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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

¿Quién cuida al niño después del cáncer?: el pediatra como pilar del seguimiento a largo plazo

Cartas al editor


C. Cámara Costa, A.C. Izurieta-Pacheco

Área de Oncología. Pediatric Cancer Center Barcelona. Hospital Sant Joan de Déu Barcelona

 

Pediatr Integral 2026; XXX (1)

 


¿Quién cuida al niño después del cáncer?:
el pediatra como pilar del seguimiento a largo plazo

 

El aumento de la supervivencia en el cáncer infantil constituye uno de los mayores logros de la oncología pediátrica. Sin embargo, este éxito plantea un reto ineludible: acompañar a quienes han padecido un cáncer infantil a lo largo de las distintas etapas de la vida, con necesidades complejas y cambiantes. Finalizar el tratamiento no significa cerrar el proceso asistencial, sino transformarlo hacia un seguimiento a largo plazo más allá de la enfermedad.

Tradicionalmente, el seguimiento de los supervivientes de cáncer infantil ha recaído en la oncología pediátrica. Sin embargo, este modelo resulta insuficiente para abordar de forma integral los efectos tardíos del cáncer y sus tratamientos. Estudios de grandes cohortes americanas(1) muestran que hasta dos tercios de los supervivientes presentan alguna enfermedad crónica a los 45 años, y un tercio desarrolla secuelas graves o potencialmente mortales. En la práctica clínica, estos pacientes pueden afrontar dificultades en la reintegración escolar, limitaciones en el rendimiento académico, alteraciones en la dinámica familiar con impacto económico y social, así como ansiedad persistente ante el riesgo de recaída o de segundos tumores.

Estas realidades refuerzan la necesidad de un referente asistencial cercano, accesible y estable. Aunque la oncología pediátrica debe seguir orientada prioritariamente a la curación, el abordaje de los efectos tardíos exige un cambio de paradigma hacia un modelo multidisciplinar, basado en la estratificación del riesgo individual y en la atención compartida entre atención primaria y especializada(2,3). Este enfoque debe integrar dimensiones médicas, psicológicas, cognitivas y socioeconómicas, trasladando progresivamente el seguimiento al entorno comunitario(3).

En este escenario, el pediatra desempeña un papel central e insustituible. Su acompañamiento antes, durante y después del tratamiento oncológico, le otorga una visión longitudinal única del niño y su familia. Desde un abordaje integral, puede evaluar de forma continuada el crecimiento, el desarrollo global, la salud mental y la adaptación social, así como detectar precozmente secuelas físicas, cognitivas o psicosociales. Además, actúa como referente asistencial cuando el contacto hospitalario se vuelve más esporádico, facilitando una relación de confianza esencial para el seguimiento.

Asimismo, el pediatra es clave en la promoción de hábitos de vida saludables y en la educación sanitaria, pilares fundamentales para prevenir efectos tardíos cardiovasculares o metabólicos asociados a los tratamientos oncológicos. Su implicación favorece la adherencia a los programas de seguimiento, reduce la fragmentación asistencial y facilita la coordinación entre especialistas, contribuyendo a una transición más segura hacia la atención del adulto.

Para que este modelo sea efectivo, es imprescindible disponer de planes individualizados de seguimiento a largo plazo elaborados desde la atención especializada(4). Estos planes permiten estructurar la atención compartida, definir calendarios de seguimiento, anticipar efectos tardíos y clarificar responsabilidades, incluyendo el acompañamiento emocional, social y vocacional.

En definitiva, curar el cáncer infantil es solo el primer paso. Asegurar que quienes sobreviven crezcan y vivan con la mejor calidad de vida posible exige un seguimiento continuo, integral y cercano. En este proceso, situar al pediatra como eje del seguimiento es clave para transformar la curación en bienestar a lo largo de la vida.

 

Bibliografía

1. Hudson MM, Ness KK, Gurney JG, Mulrooney DA, Chemaitilly W, Krull KR, et al. Clinical ascertainment of health outcomes among adults treated for childhood cancer. JAMA. 2013; 309: 2371-81. Disponible en: https://doi.org/10.1001/jama.2013.6296.

2. Loonen JJ, Blijlevens NM, Prins J, Dona DJ, Den Hartogh J, Senden T, et al. Cancer Survivorship Care: Person Centered Care in a Multidisciplinary Shared Care Model. Int J Integr Care. 2018; 18: 4. Disponible en: https://doi.org/10.5334/ijic.3046.

3. Vidal-Tocino R, Micó Pérez RM, Hernández Miguel M, Ginés Y, Hernanz R, Martinez-Berganza Asensio L, et al. Consensus document between oncology and primary care for the follow-up of cancer survivors. Clin Transl Oncol. 2026. Disponible en: https://doi.org/10.1007/s12094-025-04189-1.

4. van Kalsbeek RJ, Mulder RL, Haupt R, Muraca M, Hjorth L, Follin C, et al. The PanCareFollowUp Care Intervention: A European harmonised approach to person-centred guideline-based survivorship care after childhood, adolescent and young adult cancer. Eur J Cancer. 2022; 162: 34-44. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.ejca.2021.10.035.

 

 

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Temas de Formación Continuada:

Bases del tratamiento del cáncer en Pediatría: principios de la terapia multimodal

S. Fernández-Plaza*. B. Reques Llorente**

*Pediatra de Atención Primaria. Centro de salud Galapagar. Galapagar. Madrid. **Pediatra de Atención Primaria. Centro de salud Somosaguas. Pozuelo de Alarcón. Madrid


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2016; XX (7): 465 – 474


Regreso a las bases

Diagnóstico por la imagen en Oncología Pediátrica (2ª parte)

G. Albi Rodríguez

Profesor asociado del Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Facultativo especialista en Radiodiagnóstico del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2016; XX(7): 485.e1 – 485.e8


De interés especial:

Las sociedades profesionales y su relación con la industria

V. Martínez Suárez

*Centro de Salud El Llano, Gijón. Presidente de la SEPEAP


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2016; XX (7): 487 – 490

Avances en el tratamiento del cáncer infantil

A. Rubio San Simón*, T. de Rojas de Pablo**
Temas de FC


A. Rubio San Simón*, T. de Rojas de Pablo**

*Unidad de Ensayos Clínicos, Servicio de Oncología, Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid. **Unidad de OncoGenómica Infantil. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid

Resumen

A pesar de la reducción de la mortalidad del cáncer infantil, un número significativo de niños continúan falleciendo por este motivo y, muchos de los que sobreviven, presentan toxicidades derivadas del tratamiento. Existe por ello una necesidad urgente de nuevos fármacos para niños con cáncer, que permita eliminar la enfermedad refractaria y reducir las secuelas. La mejor herramienta para evaluar la seguridad y eficacia de los nuevos tratamientos son los ensayos clínicos, cuya complejidad hace necesario que se realicen en unidades altamente especializadas. Algunos ejemplos de nuevos tratamientos que ya han demostrado seguridad y eficacia en cáncer infantil son: 1) inmunoterapia en leucemia linfoblástica aguda (p. ej., anticuerpos monoclonales y receptores de antígeno quimérico de células T); y 2) fármacos dirigidos contra alteraciones genéticas presentes en algunos linfomas y tumores sólidos (inhibidores de NTRK, de BRAFV600 o de ALK). A pesar del éxito de estos tratamientos, el desarrollo de nuevas terapias en cáncer pediátrico se enfrenta a importantes barreras que es necesario abordar en los próximos años, como son el tamaño muestral reducido de los subgrupos moleculares a estudiar o la falta de modelos de laboratorio que permitan un adecuado estudio de su biología.

 

Abstract

Despite the reduction in childhood cancer mortality, a significant number of children will pass away due to their disease. Furthermore, most survivors suffer long-term treatment-related side effects. Because of that, there is an urgent need for innovative treatments in paediatric oncology, in order to eliminate resistant disease and to reduce treatment toxicity.
The best tool for evaluating the safety and efficacy of new treatments is by conducting clinical trials, which need to be carried out in highly specialized units due to their complexity. Some examples of new treatments that have already demonstrated safety and efficacy in childhood cancer are: 1) Immunotherapy strategies in acute lymphoblastic leukaemia (e.g. monoclonal antibodies and chimeric T-cell antigen receptors); and 2) Drugs directed against genetic abnormalities in certain lymphomas and solid tumours (e.g. NTRK inhibitors, BRAFV600 inhibitors, and ALK inhibitors). Despite the success of these treatments, the development of new therapies in paediatric cancer faces important barriers that must be addressed in the coming years, such as the reduced sample size of molecular subgroups or the lack of laboratory models that allow an adequate study of their biology.

 

Palabras clave: Cáncer infantil; Ensayos clínicos; Desarrollo de fármacos; Terapias dirigidas; Inmunoterapia.

Key words: Childhood cancer; Clinical trials; Drug development; Targeted therapies; Immunotherapy.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 367 – 371


Avances en el tratamiento del cáncer infantil

Introducción

Existe una necesidad no cubierta de nuevos fármacos en Oncología pediátrica que permita hacer frente a las enfermedades resistentes y disminuir la carga de toxicidad.

A pesar de un descenso de la mortalidad por cáncer infantil en las últimas décadas, el cáncer sigue siendo la primera causa de muerte por enfermedad en niños a partir del primer año de vida en países desarrollados (doi: 10.1056/NEJMsr1804754, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30575483/). Además, el mayor número de supervivientes ha aumentado la carga de la toxicidad a largo plazo(1). Por ello, existe una necesidad de desarrollo de nuevos tratamientos en cáncer infantil, que sean capaces de eliminar la enfermedad refractaria y de reducir las secuelas a largo plazo.

En los últimos años, se ha producido una revolución en el desarrollo de nuevos tratamientos oncológicos, que pretende hacer frente a todas las características biológicas (“hallmarks”) del cáncer(2), incluyendo: fármacos contra las vías de señalización intracelular, inhibidores del ciclo celular, anti-angiogénicos o la inmunoterapia, entre otros (Fig. 1).

Figura 1. Hallmarks del cáncer. Adaptado de Hanahan. Cell. 2011.

Sin embargo, el desarrollo de nuevos fármacos frente a tumores infantiles ha sido inferior al de los adultos por varias razones(3):

1. La baja frecuencia de cáncer infantil que lo convierte en un mercado poco atractivo para la industria farmacéutica y que, además, hace imprescindible maximizar la colaboración entre investigadores en forma de ensayos clínicos internacionales(4).

2. Los tipos de cáncer pediátrico son distintos de los de adultos, predominando los tumores de origen embrionario en vez de los carcinomas.

3. La falta de acceso a modelos de laboratorio y a muestras tumorales que permitan un adecuado estudio de la biología de los tumores infantiles.

Investigación preclínica y clínica en cáncer infantil

El desarrollo de nuevos fármacos es un proceso largo y costoso con una fase de investigación preclínica y una fase de investigación clínica en forma de ensayos clínicos.

El desarrollo de nuevos fármacos es un proceso largo, complejo y costoso que se lleva a cabo según una secuencia de procedimientos experimentales dividido en los que se citan a continuación.

Investigación preclínica

Es una fase de investigación de laboratorio para demostrar la relevancia del fármaco en el cáncer y consta de varias partes:

• Determinar la presencia de la diana terapéutica en muestras tumorales.

Determinar la dependencia de la diana: en modelos del tumor, primero in vitro (en líneas celulares) y luego in vivo (en modelos animales), se demuestra que al suprimir la diana se revierte el efecto oncogénico.

• Determinar la disponibilidad de fármacos capaces de inhibir la diana terapéutica identificada.

Experimentos farmacológicos in vitro e in vivo: estos experimentos miden cómo los nuevos fármacos matan las células tumorales y analizan los posibles mecanismos de resistencia. Además estudian la farmacocinética del fármaco y su perfil de toxicidades en animales.

En la tabla I, se resumen algunas de las dianas moleculares más relevantes en cáncer infantil y sus potenciales tratamientos.

Investigación clínica

La fase clínica de la investigación de nuevos tratamientos se desarrolla mediante ensayos clínicos, que son la mejor herramienta para evaluar la seguridad y eficacia de nuevos tratamientos en humanos. Se dividen en:

• Ensayos clínicos precoces o fase I-II, donde se establece la dosis segura del fármaco y el perfil de toxicidades.

• Ensayos fase III, donde se demuestra la eficacia del medicamento.

• Ensayos fase IV, donde se examinan los efectos a largo plazo, una vez el medicamento se ha comercializado.

La complejidad de los ensayos clínicos hace necesario que estos se lleven a cabo en unidades especializadas con un equipo multidisciplinar, con la experiencia suficiente para garantizar la mejor calidad de los datos obtenidos y la mayor protección de los participantes, de acuerdo a la normativa de buenas prácticas clínicas(5). En la figura 2 se resumen las fases en el desarrollo de nuevos fármacos y su duración.

Figura 2. Fases en el desarrollo de nuevos fármacos y su duración.

Ejemplos de éxito en el desarrollo de nuevos fármacos en Oncología infantil

Inmunoterapia en leucemia linfoblástica aguda (LLA)

Existen varias estrategias de inmunoterapia desarrolladas en los últimos años, que han demostrado su seguridad y eficacia en niños con leucemia linfoblástica aguda.

La inmunoterapia es un tratamiento que utiliza el sistema inmunitario del paciente para combatir el cáncer. Existen distintas estrategias de inmunoterapia que han demostrado su utilidad frente a la LLA en niños:

• Anticuerpos monoclonales: los anticuerpos monoclonales marcan las células cancerosas con el fin de potenciar el efecto citotóxico del sistema inmunitario contra el tumor. Un ejemplo de este tipo de anticuerpos es el blinatumomab, que es un anticuerpo monocloncal biespecífico que se une al antígeno CD3 de los linfocitos T y al antígeno CD19 de los linfocitos B, favoreciendo la activación de la respuesta inmune frente a las células B tumorales. En población pediátrica, ya han sido conducidos ensayos clínicos(6) con blinatumumab, que establecieron la dosis segura y su eficacia en pacientes pediátricos con LLA B en recaída, lo que condujo a la aprobación del fármaco en esta indicación (17).

• Receptor de antígeno quimérico de células T (CAR-T): las células CAR-T son linfocitos T modificados genéticamente para que expresen un receptor dirigido frente a un antígeno tumoral. La terapia de células CAR-T consiste en extraer los linfocitos T del paciente mediante aféresis, modificarlos genéticamente para que reconozcan y ataquen las células tumorales, y después volver a transferirlos al cuerpo del paciente. Las células CAR-T frente al antígeno CD19 (CART19) pueden eliminar las células tumorales en leucemias y linfomas B. Uno de estos CART19, el tisagenlecleucel logró en 2019, la aprobación para el tratamiento de la LLA B en recaída o refractariedad en niños, tras demostrar un adecuado perfil de seguridad y una alta tasa de respuesta(7).

Terapia con inhibidores selectivos de NTRK, BRAF, ALK en tumores sólidos

El uso de inhibidores dirigidos contra alteraciones genéticas presentes en el tumor, ha demostrado respuestas significativas en una variedad de tumores infantiles.

El descubrimiento de una variedad de alteraciones genéticas que conducen a la oncogénesis en diferentes neoplasias, ha permitido el desarrollo de terapias dirigidas contra alteraciones específicas de los tumores de los pacientes(8). Entre los tratamientos más destacados en tumores pediátricos, se encuentran:

• Inhibidores del receptor de tirosina quinasa neurotrófico (NTRK): la identificación de reordenamientos en los genes de NTRK en una amplia gama de tumores y el desarrollo de inhibidores específicos contra él han revolucionado el tratamiento de los pacientes que presentan tumores con estas alteraciones, tanto en niños como en adultos(9). Un inhibidor de NTRK es el larotrectinib que fue aprobado en 2019 como tratamiento en pacientes adultos y pediátricos mayores de 12 años, con tumores avanzados con fusión en NTRK(10).

• Inhibidores de BRAF: BRAF-V600E es una de las mutaciones oncogénicas más comunes en cánceres y es responsable de la activación de una vía de señalización que afecta a la proliferación, diferenciación y supervivencia celular (doi: 10.1126/stke.2282004pe17, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/15082862/). Las mutaciones de BRAF-V600E se han identificado en pacientes adultos y pediátricos, como es el caso de los pacientes pediátricos con melanoma, histiocitosis de células de Langerhans(18) o con gliomas de bajo y alto riesgo. El dabrafenib es un inhibidor de BRAF que ha demostrado altas tasas de respuesta en niños con distintos tumores(11,19).

• Inhibidores de la quinasa del linfoma anaplásico (ALK): se ha encontrado que el gen de ALK se reordena, muta o amplifica en una variedad de tumores pediátricos, incluido el neuroblastoma, el tumor miofibroblástico inflamatorio (TMI) y el linfoma anaplásico de células grandes (LACL). Su inhibición por fármacos como el crizotinib, ha mostrado respuestas espectaculares en pacientes con LACL y TMI(12). El crizotinib es el primer inhibidor de ALK que se estudió en ensayos clínicos en pacientes pediátricos y ha sido aprobado recientemente por la FDA para el tratamiento de pacientes pediátricos con LACL(13).

Dificultades y oportunidades en el futuro desarrollo de nuevos fármacos en Oncología pediátrica

Existen numerosas dificultades en el desarrollo de nuevas terapias en Oncología pediátrica que deben ser abordadas en los próximos años.

La mayoría de nuevos fármacos implementados en Oncología infantil fueron desarrollados inicialmente para tumores de adultos. Esto hace que un gran número de tumores exclusivamente pediátricos queden fuera del campo de investigación en cáncer. Además, aquellos fármacos que secundariamente fueron implementados en Pediatría, lo hicieron años después de su introducción en adultos, con una mediana de tiempo desde el primer ensayo en adultos hasta el primer ensayo en niños de 6,5 años(14). Otra dificultad a la que se enfrenta la población pediátrica, es el estricto límite de edad de los 18 años que separa artificialmente la niñez de la edad adulta y que impide la participación de adolescentes en ensayos de población adulta y viceversa, aun en los casos en que se trata de una misma enfermedad oncológica, como en los linfomas de Hodgkin típicos de adolescentes y adultos jóvenes(15).

Por todo ello es fundamental en los años venideros:

• Mejorar el conocimiento biológico de los tumores infantiles que permita el desarrollo de fármacos específicamente dirigidos a tumores pediátricos.

• Desarrollar nuevos fármacos para alteraciones moleculares ya conocidas de tumores pediátricos, como son: NMYC en neuroblastoma, EWSR1-FLI1 en sarcoma de Ewing, o PAX-FOXO1 en rabdomiosarcoma.

• Establecer cambios legislativos que aceleren la llegada a la población pediátrica de fármacos desarrollados para adultos.

• Favorecer el acceso de los adolescentes y los adultos jóvenes a ensayos clínicos para las patologías en ese rango de edad.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1. Hjorth L, Haupt R, Skinner R, Grabow D, Byrne J, Karner S, et al. Survivorship after childhood cancer: PanCare: A European Network to promote optimal long-term care. Eur J Cancer. 2015; 51: 1203-11.

2. Hanahan D, Weinberg RA. Hallmarks of cancer: The next generation. Cell. 2011.

3. Moreno L. Nuevas dianas moleculares en el cáncer infantil. In: Ergon, editor. Hematología y Oncología pediátricas. 3a. 2015.

4. Joseph PD, Craig JC, Caldwell PHY. Clinical trials in children. Br J Clin Pharmacol. 2015.

5. Internacional Conference on Harmonisation of Technical Requirements for Registration of Pharmaceuticals for Human Use. Guideline for good clinical practice – E6 (R2). ICH Harmon Tripart Guidel. 2016.

6. Von Stackelberg A, Locatelli F, Zugmaier G, Handgretinger R, Trippett TM, Rizzari C, et al. Phase I/Phase II study of blinatumomab in pediatric patients with relapsed/refractory acute lymphoblastic leukemia. J Clin Oncol. 2016.

7. Maude SL, Laetsch TW, Buechner J, Rives S, Boyer M, Bittencourt H, et al. Tisagenlecleucel in Children and Young Adults with B-Cell Lymphoblastic Leukemia. N Engl J Med. 2018.

8. McDermott U, Settleman J. Personalized cancer therapy with selective kinase inhibitors: An emerging paradigm in medical oncology. Journal of Clinical Oncology. 2009.

9. Cocco E, Scaltriti M, Drilon A. NTRK fusion-positive cancers and TRK inhibitor therapy. Nature Reviews Clinical Oncology. 2018.

10. EMA. Vitrakvi: EPAR – Product Information.

11. Bautista F, Paci A, Minard-Colin V, Dufour C, Grill J, Ludovic Lacroix L, et al. Vemurafenib in pediatric patients with BRAFV600E mutated high-grade gliomas. Pediatr Blood Cancer. 2014; 61: 1101-3. doi: 10.1002/pbc.24891.

12. Mossé YP, Lim MS, Voss SD, Wilner K, Ruffner K, Laliberte J, et al. Safety and activity of crizotinib for paediatric patients with refractory solid tumours or anaplastic large-cell lymphoma: A Children’s Oncology Group phase 1 consortium study. Lancet Oncol. 2013.

13. FDA. FDA approves crizotinib for children and young adults with relapsed or refractory, systemic anaplastic large cell lymphoma | FDA (Internet). Citado el 9 de mayo de 2021. Disponible en: https://www.fda.gov/drugs/drug-approvals-and-databases/fda-approves-crizotinib-children-and-young-adults-relapsed-or-refractory-systemic-anaplastic-large.

14. Neel DV, Shulman DS, DuBois SG. Timing of first-in-child trials of FDA-approved oncology drugs. Eur J Cancer. 2019; 112: 49-56.

15. De Rojas T, Neven A, Terada M, García-Abos M, Moreno L, Gaspar N, et al. Access to clinical trials for adolescents and young adults with cancer: A meta-research analysis. JNCI Cancer Spectr; 2019. p. 3.

16. Fernández-Plaza S. Reques Llorente B. Bases del tratamiento del cáncer en Pediatría: principios de la terapia multimodal. Pediatr Integral. 2016; XX(7): 465-74.

17. Brown PA, Ji L, Xu X, Devidas M, Hogan LE, Borowitz MJ, et al. Effect of Postreinduction Therapy Consolidation With Blinatumomab vs Chemotherapy on Disease-Free Survival in Children, Adolescents, and Young Adults With First Relapse of B-Cell Acute Lymphoblastic Leukemia: A Randomized Clinical Trial. JAMA. 2021; 325: 833-42. doi:10.1001/jama.2021.0669.

18. Hargrave DR, Bouffet E, Tabori U, Broniscer A, Cohen KJ, Hansford JR, et al. Efficacy and Safety of Dabrafenib in Pediatric Patients with BRAF V600 Mutation-Positive Relapsed or Refractory Low-Grade Glioma: Results from a Phase I/IIa Study. Clin Cancer Res. 2019; 25: 7303-11. doi: 10.1158/1078-0432.CCR-19-2177. PMID: 31811016.

19. Donadieu J, Larabi IA, Tardieu M, Visser J, Hutter C, Sieni E. Vemurafenib for Refractory Multisystem Langerhans Cell Histiocytosis in Children: An International Observational Study. J Clin Oncol. 2019; 37: 2857-65. doi: 10.1200/JCO.19.00456.

Bibliografía recomendada

Moreno L. Ensayos clínicos en Onco-Hematología pediátrica. Disponible en: Hematología y Oncología pediátricas. 3a edición. Ergon; 2015.

Resumen de las características de los ensayos clínicos en Onco-Hematología, centrado en las características particulares de los ensayos en población pediátrica.

– Bautista F, Gallego S, Cañete A, Mora J, Díaz de Heredia C, Cruz O, et al. Landscape of early clinical trials for childhood and adolescence cancer in Spain. Clin Transl Oncol. 2016.

En nombre de la Sociedad Española de Hemato-Oncología pediátrica (SEHOP), los autores realizan un análisis de la situación de los ensayos clínicos precoces en Oncología pediátrica en España y de cómo ha sido su evolución.

– Mirones I, Morenob L, Patiño-García A, Lizeagad G, Moraledae JM, Toribiof ML, et al. Inmunoterapia con células CAR-T en Hemato-Oncología pediátrica. An Pediatr (Barc). 2020.

El Grupo de Inmunoterapia y Terapias Avanzadas de la SEHOP realiza una interesante revisión de los aspectos más relevantes de la implantación del tratamiento con CAR-T.

– Moreno L, DuBois SG, Marshall LV, Fox E, Carceller F, Pearson AD. How to address challenges and opportunities in pediatric cancer drug development? Expert Opinion on Drug Discovery. 2020.

Artículo reciente en el que se hace un análisis de las dificultades y los próximos pasos a seguir en el desarrollo de nuevos fármacos en Oncología pediátrica.

– Butler E, Ludwig K, Pacenta HL, Klesse LJ, Watt TC, Laetsch TW, et al. Recent progress in the treatment of cancer in children. CA Cancer J Clin. 2021.

Se trata de una revisión muy reciente de los nuevos tratamientos desarrollados para cada uno de los tipos de cáncer infantil más prevalentes.

 

Caso clínico

 

Niña de 7 años con antecedentes de leucemia linfoblástica aguda tipo B, diagnosticada por primera vez a los 4 años de edad. Se trató en ese momento de acuerdo al protocolo nacional, en el subgrupo de alto riesgo debido a las características de su enfermedad. Precisó, como parte del tratamiento, un trasplante haploidéntico de su madre al no existir la posibilidad de donantes no familiares idénticos. A los 10 meses de finalizar el tratamiento, se diagnostica de una primera recaída precoz aislada en médula ósea. Actualmente, tras un ciclo de quimioterapia de inducción de segunda línea, la paciente ha sido reevaluada mostrándose falta de respuesta al tratamiento.

El estudio por citometría de flujo de la leucemia de la paciente se muestra en la figura 3A.

Figura 3. Fotografías de dos citometrías de flujo de dos pacientes con LLA.
A.
Se observa una población blástica compatible con una LLA con expresión de CD19.
B. Se observa una población blástica compatible con una LLA sin expresión de CD19.

 

 

Tumores cerebrales en niños

F. Vázquez Gómez, E. Carceller Ortega, Á. Lassaletta Atienza
Temas de FC


F. Vázquez Gómez, E. Carceller Ortega, Á. Lassaletta Atienza

Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Los tumores del sistema nervioso central (SNC) en los niños representan la segunda causa más frecuente de tumores malignos, suponiendo una importante causa de morbi-mortalidad a pesar de los avances conseguidos en su diagnóstico, tratamiento y seguimiento.
La anamnesis y exploración clínica en Atención Primaria es fundamental para detectar precozmente los síntomas y signos de un tumor cerebral, aunque la confirmación diagnóstica requiere la realización de prueba de imagen, TC o RM.
La cirugía es la base del tratamiento de los tumores del SNC en la edad pediátrica, puesto que permite establecer un diagnóstico anatomopatológico, en algunos casos, lograr una resección completa y, en otros casos, reducir el volumen tumoral para aumentar la eficacia posterior de la quimioterapia, radioterapia u otros medicamentos dirigidos.
En el tratamiento de estos tumores, se requiere un abordaje multidisciplinar, interviniendo: neurocirujanos, oncólogos, radioterapeutas, equipo de rehabilitación, neuropsicólogos, etc.
Conocer las secuelas que pueden desarrollar estos pacientes y trazar un plan de seguimiento adecuado en ellos es de vital importancia, siendo esencial la coordinación entre la Atención Primaria y especializada.
En este artículo se resume la epidemiología, etiología, clínica, diagnóstico y tipos de tumores del SNC pediátricos más frecuentes, tratamiento y seguimiento de los pacientes afectos.

 

Abstract

Tumors of the central nervous system (CNS) in children are the second most common cause of malignant tumors, representing an important cause of morbidity and mortality in spite of the advances achieved in their diagnosis, treatment and follow-up.
The history and clinical examination in Primary Care are essential to detect early signs and symptoms of a brain tumor, although diagnostic confirmation requires imaging tests, CT or MRI.
Surgery is the mainstay of treatment of CNS tumors in the pediatric age group, since it allows establishing an anatomopathological diagnosis, achieving a complete resection in some cases and, in other cases, reducing the tumor volume to increase the subsequent efficacy of chemotherapy, radiotherapy or targeted drugs.
Treatment of these tumors requires a multidisciplinary approach involving: neurosurgeons, oncologists, radiotherapists, rehabilitation team, neuropsychologists, etc.
Knowing the long term side effects that these patients may develop, drawing up an appropriate follow-up plan for them is of vital importance, and coordination between primary and specialized care is essential.
This article summarizes the epidemiology, etiology, clinical features, diagnosis and types of the most frequent pediatric CNS tumors, treatment and subsequent follow-up of affected patients.

 

Palabras clave: Tumores cerebrales pediátricos; Clasificación; Diagnóstico; Tratamiento.

Key words: Pediatric brain tumors; Classification; Diagnosis; Treatment.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 357 – 366


Tumores cerebrales en niños

Introducción

Los tumores pediátricos del sistema nervioso central (SNC) son la segunda neoplasia infantil más frecuente y el tumor sólido más común en los niños.

El SNC se divide en tres compartimentos principales: la médula espinal, la región infratentorial y la región supratentorial. La región infratentorial incluye el tronco cerebral y el cerebelo, mientras que la región supratentorial incluye: los hemisferios cerebrales, el tálamo, ganglios de la base, diencéfalo, tractos ópticos/región quiasmática y área hipotálamo-hipofisaria.

Los signos y síntomas derivados de estas neoplasias dependen de diversos factores, como la localización del tumor, la tasa de crecimiento del mismo y la edad del niño.

La clasificación de los tumores pediátricos del SNC actual es compleja, sobre todo, debido al conocimiento molecular que se va adquiriendo sobre ellos.

El tratamiento de estos tumores precisa de un manejo multidisciplinar. Aunque hemos asistido a una mejora significativa en su tasa de curación durante los últimos años, como resultado de los avances en: neuroimagen, neurocirugía, radioterapia, biología molecular y quimioterapia, actualmente suponen una importante causa de morbimortalidad.

Epidemiología

Los tumores del sistema nervioso central (SNC) se consideran los tumores sólidos infantiles más frecuentes, siendo la segunda causa de cáncer infantil en niños de 0 a 14 años (aproximadamente un 20% del total) y la tercera causa de cáncer en los adolescentes de 15 a 19 años (aproximadamente un 10% del total)(1,2).

En España, según el Registro Nacional de Tumores (RETI), cada año se registran en torno a 1.300-1.500 casos nuevos de cáncer infantil, de los cuales un 20% corresponden a tumores del SNC(3). La incidencia anual de tumores del SNC en niños es de unos 5 casos por cada 100.000. Son ligeramente más frecuentes en varones con una ratio varón/mujer de 1,5(4,5).

Los tumores cerebrales infantiles se caracterizan por englobar un grupo heterogéneo de histologías y localizaciones, y una conducta biológica, respuesta al tratamiento y pronóstico que los hace diferentes de los diagnosticados en los adultos. Los gliomas de bajo grado son los tumores del SNC más frecuentes en la población pediátrica (30-50% de los casos), seguidos del meduloblastoma (16-25%).

Por la localización, los tumores supratentoriales son más frecuentes en niños hasta los 3 años de edad y tras los 10 años; mientras que entre los 4 y los 10 años, predominan los tumores infratentoriales (Fig. 1).

Figura 1. Distribución de los tumores del sistema nervioso central por localización, del Registro Central de Tumores Cerebrales de los EE.UU. (CBTRUS) para pacientes entre 0 a 19 años(5).

A nivel histológico, dentro de los tumores infratentoriales, los más frecuentes son: gliomas cerebelosos y troncoencefálicos, y meduloblastomas, seguidos de los ependimomas. A nivel supratentorial predominan los astrocitomas (Fig. 2).

Figura 2. Distribución de los tumores del sistema nervioso central por histología, del Registro Central de Tumores Cerebrales de los EE.UU. (CBTRUS) para pacientes entre 0 a 19 años(5). NOS: no especificados / parcialmente especificados a nivel molecular.

Según los últimos datos publicados, la supervivencia media a cinco años en pacientes de 0 a 14 años diagnosticados de tumores del SNC en España se encuentra en torno al 66 +/- 8% (periodo entre 2010-2014)(6). Ha mejorado considerablemente en los últimos años, debido al diagnóstico más precoz y a los avances en los tratamientos (cirugía, biología molecular, quimioterapia y radioterapia).

Aun así, los tumores del SNC son la primera causa de muerte secundaria al cáncer en niños y adolescentes, dependiendo fundamentalmente de la histología del tumor y de su localización.

Etiología

En la mayoría de los pacientes pediátricos la causa de un tumor del SNC no está clara. Es probable que sea el resultado de una compleja interacción entre la carga genética del niño y la exposición ambiental específica.

A pesar de que la etiología de la mayoría de los tumores del SNC es desconocida, se han identificado como causa factores genéticos, así como la exposición a radiaciones ionizantes.

Factores genéticos

Síndromes de cáncer familiar

Existen diversos síndromes de cáncer familiar que aumentan la susceptibilidad a padecer tumores cerebrales, aunque menos del 10% de los niños con un tumor cerebral tienen un síndrome hereditario que les coloca en una situación de riesgo aumentado para el desarrollo de este tipo de tumores(7-9).

Estos síndromes se caracterizan por la alteración en oncogenes y genes supresores de tumores, que desencadenan la aparición de neoplasias (Tabla I). Los niños afectados por estas enfermedades hereditarias deben someterse a seguimientos periódicos para detectar precozmente el desarrollo de procesos oncológicos.

Radiaciones ionizantes

La exposición a radiaciones ionizantes intraútero, o directamente al utilizar la radioterapia craneal, es una causa bien documentada de tumores cerebrales en niños. En estos casos, la latencia entre la radioterapia y el desarrollo del tumor cerebral se estima entre 7-9 años, con un mayor riesgo en niños de menor edad(4,9,10).

Clínica

Las manifestaciones clínicas de los tumores cerebrales son variables, pudiendo derivarse de la hipertensión intracraneal o de la infiltración/compresión que pueden provocar.

Los síntomas y signos de los tumores intracraneales en el niño dependen de la edad, de la localización del tumor y de la presencia o ausencia de hipertensión intracraneal, así como de la velocidad de crecimiento del tumor. El diagnóstico de un tumor cerebral puede ser complicado en los niños, sobre todo, en los más pequeños, incapaces de referir sus síntomas. Podemos dividir los síntomas típicos según se deriven de la infiltración tumoral o aumento de presión intracraneal (Tabla II).

Los síntomas y signos de focalidad son más evidentes cuanto mayor es la edad del niño. La hemiparesia, hipertonía e hiperreflexia son las manifestaciones más frecuentes en los tumores supratentoriales y, en menor proporción, los trastornos de la sensibilidad. En los infratentoriales, los síntomas y signos más habituales son: diplopía, ataxia y nistagmus.

Como características clínicas específicas destacar que la primera manifestación de un tumor de fosa posterior puede ser una tortícolis y en los tumores de tronco puede haber parálisis de pares craneales, ataxia y afectación de vías largas. Las crisis epilépticas también pueden ser manifestación de un tumor cerebral.

También podríamos encontrar síntomas más inespecíficos como manifestaciones de un tumor cerebral: cambios de personalidad, alteraciones emocionales, disminución del rendimiento escolar, así como la detención o el retroceso del desarrollo psicomotor en niños pequeños.

Diagnóstico

La anamnesis y exploración clínica son esenciales para sospechar un tumor del SNC en un paciente y solicitar las pruebas complementarias pertinentes(4,11,12).

Pruebas de imagen

La tomografía computarizada (TC) y la resonancia magnética (RM) son la base del diagnóstico, tratamiento, planificación quirúrgica y seguimiento.

Tomografía computarizada (TC)

La TC proporciona, de forma rápida, datos sobre: presencia o ausencia de tumor, tamaño del mismo, forma y densidad tumoral, localización, comportamiento tras la administración de contraste, presencia de calcificaciones, zonas de necrosis y quistes, edema peritumoral, desplazamientos y herniaciones cerebrales, afectación de estructuras óseas, presencia de hidrocefalia y hemorragia tumoral, entre otras.

Resonancia magnética (RM)

Las principales ventajas de la RM son su capacidad multiplanar y la alta resolución de la imagen, permitiendo un mejor estudio de las características de la lesión, así como diferenciar los distintos tejidos del SNC. Las posibles desventajas de la RM son el largo tiempo de exploración y la degradación de la imagen si existe movimiento, por lo que precisa gran colaboración por parte del paciente o bien su anestesia.

Algunos tumores cerebrales, como: los meduloblastomas y otros tumores embrionarios, los tumores de células germinales y los ependimomas, pueden diseminarse dentro del SNC. Ante la sospecha de estos tumores, se debe ampliar el estudio de neuroimagen al resto del neuroeje.

Se recomienda que la RM de columna se realice antes de la intervención quirúrgica, para disminuir el número de falsos positivos secundarios a restos de sangre.

Si la RM de columna se realiza después de la cirugía, es recomendable esperar, al menos, dos semanas(4).

Punción lumbar

El objetivo es realizar un examen citológico y detectar células tumorales en líquido cefalorraquídeo (LCR) en los tumores con tendencia a diseminar, imposibles de identificar en ninguna prueba de imagen. La presencia de células tumorales en LCR condiciona la asignación a una determinada categoría de tratamiento.

Marcadores tumorales

En determinados tumores localizados en la región pineal/ hipotalámica-hipofisaria o ganglios basales en los cuales podamos sospechar un tumor de células germinales, es obligada la determinación de marcadores tumorales en sangre y LCR, como la alfa-fetoproteína (AFP) y la gonadotropina coriónica (βHCG). Estos son importantes para la orientación sobre el tipo tumoral, la respuesta al tratamiento y la detección de recidivas.

Biopsia/cirugía

Será necesario en la casi totalidad de los tumores, con dos objetivos principales: 1) establecer un diagnóstico de certeza; y 2) reducir el volumen tumoral, esencial para la ulterior eficacia de la radioterapia y/o quimioterapia.

Valoración neuropsicológica

Es esencial para conocer la afectación del paciente por el propio tumor. Posteriormente permite también valorar el daño causado por la resección tumoral y los efectos adversos de los tratamientos coadyuvantes, fundamentalmente de la radioterapia y quimioterapia.

Clasificación y tipos de tumores más relevantes

La clasificación de los tumores cerebrales es compleja, dado que muchos tumores pediátricos del SNC pueden tener múltiples tipos de células.

Las clasificaciones anteriores trataban de identificar el aspecto morfológico por la histología y los estadios de desarrollo dentro del sistema nervioso. Así surge la clasificación de los tumores del SNC de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2007, que se basó principalmente en el aspecto histológico(13). Sin embargo, debido al mayor conocimiento en la biología de los tumores, en 2016, esta clasificación se modificó para incorporar algunos parámetros moleculares, manteniendo el aspecto histológico(14). Este enfoque molecular ha continuado mejorando, provocando nuevos cambios ya recogidos en la recién publicada clasificación de 2021 de la OMS, permitiendo una mejor identificación de la historia natural de los diversos tipos de tumores a nivel biológico y molecular. Estas clasificaciones actualizadas permitirán a los clínicos conocer mejor el pronóstico y la terapia óptima para los pacientes con tumores del SNC, así como incluir poblaciones más homogéneas de pacientes en ensayos clínicos, lo que facilitará la evaluación de nuevas terapias(15).

Además de la histopatología, los tumores del SNC también se pueden clasificar según su localización en supratentoriales e infratentoriales.

A continuación, se señalan los tumores más relevantes en la edad pediátrica por su frecuencia.

Meduloblastoma (Fig. 3)

Figura 3. Secuencias de RM craneal en paciente diagnosticado de meduloblastoma. A. Secuencia coronal T2. B. Secuencia axial T2.

El meduloblastoma es, por definición, un tumor embrionario de la fosa posterior y se considera el tumor cerebral maligno más frecuente en los niños. Comprende hasta un 20% de todos los tumores cerebrales pediátricos.

Hay una incidencia bifásica, con pico a los 3 o 4 años de edad y de nuevo a los 8 o 9 años. Anteriormente, en la clasificación de la OMS de 2007, el meduloblastoma se dividía en 4 variantes histológicas, incluyendo: la histología clásica, la variante anaplásica/de células grandes, la desmoplásica/nodular y el meduloblastoma con nodularidad extensa(13). En 2016, el sistema de clasificación de la OMS cambió, y el meduloblastoma se subdividió también por subgrupos moleculares: WNT, Sonic Hedgehog (SHH), y grupo no WNT/no SHH, en un sistema de 2 niveles que incorporaba tanto la histología como los hallazgos moleculares(14). En la nueva clasificación de 2021 se mantiene la subdivisión molecular, añadiendo el papel del estado de TP53 en el sub grupo SHH(15,16).

Los tratamientos tradicionales para el meduloblastoma en niños mayores de 3 años incluyen una combinación de cirugía, radioterapia cráneo-espinal y esquemas de quimioterapia basados en platinos, independientemente del subtipo molecular. La resección quirúrgica es el paso inicial en el tratamiento y se conoce que la resección total o casi total del tumor primario se correlaciona con mejores resultados, especialmente en pacientes con enfermedad no diseminada. Tras la resección máxima, los pacientes se estratifican convencionalmente en riesgo estándar o alto, en función de la extensión de la resección quirúrgica y el estado de diseminación en el momento del diagnóstico, dado por la RM cráneo-espinal del diagnóstico y el estudio del LCR realizado como mínimo a los 15 días de la cirugía. La supervivencia libre de enfermedad a los cinco años es superior al 80% en aquellos de riesgo estándar, y del 60% al 65% en los de riesgo alto después de dicho tratamiento.

En los niños más pequeños, principalmente los que tienen menos de 3 o 4 años en el momento del diagnóstico, el tratamiento posquirúrgico suele realizarse con quimioterapia solamente, incluyendo altas dosis con rescate de progenitores hematopoyéticos, debido al impacto que las altas dosis de radiación pueden tener en el cerebro en desarrollo.

Gliomas

Gliomas de bajo grado (LGG-Low grade glioma)

Los LGG son el tumor cerebral más frecuente en los niños y representan aproximadamente el 40% de todos los tumores del SNC en menores de 18 años(5).

Los astrocitomas pilocíticos son los más frecuentes, pero los LGG pediátricos incluyen una amplia gama de subtipos según el patrón histológico/molecular que presenten. Estas subclasificaciones son esenciales para su mejor comprensión clínica, y posterior actitud terapéutica(15).

Los gliomas de bajo grado pueden localizarse en cualquier estructura del SNC. La localización más frecuente es la fosa posterior (20-25%) (Fig. 4).

Figura 4. Secuencias RM de paciente diagnosticado de astrocitoma pilocítico de fosa posterior. A. Secuencia axial T2. B. Secuencia sagital T1.

Otras localizaciones típicas son el tronco cerebral o la línea media supratentorial, que incluye: vías ópticas, región supraselar, “tectum” mesencefálico y región talámica. La presentación clínica depende de la localización del tumor. Los gliomas de bajo grado de vía óptica se asocian con frecuencia a neurofibromatosis tipo 1(8). La resección quirúrgica es curativa para los LGG, especialmente los astrocitomas pilocíticos, cuando son resecados totalmente.

El reto terapéutico surge cuando los tumores aparecen cerca de estructuras vitales, lo que dificulta la resección sin causar una morbilidad o un compromiso funcional significativo. En tumores no resecables o con resección incompleta que requieran tratamiento, –por ejemplo si producen síntomas por compresión de estructuras vecinas–, se empleará la quimioterapia como primera opción, con la combinación de carboplatino y vincristina, o vinblastina semanal, intentando no emplear la radioterapia por los daños que pueden provocar a medio-largo plazo(11).

Los avances recientes en secuenciación genética y perfil de expresión génica han derivado en un mejor entendimiento de las vías moleculares que están presentes en la patogenia de los gliomas. Las alteraciones más frecuentes conocidas hasta el momento son las que implican al gen BRAF, destacando el de fusión entre el dominio activador de MAPK y KIAA1549 y la mutación BRAF V600E(17).

Gliomas de alto grado

En los niños, los gliomas de alto grado tienen una incidencia de 0,8 por cada 100.000 niños/año(5). Dentro de ellos destacamos el DIPG (gliomas difusos de la protuberancia). Junto con la clínica e imagen en RM asociada, estos tumores pueden diagnosticarse sin confirmación histológica. Clínicamente, los pacientes suelen presentar múltiples neuropatías craneales, más comúnmente parálisis del sexto y/o séptimo nervio par craneal. El pronóstico es desalentador, ya que más del 90% de los pacientes sucumben a la enfermedad en un plazo de 18 meses, con una supervivencia media de 9 meses. El tratamiento estándar incluye la radioterapia y ha sido el único tratamiento que ha alterado el curso de la enfermedad(11).

Ependimomas

Los ependimomas son el tercer tumor cerebral más frecuente en los niños y representan aproximadamente entre el 8 y el 10% de todos los tumores del SNC infantil. En los niños, la mayoría se producen a nivel intracraneal y dos tercios de ellos se localizan en la fosa posterior (Fig. 5).

Figura 5. RM de paciente diagnosticado de ependimoma de fosa posterior.
A. Secuencia coronal T2. B. Secuencia axial con gadolinio.

Actualmente, la OMS clasifica los ependimomas en función de su histopatología, localización y alteraciones moleculares (subependimoma, ependimoma mixopapilar, ependimoma de fosa posterior, con subtipos PFA y PFB, ependimoma supratentorial, con subtipos con fusión positiva YAP-1 y ZFTA, así como ependimoma espinal con/sin NMYC amplificado)(15). El estándar de tratamiento sigue siendo la máxima resección quirúrgica segura, seguida de radioterapia postoperatoria adyuvante dirigida al sitio primario (en estos casos se administra a los mayores de un año porque es local). La diseminación en el momento del diagnóstico se observa en menos del 10% de los casos. La utilidad de la quimioterapia es controvertida y se suele utilizar para retrasar el uso de la radioterapia. Su papel se está evaluando actualmente en ensayos clínicos internacionales.

Craneofaringioma

Los craneofaringiomas son tumores epiteliales benignos de crecimiento lento que surgen de restos embrionarios de la bolsa de Rathke en la región supraselar adyacente al quiasma óptico. Suponen entre el 5 y el 10% de los tumores cerebrales pediátricos.

Pueden provocar alteraciones de la visión, panhipopituitarismo por compresión de la glándula pituitaria o del tallo, así como hipertensión intracraneal.

Los tumores son, con frecuencia, grandes en el momento del diagnóstico, clásicamente con calcificaciones en la región supraselar, y con presencia de uno o más quistes. Se dividen en papilares y adamantinomatosos, siendo estos los que tienen mayores tasas de recurrencia.

Aunque se consideran tumores histológicamente benignos, siguen siendo un reto con respecto a las opciones de tratamiento, debido a la proximidad de estructuras vitales y al manejo a largo plazo de los efectos tardíos relacionados con el tratamiento. La transformación maligna es extremadamente rara(18).

Tumores de células germinales del SNC

Los tumores de células germinales (TCG) intracraneales representan aproximadamente el 3% de los tumores cerebrales pediátricos –llegando hasta el 11% en países asiáticos como Japón–. Suelen aparecer en localizaciones de la línea media, como la región pineal o el área supraselar.

El sistema de clasificación de la OMS divide los TCG intracraneales en germinomas –los más frecuentes, entre 50-60% de todos ellos– y TCG no germinomatosos (TCGNG), evidenciando entre estos un grupo heterogéneo, como el carcinoma embrionario, el tumor del seno endodérmico (tumor del saco vitelino), coriocarcinoma, teratoma (maduro e inmaduro) y TCG mixtos(15).

Aunque el examen histológico suele ser necesario para un diagnóstico definitivo, los marcadores tumorales como la AFP o beta-hCG en el LCR o en la sangre, pueden ser diagnósticos y distinguir un germinoma de un TCGNG.

En algunos germinomas secretores de beta-hCG puede observarse una leve elevación de la beta-hCG, pero tienden a ser <50 UI/L. La AFP no está elevada en los germinomas, por lo que una AFP elevada es suficiente para clasificar un tumor como un TCGNG.

Los síntomas que se presentan dependen de la localización del tumor. Los tumores pineales suelen causar hidrocefalia o anomalías neurooftalmológicas. Los localizados en la región supraselar suelen presentar disfunción hipotalámica o hipofisaria, así como déficits visuales por compresión del quiasma o del nervio óptico.

En relación al tratamiento, los germinomas tienen un pronóstico más favorable, son muy sensibles a la radiación, así como quimiosensibles, con una tasa de curación superior al 90% a los 5 años del diagnóstico. Los TCGNG, por otra parte, son menos radiosensibles y presentan peor pronóstico, precisando tratamiento sistémico con diferentes regímenes quimioterápicos junto con radioterapia posterior(19).

Tumores plexos coroideos

Los tumores de plexos coroideos representan menos del 1% de todos los tumores cerebrales y del 3 al 4% de los tumores intracraneales pediátricos.

Son neoplasias papilares intraventriculares derivadas del epitelio del plexo coroideo. Histológicamente, pueden variar desde benignos bien diferenciados (papiloma de plexos coroideos, CPP), hasta carcinomas del plexo coroideo (CPC) altamente agresivos (grado III de la OMS).

El CPC ocurre con mayor frecuencia en pacientes con el síndrome de Li-Fraumeni, aunque la mayoría de los pacientes con CPC no tendrán una mutación en la línea germinal del TP53.

En relación al tratamiento, la resección total suele ser curativa para el CPP, mientras que la naturaleza invasiva del CPC dificulta lograr una resección completa, lo que hace necesario el uso de una terapia adyuvante. El pronóstico sigue siendo malo, con una supervivencia a 5 años inferior al 50% en los pacientes con CPC(20).

Tumores teratoides/rabdoides atípicos (ATRT)

Los ATRT son neoplasias intracraneales malignas infrecuentes –del 1 al 2% de todos los tumores cerebrales pediátricos–, con mayor incidencia en lactantes y niños pequeños. El sello genético de los ATRT son las mutaciones en SMARCB1 en el tejido tumoral. Además, aproximadamente un tercio de los pacientes albergan una mutación en la línea germinal de SMARCB1, o menos comúnmente de SMARCA4.

El tratamiento del ATRT es controvertido. Se están aplicando estrategias con cirugía, quimioterapia, incluyendo altas dosis, más rescate de progenitores hematopoyéticos y radioterapia local, ya que la temprana edad de presentación suele impedir el uso de la radiación craneoespinal. Aunque, en general, los ATRT tienen un pronóstico muy malo, hay algunos con mejores resultados clínicos, lo que sugiere una heterogeneidad molecular intertumoral(21).

Tumores espinales

Los tumores primarios de la médula espinal son tumores raros del SNC en la infancia, con una incidencia anual de menos de 1 por cada 100.000 niños/año y representan menos del 6% de todos los tumores del SNC en la infancia(5). Pueden clasificarse en función de su localización: intramedular, intradural-extramedular y extradural. Los síntomas suelen tener un inicio gradual y pueden ser especialmente difíciles de detectar en niños pequeños.

El subtipo más común a este nivel son los gliomas, seguidos de los ependimomas (Fig. 6).

Figura 6. Secuencia RM sagital T2 de paciente con glioma espinal de bajo grado.

La resección quirúrgica sigue siendo el pilar del tratamiento. Cuando no se puede obtener una resección completa, la radioterapia y la quimioterapia suelen ser eficaces en el control de estos tumores, según el diagnóstico histológico, pero normalmente se reservan para los que progresan tras una cirugía extensa.

Tratamiento general

El tratamiento de los tumores del SNC en los niños requiere un abordaje multidisciplinar.

Existen diversas opciones de tratamiento que, fundamentalmente, son: cirugía, quimioterapia y radioterapia, uniéndose recientemente la terapia personalizada en relación a dianas terapéuticas, que pueden encontrarse en el estudio molecular del tumor. El tratamiento local es esencial por la baja penetrancia de la quimioterapia a través de la barrera hematoencefálica.

Hay que destacar que el tratamiento de los tumores del SNC en los niños requiere un abordaje multidisciplinar, coordinando las diversas especialidades que colaboran en el tratamiento mediante comités de Neuro-Oncología pediátrica para decidir la mejor terapia de cada paciente. Es necesaria además la colaboración entre unidades de Oncología pediátrica a nivel nacional e internacional creando protocolos, así como diseñando ensayos clínicos orientados a pacientes con esta patología. Por todo ello, se recomienda que el tratamiento de los tumores cerebrales en niños y adolescentes se realice en unidades de Neuro-Oncología pediátricas de referencia y alta especialización. Deben ponerse a disposición de los pacientes las mejores técnicas neuro-quirúrgicas, de radioterapia y los tratamientos más completos e innovadores (inmunoterapia o tratamientos dirigidos) para alcanzar las mayores tasas de curación, con especial atención a las secuelas de los tratamientos a medio-largo plazo.

En relación a las técnicas de radioterapia actualmente se cuenta con la protonterapia, que permite reducir toxicidad en los pacientes pediátricos, manteniendo las mismas tasas de curación, lo cual posibilita ampliar las indicaciones de la radioterapia convencional con fotones(22).

Efectos a medio-largo plazo tras el diagnóstico y tratamiento

Más de dos tercios de los pacientes supervivientes a largo plazo presentan al menos una complicación médica crónica, siendo las neurocognitivas las más deletéreas(23).

La supervivencia de los pacientes con tumores del SNC ha mejorado de manera significativa en las últimas décadas, asociando un incremento de los efectos tardíos secundarios al tumor, a las técnicas diagnósticas y a los tratamientos(24). Destacan los que se citan a continuación.

Secuelas neurocognitivas

Las alteraciones neurocognitivas son uno de los efectos tardíos más devastadores en los pacientes con tumores cerebrales; varían desde niveles leves a graves de deterioro y pueden persistir y/o empeorar con el tiempo, habiéndose descrito dificultades de atención y concentración, alteraciones de la memoria de trabajo, de la velocidad de procesamiento y del lenguaje.

La radioterapia es el tratamiento considerado más tóxico para el cerebro en desarrollo con respecto al funcionamiento neuropsicológico. Una mayor dosis de radiación y un mayor volumen cerebral irradiado se asocian con peores resultados, especialmente en los niños más pequeños(24).

Alteraciones endocrinas (Tabla III)

El riesgo de determinados efectos endocrino-metabólicos depende de la localización del tumor y de las modalidades de tratamiento que se hayan utilizado, especialmente quimio-radioterapia(23,24).

La evaluación periódica por Endocrinología debe formar parte del seguimiento a largo plazo de los supervivientes de tumores cerebrales infantiles. El diagnóstico precoz de hipotiroidismo leve y/o deficiencia de GH, por ejemplo, permite una intervención temprana para mejorar la velocidad de crecimiento y la calidad de vida.

Secuelas psicológicas/sociales

Los supervivientes de tumores cerebrales pediátricos tienen un mayor riesgo de padecer morbilidad psicológica a largo plazo, como: depresión, ansiedad, menos autoestima, ideas suicidas y problemas de conducta, en comparación con la población general(20). También, tienen peor calidad de vida y experimentan un mayor aislamiento y una peor adaptación social. Tienen menores tasas de obtención de un título universitario, de empleo a tiempo completo y de vida independiente, en comparación con la población general.

Déficits neurosensoriales

Los déficits neurosensoriales pueden producirse como efecto directo del tumor o como efecto tardío de los tratamientos:

• La pérdida de visión se asocia a los tumores de la vía óptica o a la hidrocefalia.

• La pérdida de audición neurosensorial puede producirse tras la quimioterapia y la radioterapia, o surgir y progresar mucho después de la finalización del tratamiento. Los pacientes afectos a este nivel podrían desarrollar un mayor declive en funciones críticas para la competencia lingüística (conciencia fonémica, comprensión lectora y velocidad de procesamiento)(24).

Segundas neoplasias

Las neoplasias secundarias más frecuentes en estos pacientes son tumores del sistema nervioso central, particularmente los astrocitomas malignos. El desarrollo de los segundos tumores es probablemente de origen multifactorial, pero la radioterapia contribuye sin duda a este proceso(23).

Otros efectos tardíos

Los supervivientes de tumores cerebrales, además de las complicaciones mencionadas, presentan riesgo de desarrollar enfermedad cerebrovascular en forma de ictus o accidente isquémico transitorio (AIT), vasculopatía de pequeño vaso o enfermedad de Moya-Moya. Asimismo, es frecuente que estos pacientes presenten secuelas motoras, alteraciones del sueño y alteraciones de la dentición.

Función del pediatra de Atención Primaria

Además de tener un papel esencial en la detección precoz, los profesionales de Atención Primaria deben ser considerados una parte fundamental de los equipos multidisciplinares encargados del seguimiento de los supervivientes de tumores cerebrales.

El pediatra de Atención Primaria ejerce un papel fundamental para conseguir un diagnóstico precoz de la patología neuro-oncológica, sospechándolo en caso de variaciones conductuales, tortícolis, alteraciones en la revisión ocular rutinaria, presencia de vómitos atípicos… En estos casos, la derivación a centros especializados precoz es crucial. De igual modo, tras el final del tratamiento de los pacientes, los pediatras de Atención Primaria deberían recibir un informe detallado sobre el diagnóstico y el tratamiento recibido, así como del plan de seguimiento.

Debe concentrarse en la monitorización de los efectos tardíos, y vigilar la posibilidad de recurrencias o de aparición de segundas neoplasias. Además, promover hábitos de bienestar y conductas de salud positivas es muy importante, fomentando hábitos, como evitar el consumo de tabaco, limitar la ingesta de alcohol, realizar ejercicio físico de forma regular y minimizar la exposición solar, especialmente de zonas que han recibido radioterapia(25).

La colaboración continua entre los especialistas en Oncología y los equipos de Atención Primaria es fundamental para realizar un correcto diagnóstico, tratamiento y seguimiento, así como apoyar la transición de estos pacientes a la edad adulta.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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22. Thomas H, Timmermann B. Paediatric proton therapy. Br J Radiol. 2020; 93: 20190601. doi: 10.1259/bjr.20190601.

23. Bouffet E, Scheinemann K. Pediatric Neuro-oncology. Springer. 2015.

24. Rey-Casserly C, Diver T. Late effects of pediatric brain tumors. Current opinion in pediatrics. 2019; 31: 789-96.

25. Mendoza Sánchez MC. Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías. Pediatr Integral. 2016; XX: 475-84.

Bibliografía recomendada

- Gajjar A, Bowers DC, Karajannis MA, Leary S, Witt H, Gottardo NG. Pediatric Brain Tumors: Innovative Genomic Information Is Transforming the Diagnostic and Clinical Landscape. J Clin Oncol. 2015; 33: 2986-98.

Artículo de revisión en el que se muestran los importantes avances en el conocimiento molecular de los tumores cerebrales pediátricos y cómo estos conocimientos están transformando el diagnóstico e incluso en el tratamiento de los mismos.

– Allemani C, Matsuda T, Di Carlo V, Harewood R, Matz M, Nikši? M, et al. CONCORD Working Group. Global surveillance of trends in cancer survival 2000-14 (CONCORD-3): analysis of individual records for 37 513 025 patients diagnosed with one of 18 cancers from 322 population-based registries in 71 countries. Lancet. 2018; 391: 1023-75.

Interesante registro de los tumores en Europa, clasificado por países en los que observamos como los resultados para los tumores cerebrales pediátricos difieren mucho según los países del estudio.

– Villani A, Malkin D, Tabori U. Syndromes Predisposing to Pediatric Central Nervous System Tumors: Lessons Learned and New Promises. Curr Neurol Neurosci Rep. 2012; 12: 153-64.

Excelente revisión de los síndromes de predisposición al cáncer en relación con los tumores cerebrales pediátricos.

– Udaka YT, Packer RJ. Pediatric Brain Tumors. Neurol Clin. 2018; 36: 533-56. doi: 10.1016/j. ncl.2018.04.009.

Revisión exhaustiva de los tumores cerebrales pediátricos, firmada por el prestigioso neuro-oncólogo pediátrico norteamericano Roger Packer. Muy recomendable para una primera lectura general, para entender mejor estos tumores.

- Northcott PA, Buchhalter I, Morrissy AS, Hovestadt V, Weischenfeldt J, Ehrenberger T, et al. The whole-genome landscape of medulloblastoma subtypes. Nature. 2017; 547: 331-7.

El meduloblastoma es el mayor ejemplo de la transformación tan importante que han tenido los tumores cerebrales pediátricos en cuanto al conocimiento de su biología y su nueva clasificación a nivel molecular.

- Louis DN, Perry A, Wesseling P, Brat DJ, Cree IA, Figarella-Branger D, et al. The 2021 WHO Classification of Tumors of the Central Nervous System: a summary. Neuro Oncol. 2021; 23: 1231-51. doi: 10.1093/neuonc/noab106.

Artículo esencial para conocer la actual clasificación de la OMS en tumores del SNC, aunando la histopatología con la biología molecular y genética.

 

Caso clínico

 

Paciente de 12 años, varón, que acude a urgencias por clínica de vómitos (2-3 vómitos diarios de predominio matutino y con cambios posturales), astenia y cefalea ocasional de 2 semanas de evolución, junto con tortícolis derecha en los últimos 3 días.

Antecedentes personales

Embarazo controlado normal. Parto vaginal instrumentado (fórceps) a la 39+1 semanas. Apgar: 9/10. No alergias conocidas. Calendario vacunal correcto, incluida vacuna contra neumococo y rotavirus.

Antecedentes familiares

Sin interés para el proceso actual.

Exploración física inicial

Saturación de oxígeno: 99%; peso: 46 kg; pulso: 110 latidos por minuto; temperatura: 36,8ºC; tensión sistólica: 119 mmHg; tensión diastólica: 72 mmHg. Buen estado general. Bien perfundido e hidratado, buen relleno capilar. Sin exantemas ni petequias. Auscultación cardio-pulmonar normal sin dificultad respiratoria. Abdomen blando, depresible, sin masas ni megalias, no doloroso a la palpación.

Exploración neurológica

GCS (Glasgow Coma Scale): 15/15. Consciente y orientado. Lenguaje coherente y fluido. Pupilas normorreactivas e isocóricas. Movimientos oculares conservados. Pares craneales sin alteraciones. Tono muscular normal. Fuerza 5/5 en ambos MMSS y MMII. ROT presentes y simétricos. RCP (respuesta cutánea plantar) flexor bilateral. Clonus negativo. Sensibilidad conservada por dermatomas. Ataxia y dismetría en miembro superior derecho.

Evolución

Ante la clínica referida y los hallazgos en la exploración física, se realiza analítica completa de sangre (hemograma, bioquímica y coagulación normal), así como tomografía computerizada (TC) craneal, objetivando lesión ocupante de espacio, compatible con tumor de fosa posterior e hidrocefalia.

Se realiza ventriculostomía endoscópica de suelo del tercer ventrículo, con gran mejoría de síntomas; se completa estudio de imagen con resonancia magnética (RM) cráneo espinal, mostrando tumoración de fosa posterior sin signos de diseminación craneoespinal (Fig. 6), y se inicia terapia corticoidea sistémica. Tras ello, se realiza cirugía que transcurre sin incidencias, comprobándose resección macroscópicamente completa en RM craneal a las 48 horas de la cirugía.

La anatomía patológica es compatible con meduloblastoma desmoplásico nodular subgrupo molecular Sonic Hedgehog (SHH).

 

 

Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

A. Sastre Urgellés, P. Rubio Aparicio
Temas de FC


A. Sastre Urgellés, P. Rubio Aparicio

Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz – Hospital Materno-Infantil. Madrid

Resumen

Los tumores óseos malignos suponen el 6% de todas las neoplasias infantiles. Prácticamente, la totalidad de casos son osteosarcomas o tumores de la familia Ewing. Son neoplasias muy agresivas, que se deben considerar enfermedades sistémicas desde el diagnóstico por la presencia de micrometástasis. Su tratamiento requiere un abordaje multidisciplinar, combinando cirugía, quimioterapia y radioterapia, y debe realizarse en centros con experiencia, consiguiendo así aumentar la supervivencia de estos pacientes, al tiempo que se disminuyen las secuelas y limitaciones físicas debidas a la cirugía, que es una parte esencial del protocolo de tratamiento. Es fundamental diagnosticarlos precozmente, pues existe una gran diferencia en la supervivencia para los pacientes con enfermedad localizada (70-80%) y aquellos que presentan metástasis (20-30%).
El rabdomiosarcoma (RMS) es el sarcoma de partes blandas más frecuente en la infancia, y afecta, sobre todo, a niños menores de 4 años. Se origina en el músculo estriado y, por ello, puede localizarse en casi cualquier órgano o estructura anatómica, siendo la clínica muy variable, dependiendo del efecto de masa que produzcan. La presencia de genes de fusión, involucrando a FOXO1, determina un peor pronóstico. El tratamiento requiere la combinación de quimioterapia, cirugía y/o radioterapia, y debe realizarse en centros que dispongan de equipos multidisciplinares pediátricos con experiencia.

 

Abstract

Malignant bone tumors represent 6% of childhood cancers. The two predominant histologies are Osteosarcoma (OS) and Ewing Family of Tumors (EFT). These are aggressive neoplasms, which due to the presence of micrometastasis must be considered as disseminated diseases from diagnosis. For their treatment, a multimodal approach is required, combining surgery, chemo and radiotherapy, and patients should be referred to expert units in order to increase survival, while minimizing sequelae of local therapy, which is an essential part of the management of the disease. It is paramount to perform an early diagnosis, as there is a huge survival gap between localized (70-80%) and metastatic (20-30%) presentations.
Rhabdomyosarcoma (RMS) is the most frequent soft tissue sarcoma (STS) in the pediatric population, especially affecting children below 4 years of age. It resembles striated muscle, and can arise in almost every organ or anatomical area of the body. Symptoms largely depend on the location, relating to compression of nearby structures. The presence of genetic rearrangement involving FOXO1 harbors a poor prognosis. Treatment is also multimodal, combining chemo, radiotherapy and surgery, and should be administered by multidisciplinary expert pediatric teams.

 

Palabras clave: Osteosarcoma; Sarcoma de Ewing; Rabdomiosarcoma.

Key words: Osteosarcoma; Ewing sarcoma; Rhabdomyosarcoma.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 348 – 356


Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

 

Tumores óseos


Los tumores óseos malignos primarios en la infancia suponen el 8% de las neoplasias en el Registro Español de Tumores Infantiles (RETI)(1), y son principalmente: el osteosarcoma y el sarcoma de Ewing; el condrosarcoma es el sarcoma óseo más frecuente en adultos, pero es muy raro en la edad pediátrica.

Osteosarcoma o sarcoma osteogénico

El osteosarcoma (OS) es un tumor maligno primario del hueso, de origen mesenquimal, compuesto por células neoplásicas productoras de osteoide.

Epidemiología

El osteosarcoma es el tumor óseo maligno más frecuente en la infancia y adolescencia.

Representa el 55% de los tumores óseos en menores de 20 años y en adolescentes es más frecuente que el sarcoma de Ewing (SE), con una incidencia máxima entre los 13 y los 16 años de edad, coincidiendo con el estirón de la adolescencia. Por razones desconocidas, el OS afecta más a los varones (proporción 1,34 a 1) y es más frecuente en la raza negra y en otras razas en comparación con los caucásicos(2). Se localiza preferentemente en las metáfisis de los huesos largos, especialmente: fémur distal, tibia proximal y húmero proximal.

Etiología

No existe una causa conocida, aunque en algunos casos sí se relaciona con varios agentes etiológicos probados.

Muchas veces su aparición se relaciona con un traumatismo reciente, pero no es cierto que este sea la causa, solo pone de manifiesto la enfermedad. La exposición a radiación ionizante sí que es un agente causal verificado, con periodos de latencia de 10-20 años. La administración previa de citostáticos alquilantes también se relaciona con la aparición de OS. Se han descrito asociaciones con enfermedades hereditarias, la más clara con el retinoblastoma hereditario; también con los síndromes de Li-Fraumeni, Rothmund-Thomson, Bloom y la enfermedad de Paget(3).

En el OS se han descrito diversas alteraciones genéticas, siendo las más destacadas las mutaciones en el gen RB, en el cromosoma 13 (gen supresor tumoral del retinoblastoma, codificador de una proteína nuclear que inhibe el crecimiento celular). Otra alteración presente es la mutación homocigota del gen p53, relacionada con el control del crecimiento y del ciclo celular.

Histopatogenia

El OS se caracteriza por la presencia de células mesenquimales malignas del estroma, asociadas a la producción de sustancia osteoide y hueso.

El tipo histológico más frecuente es el OS convencional (intramedular de alto grado, 90% de todos los OS), con tres subcategorías: osteoblástico (50%), fibroblástico (25%) y condroblástico (25%), en función del componente celular predominante. Además de estas 3 subcategorías, se describen dos variantes: OS telangiectásico (quístico, vascularizado) y OS de célula pequeña, muy agresivo y morfológicamente similar al sarcoma de Ewing. Otra categoría son los OS superficiales, en contraposición a los intramedulares, que incluyen: tipo parostal de bajo grado, tipo perióstico de grado intermedio y osteosarcomas superficiales de alto grado. En general, son menos agresivos y su evolución más favorable.

A diferencia de otros sarcomas, los OS no presentan ninguna translocación cromosómica característica.

Clínica

El principal síntoma es el dolor, con más frecuencia localizado en una extremidad y, generalmente, lleva varios meses de evolución antes del diagnóstico.

El paciente lo suele relacionar con el ejercicio físico o un traumatismo. Con el tiempo, aparecerá inflamación local, efecto de masa e impotencia funcional. No suele haber fiebre, pérdida de peso ni otra sintomatología sistémica. El OS tiene predilección por las metáfisis de los huesos largos: el 80% se localiza en las extremidades (fémur 40%, tibia 20%, húmero 10%), creciendo desde la cavidad medular hacia la corteza y los tejidos blandos. Las metástasis aparecen, sobre todo, en el pulmón, sin clínica acompañante. El segundo lugar en frecuencia son otras localizaciones óseas.

Diagnóstico

El diagnóstico del tumor es anatomopatológico y es necesario realizar siempre un estudio de extensión buscando metástasis(4).

Laboratorio: los hallazgos son inespecíficos, como el incremento de la fosfatasa alcalina, LDH y de la velocidad de sedimentación globular (VSG).

Radiología (Fig. 1): la primera sospecha surge tras realizar una radiografía simple de la zona afecta.

Figura 1. Estudios radiológicos en los tumores óseos malignos. A. Radiografía simple de un osteosarcoma de tibia: Lesión yuxtacortical en la región diafisometafisaria proximal de la tibia con una matriz grosera calcificada/osificada y que se extiende a las partes blandas. B. Radiografía simple de un sarcoma de Ewing de fémur: lesión intraósea que ocupa el cuello y la región intertrocantérea del fémur, observándose un patrón moteado, alternando áreas líticas con otras más densas. C. Resonancia magnética: osteosarcoma de tibia proximal, que corresponde a la radiografía simple A. D. Tomografía por emisión de positrones (PET) en sarcoma de Ewing de la pared torácica: masa intensamente hipermetabólica que engloba el tercio proximal de la décima costilla izquierda y protruye hacia la cavidad torácica. E. Tomografía computarizada (TC) de tórax: metástasis pulmonares en paciente con sarcoma de Ewing. Se observan numerosos nódulos de diferente tamaño en localización subpleural.

El OS aparece como una masa heterogénea, con zonas osteolíticas y escleróticas, de bordes mal definidos, que crece desde la cavidad medular y progresa hacia la corteza, atravesando y levantando el periostio (que reacciona formando tejido óseo inmaduro, en forma de triángulo: signo de Codman), y pudiendo afectar a los tejidos blandos que rodean al hueso, produciendo imágenes difusas de diferentes densidades. Para valorar la extensión del tumor (ósea y en partes blandas) y la afectación de estructuras contiguas (vasos, nervios…) es necesario realizar una resonancia magnética (RM) o una tomografía computerizada (TC), siendo preferible la RM por su mayor sensibilidad. En ocasiones, existen lesiones satélites (skip) en el propio hueso, sin contigüidad con el tumor principal, por lo que hay que incluir la totalidad del hueso afecto en la técnica de imagen(5).

Biopsia: el estudio histopatológico del tumor proporciona el diagnóstico de certeza. Debe obtenerse mediante un trócar y dentro de la zona que se marcará, para después ser resecada con el tumor, y es preferible que la realice el mismo equipo de cirujanos que posteriormente efectuará la intervención quirúrgica, o un radiólogo intervencionista con experiencia(4).

Estudio de extensión: conocido el diagnóstico anatomopatológico, se completará el estadiaje del tumor con un TC pulmonar de alta resolución, para detectar metástasis pulmonares, y una gammagrafía ósea con tecnecio (99Tc) para localizar metástasis óseas. La tomografía por emisión de positrones (PET) se está usando cada vez más para valorar la afectación metastásica, fundamentalmente si se combina con TC. Aunque existen varias clasificaciones para el estadiaje, realmente es suficiente con distinguir entre tumor localizado (L) o con metástasis (M). En el momento del diagnóstico, el OS se presenta como enfermedad metastásica en el 20% de casos.

El proceso diagnóstico aparece desarrollado en la figura 2.

Figura 2. Procedimiento diagnóstico en los tumores óseos.

 

Diagnóstico diferencial

Principalmente ha de hacerse frente a los tumores de la familia Ewing, metástasis de otros tumores como el neuroblastoma, y con los tumores óseos benignos (Tabla I) (6).

El diagnóstico histopatológico bastará para diferenciar estas entidades.

Factores pronósticos

Son factores de mejor pronóstico: la enfermedad localizada (supervivencia libre de eventos [SLE] a los 5 años de 60-70%, frente a 20-30% para la enfermedad metastásica)(7), volumen tumoral inferior a 200 cc, tumor localizado en extremidades (no axial), necrosis superior al 90% tras la quimioterapia (QT) de inducción y resección con márgenes libres de tumor(7).

Tratamiento

El abordaje debe ser multidisciplinar, con la administración de QT antes y después de la cirugía, siendo esencial conseguir la resección en bloque de todo el compartimento tumoral.

Debido la alta incidencia de micrometástasis, indetectables, pero presentes ya en el momento del diagnóstico, la cirugía por sí sola no consigue curar más allá del 20% de los pacientes. Por ello, resulta esencial administrar QT adyuvante para erradicarlas.

Los protocolos de tratamiento incluyen 3 fases (Fig. 3):

Figura 3. Tratamiento de los tumores óseos malignos. ATPH: megaterapia con autotrasplante de progenitores hematopoyéticos; L: localizado; M: metastásico; QT: quimioterapia; RT: radioterapia.

1. Quimioterapia neoadyuvante en ciclos, combinando metotrexato a altas dosis, cisplatino y doxorrubicina (esquema MAP). Además de eliminar las micrometástasis, consigue una disminución de volumen del tumor facilitando así su resección.

2. Cirugía, que debe conseguir una resección completa del tumor en bloque, incluyendo: el compartimento óseo, las partes blandas circundantes y los trayectos cutáneos y subcutáneos de las biopsias iniciales, y con márgenes de seguridad(4). La reconstrucción del sistema musculoesquelético se consigue mediante injertos óseos (autólogos o alogénicos de cadáver) o prótesis. Son cirugías complejas que requieren ser realizadas por un cirujano ortopeda con experiencia en el tratamiento de tumores óseos pediátricos. Actualmente, se consigue salvar la extremidad afecta en el 80% de los casos(7).

3. Quimioterapia postquirúrgica con los mismos agentes o añadiendo ifosfamida, para eliminar las células tumorales residuales que hayan podido movilizarse con la intervención.

Con esta estrategia se ha conseguido elevar la SLE a los 5 años hasta el 60-70%, pero desde 1990, no se han conseguido mejorías significativas(5,7).

El OS no es un tumor muy radiosensible, por lo que la radioterapia (RT) solo se emplea en localizaciones axiales en las que la cirugía no es posible, en casos de OS multifocal o con fines paliativos para el control del dolor.

Para la enfermedad metastásica se emplean combinaciones de QT con los mismos citostáticos, pero con mayor número de ciclos, además de resecar el tumor primario y las metástasis pulmonares que continúen siendo visibles tras la QT neoadyuvante. A pesar de todo ello, la SLE oscila entre un 16-53%.

Recaídas

Las recaídas ocurren en los 3 primeros años tras el diagnóstico hasta en un 40% de los pacientes con enfermedad localizada, sobre todo, en forma de metástasis pulmonares.

La segunda línea de QT suele consistir en combinaciones de ifosfamida con/sin etopósido, además de resecar las metástasis pulmonares(8). La supervivencia global (SG) tras la recaída oscila entre el 13-57%(9). Se están estudiando diferentes inhibidores de tirosina quinasa de molécula pequeña cuya diana es VEGFR, como: regorafenib, cabozantinib y sorafenib, y otros tratamientos basados en la inmunoterapia, con el empleo de inhibidores de punto de control como el pembrolizumab(10).

Tumores de la familia Ewing

Los tumores de la familia Ewing (TFEw) lo constituyen un grupo de neoplasias anteriormente descritas como entidades diferentes que comparten un origen histológico similar y una translocación cromosómica característica.

Incluye: el SE típico y atípico, el tumor neuroectodérmico primitivo (PNET, anteriormente llamado neuroepitelioma), el tumor de células pequeñas de la región tóraco-pulmonar (tumor de Askin) y el SE extraóseo.

Epidemiología

El SE es el segundo tumor óseo maligno primario por frecuencia en niños y adolescentes, siendo el tumor óseo más frecuente en niños menores de 4 años.

Es raro por encima de los 30 años, y en las razas negra y asiática. Predomina en varones (1,5:1)(4). No es hereditario ni se asocia a síndromes malformativos, y tampoco se relaciona con ningún agente externo causal.

Histopatogenia

Los TFEw comparten la misma anomalía cromosómica, consistente en una translocación entre los cromosomas 11 (gen EWS) y 22 (gen FLI1), originando el gen quimérico EWS-FLI1.

La proteína resultante ocasiona una disregulación en los genes responsables de la proliferación y diferenciación celular, favoreciendo el desarrollo del tumor. Se detecta por FISH o PCR en el 90-95% de los TFEw y, por ello, es un marcador diagnóstico que ayuda a distinguir el SE de otras entidades(11).

El origen histogenético del SE es una cuestión que continúa debatiéndose entre un origen neuroectodérmico o mesenquimal. James Ewing lo describió en 1921 como: un tumor óseo, muy agresivo, sensible a la radioterapia y sin un claro origen histológico. El SE típico está constituido por células redondeadas, pequeñas, azules, con núcleos hipercromáticos y escaso citoplasma. Se ha propuesto que se desarrolle a partir de las células posganglionares parasimpáticas, basándose en que todos los TFEw tienen cierto grado de diferenciación neural (escasa en el SE típico, marcada en el PNET, e intermedia en el SE atípico) y expresan marcadores neurales, como la enolasa neuroespecífica y la S-100. Una teoría alternativa sugiere que los TFEw surgen a partir de células madre mesenquimales. Todos los TFEw expresan niveles altos de una glicoproteína de membrana, CD99, que ayuda a distinguirlos de otros tumores de células redondas y pequeñas de la infancia (neuroblastoma, otros sarcomas, linfomas).

Clínica

Los síntomas son poco alarmantes y muchos pacientes llevan más de 6 meses de evolución antes de que se realice el diagnóstico.

Los TFEw pueden originarse en cualquier hueso y en tejidos blandos. Son algo más frecuentes en el esqueleto axial (54%), sobre todo en los huesos de la pelvis (25%). En extremidades, el lugar más común es el fémur (16%)(12). El dolor local suele ser el síntoma inicial (96%); al comienzo tiene carácter intermitente y paulatinamente gana intensidad. Suele haber afectación de los tejidos blandos adyacentes, apareciendo tumefacción local. A veces, existen síntomas generales, como fiebre (21%). Otra sintomatología dependerá de la localización del tumor: derrame pleural en los tumores torácicos, dolor radicular en tumores vertebrales y problemas de esfínteres en tumores pélvicos.

Diagnóstico

El diagnóstico del SE es anatomopatológico, y es necesario siempre realizar un estudio de extensión buscando metástasis(4).

Laboratorio: hallazgos inespecíficos, aumento de VSG y de la LDH en relación con la masa tumoral existente.

Radiología (Fig. 1): en la radiografía simple, el hueso afecto presenta un patrón moteado difuso, con predominio de áreas líticas. Puede existir el triángulo de Codman, y es típica la imagen en “capas de cebolla”, debido a la existencia de múltiples capas de reacción perióstica con neoformación ósea. En huesos planos predominan zonas de esclerosis. La RM es la técnica radiológica de elección para valorar la extensión ósea y extraósea del tumor(4). La TC proporciona información sobre la cortical y los cambios en la estructura ósea.

Biopsia: el estudio anatomopatológico proporciona el diagnóstico. Se hará con trócar, y con las mismas precauciones y exigencias que lo comentado previamente con el OS(4).

Estudio de extensión: los TFEw tienen una elevada capacidad de metastatizar a distancia en: pulmón (38%), huesos (31%) y médula ósea (11%). En el momento del diagnóstico, un 20% de los pacientes presentan metástasis visibles, pero la mayoría tienen metástasis subclínicas. Como en el OS, es preciso realizar una TC torácica de alta resolución y una gammagrafía ósea (99Tc). Además, se descartarán las metástasis en médula ósea, obteniendo, al menos, dos biopsias en dos lugares alejados del tumor primario. Como para el OS, para el estadiaje es suficiente con distinguir entre tumor localizado (L) o con metástasis (M).

El proceso diagnóstico aparece desarrollado en la figura 2.

Diagnóstico diferencial

Se hará con otros tumores malignos (OS, metástasis óseas…), osteomielitis, y con tumores benignos óseos (Tabla I)(6).

Factores pronósticos

La supervivencia ha ido mejorando en las últimas décadas gracias a protocolos más agresivos, pero aún la SG se sitúa en torno al 60-75%.

Los factores pronósticos asociados a una mejor supervivencia son: localización no axial, volumen tumoral inicial inferior a 200 cc, grado de necrosis del tejido tumoral tras la QT inicial superior al 90% y, sobre todo, ausencia de metástasis al diagnóstico(13).

Tratamiento

Los protocolos para el tratamiento de los TFEw combinan la QT sistémica con las medidas locales (RT y/o cirugía).

La QT sistémica es imprescindible para curar un TFEw, dada la presencia de micrometástasis desde el comienzo; si únicamente se aplica un tratamiento local, solo sobrevivían el 10% de los pacientes. En los últimos años, la combinación de ciclofosfamida, vincristina y doxorrubicina, alternando con ifosfamida y etopósido, se ha impuesto como la más eficaz y con menos toxicidad que otras combinaciones.

El esquema de tratamiento es similar al del OS(4,14) (Fig. 3):

1. QT inicial neoadyuvante, para reducir el volumen tumoral y eliminar las micrometástasis.

2. El tratamiento local consistirá en la resección quirúrgica, siempre que sea posible, con los mismos criterios que para el OS. Los TFEw son radiosensibles y, si el hueso no es resecable, o la cirugía supone una grave mutilación o deformidad estética, se utiliza la RT como tratamiento local único.

3. En la fase de consolidación tras el tratamiento local, se administra más QT para eliminar tumor residual y RT posquirúrgica, si el grado de necrosis tumoral no es superior al 90%, o existen células tumorales en los márgenes de la resección. En tumores de mal pronóstico tras la cirugía, se puede optar por una QT mieloablativa (megaterapia) con rescate de progenitores hematopoyéticos autólogos. Para el acondicionamiento, se utiliza la combinación de busulfán y melfalán. En caso de persistir metástasis pulmonares, al final del tratamiento se puede administrar RT pulmonar.

Recaídas

La mayoría de los pacientes recaen en los dos primeros años desde el diagnóstico y, sobre todo, tras suspender la quimiote­rapia.

La localización más frecuente es en pulmón. El pronóstico es malo, con supervivencias del 20-25%. El tratamiento no debe limitarse a actuar sobre el tumor, debe administrarse de nuevo quimioterapia, existiendo actualmente diversos ensayos que intentan establecer cuál es la combinación de citostáticos más eficaz.

 

Rabdomiosarcoma (Fig.4)


El rabdomiosarcoma (RMS) es un tumor mesenquimal maligno que asemeja músculo estriado(15).

Figura 4. Imágenes en resonancia magnética de rabdomiosarcomas en diferentes localizaciones. A. Rabdomiosarcoma en región orbitaria, que aparece como una masa redondeada localizada en la zona superoexterna y comprime el globo ocular. B. Rabdomiosarcoma de gran tamaño, localizado en la región pélvica, que comprime el recto y tiene su origen en la fosa isquiorrectal. C. Rabdomiosarcoma parameníngeo. Masa centrada en el espacio masticador derecho que invade la fosa craneal media y el seno cavernoso.

Epidemiología

El RMS representa aproximadamente la mitad de los diagnósticos de sarcoma de partes blandas (SPB) en Pediatría.

La incidencia anual es entre 4 y 5 casos por millón. De media, se diagnostican en España cada año 30 RMS(1).

Es un tumor típico del niño pequeño, más frecuente entre 1 y 4 años de edad, habiendo otro pico de incidencia en la adolescencia(16).

Aunque se han descrito factores de riesgo, tanto ambientales (exposición de los padres a drogas de abuso, y de la madre a radiaciones ionizantes) como genéticos (síndromes de hipercrecimiento, polimalformativos y de predisposición a cáncer), el RMS es, como la mayoría de los tumores pediátricos, una neoplasia que surge de novo, sin posibilidad de prevención(15).

Histopatogenia

Desde el punto de vista anatomopatológico, se clasifica en cuatro variantes morfológicas, de las que tres aparecen en la edad pediátrica: embrionario (80%), alveolar (20%) y fusocelular/esclerosante (menos del 1%).

El RMS embrionario se caracteriza por su aspecto inmaduro, mientras que el alveolar se distingue por la observación de septos rodeando formaciones alveolares tumorales(17).

La presentación y agresividad están vinculadas a la biología, en función de la presencia de genes de fusión involucrando FOXO1. Así, los RMS embrionarios, y aproximadamente el 25% de los alveolares, no presentan reordenamiento de FOXO1, que sí está presente en el otro 75% de las formas alveolares(17). Esto es relevante, ya que tanto la presentación como el pronóstico de los RMS alveolares FOXO1 negativo son similares a los embrionarios(18).

Los RMS FOXO1 negativo suelen aparecer en cabeza y cuello, o en abdomen-pelvis, con tropismo por el sistema genitourinario, y raramente presentan diseminación metastásica; en cambio, los casos FOXO1 positivo asientan habitualmente sobre extremidades y tienen mayor potencial metastásico, sobre todo en pulmón.

Clínica

La presentación clínica es variable, dependiendo de la ubicación del tumor. Puede manifestarse por el efecto funcional de la masa (tumefacción, dolor, impotencia funcional) o, en ocasiones, detectarse en una exploración clínica o radiológica rutinaria.

En la tabla II, se especifican las diferentes manifestaciones clínicas que se presentan según la estructura anatómica en la que asiente el tumor.

Diagnóstico

El procedimiento diagnóstico requiere, desde el momento de sospecha, la intervención de una unidad multidisciplinar con alta experiencia en sarcomas pediátricos. Para establecer el diagnóstico, es preciso el estudio anatomopatológico y genético del tumor.

Laboratorio: los estudios analíticos suelen ser normales, no hay ningún dato que sea indicativo de la presencia o gravedad de la enfermedad.

Radiología: la evaluación de imagen inicial (radiografía simple, ecografía) se completará con imagen de alta resolución mediante RM del tumor primario, para valorar la extensión del tumor y su relación con las estructuras vecinas.

Biopsia: es fundamental el estudio anatomopatológico del tumor para establecer el subtipo histológico y, además, hay que determinar la presencia de reordenamientos de FOXO1, pues los casos positivos se clasifican como de alto riesgo y su tratamiento será más agresivo.

Estudio de extensión: la búsqueda de metástasis incluye una TC torácica de alta resolución y una gammagrafía ósea con 99Tc. En pacientes de riesgo alto (alveolares, FOXO positivo, metastásticos), está recomendado completar el estudio con biopsia bilateral de médula ósea. En los últimos años, la 18F-FdG-PET-TC con contraste está reemplazando al estudio de extensión tradicional, especialmente al diagnóstico, sin haberse podido aún establecer su papel en la evaluación de respuesta(19).

Factores pronósticos

La presencia de metástasis al diagnóstico y el estado FOXO1 positivo condicionan los casos de peor pronóstico.

Otros factores con relevancia para la supervivencia son: edad del paciente al diagnóstico (favorable entre 1 y 10 años), localización del tumor (posibilidades de tratamiento quirúrgico), tamaño tumoral (favorable si es menor de 5 cm de diámetro), la afectación de ganglios regionales y el grado de resección inicial según criterios IRS (Tabla III).

La supervivencia global se sitúa en el momento actual en el 82% a 3 años del diagnóstico(1).

Tratamiento

El RMS es un tumor quimio y radiosensible. Su tratamiento es multidisciplinar, y se basa en el control local del tumor y en eliminar la enfermedad a distancia, visible o no.

Todos los pacientes precisan la administración de quimioterapia sistémica, incluso los resecados completamente, ya que se considera una enfermedad diseminada: el estudio por biopsia líquida detecta ADN tumoral en sangre periférica en 2/3 de los casos localizados(20). La quimioterapia se basa en la combinación de vincristina, actinomicina y ciclofosfamida/ifosfamida, con la introducción en los últimos años de irinotecán. El uso de antraciclinas no parece aumentar la supervivencia en pacientes de riesgo estándar/alto y se reserva solo para casos de riesgo muy alto (metastásicos y FOXO +).

El control local es clave en el RMS. Dado que el RMS puede localizarse en muy diferentes ubicaciones, la cirugía requiere la participación de diferentes especialistas, además de cirujanos pediátricos: oftalmólogos, cirujanos maxilofaciales, otorrinolaringólogos, urólogos… Deben tener experiencia en el tratamiento quirúrgico de estas neoplasias. El control de la enfermedad local idealmente debe obtenerse mediante la cirugía, pero la radioterapia es eficaz y puede considerarse como terapia local única en casos inoperables o con un riesgo quirúrgico inaceptable. El RMS es una de las indicaciones aprobadas de protonterapia. La radioterapia local se administra concomitante con la quimioterapia de consolidación, mientras que la irradiación de las metástasis pulmonares se demora tras esta.

El tratamiento en Europa se basa en los protocolos elaborados por el Grupo Europeo Pediátrico de Sarcomas de Tejidos Blandos (EpSSG: European pediatric Soft tissue Sarcoma Group). Se estratifica a los pacientes en grupos de riesgo en función de los criterios arriba mencionados.

Los pacientes de riesgo bajo, con resección completa inicial (IRS I) y genética favorable, dado que ya se ha conseguido el control local, reciben únicamente quimioterapia de consolidación.

Los pacientes de riesgo intermedio representan el grupo más numeroso. Se trata, en su mayoría, de casos con biopsia inicial o resección incompleta, y genética favorable. Reciben quimioterapia de inducción, seguida de control local (cirugía ± radioterapia) y de nuevo quimioterapia de consolidación.

Los pacientes de riesgo alto/muy alto presentan reordenamiento de FOXO1 y/o enfermedad metastásica. El esquema terapéutico es similar al riesgo intermedio, con las siguientes consideraciones: se recomienda la combinación de cirugía y radioterapia para el control local, y se añade, tras la consolidación, una fase de quimioterapia de mantenimiento (combinando ciclofosfamida oral y vinorelbina intravenosa) durante un mínimo de 6 meses.”.

Recaídas

La tasa de recidiva es baja, y son más frecuentes las recaídas locales que a distancia.

Los pacientes FOXO1 positivo tienen más posibilidades de recidivar. Se recomienda realizar un control estrecho durante, al menos, los dos primeros años, con revisiones trimestrales clínicas, analíticas y pruebas de imagen para detectar precozmente las recidivas, tanto a nivel local como metastásicas.

El tratamiento de la recaída requiere el empleo de quimioterapia, con introducción de nuevos agentes (irinotecán, temozolamida, topotecán…), cirugía más agresiva y radioterapia, si esta no se ha empleado antes.

Funciones del pediatra de Atención Primaria

Los sarcomas son un grupo de neoplasias muy amplio, siendo los más frecuentes en la infancia el osteosarcoma, el sarcoma de Ewing y el rabdomiosarcoma. En el caso de los tumores óseos, el dolor suele ser el síntoma principal, y su persistencia debe ser motivo suficiente para realizar una radiografía simple que, en muchas ocasiones, será el punto de partida que llevará al diagnóstico del tumor. En el caso del rabdomiosarcoma, la sintomatología puede ser muy variable, pero ante cualquier masa dura, indolora, de nueva aparición, se debe realizar una exploración radiológica que permita descartar el diagnóstico de sarcoma.

En cualquier caso, ante la sospecha de un sarcoma en cualquier localización, se debe derivar al paciente con urgencia a un Centro con experiencia en el tratamiento de estas patologías, preferentemente a centros con acreditación CESUR (Centros/Servicios/Unidades de Referencia) en Sarcomas, donde es posible realizar el abordaje multidisciplinar que requiere este grupo de neoplasias en el mínimo tiempo posible.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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21. Muñoz Villa A. Tumores óseos. Rabdomiosarcomas. Pediatr Integral. 2016; XX(7): 458-64.

Bibliografía recomendada

- Casali PG, Bielack S, Abecassis N, Aro HT, Bauer S, Biagini R, et al. Bone sarcomas: ESMO-PaedCan-EURACAN Clinical Practice Guidelines for diagnosis, treatment and follow-up. Ann Oncol. 2018; 29: iv79-iv95.

Se trata de una guía elaborada conjuntamente por la European Society for Medical Oncology (ESMO) y la Red Europea de Cáncer Pediátrico (Paedcan), que ofrece una visión muy completa y actualizada sobre el diagnóstico y tratamiento de todos los tumores óseos.

- Skapek SX, Ferrari A, Gupta AA, Lupo PJ, Butler E, Shipley J, et al. Rhabdomyosarcoma. Nat Rev Dis Primers. 2019; 5: 1.

Trabajo muy completo y actual sobre el rabdomiosarcoma, que describe su epidemiología, mecanismos de desarrollo y diferentes aspectos sobre el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad.

 

Caso clínico

 

Paciente de 4 años de edad que acude a urgencias por hinchazón del ojo izquierdo. No refiere traumatismo ni picadura, ha tenido febrícula los últimos dos días. No se queja de dolor.

A la exploración, presenta buen estado general, y se observa proptosis izquierda sin paresia de pares craneales. No se palpan adenopatías. Auscultación y palpación abdominal normales.

Valorado por Oftalmología, el fondo de ojo es normal. Se decide realizar una TC craneal urgente, que objetiva una masa retroorbitaria de 3,2 cm de diámetro mayor.

 

 

Tumor de Wilms y otros tumores renales

xx
Temas de FC


M.D. Corral Sánchez*, B.M. Tarabini-Castellani Ciordia**

*Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid. **Sección de Hemato-Oncología Pediátrica. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Donostia. San Sebastián.
Ambas autoras igual contribución

Resumen

Los tumores renales en la edad pediátrica suponen aproximadamente el 6% de las neoplasias. Dentro de ellos, el más frecuente es el tumor de Wilms (aproximadamente un 90%). Se presenta típicamente entre los 3 y los 5 años de edad. El tumor de Wilms puede aparecer de forma aislada o en el contexto de síndromes genéticos con predisposición al cáncer, asociando o no malformaciones. En el 5-8%, se puede presentar como enfermedad bilateral. Cada vez se conoce más de la genética de estos tumores, y su asociación con el comportamiento tumoral.
La presentación clínica suele ser el hallazgo casual de una masa asintomática. El diagnóstico precisa de una evaluación clínica, analítica y radiológica adecuada, pudiendo iniciarse tratamiento sin confirmación histológica en la mayoría de casos.
El tratamiento es multidisciplinar, basándose en quimioterapia y cirugía, y asociando en pacientes seleccionados, tratamiento con radioterapia. En los casos favorables, el pronóstico es muy bueno, con supervivencia global a 5 años del 85-90%. Los otros tipos de tumores renales son más raros. Entre ellos, destacar que en los tres primeros meses de vida, el tumor renal más frecuente es el nefroma mesoblástico, y que el tumor rabdoide tiene peor pronóstico.

 

Abstract

Renal tumors account for approximately 6% of the tumors in the pediatric age. The most frequent one is Wilms tumor (approximately 90%). Most of the cases are diagnosed between 3 and 5 years of age. Wilms tumor appears as a sporadic disease or it may occur as part of genetic syndromes with cancer predisposition, with or without malformations. 5 to 8% of the cases are bilateral. There is an increasing knowledge of the genetics of these tumors and their correlation with tumoral behavior.
Most children present with an asymptomatic abdominal mass. Diagnosis requires clinical, laboratory and radiological work-up. In most cases, treatment may start without requiring a previous histologic sample.
A multidisciplinary treatment is required, based on chemotherapy and surgery. Radiotherapy is added to the treatment plan in selected patients. In cases with good prognosis, the overall 5-year survival rate is 85-90%. Other renal tumors are more infrequent. During the first three months of life, the most frequent renal tumor is congenital mesoblastic nephroma. Rhabdoid tumor has poor prognosis.

 

Palabras clave: Wilms; Renal; Masa abdominal; Pediatría.

Key words: Wilms; Kidney; Abdominal mass; Pediatrics.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 341 – 347


Tumor de Wilms y otros tumores renales

Introducción

Los tumores renales suponen aproximadamente el 6% de los tumores malignos en la edad pediátrica(1). El tumor renal más frecuente (90%) es el tumor de Wilms, con una prevalencia de 1 caso entre 10.000 niños menores de 15 años(2). Otros tumores renales menos frecuentes son: nefroma mesoblástico, sarcoma de células claras, tumor rabdoide-teratoide atípico y carcinoma renal (Tabla I)(1).

Tumor de Wilms

El tumor de Wilms es el tumor renal más frecuente en la infancia. Se puede desarrollar a partir de lesiones precursoras llamadas restos nefrogénicos.

El tumor de Wilms aparece con una edad típica de presentación entre los 3 y 5 años de edad, siendo el carcinoma renal más frecuente en el grupo de 15 a 19 años y el nefroma mesoblástico en los primeros meses de vida(3).

Se desarrolla a partir de restos nefrogénicos o tejido metanéfrico persistente. Estos restos están presentes en el 1% de los niños al nacimiento, pero suelen regresar durante la infancia. Se reconocen en todos los casos de tumor de Wilms bilateral y en el 35% de los tumores unilaterales(4) y se consideran lesiones precursoras.

El pronóstico del tumor de Wilms ha mejorado en los últimos años, variando según el estadio y la histología, con unos porcentajes de supervivencia a 5 años del 85-90% en los casos favorables. Los pacientes con estadios avanzados y con histología desfavorable tienen peor pronóstico, con una supervivencia a 5 años del 38-84%)(5).

Bases genéticas del tumor de Wilms

Aproximadamente, un tercio de pacientes con tumor de Wilms presentan mutaciones en: WT1, CTNNB1 o WTX. El subtipo anaplásico se caracteriza por mutaciones en TP53. El gen WT1 se localiza en el brazo corto del cromosoma 11 (11p13). Es imprescindible para el desarrollo normal genitourinario(3).

Síndromes asociados al tumor de Wilms

El tumor de Wilms puede aparecer en el contexto de un síndrome genético de predisposición a cáncer, que puede asociar o no anomalías congénitas.

Aproximadamente, el 10% de los casos de tumor de Wilms aparecen en niños con anomalías o síndromes congénitos, entre los que se incluyen los siguientes:

• Síndrome WAGR (tumor de Wilms, aniridia, anomalías genitourinarias y retraso mental). Estos pacientes presentan un riesgo del 50% de desarrollar tumor de Wilms a una edad más temprana y con mayor incidencia de tumores bilaterales. Se produce por una deleción del gen WT1 (11p13)(2-4).

• Síndrome Denys-Drash: se caracteriza por enfermedad renal progresiva, pseudohermafroditismo y tumor de Wilms. La enfermedad renal comienza en edad temprana con proteinuria, que progresa a síndrome nefrótico y, posteriormente, a fallo renal. El 90% de los individuos afectos desarrollan tumor de Wilms. Se produce por una mutación puntual en el gen WT1(4).

• Síndrome de Beckwith-Wiedemann: es un síndrome producido por mutaciones en la región 11p15.5. Estos pacientes presentan: macrosomía, hemihipertrofia, macroglosia, onfalocele y predisposición a desarrollar tumores, tales como: tumor de Wilms, hepatoblastoma y rabdomiosarcoma (Tabla II). Aproximadamente el 10% de estos pacientes desarrollarán un tumor de Wilms(3).

• Síndromes de sobrecrecimiento, tales como: síndrome de Sotos, Perlman, Simpson-Golabi-Behmel o la hemihipertrofia aislada.

• Malformaciones genitourinarias aisladas, como hipospadias o criptorquidia en varones, o malformaciones uterinas en mujeres, se asocian a tumor de Wilms.

• Tumor de Wilms familiar: es poco frecuente (1-2% de los casos) y se asocia a mutaciones en los genes FTW1 y FTW2. Además, también se ha descrito mayor predisposición a tumor de Wilms en el síndrome de Li-Fraumeni o en pacientes con mutaciones en BRCA2 (Tabla II).

• Anemia de Fanconi con mutaciones en BRCA2 (FANCD1) o PALB2 (FANCN). Ambos fenotipos de anemia de Fanconi presentan un riesgo muy aumentado de tumores en la edad pediátrica, entre ellos el tumor de Wilms. Estos genes participan en la reparación del DNA(3).

En los pacientes con síndromes de sobrecrecimiento, así como en los síndromes WAGR y Denys-Drash, se recomiendan controles ecográficos trimestrales para despistaje de tumor de Wilms, al menos, hasta los 8 años de edad, así como en los pacientes con restos nefrogénicos(3).

Nefroblastoma bilateral

En el 5-8% de los casos, el tumor de Wilms puede presentarse como enfermedad bilateral. Supone un reto terapéutico preservar la función renal en estos pacientes.

El nefroblastoma bilateral ocurre en el 5-10% de los pacientes y es más frecuente cuando existe un síndrome de predisposición o mutación germinal en WT1. Se asocia con la presencia de restos nefrogénicos. Estos restos son detectables por histología en el tumor de Wilms unilateral, mientras que en los casos bilaterales, a menudo, se detectan por imagen(2) (Fig. 1).

Figura 1. Nefroblastomatosis bilateral.

La enfermedad bilateral puede ser sincrónica o metacrónica en los primeros 4-5 años del diagnóstico del primer tumor y se presenta a una edad más temprana que la unilateral, habitualmente en los primeros 2 años de vida(2). El pronóstico de estos pacientes ha mejorado con los protocolos actuales de tratamiento, alcanzando supervivencia del 80%(6).

Clínica

La presentación más frecuente del tumor de Wilms es el hallazgo casual de una masa abdominal.

La presentación clínica más frecuente del tumor de Wilms es el hallazgo casual de una masa abdominal a la exploración sin otros síntomas acompañantes. Puede ser detectada en la exploración rutinaria por el pediatra o por los propios padres al vestir o bañar al niño(3,4).

El dolor se da en un 30-40% de los casos y la hematuria, que es menos frecuente, se presenta de forma intermitente como microhematuria (24%) o, en ocasiones, macrohematuria (18%). También puede presentarse de forma más infrecuente con afectación del estado general: fiebre, vómitos y otros síntomas constitucionales(3,4).

La tríada clásica de dolor, hipertensión y hematuria es poco frecuente en este tipo de tumores, apareciendo en aproximadamente una cuarta parte de los pacientes. La hipertensión es debida a la secreción de renina por parte del tumor, aunque también puede darse por compresión de vasos renales.

A la palpación, se trata de una masa generalmente de bordes bien definidos que se localiza en uno de los flancos. Rara vez, sobrepasa la línea media abdominal.

Una vez detectada, hay que realizar la exploración física de manera cuidadosa, puesto que se corre el riesgo de presentar una rotura tumoral.

Una forma de presentación más infrecuente es en forma de abdomen agudo, tras la rotura del tumor. Esto puede suceder de forma espontánea o tras un traumatismo abdominal, y cursa con hemoperitoneo, siendo una urgencia quirúrgica.

En el diagnóstico de tumor de Wilms, hay que buscar los signos clínicos típicos de síndromes de predisposición genética, por si no hubieran sido previamente detectados.

La diseminación tumoral se puede producir por contigüidad a través de la cápsula renal, o de una forma hematógena. Aunque presentar metástasis al diagnóstico es poco frecuente (12% de los casos), en caso de aparecer, la localización más frecuente es el pulmón (80%). Otras localizaciones metastásicas menos frecuentes son: el hígado (15%), y aún más raras, el hueso, la médula ósea y el sistema nervioso central(6).

Diagnóstico

Aunque el diagnóstico definitivo es anatomopatológico, en la mayoría de los casos, mediante radiología, se puede realizar un diagnóstico que permite iniciar el tratamiento sin precisar cirugía inicial.

Radiología

Inicialmente, y dada la rápida disponibilidad de la misma, la primera prueba diagnóstica a realizar tras la exploración es una ecografía(3,4,7).

Mediante la ecografía, se puede determinar si la masa se origina en el riñón. También permite determinar la presencia de trombos intravasculares o de infiltración vascular por parte del tumor mediante el empleo de Doppler. La limitación principal de esta prueba es que es operador dependiente, y que puede verse artefactada por la presencia de gas en el abdomen o de obesidad(7,8).

Una vez detectada una masa renal, para determinar la anatomía de la misma y su extensión, se debe realizar otra prueba de imagen, para lo cual la mayor parte de niños precisa sedación. Preferiblemente, se realizará una RMN abdominal. En caso de que esta prueba no esté disponible en un tiempo razonable o si se trata de un abdomen agudo, se puede realizar también una TAC abdominal (siendo preferible la RMN por la radiación que implica la realización de la TAC)(4,7). Con estas pruebas, además de la extensión y naturaleza de la masa detectada, se puede detectar la presencia de otras masas abdominales y determinar si existe afectación del riñón contralateral(7,8) (Fig. 2).

Figura 2. Masa renal izquierda en imagen de TAC.

Además, se debe realizar una radiografía basal de tórax, así como una TAC torácica para detectar metástasis pulmonares(3,7,8).

En los casos en los que la clínica, la edad del paciente y la imagen radiológica son claramente sugestivas de tumor de Wilms, en Europa se inicia tratamiento con quimioterapia preoperatoria sin confirmación histológica(4,7).

Sin embargo, en los casos en los que existen dudas tras realizar las pruebas diagnósticas pertinentes, puede ser necesaria la realización de una extirpación quirúrgica total de la masa para determinar la naturaleza de la misma, en caso de ser posible. En el caso de tratarse de una masa irresecable, puede ser necesaria la realización de una biopsia(7).

Los pacientes con otro tipo de tumores renales pueden precisar otro tipo de pruebas como son la RMN cerebral y la gammagrafía ósea en el tumor rabdoide y en el sarcoma de células claras(7).

Laboratorio

Además de la radiología, también es necesaria la realización de pruebas de laboratorio. Al diagnóstico, se realiza: hemograma completo, ionograma (incluyendo calcio), función renal y hepática, análisis de orina y estudio de coagulación(3,4,7).

Hasta un 2% de los pacientes con tumor de Wilms presentan enfermedad de von Willebrand adquirida, que se detecta mediante el análisis de la coagulación.

Estadiaje y grupos de riesgo

El estadiaje se basa en el estadio local y la histología, y se obtiene tras la resección quirúrgica una vez administrada la quimioterapia preoperatoria.

Los tumores de Wilms se dividen en tres grupos de riesgo en función de la histología(7):

• Riesgo bajo: nefroma mesoblástico y nefroma quístico parcialmente diferenciado.

• Riesgo intermedio: nefroblastoma no anaplásico y sus variantes (epitelial, estromal, mixto y regresivo); nefroblastoma con anaplasia focal.

• Riesgo alto: nefroblastoma con anaplasia difusa; blastematoso; sarcoma renal de células claras; y tumor rabdoide renal.

Estadios

Tras la cirugía, se estratifica el riesgo según el subtipo histológico y el estadio local. Estos datos, en combinación con el volumen tumoral inicial, permiten clasificar a los pacientes en grupos de riesgo(1,7).

Estadio I: el tumor se encuentra limitado al riñón, no ha sobrepasado la cápsula tumoral y se ha realizado extirpación quirúrgica completa en la cirugía.

Estadio II: el tumor se ha extendido del riñón a las estructuras vecinas, pero también se ha realizado extirpación completa en la cirugía.

Estadio III: el tumor se ha extendido a las estructuras vecinas del riñón, sin extirpación completa; o presenta afectación linfática abdominal o ha habido rotura tumoral; o hay afectación vascular. En los casos en los que se ha precisado biopsia abierta, también se considera estadio III.

Estadio IV: implica diseminación a distancia; ya sea por presencia de metástasis hematógenas o afectación ganglionar fuera del abdomen.

Estadio V: tumor bilateral. Precisa estadiaje de cada tumor de forma independiente.

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial del tumor de Wilms incluye otros tumores renales y el neuroblastoma.

Para diferenciar entre tumor de Wilms y neuroblastoma, la radiología suele ser suficiente para distinguir el origen del tejido tumoral. Sin embargo, en ocasiones, puede llegar a ser necesaria la realización de una MIBG (gammagrafía con metayodobencilguanidina que resulta positiva en el 90% de los neuroblastomas), catecolaminas en orina o de una biopsia para confirmación histológica en casos de serias dudas(3,8).

Otros tumores renales

Hasta en un 10% de los casos existen otros tumores renales, con histología y comportamiento muy diferente(4,7,9).

• Sarcoma renal de células claras: es el segundo tumor renal más frecuente en la edad pediátrica (3- 5%). Se presenta a la misma edad que el tumor de Wilms. Es más frecuente en varones. Casi siempre es unilateral. En el 15% de los casos presenta recaídas, que pueden ser tardías. Puede presentar metástasis óseas(7,9).

• Nefroma mesoblástico congénito: Es el tumor más frecuente en el periodo neonatal y durante los primeros 3 meses de vida. El 90% de estos tumores se diagnostica en el primer año de vida. Es más frecuente en varones. En un 15-20% de los casos, se diagnostica de forma prenatal mediante ecografía. Tiene muy buen pronóstico, con una supervivencia a 5 años del 95%(7,9).

• Tumor rabdoide renal: es un tumor poco frecuente, de mal pronóstico. El 80% se diagnostica en los 2 primeros años de vida. Presenta metástasis al diagnóstico en un 22-38% de los casos. En un 10-15% de los casos, puede asociar la presencia de un tumor teratoide rabdoide cerebral atípico (ATRT). En un 90%, presenta inactivación bialélica de SMARCB1. En estos casos, hay que descartar la mutación en línea germinal, puesto que puede tratarse de un síndrome de predisposición rabdoide. Este tumor presenta una mortalidad de hasta el 80% en el primer año del diagnóstico(7,9).

• Carcinoma de células renales: es un tumor raro en la edad pediátrica, siendo algo más frecuente en la adolescencia. Se presenta de forma más diseminada que en la edad adulta. Puede tratarse de un segundo tumor tras haber recibido quimioterapia o radiación abdominal(9).

• Carcinoma renal medular: se da de forma casi exclusiva en los pacientes con anemia de células falciformes. Es muy invasivo, se presenta con metástasis precoces y tiene una alta mortalidad(9).

Tratamiento

Los pilares del tratamiento del tumor de Wilms son: la quimioterapia y la cirugía, precisando, además, radioterapia un subgrupo de pacientes.

Se relacionan con peor respuesta los siguientes factores(3,4): histología anaplásica(3), estadio III-IV, edad mayor de 2 años y hallazgos moleculares en el tumor, como pérdida de heterocigosidad de 1p, 11p15 y 16q o la ganancia de 1q, alteraciones que se presentan en el 28% de los tumores(10,11).

Actualmente, en Europa, se siguen las directrices de tratamiento del protocolo SIOP-UMBRELLA-RTSG2016 (Renal Tumour Study Group of the International Society of Pediatric Oncology), mientras que en los países americanos, se tratan según protocolo COG (Children’s Oncology Group). La principal diferencia entre ambos es la cirugía inicial que recomienda COG, mientras que en SIOP, se administra quimioterapia precirugía con el objetivo de reducir las posibles complicaciones derivadas de la misma, principalmente rotura tumoral, con la consiguiente menor necesidad de radioterapia. Ambos protocolos son comparables en términos de supervivencia(1,7).

De acuerdo con el protocolo SIOP(6,7), se administra quimioterapia preoperatoria a todos los pacientes entre los 6 meses y 16 años de edad. En niños menores de 6 meses es frecuente el nefroma mesoblástico congénito, cuyo tratamiento es únicamente quirúrgico. Por ello, en esta edad, se debe valorar individualmente el riesgo de rotura tumoral frente a la toxicidad de la quimioterapia. En pacientes mayores de 16 años, se debe descartar carcinoma de células renales mediante cirugía inicial, siempre que sea posible.

Para tumores localizados, la quimioterapia preoperatoria consiste en la combinación de vincristina y actinomicina durante 4 semanas. La cirugía se debe realizar entre las semanas 5 y 6, y está recomendada la nefrectomía radical con toma de muestras de adenopatías. En los metastásicos se añade doxorrubicina y el tratamiento inicial se prolonga 6 semanas(6,7). Con este régimen, el 61-67% de pacientes presentan remisión de las metástasis previamente a la cirugía(6).

El tratamiento posquirúrgico, según estadio y subtipo histológico, es el siguiente(7):

• Estadio I:

- Histología de bajo riesgo: no requiere tratamiento posterior.

- Histología de riesgo intermedio: vincristina y actinomicina 4 semanas.

- Histología de alto riesgo: vincristina, actinomicina y doxorrubicina 27 semanas.

• Estadios II y III:

- Histología de riesgo bajo/intermedio: vincristina y actinomicina 27 semanas.

- Histología de riesgo alto: régimen HR1 34 semanas (combina ciclofosfamida, doxorrubicina, etopósido y carboplatino). 

En caso de enfermedad metastásica al diagnóstico(6), el tratamiento posquirúrgico combina vincristina, actinomicina y doxorrubicina, además de radioterapia pulmonar en caso de nódulos mayores de 3 mm. Siempre que sea posible, se recomienda la extirpación de nódulos para la confirmación histológica(7). Los nódulos menores de 3 mm no se consideran metástasicos(6).

En el caso de estadio IV en pacientes con histología de alto riesgo, se recomienda un régimen basado en: vincristina, irinotecán, ciclofosfamida, carboplatino, etopósido, y doxorrubicina, seguido de megadosis de quimioterapia con rescate autólogo de progenitores hematopoyéticos(12).

En la enfermedad bilateral, uno de los objetivos primordiales es preservar la mayor funcionalidad renal, evitando en lo posible la nefrectomía total(6). El tratamiento inicial es vincristina y actinomicina durante 6 semanas con reevaluaciones periódicas hasta poder realizar cirugía. Si no se objetiva respuesta tras 12 semanas de tratamiento, se cambia el régimen quimioterápico a carboplatino/etopósido. La cirugía debe intentar preservar el mayor tejido funcional posible (“cirugía conservadora de nefronas”). El tratamiento posquirúrgico debe ser el correspondiente a la histología de más riesgo y el estadio más avanzado(2,7).

Tratamiento de las recaídas

El riesgo de recaída es del 15% en pacientes con histología de riesgo intermedio y del 50% en pacientes con anaplasia o tipo blastematoso. El 50-60% de las recidivas ocurren a nivel pulmonar, el 30% a nivel abdominal y el 10-15% en otros sitios como hueso o sistema nervioso central(7).

Según el protocolo SIOP-UMBRELLA, los pacientes en recaída se clasifican en tres grupos, según la histología inicial y el tratamiento recibido en primera línea(6,7).

• Riesgo estándar (Grupo AA) (30%): corresponden a los pacientes con estadio inicial I-II, histología de riesgo bajo o intermedio, tratados con vincristina/actinomicina, sin radioterapia: se tratan con ciclos de doxorrubicina/ciclofosfamida y carboplatino/etopósido. La supervivencia en este grupo es del 70-80%.

• Alto riesgo (grupo BB) (45-50%): corresponde a los pacientes que han recibido, en primera línea, tratamiento con 3 o más fármacos, con o sin radioterapia. La supervivencia en este grupo es del 40-50%. Estos pacientes reciben altas dosis de melfalán, con rescate autólogo de progenitores hematopoyéticos, precedido de quimioterapia, que incluye: carboplatino, etopósido, ciclofosfamida e ifosfamida(13).

• Muy alto riesgo (grupo CC) (10-15%): corresponde a los pacientes con anaplasia o con histología de tipo blastematoso, que han recibido inicialmente tratamiento con 4 fármacos, además de los pacientes que recaen tras el tratamiento de rescate. La supervivencia en este grupo es solo del 10%. En estos pacientes, se recomienda tratamiento con irinotecán/vincristina e inclusión en ensayos clínicos, siempre que sea posible. Se realizará megadosis de quimioterapia con rescate autólogo en los pacientes que presenten respuesta.

Tratamiento con radioterapia

Está indicado el tratamiento con radioterapia en los siguientes casos(6,7):

• Los pacientes con estadio III e histología de riesgo intermedio o alto, y los pacientes con estadio II e histología de riesgo alto recibirán radioterapia local.

• Los pacientes con estadio III por rotura tumoral pre o intraoperatoria o depósitos peritoneales macroscópicos recibirán radioterapia abdominal.

• En ambos casos, la radioterapia se inicia 2-4 semanas tras la cirugía.

• Durante la radioterapia, se debe evitar o reducir la dosis de actinomicina D y de doxorrubicina.

• Recibirán radioterapia pulmonar todos los pacientes con histología de alto riesgo y metástasis pulmonares. En caso de histología de riesgo intermedio, la recibirán si persisten tras quimioterapia.

Toxicidad de los tratamientos

Hasta el 25% de los supervivientes de un tumor de Wilms presentan efectos adversos a largo plazo que pueden comprometer su calidad de vida y su supervivencia.

Los supervivientes de un tumor renal tienen un riesgo incrementado respecto a la población general de enfermedades crónicas, incluyendo: segundos tumores, afectación renal, cardiaca o pulmonar o problemas de fertilidad, entre otros(7,14,15).

• Segundos tumores: presentan segundos tumores el 0,5-1% a los 10 años y el 2-3% a los 30 años. Los más frecuentes son: cáncer de mama, sarcomas y linfomas.

• Problemas cardiacos: asociados a la administración de doxorrubicina, con mayor riesgo cuando se supera la dosis acumulada de 250 mg/m2 y cuando se asocia a radioterapia.

• Insuficiencia renal: ocurre en el 1% de tumores unilaterales y en el 10% de casos bilaterales. Se relaciona con la cirugía y con el tratamiento citostático.

• Fibrosis pulmonar: directamente relacionada con la radioterapia pulmonar.

• Ototoxicidad: se relaciona directamente con la administración de carboplatino.

• Toxicidad gonadal: los pacientes no suelen presentar problemas de fertilidad, salvo en los casos que han recibido radioterapia abdominal y agentes alquilantes.

Seguimiento a largo plazo

El seguimiento de estos pacientes debe incluir la detección de recidivas y de los efectos adversos a largo plazo.

El riesgo de recidiva en los pacientes con tumor de Wilms ocurre principalmente en los primeros 2-3 años tras finalizar el tratamiento(1).

Por ello, se recomienda exploración física (incluyendo tensión arterial), ecografía abdominal, radiografía de tórax y analítica de sangre y orina cada 3 meses, durante los primeros dos años de seguimiento. Durante el tercer y cuarto año de seguimiento, estas revisiones se pueden espaciar a cada 4-6 meses; y tras el quinto año, se recomienda repetirlas anualmente(7).

El seguimiento de efectos secundarios a largo plazo incluye: valoración cardiológica, audiometría y valoración endocrinológica de crecimiento y desarrollo puberal, y de la función tiroidea en pacientes que han recibido radioterapia torácica.

Función del pediatra de atención primaria

Es imprescindible la exploración abdominal en las revisiones del niño sano o cuando se valora a un paciente por otro motivo, para detectar posibles masas abdominales asintomáticas. En el caso de descubrir una masa se debe derivar al paciente lo más rápidamente posible a un centro hospitalario especializado. Es importante tomar la tensión arterial previa a la derivación. No se debe olvidar que, una vez detectada la masa, existe riesgo de rotura tumoral, por lo que se deberá realizar la exploración cuidadosamente.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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7.*** Protocolo SIOP-UMBRELLA RTSG 2016. EudraCT number: 2016-004180-39. Versión 2.0. Octubre 2018.

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16. Llort Sales A, Gros Subias L. Tumores renales en la infancia y adolescencia. Pediatr Integral. 2016; XX(7): 447-57.

Bibliografía recomendada

– Leslie SW, Sajjad H, Murphy PB. Wilms Tumor. En: StatPearls (Internet). Treasure Island (FL): StatPearls Publishing; 2021 (citado el 19 de mayo de 2021). Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK442004/.

Revisión sobre aspectos generales de tumor de Wilms.

– Protocolo SIOP-UMBRELLA RTSG 2016. EudraCT number: 2016-004180-39. Versión 2.0. Octubre 2018.

Protocolo de diagnóstico, tratamiento y seguimiento vigente en Europa para tumores renales.

– PDQ Pediatric Treatment Editorial Board. Wilms Tumor and Other Childhood Kidney Tumors Treatment (PDQ®): Health Professional Version. En: PDQ Cancer Information Summaries (Internet). Bethesda (MD): National Cancer Institute (US); 2002 (citado el 19 de mayo de 2021). Disponible en: Http://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK65842/.

Revisión sobre aspectos generales de tumor de Wilms.

– Fernández CV, Geller JI, Ehrlich PF, Hill DA, Kalapurakal JA, Grundy PE, et al. Cap. 29: Renal Tumors. En: Principles and Practice of Pediatric Oncology, 7th ed, Pizzo P, Poplack D (Eds), Lippincott Williams & Wilkins; 2016.

– Acha García T. Cap. 50: Tumores renales. En: Hematología y Oncología pediátricas. 3ª edición. Madero L, Lassaletta A. Sevilla J. Ergon; 2015. p. 609-20.

Ambos capítulos de libros de Hemato-Oncología Infantil con aspectos generales de los tumores renales.

 

Caso clínico

 

Paciente de 3 años de edad derivado a nuestro centro por masa abdominal, detectada por ecografía tras palpación por parte de sus padres. Refieren astenia y palidez de 6 meses de evolución, y dolor abdominal intermitente.

A la exploración física, destaca masa en hipocondrio izquierdo. Resto sin hallazgos.

A su llegada, se realiza analítica (normal) y ecografía abdominal, en la que se visualiza una masa sólida que ocupa la porción central del riñón izquierdo y mide aproximadamente 10 x 8,5 x 7,5 cm (Fig. 3).

Figura 3.

Se realiza TC tóraco-abdominal (Fig. 4), confirmando la existencia de tumoración renal dependiente de tercio medio del riñón izquierdo, con bordes bien definidos, y comportamiento predominantemente sólido, con captación heterogénea de contraste y área en su porción más inferior de aspecto necrótico. La lesión mide 8,5 x 8,2 x 8,7 cm (de ejes AP x T x CC) (vol. 317 cc). En tórax presenta dos micronódulos en pulmón derecho (2 mm).

Figura 4.

Ante la sospecha de tumor de Wilms, se incluye en protocolo SIOP-RTSG UMBRELLA 2016 y, tras canalización de vía central, inicia tratamiento de inducción con vincristina y actinomicina. Tras completar inducción, se realiza nefrectomía izquierda.

La anatomía patológica confirma el diagnóstico de tumor de Wilms de riesgo intermedio: nefroblastoma tipo regresivo, con márgenes quirúrgicos libres de infiltración tumoral (Estadio I). Recibe tratamiento poscirugía con vincristina y actinomicina 4 semanas.

En la revisión de fin de tratamiento, se objetiva remisión abdominal, pero recidiva pulmonar, con nódulos en pulmón derecho, por lo que se inicia tratamiento según grupo de riesgo AA con doxorrubicina/ciclofosfamida alterno con etopósido/carboplatino y radioterapia pulmonar.

 

 

Neuroblastoma y tumores relacionados

 

A.I. Benito Bernal, R. Vila de Frutos
Temas de FC


A.I. Benito Bernal, R. Vila de Frutos

*Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica y Trasplante Hematopoyético. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

El neuroblastoma es una neoplasia derivada de la cresta neural. Representa el tumor sólido extracraneal más frecuente de la edad pediátrica, siendo responsable de hasta el 15% de la mortalidad por cáncer en los menores de 15 años.
Puede originarse en cualquier lugar del sistema nervioso simpático, en los ganglios paravertebrales desde el cuello hasta la pelvis o en las glándulas suprarrenales. Su presentación clínica varía según localización del tumor primario, presencia de metástasis o de algún síndrome paraneoplásico.
Es una enfermedad heterogénea, cuyo pronóstico y tratamiento dependen de la edad al diagnóstico, estadio y características histológicas y moleculares del tumor primario. Los lactantes pequeños suelen presentar neuroblastomas metastásicos que regresan espontáneamente, mientras que en niños mayores la misma enfermedad puede avanzar inexorablemente a pesar del tratamiento intensivo. La amplificación del oncogén NMYC es el principal factor de mal pronóstico, condicionando una baja supervivencia a corto plazo, con frecuentes recaídas precoces.
El tratamiento ajustado al grupo de riesgo ha mejorado el pronóstico de los pacientes de riesgo bajo e intermedio, pero la supervivencia a largo plazo en el grupo de alto riesgo es aún insuficiente. Estrategias terapéuticas basadas en inmunoterapia o dirigidas contra determinadas dianas moleculares se encuentran actualmente en investigación.

 

Abstract

Neuroblastoma is a malignant neoplasia derived from the neural crest. It is the most frequent extracranial solid tumor in children, accounting for 15% of cancer mortality below the age of 15 years of age.
The tumor may arise anywhere in the sympathetic nervous system, in the paravertebral sympathetic chain ganglia from the neck to the pelvis, or in the adrenal glands. Clinical presentation is variable according to the location of the primary tumor, spread of the disease or presence of paraneoplastic syndromes.
Neuroblastoma is a heterogeneous disease where prognosis and treatment rely on age at presentation, stage of the disease, and the histologic and molecular characteristics of the primary tumor. Usually, infants present with metastatic disease undergoing spontaneous regression, whilst in elder children the same disease experiences an inexorable progression despite intensive treatment. Amplification of MYCN oncogene is the main factor determining an unfavorable prognosis, usually associated with poor survival and high rate of early relapses.
Although treatment of neuroblastoma based in risk groups has improved the outcomes of low- and intermediate-risk patients, the overall survival rate of the high-risk group remains unsatisfactory. Therapeutic approaches based on immunotherapy or directed against specific molecular targets are currently under investigation.

 

 

Palabras clave: Neuroblastoma; Ganglioneuroblastoma; Cresta Neural; NMYC; Dinutuximab.

Key words: Neuroblastoma; Ganglioneuroblastoma; Neural Crest; MYCN Oncogen; Dinutuximab.

 

Pediatría Integral 2021; XXV(7): 340.e1-340.e16


Neuroblastoma y tumores relacionados

Introducción

El neuroblastoma, segundo tumor sólido más frecuente de la infancia después de los tumores del sistema nervioso central, se caracteriza por su heterogeneidad clínica y biológica.

El neuroblastoma (NBL) es el tumor sólido extracraneal más frecuente de la edad pediátrica, diagnosticándose el 90% de los casos en niños < 5 años de edad(1,2). Es una enfermedad compleja y heterogénea donde diversos factores como: la edad al diagnóstico, el estadio, la localización del tumor primario y sus características histológicas y moleculares, determinan el pronóstico y condicionan el tratamiento(1-10).

Los tumores neuroblásticos (neuroblastoma, ganglioneuroblastoma y ganglioneuroma) derivan de las células de la cresta neural (CN) comprometidas hacia el desarrollo del sistema nervioso simpático (SNS) y de las células gangliónicas de la médula adrenal(11-14). Su localización anatómica es diversa; se pueden originar a cualquier nivel en los ganglios simpáticos paravertebrales, desde el cuello hasta la pelvis, o en las glándulas suprarrenales.

Su presentación clínica es también variable, condicionada por la localización del tumor primario y la extensión de la enfermedad, presentando metástasis hasta el 50% de los pacientes al diagnóstico(7-9). Así, las familias pueden consultar con el pediatra de Atención Primaria o en el servicio de urgencias de Pediatría, por síntomas tan diversos como: una masa abdominal, estreñimiento, dolor abdominal, fiebre, dificultad respiratoria o síntomas neurológicos compatibles con compresión medular o, con menor frecuencia, un síndrome opsoclunus-mioclonus(7-10,15,16).

Su historia natural es también heterogénea. En neonatos y lactantes < 1 año de vida es, por lo general, un tumor de buen pronóstico con características biológicas favorables y que, en muchos casos, regresa espontáneamente; mientras que, en otros, madura a un ganglioneuroma benigno. En cambio, en niños > 18 meses de edad, suele tener un pronóstico desfavorable a pesar del tratamiento multimodal intensivo(7-10,13,15,16).

Los avances en el estadiaje de la enfermedad, conseguidos gracias a las nuevas técnicas de imagen y de genética molecular, han facilitado la estratificación de los pacientes en grupos de riesgo con criterios definidos de tratamiento(5,6,17). Esto ha mejorado la supervivencia global a largo plazo, que se sitúa entre el 85-90%, para los pacientes de riesgo bajo o intermedio.

A pesar del tratamiento intensivo con quimioterapia, cirugía y radioterapia, seguidos de trasplante autólogo, ácido 13-cis retinoico e inmunoterapia, la supervivencia de los pacientes de alto riesgo no ha mejorado sustancialmente, siendo < 10% tras una recaída o en pacientes con enfermedad refractaria(7-9,13,16,18). En el futuro, el desarrollo de estrategias terapéuticas basadas en la inmunoterapia y/o dirigidas contra alteraciones moleculares específicas del tumor, contribuirán a mejorar la curación de la enfermedad, reduciendo al mismo tiempo los efectos secundarios a corto y largo plazo de los tratamientos actuales(8,13,18).

Epidemiología

Es una enfermedad propia de la infancia, siendo la mediana de edad al diagnóstico de 17 meses. Representa el 8-9% de todos los tumores pediátricos y es responsable de hasta el 15% de la mortalidad por cáncer infantil.

El NBL es la neoplasia más frecuente en el primer año de vida, doblando en incidencia a la leucemia. Es el primer tumor sólido extracraneal diagnosticado entre 0-14 años de edad, ocupando el cuarto lugar en frecuencia de todas las neoplasias infantiles después de las leucemias, los tumores del sistema nervioso central y los linfomas(1,2,8).

Representa, aproximadamente, el 8-9% de todos los canceres pediátricos, con una incidencia anual en España de 13 casos por 106 niños(2). Entre 1.100 casos nuevos de cáncer diagnosticados anualmente en nuestro país en niños < 15 años, aproximadamente 95-100 corresponden a tumores neuroblásticos(2).

La mediana de edad al diagnóstico es de 17-18 meses con una discreta predominancia en varones (ratio 1,2:1). Aproximadamente, el 30-40% de los casos se diagnostican durante el primer año de vida, el 90% antes de los 5 años de edad y el 98% antes de los 10 años(1,8,10). La enfermedad es muy rara en adolescentes y adultos jóvenes, en los que tiene un comportamiento más indolente, pero más letal(19).

Además, es responsable del 12-15% de la mortalidad por cáncer en la edad pediátrica, con una supervivencia global a los 5 años del 70-80% y solo del 50% en las formas diseminadas de alto riesgo(1,2,9,10,18).

Etiología

La etiología del NBL es desconocida. El 1-2% de los casos son familiares y se asocian a mutaciones germinales en el gen ALK y con menor frecuencia en PHOX2B.

La etiología del NBL es desconocida no habiéndose relacionado claramente con la exposición a ningún factor ambiental pre o postnatal.

Aunque la mayoría son esporádicos, el 1-2% de los casos tienen historia familiar. Con un patrón de herencia autosómica dominante y de penetrancia variable, se presentan tumores tanto benignos como malignos dentro de la misma familia, generalmente multifocales y en edades tempranas. El 75% de los NBL familiares se relacionan con mutaciones en línea germinal del gen ALK (Anaplastic Lymphoma Kinase), que determinan la activación anormal del gen(9-13). En cambio, solo 6-10% de los casos esporádicos presentan mutaciones activadoras de ALK.

También se han identificado mutaciones con pérdida de función en PHOX2B (Paired Like Homeobox 2B) en el 10% de NBL familiares y en cerca del 4% de NBL esporádicos de alto riesgo(8,11-13,19). Estos últimos parecen asociarse con otras enfermedades de la CN (neurocrestopatías) como la enfermedad de Hirschsprung y el síndrome de hipoventilación congénita central de Ondine.

También se ha encontrado cierta asociación entre NBL y enfermedades relacionadas con mutaciones de NRAS (síndrome de Costello, síndrome de Noonan, Neurofibromatosis tipo 1) o de TP53 (síndrome de Li Fraumeni), el síndrome de Beckwith-Wiedeman y el síndrome de paraganglioma/feocromocitoma familiar, entre otros(8).

Etiopatogenia

El NBL es un tumor embrionario que deriva de los precursores simpático-adrenales de la cresta neural, a consecuencia de la desregulación de su proceso normal de diferenciación, maduración y apoptosis.

El NBL es un tumor embrionario que se origina a partir de los progenitores simpático-adrenales (PSA) de la cresta neural (CN), un tejido primitivo transitorio derivado del neuroectodermo(11-14). A partir de la 5ª-6ª semana de gestación, las células de la cresta neural (CCNs) migran hacia ambos lados de la aorta dorsal, formando las cadenas simpáticas paravertebrales. Algunas de estas células migran por delante de la aorta y dan lugar a los plexos celíaco y mesentérico. En la 7ª semana del desarrollo, células del ganglio simpático suprarrenal (originado en la CN) atraviesan la corteza y forman la médula suprarrenal(11,12,14). Las células de la médula también se diferencian hacia células cromafines, que contienen catecolaminas y otras sustancias (neuropéptido Y, sustancia P, serotonina, etc.) (Fig. 1).

Figura 1. Desarrollo del neuroblastoma a partir de la cresta neural y factores reguladores más importantes. Durante la embriogénesis las CCNs entran en un proceso de TEM, adquiriendo la capacidad de separarse de la CN, migrar y diferenciarse, dando lugar, entre otras, a las células del SNS. Un complejo sistema de señales de activación y de transcripción y de modificaciones epigenéticas regulan este proceso. La alteración del mismo a cualquier nivel puede inducir cambios que a posteriori son relevantes en la oncogénesis, pero solo las mutaciones activadoras de ALK y la sobreexpresión de NMYC tienen un papel directo en el desarrollo del neuroblastoma (NBL). La familia de proteínas BMP, la vía de señalización Wnt y el FGF habilitan a las CCNs para desplazarse, siendo cruciales, al igual que Rho, en la migración y diferenciación de los PSA. La sobrexpresión de NMYC es el mecanismo oncogénico más importante, ya que induce la proliferación e inhibe la apoptosis de los PSA. Lin28B es un inductor en la génesis del NBL: controla la expresión de NMYC y mantiene la indiferenciación de los PSA. ALK participa en la regulación de la proliferación neuronal en etapas tempranas del desarrollo, acelerando la transformación maligna y el desarrollo del NBL en presencia de otros insultos genéticos. PHOX2B, controlado por BMP, es el regulador más importante de la determinación de los PSA; mutaciones en este gen bloquean su diferenciación, proliferando los precursores neurales inmaduros que secundariamente adquirieren lesiones preneoplásicas. SWI/SNF, codificados por ATRX, actúan como supresores tumorales coordinando la remodelación de la cromatina y la reparación del ADN. CCNs: células de la cresta neural; TEM: transición epitelial-mesenquimal; CN: cresta neural; SNS: sistema nervioso simpático; ALK: Anaplastic Lymphoma Kinase; BMP: Bone Morphogenic Proteins; FGF: Fibroblast Growth Factor; Wnt: Wingless; PSA: progenitores simpático-adrenérgicos; PHOX2B: Paired-like homeobox 2B; SWI/SNF: SWItch/Sucrose Non Fermentable; ATRX: Sporadic α-thalassaemia/Mental Retardation Syndrome X-Linked. Adaptado de: Johnsen JI et al; Front Mol Neurosci 2019.

Un complejo sistema de señales de transducción y de factores epigéneticos controla el desarrollo normal de la CN, de modo que la detención o desregulación del proceso de maduración en cualquiera de sus fases podría iniciar la transformación maligna de los neuroblastos(12-14). La figura 1 ilustra este proceso y en ella se muestran los factores más relevantes implicados en el desarrollo del NBL, siendo clave la acción de los oncogenes NMYC y ALK(14). Es razonable pensar que, cuando estas alteraciones ocurren en un estadio precoz del desarrollo, los tumores son más indiferenciados y de peor pronóstico, y viceversa.

Se cree que todos los NBL se originarían del mismo precursor en la CN, pero debido a diferentes tipos de inestabilidad genómica, se producirían alteraciones diversas y tumores con diferente comportamiento clínico(8,11,16) (Fig. 2).

Figura 2. Modelo genómico de oncogénesis en el neuroblastoma (NBL). Según el tipo de alteración genómica se distinguen dos tipos de NBL, cada uno con un comportamiento clínico diferente.

Tipo 1 o perfil NCA: triploides o casi-triploides con ganancia o pérdida de cromosomas enteros, sin alteraciones estructurales, expresan TrkA. En presencia de agentes diferenciadores (+NGF), maduran a tejido ganglionar y, en su ausencia (-NGF), entran en apoptosis. Son tumores localizados de buen pronóstico en < 1 año de edad, sensibles a 13-cis retinoico y con tendencia a madurar o a regresar espontáneamente. Tipo 2 o perfil SCA: diploides o cuatriploides con cambios estructurales (ganancia de 17q, deleciones de 1p o 11q y/o NMYC-amp). Expresan TrkB y su ligando, BDNF, que favorecen la supervivencia de las células tumorales. Se asocian a enfermedad avanzada y de mal pronóstico en > 1 año de edad. El subtipo 2A, sin NMYC-amp y con deleciones de 3p y 11q o con deleción de 1p, tiene un curso insidioso con sucesivas recaídas y supervivencia más prolongada. El subtipo 2B, con deleción 1p y NMYC-amp, presenta frecuentes recaídas precoces y pobre supervivencia a corto plazo. NCA: Numerical Chromosomal Aberrations; SCA: Segmental Chromosomal Aberrations; TrkA/B: Tropomyosina Receptor Kinasa; NGF: Neural Growth Factor; BDNF: Brain-Derived Neurotrophic Factor; CADM1: Cell Adhesion Molecule 1; CHD5: Chromodomain Helicase DNA Binding Protein 5. Adaptado de: Brodeur GM. Nat Rev Ca. 2003; Pediatr Integral. 2016; XX (7): 434-446.

Los receptores de tropomiosín kinasa: TrkA, TrkB y TrkC (codificados por los genes NTRK1, NTRK2 y NTRK3, respectivamente), tienen elevada afinidad para NGF (Neural Growth Factor) y otras neurotrofinas, siendo fundamentales para el desarrollo normal y el mantenimiento del SNC y periférico(11-14). La diferente expresión de TrkA y TrkB en el NBL explicaría en parte la heterogeneidad de la enfermedad.

Presentación clínica

La presentación clínica del NBL es heterogénea y depende de la localización del tumor primario y sus metástasis. Los pacientes pueden estar asintomáticos o presentar cuadros clínicos graves con afectación del estado general.

Los tumores neuroblásticos pueden originarse en cualquier lugar del SNS, por lo que los signos y síntomas de presentación dependen de la localización del tumor primario, de su extensión y de la presencia o no de enfermedad diseminada. Mientras que los pacientes con NBL localizados suelen estar asintomáticos, los niños con enfermedad metastásica presentan síntomas sistémicos (Tablas I y II).

Enfermedad localizada: el abdomen es el lugar de origen más frecuente (65% de los casos) con > 40% localizados en la glándula suprarrenal. En recién nacidos y lactantes es común el hallazgo casual de una masa suprarrenal en una ecografía. Los NBL retroperitoneales suelen presentarse como una masa abdominal asintomática detectada por los padres o por el pediatra de Atención Primaria durante una revisión de rutina. Los tumores abdominales de gran tamaño pueden causar: importante distensión abdominal, estreñimiento, dolor subagudo o agudo secundario a hemorragia intratumoral y/o hipertensión arterial (HTA) por compresión de los vasos renales(7-10,13,16,20). La producción de catecolaminas por el tumor también puede causar rubor, taquicardia e HTA.

Otras localizaciones frecuentes son: cuello (5%), tórax (15%) y pelvis (5%). Los NBL cervicales pueden debutar con un síndrome de Horner por la lesión del ganglio estrellado o cervicotorácico (Tabla II). Los NBL torácicos generalmente son un hallazgo casual en una radiografía de tórax realizada en un paciente con tos persistente o dificultad respiratoria. Pueden comprimir y desplazar la vía aérea o el parénquima pulmonar y, ocasionalmente, producir un síndrome de vena cava superior. A nivel pélvico, pueden causar síntomas compresivos, como retención urinaria y estreñimiento(7-10,13,16,20). Cuando se originan en los ganglios paraespinales, pueden presentar síntomas neurológicos compatibles con un síndrome de compresión medular (dolor de espalda, debilidad muscular, alteraciones sensitivas), al extenderse a lo largo de las raíces nerviosas y a través del foramen neural.

Enfermedad metastásica: alrededor del 55% de los pacientes presentan metástasis al diagnóstico (80% de los niños mayores y 40% de los lactantes). La enfermedad se disemina a los ganglios linfáticos locorregionales o por vía hematógena a huesos y médula ósea(7-10,20). Las metástasis óseas causan: dolor, irritabilidad, inflamación y cojera. La infiltración medular puede causar anemia y trombocitopenia. Las metástasis en hígado y piel son más frecuentes en lactantes < 18 meses de edad (Tablas I y II).

Enfermedad 4S o MS (S = “Special”): es una forma de presentación especial en lactantes con metástasis limitadas a hígado, médula ósea y piel, y un tumor primario de pequeño tamaño y con tendencia a la regresión espontánea. La infiltración hepática masiva puede progresar rápidamente y causar insuficiencia hepática y coagulopatía junto con una gran distensión abdominal (Tabla II). Esta puede producir dificultad respiratoria, insuficiencia renal y edema escrotal y de miembros inferiores, por compresión de la vena cava inferior, especialmente en < 3 meses de edad(7-10,20).

Síndromes paraneoplásicos (Tabla II): generalmente, asociados a NBL localizados y diferenciados. La secreción de péptido intestinal vasoactivo (VIP) por el tumor puede causar una diarrea secretora intratable. El síndrome opsoclonus-mioclonus (SOM) se presenta en el 2-3% de pacientes y, aunque el pronóstico del tumor suele ser favorable, el 70-80% de los niños presentarán déficits neurológicos a largo plazo(7-10,15,16).

Patobiología

Las características histopatológicas y las alteraciones genéticas conforman los pilares del diagnóstico patológico del NBL, con importantes implicaciones pronósticas y terapéuticas.

Clasificación histológica

El NBL es un tumor de células pequeñas, redondas y azules. La clasificación histopatológica del INPC (International Neuroblastoma Pathology Classification) tiene valor pronóstico.

El NBL es un tumor de células pequeñas, redondas y azules, características que definen un grupo de neoplasias indiferenciadas propias de la edad pediátrica, entre las que se incluyen: sarcoma de Ewing, linfoma no Hodgkin, tumor neuroectodérmico primitivo (PNET), rabdomiosarcoma o tumor de Wilms(8).

Los tumores neuroblásticos están formados por dos tipos celulares, células gangliónicas o neuroblastos y células reactivas, denominadas estroma de Schwann. La disposición de los neuroblastos alrededor de un centro de tinción eosinofílico se conoce como roseta de Homer-Wright, característica del tumor. Las células de Schwann, en respuesta a sustancias sintetizadas por el tumor, inhiben la proliferación e inducen la maduración de los neuroblastos. Entre los marcadores histoquímicos que ayudan al diagnóstico, se encuentran: enolasa neuronal específica (ENE), sinaptofisina, gangliósido GD2, receptores de TrK y la cromogranina A(8).

Existen cuatro subtipos morfológicos clasificados según su composición y diferenciación celular(3,4,8): ganglioneuroma (GN) con predominio de estroma schwanniano, ganglioneuroblastoma (GNBL) entremezclado (rico en estroma), ganglioneuroblastoma nodular (con zonas ricas en estroma y otras pobres en estroma) y neuroblastoma (pobre en estroma schwanniano). Dentro de este último, se incluyen tres tipos: indiferenciado, pobremente diferenciado y en diferenciación. Estos tipos morfológicos representan distintos estadios de maduración de la misma enfermedad, siendo el GN un NBL completamente maduro y diferenciado.

La clasificación histopatológica del NBL utilizada en la actualidad es la del INPC (International Neuroblastoma Pathology Classification), que es una modificación de la clasificación original de Shimada(3,4) y tiene impacto pronóstico ajustado a la edad (Tabla III).

Alteraciones genéticas

Mutaciones somáticas recurrentes en genes como ALK son raras en el NBL, mientras que alteraciones cromosómicas, como la amplificación de NMYC, la ganancia de 17q y la deleción de 1p y 11q se observan con frecuencia.

Las alteraciones citogenéticas identificadas en el NBL incluyen la amplificación de oncogenes, pérdidas y ganancias parciales o completas de cromosomas, alteraciones en el índice de ADN y mutaciones(8-14) (Tabla IV).

Amplificaciones: el oncogén NMYC (cromosoma 2p24), está amplificado (> 10 copias) en 20-25% de los casos. Se asocia a mal pronóstico, usándose de rutina para la asignación del riesgo en el sistema INRG (International Neuroblastoma Risk Group)(5,6). En el grupo de bajo riesgo (localizados y MS), el 8-10% tienen NMYC-amp, lo que empeora claramente su pronóstico. Su influencia es menos relevante en estadios 4 o M (30% con NMYC-amp), ya que acumulan otros factores de mal pronóstico(8-14). ALK (cromosoma 2p23.2), es el siguiente gen en frecuencia amplificado en el NBL (2-4%). Es también un factor de mal pronóstico y se asocia a NMYC-amp.

Alteraciones cromosómicas segmentarias (SCA – Segmental Chromosomal Alterations): la pérdida de heterocigosidad (LOH, Loss of Heterozygosity) en el cromosoma 1, implica la deleción de la región 1p36. Se asocia a un pronóstico desfavorable y a otras características de alto riesgo, como mayor edad, NMYC-amp y enfermedad diseminada(8-14). Se ha relacionado con la pérdida de CHD5 (Chromodomain Helicase DNA Binding Protein 5), un gen supresor tumoral localizado en 1p36.31. La deleción de 11q también se asocia a mal pronóstico, generalmente en tumores sin NMYC-amp, y se ha correlacionado con la pérdida de CADM1 (Cell Adhesion Molecule 1), un gen de supresión tumoral localizado en 11q23.3(8-14). Son también frecuentes las deleciones de 3p, 4p, 9p y 14q. La alteración genómica más frecuente en el NBL es la ganancia de la porción distal de 17q, detectada en el 50% de los casos, asociada a mal pronóstico y a otros factores de riesgo, como mayor edad, NMYC-amp y deleción de 1p. También son frecuentes las ganancias de 1 p y 2p(8-14).

Ploidía (NCA – Number of Chromosome Copies): la ganancia o pérdida de cromosomas enteros modifica el contenido de ADN o ploidía tumoral. Esta tiene impacto pronóstico, especialmente en pacientes con otros datos favorables, como lactantes < 12-18 meses de edad con estadio MS y sin NMYC-amp o con enfermedad localizada y NMYC-amp(8-14). En estos pacientes, la hiperdiploidía (índice de ADN > 1 y < 2) se asocia con enfermedad de bajo riesgo, buena respuesta a quimioterapia y evolución favorable, especialmente si no tienen NMYC-amp. Los tumores con contenido diploide/tetraploide (índice de ADN = 1 o 2) se asocian con enfermedad avanzada, NMYC-amp y un comportamiento desfavorable. Los tumores hiperdiploides en niños mayores también tienen SCA y mal pronóstico(8-14).

Mutaciones somáticas: se han descrito mutaciones activadoras en el dominio tirosín kinasa de ALK (8-10% de NBL), así como mutaciones con pérdida de función en PHOX2B (4%) y en ATRX (10%). Este último juega un papel importante en la regulación epigenética (alargamiento de los telómeros) y se detecta en el 50% de NBL del adolescente y del adulto joven, pero no en lactantes o en tumores con NMYC-amp(8-14).

Marcadores tumorales

Actualmente, sin valor pronóstico, apoyan el diagnóstico y pueden correlacionarse con enfermedad avanzada. La cuantificación de catecolaminas en orina es útil en el diagnóstico y seguimiento de la enfermedad.

La ENE (enolasa neuronal específica) es un marcador inespecífico de NBL, aunque niveles elevados se relacionan con enfermedad avanzada, del mismo modo que la LDH (Lactato Deshidrogenasa). También es frecuente encontrar niveles elevados de ferritina en pacientes con enfermedad avanzada y de mala evolución(8-14).

El NBL es un tumor productor de catecolaminas, siendo los ácidos homovanílico (HVA) y vanilmandélico (VMA) los metabolitos con mayor sensibilidad y especificidad para su detección. La cuantificación de estas catecolaminas en orina es parte de los estudios iniciales diagnósticos del NBL, así como del seguimiento de la enfermedad(9,10,13,17).

Diagnóstico

El diagnóstico del NBL se basa en la combinación de varias pruebas: estudios de imagen, marcadores tumorales, catecolaminas en orina y el análisis histológico y genético del tumor.

La biopsia del tumor primario o de una lesión metastásica de partes blandas es necesaria para el diagnóstico(9,10,13,17). En pacientes inestables en los que el riesgo quirúrgico no es asumible, se puede realizar el diagnóstico demostrando la infiltración tumoral en médula ósea y la elevación de catecolaminas en orina (Tabla V).

Las catecolaminas (HVA y VMA y dopamina) se encuentran elevadas en orina en el 90% de los niños con NBL(8,9,13) (Tabla VI).

Además de las radiografías convencionales y ecografías iniciales, se debe evaluar el tumor primario mediante RM o TC(8,9,13), determinando su localización, extensión, afectación ganglionar, relación con estructuras vecinas y diseminación metastásica (Fig. 3). Se incluirá el tumor primario, así como tórax, abdomen y pelvis (Tabla VI).

Figura 3. RM tóraco-abdominal en paciente de 10 meses de edad con neuroblastoma en estadio INRG L2. Tumoración sólida en región suprarrenal izquierda que se extiende por el hiato abdominal con prolongación en “reloj de arena” desde retroperitoneo a mediastino posterior. Cranealmente, contacta con la pared posterior del ventrículo izquierdo y, caudalmente, se extiende hasta la bifurcación aórtica. La masa adrenal izquierda engloba a la aorta abdominal y la arteria renal izquierda invadiendo el hilio renal izquierdo. Contacta con la cava abdominal, el origen del tronco celiaco y mesentérica superior, permaneciendo estos vasos permeables. Según el estadiaje INRG, hay múltiples factores de riesgo definidos por imagen, incluyendo la afectación de dos compartimentos anatómicos.

La MIBG (Meta-Iodo-Benzil-Guanidina) es una molécula marcada radiactivamente, generalmente con I123, de estructura similar a la de la norepi-nefrina, captada por el transportador de norepinefrina en el 90% de los NBL. La gammagrafía con MIBG es altamente específica para NBL (Fig. 4) y se debe realizar siempre al diagnóstico para determinar la presencia de metástasis, así como para evaluar la respuesta al tratamiento(8,9,21). En casos dudosos, la correlación entre MIBG y SPECT/TC (Single Photon Emission Computed Tomography) mejora la precisión diagnóstica. Los NBL que no captan MIBG (10%) se estudiarán mediante PET-TC con 18-FDG (18F-fluoro-2-deoxi-D-glucosa).

Figura 4. Gammagrafía con MIBG en un paciente de 6 años de edad, que muestra una captación ávida en el neuroblastoma primario suprarrenal y diseminación metastásica ósea generalizada.

También se realizarán aspirados y biopsias de médula ósea bilaterales al diagnóstico y a intervalos regulares durante el tratamiento y en el seguimiento de los pacientes de alto riesgo (Tabla VI).

Varios estudios han demostrado la utilidad de la monitorización de la enfermedad mínima residual (EMR), tanto en sangre periférica (SP) como en médula ósea (MO) para el seguimiento de la enfermedad(22). El método más sensible y especifico es la RT-PCR (Real-Time PCR) de marcadores específicos de NBL, como la tirosina hidroxilasa (TH), principal enzima de la síntesis de catecolaminas. En el NB de alto riesgo, la EMR persistente en MO al final de la quimioterapia de inducción, predice la recaída y/o muerte en los siguientes 24 meses de media. La cuantificación de la GD2 sintetasa mediante anticuerpos monoclonales antiGD2 permite la detección de células tumorales ocultas en MO y SP, y es un marcador muy útil y precoz para evaluar la eficacia de la inmunoterapia con dinutuximab.

Diagnóstico diferencial

Desde el punto de vista histológico, se deben descartar otros tumores pediátricos indiferenciados de células pequeñas, redondas y azules y con tendencia a infiltrar la médula ósea, como el rabdomiosarcoma, el sarcoma de Ewing/PNET, el linfoma de Hodgkin y determinadas leucemias (megacarioblástica)(8).

El diagnóstico diferencial de una masa abdominal se hará con otros tumores retroperitoneales, principalmente con el nefroblastoma. A diferencia de este, el NBL es una masa dura y fija, que cruza la línea media y que, en ocasiones, se asocia con síntomas constitucionales. En cuanto a las masas suprarrenales, en neonatos y lactantes, se deben considerar la hemorragia suprarrenal, la hiperplasia adrenal congénita, el secuestro pulmonar (subdiafragmático extralobar) y el quiste broncogénico(8,23).

La diarrea secretora se puede confundir con infecciones gastrointestinales o enfermedad inflamatoria intestinal y el SOM puede simular un trastorno neurológico. La hepatomegalia en un lactante puede hacer pensar inicialmente en una enfermedad metabólica o de depósito(8,24). Además, el NBL diseminado será considerado dentro del diagnóstico diferencial de enfermedades infecciosas o inflamatorias, como la osteomielitis o la artritis reumatoide(8).

Estadiaje y clasificación

El estadio de la enfermedad, la edad al diagnóstico, la histología y la biología del tumor son criterios necesarios para clasificar a cada paciente en su grupo de riesgo y asignarle el tratamiento más adecuado.

Estadio tumoral: entre los diversos sistemas de estadiaje del NBL existentes antes del 2010, el más utilizado era del INSS (International Neuroblastoma Staging System)(17). La extensión de la resección quirúrgica al diagnóstico y la presencia de metástasis define los cuatro estadios de este sistema (1 a 4), además del estadio 4S (Tabla VII). Los pacientes con enfermedad en estadio 1 y 2A son de bajo riesgo, mientras que los demás pertenecen al riesgo alto o intermedio. La resecabilidad del tumor y, por tanto, el estadiaje, dependía de la experiencia de equipo quirúrgico, haciendo difícil comparar resultados entre los diferentes centros.

En 2009, el grupo de trabajo del INRG (International Neuroblastoma Risk Group Staging System) diseñó un nuevo sistema de estadiaje y de clasificación del riesgo, tras analizar los datos de más de 8.800 pacientes diagnosticados entre 1990 y 2002 en EE.UU, Europa, Japón y Australia(5,6) (Tabla VII). Este sistema define dos estadios localizados (L1 y L2) y dos metastásicos (M y MS). La presencia de metástasis y de factores de riesgo del tumor, definidos en los estudios de imagen (IDRFs-Image Defined Risk Factors) antes de la cirugía o de cualquier tratamiento, determinan la extensión de la enfermedad (Tabla VIII).

Los IDRFs son características del tumor primario que suponen una amenaza para la vida del paciente o que incrementan el riesgo quirúrgico, condicionando una peor evolución.

Clasificación en grupos de riesgo: actualmente la clasificación más utilizada es la del INRG que estratifica a los pacientes en 16 grupos de riesgo pretratamiento (Tabla IX)(6).

Para ello, tiene en cuenta siete factores pronósticos: el estadio, la edad, la histología (tipo y grado de diferenciación) y la biología del tumor (amplificación de NMYC, ploidía, deleción 11q)(5,6). Según la supervivencia libre de enfermedad (SLE), a los 5 años los pacientes se agrupan en cuatro categorías de riesgo: muy bajo (SLE > 85%), bajo (75-85%), intermedio (50-75%) y alto (< 50%)(5,6).

En el futuro, los nuevos conocimientos sobre las alteraciones genómicas y moleculares del NBL permitirán redefinir de forma más precisa estos grupos de riesgo y aplicar estrategias basadas en la medicina personalizada(10).

Bases del tratamiento del neuroblastoma

Las modalidades tradicionales de tratamiento del NBL son la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia, a las que, en los últimos años, se han incorporado la inmunoterapia y la terapia diferenciadora.

La cirugía tiene un papel fundamental en el NBL, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento. La biopsia inicial es crucial para establecer el diagnóstico inequívoco del tumor y para el estudio de sus características biológicas. En la enfermedad en recaída, la biopsia puede aportar información adicional sobre la biología tumoral y, mediante las nuevas técnicas de secuenciación masiva, posibilitar la detección de nuevos marcadores moleculares para la aplicación de terapias personalizadas.

El abordaje quirúrgico, ya sea mediante cirugía abierta o técnicas menos invasivas (laparoscopia, toracoscopia, biopsia percutánea), dependerá de la localización, extensión y resecabilidad de la lesión. Los tumores localizados sin IDRFs se resecarán en la cirugía inicial(8,9,13). En los demás casos, la biopsia garantizará la obtención del material suficiente para realizar todos los estudios y se valorará extirpar el resto tumoral de forma diferida. El riesgo de complicaciones quirúrgicas es mayor en los lactantes, sobre todo en < 2 meses de edad, en los que la enfermedad tiene mejor pronóstico; por lo que, en estos casos, se debe valorar cuidadosamente la indicación de la cirugía.

El NBL es un tumor radiosensible, pero la elevada prevalencia de metástasis óseas hace que la radioterapia no sea curativa(8). La radioterapia está indicada como tratamiento de la enfermedad residual en algunos tumores localizados, en el control de la enfermedad local y de metástasis refractarias en pacientes de alto riesgo, así como en pacientes en fase terminal, para mitigar el dolor asociado a las metástasis óseas(8). Actualmente, el uso de radioterapia urgente en la compresión medular o en la infiltración hepática masiva es excepcional, siendo preferible la quimioterapia, tanto por su eficacia como por el menor riesgo de efectos secundarios a largo plazo.

La quimioterapia está indicada en pacientes de riesgo intermedio o alto, así como en algunos pacientes de bajo riesgo con compromiso vital, variando la intensidad de la misma según el riesgo.

Tratamiento ajustado al riesgo

El tratamiento del NBL depende del grupo de riesgo al que pertenezca el paciente, basado en las diferencias pronósticas relacionadas con la edad y la biología tumoral, por lo que las estrategias terapéuticas son muy variadas.

El tratamiento dentro de cada grupo de riesgo, especialmente en el intermedio, difiere en cierta medida entre los distintos grupos colaborativos(9,13,24). A continuación, se describen las recomendaciones terapéuticas del grupo de NBL de la Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica Europea o SIOPEN (SIOP-Europa-Neuroblastoma) (Tabla X y Fig. 5).

Figura 5. Tratamiento del neuroblastoma adaptado al riesgo. Los pacientes de bajo riesgo generalmente se curan solo con cirugía; los pacientes asintomáticos con tumores con alta probabilidad de regresión, se manejan solo con observación. En el riesgo intermedio, los pacientes reciben quimioterapia, con un nº de ciclos variable en función de la respuesta y resección quirúrgica. Los pacientes de alto riesgo necesitan tratamiento intensivo que incluye: quimioterapia, cirugía, altas dosis de quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia y terapia diferenciadora.Adaptado de: Tolbert VP et al, Cell Tissue Res. 2018.

Tratamiento del NBL de muy bajo y de bajo riesgo

En los pacientes de bajo riesgo y asintomáticos, la resección quirúrgica o la observación en tumores con tendencia a la regresión espontánea, son suficientes para el control de la enfermedad.

Dentro de SIOPEN, se consideran de bajo riesgo los estadios INRG L1, L2 y MS con edad y características biológicas favorables (Tabla X). Su pronóstico es excelente, con SLE > 90% y supervivencia global (SG) cercana al 100%. La mayoría de estos pacientes se curan solo con cirugía y en algunos casos sin ningún tratamiento, dada la tendencia de estos tumores a la regresión espontánea(8,9,13,20).

Pacientes 12 meses, estadio MS y sin NMYC-amp alcanzan SG > 85% solo con observación clínica y seguimiento ecográfico. La quimioterapia se reserva para los pacientes con síntomas amenazantes para la vida (SAVs), como compresión medular o distrés respiratorio secundario a infiltración hepática masiva (Tabla XI).

Los fármacos utilizados son: etopósido, carboplatino, ciclofosfamida y doxorrubicina, y se administrarán solo los ciclos necesarios para el control de síntomas(2-4).

La mayoría de los NBL neonatales son masas adrenales en estadios INRG L1/L2 de histología favorable, que suelen regresar espontáneamente. En los niños < 3 meses de edad y asintomáticos, con tumores < 5 cm de diámetro, se realiza solo observación y, en caso de progresión, se realiza cirugía y el estudio histológico y molecular del tumor(8,9,13,20).

La cirugía es de elección en tumores localizados (INRG L1 y L2), resecables y biológicamente favorables. Algunos pacientes progresan después, pero se pueden rescatar con cirugía y/o quimioterapia sin un impacto significativo en la SG. La observación está indicada en los pacientes con INRG L2 (INSS 2A y 2B) con características biológicas favorables y con IDRFs, recibiendo quimioterapia en caso de progresión o presencia de SAVs, seguida de exéresis tumoral si fuera posible. Los niños con NBL en estadio L2 sin NMYC-amp, pero con perfil biológico SCA (antes incluidos en el grupo de alto riesgo), también reciben quimioterapia (4 ciclos) seguida de cirugía(8,9,13,20).

Tratamiento del NBL de riesgo intermedio

Los pacientes de riesgo intermedio se tratan con quimioterapia cuya duración depende de la respuesta, así como cirugía del tumor primario.

Es un grupo muy heterogéneo con tumores de características biológicas variables, pero con tasas de SG > 80%, cuando se combinan quimioterapia y cirugía. Incluye niños > 18 meses de edad con enfermedad en estadio INRG L2 (INSS 3) y 12 meses en estadio M, ambos sin NMYC-amp (Tabla X). La resección del tumor primario se realiza después de 4-6 ciclos de quimioterapia, siempre que sea posible. Si la histología es desfavorable, los pacientes reciben después radioterapia local y terapia diferenciadora. Con esta estrategia, la SG a los 5 años es > 90% en los lactantes en estadio M y del 70% en niños > 18 meses de edad con NBL en estadio L2(8,9,13,20).

Los pacientes con NBL estadio L1 y NMYC-amp son un tipo especial dentro del grupo de riesgo intermedio y reciben quimioterapia (6 ciclos), inmediatamente después de la cirugía del tumor primario, ya que sin tratamiento suelen presentar recaídas metastásicas en los meses siguientes.

Tratamiento del NBL de alto riesgo

Los pacientes de alto riesgo reciben tratamiento multimodal intensivo con: quimioterapia, cirugía, radioterapia, inmunoterapia y terapia diferenciadora con ácido 13-cis retinoico.

En este grupo se incluyen los pacientes con estadios INRG > L1 (L2, M y MS) con NMYC-amp y los 12 meses en estadio M y MS sin NMYC-amp. Presentan recaídas frecuentes y alta mortalidad, con una probabilidad de SG a los 5 años del 50%.

El tratamiento se divide en 4 fases (Fig. 5): inducción (quimioterapia y cirugía), consolidación (trasplante autólogo y radioterapia) y mantenimiento (inmunoterapia y ácido 13-cis-retinoico). El objetivo de la quimioterapia de inducción es conseguir la máxima reducción del tumor primario y de las metástasis. La intensidad de dosis se relaciona con la respuesta y la supervivencia. El régimen recomendado es el “Rapid COJEC” (vincristina, carboplatino, etopósido, cisplatino y ciclofosfamida), que administrado en un periodo de tiempo muy ajustado (3-4 meses) trata de evitar el desarrollo de resistencias farmacológicas(8,9,13,20). Al final de la inducción, la persistencia de infiltración medular y de metástasis óseas en la mIBG (score SIOPEN) son factores independientes de mal pronóstico.

En los pacientes con respuesta adecuada, se procede a la extirpación quirúrgica del tumor primario, finalizando con ello el tratamiento en los pacientes > 12 meses, estadio M y sin NMYC-amp. Los demás pacientes continúan con la fase de consolidación, que consiste en quimioterapia mieloablativa (busulfan y melfalan) seguida de rescate con trasplante autólogo y radioterapia local. El tratamiento de mantenimiento incluye ácido 13-cis-retinoico, que induce la diferenciación de las células tumorales residuales e inmunoterapia con el anticuerpo monoclonal anti-GD2, dinutuximab(8,9,13,20,25).

Tratamiento de enfermedad refractaria y las recaídas

El NLB refractario o en recaída es difícilmente curable, no habiéndose definido aún el tratamiento óptimo de los pacientes de alto riesgo en esta situación.

Alrededor del 20% de los pacientes con NBL de alto riesgo son refractarios al tratamiento de primera línea y el 60% de los que completan el tratamiento recaen (mediana de 1,5 años desde el diagnóstico). La SG después de una recaída es < 10%, siendo mejor en pacientes en estadio L1 (70%) comparado con aquellos en estadio L2 (40%) o M (2%). No se ha establecido aún el tratamiento estándar de estos pacientes. La quimioterapia de rescate incluye combinaciones de temozolamida con irinotecan y/o bevacizumab (BEACON) y topotecan con temozolomida o ciclofosfamida o con doxorrubicina y vincristina en perfusión continua (TVD), con resultados variables(9,13,20). La terapia con 131I-mIBG es otra alternativa, con un 30-40% de respuestas globales.

Actualmente, se encuentran en investigación varios fármacos dirigidos contra dianas moleculares como: los inhibidores de ALK (crizotinib), inhibidores de Aurora A kinasa (desestabilizan N-MYC), de histona deacetilasa (vorinostat) o de Trkb (entrectinib). Otros ensayos clínicos incluyen: inhibidores de check-point, inmunoterapia (anti-GD2 con células NK, nalixamab con GM-CSF) y terapia celular con CAR-T (Chimeric Antigen Receptors -T cells) contra GD2(9,13,20).

Efectos secundarios a largo plazo

Los pacientes que sobreviven a un neuroblastoma de riesgo intermedio o alto que han recibido tratamiento con quimioterapia, radioterapia y cirugía, tienen un riesgo elevado de desarrollar efectos secundarios a largo plazo.

Los pacientes que reciben quimioterapia y radioterapia tienen riesgo de presentar efectos secundarios a largo plazo como: ototoxicidad, cardiotoxicidad, osteoporosis, complicaciones endocrinas (talla baja, hipotiroidismo), diarrea crónica, hiperplasia nodular focal hepática, segundos tumores (cáncer de tiroides, renal y de partes blandas y leucemia aguda) e infertilidad(8,9). Además, al diagnóstico, los pacientes pueden presentar complicaciones neurológicas, como compresión medular o SOM, que a largo plazo pueden determinar secuelas neuromusculares como: paraplejia, incontinencia, escoliosis, déficits neurocognitivos y alteraciones del desarrollo(15).

Feocromocitoma y paraganglioma

Son tumores secretores de catecolaminas derivados de las células cromafines de la médula suprarrenal (feocromocitoma) o de los ganglios del SNS (paraganglioma).

Son tumores neuroendocrinos originados a partir de las células cromafines derivadas de la CN (Fig. 1). El 80% se localizan en la médula suprarrenal y se denominan feocromocitomas y el resto, los paragangliomas, asientan en los ganglios simpáticos prevertebrales y paravertebrales de cabeza y cuello, mediastino, abdomen y pelvis.

Predominan en población adulta, y solo el 10-20% se presentan en niños. Pueden ser esporádicos, familiares (mutaciones en las subunidades de la succinato-dehidrogenasa, SDHD) o asociarse a síndromes genéticos, como la enfermedad de Von Hippel Lindau (la más frecuente), la neoplasia endocrina múltiple tipo 2 y la neurofibromatosis tipo 1(26). Los tumores multifocales, extraadrenales o bilaterales en pacientes pediátricos sugieren una causa genética.

Ambos tumores sintetizan y secretan catecolaminas (dopamina, norepinefrina, epinefrina) y sus metabolitos (HVA, normetanefrina y metanefrina). Por ello, se manifiestan con: hipertensión, taquicardia, sudoración, cefalea, temblor y ansiedad. La invasión local o la existencia de metástasis a distancia (hueso, hígado, pulmón y ganglios linfáticos) determinan su malignidad, siendo, por lo general, tumores > 5 cm, paragangliomas y familiares(26).

El diagnóstico se realiza mediante TC o RM y la cuantificación de catecolaminas y sus metabolitos en sangre y orina. El estudio de extensión se completa con la 123I-MIBG, aunque otros radiotrazadores como análogos de somatostatina marcados con galio, 18-fluorodopa o 18-fluoro-dihidroxifenilalanina, también son de utilidad(26).

El tratamiento de elección es la resección quirúrgica. La complicación más frecuente es la hipotensión arterial grave intraoperatoria y postoperatoria, por lo que es prioritario el control de la TA previo a la cirugía, mediante bloqueo adrenérgico (primero alfa y después beta) y prevenir la hipovolemia. Los pacientes metastásicos se pueden tratar con: quimioterapia (ciclofosfamida/vincristina/dacarbazina o temozolamida), radioterapia, embolización, ablación con radiofrecuencia o radionucleótidos (o 131I-MIBG o 177Lu-DOTATATE)(26). También se han ensayado los inhibidores de tirosín kinasa (sunitinib) con resultados variables.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental el papel del pediatra de Atención Primaria en el diagnóstico de sospecha del neuroblastoma. Evitar demoras en la atención de estos pacientes en unidades especializadas de Oncología Pediátrica, tiene gran impacto en el pronóstico y calidad de vida de los supervivientes.

Por sus síntomas de presentación, se considera al neuroblastoma como un gran simulador, por lo que se debe incluir en el diagnóstico diferencial de enfermedades infecciosas y reumatológicas, cuadros digestivos (dolor abdominal, estreñimiento, anorexia, fallo de medro) y renales (hipertensión arterial idiopática).

Así mismo, es crucial identificar datos de alarma, como debilidad muscular, rechazo de la marcha o alteración del control de esfínteres, que pueden indicar una compresión medular o síntomas compatibles con un SOM, como alteraciones del comportamiento, ataxia y mioclonias.

En los casos en los que se sospeche un tumor de la cresta neural, la aproximación inicial en un paciente estable mediante analítica, ecografía y radiografía de tórax, es de gran utilidad. No se debe olvidar la posible aparición de citopenias en el hemograma o de alteraciones bioquímicas, como la elevación de la ferritina y de la LDH, que pueden simular una leucemia.

Los casos con alto índice de sospecha deben remitirse de inmediato a centros especializados con Unidades de Oncología Pediátrica.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Revisión exhaustiva sobre los conocimientos actuales del neuroblastoma, con especial detalle a sus características genéticas y moleculares y su papel en la oncogénesis. Actualiza aspectos relativos al diagnóstico, estadiaje y tratamiento.

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Revisión actualizada y concisa sobre los aspectos básicos del feocromocitoma y paraganglioma, con especial detalle a su presentación clínica y síndromes genéticos relacionados en pacientes pediátricos y al diagnóstico por imagen y su tratamiento.

Caso clínico

Anamnesis

Lactante de 2 meses de vida que consulta por distensión abdominal progresiva de 2 semanas de evolución, con empeoramiento de su reflujo gastroesofágico y cólicos. No refiere irritabilidad ni rechazo de las tomas, y se encuentra afebril. Hábito intestinal normal y diuresis conservada. Embarazo controlado y parto a término, eutócico. Apgar 9/10. Alimentado con lactancia materna exclusiva. Desarrollo psicomotor normal para la edad. Pauta de vacunación que corresponde a los 2 meses.

Exploración física

Afebril, con tensión arterial y frecuencia cardíaca normales para su edad. Buen estado general, bien hidratado y perfundido. Sin lesiones cutáneas y con auscultación cardiopulmonar normal. Destaca a la palpación abdominal, una masa pétrea que se extiende desde región subcostal hasta genitales, con molestias a la exploración, aunque sin signos de irritación peritoneal. Perímetro abdominal de 41,5 cm y genitales masculinos normales.

Pruebas complementarias

En la ecografía abdominal se objetiva una masa redondeada en región suprarrenal derecha de 3,5 x 2,9 x 3 cm y hepatomegalia masiva, encontrándose el hígado ocupado en su totalidad por lesiones nodulares (Fig. 6).

Figura 6. Imágenes del caso clínico. A. Radiografía simple (PA), en la que se aprecia importante distensión abdominal. B. Ecografía abdominal que muestra la masa suprarrenal. C y D. Imágenes de RM, en la que además de la masa suprarrenal, se aprecia la infiltración hepática masiva con múltiples imágenes nodulares (síndrome de Pepper).

Se completa el estudio de imagen con una radiografía de tórax que es normal y una resonancia magnética abdominal, donde se confirma la presencia de una masa redondeada hipointensa en T1 e hiperintensa en T2, localizada en región suprarrenal derecha. El parénquima hepático está sustituido en su práctica totalidad por innumerables lesiones nodulares, de una señal similar a la masa suprarrenal, sin lesiones a otros niveles (Fig. 6). El hemograma y la bioquímica son normales, salvo elevación de LDH de 1172 U/L (180-430), sin otros datos de lisis tumoral, y de enolasa neuronal específica (ENE) hasta 134 ug/L (0-18).

Evolución

Tras el ingreso, la situación clínica del paciente empeora, desarrollando hipertensión arterial que requiere tratamiento antihipertensivo y presenta datos de coagulación intravascular diseminada, por lo que ingresa en la unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos.

 

Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías

J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández
Temas de FC


J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández

Sección de Hematología y Oncología Pediátricas y del Adolescente. Servicio de Pediatría. Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Hospital Materno-Infantil. Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid. Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón (IiSGM). CIBEREHD

Resumen

En las últimas décadas, se ha experimentado un notable incremento en la supervivencia de los tumores diagnosticados en edad pediátrica, lo cual supone indudablemente un éxito de la medicina, pero genera un nuevo escenario, con un aumento de los efectos secundarios tardíos y de la mortalidad prematura respecto a la población general. Es de vital importancia, por tanto, el desarrollo de modelos de seguimiento del paciente superviviente, que permitan una comunicación fluida y eficiente entre profesionales sanitarios, un manejo individualizado para cada paciente, la implementación de hábitos de vida saludables y de protocolos de diagnóstico precoz, de recaídas y de secuelas tardías. De esta forma, se aumentará la adherencia al seguimiento y se reducirá la gravedad de la toxicidad crónica.
Existen guías de consenso nacionales e internacionales, cada vez de mayor calidad, pero con una elevada heterogeneidad entre ellas. A lo largo de la siguiente revisión, se hará referencia a estas guías de seguimiento, haciendo especial hincapié en los efectos secundarios tardíos por aparatos, su diagnóstico precoz y recomendaciones de manejo a largo plazo.

 

Abstract

Over the last several decades there has been a significant increase in the survival of most pediatric tumors, which is undoubtedly a success, but generates a new scenario with an increase in late side effects and premature mortality compared to the general population. Therefore, it is highly important to develop models for follow-up care of childhood cancer survivors, which allow fluid and efficient communication between healthcare professionals, individualized management for each patient, implementation of healthy lifestyle habits and early diagnosis protocols for relapses and late sequelae. Following this approach, adherence to follow-up will be increased and the severity of chronic toxicity will be reduced.
There are national and international consensus guidelines of increasing quality, but with a high degree of heterogeneity between them. In this article reference will be made to these follow-up guidelines, highlighting the specific late side effects on each organ system, their prompt recognition and recommendations for longterm management.

 

Palabras clave: Supervivientes de cáncer infantil; Efectos secundarios tardíos; Toxicidad a largo plazo; Segundas neoplasias.

Key words: Childhood cancer survivors; Late side effects; Long-term toxicity; Second malignancies.

 

Pediatría Integral 2021; XXV (7): 372 – 385


 

Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías

Introducción

La supervivencia al cáncer en edad pediátrica se ha incrementado notablemente en las últimas décadas, siendo esenciales las estrategias de prevención y la atención al diagnóstico precoz de secuelas tardías.

El número de supervivientes de cáncer infantil se ha incrementado de forma significativa en los últimos 40 años, pasando de un 58% de supervivencia entre 1975-1977 a un 83% entre 2008-2014(1). En España, se observó un incremento de un 23% de supervivencia (del 54 al 77% de 1980-1984 a 2000-2004), con una disminución de un 50% del riesgo de muerte en ese periodo (https://www.uv.es/rnti/cifrasCancer.html). En Europa, 1 de cada 500-600 niños desarrollará una neoplasia maligna antes de los 15 años y se estima que, en los próximos años, uno de cada 450 adultos jóvenes será un superviviente de cáncer infantil en Europa(2). En contrapartida a este gran avance se observa una elevada prevalencia de morbilidad en forma de efectos secundarios tardíos. El Children’s Oncology Group (COG) observó en un estudio de supervivencia de cáncer infantil, la existencia de, al menos, un problema crónico en la segunda década en casi el 60% de los supervivientes y más de un 30% de secuelas crónicas graves a los 30 años del diagnóstico(3). El St. Jude Lifetime Cohort Study publicó un trabajo en el que se observaba que a los 45 años de edad, el 95,2% de los supervivientes referían, al menos, una afección crónica de salud, siendo serio, incapacitante o amenazante para la vida en el 80% de los casos (el doble que la población general a esa edad)(4).

Los tratamientos frente al cáncer predisponen a las personas que los reciben a un exceso de morbilidad y a una mortalidad prematura en comparación con la población general. El riesgo es directamente proporcional a la intensidad del tratamiento para conseguir la curación de la enfermedad, siendo más gravoso en caso de terapia multimodal y en pacientes que han recibido varios tratamientos por recaída. La edad es un factor determinante, a menor edad más efectos tóxicos sobre el crecimiento lineal, maduración esquelética, funcionalidad intelectual, desarrollo sexual y funcionalidad orgánica.

Si bien, son datos preocupantes, la repercusión de estos efectos secundarios tardíos puede ser modificada a través de una detección precoz y un manejo adecuado de las patologías, así como prevenida en parte, mediante una modificación de los hábitos de vida(1). Asimismo, es una tendencia generalizada de los protocolos actuales buscar, en casos en los que se ha alcanzado un buen resultado de supervivencia a largo plazo, disminuir la toxicidad aguda y crónica sin detrimento de la supervivencia (p. ej.: leucemia aguda linfoblástica, nefroblastoma, linfoma de Hodgkin, algunos tumores cerebrales…), en particular, disminuyendo el uso de la radioterapia y ajustando la intensidad de tratamiento al riesgo individual(5,6).

Reducir los efectos secundarios tardíos y detectarlos de forma temprana en caso de existir, se ha convertido en un objetivo para estos pacientes, con el fin de mejorar su calidad de vida. El seguimiento y las recomendaciones deben ser individualizadas acorde a las características personales de cada superviviente, tipo de tumor, tratamiento recibido, edad, comorbilidades, estilo de vida y existencia de síndromes dismórficos o de predisposición al cáncer(1) (Fig. 1). Los efectos secundarios se incrementan con la edad, pero pueden aparecer a lo largo de toda la vida, por lo que es esencial que exista un adecuado seguimiento basado en recomendaciones y guías de consenso, desde la edad pediátrica hasta la edad adulta.

Figura

Figura 1. Recomendaciones de estilo de vida y promoción de la salud.

Modelos de seguimiento de supervivientes de cáncer infantil

No existe un modelo único para el seguimiento de los efectos secundarios a largo plazo, pero tampoco se ha demostrado la superioridad de uno sobre otro mediante estudios de duración y metodología adecuadas. La tabla I recoge una comparativa entre los diferentes modelos, sus ventajas e inconvenientes(1).

En general, la opción más adecuada sería la que mejor se adapte a las características individuales del paciente. En nuestro medio, es fundamental el trabajo conjunto entre profesionales sanitarios del medio hospitalario y de Atención Primaria, así como una transición progresiva y estructurada al modelo de atención de adultos. La transferencia de información es esencial, en especial: la historia clínica anterior, fecha de diagnóstico y final de tratamiento, pruebas diagnósticas iniciales y durante el seguimiento, tratamientos multimodales recibidos y sus dosis, complicaciones relacionadas con los mismos o con la propia enfermedad, recaídas y plan de seguimiento (Tabla II).

La elaboración de informes detallados para los médicos que harán la atención continuada de los supervivientes en Atención Primaria o durante su etapa adulta es muy importante y, a menudo, es uno de los déficits de la atención hospitalaria. En este sentido, un buen número de servicios de Oncología y Hematología Pediátricas y del Adolescente están realizando esfuerzos en implementar consultas de seguimiento específico del superviviente y de transición a adultos, prestando especial detalle a la elaboración del “pasaporte del superviviente”. Existen herramientas promovidas desde la propia Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica Europea (SIOPe) (http://www.survivorshippassport.org/) y a través de proyectos europeos como el SurPass del PanCare Proyect (Programa Marco Horizonte 2020-EU.3.1.5, https://cordis.europa.eu/project/id/899999/es).

Recomendaciones de seguimiento

Existen guías de consenso de diferentes grupos internacionales para el seguimiento de los supervivientes que, si bien son heterogéneas y variables en las recomendaciones, son muy útiles.

En los últimos años, se han desarrollado guías nacionales e internacionales para el seguimiento de efectos secundarios a largo plazo en supervivientes. En Estados Unidos, el Children’s Oncology Group (COG) publica periódicamente las guías “Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers” (última versión 5.0, octubre 2018). Se trata de una guía basada en el riesgo individual, las herramientas para el diagnóstico y el manejo de los efectos secundarios. La versión actual es accesible a través de la página www.survivorshipguidelines.org(7). En Europa, tres grandes grupos han desarrollado guías similares: la “Therapy Based Long-Term Follow Up Practice Statement” del UKCCSG (United Kingdom Children’s Cancer Study Group)(8), la “Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline” (Scottish Intercollegiate Guidelines Network, SIGN)(9) y las “Guidelines for follow-up after childhood cancer more than 5 years after diagnosis” (Late Effects Taskforce of the Dutch Childhood Oncology Group, DCOG LATER)(10). Cada una de estas recomendaciones usa una metodología diferente y, en ocasiones, las recomendaciones son variables. Con el objetivo de homogeneizarlas se creó la International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG), que dada la complejidad del problema por ahora sólo ha elaborado documentos para el despistaje de cáncer de mama, cardiomiopatía, fallo ovárico precoz, gonatoxicidad en el varón, cáncer de tiroides y ototoxicidad (https://www.ighg.org/guidelines/). La Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) publicó en 2012 la guía “Efectos tardíos en supervivientes de un cáncer infantil”, que constituye una herramienta de indiscutible valor(11). Es obvia la necesidad de desarrollar guías de consenso, pero se desconoce el coste-efectividad de estas recomendaciones a largo plazo(1).

Efectos secundarios tardíos por sistemas o aparatos

Existen guías de efectos secundarios ajustadas a cada tratamiento específico que, por su amplitud, exceden ampliamente la extensión de este artículo(7,8), por lo que nos centraremos en los efectos secundarios por aparatos o sistemas. De forma muy resumida, se exponen en la tabla III.

Secuelas cardiológicas

Los pacientes de mayor riesgo son los que reciben antraciclinas a altas dosis, radioterapia torácica o mediastínica o ambas; si bien, otras terapias convencionales y dirigidas también precisan vigilancia.

Las complicaciones cardiovasculares son uno de los principales problemas de los supervivientes, con un aumento de riesgo respecto a la población general de fallo cardíaco (15 veces superior) y de muerte prematura por causas cardíacas (7 veces superior)(12). Las antraciclinas, independientemente de cuál sea, producen toxicidad directa e indirecta (radicales libres) sobre el miocito. No hay una dosis segura si el objetivo es un estado cardiovascular normal a largo plazo. La toxicidad crónica se manifiesta meses o incluso muchos años después, consistiendo en miocardiopatía dilatada degenerativa no isquémica dependiente de dosis (más frecuente que restrictiva) por daño irreversible del miocardio, así como hipertensión arterial, cardiopatía isquémica e insuficiencia cardíaca. Pueden aparecer arritmias graves, taquicardia, fibrilación ventricular e incluso bloqueos de segundo y tercer grado. La incidencia de cardiotoxicidad convencional es de un 7,5-10% a los 30 años de finalizar el tratamiento(12,13). El sexo femenino, la edad precoz, una mayor dosis acumulada (> 250 mg/m2) y la irradiación cardiotorácica concomitante asocian un mayor riesgo de cardiotoxicidad y una mayor gravedad. Existen también otros quimioterápicos clásicos (ciclofosfamida, citarabina, cisplatino, ifosfamida, paclitaxel, 5-fluorouracilo…) que producen toxicidad cardíaca por otros mecanismos(14). En los últimos años hay que considerar también otras terapias emergentes como los inhibidores de los proteosomas, del HER2, del VEGF, de tirosin kinasas (ITKs) y la inmunoterapia entre la que cabe mencionar la terapia con células CAR-T y los fármacos inhibidores del punto de control inmunitario(15) (Tabla IV).

El desarrollo de moléculas cardioprotectoras ha sido un anhelo en los últimos años. El dexrazoxano se ha postulado como un firme candidato, pues mejora la cardiotoxicidad observada con las antraciclinas. Su uso se ha visto limitado por la sospecha de que podría interferir con la eficacia de las antraciclinas, así como por una supuesta relación con el desarrollo de neoplasias secundarias. Ninguno de estos puntos ha sido comprobado en estudios recientes, incluyendo un meta-análisis con una muestra de 4.639 niños tratados con antraciclinas por diferentes neoplasias (Shaikh F et al., J Natl Cancer Inst. 2016). La American Heart Association y la American Academy of Pediatrics recomiendan su utilización como cardioprotector en protocolos que emplean antraciclinas (el Children’s Oncology Group -COG- lo recomienda desde 2015 en aquellos protocolos que impliquen dosis >=150 mg/m2 o radioterapia cardiotorácica). En nuestro medio, no se usa de rutina en la práctica clínica habitual. El uso de formas liposomales de antraciclinas y de análogos (epirrubicina, idarrubicina, mitoxantrone) podría mejorar la toxicidad a largo plazo(14) y se recomiendan pautas de administración prolongadas (6-96 horas) frente a bolos. No se ha demostrado que fármacos como enalapril o fosfocreatina (Cheuk DKL et al. Cochrane Database Syst Rev. 2016), betabloqueantes, estatinas ni antialdosterónicos tengan un efecto protector.

La radioterapia mediastínica/torácica produce inflamación aguda sobre los cardiomiocitos y genera hipercoagulabilidad. El estrés oxidativo conduce a una inflamación crónica y posterior fibrosis (Velásquez CA et al. Rev Colombiana Cardiol 2018). Los factores de riesgo son: altas dosis acumuladas (> 30-35 Gy), altas dosis diarias (> 2 Gy/sesión), edad < 50 años en el momento de la terapia, historia previa de enfermedad cardíaca o factores de riesgo cardiovascular y tratamiento quimioterápico cardiotóxico concomitante(7). La toxicidad se manifiesta como: disfunción ventricular, daño endotelial (aumento de riesgo vascular, coronariopatía, enfermedad vascular degenerativa aórtica o de troncos supra-aórticos, ictus), cardiomiopatía dilatada o restrictiva, pericarditis crónica/constrictiva, valvulopatía degenerativa y arritmias. La enfermedad cardíaca inducida por radiación ocurre en el 10-30% de pacientes.

En resumen, se consideran pacientes de alto riesgo, aquellos que han recibido >=250 mg/m2 de antraciclinas, > 35 Gy de radiación torácica o >=100 mg/m2 de antraciclinas + >=15 Gy de irradiación(12). La vigilancia en pacientes de alto riesgo debe comenzar no más tarde de 2 años tras el fin del tratamiento cardiotóxico y debe ser repetida a los 5 años tras el diagnóstico, continuando cada 5 años o antes si precisa.

La semiología a vigilar será disnea, dolor torácico, palpitaciones, intolerancia al ejercicio y actividades de la vida diaria. Se recomienda la auscultación cardiopulmonar de rutina, así como descartar la presencia de soplos carotídeos. La ecocardiografía es la principal prueba de imagen para el diagnóstico y seguimiento, siendo la resonancia magnética un complemento interesante en casos seleccionados (no como técnica de cribado)(16). El electrocardiograma es un complemento para el diagnóstico de arritmias y de la miocardiopatía, siendo necesaria, en ocasiones, la realización de pruebas de esfuerzo y de Holter(7).

En cuanto a biomarcadores, el péptido natriurético atrial, sobre todo su fracción pro-B NT, podría ser un predictor de disfunción posterior, cuando se encuentra elevado durante el tratamiento. En pacientes asintomáticos, debe interpretarse con prudencia y siempre en combinación con otros elementos. No se recomiendan como estrategia única de seguimiento en pacientes de alto riesgo(12).

Se recomienda el ejercicio regular a supervivientes con función ventricular normal. El American College of Sports Medicine recomienda la realización de 30-40 minutos de ejercicio aeróbico, cinco veces por semana, junto con 2 días de entrenamiento de mayor intensidad. En caso de sintomatología relacionada con el ejercicio, es importante comunicarlo rápidamente. Es importante vigilar otros factores de riesgo cardiovascular (HTA, diabetes, dislipemia y obesidad), así como evitar el consumo de tabaco. Durante la gestación, estas pacientes deberán tener un seguimiento estrecho, más aún en el primer trimestre(12).

Por último, debe vigilarse el síndrome de fatiga crónica, que tiene una prevalencia variable según la serie (10-80%), aunque generalmente se considera que puede afectar al 30% de los niños, adolescentes y adultos jóvenes. Consiste en una experiencia subjetiva de fatiga persistente y cansancio severo, años después, no explicables por causas orgánicas, y que no mejora con el descanso. Es difícil de diferenciar de una depresión. Son factores de riesgo haber recibido radioterapia (la pulmonar es la más claramente relacionada), el estrés psicológico, las recaídas, la comorbilidad de otros efectos secundarios, el sexo femenino, el desempleo y situaciones de soledad afectiva. Se correlaciona inversamente con el tiempo pasado desde el tratamiento y con una integración socio-laboral adecuada. Existen herramientas para su diagnóstico (PROMIS pediatric fatigue measures, PedsQL MFS). El manejo se realiza mediante terapia conductual (ejercicio físico, gestión del tiempo, integración socio-laboral…), no habiéndose demostrado eficacia de terapias farmacológicas(17).

Secuelas respiratorias

La toxicidad pulmonar es una complicación tardía frecuente, que puede tener un gran impacto en la calidad de vida de los supervivientes, por lo que es preciso tener un alto índice de sospecha.

El daño crónico del aparato respiratorio puede estar relacionado con la enfermedad primaria o metastásica, las complicaciones infecciosas durante el tratamiento y las propias terapias multimodales. La presentación puede ser aguda o crónica, según se resumen en la tabla V.

La incidencia acumulada de complicaciones pulmonares aumenta con el tiempo pasado desde el diagnóstico(16), en particular, la fibrosis pulmonar y la neumonitis crónica. La radioterapia puede producir lesión oxidativa del endotelio vascular y afectación del desarrollo normal de la pared torácica, sobre todo, por encima de los 20 Gy(8,16). En pacientes receptores de un trasplante de progenitores hematopoyéticos existe una especial vulnerabilidad, debida a los regímenes de acondicionamiento, las complicaciones derivadas de la enfermedad injerto contra receptor (EICR) y de las infecciones respiratorias asociadas al procedimiento.

Durante el seguimiento, hay que vigilar síntomas guía como tos seca persistente, disnea o intolerancia al ejercicio. Se debe realizar auscultación pulmonar durante las visitas, saturación basal de O2 y radiografía de tórax, si existen síntomas. En estos casos, es esencial el estudio de la función pulmonar, con especial interés en valorar patrones restrictivos (capacidad vital forzada, capacidad de difusión). Muchos pacientes tienen alteraciones de la función pulmonar asintomáticas u oligosintomáticas, que deben ser seguidas por su posible empeoramiento progresivo. Debe aconsejarse evitar el consumo de tabaco y la inhalación pasiva del mismo(11).

Secuelas neuropsicológicas

Muchos pacientes presentan toxicidad neurológica, sensorial o cognitiva tardía que impacta en su función cognitiva e integración psicosocial en la vida adulta, en particular, en grupos de alto riesgo.

Las secuelas neurocognitivas se observan hasta en un 40-45% de los supervivientes, principalmente en aquellos que han padecido una afectación tumoral primaria o secundaria del sistema nervioso central y en aquellos que han recibido radioterapia a ese nivel (tumores SNC, leucemia aguda linfoblástica en protocolos previos). En ocasiones, se produce un déficit funcional (alteración visual, déficit de pares craneales, hemiparesia, ataxia…) derivada del crecimiento del propio tumor o de la cirugía de su resección. A largo plazo, las manifestaciones pueden ser sensitivo-motoras (afasia, paresias, déficits focales, neuropatía periférica…) o neurocognitivas (memoria, atención, aprendizaje, velocidad de procesamiento y ejecución de tareas, disminución de rendimiento escolar…). La radioterapia es especialmente lesiva en niños menores de 3-5 años de edad. Se asocia una mayor dosis con un mayor riesgo de secuelas neurocognitivas, en relación con leucoencefalopatía y lesión microangiopática vascular(11).

A nivel del sistema nervioso periférico, se pueden observar secuelas en pacientes tratados con dosis de cisplatino > 300 mg/m2 y con alcaloides de la vinca (sobre todo, vincristina, en particular en niños malnutridos). El cisplatino suele asociarse con neuropatía sensorial. La vincristina raramente produce neuropatía crónica, pero puede ser múltiple (sensoriomotora, autonómica, pares craneales). En estos casos se precisan estudios neurofisiológicos, así como ofrecer adecuado soporte rehabilitador, terapia ocupacional y analgesia si la neuropatía es dolorosa(9).

Se recomienda un seguimiento basado en la valoración de la capacidad intelectual, visual, de percepción sensorial, memoria, lenguaje y aprendizaje, valorando el rendimiento académico y el comportamiento en el entorno familiar y social. Debe intervenirse de forma precoz, cuando se objetiven estancamientos o déficits en alguna de estas áreas. Puede ser necesaria la realización de pruebas de imagen (angioTAC, angioRM) para completar la valoración global, así como valoración por Neuropediatría y Psicología(10).

A nivel psicológico, existe hasta un 80% más de probabilidades de presentar limitaciones psicológicas que afecten a la calidad de vida y dos veces más de estrés emocional cuando se establece una comparación con los hermanos del paciente. No todos los tumores presentan el mismo patrón de secuelas psicológicas. Los supervivientes de tumores cerebrales presentan más tasa de depresión, somatización, fatiga y somnolencia; y los de leucemia, más estrés, depresión y ansiedad durante la adolescencia, respecto a otros tumores y a la población general(8).

La irradiación cerebral se asocia con estrés psicológico, somatización, mayor sensación de cansancio, peor rendimiento físico y psíquico, disrupción del sueño y peor integración escolar y social. Los pacientes tratados con quimioterapia intensiva, especialmente con alquilantes, tienen más estrés, ansiedad, depresión y somatización, especialmente con tratamientos alquilantes. Se han descrito conductas de riesgo asociadas a disfunción psicológica, alta tasa de tabaquismo y consumo de alcohol (en relación con peor estatus socioeconómico). En adultos se ha descrito una elevada tasa de ideación suicida e intentos autolíticos, siendo los supervivientes de tumores cerebrales los que mayor incidencia tienen (10,4%)(7). No se ha encontrado asociación con la edad al diagnóstico, tiempo desde el diagnóstico, tipo de tratamiento, recurrencia o segundos tumores. Se han descrito como factores de riesgo: bajo nivel educativo, bajos ingresos, desempleo, soledad afectiva. En este aspecto es importante un seguimiento cercano de la situación social, psicológica y emocional.

Secuelas en los órganos de los sentidos

Las secuelas sensoriales, especialmente de visión o audición, pueden limitar la capacidad social o laboral de los supervivientes, por lo que deben ser vigiladas con particular cuidado.

La afectación ocular más frecuente es la aparición de cataratas. Se relaciona con el uso de dosis elevadas y prolongadas de corticoides, radioterapia a ese nivel (ocular-órbitas, craneal, corporal total, siendo dosis dependiente y, sobre todo, si >= 2 Gy directamente sobre el cristalino), y haber recibido busulfán o quimioterapia intratecal(16). Puede producirse xeroftalmia y atrofia del conducto lacrimal y, más raramente: hipoplasia orbitaria, enoftalmos, queratitis, telangiectasias, retinopatía, maculopatía, neuropatía del quiasma óptico, daño papilar y glaucoma. El riesgo aumenta en caso de radioterapia >= 30 Gy sobre el ojo-órbita, en caso de tratamiento con 131-I como terapia metabólica para el cáncer de tiroides, actinomicina-D o doxorrubicina combinada con radioterapia, EICR, exposición frecuente ocular a la luz solar y si existe comorbilidad (diabetes mellitus, hipertensión arterial). Otras alteraciones visuales que pueden desarrollarse son: hipersensibilidad a la luz, visión borrosa, diplopía, nictalopía (ceguera nocturna) y alteraciones de la refracción ocular. El riesgo perdura más de 20 años desde el final del tratamiento(7).

Se recomienda graduación anual de la vista en todos los supervivientes, y en aquellos con antecedente de tratamiento con corticoides o radioterapia sobre el globo ocular-órbita, tumores orbitarios, EICR, tratamiento con yodo radiactivo o diaforesis anormal además una valoración oftalmológica anual. Se recomienda la utilización de gafas homologadas con protección UV(7).

En lo referente a la audición, el efecto secundario a largo plazo más frecuente es la ototoxicidad. Son factores de riesgo haber recibido altas dosis de cisplatino o carboplatino, la radioterapia craneal o que englobe al oído (>=30 Gy) y haber recibido terapias como: aminoglucósidos, furosemida, AINEs o quelantes del hierro (deferasirox). La manifestación habitual es la sordera neurosensorial, a veces con tinnitus (acúfeno), siendo menos frecuente cuadros de vértigo, hipoacusia de transmisión y la otoesclerosis(7). Se recomienda la valoración auditiva al final de tratamiento en pacientes de riesgo y luego anualmente para < 6 años (potenciales evocados auditivos), cada 2 años entre 6-12 años (audiometría tonal de 1.000-8.000 Hz, mejor alta frecuencia > 8.000 Hz) y, posteriormente, cada 5 años en > 12 años. En portadores de válvula de derivación ventrículo-peritoneal, se recomienda valoración auditiva al finalizar el tratamiento y luego cada 5 años, aun sin otros factores de riesgo(7). Se recomienda evitar ruidos de elevada intensidad.

El olfato puede afectarse en forma de anosmia o de rinitis/sinusitis crónica, habitualmente en pacientes que han recibido radioterapia en esa localización o cirugía para resección tumoral.

Secuelas orales y dentales

Son de riesgo especial, los pacientes sometidos a quimioterapia antes de los 5 años de vida, en especial con ciclofosfamida a altas dosis. Uno de los principales problemas de la cavidad oral es la xerostomía, en general, relacionada con la radioterapia cráneo-facial, que puede mejorar con la ingesta frecuente de líquidos, caramelos sin azúcar y comprimidos de saliva artificial. El tratamiento predispone a un aumento del riesgo de caries, infecciones dentales e incluso trastorno del habla o del sueño. Se describen, con frecuencia, otros problemas dentales (hipoplasia del esmalte, caries, pérdida de piezas, microdontia, hipodontia, maloclusión). Es esencial una higiene dental cuidada y regular, así como valoración por estomatología u odontología en caso de presentar problemas. En ocasiones, se desarrollan anomalías en el desarrollo cráneo-facial y trismus secundario a alteraciones de la articulación témporo-mandibular(9).

La radioterapia aumenta también el riesgo de padecer segundas neoplasias. En ocasiones, la cavidad oral puede ser el lugar de afectación de la EICR en pacientes receptores de trasplante de progenitores hematopoyéticos. Es importante, un adecuado seguimiento para detectar estas alteraciones precozmente.

Secuelas endocrinológicas

La mitad de los supervivientes de un cáncer infantil van a presentar, al menos, un trastorno endocrinológico tardío a lo largo de su vida, siendo los tumores del sistema nervioso central los más frecuentemente relacionados(7). En el caso particular del craneofaringioma, se produce alteración de, al menos, un eje hormonal en el 75% de los pacientes. Los factores de riesgo son: el propio daño directo por crecimiento tumoral, el derivado de las cirugías de resección o biopsia y la radioterapia >=30 Gy. La radioterapia craneal produce más alteraciones de este eje cuanto menor es la edad del paciente. La secuela más habitual es la talla baja por deficiencia de GH, en particular con dosis de radioterapia > 18 Gy. En la vida adulta, la deficiencia de esta hormona se asocia con problemas metabólicos como: aumento de la grasa corporal, perfiles lipídicos alterados en sangre, disminución de la capacidad de ejercicio, de la densidad mineral ósea y de la sensibilidad a la insulina. La talla baja puede deberse, no obstante, a otras causas (hipotiroidismo, pubertad precoz, déficit de crecimiento por radiación vertebral o de huesos largos y corticoterapia prolongada)(7). En ocasiones, se produce un “catch up” hasta alcanzar la talla diana con adecuado tratamiento sustitutivo, pero no ocurre siempre(16).

En otras ocasiones, se presenta como insuficiencia suprarrenal central por déficit de ACTH (muy infrecuente, por daño directo tumoral o quirúrgico o dosis >=30-50 Gy de radioterapia), hipotiroidismo central por déficit de TSH (RT craneal >=30 Gy), hipogonadismo hipogonadotrópico por déficit de LHRH, LH o FSH (segundo eje afectado en orden de frecuencia), déficit de prolactina o diabetes insípida central por déficit de ADH (afectación del infundíbulo por craneofaringioma, tumor de células germinales o glioma óptico). Se denomina panhipopituitarismo cuando existe un déficit de >=3 hormonas.

Puede producirse una pubertad precoz, consistente en un desarrollo puberal adelantado, crecimiento óseo rápido y talla final menor que la diana. Se relaciona con RT > 18 Gy, edad precoz en el momento de recibirla y sexo femenino. Se recomienda hacer un examen físico anual, con datos antropométricos y seguimiento del desarrollo puberal, con estudio de edad ósea en caso de sospecha. En algunos pacientes se observa hiperprolactinemia, generalmente relacionada con irradiación de dosis altas en la hipófisis o al desarrollo de segundos tumores (adenomas) hipofisarios tras el tratamiento. En caso de sospecha, se medirá la prolactina en sangre y realizará una RM hipofisaria, así como derivación a Endocrinología(7).

A nivel tiroideo, el hipotiroidismo suele relacionarse con radioterapia cervical, mediastínica o espinal. Es habitual que ocurra en los 5 primeros años post-tratamiento, si se han empleado dosis > 30 Gy (sobre todo >=45 Gy). Otros factores de riesgo son: tratamiento con metaiodobencilguanidina (MIBG) terapéutica (a pesar de profilaxis con yodo oral), con anti-GD2 (neuroblastoma), con ITKs (inhibidores de tirosín quinasas) y secundario a tiroidectomía o tratamiento ablativo con 131I radiactivo. En raras ocasiones, se pueden observar casos de hipertiroidismo, tiroiditis autoinmune y nódulos tiroideos (benignos y malignos). Puede existir un hipoparatiroidismo secundario a la cirugía de resección tiroidea, que precise seguimiento y tratamiento(7).

A nivel gonadal, se puede observar toxicidad derivada del uso de alquilantes a altas dosis (busulfán, melfalán, carmustina, lomustina, ciclosfosfamida, ifosfamida, tiotepa, procarbazina, dacarbazina, derivados del platino), en especial, en combinación con radioterapia sobre las gónadas. Las niñas tienen mayor riesgo si reciben los tratamientos durante o después de la pubertad. Se produce fallo ovárico hasta en un 50% de las pacientes que reciben radioterapia sobre las gónadas (>=15 Gy), en particular, en asociación con alquilantes. Se ha descrito infertilidad desde dosis >= 5 Gy sobre los ovarios. Asimismo, la cirugía puede producir una menopausia iatrogénica (ooforectomía bilateral) o un adelanto de la misma (ooforectomía unilateral). En este caso, se produciría un hipogonadismo hipergonadotropo, que en consecuencia puede conducir a un aumento del riesgo de osteoporosis y cardiovascular de forma prematura. La radioterapia abdominal que incluya el útero aumenta el riesgo de crecimiento intrauterino retardado y parto pretérmino. Se recomienda revisión clínica anual del desarrollo madurativo sexual, características de la menstruación, determinación hormonal (FSH, LH, estrógenos) y, en caso de sospecha de fallo ovárico, realizar una densitometría ósea y derivar a Endocrinología(7,11).

En todo caso, las pacientes que por su tratamiento tengan factores de riesgo de fallo ovárico pueden tener una menopausia prematura con un periodo de fertilidad acortado, por lo que es papel del médico de Atención Primaria advertir de este riesgo y aconsejar cuando sea posible y exista el deseo por parte de la mujer, tener descendencia no más tarde de los primeros años de la cuarta década de la vida.

En varones existe una especial sensibilidad de las células germinales tanto a la quimioterapia como a la radioterapia (a dosis tan bajas como 2-3 Gy), conduciendo a una azoospermia que puede ser irreversible en el caso de la radioterapia o mayoritariamente pasajera en el caso de que sea sólo por quimioterapia. Las células de Leydig son menos radiosensibles, pero pueden sufrir toxicidad a partir de 24 Gy(16). En casos de hipogonadismo masculino por fallo de células de Leydig, se debe derivar a Endocrinología y valorar suplementación con testosterona para evitar la sintomatología que esto produce(9).

Con objeto de anticipar estos problemas, se realizan técnicas de preservación de fertilidad en las niñas (corteza ovárica en niñas prepúberes/postpúberes y vitrificación de ovocitos en postpúberes) y en los niños (criopreservación de semen en postpúberes y en pocos centros, criopreservación de tejido testicular en prepúberes). El desarrollo de guías de consenso es esencial en nuestro medio, pues la tasa de preservación es aún baja, pero se están realizando esfuerzos para mejorar esta situación(18). Asimismo, existen técnicas quirúrgicas de trasposición de testes u ovarios previas a la administración de radioterapia escrotal, pélvica o inguinal que evitarían la irradiación directa que es el principal factor de riesgo de hipogonadismo en estos pacientes.

En lo referente al seguimiento, se recomienda control de talla (percentil), peso, IMC y estadio puberal cada 6 meses hasta finalizar el crecimiento y desarrollo sexual completo. Se debe interrogar sobre el inicio menstrual (prepúberes) o re-inicio (púberes) y acerca de síntomas menopáusicos (sofocos, dispareunia), considerando el riesgo de menopausia prematura. Se derivará a Endocrinología si existe un crecimiento lento, retraso del desarrollo puberal o riesgo de hipogonadismo. Es importante asesorar acerca de consejos sobre fertilidad, de menopausia prematura, reproductivos y de los riesgos individualizados.

Finalmente, a largo plazo, unas de las secuelas endocrinometabólicas más relevantes son la diabetes mellitus tipo 2 y el síndrome metabólico (obesidad, hipertensión arterial, intolerancia a la glucosa – aumento de resistencia a la insulina y dislipemia), que cuentan como principales factores de riesgo con la radioterapia abdominal, irradiación corporal total, tratamiento corticoideo prolongado, malos hábitos alimenticios con exceso de ingesta calórica, sedentarismo y antecedentes familiares de diabetes mellitus de tipo 2. En consecuencia, se produce un incremento del riesgo cardiovascular con un aumento de morbi-mortalidad asociado. Se recomienda implementar de forma precoz medidas de control dietético, aumento de actividad física, control de tensión arterial y dislipemia. En consulta, se realizará un control estrecho del índice de masa corporal, presión arterial, perfil lipídico, glucemia y Hb A1C(19).

Secuelas gastrointestinales

Las complicaciones gastrointestinales pueden ser múltiples y heterogéneas en función de la terapia recibida, la localización del tumor primario y si existe el antecedente de cirugía con lesión orgánica.

Las complicaciones gastrointestinales más relevantes se exponen en la tabla VI.

La cirugía de resección tumoral y la radioterapia pueden tener secuelas obstructivas a nivel visceral. En el caso de la segunda, puede producir fibrosis e isquemia por lesión vascular. Puede aparecer como manifestación crónica en caso de una EICR intestinal. Asimismo, las secuelas específicas derivadas de cirugías con resecciones amplias deben ser consideradas (gastrectomía, duodenopancreatectomía, colecistectomía, esplenectomía, resección intestinal con ostomía de descarga…). Se deben vigilar síntomas guía como: disfagia, pirosis, dispepsia, reflujo, náuseas, vómitos, diarrea crónica, estreñimiento o pérdida progresiva de peso. En los casos en que quede un intestino corto, vigilaremos la hipovitaminosis y déficit de absorción de otros nutrientes(7).

La hepatotoxicidad crónica puede aparecer tras un largo periodo de latencia, siendo secundaria a algunos agentes quimioterápicos, radioterapia, obesidad, hepatitis virales o sobrecarga férrica secundaria a transfusiones. Debe evitarse el consumo de hepatotóxicos, como el alcohol y otras drogas de abuso.

Secuelas nefrourinarias

El daño renal tardío en forma de insuficiencia renal crónica es una de las complicaciones más graves en los supervivientes.

Los principales factores de riesgo de daño renal a nivel glomerular y tubular proximal son la radiación abdominal y el tratamiento con altas dosis de ifosfamida (> 16 g/m2), cisplatino (> 450 mg/m2) y, en menor medida, carboplatino. Otros factores son el uso de fármacos nefrotóxicos (aminoglucósidos, anfotericina B, foscarnet, tacrolimus y ciclosporina A). Debe considerarse que algunos pacientes son monorrenos, debido a nefrectomía de su tumor primario (nefroblastoma) o por afectación renal metastásica(20). En consecuencia, se puede desarrollar insuficiencia renal crónica, tubulopatía proximal o síndrome de Fanconi(7). Algunos supervivientes de tumores de Wilms tienen un riesgo particular, pues además de ser monorrenos, pueden tener antecedente sindrómico (Denys-Drash) y habrán recibido quimioterapia y radioterapia. Es frecuente que presenten hipertensión arterial (30%) durante el seguimiento. En pacientes receptores de trasplante de progenitores hematopoyéticos, puede producirse nefrotoxicidad derivada de inmunosupresores, así como por nefritis secundarias a virus BK.

El daño vesical suele asociarse a uso de ciclofosfamida o ifosfamida, así como a infecciones víricas (BK virus, adenovirus, citomegalovirus)(9). Pueden existir lesiones de las vías urinarias bajas, secundarias a cirugía de tumores sólidos y por radioterapia/braquiterapia. De forma secundaria, se puede producir también: incontinencia vesical (vejiga neurógena), fibrosis vesical, cáncer vesical, disfunción sexual, dolor pélvico crónico, alteraciones del suelo vesical, fístulas y sequedad vaginal en mujeres(16).

Se recomienda control de TA anual, con bioquímica sanguínea para valoración de función renal y electrolitos, gasometría venosa y bioquímica de orina. Si el estudio post-tratamiento es normal, debe repetirse a los 5 años. En caso de HTA, proteinuria o signos de tubulopatía, remitir a Nefrología(7).

Secuelas músculo-esqueléticas

Son importantes los hábitos de vida saludables, con ejercicio físico regular y aportes suficientes de vitamina D y calcio en la dieta, así como la detección precoz de problemas a este nivel.

La radiación cráneo-espinal, el uso prolongado de corticoides o metotrexato, las alteraciones nutricionales y el estilo de vida sedentario producen un elevado riesgo de este tipo de secuelas. Puede producirse hipotrofia y fibrosis de tejidos blandos, así como disminución de masa ósea con osteopenia/osteoporosis derivada de los tratamientos, del encamamiento prolongado y de la radioterapia sobre grupos osteomusculares. Otras complicaciones a largo plazo son: osteonecrosis (necrosis avascular), exostosis, fracturas patológicas, hipocrecimiento óseo o crecimiento asimétrico, dismetrías y, en algunas ocasiones, las secuelas derivadas de amputaciones y de malfunciones protésicas(7). En el caso particular de la densidad mineral ósea, existe un notable margen de recuperación a lo largo de la adolescencia con un estilo de vida saludable, actividad física regular (sobre todo, ejercicios con cargas), exposición solar controlada y optimización del aporte de calcio en la dieta. En ocasiones, son precisos los suplementos de vitamina D. Se recomienda evitar el alcohol, tabaco, un exceso de cafeína y la obesidad(9).

Secuelas ginecológicas

La autoexploración mamaria y la realización de pruebas de cribado basadas en el riesgo individual son fundamentales para anticipar los tumores mamarios en la edad adulta.

En el caso particular de la mujer adolescente, es importante concienciar a la paciente de la importancia de la autoexploración mamaria (mensual), así como de la realización de un examen ginecológico regular. El riesgo de cáncer de mama secundario es mayor si la paciente recibió radioterapia mediastínica o de la pared torácica, existe predisposición familiar al cáncer de mama (mutaciones BRCA1/2) o antecedente de síndrome de Li-Fraumeni (TP53). En estos casos de alto riesgo, se recomienda seguimiento ginecológico anual desde la pubertad hasta los 25 años, luego cada 6 meses. Se deben realizar mamografías anuales desde los 25 años (otros grupos lo recomiendan desde los 30 años)(10) o desde 8 años después del tratamiento (lo que ocurra en último término). La resonancia mamaria se recomienda de forma concomitante con los mismos plazos que las mamografías. En caso de hipoplasia mamaria, se hará un seguimiento anual de la evolución, derivando a la paciente a Cirugía Plástica en caso de necesidad de reconstrucción mamaria, una vez completado el desarrollo puberal(7).

Vacunación en el paciente oncohematológico

La revacunación del paciente oncohematológico es de vital importancia en los meses y años siguientes al tratamiento, de una forma programada según las guías y recomendaciones nacionales.

En general, se suspenden las vacunaciones sistemáticas durante el tratamiento, lo que sumado a que algunos pacientes tienen una pauta vacunal incompleta por su corta edad al diagnóstico, la pérdida de la inmunidad vacunal adquirida por los tratamientos recibidos y la inmunodeficiencia mantenida por algunas terapias (rituximab, trasplante de progenitores hematopoyéticos, inmunosupresores), hace que sean una población de riesgo infeccioso particularmente elevado al finalizar el tratamiento. Dada la extensión de esta revisión, se remite al lector a las actualizaciones periódicas del Comité Asesor de Vacunas de la AEP (https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-14 y -16, actualizado a fecha Agosto 2021).

Riesgo de mortalidad prematura

Existe un mayor riesgo de muerte prematura en los supervivientes, por lo que es de vital importancia la promoción de la salud (Fig. 1) y el diagnóstico precoz de complicaciones, así como de segundos tumores.

La tasa de mortalidad prematura de los supervivientes está aumentada respecto a la población general, siendo mayor en los primeros años de seguimiento (mortalidad acumulada: 6,5% a 10 años, 11,9% a 20 años y 18,1% a 30 años del diagnóstico). El riesgo es mayor en mujeres, tumores cerebrales y sarcoma de Ewing(7). La principal causa es la recurrencia de la enfermedad original (67%), que disminuye en importancia con el paso del tiempo. Según pasan los años, la toxicidad asociada al tratamiento cobra un papel más importante en la disminución de la vida media (mortalidad tardía). Se ha descrito 7 veces más riesgo de fallecer por eventos cardiovasculares (especialmente en mujeres, tumores renales y linfoma de Hodgkin), casi 9 veces más riesgo de fallecer por problemas pulmonares o respiratorios (sobre todo sujetos con LMA o neuroblastoma) y más de 2 veces por otros motivos médicos. A partir de los 20-30 años del tratamiento, la mortalidad secundaria a segundas neoplasias es la principal causa de mortalidad (15 veces superior a la población sana). Por tanto, el seguimiento estrictamente restringido a 5 años post-tratamiento, es insuficiente en pacientes que han superado un tumor en la edad pediátrica(7-9).

Riesgo de segundas neoplasias

Se ha descrito hasta 5-20 veces más riesgo que la población general de padecer segundos tumores histológicamente diferentes de los iniciales. En general se observan, al menos, 2 años tras el tumor primario, en los 10 primeros años de seguimiento, aunque pueden tener una latencia de hasta 30 años(21). La incidencia acumulada tras 20 años es de un 3-10%, y tras 30 años de un 5-30%, según la serie. Los tumores primarios con más incidencia de segundas neoplasias son el linfoma de Hodgkin y los sarcomas de partes blandas. Los tumores secundarios más frecuentes son los de mama, tiroides, LMA y sarcomas(7). Los principales factores de riesgo son(6,7,16):

Quimioterapia. Los agentes alquilantes se relacionan con síndromes mielodisplásicos, que pueden preceder o no a leucemias mieloblásticas agudas secundarias. Su latencia es habitualmente de 5-7 años y se acompañan de alteraciones citogenéticas (monosomías y deleciones parciales de cromosomas 5 y 7). Las epipodofilotoxinas (etopósido) se asocian también a LMA, pero suelen desarrollarse antes (2-3 años tras la finalización del tratamiento). Existe más riesgo con dosis >=2.000 mg/m2 y asocian anomalías del gen MLL (induce translocaciones de 11q23). Las antraciclinas también pueden producir este tipo de leucemias, 2-3 años tras el tratamiento. El pronóstico es desfavorable. Se recomienda hemograma anual durante el seguimiento a largo plazo, al menos, hasta 10 años de la exposición a la quimioterapia. La latencia para el desarrollo de tumores sólidos es algo mayor, de media 14 años. El etopósido aumenta el riesgo de linfoma de Hodgkin, neuroblastoma, nefroblastoma y rabdomiosarcoma secundarios, entre otros.

Radioterapia. Es un factor de riesgo relevante, sobre todo, cuando se reciben dosis elevadas en edades tempranas. Se utiliza frecuentemente en tumores del SNC, tumores sólidos e, históricamente, en linfoma de Hodgkin y el acondicionamiento con irradiación corporal total de algunos trasplantes. El riesgo se incrementa conforme pasa el tiempo, con un máximo a los 10-15 años del tratamiento (se mantiene hasta 30 después). Se observan principalmente: tumores de mama, meningiomas (craneal), tumores óseos y de partes blandas, cáncer de tiroides, cáncer de piel no melanoma y cáncer vesical.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos. Puede aumentar hasta 8 veces el riesgo de segundas neoplasias respecto a la población general (hasta 60 veces en receptores por debajo de los 10 años de edad). Su origen es multifactorial (quimioterapia, radioterapia de acondicionamiento y EICR). Los inmunosupresores se relacionan con el desarrollo de síndrome linfoproliferativo post-trasplante.

Síndromes de predisposición al cáncer (Li-Fraumeni, DICER1, NF1-2, telomeropatías…). En los últimos años, de la mano de los avances en genética, se diagnostican cada vez más. Permiten identificar alteraciones en línea germinal o mosaicismos que predisponen a uno o varios tumores, aumentando su importancia en Oncohematología pediátrica. Dada la extensión del artículo, remitimos al lector a la revisión de la bibliografía en caso de interés(22).

Es importante una información suficiente y una educación adecuada acerca de los riesgos personalizados de cada paciente, fomentar la autoobservación y reducir, en lo posible, los factores de riesgo (tabaco, alcohol, exposición solar). Deben vigilarse, asimismo, síntomas o signos que puedan estar en relación con el tumor primario y que sugieran una recurrencia. En este sentido, para realizar un diagnóstico precoz es fundamental tener un elevado índice de sospecha, reconocer los grupos de riesgo y las “banderas rojas” (signos de alarma) en cada paciente(23,24).

Funciones del pediatra de Atención Primaria

Tal como se ha discutido anteriormente en esta revisión, no existe un modelo único de seguimiento del superviviente de cáncer pediátrico, siendo esencial adaptarlo a las características y riesgos individuales de cada caso, así como a las condiciones reales de nuestro sistema sanitario. En este sentido, disponemos de una red de Atención Primaria Pediátrica excelentemente preparada para la promoción de la salud (Fig. 1) y acompañamiento del paciente durante su crecimiento. A nivel hospitalario, se está produciendo un avance en el desarrollo de unidades especializadas en el seguimiento de este tipo de pacientes y en la transición a adultos, de forma que disponemos de un modelo de asistencia y seguimiento mixto en la práctica habitual.

Los profesionales de Atención Primaria son un pilar fundamental de los equipos multidisciplinares, actuando como una primera línea para el diagnóstico de secuelas, recaídas y segundos tumores, así como promoviendo hábitos de vida saludables. Es esencial que haya una adecuada transmisión de antecedentes, riesgos personalizados y del plan de seguimiento por parte de la medicina hospitalaria, así como una comunicación fluida entre ambos ámbitos, lo cual redundará en un beneficio asistencial a nuestros pacientes. Del mismo modo, debe integrarse al paciente y a su familia en la responsabilidad del cuidado a largo plazo, evitación de conductas de riesgo y percepción de signos o síntomas de alarma, lo cual prevendrá pérdidas de adherencia al seguimiento o baja percepción de su importancia a largo plazo.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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24.** Huerta Aragonés J. Oncología para el pediatra de Atención Primaria (II): formas de presentación de las diferentes neoplasias infantiles. Form Act Pediatr Aten Prim. 2014; 7: 67-74.

Bibliografía recomendada

- Children’s Oncology Group. Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers (Internet). 2018. Disponible en: http://www.survivorshipguidelines.org/pdf/2018/COG_LTFU_Guidelines_v5.pdf.

Estas guías son un pilar central en el seguimiento, diagnóstico y manejo de los efectos secundarios tardíos en supervivientes de cáncer infantil, con una experiencia dilatada (casi 20 años), actualmente se encuentran en su 5ª versión, siendo actualizadas cada 5 años, aproximadamente.

- Scottish Intercollegiate Guidelines Network (SIGN), Scotland, Healhcare Improvement Scotland. Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline. [Internet]. Disponible en: https://www.sign.ac.uk/media/1070/sign132.pdf.

Guías de consenso del año 2013, organizadas por aparatos y sistemas, de una elevada calidad.

- Skinner R, Wallace W, Levitt GA. Therapy based long term follow up: practice statement: United Kingdom Children’s Cancer Study Group (Late Effects Group) (Internet). Disponible en: https://www.cclg.org.uk/write/MediaUploads/Member%20area/Treatment%20guidelines/LTFU-full.pdf.

Estas guías de consenso se centran tanto en los efectos secundarios a largo plazo por aparatos, como en los específicos al tratamiento quimioterápico o radioterápico recibido, lo cual aporta un interesante punto de vista.

- Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. Cevagraf. 2012.

Interesante publicación por parte del Grupo de Trabajo sobre Efectos Secundarios de la SEHOP, en forma de libro de texto, con un excelente desarrollo de cada tema que supera en exposición y comprensión al que se obtiene, a veces, en guías más esquemáticas.

- Armenian SH, Hudson MM, Mulder RL, Chen MH, Constine LS, Dwyer M, et al. Recommendations for cardiomyopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group. The Lancet Oncology. 2015; 16: e123-36.

Muy buen artículo que resume las recomendaciones de seguimiento y vigilancia cardiológica en pacientes de riesgo, con especial énfasis en los grupos de riesgo y los problemas a largo plazo. Es fruto del trabajo cooperativo del Children’s Oncology Group y varios grupos europeos, que conforman el International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG).

- Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. Am J Med Genet. 2017; 173: 1017-37.

Revisión de los síndromes de predisposición al cáncer más relevantes, con especial interés en los riesgos de desarrollo de tumores pediátricos y recomendaciones específicas de seguimiento.

 

Caso clínico

 

Niño de 3 años que acude a Urgencias por aparición de dificultad respiratoria grave de instauración progresiva. En la exploración física se objetiva una hipoventilación marcada del hemitórax izquierdo, con aumento del trabajo respiratorio a todos los niveles y saturación de oxígeno disminuida (92%). En la radiografía de tórax inicial, se observa una gran masa en hemitórax y derrame pleural masivo ipsilateral. Se realiza un TAC de tórax que confirma una gran masa en hemitórax izquierdo, con dudosa dependencia pleural, así como un derrame pleural grave. Tras estabilización del paciente y drenaje del derrame pleural, se completan los estudios diagnósticos en los días sucesivos. La realización de una biopsia percutánea de la masa guiada por ecografía torácica concluye el diagnóstico histológico de tumor neuroectodérmico primitivo de la pared torácica. No se objetivan metástasis pulmonares.

El paciente recibe tratamiento según protocolo vigente en aquella época (Ewing SEOP-2001, grupo 3 de tratamiento). Recibe quimioterapia de inducción con 6 ciclos VIDE (vincristina, ifosfamida, doxorrubicina y etopósido), tras la cual se realiza resección del resto tumoral con reconstrucción de pared costal. La respuesta a la quimioterapia muestra una respuesta pobre (necrosis 80%), con márgenes quirúrgicos libres. Se administra un ciclo de consolidación VAC (vincristina, D-actinomicina y ciclofosfamida) y, posteriormente, se realiza un trasplante autólogo de progenitores hematopoyéticos acondicionado con melfalán y etopósido. La dosis acumulada de citostáticos es la siguiente: vincristina: 10,5 mg/m2; ifosfamida: 54 g/m2; doxorrubicina: 360 mg/m2; etopósido: 4,5 g/m2; ciclofosfamida: 1,5 g/m2; actinomicina-D: 1,5 mg/m2; y melfalán: 140 mg/m2. Finalmente, a las 8 semanas del trasplante, se realiza radioterapia con modalidad de tomoterapia con 48 Gy sobre el tumor primario y 15 Gy sobre el pulmón ipsilateral.

Acude de forma reglada a sus consultas de seguimiento, según las recomendaciones vigentes en su protocolo de tratamiento, no objetivándose recaída a los 10 años de seguimiento. En cambio, a los 9 años de edad, se objetiva un hipocrecimiento de la parrilla costal izquierda que condiciona una escoliosis significativa, que precisa intervención. Asimismo, a los 8 años de seguimiento, se objetivan datos de miocardiopatía dilatada leve, objetivada ecocardiográficamente y por resonancia magnética, con leve disfunción ventricular sistólica, por lo que se inicia tratamiento con enalaprilo.

 

 

Follow-up of childhood cancer in Primary Care. How to detect late effects

J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández
Topics on
Continuous Training


J. Huerta Aragonés, C. Mata Fernández

Pediatric and Adolescent Hematology and Oncology Section. Pediatrics Service. Gregorio Marañón General University Hospital. Maternal and child Hospital. School of Medicine. Complutense University of Madrid. Gregorio Marañón Health Research Institute (IiSGM). CIBEREHD

Abstract

Over the last several decades there has been a significant increase in the survival of most pediatric tumors, which is undoubtedly a success, but generates a new scenario with an increase in late side effects and premature mortality compared to the general population. Therefore, it is highly important to develop models for follow-up care of childhood cancer survivors, which allow fluid and efficient communication between healthcare professionals, individualized management for each patient, implementation of healthy lifestyle habits and early diagnosis protocols for relapses and late sequelae. Following this approach, adherence to follow-up will be increased and the severity of chronic toxicity will be reduced.

There are national and international consensus guidelines of increasing quality, but with a high degree of heterogeneity between them. In this article reference will be made to these follow-up guidelines, highlighting the specific late side effects on each organ system, their prompt recognition and recommendations for longterm management.

 

Resumen

En las últimas décadas, se ha experimentado un notable incremento en la supervivencia de los tumores diagnosticados en edad pediátrica, lo cual supone indudablemente un éxito de la medicina, pero genera un nuevo escenario, con un aumento de los efectos secundarios tardíos y de la mortalidad prematura respecto a la población general. Es de vital importancia, por tanto, el desarrollo de modelos de seguimiento del paciente superviviente, que permitan una comunicación fluida y eficiente entre profesionales sanitarios, un manejo individualizado para cada paciente, la implementación de hábitos de vida saludables y de protocolos de diagnóstico precoz, de recaídas y de secuelas tardías. De esta forma, se aumentará la adherencia al seguimiento y se reducirá la gravedad de la toxicidad crónica.
Existen guías de consenso nacionales e internacionales, cada vez de mayor calidad, pero con una elevada heterogeneidad entre ellas. A lo largo de la siguiente revisión, se hará referencia a estas guías de seguimiento, haciendo especial hincapié en los efectos secundarios tardíos por aparatos, su diagnóstico precoz y recomendaciones de manejo a largo plazo.

 

Key words: Supervivientes de cáncer infantil; Efectos secundarios tardíos; Toxicidad a largo plazo; Segundas neoplasias.

Palabras clave: Childhood cancer survivors; Late side effects; Long-term toxicity; Second malignancies.

 

 

Pediatr Integral 2021; XXV (7): 372 – 385

 


 

Follow-up of childhood cancer in Primary Care. How to detect late effects

Introduction

Cancer survival rates in the pediatric age have notably increased in recent decades, where prevention as well as early diagnosis of late sequelae strategies have become essential.

The number of childhood cancer survivors has increased significantly in the last 40 years, increasing from 58% survival between 1975-1977 to 83% between 2008-2014(1). In Spain, a 23% increase in survival was observed (from 54 to 77%, from 1980-1984 to 2000-2004), with a 50% decrease in the risk of death in that period (https://www.uv.es/rnti/cifrasCancer.html). In Europe, 1 in 500-600 children will develop a malignancy before the age of 15 and it is estimated that, in the next few years, one in 450 young adults will be a childhood cancer survivor in Europe(2). In contrast to this great advance, there is a high prevalence of morbidity in the form of late side effects. The Children’s Oncology Group (COG) in a childhood cancer survival study observed the existence of at least one chronic problem in the second decade of life in almost 60% of survivors and more than 30% of severe chronic sequelae 30 years after diagnosis(3). The St. Jude Lifetime Cohort Study published a study in which it was observed that at 45 years of age, 95.2% of the survivors reported at least one chronic health condition, being it serious, disabling or life threatening in 80% of the cases (twice that of the general population at that age)(4).

Cancer treatments predispose recipients to excess morbidity and premature mortality compared to the general population. The risk is directly proportional to the intensity of the treatment to achieve the cure of the disease, being more burdensome in the case of multimodal therapy and in patients who have received several treatments due to relapse. Age is a determining factor, the younger the more toxic effects on linear growth, skeletal maturation, intellectual functionality, sexual development and organic functionality.

Although these are worrisome data, the impact of these late effects can be modified through early detection and adequate management of the pathologies, as well as, prevented in part through a modification of lifestyle habits(1). Likewise, it has become a generalized trend of current protocols to seek, in cases where a good long-term survival result has been achieved, to reduce acute and chronic toxicity without detriment to survival (e.g., acute lymphoblastic leukemia, nephroblastoma, Hodgkin lymphoma, certain brain tumors…), in particular, reducing the use of radiotherapy and adjusting the intensity of treatment to the individual risk(5,6).

Reducing late effects and early detection of them, if they exist, has become a goal for these patients, in order to improve their quality of life. Follow-up and recommendations must be individualized according to the personal characteristics of each survivor, type of tumor, treatment received, age, comorbidities, lifestyle, and existence of dysmorphic syndromes or predisposition to cancer(1) (Fig. 1). Side effects increase with age, but can manifest throughout life, hence, an adequate monitoring based on recommendations and consensus guidelines, from pediatric age to adulthood is essential.

Figura

Figure 1. Lifestyle recommendations and health promotion.

Follow-up Models of Childhood Cancer Survivors

There is not a unique model for the monitoring of long-term side effects, and the superiority of one over the others has not been demonstrated by studies of adequate duration and methodology. Table I contains a comparison between the different models, their advantages and disadvantages(1).

Figura

In general, the most suitable option would be the one that best suits the individual characteristics of the patient. In our environment, joint work between healthcare professionals from the hospital and Primary Care setting is essential, as well as a progressive and structured transition to the adult care model. Information transfer is crucial, especially: previous medical history, dates of diagnosis and end of treatment, diagnostic tests at diagnosis and during follow-up, multimodal treatments received and their doses, complications related to them or to the disease itself, relapses and follow-up plan (Table II).

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Producing detailed medical reports for the physicians who will provide ongoing care for survivors in Primary Care or during their adulthood is paramount and often one of the deficits of hospital care. In this sense, a good number of Pediatric and Adolescent Oncology and Hematology services are making efforts to implement specific follow-up consultations for the survivor and transition to adult care, paying special attention to the elaboration of “survivor’s passport”. There are tools promoted by the International Society of European Pediatric Oncology (SIOPe) (http://www.survivorshippassport.org/) and through European projects such as the PanCareSurPass project (Horizon 2020-EU.3.1.5 Framework Program, https://cordis.europa.eu/project/id/899999/es).

Follow-up recommendations

There are consensus guidelines for the follow-up of survivors from different international groups that, although heterogeneous and variable in the recommendations, result very useful.

In recent years, national and international guidelines have been developed for the monitoring of long-term side effects in survivors. In the United States, the Children’s Oncology Group (COG) periodically publishes the “Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers” (latest version: 5.0, October 2018). It is a guide based on the individual risk, tools for diagnosis and management of side effects. The current version is accessible through the website www.survivorshipguidelines.org(7). In Europe, three large groups have developed similar guidelines: the UKCCSG (United Kingdom Children’s Cancer Study Group) “Therapy Based Long-Term Follow Up Practice Statement”(8), the “Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline” (Scottish Intercollegiate Guidelines Network, SIGN)(9) and the “Guidelines for follow-up after childhood cancer more than 5 years after diagnosis” (Late Effects Taskforce of the Dutch Childhood Oncology Group, DCOG LATER)(10). Each of these recommendations uses a different methodology and, at times, the recommendations are variable. With the aim of homogenizing them, the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG) was created, however, given the complexity of the issue, for now, it has only prepared documents for the screening of breast cancer, cardiomyopathy, early ovarian failure, male gonadal toxicity, thyroid cancer and ototoxicity (www.ighg.org/guidelines/). The Spanish Society of Pediatric Hematology and Oncology (SEHOP) published the guide “Late effects in survivors of childhood cancer” in 2012, which constitutes a tool of indisputable value(11). The need to develop consensus guidelines is obvious, but the long-term cost-effectiveness of these recommendations remains unknown(1).

Late effects on organs and body systems

There are guidelines for side effects tailored to each specific treatment that, due to their breadth, far exceed the length of this article(7,8). Thus, we will focus on side effects by organs or systems. They are shown in table III in a very summarized manner.

Figura

Cardiology sequelae

Patients at greatest risk are those receiving high-dose anthracyclines, chest or mediastinal radiation therapy, or both; however, other conventional and targeted therapies also require vigilance.

Cardiovascular complications are one of the main problems for survivors, with an increased risk of heart failure compared to the general population (15 times higher) and premature death from cardiac causes (7 times higher)(12). Anthracyclines, regardless of the type, produce direct and indirect toxicity (free radicals) on the myocyte. There is no safe dose if long-term normal cardiovascular status is the goal. Chronic toxicity manifests itself months or even many years later, consisting of dose-dependent non-ischemic degenerative dilated cardiomyopathy (more frequent than restrictive) due to irreversible myocardial damage, as well as arterial hypertension, ischemic heart disease, and heart failure. Serious arrhythmias, tachycardia, ventricular fibrillation and even second- and third-degree blocks may appear. The incidence of conventional cardiotoxicity is 7.5-10% 30 years after finishing treatment(12,13). Female sex, earlier age, higher cumulative dose (> 250 mg/m2), and concomitant cardiothoracic irradiation are associated with an increased risk of cardiotoxicity and greater severity. There are also other classic chemotherapy agents (cyclophosphamide, cytarabine, cisplatin, ifosfamide, paclitaxel, 5-fluorouracil…) that produce cardiac toxicity by other mechanisms(14). In recent years, other emerging therapies must also be considered, such as proteasome, HER2, VEGF and tyrosine kinase (TK) inhibitors, as well as immunotherapy, including CAR-T cell therapy and immune checkpoint inhibitors(15) (Table IV).

Figura

The development of cardioprotective molecules has been a desire over the last years. Dexrazoxane has been postulated as a strong candidate, as it improves the cardiotoxicity observed with anthracyclines. Its use has been limited by the suspicion that it could interfere with the efficacy of anthracyclines, as well as by a possible contribution to the development of secondary neoplasms. None of these aspects have been proven in recent studies, including a meta-analysis with a sample of 4,639 children treated with anthracyclines for different neoplasms (Shaikh F et al., J Natl Cancer Inst. 2016). The American Heart Association and the American Academy of Pediatrics recommend its use as a cardioprotective agent in protocols that use anthracyclines (the Children’s Oncology Group -COG- recommends it since 2015 in those protocols that involve doses ≥ 150 mg/m2 or cardiothoracic radiotherapy). In our setting, it is not routinely used in the clinical practice. The use of liposomal forms of anthracyclines and analogues (epirubicin, idarubicin, mitoxantrone) could improve long-term toxicity(14) and long-term (6-96 hours) dosing regimens are recommended instead of boluses. Drugs such as enalapril or phosphocreatine (Cheuk DKL et al. Cochrane Database Syst Rev. 2016), beta-blockers, statins or anti-aldosteronic agents have not been shown to have a protective effect.

The mediastinal/thoracic radiotherapy produces acute inflammation on the cardiomyocytes and generates hypercoagulability. Oxidative stress leads to chronic inflammation and subsequent fibrosis (Velásquez CA et al. Rev Colombiana Cardiol 2018). Risk factors include: high cumulative doses (> 30-35 Gy), high daily doses (> 2 Gy/session), age <50 years at the time of therapy, previous history of heart disease or cardiovascular risk factors, and concomitant cardiotoxic chemotherapy treatment(7). Toxicity manifests as: ventricular dysfunction, endothelial damage (increased vascular risk, coronary artery disease, degenerative aortic vascular disease or supra-aortic trunk disease, stroke), dilated or restrictive cardiomyopathy, chronic/constrictive pericarditis, degenerative valvular disease and arrhythmias.

In summary, high-risk patients are those who have received ≥ 250 mg/m2 of anthracyclines, > 35 Gy of chest radiation or ≥ 100 mg/m2 of anthracyclines + ≥ 15 Gy of irradiation(12). Surveillance in high-risk patients should begin no later than 2 years after the end of cardiotoxic treatment and should be repeated 5 years after diagnosis, continuing every 5 years or sooner if necessary.

The semiology to be monitored will be dyspnea, chest pain, palpitations, intolerance to exercise and activities of daily life. Routine cardiopulmonary auscultation is recommended, as well as ruling out the presence of carotid murmurs. Echocardiography is the main imaging test for diagnosis and follow-up, with magnetic resonance imaging being an interesting supplementation in selected cases (not as a screening technique)(16). The electrocardiogram is a tool for the diagnosis of arrhythmias and cardiomyopathy, being necessary, on occasions, the performance of stress tests and Holter tests(7).

Regarding biomarkers, atrial natriuretic peptide, especially its pro-B NT fraction, could be a predictor of subsequent dysfunction if elevated during treatment. In asymptomatic patients, it should be interpreted with caution and always in combination with other elements. They are not recommended as the sole follow-up strategy in high-risk patients(12).

Regular exercise is recommended for survivors with normal ventricular function. The American College of Sports Medicine recommends 30-40 minutes of aerobic exercise, five times a week, along with 2 days of higher intensity training. In case of exercise-related symptoms, these should be promptly communicated. Other cardiovascular risk factors (hypertension, diabetes, dyslipidemia and obesity) should be monitored, and tobacco use avoided. During pregnancy, these patients should be closely followed, especially during the first trimester(12).

Finally, chronic fatigue syndrome should be considered, as it has a variable prevalence depending on the series (10-80%), although it is generally considered to affect 30% of children, adolescents and young adults. It consists of a subjective experience of persistent fatigue and severe tiredness, years after diagnosis, unexplained by organic causes, and that does not improve with rest. It is difficult to differentiate from depression. Risk factors include: having received radiotherapy (pulmonary therapy is the most clearly related), psychological stress, relapses, comorbidity of other side effects, female sex, unemployment and affective loneliness. It is inversely correlated with time progression since treatment and with an adequate social and labor integration. There are tools for its diagnosis (PROMIS pediatric fatigue measures, PedsQL MFS). Management is carried out through behavioral therapy (physical exercise, time management, social and occupational integration…), as the efficacy of pharmacological therapies has not been demonstrated(17).

Respiratory sequelae

Pulmonary toxicity is a common late complication, which can have a great impact on the quality of life of survivors, hence the importance in having a high index of suspicion.

Chronic respiratory tract damage can be related to primary or metastatic disease, infectious complications during treatment, and multimodal therapies themselves. The presentation can be acute or chronic, as summarized in Table V.

Figura

The cumulative incidence of pulmonary complications increases with the time elapsed since diagnosis(16), in particular, pulmonary fibrosis and chronic pneumonitis. Radiation therapy can cause oxidative damage to the vascular endothelium and affect the normal development of the chest wall, especially beyond 20 Gy(8,16). In patients receiving a hematopoietic stem cell transplant there is a special vulnerability, due to the conditioning regimens, complications derived from graft versus host disease (GVHD) and respiratory infections associated with the procedure.

During follow-up, watchful vigilance should be kept for guiding symptoms such as persistent dry cough, dyspnea, or exercise intolerance. Lung auscultation should be performed during visits, with baseline O2 saturation and chest X-ray, if symptoms are present. In these cases, the study of lung function is essential, specially assessing restrictive patterns (forced vital capacity, diffusion capacity). Many patients have asymptomatic or oligosymptomatic lung function abnormalities, which should be followed for possible progressive deterioration. The avoidance of tobacco use and its passive inhalation should be advised(11).

Neuropsychological sequelae

Many patients, particularly in high-risk groups, present late neurological, sensory, or cognitive toxicity that impacts their cognitive function and psychosocial integration in adult life.

Neurocognitive sequelae are observed in up to 40-45% of survivors, mainly in those who have suffered a primary or secondary tumor involvement of the central nervous system and in those who have received radiotherapy at that level (CNS tumors, acute lymphoblastic leukemia in previous protocols). Sometimes, there is a functional deficit (visual abnormalities, cranial nerve deficit, hemiparesis, ataxia…) derived from the growth of the tumor itself or from its resection surgery. In the long term, the manifestations can be sensory-motor (aphasia, paresis, focal deficits, peripheral neuropathy…) or neurocognitive (memory, attention, learning, speed of processing and execution of tasks, decreased school performance…). Radiation therapy is especially harmful in children younger than 3-5 years of age. A higher dose is associated with a higher risk of neurocognitive sequelae, in relation to leukoencephalopathy and vascular microangiopathic lesion(11).

At the peripheral nervous system level, sequelae can be observed in patients treated with cisplatin doses > 300 mg/m2 and with vinca alkaloids (especially vincristine, particularly in malnourished children). Cisplatin is often associated with sensory neuropathy. Vincristine rarely causes chronic neuropathy, but if present, it can be multiple (sensorimotor, autonomic, cranial nerves). In these cases, neurophysiological studies are required, as well as offering adequate rehabilitation support, occupational therapy and analgesia if the neuropathy is painful(9).

A follow-up assessment of intellectual, visual, sensory perception, memory, language and learning capacity is recommended, assessing academic performance and behavior in the family and social environment. When stagnation or deficits are observed in any of these areas, early intervention is deemed necessary. Imaging tests (CT angiography, MR angiography) may be required to complete the global assessment, as well as an assessment by Neuropediatrics and Psychology(10).

At a psychological level, there is up to 80% more probability of presenting psychological limitations that affect the quality of life and two times more emotional stress when a comparison with the patient’s siblings is established. Not all tumors present the same pattern of psychological sequelae. Brain tumor survivors display a higher rate of depression, somatization, fatigue, and drowsiness; and those of leukemia, more stress, depression and anxiety during adolescence, compared to other tumors and the general population(8).

Brain irradiation is associated with psychological stress, somatization, a greater feeling of fatigue, poorer physical and mental performance, sleep disruption, and poorer school and social integration. Patients treated with intensive chemotherapy, especially with alkylating agents, present with more stress, anxiety, depression and somatization, especially with alkylating treatments. Risk behaviors associated with psychological dysfunction, high smoking rate and alcohol consumption (in relation to worse socioeconomic status) have been described. In adults, a high rate of suicidal ideation and suicide attempts has been described, with brain tumor survivors having the highest incidence (10.4%)(7). No association has been found with age at diagnosis, time since diagnosis, type of treatment, recurrence or second tumors. Low educational level, low income, unemployment and emotional loneliness have been described as risk factors. In this regard, close monitoring of the social, psychological and emotional situation is relevant.

Sequelae on the senses

Sensory sequelae, especially vision and hearing, can limit the social or work capacity of survivors, so these must be carefully monitored.

The most frequent ocular abnormality is the detection of cataracts. It is related to the use of high and prolonged doses of steroids, radiotherapy at this level (ocular-orbit, cranial, total body, being dose dependent and, especially, if ≥ 2 Gy directly on the lens), busulfan or intrathecal chemotherapy(16). Xerophthalmia and lacrimal duct atrophy can occur and, more rarely: orbital hypoplasia, enophthalmos, keratitis, telangiectasia, retinopathy, maculopathy, optic chiasm neuropathy, papillary damage and glaucoma. The risk increases in case of radiotherapy ≥ 30 Gy on the eye-orbit, in case of treatment with 131-I for thyroid cancer, actinomycin-D or doxorubicin combined with radiotherapy, GVHD, frequent ocular exposure to sunlight and if there is comorbidity (diabetes mellitus, arterial hypertension). Other visual disturbances that may develop are: hypersensitivity to light, blurred vision, diplopia, nyctalopia (night blindness) and alterations in ocular refraction. The risk lasts for more than 20 years beyond the end of treatment(7).

Annual ophthalmological examination is recommended in all survivors, and in those with a history of treatment with corticosteroids or radiotherapy to the eyeball-orbit, orbital tumors, GVHD, treatment with radioactive iodine or abnormal diaphoresis. The use of approved glasses with UV protection is recommended(7).

When it comes to hearing, the most common long-term side effect is ototoxicity. Risk factors include having received high doses of cisplatin or carboplatin, radiation therapy over the head or ear (≥ 30 Gy) and having received therapies such as: aminoglycosides, furosemide, NSAIDs or iron chelators (deferasirox). The usual manifestation is sensorineural deafness, sometimes with tinnitus, and less frequently vertigo, transmission hearing loss and otosclerosis(7). Hearing evaluation is recommended at the end of treatment in patients at risk and then annually for those aged < 6 years (auditory evoked potentials), every 2 years between 6-12 years of age (tonal audiometry of 1,000-8,000 Hz, being best high frequency > 8,000 Hz) and, subsequently, every 5 years in those aged > 12 years. In patients with a ventriculoperitoneal bypass valve, a hearing assessment is recommended at the end of treatment and then every 5 years, even in the absence of other risk factors(7). Avoiding loud noises is recommended.

Smell can be affected in the form of anosmia or chronic rhinitis/sinusitis, usually in patients who have received radiotherapy or surgical resection of a nasal tumor.

Oral and dental sequelae

Patients undergoing chemotherapy before 5 years of age, especially with high-dose cyclophosphamide, are of special risk. One of the main problems of the oral cavity is xerostomia, in general, related to craniofacial radiotherapy, which can improve with frequent intake of liquids, sugar-free candies and artificial saliva tablets. Treatment predisposes to an increased risk of cavities, dental infections, and even speech or sleep disorders. Other dental problems are frequently described (enamel hypoplasia, tooth decay, tooth loss, microdontia, hypodontia, malocclusion). Careful and regular dental hygiene is essential, as well as an assessment by stomatology or dentistry in case of presenting problems. Occasionally, abnormalities in craniofacial development and trismus develop secondary to alterations in the temporomandibular joint(9).

Radiation therapy also increases the risk of developing second neoplasms. Occasionally, the oral cavity may be the site of GVHD involvement in hematopoietic stem cell transplant recipients. An adequate follow-up is important to detect these abnormalities early enough.

Endocrine sequelae

Half of childhood cancer survivors will present at least one late endocrinological disorder in their lifetime, with central nervous system tumors being the most frequently related(7). In the case of craniopharyngioma, abnormality of at least one hormonal axis takes place in 75% of patients. Risk factors are: direct damage from tumor growth itself, that derived from resection or biopsy surgeries, and radiotherapy ≥ 30 Gy. Cranial radiotherapy produces more disturbances in this axis the younger the age of the patient. The most common sequela is short stature due to GH deficiency, particularly with radiation therapy doses > 18 Gy. In adult life, the deficiency of this hormone is associated with metabolic problems such as: increased body fat, altered serum lipid profile, and decreased exercise capacity, bone mineral density and insulin sensitivity. Short stature may, however, be due to other causes (hypothyroidism, precocious puberty, growth impairment due to spinal or long bone radiation, and prolonged corticosteroid therapy)(7). Occasionally, a “catch up” growth occurs reaching the target height with adequate replacement treatment, but it does not always happen(16).

On other occasions, endocrine late effects manifest as central adrenal insufficiency due to ACTH deficiency (very rare, due to direct tumor or surgical damage or radiotherapy dose ≥ 30-50 Gy), central hypothyroidism due to TSH deficiency (cranial RT ≥ 30 Gy), hypogonadotropic hypogonadism due to LHRH, LH or FSH deficiency (second axis affected in order of frequency), prolactin deficiency or central diabetes insipidus due to ADH deficiency (infundibulum involvement by craniopharyngioma, germ cell tumor or optic glioma). The term panhypopituitarism is coined when deficiency of ≥ 3 hormones is present.

Precocious puberty, consisting of early pubertal development, rapid bone maturation, and final height shorter than target, can occur. It is related to radiotherapy dose > 18 Gy, younger age at exposition, and female sex. An annual physical examination is recommended, with anthropometric data and pubertal development monitoring, as well as bone age in case of suspicion. Hyperprolactinemia is observed in some patients, generally related to high-dose irradiation to the pituitary gland or development of second pituitary tumors (adenomas) after treatment. In case of suspicion, serum prolactin will be determined and pituitary MRI performed, as well as referral to Endocrinology(7).

At the thyroid level, hypothyroidism is usually associated with cervical, mediastinal, or spinal radiation therapy. It usually occurs in the first 5 years post-treatment, if exposed to doses > 30 Gy (especially ≥ 45 Gy). Other risk factors are: treatment with therapeutic metaiodobenzylguanidine (MIBG) (despite prophylaxis with oral iodine), anti-GD2 (neuroblastoma), tyrosine kinase inhibitors and secondary to thyroidectomy or ablative treatment with radioactive 131I. Rarely, hyperthyroidism, autoimmune thyroiditis, and thyroid nodules (benign and malignant) may be seen. Hypoparathyroidism secondary to thyroid resection surgery may occur, which requires follow-up and treatment(7).

At the gonadal level, toxicity derived from the use of high-dose alkylating agents (busulfan, melphalan, carmustine, lomustine, cyclophosphamide, ifosfamide, thiotepa, procarbazine, dacarbazine, platinum derivatives) can be observed, especially in combination with radiotherapy on the gonads. Girls are at higher risk if they receive the treatments during or after puberty. Ovarian failure occurs in up to 50% of patients who receive radiation therapy to the gonads (≥ 15 Gy), particularly in association with alkylating agents. Infertility has been described from doses ≥ 5 Gy on the ovaries. Likewise, surgery can produce an iatrogenic menopause (bilateral oophorectomy) or an advance of it (unilateral oophorectomy). In this case, hypergonadotropic hypogonadism would occur, which consequently can lead to an increased risk of premature osteoporosis and cardiovascular problems. Abdominal radiation therapy that involves the uterus increases the risk of intrauterine growth delay and preterm delivery. Annual clinical review of sexual maturation development, menstruation characteristics, hormonal determination (FSH, LH, estrogens) is recommended and, in case of suspected ovarian failure, a bone density scan (DEXA scan) and referral to Endocrinology should be performed(7,11).

In any case, patients whose treatment has placed them at risk for ovarian failure, may have premature menopause with a shortened fertility span, so it is the role of the Primary Care physician to warn of this risk and advise, if the woman is capable and willing to have offspring, to conceive no later than the first years of the fourth decade of life.

In men, germ cells (Sertoli) are sensitive to both chemotherapy and radiotherapy (at doses as low as 2-3 Gy), leading to azoospermia that can be irreversible in the case of radiotherapy or mostly temporary in the case of chemotherapy. Leydig cells are less radiosensitive, but can suffer toxicity from 24 Gy(16). In cases of male hypogonadism due to Leydig cell failure, referral should be made to Endocrinology so as to assess testosterone supplementation in order to avoid the symptoms that its lack generates(9).

In order to anticipate these problems, fertility preservation techniques may be performed in girls (ovarian cortex in prepubertal/postpubertal girls and oocyte vitrification in postpubertal women) and in boys (cryopreservation of semen in postpubertal men and in a few centers, cryopreservation of tissue testicular in prepubertal). The development of consensus guidelines is essential in our setting, since the preservation rate is still low, but efforts are being made to improve this situation(18). Likewise, there are surgical techniques for transposition of the testes or ovaries prior to the administration of scrotal, pelvic or inguinal radiotherapy that would avoid direct irradiation, which is the main risk factor for hypogonadism in these patients.

Regarding follow-up, height (percentile), weight, BMI and pubertal stage should be checked every 6 months until completion of sexual development and final height. Menstrual onset (prepubertal) or re-onset (pubertal), menopausal symptoms (hot flashes, dyspareunia) should be inquired, considering the risk of premature menopause. Referral to Endocrinology should be made if there is failure to thrive, delayed pubertal development, or risk of hypogonadism. It is important to advise on fertility, premature menopause, reproductive advice and individualized risks.

Finally, in the long term, some of the most relevant endocrine and metabolic sequelae are type 2 diabetes mellitus and metabolic syndrome (obesity, arterial hypertension, glucose intolerance – increased insulin resistance and dyslipidemia), which count as main risk factors along with abdominal radiotherapy, total body irradiation, prolonged corticosteroid treatment, inadequate eating habits with excessive caloric intake, sedentary lifestyle and a family history of type 2 diabetes mellitus. Consequently, there is an increase in cardiovascular risk with an increase in morbidity and mortality. Implementation of early dietary measures, increased physical activity, blood pressure and dyslipidemia control are recommended. A tight control of body mass index, blood pressure, lipid profile, blood glucose and Hb A1C will be carried out in clinic(19).

Gastrointestinal sequelae

Gastrointestinal complications can be multiple and heterogeneous depending on the therapy received, the location of the primary tumor and whether there is a history of surgery with organic lesion.

The most relevant gastrointestinal complications are shown in Table VI.

Figura

Tumor resection surgery and radiotherapy can have visceral obstructive sequelae. In the latter case, it can cause fibrosis and ischemia due to vascular injury. It can appear as a chronic manifestation in case of intestinal GVHD. Likewise, the specific sequelae derived from surgeries with wide resections should be considered (gastrectomy, pancreaticoduodenectomy, cholecystectomy, splenectomy, intestinal resection with discharge ostomy…). Guiding symptoms such as: dysphagia, heartburn, dyspepsia, reflux, nausea, vomiting, chronic diarrhea, constipation, or progressive weight loss should be monitored. In the cases with a short intestine, hypovitaminosis and lack of absorption of other nutrients ought to be monitored(7).

Chronic hepatotoxicity can appear after a long latency period, being secondary to some chemotherapeutic agents, radiotherapy, obesity, viral hepatitis or iron overload secondary to transfusions. The consumption of hepatotoxic agents, such as alcohol and other drugs of abuse, should be avoided.

Nephrourinary sequelae

Delayed kidney damage in the form of chronic kidney failure is one of the most serious complications in survivors.

The main risk factors for kidney damage at the glomerular and proximal tubular level are abdominal radiation and treatment with high doses of ifosfamide (> 16 g/m2), cisplatin (> 450 mg/m2) and, to a lesser extent, carboplatin. Other factors are the use of nephrotoxic drugs (aminoglycosides, amphotericin B, foscarnet, tacrolimus, and cyclosporine A). It should also be considered that some patients may have a single kidney, due to nephrectomy of their primary tumor (nephroblastoma) or due to metastatic renal involvement(20). Consequently, chronic renal failure, proximal tubulopathy, or Fanconi syndrome may develop(7). Some survivors of Wilms’ tumors are at particular risk, as in addition to having a single kidney, they may have an underlying syndrome (Denys-Drash) and will have received chemotherapy and radiotherapy. High blood pressure is common (30%) during follow-up. In hematopoietic stem cell transplant recipients, nephrotoxicity derived from immunosuppressants, as well as nephritis secondary to BK virus, may occur.

Bladder damage is usually associated with the use of cyclophosphamide or ifosfamide, as well as viral infections (BK virus, adenovirus, cytomegalovirus)(9). There may be lesions of the lower urinary tract, secondary to surgery of solid tumors and radiotherapy/brachytherapy. Secondarily, bladder incontinence (neurogenic bladder), bladder fibrosis, bladder cancer, sexual dysfunction, chronic pelvic pain, bladder floor disorders, fistulas and female vaginal dryness, can also occur(16).

Annual BP control is recommended, with urea, creatinine and electrolytes to assess renal function, venous blood gas, and urine electrolytes. If the post-treatment study is normal, it should be repeated after 5 years. In case of HT, proteinuria or signs of tubulopathy, refer to Nephrology(7).

Musculoskeletal sequelae

Healthy lifestyle habits are important, including regular physical exercise and sufficient amounts of vitamin D and calcium in the diet, as well as the early detection of musculoskeletal problems.

Cranio-spinal radiation, prolonged use of corticosteroids or methotrexate, nutritional alterations and a sedentary lifestyle lead to high risk of this type of sequelae. Soft tissue fibrosis and hypotrophy can occur, as well as a decrease in bone mass with osteopenia/osteoporosis derived from the treatments, prolonged bedridden and radiotherapy on musculoskeletal groups. Other long-term complications are: osteonecrosis (avascular necrosis), exostoses, pathological fractures, bone undergrowth or asymmetric growth, dysmetria and, on some occasions, the sequelae derived from amputations and prosthetic malfunctions(7). With regards to bone mineral density, there is a remarkable margin of recovery throughout adolescence provided a healthy lifestyle, regular physical activity (especially, weight-bearing exercises), controlled sun exposure and optimization of the calcium intake in the diet. Sometimes vitamin D supplements are required. Avoidance of alcohol, tobacco, excessive caffeine, and obesity are recommended(9).

Gynecological sequelae

Breast self-examination and screening based on the individual risk are essential to anticipate breast tumors in adulthood.

In the case of adolescent women, it is important to make the patient aware of the importance of breast self-examination (monthly), as well as a regular gynecological examination. The risk of secondary breast cancer is higher if the patient received chest wall or mediastinal radiation therapy, family predisposition to breast cancer (BRCA1/2 mutations) or history of Li-Fraumeni syndrome (TP53). In these high-risk cases, annual gynecological follow-up is recommended from puberty to age 25, then every 6 months. Annual mammograms should be performed from the age of 25 (other groups recommend it from the age of 30)(10) or from 8 years after treatment (whichever occurs last). Breast MRI is recommended concomitantly with the same timelines as mammograms. In case of mammary hypoplasia, an annual follow-up should take place, referring the patient to Plastic Surgery if breast reconstruction is required, once the pubertal development is completed(7).

Vaccination in the oncohematological patient

Revaccination of the oncohematological patient is of vital importance in the months and years following treatment, in a scheduled manner according to national guidelines and recommendations.

In general, routine vaccinations are suspended during treatment, which added to the fact that some patients have an incomplete vaccination schedule due to their young age at diagnosis, the loss of vaccine immunity acquired by the treatments received and the immunodeficiency maintained by some therapies (rituximab, hematopoietic stem cell transplantation, immunosuppressants), makes them a particularly high infectious risk population at the end of treatment. Given the length of this review, the reader is referred to the periodic updates of the Vaccine Advisory Committee of the AEP (https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-14 y -16, updated as of August 2021).

Risk of premature mortality

There is an increased risk of premature death in survivors, thus, health promotion (Fig. 1) and early diagnosis of complications, as well as second tumors, are of vital importance.

The premature mortality rate of survivors is increased compared to the general population, being higher in the first years of follow-up (cumulative mortality: 6.5% at 10 years, 11.9% at 20 years, and 18.1% at 30 years of diagnosis). The risk is higher in women, brain tumors and Ewing’s sarcoma(7). The main cause is the recurrence of the original disease (67%), which decreases in importance with the passage of time. As the years go by, the toxicity associated with the treatment takes on a more important role in the reduction of life expectancy (late mortality). A 7 times higher risk of dying from cardiovascular events has been described (especially in women, kidney tumors and Hodgkin lymphoma), almost 9 times the risk of dying from lung or respiratory problems (especially patients with AML or neuroblastoma) and more than 2 times from other medical reasons. After 20-30 years of treatment, mortality secondary to second neoplasms is the main cause of death (15 times higher than in the healthy population). Therefore, follow-up strictly restricted to 5 years post-treatment is insufficient in patients who have overcome a tumor in the pediatric age(7-9).

Risk of second neoplasms

Up to 5-20 times higher risk of suffering second tumors histologically different from the initial ones compared to the general population has been described. In general, they are observed at least 2 years after the primary tumor, and within the first 10 years of follow-up, although they can have a latency of up to 30 years(21). The cumulative incidence after 20 years is 3-10%, and after 30 years 5-30%, depending on the series. The primary tumors with the highest incidence of second neoplasms are Hodgkin lymphoma and soft tissue sarcomas. The most common secondary tumors are breast, thyroid, AML, and sarcomas(7). The main risk factors are(6,7,16):

Chemotherapy. Alkylating agents are associated with myelodysplastic syndromes, which may or may not precede secondary acute myeloblastic leukemias. Their latency is usually 5-7 years and they are accompanied by cytogenetic abnormalities (monosomies and partial deletions of chromosomes 5 and 7). Epipodophyllotoxins (etoposide) are also associated with AML, but this usually develops earlier (2-3 years after completion of treatment). There is a greater risk with doses ≥ 2,000 mg/m2 and associated abnormalities of the MLL gene (which induces 11q23 translocations). Anthracyclines can also cause this type of leukemia, 2-3 years after treatment. The prognosis is unfavorable. Annual full blood count is recommended during long-term follow-up, at least up to 10 years after exposure to chemotherapy. The latency for the development of solid tumors is somewhat longer, on average 14 years. Etoposide increases the risk of secondary Hodgkin lymphoma, neuroblastoma, nephroblastoma, and rhabdomyosarcoma, among others.

Radiotherapy. It is a relevant risk factor, especially when high doses are received at an early age. It is frequently used in CNS tumors, solid tumors and, historically, in Hodgkin lymphoma and the conditioning with total body irradiation of some transplants. The risk increases as time passes, with a maximum 10-15 years after treatment (although it remains until 30 years later). The types mainly observed are: breast tumors, meningiomas (cranial), bone and soft tissue tumors, thyroid cancer, non-melanoma skin cancer and bladder cancer.

Hematopoietic stem cell transplantation. It can increase the risk of second neoplasms by up to 8 times compared to the general population (up to 60 times in recipients below the age of 10 years). Its origin is multifactorial (chemotherapy, conditioning radiotherapy and GVHD). Immunosuppressants are associated with the development of post-transplant lymphoproliferative syndrome.

Cancer predisposition syndromes (Li-Fraumeni, DICER1, NF1-2, telomeropathies…). In recent years, hand in hand with advances in genetics, more are becoming diagnosed. This has allowed the identification of alterations in the germ line or mosaicisms that predispose to one or more tumors, increasing their importance in pediatric Hematology-Oncology. Given the length of the article, we refer the reader to review the bibliography in case of interest(22).

Sufficient information and adequate education about the personalized risks of each patient, promoting self-observation and reducing, as far as possible, risk factors (tobacco, alcohol, sun exposure) is important. Symptoms or signs that may be related to the primary tumor and that suggest a relapse should also be monitored. In this sense, to make an early diagnosis it is essential to have a high index of suspicion, to recognize the risk groups and the “red flags” (warning signs) in each patient(23,24).

The role of the Primary Care pediatrician

As previously discussed in this review, there is not a sole model for pediatric cancer survivor follow-up, and it is essential to adapt it to the individual characteristics and risks of each case, as well as to the real conditions of our healthcare system. In this sense, we have a Pediatric Primary Care network excellently prepared for the promotion of health (Fig. 1) and accompaniment of the patient during their growth. At the hospital level, progress is being made in the development of specialized units to follow-up this type of patients and in their transition to adult care, so we have a mixed care and follow-up model in the routine practice.

Primary Care professionals are a fundamental pillar of multidisciplinary teams, acting as a first line for the diagnosis of sequelae, relapses and second tumors, as well as promoting healthy lifestyle habits. An adequate transmission of the personal history, personalized risks and follow-up plan by hospital health care providers is necessary, as well as a fluid communication between both areas, which will result in a health benefit to our patients. Similarly, the patient and his family should be integrated in the responsibility of long-term care, avoidance of risk behaviors and perception of alarm signs or symptoms, which will prevent loss of adherence to follow-up or low perception of its importance in the long term.

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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Recommended bibliography

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These guidelines are a mainstay in the follow-up, diagnosis and management of late effects in survivors of childhood cancer, with a dilated experience (almost 20 years). They are currently in their 5th version, being updated approximately every 5 years.

- Scottish Intercollegiate Guidelines Network (SIGN), Scotland, Healthcare Improvement Scotland. Long Term Follow Up of Survivors of Childhood Cancer, A National Clinical Guideline. [Internet]. Available in: https://www.sign.ac.uk/media/1070/sign132.pdf.

High quality consensus guidelines, from the year 2013, organized by body organs and systems.

- Skinner R, Wallace W, Levitt GA. Therapy based long term follow up: practice statement: United Kingdom Children’s Cancer Study Group (Late Effects Group) (Internet). Available at: https://www.cclg.org.uk/write/MediaUploads/Member%20area/Treatment%20guidelines/LTFU-full.pdf.

These consensus guidelines focus on both the long-term side effects in the various body organs and those specific to the chemotherapy or radiotherapy treatment received, providing an interesting point of view.

- Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. Cevagraf. 2012. (Working group on long-term side effects and second tumors of the Spanish Society of Pediatric Hematology and Oncology. “Late effects in survivors of childhood cancer”. Cevagraf. 2012.)

Interesting publication by the SEHOP Working Group on Side Effects, in the form of a textbook. Excellent description of each topic that surpasses in exposure and understanding that obtained, sometimes, in more schematic guides.

- Armenian SH, Hudson MM, Mulder RL, Chen MH, Constine LS, Dwyer M, et al. Recommendations for cardiomyopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group. The Lancet Oncology. 2015; 16: e123-36.

Very good article that summarizes the recommendations for cardiac monitoring and surveillance in patients at risk, with special emphasis on risk groups and long-term problems. It is the result of the cooperative work between the Children’s Oncology Group and several European groups, which make up the International Late Effects of Childhood Cancer Guideline Harmonization Group (IGHG).

- Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. Am J Med Genet. 2017; 173: 1017-37.

Review of the most relevant cancer predisposition syndromes, with special interest in the risks of pediatric tumor development and specific follow-up recommendations.

 

Clinical case

 

3-year-old boy attended the emergency room due to progressive onset of severe respiratory difficulty. Physical examination revealed marked hypoventilation of the left hemithorax, with increased work of breathing at all levels and decreased oxygen saturation (92%). In the initial chest X-ray, a large hemithorax mass with massive ipsilateral pleural effusion was observed. A chest CT was performed confirming a large mass in the left hemithorax, with doubtful pleural dependence, as well as a severe pleural effusion. After stabilization of the patient and drainage of the pleural effusion, the diagnostic studies were completed in the following days. Thoracic ultrasound-guided percutaneous biopsy of the mass concluded the histological diagnosis of a primitive neuroectodermal tumor of the chest wall. No pulmonary metastases were identified.

The patient received treatment according to the protocol in force at that time (Ewing SEOP-2001, treatment group 3). She received induction chemotherapy with 6 VIDE cycles (vincristine, ifosfamide, doxorubicin and etoposide), after which a resection of the tumor followed with reconstruction of the thoracic wall. The response to chemotherapy showed a poor response (80% necrosis), with free surgical margins. A VAC consolidation cycle (vincristine, D-actinomycin, and cyclophosphamide) was administered and, subsequently, an autologous hematopoietic stem cell transplant conditioned with melphalan and etoposide performed. The cumulative dose of cytostatics is as follows: vincristine: 10.5 mg/m2; ifosfamide: 54 g/m2; doxorubicin: 360 mg/m2; etoposide: 4.5 g/m2; cyclophosphamide: 1.5 g/m2; actinomycin-D: 1.5 mg/m2; and melphalan: 140 mg/m2. Finally, 8 weeks after transplantation, radiotherapy with tomotherapy modality was performed with 48 Gy on the primary tumor and 15 Gy on the ipsilateral lung.

She attends her follow-up consultations in a timely manner according to the prevailing recommendations in her treatment protocol, with no relapse being observed after 10 years of follow-up. However, at 9 years of age, a lesser growth of the left rib cage is observed, conditioning a significant scoliosis, which requires intervention. Likewise, at 8 years of follow-up, data of mild dilated cardiomyopathy were observed, verified by echocardiography and by magnetic resonance imaging, with mild systolic ventricular dysfunction, for which treatment with enalapril was started.

 

 

Cómo sospechar cáncer en Atención Primaria

V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****
Temas de FC


V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****

*Centro de Salud de Fuensalida. Toledo. **Servicio de Pediatría. Hospital Virgen de la Salud. Toledo. ***Centro de Salud La Puebla de Montalbán. Toledo. ****Centro de Salud Pedro Fuente. Bargas. Toledo

 

Resumen

El cáncer en la infancia presenta baja incidencia, su presentación clínica con frecuencia es inespecífica y simula patologías comunes de curso benigno, lo que dificulta su diagnóstico. Los principales síntomas y signos de sospecha de cáncer en Atención Primaria son: palidez, masas (en cabeza, cuello y otras localizaciones), adenopatías, movimientos anormales, hematomas y signos de sangrado, fatiga, cefalea, anormalidades visuales, dolor y síntomas musculoesqueléticos. El pediatra de Atención Primaria ha de reconocer cuándo una sintomatología aparentemente benigna puede ser el inicio de una patología grave, identificando aquellos signos de alarma que requieren estudio inmediato. Son necesarias una buena historia clínica, una exploración física completa y un seguimiento clínico evolutivo. El objetivo es disminuir el tiempo desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico final, de tal forma que permita un diagnóstico precoz de cáncer infantil.

 

Abstract

Cancer in childhood has a low incidence and its clinical presentation is often nonspecific simulating common pathologies of benign course, therefore making its diagnosis highly challenging. The main symptoms and signs of suspected childhood cancer in Primary Care are: pallor, masses (in the head, neck and other locations), lymphadenopathy, abnormal movement, bruising and signs of bleeding, fatigue, headache, visual abnormalities, pain and musculoskeletal symptoms. The Primary Care pediatrician must recognize when an apparently benign symptomatology may be the beginning of a severe pathology, identifying those warning signs that require immediate assessment. A detailed medical history, a complete physical examination and a clinical follow-up are essential. The objective is to reduce the time from the onset of symptoms to the final diagnosis, so as to allow an early diagnosis of childhood cancer.

 

Palabras clave: Lactante; Niño; Neoplasias; Atención Primaria; Diagnóstico precoz de cáncer.

Key words: Infant; Child; Neoplasms; Primary health care; Early detection of cancer.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 283 – 295

 


 

Cómo sospechar cáncer en Atención Primaria

Introducción

El cáncer infantil presenta baja incidencia y, a menudo, se manifiesta de forma inespecífica, simulando otros procesos frecuentes y benignos. Estas particularidades dificultan el diagnóstico de cáncer en Atención Primaria. Sin embargo, una sospecha precoz, junto con la rápida derivación del paciente a un centro especializado, pueden tener implicaciones a nivel pronóstico y terapéutico, así como en el impacto emocional secundario al diagnóstico en el paciente y su familia.

Epidemiología

El cáncer infantil es la segunda causa de muerte a partir del primer año de vida, detrás de los accidentes.

La incidencia anual estandarizada de cáncer infantil en España es de 159 casos nuevos anuales por millón de niños de 0 a 14 años, lo que supone 1.100 casos nuevos de cáncer infantil al año, incidencia similar a la del resto de Europa(1). Se estima que un pediatra de Atención Primaria con un cupo de 1.500 pacientes, verá un caso nuevo de cáncer cada 5 años. La supervivencia global a los 5 años del diagnóstico, se sitúa en torno al 79%(1). A pesar de los últimos avances, el cáncer infantil es la segunda causa de muerte desde el primer año de vida hasta la adolescencia. En el año 2018, murieron en España 192 menores de 14 años por cáncer, lo que supone 4 niños fallecidos a la semana por este motivo(2). Las neoplasias más frecuentes desde el nacimiento hasta los 14 años son: leucemias (28%), tumores del sistema nervioso central (SNC) (23%) y linfomas (12%), con un patrón de distribución por sexo y edad similar al del resto de Europa, mientras que entre los 15 y 19 años son: tumores óseos (24%), linfomas (21%) y tumores del SNC (15%). Los diagnósticos más frecuentes en función del grupo de edad se exponen en la tabla I(1).

Pacientes de riesgo

La historia clínica es la herramienta más eficaz en la identificación de los síndromes de predisposición a cáncer.

En el 8-10% de todas las neoplasias subyace una base hereditaria. Dentro de este porcentaje, se engloban los síndromes de predisposición a cáncer (SPC), un grupo heterogéneo de condiciones genéticas e inmunodeficiencias, que predisponen a un mayor riesgo de cáncer (Tabla II).

La mayoría de estos síndromes son poco frecuentes y presentan una expresividad variable dentro de la misma familia. Es importante identificar a estos pacientes, dado que pueden beneficiarse de medidas de prevención y detección precoz, así como de la posibilidad de consejo genético. En la anamnesis, hemos de sospechar SPC si(3):

• Existen varios casos de cáncer en la familia, habitualmente el mismo tipo.

• Afectación de varias generaciones a una edad más temprana que en la población general.

Presencia de tumores en asociación con defectos del desarrollo: sobrecrecimiento corporal generalizado o asimétrico, dismorfías, malformaciones congénitas o retraso mental.

• Presencia de tumores bilaterales o multifocales.

• Personas con más de un tumor primario.

• Presencia de tumores infrecuentes, benignos o quistes asociados a SPC.

Síntomas y signos de alarma

Una sintomatología aparentemente benigna, pero de presentación atípica o curso tórpido, puede ser el inicio de un proceso neoplásico.

El cáncer infantil puede manifestarse en sus etapas iniciales, con una clínica similar a procesos frecuentes y benignos(4). Nuestro objetivo es reconocer cuándo esta sintomatología aparentemente benigna puede ser el inicio de una patología grave, así como identificar aquellos hallazgos (red flags) que, en combinación con el resto de datos de la anamnesis y la exploración física, nos han de poner en alerta ante la posibilidad de cáncer (Tabla III).

Para ello, se necesita escuchar, prestando especial atención a los padres(5), que en general son los mejores observadores de los síntomas de sus hijos, y también a los adolescentes(6); realizar una historia clínica completa incluyendo los antecedentes personales y familiares, y una exploración física minuciosa.

Estudios cualitativos destacan la importancia de los cambios de comportamiento y afectivos detectados por los padres, y que motivan las primeras consultas en Atención Primaria antes del diagnóstico de cáncer, en ocasiones, en ausencia de otros síntomas de alarma(5,7). En este sentido, el Nacional Institute for Clinical Excellence (NICE) recomienda considerar la preocupación persistente de los padres por los síntomas de sus hijos como un motivo para estudio o derivación(8). En Atención Primaria, se ha descrito que aumentan la posibilidad de cáncer los siguientes signos y síntomas: palidez, masas en cabeza y cuello, masas abdominales, adenopatías, alteraciones motoras, hematomas y otros signos de sangrado, astenia, cefalea, anormalidades visuales, dolor y síntomas musculoesqueléticos. Sin embargo, excepto para las masas abdominales, el valor predictivo positivo de estos síntomas es bajo, dada la baja frecuencia de cáncer infantil. Aun así, ante la gravedad del diagnóstico, la presencia de dicha sintomatología, fundamentalmente, cuando se presenta sin una causa clara y da lugar a un aumento en el número de consultas (3 o más en un período de 3 meses), nos ha de poner en alerta ante la posibilidad de un proceso neoplásico(9). En este sentido, la Organización Panamericana de la Salud ha publicado una estrategia de evaluación, clasificación de probabilidad de cáncer y actitud en función de los hallazgos de la anamnesis y la exploración que se muestra en el Algoritmo 1(10).

Cefalea y otros signos y síntomas neurológicos

Los tumores primarios del SNC son los segundos más frecuentes en la infancia tras las leucemias(1), siendo la segunda causa de muerte por cáncer infantil(2). Su sintomatología se debe a la invasión y compresión del tejido nervioso adyacente, así como al aumento de la presión intracraneal por efecto de masa o por hidrocefalia obstructiva (Fig. 1), siendo su presentación clínica muy heterogénea.

Figura 1. Resonancia magnética sagital que muestra masa en fosa posterior compatible con meduloblastoma. El paciente de 13 años presentaba cefalea y edema de papila.

Wilne y cols.(11) analizaron 74 artículos (n=4.171), identificando hasta un total de 56 signos y síntomas al diagnóstico de un tumor del SNC, los cuales dependían de la edad, la localización y del antecedente de neurofibromatosis (NF). En los tumores intracraneales, excluyendo NF, la clínica más frecuente fue: cefalea, náuseas y vómitos, anormalidad de la marcha y coordinación y papiledema. En los tumores intracraneales asociados a NF fue: disminución de la agudeza visual, exoftalmos, atrofia óptica y estrabismo. En los tumores intracraneales en menores de 4 años fue: macrocefalia, náuseas y vómitos, irritabilidad, letargia y ataxia. Y en los tumores de médula espinal fue: dolor de espalda, anormalidad de la marcha y coordinación, deformidad de la columna, debilidad focal y alteraciones esfinterianas. Ante esta variabilidad clínica, posteriormente estudiaron en una cohorte retrospectiva (n=139) la evolución de la sintomatología, describiendo un aumento progresivo del número de síntomas. Así, la mitad de los pacientes pasaban de un síntoma al inicio de la clínica a seis al diagnóstico del tumor(12). Desde Atención Primaria, hemos de estar alerta ante pacientes con síntomas no resolutivos o en los que se asocien nuevos, en especial: visuales, motores, endocrinos o del comportamiento, así como signos de hipertensión intracraneal(12-14). Es esta línea, Ansell y cols.(15) describieron los motivos de consulta en Atención Primaria, desde el nacimiento hasta el diagnóstico de un tumor del SNC en una serie de pacientes, comparándola con un grupo control. Observaron cómo los casos consultaron tres veces más por un signo o síntoma sugestivo de tumor del SNC, llegando a consultar hasta siete veces más, cuando asociaban dos o más síntomas.

El grupo Children’s Brain Tumour Research Centre ha desarrollado una guía clínica basada en la evidencia(16) (Tabla IV), así como la estrategia de sensibilización “HeadSmart: be brain tumours aware” (https://www.headsmart.org.uk/), la cual ha mostrado resultados positivos en la disminución del tiempo desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico (mediana de 14 a 6,7 semanas), así como del tiempo desde la primera consulta hasta la realización de una prueba de imagen (3,3 a 1,4 semanas)(17).

Fiebre y síntomas constitucionales

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría, siendo, en la mayor parte de las ocasiones, de etiología infecciosa. Tan solo el 6% de los casos de fiebre de origen desconocido corresponden a neoplasias(18). Esta fiebre puede ser de origen tumoral (sarcoma de Ewing, neuroblastoma, linfoma de Hodking…) o por infecciones secundarias a la alteración del sistema inmunológico debido al cáncer, como puede ocurrir en las leucemias.

La leucemia es el tumor pediátrico más frecuente(1). Clarke y cols.(19) analizaron la sintomatología al diagnóstico de leucemia en la infancia y adolescencia en 33 estudios (n=3.084), e identificaron un total de 95 signos y síntomas, de los cuales cinco estaban presentes en más de la mitad de los pacientes: hepatomegalia, esplenomegalia, palidez, fiebre y hematomas. Además, entre un tercio y la mitad de los pacientes, presentaban: infecciones recurrentes, astenia, dolor de extremidades, hepatoesplenomegalia, hematomas/petequias, linfadenopatías, tendencia al sangrado y erupción cutánea. Estos hallazgos destacan la importancia de realizar una exploración física completa en niños con sintomatología común, como la fiebre, pero de evolución tórpida o persistente, prestando especial atención a la palpación abdominal, la búsqueda de linfadenopatías y el examen minucioso de la piel. A pesar de que la leucemia es el cáncer pediátrico más frecuente, no existe en el momento actual, evidencia sobre el valor predictivo de los datos clínicos a nivel individual, ni de su combinación. La guía NICE recomienda que los pacientes pediátricos con fiebre de causa no aclarada o en combinación con datos clínicos injustificados como: palidez, astenia, linfadenopatías, esplenomegalia, dolor osteoarticular, hematomas, sudoración nocturna o pérdida de peso, han de ser evaluados con un hemograma completo y extensión de sangre periférica en un plazo de 48 horas; en el caso de asociar petequias o hepatoesplenomegalia inexplicada, se recomienda la derivación inmediata(8).

Adenopatías

Los ganglios linfáticos son estructuras dinámicas que cambian de tamaño durante el crecimiento, generalmente en respuesta a infecciones. En la infancia, es normal la palpación de pequeños ganglios a nivel cervical, axilar o inguinal. Se considera patológico el aumento de tamaño por encima de 1 cm en ganglios cervicales y axilares, 1,5 cm en inguinales y 0,5 cm en epitrocleares, así como la consistencia pétrea, la superficie irregular, la existencia de ulceración cutánea o la fijación a planos profundos(20) (Fig. 2).

Figura 2. Ensanchamiento mediastínico en paciente de 12 años, diagnosticada de linfoma de Hodgkin. Clínicamente, presentaba múltiples adenopatias laterocervicales y supraclaviculres adheridas, no dolorosas y de tamaño mayor a 2 cm.

Las adenopatías son generalizadas, cuando se extienden en más de 2 cadenas ganglionares no contiguas, y localizadas, cuando aparecen en una única región. Según el tiempo de evolución, distinguimos entre agudas (menos de tres semanas) y subagudas/crónicas (más de tres semanas/meses)(21). En la anamnesis, preguntaremos: la edad del paciente, la forma de comienzo, el tiempo de evolución y la velocidad de crecimiento, así como la presencia de infecciones recientes o recurrentes, el contacto con personas enfermas, los síntomas asociados, tratamientos antibióticos previos, episodios similares, estado vacunal, medicaciones, contacto con animales o viajes recientes. La exploración física será completa, buscando signos de enfermedad sistémica y prestando especial atención a la presencia de lesiones cutáneas, palidez, signos de sangrado, lesiones orofaríngeas o conjuntivales, hepatoesplenomegalia y masas abdominales. Las adenopatías serán evaluadas en función de su tamaño, localización, dolor a la palpación, consistencia, movilidad, signos inflamatorios locales y presencia de fístulas cutáneas. Hemos de palpar de forma sistemática todas las cadenas ganglionares accesibles: occipital, retroauricular, preauricular, parotidea, tonsilar, submandibular, submental, caras anterior y posterior de cuello, supraclavicular, infraclavicular, axilar, epitroclear, inguinal y poplítea. Los signos de alarma en la valoración de las adenopatías son: el tamaño mayor de 3 cm, el crecimiento rápido en ausencia de signos inflamatorios, la consistencia dura, la fijación a planos profundos, la localización supraclavicular, axilar, generalizada o confluente, así como la clínica constitucional, la presencia de masas abdominales, hepatoesplenomegalia dura, signos de dificultad respiratoria, palidez, ictericia o sangrado(8,20-22).

Masa mediastínica

Las masas mediastínicas en la infancia son poco frecuentes y, en la mayoría de los casos, son de naturaleza maligna. La localización más frecuente es el mediastino anterior y la etiología más frecuente el linfoma(23,24). Una valoración clínica minuciosa y un alto índice de sospecha son importantes para un diagnóstico precoz. Ante la sospecha clínica, se recomienda la derivación inmediata a un centro hospitalario para completar estudio(8,23).

Desde el punto de vista anatómico, el mediastino se divide en tres compartimentos: anterior, medio y posterior. La localización de la masa orientará el diagnóstico (Tabla V).

Las neoplasias más frecuentes según su localización son: leucemia linfoblástica aguda y linfoma T (Fig. 3) en el mediastino anterior; linfoma de Hodgkin en el mediastino medio; y tumores neurogénicos (neuroblastoma y ganglioneuroma) en el mediastino posterior.

Figura 3. Masa mediastínica anterior en niño de 12 años con leucemia T. Refiere astenia y edema palpebral bilateral de 3 días de evolución, así como hematomas, equimosis y petequias en esclavina desde hace 48 horas.

Las masas mediastínicas posteriores (neuroblastoma) son más frecuentes en lactantes y niños pequeños, mientras que las anteriores (leucemias, linfomas) lo son en el niño mayor y adolescente(24).

Un elevado porcentaje de pacientes se encuentran asintomáticos al diagnóstico. En los casos sintomáticos, la clínica es secundaria a la compresión de estructuras adyacentes, por lo que los síntomas dependen de la localización de la masa, de su tamaño y de la velocidad de crecimiento. La compresión de la vía aérea es la clínica más frecuente, dando lugar a síntomas inespecíficos, como: estridor, tos no productiva, sibilancias, infecciones respiratorias de repetición, dolor torácico y dificultad respiratoria que, a menudo, simulan enfermedades respiratorias frecuentes, como el asma o la laringitis. La compresión esofágica da lugar a disfagia. La compresión de la médula espinal (frecuente en el neuroblastoma) da lugar a dorsalgia en banda o radicular que aumenta con el Valsalva, debilidad de la marcha, pérdida de fuerza y alteraciones sensoriales y esfinterianas. La compresión de la vena cava superior (característica de leucemias y linfomas T) se manifiesta con: plétora facial, cefalea, visión borrosa, tos, dolor torácico, ortopnea que aumenta con el Valsalva, hipotensión y fallo cardiaco. La compresión del frénico da lugar a elevación hemidiafragmática. Por último, la lesión de la vía simpática (sobre todo, por neuroblastomas) puede provocar un síndrome de Horner (ptosis, miosis y enoftalmos). Y, a su vez, podemos encontrar síntomas sistémicos secundarios al propio proceso tumoral.

Hemos de tener en cuenta que el tratamiento previo al diagnóstico con corticoides sistémicos, en pacientes con neoplasias hematológicas, puede tener implicaciones diagnósticas y pronosticas, y precipitar complicaciones graves, como el síndrome de lisis tumoral. Por eso, en pacientes con clínica respiratoria de curso atípico o laringitis en el niño mayor, se recomienda realizar una radiografía de tórax previo al inicio del tratamiento corticoideo(23,25).

Masa abdominal

El hallazgo de una masa abdominal es una de las formas más frecuentes de presentación de neoplasias en la infancia. Aunque pueden ser de etiología benigna, todo paciente con una masa abdominal ha de ser valorado bajo sospecha de malignidad y hemos de derivar al paciente a un centro especializado en un plazo de 48 horas(8).

La masa abdominal es con frecuencia asintomática, y suele detectarse de forma accidental por los padres o en una exploración rutinaria. En la anamnesis, tendremos en cuenta la edad del paciente (Tabla VI), los síntomas asociados, la intensidad y la duración de los mismos, teniendo en cuenta qué síntomas de evolución rápida son sugerentes de malignidad(26,27).

La clínica de presentación más frecuente es: dolor, disfunción de órganos por efecto de masa (obstrucción intestinal o urinaria), hematuria (nefroblastoma) y síntomas sistémicos (sudoración nocturna, fiebre, astenia, pérdida de peso o dolor óseo…). La etiología más frecuente: en menores de un año, son las malformaciones congénitas genitourinarias; entre uno y cinco años, el neuroblastoma (Fig. 4) y el nefroblastoma (Fig. 5); y en niños mayores y adolescentes, el linfoma no Hodking (LNH).

Figura 4. Neuroblastoma en paciente de 7 años, que refiere dolor costal de semanas de evolución asociado a astenia y anorexia en los últimos días.

 

Figura 5. Tumor de Wilms derecho. La paciente de 2 años consultó porque los padres palparon la masa abdominal mientras la vestían.

En esta franja de edad, el LNH tipo Burkitt se presenta como: una masa abdominal de crecimiento rápido que asocia distensión abdominal y dolor, síntomas obstructivos, invaginación intestinal y alteraciones metabólicas secundarias a lisis tumoral(26). En niñas y adolescentes, tendremos en cuenta los tumores ováricos y el embarazo. En la anamnesis, se deben valorar también los antecedentes personales, como prematuridad y el bajo peso al nacimiento (hepatoblastoma).

La exploración física ha de realizarse con el paciente relajado y tranquilo. Debe ser meticulosa, con toma de constantes vitales, incluyendo la tensión arterial(27). En la inspección, buscaremos irregularidades en la superficie abdominal. En la palpación, hemos de tener en cuenta que, en pacientes sanos, sobre todo en los lactantes, algunas estructuras son palpables, como: hígado, bazo, riñones, aorta abdominal, colon sigmoide, heces y/o columna vertebral(28). Es importante establecer la localización, el tamaño, la forma y el contorno de la masa, la adherencia de esta a planos profundos, así como la presencia de dolor a la palpación. Según la localización: las masas palpables en el cuadrante superior derecho, suelen ser de origen hepático, renal o adrenal; las del cuadrante superior izquierdo, con frecuencia, dependen del bazo y pueden ser secundarias a infiltración metastásica; y las localizadas en hipogastrio, suelen ser secundarias a tumores ováricos o linfomas intestinales. En el paciente con sospecha de neuroblastoma, es necesario realizar una exploración neurológica completa ante la posibilidad de invasión del canal medular. Otros signos de la exploración que pueden orientar el diagnóstico son: aniridia, hemihipertrofia y malformaciones genitourinarias, (nefroblastoma); nódulos subcutáneos, equimosis periorbitarias, proptosis, diarrea acuosa intratable, síndrome de Horner o síndrome de opsoclono-mioclono (neuroblastoma); pubertad precoz, feminización o virilización (masas hepáticas, gonadales, suprarrenales o tumores germinales); y fenotipo Cushing (neoplasias de la corteza suprarrenal).

Masas de partes blandas y cutáneas

Los sarcomas de tejidos blandos (STB) son un grupo heterogéneo de tumores que se originan de las células mesenquimales primitivas. Se subdividen en rabdomiosarcoma (RBM) y sarcomas no rabdomiosarcoma. El RBM es el más frecuente, tiene su origen en las células mesenquimales primitivas involucradas en el desarrollo del músculo estriado, y presenta su máxima incidencia alrededor de los cinco años y en la adolescencia. Se subdivide en: embrionario, alveolar y pleomórfico. Por otra parte, los sarcomas no rabdomiosarcomas son más frecuentes en niños mayores y adolescentes.

Los STB pueden aparecer en cualquier localización anatómica, siendo las más frecuentes: región genitourinaria, cabeza y cuello, y extremidades. La clínica de presentación depende de la localización, del tamaño y de las estructuras vecinas. Una tumoración no justificada en cualquier localización con alguna de las siguientes características, es sospechosa de STB: diámetro mayor de 2 cm, afectación de planos profundos, consistencia aumentada, crecimiento progresivo y presencia de adenopatías regionales(4). En la cabeza, las localizaciones orbitarias suelen desarrollar proptosis y es preciso realizar un diagnóstico diferencial con patologías benignas, como la celulitis orbitaria. Las localizaciones parameníngeas pueden dar lugar a obstrucción nasal, sinusal u ótica, secreción mucopurulenta persistente o afectación de pares craneales. En la región genitourinaria, se puede presentar como: hematuria, síndrome miccional, estreñimiento, masa pélvica o aumento del tamaño testicular. La variedad botrioide es un subtipo de RMS embrionario que se caracteriza por múltiples proyecciones polipoides que forman racimos de consistencia gelatinosa y friable, y que se desarrollan bajo la superficie mucosa de orificios corporales, como vagina y nariz.

Ante la sospecha de un tumor de partes blandas, la guía NICE recomienda la realización de una ecografía en un plazo de 48 horas(8).

Síntomas y signos musculoesqueléticos

El dolor musculoesquelético es un motivo de consulta frecuente en Atención Primaria. Su etiología varía con la edad, siendo las causas más frecuentes las traumáticas. El diagnóstico diferencial incluirá los síndromes por sobrecarga y las osteocondrosis. Con menor frecuencia, pero muy importante, ya que su retraso en el diagnóstico puede aumentar la morbilidad, se encuentran las neoplasias y las infecciones osteoarticulares. Entre las neoplasias más frecuentes que se presentan con dolor óseo y/o articular, encontramos: tumores óseos primarios, neuroblastomas, LNH y leucemias.

Los pacientes con tumores óseos primarios, como el osteosarcoma o el sarcoma de Ewing, presentan con frecuencia dolor óseo localizado, persistente, asimétrico, progresivo, que responde mal a los analgésicos habituales y que puede despertar por la noche. Pueden asociar una masa palpable indurada y adherida a planos profundos y de crecimiento rápido y progresivo y, en ocasiones, puede producirse una fractura patológica. El dolor musculoesquelético generalizado se manifiesta como: dolor de miembros inferiores, de espalda, artralgias o artritis. Los tumores que lo producen son leucemias, sobre todo, linfoblásticas y metástasis óseas o medulares de tumores, como el sarcoma de Ewing o el neuroblastoma.

Varios autores(29-31) han resaltado la importancia de incorporar las leucemias y los tumores óseos en el diagnóstico diferencial de pacientes con sospecha de osteomielitis o enfermedades reumatológicas. Las leucemias que se presentan con clínica articular (generalmente en forma de oligoartritis asimétrica) asocian con menos frecuencia sintomatología típica de leucemia, como: síndrome constitucional, hepatoesplenomegalia o citopenias, lo que dificulta el diagnóstico(29). En la evaluación de pacientes con síntomas musculoesqueléticos, la asociación de leucopenia (menor que 4 x 109/L), plaquetas en límite bajo de la normalidad (150-250 x 109/L) e historia de dolor nocturno, presenta una sensibilidad del 100% y especificidad del 85% en el diagnóstico de leucemia(30). Cabe destacar la importancia de un diagnóstico preciso previo al inicio del tratamiento con corticoides, ante la posibilidad de enmascarar una neoplasia hematológica o desencadenar un síndrome de lisis tumoral. Por ello, algunos autores sugieren la realización de un estudio de médula ósea antes de comenzar el tratamiento con corticoides, en aquellos pacientes con sospecha de enfermedad reumatológica y datos atípicos(31).

Una historia clínica completa que incluya: caracterización del dolor (inicio, localización, duración, intensidad, número de articulaciones afectadas); presencia de otros síntomas acompañantes (inflamación, calor, inestabilidad articular); factores precipitantes (infección o trauma previo); y síntomas sistémicos asociados, así como una exploración física minuciosa, permitirán orientar el diagnóstico. En el paciente con dolor óseo y/o articular con sospecha de cáncer, realizaremos una radiografía simple, así como un hemograma completo y extensión de sangre periférica en un plazo de 48 horas. Si la radiografía es patológica, se derivará al paciente a un centro especializado en las siguientes 48 horas. Ante la sospecha de leucemia (dos o más citopenias y/o blastos) la derivación será inmediata(8).

Alteraciones oculares

El retinoblastoma es la neoplasia ocular más frecuente y representa un 3% de los tumores infantiles(1). Suele diagnosticarse entre el primer y el tercer año de vida, y un 95% antes de los 5 años de edad(1). El 30% son bilaterales y un 40% hereditarios. En más de la mitad de los casos, el signo de presentación es la leucocoria que aparece como consecuencia de la presencia de una masa situada detrás del cristalino. En el diagnóstico diferencial de la leucocoria, además del retinoblastoma, se incluyen las cataratas congénitas (hay que preguntar antecedentes de infección en el embarazo, como la toxoplasmosis) y la enfermedad de Coats (telangiectasia retiniana con depósito de exudados intrarretinianos o subrretinianos que afecta a niños pequeños). Otros síntomas y signos que nos han de alertar son: estrabismo, pérdida de agudeza visual, dolor ocular o proptosis. Además del retinoblastoma, otros tumores que pueden manifestarse en forma de proptosis son: neuroblastoma, rabdomiosarcoma, linfoma e histiocitosis. El manejo exitoso del retinoblastoma depende de la posibilidad de detectar la enfermedad mientras sea intraocular(32). Por esta razón, es muy importante explorar el reflejo rojo en todos los recién nacidos y en todas la visitas del programa de salud infantil. El resultado anormal de la exploración del reflejo rojo es una indicación de derivación preferente (en menos de dos semanas) al oftalmólogo(8). Los pacientes con antecedentes familiares de retinoblastoma han de ser derivados desde el nacimiento para seguimiento estrecho oftalmológico(3).

Otra manifestación ocular de cáncer es el síndrome paraneoplásico opsoclono-mioclono, que se asocia a neuroblastoma en el 50% de los casos. Se caracteriza por movimientos oculares rápidos multidireccionales, involuntarios y caóticos, persistentes durante el sueño, mioclonías, ataxia y alteraciones del comportamiento.

El tiempo hasta el diagnóstico en cáncer infantil

La disminución del tiempo hasta el diagnóstico tiene implicaciones pronosticas en algunos tumores infantiles.

La estrategia más eficaz para disminuir la morbimortalidad del cáncer infantil es centrarse, tanto en la disminución del tiempo hasta el diagnóstico (TD), entendido como el tiempo transcurrido desde el inicio de los síntomas hasta el diagnóstico de cáncer(33) (Fig. 6), como en el inicio precoz del tratamiento basado en la evidencia científica.

Figura 6. El tiempo hasta el diagnóstico en el cáncer infantil.
Modificado de Lethaby y cols(33).

Por ello, es prioritario el reconocimiento de los síntomas de alarma por parte de las familias y de los profesionales de Atención Primaria, así como el fácil acceso a estos últimos. Los cribados en la etapa infantil no suelen ser de ayuda, salvo que el niño presente un riesgo elevado de cáncer asociado a alteraciones hereditarias. Entre los factores que se han relacionado con el TD destacan: la edad del paciente (a más edad, mayor TD); el tipo de tumor (tumores del SNC, óseos, germinales y retinoblastomas presentan TD más prolongados en comparación con leucemias y tumores renales); y la biología tumoral(33-35). La relación del TD con la supervivencia es compleja. En este sentido, algunos autores(35,36) indican que es, precisamente la biología del tumor, el factor que más influye en el TD y en la supervivencia. En cualquier caso, existe amplia bibliografía a favor de la correlación positiva entre la mejora de la supervivencia y un diagnóstico precoz en tumores como el retinoblastoma(35), siendo esta correlación más ambigua en tumores del SNC y otros sólidos, probablemente en relación con qué tumores de alto grado tienen una aparición de síntomas prediagnóstico más abrupta y, por tanto, un TD más corto(37). En el grupo de los adolescentes y adultos jóvenes, son las mujeres las que, a pesar de consultar con más frecuencia al médico, tienen TD más prolongados, y los tumores óseos y los linfomas, los que presentan TD más prolongados, en probable relación con la clínica inespecífica inicial de estos tipos de cáncer(6).

Cabe destacar como, en la situación de pandemia por COVID-19, varias publicaciones han alertado del aumento del TD de cáncer infantil en países de nuestro entorno(38,39).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria comparte la responsabilidad de disminuir el TD, identificando a aquellos pacientes sospechosos de cáncer y realizando una derivación precoz desde Atención Primaria a especializada. Esta disminución del TD puede tener un papel pronóstico para algunos tumores y, además, contribuye a la disminución de la ansiedad y el estrés vividos por los pacientes y sus familias durante el difícil período previo al diagnóstico de un cáncer infantil(5).

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Artículo enfocado al diagnóstico precoz de cáncer infantil en Atención Primaria; pone el enfoque en aquellos signos de alarma que nos han de poner en alerta ante la posibilidad de procesos neoplásicos.

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Muy recomendable. Artículo de metodología cualitativa que explora la forma de presentación de las leucemias infantiles y los factores que influyen en su sospecha, desde el punto de vista de los padres y de los médicos de Atención Primaria.

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Imprescindible. Guía clínica para la sospecha y diagnóstico precoz de tumores del sistema nervioso central.

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Muy interesante. Estrategia lanzada en el año 2011 en el Reino Unido, dirigida a profesionales sanitarios y al público en general, con el objetivo de disminuir el intervalo de tiempo desde el inicio de la sintomatología hasta el diagnóstico de tumor del SNC en pacientes pediátricos.

 

Caso clínico

 

Paciente de 7 años que presenta cefalea frontal, vespertina, de 3 días de evolución, así como pérdida progresiva de visión del ojo izquierdo desde hace 2 semanas.

Antecedentes personales

Embarazo de curso normal. Parto eutócico. Período neonatal normal. Desarrollo psicomotor normal. Vacunación adecuada para la edad.

Antecedentes familiares

Madre: 32 años, sana. GAV 1/0/1. Padre: 38 años, sano.

Exploración física

FC: 90 lpm. FR: 18 rpm. TA: 100/60 mmHg. Sat: 97%. Talla: 122 cm (p50). Peso: 24 kg (p50). Buen estado general. Bien hidratado y perfundido. Sin exantemas ni petequias. Sin adenopatías significativas. Auscultación cardio-pulmonar: normal. Abdomen: blando y depresible, no doloroso, sin masas ni megalias. Neurológico: Glasgow 15, pares craneales, tono, fuerza, sensibilidad, reflejos osteotendinosos y marcha normales. Sin dismetrías ni disdiadococinesia. Exploración oftalmológica: ojo izquierdo con disminución de agudeza visual, signos de atrofia de papila, así como hemianopsia temporal izquierda.

Pruebas complementarias

Hemograma, bioquímica y coagulación normales. Se realiza resonancia magnética cerebral, observando: masa heterogénea en línea media, supraselar, multiquística, de 40 x 36 x 39 mm (Fig. 7), con realce intenso y heterogéneo tras la administración de contraste (Fig. 8). Sistema ventricular normal, sin signos de hidrocefalia.

Figura 7. Masa heterogénea en línea media, supraselar, multiquística, de 40 x 36 x 39 mm.

Figura 8. Masa en línea media con realce intenso y heterogéneo, tras la administración de contraste.

Juicio clínico

Craneofaringioma (patrón adamantinomatoso).

 

 

 

10 Cosas que deberías saber sobre… el seguimiento a largo plazo de los niños con patología oncológica

 
10 Cosas que deberías saber sobre… el seguimiento a largo plazo de los niños con patología oncológica

 

S. Criado Camargo, L  García Espinosa, M. García Boyano, R. Vila de Frutos  


El incremento de la supervivencia del cáncer infantil motiva el interés en las secuelas a largo plazo que pueden presentar estos pacientes.

Los efectos tardíos derivan, tanto de la propia enfermedad como de los tratamientos recibidos (quimioterapia, radioterapia, cirugía, trasplante de progenitores hematopoyéticos).

Aumentan tanto la morbilidad como la mortalidad, afectando a la calidad de vida del paciente, incluso años después de haber finalizado el tratamiento oncológico.

Se clasifican en aquellas que afectan: al crecimiento y desarrollo; a la fertilidad; a la función de órganos vitales; y al desarrollo de segundas neoplasias.

Las secuelas más frecuentes son las alteraciones endocrinológicas, siendo la obesidad y el síndrome metabólico, problemas emergentes.

El empleo de radioterapia en el sistema nervioso central, puede ocasionar alteraciones en el neurodesarrollo y en el eje hipotálamo-hipofisario. A nivel cervical, son características las alteraciones tiroideas, tales como el hipotiroidismo y, a nivel pélvico, la infertilidad.

El empleo de quimioterapias, tales como antracíclicos, se relaciona con toxicidad cardiaca, tanto a corto como a medio y largo plazo, siendo la dosis y el tipo de fármaco empleado, el principal factor causal.

En general, cuanto menor sea el niño en el momento del tratamiento, mayor es el riesgo de aparición de segundos tumores.

Las segundas neoplasias más frecuentes son la leucemia mieloide aguda y el síndrome mielodisplásico, junto con tumores tiroideos, de mama y óseos.

El seguimiento a largo plazo del paciente oncológico, tanto en unidades especializadas como en Atención Primaria, juega un papel fundamental para detectar y tratar precozmente estas secuelas.

 

Para saber aún más…

- Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. Efectos tardíos en supervivientes de un cáncer en la infancia. 1ª ed. Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas; 2012.

- Mendoza MC. Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías. Pediatr Integral. 2016; XX(7): 475-84.

- Oeffinger KC, Kawashima T, Friedman DL, Kadan-Lottick NS, Robison LL. Chronic Health Conditions in Adult Survivors of Childhood Cancer. N Engl J Med; 2006. p. 11.

 

Trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos en Pediatría

M. González Vicent, B. Molina Angulo, I. López Torija, A. Peretó Moll, M.A. Díaz Pérez
Regreso a las bases


M. González Vicent, B. Molina Angulo, I. López Torija, A. Peretó Moll, M.A. Díaz Pérez

Unidad de Trasplante Hematopoyético del Hospital del Niño Jesús. Madrid

Resumen

En Pediatría, algunas enfermedades neoplásicas o congénitas no malignas, no tienen más tratamiento curativo que el trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos de un donante sano.
Desde sus inicios en la década de los 60, el trasplante alogénico se ha visto sometido a una revolución, no solo en las fuentes de progenitores, sino también en los tipos de donantes, cambiando totalmente el paradigma inicial de la compatibilidad HLA, lo que ha permitido ofrecer un trasplante en tiempo y forma a todo paciente que lo necesitase.
A pesar de ello, múltiples problemas clínicos están aún por resolver, siendo la recaída postrasplante el principal de ellos. La terapia celular y la reconstitución inmune postrasplante constituyen los principales retos del presente y futuro inmediatos.

 

Abstract

In Pediatrics, several hematological malignancies or non-malignant congenital diseases have no curative treatment other than allogeneic hematopoietic stem cell transplantation from a healthy donor.
Since its inception in the 1960s, allogeneic transplantation has undergone a revolution not only in the sources of progenitor cells, but also in the types of donors, completely modifying the initial paradigm of HLA compatibility, which has allowed the possibility of a timely manner transplantation to all the patients who need it.
Despite this, multiple clinical problems have yet to be resolved, the main one being post-transplant relapse. Cell therapy and post-transplant immune reconstitution are the main challenges of the present and immediate future.

 

 

Palabras clave: Pediatría; Trasplante hematopoyético.

Key words: Pediatric; Hematopoietic stem cell transplantation.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 328.e1 – 328.e6


Trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos en Pediatría

Introducción

Hacer de la necesidad virtud es sacar provecho de la desventaja, y la historia del trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos (TPH) está llena de dichos ejemplos. Dicha historia se inicia con la necesidad de proporcionar un tratamiento curativo para aquellos pacientes con fallo en la hematopoyesis (parcial o total).

El primer trasplante fue realizado sin éxito por Osgood en 1939, en un paciente con aplasia medular(1). En la segunda mitad de la década de los años 40, hubo un gran interés por el estudio de las patologías derivadas de las explosiones nucleares a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Entre otros, se comprobó el efecto destructor de la irradiación sobre la médula ósea. Lorenz(2), en 1951, comprobó que la administración parenteral de médula ósea singénica protegía a los ratones de una irradiación supraletal. Aunque, inicialmente, el efecto protector de la médula ósea (MO) fue atribuido a un factor humoral, en 1956 se demostró, mediante diversos marcadores genéticos, que el efecto protector era debido a las células hematopoyéticas del donante(3).

Estos primeros avances clínicos sirvieron para llevar este procedimiento a aquellos pacientes con hemopatías malignas, incurables de otro modo. Entre 1957 y 1959, el Dr. Thomas comienza a realizar trasplantes singénicos en pacientes con leucemia linfoblástica aguda (LLA) en fases avanzadas de la enfermedad, utilizando como acondicionamiento la irradiación corporal total (ICT). En estos enfermos, se puso de manifiesto que la médula ósea, en determinadas condiciones, podía ser infundida por vía intravenosa y que esta era capaz de conseguir una reconstitución hematopoyética; sin embargo, estos pacientes fallecieron posteriormente por recaída de su enfermedad(4).

En los años posteriores, los investigadores orientaron sus estudios a localizar y utilizar en la clínica donantes HLA idénticos, tratando de aminorar una enfermedad que fue descrita por Van Bekkum(5) en animales de experimentación, como “wasting disease” o “enfermedad secundaria” y conocida ahora, como enfermedad del injerto contra huésped (EICH). Durante la década de los 1960, Dausset & Van Rood demuestran que en el ser humano, existe un sistema de histocompatibilidad denominado antígeno leucocitario humano (HLA), localizado en el cromosoma 6 y que da explicación al desarrollo de EICH en los trasplantes hematopoyéticos (Fig. 1).

Figura 1. Complejo mayor de histocompatibilidad (adaptada de www.cancer.gov).

El primer trasplante con éxito fue realizado en 1968 por Gatti y cols. en un niño con inmunodeficiencia combinada severa (IDCS), al que se le infundió médula ósea de su hermana sana HLA-idéntica(6). Entre 1969 y 1980, el trasplante hematopoyético se fue consolidando como una opción terapéutica para pacientes con leucemia que no habían respondido a la quimioterapia convencional, así como para alguna enfermedad metabólica, comprobándose que era posible la supervivencia a largo plazo en algunos de ellos.

Desde 1980 hasta nuestros días, se han ido definiendo diferentes grupos de riesgo en cada patología, que han permitido un uso más racional del trasplante, alcanzando así unos mejores resultados.

La creación de registros internacionales de donantes altruistas ha proporcionado una nueva perspectiva al trasplante hematopoyético, permitiendo su utilización en pacientes que carecían de un donante familiar adecuado. Inicialmente, los resultados no fueron totalmente satisfactorios, pero con posterioridad, se han publicado diferentes estudios multicéntricos en los que los resultados son similares a los que se obtienen en el trasplante de médula ósea con donante familiar HLA idéntico.

En estos últimos años, se ha demostrado la utilidad de los progenitores hematopoyéticos de otras fuentes diferentes a la médula ósea, como son la sangre periférica y la sangre de cordón umbilical (Fig. 2).

Figura 2. Fuentes de progenitores hematopoyéticos.

La utilización de estas fuentes de progenitores fue inicialmente considerada como un procedimiento experimental, pero, actualmente, se consideran una alternativa más para los trasplantes de progenitores hematopoyéticos en Pediatría(7).

Durante todos esos años, el TPH ha sido considerado como un tratamiento definitivo para los pacientes con hemopatías malignas de alto riesgo o aquellos con fallo primario o secundario de la hematopoyesis.

Para realizar el trasplante alogénico, el paciente era sometido a un acondicionamiento con dosis mieloablativas de quimioterapia y/o radioterapia y, posteriormente, se infundían las células progenitoras hematopoyéticas procedentes de la médula ósea o de la sangre periférica del donante sano. El paciente recibía tratamiento inmunosupresor por un tiempo indeterminado para evitar las complicaciones inmunes asociadas y, posteriormente, una vez obtenida la tolerancia inmune, se suspendía dicho tratamiento.

La hipótesis sobre la que se sustentaba su uso, consideraba la sustitución de una hematopoyesis enferma por una de un donante sano que, una vez injertada, funcionaría de forma normal en el cuerpo del paciente al modo como lo haría el riñón o el hígado de un donante sano en un paciente con fallo de dichos órganos. Su base biológica era la compatibilidad entre donante y receptor en el sistema HLA.

Sin embargo, y a pesar de la compatibilidad HLA entre donante y receptor, el procedimiento se veía y se ve aún, frecuentemente complicado por la presencia de la denominada EICH, tanto en su forma aguda como en su forma crónica, más parecida esta última al desarrollo de una enfermedad autoinmune. Esta grave complicación está mediada por la respuesta alo-inmune (alorreactividad) de los linfocitos T del donante contra los tejidos no hematopoyéticos del receptor (Fig. 3).

Figura 3. Fisiopatología de la enfermedad injerto contra huésped (adaptada de Ferrara y cols.). CPA: células presentadoras de antígenos; FNT: factor de necrosis tumoral; IL1: interleuquina 1; LPS: lipopolisacáridos; Th1: T helper 1; LTC: linfocitos T citotóxicos.

Sin embargo, estudios iniciales demostraron que la EICH reducía la probabilidad de recaída de los enfermos con leucemia. A este efecto, se le denomina efecto injerto contra leucemia (EICL) y está mediado por la alorreactividad de los linfocitos T del donante sobre los tejidos hematopoyéticos malignos y no malignos del receptor(8).

Necesidades no resueltas del trasplante hematopoyético

La separación de la EICH del EICL

Como se puso de manifiesto, más pronto que tarde, en los primeros estudios clínicos, existía una estrecha relación entre la EICH y el EICL(9). Desafortunadamente, la EICH es la causa de morbilidad y mortalidad más importante asociada con el TPH, si descartamos la propia recaída leucémica, y, hasta la fecha, no han existido métodos de prevención y tratamiento lo suficientemente exitosos.

Durante muchos años, la prevención de la EICH ha estado basada en el uso de donantes HLA compatibles y en la profilaxis farmacológica con ciclosporina A ± metotrexato. Con todo, un 30% de los pacientes desarrollan EICH aguda grave y casi un 40% de estos fallecen como consecuencia de las complicaciones sistémicas (fallo orgánico) de la EICH o de su tratamiento inmunosupresor prolongado (infecciones oportunistas).

Es bien conocido, actualmente, que los linfocitos T “naive” son los responsables de la EICH aguda, especialmente de sus formas clínicas más graves. Desafortunadamente, también esta subpoblación de linfocitos T es la principal responsable de la reacción antileucémica, generando una población memoria responsable de la inmunovigilancia tras el TPH.

Por tanto, EICH y EICL han sido considerados como las dos caras de una misma moneda denominada “alorreactividad”. Así, una necesidad no resuelta del TPH alogénico en el contexto de donante/receptor HLA compatible, es la separación de la EICH del EICL(10).

La reconstitución inmune postrasplante juega un papel determinante en el resultado del mismo. En los días inmediatos tras el acondicionamiento, en el paciente existe una profunda linfopenia y un exceso de citocinas (especialmente IL-7 e IL-15), que actúan como “combustible” para la reconstitución inmune. Los linfocitos T-naive y los CD4+ tienen bajos niveles del receptor de la IL-15, y dependen más de la IL-7 para su expansión y mantenimiento.

En ausencia del control ejercido por la inmunidad innata (especialmente por las células “natural killer”, NK), la expansión de los linfocitos T CD8+ incrementa los niveles séricos de interferón γ (IFN-γ) y factor de necrosis tumoral α (FNT-α), acelerando la alorreactividad y generando EICH grave. Dado que un inóculo sin manipular contiene linfocitos “naive” y memoria del donante, estos compiten por dicho combustible para su proliferación y diferenciación(9).

Tras el TPH, la reconstitución inmune puede ser dirigida por antígenos o bien ser homeostática, es decir, fisiológica. La reconstitución homeostática ocurre a partir del conjunto de linfocitos T memoria del donante y protege al paciente de las infecciones. Sin embargo, estos linfocitos T memoria compiten con aquellas poblaciones que reconocen antígenos tisulares del paciente presentados por el complejo principal de histocompatibilidad (MHC) al receptor de la célula T (TCR)(9). Estos antígenos tisulares dominan la escena post-TPH, debido a los daños producidos por el acondicionamiento y reconducen la reconstitución inmune, favoreciendo la proliferación y expansión de los linfocitos T alorreactivos, dando como resultado la EICH. Para resolver este dilema se han propuesto algunas aproximaciones.

Una alternativa propone la manipulación del inóculo eliminando las poblaciones responsables de la EICH y apostando por la reconstrucción del sistema inmune post-trasplante, como modo de asegurar la vigilancia inmune anti-infecciosa y anti-leucémica(10). Así, la eliminación de los linfocitos T “naive” del inóculo ha mostrado resultados prometedores en el TPH HLA idéntico en adultos con hemopatías malignas(11). Sin embargo, aún no hay datos con suficiente seguimiento para saber si afectará a la probabilidad de recaída post-TPH.

Otra aproximación, es la creación de un ambiente inmunológico post-TPH libre de EICH y de inmunosupresión que permita la reconstrucción del mismo mediante la infusión de linfocitos del donante (ILD). Esta alternativa contempla la inducción de tolerancia inmunológica entre donante y receptor, mediante la generación de un estado de quimerismo mixto transitorio(12).

La tolerancia inmune en el paciente es conseguida a través de la presencia de las células T, tanto del donante como del receptor, por un periodo más o menos prolongado de tiempo post-TPH, y está sustentada en los efectos beneficiosos de una subpoblación de linfocitos T denominada T-reguladores (Tregs)(13).

Ambas plataformas de trasplante generan un estado post-TPH con muy bajo riesgo de EICH agudo grave, lo que permite la rápida retirada de los fármacos inmusupresores y el uso de ILD postrasplante(14,15). Dicha ILD se ha mostrado clínicamente útil en el tratamiento de la recaída post-TPH, especialmente en los pacientes con leucemia mieloide crónica y leucemia mieloblástica aguda. Sin embargo, aún no hay datos suficientemente maduros como profilaxis de la recaída post-TPH.

Dado que todos los eventos inmunológicos ocurren muy precozmente post-TPH, las estrategias clínicas de ILD deberían realizarse en los primeros días post-TPH, dependiendo del tipo de linfocitos que vayan a infundirse.

Actualmente, existe la posibilidad de realizar ILD inespecíficas, o bien solo con subpoblaciones seleccionadas (CD4+, Tregs, Tmemoria)(16). Aunque aún es prematuro sacar conclusiones sólidas de los estudios realizados basados en estas estrategias, en general la ILD post-TPH mejora la reconstitución inmune, pero no hay datos maduros respecto al riesgo de recaída. No obstante, los estudios clínicos con manipulación del inóculo en pacientes con leucemia aguda mieloblástica en 1ª remisión completa, no han mostrado un aumento de la probabilidad de recaída(17).

Nuevas fuentes de progenitores hematopoyéticos: oportunidades y desafíos

La necesidad de obtener una mayor cantidad de células progenitoras para el TPH, llevó al uso de los factores de crecimiento hematopoyético (G-CSF) en la movilización. A mediados de los 90, se generalizó el uso de G-CSF para movilizar y cosechar células progenitoras hematopoyéticas de la sangre periférica (PBSC). Esto hizo que la sangre periférica se convirtiera en la fuente preferida para TPH autólogo(18). Era cuestión de tiempo que semejante estrategia se trasladara al TPH alogénico.

Tras más de dos décadas de experiencia clínica, se puede concluir que el uso de la sangre periférica movilizada como fuente de progenitores, se asocia a una más rápida cinética de injerto hematopoyético especialmente plaquetar, similar incidencia de EICH aguda, pero mayor incidencia de EICH crónica(16). Esto ha llevado a considerar a la médula ósea como la fuente preferida de progenitores en el TPH alogénico de patologías no malignas y, en general, en los pacientes pediátricos. Sin embargo, en adultos, la sangre periférica es la fuente de progenitores más usada en el TPH con donantes no familiares, debido fundamentalmente a ser la fuente preferida por los donantes.

A finales de los 80, el cordón umbilical fue usado por primera vez como fuente de progenitores para TPH alogénico. Durante la década de los 90, su uso se extendió considerablemente para dar respuesta a la necesidad de tener donantes para aquellos pacientes que no tenían un donante HLA idéntico familiar o no emparentado(7).

Las células de sangre de cordón umbilical son inmunológicamente menos reactivas y permiten una mayor disparidad HLA entre donante y receptor. En general, puede afirmarse que el TPH, tanto de sangre periférica como de cordón umbilical, no han proporcionado resultados mejores que la medula ósea, aunque han proporcionado ventajas operativas innegables en los programas de TPH de los centros y han facilitado el acceso al TPH de muchos pacientes en las últimas dos décadas(16). Sin embargo, el TPH de cordón umbilical presenta desventajas en cuanto al escaso número de células para el TPH, su uso único y la necesidad de crear complejas estructuras para su adecuado almacenaje y gestión(7).

El donante familiar haploidéntico: el donante que siempre está ahí

A pesar de la disponibilidad de donantes no familiares y de unidades de cordón umbilical criopreservadas, todavía un gran número de pacientes no tienen acceso a un TPH por falta de un donante apropiado y con la premura necesaria.

Sin embargo, el donante haploidéntico (aquel que comparte un haplotipo con el receptor) permitiría que casi todos los pacientes que necesitan un TPH alogénico puedan tener acceso al mismo. Más aún, en el caso de los pacientes pediátricos, donde prácticamente todos tienen, al menos, un donante haploidéntico disponible.

El TPH haploidéntico rompe radicalmente con el principio de la compatibilidad HLA y superar dicha barrera ha sido posible mediante el uso de nuevas estrategias de prevención de la EICH(19). Estas estrategias no solo muestran que es posible realizar un TPH superando la barrera del HLA, sino que ponen de manifiesto la importancia de la inmunidad innata en el control de la enfermedad leucémica post-TPH. Dicho control se basa en que las células NK se activan al reconocer diferencias en los epítopos de HLA clase I.

Actualmente, existen dos plataformas clínicas de TPH haploidéntico. Una se basa en el uso de ciclofosfamida post-TPH junto con otros inmunosupresores, y la otra se basa en la eliminación total o parcial de los linfocitos T del donante en el inóculo, o de algunas subpoblaciones de los mismos (Fig. 4)(19,20).

Figura 4. Plataformas de trasplante haploidéntico.

La eliminación de los linfocitos T o de algunas subpoblaciones permite suprimir el uso de fármacos inmunosupresores post-TPH, haciendo del TPH haploidéntico una plataforma para la terapia celular post-TPH.

Las células NK y los linfocitos T compiten por la IL-15, modulando la actividad inflamatoria post-TPH. Las células NK son potentes reguladoras de la inmunidad adaptada y lo hacen mediante la inhibición de la expansión clonal de los CD4+, estimulados antigénicamente y eliminando los CD8+ y las células dendríticas presentadoras de antígenos, además de produciendo citocinas inmunomoduladoras como la IL-10. En la tabla I, se ven las diferentes características de las dos subpoblaciones: linfocitos T y células NK.

 

Las células NK son la primera subpoblación de linfocitos en emerger tras el injerto hematopoyético y su rápida recuperación, tanto en número como en su perfil madurativo, se ha asociado con un mejor resultado post-TPH haploidéntico(21,22). Otros factores que influyen en el resultado del TPH haploidéntico son el genotipo KIR de las células NK (mejor con donante con genotipo B)(21) y la edad del donante (preferible usar donantes más jóvenes)(23). Ambos factores se asocian a una mejor supervivencia del TPH, debido a una menor probabilidad de recaída en el primer caso, y a una menor mortalidad del trasplante en el segundo.

Estudios clínicos recientes muestran superioridad en los resultados del trasplante haploidéntico frente al cordón umbilical(24) y resultados similares a los obtenidos con donantes convencionales, como el donante HLA compatible(25). Estos resultados han cambiado el modo de abordar la búsqueda de un donante “alternativo” al donante HLA familiar idéntico. De hecho, el TPH haploidéntico es el tipo de trasplante con mayor incremento en su actividad en los últimos años, en detrimento del trasplante de cordón umbilical.

Futuro del TPH alogénico

En la actualidad, y a pesar de las nuevas terapias emergentes contra algunas hemopatías malignas, el número de trasplantes realizados en los últimos años, no ha hecho más que aumentar, posiblemente debido a que algunas de estas terapias han rescatado pacientes que anteriormente no hubieran sido considerados como candidatos a TPH. Además de un aumento en la actividad, hemos asistido a una reducción importante de la mortalidad relacionada con el trasplante.

Sin embargo, el gran problema del TPH, especialmente en las enfermedades malignas, ha sido y continúa siendo, la recaída de la enfermedad leucémica. Por lo tanto, los esfuerzos van dirigidos a reducir las tasas de recaída post-TPH.

En primer lugar, reduciendo la carga tumoral pre-TPH. Es decir, reducir todo lo posible la enfermedad residual del paciente.

En segundo lugar, incrementando el efecto injerto contra leucemia, diseñando terapias celulares basadas en células NK y linfocitos T activados contra antígenos específicos de la hematopoyesis y que no generen EICH.

Por último, las terapias de mantenimiento post-TPH han mostrado una reducción significativa en la recaída en algunos tipos de leucemia, mejorando la supervivencia.

El futuro del TPH pasa por algunos hitos importantes que están en fase de ensayo clínico.

Uno sería el uso de fármacos no genotóxicos (anticuerpos monoclonales y radioinmunoterapia) como acondicionamiento que, además de facilitar el injerto de las células hematopoyéticas del donante, reduzca la enfermedad residual pre-TPH sin incrementar el riesgo de secuelas graves a largo plazo, muy importante en la población pediátrica.

Otros esfuerzos van dirigidos a considerar el TPH como una plataforma para la terapia celular específica. Esto permitiría reconstruir el sistema inmune tras el TPH con células específicas, para controlar las infecciones oportunistas y la recaída. Es esta última frontera, por ahora, la que abre más expectativas en la forma de terapia celular más antigua conocida, que es el TPH.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

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25. Nagler A, Labopin M, Houhou M, Aljurf M, Mousavi A, Hamladji RM, et al. Outcome of haploidentical versus matched sibling donors in hematopoietic stem cell transplantation for adult patients with acute lymphoblastic leukemia: a study from the Acute Leukemia Working Party of the European Society for Blood and Marrow Transplantation. J Hematol Oncol. 2021; 14: 53.

 

 

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Temas de Formación Continuada:

Tumores cerebrales en niños

F. Villarejo Ortega, A. Aransay García, T. Márquez Pérez

Servicio de Neurocirugía del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid


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Pediatr Integral 2016; XX (6): 401 – 411


Histiocitosis o enfermedades histiocitarias

L. Madero López*, E. Soques Vallejo**

*Jefe de Servicio de Oncohematología y Trasplante Hematopoyético del Hospital Niño Jesús (Madrid).
Catedrático de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid, **Médico Adjunto del Servicio de Oncohematología y Trasplante Hematopoyético del Hospital Niño Jesús (Madrid)


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2016; XX (6): 412 – 417


Regreso a las bases

Diagnóstico por la imagen en Oncología Pediátrica (1ª parte)

G. Albi Rodríguez

Profesor asociado del Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Facultativo especialista en Radiodiagnóstico del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid


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Pediatr Integral 2016; XX (6): 418.e1 – 418.e7

Síndromes mielodisplásicos en Pediatría

B. Ochoa Fernández, B. González Martínez
Temas de FC


B. Ochoa Fernández, B. González Martínez

Servicio de Hematología Pediátrica. Hospital Universitario de la Paz. Madrid

Resumen

Los síndromes mielodisplásicos (SMD) son un grupo heterogéneo de trastornos clonales hematopoyéticos que, en la edad pediátrica, ocurren frecuentemente asociados a trastornos genéticos predisponentes. Son enfermedades raras en la edad pediátrica y presentan características clínicas y biológicas distintivas con respecto a esta enfermedad en otros grupos etarios.
La forma de presentación más frecuente de los SMD en la edad pediátrica es la citopenia refractaria. El tratamiento dependerá de la gravedad de las citopenias y de las alteraciones genéticas. El único tratamiento curativo es el trasplante de progenitores hematopoyéticos y es el tratamiento de elección de los pacientes de alto riesgo.

 

Abstract

Myelodysplastic syndromes (MDS) are a heterogeneous group of clonal hematopoietic disorders, which in the pediatric age frequently occur in association with genetic predisposition disorders. MDS are rare in the pedi-atric age and present distinctive clinical and biological characteristics compared with this disease in other age groups.
The most common presentation of MDS in children is refractory cytopenia. Treatment of childhood MDS depends on the severity of the cytopenias and genetic abnormalities. The only curative treatment is hemato-poietic stem cell transplantation, which is the treatment of choice for high-risk patients.

 

Palabras clave: Síndrome mielodisplásico en la infancia; Citopenia refractaria; Fallo medular congénito; Trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Key words: Childhood myelodysplastic syndrome; Refractory cytopenia; Inherited bone marrow failure syndrome; Stem cell transplantation.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 320 – 325

 


Síndromes mielodisplásicos en Pediatría

Introducción

Los síndromes mielodisplásicos son un grupo heterogéneo de trastornos clonales hematopoyéticos con predisposición variable a evolucionar a leucemia aguda mieloblástica.

Los síndromes mielodisplásicos (SMD) son un conjunto de trastornos clonales de las células progenitoras hematopoyéticas, caracterizados por la presencia de hematopoyesis ineficaz (lo que condiciona citopenias periféricas) y alteraciones morfológicas celulares (dishemopoyesis)(1).

Este grupo de desórdenes hematopoyéticos son una entidad típica de personas de edad avanzada, con una mediana de presentación en adultos de 70 años(2), a diferencia de la edad pediátrica, donde presentan una baja frecuencia y se consideran una enfermedad rara.

Los SMD pediátricos presentan características diferentes a los de la edad adulta y su diagnóstico involucra un escenario diferente, tanto a nivel pronóstico como terapéutico(3).

El SMD en la edad pediátrica puede ocurrir de novo sin una aparente causa subyacente, ser secundario a otros factores (como la exposición previa a agentes citotóxicos) o desarrollarse en asociación a síndromes de fallo medular congénitos o adquiridos. Además, los niños con SMD tienen un riesgo aumentado de progresión a leucemia mieloide aguda (LMA)(4).

Es importante destacar que, el hallazgo de citopenias y/o rasgos displásicos, tanto en el hemograma como en medula ósea (MO), no son sinónimos de SMD; por lo que la sospecha de SMD requiere siempre poner en marcha estudios específicos, tanto en sangre periférica como en MO, que permitan excluir la existencia de otras enfermedades que presentan algunas características comunes.

En esta revisión, resumiremos brevemente los aspectos particulares del SMD pediátrico desde el diagnóstico hasta las opciones de tratamiento actuales.

Epidemiologia

El SMD es una patología muy común en adultos mayores de 70 años, pero muy infrecuente en niños, constituye menos del 5% de todas las hemopatías malignas.

Los SMD en la población pediátrica representan el 4% de la patología hemato-oncológica. Su incidencia anual es de 1 a 4 casos por millón, con una distribución similar en Europa y EE.UU.(1,5).

La edad media en el momento del diagnóstico suele ser entre 7 y 8 años, aunque la enfermedad se puede diagnosticar en todas las edades. Ambos sexos se ven igualmente afectados(6).

Etiopatogenia

Los SMD son enfermedades clonales que surgen en una célula progenitora hematopoyética independientemente de su estirpe, pudiendo afectar a la serie eritroide, mieloide o megacariocítica, causando alteraciones en la maduración normal de estas células.

Varios factores exógenos se han relacionado con el origen de los SMD, entre ellos, la exposición previa a agentes tóxicos y fármacos citostáticos, incluyendo agentes alquilantes e inhibidores de la topoisomerasa, usados como: quimioterápicos, tratamiento previo con radioterapia, ciertos antibióticos (p. ej., cotrimoxazol), algunos inmunosupresores y los factores estimulantes de eritropoyesis, granulocitos o análogos de trombopoyetina(2). Además, como hemos mencionado antes, en la infancia presenta ciertas peculiaridades y, típicamente, se asocia a ciertos trastornos genéticos predisponentes y enfermedades hematológicas congénitas (Tabla I).

Aproximadamente, el 50% de los niños con SMD tienen un trastorno constitucional conocido. Muchos otros, también, son portadores de alteraciones genéticas no conocidas previamente y que les confieren un riesgo mayor de desarrollar este tipo de enfermedad(7).

Comparado con los SMD en adultos, el conocimiento de las alteraciones genéticas somáticas en la población pediátrica es aún limitado. Estudios recientes han descrito que genes típicamente afectados en el SMD del adulto como: TET2, TP53, DNMT3A y SF3B1, no están relacionados con la patogenia del SMD pediátrico(8). Igualmente, la alteración citogenética típica del SMD del adulto, la deleción del 5q, no es frecuente en niños(9) (Tabla II).

Dentro de las aberraciones citogenéticas relacionadas con los SMD pediátricos, la más frecuente es la monosomía del cromosoma 7, con una frecuencia del 30%(10). Otros genes relacionados descritos son: SETBP1 y los oncogenes ASXL1, RUNX1 y RAS, siendo en ellos las principales alteraciones somáticas encontradas en pacientes pediátricos con SMD(1).

También, se han identificado mutaciones en línea germinal en el gen GATA2, que representan el 15% de los SMD primarios avanzados (SMD con exceso de blastos, SMD-EB)(11,12). Actualmente, se ha incrementado la evidencia que apoya que las variantes de la línea germinal en diferentes factores de transcripción como: GATA2, RUNX1, ETV6 o CEBPA, están relacionados con SMD familiar(10).

Diagnóstico y clasificación

El hallazgo de citopenias y rasgos mielodisplásicos, tanto en el hemograma como en medula ósea, no son sinónimos de SMD. En todos los casos, deben excluirse las causas de citopenias y displasias transitorias.

El hallazgo de citopenias asociadas a disminución de la celularidad de la MO, es una combinación que puede ser causada por muchos trastornos diferentes; por lo tanto, es importante un adecuado diagnóstico diferencial para llegar a un juicio clínico correcto (Tabla III).

El diagnóstico de los SMD requiere siempre poner en marcha una serie de estudios específicos llevados a cabo por un hematólogo pediátrico, que permita excluir la existencia de otras enfermedades que presentan algunas características comunes y que incluya, tanto estudios en sangre periférica como en médula ósea. Los estudios realizados ante sospecha de SMD se describen en la tabla IV.

Es imprescindible tener presente que mielodisplasia no es sinónimo de SMD. Al no disponer de un dato patognomónico de SMD en todos los casos, se debe excluir toda causa de citopenia y displasia transitoria.

En cuanto a la clasificación de los SMD, existe cierta controversia, ya que las clasificaciones generales dirigidas a adultos no se ajustan a las características del paciente pediátrico(13). En el año 2008, la OMS publicó una clasificación recomendada para el paciente pediátrico, que es la más utilizada en nuestro medio(14). Posteriormente, en el año 2016, se ha publicado una actualización de la clasificación general, reflejada en la tabla V(15), que no introduce cambios a la subclasificación pediátrica (Tabla VI).

 

Presentación clínica y tratamiento

En general, las manifestaciones clínicas vienen condicionadas por el grado de citopenias que presente el paciente y las series celulares afectadas. En ocasiones, son hallazgos incidentales en controles analíticos realizados por otras causas. El trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) es la única opción curativa para estos pacientes.

Citopenia refractaria de la infancia (CRI)

CRI es el subtipo de SMD más frecuente en niños y adolescentes, representando la mitad de los casos; esta entidad como su nombre indica, no suele presentarse en adultos. Afecta a ambos sexos por igual. La sintomatología será la derivada de sus citopenias, pero hasta un 20% de los enfermos están asintomáticos al diagnóstico(4). Estos pacientes suelen debutar con trombocitopenia y/o neutropenia, pudiendo asociar también anemia, aunque con menos frecuencia(13). La citopenia refractaria se define por: citopenias persistentes con <5% de blastos en MO, <2% de blastos en sangre periférica (SP) y la presencia de rasgos displásicos, más frecuentemente observados en las línea eritroide y megacariocítica. El estudio de MO suele mostrar celularidad disminuida en un 80% de los pacientes(1).

Es importante destacar que los SFMC y la aplasia medular adquirida pueden presentar características similares y, a veces, indistinguibles de CRI, por lo que las muestras deben ser valoradas por un hematólogo experto y correlacionadas con otras alteraciones encontradas en los pacientes.

El cariotipo es el factor pronóstico más importante de la progresión del SMD a leucemia mieloblástica (LMA). Las anomalías citogenéticas están presentes en aproximadamente un 30% de los pacientes con CRI y la alteración más frecuente encontrada es la monosomía del cromosoma 7. Estos pacientes tienen mayores probabilidades de progresión a SMD avanzado o LMA que aquellos niños que tienen cariotipos normales u otras alteraciones(3).

El tratamiento del CRI dependerá de la gravedad de las citopenias, requerimientos transfusionales, la presencia de infecciones de repetición y de la existencia de un donante HLA idéntico para realización de TPH.

El TPH es la única opción curativa y es el tratamiento de elección en pacientes con CRI que presentan alteraciones genéticas, como la monosomía del cromosoma 7 o cariotipos complejos, dado que se asocian a un mayor riesgo de progresión a SMD avanzado o LMA (Fig. 1).

Figura 1. Algoritmo terapéutico de citopenia refractaria de la infancia. Algoritmo propuesto por Locatelli, et al. Adaptado y modificado(1). TPH: trasplante de progenitores hematopoyéticos.

SMD con exceso de blastos o SMD avanzado: (SMD-EB)

Se caracteriza por la presencia de entre 2 y 19% de blastos en SP o de entre 5 y 19% de blastos en MO.

Existe otra variante en la clasificación llamada SMD-EB en transformación (SMD-EB-t), que involucra un porcentaje de blastos de entre 20-29% en SP o MO(1). Es importante destacar que, el porcentaje de blastos por sí solo no es suficiente para diferenciar cualquiera de estos subtipos de SMD de una LMA de novo. Aspectos, como las alteraciones citogenéticas típicas de cada enfermedad y la ausencia de rápida progresión y organomegalias, nos orientarán a la existencia de un SMD.

El tratamiento de este tipo de pacientes con SMD-EB, con o sin transformación, representa un reto. La única terapia curativa es el TPH. Adicionalmente, este grupo de pacientes han sido relacionados con una gran toxicidad derivada del tratamiento y alto riesgo de recaída. La primera opción para realizar un TPH en este tipo de pacientes es el trasplante alogénico de donante HLA idéntico, ya sea emparentado o no. En caso de que el paciente posea mutaciones en línea germinal es importante tomar en cuenta el estudio genético de los posibles donantes familiares, quienes pueden ser portadores de las mismas mutaciones.

Actualmente, con las nuevas técnicas de manipulación del injerto de progenitores hematopoyéticos, que disminuyen los riesgos intrínsecos de un trasplante no idéntico, se está considerando el TPH haploidéntico como una alternativa adecuada en pacientes que no poseen un hermano idéntico y en quienes la posibilidad de encontrar un donante no emparentado representa un retraso en el tratamiento. Cabe destacar que el retraso en el TPH, se considera un factor de riesgo que disminuye la posibilidad de supervivencia.

Conclusiones

Los SMD en la infancia son enfermedades infrecuentes, pero dada su gravedad, hace que el diagnóstico de sospecha esté siempre presente ante citopenias o displasias morfológicas de las diferentes líneas celulares.

Los SMD pediátricos (ver algoritmo al final del artículo) son trastornos clonales heterogéneos de la hematopoyesis, con características específicas y diferencias significativas con los SMD de adultos.

Los síndromes de predisposición genética se detectan en una notable proporción de pacientes. El TPH está indicado en todos los pacientes con SMD-EB o SMD-EB-t, y en aquellos con CRI y características citogenéticas de alto riesgo, neutropenia grave o dependencia de transfusiones.

El retraso en el tratamiento es un importante factor de riesgo que empeora el pronóstico post-TPH. Actualmente, gracias a las nuevas técnicas de manipulación de los injertos de progenitores hematopoyéticos, la opción del TPH haploidéntico representa una opción viable cuando no existe un donante idéntico.

Función del pediatra de Atención Primaria

Ante el hallazgo de citopenia en analítica rutinaria, confirmar la determinación en un nuevo control, añadiendo frotis de sangre periférica y completar estudio con perfil férrico, vitamina B12 y fólico; es importante descartar causas secundarias (fundamentalmente, tóxicas e infecciosas). Si se comprueba la existencia de citopenia en 1 o más líneas celulares, sin causa justificada, derivar a hematología pediátrica.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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2.** Grupo español de síndromes mielodisplásicos (GESMD). Guía española de diagnóstico y tratamiento de los síndromes mielodisplásicos y leucemia mielomonocítica crónica. Haematologica. Edición 2020. http://www.gesmd.es/wpcontent/uploads/2021/09/GuiaSMDLMMC2020.pdf (acceso 14 septiembre 2021)

3. Hasle H. Myelodysplastic and myeloproliferative disorders of childhood. Hematol Am Soc Hematol Educ Progr. 2016; 2016: 598-604. doi:10.1182/asheducation-2016.1.598.

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5. Passmore SJ, Chessells JM, Kempski H, Hann IM, Brownbill PA, Stiller CA. Paediatric myelodysplastic syndromes and juvenile myelomonocytic leukaemia in the UK: a population-based study of incidence and survival. Br J Haematol. 2003; 121: 758-67. doi:10.1046/j.1365-2141.2003.04361.x.

6. Hofmann I. Pediatric myelodysplastic syndromes. J hemopathology. 2015; 8: 127-41. doi:10.1007/s12308-015-0253-4.

7. Rau ATK, Shreedhara AK, Kumar S. Myelodysplastic Syndromes in Children : Where Are We Today ? Ochser J. 2012; 12: 216-20.

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9. Hasserjian RP. Myelodysplastic Syndrome Updated. pathobiology. 2019; 86: 7-13. doi:10.1159/000489702.

10.** Schwartz JR, Ma J, Lamprecht T, Walsh M, Wang S, Bryant V, et al. The genomic landscape of pediatric myelodysplastic syndromes. Nat Commun. 2017; 8: 1557. doi:10.1038/s41467-017-01590-5.

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14. Vardiman JW, Thiele J, Arber DA, Brunning RD, Borowitz MJ, Porwit A, et al. The 2008 revision of the World Health Organization (WHO) classification of myeloid neoplasms and acute leukemia: rationale and important changes. Blood. 2009; 114: 937-51. doi:10.1182/blood-2009-03-209262.

15. Arber DA, Orazi A, Hasserjian R, Thiele J, Borowitz MJ, Le Beau MM, et al. The 2016 revision to the World Health Organization classification of myeloid neoplasms and acute leukemia. Blood. 2016; 127: 2391-405. doi:10.1182/blood-2016-03-643544.

Bibliografía recomendada

- Locatelli F, Strahm B. How I Treat How I treat myelodysplastic syndromes of childhood. Blood. 2018; 131: 1406-14. doi:10.1182/blood-2017-09-765214.

Completo artículo de revisión sobre los síndromes mielodisplásicos en la infancia, con descripción detallada del manejo y tratamiento según cada subtipo de SMD, incluyendo varios casos clínicos de ejemplo.

- Grupo español de síndromes mielodisplásicos (GESMD). Guía española de diagnóstico y tratamiento de los síndromes mielodisplásicos y leucemia mielomonocítica crónica. Haematologica. Edición 2020. http://www.gesmd.es/wpcontent/uploads/2021/09/GuiaSMDLMMC2020.pdf (acceso 14 septiembre 2021)

Guía amplia de la Sociedad Española del Síndrome Mielodisplásico, con orientación general tanto para adultos como en Pediatría, de los aspectos más importantes de la enfermedad, diagnóstico y tratamiento.

- Galaverna F, Ruggeri A, Locatelli F. Myelodysplastic syndromes in children. Curr Opin Oncol. 2018; 30: 402-8. doi:10.1097/CCO.0000000000000488.

Artículo reciente en el que se hace una amplia y magnífica revisión del estado actual del tratamiento del síndrome mielodisplásico en el paciente pediátrico, a su vez, actualizando revisiones anteriores.

- Schwartz JR, Ma J, Lamprecht T, Walsh M, Wang S, Bryant V, et al. The genomic landscape of pediatric myelodysplastic syndromes. Nat Commun. 2017; 8: 1557. doi:10.1038/s41467-017-01590-5.

Interesante artículo de revisión en el que se intenta ahondar sobre las cuestiones aún no resueltas sobre el síndrome mielodisplásico, profundizando en la etiología de estos síndromes.

 

 

Caso clínico

 

Niño de 10 años que refiere aparición de hematomas y petequias de manera recurrente, sin antecedentes de traumatismos importantes, durante los últimos 2 meses. No ha presentado sangrado a otros niveles ni otra sintomatología.

Antecedentes familiares

Antecedente de linfoma en abuela materna. Sin otros antecedentes familiares de interés.

Antecedentes personales

Sin antecedentes médicos ni quirúrgicos importantes. Vacunas según calendario.

Exploración física

Buen estado general. Bien hidratado, nutrido y perfundido. Numerosos hematomas dispersos en miembros superiores e inferiores. Petequias en región facial. Sin adenopatías palpables. Auscultación cardiopulmonar: normal. Abdomen: normal. Neurológico: normal. Exploración ORL: normal.

Pruebas complementarias

Hemograma: leucocitos: 1.380/μl (fórmula normal); neutrófilos: 750/μl; linfocitos: 540 /μl; monocitos: 80 /μl; eosinofilos: 10/μl. Hemoglobina: 9,5 g/dl; hematocrito: 28%; VCM: 98,9 fL; HCM: 33,6 pg; CHCM: 34 g/dl; plaquetas: 18.000/μl. Bioquímica básica, renal y hepática, amilasa: normales, proteínas totales 7,4 g/dl; ferritina: 46 ng/ml (7-140); hierro: 64 μg/dl (55-140); vitamina B12: 472 pg/ml; folato sérico: 8,6 ng/ml; coagulación: normal. PCR: <0,5 mg/L. EAB: normal. Orina: normal.

Ecografía abdominal: sin hallazgos significativos.

Radiografía de tórax: normal.

Evolución: ante hallazgo de pancitopenia, se decide ingreso hospitalario para completar estudio a cargo del servicio de Hematología.

 

 

 

Síndrome hemofagocítico

V. Galán Gómez*, A. Pérez Martínez**
Temas de FC


V. Galán Gómez*, A. Pérez Martínez**

*Médico Adjunto Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. **Jefe del Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario La Paz. Madrid

 

Resumen

El síndrome hemofagocítico es una entidad clínica poco frecuente. Existen formas primarias (a menudo, cuadros graves que se presentan a edades tempranas) y formas adquiridas, de gravedad variable, secundarias a inmunodeficiencias, metabolopatías, infecciones, neoplasias… El origen de este cuadro se sustenta en una respuesta inmune exagerada, mediada por linfocitos T citotóxicos (CTL) y células natural killer (NK), hiperestimulados de manera continua por un ambiente inflamatorio. El espectro clínico de presentación es variado, pudiendo mimetizar, en ocasiones, otras patologías graves, como pueden ser el fallo hepático agudo o una meningoencefalitis. El diagnóstico se realiza en función de criterios genéticos, clínicos y analíticos. A menudo, no todos los criterios se presentan a la vez, apareciendo de manera progresiva a lo largo del tiempo, por lo que es necesario mantener un nivel de sospecha continuo. Sin tratamiento, el pronóstico de la enfermedad es desfavorable. El objetivo terapéutico es el control de la inflamación a través de potentes inmunosupresores. El trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) es el tratamiento de elección en las formas primarias. No existen medidas preventivas que se hayan demostrado efectivas para disminuir la frecuencia de este fenómeno. En las formas primarias en las que exista una alteración conocida, el consejo genético está indicado.

 

Abstract

Hemophagocytic lymphohistiocytosis (HLH) is an unusual clinical entity. There are primary forms, oftentimes aggressive presenting in the first weeks of life, and those secondary to immunodeficiencies, metabolic diseases, infections, neoplasms… with variable severity. An exuberant immune response mediated by cytotoxic T lymphocytes and natural killer (NK) cells, continuously hyperstimulated by an inflammatory environment, is the origin of the disease. The clinical spectrum of presentation is varied, and can sometimes mimic other serious diseases such as acute liver failure or meningoencephalitis. The diagnosis is based on genetics, clinical and analytical criteria. Frequently, not all criteria are present at the same time, appearing progressively, thus a continuous level of suspicion is recommended. Without treatment, prognosis of the disease is unfavorable. The therapeutic objective is to control inflammation by immunosuppression. Hematopoietic stem cell transplantation (HSCT) is the treatment of choice for primary forms. There are no preventive measures that have been proved effective in reducing the frequency of this phenomenon. In primary forms where there is a known alteration, genetic counselling is indicated.

 

Palabras clave: Síndrome hemofagocítico; Linfohistiocitosis hemofagocítica; Hiperinflamación; Inmunomodulación; Trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Key words: Hemophagocytic syndrome; Hemophagocytic lymphohistiocytosis; Hyperinflammation; Immunomodulation; Hematopoietic stem cell transplantation.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 326.e1 – 326.e9

 


Síndrome hemofagocítico

Introducción

El síndrome hemofagocítico es una patología grave resultante de una desregulación inmunológica que genera un estado hiper­inflamatorio.

Se denomina linfohistiocitosis hemogafocítica (HLH) o síndrome hemofagocítico a un cuadro hiper­inflamatorio sistémico derivado de la desregulación del sistema inmune, en el que la activación permanente de CTL, células NK y macrófagos tisulares desarrollan el papel principal.

Estas alteraciones inmunológicas pueden aparecer de manera constitucional en el paciente (formas primarias), o por el contrario, ser desencadenadas por factores externos (formas secundarias)(1-4).

Es importante conocer su existencia de manera precoz, puesto que es una entidad amenazante para la vida por su rápida capacidad de generar afectación multiorgánica, y la instauración de un tratamiento eficaz en una fase temprana, condicionará el pronóstico del paciente.

El diagnóstico de esta entidad puede ser inicialmente complejo, debido a que para realizarlo deben cumplirse una serie de criterios clínico-analíticos que detallaremos más adelante, no siempre presentes al debut del cuadro clínico.
La terminología clásica de síndrome hemofagocítico se fundamenta en la presencia de macrófagos fagocitantes de las tres series hematológicas, así como de progenitores, presente en gran parte de los pacientes.

Epidemiología

En su mayoría son diagnosticadas formas secundarias, aunque cada vez conocemos más sobre las formas primarias.

A pesar de los avances en el conocimiento de esta enfermedad, el síndrome hemofagocítico se trata de una entidad a menudo infradiagnosticada, por lo que disponer de cifras que representen la realidad es un reto ambicioso(5).

Por otro lado, la heterogeneidad de este cuadro, debida a la gran diversidad genética, al factor étnico y a la variedad de elementos trigger o desencadenantes, condicionan de manera importante la incidencia de la enfermedad.

No existen datos pertenecientes a grandes series de pacientes que analicen específicamente incidencia, etiología y tasas de supervivencia. Además, un número importante de los datos publicados corresponden a estudios realizados sobre series asiáticas(6,7).

Un estudio sueco, realizado entre los años 2007 y 2011, reveló que la incidencia de las formas primarias se encontraba alrededor de los 1,5 casos por millón de recién nacidos vivos (superior a los datos reportados en esa misma población con anterioridad, debido a un mayor conocimiento de la enfermedad y a la modificación de los criterios diagnósticos, lo que permitió un mayor reporte de casos nuevos diagnosticados)(8).

Los datos publicados por el Texas Children’s Hospital situaban la incidencia del síndrome hemofagocítico en 1/3.000 ingresos(5,9).

En un estudio retrospectivo unicéntrico realizado en nuestro país, se recogieron un total de 22 pacientes con síndrome hemofagocítico. El 27,3% correspondía con formas primarias, mientras que el 72,7% lo hacía con formas secundarias. Dentro de este último grupo: el 68,7% fue asociado a infección (VEB el más frecuente, seguido del VHS y la leishmania); el 18,7% asociado a neoplasias hematológicas; y el 12,65% asociado a enfermedades autoinmunes(10).

Fisiopatología

La hiperestimulación del sistema inmune y las alteraciones en la citotoxicidad en las células efectoras, así como la ausencia de apoptosis de las mismas, son los pilares de la patogenia.

Independientemente del origen, el mecanismo final común que genera este cuadro es: la ausencia de actividad citotóxica frente a las células diana, la hipersecreción de citocinas y, por ende, la persistencia de los estímulos inflamatorios(1).

Es conocido el papel fundamental en la patogenia de este cuadro, que supone la actividad citotóxica de los CTL (CD8 positivos) y las células NK activadas. Estos dos linajes celulares, en condiciones fisiológicas, se encargan del control mediante su eliminación de las células infectadas o tumorales.

Las células presentadoras de antígeno (APC) activan en el proceso denominado sinapsis inmunológica a las CTL y células NK. Tras su activación, se produce la degranulación del contenido de las vesículas de las células CTL, NK y linfocitos T colaboradores (CD4 positivos). Estos gránulos contienen perforinas (perforan la membrana para que las otras enzimas puedan alcanzar el interior celular y activan la vía de las caspasas), granzimas (enzimas proteolíticas), así como otras sustancias como serglicanos y calreticulina. Este proceso es regulado mediante retroalimentación negativa a través de la apoptosis inducida por receptor, autolimitando así el fenómeno inflamatorio(1,11).

El complejo procedimiento de exocitosis requiere de la implicación de múltiples proteínas de membrana como: Lyst, Rab 27, AP3B1, Stx11 o Munc13-4(12) (Fig. 1).

Figura 1. Esquema en el que se muestra el mecanismo fisiológico de la sinapsis inmunológica. Se representa el lugar de acción de diferentes proteínas en el proceso de secreción de las vesículas de la célula efectora, al realizar su actividad sobre la célula diana.

De esta manera, alteraciones en este proceso que anulen o produzcan un enlentecimiento en la sinapsis inmunológica, perpetuarán en el tiempo el estado inflamatorio. Las células presentadoras de antígenos continuarán activando a los linfocitos T, que continuarán, a su vez, secretando citoquinas inflamatorias y proliferando, generando de este modo un círculo vicioso inflamatorio (Fig. 2).

Figura 2. Esquema en el que se representan las bases fisiopatológicas de la linfohistiocitosis hemogafocítica (HLH), mediante la generación del círculo vicioso inflamatorio.

En el HLH se produce, por lo tanto, una hiperrespuesta inflamatoria favorecida por el estímulo constante de las APC y por la ausencia de retroalimentación negativa.

CTL, NK y macrófagos activados proliferan en los tejidos de manera incontrolada, favoreciendo el entorno inflamatorio mediante la secreción de mediadores inflamatorios (IL-1, IL-6, IFN gamma, TNF alfa, IL-8, IL-10, IL-18)(12). Esta infiltración es la causa de las megalias encontradas en estos pacientes.

La tabla I resume las bases fisiopatológicas de la enfermedad(11).

Formas primarias

Conocemos causa genética subyacente en aproximadamente un 30-70% de las formas primarias de la enfermedad. Pertenecen a este grupo las HLH familiares (FHLH). Hasta el momento se han descrito 5 formas familiares (FHLH 1-5). Ejemplo de ello, son las formas que presentan mutaciones en el gen PRF1 (perforina) o en UNC13D (codificante para la proteína Munc13-14, necesaria para la fusión y liberación de los gránulos sinápticos).

Del mismo modo, pertenecen a las formas primarias inmunodeficiencias como: síndrome de Griscelli tipo 2, Chediak-Higashi, Hermansky-Pudlak tipo 2 o síndrome linfoproliferativo ligado al cromosoma X (XLP). En ellas, se han descrito anormalidades en las proteínas implicadas en el transporte de los gránulos citolíticos, así como en los melanosomas, por lo que estos pacientes presentan un grado variable de albinismo.

Formas secundarias

Estas formas, más frecuentes que las anteriormente citadas, se han descrito como: complicación de inmunodeficiencias primarias, errores innatos del metabolismo, algunas infecciones (generalmente víricas, típica VEB e importante por su auge en los últimos meses el SARS-CoV-2(13)), procesos neoplásicos (especialmente hematológicos, aunque no exclusivos), así como de origen autoinmune.

Centrándonos en el campo de la terapia celular, concretamente en el TPH, se han descrito fenómenos hemofagocíticos en pacientes trasplantados. Este hecho, inicialmente descrito en trasplantes autólogos, se ha estudiado con mayor detalle con los trasplantes alogénicos, especialmente en aquellos con disparidad HLA. La inmunosupresión derivada del acondicionamiento, las técnicas de manipulación del injerto y la profilaxis de la enfermedad de injerto contra receptor, genera una mayor susceptibilidad infecciosa, que como previamente se ha descrito, puede actuar como desencadenante (importante en este punto, la infección por VH8). Asimismo, la alorreactividad, tanto en dirección donante-receptor como receptor-donante, genera la liberación de citoquinas como resultado de la interacción entre las APC del receptor y los CTL del donante, activando, de este modo, a los macrófagos tisulares y amplificando así la respuesta inflamatoria(14).

Mención aparte merece una entidad de relativa reciente aparición, denominada síndrome de liberación de citoquinas, que mimetiza tanto la fisiopatología como la clínica del síndrome hemofagocítico, y que se observa en el contexto de la inmunoterapia, especialmente en el tratamiento con anticuerpos, como el blinatumomab o la terapia celular CAR-T.

Los mecanismos tras los que subyace el origen del cuadro clínico en estos casos secundarios no son del todo conocidos(3). En algunos casos, se postula la alteración en el equilibrio entre CTL/NK y APC.

Por lo general, estas formas secundarias tienen un curso menos agresivo, se presentan a edades más tardías y ­tienen un menor riesgo de recurrencia en comparación con las formas primarias.

En la tabla II, se recoge de manera resumida, la clasificación de los distintos tipos de HLH (Tabla IIA) y se resumen las principales características genéticas de las formas primarias (Tabla IIB)(1,15,16).

 

Clínica

La clínica puede simular inicialmente patologías banales con una evolución tórpida.

El espectro clínico de esta entidad es variable. A menudo, la distinta sintomatología irá sucediéndose en el tiempo, por lo que es importante una rápida sospecha clínica inicial. En algunas ocasiones, la forma de presentación será aguda, en el contexto de un paciente crítico, especialmente en las formas primarias.

Como norma general, los principales síntomas característicos de esta entidad son la fiebre persistente y la presencia de hepatoesplenomegalia. Con frecuencia, hasta en un tercio de los casos, puede existir afectación del sistema nervioso central, en cuyo caso, la clínica puede simular una encefalitis. Otros hallazgos clínicos menos frecuentes pueden ser: presencia de linfadenopatías, rash cutáneo, ictericia en casos con afectación hepatobiliar o edemas. A continuación, se detallan las entidades clínicas más frecuentes(11,16):

Fiebre persistente

Pese a tratarse de un motivo de ingreso relativamente frecuente, la fiebre persistente (mediana 19 días en algunos estudios publicados) junto con la elevación de parámetros inflamatorios, deben justificar el inicio del estudio del síndrome hemofagocítico.

La fiebre es el síntoma guía en la mayoría de las ocasiones, apareciendo de manera constante, prácticamente, en más del 90% de los casos(4,10,15).

Lactante febril

Generalmente, en cuadros primarios. El paciente, habitualmente un lactante menor de un año, se presenta con fiebre, citopenias y megalias. En ocasiones, estas formas pueden tener un debut neonatal (formas graves). A menudo, el aspirado de médula ósea se realiza para descartar malignidad en este contexto. Sin un diagnóstico precoz y tratamiento agresivo, estas formas pueden tener desenlace fatal de forma rápida.

Fallo hepático

En pacientes con presencia de fallo hepático agudo, debe plantearse esta posibilidad diagnóstica como opción. En ocasiones, la gravedad de esta entidad clínica es tal, que el paciente puede resultar candidato a trasplante hepático.

Es característica, la infiltración tisular linfocitaria (evidenciada en necropsias). En periodo neonatal, puede estar acompañado de hidrops fetal. Puede existir concomitantemente síndrome de oclusión sinusoidal, existiendo un mayor riesgo de presentación de esta complicación en pacientes que reciban trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH).

Junto a los datos clínico-analíticos de fallo hepático, aparecen el resto de parámetros que definen el síndrome hemofagocítico. En este grupo de pacientes, parámetros como la ferritina o el CD25 soluble, no son adecuados criterios diagnósticos, debido a que en situaciones de fallo hepático, pueden estar elevados.

Alteraciones en la coagulación

Alrededor de un 95% de los pacientes presentarán parámetros sugerentes de coagulación intravascular diseminada. En los casos de defecto de granulación de células NK, puede existir disfunción plaquetar.

Citopenias

Anemia y trombopenia suelen ser los hallazgos más frecuentes. Los estudios en médula ósea pueden ser normales, así como reflejar hipo o hipercelularidad. La presencia de hemofagocitosis oscila entre el 25-100% de los casos; si bien, es necesario destacar que este fenómeno no es exclusivo de esta entidad, pudiendo aparecer en pacientes críticos, politransfundidos, en infecciones o en enfermedades autoinmunes.

Alteraciones cutáneas

El espectro de afectación cutánea es variado, aunque frecuente (hasta el 65% de los casos), y se desencadena por la infiltración cutánea de linfocitos. Las manifestaciones más frecuentes varían desde un rash máculopapuloso generalizado (en ocasiones, morbiliforme), eritrodermia, edema o paniculitis. Puede simular un cuadro Kawasaki-like y aparecer junto con otros criterios clínicos, como conjuntivitis y alteraciones en mucosas.

Afectación pulmonar

Pueden aparecer infiltrados alveolares e intersticiales en el contexto de fracaso respiratorio agudo. En estos pacientes, la evolución a un cuadro fatal puede ocurrir hasta en un 88% de los casos.

Afectación neurológica

Aproximadamente, en un tercio de los casos, puede aparecer inicialmente afectación del sistema nervioso central. En estos casos, la clínica neurológica puede ser variada, desde: crisis convulsivas, fluctuación del nivel de consciencia similar a una encefalitis, meningismo, alteraciones en la marcha, disartria o alteraciones en los pares craneales. Es infrecuente la clínica neurológica aislada, coexistiendo, en la mayoría de los casos, con otras manifestaciones sistémicas. En cualquier caso, es importante una rápida sospecha.
Aunque la edad de aparición es variable, a menudo, aparece en niños mayores de un año.

Niño con infección

Como se muestra en la tabla IIA, agentes infecciosos, especialmente típico por su frecuencia, el VEB pueden actuar a modo de trigger del síndrome hemofagocítico.

Paciente crítico con cuadro “sepsis-like”

A menudo, este paciente aparece en unidades de críticos con un cuadro prácticamente indistinguible de una sepsis grave (llegando incluso a producirse fallo multiorgánico), en el que la clave diagnóstica es la gravedad del espectro inflamatorio. En estos pacientes, los fenómenos hemofagocíticos en la anatomía patológica son de escasa rentabilidad diagnóstica, debido a estar presentes en un alto porcentaje de pacientes críticos(16).

Síndrome hemofagocítico en paciente con patología autoinmune (síndrome de activación macrofágica)

Tradicionalmente, se ha denominado síndrome de activación macrofágica (SAM) al síndrome hemofagocítico, que aparece en el paciente con diagnóstico establecido de patología autoinmune. El ejemplo más característico, la artritis idiopática juvenil (AIJ), en la que aproximadamente un 10% pueden desarrollar este cuadro clínico. Ocasionalmente, puede ser la forma de debut de la enfermedad o ser desencadenado por el tratamiento inmunosupresor.

Aunque, tanto la clínica como los mecanismos fisiopatológicos son indistinguibles, existen una serie de peculiaridades en este tipo de presentación. El perfil de paciente es de mayor edad que en las formas primarias, y suele cursar con citopenias no tan marcadas, así como con cifras más elevadas de fibrinógeno.

Síndrome hemofagocítico asociado a neoplasia

En ocasiones, el síndrome hemofagocítico puede aparecer en pacientes con proceso oncológico concomitante. La frecuencia con la que esto aparece se incrementa con la edad, y los tumores hematológicos, especialmente los linfomas, son las patologías que con más frecuencia pueden asociar este síndrome (aunque no de forma exclusiva).

Síndrome hemofagocítico en paciente inmunocomprometido

Puede aparecer en pacientes con diagnóstico de inmunodeficiencia primaria o en pacientes con estado de inmunosupresión secundario a tratamiento. En este grupo, generalmente, un agente infeccioso (típicamente VEB o CMV) actúa a modo de desencadenante.

Terapias inmunológicas

En los últimos años, los avances en inmunoterapia, con el cada vez mayor empleo de anticuerpos monoclonales y células CAR-T, han creado la necesidad de estudiar una entidad fisiopatológicamente similar al HLH y que, en este contexto, recibe el nombre de síndrome de liberación de citoquinas, del inglés Cytokine Release Syndrome (CRS). El abordaje de esta complicación difiere del manejo estándar del HLH.

En definitiva, ante la evolución tórpida de cualquier enfermedad considerada a priori como común, el síndrome hemofagocítico debería ser descartado.

Además de la forma de presentación, es primordial también considerar el rango etario del paciente, debido a que las formas primarias, más agresivas, suelen debutar en los primeros meses de vida, incluso durante el periodo neonatal. En estos casos, es fundamental una correcta anamnesis que haga hincapié en los antecedentes familiares del paciente, especialmente importante si existe consanguinidad.

Diagnóstico

Las herramientas fundamentales para el diagnóstico son los criterios clínicos y analíticos. La presencia de una mutación conocida es suficiente para llegar al mismo.

El diagnóstico de la HLH es un diagnóstico genético, clínico y analítico. En la actualidad, se realiza según los criterios del protocolo HLH-2004(17) que se detallan en la tabla III.

Desde el punto de vista molecular, la presencia de mutaciones conocidas en genes implicados en la degranulación de las células NK, la homeostasis de la sinapsis inmunológica o de inmunodeficiencias, bastarían para diagnosticar al paciente. Actualmente, se conocen hasta un 70% de las alteraciones causantes de las formas familiares. El tipo de herencia, el fenotipo y la penetrancia son variables en función del tipo de trastorno del que se trate. Habitualmente, las formas que se presentan en homocigosis suelen ser de mayor gravedad.

En las formas primarias es obligado el estudio de los hermanos del paciente en caso de tenerlos, no solo por el riesgo de enfermedad que presentan en función de la herencia del trastorno, sino por su potencial elección como donante de precursores hematopoyéticos.

Se sospechará una forma primaria en los casos en que exista historia familiar compatible, en formas graves (especialmente de presentación temprana), recurrentes, o en casos de persistencia de disminución de actividad NK.

Desde un punto de vista clínico, son criterios diagnósticos la fiebre persistente y la hepatoesplenomegalia.

Analíticamente, los principales hallazgos son: citopenias (con afectación variable de las tres series, mínimo dos), hipertrigliceridemia, hipofibrinogenemia y la hiperferritinemia. Aunque no sea considerado criterio diagnóstico, apoyan el diagnóstico parámetros analíticos como: pleocitosis en el LCR, hiperproteinorraquia, disfunción hepatobiliar (hipertransaminasemia, hiperbilirrubinemia, coagulopatía con elevación de D-dímero), hipoalbuminemia, elevación de LDH en suero o hiponatremia. Estas alteraciones pueden aparecer especialmente en casos de gravedad(3,4,16).

Los estudios inmunológicos son de utilidad en el diagnóstico de la HLH, siendo característica la elevación de CD25 soluble (subunidad alfa del receptor de IL-2) o la ausencia/disminución de degranulación in vitro de células NK.

En estos estudios funcionales tienen especial relevancia los estudios inmunofenotípicos. Mediante citometría de flujo, puede estudiarse la presencia de determinadas proteínas de poblaciones celulares seleccionadas (p. ej., perforina en NK), así como la funcionalidad de su degranulación. De este modo, pueden complementar el diagnóstico de esta patología y apoyarlo hasta su confirmación definitiva.

Otro parámetro característico, aunque es importante conocer que no debe aparecer necesariamente, es la presencia de hemofagocitosis en médula ósea, muestra de tejido linfoide o LCR.

En la tabla IV, se relacionan los principales hallazgos clínico-analíticos con el mecanismo fisiopatológico subyacente(15,18).

 

Diagnóstico diferencial

Es necesario mantener un alto nivel de sospecha en cuadros persistentes o refractarios a tratamientos convencionales.

Desde el punto de vista clínico, el planteamiento de esta entidad se presenta habitualmente como un reto para el médico tratante.

A menudo, la mayor parte de estos cuadros son diagnosticados inicialmente (y no de forma equivocada) como infecciones. Patologías hematológicas como la histiocitosis de células de Langerhans o la enfermedad de Castleman, deberían ser tenidas en cuenta en el diagnóstico diferencial, debido a que pueden simular la forma de presentación. Del mismo modo, deben ser incluidas reacciones adversas a fármacos (estas últimas suelen cursar con rash cutáneo y eosinofilia), así como metabolopatías y enfermedades de depósito.

Es esencial considerar, no solo la forma de presentación clínica, sino el momento de aparición de la misma, especialmente relevante en los neonatos. Entidades como la hepatitis aloinmune gestacional o GALD (del inglés Gestational Alloinmune Liver Disease) debe ser considerada en neonatos críticos con fallo hepático agudo.

En la tabla V, se recoge el diagnóstico diferencial del HLH(3,16).

Tratamiento y pronóstico

La piedra angular del tratamiento de esta entidad es la inmunosupresión. El TPH estará reservado para formas primarias o secundarias persistentes o recidivantes.

Sin tratamiento, el pronóstico de la linfohistiocitosis hemofagocítica es fatal, por lo que una rápida sospecha clínica y su instauración precoz, mejorará notablemente el pronóstico del paciente. En las formas primarias, recurrentes y refractarias, la gravedad del cuadro clínico puede suponer el fallecimiento del paciente. Las formas secundarias, sin embargo, suelen presentar un pronóstico favorable una vez controlado el factor desencadenante.

El objetivo principal del tratamiento es poner fin al círculo vicioso inflamatorio característico de la enfermedad (independientemente de la causa subyacente), mediante el empleo de potentes fármacos inmunosupresores y citostáticos que bloqueen o eliminen la elevada población de células activadas(3).

Una vez conseguido, se actuará sobre la causa desencadenante mediante el tratamiento etiológico específico, espectro que puede abarcar desde la resolución de una infección hasta el TPH, en el caso de las formas primarias.

Los datos reportados a través de dos grandes ensayos clínicos promovidos por la Sociedad Internacional del Histiocito, HLH-94 y HLH-2004, apoyan de manera general el tratamiento de esta entidad mediante el empleo de: dexametasona, ciclosporina, citostáticos como el etopósido y el trasplante de progenitores hematopoyéticos. La terapia intratecal estará indicada en casos de afectación del sistema nervioso central(11,17,19).

En los últimos años y, en especial, en las formas secundarias, se han empleado fármacos biológicos que han resultado de utilidad. Ejemplo de ello es el empleo de: inmunoglobulina antitimocítica (ATG), rituximab (anticuerpo anti CD20), anakinra (anticuerpo anti IL-1), etanercept (anticuerpo anti TNFa), tocilizumab (anticuerpo anti receptor de IL-6) o anticuerpos anti IFN gamma como el emapalumab(20).

Este último anticuerpo neutralizador de IFN gamma ha sido protagonista de numerosos ensayos clínicos, tanto en formas primarias como en HLH secundario, en adultos y en pacientes pediátricos. En combinación con los fármacos estándares ha demostrado buenas tasas de respuesta, si bien, los resultados publicados hasta el momento son controvertidos.

El alemtuzumab, otro anticuerpo monoclonal (anti CD52), ha sido empleado en casos refractarios seguido en la mayoría de los casos de TPH con buenos resultados, si bien la efectividad de este fármaco en monoterapia es discutida y el riesgo de infecciones, especialmente víricas, debe ser individualizado en cada paciente(21,22).

Asimismo, inhibidores de las JAK/STAT kinasas como el ruxolitinib, se han empleado en el tratamiento de esta entidad(15).

El tratamiento debe iniciarse siempre guiados por la gravedad de los síntomas, pese a no llegar a cumplir en ese momento todos los criterios diagnósticos, debido al compromiso vital que vincula el cuadro(15,19).

El TPH es el único tratamiento curativo en las formas primarias, y se recomienda en formas secundarias recidivantes o persistentes. Se recomienda la realización de un acondicionamiento de intensidad reducida.

En torno al 70% de las formas primarias son trasplantadas, alcanzando supervivencias a largo plazo del 50-60%. El TPH en las formas secundarias, alcanza supervivencias a los 5 años del 86% cuando el desencadenante es infeccioso, e inferiores al 15% cuando la causa es tumoral.

En la tabla VI, se resumen las principales estrategias terapéuticas del síndrome hemofagocítico.

Prevención

En las formas primarias con alteraciones conocidas, está indicado el consejo genético.

No existe ninguna medida preventiva hasta el momento conocida. Como se detalló en un inicio, es de gran importancia la sospecha clínica precoz, ya que de ello depende el inicio temprano del tratamiento y el pronóstico del paciente.

En pacientes con formas primarias, donde sea conocida la alteración genética subyacente, estará indicado el consejo genético de los progenitores a cargo de un experto en genética clínica.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental considerar este cuadro clínico ante cualquier paciente con una evolución tórpida de su enfermedad, a pesar de la administración de un tratamiento adecuado.

Además, la correcta historia clínica haciendo especial hincapié en antecedentes familiares y consanguinidad, así como una detallada exploración física, son claves en el diagnóstico de esta enfermedad.

Ante un paciente con sospecha de HLH, se recomienda su derivación a un centro con experiencia en el manejo de este tipo de pacientes y con posibilidad de realización de TPH.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Artículo reciente sobre el HLH pediátrico publicado en la revista de la Asociación Americana de Hematología, donde se hace una revisión de la fisiopatología, formas de presentación, diagnóstico y tratamiento.

- Astigarraga I, González-Granado LI, Allende LM, Alsina L. Haemophagocytic syndromes: The importance of early diagnosis and treatment. An Pediatr (Barc). 2018; 89: 124.e1-e8.

Artículo especial publicado en la revista de la Asociación Española de Pediatría cuya primera autora es una de las mayores expertas nacionales de esta patología, donde se revisa el HLH de manera completa y sencilla.

- Dapena Díaz JL, Díaz de Heredia Rubio C, Bastida Vila P, Llort Sales A, Elorza Álvarez I, Olivé Oliveras T, et al. Haemophagocytic syndrome: A common pathogenic mechanism of various aetiologies. An Pediatr (Barc). 2009; 71: 110-6.

Artículo original publicado en la revista de la Asociación Española de Pediatría por el grupo del Hospital Vall d’Hebron, donde se analizan las características de 22 pacientes con diagnóstico de HLH.

- Pérez-Martínez A. Síndromes hemofagocíticos (I): concepto, clasificación, fisiopatología y clínica. Anales de Pediatría Continuada (Internet). 2013. Citado el 11 de mayo de 2021; 11: 237-44. Disponible en: https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S1696281813701446.

– Pérez-Martínez A. Síndromes hemofagocíticos (II): diagnóstico y tratamiento. Anales de Pediatría Continuada (Internet). 2013. Citado el 11 de mayo de 2021; 11: 245-53. Disponible en: https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S1696281813701458.

Actualización de uno de los autores de este trabajo, donde se revisa ampliamente el HLH. De interés, los apartados de fisiopatología y diagnóstico, especialmente el papel de la citometría de flujo en esta entidad.

 

Caso clínico

 

Niña de 8 años procedente de Bangladesh, con diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda de precursores B, de riesgo intermedio, refractaria a dos líneas de tratamiento. Se presenta candidata a receptora de terapia celular CAR-T CD19 (tisagenlecleucel). El producto es infundido tras recibir quimioterapia de linfodepleción. En el momento actual, la paciente se encuentra ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCIP), 5 días después de la infusión, por presentar un síndrome de liberación de citoquinas (CRS), con: fiebre, hipoxemia que requiere la administración de oxigenoterapia de alto flujo y taquicardia con hipotensión, que requiere la administración de soporte vasoactivo.

Debido a la intensidad de la respuesta inflamatoria, se administran tres dosis de tocilizumab y se decide iniciar tratamiento esteroideo con metilprednisolona a 2 mg/kg/día.

A las 48 horas de su ingreso en UCIP, se solicitan las siguientes pruebas complementarias:

Hemograma: hemoglobina: 9 g/dL (9,4-14,6); leucocitos: 1,02x10e3/µL (6,6-16,2); neutrófilos: 0,3x10e3/µL (1,3-8,7); linfocitos: 0,6x10e3/µL (2,7-12,6); monocitos 0,1x10e3/µL (0,2-1,9); plaquetas: 32x10e3/µL (240-550); frotis de sangre periférica sin evidencia de formas inmaduras.

Coagulación: tiempo de protrombina: 10,3 segundos; actividad de protrombina: 112% (70-120); INR: 1 (0,8-1,2); fibrinógeno: 120 mg/dl (150-450).

Bioquímica general: ASAT/GOT: 130 UI/L (0-95); ALAT/GPT: 236 UI/L (0-35); LDH: 116 UI/L (110-295); GGT: 77 UI/L (0-73); bilirrubina total: 2,72 mg/dL (0,3-1,2); bilirrubina directa: 1,9 mg/dL (0-0,3); colesterol total: 165 mg/dL (0-200); triglicéridos: 750 mg/dL (0-150); ferritina: 15.863 ng/mL (22-322).

Ecografía abdominal: esplenomegalia homogénea de 10,3 cm de diámetro longitudinal.

Radiografía de tórax: opacidad en lóbulo superior derecho.

Ante la sospecha de síndrome hemofagocítico secundario (fiebre, esplenomegalia, citopenias, hipertrigliceridemia con hipofibrinogenemia e hiperferritinemia), se inició tratamiento con dexametasona a 10 mg/m2, suprimiendo metilprednisolona.

Evolución posterior

Ante la persistencia de la fiebre y la elevación de los marcadores inflamatorios 48 horas después, pese al tratamiento esteroideo, se decide administración de anakinra subcutáneo (tres dosis), tras lo cual desaparece la fiebre y comienzan a descender los parámetros hemofagocíticos.

Debido a la mejoría progresiva de la paciente, el soporte inotrópico pudo retirarse en las 48 horas posteriores, así como la asistencia respiratoria. La dosis esteroidea de dexametasona fue reduciéndose de manera paulatina hasta su retirada en 10 días.

 

 

 

Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin

P. Guerra García, D. Plaza López de Sabando
Temas de FC


P. Guerra García, D. Plaza López de Sabando

Hospital Universitario La Paz, Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica

 

Resumen

Los linfomas son el tercer cáncer más frecuente en la infancia. Son tumores derivados de los linfocitos, en sus distintos estadios de maduración. Se dividen en dos grandes grupos: linfoma de Hodgkin (LH) y linfoma no Hodgkin (LNH).
Ambos se pueden presentar con afectación ganglionar y/o extraganglionar. Pueden debutar como una urgencia oncológica, con síntomas de compresión o con lisis tumoral. Es importante saber cuándo sospechar el diagnóstico de linfoma desde Atención Primaria para poder realizar una derivación a un centro especializado en Hemato-Oncología pediátrica precozmente.
El LH es uno de los cánceres con mayor supervivencia desde los años 70. Utilizando regímenes que combinan quimioterapia y radioterapia, la supervivencia supera el 90%.
El principal objetivo es reducir los efectos secundarios a largo plazo del tratamiento.
El LNH es un grupo heterogéneo de linfomas donde se incluyen a todos aquellos linfomas que no son Hodgkin. En su gran mayoría, son linfomas de alto grado y clínicamente agresivos. Sin embargo, gracias a la colaboración internacional en forma de grandes ensayos clínicos, los tratamientos actuales tienen buenos resultados, alcanzando supervivencias por encima del 80%. La toxicidad aguda de los tratamientos supone un reto, por lo que el tratamiento en unidades especializadas es primordial.

 

Abstract

Lymphomas are the third most common childhood cancer. They are malignant tumours of the lymphoid tissues. There are two main groups: Hodgkin (HL) and non-Hodgkin lymphomas (NHL).
The clinical presentation can be nodal or extranodal. They can present as an oncologic emergency, with compression symptoms or tumour lysis. It is important that the primary care physician knows when to suspect this diagnosis and hence, promptly refer the patient to a Paediatric Oncology Centre.
HL is one of the most curable cancers since the 1970´s. Combining chemotherapy and radiotherapy, survival rates are above 90%. The main objective in their treatment at present is to reduce long-term toxicities, while maintaining the high survival rates.
NHL is a heterogeneous group that includes all other lymphomas. Most of them are high-grade malignancies, which are clinically aggressive. Due to international collaboration in large clinical trials, current treatment protocols achieve survival rates of over 80%. Acute toxicities are frequent, and therefore these treatments should only be administered in specialised centre.

 

Palabras clave: Linfoma de Hodgkin; Linfoma no Hodgkin; Linfadenopatía; Masa mediastínica.

Key words: Hodgkin lymphoma; Non-Hodgkin lymphoma; Lymphadenopathy; Mediastinal mass.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 308 – 319

 


Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin

Introducción

Los linfomas son el tercer cáncer más frecuente en la infancia. Se dividen en dos grandes grupos: linfomas de Hodgkin (LH) y linfomas no Hodgkin (LNH). El LH es frecuente en los adolescentes, y se presenta como adenopatías de crecimiento progresivo. Con la quimioterapia y radioterapia, la supervivencia supera el 90%, y el objetivo de los protocolos de tratamiento actuales es disminuir las toxicidades a largo plazo. El LNH es un grupo heterogéneo de linfomas que tienen una presentación clínicamente agresiva, en forma de adenopatías/masas de rápido crecimiento, que pueden producir síntomas de compresión y lisis tumoral. El tratamiento ha mejorado en los últimos años, obteniendo supervivencias por encima del 80%. Las toxicidades agudas son la principal complicación.

Epidemiología

El linfoma es la tercera neoplasia más frecuente de la infancia y la más frecuente en adolescentes.

Los linfomas suponen el 12% de las neoplasias diagnosticadas en niños y adolescentes en nuestro medio; se registran 130-150 casos nuevos cada año según los datos del Registro Español de Tumores Infantiles (RETI-SEHOP). Son el tercer grupo más frecuente tras las leucemias y los tumores del sistema nervioso central; si bien, su incidencia se incrementa con la edad. En el grupo de adolescentes entre 15 y 19 años, se posicionan como la entidad más frecuente junto con los tumores óseos, alcanzando el 22% de los diagnósticos(1).

La mayor parte de los linfomas aparecen de novo; sin embargo, en una pequeña proporción de casos, es posible identificar factores predisponentes determinados: inmunodeficiencias primarias o secundarias (SIDA, tratamiento inmunosupresor, trasplante de órgano sólido o hematopoyético) y síndromes de predisposición familiar al cáncer.

La distribución de los diferentes subtipos de linfomas se muestra en la tabla I; a continuación, se describen las características específicas de cada grupo.

 

Linfoma de Hodgkin

El LH representa la tercera parte de los linfomas en la edad pediátrica (6% del total de los cánceres en la infancia). Muestra dos picos de incidencia en países económicamente desarrollados: uno en adolescentes y adultos jóvenes, y otro en mayores de cincuenta años. La incidencia aumenta con la edad durante las dos primeras décadas de la vida hasta alcanzar los 29 casos por millón en el grupo de edad entre 15 y 19 años, siendo una de las neoplasias más frecuentes del adolescente. La distribución por sexos difiere también en función de la edad: si en el niño menor de cinco años la incidencia es cinco veces mayor en varones, en adolescentes es superior en mujeres(2).

Linfoma no-Hodgkin

El LNH representa dos terceras partes de los casos de linfoma diagnosticados en la infancia y el 7% de las neoplasias pediátricas, constituyendo el grupo más frecuente de linfomas hasta los 15 años. La edad media al diagnóstico es de 10 años; son raros en el niño pequeño y la incidencia aumenta con la edad hasta alcanzar 25 casos por millón entre los 15-19 años. Es más frecuente en el sexo masculino y en individuos de raza blanca.

Se trata de un grupo heterogéneo que comprende distintos subtipos histológicos (Tabla I) con distribución e incidencia variables. Los linfomas de célula B madura son los más frecuentes (54%) y, entre ellos, el linfoma de Burkitt (LB) (42%), que es el predominante entre los 5 y 15 años. Los linfomas linfoblásticos (LL) suponen el 20% de los LNH y su incidencia es constante durante la infancia, mientras que la del linfoma difuso de célula B grande (LDCBG) y la del linfoma anaplásico de célula grande (LACG) (11% y <10% de los LNH) se incrementan con la edad.

Los LNH presentan también variabilidad geográfica, como es el caso del LB endémico.

Biología y Patología de los linfomas

Linfoma de Hodgkin

El LH es una neoplasia derivada del linfocito B caracterizada por la presencia de escasas células tumorales y un infiltrado heterogéneo.

La célula maligna en la variante clásica del LH es la célula de Reed-Sternberg (CRS). Derivan de linfocitos B del centro germinal y conforman el 1% de la celularidad tumoral en el LH. El resto está conformado por un infiltrado compuesto de: linfocitos, eosinófilos, macrófagos, células plasmáticas y fibroblastos, que crean un microambiente que favorece la supervivencia de la CRS. Es una célula grande, binucleada, con nucléolos prominentes. Existen variantes mononucleadas (célula de Hodgkin) o multinucleadas. El inmunofenotipo característico es CD15/CD30+ y CD20/CD45-; no forman inmunoglobulinas y presentan negatividad para otros marcadores B o T. La clasificación de la OMS reconoce dos tipos: el LH clásico (LHc) y el de predominio linfocítico nodular (LHPL)(3).

El LHc representa el 85-90% de los casos. Los subtipos son: esclerosis nodular (supone el 80% de los casos en el niño mayor y adolescente, y el 55% en el niño pequeño; en él, bandas densas de colágeno sectorizan el ganglio en nódulos), celularidad mixta (representa el 20% de los casos en niños menores de 10 años y el 10% en adolescentes, y se define por una eosinofilia prominente). Las variantes depleción linfoide y rico en linfocitos son muy infrecuentes en edad pediátrica.

El LHPL supone el 10-15% de los casos. Muestra un infiltrado de linfocitos pequeños, histiocitos y la célula tumoral característica en “palomitas de maíz”, morfológica, genética e inmunofenotípicamente distinta de la CRS (expresa CD20, CD45, BCL6 y PAX5, mientras que es negativa para CD30 y CD15).

La oncogénesis está relacionada principalmente con cuatro factores(4):

• Mutaciones durante la maduración del linfocito B.

• Generación por la CRS de sistemas aberrantes de señalización autocrina o paracrina, que reclutan el infiltrado inflamatorio.

• Infección latente por VEB (virus de Epstein-Barr).

• Desarrollo de sistemas de evasión inmune por pérdida de expresión de MHC y sobreexpresión de PD-L1 y PD-L2.

Linfoma no-Hodgkin

Los LNH son un grupo heterogéneo de neoplasias malignas derivadas de progenitores B o T, células B maduras o células T maduras. La mayoría de los LNH pediátricos presentan translocaciones cromosómicas que producen proteínas de fusión que alteran los mecanismos de control celular, favoreciendo la oncogénesis.

• LB: deriva de linfocitos B maduros. Histológicamente, es característico el patrón en cielo estrellado, producido por macrófagos (histiocitos) que han ingerido las células tumorales apoptóticas. Las células tumorales son monomórficas, de mediano tamaño y con un citoplasma basófilo. Tienen un índice de proliferación muy elevado (cercano al 100%). Expresan, entre otros, antígenos de células B (CD19, CD20, CD22, CD79a) e inmuno­globulina (Ig) de superficie. Es característica la translocación del oncogen MYC (cromosoma 8) con uno de los genes de las cadenas pesadas (cromosoma 14, lo más frecuente) o ligeras (cromosomas 2 y 22) de las Ig(5).

LDCBG: neoplasias de células B maduras con un patrón difuso y un índice de proliferación alto (>40%). También expresan marcadores de células B y pueden expresar CD30 y MUM1/IRF4. Es frecuente la translocación de BCL2 y BCL6, aunque MYC también puede estar translocado(5).

• LL: son linfomas de precursores B o T (linfoblastos). Las mutaciones en NOTCH/FBXW7 confieren mejor pronóstico(5,6) y la pérdida de heterocigosidad en 6q (LOH6q) peor pronóstico(18).

• LACG: son linfomas derivados de células T maduras. Expresan CD30 y más del 95% son ALK positivos; la gran mayoría expresan la proteína de fusión NPM1-ALK(6) producida por la translocación t(2;5) (Tabla II)(3).

 

Clínica

Los LH se suelen presentar con linfadenopatías de crecimiento progresivo y masa mediastínica asintomática. Puede acompañarse de síntomas sistémicos (síntomas B). Los LNH son clínicamente agresivos, pudiendo provocar síntomas de compresión y lisis tumoral.

Los linfomas suelen presentarse con linfadenopatías generalizadas y pueden aparecer en cualquier localización. Las adenopatías son grandes, no dolorosas y duras a la palpación.

Estas masas pueden producir síntomas de compresión y ser una urgencia oncológica. Entre los síntomas de compresión, se encuentran: síndrome de vena cava superior, obstrucción de vía aérea, obstrucción intestinal/ invaginación intestinal, compresión espinal, taponamiento cardíaco y obstrucción ureteral/ hidronefrosis.

Puede haber afectación del sistema nervioso central (SNC), en forma de meningitis linfomatosa o masa cerebral, o afectación de la médula ósea (MO), produciendo citopenias (anemia, trombopenia, leucopenia) con la sintomatología característica asociada.

Además, es muy característica la presencia de síntomas sistémicos (los llamados síntomas B: fiebre, pérdida de peso (>= 10% en los últimos 6 meses) y sudoración nocturna).

A continuación, se exponen algunas particularidades de cada subtipo de linfoma.

Linfoma de Hodgkin

Las linfadenopatías están presentes en el 80% de los casos, y suelen localizarse a nivel cervical, supraclavicular, axilar e inguinal. Son masas de crecimiento progresivo e indoloras. En el 75% de los casos, se acompañan de masa mediastínica y es frecuente la presencia de síntomas B. Puede haber hepatoesplenomegalia y son característicos, aunque infrecuentes, los fenómenos de autoinmunidad (trombopenia inmune, anemia hemolítica, neutropenia inmune, alteraciones tiroideas…).

Linfomas no Hodgkin

A diferencia del LH, los LNH son tumores de crecimiento rápido y clínicamente agresivos, que suelen debutar con síndrome de lisis tumoral o con síntomas de compresión.

Linfoma Burkitt: el LB se presenta como una masa de rápido crecimiento. Su tamaño puede duplicarse en 25 horas, por lo que el diagnóstico precoz y la instauración de un tratamiento rápido es primordial. Debido a la capacidad de multiplicarse, el LB se puede presentar con lisis tumoral ya establecida. Hay dos subtipos:

- Esporádico: suele tener localización abdominal (es muy frecuente la presentación en forma de invaginación intestinal), en cabeza y cuello o afectación amigdalar. Puede haber afectación de la MO en un 30% de los casos y del SNC en un 15%.

- Endémico: se presenta como un tumor en la mandíbula o en algún hueso de la cara, y se asocia a VEB. Son característicos de países africanos; no están presentes en nuestro medio.

Linfoma difuso de células B grandes: se presenta como una masa de rápido crecimiento, generalmente linfadenopatías en cuello o abdomen. Un subtipo concreto es el linfoma B mediastínico primario, que se presenta como una masa en mediastino, generalmente en niñas adolescentes.

Linfoma linfoblástico: el LL-T se presenta en forma de linfadenopatías generalizadas o en forma de masa mediastínica, con sintomatología de compresión asociada como: dificultad respiratoria, sibilancias, síndrome de vena cava superior… Suele acompañarse de derrame pleural o cardíaco. Hay afectación de MO en un 30% de los casos y del SNC en un 5%.

En el LL-B, es frecuente la afectación cutánea y ósea, junto con las adenopatías, y suele diagnosticarse en estadios localizados.

Linfoma anaplásico de células grandes: hay dos formas clínicas:

- Afectación cutánea exclusiva.

- Afectación sistémica, en forma de linfadenopatías, masa en mediastino o adenopatías abdominales. Se acompaña muy frecuentemente de síntomas constitucionales, fiebre y afectación extranodal. En más del 90%, se detecta la translocación ALK.

Diagnóstico

Las exploraciones complementarias se deben orientar a conseguir el diagnóstico histológico y establecer una estadificación adecuada.

Pruebas de laboratorio

Es frecuente que los estudios analíticos sean normales; sin embargo, es necesario realizar estudios rutinarios que incluyan: hemograma completo con recuento diferencial y frotis de sangre periférica, velocidad de sedimentación eritrocitaria (VSE), estudio de función renal y hepática, e ionograma con inclusión de parámetros marcadores de síndrome de lisis tumoral. Las principales alteraciones que se pueden encontrar son las siguientes:

• Citopenias de una o varias series. Su presencia puede indicar afectación de médula ósea (más frecuente en los LNH). En los LH, la pancitopenia es rara; es más frecuente observar anemia moderada con patrón de trastornos crónicos. Asimismo, en el LH, la elevación de la VSE es un dato de pronóstico desfavorable.

• Signos de síndrome de lisis tumoral: hiperuricemia, hiperfosforemia, hiperpotasemia, hipocalcemia y elevación de LDH. Son excepcionales en pacientes con LH y frecuentes en los LNH, especialmente en los LB y LDCBG, que son las neoplasias con mayor tasa de proliferación. La LDH se utiliza en la estadificación de los LNH.

Obtención de tejido para estudio histológico

Con el objetivo de minimizar riesgos derivados de procedimientos, es recomendable seleccionar adenopatías periféricas y accesibles. En caso de que no fuera viable, se seleccionaría la región que implique menos riesgo: derrame pleural, abdominal, etc. Se recomienda evitar la obtención de muestras de masas mediastínicas; es preciso recordar que todo paciente con una masa mediastínica voluminosa tiene riesgo de obstrucción de vía respiratoria en los procedimientos que impliquen algún grado de sedación profunda.

Mientras que en los pacientes con LNH la obtención de tejido mediante punción aspirativa con aguja fina puede ser suficiente, no sucede así en los pacientes con LH debido a que la escasa cantidad de células tumorales y a que el alto grado de fibrosis pueden condicionar un aspirado seco. Por ello, en estos casos, es necesario realizar una biopsia escisional y, además, la subclasificación depende de la arquitectura ganglionar y la composición del infiltrado.

Estudios de extensión en el LH

La extensión en el LH se produce generalmente por contigüidad y en sentido craneocaudal. La afectación de médula ósea y del sistema nervioso central es mucho menos frecuente que en los LNH.

• Estudios de imagen: la realización de una radiografía simple de tórax inicial puede ser útil para evaluar el riesgo derivado de grandes masas mediastínicas. En el momento actual, está plenamente reconocido el papel de la PET/TC con 18-fluoro-2-desoxiglucosa (FDG) para realizar el estudio de extensión inicial (Fig. 1), de forma que los sistemas de estadificación actuales se basan en los hallazgos de esta prueba.

Figura 1. FDG-PET en paciente con diagnóstico de linfoma de Hodgkin. Flecha roja: lugares de afectación: cervical, supraclavicular, mediastínico, esplénico. Flecha azul: lugares de captación fisiológica: cerebro, corazón y vía urinaria.

Es más, es suficiente por sí misma para definir la afectación de hueso y de médula ósea, de forma que no es necesaria ninguna prueba adicional para el estudio de estas localizaciones. Además, la respuesta precoz a los tratamientos en la PET/TC tiene valor pronóstico y se emplea para modular la intensidad de la terapia(11) (Fig. 2).

Figura 2. FDG-PET en paciente con diagnóstico de linfoma de Hodgkin. A, B, C y D: imágenes al diagnóstico. E, F, G y H: imágenes en la evaluación precoz tras dos ciclos de quimioterapia de inducción. Se puede observar la respuesta metabólica completa, con resolución de la captación de todas las regiones afectas (infraclavicular, mediastino, hilios pulmonares, parénquima pulmonar, hilio esplénico y bazo).

Se recomienda completar el estudio con una ecografía abdominal para detectar lesiones focales esplénicas no captantes y con visualización directa del anillo de Waldeyer, pues presenta una captación aumentada de forma fisiológica en la PET-FDG.

• En caso de sintomatología neurológica concomitante, se realizará estudio dirigido con RM.

Para ver los sistemas de estadificación del LH, consultar la tabla III.

 

Estudios de extensión en los LNH

Se deben rastrear los principales lugares de extensión (otras regiones ganglionares o parenquimatosas, médula ósea y sistema nervioso central).

• Estudios de imagen: los LNH pueden afectar regiones ganglionares no contiguas. Se deberían incluir las regiones cervicales, torácicas, axilares, abdominales y pélvicas. Esto se consigue con una tomografía computarizada (TC) con contraste. El papel de la tomografía por emisión de positrones integrada (PET/TC) no está tan bien definido como en el caso del LH, pero podría ser más sensible y específica que la TC en algunos subtipos histológicos, aunque con mayor tasa de falsos positivos y negativos, y, además, se desconoce si el tipo de respuesta se podría emplear para modular la terapia(7-9). En caso de sospecha de afectación ósea o neurológica, se realizaría estudio dirigido con resonancia magnética (RM).

• Estudio citológico de líquido cefalorraquídeo mediante punción lumbar.

• Biopsia/aspirado de médula ósea. El estudio debe realizarse mediante biopsia bilateral, ante la posibilidad de afectación dispersa en nidos aislados.

Actualmente, la estadificación se realiza mediante el Sistema de Estadificación Internacional del LNH Pediátrico (International Pediatric Non-Hodgkin Lymphoma Staging System- IPNHLSS)(10) (Tabla IV).

Tratamiento y pronóstico del linfoma de Hodgkin

El tratamiento del LH se basa en la quimioterapia; se consolida con radioterapia a los mal respondedores al tratamiento de inducción.

Linfoma de Hodgkin clásico

Tras la introducción de regímenes de poliquimioterapia (ciclos MOPP y ABVD) (Tabla V) y radioterapia (RT), es una de las neoplasias pediátricas con mejor tasa de curación, pero con alta incidencia de secuelas tardías.

Los esfuerzos para optimizar la terapia pretenden modular la intensidad para prevenir la ocurrencia de tales complicaciones, particularmente la infertilidad masculina (secundaria a la toxicidad gonadal de la procarbazina) y los efectos tardíos derivados de la RT (segundas neoplasias y complicaciones cardiovasculares secundarias a la combinación de antraciclinas con RT mediastínica). Dichas adaptaciones consisten principalmente en:

• Disminución de la intensidad de tratamiento en los estadios de menor riesgo.

• Sustitución de la procarbacina por etopósido en los ciclos de inducción (cambio de OPPA por OEPA) y por dacarbazina en los de consolidación (COPP por COPDAC)(12) (Tabla V).

• Reducción de la RT. El estudio colaborativo europeo EuroNet-PHL-C1 comprobó que era posible erradicarla si se cumplen criterios de remisión metabólica evaluada por FDG-PET tras dos ciclos de inducción sin compromiso en la supervivencia ni en la tasa de recidivas.

A efectos explicativos, se describe el esquema de tratamiento EuroNet-PHL.C2 (European Network Pediatric Hodgkin Lymphoma) (Fig. 3).

Figura 3. Esquema de tratamiento del Linfoma de Hodgkin clásico (LHc), según propuesta EuroNet-PHL-C2.

PET/TC-RP: PET/TC de evaluación de respuesta precoz; PET/TC-RT: PET/TC de respuesta tardía; RA: respuesta metabólica adecuada;
RT: radioterapia; TL: nivel de tratamiento.
Ciclos: OEPA: vincristina, etopósido, prednisona, adriamicina; COPDAC: ciclofosfamida, vincristina, prednisona, dacarbazina.

• Se administran dos ciclos de inducción tipo OEPA (Tabla V). Tras ellos, se realiza evaluación de respuesta precoz mediante PET, que tiene valor modulador de la terapia: los que alcancen buena respuesta no reciben RT.

• Los pacientes del grupo TL-1 con respuesta metabólica adecuada reciben un ciclo de consolidación COPDAC; los que tienen una respuesta inadecuada, RT.

• Los pacientes de los grupos TL-2 y TL-3 reciben tratamiento de consolidación con 2 y 4 ciclos COPDAC, respectivamente.

• La RT se administra al finalizar el tratamiento citostático a los pacientes con respuesta inadecuada en la evaluación precoz.

Los mayores esfuerzos se orientan a la reducción de las dosis e indicaciones de RT. Existen varias alternativas: intensificar la quimioterapia de consolidación (ciclos DECOPDAC) o asociar terapias biológicas o dirigidas: brentuximab-vedotín (anticuerpo monoclonal anti-CD30) o inhibidores de punto de control inmune (nivolumab, pembrolizumab, etc.)(13).

Tratamiento de la recidiva y enfermedad refractaria

Las tasas de recidiva son del 10% para estadios bajos y del 15-20% para estadios avanzados. Los principales factores de pronóstico favorable son: tiempo transcurrido hasta la recidiva superior a 12 meses, tratamiento previo sin RT (o recidiva en un lugar no radiado) o con intensidad baja de quimioterapia, ausencia de síntomas B y estadio I-II. Los pacientes de bajo riesgo serían rescatables con quimioterapia a dosis estándar y RT, mientras que para el resto, aparte de quimioterapia a dosis estándar, se propone consolidación con dosis altas de quimioterapia seguidas de rescate con trasplante autólogo de progenitores hematopoyéticos. Los pacientes con mala respuesta conforman un grupo de alto riesgo y son subsidiarios de recibir trasplante hematopoyético alogénico u otras terapias experimentales(13).

Linfoma de Hodgkin de predominio linfocítico nodular

Más indolente que el LHc, debe tratarse de forma menos intensiva. Los estadios de bajo riesgo (I, II) pueden tratarse con regímenes de muy baja intensidad, como CVP (ciclofosfamida, vincristina, prednisona) o con resección y observación en los estadios IA completamente resecados, mientras que estadios más avanzados (III, IV) se podrían tratar de forma similar al LHc. La supervivencia global es excelente, cercana al 100%. En enfermedad refractaria, al tratarse de neoplasias CD20+, es posible emplear esquemas con rituximab.

Pronóstico y secuelas tardías

La tasa de supervivencia global a los 5 años es del 97% (RETI)(1). Por grupos de riesgo, la supervivencia libre de eventos (SLE) a los 2 años es del 87%, 91% y 86% en los estadios tempranos, intermedios o avanzados, respectivamente(14).

Se asocia a una tasa importante de morbimortalidad tardía. La incidencia de hemopatías malignas es relativamente baja (1% a los 15 años). En cambio, el riesgo acumulado de desarrollo de un tumor sólido como segunda neoplasia se incrementa hasta el 25% a los 30 años (sobre todo, cáncer de mama y tiroides). Asimismo, es la neoplasia con mayor incidencia de cardiotoxicidad derivada de la terapia. Se trata de una población con una tasa de mortalidad estandarizada en los supervivientes, 12 veces superior a la de la población general (entre las más altas en Oncología pediátrica), así como con una mayor incidencia de condiciones crónicas de salud(15-17).

Tratamiento y pronóstico del linfoma no-Hodgkin

El tratamiento consiste en la poliquimioterapia intensiva. Requiere administrarse en centros oncológicos especializados que cuenten con unidades de cuidados intensivos, por las toxicidades muy frecuentes que conllevan.

Linfoma Burkitt: se utilizan protocolos derivados de los grupos francés y alemán (FAB-LMB y BFM)(18), con regímenes que contienen: ciclofosfamida, citarabina, metotrexato, vincristina, doxorrubicina, etopósido y corticoides.

El tratamiento tiene una duración de entre 2 y 6 meses según el grupo de riesgo (Fig. 4), que depende de la estadificación, la elevación de la LDH y la respuesta al tratamiento.

Figura 4. Esquema-resumen del tratamiento del linfoma de Burkitt en Pediatría. Se utilizan ciclos de quimioterapia intensiva, en un corto período de tiempo. El tratamiento incluye además terapia intratecal.

Cabe destacar que, en el grupo de alto riesgo, se administra, junto con la poliquimioterapia intensiva, rituximab (un anticuerpo quimérico monoclonal anti-CD20). Este tratamiento se basa en el protocolo internacional Inter-B-NHL ritux 2010, cuyos resultados han sido publicados recientemente(19).

Linfoma difuso de células B grandes: en Pediatría, se tratan con los mismos protocolos que para el LB, con resultados similares.

Linfoma linfoblástico: se utilizan esquemas de tratamiento muy similares a los de la leucemia linfoblástica aguda(18). Se utiliza la poliquimioterapia intensiva seguida de un tratamiento de mantenimiento prolongado, con una duración total de 2 años (Fig. 5).

Figura 5. Esquema-resumen (adaptado) del tratamiento del linfoma linfoblástico pediátrico.

La quimioterapia incluye: corticoides, vincristina, antraciclinas, ciclofosfamida, citarabina, asparraginasa y metotrexate, además de terapia intratecal (profilaxis/ tratamiento del SNC).

En el momento actual, el estándar de tratamiento del LL es dentro de un ensayo clínico fase III europeo (LBL 2018- EudraCT number: 2017-001691-39), donde se estratifica la intensidad del tratamiento según el fenotipo, la estadificación, la presencia o no de mutaciones en NOTCH1/FBXW7 y la afectación o no del SNC (Fig. 5).

Linfoma anaplásico de células grandes: se utiliza un esquema basado en el protocolo ALCL 99, derivado del grupo alemán BFM(18). Consiste en ciclos alternos (tres o seis según el grupo de riesgo) de quimioterapia, utilizando: dexametasona, metotrexato, ifosfamida/ciclofosfamida, etopósido, citarabina y doxorrubicina. No necesita tratamiento intratecal.

El grupo europeo de LNH está planificando un ensayo clínico internacional donde se incorpore, al tratamiento de primera línea, un inhibidor de ALK o vinblastina semanal.

Pronóstico y tratamiento de la recidiva del LNH

El pronóstico de los LNH ha mejorado de manera sustancial en los últimos 30 años. En la actualidad, la supervivencia global de los LNH es superior al 80% siendo >90% en los estadios I o II y del 80-90% para los estadios avanzados.

Sin embargo, el pronóstico de las recaídas en los LNH es generalmente infausto, con una curación global por debajo del 30%.

En cuanto a los efectos secundarios, la intensidad de los tratamientos se correlaciona con toxicidades agudas que pueden ser muy graves. Por otro lado, las toxicidades a largo plazo son escasas, pero incluyen: aumento de mortalidad asociada a segundas neoplasias y cardiomiopatía, además de aumento de morbilidad en forma de defectos neurocognitivos, peor calidad de vida y dificultades en las relaciones sociales, comparado con población sana(20).

• LB: en el LB, la SLE se encuentra en un 80-90%. Las recaídas son precoces (en los primeros 15 meses) y tienen muy mal pronóstico, con supervivencias globales por debajo del 25%, a pesar de regímenes intensivos de quimioterapia seguidos de trasplante de progenitores hematopoyéticos autólogo. Se está estudiando la terapia con células CAR-T en los linfomas B de alto grado en recaída/ refractarios, dentro de ensayos clínicos y del anticuerpo monoclonal anti CD-22 inotuzumab.

• LDCBG: las recaídas pueden ser más tardías, hasta 3 años desde el diagnóstico, y se tratan de manera similar a las recaídas del LB.

• LL: la supervivencia alcanza el 75-85%, por lo que un 10-20% de pacientes son refractarios o recaen. Las recaídas suelen ser locales y la supervivencia inferior al 30%. El tratamiento de segunda línea incluye el trasplante de progenitores hematopoyéticos alógenico, si se consigue una segunda remisión completa. Nuevas terapias, como la nelarabina o la clofarabina, se han mostrado poco eficaces. Se está investigando, dentro de un ensayo clínico, el uso del daratumumab (anticuerpo monoclonal contra el CD-38) para las recaídas del subtipo de LL-T.

• LACG: la SLE se sitúa en el 65-75%. Sin embargo, a diferencia del resto de LNH, este subtipo tiene muy buena respuesta al tratamiento tras la recaída, obteniendo supervivencias globales por encima del 90% con el uso del trasplante de progenitores hematopoyéticos alógenico. Se están utilizando inhibidores de ALK para alcanzar la remisión previo al TPH. Otras posibles terapias para alcanzar la remisión incluyen vinblastina o brentuximab vedotin (un anticuerpo monoclonal anti-CD30).

Función del pediatra de Atención Primaria

Es muy importante el papel del pediatra de Atención Primaria para la detección precoz de los linfomas. El pediatra, a menudo, va a ser el que reciba la primera consulta y debe sospechar esta entidad para poder derivar al paciente a un centro especializado.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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21. Sánchez de Toledo Codina J, Sábado Álvarez C. Linfomas de Hodgkin y no Hodgkin. Pediatr Integral. 2016; XX(6): 390-400.

Bibliografía recomendada

- Swerdlow SH, Campo E, Pileri SA, Lee Harris N, Stein H, Siebert R, et al. The 2016 revision of the World Health Organization classification of lymphoid neoplasms. Blood. 2016; 127: 2375-90.

Clasificación de los linfomas actualizada. Interesante lectura que engloba las novedades histológicas, genéticas y moleculares.

- Bräuninger A, Schmitz R, Bechtel D, Renné C, Hansmann ML, Küppers R. Molecular biology of Hodgkin’s and Reed/Sternberg cells in Hodgkin’s lymphoma. International Journal of Cancer. 2006; 118: 1853-61.

Artículo en el que se expone claramente la biología en la oncogénesis del linfoma de Hodgkin, útil para comprender el desarrollo de las nuevas terapias que se emplean en esta entidad.

- Rosolen A, Perkins SL, Pinkerton CR, Guillerman RP, Sandlund JT, Patte C, et al. Revised international pediatric non-Hodgkin lymphoma staging system. Journal of Clinical Oncology. 2015; 33: 2112-8.

Se actualiza el sistema de estadificación de Murphy/ St Jude en uso desde 1980, para poder incorporar nuevas entidades, avances moleculares, inmunofenotípicos y citogenéticos, el seguimiento de la enfermedad mínima residual o diseminada, y nuevas técnicas de imagen.

- Lo AC, Dieckmann K, Pelz T, Gallop-Evans E, Engenhart-Cabillic R, Vordermark D, et al. Pediatric classical Hodgkin lymphoma. Pediatric Blood and Cancer; 2021. p. 68.

Artículo que expone, clara y concisamente, la perspectiva de los grupos estadounidense y europeo en la estadificación y el tratamiento del linfoma de Hodgkin.

- Oeffinger KC, Mertens AC, Sklar CA, Kawashima T, Hudson MM, Meadows AT, et al. Chronic Health Conditions in Adult Survivors of Childhood Cancer. New England Journal of Medicine. 2006; 355: 1572-82.

Artículo clásico que describe la morbimortalidad en una gran cohorte de supervivientes al cáncer pediátrico. Fundamental para comprender la implicación de este diagnóstico en la vida adulta.

- Minard-Colin V, Brugières L, Reiter A, Cairo MS, Gross TG, Woessmann W, et al. Non-Hodgkin lymphoma in children and adolescents: Progress through effective collaboration, current knowledge, and challenges ahead. Journal of Clinical Oncology. 2015; 33: 2963-74.

Artículo excelente, que resume el tratamiento de los LNH en Pediatría y el progreso que ha habido a lo largo del tiempo.

 

Caso clínico

 

Adolescente mujer de 15 años, que acude a urgencias por dolor centro-torácico de 4 días de evolución. Asocia disfagia, con sensación de ocupación en región esternal. Sin fiebre, sin pérdida de peso, ni sudoración nocturna.

A la exploración física, no se palpan adenopatías periféricas, se palpa bultoma en región supra-esternal y polo de bazo.

En Urgencias, se solicita analítica completa con marcadores de lisis tumoral, radiografía de tórax y ecografías abdominal y cervical:

Analítica: hemograma sin alteraciones significativas. Bioquímica con parámetros de lisis tumoral sin alteraciones. LDH: 400 UI/l. VSE: 25 mm/h.

Radiografía de tórax (Fig. 6): ensanchamiento mediastínico.

Figura 6. Radiografía de tórax al diagnóstico donde se observa una masa mediastínica.

Ecografía abdominal: nódulos corticales bilaterales compatibles con infiltración renal.

Ecografía cervical: masa mediastínica heterogénea multinodular, probablemente tímica, que se extiende desde horquilla esternal, desplazando lateralmente ambas confluencias yúgulo-subclavias, así como a la vena innominada. Todas ellas están disminuidas de calibre, aunque permeables.

Ante los hallazgos, se realiza una ecocardiografía, donde se objetiva una masa mediastínica anterior con compresión moderada de la vena cava superior y derrame pericárdico ligero. Ingresa a cargo de Hemato-Oncología por sospecha de linfoma.

Como estudio de extensión, se realiza PET/TC, donde se objetiva masa de gran tamaño en mediastino anterior, compatible con tejido tumoral viable, con extensión por contigüidad a la superficie pleural derecha (Fig. 7).

Figura 7. TC torácico de la paciente, donde se objetiva masa mediastínica con extensión por contigüidad a la superficie pleural derecha y derrame pleural asociado.

Ganglios laterocervicales derechos, en ambas fosas claviculares y en axila derecha, compatibles asimismo con tejido tumoral viable. Imágenes dudosas en ambos riñones.

La paciente presenta leve taquipnea, sin otra sintomatología. Precisa oxigenoterapia con gafas nasales a 2 lpm.

Previo a la realización de biopsia, se inicia tratamiento con prednisona a 60 mg/m2 ante el riesgo anestésico. Tras inicio de corticoide, la paciente presenta una LDH máxima de 542 UI/l y un ácido úrico de 8,2 mg/dl que precisa una dosis de rasburicasa.

Se recibe el diagnóstico anatomo-patológico compatible con linfoma linfoblástico T y se inicia tratamiento específico.

 

 

 

Leucemia aguda en Pediatría

P. Velasco Puyó*, L. Murillo Sanjuán**
Temas de FC


P. Velasco Puyó*, L. Murillo Sanjuán**

*Servicio de Oncología y Hematología pediátricas. Profesor Asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona. Vall d’Hebron Barcelona Hospital Campus. **Servicio de Oncología y Hematología pediátricas. Vall d’Hebron Barcelona Hospital Campus. Barcelona

 

Resumen

La leucemia aguda es el cáncer infantil más frecuente. La leucemia aguda linfoblástica es más frecuente y de mejor pronóstico que la mieloblástica, aunque ambas han alcanzado una elevada supervivencia, de un 90% y 70%, respectivamente. El diagnóstico de precisión, añadiendo técnicas moleculares a las ya conocidas de morfología, citogenética y citometría de flujo, permiten una mejor clasificación de la enfermedad, seguimiento de la respuesta al tratamiento y uso de terapias dirigidas. La inmunoterapia ha demostrado buena respuesta en pacientes en recaída y refractariedad.

 

Abstract

Acute leukemia is the most common childhood cancer. Acute lymphoblastic leukemia is more common and has a better prognosis than myeloblastic leukemia, although both entities have achieved high survival rates of 90% and 70%, respectively. Precision diagnosis, incorporating molecular techniques to those already known for morphology, cytogenetics and flow cytometry, allow a better classification of the disease, monitoring of the response to treatment and the use of targeted therapies. Immunotherapy has shown a good response in patients with relapse and refractory to treatmen.

 

Palabras clave: Leucemia linfoblástica aguda; Leucemia mieloide aguda; Niños.

Key words: Acute lymphoblastic leukemia; Acute myeloid leukemia; Children.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 296 – 307

 


Leucemia aguda en Pediatría

Introducción

La leucemia aguda es el resultado de la proliferación clonal de células inmaduras (blásticas) en la médula ósea. Estas células pierden su capacidad de diferenciación a células normales. Según la línea celular proliferante, se diferencian dos tipos básicos de leucemias agudas: mieloblástica (LAM) (línea mieloide, de la que en condiciones normales, derivan: glóbulos rojos, neutrófilos, monocitos, eosinófilos, basófilos y plaquetas) y linfoblástica (LAL) (línea linfoide, de la que derivan los linfocitos).

En ocasiones, la leucemia no tiene una diferenciación clara de un solo linaje, clasificándose como leucemia aguda de linaje ambiguo, suponiendo menos del 4% de todas las leucemias agudas. Pueden ser leucemias indiferenciadas (sin antígeno específico de linaje) o de fenotipo mixto (con expresión de antígenos de más de un linaje) en el mismo blasto (leucemia bifenotípica) o en distintos blastos del mismo paciente (leucemia bilineal). Suelen tener un mal pronóstico y se tratan generalmente con protocolos de leucemia linfoide aguda, a menos que la expresión de los marcadores o mutaciones más significativas sean mieloides, debiendo cambiar el tratamiento si el tipo de blasto predominante cambia durante el mismo.

Los primeros esquemas de tratamiento quimioterápico fueron diseñados para mejorar la supervivencia de la leucemia infantil, que era nula en los años 50. Como consecuencia de la estratificación de los pacientes en diferentes grupos de riesgo, la adaptación de la intensidad del tratamiento a cada grupo, los avances en el tratamiento de soporte, la introducción del trasplante de progenitores hematopoyéticos, la inmunoterapia y el tratamiento dirigido, en la actualidad se alcanzan tasas de supervivencia global a los 3 años cercanas al 90% en la LAL.

Epidemiología

La leucemia aguda linfoblástica es más frecuente y de mejor pronóstico que la leucemia mieloide aguda.

La leucemia aguda es el cáncer infantil más frecuente, diagnosticándose unos 300 nuevos casos al año en España, lo que supone el 27,9% de todos los tumores malignos pediátricos, según el registro español de tumores infantiles (RETI-SEHOP)(1). La LAL tiene un pico de incidencia entre 1 y 4 años de edad.

La LAL es más frecuente, supone el 80% de las leucemias agudas pediátricas y el 21,9% de las neoplasias malignas registradas en nuestro medio. La incidencia de LAL a nivel mundial es mayor en niños de etnia hispánica(2). La supervivencia a los 3 años del diagnóstico, ha aumentado de 66% en los años 80 a 91%, actualmente. Sin embargo, la supervivencia a la LAL disminuye con la edad, siendo de 65% en jóvenes adultos, 40% en adultos y 15% en ancianos.

En el caso de la LAM, la incidencia aproximada es de 7 casos por millón de niños anualmente, suponiendo aproximadamente el 20% de los casos de la leucemia aguda(3) y, aunque su pronóstico ha mejorado en las últimas décadas, su supervivencia global se encuentra en torno al 70-80% de los pacientes(1).

El esfuerzo en la colaboración de diferentes grupos cooperativos internacionales, está permitiendo un enfoque de manejo más homogéneo, intentando disminuir la toxicidad a corto y largo plazo, con tratamientos más dirigidos y personalizados.

Fisiopatología

Las alteraciones genéticas que llevan a la leucemia son resultados de alteraciones genéticas primarias que, en algunos casos, pueden tener una predisposición germinal.

La leucemia se origina en un precursor hematopoyético que, tras adquirir alteraciones en genes implicados en los procesos de diferenciación, maduración y/o regulación de la apoptosis, se transforma en una célula maligna inmadura.

En algunos casos, se ha evidenciado una predisposición genética a la leucemia aguda, como en el síndrome de Down (con más riesgo de LAM y LAL B con reordenamiento CRLF2), mutaciones en genes supresores de tumores (Li-Fraumeni), síndromes de fallo medular congénito (anemia de Fanconi, síndrome de Shwachman-Diamond, anemia de Blackfan-Diamond o disqueratosis congénita) e inmunodeficiencias (Wiskott-Aldrich, Agammglobulinemia de Bruton).

La predisposición familiar es rara pero, en estos casos, se han identificado variantes genéticas que predisponen a la leucemia y que también se observan en casos esporádicos (sin predisposición familiar) de leucemia, como las mutaciones en TP53 germinal en el síndrome de Li Fraumeni, que conlleva alto riesgo familiar de desarrollar distintos tumores, y que también se encuentra con frecuencia como mutación somática (en los blastos) en los casos de LAL con baja hipodiploidía. Ejemplos similares de mutaciones o variantes germinales son: los genes de ETV6, PAX5 y IKZF1 en el caso de la LAL; deficiencia del GATA2 en la LAM; así como diversos polimorfimos que predisponen a la LAL con menor penetrancia (ARID5B, BAK1, CDKN2A/CDKN2B,BMI1-PIP4K2A, CEBPE, ELK3, ERG, GATA3, IGF2BP1,IKZF1, IKZF3, USP7, LHPP)(4).

Algunos de los reordenamientos frecuentes en LAL pueden detectarse al nacimiento, demostrando un posible origen prenatal de la leucemia, como en algunos casos de reordenamientos KMT2A y ETV6-RUNX1 y, anecdóticamente, en algunos casos de hiperdiploidia o reordenamiento de ZNF384.

El papel de las células madre en el desarrollo y resistencia de la LAL al tratamiento, se ha estudiado en los últimos años. A raíz de su capacidad de quiescencia y capacidad de desarrollar tumores en ratones inmunodeprimidos, se les ha denominado células iniciadoras de tumores (LICs). Probablemente, el tratamiento de mantenimiento prolongado y la capacitación del propio sistema inmune a controlar la proliferación tumoral son determinantes para evitar las recaídas a partir de las LICs.

Además de la influencia genética, hay otros factores, como los ambientales o las infecciones virales. Se ha observado que la incidencia de LAL infantil ha aumentado con la industrialización de los países, lo que probablemente sea consecuencia de la exposición a diferentes agentes químicos o radiación, aunque el grado de contribución al desarrollo de LAL es controvertido. El hecho de que el pico de incidencia de LAL se sitúe entre los 1 y 4 años, la época en la que madura el sistema inmune, ha generado la hipótesis de que algunos casos de LAL podrían ser consecuencia de una respuesta inmune aberrante a infecciones comunes. Además, algunos virus se han relacionado con el desarrollo de determinados cánceres, como es el caso de la infección por el virus de Epstein-Barr (VEB) en casos de linfoma de Burkitt y LAL B madura. Recientemente, algunos autores han relacionado una menor incidencia de LAL con la menor exposición a virus, derivada del confinamiento por la pandemia de SARS-CoV-2, aunque son necesarios más estudios para confirmar esta asociación(5).

Los propios tratamientos de quimioterapia o radioterapia pueden ser la causa de leucemia, siendo la LAM el tipo de neoplasia secundaria más frecuente en pacientes pediátricos tratados con estas terapias.

Clínica

Las citopenias y las organomegalias no asociadas a infecciones, deben de hacer sospechar un proceso linfoproliferativo.

La clínica de la LAL suele ser aguda, presentando un 60% de los casos hepatoesplenomegalia y adenopatías, consecuencia de la infiltración blástica en órganos hematopoyéticos extramedulares, que también se puede observar en tejidos blandos (testes, orbita, piel, etc.), así como anemia, sangrado y/o fiebre, consecuencia de las citopenias resultantes de la ocupación de blastos en la médula ósea(6).

En el caso de la LAM, los síntomas también pueden ser inespecíficos al debut, aunque es importante destacar que, alrededor de un 30% de pacientes, pueden tener afectación extramedular, siendo la piel/tejido celular subcutáneo, el sistema nervioso central (SNC) y el hueso, los órganos más habitualmente afectados. También puede ser habitual la presencia de sarcomas granulocíticos o sarcomas mieloides, que son masas tumorales mieloides que aparecen en huesos con gran actividad hematopoyética y poco periostio, como es el caso de los huesos periorbitarios y de la base del cráneo, aunque también pueden aparecer en: tejido cutáneo, riñones, testes, etc. A veces, los sarcomas granulocíticos pueden aparecer como única manifestación de la enfermedad (2-4% de las LAM).

El debut de una leucemia aguda puede presentarse con complicaciones que precisan de un tratamiento urgente por el riesgo vital que conllevan, como:

• Síndrome de lisis tumoral espontánea, más frecuente en pacientes con LAL y alta carga tumoral e infiltración extramedular, que llevan a elevación de urato, potasio y fósforo.

• Hiperleucocitosis (> 100.000 leucocitos/mcL), más frecuente en la LAM que en la LAL y, dentro de esta última, más habitual en adolescentes y LAL T. Puede llevar a una clínica de leucostasis por acúmulo de los blastos en los vasos de pequeño calibre del SNC y/o del pulmón, dando lugar a síntomas neurológicos, como confusión, cefalea o coma, o manifestaciones pulmonares, como dificultad respiratoria, edema pulmonar o hemorragia pulmonar.

• Obstrucción aérea por adenopatías o ensanchamiento mediastínico (más frecuente en las LAL) (Fig. 1).

Figura 1. Radiografía de tórax antero posterior de un niño de 5 años al debut de una LAL T. Destaca la ocupación del mediastino anterior por una gran masa bilateral.

• Obstrucción de la vena cava superior por masa mediastínica, que lleva a edema y congestión facial, dificultad respiratoria y clínica neurológica.

• La infiltración blástica del sistema nervioso central, ocurre en menos del 5% de los pacientes.

• La hemorragia o la trombosis también pueden ser manifestaciones al debut, más habituales en el caso de la LAM. Pueden ocurrir incluso fenómenos de coagulación intravascular diseminada en el 5% de pacientes, especialmente en la leucemia promielocítica aguda (subtipo M3 de la clasificación franco-americano-británica o FAB), como consecuencia de la liberación de factores procoagulantes por parte de los blastos, lo que determina una auténtica emergencia médica.

Diagnóstico diferencial

La clínica de dolor osteoarticular con la que se presentan un 23% de los pacientes, puede llevar al diagnóstico erróneo de enfermedad reumatológica.

Las adenopatías y organomegalias pueden confundirse con infecciones víricas, como la mononucleosis (VEB).

Las citopenias que se encuentran habitualmente al debut de la leucemia aguda, pueden orientar el diagnóstico a enfermedades autoinmunes más frecuentes a esta edad, como la trombocitopenia inmune primaria (PTI); pero en casos de PTI, no es frecuente encontrar otras citopenias u organomegalias en la exploración. La extensión de sangre periférica y la evaluación de los parámetros de lisis tumoral pueden ayudar a orientar el caso. Si existen dudas de que el paciente tenga una leucemia, siempre se deberá descartar a través de un aspirado de médula ósea (AMO).

Los pacientes con leucemia aguda pueden presentarse con pancitopenia al debut (más frecuente en algunos subtipos de LAM, como la leucemia aguda promielocítica y la leucemia aguda megacarioblástica), lo que puede llevar a un diagnóstico erróneo de aplasia o fallo medular. En estos casos, el aspirado y/o biopsia medular confirmará el diagnóstico definitivo entre estas entidades y otras que pueden tener la misma presentación, como son: los síndromes mieloproliferativos con mielofibrosis, la infiltración medular de tumores sólidos (neuroblastoma, linfoma, sarcoma de Ewing, osteosarcoma y rabdomiosarcoma), la linfohistiocitosis hemofagocítica y la aplasia postinfecciosa por VH6 o parvovirus, entre otros.

La proliferación extramedular, en forma de ensanchamiento mediastínico, organomegalias o adenopatías masivas, son signos habituales de los linfomas B y T no Hodgkin, pero pueden darse también en el caso de la LAL. Es necesaria la realización de un AMO, que mostrará más de un 25% de linfoblastos en el caso de las LAL. La afectación extramedular puede plantear problemas de diagnóstico con: timoma, teratoma, linfoma, neuroblastoma, malformaciones o causas infecciosas en caso de masas mediastínicas y linfoma, tumor ovárico, tumor hepático, rabdomiosarcoma, tumor de Wilms y neuroblastoma en el caso de masas abdominales.

Diagnóstico

El diagnóstico de la leucemia aguda se basa en el estudio de la médula ósea mediante citomorfología, citometría de flujo y estudios citogenéticos y moleculares.

Para realizar el diagnóstico de leucemia aguda, es necesario demostrar la existencia de más de un 25% de blastos por citología en el AMO (Fig. 2).

Figura 2. Frotis de médula ósea de una paciente con leucemia aguda linfoblástica (May-Grünwald-Giemsa), donde destaca: alta relación núcleo-citoplasmática, escaso citoplasma, núcleos de cromatina laxa, algunos de ellos con indentaciones y con nucléolos prominentes.

Los pilares diagnósticos de la leucemia aguda a partir de las muestras de AMO son:

• La citología, revisaremos por microscopía óptica la extensión de sangre periférica y de aspirado medular con tinción de May-Grünwald Giemsa, con el fin de identificar blastos de características de LAL L1 o L2 según la clasificación FAB (Franco-Americana-Británica), linfoblastos tipo Burkitt y mieloblastos. Si hay dudas en el diagnóstico de la estirpe mieloide de los blastos, se puede hacer la tinción de mieloperoxidasa característica del linaje de LAM.

• El inmunofenotipo por citometría de flujo, es la prueba gold estándar para la clasificación del linaje de la LAL. A través de las características de dispersión de la luz, según su tamaño y granulación, y a la fluorescencia que emiten las células gracias a la utilización de anticuerpos unidos a los antígenos propios, esta técnica sirve para la clasificación y caracterización de la enfermedad (Tabla I)(7).

La caracterización inicial de la leucemia permite el seguimiento de la respuesta al tratamiento, tras alcanzar la remisión completa evaluando lo que conocemos como enfermedad mínima residual (EMR).

• La citogenética con la realización del cariotipo de los blastos, la hibridación in situ fluorescente (FISH), y el estudio molecular por RT-PCR y técnicas de secuenciación masiva (NGS), permiten detectar alteraciones genéticas primarias y secundarias específicas, con valor pronóstico y terapéutico.

Será necesaria la realización de una punción lumbar diagnóstica para poder establecer la afectación del SNC. En el caso de la LAM, dado el alto riesgo de sangrado que presentan estos pacientes al diagnóstico, la mayoría de los grupos recomiendan posponer este estudio hasta que el riesgo de hemorragia haya pasado.

Con todos estos estudios al debut, no solo confirmaremos el diagnóstico de leucemia aguda, sino que definiremos el riesgo de la enfermedad y con ello la intensidad del tratamiento, así como posibles dianas terapéuticas en caso de refractariedad.

Leucemia aguda linfoblástica

Los subgrupos de LAL se clasifican según criterios de la OMS en: LAL B (85%), LAL T (15%), y con muy escasa incidencia, LAL NK. La clasificación de la OMS define las translocaciones recurrentes de la LAL B, pero fuera de estos grupos hay un 30% de LAL B (que suponen un 50% de las recaídas) que clasificamos gracias a estudios de NGS como B others, siendo la mayor parte de mal pronóstico, especialmente las Philadelphia (Ph) like, que suponen un 50% de las B others y un 15% de las LAL pediátricas. Tienen un perfil genético similar a las LAL philadelphia positivo, pero sin reordenamiento BCR/ABL.

En la tabla II, resumimos las alteraciones genéticas, características y posibles dianas terapéuticas potenciales de las leucemias pediátricas(4,8-10).

 

Factores pronósticos y estratificación del riesgo

La presentación al diagnóstico y la respuesta al tratamiento, marcan el riesgo de la enfermedad.

Los factores de riesgo que permitirán la clasificación de los pacientes en grupos de riesgo y la intensidad del tratamiento a administrar, se detallan en la tabla III.

La respuesta al tratamiento, se basa en el seguimiento de la EMR, que se realiza principalmente por técnicas de citometría de flujo, así como por técnicas moleculares en determinados protocolos y subtipos de leucemia (Tabla IV).

 

La cinética de la EMR emerge como uno de los factores pronósticos más potentes, demostrándose en los últimos análisis del grupo COG (Children’s Oncology Group), que valores de EMR <0,01% al final de la inducción, se relacionan con una supervivencia libre de enfermedad un 17% mayor(11). Los tiempos de evaluación y niveles de EMR exigidos en los futuros protocolos, se diferenciarán según el subtipo de LAL.

Tratamiento

El tratamiento de la LAL se basa en la poliquimioterapia durante 2 años. La inmunoterapia y el tratamiento diana han demostrado su efecto en pacientes en recaída o refractariedad.

El tratamiento de LAL en primera línea en nuestro país actualmente sigue la guía de recomendación terapéutica LAL/SEHOP-PETHEMA 2013, tiene una duración de 2 años en la mayoría de los casos, y comprende 3 fases:

• Inducción: con la combinación de prednisona, vincristina, daunorrubicina y asparaginasa, en la primera fase, y mercaptopurina, ciclofosfamida y citarabina, en la segunda fase de la inducción, se busca inducir a la remisión completa de la enfermedad. Para tratar o prevenir la enfermedad en SNC, se realizarán punciones lumbares con instilación de quimioterapia intratecal (IT), lo que ha conseguido resultados similares a la radioterapia con menor toxicidad.

Consolidación: con la administración de metotrexate a altas dosis, mercaptopurina e IT, se consigue consolidar la respuesta, especialmente en tejidos extrahematopoyéticos, como el SNC.

• Reinducción: se repite un esquema similar a la inducción, con dexametasona en lugar de prednisona, para disminuir el riesgo de recaída.

• Mantenimiento: tras 6-10 meses de poliquimioterapia con los ciclos anteriores (en función del grupo de riesgo del paciente, la duración y la intensidad es mayor), los pacientes comienzan un tratamiento con quimioterapia de baja intensidad hasta completar 2 años de tratamiento. El tratamiento diario con mercaptopurina oral y metotrexate oral semanal, junto a un periodo inicial en el que se añaden IT y asparaginasa, según el grupo de riesgo, ha demostrado tener un gran impacto en la incidencia de la recaída, aumentando esta en 2,7 veces en casos en los que la adherencia sea menor de un 95%.

La monitorización de la actividad de la asparaginasa durante el tratamiento, permite detectar inactivaciones silentes de la misma, lo que tiene un gran impacto en la respuesta al tratamiento.

En el caso de pacientes con LAL y síndrome de Down, es necesario adaptar la intensidad del tratamiento a la elevada toxicidad del mismo en estos pacientes.

En el caso de lactantes con LAL menores de 1 año de vida, se tratan según el protocolo Interfant-06, que incluye fármacos dirigidos a LAM por la inmadurez propia de los blastos leucémicos de esta enfermedad con características de diferenciación linfoide y mieloide. Pese a ello, el pronóstico en estos pacientes continúa siendo malo, con una supervivencia libre de enfermedad a los 6 años del 46%.

En el caso de pacientes con LAL T, la supervivencia suele ser un 5-10% menor que en LAL B(9). Actualmente, siguen el mismo protocolo, aunque probablemente, en los próximos ensayos se beneficiaran de tiempos de evaluación distintos y de la incorporación de nuevos fármacos, como la nelarabina.

A los pacientes en los que no se consiga una correcta respuesta al tratamiento, se les someterá a un trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) previo tratamiento de acondicionamiento. La estandarización de la selección del donante, el acondicionamiento, el tratamiento de soporte y la profilaxis de la enfermedad injerto contra huésped han mejorado mucho los resultados del trasplante(12).

Con los esquemas actuales de tratamiento, en torno a un 15% de pacientes pediátricos con leucemia aguda linfoblástica sufren una recaída y, tras la recaída, las posibilidades de curación se reducen a menos del 50%.

Con el fin de mejorar estas cifras, se incorporarán en los próximos protocolos de tratamiento de LAL en primera línea y en recaída, las moléculas diana y la inmunoterapia, que actualmente están demostrando mayor eficacia (y, en muchos casos, menor toxicidad) en ensayos clínicos, siendo los más relevantes:

• Distintas generaciones de inhibidores de tirosina quinasa junto a la quimioterapia de base en pacientes con LAL Philadelphia positivo.

• ABL1 inhibidores como dasatinib y JAK inhibidores como ruxolitinib para pacientes con LAL Ph like.

Inhibidores de BCL-2 como venetoclax en LAL de alto riesgo como: LAL ETP, reordenamientos de KMT2a, TCF3-HLF o hipodiploidía.

• Blinatumomab es un anticuerpo biespecifico que, al unirse al CD3 de los linfocitos T y a los CD19 de los blastos, activa la destrucción de los mismos por los linfocitos T activados. La sustitución de parte de la quimioterapia previa al TPH, en casos de LAL B en recaída, por blinatumomab, ha demostrado conseguir un 26% más de supervivencia y menor toxicidad(13).

• Inotuzumab-ozogamicina es un anticuerpo monoclonal que se une al CD22 de los linfoblastos, que ha demostrado también buenos resultados, al incorporarse en tratamientos de LAL B en recaída o refractariedad (85% de respuesta completa en pacientes pediátricos con esta indicación), como tratamiento puente al trasplante(14).

• La terapia de células T con receptores quiméricos de antígenos (CAR-T) modifica los linfocitos T del paciente, añadiéndole un receptor sintético que les permite reconocer a los linfoblástos. Su administración en pacientes pediátricos con LAL B en segunda recaída o refractariedad, ha conseguido mejorar los resultados de supervivencia en esta población, alcanzando una supervivencia a los 2 años de 66%, con buenos resultados también en enfermedad extramedular. Actualmente, el ensayo clínico AALL1721/Cassiopeia está investigando la terapia CAR-T en primera línea de tratamiento para LAL B de muy alto riesgo con EMR persistente, tras la inducción(15).

• El daratumumab (anticuerpo monoclonal anti CD 38), dasatinib, venetoclax y los inhibidores de proteosomas, son algunos de los tratamientos que se están evaluando en pacientes con LAL T en recaída o refractariedad. También, se están abriendo ensayos clínicos para evaluar constructos CAR-T contra LAL T.

Con la inclusión de los nuevos tratamientos, se espera no solo mejorar la supervivencia, sino también reducir los efectos tóxicos a largo plazo de la quimioterapia, que son principalmente: osteonecrosis (incidencia de 6%), osteoporosis (10-30%), obesidad, hipogonadismo, oligozoospermia, cardiopatía por antraciclinicos y segundas neoplasias (1-2%).

Leucemia mieloblástica aguda

Factores pronósticos y estratificación del riesgo

La estratificación del riesgo en los pacientes pediátricos con LAM, se basa principalmente en características citogenéticas y moleculares de la enfermedad, así como en la respuesta obtenida tras el tratamiento de inducción.

Citogenética y genética molecular

La tabla II recoge las principales alteraciones genéticas observadas en la LAM pediátrica, su frecuencia y su pronóstico, según la mayoría de grupos cooperativos.

Respuesta al tratamiento

La respuesta al primer ciclo de tratamiento, junto con las características citogenéticas y moleculares, constituyen los marcadores pronósticos principales.

La enfermedad mínima residual (EMR) mediante citometría de flujo multidimensional tras la quimioterapia de inducción, es un factor pronóstico y predice el riesgo de recaída(16,17). Existen otros métodos para la medida de la EMR, como el análisis de reacción en cadena de la polimerasa (PCR por sus siglas en inglés), basada en ARN de los transcritos específicos de la leucemia, y la evaluación genómica del aclaramiento de la mutación, aunque estos últimos están siendo estandarizados en Europa.

Los pacientes con EMR negativa tras un ciclo de inducción, tuvieron una EFS y OS del 65 y 77%, respectivamente, comparado con el 22 y 51% en aquellos que tuvieron EMR positiva(18). Además, la EMR al inicio de la consolidación, parece ser el predictor más fuerte de supervivencia.

En la tabla V, se pueden observar los resultados de los principales grupos cooperativos a nivel internacional.

Tratamiento

El tratamiento de los pacientes pediátricos con LAM debería realizarse en el marco de ensayos clínicos randomizados. Este tratamiento se fundamenta en, al menos, 4-5 ciclos de quimioterapia intensiva basada en antraciclinas y citarabina.

Inducción

Todos los esquemas incluyen uno o dos ciclos de inducción. El régimen estándar de tratamiento de inducción incluye lo que se denomina “3 + 7” o “3 + 10” (3 días de un antraciclínico: daunorrubicina, idarrubicina o mitoxantrona; y 7-10 días de citarabina), con lo que se consiguen tasas de remisión >85%.

Varios estudios de los diferentes grupos cooperativos han tratado de determinar el tipo de antraciclina óptimo durante la inducción, la intensificación en las dosis de citarabina o la incorporación de otros agentes, como el etopósido, con resultados bastante similares en cuanto a supervivencia general entre las distintas ramas de tratamiento(17). La dosis acumulada de antraciclinas debe tenerse en consideración por el riesgo de cardiotoxicidad aguda y a largo plazo.

Consolidación

No está claro el número de ciclos necesario durante la consolidación, pero la mayoría de grupos administran entre 2 y 3 ciclos de consolidación. Estos ciclos consisten en combinaciones de citarabina a altas dosis con otros agentes.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH)

El papel del TPH alogénico, como tratamiento de consolidación tras la adquisición de la 1ª remisión completa, es controvertido. Aunque varios estudios aportan evidencia sobre su eficacia anti-leucemia, se debe sopesar el beneficio con la mortalidad relacionada con el procedimiento y el beneficio sobre la supervivencia general. El beneficio del TPH alogénico parece mayor en los pacientes pediátricos con LAM de alto riesgo por sus características citogenéticas/moleculares y en aquellos que tienen EMR positiva tras la inducción(3), así como hay consenso en ofrecer el TPH a los pacientes pediátricos con LAM en 2ª remisión completa.

Profilaxis y tratamiento dirigido al SNC

La terapia dirigida al SNC se administra a todos los pacientes pediátricos con LAM, incluyendo aquellos sin afectación de SNC al debut, ya que la terapia sistémica tiene una eficacia limitada para erradicar los blastos ocultos en el compartimento del SNC. Se utiliza quimioterapia intratecal con un fármaco (citarabina o metotrexate) o triple terapia (citarabina, metotrexate e hidrocortisona) en función de los diferentes protocolos.

Nuevos agentes

Los efectos secundarios y la toxicidad de la quimioterapia son una preocupación importante en el tratamiento de la LAM pediátrica. Nuevos fármacos se están desarrollando en el marco de ensayos clínicos, enfocados a dianas moleculares.

Un agente se ha incorporado en primera línea en algunos ensayos fase 3: el gemtuzumab-ozogamicina, un anticuerpo monoclonal conjugado humanizado anti-CD33 expresado en la mayoría de casos de LAM pediátrica(19), así como otros, como los inhibidores de tirosín kinasa (sorafenib, midostaurin, gilteritinib) en los casos de mutaciones de FLT3, se están estudiando en ensayos clínicos de fases precoces.

Tratamiento de soporte

El tratamiento de soporte en estos pacientes ha contribuido, en gran medida, a mejorar la supervivencia en la última década.

Debido a la quimioterapia intensiva en el tratamiento de la LAM, es esperable el desarrollo de una aplasia profunda y prolongada (<500 neutrófilos/mcL durante >7 días). Es por ello, que estos pacientes se encuentran particularmente en riesgo de desarrollo de bacteriemias, principalmente por bacterias Gram-negativas y estreptococos del grupo viridans, así como infecciones fúngicas invasivas(20). El uso de tratamiento antibiótico profiláctico es controvertido por el riesgo de resistencias bacterianas, sin embargo, la profilaxis antifúngica está recomendada, así como la profilaxis frente al Pneumocystis jirovecii con cotrimoxazol. El uso profiláctico de G-CSF (factor estimulante de colonias de granulocitos) no está recomendado, ya que no ha demostrado influir en la supervivencia general.

Subgrupos especiales

Aunque el tratamiento de subgrupos especiales de LAM pediátrica no es el objeto de esta revisión, cabe destacar que existen protocolos específicos para algunos determinados subtipos de LAM.

Tal es el caso de la leucemia promielocítica aguda (LPA), que se caracteriza por reordenamientos de 17q21, involucrando al gen RARA. La incorporación al tratamiento del ácido transretinoico (ATRA) y el trióxido de arsénico (ATO) ha modificado sustancialmente el pronóstico y el tratamiento de estos pacientes.

Asimismo, los niños/as con LAM asociada a síndrome de Down, principalmente por mutaciones en GATA1, tienen un pronóstico muy favorable con esquemas de quimioterapia de intensidad reducida, alcanzando supervivencias > 80%.

Atención integral

El trabajo interdisciplinar de enfermería, auxiliares, celadores y profesionales de los servicios de: Cirugía oncológica, Anestesiología, Infectología, Medicina preventiva, Cuidados intensivos, Urgencias, Radiodiagnóstico, Diagnóstico integrado, Banco de sangre, Farmacología, Radioterapia y distintas especialidades pediátricas, es una pieza clave en la mejoría de la supervivencia de los pacientes.

En el tratamiento de la leucemia, es fundamental una atención integral del paciente que cuide también del bienestar emocional, educativo y económico del paciente y su familia. Para ello, el papel de: psicooncólogos, trabajadores sociales, voluntarios, educadores sociales y asociaciones de pacientes, es fundamental y es necesario potenciarlos y empoderarlos.

Para el cuidado continuado de los pacientes, es necesario mantener una comunicación fluida con su pediatra de Atención Primaria de referencia, que será el referente de proximidad del paciente durante el mantenimiento y tras finalizar el tratamiento.

Si durante el tratamiento el paciente presenta fiebre, sangrado o signos de anemia, deberá derivarse inmediatamente al centro de referencia para evaluar un tratamiento urgente.

En el seguimiento a largo plazo de los pacientes es necesaria la creación de unidades de largo seguimiento que evalúen junto al pediatra de atención primaria la presencia de las toxicidades a largo plazo y la reaparición de los síntomas de leucemia, con una anamnesis que evalúe su desarrollo físico, social y emocional, y una exploración minuciosa, incluyendo palpación de adenopatías, hígado, bazo y testículos.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Pardo Romaguera E, Muñoz López A, Valero Poveda S, Porta Cebolla S, Cañete Nieto A, Barreda Reines MS, et al. Cáncer infantil en España. Estadísticas 1980-2019. Registro Español de Tumores Infantiles (RETI-SEHOP). Valencia Univ València. 2020 Edición preliminar.

2.*** Pizzo PA, Poplack DG, Adamson PC, Blaney SM, Helman L. Principles and Practice of Pediatric Oncology. 5th ed. Wolters Kluwer; 2016. p. 463-97.

3.*** Zwaan CM, Kolb EA, Reinhardt D, Abrahamsson J, Adachi S, Aplenc R, et al. Collaborative efforts driving progress in pediatric acute myeloid leukemia. J Clin Oncol. 2015; 33: 2949-62.

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5.** Schmiegelow K. Have COVID-19 affected ALL epidemiology? Acta Paediatr Oslo Nor 1992. 2021; 110: 387-8.

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13.*** Locatelli F, Zugmaier G, Rizzari C, Morris JD, Gruhn B, Klingebiel T, et al. Effect of Blinatumomab vs Chemotherapy on Event-Free Survival Among Children With High-risk First-Relapse B-Cell Acute Lymphoblastic Leukemia: A Randomized Clinical Trial. JAMA. 2021; 325: 843-54.

14.*** Brivio E, Locatelli F, López-Yurda M, Malone A, Díaz de Heredia C, Bielorai B, et al. A Phase I study of inotuzumab ozogamicin in pediatric relapsed/refractory acute lymphoblastic leukemia (ITCC-059 study). Blood. 2021; 137: 1582-90.

15.** Diorio C, Maude SL. CAR T cells vs allogeneic HSCT for poor-risk ALL. Hematology Am Soc Hematol Educ Program. 2020; 2020: 501-7.

16.** Loken MR, Alonzo TA, Pardo L, Gerbing RB, Raimondi SC, Hirsch BA, et al. Residual disease detected by multidimensional flow cytometry signifies high relapse risk in patients with de novo acute myeloid leukemia: A report from Children’s Oncology Group. Blood. 2012; 120: 1581-8.

17.** Creutzig U, Van Den Heuvel-Eibrink MM, Gibson B, Dworzak MN, Adachi S, De Bont E, et al. Diagnosis and management of acute myeloid leukemia in children and adolescents: Recommendations from an international expert panel. Blood. 2012; 120: 3167-205.

18.** Tierens A, Bjørklund E, Siitonen S, Marquart HV, Wulff-Juergensen G, Pelliniemi TT, et al. Residual disease detected by flow cytometry is an independent predictor of survival in childhood acute myeloid leukaemia; results of the NOPHO-AML 2004 study. Br J Haematol. 2016; 174: 600-9.

19.** Moore AS, Kearns PR, Knapper S, Pearson ADJ, Zwaan CM. Novel therapies for children with acute myeloid leukaemia. Leukemia. 2013; 27: 1451-60.

20.** Rubnitz JE. Current Management of Childhood Acute Myeloid Leukemia. Pediatr Drugs. 2017; 19: 1-10.

Bibliografía recomendada

- Swerdlow SH, Campo E, Harris NL, Jaffe ES, Pileri SA, Stein H, et al. WHO Classification of Tumours of Haematopoietic and Lymphoid Tissues. Revised 4th edition. International Agency for Research on Cancer. 2017.

La clasificación de los tumores hematopoyéticos de la OMS es “la biblia” que clínicos y citólogos tienen siempre cerca, porque la clasificación es el lenguaje de la medicina a partir del cual las enfermedades son estudiadas y tratadas.

- Pizzo PA, Poplack DG, Adamson PC, Blaney SM, Helman L. Principles and Practice of Pediatric Oncology. 5th ed. Wolters Kluwer; 2016. p. 463-97.

Este libro desde su primera edición, en 1989, establece las bases de la Oncología pediátrica.

- Inaba H, Mullighan CG. Pediatric acute lymphoblastic leukemia. Haematologica. 2020; 105: 2524-39.

Los 2 referentes mundiales, desde el punto de vista clínico y biológico, en la leucemia aguda linfoblástica, se juntan para ofrecernos una foto actual del “state of the art” de la misma. Cualquier lectura de ambos autores es recomendable para estar actualizado en las últimas novedades de la leucemia aguda pediátrica.

- Mukherjee S. El emperador de todos los males: Una biografía del cáncer (Spanish Edition). Penguin Random House Grupo Editorial España. 2014.

En este libro, el autor nos guía con una narrativa excelente por el viaje al pasado del cáncer, lo que nos servirá para entender mejor los actuales tratamientos y asimilar la necesaria evolución en el tratamiento de la leucemia.

 

Caso clínico

 

Anamnesis

Varón de 3 años que acude a su pediatra por fiebre de 5 días de evolución y hematomas en extremidades inferiores y tronco.

Se encuentra más cansado y, con frecuencia, le duelen las piernas desde hace 2 semanas.

Ambiente epidemiológico negativo, no hay casos similares en el domicilio ni en la escuela. No ha tenido viajes recientes.

No tiene antecedentes personales ni familiares de interés. Tiene 2 hermanas de 6 y 10 años, sanas.

Exploración física

Triángulo de evaluación pediátrica: estable. Frecuencia cardiaca: 150 lpm; tensión arterial: 100/60 mmHg; satHbO2: 99%. Activo y reactivo, normohidratado, pálido, con petequias generalizadas y hematomas en fase purpúrica en extremidades inferiores y tronco. Adenopatías laterocervicales y supraclaviculares, destaca una adenopatía dura de 3 cm a nivel laterocervical derecho. Auscultación cardiorrespiratoria dentro de la normalidad, salvo taquicardia. Abdomen blando y depresible, con hepatomegalia de 2 cm y esplenomegalia de 4 cm.

Pruebas complementarias

Analítica general: Hb 7 g/dl; VCM: 100fl; leucocitos: 2.500/mcl; neutrófilos: 200/mcl; 1.500 linfocitos/mcl; 800 monocitos/mcl; 5.000 plaquetas/mcl. Bioquímica: normal salvo urato de 7 mg/dl; potasio de 6 mmol/L y LDH 700 UI/L. PCR urgente de SARS-CoV-2 negativa.

 

 

 

Bases genéticas y moleculares del cáncer infantil

A. Escudero López
Temas de FC


A. Escudero López

Instituto de Genética Médica y Molecular (INGEMM). Hospital Universitario La Paz

Resumen

El cáncer infantil abarca un conjunto de enfermedades muy heterogéneas que aparecen tras la acumulación de una serie de cambios genéticos en una o varias células, conocidas como mutaciones somáticas. La aparición de estas alteraciones genéticas, en la mayoría de los casos, es desconocida. Sin embargo, existe hasta un 10% de pacientes pediátricos que presentan adicionalmente a las mutaciones somáticas, otro tipo de alteraciones genéticas que afectan a todas las células del organismo conocidas como mutaciones germinales. Dichas mutaciones en línea germinal, van a aumentar el riesgo a desarrollar un tumor y su presencia confirma el diagnóstico de síndrome de predisposición a cáncer (SPC). La identificación de las mutaciones germinales es importante para el diagnóstico precoz de segundas neoplasias y tienen una gran relevancia, tanto en el seguimiento del paciente como en sus familiares, ya que pueden ser heredadas. Por otra parte, la detección de mutaciones somáticas resulta de gran utilidad en situaciones de refractariedad al tratamiento o en recaída, ya que permite utilizar terapias dirigidas en función de las características genéticas del tumor.

 

Abstract

Cancer comprises a group of heterogeneous diseases characterized by the accrual of genetic alterations in one or several cells, known as somatic mutations. Its etiology is unknown in most cases. However, 10% of pediatric patients have been reported to harbor additional genetic abnormalities affecting all of their cells, known as germline mutations, which increase the risk of tumor development and confirm the diagnosis of a cancer predisposing syndrome (CPS). Identifying germline mutations is relevant for the early diagnosis of secondary neoplasias as well as for the patient and relatives’ follow-up since they could be inherited. On the other hand, detecting somatic mutations can be helpful, especially in patients that relapse or that are refractory to treatment, given that their identification could provide pertinent information regarding targeted therapies based on the tumor’s genetic profile.

 

Palabras clave: Cáncer infantil; Genética; Predisposición; Medicina personalizada.

Key words: Child cancer; Genetics; Predisposition; Personalized medicine.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 276 – 282

 


Bases genéticas y moleculares del cáncer infantil

Introducción

El cáncer infantil es una enfermedad rara de base genética, cuyo origen multifactorial es en gran parte desconocido.

El cáncer infantil, a diferencia del cáncer de adultos, es una enfermedad rara de la que se diagnostican unos 155 casos por millón de niños al año. Comprende principalmente tumores hematológicos, del sistema nervioso central y linfomas, y supone la primera causa de muerte por enfermedad en menores de 18 años.

El cáncer, independientemente de la edad de aparición, es una enfermedad de base genética causada por la acumulación de cambios en el ADN que promueven la transformación de una célula sana en una célula tumoral, en un proceso complejo que requiere varias etapas(1). Dichos cambios o mutaciones genéticas aparecen a nivel somático, es decir, en un pequeño grupo de células que, posteriormente, dará lugar al tumor y afectan a genes que participan en diversos procesos moleculares del ciclo celular, como los protooncogenes, genes supresores de tumores o genes relacionados con la reparación del ADN. Existen factores intrínsecos y extrínsecos que contribuyen a la acumulación de mutaciones genéticas(2). En relación a los primeros, las mutaciones pueden aparecer de forma esporádica como consecuencia de la división celular, en la que tiene lugar la replicación del ADN. Durante la replicación, la polimerasa amplifica por completo todo genoma contenido en el núcleo de una célula y, aunque la tasa de error es muy baja, dado que el genoma tiene un tamaño de más de 3 billones de pares de bases, la aparición de errores de forma aleatoria es inevitable. Además, los factores extrínsecos también desempeñan un papel importante en la aparición de mutaciones genéticas. Entre estos factores, se incluye la exposición a radiación, a carcinógenos y a otros factores ambientales que pueden aumentar el riesgo a desarrollar cáncer. Sin embargo, la temprana aparición de los tumores infantiles sugiere que los factores extrínsecos, aunque pueden favorecer el desarrollo de cáncer en edad pediátrica, podrían desempeñar un papel menos relevante comparado con la aparición de tumores en adultos.

Síndromes de predisposición genética a cáncer infantil (Tabla I)

Un 10% de pacientes oncológicos pediátricos presentan algún tipo de síndrome de predisposición a cáncer, causado por la presencia de mutaciones en línea germinal.

La gran mayoría de tumores pediátricos se originan por la aparición de mutaciones somáticas de forma esporádica o desconocida, sin embargo, un pequeño número de pacientes presentan mutaciones germinales; es decir, en todas las células del organismo, que van a aumentar el riesgo de desarrollo de tumores en edad pediátrica. En 2015, el Hospital de St. Jude (Memphis, EE.UU.) demostró la presencia de factores genéticos predisponentes al cáncer en un 8,5% de pacientes oncológicos pediátricos, un porcentaje significativamente mayor al 1% detectado en individuos sanos(3). Estos resultados fueron posteriormente confirmados por el ICGC (International Cancer Genome Consortium), el NIH (National Cancer Institute) o el Baylor College of Medicine, tras la publicación de varios artículos en los que detectaban la presencia de mutaciones genéticas predisponentes en un 7-12% de pacientes diagnosticados de cáncer infantil(4-6).

Los Síndromes de Predisposición a Cáncer (SPCs), causados por la aparición de mutaciones germinales predisponentes, engloban un heterogéneo grupo de enfermedades, las más frecuentes se resumen en la tabla II.

 

En general, suelen aparecer como consecuencia de mutaciones germinales en una de las dos copias de un gen supresor tumoral y obedecen a un patrón de herencia autosómico dominante(7). Esto significa que cada hijo tiene un 50% de probabilidad de heredar la copia mutada y, por lo tanto, podrá desarrollar la enfermedad. Sin embargo, debido al fenómeno de penetrancia incompleta, no todos los portadores que presenten la mutación desarrollarán un tumor(2).

La identificación de un SPC pediátrico es compleja y puede pasar desapercibida por varios motivos. Uno de ellos es el mencionado fenómeno de penetrancia incompleta; es decir, mutaciones que pueden presentarse en individuos que no desarrollan la enfermedad o la aparición de mutaciones de novo. Ambos, van a contribuir a la ausencia de historia familiar de cáncer. Además, los SPCs que asocian anomalías fenotípicas o malformaciones congénitas, como puede ser el síndrome de Noonan, asociado a un mayor riesgo de padecer Leucemia Mielomonocítica Juvenil (LMMJ), en algunos casos debutan al nacer con rasgos clínicos sutiles difícilmente reconocibles, si no es evaluado por un especialista. Para facilitar el correcto diagnóstico de los SPCs, Jogmans y cols., publicaron en 2016 un cuestionario, en el que se indican los criterios más importantes a tener en cuenta a la hora de hacer la evaluación de cualquier niño diagnosticado de cáncer (Fig. 1)(8).

Figura 1. Papel de los estudios genéticos en la optimización diagnóstica y terapéutica del cáncer infantil. SPCs: Síndromes de Predisposición al Cáncer.

La optimización diagnóstica de los SPCs es clave para mejorar el manejo clínico y seguimiento de los pacientes, dado que este grupo de pacientes puede beneficiarse de estrategias de seguimiento y tratamiento individualizado (Fig. 1).

Un claro ejemplo son los pacientes con retinoblastoma hereditario, causado por mutaciones que inactivan una de las dos copias del gen RB1. Los pacientes con mutaciones en dicho gen, tienen un 90% de probabilidad de desarrollar retinoblastoma, el tumor intraocular más frecuente durante la edad pediátrica, y en algunos casos, también pueden desarrollar otros tipos de tumores, principalmente tumores de partes blandas y especialmente a partir de la adolescencia. Esta enfermedad, además, se caracteriza por presentar una penetrancia del 90%, por lo que existe un 10% de portadores de mutaciones en el gen RB1 que no van a desarrollar la enfermedad, pero sí pueden transmitirla a su descendencia. Un estudio completo que incluya a todos los familiares de primer grado y un estrecho seguimiento clínico de todos aquellos familiares que puedan estar en riesgo, permite realizar el diagnóstico precoz de futuros tumores y, además, puede resultar de gran utilidad de cara a la planificación de futuros embarazos(9).

En algunos casos, la identificación de un SPC ayuda a optimizar el manejo clínico. Es el caso de los pacientes con síndrome de deficiencia de reparación de desajuste constitutivo o (constitutional mismatch repair, CMMR), una enfermedad autosómica recesiva causada por mutaciones que inactivan las dos copias de alguno de los siguientes genes, cuyo papel es esencial en la reparación del ADN: MLH1, MSH2, MSH6, PMS2 o EPCAM. Los pacientes que sufren este tipo de síndromes pueden experimentar multitud de complicaciones clínicas severas tras la dosis de quimioterapia o radioterapia habitual. En cambio, un tratamiento adaptado e individualizado evita el desarrollo de toxicidades o resistencia a los tratamientos convencionales, mejorando así el manejo clínico y su supervivencia(10).

Medicina de precisión aplicada a la Oncología pediátrica

La medicina de precisión supone una novedosa alternativa terapéutica para los tumores pediátricos en recaída o refractarios a las terapias convencionales.

Las mutaciones somáticas son aquellas alteraciones genéticas específicas del tumor. Actualmente, la identificación de algunas de ellas, conocidas como mutaciones drivers, se recomienda en las diferentes guías desarrolladas para el tratamiento de tumores pediátricos sólidos y hematológicos; ya que, junto con los datos clínicos, resultan de gran utilidad a la hora de establecer el diagnóstico, el pronóstico y la aproximación terapéutica de los pacientes. Un ejemplo sería la detección de alteraciones estructurales o cromosómicas en tumores hematológicos. Por ejemplo, las leucemias que presentan hiperdiploidía (aumento en el número de cromosomas) o el gen de fusión MLL-AF4 se van a asociar a un mejor y peor pronóstico, respectivamente, y su monitorización mediante técnicas genéticas clásicas, va a permitir determinar la respuesta de los pacientes a la terapia administrada(11). Sin embargo, la información obtenida de los análisis rutinarios, a veces, es insuficiente, ya que existen pacientes considerados de buen pronóstico que, posteriormente, recaen o son refractarios a las terapias convencionales.

En los últimos años, los grandes avances relacionados con el desarrollo de las tecnologías de alta resolución, como la secuenciación masiva o next-generation secuencing (NGS)(12), han favorecido la detección de alteraciones secundarias que cooperan con los eventos primarios de la tumorogénesis, modulando su pronóstico y abriendo un nuevo abanico de posibilidades en cuanto al tratamiento(13). En este contexto, la caracterización de los eventos secundarios, además de los primarios o drivers, podría optimizar la estratificación y el manejo clínico de los pacientes, sobre todo, en aquellos casos que no se curan y no disponen de tratamientos alternativos(14) (Fig. 1).

En relación a la estratificación, a medida que conocemos mejor la genética del tumor, vamos a poder diferenciar nuevos subtipos moleculares en tumores aparentemente idénticos, tras ser analizados con técnicas genéticas clásicas. Un ejemplo es la leucemia aguda linfoblástica de linaje B (LLA-B). Si se analizan pacientes clasificados como LLA-B con tecnologías de alta resolución, se puede diferenciar un subgrupo genético conocido como leucemia Ph like o B-other y los pacientes que la presenten van a tener un peor pronóstico comparado con el resto(15).

Además, se ha descrito recientemente la presencia de mutaciones sensibles o resistentes a fármacos dirigidos en más de un 30% de pacientes oncológicos pediátricos, lo que supone un gran avance en el conocimiento y tratamiento del cáncer infantil(4,13,16). Un ejemplo sería la presencia de fusiones génicas que afecten a la familia de genes NTRK, por ejemplo, que pueden conferir sensibilidad tumoral a inhibidores tirosín kinasa específicos, como larotrectinib, en el caso de pacientes diagnosticados de fibrosarcoma congénito(17).

A pesar de que estas técnicas aún no están del todo implementadas en la práctica clínica diaria, los resultados obtenidos hasta ahora han sido alentadores, lo que plantea un cambio de paradigma y una revolución en cuanto al abordaje del cáncer infantil(18).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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8.*** Jongmans MC, Loeffen JL, Waanders E, Hoogerbrugge PM, Ligtenberg MJ, Kuiper RP, et al. Recognition of genetic predisposition in pediatric cancer patients: An easy-to-use selection tool. doi:10.1016/j.ejmg.2016.01.008. Eur J Med Genet. 2016; 59: 116-25.

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14. Worst BC, van Tilburg CM, Balasubramanian GP, Fiesel P, Witt R, Freitag A, et al. Next-generation personalised medicine for high-risk paediatric cancer patients – The INFORM pilot study. doi:10.1016/j.ejca.2016.06.009. Eur J Cancer. 2016; 65: 91-101.

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18.*** Mody RJ, Prensner JR, Everett J, Parsons DW, Chinnaiyan AM. Precision medicine in pediatric oncology: Lessons learned and next steps. doi:10.1002/pbc.26288. Pediatr Blood Cancer; 2017. p. 64.

Bibliografía recomendada

– Jongmans MC, Loeffen JL, Waanders E, Hoogerbrugge PM, Ligtenberg MJ, Kuiper RP, et al. Recognition of genetic predisposition in pediatric cancer patients: An easy-to-use selection tool. doi:10.1016/j.ejmg.2016.01.008. Eur J Med Genet. 2016; 59: 116-25.

Recomendaciones para la realización de pruebas genéticas, con el fin de optimizar el diagnóstico de síndromes de predisposición a cáncer en población pediátrica.

– Ripperger T, Bielack SS, Borkhardt A, Brecht IB, Burkhardt B, Calaminus G, et al. Childhood cancer predisposition syndromes-A concise review and recommendations by the Cancer Predisposition Working Group of the Society for Pediatric Oncology and Hematology. American journal of medical genetics. doi:10.1002/ajmg.a.38142. Part A. 2017; 173: 1017-37.

Revisión sobre los síndromes de predisposición a cáncer más frecuentes que aparecen en edad pediátrica.

– Mody RJ, Prensner JR, Everett J, Parsons DW, Chinnaiyan AM. Precision medicine in pediatric oncology: Lessons learned and next steps. doi:10.1002/pbc.26288. Pediatr Blood Cancer; 2017. p. 64.

Revisión que explica las ventajas y limitaciones de la medicina de precisión aplicada al cáncer infantil.

 

Caso clínico

 

Antecedentes personales

Varón de 14 años de edad trasladado de otro hospital con sospecha de leucemia. Refiere astenia y pérdida de peso (3-4 kg) desde hace aproximadamente un mes. Presenta, además, dolores óseos, y en las últimas 48 h refiere dolor abdominal y vómitos. Tras realizar ecografía en su centro de salud, detectan esplenomegalia. Se realiza un hemograma donde se evidencia una trombopenia grave (13 x 106/mm3) con el resto de series normales. La bioquímica básica muestra elevación de LDH (485 UI/L), sin otras alteraciones electrolíticas importantes. Se realiza estudio de coagulación que es normal y un frotis de sangre periférica, en el que se observa un 39% de células inmaduras de hábito blástico. A su llegada, a la exploración física, impresionaba de buen estado general. Se realiza un aspirado de médula ósea con el que se llevan a cabo las siguientes pruebas:

Citología: se observan células de características blásticas, que constituyen entre el 45-55% de la celularidad global, compatible con leucemia aguda linfoblástica tipo L2 según la clasificación FAB (clasificación según el grupo cooperativo Franco-Americano-Británico).

Citometría: se observa una población que supone aproximadamente el 38% de los eventos de tamaño y complejidad similar a los linfocitos residuales, que expresan marcadores compatibles con el diagnóstico de leucemia aguda linfoide B-II común, según la clasificación EGIL (Grupo Europeo de Clasificación Inmunológica de Leucemia).

Citología de líquido cefalorraquídeo: ausencia de infiltración en SNC.

Cariotipo y array-CGH: presencia de un clon con cariotipo hipodiploide de 35 cromosomas, con pérdida de los cromosomas 2, 3, 4, 7, 12, 13, 15, 16, 17,18 y 20. Compatible leucemia linfoblástica aguda con cariotipo hipodiploide.

FISH: el estudio de hibridación fluorescente in situ (FISH) detectó deleción TEL en el 45% de las células.

Se realiza placa de tórax que descarta la presencia de masa mediastínica.

Se realiza ecografía abdominal que confirma la presencia de hepatoesplenomegalia.

Evolución clínica

Una vez confirmado el diagnóstico, previa información a la familia y obtención del consentimiento informado, se inicia tratamiento de quimioterapia según protocolo LAL-SEHOP-PETHEMA 2013. El paciente recibe tratamiento citostático hasta cumplir 2 años desde la fecha del diagnóstico, encontrándose en el momento actual en remisión de su enfermedad de base.

Como complicaciones relevantes durante el tratamiento, destacan: una neuropatía grave por vincristina al inicio de la inducción, así como complicaciones derivadas del tratamiento esteroideo, como una diabetes mellitus y una osteonecrosis del cóndilo femoral que ha requerido el implante de una prótesis.

Estudio genético

El paciente fue diagnosticado de leucemia linfoblástica con cariotipo hipodiploide. Por este motivo, incluido en los criterios de Jongmans (Tabla II), se deriva a la consulta de predisposición a cáncer infantil, en la que se decide realizar estudio genético en línea germinal mediante secuenciación masiva, utilizando un panel de diseño propio que incluye 150 genes previamente asociados a cáncer infantil. Los resultados del estudio revelan la presencia de una variante en heterocigosis en el gen TP53 (NM_000546): c.559+1G>T, p.? que es clasificada como probablemente patogénica. Se descarta la presencia de dicha variante en los padres y hermanos del paciente, indicando que se trata de una mutación de novo, es decir, no heredada.

Asesoramiento genético y plan de seguimiento

La mutación probablemente patogénica identificada en el paciente en el gen TP53, confirma el diagnóstico de síndrome de Li-Fraumeni. Los pacientes de Li-Fraumeni presentan un mayor riesgo a desarrollar otros tipos de cáncer a lo largo de la vida. Además, tienen una probabilidad del 50% de transmitir la mutación y la predisposición a cáncer a su descendencia.

Se recomienda que siga las revisiones y el tratamiento relacionado con la leucemia aguda linfoblástica. Se valora la realización de un examen físico cada 3-4 meses, que incluye examen dermatológico y neurológico. Se propone la realización de un body-TAC/TAC tóraco-abdominal anual. Además, se realizará una colonoscopia cada 2-5 años a partir de los 25 años. Se le explican las opciones reproductivas futuras, que incluyen el diagnóstico prenatal y preimplantacional, en el caso en que desee descendencia. Se entregan recomendaciones de hábitos de vida saludables.

 

 

 

How to suspect cancer in Primary Care

V. Losa Frías*, M. Herrera López**, I. Cabello García***, P.I. Navas Alonso****
Topics on
Continuous Training


V. Losa Frías, M. Herrera López, I. Cabello García, P.I. Navas Alonso

*Fuensalida Primary Care Center. Toledo. **Pediatric Service. Virgen de la Salud Hospital. Toledo. ***La Puebla de Montalbán Primary Care Center. Toledo. ****Pedro Fuente Primary Care Center. Bargas. Toledo

Abstract

Cancer in childhood has a low incidence and its clinical presentation is often nonspecific simulating common pathologies of benign course, therefore making its diagnosis highly challenging. The main symptoms and signs of suspected childhood cancer in Primary Care are: pallor, masses (in the head, neck and other locations), lymphadenopathy, abnormal movement, bruising and signs of bleeding, fatigue, headache, visual abnormalities, pain and musculoskeletal symptoms. The Primary Care pediatrician must recognize when an apparently benign symptomatology may be the beginning of a severe pathology, identifying those warning signs that require immediate assessment. A detailed medical history, a complete physical examination and a clinical follow-up are essential. The objective is to reduce the time from the onset of symptoms to the final diagnosis, so as to allow an early diagnosis of childhood cancer.

 

Key words: Lactante; Niño; Neoplasias; Atención Primaria; Diagnóstico precoz de cáncer.

Palabras clave: Infant; Child; Neoplasms; Primary health care; Early detection of cancer.

 

 

Pediatr Integral 2021; XXV (6): 283 – 295

 


 

How to suspect cancer in 
Primary Care

Introduction

Childhood cancer has a low incidence and often manifests nonspecifically, simulating other frequent and benign processes. These particularities make it difficult to diagnose cancer in Primary Care. However, an early suspicion, together with a rapid referral of the patient to a specialized center, may have implications at the prognostic and therapeutic level, as well as in the emotional impact secondary to the diagnosis on the patient and his family.

Epidemiology

Childhood cancer is after accidents, the second leading cause of death beyond the first year of life.

The standardized annual incidence of childhood cancer in Spain is 159 new cases per year per million children aged 0 to 14 years, which represents 1,100 new cases of childhood cancer per year, an incidence similar to that of the rest of Europe(1). It is estimated that a Primary Care pediatrician following 1,500 patients in his clinic, will see a new case of cancer every 5 years. Overall 5-year survival after the diagnosis is around 79%(1). Despite recent advances, childhood cancer is the second leading cause of death from the first year of life through adolescence. In the year 2018, 192 children under 14 years of age died in Spain from cancer, which means 4 children died per week due to this cause(2). The most frequent neoplasms from birth to 14 years of age are: leukemias (28%), central nervous system (CNS) tumors (23%) and lymphomas (12%), with a distribution pattern by sex and age similar to that of the rest of Europe, whilst between 15 and 19 years of age they are: bone tumors (24%), lymphomas (21%) and CNS tumors (15%). The most frequent diagnoses according to the age group are shown in Table I(1).

Patients at risk

Medical history is the most effective tool in identifying cancer predisposition syndromes.

There is a hereditary basis in 8-10% of all neoplasms. Within this percentage, cancer predisposition syndromes (CPS) are included, conforming a heterogeneous group of genetic conditions and immunodeficiencies, which predispose to a greater risk of cancer (Table II).

Most of these syndromes are rare and show variable expressiveness within the family members. It is important to identify these patients, as they can benefit from prevention and early detection measures, as well as the possibility of genetic counseling. During history-taking, CPS may be suspected should there be(3):

• Several cases of cancer within the family, usually of the same type.

• Multi-generational disease cases, presenting at an earlier age than in the general population.

• Presence of tumors in association with developmental defects: generalized or asymmetric body overgrowth, dysmorphic features, congenital malformations or mental retardation.

• Presence of bilateral or multifocal tumors.

Individuals with more than one primary tumor.

• Presence of rare, benign tumors or cysts associated with CPS.

Warning signs and symptoms

Apparently benign symptomatology, but with atypical presentation or torpid course, may be the beginning of a neoplastic process.

Childhood cancer can manifest in its initial stages, with symptoms similar to frequent and benign processes(4). The purpose is to recognize when this apparently benign symptomatology may be the beginning of a serious pathology, as well as to identify those findings (red flags) that, in combination with the rest of the data from history and physical examination, should alert us of the possibility of cancer (Table III).

For this, it is necessary to listen and pay special attention to parents(5), who in general are the best observers of their children’s symptoms, and also to adolescents(6); taking a complete medical history including personal and family history, and a thorough physical examination.

Qualitative studies highlight the importance of behavioral and affective changes detected by parents, that motivate the first visits to Primary Care prior to the diagnosis of cancer, sometimes in the absence of other signs of alarm(5,7). Such is the case, that the National Institute for Clinical Excellence (NICE) recommends considering the persistent parental concern regarding their children’s symptoms as a reason for study or referral(8). In Primary Care, the following signs and symptoms have been reported to increase the possibility of cancer: paleness, head and neck masses, abdominal masses, lymphadenopathy, motor abnormalities, bruises and other signs of bleeding, asthenia, headache, visual anomalies, pain and musculoskeletal symptoms. However, except for abdominal masses, the positive predictive value of these symptoms is low, given the low frequency of childhood cancer. Even so, given the severity of the diagnosis, the presence of the aforementioned symptoms, fundamentally when it occurs without a clear cause and leads to an increase in the number of consultations (3 or more in a period of 3 months), should alert of the possibility of a neoplastic process(9). In this sense, the Pan American Health Organization has published an evaluation strategy, a cancer probability classification and attitude based on the findings of the history and examination shown in Algorithm 1(10).

Headache and other neurological signs and symptoms

Primary CNS tumors are the second most common neoplasia in childhood after leukemias(1), as well as the second leading cause of death from childhood cancer(2). Their symptoms are due to the invasion and compression of the adjacent nervous tissue, as well as the increase in intracranial pressure due to mass effect or obstructive hydrocephalus (Fig. 1), manifesting a very heterogeneous clinical presentation.

Figure 1. Sagittal MRI showing a mass in the posterior fossa compatible with medulloblastoma. The 13-year-old patient presented with headache and papilledema.

Wilne et al.(11) analyzed 74 articles (n = 4,171), identifying up to a total of 56 signs and symptoms at the diagnosis of a CNS tumor, which depended on age, location and history of neurofibromatosis (NF). For intracranial tumors, excluding NF, the most frequent symptoms were: headache, nausea and vomiting, abnormality of gait and coordination, and papilledema. In intracranial tumors associated with NF these were: decreased visual acuity, exophthalmos, optic atrophy and strabismus. In intracranial tumors in children under 4 years they were: macrocephaly, nausea and vomiting, irritability, lethargy and ataxia. And in spinal cord tumors they were: back pain, gait and coordination abnormality, spinal deformity, focal weakness and sphincter alterations. Given this clinical variability, they subsequently studied the evolution of symptoms in a retrospective cohort (n = 139), describing a progressive increase in the number of symptoms. Thus, half of the patients went from one symptom at the beginning of the process to six at the diagnosis of the tumor(12). In Primary Care, we must be alert to patients with non-resolving symptoms or in which new ones are associated, especially: visual, motor, endocrine or behavioral, as well as signs of intracranial hypertension(12-14). In this line, Ansell et al.(15) described the reasons for consultation in Primary Care, from birth to the diagnosis of a CNS tumor in a series of patients, comparing it with a control group. They observed how the cases consulted three times more often for a sign or symptom suggestive of a CNS tumor, reaching seven times more when they associated two or more symptoms.

The Children’s Brain Tumour Research Centre group has developed an evidence-based clinical guide(16) (Table IV), as well as the awareness strategy “HeadSmart: be brain tumours aware” (https://www.headsmart.org.uk/), which has shown positive results in reducing the time from the onset of symptoms to diagnosis (median 14 to 6.7 weeks), as well as the time from the first consultation to an imaging test (3.3 to 1.4 weeks)(17).

Fever and constitutional symptoms

Fever is one of the most frequent reasons for consultation in Pediatrics, being, in most cases, of infectious etiology. Only 6% of the cases of fever of unknown origin correspond to neoplasms(18). This fever can be of tumor origin (Ewing’s sarcoma, neuroblastoma, Hodking’s lymphoma…) or due to infections secondary to the alteration of the immune system due to cancer, as can occur in leukemias.

Leukemia is the most common pediatric tumor(1). Clarke et al.(19) analyzed the symptoms at the diagnosis of leukemia in childhood and adolescence in 33 studies (n = 3,084), and identified a total of 95 signs and symptoms, of which five were present in more than half of the patients: hepatomegaly, splenomegaly, paleness, fever and bruising. In addition, between a third and a half of the patients presented: recurrent infections, asthenia, pain in the extremities, hepatosplenomegaly, hematomas / petechiae, lymphadenopathies, bleeding tendency and skin rash. These findings highlight the importance of performing a complete physical examination in children with common symptoms, such as fever, but with a torpid or persistent course, paying special attention to abdominal palpation, lymphadenopathy search and careful skin examination. Despite the fact that leukemia is the most frequent pediatric cancer, there is currently no evidence of the predictive value of clinical data at the individual level, or of their combination. NICE guidelines recommend that pediatric patients with fever of unclear cause or in combination with unjustified clinical data such as: paleness, asthenia, lymphadenopathies, splenomegaly, osteoarticular pain, bruising, night sweats or weight loss, should be evaluated with a full blood count and peripheral blood smear within 48 hours; in the case of associating petechiae or unexplained hepatosplenomegaly, immediate referral is recommended(8).

Lymphadenopathies

Lymph nodes are dynamic structures that change in size during children´s growth, usually in response to infections. During childhood, palpation of small lymph nodes in cervical, axillary, or inguinal regions is normal. An increase in size above 1 cm in cervical and axillary nodes, 1.5 cm in inguinal and 0.5 cm in epitrochlear nodes, as well as stone-like consistency, irregular surface, existence of skin ulceration or fixation is considered pathological(20) (Fig. 2).

Figure 2. Mediastinal widening in a 12-year-old patient diagnosed with Hodgkin’s lymphoma. Clinically, she had multiple adherent, non-tender and larger than 2 cm laterocervical and supraclavicular lymphadenopathies.

Lymphadenopathies are generalized, when they extend beyond more than 2 non-contiguous ganglion chains, and localized, when they appear in a single region. According to the course in terms of length of time, we distinguish between acute (less than three weeks) and subacute / chronic (more than three weeks / months)(21). In the history, we should inquire for: the age of the patient, the form of onset, the time of progression and the speed of growth, as well as the presence of recent or recurrent infections, contact with sick people, associated symptoms, previous antibiotic treatments, similar episodes, vaccination status, medications, contact with animals or recent travels. A complete physical examination should be performed, looking for signs of systemic disease and paying special attention to the presence of skin lesions, paleness, signs of bleeding, oropharyngeal or conjunctival lesions, hepatosplenomegaly, and abdominal masses. Adenopathies will be evaluated based on their size, location, tenderness, consistency, mobility, local inflammatory signs, and presence of skin fistulas. We must systematically palpate all accessible ganglion chains: occipital, retroauricular, preauricular, parotid, tonsillar, submandibular, submental, anterior and posterior neck, supraclavicular, infraclavicular, axillary, epitrochlear, inguinal and popliteal. Warning signs in the evaluation of adenopathies are: size greater than 3 cm, rapid growth in the absence of inflammatory signs, hard consistency, fixation to deep planes, supraclavicular, axillary, generalized or confluent location, as well as constitutional symptoms, the presence of abdominal masses, hard hepatosplenomegaly, signs of respiratory distress, paleness, jaundice or bleeding(8,20-22).

Mediastinal mass

Mediastinal masses in childhood are rare and, in most cases, are malignant. The most frequent location is the anterior mediastinum and the most frequent etiology is lymphoma(23,24). A thorough clinical evaluation and a high index of suspicion are important for an early diagnosis. Upon clinical suspicion, immediate referral to a hospital center to complete the study is recommended(8,23).

From an anatomical point of view, the mediastinum is divided into three compartments: anterior, middle, and posterior. The location of the mass will guide the diagnosis (Table V).

The most frequent neoplasms according to their location are: acute lymphoblastic leukemia and T lymphoma (Fig. 3) in the anterior mediastinum; Hodgkin lymphoma in the middle mediastinum; and neurogenic tumors (neuroblastoma and ganglioneuroma) in the posterior mediastinum. Posterior mediastinal masses (neuroblastoma) are more common in infants and young children, while anterior mediastinal masses (leukemias, lymphomas) are more common in older children and adolescents(24).

Figure 3. Anterior mediastinal mass in a 12-year-old boy with T-leukemia. He reported a 3 day course of asthenia and bilateral eyelid edema, as well as 48 hours of bruising, ecchymosis and petechiae in face, neck and upper arm.

A high percentage of patients are asymptomatic at diagnosis. In symptomatic cases, the symptoms are secondary to compression of adjacent structures, so the symptoms depend on the location of the mass, its size, and the rate of growth. Compression of the airway is the most frequent symptom, giving rise to nonspecific symptoms, such as: stridor, non-productive cough, wheezing, recurrent respiratory infections, chest pain and respiratory distress that often simulate frequent respiratory diseases, such as asthma or laryngitis. Esophageal compression leads to dysphagia. Compression of the spinal cord (common in neuroblastoma) results in band or radicular back pain that increases with Valsalva, gait weakness, loss of strength and sensory and sphincter alterations. Compression of the superior vena cava (characteristic of leukemias and T lymphomas) manifests with: facial plethora, headache, blurred vision, cough, chest pain, orthopnea that increases with Valsalva, hypotension and heart failure. Compression of the phrenic leads to hemidiaphragmatic elevation. Finally, injury to the sympathetic pathway (especially neuroblastomas) can cause Horner syndrome (ptosis, miosis, and enophthalmos). And, in turn, we can find systemic symptoms secondary to the tumor process itself. Compression of the phrenic leads to hemidiaphragmatic elevation. Finally, injury of the sympathetic pathway (especially neuroblastomas) can cause Horner syndrome (ptosis, miosis, and enophthalmos). In addition, we can find systemic symptoms secondary to the tumor process itself.

We must bear in mind that treatment prior to diagnosis with systemic corticosteroids in patients with hematological malignancies may have diagnostic and prognostic implications, and precipitate serious complications, such as tumor lysis syndrome. For this reason, in patients with atypical respiratory symptoms or laryngitis in older children, performing a chest X-ray prior to starting corticosteroid treatment is recommended(23,25).

Abdominal mass

The finding of an abdominal mass is one of the most frequent forms of presentation of neoplasms in childhood. Although they may be of benign etiology, all patients with an abdominal mass must be evaluated with the suspicion of malignancy and referred to a specialized center within 48 hours(8).

An abdominal mass is often asymptomatic, and is usually detected accidentally by the parents or in a routine examination. In the history, we will take into account the patient’s age (Table VI), the associated symptoms, their intensity and duration, taking into account which rapidly evolving symptoms are suggestive of malignancy(26,27).

The most frequent presentation symptoms are: pain, organ dysfunction due to mass effect (intestinal or urinary obstruction), hematuria (nephroblastoma) and systemic symptoms (night sweats, fever, asthenia, weight loss or bone pain…). The most frequent etiology involves: genitourinary congenital malformations in children under one year of age; neuroblastoma (Fig. 4) and nephroblastoma (Fig. 5) between one and five years; and non-Hodgkin lymphoma (NHL) in older children and adolescents.

Figure 4. Neuroblastoma in a 7-year-old patient who reported weeks of rib pain associated with asthenia and anorexia in the most recent days.

Figura 5. Right Wilms tumor. The 2-year-old patient consulted because the parents palpated the abdominal mass while dressing her.

In this age group, Burkitt-type NHL presents as: a rapidly growing abdominal mass that associates abdominal distention and pain, obstructive symptoms, intussusception, and metabolic alterations secondary to tumor lysis(26). In girls and adolescents, we will take into account ovarian tumors and pregnancy. In the personal history, factors such as prematurity and low birth weight (hepatoblastoma), should also be assessed.

Physical examination should be performed with the patient relaxed and calm. It must be meticulous, checking vital signs, including blood pressure(27). On inspection, we will look for irregularities on the abdominal surface. On palpation, we must take into account that, in healthy patients, especially infants, some structures may be palpable, such as: liver, spleen, kidneys, abdominal aorta, sigmoid colon, feces and / or spine(28). It is important to establish the location, size, shape, and contour of the mass, its adherence to deep planes, as well as the presence of tenderness. Depending on the location it should be considered that: palpable masses in the right upper quadrant are usually of hepatic, renal or adrenal origin; those in the upper left quadrant often depend on the spleen and may be secondary to metastatic infiltration; and those located in the hypogastrium, are usually secondary to ovarian tumors or intestinal lymphomas. In the patient with suspected neuroblastoma, a complete neurological examination is necessary due to the possibility of invasion of the medullary canal. Other examination signs that can guide the diagnosis are: aniridia, hemihypertrophy and genitourinary malformations (nephroblastoma); subcutaneous nodules, periorbital ecchymoses, proptosis, intractable watery diarrhea, Horner syndrome or opsoclonus-myoclonus syndrome (neuroblastoma); precocious puberty, feminization or virilization (hepatic, gonadal, adrenal masses or germ tumors); and Cushing phenotype (neoplasms of the adrenal cortex).

Soft tissue and skin masses

Soft tissue sarcomas (STS) are a heterogeneous group of tumors that originate from primitive mesenchymal cells. They are subdivided into rhabdomyosarcoma (RBM) and non-rhabdomyosarcoma sarcomas. RBM is the most frequent, it has its origin in the primitive mesenchymal cells involved in the development of skeletal muscle, and it presents its maximum incidence around the age of five years and in adolescence. It is subdivided into: embryonal, alveolar and pleomorphic. On the other hand, non-rhabdomyosarcoma sarcomas are more common in older children and adolescents.

STS can appear in any anatomical location, the most frequent being: the genitourinary region, head and neck, and extremities. The clinical presentation depends on the location, size and adjacent structures. An unexplained tumor in any location with any of the following characteristics is suspicious of STS: diameter greater than 2 cm, fixation to deep planes, increased consistency, progressive growth, and presence of regional lymphadenopathies(4). In the head, orbital locations usually develop proptosis and a differential diagnosis must be made with benign pathologies, such as orbital cellulitis. Parameningeal locations can lead to nasal, sinus, or ear obstruction, persistent mucopurulent discharge, or cranial nerve involvement. In the genitourinary region, it can present as: hematuria, voiding syndrome, constipation, pelvic mass or increased testicular size. The botryoid variety is a subtype of embryonic RMS characterized by multiple polypoid projections that form clusters of gelatinous and friable consistency, that develop under the mucosal surface of body orifices, such as vagina and nose.

When a soft tissue tumor is suspected, NICE guidelines recommend performing an ultrasound within 48 hours(8).

Musculoskeletal symptoms and signs

Musculoskeletal pain is a frequent reason for consultation in Primary Care. Its etiology varies with age, the most frequent causes being traumatic. The differential diagnosis will include overuse syndromes and osteochondroses. Less frequently, but highly important as their diagnosis delay can increase morbidity, are neoplasms and osteoarticular infections. Among the most frequent neoplasms that present with bone and / or joint pain, primary bone tumors, neuroblastomas, NHL and leukemias, can be found.

Patients with primary bone tumors, such as osteosarcoma or Ewing’s sarcoma, frequently present with localized, persistent, asymmetric, progressive bone pain that responds poorly to common analgesics and may wake the child up at night. They can associate a palpable indurated mass fixed to deep planes and of rapid and progressive growth and, occasionally, a pathological fracture can occur. Generalized musculoskeletal pain manifests as: lower limb pain, back pain, arthralgia or arthritis. The tumors that produce it are leukemias, especially lymphoblastic leukemia and bone or medullary metastases of tumors, such as Ewing’s sarcoma or neuroblastoma.

Several authors(29-31) have highlighted the relevance of incorporating leukemias and bone tumors in the differential diagnosis of patients with suspected osteomyelitis or rheumatological diseases. Leukemias that present with joint symptoms (generally in the form of asymmetric oligoarthritis) are less frequently associated with typical leukemia symptoms, such as: constitutional syndrome, hepatosplenomegaly or cytopenia, which makes diagnosis difficult(29). In the evaluation of patients with musculoskeletal symptoms, the association of leukopenia (less than 4 x 109 / L), platelets in the lower limit of normality (150-250 x 109 / L) and a history of nocturnal pain, represents a sensitivity of 100% and specificity of 85% in the diagnosis of leukemia(30). The importance of an accurate diagnosis prior to the start of steroid treatment should be noted, given the possibility of masking a hematological neoplasm or triggering a tumor lysis syndrome. For this reason, some authors suggest performing a bone marrow study prior to initiating treatment with steroids, in those patients with suspected rheumatological disease and atypical data(31).

A complete medical history that includes: characterization of the pain (onset, location, duration, intensity, number of affected joints); presence of other accompanying symptoms (inflammation, increased temperature, joint instability); precipitating factors (previous infection or trauma); and associated systemic symptoms, as well as a thorough physical examination, will guide the diagnosis. In a patient with bone and / or joint pain with suspected cancer, an X-ray as well as a full blood count and peripheral blood smear shall be performed within 48 hours. In case of a pathological X-ray, the patient should be referred to a specialized center within 48 hours. When leukemia is suspected (cytopenia of two or more cell lines and / or blasts), referral will be immediate(8).

Eye disorders

Retinoblastoma is the most common ocular neoplasm, representing 3% of childhood tumors(1). It is usually diagnosed between the first and third year of life, and 95% of them before the age of 5 years(1). 30% are bilateral and 40% hereditary. Leukocoria is the presenting sign in more than half of the cases, and it appears as a consequence of the presence of a mass located behind the crystalline lens. In the differential diagnosis of leukocoria, in addition to retinoblastoma, congenital cataracts (history of infection in pregnancy, such as toxoplasmosis, should be investigated) and Coats disease (retinal telangiectasia with deposition of intraretinal or subretinal exudates that affects younger children). Other symptoms and signs that should alert us include: strabismus, loss of visual acuity, eye pain or proptosis. In addition to retinoblastoma, other tumors that can manifest as proptosis include: neuroblastoma, rhabdomyosarcoma, lymphoma, and histiocytosis. The successful management of retinoblastoma depends on the ability to detect the disease while it still remains intraocular(32). Hence, it is very important to test for the red reflex in all newborns and in each programmed child health visit. An abnormal result of the red reflex examination is an indication for preferential referral (in less than two weeks) to the ophthalmologist(8). Patients with a family history of retinoblastoma must be referred from birth for close ophthalmological follow-up(3).

Another ocular manifestation of cancer is the paraneoplastic opsoclonus-myoclonus syndrome, which is associated with neuroblastoma in 50% of cases. It is characterized by multidirectional, involuntary and chaotic rapid eye movements, persistent during sleep, myoclonus, ataxia, and behavioral disturbances.

Time lapse to childhood cancer diagnosis

Decreasing the time to diagnosis has prognostic implications in some childhood tumors.

The most effective strategy to reduce the morbidity and mortality of childhood cancer is to focus, both on the reduction of the time to diagnosis (TD), understood as the time elapsed from the onset of symptoms to the diagnosis of cancer(33) (Fig. 6), as in the early initiation of treatment based on scientific evidence.

Figure 6. Time to diagnosis in childhood cancer.
Modified from Lethaby et al
(33).

Therefore, the recognition of alarm symptoms by families and Primary Care professionals, as well as easy access to the latter, is a priority. Screenings in childhood are usually not helpful, unless the child has a high risk of cancer associated with hereditary disorders. Among factors that have been related to TD, the following stand out: the patient’s age (the older, the greater the TD); the type of tumor (CNS, bone, germ cells and retinoblastomas have longer TD compared to leukemia and kidney tumors); and tumor biology(33-35). The relationship of TD with survival is complex. Thus, some authors(35,36) indicate that it is precisely the biology of the tumor, the factor that most influences TD and survival. In any case, there is extensive literature supporting a positive correlation between improved survival and early diagnosis in tumors such as retinoblastoma(35), being this correlation more ambiguous for CNS and other solid tumors, probably in relation to high-grade tumors having a more abrupt onset of prediagnostic symptoms and, therefore, a shorter TD(37). In the group of adolescents and young adults, although females more frequently consult physicians, they have more prolonged TD. Bone tumors and lymphomas have longer TD, probably due to the non-specific clinical presentation of these types of cancer(6).

It should be noted how, in the COVID-19 pandemic situation, several publications have warned of the increase in TD of childhood cancer in neighboring countries(38,39).

Role of the Primary Care pediatrician

The Primary Care pediatrician shares the responsibility of reducing TD, identifying those patients suspected of cancer and making an early referral to specialized care. This decrease in TD may have a prognostic role for some tumors and, in addition, contributes to the reduction of anxiety and stress experienced by patients and their families during the difficult period prior to the diagnosis of childhood cancer(5).

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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Recommended bibliography

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Article focused on the early diagnosis of childhood cancer in Primary Care, by focusing on those warning signs that should alert us of the possibility of neoplastic processes.

- Clarke RT, Jones CHD, Mitchell CD, Thompson MJ. Shouting from the roof tops: a qualitative study of how children with leukaemia are diagnosed in primary care. BMJ Open. 2014; 4: e004640. doi: 10.1136 / bmjopen-2013-004640.

Highly recommended. Qualitative methodology article that explores the presentation of childhood leukemia and the factors that influence its suspicion from the point of view of parents and Primary Care physicians.

- Wilne S, Koller K, Collier J, Kennedy C, Grundy R, Walker D. The diagnosis of brain tumors in children: a guideline to assist healthcare professionals in the assessment of children who may have a brain tumor. Arch Dis Child. 2010; 95: 534-9.

A must-read. Clinical guide for the suspicion and early diagnosis of tumors of the central nervous system.

- Walker D, Wilne S, Grundy R, Kennedy C, Neil, Dickson A, et al. A new clinical guideline from the Royal College of Paediatrics and Child Health with a national awareness campaign accelerates brain tumor diagnosis in UK children – “headSmart: Be Brain Tumor Aware.” Neuro Oncol. 2016; 18: 445-54.

Very interesting. Strategy launched in 2011 in the United Kingdom, aimed at healthcare professionals and the general public, with the aim of reducing the time interval from the onset of symptoms to the diagnosis of a CNS tumor in pediatric patients.

 

 

Clinical case

 

7-year-old patient who presents with a 3-day course of frontal, evening headache, as well as progressive 2-week loss of vision in the left eye.

Personal history

Normal course pregnancy. Vaginal delivery. Normal neonatal period. Normal psychomotor development. Up-to-date vaccination schedule.

Family background

Mother: 32 years old, healthy, gestations: 1/miscarriages: 0/life births: 1. Father: 38 years old, healthy.

Physical examination

HR: 90 bpm. RR: 18 rpm. BP: 100/60 mmHg. Sat: 97%. Height: 122 cm (50th centile). Weight: 24 kg (50th centile). Good general condition. Well hydrated and perfused. No rashes or petechiae. No significant lymphadenopathies. Cardio-pulmonary auscultation: normal. Abdomen: soft, non-tender, no masses or megalies. Neurological: Glasgow 15, with normal cranial nerves, tone, strength, sensitivity, tendon reflexes and gait. No dysmetria or dysdiadochokinesia. Ophthalmological examination: left eye with decreased visual acuity, signs of papillary atrophy, as well as left temporal hemianopsia.

Complementary tests

Normal full blood count, biochemistry and coagulation. A brain MRI was performed which evidenced a midline, suprasellar, multicystic, heterogeneous mass measuring 40 x 36 x 39 mm (Fig. 7), with intense and heterogeneous enhancement following contrast administration (Fig. 8). Normal ventricular system, without signs of hydrocephalus.

Figure 7. Heterogeneous midline, suprasellar, multicystic mass measuring 40 x 36 x 39 mm.

Figure 8. Midline mass with intense and heterogeneous enhancement following contrast administration.

Diagnosis

Craniopharyngioma (adamantinomatous pattern).

 

 

 

 

Diagnóstico por la imagen en Oncología Pediátrica (2ª parte)

G. Albi Rodríguez
Regreso a las bases


G. Albi Rodríguez

Profesor asociado del Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid.
Facultativo especialista en Radiodiagnóstico del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid

Pediatr Integral 2016; XX (7): 485.e1-485.e8


Diagnóstico por la imagen en Oncología Pediátrica (2ª parte)

 

Introducción

La patología oncológica en Pediatría es muy amplia, más aún, si incluimos las complicaciones derivadas del tratamiento, de modo que exponer los hallazgos de imagen excede los objetivos de este artículo y el previamente publicado. De manera que en este segundo artículo, se van a exponer: tumores de la cresta neural, masas renales y rabdomiosarcoma. Otros tumores, como los óseos se vieron en un artículo previo(1).

La ecografía es la técnica de imagen inicial preferida en Pediatría, sobre todo cuando se sospecha una masa abdominal, ya sea por palpación o por otro síntoma o signo. En ocasiones se podrá demostrar la organodependencia (renal, suprarrenal, etc.) e indicar la prueba de imagen idónea a realizar, generalmente la resonancia magnética (RM), ya que carece de los efectos nocivos de las radiaciones ionizantes de la tomografía computarizada (TC).

Los ultrasonidos también se utilizarán en aquellos casos de masas de partes blandas para determinar su localización y naturaleza (sólida, quística, con estructuras vasculares, etc.), y así, orientar el diagnóstico. De manera que una lesión quística adyacente a una articulación o a una estructura tendinosa será compatible con un ganglión; una masa multiquística podrá corresponder con una malformación vascular de bajo flujo tipo linfática o si se identifican estructuras vasculares podrá ser una malformación venosa. Entre las lesiones sólidas tenemos: pilomatrixomas, tumores dermoides/epidermoides, lipomas, sarcomas de partes blandas, rabdomiosarcomas, etc. Así, la ecografía nos permitirá una primera aproximación para luego realizar una RM, que es la técnica de elección para caracterizar y demostrar la extensión de una masa de partes blandas.

Los tumores derivados de la cresta neural también pueden asentar en el tórax y, a menudo, se diagnostican de forma accidental en una radiografía convencional (Fig. 1). Se utilizará la RM para confirmar su localización en el mediastino posterior y descartar la extensión al conducto raquídeo a través de los agujeros de conjunción.

Figura 1. Radiografía de tórax, en la que se visualiza una masa paravertebral derecha que correspondió con un ganglioneuroma (punta de flecha).

Neuroblastoma(2-4)

Es el tumor sólido extracraneal más frecuente en la infancia. Se origina de las células primordiales de la cresta neural, que forman parte del sistema nervioso simpático. Pueden localizarse a lo largo de toda la cadena simpática que discurre paralela a ambos lados de la columna vertebral, desde el cuello hasta la pelvis, aunque también existen células de la cresta neural fuera de esta localización, en el llamado órgano de Zuckerland, situado adyacente a la aorta abdominal distal. Las frecuencias por localización son: adrenales (35%), extraadrenales retroperitoneales (30-35%), mediastino posterior (20%), pelvis (2-3%), cuello (1-5%) y enfermedad metastásica sin primario identificable (1%).

Histológicamente presentan células pequeñas, redondas y azules, similares a otros tumores infantiles, como: sarcoma de Ewing, tumor neuroectodérmico primitivo (PNET, sus siglas en inglés), leucemias, linfomas y rabdomiosarcomas; un signo anatomopatológico clásico es que dichas células forman las llamadas rosetas de Homer Wright.

La presentación clínica depende de la localización anatómica. Las masas abdominales frecuentemente producen dolor, distensión abdominal y son palpables. Pueden comprimir los vasos renales y debutar con hipertensión arterial. Los neuroblastomas torácicos pueden debutar como un síndrome de Horner, con compromiso de la vía aérea, escoliosis o, de forma incidental, en una radiografía de tórax. Otra forma de presentación es detectar múltiples lesiones óseas metastásicas.

El pronóstico es muy variable, debido a sus características biológicas. Incluso se han descrito casos de regresión espontánea. Dependerá de la edad de presentación, el grado histológico, la amplificación del “n-myc”, estadio anatómico. Tienen mayor supervivencia los menores de un año.

El estadiaje ha variado en los últimos años. El “International Neuroblastoma Staging System” (INSS) establecía 5 estadios, incluyendo el 4S (menor de un año; con metástasis hepáticas, piel, óseas; con una supervivencia cercana al 100%), establecidos postquirúrgicamente. Actualmente la estadificación se basa en los hallazgos de imagen previos a la cirugía, según las recomendaciones del “International Neuroblastoma Risk Group” (INRG) propuestas en 2004. Se ha simplificado a 4 estadios (Tabla I), con un papel muy relevante de las pruebas de imagen, ya que se determinan unos factores de riesgo definidos por la imagen, que describen la relación entre el tumor y las estructuras adyacentes (vasculares, de la vía aérea principal y del sistema nervioso central) (Tabla II). Se define que el tumor engloba un vaso cuando lo rodea en el 50% o más, con la excepción de los vasos renales, que cualquier afectación se considera un factor de riesgo definido por la imagen. La ausencia de dichos factores sugiere que la resección será más completa, ya que su existencia conlleva una mayor morbilidad postquirúrgica. Se desconoce si su presencia modifica la supervivencia.

Imagen

Radiología convencional

Aparecen calcificaciones en el 30%.

En los tumores torácicos, en la radiografía de tórax se puede identificar un despegamiento, engrosamiento o irregularidad de las líneas paravertebrales, hallazgo inespecífico, pero muy sugestivo de neoplasia derivada de las células de la cresta neural (Fig. 1). En los niños sanos no suelen ser visibles estas líneas, particularmente la paraespinal derecha, por lo que su engrosamiento es sospechoso de patología en el mediastino posterior. Las masas abdominales que ascienden por el tórax también pueden ser identificadas en una radiografía de tórax en el espacio retrocrural.

Las metástasis óseas se visualizan como lesiones líticas, esclerosas o mixtas.

Ecografía

Suele ser la técnica de diagnóstico inicial, sobre todo en los que se presentan como una masa abdominal. Son lesiones sólidas, heterogéneas por sangrado/necrosis y a veces con calcificaciones, que pueden producir sombra acústica; no siempre dependiente de las glándulas suprarrenales (Fig. 2). Hipervascularizadas en el estudio doppler.

Figura 2. Neuroblastoma extraadrenal, en la ecografía (A), se identifica una masa retroperitoneal de gran tamaño, heterogénea y lobulada. En la RM (B), se demuestra que es independiente de las glándulas suprarrenales, rodea los grandes vasos abdominales y se introduce en el conducto raquídeo por un agujero de conjunción lumbar izquierdo (punta de flecha).

Resonancia magnética

Para la planificación quirúrgica y la estadificación es necesario realizar estudios con técnicas seccionales. Se utilizan la TC o la RM dependiendo, sobre todo, de la disponibilidad. La TC debe hacerse con contraste iodado intravenoso y con equipos multidetector que permiten realizar reconstrucciones multiplanares, con el inconveniente de emplear radiaciones ionizantes. La RM se está convirtiendo en la técnica de elección en muchos centros, y es claramente superior a la TC para detectar la afectación de la médula ósea, la extensión al conducto raquídeo (Fig. 2B) o la invasión de la pared torácica. A parte de la disponibilidad, otra de las limitaciones de esta técnica es la necesidad de anestesia, ya que son exploraciones largas que precisan inmovilidad del niño, generalmente pequeño.

Los neuroblastomas son típicamente hipointensos en T1 y de señal alta en las secuencias potenciadas en T2, y heterogéneas cuando existen calcificaciones, focos de hemorragia o necrosis. El uso de gadolinio intravenoso puede mejorar la visualización de la invasión de los tejidos vecinos. Las secuencias T1 y T2 tienen una excelente resolución de contraste, que permite diferenciar adecuadamente el tumor de las estructuras vasculares vecinas afectadas sin necesidad de contraste intravenoso.

Medicina nuclear

Se utiliza para demostrar enfermedad oculta y la afectación ósea difusa. La gammagrafía con metaiodobencilguanidina es sensible y específica del neuroblastoma cuando se usa en niños. Esta técnica también se emplea en el seguimiento de la enfermedad.

La gammagrafía con Tecnecio-99m se usa para la detección de metástasis óseas.

Se está investigando la utilidad de otros radiotrazadores, como la fluorodesoxiglucosa o el Galio-68 DOTATE (un quelato combinado con un péptido derivado del octreótide).

Diagnóstico diferencial

Un papel fundamental de los métodos de imagen es diferenciar el neuroblastoma adrenal del tumor de Wilms (Tabla III), a veces difícil por el gran tamaño de este tipo de tumores.

Las lesiones en las regiones suprarrenales en un neonato se tienen que distinguir de una hemorragia adrenal, que en la ecografía se aprecia como una masa de pequeño tamaño hipoecogénica, avascular con el doppler, y que se resuelve en los estudios de ultrasonidos de control. Otros tumores adrenales, como el feocromocitoma o el carcinoma adrenocortical, son mucho menos frecuentes en la infancia.

Otras neoplasias derivadas de la cresta neural, como el ganglioneuroblastoma o el ganglioneuroma (Fig. 1), son similares desde el punto de vista de la imagen.

Tumores renales(4,5)

No todos los tumores renales son tumores de Wilms, existe una gran variedad histológica. Su diagnóstico de sospecha puede establecerse por su historia clínica (edad de presentación) y los hallazgos en las técnicas de imagen, de modo que pueda planificarse una estrategia prequirúrgica y establecerse un pronóstico. Aunque no siempre se consigue y hay que recurrir al diagnóstico anatomopatológico. En la tabla IV se muestran las edades de presentación de los tumores renales sólidos malignos más típicos de la infancia:

En la tabla V se resume cómo se visualizan dichas neoplasias en las técnicas de imagen más utilizadas.

Tumor de Wilms

También llamado nefroblastoma. Tercera causa de malignidad en la infancia, tras la leucemia y los tumores del sistema nervioso central. Representa aproximadamente el 87% de todas las masas renales en Pediatría, y es la neoplasia abdominal más frecuente entre 1 y 8 años. Es raro en los neonatos. Puede ser bilateral hasta en el 13% de los niños, y puede estar asociado a anomalías congénitas (criptorquidea, hemihipertrofia, hipospadias y aniridia esporádica). También se puede asociar a determinados síndromes, como el de Beckwith-Wiedemann o el WAGR (Wilms, aniridia, anomalías genitourinarias, retraso mental); a estos pacientes se le realizará seguimiento ecográfico hasta los 7 años, ya que el riesgo de tumor de Wilms a partir de esta edad disminuye significativamente.

Clínicamente puede descubrirse como una masa palpable, a menudo tras un traumatismo. Otros pacientes debutan con síntomas constitucionales y hasta un 25% con hipertensión arterial. La hematuria y el dolor no son muy frecuentes.

Este tumor tiene capacidad metastásica a los pulmones (85%), al hígado y a los ganglios linfáticos locorregionales.

Son tumores grandes, que reemplazan el parénquima renal, que por su tamaño desplazan a las estructuras adyacentes. Se pueden extender a la vena renal y a la vena cava inferior, e incluso alcanzar la aurícula derecha. Pueden producir invasión local.

En las técnicas de imagen son heterogéneos por su contenido hemático, necrosis, grasa o calcificaciones. Cuando se realiza una ecografía y se detecta una masa renal es mandatorio descartar extensión tumoral a la vena cava inferior a través de la vena renal (Fig. 3).

Figura 3. Ecografía de un tumor de Wilms, que se identifica como una masa renal izquierda de gran tamaño, bien definida; se identifica parénquima renal normal (punta de flecha).

Tanto la TC como la RM son usados como complemento a los ultrasonidos en diferentes protocolos oncológicos, dependiendo de su disponibilidad. Aunque la TC no es la técnica ideal por el empleo de radiaciones ionizantes, es necesario que se realice con contraste intravenoso para detectar metástasis hepáticas, afectación ganglionar, invasión vascular, tumores contralaterales sincrónicos y restos nefrogénicos. La RM, además de identificar dichos hallazgos, es más sensible para determinar la permeabilidad de la vena cava, en muchos casos difícil de establecer por la importante distorsión y desplazamiento de distintas estructuras anatómicas debido al gran tamaño de estos tumores en el momento del diagnóstico.

En ocasiones se manifiesta como una gran masa quística, que no se puede diferenciar de un nefroblastoma quístico parcialmente diferenciado, subtipo de un nefroma quístico multilocular.

En el estudio de extensión es obligatoria la TC de tórax para descartar metástasis pulmonares, en cuyo caso no requerirá contraste intravenoso.

El diagnóstico diferencial, desde el punto de vista de la imagen, se establecerá con el neuroblastoma (Tabla III) y con otros tumores renales (nefroma quístico multilocular, sarcoma de células claras, tumor rabdoide renal, nefroblastomatosis, nefroma mesoblástico congénito, angiomiolipoma, carcinoma medular renal y carcinoma de células renales).

Nefroblastomatosis

Consiste en una afectación difusa o multifocal del parénquima renal por restos nefrogénicos. Se pueden detectar hasta en el 1% de autopsias de niños. Aparece desde los neonatos hasta los 7 años. Tiene capacidad de malignización a un tumor de Wilms, más frecuente en pacientes con síndrome de Beckwith-Wiedemann y hemihipertrofia. Se pueden identificar focos de nefroblastomatosis en el 30-40% de dichos tumores. Hay casos en los que hay regresión espontánea de la enfermedad.

Clínicamente pueden ser asintomáticos, debutar como una masa palpable o ser diagnosticados junto con un tumor de Wilms.

En los estudios de imagen son masas sólidas y homogéneas, ovoideas, a veces multifocales y generalmente menores de 3 cm, que suelen situarse en la región cortical del riñón, e incluso bilaterales (Fig. 4).

Figura 4. Múltiples lesiones hipocaptantes en una TC de un niño de 1 año, en relación con nefroblastomatosis bilateral.

El linfoma renal puede ser similar a la nefroblastomatosis, pero no es frecuente en niños pequeños. También hay que diferenciarlo de otras masa renales, aunque suelen ser más heterogéneas.

Nefroma mesoblástico

Es la masa renal sólida más frecuente en los neonatos y en los primeros 3 meses de vida (90% menores de 1 año). Más frecuente en los varones. Se suele manifestar como una masa palpable, la hematuria es poco habitual. Hay casos que se diagnostican intraútero y pueden asociar polihidramnios, hidrops y prematuridad.

La mejor técnica de imagen para su diagnóstico es la ecografía, tanto para el estudio pre- como postnatal. Es imprescindible identificar la glándula suprarrenal normal, que a estas edades se aprecia muy bien, para determinar su origen renal. Se visualiza como una masa intrarrenal, unilateral, sólida, de tamaño variable (desde menos de 1 cm hasta mayores de 15 cm), que afecta típicamente al seno renal y reemplaza a una gran porción del parénquima. Puede contener quistes, focos de hemorragia y de necrosis, aunque estos hallazgos no son habituales. Es frecuente la invasión local del tejido renal adyacente.

Hay que diferenciarlo del tumor de Wilms, del neuroblastoma o ganglioneuroma, de la hemorragia suprarrenal, de la poliquistosis renal autosómica recesiva, de la displasia renal multiquística, del secuestro extrapulmonar y del tumor renal osificante de la infancia.

Tiene un buen pronóstico con la nefrectomía, aunque es necesaria la resección de tejido sano perirrenal dado su capacidad invasiva. La recurrencia local, sobre todo en resecciones incompletas, y las metástasis pulmonares, óseas o cerebrales, son poco frecuentes.

Nefroma quístico multiloculado

Comprende un espectro que va desde una lesión puramente quística (nefroma quístico) hasta una masa con múltiples septos (nefroblastoma quístico parcialmente diferenciado). Los septos son el único componente sólido que presenta este tipo de tumor renal, y que lo diferencia del tumor de Wilms quístico que tiene masa sólida asociada.

Hay dos picos de edad, en niños de 3 meses a 4 años (generalmente, varones con nefroblastoma quístico parcialmente diferenciado) y en adultos (mujeres con nefroma quístico). Se suele manifestar como una masa palpable no dolorosa, hematuria o infección del tracto urinario.

Son masas unilaterales, bien definidas, encapsuladas, con múltiples quistes de varios milímetros hasta 4 cm de diámetro (Fig. 5).

Figura 5. Ecografía de una masa renal formada por múltiples quistes, que correspondió con un nefroma quístico multiloculado, obsérvese el parénquima renal conservado (punta de flecha).

El tamaño total de la masa puede oscilar entre 1 y 30 cm. Cuando se administra contraste en la TC o la RM, existe una captación exclusivamente de las paredes de los quistes. Si estos son todos muy pequeños puede tener una apariencia sólida en estas pruebas de imagen de manera que la ecografía es la mejor herramienta para demostrar su naturaleza quística.

No maligniza, ni se han descrito metástasis, y el pronóstico es excelente tras la cirugía; en los casos excepcionales de recidiva local, la radioterapia o la quimioterapia son tratamientos efectivos.

Sarcoma de células claras

Representa el 4-5% de los tumores renales primarios en Pediatría. Predomina en varones entre 1 y 4 años. Se presenta habitualmente como una masa abdominal. Son lesiones unilaterales indistinguibles por imagen del tumor de Wilms. Tienen mal pronóstico por su agresividad y capacidad para metastatizar al hueso, al hígado, al cerebro, a los ganglios linfáticos y a los pulmones, incluso tiempo después de realizada la nefrectomía.

Tumor rabdoide

Es un tumor exclusivo de niños, aproximadamente el 80% en menores de 2 años y el 60% en menores de uno, la mayoría entre 6 y 12 meses. Es el 2% de todos los tumores renales malignos de la infancia y tiene muy mal pronóstico. Predomina en varones. Clínicamente puede manifestarse como hematuria, pero debido a su agresividad puede debutar como enfermedad metastásica. Puede asociar un tumor rabdoide intracraneal, ya sea sincrónico o metacrónico.

En las pruebas de imagen aparecen como masas grandes, sólidas, heterogéneas, que afectan al hilio renal con márgenes mal definidos, es frecuente la invasión local y vascular.

Angiomiolipoma

Es un tumor renal benigno que no maligniza, raro en la infancia, excepto cuando se asocia a una esclerosis tuberosa. El 20% de los pacientes con este tipo de tumor tienen una esclerosis tuberosa, y el 80% de enfermos con esta entidad tienen angiomiolipomas. También se ha asociado a la neurofibromatosis y al síndrome de von Hippel-Lindau.

Son de tamaño variable, únicos o múltiples, uni o bilaterales.

Pueden ser diagnosticados de forma incidental, ya que la mayoría son asintomáticos, sobre todo, los menores de 4 cm. Cuando son sintomáticos, suelen ser mayores de dicha cifra, y en relación a sangrado intratumoral, con dolor abdominal o en el flanco y hematuria, que puede comprometer la vida del paciente, llamado síndrome de Wünderlich.

La apariencia en imagen varía dependiendo de la cantidad y proporción de sus componentes histológicos. La TC y la RM detectan y caracterizan muy bien aquellos que presentan grasa en su interior, ya que es raro encontrarla en otros tumores renales. La dificultad está en aquellos angiomiolipomas con escaso componente adiposo. Puede ser confundido con un liposarcoma retroperitoneal, aunque es típico del adulto, se ha descrito en adolescentes, simulando un gran angiomiolipoma exofítico.

Rabdomiosarcoma(6-8)

Este tipo de tumor, típico de la infancia, representa el 3-5% de todas las neoplasias malignas de la edad pediátrica. Es el sarcoma de partes blandas más frecuente.

Es una neoplasia de alto grado, se cree que surgen de las células mesenquimales primitivas, y puede ocurrir en múltiples órganos y tejidos, incluyendo aquellos que carecen de músculo estriado.

Aproximadamente el 40% de los casos asientan en la cabeza-cuello, el 15% son genitourinarios no vesicoprostáticos (paratesticulares, vagina, útero, etc.), el 10% son vesicoprostáticos, el 15% en las extremidades, y el 20% en otras localizaciones como el tórax o el abdomen.

La clínica variará dependiendo de la localización.

Tiene capacidad para producir metástasis al pulmón, como lesiones nodulares múltiples, que se diagnostican con la radiografía de tórax o con la TC, siendo esta la técnica de seguimiento.

Rabdomiosarcoma de cabeza y cuello

Es el segundo tumor maligno más frecuente en esta región después del linfoma. La edad media al diagnóstico es entre los 5-6 años, casi el 81% de los pacientes son menores 10 años.

La clínica dependerá de la localización y de la presencia o no de metástasis. Los síntomas pueden ser inespecíficos, como una otitis crónica u obstrucción nasal en los localizados en la región nasofaríngea con cefaleas persistentes. Aquellos que afectan a la base del cráneo pueden debutar como parálisis de pares craneales. Los orbitarios se diagnostican más pronto, ya que tienen síntomas más evidentes, como la proptosis, que también se puede identificar en rabdomiosarcomas de otras localizaciones que invadan la órbita.

La técnica de imagen inicial para valorar una masa de partes blandas, como en otras localizaciones en la infancia, es la ecografía. Aunque en esta región anatómica tiene muchas limitaciones, ya que no puede visualizar adecuadamente los compartimentos profundos del cuello o la base del cráneo, rodeados por hueso o aire. La gran ventaja de los ultrasonidos es que permite una primera aproximación, de forma rápida, a las masas cervicales superficiales, y puede determinar su naturaleza sólida, quística o vascular.

La RM es de elección para demostrar la localización y la extensión. Gracias a su excelente resolución espacial y de contraste, y a su capacidad multiplanar es idónea para la valoración de esta región anatómica tan compleja. Con las antenas adecuadas se puede estudiar la cara, las órbitas, el cuello y la base del cráneo. Además va a permitir determinar la afectación ganglionar locorregional y la diseminación perineural. En los menores de 5-7 años, en la gran mayoría, va a precisar sedación/anestesia, ya que es una exploración que puede durar más de 30-45 minutos. En todos los casos va a ser necesaria la administración de gadolinio, excepto que exista alguna contraindicación.

También es la técnica que se debe utilizar en el seguimiento, para demostrar la respuesta al tratamiento y posibles recurrencias.

La TC, por emplear radiaciones ionizantes, se reserva para determinados pacientes y situaciones.

El diagnóstico diferencial de esta neoplasia se hará dependiendo de la localización anatómica, tanto con lesiones benignas como malignas, por ejemplo con malformaciones vasculares (venosas o linfáticas), tumores benignos de las vainas nerviosas, linfoma, sarcoma de Ewing, osteosarcoma, metástasis, etc.

Rabdomiosarcoma genitourinario

Representan el 25% de todos los rabdomiosarcomas. Se pueden originar de: la vejiga, la vagina, el útero, las paredes de la pelvis, la próstata o de los tejidos paratesticulares. Se subdividen en dos grupos, con diferente pronóstico y tratamiento: los vesicoprostáticos, más desfavorables; y los no vesicoprostáticos (paratesticular, vagina o útero), con mejor pronóstico.

Son masas generalmente grandes, sólidas o quísticas, que tienen un importante efecto de masa sobre los órganos adyacentes, siendo frecuente la obstrucción urinaria. Pueden diseminarse localmente, por vía linfática o hematógena, y producir metástasis pulmonares, hepáticas y óseas.

Existen cuatro tipos histológicos: el de células embrionarias (55%), el alveolar (20%), el indiferenciado (20%) y el botrioide (5%); este último presenta múltiples quistes.

El pico de edad suele ser entre los 2 y los 6 años, siendo el 75% de los casos en menores de 5 años. La excepción es el paratesticular, que es más frecuente en adolescentes.

Clínicamente se manifiestan como una masa abdominopélvica (excepto los paratesticulares intraescrotales) que pueden tener síntomas urinarios (disuria, hematuria, frecuencia miccional, retención urinaria). La presencia de dolor es variable.

La mejor técnica inicial para valorar una masa pélvica o un paciente con síntomas urinarios es la ecografía; luego es necesario una técnica seccional, la más recomendable es la RM, por las mismas razones expuestas anteriormente. Es de elección para descartar una posible extensión al conducto raquídeo. Con todas las técnicas de imagen hay que explorar el sistema excretor urinario y el parénquima hepático.

En el caso del rabdomiosarcoma paratesticular, que se presenta como una masa escrotal, la técnica de elección es la ecografía (Fig. 6) y posteriormente se realizará una TC abdominal para evaluar la extensión ganglionar retroperitoneal.

Figura 6. Se muestran dos imágenes de una ecografía escrotal de un rabdomiosarcoma paratesticular, en la derecha, se aprecia una masa (punta de flecha) de gran tamaño dependiente del testículo izquierdo muy hipervascularizada en el estudio doppler, izquierda.

Rabdomiosarcoma en extremidades

Casi siempre son alveolares, generalmente en niños mayores y adultos jóvenes. Tienen mal pronóstico por su capacidad para metastatizar a los ganglios linfáticos y a localizaciones inusuales.

La técnica inicial es la ecografía, por su disponibilidad y su capacidad para determinar la naturaleza sólida o quística de una masa, y sirve para valorar su vascularización. Hay que recordar que la mayoría de las masas de partes blandas en la infancia son benignas. Se suele identificar como una masa sólida, bien definida, hipoecogénica y discretamente heterogénea (Fig. 7).

Figura 7. Ecografía de una masa (puntas de flecha) en las partes blandas del hombro (asterisco en la cabeza humeral), sólida, hipoecogénica, bien definida, que correspondió con un rabdomiosarcoma.

La RM es de elección para demostrar la localización (compartimento anatómico), la extensión y su relación con las estructuras vasculonerviosas, información fundamental que necesita el cirujano; también para detectar adenopatías locorregionales.

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Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico. Cómo detectar las secuelas tardías

M.C. Mendoza Sánchez
Temas de FC


M.C. Mendoza Sánchez

Sección de Hemato-Oncología Infantil. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca

 

Resumen

El cáncer constituye la principal causa de muerte en niños mayores de un año en Europa, siendo el tumor más frecuente la leucemia linfoblástica aguda. Los avances en el tratamiento y las medidas de soporte han llevado a un importante incremento de la supervivencia, con cifras actuales a los 5 años que sobrepasan el 80%, e incluso el 90% en los pacientes de bajo riesgo. Sin embargo, estos resultados han provocado un aumento de los efectos tardíos, por lo que va a ser esencial el seguimiento a largo plazo y el conocimiento de las guías establecidas para ello.
En todo este proceso, es fundamental la comunicación y el trabajo conjunto entre el especialista en Oncología y el médico de Atención Primaria, como parte de un equipo multidisciplinar, de forma que se logre el menor impacto de esos efectos tardíos sobre la calidad de vida de los supervivientes. Los pacientes también deber ser informados de los riesgos, para animarles a que mantengan un estilo de vida saludable.

 

Abstract

The main cause of death in children older than one year in Europe is cancer, being acute lymphoblastic leukemia the most frequent. Advances in treatment strategies and supportive care have resulted in great improvements in survival, with 5-year survival next to 80%, or even 90% in lower risk patients. However, this improvement has lead to an increase of long term morbidities, being essential long-term follow-up and the use of established guidelines for this concern.
Communication between Cancer Specialist and Primary Care Physician is an essential component for successful collaborative care, and continual communication is necessary. The Primary Care Physician must be part of the multidisciplinary team caring for survivors to minimize the impact of these late effects in their quality of life. Patients also need to be informed of their risks and encouraged them to maintain a healthy lifestyle.

 

Palabras clave: Supervivientes al cáncer infantil; Efectos tardíos; Segundas neoplasias

Key words: Childhood cancer survivors; Late effects; Second malignancies

 

Pediatr Integral 2016; XX (7): 475-484


Seguimiento en Atención Primaria del niño oncológico.
Cómo detectar las secuelas tardías

Introducción

Los avances en el tratamiento del cáncer infantil han conseguido una importante mejora en la supervivencia, pero esto también ha producido un aumento de los efectos tardíos secundarios al propio tumor, a las técnicas diagnósticas y a las distintas terapias empleadas.

El cáncer constituye la principal causa de muerte en la infancia en mayores de un año en los países desarrollados(1), siendo la leucemia linfoblástica aguda el tumor más frecuente. Anualmente, se diagnostican de cáncer en España, alrededor de 950 niños menores de 15 años(2). Gracias a los avances en las técnicas diagnósticas y terapéuticas en las últimas décadas, se ha incrementado significativamente el número de supervivientes, con cifras cercanas al 80% a los 5 años, en el momento actual(3). Se estima que en los próximos años, uno de cada 450 adultos jóvenes será un superviviente de cáncer infantil en Europa(4).

Asociado a este aumento en la supervivencia, se ha producido un incremento de los efectos tardíos secundarios al propio tumor, a las técnicas diagnósticas y a las distintas terapias empleadas, y el riesgo de presentarlos se eleva con la edad. Resultados del estudio de supervivientes de cáncer infantil del Children,s Oncology Group (CCSS) estiman, al menos, un problema crónico en casi el 60% en la segunda década, y una incidencia acumulada de más del 30% de secuelas crónicas graves a los 30 años del diagnóstico(5). Los supervivientes en torno a la edad de 25 años pueden tener la misma incidencia acumulada de problemas de salud moderados o graves que sus controles de 50 años(6). Parece que los protocolos más actuales están consiguiendo una reducción de estos efectos, especialmente en el caso de la LLA(7), sobre todo, gracias a la limitación en el uso de la radioterapia craneal y a la administración de tratamiento ajustado al riesgo de cada paciente. Otro cambio importante ha sido la reducción de la radioterapia en el tumor de Wilms y en el linfoma de Hodgkin(8).

El descenso de los efectos tardíos y su detección temprana ha pasado a ser uno de los principales objetivos en el seguimiento de estos pacientes, para mejorar así su calidad de vida. En este sentido, es fundamental el trabajo conjunto entre los profesionales sanitarios hospitalarios y los de Atención Primaria. Lo ideal sería un modelo compartido con momentos clave, como la transición entre equipos pediátricos y de adultos, y la transición entre Atención Hospitalaria y Atención Primaria. En España, de momento, esto está en proceso, pero algunas comunidades, como Murcia, han empezado a desarrollar programas en este sentido(9).

La transferencia de información entre el especialista en Oncología y el médico de Atención Primaria es esencial. Puntos importantes de esta información deberían ser historia inicial, fecha de diagnóstico, test diagnósticos y resultados, tratamientos recibidos y dosis, complicaciones del tratamiento y posibles resultados de pruebas posteriores, recaídas y calendario de seguimiento. Se ha visto que, en pocas ocasiones, los médicos de Familia y los Pediatras de Atención Primaria reciben estos informes detallados, a pesar de que la mayoría está seguro de su utilidad. Se trataría de una especie de “pasaporte de cuidado”, con un plan de seguimiento individualizado y compartido también con el paciente.

Existen guías en relación con el seguimiento a largo plazo de los supervivientes de cáncer en la infancia. Una de las más importantes es la publicada por el Children,s Oncology Group (COG), que puede consultarse en la página web: www.survivorshipguidelines.org(10). A nivel europeo, “PanCare Network” se ha establecido como una red para mejorar el cuidado y la calidad de vida de estos pacientes(3). Se creó en 2008, y constituye un sistema multidisciplinar del que forman parte tanto los profesionales como los supervivientes y sus familias. Coordina e intenta que cada superviviente reciba un óptimo cuidado a largo plazo. Se vigilan, especialmente, efectos relacionados con la radioterapia, la toxicidad cardíaca y segundas neoplasias y se puede consultar en: www.pancaresurfup.eu. En España, el grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas publicó también en 2012, el libro: “Efectos tardíos en supervivientes de un cáncer en la infancia”(2), que constituye otra guía de gran ayuda.

A continuación, desarrollaremos más en profundidad, los principales efectos tardíos encontrados y las recomendaciones para su seguimiento publicadas en los distintos estudios. En la tabla I, se muestra un resumen de las principales alteraciones que se pueden encontrar y sus principales causantes. En la tabla II, se muestra un ejemplo de esquema de seguimiento.

Secuelas cardiológicas

Los pacientes con mayor riesgo de secuelas cardiológicas serán los que han recibido tratamiento con antraciclinas a altas dosis y/o radioterapia mediastínica.

Las complicaciones cardiovasculares se han convertido en una importante causa de morbi-mortalidad en los supervivientes a largo plazo del cáncer infantil. El riesgo de insuficiencia cardíaca congestiva se estima en 15 veces superior al de la población general y el de muerte prematura secundaria a causas cardíacas es 7 veces mayor. El antecedente de tratamiento con antraciclinas, especialmente a partir de dosis de 250 mg/m2, y la radioterapia torácica (sobre todo, dosis mayores a 35 Gy) constituyen los principales factores de riesgo para su desarrollo(11).

Las antraciclinas provocan daño, sobre todo, por producción de radicales libres y por daño directo del miocito. Los cambios que se observan tras el uso de antraciclinas pueden ser los de la miocardiopatía dilatada (descenso en la fracción de eyección y de la fracción de acortamiento), aunque también puede desarrollarse miocardiopatía restrictiva. En general, no existen grandes diferencias entre la cardiotoxicidad de las distintas antraciclinas en niños.

Estudios sobre cardioprotectores, como el desrazoxano, han visto que puede minimizarse el daño cardiaco y favorecer la remodelación después de la administración de antraciclinas, sin disminuir su eficacia antitumoral. Inicialmente, tuvo un uso restringido por algún dato sobre un posible aumento de riesgo de leucemia linfoblástica aguda, pero esto no se ha demostrado. Sin embargo, aún faltan datos sobre su eficacia en niños a largo plazo.

La radioterapia suele asociarse a lesión endotelial. Puede producir miocardiopatía dilatada o restrictiva, así como también patología coronaria y, a nivel cervical, puede provocar daño carotídeo, que incremente el riesgo de accidente cerebrovascular agudo (ACVA), por lo que es importante vigilar soplos a ese nivel.

La principal prueba para el seguimiento de los efectos tardíos cardíacos es la ecocardiografía La resonancia cardíaca puede ser una buena alternativa para valorar la estructura y la función cardiaca, pero no está accesible en todos los centros y su coste es excesivo para utilizarla como técnica de monitorización.

En cuanto al uso de los biomarcadores, se ha visto que la determinación de troponina T y troponina I séricas no se asocia claramente con disfunción ventricular izquierda. El péptido atrial natriurético y, especialmente, su fracción Pro-B NT, persistentemente elevada durante el tratamiento con antraciclinas, podría ser un predictor de daño años después. Sin embargo, no está clara su utilidad a la hora del seguimiento de pacientes asintomáticos. Pueden tener un papel complementario, pero siempre en combinación con otros datos.

Es frecuente que haya un largo período de latencia hasta el desarrollo de síntomas y signos de insuficiencia cardíaca congestiva, por lo que en las distintas visitas de seguimiento, será importante vigilar síntomas, como disnea, dolor torácico, palpitaciones o intolerancia al ejercicio.

Las principales recomendaciones con alto grado de evidencia para facilitar la detección temprana de la insuficiencia cardíaca congestiva en estos pacientes se muestran en la tabla III.

Secuelas respiratorias

La toxicidad pulmonar es una complicación tardía frecuente en los pacientes supervivientes a un cáncer infantil, alterando su calidad de vida, en mayor o menor medida, según la afectación clínica.

La incidencia acumulada de complicaciones pulmonares en los supervivientes de cáncer infantil aumenta con la edad tras el diagnóstico(12). El daño puede ser agudo o, con mayor frecuencia, de instauración insidiosa, llevando a una situación de fibrosis pulmonar y neumonitis.

Puede haber daño, tanto debido a fármacos quimioterápicos (bleomicina, busulfán, nitrosureas, ciclofosfamida y metotrexate, especialmente en combinación), como por radioterapia mediastínica (enfermedad de Hodgkin, metástasis pulmonares de sarcomas o tumor de Wilms o radiación espinal en pacientes con tumores de SNC). La radioterapia puede causar daño, tanto por lesión oxidativa del endotelio vascular pulmonar, como por afectación del desarrollo de la pared torácica. El riesgo es mayor con cifras superiores a 20 Gy.

Los pacientes sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos van a ser especialmente vulnerables debido a los regímenes de acondicionamiento, las complicaciones infecciosas o las complicaciones debidas a enfermedad injerto contra huésped, siendo lo más frecuente el trastorno restrictivo.

En ocasiones, los niños precisan cirugía torácica debido a la presencia de metástasis. Sin embargo, parecen tolerar las resecciones mejor que los adultos, gracias a mecanismos adaptativos que compensan la lesión.

En el seguimiento de los pacientes, hay que vigilar síntomas, como: tos seca, dificultad respiratoria o intolerancia al ejercicio. En caso de sintomatología, debe realizar una adecuada exploración física, así como valorar la realización de radiografía de tórax y, sobre todo, un estudio de función pulmonar, con especial interés en la capacidad vital forzada y la capacidad de difusión.

Será importante aconsejar a estos pacientes para que eviten el consumo de tabaco, dado que puede comprometer aún más su situación respiratoria.

Secuelas neuropsicológicas

Las secuelas cognitivas van a aparecer fundamentalmente relacionadas con la radioterapia craneal.

Las secuelas cognitivas aparecen en aproximadamente el 40-45% de estos pacientes(13). Las vamos a encontrar fundamentalmente relacionadas con afectación tumoral primaria del SNC y, también, con radioterapia a ese nivel (en tumores del SNC o en la leucemia linfoblástica aguda hasta los cambios en los protocolos actuales, que intentan reducir sus indicaciones). La radioterapia produce daño, sobre todo en pacientes de menor edad, especialmente por debajo de 3-5 años, y con mayores dosis, mayor es el riesgo de secuelas. Se relaciona con leucoencefalopatía y lesión por microangiopatía.

Los principales efectos son los que afectan a la memoria, la atención, la velocidad de procesamiento y las matemáticas.

A nivel auditivo, puede haber ototoxicidad, sobre todo, relacionada con el uso de cisplatino y radioterapia a ese nivel, recomendándose valoración audiológica en los pacientes de riesgo al inicio del seguimiento y, posteriormente, si existe algún dato de sospecha.

En cuanto a la afectación ocular, la alteración más frecuentemente encontrada es la aparición de cataratas, en relación, sobre todo, con el uso de corticoides, radiación a ese nivel o terapia intratecal. La incidencia aumentada persiste más allá de los 20 años post tratamiento.

A nivel psicológico, se ha visto que estos pacientes tienen aumentado el riesgo de trastornos emocionales. Son frecuentes: trastornos de ansiedad, baja autoestima, trastornos de conducta o depresión. Suenen venir derivados del diagnóstico, del tratamiento y de multitud de efectos físicos y neurocognitivos tardíos que acompañan al superviviente, sobre todo de memoria y trastornos del aprendizaje(14). Los problemas para la adaptación social se encuentran fundamentalmente en los supervivientes a tumores del SNC, con mayores dificultades en las relaciones interpersonales. Es, por tanto, fundamental el soporte en este sentido a los pacientes y sus familias.

Secuelas endocrinológicas

El daño se encuentra principalmente relacionado con radioterapia a nivel de hipotálamo e hipófisis, sin olvidar el posible daño gonadal por la quimioterapia.

Hasta el 50% de los supervivientes a un cáncer infantil van a presentar algún tipo de efecto secundario tardío a nivel endocrinológico. Los tumores que van a presentar este tipo de secuelas con mayor frecuencia van a ser los tumores del SNC, especialmente el craneofaringioma, con cifras de hasta el 75% de casos con, al menos, un daño hormonal(15). El daño va a ser debido fundamentalmente a la radiación del eje hipotálamo-hipofisario, sobre la glándula tiroidea o sobre las gónadas. También, puede ocurrir por la acción de agentes alquilantes, como la ciclofosfamida o el busulfán a altas dosis sobre la función ovárica y testicular.

Los efectos secundarios por la radioterapia craneal son más frecuentes si se administra a una edad más temprana. La hormona que se afecta con más frecuencia en estos casos es la GH (hormona de crecimiento), especialmente con dosis mayores de 18 Gy. La talla baja puede aparecer relacionada con daño en la producción de GH, hipotiroidismo, pubertad precoz secundaria a radioterapia, déficit de crecimiento debido a radioterapia (por ejemplo, a nivel espinal o de huesos largos) o corticoterapia. Aunque algunos niños recuperan niveles adecuados de producción de GH, muchas veces no alcanzan el adecuado “catch up” a pesar del tratamiento sustitutivo.

Los efectos secundarios a nivel tiroideo se encuentran, sobre todo, relacionados con la radioterapia cervical o mediastínica, especialmente en la enfermedad de Hodgkin, o la radiación espinal de algunos tumores del SNC. También, se han visto casos secundarios a hipotiroidismo central por radioterapia craneal mayor de 30 Gy o tras MIBG terapéutica para el neuroblastoma, a pesar de profilaxis con yodo oral. Lo más frecuente es encontrar hipotiroidismos secundarios, aunque también se han visto casos de hipertiroidismo.

El daño a nivel gonadal puede ser debido, tanto a la radioterapia como a la quimioterapia, fundamentalmente el tratamiento con: ciclofosfamida, procarbacina y mostazas nitrogenadas (BCNU, CCNU). Las niñas tienen mayor riesgo si reciben la quimioterapia durante o después de la pubertad. Las gonadotrofinas son las hormonas que se afectan en segundo lugar en frecuencia con la radioterapia craneal. Puede haber retraso o fallo puberal, pero también, pubertad precoz, sobre todo en: hamartomas, gliomas ópticos, ependimomas y astrocitomas.

La radioterapia abdominal que incluye a las gónadas tiene un riesgo de fallo ovárico de hasta el 50%, sobre todo, con dosis superiores a 15 Gy y si se asocia tratamiento con alquilantes, con riesgo de menopausia precoz, y consecuentemente, osteoporosis y cardiopatía, así como infertilidad, esta última con dosis de radioterapia ovárica desde 5 Gy. Hay que vigilar irregularidades menstruales, ya que pueden ser predictoras de fallo ovárico.

La radioterapia abdominal que incluye el útero, también aumenta el riesgo de retraso del crecimiento intrauterino y parto prematuro.

Las células germinales del varón son muy sensibles tanto a la quimioterapia como a la radioterapia, y dosis tan bajas como 2-3 Gy pueden provocar tasas de hasta el 100% de aspermia irreversible. Las células de Leydig son menos radiosensibles, pero también pueden sufrir daño en su función con dosis mayores de 24 Gy.

La infertilidad supone, por tanto, un riesgo especial para estos supervivientes, con la posibilidad añadida de trastornos psicológicos al respecto. Estudios recientes han podido comprobar que, a pesar de la importancia del problema, en más de la mitad de las instituciones europeas en las que se realiza tratamiento hemato-oncológico en la infancia, se carece de guías para preservar la fertilidad de los pacientes(16). Se considera importante la elaboración de dichas guías, por lo que en la red europea PanCare, se ha creado el PanCareLIFE, grupo que trata de dar respuestas basadas en la evidencia a este respecto (www.pancarelife.eu). En este sentido, es importante valorar la trasposición de testes u ovarios previa a la administración de radioterapia escrotal, pélvica o inguinal. La criopreservación de espermatozoides en los varones tras la pubertad, es una de las técnicas más establecidas. La criopreservación de tejido testicular en varones prepuberales, se considera hoy todavía una técnica experimental. La criopreservación de corteza ovárica puede valorarse en pacientes prepuberales y puberales, aunque aún no hay estudios amplios a largo plazo y, además, existen cuestiones éticas y legales aún no resueltas, como el uso de células germinales en caso de que no sean empleadas o en caso de fallecimiento del paciente(17).

La afectación de la ACTH (hormona adrenocorticotropa) es muy infrecuente y, cuando ocurre, suele ser por daño directo tumoral o quirúrgico sobre el hipotálamo/hipófisis o por dosis de radioterapia mayores de 30-50 Gy.

La diabetes insípida aparece, sobre todo, en tumores que afectan al infundíbulo (craneofaringioma, germinoma y glioma óptico), así como tras la cirugía.

En estos supervivientes, se ha observado también un riesgo aumentado de obesidad, asociado a corticoterapia, disminución de la actividad física, déficit de GH, así como de síndrome metabólico, por lo que es importante controlar el índice de masa corporal en las consultas, así como la presión arterial, perfil lipídico y glucemia.

Secuelas gastrointestinales

El mayor riesgo de complicaciones gastrointestinales aparece si el paciente ha recibido radioterapia o cirugía a ese nivel.

La radioterapia y la cirugía a nivel abdominal pueden ser responsables de procesos obstructivos. La radioterapia puede producir fibrosis e isquemia por daño vascular. Hay que vigilar, por tanto, síntomas, como: reflujo, náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento o pérdida de peso.

La disfunción hepática puede aparecer tras un largo período de latencia, secundaria a obesidad, hepatitis viral, consumo de alcohol o daño por sobrecarga de hierro secundaria a transfusiones. Es importante realizar un adecuado seguimiento de esta posible alteración.

Secuelas genitourinarias

El daño en la función renal es uno de los potenciales efectos tardíos de los supervivientes a un cáncer infantil.

La nefrectomía, la radiación abdominal, el tratamiento con altas dosis de ifosfamida (>16.000 mg/m2) y de cisplatino (>450 mg/m2) son los principales factores de riesgo de daño renal a nivel glomerular y tubular proximal(18), y este riesgo se mantiene a muy largo plazo. La ciclofosfamida y el metotrexate no se han asociado con aumento del riesgo de nefrotoxicidad.

Los supervivientes a un tumor de Wilms son de especial riesgo, dado el antecedente de cirugía, quimioterapia y, posiblemente, radioterapia, con cifras elevadas de presión arterial hasta en el 30% de los casos.

El daño vesical puede aparecer asociado, sobre todo, al uso de ciclofosfamida e ifosfamida. Así mismo, la cirugía de tumores sólidos a ese nivel o la radioterapia pueden afectar a su funcionamiento. Ambas modalidades terapéuticas también pueden causar disfunción sexual, dolor crónico pélvico, alteraciones del suelo pélvico y fístulas o sequedad vaginal en mujeres.

Secuelas musculoesqueléticas

Es importante optimizar el aporte de calcio en la dieta de los supervivientes a un cáncer en la infancia.

Los supervivientes a un cáncer infantil presentan mayor riesgo de secuelas musculoesqueléticas, siendo el principal factor de riesgo, la radiación craneoespinal. Otros determinantes, son el tratamiento con corticoides o metotrexate, la nutrición subóptima y el estilo de vida sedentario.

Algunos estudios(19) han puesto de manifiesto que la osteopenia secundaria es menos frecuente de lo que se pensaba y que, en la mayoría de los casos, la afectación de la densidad mineral ósea mejora en la adolescencia y en el adulto joven, con un estilo de vida saludable y optimizando el aporte de calcio en la dieta, siendo necesarios sólo, en algunos casos, los suplementos de vitamina D.

En casos de hipovitaminosis D (niveles de 25-OH-vitamina D menores de 20 ng/ml) y riesgo de osteoporosis, puede ser necesario administrar dosis de 2.000 UI de vitamina D3 al día durante 6 semanas, sin olvidar el resto de medidas generales, como: mejorar el aporte de calcio en la dieta, aumentar la exposición solar y estimular el ejercicio físico, sobre todo de soporte de carga (carrera y salto).

Secuelas orales y dentales

El tratamiento oncológico puede producir efectos tardíos a nivel oral y dental, especialmente debido a la radioterapia a ese nivel.

A nivel oral y dental, la radioterapia va a ser la principal responsable de los efectos tardíos. Puede ser responsable de las siguientes alteraciones(20):

• A nivel dental: hipodontia, microdontia, hipoplasia del esmalte o problemas en la raíz. También, son especialmente vulnerables los pacientes sometidos a quimioterapia antes de los 5 años, sobre todo con agentes como la ciclofosfamida a altas dosis. La hipoplasia del esmalte predispone a la colonización bacteriana, incrementando el riesgo de caries.

• Xerostomía por alteración en la función de las glándulas salivares, provocando un incremento del riesgo de caries e infecciones orales, así como, en ocasiones, trastornos del sueño, de la ingesta o del habla.

• Anormalidades en el desarrollo craneofacial.

Trismus secundario a alteraciones en la articulación témporo-mandibular.

La radioterapia craneal y cervical, además, va a incrementar el riesgo de padecer segundas neoplasias, por lo que hay que vigilar lesiones sugerentes de malignidad a este nivel. Tampoco hay que olvidar que, la cavidad oral puede ser un sitio de afectación de la enfermedad injerto contra receptor, en los pacientes sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos. Es importante, por tanto, un adecuado seguimiento para detectar estas alteraciones de forma temprana.

Segundas neoplasias

El riesgo de segundas neoplasias está aumentado en los supervivientes al cáncer infantil, siendo los principales factores de riesgo los agentes alquilantes, la exposición a radioterapia y el trasplante de progenitores hematopoyéticos.

El aumento de la supervivencia de los pacientes tratados de cáncer en la infancia ha hecho aumentar el riesgo de segundas neoplasias en ellos. Se trata de tumores histológicamente diferentes que aparecen, al menos, dos años después del fin de tratamiento de la enfermedad primaria. El riesgo relativo es 6 veces mayor que en la población general y la mayoría ocurren en los primeros 10 años, pero la posibilidad se mantiene hasta incluso pasados los 30 años del diagnóstico inicial(21).

Los principales factores de riesgo asociados a la aparición de segundas neoplasias son la quimioterapia, la radiación ionizante y el trasplante de progenitores hematopoyéticos, sin olvidar que algunos pacientes presentan factores genéticos que incrementan su predisposición, como las mutaciones del gen p53, en el síndrome Li-Fraumeni, o las del gen supresor del retinoblastoma (RB1).

En relación con la quimioterapia, distinguimos fundamentalmente tres grupos de riesgo:

1. Los agentes alquilantes (ciclofosfamida, ifosfamida, melfalán, busulfán, dacarbacina, nitrosureas, cisplatino) se asocian habitualmente a leucemias mieloblásticas agudas, en ocasiones, precedidas por síndrome mielodisplásico. En ellas, son frecuentes monosomías o deleciones parciales del cromosoma 5 o del 7. Suelen ocurrir a los 5-7 años tras el diagnóstico del cáncer primario.

2. Las epipodofilotoxinas, como el etopósido, se asocian también a leucemias mieloblásticas agudas, sobre todo, mielocíticas y mielomonocíticas. Suelen verse tras 2-3 años de tratamiento y asociarse con anormalidades en el gen MLL.

3. Las antraciclinas también pueden producir leucemias mieloblásticas agudas, sobre todo, 2-3 años tras el tratamiento.

La supervivencia de estas leucemias secundarias es muy baja. Por eso, la mayoría de las guías recomiendan hemograma anual en el seguimiento a largo plazo, al menos, hasta los 10 años de la exposición a dichos fármacos.

La radioterapia es otro de los principales factores de riesgo de neoplasia, sobre todo, las altas dosis aplicadas a edades más tempranas. Es frecuente su uso, sobre todo en la enfermedad de Hodgkin, en tumores del SNC, en tumores sólidos y en algunos regímenes de acondicionamiento del trasplante de progenitores hematopoyéticos. Se va a asociar, sobre todo, a tumores sólidos, y el riesgo se incrementa conforme pasan los años, siendo mayor a los 10-15 años, pero manteniéndose hasta incluso pasados los 30 años del tratamiento, sobre todo para los tumores del SNC. Los tumores más frecuentemente relacionados con ella van a ser el cáncer de mama, sobre todo, tras la radiación mediastínica; los tumores craneales benignos, como los meningiomas; los tumores óseos y de partes blandas; el cáncer de tiroides; el cáncer de piel no melanoma; y el cáncer de vejiga.

Los pacientes sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos tienen una incidencia ocho veces mayor de segundas neoplasias que la población general y, en los que lo han recibido por debajo de los 10 años, este riesgo es hasta 60 veces mayor. Se relaciona con la quimioterapia, la radioterapia, a veces, empleada en los regímenes de acondicionamiento, y la enfermedad injerto contra receptor. El tratamiento inmunosupresor también se relaciona con la aparición del síndrome linfoproliferativo post-trasplante, que suele presentarse como linfomas agresivos.

Debido a la importancia de las segundas neoplasias en los supervivientes a un cáncer infantil, es fundamental hacer recomendaciones específicas de vigilancia en estos pacientes. Se debe realizar una estrecha revisión de la piel, así como controlar síntomas y signos tiroideos, adenopatías o visceromegalias. El seguimiento del cáncer de mama es clave en las pacientes sometidas a radioterapia mediastínica y debe comenzar a edades más tempranas que en la población general. En todas las visitas, debe informarse de los riesgos del hábito tabáquico.

Vacunación en el paciente oncohematológico

En general, se recomienda suspender las vacunaciones sistemáticas durante el tratamiento oncológico. La administración de vacunas de virus vivos exige que, al menos, hayan pasado 6 meses tras el fin del tratamiento.

Los supervivientes al cáncer infantil mantienen un mayor riesgo de desarrollar complicaciones infecciosas después del fin de tratamiento, especialmente en los primeros seis meses, pero también a largo plazo y, sobre todo en los pacientes de menor edad(22). Es importante que mantengan un adecuado estado vacunal, aunque todavía hay muchas cuestiones en las que no hay unanimidad.

En general, se considera clave un período de 6 meses para que el sistema inmune tenga una recuperación suficiente para responder a las vacunas.

Los principios generales de las guías más utilizadas son:

• Suspender el calendario vacunal ordinario del paciente durante el tratamiento oncológico.

• Evitar vacunas de virus vivos en todos los pacientes sometidos a quimioterapia y radioterapia, hasta que no hayan pasado, al menos, 6 meses.

• Las vacunas de virus inactivados, subunidades, recombinantes, polisacarídicas o toxoides no se recomiendan en los primeros 3-6 meses post fin de tratamiento, por la posibilidad de pobre o nula respuesta.

• La vacuna de la gripe debe ser recomendada anualmente a todos los pacientes desde las 3-4 semanas de fin de tratamiento.

• En relación a la vacuna de la varicela en niños con leucemia linfoblástica aguda, las últimas recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría de 2009 sugieren que estos niños no deberían ser inmunizados en zonas donde la incidencia de la infección está en descenso, y que dicha inmunización tan sólo podría realizarse, al menos, un año tras el fin de la quimioterapia. En caso de exposición en pacientes de riesgo, estos deberían recibir inmunización pasiva con inmunoglobulinas, tan pronto como sea posible, en las primeras 96 horas. Si no se dispusiese de la inmunoglobulina o hubiesen pasado más de 96 horas, se recomienda la administración de aciclovir profiláctico durante 7 días.

• Lo ideal sería poder evaluar los niveles de anticuerpos del paciente, para valorar aquellos en los que está indicado un refuerzo de la vacuna. Sin embargo, esto no es posible en muchos casos y, por ello, la mayoría de los calendarios recomiendan administrar una dosis extra de las vacunas, a pesar de que se haya completado el calendario previo al inicio del tratamiento

• Es prioritaria la vacunación correcta de los contactos de estos pacientes, especialmente en relación con la vacuna de la gripe.

• En el caso de los pacientes sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos, en general, se asume que el niño es susceptible a todas las enfermedades inmunoprevenibles y se debe llevar a cabo una vacunación completa de todas las inmunizaciones sistemáticas, recomendándose iniciar a partir de los 6 meses y no administrar las de virus vivos atenuados hasta, al menos, 18-24 meses post trasplante, siempre y cuando no exista EICH (enfermedad injerto contra huesped) y el niño no esté recibiendo inmunosupresores.

La propuesta de vacunación de los niños con cáncer del Comité Asesor de Vacunas de la Sociedad Española de Pediatría, en consenso con la Sociedad Española de Infectología Pediátrica(23), se recoge en la tabla IV.

Promoción de la salud

La promoción de la salud es muy importante en las visitas de seguimiento de estos pacientes.

Son varios los estudios que insisten en la importancia de mantener estilos de vida saludables y reducir los riesgos medioambientales en el seguimiento a largo plazo de los supervivientes a un cáncer infantil, ya que esto no es habitual en muchos de ellos.

Algunos de estos consejos son: evitar el consumo de tabaco, limitar la ingesta de alcohol, realizar ejercicio físico de forma regular y minimizar la exposición solar, especialmente de zonas que han sido sometidas a radioterapia.

También, se recomienda mantener una adecuada higiene oral y dental, así como una vigilancia estricta de caries.

Funciones del pediatra de Atención Primaria

La supervivencia del cáncer infantil ha mejorado sustancialmente en las últimas décadas, con un incremento del número de supervivientes con especial vulnerabilidad para secuelas tardías. Es importante asegurar un adecuado seguimiento a largo plazo de estos pacientes y las guías establecidas por grupos internacionales, europeos y las sociedades científicas van a ser esenciales en este proceso.

Los profesionales de Atención Primaria deben ser considerados una parte fundamental de los equipos multidisciplinarios encargados del seguimiento, y deberían recibir un informe detallado sobre el diagnóstico y el tratamiento recibido, así como un plan de seguimiento individualizado para cada paciente, en relación a su riesgo. La transferencia de información y la continua comunicación entre el especialista en Oncología y el especialista de Atención Primaria es un componente esencial en el cuidado de estos pacientes, y dicha información debe ser también compartida con el paciente, para que colabore en el cuidado de su salud.

Además de la monitorización de los efectos tardíos, el pediatra y el médico de Atención Primaria serán responsables de vigilar la posibilidad de: recurrencias, detectar precozmente segundas neoplasias, aconsejar sobre medidas preventivas rutinarias y realizar una adecuada valoración psicosocial y de la calidad de vida del paciente.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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23.*** Mellado MJ, Moreno D, Ruíz Contreras J, et al. Documento de consenso de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica y el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría para la vacunación en inmunodeprimidos. An Pediatr (Barc). 2012; 75: 413e1-413e22.

Bibliografía recomendada

– Children,s Oncology Group. Long-term follow-up guidelines for survivors of childhood, adolescent and young adult cancer: Cure,s Search. www.survivorshipguidelines.org.

Importantes guías basadas en la evidencia, que desde 2004 se han desarrollado por el Children’s Oncology Group y que están en continua actualización.

– Hjorth L, Haupt R, Skinner R, et al. Survivorship after childhood cancer: PanCare: a European Network to promote optimal long-term care. European Journal of Cancer. 2015; 51: 1203-11.

“PanCare Network” se ha establecido como una red europea para mejorar el cuidado y la calidad de vida de estos supervivientes. Coordina e intenta que se incorporen estrategias para que cada superviviente de un cáncer en la infancia y la adolescencia, reciba un óptimo cuidado a largo plazo.

– Grupo de trabajo sobre efectos secundarios a largo plazo y segundos tumores de la Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas. “Efectos tardíos en supervivientes al cáncer en la infancia”. 2012. Cevagraf.

Publicación de la Sociedad Española de Hemato-Oncología Pediátrica.

– Shad A, Myers S, Hennessy K. Late effects in cancer survivors: “The shared care model”. Curr Oncol Rep. 2012; 14: 182-90.

Describe los diferentes efectos secundarios, haciendo énfasis en la importancia de un seguimiento conjunto entre Atención Primaria y Especializada.

– Armenian S, Hudson M, Mulder R, et al. Recommendations for cardio­myopathy surveillance for survivors of childhood cancer: a report from the International Late Effects of Chidhood Cancer Guideline Harmonization Group. Lancet Oncol. 2015; 16: e123-36.

Recomendaciones de vigilancia de miocardiopatía en pacientes supervivientes a un cáncer infantil, tratados con antraciclinas y/o radioterapia torácica, basadas en la evidencia y con distintos niveles de recomendación tras trabajo de revisión con colaboración internacional (Children’s Oncology Group de Norteamérica y grupos europeos).

– Mellado MJ, Moreno D, Ruíz Contreras J, et al. Documento de consenso de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica y el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría para la vacunación en inmunodeprimidos. An Pediatr (Barc). 2012; 75: 413e1-e22.

Describe las distintas vacunas en las diferentes situaciones de inmunosupresión y el calendario propuesto para su administración.

 

Caso clínico

 

Paciente de 11 años que consulta por un cuadro clínico de mes y medio de evolución de adenopatías múltiples. Al inicio, presentó una adenopatía inguinal derecha de hasta 3 cm de diámetro, dura, para la que recibió tratamiento con amoxicilina-clavulánico oral con escasa respuesta. Posteriormente, comenzó a progresar apareciendo adenopatías a distintos niveles, especialmente cervicales, axilares e inguinales. Se completa estudio con analíticas, serologías, pruebas de imagen y biopsia de adenopatía cervical, siendo diagnosticada de linfoma de Hodgkin clásico, esclerosis nodular, estadio IIIA. Recibe quimioterapia según protocolo europeo (vincristina, etopósido, prednisona, adriamicina, dacarbacina, ciclofosfamida), presentando regular respuesta a la quimioterapia inicial, por lo que tras el fin de tratamiento quimioterápico, recibe radioterapia de los campos afectos, incluyendo: región cervical, mediastino, abdomen y zona inguinal. Se comprueba remisión completa posteriormente y se mantiene así en la actualidad, y acude a la revisión del Pediatra de los 14 años.

 

 

Bases del tratamiento del cáncer en Pediatría: principios de la terapia multimodal

S. Fernández-Plaza*. B. Reques Llorente**
Temas de FC


S. Fernández-Plaza*. B. Reques Llorente**

*Pediatra de Atención Primaria. Centro de salud Galapagar. Galapagar. Madrid.**Pediatra de Atención Primaria. Centro de salud Somosaguas. Pozuelo de Alarcón. Madrid

 

Resumen

La supervivencia del cáncer infantil ha mejorado de forma significativa en los últimos años. Este descenso de la mortalidad ha sido consecuencia de la aplicación de nuevos y mejores procedimientos diagnósticos y terapéuticos. El abordaje multidisciplinar del diagnóstico y tratamiento de los tumores en la edad pediátrica ha supuesto un claro beneficio para este grupo de pacientes. Finalmente, hay que reseñar que la investigación y el desarrollo de mejores medidas de soporte, también han contribuido a disminuir su morbi/mortalidad. En este artículo, se han revisado las bases del tratamiento del cáncer infantil. El objetivo de la investigación de las nuevas terapias se dirige, de un lado, a mejorar la supervivencia de los pacientes y, de otro, a minimizar la toxicidad a corto y, en especial, en la población pediátrica a largo plazo.

 

Abstract

Treatment of paediatric cancer: principles of multimodal therapy Survival of childhood cancer has significantly improved over the last years. The decrease of mortality has been based on the investigation of new and better diagnostic and therapeutic procedures. Investigation and development of better support therapies has contributed significantly to this improvement. In this article we review the different aspects of treatment of childhood cancer. New treatments are designed to improve the results on survival and to decrease the toxicities and long term secondary effects.

 

Palabras clave: Terapia multimodal; Quimioterapia; Radioterapia; Trasplante de progenitores hematopoyéticos

Key words: Multimodal therapy; Chemotherapy; Radiotherapy; Hematopoietic stem cell transplantation

 

Pediatr Integral 2016; XX (7): 465-474


Bases del tratamiento del cáncer en Pediatría: principios de la terapia multimodal

Incidencia y supervivencia del cáncer infantil

Los avances terapéuticos en relación con el cáncer infantil han sido enormes en las últimas décadas. Estos avances han permitido un descenso de la mortalidad, casi un 60% desde los años sesenta hasta finales del siglo pasado. En los últimos años, se ha mantenido esta tendencia decreciente. A pesar de esto, el cáncer sigue siendo la principal causa de muerte por enfermedad a partir del primer año de vida y hasta la adolescencia. En 2013, el cáncer ocasionó el 29% de las muertes entre 1 y 14 años, y el 18% entre 15 y 19 años(1,2).

El cáncer infantil es una enfermedad relativamente infrecuente. Según la información publicada por el Registro Español de Tumores Infantiles para el periodo 2010-2012, en España, se diagnosticaron aproximadamente, un caso por cada 6.500 niños menores de 15 años al año, lo que se traduce en aproximadamente 1.100 nuevos casos anuales en niños entre 1 y 14 años. España se sitúa en el contexto europeo occidental, en cuanto al patrón de incidencia y la distribución por grupos tumorales.

Según los datos proporcionados por el RNTI-SEOP, el cáncer infantil más frecuente es la leucemia aguda (30%). Casi el 80% de las leucemias son linfoblásticas agudas (LLA) y alrededor del 18% son leucemias agudas mieloblásticas (LMA). Le siguen en frecuencia: los tumores del sistema nervioso central (21,7%), que constituyen casi una cuarta parte de todos los tumores infantiles, y los linfomas (12,7%) que, en menores de 15 años, son mayoritariamente no Hodgkin (62%), incluyendo el linfoma de Burkitt. El 18% de los tumores infantiles son embrionarios, como el neuroblastoma (9%) y el tumor de Wilms (5%). El retinoblastoma (3%), los tumores hepáticos (1%) y los tumores germinales, también pertenecen a este grupo(1,2). Los tumores óseos malignos representan el 6% de los cánceres infantiles, los dos más frecuentes: el osteosarcoma y el tumor de Ewing (Fig. 1).

Figura 1. Distribución por grupo diagnóstico de los tumores infantiles en España. 0-14 años.2000-2011.RETI-SEOP.

La frecuencia de cada uno de ellos varía según el grupo de edad de los niños. Así, en los menores de 5 años, el tumor más frecuente es la leucemia y le siguen los tumores del sistema nervioso central y los neuroblastomas. Sin embargo, esta última entidad es prácticamente inexistente en mayores de 14 años, donde los linfomas pueden, en algunas series, llegar a ser el tumor más frecuente. Globalmente, para la mayoría de tumores, la incidencia es mayor en niños que en niñas.

Las leucemias y tumores del sistema nervioso central (SNC) son los responsables de la mayoría de las muertes por cáncer infantil. El descenso de la mortalidad producido desde la década de los años 80 es similar en ambos sexos y afecta a todos los grupos de edad, aunque es menos acusado en menores de un año. La mejoría de la supervivencia no se ha debido a una disminución de la incidencia, sino a las mejoras diagnósticas, terapéuticas y asistenciales, en general. Esto es, al incremento de la efectividad de la asistencia. Tres cuartas partes de los niños diagnosticados de cáncer en España, superan los 5 años de supervivencia (Fig. 2).

Figura 2. Supervivencia a los 5 años del diagnóstico de los tumores infantiles en España. Evolución desde 1980 por años de diagnóstico, 0-14 años. RETI-SEHOP.

Entre los tumores con supervivencia a los 5 años de diagnóstico, superior al 90%, están: los linfomas Hodgkin, los nefroblastomas, los retinoblastomas y los tumores germinales gonadales. Con supervivencias superiores al 80%: las LLA, los linfomas no Hodgkin y los hepatoblastomas. Los neuroblastomas presentan supervivencias más modestas, aunque superiores al 70% y, el resto de tumores se encuentran por encima del 60%, excepto los osteosarcomas.

Quimioterapia del cáncer infantil

El origen del tratamiento quimioterápico está en el reconocimiento del cáncer como una enfermedad diseminada con tendencia a presentar micrometástasis no visibles.

La eficacia del tratamiento oncológico depende de múltiples factores farmacológicos y biológicos(3):

• La comprensión a nivel molecular de los mecanismos de acción y de los de resistencia a fármacos.

• La sensibilidad de los distintos subtipos histológicos tumorales a cada fármaco antineoplásico.

• Del perfil farmacocinético de cada agente y sus implicaciones farmacodinámicas.

• Del conocimiento de las interacciones antagónicas o sinérgicas de diferentes fármacos administrados en combinación, su actividad antitumoral y sus efectos secundarios.

• La identificación de los patrones normales de toxicidad en cada órgano para cada antineoplásico aislado y su combinación.

Formas de quimioterapia

1. Quimioterapia de inducción. Se emplea como tratamiento primario en pacientes con enfermedad avanzada o diseminada, o en aquellos enfermos en los que no exista otra posibilidad de tratamiento. Ofrece varias ventajas: el tratamiento actúa sobre todas las posibles localizaciones tumorales incluidas las microscópicas y permite un tratamiento más agresivo.

2. Quimioterapia adyuvante. Consiste en administrar quimioterapia sistémica tras el control local del tumor primario mediante cirugía y/o radioterapia en pacientes con alto riesgo de recaída metastásica, como los que presentan tumores de gran volumen. La finalidad de la quimioterapia adyuvante es eliminar la enfermedad microscópica presente al diagnóstico y que no se elimina con el tratamiento inicial. Se ha demostrado eficaz en algunos tumores pediátricos frecuentes, incluyendo: el tumor de Wilms, los linfomas, el sarcoma de Ewing, el osteosarcoma y el rabdomiosarcoma. Existen varios factores que pueden justificar su eficacia: en primer lugar, las células que constituyen la enfermedad microscópica se encuentran en fase de división celular activa, lo cual las hace susceptibles al efecto de los citostáticos; en segundo lugar, reduce las posibilidades de que surjan clones quimioresistentes debido al escaso número de células que conforman las micrometástasis; y finalmente, todas las células están expuestas a una concentración adecuada del fármaco.

3. Quimioterapia neoadyuvante. Consiste en el empleo de la quimioterapia como tratamiento inicial en los enfermos con cáncer localmente avanzado, aunque todavía limitado. Reduce el tamaño del tumor y facilita el tratamiento quirúrgico/radioterápico posterior, también disminuye las posibilidades de complicaciones derivadas de estos procedimientos, como hemorragias o diseminación tumoral intraoperatoria. Además, permite valorar la respuesta histológica del tumor al tratamiento inicial con citostáticos y proporciona tratamiento precoz de la enfermedad microscópica metastásica.

4. Quimioterapia de rescate. El fracaso de los protocolos de terapia combinada reduce las posibilidades de éxito en el tratamiento del tumor. En caso de recidiva de la enfermedad, se debe emplear una segunda línea de tratamiento compuesta por fármacos con diferentes mecanismos de acción a los empleados con anterioridad. Este tipo de tratamiento tiene como objetivo, obtener una nueva remisión completa de la enfermedad. Los resultados terapéuticos de este tipo de tratamiento son peores, de modo general, a los obtenidos con los esquemas iniciales.

Resistencia a fármacos

El principal motivo de fracaso terapéutico en el cáncer infantil es la resistencia a citostáticos. Los mecanismos de quimiorresistencia tienen un papel fundamental a la hora de seleccionar los fármacos que se incluyen en los distintos regímenes de quimioterapia y en los tratamientos de segunda línea (quimioterapia de rescate). Esta resistencia puede existir desde el inicio del tratamiento en tumores expuestos a quimioterapia por primera vez o bien puede adquirirse a lo largo del tratamiento. También, puede ser específica para un solo agente o inespecífica, afectando entonces de forma simultánea a distintas clases de antineoplásicos, es lo que se conoce como resistencia a múltiples drogas (RMD). La RMD tiene un origen genético y se relaciona con la amplificación de determinados genes en las células tumorales resistentes(4). El mecanismo mejor conocido consiste en un aumento de la eliminación del fármaco fuera de la célula, con la consecuente disminución de su concentración intracelular. La glicoproteína transportadora de membrana P (gp-P), codificada por el gen mdr-1 y que como bomba de flujo y transporte fuera de la célula de los fármacos, estaría implicada en este mecanismo. La RMD se asocia con menor probabilidad de supervivencia y menor duración de la remisión de la enfermedad.

Nuevas terapias en oncología pediátrica

En los últimos años, han aparecido nuevas moléculas en el campo de la oncología y algunas de ellas han resultado realmente innovadoras. El desarrollo de nuevos tratamientos en Pediatría ha sido muy inferior al realizado en adultos por diversas razones, como la baja frecuencia de los tumores infantiles o diferente fisiología y farmacología de los pacientes pediátricos respecto de los adultos, entre otras. Muchos de los nuevos agentes están dirigidos contra las alteraciones genéticas y moleculares que se creen implicadas en la génesis del cáncer o en la resistencia a la terapia. Gran parte de los esfuerzos, también se han orientado a incrementar el arsenal terapéutico de los especialistas en oncología, modificando agentes ya conocidos, para cambiar sus perfiles farmacocinéticos y/o su distribución tisular y, de este modo, mejorar su eficacia y/o disminuir sus toxicidades. Es el caso de las formas pegiladas y liposomales de citostáticos ya conocidos, como: la asparaginasa pegilada, o la daunorrubicina liposomal(3).

Tratamiento quirúrgico en el cáncer

El cirujano infantil debe trabajar en colaboración con el oncólogo y el radioterapeuta para elaborar y consensuar la estrategia de tratamiento en los tumores infantiles. El papel de la cirugía, cada vez menos radical, incluye en algunos casos, la resección completa; pero, en muchos otros: la biopsia para diagnóstico y estadiaje, la citorreducción, la colocación de accesos venosos centrales y el tratamiento de las complicaciones de la quimio/radioterapia.

Antes de la aplicación de la radioterapia y quimioterapia, la cirugía constituía el único tratamiento posible de los tumores sólidos; no obstante, solo un pequeño porcentaje de pacientes con tumores localizados se curaban. Actualmente, es conocido que el abordaje del cáncer infantil requiere un tratamiento multimodal, siendo la cirugía una parte importante de este.

Existen algunas diferencias de los tumores infantiles respecto a los de los adultos, que es necesario tener en cuenta a la hora de planificar la cirugía(5):

• Suelen estar muy vascularizados.

• Suelen ser tumores de gran tamaño al diagnóstico.

• Hay que minimizar las secuelas, ya que estas serán de por vida.

• La pérdida de calor en la cirugía, puede llegar a tener consecuencias importantes para el niño.

Las indicaciones de la cirugía en el ámbito de la oncología, incluyen las que se citan a continuación.

Prevención del cáncer

Existen una serie de enfermedades y síndromes que predisponen la aparición de tumores, en algunos de estos casos, el cirujano debe realizar exploraciones y/o extirpaciones periódicas para prevenir el desarrollo de enfermedades malignas. Es el caso de: las poliposis familiares, la neurofibromatosis, el síndrome de Beckwith-Widemann, el síndrome WARG…

Diagnóstico de cáncer

Los tumores infantiles no siempre precisan de la obtención de material anatomopatológico para su diagnóstico, las pruebas de imagen y/o la existencia de marcadores tumorales específicos, en algunos casos, como el neuroblastoma o los tumores de células germinales, permiten realizar un diagnóstico de forma incruenta. Sin embargo, en otros casos, la cirugía es imprescindible(5). El diagnóstico histológico de las distintas neoplasias precisa, en la mayoría de los casos, realizar una biopsia. Con la biopsia, también se obtiene material con el que se pueden llevar a cabo estudios genéticos, bioquímicos o inmunológicos, gracias a los cuales se ha podido conocer mejor la biología de los tumores infantiles. No debemos olvidar, que la biopsia es un procedimiento con riesgos, limitaciones y consecuencias, que deben ser explicadas al paciente (si la edad lo indica) y a su familia. La punción aspiración con aguja fina (PAAF) es la prueba menos agresiva y tiene escasas complicaciones, pero su resultado depende mucho de la habilidad del cirujano y la experiencia del patólogo. Solo se puede emplear para el estudio citológico. En el caso de la biopsia con Tru-cut, se extrae un cilindro de tejido y el material que se obtiene es suficiente para realizar estudio histológico. Las biopsias abiertas constituyen la mejor forma de obtener suficiente tejido tumoral y permiten explorar: la afectación/infiltración de los órganos vecinos, la consistencia tumoral y la relación del tumor con las estructuras vecinas. No obstante, esta técnica tiene más probabilidad de complicaciones, como el sangrado intraoperatorio o las infecciones. La segunda aplicación de la cirugía en el diagnóstico consiste en realizar el estadiaje del tumor, aunque, en los últimos años, su utilidad se ha reducido considerablemente debido a los avances de las pruebas de imagen.

Tratamiento del cáncer

El papel tradicional de la cirugía en el tratamiento del cáncer, ha sido el de la extirpación tumoral. Sin embargo, en ocasiones, nos encontramos con tumores irresecables por compromiso de estructuras vitales, es en estos casos cuando el niño puede beneficiarse de la reducción de la masa tumoral mediante resecciones parciales o casi totales, para posteriormente administrar radio y/o quimioterapia; es decir, practicando una citorreducción del tumor. La resección de las metástasis en el cáncer infantil se suele realizar con un fin curativo y no suelen abordarse hasta no haber resecado el tumor primario. Los tumores que con más frecuencia requirieren la resección de metástasis son: el ostosarcoma, el sarcoma de Ewing, el tumor de Wilms, el hepatoblastoma y los tumores de partes blandas. En muchos de estos tumores, las metástasis suelen ser pulmonares.

Las indicaciones quirúrgicas varían de unos tumores a otros. A continuación, exponemos las peculiaridades del tratamiento quirúrgico de algunos de los tumores más frecuentes en Pediatría:

• El tratamiento quirúrgico del tumor de Wilms es controvertido, los dos principales grupos cooperativos recomiendan esquemas de tratamiento opuestos, la Sociedad Europea de Oncología Pediátrica recomienda administrar quimioterapia neoadyuvante y, posteriormente, realizar la resección quirúrgica del tumor, con el fin de reducir el tamaño tumoral por un lado y, por otro, la posibilidad de complicaciones asociadas a la cirugía, como la hemorragia o la diseminación tumoral. El Grupo de Estudio del Tumor de Wilms propone realizar una nefrectomía radical inicial sin quimioterapia neoadyuvante previa, alegando la necesidad de obtener un diagnóstico histopatológico y correcto estadiaje del tumor desde el principio.

• En el neuroblastoma, el papel de la cirugía es variable, en función de la localización y extensión del tumor. Los tumores en estadios precoces y con marcadores biológicos favorables se benefician de la resección quirúrgica sin asociar otras modalidades de tratamiento. En el resto de tumores, el tamaño tumoral o la localización hacen que la resección completa inicial sea poco probable o muy compleja quirúrgicamente, por lo que precisan de quimioterapia neoadyuvante.

• Los rabdomiosarcomas son tumores de origen mesenquimal que se localizan con mayor frecuencia en el cuello (35%), el tracto genitourinario (25%) y las extremidades (19%). Suelen extirparse aquellos cuya extensión es limitada y la localización accesible quirúrgicamente; en el resto de los pacientes, la quimioterapia y la radioterapia son el tratamiento de elección.

• El papel de la cirugía en el tratamiento de los linfomas, como los linfomas de Hodgkin, se limita, en la mayoría de los casos, a establecer el diagnóstico mediante la biopsia. En épocas pasadas, el estadiaje de estos tumores se realizaba mediante laparotomía abdominal y esplenectomía. Con la mejora de las técnicas de diagnóstico por imagen, la mayoría de los protocolos contemplan su estadiaje clínico y no quirúrgico.

Terapia de soporte

Finalmente, la cirugía mantiene un papel muy importante en la terapia de soporte (cirugía adyuvante). La colocación de accesos vasculares venosos ha facilitado de forma significativa el tratamiento de los niños con cáncer. La mayoría de estos pacientes reciben tratamientos de quimioterapia prolongados y a través de estos accesos vasculares se extraen muestras de sangre para analítica, se administran hemoderivados, fluidos y antibióticos, así como la quimioterapia. Los catéteres pueden ser temporales o permanentes, externos o internos.

Catéteres externos temporales, implantados periféricamente, su principal ventaja radica en que se pueden colocar con sedación y retirar con anestesia local.

Catéteres externos permanentes (tipo Hickman o Broviac) son tunelizados en el tejido subcutáneo, reduciendo el riesgo de infección respecto a los anteriores. Pueden tener una o dos luces y precisan anestesia general para colocarlos y retirarlos.

Catéteres internos permanentes, implantables con reservorio cutáneo (portacaths subcutáneos). Tienen algunas ventajas, como un menor riesgo de infección, mejor calidad de vida del paciente y mínimo dolor en su manipulación. Requieren anestesia general para colocarlos y retirarlos y unas condiciones de estricta asepsia (Fig. 3).

Figura 3. Porta-cath subcutáneo.

Las complicaciones de un acceso venoso central pueden ser mecánicas, infecciosas o relacionadas con la infusión. Las complicaciones infecciosas son las más frecuentes y están en relación directa con el descenso del recuento de neutrófilos en pacientes sometidos a quimioterapia. Entre las complicaciones mecánicas, se incluyen: neumotórax, sangrado por desgarro venoso o lesión arterial, taponamiento cardiaco y trombosis.

Los niños con cáncer también precisan, en muchas ocasiones, un soporte nutricional adicional; aquí, el cirujano junto con el oncólogo pueden decidir realizar gastrostomías que faciliten el manejo nutricional de estos pacientes.

Radioterapia en el tratamiento del cáncer infantil

La oncología radioterápica es un procedimiento de gran utilidad en el tratamiento de los tumores pediátricos. El balance riesgo-beneficio de este tipo de tratamiento es fundamental en la infancia.

La radioterapia constituye un procedimiento terapéutico de gran eficacia en todos los grupos de edad. No obstante, su aplicación en la infancia requiere una especial atención, debido a sus potenciales efectos sobre los tejidos en fase de crecimiento y desarrollo y el riesgo de segundos tumores a largo plazo. En los últimos años, se han producido importantes avances tecnológicos en el empleo de esta modalidad terapéutica, que permiten radiar de forma precisa el tumor, minimizando los efectos secundarios(6,7).

La radioterapia consiste en depositar una determinada cantidad de energía en un área específica de tejido previamente seleccionada, con el objetivo de destruir las células malignas. Produce daños en el ADN de las células, tanto sanas como malignas, mediante una ionización de sus átomos. Las células sanas, en general, son capaces de reparar estos daños con más facilidad, mientras que las células tumorales tienen alterados los mecanismos de reparación normales y resultan más afectadas por el tratamiento.

Las bases biológicas de la radioterapia se fundamentan en las diferentes respuestas del tejido sano y tumoral a las radiaciones ionizantes, en función de la dosis y los tiempos de administración. La dosis total de radiación se administra con frecuencia de forma fraccionada en distintas sesiones, durante un periodo de tiempo variable que oscila entre 3-6 semanas en la mayoría de los casos, esto se conoce como fraccionamiento de la dosis. El fraccionamiento de la dosis total de radiación permite a las células normales reparar los daños subletales ocasionados por la radiación sin permitir que lo hagan las tumorales. El acumulo de lesiones subletales en la célula neoplásica provoca un daño letal en esta. La relación tiempo/dosis de la radioterapia se define por: la dosis total de radiación (medida en grays), el número de “fracciones” necesarias para administrar la dosis total, la dosis por fracción y la duración del tratamiento.

Las dosis de radiación empleadas y la forma de administración dependen de la edad del paciente, la localización, el tipo y la radiosensibilidad del tumor. La existencia de enfermedades asociadas y el uso de otras modalidades terapéuticas, como la quimioterapia y la cirugía, también tienen gran importancia a la hora de planificar la radioterapia.

Esquemas de fraccionamiento

En la mayoría de los centros, el fraccionamiento convencional consiste en administrar entre 1,8 y 2 Grays (Gy) por fracción, una vez al día, durante 5 días a la semana, hasta completar dosis totales de radiación entre 50-60 Gy (Tabla I).

En niños, tanto la dosis por fracción como la dosis total de radiación, se ajustan de forma individualizada al tipo de tumor. Tumores muy radiosensibles, como los linfomas Hodgkin, la leucemia aguda y los germinomas reciben dosis mínimas por fracción de 1,5 Gy (Tabla II).

Diferentes estudios, realizados en la década de los años 70 y 80, mostraron que reduciendo la dosis por fracción se pueden alcanzar dosis acumuladas de radiación superiores, minimizando así los efectos a largo plazo sobre los tejidos normales y manteniendo el control del tumor. Con el hiperfraccionamiento, se administra una dosis por fracción reducida que permite programar dos sesiones de tratamiento al día, separadas por 6-8 horas.

El fraccionamiento acelerado también emplea dos fracciones diarias de dosis convencional (1,5-1,8 Gy por fracción), pero sin incrementar la dosis total de radiación. Este esquema consigue reducir el tiempo de tratamiento, lo cual es útil en tumores con una elevada capacidad de crecimiento. En general, se emplea poco en Pediatría.

Modalidades de radioterapia

Radioterapia con haz externo

La forma más habitual de administrar la radiación es a través de una fuente localizada externamente al paciente. Para ello, se emplean aceleradores capaces de generar haces de fotones, electrones o partículas pesadas. Los fotones tienen más penetrancia y capacidad de alcanzar órganos internos y los electrones se usan habitualmente para objetivos más superficiales(6-8).

La radioterapia con haces de protones es de gran interés en el tratamiento del cáncer en niños, principalmente en los tumores del sistema central. Los protones son partículas pesadas que no eliminan su energía según van penetrando en los tejidos como ocurre con los fotones, su máximo pico de radiación se libera cuando se para en el interior de los tejidos, propiedad que permite calcular la energía del haz de protones y cuál será su trayectoria. Está técnica reduce de forma significativa la dispersión de la radiación en los tejidos sanos.

Uno de los grandes avances en la radioterapia oncológica se produce en los años 80 con la introducción de la tomografía computerizada (TC), que permite realizar reconstrucciones tridimensionales del área clínica a irradiar. Con la radioterapia de conformación tridimensional (TC3D) se obtienen imágenes con TC o resonancia magnética nuclear (RMN) que permiten al radioterapeuta delimitar de forma precisa el área del tumor y las zonas de diseminación microscópica, evitando estructuras vitales y tejidos normales. Otra modalidad de radioterapia introducida en los últimos años, ha sido la radioterapia de intensidad modulada (IMRT), que utiliza múltiples campos de radiación y modifica la intensidad de los haces de colimación localmente durante la radiación, a diferencia de la radiación convencional en la que el haz de radiación es uniforme a lo largo del campo. Esta técnica presenta, sin embargo, un inconveniente, el riesgo elevado de no irradiar zonas de enfermedad microscópica debido a la gran definición que posee. Este problema se intenta obviar mediante las técnicas de imagen funcionales, como la tomografía de emisión de positrones (PET) o la resonancia magnética espectroscópica (RMS). Con estas técnicas, pueden incluso crearse zonas cóncavas de distribución de la dosis, lo cual es muy útil en determinadas localizaciones, como en algunos tumores de tejidos blandos o para evitar radiar la médula espinal o la cabeza del húmero. Su papel también es fundamental, cuando queremos evitar sobrerradiar determinadas estructuras de importancia próximas al tumor, como la cóclea en el tratamiento de los tumores de fosa posterior (meduloblastoma). Con las nuevas tecnologías, se ha conseguido reducir hasta un 65% las dosis de radiación sobre la cóclea y, consecuentemente, disminuir la ototoxicidad en niños.

La radioterapia fraccionada estereotáctica constituye otra modalidad de radioterapia de reciente uso en Pediatría.

Braquiterapia

Consiste en colocar sustancias radioactivas en contacto directo con el tejido tumoral, con el fin de depositar dosis muy elevadas de radiación en el tumor. En la población infantil, la braquiterapia puede presentar ventajas sobre la radiación externa en determinados tumores, como: rabdomiosarcomas pélvicos (uterinos, vaginales o perirrectales), retinoblastomas (cuando el tumor es de pequeño tamaño, unilateral y con mínimo riesgo de enfermedad multifocal) o en sarcomas de tejidos blandos de las extremidades inferiores, reduciendo las dosis de radiación en los cartílagos de crecimiento. Su uso no está muy extendido, ya que desde el punto de vista práctico, la braquiterapia se limita a lechos tumorales cuyo diámetro mayor no es superior a los 5-10 cm.

Finalmente, hay que mencionar la radioterapia metabólica con I131 meta-yodo-bencilguanidina (MIG) y la radioinmunoterapia. Marcando MIBG con I131 pueden administrarse dosis elevadas de radiación en las células del neuroblastoma. Existen estudios experimentales en niños diagnosticados de neuroblastomas refractarios con enfermedad progresiva, con resultados esperanzadores a expensas de una toxicidad aceptable.

Otras aplicaciones de la radioterapia

En algunos protocolos de acondicionamiento previo al trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos, se combina de forma secuencial la irradiación corporal total (12 Gy en 6 fracciones) con las altas dosis de quimioterapia.

La radioterapia también se usa con fines paliativos en los tumores infantiles. Se ha demostrado eficaz en el tratamiento del dolor que no responde a analgésicos, narcóticos u otros procedimientos. Las pautas de tratamiento son variables en función de la expectativa de vida del paciente, desde una sola sesión hasta tratamientos durante varias semanas.

Por último, no hay que olvidar la aplicación de la radioterapia en situaciones de urgencia oncológica, como los síndromes de compresión medular o el síndrome de vena cava superior, entre otros.

Toxicidad de la radioterapia

La toxicidad de la radioterapia sobre los tejidos normales puede observarse durante el tratamiento o años después. Según el momento de aparición, los efectos adversos se pueden agrupar en: agudos, aquellos que tienen lugar durante o inmediatamente después de la radiación y que pueden modificarse con la intensidad de la dosis; subagudos, los efectos adversos que tienen lugar entre los 3 y 9 meses del tratamiento y, finalmente, efectos tardíos, los que aparecen de forma característica al año de recibir la radioterapia(6).

La toxicidad de la radiación, depende de factores, como: el área anatómica irradiada, los parámetros del tratamiento (dosis de radiación total, esquemas de fraccionamiento y dosis por fracción), factores intrínsecos del huésped (estado nutricional, hipoxemia y factores genéticos celulares que predisponen al daño por radiación) y de la asociación de otros tratamientos de forma simultánea (cirugía y/o quimioterapia).

Toxicidad aguda: los efectos secundarios agudos son considerados normales y esperables. Aparecen en tejidos con un elevado índice de proliferación celular, como: los epitelios, el aparato digestivo y las células hematopoyéticas. Los cambios en los epitelios pueden objetivarse de forma inmediata tras la exposición a la radiación. El eritema cutáneo y la sialoadenitis se manifiestan a las pocas horas y son más frecuentes en la radiación corporal total que en la radioterapia local. La alopecia aparece en la tercera semana de la radiación craneal y la recuperación parcial o total del pelo se produce a los 3 meses del tratamiento, dependiendo de las dosis de radiación que recibe la zona tratada. La afectación de las mucosas presenta características similares a las lesiones de la piel, se manifiesta como un intenso enantema que, en ocasiones, se complica al sobreinfectarse por cándida. Cuando las lesiones se extienden a la hipofaringe y esófago, el niño puede presentar distintos grados de odinofagia. Los efectos secundarios sistémicos (náuseas, vómitos, astenia y anorexia) ocurren a los días de iniciar el tratamiento, y su frecuencia e intensidad dependen de la superficie y localización en la zona irradiada. La afectación de la hematopoyesis es variable, la radiación local de la médula ósea provoca una linfopenia precoz. Al final de la segunda semana de tratamiento, descienden los recuentos de neutrófilos de forma poco significativa, en los procedimientos con superficies radiadas de gran tamaño (radiación cráneo-espinal, torácica o abdominal extensa). En aquellos procedimientos en los que se irradia la médula ósea (pelvis), las cifras de neutrófilos disminuyen de forma significativa; de forma similar las plaquetas bajan, también, entre la segunda y tercera semana de tratamiento.

La quimioterapia asociada puede aumentar, acelerar o retrasar la aparición de toxicidad aguda en los tejidos normales, especialmente cuando se administra actinomicina D, metotrexate o cisplatino. El cisplatino a bajas dosis, administrado junto con la radiación, produce un efecto sinérgico conocido como radiosensibilización. Por el contrario, la radioterapia también puede alterar el metabolismo de los citostáticos aumentando su toxicidad, un ejemplo sería el de la radiación craneal, que asociada a la administración de metotrexate sistémico puede producir un cuadro de leucoencefalopatía necrotizante en los pacientes pediátricos.

La toxicidad subaguda y tardía, se manifiesta después de 3 meses de la radiación. Los efectos a largo plazo pueden aparecer hasta años después del tratamiento. Estos efectos tardíos son irreversibles y progresivos, y se deben principalmente a la lesión del endotelio vascular y de las células parenquimatosas del tejido radiado. Incluyen: cuadros de fibrosis progresiva pulmonar intersticial, pericarditis, disfunción tiroidea e hipofisaria, nefritis y obstrucción intestinal, entre otros. Sin embargo, uno de los principales inconvenientes de la radioterapia en la infancia es su efecto sobre los tejidos en crecimiento y desarrollo. Se han objetivado secuelas neurológicas y cognitivas en los niños con tumores del sistema nervioso central irradiados a edades tempranas. La toxicidad subaguda sobre el sistema nervioso central produce la destrucción progresiva de la sustancia blanca junto con cambios en los astrocitos responsables del mantenimiento de la barrera hematoencefálica. Clínicamente, la toxicidad subaguda de la radioterapia craneal se traduce en el denominado “síndrome de somnolencia” (somnolencia, anorexia y febrícula) que típicamente aparece a las 4-8 semanas de la radiación en la leucemia aguda linfoblástica o en los tumores primarios del SNC. De forma paralela, durante las 4-8 semanas (aunque puede prolongarse hasta 12 meses), la radiación puede empeorar de forma transitoria los síntomas propios de la enfermedad como consecuencia de la necrosis tumoral que produce el tratamiento, los síntomas responden al tratamiento con esteroides. Los efectos tardíos sobre el SNC son secundarios a la necrosis focal que aparece a los 6-24 meses de la radiación, se produce cuando la dosis total supera los 60Gy o en dosis por fracción superiores a los 2,4-3 Gy y la probabilidad de estas lesiones es mayor en niños menores de 5 años. Los efectos neurocognitivos provocados por la radioterapia están claramente descritos en la literatura. La magnitud del grado de afectación del coeficiente intelectual (CI) depende de la dosis y de la edad del niño, y suele manifestarse a los 2-5 años de la radioterapia. El descenso del CI es secundario al déficit de atención y la alteración en los procesos de memoria, pudiendo contribuir, también, los déficits neurológicos tras la neurocirugía. Este descenso del CI afecta principalmente a los niños entre 3-5 años, por lo que muchos protocolos de tratamiento no incluyen la radiación craneal en niños menores de esta edad. También, se ha comprobado un efecto sobre el crecimiento óseo por alteración de los cartílagos epifisarios. La magnitud de dicho retraso dependerá de la edad en el momento de la radiación y de la dosis administrada; en general, dosis superiores a 20 Gy tienen un efecto significativo en el crecimiento óseo.

Finalmente, el desarrollo de tumores secundarios está documentado hasta en un 5,8% de los supervivientes de cánceres infantiles que recibieron radioterapia durante el tratamiento de su neoplasia. Los tumores secundarios a radiación más frecuentes son: el cáncer de mama, los sarcomas de tejidos blandos, como el osteosarcoma, y los carcinomas de piel y tiroides, que se desarrollan entre 9 y 16 años después de la radiación.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos

La reconstitución de la hematopoyesis mediante la infusión de progenitores o células madre hematopoyéticos es un procedimiento terapéutico usado en el tratamiento de múltiples enfermedades malignas infantiles. De todos los niños con cáncer, solo un 10-20% precisará un trasplante(9). La indicación vendrá determinada, en primer lugar, por: la enfermedad de base y el momento evolutivo de la misma, las condiciones generales del paciente y la disponibilidad de un donante apropiado en el momento preciso del curso de la enfermedad.

En relación al origen de células precursoras, existen dos tipos de trasplante: autólogo y alogénico. Se entiende por trasplante autólogo, el procedimiento en el que la fuente de las células progenitoras hematopoyéticas es el propio paciente. En el trasplante alogénico, la fuente de progenitores es un donante sano diferente del receptor. Los precursores hematopoyéticos en el trasplante alogénico pueden obtenerse de un hermano gemelo univitelino idéntico, denominándose entonces trasplante singénico. También, puede realizarse de un hermano que ha heredado el mismo HLA (la forma más habitual), siendo entonces un trasplante familiar HLA idéntico. En otras situaciones, el donante es un familiar no compatible totalmente, en estos casos, recibe el nombre de trasplante alogénico parcialmente compatible (haploidéntico). El principal problema de este trasplante, es el riesgo de enfermedad injerto contra huésped. El tiempo necesario para localizar estos donantes es corto, lo cual supone una ventaja importante en determinadas circunstancias. Finalmente, cuando se recurre a un donante obtenido a través de los registros internacionales se denomina trasplante no emparentado.

Obtención de progenitores

Inicialmente, los progenitores hematopoyéticos se obtenían exclusivamente de la médula ósea, en un procedimiento quirúrgico (realizado en condiciones estériles y bajo anestesia general) consistente en la punción-aspiración directa de las crestas ilíacas posteriores, para posteriormente infundirla por vía intravenosa al paciente. La utilización de células hematopoyéticas de sangre periférica como fuente de progenitores ha alcanzado una gran difusión, siendo la fuente de elección en el trasplante autólogo. Existe una relación equilibrada entre los precursores de la médula ósea y los presentes en sangre periférica. La sangre periférica contiene un 0,1% de progenitores, frente al 1% de la médula ósea. Para poder realizar este procedimiento es necesario aumentar el número de progenitores en sangre periférica mediante la movilización, que consiste en la administración de factores estimulantes de colonias granulocíticas (G-CSF) con el fin de aumentar el número de estos en la sangre circulante, para más tarde ser recolectados mediante leucoaféresis. Entre las ventajas de la sangre periférica, se encuentra una recuperación hematopoyética más rápida que cuando se usa médula ósea, aunque con mayor incidencia de enfermedad injerto contra huésped crónica. En las últimas décadas, se está consolidando, especialmente en las unidades de Pediatría, el uso de progenitores obtenidos desde sangre de cordón umbilical para el trasplante de donantes no emparentados y se han creado bancos de cordón umbilical por todo el mundo. Las células precursoras en sangre de cordón tienen una composición y funcionalidad diferente a las de la médula ósea y la sangre periférica, que determina menos enfermedad injerto contra huésped, incluso cuando existe disparidad HLA. Entre sus desventajas se encuentra, por un lado, la disponibilidad de una sola unidad en cada procedimiento (uso único), la posibilidad de transmitir enfermedades congénitas no detectadas por la historia familiar o pruebas de laboratorio o la disparidad del tamaño con el receptor.

El tratamiento que recibe el paciente en los días previos al trasplante, se denomina régimen de acondicionamiento y, clásicamente, los objetivos eran:

• Conseguir una inmunosupresión que garantice el prendimiento de los progenitores del donante en el receptor.

• Eliminar células tumorales residuales.

• Conseguir espacio físico para que se implanten los nuevos precursores.

Los regímenes de acondicionamiento se componen de dos o más quimioterápicos con adición o no de irradiación corporal total. En la última década, se ha extendido el uso de regímenes de acondicionamiento que causan citopenias y toxicidades mínimas. Estos protocolos se han empleado en niños con comorbilidades, en fases avanzadas de enfermedad o en determinadas patologías no oncológicas. En la tabla III y IV, se detallan las complicaciones más frecuentes post-trasplante.

 

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Registro Español de Tumores Infantiles (RETI SHEOP) 2014.

2.*** Incidencia y supervivencia del cáncer infantil. En: Madero L, Lassaleta A, Sevilla ed. Hematología y oncología pediátricas Madrid Ergon S.A.; 2015. P. 331-78.

3.*** ***Merino Arribas JM. Quimioterapia en el cáncer infantil. En: Madero L, Lassaleta A, Sevilla ed. Hematología y oncología pediátricas Madrid Ergon S.A.; 2015. P. 263-70.

4.* Chan H DeBoer G, Haddad G, Gallie BL, et al. Multidrug resistance in pediatric malignancies. Hematol Oncol Clin N Am. 1995; 9: 275-317.

5.*** Morató Robert P. Tratamiento quirúrgico del cáncer infantil. En: Madero L, Lassaleta A, Sevilla ed. Hematología y oncología pediátricas Madrid Ergon S.A.; 2015. P. 383-90.

6.** Ramos Albiac M, Giralt López de Sagrado J. Oncología radioterápica en el cáncer infantil. En: Madero L, Lassaleta A, Sevilla ed. Hematología y oncología pediátricas Madrid Ergon S.A.; 2015. P. 391-400.

7.** Swift P. Novel Techniques in the delivery of radiation in pediatric oncology. Pediatr Clin N Am. 2002; 49: 1107-29.

8. Timur M. Radiation therapy techniques in cancer treatment. UpToDate.

9.*** González Vicent M, Díaz Pérez MA. Trasplante de progenitores hematopoyéticos en oncohematología pediátrica. En: Madero L, Lassaleta A, Sevilla ed. Hematología y oncología pediátricas Madrid Ergon S.A.; 2015. P. 411-40.

Bibliografía recomendada

- Principles and Practice of Pediatric Oncology. Ed: Lippincott Williams and Wilkins; Edición: 6th Revised edition (1 de octubre de 2010).

Es un excelente libro recomendado para pediatras especializados en Oncología y quienes quieran profundizar en el tema.

Caso clínico

 

Paciente de 5 años que acude a urgencias por pérdida de peso de aproximadamente 400 g en los últimos días. No astenia, no sangrados, ni dolor óseo. Refiere cefalea y disuria intermitente en la última semana.

Exploración

Peso: 17,4 kg; TA: 115/75 mm Hg; Fc: 135 lpm; Tª: 37ºC.

Buen estado general, no aspecto séptico, bien hidratada y perfundida, sin exantemas ni petequias. Palidez cutánea, no de mucosas. ACP normal, sin ruidos patológicos, ni distrés. ORL: faringe hiperémica con tímpanos normales. Presenta 2 adenopatías laterocervicales profundas derechas <1 cm de diámetro. Una adenopatía axilar derecha de 1-1,5 cm, no adherida a planos profundos, blanda, y varias axilares izquierdas de <1 cm. Adenopatía inguinal izquierda de 1 x 0,5 cm, no adherida, de consistencia blanda. Taquicárdica: soplo pansitólico II/VI. Abdomen: hígado palpable a 2 cm de reborde costal y se palpa bazo a 3 cm de reborde. Neurológico: sin alteraciones.

Exploraciones complementarias

Análisis de sangre

a. Hemograma

• Serie blanca:

- Leucocitos: 9,35 x 10³/mm³, neutrófilos: 1 x 10³/mm³, linfocitos: 5,2 x10³/mm³, monocitos: 0,06 x 10³/mm³, eosinófilos: 0,03 x 10³/mm³, basófilos: 0,2 x 10³/mm.

- Células atípicas: 31%.

• Serie roja:

- Hematies: 2,9 x 106/mm3.

Hemoglobina: 8,1 g/dl, hematocrito: 24,1%, volumen corpuscular medio: 83,1 fL, hemoglobina corpuscular media: 27,9 pg, concen. hemoglob. corpuscular media: 35,2 g/dl.

• Serie plaquetar:

Plaquetas: 56 x 10³/mm³, volumen plaquetario medio: 7,1.

b. Bioquímica básica

Glucosa: 120 mg/dl, bilirrubina total: 0,7 mg/dl, ALT: 70 UI/, GGT: 28 UI/l, LDH: 663, Na: 137 mEq/l, K: 4 mEq/l, Cl: 105 mEq/l, Ca: 9,9 mEq/l, urea: 28 mg/dl, creatinina: 0,32 mg/dl.

c. Coagulación

Fibrinógeno: 348 mg/dl, índice protombina: 88%, tiempo de cefalina: 26,6 s, control de tiempo de cefalina: 27 s.

Médula ósea

Aspirado de médula ósea: médula ósea infiltrada por una población blástica leucémica del 83%, que desplaza al resto de las series medulares. Inmunofenotipo compatible con leucemia aguda linfoblástica B común.

Evolución clínica

A su ingreso, tras confirmar el diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda B común y colocación de Porta-cath en quirófano, inicia tratamiento según protocolo SEHOP PETHEMA 2013, grupo riesgo intermedio. Recibe, inicialmente, quimioterapia de inducción IA. En el día +8 de quimioterapia, se objetiva ausencia de blastos en sangre periférica y en la médula del día +15 de tratamiento presenta 2% de blastos con enfermedad mínima residual del 0%.

 

 

Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

A. Muñoz Villa
Temas de FC


A. Muñoz Villa

Servicio de Pediatría. Hospital Ramón y Cajal. Madrid

 

Resumen

Los tumores óseos malignos más frecuentes en el niño son: el sarcoma de Ewing y el sarcoma osteogénico. El sarcoma de Ewing puede aparecer tanto en los huesos de las extremidades como en los axiales. Una cuarta parte de los pacientes presentan metástasis detectables en el momento del diagnóstico, mientras que el resto padece metástasis subclínicas. El tratamiento es multidisciplinario y se utiliza: cirugía, quimioterapia y radioterapia. Debe ser individualizado en función de factores, como la edad, la existencia o no de metástasis detectables y los marcadores genéticos, entre otros. La supervivencia libre de enfermedad (SLE) supera en la actualidad el 60%. El sarcoma osteogénico aparece de forma prevalente en los huesos de las extremidades. Entre el 10 y el 15% presentan metástasis detectables en el momento del diagnóstico. El tratamiento se basa en la combinación de la cirugía sobre el tumor primario y la quimioterapia. La SLE en los pacientes sin metástasis detectables está en torno al 70%.
Los tumores óseos benignos y los procesos pseudotumorales son mucho más frecuentes que los malignos y pueden aparecer a cualquier edad. Los más frecuentes son el osteocondroma, el osteoma osteoide y el quiste óseo aneurismático. Su tratamiento es quirúrgico.
El rabdomiosarcoma (RMS) es el sarcoma de partes blandas más frecuente en la infancia y la adolescencia y representa alrededor del 8% de todos los cánceres en niños menores de 15 años. Casi la mitad de los casos se diagnostican antes de los 5 años de edad. Se origina en el mesénquima embrionario que da lugar al músculo esquelético estriado. Se caracteriza por un crecimiento local rápido y persistente, con diseminación metastásica precoz por vía linfática y hematógena. Su tratamiento es multidisciplinar, combinando cirugía y/o radioterapia con la poliquimioterapia. Actualmente, se obtienen globalmente SLE entorno al 60-70%. Los pacientes con metástasis detectables al diagnóstico tienen un peor pronóstico con SLE que no superan el 30%.

 

Abstract

Ewing sarcoma and osteosarcoma are
the most common malignant tumors in children. Ewing sarcoma presents in the limbs and in the axial bones. Surgery, chemotherapy and radiotherapy are used following therapeutic protocols based in prognostic factors. Event-free-survival (EFS) is around 60%. Osteosarcoma appears mainly in the limbs, is treated by surgery and chemotherapy and EFS in patients without detectable metastasis at diagnosis is around 70%.
Benign bone tumors and pseudotumoral conditions present at any age.
Most common entities are the osteochondroma, osteoid osteoma and aneurismatic bone chiste.
The rhabdomyosarcoma is the most common soft tissue sarcoma in children and adolescents, around 8% of malignant tumors under 15 years of age. Near 50% of cases are diagnosed under 5 years of age. Rhabdomyosarcoma origins from the embryonal mesenchima precursor of the striated muscle. It has a fast local growing, with metastatic lymphatic and hematogenous spread. Treatment is multidisciplinary combining surgery and / or radiotherapy with chemotherapy. Present EFS is around 60-70%, although in patients with detectable metastases at diagnosis is lower than 30%.

 

Palabras clave: Sarcoma de Ewing; Sarcoma osteogénico; Cirugía; Quimioterapia; Radioterapia; Tumores óseos benignos; Rabdomiosarcoma; Cirugía radioterapia; Poliquimioterapia

Key words: Ewing sarcoma; Osteosarcoma; Surgery; Radiotherapy; Chemotherapy; Non malignant bone tumors; Rhabdomyosarcoma; Surgery; Radiotherapy; Polichemotherapy

 

Pediatr Integral 2016; XX (7): 458-464


Tumores óseos. Rabdomiosarcomas

Tumores óseos

Tumores malignos

Introducción

Los dos tumores óseos malignos más frecuentes en la infancia son: el sarcoma de Ewing y el sarcoma osteogénico. Representan alrededor del 5% de las neoplasias malignas en la edad pediátrica.

Sarcoma de Ewing y tumores neuroectodérmicos primitivos

Epidemiología

Su incidencia aproximada es de tres casos por millón de niños menores de 15 años y por año, y es el tumor óseo más frecuente en la primera década de la vida, aunque aparecen preferentemente en la segunda década (64%).

Se ha creado el término tumores de la familia Ewing (TFEw) para englobar el sarcoma de Ewing y el tumor neuroectodérmico primitivo (PNET). Predominan en la raza blanca y son infrecuentes en la raza negra y en los países del este y el sudeste asiático. La etiología es desconocida. No se han descrito como malignización de lesiones óseas primitivamente benignas, la exposición a radiaciones no incrementa su frecuencia y no parecen relacionados con el crecimiento(1).

Genética molecular y patogénesis

Los TFEw muestran una alteración citogenética consistente en una traslocación entre el cromosoma 11 y el 22.

Esta aberración genética es la más frecuente, encontrándose en el 90% de estos tumores. La translocación afecta al gen EWS localizado en el brazo largo del cromosoma 22(22q12) y al gen FLI-1, que se localiza en el brazo largo del cromosoma 11 (11q24). El gen de fusión resultante es el EWSFLI-1, con gran especificidad tumoral y presente casi siempre en los TFEw, por lo que su detección tiene un gran valor diagnóstico. Se han descrito otras traslocaciones en pacientes con TFEw, en las que siempre está implicado el gen EWS(2,3). Existen otras alteraciones cromosómicas de las que no se conoce su traslación a la clínica.

Clínica

El sarcoma de Ewing puede localizarse en cualquier hueso plano (45%) o largo (55%) y los síntomas iniciales son inespecíficos.

En los huesos largos, la localización más frecuente es la diafisaria. Los tejidos blandos contiguos al tumor suelen estar invadidos. Los síntomas atribuibles al tumor suelen estar presentes varios meses antes de que se llegue al diagnóstico. Predomina el dolor y más tardíamente aparece la tumoración. Suele haber fiebre y afectación del estado general (Tabla I).

Los tumores costales pueden desarrollarse intratorácicamente, dando lugar a dificultad respiratoria y/o derrame pleural. La afectación vertebral puede originar signos de compresión medular o radicular. En ocasiones, el primer signo de la enfermedad es una fractura patológica. Estos tumores tienen una gran tendencia a presentar metástasis. Del 25 al 30% de los pacientes tienen metástasis detectables al diagnóstico, siendo las más frecuentes en pulmón, pero el número de pacientes con enfermedad microscópica no detectable es mucho mayor (80%), como demuestra la historia natural de la enfermedad. El diagnóstico anatomopatológico y molecular se hará mediante biopsia de la lesión tumoral.

Pruebas complementarias

La prueba radiológica de elección es la resonancia nuclear magnética (RNM) que debe complementarse con el estudio isotópico, tomografía axial computarizada (TAC) pulmonar y aspirado y biopsia de médula ósea para detectar la presencia de metástasis(4).

Los pacientes suelen presentar anemia y leucocitosis. La VGS está aumentada en más del 50% de los casos. La LDH está aumentada correlativamente a la masa tumoral.

Diagnóstico, diagnóstico diferencial y factores pronósticos

El diagnóstico se basa en la biopsia del tumor primario. El diagnóstico diferencial debe hacerse con tumores paraneoplásicos, como el granuloma eosinófilo, y tumores malignos, como el sarcoma osteogénico y las metástasis óseas del neuroblastoma.

En cuanto a los factores pronósticos, los pacientes menores de 15 años tienen mejor pronóstico. El volumen tumoral superior a 200 ml se correlaciona con un peor pronóstico, así como la presencia de metástasis detectables. Ya hemos mencionado los factores pronósticos relacionados con la biología molecular. Las localizaciones axiales tienen peor pronóstico que las de extremidades. La presencia de fiebre, anemia y valores elevados de LDH son también factores negativos. Los pacientes con buena respuesta a la quimioterapia preoperatoria (alto grado de necrosis en la pieza operatoria) tienen mejor pronóstico(5).

Tratamiento

La cirugía, la radioterapia y la poliquimioterapia intensiva son las bases del tratamiento, que persigue curar la enfermedad local y la sistémica con la máxima funcionalidad y las mínimas secuelas(5).

El tratamiento se desarrolla en tres fases:

1. Quimioterapia preoperatoria para contribuir al tratamiento de la lesión primaria.

2. Cirugía, radioterapia o ambas sobre la lesión primaria.

3. Quimioterapia de consolidación y mantenimiento. En la enfermedad no metastásica, la introducción de la quimioterapia ha mejorado extraordinariamente la supervivencia. Frente al 10% de SLE que se obtenía solo con la cirugía, se ha pasado, en la actualidad, a SLE en torno al 70%. Los agentes más activos son los alquilantes (ciclofosfamida e ifosfamida), la doxorrubicina, la actinomicina D y el etopósido. La quimioterapia actúa frente a las micrometástasis y frente al tumor primario, facilitando en muchos casos una cirugía conservadora anatómica y funcionalmente.

En cuanto al tratamiento del tumor primario, el sarcoma de Ewing es sensible a la radioterapia, por lo que, unida a la cirugía, se utiliza para su control. Hay que tener en cuenta los serios efectos de la radioterapia sobre un hueso en crecimiento, especialmente en los pacientes de menor edad, y la posibilidad de segundos tumores en la zona irradiada. En los pacientes con metástasis detectables al diagnóstico, la SLE no supera el 25-30% con las terapias convencionales. Por ello, se utiliza en estos pacientes la megaterapia (quimioterapia mieloablativa) con rescate hematopoyético.

Resultados

Los resultados obtenidos internacionalmente en protocolos multidisciplinarios unicéntricos y multicéntricos muestran supervivencias globales en torno al 60%, que se incrementan hasta el 80% en los tumores de extremidades no metastásicos, con volumen tumoral inferior a 100 ml. En pacientes con enfermedad metastásica al diagnóstico, la megaterapia obtuvo una SLE superior al 60%(6).

A partir de 1996, la Sociedad Española de Oncología Pediátrica inició una serie de protocolos que han obtenido resultados comparables.

Sarcoma osteogénico

Introducción

El sarcoma osteogénico es el tumor óseo más frecuente en la infancia y adolescencia y constituye alrededor del 4% de las neoplasias infantiles.

Según las estadísticas del National Cancer Institute (USA), la incidencia del sarcoma osteogénico en su población de 0 a 19 años es de 0,6 casos por 100.000 y de 0,4 en la población de 0 a14 años(7). En España, los registros poblacionales de cáncer muestran una incidencia similar(8).

Características epidemiológicas

El sarcoma osteogénico puede presentarse a cualquier edad, pero más del 75% de los casos aparecen entre los 12 y los 25 años. La máxima frecuencia de presentación se da en la segunda década de la vida, coincidiendo con el estirón puberal, lo que sugiere una relación entre el rápido crecimiento óseo y el desarrollo de esta neoplasia.

Algunos datos avalan esta relación. Los pacientes con sarcoma osteogénico son, en general, más altos que sus coetáneos y la enfermedad aparece a edad más temprana en las niñas, en las que el estirón puberal es más precoz. Existe un predominio de presentación en varones, que carece de significación pronóstica. Se ha descrito una mayor incidencia en la población de origen hispano de Estados Unidos, así como un menor número de casos en los países asiáticos(7).

Etiología y bases genéticas

La etiología de esta enfermedad sigue siendo desconocida: la relación entre la expresión tisular de la proteína p53 y la evolución de la enfermedad está sujeta a controversia.

Las radiaciones ionizantes son responsables de un 3% de estas neoplasias. También, la administración de quimioterapia con agentes alquilantes se ha asociado a la aparición de sarcomas osteogénicos. Los pacientes con retinoblastoma presentan una predisposición genética a desarrollar sarcoma osteogénico. El locus específico del retinoblastoma, situado en el cromosoma 13, está también implicado en la aparición del sarcoma osteogénico.

Histopatología

Los sarcomas osteogénicos se dividen por su origen en: intramedulares, yuxtacorticales (superficiales), secundarios y multifocales.

Desde el punto de vista histológico, se distinguen diversas variantes. La más común es la osteoblástica, presente en más de la mitad de los casos. Las variantes condroblástica y fibroblástica la siguen en frecuencia. Otras variantes son: la telangiectásica, con mínima producción de osteoide, y el sarcoma osteogénico de célula pequeña (Tabla II).

Clínica

El tumor se desarrolla preferentemente en los huesos largos de las extremidades y aparece raramente en los huesos axiales. La mayor parte de los casos aparecen en el entorno anatómico de la rodilla.

Las localizaciones más frecuentes, por orden de frecuencia, son: fémur distal, tibia proximal, húmero proximal, fémur proximal, tibia distal y peroné. Las localizaciones axiales más frecuentes son: pelvis, vértebras y huesos del cráneo.

Habitualmente, los síntomas de comienzo de la enfermedad consisten en dolor y tumefacción. La clínica suele ser inicialmente leve y con frecuencia transcurren periodos largos desde su aparición al diagnóstico. Un estudio observó un intervalo entre 1 y 48 meses, con una mediana de 3,8 meses. Los pacientes mayores de 12 años se diagnosticaron más tardíamente que los más pequeños(9).

Entre el 15 y el 20% de los pacientes presentan metástasis detectables en el momento del diagnóstico, casi siempre pulmonares, seguidas de las óseas, ganglionares, hepáticas y cerebrales. Los estudios históricos han demostrado que prácticamente la totalidad de los pacientes tienen metástasis subclínicas al diagnóstico.

El volumen del tumor primario es un importante factor pronóstico y terapéutico(10).

Exploraciones complementarias

Los datos de laboratorio más característicos son la elevación de los niveles séricos de fosfatasa alcalina y de lactodehidrogenasa. La angiogénesis intratumoral, cuantificada mediante densidad microvascular (MVD), ha demostrado ser un valioso indicador pronóstico.

Estudios radiológicos e isotópicos

Las imágenes más precisas se obtienen con la TAC y la RNM. La gammagrafía ósea permite valorar la extensión del tumor primario y la posible afectación de otros huesos. Es imprescindible practicar a todos los pacientes una TAC pulmonar para detectar la presencia de metástasis pulmonares y/ pleurales.

Tratamiento

El tratamiento del sarcoma osteogénico es multidisciplinar, combinando quimioterapia pre y postoperatoria con la cirugía ortopédica. El principal objetivo es conseguir un adecuado control local de la enfermedad, así como el tratamiento de las metástasis subclínicas y, en su caso, clínicas, con las menores secuelas posibles(11).

El principio de la cirugía tumoral de resección en bloque y con márgenes sanos es fundamental para el control local del tumor, lo que gracias a la quimioterapia preoperatoria y a la RNM para la planificación quirúrgica, se consigue con mayor seguridad, lográndose actualmente, en la mayoría de los pacientes, evitar la amputación. El tipo de reconstrucción del segmento óseo resecado puede variar entre el aloinjerto y la prótesis tumoral. En los niños, el empleo de la prótesis está más limitado que en el adulto por las dificultades para adaptarse al crecimiento del niño(12).

La mayoría de los protocolos actuales de quimioterapia incluyen: metotrexato a altas dosis (MTX ad), cisplatino (CIS), adriamicina (ADRIA) e ifosfamida (IFO), con la aplicación de dichos fármacos pre y postperatoriamente(13). El grado de necrosis tumoral tras la quimioterapia preoperatoria observado en la pieza operatoria es un factor pronóstico decisivo(13). La utilización de menor número de drogas o en combinaciones diferentes no mejora los resultados(14). La Sociedad Española de Oncología Pediátrica inició en 1996, sus protocolos multidisciplinares en el sarcoma osteogénico, renovados posteriormente(15). Utilizando pre y postoperatoriamente MTXad, CIS, ADRIA e IFO en los osteosarcomas de extremidades sin metástasis al diagnóstico, obtuvo una SLE del 62%. La SLE fue del 70% en los pacientes con alto grado de necrosis tumoral tras la quimioterapia preoperatoria, frente a un 44% en los casos de baja necrosis (p=0,01). En el 85% de los pacientes, pudo realizarse cirugía conservadora(15). En los pacientes con metástasis al diagnóstico, la SLE fue muy baja (13%). Reduciéndose las dosis para disminuir la toxicidad, se obtuvo una SLE similar. Estos resultados son equivalentes a los obtenidos en otros estudios unicéntricos y multicéntricos(13,14).

El paciente con metástasis detectables en el momento del diagnóstico tiene un pronóstico muy pobre. La presencia de más de tres lesiones pulmonares y la afectación pulmonar bilateral lo ensombrecen. La calidad de la cirugía sobre el tumor primario y las metástasis son el factor pronóstico fundamental. La aplicación de megaterapias con poliquimioterapias mieloablativas y rescate hematopoyético no ha mejorado la supervivencia(16).

De las nuevas opciones terapéuticas surgidas en los últimos años, tienen especial interés las inmunoterapias. Entre ellas, la mifurtamida, un modulador de la inmunidad innata que estimula a los macrófagos y a los monocitos, dando lugar a productos químicos con posibles efectos tumoricidas(17).

Tumores óseos benignos

Las lesiones óseas benignas y los procesos óseos pseudotumorales son más frecuentes en el niño que los tumores malignos. Ni la historia clínica, ni la exploración física, ni los estudios complementarios bastan por sí solos para determinar el carácter benigno o maligno de una lesión ósea, siendo necesario el estudio histológico de la lesión(18).

Las lesiones de crecimiento rápido suelen asociarse a procesos malignos, pero algunas lesiones benignas, como el quiste óseo aneurismático, pueden crecer con mayor rapidez que los tumores malignos(18,19).

Muchos tumores óseos benignos son diagnosticados casualmente o después de una fractura patológica.

El estudio radiológico de la lesión precisa siempre de imágenes en dos planos y, en caso necesario, complementar el estudio con TAC y/o RNM(19,20).

El osteocondroma(exóstosis) es uno de los tumores benignos más frecuentes en niños. Aparece en la metáfisis de los huesos largos: tercio distal del fémur, tercio proximal de la tibia y tercio proximal del húmero. Suelen diagnosticarse entre los 7 y los 15 años de edad, al advertirse una masa ósea no dolorosa. Radiológicamente, tienen el aspecto de tallos o proyecciones de base ancha originados en la superficie del hueso. Se efectúa la resección quirúrgica cuando causan síntomas(18). Más infrecuente es la exóstosis hereditaria múltiple.

El condroblastoma es una lesión infrecuente, localizada en la epífisis de los huesos largos. Suele diagnosticarse en la segunda década de la vida al aparecer dolores en la articulación adyacente. Radiológicamente, se observa una imagen de radiotransparencia bien delimitada en la epífisis o la apófisis del hueso afectado. Se trata mediante curetaje e injerto óseo antes de que afecte a la articulación(21).

El osteoma osteoide es un tumor de pequeño tamaño, diagnosticado generalmente entre los 5 y los 20 años de edad. Provoca un dolor progresivo de predominio nocturno y sus localizaciones prevalentes son el tercio proximal del fémur y de la tibia. Radiológicamente, aparecen como una imagen redondeada u ovoide rodeada de hueso esclerótico. Los pacientes con dolor intenso precisan de la extirpación del tumor.

Los fibromas (fibroma no osificante, defecto cortical fibroso, defecto fibroso metafisario) son lesiones fibrosas del hueso, probablemente debidas a un defecto de osificación, y suelen ser asintomáticas, encontrándose casualmente en estudios radiológicos por otros procesos. Pueden llegar a producir fracturas patológicas, por lo que se recomienda su extirpación y colocación de un injerto en las lesiones extensas(21).

El quiste óseo aneurismático es una lesión reactiva del hueso. El fémur, la tibia y las vértebras son los huesos más afectados. La lesión consiste en espacios cavernosos ocupados por sangre y restos sólidos. Radiológicamente, aparece como una lesión lítica excéntrica. El tratamiento consiste en curetaje o extirpación(21).

La displasia fibrosa es una anomalía del desarrollo causada por la sustitución del hueso esponjoso por materia fibrosa. Las lesiones pueden ser únicas o multifocales, estables o progresivas. La tríada lesiones multifocales, pubertad precoz y pigmentación cutánea es el síndrome de McCune-Albright. Puede haber desigualdad de la longitud de los miembros, arqueamiento de la tibia y fracturas patológicas. Pueden ser necesarias técnicas reconstructivas para permitir la estabilidad del paciente.

La displasia osteofibrosa afecta a los niños antes de los diez años y aparece, generalmente, en la tibia. Se diferencia de la displasia fibrosa clínica, radiológica e histológicamente. Los pacientes pueden presentar tumefacción o aumento del miembro. Algunas lesiones pueden regresar espontáneamente.

El granuloma eosinófilo es la forma monostótica de la histiocitosis de células de Langershans y, como tal, es una lesión paraneoplásica(18). Suele aparecer durante las primeras décadas de la vida y es más frecuente entre los 5 y los 10 años. El cráneo es la localización más habitual, aunque puede aparecer en cualquier hueso. Las lesiones vertebrales provocan dolor, rigidez y, en ocasiones, sintomatología neurológica. Las lesiones son radiotransparentes, con bordes generalmente bien definidos y con reacción perióstica(19). Hay que efectuar siempre un estudio de todo el esqueleto (preferentemente mediante gammagrafía) para descartar las formas poliostóticas y debe investigarse la posible existencia de afectación visceral. Si el tamaño y la localización de la lesión lo requieren, puede efectuarse curetaje con o sin injerto óseo.

La intervención quirúrgica de las lesiones óseas benignas puede ser, en ocasiones, de gran complejidad y requiere siempre por parte del cirujano una amplia experiencia en el tratamiento de estas lesiones(21).

Rabdomiosarcomas

Introducción

Los tumores de partes blandas en la infancia constituyen un grupo de neoplasias de las cuales la más frecuente es el rabdomiosarcoma (RMS), que representa aproximadamente el 8% de los tumores malignos en la infancia y la adolescencia. Su incidencia es de 5 casos por millón de niños menores de 15 años. Es un tumor maligno embrionario derivado de células mesenquimales primarias (rabdomioblastos) con diferenciación incompleta a células de músculo estriado. Pueden localizarse en cualquier parte del organismo en que haya tejido mesenquimal(22).

Etiología

La etiología del RMS es desconocida en la actualidad. Hay un componente genético, como demuestra la mayor incidencia del tumor en pacientes con síndromes de Wiedemann-Beckwith, de Gorlin y de neurofibromatosis tipo I, entre otros(23).

Anatomía patológica

El rabdomiosarcoma es un tumor de célula redonda cuyo diagnóstico diferencial debe hacerse con el neuroblastoma y los tumores de la familia Ewing (TFEw)(23).

Actualmente, se clasifican según su significación pronóstica en tres grupos: a) RMS botriode leiomiomatoso y de células fusiformes (buen pronóstico); b) RMS embrionario (pronóstico intermedio); y c) rabdomiosarcoma alveolar y su variante sólida alveolar (mal pronóstico, tendencia a ocasionar metástasis y mayor resistencia al tratamiento). La forma pleomórfica es una variedad muy rara de RMS y se diagnostica cuando se encuentran células anaplásicas en agregados grandes o en vainas difusas.

Estos subtipos histológicos presentan alteraciones citogenéticas diferentes. Los análisis citogenéticos del RMS han permitido conocer en los cromosomas de este tumor anomalías numéricas y estructurales. El RMS embrionario rara vez se acompaña de traslocaciones; el RMS alveolar se caracteriza por un reordenamiento de los cromosomas 2 y 13, el t(2;13) (q35,q14), presente en el 80% de los mismos. En raros casos de RMS, se identifica una traslocación variante de los mismos, la t(1,13) (p36,q14). Actualmente, se está investigando el valor, como factor pronóstico, de la anomalía numérica de los cromosomas o ploidía. Los RMS con un contenido hiperploide de DNA tienen una supervivencia significativamente superior a los de contenido tetraploide (casi siempre alveolares). Hasta el 50% de los RMS presentan mutaciones del gen p538 (tanto las formas alveolares como las embrionarias)(23,24).

Clínica

La edad media al diagnóstico es de 5 años y un 70% tienen menos de 10 años. Las formas más frecuentes de presentación clínica son(23,24) (Tabla III):

• Genitourinaria, vejiga, próstata, vagina y útero.

• Cabeza y cuello, parameníngeos, senos paranasales, fosa nasal, etc.

• Extremidades, órbita y otras (vías biliares, pared torácica)(22).

Diagnóstico

El diagnóstico de confirmación se basa en el estudio histológico de una porción representativa de la masa tumoral. La aspiración y biopsia de la médula ósea debe realizarse siempre. La TAC con y sin contraste es el estudio radiológico de elección en los tumores localizados en cabeza, cuello, abdomen y pelvis. En todos los casos, se realizará una TAC de tórax para investigar la presencia de metástasis. La utilización de isótopos radiactivos permite la identificación de depósitos metastásicos óseos. La RNM es de gran utilidad para la detección y definición de las lesiones de cabeza, extremidades y región paraespinal(25).

Factores pronósticos

Los principales factores pronósticos son(26):

Estadiaje (según la clasificación del IRS estadounidense):

- Grupo I. Enfermedad localizada completamente extirpada.

- Grupo II. Extirpación macroscópica total con evidencia de extensión loco-regional.

- Grupo III. Extirpación incompleta con enfermedad residual macroscópica.

- Grupo IV. Enfermedad metastásica al diagnóstico (pulmones, hígado, médula ósea, cerebro, etc.

Tipo histológico (Tabla IV).

Localización anatómica:

- Favorable: órbita, cabeza y cuello no parameníngeo, genitourinario no vejiga ni próstata. Desfavorable: el resto de localizaciones.

Tamaño:

- Favorable: 5 cm. Desfavorable > 5 cm.

Tratamiento

El tratamiento del RMS es multidisciplinar. El control del tumor local se aborda con la cirugía y/o la radioterapia asociadas a quimioterapia para el control de la enfermedad diseminada, detectable o no al diagnóstico(25,26).

Todos los pacientes diagnosticados de RMS deben ser tratados con quimioterapia. Los fármacos usados en función de los factores pronósticos incluyen: vincristina, actinomicinaD, ciclofosfamida o ifosfamida y adriamicina.

Pronóstico

El pronóstico de los pacientes con RMS ha experimentado una gran mejoría en las últimas décadas, tanto en Europa (grupo MMT SIOP) como en Estados Unidos (grupo IRS). Globalmente, la SLE se sitúa en el 60-70%.

Sin embargo, los pacientes con enfermedad metastásica detectable al diagnóstico alcanzan una SLE inferior al 30%. En ellos, la megaterapia mieloablativa con rescate hematopoyético no ha mejorado los resultados de la terapia convencional(25,26).

Otros sarcomas de partes blandas distintos del rabdomiosarcoma

Los sarcomas de partes blandas no RMS en la infancia son un grupo de tumores poco frecuentes (2-3 casos/1.000.000 /año), con importante heterogeneidad clínica, histológica y biológica(23).

La mayoría de la información disponible procede de estudios realizados en adultos. En general, en los niños, tienen mejor pronóstico que en los adolescentes, que suelen tener un comportamiento más parecido al de los adultos(22).

Los tipos de presentación más frecuente son: el fibrosarcoma, el sarcoma sinovial, el histiocitoma fibroso maligno y el hemangiopericitoma.

El estadiaje es el mismo que se utiliza para el RMS.

Los principios generales del tratamiento son(27):

Cirugía. Debe tratar de obtenerse siempre la extirpación completa del tumor. La quimioterapia no puede compensar una cirugía inicial inadecuada.

Radioterapia. Mejora el control local en pacientes con tumor residual microscópico y debe administrarse a los pacientes con restos tumorales tras la cirugía (grupos II y III). Solo en los niños muy pequeños con fibrosarcoma tipo infantil puede obviarse la radioterapia, incluso en pacientes con restos macroscópicos, ya que la quimioterapia puede permitir el control del tumor.

Quimioterapia. El papel de la quimioterapia en estos tumores no está bien definido. Los quimioterápicos más utilizados son: vincristina, actinomicina D y ciclofosfamida.

Bibliografía

Los artículos señalados con *** son trabajos fundamentales en la materia tratada y proporcionan una información básica e indispensable. Los artículos señalados con ** son trabajos complementarios a los anteriores, que amplían o precisan determinados aspectos.

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Caso clínico

 

Anamnesis

Niña de 14 años de edad sin antecedentes de interés, en la que se observa tumefacción en tercio inferior de tobillo derecho, sin antecedente traumático. En consulta pediátrica, se aprecia tumefacción sobre tibia derecha, que se considera secundaria a trauma no apercibido. Durante las tres semanas siguientes, la tumefacción aumenta de tamaño y aparece dolor espontáneo.

Exploración física

Aceptable estado general y de nutrición. Temperatura corporal normal. Faringe normal. Exploración cardiopulmonar normal. Abdomen sin hallazgos. En tercio inferior de tobillo derecho, tumefacción de 2,5 cm de diámetro que parece situada sobre tibia, con dolor espontáneo y a la presión, resto de exploración normal.

Pruebas complementarias

Hemograma y V de S normales. Bioquímica sanguínea. Elevación de fosfatasa alcalina y LDH, resto normal.

Radiología de la tibia: en tercio distal, se aprecia lesión de bordes mal definidos con ruptura de la cortical. Radiografía de tórax: se aprecian dos lesiones nodulares en pulmón derecho.

 

 

Tumores renales en la infancia y adolescencia

A. Llort Sales, L. Gros Subias
Temas de FC


A. Llort Sales, L. Gros Subias

Servicio de Oncología y Hematología Pediátrica.
Hospital Universitario Materno-Infantil Vall d’Hebron. Barcelona

 

Resumen

Los tumores renales en la infancia y la adolescencia representan el 7% de las neoplasias. El tumor más frecuente es el tumor de Wilms que, en la mayoría de pacientes, se diagnostica antes de los 5 años de edad. Un 10% de los casos con tumor de Wilms se asocian a síndromes que predisponen a la enfermedad. El pronóstico, con un tratamiento multidisciplinar (cirugía, quimioterapia y radioterapia) es excelente para la mayoría de pacientes, con una supervivencia global a los 5 años del 90%. No obstante, existe un grupo de pacientes con peor respuesta al tratamiento. Cada vez se puede caracterizar mejor este grupo por aspectos clínico-histológicos; pero, sobre todo, por aspectos biológicos, que permiten ajustar de forma adecuada el tratamiento a cada paciente. Un elemento importante para estos pacientes es el seguimiento a largo plazo de los posibles efectos secundarios del tratamiento.
El resto de tumores renales que afectan a la infancia son menos frecuentes. Es importante reseñar que el nefroma mesoblástico es el tumor renal más frecuente en los primeros meses de vida y que la aparición de una masa renal en edades próximas a la adolescencia es más sugestiva de carcinoma renal.

 

Abstract

The renal tumours affecting infants and young children account for 7% of all childhood tumours. Wilms’ tumor (WT) is the most common primary renal malignancy in children. The majority of patients with WT are diagnosed before 5 years of age. Up to 10% of cases associates to syndromes that increase risk of WT. Treatment with an multidisciplinary approach (surgery, chemotherapy and radiotherapy) achieve an excellent 5 years overall survival, 90% for all the patients. Nevertheless a group of patients have a worse response to treatment. We can characterize the patients with clinical, histological and biological aspects to adapt the treatment according to risk groups.
An important element for these patients is the long term follow-up to detect side effects of treatment.
The other renal tumours in paediatric population are very rare. It is very important to outline that Mesoblastic Nephroma is the most frequent renal tumour in the first months of live. The diagnostic of a renal mass near the adolescence is highly suggestive of Renal Cell Carcinoma.

 

Palabras clave: Tumor de Wilms; Tumores Renales; Niño; Adolescente

Key words: Wilms Tumor; Renal Tumours; Children; Adolescent

 

Pediatr Integral 2016; XX (7): 447-457


Tumores renales en la infancia y adolescencia

Introducción

Los tumores renales representan aproximadamente un 7% de todas las neoplasias en niños y adolescentes. El tumor de Wilms o nefroblastoma es la neoplasia renal más frecuente (75% de los tumores renales) en Pediatría, con una prevalencia de un caso por cada 10.000 niños menores de 15 años(1); aunque, en el caso de adolescentes entre 15 y 19 años, el carcinoma renal es el más frecuente(2).

Tumor de Wilms

El tumor de Wilms (TW) es el tumor renal más frecuente en la infancia, suele aparecer antes de los 5 años y es raro en mayores de 10 años.

Es el tumor renal más frecuente, que aparece a partir de focos de células metanéfricas o también llamados restos nefrogénicos. El TW es un cáncer embrionario que se gesta durante el desarrollo del tejido renal. Está formado por: células blastematosas indiferenciadas, células epiteliales inmaduras y estroma; estructuras todas ellas presentes durante la nefrogénesis normal. Así, aproximadamente, el 40% de los TW esporádicos y el 100% de los TW bilaterales pueden estar asociados a restos nefrogénicos, que se consideran lesiones precursoras de TW(3).

La supervivencia del TW ha mejorado significativamente en las pasadas décadas, pasando la supervivencia a los 5 años del 20%, en los años 1960, a un 90% en la actualidad(4).

Dicha mejora se debe fundamentalmente al abordaje multidisciplinar del tratamiento, dentro de protocolos cooperativos con el fin de optimizar el tratamiento y establecer una estratificación según el riesgo. Los principales grupos que lideran dicha mejora son, en Europa, la SIOP (Société International de Oncologie Pediatrique) y el grupo norteamericano de Oncología Pediátrica (COG) a través del NWTS (The National Wilms Tumor Study).

Estos dos grupos tienen dos aproximaciones de tratamiento distintas. El protocolo SIOP se basa en una quimioterapia preoperatoria, con el fin de reducir el riesgo de ruptura tumoral intraoperatoria y basa el riesgo en función de la respuesta a la quimioterapia recibida y la histología presente en el momento de la nefrectomía. Esto permite establecer 3 grupos de riesgo (bajo, intermedio o alto) y determinar el tratamiento postoperatorio más adecuado. Por su parte, el grupo del NWST-COG recomienda la nefrectomía de entrada, y la estratificación del tratamiento está basado en factores pronósticos, que incluyen la histología (favorable o desfavorable)(4).

Síndromes asociados con el tumor de Wilms

Varios síndromes se asocian a un mayor riesgo de TW y se debe realizar un screening específico para su detección precoz en los pacientes con estas alteraciones.

El TW aparece habitualmente en niños sanos, pero hay un 10% de casos que aparecen en niños con alguna alteración genética.

En un estudio realizado en el Institut Curie, donde se analizaron 295 casos de TW, un 17,6% presentaban alguna alteración genética. Los niños pueden tener un fenotipo identificativo (sobrecrecimiento, aniridia, malformaciones génito-urinarias). Estos síndromes se han agrupado en síndromes de hipercrecimiento y no hipercrecimiento. La tabla I muestra los distintos síndromes asociados a riesgo de TW(5).

Genómica del TW

El TW es un cáncer que se produce por un desarrollo renal aberrante. Se produce por mutaciones en varios genes. Un 33% de TW presentan mutaciones en WT1, CTNNB1 o WTX. Otro subconjunto es el resultado de mutaciones en los genes de procesamiento de miARN (micro ARN), incluyendo DICER1. Otros genes mutados de forma frecuente son: SIX1 y SIX2 (factores de transcripción claves en el desarrollo renal inicial).

Hay un elevado número de casos asociado a alteraciones genéticas, como el síndrome Denish Drash, síndrome WARG, síndrome Beckwith-Wiedemann.

Síndromes asociados a la mutación WT1

Es un gen localizado en el cromosoma 11 (11p13). Es un factor de transcripción necesario para el desarrollo genitourinario normal. Está presente en un 10-20% de los casos de TW esporádicos. La mutación WT1 germinal es más frecuente asociada a síndromes genéticos (WARG, TW bilaterales, etc.).

• El síndrome de WARG se caracteriza por: tumor de Wilms, aniridia, anomalías genitourinarias y retraso mental. Se asocia con la deleción en el cromosoma 11 (del 11p13) y representa un 0,4% de los niños con TW. Aproximadamente, un 15% de los niños con WARG tienen TW bilaterales(5,6).

• El síndrome de Denis-Drash se asocia a anomalías del desarrollo genito-urinario y esclerosis mesangial difusa. Se asocia a mutaciones “sin sentido” en la línea germinal del gen WT1. Los niños afectos de síndrome de Denish-Drash tienen un altísimo riesgo de desarrollar un TW (90%).

Síndromes asociados a la mutación WT2

Otro locus asociado al TW es el de la región 11p15.5. Cuando se presenta en la línea germinal, causa el síndrome de Beckwith-Wiedemann.

• Síndrome de Wiedemann-Beckwith es un síndrome de hipercrecimiento que se manifiesta con un crecimiento asimétrico de una o más partes del cuerpo, macroglosia, onfalocele y anomalías renales. Tiene más riesgo de presentar TW (20%) y otros tumores (rabdomiosarcoma, hepatoblastoma). Representa el 1% de los casos de TW.

• Otros síndromes asociados a TW: síndrome de Sotos, síndrome de Li Fraumeni y síndrome de Bloom.

Causas no sindrómicas de TW

Tumor de Wilms familiar: los hermanos de niños con TW tienen <1% de probabilidades de desarrollar un TW y el riesgo de TW de los descendientes de TW unilaterales (esporádicos) es <2%. Se han descrito 2 genes en el TW familiar: FTW1 y FTW2 (19q13.4). Entre los familiares, es frecuente encontrar malformaciones genitourinarias.

Hemihipertrofia: crecimiento excesivo asimétrico de una o más partes del cuerpo. Representa un 2,5% de los casos de TW. La incidencia global de TW es de 5,9%, aproximadamente.

A pesar del buen pronóstico del TW, hay un subgrupo considerado de alto riesgo, que representa aproximadamente el 25% de los casos. Este grupo incluye a los TW con histología desfavorable (anaplásicos), bilaterales o recidivas.

Algunos datos biológicos, como la pérdida de heterocigosidad (LOH) en 1p/16q se han asociado a un mayor riesgo de recidivas. No obstante, un estudio del grupo alemán de SIOP concluyó que estas alteraciones se asociaban a histología desfavorable y que, por lo tanto, la presencia de alteraciones biológicas (16q, 11q y 22q) no tenían un impacto pronóstico independiente. Por esta razón los protocolos SIOP no utilizan todavía estos biomarcadores para estratificar el riesgo. Conceden mayor peso a la respuesta histológica a la quimioterapia preoperatoria, el predominio de componente blastematoso identifica tumores más resistentes a la quimioterapia(6,7).

También son de peor pronóstico los tumores del subtipo anaplásico. Entre ambos subtipos se incluyen el 10-15 % de TW con mal pronóstico.

Clínica

En la mayoría de pacientes, el TW se presenta como una masa asintomática, se suele detectar de forma casual por los padres o el pediatra.

El TW es, en la mayoría de casos, asintomático y se detecta de forma casual por los padres, durante el baño o al vestir al niño, o en una consulta rutinaria del pediatra. Es menos frecuente que se presente con algún síntoma inespecífico, como: dolor abdominal (40%), anorexia, náuseas o vómitos, irritabilidad o malestar general. También, pueden presentar: fiebre, hematuria microscópica (24%), más raramente macroscópica (18%), e hipertensión arterial (25%) por aumento de renina(8). En ocasiones, se puede presentar con varicocele, especialmente izquierdo, por obstrucción de la vena espermática(9).

Es muy característica la exploración del abdomen de estos pacientes. Se palpa y, en ocasiones, se observa una masa en flanco, dura, pero no pétrea, habitualmente de bordes bien delimitados y que no suele atravesar la línea media (estos hallazgos suelen ser diferentes en el neuroblastoma)(10). Uno de los riesgos importantes en el TW al diagnóstico es la rotura tumoral, que puede provocar una hemorragia aguda y requerir un tratamiento quirúrgico urgente. Por este motivo, deben evitarse los traumatismos abdominales, la exploración debe realizarse de forma cuidadosa y evitar palpaciones repetidas(8). En la exploración física, debemos observar la presencia de alguna de las alteraciones asociadas a síndromes que predisponen al TW, presentes en el 10% de los pacientes(8).

Diagnóstico y estudio de extensión

Aunque el TW es el tumor renal más frecuente en la infancia, se deben descartar otras lesiones malignas (linfoma de Burkitt, leucemia, rabdomiosarcoma, otros tumores renales primarios) o procesos benignos (abscesos, hidronefrosis, enfermedad poliquística)(8,11).

En los primeros meses de vida, el tumor renal más frecuente es el nefroma mesoblástico congénito(12) y, en adolescentes, es importante descartar el carcinoma renal(2). Es importante el diagnóstico diferencial con el neuroblastoma(10). Además de por imagen, se debe realizar estudio de catecolaminas en orina, para descartar esta posibilidad.

El estudio de la enfermedad local se debe realizar con ecografía y TC o RM abdominal(11,13-15).

La ecografía es la primera exploración a realizar, no precisa sedación ni irradia. Además del riñón afecto, permite explorar: el riñón contralateral, la afectación vascular y la presencia de enfermedad extrarenal. Se presenta como una masa grande, de límites bien definidos, con una localización principalmente intrarenal. El tumor puede ser sólido y homogéneo, pero es, por lo general, heterogéneo, con áreas de hemorragia, necrosis o quistes. En el 15%, el tumor contiene calcificaciones. El tejido renal normal suele estar desplazado a la periferia del tumor(13,15).

El TC de abdomen permite valorar el tumor y su extensión loco-regional, pero si es posible, se debe sustituir por la RM para evitar la irradiación abdominal.

En RM, se aprecia un tumor heterogéneo, lobulado e hipointenso comparado con el riñón sano en secuencias T1 e hiper – o isointenso en secuencias T2. Se aprecian focos de hemorragia. Tras la administración del contraste, el tumor capta con menor avidez que el riñón adyacente. En la RM, se puede apreciar la presencia de extensión extrarenal, la presencia de adenopatías y la trombosis de la vena cava inferior. También, permite detectar focos de nefroblastomatosis en el tejido sano y en el riñón contralateral (Fig. 1)(13,14).

Figura 1. RM Nefroblastomatosis.

El problema es que requiere sedación para poder realizarla en niños pequeños (Fig. 2).

Figura 2. RM: tumor de Wilms.

La diseminación del TW puede producirse por vía hematógena y, con mayor frecuencia, a los pulmones, menos frecuente es la afectación hepática y ósea.

El estudio de las metástasis pulmonares se puede realizar con Rx de tórax y con TC sin contraste. El tratamiento como enfermedad metastásica en los pacientes que presentan nódulos en el TC, pero no visibles en la Rx, sigue siendo un dilema (Fig. 3)(16).

Figura 3. TC: metástasis pulmonares de tumor de Wilms.

El papel del FDG-PET en el estadiaje del TW no está del todo establecido(14).

En los centros americanos, el diagnóstico y el riesgo histológico se determinan en el momento inicial, con la pieza de nefrectomía. Para los protocolos europeos, el diagnóstico se puede establecer con los estudios clínico-radiológicos y no es imprescindible el estudio histológico para iniciar el tratamiento con quimioterapia preoperatoria. No obstante, algunos trabajos han demostrado la seguridad de la toma de muestras con aguja fina o Tru-cut guiadas por imagen para obtener un diagnóstico de confirmación y evitar errores. Esto es especialmente importante para pacientes en edades poco frecuentes para el TW, sobre todo adolescentes, o cuando la presentación clínica o radiológica es atípica(17,18).

El estadiaje del TW, según la SIOP, determina 5 estadios que se describen en la tabla II.

Histología

La clasificación histológica es un factor pronóstico fundamental y determina el tratamiento de los pacientes, tanto en los protocolos europeos (SIOP) como en los americanos (COG).

El TW se desarrolla a partir de restos nefrogénicos(3). El aspecto histológico es la de una lesión mixta con proporciones variables de los tres componentes celulares:

• Blastematoso, epitelial y estroma. El componente blastematoso es el elemento menos diferenciado y está formado por células pequeñas o intermedias, densamente empaquetadas, con citoplasma escaso y núcleos pequeños. Pueden mostrar distintos patrones de agrupación. El componente estromal está compuesto por células indiferenciadas mesenquimales, pero también puede mostrar: diferenciación variable a músculo liso y esquelético, células adiposas, cartílago y hueso. El componente epitelial simula estructuras del riñón embrionario, conformando rudimentos de rosetas, túbulos y glomérulos(19).

La presencia de anaplasia en el tejido tumoral es un factor de mal pronóstico e implica una peor respuesta al tratamiento. Este fenómeno se aprecia en el 5% de TW, sea de forma focal o difusa. En los protocolos americanos, la presencia de anaplasia focal o difusa se considera como factor de mal pronóstico. Para los protocolos SIOP, la presencia de anaplasia focal es considerada de riesgo intermedio, la anaplasia difusa supone alto riesgo. En la tabla III, se enumeran los grupos de riesgo histológico para los protocolos SIOP(20).

Tratamiento

El tratamiento del tumor de Wilms se basa en una aproximación multidisciplinar y estratificada según el riesgo; la quimioterapia y la cirugía son los elementos fundamentales; la radioterapia juega un papel complementario en pacientes seleccionados.

El tratamiento del TW se basa en la cirugía y en la quimioterapia. Los resultados son excelentes en una parte importante de pacientes, con supervivencias del 90%. Solo un grupo de pacientes, cada vez mejor identificados, tiene un pronóstico más desfavorable, a pesar del tratamiento más intensivo(4,8,21,22).

El progreso en la curación de estos pacientes se basa en el tratamiento dentro de estudios multicéntricos. Los resultados en supervivencia son similares en los estudios SIOP y COG. La mayor diferencia en el plan de tratamiento, está en relación al momento óptimo de la cirugía para cada uno de los grupos. Los centros americanos realizan, en general, la nefrectomía como primera parte del tratamiento, para los europeos la administración de quimioterapia preoperatoria supone beneficios importantes(4).

Cirugía

El tratamiento quirúrgico standard del TW unilateral es la ureteronefrectomía radical. Algunos aspectos quirúrgicos importantes son: la manipulación cuidadosa para evitar roturas renales intraoperatorias; intentar ligar los vasos renales antes de la manipulación del tumor para evitar diseminación hematógena; y ligar el uréter lo más distal posible. De gran importancia, es explorar todo el abdomen, incluyendo: el riñón contralateral, realizar un muestreo ganglionar y tomar biopsia de cualquier zona sospechosa.

En algunos casos, el tumor se extiende, en forma de trombo tumoral, a la vena renal, la vena cava y, más raramente, alcanza la aurícula(23). El manejo quirúrgico, cuando persiste un trombo por encima de la cava hepática, es muy complejo y con alto riesgo de complicaciones quirúrgicas.

La cirugía puede jugar un papel en el tratamiento de las metástasis, sobre todo pulmonares y hepáticas, especialmente en lesiones que persisten tras 6 semanas de tratamiento preoperatorio(23).

En los últimos años, se ha planteado la posibilidad de cirugía conservadora (NSS, nephron sparing surgery)(24) y cirugía por vía laparoscópica(23,25). En las dos situaciones, se deben valorar de forma cuidadosa las ventajas y riesgos de la técnica, se deben cumplir criterios muy estrictos de selección de pacientes y, sobre todo, se deben realizar en centros de referencia con experiencia para realizar estos procedimientos.

Radioterapia

El TW es un tumor muy radiosensible; no obstante, en muchos pacientes, la combinación de quimioterapia y cirugía es suficiente para garantizar la curación.

En un grupo seleccionado de pacientes, la radioterapia sigue teniendo un papel fundamental para mejorar los resultados del tratamiento y aumentar la supervivencia.

Las indicaciones actuales de irradiación son:

• Irradiación del flanco afecto en pacientes en estadio III y de riesgo histológico intermedio. En pacientes con ganglios positivos y/o enfermedad residual microscópica, se administran 10,8 Gy. Si persiste enfermedad residual macroscópica, se realiza un boost sobre el resto hasta 25,2 Gy. En pacientes con estadio III por rotura tumoral, se deben administrar 15 Gy en todo el abdomen, si hay implantes peritoneales macroscópicos, la dosis sobre el abdomen es de 20 Gy y boost hasta 25,2 Gy en los restos macroscópicos.

• Los tumores de alto riesgo histológico (anaplásico) estadios II y III reciben 10,8 Gy.

• La radioterapia pulmonar se administrará a los pacientes con metástasis pulmonares que no han respondido al tratamiento con quimioterapia preoperatoria. Se administran 12 Gy en ambos campos pulmonares y hasta 25-30 Gy en lesiones residuales macroscópicas (Fig. 4)(26).

Figura 4. Dosimetria RTX.

Quimioterapia

El TW es un tumor muy quimiosensible. La base del tratamiento farmacológico es la combinación de vincristina, actinomicina-D para pacientes de bajo riesgo y riesgo intermedio y de ciclofosfamida, adriamicina, etopósido y carboplatino para los pacientes de alto riesgo.

En los protocolos europeos (SIOP), el tratamiento prequirúrgico se establece en dos niveles. Los pacientes con enfermedad localizada reciben 4 semanas de tratamiento con vincristina y actinomicina-D. Los pacientes con metástasis al diagnóstico reciben quimioterapia durante 6 semanas con la combinación: vincristina, actinomicina-D y adriamicina. El objetivo de esta quimioterapia preoperatoria es reducir las complicaciones operatorias y evaluar la sensibilidad del tumor a la quimioterapia.

El plan de quimioterapia adyuvante está determinado en los protocolos europeos por el riesgo histológico de la pieza de nefrectomía y por el estadiaje postquirúrgico.

En la tabla IV, se resumen los fármacos y la duración del tratamiento para cada grupo de riesgo en el protocolo SIOP Nephroblastoma-01.

Un grupo de pacientes con enfermedad localizada e histología de bajo riesgo no reciben tratamiento citostático tras la cirugía. Los pacientes con estadio I y riesgo intermedio reciben 4 semanas de tratamiento con vincristina y actinomicina-D. Para pacientes con bajo riesgo histológico y estadios II y III, el tratamiento se basa en vincristina y actinomicina-D durante 27 semanas. Uno de los objetivos iniciales de este estudio era discernir si el uso de adriamicina en los pacientes de riesgo histológico intermedio en estadios II y III aportaba mejoría en la supervivencia. Por este motivo, se randomizó el tratamiento de este grupo entre 2 fármacos (vincristina + actinomicina-D durante 27 semanas) o 3 fármacos (vincristina + actinomicina-D + adriamicina durante 27 semanas). Tras analizar 583 pacientes con un seguimiento de más de 60 meses, se obtuvo una supervivencia global a 5 años de 96,5% para pacientes que recibieron adriamicina y de 95,8% para los que no la recibieron. Con estos resultados, se cerró la randomización y se estableció el tratamiento de estos pacientes con 2 fármacos(27). Los pacientes en estadio III reciben la radioterapia correspondiente.

Los pacientes de alto riesgo histológico son los pacientes con peor pronóstico, por lo tanto, deben recibir tratamiento más intensivo. Los pacientes en estadio I reciben 3 fármacos durante 27 semanas. Los pacientes en estadios II y III reciben un régimen de tratamiento con 4 fármacos, con ciclos alternos de ciclofosfamida y adriamicina con otros de carboplatino y etopósido hasta completar 34 semanas de tratamiento.

Los pacientes con enfermedad metastásica al diagnóstico reciben quimioterapia postoperatoria, según 2 criterios: el riesgo histológico y el estadiaje local del tumor primario, y la respuesta de las metástasis al tratamiento neoadyuvante. Los pacientes con remisión completa de las metástasis, por respuesta a quimioterapia preoperatoria o por cirugía, reciben tratamiento según el estadio local (3 fármacos AVD, excepto los de histología de alto riesgo que reciben 4 fármacos). Los pacientes en estadio III reciben radioterapia en flanco o abdomen y los que precisan cirugía de las metástasis, irradiación pulmonar. Los pacientes con persistencia de las metástasis reciben 4 fármacos con radioterapia pulmonar en todos los casos, y local según estadiaje del primario.

Tratamiento de TW bilateral. Estadio V

Entre el 4 y el 13% de niños afectos de TW presentan afectación bilateral. Estos pacientes, con frecuencia, presentan: restos nefrogénicos, malformaciones o síndromes de predisposición. El gran reto para los equipos multidisciplinares consiste en obtener la curación de estos pacientes manteniendo la mayor capacidad funcional renal posible, que permita un desarrollo y crecimiento normal. Son de gran importancia los estudios radiológicos para monitorizar la respuesta y para el seguimiento. El planteamiento terapéutico consiste en administrar quimioterapia preoperatoria hasta obtener la máxima respuesta. Cuando se considere el momento óptimo, se debe priorizar la cirugía conservadora (nephron sparing surgery). Se debe consolidar con quimioterapias ajustadas al riesgo y estadiaje más elevado(28).

Tratamiento de las recaídas

El porcentaje de recaídas en TW es bajo y, sobre todo, suelen afectar a pacientes con histología desfavorable, aunque un 15% afecta a pacientes con histología favorable.

Debido al número bajo de casos, en esta situación, es difícil establecer tratamientos estandarizados. El tratamiento se debe basar en fármacos que no se utilizaran en los esquemas de primera línea. Incluso se ha utilizado la quimioterapia a altas dosis con rescate con progenitores hematopoyéticos(29).

Los pacientes que recaen tras recibir 2 fármacos, pueden rescatarse con regímenes de 4 fármacos y tratamiento local, con supervivencias del 70-80%. Por el contrario, los pacientes con histología desfavorable (anaplasia difusa y tipo blastematosos post-quimioterapia) que recibieron 4 drogas son pacientes con mal pronóstico. Se pueden tratar con nuevas combinaciones de fármacos o incluirlos en estudios fase I-II. La supervivencia se sitúa alrededor del 10%.

Tumores renales no Wilms

Aunque el TW es el tumor renal más frecuente en la infancia, es importante considerar el diagnóstico de otro tipo de tumores renales menos frecuentes que requieren un plan de tratamiento distinto.

La edad de diagnóstico, la forma de presentación clínica, el comportamiento biológico y la imagen radiológica pueden ser diferentes para cada tipo de tumor. En la tabla V, se resumen las características clínicas y radiológicas de los tumores pediátricos más frecuentes en la primera década de la vida(14).

Sarcoma de células claras

Representa entre el 3 y el 5% de todos los tumores renales. Es más frecuente en niños entre 2 y 4 años. Es un tumor agresivo y puede metastatizar a hueso y cerebro. La presentación clínica suele ser: dolor abdominal, hematuria e hipertensión arterial. Radiológicamente, puede confundirse con otros tumores renales (TW, nefroma mesoblástico congénito o tumor rabdoide).

Se han descrito alteraciones citogenéticas, como: la traslocación t(10;17)(q22;p13/p12)53 y la delección de 14q24q31.

El tratamiento se basa en la cirugía con nefrectomía y quimioterapia intensiva que incluya doxorubicina.(2,30)

Carcinoma renal (CR)

Representa el 2-6% de los tumores renales pediátricos, aunque es el tumor renal más frecuente en adolescentes. La edad de presentación suele ser 10-11 años. El CR se origina de las células epiteliales del túbulo renal. Existen diversos subtipos histológicos de CR.

La presentación clínica suele ser: dolor abdominal, hematuria y masa palpable abdominal. A diferencia del TW, es poco frecuente que se manifieste como una masa asintomática.

Es más frecuente el CR en supervivientes de cáncer infantil y en determinados síndromes, como: enfermedad Von-Hippel-Lindau, esclerosis tuberosa, en patología quística renal, en fases terminales de enfermedad renal, en enfermedad drepanocítica y en trasplantados renales pediátricos.

Puede metastatizar a diferentes sitios, preferentemente a pulmón (40%), huesos o hígado.

El diagnóstico tiene que ser siempre histológico. Radiológicamente, suele presentarse como una masa más pequeña que el TW y es frecuente la invasión vascular y la afectación linfadenopática (Fig. 5).

Figura 5. Carcinoma renal.

Puede demostrarse frecuentemente, una pérdida de heterocigosidad 22q11 y q12 y pérdida de la expresión de la proteína SMARCB1.

El factor pronóstico más importante es el estadio al diagnóstico, siendo de alrededor de 90% en el estadio I, del 50-80% en los estadios II y III y menos del 10% en el estadio IV.

La base del tratamiento es la nefrectomía radical junto con linfadenectomía regional. El CR es un tumor poco sensible a la quimioterapia y radioterapia. Se han utilizado tratamientos inmunológicos, como Interferón-a y interleukina-2 y, más recientemente, diversas terapias dirigidas, como: sorafenib, sunitinib, bevacizumab, temsirolimus, everolimus y pazopamid; aunque, en pediatría hay pocos datos testados(2,30).

Nefroma mesoblástico

Es el tumor renal más frecuente en los 3 primeros meses de vida. El 90% se diagnostica antes del año de vida. En la actualidad, el diagnóstico es prenatal en muchos casos. Se presenta como una masa abdominal, a veces, acompañada de hematuria. Puede presentarse con hipertensión arterial y con hipercalcemia. Se distinguen dos variantes histológicas: la clásica y la celular. En esta última, se ha identificado una traslocación, t(12;15)(p13;q25), que genera una proteína de fusión ETV6-NTRK3 implicada en las vías Ras-RAF y PI3K-Akt.

En la mayoría de casos, el tratamiento es quirúrgico, con nefrectomía, pero un pequeño porcentaje puede presentar recaídas locales, e incluso metástasis, que requieren tratamiento con quimioterapia(2,30).

Tumor teratoide rabdoide atípico

Hasta 1981, se consideró como una variante de TW. Supone el 2% de los tumores renales. Afecta a niños pequeños, el 80% se diagnostica antes de los 2 años. Se presenta como masa abdominal, que suele acompañarse de hematuria y, a veces, de hipercalcemia. Con frecuencia, los primeros síntomas se producen por la presencia de metástasis en pulmones, hígado o cerebro. Se asocia a mutaciones germinales o delecciones del gen SMARCB1/INI1/SNF5/BAF47 en el cromosoma 22q11.2.

Es un tumor muy agresivo con mal pronóstico. La combinación de distintos fármacos, con cirugía y radioterapia, incluso el uso de quimioterapia a altas dosis, ha permitido discretos avances en la supervivencia(2,30).

Seguimiento a largo plazo

Los supervivientes de tumores renales deben seguir un seguimiento específico a muy largo plazo por el riesgo de desarrollar insuficiencia renal. Los estudios experimentales sugieren que las nefronas restantes, sufren un estado crónico de hiperfiltración, que pueden evolucionar a: uremia, proteinuria y glomeruloesclerosis. Los pacientes con menos de un 50% de nefronas suelen tener la función renal normal, pero tienen riesgo de desarrollar hipertensión arterial o microalbuminuria. Por este motivo, debemos realizar una monitorización de: microalbuminuria, proteinuria, tensión arterial y función renal (creatinina y filtrado glomerular). Hay que tener presente en el seguimiento: el tratamiento recibido, especialmente si ha habido radioterapia, vigilancia de la zona irradiada, o han recibido antraciclínicos (monitorización de la función cardíaca).

El plan de seguimiento tiene 2 fases diferenciadas:

1. Fase 1: orientada a detectar recidivas precoces.

2. Fase 2: orientada a detectar efectos secundarios:

• Al final del tratamiento: exploración física, ecografía abdominal, Rx/Tac tórax, orina, función (fx) renal, audiometría y ecocardiograma.

• Primer año post-tratamiento (controles cada 8 semanas), exploración física, ecografía abdominal, Rx tórax, orina y fx renal.

• Segundo y tercer año post-tratamiento (controles cada 4 meses): exploración física, ecografía abdominal, Rx tórax, orina y fx renal.

• Cuarto año (controles cada 6 meses): exploración física, ecografía abdominal, Rx/Tac tórax, orina, fx renal, audiometría y ecocardiograma.

• Años 5-10: controles cada 6 meses: exploración física y orina.

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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Revisión de los aspectos generales y, sobre todo, del tratamiento del TW, centrado en los distintos protocolos de tratamiento del NWTS-COG. Revisión de los aspectos quirúrgicos.

– Davidoff AM. Wilms Tumor. Adv Pediatr. Elsevier Inc. 2012; 59: 247-67.

Artículo de revisión sobre el TW. Revisa aspectos de la biología, el diagnóstico de forma más completa que el anterior. También, revisa el tratamiento desde los 2 grandes grupos (NWTS-COg y SIOP).

– Gleason JM, Lorenzo AJ, Bowlin PR, et al. Innovations in the management of Wilms’ tumor. Ther Adv Urol. 2014; 6: 165-76.

Revisión del tratamiento del TW según los 2 grandes grupos, valorando los beneficios de cada uno de los abordajes. Revisa: los efectos secundarios a largo plazo, las controversias actuales y los nuevos conocimientos en la biología que pueden guiar los futuros tratamientos.

– Green DM. The evolution of treatment for Wilms tumor. J Pediatr Surg. 2013; 48: 14-9.

Revisión de la evolución del tratamiento del TW. Como elemento más interesante, la revisión de la cirugía de preservación de nefronas (NSS).

– Nakamura L, Ritchey M. Current management of wilms’ tumor. Curr Urol Rep. 2010; 11: 58-65.

Revisión del tratamiento del TW desde el punto de vista de ambos grupos internacionales. Como elemento interesante, la introducción del concepto de screening en los pacientes con síndromes de predisposición a TW.

– Pietras W. Advances and Changes in the Treatment of Children with Nephroblastoma. Adv Clin Exp Med. 2012; 21: 809-20.

Revisión del tratamiento del TW, con valoración de los planteamientos de los dos grandes grupos cooperativos internacionales.

 

Caso clínico

 

Lactante de 3 meses, acude a urgencias porque la madre durante el baño le palpa una masa abdominal sin otra sintomatología acompañante. En la exploración física, se aprecia una masa en flanco izquierdo .

Se solicita en ese momento, una ecografía abdominal donde se visualiza un tumor quístico retroperitoneal izquierdo de 7,7 x 7,2 x 6,9 cm, en relación tercio superior de riñón, sugestivo de tumoración de origen renal, sin poderse descartar neuroblastoma.

RMN renal para completar estudio, que muestra una voluminosa masa tumoral de origen renal izquierdo, con primera posibilidad diagnóstica el nefroma mesoblástico versus tumor de Wilms.

Se realiza estudio de extensión (TC torácico) que no muestra afectación pulmonar.

Se realiza, bajo anestesia general: nefrectomía izquierda, adrenalectomía izquierda, muestreo ganglionar extenso y se reseca un pequeño fragmento de diafragma íntimamente adherido.

La anatomía patológica muestra nefroblastoma blastematoso estadio local II, invasión de suprarrenal, adenopatías negativas y ausencia de invasión diafragmática. Riesgo intermedio.

Inicia tratamiento quimioterápico con vincristina y actinomicina D, según protocolo de TW.

A los 3 meses de tratamiento quimioterápico, acude nuevamente a urgencias por dificultad respiratoria. A la exploración física, destaca hipofonesis derecha que mostró una recidiva metastásica con afectación pleuro-pulmonar.

Se inició tratamiento con quimioterapia de rescate.

La paciente completó el tratamiento quimioterápico de 2ª línea. En la evaluación de la respuesta, se evidencia una gran reducción de la masa mayor, pero persisten las metástasis pulmonares bilaterales.

Durante estos tres meses, a la madre (23 años de edad) le han diagnosticado de un cáncer de mama. Se revisan los antecedentes familiares y el abuelo materno fue tratado de un osteosarcoma en la tibia a los 20 años. Se derivó para estudio genético familiar.

 

 

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