros problemas motores esofágicos. Preguntar por otros síntomas, como dolor de cabeza, inapetencia, flatulencias y aerofagia o alteraciones deposicionales, ya que estas se han visto más relacionadas con patología funcional, aunque no hay suficiente evidencia para decir que la asociación de estos otros síntomas sirva para diferenciarla de la etiología orgánica(2).

La prueba complementaria y gold standard de este grupo es la endoscopia digestiva alta, y a pesar de que los nuevos criterios de Roma IV(2) no exigen una endoscopia digestiva alta normal para confirmar el diagnóstico de dispepsia funcional, deja abierta su indicación a la valoración médica.

La endoscopia digestiva es una prueba invasiva que puede presentar riesgos, sobre todo, si se usa de forma indiscriminada, pero no hay unos criterios definidos de cuándo usarla en Pediatría para diferenciarla del dolor funcional. Así que, para decidirlo, deberemos basarnos en la anamnesis, la exploración y a la detección de signos o síntomas de alarma específicos para este grupo(2,10,11) (Tabla IV), junto con los signos de alarma generales (Tabla II).

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A destacar que, en pacientes con familiares con síndrome de intestino irritable, intolerancia a la lactosa o en pacientes con otros síntomas, como taquicardias, lipotimias, sudores o dolores que empeoran con las comidas, no se justifica el uso de la endoscopia, si no presentan signos de alarma(11).

Las otras pruebas a valorar en este grupo consisten en ampliar la analítica de sangre con estudio básico de función renal y hepatopancreática, hemograma y VSG para descartar otras posibles entidades.

El uso de la ecografía abdominal, como hemos visto previamente, sin signos de alarma, probablemente va a resultar normal, pero nos va a poder descartar otras afecciones. Otras pruebas más específicas y a valorar de forma individualizada son: pHmetría, manometría y transito esofágico, entre otras.

En lo que hace referencia a marcadores en heces, el estudio de sangre oculta nos permite detectar sangrado digestivo, que forma parte de uno de los signos de alarma, aunque se debe tener en cuenta que la positividad puede ser por causas perianales inespecíficas.

A la calprotectina fecal sí que se le otorga valor para diferenciar dolor orgánico de funcional(7); aunque se debe tener en cuenta que se ve influenciada por la edad, el índice de masa corporal, el uso de fármacos como los AINES y los inhibidores de la bomba de protones, así como por la forma de recogida(12).

Un tema muy discutido es el uso del test de Helicobacter pylori en heces, ya que este solo está recomendado en las guías para comprobar la erradicación de la infección una vez se ha tratado(13). El motivo de no ser usado como herramienta diagnóstica de la infección es que, en Pediatría, la mayoría de las infecciones son asintomáticas(13) y un resultado positivo, además, con las altas tasas de infección en Pediatría, solo crea ansiedad familiar y al propio paciente, sin que este tenga que ser la causa del dolor. Cuando la infección es sintomática, es por presencia de lesión digestiva que precisa endoscopia digestiva para el diagnóstico y que es probable que con la anamnesis, se haya orientado por el tipo de dolor que se presenta con estas lesiones. Aunque cabe decir que, a veces, un test de Helicobacter pylori en heces, en pacientes con dudoso dolor epigástrico, claras dudas con dolor funcional y sin signos de alarma, cuando el resultado es negativo permite demorar la necesidad de endoscopia digestiva alta hasta tener más claro los síntomas que presenta y ver la evolución de ellos con el tiempo.

Dolor abdominal asociado a alteraciones del ritmo deposicional

Lo más importante de este grupo es descartar organicidad.

En este grupo, los síntomas suelen ser dolor infraumbilical o en ambas fosas ilíacas, aunque también pueden referir dolor generalizado, periumbilical o en epigastrio, asociado con cambios de ritmo o en el tipo de deposiciones.

En la tabla V se pueden ver las entidades orgánicas de este grupo.

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De las alteraciones del ritmo intestinal o cambio del tipo de deposiciones, las que más nos preocupan son la presencia de diarreas, ya que estas en comparación con el estreñimiento suelen asociar más patología orgánica.

En este subgrupo, pues, la prioridad será descartar una enfermedad inflamatoria intestinal por su transcendencia. Esta se presentará con signos de alarma: heces con elementos patológicos, fiebre o febrícula recurrente, pérdida de peso, anorexia y fallo de medro. Ante estos signos, será importante que la analítica tenga marcadores inflamatorios y un estudio en heces con calprotectina fecal y sangre oculta. De la exploración, será muy importante evaluar la zona anal y perianal, aunque el paciente no refiera molestias, y una exploración física completa. Las técnicas de imagen tienen un papel fundamental en el proceso diagnóstico y seguimiento de esta enfermedad y en particular la ecografía intestinal, que en manos expertas, tiene un alto valor predictivo negativo y que debería ser la primera prueba de imagen ante la sospecha de esta entidad, aunque la endoscopia digestiva es la que confirmará el diagnóstico junto con la anatomía patológica.

La celiaquía, sobre todo en niños pequeños, se presenta con síntomas más digestivos; mientras que, en niños mayores, suele presentarse con síntomas atípicos o mínimos, aunque, en los últimos años, la presentación de la enfermedad ha cambiado, predominando más los síntomas extradigestivos(14).

Las intolerancias a los carbohidratos se inician en la infancia y, aunque su etiología no corresponde puramente a una enfermedad orgánica, tampoco forma parte de los criterios de los trastornos funcionales de Roma IV. La prevalencia de estas está aumentando en las últimas décadas por el aumento del consumo de los mismos, sobre todo, en forma de azúcares añadidos(15). La falta de absorción de los carbohidratos arrastra los fluidos a nivel intraluminal, provocando diarreas y su fermentación en el intestino y las molestias digestivas con acúmulo de gas, dolor abdominal o sensación nauseosa. Hasta un 20 % de los pacientes describen síntomas extraintestinales, como vértigo o dolor de cabeza, entre otros(15).

De todas las intolerancias, la intolerancia a la lactosa es la más frecuente. El 70 % de la población mundial experimenta un descenso de la lactasa (enzima encargada de la digestión de la lactosa) a valores críticos entre los dos y los cinco años de vida(15).

La intolerancia a la fructosa también es más frecuente cuanto menor es la edad y se atribuye al grado de maduración intestinal(15).

La intolerancia al sorbitol es dosis dependiente y, además, su presencia empeora la absorción de fructosa(15).

Por último, la intolerancia a los FODMAPS (oligosacáridos, disacáridos, monosacáridos y polioles fermentables), un grupo de hidratos de carbono de cadena corta con poca absorción intestinal, que se fermentan en la luz intestinal provocando síntomas digestivos.

Para el diagnóstico de las intolerancias a los hidratos de carbono, tenemos que ver una relación temporal con la dieta. A veces, es muy útil realizar un calendario dietético y la relación con los síntomas. En varios estudios se observa que pacientes con dolor abdominal crónico presentan mejoría con una dieta baja en lactosa y fructosa; no obstante, en el seguimiento de estos, solo un bajo porcentaje se acaba diagnosticando de intolerancia, por lo que parece que la malabsorción observada en ellos es un hallazgo más que una causa del dolor abdominal(16). Por lo tanto, los estudios de intolerancia se deben de hacer de forma racionalizada y no ante todo a paciente con molestias abdominales.

Ante la sospecha de estas entidades, se pueden realizar los test de aire espirado y confirmarlo con las dietas de restricción. En el caso de los FODMAPS, solo las dietas de restricción permiten el diagnóstico y estas deben ser supervisadas por un especialista en el tema(15).

El sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado (SIBO, por sus siglas en inglés: Small Intestine Bacterial Overgrowth) tiene una presentación variable, desde signos y síntomas leves, como anorexia, náuseas, diarreas, distensión abdominal, dolor y flatulencia, a complicaciones graves, como desnutrición y fallo de medro(16). No obstante, discriminar si los síntomas se deben a SIBO o a otras condiciones es todo un reto, ya que este se ha relacionado en diferentes contextos clínicos, sobre todo, con los trastornos funcionales.

La relación del SIBO con el síndrome de intestino irritable se ha estudiado mucho en la última década y se ha visto una relación entre ambos, aunque no está claro si el SIBO lo precede o a la inversa. Hasta que no haya mejores datos disponibles, los pacientes con síndrome de intestino irritable podrían merecer un estudio diagnóstico de SIBO(17). También, se ha visto relación con el estreñimiento funcional y el IMO, e incluso se podría plantear analizarlo para ver si este tipo de pacientes se podrían beneficiar del tratamiento antibiótico para mejorar la clínica de estreñimiento, pero se precisan más estudios para decidirlo(17).

De hecho, no hay guías de diagnóstico ni de tratamiento de SIBO en Pediatría, por lo que es muy difícil decidir en qué pacientes se debe buscar; por tanto, la recomendación es buscar los signos y síntomas de alarma de las diferentes enfermedades. En el estudio del SIBO en Pediatría, aunque con sus limitaciones, también se usan los test de aire espirado con diferentes substratos.

Dolor abdominal periumbilical

La máxima complejidad de este grupo es diferenciar el origen funcional. Un dolor que nunca se mueve de la zona periumbilical suele corresponder a origen funcional.

En este grupo, los síntomas suelen ser dolor periumbilical inespecífico, a veces asociado a otros síntomas, como cefalea, mareos, inapetencia o sensación nauseosa.

En la tabla VI se pueden ver las entidades orgánicas de este grupo.

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Aunque es un subgrupo muy abstracto, debemos hacer mención especial al cólico por estreñimiento. El estreñimiento supone una de las causas principales de dolor abdominal en la edad pediátrica(18) y, aunque en las guías de ROMA IV lo clasifican como un trastorno funcional independiente del dolor abdominal, el estreñimiento es causa frecuente de dolor en Pediatría por sus episodios de cólicos secundarios al mismo, por lo que lo vamos a incluir en este grupo para tenerlo muy presente.

Una de las causas de este cólico es que los niños están “demasiado ocupados” para hacer evacuaciones completas, tienen una dieta pobre en fibras y con una escasa ingesta de agua, lo que produce una dilatación del colon inferior con acúmulo de heces de gran tamaño y de gases. Los síntomas de esto incluyen: dolor abdominal, cólico de diferente intensidad, reducción de apetito, saciedad precoz, distensión abdominal, fisuras, dolor con la deposición, retrasos en la defecación, heces duras y, finalmente, encopresis. Además, los padres ya no suelen supervisar las deposiciones a cierta edad y el problema pasa de­sapercibido y se va cronificando. Otro problema por el cual pasa desapercibido para muchos profesionales es que no se interroga de forma correcta. Para identificar este tipo de “estreñimiento oculto”, que aparentemente debuta solo con dolor, se debe preguntar no solo la forma de las deposiciones, sino el tamaño de las mismas, porque un Bristol 4 que aparentemente puede parecer normal, no lo es si el tamaño de este es exagerado y los padres habitualmente han normalizado el tamaño aunque reconocen que les sorprende porque son más grandes de lo esperable por su cuerpo. Aparte de esto, preguntaremos por la frecuencia de las deposiciones y por los síntomas descritos anteriormente. Cuando exploremos el abdomen, deberemos buscar si aparece cuerda cólica izquierda o en ambas fosas, ya que la presencia de la misma nos indica, sobre todo si dicen que en el mismo día han hecho deposición, que hacen un vaciado incompleto y que, por lo tanto, hay un estreñimiento oculto. Y, aunque no parezca que pueda ocasionar tantas molestias este tipo de deposiciones, una vez se inicia el tratamiento laxante, todo el dolor desaparece y permite confirmar el diagnóstico.

Como hemos dicho, es un grupo abstracto, donde más dudas vamos a tener con el dolor de origen funcional y donde es probable que tengamos que hacer pruebas complementarias para descartar nuestras dudas. Algunas pistas que nos pueden orientar hacia un dolor de origen funcional es que, habitualmente, el paciente con dolor abdominal funcional lo presenta localizado siempre a nivel periumbilical y está presente durante las 24 horas del día, no se levanta por la noche, pero empeora en momentos de estrés (p. ej., durante la mañana antes de ir al colegio) y suele acompañarse de múltiples quejas somáticas, como cefalea, mareo o malestar generalizado. En la exploración, la distracción suele resolver el dolor abdominal(19).

Dentro de los dolores abdominales funcionales, haremos una mención especial a la migraña abdominal, en la que debemos pensar ante episodios intensos de dolor abdominal periumbilical o difuso, incluso sin la presencia de síntomas asociados típicos de la migraña (anorexia, náuseas, vómitos, dolor de cabeza, fotofobia); ya que, a veces, no se presentan juntos y nos alejan del diagnóstico(19).

Así pues, con toda esta información se propone el algoritmo que puede verse al final del artículo.

Conclusiones

Una evaluación sistemática y esquematizada simplifica el proceso diagnóstico del dolor abdominal crónico en Pediatría.

Aunque la mayoría de los pacientes con dolor abdominal crónico van a tener un origen funcional, la clasificación presentada permite realizar una orientación práctica del dolor para poder acotar las pruebas diagnósticas, ya que el mayor reto está en poder diferenciar el origen funcional del orgánico, teniendo en cuenta, además, la dificultad añadida de que ambos pueden coexistir.

Las guías de Roma IV permiten realizar un diagnóstico positivo de los trastornos funcionales, sin que este sea el resultado de haber excluido necesariamente todas las enfermedades orgánicas. La decisión de realizar pruebas complementarias debe individualizarse en cada caso, realizando una evaluación sistemática y conociendo que la presencia de signos y síntomas de alarma aumenta la probabilidad de que se trate de una enfermedad orgánica, justificando la necesidad de ampliar el estudio.

De todas las pruebas complementarias, los marcadores serológicos de celiaquía y la calprotectina fecal son las que han demostrado tener mayor eficiencia para el estudio del dolor abdominal crónico, aunque el empleo racional de las distintas pruebas comentadas en esta revisión nos permitirá orientar mejor el diagnóstico.

Es el pediatra de Atención Primaria el que juega el rol principal en el manejo del paciente con dolor abdominal crónico. Necesitará dedicar tiempo y empeño a estos pacientes para realizar una anamnesis completa, una exploración física detallada y seguir la estrategia propuesta para poder orientar el diagnóstico, evitando así el uso innecesario de pruebas complementarias.

El primer paso para un manejo exitoso de un problema tan común, como es el dolor abdominal crónico, es establecer una correcta orientación diagnóstica que permita tranquilizar al paciente, a su familia y también al propio profesional sanitario, y ello es posible con un enfoque global y una evaluación sistemática como la que se propone.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Realizar una anamnesis completa, con exploración física y recogida de datos antropométricos para poder orientar la sospecha diagnóstica y solicitar las pruebas complementarias de primer nivel.

• Recordar que la causa más frecuente de dolor abdominal crónico es el dolor abdominal funcional y que se puede diagnosticar tras una evaluación clínica completa, sin precisar la derivación al especialista o pruebas de segundo nivel.

• Derivar a gastroenterología pediátrica ante la presencia de signos y síntomas de alarma que precisen pruebas complementarias de segundo nivel.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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19.*** Thapar N, Benninga MA, Crowell MD, Di Lorenzo C, Mack I, Nurko S, et al. Paediatric functional abdominal pain disorders. Nat Rev Dis Primers. 2020; 6: 89. Disponible en: https://doi.org/10.1038/s41572-020-00222-5.

Bibliografía recomendada

– American Academy of Pediatrics Subcommittee on Chronic Abdominal Pain. Chronic abdominal pain in children. Pediatrics. 2005; 115: e370-81.

En este consenso americano, se define el dolor abdominal crónico, se muestra la evidencia de las pruebas complementarias y de la anamnesis y de la efectividad del tratamiento.

– Hyams JS, Di Lorenzo C, Saps M, Shulman RJ, Staiano AM, van Tilburg M. Childhood functional gastrointestinal disorders: Child/adolescent. Gastroenterology. 2016; 150: 1456-68.

Clasificación y explicación de los trastornos gastrointestinales funcionales en Pediatría, con su explicación fisiopatológica y su actualización de los criterios de Roma IV, donde ya se permite hacer un diagnóstico positivo sin la necesidad de excluir toda la patología orgánica previa.

– Thapar N, Benninga MA, Crowell MD, Di Lorenzo C, Mack I, Nurko S, et al. Paediatric functional abdominal pain disorders. Nat Rev Dis Primers. 2020; 6: 89. Disponible en: https://doi.org/10.1038/s41572-020-00222-5.

Artículo donde se explican todos los posibles factores que influyen para el desarrollo de los trastornos funcionales digestivos y cómo se deben abordar, ofreciendo un algoritmo diagnóstico. Aparte se presentan todas las formas de manejo y se discute la evidencia de cada una.

 

Caso clínico

 

Niño de 9 años de edad, sin antecedentes personales de interés, que consulta por un dolor abdominal de un año de evolución que refiere que es prácticamente a diario en la zona periumbilical. Cuando preguntamos por el tipo de dolor, refiere que es de intensidad cambiante, que cuando tiene dolor no tiene apetito y niega náuseas, vómitos u otros síntomas. No refieren pérdida de peso, pero sí ingestas reducidas desde siempre. Refieren que el dolor no se relaciona con ningún alimento y que hace deposiciones a diario, sin diarreas. Sin alteraciones del comportamiento, buen rendimiento escolar. Sin antecedentes familiares de interés.

Refieren una exploración normal abdominal y se ha realizado una analítica general con hemograma y bioquímica, con marcadores serológicos de celiaquía que han resultado normales, estudio de parásitos normal y una ecografía abdominal también normal (aunque refieren mucho gas intraluminal). Se ha retirado la lactosa sin mucha respuesta y, dada la persistencia del dolor inespecífico, se deriva al especialista.

Este es el paciente típico que recibimos en las consultas de gastroenterología y las pruebas que se han realizado habitualmente.

 

 

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