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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Ansiedad en la infancia y adolescencia

M. Pérez Pascual*, P. Sánchez Mascaraque**
Temas de FC


M. Pérez Pascual*, P. Sánchez Mascaraque**

*Pediatra. Unidad de Medicina de la Adolescencia. Hospital Universitario La Paz. Madrid. **Psiquiatra Infanto-Juvenil. Centro de Salud Mental Jaime Vera. Coslada. Hospital Universitario del Henares. Madrid

Resumen

Uno de los trastornos mentales más prevalente en la infancia y la adolescencia son los trastornos de ansiedad. En muchas ocasiones no se presentan solos, sino que se asocian a comorbilidades como depresión, dificultades académicas y abuso de sustancias, entre otras. Las manifestaciones clínicas de la ansiedad en estas etapas de la vida puede ser una tarea complicada para el pediatra. La edad es un factor determinante en la expresión clínica, siendo el miedo, la tristeza, la irritabilidad y las quejas somáticas, síntomas diana que nos deben de hacer sospechar su existencia.

Los trastornos de ansiedad en los niños incluyen: trastorno de ansiedad por separación, mutismo selectivo, fobia específica, agorafobia, trastorno de pánico, trastorno de ansiedad social y trastorno de ansiedad generalizada. El pediatra de Atención Primaria es clave para detectar tempranamente estos síntomas e iniciar su abordaje y correcto tratamiento.

En este capítulo se va a revisar la etiología, epidemiología, clínica, diagnóstico, prevención y tratamiento de los trastornos de ansiedad.

 

Abstract

One of the most prevalent mental disorders in childhood and adolescence are anxiety disorders. On many occasions they do not appear alone, but are associated with comorbidities such as depression, academic difficulties and substance abuse, among others. The clinical manifestations of anxiety in these stages of life can be a complicated task for the pediatrician to tackle. Age is a determining factor in clinical expression, with fear, sadness, irritability and somatic complaints being target symptoms that should make us suspect its existence.

Anxiety disorders in children include: separation anxiety disorder, selective mutism, specific phobia, agoraphobia, panic disorder, social anxiety disorder, and generalized anxiety disorder. The Primary Care pediatrician is key to detecting these symptoms at an early stage and initiating their adequate management and treatment.

This article will review the etiology, epidemiology, clinical manifestations, diagnosis, prevention, and treatment of anxiety disorders.

 

Palabras clave: Trastornos de ansiedad; Infancia; Adolescencia; Síntomas somáticos; Miedo.

Key words: Anxiety disorders; Childhood; Adolescence; Somatic symptoms; Fear.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (1): 40 – 47

 

OBJETIVOS

  • Aprender que la etiología de los trastornos de ansiedad es multifactorial, estando implicados en su desarrollo factores biológicos, psicológicos y socioambientales. 
  • Entender que la ansiedad en la infancia se equipara al miedo. Los miedos cambian según la edad del niño o adolescente. 
  • Conocer que el diagnóstico es clínico. Existen cuestionarios que pueden apoyar el diagnóstico. 
  • Saber la importancia que tiene la elección del tratamiento, este debe basarse en: la severidad de la sintomatología, la presencia de comorbilidad, la edad del niño y la naturaleza de los factores causales. 
  • Comprender que la primera intervención es la psicoeducación del niño y sus padres sobre la ansiedad. 

 

Ansiedad en la infancia y adolescencia

Introducción

La ansiedad, en situaciones de estrés o peligro puede ser normal y adaptativa, incluso necesaria, ya que hace que la persona se proteja ante dicho estímulo potencialmente dañino. Cuando la reacción es excesiva, se considera ansiedad patológica.

Los trastornos de ansiedad, globalmente, son los trastornos psiquiátricos más frecuentes en la infancia y adolescencia, presentando tasas de prevalencia entre un 10 y un 20%, por encima de la depresión y de los trastornos de la conducta(1). Los trastornos de ansiedad a menudo se inician en estas etapas y son progresivos, persistentes y crónicos o de curso recurrente. El diagnóstico precoz y su tratamiento puede reducir el impacto en la vida del niño y del adolescente, en todos sus aspectos, académico, social y familiar, y prevenir la persistencia de un trastorno de ansiedad en la vida adulta(2-4). La ansiedad se puede equiparar al miedo. Los miedos y las preocupaciones son normales en la infancia, tienen un carácter evolutivo, preparan al niño para afrontar situaciones que pueden entrañar un peligro, así como enfrentarse a los cambios. Estos miedos van cambiando con la edad. En edades tempranas, se asustan por estar solos o ante ruidos fuertes. Según crecen aparece el miedo a separarse de sus padres, a la oscuridad, a los extraños. En la edad escolar aparecen miedos a fenómenos naturales, monstruos o enfermedades, y en la adolescencia predomina el miedo a hacer el ridículo ante compañeros, al fracaso académico, la competencia escolar y las cuestiones de salud. La ansiedad aparece cuando existe un peligro inmediato real o imaginario. Tiene carácter adaptativo y es necesaria para la supervivencia. Se hace patológica cuando es excesiva en intensidad, duración (en general, si dura más de 6 meses), o causa un desproporcionado malestar o sufrimiento. También se considera patológica, cuando el desencadenante es un estímulo objetivamente neutro o inofensivo.

La ansiedad se puede desencadenar por factores externos o internos (recuerdos, imágenes, ideas, deseos). Se manifiesta con síntomas neurovegetativos (inquietud psicomotriz, taquicardia, piloerección, sudoración…), cognitivos (miedo, preocupación) y conductuales, siendo la inhibición la respuesta más típica en los trastornos de ansiedad. La adolescencia, en concreto, es una etapa de cambios y retos evolutivos, cambios físicos, elección de estudios, realización de la selectividad como acontecimiento especialmente estresante, inicio de la vida laboral, necesidad de la aceptación e integración al grupo de sus iguales, inicio de relaciones afectivas de pareja, etc(1). A veces, estos cambios tan importantes en la vida precipitan ansiedad en adolescentes vulnerables, pudiendo desencadenar patología. Siguiendo la clasificación del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales en su quinta edición (DSM-5)(5), los trastornos de ansiedad más habituales en la infancia son: trastorno por ansiedad de separación (TAS), trastorno por ansiedad generalizada (TAG), fobia social y fobias específicas. En los trastornos de ansiedad es frecuente la comorbilidad, en especial con otro trastorno de ansiedad y con depresión. Es relevante en Pediatría el hecho de que los trastornos somatomorfos, el dolor abdominal, las cefaleas y los dolores crónicos sin patología física identificable, se asocian hasta en un 20% con un trastorno de ansiedad comórbido. Su diagnóstico puede evitar realizar pruebas complementarias innecesarias y tratamientos yatrogénicos. En esta revisión se abordará: epidemiología, etiopatogenia, clínica, tratamiento farmacológico y psicoterapéutico, el pronóstico y la prevención de los trastornos de ansiedad.

Epidemiología

La prevalencia de los trastornos de ansiedad en la edad pediátrica oscila entre el 10 y el 20%, dependiendo del diseño epidemiológico del estudio, los criterios diagnósticos empleados, los trastornos de ansiedad incluidos y la edad de los pacientes.

Los trastornos de ansiedad en la infancia y adolescencia están asociados a dificultades académicas y sociales, a la depresión, a la tentativa autolítica y al abuso de sustancias en la edad adulta. Por otra parte, es frecuente la coocurrencia de varios trastornos de ansiedad en un mismo paciente. Un 33% de los niños y adolescentes con trastornos de ansiedad cumplen criterios para dos o más trastornos de ansiedad. Además, se encuentra comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos, fundamentalmente con depresión, con rangos que varían entre el 28 y el 68%.

Además, en los próximos años tendremos que contestar la siguiente pregunta: ¿cuál ha sido el impacto de la pandemia COVID-19 en la prevalencia de ansiedad en la infancia? Las pandemias son crisis poco frecuentes, pero potencialmente devastadoras, que afectan a la vida física, social y psicológica de muchos niño/as y sus familias. Aunque tienen mucho en común con otros desastres naturales: impacto en la comunidad, imprevisibilidad, víctimas y efectos persistentes, la respuesta a las pandemias difiere respecto a la de otros desastres en la necesidad de medidas para evitar su propagación, entre las que destacan el distanciamiento social y la cuarentena(6,7).

La mayoría de los estudios realizados en relación con trastornos de ansiedad secundarios a la pandemia por COVID, están hechos en China. En ellos se muestran altas tasas de ansiedad durante el confinamiento, que llegaban hasta el 37,4%, y se mantenían en la fase de estabilización(8).

Existen también estudios del impacto emocional secundario a COVID-19 en población infantil española, donde se incluyeron a 1.143 padres de niños/as españoles e italianos entre 3 y 18 años. En él se encontró que un alto porcentaje (85,7%) de los padres señalaron cambios en el estado emocional de sus hijos durante la cuarentena. Este estudio tiene la limitación de que no se preguntó directamente a los niños, sino que la encuesta fue referida por los padres(9).

Según lo sucedido en otras pandemias, lo previsible es que durante estos años de estabilización de la pandemia por SARS-Cov2, tengamos un repunte de trastornos por ansiedad, sobre todo, en los niños y adolescentes susceptibles.

Etiopatogenia

La etiología de los trastornos de ansiedad es multifactorial, estando implicados en su desarrollo factores biológicos, psicológicos y socioambientales.

Los distintos factores que intervienen en la etiología de los trastornos de ansiedad se pueden incluir en las siguientes categorías.

Factores del desarrollo

Se debe valorar la progresión de la ansiedad a lo largo de la vida, una perspectiva del desarrollo contribuye a comprender la patogenia de los trastornos de ansiedad. Los bebés que muestran reacciones de aprensión, vacilación o angustia a la novedad tienen más probabilidades de evitar los estímulos nuevos, cuando empiezan a caminar(10). Estos niños pequeños han sido descritos como “conductualmente inhibidos”, teniendo un mayor riesgo de desarrollar trastornos de ansiedad en la infancia(11,12), trastorno de ansiedad social en la adolescencia y, finalmente, más probabilidades de tener trastornos de ansiedad persistentes en la edad adulta.

Factores cognitivos y de aprendizaje

Las personas con trastornos de ansiedad tienen un sesgo de atención hacia los estímulos relacionados con la amenaza, se encuentran hipervigilantes hacia los mismos, incluso interpretan estímulos neutros como potencialmente dañinos.

Otro posible determinante cognitivo es la negatividad relacionada con el error, la baja tolerancia hacia el error a lo largo del desarrollo (de 6 a 18 años) puede predecir ansiedad en diferentes periodos de la vida(13).

Factores neurobiológicos

Las regiones cerebrales que actualmente sabemos que están implicadas en la sensación de ansiedad son la corteza prefrontal, que integra la información exterior y la amígdala, que es la responsable de la respuesta inicial del miedo.

Además de ellas, estructuras posteriores, la corteza cingulada anterior, la ínsula y el cerebelo han sido implicados en los trastornos de ansiedad en estudios funcionales realizados en niños y adolescentes. Respecto a los neurotransmisores, en la ansiedad se produce un aumento de la liberación de noradrenalina, que eleva el glutamato y disminuye el GABA. En cambio, la serotonina produce el efecto contrario. De ahí, la acción terapéutica de los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) en los trastornos de ansiedad. Las neuronas serotoninérgicas también ejercen una acción inhibidora de las neuronas noradrenérgicas, que tienen un papel esencial en el desencadenamiento de la ansiedad y en su mantenimiento(2).

Factores genéticos

La mayoría de las estimaciones de la heredabilidad del rasgo de ansiedad en los niños son de alrededor del 30%, aunque en algunos estudios llegan del 50 al 60%. Estos hallazgos sugieren que los factores genéticos juegan un papel importante en el desarrollo de estos trastornos en relación con los factores ambientales(14).

Factores ambientales y sociales(3,15)

Los factores ambientales y sociales son muy importantes a la hora de desarrollar y mantener un trastorno de ansiedad. Sobre una base genética y un temperamento susceptible, el contexto en el que se encuentra el niño o el adolescente es determinante a la hora de enfermar. Se estima que el ambiente contribuye en un 60% en los trastornos de ansiedad.

• Dentro de los estilos de crianza parental, la sobreprotección excesiva, estilos educativos excesivamente punitivos y la transmisión de miedos específicos por parte de los padres, pueden contribuir a la génesis de dichos trastornos.

• Los acontecimientos vitales estresantes (conflictividad familiar, escolar o social, situaciones traumáticas, pérdidas o duelo de un ser querido, cambio de colegio o domicilio) pueden actuar como factores desencadenantes o mantenedores.

• Familias disfuncionales con condiciones desfavorables de salud (trastornos neuróticos, enfermedades crónicas no compensadas), niveles altos de violencia y escasa capacidad para resolver problemas.

• Situación social desfavorable (nivel socioeconómico bajo, adversidad económica, condiciones de vida desfavorables) pueden generar una sensación de inseguridad crónica que colabore en la génesis de un trastorno de ansiedad.

Clínica

Las manifestaciones clínicas de los trastornos de ansiedad están marcadas por la edad y el desarrollo cognitivo de cada niño y adolescente, así como el tipo de miedos o preocupaciones.

Identificar el miedo o la motivación central detrás de síntomas o comportamientos particulares es fundamental para un diagnóstico preciso:

• Trastorno de ansiedad por separación: estar lejos de sus padres o cuidadores.

• Trastorno de ansiedad social: avergonzarse de sí mismo frente a sus compañeros.

• Trastorno de ansiedad generalizada: tener una sensación constante de temor o preocupación.

• Trastorno de pánico con agorafobia: miedo a tener un ataque de pánico y no poder escapar.

Por ejemplo, un niño puede sentir ansiedad por ir a la escuela por varias razones. La evaluación de la preocupación específica es fundamental para el diagnóstico y el plan de tratamiento.

Dentro de la clínica se puede destacar(1):

• En los bebés: llanto, irritabilidad, hipertonía muscular, vómitos, hiperventilación, espasmos de sollozo.

• En la edad escolar: miedos, síntomas somáticos (dolor abdominal, cefaleas), irritabilidad, alteración de conducta (inquietud, desobediencia, rabietas), problemas de memoria, atención y concentración, problemas relacionados con el sueño (insomnio, pesadillas), rituales.

• En la adolescencia: irritabilidad, mareo, dolor torácico, insomnio, fatiga y miedos sociales. Es la etapa del desarrollo en que aparecen los síntomas de despersonalización y desrealización. La despersonalización es un sentimiento de extrañeza hacia el propio yo, como si el adolescente se sintiera vacío. En la desrealización, el mundo circundante se percibe como si no existiera, como si no fuera real ni tuviera vida.

En la tabla I, se muestran los criterios diagnósticos de los trastornos de ansiedad del DSM-5(5).

Comorbilidad

En los trastornos de ansiedad, la comorbilidad es muy frecuente, a pesar de ello suele pasar desapercibida y es infradiagnosticada.

Cuando se diagnostica un trastorno de ansiedad hay que explorar las comorbilidades. La existencia de estas agrava la sintomatología, incrementa el deterioro académico y laboral, y condiciona una mala respuesta al tratamiento, por lo que son importantes, tanto su prevención como su diagnóstico precoz, a veces, difícil por el solapamiento de los síntomas. Los trastornos comórbidos se benefician de un tratamiento específico concomitante. Pueden presentarse de manera transversal, si ocurren varios trastornos en un periodo corto de tiempo, o bien longitudinal, cuando estos trastornos se van desarrollando en un periodo de tiempo más prolongado. Las comorbilidades más frecuentes son:

• Con otro trastorno de ansiedad, 50%.

• Depresión, 33%. La depresión mayor se asocia a trastornos de ansiedad severos, los síntomas de ansiedad suelen preceder a la aparición de los síntomas depresivos.

• Trastorno por síntomas somáticos.

• Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), 20-40%.

Trastorno por abuso de sustancias. El tratamiento de la ansiedad ha demostrado acompañarse de una disminución en el consumo de sustancias, y de los problemas derivados de ello a largo plazo.

• Trastorno del sueño, hasta en un 90%.

Diagnóstico

La experiencia del profesional a la hora de reconocer la clínica de ansiedad en la infancia y la adolescencia es determinante para poder detectar a tiempo los trastornos de ansiedad, puesto que el diagnóstico es clínico.

El diagnóstico de los trastornos de ansiedad es clínico y se realiza siguiendo los criterios diagnósticos de las clasificaciones internacionales: CIE-11 y DSM-5.

Existen algunos cuestionarios y escalas de apoyo al diagnóstico para detectar ansiedad en los niños. Entre ellas se encuentran: la SCAS (Escala de Ansiedad para Niños de Spence), para ansiedad prescolar e infantil; y la CMAS-R2 (Escala de Ansiedad Manifiesta en Niños revisada) para niños y adolescentes de 6 a 19 años.

Otro de los cuestionarios es STAIC (State-Trait Anxiety Inventory for Children) o cuestionario de ansiedad estado-rasgo para niños, que evalúa la ansiedad en el momento actual y la predisposición del sujeto a la ansiedad respectivamente(16,17). También es útil el cuestionario CBCL (Child Behavior Checklist), que discrimina síntomas internalizantes.

En la tabla II se muestra un ejemplo de valoración diagnóstica de los trastornos de ansiedad en la infancia y adolescencia(3,15).

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial de los trastornos de ansiedad en la infancia es complejo, debido a las altas tasas de superposición de varios trastornos ansiosos en el mismo paciente y a su com.orbilidad con otros procesos psicológicos-psiquiátricos.

En líneas generales, es necesario hacer el diagnóstico diferencial con(16,2,3):

• Síntomas somáticos y trastornos relacionados.

• Trastorno obsesivo compulsivo (TOC).

• Trastorno de estrés postraumático.

• Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

• Trastorno del comportamiento.

• Esquizofrenia.

• Patología orgánica que pueda dar síntomas parecidos a los de la ansiedad: hipotiroidismo e hipertiroidismo, feocromocitoma, arritmias cardiacas (taquicardia supraventricular paroxística), enfermedad de Wilson, epilepsia, hipoglucemia, enfermedad vestibular, asma, esclerosis múltiple, corea de Huntington, tumores del sistema nervioso central, etc.

• Consumo de tóxicos (alcohol, opiáceos, cocaína, cafeína, anfetaminas, etc.) o medicamentos responsables de los síntomas como, por ejemplo: síntomas del síndrome de abstinencia o efectos secundarios de psicoestimulantes, beta-agonistas, esteroides, teofilina, estimulantes alfa-adrenérgicos o bloqueadores de los canales del calcio.

Prevención

El pediatra está en una situación privilegiada para la prevención de estos trastornos, que se basa en la identificación de los factores de riesgo ya descritos para poder hacer un diagnóstico precoz.

Saber detectar los miedos exagerados e inadecuados a la edad del niño, las preocupaciones exageradas y las conductas evitativas, deben hacer sospechar patología y valorar si precisa tratamiento. Son factores de riesgo: antecedentes personales o familiares de ansiedad, presencia de acontecimientos vitales estresantes, sexo femenino, tener una enfermedad médica crónica y timidez e inhibición del comportamiento. Una vez diagnosticados, su correcto tratamiento evitará su cronicidad e impacto negativo en la vida del niño.

Tratamiento

El abordaje de los trastornos de ansiedad es multimodal. La elección del tratamiento debe basarse en: la severidad de la sintomatología, la presencia de comorbilidad, la edad del niño y la naturaleza de los factores causales.

El tratamiento de los trastornos de ansiedad requiere de una aproximación multimodal y de un enfoque terapéutico global, con el objetivo de disminuir la sintomatología, evitar complicaciones a largo plazo, prevenir la aparición de comorbilidad psiquiátrica y el desarrollo de trastornos ansiosos en la edad adulta(1).

La primera intervención es la psicoeducación del niño y sus padres sobre la ansiedad. Los tratamientos eficaces son la psicoterapia (cognitivo-conductual) y el tratamiento farmacológico (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, ISRS).

El objetivo del tratamiento es reducir la angustia y el estrés del niño o adolescente. Para diseñar un plan de tratamiento habrá que tener en cuenta lo siguiente:

• La gravedad del trastorno.

• El diagnóstico específico del trastorno de ansiedad.

• Tiempo de evolución del trastorno (si es de inicio reciente, con síntomas de larga evolución con empeoramiento progresivo o fluctuante).

• Situaciones en las que presenta síntomas (al ir a colegio, al irse a dormir, etc.).

• Comorbilidades (TDAH, trastorno del espectro autista, trastorno de conducta…).

• Edad y grado de desarrollo del niño. Cuanto más pequeño sea el niño, más debemos centrar la intervención en el entrenamiento de los padres.

• Situación social, familiar y escolar del niño o adolescente.

• Características familiares y psicopatología en la familia.

• Recursos disponibles del sistema de salud y familiares.

• Tratamientos anteriores que hayan sido efectivos o hayan fracasado.

El papel del pediatra de Atención Primaria es clave. En primer lugar, porque es el profesional que conoce el entorno de cada niño y desde su posición puede realizar prevención primaria para evitar la ansiedad, por ejemplo, detectando niños con inhibición conductual y enseñándoles estrategias para que se expongan a situaciones novedosas; enseñando técnicas de afrontamiento enfocadas al problema, como: búsqueda activa de información, autoinstrucciones positivas, distracción, relajación, parar pensamientos negativos, etc.

Por otro lado, una vez que el pediatra detecta un problema de ansiedad en un niño o adolescente, deberá formar en lo posible a las figuras de referencia del menor, sobre los principios básicos del manejo conductual en niños con ansiedad (Tabla III).

Un buen manejo conductual puede frenar o retrasar la evolución de los síntomas, enlentecer la evolución e incluso revertir el trastorno.

Cuando los síntomas provocan problemas, generalmente el manejo solo no es suficiente, y es preciso iniciar tratamiento. El tratamiento de primera elección es la psicoterapia y, en segundo lugar, el tratamiento farmacológico en niños a partir de los 6 años, con síntomas moderados o graves y si ha fracasado la psicoterapia. La terapia cognitivo-conductual (TCC) es el método de psicoterapia con mayor evidencia científica en ensayos controlados aleatorizados para el tratamiento de trastornos de ansiedad.

El objetivo de estas intervenciones es entrenar al niño para que adquiera habilidades de afrontamiento de problemas, mejore su autoconfianza, reestructure sus cogniciones erróneas y modifique sus conductas con la práctica de nuevos comportamientos (técnicas de relajación y respiración, técnicas de estudio, entrenamiento en habilidades sociales, ejercicios de dramatización o “role-play” y exposición gradual a situaciones que provocan ansiedad)(3,18).

El tratamiento farmacológico de elección para los trastornos de ansiedad son los ISRS. A pesar de que no están aprobados por la Food and Drug Administration (FDA) para el tratamiento de la ansiedad, numerosos estudios demuestran su eficacia y tolerabilidad(19,20). Los ISRS, cuya eficacia ha sido demostrada superior al placebo, son los que se muestran en la tabla IV.

La edad recomendada es por encima de los 7 años para la fluoxetina, de los 6 para la sertralina, de los 8 para la fluvoxamina y de los 12 para el escitalopram. Para el resto, no hay estudios suficientes que recomienden edad de inicio de tratamiento. También son eficaces en el tratamiento de la ansiedad algunos antidepresivos duales, como la venlafaxina (37,5-150 mg/día), la duloxetina (30-60 mg/día) y la mirtazapina (15-30 mg/día), indicados solo en adolescentes y fuera de ficha técnica.

Respecto a los eventos adversos de los ISRS, los más frecuentes son: síntomas gastrointestinales, alteraciones del ciclo sueño-vigilia, inquietud, cefalea, acatisia, cambios en la ingesta alimentaria y disfunción sexual. La venlafaxina puede aumentar ligeramente la tensión arterial, y los niños pueden mostrar empeoramiento de su conducta con mayor impulsividad. Con relación al uso de benzodiacepinas, no han demostrado una eficacia superior a placebo en estudios clínicos controlados en niños y adolescentes con trastornos de ansiedad, por lo que no se consideran psicofármacos de primera elección en estos casos. Sin embargo, se usan con frecuencia en adolescentes con síntomas de ansiedad graves y se debería limitar su indicación en situaciones puntuales o en el inicio del tratamiento con ISRS hasta que estos hagan efecto. Las benzodiacepinas más usadas son las de vida media larga (clorazepato, diazepam o lorazepam) por su mayor tolerancia y su menor riesgo de efecto rebote y de dependencia, como las que se incluyen en la tabla V.

En niños y adolescentes, es conveniente evitar benzodiacepinas como alprazolam o bromazepam. Estos fármacos están contraindicados en adolescentes con abuso de sustancias.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria es el primer contacto que tiene el niño o adolescente y su familia con el sistema sanitario. Este profesional es el que conoce al niño y su familia desde el nacimiento, pudiendo detectar aquellos temperamentos susceptibles de desarrollar trastornos de ansiedad. Identificar y diagnosticar los trastornos de ansiedad en la edad pediátrica es una tarea compleja. Por una parte, los síntomas ansiosos se van a manifestar como quejas somáticas que van a orientar el diagnóstico hacia patología orgánica. Por otra, la identificación de las preocupaciones en los niños y adolescentes es complicada, debido a la dificultad en la expresión de sentimientos que presentan, propia de su desarrollo madurativo. No olvidemos que, muchos de los trastornos de ansiedad aparecen en asociación con otros trastornos ansiosos o en comorbilidad con otros trastornos mentales. El pediatra de Atención Primaria debe desarrollar la destreza suficiente en la identificación de los síntomas relacionados con la ansiedad y el diagnóstico de los distintos trastornos de ansiedad presentes en la edad pediátrica. Y si se detecta tempranamente, dar las pautas oportunas, tanto al niño/adolescente como a su familia, para iniciar un tratamiento precoz y evitar así enmascaramiento y cronicidad de estos trastornos.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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2.*** Guerrero F, Sánchez Mascaraque P. Trastornos por ansiedad y trastorno obsesivo-compulsivo en la infancia y la adolescencia. En: I Curso de psiquiatría del niño y del adolescente para pediatras. Editores: Hidalgo Vicario MI, Rodríguez Hernández PJ; 2019. p.135-62.

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16. Sánchez Mascaraque P. Ansiedad. En: Medicina de la Adolescencia. Atención Integral. Editores: Hidalgo Vicario MI, Rodríguez Molinero L, Muñoz Calvo MT. 3ª Ergon S.A.; 2021. Cap. 120, p.1013-9.

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Bibliografía recomendada

– Guerrero F, Sánchez Mascaraque P. Trastornos por ansiedad y trastorno obsesivo-compulsivo en la infancia y la adolescencia. En: I Curso de psiquiatría del niño y del adolescente para pediatras. Editores: Hidalgo Vicario MI, Rodríguez Hernández PJ; 2019. p.135-62.

Libro básico de psiquiatría infanto-juvenil para pediatras de Atención Primaria. En el capítulo de ansiedad se expone de una forma práctica el abordaje de los trastornos de ansiedad en la infancia y la adolescencia.

– Sanchez Mascaraque P. Ansiedad. En: Medicina de la Adolescencia. Atención Integral. Editores: Hidalgo Vicario MI, Rodríguez Molinero L, Muñoz Calvo MT. 3ª Ergon S.A.; 2021. Cap. 120, p.1013-9.

Este capítulo de ansiedad se centra en la adolescencia. Es en esta franja de edad donde debutan muchas de las patologías mentales, por eso la detección y el manejo específico de los adolescentes es tan importante para el pediatra que trata a esta población hasta los 14-16 años.

– Rubio Morell B, Moreno Pardillo D, Lázaro García L. Manual de psiquiatría en la Infancia y la Adolescencia. (1ª edición). Elsevier. 2021. ISBN: 978-84-911384-7-1.

Libro que reúne las bases teóricas de la disciplina desde un modelo biopsicosocial e integrador, cuyo contenido se asienta en las últimas y más robustas evidencias científicas. Este enfoque práctico surge como respuesta a la inminente creación de la especialidad de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia, con el objetivo de que los profesionales dispongan de un acceso a la formación: práctico, rápido y basado en la evidencia.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: dolor abdominal y pérdida de peso.

Enfermedad actual: adolescente de 13 años de edad, la deriva su pediatra porque, durante el confinamiento por la pandemia COVID, se ha venido quejando de dolor abdominal casi diario. Por este motivo ha disminuido la ingesta alimentaria, ha restringido alimentos grasos e hipercalóricos y también come menos cantidades. La razón que da es que así le duele menos.

En alguna ocasión ha vomitado tras la comida, no ha sido de forma provocada. Ha perdido unos 5 kg en dos semanas y esto le ha provocado una gran preocupación por su salud. Afirma verse muy delgada y con mal aspecto físico.

Mide 1,58 cm y pesa 42 kg. Su índice de masa corporal es 16,8. Menarquia a los 11 años, reglas regulares.

Entre sus antecedentes personales, destaca que padece de dolor abdominal desde la infancia y que este se exacerba cuando tiene exámenes y cuando se tiene que enfrentar a situaciones nuevas. Es estreñida de siempre y durante el confinamiento ha empeorado. Siempre ha sido delgada, no consigue engordar. En verano es cuando se encuentra mejor y gana algo de peso.

Su pediatra, tras realizar una exploración física exhaustiva y pruebas complementarias de primer nivel (analítica de sangre y orina), no ha encontrado patología física que justifique los síntomas.

La exacerbación de su dolor motiva que acuda a urgencias hospitalarias y es ingresada para estudio. No se encuentra ningún hallazgo patológico. Le recomiendan una dieta y medidas higiénico conductuales que sigue escrupulosamente, llegando a la obsesividad en el cumplimiento.

Psicobiografía: vive con sus padres y una hermana de 11 años. No tiene antecedentes psiquiátricos. Estudiante brillante, no se conforma con menos de un notable. Muy buena conducta, tanto en casa como en el instituto. En primaria sintió rechazo por sus compañeros, pero en el instituto está contenta.

Es una niña tímida, inhibida, insegura, con necesidad de anticipar y controlar lo que hace. Ante situaciones nuevas o cambios en su vida se pone muy nerviosa. En exámenes lo pasa muy mal y, a veces, vomita. Apenas se relaciona con sus iguales con los que no comparte intereses, su meta es estudiar y sacar muy buenas notas. Sus padres la describen como hiperexigente y perfeccionista. Con la pandemia lo está pasando muy mal. Pasa horas estudiando agobiada por los resultados. Las clases on line la han descentrado y ha perdido el control. Tiene mucho miedo a enfermar de COVID por si contagia a sus padres. No quiere salir a la calle, porque la gente no respeta las medidas de protección. Ella relaciona los vómitos con su nivel de ansiedad.

Exploración psicopatológica: ánimo triste, importante ansiedad, preocupación excesiva por su rendimiento académico y por su futuro, con una visión pesimista, anticipa fracasos de forma no realista, temores hipocondriacos, miedo a contagiar a sus padres no justificado, insomnio de conciliación, ansiedad ante la comida por miedo a que le genere dolor abdominal y vómitos, no presenta alteración en la percepción de su esquema corporal.

Familia: como único antecedente, la madre está diagnosticada de colon irritable.

 

 

 

Anxiety in childhood and adolescence

M. Pérez Pascual*, P. Sánchez Mascaraque**
Topics on
Continuous Training


M. Pérez Pascual*, P. Sánchez Mascaraque**

*Pediatrician. Adolescent Medicine Unit. La Paz University Hospital. Madrid. **Child and Adolescent Psychiatrist. Jaime Vera Mental Health Center. Coslada. Henares University Hospital. Madrid

Abstract

One of the most prevalent mental disorders in childhood and adolescence are anxiety disorders. On many occasions they do not appear alone, but are associated with comorbidities such as depression, academic difficulties and substance abuse, among others. The clinical manifestations of anxiety in these stages of life can be a complicated task for the pediatrician to tackle. Age is a determining factor in clinical expression, with fear, sadness, irritability and somatic complaints being target symptoms that should make us suspect its existence.

Anxiety disorders in children include: separation anxiety disorder, selective mutism, specific phobia, agoraphobia, panic disorder, social anxiety disorder, and generalized anxiety disorder. The Primary Care pediatrician is key to detecting these symptoms at an early stage and initiating their adequate management and treatment.

This article will review the etiology, epidemiology, clinical manifestations, diagnosis, prevention, and treatment of anxiety disorders.

 

Resumen

Uno de los trastornos mentales más prevalente en la infancia y la adolescencia son los trastornos de ansiedad. En muchas ocasiones no se presentan solos, sino que se asocian a comorbilidades como depresión, dificultades académicas y abuso de sustancias, entre otras. Las manifestaciones clínicas de la ansiedad en estas etapas de la vida puede ser una tarea complicada para el pediatra. La edad es un factor determinante en la expresión clínica, siendo el miedo, la tristeza, la irritabilidad y las quejas somáticas, síntomas diana que nos deben de hacer sospechar su existencia.

Los trastornos de ansiedad en los niños incluyen: trastorno de ansiedad por separación, mutismo selectivo, fobia específica, agorafobia, trastorno de pánico, trastorno de ansiedad social y trastorno de ansiedad generalizada. El pediatra de Atención Primaria es clave para detectar tempranamente estos síntomas e iniciar su abordaje y correcto tratamiento.

En este capítulo se va a revisar la etiología, epidemiología, clínica, diagnóstico, prevención y tratamiento de los trastornos de ansiedad.

 

Key words: Anxiety disorders; Childhood; Adolescence; Somatic symptoms; Fear.

Palabras clave: Trastornos de ansiedad; Infancia; Adolescencia; Síntomas somáticos; Miedo.

 

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (1): 40 – 47

 

OBJECTIVES

  • To learn that the etiology of anxiety disorders is multifactorial, with biological, psychological and socio-environmental factors being involved.
  • To understand that anxiety in childhood is equivalent to fear. Fears vary according to the age of the child or adolescent.
  • To comprehend that the diagnosis is clinical. Questionnaires exist that can support the diagnosis.
  • To realize the importance of selecting the appropriate treatment which should be based on: the severity of the symptoms, the presence of comorbidity, the age of the child and the nature of the causal factors.
  • To ascertain that the first intervention consists in psychoeducation of the child and their parents about anxiety.

 

 

Anxiety in childhood and adolescence

Introduction

Anxiety, in situations of stress or danger, can be normal and adaptive, even necessary, since it makes the person protect himself of a potentially harmful agent. If the reaction is excessive, it is considered pathological anxiety.

Anxiety disorders, globally, are the most frequent psychiatric disorders in childhood and adolescence, with prevalence rates ranging between 10 and 20%, above depression and behavioral disorders(1). Anxiety disorders often commence in these stages and present a progressive, persistent, and chronic or recurrent course. Early diagnosis and treatment can reduce the impact on the life of the child and adolescent, in all his/her spheres, academic, social and family, and prevent the persistence of an anxiety disorder in adult life(2-4). Anxiety can be equivalent to fear. Fears and worries are normal in childhood, they have an evolutionary character, they prepare the child to face situations that may involve danger, as well as to face changes. These fears vary with age. At an early age, they are frightened by being alone or by loud noises. As they grow up, the fear of being separated from their parents, of the dark, and of strangers appears. At school age, fears of natural phenomena, monsters or diseases manifest, and in adolescence the fear of being laughed at and ridiculed in front of peers, academic failure, school competition and health issues predominates. Anxiety presents when there is an immediate real or imagined danger. It is adaptive in nature and is necessary for survival. It becomes pathological when it is excessive in intensity, duration (in general, if it lasts beyond 6 months), or causes disproportionate discomfort or suffering. It is also considered pathological when the trigger is an objectively neutral or harmless stimulus.

Anxiety can be triggered by external or internal factors (memories, images, ideas, wishes). It manifests itself with autonomic symptoms (psychomotor restlessness, tachycardia, piloerection, sweating…), cognitive (fear, worry) and behavioral symptoms, with inhibition being the most typical response in anxiety disorders. Adolescence, specifically, is a stage of evolutionary changes and challenges, physical changes, academic choices, university entrance exams as particularly stressful events, beginning of the working life, the need for acceptance and integration in the peer group, onset of affective couple relationships, etc.(1). Sometimes, these important life changes precipitate anxiety in vulnerable adolescents, possibly triggering pathology. Following the classification of the diagnostic and statistical manual of mental disorders in its fifth edition (DSM-5)(5), the most common anxiety disorders in childhood are: separation anxiety disorder (SAD), generalized anxiety disorder (GAD), social phobia and specific phobias. Comorbidity is common in anxiety disorders, especially with another anxiety disorder and with depression. It is relevant the fact that in Pediatrics, somatoform disorders, abdominal pain, headaches and chronic pain without identifiable physical pathology, are associated with a comorbid anxiety disorder in up to 20%. Its diagnosis can avoid unnecessary complementary tests and iatrogenic treatments. This review will address: epidemiology, etiopathogenesis, clinical manifestations, pharmacological and psychotherapeutic treatment, prognosis and prevention of anxiety disorders.

Epidemiology

The prevalence of anxiety disorders in the pediatric age ranges between 10% and 20%, depending on the epidemiological design of the study, the diagnostic criteria used, the anxiety disorders included, and the age of the patients.

Anxiety disorders in childhood and adolescence are associated with academic and social difficulties, depression, suicide attempt, and substance abuse in adulthood. On the other hand, the co-occurrence of several anxiety disorders in the same patient is frequent. 33% of children and adolescents with anxiety disorders meet criteria for two or more anxiety disorders. Furthermore, comorbidity is found with other psychiatric disorders, mainly depression, with ranges that vary between 28 and 68%.

In addition, in the coming years we will have to answer the following question: what has been the impact of the COVID-19 pandemic on the prevalence of anxiety in childhood? Pandemics are rare but potentially devastating crises that affect the physical, social and psychological lives of many children and their families. Although they share much in common with other natural disasters: impact on the community, unpredictability, victims and persistent effects, the response to pandemics differs from that of other disasters in the need for measures to prevent their spread, among which social distancing and quarantine stands out(6,7).

Most of the studies carried out in relation to anxiety disorders secondary to the COVID pandemic have been performed in China. They show high rates of anxiety during confinement, which reached 37.4%, and remained in the stabilization phase(8).

There are also studies of the emotional impact secondary to COVID-19 in the Spanish child population, which included 1,143 parents of Spanish and Italian children between 3 and 18 years of age. It was found that a high percentage (85.7%) of parents indicated changes in the emotional state of their children during the quarantine. This study has the limitation that the children were not directly asked, but rather the survey was referred by the parents(9).

Based on what has happened in other pandemics, it is foreseeable that during these years of stabilization of the SARS-Cov2 pandemic, an upturn in anxiety disorders, especially in susceptible children and adolescents will be present.

Etiopathogenesis

The etiology of anxiety disorders is multifactorial, with biological, psychological and socio-environmental factors being involved in their development.

The various factors involved in the etiology of anxiety disorders can be included in the following categories.

Development factors

The progression of anxiety throughout life should be assessed, a developmental perspective helps to understand the pathogenesis of anxiety disorders. Babies who show apprehensive, hesitant or distressed reactions to novelty are more likely to avoid new stimuli when they start to walk(10). These young children have been described as “behaviorally inhibited”, having a higher risk of developing anxiety disorders in childhood(11,12), social anxiety disorder in adolescence and, finally, more likely to have persistent anxiety disorders in adulthood.

Cognitive and learning factors

People with anxiety disorders have an attention bias towards threat-related stimuli, are hypervigilant towards them, and even interpret neutral stimuli as potentially harmful.

Another possible cognitive determinant is negativity related to error, where a low tolerance towards error throughout development (from 6 to 18 years) can predict anxiety in different periods of life(13).

Neurobiological factors

The brain regions currently known to be involved in the feeling of anxiety are the prefrontal cortex, which integrates external information, and the amygdala, which is responsible for the initial fear response.

In addition to them, posterior structures, the anterior cingulate cortex, the insula, and the cerebellum have been implicated in anxiety disorders in functional studies in children and adolescents. Regarding neurotransmitters, in anxiety there is an increase in the release of norepinephrine, which raises glutamate and decreases GABA. Instead, serotonin produces the opposite effect. Hence, the therapeutic action of selective serotonin reuptake inhibitors (SSRIs) in anxiety disorders. Serotonergic neurons also exert an inhibitory action on noradrenergic neurons, which play an essential role in triggering anxiety and in its maintenance(2).

Genetic factors

Most estimates of the heritability of trait anxiety in children are around 30%, although some studies range from 50 to 60%. These findings suggest that genetic factors play an important role in the development of these disorders in relation to environmental factors(14).

Environmental and social factors(3,15)

Environmental and social factors are very important in developing and maintaining an anxiety disorder. Over a genetic basis and a susceptible temperament, the context in which the child or adolescent is found is decisive when it comes to becoming ill. It is estimated that the environment contributes 60% to anxiety disorders.

• Within parental upbringing styles, excessive overprotection, excessively punitive educational styles and the transmission of specific fears by parents can contribute to the genesis of these disorders.

• Stressful life events (family, school or social conflict, traumatic situations, bereavement or grief of a loved one, switching school or address) can act as triggering or maintaining factors.

• Dysfunctional families with unfavorable health conditions (neurotic disorders, uncompensated chronic illnesses), high levels of violence and little ability to solve problems.

• Unfavorable social situations (low socioeconomic level, economic adversity, unfavorable living conditions) can generate a feeling of chronic insecurity that contributes to the genesis of an anxiety disorder.

Clinical manifestations

The clinical manifestations of anxiety disorders are marked by the age and cognitive development of each child and adolescent, as well as the type of fears or concerns.

Identifying the core fear or motivation behind particular symptoms or behaviors is critical to an accurate diagnosis:

• Separation Anxiety Disorder: Being away from parents or caregivers.

• Social Anxiety Disorder: Being ashamed of oneself in front of peers.

• Generalized Anxiety Disorder: Having a constant feeling of fear or worry.

• Panic disorder with agoraphobia: fear of having a panic attack and not being able to escape.

For example, a child may be anxious about attending school for various reasons. Assessment of the specific concern is critical to making the diagnosis and planning treatment.

Within the clinic manifestations, the following can be highlighted(1):

• In babies: crying, irritability, muscle hypertonia, vomiting, hyperventilation, sobbing spasms.

• At school age: fears, somatic symptoms (abdominal pain, headaches), irritability, behavioral changes (restlessness, disobedience, tantrums), memory, attention and concentration problems, sleep-related problems (insomnia, nightmares), rituals.

• In adolescence: irritability, dizziness, chest pain, insomnia, fatigue and social fears. It is the stage of development in which the symptoms of depersonalization and derealization present. Depersonalization is a feeling of strangeness towards one’s own self, as if the adolescent felt empty. In derealization, the surrounding world is perceived as if it did not exist, as if it is not real or alive.

Table I shows the diagnostic criteria for anxiety disorders according to DSM-5(5).

Comorbidity

In anxiety disorders, comorbidity is very frequent, although it usually goes unnoticed and is underdiagnosed.

When an anxiety disorder is diagnosed, comorbidities must be explored. The existence of these aggravates the symptoms, increases academic and work deterioration, and determines a poor response to treatment, which is why both prevention and early diagnosis are important, sometimes difficult due to overlapping symptoms. Comorbid disorders benefit from concomitant specific treatment. They can occur transversally, if several disorders occur in a short period of time, or longitudinally, when these disorders develop over a longer period of time. The most frequent comorbidities are:

• With another anxiety disorder, 50%.

• Depression, 33%. Major depression is associated with severe anxiety disorders, where anxiety symptoms usually precede the onset of depressive symptoms.

• Somatic symptom disorder.

• Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD), 20-40%.

• Substance use disorder. Treatment of anxiety has been shown to be accompanied by a decrease in substance use, and the problems derived from it in the long term.

• Sleep disorder, up to 90%.

Diagnosis

The experience of the professional when it comes to recognizing the symptoms of anxiety in childhood and adolescence is decisive in being able to detect anxiety disorders in time, since the diagnosis is clinical.

The diagnosis of anxiety disorders is clinical and is carried out following the diagnostic criteria of the international classifications: ICD-11 and DSM-5.

There are some questionnaires and scales to support the diagnosis in detecting anxiety in children. Among them are: the SCAS (Spence Children´s Anxiety Scale) for preschool and childhood anxiety; and the CMAS-R2 (Revised Children´s Manifest Anxiety Scale) for children and adolescents aged 6 to 19 years.

Another of the questionnaires is STAIC (State-Trait Anxiety Inventory for Children) or state-trait anxiety questionnaire for children, which assesses current anxiety and the subject’s predisposition to anxiety, respectively(16,17). The CBCL (Child Behavior Checklist) questionnaire, which discriminates internalizing symptoms, is also useful.

Table II shows an example of diagnostic assessment of anxiety disorders in childhood and adolescence(3,15).

 

Differential diagnosis

The differential diagnosis of anxiety disorders in childhood is complex, due to the high overlap rates of various anxiety disorders in the same patient and their comorbidity with other psychological-psychiatric processes.

In general, it is necessary to make a differential diagnosis with(16,2,3):

• Somatic symptoms and related disorders.

• Obsessive compulsive disorder (OCD).

• Post-traumatic stress disorder.

• Attention deficit hyperactivity disorder (ADHD).

• Behavior disorder.

• Schizophrenia.

• Organic pathology that can manifest symptoms similar to those of anxiety: hypothyroidism and hyperthyroidism, pheochromocytoma, cardiac arrhythmias (paroxysmal supraventricular tachycardia), Wilson’s disease, epilepsy, hypoglycemia, vestibular disease, asthma, multiple sclerosis, Huntington’s chorea, central nervous system tumors, etc.

• Consumption of toxics (alcohol, opiates, cocaine, caffeine, amphetamines, etc.) or medications responsible for the symptoms, such as: symptoms of withdrawal syndrome or side effects of psychostimulants, beta-agonists, steroids, theophylline, alpha-adrenergic stimulants, or calcium channel blockers.

Prevention

The pediatrician is in a privileged position for the prevention of these disorders, which is based on the identification of the risk factors already described in order to make an early diagnosis.

Recognizing exaggerated and inappropriate fears, exaggerated worries and avoidance behaviors given the child’s age, should lead to suspicion of pathology and assess whether treatment is necessary. Risk factors include: personal or family history of anxiety, presence of stressful life events, female gender, having a chronic medical illness, and shyness and behavioral inhibition. Once diagnosed, its correct treatment will prevent its chronicity and negative impact on the child’s life.

Treatment

The approach to anxiety disorders is multimodal. The choice of treatment should be based on: the severity of the symptoms, the presence of comorbidity, the age of the child and the nature of the causal factors.

The treatment of anxiety disorders requires a multimodal approach and a comprehensive therapeutic approach, with the aim of reducing symptoms, avoiding long-term complications, preventing the appearance of psychiatric comorbidity and the development of anxiety disorders in adulthood(1).

The first intervention is the psychoeducation of the child and parents about anxiety. Effective treatments are psychotherapy (cognitive-behavioral) and pharmacological treatment (selective serotonin reuptake inhibitors, SSRIs).

The goal of the treatment is to reduce the angst and stress of the child or adolescent. To design a treatment plan, the following aspects must be taken into account:

• The severity of the disorder.

• The specific anxiety disorder diagnosis

• Progression time of the disorder (if it is of recent onset, with long-standing symptoms with progressive or fluctuating worsening).

• Situations in which symptoms manifest (going to school, going to sleep, etc.).

• Comorbidities (ADHD, autism spectrum disorder, conduct disorder…).

• Age and degree of development of the child. The younger the child, the more focus should be placed in the intervention on parent training.

• Social, family and school situation of the child or adolescent.

• Family characteristics and psychopathology in the family.

• Resources available from the health system and family.

• Previous treatments that have been effective or that have failed.

The role of the Primary Care pediatrician is key. In the first place, because he is the professional who knows the environment of each child and from his position can carry out primary prevention to avoid anxiety, for example, detecting children with behavioral inhibition and teaching them strategies to expose themselves to novel situations; teaching coping techniques focused on the problem, such as: active search for information, positive self-instructions, distraction, relaxation, stopping negative thoughts, etc.

On the other hand, once the pediatrician detects an anxiety problem in a child or adolescent, he should train the minor’s reference figures, as much as possible, on the basic principles of behavioral management in children with anxiety (Table III).

Adequate behavioral management can stop or delay the evolution of symptoms, slow down the progression and even reverse the disorder.

When symptoms cause problems, management alone is usually not enough, and treatment should be started. The treatment of choice is psychotherapy and, secondly, pharmacological treatment in children from 6 years of age, with moderate or severe symptoms if psychotherapy has failed. Cognitive behavioral therapy (CBT) is the method of psychotherapy with the most scientific evidence in randomized controlled trials for the treatment of anxiety disorders.

The objective of these interventions is to train the child to acquire coping skills, improve self-confidence, restructure erroneous cognitions and modify behaviors by practicing new ones (relaxation and breathing techniques, study techniques, social skill training, dramatization exercises or “role-play” and gradual exposure to situations that provoke anxiety)(3,18).

The pharmacological treatment of choice for anxiety disorders is SSRIs. Although they are not approved by the Food and Drug Administration (FDA) for the treatment of anxiety, numerous studies demonstrate their efficacy and tolerability(19,20). The SSRIs whose efficacy has been shown to be superior to placebo are those shown in Table IV.

The recommended age is above 7 years-old for fluoxetine, 6 years for sertraline, 8 years for fluvoxamine and 12 years for escitalopram. For other drugs, there are not enough studies to recommend an age for treatment initiation. Some dual antidepressants, such as venlafaxine (37.5-150 mg/day), duloxetine (30-60 mg/day) and mirtazapine (15-30 mg/day), are also effective in treating anxiety, but only in adolescents and not contemplated in the technical data sheet.

Regarding the adverse events of SSRIs, the most frequent are: gastrointestinal symptoms, abnormalities in the sleep-wake cycle, restlessness, headache, akathisia, changes in food intake and sexual dysfunction. Venlafaxine may slightly increase blood pressure, and children may show worsening behavior with increased impulsiveness. With regards to the use of benzodiazepines, they have not shown greater efficacy than placebo in controlled clinical studies in children and adolescents with anxiety disorders, so they are not considered first-choice psychoactive drugs in these cases. However, they are frequently used in adolescents with severe anxiety symptoms and their indication should be limited to specific situations or at the start of treatment with SSRIs until they take effect. The most commonly used benzodiazepines are those with a long half-life (clorazepate, diazepam or lorazepam) due to their greater tolerance and lower risk of rebound effect and dependence, such as those included in Table V. In children and adolescents, it is advisable to avoid benzodiazepines such as alprazolam or bromazepam. These drugs are contraindicated in adolescents with substance abuse.

 

Role of the Primary Care pediatrician

The Primary Care pediatrician is the first contact that the child or adolescent and their family have with the health system. This professional knows the child and his family from birth, being able to detect those temperaments that are susceptible to developing anxiety disorders. Identifying and diagnosing anxiety disorders in children is a complex task. On the one hand, anxious symptoms will manifest as somatic complaints that will guide the diagnosis towards organic pathology. On the other hand, the identification of concerns in children and adolescents is complicated, due to the difficulty in expressing their feelings, typical of their developmental maturity. It must not be forgotten that many of the anxiety disorders appear in association with other anxiety disorders or in comorbidity with other mental disorders. The Primary Care pediatrician must develop sufficient skills in the identification of symptoms related to anxiety and the diagnosis of the different anxiety disorders present in the pediatric age. If detected early, the appropriate guidelines must be provided, both to the child/adolescent and to their family, so as to start treatment promptly and thus, avoid masking and chronicity of these disorders.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the elaboration of this manuscript. Declaration of interests: none.

Bibliography

Asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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Basic book on child and adolescent psychiatry for Primary Care pediatricians. In the chapter on anxiety, the approach to anxiety disorders in childhood and adolescence is presented in a practical way.

– Sanchez Mascaraque P. Ansiedad. In: Medicina de la Adolescencia. Atención Integral. Editors: Hidalgo Vicario MI, Rodríguez Molinero L, Muñoz Calvo MT. 3ª Ergon S.A.; 2021. Cap. 120, p.1013-9.

This chapter focuses on anxiety in adolescence. It is in this age group where many of the mental pathologies manifest their onset, which is why the detection and specific management of adolescents is so important for the pediatrician who treats this population up to 14-16 years of age.

– Rubio Morell B, Moreno Pardillo D, Lázaro García L. Manual de psiquiatría en la Infancia y la Adolescencia. (1ª edición). Elsevier. 2021. ISBN: 978-84-911384-7-1.

Book that brings together the theoretical bases of the discipline from a biopsychosocial and comprehensive model, and its content is based on the latest and most robust scientific evidence. This practical approach arises as a response to the imminent creation of the specialty of Child and Adolescent Psychiatry, with the aim of providing professionals access to training: practical, fast and evidence based.

 

Clinical case

 

Reason for consultation: abdominal pain and weight loss.

Current illness: A 13-year-old female adolescent is referred by her pediatrician because during the COVID pandemic lockdown she has been complaining of abdominal pain almost daily. For this reason, she has decreased her food intake, restricted fatty and high-calorie foods, and also eats smaller amounts. The reason she provides is that it hurts less that way.

On certain occasions she has vomited after a meal, but it has not been provoked. She has lost about 5 kg in two weeks and this has caused her great concern about her health. She finds herself looking very thin and with bad physical appearance.

She is 1.58 cm tall and weighs 42 kg. Her body mass index is 16.8. Menarche took place at age 11 years, and continues to have regular menstrual cycles.

Among her personal history, she highlights that she has suffered from abdominal pain since childhood and that it is exacerbated when she has exams and when she has to face new situations. She has always been constipated and it has worsened during confinement. She has always been skinny, and finds it difficult to gain weight. Summer time is when she feels better and is able to gain weight.

Her pediatrician, after carrying out an exhaustive physical examination and first-level complementary tests (blood and urine analysis), has not identified any physical pathology that justifies the symptoms.

The exacerbation of pain motivated her to attend the hospital emergency room and was admitted for study. No pathological finding is identified. They recommend her a diet and hygienic behavioral measures that she scrupulously follows, reaching obsessive compliance.

Psychobiography: She lives with her parents and an 11-year-old sister. She has no psychiatric history. She is a brilliant student, who does not settle for a grade that is less than a B. She has a very good behavior, both at home and at school. In elementary school she felt rejected by her classmates, but in middle school she is happy.

She is a shy, inhibited, insecure girl, with the need to anticipate and control whatever she does. Faced with new situations or changes in her life, she becomes very nervous. She has a very hard time during exams and sometimes vomits. She barely interacts with those peers with whom she does not share interests, her goal is to study and achieve very good grades. Her parents describe her as hyper-demanding and a perfectionist. She is having a very hard time during the pandemic. She spends hours studying overwhelmed by the results. Online classes have disoriented her and she has lost control. She is very afraid of getting COVID in case she could infect her parents. She does not wish to go out on the street, because people do not respect the prevention measures. She relates the vomiting to her level of anxiety.

Psychopathological examination: sad mood, significant anxiety, excessive concern about her academic performance and future, with a pessimistic outlook, unrealistically anticipating failure, hypochondriacal fears, unjustified fear of infecting her parents, conciliation insomnia, anxiety towards food as she is afraid that it will cause abdominal pain and vomiting, there is no alteration in the perception of her body scheme.

Family: the only relevant background is the mother diagnosed with irritable bowel disease.

 

 

 

Arritmias más frecuentes en la población infantojuvenil

G. Sarquella-Brugada
Temas de FC


G. Sarquella-Brugadaa,b, O. Campuzanob,c,d, S. Cesara, J. Brugadaa,c,e, R. Brugadab,c,d,f

aUnidad de Arritmias, Cardiopatías Familiares y Muerte Súbita, Hospital Sant Joan de Déu, Barcelona. bDepartamento de Ciencias Médicas, Facultad de Medicina, Universitat de Girona, Girona. cCentro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Cardiovasculares (CIBERCV). dCentro de Genética Cardiovascular, Universidad de Girona-IDIBGI, Girona. eUnidad de Arritmias, Hospital Clinic de Barcelona, Barcelona. fServicio de Cardiología, Hospital Josep Trueta de Girona, Universitat de Girona, Girona

Resumen

Cada vez se diagnostican más niños y jóvenes con arritmias gracias a los programas de prevención, así como a los avances en la tecnología. A día de hoy, una buena historia clínica y un electrocardiograma siguen siendo cruciales en el diagnóstico. Aunque la mayoría de estas arritmias son benignas y con buen pronóstico, algunas de ellas pueden inducir taquicardiomiopatía, síncopes o arritmias ventriculares malignas y, por tanto, un diagnóstico precoz es fundamental para evitar graves consecuencias.

 

Abstract

More and more children and young people are being diagnosed with arrhythmias thanks to prevention programs, as well as advances in technology. Nowadays, a good medical history and an electrocardiogram are still crucial in diagnosis. Although most of these arrhythmias are benign and with a good prognosis, some of them can induce tachycardiomyopathy, syncopes or malignant ventricular arrhythmias. Therefore, an early diagnosis is essential to avoid serious consequences.

 

Palabras clave: Muerte Súbita; Arritmias; Bradicardia; Taquicardia; Genética.

Key words: Sudden Death; Arrhythmias; Bradycardia; Tachycardia; Genetics.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 406 – 412

 


Arritmias más frecuentes en la población infantojuvenil

Introducción

Las arritmias son trastornos del ritmo cardiaco que pueden estar presentes a cualquier edad, incluso en etapa fetal. El electrocardiograma (ECG) es la prueba más utilizada por su simplicidad y bajo coste. Los programas de cribaje masivo de ECG en edades tempranas son cruciales para identificar precozmente alteraciones y adoptar medidas preventivas(1). La mayoría de las arritmas son benignas y el diagnóstico suele ser casual, sobre todo en niños. La incidencia de arritmias graves en neonatos se sitúa entre el 3-5%(2). Las formas de presentación pueden ser muy variables, incluso siendo el síncope o la propia muerte súbita (MS) la primera manifestación de la patología. En ocasiones, cribajes escolares o deportivos detectan casos de arritmias en niños y jóvenes asintomáticos que pueden estar en riesgo, ya que factores externos como ejercicio o estrés, pueden inducir episodios letales(3). El objetivo de este capítulo es revisar brevemente la presentación clínica de estos trastornos del ritmo así como su abordaje terapéutico más adecuado.

Arritmias

Las arritmias, dependiendo de su origen, pueden clasificarse en supraventriculares (auriculares), las más frecuentes en pacientes pediátricos, especialmente neonatos, o bien ventriculares, que suelen ser las más graves.

Las arritmias pueden clasificarse de modo diverso. Así pues, dependiendo del ritmo cardiaco, pueden considerarse bradiarritmias (ritmos cardíacos con una frecuencia inferior a la normal) o bien taquiarritmias (>150 latidos por minuto [lpm]). También, dependiendo de su origen, las arritmias pueden ser clasificadas como: supraventriculares (o auriculares), las más frecuentes en pacientes pediátricos, especialmente neonatos; o bien ventriculares, que suelen ser las más graves.

Supraventriculares

Arritmia sinusal

Esta es la forma más frecuente en el recién nacido. Se considera benigna, con buen pronóstico y sin necesidad de tratamiento. En el ECG, se puede observar un ritmo irregular, con variaciones graduales en los intervalos PP, una onda P sinusal que precede cada QRS, y la frecuencia disminuye en espiración y aumenta durante inspiración(4).

Paro sinusal

Se considera patológica cuando produce pausas superiores a 3 segundos. En la mayoría de las ocasiones se debe a isquemia aguda, accidente cerebrovascular o intoxicación digitálica. No suele ser de causa congénita y, a veces, se asocia a la corrección tipo Mustard de la transposición de grandes arterias. El tratamiento, cuando es sintomática, es el implante de marcapasos (MP)(5).

Bradicardia sinusal

La disfunción del nódulo sinusal (NS) es asintomática la mayoría de las veces. Se define como una frecuencia cardiaca menor de 90 lpm, siendo la causa más frecuente de arritmia neonatal. No suele comportar repercusión clínica y remite dentro de las 48-72 h sin tratamiento. Se puede identificar en el postoperatorio de cardiopatías congénitas, o bien debida a: hipertono vagal, hipertensión intracraneal, apnea obstructiva del sueño, fármacos, hipotermia, hipoxia o infecciones cardiacas. Solo en casos sintomáticos con repercusión hemodinámica, es necesario el implante de un MP, siempre y cuando no exista una causa externa subyacente tratable(6).

Bloqueo sinoauricular

Esta entidad es difícil de valorar, ya que la actividad eléctrica del NS no tiene expresión en el ECG de superficie. Se distingue del paro sinusal en que la pausa siempre es un múltiplo del intervalo PP. Puede ser: de primer grado (enlentecimiento de la conducción), de segundo grado (algunos impulsos se bloquean) o de tercer grado (ningún impulso se transmite). En la mayoría de las ocasiones es de causa degenerativa, no requiere tratamiento y solo en bradicardias sintomáticas se requerirá implante de MP(6).

Bloqueo auricular

En el bloqueo auricular de primer grado se produce una conducción lenta del estímulo entre la aurícula derecha y la izquierda, lo que origina una onda P más ancha de lo normal y bimodal.

En el bloqueo de primer grado se produce una conducción lenta del estímulo entre la aurícula derecha y la izquierda, lo que origina una onda P más ancha de lo normal y bimodal. Se observa en ausencia de crecimiento auricular izquierdo, pero el retraso de la conducción auricular es el principal responsable de la morfología de crecimiento auricular izquierdo, que es indistinguible. En el bloqueo de tercer grado, el estímulo queda completamente bloqueado, lo que provoca excepcionalmente disociación auricular o, más a menudo, despolarización auricular izquierda retrógrada caudocraneal(5).

Bloqueo auriculoventricular

El bloqueo auriculoventricular puede ser de primero, segundo y tercer grado.

Una alteración del intervalo PR dará lugar a un trastorno de la conducción auriculoventricular (AV). En el ECG se observa la presencia de un ritmo auricular más rápido que el ventricular. El bloqueo AV completo es muy raro en niños (1:20.000), pero altamente letal. Puede ser congénito –hijo de madre con lupus eritematoso sistémico o enfermedad de Sjögren por anticuerpos anti-SSA/Ro y anti-SSB/La circulantes–, o adquirido –complicación de cirugía cardíaca, ablación o secundario a infección (miocarditis viral o enfermedad de Lyme)–. Los bloqueos AV pueden ser de primer grado (todos los impulsos son conducidos más lentamente). Generalmente, no tienen repercusión clínica y no necesitan tratamiento, salvo corregir la causa subyacente. También existen los de segundo grado tipo Mobitz 1 –Wenckebach– (el intervalo PR se alarga hasta que una P no conduce; no suele tener repercusión clínica ni progresar a bloqueo de tercer grado y, rara vez, requieren tratamiento), y de segundo grado tipo Mobitz 2 (no existe alargamiento PR, sino que súbitamente una onda P no conduce; en ocasiones, requieren el implante de un MP). Finalmente, también hay bloqueos AV de tercer grado (ausencia de conducción AV). El tratamiento de urgencia, cuando existe disfunción ventricular o bradicardia severa, es la perfusión intravenosa de isoproterenol y el implante de MP temporal. La implantación de MP permanente está indicada en recién nacidos o bebés con bloqueo completo, con una frecuencia ventricular de <55 lpm o en aquellos con cardiopatía congénita y una frecuencia ventricular <70 lpm. Otra indicación para MP definitivo es el bloqueo cardíaco completo con un complejo ritmo de escape amplio, ectopia ventricular compleja o disfunción ventricular(6).

Extrasístoles supraventriculares

Los extrasístoles supraventriculares se producen hasta en un 50% de los recién nacidos, cifra que aumenta en recién nacidos pretérmino.

Son latidos prematuros originados en las aurículas. Se producen hasta en un 50% de los recién nacidos, cifra que aumenta en recién nacidos pretérmino. Una onda P prematura superpuesta a la onda T anterior puede causar deformación de la onda T. La morfología del QRS es similar a la de ritmo sinusal. Los latidos precoces aislados en recién nacidos pueden estar asociados con anomalías electrolíticas, hipoglucemia, hipoxia e hipertiroidismo. Generalmente, son pacientes asintomáticos y se consideran eventos benignos en pacientes con corazón estructuralmente sano. Si las extrasístoles supraventriculares son frecuentes, está indicada una ecocardiografía para descartar cardiopatía congénita o miocardiopatía. Si no existen episodios de taquicardia supraventricular, los pacientes no requieren tratamiento(7).

Taquicardia sinusal

Las bebidas energéticas pueden ser una causa importante de taquicardia sinusal.

Esta alteración es debida al aumento del automatismo por aumento del tono simpático (estrés, dolor, anemia, fiebre, hipovolemia, hipoxia, administración de numerosos fármacos o drogas). Cabe recordar que las bebidas energéticas pueden ser una causa importante. La morfología de la onda P en la taquicardia sinusal tiende a parecerse a la morfología de la onda P durante el ritmo sinusal. La generación de la onda P refleja la activación de la porción posterolateral superior de la aurícula derecha, que luego viaja al resto de la aurícula derecha a través de la aurícula izquierda, así como en la parte inferior. Encontramos aceleración del latido normal (>166 lpm en la primera semana de vida, >176 lpm en el resto del primer mes de vida, >125 lpm a los 2 años, >115 lpm a los 4 años y >100 lpm en mayores de 6 años en reposo), secundario a un hipertono simpático. Raramente, son sintomáticas y no precisan tratamiento(8).

Taquicardia auricular

La taquicardia auricular no suele tener repercusión hemodinámica, pero pueden precisar tratamiento cuando la clínica de palpitaciones interfiera en la vida del niño o en caso de taquicardia incesante, que puede llegar a producir taquicardio­miopatía.

En este caso, el impulso se origina en la aurícula (no en el NS). Su origen se cree que es un foco único o múltiple a nivel auricular, o bien microrreentradas auriculares. Algunos se pueden considerar variantes de la normalidad, como el “ritmo del seno coronario”, pero otros pueden ocultar causas anatómicas, como hamartomas o miocarditis focales. En neonatos y lactantes, existe un tipo denominado “incesante” que característicamente, mantiene en ritmo auricular ectópico el 90% del tiempo. Suele ser no respondedor al tratamiento antiarrítmico habitual, disminuyendo la frecuencia basal de la arritmia, pero sin conseguir un control absoluto de esta. Tampoco responden bien a la cardioversión y, en casos seleccionados, se debe considerar la ablación por radiofrecuencia (RF). En otros casos, puede desaparecer espontáneamente. No suelen tener repercusión hemodinámica, pero pueden precisar tratamiento cuando la clínica de palpitaciones interfiera en la vida del niño o en caso de taquicardia incesante, que puede llegar a producir taquicardiomiopatía(9).

Taquicardia auricular multifocal

Esta entidad es muy similar a la anterior, pero producida por múltiples focos de activación. Suele presentarse más comúnmente en neonatos de sexo masculino. Esto se aprecia en el ECG por ondas P de, al menos, 3 morfologías distintas. Los bloqueos AV de primer y segundo grado causan variaciones en el intervalo PR y RR, así como un enlentecimiento relativo de la frecuencia, llevando hacia la insuficiencia cardíaca. Esta entidad suele observarse en pacientes con afecciones pulmonares crónicas. Puede ser un signo de afectación del miocardio, por enfermedades de depósito, o bien acúmulo de fármacos (digoxina). Sotalol y flecainida pueden mejorarla, cuando las palpitaciones sean molestas, pero el tratamiento definitivo es el de la enfermedad de base(10).

Flutter auricular (Fig. 1)

Figura 1. Flutter – ECG en flutter auricular y conducción 2:1 hacia ventrículos. Obsérvense las ondas F de la línea de base correspondientes al ritmo auricular macrorreentrante.

El flutter auricular se caracteriza por una frecuencia cardiaca en torno a divisores de 300 (150 lpm, 100 lpm, 75 lpm), conducción AV característicamente 2:1, ausencia de ondas P, ondas F «en diente de sierra», con frecuencia en torno a 300 lpm y complejos QRS estrechos.

Es una arritmia rara en el periodo neonatal (0,03%) y normalmente idiopática. El mecanismo del flutter auricular es la macrorreentrada dentro de la propia pared de la aurícula. Se caracteriza por frecuencia cardiaca en torno a divisores de 300 (150 lpm, 100 lpm, 75 lpm), conducción AV característicamente 2:1, ausencia de ondas P, ondas F «en diente de sierra», con frecuencia en torno a 300 lpm y complejos QRS estrechos. Se observa típicamente en la anorexia (hipocalcemia e hipopotasemia), intoxicación por digital o en la digitalización rápida endovenosa. En postoperatorio de cardiopatías congénitas donde se manipula la aurícula, es común identificar el flutter auricular. Generalmente, es bien tolerado por el neonato y en casi el 25% de los casos desaparece de forma espontánea antes de las 48 h. Si persiste, el tratamiento farmacológico está asociando a digoxina con un antiarrítmico de los grupos Ic (Propafenona, Flecainida) o III (Amiodarona, Sotalol). También se puede realizar una cardioversión, sobre todo, cuando la respuesta ventricular es rápida. El conocimiento de esta entidad ha llevado a recomendar de forma sistemática, la ampliación de la cicatriz de atriotomía hasta un obstáculo anatómico (en general, la vena cava inferior) para evitar su aparición. Idealmente, fuera del periodo neonatal, hay que considerar la ablación cardiaca, ampliando la cicatriz de forma artificial hasta la cava inferior para un tratamiento curativo(11).

Fibrilación auricular

La fibrilación auricular (FA) es el tipo más común de trastorno del ritmo cardíaco, pero muy raro en Pediatría. Se suele identificar asociada a miocardiopatía dilatada (MCD) o hipertrófica (MCH) por sobrecarga de la aurícula izquierda, manifestándose de forma paroxística o bien continua. Se presenta como un ritmo caótico de 350-600 lpm, en el que las aurículas se mueven de forma desorganizada, con oscilación del ritmo de base (ondas F) y una respuesta ventricular irregular con QRS normal. Existe también una forma de FA familiar que debe sospecharse siempre en caso de FA sin causa aparente en un niño. El manejo es similar al del adulto, intentando revertir a ritmo sinusal siempre que sea posible (fármacos –digoxina– o cardioversión eléctrica) y frenar el ritmo ventricular en caso de persistencia de la arritmia(12).

Taquicardia nodal o ectópica de la unión AV (JET [Junctional Ectopic Tachycardia])

Esta taquicardia es rara en población pediátrica (15%). Esta alteración se caracteriza por taquicardia incesante con un solo foco ectópico que se inicia en o cerca del nódulo AV. Suele mostrar disociación aurículo-ventricular (AV) con una frecuencia auricular más lenta que la ventricular. Se manifiesta como taquicardia de QRS estrecho a un ritmo superior al habitual (140-300 lpm), con disociación AV (ondas P no relacionadas con los QRS). Puede deberse a causa congénita por degeneración del nodo AV o adquirida (intoxicación por digital o en el postoperatorio de cardiopatías congénitas). Pueden causar taquicardiomiopatía si pasan desapercibidas, llegando a disfunción ventricular grave. El JET está asociado con alta morbilidad y mortalidad en neonatos. Para su diagnóstico puede ser útil la falta de respuesta a ATP o bloqueantes del calcio. El tratamiento se basa en amiodarona, para frenar la frecuencia del automatismo y la asociación de la digoxina a un beta-bloqueante. La ablación por RF del haz de His suele ser un recurso terapéutico en los casos rebeldes, aunque con alto riesgo de implante de MP(13).

Taquicardia paroxística de la unión AV (Taquicardia paroxística supraventricular [TPSV]; Taquicardia reciprocante AV)

La taquicardia paroxística de la unión AV responde a maniobras vagales y fármacos que enlentecen la conducción por el nodo AV. Se suele manifestar como: palpitaciones, dolor torácico, fatiga y mareo.

Son las taquicardias más frecuentes en la edad pediátrica (casi un 80%), aunque menos frecuentes en el neonato. Se manifiestan a frecuencia >200-300 lpm. Responden a maniobras vagales y fármacos que enlentecen la conducción por el nodo AV. Se suele manifestar como palpitaciones, dolor torácico, fatiga y mareo. La mayoría de los niños toleran bien los episodios de taquicardia, pero cuando se prolongan en el tiempo pueden presentar signos de insuficiencia cardiaca congestiva. El origen son dos mecanismos: la reentrada nodal (taquicardia reciprocante AV nodal, que es típica de adolescentes, por doble sistema de conducción dentro del nodo AV); y la reentrada por vía anómala (taquicardia reciprocante AV accesoria, principal mecanismo de los síndromes de pre-excitación como el de Wolf-Parkinson-White) (Fig 2).

Figura 2. Síndrome de Wolf-Parkinson-White – ECG en ritmo sinusal con PR corto y empastamiento inicial del QRS sugestivo de vía accesoria.

Se diferencia entre ortodrómica (la más frecuente y con QRS estrecho, sin onda delta y P retrógrada) y la antidrómica (taquicardia QRS ancho por onda delta con P anterógrada)(14). Existe una forma especial de taquicardia por reentrada, mediada por una vía accesoria con conducción decremental, es la llamada taquicardia reciprocante incesante de la unión AV –tipo Coumel–, que se manifiesta como taquicardia lenta (120-180 lpm) persistente, incesante, con QRS estrecho y de muy difícil control farmacológico. Esta última requiere, en la mayoría de ocasiones, un tratamiento de ablación con RF(15).

Ventriculares

Extrasístoles ventriculares

Cuando las extrasístoles ventriculares no cumplen los criterios de benignidad, se debe descartar: miocarditis, miocardiopatías, ingesta de antiarrítmicos u otras drogas.

Se definen como complejos ventriculares prematuros. Aparecen hasta en un 30% de los neonatos y en un 2% de los niños/adolescentes. Son latidos aislados no precedidos de onda P, con QRS ancho, en general con pausa compensadora. Se definen los complejos ventriculares prematuros en un niño, por tener baja frecuencia (<1 por minuto), >60 lpm/hora; y se caracterizan por ser monofocales y desaparecer con el ejercicio. Pueden ser asintomáticos o producir el típico «vuelco al corazón» que es la sensación del latido adelantado. La mayor parte son benignas, por lo que no precisan tratamiento, pero cuando su frecuencia es elevada, es preciso realizar una ecocardiografía y una ergometría para descartar otras causas. Cuando las extrasístoles ventriculares no cumplen los criterios de benignidad, se debe descartar: miocarditis, miocardiopatías, ingesta de antiarrítmicos u otras drogas(16).

Trastornos genéticos

Se pueden clasificar como canalopatías (trastornos que afectan el movimiento de iones; destacan: síndrome de QT largo [SQTL], síndrome de Brugada, taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica [TVPC] y síndrome de QT corto [SQTC]), o bien miocardiopatías (trastornos que afectan a las proteínas que constituyen la integridad estructural del miocito; destacan la MCH, MCD y miocardiopatía arritmogénica [MCA])(17,18).

Enfermedad cardíaca adquirida

Son aquellas entidades menos frecuentes, sobre todo, en edades neonatales e infantiles. Destacan: enfermedad cardiaca coronaria (Kawasaki), miocarditis, enfermedad de Chagas, alteraciones metabólicas, anorexia y enfermedad intracraneal (accidente cerebrovascular)(19).

Ritmo idioventricular acelerado

El ritmo idioventricular acelerado mejora con la edad, desaparece con el ejercicio y no requiere tratamiento.

Esta entidad es más habitual en lactantes, pero también puede estar presente en adolescentes. Se caracteriza por una taquicardia ventricular (TV) monomórfica, relativamente lenta, con aceleración leve del ritmo cardíaco (10% más que el ritmo sinusal normal) y con origen en ventrículo. Mejora con la edad, desaparece con el ejercicio y no requiere tratamiento(20).

Taquicardia del tracto de salida del ventrículo derecho

Se observan salvas de TV con morfología de bloqueo de rama izquierda. Generalmente, es benigna y se resuelve espontáneamente, por lo que no precisa tratamiento. Es importante descartar la taquicardia polimórfica catecolaminérgica familiar y la MCA. Se administran fármacos antiarrítmicos (beta-bloqueantes o sotalol) o se puede plantear ablación con RF e incluso el desfibrilador automático implantable (DAI)(21).

Taquicardia idiopática ventrículo izquierdo

En este caso, se observan salvas de TV monomórfica con un bloqueo de rama derecha que se origina en la superficie del tabique del ventrículo izquierdo. Típicamente, se observa en la infancia. Suele ser benigna, de buen pronóstico y responde a verapamilo y diltiazem. En casos sintomáticos, la ablación por RF es efectiva(22).

Torsade de Pointes

Esta entidad muestra morfología cambiante con aspecto helicoidal y eje alternante en el ECG. Aparece típicamente en pacientes con SQTL. Responde muy bien al sulfato de magnesio (MgSO4). El tratamiento de la enfermedad se realiza con betabloqueantes, y/o MP y/o DAI(23).

Fibrilación ventricular

La fibrilación ventricular es una situación hemodinámica grave y requiere actuación inmediata.

La fibrilación ventricular (FV) es uno de los trastornos más graves del ritmo cardíaco. Se presenta como una actividad ventricular irregular y descoordinada, debida a que el corazón recibe impulsos de diferentes lugares al mismo tiempo, indicándole que tiene que latir (QRS irregulares de diverso tamaño y configuración). Su contracción es ineficaz, por lo que la situación hemodinámica es grave y se requiere actuación inmediata(24-26). Se produce raramente en niños, salvo en el postoperatorio de cardiopatías congénitas y en miocarditis o miocardiopatías graves(25).

Tratamiento bradicardias

La atropina es el fármaco de primera elección para las bradicardias sintomáticas.

Ante la posible administración de algún fármaco, es importante resaltar que el hallazgo de bradicardia en un niño puede ser la única manifestación de intoxicación por ingesta de digoxina, betabloqueantes, clonidina, opioides, neurolépticos, pesticidas y muchos otros(27). Cuando es necesario, el tratamiento de la bradicardia comporta:

• Atropina:

- Fármaco de primera elección para las bradicardias sintomáticas.

• Isoproterenol:

- Segunda elección para las bradicardias sintomáticas.

- Dosis 0,1 mcg/kg/min perfusión (máx. 1,5 mcg/kg/min).

• Marcapasos: tratamiento ante bradicardia sintomática. Las indicaciones para su uso(28):

- Bloqueo AV de 2º o 3º grado, asociados a bradicardia sintomática, disfunción ventricular o bajo gasto cardíaco.

- Disfunción del NS sintomática.

- Bloqueo AV de 2º o 3º postoperatorio (> 7 días).

- Bloqueo AV completo congénito con ritmo de escape (QRS ancho), ectopia ventricular compleja, disfunción ventricular o frecuencia ventricular <50 lpm en niños o <70 lpm en pacientes con cardiopatía congénita.

- TV mantenida dependiente de pausa (SQTL).

El uso de MP y DAI está cada vez más extendido en la población pediátrica. Esto implica que los pediatras de cabecera conozcan las precauciones. Es aconsejable la profilaxis de la endocarditis en los portadores de cables endovasculares. La actividad física se ve restringida con el objetivo de no dañar el dispositivo, por lo que los deportes de contacto no están aconsejados. Hoy en día, la mayoría de los dispositivos son compatibles con la resonancia magnética. No está claro si el paso por los detectores de metales afecta al MP, por lo que es aconsejable una inspección manual.

Tratamiento taquicardias

Tratamiento agudo

En el tratamiento agudo de la taquicardia, cuando la situación del paciente inicialmente es estable, se pueden realizar maniobras vagales.

El objetivo es interrumpir la arritmia, enlentecer la respuesta ventricular y reestablecer un adecuado ritmo sinusal. Las medidas terapéuticas se deben abordar según cada caso. Cuando la situación del paciente inicialmente sea más estable, se pueden intentar las maniobras vagales. En escolares, se puede conseguir mediante maniobra de Valsalva o colocándoles boca abajo o mediante la estimulación glótica con un depresor. La adenosina es de elección en el tratamiento agudo de las taquicardias, donde el nódulo AV es parte del circuito y que no han respondido a las maniobras vagales. El bloqueo AV transitorio (segundos) no solo permite la finalización de arritmias, sino que es de gran utilidad diagnóstica, por permitir visualizar fenómenos del ECG poco visibles cuando hay respuesta ventricular rápida(29).

La dosis es de 0,1 mg/kg IV en bolus rápido. Si no hace efecto al minuto, repetir el bolus en dosis crecientes 0,2 >= 0,3 mg/kg, hasta dosis máxima de 15 mg. La falta de respuesta a la adenosina se puede deber a:

• Dosis inadecuada o administración demasiado lenta.

• En taquicardia de causa auricular que la adenosina bloquea el nodo AV, pueden manifestarse flutter o fibrilación auricular, identificando la causa del problema.

• La taquicardia es ventricular y no responde a adenosina.

Otros fármacos como beta-bloqueantes o flecainida pueden ser de utilidad, teniendo en cuenta su efecto inotrópico negativo. A destacar que los bloqueantes de los canales de calcio están contraindicados en niños menores de un año, por haberse descrito casos de muerte súbita con el uso de verapamilo. Ante un paciente inestable, con gran compromiso hemodinámico, se recurrirá a la inmediata cardioversión eléctrica. Inicialmente, se programan 0,5-1 J/kg y se va doblando la energía hasta un máximo de 6 J/kg. Finalmente, cuando hay falta de respuesta al tratamiento, se revisarán otras causas de TV (hipotermia, intoxicación, disionías o acidosis)(6).

Tratamiento crónico

La digoxina, los beta-bloqueantes y los calcio-antagonistas están contraindicados en el síndrome de Wolff-Parkinson-White, por su capacidad de desarrollar fibrilación ventricular.

El objetivo es prevenir la recurrencia de la taquicardia mediante tratamiento del mecanismo de acción(29).

Taquicardias auriculares:

• Digoxina o calcio-antagonistas para disminuir la respuesta ventricular, enlenteciendo la conducción por el nodo AV.

• Beta-bloqueantes, procainamida, flecainida, propafenona, amiodarona o sotalol, en caso de taquicardias incesantes sintomáticas.

Mecanismo de reentrada por nodo AV:

• Betabloqueantes, que modifican la conducción por el nodo AV en caso de taquicardia por reentrada nodal.

• A tener en cuenta que la digoxina, los beta-bloqueantes y los calcio-antagonistas están contraindicados en el síndrome de Wolff-Parkinson-White por su capacidad de desarrollar FV. En este caso, el tratamiento de elección es la flecainida.

Taquicardias ventriculares:

• Tratamiento de la patología de base, como disfunción ventricular, inflamación, alteraciones hidroelectrolíticas, etc.

• Las arritmias catecolaminérgicas, como la TV en el SQTL, suelen responder a beta-bloqueantes.

Numerosas publicaciones han demostrado que el uso del DAI es seguro y eficaz en la población pediátrica.

Ablación cardiaca por radiofrecuencia

La ablación por RF debe considerarse como primera elección, siempre que estemos ante una arritmia susceptible de ser eliminada de forma definitiva con este procedimiento(15). Pese a esto, la RF no está exenta de complicaciones, como bloqueo AV o perforación. Las tasas de éxito son elevadas, pese a que cuanto más reducido es el tamaño/edad del individuo (<2 años y/o <15 kg), más tasa de complicaciones hay, por lo que se sugiere tratamiento farmacológico en niños hasta que superen estos parámetros(30). Algunos estudios de seguimiento muestran tasas de recurrencia entre el 2% y el 8% a los dos años de la intervención(31). Centros especializados como el nuestro, muestran una altísima eficacia (>95%) de la RF, permitiendo curar la arritmia y, por tanto, evitar cualquier tratamiento farmacológico a largo plazo.

Conclusiones

Las arritmias malignas en la población infantil y juvenil no son eventos frecuentes. Existe una amplia variedad de arritmias malignas, por lo que realizar un diagnóstico preciso, así como una estratificación de riesgo es fundamental. Además, identificar precozmente estas arritmias es clave para adoptar medidas personalizadas de prevención; ya que, en ocasiones, pueden inducir a síncope y muerte súbita como primera manifestación de la patología.

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Caso clínico

 

Carlos tiene 6 años. Desde hace un tiempo viene refiriendo pinchazos en el corazón, como si se cansara y que le impiden seguir jugando con sus compañeros. En varias ocasiones, se pone la mano en el pecho, le cambia un poco el color de la cara y, después de unos minutos, se recupera y sigue jugando. Alguna vez le ha durado un poco más y ha llegado a abrazar a su madre que se ha sorprendido de notarle el corazón tan deprisa. El viernes, el episodio duró un poco más y la mamá puedo llevarlo hasta el Centro de Salud, pero tras esperar un rato en la sala de espera, Carlos le dijo: “ya estoy bien mamá, podemos irnos”. Aun así, su madre entra a la consulta y la enfermera le coloca el pulsioxímetro que marca sat.: 97%; FC: 83 lpm.

 

 

Actividad física en niños y adolescentes con enfermedad cardiovascular

M.T. Fernández Soria, D. Crespo Marcos
Temas de FC


M.T. Fernández Soria, D. Crespo Marcos

Cardiología Pediátrica. Hospital Universitario Fundación Alcorcón. Madrid

Resumen

Los niños y adolescentes tienen la necesidad innata de llevar a cabo actividades físicas que son, además, necesarias para un adecuado desarrollo físico, emocional y psicosocial, tanto en sujetos sanos como en aquellos afectos de cardiopatías congénitas u otras enfermedades cardiovasculares.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la realización de actividad física moderada o vigorosa durante, al menos, 60 minutos diarios, siendo fundamental evitar períodos prolongados de sedentarismo, pues constituye un factor de riesgo cardiovascular independiente.
Si bien, han sido documentados numerosos beneficios relacionados con la práctica deportiva, puede también conllevar riesgos para la salud si no se practica de manera segura. Por ello, es importante realizar en cardiópatas, revisiones cardiológicas periódicas, de forma que se pueda prescribir la actividad física acorde a su patología. Asimismo, es recomendable realizar en la población general, reconocimientos cardiológicos predeportivos que incluyan un electrocardiograma, para poder detectar cardiopatías que hubieran podido pasar inadvertidas, y que puedan suponer un riesgo para la salud de niños y adolescentes en relación con la práctica deportiva.
En este capítulo, se revisan las recomendaciones deportivas en niños y adolescentes con distintas patologías cardiovasculares.

 
 

Abstract

Children and adolescents have the innate need to carry out physical activities, which are also necessary for adequate physical, emotional and psychosocial development both in healthy subjects and in those affected by congenital heart disease or other cardiovascular diseases.
The World Health Organization (WHO) recommends moderate or vigorous physical activity for at least 60 minutes a day, and thus, avoiding prolonged periods of sedentary lifestyle as it constitutes an independent cardiovascular risk factor.
While many benefits linked to practicing sports have been documented, it can also carry health risks if it is not performed safely. For this reason, it is important to accomplish periodic cardiac check-ups in cardiac patients so that physical activity can be prescribed according to their pathology. Likewise, it is advisable to perform pre-sport cardiological examination in the general population, including an electrocardiogram, in order to detect heart diseases that could have remained unnoticed, and that may pose a risk to the health of children and adolescents in relation to sport practice.
This chapter reviews sport recommendations for children and adolescents with different cardiovascular diseases.

 

Palabras clave: Actividad física; Reconocimiento predeportivo; Electrocardiograma; Cardiopatía.

Key words: Physical activity; Preparticipation medical evaluation; Electrocardiogram; Heart disease.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 413 – 425

 


Actividad física en niños y adolescentes con enfermedad cardiovascular

La OMS recomienda realizar actividad física moderada o vigorosa durante, al menos, 60 minutos diarios, evitando períodos prolongados de sedentarismo.

Los niños y adolescentes poseen la necesidad innata de moverse, jugar y llevar a cabo actividades físicas. La actividad física es necesaria para el adecuado desarrollo físico, emocional y psicosocial de los niños, tanto sanos como afectos de cardiopatías congénitas u otras enfermedades cardiovasculares(1).

La Organización Mundial de la Salud recomienda la realización de actividad física moderada o vigorosa durante, al menos, 60 minutos diarios(2), si bien, superar la hora diaria aporta beneficios adicionales para la salud. Es fundamental evitar el sedentarismo, pues este ha sido identificado como un grave problema de salud en los niños y adolescentes, y ha cobrado aún mayor relevancia en los últimos meses en relación con las inevitables restricciones en la actividad física derivadas de la pandemia.

Cualquier tipo de actividad cotidiana es mejor opción que permanecer sedentario. Por ello, en los desplazamientos es muy recomendable caminar, utilizar la bicicleta o el patinete y subir las escaleras, en vez de utilizar medios de transporte, ascensores y escaleras mecánicas. Debemos, además, tener presente que los niños nos toman como referentes, por lo que es crucial que los adultos adoptemos unos hábitos saludables, pues reportarán efectos positivos, tanto en nosotros mismos como en los menores de nuestro entorno.

En cuanto a los niños y adolescentes cardiópatas, es habitual la sobreprotección en forma de restricción de la actividad física por parte de padres, cuidadores y médicos. Ello conlleva sedentarismo, con mayor probabilidad de desarrollar factores de riesgo cardiovascular. Por ello, la promoción de actividad física, en detrimento de actividades sedentarias, y la prescripción deportiva adecuada, debería ser un objetivo prioritario en cada revisión de estos pacientes. Aun cuando en ciertos casos, esté contraindicado el deporte de competición, es muy importante aconsejar un modo de vida activo y programas de entrenamiento físico adecuados a su situación.

Tipos de actividad física y ejercicio

La división de los deportes en niveles recreativo y de competición en la edad pediátrica es más teórica que aplicable a la vida real.

Pueden definirse distintos tipos de actividad física y ejercicio:

Actividad física: cualquier actividad corporal que resulte de la contracción muscular y conlleve al aumento de las necesidades metabólicas por encima de la situación de reposo. En general, la actividad física moderada comporta un aumento de las necesidades metabólicas superior a 3-6 veces la del reposo.

Deporte recreativo: actividad física voluntaria en la que el participante tiene la libertad de parar en cualquier momento.

Deporte de competición: actividad física organizada en la que el participante no establece la duración de la actividad y suele requerir más intensidad que la deseada.

Entrenamiento físico: actividad desarrollada bajo un programa especializado con el objetivo de aumentar la capacidad física.

Hábito de vida sedentario: ausencia o muy escasa actividad física. Se caracteriza por el aumento de horas dedicadas a actividades sedentarias, como ver la televisión, jugar a videojuegos o utilizar el ordenador.

La división de los deportes en niveles recreativo y de competición en la edad pediátrica es más teórica que aplicable a la vida real, pues es bien sabido que en numerosas ocasiones, la intensidad realizada y el tiempo empleado en la práctica de ejercicio físico recreativo supera con creces al competitivo, hecho que se debe tener en consideración de cara a las recomendaciones de actividad física ante enfermedades cardiovasculares.

Componentes de la actividad física. Clasificación de los deportes

Los componentes de la actividad física son el dinámico (ejercicio de resistencia) y el estático (ejercicio de fuerza).

Existen fundamentalmente 2 componentes de la actividad física:

1. Componente dinámico: característico de actividades continuas que movilizan grandes grupos musculares (ejercicio de resistencia). En general, requieren poca fuerza y generan un gasto metabólico importante, sobre todo, aeróbico.

2. Componente estático: característico de pequeños desplazamientos de uno o varios segmentos corporales contra fuerzas externas (ejercicio de fuerza). Generan un gasto metabólico anaeróbico.

Los deportes más cardiosaludables, siempre practicados con regularidad y un adecuado entrenamiento, son aquellos con un componente dinámico alto y estático bajo. Por el contrario, es muy poco recomendable abusar de deportes con componente estático alto y dinámico bajo (p. ej., levantamiento de pesas o calistenia), pues conllevan esfuerzos bruscos de elevada intensidad, acompañados en muchos casos, de aumento en la presión intraabdominal y apnea inspiratoria (cese de la respiración durante varios segundos). Todo ello provoca importantes modificaciones en la frecuencia cardíaca y en la tensión arterial, comprometiendo además el retorno venoso, lo que puede resultar perjudicial. En la tabla I se expone la clásica clasificación de los deportes, según sus componentes(3).

En la tabla II se expone la clasificación de los deportes en 4 grupos de disciplinas (habilidad, potencia, mixtos y resistencia), según los cambios hemodinámicos asociados con el entrenamiento físico y en el impacto cardiovascular a largo plazo(4). Dicha estratificación es la adoptada en las vigentes guías europeas, que serán comentadas más adelante en el texto.

 

Beneficios de la actividad física

La actividad física tiene numerosos beneficios a nivel físico, psíquico y social.

Los numerosos beneficios de la actividad física, así como los riesgos de la inactividad en personas, tanto sanas como en portadores de cardiopatías, incluyendo escolares, han sido ampliamente documentados en la bibliografía(5,6). Los efectos beneficiosos incluyen: mejoría en la función musculoesquelética, vascular, en el sistema inmunológico y a nivel psicoafectivo, cognitivo y social. También repercute positivamente en la salud ósea y en el perfil lipídico. Además, disminuye el riesgo de adquisición de conductas de riesgo, como son el consumo de alcohol, tabaco u otras drogas, y favorece el desarrollo de liderazgo y autoestima.

Asimismo, los riesgos para la salud derivados de la inactividad, como son la obesidad, la hipertensión, la diabetes, la enfermedad ansio-depresiva y la aterosclerosis, entre otros, persisten aun cuando se cumplen las recomendaciones de actividad física de intensidad moderada o vigorosa de, al menos, 1 hora al día. Por ello es importante inculcar a nuestra población pediátrica un hábito de vida activo, huyendo del sedentarismo. De poco sirve hacer por ejemplo 60 minutos diarios de bicicleta si el resto de la jornada se dedica principalmente a entretenimiento con videojuegos y nuevas tecnologías.

En consonancia con ello, el Comité español de expertos de Educación Física del Consejo COLEF propone como educación física escolar de calidad, aquella que cumple lo siguiente(7):

• Se trata de una experiencia de aprendizaje planificada, progresiva e inclusiva que forma parte del currículo desde educación infantil hasta bachillerato.

• Constituye el punto de partida para la adquisición de hábitos saludables y el compromiso con la actividad física y deporte a lo largo de la vida.

• Supone la experiencia de aprendizaje que se ofrece a los niños y jóvenes para ayudarles a adquirir las habilidades psicomotrices, la comprensión cognitiva y las aptitudes sociales y emocionales que necesitan para llevar una vida físicamente activa y plenamente satisfactoria.

Riesgos de la actividad física

Si la práctica deportiva no se realiza de manera segura, puede tener riesgos para la salud con potencial repercusión en la morbi-mortalidad.

La práctica deportiva puede tener riesgos para la salud si no se practica de manera segura, con potencial repercusión en la morbi-mortalidad. Por ello es importante en cardiópatas realizar revisiones cardiológicas periódicas, de forma que se pueda prescribir la actividad física acorde a su patología, estableciendo, si fuera necesario, las restricciones oportunas.

Además del riesgo cardiovascular, pueden producirse lesiones del aparato locomotor. En aras de su prevención, la Academia Americana de Pediatría (American Academy of Pediatrics) sugiere en el documento Sports Specialization and Intensive Training in Young Athletes(8), descansar, al menos, 1 o 2 días a la semana de práctica deportiva, y como mínimo hacer 3 períodos de reposo deportivo anuales de 1 mes de duración cada uno. En la mencionada publicación se señalan una serie de premisas con el objetivo de disminuir el riesgo de lesiones y favorecer la adquisición del saludable hábito deportivo, a las cuales nos adherimos plenamente:

• El objetivo primordial de la práctica deportiva en la infancia, debe ser adquirir unos hábitos saludables que se mantengan a lo largo de la vida.

• Es recomendable practicar diversos deportes, pues ello disminuye el riesgo de lesiones, estrés y burnout.

• Se debe diversificar la práctica deportiva en los primeros años de la infancia, y retrasar la especialización en algún deporte en concreto, pues de esta manera se aumenta la probabilidad de adherencia a largo plazo.

¿Es necesario hacer revisiones cardiológicas predeportivas?

Es recomendable realizar revisiones cardiológicas predeportivas que incluyan un electrocardiograma.

Existe consenso general en la necesidad de realizar un cribado predeportivo, aunque con enormes divergencias en cuanto a los protocolos y a las bases legales en los distintos países. La necesidad de su realización se basa en la importancia de detectar la presencia de cardiopatías que hubieran podido pasar inadvertidas, y que puedan suponer un riesgo para la salud de niños y adolescentes en relación con la práctica deportiva. En pacientes con enfermedad cardiovascular conocida, es fundamental evaluar su situación funcional para poder orientar el tipo e intensidad de actividad física que se debe llevar a cabo.

Las principales guías, que son las elaboradas por la American Heart Association (AHA)(9) y, en Europa, la recientemente publicada por la European Society of Cardiology (ESC) y la Association for European Paediatric and Congenital Cardiology (AEPC)(10), incluyen cuestionarios más o menos exhaustivos en cuanto a anamnesis, antecedentes personales y familiares, además de una completa exploración física. La principal controversia radica en la realización o no de un electrocardiograma (ECG) de forma sistemática. En Estados Unidos no se aconseja la realización rutinaria de un ECG en la población general(9), mientras que en Europa, sí se recomienda como parte fundamental en los reconocimientos predeportivos(10).

La AHA argumenta, para no incluirlo, su baja especificidad, alto coste económico y la dificultad de implicar a los médicos en la realización de reconocimientos médicos de despistaje cardiovascular. Sin embargo, cada vez son más las evidencias que demuestran la utilidad del mismo(11,12).

En España disponemos desde el año 2015, de la Guía Clínica de Evaluación Cardiovascular previa a la práctica deportiva en Pediatría(1), elaborada por la Sociedad Española de Cardiología Pediátrica y Cardiopatías Congénitas (SECPCC) y el Consejo Superior de Deportes (CSD), y avalada por numerosas Sociedades Científicas. En dicho documento, pendiente de actualización en próximas fechas, se recomienda la realización de una evaluación cardiovascular predeportiva para cualquier nivel de actividad en niños a partir de los 6 años de edad. Los reconocimientos incluyen: anamnesis con búsqueda de signos y síntomas de alarma, antecedentes personales y familiares, una completa exploración física y un ECG de 12 derivaciones. Consideramos que los profesionales más adecuados para la realizar estas evaluaciones deben tener aptitud en la valoración cardiovascular de niños y adolescentes, así como un profundo conocimiento de la interpretación del ECG. Siendo estos profesionales: cardiólogos pediátricos, pediatras, cardiólogos, médicos del deporte y médicos de familia. A tal efecto, se realizarán cursos de formación desde las Sociedades científicas con el objetivo de ampliar el personal médico cualificado para realizar estas revisiones(1). Además, en aquellos casos en que se detecten patologías cardiovasculares, se indican las pruebas complementarias a realizar, la periodicidad de las revisiones y las recomendaciones específicas sobre práctica deportiva.

Asimismo, en nuestro país, también contamos con la publicación “Recomendaciones para la práctica de ejercicio físico en pacientes cardiópatas en edad escolar”(13), editada recientemente por la Xunta de Galicia.

Recomendaciones para la práctica deportiva en niños y adolescentes con enfermedad cardiovascular

Las recomendaciones sobre la práctica deportiva en cardiópatas dependen de cada patología, tendiendo, en la actualidad, a evitar las restricciones en la medida que sea posible.

Las recomendaciones acerca de la práctica deportiva varían en función del tipo de cardiopatía, de su repercusión hemodinámica, de la capacidad funcional y del tratamiento recibido, así como de la intensidad de la actividad planificada(14). Si bien, son recomendaciones generales, cada caso debe ser manejado de forma individualizada, consensuando su realización con la familia y el paciente.

Los estudios indicados en cada patología y las revisiones a seguir pueden consultarse con detalle en el documento original(1). No obstante, a continuación, se exponen unas nociones básicas por grupos de patologías.

Cardiopatías congénitas

Se recomienda la realización de ejercicio físico moderado regular a todas las personas con cardiopatías congénitas(14). En el caso de que el paciente desee participar en deportes de competición, debe ser remitido a Cardiología Pediátrica para una valoración cardiológica específica. A continuación, se exponen las recomendaciones específicas.

Cardiopatías con cortocircuitos simples

Se incluyen aquí la comunicación interauricular (CIA) e interventricular (CIV) y el ductus arteriosus persistente (DAP).

No intervenidas: pacientes sin repercusión hemodinámica ni arritmias pueden participar, tanto a nivel recreativo como de competición, en todos los deportes(1,15). Una excepción son los deportes subacuáticos (p. ej., submarinismo), que se contraindican hasta la corrección del defecto. Pacientes con repercusión hemodinámica se valorarán de forma individualizada, pudiendo considerar la participación en deportes de baja intensidad (clase IA)(15).

Intervenidas (tras cierre quirúrgico o percutáneo): en pacientes sin cortocircuitos residuales, sin datos de hipertensión pulmonar, disfunción miocárdica ni arritmias significativas, están permitidos todos los deportes tras 3-6 meses de la intervención(15). En caso contrario, se limitará la participación deportiva, con la posible excepción de deportes de intensidad leve (clase IA). En el caso de implantación de dispositivos percutáneos, se deben evitar los deportes de contacto durante los primeros 6 meses(1).

Cardiopatías complejas

Engloban un grupo heterogéneo y poco frecuente de pacientes con un difícil manejo clínico. Suelen presentar varias anomalías asociadas (entre las que se encuentran: el canal auriculoventricular, la D-transposición de grandes arterias, la transposición de grandes arterias congénitamente corregida, la tetralogía de Fallot y la anomalía de Ebstein), con gran heterogeneidad en su presentación, por lo que debemos tener en cuenta diferentes aspectos: número y tipo de intervenciones quirúrgicas/percutáneas, cortocircuitos y lesiones residuales, disfunción ventricular, capacidad funcional y aparición de arritmias. Por tanto, este grupo de pacientes debe ser evaluado por su centro de referencia antes de iniciar la práctica deportiva. De forma general, los pacientes que, tras la corrección quirúrgica, están asintomáticos con buen resultado hemodinámico y sin aparición de arritmias significativas en el Holter ECG o en la prueba de esfuerzo, podrán realizar actividad física recreativa sin limitaciones(15,16). La actividad deportiva de competición, siempre se evaluará de forma individualizada. A continuación, se comentará la coartación de aorta:

Coartación de aorta: Puede darse de forma aislada (estrechamiento a nivel del istmo aórtico) o formando parte de cardiopatías más complejas. La hipertensión arterial (HTA) persistente es el problema común más asociado, incluso en pacientes intervenidos. A menudo, se considera parte de una aortopatía, particularmente cuando se asocia con una válvula aórtica bicúspide. Esto hace que la aorta sea más vulnerable a la dilatación, la formación de aneurismas, disección y ruptura. A largo plazo, tanto los pacientes intervenidos como los no intervenidos tienen una morbi-mortalidad cardiovascular aumentada. Una de las alteraciones más llamativas es la respuesta hipertensiva al ejercicio físico, que se asocia a HTA persistente en el seguimiento de estos pacientes. En la tabla III, se exponen las recomendaciones específicas(15,16).

 

Hipertensión pulmonar
Enfermedad vascular pulmonar asociada a cardiopatías congénitas y cardiopatías cianógenas (no operadas o tras shunt paliativos)

En este grupo se engloban pacientes con cardiopatías cianógenas no reparadas o tras shunt paliativos, aquellos con cardiopatías con cortocircuito izquierda-derecha no intervenidas que han desarrollado enfermedad vascular pulmonar e hipertensión pulmonar (HTP) establecida (síndrome de Eisenmenger) y pacientes con HTP residual tras tratamiento corrector.

Son un grupo con alto riesgo de muerte súbita durante la práctica deportiva y, por regla general, tienen una baja tolerancia al ejercicio y autolimitan su actividad(15). Los programas de ejercicio regular han mostrado mejoras en los parámetros hemodinámicos, en la capacidad funcional y en la calidad de vida de estos pacientes. Por su complejidad, la prescripción deportiva debe realizarse de forma individualizada y por profesionales especializados. Se debe fomentar la actividad física recreativa que no requiera un esfuerzo máximo, siempre que no aparezcan síntomas y la cianosis siga siendo aceptable(16). Se debe evitar el ejercicio a altitudes superiores a los 1.500 metros(1).

En cuanto a los deportes de competición, actualmente se recomienda(15):

• Pacientes con presión arterial pulmonar media (PAPm) <25 mmHg: permitidos todos los deportes.

• Pacientes con HTP moderada o grave, PAPm>25 mmHg: permitidos los deportes de baja intensidad (clase IA).

• Pacientes con cardiopatías cianógenas no reparadas estables y sin síntomas clínicos de insuficiencia cardiaca: pueden realizar deportes de baja intensidad (clase IA).

Valvulopatías

No existen estudios prospectivos que examinen el impacto del ejercicio en la progresión de la enfermedad valvular(14). De forma general, pacientes asintomáticos con disfunción valvular leve o moderada, con función ventricular conservada y buena respuesta al ejercicio en la ergometría, se consideran de bajo riesgo y pueden participar en todos los deportes, tanto a nivel recreativo como de competición(14). En caso contrario, deben ser evaluados de forma individualizada.

En la tabla IV, se recogen las valvulopatías más frecuentes en Pediatría y las recomendaciones en cuanto a la práctica deportiva en función del tipo de lesión y grado de afectación(1,14,17).

Para valvulopatías mixtas, se debe seguir la recomendación para la lesión predominante.

A continuación, se exponen las recomendaciones para dos de las principales valvulopatías: la válvula aórtica bicúspide y el prolapso mitral.

Válvula aórtica bicúspide(14,16)

Pacientes con válvula normofuncionante:

• Sin dilatación de la aorta ascendente: permitidos todos los deportes.

• Dilatación leve de aorta ascendente: no se recomiendan los deportes de alta carga estática (clase III).

• Dilatación moderada de aorta ascendente: solo permitida la actividad física clase IA y IB, evitando deportes de contacto.

• Dilatación severa de aorta ascendente, se recomienda solo la actividad física recreativa de intensidad leve.

En casos de disfunción valvular (estenosis y/o insuficiencia) o coexistencia de coartación de aorta, se aplicarán las recomendaciones correspondientes.

Prolapso mitral

Se restringe la actividad física ante pacientes que hayan sufrido algún proceso tromboembólico o síncope de causa no explicable, presencia de QTc largo, arritmias ventriculares significativas en el Holter ECG, antecedentes familiares de muerte súbita de familiares con prolapso mitral o que tengan una insuficiencia mitral severa o disfunción de ventrículo izquierdo (VI)(1).

Miocardiopatías, miocarditis y pericarditis

Las enfermedades del miocardio se asocian a un mayor riesgo de arritmias cardíacas potencialmente graves y muerte súbita o parada cardíaca durante el ejercicio(14,18). Las recomendaciones sobre la práctica deportiva se establecerán de forma individualizada, considerando: el estado sintomático, el perfil de riesgo de muerte súbita cardiaca (MSC), la historia natural de la enfermedad, la edad y las características de la disciplina deportiva(18).

Miocardiopatía hipertrófica (MCH)

En la actualidad, contamos con dos abordajes principales para estratificar el riesgo de MSC en la MCH, uno sugerido por la AHA(19) y otro por la Sección de Cardiología de Deportes de la AEPC de la ESC(18). La AHA sugiere que pacientes con fenotipo clínico y diagnóstico inequívoco no deben participar en deportes de competición (excepto deportes de clase IA), con independencia de la estratificación del riesgo. Sin embargo, la ESC es más flexible y valora considerar la participación en deportes de competición y actividad física recreativa de mayor intensidad (excepto deportes donde el síncope puede asociar riesgo vital), para pacientes sin ningún factor de riesgo y tras una exhaustiva evaluación en una Unidad especializada. Individuos genéticamente positivos para MCH, pero con fenotipo negativo, pueden participar en todos los deportes(14,18).

Miocardiopatía dilatada (MCD)

Los factores de riesgo relacionados con eventos adversos durante la práctica deportiva son: la disfunción del VI, la presencia de arritmias ventriculares frecuentes o complejas en el Holter ECG o en la ergometría, síncope inexplicado, antecedente de parada cardiaca y genotipo de alto riesgo. En los últimos años, se ha descrito que la presencia de realce tardío con distribución típica en pared media en la Resonancia Magnética (RM), se ha asociado con un mayor riesgo de arritmias ventriculares y MSC(14). Las vigentes recomendaciones de la ESC para la práctica deportiva son las siguientes(14,18):

• Valorar la actividad física recreativa de intensidad baja a moderada (clase IA, IB) en todos los individuos con MCD, con independencia de la función del VI, asintomáticos y sin arritmias ventriculares inducidas por el ejercicio.

• La participación en deportes de alta o muy alta intensidad, incluidos los deportes de competición (excepto deportes en los que el síncope puede asociar riesgo vital), puede valorarse tras una evaluación exhaustiva en individuos asintomáticos y sin ningún factor de riesgo.

• Se contraindican los deportes de competición en caso de síntomas o algún factor de riesgo, con posible excepción de deportes de clase IA.

• Individuos con genética positiva (excepto mutaciones de alto riesgo) y fenotipo negativo: permitidos todos los deportes.

Miocardiopatía no compactada(14,18,19)

Se puede considerar la participación en actividades recreativas de alta intensidad y deportes competitivos para pacientes asintomáticos sin ningún factor de riesgo. La presencia de algún factor de riesgo contraindica el deporte de competición, con la posible excepción de los deportes de clase IA.

Individuos con genética positiva y fenotipo negativo, pueden participar en todos los deportes, incluidos los de competición, con la excepción de pacientes portadores de mutaciones de alto riesgo.

Miocardiopatía arritmogénica(14,18,19)

No se recomienda la participación en deportes recreativos de alta intensidad o en cualquier deporte de competición, incluidos aquellos pacientes con genotipo positivo y fenotipo negativo.

Miocarditis(14,18,19)

Es una de las causas más frecuentes de MSC durante el ejercicio. Se asocia generalmente a eventos arrítmicos que no siempre se correlacionan con la severidad de la inflamación del miocardio o los niveles séricos de troponina, pero sí con la disfunción ventricular. Está contraindicada cualquier actividad deportiva en pacientes con sospecha o diagnóstico de miocarditis activa. A los 3-6 meses del inicio de la enfermedad, se podrá valorar la reanudación deportiva, incluidos los deportes de competición, tras una evaluación cardiológica completa, siempre y cuando se cumplan los siguientes criterios: normalización de la función ventricular, normalización de marcadores séricos inflamatorios, de daño miocárdico y de fallo cardíaco, y ausencia de arritmias relevantes en el Holter ECG y en la ergometría, y normalización del ECG basal (la persistencia de pequeñas alteraciones en el segmento ST y en la onda T no son per se, motivo de restricción deportiva)(1). Se desconoce la importancia clínica de la persistencia de realce tardío de gadolinio en la RM, sin embargo, la cicatriz del miocardio es una fuente potencial de arritmias ventriculares. En estos casos, parece prudente realizar valoración individualizada de cada caso.

Pericarditis(14,19)

La pericarditis es, en general, una enfermedad de muy buen pronóstico. Durante la fase aguda no está permitida la práctica de ningún deporte. La reanudación a la actividad deportiva, incluido el deporte de competición, se valorará a partir del tercer mes del inicio de la enfermedad (en casos leves de rápida recuperación, puede ser al mes), tras recuperación completa de la enfermedad (asintomáticos, biomarcadores séricos normales, función ventricular normal y ausencia de arritmias ventriculares frecuentes/complejas en reposo, en el Holter ECG o en la ergometría). En los casos de afectación miocárdica concomitante, las recomendaciones se regirán por las comentadas en la miocarditis. No se recomienda la participación en ejercicios de intensidad moderada-alta, incluidos los deportes de competición, a pacientes con pericarditis constrictiva.

Arritmias y trastornos arritmogénicos

Las arritmias cardiacas pueden ser o no debidas a cardiopatías estructurales subyacentes y pueden ser adquiridas o heredadas. En deportistas, es fundamental descartar si existe una enfermedad cardiaca asociada. Las preguntas que debemos responder a la hora de prescribir actividad física a pacientes con arritmias y/o trastornos arritmogénicos son las siguientes(20): ¿la práctica deportiva supone un mayor riesgo de arritmias potencialmente mortales?, ¿el control de los síntomas puede obstaculizar el rendimiento y/o reducir la calidad de vida?, ¿cuál es el impacto del deporte en la progresión natural de la condición arritmogénica subyacente?

La distinción entre variantes de la normalidad, a menudo exageradas por la fisiología específica del deportista, y las arritmias que pueden ser sintomáticas o potencialmente mortales, pueden ser un desafío importante para el cardiólogo(21). Todo esto hace que las recomendaciones para la participación deportiva en individuos con condiciones arritmogénicas sean complejas y deben ser evaluadas de forma individualizada. En la tabla V, se sintetizan las recomendaciones deportivas para pacientes con arritmias o trastornos arritmogénicos sin cardiopatía estructural(1,20-22).

La presencia de síntomas o el no cumplimiento de los criterios de elegibilidad son criterio de valoración individualizada por una Unidad especializada en Arritmias Pediátricas, antes de iniciar la práctica deportiva.

Canalopatías

Todos los pacientes con sospecha o diagnóstico de canalopatía deben ser evaluados en una Unidad especializada de Arritmias Pediátricas, antes de realizar cualquier actividad deportiva.

Síndrome de QT largo (SQTL)(14,22,23): El riesgo de eventos cardíacos durante las actividades deportivas es, en gran parte, específico de la genética. Pacientes con SQTL1 tienen un mayor riesgo de MSC durante el ejercicio. Las precauciones generales de todas las personas con SQTL que hacen ejercicio incluyen: evitar los fármacos que prolongan el intervalo QT (www.crediblemeds.org), la deshidratación y el desequilibrio electrolítico. Se recomienda, además, que estén en tratamiento con betabloqueantes y se debe promover un entorno seguro (supervisión de la actividad, planes de actuación establecidos, disponibilidad de desfibrilador externo…). De forma general, se evitarán aquellos deportes de riesgo vital en caso de síncope. Pacientes con SQTL1 evitarán los deportes acuáticos y sumergirse en agua fría bruscamente. Las actividades con ruidos bruscos se evitarán en pacientes con SQTL2. Los portadores de una mutación con fenotipo negativo (QTc en límites normales) deben ser evaluados de forma individualizada, teniendo en cuenta el tipo y el entorno de los deportes (individual frente a en equipo), el tipo de mutación y el alcance de las medidas de precaución que se pueden establecer a la hora de realizar la práctica deportiva. No se recomiendan los deportes recreativos de alta intensidad ni competitivos, en pacientes con un QTc> 500 ms o con SQTL confirmado. El deporte de competición queda contraindicado en pacientes con antecedentes de parada cardíaca o síncope arrítmico.

Síndrome de QT corto(22): No se permiten los deportes de competición. Se puede valorar la realización de actividad física recreativa de baja a moderada intensidad en pacientes asintomáticos y sin antecedentes familiares de MSC.

Síndrome de Brugada(14,22,23): Tanto para pacientes con diagnóstico confirmado como para portadores de mutaciones fenotípicamente negativos, las precauciones generales son: evitar fármacos desencadenantes (www.brugadadrugs.org), la deshidratación y aumentos de la temperatura central (evitar hacer deporte en condiciones cálidas/húmedas, deportes de resistencia prolongados como triatlón y maratones, evitar saunas y baños de vapor…). En caso de fiebre, esta debe tratarse de forma enérgica. Se evitarán aquellos deportes de riesgo vital en caso de síncope. Pacientes asintomáticos (con diagnóstico confirmado, portadores de mutación o con un patrón ECG inducible) pueden participar en todos los deportes siempre y cuando cumplan las medidas generales comentadas anteriormente y tras valoración individualizada por una Unidad especializada.

Taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica (TVPC)(22): No se recomiendan los deportes competitivos (excepto los deportes de clase IA) y deportes recreativos de alta intensidad a los pacientes sintomáticos o asintomáticos con extrasístoles ventriculares en bigeminismo, parejas o taquicardia ventricular no sostenida inducidas por el ejercicio. Los deportes recreativos de baja y moderada intensidad pueden ser valorados en pacientes asintomáticos (al menos, 3 meses) con prueba de esfuerzo sin ningún tipo de arritmia ventricular y bajo tratamiento adecuado. Los portadores de una mutación patogénica sin un fenotipo manifiesto, deben tratarse como pacientes con TVPC manifiesta.

Pacientes portadores de marcapasos o desfibrilador automático implantable (DAI)(14,22)

Deben seguir las recomendaciones relacionadas con la enfermedad subyacente cuando estas exigen restricciones deportivas, evitando la práctica de deportes con alto riesgo de impacto. En el caso de deportes con riesgo ocasional de impacto (fútbol, baloncesto…), se debe llevar una protección adecuada para evitar traumatismos sobre la zona del implante. Se permite la realización de deportes con componente dinámico bajo-moderado y estático bajo (IA, IB) en el caso de pacientes portadores de marcapasos con adecuada respuesta cronotropa al ejercicio, función ventricular normal y sin arritmias ventriculares malignas, y en pacientes con DAI con función ventricular normal sin arritmias malignas y tras 6 meses de la implantación. La participación en deportes de mayor intensidad debe ser evaluada de forma individualizada.

Síndrome de Marfan(14,24)

Los pacientes con síndrome de Marfan pueden presentar a nivel cardiovascular: prolapso de la válvula mitral, insuficiencia mitral, dilatación de la raíz aórtica, disección aórtica. La disección aórtica aguda en el síndrome de Marfan u otras aortopatías, es una causa importante de muerte súbita en deportistas. Se aconseja actividad física de baja intensidad y un estilo de vida saludable a todos los pacientes, también cuando existe dilatación aórtica.

Establecemos las siguientes recomendaciones de acuerdo a las últimas directrices de la AHA y tras una valoración cardiológica completa:

• Se podrá valorar la participación en deportes competitivos con componente estático bajo-moderado y dinámico bajo (clases IA y IIA), siempre y cuando no tengan ninguno de los siguientes factores:

- Dilatación de la raíz aórtica (z-score >2 o diámetro aórtico >40 mm, o >2 desviaciones estándar de la media en relación con la superficie corporal en niños o adolescentes <15 años).

- Insuficiencia mitral moderada o grave.

- Disfunción sistólica del VI (FE <40%).

- Antecedentes familiares de disección aórtica con un diámetro aórtico <50 mm.

• Los deportes de alta intensidad y aquellos con riesgo de impacto quedan contraindicados. El aumento de la tensión arterial y el estrés aórtico, durante este tipo de deportes, sitúa a estos pacientes en riesgo de disección aórtica y/o formación de aneurismas.

Hipertensión arterial

Las recomendaciones sobre la práctica deportiva vienen definidas por el grado de hipertensión y su repercusión (es importante evaluar: el daño orgánico –cerebro, riñón, vascular y retina–, la hipertrofia ventricular izquierda, la enfermedad cardiovascular y la presencia de síntomas), basándonos en las últimas guías de la AAP y la Guía Europea(25,26). Las principales diferencias se centran en los criterios para el diagnóstico y clasificación de la hipertensión arterial. En esta revisión, hemos tomado la clasificación de la AAP de 2017. De forma general, todos los niños con tensión arterial elevada o hipertensión deben realizar cambios en el estilo de vida, esto incluye: realizar actividad física diaria, evitar >2 h diarias de actividades sedentarias, adecuado control de peso, llevar una dieta saludable, adecuar la ingesta de sal, evitar el consumo de tabaco, de alcohol/tóxicos y reducir el estrés. Los niños y adolescentes con HTA pueden participar en deportes de competición una vez que se haya evaluado la situación clínica, los efectos sobre los órganos diana y el riesgo cardiovascular (Tabla VI).

 

Riesgo de cardiopatía isquémica

En deportistas de más de 30 años de edad, la principal causa de MSC es la enfermedad ateroesclerótica coronaria(27), mientras que en la edad pediátrica es rara. A continuación, se detallan las principales causas de cardiopatía isquémica en niños.

Anomalías congénitas de las arterias coronarias(14,15,27)

Se considera una causa común de MSC en deportistas adolescentes. La prevalencia en población general es del 0,44%. Síntomas como el dolor torácico y el síncope con el ejercicio y la MSC, pueden ser la primera manifestación clínica. Sin embargo, la mayoría de los pacientes son asintomáticos. En deportistas de alta competición o ante sospecha clínica en cualquier deportista, se debe descartar la presencia de anomalías congénitas coronarias mediante ecocardiografía o angiografía coronaria por TAC o RM o por coronariografía por cateterismo.

Mientras que la Guía Clínica española de Evaluación Cardiovascular previa a la práctica deportiva en Pediatría contraindica cualquier actividad deportiva hasta la reparación quirúrgica(1), en las últimas guías de la AHA y ESC valoran la posibilidad de realizar deportes de intensidad leve (clase IA), incluido deporte de competición a la espera de reparación quirúrgica y siempre que se trate de anomalías que no discurran entre los grandes vasos, no tengan la luz estrecha o angulada en su origen ni tengan recorrido intramural, y tras valoración completa del riesgo por un cardiólogo especializado, y en consenso con la familia y el paciente. Se puede valorar la participación en todos los deportes tras 3 meses de la reparación quirúrgica en pacientes asintomáticos y con ausencia de datos de isquemia inducible o arritmias cardiacas complejas en la ergometría.

Enfermedad de Kawasaki(27,28)

Las recomendaciones para la práctica deportiva en los pacientes que han padecido la enfermedad de Kawasaki se establecen según el riesgo relativo de desarrollar isquemia miocárdica, teniendo en cuenta las dimensiones de la luz de las coronarias, según la clasificación americana basada en las puntuaciones z-score ajustadas a la superficie corporal. En la tabla VII, se definen los diferentes grupos y sus recomendaciones específicas.

De forma general, no se permite la práctica deportiva hasta pasadas 6-8 semanas desde el inicio de la fase aguda y tras valoración cardiológica y se debe promover un estilo de vida activo con ejercicio aeróbico regular. El tratamiento con anticoagulantes o antiagregantes contraindica los deportes de contacto.

Función del pediatra de Atención Primaria

La función del pediatra de atención primaria en pacientes con enfermedad cardiovascular debe estar enfocada en promover un estilo de vida saludable, evitar el sedentarismo y recomendar actividad física de forma regular y de acuerdo a las recomendaciones de la OMS siempre y cuando no exista contraindicación por su patología de base. Si en algún momento los pacientes quisieran participar en deportes de mayor intensidad o a nivel de competición debe consultarse con el especialista en Cardiología Pediátrica para establecer unas recomendaciones específicas.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Documento oficial vigente en nuestro país, donde se detallan: las bases legales, las recomendaciones sobre la evaluación cardiovascular predeportiva a realizar en niños y adolescentes, las pruebas complementarias y las revisiones a llevar a cabo en cardiópatas, así como las indicaciones específicas sobre la actividad física ante enfermedad cardiovascular.

– Brenner JS, Councul on Sports Medicine and Fitness. Sports Specialization and Intensive Training in Young Athletes. Pediatrics. 2016; 138: e20162148.

Interesantísima publicación de la Academia Americana de Pediatría (American Academy of Pediatrics) en la que se proponen los objetivos primordiales de la práctica deportiva en jóvenes, y se señalan una serie de premisas con el objetivo de disminuir el riesgo de lesiones y favorecer la adquisición del saludable hábito deportivo.

– Harmon KG, Zigman M, Drezner JA. The effectiveness of screening history, physical exam, and ECG to detect potentially lethal cardiac disorders in athletes: a systematic review/meta-analysis. J Electrocardiol. 2015; 48: 329-38.

Amplísimo meta-análisis realizado en Estados Unidos por autores de máximo prestigio en arritmias y en cardiología deportiva, que incluyó un total de 47.137 deportistas. Se concluye que la estrategia más efectiva, como cribado de enfermedad cardiovascular en el deportista, es la realización de un electrocardiograma, que es 5 veces más sensible que la anamnesis y 10 veces más sensible que la exploración física, con menor tasa de falsos positivos.

– Pelliccia A, Sharma S, Gati S, Bäck M, Börjesson M, Caselli S, et al.; ESC Scientific Document Group. 2020 ESC Guidelines on sports cardiology and exercise in patients with cardiovascular disease. Eur Heart J. 2021; 42: 17-96.

Vigentes guías europeas sobre cardiología deportiva y ejercicio físico en pacientes con enfermedad cardiovascular.

Caso clínico

 

Niña de 14 años que acude a su pediatra para la revisión rutinaria. No refiere sintomatología desde el punto de vista cardiovascular. Esta temporada se ha apuntado al equipo de fútbol del colegio, y le han comentado que, en la ficha deportiva, debe constar como “apta” para poder participar en la competición.

Antecedentes personales: vacunas según calendario. Sin alergias conocidas. Sin ingresos ni cirugías.

Antecedentes familiares: sin antecedentes de cardiopatías ni muertes súbitas en familiares de primer grado.

Exploración física: peso: 41 kg (p39). Talla: 145 cm (p25). Tensión arterial en miembro superior derecho: 106/68 mmHg (p59/p72). Buen estado general. Bien nutrida, hidratada y perfundida. Eupneica. No signos de dificultad respiratoria. AC: no se auscultan soplos, con 2º tono normal. Llama la atención que el intervalo entre los distintos latidos no es regular, unos están más cercanos entre sí y hay otros que se espacian más. AP: buena ventilación bilateral sin ruidos patológicos. AB: blando e indoloro, sin masas ni visceromegalias.

Evolución: el pediatra solicita un electrocardiograma. En base a su sospecha diagnóstica de extrasistolia ventricular, deriva a la niña a la consulta de Cardiología Pediátrica del Hospital de referencia para completar el estudio y para valorar si se deben recomendar restricciones deportivas.

Pruebas complementarias: electrocardiograma de 12 derivaciones. Se observa en la parte final del registro, un latido adelantado sin onda P precedente y con complejo QRS ancho (extrasístole ventricular) (Fig. 1).

Figura 1.

 

 

Hipertensión arterial sistémica

J. Bravo Feito*, L. Espinosa Román**
Temas de FC


J. Bravo Feito*, L. Espinosa Román**

*Pediatra Adjunto del Servicio de Nefrología Infantil del Hospital Universitario La Paz. Madrid. **Jefa del Servicio de Nefrología Infantil del Hospital Universitario La Paz. Madrid. Profesora Asociada CC Salud, Departamento de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid

Resumen

La hipertensión arterial es un factor de riesgo cardiovascular de primer orden en la edad adulta. En los últimos años, ha habido un aumento en su incidencia, ligado a la epidemia de obesidad.
Actualmente, se piensa que tiene su origen en la infancia, por lo que un manejo adecuado en edades tempranas puede tener un impacto en la salud en edades posteriores.
La hipertensión infantil supone un reto en el momento actual. Existen numerosos interrogantes en cuanto a su significado, progresión en edades posteriores, diagnóstico, tratamiento y medidas preventivas.
El pilar fundamental para el diagnóstico es la medida correcta de la tensión en el niño. Posteriormente, y guiados por la historia clínica y la exploración física, solicitaremos las pruebas complementarias adecuadas para intentar un diagnóstico etiológico y evaluar su repercusión. Respecto al tratamiento, recomendaremos cambios en el estilo de vida, basados en medidas dietéticas y ejercicio físico, y seleccionaremos quién se puede beneficiar de un tratamiento farmacológico.
Un objetivo prioritario sería conseguir una prevención adecuada. Aunque faltan trabajos que demuestren la evidencia de estas medidas en la infancia, parece lógico que evitar la obesidad, disminuir el consumo de sal y favorecer el ejercicio físico, tendrán un efecto positivo.
Es indispensable, para conseguir estos objetivos, la colaboración de toda la sociedad, siendo fundamental la labor conjunta de los pediatras de Atención Primaria, Hospitalaria y las familias.

 

Abstract

Arterial hypertension is a major cardiovascular risk factor in adulthood. In recent years there has been an increase in its incidence linked to the obesity epidemic.
It is now thought to have its origins in childhood, so proper management at an early age can have an impact on health later in life.
Childhood hypertension is a current challenge. There are many questions regarding its significance, progression in later life, diagnosis, treatment and preventive measures.
The mainstay of diagnosis is the correct measurement of blood pressure in children. Subsequently, guided by the clinical history and physical examination, we will request the appropriate complementary tests to attempt an aetiological diagnosis and evaluate its repercussion. With regard to treatment, we will recommend changes in lifestyle, based on dietary measures and physical exercise, and we will select those who can benefit from pharmacological treatment.
A priority objective would be to achieve adequate prevention. Although there is a lack of research to demonstrate the evidence for these measures in childhood, it seems logical that avoiding obesity, reducing salt intake and encouraging physical exercise will have a positive effect.
In order to achieve these objectives, the collaboration of the whole of society is essential, with the joint work of Primary Care Paediatricians, Hospital Paediatricians and families being fundamental.

 

Palabras clave: Hipertensión arterial concepto; Hipertensión arterial tratamiento; Hipertensión de bata blanca; Hipertensión enmascarada; Prevención; Crisis hipertensiva.

Key words: High blood pressure concept; Hypertension treatment; White coat hypertension; Masked hypertension; Prevention; Hypertensive crisis.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 426.e1 – 426.e14

 


Hipertensión arterial sistémica

La hipertensión arterial (HTA) es una epidemia cuyo origen se encuentra en la infancia. Un manejo adecuado de la HTA en la infancia puede tener un impacto positivo en la edad adulta.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera la hipertensión arterial (HTA), una de las causas principales de muerte prematura en el mundo.

En el mundo hay 1.130 millones de personas con HTA, la mayoría vive en países con bajos o medianos ingresos. Una de las metas para 2025, es reducir la prevalencia de HTA un 25% (respecto a los valores de referencia de 2010)(1). Se cree que la HTA en la edad adulta tiene su génesis en la infancia. Se estima que los niños hipertensos tienen un 35% más de probabilidades de HTA en la edad adulta, si bien los datos son variables según los estudios(2). Un conocimiento adecuado de la HTA infantil repercutirá en la prevención de enfermedades cardiovasculares del adulto.

Diferentes Sociedades han actualizado sus guías de HTA infantil. Las más representativas son la de la Sociedad Europea de Hipertensión en 2016 y la de la Academia Americana de Pediatría en 2017. En ambas guías, se reconoce la falta de evidencia en el diagnóstico y manejo de la HTA pediátrica. Esto da una idea sobre el camino que aún queda por recorrer(3-5).

Epidemiología

El aumento de la hipertensión en la infancia ha ido ligado a la epidemia de obesidad.

La prevalencia de la HTA en la infancia y tensión normal/alta o elevada en niños entre los 8-17 años ha aumentado significativamente ligada a la epidemia de obesidad.

Es difícil conocer la prevalencia exacta. Estudios en 2007, estimaban la prevalencia entre el 2-4%, otros estudios dan porcentajes hasta diez veces menores. La prevalencia de HTA es muy baja en el período neonatal y aumenta progresivamente con la edad, en la adolescencia puede alcanzar el 10-11% y hasta el 25% en niños con sobrepeso. Tanto la presión arterial (PA) elevada, como la HTA, son más frecuentes en varones. La HTA sistólica aislada es la más frecuente en el adolescente.

Se ha visto una tasa de progresión desde normotensión y tensión elevada a HTA del 0,4-1,1/100 pacientes/año respectivamente, entre los 10-19 años(3,4).

Definición de HTA. Conceptos

La definición de HTA en la infancia, se basa en una distribución estadística, no en el aumento del riesgo cardiovascular.

En Pediatría, la definición de HTA es arbitraria y se basa en la distribución normal de los valores de presión arterial en población sana y no en su asociación con morbilidad cardiovascular.

La PA varía con la edad, la talla y el sexo. La obesidad está ligada a valores más elevados, por lo que el peso no se considera para definir la HTA. Tras el nacimiento, la presión arterial sistólica se eleva durante el primer mes; posteriormente, este aumento se enlentece hasta los 5 años. Entre esta edad y el inicio puberal, la presión arterial sistólica y diastólica (PAS y PAD) aumentan a un ritmo anual de 1-2 mmHg y 0,5-1 mmHg, respectivamente. Durante la pubertad se produce un incremento de los valores de PA más evidente en varones, consecuencia de su mayor masa corporal y desarrollo puberal más tardío.

Los valores de referencia aceptados en la Guía Europea de 2016 y que se utilizan en la práctica clínica son los publicados por la Task for Blood Pressure in Children y validados por la Cuarta Comunicación de la Academia Americana de Pediatría en 2004. Estos valores fueron obtenidos por el método auscultatorio y definen los diferentes percentiles de PA en función de la edad, talla y sexo. La Guía Americana excluye los pacientes con sobrepeso de las tablas y define unos valores de normalidad algo inferiores, lo que repercute en un aumento de la incidencia de PA elevada(3,4).

Los valores normales de presión arterial sistólica (PAS) y diastólica (PAD) son los inferiores al percentil 90 (P90) (Tabla I).

Para definir la HTA se requieren al menos, tres medidas separadas en el tiempo y la confirmación por método auscultatorio, salvo en situaciones de HTA severa comprobada, que precisan una valoración urgente (Algoritmo 1).

A partir de los 16 años en la guía Europea, y de los 13 en la Americana, consideran valores absolutos de PA, lo que simplifica el diagnóstico. La Guía Americana proporciona una tabla de consulta rápida (Tabla II)(3-7).

Valores superiores a los de esta tabla, los consultaremos en las originales, o en las calculadoras disponibles en la WEB como Endocrinoped:
http://www.webpediatrica.com/endocrinoped/antropometria.php.

La Guía de Canadá en 2020, para facilitar el diagnóstico de HTA, considera hipertensión si la PAS o la PAD es > 120/80 mmHg entre los 6 y 11 años o > 130/85 mmHg entre los 12 y 17 años(9).

Una vez definida la HTA, vamos a considerar una serie de conceptos:

HTA de bata blanca. Aparece solo durante la consulta médica. Su significado en Pediatría no es claro. Estudios en adultos revelan que puede haber mayor riesgo de progresión a hipertensión mantenida(3,4,6).

HTA enmascarada. El paciente presenta valores normales de PA en la consulta y elevados fuera de la misma. Si persiste en el tiempo, o está presente en pacientes de alto riesgo, debe realizarse un estudio de afectación de órgano diana(3,4,6,21).

Crisis hipertensiva. Se refiere al aumento brusco de la PA. No hay un valor absoluto de PA que defina la crisis hipertensiva. Según algunos autores, el punto de corte sería la elevación un 20% por encima del estadio 2 según la Guía Europea, en un adolescente de 17 años podría corresponder a una PA de 178/120 mmHg. Se pueden considerar aumentos menores si se acompañan de síntomas. Las crisis hipertensivas son raras en HTA primaria.

Dentro de las crisis hipertensivas distinguimos dos presentaciones:

1. Urgencia hipertensiva. No hay afectación de órgano diana.

2. Emergencia hipertensiva. Definida por la disfunción aguda de órgano diana (insuficiencia cardiaca congestiva, insuficiencia renal o encefalopatía hipertensiva). Es una situación de riesgo vital(3,4,6,11).

Seudocrisis o seudourgencia hipertensiva. Aumento brusco de la PA debido a situaciones transitorias que, una vez desaparecidas, suponen una vuelta a valores normales de PA. Causas frecuentes serían la ansiedad y el dolor(11).

Hipertensión maligna. Incremento agudo de la PA, con o sin HTA previa conocida, y la presencia de retinopatía hipertensiva estadios III o IV. Hoy en día, se define como un aumento brusco de PA, asociado a la afectación de, al menos, tres órganos diana diferentes o con la presencia de anemia hemolítica microangiopática(3,4,6,11).

Patrón dipping. Se valora en la medición ambulatoria de la PA (MAPA). Se denomina así al descenso del 10-20% de la PA sistólica y diastólica durante la noche con respecto a la diurna. Puede estar alterado en pacientes con: trastornos de sueño, obesidad, alteraciones del sistema nervioso autónomo, hipotensión ortostática, enfermedad renal crónica, diabetes tipo I y II, prematuros. En población infantil no está claro su significado(10).

Para calcular el descenso nocturno de la presión arterial usaremos la siguiente fórmula:

Presión media diurna – Presión media nocturna × 100


Presión media diurna

Se debe calcular tanto para la PAS como la PAD.

Carga hipertensiva en MAPA (Medición Ambulatoria de la Presión Arterial). Porcentaje de lecturas que pasan del P95, tanto en PAS como en PAD, en un período de 24 h. Se suele informar, tanto la carga diurna como la nocturna. Los valores normales son inferiores al 25%. En caso de HTA confirmada, valores superiores al 50% definen HTA severa(10).

Hipertensión ortostática. Descrita en 2012 por Zhao, como el incremento significativo de la PA en la posición de pie respecto al supino. Incremento de la PAS ≥20 mmHg y /o PAD de ≥ 25 mmHg (entre los 6-12 años) o aumento PAD ≥ 20 mmHg en adolescentes (13-18 años), o PA ≥ 130/90 mmHg (niños de 6-12 años) o ≥ 140/90 mmHg (13-18 años) en los tres primeros minutos de bipedestación o en el test de mesa basculante. Es causa de intolerancia ortostática en la infancia y se relaciona con el desarrollo posterior de HTA esencial(12).

Etiología (Fig.1)

Figura 1.Etiología de la hipertensión arterial (HTA). Tomado y modificado de: Jason Misurac, Kristen R, Nichols, Amy C. Wilson Pharmacologic Management of Pediatric Hypertension. Pediatr Drugs. 2016; 18(1): 31-43. En negrita las causas más frecuentes.

De forma global, la HTA primaria es la primera causa de hipertensión en la infancia. Cuanto más severa y precoz es la HTA, más probable es que se deba a una causa secundaria.

La HTA primaria, término más adecuado que el de esencial, es la causa más frecuente de HTA. La HTA primaria es un proceso complejo, poligénico modulado por patologías asociadas. La obesidad central es el factor más determinante, así como factores medioambientales (consumo de sal, fructosa, sedentarismo, alcohol, tabaco, etc.)(3,4,11,21).

HTA secundaria. Cuanto menor es la edad del niño y más elevada es la PA hay más posibilidades de que se trate de una HTA secundaria. Las causas más frecuentes son: enfermedades de parénquima renal (presentes en 34-79% de niños con HTA secundaria), etiología renovascular que supone el 12-13%, cardíacas, causas endocrinas, consumo de fármacos y tóxicos. Considerar la posibilidad de embarazo en adolescentes(3,4,6,21).

HTA monogénica. Entidades poco frecuentes, consecuencia de la mutación de un gen único. Con frecuencia, asocian niveles bajos de renina y alteraciones en el equilibrio ácido base y del potasio. La mayoría dependen de un aumento en la retención de sodio. Tienden a la hipocalemia salvo en el síndrome de Gordon (acidosis e hiperpotasemia). Suelen tener un tratamiento dirigido al trastorno tubular específico responsable (Algoritmo 2)(3,4,21).

Valoración de la tensión arterial

La toma adecuada de tensión arterial es un reto. Las cifras de tensión elevadas deben confirmarse por método auscultatorio.

En el niño existe una variabilidad de la PA en diferentes medidas, incluso durante la misma visita, debido a distintas causas: ansiedad, situaciones ambientales, fenómeno de bata blanca exagerado, inflado excesivo del manguito que puede ser doloroso y alterar la medida. Exponemos los diferentes métodos de medida.

Auscultatorio (Fig. 2)

Figura 2. Auscultatorio

• El paciente debe permanecer tranquilo en la sala, durante 3-5 min, en condiciones de máxima relajación. Evitar el consumo de cafeína y tabaco en la media hora previa.

• Realizar, al menos, tres mediciones, separadas con intervalo de tres minutos y usar la media de las dos últimas. Estudios recientes en adultos afirman que intervalos de 30 segundos pueden ser suficientes.

• Se usará preferiblemente el brazo derecho, de esta forma evitamos lecturas falsamente bajas en casos de alteración de la anatomía del arco aórtico. El brazo debe estar libre de ropa y apoyado. El paciente debe estar sentado. Las piernas sin cruzar, espalda y pies apoyados. Si no fuera posible, se tomará en decúbito. El manguito debe colocarse a la altura del corazón.

• La longitud de la cámara hinchable debe cubrir, al menos, 80-100% del perímetro del brazo a la altura del punto medio entre el olécranon y acromion, y tener una anchura equivalente al 40-50% de la circunferencia, sin ocupar la fosa antecubital ni el hueco axilar. Manguitos muy pequeños sobreestimarán la medida de PA y viceversa.

• Hincharemos el manguito unos 20-30 mmHg por encima de la PAS estimada y, a continuación, desinflar a una velocidad de 2-3 mmHg por segundo. La aparición del primer sonido de Korotkoff (fase I) define la PAS y la desaparición completa de los sonidos (fase V) determina la PAD. Si la fase V coincide con valores próximos a 0 mmHg, usaremos la fase IV o atenuación del sonido.

• La PAS en la pierna es 10-20% más elevada respecto a la PA en la arteria braquial. El manguito se coloca en el muslo y se mide en el hueco poplíteo. El paciente debe estar en prono si fuera posible.

• Su precisión está limitada por el observador. El esfingomanómetro debe calibrarse según las indicaciones del fabricante(3,4,14).

Oscilométrico

Su uso está cada vez más extendido. Elimina la variabilidad del observador. Las condiciones para una medida adecuada son similares a las ya descritas. Requiere que el dispositivo esté validado por la Sociedad Británica de Hipertensión, la Asociación Americana para el Avance de la Instrumentación Médica, o por el Protocolo Internacional de la Sociedad Europea de Hipertensión. La página web www.dableducational.org muestra información actualizada sobre la validación de monitores en Pediatría.

Calcula la PAS y la PAD, a partir de la presión media, mediante un algoritmo, que es propio de cada dispositivo. Los valores obtenidos por el método oscilométrico son superiores a los obtenidos por el método auscultatorio, por lo que el diagnóstico de HTA debe confirmarse por este método(3,4).

MAPA (Tabla III)

Obtiene un registro durante las 24 horas del día. Si el niño acepta el dispositivo, elimina la ansiedad que produce la consulta médica. Existen valores de referencia para ambos sexos, agrupados por edad a partir de los cinco años y 120 cm de estatura. Se diagnostica HTA sistólica o diastólica, cuando los valores medios diurnos o nocturnos son iguales o superiores al P95 o a los valores establecidos en adultos (media 24 h 130/80 mmHg; diurnos 135/85 mmHg; media nocturna 120/70 mmHg)(4,10).

Tensión domiciliaria

Guarda buena correlación con la afectación de órgano diana. Se obtiene un registro durante 6-8 días con medidas por la mañana y a última hora de la tarde, y se realiza la media de estas mediciones, con exclusión de las tomadas el primer día. Se define HTA: cuando los valores son iguales o superiores al P95 para edad, talla y sexo o a los valores establecidos en adultos 135/85 mmHg(3).

Clínica

Suele ser asintomática o cursar de modo inespecífico. La presencia de síntomas puede indicar una HTA grave.

La HTA primaria cursa habitualmente de forma asintomática. Las crisis hipertensivas suelen presentar síntomas inespecíficos, con predominio de los síntomas neurológicos (irritabilidad, náuseas, dificultades para la alimentación en lactantes, cefalea, fatiga crónica, alteraciones del sueño).

La cefalea intensa, los trastornos visuales, las crisis convulsivas, la parálisis de pares craneales (VII par), el dolor torácico y la presencia de insuficiencia cardíaca sugieren una emergencia hipertensiva(3,4,15).

Evaluación del paciente hipertenso

Es indispensable una historia clínica y exploración física completas. En función de éstas se solicitarán las pruebas correspondientes.

Se basa en tres pilares fundamentales: interpretación adecuada de la PA, una historia clínica completa y una exploración física detallada. Los datos obtenidos determinarán la secuencia de estudios a realizar, con el fin de evaluar la presencia de daño en órganos diana y descartar causas de hipertensión secundaria. Los adolescentes hipertensos con sobrepeso y sospecha de HTA primaria no requieren una evaluación diagnóstica exhaustiva.

Historia clínica

Debe incluir: antecedentes familiares, perinatales (edad gestacional, peso al nacimiento, cateterismo umbilical, oligohidramnios), historia dietética, encuesta sobre actividad física y tolerancia al ejercicio, características del sueño, descartar apnea obstructiva del sueño (SAOS) y antecedentes de patologías que puedan predisponer a la HTA.

Investigaremos la posibilidad de: consumo de alcohol, drogas ilegales, anabolizantes o exposición al tabaco y a tóxicos ambientales (mercurio, cadmio, plomo, ftalatos). Historial de fármacos y tratamientos recibidos (antiinflamatorios no esteroideos, descongestivos, anticonceptivos, derivados de anfetaminas, antidepresivos tricíclicos o inmunosupresores). En las adolescentes, valorar la posibilidad de embarazo(3,4,6).

Exploración física

Suele ser normal en la mayoría de los pacientes. En ocasiones, puede darnos la clave sobre la etiología de la HTA o la severidad de la misma. La exploración debe ser sistemática e incluir(3,4,6):

• Estado nutricional, desarrollo ponderoestatural y puberal. Su alteración indicaría patologías crónicas de larga evolución.

• Rasgos externos y lesiones cutáneas que nos orienten sobre determinados síndromes o patologías: neurofibromatosis, síndrome de Klippel Trenaunay Weber, Williams, Marfan, Cushing, hiperplasia adrenal congénita, lupus sistémico, síndrome de Turner. Sudoración (exceso de catecolaminas, hipertiroidismo, drogas).

• Exploración ocular. Indicada siempre en HTA severa y en la sospecha de facomatosis.

• Examen cardiovascular. Toma de presión en las cuatro extremidades si la toma inicial de PA es elevada o si en la exploración notamos disminución o ausencia de los pulsos femorales. La disminución de la PA en extremidades inferiores respecto a las superiores indicaría una coartación de aorta. Son significativas diferencias de 20 mmHg, aunque esto puede estar matizado por la severidad de la coartación y el origen de la subclavia izquierda; descripción de ruidos cardíacos y soplos (interescapular en la coartación de aorta). Taquicardia en el hipertiroidismo y feocromocitoma.

• Exploración del abdomen. Presencia de masas (neuroblastomas, tumores que compriman estructuras vasculares etc.), soplos abdominales (aunque su ausencia no descartaría la presencia de estenosis de arteria renal).

• Exploración neurológica completa. Alteración de pares craneales.

Pruebas complementarias

Dirigidas por la anamnesis y la exploración, con el fin de conseguir un diagnóstico etiológico y la valoración del daño de órganos diana.

Pruebas de primer nivel

• Analítica de sangre y orina. Hemograma, creatinina, urea e iones en sangre y orina, gasometría, ácido úrico, glucemia en ayunas, albuminuria y proteinuria (ratios albúmina/creatinina y proteína/creatinina en orina). Determinación de colesterol y triglicéridos. Sistemático y sedimento urinario.

• Ecocardiograma, en el momento diagnóstico de la HTA y siempre previo a iniciar el tratamiento farmacológico. Control periódico cada 6-12 meses.

• Ecografía y Doppler renales. La ecografía descartará la presencia de tumores (Wilms, neuroblastomas), anomalías estructurales del riñón, quistes, etc. La patología renovasular y de la aorta pueden detectarse por medio del eco Doppler, con una sensibilidad 64-90% y especificidad del 70%. Es más fiable en centros con experiencia en la técnica y en pacientes colaboradores no obesos.

Segundo y tercer nivel

Dirigidas en función de la sospecha diagnóstica y de la severidad de la HTA.

• Actividad de renina plasmática (ARP). En la hipertensión renovascular, la ARP estará elevada, aunque no es sensible ni específica, mientras que en situaciones de HTA monogénica estará disminuida. Índice aldosterona/renina elevado indicaría hiperaldosteronismo. Varios tratamientos antihipertensivos alteran la actividad de la renina [inhibidores del enzima convertidor de angiotensina (IECAS), antagonistas del receptor de angitensina II (ARAII), betabloqueantes, diuréticos], por lo que habría que suspenderlos para una correcta valoración. Amlodipino no interfiere con la determinación de renina. Las variaciones en la volemia pueden dificultar la interpretación de los valores del eje renina /aldosterona.

• Catecolaminas en orina, si se sospecha feocromocitoma o un tumor extra adrenal productor de catecolaminas.

• Estudios endocrinos como cortisol libre urinario, cortisol plasmático y ACTH. Estudio tiroideo. Si se sospecha hiperplasia suprarrenal asociada a HTA, determinaremos: 18-desoxicorticoesterona, 18 hidroxi-deoxicorticoesterona, corticoesterona y 11 desoxicortisol.

• Estudios de sueño.

• Niveles de tóxicos y medicamentos.

• Pruebas de imagen: angioTAC (Fig. 3), angiorresonancia o angiografía, cuando sospechemos una estenosis de la arteria renal o una displasia fibromuscular (Fig. 4) y gammagrafía renal. Estudios del sistema nervioso central.

Figura 3. AngioTAC, confirma aneurisma de la arteria renal.

Figura 4. Arteriografía que muestra estenosis severa de la arteria renal.

• Estudios genéticos moleculares en formas monogénicas(3,4,6).

• Prueba de esfuerzo. Indicada en pacientes con cardiopatías congénitas o síntomas referidos por el paciente con el ejercicio. Permite evaluar los síntomas agravados por la actividad física y planificarla del modo más adecuado a nuestro paciente(14).

Evaluación del daño orgánico. Alteración de órganos diana

Corazón. Descartar la presencia de hipertrofia del ventrículo izquierdo (VI), valorar la masa y el grosor de pared del ventrículo y la función diastólica, como expresión de daño orgánico por la hipertensión. La prueba más adecuada es el ecocardiograma, que además nos permitiría descartar la presencia de coartación de aorta. Debería repetirse cada 6-12 meses. El electrocardiograma es menos sensible para detectar hipertrofia ventricular, pero es una prueba de acceso inmediato y nos permite valorar signos de hipertrofia del VI (eje QRS a la izquierda; aumento de R en V5-V6 con S profunda en V1-2; S en V1 más R en V6 mayor de 35 mm; ondas T negativas en V5-6 como signo de sobrecarga sistólica del VI) y de isquemia.

Vasos. La alteración del grosor de la íntima-media carotídea y de la distensibilidad arterial, valorada por eco, es un marcador precoz de daño vascular. La velocidad de la onda de pulso es el patrón oro para determinar la rigidez arterial. Hay descritos valores de referencia en niños. No se hacen de rutina. Es un área de investigación.

Riñón. Se debe valorar la presencia de: albuminuria (> 30 mg/g de creatinina o 30-300 mg/día /1,73 m2); proteinuria (cociente proteína/creatinina en orina > 0,2; cuantificación de proteinuria en orina de 24 horas significativa a partir de 4 mg/m2/h, o mayor de 200 mg/m2/día), el filtrado glomerular estimado por fórmula de Schwartz y las alteraciones del sedimento. En la infancia, el daño renal puede ser la causa más que una consecuencia de la HTA, además la albuminuria puede aparecer en adolescentes no hipertensos (obesidad, diabetes, resistencia a la insulina, dislipemias y tras la realización de ejercicio vigoroso).

Sistema nervioso central. Los síntomas de encefalopatía hipertensiva (convulsiones, cefalea, confusión mental, vómito proyectivo, accidente cerebrovascular, alteraciones visuales, daños en la retina) requieren la valoración por Neurología y la realización de pruebas diagnósticas, tales como: electroencefalograma, TAC o resonancia magnética.

En los últimos años se ha descrito el síndrome de encefalopatía posterior reversible (PRES). Es una entidad clínico-radiológica de presentación aguda, asociada a HTA severa o a variaciones agudas de la PA y también al uso de inmunosupresores, medicamentos citotóxicos, eclampsia, glomerulonefritis y otras causas (enfermedades autoinmunes, sepsis, anemia de células falciformes). La clínica consiste en cefalea, disminución del nivel de conciencia, alteraciones visuales y convulsiones, asociada a alteraciones reversibles de la sustancia blanca en región parieto-témporo-occipital. La recurrencia es poco frecuente. Puede ocasionar daño irreversible.

Retina. Hay mayor riesgo de desarrollar coroidopatía hipertensiva, hemorragia de la vena retiniana y aumento de la presión intraocular. Se aconseja examen del fondo de ojo en hipertensiones severas o sintomáticas(3,4,6).

Tratamiento

Se deben instaurar siempre medidas referentes al cambio de estilo de vida. El tratamiento farmacológico, cuando esté indicado, se iniciará con el fármaco más adecuado para nuestro paciente y se ajustará progresivamente.

Un manejo adecuado de la PA disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular precoz y es capaz de revertir la afectación de órgano diana. El tratamiento debe ser individualizado y pactado con el paciente y la familia, lo que mejorará su cumplimiento. Realizaremos un tratamiento etiológico si es posible. Junto con la PA se controlarán los factores de riesgo y patologías asociadas.

Medidas no farmacológicas

Deben aplicarse siempre. Pueden ser suficientes en la HTA primaria leve o en casos de tensión elevada. Estas medidas serían útiles, como medidas de prevención de la HTA. Las principales son:

• Mantener un índice de masa corporal inferior al P85.

• Medidas dietéticas. Se aconseja una dieta equilibrada, reducida en sal, rica en potasio (frutas, verduras), y reducida en grasa saturadas. Esta dieta, conocida como dieta DASH (Dietary Aproaches to Stop Hypertension). La restricción de sal y la ingesta de potasio tendremos que adaptarla a las circunstancias de cada paciente (insuficiencia renal, pérdidas obligadas de sodio). Una ingesta adecuada de calcio y magnesio tendría un efecto beneficioso, aunque no existen recomendaciones específicas.

• Ejercicio. Todos los pacientes hipertensos deben realizar ejercicio preferiblemente aeróbico, dinámico, mantenido, de intensidad moderada a vigorosa y, al menos, 3-5 días por semana y de 30 a 60 minutos por sesión. La duración de la actividad parece más importante que la intensidad. Cualquier tipo de ejercicio parece beneficioso. Solo se retrasará la actividad física intensa en caso de hipertensión severa hasta su control. El tratamiento con betabloqueantes disminuye la respuesta adaptativa al ejercicio.

• Otras recomendaciones: evitar la exposición al tabaco, el consumo de alcohol, cafeína y de bebidas energéticas.

• Reducción del estrés(3,4).

Tratamiento farmacológico

Son necesarios estudios prospectivos para diseñar tratamientos adecuados. Como en cualquier enfermedad, seleccionaremos qué pacientes se beneficiarán del tratamiento farmacológico.

Los interrogantes fundamentales, se enumeran a continuación:

• Se desconoce cuál es el efecto a largo plazo de los fármacos. En los últimos años, se ha descrito el efecto carcinogénico potencial de algunos medicamentos (calcioantagonistas, inhibidores del enzima convertidor de la angiotensina, tiazidas, inhibidores del receptor de angiotensina).

• Son necesarios estudios sobre la combinación más adecuada entre distintos medicamentos y sus dosis, referidas generalmente por kilo de peso.

• En el neonato se necesitan estudios de seguridad, eficacia y que evalúen a largo plazo las posibles consecuencias de los medicamentos usados en niños prematuros sobre los órganos en desarrollo.

• Estudios recientes evalúan el papel del sistema inmune en la HTA y el papel de la microbiota intestinal.

Estaría indicado iniciar tratamiento farmacológico en HTA severa sin un factor claramente modificable, si hay enfermedades de riesgo asociadas (diabetes, enfermedad renal crónica, cardiopatías, pacientes trasplantados) y en aquellos que no responden a medidas conservadoras tras un período de observación suficiente.

Elegiremos el medicamento en función de la comorbilidad asociada del paciente, con un perfil de efectos secundarios aceptable y, si es posible, que pueda administrarse en una sola toma. En general, iniciaremos el tratamiento en monoterapia y a la menor dosis terapéutica, para evitar descensos bruscos de la PA. La dosis se incrementará progresivamente cada 2-4 semanas hasta llegar a la tensión deseada. Alcanzada la dosis máxima, recomendada o tolerada, iniciaremos un segundo fármaco que puede añadirse o reemplazar al anterior. Los tratamientos combinados permiten emplear dosis más bajas de cada fármaco, con una eficacia mayor de los mismos y menos efectos secundarios. Parece lógico asociar medicamentos con diferente mecanismo de acción. La combinación de inhibidores del enzima convertidor de angiotensina (IECA) y los antagonistas de los receptores de angiotensina II (ARAII) debe evitarse por el riesgo de hiperpotasemia. Dado que muchos antihipertensivos producen retención de sal y agua, la asociación de una tiazida es, con frecuencia, la elección preferida (Fig. 5).

Figura 5. Asociaciones de medicamentos antihipertensivos. Tomado y modificado de: Mancia G, Fagard R, Narkiewicz K, Redón J, Zanchetti A, Böhm M, et al; Task Force Members. 2013 ESH/ESC Guidelines for the management of arterial hypertension: The Task Force for the managementof arterial hypertension of the European Society of Hypertension (ESH) and of the European Society of Cardiology (ESC). J Hypertens. 2013; 31: 1281-357.

En las tablas IV y V, se recogen las dosis de los medicamentos más usados, así como los efectos secundarios más relevantes.

El objetivo del tratamiento sería conseguir unos valores de PA que disminuyan el riesgo de lesión en órganos diana y disminuir el riesgo de daño cardiovascular en la edad adulta. Los objetivos de PA definidos en la Guía Europea serían:

• Valor de PA <P95 y de modo ideal <P90.

• En pacientes diabéticos, se aconsejan niveles <P90.

• En enfermedad renal crónica sin proteinuria, el objetivo sería <P75 e inferior a P50 si hay proteinuria.

Se realizará un seguimiento y despistaje de hipertensión enmascarada periódicos, con una frecuencia condicionada por la patología de base. La colaboración entre Atención Primaria y el centro de referencia es fundamental en esta labor(3,4,13).

Situaciones especiales

IECA y ARA II. De elección en pacientes obesos, diabéticos y en la insuficiencia renal con proteinuria. Si el filtrado glomerular está muy disminuido, hay que tener especial precaución por el riesgo de hiperpotasemia. En situaciones de hipovolemia, estos fármacos pueden precipitar una situación de insuficiencia renal aguda. En las mujeres adolescentes, considerar el efecto teratógeno de estos medicamentos ante la posibilidad de un embarazo(3,4,13).

Pacientes deportistas. Pueden participar en competiciones deportivas, si mantienen una PA controlada y no hay otra patología que lo contraindique. Se limitará la competición si existe hipertrofia ventricular izquierda hasta que la tensión se normalice; pacientes con tensiones elevadas, limitar la participación en deportes estáticos (levantamiento de peso, boxeo, lucha). En el deportista, evitaremos el empleo de diuréticos y de betabloqueantes(3,4).

Coartación de aorta. Supone el 5-7% de las cardiopatías congénitas. Es una causa importante de la HTA secundaria en lactantes y en la primera infancia, si bien en ocasiones se diagnostica en edades posteriores. Como se ha dicho, las manifestaciones clínicas dependerán de la severidad de la coartación y de la anatomía de las arterias. Los pacientes intervenidos pueden presentar hipertensión residual. Considerar siempre la posibilidad de una recoartación. Los fármacos de elección son los betabloqueantes, antagonistas del calcio y medicamentos que actúan sobre el sistema renina-angiotensina(3-4).

Anticonceptivos. Recientemente, la Sociedad Francesa de Hipertensión dedica un apartado a las adolescentes que toman anticonceptivos orales y desarrollan HTA. En estas pacientes debe reemplazarse el anticonceptivo combinado (estrógeno y progestágeno) por un método con progestágeno solo. De igual modo, en pacientes hipertensas que precisan un método anticonceptivo, se debe emplear un preparado solo con progestágeno, que puede administrarse por diferentes vías (oral, subcutánea e intrauterina), o un dispositivo intrauterino de cobre, si no existe contraindicación. Se aconseja, además, un método barrera añadido(14).

Hipertensión resistente. Es la HTA resistente a tres fármacos, siendo uno de ellos un diurético. Lo más frecuente es que se trate de “resistencias aparentes”, debido a no cumplimiento terapéutico, infradosificación o etiologías no filiadas (HTA monogénica). En casos confirmados, los antagonistas de la aldosterona se han convertido en la elección preferida(3,4,6).

Crisis hipertensivas. Deben remitirse al hospital, si bien su manejo puede iniciarse en Atención Primaria.

La urgencia hipertensiva se puede tratar con medicamentos por vía oral siempre que sea posible. El objetivo sería una reducción del tercio de la diferencia tensional (diferencia entre la PA del paciente y la PA objetivo) en 24 h.

Es recomendable coger una vía intravenosa periférica si es accesible. Como tratamiento, se puede emplear captopril 0,2 mg/kg/dosis (máximo 25 mg) oral. Otras opciones de tratamiento oral serían: hidralazina, clonidina, minoxidil, amlodipino y furosemida. La ansiedad que acompaña a las crisis hipertensivas puede manejarse con ansiolíticos, como el midazolam 0,2 mg/kg/intravenoso, intranasal o vía oral (cuidado con la posible depresión respiratoria que puede causar en algunos pacientes).

Las situaciones de emergencia hipertensiva suponen un riesgo vital y requieren el ingreso en Cuidados Intensivos. El tratamiento debe realizarse por vía intravenosa. El descenso de la PA debe ser gradual y no superior al 25% en las primeras 8 horas, y reducción progresiva posterior en 48-72 h. Descensos rápidos de la tensión podrían provocar hipoperfusión de órganos vitales, con daño irreversible. Asegurar el traslado del paciente al hospital en un medio adecuado.

El empleo de nifedipino de liberación rápida oral o sublingual es controvertido por el descenso impredecible de la PA que, en adultos, se ha asociado a efectos adversos cardiovasculares y neurológicos. En general, evitaremos la vía sublingual por lo impredecible de su absorción y la magnitud del efecto que puede ocasionar(3,4,11,15)

Hipertensión neonatal. Son indispensables estudios bien diseñados en el campo de la neonatología, el paciente prematuro y de bajo peso.

Dado lo extenso del tema y las limitaciones del capítulo, se remite al lector a los artículos propuestos en la bibliografía(16,17,21).

Prevención

Existen dudas sobre la estrategia más adecuada en la prevención de la HTA en la infancia. El papel de los equipos de Atención Primaria es fundamental en esta tarea.

Prevención primaria. La ingesta de sal, el índice de masa corporal y el perímetro de cintura son factores independientes de riesgo de hipertensión.

Evitar la obesidad, la dieta, el ejercicio y evitar hábitos tóxicos es fundamental y ya han sido comentados con anterioridad.

Estas medidas deben comenzarse en las primeras etapas de la vida. Aconsejar a las madres que eviten el tabaco durante el embarazo y promover la lactancia materna exclusiva en los primeros meses de vida. La obesidad antes de los cinco años, edad del rebote adiposo, aumenta el riesgo de obesidad persistente posterior(3,4,21).

Prevención secundaria y terciaria. En el paciente de alto riesgo (Tabla VI), el diagnóstico precoz y manejo adecuado de la HTA es fundamental.

El manejo de la HTA en el niño asintomático es más controvertido. Hay trabajos que objetivan que un porcentaje significativo de niños con valores de tensión elevada o HTA, tendrán valores normales en la edad adulta. El beneficio a largo plazo del tratamiento de la tensión arterial elevada en el niño asintomático no está claramente documentado. Por otro lado, no existen datos concluyentes que relacionen los valores de PA, considerados patológicos, en la infancia y el riesgo cardiovascular.

Esto ha dado lugar a recomendaciones dispares. La Academia Americana de Pediatría aconseja la toma de tensión arterial anual en niños a partir de los tres años, y en pacientes de alto riesgo sugiere tomar la tensión en cada visita médica con independencia de la edad; por otro lado, la USPSTF (US Preventive Services Task Force), al igual que la American Academy of Family Physicians, concluyen que no hay suficiente evidencia para recomendar la toma de tensión arterial en niños asintomáticos. La Guía Europea para el manejo de la hipertensión en la infancia (2016) recomienda tomar la tensión a todos los niños a partir de los 3 años de edad y, si es normal, debe reevaluarse cada dos años. Si los valores están en rango normal alto, debe medirse de nuevo al año(3,4,18,19,21).

Para tratar de responder a los interrogantes actuales de la HTA en la infancia, ha surgido una iniciativa de la Comisión Europea que ha aprobado y financiado una Asociación de Cooperación Europea en Ciencia y Tecnología (COST)(20).

El papel del equipo de Atención Primaria, pediatras y enfermería es fundamental en la prevención, identificación y manejo inicial adecuado de la HTA en la infancia.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Se trata de las últimas actualizaciones de las Guías Europeas y Americanas de hipertensión en la infancia. Son las guías en las que se suelen basar las diferentes Sociedades de distintos países para establecer sus recomendaciones. Indispensables para el manejo de la hipertensión Infantil.

- Flynn JT, Daniels SR, Hayman LL, Maahs DM, McCrindle BW, Mitsnefes M, et al. Update: Ambulatory Blood Pressure Monitoring in Children and Adolescents. Hypertension. 2014; 63: 1116-35.

Actualización sobre el uso y recomendaciones de medición de presión ambulatoria en la infancia (MAPA). Recomendable su estudio, dado que el MAPA es una herramienta necesaria en el diagnóstico y manejo de la hipertensión infantil.

- Dionne JM, Abitbol CL, Flynn JT. Hypertension in infancy: diagnosis, management and outcome. Pediatr Nephrol. 2012; 27: 17-32.

Trabajo clásico sobre la hipertensión neonatal y en el lactante. Se explica cómo varía la tensión arterial en las primeras semanas de vida y se dan valores de referencia de presión arterial a las dos semanas de vida en lactantes entre 26-44 semanas de edad postconcepcional. Se explica el método de medida de la tensión en el neonato, las manifestaciones clínicas y se dan las pautas de manejo. Artículo necesario para las personas interesadas en la hipertensión neonatal y del lactante.

- Lurbe E, Wühl E. Hypertension in Children and Adolescents New perspectives. Springer. 2019. Disponible en: https://doi.org/10.1007/978-3-030-18167-3.

Libro actual de la Dra. Empar Lurbe y de la Dra. Elke Wühl, que trata todos los aspectos de la hipertensión arterial en la infancia de forma clara. Se ponen de manifiesto los avances en el conocimiento de la hipertensión arterial y los numerosos campos de investigación y cuestiones por resolver que aún quedan pendientes.

 

Caso clínico

 

Paciente de diez años y medio remitida desde su Centro de Salud por cifras elevadas de tensión arterial, 148/100 mmHg (P95 para la edad y talla 117/77 mmHg y P99 125/85) en un control rutinario de salud. Por lo demás, la niña está asintomática. Su pediatra realiza un electrocardiograma y una tira reactiva de orina que son normales.

Refieren antecedente de dos pielonefritis hace un año tratadas por su médico. Una por E. coli y otra al mes por Klebsiella. Tras el primer episodio, se realizó ecografía que refieren como normal (no aporta la imagen), no constan analíticas ni tomas de tensión previas. Historia perinatal y antecedentes familiares sin interés.

Exploración física

Peso: 30,2 kg (p18); talla: 138 cm (p24); PA: 148/100 mmHg. Exploración sistemática por órganos y aparatos sin alteraciones. Se decide ingreso para valoración y tratamiento.

Pruebas complementarias

Analítica en sangre y orina: hemograma, gasometría, bioquímica completa e iones sin alteraciones. Filtrado glomerular normal, capacidad para concentrar la orina conservada, ausencia de microalbuminuria, sistemático de orina normal.

Ecocardiograma: impresiona de hipertrofia de pared posterior de VI con grosor de 11-12 mm. nsuficiencia mitral leve.

Fondo de ojo: normal.

Eco doppler renal: Riñón derecho atrófico de 87 mm y adelgazamiento de la cortical de 8 mm de grosor máximo. Riñón izquierdo de 101 mm con corteza de 9 mm de grosor máximo. NO se observan lesiones focales, litiasis ni dilatación pielocalicial. Doppler normal.

Gammagrafía renal (Fig. 6): Riñón derecho: 21%; Riñón izquierdo: 79%. 

Figura 6. Gammagrafía renal.

Las imágenes obtenidas muestran un riñón derecho ortotópico, dismórfico, con marcada reducción del parénquima funcionante, en relación con atrofia renal conocida. Riñón izquierdo, por su parte, muestra rectificación del borde superoexterno, que podría corresponder con episodio de pielonefritis previo, sin poder excluir que dicha lesión puede deberse, entre otros, a la presencia de duplicidad renal.

Conclusión: atrofia renal derecha

Se inicia tratamiento con amlodipino a dosis inicial de 0,15 mg/kg/día. Se intenta realizar un MAPA durante el ingreso, pero la niña no colabora y el estudio no es válido. Se da de alta para control ambulatorio al 5º día de ingreso. AngioTac: atrofia renal derecha, con datos de lesión en parénquima de ambos riñones. Sin signos de estenosis de la arteria renal.

A los tres meses, presenta tensión arterial en consulta inferior al P90. Se coloca MAPA, con estudio válido y los siguientes resultados: registro diurno mmHg: PAS: 118.46; carga: 25%; PAD: 83,65; carga del 30%. Valores normales: PAS p95: 121,3 mmHg; PAD p95: 81,9. Registro nocturno mmHg: PAS 111,3 mmHg; Carga: 30%; PAD: 74 mHg; Carga del 55%. Valores normales PAS p 95: 110,4; PAD p 95: 65,6. Patrón non dipper (no se produce el descenso nocturno esperable de la PA).

Se consigue control completo de la tensión arterial a los seis meses, tras añadir y optimizar un segundo fármaco.

 

 

 

Miocardiopatías

A.J. Cartón Sánchez*, F. Gutiérrez-Larraya**
Temas de FC


A.J. Cartón Sánchez*, F. Gutiérrez-Larraya**

*Facultativo especialista. **Jefe de Servicio. Servicio de Cardiología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

Con el término miocardiopatía (MC) se designan enfermedades muy heterogéneas en origen, manifestaciones y curso clínico que afectan de manera principal al músculo cardiaco. En esta revisión, aplicamos la clasificación morfológica más general (MC dilatada, hipertrófica, restrictiva y no compactada) a la edad pediátrica y exponemos, de manera diferenciada, enfermedades de presentación específica a estas edades, que se manifiestan con clínica cardiaca y extracardiaca, de sospecha para el pediatra de Atención Primaria e indicación de derivación. La sintomatología más expresiva de las MC pediátricas es la insuficiencia cardiaca, pero existen subtipos donde se llega al diagnóstico en situación asintomática, por cribaje familiar, o tras el hallazgo de pruebas complementarias anormales (radiografía de tórax, ECG). El diagnóstico de MC tiene implicaciones para la familia del niño afecto, y las limitaciones del estudio genético para aclarar su situación deben conocerse. Si bien el manejo último recae en especialistas, el pediatra de Atención Primaria tiene un papel fundamental en el diagnóstico inicial, en el conocimiento de situaciones de riesgo o de descompensación del niño con MC, y en la participación en las medidas de inmunoprofilaxis y estilo de vida específicas.

 

Abstract

The term cardiomyopathy (CM) defines a set of diseases of the cardiac muscle that show a wide variability in their causes, clinical manifestations and course. Here, we use the general classification of CM (dilated, hypertrophic, restrictive and non-compaction CM) to review the different subtypes that present in children, some in a specific manner, raising the index of suspicion of cardiac and extracardiac signs detected by the primary care paediatrician that warrant further assessment. Heart failure may signal the presence of a paediatric CM, but other cases are detected in asymptomatic children, through family screening, or after abnormal findings in ancillary tests such as the chest X-ray, or the ECG. Diagnosis of a CM may imply the need to study other members of the child’s family, and limitations of genetic testing should be acknowledged. Ultimately, specialised management is required in paediatric CM, but primary care paediatricians play a central role, referring a possible diagnosis at its onset, knowing risks and decompensation occurrences, and collaborating in immunoprophylaxis and lifestyle advices.

 

Palabras clave: Miocardiopatías; Miocardiopatía familiar; Miocardiopatía dilatada; Miocardiopatía hipertrófica; Pediatría.

Key words: Inherited Cardiovascular Disease; Cardiomyopathies; Cardiomyopathy Dilated; Cardiomyopathy Hypertrophic; Pediatrics.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 427 – 436

 


Miocardiopatías

Panorámica general

Las miocardiopatías afectan de manera principal al músculo cardiaco, y se clasifican según sus características morfológicas. Su frecuente origen genético implica un abordaje integral del niño y de su familia.

Las miocardiopatías (MC) son enfermedades heterogéneas del músculo cardiaco. Ocasionan cambios estructurales en el corazón que producen un fallo en su función de bomba y la aparición de arritmias, sobre todo. Suelen tener una base genética y un componente hereditario, y el diagnóstico requiere excluir otras causas de afectación miocárdica (enfermedad coronaria, hipertensión arterial, valvulopatía o cardiopatía congénita), pudiendo implicar el estudio tanto del niño como de sus familiares más relacionados.

Las MC tienen una morbimortalidad alta y suponen una causa principal de insuficiencia cardiaca (IC) en la infancia e indicación del trasplante cardiaco (TXC; hasta el 40% del global de las formas sintomáticas en los 2 primeros años tras el diagnóstico). Los registros pediátricos (Pediatric Cardiomyopathy Registry [PCMR](1,2), National Australian Childhood Cardiomyopathy Study [NACCS])(3) informan de incidencias de al menos 1:100 000 en menores de 20 años, siendo el grupo de niños menores de 1 año el de mayor incidencia (3-4 veces más), del orden de magnitud similar a otras enfermedades pediátricas, como los linfomas, el tumor de Wilms o el neuroblastoma.

La clasificación de las MC es compleja y evoluciona con los conocimientos de sus mecanismos. El elemento clave es qué tipo de manifestaciones morfofuncionales (fenotipo) presenta el músculo cardiaco. La clasificación más comúnmente empleada (Tabla I), aunque con ligeras diferencias, por las sociedades científicas (European Society of Cardiology [ESC], American Heart Association/American College of Cardiology [AHA/ACC]), habla de los siguientes tipos principales(4):

Miocardiopatía dilatada (MCD; predomina el aumento del volumen cardiaco y la disfunción sistólica).

Miocardiopatía hipertrófica (MCH; existe un aumento del grosor del músculo cardiaco que puede conducir a disfunción diastólica y sistólica, y aparición de arritmias).

Miocardiopatía restrictiva (MCR; hay una rigidez de miocardio que obliga a presiones elevadas de llenado).

Miocardiopatía no compactada (MCNC; alteraciones en el desarrollo del músculo ventricular con aumento de las trabeculaciones).

Debido a la heterogeneidad de las MC, se tiende a describir e integrar su complejidad con clasificaciones más recientes, como la MOGE(S)(5), que emplea 5 características: el fenotipo morfofuncional (M), la participación de otros órganos (O), el patrón genético o de herencia familiar (G), la descripción etiológica del defecto genético subyacente, si se identifica (E), y S como estado funcional (que no se suele emplear en niños). Esta clasificación flexibiliza dar cuenta de la presentación de algunos pacientes y sus familias (fenotipos solapados, mixtos y de idéntico origen genético, grado de afectación extracardiaca, causa y eventual patrón de transmisión).

El origen genético de numerosas MC conlleva el estudio familiar (comenzando por anamnesis, al menos, de 3 generaciones) y diversos escenarios(6). Así, el niño asintomático, hijo de un progenitor afecto, puede necesitar que se derive para evaluación específica y determinar la presencia de alteraciones compatibles, y de su potencial causa genética, en ciertas ocasiones, con persistencia de la incertidumbre en la situación: los resultados genéticos negativos no excluyen el diagnóstico evolutivo ni la posibilidad de afectación familiar, que puede no ser idéntica en expresión del tipo de MC a la del caso original (expresividad variable). Por otro lado, en ausencia de datos de imagen de MC, a pesar de encontrar mutaciones genéticas que implican enfermedad (variantes patogénicas), no suele indicarse, salvo excepciones que se mencionarán, el tratamiento médico ni la restricción de la actividad física, y algunos casos ni siquiera llegan a desarrollar la enfermedad (penetrancia incompleta). Finalmente, en el otro extremo, no se suele considerar en riesgo ni efectuar seguimiento al niño que no presenta la mutación familiar patogénica ni tiene alteraciones cardiológicas tras ser evaluado.

Miocardiopatía dilatada

La miocardiopatía dilatada es la forma de MC más frecuente en la infancia.

En la MCD, existe una dilatación y disfunción ventricular, predominantemente izquierda (VI), que puede conducir a IC, arritmias y muerte súbita. Es la MC más frecuente en la infancia (0,58 casos por 100.000 niños), con una edad mediana al diagnóstico entre 1 y 2 años (en menores de 1 año, puede ser hasta 8 veces más frecuente que en el global de los niños)(7,8).

Etiopatogenia

Las causas más frecuentes de MCD tienen una base genética, con posible afectación extracardiaca orientativa, pero también existen causas infecciosas, sobre todo, víricas, con mejor pronóstico.

Las MCD se deben más frecuentemente a anomalías de genes que codifican proteínas del citoesqueleto, proteínas de anclaje o del sarcómero cardiaco; en otras ocasiones, son el resultado de daño miocárdico directo por un agente externo. Las clasificaciones actuales (AHA/ACC) encuadran las causas genéticas como MCD primarias, y las causas inflamatorias (infecciosas o no infecciosas), tóxicas y endocrino-metabólicas, como MCD secundarias. La MCD idiopática (diagnóstico de exclusión) tiene una base presumida, no identificada, genética, y es de peor pronóstico que otras formas; los niños clasificados bajo este tipo pueden reasignarse a una categoría de MCD familiar en la ampliación del estudio(4).

Dentro de las causas genéticas encontramos:

MCD familiar (30-50%): donde hay otros miembros relacionados en primer grado, con o sin una mutación genética encontrada (genes que codifican proteínas del citoesqueleto o del disco Z, p. ej.: sarcoglicanos, desmina, lámina A/C, titina, actinina…); el patrón de herencia más común es autosómico dominante (AD).

MCD asociada con mutaciones de genes sarcoméricos (10-20%): actina, troponina, cadena pesada de la miosina β, proteína C de unión a la miosina, α-tropomiosina, fosfolambano, canal de sodio SCN5A…

MCD asociada con enfermedad neuromuscular: sobre todo, las distrofias de Duchenne y de Becker, el síndrome de Barth (también como MCR o MCNC), la ataxia de Friedreich (como MCH) y las distrofias musculares de cintura y extremidades. Tienen patrón de herencia variable (autosómico dominante o recesivo, o ligado a X). Estos pacientes deben evaluarse cardiológicamente al diagnóstico de la enfermedad y durante su seguimiento de despistaje (en la enfermedad de Duchenne, p. ej., la afectación cardiaca es más evidente a partir de la segunda década de la vida), y tienen la mayor mortalidad y la menor tasa de trasplante a los 5 años, tras el diagnóstico de MCD.

MCD por laminopatías: suele haber manifestaciones extracardiacas, como neuropatía periférica, enfermedades del músculo esquelético y progerias. De manera anticipada a las alteraciones estructurales, estos pacientes pueden presentar, en edades pediátricas, arritmias diversas (desde trastornos de conducción AV o disfunción sinusal hasta taquicardias ventriculares).

MCD por enfermedad mitocondrial: en genes del DNA mitocondrial o nuclear que son relevantes en el metabolismo energético. Ejemplos: déficit de la transferasa II carnitina palmitoil, síndrome de Kearns Sayre, síndrome MELAS (con encefalopatía y acidosis láctica), síndrome MERFF (con epilepsia mioclónica), déficit en la reductasa NADH-coenzima Q (complejo I) y déficit de la oxidasa del citocromo C.

Las causas infecciosas de MCD incluyen, sobre todo, virus (adenovirus, enterovirus, herpes simple, varicela zóster, citomegalovirus, Ebstein-Barr, herpes humano 6, influenza A y B, inmunodeficiencia humana, parvovirus). También se mencionan, más raramente, causas bacterianas (Chlamydia, C. diphteriae, Legionella…), fúngicas (Actinomyces, Aspergillus, Candida…), ricketsiosis y Borrelia. Las MCD atribuidas a miocarditis vírica (miocarditis linfocitaria) tienen un 70% de supervivencia global y libre de TXC a los 5 años, tras el diagnóstico. Las causas inflamatorias no infecciosas son las enfermedades autoinmunes y reacciones de hipersensibilidad (dermatomiositis, síndrome hiperesoinofílico, miocarditis, lupus y artritis reumatoide). Se han involucrado tóxicos y fármacos como penicilina, ampicilina, cefalosporinas, tetraciclinas y sulfonamidas; los niños expuestos a quimioterapia para su cáncer (sobre todo, antraciclinas para leucemias, linfomas y sarcomas) pueden desarrollar, a largo plazo, MCD e IC. Las causas metabólicas, finalmente, son raras en niños, y suelen existir otras manifestaciones que orientan el diagnóstico: alteraciones tiroideas (hiper e hipotiroidismo), adrenérgicas (tumor secretor de catecolaminas), hipocalcemia crónica (hipoparatiroidismo), etc.

Clínica

La MCD puede presentarse como insuficiencia cardiaca grave de repercusión multisistémica.

La presentación sintomática típica, y lo más frecuente al diagnóstico, es la de IC, con manifestaciones variables que dependen de la edad: en niños pequeños, fallo de medro, problemas de alimentación, infecciones respiratorias que descompensan la situación basal; en niños mayores, la clínica más característica es de intolerancia al esfuerzo o disnea; en todos los casos, el shock cardiogénico o la muerte súbita son potenciales consecuencias finales. El antecedente de cuadro vírico o catarral puede faltar o no reconocerse en las secundarias a miocarditis, haciéndolas indistinguibles de las idiopáticas o genéticas. La asociación con hipoglucemia, acidosis metabólica, hipotonía o afectación hepática, orienta a un error congénito del metabolismo. La sintomatología neurológica o muscular esquelética se asocia con enfermedades mitocondriales o una distrofia muscular. Casi la mitad de casos, al diagnóstico, puede precisar cuidados intensivos y soporte inotrópico, así como asociarse con comorbilidad de otros órganos o sistemas (insuficiencia renal, hepatopatía, trombosis vascular…). Otros casos pueden detectarse en pacientes asintomáticos, como resultado de cribaje familiar.

Diagnóstico

El diagnóstico de MCD es por imagen cardiaca, pero pruebas como la radiografía de tórax o el ECG, permiten sospecharla con clínica sugerente.

Las alteraciones diagnósticas de MCD se basan en la imagen cardiaca, sobre todo, la ecocardiografía, y no son específicas de su causa. El criterio fundamental es la dilatación, ajustada por tamaño corporal del niño, del VI, que se acompaña habitualmente de disfunción sistólica (disminución de la función contráctil). La resonancia magnética (RM) cardiaca puede cuantificar de manera más precisa los volúmenes y la función biventricular, y caracteriza mejor el tejido afecto (edema, inflamación o fibrosis que pueden ser etiológica o pronósticamente informativas).

Antes de estas pruebas, la radiografía de tórax puede constituir un alto índice de sospecha, al mostrar cardiomegalia como signo que orienta la presencia de MCD, si hay clínica de presentación similar a una infección respiratoria; menos frecuentemente, el hallazgo es casual. En el ECG, pueden observarse alteraciones no específicas de MCD, pero merecedoras de estudio con clínica dudosa (en concreto, sospechar de taquicardias sinusales no apropiadas a la situación fisiológica del niño como índice de IC) como hipertrofia ventricular o auricular, anomalías no específicas de la onda T, arritmias supraventriculares y ventriculares. Las pruebas de laboratorio se orientan, por un lado, a evaluar la repercusión en otros órganos o sistemas (elevación de transaminasas, afectación de la función renal) al diagnóstico, y por otro lado, a tratar de establecer la etiología, sobre todo, infecciosa (serologías y PCR específicas), aunque otras alteraciones bioquímicas pueden ser también sugerentes; así, la elevación de la CPK podría sugerir una enfermedad neuromuscular relacionada con la distrofina, una laminopatía o una miopatía miofibrilar, o la elevación de TSH orienta a causa endocrina. Las pruebas microbiológicas específicas (serología de virus, Chagas, Borrelia) establecen su diagnóstico.

El estudio genético establece la etiología en el caso pediátrico afecto y el potencial estado de portador en los familiares (hasta un 50% podría presentar una mutación patogénica); el conocimiento de este estado podría contribuir a estrategias de prevención o detección precoz en otros familiares.

Tratamiento

El tratamiento es sintomático de insuficiencia cardiaca, y algunos niños pueden precisar trasplante cardiaco.

Comprende el tratamiento de la causa, cuando se identifica, y el tratamiento de apoyo y sintomático de la IC y las arritmias. En fase aguda, si predomina la retención de líquidos, con buena perfusión (forma caliente y húmeda), la base son los diuréticos y los vasodilatadores sistémicos; si hay mala perfusión, se emplean inótropos. En fase crónica, el tratamiento especializado consiste en inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA), bloqueantes beta-adrenérgicos, antagonistas de los mineralcorticoides y furosemida, con papel seleccionado de digoxina e ivabradina; en estudio se encuentran otros fármacos de uso ya estándar en adultos, como los inhibidores de angiotensina y del receptor de nesiprilina (ANRI). En fases finales de IC, pueden ser candidatos a un TXC, ayudados o no de manera previa con una asistencia ventricular de corta (ECMO) o larga duración (p. ej., Berlin Heart, Heartware).

Miocardiopatía hipertrófica

La MCH es el segundo tipo de MC en edad pediátrica, con relativo mejor pronóstico, pero riesgo de muerte súbita.

En la MCH, se objetiva un aumento del grosor ventricular (hipertrofia del VI, HVI) sin explicación hemodinámica aparente (HTA, obstrucción a la salida del VI [OTSVI]). Ciertas adaptaciones fisiológicas en el niño y adolescente (corazón del deportista), pueden plantear dudas al inicio; en estos casos, podría ayudar el desacondicionamiento deportivo durante unos meses, así como la ausencia de alteraciones en otras pruebas, para identificar si hay MCH realmente.

La incidencia pediátrica estimada es de 0,3 a 0,5 casos por 100.000, y supone la segunda MC por frecuencia (25-40% de casos de MC). Sin embargo, la MCH es la enfermedad cardiaca genética más prevalente en adultos (1:500 personas, en algunas estimaciones hasta 1:250, siendo sintomáticos menos de 1:3.000). La edad de aparición es muy variable, desde el periodo neonatal hasta la adolescencia (en el grupo pediátrico). En general, hay mejor pronóstico que en otras MC (supervivencia libre de TXC de 90% a los 5 años), pero se debe considerar el riesgo de muerte súbita y que algunos subgrupos (lactantes con IC a la presentación, niños mayores con fisiología restrictiva, HVI grave al diagnóstico, el síndrome de Noonan…) evolucionan peor(9-11).

Etiología y clasificación

Las causas más frecuentes de MCH son genéticas; en Pediatría, hay síndromes específicos que cursan con MCH.

Algunas sociedades (AHA/ACC)(10) no consideran como MCH las formas donde hay una causa sistémica de la HVI, en concreto síndromes multisistémicos de origen genético, no sarcoméricos que, en general, son enfermedades de presentación infantil específica (hasta un 25% de los casos a esta edad; p. ej., las RASopatías, como el síndrome de Noonan); esas formas se denominarían de manera alternativa fenocopias, y no propiamente MCH. La ESC(11) sí las incluye en la denominación de MCH (causas secundarias), nomenclatura más empleada y que adoptamos aquí.

Las MCH primarias son las de origen sarcomérico (8 genes explican el 30-60% de los casos globalmente; MYH7 y MYBCP3 explican el 70% de las causas sarcoméricas), y son las de mayor prevalencia en la población general, pero no en el período de la infancia, donde es frecuente que se llegue al diagnóstico en un niño asintomático con un familiar afecto. Las causas no sarcoméricas (secundarias, sistémicas, fenocopias) son las más frecuentes en menores de 1 año y abarcan:

• Enfermedades por almacenamiento anormal de glucógeno: tipos más frecuentes asociados con MCH:

- Tipo II o enfermedad de Pompe; déficit de α-1, 4 glucosidasa. Debe sospecharse en un lactante que presenta hipotonía muscular, cardiomegalia radiológica y alteraciones ECG características (intervalo PR corto, voltajes muy elevados del complejo QRS).

- Tipo IIb o enfermedad de Danon (ligado a X, mutaciones en gen LAMP2). Hay MCH, miopatía de músculo esquelético y retraso intelectual leve. Los varones suelen tener afectaciones más precoces y graves.

- MC por PRKAG2. Presenta: MCH, preexcitación ventricular y enfermedad progresiva del sistema de conducción.

• Enfermedades por depósito lisosomal anormal. Incluye: síndrome de Hurler (talla baja, rasgos faciales toscos, anomalías esqueléticas), enfermedad de célula I (mucolipidosis, enfermedad de Leroy) y enfermedad de Anderson-Fabry (presentación en la adolescencia con angiokeratomas y dolor abdominal).

MCH sindrómica. Incluye las RASopatías (síndrome de Noonan, síndrome de Noonan con lentiginosis [antiguo síndrome de LEOPARD], síndrome de Costello, síndrome cardiofaciocutaneo); frecuencia estimada de 1:1.000 a 2.500 niños. Pueden asociar cardiopatía congénita (sobre todo, estenosis pulmonar) y, típicamente, participación extracardiaca: dismorfias craneofaciales, hipotonia, desarrollo neurológico alterado, talla baja, predisposición a cáncer, anomalías cutáneas, musculares y oculares.

Déficits de oxidación de ácidos grasos (déficit de la deshidrogenasa de la acil-CoA de cadena larga). Pueden tener arritmias ventriculares y muerte súbita.

Hiperinsulinismo. La presentación es neonatal. En las formas primarias, hay una hiperproducción de insulina por hiperfunción de las células beta pancreáticas (focal como adenoma, o difusamente); clínicamente, pueden debutar como hipoglucemia grave, crisis epilépticas, hipotermia, hipotonía y letargia; son niños grandes, pero no necesariamente macrosómicos. El tratamiento es médico o quirúrgico. En las formas secundarias, el hiperinsulinismo es secundario a hiperglucemia materna (DM materna o gestacional), el RN suele ser macrosómico y la hipoglucemia inicial suele responder a suplementos; la HVI suele resolverse espontáneamente en el primer año de vida.

Patogenia

La MCH implica alteraciones cardiacas mecánicas y riesgo de arritmias.

Aunque no está claro cómo conduce al fenotipo la alteración del sarcómero, se observan cambios miocárdicos con aumento del grosor y fibrosis, que dan lugar a un ventrículo pequeño y rígido, disfunción diastólica y, posteriormente, sistólica. La HVI localizada en el tracto de salida del ventrículo izquierdo puede condicionar obstrucción a la salida de sangre del VI (OTSVI) y anomalías de la función valvular mitral (movimiento sistólico anterior e insuficiencia valvular). Otros elementos alterados son: arterias coronarias intramurales (isquemia), elongamiento del aparato subvalvular mitral o anomalías congénitas… Histológicamente, se produce una desorganización de miocitos y miofibrillas, fibrosis miocárdica, y enfermedad de pequeño vaso, que pueden ser la base del riesgo arrítmico.

Clínica

Es frecuente que el niño con MCH esté asintomático y esté siendo estudiado por otro motivo.

Lo más habitual es la situación asintomática de los niños. En otras ocasiones, la presencia de soplo (OTSVI, insuficiencia mitral por movimiento sistólico anterior) puede motivar la derivación al especialista. En un 10-15% de los casos, la presentación es de IC (fases finales) o arritmias, estas últimas como síncope de características cardiogénicas (durante esfuerzo, sin pródromos claros, aunque pueden describirse palpitaciones o malestar general durante el ejercicio) o atípico (no claro perfil vasovagal, presentación fuera de esfuerzo). Las formas de MCH asociadas a errores congénitos del metabolismo o malformaciones sindrómicas suelen tener debut más precoz y más clínica de IC al diagnóstico, siendo la muerte súbita más rara.

Las formas sindrómicas pueden presentar síntomas o signos clínicos orientativos de su causa genética:

• Problemas de aprendizaje o retraso mental (enfermedades mitocondriales, síndrome de Noonan, LEOPARD, síndrome de Costello, enfermedad de Danon).

• Sordera neurosensorial (enfermedad mitocondrial, sobre todo, con diabetes; enfermedad de Fabry-Anderson, síndrome de LEOPARD).

• Alteraciones visuales: retinopatía (enfermedad mitocondrial), retinitis pigmentosa (Danon), cataratas, opacidades corneales (Anderson-Fabry).

• Alteraciones de la marcha: ataxia de Friedreich.

• Parestesias, anomalías sensoriales: Anderson Fabry.

• Hipotonía muscular: enfermedad mitocondrial, glucogenosis, ataxia de Friedreich.

Ptosis palpebral: enfermedad mitocondrial, Noonan/LEOPARD, distrofia miotónica.

• Lentiginosis, manchas café con leche: LEOPARD, Noonan.

• Angiokeratoma, hiposudoración: Anderson-Fabry.

• Dismorfias/anomalías cutáneas: RASopatía.

Diagnóstico

En niños, la MCH se diagnostica con imagen durante cribado familiar y a partir de alteraciones cardiacas y extracardiacas detectables clínicamente o en pruebas complementarias.

Se basa en la confirmación por imagen de la hipertrofia miocárdica, prueba a la que llega el paciente tras una clínica como la descrita, incluyendo eventos sincopales, por despistaje familiar o por hallazgo de elementos alterados en un ECG casual o indicado por síntomas.

El ECG es una prueba accesible desde Atención Primaria, y en más del 90% pacientes se presentan anomalías, por lo demás, elementos índice suficientes de sospecha: HVI por voltaje asociados, o no, con strain (inversión de la onda T, más específico; a veces, la inversión, en derivaciones precordiales izquierdas V4-V6, puede darse sin el crecimiento eléctrico), ondas P anchas (crecimiento auricular izquierdo), ondas Q patológicas (duración mayor de 40 ms o amplitud superior al 25% del QRS asociado… Un intervalo PR corto o preexcitación es frecuente en la enfermedad de Pompe, la MCH por PRKAG2 o la enfermedad de Danon, que pueden también presentar crecimiento ventricular izquierdo extremo.

El ecocardiograma suele bastar para confirmar el diagnóstico (grado y distribución de la HVI) y determinar la presencia de alteraciones asociadas (la OTSVI, la IM; la disfunción diastólica, alteraciones preclínicas de la contractilidad regional). Cuando la ecocardiografía no es concluyente (más que mala ventana en niños, para las localizaciones atípicas de HVI), la RM cardiaca es útil y también permite evaluar la presencia de fibrosis, que podría relacionarse con riesgo arrítmico.

El Holter ECG tiene utilidad durante el seguimiento, si el niño refiere palpitaciones o presíncopes, y para detectar la aparición de arritmias que confieran un riesgo mayor de eventos adversos. En la ergometría, se puede evaluar la situación funcional del niño y observar si sucede hipotensión en esfuerzo, dato clásico de peor pronóstico.

En las formas metabólicas de niños más pequeños, determinados hallazgos analíticos contribuyen a buscar la etiología: hipoglucemia con acidosis metabólica aparece en enfermedades del glucógeno y mitocondriales. Si no hay acidosis, la HVI puede encontrarse en hiperinsulinismo congénito, síndromes de resistencia a insulina y defectos de la oxidación de ácidos grasos.

El estudio genético, que se beneficia de la orientación dada por hallazgos previos anormales, confirma el origen de la MCH, pero no es necesario encontrar una mutación genética patogénica para que el niño con el fenotipo compatible sea diagnosticado.

Tratamiento

El manejo de la MCH puede implicar el implante de un desfibrilador y muchos niños pueden no necesitar medicación inicialmente.

El objetivo general es mejorar la calidad de vida y la supervivencia. Solo el implante de desfibrilador (DAI) mejora el pronóstico en los grupos de alto riesgo (más del 6% de eventos adversos a los 5 años) de muerte súbita de formas sarcoméricas; en las formas no sarcoméricas, la estimación de riesgo es más incierta. Los pacientes con MCH supervivientes de una muerte súbita o que han experimentado una taquiarritmia ventricular con síncope tienen indicación de implante (prevención secundaria). En el resto de casos, incluso en ausencia de cualquier síntoma, se estratifica el riesgo (prevención primaria) mediante factores clínicos reconocidos (síncope inexplicado, grosor septal, aparición de taquicardias ventriculares [TV] no sostenidas…), con calculadoras de riesgo o sumación de factores presentes (para niños: HCM-Kids Risk Calculator, puntuación Primacy; en mayores de 16 años, calculadora de la ESC)(11-13). El DAI reconoce arritmias ventriculares y es capaz de proporcionar terapias eléctricas para abortarlas. Su implante es similar al de un marcapasos endovenoso clásico; también hay dispositivos de implante subcutáneo (para pacientes mayores seleccionados). El niño debe evitar actividades de contacto que supongan un traumatismo sobre el dispositivo o desplazamiento del cable, aparte de las restricciones que le aplique su cardiólogo. La familia recibe información sobre eventuales interacciones electromagnéticas, incluyendo, por ejemplo, pruebas médicas como la RM (muchos DAI son actualmente compatibles) o el uso de bisturí eléctrico en intervenciones quirúrgicas (precisa reprogramación transitoria).

La medicación consiste en betabloqueantes (propranolol, atenolol, bisoprolol) para tratar de reducir la OTSVI, si está presente (hay formas no obstructivas que no los precisan); en caso de mala tolerancia o contraindicación, se propone el uso de antagonistas de los canales de calcio. Antiarrítmicos como la amiodarona pueden añadirse ante la aparición de arritmias ventriculares. Los diuréticos no se suelen emplear (las situaciones de hipovolemia relativa, como deshidratación en gastroenteritis, pueden tolerarse mal). La digoxina está contraindicada en presencia de OTSVI. Las opciones quirúrgicas se plantean en formas graves de OTSVI (miectomías septales; la ablación septal con alcohol en centros de experiencia y en pacientes mayores). En las fases finales de la enfermedad, con fallo de bomba e IC terminal, se indica el TXC, en general con buenos resultados.

Miocardiopatía restrictiva

La MCR es poco frecuente en niños, pero tiene mal pronóstico.

En las MCR, se produce rigidez y un fallo de relajación ventricular (disfunción diastólica); morfológicamente, la dilatación no se produce en los ventrículos, que suelen ser más bien de menor tamaño, sino en las aurículas. Es la MC de peor pronóstico (con mortalidad a los 5 años cercana al 30%) y de las menos frecuentes (0,03-0,04 por 100.000), aunque su incidencia aumenta con la edad, siendo raras las presentaciones en menores de 1 año. Las características de ciertos casos de MCR se solapan con la MCH: los niños con formas puras de MCR suelen trasplantarse más frecuentemente(4).

Etiopatogenia

Es característica de la MCR la congestión venosa, transmitida por fallo de relajación ventricular.

Las causas primarias son genéticas (proteínas del sarcómero, desmina, filamina C); las causas secundarias son infiltrativas (amiloidosis, muy rara en niños), por depósito lisososomal (Anderson-Fabry, estados de sobrecarga de hierro) y la fibrosis endomiocárdica (en parasitosis de niños procedentes de zonas de África, Asia y Sudamérica, enfermedades autoinmunes, síndromes con hipereosinofilia, déficits metabólicos o tóxicos).

Histológicamente, pueden existir anomalías en los miocitos o en la matriz intercelular (infiltración o fibrosis), pero el dato de restricción es funcional y requiere evidencia de presiones de llenado elevadas, confirmadas invasivamente (cateterismo) o de forma indirecta por la presencia de signos de congestión venosa sistémica.

Clínica y diagnóstico

La clínica de insuficiencia cardíaca sucede tarde en la evolución, y suele presentar alteraciones detectables en el ECG.

Al inicio, en las formas con afectación exclusivamente cardiaca, los síntomas son inespecíficos: fatiga general, intolerancia gastrointestinal o al esfuerzo. En la evolución, al aumentar las presiones venosas pulmonares y sistémicas elevadas, puede darse edema periférico, hepatomegalia, edema e hipertensión pulmonar (disnea o equivalente). La disfunción sistólica es tardía, así como los síntomas por bajo gasto cardiaco. La presentación sincopal es de mal pronóstico (arritmias, isquemia coronaria y evento tromboembólico).

El ECG puede ser la prueba complementaria inicial que oriente hacia un origen cardiaco de los síntomas, por estar alterado en la presentación, prácticamente en casi todos los niños: datos de crecimiento biauricular, con afectación variable de la amplitud de los complejos QRS y alteraciones de repolarización asociadas. En la ecocardiografía, el hallazgo casi patognomónico es la dilatación biauricular con ventrículos de tamaño normal o reducido. La analítica de sangre puede mostrar elevación del propéptido natriurético cerebral N-terminal (NT-proBNP) y orientar inicialmente la presencia de MC si la clínica es dudosa. Con el cateterismo cardiaco, se confirman las presiones de llenado ventricular elevadas y se obtiene información discriminante de otras situaciones fisiopatológicas similares, como la pericarditis constrictiva, muy rara en niños. La biopsia endomiocárdica tiene un rendimiento limitado y no se suele hacer de rutina. El estudio genético permite establecer el origen primario de la MCR.

Tratamiento

El tratamiento de la MCR es sintomático de insuficiencia cardiaca.

El tratamiento es sintomático de la IC en fases ya avanzadas, donde habitualmente se considera la inclusión en lista de trasplante. Es dudoso el papel de iniciar tratamiento anticongestivo en fases iniciales oligosintomáticas.

Miocardiopatía no compactada

La MCNC es poco frecuente, pero puede encontrarse en lactantes sin síntomas.

En la MCNC, morfológicamente, se observa una trabeculación prominente del VI, que expresa un fallo de maduración o del desarrollo del miocardio (miocardio más trabeculado = más primitivo) y que puede darse en combinación con características propias de otras MC. Las incidencias pediátricas referidas son de 0,11 por 100.000 (0-10 años), más frecuentemente en lactantes(4).

Se identifica una causa genética en un 30-45% de los casos (lo más frecuente: mutaciones sarcoméricas); también se ha relacionado la MCNC con otros genes no sarcoméricos y con el síndrome de Barth, una rara metabolopatía infantil que cursa con fallo de medro y neutropenia cíclica (también como MCR). Las formas aisladas parecen tener mejor pronóstico, y la asociación con arritmias (bloqueo AV) o fenotipos mixtos lo tienen peor(4,14).

Las presentaciones asintomáticas son frecuentes (hallazgo durante cribaje), pero también puede darse, de manera variable: insuficiencia cardiaca congestiva (ICC), arritmias o un evento tromboembólico. La imagen diagnóstica característica se suele obtener por ecocardiografía.

El tratamiento es sintomático y puede requerir, en fases finales de IC, inclusión en lista de TXC.

Miocardiopatía asociada con sustrato arrítmico

La miocardiopatía arritmogénica es una miocardiopatía con muy alto riesgo de arritmias graves para la vida, y detectarla en fase asintomática o por estudio genético tiene implicaciones muy relevantes.

En la miocardiopatía arritmogénica (MCA; históricamente, displasia arritmogénica del ventrículo derecho, nombre en desuso: puede haber afectación del VI, y se clasifica como MC) aparece, de forma característica, una sustitución fibrograsa del tejido miocárdico, aunque en fases iniciales, como las propias de niños y adolescentes, las alteraciones morfológicas pueden ser menos aparentes y el debut clínico consistir en arritmias graves para la vida. Es una MC muy poco frecuente (no se suele pensar en ella en menores de 10 años), pero muy relevante, por causar aproximadamente un 10% de casos de muerte súbita en jóvenes y de hasta un 22% en atletas. Una combinación de alteraciones de imagen, del ECG o la histología cardiaca, la presencia de arritmias ventriculares o una historia familiar confirmada, además o junto con la presencia de una mutación patogénica de un gen relacionado (proteínas relacionadas con el desmosoma cardiaco, zona de unión intercelular) son la base de los criterios diagnósticos(15). Al estudio de la enfermedad en niños, se llega por despistaje de un progenitor afecto, la presencia de arritmias ventriculares (a veces, solo extrasistolia ventricular aislada, pero frecuente), la evaluación de episodios sincopales o tras una muerte súbita resucitada. Los portadores de mutaciones genéticas asociadas con enfermedad, aun sin expresar sus alteraciones, deben restringir su actividad física, por ser esta un desencadenante de arritmias y elemento favorecedor para desarrollar el fenotipo. El tratamiento se dirige a los síntomas de IC o por arritmias, y una proporción importante de pacientes es candidato a DAI y se le implanta.

A los niños con canalopatías (síndrome de QT largo congénito, síndrome de Brugada, taquicardia ventricular polimorfa catecolaminérgica), clásicamente, se les ha considerado sin alteraciones propias de MC, aunque pueden tenerlas por el solapamiento de sus causas genéticas con las de MC. Por último, cabe mencionar dos situaciones de MCD asociada con arritmias:

1. El niño portador de marcapasos, por la estimulación crónica, puede experimentar dilatación y disfunción ventricular y referir clínica de IC.

2. En las taquicardias supraventriculares incesantes o muy prolongadas de lactantes, tras un comienzo, a veces, inadvertido, la clínica de IC (expresada de manera inespecífica como: mal estado general, rechazo de tomas, vómitos, aspecto incluso séptico) indica la evolución hacia disfunción ventricular (taquimiocardiopatía, generalmente reversible), y es un primer contacto con su pediatra lo que puede orientar el diagnóstico, al detectar la taquicardia, sobre todo, en ausencia de datos de infección.

Función del pediatra de Atención Primaria

Las MC, como grupo global, son entidades raras, pero desde Atención Primaria se puede contribuir a los cuidados de los niños afectos en varias cuestiones (Fig. 1):

Figura 1. Papel del pediatra de Atención Primaria: resumen gráfico de intervenciones en el niño con MC.

• Al diagnóstico. Se debe conocer el componente familiar de muchas MC y facilitar el acceso al estudio en cascada (de primer grado –padres a hijos, e hijos a padres– a más lejano): muchos niños están en situación asintomática y es solo el diagnóstico en un progenitor lo que inicia el proceso. En cuanto a las presentaciones sintomáticas, las MC no son las causas más frecuentes de clínica cardiovascular atribuible en la infancia, pero debe prestarse atención a elementos muy sugerentes (insuficiencia cardiaca, a veces, solo como taquicardia mantenida en rangos fisiológicos altos, en ausencia de infección, anemia o proceso intercurrente claro, que puede asociarse con síntomas de intolerancia digestiva, vómitos…; síncopes de presentación atípica o durante el esfuerzo…). Asimismo, las alteraciones en pruebas complementarias realizadas con otro motivo (cardiomegalia radiológica, ECG con anomalías del tipo crecimiento de cavidades o alteraciones de repolarización) pueden justificar la derivación al especialista. En el niño con signos de afectación extracardiaca diversa (dismorfias, retraso mental, hipotonía, fallo de medro, alteraciones metabólicas), esta derivación puede formar parte de la estrategia de estudio.

• Durante el seguimiento. Debe conocer la particular vulnerabilidad del niño con MC a procesos intercurrentes, sobre todo, procesos respiratorios (también gastroenteritis con deshidratación o trastornos iónicos), que ocasionen descompensaciones (IC). El niño con MC puede considerarse en el grupo de enfermedades crónicas cardiacas (por IC, alteraciones hemodinámicas asociadas o hipertensión pulmonar) al que hay que aplicar, junto a los convivientes, lo expuesto por el Comité de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría(16):

- Vacunación antigripal (tetravalentes inactivadas) anual. Son pacientes de alto riesgo de complicaciones(17).

- Vacunación antineumocócica secuencial (incluyendo VNC13 y la VNP23).

- Vacunación antivaricela, con 2 dosis según pauta de calendario. Niños susceptibles no vacunados deben ser vacunados lo antes posible con dos dosis (intervalo 1-3 meses). Bajo tratamiento con aspirina, si es posible, al menos, dejando 6 semanas sin tratamiento para vacunar; no obstante, el síndrome de Reye se ha evidenciado con la variante salvaje del virus y no con la vacunal, por lo que en riesgo de exposición, también se recomienda vacunar.

- Además, algunos niños menores de 2 años pueden beneficiarse de la profilaxis estacional de VRS (Palivizumab), de aplicación hospitalaria(18). En lo referente a la covid-19, por ser un campo en evolución, que este trabajo no representaría de manera actualizada, remitimos al lector a fuentes en constante revisión.

• Sobre recomendaciones generales sobre estilo de vida. Aparte de la aplicación general de consejos saludables sobre la dieta y la evitación de tóxicos (tabaco), es oportuno estar familiarizado con lo referido al ejercicio físico y deporte del niño con MC. Existe una responsabilidad directa del especialista en proporcionar esta información, pero el pediatra de Atención Primaria es un acceso más directo al que pueden recurrir las familias en situaciones de duda, y algunas situaciones deben ser de conocimiento general. Se tiende a la discusión individualizada y decisión final compartida con el paciente y su familia sobre el nivel de ejercicio, entendiendo que la ausencia de factores de riesgo conocidos no confiere inmunidad frente a arritmias de riesgo vital y que, en una importante proporción de casos, estas pueden ocurrir durante el sueño, en reposo o actividades de baja exigencia. No obstante, es posible que niveles bajos a moderados de actividad física se acuerden y permitan. Un niño portador de una mutación familiar sin expresión fenotípica no tiene descalificación automática del deporte intenso, salvo si es una MCA o una MCD por genotipos donde está involucrada la lámina A/C o la filamina C, donde de entrada sí se aplica. Los deportes de alta intensidad (p. ej., muchos deportes de equipo practicados competitivamente como fútbol, baloncesto, balonmano, rugby, hockey…; o actividades de resistencia como el ciclismo de grandes distancias, el remo, la natación competitiva, y algunas variedades de atletismo) se suelen desaconsejar en niños con MCH, MCD o MCNC que presentan marcadores de riesgo (síntomas durante esfuerzo o historia de síncope, aparte de otros hallazgos determinados en las pruebas complementarias, p. ej.: disfunción ventricular, presencia de arritmias ventriculares en esfuerzo…)(19).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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9. Alexander PMA, Nugent AW, Daubeney PEF, Lee KJ, Sleeper LA, Schuster T, et al. Long-Term Outcomes of Hypertrophic Cardiomyopathy Diagnosed During Childhood: Results from a National Population-Based Study. Circulation. 2018; 138: 29-36.

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12. Norrish G, Ding T, Field E, Ziólkowska L, Olivotto I, Limongelli G, et al. Development of a Novel Risk Prediction Model for Sudden Cardiac Death in Childhood Hypertrophic Cardiomyopathy (HCM Risk-Kids). JAMA Cardiol. 2019; 4: 918-27.

13. Miron A, Lafreniere-Roula M, Steve Fan CP, Armstrong KR, Dragulescu A, Papaz T, et al. A Validated Model for Sudden Cardiac Death Risk Prediction in Pediatric Hypertrophic Cardiomyopathy. Circulation. 2020; 142: 217-29.

14. Sabaté Rotés A, Huertas-Quiñones VM, Betrián P, Carretero J, Jiménez L, Girona J, et al. Miocardiopatía no compactada: características clínicas, evolutivas y pronósticas en edad pediátrica. Resultados de un estudio multicéntrico An Pediatr (Barc). 2012; 77: 360-5.

15. Marcus FI, McKenna WJ, Sherrill D, Basso C, Bauce B, Bluemke DA, et al. Diagnosis of arrhythmogenic right ventricular cardiomyopathy/dysplasia: proposed modification of the Task Force Criteria. Eur Heart J. 2010; 31: 806-14.

16.** Comité asesor de Vacunas. Capítulo 17. Vacunación en niños con enfermedades crónicas. En: Manual de vacunas en línea de la AEP. Acceso el 1 de octubre de 2021. Disponible en: https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-17.

17.** AAP Committee on Infectious Diseases Recommendations for Prevention and Control of Influenza in Children, 2021-2022. Pediatrics. 2021; 148: e2021053745.

18.** American Academy of Pediatrics Committee on Infectious Diseases; American Academy of Pediatrics Bronchiolitis Guidelines Committee. Updated guidance for palivizumab prophylaxis among infants and young children at increased risk of hospitalization for respiratory syncytial virus infection. Pediatrics. 2014; 134: 415-20. Erratum in: Pediatrics. 2014; 134: 1221.

19.*** Pelliccia A, Sharma S, Gati S, Bäck M, Börjesson M, Caselli S, et al; ESC Scientific Document Group. 2020 ESC Guidelines on sports cardiology and exercise in patients with cardiovascular disease. Eur Heart J. 2021; 42: 17-96. Erratum in: Eur Heart J. 2021; 42: 548-9.

20. Centeno Malfaz F, Alcalde Martín C. Miocardiopatías. Pediatr Integral. 2016; XX(8): 548-58.

Bibliografía recomendada

Lipshultz SE, Law YM, Asante-Korang A, Austin ED, Dipchand AI, Everitt MD, et al. Cardiomyopathy in Children: Classification and Diagnosis: A Scientific Statement From the American Heart Association. Circulation. 2019; 140: e9-e68.

No es una guía clínica, sino un consenso de expertos que expone de manera muy exhaustiva: clasificación, alteraciones, causas, evaluación diagnóstica, estudio genético y pronóstico de los diferentes tipos de miocardiopatía en edad pediátrica.

Pelliccia A, Sharma S, Gati S, Bäck M, Börjesson M, Caselli S, et al; ESC Scientific Document Group. 2020 ESC Guidelines on sports cardiology and exercise in patients with cardiovascular disease. Eur Heart J. 2021; 42: 17-96. Erratum in: Eur Heart J. 2021; 42: 548-49.

Guías de práctica clínica de la Sociedad Europea de Cardiología, que define al individuo en riesgo durante el ejercicio y los tipos de ejercicio según el riesgo, con recomendaciones sobre el nivel permisible, en decisión conjunta con el paciente y su familia, para diferentes enfermedades cardiovasculares, incluyendo miocardiopatías y cardiopatías congénitas.

 

Caso clínico

 

Recién nacido de 9 días de vida, que ingresa para observación por decaimiento general y rechazo de tomas, sin vómitos, diarrea, febrícula o contacto infeccioso conocido.

Antecedentes personales

Embarazo controlado, sin incidencias. Nacido a término con peso adecuado. Periodo neonatal inmediato normal, con alta a domicilio a las 48 h de vida.

Antecedentes familiares

Primer hijo de dos progenitores no consaguíneos, sanos. Sin historia de cardiopatías en menores de 50 años, arritmias o muertes súbitas.

Evolución

Al ingreso, llama la atención la presencia de una perfusión capilar enlentecida y de una taquicardia mantenida en 170 lpm, sin variabilidad apreciable (sinusal). El resto de constantes no está alterado, existe soplo sistólico a la exploración y el tono muscular es normal.

Durante las primeras horas del ingreso, experimenta deterioro hemodinámico con hipotensión arterial y, secuencialmente, se inicia soporte ventilatorio mecánico e inotrópico. La radiografía de tórax muestra cardiomegalia y congestión pulmonar (Fig. 2), y en el ECG se observa taquicardia sinusal con alteraciones extensas de repolarización (T negativas en precordiales izquierdas) y presencia de ondas Q patológicas en cara lateral izquierda. La ecocardiografía confirma la presencia de una miocardiopatía dilatada con disfunción ventricular severa (fracción de eyección [FE] menor del 20%; normal mayor de 55%), insuficiencia mitral masiva y derrame pericárdico.

Figura 2. Radiografía de tórax al ingreso.

El paciente termina precisando soporte circulatorio mecánico (ECMO) durante 7 días, tras los cuales, es posible su destete progresivo. Se evidencia recuperación parcial de la función ventricular, que permanece en niveles de disfunción leve a moderada al alta, con insuficiencia cardiaca controlada con diuréticos orales y captopril.

El estudio etiológico incluye: hemocultivos, serologías y PCR de virus en sangre y respiratorios, estudio metabólico (ácidos orgánicos, carnitinas y acilcarnitina) y extracción de muestra genética. Se detecta finalmente en sangre, una PCR positiva para enterovirus; el resto de pruebas es negativo, incluyendo la detección de mutaciones patogénicas de un panel de genes relacionados con miocardiopatía dilatada.

El paciente tiene actualmente 5 años y se encuentra sin signos de insuficiencia cardiaca aparentes, con muy buena evolución de medro y sin descompensaciones intercurrentes respiratorias. El ventrículo izquierdo solo está ligeramente dilatado, y persisten una disfunción moderada (FE 35%) y alteraciones en el ECG (presencia de ondas Q en cara inferior y lateral izquierda) (Fig. 3). Mantiene tratamiento con captopril y recibe vacunación antigripal anual. No está incluido en lista de trasplante cardiaco.

Figura 3. Alteraciones ECG persistentes.

 

 

Syncope

A. Ortigado Matamala
Topics on
Continuous Training


A. Ortigado Matamala

Head of the Pediatric Service. Pediatric Cardiology. Guadalajara University Hospital. Professor of Medicine at the University of Alcalá

Abstract

Syncope is defined as the sudden and self-limited loss of consciousness and postural tone resulting from a transient global cerebral hypoperfusion, sometimes preceded by a prodrome and always followed by a spontaneous complete recovery. Syncope is a common pediatric problem, although syncope is almost always benign, in a few cases it may be a clue to the presence of an underlying cardiovascular problem and may predict a risk of sudden death. A detailed history of the event, a comprehensive physical examination and an electrocardiogram will help in the differential diagnosis and must show the key features for identifying high-risk patients and exclude life threatening disorder.

 

Resumen

El síncope se define como la pérdida súbita y transitoria de la conciencia y del tono postural por una hipoperfusión cerebral transitoria, alguna vez, precedida por unos pródromos y, siempre, seguida de una recuperación completa y espontánea. El síncope es un problema pediátrico frecuente, afecta al 15-25% de los niños y, especialmente a los adolescentes, con un pico de incidencia entre los 15 y 19 años de edad, y con predominio en el sexo femenino. La etiología es variada, con múltiples causas y, aunque casi siempre es benigno, en unos pocos casos puede ser el aviso de una enfermedad cardiovascular subyacente con riesgo de muerte súbita. Una historia detallada del evento, una exploración física y un electrocardiograma, deben orientarnos en el diagnóstico diferencial y pueden mostrarnos los puntos clave para identificar pacientes de alto riesgo y enfermedades que amenacen la vida.

 

Key words: Syncope; Vasovagal syncope; Cardiac syncope; Transient loss of consciousness; Sudden death; Pediatrics.

Palabras clave: Síncope; Síncope vasovagal; Síncope cardiaco; Pérdida transitoria del conocimiento; Muerte súbita; Pediatría.

 

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 339 – 405

 


 

Syncope

Introduction

Syncope is the sudden loss of consciousness and postural tone, of brief duration and with spontaneous recovery.

Syncope is a sudden loss of consciousness and postural tone, due to a transient cerebral hypoperfusion, characterized by a rapid onset, a fleeting duration and a spontaneous and complete recovery(1). Syncope is a prevalent pathology in pediatric emergencies, generally benign, but generating great concern to the patient and his family. One of the challenges that syncope poses for the pediatrician is to identify the cases with underlying and potentially fatal cardiac pathology(2).

When we evaluate episodes of this nature, we must avoid terms such as: “dizziness”, “fainting”, “attack” or “crisis”, because they are ambiguous. We should also know how to differentiate a syncope from vertigo or balance disturbances, characteristic of cerebellar or vestibular dysfunction.

We must also know how to differentiate syncope from other situations with transient loss of consciousness (TLoC) which are not due to a transient cerebral hypoperfusion, such as: neurological causes (epilepsy, migraine, head trauma, transient cerebrovascular accident…), metabolic causes (hypoglycemia), poisonings (medications, drugs of abuse, carbon monoxide…) or those of psychogenic origin(3,4).

Although it seems a clear and well-defined topic, there are still open issues in the medical literature that raise the need for a consensus. There are two important international clinical practice guidelines for the diagnosis and management of syncope; on the one hand, the 2017 American guideline of the “American College of Cardiology/American Heart Association/Heart Rhythm Society” (ACC/AHA/HRS), and on the other hand, the 2018 fourth edition of the European guideline “European Society of Cardiology/European Heart Rhythm Association” (ESC/EHRA(5,6). Interestingly, there are certain differences between the American and the European guidelines. Another issue to highlight is that, although both guidelines are very thorough, both hardly expound on the subject of syncope in the pediatric age, where there are specific forms, such as sobbing spasms, with its two variants, pale and cyanotic.

It is also important not to confuse syncope with presyncope. The term “presyncope” refers to the clinical situation with the symptoms previous to syncope, that is, the vegetative symptoms including: dizziness, paleness, cold sweating and blurred vision, but without losing consciousness. Therefore, presyncope would be a failed episode of syncope.

If the cerebral anoxia in a syncope extends for more than 15 seconds, a convulsive syncope may occur, characterized by generalized tonic spasms, mandibular trismus, opisthotonos, myoclonic jerks and sphincter relaxation(7). Convulsive syncope, although infrequent (5% of syncope episodes), can pose one of the main challenges for the pediatrician in its differential diagnosis with an epileptic disorder(3,4).

Epidemiology

Syncope is common in pediatrics, especially in adolescence, being benign in most cases.

Syncope is a frequent clinical situation in Pediatrics, affecting 15-25% of children and adolescents, with a peak of maximum incidence at 18 years of age (30-50%). Syncope is more common in females, especially between the ages of 15 and 19 years(4). Syncope is uncommon below 6 years of age, except if there is an underlying neurological (epilepsy) or cardiac pathology (arrhythmia), or sobbing spasms. Syncope is the reason for attending the pediatric emergency service in 0.5-3 cases per 1,000.

Most episodes of syncope in pediatrics are benign, 75% correspond to reflex or neurally mediated syncope, where among them, vasovagal syncope, also known as neurocardiogenic syncope, stands out(10,11). Cardiac syncope accounts for 5-10%, and its prognosis underscores its great clinical interest. Recurrence rate varies between 33-51% in patients who have been followed for 5 years(9).

Etiopathogenesis

Syncope can have a varied etiology, where vasovagal syncope is the most common, however cardiac syncope can represent a potentially fatal underlying disease.

The causes of syncope are multiple, with various underlying pathogenic mechanisms, and not all of them completely clarified.

Low blood pressure and cerebral hypoperfusion are the main causes of syncope. Systemic blood pressure is determined by cardiac output and peripheral vascular resistance, and a decline in one of these two factors can cause syncope.

There are three causes of low vascular resistance:

1. Reflex response abnormality with vasodilation (vasodepressor-type reflex syncope).

2. Functional failure of the autonomic nervous system.

3. Structural failure of the autonomic nervous system.

Autonomic nervous system failure can be primary or secondary, for instance, drug-induced.

The four causes of low cardiac output are:

1. Reflex bradycardia (cardioinhibitory-type reflex syncope).

2. Structural heart diseases and arrhythmias, especially ventricular tachycardias.

3. Inadequate venous return: hypovolemia or venous accumulation.

4. Chronotropism and inotropism anomaly due to autonomic nervous system dysfunction.

It must be borne in mind that these different primary mechanisms can interfere and interact with each other(5).

To facilitate the understanding and clinical management of syncope, it is advisable to classify syncope based on its etiopathogenesis, which can be summarized into 3 large groups (Table I):

1. Reflex or neurally mediated syncope.

2. Cardiac syncope

3. Non-cardiac syncope.

Reflex or neurally mediated syncope

Reflex syncope is the most common one (75%). Diverse factors such as erect position of the body and venous pool in the lower extremities condition a sudden decrease in cardiac preload, which for instance is accentuated in prolonged standing. There is a paradoxical reflex response in syncope. The relative hypovolemia due to a decrease in blood pressure causes an initial release of catecholamines to improve chronotropism and inotropism. However, cardiac contractions in relatively empty ventricles stimulate the left ventricular mechanoreceptors and via the afferent vagal pathway (unmyelinated C fibers) reach the brainstem. Subsequently, the efferent vagal response is twofold, causing bradycardia (cardioinhibitory response) and vasodilation (vasodepressor response).

Nevertheless, the mechanisms involved are broader and require further clarification. Syncope triggered by an intense emotion, the sight of blood or trauma from afar, suggest the involvement of brain structures. There are studies that indicate the existence of low levels of serotonin and high levels of beta-endorphins in patients with this type of syncope(10).

Another relevant component that has been related to neurally mediated syncope is endothelial function(11,12). Nitric oxide (NO) is a powerful vasodilator in our body, generated by endothelial cells through the nitric oxide synthase (NOS) enzyme. In children and adolescents with this type of syncope, higher levels of NO and NOS have been detected than in the control group(13).

Vagal or neurocardiogenic syncope is the most frequent and representative form of this type of syncope, where, in addition to the mechanisms already described, there is usually a precipitating factor that would act as a trigger, such as: emotional distress (anxiety, fear, pain) or physical stress (heat, prolonged standing, fatigue, dehydration, fasting, intercurrent illness…).

Sometimes syncope occurs in specific circumstances, such as during urination, especially in men (whilst standing) and in the first void of the morning (fasting and after sitting up from a previous lying down position). Other situational syncope episodes are related to defecation, ingestion of cold drinks, physical exertion, hot baths, coughing, intense laughter, blowing or playing wind instruments (Valsalva maneuver).

Another clinical picture within this group is carotid sinus syndrome. The carotid sinus is a regulator of blood pressure through its baroreceptors. In case of hypersensitivity, performing a stimulus such as a carotid sinus massage can lead to syncope(14).

In Pediatrics, there is a specific entity of reflex syncope called sobbing spasms with its two variants, the cyanotic and the pale type. Cyanotic-type sobbing spasm occurs between 6 months and 5 years of age, peaking at 2 years, in which the syncope begins with a loud cry (“tantrum”) followed by an apnea pause. The pale-type sobbing spasm appears between 12 and 24 months of age, and the syncope occurs suddenly after a stimulus (pain or fright) and without prior crying. The prognosis of these clinical entities is good, 100% will disappear with age. 25% of the cases of pale-type sobbing spasms will develop vasovagal syncope in adolescence(3).

Another entity to take into account is postural orthostatic tachycardia syndrome (POTS), frequent in adolescents, especially in females. This entity consists of an intolerance to standing that occurs in the first 10 minutes after modifying the posture to standing up, with an acceleration of the heart rate greater than 30 bpm (maximum rate of: 130 bpm for 6-12 years, 125 bpm for 13-18 years, and more than 120 bpm in adults) in the absence of hypotension. Dizziness, weakness, blurred vision, and syncope may manifest along with tachycardia. POTS would be an exaggeration of a compensatory physiological mechanism. Although its pathophysiology is not fully clear, it has been related to various factors such as: hypovolemia, iron deficiency, hyperadrenergic state, dysfunction of local regulation of vascular tension, endothelial dysfunction, autoimmune dysfunction (antibodies against cholinesterase receptors) or mast cell activation(15).

Cardiac syncope

Although syncope of cardiac origin is rare (5-10%), it is of great significance due to its morbidity and mortality. Syncope in these cases may be the first manifestation of a life-threatening heart disease(16).

Globally, they can be classified into three large groups: the first one being situations of obstruction to the ventricular outflow tract; in second place, myocardial dysfunction and, finally, arrhythmias.

Left ventricular outflow tract obstructions include aortic stenosis and obstructive hypertrophic cardiomyopathy, whereas in the case of the right ventricle, severe pulmonary stenosis and primary pulmonary hypertension stand out(3).

Myocardial dysfunction can be primary (e.g., familial cardiomyopathies) or secondary (e.g., viral myocarditis). Ischemic cardiomyopathy due to coronary lesion is uncommon in Pediatrics, but, as a congenital pathology, we must bear in mind the Anomalous origin of the Left Coronary Artery from the Pulmonary Artery (ALCAPA) syndrome and, as an acquired pathology, Kawasaki disease(17).

Among the bradyarrhythmia that can cause syncope, carotid sinus disease is an etiological condition, and, above all, complete atrioventricular block, which can be congenital (child of mother with systemic lupus erythematosus) or acquired (post-cardiac surgery, inflammatory/infectious diseases of the heart)(4).

Tachyarrhythmias are also a cause of syncope. Supraventricular tachycardias (e.g., Wolff-Parkinson-White syndrome) are usually better tolerated in Pediatrics, but ventricular tachycardias have a worse prognosis, being potentially fatal. Special mention should be made to channelopathies, such as long QT syndrome, short QT syndrome, Brugada syndrome or catecholaminergic polymorphic ventricular tachycardia that, having structurally normal hearts, are associated with severe ventricular tachyarrhythmias that can culminate in sudden death. Physicians must recall that the QT interval can be lengthened, not only congenitally (17 subtypes of long QT syndrome have already been described), but also acquired by electrolyte disturbances (hypokalemia) and especially by the administration of drugs (certain antiarrhythmics, psychotropics, macrolides or antihistamines)(18). It is important to be aware of these medications, especially in patients with congenital long QT syndrome. The lists of drugs that prolong the QT interval, grouped into three categories according to the level of evidence, are available on the website of the Arizona Center for Education and Research in Therapeutics (AZCERT) (www.crediblemeds.org). These lists are periodically updated taking into consideration notifications from regulatory agencies and available clinical evidence. One only has to register for free on the website to receive these updates(19).

Non-cardiac syncope

There are other entities that, although they do not meet the requirements of syncope, must be taken into consideration, especially for the differential diagnosis with other forms of transient loss of consciousness (TLoC).

In this group, epilepsy should be highlighted, due to the challenge it poses for the physician so as not to confuse an epileptic seizure with a syncopal seizure (Table II).

Other neurological abnormalities that can simulate a syncopal episode are migraines (basilar migraine), transient cerebrovascular accidents, cataplegic seizures in narcolepsy, “vestibular syncope” (Tumarkin otolithic seizures or drop attacks) or acute elevations of cerebrospinal fluid pressure (hydrocephalus)(3).

Among the “psychogenic syncope” entities, various disorders of a psychiatric nature must be taken into account, such as hysterical crises, panic attacks, conversion reactions or major depression. In case of hyperventilation, hypocapnia occurs which, if not compensated, derives in acute respiratory alkalosis, with dizziness, confusion, peripheral and perioral paresthesias, cramps and finally syncope(4).

Hypoglycemia can mimic syncopal manifestations due to the adrenergic response associated with: anxiety, tachycardia, sweating, paleness, tremor, weakness, and sleepiness.

We should not forget the possibility of ingestion of toxins, medications or drugs of abuse in patients with syncope, especially in adolescents. Among medications, there are those that lengthen the QT segment of the electrocardiogram, drugs that decrease blood volume (antihypertensives and diuretics), and psychotropic drugs(10).

Diagnosis

The diagnosis of syncope is based on a detailed medical history, a full physical examination, and an electrocardiogram.

The diagnosis of syncope is based on three basic pillars:

1. Medical history.

2. Physical examination.

3. Electrocardiogram (EKG).

Medical history

The medical history is the cornerstone and essential tool in the diagnosis of syncope, with a detailed recall of all the information, both from the patient and from possible witnesses. The clinical history must include the following information(5):

• Personal and family history. It is important to know the patient’s history and possible diseases of interest (cardiac diseases, epilepsy, diabetes…), as well as family´s (cardiomyopathies, cardiac arrhythmias, cases of sudden death, vasovagal syncope in parents…). In adolescent girls, assess the possibility of pregnancy.

• Predisposing factors. Look for data on the circumstances prior to syncope, which may be predisposing factors, such as: possible fasting, medication intake, the environment where it took place (indoor or outdoor premises, temperature, crowded spaces), activity carried out (rest, sport, bath, urination…) or position of the patient (standing, decubitus or sitting).

• Triggering or precipitating factors. The report of the episode should consider possible syncope triggers that may have acted as a trigger for the loss of consciousness (postural change, panic, fear, trauma…).

• In congenital long QT syndromes, syncope may be associated with severe ventricular arrhythmia (“Torsade de pointes”) induced by a specific trigger. Type 1 (LQTS1) is related to physical exercise (especially swimming), type 2 (LQTS2) to emotional stress or a sudden intense auditory stimulus, and type 3 (LQTS3) with sleep (bradycardia).

• Initial clinical manifestations (prodrome). Next, the initial symptoms that precede the loss of consciousness (paleness, sweating, nausea, vomiting, abdominal pain, chest pain, palpitations, weakness, dizziness, blurred vision…) should be described.

• Description of the syncope. The characteristics of the episode of transient loss of consciousness (TLoC), its duration, body attitude, mucocutaneous color and description of possible abnormal movements (convulsive crisis?) are important.

• Later recovery. Confirm normality, later symptoms or existence of a post-critical state (drowsiness, confusion, neurological focus…).

Physical examination

The physical examination should be complete, paying special attention to cardiovascular signs (palpation of central arterial pulses, heart rate or auscultation of heart murmurs) and neurological signs (level of consciousness, balance, vestibular function, neurological focus…). Vital signs should be measured, especially heart rate and blood pressure.

An important issue to assess in the physical examination is changes with orthostatism, requesting the patient to move from the decubitus position to standing and after 3 minutes checking if symptoms appear and measuring the heart rate and blood pressure. A drop of more than 20 mmHg in systolic blood pressure, or 10 mmHg in diastolic blood pressure, or an acceleration in the heart rate greater than 30 bpm, suggests a neurally mediated mechanism of the syncope(4).

One method to evaluate autonomic function is through the Valsalva maneuver, which is more profitable in adult patients than in Pediatrics. The patient performs a forced expiration for 15 seconds with the glottis closed (mouth and nose closed). Initially, blood pressure rises slightly due to filling of the left ventricle, but soon decreases due to the abrupt reduction in venous return, cardiac output decreases, and heart rate increases to compensate (baroreceptor reflex). This hypotension in healthy individuals will cause a compensatory automatic sympathetic response: it increases systemic vascular resistance and heart rate. At the end of the maneuver, when the patient releases all the trapped air and breathes normally, the intrathoracic overpressure disappears, a drop in blood pressure occurs, and the heart rate normalizes. In situational syndrome, for example, when playing a wind instrument or lifting excessive weight, normal heart rate response is associated with pronounced hypotension due to lack of the compensatory automatic response(6).

Another of the diagnostic tests is the carotid sinus massage, which reproduces the syncope with a reflex mechanism (bradycardia and hypotension), however, this maneuver is not indicated in Pediatrics.

Complementary tests

In addition to measuring blood pressure in decubitus and standing position, a capillary blood glucose should also be checked.

There is a broad consensus on the recommendation to perform a 12-lead electrocardiogram (EKG) in all syncope episodes, although the Canadian guidelines indicate it in an atypical syndrome or if associated risk factors(7,8). In the EKG the heart rate and rhythm should be checked, arrhythmias should be ruled out, and the presence of sinus rhythm confirmed.

Even in an EKG with sinus rhythm, the following warning signs, indicative of possible cardiac pathology in syncope, should be ruled out:

• Wolff-Parkinson-White (WPW) syndrome pattern: short PR interval (from the beginning of the P wave to the beginning of the QRS complex), wide QRS complex and delta wave (initial filling of the QRS complex, positive or negative).

• QT interval: the corrected QT (QTc) must be obtained using the Bazett formula, because the QT interval varies with heart rate (Fig. 1), preferably measured in leads II and V5. Remember that the QT interval goes from the beginning of the Q wave to the end of the T wave (that of the tangent of the T wave), not including the U wave, if identified.

Figura1

Figure 1. Calculation of the QTc (Bazzet’s formula).

• Long QT syndrome (LQTS): QTc prolongation, greater than 450 msec in men and greater than 460 msec in women.

• Short QT syndrome (SQTC): shortening of the QTc, less than 330 msec.

• Brugada syndrome pattern: downward elevation of the ST segment greater than or equal to 2 mm (“shark fin”) in more than one right lead (V1-V2), followed by negative T waves (type I pattern).

• Hypertrophic cardiomyopathy: left ventricular enlargement with changes in repolarization, pathological wide and deep Q waves, unevenness of the ST segment, negative T waves on the lower and left side.

• Arrhythmogenic cardiomyopathy: presence of epsilon waves which, although infrequent, are specific (electrical potentials of low amplitude between the end of the QRS complex and the beginning of the ST segment), inverted T waves in the right precordial (V1, V2, V3) in individuals older than 14 years of age and in the absence of complete right bundle branch block.

The tilt-table test or upright tilt testing allows the provocation of syncope symptoms in predisposed people and under a controlled situation with monitoring of blood pressure, heart rate, respiratory rate and peripheral oxygen saturation. Tilt table performance is suboptimal. The indication for this test would be limited to patients with recurrent syncope and reflex syncope suspicion, but in whom the clinical evaluation has failed to specify it. Therefore, the tilt table test is useful for the diagnosis of reflex syncope, in autonomic failure that occurs with orthostatic hypotension, in postural orthostatic tachycardia syndrome (POTS), and it could also be useful in differentiating a vasovagal syncope from a psychiatric pseudosyncope(6).

Electroencephalogram (EEG) is not indicated as a routine test in syncope and would be limited to those cases with suspected underlying neurological etiology, specifically, epilepsy. An epileptic seizure with loss of consciousness can simulate a convulsive syncope and, therefore, it is important to consider it in the differential diagnosis (Table II). Neuroimaging tests, such as Computerized Axial Tomography (CT) or Magnetic Resonance Imaging (MRI), would also be limited in their indication, for the same reason.

Blood tests, except for capillary blood glucose, are not necessary in every syncope, hence full blood count (e.g., hypovolemia or infection) or biochemistry (suspected metabolic abnormality) must be taken only if justified by clinical criteria. In certain cases, the possibility of requesting urine toxicology tests or a pregnancy test should be taken into account.

If the patient is referred to the pediatric cardiology clinic, the study can be completed with echocardiography, ambulatory EKG-Holter and ergometry. In specific cases, other studies may also be indicated such as: cardiac MRI, subcutaneous implantable Holter, electrophysiological study and cardiac catheterization.

Treatment

Treatment is based on three main pillars: reassuring, educating and preventing.

Most syncope episodes are neurally mediated and it is, therefore, important to inform the patient and family about the benign nature of the process, avoiding or minimizing predisposing and triggering factors for syncope episodes (avoidance of prolonged standing, stressful, hot environments or agglomerations). Thus, it is important to help them to learn how to detect prodromal symptoms and guide them with instructions to carry out maneuvers to interrupt the episode (supine position, physical counter-pressure maneuvers)(20).

The most common counterpressure maneuvers are the following three(6):

1. In a standing position cross the legs, making maximum tension of the muscles of the legs, abdomen and buttocks, in an intense and sustained manner.

2. Contraction of hands, squeezing a rubber ball or a soft object with the greatest possible force, in an intense and sustained way.

3. Tense the arms, with the hands remaining intertwined and correctly grasped, producing an intense and sustained isometric contraction, with the arms in the horizontal plane and pulling outwards with the elbows (centrifugal force).

As a general rule, maintaining good hydration (fluid intake 30-50 mL/kg/day, 1.5-2.5 L/day) and a controlled increase in salt intake (2-5 g/day ) are recommended(7).

The use of pharmacological treatment is controversial and limited to specific cases (fludrocortisone, beta-blockers, alpha1-agonists).

Role of the Primary Care pediatrician

The Primary Care pediatrician is essential in syncope, because it is usually the doctor responsible for its initial assessment and the one who decides its clinical management.

Syncope is a frequent cause of consultation in Primary Care and, the pediatrician, the doctor who attends it. Most syncope episodes are benign, and a detailed medical history, a complete physical examination, and an EKG are sufficient to reach a diagnosis. This is the case of neurally mediated syncope, specifically, vasovagal syncope, which does not require further study or referral to a specialist, but does need to inform the patient and family of the benign nature of the condition, and of its possible prevention or how to act in the event of another episode(21).

One of the challenges for the pediatrician in a patient with syncope is to detect the possibility of an underlying pathology, especially of cardiac origin, which requires referral to the hospital emergency department or to the cardiology clinic (Fig. 2).

Figura1

Figure 2. Syncope clinical management algorithm. PAT: pediatric assessment triangle.

 

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the author.

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21.** Rivera DR, Cartón AJ. Síncope. En: Guerrero-Fernández J, Cartón A, Barreda A, Menéndez J, Ruiz J, ed. Manuel de Diagnóstico y Terapéutica en Pediatría. Madrid: Editorial Médica Panamericana S.A.; 2018. p. 325-30.

Recommended bibliography

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Clinical practice international guide where all the scientific evidence on syncope is collected and evaluated. This article is important to clarify concepts and definitions, as well as to assist the physician in the evaluation, management, and treatment of these patients.

- Kanjwal K, Calkins H. Syncope in children and adolescents. Cardiol Clin. 2015; 33: 397409.

Article that focuses on syncope in the pediatric patient, describing its peculiarities and providing a global vision of the subject.

- Moodley M. Clinical approach to syncope in children. Semin Pediatr Neurol. 2013; 20: 12-7.

Short article in length, but helpful for the pediatrician by providing a practical approach in the clinical management of syncope in Pediatrics.

- Koene RJ, Adkinsson WO, Benditt DG. Syncope ant the risk of sudden cardiac death: evaluation, management and prevention.J Arrhythm. 2017; 5: 33-44.

This article highlights the importance of syncope as a clinical presentation of sudden death in different situations and diseases.

- Sanatani S, Chau V, Fournier A, Dixon A, Blondin R, Sheldon R. Canadian Cardiovascular Society and Canadian PediatricCardiology Association Position Statement on the Approach to Syncope in the Pediatric Patient. Can J Cardiol. 2017; 33: 189-198.

This article presents a very thorough guide of the approach to syncope and it is specific for pediatric patients.

 

Clinical case

 

A school teacher observes and reports how a healthy 9-year-old boy, whilst playing with his friends in the schoolyard, right after standing up, suddenly loses consciousness, subsequently lying on the floor without abnormal movements. After a minute he regains consciousness, he is scared and only refers that prior to losing consciousness he noticed pain in his chest. His parents are notified and, although the child is apparently asymptomatic, they attend their pediatrician´s clinic at the Health Care Center. The pediatrician already knows the patient, as he is a thin child (weight in 3rd centile), with lack of appetite and gets tired easily. For this reason, his pediatrician had already requested a complete blood test a few weeks before. There are no data of interest in the personal and family history.

On physical examination the patient is in good general condition, blood pressure 100/65 mmHg, oxygen saturation 98%, a new heart murmur is detected, a systolic murmur 2/6 in the tricuspid focus, the rest of the examination being normal. An EKG is performed (Fig. 3).

Figura1

Figure 3. 12-lead EKG. Note that the voltage setting in the frontal and precordial leads changes (10 mm/mV vs. 5 mm/mV).

 

Síncopes

A. Ortigado Matamala
Temas de FC


A. Ortigado Matamala

Jefe de Servicio de Pediatría. Cardiología Pediátrica. Hospital Universitario de Guadalajara. Profesor de Medicina de la Universidad de Alcalá

Resumen

El síncope se define como la pérdida súbita y transitoria de la conciencia y del tono postural por una hipoperfusión cerebral transitoria, alguna vez, precedida por unos pródromos y, siempre, seguida de una recuperación completa y espontánea. El síncope es un problema pediátrico frecuente, afecta al 15-25% de los niños y, especialmente a los adolescentes, con un pico de incidencia entre los 15 y 19 años de edad, y con predominio en el sexo femenino. La etiología es variada, con múltiples causas y, aunque casi siempre es benigno, en unos pocos casos puede ser el aviso de una enfermedad cardiovascular subyacente con riesgo de muerte súbita. Una historia detallada del evento, una exploración física y un electrocardiograma, deben orientarnos en el diagnóstico diferencial y pueden mostrarnos los puntos clave para identificar pacientes de alto riesgo y enfermedades que amenacen la vida.

 

Abstract

Syncope is defined as the sudden and self-limited loss of consciousness and postural tone resulting from a transient global cerebral hypoperfusion, sometimes preceded by a prodrome and always followed by a spontaneous complete recovery. Syncope is a common pediatric problem, although syncope is almost always benign, in a few cases it may be a clue to the presence of an underlying cardiovascular problem and may predict a risk of sudden death. A detailed history of the event, a comprehensive physical examination and an electrocardiogram will help in the differential diagnosis and must show the key features for identifying high-risk patients and exclude life threatening disorder.

 

Palabras clave: Síncope; Síncope vasovagal; Síncope cardiaco; Pérdida transitoria del conocimiento; Muerte súbita; Pediatría.

Key words: Syncope; Vasovagal syncope; Cardiac syncope; Transient loss of consciousness; Sudden death; Pediatrics.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (8): 399 – 405

 


Síncopes

Introducción

El síncope es la pérdida súbita de la conciencia y del tono postural, de corta duración y con una recuperación espontánea.

El síncope es una pérdida súbita de la conciencia y del tono postural, debido a una hipoperfusión cerebral transitoria, caracterizada por un inicio rápido, una duración corta y una recuperación espontánea y completa(1). El síncope es una patología prevalente en las urgencias pediátricas, generalmente benigna, pero que genera una gran preocupación al paciente y a su familia. Uno de los retos del síncope para el pediatra es identificar casos con patología cardiaca subyacente y potencialmente letal(2).

Cuando evaluamos episodios de esta naturaleza, debemos evitar términos como: “mareo”, “desmayo”, “ataque” o “crisis”, porque son ambiguos, así como saber diferenciarlo de un vértigo o alteraciones del equilibrio, característicos de una disfunción cerebelosa o vestibular.

Debemos saber diferenciar el síncope de otras situaciones con pérdida transitoria de conciencia (PTC), pero que no son debidas a una hipoperfusión cerebral transitoria, como por ejemplo: las causas neurológicas (epilepsia, migraña, traumatismo craneoencefálico, accidente cerebrovascular transitorio…), las causas metabólicas (hipoglucemia), las intoxicaciones (fármacos, drogas de abuso, monóxido de carbono…) o las de causa psicógena(3,4).

Aunque parece un tema claro y bien definido, sin embargo, en la literatura médica quedan temas abiertos que plantean la necesidad de un consenso. Existen dos guías internacionales de práctica clínica importantes para el diagnóstico y el manejo del síncope; por un lado, la guía americana del “American College of Cardiology/American Heart Association/Heart Rhythm Society” (ACC/AHA/HRS) de 2017, y, por otro lado, la guía europea de la “European Society of Cardiology/European Heart Rhythm Association” (ESC/EHRA), con su cuarta edición de 2018(5,6). Curiosamente, existen ciertas diferencias entre la guía americana y la guía europea. Otro tema a destacar, es que, aunque ambas guías son muy completas, sin embargo, en ambas apenas desarrollan el tema del síncope en la edad pediátrica, donde existen formas específicas, como son los espasmos del sollozo con sus dos variantes, el pálido y el cianótico.

También es importante no confundir el síncope con el presíncope. El término de “presíncope” hace referencia a la situación clínica con los síntomas previos del síncope, es decir, la clínica vegetativa con: mareo, palidez, sudoración fría y visión borrosa, pero sin llegar a perder la conciencia. Por lo tanto, el presíncope sería un episodio de síncope frustrado.

Si la anoxia cerebral en el síncope se prologa más de 15 segundos, se puede producir un síncope convulsivo, caracterizado por un espasmo tónico generalizado, trismus mandibular, opistótonos, sacudidas mioclónicas y relajación de esfínteres(7). El síncope convulsivo, aunque no es frecuente (5% de los síncopes), puede suponer uno de los retos para el pediatra en su diagnóstico diferencial con un trastorno epiléptico(3,4).

Epidemiología

El síncope es frecuente en Pediatría, especialmente en la adolescencia, pero en la mayoría de los casos es benigno.

El síncope es una situación clínica frecuente en Pediatría, afecta al 15-25% de los niños y adolescentes, con un pico de máxima incidencia a los 18 años (30-50%). El síncope es más frecuente en el sexo femenino, especialmente entre los 15 y 19 años(4). El síncope es poco frecuente por debajo de los 6 años de edad, excepto si de base existe patología neurológica (epilepsia), cardiológica (arritmias) o espasmos del sollozo. El síncope es el motivo de acudir al servicio de urgencias pediátricas en el 0,5-3 casos por cada 1.000.

La mayoría de los síncopes en Pediatría son benignos, el 75% corresponden al síncope reflejo o neuromediado, y dentro de ellos, destaca el síncope vasovagal, también conocido como síncope neurocardiogénico(10,11). El síncope cardiaco supone el 5-10%, pero su pronóstico le confiere un gran interés clínico. La tasa de recurrencia varía entre 33-51% en los pacientes que han sido seguidos durante 5 años(9).

Etiopatogenia

El síncope puede tener una etiología variada, el síncope vasovagal es el más frecuente, pero el síncope cardíaco puede suponer una enfermedad de base potencialmente letal.

Las causas del síncope son múltiples, con mecanismos patogénicos variados y no todos completamente aclarados.

La presión arterial baja y la hipoperfusión cerebral son las causas centrales del síncope. La presión arterial sistémica está determinada por el gasto cardiaco y la resistencia vascular periférica, y una caída de uno de estos dos factores, puede causar el síncope.

Las causas de una resistencia vascular baja son tres:

1. Anomalía en la respuesta refleja con vasodilatación (síncope reflejo tipo vasodepresor).

2. Fallo funcional del sistema nervioso autónomo.

3. Fallo estructural del sistema nervioso autónomo.

El fallo del sistema nervioso autónomo puede ser primario o secundario, por ejemplo, inducido por fármacos.

Las causas de un gasto cardiaco bajo son cuatro:

1. Bradicardia refleja (síncope reflejo tipo cardioinhibitorio).

2. Enfermedades estructurales del corazón y arritmias, especialmente las taquicardias ventriculares.

3. Retorno venoso inadecuado: hipovolemia o acumulación venosa.

4. Anomalía del cronotropismo e inotropismo por disfunción del sistema nervioso autónomo.

Hay que tener presente que estos diferentes mecanismos primarios pueden interferir e interactuar entre ellos(5).

Para facilitar la comprensión y manejo clínico del síncope, es aconsejable una clasificación del síncope en función de su etiopatogenia y que se puede resumir en 3 grandes grupos (Tabla I):

1. Síncope reflejo o neuromediado.

2. Síncope cardíaco.

3. Síncope no cardíaco.

Síncope reflejo o neuromediado

El síncope reflejo es el más frecuente (75%). Diferentes factores como la posición erecta del cuerpo y el remanso venoso en las extremidades inferiores condicionan una disminución brusca de la precarga cardiaca, esto, por ejemplo, se acentúa en la bipedestación prolongada. En el síncope se produce una respuesta refleja paradójica. Esta hipovolemia relativa por descenso de la presión arterial provoca una liberación inicial de catecolaminas para mejorar el cronotropismo e inotropismo. Sin embargo, las contracciones cardiacas en ventrículos relativamente vacíos, estimulan los mecanorreceptores del ventrículo izquierdo y por vía vagal aferente (fibras C no mielinizadas) llegan al tronco cerebral. Luego, la respuesta vagal eferente es doble, provocando la bradicardia (respuesta cardioinhibidora) y la vasodilatación (respuesta vasodepresora).

No obstante, los mecanismos implicados son más amplios y precisan ser aclarados. El desencadenante de un síncope por una emoción intensa, visión de sangre o un traumatismo a distancia, sugieren la implicación de estructuras cerebrales. Hay estudios que señalan la existencia de niveles bajos de serotonina y altos de beta-endorfinas en pacientes con este tipo de síncope(10).

Otro componente importante que se ha relacionado con el síncope neuromediado es la función endotelial(11,12). El óxido nítrico (NO) es un potente vasodilatador de nuestro organismo, creado por las células endoteliales a través de la enzima óxido nítrico sintetasa (NOS). En niños y adolescentes con este tipo de síncope, se han detectado niveles más altos de NO y NOS que en el grupo control(13).

El síncope vagal o neurocardiogénico es la forma más frecuente y representativa de este tipo de síncope, en el que además de los mecanismos implicados ya descritos, suele haber un factor desencadenante que actuaría de trigger, como, por ejemplo: el estrés emocional (ansiedad, miedo, dolor) o el estrés físico (calor, bipedestación prolongada, fatiga, deshidratación, ayunas, enfermedad intercurrente…).

Algunas veces, el síncope sucede en unas circunstancias específicas, como en la micción, especialmente en varones (en bipedestación) y en la primera micción de la mañana (en ayunas y tras reincorporarse de estar tumbado). Otros síncopes situacionales se relacionan con la defecación, ingesta de bebidas frías, ejercicio físico, baños de agua caliente, tos, risa intensa, soplar o tocar instrumentos de viento (maniobra de Valsalva).

Otro cuadro clínico dentro de este grupo es el síndrome del seno carotídeo. El seno carotídeo es un regulador de la presión arterial a través de sus barorreceptores; en caso de hipersensibilidad, al realizar un estímulo, como, por ejemplo: un masaje del seno carotideo puede producir un síncope(14).

En Pediatría existe una entidad propia de síncope reflejo, son los espasmos del sollozo con sus dos variantes, el tipo cianótico y el tipo pálido. El espasmo de sollozo tipo cianótico ocurre entre los 6 meses y los 5 años de edad, con un pico a los 2 años; el síncope empieza con un llanto intenso (“rabieta”) seguido de una pausa de apnea. El espasmo del sollozo tipo pálido aparece entre los 12 y 24 meses de edad, y el síncope ocurre súbitamente tras un estímulo (dolor o susto) y sin llanto previo. El pronóstico de estos cuadros clínicos es bueno, el 100% desa­parece con la edad. El 25% de los casos de espasmos del sollozo tipo pálido, presentarán síncopes vasovagales en la adolescencia(3).

Otra entidad a tener en cuenta es el síndrome de taquicardia postural ortostática, en inglés POTS (postural orthostatic tachycardia síndrome), frecuente en adolescentes, especialmente del sexo femenino. Este cuadro consiste en una intolerancia al ortostatismo que ocurre en los primeros 10 minutos tras reincorporarse en bipedestación, con aceleración mayor de 30 lpm de la frecuencia cardiaca (frecuencia máxima de 130 lpm para 6-12 años, 125 lpm para 13-18 años y más de 120 lpm en adultos) en ausencia de hipotensión. Con la taquicardización puede aparecer mareo, debilidad, visión borrosa y síncope. El POTS se trataría de una exageración de un mecanismo fisiológico compensatorio. Aunque su fisiopatología no está aclarada, se relaciona con diferentes factores como, por ejemplo: la hipovolemia, déficit de hierro, estado hiperadrenérgico, disfunción de la regulación local de la tensión vascular, disfunción endotelial, disfunción autoinmune (anticuerpos frente los receptores de la colinesterasa) o la activación de mastocitos(15).

Síncope cardíaco

Aunque el síncope de origen cardíaco es poco frecuente (5-10%), tiene una gran trascendencia por su morbimortalidad. El síncope en estos casos puede ser la primera manifestación de una enfermedad cardiaca potencialmente mortal(16).

Globalmente, podemos clasificarlos en tres grandes grupos: el primero, situaciones de obstrucción al tracto de salida ventricular; el segundo, la disfunción miocárdica y, por último, las arritmias.

Entre las obstrucciones del tracto de salida del ventrículo izquierdo figuran la estenosis aórtica y la miocardiopatía hipertrófica obstructiva, mientras que en el caso del ventrículo derecho, destaca la estenosis pulmonar grave y la hipertensión pulmonar primaria(3).

La disfunción miocárdica puede ser primaria (p. ej., las miocardiopatías familiares) o secundaria (p. ej., las miocarditis víricas). La miocardiopatía isquémica por lesión coronaria es infrecuente en Pediatría, pero, como patología congénita, debemos tener presente el origen anómalo de la arteria coronaria izquierda en el tronco pulmonar o síndrome de ALCAPA (Anomalous origin of the Left Coronary Artery from the Pulmonary Artery) y, como patología adquirida, la enfermedad de Kawasaki(17).

Entre las bradiarritmias que pueden ocasionar síncopes, está la enfermedad del seno carotídeo y, sobre todo, el bloqueo auriculoventricular completo, que puede ser congénito (hijo de madres con lupus eritematoso sistémico) o adquirido (postcirugía cardíaca, procesos inflamatorios/infecciosos del corazón)(4).

Las taquiarritmias también son causa de síncopes. Las taquicardias supraventriculares (p. ej., síndrome de Wolff-Parkinson-White) suelen ser mejor toleradas en Pediatría, pero las taquicardias ventriculares tienen peor pronóstico, siendo potencialmente letales. Mención especial merecen las canalopatías, como el síndrome del QT largo, el síndrome del QT corto, el síndrome de Brugada o la taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica que, teniendo corazones estructuralmente normales, se asocian a taquiarritmias ventriculares graves que pueden culminar en una muerte súbita. Hay que recordar que el intervalo QT puede estar alargado, no solamente de forma congénita (ya se han descrito 17 subtipos de síndrome de QT largo), sino también de forma adquirida por alteraciones electrolíticas (hipopotasemia) y especialmente por la administración de fármacos (determinados antiarrítmicos, psicotropos, macrólidos o antihistamínicos)(18). Es importante conocer estos medicamentos, especialmente en pacientes con síndrome QT largo congénito. En el AZCERT (Centro de Arizona para la Educación e Investigación en Terapéutica) están disponibles en su web (www.crediblemeds.org) los listados de medicamentos que prolongan el intervalo QT, agrupados en tres categorías según el nivel de evidencia. Estos listados se van actualizando periódicamente teniendo en cuenta las notificaciones de las agencias reguladoras y la evidencia clínica disponible. Únicamente, hay que registrarse de forma gratuita en la web para recibir dichas actualizaciones(19).

Síncope no cardíaco

Existen otras entidades que, aunque no cumplen los requisitos del síncope, deben tenerse en consideración, especialmente para el diagnóstico diferencial con otras formas de pérdida transitoria del conocimiento (PTC).

En este grupo se debe destacar la epilepsia, por el reto que supone para el médico y no confundir una crisis epiléptica con una crisis sincopal (Tabla II).

Otras alteraciones neurológicas que pueden simular un episodio sincopal son las migrañas (migraña basilar), los accidentes cerebrovasculares transitorios, las crisis catapléjicas en la narcolepsia, los “síncopes vestibulares” (crisis otolíticas de Tumarkin o drop attacks) o las elevaciones agudas de la presión del líquido cefalorraquídeo (hidrocefalia)(3).

Entre los “síncopes psicógeneos”, se deben tener presentes diversos trastornos de índole psiquiátrica, como las crisis histéricas, crisis de pánico, reacciones de conversión o depresión mayor. En la hiperventilación se produce hipocapnia que, si no es compensada, se genera una alcalosis respiratoria aguda y con ello, mareo, confusión, parestesias periféricas y periorales, calambres y finalmente un síncope(4).

La hipoglucemia puede remedar manifestaciones de índole sincopal por la respuesta adrenérgica asociada con: ansiedad, taquicardia, sudoración, palidez, temblor, debilidad y sueño.

Tampoco debemos olvidar la posibilidad de ingesta de tóxicos, fármacos o drogas de abuso en pacientes con síncope, especialmente en adolescentes. Entre los fármacos, están los que alargan el segmento QT del electrocardiograma, fármacos que disminuyen la volemia (antihipertensivos y diuréticos) y los fármacos psicotrópicos(10).

Diagnóstico

El diagnóstico del síncope se basa en una historia clínica detallada, una exploración física completa y la realización de un electrocardiograma.

El diagnóstico del síncope se basa en tres pilares básicos:

1. Historia clínica.

2. Exploración física.

3. Electrocardiograma (ECG).

Historia clínica

La historia clínica es la piedra angular y herramienta fundamental en el diagnóstico del síncope, con una anamnesis detallada de toda la información, tanto por parte del paciente como de posibles testigos. La historia clínica debe contemplar la siguiente información(5):

• Antecedentes personales y familiares. Es importante conocer los antecedentes del paciente y posibles enfermedades de interés (cardiopatías, epilepsia, diabetes…), así como de la familia (miocardiopatías, arritmias cardiacas, casos de muerte súbita, síncopes vasovagales en los padres…). En niñas adolescentes, valorar la posibilidad de embarazo.

• Factores predisponentes. Se deben buscar datos de las circunstancias previas al síncope, que puedan ser factores predisponentes, como: posible ayuno, tomas de medicamentos, el ambiente donde ocurre (local cerrado o exterior, temperatura, espacios llenos de gente), actividad realizada (reposo, deporte, baño, micción…) o posición del paciente (bipedestación, decúbito o sentado).

Factores desencadenantes o precipitantes. El relato del episodio debe considerar posibles factores desencadenantes del síncope que hayan podido actuar como trigger de la pérdida de conciencia (cambio postural, situación de pánico, temor, traumatismo…).

En los síndromes de QT largo congénitos, el síncope puede estar relacionado con una arritmia ventricular grave (“torsade de pointes”) inducida por un trigger específico. En el tipo 1 (SQTL1) se relaciona con el ejercicio físico (en especial, con la natación), en el tipo 2 (SQTL2) con el estrés emocional o con un estímulo auditivo intenso y súbito, y en el tipo 3 (SQTL3) con el sueño (bradicardia).

• Clínica inicial (pródromos). A continuación, se deben describir los síntomas iniciales que preceden a la pérdida de conciencia (palidez, sudoración, náuseas, vómitos, dolor abdominal, dolor torácico, palpitaciones, debilidad, mareos, visión borrosa…).

• Descripción el síncope. Son importantes las características del episodio de pérdida transitoria del conocimiento (PTC), su duración, actitud corporal, coloración y descripción de posibles movimientos anormales (¿crisis sincopal?).

• Recuperación posterior. Confirmar normalidad, clínica posterior o existencia de estado postcrítico (somnolencia, confusión, focalidad neurológica…).

Exploración física

La exploración física debe ser completa, prestando una especial atención a signos cardiovasculares (palpación de pulsos arteriales centrales, frecuencia cardiaca o auscultación de soplos cardíacos) y neurológicos (nivel de conciencia, equilibrio, función vestibular, focalidad neurológica…). Se debe realizar toma de constantes vitales, sobre todo, frecuencia cardiaca y tensión arterial.

Un tema importante a valorar en la exploración física son los cambios con el ortostatismo, solicitando al paciente pasar de la posición de decúbito a la bipedestación y a los 3 minutos comprobar si aparece clínica y medir la frecuencia cardiaca y tensión arterial. Una bajada de más de 20 mmHg de la presión arterial sistólica, o de 10 mmHg de la presión arterial diastólica, o una aceleración de la frecuencia cardiaca mayor de 30 lpm, sugiere un mecanismo neuromediado del síncope(4).

Un método para evaluar la función autonómica, es mediante la maniobra de Valsalva, más rentable en un paciente adulto que en Pediatría. El paciente realiza una espiración forzada durante 15 segundos con la glotis cerrada (boca y nariz cerrados). Al principio, la presión arterial aumenta ligeramente por el llenado del ventrículo izquierdo, pero enseguida disminuye por la reducción brusca del retorno venoso, disminuye el gasto cardiaco y la frecuencia cardiaca aumenta para compensar (reflejo barorreceptor). Esta hipotensión en personas sanas, provoca una respuesta automática simpática compensadora: aumenta la resistencia vascular sistémica y la frecuencia cardiaca. Al finalizar la maniobra, cuando el paciente libera todo el aire retenido y respira con normalidad, desaparece la sobrepresión intratorácica y se produce una caída de la presión arterial, y se normaliza la frecuencia cardiaca. En el síndrome situacional, por ejemplo, al tocar un instrumento de viento o levantar un peso excesivo, la respuesta normal de la frecuencia cardiaca se asocia a una hipotensión pronunciada por falta de la respuesta automática compensadora(6).

Otra de las pruebas diagnósticas es el masaje del seno carotídeo, que reproduce la clínica sincopal con mecanismo reflejo (bradicardia e hipotensión), sin embargo, esta maniobra no está indicada en Pediatría.

Pruebas complementarias

Además de tomar la tensión arterial en decúbito y bipedestación, también se debe comprobar una glucemia capilar.

Existe un amplio consenso en la recomendación de realizar un electrocardiograma (ECG) de 12 derivaciones en todo síncope, aunque en la guía canadiense lo indica en un síndrome atípico o con factores de riesgo asociados(7,8). En el ECG se debe comprobar la frecuencia cardiaca y el ritmo cardiaco, descartar arritmias y confirmar la presencia de ritmo sinusal.

Incluso en un ECG con ritmo sinusal, se deben descartar los siguientes signos de alerta, indicativos de posible patología cardiaca en el síncope:

• Patrón del síndrome de Wolff-Parkinson-White (WPW): intervalo PR corto (desde el inicio de la onda P hasta el inicio de complejo QRS), complejo QRS ancho y onda delta (empastamiento inicial del complejo QRS, positivo o negativo).

• Intervalo QT: se debe obtener el QT corregido (QTc) mediante la fórmula de Bazett, porque el intervalo QT varía con la frecuencia cardiaca (Fig. 1), preferentemente medido en las derivaciones II y V5.

Figura1

Figura 1. Cálculo del QTc (fórmula de Bazzet).

Recordar que el intervalo QT va desde el inicio de la onda Q hasta el final de la onda T (el de la tangente de la onda T), sin incluir la onda U en caso de identificarse.

• Síndrome de QT largo (SQTL): prolongación del QTc, mayor de 450 mseg en hombres y mayor de 460 mseg en mujeres.

• Síndrome de QT corto (SQTC): acortamiento del QTc menor de 330 mseg.

• Patrón del síndrome de Brugada: elevación descendente del segmento ST mayor o igual a 2 mm (“aleta de tiburón”) en más de una derivación derecha (V1-V2), seguidas de ondas T negativas (patrón tipo I).

• Miocardiopatía hipertrófica: crecimiento ventricular izquierdo con cambios en la repolarización, ondas Q patológicas, anchas y profundas, desnivel del segmento ST, ondas T negativas en cara inferior e izquierda.

• Miocardiopatía arritmogénica: presencia de ondas épsilon que, aunque infrecuente es específica (potenciales eléctricos de baja amplitud entre el final del complejo QRS y el inicio del segmento ST), ondas T invertidas en precordiales derechas (V1, V2, V3) en individuos mayores de 14 años y en ausencia de bloqueo completo de rama derecha.

El test de la mesa basculante o “tilt-test” es una prueba que permite provocar la clínica sincopal en personas predispuestas y bajo una situación de control con monitorización de la presión arterial, frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria y saturación periférica de oxígeno. El rendimiento de la mesa basculante es subóptimo. La indicación de esta prueba quedaría limitada a pacientes con síncopes recurrentes con sospecha de sincope reflejo, pero que la evaluación clínica no lo puede concretar. La mesa basculante, por lo tanto, es útil para el diagnóstico del síncope reflejo, en el fallo autonómico que cursa con hipotensión ortostática, en el síndrome de taquicardia postural ortostática (POTS), y también podría ser útil para diferenciar un síncope vasovagal de un pseudosíncope psiquiátrico(6).

El electroencefalograma (EEG) no está indicado como prueba de rutina en el síncope y quedaría limitado a aquellos casos con sospecha de posible etiología neurológica de base, en concreto, la epilepsia. Una crisis epiléptica con pérdida de conciencia puede simular un síncope convulsivo y, por lo tanto, es importante plantearlo en el diagnóstico diferencial (Tabla II). Las pruebas de neuroimagen, como la Tomografía Axial Computerizada (TAC) o la Resonancia Magnética (RM), también quedarían limitadas en su indicación, por el mismo motivo.

La analítica sanguínea, salvo una glucemia capilar, tampoco es necesaria en todo síncope, sino que se debe justificar por criterios clínicos el hemograma (p. ej., hipovolemia o infección) o la bioquímica (sospecha de alteración metabólica). En determinados casos, se debe tener en cuenta la posibilidad de solicitar tóxicos en orina o test de embarazo.

Si el paciente es derivado a Cardiología pediátrica, el estudio se puede completar con ecocardiografía, ECG-Holter ambulatorio y ergometría. En casos definidos, también se pueden indicar otros estudios: RM cardiaca, holter implantable subcutáneo, estudio electrofisiológico y cateterismo cardiaco.

Tratamiento

El tratamiento se basa en tres pilares fundamentales: tranquilizar, educar y prevenir.

La mayoría de los sincopes son neuromediados y es, por tanto, importante informar al paciente y a la familia sobre la naturaleza benigna del proceso, evitar o minimizar los factores predisponentes y desencadenantes de los episodios sincopales (evitar bipedestación prolongada, ambientes estresantes, calurosos o con aglomeraciones). Así como, ayudarlos a saber detectar los síntomas prodrómicos y pautarles instrucciones para la realización de maniobras para interrumpir el episodio (posición en supino, maniobras de contrapresión física)(20).

Las maniobras de contrapresión más comunes son tres(6):

1. Cruzar las piernas en bipedestación, con la tensión máxima de los músculos de las piernas, abdomen y glúteos, de manera intensa y mantenida.

2. Contracción de manos, apretando con la mayor fuerza posible una pelota de goma o un objeto blando, de manera intensa y mantenida.

3. Tensar los brazos, se entrelazan las manos quedando bien agarradas, produciendo una contracción isométrica intensa y mantenida, con los brazos plano-horizontal y tirar con los codos hacia fuera (fuerza centrífuga).

Como normal general, se recomienda mantener una buena hidratación (aporte de líquido 30-50 mL/kg/día, 1,5-2,5 L/día) y un aumento controlado en la ingesta de sal (2-5 g/día)(7).

El uso de tratamiento farmacológico es controvertido y queda limitado a casos definidos (fludrocortisona, beta-bloqueantes, alfa1-agonistas).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria es esencial en el síncope, porque suele ser el médico responsable de su valoración inicial y quien decide su manejo clínico.

El síncope es una causa frecuente de consulta en Atención Primaria y, el pediatra, el médico que debe atenderla. La mayoría de los síncopes son benignos y basta una detallada historia clínica, una exploración física completa y la realización de un ECG, para llegar a su diagnóstico. Este es el caso de los síncopes neuromediados, en concreto, el síncope vasovagal, que no precisa ampliar estudio ni derivar al especialista, pero sí informar al paciente y a su familia, tanto de la benignidad del cuadro, como de su posible prevención o forma de actuar ante un nuevo episodio(21).

Uno de los retos del pediatra en un paciente con síncopes, es detectar la posibilidad de una patología de base, en especial, cardiológica, que precise derivar al servicio de urgencias del hospital o a la consulta del cardiólogo (Fig. 2).

Figura1

Figura 2. Algoritmo del manejo clínico del síncope. TEP: triángulo de evaluación pediátrico.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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- Kanjwal K, Calkins H. Syncope in children and adolescents. Cardiol Clin. 2015; 33: 397409.

Un artículo que se centra en el síncope en el paciente pediátrico, mostrando sus peculiaridades y dando una visión global del tema.

- Moodley M. Clinical approach to syncope in children. Semin Pediatr Neurol. 2013; 20: 12-7.

Un artículo breve en extensión, pero que ayuda de manera práctica al pediatra en el manejo clínico del síncope en Pediatría.

- Koene RJ, Adkinsson WO, Benditt DG. Syncope ant the risk of sudden cardiac death: evaluation, management and prevention. J Arrhythm. 2017; 5: 33-44.

Este artículo resalta la importancia del síncope como presentación clínica de la muerte súbita en diferentes situaciones y enfermedades.

- Sanatani S, Chau V, Fournier A, Dixon A, Blondin R, Sheldon R. Canadian Cardiovascular Society and Canadian Pediatric Cardiology Association Position Statement on the Approach to Syncope in the Pediatric Patient. Can J Cardiol. 2017; 33: 189-198.

Este artículo expone una guía muy completa de aproximación al sincope y es específica para pacientes pediátricos.

 

Caso clínico

 

Niño sano de 9 años, que el profesor observa cómo pierde súbitamente el conocimiento en el patio del colegio, estando en bipedestación, tras pararse cuando jujaba con los amigos, quedando tumbado en el suelo sin movimientos anómalos. Al minuto recupera la conciencia, está asustado y solo refiere que antes de perder el conocimiento notó un dolor en el tórax. Los padres son avisados y, aunque el niño aparentemente está asintomático, acuden a ver a su pediatra del Centro de Salud. El pediatra ya conoce al paciente, porque es un niño delgado (peso en p3), con falta de apetito y se cansa con facilidad. Su pediatra, por este motivo ya le había pedido una analítica sanguínea completa unas semanas antes. En los antecedentes personales y familiares no hay datos de interés.

En la exploración física, el paciente presenta un buen estado general, tensión arterial 100/65 mmHg, saturación de oxígeno 98%, se detecta un soplo cardiaco nuevo, soplo sistólico 2/6 en foco tricuspídeo, siendo el resto de la exploración normal. Se realiza un ECG (Fig. 3).

Figura1

Figura 3. ECG 12 derivaciones. Nótese que cambia el calibrado del voltaje en las derivaciones frontales y precordiales (10 mm/mV frente a 5 mm/mV).

 

 

Avances en el tratamiento del cáncer infantil

A. Rubio San Simón*, T. de Rojas de Pablo**
Temas de FC


A. Rubio San Simón*, T. de Rojas de Pablo**

*Unidad de Ensayos Clínicos, Servicio de Oncología, Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid. **Unidad de OncoGenómica Infantil. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid

Resumen

A pesar de la reducción de la mortalidad del cáncer infantil, un número significativo de niños continúan falleciendo por este motivo y, muchos de los que sobreviven, presentan toxicidades derivadas del tratamiento. Existe por ello una necesidad urgente de nuevos fármacos para niños con cáncer, que permita eliminar la enfermedad refractaria y reducir las secuelas. La mejor herramienta para evaluar la seguridad y eficacia de los nuevos tratamientos son los ensayos clínicos, cuya complejidad hace necesario que se realicen en unidades altamente especializadas. Algunos ejemplos de nuevos tratamientos que ya han demostrado seguridad y eficacia en cáncer infantil son: 1) inmunoterapia en leucemia linfoblástica aguda (p. ej., anticuerpos monoclonales y receptores de antígeno quimérico de células T); y 2) fármacos dirigidos contra alteraciones genéticas presentes en algunos linfomas y tumores sólidos (inhibidores de NTRK, de BRAFV600 o de ALK). A pesar del éxito de estos tratamientos, el desarrollo de nuevas terapias en cáncer pediátrico se enfrenta a importantes barreras que es necesario abordar en los próximos años, como son el tamaño muestral reducido de los subgrupos moleculares a estudiar o la falta de modelos de laboratorio que permitan un adecuado estudio de su biología.

 

Abstract

Despite the reduction in childhood cancer mortality, a significant number of children will pass away due to their disease. Furthermore, most survivors suffer long-term treatment-related side effects. Because of that, there is an urgent need for innovative treatments in paediatric oncology, in order to eliminate resistant disease and to reduce treatment toxicity.
The best tool for evaluating the safety and efficacy of new treatments is by conducting clinical trials, which need to be carried out in highly specialized units due to their complexity. Some examples of new treatments that have already demonstrated safety and efficacy in childhood cancer are: 1) Immunotherapy strategies in acute lymphoblastic leukaemia (e.g. monoclonal antibodies and chimeric T-cell antigen receptors); and 2) Drugs directed against genetic abnormalities in certain lymphomas and solid tumours (e.g. NTRK inhibitors, BRAFV600 inhibitors, and ALK inhibitors). Despite the success of these treatments, the development of new therapies in paediatric cancer faces important barriers that must be addressed in the coming years, such as the reduced sample size of molecular subgroups or the lack of laboratory models that allow an adequate study of their biology.

 

Palabras clave: Cáncer infantil; Ensayos clínicos; Desarrollo de fármacos; Terapias dirigidas; Inmunoterapia.

Key words: Childhood cancer; Clinical trials; Drug development; Targeted therapies; Immunotherapy.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 367 – 371


Avances en el tratamiento del cáncer infantil

Introducción

Existe una necesidad no cubierta de nuevos fármacos en Oncología pediátrica que permita hacer frente a las enfermedades resistentes y disminuir la carga de toxicidad.

A pesar de un descenso de la mortalidad por cáncer infantil en las últimas décadas, el cáncer sigue siendo la primera causa de muerte por enfermedad en niños a partir del primer año de vida en países desarrollados (doi: 10.1056/NEJMsr1804754, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30575483/). Además, el mayor número de supervivientes ha aumentado la carga de la toxicidad a largo plazo(1). Por ello, existe una necesidad de desarrollo de nuevos tratamientos en cáncer infantil, que sean capaces de eliminar la enfermedad refractaria y de reducir las secuelas a largo plazo.

En los últimos años, se ha producido una revolución en el desarrollo de nuevos tratamientos oncológicos, que pretende hacer frente a todas las características biológicas (“hallmarks”) del cáncer(2), incluyendo: fármacos contra las vías de señalización intracelular, inhibidores del ciclo celular, anti-angiogénicos o la inmunoterapia, entre otros (Fig. 1).

Figura 1. Hallmarks del cáncer. Adaptado de Hanahan. Cell. 2011.

Sin embargo, el desarrollo de nuevos fármacos frente a tumores infantiles ha sido inferior al de los adultos por varias razones(3):

1. La baja frecuencia de cáncer infantil que lo convierte en un mercado poco atractivo para la industria farmacéutica y que, además, hace imprescindible maximizar la colaboración entre investigadores en forma de ensayos clínicos internacionales(4).

2. Los tipos de cáncer pediátrico son distintos de los de adultos, predominando los tumores de origen embrionario en vez de los carcinomas.

3. La falta de acceso a modelos de laboratorio y a muestras tumorales que permitan un adecuado estudio de la biología de los tumores infantiles.

Investigación preclínica y clínica en cáncer infantil

El desarrollo de nuevos fármacos es un proceso largo y costoso con una fase de investigación preclínica y una fase de investigación clínica en forma de ensayos clínicos.

El desarrollo de nuevos fármacos es un proceso largo, complejo y costoso que se lleva a cabo según una secuencia de procedimientos experimentales dividido en los que se citan a continuación.

Investigación preclínica

Es una fase de investigación de laboratorio para demostrar la relevancia del fármaco en el cáncer y consta de varias partes:

• Determinar la presencia de la diana terapéutica en muestras tumorales.

Determinar la dependencia de la diana: en modelos del tumor, primero in vitro (en líneas celulares) y luego in vivo (en modelos animales), se demuestra que al suprimir la diana se revierte el efecto oncogénico.

• Determinar la disponibilidad de fármacos capaces de inhibir la diana terapéutica identificada.

Experimentos farmacológicos in vitro e in vivo: estos experimentos miden cómo los nuevos fármacos matan las células tumorales y analizan los posibles mecanismos de resistencia. Además estudian la farmacocinética del fármaco y su perfil de toxicidades en animales.

En la tabla I, se resumen algunas de las dianas moleculares más relevantes en cáncer infantil y sus potenciales tratamientos.

Investigación clínica

La fase clínica de la investigación de nuevos tratamientos se desarrolla mediante ensayos clínicos, que son la mejor herramienta para evaluar la seguridad y eficacia de nuevos tratamientos en humanos. Se dividen en:

• Ensayos clínicos precoces o fase I-II, donde se establece la dosis segura del fármaco y el perfil de toxicidades.

• Ensayos fase III, donde se demuestra la eficacia del medicamento.

• Ensayos fase IV, donde se examinan los efectos a largo plazo, una vez el medicamento se ha comercializado.

La complejidad de los ensayos clínicos hace necesario que estos se lleven a cabo en unidades especializadas con un equipo multidisciplinar, con la experiencia suficiente para garantizar la mejor calidad de los datos obtenidos y la mayor protección de los participantes, de acuerdo a la normativa de buenas prácticas clínicas(5). En la figura 2 se resumen las fases en el desarrollo de nuevos fármacos y su duración.

Figura 2. Fases en el desarrollo de nuevos fármacos y su duración.

Ejemplos de éxito en el desarrollo de nuevos fármacos en Oncología infantil

Inmunoterapia en leucemia linfoblástica aguda (LLA)

Existen varias estrategias de inmunoterapia desarrolladas en los últimos años, que han demostrado su seguridad y eficacia en niños con leucemia linfoblástica aguda.

La inmunoterapia es un tratamiento que utiliza el sistema inmunitario del paciente para combatir el cáncer. Existen distintas estrategias de inmunoterapia que han demostrado su utilidad frente a la LLA en niños:

• Anticuerpos monoclonales: los anticuerpos monoclonales marcan las células cancerosas con el fin de potenciar el efecto citotóxico del sistema inmunitario contra el tumor. Un ejemplo de este tipo de anticuerpos es el blinatumomab, que es un anticuerpo monocloncal biespecífico que se une al antígeno CD3 de los linfocitos T y al antígeno CD19 de los linfocitos B, favoreciendo la activación de la respuesta inmune frente a las células B tumorales. En población pediátrica, ya han sido conducidos ensayos clínicos(6) con blinatumumab, que establecieron la dosis segura y su eficacia en pacientes pediátricos con LLA B en recaída, lo que condujo a la aprobación del fármaco en esta indicación (17).

• Receptor de antígeno quimérico de células T (CAR-T): las células CAR-T son linfocitos T modificados genéticamente para que expresen un receptor dirigido frente a un antígeno tumoral. La terapia de células CAR-T consiste en extraer los linfocitos T del paciente mediante aféresis, modificarlos genéticamente para que reconozcan y ataquen las células tumorales, y después volver a transferirlos al cuerpo del paciente. Las células CAR-T frente al antígeno CD19 (CART19) pueden eliminar las células tumorales en leucemias y linfomas B. Uno de estos CART19, el tisagenlecleucel logró en 2019, la aprobación para el tratamiento de la LLA B en recaída o refractariedad en niños, tras demostrar un adecuado perfil de seguridad y una alta tasa de respuesta(7).

Terapia con inhibidores selectivos de NTRK, BRAF, ALK en tumores sólidos

El uso de inhibidores dirigidos contra alteraciones genéticas presentes en el tumor, ha demostrado respuestas significativas en una variedad de tumores infantiles.

El descubrimiento de una variedad de alteraciones genéticas que conducen a la oncogénesis en diferentes neoplasias, ha permitido el desarrollo de terapias dirigidas contra alteraciones específicas de los tumores de los pacientes(8). Entre los tratamientos más destacados en tumores pediátricos, se encuentran:

• Inhibidores del receptor de tirosina quinasa neurotrófico (NTRK): la identificación de reordenamientos en los genes de NTRK en una amplia gama de tumores y el desarrollo de inhibidores específicos contra él han revolucionado el tratamiento de los pacientes que presentan tumores con estas alteraciones, tanto en niños como en adultos(9). Un inhibidor de NTRK es el larotrectinib que fue aprobado en 2019 como tratamiento en pacientes adultos y pediátricos mayores de 12 años, con tumores avanzados con fusión en NTRK(10).

• Inhibidores de BRAF: BRAF-V600E es una de las mutaciones oncogénicas más comunes en cánceres y es responsable de la activación de una vía de señalización que afecta a la proliferación, diferenciación y supervivencia celular (doi: 10.1126/stke.2282004pe17, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/15082862/). Las mutaciones de BRAF-V600E se han identificado en pacientes adultos y pediátricos, como es el caso de los pacientes pediátricos con melanoma, histiocitosis de células de Langerhans(18) o con gliomas de bajo y alto riesgo. El dabrafenib es un inhibidor de BRAF que ha demostrado altas tasas de respuesta en niños con distintos tumores(11,19).

• Inhibidores de la quinasa del linfoma anaplásico (ALK): se ha encontrado que el gen de ALK se reordena, muta o amplifica en una variedad de tumores pediátricos, incluido el neuroblastoma, el tumor miofibroblástico inflamatorio (TMI) y el linfoma anaplásico de células grandes (LACL). Su inhibición por fármacos como el crizotinib, ha mostrado respuestas espectaculares en pacientes con LACL y TMI(12). El crizotinib es el primer inhibidor de ALK que se estudió en ensayos clínicos en pacientes pediátricos y ha sido aprobado recientemente por la FDA para el tratamiento de pacientes pediátricos con LACL(13).

Dificultades y oportunidades en el futuro desarrollo de nuevos fármacos en Oncología pediátrica

Existen numerosas dificultades en el desarrollo de nuevas terapias en Oncología pediátrica que deben ser abordadas en los próximos años.

La mayoría de nuevos fármacos implementados en Oncología infantil fueron desarrollados inicialmente para tumores de adultos. Esto hace que un gran número de tumores exclusivamente pediátricos queden fuera del campo de investigación en cáncer. Además, aquellos fármacos que secundariamente fueron implementados en Pediatría, lo hicieron años después de su introducción en adultos, con una mediana de tiempo desde el primer ensayo en adultos hasta el primer ensayo en niños de 6,5 años(14). Otra dificultad a la que se enfrenta la población pediátrica, es el estricto límite de edad de los 18 años que separa artificialmente la niñez de la edad adulta y que impide la participación de adolescentes en ensayos de población adulta y viceversa, aun en los casos en que se trata de una misma enfermedad oncológica, como en los linfomas de Hodgkin típicos de adolescentes y adultos jóvenes(15).

Por todo ello es fundamental en los años venideros:

• Mejorar el conocimiento biológico de los tumores infantiles que permita el desarrollo de fármacos específicamente dirigidos a tumores pediátricos.

• Desarrollar nuevos fármacos para alteraciones moleculares ya conocidas de tumores pediátricos, como son: NMYC en neuroblastoma, EWSR1-FLI1 en sarcoma de Ewing, o PAX-FOXO1 en rabdomiosarcoma.

• Establecer cambios legislativos que aceleren la llegada a la población pediátrica de fármacos desarrollados para adultos.

• Favorecer el acceso de los adolescentes y los adultos jóvenes a ensayos clínicos para las patologías en ese rango de edad.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1. Hjorth L, Haupt R, Skinner R, Grabow D, Byrne J, Karner S, et al. Survivorship after childhood cancer: PanCare: A European Network to promote optimal long-term care. Eur J Cancer. 2015; 51: 1203-11.

2. Hanahan D, Weinberg RA. Hallmarks of cancer: The next generation. Cell. 2011.

3. Moreno L. Nuevas dianas moleculares en el cáncer infantil. In: Ergon, editor. Hematología y Oncología pediátricas. 3a. 2015.

4. Joseph PD, Craig JC, Caldwell PHY. Clinical trials in children. Br J Clin Pharmacol. 2015.

5. Internacional Conference on Harmonisation of Technical Requirements for Registration of Pharmaceuticals for Human Use. Guideline for good clinical practice – E6 (R2). ICH Harmon Tripart Guidel. 2016.

6. Von Stackelberg A, Locatelli F, Zugmaier G, Handgretinger R, Trippett TM, Rizzari C, et al. Phase I/Phase II study of blinatumomab in pediatric patients with relapsed/refractory acute lymphoblastic leukemia. J Clin Oncol. 2016.

7. Maude SL, Laetsch TW, Buechner J, Rives S, Boyer M, Bittencourt H, et al. Tisagenlecleucel in Children and Young Adults with B-Cell Lymphoblastic Leukemia. N Engl J Med. 2018.

8. McDermott U, Settleman J. Personalized cancer therapy with selective kinase inhibitors: An emerging paradigm in medical oncology. Journal of Clinical Oncology. 2009.

9. Cocco E, Scaltriti M, Drilon A. NTRK fusion-positive cancers and TRK inhibitor therapy. Nature Reviews Clinical Oncology. 2018.

10. EMA. Vitrakvi: EPAR – Product Information.

11. Bautista F, Paci A, Minard-Colin V, Dufour C, Grill J, Ludovic Lacroix L, et al. Vemurafenib in pediatric patients with BRAFV600E mutated high-grade gliomas. Pediatr Blood Cancer. 2014; 61: 1101-3. doi: 10.1002/pbc.24891.

12. Mossé YP, Lim MS, Voss SD, Wilner K, Ruffner K, Laliberte J, et al. Safety and activity of crizotinib for paediatric patients with refractory solid tumours or anaplastic large-cell lymphoma: A Children’s Oncology Group phase 1 consortium study. Lancet Oncol. 2013.

13. FDA. FDA approves crizotinib for children and young adults with relapsed or refractory, systemic anaplastic large cell lymphoma | FDA (Internet). Citado el 9 de mayo de 2021. Disponible en: https://www.fda.gov/drugs/drug-approvals-and-databases/fda-approves-crizotinib-children-and-young-adults-relapsed-or-refractory-systemic-anaplastic-large.

14. Neel DV, Shulman DS, DuBois SG. Timing of first-in-child trials of FDA-approved oncology drugs. Eur J Cancer. 2019; 112: 49-56.

15. De Rojas T, Neven A, Terada M, García-Abos M, Moreno L, Gaspar N, et al. Access to clinical trials for adolescents and young adults with cancer: A meta-research analysis. JNCI Cancer Spectr; 2019. p. 3.

16. Fernández-Plaza S. Reques Llorente B. Bases del tratamiento del cáncer en Pediatría: principios de la terapia multimodal. Pediatr Integral. 2016; XX(7): 465-74.

17. Brown PA, Ji L, Xu X, Devidas M, Hogan LE, Borowitz MJ, et al. Effect of Postreinduction Therapy Consolidation With Blinatumomab vs Chemotherapy on Disease-Free Survival in Children, Adolescents, and Young Adults With First Relapse of B-Cell Acute Lymphoblastic Leukemia: A Randomized Clinical Trial. JAMA. 2021; 325: 833-42. doi:10.1001/jama.2021.0669.

18. Hargrave DR, Bouffet E, Tabori U, Broniscer A, Cohen KJ, Hansford JR, et al. Efficacy and Safety of Dabrafenib in Pediatric Patients with BRAF V600 Mutation-Positive Relapsed or Refractory Low-Grade Glioma: Results from a Phase I/IIa Study. Clin Cancer Res. 2019; 25: 7303-11. doi: 10.1158/1078-0432.CCR-19-2177. PMID: 31811016.

19. Donadieu J, Larabi IA, Tardieu M, Visser J, Hutter C, Sieni E. Vemurafenib for Refractory Multisystem Langerhans Cell Histiocytosis in Children: An International Observational Study. J Clin Oncol. 2019; 37: 2857-65. doi: 10.1200/JCO.19.00456.

Bibliografía recomendada

Moreno L. Ensayos clínicos en Onco-Hematología pediátrica. Disponible en: Hematología y Oncología pediátricas. 3a edición. Ergon; 2015.

Resumen de las características de los ensayos clínicos en Onco-Hematología, centrado en las características particulares de los ensayos en población pediátrica.

– Bautista F, Gallego S, Cañete A, Mora J, Díaz de Heredia C, Cruz O, et al. Landscape of early clinical trials for childhood and adolescence cancer in Spain. Clin Transl Oncol. 2016.

En nombre de la Sociedad Española de Hemato-Oncología pediátrica (SEHOP), los autores realizan un análisis de la situación de los ensayos clínicos precoces en Oncología pediátrica en España y de cómo ha sido su evolución.

– Mirones I, Morenob L, Patiño-García A, Lizeagad G, Moraledae JM, Toribiof ML, et al. Inmunoterapia con células CAR-T en Hemato-Oncología pediátrica. An Pediatr (Barc). 2020.

El Grupo de Inmunoterapia y Terapias Avanzadas de la SEHOP realiza una interesante revisión de los aspectos más relevantes de la implantación del tratamiento con CAR-T.

– Moreno L, DuBois SG, Marshall LV, Fox E, Carceller F, Pearson AD. How to address challenges and opportunities in pediatric cancer drug development? Expert Opinion on Drug Discovery. 2020.

Artículo reciente en el que se hace un análisis de las dificultades y los próximos pasos a seguir en el desarrollo de nuevos fármacos en Oncología pediátrica.

– Butler E, Ludwig K, Pacenta HL, Klesse LJ, Watt TC, Laetsch TW, et al. Recent progress in the treatment of cancer in children. CA Cancer J Clin. 2021.

Se trata de una revisión muy reciente de los nuevos tratamientos desarrollados para cada uno de los tipos de cáncer infantil más prevalentes.

 

Caso clínico

 

Niña de 7 años con antecedentes de leucemia linfoblástica aguda tipo B, diagnosticada por primera vez a los 4 años de edad. Se trató en ese momento de acuerdo al protocolo nacional, en el subgrupo de alto riesgo debido a las características de su enfermedad. Precisó, como parte del tratamiento, un trasplante haploidéntico de su madre al no existir la posibilidad de donantes no familiares idénticos. A los 10 meses de finalizar el tratamiento, se diagnostica de una primera recaída precoz aislada en médula ósea. Actualmente, tras un ciclo de quimioterapia de inducción de segunda línea, la paciente ha sido reevaluada mostrándose falta de respuesta al tratamiento.

El estudio por citometría de flujo de la leucemia de la paciente se muestra en la figura 3A.

Figura 3. Fotografías de dos citometrías de flujo de dos pacientes con LLA.
A.
Se observa una población blástica compatible con una LLA con expresión de CD19.
B. Se observa una población blástica compatible con una LLA sin expresión de CD19.

 

 

Tumores cerebrales en niños

F. Vázquez Gómez, E. Carceller Ortega, Á. Lassaletta Atienza
Temas de FC


F. Vázquez Gómez, E. Carceller Ortega, Á. Lassaletta Atienza

Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Los tumores del sistema nervioso central (SNC) en los niños representan la segunda causa más frecuente de tumores malignos, suponiendo una importante causa de morbi-mortalidad a pesar de los avances conseguidos en su diagnóstico, tratamiento y seguimiento.
La anamnesis y exploración clínica en Atención Primaria es fundamental para detectar precozmente los síntomas y signos de un tumor cerebral, aunque la confirmación diagnóstica requiere la realización de prueba de imagen, TC o RM.
La cirugía es la base del tratamiento de los tumores del SNC en la edad pediátrica, puesto que permite establecer un diagnóstico anatomopatológico, en algunos casos, lograr una resección completa y, en otros casos, reducir el volumen tumoral para aumentar la eficacia posterior de la quimioterapia, radioterapia u otros medicamentos dirigidos.
En el tratamiento de estos tumores, se requiere un abordaje multidisciplinar, interviniendo: neurocirujanos, oncólogos, radioterapeutas, equipo de rehabilitación, neuropsicólogos, etc.
Conocer las secuelas que pueden desarrollar estos pacientes y trazar un plan de seguimiento adecuado en ellos es de vital importancia, siendo esencial la coordinación entre la Atención Primaria y especializada.
En este artículo se resume la epidemiología, etiología, clínica, diagnóstico y tipos de tumores del SNC pediátricos más frecuentes, tratamiento y seguimiento de los pacientes afectos.

 

Abstract

Tumors of the central nervous system (CNS) in children are the second most common cause of malignant tumors, representing an important cause of morbidity and mortality in spite of the advances achieved in their diagnosis, treatment and follow-up.
The history and clinical examination in Primary Care are essential to detect early signs and symptoms of a brain tumor, although diagnostic confirmation requires imaging tests, CT or MRI.
Surgery is the mainstay of treatment of CNS tumors in the pediatric age group, since it allows establishing an anatomopathological diagnosis, achieving a complete resection in some cases and, in other cases, reducing the tumor volume to increase the subsequent efficacy of chemotherapy, radiotherapy or targeted drugs.
Treatment of these tumors requires a multidisciplinary approach involving: neurosurgeons, oncologists, radiotherapists, rehabilitation team, neuropsychologists, etc.
Knowing the long term side effects that these patients may develop, drawing up an appropriate follow-up plan for them is of vital importance, and coordination between primary and specialized care is essential.
This article summarizes the epidemiology, etiology, clinical features, diagnosis and types of the most frequent pediatric CNS tumors, treatment and subsequent follow-up of affected patients.

 

Palabras clave: Tumores cerebrales pediátricos; Clasificación; Diagnóstico; Tratamiento.

Key words: Pediatric brain tumors; Classification; Diagnosis; Treatment.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 357 – 366


Tumores cerebrales en niños

Introducción

Los tumores pediátricos del sistema nervioso central (SNC) son la segunda neoplasia infantil más frecuente y el tumor sólido más común en los niños.

El SNC se divide en tres compartimentos principales: la médula espinal, la región infratentorial y la región supratentorial. La región infratentorial incluye el tronco cerebral y el cerebelo, mientras que la región supratentorial incluye: los hemisferios cerebrales, el tálamo, ganglios de la base, diencéfalo, tractos ópticos/región quiasmática y área hipotálamo-hipofisaria.

Los signos y síntomas derivados de estas neoplasias dependen de diversos factores, como la localización del tumor, la tasa de crecimiento del mismo y la edad del niño.

La clasificación de los tumores pediátricos del SNC actual es compleja, sobre todo, debido al conocimiento molecular que se va adquiriendo sobre ellos.

El tratamiento de estos tumores precisa de un manejo multidisciplinar. Aunque hemos asistido a una mejora significativa en su tasa de curación durante los últimos años, como resultado de los avances en: neuroimagen, neurocirugía, radioterapia, biología molecular y quimioterapia, actualmente suponen una importante causa de morbimortalidad.

Epidemiología

Los tumores del sistema nervioso central (SNC) se consideran los tumores sólidos infantiles más frecuentes, siendo la segunda causa de cáncer infantil en niños de 0 a 14 años (aproximadamente un 20% del total) y la tercera causa de cáncer en los adolescentes de 15 a 19 años (aproximadamente un 10% del total)(1,2).

En España, según el Registro Nacional de Tumores (RETI), cada año se registran en torno a 1.300-1.500 casos nuevos de cáncer infantil, de los cuales un 20% corresponden a tumores del SNC(3). La incidencia anual de tumores del SNC en niños es de unos 5 casos por cada 100.000. Son ligeramente más frecuentes en varones con una ratio varón/mujer de 1,5(4,5).

Los tumores cerebrales infantiles se caracterizan por englobar un grupo heterogéneo de histologías y localizaciones, y una conducta biológica, respuesta al tratamiento y pronóstico que los hace diferentes de los diagnosticados en los adultos. Los gliomas de bajo grado son los tumores del SNC más frecuentes en la población pediátrica (30-50% de los casos), seguidos del meduloblastoma (16-25%).

Por la localización, los tumores supratentoriales son más frecuentes en niños hasta los 3 años de edad y tras los 10 años; mientras que entre los 4 y los 10 años, predominan los tumores infratentoriales (Fig. 1).

Figura 1. Distribución de los tumores del sistema nervioso central por localización, del Registro Central de Tumores Cerebrales de los EE.UU. (CBTRUS) para pacientes entre 0 a 19 años(5).

A nivel histológico, dentro de los tumores infratentoriales, los más frecuentes son: gliomas cerebelosos y troncoencefálicos, y meduloblastomas, seguidos de los ependimomas. A nivel supratentorial predominan los astrocitomas (Fig. 2).

Figura 2. Distribución de los tumores del sistema nervioso central por histología, del Registro Central de Tumores Cerebrales de los EE.UU. (CBTRUS) para pacientes entre 0 a 19 años(5). NOS: no especificados / parcialmente especificados a nivel molecular.

Según los últimos datos publicados, la supervivencia media a cinco años en pacientes de 0 a 14 años diagnosticados de tumores del SNC en España se encuentra en torno al 66 +/- 8% (periodo entre 2010-2014)(6). Ha mejorado considerablemente en los últimos años, debido al diagnóstico más precoz y a los avances en los tratamientos (cirugía, biología molecular, quimioterapia y radioterapia).

Aun así, los tumores del SNC son la primera causa de muerte secundaria al cáncer en niños y adolescentes, dependiendo fundamentalmente de la histología del tumor y de su localización.

Etiología

En la mayoría de los pacientes pediátricos la causa de un tumor del SNC no está clara. Es probable que sea el resultado de una compleja interacción entre la carga genética del niño y la exposición ambiental específica.

A pesar de que la etiología de la mayoría de los tumores del SNC es desconocida, se han identificado como causa factores genéticos, así como la exposición a radiaciones ionizantes.

Factores genéticos

Síndromes de cáncer familiar

Existen diversos síndromes de cáncer familiar que aumentan la susceptibilidad a padecer tumores cerebrales, aunque menos del 10% de los niños con un tumor cerebral tienen un síndrome hereditario que les coloca en una situación de riesgo aumentado para el desarrollo de este tipo de tumores(7-9).

Estos síndromes se caracterizan por la alteración en oncogenes y genes supresores de tumores, que desencadenan la aparición de neoplasias (Tabla I). Los niños afectados por estas enfermedades hereditarias deben someterse a seguimientos periódicos para detectar precozmente el desarrollo de procesos oncológicos.

Radiaciones ionizantes

La exposición a radiaciones ionizantes intraútero, o directamente al utilizar la radioterapia craneal, es una causa bien documentada de tumores cerebrales en niños. En estos casos, la latencia entre la radioterapia y el desarrollo del tumor cerebral se estima entre 7-9 años, con un mayor riesgo en niños de menor edad(4,9,10).

Clínica

Las manifestaciones clínicas de los tumores cerebrales son variables, pudiendo derivarse de la hipertensión intracraneal o de la infiltración/compresión que pueden provocar.

Los síntomas y signos de los tumores intracraneales en el niño dependen de la edad, de la localización del tumor y de la presencia o ausencia de hipertensión intracraneal, así como de la velocidad de crecimiento del tumor. El diagnóstico de un tumor cerebral puede ser complicado en los niños, sobre todo, en los más pequeños, incapaces de referir sus síntomas. Podemos dividir los síntomas típicos según se deriven de la infiltración tumoral o aumento de presión intracraneal (Tabla II).

Los síntomas y signos de focalidad son más evidentes cuanto mayor es la edad del niño. La hemiparesia, hipertonía e hiperreflexia son las manifestaciones más frecuentes en los tumores supratentoriales y, en menor proporción, los trastornos de la sensibilidad. En los infratentoriales, los síntomas y signos más habituales son: diplopía, ataxia y nistagmus.

Como características clínicas específicas destacar que la primera manifestación de un tumor de fosa posterior puede ser una tortícolis y en los tumores de tronco puede haber parálisis de pares craneales, ataxia y afectación de vías largas. Las crisis epilépticas también pueden ser manifestación de un tumor cerebral.

También podríamos encontrar síntomas más inespecíficos como manifestaciones de un tumor cerebral: cambios de personalidad, alteraciones emocionales, disminución del rendimiento escolar, así como la detención o el retroceso del desarrollo psicomotor en niños pequeños.

Diagnóstico

La anamnesis y exploración clínica son esenciales para sospechar un tumor del SNC en un paciente y solicitar las pruebas complementarias pertinentes(4,11,12).

Pruebas de imagen

La tomografía computarizada (TC) y la resonancia magnética (RM) son la base del diagnóstico, tratamiento, planificación quirúrgica y seguimiento.

Tomografía computarizada (TC)

La TC proporciona, de forma rápida, datos sobre: presencia o ausencia de tumor, tamaño del mismo, forma y densidad tumoral, localización, comportamiento tras la administración de contraste, presencia de calcificaciones, zonas de necrosis y quistes, edema peritumoral, desplazamientos y herniaciones cerebrales, afectación de estructuras óseas, presencia de hidrocefalia y hemorragia tumoral, entre otras.

Resonancia magnética (RM)

Las principales ventajas de la RM son su capacidad multiplanar y la alta resolución de la imagen, permitiendo un mejor estudio de las características de la lesión, así como diferenciar los distintos tejidos del SNC. Las posibles desventajas de la RM son el largo tiempo de exploración y la degradación de la imagen si existe movimiento, por lo que precisa gran colaboración por parte del paciente o bien su anestesia.

Algunos tumores cerebrales, como: los meduloblastomas y otros tumores embrionarios, los tumores de células germinales y los ependimomas, pueden diseminarse dentro del SNC. Ante la sospecha de estos tumores, se debe ampliar el estudio de neuroimagen al resto del neuroeje.

Se recomienda que la RM de columna se realice antes de la intervención quirúrgica, para disminuir el número de falsos positivos secundarios a restos de sangre.

Si la RM de columna se realiza después de la cirugía, es recomendable esperar, al menos, dos semanas(4).

Punción lumbar

El objetivo es realizar un examen citológico y detectar células tumorales en líquido cefalorraquídeo (LCR) en los tumores con tendencia a diseminar, imposibles de identificar en ninguna prueba de imagen. La presencia de células tumorales en LCR condiciona la asignación a una determinada categoría de tratamiento.

Marcadores tumorales

En determinados tumores localizados en la región pineal/ hipotalámica-hipofisaria o ganglios basales en los cuales podamos sospechar un tumor de células germinales, es obligada la determinación de marcadores tumorales en sangre y LCR, como la alfa-fetoproteína (AFP) y la gonadotropina coriónica (βHCG). Estos son importantes para la orientación sobre el tipo tumoral, la respuesta al tratamiento y la detección de recidivas.

Biopsia/cirugía

Será necesario en la casi totalidad de los tumores, con dos objetivos principales: 1) establecer un diagnóstico de certeza; y 2) reducir el volumen tumoral, esencial para la ulterior eficacia de la radioterapia y/o quimioterapia.

Valoración neuropsicológica

Es esencial para conocer la afectación del paciente por el propio tumor. Posteriormente permite también valorar el daño causado por la resección tumoral y los efectos adversos de los tratamientos coadyuvantes, fundamentalmente de la radioterapia y quimioterapia.

Clasificación y tipos de tumores más relevantes

La clasificación de los tumores cerebrales es compleja, dado que muchos tumores pediátricos del SNC pueden tener múltiples tipos de células.

Las clasificaciones anteriores trataban de identificar el aspecto morfológico por la histología y los estadios de desarrollo dentro del sistema nervioso. Así surge la clasificación de los tumores del SNC de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2007, que se basó principalmente en el aspecto histológico(13). Sin embargo, debido al mayor conocimiento en la biología de los tumores, en 2016, esta clasificación se modificó para incorporar algunos parámetros moleculares, manteniendo el aspecto histológico(14). Este enfoque molecular ha continuado mejorando, provocando nuevos cambios ya recogidos en la recién publicada clasificación de 2021 de la OMS, permitiendo una mejor identificación de la historia natural de los diversos tipos de tumores a nivel biológico y molecular. Estas clasificaciones actualizadas permitirán a los clínicos conocer mejor el pronóstico y la terapia óptima para los pacientes con tumores del SNC, así como incluir poblaciones más homogéneas de pacientes en ensayos clínicos, lo que facilitará la evaluación de nuevas terapias(15).

Además de la histopatología, los tumores del SNC también se pueden clasificar según su localización en supratentoriales e infratentoriales.

A continuación, se señalan los tumores más relevantes en la edad pediátrica por su frecuencia.

Meduloblastoma (Fig. 3)

Figura 3. Secuencias de RM craneal en paciente diagnosticado de meduloblastoma. A. Secuencia coronal T2. B. Secuencia axial T2.

El meduloblastoma es, por definición, un tumor embrionario de la fosa posterior y se considera el tumor cerebral maligno más frecuente en los niños. Comprende hasta un 20% de todos los tumores cerebrales pediátricos.

Hay una incidencia bifásica, con pico a los 3 o 4 años de edad y de nuevo a los 8 o 9 años. Anteriormente, en la clasificación de la OMS de 2007, el meduloblastoma se dividía en 4 variantes histológicas, incluyendo: la histología clásica, la variante anaplásica/de células grandes, la desmoplásica/nodular y el meduloblastoma con nodularidad extensa(13). En 2016, el sistema de clasificación de la OMS cambió, y el meduloblastoma se subdividió también por subgrupos moleculares: WNT, Sonic Hedgehog (SHH), y grupo no WNT/no SHH, en un sistema de 2 niveles que incorporaba tanto la histología como los hallazgos moleculares(14). En la nueva clasificación de 2021 se mantiene la subdivisión molecular, añadiendo el papel del estado de TP53 en el sub grupo SHH(15,16).

Los tratamientos tradicionales para el meduloblastoma en niños mayores de 3 años incluyen una combinación de cirugía, radioterapia cráneo-espinal y esquemas de quimioterapia basados en platinos, independientemente del subtipo molecular. La resección quirúrgica es el paso inicial en el tratamiento y se conoce que la resección total o casi total del tumor primario se correlaciona con mejores resultados, especialmente en pacientes con enfermedad no diseminada. Tras la resección máxima, los pacientes se estratifican convencionalmente en riesgo estándar o alto, en función de la extensión de la resección quirúrgica y el estado de diseminación en el momento del diagnóstico, dado por la RM cráneo-espinal del diagnóstico y el estudio del LCR realizado como mínimo a los 15 días de la cirugía. La supervivencia libre de enfermedad a los cinco años es superior al 80% en aquellos de riesgo estándar, y del 60% al 65% en los de riesgo alto después de dicho tratamiento.

En los niños más pequeños, principalmente los que tienen menos de 3 o 4 años en el momento del diagnóstico, el tratamiento posquirúrgico suele realizarse con quimioterapia solamente, incluyendo altas dosis con rescate de progenitores hematopoyéticos, debido al impacto que las altas dosis de radiación pueden tener en el cerebro en desarrollo.

Gliomas

Gliomas de bajo grado (LGG-Low grade glioma)

Los LGG son el tumor cerebral más frecuente en los niños y representan aproximadamente el 40% de todos los tumores del SNC en menores de 18 años(5).

Los astrocitomas pilocíticos son los más frecuentes, pero los LGG pediátricos incluyen una amplia gama de subtipos según el patrón histológico/molecular que presenten. Estas subclasificaciones son esenciales para su mejor comprensión clínica, y posterior actitud terapéutica(15).

Los gliomas de bajo grado pueden localizarse en cualquier estructura del SNC. La localización más frecuente es la fosa posterior (20-25%) (Fig. 4).

Figura 4. Secuencias RM de paciente diagnosticado de astrocitoma pilocítico de fosa posterior. A. Secuencia axial T2. B. Secuencia sagital T1.

Otras localizaciones típicas son el tronco cerebral o la línea media supratentorial, que incluye: vías ópticas, región supraselar, “tectum” mesencefálico y región talámica. La presentación clínica depende de la localización del tumor. Los gliomas de bajo grado de vía óptica se asocian con frecuencia a neurofibromatosis tipo 1(8). La resección quirúrgica es curativa para los LGG, especialmente los astrocitomas pilocíticos, cuando son resecados totalmente.

El reto terapéutico surge cuando los tumores aparecen cerca de estructuras vitales, lo que dificulta la resección sin causar una morbilidad o un compromiso funcional significativo. En tumores no resecables o con resección incompleta que requieran tratamiento, –por ejemplo si producen síntomas por compresión de estructuras vecinas–, se empleará la quimioterapia como primera opción, con la combinación de carboplatino y vincristina, o vinblastina semanal, intentando no emplear la radioterapia por los daños que pueden provocar a medio-largo plazo(11).

Los avances recientes en secuenciación genética y perfil de expresión génica han derivado en un mejor entendimiento de las vías moleculares que están presentes en la patogenia de los gliomas. Las alteraciones más frecuentes conocidas hasta el momento son las que implican al gen BRAF, destacando el de fusión entre el dominio activador de MAPK y KIAA1549 y la mutación BRAF V600E(17).

Gliomas de alto grado

En los niños, los gliomas de alto grado tienen una incidencia de 0,8 por cada 100.000 niños/año(5). Dentro de ellos destacamos el DIPG (gliomas difusos de la protuberancia). Junto con la clínica e imagen en RM asociada, estos tumores pueden diagnosticarse sin confirmación histológica. Clínicamente, los pacientes suelen presentar múltiples neuropatías craneales, más comúnmente parálisis del sexto y/o séptimo nervio par craneal. El pronóstico es desalentador, ya que más del 90% de los pacientes sucumben a la enfermedad en un plazo de 18 meses, con una supervivencia media de 9 meses. El tratamiento estándar incluye la radioterapia y ha sido el único tratamiento que ha alterado el curso de la enfermedad(11).

Ependimomas

Los ependimomas son el tercer tumor cerebral más frecuente en los niños y representan aproximadamente entre el 8 y el 10% de todos los tumores del SNC infantil. En los niños, la mayoría se producen a nivel intracraneal y dos tercios de ellos se localizan en la fosa posterior (Fig. 5).

Figura 5. RM de paciente diagnosticado de ependimoma de fosa posterior.
A. Secuencia coronal T2. B. Secuencia axial con gadolinio.

Actualmente, la OMS clasifica los ependimomas en función de su histopatología, localización y alteraciones moleculares (subependimoma, ependimoma mixopapilar, ependimoma de fosa posterior, con subtipos PFA y PFB, ependimoma supratentorial, con subtipos con fusión positiva YAP-1 y ZFTA, así como ependimoma espinal con/sin NMYC amplificado)(15). El estándar de tratamiento sigue siendo la máxima resección quirúrgica segura, seguida de radioterapia postoperatoria adyuvante dirigida al sitio primario (en estos casos se administra a los mayores de un año porque es local). La diseminación en el momento del diagnóstico se observa en menos del 10% de los casos. La utilidad de la quimioterapia es controvertida y se suele utilizar para retrasar el uso de la radioterapia. Su papel se está evaluando actualmente en ensayos clínicos internacionales.

Craneofaringioma

Los craneofaringiomas son tumores epiteliales benignos de crecimiento lento que surgen de restos embrionarios de la bolsa de Rathke en la región supraselar adyacente al quiasma óptico. Suponen entre el 5 y el 10% de los tumores cerebrales pediátricos.

Pueden provocar alteraciones de la visión, panhipopituitarismo por compresión de la glándula pituitaria o del tallo, así como hipertensión intracraneal.

Los tumores son, con frecuencia, grandes en el momento del diagnóstico, clásicamente con calcificaciones en la región supraselar, y con presencia de uno o más quistes. Se dividen en papilares y adamantinomatosos, siendo estos los que tienen mayores tasas de recurrencia.

Aunque se consideran tumores histológicamente benignos, siguen siendo un reto con respecto a las opciones de tratamiento, debido a la proximidad de estructuras vitales y al manejo a largo plazo de los efectos tardíos relacionados con el tratamiento. La transformación maligna es extremadamente rara(18).

Tumores de células germinales del SNC

Los tumores de células germinales (TCG) intracraneales representan aproximadamente el 3% de los tumores cerebrales pediátricos –llegando hasta el 11% en países asiáticos como Japón–. Suelen aparecer en localizaciones de la línea media, como la región pineal o el área supraselar.

El sistema de clasificación de la OMS divide los TCG intracraneales en germinomas –los más frecuentes, entre 50-60% de todos ellos– y TCG no germinomatosos (TCGNG), evidenciando entre estos un grupo heterogéneo, como el carcinoma embrionario, el tumor del seno endodérmico (tumor del saco vitelino), coriocarcinoma, teratoma (maduro e inmaduro) y TCG mixtos(15).

Aunque el examen histológico suele ser necesario para un diagnóstico definitivo, los marcadores tumorales como la AFP o beta-hCG en el LCR o en la sangre, pueden ser diagnósticos y distinguir un germinoma de un TCGNG.

En algunos germinomas secretores de beta-hCG puede observarse una leve elevación de la beta-hCG, pero tienden a ser <50 UI/L. La AFP no está elevada en los germinomas, por lo que una AFP elevada es suficiente para clasificar un tumor como un TCGNG.

Los síntomas que se presentan dependen de la localización del tumor. Los tumores pineales suelen causar hidrocefalia o anomalías neurooftalmológicas. Los localizados en la región supraselar suelen presentar disfunción hipotalámica o hipofisaria, así como déficits visuales por compresión del quiasma o del nervio óptico.

En relación al tratamiento, los germinomas tienen un pronóstico más favorable, son muy sensibles a la radiación, así como quimiosensibles, con una tasa de curación superior al 90% a los 5 años del diagnóstico. Los TCGNG, por otra parte, son menos radiosensibles y presentan peor pronóstico, precisando tratamiento sistémico con diferentes regímenes quimioterápicos junto con radioterapia posterior(19).

Tumores plexos coroideos

Los tumores de plexos coroideos representan menos del 1% de todos los tumores cerebrales y del 3 al 4% de los tumores intracraneales pediátricos.

Son neoplasias papilares intraventriculares derivadas del epitelio del plexo coroideo. Histológicamente, pueden variar desde benignos bien diferenciados (papiloma de plexos coroideos, CPP), hasta carcinomas del plexo coroideo (CPC) altamente agresivos (grado III de la OMS).

El CPC ocurre con mayor frecuencia en pacientes con el síndrome de Li-Fraumeni, aunque la mayoría de los pacientes con CPC no tendrán una mutación en la línea germinal del TP53.

En relación al tratamiento, la resección total suele ser curativa para el CPP, mientras que la naturaleza invasiva del CPC dificulta lograr una resección completa, lo que hace necesario el uso de una terapia adyuvante. El pronóstico sigue siendo malo, con una supervivencia a 5 años inferior al 50% en los pacientes con CPC(20).

Tumores teratoides/rabdoides atípicos (ATRT)

Los ATRT son neoplasias intracraneales malignas infrecuentes –del 1 al 2% de todos los tumores cerebrales pediátricos–, con mayor incidencia en lactantes y niños pequeños. El sello genético de los ATRT son las mutaciones en SMARCB1 en el tejido tumoral. Además, aproximadamente un tercio de los pacientes albergan una mutación en la línea germinal de SMARCB1, o menos comúnmente de SMARCA4.

El tratamiento del ATRT es controvertido. Se están aplicando estrategias con cirugía, quimioterapia, incluyendo altas dosis, más rescate de progenitores hematopoyéticos y radioterapia local, ya que la temprana edad de presentación suele impedir el uso de la radiación craneoespinal. Aunque, en general, los ATRT tienen un pronóstico muy malo, hay algunos con mejores resultados clínicos, lo que sugiere una heterogeneidad molecular intertumoral(21).

Tumores espinales

Los tumores primarios de la médula espinal son tumores raros del SNC en la infancia, con una incidencia anual de menos de 1 por cada 100.000 niños/año y representan menos del 6% de todos los tumores del SNC en la infancia(5). Pueden clasificarse en función de su localización: intramedular, intradural-extramedular y extradural. Los síntomas suelen tener un inicio gradual y pueden ser especialmente difíciles de detectar en niños pequeños.

El subtipo más común a este nivel son los gliomas, seguidos de los ependimomas (Fig. 6).

Figura 6. Secuencia RM sagital T2 de paciente con glioma espinal de bajo grado.

La resección quirúrgica sigue siendo el pilar del tratamiento. Cuando no se puede obtener una resección completa, la radioterapia y la quimioterapia suelen ser eficaces en el control de estos tumores, según el diagnóstico histológico, pero normalmente se reservan para los que progresan tras una cirugía extensa.

Tratamiento general

El tratamiento de los tumores del SNC en los niños requiere un abordaje multidisciplinar.

Existen diversas opciones de tratamiento que, fundamentalmente, son: cirugía, quimioterapia y radioterapia, uniéndose recientemente la terapia personalizada en relación a dianas terapéuticas, que pueden encontrarse en el estudio molecular del tumor. El tratamiento local es esencial por la baja penetrancia de la quimioterapia a través de la barrera hematoencefálica.

Hay que destacar que el tratamiento de los tumores del SNC en los niños requiere un abordaje multidisciplinar, coordinando las diversas especialidades que colaboran en el tratamiento mediante comités de Neuro-Oncología pediátrica para decidir la mejor terapia de cada paciente. Es necesaria además la colaboración entre unidades de Oncología pediátrica a nivel nacional e internacional creando protocolos, así como diseñando ensayos clínicos orientados a pacientes con esta patología. Por todo ello, se recomienda que el tratamiento de los tumores cerebrales en niños y adolescentes se realice en unidades de Neuro-Oncología pediátricas de referencia y alta especialización. Deben ponerse a disposición de los pacientes las mejores técnicas neuro-quirúrgicas, de radioterapia y los tratamientos más completos e innovadores (inmunoterapia o tratamientos dirigidos) para alcanzar las mayores tasas de curación, con especial atención a las secuelas de los tratamientos a medio-largo plazo.

En relación a las técnicas de radioterapia actualmente se cuenta con la protonterapia, que permite reducir toxicidad en los pacientes pediátricos, manteniendo las mismas tasas de curación, lo cual posibilita ampliar las indicaciones de la radioterapia convencional con fotones(22).

Efectos a medio-largo plazo tras el diagnóstico y tratamiento

Más de dos tercios de los pacientes supervivientes a largo plazo presentan al menos una complicación médica crónica, siendo las neurocognitivas las más deletéreas(23).

La supervivencia de los pacientes con tumores del SNC ha mejorado de manera significativa en las últimas décadas, asociando un incremento de los efectos tardíos secundarios al tumor, a las técnicas diagnósticas y a los tratamientos(24). Destacan los que se citan a continuación.

Secuelas neurocognitivas

Las alteraciones neurocognitivas son uno de los efectos tardíos más devastadores en los pacientes con tumores cerebrales; varían desde niveles leves a graves de deterioro y pueden persistir y/o empeorar con el tiempo, habiéndose descrito dificultades de atención y concentración, alteraciones de la memoria de trabajo, de la velocidad de procesamiento y del lenguaje.

La radioterapia es el tratamiento considerado más tóxico para el cerebro en desarrollo con respecto al funcionamiento neuropsicológico. Una mayor dosis de radiación y un mayor volumen cerebral irradiado se asocian con peores resultados, especialmente en los niños más pequeños(24).

Alteraciones endocrinas (Tabla III)

El riesgo de determinados efectos endocrino-metabólicos depende de la localización del tumor y de las modalidades de tratamiento que se hayan utilizado, especialmente quimio-radioterapia(23,24).

La evaluación periódica por Endocrinología debe formar parte del seguimiento a largo plazo de los supervivientes de tumores cerebrales infantiles. El diagnóstico precoz de hipotiroidismo leve y/o deficiencia de GH, por ejemplo, permite una intervención temprana para mejorar la velocidad de crecimiento y la calidad de vida.

Secuelas psicológicas/sociales

Los supervivientes de tumores cerebrales pediátricos tienen un mayor riesgo de padecer morbilidad psicológica a largo plazo, como: depresión, ansiedad, menos autoestima, ideas suicidas y problemas de conducta, en comparación con la población general(20). También, tienen peor calidad de vida y experimentan un mayor aislamiento y una peor adaptación social. Tienen menores tasas de obtención de un título universitario, de empleo a tiempo completo y de vida independiente, en comparación con la población general.

Déficits neurosensoriales

Los déficits neurosensoriales pueden producirse como efecto directo del tumor o como efecto tardío de los tratamientos:

• La pérdida de visión se asocia a los tumores de la vía óptica o a la hidrocefalia.

• La pérdida de audición neurosensorial puede producirse tras la quimioterapia y la radioterapia, o surgir y progresar mucho después de la finalización del tratamiento. Los pacientes afectos a este nivel podrían desarrollar un mayor declive en funciones críticas para la competencia lingüística (conciencia fonémica, comprensión lectora y velocidad de procesamiento)(24).

Segundas neoplasias

Las neoplasias secundarias más frecuentes en estos pacientes son tumores del sistema nervioso central, particularmente los astrocitomas malignos. El desarrollo de los segundos tumores es probablemente de origen multifactorial, pero la radioterapia contribuye sin duda a este proceso(23).

Otros efectos tardíos

Los supervivientes de tumores cerebrales, además de las complicaciones mencionadas, presentan riesgo de desarrollar enfermedad cerebrovascular en forma de ictus o accidente isquémico transitorio (AIT), vasculopatía de pequeño vaso o enfermedad de Moya-Moya. Asimismo, es frecuente que estos pacientes presenten secuelas motoras, alteraciones del sueño y alteraciones de la dentición.

Función del pediatra de Atención Primaria

Además de tener un papel esencial en la detección precoz, los profesionales de Atención Primaria deben ser considerados una parte fundamental de los equipos multidisciplinares encargados del seguimiento de los supervivientes de tumores cerebrales.

El pediatra de Atención Primaria ejerce un papel fundamental para conseguir un diagnóstico precoz de la patología neuro-oncológica, sospechándolo en caso de variaciones conductuales, tortícolis, alteraciones en la revisión ocular rutinaria, presencia de vómitos atípicos… En estos casos, la derivación a centros especializados precoz es crucial. De igual modo, tras el final del tratamiento de los pacientes, los pediatras de Atención Primaria deberían recibir un informe detallado sobre el diagnóstico y el tratamiento recibido, así como del plan de seguimiento.

Debe concentrarse en la monitorización de los efectos tardíos, y vigilar la posibilidad de recurrencias o de aparición de segundas neoplasias. Además, promover hábitos de bienestar y conductas de salud positivas es muy importante, fomentando hábitos, como evitar el consumo de tabaco, limitar la ingesta de alcohol, realizar ejercicio físico de forma regular y minimizar la exposición solar, especialmente de zonas que han recibido radioterapia(25).

La colaboración continua entre los especialistas en Oncología y los equipos de Atención Primaria es fundamental para realizar un correcto diagnóstico, tratamiento y seguimiento, así como apoyar la transición de estos pacientes a la edad adulta.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Artículo de revisión en el que se muestran los importantes avances en el conocimiento molecular de los tumores cerebrales pediátricos y cómo estos conocimientos están transformando el diagnóstico e incluso en el tratamiento de los mismos.

– Allemani C, Matsuda T, Di Carlo V, Harewood R, Matz M, Nikši? M, et al. CONCORD Working Group. Global surveillance of trends in cancer survival 2000-14 (CONCORD-3): analysis of individual records for 37 513 025 patients diagnosed with one of 18 cancers from 322 population-based registries in 71 countries. Lancet. 2018; 391: 1023-75.

Interesante registro de los tumores en Europa, clasificado por países en los que observamos como los resultados para los tumores cerebrales pediátricos difieren mucho según los países del estudio.

– Villani A, Malkin D, Tabori U. Syndromes Predisposing to Pediatric Central Nervous System Tumors: Lessons Learned and New Promises. Curr Neurol Neurosci Rep. 2012; 12: 153-64.

Excelente revisión de los síndromes de predisposición al cáncer en relación con los tumores cerebrales pediátricos.

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Revisión exhaustiva de los tumores cerebrales pediátricos, firmada por el prestigioso neuro-oncólogo pediátrico norteamericano Roger Packer. Muy recomendable para una primera lectura general, para entender mejor estos tumores.

- Northcott PA, Buchhalter I, Morrissy AS, Hovestadt V, Weischenfeldt J, Ehrenberger T, et al. The whole-genome landscape of medulloblastoma subtypes. Nature. 2017; 547: 331-7.

El meduloblastoma es el mayor ejemplo de la transformación tan importante que han tenido los tumores cerebrales pediátricos en cuanto al conocimiento de su biología y su nueva clasificación a nivel molecular.

- Louis DN, Perry A, Wesseling P, Brat DJ, Cree IA, Figarella-Branger D, et al. The 2021 WHO Classification of Tumors of the Central Nervous System: a summary. Neuro Oncol. 2021; 23: 1231-51. doi: 10.1093/neuonc/noab106.

Artículo esencial para conocer la actual clasificación de la OMS en tumores del SNC, aunando la histopatología con la biología molecular y genética.

 

Caso clínico

 

Paciente de 12 años, varón, que acude a urgencias por clínica de vómitos (2-3 vómitos diarios de predominio matutino y con cambios posturales), astenia y cefalea ocasional de 2 semanas de evolución, junto con tortícolis derecha en los últimos 3 días.

Antecedentes personales

Embarazo controlado normal. Parto vaginal instrumentado (fórceps) a la 39+1 semanas. Apgar: 9/10. No alergias conocidas. Calendario vacunal correcto, incluida vacuna contra neumococo y rotavirus.

Antecedentes familiares

Sin interés para el proceso actual.

Exploración física inicial

Saturación de oxígeno: 99%; peso: 46 kg; pulso: 110 latidos por minuto; temperatura: 36,8ºC; tensión sistólica: 119 mmHg; tensión diastólica: 72 mmHg. Buen estado general. Bien perfundido e hidratado, buen relleno capilar. Sin exantemas ni petequias. Auscultación cardio-pulmonar normal sin dificultad respiratoria. Abdomen blando, depresible, sin masas ni megalias, no doloroso a la palpación.

Exploración neurológica

GCS (Glasgow Coma Scale): 15/15. Consciente y orientado. Lenguaje coherente y fluido. Pupilas normorreactivas e isocóricas. Movimientos oculares conservados. Pares craneales sin alteraciones. Tono muscular normal. Fuerza 5/5 en ambos MMSS y MMII. ROT presentes y simétricos. RCP (respuesta cutánea plantar) flexor bilateral. Clonus negativo. Sensibilidad conservada por dermatomas. Ataxia y dismetría en miembro superior derecho.

Evolución

Ante la clínica referida y los hallazgos en la exploración física, se realiza analítica completa de sangre (hemograma, bioquímica y coagulación normal), así como tomografía computerizada (TC) craneal, objetivando lesión ocupante de espacio, compatible con tumor de fosa posterior e hidrocefalia.

Se realiza ventriculostomía endoscópica de suelo del tercer ventrículo, con gran mejoría de síntomas; se completa estudio de imagen con resonancia magnética (RM) cráneo espinal, mostrando tumoración de fosa posterior sin signos de diseminación craneoespinal (Fig. 6), y se inicia terapia corticoidea sistémica. Tras ello, se realiza cirugía que transcurre sin incidencias, comprobándose resección macroscópicamente completa en RM craneal a las 48 horas de la cirugía.

La anatomía patológica es compatible con meduloblastoma desmoplásico nodular subgrupo molecular Sonic Hedgehog (SHH).

 

 

Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

A. Sastre Urgellés, P. Rubio Aparicio
Temas de FC


A. Sastre Urgellés, P. Rubio Aparicio

Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz – Hospital Materno-Infantil. Madrid

Resumen

Los tumores óseos malignos suponen el 6% de todas las neoplasias infantiles. Prácticamente, la totalidad de casos son osteosarcomas o tumores de la familia Ewing. Son neoplasias muy agresivas, que se deben considerar enfermedades sistémicas desde el diagnóstico por la presencia de micrometástasis. Su tratamiento requiere un abordaje multidisciplinar, combinando cirugía, quimioterapia y radioterapia, y debe realizarse en centros con experiencia, consiguiendo así aumentar la supervivencia de estos pacientes, al tiempo que se disminuyen las secuelas y limitaciones físicas debidas a la cirugía, que es una parte esencial del protocolo de tratamiento. Es fundamental diagnosticarlos precozmente, pues existe una gran diferencia en la supervivencia para los pacientes con enfermedad localizada (70-80%) y aquellos que presentan metástasis (20-30%).
El rabdomiosarcoma (RMS) es el sarcoma de partes blandas más frecuente en la infancia, y afecta, sobre todo, a niños menores de 4 años. Se origina en el músculo estriado y, por ello, puede localizarse en casi cualquier órgano o estructura anatómica, siendo la clínica muy variable, dependiendo del efecto de masa que produzcan. La presencia de genes de fusión, involucrando a FOXO1, determina un peor pronóstico. El tratamiento requiere la combinación de quimioterapia, cirugía y/o radioterapia, y debe realizarse en centros que dispongan de equipos multidisciplinares pediátricos con experiencia.

 

Abstract

Malignant bone tumors represent 6% of childhood cancers. The two predominant histologies are Osteosarcoma (OS) and Ewing Family of Tumors (EFT). These are aggressive neoplasms, which due to the presence of micrometastasis must be considered as disseminated diseases from diagnosis. For their treatment, a multimodal approach is required, combining surgery, chemo and radiotherapy, and patients should be referred to expert units in order to increase survival, while minimizing sequelae of local therapy, which is an essential part of the management of the disease. It is paramount to perform an early diagnosis, as there is a huge survival gap between localized (70-80%) and metastatic (20-30%) presentations.
Rhabdomyosarcoma (RMS) is the most frequent soft tissue sarcoma (STS) in the pediatric population, especially affecting children below 4 years of age. It resembles striated muscle, and can arise in almost every organ or anatomical area of the body. Symptoms largely depend on the location, relating to compression of nearby structures. The presence of genetic rearrangement involving FOXO1 harbors a poor prognosis. Treatment is also multimodal, combining chemo, radiotherapy and surgery, and should be administered by multidisciplinary expert pediatric teams.

 

Palabras clave: Osteosarcoma; Sarcoma de Ewing; Rabdomiosarcoma.

Key words: Osteosarcoma; Ewing sarcoma; Rhabdomyosarcoma.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 348 – 356


Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

 

Tumores óseos


Los tumores óseos malignos primarios en la infancia suponen el 8% de las neoplasias en el Registro Español de Tumores Infantiles (RETI)(1), y son principalmente: el osteosarcoma y el sarcoma de Ewing; el condrosarcoma es el sarcoma óseo más frecuente en adultos, pero es muy raro en la edad pediátrica.

Osteosarcoma o sarcoma osteogénico

El osteosarcoma (OS) es un tumor maligno primario del hueso, de origen mesenquimal, compuesto por células neoplásicas productoras de osteoide.

Epidemiología

El osteosarcoma es el tumor óseo maligno más frecuente en la infancia y adolescencia.

Representa el 55% de los tumores óseos en menores de 20 años y en adolescentes es más frecuente que el sarcoma de Ewing (SE), con una incidencia máxima entre los 13 y los 16 años de edad, coincidiendo con el estirón de la adolescencia. Por razones desconocidas, el OS afecta más a los varones (proporción 1,34 a 1) y es más frecuente en la raza negra y en otras razas en comparación con los caucásicos(2). Se localiza preferentemente en las metáfisis de los huesos largos, especialmente: fémur distal, tibia proximal y húmero proximal.

Etiología

No existe una causa conocida, aunque en algunos casos sí se relaciona con varios agentes etiológicos probados.

Muchas veces su aparición se relaciona con un traumatismo reciente, pero no es cierto que este sea la causa, solo pone de manifiesto la enfermedad. La exposición a radiación ionizante sí que es un agente causal verificado, con periodos de latencia de 10-20 años. La administración previa de citostáticos alquilantes también se relaciona con la aparición de OS. Se han descrito asociaciones con enfermedades hereditarias, la más clara con el retinoblastoma hereditario; también con los síndromes de Li-Fraumeni, Rothmund-Thomson, Bloom y la enfermedad de Paget(3).

En el OS se han descrito diversas alteraciones genéticas, siendo las más destacadas las mutaciones en el gen RB, en el cromosoma 13 (gen supresor tumoral del retinoblastoma, codificador de una proteína nuclear que inhibe el crecimiento celular). Otra alteración presente es la mutación homocigota del gen p53, relacionada con el control del crecimiento y del ciclo celular.

Histopatogenia

El OS se caracteriza por la presencia de células mesenquimales malignas del estroma, asociadas a la producción de sustancia osteoide y hueso.

El tipo histológico más frecuente es el OS convencional (intramedular de alto grado, 90% de todos los OS), con tres subcategorías: osteoblástico (50%), fibroblástico (25%) y condroblástico (25%), en función del componente celular predominante. Además de estas 3 subcategorías, se describen dos variantes: OS telangiectásico (quístico, vascularizado) y OS de célula pequeña, muy agresivo y morfológicamente similar al sarcoma de Ewing. Otra categoría son los OS superficiales, en contraposición a los intramedulares, que incluyen: tipo parostal de bajo grado, tipo perióstico de grado intermedio y osteosarcomas superficiales de alto grado. En general, son menos agresivos y su evolución más favorable.

A diferencia de otros sarcomas, los OS no presentan ninguna translocación cromosómica característica.

Clínica

El principal síntoma es el dolor, con más frecuencia localizado en una extremidad y, generalmente, lleva varios meses de evolución antes del diagnóstico.

El paciente lo suele relacionar con el ejercicio físico o un traumatismo. Con el tiempo, aparecerá inflamación local, efecto de masa e impotencia funcional. No suele haber fiebre, pérdida de peso ni otra sintomatología sistémica. El OS tiene predilección por las metáfisis de los huesos largos: el 80% se localiza en las extremidades (fémur 40%, tibia 20%, húmero 10%), creciendo desde la cavidad medular hacia la corteza y los tejidos blandos. Las metástasis aparecen, sobre todo, en el pulmón, sin clínica acompañante. El segundo lugar en frecuencia son otras localizaciones óseas.

Diagnóstico

El diagnóstico del tumor es anatomopatológico y es necesario realizar siempre un estudio de extensión buscando metástasis(4).

Laboratorio: los hallazgos son inespecíficos, como el incremento de la fosfatasa alcalina, LDH y de la velocidad de sedimentación globular (VSG).

Radiología (Fig. 1): la primera sospecha surge tras realizar una radiografía simple de la zona afecta.

Figura 1. Estudios radiológicos en los tumores óseos malignos. A. Radiografía simple de un osteosarcoma de tibia: Lesión yuxtacortical en la región diafisometafisaria proximal de la tibia con una matriz grosera calcificada/osificada y que se extiende a las partes blandas. B. Radiografía simple de un sarcoma de Ewing de fémur: lesión intraósea que ocupa el cuello y la región intertrocantérea del fémur, observándose un patrón moteado, alternando áreas líticas con otras más densas. C. Resonancia magnética: osteosarcoma de tibia proximal, que corresponde a la radiografía simple A. D. Tomografía por emisión de positrones (PET) en sarcoma de Ewing de la pared torácica: masa intensamente hipermetabólica que engloba el tercio proximal de la décima costilla izquierda y protruye hacia la cavidad torácica. E. Tomografía computarizada (TC) de tórax: metástasis pulmonares en paciente con sarcoma de Ewing. Se observan numerosos nódulos de diferente tamaño en localización subpleural.

El OS aparece como una masa heterogénea, con zonas osteolíticas y escleróticas, de bordes mal definidos, que crece desde la cavidad medular y progresa hacia la corteza, atravesando y levantando el periostio (que reacciona formando tejido óseo inmaduro, en forma de triángulo: signo de Codman), y pudiendo afectar a los tejidos blandos que rodean al hueso, produciendo imágenes difusas de diferentes densidades. Para valorar la extensión del tumor (ósea y en partes blandas) y la afectación de estructuras contiguas (vasos, nervios…) es necesario realizar una resonancia magnética (RM) o una tomografía computerizada (TC), siendo preferible la RM por su mayor sensibilidad. En ocasiones, existen lesiones satélites (skip) en el propio hueso, sin contigüidad con el tumor principal, por lo que hay que incluir la totalidad del hueso afecto en la técnica de imagen(5).

Biopsia: el estudio histopatológico del tumor proporciona el diagnóstico de certeza. Debe obtenerse mediante un trócar y dentro de la zona que se marcará, para después ser resecada con el tumor, y es preferible que la realice el mismo equipo de cirujanos que posteriormente efectuará la intervención quirúrgica, o un radiólogo intervencionista con experiencia(4).

Estudio de extensión: conocido el diagnóstico anatomopatológico, se completará el estadiaje del tumor con un TC pulmonar de alta resolución, para detectar metástasis pulmonares, y una gammagrafía ósea con tecnecio (99Tc) para localizar metástasis óseas. La tomografía por emisión de positrones (PET) se está usando cada vez más para valorar la afectación metastásica, fundamentalmente si se combina con TC. Aunque existen varias clasificaciones para el estadiaje, realmente es suficiente con distinguir entre tumor localizado (L) o con metástasis (M). En el momento del diagnóstico, el OS se presenta como enfermedad metastásica en el 20% de casos.

El proceso diagnóstico aparece desarrollado en la figura 2.

Figura 2. Procedimiento diagnóstico en los tumores óseos.

 

Diagnóstico diferencial

Principalmente ha de hacerse frente a los tumores de la familia Ewing, metástasis de otros tumores como el neuroblastoma, y con los tumores óseos benignos (Tabla I) (6).

El diagnóstico histopatológico bastará para diferenciar estas entidades.

Factores pronósticos

Son factores de mejor pronóstico: la enfermedad localizada (supervivencia libre de eventos [SLE] a los 5 años de 60-70%, frente a 20-30% para la enfermedad metastásica)(7), volumen tumoral inferior a 200 cc, tumor localizado en extremidades (no axial), necrosis superior al 90% tras la quimioterapia (QT) de inducción y resección con márgenes libres de tumor(7).

Tratamiento

El abordaje debe ser multidisciplinar, con la administración de QT antes y después de la cirugía, siendo esencial conseguir la resección en bloque de todo el compartimento tumoral.

Debido la alta incidencia de micrometástasis, indetectables, pero presentes ya en el momento del diagnóstico, la cirugía por sí sola no consigue curar más allá del 20% de los pacientes. Por ello, resulta esencial administrar QT adyuvante para erradicarlas.

Los protocolos de tratamiento incluyen 3 fases (Fig. 3):

Figura 3. Tratamiento de los tumores óseos malignos. ATPH: megaterapia con autotrasplante de progenitores hematopoyéticos; L: localizado; M: metastásico; QT: quimioterapia; RT: radioterapia.

1. Quimioterapia neoadyuvante en ciclos, combinando metotrexato a altas dosis, cisplatino y doxorrubicina (esquema MAP). Además de eliminar las micrometástasis, consigue una disminución de volumen del tumor facilitando así su resección.

2. Cirugía, que debe conseguir una resección completa del tumor en bloque, incluyendo: el compartimento óseo, las partes blandas circundantes y los trayectos cutáneos y subcutáneos de las biopsias iniciales, y con márgenes de seguridad(4). La reconstrucción del sistema musculoesquelético se consigue mediante injertos óseos (autólogos o alogénicos de cadáver) o prótesis. Son cirugías complejas que requieren ser realizadas por un cirujano ortopeda con experiencia en el tratamiento de tumores óseos pediátricos. Actualmente, se consigue salvar la extremidad afecta en el 80% de los casos(7).

3. Quimioterapia postquirúrgica con los mismos agentes o añadiendo ifosfamida, para eliminar las células tumorales residuales que hayan podido movilizarse con la intervención.

Con esta estrategia se ha conseguido elevar la SLE a los 5 años hasta el 60-70%, pero desde 1990, no se han conseguido mejorías significativas(5,7).

El OS no es un tumor muy radiosensible, por lo que la radioterapia (RT) solo se emplea en localizaciones axiales en las que la cirugía no es posible, en casos de OS multifocal o con fines paliativos para el control del dolor.

Para la enfermedad metastásica se emplean combinaciones de QT con los mismos citostáticos, pero con mayor número de ciclos, además de resecar el tumor primario y las metástasis pulmonares que continúen siendo visibles tras la QT neoadyuvante. A pesar de todo ello, la SLE oscila entre un 16-53%.

Recaídas

Las recaídas ocurren en los 3 primeros años tras el diagnóstico hasta en un 40% de los pacientes con enfermedad localizada, sobre todo, en forma de metástasis pulmonares.

La segunda línea de QT suele consistir en combinaciones de ifosfamida con/sin etopósido, además de resecar las metástasis pulmonares(8). La supervivencia global (SG) tras la recaída oscila entre el 13-57%(9). Se están estudiando diferentes inhibidores de tirosina quinasa de molécula pequeña cuya diana es VEGFR, como: regorafenib, cabozantinib y sorafenib, y otros tratamientos basados en la inmunoterapia, con el empleo de inhibidores de punto de control como el pembrolizumab(10).

Tumores de la familia Ewing

Los tumores de la familia Ewing (TFEw) lo constituyen un grupo de neoplasias anteriormente descritas como entidades diferentes que comparten un origen histológico similar y una translocación cromosómica característica.

Incluye: el SE típico y atípico, el tumor neuroectodérmico primitivo (PNET, anteriormente llamado neuroepitelioma), el tumor de células pequeñas de la región tóraco-pulmonar (tumor de Askin) y el SE extraóseo.

Epidemiología

El SE es el segundo tumor óseo maligno primario por frecuencia en niños y adolescentes, siendo el tumor óseo más frecuente en niños menores de 4 años.

Es raro por encima de los 30 años, y en las razas negra y asiática. Predomina en varones (1,5:1)(4). No es hereditario ni se asocia a síndromes malformativos, y tampoco se relaciona con ningún agente externo causal.

Histopatogenia

Los TFEw comparten la misma anomalía cromosómica, consistente en una translocación entre los cromosomas 11 (gen EWS) y 22 (gen FLI1), originando el gen quimérico EWS-FLI1.

La proteína resultante ocasiona una disregulación en los genes responsables de la proliferación y diferenciación celular, favoreciendo el desarrollo del tumor. Se detecta por FISH o PCR en el 90-95% de los TFEw y, por ello, es un marcador diagnóstico que ayuda a distinguir el SE de otras entidades(11).

El origen histogenético del SE es una cuestión que continúa debatiéndose entre un origen neuroectodérmico o mesenquimal. James Ewing lo describió en 1921 como: un tumor óseo, muy agresivo, sensible a la radioterapia y sin un claro origen histológico. El SE típico está constituido por células redondeadas, pequeñas, azules, con núcleos hipercromáticos y escaso citoplasma. Se ha propuesto que se desarrolle a partir de las células posganglionares parasimpáticas, basándose en que todos los TFEw tienen cierto grado de diferenciación neural (escasa en el SE típico, marcada en el PNET, e intermedia en el SE atípico) y expresan marcadores neurales, como la enolasa neuroespecífica y la S-100. Una teoría alternativa sugiere que los TFEw surgen a partir de células madre mesenquimales. Todos los TFEw expresan niveles altos de una glicoproteína de membrana, CD99, que ayuda a distinguirlos de otros tumores de células redondas y pequeñas de la infancia (neuroblastoma, otros sarcomas, linfomas).

Clínica

Los síntomas son poco alarmantes y muchos pacientes llevan más de 6 meses de evolución antes de que se realice el diagnóstico.

Los TFEw pueden originarse en cualquier hueso y en tejidos blandos. Son algo más frecuentes en el esqueleto axial (54%), sobre todo en los huesos de la pelvis (25%). En extremidades, el lugar más común es el fémur (16%)(12). El dolor local suele ser el síntoma inicial (96%); al comienzo tiene carácter intermitente y paulatinamente gana intensidad. Suele haber afectación de los tejidos blandos adyacentes, apareciendo tumefacción local. A veces, existen síntomas generales, como fiebre (21%). Otra sintomatología dependerá de la localización del tumor: derrame pleural en los tumores torácicos, dolor radicular en tumores vertebrales y problemas de esfínteres en tumores pélvicos.

Diagnóstico

El diagnóstico del SE es anatomopatológico, y es necesario siempre realizar un estudio de extensión buscando metástasis(4).

Laboratorio: hallazgos inespecíficos, aumento de VSG y de la LDH en relación con la masa tumoral existente.

Radiología (Fig. 1): en la radiografía simple, el hueso afecto presenta un patrón moteado difuso, con predominio de áreas líticas. Puede existir el triángulo de Codman, y es típica la imagen en “capas de cebolla”, debido a la existencia de múltiples capas de reacción perióstica con neoformación ósea. En huesos planos predominan zonas de esclerosis. La RM es la técnica radiológica de elección para valorar la extensión ósea y extraósea del tumor(4). La TC proporciona información sobre la cortical y los cambios en la estructura ósea.

Biopsia: el estudio anatomopatológico proporciona el diagnóstico. Se hará con trócar, y con las mismas precauciones y exigencias que lo comentado previamente con el OS(4).

Estudio de extensión: los TFEw tienen una elevada capacidad de metastatizar a distancia en: pulmón (38%), huesos (31%) y médula ósea (11%). En el momento del diagnóstico, un 20% de los pacientes presentan metástasis visibles, pero la mayoría tienen metástasis subclínicas. Como en el OS, es preciso realizar una TC torácica de alta resolución y una gammagrafía ósea (99Tc). Además, se descartarán las metástasis en médula ósea, obteniendo, al menos, dos biopsias en dos lugares alejados del tumor primario. Como para el OS, para el estadiaje es suficiente con distinguir entre tumor localizado (L) o con metástasis (M).

El proceso diagnóstico aparece desarrollado en la figura 2.

Diagnóstico diferencial

Se hará con otros tumores malignos (OS, metástasis óseas…), osteomielitis, y con tumores benignos óseos (Tabla I)(6).

Factores pronósticos

La supervivencia ha ido mejorando en las últimas décadas gracias a protocolos más agresivos, pero aún la SG se sitúa en torno al 60-75%.

Los factores pronósticos asociados a una mejor supervivencia son: localización no axial, volumen tumoral inicial inferior a 200 cc, grado de necrosis del tejido tumoral tras la QT inicial superior al 90% y, sobre todo, ausencia de metástasis al diagnóstico(13).

Tratamiento

Los protocolos para el tratamiento de los TFEw combinan la QT sistémica con las medidas locales (RT y/o cirugía).

La QT sistémica es imprescindible para curar un TFEw, dada la presencia de micrometástasis desde el comienzo; si únicamente se aplica un tratamiento local, solo sobrevivían el 10% de los pacientes. En los últimos años, la combinación de ciclofosfamida, vincristina y doxorrubicina, alternando con ifosfamida y etopósido, se ha impuesto como la más eficaz y con menos toxicidad que otras combinaciones.

El esquema de tratamiento es similar al del OS(4,14) (Fig. 3):

1. QT inicial neoadyuvante, para reducir el volumen tumoral y eliminar las micrometástasis.

2. El tratamiento local consistirá en la resección quirúrgica, siempre que sea posible, con los mismos criterios que para el OS. Los TFEw son radiosensibles y, si el hueso no es resecable, o la cirugía supone una grave mutilación o deformidad estética, se utiliza la RT como tratamiento local único.

3. En la fase de consolidación tras el tratamiento local, se administra más QT para eliminar tumor residual y RT posquirúrgica, si el grado de necrosis tumoral no es superior al 90%, o existen células tumorales en los márgenes de la resección. En tumores de mal pronóstico tras la cirugía, se puede optar por una QT mieloablativa (megaterapia) con rescate de progenitores hematopoyéticos autólogos. Para el acondicionamiento, se utiliza la combinación de busulfán y melfalán. En caso de persistir metástasis pulmonares, al final del tratamiento se puede administrar RT pulmonar.

Recaídas

La mayoría de los pacientes recaen en los dos primeros años desde el diagnóstico y, sobre todo, tras suspender la quimiote­rapia.

La localización más frecuente es en pulmón. El pronóstico es malo, con supervivencias del 20-25%. El tratamiento no debe limitarse a actuar sobre el tumor, debe administrarse de nuevo quimioterapia, existiendo actualmente diversos ensayos que intentan establecer cuál es la combinación de citostáticos más eficaz.

 

Rabdomiosarcoma (Fig.4)


El rabdomiosarcoma (RMS) es un tumor mesenquimal maligno que asemeja músculo estriado(15).

Figura 4. Imágenes en resonancia magnética de rabdomiosarcomas en diferentes localizaciones. A. Rabdomiosarcoma en región orbitaria, que aparece como una masa redondeada localizada en la zona superoexterna y comprime el globo ocular. B. Rabdomiosarcoma de gran tamaño, localizado en la región pélvica, que comprime el recto y tiene su origen en la fosa isquiorrectal. C. Rabdomiosarcoma parameníngeo. Masa centrada en el espacio masticador derecho que invade la fosa craneal media y el seno cavernoso.

Epidemiología

El RMS representa aproximadamente la mitad de los diagnósticos de sarcoma de partes blandas (SPB) en Pediatría.

La incidencia anual es entre 4 y 5 casos por millón. De media, se diagnostican en España cada año 30 RMS(1).

Es un tumor típico del niño pequeño, más frecuente entre 1 y 4 años de edad, habiendo otro pico de incidencia en la adolescencia(16).

Aunque se han descrito factores de riesgo, tanto ambientales (exposición de los padres a drogas de abuso, y de la madre a radiaciones ionizantes) como genéticos (síndromes de hipercrecimiento, polimalformativos y de predisposición a cáncer), el RMS es, como la mayoría de los tumores pediátricos, una neoplasia que surge de novo, sin posibilidad de prevención(15).

Histopatogenia

Desde el punto de vista anatomopatológico, se clasifica en cuatro variantes morfológicas, de las que tres aparecen en la edad pediátrica: embrionario (80%), alveolar (20%) y fusocelular/esclerosante (menos del 1%).

El RMS embrionario se caracteriza por su aspecto inmaduro, mientras que el alveolar se distingue por la observación de septos rodeando formaciones alveolares tumorales(17).

La presentación y agresividad están vinculadas a la biología, en función de la presencia de genes de fusión involucrando FOXO1. Así, los RMS embrionarios, y aproximadamente el 25% de los alveolares, no presentan reordenamiento de FOXO1, que sí está presente en el otro 75% de las formas alveolares(17). Esto es relevante, ya que tanto la presentación como el pronóstico de los RMS alveolares FOXO1 negativo son similares a los embrionarios(18).

Los RMS FOXO1 negativo suelen aparecer en cabeza y cuello, o en abdomen-pelvis, con tropismo por el sistema genitourinario, y raramente presentan diseminación metastásica; en cambio, los casos FOXO1 positivo asientan habitualmente sobre extremidades y tienen mayor potencial metastásico, sobre todo en pulmón.

Clínica

La presentación clínica es variable, dependiendo de la ubicación del tumor. Puede manifestarse por el efecto funcional de la masa (tumefacción, dolor, impotencia funcional) o, en ocasiones, detectarse en una exploración clínica o radiológica rutinaria.

En la tabla II, se especifican las diferentes manifestaciones clínicas que se presentan según la estructura anatómica en la que asiente el tumor.

Diagnóstico

El procedimiento diagnóstico requiere, desde el momento de sospecha, la intervención de una unidad multidisciplinar con alta experiencia en sarcomas pediátricos. Para establecer el diagnóstico, es preciso el estudio anatomopatológico y genético del tumor.

Laboratorio: los estudios analíticos suelen ser normales, no hay ningún dato que sea indicativo de la presencia o gravedad de la enfermedad.

Radiología: la evaluación de imagen inicial (radiografía simple, ecografía) se completará con imagen de alta resolución mediante RM del tumor primario, para valorar la extensión del tumor y su relación con las estructuras vecinas.

Biopsia: es fundamental el estudio anatomopatológico del tumor para establecer el subtipo histológico y, además, hay que determinar la presencia de reordenamientos de FOXO1, pues los casos positivos se clasifican como de alto riesgo y su tratamiento será más agresivo.

Estudio de extensión: la búsqueda de metástasis incluye una TC torácica de alta resolución y una gammagrafía ósea con 99Tc. En pacientes de riesgo alto (alveolares, FOXO positivo, metastásticos), está recomendado completar el estudio con biopsia bilateral de médula ósea. En los últimos años, la 18F-FdG-PET-TC con contraste está reemplazando al estudio de extensión tradicional, especialmente al diagnóstico, sin haberse podido aún establecer su papel en la evaluación de respuesta(19).

Factores pronósticos

La presencia de metástasis al diagnóstico y el estado FOXO1 positivo condicionan los casos de peor pronóstico.

Otros factores con relevancia para la supervivencia son: edad del paciente al diagnóstico (favorable entre 1 y 10 años), localización del tumor (posibilidades de tratamiento quirúrgico), tamaño tumoral (favorable si es menor de 5 cm de diámetro), la afectación de ganglios regionales y el grado de resección inicial según criterios IRS (Tabla III).

La supervivencia global se sitúa en el momento actual en el 82% a 3 años del diagnóstico(1).

Tratamiento

El RMS es un tumor quimio y radiosensible. Su tratamiento es multidisciplinar, y se basa en el control local del tumor y en eliminar la enfermedad a distancia, visible o no.

Todos los pacientes precisan la administración de quimioterapia sistémica, incluso los resecados completamente, ya que se considera una enfermedad diseminada: el estudio por biopsia líquida detecta ADN tumoral en sangre periférica en 2/3 de los casos localizados(20). La quimioterapia se basa en la combinación de vincristina, actinomicina y ciclofosfamida/ifosfamida, con la introducción en los últimos años de irinotecán. El uso de antraciclinas no parece aumentar la supervivencia en pacientes de riesgo estándar/alto y se reserva solo para casos de riesgo muy alto (metastásicos y FOXO +).

El control local es clave en el RMS. Dado que el RMS puede localizarse en muy diferentes ubicaciones, la cirugía requiere la participación de diferentes especialistas, además de cirujanos pediátricos: oftalmólogos, cirujanos maxilofaciales, otorrinolaringólogos, urólogos… Deben tener experiencia en el tratamiento quirúrgico de estas neoplasias. El control de la enfermedad local idealmente debe obtenerse mediante la cirugía, pero la radioterapia es eficaz y puede considerarse como terapia local única en casos inoperables o con un riesgo quirúrgico inaceptable. El RMS es una de las indicaciones aprobadas de protonterapia. La radioterapia local se administra concomitante con la quimioterapia de consolidación, mientras que la irradiación de las metástasis pulmonares se demora tras esta.

El tratamiento en Europa se basa en los protocolos elaborados por el Grupo Europeo Pediátrico de Sarcomas de Tejidos Blandos (EpSSG: European pediatric Soft tissue Sarcoma Group). Se estratifica a los pacientes en grupos de riesgo en función de los criterios arriba mencionados.

Los pacientes de riesgo bajo, con resección completa inicial (IRS I) y genética favorable, dado que ya se ha conseguido el control local, reciben únicamente quimioterapia de consolidación.

Los pacientes de riesgo intermedio representan el grupo más numeroso. Se trata, en su mayoría, de casos con biopsia inicial o resección incompleta, y genética favorable. Reciben quimioterapia de inducción, seguida de control local (cirugía ± radioterapia) y de nuevo quimioterapia de consolidación.

Los pacientes de riesgo alto/muy alto presentan reordenamiento de FOXO1 y/o enfermedad metastásica. El esquema terapéutico es similar al riesgo intermedio, con las siguientes consideraciones: se recomienda la combinación de cirugía y radioterapia para el control local, y se añade, tras la consolidación, una fase de quimioterapia de mantenimiento (combinando ciclofosfamida oral y vinorelbina intravenosa) durante un mínimo de 6 meses.”.

Recaídas

La tasa de recidiva es baja, y son más frecuentes las recaídas locales que a distancia.

Los pacientes FOXO1 positivo tienen más posibilidades de recidivar. Se recomienda realizar un control estrecho durante, al menos, los dos primeros años, con revisiones trimestrales clínicas, analíticas y pruebas de imagen para detectar precozmente las recidivas, tanto a nivel local como metastásicas.

El tratamiento de la recaída requiere el empleo de quimioterapia, con introducción de nuevos agentes (irinotecán, temozolamida, topotecán…), cirugía más agresiva y radioterapia, si esta no se ha empleado antes.

Funciones del pediatra de Atención Primaria

Los sarcomas son un grupo de neoplasias muy amplio, siendo los más frecuentes en la infancia el osteosarcoma, el sarcoma de Ewing y el rabdomiosarcoma. En el caso de los tumores óseos, el dolor suele ser el síntoma principal, y su persistencia debe ser motivo suficiente para realizar una radiografía simple que, en muchas ocasiones, será el punto de partida que llevará al diagnóstico del tumor. En el caso del rabdomiosarcoma, la sintomatología puede ser muy variable, pero ante cualquier masa dura, indolora, de nueva aparición, se debe realizar una exploración radiológica que permita descartar el diagnóstico de sarcoma.

En cualquier caso, ante la sospecha de un sarcoma en cualquier localización, se debe derivar al paciente con urgencia a un Centro con experiencia en el tratamiento de estas patologías, preferentemente a centros con acreditación CESUR (Centros/Servicios/Unidades de Referencia) en Sarcomas, donde es posible realizar el abordaje multidisciplinar que requiere este grupo de neoplasias en el mínimo tiempo posible.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.** Pardo Romaguera E, Muñoz López A, Valero Poveda S, Porta Cebolla S, Cañete Nieto A, Barreda Reines MS, et al. Cáncer infantil en España. Estadísticas 1980-2019. Registro español de Tumores Infantiles (RETI-SEHOP). 2020 (Valencia: Universitat de València).

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Se trata de una guía elaborada conjuntamente por la European Society for Medical Oncology (ESMO) y la Red Europea de Cáncer Pediátrico (Paedcan), que ofrece una visión muy completa y actualizada sobre el diagnóstico y tratamiento de todos los tumores óseos.

- Skapek SX, Ferrari A, Gupta AA, Lupo PJ, Butler E, Shipley J, et al. Rhabdomyosarcoma. Nat Rev Dis Primers. 2019; 5: 1.

Trabajo muy completo y actual sobre el rabdomiosarcoma, que describe su epidemiología, mecanismos de desarrollo y diferentes aspectos sobre el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad.

 

Caso clínico

 

Paciente de 4 años de edad que acude a urgencias por hinchazón del ojo izquierdo. No refiere traumatismo ni picadura, ha tenido febrícula los últimos dos días. No se queja de dolor.

A la exploración, presenta buen estado general, y se observa proptosis izquierda sin paresia de pares craneales. No se palpan adenopatías. Auscultación y palpación abdominal normales.

Valorado por Oftalmología, el fondo de ojo es normal. Se decide realizar una TC craneal urgente, que objetiva una masa retroorbitaria de 3,2 cm de diámetro mayor.

 

 

Tumor de Wilms y otros tumores renales

xx
Temas de FC


M.D. Corral Sánchez*, B.M. Tarabini-Castellani Ciordia**

*Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid. **Sección de Hemato-Oncología Pediátrica. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Donostia. San Sebastián.
Ambas autoras igual contribución

Resumen

Los tumores renales en la edad pediátrica suponen aproximadamente el 6% de las neoplasias. Dentro de ellos, el más frecuente es el tumor de Wilms (aproximadamente un 90%). Se presenta típicamente entre los 3 y los 5 años de edad. El tumor de Wilms puede aparecer de forma aislada o en el contexto de síndromes genéticos con predisposición al cáncer, asociando o no malformaciones. En el 5-8%, se puede presentar como enfermedad bilateral. Cada vez se conoce más de la genética de estos tumores, y su asociación con el comportamiento tumoral.
La presentación clínica suele ser el hallazgo casual de una masa asintomática. El diagnóstico precisa de una evaluación clínica, analítica y radiológica adecuada, pudiendo iniciarse tratamiento sin confirmación histológica en la mayoría de casos.
El tratamiento es multidisciplinar, basándose en quimioterapia y cirugía, y asociando en pacientes seleccionados, tratamiento con radioterapia. En los casos favorables, el pronóstico es muy bueno, con supervivencia global a 5 años del 85-90%. Los otros tipos de tumores renales son más raros. Entre ellos, destacar que en los tres primeros meses de vida, el tumor renal más frecuente es el nefroma mesoblástico, y que el tumor rabdoide tiene peor pronóstico.

 

Abstract

Renal tumors account for approximately 6% of the tumors in the pediatric age. The most frequent one is Wilms tumor (approximately 90%). Most of the cases are diagnosed between 3 and 5 years of age. Wilms tumor appears as a sporadic disease or it may occur as part of genetic syndromes with cancer predisposition, with or without malformations. 5 to 8% of the cases are bilateral. There is an increasing knowledge of the genetics of these tumors and their correlation with tumoral behavior.
Most children present with an asymptomatic abdominal mass. Diagnosis requires clinical, laboratory and radiological work-up. In most cases, treatment may start without requiring a previous histologic sample.
A multidisciplinary treatment is required, based on chemotherapy and surgery. Radiotherapy is added to the treatment plan in selected patients. In cases with good prognosis, the overall 5-year survival rate is 85-90%. Other renal tumors are more infrequent. During the first three months of life, the most frequent renal tumor is congenital mesoblastic nephroma. Rhabdoid tumor has poor prognosis.

 

Palabras clave: Wilms; Renal; Masa abdominal; Pediatría.

Key words: Wilms; Kidney; Abdominal mass; Pediatrics.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 341 – 347


Tumor de Wilms y otros tumores renales

Introducción

Los tumores renales suponen aproximadamente el 6% de los tumores malignos en la edad pediátrica(1). El tumor renal más frecuente (90%) es el tumor de Wilms, con una prevalencia de 1 caso entre 10.000 niños menores de 15 años(2). Otros tumores renales menos frecuentes son: nefroma mesoblástico, sarcoma de células claras, tumor rabdoide-teratoide atípico y carcinoma renal (Tabla I)(1).

Tumor de Wilms

El tumor de Wilms es el tumor renal más frecuente en la infancia. Se puede desarrollar a partir de lesiones precursoras llamadas restos nefrogénicos.

El tumor de Wilms aparece con una edad típica de presentación entre los 3 y 5 años de edad, siendo el carcinoma renal más frecuente en el grupo de 15 a 19 años y el nefroma mesoblástico en los primeros meses de vida(3).

Se desarrolla a partir de restos nefrogénicos o tejido metanéfrico persistente. Estos restos están presentes en el 1% de los niños al nacimiento, pero suelen regresar durante la infancia. Se reconocen en todos los casos de tumor de Wilms bilateral y en el 35% de los tumores unilaterales(4) y se consideran lesiones precursoras.

El pronóstico del tumor de Wilms ha mejorado en los últimos años, variando según el estadio y la histología, con unos porcentajes de supervivencia a 5 años del 85-90% en los casos favorables. Los pacientes con estadios avanzados y con histología desfavorable tienen peor pronóstico, con una supervivencia a 5 años del 38-84%)(5).

Bases genéticas del tumor de Wilms

Aproximadamente, un tercio de pacientes con tumor de Wilms presentan mutaciones en: WT1, CTNNB1 o WTX. El subtipo anaplásico se caracteriza por mutaciones en TP53. El gen WT1 se localiza en el brazo corto del cromosoma 11 (11p13). Es imprescindible para el desarrollo normal genitourinario(3).

Síndromes asociados al tumor de Wilms

El tumor de Wilms puede aparecer en el contexto de un síndrome genético de predisposición a cáncer, que puede asociar o no anomalías congénitas.

Aproximadamente, el 10% de los casos de tumor de Wilms aparecen en niños con anomalías o síndromes congénitos, entre los que se incluyen los siguientes:

• Síndrome WAGR (tumor de Wilms, aniridia, anomalías genitourinarias y retraso mental). Estos pacientes presentan un riesgo del 50% de desarrollar tumor de Wilms a una edad más temprana y con mayor incidencia de tumores bilaterales. Se produce por una deleción del gen WT1 (11p13)(2-4).

• Síndrome Denys-Drash: se caracteriza por enfermedad renal progresiva, pseudohermafroditismo y tumor de Wilms. La enfermedad renal comienza en edad temprana con proteinuria, que progresa a síndrome nefrótico y, posteriormente, a fallo renal. El 90% de los individuos afectos desarrollan tumor de Wilms. Se produce por una mutación puntual en el gen WT1(4).

• Síndrome de Beckwith-Wiedemann: es un síndrome producido por mutaciones en la región 11p15.5. Estos pacientes presentan: macrosomía, hemihipertrofia, macroglosia, onfalocele y predisposición a desarrollar tumores, tales como: tumor de Wilms, hepatoblastoma y rabdomiosarcoma (Tabla II). Aproximadamente el 10% de estos pacientes desarrollarán un tumor de Wilms(3).

• Síndromes de sobrecrecimiento, tales como: síndrome de Sotos, Perlman, Simpson-Golabi-Behmel o la hemihipertrofia aislada.

• Malformaciones genitourinarias aisladas, como hipospadias o criptorquidia en varones, o malformaciones uterinas en mujeres, se asocian a tumor de Wilms.

• Tumor de Wilms familiar: es poco frecuente (1-2% de los casos) y se asocia a mutaciones en los genes FTW1 y FTW2. Además, también se ha descrito mayor predisposición a tumor de Wilms en el síndrome de Li-Fraumeni o en pacientes con mutaciones en BRCA2 (Tabla II).

• Anemia de Fanconi con mutaciones en BRCA2 (FANCD1) o PALB2 (FANCN). Ambos fenotipos de anemia de Fanconi presentan un riesgo muy aumentado de tumores en la edad pediátrica, entre ellos el tumor de Wilms. Estos genes participan en la reparación del DNA(3).

En los pacientes con síndromes de sobrecrecimiento, así como en los síndromes WAGR y Denys-Drash, se recomiendan controles ecográficos trimestrales para despistaje de tumor de Wilms, al menos, hasta los 8 años de edad, así como en los pacientes con restos nefrogénicos(3).

Nefroblastoma bilateral

En el 5-8% de los casos, el tumor de Wilms puede presentarse como enfermedad bilateral. Supone un reto terapéutico preservar la función renal en estos pacientes.

El nefroblastoma bilateral ocurre en el 5-10% de los pacientes y es más frecuente cuando existe un síndrome de predisposición o mutación germinal en WT1. Se asocia con la presencia de restos nefrogénicos. Estos restos son detectables por histología en el tumor de Wilms unilateral, mientras que en los casos bilaterales, a menudo, se detectan por imagen(2) (Fig. 1).

Figura 1. Nefroblastomatosis bilateral.

La enfermedad bilateral puede ser sincrónica o metacrónica en los primeros 4-5 años del diagnóstico del primer tumor y se presenta a una edad más temprana que la unilateral, habitualmente en los primeros 2 años de vida(2). El pronóstico de estos pacientes ha mejorado con los protocolos actuales de tratamiento, alcanzando supervivencia del 80%(6).

Clínica

La presentación más frecuente del tumor de Wilms es el hallazgo casual de una masa abdominal.

La presentación clínica más frecuente del tumor de Wilms es el hallazgo casual de una masa abdominal a la exploración sin otros síntomas acompañantes. Puede ser detectada en la exploración rutinaria por el pediatra o por los propios padres al vestir o bañar al niño(3,4).

El dolor se da en un 30-40% de los casos y la hematuria, que es menos frecuente, se presenta de forma intermitente como microhematuria (24%) o, en ocasiones, macrohematuria (18%). También puede presentarse de forma más infrecuente con afectación del estado general: fiebre, vómitos y otros síntomas constitucionales(3,4).

La tríada clásica de dolor, hipertensión y hematuria es poco frecuente en este tipo de tumores, apareciendo en aproximadamente una cuarta parte de los pacientes. La hipertensión es debida a la secreción de renina por parte del tumor, aunque también puede darse por compresión de vasos renales.

A la palpación, se trata de una masa generalmente de bordes bien definidos que se localiza en uno de los flancos. Rara vez, sobrepasa la línea media abdominal.

Una vez detectada, hay que realizar la exploración física de manera cuidadosa, puesto que se corre el riesgo de presentar una rotura tumoral.

Una forma de presentación más infrecuente es en forma de abdomen agudo, tras la rotura del tumor. Esto puede suceder de forma espontánea o tras un traumatismo abdominal, y cursa con hemoperitoneo, siendo una urgencia quirúrgica.

En el diagnóstico de tumor de Wilms, hay que buscar los signos clínicos típicos de síndromes de predisposición genética, por si no hubieran sido previamente detectados.

La diseminación tumoral se puede producir por contigüidad a través de la cápsula renal, o de una forma hematógena. Aunque presentar metástasis al diagnóstico es poco frecuente (12% de los casos), en caso de aparecer, la localización más frecuente es el pulmón (80%). Otras localizaciones metastásicas menos frecuentes son: el hígado (15%), y aún más raras, el hueso, la médula ósea y el sistema nervioso central(6).

Diagnóstico

Aunque el diagnóstico definitivo es anatomopatológico, en la mayoría de los casos, mediante radiología, se puede realizar un diagnóstico que permite iniciar el tratamiento sin precisar cirugía inicial.

Radiología

Inicialmente, y dada la rápida disponibilidad de la misma, la primera prueba diagnóstica a realizar tras la exploración es una ecografía(3,4,7).

Mediante la ecografía, se puede determinar si la masa se origina en el riñón. También permite determinar la presencia de trombos intravasculares o de infiltración vascular por parte del tumor mediante el empleo de Doppler. La limitación principal de esta prueba es que es operador dependiente, y que puede verse artefactada por la presencia de gas en el abdomen o de obesidad(7,8).

Una vez detectada una masa renal, para determinar la anatomía de la misma y su extensión, se debe realizar otra prueba de imagen, para lo cual la mayor parte de niños precisa sedación. Preferiblemente, se realizará una RMN abdominal. En caso de que esta prueba no esté disponible en un tiempo razonable o si se trata de un abdomen agudo, se puede realizar también una TAC abdominal (siendo preferible la RMN por la radiación que implica la realización de la TAC)(4,7). Con estas pruebas, además de la extensión y naturaleza de la masa detectada, se puede detectar la presencia de otras masas abdominales y determinar si existe afectación del riñón contralateral(7,8) (Fig. 2).

Figura 2. Masa renal izquierda en imagen de TAC.

Además, se debe realizar una radiografía basal de tórax, así como una TAC torácica para detectar metástasis pulmonares(3,7,8).

En los casos en los que la clínica, la edad del paciente y la imagen radiológica son claramente sugestivas de tumor de Wilms, en Europa se inicia tratamiento con quimioterapia preoperatoria sin confirmación histológica(4,7).

Sin embargo, en los casos en los que existen dudas tras realizar las pruebas diagnósticas pertinentes, puede ser necesaria la realización de una extirpación quirúrgica total de la masa para determinar la naturaleza de la misma, en caso de ser posible. En el caso de tratarse de una masa irresecable, puede ser necesaria la realización de una biopsia(7).

Los pacientes con otro tipo de tumores renales pueden precisar otro tipo de pruebas como son la RMN cerebral y la gammagrafía ósea en el tumor rabdoide y en el sarcoma de células claras(7).

Laboratorio

Además de la radiología, también es necesaria la realización de pruebas de laboratorio. Al diagnóstico, se realiza: hemograma completo, ionograma (incluyendo calcio), función renal y hepática, análisis de orina y estudio de coagulación(3,4,7).

Hasta un 2% de los pacientes con tumor de Wilms presentan enfermedad de von Willebrand adquirida, que se detecta mediante el análisis de la coagulación.

Estadiaje y grupos de riesgo

El estadiaje se basa en el estadio local y la histología, y se obtiene tras la resección quirúrgica una vez administrada la quimioterapia preoperatoria.

Los tumores de Wilms se dividen en tres grupos de riesgo en función de la histología(7):

• Riesgo bajo: nefroma mesoblástico y nefroma quístico parcialmente diferenciado.

• Riesgo intermedio: nefroblastoma no anaplásico y sus variantes (epitelial, estromal, mixto y regresivo); nefroblastoma con anaplasia focal.

• Riesgo alto: nefroblastoma con anaplasia difusa; blastematoso; sarcoma renal de células claras; y tumor rabdoide renal.

Estadios

Tras la cirugía, se estratifica el riesgo según el subtipo histológico y el estadio local. Estos datos, en combinación con el volumen tumoral inicial, permiten clasificar a los pacientes en grupos de riesgo(1,7).

Estadio I: el tumor se encuentra limitado al riñón, no ha sobrepasado la cápsula tumoral y se ha realizado extirpación quirúrgica completa en la cirugía.

Estadio II: el tumor se ha extendido del riñón a las estructuras vecinas, pero también se ha realizado extirpación completa en la cirugía.

Estadio III: el tumor se ha extendido a las estructuras vecinas del riñón, sin extirpación completa; o presenta afectación linfática abdominal o ha habido rotura tumoral; o hay afectación vascular. En los casos en los que se ha precisado biopsia abierta, también se considera estadio III.

Estadio IV: implica diseminación a distancia; ya sea por presencia de metástasis hematógenas o afectación ganglionar fuera del abdomen.

Estadio V: tumor bilateral. Precisa estadiaje de cada tumor de forma independiente.

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial del tumor de Wilms incluye otros tumores renales y el neuroblastoma.

Para diferenciar entre tumor de Wilms y neuroblastoma, la radiología suele ser suficiente para distinguir el origen del tejido tumoral. Sin embargo, en ocasiones, puede llegar a ser necesaria la realización de una MIBG (gammagrafía con metayodobencilguanidina que resulta positiva en el 90% de los neuroblastomas), catecolaminas en orina o de una biopsia para confirmación histológica en casos de serias dudas(3,8).

Otros tumores renales

Hasta en un 10% de los casos existen otros tumores renales, con histología y comportamiento muy diferente(4,7,9).

• Sarcoma renal de células claras: es el segundo tumor renal más frecuente en la edad pediátrica (3- 5%). Se presenta a la misma edad que el tumor de Wilms. Es más frecuente en varones. Casi siempre es unilateral. En el 15% de los casos presenta recaídas, que pueden ser tardías. Puede presentar metástasis óseas(7,9).

• Nefroma mesoblástico congénito: Es el tumor más frecuente en el periodo neonatal y durante los primeros 3 meses de vida. El 90% de estos tumores se diagnostica en el primer año de vida. Es más frecuente en varones. En un 15-20% de los casos, se diagnostica de forma prenatal mediante ecografía. Tiene muy buen pronóstico, con una supervivencia a 5 años del 95%(7,9).

• Tumor rabdoide renal: es un tumor poco frecuente, de mal pronóstico. El 80% se diagnostica en los 2 primeros años de vida. Presenta metástasis al diagnóstico en un 22-38% de los casos. En un 10-15% de los casos, puede asociar la presencia de un tumor teratoide rabdoide cerebral atípico (ATRT). En un 90%, presenta inactivación bialélica de SMARCB1. En estos casos, hay que descartar la mutación en línea germinal, puesto que puede tratarse de un síndrome de predisposición rabdoide. Este tumor presenta una mortalidad de hasta el 80% en el primer año del diagnóstico(7,9).

• Carcinoma de células renales: es un tumor raro en la edad pediátrica, siendo algo más frecuente en la adolescencia. Se presenta de forma más diseminada que en la edad adulta. Puede tratarse de un segundo tumor tras haber recibido quimioterapia o radiación abdominal(9).

• Carcinoma renal medular: se da de forma casi exclusiva en los pacientes con anemia de células falciformes. Es muy invasivo, se presenta con metástasis precoces y tiene una alta mortalidad(9).

Tratamiento

Los pilares del tratamiento del tumor de Wilms son: la quimioterapia y la cirugía, precisando, además, radioterapia un subgrupo de pacientes.

Se relacionan con peor respuesta los siguientes factores(3,4): histología anaplásica(3), estadio III-IV, edad mayor de 2 años y hallazgos moleculares en el tumor, como pérdida de heterocigosidad de 1p, 11p15 y 16q o la ganancia de 1q, alteraciones que se presentan en el 28% de los tumores(10,11).

Actualmente, en Europa, se siguen las directrices de tratamiento del protocolo SIOP-UMBRELLA-RTSG2016 (Renal Tumour Study Group of the International Society of Pediatric Oncology), mientras que en los países americanos, se tratan según protocolo COG (Children’s Oncology Group). La principal diferencia entre ambos es la cirugía inicial que recomienda COG, mientras que en SIOP, se administra quimioterapia precirugía con el objetivo de reducir las posibles complicaciones derivadas de la misma, principalmente rotura tumoral, con la consiguiente menor necesidad de radioterapia. Ambos protocolos son comparables en términos de supervivencia(1,7).

De acuerdo con el protocolo SIOP(6,7), se administra quimioterapia preoperatoria a todos los pacientes entre los 6 meses y 16 años de edad. En niños menores de 6 meses es frecuente el nefroma mesoblástico congénito, cuyo tratamiento es únicamente quirúrgico. Por ello, en esta edad, se debe valorar individualmente el riesgo de rotura tumoral frente a la toxicidad de la quimioterapia. En pacientes mayores de 16 años, se debe descartar carcinoma de células renales mediante cirugía inicial, siempre que sea posible.

Para tumores localizados, la quimioterapia preoperatoria consiste en la combinación de vincristina y actinomicina durante 4 semanas. La cirugía se debe realizar entre las semanas 5 y 6, y está recomendada la nefrectomía radical con toma de muestras de adenopatías. En los metastásicos se añade doxorrubicina y el tratamiento inicial se prolonga 6 semanas(6,7). Con este régimen, el 61-67% de pacientes presentan remisión de las metástasis previamente a la cirugía(6).

El tratamiento posquirúrgico, según estadio y subtipo histológico, es el siguiente(7):

• Estadio I:

- Histología de bajo riesgo: no requiere tratamiento posterior.

- Histología de riesgo intermedio: vincristina y actinomicina 4 semanas.

- Histología de alto riesgo: vincristina, actinomicina y doxorrubicina 27 semanas.

• Estadios II y III:

- Histología de riesgo bajo/intermedio: vincristina y actinomicina 27 semanas.

- Histología de riesgo alto: régimen HR1 34 semanas (combina ciclofosfamida, doxorrubicina, etopósido y carboplatino). 

En caso de enfermedad metastásica al diagnóstico(6), el tratamiento posquirúrgico combina vincristina, actinomicina y doxorrubicina, además de radioterapia pulmonar en caso de nódulos mayores de 3 mm. Siempre que sea posible, se recomienda la extirpación de nódulos para la confirmación histológica(7). Los nódulos menores de 3 mm no se consideran metástasicos(6).

En el caso de estadio IV en pacientes con histología de alto riesgo, se recomienda un régimen basado en: vincristina, irinotecán, ciclofosfamida, carboplatino, etopósido, y doxorrubicina, seguido de megadosis de quimioterapia con rescate autólogo de progenitores hematopoyéticos(12).

En la enfermedad bilateral, uno de los objetivos primordiales es preservar la mayor funcionalidad renal, evitando en lo posible la nefrectomía total(6). El tratamiento inicial es vincristina y actinomicina durante 6 semanas con reevaluaciones periódicas hasta poder realizar cirugía. Si no se objetiva respuesta tras 12 semanas de tratamiento, se cambia el régimen quimioterápico a carboplatino/etopósido. La cirugía debe intentar preservar el mayor tejido funcional posible (“cirugía conservadora de nefronas”). El tratamiento posquirúrgico debe ser el correspondiente a la histología de más riesgo y el estadio más avanzado(2,7).

Tratamiento de las recaídas

El riesgo de recaída es del 15% en pacientes con histología de riesgo intermedio y del 50% en pacientes con anaplasia o tipo blastematoso. El 50-60% de las recidivas ocurren a nivel pulmonar, el 30% a nivel abdominal y el 10-15% en otros sitios como hueso o sistema nervioso central(7).

Según el protocolo SIOP-UMBRELLA, los pacientes en recaída se clasifican en tres grupos, según la histología inicial y el tratamiento recibido en primera línea(6,7).

• Riesgo estándar (Grupo AA) (30%): corresponden a los pacientes con estadio inicial I-II, histología de riesgo bajo o intermedio, tratados con vincristina/actinomicina, sin radioterapia: se tratan con ciclos de doxorrubicina/ciclofosfamida y carboplatino/etopósido. La supervivencia en este grupo es del 70-80%.

• Alto riesgo (grupo BB) (45-50%): corresponde a los pacientes que han recibido, en primera línea, tratamiento con 3 o más fármacos, con o sin radioterapia. La supervivencia en este grupo es del 40-50%. Estos pacientes reciben altas dosis de melfalán, con rescate autólogo de progenitores hematopoyéticos, precedido de quimioterapia, que incluye: carboplatino, etopósido, ciclofosfamida e ifosfamida(13).

• Muy alto riesgo (grupo CC) (10-15%): corresponde a los pacientes con anaplasia o con histología de tipo blastematoso, que han recibido inicialmente tratamiento con 4 fármacos, además de los pacientes que recaen tras el tratamiento de rescate. La supervivencia en este grupo es solo del 10%. En estos pacientes, se recomienda tratamiento con irinotecán/vincristina e inclusión en ensayos clínicos, siempre que sea posible. Se realizará megadosis de quimioterapia con rescate autólogo en los pacientes que presenten respuesta.

Tratamiento con radioterapia

Está indicado el tratamiento con radioterapia en los siguientes casos(6,7):

• Los pacientes con estadio III e histología de riesgo intermedio o alto, y los pacientes con estadio II e histología de riesgo alto recibirán radioterapia local.

• Los pacientes con estadio III por rotura tumoral pre o intraoperatoria o depósitos peritoneales macroscópicos recibirán radioterapia abdominal.

• En ambos casos, la radioterapia se inicia 2-4 semanas tras la cirugía.

• Durante la radioterapia, se debe evitar o reducir la dosis de actinomicina D y de doxorrubicina.

• Recibirán radioterapia pulmonar todos los pacientes con histología de alto riesgo y metástasis pulmonares. En caso de histología de riesgo intermedio, la recibirán si persisten tras quimioterapia.

Toxicidad de los tratamientos

Hasta el 25% de los supervivientes de un tumor de Wilms presentan efectos adversos a largo plazo que pueden comprometer su calidad de vida y su supervivencia.

Los supervivientes de un tumor renal tienen un riesgo incrementado respecto a la población general de enfermedades crónicas, incluyendo: segundos tumores, afectación renal, cardiaca o pulmonar o problemas de fertilidad, entre otros(7,14,15).

• Segundos tumores: presentan segundos tumores el 0,5-1% a los 10 años y el 2-3% a los 30 años. Los más frecuentes son: cáncer de mama, sarcomas y linfomas.

• Problemas cardiacos: asociados a la administración de doxorrubicina, con mayor riesgo cuando se supera la dosis acumulada de 250 mg/m2 y cuando se asocia a radioterapia.

• Insuficiencia renal: ocurre en el 1% de tumores unilaterales y en el 10% de casos bilaterales. Se relaciona con la cirugía y con el tratamiento citostático.

• Fibrosis pulmonar: directamente relacionada con la radioterapia pulmonar.

• Ototoxicidad: se relaciona directamente con la administración de carboplatino.

• Toxicidad gonadal: los pacientes no suelen presentar problemas de fertilidad, salvo en los casos que han recibido radioterapia abdominal y agentes alquilantes.

Seguimiento a largo plazo

El seguimiento de estos pacientes debe incluir la detección de recidivas y de los efectos adversos a largo plazo.

El riesgo de recidiva en los pacientes con tumor de Wilms ocurre principalmente en los primeros 2-3 años tras finalizar el tratamiento(1).

Por ello, se recomienda exploración física (incluyendo tensión arterial), ecografía abdominal, radiografía de tórax y analítica de sangre y orina cada 3 meses, durante los primeros dos años de seguimiento. Durante el tercer y cuarto año de seguimiento, estas revisiones se pueden espaciar a cada 4-6 meses; y tras el quinto año, se recomienda repetirlas anualmente(7).

El seguimiento de efectos secundarios a largo plazo incluye: valoración cardiológica, audiometría y valoración endocrinológica de crecimiento y desarrollo puberal, y de la función tiroidea en pacientes que han recibido radioterapia torácica.

Función del pediatra de atención primaria

Es imprescindible la exploración abdominal en las revisiones del niño sano o cuando se valora a un paciente por otro motivo, para detectar posibles masas abdominales asintomáticas. En el caso de descubrir una masa se debe derivar al paciente lo más rápidamente posible a un centro hospitalario especializado. Es importante tomar la tensión arterial previa a la derivación. No se debe olvidar que, una vez detectada la masa, existe riesgo de rotura tumoral, por lo que se deberá realizar la exploración cuidadosamente.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

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Revisión sobre aspectos generales de tumor de Wilms.

– Protocolo SIOP-UMBRELLA RTSG 2016. EudraCT number: 2016-004180-39. Versión 2.0. Octubre 2018.

Protocolo de diagnóstico, tratamiento y seguimiento vigente en Europa para tumores renales.

– PDQ Pediatric Treatment Editorial Board. Wilms Tumor and Other Childhood Kidney Tumors Treatment (PDQ®): Health Professional Version. En: PDQ Cancer Information Summaries (Internet). Bethesda (MD): National Cancer Institute (US); 2002 (citado el 19 de mayo de 2021). Disponible en: Http://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK65842/.

Revisión sobre aspectos generales de tumor de Wilms.

– Fernández CV, Geller JI, Ehrlich PF, Hill DA, Kalapurakal JA, Grundy PE, et al. Cap. 29: Renal Tumors. En: Principles and Practice of Pediatric Oncology, 7th ed, Pizzo P, Poplack D (Eds), Lippincott Williams & Wilkins; 2016.

– Acha García T. Cap. 50: Tumores renales. En: Hematología y Oncología pediátricas. 3ª edición. Madero L, Lassaletta A. Sevilla J. Ergon; 2015. p. 609-20.

Ambos capítulos de libros de Hemato-Oncología Infantil con aspectos generales de los tumores renales.

 

Caso clínico

 

Paciente de 3 años de edad derivado a nuestro centro por masa abdominal, detectada por ecografía tras palpación por parte de sus padres. Refieren astenia y palidez de 6 meses de evolución, y dolor abdominal intermitente.

A la exploración física, destaca masa en hipocondrio izquierdo. Resto sin hallazgos.

A su llegada, se realiza analítica (normal) y ecografía abdominal, en la que se visualiza una masa sólida que ocupa la porción central del riñón izquierdo y mide aproximadamente 10 x 8,5 x 7,5 cm (Fig. 3).

Figura 3.

Se realiza TC tóraco-abdominal (Fig. 4), confirmando la existencia de tumoración renal dependiente de tercio medio del riñón izquierdo, con bordes bien definidos, y comportamiento predominantemente sólido, con captación heterogénea de contraste y área en su porción más inferior de aspecto necrótico. La lesión mide 8,5 x 8,2 x 8,7 cm (de ejes AP x T x CC) (vol. 317 cc). En tórax presenta dos micronódulos en pulmón derecho (2 mm).

Figura 4.

Ante la sospecha de tumor de Wilms, se incluye en protocolo SIOP-RTSG UMBRELLA 2016 y, tras canalización de vía central, inicia tratamiento de inducción con vincristina y actinomicina. Tras completar inducción, se realiza nefrectomía izquierda.

La anatomía patológica confirma el diagnóstico de tumor de Wilms de riesgo intermedio: nefroblastoma tipo regresivo, con márgenes quirúrgicos libres de infiltración tumoral (Estadio I). Recibe tratamiento poscirugía con vincristina y actinomicina 4 semanas.

En la revisión de fin de tratamiento, se objetiva remisión abdominal, pero recidiva pulmonar, con nódulos en pulmón derecho, por lo que se inicia tratamiento según grupo de riesgo AA con doxorrubicina/ciclofosfamida alterno con etopósido/carboplatino y radioterapia pulmonar.

 

 

Neuroblastoma y tumores relacionados

 

A.I. Benito Bernal, R. Vila de Frutos
Temas de FC


A.I. Benito Bernal, R. Vila de Frutos

*Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica y Trasplante Hematopoyético. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

El neuroblastoma es una neoplasia derivada de la cresta neural. Representa el tumor sólido extracraneal más frecuente de la edad pediátrica, siendo responsable de hasta el 15% de la mortalidad por cáncer en los menores de 15 años.
Puede originarse en cualquier lugar del sistema nervioso simpático, en los ganglios paravertebrales desde el cuello hasta la pelvis o en las glándulas suprarrenales. Su presentación clínica varía según localización del tumor primario, presencia de metástasis o de algún síndrome paraneoplásico.
Es una enfermedad heterogénea, cuyo pronóstico y tratamiento dependen de la edad al diagnóstico, estadio y características histológicas y moleculares del tumor primario. Los lactantes pequeños suelen presentar neuroblastomas metastásicos que regresan espontáneamente, mientras que en niños mayores la misma enfermedad puede avanzar inexorablemente a pesar del tratamiento intensivo. La amplificación del oncogén NMYC es el principal factor de mal pronóstico, condicionando una baja supervivencia a corto plazo, con frecuentes recaídas precoces.
El tratamiento ajustado al grupo de riesgo ha mejorado el pronóstico de los pacientes de riesgo bajo e intermedio, pero la supervivencia a largo plazo en el grupo de alto riesgo es aún insuficiente. Estrategias terapéuticas basadas en inmunoterapia o dirigidas contra determinadas dianas moleculares se encuentran actualmente en investigación.

 

Abstract

Neuroblastoma is a malignant neoplasia derived from the neural crest. It is the most frequent extracranial solid tumor in children, accounting for 15% of cancer mortality below the age of 15 years of age.
The tumor may arise anywhere in the sympathetic nervous system, in the paravertebral sympathetic chain ganglia from the neck to the pelvis, or in the adrenal glands. Clinical presentation is variable according to the location of the primary tumor, spread of the disease or presence of paraneoplastic syndromes.
Neuroblastoma is a heterogeneous disease where prognosis and treatment rely on age at presentation, stage of the disease, and the histologic and molecular characteristics of the primary tumor. Usually, infants present with metastatic disease undergoing spontaneous regression, whilst in elder children the same disease experiences an inexorable progression despite intensive treatment. Amplification of MYCN oncogene is the main factor determining an unfavorable prognosis, usually associated with poor survival and high rate of early relapses.
Although treatment of neuroblastoma based in risk groups has improved the outcomes of low- and intermediate-risk patients, the overall survival rate of the high-risk group remains unsatisfactory. Therapeutic approaches based on immunotherapy or directed against specific molecular targets are currently under investigation.

 

 

Palabras clave: Neuroblastoma; Ganglioneuroblastoma; Cresta Neural; NMYC; Dinutuximab.

Key words: Neuroblastoma; Ganglioneuroblastoma; Neural Crest; MYCN Oncogen; Dinutuximab.

 

Pediatría Integral 2021; XXV(7): 340.e1-340.e16


Neuroblastoma y tumores relacionados

Introducción

El neuroblastoma, segundo tumor sólido más frecuente de la infancia después de los tumores del sistema nervioso central, se caracteriza por su heterogeneidad clínica y biológica.

El neuroblastoma (NBL) es el tumor sólido extracraneal más frecuente de la edad pediátrica, diagnosticándose el 90% de los casos en niños < 5 años de edad(1,2). Es una enfermedad compleja y heterogénea donde diversos factores como: la edad al diagnóstico, el estadio, la localización del tumor primario y sus características histológicas y moleculares, determinan el pronóstico y condicionan el tratamiento(1-10).

Los tumores neuroblásticos (neuroblastoma, ganglioneuroblastoma y ganglioneuroma) derivan de las células de la cresta neural (CN) comprometidas hacia el desarrollo del sistema nervioso simpático (SNS) y de las células gangliónicas de la médula adrenal(11-14). Su localización anatómica es diversa; se pueden originar a cualquier nivel en los ganglios simpáticos paravertebrales, desde el cuello hasta la pelvis, o en las glándulas suprarrenales.

Su presentación clínica es también variable, condicionada por la localización del tumor primario y la extensión de la enfermedad, presentando metástasis hasta el 50% de los pacientes al diagnóstico(7-9). Así, las familias pueden consultar con el pediatra de Atención Primaria o en el servicio de urgencias de Pediatría, por síntomas tan diversos como: una masa abdominal, estreñimiento, dolor abdominal, fiebre, dificultad respiratoria o síntomas neurológicos compatibles con compresión medular o, con menor frecuencia, un síndrome opsoclunus-mioclonus(7-10,15,16).

Su historia natural es también heterogénea. En neonatos y lactantes < 1 año de vida es, por lo general, un tumor de buen pronóstico con características biológicas favorables y que, en muchos casos, regresa espontáneamente; mientras que, en otros, madura a un ganglioneuroma benigno. En cambio, en niños > 18 meses de edad, suele tener un pronóstico desfavorable a pesar del tratamiento multimodal intensivo(7-10,13,15,16).

Los avances en el estadiaje de la enfermedad, conseguidos gracias a las nuevas técnicas de imagen y de genética molecular, han facilitado la estratificación de los pacientes en grupos de riesgo con criterios definidos de tratamiento(5,6,17). Esto ha mejorado la supervivencia global a largo plazo, que se sitúa entre el 85-90%, para los pacientes de riesgo bajo o intermedio.

A pesar del tratamiento intensivo con quimioterapia, cirugía y radioterapia, seguidos de trasplante autólogo, ácido 13-cis retinoico e inmunoterapia, la supervivencia de los pacientes de alto riesgo no ha mejorado sustancialmente, siendo < 10% tras una recaída o en pacientes con enfermedad refractaria(7-9,13,16,18). En el futuro, el desarrollo de estrategias terapéuticas basadas en la inmunoterapia y/o dirigidas contra alteraciones moleculares específicas del tumor, contribuirán a mejorar la curación de la enfermedad, reduciendo al mismo tiempo los efectos secundarios a corto y largo plazo de los tratamientos actuales(8,13,18).

Epidemiología

Es una enfermedad propia de la infancia, siendo la mediana de edad al diagnóstico de 17 meses. Representa el 8-9% de todos los tumores pediátricos y es responsable de hasta el 15% de la mortalidad por cáncer infantil.

El NBL es la neoplasia más frecuente en el primer año de vida, doblando en incidencia a la leucemia. Es el primer tumor sólido extracraneal diagnosticado entre 0-14 años de edad, ocupando el cuarto lugar en frecuencia de todas las neoplasias infantiles después de las leucemias, los tumores del sistema nervioso central y los linfomas(1,2,8).

Representa, aproximadamente, el 8-9% de todos los canceres pediátricos, con una incidencia anual en España de 13 casos por 106 niños(2). Entre 1.100 casos nuevos de cáncer diagnosticados anualmente en nuestro país en niños < 15 años, aproximadamente 95-100 corresponden a tumores neuroblásticos(2).

La mediana de edad al diagnóstico es de 17-18 meses con una discreta predominancia en varones (ratio 1,2:1). Aproximadamente, el 30-40% de los casos se diagnostican durante el primer año de vida, el 90% antes de los 5 años de edad y el 98% antes de los 10 años(1,8,10). La enfermedad es muy rara en adolescentes y adultos jóvenes, en los que tiene un comportamiento más indolente, pero más letal(19).

Además, es responsable del 12-15% de la mortalidad por cáncer en la edad pediátrica, con una supervivencia global a los 5 años del 70-80% y solo del 50% en las formas diseminadas de alto riesgo(1,2,9,10,18).

Etiología

La etiología del NBL es desconocida. El 1-2% de los casos son familiares y se asocian a mutaciones germinales en el gen ALK y con menor frecuencia en PHOX2B.

La etiología del NBL es desconocida no habiéndose relacionado claramente con la exposición a ningún factor ambiental pre o postnatal.

Aunque la mayoría son esporádicos, el 1-2% de los casos tienen historia familiar. Con un patrón de herencia autosómica dominante y de penetrancia variable, se presentan tumores tanto benignos como malignos dentro de la misma familia, generalmente multifocales y en edades tempranas. El 75% de los NBL familiares se relacionan con mutaciones en línea germinal del gen ALK (Anaplastic Lymphoma Kinase), que determinan la activación anormal del gen(9-13). En cambio, solo 6-10% de los casos esporádicos presentan mutaciones activadoras de ALK.

También se han identificado mutaciones con pérdida de función en PHOX2B (Paired Like Homeobox 2B) en el 10% de NBL familiares y en cerca del 4% de NBL esporádicos de alto riesgo(8,11-13,19). Estos últimos parecen asociarse con otras enfermedades de la CN (neurocrestopatías) como la enfermedad de Hirschsprung y el síndrome de hipoventilación congénita central de Ondine.

También se ha encontrado cierta asociación entre NBL y enfermedades relacionadas con mutaciones de NRAS (síndrome de Costello, síndrome de Noonan, Neurofibromatosis tipo 1) o de TP53 (síndrome de Li Fraumeni), el síndrome de Beckwith-Wiedeman y el síndrome de paraganglioma/feocromocitoma familiar, entre otros(8).

Etiopatogenia

El NBL es un tumor embrionario que deriva de los precursores simpático-adrenales de la cresta neural, a consecuencia de la desregulación de su proceso normal de diferenciación, maduración y apoptosis.

El NBL es un tumor embrionario que se origina a partir de los progenitores simpático-adrenales (PSA) de la cresta neural (CN), un tejido primitivo transitorio derivado del neuroectodermo(11-14). A partir de la 5ª-6ª semana de gestación, las células de la cresta neural (CCNs) migran hacia ambos lados de la aorta dorsal, formando las cadenas simpáticas paravertebrales. Algunas de estas células migran por delante de la aorta y dan lugar a los plexos celíaco y mesentérico. En la 7ª semana del desarrollo, células del ganglio simpático suprarrenal (originado en la CN) atraviesan la corteza y forman la médula suprarrenal(11,12,14). Las células de la médula también se diferencian hacia células cromafines, que contienen catecolaminas y otras sustancias (neuropéptido Y, sustancia P, serotonina, etc.) (Fig. 1).

Figura 1. Desarrollo del neuroblastoma a partir de la cresta neural y factores reguladores más importantes. Durante la embriogénesis las CCNs entran en un proceso de TEM, adquiriendo la capacidad de separarse de la CN, migrar y diferenciarse, dando lugar, entre otras, a las células del SNS. Un complejo sistema de señales de activación y de transcripción y de modificaciones epigenéticas regulan este proceso. La alteración del mismo a cualquier nivel puede inducir cambios que a posteriori son relevantes en la oncogénesis, pero solo las mutaciones activadoras de ALK y la sobreexpresión de NMYC tienen un papel directo en el desarrollo del neuroblastoma (NBL). La familia de proteínas BMP, la vía de señalización Wnt y el FGF habilitan a las CCNs para desplazarse, siendo cruciales, al igual que Rho, en la migración y diferenciación de los PSA. La sobrexpresión de NMYC es el mecanismo oncogénico más importante, ya que induce la proliferación e inhibe la apoptosis de los PSA. Lin28B es un inductor en la génesis del NBL: controla la expresión de NMYC y mantiene la indiferenciación de los PSA. ALK participa en la regulación de la proliferación neuronal en etapas tempranas del desarrollo, acelerando la transformación maligna y el desarrollo del NBL en presencia de otros insultos genéticos. PHOX2B, controlado por BMP, es el regulador más importante de la determinación de los PSA; mutaciones en este gen bloquean su diferenciación, proliferando los precursores neurales inmaduros que secundariamente adquirieren lesiones preneoplásicas. SWI/SNF, codificados por ATRX, actúan como supresores tumorales coordinando la remodelación de la cromatina y la reparación del ADN. CCNs: células de la cresta neural; TEM: transición epitelial-mesenquimal; CN: cresta neural; SNS: sistema nervioso simpático; ALK: Anaplastic Lymphoma Kinase; BMP: Bone Morphogenic Proteins; FGF: Fibroblast Growth Factor; Wnt: Wingless; PSA: progenitores simpático-adrenérgicos; PHOX2B: Paired-like homeobox 2B; SWI/SNF: SWItch/Sucrose Non Fermentable; ATRX: Sporadic α-thalassaemia/Mental Retardation Syndrome X-Linked. Adaptado de: Johnsen JI et al; Front Mol Neurosci 2019.

Un complejo sistema de señales de transducción y de factores epigéneticos controla el desarrollo normal de la CN, de modo que la detención o desregulación del proceso de maduración en cualquiera de sus fases podría iniciar la transformación maligna de los neuroblastos(12-14). La figura 1 ilustra este proceso y en ella se muestran los factores más relevantes implicados en el desarrollo del NBL, siendo clave la acción de los oncogenes NMYC y ALK(14). Es razonable pensar que, cuando estas alteraciones ocurren en un estadio precoz del desarrollo, los tumores son más indiferenciados y de peor pronóstico, y viceversa.

Se cree que todos los NBL se originarían del mismo precursor en la CN, pero debido a diferentes tipos de inestabilidad genómica, se producirían alteraciones diversas y tumores con diferente comportamiento clínico(8,11,16) (Fig. 2).

Figura 2. Modelo genómico de oncogénesis en el neuroblastoma (NBL). Según el tipo de alteración genómica se distinguen dos tipos de NBL, cada uno con un comportamiento clínico diferente.

Tipo 1 o perfil NCA: triploides o casi-triploides con ganancia o pérdida de cromosomas enteros, sin alteraciones estructurales, expresan TrkA. En presencia de agentes diferenciadores (+NGF), maduran a tejido ganglionar y, en su ausencia (-NGF), entran en apoptosis. Son tumores localizados de buen pronóstico en < 1 año de edad, sensibles a 13-cis retinoico y con tendencia a madurar o a regresar espontáneamente. Tipo 2 o perfil SCA: diploides o cuatriploides con cambios estructurales (ganancia de 17q, deleciones de 1p o 11q y/o NMYC-amp). Expresan TrkB y su ligando, BDNF, que favorecen la supervivencia de las células tumorales. Se asocian a enfermedad avanzada y de mal pronóstico en > 1 año de edad. El subtipo 2A, sin NMYC-amp y con deleciones de 3p y 11q o con deleción de 1p, tiene un curso insidioso con sucesivas recaídas y supervivencia más prolongada. El subtipo 2B, con deleción 1p y NMYC-amp, presenta frecuentes recaídas precoces y pobre supervivencia a corto plazo. NCA: Numerical Chromosomal Aberrations; SCA: Segmental Chromosomal Aberrations; TrkA/B: Tropomyosina Receptor Kinasa; NGF: Neural Growth Factor; BDNF: Brain-Derived Neurotrophic Factor; CADM1: Cell Adhesion Molecule 1; CHD5: Chromodomain Helicase DNA Binding Protein 5. Adaptado de: Brodeur GM. Nat Rev Ca. 2003; Pediatr Integral. 2016; XX (7): 434-446.

Los receptores de tropomiosín kinasa: TrkA, TrkB y TrkC (codificados por los genes NTRK1, NTRK2 y NTRK3, respectivamente), tienen elevada afinidad para NGF (Neural Growth Factor) y otras neurotrofinas, siendo fundamentales para el desarrollo normal y el mantenimiento del SNC y periférico(11-14). La diferente expresión de TrkA y TrkB en el NBL explicaría en parte la heterogeneidad de la enfermedad.

Presentación clínica

La presentación clínica del NBL es heterogénea y depende de la localización del tumor primario y sus metástasis. Los pacientes pueden estar asintomáticos o presentar cuadros clínicos graves con afectación del estado general.

Los tumores neuroblásticos pueden originarse en cualquier lugar del SNS, por lo que los signos y síntomas de presentación dependen de la localización del tumor primario, de su extensión y de la presencia o no de enfermedad diseminada. Mientras que los pacientes con NBL localizados suelen estar asintomáticos, los niños con enfermedad metastásica presentan síntomas sistémicos (Tablas I y II).

Enfermedad localizada: el abdomen es el lugar de origen más frecuente (65% de los casos) con > 40% localizados en la glándula suprarrenal. En recién nacidos y lactantes es común el hallazgo casual de una masa suprarrenal en una ecografía. Los NBL retroperitoneales suelen presentarse como una masa abdominal asintomática detectada por los padres o por el pediatra de Atención Primaria durante una revisión de rutina. Los tumores abdominales de gran tamaño pueden causar: importante distensión abdominal, estreñimiento, dolor subagudo o agudo secundario a hemorragia intratumoral y/o hipertensión arterial (HTA) por compresión de los vasos renales(7-10,13,16,20). La producción de catecolaminas por el tumor también puede causar rubor, taquicardia e HTA.

Otras localizaciones frecuentes son: cuello (5%), tórax (15%) y pelvis (5%). Los NBL cervicales pueden debutar con un síndrome de Horner por la lesión del ganglio estrellado o cervicotorácico (Tabla II). Los NBL torácicos generalmente son un hallazgo casual en una radiografía de tórax realizada en un paciente con tos persistente o dificultad respiratoria. Pueden comprimir y desplazar la vía aérea o el parénquima pulmonar y, ocasionalmente, producir un síndrome de vena cava superior. A nivel pélvico, pueden causar síntomas compresivos, como retención urinaria y estreñimiento(7-10,13,16,20). Cuando se originan en los ganglios paraespinales, pueden presentar síntomas neurológicos compatibles con un síndrome de compresión medular (dolor de espalda, debilidad muscular, alteraciones sensitivas), al extenderse a lo largo de las raíces nerviosas y a través del foramen neural.

Enfermedad metastásica: alrededor del 55% de los pacientes presentan metástasis al diagnóstico (80% de los niños mayores y 40% de los lactantes). La enfermedad se disemina a los ganglios linfáticos locorregionales o por vía hematógena a huesos y médula ósea(7-10,20). Las metástasis óseas causan: dolor, irritabilidad, inflamación y cojera. La infiltración medular puede causar anemia y trombocitopenia. Las metástasis en hígado y piel son más frecuentes en lactantes < 18 meses de edad (Tablas I y II).

Enfermedad 4S o MS (S = “Special”): es una forma de presentación especial en lactantes con metástasis limitadas a hígado, médula ósea y piel, y un tumor primario de pequeño tamaño y con tendencia a la regresión espontánea. La infiltración hepática masiva puede progresar rápidamente y causar insuficiencia hepática y coagulopatía junto con una gran distensión abdominal (Tabla II). Esta puede producir dificultad respiratoria, insuficiencia renal y edema escrotal y de miembros inferiores, por compresión de la vena cava inferior, especialmente en < 3 meses de edad(7-10,20).

Síndromes paraneoplásicos (Tabla II): generalmente, asociados a NBL localizados y diferenciados. La secreción de péptido intestinal vasoactivo (VIP) por el tumor puede causar una diarrea secretora intratable. El síndrome opsoclonus-mioclonus (SOM) se presenta en el 2-3% de pacientes y, aunque el pronóstico del tumor suele ser favorable, el 70-80% de los niños presentarán déficits neurológicos a largo plazo(7-10,15,16).

Patobiología

Las características histopatológicas y las alteraciones genéticas conforman los pilares del diagnóstico patológico del NBL, con importantes implicaciones pronósticas y terapéuticas.

Clasificación histológica

El NBL es un tumor de células pequeñas, redondas y azules. La clasificación histopatológica del INPC (International Neuroblastoma Pathology Classification) tiene valor pronóstico.

El NBL es un tumor de células pequeñas, redondas y azules, características que definen un grupo de neoplasias indiferenciadas propias de la edad pediátrica, entre las que se incluyen: sarcoma de Ewing, linfoma no Hodgkin, tumor neuroectodérmico primitivo (PNET), rabdomiosarcoma o tumor de Wilms(8).

Los tumores neuroblásticos están formados por dos tipos celulares, células gangliónicas o neuroblastos y células reactivas, denominadas estroma de Schwann. La disposición de los neuroblastos alrededor de un centro de tinción eosinofílico se conoce como roseta de Homer-Wright, característica del tumor. Las células de Schwann, en respuesta a sustancias sintetizadas por el tumor, inhiben la proliferación e inducen la maduración de los neuroblastos. Entre los marcadores histoquímicos que ayudan al diagnóstico, se encuentran: enolasa neuronal específica (ENE), sinaptofisina, gangliósido GD2, receptores de TrK y la cromogranina A(8).

Existen cuatro subtipos morfológicos clasificados según su composición y diferenciación celular(3,4,8): ganglioneuroma (GN) con predominio de estroma schwanniano, ganglioneuroblastoma (GNBL) entremezclado (rico en estroma), ganglioneuroblastoma nodular (con zonas ricas en estroma y otras pobres en estroma) y neuroblastoma (pobre en estroma schwanniano). Dentro de este último, se incluyen tres tipos: indiferenciado, pobremente diferenciado y en diferenciación. Estos tipos morfológicos representan distintos estadios de maduración de la misma enfermedad, siendo el GN un NBL completamente maduro y diferenciado.

La clasificación histopatológica del NBL utilizada en la actualidad es la del INPC (International Neuroblastoma Pathology Classification), que es una modificación de la clasificación original de Shimada(3,4) y tiene impacto pronóstico ajustado a la edad (Tabla III).

Alteraciones genéticas

Mutaciones somáticas recurrentes en genes como ALK son raras en el NBL, mientras que alteraciones cromosómicas, como la amplificación de NMYC, la ganancia de 17q y la deleción de 1p y 11q se observan con frecuencia.

Las alteraciones citogenéticas identificadas en el NBL incluyen la amplificación de oncogenes, pérdidas y ganancias parciales o completas de cromosomas, alteraciones en el índice de ADN y mutaciones(8-14) (Tabla IV).

Amplificaciones: el oncogén NMYC (cromosoma 2p24), está amplificado (> 10 copias) en 20-25% de los casos. Se asocia a mal pronóstico, usándose de rutina para la asignación del riesgo en el sistema INRG (International Neuroblastoma Risk Group)(5,6). En el grupo de bajo riesgo (localizados y MS), el 8-10% tienen NMYC-amp, lo que empeora claramente su pronóstico. Su influencia es menos relevante en estadios 4 o M (30% con NMYC-amp), ya que acumulan otros factores de mal pronóstico(8-14). ALK (cromosoma 2p23.2), es el siguiente gen en frecuencia amplificado en el NBL (2-4%). Es también un factor de mal pronóstico y se asocia a NMYC-amp.

Alteraciones cromosómicas segmentarias (SCA – Segmental Chromosomal Alterations): la pérdida de heterocigosidad (LOH, Loss of Heterozygosity) en el cromosoma 1, implica la deleción de la región 1p36. Se asocia a un pronóstico desfavorable y a otras características de alto riesgo, como mayor edad, NMYC-amp y enfermedad diseminada(8-14). Se ha relacionado con la pérdida de CHD5 (Chromodomain Helicase DNA Binding Protein 5), un gen supresor tumoral localizado en 1p36.31. La deleción de 11q también se asocia a mal pronóstico, generalmente en tumores sin NMYC-amp, y se ha correlacionado con la pérdida de CADM1 (Cell Adhesion Molecule 1), un gen de supresión tumoral localizado en 11q23.3(8-14). Son también frecuentes las deleciones de 3p, 4p, 9p y 14q. La alteración genómica más frecuente en el NBL es la ganancia de la porción distal de 17q, detectada en el 50% de los casos, asociada a mal pronóstico y a otros factores de riesgo, como mayor edad, NMYC-amp y deleción de 1p. También son frecuentes las ganancias de 1 p y 2p(8-14).

Ploidía (NCA – Number of Chromosome Copies): la ganancia o pérdida de cromosomas enteros modifica el contenido de ADN o ploidía tumoral. Esta tiene impacto pronóstico, especialmente en pacientes con otros datos favorables, como lactantes < 12-18 meses de edad con estadio MS y sin NMYC-amp o con enfermedad localizada y NMYC-amp(8-14). En estos pacientes, la hiperdiploidía (índice de ADN > 1 y < 2) se asocia con enfermedad de bajo riesgo, buena respuesta a quimioterapia y evolución favorable, especialmente si no tienen NMYC-amp. Los tumores con contenido diploide/tetraploide (índice de ADN = 1 o 2) se asocian con enfermedad avanzada, NMYC-amp y un comportamiento desfavorable. Los tumores hiperdiploides en niños mayores también tienen SCA y mal pronóstico(8-14).

Mutaciones somáticas: se han descrito mutaciones activadoras en el dominio tirosín kinasa de ALK (8-10% de NBL), así como mutaciones con pérdida de función en PHOX2B (4%) y en ATRX (10%). Este último juega un papel importante en la regulación epigenética (alargamiento de los telómeros) y se detecta en el 50% de NBL del adolescente y del adulto joven, pero no en lactantes o en tumores con NMYC-amp(8-14).

Marcadores tumorales

Actualmente, sin valor pronóstico, apoyan el diagnóstico y pueden correlacionarse con enfermedad avanzada. La cuantificación de catecolaminas en orina es útil en el diagnóstico y seguimiento de la enfermedad.

La ENE (enolasa neuronal específica) es un marcador inespecífico de NBL, aunque niveles elevados se relacionan con enfermedad avanzada, del mismo modo que la LDH (Lactato Deshidrogenasa). También es frecuente encontrar niveles elevados de ferritina en pacientes con enfermedad avanzada y de mala evolución(8-14).

El NBL es un tumor productor de catecolaminas, siendo los ácidos homovanílico (HVA) y vanilmandélico (VMA) los metabolitos con mayor sensibilidad y especificidad para su detección. La cuantificación de estas catecolaminas en orina es parte de los estudios iniciales diagnósticos del NBL, así como del seguimiento de la enfermedad(9,10,13,17).

Diagnóstico

El diagnóstico del NBL se basa en la combinación de varias pruebas: estudios de imagen, marcadores tumorales, catecolaminas en orina y el análisis histológico y genético del tumor.

La biopsia del tumor primario o de una lesión metastásica de partes blandas es necesaria para el diagnóstico(9,10,13,17). En pacientes inestables en los que el riesgo quirúrgico no es asumible, se puede realizar el diagnóstico demostrando la infiltración tumoral en médula ósea y la elevación de catecolaminas en orina (Tabla V).

Las catecolaminas (HVA y VMA y dopamina) se encuentran elevadas en orina en el 90% de los niños con NBL(8,9,13) (Tabla VI).

Además de las radiografías convencionales y ecografías iniciales, se debe evaluar el tumor primario mediante RM o TC(8,9,13), determinando su localización, extensión, afectación ganglionar, relación con estructuras vecinas y diseminación metastásica (Fig. 3). Se incluirá el tumor primario, así como tórax, abdomen y pelvis (Tabla VI).

Figura 3. RM tóraco-abdominal en paciente de 10 meses de edad con neuroblastoma en estadio INRG L2. Tumoración sólida en región suprarrenal izquierda que se extiende por el hiato abdominal con prolongación en “reloj de arena” desde retroperitoneo a mediastino posterior. Cranealmente, contacta con la pared posterior del ventrículo izquierdo y, caudalmente, se extiende hasta la bifurcación aórtica. La masa adrenal izquierda engloba a la aorta abdominal y la arteria renal izquierda invadiendo el hilio renal izquierdo. Contacta con la cava abdominal, el origen del tronco celiaco y mesentérica superior, permaneciendo estos vasos permeables. Según el estadiaje INRG, hay múltiples factores de riesgo definidos por imagen, incluyendo la afectación de dos compartimentos anatómicos.

La MIBG (Meta-Iodo-Benzil-Guanidina) es una molécula marcada radiactivamente, generalmente con I123, de estructura similar a la de la norepi-nefrina, captada por el transportador de norepinefrina en el 90% de los NBL. La gammagrafía con MIBG es altamente específica para NBL (Fig. 4) y se debe realizar siempre al diagnóstico para determinar la presencia de metástasis, así como para evaluar la respuesta al tratamiento(8,9,21). En casos dudosos, la correlación entre MIBG y SPECT/TC (Single Photon Emission Computed Tomography) mejora la precisión diagnóstica. Los NBL que no captan MIBG (10%) se estudiarán mediante PET-TC con 18-FDG (18F-fluoro-2-deoxi-D-glucosa).

Figura 4. Gammagrafía con MIBG en un paciente de 6 años de edad, que muestra una captación ávida en el neuroblastoma primario suprarrenal y diseminación metastásica ósea generalizada.

También se realizarán aspirados y biopsias de médula ósea bilaterales al diagnóstico y a intervalos regulares durante el tratamiento y en el seguimiento de los pacientes de alto riesgo (Tabla VI).

Varios estudios han demostrado la utilidad de la monitorización de la enfermedad mínima residual (EMR), tanto en sangre periférica (SP) como en médula ósea (MO) para el seguimiento de la enfermedad(22). El método más sensible y especifico es la RT-PCR (Real-Time PCR) de marcadores específicos de NBL, como la tirosina hidroxilasa (TH), principal enzima de la síntesis de catecolaminas. En el NB de alto riesgo, la EMR persistente en MO al final de la quimioterapia de inducción, predice la recaída y/o muerte en los siguientes 24 meses de media. La cuantificación de la GD2 sintetasa mediante anticuerpos monoclonales antiGD2 permite la detección de células tumorales ocultas en MO y SP, y es un marcador muy útil y precoz para evaluar la eficacia de la inmunoterapia con dinutuximab.

Diagnóstico diferencial

Desde el punto de vista histológico, se deben descartar otros tumores pediátricos indiferenciados de células pequeñas, redondas y azules y con tendencia a infiltrar la médula ósea, como el rabdomiosarcoma, el sarcoma de Ewing/PNET, el linfoma de Hodgkin y determinadas leucemias (megacarioblástica)(8).

El diagnóstico diferencial de una masa abdominal se hará con otros tumores retroperitoneales, principalmente con el nefroblastoma. A diferencia de este, el NBL es una masa dura y fija, que cruza la línea media y que, en ocasiones, se asocia con síntomas constitucionales. En cuanto a las masas suprarrenales, en neonatos y lactantes, se deben considerar la hemorragia suprarrenal, la hiperplasia adrenal congénita, el secuestro pulmonar (subdiafragmático extralobar) y el quiste broncogénico(8,23).

La diarrea secretora se puede confundir con infecciones gastrointestinales o enfermedad inflamatoria intestinal y el SOM puede simular un trastorno neurológico. La hepatomegalia en un lactante puede hacer pensar inicialmente en una enfermedad metabólica o de depósito(8,24). Además, el NBL diseminado será considerado dentro del diagnóstico diferencial de enfermedades infecciosas o inflamatorias, como la osteomielitis o la artritis reumatoide(8).

Estadiaje y clasificación

El estadio de la enfermedad, la edad al diagnóstico, la histología y la biología del tumor son criterios necesarios para clasificar a cada paciente en su grupo de riesgo y asignarle el tratamiento más adecuado.

Estadio tumoral: entre los diversos sistemas de estadiaje del NBL existentes antes del 2010, el más utilizado era del INSS (International Neuroblastoma Staging System)(17). La extensión de la resección quirúrgica al diagnóstico y la presencia de metástasis define los cuatro estadios de este sistema (1 a 4), además del estadio 4S (Tabla VII). Los pacientes con enfermedad en estadio 1 y 2A son de bajo riesgo, mientras que los demás pertenecen al riesgo alto o intermedio. La resecabilidad del tumor y, por tanto, el estadiaje, dependía de la experiencia de equipo quirúrgico, haciendo difícil comparar resultados entre los diferentes centros.

En 2009, el grupo de trabajo del INRG (International Neuroblastoma Risk Group Staging System) diseñó un nuevo sistema de estadiaje y de clasificación del riesgo, tras analizar los datos de más de 8.800 pacientes diagnosticados entre 1990 y 2002 en EE.UU, Europa, Japón y Australia(5,6) (Tabla VII). Este sistema define dos estadios localizados (L1 y L2) y dos metastásicos (M y MS). La presencia de metástasis y de factores de riesgo del tumor, definidos en los estudios de imagen (IDRFs-Image Defined Risk Factors) antes de la cirugía o de cualquier tratamiento, determinan la extensión de la enfermedad (Tabla VIII).

Los IDRFs son características del tumor primario que suponen una amenaza para la vida del paciente o que incrementan el riesgo quirúrgico, condicionando una peor evolución.

Clasificación en grupos de riesgo: actualmente la clasificación más utilizada es la del INRG que estratifica a los pacientes en 16 grupos de riesgo pretratamiento (Tabla IX)(6).

Para ello, tiene en cuenta siete factores pronósticos: el estadio, la edad, la histología (tipo y grado de diferenciación) y la biología del tumor (amplificación de NMYC, ploidía, deleción 11q)(5,6). Según la supervivencia libre de enfermedad (SLE), a los 5 años los pacientes se agrupan en cuatro categorías de riesgo: muy bajo (SLE > 85%), bajo (75-85%), intermedio (50-75%) y alto (< 50%)(5,6).

En el futuro, los nuevos conocimientos sobre las alteraciones genómicas y moleculares del NBL permitirán redefinir de forma más precisa estos grupos de riesgo y aplicar estrategias basadas en la medicina personalizada(10).

Bases del tratamiento del neuroblastoma

Las modalidades tradicionales de tratamiento del NBL son la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia, a las que, en los últimos años, se han incorporado la inmunoterapia y la terapia diferenciadora.

La cirugía tiene un papel fundamental en el NBL, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento. La biopsia inicial es crucial para establecer el diagnóstico inequívoco del tumor y para el estudio de sus características biológicas. En la enfermedad en recaída, la biopsia puede aportar información adicional sobre la biología tumoral y, mediante las nuevas técnicas de secuenciación masiva, posibilitar la detección de nuevos marcadores moleculares para la aplicación de terapias personalizadas.

El abordaje quirúrgico, ya sea mediante cirugía abierta o técnicas menos invasivas (laparoscopia, toracoscopia, biopsia percutánea), dependerá de la localización, extensión y resecabilidad de la lesión. Los tumores localizados sin IDRFs se resecarán en la cirugía inicial(8,9,13). En los demás casos, la biopsia garantizará la obtención del material suficiente para realizar todos los estudios y se valorará extirpar el resto tumoral de forma diferida. El riesgo de complicaciones quirúrgicas es mayor en los lactantes, sobre todo en < 2 meses de edad, en los que la enfermedad tiene mejor pronóstico; por lo que, en estos casos, se debe valorar cuidadosamente la indicación de la cirugía.

El NBL es un tumor radiosensible, pero la elevada prevalencia de metástasis óseas hace que la radioterapia no sea curativa(8). La radioterapia está indicada como tratamiento de la enfermedad residual en algunos tumores localizados, en el control de la enfermedad local y de metástasis refractarias en pacientes de alto riesgo, así como en pacientes en fase terminal, para mitigar el dolor asociado a las metástasis óseas(8). Actualmente, el uso de radioterapia urgente en la compresión medular o en la infiltración hepática masiva es excepcional, siendo preferible la quimioterapia, tanto por su eficacia como por el menor riesgo de efectos secundarios a largo plazo.

La quimioterapia está indicada en pacientes de riesgo intermedio o alto, así como en algunos pacientes de bajo riesgo con compromiso vital, variando la intensidad de la misma según el riesgo.

Tratamiento ajustado al riesgo

El tratamiento del NBL depende del grupo de riesgo al que pertenezca el paciente, basado en las diferencias pronósticas relacionadas con la edad y la biología tumoral, por lo que las estrategias terapéuticas son muy variadas.

El tratamiento dentro de cada grupo de riesgo, especialmente en el intermedio, difiere en cierta medida entre los distintos grupos colaborativos(9,13,24). A continuación, se describen las recomendaciones terapéuticas del grupo de NBL de la Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica Europea o SIOPEN (SIOP-Europa-Neuroblastoma) (Tabla X y Fig. 5).

Figura 5. Tratamiento del neuroblastoma adaptado al riesgo. Los pacientes de bajo riesgo generalmente se curan solo con cirugía; los pacientes asintomáticos con tumores con alta probabilidad de regresión, se manejan solo con observación. En el riesgo intermedio, los pacientes reciben quimioterapia, con un nº de ciclos variable en función de la respuesta y resección quirúrgica. Los pacientes de alto riesgo necesitan tratamiento intensivo que incluye: quimioterapia, cirugía, altas dosis de quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia y terapia diferenciadora.Adaptado de: Tolbert VP et al, Cell Tissue Res. 2018.

Tratamiento del NBL de muy bajo y de bajo riesgo

En los pacientes de bajo riesgo y asintomáticos, la resección quirúrgica o la observación en tumores con tendencia a la regresión espontánea, son suficientes para el control de la enfermedad.

Dentro de SIOPEN, se consideran de bajo riesgo los estadios INRG L1, L2 y MS con edad y características biológicas favorables (Tabla X). Su pronóstico es excelente, con SLE > 90% y supervivencia global (SG) cercana al 100%. La mayoría de estos pacientes se curan solo con cirugía y en algunos casos sin ningún tratamiento, dada la tendencia de estos tumores a la regresión espontánea(8,9,13,20).

Pacientes 12 meses, estadio MS y sin NMYC-amp alcanzan SG > 85% solo con observación clínica y seguimiento ecográfico. La quimioterapia se reserva para los pacientes con síntomas amenazantes para la vida (SAVs), como compresión medular o distrés respiratorio secundario a infiltración hepática masiva (Tabla XI).

Los fármacos utilizados son: etopósido, carboplatino, ciclofosfamida y doxorrubicina, y se administrarán solo los ciclos necesarios para el control de síntomas(2-4).

La mayoría de los NBL neonatales son masas adrenales en estadios INRG L1/L2 de histología favorable, que suelen regresar espontáneamente. En los niños < 3 meses de edad y asintomáticos, con tumores < 5 cm de diámetro, se realiza solo observación y, en caso de progresión, se realiza cirugía y el estudio histológico y molecular del tumor(8,9,13,20).

La cirugía es de elección en tumores localizados (INRG L1 y L2), resecables y biológicamente favorables. Algunos pacientes progresan después, pero se pueden rescatar con cirugía y/o quimioterapia sin un impacto significativo en la SG. La observación está indicada en los pacientes con INRG L2 (INSS 2A y 2B) con características biológicas favorables y con IDRFs, recibiendo quimioterapia en caso de progresión o presencia de SAVs, seguida de exéresis tumoral si fuera posible. Los niños con NBL en estadio L2 sin NMYC-amp, pero con perfil biológico SCA (antes incluidos en el grupo de alto riesgo), también reciben quimioterapia (4 ciclos) seguida de cirugía(8,9,13,20).

Tratamiento del NBL de riesgo intermedio

Los pacientes de riesgo intermedio se tratan con quimioterapia cuya duración depende de la respuesta, así como cirugía del tumor primario.

Es un grupo muy heterogéneo con tumores de características biológicas variables, pero con tasas de SG > 80%, cuando se combinan quimioterapia y cirugía. Incluye niños > 18 meses de edad con enfermedad en estadio INRG L2 (INSS 3) y 12 meses en estadio M, ambos sin NMYC-amp (Tabla X). La resección del tumor primario se realiza después de 4-6 ciclos de quimioterapia, siempre que sea posible. Si la histología es desfavorable, los pacientes reciben después radioterapia local y terapia diferenciadora. Con esta estrategia, la SG a los 5 años es > 90% en los lactantes en estadio M y del 70% en niños > 18 meses de edad con NBL en estadio L2(8,9,13,20).

Los pacientes con NBL estadio L1 y NMYC-amp son un tipo especial dentro del grupo de riesgo intermedio y reciben quimioterapia (6 ciclos), inmediatamente después de la cirugía del tumor primario, ya que sin tratamiento suelen presentar recaídas metastásicas en los meses siguientes.

Tratamiento del NBL de alto riesgo

Los pacientes de alto riesgo reciben tratamiento multimodal intensivo con: quimioterapia, cirugía, radioterapia, inmunoterapia y terapia diferenciadora con ácido 13-cis retinoico.

En este grupo se incluyen los pacientes con estadios INRG > L1 (L2, M y MS) con NMYC-amp y los 12 meses en estadio M y MS sin NMYC-amp. Presentan recaídas frecuentes y alta mortalidad, con una probabilidad de SG a los 5 años del 50%.

El tratamiento se divide en 4 fases (Fig. 5): inducción (quimioterapia y cirugía), consolidación (trasplante autólogo y radioterapia) y mantenimiento (inmunoterapia y ácido 13-cis-retinoico). El objetivo de la quimioterapia de inducción es conseguir la máxima reducción del tumor primario y de las metástasis. La intensidad de dosis se relaciona con la respuesta y la supervivencia. El régimen recomendado es el “Rapid COJEC” (vincristina, carboplatino, etopósido, cisplatino y ciclofosfamida), que administrado en un periodo de tiempo muy ajustado (3-4 meses) trata de evitar el desarrollo de resistencias farmacológicas(8,9,13,20). Al final de la inducción, la persistencia de infiltración medular y de metástasis óseas en la mIBG (score SIOPEN) son factores independientes de mal pronóstico.

En los pacientes con respuesta adecuada, se procede a la extirpación quirúrgica del tumor primario, finalizando con ello el tratamiento en los pacientes > 12 meses, estadio M y sin NMYC-amp. Los demás pacientes continúan con la fase de consolidación, que consiste en quimioterapia mieloablativa (busulfan y melfalan) seguida de rescate con trasplante autólogo y radioterapia local. El tratamiento de mantenimiento incluye ácido 13-cis-retinoico, que induce la diferenciación de las células tumorales residuales e inmunoterapia con el anticuerpo monoclonal anti-GD2, dinutuximab(8,9,13,20,25).

Tratamiento de enfermedad refractaria y las recaídas

El NLB refractario o en recaída es difícilmente curable, no habiéndose definido aún el tratamiento óptimo de los pacientes de alto riesgo en esta situación.

Alrededor del 20% de los pacientes con NBL de alto riesgo son refractarios al tratamiento de primera línea y el 60% de los que completan el tratamiento recaen (mediana de 1,5 años desde el diagnóstico). La SG después de una recaída es < 10%, siendo mejor en pacientes en estadio L1 (70%) comparado con aquellos en estadio L2 (40%) o M (2%). No se ha establecido aún el tratamiento estándar de estos pacientes. La quimioterapia de rescate incluye combinaciones de temozolamida con irinotecan y/o bevacizumab (BEACON) y topotecan con temozolomida o ciclofosfamida o con doxorrubicina y vincristina en perfusión continua (TVD), con resultados variables(9,13,20). La terapia con 131I-mIBG es otra alternativa, con un 30-40% de respuestas globales.

Actualmente, se encuentran en investigación varios fármacos dirigidos contra dianas moleculares como: los inhibidores de ALK (crizotinib), inhibidores de Aurora A kinasa (desestabilizan N-MYC), de histona deacetilasa (vorinostat) o de Trkb (entrectinib). Otros ensayos clínicos incluyen: inhibidores de check-point, inmunoterapia (anti-GD2 con células NK, nalixamab con GM-CSF) y terapia celular con CAR-T (Chimeric Antigen Receptors -T cells) contra GD2(9,13,20).

Efectos secundarios a largo plazo

Los pacientes que sobreviven a un neuroblastoma de riesgo intermedio o alto que han recibido tratamiento con quimioterapia, radioterapia y cirugía, tienen un riesgo elevado de desarrollar efectos secundarios a largo plazo.

Los pacientes que reciben quimioterapia y radioterapia tienen riesgo de presentar efectos secundarios a largo plazo como: ototoxicidad, cardiotoxicidad, osteoporosis, complicaciones endocrinas (talla baja, hipotiroidismo), diarrea crónica, hiperplasia nodular focal hepática, segundos tumores (cáncer de tiroides, renal y de partes blandas y leucemia aguda) e infertilidad(8,9). Además, al diagnóstico, los pacientes pueden presentar complicaciones neurológicas, como compresión medular o SOM, que a largo plazo pueden determinar secuelas neuromusculares como: paraplejia, incontinencia, escoliosis, déficits neurocognitivos y alteraciones del desarrollo(15).

Feocromocitoma y paraganglioma

Son tumores secretores de catecolaminas derivados de las células cromafines de la médula suprarrenal (feocromocitoma) o de los ganglios del SNS (paraganglioma).

Son tumores neuroendocrinos originados a partir de las células cromafines derivadas de la CN (Fig. 1). El 80% se localizan en la médula suprarrenal y se denominan feocromocitomas y el resto, los paragangliomas, asientan en los ganglios simpáticos prevertebrales y paravertebrales de cabeza y cuello, mediastino, abdomen y pelvis.

Predominan en población adulta, y solo el 10-20% se presentan en niños. Pueden ser esporádicos, familiares (mutaciones en las subunidades de la succinato-dehidrogenasa, SDHD) o asociarse a síndromes genéticos, como la enfermedad de Von Hippel Lindau (la más frecuente), la neoplasia endocrina múltiple tipo 2 y la neurofibromatosis tipo 1(26). Los tumores multifocales, extraadrenales o bilaterales en pacientes pediátricos sugieren una causa genética.

Ambos tumores sintetizan y secretan catecolaminas (dopamina, norepinefrina, epinefrina) y sus metabolitos (HVA, normetanefrina y metanefrina). Por ello, se manifiestan con: hipertensión, taquicardia, sudoración, cefalea, temblor y ansiedad. La invasión local o la existencia de metástasis a distancia (hueso, hígado, pulmón y ganglios linfáticos) determinan su malignidad, siendo, por lo general, tumores > 5 cm, paragangliomas y familiares(26).

El diagnóstico se realiza mediante TC o RM y la cuantificación de catecolaminas y sus metabolitos en sangre y orina. El estudio de extensión se completa con la 123I-MIBG, aunque otros radiotrazadores como análogos de somatostatina marcados con galio, 18-fluorodopa o 18-fluoro-dihidroxifenilalanina, también son de utilidad(26).

El tratamiento de elección es la resección quirúrgica. La complicación más frecuente es la hipotensión arterial grave intraoperatoria y postoperatoria, por lo que es prioritario el control de la TA previo a la cirugía, mediante bloqueo adrenérgico (primero alfa y después beta) y prevenir la hipovolemia. Los pacientes metastásicos se pueden tratar con: quimioterapia (ciclofosfamida/vincristina/dacarbazina o temozolamida), radioterapia, embolización, ablación con radiofrecuencia o radionucleótidos (o 131I-MIBG o 177Lu-DOTATATE)(26). También se han ensayado los inhibidores de tirosín kinasa (sunitinib) con resultados variables.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental el papel del pediatra de Atención Primaria en el diagnóstico de sospecha del neuroblastoma. Evitar demoras en la atención de estos pacientes en unidades especializadas de Oncología Pediátrica, tiene gran impacto en el pronóstico y calidad de vida de los supervivientes.

Por sus síntomas de presentación, se considera al neuroblastoma como un gran simulador, por lo que se debe incluir en el diagnóstico diferencial de enfermedades infecciosas y reumatológicas, cuadros digestivos (dolor abdominal, estreñimiento, anorexia, fallo de medro) y renales (hipertensión arterial idiopática).

Así mismo, es crucial identificar datos de alarma, como debilidad muscular, rechazo de la marcha o alteración del control de esfínteres, que pueden indicar una compresión medular o síntomas compatibles con un SOM, como alteraciones del comportamiento, ataxia y mioclonias.

En los casos en los que se sospeche un tumor de la cresta neural, la aproximación inicial en un paciente estable mediante analítica, ecografía y radiografía de tórax, es de gran utilidad. No se debe olvidar la posible aparición de citopenias en el hemograma o de alteraciones bioquímicas, como la elevación de la ferritina y de la LDH, que pueden simular una leucemia.

Los casos con alto índice de sospecha deben remitirse de inmediato a centros especializados con Unidades de Oncología Pediátrica.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Caso clínico

Anamnesis

Lactante de 2 meses de vida que consulta por distensión abdominal progresiva de 2 semanas de evolución, con empeoramiento de su reflujo gastroesofágico y cólicos. No refiere irritabilidad ni rechazo de las tomas, y se encuentra afebril. Hábito intestinal normal y diuresis conservada. Embarazo controlado y parto a término, eutócico. Apgar 9/10. Alimentado con lactancia materna exclusiva. Desarrollo psicomotor normal para la edad. Pauta de vacunación que corresponde a los 2 meses.

Exploración física

Afebril, con tensión arterial y frecuencia cardíaca normales para su edad. Buen estado general, bien hidratado y perfundido. Sin lesiones cutáneas y con auscultación cardiopulmonar normal. Destaca a la palpación abdominal, una masa pétrea que se extiende desde región subcostal hasta genitales, con molestias a la exploración, aunque sin signos de irritación peritoneal. Perímetro abdominal de 41,5 cm y genitales masculinos normales.

Pruebas complementarias

En la ecografía abdominal se objetiva una masa redondeada en región suprarrenal derecha de 3,5 x 2,9 x 3 cm y hepatomegalia masiva, encontrándose el hígado ocupado en su totalidad por lesiones nodulares (Fig. 6).

Figura 6. Imágenes del caso clínico. A. Radiografía simple (PA), en la que se aprecia importante distensión abdominal. B. Ecografía abdominal que muestra la masa suprarrenal. C y D. Imágenes de RM, en la que además de la masa suprarrenal, se aprecia la infiltración hepática masiva con múltiples imágenes nodulares (síndrome de Pepper).

Se completa el estudio de imagen con una radiografía de tórax que es normal y una resonancia magnética abdominal, donde se confirma la presencia de una masa redondeada hipointensa en T1 e hiperintensa en T2, localizada en región suprarrenal derecha. El parénquima hepático está sustituido en su práctica totalidad por innumerables lesiones nodulares, de una señal similar a la masa suprarrenal, sin lesiones a otros niveles (Fig. 6). El hemograma y la bioquímica son normales, salvo elevación de LDH de 1172 U/L (180-430), sin otros datos de lisis tumoral, y de enolasa neuronal específica (ENE) hasta 134 ug/L (0-18).

Evolución

Tras el ingreso, la situación clínica del paciente empeora, desarrollando hipertensión arterial que requiere tratamiento antihipertensivo y presenta datos de coagulación intravascular diseminada, por lo que ingresa en la unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos.

 

Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías

J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández
Temas de FC


J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández

Sección de Hematología y Oncología Pediátricas y del Adolescente. Servicio de Pediatría. Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Hospital Materno-Infantil. Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid. Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón (IiSGM). CIBEREHD

Resumen

En las últimas décadas, se ha experimentado un notable incremento en la supervivencia de los tumores diagnosticados en edad pediátrica, lo cual supone indudablemente un éxito de la medicina, pero genera un nuevo escenario, con un aumento de los efectos secundarios tardíos y de la mortalidad prematura respecto a la población general. Es de vital importancia, por tanto, el desarrollo de modelos de seguimiento del paciente superviviente, que permitan una comunicación fluida y eficiente entre profesionales sanitarios, un manejo individualizado para cada paciente, la implementación de hábitos de vida saludables y de protocolos de diagnóstico precoz, de recaídas y de secuelas tardías. De esta forma, se aumentará la adherencia al seguimiento y se reducirá la gravedad de la toxicidad crónica.
Existen guías de consenso nacionales e internacionales, cada vez de mayor calidad, pero con una elevada heterogeneidad entre ellas. A lo largo de la siguiente revisión, se hará referencia a estas guías de seguimiento, haciendo especial hincapié en los efectos secundarios tardíos por aparatos, su diagnóstico precoz y recomendaciones de manejo a largo plazo.

 

Abstract

Over the last several decades there has been a significant increase in the survival of most pediatric tumors, which is undoubtedly a success, but generates a new scenario with an increase in late side effects and premature mortality compared to the general population. Therefore, it is highly important to develop models for follow-up care of childhood cancer survivors, which allow fluid and efficient communication between healthcare professionals, individualized management for each patient, implementation of healthy lifestyle habits and early diagnosis protocols for relapses and late sequelae. Following this approach, adherence to follow-up will be increased and the severity of chronic toxicity will be reduced.
There are national and international consensus guidelines of increasing quality, but with a high degree of heterogeneity between them. In this article reference will be made to these follow-up guidelines, highlighting the specific late side effects on each organ system, their prompt recognition and recommendations for longterm management.

 

Palabras clave: Supervivientes de cáncer infantil; Efectos secundarios tardíos; Toxicidad a largo plazo; Segundas neoplasias.

Key words: Childhood cancer survivors; Late side effects; Long-term toxicity; Second malignancies.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 372 – 385


 

Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías

Introducción

La supervivencia al cáncer en edad pediátrica se ha incrementado notablemente en las últimas décadas, siendo esenciales las estrategias de prevención y la atención al diagnóstico precoz de secuelas tardías.

El número de supervivientes de cáncer infantil se ha incrementado de forma significativa en los últimos 40 años, pasando de un 58% de supervivencia entre 1975-1977 a un 83% entre 2008-2014(1). En España, se observó un incremento de un 23% de supervivencia (del 54 al 77% de 1980-1984 a 2000-2004), con una disminución de un 50% del riesgo de muerte en ese periodo (https://www.uv.es/rnti/cifrasCancer.html). En Europa, 1 de cada 500-600 niños desarrollará una neoplasia maligna antes de los 15 años y se estima que, en los próximos años, uno de cada 450 adultos jóvenes será un superviviente de cáncer infantil en Europa(2). En contrapartida a este gran avance se observa una elevada prevalencia de morbilidad en forma de efectos secundarios tardíos. El Children’s Oncology Group (COG) observó en un estudio de supervivencia de cáncer infantil, la existencia de, al menos, un problema crónico en la segunda década en casi el 60% de los supervivientes y más de un 30% de secuelas crónicas graves a los 30 años del diagnóstico(3). El St. Jude Lifetime Cohort Study publicó un trabajo en el que se observaba que a los 45 años de edad, el 95,2% de los supervivientes referían, al menos, una afección crónica de salud, siendo serio, incapacitante o amenazante para la vida en el 80% de los casos (el doble que la población general a esa edad)(4).

Los tratamientos frente al cáncer predisponen a las personas que los reciben a un exceso de morbilidad y a una mortalidad prematura en comparación con la población general. El riesgo es directamente proporcional a la intensidad del tratamiento para conseguir la curación de la enfermedad, siendo más gravoso en caso de terapia multimodal y en pacientes que han recibido varios tratamientos por recaída. La edad es un factor determinante, a menor edad más efectos tóxicos sobre el crecimiento lineal, maduración esquelética, funcionalidad intelectual, desarrollo sexual y funcionalidad orgánica.

Si bien, son datos preocupantes, la repercusión de estos efectos secundarios tardíos puede ser modificada a través de una detección precoz y un manejo adecuado de las patologías, así como prevenida en parte, mediante una modificación de los hábitos de vida(1). Asimismo, es una tendencia generalizada de los protocolos actuales buscar, en casos en los que se ha alcanzado un buen resultado de supervivencia a largo plazo, disminuir la toxicidad aguda y crónica sin detrimento de la supervivencia (p. ej.: leucemia aguda linfoblástica, nefroblastoma, linfoma de Hodgkin, algunos tumores cerebrales…), en particular, disminuyendo el uso de la radioterapia y ajustando la intensidad de tratamiento al riesgo individual(5,6).

Reducir los efectos secundarios tardíos y detectarlos de forma temprana en caso de existir, se ha convertido en un objetivo para estos pacientes, con el fin de mejorar su calidad de vida. El seguimiento y las recomendaciones deben ser individualizadas acorde a las características personales de cada superviviente, tipo de tumor, tratamiento recibido, edad, comorbilidades, estilo de vida y existencia de síndromes dismórficos o de predisposición al cáncer(1) (Fig. 1). Los efectos secundarios se incrementan con la edad, pero pueden aparecer a lo largo de toda la vida, por lo que es esencial que exista un adecuado seguimiento basado en recomendaciones y guías de consenso, desde la edad pediátrica hasta la edad adulta.

Figura

Figura 1. Recomendaciones de estilo de vida y promoción de la salud.

Modelos de seguimiento de supervivientes de cáncer infantil

No existe un modelo único para el seguimiento de los efectos secundarios a largo plazo, pero tampoco se ha demostrado la superioridad de uno sobre otro mediante estudios de duración y metodología adecuadas. La tabla I recoge una comparativa entre los diferentes modelos, sus ventajas e inconvenientes(1).

En general, la opción más adecuada sería la que mejor se adapte a las características individuales del paciente. En nuestro medio, es fundamental el trabajo conjunto entre profesionales sanitarios del medio hospitalario y de Atención Primaria, así como una transición progresiva y estructurada al modelo de atención de adultos. La transferencia de información es esencial, en especial: la historia clínica anterior, fecha de diagnóstico y final de tratamiento, pruebas diagnósticas iniciales y durante el seguimiento, tratamientos multimodales recibidos y sus dosis, complicaciones relacionadas con los mismos o con la propia enfermedad, recaídas y plan de seguimiento (Tabla II).

La elaboración de informes detallados para los médicos que harán la atención continuada de los supervivientes en Atención Primaria o durante su etapa adulta es muy importante y, a menudo, es uno de los déficits de la atención hospitalaria. En este sentido, un buen número de servicios de Oncología y Hematología Pediátricas y del Adolescente están realizando esfuerzos en implementar consultas de seguimiento específico del superviviente y de transición a adultos, prestando especial detalle a la elaboración del “pasaporte del superviviente”. Existen herramientas promovidas desde la propia Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica Europea (SIOPe) (http://www.survivorshippassport.org/) y a través de proyectos europeos como el SurPass del PanCare Proyect (Programa Marco Horizonte 2020-EU.3.1.5, https://cordis.europa.eu/project/id/899999/es).

Recomendaciones de seguimiento

Existen guías de consenso de diferentes grupos internacionales para el seguimiento de los supervivientes que, si bien son heterogéneas y variables en las recomendaciones, son muy útiles.

En los últimos años, se han desarrollado guías nacionales e internacionales para el seguimiento de efectos secundarios a largo plazo en supervivientes. En Estados Unidos, el Children’s Oncology Group (COG) publica periódicamente las guías “Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers” (última versión 5.0, octubre 2018). Se trata de una guía basada en el riesgo individual, las herramientas para el diagnóstico y el manejo de los efectos secundarios. La versión actual es accesible a través de la página www.survivorshipguidelines.org(7). En Europa, tres grandes grupos han desarrollado guías similares: la “Therapy Based Long-Term Follow Up Practice Statement” del UKCCSG (United Kingdom Children’s Cancer Study Group)(8), la “Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline” (Scottish Intercollegiate Guidelines Network, SIGN)(9) y las “Guidelines for follow-up after childhood cancer more than 5 years after diagnosis” (Late Effects Taskforce of the Dutch Childhood Oncology Group, DCOG LATER)(10). Cada una de estas recomendaciones usa una metodología diferente y, en ocasiones, las recomendaciones son variables. Con el objetivo de homogeneizarlas se creó la International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG), que dada la complejidad del problema por ahora sólo ha elaborado documentos para el despistaje de cáncer de mama, cardiomiopatía, fallo ovárico precoz, gonatoxicidad en el varón, cáncer de tiroides y ototoxicidad (https://www.ighg.org/guidelines/). La Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) publicó en 2012 la guía “Efectos tardíos en supervivientes de un cáncer infantil”, que constituye una herramienta de indiscutible valor(11). Es obvia la necesidad de desarrollar guías de consenso, pero se desconoce el coste-efectividad de estas recomendaciones a largo plazo(1).

Efectos secundarios tardíos por sistemas o aparatos

Existen guías de efectos secundarios ajustadas a cada tratamiento específico que, por su amplitud, exceden ampliamente la extensión de este artículo(7,8), por lo que nos centraremos en los efectos secundarios por aparatos o sistemas. De forma muy resumida, se exponen en la tabla III.

Secuelas cardiológicas

Los pacientes de mayor riesgo son los que reciben antraciclinas a altas dosis, radioterapia torácica o mediastínica o ambas; si bien, otras terapias convencionales y dirigidas también precisan vigilancia.

Las complicaciones cardiovasculares son uno de los principales problemas de los supervivientes, con un aumento de riesgo respecto a la población general de fallo cardíaco (15 veces superior) y de muerte prematura por causas cardíacas (7 veces superior)(12). Las antraciclinas, independientemente de cuál sea, producen toxicidad directa e indirecta (radicales libres) sobre el miocito. No hay una dosis segura si el objetivo es un estado cardiovascular normal a largo plazo. La toxicidad crónica se manifiesta meses o incluso muchos años después, consistiendo en miocardiopatía dilatada degenerativa no isquémica dependiente de dosis (más frecuente que restrictiva) por daño irreversible del miocardio, así como hipertensión arterial, cardiopatía isquémica e insuficiencia cardíaca. Pueden aparecer arritmias graves, taquicardia, fibrilación ventricular e incluso bloqueos de segundo y tercer grado. La incidencia de cardiotoxicidad convencional es de un 7,5-10% a los 30 años de finalizar el tratamiento(12,13). El sexo femenino, la edad precoz, una mayor dosis acumulada (> 250 mg/m2) y la irradiación cardiotorácica concomitante asocian un mayor riesgo de cardiotoxicidad y una mayor gravedad. Existen también otros quimioterápicos clásicos (ciclofosfamida, citarabina, cisplatino, ifosfamida, paclitaxel, 5-fluorouracilo…) que producen toxicidad cardíaca por otros mecanismos(14). En los últimos años hay que considerar también otras terapias emergentes como los inhibidores de los proteosomas, del HER2, del VEGF, de tirosin kinasas (ITKs) y la inmunoterapia entre la que cabe mencionar la terapia con células CAR-T y los fármacos inhibidores del punto de control inmunitario(15) (Tabla IV).

El desarrollo de moléculas cardioprotectoras ha sido un anhelo en los últimos años. El dexrazoxano se ha postulado como un firme candidato, pues mejora la cardiotoxicidad observada con las antraciclinas. Su uso se ha visto limitado por la sospecha de que podría interferir con la eficacia de las antraciclinas, así como por una supuesta relación con el desarrollo de neoplasias secundarias. Ninguno de estos puntos ha sido comprobado en estudios recientes, incluyendo un meta-análisis con una muestra de 4.639 niños tratados con antraciclinas por diferentes neoplasias (Shaikh F et al., J Natl Cancer Inst. 2016). La American Heart Association y la American Academy of Pediatrics recomiendan su utilización como cardioprotector en protocolos que emplean antraciclinas (el Children’s Oncology Group -COG- lo recomienda desde 2015 en aquellos protocolos que impliquen dosis >=150 mg/m2 o radioterapia cardiotorácica). En nuestro medio, no se usa de rutina en la práctica clínica habitual. El uso de formas liposomales de antraciclinas y de análogos (epirrubicina, idarrubicina, mitoxantrone) podría mejorar la toxicidad a largo plazo(14) y se recomiendan pautas de administración prolongadas (6-96 horas) frente a bolos. No se ha demostrado que fármacos como enalapril o fosfocreatina (Cheuk DKL et al. Cochrane Database Syst Rev. 2016), betabloqueantes, estatinas ni antialdosterónicos tengan un efecto protector.

La radioterapia mediastínica/torácica produce inflamación aguda sobre los cardiomiocitos y genera hipercoagulabilidad. El estrés oxidativo conduce a una inflamación crónica y posterior fibrosis (Velásquez CA et al. Rev Colombiana Cardiol 2018). Los factores de riesgo son: altas dosis acumuladas (> 30-35 Gy), altas dosis diarias (> 2 Gy/sesión), edad < 50 años en el momento de la terapia, historia previa de enfermedad cardíaca o factores de riesgo cardiovascular y tratamiento quimioterápico cardiotóxico concomitante(7). La toxicidad se manifiesta como: disfunción ventricular, daño endotelial (aumento de riesgo vascular, coronariopatía, enfermedad vascular degenerativa aórtica o de troncos supra-aórticos, ictus), cardiomiopatía dilatada o restrictiva, pericarditis crónica/constrictiva, valvulopatía degenerativa y arritmias. La enfermedad cardíaca inducida por radiación ocurre en el 10-30% de pacientes.

En resumen, se consideran pacientes de alto riesgo, aquellos que han recibido >=250 mg/m2 de antraciclinas, > 35 Gy de radiación torácica o >=100 mg/m2 de antraciclinas + >=15 Gy de irradiación(12). La vigilancia en pacientes de alto riesgo debe comenzar no más tarde de 2 años tras el fin del tratamiento cardiotóxico y debe ser repetida a los 5 años tras el diagnóstico, continuando cada 5 años o antes si precisa.

La semiología a vigilar será disnea, dolor torácico, palpitaciones, intolerancia al ejercicio y actividades de la vida diaria. Se recomienda la auscultación cardiopulmonar de rutina, así como descartar la presencia de soplos carotídeos. La ecocardiografía es la principal prueba de imagen para el diagnóstico y seguimiento, siendo la resonancia magnética un complemento interesante en casos seleccionados (no como técnica de cribado)(16). El electrocardiograma es un complemento para el diagnóstico de arritmias y de la miocardiopatía, siendo necesaria, en ocasiones, la realización de pruebas de esfuerzo y de Holter(7).

En cuanto a biomarcadores, el péptido natriurético atrial, sobre todo su fracción pro-B NT, podría ser un predictor de disfunción posterior, cuando se encuentra elevado durante el tratamiento. En pacientes asintomáticos, debe interpretarse con prudencia y siempre en combinación con otros elementos. No se recomiendan como estrategia única de seguimiento en pacientes de alto riesgo(12).

Se recomienda el ejercicio regular a supervivientes con función ventricular normal. El American College of Sports Medicine recomienda la realización de 30-40 minutos de ejercicio aeróbico, cinco veces por semana, junto con 2 días de entrenamiento de mayor intensidad. En caso de sintomatología relacionada con el ejercicio, es importante comunicarlo rápidamente. Es importante vigilar otros factores de riesgo cardiovascular (HTA, diabetes, dislipemia y obesidad), así como evitar el consumo de tabaco. Durante la gestación, estas pacientes deberán tener un seguimiento estrecho, más aún en el primer trimestre(12).

Por último, debe vigilarse el síndrome de fatiga crónica, que tiene una prevalencia variable según la serie (10-80%), aunque generalmente se considera que puede afectar al 30% de los niños, adolescentes y adultos jóvenes. Consiste en una experiencia subjetiva de fatiga persistente y cansancio severo, años después, no explicables por causas orgánicas, y que no mejora con el descanso. Es difícil de diferenciar de una depresión. Son factores de riesgo haber recibido radioterapia (la pulmonar es la más claramente relacionada), el estrés psicológico, las recaídas, la comorbilidad de otros efectos secundarios, el sexo femenino, el desempleo y situaciones de soledad afectiva. Se correlaciona inversamente con el tiempo pasado desde el tratamiento y con una integración socio-laboral adecuada. Existen herramientas para su diagnóstico (PROMIS pediatric fatigue measures, PedsQL MFS). El manejo se realiza mediante terapia conductual (ejercicio físico, gestión del tiempo, integración socio-laboral…), no habiéndose demostrado eficacia de terapias farmacológicas(17).

Secuelas respiratorias

La toxicidad pulmonar es una complicación tardía frecuente, que puede tener un gran impacto en la calidad de vida de los supervivientes, por lo que es preciso tener un alto índice de sospecha.

El daño crónico del aparato respiratorio puede estar relacionado con la enfermedad primaria o metastásica, las complicaciones infecciosas durante el tratamiento y las propias terapias multimodales. La presentación puede ser aguda o crónica, según se resumen en la tabla V.

La incidencia acumulada de complicaciones pulmonares aumenta con el tiempo pasado desde el diagnóstico(16), en particular, la fibrosis pulmonar y la neumonitis crónica. La radioterapia puede producir lesión oxidativa del endotelio vascular y afectación del desarrollo normal de la pared torácica, sobre todo, por encima de los 20 Gy(8,16). En pacientes receptores de un trasplante de progenitores hematopoyéticos existe una especial vulnerabilidad, debida a los regímenes de acondicionamiento, las complicaciones derivadas de la enfermedad injerto contra receptor (EICR) y de las infecciones respiratorias asociadas al procedimiento.

Durante el seguimiento, hay que vigilar síntomas guía como tos seca persistente, disnea o intolerancia al ejercicio. Se debe realizar auscultación pulmonar durante las visitas, saturación basal de O2 y radiografía de tórax, si existen síntomas. En estos casos, es esencial el estudio de la función pulmonar, con especial interés en valorar patrones restrictivos (capacidad vital forzada, capacidad de difusión). Muchos pacientes tienen alteraciones de la función pulmonar asintomáticas u oligosintomáticas, que deben ser seguidas por su posible empeoramiento progresivo. Debe aconsejarse evitar el consumo de tabaco y la inhalación pasiva del mismo(11).

Secuelas neuropsicológicas

Muchos pacientes presentan toxicidad neurológica, sensorial o cognitiva tardía que impacta en su función cognitiva e integración psicosocial en la vida adulta, en particular, en grupos de alto riesgo.

Las secuelas neurocognitivas se observan hasta en un 40-45% de los supervivientes, principalmente en aquellos que han padecido una afectación tumoral primaria o secundaria del sistema nervioso central y en aquellos que han recibido radioterapia a ese nivel (tumores SNC, leucemia aguda linfoblástica en protocolos previos). En ocasiones, se produce un déficit funcional (alteración visual, déficit de pares craneales, hemiparesia, ataxia…) derivada del crecimiento del propio tumor o de la cirugía de su resección. A largo plazo, las manifestaciones pueden ser sensitivo-motoras (afasia, paresias, déficits focales, neuropatía periférica…) o neurocognitivas (memoria, atención, aprendizaje, velocidad de procesamiento y ejecución de tareas, disminución de rendimiento escolar…). La radioterapia es especialmente lesiva en niños menores de 3-5 años de edad. Se asocia una mayor dosis con un mayor riesgo de secuelas neurocognitivas, en relación con leucoencefalopatía y lesión microangiopática vascular(11).

A nivel del sistema nervioso periférico, se pueden observar secuelas en pacientes tratados con dosis de cisplatino > 300 mg/m2 y con alcaloides de la vinca (sobre todo, vincristina, en particular en niños malnutridos). El cisplatino suele asociarse con neuropatía sensorial. La vincristina raramente produce neuropatía crónica, pero puede ser múltiple (sensoriomotora, autonómica, pares craneales). En estos casos se precisan estudios neurofisiológicos, así como ofrecer adecuado soporte rehabilitador, terapia ocupacional y analgesia si la neuropatía es dolorosa(9).

Se recomienda un seguimiento basado en la valoración de la capacidad intelectual, visual, de percepción sensorial, memoria, lenguaje y aprendizaje, valorando el rendimiento académico y el comportamiento en el entorno familiar y social. Debe intervenirse de forma precoz, cuando se objetiven estancamientos o déficits en alguna de estas áreas. Puede ser necesaria la realización de pruebas de imagen (angioTAC, angioRM) para completar la valoración global, así como valoración por Neuropediatría y Psicología(10).

A nivel psicológico, existe hasta un 80% más de probabilidades de presentar limitaciones psicológicas que afecten a la calidad de vida y dos veces más de estrés emocional cuando se establece una comparación con los hermanos del paciente. No todos los tumores presentan el mismo patrón de secuelas psicológicas. Los supervivientes de tumores cerebrales presentan más tasa de depresión, somatización, fatiga y somnolencia; y los de leucemia, más estrés, depresión y ansiedad durante la adolescencia, respecto a otros tumores y a la población general(8).

La irradiación cerebral se asocia con estrés psicológico, somatización, mayor sensación de cansancio, peor rendimiento físico y psíquico, disrupción del sueño y peor integración escolar y social. Los pacientes tratados con quimioterapia intensiva, especialmente con alquilantes, tienen más estrés, ansiedad, depresión y somatización, especialmente con tratamientos alquilantes. Se han descrito conductas de riesgo asociadas a disfunción psicológica, alta tasa de tabaquismo y consumo de alcohol (en relación con peor estatus socioeconómico). En adultos se ha descrito una elevada tasa de ideación suicida e intentos autolíticos, siendo los supervivientes de tumores cerebrales los que mayor incidencia tienen (10,4%)(7). No se ha encontrado asociación con la edad al diagnóstico, tiempo desde el diagnóstico, tipo de tratamiento, recurrencia o segundos tumores. Se han descrito como factores de riesgo: bajo nivel educativo, bajos ingresos, desempleo, soledad afectiva. En este aspecto es importante un seguimiento cercano de la situación social, psicológica y emocional.

Secuelas en los órganos de los sentidos

Las secuelas sensoriales, especialmente de visión o audición, pueden limitar la capacidad social o laboral de los supervivientes, por lo que deben ser vigiladas con particular cuidado.

La afectación ocular más frecuente es la aparición de cataratas. Se relaciona con el uso de dosis elevadas y prolongadas de corticoides, radioterapia a ese nivel (ocular-órbitas, craneal, corporal total, siendo dosis dependiente y, sobre todo, si >= 2 Gy directamente sobre el cristalino), y haber recibido busulfán o quimioterapia intratecal(16). Puede producirse xeroftalmia y atrofia del conducto lacrimal y, más raramente: hipoplasia orbitaria, enoftalmos, queratitis, telangiectasias, retinopatía, maculopatía, neuropatía del quiasma óptico, daño papilar y glaucoma. El riesgo aumenta en caso de radioterapia >= 30 Gy sobre el ojo-órbita, en caso de tratamiento con 131-I como terapia metabólica para el cáncer de tiroides, actinomicina-D o doxorrubicina combinada con radioterapia, EICR, exposición frecuente ocular a la luz solar y si existe comorbilidad (diabetes mellitus, hipertensión arterial). Otras alteraciones visuales que pueden desarrollarse son: hipersensibilidad a la luz, visión borrosa, diplopía, nictalopía (ceguera nocturna) y alteraciones de la refracción ocular. El riesgo perdura más de 20 años desde el final del tratamiento(7).

Se recomienda graduación anual de la vista en todos los supervivientes, y en aquellos con antecedente de tratamiento con corticoides o radioterapia sobre el globo ocular-órbita, tumores orbitarios, EICR, tratamiento con yodo radiactivo o diaforesis anormal además una valoración oftalmológica anual. Se recomienda la utilización de gafas homologadas con protección UV(7).

En lo referente a la audición, el efecto secundario a largo plazo más frecuente es la ototoxicidad. Son factores de riesgo haber recibido altas dosis de cisplatino o carboplatino, la radioterapia craneal o que englobe al oído (>=30 Gy) y haber recibido terapias como: aminoglucósidos, furosemida, AINEs o quelantes del hierro (deferasirox). La manifestación habitual es la sordera neurosensorial, a veces con tinnitus (acúfeno), siendo menos frecuente cuadros de vértigo, hipoacusia de transmisión y la otoesclerosis(7). Se recomienda la valoración auditiva al final de tratamiento en pacientes de riesgo y luego anualmente para < 6 años (potenciales evocados auditivos), cada 2 años entre 6-12 años (audiometría tonal de 1.000-8.000 Hz, mejor alta frecuencia > 8.000 Hz) y, posteriormente, cada 5 años en > 12 años. En portadores de válvula de derivación ventrículo-peritoneal, se recomienda valoración auditiva al finalizar el tratamiento y luego cada 5 años, aun sin otros factores de riesgo(7). Se recomienda evitar ruidos de elevada intensidad.

El olfato puede afectarse en forma de anosmia o de rinitis/sinusitis crónica, habitualmente en pacientes que han recibido radioterapia en esa localización o cirugía para resección tumoral.

Secuelas orales y dentales

Son de riesgo especial, los pacientes sometidos a quimioterapia antes de los 5 años de vida, en especial con ciclofosfamida a altas dosis. Uno de los principales problemas de la cavidad oral es la xerostomía, en general, relacionada con la radioterapia cráneo-facial, que puede mejorar con la ingesta frecuente de líquidos, caramelos sin azúcar y comprimidos de saliva artificial. El tratamiento predispone a un aumento del riesgo de caries, infecciones dentales e incluso trastorno del habla o del sueño. Se describen, con frecuencia, otros problemas dentales (hipoplasia del esmalte, caries, pérdida de piezas, microdontia, hipodontia, maloclusión). Es esencial una higiene dental cuidada y regular, así como valoración por estomatología u odontología en caso de presentar problemas. En ocasiones, se desarrollan anomalías en el desarrollo cráneo-facial y trismus secundario a alteraciones de la articulación témporo-mandibular(9).

La radioterapia aumenta también el riesgo de padecer segundas neoplasias. En ocasiones, la cavidad oral puede ser el lugar de afectación de la EICR en pacientes receptores de trasplante de progenitores hematopoyéticos. Es importante, un adecuado seguimiento para detectar estas alteraciones precozmente.

Secuelas endocrinológicas

La mitad de los supervivientes de un cáncer infantil van a presentar, al menos, un trastorno endocrinológico tardío a lo largo de su vida, siendo los tumores del sistema nervioso central los más frecuentemente relacionados(7). En el caso particular del craneofaringioma, se produce alteración de, al menos, un eje hormonal en el 75% de los pacientes. Los factores de riesgo son: el propio daño directo por crecimiento tumoral, el derivado de las cirugías de resección o biopsia y la radioterapia >=30 Gy. La radioterapia craneal produce más alteraciones de este eje cuanto menor es la edad del paciente. La secuela más habitual es la talla baja por deficiencia de GH, en particular con dosis de radioterapia > 18 Gy. En la vida adulta, la deficiencia de esta hormona se asocia con problemas metabólicos como: aumento de la grasa corporal, perfiles lipídicos alterados en sangre, disminución de la capacidad de ejercicio, de la densidad mineral ósea y de la sensibilidad a la insulina. La talla baja puede deberse, no obstante, a otras causas (hipotiroidismo, pubertad precoz, déficit de crecimiento por radiación vertebral o de huesos largos y corticoterapia prolongada)(7). En ocasiones, se produce un “catch up” hasta alcanzar la talla diana con adecuado tratamiento sustitutivo, pero no ocurre siempre(16).

En otras ocasiones, se presenta como insuficiencia suprarrenal central por déficit de ACTH (muy infrecuente, por daño directo tumoral o quirúrgico o dosis >=30-50 Gy de radioterapia), hipotiroidismo central por déficit de TSH (RT craneal >=30 Gy), hipogonadismo hipogonadotrópico por déficit de LHRH, LH o FSH (segundo eje afectado en orden de frecuencia), déficit de prolactina o diabetes insípida central por déficit de ADH (afectación del infundíbulo por craneofaringioma, tumor de células germinales o glioma óptico). Se denomina panhipopituitarismo cuando existe un déficit de >=3 hormonas.

Puede producirse una pubertad precoz, consistente en un desarrollo puberal adelantado, crecimiento óseo rápido y talla final menor que la diana. Se relaciona con RT > 18 Gy, edad precoz en el momento de recibirla y sexo femenino. Se recomienda hacer un examen físico anual, con datos antropométricos y seguimiento del desarrollo puberal, con estudio de edad ósea en caso de sospecha. En algunos pacientes se observa hiperprolactinemia, generalmente relacionada con irradiación de dosis altas en la hipófisis o al desarrollo de segundos tumores (adenomas) hipofisarios tras el tratamiento. En caso de sospecha, se medirá la prolactina en sangre y realizará una RM hipofisaria, así como derivación a Endocrinología(7).

A nivel tiroideo, el hipotiroidismo suele relacionarse con radioterapia cervical, mediastínica o espinal. Es habitual que ocurra en los 5 primeros años post-tratamiento, si se han empleado dosis > 30 Gy (sobre todo >=45 Gy). Otros factores de riesgo son: tratamiento con metaiodobencilguanidina (MIBG) terapéutica (a pesar de profilaxis con yodo oral), con anti-GD2 (neuroblastoma), con ITKs (inhibidores de tirosín quinasas) y secundario a tiroidectomía o tratamiento ablativo con 131I radiactivo. En raras ocasiones, se pueden observar casos de hipertiroidismo, tiroiditis autoinmune y nódulos tiroideos (benignos y malignos). Puede existir un hipoparatiroidismo secundario a la cirugía de resección tiroidea, que precise seguimiento y tratamiento(7).

A nivel gonadal, se puede observar toxicidad derivada del uso de alquilantes a altas dosis (busulfán, melfalán, carmustina, lomustina, ciclosfosfamida, ifosfamida, tiotepa, procarbazina, dacarbazina, derivados del platino), en especial, en combinación con radioterapia sobre las gónadas. Las niñas tienen mayor riesgo si reciben los tratamientos durante o después de la pubertad. Se produce fallo ovárico hasta en un 50% de las pacientes que reciben radioterapia sobre las gónadas (>=15 Gy), en particular, en asociación con alquilantes. Se ha descrito infertilidad desde dosis >= 5 Gy sobre los ovarios. Asimismo, la cirugía puede producir una menopausia iatrogénica (ooforectomía bilateral) o un adelanto de la misma (ooforectomía unilateral). En este caso, se produciría un hipogonadismo hipergonadotropo, que en consecuencia puede conducir a un aumento del riesgo de osteoporosis y cardiovascular de forma prematura. La radioterapia abdominal que incluya el útero aumenta el riesgo de crecimiento intrauterino retardado y parto pretérmino. Se recomienda revisión clínica anual del desarrollo madurativo sexual, características de la menstruación, determinación hormonal (FSH, LH, estrógenos) y, en caso de sospecha de fallo ovárico, realizar una densitometría ósea y derivar a Endocrinología(7,11).

En todo caso, las pacientes que por su tratamiento tengan factores de riesgo de fallo ovárico pueden tener una menopausia prematura con un periodo de fertilidad acortado, por lo que es papel del médico de Atención Primaria advertir de este riesgo y aconsejar cuando sea posible y exista el deseo por parte de la mujer, tener descendencia no más tarde de los primeros años de la cuarta década de la vida.

En varones existe una especial sensibilidad de las células germinales tanto a la quimioterapia como a la radioterapia (a dosis tan bajas como 2-3 Gy), conduciendo a una azoospermia que puede ser irreversible en el caso de la radioterapia o mayoritariamente pasajera en el caso de que sea sólo por quimioterapia. Las células de Leydig son menos radiosensibles, pero pueden sufrir toxicidad a partir de 24 Gy(16). En casos de hipogonadismo masculino por fallo de células de Leydig, se debe derivar a Endocrinología y valorar suplementación con testosterona para evitar la sintomatología que esto produce(9).

Con objeto de anticipar estos problemas, se realizan técnicas de preservación de fertilidad en las niñas (corteza ovárica en niñas prepúberes/postpúberes y vitrificación de ovocitos en postpúberes) y en los niños (criopreservación de semen en postpúberes y en pocos centros, criopreservación de tejido testicular en prepúberes). El desarrollo de guías de consenso es esencial en nuestro medio, pues la tasa de preservación es aún baja, pero se están realizando esfuerzos para mejorar esta situación(18). Asimismo, existen técnicas quirúrgicas de trasposición de testes u ovarios previas a la administración de radioterapia escrotal, pélvica o inguinal que evitarían la irradiación directa que es el principal factor de riesgo de hipogonadismo en estos pacientes.

En lo referente al seguimiento, se recomienda control de talla (percentil), peso, IMC y estadio puberal cada 6 meses hasta finalizar el crecimiento y desarrollo sexual completo. Se debe interrogar sobre el inicio menstrual (prepúberes) o re-inicio (púberes) y acerca de síntomas menopáusicos (sofocos, dispareunia), considerando el riesgo de menopausia prematura. Se derivará a Endocrinología si existe un crecimiento lento, retraso del desarrollo puberal o riesgo de hipogonadismo. Es importante asesorar acerca de consejos sobre fertilidad, de menopausia prematura, reproductivos y de los riesgos individualizados.

Finalmente, a largo plazo, unas de las secuelas endocrinometabólicas más relevantes son la diabetes mellitus tipo 2 y el síndrome metabólico (obesidad, hipertensión arterial, intolerancia a la glucosa – aumento de resistencia a la insulina y dislipemia), que cuentan como principales factores de riesgo con la radioterapia abdominal, irradiación corporal total, tratamiento corticoideo prolongado, malos hábitos alimenticios con exceso de ingesta calórica, sedentarismo y antecedentes familiares de diabetes mellitus de tipo 2. En consecuencia, se produce un incremento del riesgo cardiovascular con un aumento de morbi-mortalidad asociado. Se recomienda implementar de forma precoz medidas de control dietético, aumento de actividad física, control de tensión arterial y dislipemia. En consulta, se realizará un control estrecho del índice de masa corporal, presión arterial, perfil lipídico, glucemia y Hb A1C(19).

Secuelas gastrointestinales

Las complicaciones gastrointestinales pueden ser múltiples y heterogéneas en función de la terapia recibida, la localización del tumor primario y si existe el antecedente de cirugía con lesión orgánica.

Las complicaciones gastrointestinales más relevantes se exponen en la tabla VI.

La cirugía de resección tumoral y la radioterapia pueden tener secuelas obstructivas a nivel visceral. En el caso de la segunda, puede producir fibrosis e isquemia por lesión vascular. Puede aparecer como manifestación crónica en caso de una EICR intestinal. Asimismo, las secuelas específicas derivadas de cirugías con resecciones amplias deben ser consideradas (gastrectomía, duodenopancreatectomía, colecistectomía, esplenectomía, resección intestinal con ostomía de descarga…). Se deben vigilar síntomas guía como: disfagia, pirosis, dispepsia, reflujo, náuseas, vómitos, diarrea crónica, estreñimiento o pérdida progresiva de peso. En los casos en que quede un intestino corto, vigilaremos la hipovitaminosis y déficit de absorción de otros nutrientes(7).

La hepatotoxicidad crónica puede aparecer tras un largo periodo de latencia, siendo secundaria a algunos agentes quimioterápicos, radioterapia, obesidad, hepatitis virales o sobrecarga férrica secundaria a transfusiones. Debe evitarse el consumo de hepatotóxicos, como el alcohol y otras drogas de abuso.

Secuelas nefrourinarias

El daño renal tardío en forma de insuficiencia renal crónica es una de las complicaciones más graves en los supervivientes.

Los principales factores de riesgo de daño renal a nivel glomerular y tubular proximal son la radiación abdominal y el tratamiento con altas dosis de ifosfamida (> 16 g/m2), cisplatino (> 450 mg/m2) y, en menor medida, carboplatino. Otros factores son el uso de fármacos nefrotóxicos (aminoglucósidos, anfotericina B, foscarnet, tacrolimus y ciclosporina A). Debe considerarse que algunos pacientes son monorrenos, debido a nefrectomía de su tumor primario (nefroblastoma) o por afectación renal metastásica(20). En consecuencia, se puede desarrollar insuficiencia renal crónica, tubulopatía proximal o síndrome de Fanconi(7). Algunos supervivientes de tumores de Wilms tienen un riesgo particular, pues además de ser monorrenos, pueden tener antecedente sindrómico (Denys-Drash) y habrán recibido quimioterapia y radioterapia. Es frecuente que presenten hipertensión arterial (30%) durante el seguimiento. En pacientes receptores de trasplante de progenitores hematopoyéticos, puede producirse nefrotoxicidad derivada de inmunosupresores, así como por nefritis secundarias a virus BK.

El daño vesical suele asociarse a uso de ciclofosfamida o ifosfamida, así como a infecciones víricas (BK virus, adenovirus, citomegalovirus)(9). Pueden existir lesiones de las vías urinarias bajas, secundarias a cirugía de tumores sólidos y por radioterapia/braquiterapia. De forma secundaria, se puede producir también: incontinencia vesical (vejiga neurógena), fibrosis vesical, cáncer vesical, disfunción sexual, dolor pélvico crónico, alteraciones del suelo vesical, fístulas y sequedad vaginal en mujeres(16).

Se recomienda control de TA anual, con bioquímica sanguínea para valoración de función renal y electrolitos, gasometría venosa y bioquímica de orina. Si el estudio post-tratamiento es normal, debe repetirse a los 5 años. En caso de HTA, proteinuria o signos de tubulopatía, remitir a Nefrología(7).

Secuelas músculo-esqueléticas

Son importantes los hábitos de vida saludables, con ejercicio físico regular y aportes suficientes de vitamina D y calcio en la dieta, así como la detección precoz de problemas a este nivel.

La radiación cráneo-espinal, el uso prolongado de corticoides o metotrexato, las alteraciones nutricionales y el estilo de vida sedentario producen un elevado riesgo de este tipo de secuelas. Puede producirse hipotrofia y fibrosis de tejidos blandos, así como disminución de masa ósea con osteopenia/osteoporosis derivada de los tratamientos, del encamamiento prolongado y de la radioterapia sobre grupos osteomusculares. Otras complicaciones a largo plazo son: osteonecrosis (necrosis avascular), exostosis, fracturas patológicas, hipocrecimiento óseo o crecimiento asimétrico, dismetrías y, en algunas ocasiones, las secuelas derivadas de amputaciones y de malfunciones protésicas(7). En el caso particular de la densidad mineral ósea, existe un notable margen de recuperación a lo largo de la adolescencia con un estilo de vida saludable, actividad física regular (sobre todo, ejercicios con cargas), exposición solar controlada y optimización del aporte de calcio en la dieta. En ocasiones, son precisos los suplementos de vitamina D. Se recomienda evitar el alcohol, tabaco, un exceso de cafeína y la obesidad(9).

Secuelas ginecológicas

La autoexploración mamaria y la realización de pruebas de cribado basadas en el riesgo individual son fundamentales para anticipar los tumores mamarios en la edad adulta.

En el caso particular de la mujer adolescente, es importante concienciar a la paciente de la importancia de la autoexploración mamaria (mensual), así como de la realización de un examen ginecológico regular. El riesgo de cáncer de mama secundario es mayor si la paciente recibió radioterapia mediastínica o de la pared torácica, existe predisposición familiar al cáncer de mama (mutaciones BRCA1/2) o antecedente de síndrome de Li-Fraumeni (TP53). En estos casos de alto riesgo, se recomienda seguimiento ginecológico anual desde la pubertad hasta los 25 años, luego cada 6 meses. Se deben realizar mamografías anuales desde los 25 años (otros grupos lo recomiendan desde los 30 años)(10) o desde 8 años después del tratamiento (lo que ocurra en último término). La resonancia mamaria se recomienda de forma concomitante con los mismos plazos que las mamografías. En caso de hipoplasia mamaria, se hará un seguimiento anual de la evolución, derivando a la paciente a Cirugía Plástica en caso de necesidad de reconstrucción mamaria, una vez completado el desarrollo puberal(7).

Vacunación en el paciente oncohematológico

La revacunación del paciente oncohematológico es de vital importancia en los meses y años siguientes al tratamiento, de una forma programada según las guías y recomendaciones nacionales.

En general, se suspenden las vacunaciones sistemáticas durante el tratamiento, lo que sumado a que algunos pacientes tienen una pauta vacunal incompleta por su corta edad al diagnóstico, la pérdida de la inmunidad vacunal adquirida por los tratamientos recibidos y la inmunodeficiencia mantenida por algunas terapias (rituximab, trasplante de progenitores hematopoyéticos, inmunosupresores), hace que sean una población de riesgo infeccioso particularmente elevado al finalizar el tratamiento. Dada la extensión de esta revisión, se remite al lector a las actualizaciones periódicas del Comité Asesor de Vacunas de la AEP (https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-14 y -16, actualizado a fecha Agosto 2021).

Riesgo de mortalidad prematura

Existe un mayor riesgo de muerte prematura en los supervivientes, por lo que es de vital importancia la promoción de la salud (Fig. 1) y el diagnóstico precoz de complicaciones, así como de segundos tumores.

La tasa de mortalidad prematura de los supervivientes está aumentada respecto a la población general, siendo mayor en los primeros años de seguimiento (mortalidad acumulada: 6,5% a 10 años, 11,9% a 20 años y 18,1% a 30 años del diagnóstico). El riesgo es mayor en mujeres, tumores cerebrales y sarcoma de Ewing(7). La principal causa es la recurrencia de la enfermedad original (67%), que disminuye en importancia con el paso del tiempo. Según pasan los años, la toxicidad asociada al tratamiento cobra un papel más importante en la disminución de la vida media (mortalidad tardía). Se ha descrito 7 veces más riesgo de fallecer por eventos cardiovasculares (especialmente en mujeres, tumores renales y linfoma de Hodgkin), casi 9 veces más riesgo de fallecer por problemas pulmonares o respiratorios (sobre todo sujetos con LMA o neuroblastoma) y más de 2 veces por otros motivos médicos. A partir de los 20-30 años del tratamiento, la mortalidad secundaria a segundas neoplasias es la principal causa de mortalidad (15 veces superior a la población sana). Por tanto, el seguimiento estrictamente restringido a 5 años post-tratamiento, es insuficiente en pacientes que han superado un tumor en la edad pediátrica(7-9).

Riesgo de segundas neoplasias

Se ha descrito hasta 5-20 veces más riesgo que la población general de padecer segundos tumores histológicamente diferentes de los iniciales. En general se observan, al menos, 2 años tras el tumor primario, en los 10 primeros años de seguimiento, aunque pueden tener una latencia de hasta 30 años(21). La incidencia acumulada tras 20 años es de un 3-10%, y tras 30 años de un 5-30%, según la serie. Los tumores primarios con más incidencia de segundas neoplasias son el linfoma de Hodgkin y los sarcomas de partes blandas. Los tumores secundarios más frecuentes son los de mama, tiroides, LMA y sarcomas(7). Los principales factores de riesgo son(6,7,16):

Quimioterapia. Los agentes alquilantes se relacionan con síndromes mielodisplásicos, que pueden preceder o no a leucemias mieloblásticas agudas secundarias. Su latencia es habitualmente de 5-7 años y se acompañan de alteraciones citogenéticas (monosomías y deleciones parciales de cromosomas 5 y 7). Las epipodofilotoxinas (etopósido) se asocian también a LMA, pero suelen desarrollarse antes (2-3 años tras la finalización del tratamiento). Existe más riesgo con dosis >=2.000 mg/m2 y asocian anomalías del gen MLL (induce translocaciones de 11q23). Las antraciclinas también pueden producir este tipo de leucemias, 2-3 años tras el tratamiento. El pronóstico es desfavorable. Se recomienda hemograma anual durante el seguimiento a largo plazo, al menos, hasta 10 años de la exposición a la quimioterapia. La latencia para el desarrollo de tumores sólidos es algo mayor, de media 14 años. El etopósido aumenta el riesgo de linfoma de Hodgkin, neuroblastoma, nefroblastoma y rabdomiosarcoma secundarios, entre otros.

Radioterapia. Es un factor de riesgo relevante, sobre todo, cuando se reciben dosis elevadas en edades tempranas. Se utiliza frecuentemente en tumores del SNC, tumores sólidos e, históricamente, en linfoma de Hodgkin y el acondicionamiento con irradiación corporal total de algunos trasplantes. El riesgo se incrementa conforme pasa el tiempo, con un máximo a los 10-15 años del tratamiento (se mantiene hasta 30 después). Se observan principalmente: tumores de mama, meningiomas (craneal), tumores óseos y de partes blandas, cáncer de tiroides, cáncer de piel no melanoma y cáncer vesical.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos. Puede aumentar hasta 8 veces el riesgo de segundas neoplasias respecto a la población general (hasta 60 veces en receptores por debajo de los 10 años de edad). Su origen es multifactorial (quimioterapia, radioterapia de acondicionamiento y EICR). Los inmunosupresores se relacionan con el desarrollo de síndrome linfoproliferativo post-trasplante.

Síndromes de predisposición al cáncer (Li-Fraumeni, DICER1, NF1-2, telomeropatías…). En los últimos años, de la mano de los avances en genética, se diagnostican cada vez más. Permiten identificar alteraciones en línea germinal o mosaicismos que predisponen a uno o varios tumores, aumentando su importancia en Oncohematología pediátrica. Dada la extensión del artículo, remitimos al lector a la revisión de la bibliografía en caso de interés(22).

Es importante una información suficiente y una educación adecuada acerca de los riesgos personalizados de cada paciente, fomentar la autoobservación y reducir, en lo posible, los factores de riesgo (tabaco, alcohol, exposición solar). Deben vigilarse, asimismo, síntomas o signos que puedan estar en relación con el tumor primario y que sugieran una recurrencia. En este sentido, para realizar un diagnóstico precoz es fundamental tener un elevado índice de sospecha, reconocer los grupos de riesgo y las “banderas rojas” (signos de alarma) en cada paciente(23,24).

Funciones del pediatra de Atención Primaria

Tal como se ha discutido anteriormente en esta revisión, no existe un modelo único de seguimiento del superviviente de cáncer pediátrico, siendo esencial adaptarlo a las características y riesgos individuales de cada caso, así como a las condiciones reales de nuestro sistema sanitario. En este sentido, disponemos de una red de Atención Primaria Pediátrica excelentemente preparada para la promoción de la salud (Fig. 1) y acompañamiento del paciente durante su crecimiento. A nivel hospitalario, se está produciendo un avance en el desarrollo de unidades especializadas en el seguimiento de este tipo de pacientes y en la transición a adultos, de forma que disponemos de un modelo de asistencia y seguimiento mixto en la práctica habitual.

Los profesionales de Atención Primaria son un pilar fundamental de los equipos multidisciplinares, actuando como una primera línea para el diagnóstico de secuelas, recaídas y segundos tumores, así como promoviendo hábitos de vida saludables. Es esencial que haya una adecuada transmisión de antecedentes, riesgos personalizados y del plan de seguimiento por parte de la medicina hospitalaria, así como una comunicación fluida entre ambos ámbitos, lo cual redundará en un beneficio asistencial a nuestros pacientes. Del mismo modo, debe integrarse al paciente y a su familia en la responsabilidad del cuidado a largo plazo, evitación de conductas de riesgo y percepción de signos o síntomas de alarma, lo cual prevendrá pérdidas de adherencia al seguimiento o baja percepción de su importancia a largo plazo.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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8.*** Skinner R, Wallace W, Levitt GA. Therapy based long term follow up: practice statement: United Kingdom Children’s Cancer Study Group (Late Effects Group) (Internet). Disponible en: https://www.cclg.org.uk/write/MediaUploads/Member%20area/Treatment%20guidelines/LTFU-full.pdf.

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10.*** Late Effects Taskforce of the Dutch Childhood Oncology Group (DCOG LATER). Guidelines for follow-up after childhood cancer more than 5 years after diagnosis (Internet). Disponible en: https://www.skion.nl/workspace/uploads/vertaling-richtlijn-LATER-versie-final-okt-2014_2.pdf.

11.*** Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. Cevagraf. 2012.

12.*** Armenian SH, Hudson MM, Mulder RL, Chen MH, Constine LS, Dwyer M, et al. Recommendations for cardiomyopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group. The Lancet Oncology. 2015; 16: e123-36.

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19. Friedman DN, Tonorezos ES, Cohen P. Diabetes and Metabolic Syndrome in Survivors of Childhood Cancer. Horm Res Paediatr. 2019; 91: 118-27.

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23.** Huerta Aragonés J. Oncología para el pediatra de Atención Primaria (I): signos y síntomas sugerentes de patología neoplásica. Form Act Pediatr Aten Prim. 2014; 1: 4-15.

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Bibliografía recomendada

- Children’s Oncology Group. Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers (Internet). 2018. Disponible en: http://www.survivorshipguidelines.org/pdf/2018/COG_LTFU_Guidelines_v5.pdf.

Estas guías son un pilar central en el seguimiento, diagnóstico y manejo de los efectos secundarios tardíos en supervivientes de cáncer infantil, con una experiencia dilatada (casi 20 años), actualmente se encuentran en su 5ª versión, siendo actualizadas cada 5 años, aproximadamente.

- Scottish Intercollegiate Guidelines Network (SIGN), Scotland, Healhcare Improvement Scotland. Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline. [Internet]. Disponible en: https://www.sign.ac.uk/media/1070/sign132.pdf.

Guías de consenso del año 2013, organizadas por aparatos y sistemas, de una elevada calidad.

- Skinner R, Wallace W, Levitt GA. Therapy based long term follow up: practice statement: United Kingdom Children’s Cancer Study Group (Late Effects Group) (Internet). Disponible en: https://www.cclg.org.uk/write/MediaUploads/Member%20area/Treatment%20guidelines/LTFU-full.pdf.

Estas guías de consenso se centran tanto en los efectos secundarios a largo plazo por aparatos, como en los específicos al tratamiento quimioterápico o radioterápico recibido, lo cual aporta un interesante punto de vista.

- Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. Cevagraf. 2012.

Interesante publicación por parte del Grupo de Trabajo sobre Efectos Secundarios de la SEHOP, en forma de libro de texto, con un excelente desarrollo de cada tema que supera en exposición y comprensión al que se obtiene, a veces, en guías más esquemáticas.

- Armenian SH, Hudson MM, Mulder RL, Chen MH, Constine LS, Dwyer M, et al. Recommendations for cardiomyopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group. The Lancet Oncology. 2015; 16: e123-36.

Muy buen artículo que resume las recomendaciones de seguimiento y vigilancia cardiológica en pacientes de riesgo, con especial énfasis en los grupos de riesgo y los problemas a largo plazo. Es fruto del trabajo cooperativo del Children’s Oncology Group y varios grupos europeos, que conforman el International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG).

- Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. Am J Med Genet. 2017; 173: 1017-37.

Revisión de los síndromes de predisposición al cáncer más relevantes, con especial interés en los riesgos de desarrollo de tumores pediátricos y recomendaciones específicas de seguimiento.

 

Caso clínico

 

Niño de 3 años que acude a Urgencias por aparición de dificultad respiratoria grave de instauración progresiva. En la exploración física se objetiva una hipoventilación marcada del hemitórax izquierdo, con aumento del trabajo respiratorio a todos los niveles y saturación de oxígeno disminuida (92%). En la radiografía de tórax inicial, se observa una gran masa en hemitórax y derrame pleural masivo ipsilateral. Se realiza un TAC de tórax que confirma una gran masa en hemitórax izquierdo, con dudosa dependencia pleural, así como un derrame pleural grave. Tras estabilización del paciente y drenaje del derrame pleural, se completan los estudios diagnósticos en los días sucesivos. La realización de una biopsia percutánea de la masa guiada por ecografía torácica concluye el diagnóstico histológico de tumor neuroectodérmico primitivo de la pared torácica. No se objetivan metástasis pulmonares.

El paciente recibe tratamiento según protocolo vigente en aquella época (Ewing SEOP-2001, grupo 3 de tratamiento). Recibe quimioterapia de inducción con 6 ciclos VIDE (vincristina, ifosfamida, doxorrubicina y etopósido), tras la cual se realiza resección del resto tumoral con reconstrucción de pared costal. La respuesta a la quimioterapia muestra una respuesta pobre (necrosis 80%), con márgenes quirúrgicos libres. Se administra un ciclo de consolidación VAC (vincristina, D-actinomicina y ciclofosfamida) y, posteriormente, se realiza un trasplante autólogo de progenitores hematopoyéticos acondicionado con melfalán y etopósido. La dosis acumulada de citostáticos es la siguiente: vincristina: 10,5 mg/m2; ifosfamida: 54 g/m2; doxorrubicina: 360 mg/m2; etopósido: 4,5 g/m2; ciclofosfamida: 1,5 g/m2; actinomicina-D: 1,5 mg/m2; y melfalán: 140 mg/m2. Finalmente, a las 8 semanas del trasplante, se realiza radioterapia con modalidad de tomoterapia con 48 Gy sobre el tumor primario y 15 Gy sobre el pulmón ipsilateral.

Acude de forma reglada a sus consultas de seguimiento, según las recomendaciones vigentes en su protocolo de tratamiento, no objetivándose recaída a los 10 años de seguimiento. En cambio, a los 9 años de edad, se objetiva un hipocrecimiento de la parrilla costal izquierda que condiciona una escoliosis significativa, que precisa intervención. Asimismo, a los 8 años de seguimiento, se objetivan datos de miocardiopatía dilatada leve, objetivada ecocardiográficamente y por resonancia magnética, con leve disfunción ventricular sistólica, por lo que se inicia tratamiento con enalaprilo.

 

 

Follow-up of childhood cancer in Primary Care. How to detect late effects

J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández
Topics on
Continuous Training


J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández

Pediatric and Adolescent Hematology and Oncology Section. Pediatrics Service. Gregorio Marañón General University Hospital. Maternal and child Hospital. School of Medicine. Complutense University of Madrid. Gregorio Marañón Health Research Institute (IiSGM). CIBEREHD

Abstract

Over the last several decades there has been a significant increase in the survival of most pediatric tumors, which is undoubtedly a success, but generates a new scenario with an increase in late side effects and premature mortality compared to the general population. Therefore, it is highly important to develop models for follow-up care of childhood cancer survivors, which allow fluid and efficient communication between healthcare professionals, individualized management for each patient, implementation of healthy lifestyle habits and early diagnosis protocols for relapses and late sequelae. Following this approach, adherence to follow-up will be increased and the severity of chronic toxicity will be reduced.

There are national and international consensus guidelines of increasing quality, but with a high degree of heterogeneity between them. In this article reference will be made to these follow-up guidelines, highlighting the specific late side effects on each organ system, their prompt recognition and recommendations for longterm management.

 

Resumen

En las últimas décadas, se ha experimentado un notable incremento en la supervivencia de los tumores diagnosticados en edad pediátrica, lo cual supone indudablemente un éxito de la medicina, pero genera un nuevo escenario, con un aumento de los efectos secundarios tardíos y de la mortalidad prematura respecto a la población general. Es de vital importancia, por tanto, el desarrollo de modelos de seguimiento del paciente superviviente, que permitan una comunicación fluida y eficiente entre profesionales sanitarios, un manejo individualizado para cada paciente, la implementación de hábitos de vida saludables y de protocolos de diagnóstico precoz, de recaídas y de secuelas tardías. De esta forma, se aumentará la adherencia al seguimiento y se reducirá la gravedad de la toxicidad crónica.
Existen guías de consenso nacionales e internacionales, cada vez de mayor calidad, pero con una elevada heterogeneidad entre ellas. A lo largo de la siguiente revisión, se hará referencia a estas guías de seguimiento, haciendo especial hincapié en los efectos secundarios tardíos por aparatos, su diagnóstico precoz y recomendaciones de manejo a largo plazo.

 

Key words: Supervivientes de cáncer infantil; Efectos secundarios tardíos; Toxicidad a largo plazo; Segundas neoplasias.

Palabras clave: Childhood cancer survivors; Late side effects; Long-term toxicity; Second malignancies.

 

 

Pediatr Integral 2021; XXV (7): 372 – 385

 


 

Follow-up of childhood cancer in Primary Care. How to detect late effects

Introduction

Cancer survival rates in the pediatric age have notably increased in recent decades, where prevention as well as early diagnosis of late sequelae strategies have become essential.

The number of childhood cancer survivors has increased significantly in the last 40 years, increasing from 58% survival between 1975-1977 to 83% between 2008-2014(1). In Spain, a 23% increase in survival was observed (from 54 to 77%, from 1980-1984 to 2000-2004), with a 50% decrease in the risk of death in that period (https://www.uv.es/rnti/cifrasCancer.html). In Europe, 1 in 500-600 children will develop a malignancy before the age of 15 and it is estimated that, in the next few years, one in 450 young adults will be a childhood cancer survivor in Europe(2). In contrast to this great advance, there is a high prevalence of morbidity in the form of late side effects. The Children’s Oncology Group (COG) in a childhood cancer survival study observed the existence of at least one chronic problem in the second decade of life in almost 60% of survivors and more than 30% of severe chronic sequelae 30 years after diagnosis(3). The St. Jude Lifetime Cohort Study published a study in which it was observed that at 45 years of age, 95.2% of the survivors reported at least one chronic health condition, being it serious, disabling or life threatening in 80% of the cases (twice that of the general population at that age)(4).

Cancer treatments predispose recipients to excess morbidity and premature mortality compared to the general population. The risk is directly proportional to the intensity of the treatment to achieve the cure of the disease, being more burdensome in the case of multimodal therapy and in patients who have received several treatments due to relapse. Age is a determining factor, the younger the more toxic effects on linear growth, skeletal maturation, intellectual functionality, sexual development and organic functionality.

Although these are worrisome data, the impact of these late effects can be modified through early detection and adequate management of the pathologies, as well as, prevented in part through a modification of lifestyle habits(1). Likewise, it has become a generalized trend of current protocols to seek, in cases where a good long-term survival result has been achieved, to reduce acute and chronic toxicity without detriment to survival (e.g., acute lymphoblastic leukemia, nephroblastoma, Hodgkin lymphoma, certain brain tumors…), in particular, reducing the use of radiotherapy and adjusting the intensity of treatment to the individual risk(5,6).

Reducing late effects and early detection of them, if they exist, has become a goal for these patients, in order to improve their quality of life. Follow-up and recommendations must be individualized according to the personal characteristics of each survivor, type of tumor, treatment received, age, comorbidities, lifestyle, and existence of dysmorphic syndromes or predisposition to cancer(1) (Fig. 1). Side effects increase with age, but can manifest throughout life, hence, an adequate monitoring based on recommendations and consensus guidelines, from pediatric age to adulthood is essential.

Figura

Figure 1. Lifestyle recommendations and health promotion.

Follow-up Models of Childhood Cancer Survivors

There is not a unique model for the monitoring of long-term side effects, and the superiority of one over the others has not been demonstrated by studies of adequate duration and methodology. Table I contains a comparison between the different models, their advantages and disadvantages(1).

Figura

In general, the most suitable option would be the one that best suits the individual characteristics of the patient. In our environment, joint work between healthcare professionals from the hospital and Primary Care setting is essential, as well as a progressive and structured transition to the adult care model. Information transfer is crucial, especially: previous medical history, dates of diagnosis and end of treatment, diagnostic tests at diagnosis and during follow-up, multimodal treatments received and their doses, complications related to them or to the disease itself, relapses and follow-up plan (Table II).

Figura

Producing detailed medical reports for the physicians who will provide ongoing care for survivors in Primary Care or during their adulthood is paramount and often one of the deficits of hospital care. In this sense, a good number of Pediatric and Adolescent Oncology and Hematology services are making efforts to implement specific follow-up consultations for the survivor and transition to adult care, paying special attention to the elaboration of “survivor’s passport”. There are tools promoted by the International Society of European Pediatric Oncology (SIOPe) (http://www.survivorshippassport.org/) and through European projects such as the PanCareSurPass project (Horizon 2020-EU.3.1.5 Framework Program, https://cordis.europa.eu/project/id/899999/es).

Follow-up recommendations

There are consensus guidelines for the follow-up of survivors from different international groups that, although heterogeneous and variable in the recommendations, result very useful.

In recent years, national and international guidelines have been developed for the monitoring of long-term side effects in survivors. In the United States, the Children’s Oncology Group (COG) periodically publishes the “Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers” (latest version: 5.0, October 2018). It is a guide based on the individual risk, tools for diagnosis and management of side effects. The current version is accessible through the website www.survivorshipguidelines.org(7). In Europe, three large groups have developed similar guidelines: the UKCCSG (United Kingdom Children’s Cancer Study Group) “Therapy Based Long-Term Follow Up Practice Statement”(8), the “Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline” (Scottish Intercollegiate Guidelines Network, SIGN)(9) and the “Guidelines for follow-up after childhood cancer more than 5 years after diagnosis” (Late Effects Taskforce of the Dutch Childhood Oncology Group, DCOG LATER)(10). Each of these recommendations uses a different methodology and, at times, the recommendations are variable. With the aim of homogenizing them, the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG) was created, however, given the complexity of the issue, for now, it has only prepared documents for the screening of breast cancer, cardiomyopathy, early ovarian failure, male gonadal toxicity, thyroid cancer and ototoxicity (www.ighg.org/guidelines/). The Spanish Society of Pediatric Hematology and Oncology (SEHOP) published the guide “Late effects in survivors of childhood cancer” in 2012, which constitutes a tool of indisputable value(11). The need to develop consensus guidelines is obvious, but the long-term cost-effectiveness of these recommendations remains unknown(1).

Late effects on organs and body systems

There are guidelines for side effects tailored to each specific treatment that, due to their breadth, far exceed the length of this article(7,8). Thus, we will focus on side effects by organs or systems. They are shown in table III in a very summarized manner.

Figura

Cardiology sequelae

Patients at greatest risk are those receiving high-dose anthracyclines, chest or mediastinal radiation therapy, or both; however, other conventional and targeted therapies also require vigilance.

Cardiovascular complications are one of the main problems for survivors, with an increased risk of heart failure compared to the general population (15 times higher) and premature death from cardiac causes (7 times higher)(12). Anthracyclines, regardless of the type, produce direct and indirect toxicity (free radicals) on the myocyte. There is no safe dose if long-term normal cardiovascular status is the goal. Chronic toxicity manifests itself months or even many years later, consisting of dose-dependent non-ischemic degenerative dilated cardiomyopathy (more frequent than restrictive) due to irreversible myocardial damage, as well as arterial hypertension, ischemic heart disease, and heart failure. Serious arrhythmias, tachycardia, ventricular fibrillation and even second- and third-degree blocks may appear. The incidence of conventional cardiotoxicity is 7.5-10% 30 years after finishing treatment(12,13). Female sex, earlier age, higher cumulative dose (> 250 mg/m2), and concomitant cardiothoracic irradiation are associated with an increased risk of cardiotoxicity and greater severity. There are also other classic chemotherapy agents (cyclophosphamide, cytarabine, cisplatin, ifosfamide, paclitaxel, 5-fluorouracil…) that produce cardiac toxicity by other mechanisms(14). In recent years, other emerging therapies must also be considered, such as proteasome, HER2, VEGF and tyrosine kinase (TK) inhibitors, as well as immunotherapy, including CAR-T cell therapy and immune checkpoint inhibitors(15) (Table IV).

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The development of cardioprotective molecules has been a desire over the last years. Dexrazoxane has been postulated as a strong candidate, as it improves the cardiotoxicity observed with anthracyclines. Its use has been limited by the suspicion that it could interfere with the efficacy of anthracyclines, as well as by a possible contribution to the development of secondary neoplasms. None of these aspects have been proven in recent studies, including a meta-analysis with a sample of 4,639 children treated with anthracyclines for different neoplasms (Shaikh F et al., J Natl Cancer Inst. 2016). The American Heart Association and the American Academy of Pediatrics recommend its use as a cardioprotective agent in protocols that use anthracyclines (the Children’s Oncology Group -COG- recommends it since 2015 in those protocols that involve doses ≥ 150 mg/m2 or cardiothoracic radiotherapy). In our setting, it is not routinely used in the clinical practice. The use of liposomal forms of anthracyclines and analogues (epirubicin, idarubicin, mitoxantrone) could improve long-term toxicity(14) and long-term (6-96 hours) dosing regimens are recommended instead of boluses. Drugs such as enalapril or phosphocreatine (Cheuk DKL et al. Cochrane Database Syst Rev. 2016), beta-blockers, statins or anti-aldosteronic agents have not been shown to have a protective effect.

The mediastinal/thoracic radiotherapy produces acute inflammation on the cardiomyocytes and generates hypercoagulability. Oxidative stress leads to chronic inflammation and subsequent fibrosis (Velásquez CA et al. Rev Colombiana Cardiol 2018). Risk factors include: high cumulative doses (> 30-35 Gy), high daily doses (> 2 Gy/session), age <50 years at the time of therapy, previous history of heart disease or cardiovascular risk factors, and concomitant cardiotoxic chemotherapy treatment(7). Toxicity manifests as: ventricular dysfunction, endothelial damage (increased vascular risk, coronary artery disease, degenerative aortic vascular disease or supra-aortic trunk disease, stroke), dilated or restrictive cardiomyopathy, chronic/constrictive pericarditis, degenerative valvular disease and arrhythmias.

In summary, high-risk patients are those who have received ≥ 250 mg/m2 of anthracyclines, > 35 Gy of chest radiation or ≥ 100 mg/m2 of anthracyclines + ≥ 15 Gy of irradiation(12). Surveillance in high-risk patients should begin no later than 2 years after the end of cardiotoxic treatment and should be repeated 5 years after diagnosis, continuing every 5 years or sooner if necessary.

The semiology to be monitored will be dyspnea, chest pain, palpitations, intolerance to exercise and activities of daily life. Routine cardiopulmonary auscultation is recommended, as well as ruling out the presence of carotid murmurs. Echocardiography is the main imaging test for diagnosis and follow-up, with magnetic resonance imaging being an interesting supplementation in selected cases (not as a screening technique)(16). The electrocardiogram is a tool for the diagnosis of arrhythmias and cardiomyopathy, being necessary, on occasions, the performance of stress tests and Holter tests(7).

Regarding biomarkers, atrial natriuretic peptide, especially its pro-B NT fraction, could be a predictor of subsequent dysfunction if elevated during treatment. In asymptomatic patients, it should be interpreted with caution and always in combination with other elements. They are not recommended as the sole follow-up strategy in high-risk patients(12).

Regular exercise is recommended for survivors with normal ventricular function. The American College of Sports Medicine recommends 30-40 minutes of aerobic exercise, five times a week, along with 2 days of higher intensity training. In case of exercise-related symptoms, these should be promptly communicated. Other cardiovascular risk factors (hypertension, diabetes, dyslipidemia and obesity) should be monitored, and tobacco use avoided. During pregnancy, these patients should be closely followed, especially during the first trimester(12).

Finally, chronic fatigue syndrome should be considered, as it has a variable prevalence depending on the series (10-80%), although it is generally considered to affect 30% of children, adolescents and young adults. It consists of a subjective experience of persistent fatigue and severe tiredness, years after diagnosis, unexplained by organic causes, and that does not improve with rest. It is difficult to differentiate from depression. Risk factors include: having received radiotherapy (pulmonary therapy is the most clearly related), psychological stress, relapses, comorbidity of other side effects, female sex, unemployment and affective loneliness. It is inversely correlated with time progression since treatment and with an adequate social and labor integration. There are tools for its diagnosis (PROMIS pediatric fatigue measures, PedsQL MFS). Management is carried out through behavioral therapy (physical exercise, time management, social and occupational integration…), as the efficacy of pharmacological therapies has not been demonstrated(17).

Respiratory sequelae

Pulmonary toxicity is a common late complication, which can have a great impact on the quality of life of survivors, hence the importance in having a high index of suspicion.

Chronic respiratory tract damage can be related to primary or metastatic disease, infectious complications during treatment, and multimodal therapies themselves. The presentation can be acute or chronic, as summarized in Table V.

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The cumulative incidence of pulmonary complications increases with the time elapsed since diagnosis(16), in particular, pulmonary fibrosis and chronic pneumonitis. Radiation therapy can cause oxidative damage to the vascular endothelium and affect the normal development of the chest wall, especially beyond 20 Gy(8,16). In patients receiving a hematopoietic stem cell transplant there is a special vulnerability, due to the conditioning regimens, complications derived from graft versus host disease (GVHD) and respiratory infections associated with the procedure.

During follow-up, watchful vigilance should be kept for guiding symptoms such as persistent dry cough, dyspnea, or exercise intolerance. Lung auscultation should be performed during visits, with baseline O2 saturation and chest X-ray, if symptoms are present. In these cases, the study of lung function is essential, specially assessing restrictive patterns (forced vital capacity, diffusion capacity). Many patients have asymptomatic or oligosymptomatic lung function abnormalities, which should be followed for possible progressive deterioration. The avoidance of tobacco use and its passive inhalation should be advised(11).

Neuropsychological sequelae

Many patients, particularly in high-risk groups, present late neurological, sensory, or cognitive toxicity that impacts their cognitive function and psychosocial integration in adult life.

Neurocognitive sequelae are observed in up to 40-45% of survivors, mainly in those who have suffered a primary or secondary tumor involvement of the central nervous system and in those who have received radiotherapy at that level (CNS tumors, acute lymphoblastic leukemia in previous protocols). Sometimes, there is a functional deficit (visual abnormalities, cranial nerve deficit, hemiparesis, ataxia…) derived from the growth of the tumor itself or from its resection surgery. In the long term, the manifestations can be sensory-motor (aphasia, paresis, focal deficits, peripheral neuropathy…) or neurocognitive (memory, attention, learning, speed of processing and execution of tasks, decreased school performance…). Radiation therapy is especially harmful in children younger than 3-5 years of age. A higher dose is associated with a higher risk of neurocognitive sequelae, in relation to leukoencephalopathy and vascular microangiopathic lesion(11).

At the peripheral nervous system level, sequelae can be observed in patients treated with cisplatin doses > 300 mg/m2 and with vinca alkaloids (especially vincristine, particularly in malnourished children). Cisplatin is often associated with sensory neuropathy. Vincristine rarely causes chronic neuropathy, but if present, it can be multiple (sensorimotor, autonomic, cranial nerves). In these cases, neurophysiological studies are required, as well as offering adequate rehabilitation support, occupational therapy and analgesia if the neuropathy is painful(9).

A follow-up assessment of intellectual, visual, sensory perception, memory, language and learning capacity is recommended, assessing academic performance and behavior in the family and social environment. When stagnation or deficits are observed in any of these areas, early intervention is deemed necessary. Imaging tests (CT angiography, MR angiography) may be required to complete the global assessment, as well as an assessment by Neuropediatrics and Psychology(10).

At a psychological level, there is up to 80% more probability of presenting psychological limitations that affect the quality of life and two times more emotional stress when a comparison with the patient’s siblings is established. Not all tumors present the same pattern of psychological sequelae. Brain tumor survivors display a higher rate of depression, somatization, fatigue, and drowsiness; and those of leukemia, more stress, depression and anxiety during adolescence, compared to other tumors and the general population(8).

Brain irradiation is associated with psychological stress, somatization, a greater feeling of fatigue, poorer physical and mental performance, sleep disruption, and poorer school and social integration. Patients treated with intensive chemotherapy, especially with alkylating agents, present with more stress, anxiety, depression and somatization, especially with alkylating treatments. Risk behaviors associated with psychological dysfunction, high smoking rate and alcohol consumption (in relation to worse socioeconomic status) have been described. In adults, a high rate of suicidal ideation and suicide attempts has been described, with brain tumor survivors having the highest incidence (10.4%)(7). No association has been found with age at diagnosis, time since diagnosis, type of treatment, recurrence or second tumors. Low educational level, low income, unemployment and emotional loneliness have been described as risk factors. In this regard, close monitoring of the social, psychological and emotional situation is relevant.

Sequelae on the senses

Sensory sequelae, especially vision and hearing, can limit the social or work capacity of survivors, so these must be carefully monitored.

The most frequent ocular abnormality is the detection of cataracts. It is related to the use of high and prolonged doses of steroids, radiotherapy at this level (ocular-orbit, cranial, total body, being dose dependent and, especially, if ≥ 2 Gy directly on the lens), busulfan or intrathecal chemotherapy(16). Xerophthalmia and lacrimal duct atrophy can occur and, more rarely: orbital hypoplasia, enophthalmos, keratitis, telangiectasia, retinopathy, maculopathy, optic chiasm neuropathy, papillary damage and glaucoma. The risk increases in case of radiotherapy ≥ 30 Gy on the eye-orbit, in case of treatment with 131-I for thyroid cancer, actinomycin-D or doxorubicin combined with radiotherapy, GVHD, frequent ocular exposure to sunlight and if there is comorbidity (diabetes mellitus, arterial hypertension). Other visual disturbances that may develop are: hypersensitivity to light, blurred vision, diplopia, nyctalopia (night blindness) and alterations in ocular refraction. The risk lasts for more than 20 years beyond the end of treatment(7).

Annual ophthalmological examination is recommended in all survivors, and in those with a history of treatment with corticosteroids or radiotherapy to the eyeball-orbit, orbital tumors, GVHD, treatment with radioactive iodine or abnormal diaphoresis. The use of approved glasses with UV protection is recommended(7).

When it comes to hearing, the most common long-term side effect is ototoxicity. Risk factors include having received high doses of cisplatin or carboplatin, radiation therapy over the head or ear (≥ 30 Gy) and having received therapies such as: aminoglycosides, furosemide, NSAIDs or iron chelators (deferasirox). The usual manifestation is sensorineural deafness, sometimes with tinnitus, and less frequently vertigo, transmission hearing loss and otosclerosis(7). Hearing evaluation is recommended at the end of treatment in patients at risk and then annually for those aged < 6 years (auditory evoked potentials), every 2 years between 6-12 years of age (tonal audiometry of 1,000-8,000 Hz, being best high frequency > 8,000 Hz) and, subsequently, every 5 years in those aged > 12 years. In patients with a ventriculoperitoneal bypass valve, a hearing assessment is recommended at the end of treatment and then every 5 years, even in the absence of other risk factors(7). Avoiding loud noises is recommended.

Smell can be affected in the form of anosmia or chronic rhinitis/sinusitis, usually in patients who have received radiotherapy or surgical resection of a nasal tumor.

Oral and dental sequelae

Patients undergoing chemotherapy before 5 years of age, especially with high-dose cyclophosphamide, are of special risk. One of the main problems of the oral cavity is xerostomia, in general, related to craniofacial radiotherapy, which can improve with frequent intake of liquids, sugar-free candies and artificial saliva tablets. Treatment predisposes to an increased risk of cavities, dental infections, and even speech or sleep disorders. Other dental problems are frequently described (enamel hypoplasia, tooth decay, tooth loss, microdontia, hypodontia, malocclusion). Careful and regular dental hygiene is essential, as well as an assessment by stomatology or dentistry in case of presenting problems. Occasionally, abnormalities in craniofacial development and trismus develop secondary to alterations in the temporomandibular joint(9).

Radiation therapy also increases the risk of developing second neoplasms. Occasionally, the oral cavity may be the site of GVHD involvement in hematopoietic stem cell transplant recipients. An adequate follow-up is important to detect these abnormalities early enough.

Endocrine sequelae

Half of childhood cancer survivors will present at least one late endocrinological disorder in their lifetime, with central nervous system tumors being the most frequently related(7). In the case of craniopharyngioma, abnormality of at least one hormonal axis takes place in 75% of patients. Risk factors are: direct damage from tumor growth itself, that derived from resection or biopsy surgeries, and radiotherapy ≥ 30 Gy. Cranial radiotherapy produces more disturbances in this axis the younger the age of the patient. The most common sequela is short stature due to GH deficiency, particularly with radiation therapy doses > 18 Gy. In adult life, the deficiency of this hormone is associated with metabolic problems such as: increased body fat, altered serum lipid profile, and decreased exercise capacity, bone mineral density and insulin sensitivity. Short stature may, however, be due to other causes (hypothyroidism, precocious puberty, growth impairment due to spinal or long bone radiation, and prolonged corticosteroid therapy)(7). Occasionally, a “catch up” growth occurs reaching the target height with adequate replacement treatment, but it does not always happen(16).

On other occasions, endocrine late effects manifest as central adrenal insufficiency due to ACTH deficiency (very rare, due to direct tumor or surgical damage or radiotherapy dose ≥ 30-50 Gy), central hypothyroidism due to TSH deficiency (cranial RT ≥ 30 Gy), hypogonadotropic hypogonadism due to LHRH, LH or FSH deficiency (second axis affected in order of frequency), prolactin deficiency or central diabetes insipidus due to ADH deficiency (infundibulum involvement by craniopharyngioma, germ cell tumor or optic glioma). The term panhypopituitarism is coined when deficiency of ≥ 3 hormones is present.

Precocious puberty, consisting of early pubertal development, rapid bone maturation, and final height shorter than target, can occur. It is related to radiotherapy dose > 18 Gy, younger age at exposition, and female sex. An annual physical examination is recommended, with anthropometric data and pubertal development monitoring, as well as bone age in case of suspicion. Hyperprolactinemia is observed in some patients, generally related to high-dose irradiation to the pituitary gland or development of second pituitary tumors (adenomas) after treatment. In case of suspicion, serum prolactin will be determined and pituitary MRI performed, as well as referral to Endocrinology(7).

At the thyroid level, hypothyroidism is usually associated with cervical, mediastinal, or spinal radiation therapy. It usually occurs in the first 5 years post-treatment, if exposed to doses > 30 Gy (especially ≥ 45 Gy). Other risk factors are: treatment with therapeutic metaiodobenzylguanidine (MIBG) (despite prophylaxis with oral iodine), anti-GD2 (neuroblastoma), tyrosine kinase inhibitors and secondary to thyroidectomy or ablative treatment with radioactive 131I. Rarely, hyperthyroidism, autoimmune thyroiditis, and thyroid nodules (benign and malignant) may be seen. Hypoparathyroidism secondary to thyroid resection surgery may occur, which requires follow-up and treatment(7).

At the gonadal level, toxicity derived from the use of high-dose alkylating agents (busulfan, melphalan, carmustine, lomustine, cyclophosphamide, ifosfamide, thiotepa, procarbazine, dacarbazine, platinum derivatives) can be observed, especially in combination with radiotherapy on the gonads. Girls are at higher risk if they receive the treatments during or after puberty. Ovarian failure occurs in up to 50% of patients who receive radiation therapy to the gonads (≥ 15 Gy), particularly in association with alkylating agents. Infertility has been described from doses ≥ 5 Gy on the ovaries. Likewise, surgery can produce an iatrogenic menopause (bilateral oophorectomy) or an advance of it (unilateral oophorectomy). In this case, hypergonadotropic hypogonadism would occur, which consequently can lead to an increased risk of premature osteoporosis and cardiovascular problems. Abdominal radiation therapy that involves the uterus increases the risk of intrauterine growth delay and preterm delivery. Annual clinical review of sexual maturation development, menstruation characteristics, hormonal determination (FSH, LH, estrogens) is recommended and, in case of suspected ovarian failure, a bone density scan (DEXA scan) and referral to Endocrinology should be performed(7,11).

In any case, patients whose treatment has placed them at risk for ovarian failure, may have premature menopause with a shortened fertility span, so it is the role of the Primary Care physician to warn of this risk and advise, if the woman is capable and willing to have offspring, to conceive no later than the first years of the fourth decade of life.

In men, germ cells (Sertoli) are sensitive to both chemotherapy and radiotherapy (at doses as low as 2-3 Gy), leading to azoospermia that can be irreversible in the case of radiotherapy or mostly temporary in the case of chemotherapy. Leydig cells are less radiosensitive, but can suffer toxicity from 24 Gy(16). In cases of male hypogonadism due to Leydig cell failure, referral should be made to Endocrinology so as to assess testosterone supplementation in order to avoid the symptoms that its lack generates(9).

In order to anticipate these problems, fertility preservation techniques may be performed in girls (ovarian cortex in prepubertal/postpubertal girls and oocyte vitrification in postpubertal women) and in boys (cryopreservation of semen in postpubertal men and in a few centers, cryopreservation of tissue testicular in prepubertal). The development of consensus guidelines is essential in our setting, since the preservation rate is still low, but efforts are being made to improve this situation(18). Likewise, there are surgical techniques for transposition of the testes or ovaries prior to the administration of scrotal, pelvic or inguinal radiotherapy that would avoid direct irradiation, which is the main risk factor for hypogonadism in these patients.

Regarding follow-up, height (percentile), weight, BMI and pubertal stage should be checked every 6 months until completion of sexual development and final height. Menstrual onset (prepubertal) or re-onset (pubertal), menopausal symptoms (hot flashes, dyspareunia) should be inquired, considering the risk of premature menopause. Referral to Endocrinology should be made if there is failure to thrive, delayed pubertal development, or risk of hypogonadism. It is important to advise on fertility, premature menopause, reproductive advice and individualized risks.

Finally, in the long term, some of the most relevant endocrine and metabolic sequelae are type 2 diabetes mellitus and metabolic syndrome (obesity, arterial hypertension, glucose intolerance – increased insulin resistance and dyslipidemia), which count as main risk factors along with abdominal radiotherapy, total body irradiation, prolonged corticosteroid treatment, inadequate eating habits with excessive caloric intake, sedentary lifestyle and a family history of type 2 diabetes mellitus. Consequently, there is an increase in cardiovascular risk with an increase in morbidity and mortality. Implementation of early dietary measures, increased physical activity, blood pressure and dyslipidemia control are recommended. A tight control of body mass index, blood pressure, lipid profile, blood glucose and Hb A1C will be carried out in clinic(19).

Gastrointestinal sequelae

Gastrointestinal complications can be multiple and heterogeneous depending on the therapy received, the location of the primary tumor and whether there is a history of surgery with organic lesion.

The most relevant gastrointestinal complications are shown in Table VI.

Figura

Tumor resection surgery and radiotherapy can have visceral obstructive sequelae. In the latter case, it can cause fibrosis and ischemia due to vascular injury. It can appear as a chronic manifestation in case of intestinal GVHD. Likewise, the specific sequelae derived from surgeries with wide resections should be considered (gastrectomy, pancreaticoduodenectomy, cholecystectomy, splenectomy, intestinal resection with discharge ostomy…). Guiding symptoms such as: dysphagia, heartburn, dyspepsia, reflux, nausea, vomiting, chronic diarrhea, constipation, or progressive weight loss should be monitored. In the cases with a short intestine, hypovitaminosis and lack of absorption of other nutrients ought to be monitored(7).

Chronic hepatotoxicity can appear after a long latency period, being secondary to some chemotherapeutic agents, radiotherapy, obesity, viral hepatitis or iron overload secondary to transfusions. The consumption of hepatotoxic agents, such as alcohol and other drugs of abuse, should be avoided.

Nephrourinary sequelae

Delayed kidney damage in the form of chronic kidney failure is one of the most serious complications in survivors.

The main risk factors for kidney damage at the glomerular and proximal tubular level are abdominal radiation and treatment with high doses of ifosfamide (> 16 g/m2), cisplatin (> 450 mg/m2) and, to a lesser extent, carboplatin. Other factors are the use of nephrotoxic drugs (aminoglycosides, amphotericin B, foscarnet, tacrolimus, and cyclosporine A). It should also be considered that some patients may have a single kidney, due to nephrectomy of their primary tumor (nephroblastoma) or due to metastatic renal involvement(20). Consequently, chronic renal failure, proximal tubulopathy, or Fanconi syndrome may develop(7). Some survivors of Wilms’ tumors are at particular risk, as in addition to having a single kidney, they may have an underlying syndrome (Denys-Drash) and will have received chemotherapy and radiotherapy. High blood pressure is common (30%) during follow-up. In hematopoietic stem cell transplant recipients, nephrotoxicity derived from immunosuppressants, as well as nephritis secondary to BK virus, may occur.

Bladder damage is usually associated with the use of cyclophosphamide or ifosfamide, as well as viral infections (BK virus, adenovirus, cytomegalovirus)(9). There may be lesions of the lower urinary tract, secondary to surgery of solid tumors and radiotherapy/brachytherapy. Secondarily, bladder incontinence (neurogenic bladder), bladder fibrosis, bladder cancer, sexual dysfunction, chronic pelvic pain, bladder floor disorders, fistulas and female vaginal dryness, can also occur(16).

Annual BP control is recommended, with urea, creatinine and electrolytes to assess renal function, venous blood gas, and urine electrolytes. If the post-treatment study is normal, it should be repeated after 5 years. In case of HT, proteinuria or signs of tubulopathy, refer to Nephrology(7).

Musculoskeletal sequelae

Healthy lifestyle habits are important, including regular physical exercise and sufficient amounts of vitamin D and calcium in the diet, as well as the early detection of musculoskeletal problems.

Cranio-spinal radiation, prolonged use of corticosteroids or methotrexate, nutritional alterations and a sedentary lifestyle lead to high risk of this type of sequelae. Soft tissue fibrosis and hypotrophy can occur, as well as a decrease in bone mass with osteopenia/osteoporosis derived from the treatments, prolonged bedridden and radiotherapy on musculoskeletal groups. Other long-term complications are: osteonecrosis (avascular necrosis), exostoses, pathological fractures, bone undergrowth or asymmetric growth, dysmetria and, on some occasions, the sequelae derived from amputations and prosthetic malfunctions(7). With regards to bone mineral density, there is a remarkable margin of recovery throughout adolescence provided a healthy lifestyle, regular physical activity (especially, weight-bearing exercises), controlled sun exposure and optimization of the calcium intake in the diet. Sometimes vitamin D supplements are required. Avoidance of alcohol, tobacco, excessive caffeine, and obesity are recommended(9).

Gynecological sequelae

Breast self-examination and screening based on the individual risk are essential to anticipate breast tumors in adulthood.

In the case of adolescent women, it is important to make the patient aware of the importance of breast self-examination (monthly), as well as a regular gynecological examination. The risk of secondary breast cancer is higher if the patient received chest wall or mediastinal radiation therapy, family predisposition to breast cancer (BRCA1/2 mutations) or history of Li-Fraumeni syndrome (TP53). In these high-risk cases, annual gynecological follow-up is recommended from puberty to age 25, then every 6 months. Annual mammograms should be performed from the age of 25 (other groups recommend it from the age of 30)(10) or from 8 years after treatment (whichever occurs last). Breast MRI is recommended concomitantly with the same timelines as mammograms. In case of mammary hypoplasia, an annual follow-up should take place, referring the patient to Plastic Surgery if breast reconstruction is required, once the pubertal development is completed(7).

Vaccination in the oncohematological patient

Revaccination of the oncohematological patient is of vital importance in the months and years following treatment, in a scheduled manner according to national guidelines and recommendations.

In general, routine vaccinations are suspended during treatment, which added to the fact that some patients have an incomplete vaccination schedule due to their young age at diagnosis, the loss of vaccine immunity acquired by the treatments received and the immunodeficiency maintained by some therapies (rituximab, hematopoietic stem cell transplantation, immunosuppressants), makes them a particularly high infectious risk population at the end of treatment. Given the length of this review, the reader is referred to the periodic updates of the Vaccine Advisory Committee of the AEP (https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-14 y -16, updated as of August 2021).

Risk of premature mortality

There is an increased risk of premature death in survivors, thus, health promotion (Fig. 1) and early diagnosis of complications, as well as second tumors, are of vital importance.

The premature mortality rate of survivors is increased compared to the general population, being higher in the first years of follow-up (cumulative mortality: 6.5% at 10 years, 11.9% at 20 years, and 18.1% at 30 years of diagnosis). The risk is higher in women, brain tumors and Ewing’s sarcoma(7). The main cause is the recurrence of the original disease (67%), which decreases in importance with the passage of time. As the years go by, the toxicity associated with the treatment takes on a more important role in the reduction of life expectancy (late mortality). A 7 times higher risk of dying from cardiovascular events has been described (especially in women, kidney tumors and Hodgkin lymphoma), almost 9 times the risk of dying from lung or respiratory problems (especially patients with AML or neuroblastoma) and more than 2 times from other medical reasons. After 20-30 years of treatment, mortality secondary to second neoplasms is the main cause of death (15 times higher than in the healthy population). Therefore, follow-up strictly restricted to 5 years post-treatment is insufficient in patients who have overcome a tumor in the pediatric age(7-9).

Risk of second neoplasms

Up to 5-20 times higher risk of suffering second tumors histologically different from the initial ones compared to the general population has been described. In general, they are observed at least 2 years after the primary tumor, and within the first 10 years of follow-up, although they can have a latency of up to 30 years(21). The cumulative incidence after 20 years is 3-10%, and after 30 years 5-30%, depending on the series. The primary tumors with the highest incidence of second neoplasms are Hodgkin lymphoma and soft tissue sarcomas. The most common secondary tumors are breast, thyroid, AML, and sarcomas(7). The main risk factors are(6,7,16):

Chemotherapy. Alkylating agents are associated with myelodysplastic syndromes, which may or may not precede secondary acute myeloblastic leukemias. Their latency is usually 5-7 years and they are accompanied by cytogenetic abnormalities (monosomies and partial deletions of chromosomes 5 and 7). Epipodophyllotoxins (etoposide) are also associated with AML, but this usually develops earlier (2-3 years after completion of treatment). There is a greater risk with doses ≥ 2,000 mg/m2 and associated abnormalities of the MLL gene (which induces 11q23 translocations). Anthracyclines can also cause this type of leukemia, 2-3 years after treatment. The prognosis is unfavorable. Annual full blood count is recommended during long-term follow-up, at least up to 10 years after exposure to chemotherapy. The latency for the development of solid tumors is somewhat longer, on average 14 years. Etoposide increases the risk of secondary Hodgkin lymphoma, neuroblastoma, nephroblastoma, and rhabdomyosarcoma, among others.

Radiotherapy. It is a relevant risk factor, especially when high doses are received at an early age. It is frequently used in CNS tumors, solid tumors and, historically, in Hodgkin lymphoma and the conditioning with total body irradiation of some transplants. The risk increases as time passes, with a maximum 10-15 years after treatment (although it remains until 30 years later). The types mainly observed are: breast tumors, meningiomas (cranial), bone and soft tissue tumors, thyroid cancer, non-melanoma skin cancer and bladder cancer.

Hematopoietic stem cell transplantation. It can increase the risk of second neoplasms by up to 8 times compared to the general population (up to 60 times in recipients below the age of 10 years). Its origin is multifactorial (chemotherapy, conditioning radiotherapy and GVHD). Immunosuppressants are associated with the development of post-transplant lymphoproliferative syndrome.

Cancer predisposition syndromes (Li-Fraumeni, DICER1, NF1-2, telomeropathies…). In recent years, hand in hand with advances in genetics, more are becoming diagnosed. This has allowed the identification of alterations in the germ line or mosaicisms that predispose to one or more tumors, increasing their importance in pediatric Hematology-Oncology. Given the length of the article, we refer the reader to review the bibliography in case of interest(22).

Sufficient information and adequate education about the personalized risks of each patient, promoting self-observation and reducing, as far as possible, risk factors (tobacco, alcohol, sun exposure) is important. Symptoms or signs that may be related to the primary tumor and that suggest a relapse should also be monitored. In this sense, to make an early diagnosis it is essential to have a high index of suspicion, to recognize the risk groups and the “red flags” (warning signs) in each patient(23,24).

The role of the Primary Care pediatrician

As previously discussed in this review, there is not a sole model for pediatric cancer survivor follow-up, and it is essential to adapt it to the individual characteristics and risks of each case, as well as to the real conditions of our healthcare system. In this sense, we have a Pediatric Primary Care network excellently prepared for the promotion of health (Fig. 1) and accompaniment of the patient during their growth. At the hospital level, progress is being made in the development of specialized units to follow-up this type of patients and in their transition to adult care, so we have a mixed care and follow-up model in the routine practice.

Primary Care professionals are a fundamental pillar of multidisciplinary teams, acting as a first line for the diagnosis of sequelae, relapses and second tumors, as well as promoting healthy lifestyle habits. An adequate transmission of the personal history, personalized risks and follow-up plan by hospital health care providers is necessary, as well as a fluid communication between both areas, which will result in a health benefit to our patients. Similarly, the patient and his family should be integrated in the responsibility of long-term care, avoidance of risk behaviors and perception of alarm signs or symptoms, which will prevent loss of adherence to follow-up or low perception of its importance in the long term.

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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Recommended bibliography

- Children’s Oncology Group. Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers (Internet). 2018. Available at:http://www.survivorshipguidelines.org/pdf/2018/COG_LTFU_Guidelines_v5.pdf.

These guidelines are a mainstay in the follow-up, diagnosis and management of late effects in survivors of childhood cancer, with a dilated experience (almost 20 years). They are currently in their 5th version, being updated approximately every 5 years.

- Scottish Intercollegiate Guidelines Network (SIGN), Scotland, Healthcare Improvement Scotland. Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline. [Internet]. Available in: https://www.sign.ac.uk/media/1070/sign132.pdf.

High quality consensus guidelines, from the year 2013, organized by body organs and systems.

- Skinner R, Wallace W, Levitt GA. Therapy based long term follow up: practice statement: United Kingdom Children’s Cancer Study Group (Late Effects Group) (Internet). Available at: https://www.cclg.org.uk/write/MediaUploads/Member%20area/Treatment%20guidelines/LTFU-full.pdf.

These consensus guidelines focus on both the long-term side effects in the various body organs and those specific to the chemotherapy or radiotherapy treatment received, providing an interesting point of view.

- Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. Cevagraf. 2012. (Working group on long-term side effects and second tumors of the Spanish Society of Pediatric Hematology and Oncology. “Late effects in survivors of childhood cancer”. Cevagraf. 2012.)

Interesting publication by the SEHOP Working Group on Side Effects, in the form of a textbook. Excellent description of each topic that surpasses in exposure and understanding that obtained, sometimes, in more schematic guides.

- Armenian SH, Hudson MM, Mulder RL, Chen MH, Constine LS, Dwyer M, et al. Recommendations for cardiomyopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group. The Lancet Oncology. 2015; 16: e123-36.

Very good article that summarizes the recommendations for cardiac monitoring and surveillance in patients at risk, with special emphasis on risk groups and long-term problems. It is the result of the cooperative work between the Children’s Oncology Group and several European groups, which make up the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG).

- Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. Am J Med Genet. 2017; 173: 1017-37.

Review of the most relevant cancer predisposition syndromes, with special interest in the risks of pediatric tumor development and specific follow-up recommendations.

 

Clinical case

 

3-year-old boy attended the emergency room due to progressive onset of severe respiratory difficulty. Physical examination revealed marked hypoventilation of the left hemithorax, with increased work of breathing at all levels and decreased oxygen saturation (92%). In the initial chest X-ray, a large hemithorax mass with massive ipsilateral pleural effusion was observed. A chest CT was performed confirming a large mass in the left hemithorax, with doubtful pleural dependence, as well as a severe pleural effusion. After stabilization of the patient and drainage of the pleural effusion, the diagnostic studies were completed in the following days. Thoracic ultrasound-guided percutaneous biopsy of the mass concluded the histological diagnosis of a primitive neuroectodermal tumor of the chest wall. No pulmonary metastases were identified.

The patient received treatment according to the protocol in force at that time (Ewing SEOP-2001, treatment group 3). She received induction chemotherapy with 6 VIDE cycles (vincristine, ifosfamide, doxorubicin and etoposide), after which a resection of the tumor followed with reconstruction of the thoracic wall. The response to chemotherapy showed a poor response (80% necrosis), with free surgical margins. A VAC consolidation cycle (vincristine, D-actinomycin, and cyclophosphamide) was administered and, subsequently, an autologous hematopoietic stem cell transplant conditioned with melphalan and etoposide performed. The cumulative dose of cytostatics is as follows: vincristine: 10.5 mg/m2; ifosfamide: 54 g/m2; doxorubicin: 360 mg/m2; etoposide: 4.5 g/m2; cyclophosphamide: 1.5 g/m2; actinomycin-D: 1.5 mg/m2; and melphalan: 140 mg/m2. Finally, 8 weeks after transplantation, radiotherapy with tomotherapy modality was performed with 48 Gy on the primary tumor and 15 Gy on the ipsilateral lung.

She attends her follow-up consultations in a timely manner according to the prevailing recommendations in her treatment protocol, with no relapse being observed after 10 years of follow-up. However, at 9 years of age, a lesser growth of the left rib cage is observed, conditioning a significant scoliosis, which requires intervention. Likewise, at 8 years of follow-up, data of mild dilated cardiomyopathy were observed, verified by echocardiography and by magnetic resonance imaging, with mild systolic ventricular dysfunction, for which treatment with enalapril was started.

 

 

Tuberculosis pulmonar

A. Méndez Echevarría, F. Baquero-Artigao*
Temas de FC

 
A. Méndez Echevarría, F. Baquero-Artigao*

Servicio de Pediatría General. *Unidad de Enfermedades Infecciosas Pediátricas. Hospital Universitario La Paz. Madrid

 

Resumen
La tuberculosis representa actualmente un importante problema de salud pública, con alta mortalidad en niños en países en vías en desarrollo, fundamentalmente en infectados por el VIH. El aumento de viajes internacionales y la inmigración han dado lugar a un aumento de casos en países desarrollados, facilitando también la aparición de cepas multirresistentes. Los niños son una población especialmente susceptible, ya que tienen mayor riesgo de desarrollar la enfermedad tras la primoinfección y de presentar formas graves. Además, aquellos niños con infección latente serán los adultos que presentarán enfermedad en el futuro, manteniendo así la epidemia. El diagnóstico de tuberculosis en la edad pediátrica es difícil, porque el aislamiento de M. tuberculosisen cultivos es menor en niños que en adultos y, en ocasiones, debemos realizar un diagnóstico de sospecha sin conseguir confirmación microbiológica. Por todo ello, los pediatras debemos realizar un esfuerzo para comprender y conocer esta enfermedad, ya que el control de la tuberculosis en niños ayuda y facilita el control epidemiológico de la enfermedad.

 

Abstract

Globally tuberculosis continues to exact an unacceptably high toll of disease and death among children proceeded from developed countries, especially HIV infected cases. Increased international travel and immigration have seen childhood tuberculosis rates increase even in industrialised countries like ours and threaten to facilitate the emergence of multi-drug resistant cases. Children are particularly vulnerable to severe disease following infection, and those with latent infection become the reservoir of disease reactivation in adulthood, fueling the future epidemic. The diagnosis of tuberculosis in children is a challenge, because rates of M.tubeculosis isolation in children are lower than in adults, so in many cases we will establish the diagnosis without microbiological confirmation. For all these reasons, advances in our understanding of tuberculosis in children would provide wider insights and opportunities to facilitate efforts to control this disease.

 

Palabras clave: Mycobacterium tuberculosis; Mantoux; IGRAS; Quimioprofilaxis; Resistencia.

Key words: Mycobacterium tuberculosis; Mantoux; IGRAs; Chemoprophylaxis; Resistance.

 

Pediatr Integral 2012; XVI(2): 149-155

 


Tuberculosis pulmonar

 

Introducción

El estudio de la tuberculosis (TB) infantil es de gran valor epidemiológico, debido a que un niño infectado representa un evento centinela de una transmisión reciente de Mycobacterium tuberculosis (MTB) en la comunidad, siendo la fuente de contagio generalmente un familiar bacilífero próximo(1). Realizar un diagnóstico precoz de la primoinfección tuberculosa en población pediátrica es muy importante, ya que permite instaurar una quimioprofilaxis secundaria que evite la progresión a enfermedad y la aparición de formas graves diseminadas, así como detectar focos cercanos de contagio en el entorno familiar próximo. La actuación de pediatras expertos es, por tanto, clave en el control de la tuberculosis.

Por otro lado, el diagnóstico de la enfermedad tuberculosa (ETB) en niños es una tarea compleja ya que, hasta en un 70% de casos según diversas series, no se consigue confirmación microbiológica(2), debiendo establecerse un diagnóstico basado en criterios clínicos y epidemiológicos. La presentación clínica de la ETB en pediatría muestra una gran variabilidad, con formas en ocasiones oligosintomáticas que debutan de manera larvada. Además, algunos lactantes con enfermedad pulmonar pueden no mostrar inicialmente alteraciones en la radiografía de tórax, dado que las adenopatías mediastínicas pequeñas próximas al hilio y al timo pueden pasar desapercibidas.

Con todo ello concluimos que, a pesar de la importancia de establecer un diagnóstico precoz, los pediatras nos seguimos encontrando actualmente con innumerables dificultades a la hora de realizar esta importante tarea.

Epidemiología

La TB se transmite al niño por contacto con un adulto enfermo, siendo un centinela de transmisión reciente en la comunidad. La incidencia de VIH, de inmigrantes y las actuaciones sanitarias, determinan la endemia.

La OMS declaró la TB como “emergencia de salud global” en 2003, con 1,6 millones de fallecimientos anuales, fundamentalmente en países en vías de desarrollo. En el año 2009, se diagnosticaron 9,4 millones de casos nuevos de tuberculosis y la prevalencia fue de 14 millones de casos(3). Desde el año 2004, la tasa mundial de incidencia está disminuyendo y, en 2009, la estimación fue de 132 casos/100.000 habitantes. La mayor parte de nuevos casos se diagnosticaron en el Sudeste asiático (35%) y en África (30%), siendo un 11-13% de los mismos pacientes VIH positivos y aproximadamente un 12% tuberculosis multirresistentes (TB-MR)(3).

En España, la incidencia global estimada en 2008 fue de 18 casos/100.000 habitantes, diagnosticándose el 8,1% de estos nuevos casos en menores de 14 años(4). Los principales factores que determinan la endemia en países como el nuestro son: la situación de la infección VIH, el porcentaje de inmigrantes procedentes de países con alta prevalencia de TB y la actuación de las autoridades sanitarias. En la última década, se ha producido en nuestro país un aumento del fenómeno de la inmigración procedente de áreas con mayores tasas de resistencia a isoniacida (H)(5). En España, el porcentaje de resistencia a H en casos nuevos de TB es superior al 6%, siendo este porcentaje aun superior en población inmigrante(6). Por ello, los niños de mayor riesgo son aquellos que provienen de zonas endémicas, los que están infectados por el VIH y los que conviven en condiciones precarias socio-sanitarias con poblaciones de riesgo, como: adultos socialmente desfavorecidos, inmigrantes o infectados por el VIH. En ellos debe realizarse periódicamente una prueba de tuberculina (PT), permitiéndonos detectar precozmente la infección y buscar posibles fuentes de contagio(7).

Además, los lactantes y niños representan una población especialmente susceptible por presentar un riesgo muy superior al de los adultos de evolucionar de infectado a enfermo, sobre todo si se asocian malnutrición, inmunodepresión, primoinfección reciente o es un niño de corta edad, estimándose que hasta el 50% de los menores de un año desarrollarán enfermedad activa tras la primoinfección(8). Debemos considerar también que el riesgo de padecer formas graves es mucho mayor en niños pequeños que en escolares o adolescentes.

Fisiopatología

La TB se transmite por inhalación respiratoria de secreciones contaminadas y tras una convivencia estrecha y mantenida con un enfermo. En la mayor parte de los casos, la infección se controla. En otros, especialmente en lactantes e inmunodeprimidos, la infección progresa, dando lugar a la enfermedad pulmonar o extrapulmonar.

La TB es una enfermedad que precisa una convivencia estrecha y mantenida para su transmisión, habitualmente más de 4 horas diarias en el mismo habitáculo con un enfermo “bacilífero” o infectante, por inhalación respiratoria de secreciones contaminadas. Los enfermos bacilíferos son aquellos que eliminan la micobacteria a través de la tos, los estornudos y las secreciones respiratorias, y esto se evidencia por presentar una baciloscopia de esputo positiva.

MTB es un patógeno intracelular y, por tanto, la inmunidad celular tiene un papel fundamental. Por ello, los niños con defectos de inmunidad celular (VIH, inmunodeficiencias congénitas, tratamiento corticoideo o con terapias biológicas…) tienen un riesgo aumentado de desarrollar tuberculosis.

Tras la primoinfección, el MTB llega a los alvéolos pulmonares donde se produce la fagocitosis del mismo por los macrógafos. Los macrófagos infectados son transportados hasta los ganglios linfáticos regionales, hiliares y mediastínicos habitualmente. En la mayor parte de los casos, la infección se controla por el sistema inmune del huésped. Sin embargo, en algunos casos, especialmente en lactantes e inmunodeprimidos, la infección progresa, dando lugar a la enfermedad pulmonar o diseminándose produciendo enfermedad extrapulmonar(9). Tras la primoinfección inicial, los niños eliminan escasos bacilos a través de secreciones respiratorias, siendo estos pacientes excepcionalmente bacilíferos y, por tanto, no contagiosos. Sin embargo, las reactivaciones tuberculosas en adolescentes y adultos jóvenes que se infectaron en la primera infancia, especialmente si presentan formas pulmonares cavitadas, suelen ser formas bacilíferas y altamente contagiosas.

Clínica

Es obligado incluir al niño en uno de los estadios de la enfermedad, exposición, infección latente o enfermedad, ya que comporta un manejo diferente. La TB pulmonar es la forma mas frecuente de enfermedad.

Todos los niños en contacto con el bacilo tuberculoso deberán ser estudiados y clasificados en: expuestos, infectados o enfermos (véase tabla I).

Cada estadio comporta una actitud terapéutica diferente. En los casos de exposición debemos suspender contacto con el adulto enfermo e instaurar profilaxis primaria para evitar el contagio del niño que todavía no se ha infectado. En caso de infección latente (PT positiva), debemos descartar la TB activa e instaurar profilaxis secundaria para evitar que desarrolle enfermedad. Diagnosticaremos ETB cuando aparezca clínica compatible y hallazgos radiológicos, analíticos, anatomopatológicos y/o microbiológicos sugestivos(10). El diagnóstico de certeza lo proporciona un cultivo o una PCR positiva para MTB, aunque con frecuencia en niños no obtenemos confirmación microbiológica (formas paucibacilares), realizando habitualmente un diagnóstico de sospecha(10).

La presentación clínica de la ETB es muy variable, desde formas oligosintomáticas (presencia de síntomas constitucionales inespecíficos, síntomas respiratorios) hasta síntomas de afectación grave(1,11). La localización más frecuente es la pulmonar, con mayor predominio de formas ganglionares, siendo los síntomas respiratorios (tos crónica, dificultad respiratoria, dolor torácico) y constitucionales (fiebre, sudoración, perdida de peso), los que observamos con mayor frecuencia. En ocasiones, puede debutar de manera similar a una neumonía bacteriana, presentando consolidación lobar y/o derrame pleural. Las adenopatías de gran tamaño pueden producir una obstrucción bronquial, con atelectasias o enfisema, o erosionar hacia el interior, produciéndose una TB endobronquial, presentándose dificultad respiratoria con estridor o sibilancias. En las formas miliares aparece hipoxemia(1,11).

Sin embargo, la enfermedad puede afectar a cualquier órgano o sistema y presentarse con síntomas neurológicos, digestivos u osteoarticulares. En algunos casos, durante la infección primaria se produce una diseminación miliar del bacilo, ocurriendo esta diseminación con mayor frecuencia en lactantes e inmunodeprimidos. El cuadro clínico se manifiesta con un comienzo insidioso con febrícula, malestar, anorexia y pérdida de peso, adenopatías generalizadas, hepatoesplenomegalia y sintomatología respiratoria. En la radiografía de tórax, se evidencian infiltrados diseminados como en “granos de mijo”. Más de la mitad de los casos pueden presentar PT negativa(1,11). Otra forma grave es la meningitis, que tiene la máxima frecuencia entre los 6 m y los 4 años. El debut es subagudo, con: cefalea, irritabilidad, vómitos y, más tarde, afectación de pares craneales, alteración de conciencia, signos meníngeos y convulsiones. La hidrocefalia es la complicación más frecuente. El LCR presenta pleocitosis con linfocitosis, hipoglucorraquia e hiperproteinorraquia(1,11).

La tuberculosis ganglionar es la forma más frecuente de enfermedad extrapulmonar en niños mayores. Lo más habitual es que se produzca linfadenitis cervical posterior, supraclavicular y submandibular secundarias a extensión de la forma pulmonar(1,11).

Diagnóstico

El diagnóstico definitivo se realiza mediante el cultivo o la PCR. El diagnóstico de certeza es difícil en niños y con frecuencia es de sospecha: PT positiva, radiología, epidemiología y/o clínica positivas.

Historia clínica(10,12)

Se debe buscar el caso índice en el entorno habitual del niño. Documentar contacto con inmigrantes, viaje a áreas endémicas y convivencia en situaciones o poblaciones de riesgo. Si existe, detallar el tiempo de exposición y asegurar un contacto estrecho con el médico que controla el caso índice, averiguando la situación del paciente bacilífero, el tratamiento que recibe, el cumplimiento y, sobre todo, conocer la sensibilidad de la cepa. Es importante documentar la vacunación BCG (fecha, número de dosis, cicatriz postvacunal) y PT previa (fecha de realización y resultado). Debemos preguntar por la existencia previa de cuadros febriles, adenopatías, síntomas constitucionales o respiratorios.

PT e interpretación del Mantoux(12,13)

Los objetivos al realizar la PT en niños son: apoyar el diagnóstico de ETB, detectar precozmente la infección TB latente (ITBL) y controlar a los niños expuestos(12,13). Se necesita un periodo de tiempo, entre 8-12 semanas después de la infección, para que el Mantoux se haga positivo. Consiste en administrar intradérmicamente componentes antigénicos del bacilo (PPD o derivado proteico purificado). Si el niño ha tenido contacto previamente con el bacilo, se producirá una reacción de induración (intradermorreacción de Mantoux). Su positividad solo indica infección, siendo necesaria la realización de pruebas complementarias para descartar enfermedad activa(12,13). Se realiza mediante la inyección intradérmica de 0,1 ml del PPD, que contiene 2U de PPD-RT23 (5UI de PPD-S), utilizando una aguja de calibre 26, con bisel corto girado hacia arriba. La inyección se debe realizar en la cara anterior del antebrazo, produciéndose una pápula detectable. Debe leerse a las 72 h, cuando se consigue la máxima induración, midiendo solo la induración del diámetro máximo transversal al eje mayor del brazo, anotándola en milímetros con la fecha de lectura(12,13). La interpretación de la PT se describe en la tabla II.

Analítica general(10,11)

Es inespecífica. Puede presentar anemia, leucocitosis y VSG elevada. Es recomendable realizar estudio de función hepática previo a iniciar tratamiento.

Estudios radiológico(10,12)

No existe un patrón característico. Lo más frecuente es el engrosamiento mediastínico por adenopatías, aislado o asociado a lesión parenquimatosa y/o atelectasia. Las lesiones cavitadas son formas post-primarias o del adulto, infrecuentes en la infancia. La evolución radiológica es mucho más lenta que la clínica, observándose, en ocasiones, empeoramiento radiológico al iniciar el tratamiento y pudiendo quedar lesiones residuales después de completarlo correctamente. La TC torácica es más sensible que la radiografía para detectar adenopatías, principalmente subcarinales. Sin embargo, estudios que realizan TC sistemática a niños asintomáticos con contacto bacilífero, PT positiva y radiografía normal, evidencian adenopatías hiliares o mediastínicas en >50% de los casos, por lo que el aumento leve-moderado de ganglios torácicos puede formar parte natural de la primoinfección y no implica, necesariamente, enfermedad activa(12). Por ello, no está indicada la realización sistemática de TC. Sin embargo, en niños menores de 2 años con síntomas inespecíficos, con contacto bacilífero y PT positiva con radiografía normal, podría considerarse la realización de una TC torácica, para conocer si estos síntomas están en relación con la TB(12).

Estudios microbiológicos(10,12)

Muestras

En el niño, dada la dificultad para expectorar, se realiza el estudio en el jugo gástrico, recogiendo 3 muestras en ayunas mediante sonda nasogástrica en días consecutivos. Una nueva técnica es la obtención de esputo inducido, tras administrar salbutamol inhalado y, posteriormente, ClNa hipertónico nebulizado. De esta manera, se facilita la expectoración o la obtención de material mediante aspirado nasofaríngeo. Otras muestras: esputo (adolescentes), LCR, líquido sinovial y biopsia.

Tinciones y cultivo

Baciloscopia o visión directa de bacilos ácido-alcohol resistentes (BAAR) mediante fluorescencia con auramina o tinción de Ziehl-Neelsen. Los cultivos se realizan en medios sólidos (tipo Lowenstein, 4-6 semanas) o líquidos (tipo Middlebrook, 15 días-1 mes).

Reacción en cadena de la polimerasa (PCR)

Amplificación de material genético específico de MTB. Alta especificidad y sensibilidad algo mayor que los cultivos. Permite resultados en poco tiempo. Se puede realizar en líquidos orgánicos y muestras de tejidos.

Anatomía patológica(10,11)

Granulomas caseificantes y necrotizantes con células gigantes. Se puede realizar en biopsias de ganglios, sinovial, pleural, pericárdica, etc.

Determinación de adenosindeaminasa (ADA)(10,11)

Enzima cuya principal actividad se detecta en los linfocitos T. Su elevación es orientativa de TB, aunque no específica. Su estudio se realiza en LCR (normal: 1-4 U/L) y líquido pleural (normal: <40 U/L).

Nuevos métodos de inmunodiagnóstico (QuantiFERON®, T-SPOT®)(12,14)

La técnica consiste en realizar una extracción de sangre y estimular los linfocitos T con antígenos específicos de MTB. Si el paciente está infectado, sus linfocitos reconocen los antígenos y se activan produciendo inferterón-γ. Son más específicos que la PT, no presentando falsos positivos por BCG o por infección por la mayor parte de micobacterias ambientales, pero no sustituyen a la PT en la práctica diaria, utilizándose, sobre todo, en casos de interferencia con BCG y problemas diagnósticos (casos de PT positiva en niños bajo riesgo de TB, vacunados de BCG o sospecha de infección por micobacteria atípica y en casos de PT negativa pero sospecha de ETB y/o inmunodeprimidos)(12).

Diagnóstico diferencial

La ETB puede debutar con diversas presentaciones y afectar a prácticamente cualquier sistema, requiriendo establecer un diagnóstico diferencial amplio.

El diagnóstico diferencial en la ETB pulmonar lo realizaremos con procesos neumónicos (neumonía bacteriana típica, atípica o viral). En casos de compresión bronquial por adenitis mediastínica y enfisema, debemos realizar diagnóstico diferencial con cuerpo extraño en la vía aérea(13). En inmunodeprimidos e infectados por el VIH, debemos descartar una infección pulmonar por micobacterias no tuberculosas, fundamentalmente por MAC (Mycobacterium Avium Complex)(15). Otras entidades que pueden simular una ETB pulmonar son: linfomas, procesos tumorales intratorácicos, sarcoidosis o fiebre Q.

La ETB diseminada puede afectar a multitud de órganos y presentarse con síntomas inespecíficos lo cual obliga a establecer un diagnóstico diferencial con procesos infecciosos, inflamatorios o tumorales. Es fundamental mantener la sospecha ante determinados antecedentes epidemiológicos (contacto con enfermo TB, procedencia o viaje a zona endémica o infección VIH). En sospecha de meningitis TB, el diagnóstico diferencial lo realizaremos con otras causas de meningoencefalitis (bacterianas, virales u oportunistas en inmunodeprimidos), siendo igualmente necesario mantener la sospecha diagnóstica en determinados contextos epidemiológicos.

Los casos de adenitis subagudas con granulomas caseificantes suponen un reto diagnóstico, dado que también pueden deberse a infección por otras micobacterias, siendo el enfoque terapéutico radicalmente distinto(13). Las adenitis tuberculosas se diferencian de estas otras adenitis por micobacterias atípicas en que se observan en niños mayores y adolescentes, suelen ser bilaterales, de localización axilar, supraclavicular o cervical posterior y se acompañan de síntomas constitucionales. Las adenitis por otras micobacterias se presentan en menores de 5 años, sin clínica, constitucionales, y suelen ser submaxilares, preauriculares o cervicales anteriores. En estas formas, la radiografía de tórax nunca debe presentar alteraciones. La presencia de adenitis por micobacterias atípicas en niños mayores de 6 años es excepcional, debiendo por tanto sospecharse siempre una enfermedad tuberculosa, sobre todo ante determinados antecedentes epidemiológicos(13).

Tratamiento

Todos los niños deben recibir profilaxis post exposición. En ITBL debe descartarse ETB antes de iniciar monoterapia. El tratamiento de ETB no complicada en niños es 2HRZE+4HR.

Pauta de profilaxis primaria o post-exposición(10,11)

En todos los niños expuestos a enfermo tuberculoso, se instaurará una profilaxis primaria para evitar que se infecten (Tabla III).

Pautas recomendadas para el tratamiento (profilaxis secundaria) de la ITBL(10,11)

En todos los niños con ITBL se instaurará una profilaxis secundaria o tratamiento de ITBL para evitar que desarrollen enfermedad (Tabla IV).

Tratamiento de la enfermedad tuberculosa(11,16,17)

El tratamiento de la ETB consta de 2 fases(16). En la primera, de inducción o bactericida, se produce una rápida disminución del número de bacilos, con mejoría clínica y disminución de la capacidad de contagio (duración, dos meses). En la segunda fase, de mantenimiento, tiene lugar la eliminación de bacilos quiescentes (duración mínima, 4 meses).

Actualmente, en España, asistimos a un aumento de población inmigrante procedente de países con mayor tasa de resistencia a H. Ello ha conducido a que las tasas de resistencia globales en la población sean superiores al 4%. Por ello, en casos en los cuales no conozcamos la sensibilidad de la cepa del caso índice, el tratamiento debe iniciarse empíricamente con 4 fármacos (HRZE: isoniacida, rifampicina, pirazinamida y etambutol) hasta conocer la sensibilidad de la cepa, suspendiéndose el etambutol si la cepa es sensible a H y R, o a los 2 meses, tras finalizar el periodo de inducción. Si la cepa del caso índice es sensible, se recomienda iniciar la pauta clásica con 3 fármacos (HRZ). El mantenimiento se realiza con la asociación HR hasta completar un periodo mínimo de 6 meses.

En casos de multirresistencia comprobada (al menos a H y R), se tratará durante el periodo de inducción con 4-6 fármacos de sensibilidad conocida, siendo obligado utilizar todos los fármacos sensibles de primera línea, y cuando sea posible, por lo menos dos de ellos, bactericidas(11). Durante el periodo de mantenimiento, se recomiendan 3-5 fármacos y la duración del tratamiento debe ser más prolongada, aunque no ha sido establecida (18-24 meses)(11). El tratamiento de la TB-MR es complejo, debiendo remitirse los casos a una unidad especializada.

En niños, la toxicidad de los fármacos usados habitualmente es escasa y puede solventarse con modificaciones del régimen terapéutico(16). El efecto adverso más importante es la toxicidad hepática, principalmente por H. Si hay hepatotoxicidad leve, ajustar la dosis de H a 5 mg/kg/día o instaurar pauta intermitente. Si el paciente presenta sintomatología con cifras de transaminasas superiores a 3 veces el límite de la normalidad o 5 veces el límite, aunque no tenga síntomas, debemos suspender el fármaco temporalmente y valorar cambio a otro fármaco no hepatotóxico, principalmente etambutol (E) o estreptomicina (S), realizando controles clínicos más frecuentes y alargando el tiempo de tratamiento.

Tratamiento de TB extrapulmonar(17)

Son escasos los ensayos clínicos que evalúen el tratamiento de otras formas extrapulmonares(17). Esta ausencia es aún más patente en la edad pediátrica. En la tabla V, se recogen las principales recomendaciones para el tratamiento farmacológico y quirúrgico de las diversas formas de enfermedad tuberculosa(11).

Los corticoides están indicados en algunas formas de TB(11,17), generalmente durante las fases iniciales (prednisona, 1-2 mg/kg/día, o dexametasona, 0,3-0,5 mg/kg/día, cada 8-12 horas, 4-6 semanas) (véase tabla V).

En niños infectados por el VIH, el tratamiento debe realizarse durante al menos 9 meses. Debemos recordar que la R interacciona con algunos fármacos, como los inhibidores de proteasas, disminuyendo sus niveles y aumentando la toxicidad de la R(11,17).

Prevención

Los niños de mayor riesgo son los que viven con adultos infectados por el VIH, inmigrantes procedentes de zonas de alta endemia de TB o socialmente desfavorecidos. Los niños inmigrantes con TB con frecuencia han viajado con un núcleo familiar de alto riesgo y conviven en condiciones precarias socio-sanitarias. El niño adoptado del Tercer Mundo es también de alto riesgo para desarrollar la enfermedad, pues ha vivido en orfanatos de países de alta endemia de TB(1). En todos estos niños, debe realizarse periódicamente una prueba de tuberculina (PT), permitiéndonos detectar precozmente la infección y buscar posibles fuentes de contagio(7,12).

Función del pediatra de Atención Primaria

La responsabilidad del diagnóstico, del estudio de contactos y del cumplimiento terapéutico recae directamente en el sistema sanitario. El pediatra de Atención Primaria tiene, por tanto, un papel fundamental, especialmente en el control de la población inmigrante, que es una población de riesgo por no acudir, en ocasiones, a revisiones de salud o consultar con poca frecuencia. El pediatra debe actuar a tres niveles:

1. Detección de casos(1): es importante mantener la sospecha en niños con: astenia, decaimiento, disminución del apetito, palidez, artralgias, febrícula, tos, etc., siendo necesario realizar precozmente PT, si procede Rx tórax y búsqueda exhaustiva de contactos en la familia y en el entorno (cuidadores, abuelos, familiares en prisión…). El pediatra de Atención Primaria debe derivar con carácter urgente al hospital cada caso de sospecha de enfermedad.

2. Profilaxis de contactos(1): el pediatra debe implicarse activamente en la búsqueda de contactos en cada caso de TB detectado en una familia, realizar la PT a todos los individuos expuestos, y profilaxis y seguimiento cuidadoso tanto de los contactos expuestos como de las ITBL, siempre que se sospeche una cepa sensible a H. En niños inmigrantes o de adopción internacional, debe realizarse una PT, deseablemente en la primera visita al pediatra de Atención Primaria.

3. Ayuda en el seguimiento del paciente en tratamiento(1): el tratamiento de la ITBL y la enfermedad es largo y exige un estricto cumplimiento. En ocasiones, son necesarios medios sofisticados para llegar al diagnóstico y la aparición de resistencias dificulta encontrar regímenes terapéuticos eficaces. Por tanto, esta enfermedad, tanto en sus formas extrapulmonares más graves, como en sus formas pulmonares, es conveniente que se trate en el ámbito hospitalario, pero el seguimiento de expuestos, así como el diagnóstico y seguimiento de niños con infección latente, puede realizarse de manera extrahospitalaria. Además, el pediatra de Atención Primaria debe apoyar cada uno de los pasos del diagnóstico y del tratamiento, insistiendo en su cumplimiento y en el valor real de medidas coadyuvantes, como: reposo, correcta alimentación, medidas higiénicas, etc. La comunicación entre el pediatra de Atención Primaria y el especialista hospitalario es, en este caso, de especial relevancia para lograr un óptimo control y la curación de la enfermedad.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Mellado Peña MJ, Méndez Echevarría A, Martínez Fernández MR. Tuberculosis. En: Muñoz Calvo MT, Hidalgo Vicario MI, Clemente Pollán J (eds.). Pediatría extrahospitalaria: Fundamentos clínicos para atención primaria. 4ª edición. Majadahonda (Madrid): Ergon; 2008. p. 443-9.

2. Zar HJ, Hanslo D, Apolles P, Swingler G, Hussey G. Induced sputum versus gastric lavage for microbiological confirmation of pulmonary tuberculosis in infants and young children: a prospective study. Lancet. 2005; 365: 130-4.

3. Global tuberculosis control: WHO report 2010 Organización Mundial de la Salud (OMS). Disponible en:

http://www.who.int/tb/publications/global_report/2010/gtbr10_main.pdf

4. Tuberculosis surveillance in Europe 2008: surveillance report Organización Mundial de la Salud (OMS). Disponible en:

http://www.euro.who.int/__data/assets/pdf_file/0007/78856/E93600.pdf

5. Del Rosal T, Baquero-Artigao F, García-Miguel MJ, Méndez-Echevarría A, López G, Aracil FJ, de José MI, del Castillo F. Impact of immigration on pulmonary tuberculosis in Spanish children: a three-decade review. Pediatr Infect Dis J. 2010; 29: 648-51.

6. Jiménez MS, Casal M; Grupo Español de Micobacteriología (GEM). Situación de las resistencias a fármacos de Mycobacterium tuberculosis en España. Rev Esp Quimioter. 2008; 21: 22-5.

7. Grupo de Tuberculosis de la Sociedad de Infectología Pediátrica/SEIP. Documento de consenso sobre el tratamiento de la exposición a tuberculosis y de la infección tuberculosa latente en niños. An Esp Pediatr (Barc). 2006; 64: 59-65.

8. Marais BJ, Gie RP, Schaaf HS, Beyers N, Donald PR, Starke JR. Childhood pulmonary tuberculosis: old wisdom and new challenges. Am J Respir Crit Care Med. 2006; 173: 1078-90.

9. Lewinsohn DA, Gennaro ML, Scholvinck L, Lewinsohn DM. Tuberculosis immunology in children: diagnostic and therapeutic challenges and opportunities. Int J Tuberc Lung Dis. 2004; 8: 658-74.

10. Méndez Echevarría A, Baquero Artigao F, García Miguel MJ. Tuberculosis. Micobacterias atípicas. En: Guerrero Fernández J, Ruiz Domínguez JA, Menéndez Suso JJ, Barrios Tascón A (eds.). Manual de diagnóstico y terapéutica en pediatría. 5ª edición. Editorial Publimed. p. 784-91.

11.* Méndez Echevarría A, Mellado Peña MJ, Baquero Artigao F, García Miguel MJ. Tuberculosis. En: Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Infectología Pediátrica SEIP-AEP. Madrid: Ergon; 2011.

12.* Moreno-Pérez D, Andrés-Martín A, Altet Gómez N, Baquero-Artigao F, Escribano Montaner A, Gómez-Pastrana Durán D, et al. Diagnóstico de la tuberculosis en la edad pediátrica. An Pediatr (Barc). 2010; 72: 283.e1-283.e14.

13. Interpretación de la prueba de tuberculina en niños. Grupo de trabajo de Tuberculosis de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica. An Pediatr (Barc). 2003; 59: 582-5.

14. Mazurek M, Jereb J, Vernon A, LoBue P, Goldberg S, Castro K; IGRA Expert Committee; Centers for Disease Control and Prevention (CDC). Updated guidelines for using Interferon Gamma Release Assays to detect Mycobacterium tuberculosis infection-United States, 2010. MMWR Recomm Rep. 2010; 59(RR-5): 1-25.

15. Walters E, Cotton MF, Rabie H, Schaaf HS, Walters LO, Marais BJ. Clinical presentation and outcome of tuberculosis in human immunodeficiency virus infected children on anti-retroviral therapy. BMC Pediatr. 2008; 8: 1.

16.* Grupo de Trabajo de Tuberculosis de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP). Documento de consenso sobre el tratamiento de la tuberculosis pulmonar en niños. An Pediatr (Barc). 2007; 66: 597-602.

17.* Grupo de Trabajo de Tuberculosis de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP). Documento de consenso sobre el tratamiento de la tuberculosis extrapulmonar y formas complicadas de tuberculosis pulmonar. An Pediatr (Barc). 2008; 69: 271-78.

Bibliografía recomendada

– Del Rosal T, Baquero-Artigao F, García-Miguel MJ, Méndez-Echevarría A, López G, Aracil FJ, de José MI, del Castillo F. Impact of immigration on pulmonary tuberculosis in Spanish children: a three-decade review. Pediatr Infect Dis J. 2010; 29: 648-51.

Este estudio muestra cómo en nuestro país existe un aumento progresivo de tuberculosis pulmonar en niños inmigrantes procedentes de zonas endémicas. Analiza las características de los casos índice, observando un aumento de contactos extrafamiliares.

– Jones C, Whittaker E, Bamford A, Kampmann B. Immunology and pathogenesis of childhood TB. Paediatr Respir Rev. 2011; 12: 3-8.

Interesante artículo de revisión que permite una actualización en la patogénesis de la enfermedad en niños, facilitando al pediatra una mejor compresión y conocimiento de la tuberculosis.

– Marais BJ, Gie RP, Hesseling AC, Schaaf HS, Lombard C, Enarson DA, Beyers N. A refined symptom-based approach to diagnose pulmonary tuberculosis in children. Pediatrics. 2006; 118: e1350-9.

Estudio prospectivo que analiza los síntomas y signos más frecuentes presentados en niños con enfermedad TB pulmonar. Los autores concluyen cómo la presencia de determinados síntomas en niños inmunocompetentes con ciertos factores de riesgo nos debe hacer sospechar siempre una enfermedad TB pulmonar activa.

– Moreno-Pérez D, Andrés-Martín A, Altet Gómez N, Baquero-Artigao F, Escribano Montaner A, Gómez-Pastrana Durán D, et al. Diagnóstico de la tuberculosis en la edad pediátrica. An Pediatr (Barc). 2010; 72: 283.e1-283.e14.

Documento de consenso de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP) y la Sociedad Española de Neumología Pediátrica (SENP) donde se encuentra toda la documentación necesaria sobre diagnóstico de infección y enfermedad tuberculosa.

– Newton SM, Brent AJ, Anderson S, Whittaker E, Kampmann B. Paediatric tuberculosis. Lancet Infect Dis. 2008; 8: 498-510.

Interesante artículo de revisión realizado por reconocidos expertos en tuberculosis con actualización completa de todos los aspectos de la enfermedad en niños (epidemiología, patogénesis, clínica, diagnóstico y tratamiento). 

Caso clínico

 

Paciente de 2 años que acude al Centro de Salud para consultar porque refiere que su padre está ingresado en la actualidad por tuberculosis pulmonar. El niño y su familia proceden de Ecuador y lleva viviendo en España 1 año. Está vacunado con una dosis de BCG al nacimiento en su país de origen. Es el segundo de 3 hijos, ya que tiene una hermana de 8 años y un hermano de 4 meses. El paciente está asintomático. El pediatra del Centro de Salud decide realizar una radiografía de tórax que no presenta alteraciones y una prueba de tuberculina que presenta 8 mm de induración.

 

 

Cómo sospechar cáncer en Atención Primaria

V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****
Temas de FC


V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****

*Centro de Salud de Fuensalida. Toledo. **Servicio de Pediatría. Hospital Virgen de la Salud. Toledo. ***Centro de Salud La Puebla de Montalbán. Toledo. ****Centro de Salud Pedro Fuente. Bargas. Toledo

 

Resumen

El cáncer en la infancia presenta baja incidencia, su presentación clínica con frecuencia es inespecífica y simula patologías comunes de curso benigno, lo que dificulta su diagnóstico. Los principales síntomas y signos de sospecha de cáncer en Atención Primaria son: palidez, masas (en cabeza, cuello y otras localizaciones), adenopatías, movimientos anormales, hematomas y signos de sangrado, fatiga, cefalea, anormalidades visuales, dolor y síntomas musculoesqueléticos. El pediatra de Atención Primaria ha de reconocer cuándo una sintomatología aparentemente benigna puede ser el inicio de una patología grave, identificando aquellos signos de alarma que requieren estudio inmediato. Son necesarias una buena historia clínica, una exploración física completa y un seguimiento clínico evolutivo. El objetivo es disminuir el tiempo desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico final, de tal forma que permita un diagnóstico precoz de cáncer infantil.

 

Abstract

Cancer in childhood has a low incidence and its clinical presentation is often nonspecific simulating common pathologies of benign course, therefore making its diagnosis highly challenging. The main symptoms and signs of suspected childhood cancer in Primary Care are: pallor, masses (in the head, neck and other locations), lymphadenopathy, abnormal movement, bruising and signs of bleeding, fatigue, headache, visual abnormalities, pain and musculoskeletal symptoms. The Primary Care pediatrician must recognize when an apparently benign symptomatology may be the beginning of a severe pathology, identifying those warning signs that require immediate assessment. A detailed medical history, a complete physical examination and a clinical follow-up are essential. The objective is to reduce the time from the onset of symptoms to the final diagnosis, so as to allow an early diagnosis of childhood cancer.

 

Palabras clave: Lactante; Niño; Neoplasias; Atención Primaria; Diagnóstico precoz de cáncer.

Key words: Infant; Child; Neoplasms; Primary health care; Early detection of cancer.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 283 – 295

 


 

Cómo sospechar cáncer en Atención Primaria

Introducción

El cáncer infantil presenta baja incidencia y, a menudo, se manifiesta de forma inespecífica, simulando otros procesos frecuentes y benignos. Estas particularidades dificultan el diagnóstico de cáncer en Atención Primaria. Sin embargo, una sospecha precoz, junto con la rápida derivación del paciente a un centro especializado, pueden tener implicaciones a nivel pronóstico y terapéutico, así como en el impacto emocional secundario al diagnóstico en el paciente y su familia.

Epidemiología

El cáncer infantil es la segunda causa de muerte a partir del primer año de vida, detrás de los accidentes.

La incidencia anual estandarizada de cáncer infantil en España es de 159 casos nuevos anuales por millón de niños de 0 a 14 años, lo que supone 1.100 casos nuevos de cáncer infantil al año, incidencia similar a la del resto de Europa(1). Se estima que un pediatra de Atención Primaria con un cupo de 1.500 pacientes, verá un caso nuevo de cáncer cada 5 años. La supervivencia global a los 5 años del diagnóstico, se sitúa en torno al 79%(1). A pesar de los últimos avances, el cáncer infantil es la segunda causa de muerte desde el primer año de vida hasta la adolescencia. En el año 2018, murieron en España 192 menores de 14 años por cáncer, lo que supone 4 niños fallecidos a la semana por este motivo(2). Las neoplasias más frecuentes desde el nacimiento hasta los 14 años son: leucemias (28%), tumores del sistema nervioso central (SNC) (23%) y linfomas (12%), con un patrón de distribución por sexo y edad similar al del resto de Europa, mientras que entre los 15 y 19 años son: tumores óseos (24%), linfomas (21%) y tumores del SNC (15%). Los diagnósticos más frecuentes en función del grupo de edad se exponen en la tabla I(1).

Pacientes de riesgo

La historia clínica es la herramienta más eficaz en la identificación de los síndromes de predisposición a cáncer.

En el 8-10% de todas las neoplasias subyace una base hereditaria. Dentro de este porcentaje, se engloban los síndromes de predisposición a cáncer (SPC), un grupo heterogéneo de condiciones genéticas e inmunodeficiencias, que predisponen a un mayor riesgo de cáncer (Tabla II).

La mayoría de estos síndromes son poco frecuentes y presentan una expresividad variable dentro de la misma familia. Es importante identificar a estos pacientes, dado que pueden beneficiarse de medidas de prevención y detección precoz, así como de la posibilidad de consejo genético. En la anamnesis, hemos de sospechar SPC si(3):

• Existen varios casos de cáncer en la familia, habitualmente el mismo tipo.

• Afectación de varias generaciones a una edad más temprana que en la población general.

Presencia de tumores en asociación con defectos del desarrollo: sobrecrecimiento corporal generalizado o asimétrico, dismorfías, malformaciones congénitas o retraso mental.

• Presencia de tumores bilaterales o multifocales.

• Personas con más de un tumor primario.

• Presencia de tumores infrecuentes, benignos o quistes asociados a SPC.

Síntomas y signos de alarma

Una sintomatología aparentemente benigna, pero de presentación atípica o curso tórpido, puede ser el inicio de un proceso neoplásico.

El cáncer infantil puede manifestarse en sus etapas iniciales, con una clínica similar a procesos frecuentes y benignos(4). Nuestro objetivo es reconocer cuándo esta sintomatología aparentemente benigna puede ser el inicio de una patología grave, así como identificar aquellos hallazgos (red flags) que, en combinación con el resto de datos de la anamnesis y la exploración física, nos han de poner en alerta ante la posibilidad de cáncer (Tabla III).

Para ello, se necesita escuchar, prestando especial atención a los padres(5), que en general son los mejores observadores de los síntomas de sus hijos, y también a los adolescentes(6); realizar una historia clínica completa incluyendo los antecedentes personales y familiares, y una exploración física minuciosa.

Estudios cualitativos destacan la importancia de los cambios de comportamiento y afectivos detectados por los padres, y que motivan las primeras consultas en Atención Primaria antes del diagnóstico de cáncer, en ocasiones, en ausencia de otros síntomas de alarma(5,7). En este sentido, el Nacional Institute for Clinical Excellence (NICE) recomienda considerar la preocupación persistente de los padres por los síntomas de sus hijos como un motivo para estudio o derivación(8). En Atención Primaria, se ha descrito que aumentan la posibilidad de cáncer los siguientes signos y síntomas: palidez, masas en cabeza y cuello, masas abdominales, adenopatías, alteraciones motoras, hematomas y otros signos de sangrado, astenia, cefalea, anormalidades visuales, dolor y síntomas musculoesqueléticos. Sin embargo, excepto para las masas abdominales, el valor predictivo positivo de estos síntomas es bajo, dada la baja frecuencia de cáncer infantil. Aun así, ante la gravedad del diagnóstico, la presencia de dicha sintomatología, fundamentalmente, cuando se presenta sin una causa clara y da lugar a un aumento en el número de consultas (3 o más en un período de 3 meses), nos ha de poner en alerta ante la posibilidad de un proceso neoplásico(9). En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud ha publicado una estrategia de evaluación, clasificación de probabilidad de cáncer y actitud en función de los hallazgos de la anamnesis y la exploración que se muestra en el Algoritmo 1(10).

Cefalea y otros signos y síntomas neurológicos

Los tumores primarios del SNC son los segundos más frecuentes en la infancia tras las leucemias(1), siendo la segunda causa de muerte por cáncer infantil(2). Su sintomatología se debe a la invasión y compresión del tejido nervioso adyacente, así como al aumento de la presión intracraneal por efecto de masa o por hidrocefalia obstructiva (Fig. 1), siendo su presentación clínica muy heterogénea.

Figura 1. Resonancia magnética sagital que muestra masa en fosa posterior compatible con meduloblastoma. El paciente de 13 años presentaba cefalea y edema de papila.

Wilne y cols.(11) analizaron 74 artículos (n=4.171), identificando hasta un total de 56 signos y síntomas al diagnóstico de un tumor del SNC, los cuales dependían de la edad, la localización y del antecedente de neurofibromatosis (NF). En los tumores intracraneales, excluyendo NF, la clínica más frecuente fue: cefalea, náuseas y vómitos, anormalidad de la marcha y coordinación y papiledema. En los tumores intracraneales asociados a NF fue: disminución de la agudeza visual, exoftalmos, atrofia óptica y estrabismo. En los tumores intracraneales en menores de 4 años fue: macrocefalia, náuseas y vómitos, irritabilidad, letargia y ataxia. Y en los tumores de médula espinal fue: dolor de espalda, anormalidad de la marcha y coordinación, deformidad de la columna, debilidad focal y alteraciones esfinterianas. Ante esta variabilidad clínica, posteriormente estudiaron en una cohorte retrospectiva (n=139) la evolución de la sintomatología, describiendo un aumento progresivo del número de síntomas. Así, la mitad de los pacientes pasaban de un síntoma al inicio de la clínica a seis al diagnóstico del tumor(12). Desde Atención Primaria, hemos de estar alerta ante pacientes con síntomas no resolutivos o en los que se asocien nuevos, en especial: visuales, motores, endocrinos o del comportamiento, así como signos de hipertensión intracraneal(12-14). Es esta línea, Ansell y cols.(15) describieron los motivos de consulta en Atención Primaria, desde el nacimiento hasta el diagnóstico de un tumor del SNC en una serie de pacientes, comparándola con un grupo control. Observaron cómo los casos consultaron tres veces más por un signo o síntoma sugestivo de tumor del SNC, llegando a consultar hasta siete veces más, cuando asociaban dos o más síntomas.

El grupo Children’s Brain Tumour Research Centre ha desarrollado una guía clínica basada en la evidencia(16) (Tabla IV), así como la estrategia de sensibilización “HeadSmart: be brain tumours aware” (https://www.headsmart.org.uk/), la cual ha mostrado resultados positivos en la disminución del tiempo desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico (mediana de 14 a 6,7 semanas), así como del tiempo desde la primera consulta hasta la realización de una prueba de imagen (3,3 a 1,4 semanas)(17).

Fiebre y síntomas constitucionales

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría, siendo, en la mayor parte de las ocasiones, de etiología infecciosa. Tan solo el 6% de los casos de fiebre de origen desconocido corresponden a neoplasias(18). Esta fiebre puede ser de origen tumoral (sarcoma de Ewing, neuroblastoma, linfoma de Hodking…) o por infecciones secundarias a la alteración del sistema inmunológico debido al cáncer, como puede ocurrir en las leucemias.

La leucemia es el tumor pediátrico más frecuente(1). Clarke y cols.(19) analizaron la sintomatología al diagnóstico de leucemia en la infancia y adolescencia en 33 estudios (n=3.084), e identificaron un total de 95 signos y síntomas, de los cuales cinco estaban presentes en más de la mitad de los pacientes: hepatomegalia, esplenomegalia, palidez, fiebre y hematomas. Además, entre un tercio y la mitad de los pacientes, presentaban: infecciones recurrentes, astenia, dolor de extremidades, hepatoesplenomegalia, hematomas/petequias, linfadenopatías, tendencia al sangrado y erupción cutánea. Estos hallazgos destacan la importancia de realizar una exploración física completa en niños con sintomatología común, como la fiebre, pero de evolución tórpida o persistente, prestando especial atención a la palpación abdominal, la búsqueda de linfadenopatías y el examen minucioso de la piel. A pesar de que la leucemia es el cáncer pediátrico más frecuente, no existe en el momento actual, evidencia sobre el valor predictivo de los datos clínicos a nivel individual, ni de su combinación. La guía NICE recomienda que los pacientes pediátricos con fiebre de causa no aclarada o en combinación con datos clínicos injustificados como: palidez, astenia, linfadenopatías, esplenomegalia, dolor osteoarticular, hematomas, sudoración nocturna o pérdida de peso, han de ser evaluados con un hemograma completo y extensión de sangre periférica en un plazo de 48 horas; en el caso de asociar petequias o hepatoesplenomegalia inexplicada, se recomienda la derivación inmediata(8).

Adenopatías

Los ganglios linfáticos son estructuras dinámicas que cambian de tamaño durante el crecimiento, generalmente en respuesta a infecciones. En la infancia, es normal la palpación de pequeños ganglios a nivel cervical, axilar o inguinal. Se considera patológico el aumento de tamaño por encima de 1 cm en ganglios cervicales y axilares, 1,5 cm en inguinales y 0,5 cm en epitrocleares, así como la consistencia pétrea, la superficie irregular, la existencia de ulceración cutánea o la fijación a planos profundos(20) (Fig. 2).

Figura 2. Ensanchamiento mediastínico en paciente de 12 años, diagnosticada de linfoma de Hodgkin. Clínicamente, presentaba múltiples adenopatias laterocervicales y supraclaviculres adheridas, no dolorosas y de tamaño mayor a 2 cm.

Las adenopatías son generalizadas, cuando se extienden en más de 2 cadenas ganglionares no contiguas, y localizadas, cuando aparecen en una única región. Según el tiempo de evolución, distinguimos entre agudas (menos de tres semanas) y subagudas/crónicas (más de tres semanas/meses)(21). En la anamnesis, preguntaremos: la edad del paciente, la forma de comienzo, el tiempo de evolución y la velocidad de crecimiento, así como la presencia de infecciones recientes o recurrentes, el contacto con personas enfermas, los síntomas asociados, tratamientos antibióticos previos, episodios similares, estado vacunal, medicaciones, contacto con animales o viajes recientes. La exploración física será completa, buscando signos de enfermedad sistémica y prestando especial atención a la presencia de lesiones cutáneas, palidez, signos de sangrado, lesiones orofaríngeas o conjuntivales, hepatoesplenomegalia y masas abdominales. Las adenopatías serán evaluadas en función de su tamaño, localización, dolor a la palpación, consistencia, movilidad, signos inflamatorios locales y presencia de fístulas cutáneas. Hemos de palpar de forma sistemática todas las cadenas ganglionares accesibles: occipital, retroauricular, preauricular, parotidea, tonsilar, submandibular, submental, caras anterior y posterior de cuello, supraclavicular, infraclavicular, axilar, epitroclear, inguinal y poplítea. Los signos de alarma en la valoración de las adenopatías son: el tamaño mayor de 3 cm, el crecimiento rápido en ausencia de signos inflamatorios, la consistencia dura, la fijación a planos profundos, la localización supraclavicular, axilar, generalizada o confluente, así como la clínica constitucional, la presencia de masas abdominales, hepatoesplenomegalia dura, signos de dificultad respiratoria, palidez, ictericia o sangrado(8,20-22).

Masa mediastínica

Las masas mediastínicas en la infancia son poco frecuentes y, en la mayoría de los casos, son de naturaleza maligna. La localización más frecuente es el mediastino anterior y la etiología más frecuente el linfoma(23,24). Una valoración clínica minuciosa y un alto índice de sospecha son importantes para un diagnóstico precoz. Ante la sospecha clínica, se recomienda la derivación inmediata a un centro hospitalario para completar estudio(8,23).

Desde el punto de vista anatómico, el mediastino se divide en tres compartimentos: anterior, medio y posterior. La localización de la masa orientará el diagnóstico (Tabla V).

Las neoplasias más frecuentes según su localización son: leucemia linfoblástica aguda y linfoma T (Fig. 3) en el mediastino anterior; linfoma de Hodgkin en el mediastino medio; y tumores neurogénicos (neuroblastoma y ganglioneuroma) en el mediastino posterior.

Figura 3. Masa mediastínica anterior en niño de 12 años con leucemia T. Refiere astenia y edema palpebral bilateral de 3 días de evolución, así como hematomas, equimosis y petequias en esclavina desde hace 48 horas.

Las masas mediastínicas posteriores (neuroblastoma) son más frecuentes en lactantes y niños pequeños, mientras que las anteriores (leucemias, linfomas) lo son en el niño mayor y adolescente(24).

Un elevado porcentaje de pacientes se encuentran asintomáticos al diagnóstico. En los casos sintomáticos, la clínica es secundaria a la compresión de estructuras adyacentes, por lo que los síntomas dependen de la localización de la masa, de su tamaño y de la velocidad de crecimiento. La compresión de la vía aérea es la clínica más frecuente, dando lugar a síntomas inespecíficos, como: estridor, tos no productiva, sibilancias, infecciones respiratorias de repetición, dolor torácico y dificultad respiratoria que, a menudo, simulan enfermedades respiratorias frecuentes, como el asma o la laringitis. La compresión esofágica da lugar a disfagia. La compresión de la médula espinal (frecuente en el neuroblastoma) da lugar a dorsalgia en banda o radicular que aumenta con el Valsalva, debilidad de la marcha, pérdida de fuerza y alteraciones sensoriales y esfinterianas. La compresión de la vena cava superior (característica de leucemias y linfomas T) se manifiesta con: plétora facial, cefalea, visión borrosa, tos, dolor torácico, ortopnea que aumenta con el Valsalva, hipotensión y fallo cardiaco. La compresión del frénico da lugar a elevación hemidiafragmática. Por último, la lesión de la vía simpática (sobre todo, por neuroblastomas) puede provocar un síndrome de Horner (ptosis, miosis y enoftalmos). Y, a su vez, podemos encontrar síntomas sistémicos secundarios al propio proceso tumoral.

Hemos de tener en cuenta que el tratamiento previo al diagnóstico con corticoides sistémicos, en pacientes con neoplasias hematológicas, puede tener implicaciones diagnósticas y pronosticas, y precipitar complicaciones graves, como el síndrome de lisis tumoral. Por eso, en pacientes con clínica respiratoria de curso atípico o laringitis en el niño mayor, se recomienda realizar una radiografía de tórax previo al inicio del tratamiento corticoideo(23,25).

Masa abdominal

El hallazgo de una masa abdominal es una de las formas más frecuentes de presentación de neoplasias en la infancia. Aunque pueden ser de etiología benigna, todo paciente con una masa abdominal ha de ser valorado bajo sospecha de malignidad y hemos de derivar al paciente a un centro especializado en un plazo de 48 horas(8).

La masa abdominal es con frecuencia asintomática, y suele detectarse de forma accidental por los padres o en una exploración rutinaria. En la anamnesis, tendremos en cuenta la edad del paciente (Tabla VI), los síntomas asociados, la intensidad y la duración de los mismos, teniendo en cuenta qué síntomas de evolución rápida son sugerentes de malignidad(26,27).

La clínica de presentación más frecuente es: dolor, disfunción de órganos por efecto de masa (obstrucción intestinal o urinaria), hematuria (nefroblastoma) y síntomas sistémicos (sudoración nocturna, fiebre, astenia, pérdida de peso o dolor óseo…). La etiología más frecuente: en menores de un año, son las malformaciones congénitas genitourinarias; entre uno y cinco años, el neuroblastoma (Fig. 4) y el nefroblastoma (Fig. 5); y en niños mayores y adolescentes, el linfoma no Hodking (LNH).

Figura 4. Neuroblastoma en paciente de 7 años, que refiere dolor costal de semanas de evolución asociado a astenia y anorexia en los últimos días.

 

Figura 5. Tumor de Wilms derecho. La paciente de 2 años consultó porque los padres palparon la masa abdominal mientras la vestían.

En esta franja de edad, el LNH tipo Burkitt se presenta como: una masa abdominal de crecimiento rápido que asocia distensión abdominal y dolor, síntomas obstructivos, invaginación intestinal y alteraciones metabólicas secundarias a lisis tumoral(26). En niñas y adolescentes, tendremos en cuenta los tumores ováricos y el embarazo. En la anamnesis, se deben valorar también los antecedentes personales, como prematuridad y el bajo peso al nacimiento (hepatoblastoma).

La exploración física ha de realizarse con el paciente relajado y tranquilo. Debe ser meticulosa, con toma de constantes vitales, incluyendo la tensión arterial(27). En la inspección, buscaremos irregularidades en la superficie abdominal. En la palpación, hemos de tener en cuenta que, en pacientes sanos, sobre todo en los lactantes, algunas estructuras son palpables, como: hígado, bazo, riñones, aorta abdominal, colon sigmoide, heces y/o columna vertebral(28). Es importante establecer la localización, el tamaño, la forma y el contorno de la masa, la adherencia de esta a planos profundos, así como la presencia de dolor a la palpación. Según la localización: las masas palpables en el cuadrante superior derecho, suelen ser de origen hepático, renal o adrenal; las del cuadrante superior izquierdo, con frecuencia, dependen del bazo y pueden ser secundarias a infiltración metastásica; y las localizadas en hipogastrio, suelen ser secundarias a tumores ováricos o linfomas intestinales. En el paciente con sospecha de neuroblastoma, es necesario realizar una exploración neurológica completa ante la posibilidad de invasión del canal medular. Otros signos de la exploración que pueden orientar el diagnóstico son: aniridia, hemihipertrofia y malformaciones genitourinarias, (nefroblastoma); nódulos subcutáneos, equimosis periorbitarias, proptosis, diarrea acuosa intratable, síndrome de Horner o síndrome de opsoclono-mioclono (neuroblastoma); pubertad precoz, feminización o virilización (masas hepáticas, gonadales, suprarrenales o tumores germinales); y fenotipo Cushing (neoplasias de la corteza suprarrenal).

Masas de partes blandas y cutáneas

Los sarcomas de tejidos blandos (STB) son un grupo heterogéneo de tumores que se originan de las células mesenquimales primitivas. Se subdividen en rabdomiosarcoma (RBM) y sarcomas no rabdomiosarcoma. El RBM es el más frecuente, tiene su origen en las células mesenquimales primitivas involucradas en el desarrollo del músculo estriado, y presenta su máxima incidencia alrededor de los cinco años y en la adolescencia. Se subdivide en: embrionario, alveolar y pleomórfico. Por otra parte, los sarcomas no rabdomiosarcomas son más frecuentes en niños mayores y adolescentes.

Los STB pueden aparecer en cualquier localización anatómica, siendo las más frecuentes: región genitourinaria, cabeza y cuello, y extremidades. La clínica de presentación depende de la localización, del tamaño y de las estructuras vecinas. Una tumoración no justificada en cualquier localización con alguna de las siguientes características, es sospechosa de STB: diámetro mayor de 2 cm, afectación de planos profundos, consistencia aumentada, crecimiento progresivo y presencia de adenopatías regionales(4). En la cabeza, las localizaciones orbitarias suelen desarrollar proptosis y es preciso realizar un diagnóstico diferencial con patologías benignas, como la celulitis orbitaria. Las localizaciones parameníngeas pueden dar lugar a obstrucción nasal, sinusal u ótica, secreción mucopurulenta persistente o afectación de pares craneales. En la región genitourinaria, se puede presentar como: hematuria, síndrome miccional, estreñimiento, masa pélvica o aumento del tamaño testicular. La variedad botrioide es un subtipo de RMS embrionario que se caracteriza por múltiples proyecciones polipoides que forman racimos de consistencia gelatinosa y friable, y que se desarrollan bajo la superficie mucosa de orificios corporales, como vagina y nariz.

Ante la sospecha de un tumor de partes blandas, la guía NICE recomienda la realización de una ecografía en un plazo de 48 horas(8).

Síntomas y signos musculoesqueléticos

El dolor musculoesquelético es un motivo de consulta frecuente en Atención Primaria. Su etiología varía con la edad, siendo las causas más frecuentes las traumáticas. El diagnóstico diferencial incluirá los síndromes por sobrecarga y las osteocondrosis. Con menor frecuencia, pero muy importante, ya que su retraso en el diagnóstico puede aumentar la morbilidad, se encuentran las neoplasias y las infecciones osteoarticulares. Entre las neoplasias más frecuentes que se presentan con dolor óseo y/o articular, encontramos: tumores óseos primarios, neuroblastomas, LNH y leucemias.

Los pacientes con tumores óseos primarios, como el osteosarcoma o el sarcoma de Ewing, presentan con frecuencia dolor óseo localizado, persistente, asimétrico, progresivo, que responde mal a los analgésicos habituales y que puede despertar por la noche. Pueden asociar una masa palpable indurada y adherida a planos profundos y de crecimiento rápido y progresivo y, en ocasiones, puede producirse una fractura patológica. El dolor musculoesquelético generalizado se manifiesta como: dolor de miembros inferiores, de espalda, artralgias o artritis. Los tumores que lo producen son leucemias, sobre todo, linfoblásticas y metástasis óseas o medulares de tumores, como el sarcoma de Ewing o el neuroblastoma.

Varios autores(29-31) han resaltado la importancia de incorporar las leucemias y los tumores óseos en el diagnóstico diferencial de pacientes con sospecha de osteomielitis o enfermedades reumatológicas. Las leucemias que se presentan con clínica articular (generalmente en forma de oligoartritis asimétrica) asocian con menos frecuencia sintomatología típica de leucemia, como: síndrome constitucional, hepatoesplenomegalia o citopenias, lo que dificulta el diagnóstico(29). En la evaluación de pacientes con síntomas musculoesqueléticos, la asociación de leucopenia (menor que 4 x 109/L), plaquetas en límite bajo de la normalidad (150-250 x 109/L) e historia de dolor nocturno, presenta una sensibilidad del 100% y especificidad del 85% en el diagnóstico de leucemia(30). Cabe destacar la importancia de un diagnóstico preciso previo al inicio del tratamiento con corticoides, ante la posibilidad de enmascarar una neoplasia hematológica o desencadenar un síndrome de lisis tumoral. Por ello, algunos autores sugieren la realización de un estudio de médula ósea antes de comenzar el tratamiento con corticoides, en aquellos pacientes con sospecha de enfermedad reumatológica y datos atípicos(31).

Una historia clínica completa que incluya: caracterización del dolor (inicio, localización, duración, intensidad, número de articulaciones afectadas); presencia de otros síntomas acompañantes (inflamación, calor, inestabilidad articular); factores precipitantes (infección o trauma previo); y síntomas sistémicos asociados, así como una exploración física minuciosa, permitirán orientar el diagnóstico. En el paciente con dolor óseo y/o articular con sospecha de cáncer, realizaremos una radiografía simple, así como un hemograma completo y extensión de sangre periférica en un plazo de 48 horas. Si la radiografía es patológica, se derivará al paciente a un centro especializado en las siguientes 48 horas. Ante la sospecha de leucemia (dos o más citopenias y/o blastos) la derivación será inmediata(8).

Alteraciones oculares

El retinoblastoma es la neoplasia ocular más frecuente y representa un 3% de los tumores infantiles(1). Suele diagnosticarse entre el primer y el tercer año de vida, y un 95% antes de los 5 años de edad(1). El 30% son bilaterales y un 40% hereditarios. En más de la mitad de los casos, el signo de presentación es la leucocoria que aparece como consecuencia de la presencia de una masa situada detrás del cristalino. En el diagnóstico diferencial de la leucocoria, además del retinoblastoma, se incluyen las cataratas congénitas (hay que preguntar antecedentes de infección en el embarazo, como la toxoplasmosis) y la enfermedad de Coats (telangiectasia retiniana con depósito de exudados intrarretinianos o subrretinianos que afecta a niños pequeños). Otros síntomas y signos que nos han de alertar son: estrabismo, pérdida de agudeza visual, dolor ocular o proptosis. Además del retinoblastoma, otros tumores que pueden manifestarse en forma de proptosis son: neuroblastoma, rabdomiosarcoma, linfoma e histiocitosis. El manejo exitoso del retinoblastoma depende de la posibilidad de detectar la enfermedad mientras sea intraocular(32). Por esta razón, es muy importante explorar el reflejo rojo en todos los recién nacidos y en todas la visitas del programa de salud infantil. El resultado anormal de la exploración del reflejo rojo es una indicación de derivación preferente (en menos de dos semanas) al oftalmólogo(8). Los pacientes con antecedentes familiares de retinoblastoma han de ser derivados desde el nacimiento para seguimiento estrecho oftalmológico(3).

Otra manifestación ocular de cáncer es el síndrome paraneoplásico opsoclono-mioclono, que se asocia a neuroblastoma en el 50% de los casos. Se caracteriza por movimientos oculares rápidos multidireccionales, involuntarios y caóticos, persistentes durante el sueño, mioclonías, ataxia y alteraciones del comportamiento.

El tiempo hasta el diagnóstico en cáncer infantil

La disminución del tiempo hasta el diagnóstico tiene implicaciones pronosticas en algunos tumores infantiles.

La estrategia más eficaz para disminuir la morbimortalidad del cáncer infantil es centrarse, tanto en la disminución del tiempo hasta el diagnóstico (TD), entendido como el tiempo transcurrido desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico de cáncer(33) (Fig. 6), como en el inicio precoz del tratamiento basado en la evidencia científica.

Figura 6. El tiempo hasta el diagnóstico en el cáncer infantil.
Modificado de Lethaby y cols(33).

Por ello, es prioritario el reconocimiento de los síntomas de alarma por parte de las familias y de los profesionales de Atención Primaria, así como el fácil acceso a estos últimos. Los cribados en la etapa infantil no suelen ser de ayuda, salvo que el niño presente un riesgo elevado de cáncer asociado a alteraciones hereditarias. Entre los factores que se han relacionado con el TD destacan: la edad del paciente (a más edad, mayor TD); el tipo de tumor (tumores del SNC, óseos, germinales y retinoblastomas presentan TD más prolongados en comparación con leucemias y tumores renales); y la biología tumoral(33-35). La relación del TD con la supervivencia es compleja. En este sentido, algunos autores(35,36) indican que es, precisamente la biología del tumor, el factor que más influye en el TD y en la supervivencia. En cualquier caso, existe amplia bibliografía a favor de la correlación positiva entre la mejora de la supervivencia y un diagnóstico precoz en tumores como el retinoblastoma(35), siendo esta correlación más ambigua en tumores del SNC y otros sólidos, probablemente en relación con qué tumores de alto grado tienen una aparición de síntomas prediagnóstico más abrupta y, por tanto, un TD más corto(37). En el grupo de los adolescentes y adultos jóvenes, son las mujeres las que, a pesar de consultar con más frecuencia al médico, tienen TD más prolongados, y los tumores óseos y los linfomas, los que presentan TD más prolongados, en probable relación con la clínica inespecífica inicial de estos tipos de cáncer(6).

Cabe destacar como, en la situación de pandemia por COVID-19, varias publicaciones han alertado del aumento del TD de cáncer infantil en países de nuestro entorno(38,39).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria comparte la responsabilidad de disminuir el TD, identificando a aquellos pacientes sospechosos de cáncer y realizando una derivación precoz desde Atención Primaria a especializada. Esta disminución del TD puede tener un papel pronóstico para algunos tumores y, además, contribuye a la disminución de la ansiedad y el estrés vividos por los pacientes y sus familias durante el difícil período previo al diagnóstico de un cáncer infantil(5).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

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Artículo enfocado al diagnóstico precoz de cáncer infantil en Atención Primaria; pone el enfoque en aquellos signos de alarma que nos han de poner en alerta ante la posibilidad de procesos neoplásicos.

- Clarke RT, Jones CHD, Mitchell CD, Thompson MJ. Shouting from the roof tops: a qualitative study of how children with leukaemia are diagnosed in primary care. BMJ Open. 2014; 4: e004640. doi:10.1136/bmjopen-2013-004640.

Muy recomendable. Artículo de metodología cualitativa que explora la forma de presentación de las leucemias infantiles y los factores que influyen en su sospecha, desde el punto de vista de los padres y de los médicos de Atención Primaria.

- Wilne S, Koller K, Collier J, Kennedy C, Grundy R, Walker D. The diagnosis of brain tumours in children: a guideline to assist healthcare professionals in the assessment of children who may have a brain tumour. Arch Dis Child. 2010; 95: 534-9.

Imprescindible. Guía clínica para la sospecha y diagnóstico precoz de tumores del sistema nervioso central.

- Walker D, Wilne S, Grundy R, Kennedy C, Neil, Dickson A, et al. A new clinical guideline from the Royal College of Paediatrics and Child Health with a national awareness campaign accelerates brain tumor diagnosis in UK children – “headSmart: Be Brain Tumour Aware.” Neuro Oncol. 2016; 18: 445-54.

Muy interesante. Estrategia lanzada en el año 2011 en el Reino Unido, dirigida a profesionales sanitarios y al público en general, con el objetivo de disminuir el intervalo de tiempo desde el inicio de la sintomatología hasta el diagnóstico de tumor del SNC en pacientes pediátricos.

 

Caso clínico

 

Paciente de 7 años que presenta cefalea frontal, vespertina, de 3 días de evolución, así como pérdida progresiva de visión del ojo izquierdo desde hace 2 semanas.

Antecedentes personales

Embarazo de curso normal. Parto eutócico. Período neonatal normal. Desarrollo psicomotor normal. Vacunación adecuada para la edad.

Antecedentes familiares

Madre: 32 años, sana. GAV 1/0/1. Padre: 38 años, sano.

Exploración física

FC: 90 lpm. FR: 18 rpm. TA: 100/60 mmHg. Sat: 97%. Talla: 122 cm (p50). Peso: 24 kg (p50). Buen estado general. Bien hidratado y perfundido. Sin exantemas ni petequias. Sin adenopatías significativas. Auscultación cardio-pulmonar: normal. Abdomen: blando y depresible, no doloroso, sin masas ni megalias. Neurológico: Glasgow 15, pares craneales, tono, fuerza, sensibilidad, reflejos osteotendinosos y marcha normales. Sin dismetrías ni disdiadococinesia. Exploración oftalmológica: ojo izquierdo con disminución de agudeza visual, signos de atrofia de papila, así como hemianopsia temporal izquierda.

Pruebas complementarias

Hemograma, bioquímica y coagulación normales. Se realiza resonancia magnética cerebral, observando: masa heterogénea en línea media, supraselar, multiquística, de 40 x 36 x 39 mm (Fig. 7), con realce intenso y heterogéneo tras la administración de contraste (Fig. 8). Sistema ventricular normal, sin signos de hidrocefalia.

Figura 7. Masa heterogénea en línea media, supraselar, multiquística, de 40 x 36 x 39 mm.

Figura 8. Masa en línea media con realce intenso y heterogéneo, tras la administración de contraste.

Juicio clínico

Craneofaringioma (patrón adamantinomatoso).

 

 

 

Síndromes mielodisplásicos en Pediatría

B. Ochoa Fernández, B. González Martínez
Temas de FC


B. Ochoa Fernández, B. González Martínez

Servicio de Hematología Pediátrica. Hospital Universitario de la Paz. Madrid

Resumen

Los síndromes mielodisplásicos (SMD) son un grupo heterogéneo de trastornos clonales hematopoyéticos que, en la edad pediátrica, ocurren frecuentemente asociados a trastornos genéticos predisponentes. Son enfermedades raras en la edad pediátrica y presentan características clínicas y biológicas distintivas con respecto a esta enfermedad en otros grupos etarios.
La forma de presentación más frecuente de los SMD en la edad pediátrica es la citopenia refractaria. El tratamiento dependerá de la gravedad de las citopenias y de las alteraciones genéticas. El único tratamiento curativo es el trasplante de progenitores hematopoyéticos y es el tratamiento de elección de los pacientes de alto riesgo.

 

Abstract

Myelodysplastic syndromes (MDS) are a heterogeneous group of clonal hematopoietic disorders, which in the pediatric age frequently occur in association with genetic predisposition disorders. MDS are rare in the pedi-atric age and present distinctive clinical and biological characteristics compared with this disease in other age groups.
The most common presentation of MDS in children is refractory cytopenia. Treatment of childhood MDS depends on the severity of the cytopenias and genetic abnormalities. The only curative treatment is hemato-poietic stem cell transplantation, which is the treatment of choice for high-risk patients.

 

Palabras clave: Síndrome mielodisplásico en la infancia; Citopenia refractaria; Fallo medular congénito; Trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Key words: Childhood myelodysplastic syndrome; Refractory cytopenia; Inherited bone marrow failure syndrome; Stem cell transplantation.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 320 – 325

 


Síndromes mielodisplásicos en Pediatría

Introducción

Los síndromes mielodisplásicos son un grupo heterogéneo de trastornos clonales hematopoyéticos con predisposición variable a evolucionar a leucemia aguda mieloblástica.

Los síndromes mielodisplásicos (SMD) son un conjunto de trastornos clonales de las células progenitoras hematopoyéticas, caracterizados por la presencia de hematopoyesis ineficaz (lo que condiciona citopenias periféricas) y alteraciones morfológicas celulares (dishemopoyesis)(1).

Este grupo de desórdenes hematopoyéticos son una entidad típica de personas de edad avanzada, con una mediana de presentación en adultos de 70 años(2), a diferencia de la edad pediátrica, donde presentan una baja frecuencia y se consideran una enfermedad rara.

Los SMD pediátricos presentan características diferentes a los de la edad adulta y su diagnóstico involucra un escenario diferente, tanto a nivel pronóstico como terapéutico(3).

El SMD en la edad pediátrica puede ocurrir de novo sin una aparente causa subyacente, ser secundario a otros factores (como la exposición previa a agentes citotóxicos) o desarrollarse en asociación a síndromes de fallo medular congénitos o adquiridos. Además, los niños con SMD tienen un riesgo aumentado de progresión a leucemia mieloide aguda (LMA)(4).

Es importante destacar que, el hallazgo de citopenias y/o rasgos displásicos, tanto en el hemograma como en medula ósea (MO), no son sinónimos de SMD; por lo que la sospecha de SMD requiere siempre poner en marcha estudios específicos, tanto en sangre periférica como en MO, que permitan excluir la existencia de otras enfermedades que presentan algunas características comunes.

En esta revisión, resumiremos brevemente los aspectos particulares del SMD pediátrico desde el diagnóstico hasta las opciones de tratamiento actuales.

Epidemiologia

El SMD es una patología muy común en adultos mayores de 70 años, pero muy infrecuente en niños, constituye menos del 5% de todas las hemopatías malignas.

Los SMD en la población pediátrica representan el 4% de la patología hemato-oncológica. Su incidencia anual es de 1 a 4 casos por millón, con una distribución similar en Europa y EE.UU.(1,5).

La edad media en el momento del diagnóstico suele ser entre 7 y 8 años, aunque la enfermedad se puede diagnosticar en todas las edades. Ambos sexos se ven igualmente afectados(6).

Etiopatogenia

Los SMD son enfermedades clonales que surgen en una célula progenitora hematopoyética independientemente de su estirpe, pudiendo afectar a la serie eritroide, mieloide o megacariocítica, causando alteraciones en la maduración normal de estas células.

Varios factores exógenos se han relacionado con el origen de los SMD, entre ellos, la exposición previa a agentes tóxicos y fármacos citostáticos, incluyendo agentes alquilantes e inhibidores de la topoisomerasa, usados como: quimioterápicos, tratamiento previo con radioterapia, ciertos antibióticos (p. ej., cotrimoxazol), algunos inmunosupresores y los factores estimulantes de eritropoyesis, granulocitos o análogos de trombopoyetina(2). Además, como hemos mencionado antes, en la infancia presenta ciertas peculiaridades y, típicamente, se asocia a ciertos trastornos genéticos predisponentes y enfermedades hematológicas congénitas (Tabla I).

Aproximadamente, el 50% de los niños con SMD tienen un trastorno constitucional conocido. Muchos otros, también, son portadores de alteraciones genéticas no conocidas previamente y que les confieren un riesgo mayor de desarrollar este tipo de enfermedad(7).

Comparado con los SMD en adultos, el conocimiento de las alteraciones genéticas somáticas en la población pediátrica es aún limitado. Estudios recientes han descrito que genes típicamente afectados en el SMD del adulto como: TET2, TP53, DNMT3A y SF3B1, no están relacionados con la patogenia del SMD pediátrico(8). Igualmente, la alteración citogenética típica del SMD del adulto, la deleción del 5q, no es frecuente en niños(9) (Tabla II).

Dentro de las aberraciones citogenéticas relacionadas con los SMD pediátricos, la más frecuente es la monosomía del cromosoma 7, con una frecuencia del 30%(10). Otros genes relacionados descritos son: SETBP1 y los oncogenes ASXL1, RUNX1 y RAS, siendo en ellos las principales alteraciones somáticas encontradas en pacientes pediátricos con SMD(1).

También, se han identificado mutaciones en línea germinal en el gen GATA2, que representan el 15% de los SMD primarios avanzados (SMD con exceso de blastos, SMD-EB)(11,12). Actualmente, se ha incrementado la evidencia que apoya que las variantes de la línea germinal en diferentes factores de transcripción como: GATA2, RUNX1, ETV6 o CEBPA, están relacionados con SMD familiar(10).

Diagnóstico y clasificación

El hallazgo de citopenias y rasgos mielodisplásicos, tanto en el hemograma como en medula ósea, no son sinónimos de SMD. En todos los casos, deben excluirse las causas de citopenias y displasias transitorias.

El hallazgo de citopenias asociadas a disminución de la celularidad de la MO, es una combinación que puede ser causada por muchos trastornos diferentes; por lo tanto, es importante un adecuado diagnóstico diferencial para llegar a un juicio clínico correcto (Tabla III).

El diagnóstico de los SMD requiere siempre poner en marcha una serie de estudios específicos llevados a cabo por un hematólogo pediátrico, que permita excluir la existencia de otras enfermedades que presentan algunas características comunes y que incluya, tanto estudios en sangre periférica como en médula ósea. Los estudios realizados ante sospecha de SMD se describen en la tabla IV.

Es imprescindible tener presente que mielodisplasia no es sinónimo de SMD. Al no disponer de un dato patognomónico de SMD en todos los casos, se debe excluir toda causa de citopenia y displasia transitoria.

En cuanto a la clasificación de los SMD, existe cierta controversia, ya que las clasificaciones generales dirigidas a adultos no se ajustan a las características del paciente pediátrico(13). En el año 2008, la OMS publicó una clasificación recomendada para el paciente pediátrico, que es la más utilizada en nuestro medio(14). Posteriormente, en el año 2016, se ha publicado una actualización de la clasificación general, reflejada en la tabla V(15), que no introduce cambios a la subclasificación pediátrica (Tabla VI).

 

Presentación clínica y tratamiento

En general, las manifestaciones clínicas vienen condicionadas por el grado de citopenias que presente el paciente y las series celulares afectadas. En ocasiones, son hallazgos incidentales en controles analíticos realizados por otras causas. El trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) es la única opción curativa para estos pacientes.

Citopenia refractaria de la infancia (CRI)

CRI es el subtipo de SMD más frecuente en niños y adolescentes, representando la mitad de los casos; esta entidad como su nombre indica, no suele presentarse en adultos. Afecta a ambos sexos por igual. La sintomatología será la derivada de sus citopenias, pero hasta un 20% de los enfermos están asintomáticos al diagnóstico(4). Estos pacientes suelen debutar con trombocitopenia y/o neutropenia, pudiendo asociar también anemia, aunque con menos frecuencia(13). La citopenia refractaria se define por: citopenias persistentes con <5% de blastos en MO, <2% de blastos en sangre periférica (SP) y la presencia de rasgos displásicos, más frecuentemente observados en las línea eritroide y megacariocítica. El estudio de MO suele mostrar celularidad disminuida en un 80% de los pacientes(1).

Es importante destacar que los SFMC y la aplasia medular adquirida pueden presentar características similares y, a veces, indistinguibles de CRI, por lo que las muestras deben ser valoradas por un hematólogo experto y correlacionadas con otras alteraciones encontradas en los pacientes.

El cariotipo es el factor pronóstico más importante de la progresión del SMD a leucemia mieloblástica (LMA). Las anomalías citogenéticas están presentes en aproximadamente un 30% de los pacientes con CRI y la alteración más frecuente encontrada es la monosomía del cromosoma 7. Estos pacientes tienen mayores probabilidades de progresión a SMD avanzado o LMA que aquellos niños que tienen cariotipos normales u otras alteraciones(3).

El tratamiento del CRI dependerá de la gravedad de las citopenias, requerimientos transfusionales, la presencia de infecciones de repetición y de la existencia de un donante HLA idéntico para realización de TPH.

El TPH es la única opción curativa y es el tratamiento de elección en pacientes con CRI que presentan alteraciones genéticas, como la monosomía del cromosoma 7 o cariotipos complejos, dado que se asocian a un mayor riesgo de progresión a SMD avanzado o LMA (Fig. 1).

Figura 1. Algoritmo terapéutico de citopenia refractaria de la infancia. Algoritmo propuesto por Locatelli, et al. Adaptado y modificado(1). TPH: trasplante de progenitores hematopoyéticos.

SMD con exceso de blastos o SMD avanzado: (SMD-EB)

Se caracteriza por la presencia de entre 2 y 19% de blastos en SP o de entre 5 y 19% de blastos en MO.

Existe otra variante en la clasificación llamada SMD-EB en transformación (SMD-EB-t), que involucra un porcentaje de blastos de entre 20-29% en SP o MO(1). Es importante destacar que, el porcentaje de blastos por sí solo no es suficiente para diferenciar cualquiera de estos subtipos de SMD de una LMA de novo. Aspectos, como las alteraciones citogenéticas típicas de cada enfermedad y la ausencia de rápida progresión y organomegalias, nos orientarán a la existencia de un SMD.

El tratamiento de este tipo de pacientes con SMD-EB, con o sin transformación, representa un reto. La única terapia curativa es el TPH. Adicionalmente, este grupo de pacientes han sido relacionados con una gran toxicidad derivada del tratamiento y alto riesgo de recaída. La primera opción para realizar un TPH en este tipo de pacientes es el trasplante alogénico de donante HLA idéntico, ya sea emparentado o no. En caso de que el paciente posea mutaciones en línea germinal es importante tomar en cuenta el estudio genético de los posibles donantes familiares, quienes pueden ser portadores de las mismas mutaciones.

Actualmente, con las nuevas técnicas de manipulación del injerto de progenitores hematopoyéticos, que disminuyen los riesgos intrínsecos de un trasplante no idéntico, se está considerando el TPH haploidéntico como una alternativa adecuada en pacientes que no poseen un hermano idéntico y en quienes la posibilidad de encontrar un donante no emparentado representa un retraso en el tratamiento. Cabe destacar que el retraso en el TPH, se considera un factor de riesgo que disminuye la posibilidad de supervivencia.

Conclusiones

Los SMD en la infancia son enfermedades infrecuentes, pero dada su gravedad, hace que el diagnóstico de sospecha esté siempre presente ante citopenias o displasias morfológicas de las diferentes líneas celulares.

Los SMD pediátricos (ver algoritmo al final del artículo) son trastornos clonales heterogéneos de la hematopoyesis, con características específicas y diferencias significativas con los SMD de adultos.

Los síndromes de predisposición genética se detectan en una notable proporción de pacientes. El TPH está indicado en todos los pacientes con SMD-EB o SMD-EB-t, y en aquellos con CRI y características citogenéticas de alto riesgo, neutropenia grave o dependencia de transfusiones.

El retraso en el tratamiento es un importante factor de riesgo que empeora el pronóstico post-TPH. Actualmente, gracias a las nuevas técnicas de manipulación de los injertos de progenitores hematopoyéticos, la opción del TPH haploidéntico representa una opción viable cuando no existe un donante idéntico.

Función del pediatra de Atención Primaria

Ante el hallazgo de citopenia en analítica rutinaria, confirmar la determinación en un nuevo control, añadiendo frotis de sangre periférica y completar estudio con perfil férrico, vitamina B12 y fólico; es importante descartar causas secundarias (fundamentalmente, tóxicas e infecciosas). Si se comprueba la existencia de citopenia en 1 o más líneas celulares, sin causa justificada, derivar a hematología pediátrica.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1.*** Locatelli F, Strahm B. How I treat myelodysplastic syndromes of childhood. Blood. 2018; 131: 1406-1414. doi:10.1182/blood-2017-09-765214.

2.** Grupo español de síndromes mielodisplásicos (GESMD). Guía española de diagnóstico y tratamiento de los síndromes mielodisplásicos y leucemia mielomonocítica crónica. Haematologica. Edición 2020. http://www.gesmd.es/wpcontent/uploads/2021/09/GuiaSMDLMMC2020.pdf (acceso 14 septiembre 2021)

3. Hasle H. Myelodysplastic and myeloproliferative disorders of childhood. Hematol Am Soc Hematol Educ Progr. 2016; 2016: 598-604. doi:10.1182/asheducation-2016.1.598.

4.** Galaverna F, Ruggeri A, Locatelli F. Myelodysplastic syndromes in children. Curr Opin Oncol. 2018; 30: 402-8. doi:10.1097/CCO.0000000000000488.

5. Passmore SJ, Chessells JM, Kempski H, Hann IM, Brownbill PA, Stiller CA. Paediatric myelodysplastic syndromes and juvenile myelomonocytic leukaemia in the UK: a population-based study of incidence and survival. Br J Haematol. 2003; 121: 758-67. doi:10.1046/j.1365-2141.2003.04361.x.

6. Hofmann I. Pediatric myelodysplastic syndromes. J hemopathology. 2015; 8: 127-41. doi:10.1007/s12308-015-0253-4.

7. Rau ATK, Shreedhara AK, Kumar S. Myelodysplastic Syndromes in Children : Where Are We Today ? Ochser J. 2012; 12: 216-20.

8. Pastor V, Hirabayashi S, Karow A, Wehrle J, Kozyra EJ, Nienhold R, et al. Mutational landscape in children with myelodysplastic syndromes is distinct from adults: specific somatic drivers and novel germline variants. Leukemia. 2017; 31: 759-62. doi:10.1038/leu.2016.342.

9. Hasserjian RP. Myelodysplastic Syndrome Updated. pathobiology. 2019; 86: 7-13. doi:10.1159/000489702.

10.** Schwartz JR, Ma J, Lamprecht T, Walsh M, Wang S, Bryant V, et al. The genomic landscape of pediatric myelodysplastic syndromes. Nat Commun. 2017; 8: 1557. doi:10.1038/s41467-017-01590-5.

11. Göhring G, Michalova K, Beverloo HB, Betts D, Harbott J, Haas OA, et al. Complex karyotype newly defined: the strongest prognostic factor in advanced childhood myelodysplastic syndrome. Blood. 2010; 116: 3766-9. doi:10.1182/blood-2010-04-280313.

12. Wlodarski MW, Hirabayashi S, Pastor V, Starý J, Hasle H, Masetti R, et al. Prevalence, clinical characteristics, and prognosis of GATA2-related myelodysplastic syndromes in children and adolescents. Blood. 2016; 127: 1387-97; doi:10.1182/blood-2015-09-669937.

13. Escobar NF, Drelichman G, Viso M, Moreno Peñarrieta K, Daloi K. Realidad en nuestro país de una enfermedad infrecuente y grave. Hematología. 2016; 20: 90-102.

14. Vardiman JW, Thiele J, Arber DA, Brunning RD, Borowitz MJ, Porwit A, et al. The 2008 revision of the World Health Organization (WHO) classification of myeloid neoplasms and acute leukemia: rationale and important changes. Blood. 2009; 114: 937-51. doi:10.1182/blood-2009-03-209262.

15. Arber DA, Orazi A, Hasserjian R, Thiele J, Borowitz MJ, Le Beau MM, et al. The 2016 revision to the World Health Organization classification of myeloid neoplasms and acute leukemia. Blood. 2016; 127: 2391-405. doi:10.1182/blood-2016-03-643544.

Bibliografía recomendada

- Locatelli F, Strahm B. How I Treat How I treat myelodysplastic syndromes of childhood. Blood. 2018; 131: 1406-14. doi:10.1182/blood-2017-09-765214.

Completo artículo de revisión sobre los síndromes mielodisplásicos en la infancia, con descripción detallada del manejo y tratamiento según cada subtipo de SMD, incluyendo varios casos clínicos de ejemplo.

- Grupo español de síndromes mielodisplásicos (GESMD). Guía española de diagnóstico y tratamiento de los síndromes mielodisplásicos y leucemia mielomonocítica crónica. Haematologica. Edición 2020. http://www.gesmd.es/wpcontent/uploads/2021/09/GuiaSMDLMMC2020.pdf (acceso 14 septiembre 2021)

Guía amplia de la Sociedad Española del Síndrome Mielodisplásico, con orientación general tanto para adultos como en Pediatría, de los aspectos más importantes de la enfermedad, diagnóstico y tratamiento.

- Galaverna F, Ruggeri A, Locatelli F. Myelodysplastic syndromes in children. Curr Opin Oncol. 2018; 30: 402-8. doi:10.1097/CCO.0000000000000488.

Artículo reciente en el que se hace una amplia y magnífica revisión del estado actual del tratamiento del síndrome mielodisplásico en el paciente pediátrico, a su vez, actualizando revisiones anteriores.

- Schwartz JR, Ma J, Lamprecht T, Walsh M, Wang S, Bryant V, et al. The genomic landscape of pediatric myelodysplastic syndromes. Nat Commun. 2017; 8: 1557. doi:10.1038/s41467-017-01590-5.

Interesante artículo de revisión en el que se intenta ahondar sobre las cuestiones aún no resueltas sobre el síndrome mielodisplásico, profundizando en la etiología de estos síndromes.

 

 

Caso clínico

 

Niño de 10 años que refiere aparición de hematomas y petequias de manera recurrente, sin antecedentes de traumatismos importantes, durante los últimos 2 meses. No ha presentado sangrado a otros niveles ni otra sintomatología.

Antecedentes familiares

Antecedente de linfoma en abuela materna. Sin otros antecedentes familiares de interés.

Antecedentes personales

Sin antecedentes médicos ni quirúrgicos importantes. Vacunas según calendario.

Exploración física

Buen estado general. Bien hidratado, nutrido y perfundido. Numerosos hematomas dispersos en miembros superiores e inferiores. Petequias en región facial. Sin adenopatías palpables. Auscultación cardiopulmonar: normal. Abdomen: normal. Neurológico: normal. Exploración ORL: normal.

Pruebas complementarias

Hemograma: leucocitos: 1.380/μl (fórmula normal); neutrófilos: 750/μl; linfocitos: 540 /μl; monocitos: 80 /μl; eosinofilos: 10/μl. Hemoglobina: 9,5 g/dl; hematocrito: 28%; VCM: 98,9 fL; HCM: 33,6 pg; CHCM: 34 g/dl; plaquetas: 18.000/μl. Bioquímica básica, renal y hepática, amilasa: normales, proteínas totales 7,4 g/dl; ferritina: 46 ng/ml (7-140); hierro: 64 μg/dl (55-140); vitamina B12: 472 pg/ml; folato sérico: 8,6 ng/ml; coagulación: normal. PCR: <0,5 mg/L. EAB: normal. Orina: normal.

Ecografía abdominal: sin hallazgos significativos.

Radiografía de tórax: normal.

Evolución: ante hallazgo de pancitopenia, se decide ingreso hospitalario para completar estudio a cargo del servicio de Hematología.

 

 

 

Síndrome hemofagocítico

V. Galán Gómez*, A. Pérez Martínez**
Temas de FC


V. Galán Gómez*, A. Pérez Martínez**

*Médico Adjunto Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. **Jefe del Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario La Paz. Madrid

 

Resumen

El síndrome hemofagocítico es una entidad clínica poco frecuente. Existen formas primarias (a menudo, cuadros graves que se presentan a edades tempranas) y formas adquiridas, de gravedad variable, secundarias a inmunodeficiencias, metabolopatías, infecciones, neoplasias… El origen de este cuadro se sustenta en una respuesta inmune exagerada, mediada por linfocitos T citotóxicos (CTL) y células natural killer (NK), hiperestimulados de manera continua por un ambiente inflamatorio. El espectro clínico de presentación es variado, pudiendo mimetizar, en ocasiones, otras patologías graves, como pueden ser el fallo hepático agudo o una meningoencefalitis. El diagnóstico se realiza en función de criterios genéticos, clínicos y analíticos. A menudo, no todos los criterios se presentan a la vez, apareciendo de manera progresiva a lo largo del tiempo, por lo que es necesario mantener un nivel de sospecha continuo. Sin tratamiento, el pronóstico de la enfermedad es desfavorable. El objetivo terapéutico es el control de la inflamación a través de potentes inmunosupresores. El trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) es el tratamiento de elección en las formas primarias. No existen medidas preventivas que se hayan demostrado efectivas para disminuir la frecuencia de este fenómeno. En las formas primarias en las que exista una alteración conocida, el consejo genético está indicado.

 

Abstract

Hemophagocytic lymphohistiocytosis (HLH) is an unusual clinical entity. There are primary forms, oftentimes aggressive presenting in the first weeks of life, and those secondary to immunodeficiencies, metabolic diseases, infections, neoplasms… with variable severity. An exuberant immune response mediated by cytotoxic T lymphocytes and natural killer (NK) cells, continuously hyperstimulated by an inflammatory environment, is the origin of the disease. The clinical spectrum of presentation is varied, and can sometimes mimic other serious diseases such as acute liver failure or meningoencephalitis. The diagnosis is based on genetics, clinical and analytical criteria. Frequently, not all criteria are present at the same time, appearing progressively, thus a continuous level of suspicion is recommended. Without treatment, prognosis of the disease is unfavorable. The therapeutic objective is to control inflammation by immunosuppression. Hematopoietic stem cell transplantation (HSCT) is the treatment of choice for primary forms. There are no preventive measures that have been proved effective in reducing the frequency of this phenomenon. In primary forms where there is a known alteration, genetic counselling is indicated.

 

Palabras clave: Síndrome hemofagocítico; Linfohistiocitosis hemofagocítica; Hiperinflamación; Inmunomodulación; Trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Key words: Hemophagocytic syndrome; Hemophagocytic lymphohistiocytosis; Hyperinflammation; Immunomodulation; Hematopoietic stem cell transplantation.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 326.e1 – 326.e9

 


Síndrome hemofagocítico

Introducción

El síndrome hemofagocítico es una patología grave resultante de una desregulación inmunológica que genera un estado hiper­inflamatorio.

Se denomina linfohistiocitosis hemogafocítica (HLH) o síndrome hemofagocítico a un cuadro hiper­inflamatorio sistémico derivado de la desregulación del sistema inmune, en el que la activación permanente de CTL, células NK y macrófagos tisulares desarrollan el papel principal.

Estas alteraciones inmunológicas pueden aparecer de manera constitucional en el paciente (formas primarias), o por el contrario, ser desencadenadas por factores externos (formas secundarias)(1-4).

Es importante conocer su existencia de manera precoz, puesto que es una entidad amenazante para la vida por su rápida capacidad de generar afectación multiorgánica, y la instauración de un tratamiento eficaz en una fase temprana, condicionará el pronóstico del paciente.

El diagnóstico de esta entidad puede ser inicialmente complejo, debido a que para realizarlo deben cumplirse una serie de criterios clínico-analíticos que detallaremos más adelante, no siempre presentes al debut del cuadro clínico.
La terminología clásica de síndrome hemofagocítico se fundamenta en la presencia de macrófagos fagocitantes de las tres series hematológicas, así como de progenitores, presente en gran parte de los pacientes.

Epidemiología

En su mayoría son diagnosticadas formas secundarias, aunque cada vez conocemos más sobre las formas primarias.

A pesar de los avances en el conocimiento de esta enfermedad, el síndrome hemofagocítico se trata de una entidad a menudo infradiagnosticada, por lo que disponer de cifras que representen la realidad es un reto ambicioso(5).

Por otro lado, la heterogeneidad de este cuadro, debida a la gran diversidad genética, al factor étnico y a la variedad de elementos trigger o desencadenantes, condicionan de manera importante la incidencia de la enfermedad.

No existen datos pertenecientes a grandes series de pacientes que analicen específicamente incidencia, etiología y tasas de supervivencia. Además, un número importante de los datos publicados corresponden a estudios realizados sobre series asiáticas(6,7).

Un estudio sueco, realizado entre los años 2007 y 2011, reveló que la incidencia de las formas primarias se encontraba alrededor de los 1,5 casos por millón de recién nacidos vivos (superior a los datos reportados en esa misma población con anterioridad, debido a un mayor conocimiento de la enfermedad y a la modificación de los criterios diagnósticos, lo que permitió un mayor reporte de casos nuevos diagnosticados)(8).

Los datos publicados por el Texas Children’s Hospital situaban la incidencia del síndrome hemofagocítico en 1/3.000 ingresos(5,9).

En un estudio retrospectivo unicéntrico realizado en nuestro país, se recogieron un total de 22 pacientes con síndrome hemofagocítico. El 27,3% correspondía con formas primarias, mientras que el 72,7% lo hacía con formas secundarias. Dentro de este último grupo: el 68,7% fue asociado a infección (VEB el más frecuente, seguido del VHS y la leishmania); el 18,7% asociado a neoplasias hematológicas; y el 12,65% asociado a enfermedades autoinmunes(10).

Fisiopatología

La hiperestimulación del sistema inmune y las alteraciones en la citotoxicidad en las células efectoras, así como la ausencia de apoptosis de las mismas, son los pilares de la patogenia.

Independientemente del origen, el mecanismo final común que genera este cuadro es: la ausencia de actividad citotóxica frente a las células diana, la hipersecreción de citocinas y, por ende, la persistencia de los estímulos inflamatorios(1).

Es conocido el papel fundamental en la patogenia de este cuadro, que supone la actividad citotóxica de los CTL (CD8 positivos) y las células NK activadas. Estos dos linajes celulares, en condiciones fisiológicas, se encargan del control mediante su eliminación de las células infectadas o tumorales.

Las células presentadoras de antígeno (APC) activan en el proceso denominado sinapsis inmunológica a las CTL y células NK. Tras su activación, se produce la degranulación del contenido de las vesículas de las células CTL, NK y linfocitos T colaboradores (CD4 positivos). Estos gránulos contienen perforinas (perforan la membrana para que las otras enzimas puedan alcanzar el interior celular y activan la vía de las caspasas), granzimas (enzimas proteolíticas), así como otras sustancias como serglicanos y calreticulina. Este proceso es regulado mediante retroalimentación negativa a través de la apoptosis inducida por receptor, autolimitando así el fenómeno inflamatorio(1,11).

El complejo procedimiento de exocitosis requiere de la implicación de múltiples proteínas de membrana como: Lyst, Rab 27, AP3B1, Stx11 o Munc13-4(12) (Fig. 1).

Figura 1. Esquema en el que se muestra el mecanismo fisiológico de la sinapsis inmunológica. Se representa el lugar de acción de diferentes proteínas en el proceso de secreción de las vesículas de la célula efectora, al realizar su actividad sobre la célula diana.

De esta manera, alteraciones en este proceso que anulen o produzcan un enlentecimiento en la sinapsis inmunológica, perpetuarán en el tiempo el estado inflamatorio. Las células presentadoras de antígenos continuarán activando a los linfocitos T, que continuarán, a su vez, secretando citoquinas inflamatorias y proliferando, generando de este modo un círculo vicioso inflamatorio (Fig. 2).

Figura 2. Esquema en el que se representan las bases fisiopatológicas de la linfohistiocitosis hemogafocítica (HLH), mediante la generación del círculo vicioso inflamatorio.

En el HLH se produce, por lo tanto, una hiperrespuesta inflamatoria favorecida por el estímulo constante de las APC y por la ausencia de retroalimentación negativa.

CTL, NK y macrófagos activados proliferan en los tejidos de manera incontrolada, favoreciendo el entorno inflamatorio mediante la secreción de mediadores inflamatorios (IL-1, IL-6, IFN gamma, TNF alfa, IL-8, IL-10, IL-18)(12). Esta infiltración es la causa de las megalias encontradas en estos pacientes.

La tabla I resume las bases fisiopatológicas de la enfermedad(11).

Formas primarias

Conocemos causa genética subyacente en aproximadamente un 30-70% de las formas primarias de la enfermedad. Pertenecen a este grupo las HLH familiares (FHLH). Hasta el momento se han descrito 5 formas familiares (FHLH 1-5). Ejemplo de ello, son las formas que presentan mutaciones en el gen PRF1 (perforina) o en UNC13D (codificante para la proteína Munc13-14, necesaria para la fusión y liberación de los gránulos sinápticos).

Del mismo modo, pertenecen a las formas primarias inmunodeficiencias como: síndrome de Griscelli tipo 2, Chediak-Higashi, Hermansky-Pudlak tipo 2 o síndrome linfoproliferativo ligado al cromosoma X (XLP). En ellas, se han descrito anormalidades en las proteínas implicadas en el transporte de los gránulos citolíticos, así como en los melanosomas, por lo que estos pacientes presentan un grado variable de albinismo.

Formas secundarias

Estas formas, más frecuentes que las anteriormente citadas, se han descrito como: complicación de inmunodeficiencias primarias, errores innatos del metabolismo, algunas infecciones (generalmente víricas, típica VEB e importante por su auge en los últimos meses el SARS-CoV-2(13)), procesos neoplásicos (especialmente hematológicos, aunque no exclusivos), así como de origen autoinmune.

Centrándonos en el campo de la terapia celular, concretamente en el TPH, se han descrito fenómenos hemofagocíticos en pacientes trasplantados. Este hecho, inicialmente descrito en trasplantes autólogos, se ha estudiado con mayor detalle con los trasplantes alogénicos, especialmente en aquellos con disparidad HLA. La inmunosupresión derivada del acondicionamiento, las técnicas de manipulación del injerto y la profilaxis de la enfermedad de injerto contra receptor, genera una mayor susceptibilidad infecciosa, que como previamente se ha descrito, puede actuar como desencadenante (importante en este punto, la infección por VH8). Asimismo, la alorreactividad, tanto en dirección donante-receptor como receptor-donante, genera la liberación de citoquinas como resultado de la interacción entre las APC del receptor y los CTL del donante, activando, de este modo, a los macrófagos tisulares y amplificando así la respuesta inflamatoria(14).

Mención aparte merece una entidad de relativa reciente aparición, denominada síndrome de liberación de citoquinas, que mimetiza tanto la fisiopatología como la clínica del síndrome hemofagocítico, y que se observa en el contexto de la inmunoterapia, especialmente en el tratamiento con anticuerpos, como el blinatumomab o la terapia celular CAR-T.

Los mecanismos tras los que subyace el origen del cuadro clínico en estos casos secundarios no son del todo conocidos(3). En algunos casos, se postula la alteración en el equilibrio entre CTL/NK y APC.

Por lo general, estas formas secundarias tienen un curso menos agresivo, se presentan a edades más tardías y ­tienen un menor riesgo de recurrencia en comparación con las formas primarias.

En la tabla II, se recoge de manera resumida, la clasificación de los distintos tipos de HLH (Tabla IIA) y se resumen las principales características genéticas de las formas primarias (Tabla IIB)(1,15,16).

 

Clínica

La clínica puede simular inicialmente patologías banales con una evolución tórpida.

El espectro clínico de esta entidad es variable. A menudo, la distinta sintomatología irá sucediéndose en el tiempo, por lo que es importante una rápida sospecha clínica inicial. En algunas ocasiones, la forma de presentación será aguda, en el contexto de un paciente crítico, especialmente en las formas primarias.

Como norma general, los principales síntomas característicos de esta entidad son la fiebre persistente y la presencia de hepatoesplenomegalia. Con frecuencia, hasta en un tercio de los casos, puede existir afectación del sistema nervioso central, en cuyo caso, la clínica puede simular una encefalitis. Otros hallazgos clínicos menos frecuentes pueden ser: presencia de linfadenopatías, rash cutáneo, ictericia en casos con afectación hepatobiliar o edemas. A continuación, se detallan las entidades clínicas más frecuentes(11,16):

Fiebre persistente

Pese a tratarse de un motivo de ingreso relativamente frecuente, la fiebre persistente (mediana 19 días en algunos estudios publicados) junto con la elevación de parámetros inflamatorios, deben justificar el inicio del estudio del síndrome hemofagocítico.

La fiebre es el síntoma guía en la mayoría de las ocasiones, apareciendo de manera constante, prácticamente, en más del 90% de los casos(4,10,15).

Lactante febril

Generalmente, en cuadros primarios. El paciente, habitualmente un lactante menor de un año, se presenta con fiebre, citopenias y megalias. En ocasiones, estas formas pueden tener un debut neonatal (formas graves). A menudo, el aspirado de médula ósea se realiza para descartar malignidad en este contexto. Sin un diagnóstico precoz y tratamiento agresivo, estas formas pueden tener desenlace fatal de forma rápida.

Fallo hepático

En pacientes con presencia de fallo hepático agudo, debe plantearse esta posibilidad diagnóstica como opción. En ocasiones, la gravedad de esta entidad clínica es tal, que el paciente puede resultar candidato a trasplante hepático.

Es característica, la infiltración tisular linfocitaria (evidenciada en necropsias). En periodo neonatal, puede estar acompañado de hidrops fetal. Puede existir concomitantemente síndrome de oclusión sinusoidal, existiendo un mayor riesgo de presentación de esta complicación en pacientes que reciban trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH).

Junto a los datos clínico-analíticos de fallo hepático, aparecen el resto de parámetros que definen el síndrome hemofagocítico. En este grupo de pacientes, parámetros como la ferritina o el CD25 soluble, no son adecuados criterios diagnósticos, debido a que en situaciones de fallo hepático, pueden estar elevados.

Alteraciones en la coagulación

Alrededor de un 95% de los pacientes presentarán parámetros sugerentes de coagulación intravascular diseminada. En los casos de defecto de granulación de células NK, puede existir disfunción plaquetar.

Citopenias

Anemia y trombopenia suelen ser los hallazgos más frecuentes. Los estudios en médula ósea pueden ser normales, así como reflejar hipo o hipercelularidad. La presencia de hemofagocitosis oscila entre el 25-100% de los casos; si bien, es necesario destacar que este fenómeno no es exclusivo de esta entidad, pudiendo aparecer en pacientes críticos, politransfundidos, en infecciones o en enfermedades autoinmunes.

Alteraciones cutáneas

El espectro de afectación cutánea es variado, aunque frecuente (hasta el 65% de los casos), y se desencadena por la infiltración cutánea de linfocitos. Las manifestaciones más frecuentes varían desde un rash máculopapuloso generalizado (en ocasiones, morbiliforme), eritrodermia, edema o paniculitis. Puede simular un cuadro Kawasaki-like y aparecer junto con otros criterios clínicos, como conjuntivitis y alteraciones en mucosas.

Afectación pulmonar

Pueden aparecer infiltrados alveolares e intersticiales en el contexto de fracaso respiratorio agudo. En estos pacientes, la evolución a un cuadro fatal puede ocurrir hasta en un 88% de los casos.

Afectación neurológica

Aproximadamente, en un tercio de los casos, puede aparecer inicialmente afectación del sistema nervioso central. En estos casos, la clínica neurológica puede ser variada, desde: crisis convulsivas, fluctuación del nivel de consciencia similar a una encefalitis, meningismo, alteraciones en la marcha, disartria o alteraciones en los pares craneales. Es infrecuente la clínica neurológica aislada, coexistiendo, en la mayoría de los casos, con otras manifestaciones sistémicas. En cualquier caso, es importante una rápida sospecha.
Aunque la edad de aparición es variable, a menudo, aparece en niños mayores de un año.

Niño con infección

Como se muestra en la tabla IIA, agentes infecciosos, especialmente típico por su frecuencia, el VEB pueden actuar a modo de trigger del síndrome hemofagocítico.

Paciente crítico con cuadro “sepsis-like”

A menudo, este paciente aparece en unidades de críticos con un cuadro prácticamente indistinguible de una sepsis grave (llegando incluso a producirse fallo multiorgánico), en el que la clave diagnóstica es la gravedad del espectro inflamatorio. En estos pacientes, los fenómenos hemofagocíticos en la anatomía patológica son de escasa rentabilidad diagnóstica, debido a estar presentes en un alto porcentaje de pacientes críticos(16).

Síndrome hemofagocítico en paciente con patología autoinmune (síndrome de activación macrofágica)

Tradicionalmente, se ha denominado síndrome de activación macrofágica (SAM) al síndrome hemofagocítico, que aparece en el paciente con diagnóstico establecido de patología autoinmune. El ejemplo más característico, la artritis idiopática juvenil (AIJ), en la que aproximadamente un 10% pueden desarrollar este cuadro clínico. Ocasionalmente, puede ser la forma de debut de la enfermedad o ser desencadenado por el tratamiento inmunosupresor.

Aunque, tanto la clínica como los mecanismos fisiopatológicos son indistinguibles, existen una serie de peculiaridades en este tipo de presentación. El perfil de paciente es de mayor edad que en las formas primarias, y suele cursar con citopenias no tan marcadas, así como con cifras más elevadas de fibrinógeno.

Síndrome hemofagocítico asociado a neoplasia

En ocasiones, el síndrome hemofagocítico puede aparecer en pacientes con proceso oncológico concomitante. La frecuencia con la que esto aparece se incrementa con la edad, y los tumores hematológicos, especialmente los linfomas, son las patologías que con más frecuencia pueden asociar este síndrome (aunque no de forma exclusiva).

Síndrome hemofagocítico en paciente inmunocomprometido

Puede aparecer en pacientes con diagnóstico de inmunodeficiencia primaria o en pacientes con estado de inmunosupresión secundario a tratamiento. En este grupo, generalmente, un agente infeccioso (típicamente VEB o CMV) actúa a modo de desencadenante.

Terapias inmunológicas

En los últimos años, los avances en inmunoterapia, con el cada vez mayor empleo de anticuerpos monoclonales y células CAR-T, han creado la necesidad de estudiar una entidad fisiopatológicamente similar al HLH y que, en este contexto, recibe el nombre de síndrome de liberación de citoquinas, del inglés Cytokine Release Syndrome (CRS). El abordaje de esta complicación difiere del manejo estándar del HLH.

En definitiva, ante la evolución tórpida de cualquier enfermedad considerada a priori como común, el síndrome hemofagocítico debería ser descartado.

Además de la forma de presentación, es primordial también considerar el rango etario del paciente, debido a que las formas primarias, más agresivas, suelen debutar en los primeros meses de vida, incluso durante el periodo neonatal. En estos casos, es fundamental una correcta anamnesis que haga hincapié en los antecedentes familiares del paciente, especialmente importante si existe consanguinidad.

Diagnóstico

Las herramientas fundamentales para el diagnóstico son los criterios clínicos y analíticos. La presencia de una mutación conocida es suficiente para llegar al mismo.

El diagnóstico de la HLH es un diagnóstico genético, clínico y analítico. En la actualidad, se realiza según los criterios del protocolo HLH-2004(17) que se detallan en la tabla III.

Desde el punto de vista molecular, la presencia de mutaciones conocidas en genes implicados en la degranulación de las células NK, la homeostasis de la sinapsis inmunológica o de inmunodeficiencias, bastarían para diagnosticar al paciente. Actualmente, se conocen hasta un 70% de las alteraciones causantes de las formas familiares. El tipo de herencia, el fenotipo y la penetrancia son variables en función del tipo de trastorno del que se trate. Habitualmente, las formas que se presentan en homocigosis suelen ser de mayor gravedad.

En las formas primarias es obligado el estudio de los hermanos del paciente en caso de tenerlos, no solo por el riesgo de enfermedad que presentan en función de la herencia del trastorno, sino por su potencial elección como donante de precursores hematopoyéticos.

Se sospechará una forma primaria en los casos en que exista historia familiar compatible, en formas graves (especialmente de presentación temprana), recurrentes, o en casos de persistencia de disminución de actividad NK.

Desde un punto de vista clínico, son criterios diagnósticos la fiebre persistente y la hepatoesplenomegalia.

Analíticamente, los principales hallazgos son: citopenias (con afectación variable de las tres series, mínimo dos), hipertrigliceridemia, hipofibrinogenemia y la hiperferritinemia. Aunque no sea considerado criterio diagnóstico, apoyan el diagnóstico parámetros analíticos como: pleocitosis en el LCR, hiperproteinorraquia, disfunción hepatobiliar (hipertransaminasemia, hiperbilirrubinemia, coagulopatía con elevación de D-dímero), hipoalbuminemia, elevación de LDH en suero o hiponatremia. Estas alteraciones pueden aparecer especialmente en casos de gravedad(3,4,16).

Los estudios inmunológicos son de utilidad en el diagnóstico de la HLH, siendo característica la elevación de CD25 soluble (subunidad alfa del receptor de IL-2) o la ausencia/disminución de degranulación in vitro de células NK.

En estos estudios funcionales tienen especial relevancia los estudios inmunofenotípicos. Mediante citometría de flujo, puede estudiarse la presencia de determinadas proteínas de poblaciones celulares seleccionadas (p. ej., perforina en NK), así como la funcionalidad de su degranulación. De este modo, pueden complementar el diagnóstico de esta patología y apoyarlo hasta su confirmación definitiva.

Otro parámetro característico, aunque es importante conocer que no debe aparecer necesariamente, es la presencia de hemofagocitosis en médula ósea, muestra de tejido linfoide o LCR.

En la tabla IV, se relacionan los principales hallazgos clínico-analíticos con el mecanismo fisiopatológico subyacente(15,18).

 

Diagnóstico diferencial

Es necesario mantener un alto nivel de sospecha en cuadros persistentes o refractarios a tratamientos convencionales.

Desde el punto de vista clínico, el planteamiento de esta entidad se presenta habitualmente como un reto para el médico tratante.

A menudo, la mayor parte de estos cuadros son diagnosticados inicialmente (y no de forma equivocada) como infecciones. Patologías hematológicas como la histiocitosis de células de Langerhans o la enfermedad de Castleman, deberían ser tenidas en cuenta en el diagnóstico diferencial, debido a que pueden simular la forma de presentación. Del mismo modo, deben ser incluidas reacciones adversas a fármacos (estas últimas suelen cursar con rash cutáneo y eosinofilia), así como metabolopatías y enfermedades de depósito.

Es esencial considerar, no solo la forma de presentación clínica, sino el momento de aparición de la misma, especialmente relevante en los neonatos. Entidades como la hepatitis aloinmune gestacional o GALD (del inglés Gestational Alloinmune Liver Disease) debe ser considerada en neonatos críticos con fallo hepático agudo.

En la tabla V, se recoge el diagnóstico diferencial del HLH(3,16).

Tratamiento y pronóstico

La piedra angular del tratamiento de esta entidad es la inmunosupresión. El TPH estará reservado para formas primarias o secundarias persistentes o recidivantes.

Sin tratamiento, el pronóstico de la linfohistiocitosis hemofagocítica es fatal, por lo que una rápida sospecha clínica y su instauración precoz, mejorará notablemente el pronóstico del paciente. En las formas primarias, recurrentes y refractarias, la gravedad del cuadro clínico puede suponer el fallecimiento del paciente. Las formas secundarias, sin embargo, suelen presentar un pronóstico favorable una vez controlado el factor desencadenante.

El objetivo principal del tratamiento es poner fin al círculo vicioso inflamatorio característico de la enfermedad (independientemente de la causa subyacente), mediante el empleo de potentes fármacos inmunosupresores y citostáticos que bloqueen o eliminen la elevada población de células activadas(3).

Una vez conseguido, se actuará sobre la causa desencadenante mediante el tratamiento etiológico específico, espectro que puede abarcar desde la resolución de una infección hasta el TPH, en el caso de las formas primarias.

Los datos reportados a través de dos grandes ensayos clínicos promovidos por la Sociedad Internacional del Histiocito, HLH-94 y HLH-2004, apoyan de manera general el tratamiento de esta entidad mediante el empleo de: dexametasona, ciclosporina, citostáticos como el etopósido y el trasplante de progenitores hematopoyéticos. La terapia intratecal estará indicada en casos de afectación del sistema nervioso central(11,17,19).

En los últimos años y, en especial, en las formas secundarias, se han empleado fármacos biológicos que han resultado de utilidad. Ejemplo de ello es el empleo de: inmunoglobulina antitimocítica (ATG), rituximab (anticuerpo anti CD20), anakinra (anticuerpo anti IL-1), etanercept (anticuerpo anti TNFa), tocilizumab (anticuerpo anti receptor de IL-6) o anticuerpos anti IFN gamma como el emapalumab(20).

Este último anticuerpo neutralizador de IFN gamma ha sido protagonista de numerosos ensayos clínicos, tanto en formas primarias como en HLH secundario, en adultos y en pacientes pediátricos. En combinación con los fármacos estándares ha demostrado buenas tasas de respuesta, si bien, los resultados publicados hasta el momento son controvertidos.

El alemtuzumab, otro anticuerpo monoclonal (anti CD52), ha sido empleado en casos refractarios seguido en la mayoría de los casos de TPH con buenos resultados, si bien la efectividad de este fármaco en monoterapia es discutida y el riesgo de infecciones, especialmente víricas, debe ser individualizado en cada paciente(21,22).

Asimismo, inhibidores de las JAK/STAT kinasas como el ruxolitinib, se han empleado en el tratamiento de esta entidad(15).

El tratamiento debe iniciarse siempre guiados por la gravedad de los síntomas, pese a no llegar a cumplir en ese momento todos los criterios diagnósticos, debido al compromiso vital que vincula el cuadro(15,19).

El TPH es el único tratamiento curativo en las formas primarias, y se recomienda en formas secundarias recidivantes o persistentes. Se recomienda la realización de un acondicionamiento de intensidad reducida.

En torno al 70% de las formas primarias son trasplantadas, alcanzando supervivencias a largo plazo del 50-60%. El TPH en las formas secundarias, alcanza supervivencias a los 5 años del 86% cuando el desencadenante es infeccioso, e inferiores al 15% cuando la causa es tumoral.

En la tabla VI, se resumen las principales estrategias terapéuticas del síndrome hemofagocítico.

Prevención

En las formas primarias con alteraciones conocidas, está indicado el consejo genético.

No existe ninguna medida preventiva hasta el momento conocida. Como se detalló en un inicio, es de gran importancia la sospecha clínica precoz, ya que de ello depende el inicio temprano del tratamiento y el pronóstico del paciente.

En pacientes con formas primarias, donde sea conocida la alteración genética subyacente, estará indicado el consejo genético de los progenitores a cargo de un experto en genética clínica.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental considerar este cuadro clínico ante cualquier paciente con una evolución tórpida de su enfermedad, a pesar de la administración de un tratamiento adecuado.

Además, la correcta historia clínica haciendo especial hincapié en antecedentes familiares y consanguinidad, así como una detallada exploración física, son claves en el diagnóstico de esta enfermedad.

Ante un paciente con sospecha de HLH, se recomienda su derivación a un centro con experiencia en el manejo de este tipo de pacientes y con posibilidad de realización de TPH.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

- Canna SW, Marsh RA. Pediatric hemo­phagocytic lymphohistiocytosis. Blood. 2020; 135: 1332-43.

Artículo reciente sobre el HLH pediátrico publicado en la revista de la Asociación Americana de Hematología, donde se hace una revisión de la fisiopatología, formas de presentación, diagnóstico y tratamiento.

- Astigarraga I, González-Granado LI, Allende LM, Alsina L. Haemophagocytic syndromes: The importance of early diagnosis and treatment. An Pediatr (Barc). 2018; 89: 124.e1-e8.

Artículo especial publicado en la revista de la Asociación Española de Pediatría cuya primera autora es una de las mayores expertas nacionales de esta patología, donde se revisa el HLH de manera completa y sencilla.

- Dapena Díaz JL, Díaz de Heredia Rubio C, Bastida Vila P, Llort Sales A, Elorza Álvarez I, Olivé Oliveras T, et al. Haemophagocytic syndrome: A common pathogenic mechanism of various aetiologies. An Pediatr (Barc). 2009; 71: 110-6.

Artículo original publicado en la revista de la Asociación Española de Pediatría por el grupo del Hospital Vall d’Hebron, donde se analizan las características de 22 pacientes con diagnóstico de HLH.

- Pérez-Martínez A. Síndromes hemofagocíticos (I): concepto, clasificación, fisiopatología y clínica. Anales de Pediatría Continuada (Internet). 2013. Citado el 11 de mayo de 2021; 11: 237-44. Disponible en: https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S1696281813701446.

– Pérez-Martínez A. Síndromes hemofagocíticos (II): diagnóstico y tratamiento. Anales de Pediatría Continuada (Internet). 2013. Citado el 11 de mayo de 2021; 11: 245-53. Disponible en: https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S1696281813701458.

Actualización de uno de los autores de este trabajo, donde se revisa ampliamente el HLH. De interés, los apartados de fisiopatología y diagnóstico, especialmente el papel de la citometría de flujo en esta entidad.

 

Caso clínico

 

Niña de 8 años procedente de Bangladesh, con diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda de precursores B, de riesgo intermedio, refractaria a dos líneas de tratamiento. Se presenta candidata a receptora de terapia celular CAR-T CD19 (tisagenlecleucel). El producto es infundido tras recibir quimioterapia de linfodepleción. En el momento actual, la paciente se encuentra ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCIP), 5 días después de la infusión, por presentar un síndrome de liberación de citoquinas (CRS), con: fiebre, hipoxemia que requiere la administración de oxigenoterapia de alto flujo y taquicardia con hipotensión, que requiere la administración de soporte vasoactivo.

Debido a la intensidad de la respuesta inflamatoria, se administran tres dosis de tocilizumab y se decide iniciar tratamiento esteroideo con metilprednisolona a 2 mg/kg/día.

A las 48 horas de su ingreso en UCIP, se solicitan las siguientes pruebas complementarias:

Hemograma: hemoglobina: 9 g/dL (9,4-14,6); leucocitos: 1,02x10e3/µL (6,6-16,2); neutrófilos: 0,3x10e3/µL (1,3-8,7); linfocitos: 0,6x10e3/µL (2,7-12,6); monocitos 0,1x10e3/µL (0,2-1,9); plaquetas: 32x10e3/µL (240-550); frotis de sangre periférica sin evidencia de formas inmaduras.

Coagulación: tiempo de protrombina: 10,3 segundos; actividad de protrombina: 112% (70-120); INR: 1 (0,8-1,2); fibrinógeno: 120 mg/dl (150-450).

Bioquímica general: ASAT/GOT: 130 UI/L (0-95); ALAT/GPT: 236 UI/L (0-35); LDH: 116 UI/L (110-295); GGT: 77 UI/L (0-73); bilirrubina total: 2,72 mg/dL (0,3-1,2); bilirrubina directa: 1,9 mg/dL (0-0,3); colesterol total: 165 mg/dL (0-200); triglicéridos: 750 mg/dL (0-150); ferritina: 15.863 ng/mL (22-322).

Ecografía abdominal: esplenomegalia homogénea de 10,3 cm de diámetro longitudinal.

Radiografía de tórax: opacidad en lóbulo superior derecho.

Ante la sospecha de síndrome hemofagocítico secundario (fiebre, esplenomegalia, citopenias, hipertrigliceridemia con hipofibrinogenemia e hiperferritinemia), se inició tratamiento con dexametasona a 10 mg/m2, suprimiendo metilprednisolona.

Evolución posterior

Ante la persistencia de la fiebre y la elevación de los marcadores inflamatorios 48 horas después, pese al tratamiento esteroideo, se decide administración de anakinra subcutáneo (tres dosis), tras lo cual desaparece la fiebre y comienzan a descender los parámetros hemofagocíticos.

Debido a la mejoría progresiva de la paciente, el soporte inotrópico pudo retirarse en las 48 horas posteriores, así como la asistencia respiratoria. La dosis esteroidea de dexametasona fue reduciéndose de manera paulatina hasta su retirada en 10 días.

 

 

 

Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin

P. Guerra García, D. Plaza López de Sabando
Temas de FC


P. Guerra García, D. Plaza López de Sabando

Hospital Universitario La Paz, Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica

 

Resumen

Los linfomas son el tercer cáncer más frecuente en la infancia. Son tumores derivados de los linfocitos, en sus distintos estadios de maduración. Se dividen en dos grandes grupos: linfoma de Hodgkin (LH) y linfoma no Hodgkin (LNH).
Ambos se pueden presentar con afectación ganglionar y/o extraganglionar. Pueden debutar como una urgencia oncológica, con síntomas de compresión o con lisis tumoral. Es importante saber cuándo sospechar el diagnóstico de linfoma desde Atención Primaria para poder realizar una derivación a un centro especializado en Hemato-Oncología pediátrica precozmente.
El LH es uno de los cánceres con mayor supervivencia desde los años 70. Utilizando regímenes que combinan quimioterapia y radioterapia, la supervivencia supera el 90%.
El principal objetivo es reducir los efectos secundarios a largo plazo del tratamiento.
El LNH es un grupo heterogéneo de linfomas donde se incluyen a todos aquellos linfomas que no son Hodgkin. En su gran mayoría, son linfomas de alto grado y clínicamente agresivos. Sin embargo, gracias a la colaboración internacional en forma de grandes ensayos clínicos, los tratamientos actuales tienen buenos resultados, alcanzando supervivencias por encima del 80%. La toxicidad aguda de los tratamientos supone un reto, por lo que el tratamiento en unidades especializadas es primordial.

 

Abstract

Lymphomas are the third most common childhood cancer. They are malignant tumours of the lymphoid tissues. There are two main groups: Hodgkin (HL) and non-Hodgkin lymphomas (NHL).
The clinical presentation can be nodal or extranodal. They can present as an oncologic emergency, with compression symptoms or tumour lysis. It is important that the primary care physician knows when to suspect this diagnosis and hence, promptly refer the patient to a Paediatric Oncology Centre.
HL is one of the most curable cancers since the 1970´s. Combining chemotherapy and radiotherapy, survival rates are above 90%. The main objective in their treatment at present is to reduce long-term toxicities, while maintaining the high survival rates.
NHL is a heterogeneous group that includes all other lymphomas. Most of them are high-grade malignancies, which are clinically aggressive. Due to international collaboration in large clinical trials, current treatment protocols achieve survival rates of over 80%. Acute toxicities are frequent, and therefore these treatments should only be administered in specialised centre.

 

Palabras clave: Linfoma de Hodgkin; Linfoma no Hodgkin; Linfadenopatía; Masa mediastínica.

Key words: Hodgkin lymphoma; Non-Hodgkin lymphoma; Lymphadenopathy; Mediastinal mass.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 308 – 319

 


Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin

Introducción

Los linfomas son el tercer cáncer más frecuente en la infancia. Se dividen en dos grandes grupos: linfomas de Hodgkin (LH) y linfomas no Hodgkin (LNH). El LH es frecuente en los adolescentes, y se presenta como adenopatías de crecimiento progresivo. Con la quimioterapia y radioterapia, la supervivencia supera el 90%, y el objetivo de los protocolos de tratamiento actuales es disminuir las toxicidades a largo plazo. El LNH es un grupo heterogéneo de linfomas que tienen una presentación clínicamente agresiva, en forma de adenopatías/masas de rápido crecimiento, que pueden producir síntomas de compresión y lisis tumoral. El tratamiento ha mejorado en los últimos años, obteniendo supervivencias por encima del 80%. Las toxicidades agudas son la principal complicación.

Epidemiología

El linfoma es la tercera neoplasia más frecuente de la infancia y la más frecuente en adolescentes.

Los linfomas suponen el 12% de las neoplasias diagnosticadas en niños y adolescentes en nuestro medio; se registran 130-150 casos nuevos cada año según los datos del Registro Español de Tumores Infantiles (RETI-SEHOP). Son el tercer grupo más frecuente tras las leucemias y los tumores del sistema nervioso central; si bien, su incidencia se incrementa con la edad. En el grupo de adolescentes entre 15 y 19 años, se posicionan como la entidad más frecuente junto con los tumores óseos, alcanzando el 22% de los diagnósticos(1).

La mayor parte de los linfomas aparecen de novo; sin embargo, en una pequeña proporción de casos, es posible identificar factores predisponentes determinados: inmunodeficiencias primarias o secundarias (SIDA, tratamiento inmunosupresor, trasplante de órgano sólido o hematopoyético) y síndromes de predisposición familiar al cáncer.

La distribución de los diferentes subtipos de linfomas se muestra en la tabla I; a continuación, se describen las características específicas de cada grupo.

 

Linfoma de Hodgkin

El LH representa la tercera parte de los linfomas en la edad pediátrica (6% del total de los cánceres en la infancia). Muestra dos picos de incidencia en países económicamente desarrollados: uno en adolescentes y adultos jóvenes, y otro en mayores de cincuenta años. La incidencia aumenta con la edad durante las dos primeras décadas de la vida hasta alcanzar los 29 casos por millón en el grupo de edad entre 15 y 19 años, siendo una de las neoplasias más frecuentes del adolescente. La distribución por sexos difiere también en función de la edad: si en el niño menor de cinco años la incidencia es cinco veces mayor en varones, en adolescentes es superior en mujeres(2).

Linfoma no-Hodgkin

El LNH representa dos terceras partes de los casos de linfoma diagnosticados en la infancia y el 7% de las neoplasias pediátricas, constituyendo el grupo más frecuente de linfomas hasta los 15 años. La edad media al diagnóstico es de 10 años; son raros en el niño pequeño y la incidencia aumenta con la edad hasta alcanzar 25 casos por millón entre los 15-19 años. Es más frecuente en el sexo masculino y en individuos de raza blanca.

Se trata de un grupo heterogéneo que comprende distintos subtipos histológicos (Tabla I) con distribución e incidencia variables. Los linfomas de célula B madura son los más frecuentes (54%) y, entre ellos, el linfoma de Burkitt (LB) (42%), que es el predominante entre los 5 y 15 años. Los linfomas linfoblásticos (LL) suponen el 20% de los LNH y su incidencia es constante durante la infancia, mientras que la del linfoma difuso de célula B grande (LDCBG) y la del linfoma anaplásico de célula grande (LACG) (11% y <10% de los LNH) se incrementan con la edad.

Los LNH presentan también variabilidad geográfica, como es el caso del LB endémico.

Biología y Patología de los linfomas

Linfoma de Hodgkin

El LH es una neoplasia derivada del linfocito B caracterizada por la presencia de escasas células tumorales y un infiltrado heterogéneo.

La célula maligna en la variante clásica del LH es la célula de Reed-Sternberg (CRS). Derivan de linfocitos B del centro germinal y conforman el 1% de la celularidad tumoral en el LH. El resto está conformado por un infiltrado compuesto de: linfocitos, eosinófilos, macrófagos, células plasmáticas y fibroblastos, que crean un microambiente que favorece la supervivencia de la CRS. Es una célula grande, binucleada, con nucléolos prominentes. Existen variantes mononucleadas (célula de Hodgkin) o multinucleadas. El inmunofenotipo característico es CD15/CD30+ y CD20/CD45-; no forman inmunoglobulinas y presentan negatividad para otros marcadores B o T. La clasificación de la OMS reconoce dos tipos: el LH clásico (LHc) y el de predominio linfocítico nodular (LHPL)(3).

El LHc representa el 85-90% de los casos. Los subtipos son: esclerosis nodular (supone el 80% de los casos en el niño mayor y adolescente, y el 55% en el niño pequeño; en él, bandas densas de colágeno sectorizan el ganglio en nódulos), celularidad mixta (representa el 20% de los casos en niños menores de 10 años y el 10% en adolescentes, y se define por una eosinofilia prominente). Las variantes depleción linfoide y rico en linfocitos son muy infrecuentes en edad pediátrica.

El LHPL supone el 10-15% de los casos. Muestra un infiltrado de linfocitos pequeños, histiocitos y la célula tumoral característica en “palomitas de maíz”, morfológica, genética e inmunofenotípicamente distinta de la CRS (expresa CD20, CD45, BCL6 y PAX5, mientras que es negativa para CD30 y CD15).

La oncogénesis está relacionada principalmente con cuatro factores(4):

• Mutaciones durante la maduración del linfocito B.

• Generación por la CRS de sistemas aberrantes de señalización autocrina o paracrina, que reclutan el infiltrado inflamatorio.

• Infección latente por VEB (virus de Epstein-Barr).

• Desarrollo de sistemas de evasión inmune por pérdida de expresión de MHC y sobreexpresión de PD-L1 y PD-L2.

Linfoma no-Hodgkin

Los LNH son un grupo heterogéneo de neoplasias malignas derivadas de progenitores B o T, células B maduras o células T maduras. La mayoría de los LNH pediátricos presentan translocaciones cromosómicas que producen proteínas de fusión que alteran los mecanismos de control celular, favoreciendo la oncogénesis.

• LB: deriva de linfocitos B maduros. Histológicamente, es característico el patrón en cielo estrellado, producido por macrófagos (histiocitos) que han ingerido las células tumorales apoptóticas. Las células tumorales son monomórficas, de mediano tamaño y con un citoplasma basófilo. Tienen un índice de proliferación muy elevado (cercano al 100%). Expresan, entre otros, antígenos de células B (CD19, CD20, CD22, CD79a) e inmuno­globulina (Ig) de superficie. Es característica la translocación del oncogen MYC (cromosoma 8) con uno de los genes de las cadenas pesadas (cromosoma 14, lo más frecuente) o ligeras (cromosomas 2 y 22) de las Ig(5).

LDCBG: neoplasias de células B maduras con un patrón difuso y un índice de proliferación alto (>40%). También expresan marcadores de células B y pueden expresar CD30 y MUM1/IRF4. Es frecuente la translocación de BCL2 y BCL6, aunque MYC también puede estar translocado(5).

• LL: son linfomas de precursores B o T (linfoblastos). Las mutaciones en NOTCH/FBXW7 confieren mejor pronóstico(5,6) y la pérdida de heterocigosidad en 6q (LOH6q) peor pronóstico(18).

• LACG: son linfomas derivados de células T maduras. Expresan CD30 y más del 95% son ALK positivos; la gran mayoría expresan la proteína de fusión NPM1-ALK(6) producida por la translocación t(2;5) (Tabla II)(3).

 

Clínica

Los LH se suelen presentar con linfadenopatías de crecimiento progresivo y masa mediastínica asintomática. Puede acompañarse de síntomas sistémicos (síntomas B). Los LNH son clínicamente agresivos, pudiendo provocar síntomas de compresión y lisis tumoral.

Los linfomas suelen presentarse con linfadenopatías generalizadas y pueden aparecer en cualquier localización. Las adenopatías son grandes, no dolorosas y duras a la palpación.

Estas masas pueden producir síntomas de compresión y ser una urgencia oncológica. Entre los síntomas de compresión, se encuentran: síndrome de vena cava superior, obstrucción de vía aérea, obstrucción intestinal/ invaginación intestinal, compresión espinal, taponamiento cardíaco y obstrucción ureteral/ hidronefrosis.

Puede haber afectación del sistema nervioso central (SNC), en forma de meningitis linfomatosa o masa cerebral, o afectación de la médula ósea (MO), produciendo citopenias (anemia, trombopenia, leucopenia) con la sintomatología característica asociada.

Además, es muy característica la presencia de síntomas sistémicos (los llamados síntomas B: fiebre, pérdida de peso (>= 10% en los últimos 6 meses) y sudoración nocturna).

A continuación, se exponen algunas particularidades de cada subtipo de linfoma.

Linfoma de Hodgkin

Las linfadenopatías están presentes en el 80% de los casos, y suelen localizarse a nivel cervical, supraclavicular, axilar e inguinal. Son masas de crecimiento progresivo e indoloras. En el 75% de los casos, se acompañan de masa mediastínica y es frecuente la presencia de síntomas B. Puede haber hepatoesplenomegalia y son característicos, aunque infrecuentes, los fenómenos de autoinmunidad (trombopenia inmune, anemia hemolítica, neutropenia inmune, alteraciones tiroideas…).

Linfomas no Hodgkin

A diferencia del LH, los LNH son tumores de crecimiento rápido y clínicamente agresivos, que suelen debutar con síndrome de lisis tumoral o con síntomas de compresión.

Linfoma Burkitt: el LB se presenta como una masa de rápido crecimiento. Su tamaño puede duplicarse en 25 horas, por lo que el diagnóstico precoz y la instauración de un tratamiento rápido es primordial. Debido a la capacidad de multiplicarse, el LB se puede presentar con lisis tumoral ya establecida. Hay dos subtipos:

- Esporádico: suele tener localización abdominal (es muy frecuente la presentación en forma de invaginación intestinal), en cabeza y cuello o afectación amigdalar. Puede haber afectación de la MO en un 30% de los casos y del SNC en un 15%.

- Endémico: se presenta como un tumor en la mandíbula o en algún hueso de la cara, y se asocia a VEB. Son característicos de países africanos; no están presentes en nuestro medio.

Linfoma difuso de células B grandes: se presenta como una masa de rápido crecimiento, generalmente linfadenopatías en cuello o abdomen. Un subtipo concreto es el linfoma B mediastínico primario, que se presenta como una masa en mediastino, generalmente en niñas adolescentes.

Linfoma linfoblástico: el LL-T se presenta en forma de linfadenopatías generalizadas o en forma de masa mediastínica, con sintomatología de compresión asociada como: dificultad respiratoria, sibilancias, síndrome de vena cava superior… Suele acompañarse de derrame pleural o cardíaco. Hay afectación de MO en un 30% de los casos y del SNC en un 5%.

En el LL-B, es frecuente la afectación cutánea y ósea, junto con las adenopatías, y suele diagnosticarse en estadios localizados.

Linfoma anaplásico de células grandes: hay dos formas clínicas:

- Afectación cutánea exclusiva.

- Afectación sistémica, en forma de linfadenopatías, masa en mediastino o adenopatías abdominales. Se acompaña muy frecuentemente de síntomas constitucionales, fiebre y afectación extranodal. En más del 90%, se detecta la translocación ALK.

Diagnóstico

Las exploraciones complementarias se deben orientar a conseguir el diagnóstico histológico y establecer una estadificación adecuada.

Pruebas de laboratorio

Es frecuente que los estudios analíticos sean normales; sin embargo, es necesario realizar estudios rutinarios que incluyan: hemograma completo con recuento diferencial y frotis de sangre periférica, velocidad de sedimentación eritrocitaria (VSE), estudio de función renal y hepática, e ionograma con inclusión de parámetros marcadores de síndrome de lisis tumoral. Las principales alteraciones que se pueden encontrar son las siguientes:

• Citopenias de una o varias series. Su presencia puede indicar afectación de médula ósea (más frecuente en los LNH). En los LH, la pancitopenia es rara; es más frecuente observar anemia moderada con patrón de trastornos crónicos. Asimismo, en el LH, la elevación de la VSE es un dato de pronóstico desfavorable.

• Signos de síndrome de lisis tumoral: hiperuricemia, hiperfosforemia, hiperpotasemia, hipocalcemia y elevación de LDH. Son excepcionales en pacientes con LH y frecuentes en los LNH, especialmente en los LB y LDCBG, que son las neoplasias con mayor tasa de proliferación. La LDH se utiliza en la estadificación de los LNH.

Obtención de tejido para estudio histológico

Con el objetivo de minimizar riesgos derivados de procedimientos, es recomendable seleccionar adenopatías periféricas y accesibles. En caso de que no fuera viable, se seleccionaría la región que implique menos riesgo: derrame pleural, abdominal, etc. Se recomienda evitar la obtención de muestras de masas mediastínicas; es preciso recordar que todo paciente con una masa mediastínica voluminosa tiene riesgo de obstrucción de vía respiratoria en los procedimientos que impliquen algún grado de sedación profunda.

Mientras que en los pacientes con LNH la obtención de tejido mediante punción aspirativa con aguja fina puede ser suficiente, no sucede así en los pacientes con LH debido a que la escasa cantidad de células tumorales y a que el alto grado de fibrosis pueden condicionar un aspirado seco. Por ello, en estos casos, es necesario realizar una biopsia escisional y, además, la subclasificación depende de la arquitectura ganglionar y la composición del infiltrado.

Estudios de extensión en el LH

La extensión en el LH se produce generalmente por contigüidad y en sentido craneocaudal. La afectación de médula ósea y del sistema nervioso central es mucho menos frecuente que en los LNH.

• Estudios de imagen: la realización de una radiografía simple de tórax inicial puede ser útil para evaluar el riesgo derivado de grandes masas mediastínicas. En el momento actual, está plenamente reconocido el papel de la PET/TC con 18-fluoro-2-desoxiglucosa (FDG) para realizar el estudio de extensión inicial (Fig. 1), de forma que los sistemas de estadificación actuales se basan en los hallazgos de esta prueba.

Figura 1. FDG-PET en paciente con diagnóstico de linfoma de Hodgkin. Flecha roja: lugares de afectación: cervical, supraclavicular, mediastínico, esplénico. Flecha azul: lugares de captación fisiológica: cerebro, corazón y vía urinaria.

Es más, es suficiente por sí misma para definir la afectación de hueso y de médula ósea, de forma que no es necesaria ninguna prueba adicional para el estudio de estas localizaciones. Además, la respuesta precoz a los tratamientos en la PET/TC tiene valor pronóstico y se emplea para modular la intensidad de la terapia(11) (Fig. 2).

Figura 2. FDG-PET en paciente con diagnóstico de linfoma de Hodgkin. A, B, C y D: imágenes al diagnóstico. E, F, G y H: imágenes en la evaluación precoz tras dos ciclos de quimioterapia de inducción. Se puede observar la respuesta metabólica completa, con resolución de la captación de todas las regiones afectas (infraclavicular, mediastino, hilios pulmonares, parénquima pulmonar, hilio esplénico y bazo).

Se recomienda completar el estudio con una ecografía abdominal para detectar lesiones focales esplénicas no captantes y con visualización directa del anillo de Waldeyer, pues presenta una captación aumentada de forma fisiológica en la PET-FDG.

• En caso de sintomatología neurológica concomitante, se realizará estudio dirigido con RM.

Para ver los sistemas de estadificación del LH, consultar la tabla III.

 

Estudios de extensión en los LNH

Se deben rastrear los principales lugares de extensión (otras regiones ganglionares o parenquimatosas, médula ósea y sistema nervioso central).

• Estudios de imagen: los LNH pueden afectar regiones ganglionares no contiguas. Se deberían incluir las regiones cervicales, torácicas, axilares, abdominales y pélvicas. Esto se consigue con una tomografía computarizada (TC) con contraste. El papel de la tomografía por emisión de positrones integrada (PET/TC) no está tan bien definido como en el caso del LH, pero podría ser más sensible y específica que la TC en algunos subtipos histológicos, aunque con mayor tasa de falsos positivos y negativos, y, además, se desconoce si el tipo de respuesta se podría emplear para modular la terapia(7-9). En caso de sospecha de afectación ósea o neurológica, se realizaría estudio dirigido con resonancia magnética (RM).

• Estudio citológico de líquido cefalorraquídeo mediante punción lumbar.

• Biopsia/aspirado de médula ósea. El estudio debe realizarse mediante biopsia bilateral, ante la posibilidad de afectación dispersa en nidos aislados.

Actualmente, la estadificación se realiza mediante el Sistema de Estadificación Internacional del LNH Pediátrico (International Pediatric Non-Hodgkin Lymphoma Staging System- IPNHLSS)(10) (Tabla IV).

Tratamiento y pronóstico del linfoma de Hodgkin

El tratamiento del LH se basa en la quimioterapia; se consolida con radioterapia a los mal respondedores al tratamiento de inducción.

Linfoma de Hodgkin clásico

Tras la introducción de regímenes de poliquimioterapia (ciclos MOPP y ABVD) (Tabla V) y radioterapia (RT), es una de las neoplasias pediátricas con mejor tasa de curación, pero con alta incidencia de secuelas tardías.

Los esfuerzos para optimizar la terapia pretenden modular la intensidad para prevenir la ocurrencia de tales complicaciones, particularmente la infertilidad masculina (secundaria a la toxicidad gonadal de la procarbazina) y los efectos tardíos derivados de la RT (segundas neoplasias y complicaciones cardiovasculares secundarias a la combinación de antraciclinas con RT mediastínica). Dichas adaptaciones consisten principalmente en:

• Disminución de la intensidad de tratamiento en los estadios de menor riesgo.

• Sustitución de la procarbacina por etopósido en los ciclos de inducción (cambio de OPPA por OEPA) y por dacarbazina en los de consolidación (COPP por COPDAC)(12) (Tabla V).

• Reducción de la RT. El estudio colaborativo europeo EuroNet-PHL-C1 comprobó que era posible erradicarla si se cumplen criterios de remisión metabólica evaluada por FDG-PET tras dos ciclos de inducción sin compromiso en la supervivencia ni en la tasa de recidivas.

A efectos explicativos, se describe el esquema de tratamiento EuroNet-PHL.C2 (European Network Pediatric Hodgkin Lymphoma) (Fig. 3).

Figura 3. Esquema de tratamiento del Linfoma de Hodgkin clásico (LHc), según propuesta EuroNet-PHL-C2.

PET/TC-RP: PET/TC de evaluación de respuesta precoz; PET/TC-RT: PET/TC de respuesta tardía; RA: respuesta metabólica adecuada;
RT: radioterapia; TL: nivel de tratamiento.
Ciclos: OEPA: vincristina, etopósido, prednisona, adriamicina; COPDAC: ciclofosfamida, vincristina, prednisona, dacarbazina.

• Se administran dos ciclos de inducción tipo OEPA (Tabla V). Tras ellos, se realiza evaluación de respuesta precoz mediante PET, que tiene valor modulador de la terapia: los que alcancen buena respuesta no reciben RT.

• Los pacientes del grupo TL-1 con respuesta metabólica adecuada reciben un ciclo de consolidación COPDAC; los que tienen una respuesta inadecuada, RT.

• Los pacientes de los grupos TL-2 y TL-3 reciben tratamiento de consolidación con 2 y 4 ciclos COPDAC, respectivamente.

• La RT se administra al finalizar el tratamiento citostático a los pacientes con respuesta inadecuada en la evaluación precoz.

Los mayores esfuerzos se orientan a la reducción de las dosis e indicaciones de RT. Existen varias alternativas: intensificar la quimioterapia de consolidación (ciclos DECOPDAC) o asociar terapias biológicas o dirigidas: brentuximab-vedotín (anticuerpo monoclonal anti-CD30) o inhibidores de punto de control inmune (nivolumab, pembrolizumab, etc.)(13).

Tratamiento de la recidiva y enfermedad refractaria

Las tasas de recidiva son del 10% para estadios bajos y del 15-20% para estadios avanzados. Los principales factores de pronóstico favorable son: tiempo transcurrido hasta la recidiva superior a 12 meses, tratamiento previo sin RT (o recidiva en un lugar no radiado) o con intensidad baja de quimioterapia, ausencia de síntomas B y estadio I-II. Los pacientes de bajo riesgo serían rescatables con quimioterapia a dosis estándar y RT, mientras que para el resto, aparte de quimioterapia a dosis estándar, se propone consolidación con dosis altas de quimioterapia seguidas de rescate con trasplante autólogo de progenitores hematopoyéticos. Los pacientes con mala respuesta conforman un grupo de alto riesgo y son subsidiarios de recibir trasplante hematopoyético alogénico u otras terapias experimentales(13).

Linfoma de Hodgkin de predominio linfocítico nodular

Más indolente que el LHc, debe tratarse de forma menos intensiva. Los estadios de bajo riesgo (I, II) pueden tratarse con regímenes de muy baja intensidad, como CVP (ciclofosfamida, vincristina, prednisona) o con resección y observación en los estadios IA completamente resecados, mientras que estadios más avanzados (III, IV) se podrían tratar de forma similar al LHc. La supervivencia global es excelente, cercana al 100%. En enfermedad refractaria, al tratarse de neoplasias CD20+, es posible emplear esquemas con rituximab.

Pronóstico y secuelas tardías

La tasa de supervivencia global a los 5 años es del 97% (RETI)(1). Por grupos de riesgo, la supervivencia libre de eventos (SLE) a los 2 años es del 87%, 91% y 86% en los estadios tempranos, intermedios o avanzados, respectivamente(14).

Se asocia a una tasa importante de morbimortalidad tardía. La incidencia de hemopatías malignas es relativamente baja (1% a los 15 años). En cambio, el riesgo acumulado de desarrollo de un tumor sólido como segunda neoplasia se incrementa hasta el 25% a los 30 años (sobre todo, cáncer de mama y tiroides). Asimismo, es la neoplasia con mayor incidencia de cardiotoxicidad derivada de la terapia. Se trata de una población con una tasa de mortalidad estandarizada en los supervivientes, 12 veces superior a la de la población general (entre las más altas en Oncología pediátrica), así como con una mayor incidencia de condiciones crónicas de salud(15-17).

Tratamiento y pronóstico del linfoma no-Hodgkin

El tratamiento consiste en la poliquimioterapia intensiva. Requiere administrarse en centros oncológicos especializados que cuenten con unidades de cuidados intensivos, por las toxicidades muy frecuentes que conllevan.

Linfoma Burkitt: se utilizan protocolos derivados de los grupos francés y alemán (FAB-LMB y BFM)(18), con regímenes que contienen: ciclofosfamida, citarabina, metotrexato, vincristina, doxorrubicina, etopósido y corticoides.

El tratamiento tiene una duración de entre 2 y 6 meses según el grupo de riesgo (Fig. 4), que depende de la estadificación, la elevación de la LDH y la respuesta al tratamiento.

Figura 4. Esquema-resumen del tratamiento del linfoma de Burkitt en Pediatría. Se utilizan ciclos de quimioterapia intensiva, en un corto período de tiempo. El tratamiento incluye además terapia intratecal.

Cabe destacar que, en el grupo de alto riesgo, se administra, junto con la poliquimioterapia intensiva, rituximab (un anticuerpo quimérico monoclonal anti-CD20). Este tratamiento se basa en el protocolo internacional Inter-B-NHL ritux 2010, cuyos resultados han sido publicados recientemente(19).

Linfoma difuso de células B grandes: en Pediatría, se tratan con los mismos protocolos que para el LB, con resultados similares.

Linfoma linfoblástico: se utilizan esquemas de tratamiento muy similares a los de la leucemia linfoblástica aguda(18). Se utiliza la poliquimioterapia intensiva seguida de un tratamiento de mantenimiento prolongado, con una duración total de 2 años (Fig. 5).

Figura 5. Esquema-resumen (adaptado) del tratamiento del linfoma linfoblástico pediátrico.

La quimioterapia incluye: corticoides, vincristina, antraciclinas, ciclofosfamida, citarabina, asparraginasa y metotrexate, además de terapia intratecal (profilaxis/ tratamiento del SNC).

En el momento actual, el estándar de tratamiento del LL es dentro de un ensayo clínico fase III europeo (LBL 2018- EudraCT number: 2017-001691-39), donde se estratifica la intensidad del tratamiento según el fenotipo, la estadificación, la presencia o no de mutaciones en NOTCH1/FBXW7 y la afectación o no del SNC (Fig. 5).

Linfoma anaplásico de células grandes: se utiliza un esquema basado en el protocolo ALCL 99, derivado del grupo alemán BFM(18). Consiste en ciclos alternos (tres o seis según el grupo de riesgo) de quimioterapia, utilizando: dexametasona, metotrexato, ifosfamida/ciclofosfamida, etopósido, citarabina y doxorrubicina. No necesita tratamiento intratecal.

El grupo europeo de LNH está planificando un ensayo clínico internacional donde se incorpore, al tratamiento de primera línea, un inhibidor de ALK o vinblastina semanal.

Pronóstico y tratamiento de la recidiva del LNH

El pronóstico de los LNH ha mejorado de manera sustancial en los últimos 30 años. En la actualidad, la supervivencia global de los LNH es superior al 80% siendo >90% en los estadios I o II y del 80-90% para los estadios avanzados.

Sin embargo, el pronóstico de las recaídas en los LNH es generalmente infausto, con una curación global por debajo del 30%.

En cuanto a los efectos secundarios, la intensidad de los tratamientos se correlaciona con toxicidades agudas que pueden ser muy graves. Por otro lado, las toxicidades a largo plazo son escasas, pero incluyen: aumento de mortalidad asociada a segundas neoplasias y cardiomiopatía, además de aumento de morbilidad en forma de defectos neurocognitivos, peor calidad de vida y dificultades en las relaciones sociales, comparado con población sana(20).

• LB: en el LB, la SLE se encuentra en un 80-90%. Las recaídas son precoces (en los primeros 15 meses) y tienen muy mal pronóstico, con supervivencias globales por debajo del 25%, a pesar de regímenes intensivos de quimioterapia seguidos de trasplante de progenitores hematopoyéticos autólogo. Se está estudiando la terapia con células CAR-T en los linfomas B de alto grado en recaída/ refractarios, dentro de ensayos clínicos y del anticuerpo monoclonal anti CD-22 inotuzumab.

• LDCBG: las recaídas pueden ser más tardías, hasta 3 años desde el diagnóstico, y se tratan de manera similar a las recaídas del LB.

• LL: la supervivencia alcanza el 75-85%, por lo que un 10-20% de pacientes son refractarios o recaen. Las recaídas suelen ser locales y la supervivencia inferior al 30%. El tratamiento de segunda línea incluye el trasplante de progenitores hematopoyéticos alógenico, si se consigue una segunda remisión completa. Nuevas terapias, como la nelarabina o la clofarabina, se han mostrado poco eficaces. Se está investigando, dentro de un ensayo clínico, el uso del daratumumab (anticuerpo monoclonal contra el CD-38) para las recaídas del subtipo de LL-T.

• LACG: la SLE se sitúa en el 65-75%. Sin embargo, a diferencia del resto de LNH, este subtipo tiene muy buena respuesta al tratamiento tras la recaída, obteniendo supervivencias globales por encima del 90% con el uso del trasplante de progenitores hematopoyéticos alógenico. Se están utilizando inhibidores de ALK para alcanzar la remisión previo al TPH. Otras posibles terapias para alcanzar la remisión incluyen vinblastina o brentuximab vedotin (un anticuerpo monoclonal anti-CD30).

Función del pediatra de Atención Primaria

Es muy importante el papel del pediatra de Atención Primaria para la detección precoz de los linfomas. El pediatra, a menudo, va a ser el que reciba la primera consulta y debe sospechar esta entidad para poder derivar al paciente a un centro especializado.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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13.*** Lo AC, Dieckmann K, Pelz T, Gallop-Evans E, Engenhart-Cabillic R, Vordermark D, et al. Pediatric classical Hodgkin lymphoma. Pediatric Blood and Cancer; 2021. p. 68.

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18.*** Minard-Colin V, Brugières L, Reiter A, Cairo MS, Gross TG, Woessmann W, et al. Non-Hodgkin lymphoma in children and adolescents: Progress through effective collaboration, current knowledge, and challenges ahead. Journal of Clinical Oncology. 2015; 33: 2963-74.

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20.** Cairo MS, Beishuizen A. Childhood, adolescent and young adult non-Hodgkin lymphoma: current perspectives. British Journal of Haematology. 2019; 185: 1021-42.

21. Sánchez de Toledo Codina J, Sábado Álvarez C. Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin. Pediatr Integral. 2016; XX(6): 390-400.

Bibliografía recomendada

- Swerdlow SH, Campo E, Pileri SA, Lee Harris N, Stein H, Siebert R, et al. The 2016 revision of the World Health Organization classification of lymphoid neoplasms. Blood. 2016; 127: 2375-90.

Clasificación de los linfomas actualizada. Interesante lectura que engloba las novedades histológicas, genéticas y moleculares.

- Bräuninger A, Schmitz R, Bechtel D, Renné C, Hansmann ML, Küppers R. Molecular biology of Hodgkin’s and Reed/Sternberg cells in Hodgkin’s lymphoma. International Journal of Cancer. 2006; 118: 1853-61.

Artículo en el que se expone claramente la biología en la oncogénesis del linfoma de Hodgkin, útil para comprender el desarrollo de las nuevas terapias que se emplean en esta entidad.

- Rosolen A, Perkins SL, Pinkerton CR, Guillerman RP, Sandlund JT, Patte C, et al. Revised international pediatric non-Hodgkin lymphoma staging system. Journal of Clinical Oncology. 2015; 33: 2112-8.

Se actualiza el sistema de estadificación de Murphy/ St Jude en uso desde 1980, para poder incorporar nuevas entidades, avances moleculares, inmunofenotípicos y citogenéticos, el seguimiento de la enfermedad mínima residual o diseminada, y nuevas técnicas de imagen.

- Lo AC, Dieckmann K, Pelz T, Gallop-Evans E, Engenhart-Cabillic R, Vordermark D, et al. Pediatric classical Hodgkin lymphoma. Pediatric Blood and Cancer; 2021. p. 68.

Artículo que expone, clara y concisamente, la perspectiva de los grupos estadounidense y europeo en la estadificación y el tratamiento del linfoma de Hodgkin.

- Oeffinger KC, Mertens AC, Sklar CA, Kawashima T, Hudson MM, Meadows AT, et al. Chronic Health Conditions in Adult Survivors of Childhood Cancer. New England Journal of Medicine. 2006; 355: 1572-82.

Artículo clásico que describe la morbimortalidad en una gran cohorte de supervivientes al cáncer pediátrico. Fundamental para comprender la implicación de este diagnóstico en la vida adulta.

- Minard-Colin V, Brugières L, Reiter A, Cairo MS, Gross TG, Woessmann W, et al. Non-Hodgkin lymphoma in children and adolescents: Progress through effective collaboration, current knowledge, and challenges ahead. Journal of Clinical Oncology. 2015; 33: 2963-74.

Artículo excelente, que resume el tratamiento de los LNH en Pediatría y el progreso que ha habido a lo largo del tiempo.

 

Caso clínico

 

Adolescente mujer de 15 años, que acude a urgencias por dolor centro-torácico de 4 días de evolución. Asocia disfagia, con sensación de ocupación en región esternal. Sin fiebre, sin pérdida de peso, ni sudoración nocturna.

A la exploración física, no se palpan adenopatías periféricas, se palpa bultoma en región supra-esternal y polo de bazo.

En Urgencias, se solicita analítica completa con marcadores de lisis tumoral, radiografía de tórax y ecografías abdominal y cervical:

Analítica: hemograma sin alteraciones significativas. Bioquímica con parámetros de lisis tumoral sin alteraciones. LDH: 400 UI/l. VSE: 25 mm/h.

Radiografía de tórax (Fig. 6): ensanchamiento mediastínico.

Figura 6. Radiografía de tórax al diagnóstico donde se observa una masa mediastínica.

Ecografía abdominal: nódulos corticales bilaterales compatibles con infiltración renal.

Ecografía cervical: masa mediastínica heterogénea multinodular, probablemente tímica, que se extiende desde horquilla esternal, desplazando lateralmente ambas confluencias yúgulo-subclavias, así como a la vena innominada. Todas ellas están disminuidas de calibre, aunque permeables.

Ante los hallazgos, se realiza una ecocardiografía, donde se objetiva una masa mediastínica anterior con compresión moderada de la vena cava superior y derrame pericárdico ligero. Ingresa a cargo de Hemato-Oncología por sospecha de linfoma.

Como estudio de extensión, se realiza PET/TC, donde se objetiva masa de gran tamaño en mediastino anterior, compatible con tejido tumoral viable, con extensión por contigüidad a la superficie pleural derecha (Fig. 7).

Figura 7. TC torácico de la paciente, donde se objetiva masa mediastínica con extensión por contigüidad a la superficie pleural derecha y derrame pleural asociado.

Ganglios laterocervicales derechos, en ambas fosas claviculares y en axila derecha, compatibles asimismo con tejido tumoral viable. Imágenes dudosas en ambos riñones.

La paciente presenta leve taquipnea, sin otra sintomatología. Precisa oxigenoterapia con gafas nasales a 2 lpm.

Previo a la realización de biopsia, se inicia tratamiento con prednisona a 60 mg/m2 ante el riesgo anestésico. Tras inicio de corticoide, la paciente presenta una LDH máxima de 542 UI/l y un ácido úrico de 8,2 mg/dl que precisa una dosis de rasburicasa.

Se recibe el diagnóstico anatomo-patológico compatible con linfoma linfoblástico T y se inicia tratamiento específico.

 

 

 

Leucemia aguda en Pediatría

P. Velasco Puyó*, L. Murillo Sanjuán**
Temas de FC


P. Velasco Puyó*, L. Murillo Sanjuán**

*Servicio de Oncología y Hematología pediátricas. Profesor Asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona. Vall d’Hebron Barcelona Hospital Campus. **Servicio de Oncología y Hematología pediátricas. Vall d’Hebron Barcelona Hospital Campus. Barcelona

 

Resumen

La leucemia aguda es el cáncer infantil más frecuente. La leucemia aguda linfoblástica es más frecuente y de mejor pronóstico que la mieloblástica, aunque ambas han alcanzado una elevada supervivencia, de un 90% y 70%, respectivamente. El diagnóstico de precisión, añadiendo técnicas moleculares a las ya conocidas de morfología, citogenética y citometría de flujo, permiten una mejor clasificación de la enfermedad, seguimiento de la respuesta al tratamiento y uso de terapias dirigidas. La inmunoterapia ha demostrado buena respuesta en pacientes en recaída y refractariedad.

 

Abstract

Acute leukemia is the most common childhood cancer. Acute lymphoblastic leukemia is more common and has a better prognosis than myeloblastic leukemia, although both entities have achieved high survival rates of 90% and 70%, respectively. Precision diagnosis, incorporating molecular techniques to those already known for morphology, cytogenetics and flow cytometry, allow a better classification of the disease, monitoring of the response to treatment and the use of targeted therapies. Immunotherapy has shown a good response in patients with relapse and refractory to treatmen.

 

Palabras clave: Leucemia linfoblástica aguda; Leucemia mieloide aguda; Niños.

Key words: Acute lymphoblastic leukemia; Acute myeloid leukemia; Children.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 296 – 307

 


Leucemia aguda en Pediatría

Introducción

La leucemia aguda es el resultado de la proliferación clonal de células inmaduras (blásticas) en la médula ósea. Estas células pierden su capacidad de diferenciación a células normales. Según la línea celular proliferante, se diferencian dos tipos básicos de leucemias agudas: mieloblástica (LAM) (línea mieloide, de la que en condiciones normales, derivan: glóbulos rojos, neutrófilos, monocitos, eosinófilos, basófilos y plaquetas) y linfoblástica (LAL) (línea linfoide, de la que derivan los linfocitos).

En ocasiones, la leucemia no tiene una diferenciación clara de un solo linaje, clasificándose como leucemia aguda de linaje ambiguo, suponiendo menos del 4% de todas las leucemias agudas. Pueden ser leucemias indiferenciadas (sin antígeno específico de linaje) o de fenotipo mixto (con expresión de antígenos de más de un linaje) en el mismo blasto (leucemia bifenotípica) o en distintos blastos del mismo paciente (leucemia bilineal). Suelen tener un mal pronóstico y se tratan generalmente con protocolos de leucemia linfoide aguda, a menos que la expresión de los marcadores o mutaciones más significativas sean mieloides, debiendo cambiar el tratamiento si el tipo de blasto predominante cambia durante el mismo.

Los primeros esquemas de tratamiento quimioterápico fueron diseñados para mejorar la supervivencia de la leucemia infantil, que era nula en los años 50. Como consecuencia de la estratificación de los pacientes en diferentes grupos de riesgo, la adaptación de la intensidad del tratamiento a cada grupo, los avances en el tratamiento de soporte, la introducción del trasplante de progenitores hematopoyéticos, la inmunoterapia y el tratamiento dirigido, en la actualidad se alcanzan tasas de supervivencia global a los 3 años cercanas al 90% en la LAL.

Epidemiología

La leucemia aguda linfoblástica es más frecuente y de mejor pronóstico que la leucemia mieloide aguda.

La leucemia aguda es el cáncer infantil más frecuente, diagnosticándose unos 300 nuevos casos al año en España, lo que supone el 27,9% de todos los tumores malignos pediátricos, según el registro español de tumores infantiles (RETI-SEHOP)(1). La LAL tiene un pico de incidencia entre 1 y 4 años de edad.

La LAL es más frecuente, supone el 80% de las leucemias agudas pediátricas y el 21,9% de las neoplasias malignas registradas en nuestro medio. La incidencia de LAL a nivel mundial es mayor en niños de etnia hispánica(2). La supervivencia a los 3 años del diagnóstico, ha aumentado de 66% en los años 80 a 91%, actualmente. Sin embargo, la supervivencia a la LAL disminuye con la edad, siendo de 65% en jóvenes adultos, 40% en adultos y 15% en ancianos.

En el caso de la LAM, la incidencia aproximada es de 7 casos por millón de niños anualmente, suponiendo aproximadamente el 20% de los casos de la leucemia aguda(3) y, aunque su pronóstico ha mejorado en las últimas décadas, su supervivencia global se encuentra en torno al 70-80% de los pacientes(1).

El esfuerzo en la colaboración de diferentes grupos cooperativos internacionales, está permitiendo un enfoque de manejo más homogéneo, intentando disminuir la toxicidad a corto y largo plazo, con tratamientos más dirigidos y personalizados.

Fisiopatología

Las alteraciones genéticas que llevan a la leucemia son resultados de alteraciones genéticas primarias que, en algunos casos, pueden tener una predisposición germinal.

La leucemia se origina en un precursor hematopoyético que, tras adquirir alteraciones en genes implicados en los procesos de diferenciación, maduración y/o regulación de la apoptosis, se transforma en una célula maligna inmadura.

En algunos casos, se ha evidenciado una predisposición genética a la leucemia aguda, como en el síndrome de Down (con más riesgo de LAM y LAL B con reordenamiento CRLF2), mutaciones en genes supresores de tumores (Li-Fraumeni), síndromes de fallo medular congénito (anemia de Fanconi, síndrome de Shwachman-Diamond, anemia de Blackfan-Diamond o disqueratosis congénita) e inmunodeficiencias (Wiskott-Aldrich, Agammglobulinemia de Bruton).

La predisposición familiar es rara pero, en estos casos, se han identificado variantes genéticas que predisponen a la leucemia y que también se observan en casos esporádicos (sin predisposición familiar) de leucemia, como las mutaciones en TP53 germinal en el síndrome de Li Fraumeni, que conlleva alto riesgo familiar de desarrollar distintos tumores, y que también se encuentra con frecuencia como mutación somática (en los blastos) en los casos de LAL con baja hipodiploidía. Ejemplos similares de mutaciones o variantes germinales son: los genes de ETV6, PAX5 y IKZF1 en el caso de la LAL; deficiencia del GATA2 en la LAM; así como diversos polimorfimos que predisponen a la LAL con menor penetrancia (ARID5B, BAK1, CDKN2A/CDKN2B,BMI1-PIP4K2A, CEBPE, ELK3, ERG, GATA3, IGF2BP1,IKZF1, IKZF3, USP7, LHPP)(4).

Algunos de los reordenamientos frecuentes en LAL pueden detectarse al nacimiento, demostrando un posible origen prenatal de la leucemia, como en algunos casos de reordenamientos KMT2A y ETV6-RUNX1 y, anecdóticamente, en algunos casos de hiperdiploidia o reordenamiento de ZNF384.

El papel de las células madre en el desarrollo y resistencia de la LAL al tratamiento, se ha estudiado en los últimos años. A raíz de su capacidad de quiescencia y capacidad de desarrollar tumores en ratones inmunodeprimidos, se les ha denominado células iniciadoras de tumores (LICs). Probablemente, el tratamiento de mantenimiento prolongado y la capacitación del propio sistema inmune a controlar la proliferación tumoral son determinantes para evitar las recaídas a partir de las LICs.

Además de la influencia genética, hay otros factores, como los ambientales o las infecciones virales. Se ha observado que la incidencia de LAL infantil ha aumentado con la industrialización de los países, lo que probablemente sea consecuencia de la exposición a diferentes agentes químicos o radiación, aunque el grado de contribución al desarrollo de LAL es controvertido. El hecho de que el pico de incidencia de LAL se sitúe entre los 1 y 4 años, la época en la que madura el sistema inmune, ha generado la hipótesis de que algunos casos de LAL podrían ser consecuencia de una respuesta inmune aberrante a infecciones comunes. Además, algunos virus se han relacionado con el desarrollo de determinados cánceres, como es el caso de la infección por el virus de Epstein-Barr (VEB) en casos de linfoma de Burkitt y LAL B madura. Recientemente, algunos autores han relacionado una menor incidencia de LAL con la menor exposición a virus, derivada del confinamiento por la pandemia de SARS-CoV-2, aunque son necesarios más estudios para confirmar esta asociación(5).

Los propios tratamientos de quimioterapia o radioterapia pueden ser la causa de leucemia, siendo la LAM el tipo de neoplasia secundaria más frecuente en pacientes pediátricos tratados con estas terapias.

Clínica

Las citopenias y las organomegalias no asociadas a infecciones, deben de hacer sospechar un proceso linfoproliferativo.

La clínica de la LAL suele ser aguda, presentando un 60% de los casos hepatoesplenomegalia y adenopatías, consecuencia de la infiltración blástica en órganos hematopoyéticos extramedulares, que también se puede observar en tejidos blandos (testes, orbita, piel, etc.), así como anemia, sangrado y/o fiebre, consecuencia de las citopenias resultantes de la ocupación de blastos en la médula ósea(6).

En el caso de la LAM, los síntomas también pueden ser inespecíficos al debut, aunque es importante destacar que, alrededor de un 30% de pacientes, pueden tener afectación extramedular, siendo la piel/tejido celular subcutáneo, el sistema nervioso central (SNC) y el hueso, los órganos más habitualmente afectados. También puede ser habitual la presencia de sarcomas granulocíticos o sarcomas mieloides, que son masas tumorales mieloides que aparecen en huesos con gran actividad hematopoyética y poco periostio, como es el caso de los huesos periorbitarios y de la base del cráneo, aunque también pueden aparecer en: tejido cutáneo, riñones, testes, etc. A veces, los sarcomas granulocíticos pueden aparecer como única manifestación de la enfermedad (2-4% de las LAM).

El debut de una leucemia aguda puede presentarse con complicaciones que precisan de un tratamiento urgente por el riesgo vital que conllevan, como:

• Síndrome de lisis tumoral espontánea, más frecuente en pacientes con LAL y alta carga tumoral e infiltración extramedular, que llevan a elevación de urato, potasio y fósforo.

• Hiperleucocitosis (> 100.000 leucocitos/mcL), más frecuente en la LAM que en la LAL y, dentro de esta última, más habitual en adolescentes y LAL T. Puede llevar a una clínica de leucostasis por acúmulo de los blastos en los vasos de pequeño calibre del SNC y/o del pulmón, dando lugar a síntomas neurológicos, como confusión, cefalea o coma, o manifestaciones pulmonares, como dificultad respiratoria, edema pulmonar o hemorragia pulmonar.

• Obstrucción aérea por adenopatías o ensanchamiento mediastínico (más frecuente en las LAL) (Fig. 1).

Figura 1. Radiografía de tórax antero posterior de un niño de 5 años al debut de una LAL T. Destaca la ocupación del mediastino anterior por una gran masa bilateral.

• Obstrucción de la vena cava superior por masa mediastínica, que lleva a edema y congestión facial, dificultad respiratoria y clínica neurológica.

• La infiltración blástica del sistema nervioso central, ocurre en menos del 5% de los pacientes.

• La hemorragia o la trombosis también pueden ser manifestaciones al debut, más habituales en el caso de la LAM. Pueden ocurrir incluso fenómenos de coagulación intravascular diseminada en el 5% de pacientes, especialmente en la leucemia promielocítica aguda (subtipo M3 de la clasificación franco-americano-británica o FAB), como consecuencia de la liberación de factores procoagulantes por parte de los blastos, lo que determina una auténtica emergencia médica.

Diagnóstico diferencial

La clínica de dolor osteoarticular con la que se presentan un 23% de los pacientes, puede llevar al diagnóstico erróneo de enfermedad reumatológica.

Las adenopatías y organomegalias pueden confundirse con infecciones víricas, como la mononucleosis (VEB).

Las citopenias que se encuentran habitualmente al debut de la leucemia aguda, pueden orientar el diagnóstico a enfermedades autoinmunes más frecuentes a esta edad, como la trombocitopenia inmune primaria (PTI); pero en casos de PTI, no es frecuente encontrar otras citopenias u organomegalias en la exploración. La extensión de sangre periférica y la evaluación de los parámetros de lisis tumoral pueden ayudar a orientar el caso. Si existen dudas de que el paciente tenga una leucemia, siempre se deberá descartar a través de un aspirado de médula ósea (AMO).

Los pacientes con leucemia aguda pueden presentarse con pancitopenia al debut (más frecuente en algunos subtipos de LAM, como la leucemia aguda promielocítica y la leucemia aguda megacarioblástica), lo que puede llevar a un diagnóstico erróneo de aplasia o fallo medular. En estos casos, el aspirado y/o biopsia medular confirmará el diagnóstico definitivo entre estas entidades y otras que pueden tener la misma presentación, como son: los síndromes mieloproliferativos con mielofibrosis, la infiltración medular de tumores sólidos (neuroblastoma, linfoma, sarcoma de Ewing, osteosarcoma y rabdomiosarcoma), la linfohistiocitosis hemofagocítica y la aplasia postinfecciosa por VH6 o parvovirus, entre otros.

La proliferación extramedular, en forma de ensanchamiento mediastínico, organomegalias o adenopatías masivas, son signos habituales de los linfomas B y T no Hodgkin, pero pueden darse también en el caso de la LAL. Es necesaria la realización de un AMO, que mostrará más de un 25% de linfoblastos en el caso de las LAL. La afectación extramedular puede plantear problemas de diagnóstico con: timoma, teratoma, linfoma, neuroblastoma, malformaciones o causas infecciosas en caso de masas mediastínicas y linfoma, tumor ovárico, tumor hepático, rabdomiosarcoma, tumor de Wilms y neuroblastoma en el caso de masas abdominales.

Diagnóstico

El diagnóstico de la leucemia aguda se basa en el estudio de la médula ósea mediante citomorfología, citometría de flujo y estudios citogenéticos y moleculares.

Para realizar el diagnóstico de leucemia aguda, es necesario demostrar la existencia de más de un 25% de blastos por citología en el AMO (Fig. 2).

Figura 2. Frotis de médula ósea de una paciente con leucemia aguda linfoblástica (May-Grünwald-Giemsa), donde destaca: alta relación núcleo-citoplasmática, escaso citoplasma, núcleos de cromatina laxa, algunos de ellos con indentaciones y con nucléolos prominentes.

Los pilares diagnósticos de la leucemia aguda a partir de las muestras de AMO son:

• La citología, revisaremos por microscopía óptica la extensión de sangre periférica y de aspirado medular con tinción de May-Grünwald Giemsa, con el fin de identificar blastos de características de LAL L1 o L2 según la clasificación FAB (Franco-Americana-Británica), linfoblastos tipo Burkitt y mieloblastos. Si hay dudas en el diagnóstico de la estirpe mieloide de los blastos, se puede hacer la tinción de mieloperoxidasa característica del linaje de LAM.

• El inmunofenotipo por citometría de flujo, es la prueba gold estándar para la clasificación del linaje de la LAL. A través de las características de dispersión de la luz, según su tamaño y granulación, y a la fluorescencia que emiten las células gracias a la utilización de anticuerpos unidos a los antígenos propios, esta técnica sirve para la clasificación y caracterización de la enfermedad (Tabla I)(7).

La caracterización inicial de la leucemia permite el seguimiento de la respuesta al tratamiento, tras alcanzar la remisión completa evaluando lo que conocemos como enfermedad mínima residual (EMR).

• La citogenética con la realización del cariotipo de los blastos, la hibridación in situ fluorescente (FISH), y el estudio molecular por RT-PCR y técnicas de secuenciación masiva (NGS), permiten detectar alteraciones genéticas primarias y secundarias específicas, con valor pronóstico y terapéutico.

Será necesaria la realización de una punción lumbar diagnóstica para poder establecer la afectación del SNC. En el caso de la LAM, dado el alto riesgo de sangrado que presentan estos pacientes al diagnóstico, la mayoría de los grupos recomiendan posponer este estudio hasta que el riesgo de hemorragia haya pasado.

Con todos estos estudios al debut, no solo confirmaremos el diagnóstico de leucemia aguda, sino que definiremos el riesgo de la enfermedad y con ello la intensidad del tratamiento, así como posibles dianas terapéuticas en caso de refractariedad.

Leucemia aguda linfoblástica

Los subgrupos de LAL se clasifican según criterios de la OMS en: LAL B (85%), LAL T (15%), y con muy escasa incidencia, LAL NK. La clasificación de la OMS define las translocaciones recurrentes de la LAL B, pero fuera de estos grupos hay un 30% de LAL B (que suponen un 50% de las recaídas) que clasificamos gracias a estudios de NGS como B others, siendo la mayor parte de mal pronóstico, especialmente las Philadelphia (Ph) like, que suponen un 50% de las B others y un 15% de las LAL pediátricas. Tienen un perfil genético similar a las LAL philadelphia positivo, pero sin reordenamiento BCR/ABL.

En la tabla II, resumimos las alteraciones genéticas, características y posibles dianas terapéuticas potenciales de las leucemias pediátricas(4,8-10).

 

Factores pronósticos y estratificación del riesgo

La presentación al diagnóstico y la respuesta al tratamiento, marcan el riesgo de la enfermedad.

Los factores de riesgo que permitirán la clasificación de los pacientes en grupos de riesgo y la intensidad del tratamiento a administrar, se detallan en la tabla III.

La respuesta al tratamiento, se basa en el seguimiento de la EMR, que se realiza principalmente por técnicas de citometría de flujo, así como por técnicas moleculares en determinados protocolos y subtipos de leucemia (Tabla IV).

 

La cinética de la EMR emerge como uno de los factores pronósticos más potentes, demostrándose en los últimos análisis del grupo COG (Children’s Oncology Group), que valores de EMR <0,01% al final de la inducción, se relacionan con una supervivencia libre de enfermedad un 17% mayor(11). Los tiempos de evaluación y niveles de EMR exigidos en los futuros protocolos, se diferenciarán según el subtipo de LAL.

Tratamiento

El tratamiento de la LAL se basa en la poliquimioterapia durante 2 años. La inmunoterapia y el tratamiento diana han demostrado su efecto en pacientes en recaída o refractariedad.

El tratamiento de LAL en primera línea en nuestro país actualmente sigue la guía de recomendación terapéutica LAL/SEHOP-PETHEMA 2013, tiene una duración de 2 años en la mayoría de los casos, y comprende 3 fases:

• Inducción: con la combinación de prednisona, vincristina, daunorrubicina y asparaginasa, en la primera fase, y mercaptopurina, ciclofosfamida y citarabina, en la segunda fase de la inducción, se busca inducir a la remisión completa de la enfermedad. Para tratar o prevenir la enfermedad en SNC, se realizarán punciones lumbares con instilación de quimioterapia intratecal (IT), lo que ha conseguido resultados similares a la radioterapia con menor toxicidad.

Consolidación: con la administración de metotrexate a altas dosis, mercaptopurina e IT, se consigue consolidar la respuesta, especialmente en tejidos extrahematopoyéticos, como el SNC.

• Reinducción: se repite un esquema similar a la inducción, con dexametasona en lugar de prednisona, para disminuir el riesgo de recaída.

• Mantenimiento: tras 6-10 meses de poliquimioterapia con los ciclos anteriores (en función del grupo de riesgo del paciente, la duración y la intensidad es mayor), los pacientes comienzan un tratamiento con quimioterapia de baja intensidad hasta completar 2 años de tratamiento. El tratamiento diario con mercaptopurina oral y metotrexate oral semanal, junto a un periodo inicial en el que se añaden IT y asparaginasa, según el grupo de riesgo, ha demostrado tener un gran impacto en la incidencia de la recaída, aumentando esta en 2,7 veces en casos en los que la adherencia sea menor de un 95%.

La monitorización de la actividad de la asparaginasa durante el tratamiento, permite detectar inactivaciones silentes de la misma, lo que tiene un gran impacto en la respuesta al tratamiento.

En el caso de pacientes con LAL y síndrome de Down, es necesario adaptar la intensidad del tratamiento a la elevada toxicidad del mismo en estos pacientes.

En el caso de lactantes con LAL menores de 1 año de vida, se tratan según el protocolo Interfant-06, que incluye fármacos dirigidos a LAM por la inmadurez propia de los blastos leucémicos de esta enfermedad con características de diferenciación linfoide y mieloide. Pese a ello, el pronóstico en estos pacientes continúa siendo malo, con una supervivencia libre de enfermedad a los 6 años del 46%.

En el caso de pacientes con LAL T, la supervivencia suele ser un 5-10% menor que en LAL B(9). Actualmente, siguen el mismo protocolo, aunque probablemente, en los próximos ensayos se beneficiaran de tiempos de evaluación distintos y de la incorporación de nuevos fármacos, como la nelarabina.

A los pacientes en los que no se consiga una correcta respuesta al tratamiento, se les someterá a un trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) previo tratamiento de acondicionamiento. La estandarización de la selección del donante, el acondicionamiento, el tratamiento de soporte y la profilaxis de la enfermedad injerto contra huésped han mejorado mucho los resultados del trasplante(12).

Con los esquemas actuales de tratamiento, en torno a un 15% de pacientes pediátricos con leucemia aguda linfoblástica sufren una recaída y, tras la recaída, las posibilidades de curación se reducen a menos del 50%.

Con el fin de mejorar estas cifras, se incorporarán en los próximos protocolos de tratamiento de LAL en primera línea y en recaída, las moléculas diana y la inmunoterapia, que actualmente están demostrando mayor eficacia (y, en muchos casos, menor toxicidad) en ensayos clínicos, siendo los más relevantes:

• Distintas generaciones de inhibidores de tirosina quinasa junto a la quimioterapia de base en pacientes con LAL Philadelphia positivo.

• ABL1 inhibidores como dasatinib y JAK inhibidores como ruxolitinib para pacientes con LAL Ph like.

Inhibidores de BCL-2 como venetoclax en LAL de alto riesgo como: LAL ETP, reordenamientos de KMT2a, TCF3-HLF o hipodiploidía.

• Blinatumomab es un anticuerpo biespecifico que, al unirse al CD3 de los linfocitos T y a los CD19 de los blastos, activa la destrucción de los mismos por los linfocitos T activados. La sustitución de parte de la quimioterapia previa al TPH, en casos de LAL B en recaída, por blinatumomab, ha demostrado conseguir un 26% más de supervivencia y menor toxicidad(13).

• Inotuzumab-ozogamicina es un anticuerpo monoclonal que se une al CD22 de los linfoblastos, que ha demostrado también buenos resultados, al incorporarse en tratamientos de LAL B en recaída o refractariedad (85% de respuesta completa en pacientes pediátricos con esta indicación), como tratamiento puente al trasplante(14).

• La terapia de células T con receptores quiméricos de antígenos (CAR-T) modifica los linfocitos T del paciente, añadiéndole un receptor sintético que les permite reconocer a los linfoblástos. Su administración en pacientes pediátricos con LAL B en segunda recaída o refractariedad, ha conseguido mejorar los resultados de supervivencia en esta población, alcanzando una supervivencia a los 2 años de 66%, con buenos resultados también en enfermedad extramedular. Actualmente, el ensayo clínico AALL1721/Cassiopeia está investigando la terapia CAR-T en primera línea de tratamiento para LAL B de muy alto riesgo con EMR persistente, tras la inducción(15).

• El daratumumab (anticuerpo monoclonal anti CD 38), dasatinib, venetoclax y los inhibidores de proteosomas, son algunos de los tratamientos que se están evaluando en pacientes con LAL T en recaída o refractariedad. También, se están abriendo ensayos clínicos para evaluar constructos CAR-T contra LAL T.

Con la inclusión de los nuevos tratamientos, se espera no solo mejorar la supervivencia, sino también reducir los efectos tóxicos a largo plazo de la quimioterapia, que son principalmente: osteonecrosis (incidencia de 6%), osteoporosis (10-30%), obesidad, hipogonadismo, oligozoospermia, cardiopatía por antraciclinicos y segundas neoplasias (1-2%).

Leucemia mieloblástica aguda

Factores pronósticos y estratificación del riesgo

La estratificación del riesgo en los pacientes pediátricos con LAM, se basa principalmente en características citogenéticas y moleculares de la enfermedad, así como en la respuesta obtenida tras el tratamiento de inducción.

Citogenética y genética molecular

La tabla II recoge las principales alteraciones genéticas observadas en la LAM pediátrica, su frecuencia y su pronóstico, según la mayoría de grupos cooperativos.

Respuesta al tratamiento

La respuesta al primer ciclo de tratamiento, junto con las características citogenéticas y moleculares, constituyen los marcadores pronósticos principales.

La enfermedad mínima residual (EMR) mediante citometría de flujo multidimensional tras la quimioterapia de inducción, es un factor pronóstico y predice el riesgo de recaída(16,17). Existen otros métodos para la medida de la EMR, como el análisis de reacción en cadena de la polimerasa (PCR por sus siglas en inglés), basada en ARN de los transcritos específicos de la leucemia, y la evaluación genómica del aclaramiento de la mutación, aunque estos últimos están siendo estandarizados en Europa.

Los pacientes con EMR negativa tras un ciclo de inducción, tuvieron una EFS y OS del 65 y 77%, respectivamente, comparado con el 22 y 51% en aquellos que tuvieron EMR positiva(18). Además, la EMR al inicio de la consolidación, parece ser el predictor más fuerte de supervivencia.

En la tabla V, se pueden observar los resultados de los principales grupos cooperativos a nivel internacional.

Tratamiento

El tratamiento de los pacientes pediátricos con LAM debería realizarse en el marco de ensayos clínicos randomizados. Este tratamiento se fundamenta en, al menos, 4-5 ciclos de quimioterapia intensiva basada en antraciclinas y citarabina.

Inducción

Todos los esquemas incluyen uno o dos ciclos de inducción. El régimen estándar de tratamiento de inducción incluye lo que se denomina “3 + 7” o “3 + 10” (3 días de un antraciclínico: daunorrubicina, idarrubicina o mitoxantrona; y 7-10 días de citarabina), con lo que se consiguen tasas de remisión >85%.

Varios estudios de los diferentes grupos cooperativos han tratado de determinar el tipo de antraciclina óptimo durante la inducción, la intensificación en las dosis de citarabina o la incorporación de otros agentes, como el etopósido, con resultados bastante similares en cuanto a supervivencia general entre las distintas ramas de tratamiento(17). La dosis acumulada de antraciclinas debe tenerse en consideración por el riesgo de cardiotoxicidad aguda y a largo plazo.

Consolidación

No está claro el número de ciclos necesario durante la consolidación, pero la mayoría de grupos administran entre 2 y 3 ciclos de consolidación. Estos ciclos consisten en combinaciones de citarabina a altas dosis con otros agentes.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH)

El papel del TPH alogénico, como tratamiento de consolidación tras la adquisición de la 1ª remisión completa, es controvertido. Aunque varios estudios aportan evidencia sobre su eficacia anti-leucemia, se debe sopesar el beneficio con la mortalidad relacionada con el procedimiento y el beneficio sobre la supervivencia general. El beneficio del TPH alogénico parece mayor en los pacientes pediátricos con LAM de alto riesgo por sus características citogenéticas/moleculares y en aquellos que tienen EMR positiva tras la inducción(3), así como hay consenso en ofrecer el TPH a los pacientes pediátricos con LAM en 2ª remisión completa.

Profilaxis y tratamiento dirigido al SNC

La terapia dirigida al SNC se administra a todos los pacientes pediátricos con LAM, incluyendo aquellos sin afectación de SNC al debut, ya que la terapia sistémica tiene una eficacia limitada para erradicar los blastos ocultos en el compartimento del SNC. Se utiliza quimioterapia intratecal con un fármaco (citarabina o metotrexate) o triple terapia (citarabina, metotrexate e hidrocortisona) en función de los diferentes protocolos.

Nuevos agentes

Los efectos secundarios y la toxicidad de la quimioterapia son una preocupación importante en el tratamiento de la LAM pediátrica. Nuevos fármacos se están desarrollando en el marco de ensayos clínicos, enfocados a dianas moleculares.

Un agente se ha incorporado en primera línea en algunos ensayos fase 3: el gemtuzumab-ozogamicina, un anticuerpo monoclonal conjugado humanizado anti-CD33 expresado en la mayoría de casos de LAM pediátrica(19), así como otros, como los inhibidores de tirosín kinasa (sorafenib, midostaurin, gilteritinib) en los casos de mutaciones de FLT3, se están estudiando en ensayos clínicos de fases precoces.

Tratamiento de soporte

El tratamiento de soporte en estos pacientes ha contribuido, en gran medida, a mejorar la supervivencia en la última década.

Debido a la quimioterapia intensiva en el tratamiento de la LAM, es esperable el desarrollo de una aplasia profunda y prolongada (<500 neutrófilos/mcL durante >7 días). Es por ello, que estos pacientes se encuentran particularmente en riesgo de desarrollo de bacteriemias, principalmente por bacterias Gram-negativas y estreptococos del grupo viridans, así como infecciones fúngicas invasivas(20). El uso de tratamiento antibiótico profiláctico es controvertido por el riesgo de resistencias bacterianas, sin embargo, la profilaxis antifúngica está recomendada, así como la profilaxis frente al Pneumocystis jirovecii con cotrimoxazol. El uso profiláctico de G-CSF (factor estimulante de colonias de granulocitos) no está recomendado, ya que no ha demostrado influir en la supervivencia general.

Subgrupos especiales

Aunque el tratamiento de subgrupos especiales de LAM pediátrica no es el objeto de esta revisión, cabe destacar que existen protocolos específicos para algunos determinados subtipos de LAM.

Tal es el caso de la leucemia promielocítica aguda (LPA), que se caracteriza por reordenamientos de 17q21, involucrando al gen RARA. La incorporación al tratamiento del ácido transretinoico (ATRA) y el trióxido de arsénico (ATO) ha modificado sustancialmente el pronóstico y el tratamiento de estos pacientes.

Asimismo, los niños/as con LAM asociada a síndrome de Down, principalmente por mutaciones en GATA1, tienen un pronóstico muy favorable con esquemas de quimioterapia de intensidad reducida, alcanzando supervivencias > 80%.

Atención integral

El trabajo interdisciplinar de enfermería, auxiliares, celadores y profesionales de los servicios de: Cirugía oncológica, Anestesiología, Infectología, Medicina preventiva, Cuidados intensivos, Urgencias, Radiodiagnóstico, Diagnóstico integrado, Banco de sangre, Farmacología, Radioterapia y distintas especialidades pediátricas, es una pieza clave en la mejoría de la supervivencia de los pacientes.

En el tratamiento de la leucemia, es fundamental una atención integral del paciente que cuide también del bienestar emocional, educativo y económico del paciente y su familia. Para ello, el papel de: psicooncólogos, trabajadores sociales, voluntarios, educadores sociales y asociaciones de pacientes, es fundamental y es necesario potenciarlos y empoderarlos.

Para el cuidado continuado de los pacientes, es necesario mantener una comunicación fluida con su pediatra de Atención Primaria de referencia, que será el referente de proximidad del paciente durante el mantenimiento y tras finalizar el tratamiento.

Si durante el tratamiento el paciente presenta fiebre, sangrado o signos de anemia, deberá derivarse inmediatamente al centro de referencia para evaluar un tratamiento urgente.

En el seguimiento a largo plazo de los pacientes es necesaria la creación de unidades de largo seguimiento que evalúen junto al pediatra de atención primaria la presencia de las toxicidades a largo plazo y la reaparición de los síntomas de leucemia, con una anamnesis que evalúe su desarrollo físico, social y emocional, y una exploración minuciosa, incluyendo palpación de adenopatías, hígado, bazo y testículos.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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La clasificación de los tumores hematopoyéticos de la OMS es “la biblia” que clínicos y citólogos tienen siempre cerca, porque la clasificación es el lenguaje de la medicina a partir del cual las enfermedades son estudiadas y tratadas.

- Pizzo PA, Poplack DG, Adamson PC, Blaney SM, Helman L. Principles and Practice of Pediatric Oncology. 5th ed. Wolters Kluwer; 2016. p. 463-97.

Este libro desde su primera edición, en 1989, establece las bases de la Oncología pediátrica.

- Inaba H, Mullighan CG. Pediatric acute lymphoblastic leukemia. Haematologica. 2020; 105: 2524-39.

Los 2 referentes mundiales, desde el punto de vista clínico y biológico, en la leucemia aguda linfoblástica, se juntan para ofrecernos una foto actual del “state of the art” de la misma. Cualquier lectura de ambos autores es recomendable para estar actualizado en las últimas novedades de la leucemia aguda pediátrica.

- Mukherjee S. El emperador de todos los males: Una biografía del cáncer (Spanish Edition). Penguin Random House Grupo Editorial España. 2014.

En este libro, el autor nos guía con una narrativa excelente por el viaje al pasado del cáncer, lo que nos servirá para entender mejor los actuales tratamientos y asimilar la necesaria evolución en el tratamiento de la leucemia.

 

Caso clínico

 

Anamnesis

Varón de 3 años que acude a su pediatra por fiebre de 5 días de evolución y hematomas en extremidades inferiores y tronco.

Se encuentra más cansado y, con frecuencia, le duelen las piernas desde hace 2 semanas.

Ambiente epidemiológico negativo, no hay casos similares en el domicilio ni en la escuela. No ha tenido viajes recientes.

No tiene antecedentes personales ni familiares de interés. Tiene 2 hermanas de 6 y 10 años, sanas.

Exploración física

Triángulo de evaluación pediátrica: estable. Frecuencia cardiaca: 150 lpm; tensión arterial: 100/60 mmHg; satHbO2: 99%. Activo y reactivo, normohidratado, pálido, con petequias generalizadas y hematomas en fase purpúrica en extremidades inferiores y tronco. Adenopatías laterocervicales y supraclaviculares, destaca una adenopatía dura de 3 cm a nivel laterocervical derecho. Auscultación cardiorrespiratoria dentro de la normalidad, salvo taquicardia. Abdomen blando y depresible, con hepatomegalia de 2 cm y esplenomegalia de 4 cm.

Pruebas complementarias

Analítica general: Hb 7 g/dl; VCM: 100fl; leucocitos: 2.500/mcl; neutrófilos: 200/mcl; 1.500 linfocitos/mcl; 800 monocitos/mcl; 5.000 plaquetas/mcl. Bioquímica: normal salvo urato de 7 mg/dl; potasio de 6 mmol/L y LDH 700 UI/L. PCR urgente de SARS-CoV-2 negativa.

 

 

 

Bases genéticas y moleculares del cáncer infantil

A. Escudero López
Temas de FC


A. Escudero López

Instituto de Genética Médica y Molecular (INGEMM). Hospital Universitario La Paz

Resumen

El cáncer infantil abarca un conjunto de enfermedades muy heterogéneas que aparecen tras la acumulación de una serie de cambios genéticos en una o varias células, conocidas como mutaciones somáticas. La aparición de estas alteraciones genéticas, en la mayoría de los casos, es desconocida. Sin embargo, existe hasta un 10% de pacientes pediátricos que presentan adicionalmente a las mutaciones somáticas, otro tipo de alteraciones genéticas que afectan a todas las células del organismo conocidas como mutaciones germinales. Dichas mutaciones en línea germinal, van a aumentar el riesgo a desarrollar un tumor y su presencia confirma el diagnóstico de síndrome de predisposición a cáncer (SPC). La identificación de las mutaciones germinales es importante para el diagnóstico precoz de segundas neoplasias y tienen una gran relevancia, tanto en el seguimiento del paciente como en sus familiares, ya que pueden ser heredadas. Por otra parte, la detección de mutaciones somáticas resulta de gran utilidad en situaciones de refractariedad al tratamiento o en recaída, ya que permite utilizar terapias dirigidas en función de las características genéticas del tumor.

 

Abstract

Cancer comprises a group of heterogeneous diseases characterized by the accrual of genetic alterations in one or several cells, known as somatic mutations. Its etiology is unknown in most cases. However, 10% of pediatric patients have been reported to harbor additional genetic abnormalities affecting all of their cells, known as germline mutations, which increase the risk of tumor development and confirm the diagnosis of a cancer predisposing syndrome (CPS). Identifying germline mutations is relevant for the early diagnosis of secondary neoplasias as well as for the patient and relatives’ follow-up since they could be inherited. On the other hand, detecting somatic mutations can be helpful, especially in patients that relapse or that are refractory to treatment, given that their identification could provide pertinent information regarding targeted therapies based on the tumor’s genetic profile.

 

Palabras clave: Cáncer infantil; Genética; Predisposición; Medicina personalizada.

Key words: Child cancer; Genetics; Predisposition; Personalized medicine.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 276 – 282

 


Bases genéticas y moleculares del cáncer infantil

Introducción

El cáncer infantil es una enfermedad rara de base genética, cuyo origen multifactorial es en gran parte desconocido.

El cáncer infantil, a diferencia del cáncer de adultos, es una enfermedad rara de la que se diagnostican unos 155 casos por millón de niños al año. Comprende principalmente tumores hematológicos, del sistema nervioso central y linfomas, y supone la primera causa de muerte por enfermedad en menores de 18 años.

El cáncer, independientemente de la edad de aparición, es una enfermedad de base genética causada por la acumulación de cambios en el ADN que promueven la transformación de una célula sana en una célula tumoral, en un proceso complejo que requiere varias etapas(1). Dichos cambios o mutaciones genéticas aparecen a nivel somático, es decir, en un pequeño grupo de células que, posteriormente, dará lugar al tumor y afectan a genes que participan en diversos procesos moleculares del ciclo celular, como los protooncogenes, genes supresores de tumores o genes relacionados con la reparación del ADN. Existen factores intrínsecos y extrínsecos que contribuyen a la acumulación de mutaciones genéticas(2). En relación a los primeros, las mutaciones pueden aparecer de forma esporádica como consecuencia de la división celular, en la que tiene lugar la replicación del ADN. Durante la replicación, la polimerasa amplifica por completo todo genoma contenido en el núcleo de una célula y, aunque la tasa de error es muy baja, dado que el genoma tiene un tamaño de más de 3 billones de pares de bases, la aparición de errores de forma aleatoria es inevitable. Además, los factores extrínsecos también desempeñan un papel importante en la aparición de mutaciones genéticas. Entre estos factores, se incluye la exposición a radiación, a carcinógenos y a otros factores ambientales que pueden aumentar el riesgo a desarrollar cáncer. Sin embargo, la temprana aparición de los tumores infantiles sugiere que los factores extrínsecos, aunque pueden favorecer el desarrollo de cáncer en edad pediátrica, podrían desempeñar un papel menos relevante comparado con la aparición de tumores en adultos.

Síndromes de predisposición genética a cáncer infantil (Tabla I)

Un 10% de pacientes oncológicos pediátricos presentan algún tipo de síndrome de predisposición a cáncer, causado por la presencia de mutaciones en línea germinal.

La gran mayoría de tumores pediátricos se originan por la aparición de mutaciones somáticas de forma esporádica o desconocida, sin embargo, un pequeño número de pacientes presentan mutaciones germinales; es decir, en todas las células del organismo, que van a aumentar el riesgo de desarrollo de tumores en edad pediátrica. En 2015, el Hospital de St. Jude (Memphis, EE.UU.) demostró la presencia de factores genéticos predisponentes al cáncer en un 8,5% de pacientes oncológicos pediátricos, un porcentaje significativamente mayor al 1% detectado en individuos sanos(3). Estos resultados fueron posteriormente confirmados por el ICGC (International Cancer Genome Consortium), el NIH (National Cancer Institute) o el Baylor College of Medicine, tras la publicación de varios artículos en los que detectaban la presencia de mutaciones genéticas predisponentes en un 7-12% de pacientes diagnosticados de cáncer infantil(4-6).

Los Síndromes de Predisposición a Cáncer (SPCs), causados por la aparición de mutaciones germinales predisponentes, engloban un heterogéneo grupo de enfermedades, las más frecuentes se resumen en la tabla II.

 

En general, suelen aparecer como consecuencia de mutaciones germinales en una de las dos copias de un gen supresor tumoral y obedecen a un patrón de herencia autosómico dominante(7). Esto significa que cada hijo tiene un 50% de probabilidad de heredar la copia mutada y, por lo tanto, podrá desarrollar la enfermedad. Sin embargo, debido al fenómeno de penetrancia incompleta, no todos los portadores que presenten la mutación desarrollarán un tumor(2).

La identificación de un SPC pediátrico es compleja y puede pasar desapercibida por varios motivos. Uno de ellos es el mencionado fenómeno de penetrancia incompleta; es decir, mutaciones que pueden presentarse en individuos que no desarrollan la enfermedad o la aparición de mutaciones de novo. Ambos, van a contribuir a la ausencia de historia familiar de cáncer. Además, los SPCs que asocian anomalías fenotípicas o malformaciones congénitas, como puede ser el síndrome de Noonan, asociado a un mayor riesgo de padecer Leucemia Mielomonocítica Juvenil (LMMJ), en algunos casos debutan al nacer con rasgos clínicos sutiles difícilmente reconocibles, si no es evaluado por un especialista. Para facilitar el correcto diagnóstico de los SPCs, Jogmans y cols., publicaron en 2016 un cuestionario, en el que se indican los criterios más importantes a tener en cuenta a la hora de hacer la evaluación de cualquier niño diagnosticado de cáncer (Fig. 1)(8).

Figura 1. Papel de los estudios genéticos en la optimización diagnóstica y terapéutica del cáncer infantil. SPCs: Síndromes de Predisposición al Cáncer.

La optimización diagnóstica de los SPCs es clave para mejorar el manejo clínico y seguimiento de los pacientes, dado que este grupo de pacientes puede beneficiarse de estrategias de seguimiento y tratamiento individualizado (Fig. 1).

Un claro ejemplo son los pacientes con retinoblastoma hereditario, causado por mutaciones que inactivan una de las dos copias del gen RB1. Los pacientes con mutaciones en dicho gen, tienen un 90% de probabilidad de desarrollar retinoblastoma, el tumor intraocular más frecuente durante la edad pediátrica, y en algunos casos, también pueden desarrollar otros tipos de tumores, principalmente tumores de partes blandas y especialmente a partir de la adolescencia. Esta enfermedad, además, se caracteriza por presentar una penetrancia del 90%, por lo que existe un 10% de portadores de mutaciones en el gen RB1 que no van a desarrollar la enfermedad, pero sí pueden transmitirla a su descendencia. Un estudio completo que incluya a todos los familiares de primer grado y un estrecho seguimiento clínico de todos aquellos familiares que puedan estar en riesgo, permite realizar el diagnóstico precoz de futuros tumores y, además, puede resultar de gran utilidad de cara a la planificación de futuros embarazos(9).

En algunos casos, la identificación de un SPC ayuda a optimizar el manejo clínico. Es el caso de los pacientes con síndrome de deficiencia de reparación de desajuste constitutivo o (constitutional mismatch repair, CMMR), una enfermedad autosómica recesiva causada por mutaciones que inactivan las dos copias de alguno de los siguientes genes, cuyo papel es esencial en la reparación del ADN: MLH1, MSH2, MSH6, PMS2 o EPCAM. Los pacientes que sufren este tipo de síndromes pueden experimentar multitud de complicaciones clínicas severas tras la dosis de quimioterapia o radioterapia habitual. En cambio, un tratamiento adaptado e individualizado evita el desarrollo de toxicidades o resistencia a los tratamientos convencionales, mejorando así el manejo clínico y su supervivencia(10).

Medicina de precisión aplicada a la Oncología pediátrica

La medicina de precisión supone una novedosa alternativa terapéutica para los tumores pediátricos en recaída o refractarios a las terapias convencionales.

Las mutaciones somáticas son aquellas alteraciones genéticas específicas del tumor. Actualmente, la identificación de algunas de ellas, conocidas como mutaciones drivers, se recomienda en las diferentes guías desarrolladas para el tratamiento de tumores pediátricos sólidos y hematológicos; ya que, junto con los datos clínicos, resultan de gran utilidad a la hora de establecer el diagnóstico, el pronóstico y la aproximación terapéutica de los pacientes. Un ejemplo sería la detección de alteraciones estructurales o cromosómicas en tumores hematológicos. Por ejemplo, las leucemias que presentan hiperdiploidía (aumento en el número de cromosomas) o el gen de fusión MLL-AF4 se van a asociar a un mejor y peor pronóstico, respectivamente, y su monitorización mediante técnicas genéticas clásicas, va a permitir determinar la respuesta de los pacientes a la terapia administrada(11). Sin embargo, la información obtenida de los análisis rutinarios, a veces, es insuficiente, ya que existen pacientes considerados de buen pronóstico que, posteriormente, recaen o son refractarios a las terapias convencionales.

En los últimos años, los grandes avances relacionados con el desarrollo de las tecnologías de alta resolución, como la secuenciación masiva o next-generation secuencing (NGS)(12), han favorecido la detección de alteraciones secundarias que cooperan con los eventos primarios de la tumorogénesis, modulando su pronóstico y abriendo un nuevo abanico de posibilidades en cuanto al tratamiento(13). En este contexto, la caracterización de los eventos secundarios, además de los primarios o drivers, podría optimizar la estratificación y el manejo clínico de los pacientes, sobre todo, en aquellos casos que no se curan y no disponen de tratamientos alternativos(14) (Fig. 1).

En relación a la estratificación, a medida que conocemos mejor la genética del tumor, vamos a poder diferenciar nuevos subtipos moleculares en tumores aparentemente idénticos, tras ser analizados con técnicas genéticas clásicas. Un ejemplo es la leucemia aguda linfoblástica de linaje B (LLA-B). Si se analizan pacientes clasificados como LLA-B con tecnologías de alta resolución, se puede diferenciar un subgrupo genético conocido como leucemia Ph like o B-other y los pacientes que la presenten van a tener un peor pronóstico comparado con el resto(15).

Además, se ha descrito recientemente la presencia de mutaciones sensibles o resistentes a fármacos dirigidos en más de un 30% de pacientes oncológicos pediátricos, lo que supone un gran avance en el conocimiento y tratamiento del cáncer infantil(4,13,16). Un ejemplo sería la presencia de fusiones génicas que afecten a la familia de genes NTRK, por ejemplo, que pueden conferir sensibilidad tumoral a inhibidores tirosín kinasa específicos, como larotrectinib, en el caso de pacientes diagnosticados de fibrosarcoma congénito(17).

A pesar de que estas técnicas aún no están del todo implementadas en la práctica clínica diaria, los resultados obtenidos hasta ahora han sido alentadores, lo que plantea un cambio de paradigma y una revolución en cuanto al abordaje del cáncer infantil(18).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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16.Harttrampf AC, Lacroix L, Deloger M, Deschamps F, Puget S, Auger N, et al. Molecular Screening for Cancer Treatment Optimization (MOSCATO-01) in Pediatric Patients: A Single-Institutional Prospective Molecular Stratification Trial. doi:10.1158/1078-0432.CCR-17-0381. Clin Cancer Res. 2017; 23: 6101-12.

17. Cocco E, Scaltriti M, Drilon A. NTRK fusion-positive cancers and TRK inhibitor therapy. doi:10.1038/s41571-018-0113-0. Nat Rev Clin Oncol. 2018; 15: 731-47.

18.*** Mody RJ, Prensner JR, Everett J, Parsons DW, Chinnaiyan AM. Precision medicine in pediatric oncology: Lessons learned and next steps. doi:10.1002/pbc.26288. Pediatr Blood Cancer; 2017. p. 64.

Bibliografía recomendada

– Jongmans MC, Loeffen JL, Waanders E, Hoogerbrugge PM, Ligtenberg MJ, Kuiper RP, et al. Recognition of genetic predisposition in pediatric cancer patients: An easy-to-use selection tool. doi:10.1016/j.ejmg.2016.01.008. Eur J Med Genet. 2016; 59: 116-25.

Recomendaciones para la realización de pruebas genéticas, con el fin de optimizar el diagnóstico de síndromes de predisposición a cáncer en población pediátrica.

– Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. American journal of medical genetics. doi:10.1002/ajmg.a.38142. Part A. 2017; 173: 1017-37.

Revisión sobre los síndromes de predisposición a cáncer más frecuentes que aparecen en edad pediátrica.

– Mody RJ, Prensner JR, Everett J, Parsons DW, Chinnaiyan AM. Precision medicine in pediatric oncology: Lessons learned and next steps. doi:10.1002/pbc.26288. Pediatr Blood Cancer; 2017. p. 64.

Revisión que explica las ventajas y limitaciones de la medicina de precisión aplicada al cáncer infantil.

 

Caso clínico

 

Antecedentes personales

Varón de 14 años de edad trasladado de otro hospital con sospecha de leucemia. Refiere astenia y pérdida de peso (3-4 kg) desde hace aproximadamente un mes. Presenta, además, dolores óseos, y en las últimas 48 h refiere dolor abdominal y vómitos. Tras realizar ecografía en su centro de salud, detectan esplenomegalia. Se realiza un hemograma donde se evidencia una trombopenia grave (13 x 106/mm3) con el resto de series normales. La bioquímica básica muestra elevación de LDH (485 UI/L), sin otras alteraciones electrolíticas importantes. Se realiza estudio de coagulación que es normal y un frotis de sangre periférica, en el que se observa un 39% de células inmaduras de hábito blástico. A su llegada, a la exploración física, impresionaba de buen estado general. Se realiza un aspirado de médula ósea con el que se llevan a cabo las siguientes pruebas:

Citología: se observan células de características blásticas, que constituyen entre el 45-55% de la celularidad global, compatible con leucemia aguda linfoblástica tipo L2 según la clasificación FAB (clasificación según el grupo cooperativo Franco-Americano-Británico).

Citometría: se observa una población que supone aproximadamente el 38% de los eventos de tamaño y complejidad similar a los linfocitos residuales, que expresan marcadores compatibles con el diagnóstico de leucemia aguda linfoide B-II común, según la clasificación EGIL (Grupo Europeo de Clasificación Inmunológica de Leucemia).

Citología de líquido cefalorraquídeo: ausencia de infiltración en SNC.

Cariotipo y array-CGH: presencia de un clon con cariotipo hipodiploide de 35 cromosomas, con pérdida de los cromosomas 2, 3, 4, 7, 12, 13, 15, 16, 17,18 y 20. Compatible leucemia linfoblástica aguda con cariotipo hipodiploide.

FISH: el estudio de hibridación fluorescente in situ (FISH) detectó deleción TEL en el 45% de las células.

Se realiza placa de tórax que descarta la presencia de masa mediastínica.

Se realiza ecografía abdominal que confirma la presencia de hepatoesplenomegalia.

Evolución clínica

Una vez confirmado el diagnóstico, previa información a la familia y obtención del consentimiento informado, se inicia tratamiento de quimioterapia según protocolo LAL-SEHOP-PETHEMA 2013. El paciente recibe tratamiento citostático hasta cumplir 2 años desde la fecha del diagnóstico, encontrándose en el momento actual en remisión de su enfermedad de base.

Como complicaciones relevantes durante el tratamiento, destacan: una neuropatía grave por vincristina al inicio de la inducción, así como complicaciones derivadas del tratamiento esteroideo, como una diabetes mellitus y una osteonecrosis del cóndilo femoral que ha requerido el implante de una prótesis.

Estudio genético

El paciente fue diagnosticado de leucemia linfoblástica con cariotipo hipodiploide. Por este motivo, incluido en los criterios de Jongmans (Tabla II), se deriva a la consulta de predisposición a cáncer infantil, en la que se decide realizar estudio genético en línea germinal mediante secuenciación masiva, utilizando un panel de diseño propio que incluye 150 genes previamente asociados a cáncer infantil. Los resultados del estudio revelan la presencia de una variante en heterocigosis en el gen TP53 (NM_000546): c.559+1G>T, p.? que es clasificada como probablemente patogénica. Se descarta la presencia de dicha variante en los padres y hermanos del paciente, indicando que se trata de una mutación de novo, es decir, no heredada.

Asesoramiento genético y plan de seguimiento

La mutación probablemente patogénica identificada en el paciente en el gen TP53, confirma el diagnóstico de síndrome de Li-Fraumeni. Los pacientes de Li-Fraumeni presentan un mayor riesgo a desarrollar otros tipos de cáncer a lo largo de la vida. Además, tienen una probabilidad del 50% de transmitir la mutación y la predisposición a cáncer a su descendencia.

Se recomienda que siga las revisiones y el tratamiento relacionado con la leucemia aguda linfoblástica. Se valora la realización de un examen físico cada 3-4 meses, que incluye examen dermatológico y neurológico. Se propone la realización de un body-TAC/TAC tóraco-abdominal anual. Además, se realizará una colonoscopia cada 2-5 años a partir de los 25 años. Se le explican las opciones reproductivas futuras, que incluyen el diagnóstico prenatal y preimplantacional, en el caso en que desee descendencia. Se entregan recomendaciones de hábitos de vida saludables.

 

 

 

How to suspect cancer in Primary Care

V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****
Topics on
Continuous Training


V. Losa Frías, M. Herrera López, I. Cabello García, P.I. Navas Alonso

*Fuensalida Primary Care Center. Toledo. **Pediatric Service. Virgen de la Salud Hospital. Toledo. ***La Puebla de Montalbán Primary Care Center. Toledo. ****Pedro Fuente Primary Care Center. Bargas. Toledo

Abstract

Cancer in childhood has a low incidence and its clinical presentation is often nonspecific simulating common pathologies of benign course, therefore making its diagnosis highly challenging. The main symptoms and signs of suspected childhood cancer in Primary Care are: pallor, masses (in the head, neck and other locations), lymphadenopathy, abnormal movement, bruising and signs of bleeding, fatigue, headache, visual abnormalities, pain and musculoskeletal symptoms. The Primary Care pediatrician must recognize when an apparently benign symptomatology may be the beginning of a severe pathology, identifying those warning signs that require immediate assessment. A detailed medical history, a complete physical examination and a clinical follow-up are essential. The objective is to reduce the time from the onset of symptoms to the final diagnosis, so as to allow an early diagnosis of childhood cancer.

 

Key words: Lactante; Niño; Neoplasias; Atención Primaria; Diagnóstico precoz de cáncer.

Palabras clave: Infant; Child; Neoplasms; Primary health care; Early detection of cancer.

 

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 283 – 295

 


 

How to suspect cancer in 
Primary Care

Introduction

Childhood cancer has a low incidence and often manifests nonspecifically, simulating other frequent and benign processes. These particularities make it difficult to diagnose cancer in Primary Care. However, an early suspicion, together with a rapid referral of the patient to a specialized center, may have implications at the prognostic and therapeutic level, as well as in the emotional impact secondary to the diagnosis on the patient and his family.

Epidemiology

Childhood cancer is after accidents, the second leading cause of death beyond the first year of life.

The standardized annual incidence of childhood cancer in Spain is 159 new cases per year per million children aged 0 to 14 years, which represents 1,100 new cases of childhood cancer per year, an incidence similar to that of the rest of Europe(1). It is estimated that a Primary Care pediatrician following 1,500 patients in his clinic, will see a new case of cancer every 5 years. Overall 5-year survival after the diagnosis is around 79%(1). Despite recent advances, childhood cancer is the second leading cause of death from the first year of life through adolescence. In the year 2018, 192 children under 14 years of age died in Spain from cancer, which means 4 children died per week due to this cause(2). The most frequent neoplasms from birth to 14 years of age are: leukemias (28%), central nervous system (CNS) tumors (23%) and lymphomas (12%), with a distribution pattern by sex and age similar to that of the rest of Europe, whilst between 15 and 19 years of age they are: bone tumors (24%), lymphomas (21%) and CNS tumors (15%). The most frequent diagnoses according to the age group are shown in Table I(1).

Patients at risk

Medical history is the most effective tool in identifying cancer predisposition syndromes.

There is a hereditary basis in 8-10% of all neoplasms. Within this percentage, cancer predisposition syndromes (CPS) are included, conforming a heterogeneous group of genetic conditions and immunodeficiencies, which predispose to a greater risk of cancer (Table II).

Most of these syndromes are rare and show variable expressiveness within the family members. It is important to identify these patients, as they can benefit from prevention and early detection measures, as well as the possibility of genetic counseling. During history-taking, CPS may be suspected should there be(3):

• Several cases of cancer within the family, usually of the same type.

• Multi-generational disease cases, presenting at an earlier age than in the general population.

• Presence of tumors in association with developmental defects: generalized or asymmetric body overgrowth, dysmorphic features, congenital malformations or mental retardation.

• Presence of bilateral or multifocal tumors.

Individuals with more than one primary tumor.

• Presence of rare, benign tumors or cysts associated with CPS.

Warning signs and symptoms

Apparently benign symptomatology, but with atypical presentation or torpid course, may be the beginning of a neoplastic process.

Childhood cancer can manifest in its initial stages, with symptoms similar to frequent and benign processes(4). The purpose is to recognize when this apparently benign symptomatology may be the beginning of a serious pathology, as well as to identify those findings (red flags) that, in combination with the rest of the data from history and physical examination, should alert us of the possibility of cancer (Table III).

For this, it is necessary to listen and pay special attention to parents(5), who in general are the best observers of their children’s symptoms, and also to adolescents(6); taking a complete medical history including personal and family history, and a thorough physical examination.

Qualitative studies highlight the importance of behavioral and affective changes detected by parents, that motivate the first visits to Primary Care prior to the diagnosis of cancer, sometimes in the absence of other signs of alarm(5,7). Such is the case, that the National Institute for Clinical Excellence (NICE) recommends considering the persistent parental concern regarding their children’s symptoms as a reason for study or referral(8). In Primary Care, the following signs and symptoms have been reported to increase the possibility of cancer: paleness, head and neck masses, abdominal masses, lymphadenopathy, motor abnormalities, bruises and other signs of bleeding, asthenia, headache, visual anomalies, pain and musculoskeletal symptoms. However, except for abdominal masses, the positive predictive value of these symptoms is low, given the low frequency of childhood cancer. Even so, given the severity of the diagnosis, the presence of the aforementioned symptoms, fundamentally when it occurs without a clear cause and leads to an increase in the number of consultations (3 or more in a period of 3 months), should alert of the possibility of a neoplastic process(9). In this sense, the Pan American Health Organization has published an evaluation strategy, a cancer probability classification and attitude based on the findings of the history and examination shown in Algorithm 1(10).

Headache and other neurological signs and symptoms

Primary CNS tumors are the second most common neoplasia in childhood after leukemias(1), as well as the second leading cause of death from childhood cancer(2). Their symptoms are due to the invasion and compression of the adjacent nervous tissue, as well as the increase in intracranial pressure due to mass effect or obstructive hydrocephalus (Fig. 1), manifesting a very heterogeneous clinical presentation.

Figure 1. Sagittal MRI showing a mass in the posterior fossa compatible with medulloblastoma. The 13-year-old patient presented with headache and papilledema.

Wilne et al.(11) analyzed 74 articles (n = 4,171), identifying up to a total of 56 signs and symptoms at the diagnosis of a CNS tumor, which depended on age, location and history of neurofibromatosis (NF). For intracranial tumors, excluding NF, the most frequent symptoms were: headache, nausea and vomiting, abnormality of gait and coordination, and papilledema. In intracranial tumors associated with NF these were: decreased visual acuity, exophthalmos, optic atrophy and strabismus. In intracranial tumors in children under 4 years they were: macrocephaly, nausea and vomiting, irritability, lethargy and ataxia. And in spinal cord tumors they were: back pain, gait and coordination abnormality, spinal deformity, focal weakness and sphincter alterations. Given this clinical variability, they subsequently studied the evolution of symptoms in a retrospective cohort (n = 139), describing a progressive increase in the number of symptoms. Thus, half of the patients went from one symptom at the beginning of the process to six at the diagnosis of the tumor(12). In Primary Care, we must be alert to patients with non-resolving symptoms or in which new ones are associated, especially: visual, motor, endocrine or behavioral, as well as signs of intracranial hypertension(12-14). In this line, Ansell et al.(15) described the reasons for consultation in Primary Care, from birth to the diagnosis of a CNS tumor in a series of patients, comparing it with a control group. They observed how the cases consulted three times more often for a sign or symptom suggestive of a CNS tumor, reaching seven times more when they associated two or more symptoms.

The Children’s Brain Tumour Research Centre group has developed an evidence-based clinical guide(16) (Table IV), as well as the awareness strategy “HeadSmart: be brain tumours aware” (https://www.headsmart.org.uk/), which has shown positive results in reducing the time from the onset of symptoms to diagnosis (median 14 to 6.7 weeks), as well as the time from the first consultation to an imaging test (3.3 to 1.4 weeks)(17).

Fever and constitutional symptoms

Fever is one of the most frequent reasons for consultation in Pediatrics, being, in most cases, of infectious etiology. Only 6% of the cases of fever of unknown origin correspond to neoplasms(18). This fever can be of tumor origin (Ewing’s sarcoma, neuroblastoma, Hodking’s lymphoma…) or due to infections secondary to the alteration of the immune system due to cancer, as can occur in leukemias.

Leukemia is the most common pediatric tumor(1). Clarke et al.(19) analyzed the symptoms at the diagnosis of leukemia in childhood and adolescence in 33 studies (n = 3,084), and identified a total of 95 signs and symptoms, of which five were present in more than half of the patients: hepatomegaly, splenomegaly, paleness, fever and bruising. In addition, between a third and a half of the patients presented: recurrent infections, asthenia, pain in the extremities, hepatosplenomegaly, hematomas / petechiae, lymphadenopathies, bleeding tendency and skin rash. These findings highlight the importance of performing a complete physical examination in children with common symptoms, such as fever, but with a torpid or persistent course, paying special attention to abdominal palpation, lymphadenopathy search and careful skin examination. Despite the fact that leukemia is the most frequent pediatric cancer, there is currently no evidence of the predictive value of clinical data at the individual level, or of their combination. NICE guidelines recommend that pediatric patients with fever of unclear cause or in combination with unjustified clinical data such as: paleness, asthenia, lymphadenopathies, splenomegaly, osteoarticular pain, bruising, night sweats or weight loss, should be evaluated with a full blood count and peripheral blood smear within 48 hours; in the case of associating petechiae or unexplained hepatosplenomegaly, immediate referral is recommended(8).

Lymphadenopathies

Lymph nodes are dynamic structures that change in size during children´s growth, usually in response to infections. During childhood, palpation of small lymph nodes in cervical, axillary, or inguinal regions is normal. An increase in size above 1 cm in cervical and axillary nodes, 1.5 cm in inguinal and 0.5 cm in epitrochlear nodes, as well as stone-like consistency, irregular surface, existence of skin ulceration or fixation is considered pathological(20) (Fig. 2).

Figure 2. Mediastinal widening in a 12-year-old patient diagnosed with Hodgkin’s lymphoma. Clinically, she had multiple adherent, non-tender and larger than 2 cm laterocervical and supraclavicular lymphadenopathies.

Lymphadenopathies are generalized, when they extend beyond more than 2 non-contiguous ganglion chains, and localized, when they appear in a single region. According to the course in terms of length of time, we distinguish between acute (less than three weeks) and subacute / chronic (more than three weeks / months)(21). In the history, we should inquire for: the age of the patient, the form of onset, the time of progression and the speed of growth, as well as the presence of recent or recurrent infections, contact with sick people, associated symptoms, previous antibiotic treatments, similar episodes, vaccination status, medications, contact with animals or recent travels. A complete physical examination should be performed, looking for signs of systemic disease and paying special attention to the presence of skin lesions, paleness, signs of bleeding, oropharyngeal or conjunctival lesions, hepatosplenomegaly, and abdominal masses. Adenopathies will be evaluated based on their size, location, tenderness, consistency, mobility, local inflammatory signs, and presence of skin fistulas. We must systematically palpate all accessible ganglion chains: occipital, retroauricular, preauricular, parotid, tonsillar, submandibular, submental, anterior and posterior neck, supraclavicular, infraclavicular, axillary, epitrochlear, inguinal and popliteal. Warning signs in the evaluation of adenopathies are: size greater than 3 cm, rapid growth in the absence of inflammatory signs, hard consistency, fixation to deep planes, supraclavicular, axillary, generalized or confluent location, as well as constitutional symptoms, the presence of abdominal masses, hard hepatosplenomegaly, signs of respiratory distress, paleness, jaundice or bleeding(8,20-22).

Mediastinal mass

Mediastinal masses in childhood are rare and, in most cases, are malignant. The most frequent location is the anterior mediastinum and the most frequent etiology is lymphoma(23,24). A thorough clinical evaluation and a high index of suspicion are important for an early diagnosis. Upon clinical suspicion, immediate referral to a hospital center to complete the study is recommended(8,23).

From an anatomical point of view, the mediastinum is divided into three compartments: anterior, middle, and posterior. The location of the mass will guide the diagnosis (Table V).

The most frequent neoplasms according to their location are: acute lymphoblastic leukemia and T lymphoma (Fig. 3) in the anterior mediastinum; Hodgkin lymphoma in the middle mediastinum; and neurogenic tumors (neuroblastoma and ganglioneuroma) in the posterior mediastinum. Posterior mediastinal masses (neuroblastoma) are more common in infants and young children, while anterior mediastinal masses (leukemias, lymphomas) are more common in older children and adolescents(24).

Figure 3. Anterior mediastinal mass in a 12-year-old boy with T-leukemia. He reported a 3 day course of asthenia and bilateral eyelid edema, as well as 48 hours of bruising, ecchymosis and petechiae in face, neck and upper arm.

A high percentage of patients are asymptomatic at diagnosis. In symptomatic cases, the symptoms are secondary to compression of adjacent structures, so the symptoms depend on the location of the mass, its size, and the rate of growth. Compression of the airway is the most frequent symptom, giving rise to nonspecific symptoms, such as: stridor, non-productive cough, wheezing, recurrent respiratory infections, chest pain and respiratory distress that often simulate frequent respiratory diseases, such as asthma or laryngitis. Esophageal compression leads to dysphagia. Compression of the spinal cord (common in neuroblastoma) results in band or radicular back pain that increases with Valsalva, gait weakness, loss of strength and sensory and sphincter alterations. Compression of the superior vena cava (characteristic of leukemias and T lymphomas) manifests with: facial plethora, headache, blurred vision, cough, chest pain, orthopnea that increases with Valsalva, hypotension and heart failure. Compression of the phrenic leads to hemidiaphragmatic elevation. Finally, injury to the sympathetic pathway (especially neuroblastomas) can cause Horner syndrome (ptosis, miosis, and enophthalmos). And, in turn, we can find systemic symptoms secondary to the tumor process itself. Compression of the phrenic leads to hemidiaphragmatic elevation. Finally, injury of the sympathetic pathway (especially neuroblastomas) can cause Horner syndrome (ptosis, miosis, and enophthalmos). In addition, we can find systemic symptoms secondary to the tumor process itself.

We must bear in mind that treatment prior to diagnosis with systemic corticosteroids in patients with hematological malignancies may have diagnostic and prognostic implications, and precipitate serious complications, such as tumor lysis syndrome. For this reason, in patients with atypical respiratory symptoms or laryngitis in older children, performing a chest X-ray prior to starting corticosteroid treatment is recommended(23,25).

Abdominal mass

The finding of an abdominal mass is one of the most frequent forms of presentation of neoplasms in childhood. Although they may be of benign etiology, all patients with an abdominal mass must be evaluated with the suspicion of malignancy and referred to a specialized center within 48 hours(8).

An abdominal mass is often asymptomatic, and is usually detected accidentally by the parents or in a routine examination. In the history, we will take into account the patient’s age (Table VI), the associated symptoms, their intensity and duration, taking into account which rapidly evolving symptoms are suggestive of malignancy(26,27).

The most frequent presentation symptoms are: pain, organ dysfunction due to mass effect (intestinal or urinary obstruction), hematuria (nephroblastoma) and systemic symptoms (night sweats, fever, asthenia, weight loss or bone pain…). The most frequent etiology involves: genitourinary congenital malformations in children under one year of age; neuroblastoma (Fig. 4) and nephroblastoma (Fig. 5) between one and five years; and non-Hodgkin lymphoma (NHL) in older children and adolescents.

Figure 4. Neuroblastoma in a 7-year-old patient who reported weeks of rib pain associated with asthenia and anorexia in the most recent days.

Figura 5. Right Wilms tumor. The 2-year-old patient consulted because the parents palpated the abdominal mass while dressing her.

In this age group, Burkitt-type NHL presents as: a rapidly growing abdominal mass that associates abdominal distention and pain, obstructive symptoms, intussusception, and metabolic alterations secondary to tumor lysis(26). In girls and adolescents, we will take into account ovarian tumors and pregnancy. In the personal history, factors such as prematurity and low birth weight (hepatoblastoma), should also be assessed.

Physical examination should be performed with the patient relaxed and calm. It must be meticulous, checking vital signs, including blood pressure(27). On inspection, we will look for irregularities on the abdominal surface. On palpation, we must take into account that, in healthy patients, especially infants, some structures may be palpable, such as: liver, spleen, kidneys, abdominal aorta, sigmoid colon, feces and / or spine(28). It is important to establish the location, size, shape, and contour of the mass, its adherence to deep planes, as well as the presence of tenderness. Depending on the location it should be considered that: palpable masses in the right upper quadrant are usually of hepatic, renal or adrenal origin; those in the upper left quadrant often depend on the spleen and may be secondary to metastatic infiltration; and those located in the hypogastrium, are usually secondary to ovarian tumors or intestinal lymphomas. In the patient with suspected neuroblastoma, a complete neurological examination is necessary due to the possibility of invasion of the medullary canal. Other examination signs that can guide the diagnosis are: aniridia, hemihypertrophy and genitourinary malformations (nephroblastoma); subcutaneous nodules, periorbital ecchymoses, proptosis, intractable watery diarrhea, Horner syndrome or opsoclonus-myoclonus syndrome (neuroblastoma); precocious puberty, feminization or virilization (hepatic, gonadal, adrenal masses or germ tumors); and Cushing phenotype (neoplasms of the adrenal cortex).

Soft tissue and skin masses

Soft tissue sarcomas (STS) are a heterogeneous group of tumors that originate from primitive mesenchymal cells. They are subdivided into rhabdomyosarcoma (RBM) and non-rhabdomyosarcoma sarcomas. RBM is the most frequent, it has its origin in the primitive mesenchymal cells involved in the development of skeletal muscle, and it presents its maximum incidence around the age of five years and in adolescence. It is subdivided into: embryonal, alveolar and pleomorphic. On the other hand, non-rhabdomyosarcoma sarcomas are more common in older children and adolescents.

STS can appear in any anatomical location, the most frequent being: the genitourinary region, head and neck, and extremities. The clinical presentation depends on the location, size and adjacent structures. An unexplained tumor in any location with any of the following characteristics is suspicious of STS: diameter greater than 2 cm, fixation to deep planes, increased consistency, progressive growth, and presence of regional lymphadenopathies(4). In the head, orbital locations usually develop proptosis and a differential diagnosis must be made with benign pathologies, such as orbital cellulitis. Parameningeal locations can lead to nasal, sinus, or ear obstruction, persistent mucopurulent discharge, or cranial nerve involvement. In the genitourinary region, it can present as: hematuria, voiding syndrome, constipation, pelvic mass or increased testicular size. The botryoid variety is a subtype of embryonic RMS characterized by multiple polypoid projections that form clusters of gelatinous and friable consistency, that develop under the mucosal surface of body orifices, such as vagina and nose.

When a soft tissue tumor is suspected, NICE guidelines recommend performing an ultrasound within 48 hours(8).

Musculoskeletal symptoms and signs

Musculoskeletal pain is a frequent reason for consultation in Primary Care. Its etiology varies with age, the most frequent causes being traumatic. The differential diagnosis will include overuse syndromes and osteochondroses. Less frequently, but highly important as their diagnosis delay can increase morbidity, are neoplasms and osteoarticular infections. Among the most frequent neoplasms that present with bone and / or joint pain, primary bone tumors, neuroblastomas, NHL and leukemias, can be found.

Patients with primary bone tumors, such as osteosarcoma or Ewing’s sarcoma, frequently present with localized, persistent, asymmetric, progressive bone pain that responds poorly to common analgesics and may wake the child up at night. They can associate a palpable indurated mass fixed to deep planes and of rapid and progressive growth and, occasionally, a pathological fracture can occur. Generalized musculoskeletal pain manifests as: lower limb pain, back pain, arthralgia or arthritis. The tumors that produce it are leukemias, especially lymphoblastic leukemia and bone or medullary metastases of tumors, such as Ewing’s sarcoma or neuroblastoma.

Several authors(29-31) have highlighted the relevance of incorporating leukemias and bone tumors in the differential diagnosis of patients with suspected osteomyelitis or rheumatological diseases. Leukemias that present with joint symptoms (generally in the form of asymmetric oligoarthritis) are less frequently associated with typical leukemia symptoms, such as: constitutional syndrome, hepatosplenomegaly or cytopenia, which makes diagnosis difficult(29). In the evaluation of patients with musculoskeletal symptoms, the association of leukopenia (less than 4 x 109 / L), platelets in the lower limit of normality (150-250 x 109 / L) and a history of nocturnal pain, represents a sensitivity of 100% and specificity of 85% in the diagnosis of leukemia(30). The importance of an accurate diagnosis prior to the start of steroid treatment should be noted, given the possibility of masking a hematological neoplasm or triggering a tumor lysis syndrome. For this reason, some authors suggest performing a bone marrow study prior to initiating treatment with steroids, in those patients with suspected rheumatological disease and atypical data(31).

A complete medical history that includes: characterization of the pain (onset, location, duration, intensity, number of affected joints); presence of other accompanying symptoms (inflammation, increased temperature, joint instability); precipitating factors (previous infection or trauma); and associated systemic symptoms, as well as a thorough physical examination, will guide the diagnosis. In a patient with bone and / or joint pain with suspected cancer, an X-ray as well as a full blood count and peripheral blood smear shall be performed within 48 hours. In case of a pathological X-ray, the patient should be referred to a specialized center within 48 hours. When leukemia is suspected (cytopenia of two or more cell lines and / or blasts), referral will be immediate(8).

Eye disorders

Retinoblastoma is the most common ocular neoplasm, representing 3% of childhood tumors(1). It is usually diagnosed between the first and third year of life, and 95% of them before the age of 5 years(1). 30% are bilateral and 40% hereditary. Leukocoria is the presenting sign in more than half of the cases, and it appears as a consequence of the presence of a mass located behind the crystalline lens. In the differential diagnosis of leukocoria, in addition to retinoblastoma, congenital cataracts (history of infection in pregnancy, such as toxoplasmosis, should be investigated) and Coats disease (retinal telangiectasia with deposition of intraretinal or subretinal exudates that affects younger children). Other symptoms and signs that should alert us include: strabismus, loss of visual acuity, eye pain or proptosis. In addition to retinoblastoma, other tumors that can manifest as proptosis include: neuroblastoma, rhabdomyosarcoma, lymphoma, and histiocytosis. The successful management of retinoblastoma depends on the ability to detect the disease while it still remains intraocular(32). Hence, it is very important to test for the red reflex in all newborns and in each programmed child health visit. An abnormal result of the red reflex examination is an indication for preferential referral (in less than two weeks) to the ophthalmologist(8). Patients with a family history of retinoblastoma must be referred from birth for close ophthalmological follow-up(3).

Another ocular manifestation of cancer is the paraneoplastic opsoclonus-myoclonus syndrome, which is associated with neuroblastoma in 50% of cases. It is characterized by multidirectional, involuntary and chaotic rapid eye movements, persistent during sleep, myoclonus, ataxia, and behavioral disturbances.

Time lapse to childhood cancer diagnosis

Decreasing the time to diagnosis has prognostic implications in some childhood tumors.

The most effective strategy to reduce the morbidity and mortality of childhood cancer is to focus, both on the reduction of the time to diagnosis (TD), understood as the time elapsed from the onset of symptoms to the diagnosis of cancer(33) (Fig. 6), as in the early initiation of treatment based on scientific evidence.

Figure 6. Time to diagnosis in childhood cancer.
Modified from Lethaby et al
(33).

Therefore, the recognition of alarm symptoms by families and Primary Care professionals, as well as easy access to the latter, is a priority. Screenings in childhood are usually not helpful, unless the child has a high risk of cancer associated with hereditary disorders. Among factors that have been related to TD, the following stand out: the patient’s age (the older, the greater the TD); the type of tumor (CNS, bone, germ cells and retinoblastomas have longer TD compared to leukemia and kidney tumors); and tumor biology(33-35). The relationship of TD with survival is complex. Thus, some authors(35,36) indicate that it is precisely the biology of the tumor, the factor that most influences TD and survival. In any case, there is extensive literature supporting a positive correlation between improved survival and early diagnosis in tumors such as retinoblastoma(35), being this correlation more ambiguous for CNS and other solid tumors, probably in relation to high-grade tumors having a more abrupt onset of prediagnostic symptoms and, therefore, a shorter TD(37). In the group of adolescents and young adults, although females more frequently consult physicians, they have more prolonged TD. Bone tumors and lymphomas have longer TD, probably due to the non-specific clinical presentation of these types of cancer(6).

It should be noted how, in the COVID-19 pandemic situation, several publications have warned of the increase in TD of childhood cancer in neighboring countries(38,39).

Role of the Primary Care pediatrician

The Primary Care pediatrician shares the responsibility of reducing TD, identifying those patients suspected of cancer and making an early referral to specialized care. This decrease in TD may have a prognostic role for some tumors and, in addition, contributes to the reduction of anxiety and stress experienced by patients and their families during the difficult period prior to the diagnosis of childhood cancer(5).

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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Recommended bibliography

- Fragkandrea I, Nixon JA, Panagopoulou P. Signs and Symptoms of childhood cancer: A guide for early recognition. Am Fam Physician. 2013; 88: 185-92.

Article focused on the early diagnosis of childhood cancer in Primary Care, by focusing on those warning signs that should alert us of the possibility of neoplastic processes.

- Clarke RT, Jones CHD, Mitchell CD, Thompson MJ. Shouting from the roof tops: a qualitative study of how children with leukaemia are diagnosed in primary care. BMJ Open. 2014; 4: e004640. doi: 10.1136 / bmjopen-2013-004640.

Highly recommended. Qualitative methodology article that explores the presentation of childhood leukemia and the factors that influence its suspicion from the point of view of parents and Primary Care physicians.

- Wilne S, Koller K, Collier J, Kennedy C, Grundy R, Walker D. The diagnosis of brain tumors in children: a guideline to assist healthcare professionals in the assessment of children who may have a brain tumor. Arch Dis Child. 2010; 95: 534-9.

A must-read. Clinical guide for the suspicion and early diagnosis of tumors of the central nervous system.

- Walker D, Wilne S, Grundy R, Kennedy C, Neil, Dickson A, et al. A new clinical guideline from the Royal College of Paediatrics and Child Health with a national awareness campaign accelerates brain tumor diagnosis in UK children – “headSmart: Be Brain Tumor Aware.” Neuro Oncol. 2016; 18: 445-54.

Very interesting. Strategy launched in 2011 in the United Kingdom, aimed at healthcare professionals and the general public, with the aim of reducing the time interval from the onset of symptoms to the diagnosis of a CNS tumor in pediatric patients.

 

 

Clinical case

 

7-year-old patient who presents with a 3-day course of frontal, evening headache, as well as progressive 2-week loss of vision in the left eye.

Personal history

Normal course pregnancy. Vaginal delivery. Normal neonatal period. Normal psychomotor development. Up-to-date vaccination schedule.

Family background

Mother: 32 years old, healthy, gestations: 1/miscarriages: 0/life births: 1. Father: 38 years old, healthy.

Physical examination

HR: 90 bpm. RR: 18 rpm. BP: 100/60 mmHg. Sat: 97%. Height: 122 cm (50th centile). Weight: 24 kg (50th centile). Good general condition. Well hydrated and perfused. No rashes or petechiae. No significant lymphadenopathies. Cardio-pulmonary auscultation: normal. Abdomen: soft, non-tender, no masses or megalies. Neurological: Glasgow 15, with normal cranial nerves, tone, strength, sensitivity, tendon reflexes and gait. No dysmetria or dysdiadochokinesia. Ophthalmological examination: left eye with decreased visual acuity, signs of papillary atrophy, as well as left temporal hemianopsia.

Complementary tests

Normal full blood count, biochemistry and coagulation. A brain MRI was performed which evidenced a midline, suprasellar, multicystic, heterogeneous mass measuring 40 x 36 x 39 mm (Fig. 7), with intense and heterogeneous enhancement following contrast administration (Fig. 8). Normal ventricular system, without signs of hydrocephalus.

Figure 7. Heterogeneous midline, suprasellar, multicystic mass measuring 40 x 36 x 39 mm.

Figure 8. Midline mass with intense and heterogeneous enhancement following contrast administration.

Diagnosis

Craniopharyngioma (adamantinomatous pattern).

 

 

 

 

Anemia ferropénica

S. Fernández-Plaza, S. Viver Gómez
Temas de FC


S. Fernández-Plaza, S. Viver Gómez

Centro de Salud Galapagar, Galapagar. Madrid

Resumen

La anemia por déficit de hierro es la causa más frecuente de anemia en el mundo, es una anemia microcítica e hipocrómica que es necesario diferenciar de otras causas de microcitosis, como la talasemia o la anemia de los trastornos crónicos. Puede tener consecuencias sobre el rendimiento intelectual y neurodesarrollo del niño, principalmente a edades precoces, por lo que aplicar programas de detección precoz de la ferropenia es objeto de controversia. El tratamiento de elección de la anemia por déficit de hierro es oral, con sales ferrosas y, solo en casos seleccionados, debe realizarse de forma endovenosa. La lactancia materna y las recomendaciones dietéticas, juegan un papel importante en la prevención de la ferropenia y consecuentemente de la anemia por déficit de hierro, principalmente durante los primeros años de vida y en determinados grupos de riesgo.

 

Abstract

Iron deficiency anemia is the most common cause of anemia in the world, and it is a microcytic and hypochromic anemia that must be differentiated from other causes of microcytosis such as thalassemia or anemia of chronic disorders. It can have consequences on the intellectual performance and neurodevelopment of the child, especially at an early age, and hence, implementing early detection programs for iron deficiency remains subject of controversy. The treatment of choice for this deficiency anemia is oral iron, in the form of ferrous salts, and only in selected cases should it be performed intravenously. Breastfeeding and dietary recommendations play an important role in the prevention of iron deficiency and consequently iron deficiency anemia, mainly during the first years of life and in specific risk groups.

 

Palabras clave: Anemia por déficit de hierro; Ferritina; Ferropenia; Microcitosis.

Key words: Iron deficiency anemia (IDA); Serum ferritin; Iron deficiency; Microcytic anemia.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (5): 222 –232

 


Anemia ferropénica

Introducción

El déficit de hierro es el trastorno nutricional más frecuente a nivel mundial y la principal causa de anemia microcítica en la edad pediátrica, la prevalencia global de la anemia en 2010 es de un 32,9%. Afecta al 33% de las mujeres no embarazadas, al 40% de las embarazadas y al 42% de los niños (Fig. 1)(1).

Figura 1. A. Estimación global de prevalencia de anemia en lactantes y niños de 6-59 meses. B. Prevalencia de anemia en mujeres embarazadas de 5-49 años en 2011.
F
uente: https://www.paho.org/

En este artículo, diferenciamos la ferropenia de la anemia por déficit de hierro y revisamos las características de la anemia ferropénica, las consecuencias que esta presenta para la salud de la población infantil y, finalmente, cómo abordar su diagnóstico y tratamiento. También analizamos la necesidad de hacer programas de cribado de la ferropenia y las recomendaciones nutricionales que pueden contribuir a su desarrollo o prevención.

Conceptos

Las situaciones progresivas que se producen como consecuencia del déficit de hierro son: ferropenia latente, ferropenia sin anemia y, finalmente, anemia ferropénica.

Cuando hablamos de ferropenia hacemos referencia a la disminución del hierro corporal por debajo de los niveles necesarios para mantener una homeostasis normal; como hemos mencionado anteriormente, es el déficit nutricional más extendido en el mundo, principalmente en medios más desfavorecidos. El reto fundamental a la hora de diagnosticar la ferropenia consiste en determinar qué parámetro es el más fiable para reflejar el estado real del hierro en el organismo. El descenso de la hemo­globina es un indicador tardío del déficit de hierro, ya que se produce en fases avanzadas de la ferropenia, por lo que su uso no está recomendado. Por el contrario, la ferritina es uno de los parámetros más usados, es muy específico, ya que refleja el estado de las reservas de hierro en el organismo y nos permite realizar un diagnóstico precoz de ferropenia(1,2). Una ferritina en suero menor de 10-15 ng/ml posee una especificidad del 99% para el diagnóstico de ferropenia. En la población pediátrica, el punto de corte recomendado es de 15 mcg/L(1,3); en los últimos años, algunos autores sugieren que en niños entre 1 y 3 años, valores de 18 mcg/L se correlacionan mejor con cifras de Hb clínicamente relevantes a estas edades(4).

Si el aporte de hierro sigue siendo insuficiente, lo que inicialmente constituye una ferropenia latente, evoluciona a fases más avanzadas con repercusión sobre la eritropoyesis, como la ferropenia sin anemia en la que se produce un descenso del contenido de hemo­globina en los reticulocitos y, finalmente, la anemia ferropénica, que representa la fase más tardía de la depleción de las reservas de hierro del organismo y se define como una reducción de la cifra de hemoglobina o del número de eritrocitos considerados normales para la edad o el sexo (Tabla I)(5).

Los parámetros de la serie roja se modifican con la edad y por ello, es necesario usar los valores de referencia para cada edad cuando diagnosticamos una anemia.

Epidemiología

El déficit de hierro es la carencia nutricional más frecuente y la principal causa de anemia en la infancia, con un pico de prevalencia en menores de 3 años. Afecta principalmente a poblaciones y clases sociales más desfavorecidas.

El déficit de hierro es el déficit nutricional más frecuente a nivel mundial y constituye un importante problema de salud pública, principalmente en los países más desfavorecidos, pero también en nuestro ámbito. Afecta hasta un 42% de la población mundial con dos picos de prevalencia, el primero entre el primer y tercer año de vida, y el segundo durante la adolescencia. En países desarrollados como el nuestro o Estados Unidos, aproximadamente un 15% de los lactantes menores de dos años tienen una ferropenia, la prevalencia de la anemia por déficit de hierro en estas edades se estima del 3%(6). En los últimos años, el porcentaje global de niños pequeños con ferropenia se ha reducido discretamente, pero se ha descrito un incremento en grupos de población más desfavorecidos, como los inmigrantes o determinados grupos étnicos (afroamericanos)(7).

Las adolescentes también constituyen un grupo con mayor riesgo de desarrollar una ferropenia. Se estima que en nuestro medio, un 11% de las niñas durante la pubertad presentan una ferropenia y hasta un 5% una anemia franca(7,8). En la mayoría de los casos, la causa son las pérdidas menstruales abundantes, que muchas veces no son reconocidas por las pacientes y que conllevan anemias graves que pueden necesitar ingreso.

A nivel mundial, existen grandes diferencias de prevalencia como se ve en la figura 1.

Causas /Factores de riesgo

Factores relacionados con la dieta integran la principal causa de anemia por déficit de hierro en la infancia. Las pérdidas sanguíneas durante la menstruación constituyen el motivo más frecuente en niñas adolescentes.

Las causas de ferropenia o anemia por déficit de hierro se pueden clasificar según el mecanismo de producción en tres grupos: aporte insuficiente, aumento de pérdidas, disminución de la absorción intestinal (Tabla II).

En función de la edad, podemos encontrarnos con que algunos de estos mecanismos de producción son más frecuentes (Tabla III).

En nuestro medio, la ferropenia al nacimiento es poco frecuente, debido a la transfusión placentaria de hierro procedente de la madre al feto durante el tercer trimestre de gestación. Las reservas generadas durante este periodo, cubren las necesidades del lactante durante los seis primeros meses de vida. Algunas situaciones afectan tanto a la madre como al feto (como hemorragias maternas o fetales, embarazos gemelares…) y pueden suponer un riesgo de anemia por déficit de hierro durante estos primeros meses de vida. Aunque se ha comprobado que niveles de hierro bajo maternos durante la gestación disminuyen la transferencia de este durante el final del embarazo, en este momento, no está establecido el beneficio de fortificar la dieta con hierro en las mujeres gestantes(6).

La prematuridad y el bajo peso al nacimiento asocian ferropenia con frecuencia, debido a varios factores: por un lado, por la disminución de la transferencia materna de hierro placentaria durante el último trimestre; y por otro, las tasas de crecimiento aumentadas en estos recién nacidos. Existe una correlación directa entre el grado de prematuridad y el riesgo de anemia, si bien en recién nacidos a término, la ferropenia se produce a partir de los 6 meses de vida, y la anemia asociada a la prematuridad se manifiesta a los 2-3 meses del nacimiento. En la actualidad, se recomienda pautar suplementos de hierro en los recién nacidos pretérmino(9,10).

Durante el periodo de lactancia y la primera infancia, la dieta constituye la principal causa de ferropenia. El bajo nivel socioeconómico y la inmigración, también son factores de riesgo que hay que tener en cuenta durante este periodo de la vida del niño.

En los primeros 12 meses de vida, son causas frecuentes de déficit de hierro: la lactancia materna exclusiva a partir de los 6 meses, sin introducir otros alimentos que aportan este mineral en cantidad suficiente; el consumo de preparados lácteos con escasa suplementación de hierro; o la introducción precoz de leche de vaca. Esta última, se ha asociado a un incremento de micro sangrado intestinal en los lactantes, junto con un menor aporte de hierro por ml y una menor biodisponibilidad de la leche de vaca (un 10% en comparación con el 50% de la leche materna)(6).

El exceso de leche de vaca en la dieta (más de 600 ml), por tanto, es un parámetro que puede ayudarnos a sospechar una anemia por déficit de hierro en los niños pequeños, por un lado, su ya mencionado bajo contenido en hierro y su escasa absorción, pero también el hecho de llevar asociado un menor consumo de otros alimentos ricos en este mineral, son factores que contribuyen a la ferropenia. En 2006, Sutcliffe y cols., encontraron una asociación entre la depleción de hierro y el uso prolongado del biberón en niños durante el segundo y tercer año de vida, en comparación con el uso del vaso en estas edades. El riesgo relativo de ferropenia descrito en el trabajo de Sutcliffe fue del 2,5 (IC 2,46-2,53) y parece relacionarse con un mayor consumo de lácteos en los niños que se alimentaban con biberón, frente a los que usan vaso(11).

Durante la edad escolar, la prevalencia del déficit de hierro es baja, siendo las pérdidas de sangre su causa principal, las epistaxis o el sangrado gastrointestinal secundario a la enfermedad inflamatoria intestinal o las infecciones por parásitos intestinales, o los sangrados por el uso crónico de antiinflamatorios no esteroideos, deben valorarse como posible origen de la anemia en estas edades. Las pérdidas sanguíneas durante la menstruación constituyen el motivo más frecuente de anemia por déficit de hierro en niñas adolescentes. Las tasas de crecimiento rápido y las carencias nutricionales que se producen en este periodo, contribuyen a esta situación.

Como causas menos frecuentes de anemia ferropénica, se encuentran: los síndromes malabsortivos que afectan al duodeno, el más común la enfermedad celíaca, pero también la enfermedad de Crohn, las infecciones por Giardia o las resecciones proximales del intestino delgado que provocan el síndrome del intestino corto. Los niños que reciben tratamiento con inhibidores de la bomba de protones o antagonistas de los receptores H2 también pueden tener afectada la absorción de hierro por la dificultad de transformar el hierro férrico a ferroso.

Finalmente, se ha descrito una “anemia ferropénica refractaria a tratamiento con hierro” producida por mutaciones en el gen TMPRSS6, que codifica para la matriptasa 2, una serín-proteasa transmembrana que juega un papel esencial en la inhibición de la hepcidina, el regulador clave de la homeostasis del hierro. Se hereda por un mecanismo autosómico recesivo y los pacientes presentan niveles normales o elevados de hepcidina, a pesar de la ferropenia(6).

Fisiopatología

La mayor parte del hierro del organismo es reutilizado, las cantidades que son necesarias reponer diariamente se obtienen a expensas de la absorción del hierro de la dieta en el duodeno proximal, por un mecanismo regulado por hepcidina.

El hierro es un nutriente fundamental para todos los organismos vivos, constituye el 0,005% del peso corporal en el ser humano, lo que se corresponde con 3 y 4 g en mujeres y hombres, respectivamente; y solo 300 mg en recién nacidos a término. La distribución de este hierro en el organismo es la siguiente. El 75% se encuentra unido a proteínas del grupo hemo, principalmente la hemoglobina (aproximadamente 2,5 g del total), pero también la mioglobina (400 mg), encargadas del transporte de oxígeno. Solo un 3% del total del hierro forma parte de citocromos, peroxidasas y catalasas, implicadas en reacciones enzimáticas fundamentales para el funcionamiento celular. El hierro unido a transferrina plasmática es de 3 a 7 mg, constituye solo una parte del hierro unido a transferrina, ya que esta se encuentra también asociado a la transferrina presente en los líquidos intersticiales. Finalmente, el hierro restante, se encuentra principalmente almacenado en forma de ferritina o hemosiderina, la mayoría en el hígado, el bazo y la médula ósea. En el caso del varón adulto, estas reservas alcanzan 1 g y en la mujer aproximadamente 600 mg(3,6).

El metabolismo del hierro se mantiene en un equilibrio dinámico en el que la mayor parte del hierro es reutilizado, y solamente 1 o 2 mg de las necesidades diarias de hierro del adulto provienen de la dieta. Sin embargo, durante la infancia hasta un 30% de los requerimientos deben ser aportados exógenamente, debido al aumento de masa muscular y crecimiento. Es un nutriente difícil de absorber y las cantidades que se reponen diariamente lo hacen exclusivamente a expensas de la absorción del hierro de la dieta en el duodeno proximal, por un mecanismo regulado por hepcidina. El hierro ferroso (Fe 2+) que llega a la luz duodenal, penetra en el enterocito a través del transportador de metales divalentes DMT1, previamente en la luz intestinal, el citocromo B duodenal (DcytB) ha transformado también el hierro férrico a ferroso para permitir su paso por DMT 1 (Fig. 2).

Figura 2. Metabolismo del hierro en el enterocito. Modificado de: Baragaño González M. Alteraciones del metabolismo del hierro y las anemias sideroblásticas. En: Madero L, Lassaletta A, Sevilla J. Hematología y Oncología. Madrid: Ergon S.A. 3ª ed. 2015; 9: 97. Joaquín Carrillo Farga. Elaborado por María Teresa Amador.

Una vez en el interior del enterocito, el hierro debe salir de la célula hacia el líquido intersticial y lo hará por la zona basal de la célula, a través de una proteína integral de membrana, la ferroportina, que transporta hierro divalente (Fe2+) al plasma. Este último paso está regulado por la hepcidina, que actúa bloqueando la acción de la ferroportina y, por tanto, reduce la absorción del hierro procedente de la dieta(3). La expresión de la hepcidina depende de las reservas de hierro, la biodisponibilidad del hierro contenido en la dieta, la presencia de procesos inflamatorios o del índice de eritropoyesis. En situación de depleción de las reservas, anemia o hipoxemia, se produce un descenso de la hepcidina para permitir el transporte por la ferroportina y así aumentar la entrada de hierro. Por el contrario, en situaciones de normalidad, se eleva la hepcidina y, por lo tanto, se produce menor absorción de hierro. En los procesos inflamatorios e infecciosos, también se ha comprobado una producción aumentada de la hepcidina, reduciendo así la disponibilidad de hierro para los patógenos(6).

El hierro ferroso que permanece atrapado en el interior de la célula sin poder salir, se agrupa en moléculas de ferritina que constituye la principal forma de almacenamiento del hierro.

En el plasma, el hierro no puede ser transportado por la transferrina, a menos que se encuentre en estado férrico. La hefestina es una proteína anclada en la membrana basal del enterocito junto a la ferroportina que transforma el hierro Fe2+ en hierro férrico (3+), para que pueda unirse a la transferrina y ser distribuido por el organismo(3).

El hierro hémico en forma ferrosa, está presente en los alimentos de origen animal, es soluble y se absorbe fácilmente en el intestino (hasta un 30%), independientemente del pH gástrico. Mientras el hierro no hémico, en forma férrica, presente en los vegetales, solo tiene una biodisponibilidad del 10% y para su absorción necesita ser reducido a forma ferrosa. Además, el hierro no hémico interacciona con otros componentes presentes en los alimentos y forma complejos insolubles en la luz intestinal que disminuyen su absorción. Existen sustancias como las vitaminas A y C, el ácido cítrico, las proteínas y el ácido láctico, que favorecen la absorción de hierro; mientras por el contrario, el calcio, la fibra rica en fosfatos, los fitatos y los taninos reducen su absorción (Fig. 3).

Figura 3. Factores de influyen en la absorción de hierro.

También es necesario recordar, que en situaciones de deficiencia grave del nutriente, también se verá comprometida la síntesis de aquellas proteínas en las que los grupos hemo están presentes, como la mioglobina.

Manifestaciones clínicas

Aunque en la mayoría de las ocasiones la anemia ferropénica suele cursar de forma silente, hay que tener en cuenta sus efectos sobre el neurodesarrollo, principalmente a edades precoces.

La ferropenia con o sin anemia suele ser una condición clínicamente silente. El cuadro clínico del síndrome anémico es menos frecuente e incluye manifestaciones mucocutáneas como la palidez, debida al descenso de la hemoglobina, y la vasoconstricción que la acompaña. Los lugares idóneos para explorarla son: la conjuntiva ocular, el velo del paladar y la región subungueal. Determinadas alteraciones de mucosas y faneras (coiloniquia, fragilidad del cabello y glositis…) deben hacernos sospechar procesos de larga evolución. Los síntomas cardiocirculatorios como: taquicardia, palpitaciones, taquipnea o auscultación de soplos, son menos frecuentes y su presencia depende de la intensidad de la anemia, y de la rapidez con la que se instaura. En la mayoría de las ocasiones son bien tolerados por el niño, cuando el déficit de hierro se produce de forma progresiva. Los síntomas derivados de la hipoxia tisular como: cefalea, anorexia, irritabilidad, fatiga o descenso de la actividad, son poco frecuentes y suelen reflejar anemias por déficit de hierro graves o de instauración más brusca.

Pica y pagofagia. Pueden ser la manifestación inicial de la ferropenia y pueden producirse sin anemia. Consiste en la apetencia por sustancias que no son alimentos y sin valor nutricional como: tiza, barro, cal, papel, jabón… en el caso de la pica, y del hielo en el caso de la pagofagia, esta última está descrita con mayor frecuencia en adolescentes. Se desconoce el mecanismo por el que se producen ambos fenómenos y su asociación con la ferropenia, pero responden bien al tratamiento con hierro. Aunque la frecuencia real de estos síntomas es desconocida, según datos recogidos por Powers JM y cols. (2017), un 49% de los padres referían la presencia de este síntoma tras el diagnóstico de anemia por déficit de hierro en sus hijos(6).

Alteración de la función cognitiva. Diferentes estudios observacionales han descrito la posible asociación entre el déficit de hierro y la presencia de alteraciones en el desarrollo cognitivo. Se ha estimado que un descenso de 10 g/L en la hemoglobina reduce el coeficiente intelectual (CI) en 1,73 puntos(12). Low M y cols. en 2013, publican una revisión sistemática, con el fin de analizar la influencia de la ferropenia sobre el CI de la población infantil en edad escolar. De los estudios incluidos en el trabajo de Low M y cols., 31 se realizaron en poblaciones con nivel socioeconómico medio-bajo. Los autores concluyen que los suplementos de hierro en niños con anemia, mejoran parámetros hematológicos y no hematológicos, como el rendimiento intelectual; no obstante, no encuentran beneficios similares en niños con ferropenia sin anemia. Los autores también encuentran evidencia de beneficio sobre el desarrollo ponderoestatural(12).

Por otro lado, en el trabajo publicado en 2001 por Sheriff y cols., bajas concentraciones de hemoglobina (≥ de 9,5 g/L) en niños de 8 meses, se asocian con alteraciones en el desarrollo psicomotor a los 18 meses de edad. Los autores consideran que el momento óptimo para hacer un cribado de anemia en la primera infancia es antes de los 8 meses, ya que así se asegura el beneficio del tratamiento sobre el neurodesarrollo del niño(13). Finalmente, Algarín C y cols., relacionan en su publicación de 2013, la anemia por déficit de hierro con tiempos de respuesta motora más lentos y peor control inhibitorio en niños, a los ocho o nueve años de recibir tratamiento con hierro por la anemia. Según los autores, estos hallazgos parecen relacionados con el efecto de la anemia ferropénica sobre la mielinización y los circuitos dopaminérgicos(14).

Síndrome de piernas inquietas (SPI). Diferentes autores han descrito la asociación entre el déficit de hierro y el síndrome de las piernas inquietas. El hierro participa en la producción de dopamina, densidad de las sinapsis y en la síntesis de mielina, lo que justificaría su prescripción para mejorar los síntomas de esta enfermedad. Sin embargo, no hay evidencia clara sobre la eficacia del tratamiento con hierro en estos pacientes. Existen escasos estudios randomizados en Pediatría que demuestren su eficacia. Cuatro estudios pediátricos, muestran mejoría de la sintomatología tras el tratamiento con hierro en niños con SPI y ferritinas por debajo de 50 mcg/L(15,16).

Trombosis. Algunas publicaciones de casos sugieren la relación entre la anemia ferropénica y los accidentes cerebrovasculares. Maguire JL y cols., en el año 2007, concluyeron que niños previamente sanos con un infarto cerebral, tienen 10 veces más probabilidad de tener una anemia por déficit de hierro que un niño sano sin infarto cerebral. El trabajo sugiere que la anemia por déficit de hierro es un factor de riesgo significativo de infarto cerebral en niños sin otras patologías y que, por ello, su detección precoz debe ser una prioridad(17). Otros autores describen un riesgo 3,8 veces superior de trombosis en estos niños y encuentran una asociación significativa entre anemia, ferropenia y trombocitosis en los casos que estudian, pudiendo ser este el mecanismo implicado en esta complicación(17,18).

Diagnóstico

La anemia por déficit de hierro es una anemia microcítica, hipocrómica e hiporregenerativa. Las pruebas complementarias de elección para el diagnóstico son: hemograma (Hb, VCM, RDW) y perfil férrico (ferritina, índice de saturación de la transferrina y receptor soluble de la transferrina).

El déficit de hierro origina alteraciones analíticas de manera progresiva. Inicialmente, se produce un descenso de los depósitos en forma de ferritina, sin que tengan lugar modificaciones en el hematocrito ni en otros parámetros hematológicos. Tal y como hemos mencionado, podemos considerar que cifras de ferritina por debajo de 15 mcg/L reflejan una ferropenia; no obstante, no se debe olvidar que, una ferritina normal o aumentada no excluye un déficit de hierro, ya que la ferritina es un reactante de fase aguda y puede estar elevado en presencia de otras patologías coexistentes, tanto infecciosas como inflamatorias. Esto ocurre especialmente en la edad pediátrica, periodo en el que estos episodios, son habituales. En los últimos años, con el mejor conocimiento de la homeostasis del hierro, se han descrito nuevos parámetros que nos permiten valorar el estado del hierro en nuestro organismo con mayor precisión. El receptor soluble de la transferrina (RsTf) es un indicador eficaz para el diagnóstico de la ferropenia, ya que a diferencia de la ferritina, no se ve afectada por los procesos inflamatorios y es inversamente proporcional a la disponibilidad de hierro(6). Es decir, al producirse una depleción de los depósitos de hierro, aumenta la expresión de los “receptores de transferrina” en la membrana celular y, por consiguiente, la cantidad de RsTf circulante. Un índice del receptor soluble del receptor de la transferrina elevado nos indica una deficiencia de hierro. Su disponibilidad en todos los laboratorios es un limitante para la generalización de su uso.

En una segunda fase, la carencia de hierro acaba afectando la eritropoyesis, se produce un descenso de la sideremia, de la saturación de la transferrina con hierro (ISTf) y la elevación de la transferrina. Por último, en una tercera fase, la carencia repercute sobre las cifras de Hb, que descienden por debajo de las de referencia para la edad. Los hallazgos del laboratorio sugestivos de anemia por déficit de hierro incluyen también la presencia de una hipocromía y microcitosis (disminución del tamaño de los hematíes, 2 desviaciones estándar por debajo del valor medio para su edad) (Fig. 4).

Figura 4. Microcitosis e hipocromía.

Como ya hemos indicado anteriormente, el volumen corpuscular medio, al igual que otros parámetros, se modifica con la edad. Entre los seis meses y los dos años de vida, nos encontramos los glóbulos rojos más pequeños, su tamaño aproximado es de 70 fl y aumenta de forma progresiva hasta la adolescencia. Finalmente, describiremos la anemia ferropénica como: microcítica, hipocrómica e hiporreactiva, ya que los reticulocitos están disminuidos.

Las causas más frecuentes de anemia microcítica incluyen: déficit de hierro, alfa o beta talasemias y anemia por procesos inflamatorios crónicos. Los indicadores que nos pueden ayudar a establecer un diagnóstico diferencial de las anemias con microcitosis se incluyen en la tabla IV.

El índice de Mentzer, descrito en 1973, resulta muy útil para diferenciar la anemia por deficiencia de hierro de la talasemia. Se obtiene del cociente entre el volumen corpuscular medio (VCM, en fL) y el recuento de glóbulos rojos (en millones por microlitro), si el resultado es inferior a 12, es más probable que la microcitosis sea atribuible a una talasemia. Si el resultado es mayor de 13, entonces debemos pensar en la anemia por déficit de hierro. En la deficiencia de hierro, la eritropoyesis está afectada y la médula no puede producir tantos glóbulos rojos y estos son pequeños (microcíticos); por lo que, tanto el recuento de glóbulos rojos como el VCM serán bajos y, como resultado, el índice será superior a 13. Por el contrario, en la talasemia, que es un trastorno de la síntesis de la globina, el número de glóbulos rojos producidos es normal, pero las células son más pequeñas, el recuento de glóbulos rojos es normal, pero el VCM es bajo; por lo que, en este caso, el índice será inferior a 12. En ocasiones, ambas patologías pueden coexistir y por ello es recomendable primero corregir la ferropenia para llegar después al diagnóstico de talasemia. La tabla IV hace referencia a los parámetros que os ayudan a realizar un diagnóstico diferencial entre las principales anemias microcíticas.

Otras causas menos frecuentes de anemia con VCM bajo son: la anemia sideroblástica, la anemia por déficit de cobre, la piropoiquilocitosis y la atransferrinemia congénita.

Finalmente, es necesario tener en cuenta que, ante unos hallazgos de laboratorio compatibles con microcitosis o anemia, la historia clínica es fundamental para identificar la causa subyacente de la ferropenia con o sin anemia.

Tratamiento de la anemia

El tratamiento de elección de la anemia ferropénica son las sales ferrosas por vía oral, durante, al menos, tres meses. Se recomienda realizar un control analítico al finalizar el tratamiento y tres meses después.

La vía oral es la indicada, de entrada, para corregir la anemia por déficit de hierro. Existen numerosos preparados orales de hierro en el mercado, aunque las sales ferrosas (sulfato, fumarato o gluconato ferroso) son las de elección por su mejor biodisponibilidad, ya que no requieren acidificar el medio para poder absorberse a nivel intestinal, habitualmente presentan peor sabor y tolerancia digestiva que los complejos polisacáridos que contienen hierro en estado férrico (Tabla V). Por esto último, en muchas ocasiones, se pautan estas últimas formulaciones.

En 2017, Powers JM y cols., publicaron los resultados de un ensayo clínico aleatorizado doble ciego, cuyo objetivo era determinar si las fórmulas polisacáridas eran igual o más eficaces que las sales ferrosas en el tratamiento de la anemia por déficit de hierro en lactantes y niños pequeños. El ensayo conocido como BESTIRON, concluye que, a igual duración del tratamiento, los niños que fueron tratados con hierro ferroso tuvieron un incremento de 1 g/dl más, que los que recibieron las formas férricas; por lo tanto, los autores concluyen que el segundo grupo requiere tratamientos más prolongados para reponer los depósitos(19).

En relación a la dosis que se considera más adecuada para tratar la ferropenia, existen pocos ensayos clínicos en Pediatría, comparando diferentes dosificaciones en el tratamiento de la anemia ferropénica. No obstante, el estudio BESTIRON muestra una excelente respuesta hematológica y buena tolerancia a dosis de 3 mg/kg de hierro elemental, una vez al día en niños entre 9 y 48 meses. En adolescentes, Powers y cols., recomiendan pautas de 65 mg de hierro elemental una vez al día(19). En casos de anemias graves, la dosis se puede aumentar hasta 6 mg/kg, monitorizando los efectos secundarios.

Los efectos secundarios del tratamiento incluyen: síntomas digestivos (estreñimiento, náuseas, diarrea, anorexia, heces oscuras…) y la pigmentación dental y gingival reversibles. Estos efectos adversos aunque habituales, se producen con menos frecuencia que en el adulto. Es importante no olvidar que el proteinsuccinilato contiene caseína y los compuestos con ferrimanitol contienen ovoalbúmina y están contraindicados en alérgicos a proteínas de la leche de vaca y huevo, respectivamente.

Los pacientes pediátricos en tratamiento con hierro oral pueden tener una Hb normal al mes del comienzo, siempre que se identifique y corrija la causa subyacente. Los pacientes con anemia moderada/grave presentan una crisis reticulocitaria a los 7-10 días del inicio y un incremento de la Hb de 2g/dl en las 4 primeras semanas del inicio.

En todo paciente con una anemia por déficit de hierro, es fundamental identificar y corregir la causa subyacente. En caso de no hacerlo, puede producirse una respuesta parcial o recurrencia de la ferropenia. Las principales causas de anemia refractaria al tratamiento con hierro son: falta de adherencia terapéutica, persistencia de la causa subyacente o error diagnóstico (Tabla VI).

En el seguimiento de la anemia por déficit de hierro, los expertos recomiendan hacer una determinación de la ferritina al final del tratamiento y a los tres meses de finalizado este, con el fin de asegurar que los depósitos son adecuados, evitando así futuras recaídas.

Solamente, en ocasiones puntuales, es necesario recurrir a la administración de hierro endovenoso. Su uso, se aprobó por primera vez por la Food and Drug Administration (FDA) en Pediatría, en la insuficiencia renal crónica. Las indicaciones más frecuentes de esta vía de administración son: el fracaso terapéutico, la intolerancia digestiva o la asociación de patologías que contraindiquen la vía digestiva. La dosis se calcula mediante la fórmula de Ganzoni (Fig. 5), que estima la cantidad de hierro deficitario de cada paciente de forma individualizada, dependiendo del peso, la cifra de hemoglobina y de la hemoglobina deseada(6).

Figura 5. Fórmula de Ganzoni.

Los efectos secundarios locales del hierro endovenoso incluyen alteraciones de la pigmentación de la piel o linfangitis en los casos de extravasación, por lo que hay que ser especialmente precavido para que la medicación se administre intravenosa y no subcutánea. Los efectos sistémicos incluyen: náuseas, dolor abdominal, fiebre y mialgias, o reacciones de hipersensibilidad. La probabilidad de estos efectos adversos se reduce con un ritmo de infusión lento, ya que la mayoría se producen de forma similar al síndrome del hombre rojo relacionado con la vancomicina. Raramente, puede producir reacciones anafilácticas, por lo que es recomendable que su administración se realice en un medio hospitalario(6). Existen diversos preparados de hierro intravenoso de los cuales el hierro sacarosa (Venofer®) es el más empleado actualmente, con él ha disminuido de forma considerable la incidencia de efectos secundarios que se observaban con el hierro dextrano de bajo peso molecular, dextriferón (Ferinject®), principalmente las reacciones anafilácticas. El pico de reticulocitos se consigue a los 3-4 días de la infusión y se suele observar una respuesta en la cifra de hemoglobina transcurrida una semana.

La indicación de realizar una transfusión de hematíes, dependerá del contexto clínico del paciente y deberá de valorarse en función de su estabilidad.

Recomendaciones dietéticas

Una dieta adecuada con alimentos ricos en hierro, juega un papel fundamental en la prevención de la ferropenia y la anemia ferropénica. Las recomendaciones dietéticas deben adaptarse a la edad del niño.

Una de las principales recomendaciones orientadas a prevenir la anemia por déficit de hierro durante los primeros meses de vida, es promover la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses, frente al uso de preparados lácteos. En mayores de 12 meses, se recomienda limitar el consumo de lácteos a 600 ml al día.

La dieta debe ser equilibrada, sin excluir ningún alimento, que contenga, al menos, tres raciones al día de alimentos que contengan hierro. Las fuentes de alimentos con mayor biodisponibilidad de hierro incluyen: carnes rojas, cereales fortificados, yema de huevo y frutas con vitamina C. El hierro hemo contenido en fuentes animales tiene mejor absorción que el hierro no hemo de fuentes vegetales (el mito de las espinacas). En contraposición, los tanatos (contenidos en el té), los alimentos con salvado o ricos en fosfatos, oxalatos y fitatos (fibra vegetal, semillas o granos) inhiben su absorción, por lo que debe limitarse su consumo.

Recomendaciones de cribado

En España, la recomendación de realizar cribado de anemia por déficit de hierro, se limita a grupos de población con factores de riesgo.

Existen discrepancias sobre la necesidad de hacer cribado universal de anemia ferropénica a la población infantil menor de 24 meses. La Academia Americana de Pediatría recomienda llevar a cabo una determinación de rutina en este grupo de edad, basándose en los efectos negativos que la anemia por déficit de hierro puede tener sobre el desarrollo cognitivo(20). No obstante, otras entidades como la United States Preventive Services Task Force, las guías de práctica clínica de Canadá y Reino Unido, y el grupo Previnfad de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, no recomiendan realizar análisis de rutina, basándose en la ausencia de evidencia clara de los beneficios de esta medida(6). Sin embargo, las diferentes sociedades científicas antes mencionadas, sí recomiendan estudiar aquellos pacientes con factores de riesgo como:

• Factores de riesgo perinatales, como: prematuridad (principalmente en recién nacidos por debajo de los 1.500 g), bajo peso al nacimiento, gestaciones múltiples, ferropenia materna grave durante la gestación, hemorragias uteroplacentarias o neonatales, o múltiples extracciones sanguíneas. En los lactantes prematuros, se recomienda comenzar con los suplementos de hierro a las dos semanas de vida (2-4 mg/kg de hierro elemental diariamente), manteniendo la dosis de, al menos, 2 mg/kg durante el primer año de vida.

• Hasta los 12 meses, lactancia materna exclusiva; por encima de los 6 meses, introducción de leche de vaca antes de los 12 meses, escaso consumo de alimentos ricos en hierro o bajo nivel socioeconómico.

• Mayores de 12 meses con dietas restrictivas, malnutrición, obesidad (dietas inadecuadas con exceso de carbohidratos y grasas), elevado consumo de lácteos por encima de 700 ml/día y niños con enfermedades que puedan asociar ferropenia.

Función del pediatra de atención primaria

Una de las principales tareas que debe desempeñar el pediatra de atención primaria en la consulta, es la prevención y promoción de la salud. Por ello, conocer y actuar sobre los factores de riesgo derivados de la alimentación asociados a la ferropenia durante las etapas iniciales de la vida, constituye una función preferente del pediatra. Proporcionar pautas adecuadas de alimentación, reducirá la incidencia de anemia ferropénica en la población infantil.

Por otro lado, el diagnostico diferencial y etiológico de la ferropenia/anemia ferropénica junto con su tratamiento, son procesos que se realizan casi exclusivamente en atención primaria por lo que el pediatra debe conocerlos, identificando aquellas situaciones que requieran una derivación a atención especializada.

Finalmente, no podemos olvidar la importancia del seguimiento una vez finalizado el tratamiento.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1.*** World Health Organization. WHO guideline on use of ferritin concentrations to assess iron status in individuals and populations. Disponible en: www.who.int/es/news/item/20-04-2020-who-guidance-helps-detect-iron-deficiency-and-protect-brain-development (acceso en marzo de 2021)

2.** Oatley H, Borkhoff CM, Chen S, Macarthur C, Persaud N, Birken CS, et al. Screening for Iron Deficiency in Early Childhood Using Serum Ferritin in the Primary Care Setting. Pediatrics. 2018; 142: e20182095.

3.*** Baragaño González M. Alteraciones del metabolismo del hierro y las anemias sideroblásticas. En: Madero L, Lassaletta A, Sevilla J. Hematología y Oncología. Madrid: Ergon S.A. 3ª ed. 2015; 9: 95-112.

4.** Abdullah K, Birken CS, Maguire JL, Fehlings D, Hanley AJ, Thorpe KE, et al. Re-Evaluation of Serum Ferritin Cut-Off Values for the Diagnosis of Iron Deficiency in Children Aged 12-36 Months. J Pediatr. 2017; 188: 287-90.

5.** Hernández Merino A. Anemias en la infancia y la adolescencia. Clasificación y diagnóstico. Pediatr Integral. 2012; 16: 357-65.

6.*** Powers JM, Buchanan GR. Disorders of Iron Metabolism: New Diagnostic and Treatment Approaches to Iron Deficiency. Hematol Oncol Clin North Am. 2019; 33: 393-408.

7. Gupta PM, Hamner HC, Suchdev PS, Flores-Ayala R, Mei Z. Iron status of toddlers, nonpregnant females, and pregnant females in the United States. Am J Clin Nutr. 2017; 106: 1640S-6S.

8. Gupta PM, Perrine CG, Mei Z, Scanlon KS. Iron, Anemia, and Iron Deficiency Anemia among Young Children in the United States. Nutrients. 20160; 8: E330.

9.** García Reymundo M, Hurtado Suazo JA, Calvo Aguilar MJ, Soriano Faura FJ, Ginovart Galiana G, Martín Peinador Y, et al. Recomendaciones de seguimiento del prematuro tardío (Follow-up recommendations for the late preterm infant). An Pediatr (Barc). 2019; 90: 318. e1-e8.

10. Sánchez Ruiz-Cabello FJ y grupo previnfad/PAPPS. Prevención primaria y cribado de ferropenia en lactantes. Previnfad Ferropenia. 2011.

11. Sutcliffe TL, Khambalia A, Westergard S, Jacobson S, Peer M, Parkin PC. Iron depletion is associated with daytime bottle-feeding in the second and third years of life. Arch Pediatr Adolesc Med. 2006; 160: 1114-20.

12.** Low M, Farrell A, Biggs BA, Pasricha SR. Effects of daily iron supplementation in primary-school-aged children: systematic review and meta- analysis of randomized controlled trials. CMAJ. 2013; 185: E791-802.

13.** Sherriff A, Emond A, Bell JC, Golding J, ALSPAC Study Team. Should infants be screened for anaemia? A prospective study investigating the relation between haemoglobin at 8, 12, and 18 months and development at 18 months. Arch Dis Child. 2001; 84: 480-5.

14. Algarín C, Nelson CA, Peirano P, Westerlund A, Reyes S, Lozoff B. Iron-deficiency anemia in infancy and poorer cognitive inhibitory control at age 10 years. Dev Med Child Neurol. 2013; 55: 453-8.

15.*** Allen RP, Picchietti DL, Auerbach M, Cho YW, Connor JR, Earley CJ, et al. Evidence-based and consensus clinical practice guidelines for the iron treatment of restless legs syndrome/Willis-Ekbom disease in adults and children: an IRLSSG task forcereport. Sleep Med. 2018; 41: 27-44.

16. Munzer T, Felt B. The Role of Iron in Pediatric Restless Legs Syndrome and Periodic Limb Movements in Sleep. Semin Neurol. 2017; 37: 439-45.

17.** Maguire JL, deVeber G, Parkin PC. Association between iron-deficiency anemia and stroke in young children. Pediatrics. 2007; 120: 1053-7. 

18.** Azab SF, Abdelsalam SM, Saleh SH, Elbehedy RM, Lotfy SM, Esh AM, et al. Iron deficiency anemia as a risk factor for cerebrovascular events in early childhood: a case-control study. Ann Hematol. 2014; 93: 571-6.

19.*** Powers JM, Buchanan GR, Adix L, Zhang S, Gao A, McCavit TL. Effect of Low-Dose Ferrous Sulfate vs Iron Polysaccharide Complex on Hemoglobin Concentration in Young Children with Nutritional Iron-Deficiency Anemia: A Randomized ClinicalTrial. JAMA. 2017; 317: 2297-304. 

20.** Baker RD, Greer FR; Committee on Nutrition American Academy of Pediatrics. Diagnosis and prevention of iron deficiency and iron-deficiency anemia in infants and young children (0-3 years of age). Pediatrics. 2010; 126: 1040-50.

Bibliografía recomendada

– Hernández Merino A. Anemias en la infancia y la adolescencia. Clasificación y diagnóstico. Pediatr Integral. 2012; 16: 357-65.

Muy buen artículo, que nos permite conocer mejor las anemias, su clasificación en función de sus características y, de esa forma, centrar su diagnóstico. Es un buen punto de partida.

– World Health Organization. WHO guideline on use of ferritin concentrations to assess iron status in individuals and populations. Disponible en: www.who.int/es/news/item/20-04-2020-who-guidance-helps-detect-iron-deficiency-and-protect-brain-development (acceso en marzo de 2021).

Guía actualizada sobre el papel de la ferritina en el cribado del déficit de hierro a nivel mundial. Los autores responden a preguntas sobre la ferropenia, basándose en la evidencia científica.

– Powers JM, Buchanan GR. Disorders of Iron Metabolism: New Diagnostic and Treatment Approaches to Iron Deficiency. Hematol Oncol Clin North Am. 2019; 33: 393-408.

Excelente artículo de revisión sobre la ferropenia y la anemia deficitaria en hierro con bibliografía actualizada.

– Baragaño González M. Alteraciones del metabolismo del hierro y las anemias sideroblásticas. En: Madero L, Lassaletta A, Sevilla J. Hematología y Oncología. Madrid: Ergon S.A. 3ª ed. 2015; 9: 95-112.

En este capítulo, se repasa de forma exhaustiva la fisiología del hierro, muy importante para entender el origen y comportamiento de la anemia ferropénica en sus diferentes fases.

 

Caso clínico

 

Anamnesis

Niña de 13 años con cefalea intermitente de un mes de evolución. Presenta episodios intermitentes de cefalea biparietal continua, no irradiada, pulsátil, de 4-5 días de evolución. Durante los episodios presenta: decaimiento, postración, pérdida de apetito y malestar digestivo. Sin sono ni fotofobia.

• Antecedentes familiares, natural de Colombia. Adoptada a los 13 meses, tiene una hermana gemela.

• Antecedentes personales: reglas abundantes e irregulares, sin epistaxis de repetición ni otros sangrados. Sin dolor abdominal recurrente, curva ponderoestaural en el P50.

Exploración física

Saturación de O2: 98%; FC: 104 lpm; TA: 110/80 mm Hg. Buen estado general. Bien nutrida, hidratada y perfundida. Tez oscura (difícil de valorar, palidez en la exploración inicial), sin exantemas ni petequias. Sin signos de dificultad respiratoria. AC: tonos rítmicos, soplo sistólico paraesternal izquierdo de características funcionales. AP: normal. Exploración neurológica sin alteraciones significativas.

Pruebas complementarias

Hemograma: hematíes: 4,65 x106/mm³; hemoglobina: 7,34 g/dl; hematocrito: 26,4%; VCM: 61,7 fL; HCM: 15,8 pg; RDW: 35%. Leucocitos: 5,91 x 10³/mm³ con fórmula normal; plaquetas: 319 x 10³/mm³. Bioquímica sanguínea: normal (LDH y bilirrubina normal). Estudio del metabolismo del hierro: hierro: 11 µg/dl; ferritina: 2 ng/ml; transferrina: 379 mg/dl; índice saturación transferrina: 2,4% 15 45. Capacidad total fijación hierro: 672 µg/dl.

Diagnóstico

Anemia microcítica hipocrómica, compatible con anemia por déficit de hierro por exceso de pérdidas.

Evolución clínica

• Se inicia tratamiento con hierro, con buena tolerancia. A los 20 días, presenta mejoría clínica, no presenta cefalea, menos cansancio y auscultación cardiaca normal.

• Control analítico al mes: hematíes: 5,08 x 106/mm³; hemoglobina: 11,7 g/dl; hematocrito: 38,2%; VCM: 75,2 fL; HCM: 23 pg; RDW: 32,5%. Hierro: 126 µg/dl; ferritina: 35 ng/ml; transferrina: 315 mg/dl. Índice saturación transferrina: 28,6% 15 45. Capacidad total fijación hierro: 441 µg/dl.

 

 

 

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