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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Actualización bibliográfica n7-2023

Actualización
bibliográfica

 

 

Uso de inhibidores de la bomba de protones y riesgo de infecciones graves en niños pequeños

Lassalle M, Zureik M, Dray-Spira R. Proton Pump Inhibitor Use and Risk of Serious Infections in Young Children. JAMA Pediatr. 2023; 177: 1028-38.
Disponible en: https://jamanetwork.com/journals/jamapediatrics/fullarticle/2808367

El uso de inhibidores de la bomba de protones (IBP) puede provocar infecciones mediante la alteración de la microbiota o la acción directa sobre el sistema inmunológico. Sin embargo, se han realizado solo unos pocos estudios en niños, con resultados contradictorios.

El objetivo de este estudio fue evaluar las asociaciones entre el uso de IBP e infecciones graves en niños, en general y por sitio de infección y patógeno. Se trata de un estudio de cohorte a nivel nacional, que se basó en el Registro Madre-Hijo EPI-MERES, elaborado a partir del Sistema de Datos de Salud Francés. Se incluyeron a todos los recién nacidos entre el 1 de enero de 2010 y el 31 de diciembre de 2018, que recibieron tratamiento para la enfermedad de reflujo gastroesofágico u otros trastornos relacionados con el ácido gástrico, a saber, IBP, antagonistas de los receptores de histamina 2 o antiácidos/alginato. La fecha índice se definió como: la primera fecha en que se dispensó cualquiera de estos medicamentos. Los niños fueron seguidos hasta el ingreso en el hospital por infección grave, pérdida de seguimiento, muerte o el 31 de diciembre de 2019.

Las asociaciones entre infecciones graves y el uso de IBP se estimaron mediante cocientes de riesgo ajustados (aHR) e IC del 95 %, utilizando modelos Cox. El uso de IBP se introdujo como variable en el tiempo. Se aplicó un retraso de 30 días para minimizar la causalidad inversa. Los modelos se ajustaron según los datos sociodemográficos, las características del embarazo, las comorbilidades infantiles y la utilización de la atención sanitaria.

La población de estudio estuvo compuesta por 1.262.424 niños (mediana de seguimiento [RIC], 3,8 [1,8-6,2] años), incluidos 606.645 que recibieron IBP (323.852 varones [53,4 %]; mediana de edad [RIC] en la fecha índice, 88 [44-282] días) y 655.779 que no recibieron IBP (342.454 varones [52,2 %]; mediana de edad [RIC]; 82 [44-172] días). La exposición a IBP se asoció con un mayor riesgo de infecciones graves en general (aHR: 1,34; IC: 95 %, 1,32-1,36). También se observaron mayores riesgos de infecciones en el tracto digestivo (aHR: 1,52; IC: 95 %, 1,48-1,55); área ORL (aHR: 1,47; IC: 95 %, 1,41-1,52); tracto respiratorio inferior (aHR: 1,22; IC: 95 %, 1,19-1,25); riñones o tracto urinario (aHR: 1,20; IC: 95 %, 1,15-1,25); sistema nervioso (aHR: 1,31; IC: 95 %, 1,11-1,54); e infecciones tanto bacterianas (aHR: 1,56; IC 95 %, 1,50-1,63) como virales (aHR: 1,30; IC: 95 %, 1,28-1,33).

En este estudio, el uso de IBP se asoció con mayores riesgos de infecciones graves, en general y por sitio de infección y patógeno, en niños pequeños. Los inhibidores de la bomba de protones no deben utilizarse sin una indicación clara en esta población.

Grupo de trabajo de Actualizaciones Bibliográficas de SEPEAP

 

 

Medición de la temperatura corporal y tratamiento de la fiebre

M.C. Amigo Bello*, T. de la Calle Cabrera**
Regreso a las bases


M.C. Amigo Bello*, T. de la Calle Cabrera**

*Hospital Universitario de Cabueñes. Gijón. **Hospital Universitario de Salamanca

 

Resumen

La fiebre supone uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría. Existen muchos miedos y mitos respecto a ella en la población general. Se expone la fisiopatología de la fiebre y los métodos de medición disponibles. Se revisa la evidencia sobre el lugar donde hacer la determinación de temperatura según la edad. Todo esto puede ayudar a racionalizar el tratamiento de la fiebre y poder transmitir a las familias información adecuada.

 

Abstract

Fever is one of the most frequent reasons for consultation in Pediatrics. There are many fears and myths about it in the general population. We must understand the pathophysiology of fever, know the available measurement methods and where temperature determination should be done according to age. All this can help us to rationalize treatment and be able to transmit adequate information to the families.

 

Palabras clave: Fiebre en Pediatría; Medición de temperatura; Tratamiento de la fiebre.

Key words: Pediatric fever; Temperature measurement; Fever treatment.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 404.e1 – 404.e5


OBJETIVOS

• Conocer la fisiopatología de la fiebre.

• Analizar los diferentes dispositivos para su medición y en qué zona corporal se deben usar.

• Fármacos y pautas para el tratamiento de la fiebre.

 

Medición de la temperatura corporal y tratamiento de la fiebre

Introducción

La fiebre constituye uno de los motivos de consulta más frecuentes en Pediatría(1). Aunque en los niños, la mayoría de las veces, la causa de la fiebre será un proceso banal, existe, de forma cultural, un miedo exacerbado de los padres, tanto a su causa como a sus consecuencias directas(1), de forma que incluso se ha acuñado el término “fiebrefobia” para denominar este fenómeno(2).

¿Qué es la fiebre y por qué se produce?

En general, se considera fiebre a la temperatura corporal superior a 38ºC rectal.

La fiebre es el aumento de temperatura corporal por elevación del punto de ajuste del control de esta a nivel central(3). La temperatura corporal es regulada desde el centro termorregulador situado en el hipotálamo. La estabilidad térmica se consigue equilibrando la actividad metabólica muscular y hepática con la pérdida de calor que se produce a través de la piel y los pulmones, alrededor de un punto de ajuste marcado por el hipotálamo. De este modo, en ambientes térmicos normales, el centro termorregulador mantiene la temperatura corporal estable, con una fluctuación suave, dependiendo de múltiples factores(3). Sin embargo, a partir de 35ºC de temperatura ambiental, la capacidad corporal para perder calor se ve superada y se produce una elevación de la misma, pudiendo aparecer sintomatología en relación con el calor ambiental (golpe de calor). Esta situación no depende del punto de ajuste hipotalámico y, por tanto, es sustancialmente diferente de la fiebre.

La temperatura corporal fluctúa a lo largo del día en relación a la actividad física, edad, fluctuaciones hormonales y también con el momento del día, con un nadir por la mañana y un pico por la tarde(3).

La temperatura que se considera normal en la mayoría de las publicaciones (37ºC) se basaba en estudios realizados en el siglo XIX(1). En estudios más recientes se ha encontrado que, en adultos jóvenes, la temperatura corporal (medida oral) puede variar entre 37,2ºC por la mañana a 37,7ºC por la tarde, con una temperatura media de 36,8ºC(4). Para definir fiebre, hablamos de una elevación de 2 desviaciones estándar sobre la temperatura normal, eso de forma general se ha establecido en 38ºC, referida a la temperatura central. Aunque con pequeñas variaciones según la fuente, en general se considera fiebre a la temperatura corporal superior a 38ºC rectal o 37,5ºC axilar(5,6).

La fiebre se produce por una elevación del punto de ajuste de la temperatura central, gracias a la acción de unas sustancias conocidas como pirógenos, que pueden ser, tanto internos (producidos por el organismo) como externos (partículas virales, toxinas bacterianas, etc.)(3). Cuando existe una infección, las células fagocíticas secretan al torrente sanguíneo citocinas (IL-1, IL-6, factor de necrosis tumoral [TNF], interferón alfa y otras citocinas endógenas inductoras de fiebre). Estas, a su vez, actúan sobre el hipotálamo anterior, produciendo una liberación de prostaglandina PGE2 y una elevación del punto de ajuste o set point de la temperatura corporal. Tras esto, el centro termorregulador activa los mecanismos para la elevación de la misma (activación metabólica, aumento del tono y actividad muscular, y disminución de la pérdida de calor cutáneo restringiendo la perfusión periférica)(3,5). La subida de temperatura continúa hasta llevar la temperatura al nuevo punto de ajuste. El límite superior del rango de temperatura corporal, debido a la fiebre, parece situarse en 42ºC, pero es raro que se superen los 41ºC sin un factor concomitante de hipertermia(1,3).

Además de causar fiebre, el aumento de las citocinas pirógenas circulantes produce: elevación de la síntesis de proteínas de fase aguda por el hígado, disminución de los niveles séricos de hierro y zinc, leucocitosis y lisis muscular. La IL-1 provoca ondas lentas de sueño, lo que podría explicar la somnolencia que se observa con frecuencia en los niños durante el curso de un proceso febril. También es frecuente observar artralgias y mialgias que se asocian a la acción periférica de los niveles elevados de PGE2(3,5).

La explicación aceptada para esta respuesta del organismo a la infección es que una temperatura corporal más elevada dificulta el crecimiento y replicación de los agentes infecciosos y mejora la función inmunológica(1,3,5).

A nivel clínico, la aparición de fiebre en un paciente pasa por dos fases. En la primera, el hipotálamo debe conseguir la nueva temperatura corporal marcada por el aumento del punto de ajuste; por ello se produce vasoconstricción periférica y el paciente siente frío, las manos y los pies están fríos y con mal color debido a la vasoconstricción. En una segunda fase, cuando el organismo ya ha alcanzado la nueva temperatura, desaparece la vasoconstricción y la piel del paciente de nuevo aparece caliente(3).

Métodos de medición de la temperatura corporal

La temperatura que se registre va a depender del instrumento de medida utilizado y del lugar donde se mide esa temperatura.

Punto de medición de la temperatura corporal

Cuando de la medición de la temperatura dependen decisiones clínicas, las guías clínicas de adultos recomiendan usar temperatura intravascular (catéter esofágico, arteria pulmonar, vesical), o en todo caso, la temperatura rectal, que es considerada como la más cercana a la temperatura central(7).

En Pediatría, en la práctica clínica habitual, se utilizan mediciones de temperaturas periféricas (oral, axilar, frontal…), por ser más accesibles y menos invasivas, aunque son poco precisas y muy variables, dependiendo de múltiples factores(7). Realmente, la precisión en la toma de la temperatura corporal solo se requiere en los casos en los que el valor de la medición va a cambiar el manejo del paciente, teniendo en cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, en niños previamente sanos y con un adecuado estado de vacunación, la apariencia clínica va a ser la que marque la actitud médica y no la cifra obtenida con el termómetro(1,5). Una medición fiable es más importante en neonatos y lactantes, debido al riesgo de enfermedades bacterianas potencialmente graves y la menor expresividad clínica(8).

Se recomienda no utilizar el mismo termómetro para los diferentes puntos de medición. Cada uno de estos puntos tiene su propio rango de normalidad(5), como muestra la tabla I:

Temperatura rectal: se considera el método más fiable de los utilizados en la práctica clínica habitual. Sin embargo, puede ser desagradable e incómodo para el niño. Debe evitarse en situaciones de neutropenia, riesgo hemorrágico y enterocolitis necrotizante(1). Se indica en los casos que el resultado pueda tener implicaciones clínicas, como puede ser en neonatos y lactantes(8).

Temperatura oral: múltiples guías clínicas lo consideran el indicado en pacientes colaboradores a partir de los 5 años(5,6). Su valor se afecta por la respiración bucal, sobre todo si existe taquipnea, y por la ingesta previa de líquidos, tanto fríos como calientes. Suele ser 0,6ºC inferior a la rectal(6).

Temperatura axilar: aunque no se considera el más indicado, es el método más utilizado en nuestro medio. Es de elección en pacientes neutropénicos. Tradicionalmente, se ha aplicado una conversión de 0,5ºC más baja a la temperatura axilar respecto a la rectal, pero en realidad no se dispone de una conversión estandarizada con la temperatura rectal y se ha observado amplio rango de diferencias, por lo que no se recomienda realizar dicha conversión(5).

Termometría infrarroja: su uso se ha extendido mucho en los últimos años, debido a su rapidez y comodidad(9). Los dispositivos disponibles para su uso en el mercado no tienen suficiente fiabilidad como para recomendar su uso(10).

Existen discrepancias sobre la indicación de donde tomar la temperatura entre las diferentes sociedades científicas. La Bright Futures Guideliness for Health Supervisión recomienda el uso de la determinación rectal para todos los menores de 4 años (excepto contraindicaciones). Sin embargo, el National Institute for Health and Care Excellence considera más recomendable la determinación axilar con termómetro digital en menores de 4 semanas, y determinación axilar (con termómetro digital o químico) o infrarrojos timpánico en niños entre 4 semanas y 5 años. Esta recomendación se basa en que la determinación es más rápida, más fácil y mejor aceptada por los pacientes y sus cuidadores(5).

La Guía-ABE considera, de elección, la determinación rectal en menores de 5 años, y la axilar como alternativa en ese rango de edad, aceptando la determinación timpánica a partir de los 2 años. En los pacientes mayores de 5 años y que sean colaboradores, recomiendan la determinación oral e, igualmente, la axilar se considera como alternativa(6).

Tipos de termómetros

Además del punto de medición, la temperatura registrada también se va a ver influida por el tipo de termómetro utilizado. El termómetro considerado más fiable, el de mercurio, fue prohibido en 2009, por los problemas asociados a la toxicidad del mercurio. En la actualidad, en la práctica clínica habitual se utilizan(9):

• Termómetro digital: el más usado por rapidez y facilidad de uso. Puede utilizarse oral, rectal o axilar.

• Termómetro de galinstano (aleación de galio, indio y estaño): se comercializa como sustituto del termómetro de mercurio sin sus problemas de toxicidad. Uso oral, rectal o axilar.

• Termómetro de infrarrojos: muy rápido y accesible. Muy exactos los utilizados en investigación, pero mucho menos los dispositivos para uso doméstico. Puede ser timpánico (mide la temperatura de la membrana timpánica) o frontal (temperatura de la arteria temporal).

• Aplicaciones para teléfonos inteligentes. No pueden recomendarse al no haber disponible aún estudios sobre su uso.

Tratamiento de la fiebre

Objetivos del tratamiento

Tanto los sanitarios como los padres, deben conocer que no debe tratarse la fiebre para disminuir la temperatura corporal en sí, sino con el objetivo de aliviar el malestar o incomodidad que puede generar(6).

La fiebre puede causar incomodidad e incluso malestar en el niño. El principal objetivo del tratamiento de la fiebre, en un niño por lo demás sano, debe ser: mejorar su malestar, no disminuir los grados de temperatura ni acortar la duración de la fiebre. Debe transmitirse claramente este mensaje a los padres, para evitar la “fiebrefobia”(2). Por otra parte, el tratamiento de la fiebre no ha demostrado en ningún estudio ser perjudicial para la evolución del proceso subyacente(5).

La fiebre produce aumento de la tasa metabólica, aumenta el consumo de oxígeno y la demanda cardiovascular y pulmonar, con un escaso efecto sobre niños sanos. Sin embargo, no hay evidencia de que disminuir la fiebre tenga efectos beneficiosos sobre la morbimortalidad, salvo en los niños con comorbilidades importantes (enfermedad pulmonar, cardiaca o del SNC), que puedan inestabilizarse por el aumento de demanda fisiológica que supone la fiebre(5).

Al ser el objetivo del tratamiento mejorar el confort del niño, realmente no existe un dintel de temperatura a partir de la cual se indique o no el tratamiento de la fiebre. Esta debe tratarse cuando cause incomodidad o malestar en el paciente.

No hay evidencia de que el tratamiento de la fiebre prevenga las crisis febriles(11), por lo que no debe pautarse para tal fin. Con respecto a la fiebre postvacunal, algunos trabajos alertaron de que tratar la fiebre, sobre todo, con la administración profiláctica de antitérmicos, podría disminuir la respuesta inmune vacunal. No se recomienda esta administración profiláctica de antitérmicos, pero tratar la fiebre una vez que aparece, aunque pudiese disminuir algo la producción de anticuerpos, no parece que tenga repercusión clínica real en la protección vacunal(5).

Tratamiento no farmacológico. Medidas físicas

La medicina tradicional recomendaba medidas físicas para disminuir la temperatura corporal, entre las que se hallaban métodos diversos, desde: desnudar o desabrigar al niño, aplicación de esponjas o compresas húmedas, o baño tibio(12). Las recomendaciones actuales de diferentes guías clínicas sobre el manejo de la fiebre en los países de nuestro entorno son dispares e incluso contradictorias en ocasiones, desde algunos que las desaconsejan, a otras que sí mantienen la recomendación para alguna de ellas, sobre todo, la aplicación de esponja con agua tibia(13). La medicina basada en la evidencia informa de que al comparar medios físicos vs placebo, no se encuentran diferencias en la proporción de niños sin fiebre una hora después(14). Sin embargo, algunos estudios que asocian antipiréticos con métodos físicos, encuentran cierta ligera mayor disminución de la temperatura, con poca evidencia. Los niños tratados con medios físicos presentaron, de forma estadísticamente significativa, más efectos adversos leves (escalofríos y piel de gallina)(14).

La mayoría de las guías desaconsejan los medios físicos en la primera fase de instauración de la fiebre, mientras se produce la vasoconstricción periférica, porque se asocia a aumento del malestar en esta fase(12,13). Entre las medidas más ampliamente recomendadas, una vez que ya ha pasado esa primera etapa, están: desabrigar al niño, ofrecer líquidos, no forzar a comer… Varias guías europeas mantienen la indicación de aplicar esponjas de agua tibia si el niño está confortable con esa medida(13).

Fármacos antipiréticos

Los fármacos de primera elección son el paracetamol o el ibuprofeno administrados vía oral, en monoterapia.

Actúan retornando a la normalidad el punto de ajuste de la temperatura central. Siempre es preferible la vía oral cuando sea posible. La tabla II muestra las dosis y presentaciones comerciales disponibles de los principales antipiréticos(16).

Los fármacos de elección por su perfil de seguridad y eficacia son el paracetamol y el ibuprofeno vía oral. La elección de uno u otro va a depender de las preferencias de los padres y los pacientes y, en algún caso, de la patología de base causante de la fiebre(5). Aunque, clásicamente, se ha considerado el paracetamol de primera elección, realmente no hay suficiente evidencia para esta afirmación; de hecho, el riesgo de toxicidad asociado al paracetamol es mayor que el asociado a ibuprofeno. En este momento, no parece que pueda recomendarse uno por encima del otro(15).

Paracetamol

Inhibidor de la síntesis de prostaglandinas. Actúa sobre el centro hipotalámico regulador de la temperatura y bloquea el impulso doloroso a nivel periférico. Presenta efecto analgésico y antipirético sin acción antiinflamatoria. Puede utilizarse a cualquier edad, aunque algunas guías recomiendan que, en menores de 2-3 meses, sea solo bajo prescripción médica(6). Puede administrarse vía oral y rectal en el paciente ambulatorio, siendo preferible la vía oral. La vía rectal debe reservarse para situaciones de intolerancia oral, dada su menor biodisponibilidad y su absorción irregular(5).

Efectos secundarios: aunque tiene un excelente perfil de seguridad, puede producir hepatotoxicidad a dosis elevadas. Hay que recordar que la intoxicación con paracetamol es una de las más frecuentes en Pediatría.

Ibuprofeno

Pertenece al grupo de los AINE (antiinflamatorio no esteroideo). Tiene efecto antiinflamatorio, además de analgésico y antipirético. Como antipirético puede utilizarse vía oral a partir de los 3 meses de edad(16), aunque algunas guías lo retrasan hasta los 6 meses(6). Puede ser preferible, si se desea efecto antiinflamatorio(5). Inicio de acción en menos de 60 minutos, con un pico a las 3- 4 horas, y duración de acción 6-8 horas. La ficha técnica recomienda tomarlo durante las comidas o con leche para evitar molestias digestivas(16).

Efectos secundarios: reacciones gastrointestinales, raramente sangrado gastrointestinal (evitar administrar, si vómitos de repetición o intolerancia oral). Contraindicado en insuficiencia renal grave, y valorar con precaución y disminución de dosis en insuficiencia renal leve-moderada, sobre todo en condiciones de deshidratación.

Metamizol

Pirazolona con acción analgésica y antipirética, se considera de segunda elección, para uso ante fiebre o dolor refractario a paracetamol o ibuprofeno(6). Existe disponible en España metamizol sódico (en solución oral) y metamizol magnésico (en cápsulas orales, supositorios o intravenoso). El metamizol sódico se ha incorporado en los últimos años a la farmacopea de Pediatría, por su ventaja de poderse administrar en solución en gotas. Por ficha técnica puede utilizarse vía oral a partir de los cuatro meses de edad(16). El inicio del efecto es entre 30 y 60 minutos, con una duración de 6-8 horas.

Los efectos secundarios a vigilar, aunque raros, son: agranulocitosis, hipotensión y se ha descrito asociación a síndrome de Stevens-Johnson.

Aspirina

Analgésico, antipirético y antiagregante plaquetario. En la actualidad, no debe ser usada como tratamiento de la fiebre por su asociación al síndrome de Reye. Son excepciones aquellas entidades donde constituye parte del tratamiento específico, como la enfermedad de Kawasaki.

Existen otros fármacos con efecto antipirético, entre ellos diferentes AINE (naproxeno, ketotifeno), que no son de elección como antitérmicos.

Pautas de administración de antipiréticos

Los padres deberían recibir por escrito la pauta de antipiréticos recomendada por el pediatra, ajustada por peso del niño y no por edad(5). La elección del antitérmico, en ocasiones, deberá ajustarse, además de las preferencias de los padres, a las condiciones médicas de cada proceso. El pediatra explicará que el objetivo del tratamiento antipirético no es la disminución de la fiebre en sí, sino el confort del niño. Asimismo, se reiterará que la fiebre en sí no es peligrosa, y se hará énfasis en los signos de alerta que tienen que vigilar(8).

En la práctica clínica, en ocasiones, se ha planteado el uso de ibuprofeno y paracetamol combinados o alternados, con el fin de lograr una disminución mayor o más prolongada de la temperatura. La mayoría de las guías clínicas desaconsejan esta práctica, por aumentar el riesgo de sobredosificación y efectos adversos, sin efectos beneficiosos claros sobre el bienestar del niño(5,6). Una revisión Cochrane encuentra que la administración de ambos fármacos juntos (presentaciones combinadas, no disponibles en España), puede ser más efectiva para reducir la temperatura en las primeras horas del tratamiento, con calidad de la evidencia moderada; sin embargo, no parece existir diferencias en el malestar o incomodidad de los niños, que debe ser el objetivo principal del tratamiento(17).

En cuanto a la prescripción del uso alternante de paracetamol e ibuprofeno, con un teórico mejor efecto sobre la disminución de la temperatura que la monoterapia, según algunos estudios pequeños, es igualmente desaconsejada por la mayoría de las guías clínicas, por el riesgo asociado de sobredosificación y la escasa evidencia sobre la mejoría del confort del niño(5,6). Algunas guías clínicas, entre ellas la NICE (National Institute for Health and Care Excellence), permite la administración de un único antipirético (paracetamol o ibuprofeno) y utilizar el otro “como rescate”, si a las 2-4 horas persiste el disconfort del niño(12). Una revisión Cochrane pone de manifiesto, de esta manera, que el tratamiento antipirético podría ser más eficaz en disminuir la temperatura y en mejorar el confort del niño, si bien se avisa de que la evidencia es de baja calidad(17).

En resumen, la prescripción de un correcto tratamiento antitérmico debe realizarse por escrito, a las dosis correctas ajustadas por el peso del niño, e informando a los padres de la finalidad del tratamiento, que no es la disminución de la temperatura en sí, a la vez que se advierte de los signos de alarma a vigilar, el principal de los cuales será el estado general del niño(5,8).

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

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17. Wong T, Stang AS, Ganshorn H, Hartling L, Maconochie IK, Thomsen AM, et al. Combined and alternating paracetamol and ibuprofen therapy for febrile children Cochrane Database of Systematic Reviews. 2013; 10: CD00957.

 

Infecciones oportunistas asociadas al tratamiento sistémico con glucocorticoides en el niño con enfermedad crónica diferente de la enfermedad hemato‐oncológica

L.M. Prieto Tato*,  E. Fernández Cooke**
Temas de FC


L.M. Prieto Tato*, E. Fernández Cooke**

*Unidad de Enfermedades Infecciosas. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid. Universidad Complutense de Madrid. **Unidad de Enfermedades Infecciosas. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid

Resumen

Los glucocorticoides se encuentran entre los tratamientos más utilizados y efectivos para controlar las enfermedades inflamatorias y autoinmunes en niños. La administración continuada de corticoides sistémicos conlleva una importante respuesta antiinflamatoria e inmunosupresora que se asocia a un mayor riesgo de infecciones. Algunas de estas infecciones, como la varicela, son inmunoprevenibles, pero existen otras infecciones oportunistas que requieren de un cribado y/o un tratamiento antimicrobiano específico para evitar su posterior aparición y que son el objetivo de revisión de este artículo. Estas enfermedades son: la neumonía por Pneumocystis jirovecii, la tuberculosis y la infección por Strongyloides stercoralis.

 

Abstract

Corticosteroids constitute a first-line therapy for children suffering from nonmalignant immune-mediated diseases. Long-term use of systemic corticosteroids leads to a significant anti-inflammatory and immunosuppressive status that is associated with an increased risk of infections. Some of these infections, such as chickenpox, are vaccine preventable diseases, so prior adherence to an age-based immunization schedule is critical. There are other opportunistic infections that require screening and/or specific antimicrobial prophylaxis/treatment to prevent their reactivation and which are on the focus of this review: Pneumocystis jirovecii pneumonia, tuberculosis, and Strongyloides stercoralis infection.

 

Palabras clave: Esteroides; Inmunosupresión; Infecciones oportunistas; Cribado; Profilaxis.

Key words: Steroids; Immunocompromised Host; Opportunistic Infection; Screening; Prophylaxis.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 389 – 394

 


OBJETIVOS

• Reconocer el riesgo y tipo de infecciones en un niño y adolescente en tratamiento prolongado con corticoides sistémicos.

• Orientar la indicación y tipo de la profilaxis frente a Pneumocystis jirovecii en el niño con enfermedad crónica que va a iniciar tratamiento con corticoides orales.

• Orientar las pruebas de cribado frente a la tuberculosis y la estrongiloidosis, así como el tratamiento posterior en el niño con enfermedad crónica, que va a iniciar tratamiento con corticoides orales.

• Definir el papel del pediatra de Atención Primaria en la evaluación de estos pacientes.

 

Infecciones oportunistas asociadas al tratamiento sistémico con glucocorticoides en el niño con enfermedad crónica diferente de la enfermedad hemato-oncológica

Introducción

La administración continuada de corticoides sistémicos induce una importante respuesta antiinflamatoria e inmunosupresora que puede conllevar un mayor riesgo de infecciones, incluyendo infecciones oportunistas.

Los niños con enfermedades crónicas, diferentes a la enfermedad hemato-oncológica (enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedades reumatológicas, síndrome nefrótico…), requieren a menudo tratamiento inmunosupresor. En estos niños, es frecuente el tratamiento con glucocorticoides en las primeras líneas terapéuticas. Este tratamiento se puede prolongar en el tiempo; por ejemplo, aproximadamente el 50 % de los niños con enfermedad inflamatoria intestinal y más del 30 % de los niños con síndrome nefrótico son clasificados como dependientes de corticoides(1,2).

Desde su descubrimiento en la década de 1940, los glucocorticoides se encuentran entre los tratamientos más utilizados y efectivos para controlar las enfermedades inflamatorias y autoinmunes. El receptor de glucocorticoides (RG) es expresado en casi todas las células del cuerpo humano y regula genes implicados en el desarrollo, metabolismo y respuesta inmune(3). La unión del glucocorticoide con el RG altera la señalización de reguladores transcripcionales inflamatorios clave, como son NF-kB y AP-1, lo que conlleva una represión de la respuesta inflamatoria y otros fenómenos que se asocian a un estado de inmunosupresión(3). Sobre esta base, los glucocorticoides van a alterar: los procesos de opsonización y función fagocítica, aumentando con ello el riesgo de infecciones bacterianas; de la migración y proliferación de células T, aumentando el riesgo de infección por micobacterias, virus y hongos; y la alteración de la proliferación eosinofílica con aumento de apoptosis, lo que resulta en un mayor riesgo de infección parasitaria(4).

La administración continuada de corticoides sistémicos induce, por tanto, una importante respuesta antiinflamatoria e inmunosupresora que puede conllevar un mayor riesgo de infecciones, incluyendo infecciones oportunistas. Una infección oportunista es una enfermedad causada por un patógeno que habitualmente no afecta, o lo hace con mucho menos frecuencia e intensidad, a las personas con un sistema inmune sano.

En un estudio de más de 2.000 adultos con enfermedad de Crohn, el uso de glucocorticoides sistémicos se asoció a un mayor riesgo de infecciones [Hazard ratio (HR) 2,40 (1,33-4,35)](5). En niños con artritis idiopática juvenil, también se ha observado este mayor riesgo de infección asociado a corticoides [OR 2 (1-4)](6). Sin embargo, en ambos casos, la mayoría de estas infecciones fueron leves, y solo el 2,2 % y el 2,8 %, respectivamente, correspondieron a infecciones oportunistas(5,6). Los estudios realizados en Atención Primaria también muestran este mayor riesgo de infección. Así, en un estudio realizado a partir del registro de datos de Atención Primaria en Reino Unido, se evaluó el riesgo de infección en más de 275.000 adultos, a los que se les prescribieron glucocorticoides por vía oral durante más de 15 días. En comparación con aquellos con la misma enfermedad subyacente, pero no expuestos a glucocorticoides, se observó un mayor riesgo de celulitis [HR 2,01 (1,83-2,19)] e infección del tracto respiratorio inferior [HR 5,84 (5,61-6,08)](7).

Aunque existen numerosas infecciones oportunistas que se han relacionado con la administración sistémica de corticoides (p. ej., candidiasis, zóster, enfermedad por micobacterias no tuberculosas, aspergilosis y criptococosis), muchas de ellas se pueden prevenir con vacunas, y han sido objeto de excelentes revisiones previas(8). Este capítulo se centrará en aquellas patologías no inmunoprevenibles, pero para las que existen otras estrategias de prevención que han demostrado una disminución de su aparición y/o minimización de complicaciones posteriores tras la introducción de los corticoides, como son: la neumonía por Pneumocystis jirovecii, la tuberculosis y la infección por Strongyloides stercoralis. Aunque en todo paciente procedente de zona endémica o hijo de una madre procedente de zona endémica no estudiada, se recomienda el estudio frente a la enfermedad de Chagas con la solicitud de una serología frente a Trypanosoma cruzi, no se ha observado que las dosis altas de corticoides se asocien a unas mayores tasas de reactivación de la enfermedad de Chagas ni a una evolución más grave(9).

Neumonía por Pneumocystis jirovecii

La profilaxis con TMP-SMX frente a la neumonía por Pneumocystis jirovecii en niños sin infección por VIH ni enfermedad oncohematológica, pero en tratamiento con glucocorticoides por una enfermedad crónica o autoinmune, se realizará de forma individualizada, teniendo en cuenta factores adicionales (enfermedad de base, linfopenia, otros fármacos inmunosupresores…) que impliquen un mayor riesgo de enfermedad.

Pneumocystis spp. es un hongo muy ubicuo. La mayoría de los seres humanos se infectan con Pneumocystis a una edad temprana, permaneciendo asintomáticos o presentando síntomas respiratorios leves. Para las edades de 2 a 4 años, más del 80 % de los niños han adquirido anticuerpos contra Pneumocystis spp.

La neumonía por Pneumocystis jirovecii (PJP) es una enfermedad que ocurre fundamentalmente en niños inmunodeprimidos, muy bien caracterizada en aquellos con: infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), cáncer, receptores de un trasplante de órgano sólido (TOS), trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) o inmunodeficiencias primarias (IDP) celulares. La quimioprofilaxis contra la PJP con antibióticos es eficaz en estos pacientes, con reducciones de hasta el 85 % de la tasa de enfermedad en pacientes que usaron trimetoprim-sulfametoxazol (TMP-SMX)(10).

La incidencia de PJP en niños ha mostrado una disminución de más de un 60 % entre 1997 y 2012 en los EE.UU., en gran medida relacionada con la reducción en los casos asociados a la infección por el VIH. Un 36 % de los casos que se describieron fueron en niños con cáncer, 13,5 % en niños con IDP, 11 % en TPH/TOS y 3,5 % en niños con enfermedades autoinmunes o inflamatorias(11). En una serie reciente de un hospital español, se recogieron los 25 casos de PJP en niños durante tres décadas. Si bien, el 72 % de los casos ocurrieron en niños con infección por VIH-1, IDP, cáncer, TPH o TOS, un 20 % ocurrió en pacientes con una enfermedad autoinmune o crónica en tratamiento inmunosupresor. La mortalidad a los 30 días fue del 20 %(12).

Las características clínicas de PJP en los niños son: fiebre, taquipnea, disnea y tos. El inicio puede ser repentino o insidioso, con síntomas inespecíficos que van progresando, con o sin presencia de fiebre, hasta la insuficiencia respiratoria con hipoxemia. El examen físico puede mostrar dificultad respiratoria y estertores.

La mayoría de los niños con PJP desarrollan progresivamente una hipoxia grave, con presión arterial de oxígeno baja (PaO2 típicamente <70 mmHg). El valor de láctico deshidrogenasa en sangre suele estar aumentado, en probable relación a una infiltración linfocitaria en el pulmón como respuesta a la infección, aunque este hallazgo no es específico de la PJP. Las radiografías de tórax revelan, con mayor frecuencia, infiltrados parenquimatosos difusos bilaterales con apariencia de “vidrio deslustrado” o un patrón reticulogranular, pero también pueden ser normales o tener solo infiltrados parenquimatosos leves.

El diagnóstico definitivo de PJP requiere la demostración del organismo en tejidos o fluidos pulmonares en presencia de neumonitis. El lavado broncoalveolar es el procedimiento diagnóstico de elección para la mayoría de los niños. La sensibilidad oscila entre el 55-97 % y los resultados pueden ser positivos durante ≥72 horas después del inicio del tratamiento, por lo que el tratamiento debe iniciarse ante la sospecha clínica y no debe demorarse. Sobre la muestra clínica, se realizan tinciones de visualización del hongo (Gomori, Wright o Giemsa) o técnicas moleculares. La detección del hongo en muestras de jugo gástrico o esputo inducido son muy sugestivas de infección(13). De igual forma, en los últimos años, la detección de beta-D-glucano en sangre, un marcador panfúngico en pacientes con cuadro clínico compatible puede ser útil en el diagnóstico(14).

TMP-SMX es el tratamiento de elección para la PJP. La dosis habitual del componente de TMP es de 3,75-5 mg/kg/dosis, administrado IV cada 6 horas durante 21 días. En niños con infección por el VIH, un ciclo corto de corticoides en casos de PJP moderada o grave, comenzando dentro de las 72 horas posteriores al diagnóstico, se asocia a menor mortalidad; sin embargo, hasta el momento, no existen datos del uso de corticoides en niños sin esta infección(13).

La profilaxis con TMP-SMX frente a PJP en niños sin infección por VIH ni enfermedad oncohematológica, pero en tratamiento con glucocorticoides por una enfermedad crónica o autoinmune es algo que está en debate. La literatura recomienda iniciar profilaxis farmacológica cuando el riesgo de desarrollar una infección por P. jirovecii sea superior al 6 %; aunque, para muchas enfermedades o nuevos tratamientos, el riesgo real no es bien conocido. En la actualidad, no existen guías clínicas que hagan recomendaciones en esta situación, y se deberá individualizar en cada paciente. En adultos, se ha observado que la tasa de incidencia estimada de PJP en pacientes con estas enfermedades varía según la dosis de corticosteroides utilizada y la duración del tratamiento. Otros factores a considerar serán: la enfermedad de base (p. ej., la granulomatosis con poliangeítis se ha asociado con un especial riesgo frente a PJP), la linfopenia, la combinación de tres inmunosupresores o la administración de fármacos deplectores de linfocitos B o T (rituximab, belimumab…), o inhibidores de la Janus quinasa (baricitinib…)(15). Las reacciones adversas a TMP-SMX incluyen: erupción cutánea (leve en la mayoría de los casos y, raramente, eritema multiforme y síndrome de Stevens-Johnson) y anomalías hematológicas, como la neutropenia y la trombocitopenia.

Tuberculosis

Se recomienda realizar estudio de infección tuberculosa a todo paciente que se espere que vaya a recibir glucocorticoides equivalentes a prednisona a una dosis de 2 mg por kg de peso corporal por día o 15 mg por día durante ≥1 mes.

La tuberculosis (TB) continúa siendo una de las enfermedades infecciosas más relevantes a nivel mundial. Antes de la pandemia, la incidencia de TB infantil en España fue de 6,1 casos/100.000 habitantes en el grupo de 0 a 4 años, y de 3,4/100.000 en los niños de 5 a 14 años; según lo cual, varios centenares de niños y adolescentes enferman de TB en nuestro país cada año(16).

Tras un contacto con un paciente bacilífero, muchos pacientes evolucionan a un estado de infección latente asintomática sin desarrollar enfermedad activa (ITBL). La respuesta inmunológica persistente es fundamental para controlar la replicación bacilar y evitar la progresión a enfermedad activa. Sobre esta base, un tratamiento inmunosupresor conlleva un mayor riesgo de progresión a enfermedad. Así, se ha observado un riesgo de hasta ocho veces mayor de desarrollar TB activa en adultos infectados con Mycobacterium tuberculosis, asociado al uso de corticosteroides sistémicos(17). Aunque no existen estudios similares en niños, es importante también recordar que los niños menores de 5 años corren per se un alto riesgo de progresión a TB activa después de la infección, incluyendo el desarrollo de formas graves (como TB diseminada y del sistema nervioso central). Sobre esta base, existen recomendaciones de realizar estudio de infección tuberculosa a todo paciente que se espere que vaya a recibir glucocorticoides equivalentes a prednisona a una dosis de 2 mg por kilogramo de peso corporal por día o 15 mg por día durante ≥1 mes(18). El uso combinado de otros tratamientos inmunosupresores puede conllevar un mayor riesgo de progresión a enfermedad, como puede ser el uso de anti-TNF.

La ITBL se diagnostica basándose en una combinación de datos clínicos del paciente, factores epidemiológicos, pruebas de inmunodiagnóstico [prueba de tuberculina (PT) e IGRA (interferon-gamma release assay)] y pruebas de imagen(19). Para aumentar la sensibilidad del estudio, las guías actuales recomiendan la realización combinada de ambas pruebas, una PT y un IGRA, en pacientes que van a recibir tratamiento inmunosupresor. La PT se basa en la reacción de hipersensibilidad retardada tras la inyección intradérmica de 0,1 ml de derivado proteico purificado de Mycobacterium tuberculosis complex (MTB) en la cara anterior del antebrazo. A las 48-72 h se debe leer el diámetro transversal máximo de induración. Para esta indicación, se establece un dintel de positividad de la PT ≥5 mm, independientemente del antecedente de vacunación BCG. Los IGRA son técnicas para la detección en sangre de interferón-gamma producido por células T sensibilizadas por antígenos específicos de MTB (ESAT6 y CFP10).

La positividad de, al menos, una de las pruebas de inmunodiagnóstico (PT y/o IGRA), conlleva descartar TB activa mediante la evaluación de signos y síntomas de enfermedad, e incluye la realización de una radiografía de tórax postero-anterior y lateral. En caso de hallazgos que sugieran enfermedad tuberculosa, se llevará a cabo una evaluación individualizada que, generalmente, incluye la obtención de muestras para estudio microbiológico y posterior inicio de tratamiento de enfermedad tuberculosa(19).

Por otro lado, en caso de que se haya descartado una enfermedad activa, todos los niños y adolescentes diagnosticados de ITBL deben recibir tratamiento. Las pautas recomendadas quedan recogidas en la tabla I.

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La eficacia es similar para todos los regímenes, pero con mejor cumplimiento en las pautas cortas(19). Se debe evaluar la adherencia al tratamiento, así como la aparición de reacciones adversas y vigilar potenciales interacciones medicamentosas, sobre todo en los regímenes que contengan rifampicina.

Estrongiloidosis

Se recomienda realizar un cribado de la infección por Strongyloides stercoralis en los pacientes que proceden de áreas endémicas, previo al inicio de tratamiento con corticoides orales, mediante serología y con estudio de parásitos en heces si está disponible.

La estrongiloidosis es una enfermedad parasitaria producida por el nematodo Strongyloides stercoralis. Se estima que entre 30 y 100 millones de personas en todo el mundo están infestados, especialmente en África subsahariana, Sudamérica y Sudeste Asiático. En España, ha sido descrita especialmente en el Levante(20).

El ciclo biológico de S. stercoralis es complejo, con un ciclo en vida libre y otro en el hospedador, y destaca fundamentalmente por la capacidad del parásito de autorreplicación en el huésped, lo que hace que la infestación pueda persistir durante años, incluso décadas(21). Clínicamente, la estrongiloidosis se presenta generalmente como una infección intestinal crónica asintomática u oligoasintomática. La infección por S. stercoralis debe ser descartada en todo paciente que presente eosinofilia inexplicable o infección por HTLV-1(22).

Los cuadros graves por estrongiloidosis se observan en los pacientes inmunodeprimidos, en forma de síndrome de hiperinfestación y forma diseminada(21). La administración de corticoides orales es un factor de riesgo bien reconocido para el desarrollo de formas graves de estrongiloidosis; incluso ciclos cortos de esteroides, en pacientes previamente inmunocompetentes, se han asociado con progresión a síndrome de hiperinfestación y muerte(21,22).

En el síndrome de hiperinfestación, las larvas permanecen confinadas en las localizaciones habituales de la infección por S. stercoralis como son: intestino, pulmón y piel, aunque provocan síntomas de mayor gravedad. En el tracto digestivo, las principales manifestaciones son: dolor cólico, diarrea acuosa grave, vómitos y hemorragia intestinal. A nivel respiratorio puede aparecer: asma, síndrome de Loeffler, hemoptisis, disnea grave, neumonía y distrés respiratorio. Las alteraciones cutáneas (urticaria, larva currens) se pueden complicar con lesiones purpúricas, vasculitis y otras lesiones propias de la sepsis. En la estrongiloidosis diseminada, las larvas, además de infectar los órganos habituales, se diseminan a distintos sitios, como: sistema nervioso central, hígado, sistema linfático, tracto urinario y otros. Una complicación frecuente de estos síndromes es la bacteriemia secundaria por translocación bacteriana.

La eosinofilia en sangre periférica es un dato inespecífico y no siempre presente, pero puede ser útil para orientar el diagnóstico. En general, las técnicas diagnósticas disponibles en la actualidad tienen limitaciones. El estudio de parásitos en heces tiene una sensibilidad baja, que se incrementa realizando muestras seriadas. En cuanto a la serología (ELISA), su inconveniente principal son las reacciones cruzadas y los falsos negativos en pacientes inmunodeprimidos. La ivermectina es el tratamiento de elección para la estrongiloidosis y, en el caso de la estrongiloidosis no complicada, la dosis recomendada es ivermectina 200 µg/kg/día, VO, durante 2 días, en pacientes con más de 15 kg de peso, valorando repetir este ciclo de tratamiento, dos semanas después(21,22).

En función de lo ya expuesto, actualmente, se recomienda realizar un cribado de la infección por S. stercoralis en los pacientes que proceden de áreas endémicas, previo al inicio de tratamiento con corticoides orales, mediante serología y con estudio de parásitos en heces si está disponible(21,22).

Función del pediatra de Atención Primaria

• El pediatra de Atención Primaria juega un papel fundamental en la vacunación de los niños y adolescentes, así como en la actualización de los calendarios vacunales de aquellos que vienen de fuera.

• Además, el pediatra de Atención Primaria puede realizar el cribado previo del niño migrante o, si no es posible, derivarlo a consultas hospitalarias para realizarlo de forma oportuna.

• Una vez realizado el diagnóstico de una enfermedad crónica, que requiera inicio de una profilaxis o tratamiento antimicrobiano, el pediatra de Atención Primaria puede valorar la adherencia y tolerabilidad de los fármacos prescritos, así como contactar con el servicio de referencia para cualquier consideración o consulta.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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2. Skrzypczyk P, Panczyk-Tomaszewska M, Roszkowska-Blaim M, Wawer Z, Bienias B, Zajgzkowska M, et al. Long-term outcomes in idiopathic nephrotic syndrome: from childhood to adulthood. Clin Nephrol. 2014; 81: 166-73.

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8.*** Campins Martí M, Moraga Llop FA. Vacunación en niños con enfermedades crónicas, inmunodeprimidos y receptores de trasplantes. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 490.e1-e9. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-12/vacunacion-en-ninos-con-enfermedades-cronicas-inmunodeprimidos-y-receptores-de-trasplantes/.

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13.*** Panel on Opportunistic Infections in Children with and Exposed to HIV. Guidelines for the Prevention and Treatment of Opportunistic Infections in Children with and Exposed to HIV. Department of Health and Human Services. 2023. Disponible en: https://clinicalinfo.hiv.gov/en/guidelines/pediatric-opportunistic-infection.

14.** Hänsel L, Schumacher J, Denis B, Hamane S, Cornely OA, Koehler P. How to diagnose and treat a patient without human immunodeficiency virus infection having Pneumocystis jirovecii pneumonia? Clin Microbiol Infect. 2023; 29: 1015-23.

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16. Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica. Informe epidemiológico sobre la situación de la tuberculosis en España. Año 2020. Centro Nacional de Epidemiología. Instituto de Salud Carlos III. Disponible en: https://www.isciii.es/QueHacemos/Servicios/VigilanciaSaludPublicaRENAVE/EnfermedadesTransmisibles/Documents/archivos%20A-Z/Tuberculosis/RENAVE_Informe%20vigilancia%20TB_2020.pdf.

17. Jick SS, Lieberman ES, Rahman MU, Choi HK. Glucocorticoid use, other associated factors, and the risk of tuberculosis. Arthritis Rheum. 2006; 55: 19-26.

18.*** Shah M, Dorman SE. Latent Tuberculosis Infection. N Engl J Med. 2021; 385: 2271-80.

19.*** Baquero-Artigao F, Del Rosal T, Falcón-Neyra L, Ferreras-Antolín L, Gómez-Pastrana D, Hernanz-Lobo A, et al. Update on the diagnosis and treatment of tuberculosis. An Pediatr (Engl Ed). 2023; 98: 460-9.

20. Schär F, Trostdorf U, Giardina F, Khieu V, Muth S, Marti H, et al. Strongyloides stercoralis: Global Distribution and Risk Factors. Plos Negl Tropl Dis. 2013; 7: e2288.

21.*** Rodríguez Guardado A, Belhassen-García M, Fernández Rivas G, Merino Amador P, Salvador F. Documento de revisión de estrongiloidosis GEPI-SEIMC. Disponible en: https://seimc.org/contenidos/gruposdeestudio/gepi/Dcientificos/documentos/gepi-dc-2021-Estrongiloidosis.pdf.

22. Mejia R, Nutman TB. Screening, prevention, and treatment for hyperinfection syndrome and disseminated infections caused by Strongyloides stercoralis. Curr Opin Infect Dis. 2012; 25: 458-63.

Bibliografía recomendada

- Campins Martí M, Moraga Llop FA. Vacunación en niños con enfermedades crónicas, inmunodeprimidos y receptores de trasplantes. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 490.e1-e9. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-12/vacunacion-en-ninos-con-enfermedades-cronicas-inmunodeprimidos-y-receptores-de-trasplantes/.

Artículo de revisión reciente y actualizado sobre la vacunación en niños con enfermedades crónicas e inmunodeprimidos. Muy útil en la práctica clínica.

- Baquero-Artigao F, Del Rosal T, Falcón-Neyra L, Ferreras-Antolín L, Gómez-Pastrana D, Hernanz-Lobo A, et al. Update on the diagnosis and treatment of tuberculosis. An Pediatr (Engl Ed). 2023; 98: 460-9.

Documento de consenso sobre el tratamiento de la tuberculosis en niños en nuestro país. Incluye recomendaciones sobre el diagnóstico de ITBL y los esquemas de tratamiento recomendados.

- Rodríguez Guardado A, Belhassen-García M, Fernández Rivas G, Merino Amador P, Salvador F. Documento de revisión de estrongiloidosis GEPI-SEIMC. Disponible en: https://seimc.org/contenidos/gruposdeestudio/gepi/Dcientificos/documentos/gepi-dc-2021-Estrongiloidosis.pdf.

Artículo de revisión, muy práctico, sobre el diagnóstico y tratamiento de la estrongiloidosis.

 

Caso clínico

 

Un adolescente de 12 años con diagnóstico reciente de un síndrome nefrótico.

Anamnesis

Acude a nuestra consulta tras diagnóstico reciente de síndrome nefrótico; va a iniciar tratamiento en las próximas 72 h con prednisona VO en dosis de 60 mg/m2/día durante, al menos, 4 semanas, para iniciar después una reducción progresiva. El paciente nació y vivió hasta los 5 años de edad en la provincia de Manabí, en Ecuador y, desde entonces, residen en España. Calendario vacunal actualizado, incluye dos dosis de vacuna frente a la varicela. Sin viajes posteriores a Ecuador.

Exploración física

FC: 85 lpm; TA: 101/58 mmHg. Buen estado general. Edema palpebral. Escara de BCG en deltoides derecho. Sin signos de dificultad respiratoria. AC: rítmico sin soplos. AP: murmullo vesicular conservado sin ruidos patológicos. Abdomen blando y depresible, sin masas ni megalias. Resto de la exploración normal por aparatos.

Pruebas complementarias

• Mantoux (Fig. 1).

• IGRA positivo.

• Radiografía posteroanterior de tórax (Fig. 2).

• Serología de Strongyloides stercoralis: negativa.

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Figura 1. Prueba de tuberculina. Induración a las 72 horas.

 

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Figura 2. Radiografía posteroanterior de tórax.

Plan

Se recomienda iniciar tratamiento de infección tuberculosa latente (ITBL) con isoniazida (300 mg) VO. La paciente tolera adecuadamente el tratamiento, sin efectos adversos secundarios y con buena adherencia. Usted decide mantener el tratamiento hasta completar 9 meses.

En el seguimiento a largo plazo, la paciente es diagnosticada de un síndrome nefrótico corticodependiente, sin evidente respuesta a micofenolato mofetil. Por todo ello, la paciente va a empezar tratamiento con rituximab. Usted se pone en contacto con su nefrólogo para valorar profilaxis frente a la neumonía por P. jirovecii con TMP-SMX, quien, valorando su sugerencia, recomienda iniciar.

 

 

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Zoonosis

A. Bermejo Gómez,  M. García-López Hortelano
Temas de FC


A. Bermejo Gómez, M. García-López Hortelano

Servicio de Pediatría. Enfermedades Infecciosas y Tropicales. Unidad de Adopción Internacional y Niño Viajero. Hospital Universitario Infantil La Paz – Hospital Carlos III. Madrid

Resumen

Las zoonosis son enfermedades infecciosas que se transmiten desde los animales a los humanos. Pueden transmitirse a través de vectores, como garrapatas o mosquitos, o por contacto directo con el animal infectado. En este capítulo describimos las zoonosis más frecuentes en nuestro medio. Tanto la leishmaniasis visceral como la enfermedad de Lyme, tienen mal pronóstico sin tratamiento, por lo que es necesaria una alta sospecha diagnóstica para asegurar un tratamiento precoz. El diagnóstico se puede realizar por métodos serológicos (posibilidad de falsos negativos o reacciones cruzadas) o por métodos moleculares (de elección). La mayoría de las zoonosis virales no tienen tratamiento específico, mientras que las zoonosis bacterianas se tratan con antibióticos.

 

Abstract

Zoonoses are infectious diseases that are transmitted from animals to humans. They can be transmitted by vectors such as ticks or insects, or by direct contact with the infected animal. In this chapter we describe the most frequent zoonoses in our environment. Visceral leishmaniasis and Lyme disease have a poor prognosis without treatment, so a high diagnostic suspicion is necessary to ensure early treatment. Diagnosis can be made by serological methods (with the possibility of false negatives or cross-reactions) or by molecular methods (of choice). Most viral zoonoses have no specific treatment, while bacterial zoonoses are treated with antibiotics.

 

Palabras clave: Zoonosis; Leishmaniasis; Borreliosis; Garrapata.

Key words: Zoonosis; Leishmaniasis; Borreliosis; Tick.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 381 – 388

 


OBJETIVOS

• Conocer las zoonosis más frecuentes de nuestro medio, profundizando en los aspectos epidemiológicos de estas enfermedades.

• Recordar la importancia de una buena anamnesis e historia clínica, para asegurar un enfoque para el diagnóstico precoz.

• Conocer las principales etiologías, métodos diagnósticos y opciones terapéuticas adecuadas, según la edad y síntomas del niño.

• Aprender cuáles son las medidas de prevención pre-exposición y post-exposición de estas enfermedades.

 

Zoonosis

Introducción

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define las zoonosis como: las enfermedades infecciosas que se transmiten desde los animales a los humanos(1). Representan un importante problema de salud pública, debido a la estrecha relación con los animales en el medio agrícola, la vida cotidiana (animales de compañía) y el entorno natural(2). El ser humano suele ser un hospedador accidental que adquiere la enfermedad por contacto directo o indirecto con un animal infectado. Los mecanismos de transmisión son muy diversos: alimentos, vectores o contacto directo con fluidos o animales infectados(2) (Tabla I).

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En toda historia clínica es importante incluir una anamnesis detallada, incluyendo los antecedentes de viajes, actividades rurales y contacto con animales; ya que esta información nos ayudará en el enfoque diagnóstico del paciente.

En este capítulo nos centramos en las principales zoonosis transmitidas en nuestro medio; aunque es importante recordar que, con los viajes internacionales, podemos atender en la consulta zoonosis adquiridas en otros países. Además, el calentamiento global está aumentando el intervalo geográfico de los mosquitos y las garrapatas que albergan y transmiten plasmodios y arbovirus, lo que condiciona la aparición de brotes en nuevas localizaciones (como ocurre con el dengue en Europa)(2,3).

Enfermedades transmitidas por mosquitos

Leishmaniasis

Enfermedad potencialmente mortal, endémica en regiones tropicales y subtropicales. La forma clínica más frecuente en España es la leishmaniasis visceral.

Introducción

La leishmaniasis es endémica en regiones tropicales y subtropicales, se encuentra en América del Norte y del Sur, sur de Europa, África y Asia(4) . Es una enfermedad de declaración obligatoria (EDO) y forma parte del grupo de Enfermedades Desatendidas de la OMS.

Se considera una zoonosis, ya que su reservorio principal es el perro (también se ha descrito en: gatos, roedores y liebres); sin embargo, puede transmitirse de persona a persona mediante un vector (en estos casos, se denomina antropozoonosis)(5). El vector principal es un flebótomo.

La leishmaniasis cutánea es el tipo de leishmaniasis más común en todo el mundo (0,6-1 millón de casos nuevos anuales), es más frecuente que la leishmaniasis visceral (50.000-90.000 casos nuevos al año)(4) (Figs. 1 y 2).

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Figura 1. Epidemiología de leishmaniasis visceral. Fuente: OMS. 2021.

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Figura 2. Epidemiología de leishmaniasis cutánea. Fuente: OMS. 2021.

Manifestaciones clínicas

Puede producir distintos síndromes clínicos(4), los tres principales son los siguientes:

1. Leishmaniasis cutánea (LC) o botón de Oriente: causada habitualmente por las especies del subgénero: Leishmania (L. tropica, L. major, L. aethiopica y por las especies L. mexicana, L. amazonensis) y Viannia (V. braziliensis, V. panamensis, V. guyanensis y V. peruviana). Tras la picadura del mosquito, se produce una pápula eritematosa que, en los casos típicos, aumenta, convirtiéndose en un nódulo. Posteriormente, se genera una lesión ulcerada con bordes indurados y elevados, que puede asociar una costra o exudado. Las lesiones cutáneas son generalmente indoloras y crónicas. A veces, pueden asociar adenopatías periféricas o lesiones satélites(4).

2. Leishmaniasis visceral (LV) o kala-azar: afecta principalmente a los niños menores de 5 años en América y en la región mediterránea (L. infantum), y a los niños mayores y adultos jóvenes en África y Asia (L. donovani)(5). Tras la inoculación cutánea por un mosquito infectado (flebotominos hembras), el parásito se disemina por todo el sistema reticuloendotelial (macrófagos, bazo, hígado y médula ósea). Las manifestaciones típicas son: fiebre, pérdida de peso, hepatoesplenomegalia, pancitopenia (anemia, leucopenia y trombocitopenia), hipoalbuminemia e hipergammaglobulinemia. La piel de algunos pacientes adquiere una coloración grisácea, que da origen al término kala-azar (“fiebre negra” en hindi). Algunos pacientes pueden permanecer asintomáticos(4).

3. Leishmaniasis mucosa (LM) o espundia: producida habitualmente por especies del subgénero Viannia. Las áreas de mayor riesgo de LM se encuentran al sur del Amazonas (Bolivia, Perú y Brasil)(6). Se refiere a una secuela metastásica de la infección cutánea, que afecta a la mucosa nasofaríngea o laríngea. Clínicamente, es visible meses o años después de que hayan cicatrizado las lesiones cutáneas originales(4).

Diagnóstico

El diagnóstico de certeza de la leishmaniasis se realiza por la observación directa de los amastigotes en tejidos, el diagnóstico indirecto se realiza detectando la respuesta humoral o celular frente al parásito(7).

Técnicas microscópicas: visualización directa de amastigotes de Leishmania spp. en extensiones de material aspirado (médula ósea, sangre, biopsia cutánea o linfática)(7). La sensibilidad de esta técnica depende de muchos factores (calidad de la muestra, carga parasitaria y experiencia del observador)(7). En el caso de la LC, es importante retirar los restos de exudados o escaras, para que sea más sencillo visualizar el parásito(6).

Cultivo: mayor sensibilidad que la microscopía directa, pero es más laborioso y requiere mayor tiempo para obtener los resultados (hasta 4 semanas)(7). El medio idóneo es el Novi-McNeal-Nicolle (NNN).

Detección de antígenos en orina: suele utilizarse en los casos de LV(7).

Detección de ácidos nucleicos (diagnóstico molecular): detección de ADN del parásito mediante reacción en cadena de polimerasa (PCR), evalúa la carga parasitaria y puede ser útil para monitorizar la respuesta al tratamiento(4). Permite el uso de procedimientos menos invasivos para el diagnóstico de LV, ya que se puede detectar en sangre periférica(7); aunque las guías americanas siguen recomendando el aspirado de médula ósea como la muestra más fiable para el diagnóstico(6).

Técnicas serológicas: no se recomienda su uso en LC o LM, por escasa producción de anticuerpos(6). La sensibilidad y la especificidad de las pruebas serológicas dependen del ensayo y los antígenos utilizados. Si existe una sospecha clínica elevada, un resultado negativo no descarta la enfermedad(4,6,7), por este motivo, no se recomienda realizar la serología como única prueba en el diagnóstico de la leishmaniasis.

Tratamiento

El tratamiento sistémico está indicado en todos los niños con LV (por su elevada mortalidad) o LM (por la probabilidad de destrucción de la mucosa); sin embargo, no todos los menores con LC precisan tratamiento sistémico, ya que tienden a la curación espontánea (en años)(6). El tratamiento en esta forma acelera la cicatrización, disminuyendo la afectación de la mucosa y el riesgo de mortalidad en lesiones de gran tamaño (5 cm) o persistentes. En la tabla II se resumen las recomendaciones terapéuticas(4).

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Enfermedades transmitidas por garrapatas

Enfermedad de Lyme

Existe un aumento de casos de borreliosis en nuestro país, sobre todo en el norte de España. Las manifestaciones clínicas van a depender del tiempo de evolución desde la mordedura de garrapata, teniendo en cuanta que, a veces, puede pasar desapercibida.

Introducción, etiología y epidemiología

La enfermedad de Lyme es una zoonosis producida por la bacteria Borrelia burgdorferi, transmitida por garrapatas duras (Ixodes ricinus). Es una patología emergente en Europa (Alemania, Austria, Eslovenia, Suecia) y en España (La Rioja, Navarra, Norte de Castilla y León, Asturias, Cantabria y País Vasco). En 2022 se publicó el último boletín de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Instituto de Salud Carlos III), en el que se alerta del aumento de casos en nuestro país(8).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de la enfermedad de Lyme se dividen en tres fases, según el tiempo de evolución desde la mordedura de garrapata(9):

1. Manifestaciones tempranas localizadas: la manifestación temprana más característica es el eritema migrans (Fig. 3).

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Figura 3. Eritema migrans o migratorio. Imagen en “ojo de buey” con anillos concéntricos (en una minoría de los casos). Puede asociar vesículas centrales o áreas necróticas Fuente: Long S. Principles and Practice of Pediatric Infectious Diseases. 2018; 185: 997-1001.e1.

Tras la mordedura de la garrapata, suele aparecer una mácula o pápula roja, que se extiende progresivamente hasta formar una lesión eritematosa anular grande (>5 cm de diámetro) en días o semanas. Puede asociar síntomas constitucionales como: malestar general, cefalea, fiebre, artralgias y rigidez cervical leve.

2. Manifestaciones tempranas diseminadas: lesiones diseminadas similares al eritema migrans, de tamaño más pequeño. Puede asociar: parálisis del VII par, meningitis linfocitaria y radiculitis. En varones adolescentes puede aparecer bloqueo auriculoventricular, lo que condiciona un mal pronóstico. También pueden estar presentes los síntomas constitucionales.

3. Manifestaciones tardías: suele darse en forma de monoartritis de grandes articulaciones (rodilla); en algunas ocasiones, puede ser poliarticular. Ocurre en aquellos niños que no han recibido tratamiento. Con menor frecuencia puede aparecer: polineuropatía, encefalopatía o afectación ocular (neuritis óptica, conjuntivitis, queratitis y uveítis).

Diagnóstico

El diagnóstico se basa en la historia epidemiológica, las manifestaciones clínicas y los hallazgos microbiológicos(10). Es frecuente que los menores no recuerden la mordedura de garrapata, pudiendo pasar desapercibida.

Diagnóstico directo:

- Cultivo: es más sensible en la fase temprana de la enfermedad. Presenta un alto rendimiento en muestras cutáneas, disminuyendo la sensibilidad en fluidos estériles (LCR o líquido sinovial).

- Técnicas de diagnóstico molecular (PCR): método diagnóstico principal; sin embargo, estas técnicas no están estandarizadas. La sensibilidad depende del origen de la muestra, siendo mayor en las biopsias cutáneas (cercana al 70 %) y muestras de líquido sinovial (77,5 %), descendiendo considerablemente en muestras de LCR (22,5 %)(10). No está validada en sangre ni orina.

Diagnóstico indirecto mediante técnicas serológicas. En fases precoces, la serología puede ser negativa (solo se detecta IgM en un 60 % de los pacientes en las 4 primeras semanas)(10); es importante confirmar la seroconversión a las 4-6 semanas (mediante detección de IgG). En casos de diagnóstico clínico claro (eritema migrans), no es necesario realizar serología de confirmación. En los que se ha realizado un tratamiento precoz, puede no haber seroconversión(10). Ocasionalmente, aparecen reacciones cruzadas con otras bacterias.

Tratamiento

El tratamiento de elección será doxiciclina, siempre que no exista afectación del parénquima cerebral; en este caso, se recomienda un beta-lactámico(10). La doxiciclina en pauta corta (≤21 días) se puede utilizar independientemente de la edad del paciente(10,11). En la tabla III se detalla el tratamiento de la enfermedad de Lyme, según las últimas recomendaciones.

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Fiebre botonosa mediterránea

Introducción, epidemiología y etiología

La fiebre botonosa mediterránea o fiebre exantemática mediterránea (FEM) es una zoonosis emergente y endémica en la cuenca del Mediterráneo. La sintomatología, a veces, es muy inespecífica, por lo que hay que sospecharla en pacientes con fiebre que hayan estado en áreas geográficas de riesgo. La incidencia es variable, se ha objetivado un aumento de esta en los últimos años, sobre todo en verano(12).

El agente causal de esta zoonosis es la Rickettsia conorii conorii (bacilo gram negativo, intracelular). Se ha descrito que el vector responsable de la infección es la garrapata marrón del perro (Rhipicephalus sanguineus). No está claro cuál es el reservorio principal de R. conorii, muchos autores postulan que se encuentra en perros y otros mamíferos (erizos, conejos y pequeños roedores), aunque también se ha descrito que la misma garrapata actúa como reservorio potencial de esta bacteria(12).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas clásicas son: fiebre, exantema maculopapular y escara necrótica conocida como “mancha negra”.

Se caracteriza por la tríada clásica: fiebre, exantema maculopapular y una escara de inoculación en el sitio de la mordedura. La presencia de la escara característica, también conocida como mancha negra, es muy variable (29-60 % de los casos)(12). El exantema, generalmente, afecta a palmas y plantas, evitando zonas como la cara. Puede acompañarse de síntomas gastrointestinales, adenopatías (cervicales) y hepatoesplenomegalia, de forma más frecuente en la edad pediátrica, mientras que los adultos presentan cefalea, artralgias y mialgias. La duración de los síntomas suele ser de 12 a 20 días. No existe una forma crónica de la enfermedad, aunque hasta un 20 % de los pacientes pueden presentar complicaciones, sobre todo, enfermedades cardiacas(12).

Diagnóstico

La sensibilidad de las técnicas de diagnóstico directo es baja, siendo más elevada en el caso de biopsias.

Diagnóstico directo. El cultivo no es rentable, debido a la naturaleza intracelular de la bacteria. Las técnicas de diagnóstico molecular (PCR) se pueden utilizar para muestras de sangre o tejido. La sensibilidad es muy baja y aumenta cuando se realiza en raspado o biopsia de la escara.

Diagnóstico indirecto o serológico (IFI). Indican infección los títulos de IgM ≥64 e IgG ≥128, en zonas endémicas, o IgM ≥32 y títulos de IgG ≥64, en zonas no endémicas. Es necesario demostrar la seroconversión o aumento de títulos (x4) para poder confirmar la infección. Puede presentar reacciones cruzadas con otras Rickettsias.

Tratamiento

El tratamiento de elección es la doxiciclina a dosis de 2,2 mg/kg/12 horas para <45 kg y de 100 mg/12 horas en >45 kg, durante un mínimo de 5-7 días, siempre que se haya resuelto la fiebre en los tres días previos al fin del tratamiento. La azitromicina sería una alternativa al tratamiento con doxiciclina(12).

Enfermedades transmitidas por mamíferos

Enfermedad por arañazo de gato

La incidencia de la enfermedad por arañazo de gato es desconocida. Suele presentarse como linfadenopatía regional (axilar, cervical, epitroclear o inguinal) que puede resolverse de forma espontánea en meses. El diagnóstico principal es mediante técnicas moleculares.

Introducción, epidemiología y etiología

La enfermedad por arañazo de gato (EAG) está producida por Bartonella henselae. Los gatos, tanto domésticos como callejeros, son el reservorio natural de esta bacteria(13). La bacteriemia puede ocurrir en gatos aparentemente sanos y puede ser prolongada (semanas o meses). La infección se transmite a los humanos por mordeduras o arañazos, aunque también se ha descrito el contagio tras el contacto ocular o con heridas(14).

Se desconoce la incidencia real de la EAG, aunque se estima que se diagnostican 22.000 pacientes/año (EE.UU.), sobre todo en otoño e invierno(13). La edad de máxima incidencia es la comprendida entre los 5 y los 9 años(13,14).

Manifestaciones clínicas

La infección por B. henselae puede cursar de forma asintomática. Es característica la linfoadenopatía regional (suele ser: axilar, cervical, epitroclear o inguinal). Inicialmente, suele aparecer una pápula o pústula en la zona de inoculación y, a los 5-50 días, la linfoadenopatía, acompañada de eritema, tumefacción, calor y dolor de la piel circundante. En general, se resuelven de forma espontánea en 2-4 meses(13-15).

La EAG puede causar fiebre de origen desconocido (1-3 semanas), asociando síntomas inespecíficos, el más frecuente el dolor abdominal (>50 %)(13). Otras manifestaciones por diseminación hematógena son: endocarditis (cultivos negativos), lesiones osteolíticas, microabscesos en hígado o bazo, encefalopatía, glomerulonefritis, eritema nodoso, neurorretinitis y purpura trombocitopénica. La inoculación de la bacteria en el tejido ocular puede provocar el síndrome oculoglandular de Parinaud (conjuntivitis folicular y linfadenopatía preauricular homolateral).

Diagnóstico

Diagnóstico directo: el cultivo es poco rentable, debido a las características de la bacteria(14). Por este motivo, se prefiere la detección mediante técnicas de diagnóstico molecular (PCR) de tejido o líquidos corporales.

Diagnóstico indirecto, basado en técnicas serológicas: es la técnica más usada (IFI, ELISA). Puede ser negativa en pacientes con EAG y, además, tiene reactividad cruzada con B. quintana y otros microorganismos, por lo que hay que interpretarla con cautela.

Tratamiento

El valor del tratamiento antibiótico en pacientes con EAG típica (adenopatía regional) sigue siendo incierto, pero las últimas guías de la IDSA (Infectious Diseases Society of America) recomiendan utilizar antibiótico(15). No existen guías de tratamiento sobre la enfermedad sistémica, pero adjuntamos las recomendaciones expuestas en UpToDate(16) en inmunocompetentes (Tabla IV).

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Para terminar, se incluyen otras enfermedades transmitidas por mamíferos que se exponen en la tabla V y transmitidos por vectores en la tabla VI.

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Función del pediatra de Atención Primaria

Aunque la mayoría de los tratamientos de estas enfermedades se llevarán a cabo en el ámbito hospitalario, el pediatra de Atención Primaria es un pilar fundamental en la sospecha diagnóstica de las zoonosis. Los pacientes acuden a la consulta de Atención Primaria, en la mayoría de ocasiones, con síntomas inespecíficos y el pediatra tendrá que realizar una anamnesis detallada sobre exposiciones de riesgo: estancia en medios rurales, contacto con animales, viajes internacionales o viajes nacionales a áreas de riesgo, vacunación y/o tratamientos previos… Además, es necesario que el pediatra de Atención Primaria conozca cómo prevenir las mordeduras por garrapatas y sepa cómo retirarlas.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1. Organización mundial de la Salud (OMS). Zoonosis. 2020. Disponible en: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/zoonoses.

2. Lipkin W. Zoonosis. En: Mandell, Douglas, Bennett. Enfermedades infecciosas. Principios y práctica. 9ª ed.: Elsevier; 2021. p. 3813-7.

3. Caminade C, McIntyre KM, Jones AE. Impact of recent and future climate change on vector-borne diseases. Ann N Y Acad Sci. 2019; 1436: 157-73.

4. Kimberlin DW, Brady MT, Jackson MA, Long SS. Red Book. Enfermedades Infecciosas en Pediatría. Informe 2021-2024 del Comité de Enfermedades Infecciosas. 32ª ed. EE.UU. Editorial Médica Panamericana; 2021. p. 468-72.

5. Melby PC. Nelson. Tratado de Pediatría. España: Elsevier. 2020; 311: 1839-44.

6. * Aronson N, Herwaldt BL, Libman M, Pearson R, López-Velez R, Weina P, et al. Diagnosis and Treatment of Leishmaniasis: Clinical Practice Guidelines by the Infectious Diseases Society of America (IDSA) and the American Society of Tropical Medicine and Hygiene (ASTMH). Clin Infect Dis. 2016; 63: 1539-57.

7. Álvarez-Martínez MJ, Belhassen-García M, Flores-Chávez MD, Pérez de Ayala A, Sulleiro E. Diagnóstico de parasitosis importadas en España. Procedimientos en Microbiología Clínica. Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC). 2020; 69: 12-8.

8. Amores Alguacil M, Estévez Reboredo R, Martínez de Aragón M, Carmona R, Cano Portero R. Carga hospitalaria de enfermedad de Lyme en España (2005-2019). Boletín Epidemiológico Semanal. Instituto de Salud Carlos III. 2022; 30: 01-10. Disponible en: https://revista.isciii.es/index.php/bes/article/view/1214.

9. Kimberlin DW, Brady MT, Jackson MA, Long SS. Red Book. Enfermedades Infecciosas en Pediatría. Informe 2021-2024 del Comité de Enfermedades Infecciosas. 32ª ed. EE.UU. Editorial Médica Panamericana; 2021. p. 482-9.

10.* Oteo JA, Corominas H, Escudero R, Fariñas-Guerrero F, García-Moncó JC, Goenaga MA, et al. Executive summary of the consensus statement of the Spanish Society of Infectious Diseases and Clinical Microbiology (SEIMC), Spanish Society of Neurology (SEN), Spanish Society of Immunology (SEI), Spanish Society of Pediatric Infectology (SEIP), Spanish Society of Rheumatology (SER), and Spanish Academy of Dermatology and Venereology (AEDV), on the diagnosis, treatment and prevention of Lyme borreliosis. Enferm Infecc Microbiol Clin (Engl Ed). 2023; 41: 40-5.

11.* Lantos PM, Rumbaugh J, Bockenstedt LK, Falck-Ytter YT, Aguero-Rosenfeld ME, Auwaerter PG, et al: Clinical practice guidelines by the Infectious Diseases Society of America (IDSA), American Academy of Neurology (AAN), and American College of Rheumatology (ACR): 2020 guidelines for the prevention, diagnosis, and treatment of Lyme disease. Arthritis Care Res (Hoboken). 2021; 73: 1-9.

12.* Spernovasilis N, Markaki I, Papadakis M, Mazonakis N, Ierodiakonou D. Mediterranean Spotted Fever: Current Knowledge and Recent Advances. Trop Med Infect Dis. 2021; 6: 172.

13. Han JY, Vijayan V, Long S. Pediatric Infectious Diseases. Sixth Edition. Elsevier; 2023. p. 901-5.

14. Kimberlin DW, Brady MT, Jackson MA, Long SS. Red Book. Enfermedades Infecciosas en Pediatría. Informe 2021-2024 del Comité de Enfermedades Infecciosas. 32ª ed. EE.UU. Editorial Médica Panamericana; 2021. p. 226-9.

15. Stevens DL, Bisno AL, Chambers HF, Dellinger EP, Goldstein EJ, Gorbach SL, et al. Practice guidelines for the diagnosis and management of skin and soft tissue infections: 2014 update by the infectious diseases society of America. Clin Infect Dis. 2014; 59: 147-59.

16. Spach DH, Kaplan SL, Treatment of cat scratch disease. Updated. 2021. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/treatment-of-cat-scratch-disease.

Bibliografía recomendada

– Guía de actuación ante picadura de garrapata. Ministerio de Sanidad y Servicios Sociales e Igualdad. 2016. Disponible en: https://www.sanidad.gob.es/profesionales/saludPublica/enfermedadesEmergentes/Crimea_Congo/docs/Guia_actuacion_picadura_garrapata_20161014.pdf.

Guía práctica sobre el abordaje de mordedura de garrapata. Incluye un algoritmo en el que se sintetiza los pasos a llevar a cabo. Además, una tabla que recoge de forma abreviada algunas de las enfermedades infecciosas transmitidas por las garrapatas, destacando los aspectos principales de cada una de ellas.

– Comité Asesor de Vacunas (CAV). Manual de inmunizaciones en línea de la Asociación Española de Pediatría. Encefalitis Japonesa. Cap. 23. 2020. Disponible en: https://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-23#2.

La encefalitis japonesa es una enfermedad transmitida por garrapatas que afecta principalmente al continente de Asia. En este documento se resumen las indicaciones y pautas de vacunación frente a esta enfermedad. Además, de los aspectos principales sobre su clínica y epidemiología.

– Hills SL, Lindsey N, Fischer M. Japanese encephalitis. Centers for Disease Control and Prevention (CDC). En: CDC Yellow Book 2024. Disponible en: https://wwwnc.cdc.gov/travel/yellowbook/2024/infections-diseases/japanese-encephalitis.

En esta publicación del Instituto de Salud Pública de EE.UU. se recoge de forma más detallada las recomendaciones sanitarias sobre vacunación de la encefalitis japonesa, en función del destino y las circunstancias del viaje.

– Hills SL, Gould C, Cossaboom C. Tick-borne encephalitis (TBE) virus. Centers for Disease Control and Prevention (CDC). En: CDC Yellow Book 2024. Disponible en: https://wwwnc.cdc.gov/travel/yellowbook/2024/infections-diseases/tick-borne-encephalitis.

Publicación del Instituto de Salud Pública de EE.UU. que recoge de forma completa, la epidemiología de la encefalitis centroeuropea o “encefalitis transmitida por garrapatas” y las recomendaciones sobre su prevención en el viajero en función del destino y las circunstancias del viaje.

 

Caso clínico

 

Niño de 10 años que acude en verano a su pediatra de Atención Primaria por “bulto” doloroso en región axilar derecha. En los últimos 2 días, ha presentado fiebre asociada. No otra sintomatología.

Antecedentes personales: calendario de inmunizaciones adecuado a la edad. Sin enfermedades ni ingresos previos.

Exploración física: buen estado general. Bien hidratado y perfundido. Sin exantemas ni petequias. Adenopatía axilar derecha de 2 cm de diámetro, dolorosa a la palpación, asocia eritema circundante. Sin adenopatías en otras localizaciones. Resto de la exploración física normal.

 

 

Prevención de las infecciones de transmisión sexual en los adolescentes

P. Clavo Escribano
Temas de FC


P. Clavo Escribano

Dermatóloga especialista de área. Centro Sanitario Sandoval.
Hospital Clínico San Carlos. Madrid

Resumen

En los últimos años hemos observado un aumento constante en la incidencia de las infecciones de transmisión sexual (ITS). Este hecho tiene especial importancia en la adolescencia, en la que coexisten una serie de factores y circunstancias que inciden en la mayor vulnerabilidad de este grupo poblacional. Es importante que conozcamos: cuáles son estas ITS, cómo se diagnostican, cómo se tratan y, por supuesto, llevar a cabo unas buenas medidas de prevención.
En este artículo se intentarán abordar estos aspectos de forma clara y concisa.

 

Abstract

In recent years we have observed a steady increase in the incidence of sexually transmitted infections (STIs). This fact is especially important during adolescence, when a series of factors and circumstances that coexist have an impact on the greater vulnerability of this population group. It is important that we are aware of what these STIs are, how they are diagnosed, how they are treated and, of course, how to implement adequate preventive measures.
This article will attempt to address these aspects in a more concise way.

 

Palabras clave: Adolescentes; Infecciones de transmisión sexual; Tratamiento; Prevención.

Key words: Adolescents; Sexually transmitted infections; Treatment; Prevention.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 374 – 380

 


OBJETIVOS

• Conocer la importancia y repercusiones de las ITS en los adolescentes.

• Estudiar los factores implicados en el aumento en la incidencia de las ITS.

• Aprender las distintas ITS, su etiología, diagnóstico y tratamiento.

• Realizar programas de prevención para evitar el contagio de estas infecciones.

 

Prevención de las infecciones de transmisión sexual en los adolescentes

Introducción

En los últimos años estamos asistiendo a un aumento importante de las ITS.

Las infecciones de transmisión sexual (ITS) constituyen un grupo heterogéneo de infecciones que se transmiten de persona a persona a través del contacto sexual (vaginal, anal y oral) y mediante contactos no sexuales, como en el caso de transfusiones de sangre o contaminación con fluidos orgánicos.

En los últimos años estamos asistiendo a un claro aumento en todo el mundo en la incidencia de las infecciones de transmisión sexual, siendo este problema más evidente en la población adolescente, ya que más de la mitad de las infecciones se producen en menores de 24 años. La vulnerabilidad que caracteriza a la población adolescente unida al inicio precoz de las relaciones sexuales, mantener relaciones bajo los efectos del alcohol, uso de drogas recreativas y todo ello junto a una pobre educación sexual, convierten a este colectivo en uno de los de mayor riesgo para padecer este tipo de infecciones(1).

En España, la edad de inicio de las relaciones sexuales ha ido descendiendo de forma paulatina hasta situarse, hoy en día, en una media de 16,2 años (INJUVE 2020)(2). La información epidemiológica poblacional sobre las ITS en nuestro país se obtiene a través del Sistema de Enfermedades de Declaración Obligatoria (EDO), incluido en la Red de Nacional de Vigilancia Epidemiológica (RENAVE)(3).

En este aumento en la incidencia de ITS en los adolescentes, tenemos que tener en cuenta diferentes factores: socio-culturales, de conducta y biológicos. En ellos se resumen: los avances tecnológicos, la ambivalencia personal, la falta de control de impulsos y la falta de protección durante el sexo, junto con un mayor consumo de alcohol y drogas. Todo ello unido en una persona con un sistema inmune todavía inmaduro, que utiliza protección en pocas ocasiones, que comienza las relaciones sexuales a edad cada vez más temprana y que, además, frecuentemente han utilizado la pornografía como escuela de sexualidad.

Pese a todo, no debemos alarmarnos, sino intentar tener un conocimiento claro de las ITS y su prevención.

La intención de este artículo es conocer aquellos signos y síntomas que conforman diferentes cuadros sindrómicos, su etiología, su diagnóstico y el tratamiento más eficaz, puesto que este tratamiento, bien realizado, va a ser una de las claves para la prevención de estas infecciones.

Infecciones de transmisión sexual

Es importante conocer la etiología, clínica, diagnóstico y tratamiento.

Los agentes etiológicos que causan las ITS pueden ser: bacterias, virus, protozoos y ectoparásitos, y se encuentran recogidos en la figura 1(4).

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Figura 1. Cuadro de los diferentes agentes etiológicos causantes de infecciones de transmisión sexual (ITS). VPH: virus del papiloma humano; VHS: virus del herpes simple; VIH: virus de la inmunodeficiencia humana; VHB: virus de la hepatitis B; VHC: virus de la hepatitis C; VHA: virus de la hepatitis A; VMC: citomegalovirus.

Todos ellos van a provocar unos cuadros sindrómicos que debemos conocer. Ello nos facilitará la labor de historiar, explorar, diagnosticar y tratar al paciente. Por ello, vamos a ir repasando dichos cuadros sindrómicos, su etiología, clínica, tomas de laboratorio y tratamiento. En este artículo no incluiremos aquellas infecciones como VIH o hepatitis infecciosas, puesto que serían motivo de un estudio aparte, dado que sobrepasarían los límites de este tema.

Es importante tener en cuenta que siempre se debe realizar una historia clínica pormenorizada: antecedentes clínicos, edad de la primera relación sexual, número de parejas diferentes al mes, preferencia sexual, uso de protección e historia ginecológica. Posteriormente, preguntaremos por los síntomas que presenta el o la paciente: desde cuándo, a qué lo atribuye, si ha mantenido relaciones desprotegidas y si ha realizado algún tratamiento.

Tras este proceso, procederemos a realizar una exploración clínica y tomaremos las muestras de laboratorio que creamos convenientes según la sintomatología referida. Es muy importante mantener un clima en el que el paciente se encuentre cómodo, comprendido y, sobre todo, que nunca se sienta juzgado.

Como comentábamos antes, vamos a repasar los cuadros sindrómicos que producen las diferentes ITS. Serían 5 síndromes(8):

1. Alteraciones del flujo vaginal y cervicitis.

2. Uretritis.

3. Úlcera genital.

4. Proctitis.

5. Infección por el virus del papiloma humano.

Alteraciones del flujo vaginal

Son una de las causas más frecuentes de consulta en Dermatología, Ginecología, Atención Primaria y Pediatría. Es muy importante realizar una buena historia clínica y una correcta exploración.

Son una de las causas más frecuentes de consulta en Dermatología, Ginecología, Atención Primaria y Pediatría.

• Alteraciones del flujo vaginal, dentro de ellas distinguimos:

- Vaginosis bacteriana (VB).

- Vulvovaginitis candidiásica.

- Vulvovaginitis por Trichomonas vaginalis.

Las dos primeras no se consideran ITS (por ello no hablaremos de ellas), pero sí de la infección por Trichomonas.

Vulvovaginitis por Trichomonas vaginalis

Clínica

Flujo abundante, maloliente, asociado a prurito vulvar, en ocasiones, dolor pélvico y dispareunia. La uretra puede estar implicada. El 50 % pueden ser asintomáticas.

Diagnóstico

• Exploración: flujo amarillo-grisáceo, espumoso y maloliente. Inflamación vulvar.

• Cérvix en frambuesa en el 15 % de los casos.

• Laboratorio: examen directo, cultivo y PCR(11).

Complicaciones

• Enfermedad pélvica inflamatoria.

• En embarazo: rotura prematura de bolsa.

• Riesgo aumentado de contraer otras ITS: VPH, VHS y VIH.

Tratamiento

• Metronidazol 500 mg/12 h/7 días o 2 g dosis única (8 comprimidos juntos).

• Tinidazol 2 g, dosis única, 2 días.

• Realizar control postratamiento.

• Hacer cribado de otras ITS.

• Tratar a la pareja sexual.

Cervicitis

Es la inflamación del cuello uterino de origen infeccioso que afecta al epitelio y al estroma y que puede provocar una infección ascendente, afectando al tracto genital superior. En ocasiones, se asocia a uretritis.

Etiología

Neisseria gonorrhoeae (NG).

Chlamydia trachomatis (CT).

Trichomonas vaginalis (TV).

Mycoplasma genitalium (MG).

• Herpes simple genital I y II (VHS).

Clínica

• Frecuentemente asintomáticas, hasta en un 50-70 % de los casos.

• Alteraciones del flujo vaginal (flujo endocervical).

• Dolor pélvico.

• Dispareunia.

• Amenorrea, sangrado intermenstrual o postcoital.

• Disuria, si aparece uretritis.

Diagnóstico

• Exploración vaginocervical: se observa secreción cervical (endo y exocervical) purulenta que se hace más evidente al introducir el espéculo. Sangrado cervical. En ocasiones, exploración normal.

• Laboratorio: tomas vaginales para: Gram vaginal, medida de pH, cultivo para Sabureaud y examen en fresco.

• Tomas cervicales: PCR/cultivo para NG y TV; y PCR para gonococo, Chlamydia, Mycoplasma genitalium, Trichomonas y VHS.

Complicaciones

• Enfermedad pélvica inflamatoria.

• Bartolinitis.

• Salpingitis, salpingoovaritis y peritonitis.

• Perihepatitis.

• Estenosis tubárica.

Tratamiento(4,5) (Tabla I)

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Los tratamientos comentados en este artículo se basan en las guías CDC (Centros para el control y prevención de enfermedades) del 2021 y las guías europeas de la IUSTI (Unión Internacional contra las ITS), siempre teniendo en cuenta las sensibilidades y resistencias de cada agente infeccioso en nuestro medio(4,5).

Uretritis (secreción uretral y/o disuria)

Se caracteriza por secreción uretral y disuria. No siempre es infecciosa.

La uretritis es un síndrome que se caracteriza por secreción uretral mucosa o purulenta y/o disuria. La causa más frecuente, sobre todo en adolescentes, son las ITS.

Etiología

Neisseria gonorrhoeae (NG).

Chlamydia trachomatis (CT).

Mycoplasma genitalium (MG).

Estas son las causas más frecuentes, aunque se pueden producir por otros microorganismos o tener una etiología no infecciosa.

Clínica

• Secreción uretral transparente-amarillenta.

• Molestias uretrales.

• Adenopatías inguinales.

Diagnóstico

• Si existe secreción purulenta, se puede realizar un Gram urgente y visualizar, en el caso de gonococos, diplococos Gram negativos intracelulares.

• Exudado uretral completo o bien técnicas de PCR en orina.

• Cultivo de Tayer Martin, si sospecha de gonococo. Posibilidad de realizar antibiograma(11).

Complicaciones

• Orquiepididimitis.

• Infertilidad.

• Estrechez uretral.

Tratamiento(4,5)

El tratamiento de las uretritis se expone en la tabla II.

tabla

Úlcera genital

En este síndrome es muy importante realizar una historia clínica pormenorizada y realizar las tomas, a la mayor brevedad posible.

Una úlcera es una solución de continuidad con pérdida de sustancia, al menos, de la epidermis y parte de la dermis. Las ITS ulcerativas, frecuentemente, están asociadas a otras ITS y es importante hacer un estudio completo para hacer un diagnóstico diferencial entre aquellas cuya etiología es de transmisión sexual y las que no lo son, como por ejemplo: las aftas, el exantema fijo medicamentoso o las úlceras vulvares agudas.

Etiología

Treponema pallidum (sífilis).

• Virus del herpes simple, tipo I y tipo II.

Chlamydia trachomatis (CT).

• CT/serotipo L1-3 + linfogranuloma venéreo (LGV).

• Virus Monkeypox.

• Chancro blando (Haemophilus ducrey).

Ante la presencia de una úlcera anogenital, debemos tener en cuenta lo siguiente:

• Realizar una historia clínica detenida, preguntando por la evolución, es decir, conocer si se trata de un proceso agudo o crónico. Conocer los síntomas, si existe dolor, escozor, picor. Indagar sobre posibles contactos sexuales desprotegidos. Preguntar toma de fármacos. Descartar patologías no venéreas (Crohn, Behcët).

Exploración minuciosa de la lesión: bordes, forma, medidas, superficie, fondo, reacción inflamatoria y adenopatías acompañantes.

• Realización de tomas de laboratorio para tener un diagnóstico de certeza.

Diagnóstico

• PCR de la úlcera para: Treponema pallidum.

• Virus herpes genital I y II.

Chlamydia trachomatis (si estudio positivo, realizar estudio para linfogranuloma venéreo).

• Chancro blando (Haemophilus ducrey).

• Monkeypox.

• En toda úlcera que se sospeche sífilis, debe realizarse un campo oscuro, si se dispone de laboratorio para ello.

• Además, en todos los casos, deben realizarse pruebas en sangre para: sífilis (reagínicas y treponémicas), VIH (virus de la inmunodeficiencia humana) y VHC (virus de la hepatitis C).

En la tabla III se resumen las características de las principales úlceras causadas por ITS(8).

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Tratamiento(4,5)

• Sífilis (Tabla IV).

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• Herpes simple genital (Tabla V).

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Chlamydia trachomatis (Tabla VI).

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Proctitis

Las tomas, si es posible, deben hacerse con anuscopio, para poder realizar una buena exploración y, en ocasiones, realizar un tratamiento temprano.

En el ano y área perianal, se producen infecciones que afectan al epitelio escamoso estratificado de la zona y en un lugar, común para infección por patógenos como: virus del papiloma humano (VPH), VHS I y II, Treponema pallidum y lesiones ulcerativas relacionadas con Chlamydia trachomatis, linfogranuloma venéreo rectal y virus como el Mpox.

En cuanto a las proctitis propiamente dichas, se trata de la inflamación de la capa interna de la pared del recto (mucosa rectal), desde la línea dentada hasta la unión rectosigmoidea. Este es el lugar predilecto para las infecciones producidas por gonococo, Chlamydia, VHS y LGV.

Clínica

• En ocasiones, asintomáticas (CT, NG).

• Dolor anorrectal.

• Tenesmo.

• Secreción rectal mucosa/purulenta y/o sanguinolenta.

• Fiebre y malestar general.

• En el caso de infección por CT L1-3 + (LGV), los síntomas son más severos.

Exploración

• Ulceraciones en región perianal o canal anal.

• Edema y eritema de la mucosa rectal.

• Secreción rectal mucopurulenta y sanguinolenta.

Diagnóstico

• Exudado rectal: se recomienda hacer tomas para PCR para NG, CT/LGV, VHS I/II y Mpox, si se sospecha.

• La toma de muestras debe hacerse con anuscopio para poder realizar una buena exploración, y esto permite un tratamiento en el momento según los signos que observamos, aunque en muchas ocasiones, se realizan solo pruebas con hisopos.

Tratamiento

Los tratamientos utilizados son similares a los ya descritos para uretritis, cervicitis y úlceras.

Infección por el virus del papiloma humano

Es una de las ITS más prevalentes en este momento y, por ello, uno de los motivos más frecuentes de consulta. El diagnóstico generalmente es sencillo.

En este apartado, nos referiremos fundamentalmente a las lesiones producidas por el virus del papiloma humano (VPH) en genitales externos, ya que las infecciones en otras localizaciones corporales serán tratadas en los respectivos servicios de especialidades(10,7).

Estas lesiones se denominan verrugas genitales o condilomas acuminados. Cerca del 90 % de los casos, se deben a la infección por los genotipos 6 y 11 del VPH, el 10 % restante se producen por otros de los, al menos, 40 genotipos de este virus adquiridos por relaciones sexuales, incluidos algunos que tienen riesgo de transformación neoplásica como los VPH-16 o 18, que pueden ser responsables de displasias graves en: pene, vulva, vagina, cérvix, ano u orofaringe. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, para que esto ocurra, deben pasar muchos años, con lo cual las lesiones malignas no son un problema –en principio– que asumir con los adolescentes.

Es una de las ITS más prevalentes en este momento y, por ello, uno de los motivos más frecuentes de consulta, el diagnóstico es sencillo y, generalmente, basta con una buena exploración.

Se contagia por contacto directo de la piel y mucosas de una persona que tenga lesiones o no, en el momento de la relación.

En cuanto al periodo de incubación, este depende de la inoculación del virus y la respuesta celular del paciente frente a la infección, siendo en el caso del VPH, de meses. En múltiples ocasiones, la infección por el virus no produce lesiones y, sin embargo, podrían, los sujetos, infectarlo a otros contactos sexuales. Por todo ello, se estima que más del 80 % de los individuos que mantienen relaciones sexuales podrían haberse contagiado, en algún momento de su vida, del virus del papiloma humano.

Clínica(7,10)

• Infección subclínica; no hay lesiones.

• Enfermedad clínica; pápulas que tienden a unirse, lesiones vegetantes en forma de coliflor, más o menos grandes y que, en ocasiones, pueden confluir formando grandes placas. De coloración rosada, a veces, más blanquecina y de superficie queratósica cuando llevan más tiempo y, en ocasiones, marronáceas.

• Podemos observar lesiones en toda el área genital: pene, testículos, vulva, labios mayores, menores e introito. También en zona perianal y en esfínter anal. De igual forma y según el tipo de práctica sexual, podríamos hallarlos en: boca, lengua, mucosa labial, etc.

Diagnóstico

• Exploración detenida de las lesiones.

• Si duda: aplicar ácido acético al 5 % y observar si las lesiones blanquean.

• Si fuese necesario y en caso de duda por abuso, biopsia con genotipado del virus.

• Técnicas de hibridación de ácidos nucleicos, PCR o ARNm de oncogenes E6 y E7.

Tratamiento

Importante para ello, tener en cuenta:

• Número y extensión de las lesiones.

• Tiempo de evolución.

• Localización.

• Medios disponibles en la consulta.

• Idiosincrasia del paciente.

• Métodos quirúrgicos: crioterapia, laservaporización, electrocoagulación y cirugía convencional.

• Fármacos citotóxicos: podofilotoxina, resina de podofilino al 20 % y cantaridina.

• Inmunomoduladores: imiquimod (5-3,75 %) y sinecatequinas.

Según las circunstancias descritas anteriormente a tener en cuenta, se utilizará un método u otro.

Es una cuestión primordial vacunar de VPH a niños y niñas antes de comenzar las relaciones sexuales, en el momento actual se vacunan a los 12 años y son necesarias dos dosis de vacuna. La vacunación –según comunidades– está abierta hasta los 26 años, pero son necesarias tres dosis(6).

Cribado recomendado para adolescentes

El cribado de rutina debe hacerse a todo adolescente que mantenga relaciones sexuales.

Debido al importante aumento de las ITS en la adolescencia, es necesario un cribado periódico para aquellos adolescentes que mantienen relaciones sexuales(1).

Mujeres

Exudado cérvico-vaginal anual: Chlamydia tracomatis (CT) y Neisseria gonorrhoeae NG.

• Resto de pruebas: Trichomonas vaginalis (TV), Mycoplasma genitalium (MG), Candida albicans (CA), Gram vaginal y VHS, solo en mujeres sintomáticas.

• Serologías de sífilis y VIH.

Hombres

En heterosexuales:

- En sintomáticos, pareja de mujer infectada y según número de parejas sexuales diferentes y utilización de medidas de prevención: exudado uretral o PCR de orina, serologías de sífilis y VIH.

En hombres que tienen sexo con hombres:

- Sífilis y VIH anual, exudado orofaríngeo, exudado uretral o PCR de orina, y exudado rectal (según riesgo).

- Virus de la hepatitis A, B y C (si no está vacunado).

Prevención de las ITS en adolescentes

Es importante la prevención con programas dirigidos a los adolescentes por personal preparado en la materia.

En la adolescencia es muy importante la prevención primaria, con programas que desarrollen estrategias para identificar: riesgos, signos y síntomas. Esto debe acompañarse de la creación de centros sanitarios a los que puedan acudir cuando sea necesario, para asesoramiento, dudas, pruebas sanitarias, etc. Para ello, se debe incentivar a los profesionales sanitarios para formarse en estos temas de salud sexual y, de esta manera, poder abordar las diferentes situaciones que surjan en cada visita.

Es importante que el adolescente se sienta cómodo y tranquilo en la consulta, que pueda expresarse con libertad, que no tenga sensación de ser juzgado y que sea siempre de manera confidencial.

Es fundamental también el conocimiento de los tratamientos más idóneos para cada patología, lo que requiere un amplio conocimiento de las ITS.

En algunos casos, sería interesante la posible administración del tratamiento Prep (profilaxis preexposición para la infección VIH), fundamentalmente en aquellos adolescentes que, por sus prácticas de riesgo, puedan contagiarse del VIH. Este tratamiento está aprobado en España a partir de los 16 años(6).

Función del pediatra de Atención Primaria

Para prevenir estas infecciones, deben realizarse cribados anuales, implementar la educación sexual y formar al personal sanitario que atienda a estos adolescentes.

• Deben realizarse cribados periódicamente.

• Implementar la educación sexual en colegios, institutos, desde edades tempranas.

• Formar al personal sanitario sobre ITS y adolescencia (médicos, psicólogos y enfermeros).

• Fomentar la creación de centros o consultas de fácil acceso para este colectivo.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

1. World Health Organization (WHO). Salud de la madre, el recién nacido y el adolescente. Desarrollo en la adolescencia. Disponible en: https://www.who.int/.

2. Informe del Instituto de la juventud en España 2020 (INJUVE).Disponible en: https://www.injuve.es/sites/default/files/adjuntos/2021/03/informe_juventud_espana_2020.pdf.

3. Enfermedades de declaración obligatoria (EDO). Red nacional de vigilancia epidemiológica. Dirección general de salud pública. Disponible en: https://www.comunidad.madrid/servicios/salud/enfermedades-declaracion-obligatoria-edo.

4. *** Sexually Transmitted Infections Treatment, Guidelines, 2021. CDC, MMWR. 2021. Disponible en: https://www.cdc.gov/std/treatment-guidelines/STI-Guidelines-2021.pdf.

5. International Union Against Sexually Transmitted Infections. STI Treatment Pocket European Guidelines 2019. IUSTI. Disponible en: https://iusti.org/treatment-guidelines/.

6. *** Grupo de estudio de ITS de la SEIMC (GEITS). Grupo Español para la investigación de las ITS de la AEDV. Documento de consenso sobre diagnóstico y tratamiento de las ITS en adultos, niños y adolescentes. 2017. Disponible en: https://gesida-seimc.org/wp-content/uploads/2017/06/Documento_de_consenso_sobre_diagnostico_y_tratamiento_de_las_infecciones_de_transmision_sexual_en_adultos_02.pdf.

7. Holmes KK, Sparling PF, Stamm WE, Piot WE, Wasserheit JN, Corey L, et al. Sexually transmitted diseases, 4ª ed. Yale J Biol Med. 2009; 82: 93.

8. Clavo Escribano P. Infecciones de Transmisión Sexual. Ed Marban. 2022.

9. OMS. Estrategia mundial del sector de la salud contra las Infecciones de Transmisión Sexual, 2016-2021. Hacia el fin de las ITS; 2016. Disponible en: https://www.paho.org/es/documentos/estrategia-mundial-sector-salud-contra-infecciones-transmision-sexual-2016-2021-hacia.

10. Bolognia JL, Schafer JV, Cerroni L. Infestaciones en Dermatología 4ª ed. Elsevier. 2019; 2: 1505-11.

11. Rodríguez-Granger J, Espadafor López B, Cobo F, Blasco Morente G, Sampedro Martínez A, Tercedor J, et al. Actualización en el diagnóstico de las infecciones de transmisión sexual. Actas Dermosifiliográficas. 2020; 111: 711-24.

12. Comunión Artieda A. Infecciones de transmisión sexual. Pediatr Integral. 2022; XXVI: 300-5. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2022-07/infecciones-de-transmision-sexual-2022/.

Bibliografía recomendada

- Sexually Transmitted Infections Treatment, Guidelines, 2021. CDC, MMWR. 2021. Disponible en: https://www.cdc.gov/std/treatment-guidelines/STI-Guidelines-2021.pdf.

Importante guía a nivel mundial sobre diagnóstico y tratamiento actuales de las ITS.

- Grupo de estudio de ITS de la SEIMC (GEITS). Grupo Español para la investigación de las ITS de la AEDV. Documento de consenso sobre diagnóstico y tratamiento de las ITS en adultos, niños y adolescentes. 2017. Disponible en: https://gesida-seimc.org/wp-content/uploads/2017/06/Documento_de_consenso_sobre_diagnostico_y_tratamiento_de_las_infecciones_de_transmision_sexual_en_adultos_02.pdf.

Documento nacional sobre situación actual, diagnóstico y tratamiento de las ITS en adolescentes.

 

Caso clínico

 

Mujer de 17 años que acude a consulta refiriendo flujo aumentado desde hace días. Nos refiere que es de color amarillo, se acompaña de picores y dolor abdominal.

Procedemos a realizar una anamnesis completa, sin antecedentes de interés, pero nos refiere relaciones sexuales sin protección en las últimas semanas.

Exploramos en silla ginecológica a la paciente, con personal de enfermería para realizar las tomas: observamos moderada vulvitis y cervicitis purulenta, junto con flujo endocervical, purulento y abundante.

Hacemos tomas cervicales para CT, NG, TV, y vaginales para Candida albicans y Gram vaginal.

Además, le ofrecemos la posibilidad de realizar serologías para VIH, sífilis y VHB y VHC, que la paciente acepta.

Resultados: la PCR del exudado es positiva para Chlamydia trachomatis y negativa para el resto de agentes etiológicos. Las serologías también son negativas.

Tratamiento: se le administra a la paciente: doxiciclina de 100 mg/12 horas, durante 7 días. Se le indica que acuda a revisión en 40 días.

 

 

Infecciones congénitas (TORCH y parvovirus B19)

J. Miranda Barrios*,  L. Sánchez García**,  A. Pellicer Martínez***
Temas de FC


J. Miranda Barrios*, L. Sánchez García**, A. Pellicer Martínez***

*Médico interno residente de Pediatría. Hospital Universitario La Paz. Madrid / **Neonatóloga. Servicio de Neonatología. Hospital Universitario La Paz. Madrid / ***Neonatóloga. Jefe de Servicio de Neonatología. Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

La infección congénita es la afectación del feto como consecuencia de una infección sistémica materna. Las vías de transmisión más frecuentes son la transplacentaria y el canal del parto. La etiología más común es viral, aunque hay que destacar en los últimos años un aumento de la incidencia de sífilis congénita. La mayor parte de estas infecciones son detectadas en la gestación, gracias al cribado sistemático mediante serología, así como el seguimiento del feto mediante ecografías prenatales seriadas. En ocasiones, la gestante presenta sintomatología como consecuencia de una primoinfección durante la gestación. La serología o reacción en cadena de la polimerasa, utilizada en una amplia variedad de muestras, permiten el diagnóstico de la infección fetal y neonatal. Gran parte de las infecciones congénitas son asintomáticas en el momento del nacimiento, pudiendo aparecer manifestaciones clínicas o secuelas de forma más tardía. Las que presentan síntomas al nacimiento suelen ser por afectación más grave. El tratamiento es específico para cada infección y las secuelas con afectación del neurodesarrollo y sensoriales suelen ser comunes a la mayoría. Gracias a la vacunación universal de la población, muchas de estas infecciones congénitas se han reducido de forma significativa.

 

Abstract

Congenital infection refers to fetal impairment as a consequence of a maternal systemic infection. The most frequent routes of transmission are transplacental and during vaginal delivery. The main etiology is viral, although it should be noted that, in recent years, there has been a raise in the incidence of congenital syphilis. Most of these infections are detected during pregnancy due to systematic serology screening and fetal monitoring by serial prenatal ultrasounds. Primary infection during pregnancy sometimes carries associated symptoms. Serology or polymerase chain reaction used on a wide variety of samples allows diagnosis of fetal and neonatal infection. Most congenital infections are asymptomatic at birth, with clinical picture and sequelae appearing later in the infant’s life. Symptomatic infection at birth associates a more severe involvement. Treatment is infection-specific; however, the risk of neurodevelopmental impairment or sensory involvement are common to the majority of them. Due to universal vaccination of the population, many of these congenital infections have been significantly reduced.

 

Palabras clave: Infección congénita; Serología; Hipoacusia; Citomegalovirus; Sífilis; Virus herpes.

Key words: Congenital infection; Serology; Hearing loss; Cytomegalovirus; Syphilis; Herpes virus.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 364 – 373

 


OBJETIVOS

Actualización de las enfermedades infecciosas más comunes que la madre puede transmitir al feto durante la gestación, al nacimiento o tras el mismo.

• Conocimiento básico del microorganismo causante, patogenia, aspectos epidemiológicos, y diagnóstico en la gestante y en el feto de cada una de las infecciones. Tratamiento tanto en la gestante como en el recién nacido.

• Interpretación de las serologías a realizar en el cribado y diagnóstico de las infecciones congénitas, tanto en la madre como en el recién nacido, incluyendo el estudio de la avidez de los anticuerpos IgG, para diferenciar una infección primaria aguda de un estado de inmunidad o de infección crónica.

• Actualizar los conocimientos sobre la infección congénita por citomegalovirus, teniendo en cuenta que es la infección congénita más frecuente en los países desarrollados, conocer el proceso diagnóstico-terapéutico, así como el seguimiento más adecuado para optimizar el pronóstico a largo plazo.

• Actualizar los conocimientos sobre la infección por Treponema pallidum, debido al aumento de casos en la última década, con el fin de optimizar el manejo de la madre y del recién nacido para evitar o disminuir las secuelas.

 

Infecciones congénitas (TORCH y parvovirus B19)

Introducción: definición de infección congénita, mecanismos de transmisión y microorganismos implicados

La infección congénita es un término que incluye a todas las infecciones que afectan al embrión, feto o recién nacido (RN), como consecuencia de una infección sistémica materna durante la gestación.

La transmisión de la infección de la madre a su hijo puede ocurrir de forma intrauterina (siendo lo más frecuente el origen hematógeno con paso transplacentario o propagación ascendente desde vagina al líquido amniótico [LA]), en el momento del parto o perinatal (normalmente por contacto directo a través del canal del parto) o tras el mismo (postnatal, como ocurre mediante la lactancia materna).

La efectividad de la transmisión y gravedad de la enfermedad en el feto o RN depende del agente etiológico, de la edad gestacional y del tipo de infección (primoinfección vs reinfección/reactivación).

El espectro clínico de este tipo de infecciones es muy variable, desde: muerte fetal o aborto, aparición de malformaciones, parto prematuro, retraso en el crecimiento intrauterino, infección aguda al nacimiento o, incluso, ser asintomática en el periodo neonatal con aparición posterior de secuelas(1-3).

Tradicionalmente, a las infecciones de transmisión congénita se les ha denominado bajo el acrónimo TORCH, respondiendo a los principales microorganismos implicados. Sin embargo, dentro del grupo O(Others) se han incluido más microorganismos causales (Tabla I)(2).

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Sospecha de infección congénita durante la gestación

Lo más frecuente es mediante la detección de una seroconversión materna o de signos sugestivos de infección fetal en las ecografías prenatales (Tabla II).

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En los últimos años, se ha utilizado el estudio de la avidez de los anticuerpos IgG para diferenciar la infección primaria aguda de la respuesta IgM específica mantenida en el tiempo. La reacción se basa en investigar la avidez o afinidad que tienen los anticuerpos de la clase IgG por su antígeno correspondiente. Hasta el momento, es la mejor prueba disponible para documentar el tiempo de evolución de la infección y en una sola muestra, pero tampoco aporta resultados definitivos, dado que los anticuerpos de baja avidez pueden persistir más de cinco meses e incluso un año después de haberse producido la infección(4).

Diagnóstico de laboratorio de infección congénita en el periodo neonatal

La determinación de anticuerpos específicos mediante la serología, que determina las inmunoglobulinas G, M o A, es cada vez menos usada en el periodo neonatal; ya que, en ocasiones, sus resultados son difícilmente interpretables, porque puede ocurrir que la IgM, en el caso de algunas infecciones congénitas, persista positiva sin que exista una infección aguda, o bien que la IgG todavía no haya alcanzado títulos detectables, por lo que debe interpretarse de manera combinada junto con la existencia de manifestaciones clínicas. La inmunoglobulina G atraviesa la placenta y en el neonato es positiva por transmisión pasiva materna y tarda en desaparecer aproximadamente entre 6 y 12 meses. Las inmunoglobulinas A y M no atraviesan la placenta, por lo que un título positivo en la primera semana de vida indica infección; si bien, en ocasiones, puede ser negativa.

Actualmente se ha empleado la reacción en cadena de polimerasa (PCR) en muestras de sangre, orina, lesiones cutáneas o LCR para el diagnóstico de muchas de las infecciones congénitas.

El tratamiento debe ser dirigido en cada una de las infecciones congénitas (Tabla III); de ahí, la importancia de su diagnóstico etiológico precoz(1-4).

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Toxoplasmosis

La toxoplasmosis congénita es una enfermedad prevenible mediante el cribado gestacional y el establecimiento de medidas de profilaxis primaria en las gestantes seronegativas. La mayoría de los niños infectados nacen asintomáticos, pero hasta el 80 % desarrolla secuelas visuales o neurológicas durante su infancia y adolescencia.

Introducción (microbiología, patogenia y epidemiología)

Toxoplasma gondii es un parásito protozoario ubicuo que infecta a animales y humanos. La infección por toxoplasma suele ser asintomática en huéspedes inmunocompetentes. Sin embargo, puede producir una enfermedad grave, con mayor frecuencia en el contexto de inmunosupresión o infección congénita.

La toxoplasmosis congénita (TC) es la consecuencia de la transmisión fetal por vía transplacentaria de la primoinfección materna(5). La incidencia de la toxoplasmosis gestacional varía mucho de unos países a otros. En España, solo entre el 11 y el 28 % de las embarazadas presentan inmunidad frente a toxoplasma al realizar el cribado, aunque la incidencia de toxoplasmosis gestacional es del 1,9‰(6).

Infección materna

Puede ser asintomática o bien generar un cuadro mononucleósico. El diagnóstico se establece mediante la demostración de seroconversión de la IgG durante el embarazo o el aumento por 3 o más de los títulos de IgG entre 2 extracciones separadas 3-4 semanas.

La presencia de una IgM positiva, debido a su persistencia prolongada en el tiempo tras la infección aguda, no indica con seguridad que la infección haya tenido lugar durante la gestación y por ello es conveniente realizar estudio de avidez de la IgG: la presencia en el primer trimestre de una IgM positiva con IgG de baja avidez hace que la infección gestacional sea probable, por lo que debe investigarse si existe infección fetal mediante la realización de PCR en LA a partir de la semana 18. El riesgo de transmisión varía según la edad gestacional en la que se encuentre en el momento de la infección: a mayor edad gestacional, mayor riesgo de infección en el feto, pero disminuye la gravedad.

Los objetivos del tratamiento durante la gestación consisten en disminuir el riesgo de infección fetal y de las secuelas, tema controvertido. El tratamiento más habitual consiste en:

• Espiramicina: desde el momento que se documente la infección, ya que no atraviesa fácilmente la placenta y aunque no actúa sobre el feto infectado, sí se acumula en la placenta disminuyendo la transmisión un 50%.

• Pirimetamina-sulfadiazina, cuando la terapia se inicia posteriormente (≥14 semanas).

Se mantiene hasta la realización de PCR en LA (recomendable >18 semanas de gestación) y según resultado:

• Positivo: mantener tratamiento con pirimetamina-sulfadiazina más ácido folínico.

• Negativo: mantener profilaxis con espiramicina(7).

Infección neonatal

La tríada clásica de la TC consiste en: coriorretinitis, hidrocefalia y calcificaciones intracraneales, pero solo ocurre en <10 % de los casos. Otras posibles manifestaciones clínicas pueden ser: hepatomegalia, esplenomegalia, ictericia, anemia, convulsiones o microcefalia.

Los criterios diagnósticos de TC incluyen cualquiera de los siguientes:

• Persistencia de anticuerpos IgG más allá de los 12 meses de edad.

• Anticuerpos IgG y anticuerpos IgM y/o IgA positivos.

• PCR positiva en LA, sangre, líquido cefalorraquídeo (LCR) y orina.

• Anticuerpos neonatales IgG positivos e IgM e IgA negativos con evidencia serológica de infección materna aguda durante el embarazo y presencia de manifestaciones clínicas sugestivas de TC.

En el recién nacido con alta sospecha de TC por seroconversión materna y/o PCR en LA, deberán realizarse los siguientes estudios:

• Estudio microbiológico (IgM, IgG, si disponible, realizar también IgA) en la primera semana de vida.

• PCR en sangre/orina.

• Hemograma y bioquímica con función hepática y renal.

• Fondo de ojo.

• Ecografía transfontanelar.

• No es necesario realizar punción lumbar.

El tratamiento (Tabla III) debe iniciarse lo más precozmente posible y analítico muy estrecho con especial atención a la aparición de toxicidad hematológica, cutánea y renal, que consiste en:

• 12 meses de pirimetamina, sulfadiazina y ácido folínico.

• 2 meses de corticoides si coriorretinitis.

Se debe realizar seguimiento:

• Auditivo: al nacimiento y al año de vida.

• Oftalmológico: al nacimiento y cada 3 meses hasta los 18 meses(7,8).

Rubéola

La rubéola congénita es una de las infecciones que ha disminuido de forma drástica gracias a la vacunación universal de la población.

Introducción (microbiología y epidemiología)

El virus de la rubéola es un virus ARN cuyo reservorio es el hombre y se transmite a través de secreciones respiratorias. A pesar de ser una enfermedad exantemática, generalmente leve, la infección durante la gestación, especialmente en el primer trimestre, puede resultar en aborto, muerte fetal(4) y el síndrome de rubéola congénita (SRC)(1,9). Según los datos del centro nacional de epidemiología (CNE), desde 1997 se han registrado 23 casos de SRC, el último de ellos en 2014. La mayoría de los casos corresponde a madres inmigrantes no vacunadas (70 %)(9). La vacunación sistemática infantil y de la mujer seronegativa, antes de la gestación, explican la existencia actual solo de casos esporádicos(1,10,11).

Infección materna y diagnóstico prenatal

Puede ser asintomática hasta en el 50 % de los casos y, en las sintomáticas, cursa con: malestar general, fiebre, cefalea, artralgias y rinoconjuntivitis, apareciendo posteriormente el exantema típico.

El diagnóstico es serológico. Solo está indicada la investigación de IgM específica en la embarazada con antecedentes de contacto con algún caso de rubéola, presencia de clínica asociada o anomalías fetales. La infección intrauterina se confirma mediante: detección de IgM en sangre fetal (obtenida después de la semana 22 por máximo rendimiento), detección directa del virus en vellosidades coriónicas o PCR en LA(9).

Infección neonatal

Ver manifestaciones clínicas neonatales de la infección congénita por rubéola en la tabla IV.

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Citomegalovirus (CMV)

Introducción (microbiología y epidemiología)

La infección por CMV es la infección congénita más frecuente en los países desarrollados. La seroprevalencia de infección en mujeres en edad fértil de entre 15-24 años es del 60 %, y en >36 años es del 95 %. Europa presenta unas tasas de prevalencia de infección congénita por CMV en torno al 0,3-0,6 % de los recién nacidos vivos. Es la causa más frecuente de hipoacusia neurosensorial congénita no genética y una de las causas más importantes de alteraciones en el neurodesarrollo(12).

Infección materna y diagnóstico prenatal

La primoinfección suele ser asintomática, aunque en un 30 % de los casos puede aparecer clínica inespecífica consistente en: fiebre, astenia, mialgias y linfoadenopatías.

El diagnóstico se realiza mediante la demostración de la seroconversión, aunque esto no es siempre posible debido a diferentes motivos. En principio, no se realiza cribado serológico sistemático a todas las embarazadas, ya que no hay evidencia sólida sobre la prevención del CMV congénito mediante ninguna intervención. La administración materna de valaciclovir para la infección primaria por citomegalovirus (CMV) reduce sustancialmente el riesgo de infección congénita por CMV, especialmente si se inicia antes de las 14 semanas de gestación y dentro de las 8 semanas posteriores a la infección materna, por ello es probable que exista una tendencia en los siguientes años a realizar un cribado en la gestante. En estos casos puede ser útil, por tanto, el estudio serológico de la IgM, la IgG y su avidez.

El diagnóstico de la infección fetal se realiza mediante la PCR en LA a partir de la semana 21 de gestación (comienza a excretar orina en líquido amniótico en la semana 19-20)(12).

Infección neonatal

El CMV congénito puede ser asintomático o sintomático (Tabla V). El diagnóstico del CMV congénito se realiza mediante PCR en una muestra de orina (o cualquier otro líquido estéril) dentro de las 3 primeras semanas de vida.

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Ante un neonato con infección confirmada se realizarán las siguientes pruebas complementarias:

• Analítica con hemograma, función renal y hepática.

• PCR de CMV en sangre.

• LCR: citoquímico y PCR de CMV, únicamente en los casos sintomáticos.

• Fondo de ojo.

• Potenciales evocados auditivos de tronco cerebral.

• Ecografía cerebral.

• RM cerebral en los casos sintomáticos.

• EEG, si existe clínica neurológica o alteraciones en la neuroimagen.

• Potenciales evocados visuales de tronco cerebral (solo en el caso de que se observe una alteración del nervio óptico en el fondo de ojo o si existe una alteración en la vía visual en la RM cerebral).

El tratamiento (Tabla III) debe iniciarse lo más precozmente posible, dado que su efectividad es mayor si se inicia antes de los primeros 30 días de vida. Los CMV congénitos sintomáticos se tratarán de 6 semanas a 6 meses(12-14):

• Valganciclovir oral es el fármaco de elección hoy en día.

• Ganciclovir intravenoso está indicado en pacientes que no toleran la vía oral o cuya absorción intestinal es incierta.

Sífilis

Entidad poco frecuente, pero en los últimos años se ha registrado un aumento de casos de sífilis en Europa. El tratamiento de elección sigue siendo la penicilina. En los recién nacidos afectos existe riesgo de retraso psicomotor e hipoacusia neurosensorial, por lo que recibirán seguimiento multidisciplinar.

Introducción (microbiología y epidemiología)

La sífilis es una infección sistémica causada por Treponema pallidum. La sífilis congénita es el resultado de la transmisión fetal de la espiroqueta por vía transplacentaria o por contacto con lesiones activas en el momento del parto. Sucede tras la primoinfección materna, bien durante la fase clínica de la enfermedad o en el periodo latente(1,17). Entre 2010-2019 se notificaron 32 casos confirmados de sífilis congénita a la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (RENAVE), lo que supone una tasa global de 0,76 por 100.000 nacidos vivos. La mediana de edad al diagnóstico fue de 2 días. La mayoría de los casos se encontraban asintomáticos y la manifestación clínica más frecuente fue la de hepatoesplenomegalia. El 65,6 % de las gestantes eran inmigrantes(16).

Infección materna y diagnóstico prenatal

El diagnóstico en la gestante es serológico mediante pruebas no treponémicas y treponémicas:

• Las pruebas no treponémicas o reagínicas (RPR, VDRL, ART) se basan en la detección de anticuerpos IgG e IgM. Los títulos de estos anticuerpos se correlacionan con la actividad de la enfermedad, nos permite monitorizar su evolución y la eficacia del tratamiento.

• Las pruebas treponémicas o específicas (FTA-ABS, TPHA, TPPA) se basan en la detección de anticuerpos contra un antígeno específico de la espiroqueta, por lo que se usan para confirmar el diagnóstico. Persisten toda la vida a pesar del tratamiento, por lo que no tienen ninguna utilidad para monitorización.

El cribado serológico de la embarazada está recomendado realizarse en la primera visita obstétrica, y debe repetirse durante el tercer trimestre y en el parto en las mujeres pertenecientes a grupos de alto riesgo de adquirir sífilis (adicción a drogas por vía parenteral, promiscuidad sexual e infección por VIH), que no hayan sido estudiadas previamente o que fuesen positivas en el primer trimestre.

El riesgo de transmisión vertical aumenta conforme avanza la gestación, mientras que la gravedad de la afectación fetal será mayor cuanto más precoz sea su adquisición.

El tratamiento consiste en penicilina G benzatina en dosis única en el caso de la sífilis primaria, secundaria o latente precoz (<1 año), y en una dosis semanal durante 3 semanas, en el caso de la sífilis latente tardía (>1 año) o cuando no es posible datar la primoinfección. Se considerará un tratamiento inadecuado, cuando se use un antibiótico diferente a la penicilina o se haya realizado de forma tardía (<30 días antes del parto)(17).

Infección neonatal

La sífilis congénita está compuesta por dos fases, la precoz (<2 años de vida) y la tardía (>2 años de vida). El estadio precoz puede ser fulminante en el periodo neonatal (exantema vesiculoampolloso, pénfigo palmo-plantar, ictericia por colestasis, hepatoesplenomegalia, lesiones óseas, trastornos hematológicos con citopenias de las tres series, fiebre y signos clínicos de sepsis, neumonitis, meningitis), o cursar de forma subclínica, con aparición más tardía de las manifestaciones clínicas, siendo las más típicas: la tríada de Hutchinson (dientes de Hutchinson, queratitis intersticial e hipoacusia neurosensorial).

La evaluación inicial consiste en realizar el mismo tipo de prueba en suero del recién nacido y en la madre, para comparar los títulos de anticuerpos y realizar el mismo tipo de prueba en suero del recién nacido y en la madre, normalmente RPR y serología treponémica FTA-ABS IgM (la positividad confirma la sífilis congénita). No debe usarse sangre de cordón, dado que podría estar contaminada con sangre materna. Se realizará, además:

• Hemograma con función hepática y renal.

• Estudio de LCR: citoquímico y serología no treponémica VDRL.

• Exudado de lesiones: visualización directa en campo oscuro y PCR a T. pallidum.

• Radiografía de huesos largos y de tórax (si clínica respiratoria).

• Neuroimagen ante el riesgo de neurosífilis en el periodo neonatal.

• Fondo de ojo.

• Potenciales evocados auditivos.

El tratamiento de elección sigue siendo la Penicilina (Tabla III). En el caso de RN asintomáticos con madre adecuadamente tratada, pero más de 1 mes antes del parto, o en el caso de no tratamiento materno, pero las pruebas complementarias en el RN sean normales, puede administrarse penicilina G benzatina IM 50.000 UI/kg/dosis (dosis única)(17,18).

Virus herpes simple (VHS)

La infección neonatal por VHS tiene una elevada morbimortalidad. Es por ello que es necesario mejorar el pronóstico, iniciando el tratamiento de forma precoz para disminuir el riesgo de secuelas.

Introducción (microbiología y epidemiología)

El VHS pertenece a la familia de los Herpesviridae. Existen dos tipos: VHS-1 y VHS-2. La infección por el VHS-1 acontece fundamentalmente a lo largo de la infancia, mientras que la infección por VHS-2 se relaciona con el inicio de las relaciones sexuales(19).

La incidencia estimada de la infección neonatal por VHS oscila entre 3 y 30 por cada 100.000 nacidos vivos. Se han producido cambios en la epidemiología y expresión clínica. De hecho, el VHS-1 ha sobrepasado al VHS-2 como agente viral más común en la infección neonatal, lo que ha coincidido con mayor afectación cutánea frente a periodos precedentes, donde dominaba la sintomatología asociada a la enfermedad del SNC o forma diseminada(20,21).

Infección neonatal

La infección por VHS neonatal se puede adquirir en tres periodos distintos:

1. Infección intrauterina (5 %): cursa con hidrops, alteraciones oculares, cutáneas y afectación del SNC.

2. Infección perinatal (85 %): el virus se adquiere al estar presente en el tracto genital de la mujer embarazada en el momento del parto.

3. Infecciones postnatales (10 %): por contacto directo con personas con una infección activa por VHS, como el herpes labial. Muy importante incluirla en el diagnóstico diferencial de un neonato con sepsis clínica, fallo hepático y lesiones cutáneas.

La infección perinatal y postnatal por VHS puede cursar con:

• Infección localizada de la piel, los ojos y la boca (SEM: skin-eye-mouth): se da en un 35-45 % de los casos. Puede parecer benigna al inicio, pero se asocia con un alto riesgo de progresión al SNC o enfermedad diseminada, si no se trata. Aparece generalmente a partir de la 2ª semana de vida en forma de lesiones vesiculares coalescentes o agrupadas, con una base eritematosa, y la afectación ocular inicialmente puede pasar desapercibida.

• Enfermedad del SNC (con o sin SEM): aproximadamente, en un 33 % de los casos. Puede ocurrir como resultado de diseminación retrógrada, desde la nasofaringe y los nervios olfatorios al cerebro, o por diseminación hematógena en enfermedad diseminada. Entre el 60-70 % de los recién nacidos con enfermedad del SNC por VHS tienen vesículas en la piel en algún momento del curso evolutivo de la enfermedad.

• Enfermedad diseminada: supone un 25 % de los casos y su curso clínico inicial es muy similar a la sepsis neonatal.

La terapia de supresión con aciclovir en la madre no elimina por completo el riesgo de transmisión, por lo que todo recién nacido por parto vaginal o cesárea de gestante, con lesiones activas en el momento del parto, debe ser estudiado, realizándose:

• Hemograma, bioquímica con función hepática y renal.

• Hemocultivo, ya que puede haber sobreinfección bacteriana.

• PCR en sangre y LCR.

• Serología, solo si las pruebas microbiológicas son negativas y existe alta sospecha.

• PCR +/- cultivo muestras de superficie (conjuntiva, boca, nasofaringe, recto).

• PCR +/- cultivo de lesiones cutáneas.

• Ecografía transfontanelar.

• Fondo de ojo.

• EEG convencional, en caso de que exista afectación del SNC(20,21).

El tratamiento de elección es el aciclovir en todas las formas, variando su duración según sea la afectación (Tabla III). En el caso de la afectación del SNC se recomienda repetir la PL cerca del término del tratamiento (21 días), porque se debería mantener hasta que se negativice la PCR, en el caso de que en este momento siga siendo positiva. En todas las formas clínicas se recomienda mantener un tratamiento supresor oral con aciclovir durante 6 meses. Las secuelas son principalmente neurológicas (retraso del desarrollo psicomotor, microcefalia, espasticidad, epilepsia), oculares y auditivas(21).

Parvovirus B-19 (P-B19)

Esta infección en la gestante puede resultar letal para el feto, si se adquiere en el primer trimestre. No existe tratamiento específico, más que el de soporte al nacimiento.

Introducción (microbiología y epidemiología)

El parvovirus B19 (Familia Parvoviridae) se transmite a través de secreciones respiratorias, por contacto vertical materno-fetal y a través de transfusión de hemoderivados. Tiene un especial tropismo por las células hematopoyéticas. También es capaz de infectar otros tejidos como las células miocárdicas fetales(22).

La incidencia de infección aguda por parvovirus B19 en el embarazo es del 3,3 al 3,8 %. Las tasas de infección en profesionales dedicados a la enseñanza son más altas (16 %), seguidos por los trabajadores de guarderías y amas de casa (9 %)(23).

Infección materna

Puede estar asociada con muerte o hidrops fetal. Sin embargo, no parece haber secuelas de desarrollo a largo plazo de la infección en aquellos pacientes que no desarrollan hidrops.

El diagnóstico en la gestante es serológico. El estudio de anticuerpos IgM e IgG detecta entre el 80-90 % de los pacientes con infección clínica por parvovirus B19. La PCR de LA es el gold standard para hacer el diagnóstico de infección fetal por parvovirus.

La única intervención potencialmente eficaz es la transfusión fetal intrauterina para el tratamiento de la anemia grave, aunque este procedimiento no es factible antes de las 20 semanas de gestación. Actualmente, no se recomienda el uso de inmunoglobulinas durante el embarazo(23).

Infección neonatal

En el caso de hidrops fetal se recomienda una anticipación para una adecuada estabilización neonatal inmediata, atendiendo adecuadamente la ventilación, que puede verse comprometida por: hipoplasia pulmonar, edema pulmonar, derrame pleural o ascitis. La paracentesis abdominal y la toracocentesis y la administración de hemoderivados, pueden ser necesarias antes o inmediatamente después del parto.

Zika

La infección por el virus del Zika intraútero puede provocar una restricción del crecimiento fetal y secuelas graves relacionadas con el SNC.

Introducción (microbiología y epidemiología)

El virus de Zika, perteneciente a la familia de los Flavivirus, se transmite principalmente a través de la picadura de mosquitos. Aunque los casos de enfermedad por el virus de Zika disminuyeron a partir de 2017 de manera internacional, en 2019 se notificaron los primeros casos locales de enfermedad por el virus de Zika, transmitida por mosquitos en Europa(24).

Infección materna

Tras la picadura del mosquito infectado por el virus, la sintomatología aparece tras un periodo de incubación de 3-12 días. La infección puede cursar de forma asintomática (80 % de los casos), o presentarse con: fiebre, mialgias y/o artralgias, exantema maculopapular pruriginoso, astenia, anorexia, conjuntivitis no purulenta y cefalea. Los síntomas duran entre 4 y 7 días y suelen autolimitarse.

Puesto que puede cursar de forma asintomática, debe investigarse en aquellas gestantes inmigrantes o viajeras procedentes de zonas endémicas (América central y Sudamérica, exceptuando Chile y Uruguay, India, Indonesia y Malasia). En aquellas mujeres con serología positiva, debe de realizarse un seguimiento ecográfico fetal estrecho, vigilando la aparición de: microcefalia, calcificaciones intracraneales u otras alteraciones de la neuroimagen cerebral de origen no filiado. En todos los casos de sospecha de infección materna, se debe realizar al nacimiento un estudio histopatológico y microbiológico (PCR) de la placenta. Aunque el virus Zika se ha aislado en la leche materna, no se ha comunicado transmisión por esta vía, por lo que se aconseja mantener lactancia materna(24,25).

Infección neonatal

Puede provocar una restricción del crecimiento fetal y secuelas graves en SNC: ventriculomegalia (33 %), microcefalia (24 %) y calcificaciones intracraneales (27 %).

Otras características clínicas del Zika congénito son: desproporción facial, hipertonía, hiperreflexia, convulsiones, artrogriposis, anomalías oculares e hipoacusia neurosensorial.

El riesgo de alteraciones neurológicas es mayor en infecciones en el primer trimestre.

Se realizará estudio a los recién nacidos de madres con serología de infección por Zika durante el embarazo, y a aquellos con hallazgos clínicos o de neuroimagen que sugieran Zika congénito y que tengan un vínculo epidemiológico materno que apoye una posible transmisión (incluida la exposición paterna).

Las pruebas complementarias a realizar en el neonato con sospecha de Zika congénito son:

• PCR en sangre y orina de Zika.

• Serología neonatal de Zika (IgG e IgM).

• LCR, solo se realizará en caso de que las pruebas anteriores sean negativas.

• Ecografía transfontanelar y/o RMN craneal.

• Fondo de ojo (en el primer mes de vida).

• Seguimiento auditivo por el riesgo de hipoacusia neurosensorial(25).

No existe un tratamiento específico para la infección por el virus del Zika.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Las infecciones congénitas generalmente son diagnosticadas al nacimiento en el hospital, pero si no es así, es importante reconocer datos clínicos típicos de cada una de ellas para poder identificarla precozmente.

• La mayoría de las infecciones congénitas pueden tener manifestaciones clínicas de presentación tardía; de ahí, la importancia de un seguimiento clínico exhaustivo de estos niños, sobre todo, a nivel neurológico y auditivo.

• Los tratamientos de algunas de las infecciones congénitas son prolongados y es importante conocer y vigilar la aparición de los posibles efectos secundarios de los mismos.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Badia J, Figaró C, Domingo M, Aldecoa V. Infecciones congénitas. Pediatr Integral. 2014; XVIII: 356-66. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2014-07/infecciones-congenitas/.

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15.*** American Academy of Pediatrics. Syphilis. Report of the Committee on Infectious Diseases, 29th ed, Pickering LK (Ed), American Academy of Pediatrics. Elk Grove Village, IL. 2012.

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18. Workowski KA, Bolan GA, Centers for Disease Control and Prevention. Sexually transmitted diseases treatment guidelines, 2015. MMWR Recomm Rep. 2015; 64: 1-137.

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24.*** Petersen LR, Jamieson DJ, Powers AM, Honein MA. Zika Virus. N Engl J Med. 2016; 375: 294.

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Bibliografía recomendada

– Badia J, Figaró C, Domingo M, Aldecoa V. Infecciones congénitas. Pediatr Integral. 2014; XVIII: 356-66. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2014-07/infecciones-congenitas/.

Este artículo resume la patología infecciosa de la gestante y, especialmente, del recién nacido. Al inicio del artículo se incluyen conceptos básicos de la infección congénita.

– Baquero-Artigao F, del Castillo Martín F, Fuentes Corripio I, Goncé Mellgren A, Fortuny Guasch C, de la Calle Fernández-Miranda M, et al. Guía de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica para el diagnóstico y tratamiento de la toxoplasmosis congénita. An Pediatr (Barc). 2013; 79: 116.e1-e16. Disponible en: https://dx.doi.org/10.1016/j.anpedi.2012.12.001.

– Peyron F, L’ollivier C, Mandelbrot L, Wallon M, Piarroux R, Kieffer F, et al. Maternal and congenital toxoplasmosis: diagnosis and treatment recommendations of a French multidisciplinary working group. Pathogens. 2019; 8: 24. Disponible en: https://doi.org/10.3390/pathogens8010024.

Se trata de un artículo de consulta que resume de forma completa (manifestaciones clínicas, diagnóstico en la gestante y recién nacido, así como el tratamiento) la toxoplasmosis congénita. A la que se suma la siguiente referencia, con la nueva guía de toxoplasmosis congénita actualizada.

– Chiopris G, Veronese P, Cusenza F, Procaccianti M, Perrone S, Daccò V, et al. Congenital Cytomegalovirus infection: Update on diagnosis and treatment. Microorganisms. 2020; 8: 1516. Disponible en: https://dx.doi.org/10.3390/microorganisms8101516.

Este artículo comenta los aspectos diagnósticos (la avidez de la IgG junto a la determinación de la IgM), así como el tratamiento utilizado en los casos de citomegalovirus congénito y sus efectos secundarios y limitaciones.

– American Academy of Pediatrics. Syphilis. En: Red Book: 2021-2024 Report of the Committee on Infectious Diseases, 32nd ed, Kimberlin DW, Barnett ED, Lynfield R, Sawyer MH (Eds). American Academy of Pediatrics, Itasca, IL; 2021. p. 729-44.

Capítulo del libro centrado en el diagnóstico de la gestante y del recién nacido, así como en el tratamiento en función de la forma de presentación. También recoge los aspectos a tener en cuenta en el seguimiento del recién nacido.

– Petersen LR, Jamieson DJ, Powers AM, Honein MA. Zika Virus. N Engl J Med. 2016; 375: 294-5. Disponible en: https://www.nejm.org/doi/10.1056/NEJMra1602113.

Articulo de revisión del NEJM que resume, de forma completa, la epidemiología del virus Zika, sobre todo en estos últimos 10 años, así como la importancia de la afectación neurosensorial de los recién nacidos, cuando la infección se adquiere en la gestación.

 

Caso clínico

 

Información antenatal

Madre de 19 años con serología positiva para sífilis en 1º y 2º trimestres del embarazo (RPR [+]; títulos de 1/32; hemaglutinación positiva). Consumidora de cannabis y tabaco. Embarazo parcialmente controlado. 34 semanas de edad gestacional. G1A0V1. Ecografías del primer y segundo trimestres normales. No consta ecografía del tercer trimestre. 2 dosis de maduración pulmonar.

Reanimación neonatal

Cesárea urgente por bradicardia fetal. Hipotónico sin esfuerzo respiratorio y mala perfusión generalizada. Se inicia ventilación con presión positiva intermitente (PPI). Bradicardia mantenida a pesar de ventilación adecuada. Recibe masaje cardíaco durante 1 minuto, sin llegar a precisar adrenalina. Se realiza intubación endotraqueal a los 3 minutos de vida. Apgar (1’/5’/10’): 4/5/7. Gasometría de cordón: pH 7,19; pCO2: 62,1 mmHg; HCO3: 23,7 mmol/L; Lactato: 5,9 mmol/L; Hb: 10,7 g/dL; Hto: 32,9 %. Se traslada a la unidad de cuidados intensivos neonatales.

Exploración física a su ingreso

Antropometría al nacimiento: peso 2.035 g (p30); longitud: 42 cm (p14); perímetro cefálico: 30 cm (p23). Constantes al ingreso: FC: 118 lpm; SatO2: 45 %. TA: 57/33/42 mmHg. Mal estado general. Cianótico, con lesiones vesículo-ampollosas anulares diseminadas, con pérdida de la integridad cutánea y descamación más marcada a nivel distal (Fig. 1). Mala perfusión. Auscultación cardíaca: rítmica. Auscultación pulmonar: mala entrada de aire bilateral. Abdomen distendido, con hepatomegalia severa.

figura

Figura 1.

Pruebas complementarias

Analítica sanguínea: con hipertransaminasemia (valores máximos: AST: 1.585 UI/L; ALT: 441 UI/L) y colestasis (valores máximos: GGT: 287 UI/L; bilirrubina total: 11,49 mg/dL; bilirrubina directa: 8,85 mg/dL). Hb: 10,3 g/dL. ­Plaquetas: 23.000/mcL. Coagulopatía con tiempo de tromboplastina parcial activada (APT): 22 % e INR (índice internacional normalizado): 2,8.

Estudio sífilis congénita: amplificación genómica de úlcera genital (frotis lesión cutánea [27/09/21]): positivo para sífilis. Ampliación de T. pallidum en placenta materna (27/09/21): positivo para sífilis en placenta. Cultivo de lesión cutánea (27/09/21): estéril. Serología sífilis (27/09/21): IgG: positivo; RPR: positivo (1/64); IgM: positivo (9,06). Detección en LCR: IgG: positivo; VDLR: positivo. Serología 27/10: IgG, IgM, RPR y TTPA: positivo.

LCR: citoquímico: turbio; glucosa: 130 mg/dl; proteínas totales: 213,1 mg/dl; lactato: 22,9 mmol/l; células en LCR: 73 (66 % PMN: 48/mm3). Tinción de Gram: sin bacterias. Cultivo: estéril.

Pruebas de imagen

Serie ósea: se objetiva metafisitis y osteítis metafisaria en prácticamente todos los huesos largos. El foco más evidente es el húmero derecho. Posible foco de osteítis en calcáneo derecho. Cardiomegalia. Hepatomegalia (Figs. 2 y 3).

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Figura 2.

 

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Figura 3.

Ecografía transfontanelar: sin hemorragia. Hiperecogenicidad periventricular leve.

Ecografía abdominal: hepatomegalia de ecogenicidad ligeramente aumentada de manera homogénea, con algunos puntos ecogénicos en el segmento 4, milimétricos y agrupados. Bazo de aspecto globuloso de 5,4 cm.

Tratamiento

Penicilina G intravenosa durante 10 días a dosis de 200.000 UI/kg/día/6 horas.

Evolución

El paciente recibe seguimiento principalmente en el servicio de Infecciosas. Presenta, como secuela actualmente, hipoacusia neurosensorial bilateral y es portador de audífonos.

Diagnóstico

Sífilis congénita.

 

 

Test de diagnóstico microbiológico rápido en la consulta de Pediatría de Atención Primaria

M. Ridao Redondo*,  A. Amado Puentes**
Temas de FC


M. Ridao Redondo*, A. Amado Puentes**, Grupo de Trabajo TECDIAP de la SEPEAP***

*Pediatra de Atención Primaria. Consultorio local de Torrelles de Llobregat. ABS Sant Vicenç dels Horts. SAP Baix Llobregat-Centre, ICS. Barcelona. **Pediatra de Atención Primaria. Clínica Amado. Pontevedra.***A. Alonso Rubio, R. Bachiller Luque, M.E. Benítez Rabagliati, S. Bernárdez Carracedo, G. Cabrera Roca, J.M. Contreras, J. de la Flor i Brú, M. Dominguez Viloria, C. García de Ribera, P. García Guzmán, S. García-Tornel Florensa, A. Herrero Hernández, J. Marès i Bermúdez, L. Ortiz, I. Osiniri Kippes, S. Pereiro Fernández, F. Phillips Fuentes, M. Porcar Almela, S. Ramos González, A. Reyes Moreno, A. Saiz de Marco, A. Sánchez Aguilar, R. Santana Delgado, M. Serrano Manzano

Resumen

Se describen las características generales de los test de diagnóstico microbiológico rápido y las utilidades potenciales e impacto asistencial de su utilización en Atención Primaria pediátrica. Se describe también la determinación rápida de marcadores biológicos, ya que pese a que no son test de diagnóstico microbiológico, presentan gran utilidad en el manejo del lactante febril y en el diagnóstico etiológico de la neumonía adquirida en la comunidad.

 

Abstract

The general characteristics of rapid microbiological diagnostic tests and their potential usefulness and healthcare impact in pediatric primary care are described. Rapid determination of biological markers are also reported, since although they are not microbiological diagnostic tests, they are highly useful in the management of febrile infants and in the etiological diagnosis of community-acquired pneumonia.

 

Palabras clave: Test de diagnóstico microbiológico rápido; Proteína C reactiva; Procalcitonina; Atención Primaria pediátrica.

Key words: Rapid microbiological diagnostic test; C-reactive protein; Procalcitonin; Pediatric primary care.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 395 – 403

 


OBJETIVOS

• Conocer el funcionamiento básico teórico de los test de diagnóstico rápido (TDR) microbiológicos y sus limitaciones, fortalezas e indicaciones en la consulta de Pediatría de AP.

• Conocer los principales TDR y su uso potencial en la consulta de Atención Primaria (AP).

• Concienciar al pediatra de AP del carácter imprescindible que tiene una adecuada dotación de la consulta de AP para mejorar la resolución.

 

Test de diagnóstico microbiológico rápido en la consulta de Pediatría de Atención Primaria

Introducción

En la clínica diaria hay muchas ocasiones en las que desearíamos disponer de métodos sencillos de diagnóstico etiológico rápido, que pudiesen modificar en el mismo acto médico, conductas, tanto desde el punto de vista epidemiológico como fundamentalmente diagnóstico y/o terapéutico. Es, en este espacio, en el que tienen un importante rol determinados test de diagnóstico rápido (TDR) que, en los últimos años, han ido adquiriendo mayor presencia en los servicios de urgencia(1), pero cuya utilización en las consultas de Pediatría de Atención Primaria (AP), tanto en el sector público como en el privado, sigue siendo muy marginal o prácticamente nula y que son el objeto de este artículo.

Fundamentos teóricos para la utilización de test de diagnóstico rápido

Características de los test de diagnóstico rápido

Se definen como aquellos que están diseñados para ser realizados en la consulta, en el mismo acto médico, por el mismo facultativo o su personal auxiliar, sin ayuda del laboratorio. Deben: ofrecer sencillez en la recogida y procesamiento de las muestras, ser poco invasivos o molestos y ofrecer un resultado rápido, generalmente con demoras de minutos.

¿Cómo funcionan?

Básicamente, podríamos explicar el funcionamiento de los TDR microbiológicos de la siguiente forma(2): si en una muestra clínica, en nuestro caso secreción respiratoria, sangre, orina o heces, está presente el antígeno (Ag) del germen que queremos detectar, al añadir anticuerpos (Ac) específicos marcados contra este microorganismo, se producirá una reacción de fijación Ag-Ac y aparecerá un efecto o señal objetiva y claramente detectable por el clínico. Se positivizará una tira reactiva o una placa/cassette de inmunodifusión o bien una indicación de positivo/negativo, si la prueba precisa de un lector. En la actualidad, disponemos de distintos métodos adaptados al formato POC (por sus siglas en inglés point of care/punto de atención al paciente): inmunocromatografía, inmunofluorescencia y diagnóstico molecular por amplificación isotérmica. La mayoría de pruebas que vamos a presentar en este artículo son pruebas inmunocromatográficas. Son las más utilizadas en la actualidad por su comodidad y sencillez, su funcionamiento es el siguiente: se realizan en una pequeña tira de nitrocelulosa estratificada o en una placa (cassette) horizontal de inmunodifusión óptica o de inmunoflujo lateral. En la parte inferior de la tira o en la base de la placa, hay Ac específicos de conejo marcados con oro coloidal. En la parte media, Ac no marcados. En la parte superior de la tira o extremo de la placa, Ac de otro animal, generalmente cabra, dirigidos contra los Ac de conejo. Si añadimos una muestra biológica líquida en la parte inferior o basal, por capilaridad, el líquido migra hacia arriba de la tira o se difunde en la placa. Si la muestra es positiva, los complejos Ag-Ac son captados por la segunda zona, donde observamos la banda de color de los Ac marcados. Los Ac sobrantes (solos o en complejo con Ag) siguen migrando hacia arriba o el extremo, positivando una segunda línea de color, independientemente del resultado de la prueba. Esta segunda línea será un control de que el test ha sido realizado con la técnica correcta (Fig. 1), aunque no presupone una recogida adecuada de la muestra.

Figura1

Figura 1. Placa/cassette de inmunoflujo lateral con línea de test positivo y línea de control. Observación personal.

¿De qué nos informan?

En general, los TDR son pruebas cualitativas, que dan un resultado positivo o negativo, pero que no permiten cuantificar la intensidad del inóculo bacteriano o de la carga viral, ni diferenciar un estado de portador de una infección activa; por lo tanto, son pruebas interpretables únicamente en el contexto de la clínica, a la que en ningún modo pueden sustituir. No nos dan un diagnóstico, sino que nos informan de la presencia o ausencia de un determinado germen en una muestra biológica. Es el profesional quien tiene que interpretar esta información y situarla en su contexto clínico y epidemiológico para utilizarla adecuadamente.

¿Cuándo utilizarlos?

Los TDR deben usarse únicamente en aquellos casos, en los que, de la información resultante, puedan derivarse potenciales cambios de conducta práctica, no únicamente en relación al tratamiento, sino también en cuanto a la noción epidemiológica, información a los padres, previsión de evolución, aislamiento y control evolutivo.

Utilidad potencial de la utilización sistemática de test de diagnóstico microbiológico rápido en Pediatría de AP

Estreptococo betahemolítico del grupo A

Este TDR ya es universal en todas las consultas de AP del sector público en España desde 2018. Cuando evaluamos a un niño con faringitis aguda, debemos valorar cuidadosamente los aspectos clínicos y epidemiológicos antes de practicar un TDR. Si van en contra de la etiología estreptocócica, la baja probabilidad de un resultado positivo, que, además, posiblemente reflejaría un estado de portador (15 % de niños en edad escolar), y la escasa incidencia actual de fiebre reumática y otras complicaciones graves secundarias a la infección por Streptococcus pyogenes en nuestro medio, no justificaría el coste de la utilización indiscriminada del test ante cualquier proceso de faringodinia/hiperemia faríngea, mayoritariamente de causa viral. En cambio, la valoración pre-test de una supuesta alta probabilidad clínica y/o epidemiológica de faringitis estreptocócica, tiene muchos falsos positivos, incluso hecha por pediatras muy experimentados, por lo que el test estaría indicado fundamentalmente en estos casos, con el objetivo de utilizar adecuadamente los antibióticos (ATB), reduciendo sensiblemente su uso. Los TDR ofrecen una rapidez que permite reducir la diseminación del EBHGA y favorecer la incorporación rápida del niño a su actividad normal. Los TDR actuales inmunocromatográficos presentan sensibilidades elevadas, superiores al 90 %, parecidas a las obtenidas por cultivo, por lo que se puede obviar la práctica concomitante del mismo en los casos negativos(3). Las discrepancias en los estudios de sensibilidad dependen probablemente de la metodología y de la habilidad en la recogida de la muestra: el manejo de un escobillón, con el que hay que frotar enérgicamente las dos superficies amigdalares, la faringe posterior, la úvula, retirarlo sin contactar con la mucosa bucal, la lengua ni los dientes, y hacerlo lo más rápidamente posible para disminuir las inevitables molestias al niño, es algo relativamente sencillo, pero que requiere de una cierta práctica y habilidad(4). La decisión de utilizar o no TDR en una faringitis debe basarse en la intención pre-test de tratar (hacer el test) o no tratar (no hacerlo), y no en escalas de predicción clínica (Centor-Mc Isaac) que no tienen ninguna consistencia.

Estudios de coste-beneficio con test rápido, demuestran una disminución de costes derivada de su uso sistemático(5,6).

La Academia Americana de Pediatría concluye que, con la utilización de los modernos test inmunocromatográficos, se puede obviar el cultivo en casos negativos. Esta práctica no ha demostrado un aumento en las complicaciones supurativas y no supurativas de la infección estreptocócica.

El test es capaz de detectar antígenos hasta 48 h después de iniciado el tratamiento antibiótico, lo que lo hace útil para suspender en este plazo tratamientos ATB incorrectamente instaurados en faringitis presuntamente virales, a partir de diagnósticos empíricos sin confirmación etiológica.

Los test también se han utilizado con buenos resultados en el diagnóstico rápido de patología cutánea potencialmente estreptocócica, fundamentalmente celulitis perianal y, obviamente, en el de escarlatina.

Virus respiratorio sincitial

El virus respiratorio sincitial (VRS) provoca epidemias anuales de bronquiolitis y neumonía en otoño-invierno, y es el origen de gran cantidad de visitas ambulatorias y controles pautados o espontáneos, de visitas espontáneas a urgencias, de un enorme gasto farmacéutico en medicaciones de dudoso valor (broncodilatadores y corticoides), pero que algunos pediatras siguen utilizando, y de muchos ingresos hospitalarios, con una mortalidad baja, pero no despreciable, generalmente confinada a lactantes de alto riesgo. Por su alta transmisibilidad (de 5 a 12 días, en ocasiones, hasta 3 semanas), es causa también de brotes escolares y de infecciones nosocomiales, por lo que el niño infectado requiere un manejo en condiciones de aislamiento adecuadas.

A nivel práctico, parece que esta necesidad de aislamiento sería la indicación fundamental de poder disponer del test, obviamente en un niño que tiene que ingresar por bronquiolitis, pero especialmente en el más frecuente caso de bronquiolitis leve con seguimiento domiciliario, en el que el paciente debe aislarse de la guardería, recomendación que suele olvidarse si el niño está afebril y tiene buen estado general. La documentación de la negatividad de un test previamente positivo debería ser un criterio de reentrada a guardería. Algunos estudios han sugerido que la bronquiolitis por VSR tiene un curso independiente de la utilización de fármacos broncodilatadores, lo que constituiría un factor diferencial con bronquiolitis producidas por otros virus respiratorios y, disponer de una prueba rápida positiva, sería un elemento definitivo para decidir la abstención terapéutica. Otros autores no han corroborado esta observación, con lo que la prueba terapéutica con broncodilatadores sigue siendo práctica habitual, independientemente de la etiología, en aquellos casos de clínica moderada/grave con pulsioximetrías <95 %. Es una observación común que algunas bronquiolitis VRS mejoran objetivamente con la administración de beta 2.

Desde la AP parece que el test de detección rápida podría tener interés en el manejo no agresivo del lactante febril con bronquiolitis. Diversos estudios(7-9) han coincidido en señalar que la incidencia de enfermedad bacteriana grave en el niño con VRS positivo es inicialmente muy baja, y que su documentación aconseja obviar inicialmente, en el niño febril mayor de 1 mes, cualquier otra exploración complementaria, con la posible excepción de descartar la infección urinaria, frecuente en niños con infección VRS. Sin embargo, la depleción inmunitaria asociada al VRS, favorece la sobreinfección bacteriana secundaria, por lo que la persistencia de fiebre, más allá de los 3-5 días, debe poner sobre aviso de esta posible evolución desfavorable.

Disponer de esta prueba en AP podría reducir el uso de ATB en neumonía ambulatoria. Ante una sospecha clínica de neumonía adquirida en la comunidad (NAC) en un niño de menos de 2 años, una prueba rápida positiva para VRS en época epidémica debería ser un factor decisivo en la abstención, al menos inicial, en la utilización de ATB. Las modernas pruebas inmunocromatográficas presentan sensibilidad y especificidad elevadas (89-94 %), y ofrecen resultados en 15 minutos. Las muestras pueden obtenerse por escobillado nasofaríngeo o lavado-aspirado nasal. Nuestro grupo ha publicado en esta misma revista, en septiembre de 2022, un decálogo para la utilización de TDR para VRS en AP(10).

Gripe

La gripe pediátrica no es tan benigna como se cree, especialmente en niños pequeños, cuya tasa de hospitalización por neumonía es comparable al grupo de riesgo clásico de mayores de 65 años y, sobre todo, actúa como factor fundamental en la diseminación de la enfermedad a colectivos de alto riesgo, al ser los niños transmisores más prolongados y eficaces del virus de la gripe, y tener una tasa de ataque de hasta el 50 % en una epidemia.

La fase inicial de la gripe, antes de la aparición de la sintomatología respiratoria, se presenta como un síndrome febril sin focalidad aparente (SFSF), y nos planteará en el lactante y niño pequeño, el diagnóstico diferencial con el riesgo clínico de bacteriemia oculta (BO). Parece muy atractiva la posibilidad de disponer de un test rápido que permita evitarle al niño con SFSF las molestias derivadas de la aplicación estricta del protocolo de BO.

La incidencia de enfermedad bacteriana grave en un niño con gripe documentada es muy baja, y la presencia de un resultado positivo en un test de gripe permite evitar otras exploraciones complementarias y reducir el uso de ATB(11-14).

Los test inmunocromatográficos de gripe tienen sensibilidades menores que otras pruebas descritas en este artículo, entre el 45,5 y el 80 % según las series, mayores para el virus A, algo inferiores para el B, pero siempre inferiores al cultivo viral, y una elevada especificidad, del 95 %. Hay grandes variaciones entre distintos test y la sensibilidad depende fundamentalmente de una técnica correcta de recogida de la muestra por escobillado nasofaríngeo (Fig. 2). La neumonía es frecuente en niños con gripe y dada la difícil diferenciación clínica entre neumonía viral por el mismo virus de la influenza o la mucho más frecuente sobreinfección neumocócica, el niño con gripe que presente sintomatología sugestiva de neumonía, debe someterse a la misma conducta diagnóstica independientemente del resultado del test.

Figura1

Figura 2.Técnica de recogida de muestra respiratoria por escobillado nasofaríngeo. Elaboración propia y observación personal

El mejor periodo para practicar el test rápido está entre las 12 y las 48 horas del inicio de la sintomatología, y siempre en los 5 primeros días. Antes de las 12 horas puede haber falsos negativos.

Los modernos test inmunocromatográficos detectan el virus de la influenza en menos de 15 minutos, a partir de una muestra obtenida por escobillado nasofaríngeo. Algunos kits pueden detectar ambos virus, A y B, y existen combinados para la detección de otros virus respiratorios (VRS, adenovirus, SARS-CoV-2) e incluso para bocavirus, metaneumovirus y Mycoplasma pneumoniae. Existen test rápidos de inmunofluorescencia, que ofrecen mayor sensibilidad que la inmunocromatografía, aunque precisan de un lector automatizado. También se dispone en formato de diagnóstico molecular por amplificación isotérmica, que aumenta la sensibilidad hasta valores comparables a la PCR, con un coste muy inferior y mucha más rapidez (15 minutos), pudiendo recogerse la muestra por escobillado nasal, más cómodo que el nasofaríngeo. El diagnóstico molecular rápido POC se ha extendido recientemente hasta el VRS.

En la primera temporada pandémica 2020-2021, los TDR se han incorporado a las consultas de AP de Cataluña y en algunas zonas de Castilla-León y Canarias. En el momento de redactar este artículo, se está valorando su inclusión en la nueva cartera de servicios común en AP del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud (CISNS). Consideramos que estas pruebas son imprescindibles y se ha demostrado que reducen las reconsultas y la utilización de antibióticos(15).

SARS-CoV-2

Desde el inicio de la pandemia causada por el nuevo coronavirus, agente etiológico de la COVID-19, se ha generado suficiente consenso para afirmar que, además de las restricciones de movilidad, confinamiento y las intervenciones no farmacológicas destinadas a reducir los contagios (distancia física, mascarilla facial, higiene de manos, confinamientos y ventilación), la identificación rápida de los pacientes con sintomatología compatible con COVID-19, de los contactos estrechos de los casos positivos y de los individuos asintomáticos, procediendo rápidamente a su aislamiento o cuarentena para cortar cadenas de transmisión, fue una estrategia útil para minimizar la extensión de la pandemia en sus primeras olas. En la actualidad, con la creciente inmunidad poblacional por la vacunación y la circulación de variantes menos patógenas, estas intervenciones se han relajado temporalmente, a la espera de la evolución del virus, con la posible aparición de nuevas variantes más patógenas o más resistentes a la vacunación.

El diagnóstico molecular y concretamente la reacción en cadena de la polimerasa (RT-PCR, por sus siglas en inglés de Reverse Transcription Polymerase Chain Reaction, o simplemente PCR) es el patrón de referencia para el diagnóstico de la infección por SARS-CoV-2.

Las pruebas de detección de antígeno de SARS-CoV-2 en formato POC, ofrecen la gran ventaja de ofrecer el resultado en pocos minutos. Además, la sencillez de procesamiento de la muestra y el bajo coste comparativo con el diagnóstico molecular, favorecen su utilización en AP. En general, la sensibilidad de las pruebas antigénicas es menor que las técnicas moleculares en cualquier TDR, aunque con una especificidad comparable.

Los TDR para SARS-CoV-2 son pruebas inmunocromatográficas. Existen en formato exclusivo o en combos con gripe, gripe y VRS, adenovirus e incluso con Mycoplasma pneumoniae. Estos formatos combinados son de gran utilidad para el diagnóstico diferencial de infecciones respiratorias indistinguibles clínicamente, y permiten reducir las molestias al paciente, al necesitar una sola muestra. En el caso del SARS-CoV-2, la carga viral es muy alta en la nasofaringe en las primeras fases de la enfermedad, lo que permite una sensibilidad elevada. El TDR para SARS-CoV-2 detecta la presencia de la proteína de la nucleocápside del virus, que es el principal determinante antigénico del virus.

Los TDR son un instrumento de máxima utilidad para el diagnóstico de los casos de “COVID posible” durante los primeros 5-7 días desde el inicio de los síntomas, y se han publicado sensibilidades tan altas como del 93 %, con especificidad del 99,58 %, y los infectados con resultados falsos negativos tienen cargas virales bajas y escaso poder de transmisión. En una reciente revisión, el lector interesado puede profundizar en el diagnóstico de la COVID-19(16).

Neumococo

Una técnica inmunocromatográfica de detección de antígeno neumocócico PnC en muestras urinarias, se ha mostrado útil en adultos y niños para el diagnóstico de neumonía neumocócica, bacteriémica o no, ofreciendo comodidad en la recogida y procesamiento de la muestra y resultados en menos de 15 minutos. Si bien el neumococo coloniza frecuentemente la orofaringe de niños normales (hasta un 25 % de niños menores de 7 años), la concentración de germen en estos casos suele estar por debajo del nivel de detección antigénica requerido por la prueba. No obstante, la prueba no ofrece dudas en cuanto a su sensibilidad, pero sí se ha cuestionado su especificidad (85 %) en edades tempranas, de alta prevalencia de colonización nasofaríngea por neumococo. Se especula que el antígeno PnC puede alcanzar el tracto urinario, especialmente en caso de infección respiratoria concomitante que lesiona la barrera mucosa nasofaríngea. En cualquier caso, es una prueba con un perfil de sensibilidad-especificidad superior al recuento leucocitario, como predictor de neumonía o bacteriemia por neumococo, lo que le confiere potencial interés para su uso en una consulta de AP(17), especialmente en el diagnóstico diferencial entre neumonía neumocócica y atípica en el niño mayor de 3 años, con sospecha de neumonía adquirida en la comunidad.

Rotavirus

La gastroenteritis aguda (GEA) por rotavirus (RV) es la más frecuente en niños pequeños, de forma que la práctica totalidad ha tenido contacto con el virus a los 5 años, experimentando además diversas reinfecciones de gravedad decreciente. En nuestro medio no provoca mortalidad o es muy escasa, pero la enfermedad tiene un gran impacto socioeconómico. Los niños con GEA por RV presentan fiebre más elevada y de mayor duración, más vómitos, más deposiciones y más líquidas, y peor estado general y más incidencia de deshidratación que en otras GEA virales.

La importancia práctica que puede tener el diagnóstico rápido en el manejo del niño puede parecer a priori escasa, ya que el tratamiento basado en la prevención y tratamiento de la deshidratación con soluciones de rehidratación oral, es común a todas las GEA e independiente de la etiología. No obstante, el test permite una información correcta a los padres, en el sentido de una previsión de cuadro más prolongado y potencialmente grave que, probablemente, requiere de controles clínicos programados (al menos, a las 24 horas) para revalorar el estado de hidratación del niño.

El test también tiene interés para una indicación más estricta de aislamiento. El RV se elimina por heces en cantidad muy abundante y sobrevive durante varias horas en las manos de los cuidadores del niño, y de días a semanas en superficies inanimadas (teléfonos, útiles de escuela, cuadernos…), por lo que la transmisión viral es muy efectiva y la enfermedad muy contagiosa, provocando brotes escolares y nosocomiales. Las medidas higiénico-sanitarias no son útiles en el control de esta enfermedad, que se transmite fundamentalmente por vía fecal-oral y por aerosoles de partículas respiratorias. El rotavirus no es solo una enfermedad digestiva de lactantes, sino una enfermedad que afecta a todas las edades (especialmente grave en las edades extremas), con posible afectación respiratoria, neurológica (convulsiones) y viremia. El lavado de manos meticuloso del personal que atiende al niño reduce la transmisión, solo si se hace con antisépticos potentes y no con agua y jabón, pero no la evita, aunque es el único método parcialmente efectivo para controlar la diseminación de la enfermedad; por tanto, el conocimiento de la etiología es importante para extremar las medidas de aislamiento. Teniendo en cuenta que el virus puede excretarse durante periodos prolongados, de varias semanas, aun sin diarrea, la documentación de la negatividad de un test previamente positivo podría ser un criterio de reentrada en guardería, aún no estudiado.

Finalmente, el diagnóstico etiológico permite valorar objetivamente el impacto de la enfermedad y la necesidad de recomendar su prevención con vacunas. En nuestro medio, la cobertura de vacunación antirotavirus es baja, lo que se debe fundamentalmente a una baja percepción de la importancia de la enfermedad por parte del profesional sanitario que debe recomendar la vacuna. El TDR para rotavirus es un test inmunocromatográfico con sensibilidad y especificidad del 99 %.

Adenovirus

La gastroenteritis aguda por adenovirus afecta fundamentalmente a niños de menos de 2 años y se presenta durante todo el año. Puede causar brotes nosocomiales, aunque son menos frecuentes que los causados por rotavirus. La duración de la diarrea es mayor (de 10 a 14 días), pero el cuadro es mucho más leve y tiene mucha menor tendencia a la deshidratación. Se ha relacionado ocasionalmente con invaginación intestinal. Un test rápido positivo para adenovirus permite una previsión de cuadro prolongado, pero benigno, y probablemente reduzca sucesivas visitas no pautadas.

El test rápido para adenovirus en heces, es un test de inmunocromatografía que puede ir asociado en el mismo kit de diagnóstico para rotavirus, astrovirus y norovirus. La técnica es muy cómoda, requiere de poca cantidad de heces y ofrece resultados en un máximo de 15 minutos. No hay experiencia previa en su utilización en AP. En estudios hospitalarios, el test ha mostrado sensibilidad del 90 % y especificidad del 99 % en relación con cultivo viral.

Astrovirus

La GEA por astrovirus tiene una duración de 5-6 días y, generalmente, tiene una evolución favorable y, raramente, evoluciona hacia la deshidratación, pero induce más frecuentemente que otros virus a intolerancia secundaria a la lactosa. El test inmunocromatográfico puede ir asociado en el mismo kit con rotavirus, adenovirus y norovirus. En estudios hospitalarios ha mostrado sensibilidad del 94 % y especificidad del 99 %.

Norovirus

La GEA por calicivirus (norovirus y sapovirus) se caracteriza por el predominio de los vómitos, náuseas y dolor abdominal sobre la diarrea. Es frecuente la sintomatología sistémica acompañante. Los norovirus son la causa más frecuente de GEA viral en adolescentes y adultos, aunque puede afectar a cualquier edad, y son frecuentes los brotes escolares, nosocomiales y en espacios aislados (“GEA de los cruceros”). Aunque es más frecuente en invierno, puede presentarse durante todo el año, y en países donde hay altas tasas de vacunación contra rotavirus, ya es la primera causa de GEA viral. También se observa con creciente frecuencia en nuestro medio. Existe un test inmunocromatográfico integrado en combos con rotavirus, adenovirus y astrovirus.

Enterovirus

El enterovirus es un virus RNA con más de 100 serotipos, muy prevalente en patología infecciosa pediátrica, causando: fiebre sin focalidad, infecciones de vías respiratorias altas, exantema y meningitis aséptica. Es más frecuente en primavera y verano. Es fácilmente reconocido por el pediatra de AP en sus presentaciones de herpangina y de enfermedad boca-mano-pie. También es causa frecuente de GEA aguda, que puede diagnosticarse en un TDR inmunocromatográfico. La epidemia vivida en 2016 en nuestro medio, de enfermedad neurológica grave con romboencefalitis por enterovirus A71, hace recomendable, ante un diagnóstico de enfermedad por enterovirus, informar a la familia de los signos precoces de complicación neurológica, muy especialmente de somnolencia, temblores o ataxia, fomentar el lavado de manos y enfatizar la necesidad de aislamiento.

Campylobacter

Es la GEA bacteriana más frecuente en niños, y segunda causa de diarrea del viajero, por detrás únicamente de Escherichia Coli enterotoxigénica. El cuadro típico de GEA se acompaña frecuentemente de sangre en las heces, pero su ausencia no elimina la posibilidad etiológica. En lactantes, la diarrea con sangre y sin fiebre es una presentación común que permite orientar la sospecha diagnóstica. Se ha relacionado con la aparición de síndrome de Guillain-Barré, probablemente de causa autoinmunitaria. La infección suele ser benigna (más grave en países pobres) y autolimitada (raramente con bacteriemia), aunque el tratamiento con macrólidos reduce drásticamente el periodo sintomático y previene las infecciones crónicas y las recaídas, por lo que el interés del TDR está en que un diagnóstico precoz permite instaurar un tratamiento útil. El test inmunocromatográfico cualitativo tiene una sensibilidad y especificidad del 99 %.

Salmonella

La GEA por Salmonella produce un cuadro típico de GEA, pero en un 10 % se producen infecciones focales y, en menores de 6 meses, hay riesgo de bacteriemia. En cuadros de GEA no complicada, no está indicado el tratamiento antibiótico. El test inmunocromatográfico cualitativo tiene una sensibilidad del 99 % y una especificidad del 97 %.

Shigella

El tratamiento precoz de las formas moderadas o graves de GEA por Shigella con azitromicina o cotrimoxazol, reduce el periodo sintomático y de excreción. El test es inmunocromatográfico cualitativo y tiene una sensibilidad y especificidad del 99%.

Helicobacter pylori

La infección por Helicobacter pylori (HP) es muy frecuente en la especie humana, especialmente en ámbitos socioeconómicos bajos, y se han comunicado prevalencias de hasta el 50 % en edad pediátrica, si bien muchas de estas infecciones son transitorias y asintomáticas. Todos los niños infectados persistentemente por este germen, desarrollan cambios histológicos sugestivos de gastritis crónica.

La infección por HP en Pediatría puede ser asintomática, o manifestarse por dolor abdominal, vómitos y, menos frecuentemente, por anemia ferropénica refractaria al tratamiento por pérdidas ocultas de sangre en heces, y retraso del crecimiento. La colonización crónica por HP aumenta el riesgo de desarrollar ulcus péptico y cáncer de estómago. Clásicamente, el diagnóstico se hizo con la detección de anticuerpos IgG, y se confirmaban los cambios histológicos con endoscopia y biopsia. Actualmente, no se recomiendan los test serológicos en niños. Se consideran el patrón de oro diagnóstico, los test de urea en aire espirado. En la actualidad, hay métodos de detección antigénica de HP en heces por técnicas de inmunocromatografía(18,19), que ofrecen gran comodidad y sensibilidad (94 %) y especificidad (99 %), parecidas a los test de urea en aire espirado. Existe una fuerte discusión sobre en qué casos debe determinarse la presencia de HP, pero parece haber consenso en que no deben tratarse los casos asintomáticos. En nuestro grupo el protocolo es la derivación a gastroenterología para endoscopia de los niños con un TDR positivo.

Giardia

La infección por Giardia lamblia tiene un amplio espectro de presentación, que oscila desde la colonización asintomática hasta la diarrea aguda, la diarrea crónica, el síndrome de malabsorción con retraso de crecimiento y el dolor abdominal recurrente.

El test rápido para giardia en heces(20) es un test de inmunocromatografía que ofrece resultados en 10 minutos. No hay experiencia previa publicada en AP. Estudios hospitalarios muestran concordancia excelente con: examen microscópico de heces, sensibilidad, especificidad y valores predictivos positivo y negativo superiores al 99 %.

Criptosporidium

Inicialmente, la infección por el protozoo Cryptosporidium parvum fue considerada patógena solo en inmunodeprimidos. En la actualidad, se reconoce como una causa frecuente de diarrea aguda en niños sanos de todo el mundo y de brotes en guarderías. Produce diarrea acuosa abundante, sin sangre, acompañada de dolor abdominal intermitente, náuseas, vómitos y anorexia. El 80 % de los casos cursa con vómitos y puede acompañarse también de cefalea, mialgias y debilidad. Clínicamente, es indistinguible de otras causas de GEA. Un 30-50 % cursan con fiebre. La diarrea puede prolongarse durante semanas, y la infección es autolimitada en inmunocompetentes, debiendo tratarse solo en inmunodeprimidos o en casos persistentes.

El test rápido para Criptosporidium en heces, que puede formar parte del mismo kit para el diagnóstico rápido de giardia, es un test inmunocromatográfico que utiliza anticuerpos monoclonales específicos, que detectan todas las formas del ciclo vital del parásito. No hay experiencia previa publicada en AP. Estudios hospitalarios muestran concordancia excelente con: examen microscópico de heces, sensibilidad, especificidad y valores predictivos positivo y negativo superiores al 99 %.

Entamoeba histolytica

La disenteria amebiana es una causa frecuente de diarrea aguda líquida o con sangre y diarrea crónica, con posible afectación hepática. El test inmucromatográfico en heces puede ir asociado, en formato combo, con la determinación de giardia y Criptosporidium.

Mononucleosis infecciosa

La mononucleosis infecciosa (MI) es una enfermedad autolimitada, causada por el herpesvirus Epstein-Barr (EB). Los síntomas más comunes son: fatiga, faringitis, fiebre, linfadenopatía, esplenomegalia y hepatopatía. En casos raros, pueden aparecer complicaciones como: síndrome linfoproliferativo, trombocitopenia grave, anemia hemolítica, pericarditis, miocarditis, neumonía, pancreatitis, síndrome de Reye, encefalitis y otros síndromes neurológicos. En los países industrializados la incidencia máxima de MI se produce entre los 14 y 18 años. En países en vías de desarrollo o en zonas con alta densidad de población, la mayoría de los niños se infectan antes de los 3 años, y los síntomas pueden ser leves o clínicamente inaparentes. La faringitis por EB (exudativa y, a veces, con petequias) puede plantear problemas diagnósticos en AP y se confunde fácilmente con la producida por EBHGA, no siendo raro que coexistan ambas. Su aspecto también puede confundirse con la causada por adenovirus. Debe sospecharse siempre que una faringitis supuesta o confirmadamente estreptocócica no mejore en 3 días de un tratamiento correcto con ATB.

Durante la fase aguda de la enfermedad aparecen anticuerpos heterófilos en el 90 % de MI, cuya presencia se puede demostrar a partir de la semana de enfermedad, alcanzando su concentración máxima a las 2-4 semanas y disminuyendo a las 12 semanas, siendo detectables incluso hasta un año después; sin embargo, son a menudo indetectables en niños menores de 5 años con MI.

El TDR para Epstein-Barr se basa en la detección por inmunocromatografía de anticuerpos heterófilos IgM en plasma, suero o sangre completa. La muestra puede obtenerse cómodamente por punción capilar. No hay experiencia previa de su utilización en AP. En estudios hospitalarios comparativos con técnicas de EIA y de hemaglutinación, la sensibilidad y especificidad ha sido superior al 99 %.

Proteína C reactiva

Aunque no es un test de diagnóstico microbiológico, lo incluimos aquí por su potencial utilidad en la valoración del niño febril o con neumonía.

La PCR se sintetiza en el hígado en respuesta a niveles altos de citocinas, a partir de las 4-6 horas del inicio de la inflamación o agresión tisular, y va doblando sus valores cada 8 horas hasta llegar a un pico a las 36 horas. Actúa como modulador inmunitario, promoviendo la síntesis de complemento por la vía clásica y favoreciendo la fagocitosis. Actualmente, la PCR vuelve a ser reivindicada como un instrumento útil en la valoración del niño febril. En un metaanálisis de referencia y con un nivel de corte propuesto de 30 mg/L (reducido a 20 en la última revisión Cochrane), se ha mostrado con similar precisión diagnóstica que la procalcitonina (PCT), considerada generalmente como más sensible y específica, concepto no obstante proveniente de estudios en los que hay un sesgo de gravedad, con una alta tasa de EBG más grave como sepsis o meningitis. Se considera, a partir de estos datos, que la PCT sería más un marcador de la severidad de la infección bacteriana que un diferenciador básico de enfermedad viral o bacteriana. La PCT tiene la ventaja de que se eleva más precozmente que la PCR, que puede presentar una ventana silente de unas 8 horas. Sin embargo, el coste de determinación de la PCR es sensiblemente inferior. Recientemente, incluso se vuelve a proponer la PCR como un instrumento complementario útil en la valoración etiológica de la neumonía adquirida en la comunidad(21,22).

La determinación de PCR en la consulta de AP es de gran utilidad para una valoración más precisa del SFSF en el grupo etario de riesgo de BO, con la disminución consiguiente de la derivación hospitalaria innecesaria. Las nuevas técnicas de determinación rápida de la PCR en sangre capilar son muy cómodas para el niño, tienen un bajo coste y permiten disponer del resultado en pocos minutos, por lo que se pueden tomar decisiones prácticas en el mismo acto médico. Recientemente(23), se ha demostrado su adecuada correlación con las técnicas convencionales de laboratorio y su utilidad en un servicio de urgencias para el manejo del lactante febril sin foco.

Procalcitonina

La aparición de un TDR para la PCT, de potencial utilización en AP, supone la disponibilidad de una técnica potencialmente muy útil y resolutiva para el pediatra práctico, al suplir las limitaciones de la PCR, que tiene una ventana silente de unas 8 horas, tiempo que tarda el hígado en empezar a sintetizarla. La PCT, compartiendo similares propiedades que la PCR, es de aparición más precoz, más específica que la PCR y sus niveles guardan relación con la severidad de la infección(24,25).

La PCT es un polipéptido precursor de la calcitonina, y que por efecto de la convertasa de las células C de la glándula tiroides, se fracciona en varios componentes, uno de los cuales es la calcitonina, con papel en la homeostasis del calcio. Normalmente, la PCT es indetectable en sangre, ya que se fracciona antes de ser secretada.

La concentración de PCT circulante en individuos sanos permanece por debajo de 0,1 ng/ml y no se afecta por las infecciones víricas ni por la colonización bacteriana, pero el nivel aumenta rápidamente con las infecciones bacterianas. En estas, por efecto de las toxinas, tanto de Gram positivos como negativos, se estimula la producción de PCT en diversos tejidos, inactivándose además la enzima convertasa, con lo que se inhibe la proteólisis de la PCT y esta se libera inmediatamente al torrente sanguíneo (al contrario, este proceso se bloquea en las viriasis). Todo ello permite que la PCT se detecte en sangre en unas 3 horas, con un nivel máximo a las 12 horas, nivel que persiste varios días. Tiene una vida media plasmática de unas 24-30 horas. La PCT está considerada como el marcador más específico y precoz para la detección de la sepsis. Los niveles séricos se corresponden con la gravedad de la afección y con la respuesta al tratamiento, lo que le otorga gran valor diagnóstico y pronóstico en las infecciones bacterianas y sepsis. Niveles altos orientan hacia la existencia de una infección sistémica, grave y/o bacteriana, en lugar de viral o inflamatoria. Sirve, además, como auxiliar en el monitoreo de la evolución y tratamiento de niños con infecciones bacterianas y como auxiliar de diagnóstico en casos con fiebre sin focalidad aparente, incluso en pacientes inmunodeprimidos, neutropénicos, oncológicos y trasplantados y, asimismo, en la monitorización de estados inflamatorios no infecciosos. La confirmación temprana de la etiología vírica vs bacteriana, implica un mejor manejo en la utilización de antibióticos, evitándolos en cuadros febriles sin foco, y en un uso más racional de la derivación a urgencias hospitalarias y de la petición de exámenes complementarios.

En infecciones localizadas, puede alcanzar los 0,5 ng/ml. En un estado de sepsis bacteriana con repercusión sistémica, la PCT comienza a aumentar a las 3-6 horas de producido el estímulo, alcanza su concentración máxima entre las 12 y 36 horas siguientes, con valores incluso mayores de 10 ng/ml y, luego, cuando dicho estímulo desaparece, comienza a decaer; su vida media es de 25-30 horas. Este aumento de muchas veces su valor normal lo hace un marcador ideal para sepsis bacteriana. Cuando la sepsis no es de origen bacteriano, los niveles se mantienen en el rango inferior (<0,1 ng/ml), lo que resulta muy útil en un diagnóstico diferencial de infecciones virales y estados alérgicos.

Cuando se tienen niveles entre 0,5 y 2 ng/ml, no puede ser excluida la infección bacteriana y se recomienda otra determinación dentro de las 6-24 horas, observando los signos y síntomas clínicos. Es conveniente repetir la prueba cada 24 horas en pacientes con riesgo de desarrollar sepsis para su monitoreo.

Concentraciones de PCT persistentemente elevadas o incrementos plasmáticos continuados, generalmente señalan que la infección no se resuelve, no está bajo control y/o las medidas terapéuticas no son efectivas. En sentido contrario, el retorno de la PCT a niveles basales indica que el proceso infeccioso se está resolviendo y que el tratamiento es efectivo. Una ventaja del tratamiento guiado por la PCT es evitar la prescripción innecesaria de antibióticos o la duración excesiva de la antibioticoterapia (controles sucesivos), con efectos beneficiosos sobre la resistencia antimicrobiana.

El rango de trabajo es de 0,1 a 100 ng/ml:

• <0,1 ng/ml: valores normales.

• 0,1 a 0,25 ng/ml (punto de corte): viriasis e improbable infección bacteriana.

• 0,25 a 0,5 ng/ml: posible infección bacteriana.

• 0,5 a <2 ng/ml: infección bacteriana probable.

• >2 ng/ml a >10 ng/ml: infección bacteriana, sepsis, muy probable.

• >10 ng/ml: compatible con sepsis.

Determinación conjunta de la proteína A de resistencia al Myxovirus con PCR

Tanto la PCR como la PCT comparten la limitación de la valoración de los rangos cuantitativos intermedios: valores de PCR entre 20/30-70 mg/L, y de PCT entre 0,25-0,50 ng/ml pueden corresponder, tanto a una infección vírica como bacteriana. Es común observar estos valores en infecciones causadas por adenovirus y, en menor cuantía, por el virus de la gripe y el SARS-CoV-2, así como en infecciones por citomegalovirus y en el sarampión(20). El objetivo de obtener en AP la máxima sensibilidad para minimizar los falsos negativos, hace que estos rangos sean manejados habitualmente como si se tratase de infecciones bacterianas, aun reduciendo la especificidad, con lo que aumentan los falsos positivos.

Recientemente, se ha introducido un nuevo marcador biológico, la proteína A de resistencia al Myxovirus (MxA), que aumenta específicamente en infecciones virales(21-25), en las que se produce una respuesta celular que incluye la secreción de interferones tipo I. Estos interferones forman parte de la inmunidad innata y tienen efecto inmunomodulador, antiproliferativo y antiviral. Si bien el interferón tipo I se ha propuesto como un marcador de infección viral, no tiene un buen comportamiento como test diagnóstico, dada su reducida vida media en sangre. La actividad antiviral de los interferones tipo I es mediada por la inducción de diversas proteínas, entre las que se encuentra la MxA(26).

Se han comercializado TDR que analizan conjuntamente en una muestra de sangre capilar, valores semicuantitativos (en la prueba inmunocromatográfica) y cuantitativos (en la inmunofluorescencia) de PCR y de MxA. En estudios comparativos se ha demostrado que el análisis conjunto de los dos marcadores aumenta la sensibilidad y especificidad de cualquiera de los dos por separado. Si bien la mayor parte de experiencias se han desarrollado en patología respiratoria del adulto, se han publicado datos muy prometedores también en niños.

La positividad de la prueba para PCR se establece en el nivel de 20 mg/l (inferior al descrito en la sección de PCR, lo que aumenta la sensibilidad a expensas de reducir especificidad), y la de MxA en el nivel de 40 ng/ml para la inmunocromatografía, y de 10 mg/l y 15 ng/ml para la inmunofluorescencia. Una prueba + a PCR y negativa a MxA es sugestiva de infección bacteriana. Una prueba + a MxA es sugestiva de infección vírica, independientemente del valor alto o bajo de la PCR, de tal forma que aporta un plus de especificidad a los casos de PCR o PCT en rango intermedio, que corresponden en realidad a infecciones virales. En nuestra experiencia, cuando la hemos utilizado como prueba de rescate en casos de PCT en rango intermedio, los resultados casi siempre han mostrado un patrón viral (MxA +), modificando decisivamente la conducta diagnóstico-terapéutica.

La muestra se obtiene cómodamente en sangre capilar, con un dispositivo integrado lanceta-cassette con la tira de nitrocelulosa, donde se realiza la inmunocromatografía, y los resultados están disponibles en 10 minutos.

No se han realizado hasta el presente, estudios comparativos con PCT.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Revisión actualizada del TECDIAP sobre test rápidos y utillaje diagnóstico en la consulta de Atención Primaria pediátrica.

 

Rapid microbiological diagnostic test in the Primary Care Pediatric consultation

M. Ridao Redondo*, A. Amado Puentes**
Topics on
Continuous Training



M. Ridao Redondo*, A. Amado Puentes**, TECDIAP Working Group of SEPEAP***

*Primary Care Pediatrician. Local office in Torrelles de Llobregat. ABS Sant Vicenç dels Horts. SAP Baix Llobregat-Centre, ICS. Barcelona. **Primary Care Pediatrician. Amado Clinic. Pontevedra. ***A. Alonso Rubio, R. Bachiller Luque, M.E. Benítez Rabagliati, S. Bernárdez Carracedo, G. Cabrera Roca, J.M. Contreras, J. de la Flor i Brú, M. Dominguez Viloria, C. García de Ribera, P. García Guzmán, S. García-Tornel Florensa, A. Herrero Hernández, J. Marès i Bermúdez, L. Ortiz, I. Osiniri Kippes, S. Pereiro Fernández, F. Phillips Fuentes, M. Porcar Almela, S. Ramos González, A. Reyes Moreno, A. Saiz de Marco, A. Sánchez Aguilar, R. Santana Delgado, M. Serrano Manzano

Abstract

The general characteristics of rapid microbiological diagnostic tests and their potential usefulness and healthcare impact in pediatric primary care are described. Rapid determination of biological markers are also reported, since although they are not microbiological diagnostic tests, they are highly useful in the management of febrile infants and in the etiological diagnosis of community-acquired pneumonia.

 

Resumen

Se describen las características generales de los test de diagnóstico microbiológico rápido y las utilidades potenciales e impacto asistencial de su utilización en Atención Primaria pediátrica. Se describe también la determinación rápida de marcadores biológicos, ya que pese a que no son test de diagnóstico microbiológico, presentan gran utilidad en el manejo del lactante febril y en el diagnóstico etiológico de la neumonía adquirida en la comunidad.

 

Key words: Rapid microbiological diagnostic test; C-reactive protein; Procalcitonin; Pediatric primary care.

Palabras clave: Test de diagnóstico microbiológico rápido; Proteína C reactiva; Procalcitonina; Atención Primaria pediátrica.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (7): 395 – 403

 


OBJECTIVES

• To know the basic theoretical functioning of microbiological rapid diagnostic tests (RDTs) and their limitations, strengths and indications in the Primary Care (PC) Pediatric consultation.

• To be familiar with the main RDTs and their potential use in the Primary Care consultation.

• To make the PC pediatrician aware of the essential nature of adequately staffing the PC consultation to improve resolution.


 

 

Rapid microbiological diagnostic test in the Primary Care Pediatric consultation

Introduction

In daily clinical practice, there are many occasions in which we would like to have simple methods for rapid etiological diagnosis, which could modify the approach in a medical procedure, both from an epidemiological and fundamentally diagnostic and/or therapeutic point of view. It is in this space that certain rapid diagnostic tests (RDTs) play an important role, which, in recent years, have been gaining greater presence in emergency departments(1), but whose use in Pediatric consultations of Primary Care (PC), both in the public and private sectors, continues to be very marginal or practically non-existent, and which are the subject of this article.

Theoretical foundations for the use of rapid diagnostic tests

Characteristics of rapid diagnostic tests

They are defined as those that are designed to be performed in the consultation, during the medical procedure, by the own physician or his or her auxiliary staff, without help from the laboratory. They must: offer simplicity in collecting and processing samples, be minimally invasive or bothersome, and offer a quick result, generally within minutes.

How do they work?

Basically, we could explain the operation of microbiological RDTs in the following way(2): if in a clinical sample, in our case respiratory secretion, blood, urine or feces, the antigen (Ag) of the germ that we aim to detect is present, when specific antibodies (Ab) labeled against this microorganism are added, an Ag-Ab fixation reaction will occur and an objective effect or signal will appear that is clearly detectable by the clinician. A test strip or an immunodiffusion plate/cassette will be positive or a positive/negative indication will be given, if the test requires a reader. Currently, we have different methods adapted to the POC (point of care) format: immunochromatography, immunofluorescence and molecular diagnosis by isothermal amplification. Most of the tests that are going to be presented in this article are immunochromatographic tests. They are the most used today due to their convenience and simplicity. Their operation is as follows: they are made on a small strip of stratified nitrocellulose or on a horizontal optical immunodiffusion or lateral immunoflow plate (cassette). At the bottom of the strip or at the base of the plate, there are rabbit-specific Abs labeled with colloidal gold. In the middle part, unmarked Abs. At the top of the strip or end of the plate, Ab of another animal, usually goat, directed against rabbit Abs. If we add a liquid biological sample at the bottom or basal part, due to capillarity, the liquid migrates up the strip or diffuses into the plate. If the sample is positive, the Ag-Ab complexes are captured by the second zone, where we observe the colored band of the labeled Abs. The leftover Abs (alone or in complex with Ag) continue to migrate upward or towards the end, making a colored positive second line, regardless of the test result. This second line will be a control that the test has been performed with the correct technique (Fig. 1), although it does not presuppose adequate sample collection.

Figura1

Figure 1. Lateral immunoflow plate/cassette with positive test line and control line. Author´s personal observation.

What do they inform us about?

In general, RDTs are qualitative tests, which give a positive or negative result, but do not allow the intensity of the bacterial inoculum or viral load to be quantified, nor to differentiate a carrier state from an active infection. Therefore, they are tests interpretable only within the clinical picture, which they cannot in any way replace. They do not give us a diagnosis, but rather inform us of the presence or absence of a certain germ in a biological sample. It is the professional who has to interpret this information and place it in its clinical and epidemiological context to use it appropriately.

When to use them?

RDTs should only be used in those cases in which, from the resulting information, potential changes in practical approach can be derived, not only in relation to the treatment, but also in terms of the epidemiological notion, information to parents, prediction of progress, isolation and evolutionary control.

Potential usefulness of the systematic use of rapid microbiological diagnostic tests in PC Pediatrics

Group A beta-hemolytic streptococcus

This RDT is now universal in all public sector PC consultations in Spain since 2018. When we evaluate a child with acute pharyngitis, we must carefully assess the clinical and epidemiological aspects before performing a RDT. If they go against the streptococcal etiology, the low probability of a positive result, which, in addition, would possibly reflect a carrier state (15% of school-age children), and the current low incidence of rheumatic fever and other serious secondary complications to Streptococcus pyogenes infection in our environment, would not justify the cost of indiscriminate use of the test in any process of pharyngodynia/pharyngeal hyperemia, mostly of viral cause. On the other hand, the pre-test assessment of a supposed high clinical and/or epidemiological probability of streptococcal pharyngitis has many false positives, even made by very experienced pediatricians, so the test would be indicated primarily in these cases, with the aim to use antibiotics (ATB) appropriately, significantly reducing their use. RDTs offer speed that reduces the spread of Group A beta-hemolytic streptococcus and promotes the child’s rapid return to normal activity. Current immunochromatographic RDTs have high sensitivities, greater than 90%, similar to those obtained by culture, so the concomitant practice of culture can be avoided in negative cases(3). The discrepancies in sensitivity studies probably depend on the methodology and the skill in collecting the sample: the use of a swab, with which you have to vigorously rub the two tonsillar surfaces, the posterior pharynx, the uvula, remove it without contacting the oral mucosa, the tongue or the teeth, and doing so as quickly as possible to reduce the inevitable discomfort of the child, is relatively simple, but requires a certain amount of practice and skill(4). The decision to use or not use RDT in pharyngitis should be based on the pre-test intention to treat (do the test) or not treat (not do it), and not on clinical prediction scales (Centor-Mc Isaac) which have no consistency.

Cost-benefit studies with rapid tests demonstrate a reduction in costs derived from its systematic use(5,6).

The American Academy of Pediatrics concludes that, with the use of modern immunochromatographic tests, culture can be avoided in negative cases. This practice has not demonstrated an increase in suppurative and nonsuppurative complications of streptococcal infection.

The test is capable of detecting antigens up to 48 hours after starting antibiotic treatment, which makes it useful for suspending ATB treatments incorrectly instituted in presumably viral pharyngitis within this period, based on empirical diagnoses without etiological confirmation.

The tests have also been used with good results in the rapid diagnosis of potentially streptococcal skin pathology, mainly perianal cellulitis and, obviously, in scarlet fever.

Respiratory syncytial virus

Respiratory syncytial virus (RSV) causes annual epidemics of bronchiolitis and pneumonia in autumn-winter, and is the origin of a large number of outpatient visits and scheduled or spontaneous check-ups, spontaneous visits to the emergency room, and enormous pharmaceutical expenditure on medications of dubious value (bronchodilators and corticosteroids), but which some pediatricians continue to use, and of many hospital admissions, with a low, but not negligible, mortality, generally confined to high-risk infants. Due to its high transmissibility (5 to 12 days, sometimes up to 3 weeks), it is also the cause of school outbreaks and nosocomial infections, so infected children require management under adequate isolation conditions.

On a practical level, it seems that this need for isolation would be the fundamental indication of being able to have the test, obviously in a child who has to be admitted for bronchiolitis, but especially in the most frequent case of mild bronchiolitis with home monitoring, in which the patient should be isolated from daycare, a recommendation that is often forgotten if the child is afebrile and in good general condition. Documentation of the negativity of a previously positive test should be a criterion for re-entry into daycare. Some studies have suggested that RSV bronchiolitis has a course independent of the use of bronchodilator drugs, which would constitute a differential factor with bronchiolitis caused by other respiratory viruses and having a positive rapid test would be a definitive element in deciding therapeutic abstention. Other authors have not corroborated this observation, so therapeutic testing with bronchodilators continues to be common practice, regardless of the etiology, in those cases of moderate/severe symptoms with pulse oximetry <95%. It is a common observation that some RSV bronchiolitis objectively improve with the administration of beta 2 adrenergic receptor agonists.

From PC it seems that the rapid detection test could be of interest in the non-aggressive management of febrile infants with bronchiolitis. Various studies(7-9) have agreed in pointing out that the incidence of severe bacterial disease in children with positive RSV is initially very low, and that their documentation advises initially ignoring, in febrile children older than 1 month, any other complementary examination, with the possible exception of ruling out urinary tract infection, which is common in children with RSV infection. However, the immune depletion associated with RSV favors secondary bacterial superinfection, so the persistence of fever beyond 3-5 days should warn of this possible unfavorable progression.

Having this test available in PC could reduce the use of ATB in outpatient pneumonia. When there is a clinical suspicion of community-acquired pneumonia (CAP) in a child under 2 years of age, a positive rapid test for RSV during the epidemic should be a decisive factor in at least initial abstention from the use of ATB. Modern immunochromatographic tests have high sensitivity and specificity (89-94%), and provide results in 15 minutes. Samples can be obtained by nasopharyngeal swab or nasal wash-aspirate. Our group has published in this journal in September 2022, a decalogue for the use of RDTs for RSV in PC(10).

Flu

Pediatric flu is not as benign as it is believed, especially in young children, whose hospitalization rate for pneumonia is comparable to the classic risk group of those over 65 years of age and, above all, acts as a fundamental factor in the spread of the disease to high-risk groups, as children are the longest and most effective transmitters of the influenza virus, and have an attack rate of up to 50% in an epidemic.

The initial phase of influenza, before the appearance of respiratory symptoms, presents as a febrile syndrome without apparent focality (FSWF), and therefore considered in the differential diagnosis in infants and young children with the clinical risk of occult bacteremia (OB). The possibility of having a rapid test that allows children with FSWF to avoid the discomfort derived from the strict application of the OB protocol seems highly attractive.

The incidence of severe bacterial disease in a child with documented influenza is very low, and the presence of a positive result in a flu test allows the avoidance of other additional examinations and the use of ATB to be reduced(11-14).

Immunochromatographic influenza tests have lower sensitivities than other tests described in this article, between 45.5 and 80% depending on the series, higher for virus A, somewhat lower for virus B, but always lower than the viral culture, and a high specificity of 95%. There are large variations between different tests and sensitivity depends fundamentally on a correct technique for collecting the sample by nasopharyngeal swab (Fig. 2). Pneumonia is common in children with influenza and given the difficult clinical differentiation between viral pneumonia caused by the influenza virus itself or the much more frequent pneumococcal superinfection, a child with influenza who presents symptoms suggestive of pneumonia should undergo the same diagnostic procedure, regardless of the test result.

Figura1

Figure 2. Respiratory sample collection technique by nasopharyngeal swab.
Author´s own elaboration and personal observation.

The best period to perform the rapid test is between 12 and 48 hours from the onset of symptoms, and always within the first 5 days. There may be false negatives prior to 12 hours.

Modern immunochromatographic tests detect the influenza virus in less than 15 minutes, from a sample obtained by nasopharyngeal swab. Some kits can detect both viruses, A and B, and there are combinations for the detection of other respiratory viruses (RSV, adenovirus, SARS-CoV-2) and even for bocavirus, metapneumovirus and Mycoplasma pneumoniae. There are rapid immunofluorescence tests, which offer greater sensitivity than immunochromatography, although they require an automated reader. It is also available in a molecular diagnosis format by isothermal amplification, which increases sensitivity to values comparable to PCR, at a much lower cost and much more quickly (15 minutes), and the sample can be collected by nasal swab, which is more comfortable than the nasopharyngeal swab. Rapid POC molecular diagnosis has been recently extended to RSV.

In the first 2020-2021 pandemic season, RDTs have been incorporated into PC consultations in Catalonia and in some areas of Castilla-León and the Canary Islands. At the time of writing this article, its inclusion in the new common portfolio of services in PC of the Interterritorial Council of the Spanish National Health System (CISNS) is being evaluated. We consider that these tests are essential and have been shown to reduce return visits and the use of antibiotics(15).

SARS-CoV-2

Since the beginning of the pandemic caused by the new coronavirus, the etiological agent of COVID-19, sufficient consensus has been generated to affirm that, in addition to mobility restrictions, confinement and non-pharmacological interventions aimed at reducing infections (physical distance, face mask, hand hygiene, confinements and ventilation), the rapid identification of patients with symptoms compatible with COVID-19, close contacts of positive cases and asymptomatic individuals, quickly proceeding to their isolation or quarantine to cut off transmission chains, was a useful strategy to minimize the spread of the pandemic in its first waves. Currently, with growing population immunity due to vaccination and the circulation of less pathogenic variants, these interventions have been temporarily relaxed, pending the evolution of the virus, with the possible emergence of new, more pathogenic or more resistant to vaccination variants.

Molecular diagnosis and specifically the polymerase chain reaction (RT-PCR, per its acronym in English: Reverse Transcription Polymerase Chain Reaction, or simply PCR) is the reference standard for the diagnosis of SARS-CoV-2 infection.

SARS-CoV-2 antigen detection tests in POC format offer the great advantage of providing the result in a few minutes. Furthermore, the simplicity of sample processing and the low cost compared to molecular diagnosis favor its use in PC. In general, the sensitivity of antigenic tests is lower than molecular techniques in any RDT, although with comparable specificity.

RDTs for SARS-CoV-2 are immunochromatographic tests. They exist in exclusive format or in combos with influenza, influenza and RSV, adenovirus and even with Mycoplasma pneumoniae. These combined formats are very useful for the differential diagnosis of clinically indistinguishable respiratory infections, and reduce patient discomfort by requiring a single sample. In the case of SARS-CoV-2, the viral load is very high in the nasopharynx in the early stages of the disease, allowing for high sensitivity. The RDT for SARS-CoV-2 detects the presence of the virus’s nucleocapsid protein, which is the main antigenic determinant of the virus.

RDTs are a most useful instrument for the diagnosis of “possible COVID” cases during the first 5-7 days from the onset of symptoms, and sensitivities as high as 93%, with specificity of 99.58% have been published, and those infected with false negative results have low viral loads and low transmission capacity. In a recent review, the interested reader can delve deeper into the diagnosis of COVID-19(16).

Pneumococcus

An immunochromatographic technique for detecting pneumococcal PnC antigen in urinary samples has proven useful in adults and children for the diagnosis of pneumococcal pneumonia, bacteremic or not, offering convenience in sample collection and processing and results in less than 15 minutes. Although pneumococcus frequently colonizes the oropharynx of normal children (up to 25% of children under 7 years of age), the germ concentration in these cases is usually below the level of antigenic detection required by the test. However, the test offers no doubts regarding its sensitivity, but its specificity (85%) has been questioned at an early age, with a high prevalence of nasopharyngeal colonization by pneumococcus. It is speculated that the PnC antigen can reach the urinary tract, especially in case of concomitant respiratory infection that damages the nasopharyngeal mucosal barrier. In any case, it is a test with a sensitivity-specificity profile higher than the leukocyte count, as a predictor of pneumonia or bacteremia due to pneumococcus, which gives it potential interest for its use in a PC consultation(17), especially in the differential diagnosis between pneumococcal and atypical pneumonia in children over 3 years of age, with suspicion of community-acquired pneumonia.

Rotavirus

Acute gastroenteritis (AGE) due to rotavirus (RV) is the most common in young children, so that practically all of them have had contact with the virus by the age of 5, also experiencing various reinfections of decreasing severity. In our environment it does not cause mortality or it is very low, but the disease has a great socioeconomic impact. Children with RV AGE present higher and longer-lasting fever, more vomiting, a greater number of more liquid stools, and a worse general condition and higher incidence of dehydration than in other viral AGE.

The practical relevance that rapid diagnosis may have in the management of the child may seem a priori scarce, since treatment based on the prevention and treatment of dehydration with oral rehydration solutions is common to all AGE and independent of the etiology. However, the test allows correct information to parents, in the sense of predicting a longer and potentially severe condition that probably requires scheduled clinical check-ups (at least after 24 hours) to reassess the state of hydration of the child.

The test is also of interest for a stricter indication of isolation. RV is eliminated in very abundant quantities through feces and survives for several hours in the hands of the child’s caregivers, and for days to weeks on inanimate surfaces (telephones, school supplies, notebooks…), so viral transmission is very effective and the disease is very contagious, causing school and nosocomial outbreaks. Hygienic-sanitary measures are not useful in the control of this disease, which is transmitted mainly by the fecal-oral route and by aerosols of respiratory particles. Rotavirus is not only a digestive disease of infants, but a disease that affects all ages (especially severe in extreme ages), with possible respiratory and neurological effects (seizures) and viremia. Meticulous hand washing by staff caring for children reduces transmission, only if done with powerful antiseptics and not with soap and water, but it does not prevent it, although it is the only partially effective method to control the spread of the disease. Therefore, knowledge of the etiology is important to take extreme isolation measures. Taking into account that the virus can be excreted for prolonged periods of several weeks, even without diarrhea, documentation of the negativity of a previously positive test could be a criterion for re-entry into daycare, which has not yet been studied.

Finally, the etiological diagnosis allows us to objectively assess the impact of the disease and the need to recommend its prevention with vaccines. In our environment, anti-rotavirus vaccination coverage is low, which is fundamentally due to a low perception of the importance of the disease on the part of the health professional who must recommend the vaccine. The RTD for rotavirus is an immunochromatographic test with sensitivity and specificity of 99%.

Adenovirus

Acute adenovirus gastroenteritis mainly affects children under 2 years of age and occurs throughout the year. It can cause nosocomial outbreaks, although they are less frequent than those caused by rotavirus. The duration of diarrhea is longer (10 to 14 days), but the condition is much milder and has much less tendency to dehydration. It has occasionally been associated with intussusception. A positive rapid test for adenovirus allows a prediction of a prolonged but benign condition, and probably reduces successive unscheduled visits.

The rapid test for adenovirus in feces is an immunochromatography test that can be associated with the same diagnostic kit for rotavirus, astrovirus and norovirus. The technique is very comfortable, requires a small amount of stool and offers results in a maximum of 15 minutes. There is no previous experience of its use in PC. In hospital studies, the test has shown sensitivity of 90% and specificity of 99%, in relation to viral culture.

Astrovirus

AGE due to astrovirus lasts 5-6 days and generally has a favorable progress and, rarely, evolves towards dehydration, but it induces secondary lactose intolerance more frequently than other viruses. The immunochromatographic test can be associated in the same kit with rotavirus, adenovirus and norovirus. In hospital studies it has shown sensitivity of 94% and specificity of 99%.

Norovirus

AGE due to calicivirus (norovirus and sapovirus) is characterized by the predominance of vomiting, nausea, and abdominal pain over diarrhea. Accompanying systemic symptoms are common. Norovirus is the most common cause of viral AGE in adolescents and adults, although it can affect any age, and school, nosocomial and isolated outbreaks (“Cruise ship AGE”) are common. Although it is more common in winter, it can occur throughout the year, and in countries where there are high rates of vaccination against rotavirus, it is already the leading cause of viral AGE. It is also observed with increasing frequency in our environment. There is an immunochromatographic test integrated in combos with rotavirus, adenovirus and astrovirus.

Enterovirus

Enterovirus is an RNA virus with more than 100 serotypes, very prevalent in pediatric infectious pathology, causing: fever without focality, upper respiratory tract infections, rash and aseptic meningitis. It is more common in spring and summer. It is easily recognized by the PC pediatrician in its presentations of herpangina and mouth-hand-foot disease. It is also a frequent cause of acute AGE, which can be diagnosed in an immunochromatographic RDT. The epidemic experienced in 2016 in our environment, of severe neurological disease with rhombencephalitis due to enterovirus A71, makes it advisable, when faced with a diagnosis of enterovirus disease, to inform the family of the early signs of neurological complication, especially drowsiness, tremors or ataxia, encourage hand washing and emphasize the need for isolation.

Campylobacter

It is the most common bacterial AGE in children, and the second cause of traveler’s diarrhea, only behind enterotoxigenic Escherichia coli. The typical picture of AGE is frequently accompanied by blood in the stool, but its absence does not eliminate the etiological possibility. In infants, bloody diarrhea without fever is a common presentation that guides the diagnostic suspicion. It has been related to the appearance of Guillain-Barré syndrome, probably due to an autoimmune cause. The infection is usually benign (more severe in poor countries) and self-limited (rarely with bacteremia), although treatment with macrolides drastically reduces the symptomatic period and prevents chronic infections and relapses, so the interest of RDT is that an early diagnosis allows useful treatment to be instituted. The qualitative immunochromatographic test has a sensitivity and specificity of 99%.

Salmonella

AGE due to Salmonella produces a typical AGE picture, but focal infections occur in 10% and, in children under 6 months of age, there is a risk of bacteremia. In uncomplicated AGE, antibiotic treatment is not indicated. The qualitative immunochromatographic test has a sensitivity of 99% and a specificity of 97%.

Shigella

Early treatment of moderate or severe forms of AGE due to Shigella with azithromycin or cotrimoxazole reduces the symptomatic and excretion period. The test is qualitative immunochromatographic and has a sensitivity and specificity of 99%.

Helicobacter pylori

Helicobacter pylori (HP) infection is very common in humans, especially in low socioeconomic environments, and prevalences of up to 50% have been reported in pediatric age, although many of these infections are transient and asymptomatic. All children persistently infected by this germ develop histological changes suggestive of chronic gastritis.

HP infection in Pediatrics can be asymptomatic, or manifested by abdominal pain, vomiting and, less frequently, iron deficiency anemia refractory to treatment due to occult blood loss in feces, and growth retardation. Chronic HP colonization increases the risk of developing peptic ulcer and stomach cancer. Classically, the diagnosis was made with the detection of IgG antibodies, and histological changes were confirmed with endoscopy and biopsy. Currently, serological tests are not recommended in children. Urea tests in exhaled air are considered the diagnostic gold standard. Currently, there are methods for antigen detection of HP in feces using immunochromatography techniques(18,19), which offer great convenience and sensitivity (94%) and specificity (99%), similar to exhaled air urea tests. There is strong discussion about in which cases the presence of HP should be determined, but there seems to be a consensus that asymptomatic cases should not be treated. In our group, the protocol is referral to gastroenterology for endoscopy of children with a positive RDT.

Giardia

Giardia lamblia infection has a wide spectrum of presentation, ranging from asymptomatic colonization to acute diarrhea, chronic diarrhea, malabsorption syndrome with growth retardation, and recurrent abdominal pain.

The rapid test for giardia in feces(20) is an immunochromatography test that offers results in 10 minutes. There is no previous experience published in PC. Hospital studies show excellent agreement with: microscopic examination of stool, sensitivity, specificity and positive and negative predictive values greater than 99%.

Cryptosporidium

Initially, infection by the protozoan Cryptosporidium parvum was considered pathogenic only in immunosuppressed patients. It is now recognized as a common cause of acute diarrhea in healthy children around the world and of outbreaks in daycare centers. It produces abundant watery diarrhea, without blood, accompanied by intermittent abdominal pain, nausea, vomiting and anorexia. 80% of cases present with vomiting and may also be accompanied by headache, myalgia and weakness. Clinically, it is indistinguishable from other causes of AGE. 30-50% manifest fever. Diarrhea can last for weeks, and the infection is self-limiting in immunocompetent individuals, requiring treatment only in immunosuppressed or persistent cases.

The rapid test for Cryptosporidium in feces, which can be part of the same kit for the rapid diagnosis of giardia, is an immunochromatographic test that uses specific monoclonal antibodies, which detect all forms of the parasite’s life cycle. There is no previous experience published in PC. Hospital studies show excellent agreement with: microscopic examination of stool, sensitivity, specificity as well as positive and negative predictive values greater than 99%.

Entamoeba histolytica

Amoebic dysentery is a common cause of acute watery or bloody diarrhea and chronic diarrhea, with possible liver involvement. The stool immunochromatographic test can be associated, in a combo format, with the determination of giardia and Cryptosporidium.

Infectious mononucleosis

Infectious mononucleosis (IM) is a self-limiting disease caused by the Epstein-Barr (EB) herpesvirus. The most common symptoms are: fatigue, pharyngitis, fever, lymphadenopathy, splenomegaly and liver disease. In rare cases, complications may occur such as: lymphoproliferative syndrome, severe thrombocytopenia, hemolytic anemia, pericarditis, myocarditis, pneumonia, pancreatitis, Reye’s syndrome, encephalitis and other neurological syndromes. In industrialized countries, the peak incidence of IM occurs between 14 and 18 years of age. In developing countries or in areas with high population density, most children are infected before the age of 3, and symptoms may be mild or clinically inapparent. EB pharyngitis (exudative and, sometimes, with petechiae) can pose diagnostic problems in PC and is easily confused with that caused by Group A beta-hemolytic streptococcus, and it is not uncommon for both to coexist. Its appearance can also be confused with that caused by adenovirus. It should always be considered in case of a suspected or confirmed streptococcal pharyngitis that does not improve within 3 days of correct treatment with ATB.

During the acute phase of the disease, heterophilic antibodies appear in 90% of IM, the presence of which can be demonstrated from the week of illness, reaching its maximum concentration at 2-4 weeks and decreasing at 12 weeks, being detectable even up to a year later; however, they are often undetectable in children younger than 5 years with IM.

The RDT for Epstein-Barr is based on the detection by immunochromatography of heterophile IgM antibodies in plasma, serum or whole blood. The sample can be easily obtained by capillary puncture. There is no previous experience of its use in PC. In comparative hospital studies with EIA and hemagglutination techniques, sensitivity and specificity have been greater than 99%.

C-reactive protein

Although it is not a microbiological diagnostic test, we include it here because of its potential usefulness in the evaluation of febrile children or those with pneumonia.

CRP is synthesized in the liver in response to high levels of cytokines, starting 4-6 hours after the onset of inflammation or tissue aggression, and its values double every 8 hours until reaching a peak at 36 hours. It acts as an immune modulator, promoting complement synthesis through the classical pathway and favoring phagocytosis. Currently, CRP is once again being claimed as a useful instrument in the evaluation of febrile children. In a reference meta-analysis and with a proposed cut-off level of 30 mg/L (reduced to 20 in the latest Cochrane review), it has been shown to have similar diagnostic accuracy as procalcitonin (PCT), generally considered more sensitive and specific; however this conception arises from studies in which there is a severity bias, with a high rate of more severe BD such as sepsis or meningitis. It is considered, based on these data, that PCT would be more a marker of the severity of the bacterial infection than a basic differentiator of viral versus bacterial disease. PCT has the advantage that it rises earlier than CRP, which can have a silent window of about 8 hours. However, the cost of CRP determination is significantly lower. Recently, CRP has even been proposed again as a useful complementary instrument in the etiological assessment of community-acquired pneumonia(21,22).

The determination of CRP in the PC consultation is very useful for a more precise assessment of FSWF in the age group at risk for OB, with the consequent reduction in unnecessary hospital referral. The new techniques for rapid determination of CRP in capillary blood are very comfortable for the child, have a low cost and allow the result to be available in a few minutes, so practical decisions can be made in the same medical procedure. Recently(23), its adequate correlation with conventional laboratory techniques and its usefulness in an emergency department for the management of febrile infants without focus have been demonstrated.

Procalcitonin

The emergence of a RDT for PCT, with potential use in PC, means the availability of a potentially very useful and decisive technique for the practical pediatrician, by overcoming the limitations of CRP, which has a silent window of about 8 hours, which is the time it take for the liver to start synthesizing it. PCT, sharing similar properties to CRP, appears earlier and is more specific than CRP and its levels are related to the severity of the infection(24,25).

PCT is a polypeptide precursor of calcitonin, and due to the effect of the convertase of the C cells of the thyroid gland, it is fractionated into several components, one of which is calcitonin, with a role in calcium homeostasis. Normally, PCT is undetectable in blood, since it is fractionated before being secreted.

The circulating PCT concentration in healthy individuals remains below 0.1 ng/ml and is not affected by viral infections or bacterial colonization, but the level increases rapidly with bacterial infections. In these, due to the effect of toxins, both Gram positive and negative, the production of PCT is stimulated in various tissues, also inactivating the convertase enzyme, which inhibits the proteolysis of PCT and it is immediately released into the bloodstream (on the contrary, this process is blocked in viriasis). All of this allows PCT to be detected in the blood in about 3 hours, with a maximum peak at 12 hours, a level that persists for several days. It has a plasma half-life of about 24-30 hours. PCT is considered the most specific and earliest marker for the detection of sepsis. Serum levels correspond to the severity of the condition and the response to treatment, which gives it great diagnostic and prognostic value in bacterial infections and sepsis. High levels indicate the existence of a systemic, severe and/or bacterial infection, rather than a viral or inflammatory one. It also serves as an assistant in the monitoring of the evolution and treatment of children with bacterial infections and as a diagnostic aid in cases with fever without apparent focality, even in immunosuppressed, neutropenic, oncological and transplant patients and, likewise, in the monitoring of non-infectious inflammatory states. Early confirmation of the viral vs. bacterial etiology implies better management in the use of antibiotics, avoiding them in febrile symptoms without focus, and in a more rational use of referral to hospital emergency rooms and the request for complementary tests.

In localized infections, it can reach 0.5 ng/ml. In a state of bacterial sepsis with systemic repercussions, PCT begins to increase 3-6 hours after the stimulus occurs, reaches its maximum concentration between 12 and 36 hours later, with values even higher than 10 ng/ml, and then, when this stimulus disappears, it begins to decline. Its half-life is 25-30 hours. This increase of several times its normal value makes it an ideal marker for bacterial sepsis. When sepsis is not of bacterial origin, levels remain in the lower range (<0.1 ng/ml), which is very useful in a differential diagnosis of viral infections and allergic states.

When levels are between 0.5 and 2 ng/ml, bacterial infection cannot be excluded and another determination is recommended within 6-24 hours, observing clinical signs and symptoms. It is advisable to repeat the test every 24 hours in patients at risk of developing sepsis for monitoring.

Persistently elevated PCT concentrations or continued plasma increases generally indicate that the infection is not resolved, is not under control and/or therapeutic measures are not effective. On the contrary, the return of PCT to basal levels indicates that the infectious process is resolving and that the treatment is effective. An advantage of PCT-guided treatment is to avoid unnecessary prescription of antibiotics or excessive duration of antibiotic therapy (successive controls), with beneficial effects on antimicrobial resistance.

The working range is 0.1 to 100 ng/ml:

• <0.1 ng/ml: normal values.

• 0.1 to 0.25 ng/ml (cutoff point): viriasis and unlikely bacterial infection.

• 0.25 to 0.5 ng/ml: possible bacterial infection.

• 0.5 to <2 ng/ml: probable bacterial infection.

• >2 ng/ml to >10 ng/ml: bacterial infection, sepsis, very likely.

• >10 ng/ml: compatible with sepsis.

Joint determination of Myxovirus resistance protein A with CRP

Both CRP and PCT share the limitation of the assessment of intermediate quantitative ranges: CRP values between 20/30-70 mg/L, and PCT values between 0.25-0.50 ng/ml may correspond, both to a viral or bacterial infection. It is common to observe these values in infections caused by adenovirus and, to a lesser extent, by the influenza virus and SARS-CoV-2, as well as in cytomegalovirus infections and measles(20). The objective of obtaining maximum sensitivity in PC to minimize false negatives means that these ranges are usually handled as if they were bacterial infections, even reducing specificity, thereby increasing false positives.

Recently, a new biological marker has been introduced, Myxovirus resistance protein A (MxA), which increases specifically in viral infections(21-25), in which a cellular response is produced that includes the secretion of type I interferons. These interferons are part of innate immunity and have immunomodulatory, antiproliferative and antiviral effects. Although type I interferon has been proposed as a marker of viral infection, it does not perform well as a diagnostic test, given its reduced half-life in blood. The antiviral activity of type I interferons is mediated by the induction of various proteins, among which is MxA(26).

RDTs have been marketed that jointly analyze semiquantitative (immunochromatographic test) and quantitative (immunofluorescence) values of CRP and MxA in a capillary blood sample. In comparative studies it has been shown that the joint analysis of the two markers increases the sensitivity and specificity of either of the two separately. Although most of the experiences have been developed in adult respiratory pathology, very promising data have also been published in children.

The positivity of the test for CRP is set at the level of 20 mg/l (lower than that described in the CRP section, which increases sensitivity at the expense of reducing specificity), and that of MxA at the level of 40 ng/ml for immunochromatography, and 10 mg/l and 15 ng/ml for immunofluorescence. A test that is + CRP and negative MxA is suggestive of bacterial infection. A test + to MxA is suggestive of viral infection, regardless of the high or low value of the CRP, in such a way that it provides extra specificity to cases of CRP or PCT in the intermediate range, which actually correspond to viral infections. In our experience, when we have used it as a rescue test in cases of PCT in the intermediate range, the results have almost always shown a viral pattern (MxA +), decisively modifying the diagnostic-therapeutic approach.

The sample is conveniently obtained in capillary blood, with an integrated lancet-cassette device with the nitrocellulose strip, where immunochromatography is performed, and the results are available in 10 minutes.

To date, no comparative studies have been carried out with PCT.

Conflict of interests

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

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The asterisks show the interest of the article in the authors’ opinion.

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Updated review of the TECDIAP on rapid tests and diagnostic tools in the pediatric Primary Care consultation.

 

Patología tropical en la población pediátrica

 

V. Fumadó Pérez
Temas de FC


V. Fumadó Pérez

Pediatra. Coordinadora de Cooperación Internacional. Servicio de enfermedades infecciosas y Patología Tropical. CSUR Unidad de referencia Nacional de Enfermedades Tropicales. Hospital Universitario San Juan de Dios. Barcelona

Resumen

La mayoría de enfermedades tropicales se dan en países de baja renta y afectan a la población pediátrica. Muchas de estas enfermedades han sido consideradas “enfermedades olvidadas”, por la poca inversión que ha habido en la investigación de soluciones efectivas para el diagnóstico, tratamiento y erradicación de ellas. Coincide que las enfermedades tropicales causan mayor morbi-mortalidad entre los menores de cinco años, por lo que son una parte esencial de la Pediatría.

 

Abstract

Most tropical diseases occur in low-income countries and have an impact on the pediatric population. Many of these diseases have been considered “neglected diseases”, due to the little investment that has been made in the research looking for effective solutions for the diagnosis, treatment and eradication of them. It coincides that tropical diseases cause greater morbidity and mortality among children under five years of age, because of that they are a fundamental part of pediatrics.

 

Palabras clave: Enfermedades tropicales; Enfermedades olvidadas; Niños.

Key words: Tropical diseases; Neglected diseases; Children.

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 331 – 340


OBJETIVOS

• Tratar las “enfermedades olvidadas”, por la poca inversión en la investigación de soluciones efectivas para el diagnóstico, tratamiento y erradicación de ellas.

• Identificar que gran parte de lo que conocemos como el campo de la medicina tropical es, en esencia, el campo de la Pediatría tropical.

• Revisaremos en este capítulo, algunas de las enfermedades tropicales más frecuentes y las que más morbilidad y mortalidad causan entre la población infantil.

• Comentar los virus que pueden causar una variedad de enfermedades en los seres humanos, desde enfermedades febriles leves hasta afecciones graves y potencialmente mortales.

 

Patología tropical en la población pediátrica

Introducción

La inmensa mayoría de las enfermedades denominadas tropicales, se presentan en regiones tropicales y subtropicales del mundo, nos referimos a las enfermedades infecciosas que prosperan en condiciones de calor y humedad. Las razones principales por las que se propagan las enfermedades infecciosas en estas regiones son factores ambientales y biológicos, que sustentan los altos niveles de biodiversidad de patógenos y vectores. Son enfermedades que necesitan tres actores para llegar a desarrollarse; es decir, que los humanos no pueden infectarse por el microorganismo causante sin un vector que actúe de transmisor. Por ello, estas enfermedades son de difícil transmisión en otras condiciones medioambientales, exceptuando los casos importados. Por otro lado, la mayoría de los países situados en el trópico y en el subtrópico, coincide que son países con escasos recursos, donde los factores sociales tienen un rol importante en la propagación y control de las infecciones, por lo que podemos asegurar que las enfermedades tropicales no son las que más mortalidad causan en la población infantil, sino las enfermedades infecciosas de la infancia, exceptuando la malaria(1) (Fig. 1).

figura

Figura 1. Causas mundiales de muertes de menores de 5 años en 2019. Las muertes de recién nacidos (de 0 a 27 días de edad) están en el lado derecho, y las muertes de niños de 1 a 59 meses de edad están en el lado izquierdo. Tomado de: Perin J, Mulick A, Yeung D, Villavicencio F, López G, Strong KL. Global, regional, and national causes of under-5 mortality in 2000-19: an updated systematic analysis with implications for the Sustainable Development Goals. Lancet Child Adolesc Health. 2022; 6: 106-15. Disponible en: https://doi.org/10.1016/S2352-4642(21)00311-4.

La malaria es la primera enfermedad tropical en causar mortalidad entre los menores de 5 años, aunque existen otras patologías tropicales que pueden causar gran morbilidad y mortalidad. Los niños son especialmente vulnerables a estas enfermedades, debido a su sistema inmunológico aún inmaduro. A menudo, se subestima cómo las infecciones tropicales, especialmente la malaria y las enfermedades tropicales olvidadas (NTD), afectan de manera desproporcionada a la población infantil. El último estudio de carga global de morbilidad (GBD, por sus siglas en inglés) proporciona algunas estimaciones escalofriantes(2-3). En conjunto, la malaria y los defectos del tubo neural causan aproximadamente 720.100 muertes y 62 millones de años de vida ajustados por discapacidad (DALYs), lo que clasifica a estas afecciones entre nuestras principales amenazas para la salud a nivel mundial(2-3); pero las cifras de GBD 2017 también destacan el hecho de que, aproximadamente, la mitad de esas muertes y DALYs afectan a niños menores de 5 años, mientras que aproximadamente dos tercios de las muertes y DALYs afectan a niños y adolescentes menores de 20 años(4).

La conclusión es que gran parte de lo que conocemos como el campo de la medicina tropical es, en esencia, el campo de la Pediatría tropical.

Revisaremos en este capítulo, algunas de las enfermedades tropicales más frecuentes y las que más morbilidad y mortalidad causan entre la población infantil.

Malaria

La malaria es una enfermedad potencialmente grave que afecta, sobre todo, a la población infantil (menores de 5 años) que no tiene semi-inmunidad adquirida y embarazadas en las zonas endémicas, y a los viajeros de cualquier grupo de edad.

Epidemiología

241 millones de casos anuales, que suponen, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 630.000 muertes al año; el 5 % ocurren en África subsahariana, de las cuales el 85 % son niños menores de cinco años. La malaria es endémica en 85 países, situados en: África, América Central y del Sur, República Dominicana, Haití, Asia (India, Sudeste asiático y Oriente Medio) y Pacífico Sur.

Etiopatogenia

Es una enfermedad infecciosa producida por las formas asexuadas del protozoo intracelular Plasmodium. Existen cinco especies de Plasmodium que pueden infectar al humano: falciparum, vivax, ovale, malariae y knowlesi. La transmisión se realiza a través de la picada de la hembra del mosquito Anopheles, previamente infectado. El Plasmodium knowlesi es originario de los primates, pero puede infectar a humanos, especialmente en la zona de Malasia y Borneo(5).

La forma más grave y la más frecuente se debe al P. falciparum, puede producir anemia, malaria cerebral y otras complicaciones graves. Las otras especies cursan de forma más leve, aunque, en el caso del P. vivax y P. Kwnolesi, también se han descritos casos graves. Los Plasmodiums vivax y ovale pueden originar formas latentes en el hígado, hipnozoitos, responsables de recurrencias a largo plazo después de abandonar la zona endémica. En el caso del P. malariae, pueden presentar episodios febriles muchos años más tarde y en los niños puede asociarse a un síndrome nefrótico como complicación.

Las personas que proceden de áreas hiperendémicas han desarrollado semi-inmunidad, debido a la repetida exposición al Plasmodium, pudiendo permanecer asintomáticos con parasitemia positiva, situación más frecuente en adultos, aunque también lo podemos encontrar en niños en edad escolar. Por este motivo, es importante que en la primera exploración de un niño procedente de un área endémica, al llegar a nuestro país, realicemos un estudio de malaria de forma rutinaria. Y ante todo episodio febril en un niño que procede de una zona endémica, debe estudiarse la presencia de parasitemia en sangre, para descartar la malaria, especialmente en los tres meses al regreso del área endémica.

Clínica

El periodo de incubación depende de la especie de Plasmodium: P. falciparum, 10-12 días; P. vivax y ovale, 14 días (8-30 días); P. malariae. 18-40 días; y P. knowlesi, 11 días, aproximadamente.

Las características clínicas de la malaria varían ampliamente y pueden simular otro tipo de enfermedades, dependiendo de: la especie del parásito presente, el estado de inmunidad del paciente, la intensidad de la infección y la presencia de otras enfermedades. Los síntomas iniciales son inespecíficos: cefalea, náuseas, vómitos y mialgias, y pueden desencadenarse por un foco infeccioso. Posteriormente, aparece la clínica clásica con fiebre elevada (con frecuencia superior a 39ºC), que suele acompañarse de: escalofríos, cefalea y, en los niños, con frecuencia, síntomas digestivos o respiratorios; por lo que es imprescindible sospechar una malaria en un niño que procede de un país endémico con fiebre alta, sea cual sea su edad y su sintomatología acompañante.

En la exploración física suele encontrarse palidez de piel y mucosas (anemia), esplenomegalia y también hepatomegalia. De manera más específica, cada tipo de Plasmodium puede presentar una sintomatología más característica(6):

P. falciparum: es la especie que produce enfermedad más grave y con mayor mortalidad. Se asocia a múltiples complicaciones y puede evolucionar a un episodio clínico grave y fatal. Criterios de gravedad según OMS (Tabla I). Las complicaciones más graves y frecuentes en niños son anemia y malaria cerebral.

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P. vivax y ovale: cuadro de fiebre con sintomatología más leve, que con frecuencia se acompaña de hiperesplenismo. Se relaciona con recaídas, meses e incluso hasta años tras la infección primaria (por presencia de hipnozoitos hepáticos). En los últimos años se han descrito episodios con morbilidad grave relacionados con el P. vivax.

P. malariae: en relación con parasitemia asintomática crónica.

P. knowlesi: clínica similar a P. falciparum, con elevada mortalidad y elevada parasitemia. Puede producir insuficiencia hepatorrenal severa.

Diagnóstico

El diagnóstico de la malaria se basa en la demostración de la forma asexuada del parásito en sangre periférica. Se utilizan diferentes técnicas:

Frotis de sangre periférica con tinción Giemsa:

Gota gruesa: son hematíes lisados y el Giemsa tiñe el pigmento malárico. No determina la especie. Ante la sospecha de malaria grave y la presencia de gota gruesa positiva, debe tratarse la enfermedad como si el causante de esta fuera P. falciparum.

Extensión fina: extensión de sangre hemolizada al realizar el frotis contra el porta; debe realizarse en función de los leucocitos que se objetiven en la muestra, al menos, 100 leucocitos. Se obtiene el diagnóstico de la especie. Se expresa en parásitos/microlitros.

Técnicas inmunocromatográficas: son test rápidos que detectan antígenos del parásito en sangre, sencillos de realizar, no necesitan microscopio, con alta sensibilidad y especificidad, aunque pueden dar falsos negativos, si la parasitemia es mínima. Se pueden realizar en urgencias. No detectan el grado de parasitación(6). Actualmente, ha sustituido a la gota gruesa para el diagnóstico rápido de malaria. No son útiles para valorar la respuesta al tratamiento, pues persisten positivos aunque la parasitemia descienda.

PCR (detección genómica del parásito en sangre): técnica que detecta parasitemias submicroscópicas. Alta sensibilidad y especificidad. Solo en centros especializados. Útil en caso de parasitemias por P. ovale y P. malariae atribuidas a P. falciparum.

Serología: detección de anticuerpos IgM o IgG, sin utilidad en la malaria aguda.

Tratamiento

Si no nos encontramos en un área endémica, para decidir el tratamiento es fundamental conocer qué tipo de Plasmodium es el implicado y la zona de procedencia del niño para valorar la resistencia a los antimaláricos; así mismo, es importante evaluar el estado clínico del paciente y los criterios de gravedad (Tabla I).

Todos los niños con malaria importada, deben ser ingresados en el hospital, ante la posibilidad de presentar complicaciones, o mala tolerancia oral.

En la actualidad, la OMS recomienda varias pautas igualmente aceptadas de derivados de la artemisina más otro antimalárico, todas ellas con alta calidad de evidencia de aclaramiento de parásitos rápido de la sangre y de eliminación rápida del organismo (90 %). La combinación disminuye la posibilidad de resistencias, el segundo antimalárico es de eliminación lenta (10 %). Además, actúa también sobre los gametocitos, con lo que disminuye la transmisibilidad:

1. Tratamiento de primera línea para la malaria no complicada OMS: Dihidroartemisina-piperaquina (Eurartesim®) o Artemeter-lumefantrina (Coartem®) ambos el tratamiento completo comprende tres días (Tabla II).

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2. Otras líneas también pueden ser usadas en caso de no tener acceso a primera línea: atovaquona/proguanil (Malarone®): siempre que no se haya utilizado como quimioprofilaxis en casos importados.

3. Tratamiento de malaria con criterios de gravedad (según OMS):

• Artesunato (Artesunat®): la dosis en niños de menos de 20 kg es 3 mg/kg dosis a las 0, 12 y 24 horas; y con 20 kg o más, la dosis es de 2,4 mg/kg a las 0, 12 y 24 horas.

Después de la tercera dosis, se administra una vez al día. Una vez iniciado el tratamiento con artesunato endovenoso se debe mantener, al menos, durante 24 horas (3 dosis) y máximo de 5 días antes de pasar a un antimalárico oral (preferiblemente, artemeter-lumefantrine o DHA-PPQ) y se deberá realizar tratamiento completo (3 días). Se iniciará tratamiento oral después de las primeras 24 horas del inicio de artesunato y una vez se haya comprobado tolerancia oral y disminución de la parasitemia <1 %.

Plasmodium vivax y ovale (cualquier región, salvo las zonas de P. vivax resistente a cloroquina):

Cloroquina (Resochin®): dosis inicial de 10 mg base/kg (no sobrepasar 600 mg), seguida de 5 mg/kg a las 6, 24 y 48 horas de la dosis inicial.

Después del tratamiento con cloroquina, para erradicar los hipnozoitos y evitar recaídas:

Primaquina (Primaquina®): dosis de 0,3 mg/kg en dosis única diaria, durante 14 días. En cepas procedentes del sudeste asiático: 0,6 mg/kg (dosis máxima 15 mg, durante 14-30 días). Previamente, realizar niveles de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa (G6PH) y, si existe déficit total, no utilizar primaquina por el riesgo de hemólisis. Si el déficit es parcial, puede emplearse modificando la dosis y prolongando el tratamiento (0,9 mg/kg en dosis semanal, máximo 45 mg/semana, durante 8 semanas). Contraindicado en mujeres embarazadas.

Vacuna

RTS,S/AS01 (RTS,S) es la primera y la única vacuna que ha demostrado que puede reducir la malaria grave en niños pequeños que viven en áreas de transmisión moderada a alta de malaria. Actúa contra el parásito Plasmodium falciparum. En octubre de 2021, la OMS recomendó el uso de la vacuna RTS,S para los niños que viven en estas zonas. No es una vacuna para viajeros.

Ante un caso de fiebre al regreso del trópico (área endémica de malaria), la primera enfermedad a descartar es la malaria.

Arbovirus

Estos virus pueden causar una variedad de enfermedades en los seres humanos, desde enfermedades febriles leves hasta afecciones graves y potencialmente mortales.

Arbovirus es un término utilizado para describir un grupo de virus que son transmitidos principalmente por artrópodos, como: mosquitos, garrapatas y flebótomos. La palabra “arbovirus” se deriva de “virus transmitido por artrópodos”. Los síntomas pueden variar según el virus específico involucrado, pero comúnmente incluyen: fiebre, afección cutánea, dolor en las articulaciones, dolor de cabeza, dolores musculares y fatiga.

La prevención y el control de las infecciones por arbovirus implican medidas como: el control de mosquitos (eliminación de criaderos, uso de insecticidas y uso de ropa protectora); vacunación si existe y está disponible; y medidas de protección personal, como el uso de repelentes de mosquitos y de mosquiteras.

Existen muchas familias de arbovirus, pero nos vamos a referir en este capítulo a los arbovirus que pueden ocasionar, con más frecuencia, patología en la población infantil.

Dengue

Epidemiología y etiopatogenia

Es una enfermedad viral, endémica en más de 100 países (Fig. 2). Está causado por un arbovirus, transmitido por la picadura de mosquitos hembra infectadas del género Aedes (A. aegypti y A. albopictus), que pica al amanecer y al final de la tarde, sobre todo en las zonas urbanas. Existen 4 serotipos de virus (1, 2, 3, 4) y todos pueden causar el mismo cuadro clínico.

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Figura 2. Mapa de áreas con riesgo de dengue. Tomado de: Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, siglas en inglés), 2022.

Clínica

El periodo de incubación es de 3 a 14 días, aunque lo normal es que oscile entre 4 a 7 días. Más del 80% de los casos de primoinfección son asintomáticos. Cuando hay manifestaciones clínicas son parecidas a las de un cuadro gripal con: fiebre, cefalea retroorbitaria (característica), astenia severa y artromialgias severas. La fiebre suele durar entre 5-7 días y, en el periodo de defervescencia, puede aparecer un rash (típico maculopapular en tronco y extremidades). Las formas más serias de infección son: el dengue hemorrágico (fiebre elevada, manifestaciones hemorrágicas, trombopenia, aumento de la permeabilidad, complicaciones como derrame pleural y otros) y el shock, el riesgo es mayor tras la segunda infección.

Ha habido un aumento en la incidencia del dengue en los últimos años. La enfermedad ha evolucionado y ha habido una mayor diversidad genética en los virus del dengue. Además, se ha identificado una nueva forma de dengue llamada “dengue con signos de alarma”(7).

Diagnóstico

En el hemograma se suele encontrar trombocitopenia y leucopenia.

El diagnóstico suele ser clínico, si epidemiológicamente es posible y la clínica es coincidente, la confirmación se realizará por PCR específica para dengue en los primeros 5 días de clínica o serología con una IgM detectable a partir del 4-8º día y una IgG a partir del 7-10º día.

Tratamiento

El tratamiento es de soporte. Se deben evitar los AINES.

Profilaxis

Medidas para evitar la picadura de los mosquitos.

Vacuna

En 2015 se autorizó la primera vacuna para prevenir el dengue en personas de 9 a 45 años que viven en áreas endémicas (Dengvaxia®). La vacuna ha generado controversia, debido a reacciones adversas graves y eficacia variable según la edad y exposición previa al virus. Eficaz en personas seropositivas, pero aumenta el riesgo de dengue grave en seronegativos. Cuatro países la consideran como parte del programa de control del dengue. Requiere vacunar a los que tienen serología positiva.

Existen otras vacunas: la vacuna TV003/TV005 promete gran protección para serotipos 1 y 2 (en fase III), pero no buenos datos para serotipo 3 y 4, y la vacuna TAK-003 (menos eficaz y, como Dengvaxia®, necesita exposición para su efectividad). No existe por el momento una buena vacuna. TAK-003 no ha demostrado eficacia contra serotipos 3 y 4, pero solo en seronegativos; pero en cambio en seropositivos, sí ha demostrado efectividad.

Chikungunya

El origen de esta palabra viene de la lengua africana makonde y quiere decir “doblarse por el dolor”. El chikungunya es una enfermedad vírica transmitida a los seres humanos por mosquitos infectados con el virus chikungunya. Los mosquitos implicados son el Aedes aegypti y el Aedes albopictus. La enfermedad fue descrita por primera vez durante un brote en el sur de Tanzania en 1952 y, actualmente, se la ha identificado en: Asia, África, Europa y, desde finales de 2013, en las Américas.

Clínica

Los síntomas comienzan generalmente de 4 a 8 días después de la picadura de mosquitos, pero pueden aparecer en cualquier momento entre el día 2 y el día 12. El síntoma más común es fiebre repentina, a menudo acompañada de dolor en las articulaciones, además pueden producir convulsiones febriles en niños y niñas menores de 5 años. Otros síntomas son: dolor muscu­lar, dolor de cabeza, náuseas, fatiga y erupción cutánea. El dolor severo en las articulaciones, por lo general, dura unos pocos días, pero puede persistir durante meses o incluso años.

Las complicaciones graves son poco frecuentes, pero en brotes recientes, se ha evidenciado mayor afectación neurológica que la descrita previamente, pudiendo asociar meningoencefalitis o síndrome de Guillain-Barré. En adultos, la enfermedad puede contribuir a causar la muerte, pero no en la población pediátrica.

Diagnóstico

Es posible detectar el virus chikungunya directamente en muestras de sangre durante la primera semana, empleando técnicas como la de reacción en cadena de la polimerasa con retrotranscriptasa (RT-PCR). Las pruebas serológicas detectan anticuerpos, después de la primera semana. Lo más frecuente es que haya niveles detectables de anticuerpos a partir de la primera semana, después del inicio de la enfermedad y que perduren durante unos 2 meses.

Tratamiento

No existe tratamiento específico. El tratamiento consiste en: aliviar los síntomas, control de la fiebre y de los dolores articulares con antipiréticos y analgésicos, hidratación y reposo. De acuerdo con la evidencia existente, la infección se pasa solo una vez, ya que se generan anticuerpos que protegen de futuras infecciones por el virus. Las gestantes que tienen chikungunya durante el embarazo, no transmiten el virus al feto en general; sin embargo, se ha documentado transmisión materna al recién nacido cuando la gestante presenta una viremia detectable la semana previa al parto o en el momento del parto. El neonato infectado presenta los primeros días de vida: fiebre, exantema, petequias y trombocitopenia, pudiendo presentar complicaciones(8). La incidencia de chikungunya ha aumentado en los últimos años en América Latina y el Caribe. Es importante que los pediatras estén alerta a la enfermedad y sepan cómo diagnosticar y tratar adecuadamente a los pacientes.

Vacuna

Hay varias vacunas que se encuentran en distintas fases de desarrollo, pero ninguna ha sido todavía autorizada.

Zika

Es un flavivirus aislado por primera vez en 1947, en un macaco Rhesus procedente del bosque de Zika, en Uganda. Se había descrito como causa esporádica de cuadros febriles en África y Asia. El primer brote epidémico en Micronesia fue en el 2007, y en 2014 fue la primera vez que se describió en América, en las Isla de Pascua. En el año 2015, se documentó transmisión autóctona en Brasil y hubo un amplio brote en Latinoamérica.

Los mosquitos del género Aedes son los vectores de su transmisión. El virus zika ha sido una preocupación importante en los últimos años, debido a su asociación con defectos congénitos, como la microcefalia. Aunque la incidencia de zika ha disminuido en algunos lugares, sigue siendo importante que los pediatras estén alerta a la enfermedad y sepan cómo diagnosticar y tratar a los pacientes.

Infección congénita

Las vías de transmisión no vectoriales son la vertical (congénita y perinatal) y la sexual(9). Se ha demostrado la excreción del virus en la leche materna, aunque no se ha demostrado transmisión a través de esta vía.

El virus tiene capacidad terató­gena(10). Las infecciones congénitas sintomáticas son más frecuentes cuando la infección materna ocurre en el primer o segundo trimestre, con un riesgo de desarrollar complicaciones del 13 %. El órgano afectado con más frecuencia es el cerebro, siendo la microcefalia grave la manifestación más evidente, junto a otras complicaciones identificadas por neuroimagen: ventriculomegalia, calcificaciones cerebrales, hipoplasia del cuerpo calloso y disrupción cerebral fetal.

Se han descritos casos de infección congénita asintomática al nacimiento, con desarrollo posterior de microcefalia durante los primeros meses de vida.

Se recomienda el cribado de infección, siempre que la gestante proceda de zona endémica, y seguimiento del hijo de madre con infección confirmada o probable durante el embarazo; se realizará al neonato: estudio de audición, oftalmología y seguimiento por neurología.

No existe tratamiento específico. Los niños con infección congénita sintomáticos precisan seguimiento multidisciplinar y estimulación precoz. Las gestantes deben evitar viajar a zonas con transmisión de virus zika y deben usar preservativos en las relaciones sexuales con sus parejas, si proceden de área endémica.

Infección postnatal

Clínica

Tras la picadura del mosquito infectado, los síntomas de enfermedad aparecen después de un periodo de incubación de 3-14 días. No suelen producirse casos mortales. La infección puede cursar en forma asintomática (80 % de los casos), o presentarse con: febrícula entre 37,2-38ºC, mialgias y/o artralgias, exantema maculopapular pruriginoso, astenia, anorexia, conjuntivitis no purulenta y cefalea. Menos frecuentemente, pueden asociarse: vómitos, diarrea, dolor abdominal, dolor retro-orbitario y edemas en miembros inferiores. Estos síntomas duran entre 4 y 7 días y suelen autolimitarse. Se han descrito complicaciones neurológicas, como el síndrome de Guillain-Barré o la mielitis aguda.

Diagnóstico de la infección postnatal

Diagnóstico clínico: es de sospecha y se caracteriza por la aparición de uno o varios de los síntomas descriptos previamente, cuando exista el antecedente de haber estado en los días previos en un área o territorio donde se encuentra el vector, y si en ese lugar se han descrito casos de infección por el virus zika, se debe realizar diagnóstico diferencial con el dengue y chikungunya, que pueden presentarse en las mismas áreas que el virus zika.

Diagnóstico de confirmación
por el laboratorio

El diagnóstico es por PCR en sangre, aunque la duración es escasa, estimándose alrededor de 4-5 días desde el inicio de los síntomas y PCR en orina con excreción algo más prolongada.

Diagnóstico serológico

Se han utilizado técnicas de detección de anticuerpos IgM para virus zika por Elisa o inmunofluorescencia, con problemas en la interpretación de los resultados, ya que pueden dar reacciones cruzadas con otros flavivirus, como dengue o fiebre amarilla (incluyendo personas vacunadas).

Tratamiento

El tratamiento es sintomático, no existe un tratamiento específico para la infección por virus zika.

Fiebre amarilla

Etiología

Esta enfermedad viral (arbovirus del género Flavivirus) se transmite a través de la picadura del mosquito Aedes aegypti infectado. El virus de la fiebre amarilla infecta a humanos y primates, en zonas selváticas de Sudamérica y África Subsahariana.

Clínica

En los niños, puede causar: fiebre, dolor de cabeza, vómitos y, en casos graves(11), insuficiencia hepática y renal, y encefalitis. Al inicio, puede ser difícil de reconocer, la mayoría de las infecciones causan una enfermedad aguda en dos fases, en la primera fase, enfermedad aguda con: fiebre, cefalea, dolor muscular, escalofríos, anorexia, náuseas y vómitos, también bradicardia; tras varios días, una segunda fase con: reaparición de la fiebre, ictericia, abdominalgias, vómitos y manifestaciones hemorrágicas. Los casos más graves evolucionan a fallo multiorgánico. La letalidad entre los que desarrollan disfunción hepatorrenal es del 20-50 %.

Es una enfermedad de declaración obligatoria. Los casos más graves evolucionan a fallo multiorgánico. La letalidad entre los que desarrollan disfunción hepatorrenal es del 20-50 %. El tratamiento es únicamente de soporte.

Vacuna

Existe una vacuna efectiva (virus vivos atenuados) y es la estrategia más efectiva de control de la infección. En los países endémicos está incluida en el programa ampliado de inmunización a partir de los 9 meses de vida; antes de esa edad, es desaconsejable, solo en situaciones de alto riesgo podría adelantarse a los 6 meses. Una sola dosis genera inmunidad vitalicia, solo se aconseja revacunación a los 10 años, si se produce un brote epidémico en la región; o bien se revacunan mujeres si la recibieron estando embarazadas (generalmente contraindicadas y solo aplicadas cuando es favorable el balance riesgo/beneficio), y en personas que recibieron un trasplante de células hematopoyéticas después de la vacunación anterior y que han recuperado la inmunocompetencia. Asismismo, en personas con infección por VIH (recuento de CD4 200-499/µl) u otras formas de inmunodeficiencias o con tratamientos inmunosupresores, deben recibir refuerzos cada 10 años mientras se mantengan o vuelvan a zonas endémicas.

Leishmaniasis

La leishmaniasis visceral, también conocida como kala-azar, es una enfermedad parasitaria cosmopolita (endémica en 76 países del mundo), se transmite por la picadura de mosquitos infectados o por la mosca de arena. La incidencia anual se estima entre 250.000 y 300.000 casos, de los cuales, más de un 90 % se produce en: India, Bangladesh, Sudán, Sudán del Sur, Etiopía y Brasil, donde afecta con más frecuencia a las poblaciones más pobres. Se ha observado un aumento en la incidencia de la enfermedad en los últimos años en América Latina. El parásito existe en dos formas: promastigote, en el tubo digestivo de la mosca, y amastigote, que se encuentra en el sistema reticuloendotelial del bazo, la médula ósea, el hígado y los ganglios linfáticos del humano.

Clínica

El periodo de incubación es largo, entre 2 a 6 meses, y pueden existir reactivaciones de una infección latente, especialmente en estado de inmunosupresión. La infección es, a menudo, subclínica, pero puede hacerse sintomática, con evolución aguda, subaguda o crónica.

Se puede presentar en diferentes formas clínicas, incluyendo: leishmaniasis cutánea, visceral y mucocutánea. Las formas mucocutáneas incluyen úlceras en la piel, y las formas sistémicas se presentan con episodios de: fiebre alta e intermitente, adenopatías, afectación de bazo y médula ósea, pancitopenia con linfomonocitosis relativa e hipergammaglobulinemia policlonal. Puede haber afectación renal y, ocasionalmente, se desarrolla un síndrome de linfohistiocitosis hemofagocítica secundario(12).

• La leishmania cutánea: aparición de una o varias pápulas en el lugar de la inoculación, con adenopatías regionales. La lesión suele ulcerarse y sobreinfectarse, puede progresar localmente, pero no se disemina, puede curar espontáneamente en varios meses o años. La presentación mucocutánea producida por el género Viannia, localiza la lesión en la mucosa nasal, cavidad oral, faringe o laringe.

Diagnóstico

Se puede realizar mediante varias pruebas, que incluyen:

• Pruebas serológicas: se realiza una prueba de ELISA para detectar anticuerpos contra la leishmania en la sangre. Esta prueba es útil para el diagnóstico de la infección activa, pero puede dar falsos positivos en pacientes que han sido infectados anteriormente, pero que se han curado.

• Prueba molecular: se realiza una PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa) para detectar el ADN de la leishmania en muestras de sangre, médula ósea o tejido de bazo. Es muy sensible y específica, y puede detectar la infección en las primeras etapas.

• Cultivo de tejido: se toma una muestra de tejido de médula ósea o bazo y se cultiva en medios de cultivo especiales para detectar la presencia de leishmania. Esta prueba es útil para el diagnóstico de la infección activa, pero es menos sensible que la PCR.

• Examen microscópico: se realiza un examen microscópico de muestras de médula ósea o bazo para detectar la presencia de amastigotes. Esta prueba es útil para el diagnóstico de la infección activa, pero requiere experiencia en la interpretación de los resultados

• Test rápido: el Ag rK39 (antígeno recombinante K39) es una proteína recombinante utilizada como prueba serológica para el diagnóstico de la leishmaniasis visceral, la prueba del Ag rK39 es rápida, sensible y específica, y se utiliza comúnmente en áreas endémicas para la leishmaniasis visceral donde la enfermedad es común. La prueba es especialmente útil en áreas donde la microscopía de aspirados de médula ósea o bazo, el cultivo y la PCR no están disponibles o no son prácticas(13).

Tratamiento

• Leishmaniasis visceral: anfotericina B liposomal 3 mg/kg/día intravenosa, los días 1-5, 14 y 21 (dosis total de 21 mg/kg), en inmunocompetentes. En inmunodeprimidos, 4 mg/kg/día, con dos dosis extras los días 31 y 38 (dosis total 40 mg/kg), la respuesta al tratamiento empieza hacia el 5º día.

• Leishmania cutánea y/o mucocutánea: las lesiones pueden curarse espontáneamente, los tratamientos orales existentes son: miltefosina 2,5 mg/kg/día durante 4 semanas o fluconazol 200 mg/día 6 semanas y/o tratamiento tópico.

Es importante que los pediatras estén alerta a la enfermedad y sepan cómo diagnosticar y tratar adecuadamente a los pacientes Los síntomas pueden variar, y pueden incluir: úlceras en la piel, fiebre y pérdida de peso en los niños. El test rápido podría ser útil en Atención Primaria.

Esquistosomiasis

Es una enfermedad parasitaria transmitida por caracoles de agua dulce, específicos para cada especie de esquistosomas. También es conocida como bilharzia. Existen seis especies de esquistosomas: S. guineensis (África Occidental y Central), S. haematobium (África subsahariana, Oriente medio, Turquía, alguna región de India y Córcega), S. intercalatum (África Occidental y Central), S. japonicum (Asia), S. mansoni (África subsahariana, Oriente medio, Sudamérica y Caribe) y S. mekongi (Laos y Camboya).

Mecanismos de transmisión

Contacto con agua dulce contaminada con larvas (cercaria), habitualmente en baños en lagos y ríos, no se transmite de persona a persona. La cercaria penetra por la piel íntegra o por ingesta, las larvas penetran en una vena o un vaso linfático, llegan a los capilares pulmonares y, finalmente, al sistema portal dónde se transforman en adultos machos o hembras de 1 o 2 cm de longitud (vida media 3 a 5 años, pero pueden durar muchos años más). Tras el apareamiento, migran al plexo venoso mesentérico o pélvico en el caso del S. haematobium, pueden formar granulomas. En el caso del S. haematobium, la hembra produce huevos que se excretan por las heces y orina. En el agua dulce, los huevos se transforman en larvas, penetran en el caracol apropiado y en 4 a 6 semanas originan miles de cercarias. Cuando la cercaria penetra en la piel del humano u otro mamífero se cierra el ciclo.

Clínica

• Periodo de incubación: 5 a 10 semanas. La infección es muchas veces asintomática, con posible eosinofilia aislada. En la fase aguda: la penetración por la piel puede originar una dermatitis transitoria. Entre 2 y 12 semanas después de la transmisión,
pueden aparecer síntomas, que incluyen: fiebre con escalofríos, artromialgias, dolor abdominal, diarrea, disnea y dolor torácico. Suele acompañarse de: hepatoesplenomegalia, adenopatías, eosinofilia, urticaria y aparición de infiltrados en la radiología de tórax. Este cuadro se conoce como síndrome de Katayama, en personas no inmunes. La clínica suele autolimitarse en 2-10 semanas.

• Infección crónica: ocurre después de meses o años de la infección aguda, y es consecuencia de la formación de granulomas alrededor de los huevos retenidos por los tejidos, la clínica dependerá de la localización. En el S. haematobium, la clínica es: hematuria, disuria y, en fases avanzadas, fibrosis y calcificación de la pared vesical, que puede degenerar en un carcinoma. El depósito de huevos en órganos genitales puede originar lesiones hipertróficas ulceradas en: vulva, vagina y cérvix, epidimitis, orquitis, prostatitis y glomerulonefritis por depósito de inmunocomplejos(13).

Diagnóstico

Detección de huevos del parásito en heces y, en caso del S. haematobium en orina. La sensibilidad es baja al inicio de la infección (al menos, 4 semanas después del antecedente).

Serología Ac IgM seguido de aparición de IgG, a partir de la cuarta semana. Esta técnica es aconsejable para viajeros o inmigrantes asintomáticos con antecedentes de riesgo, el cribado también está indicado en donantes y receptores de un órgano sólido con factores de riesgo.

A partir de la tercera semana, también se pueden detectar Ag en sangre, heces u orina. También se puede detectar ADN del esquistosoma en: heces, orina, suero, plasma o LCR por PCR.

Tratamiento

Praziquantel 20 mg/kg/12 h, oral, 24 horas; para niños, la dosis es la misma. En la infección aguda, después del tratamiento inicial (4-6 semanas), se recomienda una segunda dosis de praziquantel para eliminar los esquistosomas que hayan podido madurar escapando del tratamiento. En ocasiones, en el síndrome de Katayama o en afectación del sistema nervioso central, es necesario asociar corticoides.

Profilaxis

Evitar contacto directo, baños en agua dulce potencialmente contaminada, normalmente lagos y ríos con meandros o remansos, dónde no corre el agua con rapidez.

Enfermedad de Chagas

La enfermedad de Chagas o tripanosomiasis americana es una infección zoonótica y parasitaria, causada por el protozoo flagelado Trypanosoma cruzi. Es endémica en 21 países de América Central y del Sur, excepto en las islas del Caribe, y afecta entre seis y ocho millones de personas en todo el mundo, dos millones de las cuales son mujeres en edad fértil(14,15). En áreas endémicas, que coinciden con la distribución de triatominos, la infección se debe principalmente a la transmisión vectorial, mientras que en áreas donde el vector está ausente, T. cruzi puede transmitirse por vías alternativas, como: trasplante de órganos, transfusión de sangre y transmisión vertical. En áreas endémicas, la enfermedad puede incluso transmitirse por vía oral, a través de la ingesta de alimentos contaminados por las heces de los vectores infectados.

Con el aumento de los flujos migratorios, se ha convertido en una enfermedad infecciosa emergente en Norteamérica y Europa, y es un problema de salud pública mundial(16). Se ha integrado en la vigilancia de salud pública para la detección precoz de la transmisión vertical, el tratamiento y la curación(17,18); por lo que el control de los casos importados ha cambiado, sobre todo, con el cribado sistemático de las mujeres latinoamericanas embarazadas, pero también con el aumento de información disponible, los casos tratados antes del embarazo y los cambios en las políticas de salud en los países de origen.

Clínica

Se caracteriza por una fase aguda que puede cursar con: fiebre, hinchazón en el lugar de la picadura, adenopatías, posible hepatoesplenomegalia, miocarditis o meningoencefalitis, que cura espontáneamente; después, el paciente puede permanecer asintomático durante muchos años. Un 30 % pueden desarrollar una fase crónica, después de 10-30 años. Se manifiesta por la aparición de megaesófago, megacolon o por una cardiopatía dilatada clínica propia. Debe hacerse serología a cualquier hijo de madre seropositiva, a cualquier edad y considerar tratar si el resultado es positivo.

La clínica del Chagas congénito se puede presentar de forma asintomática (80-90 %) o presentar desde clínica sutil de ictericia, hepatoesplenomegalia hasta afectación sistémica con shock y meningoencefalitis.

Diagnóstico

Para el diagnóstico, en nuestro medio, se deben cumplir dos requisitos, que la madre tenga serología positiva y evidencia de parásito en el recién nacido.

El diagnóstico se realiza por serología, que siempre se debe realizar por dos técnicas. En el recién nacido asintomático se realiza una PCR para T. cruzi al mes de vida, un resultado negativo de esta debe confirmarse con una prueba serológica después de los nueve meses. Los anticuerpos serán positivos al nacer, si la madre es positiva, por eso esta prueba se descarta como diagnóstico en los primeros meses de vida. Se considera confirmada, cuando se detecta el parásito por PCR a cualquier edad o cuando la serología se mantiene positiva a partir de los nueve meses de vida (si se negativiza se descartaba la infección).

Según la OMS, el diagnóstico que se realiza durante la fase crónica de la enfermedad de Chagas consta de dos pruebas serológicas convencionales que detectan la presencia de anticuerpos IgG (inmunoglobulina G). Se trata de los métodos de análisis de inmunoadsorción vinculados a enzimas (ELISA) y del análisis por inmunofluorescencia indirecta (IFA) o por hemoaglutinación indirecta (IHA). Dichas pruebas de laboratorio deben llevarse a cabo por personal cualificado, así como con equipamiento e infraestructura específica. En muchos de los contextos más afectados por la enfermedad de Chagas, estos métodos no están disponibles o son inalcanzables, lo cual supone que no haya suficiente capacidad de diagnóstico por el momento para facilitar un tratamiento oportuno.

En la actualidad, contamos con varias pruebas de diagnóstico rápido (RDT) para la detección de los anticuerpos del T. cruzi en suero, plasma o sangre. Las pruebas son cualitativas o semicuantitativas y se basan en varios principios: inmunocromatografía, aglutinación de partículas, inmunofiltración o inmunodot (tiras reactivas). Los resultados se obtienen en un periodo de 15 a 30 minutos, sin necesidad de contar con equipamiento eléctrico. La prueba rápida Stat-Pak, que ha demostrado su eficacia en el diagnóstico, ya se está empleando como prueba de primera línea en algunos programas en Sudamérica. Hay esperanzas de que, próximamente, las dos complejas pruebas serológicas, que aún se necesitan para la confirmación de la enfermedad de Chagas, se sustituyan por una combinación de pruebas rápidas, facilitando así el acceso al diagnóstico.

Tratamiento

Todos los casos confirmados se deben evaluar clínicamente, y debe realizarse un estudio cardiológico con ECG y ecocardiografía; asimismo, deben recibir tratamiento por vía oral con benznidazol (5 mg/kg/día durante un régimen de 60 días). La alternativa es el nifurtimox.

Es muy importante realizar seguimiento de los recién nacidos de madres con enfermedad de Chagas e incluir el cribado en los otros hijos, si es que los hubiera; en nuestro medio, la transmisión de la enfermedad es únicamente vertical de la gestante al feto.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es importante que los pediatras estén actualizados sobre estas y otras enfermedades tropicales, para poder diagnosticar y tratar adecuadamente a los pacientes y prevenir la propagación de las enfermedades(19). La mayoría de la patología tropical se puede prevenir mediante medidas de control de vectores, como el uso de repelentes de insectos, mosquiteras y la eliminación de criaderos de mosquitos.

Es recomendable consultar al pediatra, para obtener información actualizada y consejos específicos antes de viajar a áreas tropicales o subtropicales, dónde estas enfermedades son endémicas, y recomendar la visita ante cualquier síntoma al regreso. Además, el pediatra debe anticipar especialmente el consejo al viajero, a las familias de los niños inmigrantes o hijos de inmigrantes, que van a visitar a sus familiares o amigos al país de origen.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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8.* Ward CE, Chapman JI. Chikungunya in Children: A Clinical Review. Pediatric Emerg Care. 2018; 34: 510-5. Disponible en: https://doi.org/10.1097/pec.0000000000001529.

9. Organización Panamericana de la Salud (OPS). 7 de mayo de 2015: Zika – Alerta Epidemiológica. Disponible en: https://www.paho.org/es/documentos/7-mayo-2015-zika-alerta-epidemiologica.

10.* Soriano-Arandes A, Rivero-Calle I, Nastouli E, Espiau M, Frick MA, Alarcón A, et al. What we know and what we don’t know about perinatal Zika virus infection: a systematic review. Expert Rev Anti Infect Ther. 2018; 16: 243-54. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1080/14787210.2018.1438265.

11. Merino Moína M, Bravo Acuña J. Profilaxis antiinfecciosa del niño viajero. Pediatr Integral. 2014; XVIII: 89-100. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/wp-content/uploads/2014/xviii02/02/89-100_profilaxis_antiinfecciosa.pdf.

12. Badiola J, Muñoz-MedinaL, Callejas JL, Delgado-García A, Jurado M, Hernández Quero J. Hemophagocytic lymphohistiocyotisi associated with Leishmania: A hidden passenger in endemic areas. Enferm Infecc Microbiol Clin (Engl Ed). 2021; 39: 188-91. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.eimc.2020.04.012.

13.** Bocanegra C, Álvarez-Martínez MJ, Arsuaga Vicente M, Belhassen-García M, Chamorro Tojeiro S, Camprubí-Ferrer D, et al. Executive summary consensus statement of imported diseases group (GEPI) of the Spanish Society of Infectious Diseases and Clinical Microbiology (SEIMC) and the Spanish Society of Tropical Medicine and International Health (SEMTSI) on the diagnostic and treatment of imported schistosomiasis. Enferm Infecc Microbiol Clin (Engl Ed). 2023; S2529-993X(23)00133-8. Disponible en: https://www.elsevier.es/es-revista-enfermedades-infecciosas-microbiologia-clinica-28-avance-resumen-executive-summary-consensus-statement-imported-S0213005X23000241.

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15.** Murcia L, Simón M, Carrilero B, Roig M, Segovia M. Treatment of infected women of childbearing age prevents congenital trypanosoma cruzi infection by eliminating the parasitemia detected by PCR. Journal of Infectious Diseases. 2017; 215: 1452-8. Disponible en: https://doi.org/10.1093/infdis/jix087.

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17. Requena-Méndez A, Bussion S, Aldasoro E, Jackson Y, Angheben A, Moore D, et al. Cost-effectiveness of Chagas disease screening in Latin American migrants at primary health-care centres in Europe: a Markov model analysis. The Lancet Global Health. 2017; 5: e439-47. Disponible en: https://doi.org/10.1016/S2214-109X(17)30073-6.

18.** González-Tomé MI, Rivera M, Camaño I, Norman F, Flores-Chávez MD, Rodríguez-Gómez L, et al. Recomendaciones para el diagnóstico, seguimiento y tratamiento de la embarazada y del niño con enfermedad de Chagas. Elsevier. 2013; 31: 535-42. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.eimc.2012.09.010.

19.*** Thwaites GE, Day NPJ. Approach to Fever in the Returning Traveler. N Engl J Med. 2017; 376: 548-60. Disponible en: https://doi.org/10.1056/nejmra1508435.

Bibliografía recomendada

– Thwaites GE, Day NPJ. Approach to Fever in the Returning Traveler. N Engl J Med. 2017; 376: 548-60. Disponible en: https://doi.org/10.1056/nejmra1508435.

Este artículo es una revisión muy buena sobre la fiebre al regreso del trópico, realiza una aproximación sindrómica y tiene en cuenta las actividades realizadas y los antecedentes.

– Murcia L, Simón M, Carrilero B, Roig M, Segovia M. Treatment of infected women of childbearing age prevents congenital trypanosoma cruzi infection by eliminating the parasitemia detected by PCR. Journal of Infectious Diseases. 2017; 215: 1452-8. Disponible en: https://doi.org/10.1093/infdis/jix087.

– González-Tomé MI, Rivera M, Camaño I, Norman F, Flores-Chávez MD, Rodríguez-Gómez L, et al. Recomendaciones para el diagnóstico, seguimiento y tratamiento de la embarazada y del niño con enfermedad de Chagas. Elsevier. 2013; 31: 535-42. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.eimc.2012.09.010.

Estos dos artículos revisan a fondo el diagnóstico y tratamiento de la transmisión vertical del Trypanosoma cruzi.

– Bocanegra C, Álvarez-Martínez MJ, Arsuaga Vicente M, Belhassen-García M, Chamorro Tojeiro S, Camprubí-Ferrer D, et al. Executive summary consensus statement of imported diseases group (GEPI) of the Spanish Society of Infectious Diseases and Clinical Microbiology (SEIMC) and the Spanish Society of Tropical Medicine and International Health (SEMTSI) on the diagnostic and treatment of imported schistosomiasis. Enferm Infecc Microbiol Clin (Engl Ed). 2023; S2529-993X(23)00133-8. Disponible en: https://www.elsevier.es/es-revista-enfermedades-infecciosas-microbiologia-clinica-28-avance-resumen-executive-summary-consensus-statement-imported-S0213005X23000241.

Este artículo es una guía extensa que orienta en profundidad sobre el diagnóstico y tratamiento de la esquistosomiasis.

Caso clínico

Motivo de consulta: lactante de 22 meses, sana y correctamente vacunada, que consulta por fiebre de 3 días de evolución y, desde hace 6 horas, sangrado de encías. Ha viajado a Malí con sus padres hace 2 semanas.

Nacida en Malí, reside en nuestro país desde los 10 meses de vida. Hace 48 horas ha vuelto de Malí, donde ha pasado 3 meses en una zona semi-rural, viviendo en casa de su abuela quien tiene pocos recursos. Sin consejo al viajero antes del viaje.

Al llegar a Urgencias está estable, pero a los 15 minutos presenta: taquipnea (frecuencia respiratoria 60 por minuto), mala perfusión periférica (tiempo de recapilarización >3 segundos) y tendencia a la somnolencia, sin pérdida de consciencia, la frecuencia cardiaca es de 95 por minuto.

Exploración física: temperatura axilar: 40,1ºC. Quejosa y decaída. Discreta palidez de mucosas. Mucosa oral y labios secos. Llanto con lágrimas. ORL: normal. ACR: tonos rítmicos, taquicardia sin soplos. Abdomen: hepatomegalia (2 cm); esplenomegalia (3 cm). SNC: somnolencia evidente, sin signos meníngeos, sin focalidad neurológica.

 

Síndromes mononucleósicos

 

F. Baquero Artigao*, B. Bravo Queipo de Llano**
Temas de FC


F. Baquero Artigao*, B. Bravo Queipo de Llano**

*Unidad de Enfermedades Infecciosas. Servicio de Pediatría, Enfermedades Infecciosas y Tropicales. Hospital Universitario La Paz. Universidad Autónoma de Madrid. CIBERINFEC ISCIII. Madrid. **Unidad de Enfermedades Infecciosas. Servicio de Pediatría, Enfermedades Infecciosas y Tropicales. Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

El síndrome mononucleósico (SMN) es una enfermedad sistémica producida generalmente por el virus de Epstein-Barr (VEB), denominándose mononucleosis infecciosa. La edad de primoinfección varía según factores socioeconómicos, siendo la clínica más evidente si ocurre en la adolescencia.
El VEB se transmite principalmente a través de la saliva, presentando afinidad por los linfocitos B y las células del epitelio orofaríngeo y glándulas salivales. Tras la infección, el virus puede establecer una infección latente y persistente en los linfocitos B de memoria. El cuadro clínico del SMN suele incluir fiebre, linfadenopatías, faringitis y hepatitis. Otros síntomas y signos: esplenomegalia, alteraciones hematológicas, astenia y exantema, que puede asociarse al VEB o aparecer tras la administración de ampicilina. La complicación más frecuente es la sobreinfección bacteriana faringoamigdalar, pero también pueden ocurrir complicaciones graves como: obstrucción de la vía aérea superior, rotura esplénica, enfermedades autoinmunes o neoplasias. El diagnóstico es fundamentalmente clínico, pero requiere el apoyo de pruebas de laboratorio: leucocitosis con linfocitosis >50 % con, al menos, 10 % de linfocitos atípicos, así como elevación de las transaminasas hepáticas. La presencia de anticuerpos heterófilos o anticuerpos específicos para VEB confirma el diagnóstico. El tratamiento es generalmente sintomático. La infección se resuelve en 3-4 semanas, salvo complicaciones.

 

Abstract

Mononucleosis syndrome is a systemic disease generally caused by the Epstein-Barr virus (EBV), which coins the term of infectious mononucleosis. The age of primary infection varies according to socioeconomic factors, the symptoms being more evident if it occurs in adolescence.
EBV is mainly transmitted through saliva, showing affinity for B lymphocytes and cells of the oropharyngeal epithelium and salivary glands. Following infection, the virus can establish a latent and persistent infection in memory B lymphocytes. Clinical presentation usually includes fever, lymphadenopathy, pharyngitis and hepatitis. Other symptoms and signs are splenomegaly, hematologic abnormalities, asthenia and rash, which can be associated with EBV or appear after the administration of ampicillin. The most common complication is pharyngotonsillar bacterial superinfection, but severe complications such as upper airway obstruction, splenic rupture, autoimmune diseases, or malignancies can also occur. The diagnosis is fundamentally clinical, but requires the support of laboratory tests: leukocytosis with lymphocytosis >50 % with at least 10 % atypical lymphocytes, as well as elevation of liver transaminases. The presence of heterophile antibodies or EBV-specific antibodies confirms the diagnosis. Treatment is generally symptomatic. The infection resolves within 3-4 weeks, barring complications.

 

Palabras clave: Mononucleosis infecciosa; Virus de Epstein-Barr; Linfocitos atípicos; Anticuerpos heterófilos.

Key words: Infectious mononucleosis; Epstein-Barr virus; Atypical lymphocytes; Heterophile antibodies

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 313 – 320


OBJETIVOS

• Reconocer la clínica característica de la mononucleosis infecciosa para evitar iniciar un tratamiento antibiótico innecesario.

• Conocer la patogenia de la infección por el virus de Epstein-Barr para comprender su capacidad de latencia y reactivación.

• Aprender a interpretar los resultados serológicos específicos frente al virus de Epstein-Barr.

• Identificar los síndromes mononucleósicos complicados.

 

Síndromes mononucleósicos

Introducción

El síndrome mononucleósico (SMN) es una enfermedad sistémica producida, hasta en un 90 % de los casos, por el virus de Epstein-Barr (VEB), que cursa con fiebre, linfadenopatías y faringoamigdalitis aguda.

Se denomina síndrome mononucleósico (SMN) a la tríada clínica que se presenta clásicamente con: fiebre, linfadenopatías y faringoamigdalitis, con hallazgos analíticos de linfocitosis y células mononucleares atípicas. Actualmente, se aplica el término “mononucleosis infecciosa” (MI) para referirnos al SMN causado por el VEB. Este término se utilizó por primera vez en la década de 1920 por Sprunt y Evans para describir a un grupo de estudiantes con una enfermedad faríngea similar(1).

La MI por el VEB supone el 90 % de los casos de SMN. Este virus fue descubierto hace más de 40 años por microscopía electrónica en cultivos celulares procedentes de tejidos con linfoma de Burkitt. Posteriormente, el ADN del virus fue detectado en tejidos de pacientes que sufrían carcinoma nasofaríngeo. También se ha asociado al linfoma no Hodking y a la leucoplasia vellosa oral en pacientes con sida. Recientemente, ha sido propuesto como el agente causal del síndrome de fatiga crónica(2).

El 10 % restante de los SMN son debidos a otros virus, como virus de inmunodeficiencia humana (VIH), citomegalovirus (CMV), herpesvirus humano 6 (HHV-6), adenovirus, y virus de la hepatitis A; o a bacterias y parásitos (Toxoplasma). Otras causas muy infrecuentes son efectos secundarios de fármacos, enfermedades sistémicas autoinmunes y enfermedades hematológicas(3,4).

La mayoría de los SMN cursan en pacientes inmunocompetentes de forma benigna y autolimitada.

Epidemiología

En países en vías de desarrollo, la primoinfección por VEB es precoz y, a menudo, presenta síntomas inespecíficos. Cuando la primoinfección ocurre en edades más tardías, es más frecuente que produzca un SMN.

El VEB es un patógeno humano ubicuo que infecta al 95 % de la población mundial en algún momento de la vida. La edad a la que ocurre la primoinfección varía según factores socioeconómicos. En países de bajos recursos y zonas rurales, la mayoría de los niños han adquirido la infección por VEB entre los 3 y los 6 años de edad. En cambio, en zonas urbanas y en países desarrollados, la primoinfección ocurre en edades más tardías y es más frecuente que produzca más síntomas o un SMN(5). De esta forma, la tasa de anticuerpos contra el VEB es más alta en niños de nivel socioeconómico bajo y en países en vías de desarrollo, en comparación con niños de una edad similar en países más ricos.

Los estudios poblacionales sugieren que la MI es más frecuente en adolescentes, adultos jóvenes y, en menor grado, en adultos mayores. Sin embargo, estos datos podrían no ser exactos, teniendo en cuenta que la aparición de la enfermedad en pacientes más jóvenes (<10 años) puede manifestarse de manera inespecífica y cursar con ausencia de respuesta de anticuerpos heterófilos, de la que sigue dependiendo, en muchas ocasiones, la confirmación diagnóstica(6).

No parece existir predominio anual ni estacional, como tampoco una predisposición diferente por el sexo(7).

Fisiopatología

El único reservorio natural para el VEB es el ser humano, en el que tiene capacidad de generar una infección latente y reactivarse. Su vía de contagio habitual es a través de la saliva.

El VEB pertenece a la familia Herpesviridae (herpesvirus humano tipo 4). Se compone de un núcleo DNA bicatenario lineal, rodeado de una cápside icosaédrica integrada por 164 capsómeros y por una cubierta glicoproteica en su parte más externa(7). Se han identificado 2 tipos: VEB-1 y VEB-2; en Europa y EE.UU. es 10 veces más frecuente el tipo VEB-1, pero están equitativamente distribuidos en otros entornos como África.

Los humanos son el único reservorio natural para el VEB, presentando tropismo por los linfocitos B, las células del epitelio ductal parotídeo, las células del epitelio oral y las células del epitelio cervical uterino. Una de sus principales características es su capacidad para originar una infección latente y muy persistente. La respuesta del huésped ante el VEB está íntimamente ligada con su estado inmunológico y la infección en individuos inmunológicamente deprimidos, puede ocasionar una proliferación a gran escala de linfocitos B infectados y mayor facilidad para reactivar un VEB latente(2).

La vía de contagio habitual es a través de la saliva, aunque también está descrita la transmisión sexual y por hemoderivados, y se ha aislado el virus en la leche materna. A través de la saliva, llega al epitelio orofaríngeo y glándulas salivares, donde infecta a las células epiteliales. La infección lítica produce nuevas partículas virales que infectan a otras células que permiten la diseminación del virus. Los viriones infectan a los linfocitos B que transitan en la proximidad o directamente en las criptas tonsilares. La entrada del virus en la célula linfoide es un proceso muy complejo, se inicia por endocitosis con la unión de la glicoproteína vírica gp 350/220 al receptor de superficie de los linfocitos B CD21, que es el receptor para el componente C3d del complemento. Cuando el virus entra en el citoplasma, se produce un proceso de decapsidación y transporte del ADN al núcleo. En el momento en que esta molécula de ADN alcanza el núcleo forma un episoma(8).

Las células B infectadas por VEB entran en una fase de latencia, donde expresan un conjunto específico de proteínas virales, incluidas LMP1, LMP2 y EBNA. Estas células pasan al centro germinal y algunas emergen como células B de memoria, que establecen una infección de por vida. Periódicamente, células B de memoria infectadas se diferencian a plasmocitos, donde el virus puede entrar en la fase lítica y producir nuevos viriones, que garanticen la persistencia del virus durante toda la vida(9).

El VEB provoca una respuesta, tanto celular como humoral, siendo la primera esencial en el control de la infección. En la fase inicial, la acción combinada de células NK (natural killer) y los linfocitos T (CD4+ y CD8+) controlan la proliferación de los linfocitos B infectados. La proliferación y expansión de los linfocitos B infectados junto con las células T reactivas dan lugar al crecimiento del tejido linfoide. En esta primera fase, hasta el 50 % de los linfocitos circulantes son activos frente a los antígenos del ciclo lítico del virus, desarrollándose anticuerpos específicos contra los antígenos de la cápside viral (VCA) y antígenos tempranos (EA). Posteriormente, cuando la infección latente se ha establecido, la respuesta inmune se dirige contra los antígenos de latencia, especialmente EBNA3(8).

El VEB ha desarrollado múltiples estrategias para eludir la respuesta inmune: produce la proteína BCRF1, intentando así inhibir la síntesis del interferón γ; y la proteína BARF1 que interfiere en la expresión del interferón γ por los monocitos. Además, la hiperproducción de bcl-2 previene la apoptosis de las células del huésped. Finalmente, ha desarrollado una estrategia para persistir en el compartimento de los linfocitos B de memoria, manteniendo las células que expresan únicamente EBNA1, que es resistente a la degradación por el proteosoma celular y elude ser presentado como antígeno(8).

Clínica

El SMN cursa típicamente con la tríada de: fiebre, linfadenopatías y faringoamigdalitis. En muchas ocasiones, se acompaña de hepatitis anictérica y hepatoesplenomegalia. La aparición de un exantema, tras la toma de antibióticos betalactámicos, es muy característica.

El cuadro clínico varía dependiendo de las múltiples formas de presentación de la enfermedad (desde enfermedad asintomática a cuadros graves o formas atípicas)(10).

Tras la infección y un periodo variable de incubación (4-8 semanas), comienza el periodo prodrómico que suele durar de 1 a 2 semanas, cursando con: malestar general, mialgias, astenia, cefalea, sudoración, febrícula y dolor abdominal. Posteriormente comienza la fase de estado, que típicamente se caracteriza por la tríada de: fiebre, linfadenopatías y faringitis, a la que se añade con frecuencia hepatitis anictérica (80-90 %), esplenomegalia (50-60 %), hepatomegalia (20-30 %), edema palpebral bilateral (30 %), alteraciones hematológicas (25 %), exantema (5 %), enantema en paladar (30-50 %), conjuntivitis y astenia(7).

En la mononucleosis clásica (con la tríada clínica característica), el síntoma más frecuente es la faringitis, que aparece como una hiperemia e hipertrofia amigdalar con exudados blanquecinos o grisáceo-necróticos e incluso petequias. Se acompaña frecuentemente de odinofagia. La fiebre suele ser la primera manifestación de la enfermedad, y generalmente es elevada (en torno a 39ºC), de carácter intermitente, y con una duración media de 10-14 días, aunque puede prolongarse hasta 3-4 semanas o tener un curso bifásico. Respecto a las linfadenopatías, se afectan de forma simétrica, presentando una consistencia duro-elástica, siendo móviles, moderadamente dolorosas a la palpación y localizadas predominantemente en las cadenas cervicales posteriores, aunque pueden ser generalizadas o aparecer en otras zonas (retroauriculares, inguinales, axilares…). Suelen desaparecer en dos o tres semanas. Con frecuencia, se presenta fatiga de intensidad y duración variable (hasta 6 meses)(7,10-12).

Entre las variantes de la forma clásica(12) destacan:

• “Forma tifoidea”: fiebre y linfadenopatías sin faringitis y anticuerpos heterófilos negativos.

• Formas atípicas en adultos jóvenes y en mayores: mialgias y faringitis sin adenopatías.

Otros síntomas y signos de la enfermedad(10,12,13):

Hepatitis anictérica (80-90 %): casi la totalidad de los pacientes presentan elevación transitoria y moderada de las enzimas hepáticas. La ictericia y la hepatomegalia son signos más comunes en adultos que en edades jóvenes.

Esplenomegalia (50-60 %): la máxima intensidad se alcanza a las 2-3 semanas. A veces, se necesita estudio ecográfico para diagnosticarla.

Alteraciones hematológicas (25 %): anemia hemolítica, trombocitopenia, anemia aplásica, púrpura trombocitopénica trombótica, síndrome urémico hemolítico y coagulación intravascular diseminada.

Exantema (5 %): suele ser difuso, maculopapular, pero también puede presentarse como: morbiliforme, petequial, escarlatiniforme o urticarial. Con frecuencia, la administración de antibióticos betalactámicos, sobre todo amoxicilina y ampicilina, conduce a una erupción maculopapular difusa que es muy característica de MI. Se ha descrito, ocasionalmente, asociado a otros antibióticos: azitromicina, levofloxacina, piperacilina/tazobactam y cefalexina.

Astenia: síntoma observado frecuentemente por los padres, con disminución importante de la actividad física normal del niño, que puede durar varios meses.

Complicaciones (Tabla I)

tabla

La complicación más frecuente es la sobreinfección bacteriana faringoamigdalar. Sin embargo, existen complicaciones respiratorias, neurológicas y hematológicas graves, sobre todo en pacientes inmunodeprimidos.

La MI es una enfermedad benigna y autorresolutiva, con un pronóstico leve en el 95 % de los casos. La complicación local más frecuente es la sobreinfección bacteriana faringoamigdalar. Las complicaciones que ocurren en, al menos, el 1 % de los pacientes son: obstrucción de la vía aérea debido a la inflamación orofaríngea, meningoencefalitis, anemia hemolítica y trombocitopenia. La rotura esplénica es una complicación rara, pero temida. En pacientes inmunodeprimidos la infección por VEB puede ser intensa, persistente y, a veces, mortal(7,14).

Diagnóstico

El diagnóstico requiere sintomatología compatible y hallazgos analíticos de linfocitosis, presencia de linfocitos atípicos y positividad de los anticuerpos heterófilos o de los anticuerpos específicos para VEB.

El diagnóstico de MI es fundamentalmente clínico, sospechándose ante la presencia de fiebre, adenopatías y faringoamigdalitis, pero su confirmación requiere la realización de pruebas de laboratorio:

Hallazgos analíticos(7): leucocitosis con cifras de 10-20.000 células/µl a las 2-4 semanas de la infección, acompañada de una linfocitosis >50 % y, al menos, 10 % de linfocitos atípicos (mayor tamaño, basofilia del citoplasma y núcleos grandes e irregulares). También es frecuente encontrar trombopenia y, a veces, neutropenia, sobre todo en el primer mes de enfermedad. Las pruebas de función hepática están alteradas en el 90 % de los niños, con elevación de las transaminasas, fosfatasa alcalina y LDH.

Estudio microbiológico:

Cultivo del VEB(7): procedimiento largo y costoso, cuya positividad no asegura infección aguda, ya que el virus puede cultivarse también de la orofaringe de personas sanas. Poco útil en la práctica clínica.

Amplificación mediante PCR del VEB(10): será positiva en sangre o plasma entre el 40-70 % al inicio de los síntomas, aumentando hasta el 90 % a las 2 semanas.

Anticuerpos heterófilos(7,10): grupo heterogéneo de inmuno­globulinas, la mayoría de clase M contra la superficie glicoproteica de las células infectadas. Su positividad en un paciente con sospecha clínica es diagnóstica. La prueba de Paul-Bunnel (PB) es un test rápido serológico clásico muy específico (≈100 %) y sensible (85 %) para diagnosticar la infección por el VEB. Esta prueba detecta IgM producidas por la infección del VEB, que reaccionan de forma cruzada con antígenos presentes en la superficie de los eritrocitos de diferentes especies: caballo, oveja o bovinos y producen su aglutinación. Pueden no ser positivos en casos de infección temprana o en niños pequeños. Además, no aparecen en otros SMN no producidos por el VEB.

Anticuerpos específicos frente al VEB(6,7,10) (Fig. 1): la serología específica de anticuerpos IgG, IgM y, ocasionalmente, IgA, frente a los complejos antigénicos VCA, EBNA y EA del VEB, es la prueba de elección para determinar la infección aguda en un huésped inmunocompetente, y monitorizar la progresión de la enfermedad. Se utilizan técnicas de inmunofluorescencia y ELISA, que presentan alta sensibilidad (IgM 97 %, IgG 94 %) y especificidad (80-100 %).

figura

Figura 1. Evolución temporal de los anticuerpos frente al VEB.

a. Anticuerpos frente al antígeno de la cápside viral VEB (VCA): son de tipo IgM e IgG. La presencia de IgM VCA es precoz, aunque transitoria, y sugestiva de infección aguda. Desciende a partir de las 4-6 semanas del inicio de la clínica y desaparece alrededor del tercer mes. Los IgG VCA alcanzan su pico máximo a los 2-3 meses, disminuyendo gradualmente, pero permaneciendo positivos de por vida.

b. Anticuerpos frente a antígenos nucleares VEB (EBNA): usualmente aparecen a las 6-8 semanas desde el inicio de los síntomas y persisten durante la vida. Su presencia descarta enfermedad aguda. La falta de producción de anti-EBNA, tras dos meses del inicio de los síntomas, es un signo que advierte de una evolución severa y prolongada de la MI.

c. Anticuerpos frente a antígenos tempranos (EA): aparecen con el comienzo de los síntomas y alcanzan su máximo hacia las 3-4 semanas, persistiendo durante 8-12 semanas. Pueden reaparecer de forma espontánea frente a diversos estímulos. Se diferencian 2 tipos según la forma de tinción:

1. Patrón difuso (EAd): asociado a infecciones en adolescentes y adultos.

2. Patrón restringido (EAr): asociado a infecciones en niños y enfermos con linfoma de Burkitt.

d. Anticuerpos IgA en suero: aparecen precozmente, pero disminuyen de forma rápida en el primer mes tras el inicio de los síntomas, antes de la desaparición de la IgM VCA.

La interpretación de los marcadores serológicos frente al VEB se muestra en la tabla II.

tabla

La mononucleosis infecciosa crónica es rara. Se considera aquella de más de 6 meses de duración, con evidencia histológica de enfermedad crónica, títulos elevados de anticuerpos anti VCA y anti EA y bajos o ausentes de anti EBNA.

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial del SMN incluye otras infecciones, sobre todo, virales, así como causas no infecciosas, como reacciones medicamentosas y enfermedades malignas.

El diagnóstico diferencial del SMN incluye(3,4,7,10,12,13,15):

Primoinfección por VIH: cursa clásicamente con fiebre prolongada, mialgias, odinofagia, cefalea, adenomegalias cervicales, úlceras mucocutáneas y exantema.

Infección por CMV: causa más frecuente de SMN con anticuerpos heterófilos negativos. Cursa con fiebre prolongada, hepatitis, linfadenopatía menos acusada y faringitis leve o ausente. En sangre periférica, aparece linfocitosis con linfocitos atípicos (>10 %).

Infección por HHV-6: habitualmente cursa de forma asintomática, pero puede provocar un cuadro similar al del VEB con linfadenopatías prolongadas.

Infección por Toxoplasma gondii: cursa con linfadenopatías, sobre todo, cervicales, mialgias, hepatomegalia frecuente y linfomonocitosis con linfocitos atípicos (<10 %). Rara vez, faringitis o pruebas de función hepática anormales.

Infección por el virus de la rubéola: cursa con fiebre, faringitis, exantema típico, adenomegalias retroauriculares y cervicales posteriores, y linfocitosis.

Hepatitis virales: la hepatitis A puede acompañarse de linfocitosis atípica (poco intensa) y gran elevación de transaminasas (mucho mayor que el VEB).

Linfomonocitosis infecciosa aguda: enfermedad benigna del niño, en el transcurso de un catarro de las vías altas con leucocitosis y aumento de linfocitos inmaduros, que puede persistir varios meses.

Amigdalitis bacteriana: las adenopatías en este caso son submandibulares o laterocervicales y no existe esplenomegalia. En el hemograma aparece leucocitosis con neutrofilia.

Amigdalitis por adenovirus: el exudado es puntiforme y no aparece hepatoesplenomegalia.

Leucemias y procesos linfoproliferativos: deben incluirse dentro del diagnóstico diferencial de linfadenopatía persistente que no responde al tratamiento antibiótico, con elevada leucocitosis y con síntomas de enfermedad sistémica.

Fármacos: sobre todo, los antiepilépticos (fenitoína, carbamazepina), que pueden dar lugar a un aumento de células linfomonocitarias, adenomegalias y exantema. La penicilina, isoniazida, minociclina y fenilbutazona pueden producir un cuadro similar.

En todos estos casos, los anticuerpos heterófilos son negativos, así como los anticuerpos específicos contra el VEB.

Tratamiento

El tratamiento es generalmente sintomático. Se recomienda adecuada hidratación y reposo relativo. No hay clara evidencia para el uso de corticosteroides ni aciclovir.

El tratamiento de la MI por el VEB es generalmente sintomático y similar al tratamiento de otros síndromes virales. Se recomiendan analgésicos y antipiréticos (paracetamol o antiinflamatorios no esteroideos) para el tratamiento de la fiebre, la odinofagia y el malestar general. También es importante la adecuada hidratación. Se recomienda reposo relativo en la fase aguda de la enfermedad. La actividad física intensa debe evitarse durante, al menos, 4 semanas desde el diagnóstico, por el riesgo de rotura esplénica(6,10,13).

El uso de corticosteroides en el tratamiento de la MI por VEB ha sido controvertido. Actualmente, no hay evidencia para recomendarlos de manera rutinaria, dada la evolución benigna en la mayoría de casos y el riesgo de complicaciones (inmunosupresión e infección). Sin embargo, se podrían considerar en complicaciones asociadas con: obstrucción de la vía aérea, insuficiencia hepática fulminante, afectación miocárdica, anemia hemolítica o aplasia grave(1,14).

El tratamiento antiviral con aciclovir, ganciclovir y valaciclovir no ha demostrado beneficio clínico significativo(6,12). El aciclovir disminuye la excreción de VEB en la orofaringe, pero esta se reanuda una vez finalizado el tratamiento. Podría estar indicado su uso en pacientes con tratamiento inmunosupresor(7).

Los antibióticos se utilizarán únicamente en casos de sobreinfección bacteriana, preferiblemente con penicilina V, penicilina benzatina o macrólido, por el riesgo de exantema al utilizar amoxicilina o ampicilina(15).

El tratamiento podrá ser dirigido en caso de complicaciones. Si ocurre una rotura esplénica, se prefiere tratamiento conservador con cuidados intensivos de apoyo, pero algunos casos con hemorragia abdominal intensa requieren esplenectomía(16).

Recientemente, se ha iniciado el estudio de desarrollo de vacunas seguras y eficaces frente al VEB, con resultados prometedores, pero todavía no están disponibles(17,18).

Como medidas preventivas, destaca la adecuada higiene y medidas de aislamiento infecciosas, evitando especialmente el contacto con la saliva del enfermo. Tras el diagnóstico de MI, se debe evitar el contacto con personas inmunocomprometidas y mujeres embarazadas. No se debe donar sangre tras una infección reciente, ni acudir al colegio durante la fase aguda de la enfermedad (1-2 semanas)(7).

Pronóstico

El pronóstico es favorable en la mayoría de los casos.

Habitualmente, la infección se resuelve sin incidencias en 3-4 semanas y genera una inmunidad duradera. Aproximadamente, el 10 % de las personas tienen fatiga persistente seis meses después del inicio de los síntomas(12). En el resto de casos, el pronóstico dependerá de las complicaciones desarrolladas.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Reconocer el cuadro clínico típico del síndrome mononucleósico.

• Conocer los hallazgos analíticos y marcadores serológicos de la infección por el VEB.

• Realizar seguimiento de los pacientes con síndrome mononucleósico y actuar ante la sospecha de complicaciones.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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3. Rodríguez Roca JS, López Tinoco E, Caamaño Selma O, Collazo Yáñez D. Protocolo diagnóstico del síndrome mononucleósico. Medicine. 2022; 13: 3371-4.

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8. Tinoco Racero I, Caro Gómez N, Rodríguez Leal C, López Tinoco E. Infecciones por el virus de Epstein-Barr y citomegalovirus. Medicine. 2014; 11: 2954-64.

9. Toro-Montoya AI. Virus de Epstein-Barr: más que una mononucleosis infecciosa. Med. Lab. 2023; 27: 51-64.

10.*** Guía clínica de Mononucleosis Infecciosa. Fisterra. 2022. Disponible en: https://www.fisterra.com/guias-clinicas/mononucleosis-infecciosa/.

11. Cai X, Ebell MH, Haines L. Accuracy of Signs, Symptoms, and Hematologic Parameters for the Diagnosis of Infectious Mononucleosis: A Systematic Review and Meta-Analysis. J Am Board Fam Med. 2021; 34: 1141-56.

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18. Cui X, Snapper CM. Epstein Barr Virus: Development of Vaccines and Immune Cell Therapy for EBV-Associated Diseases. Front Immunol. 2021; 12: 734471.

Bibliografía recomendada

– Guía clínica de Mononucleosis Infecciosa. Fisterra. 2022. Disponible en: https://www.fisterra.com/guias-clinicas/mononucleosis-infecciosa/.

Es una guía de práctica clínica que describe la clínica y métodos diagnósticos de manera detallada, e incluye mucha bibliografía actualizada.

– Aronson MD, Auwaerter PG. Infectious mononucleosis. En: Hirsch MS, Kaplan SL, Bond S, editors. 2021. Disponible en: https://uptodate.com/contents/infectious-mononucleosis.

En UpToDate se puede encontrar la información más actualizada. Es una buena herramienta web de referencia. Excelente revisión sobre la mononucleosis infecciosa.

Caso clínico

Adolescente varón de 13 años que acude a su pediatra de Atención Primaria por fiebre y astenia de 5 días de evolución.

Anamnesis: el paciente refiere fiebre diaria que oscila entre 38ºC y 39ºC, junto con malestar general, debilidad, odinofagia y pérdida de apetito. Acudió a Urgencias al inicio del cuadro, siendo diagnosticado de faringoamigdalitis aguda, e iniciando tratamiento con amoxicilina hace 24 horas (2 dosis). Desde entonces, le ha aparecido un exantema maculopapular difuso en tronco, sin clara mejoría del estado general.

Antecedentes personales: sin antecedentes relevantes. Sano hasta el momento. No tiene alergias conocidas.

Exploración física: destaca orofaringe hiperémica con hipertrofia amigdalar bilateral simétrica y exudados blanquecinos, así como adenopatías palpables en región cervical posterior y axilar. A la exploración abdominal, se palpa polo de bazo. Resto de exploración sin hallazgos clínicos de interés.

Pruebas complementarias: ante la sospecha clínica de mononucleosis infecciosa, se solicitan pruebas de laboratorio para confirmar el diagnóstico:

Analítica sanguínea: leucocitos: 15.450/µl con 11.000/µl
linfocitos y 3.500/µl neutrófilos. Plaquetas: 130.000/mm3.
ALT: 98 UI/L; AST: 63 UI/L; LDH: 500 UI/L. PCR: 27 mg/L.
Resto sin alteraciones.

Frotis de sangre periférica: 15 % de linfocitos atípicos. No se observan blastos.

Frotis faríngeo rápido para estreptococo y cultivo faríngeo: negativos.

Serología VEB:

– Anticuerpos heterófilos positivos.

– Anticuerpos específicos VEB: anti VCA-IgM positivo, anti VCA-IgG positivo, anti EBNA negativo y anti EA negativo.

Juicio clínico: mononucleosis infecciosa.

Tratamiento: se recomienda hidratación adecuada, analgésicos para el alivio del dolor y antipiréticos para reducir la fiebre. Suspender el tratamiento con amoxicilina. También se aconseja descanso, evitando la práctica de deportes intensos durante las primeras semanas, debido al riesgo de rotura esplénica, que puede ocurrir en casos raros. Se programa un seguimiento regular para evaluar la progresión de los síntomas y asegurar que no se presenten complicaciones.

 

tabla

 

COVID-19 pediátrico

M.P. Lupiani Castellanos*, M.R. Albañil Ballesteros**
Temas de FC


M.P. Lupiani Castellanos*, M.R. Albañil Ballesteros**

*Pediatra de AP. UGC Joaquín Pece. San Fernando. Cádiz. **Pediatra de AP. CS Cuzco. Fuenlabrada. Madrid Miembros del Grupo de Patología Infecciosa de la AEPap

Resumen

La COVID-19 surgió en China en diciembre de 2019, produciendo casos de neumonía grave. Rápidamente, se extendió a todo el mundo, dando lugar a una pandemia cuyos efectos han trascendido al ámbito sanitario, con graves repercusiones socioeconómicas y personales. Ha sido responsable de la muerte de millones de personas (no se conoce aún el número exacto) y ha producido una altísima morbilidad.
Los sanitarios, las autoridades y la población general, nos enfrentamos, con recursos insuficientes, a un patógeno desconocido, cuyas manifestaciones clínicas fueron variando rápidamente.
En la población infantil, la infección generalmente es leve, pero el aislamiento social, el cierre de escuelas, los cambios en la organización de la asistencia, el empobrecimiento de las familias y la enfermedad y la pérdida de familiares, han producido un alto impacto en el desarrollo y la salud mental y emocional de los niños. Los efectos de la pandemia han sido mayores en los países pobres.
El control de la pandemia solo ha sido posible con el desarrollo, la producción y administración de vacunas de forma masiva y en tiempo récord. La distribución de las vacunas, como de otros recursos para combatir el virus, también ha sido desigual, siendo mucho menor en países pobres. Paradójicamente, en países de altos recursos se han registrado movimientos contrarios a las mismas.

 

Abstract

COVID-19 emerged in China in December 2019, producing cases of severe pneumonia. It quickly spread worldwide, creating a pandemic transcending the healthcare field with severe socioeconomic and personal repercussions. The COVID-19 pandemic has been responsible for the death of millions of people (the exact number is not known) and has produced very high morbidity.
With insufficient resources, healthcare workers, authorities, and the general population were faced with an unknown pathogen whose clinical manifestations were changing rapidly.
In the child population, the infection is generally mild. Still, social isolation, the closure of schools, the impoverishment of families, and the illness and loss of family members have had a high impact on the development as well as mental and emotional health of children. The effects of the pandemic have been most significant in developing countries.
The effects of the pandemic have been most significant in developing countries. Control of the pandemic has only been possible with the development, production, and administration of vaccines on a massive scale and in record time. The distribution of vaccines, like other resources to combat the virus, has also been unequal, being much less in developing countries. Paradoxically, in high-income countries, there have been movements against them.

 

Palabras clave: COVID-19; Síndrome inflamatorio; Comorbilidades; Vacunas; Pediatría; Atención Primaria.

Key words: COVID-19; Inflammatory syndrome; Comorbidities; Vaccines; Pediatrics; Primary Care.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 302 – 312

 


OBJETIVOS

• Actualizar para el pediatra de Atención Primaria la situación de la COVID-19 en Pediatría.

• Revisar la epidemiología de la infección.

• Revisar los aspectos clínicos, los síntomas y las comorbilidades que deben alertar al clínico sobre la existencia de cuadros graves.

• Revisar las características de la infección en grupos especiales.

• Actualizar las características de la vacunación pediátrica frente a COVID-19.

• Señalar los efectos indirectos derivados de la pandemia en población pediátrica.

 

COVID-19 pediátrico

Introducción(1,2)

La OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró el 30 de enero de 2020 la infección por SARS-CoV-2 como emergencia de salud pública y en marzo de 2020 como “PANDEMIA” tras la propagación, desde China, de una neumonía aguda grave que, desde diciembre de 2019, se extendió de forma muy rápida al resto del mundo.

Las medidas que se tomaron para evitar la propagación de la enfermedad supusieron cambios drásticos a nivel internacional, nacional e interpersonal y se reorganizó la asistencia sanitaria. Paralelamente, se inició una carrera contrarreloj para conseguir una vacuna.

Lo prolongado de estas medidas originó la denominada por la OMS fatiga pandémica: “la desmotivación para seguir las conductas de protección recomendadas que aparece de forma gradual en el tiempo y que está afectada por diversas emociones, experiencias y percepciones, así como por el contexto social, cultural, estructural y legislativo”.

En España hemos sufrido 6 olas desde que se declaró la pandemia (Fig. 1), con distintas características definidas por las variantes del virus, las medidas preventivas adoptadas y las coberturas vacunales.

Figura 1. Incidencia acumulada a 14 días (por 100.000 habitantes) de infección por SARS-CoV-2. Fuente: CNE Centro Nacional de Epidemiología. ISCIII (Instituto de Salud Carlos III). Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica.

En el 7º periodo solo se contabilizan los casos en mayores de 60 años(3) (Fig. 2).

Figura 2. Incidencia acumulada a 14 días (por 100.000 habitantes) de infección por SARS-CoV-2.

Fuente: CNE Centro Nacional de Epidemiología. ISCIII (Instituto de Salud Carlos III). Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica.

Desde el 21 de abril del 2022, no se publican actualizaciones en la página del Ministerio de Sanidad. El seguimiento, centrado en mayores de 60 años, se realiza como el de otras infecciones respiratorias y la información está disponible en los Boletines Epidemiológicos semanales del Instituto Carlos III.

El 4 de mayo de 2023, la OMS ha anunciado el fin de la emergencia sanitaria internacional frente al SARS-CoV-2, aunque insiste en que hay que mantener una situación vigilante.

Epidemiología(3,4)

El SARS-CoV-2 ha ido variando con la aparición de nuevas variantes más trasmisibles, que escapan a la inmunogenicidad, pero son menos virulentas, con menor mortalidad.

Trasmisión

La trasmisión se produce por vía aérea, tanto a través de las gotitas respiratorias como por los aerosoles producidos al toser, estornudar o reír. Las reuniones familiares o sociales, los ambientes cerrados, que conllevan una exposición prolongada al virus, facilitan la trasmisión del mismo. En un ambiente cerrado, el riesgo de infección es 20 veces mayor que al aire libre. Aunque en los primeros momentos se insistía en la limpieza de las superficies, en este momento sigue sin conocerse la viabilidad y duración del virus en estas, aunque se cree que es corta, influyendo también las características de las mismas y las condiciones ambientales (calor y humedad).

El impacto de la COVID-19 en los centros educativos ha sido bajo. El número de casos y brotes han sido pequeños y con pocos casos por brote. Se ha objetivado mayor transmisión en el entorno familiar o comunitario que en los centros educativos.

El periodo de incubación varía, según las distintas variantes, entre 3 y 5 días (rango 2-14). La máxima transmisibilidad se observa desde los dos días previos y los siete posteriores al inicio de los síntomas. Debemos recordar que el periodo de infectividad es más corto que el periodo de detección del ARN viral(5).

Evolución de las variantes

Desde el comienzo de la pandemia han ido surgiendo numerosas variantes del SARS-CoV-2 (alfa, delta, gamma, ómicron) con: diferencias en su capacidad de trasmisión, letalidad, generación de respuesta inmune, respuestas a los tratamientos y en la mayor o menor facilidad para ser detectadas con las pruebas diagnósticas disponibles. Por ejemplo, la variable delta tiene más mortalidad y la ómicron mayor capacidad de trasmisión(6) (Fig. 3).

Figura 3. Variantes del SARS-CoV-2. Fuente: SiViEs (Sistema para la Vigilancia en España. Centro Nacional de Epidemiología) a 21-4-2023. Datos preliminares, sujetos a modificaciones por retrasos de notificación.

Desde la designación de ómicron como variante de preocupación, no han aparecido nuevas variantes designadas en esta categoría. No obstante, los linajes de ómicron se han diversificado en una gran variedad de sublinajes, algunos de los cuales se han ido sucediendo temporalmente como linajes dominantes, con algunas diferencias entre distintas localizaciones geográficas. La variante predominante en las últimas cinco semanas ha sido XBB (45 %), XBB.1.5(6) (Fig. 4).

Figura 4. Variantes ómicron.
Fuente: SiViEs (Sistema para la Vigilancia en España. Centro Nacional de Epidemiología) a 21-4-2023. Datos preliminares, sujetos a modificaciones por retrasos de notificación.

En España, la Estrategia de Vigilancia y Control establece los objetivos y la estrategia de vigilancia de las variantes del virus a través de la Red de Laboratorios de Secuenciación de SARS-CoV-2 (RELECOV). Esta información es complementada por la información derivada de la secuenciación dentro del sistema centinela de infección respiratoria aguda (SiViRA), así como por diferentes proyectos de vigilancia en aguas residuales. El conjunto de estos sistemas permite la vigilancia integral, tanto de las variantes conocidas como de las de nueva aparición que puedan representar un aumento del riesgo.

Clínica

La infección de la COVID-19 en los niños cursa generalmente de forma leve.

En la población pediátrica, el impacto clínico directo de la COVID-19 ha sido mucho menor que en la población adulta: hay un importante porcentaje de casos asintomáticos, la mayoría de los síntomas son leves, similares a los causados por otros virus respiratorios y un muy bajo nivel de complicaciones. Según datos de 10 países europeos, de agosto de 2020 a octubre de 2021, las tasas de hospitalización, ingreso en la unidad de cuidados intensivos (UCI) y muerte, fueron del 1,2 %, 0,08 % y 0,01 %, respectivamente(7). Probablemente, existe un infradiagnóstico en el número de infectados, porque los pacientes asintomáticos o con síntomas leves pueden no haber consultado, y porque alrededor de un 25 % de niños infectados no positiviza la serología.

Los síntomas de la COVID-19 incluyen, por orden de frecuencia: fiebre y febrícula, tos, rinorrea, vómitos, dolor abdominal, diarrea, fatiga, cefalea, odinofagia, dificultad respiratoria, mialgias y, menos frecuentemente, rash, conjuntivitis, enantema, sibilancias, dolor torácico, artralgias y alteraciones del gusto y el olfato. Se han descrito: cuadros respiratorios leves (catarro de vías altas, síndrome seudo-gripal), fiebre sin foco, cuadro pulmonar (habitualmente neumonía tipo viral y, mucho menos frecuentemente, bronquitis, crisis de asma o bronquiolitis), cuadro abdominal (dolor abdominal, vómitos, diarrea) y síndrome inflamatorio multisistémico infantil asociado a la COVID-19 (MIS-C)(8).

En una revisión sistemática de publicaciones que incluyen casos en menores de 20 años comunitarios y hospitalarios (con predominio de estos), la proporción de asintomáticos osciló entre el 14-42 %; la fiebre, entre 46-64,2 %; y la tos, entre 32-55,9 %, fueron los síntomas más comunes. El resto de síntomas o signos, incluidos: rinorrea, dolor de garganta, dolor de cabeza, fatiga/mialgia, diarrea y vómitos ocurrieron en menos del 10-20 %(9).

En estudios españoles realizados en Atención Primaria en niños de 0 a 14 años, la tasa de asintomáticos fue de 43,2 %(10) y 50,3 %(5). Los síntomas más frecuentes fueron: rinorrea en menores de 2 años, fiebre entre 3 y 8 años y cefalea en mayores de 9 años; fiebre en 58,1 % y tos en 46,7 %. Precisaron ingreso el 0,52 %, (3,9 % en menores de 1 año frente a 0,34 % en mayores 1 año; odds ratio –OR- 11,52), ingreso en UCI el 0,05 % y hubo un fallecimiento (0,02 %)(5).

La existencia de comorbilidad supone un mayor riesgo de hospitalización (OR 7,3) y de ingreso en UCI (OR 8,7), pero la mayoría (83,7 %) de los niños hospitalizados no presentaban comorbilidad(7).Las asociadas con una mayor probabilidad de hospitalización son: diabetes 1, obesidad, anomalías congénitas cardíacas y circulatorias, epilepsia(11), drepanocitosis, inmunodepresión, enfermedad neurológica y enfermedad pulmonar (excluyendo el asma leve)(12).

Los factores de riesgo descritos para padecer enfermedad más grave fueron: diabetes tipo 1, anomalías congénitas cardíacas y circulatorias, epilepsia, obesidad, hipertensión arterial y prematuridad en menores de 2 años(11).

En nuestro país presentaban alguna comorbilidad el 19 % de los niños atendidos en hospitales, el 28 % de los hospitalizados y el 60 % entre los ingresados en las UCI. La mayoría (90 %) de los pacientes fallecidos tenían enfermedad de base grave. La existencia de comorbilidades cardíacas, hepáticas y el asma se han asociado epidemiológicamente a un mayor riesgo de ingreso en las UCI. Los pacientes asmáticos ingresaron en las UCI por neumonía, pero no por crisis de asma. Asimismo, las comorbilidades neurológicas, obesidad y el tratamiento con fármacos inmunosupresores, se han asociado a un aumento de riesgo de síndrome inflamatorio multisistémico infantil (MIS-C). Las neoplasias, las enfermedades reumatológicas y la diabetes no se han asociado a un mayor riesgo de enfermedad grave en niños en España(8).

Si bien, en la mayoría de los casos, la sintomatología es leve o está ausente, un número limitado de pacientes presentan MIS-C. Es un cuadro grave en el que 2/3 de los pacientes precisan ingreso en UCI y que se asocia a infección activa o reciente por SARS-CoV-2 (sigue a los picos de infección por COVID-19 en una mediana de 4 semanas)(13).

Las definiciones de casos de MIS-C de los CDC (Centros de Control de Enfermedades) de EE.UU. y de la OMS exigen la presencia de fiebre con marcadores inflamatorios elevados, afectación de varios órganos y sistemas, evidencia de infección o exposición reciente al SARS-CoV-2 y exclusión de diagnósticos alternativos. Las diferencias entre las 2 definiciones incluyen: la edad (≤19 años para la OMS frente a <21 años para los CDC); la duración de la fiebre (al menos, 3 días para la OMS frente a 1 día para los CDC); la necesidad de hospitalización para los CDC y unos criterios de laboratorio más amplios y específicos para la definición de los CDC.

La mediana de edad de los afectados es de 8 a 11 años. Presentan: síntomas gastrointestinales (80 %), mucocutáneos (60 al 85 %), cardiovasculares (40 % al 80 %), hipotensión y shock en más del 50 % de los pacientes; y síntomas neurocognitivos y respiratorios, con menor frecuencia. Hay elevación de marcadores inflamatorios, linfopenia, neutrofilia, anemia leve y trombocitopenia frecuentes, enzimas hepáticas levemente elevadas, elevación de péptido natriurético cerebral y troponina, coagulopatía y dímero D elevado(14).

Hay que hacer el diagnóstico diferencial con la enfermedad de Kawasaki, el síndrome de shock tóxico o síndromes de activación macrofágica.

Neonatos

El embarazo supone un factor de riesgo para presentar COVID-19 grave y mayor morbimortalidad en la gestante. Ligado a esto, se ha observado una mayor tasa de prematuridad no confirmada, de forma significativa en todos los estudios(4).

Según los datos del registro COVID-19-SENeo que recoge en España información de gestantes infectadas y sus recién nacidos (RN) y casos de infección postnatal por SARS-CoV-2 tras 15 meses de registro y más de 3.700 binomios madre-RN analizados, se constató una tasa de infección perinatal inferior al 1 % y ningún caso confirmado de infección congénita. En 138 casos de infección posnatal: el 20 % fueron asintomáticos, el 72 % presentaron formas leves y el 8 % precisó ingreso en UCI(8). No se ha demostrado ningún caso de contagio por leche materna, por lo que no está contraindicada.

Inmunodeprimidos

Los estudios sobre niños inmunocomprometidos han incluido cohortes muy heterogéneas, con grandes variaciones en la duración, la intensidad y el tipo de inmunodepresión. En general, los síntomas que presentan estos pacientes son similares a los de la población general: fiebre (35-65 %), tos (38-52 %), rinorrea (12-32 %), anosmia (8-22 %), síntomas gastrointestinales (8-25 %) y disnea (4-19 %). Se registran tasas variables de hospitalización y no hubo correlación entre la gravedad de la enfermedad y el diagnóstico subyacente, la forma de inmunosupresión del fármaco y el grado de inmunosupresión inducida por quimioterapia, con la excepción de los pacientes con enfermedad de células falciformes, que tenían más probabilidades de requerir hospitalización(15).

COVID persistente

Es un conjunto de síntomas que se presenta después de la infección aguda por SARS-CoV-2, en ausencia de otros posibles diagnósticos. Los estudios sobre COVID-19 persistente en población pediátrica tienen limitaciones importantes, que impiden distinguir los síntomas persistentes asociados a la infección por SARS-CoV-2 de los relacionados con la pandemia. Son heterogéneos en diseño, algunos incluyen niños sin infección confirmada, falta grupo de control o pueden incluir los mismos casos que no han sido diagnosticados, difieren del momento temporal considerado o se basan en síntomas autoinformados o informados por los padres. Llama la atención que, más de la mitad de los niños incluidos, aun cuando no hayan presentado COVID-19, refieran síntomas físicos y psicológicos, lo que indicaría el impacto negativo de la pandemia en niños y adolescentes(16).

La prevalencia de COVID persistente varía considerablemente, del 4% al 70 %. Los síntomas informados con mayor frecuencia fueron: cefalea (3-80 %), fatiga (3-87 %), trastornos del sueño (3-56 %), dificultades de concentración (1-61 %), dolor abdominal (2-76 %), mialgia o artralgia (1-61 %), congestión o secreción nasal (1-12 %), tos (1-52 %), opresión o dolor en el pecho (1-60 %), pérdida de apetito o peso (2-50 %), alteración del olfato o anosmia (0-43 %) y erupción cutánea (1-52 %)(16). Parece haber relación entre COVID persistente y existencia de síntomas durante la infección aguda, 46,5 % frente al 11,5 % en los asintomáticos(17), hospitalización más prolongada y síntomas persistentes más graves, y entre MIS-C y mayor prevalencia de síntomas persistentes.

En un estudio realizado en Italia, la incidencia acumulada fue del 24,3 % en pacientes de Atención Primaria y del 58 % en pacientes hospitalizados. Los síntomas informados con mayor frecuencia en la cohorte de Atención Primaria fueron: fatiga (7 %), trastornos neurológicos (6,8 %), respiratorios (6 %) y psicológicos, dolor muscular/articular (4,9 %), pérdida del gusto/olfato (3,3 %) y trastornos gastrointestinales (3,0 %). En los pacientes hospitalizados: síntomas psicológicos (36,7 %), compromiso cardíaco (23,3 %), trastornos respiratorios (18,3 %), neurológicos (11,7 %), gastrointestinales (10 %) y dermatológicos (10 %). No hubo diferencias según sexo ni con la existencia de enfermedades previas. Los niños de 0 a 5 años tenían mayor riesgo de desarrollar síntomas respiratorios(17).

El documento: “Recomendaciones para el manejo clínico de la COVID-19 persistente en la infancia y adolescencia”, ofrece una guía completa para el registro de síntomas y recomendaciones para la evaluación, diagnóstico diferencial y seguimiento de estos pacientes(18).

Diagnóstico(4)

No existe limitación de edad para la realización de ninguna prueba diagnóstica.

La RT-PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa con Transcriptasa Inversa) se ha considerado la técnica de referencia para el diagnóstico de infección activa en pacientes, tanto sintomáticos como asintomáticos. Su sensibilidad depende de la carga viral en vías respiratorias, por lo que un resultado negativo en un paciente con síntomas, no descarta por completo la infección. El tiempo de espera del resultado, habitualmente no inferior a 12-24 horas, fácilmente 48 horas en Atención Primaria, pero muy sensible a los picos de demanda, retrasa la aplicación de medidas de control. No está recomendada la utilización de muestras de saliva para la realización de PCR, dada su menor sensibilidad, pero fueron consideradas como una alternativa en aquellos pacientes en los que no se podía extraer una muestra del tracto respiratorio y en pacientes pediátricos, en aquellos centros cuyos laboratorios contaban con experiencia para estas muestras.

Las pruebas de autodiagnóstico nasofaríngeas son capaces de detectar proteínas del virus. La mayoría se basan en la técnica de inmunocromatografía de difusión (lateral-flow). Su principal potencial es el de proporcionar un diagnóstico rápido (15-20 min), en el lugar de atención sanitaria y mediante un procedimiento sencillo y con un bajo coste (sensibilidad mayor o igual al 90 % y especificidad mayor o igual al 97 %). Esto permite iniciar las acciones de control de forma inmediata. Los datos de los estudios sugieren que tiene una alta sensibilidad en pacientes sintomáticos, aunque esta empeora pasados los primeros 5 días desde el inicio de los síntomas. Al inicio de su comercialización, no se consideraron para el diagnóstico, debiendo ser confirmada su positividad.

La serología en los niños tiene un peor rendimiento que en los adultos.

Tratamiento(19)

En la mayoría de los casos, solo precisan tratamiento sintomático domiciliario.

En los casos leves, el tratamiento recomendado es el dirigido al control de síntomas, fundamentalmente antipiréticos y vigilar una hidratación oral adecuada.

En los centros sanitarios, se evitó la administración de aerosolterapia por el peligro de trasmisión.

En el ámbito hospitalario, los tratamientos han ido variando, sin ensayos clínicos previos, con el conocimiento que se iba actualizando sobre la enfermedad y los datos relativos a los pacientes adultos, en condiciones especiales y con monitorización continua.

En este momento, no hay información científica que avale la utilización de hidroxicloroquina, azitromicina y lopinavir/ritonavir.

Otros fármacos utilizados han sido: corticoides, antibióticos (con sospecha de sobreinfección bacteriana), remdesivir (uso compasivo) o anticuerpos monoclonales (en condiciones especiales).

En los casos de MIS-C, además de medidas de soporte respiratorio y hemodinámico, se administran inmunoglobulina intravenosa (IGIV) y/o corticoides. Pueden estar indicados inhibidores de interleucina-1. Hay menor experiencia con inhibidores de factor de necrosis tumoral e interleucina-6.

En ocasiones, está indicada la administración de heparina de bajo peso molecular y de ácido acetilsalicílico como antiinflamatorio o antiagregante(13).

Medidas preventivas

Las medidas preventivas han sido un pilar fundamental en el control de la enfermedad.

Medidas higiénicas(4)

Lavados de manos

La higiene de manos con jabón o gel hidroalcohólico ha sido la medida más sencilla y eficaz para prevenir la transmisión del coronavirus, debido a su envoltura lipídica que es desactivada con las sustancias surfactantes de los jabones. Lo importante es la duración de la fricción, debe ser como mínimo 40-60 segundos.

Mascarillas

La eficacia demostrada de las máscaras en la prevención de la COVID-19 reafirma el papel principal de la vía respiratoria en la transmisión de la infección.

Ventilación

La transmisión del virus se produce principalmente por contacto directo con personas infectadas que, al hablar, toser o estornudar, expulsan gotitas respiratorias o saliva. La ventilación de los espacios cerrados es fundamental para la prevención.

Lactancia materna

La lactancia materna es segura durante la infección aguda en la madre, y se recomiendan medidas de prevención durante la duración de la misma.

La leche materna después de la infección por COVID-19 contiene IgG, IgM e IgA específicas anti-SARS-CoV-2, incluso después de una infección leve o asintomática. La evidencia actual demuestra que estos anticuerpos pueden neutralizar el virus SARS-CoV-2 in vitro.

Se ha observado también la asociación entre la vacunación COVID-19 y las concentraciones específicas de inmunoglobulina en la leche materna.

Vacunas e inmunización(20)

Las vacunas desarrolladas han sido eficaces para la reducción de la mortalidad por SARS-CoV-2.

Desde el inicio de la pandemia, conseguir una vacuna eficaz ha sido una prioridad para los investigadores y la industria farmacéutica. Actualmente, se sigue investigando sobre ellas. Las distintas vacunas frente a COVID-19 son eficaces para reducir la infección sintomática (leve, moderada y grave) y la mortalidad. Se sabe que la inmunidad generada por las vacunas, como ocurre con la infección natural, no impide la replicación del virus en la mucosa de las vías respiratorias superiores y la eficacia no llega al 100 %. La respuesta inmune es menor en diversos grupos poblacionales (mayor edad, inmunodeprimidos…) y, además, puede verse afectada por la circulación de nuevas variantes.

La autorización de uso pediátrico de las vacunas por la Agencia Europea del Medicamento (EMA) se realizó: en junio de 2021, para los mayores de 12 años; en diciembre de 2021, para las cohortes de 5-11 años; y en diciembre de 2022, para el grupo entre 6 meses y 5 años para determinados grupos de riesgo.

La Comisión de Salud Pública del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud actualizó el 15 de diciembre de 2022 las recomendaciones de vacunación frente a COVID-19.

Las indicaciones del tipo de vacuna y el número de dosis en función de la edad (mayores de 12 años, entre 5 y 11 años y entre 6 meses y 5 años), se recogen en las tablas I y II.

 

Se incluyen también las recomendaciones de las dosis de recuerdo (Ver recomendaciones en Anexo 1) y los factores de riesgo para vacunar a los niños de 6-59 meses (Ver factores de riesgo en Anexo 2). No se ha contemplado, por el momento, la administración de vacunas por debajo de los 6 meses.

 

En relación con los datos recibidos en el VAERS (Sistema de reporte de efectos adversos de las vacunas), se ha observado que los efectos adversos más frecuentes observados en niños han sido: los escalofríos, el mareo, la fatiga y la cefalea, tanto en los grupos de 5-11 años como de 12-18 años(21).

En cuanto a la aparición de cuadros de miocarditis y/o pericarditis tras la vacunación con Comirnaty® y Spikevax®, el Comité para la Evaluación de Riesgos en Farmacovigilancia europeo (PRAC) concluyó que pueden aparecer muy raramente, según las notificaciones del VAERS en un 0,08 %. Es más frecuente en varones jóvenes, tras la segunda dosis y en los 14 días siguientes a la vacunación. La evolución es similar a los cuadros de miocarditis y pericarditis que aparecen por otras causas, generalmente de buena evolución. Se recomienda vigilar la aparición de: dificultad para respirar, palpitaciones, ritmo cardíaco irregular y dolor en el pecho. En Atención Primaria y Urgencias, se debería valorar la aparición de fiebre, taquicardia, taquipnea, signos de insuficiencia cardíaca izquierda o derecha, roce pericárdico y la realización de pruebas complementarias indicativas de daño miocárdico.

A 23 de abril de 2023 en España, hay un 92,6 % de personas con pauta completa de vacunación. El 57,3 % de los niños entre 5 y 12 años ha recibido una dosis y el 47,6 % pauta completa. Entre los 12 y 19 años, con pauta completa 92,6 %(22).

Aunque no se trata de una vacuna, en pacientes muy seleccionados, con algunas patologías y situaciones muy concretas y que no hayan presentado respuesta adecuada a las vacunas, es posible administrar tixagevimab/cilgavimab para prevenir la infección.

Embarazadas(23)

El periodo de máximo riesgo de complicaciones en caso de infección por COVID-19 está entre finales del 2º trimestre y 3º trimestre del embarazo, por lo que se recomienda la vacunación en cualquier trimestre para evitar complicaciones, sobre todo, en mayores de 35 años, obesidad, hipertensión arterial, diabetes o preeclampsia. El riesgo de transmisión vertical es muy bajo.

Las embarazadas deben recibir vacunas ARNm. Se ha observado tras la vacunación de la gestante, la transferencia de anticuerpos al feto.

Impacto y efectos secundarios de la pandemia

Hay que vigilar los datos de alarma y los efectos indirectos producidos por la pandemia.

Tanto el efecto directo de la pandemia como las medidas adoptadas para el control de la misma, han tenido una importante repercusión económica, social y en resultados en salud. La European Confederation of Primary Care Paediatricians (ECPCP) realizó, durante la primera ola de la pandemia, un estudio en el que participaron pediatras de Atención Primaria, que trabajaban en 17 países europeos. Contestaron un cuestionario, con el objetivo de obtener información sobre las consecuencias de la pandemia en la práctica de Atención Primaria (AP) pediátrica y los riesgos para la salud de los niños(24).

Los pediatras comunicaron por orden de frecuencia: aumento de utilización de medios electrónicos, disminución de la actividad física, situaciones de ansiedad, aumento del tiempo en la familia, aumento del IMC, aumento de los trastornos de conducta, aumento de la brecha socioeconómica, aumento de las dificultades de aprendizaje y escolarización, aumento de los trastornos del sueño e impacto en la cohesión familiar. Algunos de estos hallazgos ya son un problema en sí mismos, como el aumento del IMC corroborado en posteriores estudios(25). Otros son factores de riesgo para desarrollar patologías.

Especial relevancia tiene la repercusión de esta situación en la Salud Mental de niños y adolescentes.

Así, un metaanálisis de 29 estudios concluyó que uno de cada cuatro menores mostró síntomas de depresión y uno de cada cinco de ansiedad durante el primer año de la pandemia, el doble de la prevalencia observada prepandemia(26). Aumentaron significativamente las consultas por trastornos alimentarios y del estado de ánimo, mientras que disminuyeron las consultas por trastornos por consumo de alcohol y sustancias(27) según un estudio realizado en EE.UU. en AP, entre pacientes pediátricos de 5 a 17 años durante el periodo pandémico.

Un estudio prospectivo realizado en Cataluña con niños entre 5 y 14 años, durante el curso escolar 2020-2021, evaluó el riesgo de psicopatología a través del Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ), contestada por un tutor legal del niño. Al inicio del curso escolar, tras 6 meses de cierre de las escuelas, el 9,8 % de los pacientes eran casos probables de psicopatología, frente al 7,5 % pre-pandemia. Ninguna variable relacionada con la COVID-19 se asoció con resultado alterado del SDQ. Al final del curso se registró un 6,2 %(28).

En cuanto a la adquisición de habilidades sociales y de comunicación, comparando los hitos del desarrollo a los 12 meses, en niños nacidos entre marzo y mayo de 2020 con otros de una serie histórica, se observaron diferencias significativas en tres hitos: expresar una palabra con significado, señalar con el dedo y despedirse moviendo la mano a favor de la serie histórica y en la adquisición de gateo en la serie de nacidos durante la pandemia. Un estudio similar en China, encuentra retraso en el área comunicativa a los 12 meses, solo en los niños de madres primerizas, pero no en los niños con hermanos; otro estudio en EE.UU. encuentra a los 6 meses de vida puntuaciones significativamente bajas en el área personal-social, así como en la motriz gruesa y fina(29).

Durante la pandemia, se reorganizó la asistencia, reduciendo las visitas presenciales y potenciando la asistencia telefónica. El 55 % de los pediatras participantes en el estudio de la Confederación Europea de Pediatras de Atención Primaria (ECPCP) informó que, de marzo a agosto de 2020, las tasas de consultas presenciales se redujeron entre un 40 % y 80 % en comparación con periodos anteriores(24). Esto fue consecuencia no solo de las medidas dictadas por las autoridades, sino también del miedo de las familias a acudir a los centros sanitarios.

Probablemente, por este motivo, se han atendido procesos patológicos más evolucionados y con mayor gravedad de la habitual. Esto incluye: cetoacidosis diabética, enfermedades hematológicas y oncológicas, apendicitis, peritonitis, abuso infantil, infecciones bacterianas graves (p. ej. infección del tracto urinario), meningitis, neumonía, patología cardíaca aguda(24), patología neonatal e incluso muertes relacionadas con esta asistencia tardía(30).

Respecto a la diabetes, hay numerosas publicaciones que recogen el aumento de situaciones de cetoacidosis diabética al diagnóstico y parece que también se ha producido en niños y adolescentes un aumento de casos de diabetes tipo 2(31).

Según distintas instituciones internacionales, tres cuartas partes de 82 países declararon una disminución de la administración de vacunas y en el estudio de la ECPCP se informó una disminución en la cobertura de vacunación en los distintos países europeos, que osciló entre el 11 % en menores de 2 años y más del 50 % en mayores de 2(24). Pueden consultarse los últimos datos de coberturas en España en la web del Ministerio de Sanidad.

Cambios en la epidemiología de las enfermedades infecciosas

La incidencia de distintas enfermedades infecciosas durante los años de la pandemia en comparación con la media de los 2 años prepandémicos disminuyó considerablemente. Cada afección estudiada tuvo una incidencia significativamente reducida en la temporada 2020 a 2021 y en la temporada 2021-2022, la incidencia se redujo en todos los casos, excepto en el resfriado común y la faringitis no estreptocócica(32).

Se ha registrado disminución de los ingresos por patología respiratoria de: gripe (94 %), bronquiolitis, hasta un 85,9 % (y el 89,1 % en UCI); sibilancias virales (56 %); y neumonía bacteriana (60 %). También se ha observado en infecciones inmunoprevenibles, como el sarampión (90 %), y en infecciones invasivas, como la meningitis (75 %), salvo en pielonefritis(33,34).

Posteriormente, hemos observado que algunas infecciones respiratorias variaron su estacionalidad, por ejemplo, se registró un aumento de casos de infecciones por VRS en el verano de 2021 y su posterior aparición en invierno.

A la crisis sanitaria se ha unido una crisis económica de grandes proporciones, que ha agravado las desigualdades, acompañada de circunstancias potencialmente agravantes, como la disminución de recursos de socialización y de ocio, el cierre de escuelas, que ha empeorado las condiciones de aprendizaje especialmente en niños de entornos desfavorecidos o con necesidades educativas especiales y, en algunas familias, situaciones de enfermedad y muerte en circunstancias especialmente dramáticas.

Es preciso que los pediatras de Atención Primaria mantengamos la alerta para poder detectar estas situaciones patológicas.

Todas estas circunstancias y, por tanto, el impacto de la pandemia, se han agravado en países de bajos recursos a los que no nos hemos referido aquí.

Situación actual

El fin de la pandemia no significa olvidar lo vivido hasta ahora.

La vigilancia en este momento se centra en los casos de la población más vulnerable, los mayores de 60 años.

La monitorización de la incidencia acumulada a 14 días en personas de 60 o más años se encuentra en un periodo estable desde noviembre de 2022 y se sitúa en 85 casos por 100.000 habitantes a fecha de 21 de abril de 2023.

El elevado número de casos registrados desde el inicio de la pandemia (más de doce millones) y las buenas coberturas vacunales, más del 89 % de las personas mayores de 5 años con pauta completa y, en los mayores de 60 años, más del 90 % con alguna dosis de recuerdo y más del 56 % con dos dosis de recuerdo, indican un elevado nivel de protección inmune en la población, especialmente frente a la enfermedad grave.

Los últimos datos disponibles confirman la eficacia de las vacunas frente a la hospitalización y defunción.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Identificar datos de alarma de enfermedad grave.

• Conocer los efectos colaterales producidos por la pandemia: revisar y actualizar, en su caso, los calendarios vacunales; comprobar que se ha retomado el seguimiento de patologías crónicas interrumpidas, tanto en AP como en el segundo nivel asistencial; identificar situaciones patológicas con especial atención a la salud mental, la obesidad y el desarrollo psicomotor; y supervisar los hábitos de salud, sobre todo: la alimentación, el sueño, el ejercicio y el uso de tecnologías.

• Insistir a los pacientes y sus familias en la importancia de tomar medidas de aislamiento social para evitar la trasmisión de enfermedades, sobre todo, en entornos de riesgo o de alta trasmisión y en la importancia de la inmunización para la prevención de enfermedades inmunoprevenibles.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

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Revisión de todas las características de la clínica y evolución de la COVID-19 en la edad pediátrica.

- COVID-19 en Pediatría: valoración crítica de la evidencia. Comité/Grupo de Pediatría Basada en la Evidencia de la AEP y AEPap. 2022. Disponible en: https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/covid-19_en_pediatria_valoracion_critica_de_la_evidencia_actualizacion_autores_02-2022.pdf.

Revisión crítica de artículos publicados sobre la COVID-19, que proporciona un amplio conocimiento acerca de esta enfermedad.

- Gatell Carbó A, López Segura N, Domènech Marsal E, Méndez Hernández M, Rius Gordillo N, Soriano-Arandes A. Recomendaciones para el manejo clínico de la COVID-19 persistente en la infancia y adolescencia. Pediatr Integral. 2021; XXV: 445.e1-e11. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2021-12/recomendaciones-para-el-manejo-clinico-de-la-covid-19-persistente-en-la-infancia-y-adolescencia/.

Guía completa para el diagnóstico y seguimiento de los pacientes que presentan COVID-19 persistente.

 

Caso clínico

 

Niño de 11 años consulta por fiebre, rinorrea y tos de 48 horas de evolución. Han realizado en su domicilio test rápido para detección de virus influenza A y B y COVID-19, habiendo positivado influenza B y COVID-19.

 

 

Uso racional de antibióticos en Pediatría

A. Montesdeoca Melián*, M. Castillo de Vera**
Temas de FC


A. Montesdeoca Melián*, M. Castillo de Vera**

*Pediatra de AP. CS Guanarteme. Las Palmas de Gran Canaria. Las Palmas. **Pediatra de AP. CS El Doctoral. Santa Lucía de Tirajana. Las Palmas

Resumen

El aumento de las infecciones producidas por especies bacterianas resistentes a antimicrobianos, tanto en medio hospitalario como en la comunidad, representa un problema sanitario de primer orden en todo el planeta. La lucha contra las resistencias a antimicrobianos, hoy en día, se plantea con un abordaje más amplio, donde la interacción de la salud animal, humana y ambiental debe tenerse en cuenta. La decisión de si iniciar o no un tratamiento antibiótico, conlleva una reflexión que implica un gran número de variables que el pediatra de Atención Primaria conjuga para aportar el tratamiento más apropiado. Aunque habitualmente se realiza un abordaje empírico, el espectro antimicrobiano y la duración del tratamiento son cuestiones primordiales en la prevención de aparición de resistencias. En este trabajo se abunda en todas estas cuestiones y se proponen opciones concretas para el tratamiento empírico de las infecciones más frecuentes en el ámbito de la Pediatría de Atención Primaria.

 

Abstract

The increase in infections caused by antimicrobial resistant bacterial species, both in hospital and community settings, represents a major health problem worldwide. The fight against antimicrobial resistance nowadays takes a broader approach, where the interaction of animal, human and environmental health must be taken into account. The decision of whether or not to initiate antibiotic treatment involves a large number of variables that the primary care paediatrician combines to provide the most appropriate treatment. Although an empirical approach is usually used, the antimicrobial spectrum and the duration of treatment are key issues in preventing the emergence of resistance. This paper explores all these issues and proposes specific options for the empirical treatment of the most frequent infections in the primary care setting.

 

Palabras clave: Resistencias a antimicrobianos; Tratamiento empírico; Espectro; Tratamiento diferido.

Key words: Antimicrobial resistance; Empirical treatment; Spectrum; Deferred treatment.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 321 – 330

 


OBJETIVOS

• Subrayar el papel que juega el pediatra de Atención Primaria en la lucha contra las resistencias bacterianas a antimicrobianos.

• Recordar las bases para una elección razonada del tratamiento antibiótico óptimo en Pediatría.

• Resaltar la importancia que tiene, en la práctica diaria, utilizar las pautas más cortas posibles
en el tratamiento de las infecciones comunitarias más comunes, siempre que estén refrendadas
por la evidencia científica.

• Actualizar el tratamiento empírico recomendado en la actualidad para las infecciones más frecuentemente atendidas en el ámbito de la Atención Primaria.

• Ofrecer al pediatra información clara, práctica y completa sobre los tratamientos recomendados para cada entidad, así como sobre las alternativas posibles en caso de alergia, resistencias o desabastecimiento de fármacos.

 

Uso racional de antibióticos en Pediatría

PARTE I

Introducción

Es en Atención Primaria donde más prescripciones de antibióticos se hacen. Seguir las recomendaciones y guías clínicas facilita la labor del pediatra y optimiza el uso de estos fármacos.

Solo en el año 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) cifraba en 1.270.000 las muertes ocasionadas como consecuencia de las resistencias bacterianas a antibióticos(1), convirtiéndose en una de las diez mayores amenazas para la salud global. Desde hace más de una década, las naciones europeas trabajan juntas en acciones coordinadas, siguiendo la estrategia denominada One Health, donde se pone de manifiesto la fuerte relación existente entre la salud humana, la salud animal y la salud ambiental. Para conseguir frenar el avance de los microorganismos resistentes a antimicrobianos serán necesarias acciones que involucren a distintos actores en los tres eslabones de la cadena.

Centrándonos en la Pediatría y más concretamente en la de Atención Primaria (AP), el reto pasa por disminuir y adecuar el uso de los antibióticos. En las temporadas de máxima presión asistencial y de mayor circulación de virus respiratorios, aumenta también la demanda de antibióticos por parte de la población para tratar procesos agudos que los pediatras de AP manejaremos, la mayor parte de las veces, de forma empírica, sin exploraciones complementarias. Es decir, en los pocos minutos que dura la consulta, debemos generar la confianza y seguridad suficientes, como para que nuestro paciente no reciba un tratamiento antimicrobiano que, en la mayoría de los casos, no necesitará, aunque ello desemboque, en ocasiones, en situaciones conflictivas con los familiares. Si bien queda mucho trabajo de concienciación por hacer en nuestra sociedad, pues todavía la mayoría de la población no comprende plenamente lo que implica administrar un antibiótico innecesariamente a un niño, cierto es que, en los últimos años, empieza a notarse una cierta tendencia al cambio. Cada día más padres y madres dudan de la necesidad de administrar un tratamiento antibiótico a sus hijos. Solo entendiendo las razones que hacen que la población demande antimicrobianos, podremos combatir su abuso. Por citar solo algunas:

• Factores culturales heredados en nuestro país (miedo a las infecciones invasoras).

• La impaciencia por esperar a la resolución espontánea de procesos víricos.

• La necesidad de una cura rápida por cuestiones de diversa índole (antepuestos a la salud).

• Los crecientes compromisos sociales de niños de corta edad.

• La falta de conciliación de la vida familiar y laboral de los padres.

• Los bulos.

• Las negligencias médicas maximi­zadas.

• La desconfianza hacia el sistema sanitario.

• El menosprecio hacia el pediatra de AP.

• La creencia de que cada síntoma necesitará de un fármaco para mejorar.

En este trabajo intentaremos comentar, de forma resumida, los pasos que un pediatra de AP sigue (o debería seguir), habitualmente casi sin percatarse, antes de tomar la decisión de iniciar un tratamiento antibiótico en un paciente. El uso inapropiado de antibióticos: genera una exposición innecesaria a posibles efectos adversos del fármaco, contribuye al incremento de las resistencias (en el propio paciente y en la comunidad), genera costes y cimenta la falsa creencia en la población sobre la habitual necesidad de su uso para obtener la curación. Para el tratamiento de las infecciones más frecuentemente encontradas en la consulta del pediatra de AP, existe investigación de calidad que permite un uso apropiado de antimicrobianos basado en evidencia científica, de la cual emanan recomendaciones generales, guías de práctica clínica o posicionamientos de sociedades pediátricas. El tratamiento correcto de las infecciones más frecuentes es de vital importancia, pues su incorrecto manejo conllevará un perjuicio para un gran número de pacientes. Conviene resaltar que el manejo empírico de algunas infecciones puede ir cambiando con el paso de los años conforme varía la epidemiología, lo cual nos obliga a mantenernos actualizados. Ello es debido a la participación de múltiples factores: mejora en las condiciones de vida, impacto tras la inclusión de vacunas conjugadas infantiles con indicación sistemática (pueden hacer variar el patrón de resistencia de determinadas bacterias), circulación de nuevos patógenos o ya conocidos, pero con especiales características (resistencias o virulencia), épocas en las que haya una gran circulación de virus respiratorios (como hemos observado tras la pandemia de COVID-19), etc. Asumiendo el uso mayoritariamente empírico de los antibióticos en AP, es fundamental conocer el patrón de resistencias de los aislamientos bacterianos locales. Para ello, los laboratorios de microbiología de referencia de cada zona deben dar a conocer esta información anualmente, desagregada por tramos de edad, tipo de infección y procedencia de la muestra.
Estos datos resultan básicos para adecuar el tratamiento empírico de las infecciones más comunes, esforzándonos siempre por elegir la opción con menor espectro antimicrobiano. Entre todas las acciones que actualmente se están llevando a cabo para promover un uso racional de los antibióticos y la lucha contra las resistencias bacterianas, cabe destacar la labor de los equipos PROA (Programas de Optimización del uso de los Antibióticos) comunitarios o de AP, integrados en el Plan Nacional contra la Resistencia a los Antibióticos (PRAN) y que constan de unas líneas de acción y objetivos sujetos a normativa y certificación por parte del Ministerio de Sanidad
(2). En su línea estratégica II, se definen unos objetivos de mejora, prioritarios para Pediatría de Atención Primaria, que se resumen en la tabla I.

tabla

En varias partes del texto de los PROA comunitarios, se hace referencia a la utilidad de los test de diagnóstico rápido (TDR) y de cómo pueden ayudar a disminuir la prescripción de antibióticos. Queremos enfatizar en la importancia que tiene disponer de algunos de ellos en las consultas de AP, pues representan un instrumento de gran ayuda al clínico; ahora bien, entendemos que su uso debería enfocarse a los casos en los que el resultado haga variar el manejo del paciente (tanto en el tratamiento como en las recomendaciones). Tan importante es saber cuándo utilizarlos como saber cuándo no, pues su uso indiscriminado puede tener efectos perniciosos (p. ej.: el uso del TDR para S. pyogenes en el manejo del lactante febril sin foco).

En la segunda parte de este trabajo, comentaremos esquemáticamente el tratamiento recomendado en nuestro país para las infecciones más comunes que se abordan desde una consulta de Pediatría de Atención Primaria, haciendo uso de bibliografía recientemente publicada.

Factores que influyen en la elección de un antibiótico

La elección del tratamiento antimicrobiano dependerá de varios factores relacionados con: el individuo (y su entorno), el microorganismo, la localización de la infección y el propio fármaco.

Lo primero que cabe plantearse es: ¿este paciente necesita un antibiótico para curarse? En la inmensa mayoría de los casos en Pediatría de AP, la respuesta será “no”, y solo condiciones específicas que podamos diagnosticar microbiológicamente en el acto (p. ej., la faringoamigdalitis estreptocócica), síndromes de muy posible origen bacteriano (p. ej., la celulitis periorbitaria) o la evolución desfavorable de un proceso que habitualmente es viral (p. ej., una sinusitis aguda), nos harán cambiar esa respuesta.

Frecuentemente, la prescripción de un antibiótico de forma empírica se realiza aplicando un protocolo consensuado o por conceptos fijados en nuestra memoria, sin que haya un aprendizaje razonado. Para la inmensa mayoría de los casos, esta actuación “semiautomática” resulta válida, pero conviene no olvidar que, cuando elegimos un antimicrobiano con una pauta posológica determinada, en realidad deberíamos tener en cuenta todos y cada uno de los factores que se enumeran en la tabla II.

tabla

La realización de análisis microbiológico no está siempre indicada, ya sea por: la facilidad para predecir el agente causal, la inaccesibilidad del lugar anatómico sin causar trauma, la baja rentabilidad del cultivo bacteriológico, la alta posibilidad de contaminación u otras razones. Sin embargo, el conocimiento del microorganismo causante de la infección permite realizar un tratamiento mucho más dirigido y con menos probabilidades de fracaso, al tiempo que podremos razonar opciones terapéuticas, si el curso de la enfermedad no es satisfactorio. Otra máxima a recordar es que, si la evolución no es la esperada con el tratamiento empírico, no hay definidas alternativas (como sí las hay p. ej., en la otitis media aguda que no responde a la amoxicilina) y aparecen complicaciones, debemos intentar obtener un aislamiento microbiológico que guíe nuestra terapia y no seguir empecinándonos en el empirismo. En ocasiones, ocurre que, a pesar de iniciarse un tratamiento supuestamente válido por los datos in vitro que conocemos del microorganismo, la evolución no es buena, momento en el que hay que plantearse: si el paciente cumple el tratamiento y la posología adecuada, si se requiere otro tipo de abordaje terapéutico (p. ej., cirugía) o si pudiera haber factores que hagan fracasar al antibiótico pese a ser el correcto (p. ej., inmunodeficiencia).

La falta de suministro o disponibilidad de antibióticos en formulaciones adecuadas para su administración a niños pequeños no suele ser habitual en nuestro país, pero en los últimos meses, todo el continente europeo se ha visto afectado en mayor o menor medida por problemas de este tipo. Ello nos ha forzado a usar tratamientos alternativos subóptimos, unas veces con mayor espectro antimicrobiano del deseado y otras con formulaciones farmacéuticas que impedían hacer un cálculo preciso de la dosis (sobres o comprimidos para adultos), lo cual expone a los pacientes a infra o sobredosificación, con todo lo que ello puede acarrear. Afortunadamente, los fármacos utilizados con mayor frecuencia (amoxicilina, fenoximetilpenicilina) tienen en general un amplio margen de seguridad, con lo que, si no existen alternativas, puede tenderse a prescribir dosis altas de estos antibióticos antes de optar por alternativas con mayor espectro (cefalosporinas) o mayor porcentaje de resistencias (macrólidos).

Tendencia a acortar tratamientos en infecciones adquiridas en la comunidad

Existe una tendencia generalizada a acortar la duración de los tratamientos de las infecciones más comunes diagnosticadas en la comunidad.

Hasta hace poco tiempo, se enfatizaba (y así incluso se le transmitía a los padres) en el cumplimiento total del tratamiento antibiótico, a pesar de que el paciente se recuperara en la mitad de tiempo. Es probable que muchos de esos niños no cumplieran hasta el final el tratamiento, pero aun así se hacía esta recomendación por miedo al fracaso terapéutico. En la actualidad, se tiende más bien a lo contrario. La administración innecesariamente prolongada de antimicrobianos contribuye a la selección de bacterias resistentes, por lo que existe una tendencia global al acortamiento de los tratamientos en infecciones adquiridas en la comunidad en pacientes inmunocompetentes, siempre y cuando se demuestre no inferioridad con respecto a los tratamientos estándar.

Muchas infecciones que tratamos en consulta reciben prescripciones de 7-10 días. Esta duración del tratamiento obedece a hábitos históricos y no se sustenta sobre una base científica; por ello muchos investigadores, ante la creciente preocupación por la emergencia de resistencias bacterianas, se han propuesto cambiar los estándares de tratamiento en infecciones, como la neumonía y la otitis media aguda (OMA)(3) o, desde hace más tiempo, la infección del tracto urinario (ITU)(4).

Parte II

En esta segunda parte del artículo, desarrollaremos por separado las infecciones bacterianas más prevalentes en Pediatría de AP, centrándonos principalmente en aquellos aspectos de interés a la hora de elegir qué antibiótico reúne las mejores características para su empleo de manera empírica.

Faringitis aguda

La penicilina oral es el tratamiento de elección de la faringitis producida por el estreptococo betahemolítico del grupo A.

La mayoría de faringitis agudas son causadas por virus. La principal bacteria implicada es el Streptococcus pyogenes o estreptococo betahemolítico del grupo A (EbhGA) con un 15 % del total, especialmente en niños entre 3-13 años, donde puede alcanzar el 30 % en época epidémica, la cual suele ocurrir entre el final del invierno y el comienzo de la primavera en climas templados(5). Las faringitis por EbhGA son muy raras por debajo de los 2-3 años. A cualquier edad, la presencia de conjuntivitis, rinorrea, afonía, estridor, tos y/o diarrea son hallazgos sugestivos de origen vírico de la infección(6). También lo son, la presencia a la exploración de vesículas en boca o úlceras en el paladar. En aquellos casos en que no están presentes estos síntomas y/o datos exploratorios excluyentes, el diagnóstico de presunción de faringitis por EbhGA en un porcentaje elevado de casos, no se correlaciona con una prueba de confirmación microbiológica positiva, incluso cuando lo hacen profesionales experimentados/as en este campo. La prueba microbiológica de elección en Atención Primaria es el test de detección rápida de antígeno estreptocócico. En la tabla III se recogen las indicaciones para su realización.

tabla

El tratamiento de elección será penicilina vía oral (fenoximetilpenicilina potásica o fenoximetilpenicilina benzatina). La dosificación sería: en <27 kg de peso, 250 mg cada 12 horas; y en ≥27 kg, 500 mg cada 12 horas. La toma debe separarse de las comidas (1 h antes o 2 h después) para favorecer su absorción. Como alternativa, en niños más pequeños, se puede pautar amoxicilina que tiene mejor sabor y cuya absorción no se modifica con la ingesta de alimentos. La pauta es de 50 mg/kg/día con una dosis máxima de 1 g/día.
Se puede dar en toma única o
repartirla en 2 dosis(7). El tratamiento, a pesar de la baja incidencia de fiebre reumática en nuestro medio, tiene como fin último su prevención. Por ello, con la evidencia actual, su duración será de 10 días. La penicilina-benzatina en dosis única intramuscular, debe quedar limitada a quienes no toleren la vía oral o en el caso de que no pueda asegurarse el cumplimiento terapéutico. La dosificación es la siguiente: <27 kg 600.000 UI y ≥27 kg 1.200.000 UI. En alergia a betalactámicos no mediada por IgE o reacción retardada no grave, debe emplearse una cefalosporina de primera generación (cefadroxilo 30 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 2 g/día). En caso de alergia mediada por IgE inmediata o retardada grave, la elección debe ser un macrólido. Para evitar cepas con fenotipo M resistente a macrólidos de 14 y 15 átomos de carbono, se prefiere elegir los de 16 átomos de carbono como josamicina (30-50 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1 g al día) o diacetil-midecamicina (35-50 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1,2 g al día). En caso de faringitis recurrente (nuevo episodio de faringitis en un periodo menor a un mes tras realizar correctamente el tratamiento antibiótico), en la que su cuadro clínico orienta a una nueva faringitis estreptocócica, habría que valorar la participación de bacterias productoras de betalactamasas, como favorecedoras de la recurrencia. En este caso, el tratamiento de elección sería una cefalosporina de primera generación como cefadroxilo, teniendo como alternativas, en caso de no disponer del mismo o no tolerancia: amoxicilina-clavulánico (4:1), cefuroxima (es suficiente con 5 días de tratamiento en este caso) o macrólidos (valorar siempre las resistencias locales).

Otitis media aguda (OMA)

Antes de la introducción de la vacuna antineumocócica conjugada, las bacterias implicadas con mayor frecuencia en la etiología de la OMA eran: Streptococcus pneumoniae (35 %), Haemophilus influenzae no tipificable (HiNT, 25 %), Streptococcus pyogenes (3-5 %), Staphylococcus aureus (1-3 %) y Moraxella catarrhalis (1 %). La vacunación universal con vacuna antineumocócica conjugada 13 valente (VNC13) ha tenido un impacto mayor de lo esperado en la prevención de otitis media aguda; HiNT y Streptococcus pneumoniae siguen siendo las principales bacterias implicadas, pero, en muchos estudios, HiNT ocupa ya el primer lugar, mientras que Moraxella catarrhalis ha pasado a ocupar el tercero. Las resistencias de Streptococcus pneumoniae a la penicilina (resistencia generalmente salvable con aumento de dosis) se siguen manteniendo entre el 15-30 %(8). El 80 % de las OMA se resuelven de manera espontánea. El tratamiento antibiótico tiene como fin reducir la duración de la sintomatología y evitar el desarrollo de complicaciones, tanto a corto plazo (mastoiditis) como a medio-largo (desarrollo de otitis media crónica). La Academia Americana de Pediatría (AAP) en su Guía de Práctica Clínica para la OMA, situó en 6 meses la edad mínima para conducta expectante y observación clínica antes de iniciar tratamiento antibiótico(9). Sin embargo, en diferentes estudios realizados, la conducta expectante entre 6-24 meses fracasa con frecuencia por diferentes motivos, por lo que será necesario individualizar cada caso. Las indicaciones de tratamiento antibiótico en el momento del diagnóstico son: menores de 6 meses, presencia de otorrea, OMA unilateral grave (Tabla IV), OMA bilateral, inmunodepresión o imposibilidad de seguimiento.

tabla

El tratamiento de elección es amoxicilina a 80 mg/kg/día cada 8 horas, dosis máxima 3 g/día. Si existen factores de riesgo o sospecha de infección por H. influenzae (menores de 6 meses, pauta incompleta de vacunación, presencia de conjuntivitis purulenta, recurrencia, o tratamiento antibiótico en los últimos 30 días), emplearemos amoxicilina-clavulánico (8:1) a 80 mg/kg/día de amoxicilina cada 8 horas, dosis máxima 3 g/día. En niños menores de 2 años, la duración del tratamiento debe ser de 7-10 días. También se recomienda este tiempo de tratamiento a cualquier edad con: OMA supurativa, historia de OMA de repetición, otitis media crónica o cirugía relacionada con hipoacusia asociada (adenoidectomía, drenaje transtimpánico o miringotomía). En el resto se podría limitar a 5 días. Es recomendable, sobre todo, en pautas de tratamiento de 5 o 7 días, un control clínico que valore la respuesta adecuada al tratamiento antes de su suspensión(10). En alérgicos a amoxicilina IgE mediada o retardada grave, el tratamiento sería con macrólidos, preferentemente azitromicina (10 mg/kg/día cada 24 h 3 días, dosis máxima 500 mg/día), por su posología, duración y biodisponibilidad. También puede emplearse claritromicina (15 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1 g/día). En alergia no inmediata leve, la elección sería cefuroxima (30 mg/kg día cada 12 h). La duración del tratamiento con claritromicina y cefuroxima sería la misma que para amoxicilina.

Otitis externa aguda

Otitis externa aguda difusa (OEAd)

Las bacterias implicadas principalmente son: Pseudomonas aeruginosa y Staphylococcus aureus. Podemos encontrar también Proteus mirabilis, estreptococos de los grupos D y G y anaerobios. La presencia de hongos es menos frecuente en la edad pediátrica, destacando Candida spp. y Aspergillus spp. No está indicada la toma de muestra para cultivo de forma rutinaria, pero debe recogerse siempre en: otitis externa grave (dolor intenso, canal completamente ocluido por edema, eritema periauricular, fiebre y/o linfadenopatía), otitis externa recurrente, inmunodepresión, cirugía reciente del pabellón auditivo o mala respuesta al tratamiento. El tratamiento de elección para las otitis externas difusas leves o moderadas es tópico. Cuando se encuentre cerumen, restos de piel descamada o exudado en gran cantidad, se debe limpiar el conducto antes de iniciar el tratamiento. A la hora de elegir tratamiento, debemos tener en cuenta lo siguiente(11):

• No existen diferencias entre: antibióticos (quinolonas o no), antisépticos (alcohol de 70º boricado, violeta de genciana al 2 %) y soluciones acidificantes (ácido acético 2 %).

• No hay estudios que determinen un mayor beneficio al asociar corticoides al antibiótico tópico, comparándolo con el empleo de este último solo.

• Existe suficiente evidencia de ototoxicidad de aminoglucósidos, antisépticos y soluciones acidificantes, por lo que estos no deberían emplearse en: portadores de tubos de timpanostomía, perforación timpánica o pacientes en los que no se pueda visualizar la membrana timpánica (otorrea, estrechez del conducto auditivo externo -CAE- por edema, etc.).

Ciprofloxacino ótico sería la opción más recomendable para el tratamiento. Proporciona una excelente cobertura contra Pseudomonas aeruginosa y aceptable para Staphylococcus aureus, y no produce ototoxicidad. La ficha técnica permite su uso por encima del año de vida. Dependiendo de la forma de presentación del fármaco, su posología será de 4 gotas o 1 vial cada 12 horas durante 7 días(10). En relación a los aminoglucósidos, neomicina es eficaz contra Staphylococcus aureus, mientras que tobramicina y gentamicina cubren también a Pseudomonas aeruginosa. Su principal problema es la ototoxicidad como ya se comentó. La polimixina B cubre solo a Pseudomonas aeruginosa. En las OEAd graves y en inmunocomprometidos, debe asociarse tratamiento sistémico y derivarse para valoración por otorrinolaringología (ORL). También deben ser valorados por ORL, quienes no presenten mejoría tras 7 días de tratamiento. En caso de otomicosis, está indicada la limpieza del CAE con retirada de todo el material contenido en el mismo. Se puede emplear clotrimazol 1 %, antisépticos y agentes acidificantes, como el ácido acético al 2 %(11).

Otitis externa aguda circunscrita o localizada

Se llama así a la presencia de un forúnculo en el tercio externo del conducto auditivo y es producido por Staphylococcus aureus. El tratamiento de elección sería una cefalosporina de primera generación, cefadroxilo o cefalexina, prefiriéndose la primera por su posología. La pauta de cefadroxilo es de 30 mg/kg/día cada 12 horas, dosis máxima 2 g/día. Amoxicilina-clavulánico (4:1) a 40 mg/kg/día cada 8 horas, dosis máxima 3 g/día y cefuroxima a 20-30 mg/kg/día cada 12 horas, dosis máxima 2 g/día, pueden ser alternativas cuando no se disponga o no se tolere cefadroxilo. Cloxacilina, que podría ser de entrada el antibiótico de elección, presenta varios problemas que lo relegan a un papel secundario: su posología cada 6 horas, su mal sabor, su absorción errática cuando ingiere con alimentos (debe tomarse 1 h antes o 2 h después) y su baja biodisponibilidad, disminuyen su efectividad y dificultan el cumplimiento terapéutico. En alergia mediada por IgE o tardía grave a betalactámicos, emplearemos azitromicina 10 mg/kg/día durante 3 días, dosis máxima 500 mg/día.

Sinusitis aguda

Las bacterias implicadas con mayor frecuencia en la sinusitis aguda en Pediatría son similares a las que se encuentran en la OMA, por lo que las pautas de tratamiento antibiótico de ambas coinciden, si bien la duración en esta última suele ser más prolongada (10 días). Ante la existencia de estudios con resultados contrapuestos, en caso de optar en niños mayores de 2 años por una conducta expectante o prescripción diferida, estas deben ir acompañadas de un seguimiento clínico estrecho para vigilar la posible aparición de complicaciones(8).

Bronquitis bacteriana persistente

La bronquitis bacteriana persistente clínica se define como: una infección de las vías respiratorias inferiores que se caracteriza por la presencia de tos húmeda o productiva de más de 4 semanas de duración en ausencia de otro diagnóstico que pudiera ser la causa de la misma. Afecta, sobre todo, a niños menores de 6 años. El síntoma principal es la tos húmeda, que suele presentarse en forma de accesos, que no responde a tratamiento broncodilatador y que puede acompañarse puntualmente de dificultad respiratoria. La exploración física es habitualmente normal.

Los principales agentes etiológicos son: Haemophilus influenzae no tipable, Streptococcus pneumoniae y, con menor frecuencia, Moraxella cata­rrhalis. Frecuentemente, se aísla más de uno. Es criterio excluyente del diagnóstico la existencia de una infección concomitante por Bordetella pertussis o Mycoplasma pneumoniae.

El tratamiento de elección es amoxicilina-clavulánico (8:1) a dosis de 80 mg/kg/día de amoxicilina cada 8 h, con una dosis máxima de 3 g/día durante un mínimo de 14 días. En ocasiones, es necesario mantener el tratamiento entre 4-6 semanas. En caso de alergia tardía no grave a betalactámicos, el tratamiento de elección sería cefuroxima (30 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 500 mg/día) con igual duración. En alergia a betalactámicos mediada por IgE o tardía grave, el tratamiento de elección sería claritromicina (15 mg/kg/día cada 12 h, máximo 1 g/día durante un mínimo de 14 días)(12).

Neumonía adquirida en la comunidad

Los virus son la causa más común en menores de 4 años. La bacteria implicada con mayor frecuencia es Streptococcus pneumoniae. En menores de 5 años, ocupa el primer lugar con casi el 30 % del total. En mayores de 5 años, Mycoplasma pneumoniae es la bacteria aislada con mayor frecuencia. En la tabla III, se recogen los principales microorganismos causantes de neumonía adquirida en la comunidad en niños sanos(13).

Sospecha de neumonía típica(14,15)

Entendemos por neumonía típica, aquella que presenta un cuadro de inicio brusco con: fiebre (≥39ºC), tos productiva y exploración compatible (auscultación con crepitantes localizados y/o hipoventilación). Las guías clínicas vigentes indican que puede prescindirse de la realización de radiografía de tórax para el diagnóstico en niños previamente sanos con un primer episodio de neumonía que no presenten criterios de gravedad. El tratamiento, en la mayoría de las ocasiones, será empírico; los microorganismos causales pueden consultarse en la tabla V.

tabla

En los últimos años se han llevado a cabo múltiples investigaciones buscando acotar la duración del tratamiento de la neumonía no complicada en niños. La OMS(16) hace años que recomienda disminuir a 3-5 días el tratamiento de la neumonía adquirida en la comunidad en niños de 2 a 5 años, pero los criterios definitorios de neumonía no se corresponden exactamente con los empleados en países de alto Índice de Desarrollo Humano (IDH). Varios metaanálisis(17) aportan evidencia suficiente como para recomendar esta duración en menores de 5 años, también en países de alto IDH(18). Tanto es así, que varios grupos de expertos sugieren que las guías de tratamiento deberían cambiar en favor de acortar el tratamiento de la neumonía no complicada en niños de 6 meses a 5 años(19). En niños de edad <5 años, el tratamiento de elección será amoxicilina 80 mg/kg/día cada 8 h, dosis máxima diaria 6 g, 5 días. Hay que señalar que la duración del tratamiento vendrá condicionada por un seguimiento que confirme la buena evolución del cuadro clínico, siendo innecesaria la realización de exploraciones complementarias de ningún tipo para confirmar la curación. En menores de 5 años correctamente vacunados de Haemophilus influenzae tipo B, el tratamiento de elección es el mismo, mientras que en no vacunados, deberá ser amoxicilina-clavulánico (8:1) a 80 mg/kg/día de amoxicilina, dosis máxima diaria 3 g/día con igual duración. Si tras 48-72 h de tratamiento, no hubiera una respuesta adecuada al tratamiento y no existieran criterios de ingreso hospitalario, se puede asociar un macrólido. En alergia a betalactámicos mediada por IgE o tardía grave, el tratamiento de elección sería un macrólido, de elección azitromicina (10 mg/kg/día, dosis máxima diaria 500 mg durante 3 días) y, como alternativa, claritromicina (15 mg/kg/día cada 12 h, máximo 1 g/día,
5 días). En caso de reacción alérgica tardía no grave, pautaríamos cefuroxima (30 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1 g/día, 5 días).

Sospecha de neumonía atípica

El cuadro se caracteriza por: un inicio insidioso, poca afectación del estado general, fiebre menor de 39ºC, tos y, a la auscultación, estertores crepitantes difusos que se pueden acompañar de sibilancias bilaterales. En menores de 5 años, la causa más probable es la viral (especialmente en menores de 2 años). Si sospechamos etiología bacteriana, el antibiótico de elección es azitromicina (10 mg/kg/día, dosis máxima diaria 500 mg durante 3 días). Como alternativa, podemos emplear claritromicina (15 mg/kg/día cada 12 h, máximo 1 g/día durante 5 días).

Gastroenteritis aguda

La gastroenteritis aguda es viral en el 80 % de los casos. Rotavirus es el patógeno más frecuente, siendo la primera causa en menores de 2 años, a pesar del importante descenso acontecido tras la introducción de la vacuna. Otros virus causantes de diarrea aguda son: norovirus, sapovirus, astrovirus, enterovirus y adenovirus entéricos. Campylobacter spp. es el agente etiológico más frecuente en mayores de 5 años. Los agentes bacterianos aislados más frecuentemente en población infantil sana en nuestro medio son: Campylobacter jejuni y Salmonella spp. En el caso de la diarrea del viajero, el patógeno más frecuente es Escherichia coli enterotoxigénica. Los cuadros clínicos de gastroenteritis aguda suelen ser autolimitados, tanto si son de causa viral como bacteriana. El tratamiento antibiótico no suele acortar la duración del proceso y, en ocasiones, puede favorecer la persistencia en el tiempo del estado de portador, como ocurre con Salmonella spp. Las indicaciones de antibioterapia son, por tanto, muy limitadas (Tabla VI)(20).

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Infección del tracto urinario (ITU)

Escherichia coli es el principal agente etiológico de ITU en Pediatría (60-80 %).

La ITU es una de las infecciones bacterianas más frecuentes en la edad pediátrica. Escherichia coli es la causa más frecuente, con una prevalencia de entre 60-80 % en los diferentes estudios epidemiológicos realizados en nuestro país. El segundo lugar en frecuencia lo ocupa Proteus mirabilis (6-10 %) y el tercero Klebsiella pneumoniae (3-5 %). Otras enterobacterias implicadas son: Klebsiella oxytoca, Enterobacter cloacae, Citrobacter spp., Serratia marcescens y Morganella morganii. Entre las bacterias grampositivas destacan: Enterococcus spp. (en lactantes <3 meses y niños con enfermedad nefrourológica) y Staphylococcus saprophyticus en mujeres adolescentes con infección de orina no complicada(21). El tratamiento antibiótico empírico (Tabla VII) debe iniciarse de manera inmediata una vez recogida una muestra adecuada para cultivo (“al acecho” o sondaje en niños/as no continentes y chorro miccional medio en continentes), con el fin de minimizar las posibles complicaciones.

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La elección se hará en función de las resistencias locales y las características del paciente que pudieran determinar cambios en su etiología. Se debe evitar el empleo de antibióticos con resistencias ≥15 %. La mayoría de tratamientos serán domiciliarios y vía oral. Se recomienda hacer un control clínico a las 48 horas. Escherichia coli es generalmente sensible a cefalosporinas de segunda (cefuroxima) y tercera generación (cefixima, ceftibuteno), debiendo decantarnos por el primer grupo, si la sensibilidad existente así lo permite. También suele ser sensible a fosfomicina, la cual podremos usar solo en cistitis, dada la baja biodisponibilidad alcanzada por la misma en el tracto urinario alto. En niñas mayores de 12 años con cuadro de cistitis, se puede utilizar fosfomicina trometamol 3 g en dosis única, debiendo administrarse durante 2 días en caso de ITU recurrente. En el resto, utilizaremos fosfomicina cálcica (100-200 mg/kg/día cada 8 h, dosis máxima 1,5 g/día). En los últimos años, se han incrementado las resistencias de Escherichia coli a amoxicilina-clavulánico, por lo que debemos evitar de entrada el uso de este antibiótico (en cualquier caso, como ya comentamos, se tendrán en cuenta las resistencias locales existentes). En menores de 3 meses y población con antecedentes de enfermedad nefrourológica, la tinción de Gram puede orientar hacia la presencia de cocos grampositivos en la muestra. En este caso la amoxicilina sería el tratamiento empírico de elección. La duración del tratamiento antibiótico (excepto para fosfomicina trometamol) será entre 3-5 días para las cistitis y 7-10 días para las ITU de vías altas.

Infecciones cutáneas

En las infecciones cutáneas, en las que sospechemos la presencia de Staphylococcus aureus, no debemos utilizar amoxicilina como tratamiento (bacteria productora de betalactamasas).

Las bacterias más implicadas en las infecciones cutáneas son Staphylococcus aureus y Streptococcus pyogenes, sin embargo, las características del paciente o el contexto clínico-epidemiológico pueden favorecer la implicación de otras especies y la necesidad de tomar muestras para estudio microbiológico. Este deberá plantearse también ante lesiones muy extensas, la presencia de complicaciones o afectación sistémica.

El tratamiento en las infecciones cutáneas habituales es frecuentemente empírico. Las infecciones cutáneas localizadas, superficiales, se pueden tratar con antisépticos o antibióticos tópicos. Los más empleados, dado su espectro de acción, son la pomada de mupirocina o la crema o pomada de ácido fusídico. La pauta habitual de ambos será cada 8 horas, con una duración entre 5-7 días. En caso de encontrarnos con lesiones con complicaciones, extensas, diseminadas y/o con afectación sistémica o del estado general, está indicada la vía oral. La duración del tratamiento puede variar en función del tipo y características de la lesión, pero habitualmente oscila entre 5-10 días. En infecciones en las que se sospeche la presencia de Staphylcoccus aureus, se deberá tener en cuenta la producción de betalactamasas por parte de esta a la hora de elegir el tratamiento (amoxicilina no puede ser antibiótico de elección en este caso). El tratamiento de elección sería una cefalosporina de primera generación como cefadroxilo o cefalexina, siendo preferible la primera por su menor número de tomas diarias. La pauta de cefadroxilo es de 30 mg/kg/día cada 12 horas, dosis máxima 2 g/día. Amoxicilina-clavulánico (4:1) a 40 mg/kg/día cada 8 horas, dosis máxima 3 g/día, y cefuroxima a 20-30 mg/kg/día cada 12 horas, dosis máxima 1 g/día, pueden ser alternativas cuando no se disponga o no se tolere cefadroxilo.

Se debe sospechar la presencia de SARM (Staphylococcus aureus resistente a meticilina) ante mala respuesta al tratamiento, procedencia de América, Asia o el este de Europa, o convivencia con portadores conocidos. En caso de precisar antibioterapia oral, emplearíamos clindamicina, 10-30 mg/kg/día cada 6 horas, dosis máxima 1,8 g/día (no hay presentación en suspensión), o cotrimoxazol, especialmente en pacientes procedentes de zonas de alta resistencia a clindamicina o la necesidad de una presentación en solución que permita la toma del tratamiento. La pauta es de 6-12 mg/kg/día de trimetropim cada 12 horas, dosis máxima 320 mg/día)(22).
En las infecciones producidas por
Streptococcus pyogenes, el antibiótico de elección será penicilina o amoxicilina. Cefadroxilo y amoxicilina-clavulánico se emplearán en caso de sospechar asociación con Staphylococcus aureus. En caso de alergia mediada por IgE o tardía grave a betalactámicos, podemos emplear macrólidos de 16 átomos de carbono, como josamicina (30-50 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1 g/día) o midecamicina (35-50 mg/kg/día cada 12 h, dosis máxima 1 g/día). También puede utilizarse clindamicina, 10-30 mg/kg/día
cada 6 horas, dosis máxima 1,8 g/día (no hay presentación en suspensión).

Función del pediatra de Atención Primaria

En la lucha contra las resistencias bacterianas a antimicrobianos, la figura del pediatra de Atención Primaria resulta clave, pues tendrá en su mano la decisión de si iniciar o no tratamiento antibiótico en cada caso, elegir el fármaco más adecuado atendiendo a múltiples factores y mantenerlo el tiempo preciso, ni más, ni menos.

La concienciación sobre el sobreuso de antibióticos en el ámbito de la Atención Primaria es fundamental y el pediatra es uno de los mayores prescriptores de este tipo de fármacos, junto a los odontólogos y los médicos de familia.

La presión asistencial, la insistencia de los familiares o el tiempo medio por consulta, juegan en contra del abuso de antimicrobianos en este ámbito. Desde los órganos de gestión, siguiendo las líneas marcadas por los PROA comunitarios, debe facilitarse la actividad profesional del pediatra, si lo que pretendemos es hacer todo lo posible por disminuir la expansión de las resistencias bacterianas.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Documento de consenso SEIP-AEPAP-SEPEAP sobre la etiología, el diagnóstico y el tratamiento de las infecciones cutáneas bacterianas de manejo ambulatorio.

 

Caso clínico

 

Eva, de 4 años, no tiene antecedentes personales destacables, incluyendo alergias, y se encuentra correctamente vacunada según calendario oficial de su comunidad autónoma. Consultan sus padres, porque presenta un cuadro clínico que se inició hace 5 días con rinorrea y tos, especialmente nocturna. En los últimos 4 días, ha comenzado de forma brusca, con fiebre de hasta 39,6ºC, con dos picos diarios, rechazo parcial del alimento, decaimiento y, desde esta mañana, dolor torácico localizado en flanco izquierdo. También presenta dolor abdominal continuo y un vómito aislado, sin diarrea. Tolera líquidos y algunos sólidos. No hay otros convivientes sintomáticos. En la exploración física, presenta buen estado general, sin alteraciones de coloración de piel y mucosas. La frecuencia cardiaca es de 110 lpm, la respiratoria de 32 rpm, la satO2 medida por pulsioximetría es de 97 % y la exploración ORL no revela alteraciones. A la inspección no muestra uso de musculatura accesoria ni tiraje, pero en la auscultación destaca la presencia de hipoventilación y estertores crepitantes, localizados en el lugar donde la niña se queja de dolor costal (base izquierda). El resto del examen físico es normal.

 

 

Meningitis y meningoencefalitis

B. Gómez Cortés, I. Gangoiti Goikoetxea, J. Benito Fernández
Temas de FC


B. Gómez Cortés, I. Gangoiti Goikoetxea, J. Benito Fernández

Servicio de Urgencias de Pediatría. Hospital Universitario Cruces. Barakaldo. Vizcaya

Resumen

La incidencia de meningitis bacteriana ha disminuido en las últimas dos décadas gracias al desarrollo y, finalmente, inclusión en el calendario vacunal, de las vacunas frente al S. pneumoniae y el N. meningitidis. Sin embargo, siguen presentando una elevada morbimortalidad, al igual que las encefalitis
herpéticas.

La aparición de nuevas herramientas diagnósticas, como los paneles múltiples de técnicas de reacción en cadena de la polimerasa que, en la actualidad, proporcionan resultados en pocas horas, ha facilitado el diagnóstico etiológico precoz de estas entidades. Hasta la confirmación microbiológica, disponemos, además, de varios scores validados que permiten identificar aquellos pacientes con pleocitosis y muy bajo riesgo de presentar una meningitis bacteriana y reducir la tasa de ingreso y de tratamiento antibiótico empírico.

Con vistas a la prevención secundaria, es necesario conocer los criterios de contacto estrecho ante un caso de infección invasiva por N. meningitidis o H. influenzae. Esto permite limitar el uso de la quimiprofilaxis a aquellos individuos en los que verdaderamente está indicada y reducir en ellos el riesgo de desarrollar un caso secundario.

 

Abstract

The incidence of bacterial meningitis has decreased in the last two decades thanks to the development, and finally inclusion in the immunization schedule, of vaccines against S. pneumoniae and N. meningitidis. However, these infections and the herpes encephalitis still have a high morbidity and mortality.

The use of new diagnostic tools, such as the multiple polymerase chain reaction panels, which currently provide results in a few hours, has facilitated the early etiological diagnosis of these entities. Until the microbiological confirmation, we have several validated scores that can identify those patients with pleocytosis and a very low risk of presenting a bacterial meningitis, reducing the rates of admission and empirical antibiotic treatment. In relation to the secondary prevention, it is necessary to know the criteria for defining a close contact of a case of invasive infection by N. meningitidis or H. influenzae. This makes it possible to limit the use of chemoprophylaxis to those individuals in whom it is truly indicated and reduce the risk of developing a secondary case in them.

 

Palabras clave: Meningitis; Encefalitis; Neisseria meningitides; Streptococcus pneumoniae; Herpes simplex.

Key words: Meningitis; Encephalitis; Neisseria meningitides; Streptococcus pneumoniae; Herpes simplex.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 341 – 349

 


OBJETIVOS

• Reconocer los síntomas y signos sugestivos de infección del SNC.

• Realizar adecuadamente la estabilización inicial de los pacientes con sospecha clínica de meningitis bacteriana o encefalitis, mediante la sistemática ABCDE.

• Conocer los criterios diagnósticos de encefalitis y los criterios de bajo riesgo de meningitis bacteriana en un paciente con pleocitosis.

• Pautar el tratamiento antibiótico o antiviral adecuado en función de la sospecha clínica y los agentes etiológicos más probables en cada caso.

• Conocer, ante un caso de infección invasiva por N. meningitidis o H. influenzae, los criterios para considerar a una persona como contacto estrecho, así como las pautas de quimioprofilaxis secundaria recomendadas en estos casos.

 

Meningitis y meningoencefalitis

Introducción

Las infecciones del sistema nervioso central son entidades poco frecuentes, pero con elevada morbimortalidad en el caso de las meningitis bacterianas y encefalitis herpética.

Las infecciones en la edad pediátrica son un motivo de consulta muy frecuente, tanto en Atención Primaria como en el ámbito hospitalario, pero son menos habituales aquellas que afectan al sistema nervioso central (SNC). A pesar de que la mayoría de ellas son de causa viral y tienen buen pronóstico, la morbimortalidad de estas infecciones sigue siendo alta, incluso en nuestro entorno.

Las infecciones del SNC pueden manifestarse como:

Meningitis: inflamación de las meninges que afecta a piamadre, aracnoides y espacio subaracnoideo. Presenta pleocitosis, que se define como aumento de celularidad del líquido cefalorraquídeo (LCR): más de 25 células por microlitro en el neonato, más de 10 en el lactante entre 1 y 2 meses y por encima de 5 células por microlitro en los pacientes mayores de 2 meses.

Encefalitis: inflamación del parénquima cerebral asociado a disfunción neurológica, debido a causas infecciosas o inmunomediadas. Se trata de un diagnóstico clínico en el que el síntoma guía es la alteración del estado mental, que puede presentarse como una disminución o alteración del estado de consciencia, letargia o cambios de personalidad.

Meningoencefalitis: síndrome clínico caracterizado por signos y síntomas consistentes en inflamación de las meninges y del parénquima cerebral.

Epidemiología

La gran mayoría de meningitis son de etiología viral, destacando los enterovirus. El S. pneumoniae y la N. meningitis son las causas más frecuentes de meningitis bacterianas fuera del periodo neonatal.

Solo el 5 % de las meningitis son bacterianas. Los gérmenes implicados varían con la edad, siendo el Streptococcus del grupo B y la E. coli los más prevalentes en los primeros 2-3 meses de vida (periodo etario de mayor incidencia), y S. pneumoniae y N. meningitidis en lactantes mayores y niños(1). La L. monocytogenes, bacteria clásicamente implicada en la meningitis neonatal, es en la actualidad una causa infrecuente La meningitis tuberculosa no es frecuente en nuestro medio.

Dentro de las causas de meningitis viral, los enterovirus (85-95 %, fundamentalmente Echovirus) son los más frecuentes. Es difícil conocer la incidencia exacta de las infecciones víricas del SNC, ya que el diagnóstico etiológico no siempre se llega a realizar. Son más frecuentes en los meses de primavera, verano y otoño, y tienen dos picos de incidencia en Pediatría: menores de un año y entre los 5-10 años.

En cuanto a las meningoencefalitis, los miembros de la familia Herpesviridae son la causa más frecuente en nuestro entorno(2). El virus herpes simple de tipo 1 es una causa importante de encefalitis grave esporádica que, sin tratamiento antiviral, puede evolucionar hasta en un 70 % a coma y muerte(3). Le siguen en frecuencia el herpes virus tipo 2 (que predomina en neonatos), el virus Epstein-Barr y el herpesvirus humano 6.. Otras causas virales menos frecuentes son: los virus respiratorios y el rotavirus; en pacientes no inmunizados, los virus del sarampión, la rubéola y la parotiditis; y en inmunodeprimidos, el citomegalovirus. Aunque poco frecuentes en nuestro medio, se debe tener en cuenta también la posibilidad de virus emergentes, como el virus del Nilo Occidental, transmitido por mosquitos o el flavivirus causante de encefalitis centroeuropea, trasmitido por la garrapata del ciervo (se ha descrito también a través de la leche no pasteurizada).

Fisiopatología

En las meningitis bacterianas, la clínica y las posibles lesiones y secuelas vienen determinadas por la interrelación de los factores de virulencia del patógeno y la respuesta inmune del huésped y el proceso inflamatorio que esto provoca.

El proceso por el que se desarrolla una meningitis bacteriana se inicia con la colonización del tracto respiratorio, gastrointestinal o urinario, desde donde la bacteria invade el torrente sanguíneo. Determinados factores del huésped (asplenia, déficit del complemento o de anticuerpos, tratamientos inmunosupresores…) y el haber padecido ciertas infecciones virales previas, como la gripe, favorecen esta invasión. Una vez en el torrente sanguíneo, la cápsula polisacárida bacteriana inhibe el depósito de adhesinas, y la fagocitosis y diferentes moléculas de la superficie bacteriana actúan sobre componentes concretos del complemento, facilitando la supervivencia de la bacteria frente al sistema inmune y la invasión meníngea. Esta se ve facilitada, cuanto mayor es la duración y el grado de la bacteriemia.

En el caso del S. pneumoniae y el H. influenzae, hay evidencia de que el plexo coroideo es el punto de entrada inicial al sistema ventricular. Una vez alcanzado el LCR, las bacterias pueden multiplicarse rápidamente, debido a las bajas concentraciones de inmunoglobulinas y de complemento existentes en él. El acúmulo de neutrófilos en LCR viene desencadenado principalmente por el componente C5a del complemento y se relaciona con la gravedad de la enfermedad. En la actualidad, el único tratamiento adyuvante que ha demostrado utilidad para reducir la mortalidad en países desarrollados es la dexametasona, en el tratamiento de la meningitis neumocócica. Sin embargo, se están desarrollando estudios con otros fármacos que, en el futuro, puedan mejorar el pronóstico de estos pacientes, como bloqueantes del receptor del C5a o inhibidores de la matriz-metaloproteinasa (doxiciclina)(4).

Por otra parte, los fragmentos bacterianos producidos tras la muerte de la bacteria por el tratamiento antibiótico estimulan al sistema inmune, generando una potente respuesta inflamatoria. Esto ha planteado la hipótesis de que el uso de antibióticos no bacteriolíticos, como la daptomicina, pueda reducir esta respuesta proinflamatoria y prevenir el daño neuronal, aunque todavía no hay estudios suficientes que la avalen.

Como hemos visto, la fisiopatología y la traducción clínica de la meningitis bacteriana están definidas por la interrelación de los factores de virulencia del patógeno y la respuesta inmune del huésped. Una vez que el proceso inflamatorio ha comenzado, se produce la lesión del endotelio de la barrera hematoencefálica, que provoca edema vasogénico, pérdida de la autorregulación cerebral, edema cerebral vasogénico y aumento de la presión intracraneal. Todo ellos pueden generar en la clínica: hidrocefalia, convulsiones, déficits motores o sensitivos, e incluso coma.

En las infecciones del SNC por enterovirus, por el contrario, la transmisión se produce habitualmente vía fecal-oral. Las partículas virales se unen a receptores específicos de los enterocitos y atraviesan la mucosa intestinal, alcanzando las placas de Peyer donde se replican. La transmisión a través de la inhalación de gotitas infectadas y la posterior replicación del virus en la nasofaringe es mucho menos frecuente. En cualquiera de los dos casos, se produce una viremia primaria que permite al virus extenderse a otros órganos, como el hígado y el bazo, donde se replica de nuevo y, posteriormente, una viremia secundaria. En cualquiera de los dos periodos de viremia, el virus puede alcanzar el SNC, aunque el mecanismo por el que lo logra es todavía desconocido.

En cuanto a las encefalitis virales, el VHS-1 se transmite principalmente por contacto directo y puede alcanzar el SNC por diseminación hematógena, extensión directa atravesando la lámina cribosa o por vía neurógena. El VHS-2 se transmite principalmente por contacto sexual, por lo que es una causa mucho menos frecuente de encefalitis, salvo en el neonato. Los virus pueden además producir encefalitis postinfecciosa, desencadenando una respuesta autoinmune; en este caso, el virus no se detectaría en las pruebas microbiológicas realizadas en LCR.

Clínica

Los signos y síntomas de inflamación meníngea son más frecuentes e intensos en las meningitis de origen bacteriano. En las encefalitis, el síntoma guía es la alteración del nivel de consciencia.

Meningitis: la mayoría de los pacientes presenta fiebre y síntomas o signos sugestivos de inflamación meníngea, aunque, como en otras entidades, los síntomas pueden ser más sutiles e inespecíficos en lactantes pequeños y especialmente en neonatos. En estos dos grupos, la clínica inicial puede ser de rechazo de la alimentación, irritabilidad, vómitos o decaimiento. En niños mayores y adolescentes, los síntomas propios de inflamación meníngea y de hipertensión intracraneal (HTIC) son más evidentes: cefalea, fotofobia, rigidez de nuca e, incluso, alteración del nivel de consciencia(5). Los pacientes con meningitis bacteriana suelen presentar, más frecuentemente que aquellos con meningitis viral, una alteración del Triángulo de Evaluación Pediátrica, principalmente en relación al lado que evalúa la apariencia(6).

En la exploración, se pueden identificar determinados signos sugestivos de inflamación meníngea:

- Rigidez de nuca: incapacidad para tocar el tórax con la barbilla, presentando una limitación a la flexión pasiva del cuello. Aunque es un signo altamente sugestivo de meningitis, puede aparecer en otras entidades, tanto de origen neurológico (hematoma epidural cervical, hemorragia subaracnoidea, absceso epidural, tumor cerebral…) como no neurológico (adenopatías cervicales, absceso retrofaríngeo, neumonía de lóbulo superior, contractura muscular, discitis…).

- Signo de Kernig: el paciente, en decúbito supino y manteniendo la cadera y rodilla flexionadas a 90º, es incapaz de extender la rodilla a más de 135º o al realizarlo flexiona la rodilla contraria.

- Signo de Brudzinski: el paciente en decúbito supino flexiona las extremidades inferiores cuando se le realiza una flexión pasiva del cuello.

- Fontanela abombada: en el lactante, puede indicar la presencia de HTIC; este hallazgo parece ser mucho menos frecuente en el neonato(7). Puede estar ausente si se asocia deshidratación.

En cuanto a los hallazgos propiamente neurológicos, la mayoría de los pacientes con meningitis bacteriana presentan algún grado de alteración del nivel de consciencia (somnolencia, irritabilidad, letargia o incluso coma), siendo este uno de los predictores más fuertes de mortalidad o secuelas(8). Se estima que un 20-30 % de las meningitis bacterianas generan convulsiones, incrementándose este porcentaje en el neonato. En las meningitis de etiología viral, tanto la alteración del nivel de consciencia como las convulsiones son signos menos frecuentes, mientras que el resto de los síntomas sí suelen ser comunes, aunque de menor intensidad.

Ciertas lesiones cutáneas pueden orientar a determinadas etiologías. La presencia de exantema petequial o purpúrico es característico del N. meningitidis, aunque la mayoría de las meningitis meningocócicas sin sepsis asociada no lo presentan(9). Un exantema palmoplantar maculopapular, la herpangina o lesiones sugestivas de enfermedad boca-mano-pie, pueden verse en meningitis por enterovirus. Las infecciones por enterovirus pueden presentar también exantema petequial, aunque en este caso suele tratarse de elementos puntiformes y ser excepcional el componente purpúrico y hemorrágico característico del N. meningitidis.

Encefalitis: el síntoma definitorio de la encefalitis es la alteración del nivel de consciencia. Esta puede presentarse como disminución o fluctuación del nivel de consciencia, letargia o cambios de la personalidad o el comportamiento. Además de esta, los síntomas más habituales son la fiebre, convulsiones y la aparición de hallazgos neurológicos focales, siendo los más comunes la parálisis de nervio craneal, la alteración de los movimientos y la ataxia(10). Nuevamente, los neonatos y lactantes muy pequeños pueden presentar síntomas inicialmente inespecíficos, como irritabilidad, letargia o rechazo de la alimentación.

Al igual que en las meningitis, ciertas lesiones cutáneas pueden orientar a la etiología: exantema palmoplantar o característico del boca-mano-pie en el caso de los enterovirus, y lesiones vesiculares en las encefalitis herpéticas. Deben plantearse otras causas menos frecuentes: antecedente de picadura por garrapata (Borrelia o Ricketssia), mordeduras o arañazos (Bartonella y Arbovirus) o viaje a área endémica (fiebre de las montañas rocosas, rabia, virus del Nilo, Dengue…).

Diagnóstico

Existen scores que permiten identificar pacientes con pleocitosis y bajo riesgo de meningitis bacteriana. La clínica y ciertas pruebas complementarias orientan en la sospecha de encefalitis, pero el diagnóstico solo lo da la confirmación microbiológica.

El diagnóstico de la infección del SNC se orienta mediante la historia clínica y la exploración física, pero la piedra angular para su diagnóstico sigue siendo el estudio del LCR. Este es la base del diagnóstico y la interpretación de sus diferentes parámetros, que suele guiar a la toma inicial de decisiones. Otras pruebas complementarias como la analítica sanguínea, pruebas de imagen y neurofisiológicas, pueden apoyar la sospecha clínica.

Meningitis: el análisis citoquímico del LCR ayuda en la orientación inicial de la etiología de la meningitis (Tabla I).

Los reactantes de fase aguda en sangre que mayor rendimiento ofrecen en la identificación de una meningitis bacteriana son:

- La procalcitonina (PCT) sérica: predictor más fuerte para diferenciar meningitis bacteriana de viral. El punto de corte de 0,5 ng/mL presenta una sensibilidad del 99 % y una especificidad del 83 %(11).

- El recuento leucocitario: la neutrofilia >10.000/mcL se asocia a mayor riesgo.

- La proteína C reactiva sérica, que se incrementa en procesos de más de 6-12 horas de evolución.

Existen reglas de predicción clínica validadas que, mediante la combinación de parámetros clínicos y analíticos, permiten identificar pacientes con pleocitosis y bajo riesgo de meningitis bacteriana. Las que han demostrado un mayor rendimiento son el Bacterial Meningitis Score (BMS)(12) y, sobre todo, el Meningitis Score for Emergencies (MSE), publicado más recientemente(13). La tabla II muestra los parámetros incluidos en cada uno de ellos.

Se debe tener en cuenta que no son aplicables en pacientes que hayan recibido tratamiento antibiótico en las últimas 72 horas o con algún factor de riesgo de presentar meningitis bacteriana (mal estado general, exantema purpúrico, inmunosuprimidos, shunt de LCR o neurocirugía reciente). El BMS está validado en pacientes a partir de los 3 meses de edad y el MSE en pacientes a partir del mes de edad.

Encefalitis: se trata de un diagnóstico clínico, en el que el síntoma guía es la alteración del estado mental, que puede presentarse como una disminución o alteración del estado de consciencia, letargia o cambios de personalidad. Este criterio mayor debe ser acompañado por, al menos, dos de los siguientes criterios menores para definir una posible encefalitis, y de tres para definir una probable encefalitis(14). El diagnóstico definitivo solo lo da el aislamiento microbiológico.

Criterios menores:

- Fiebre ≥38ºC en las 72 horas antes o después del inicio de los síntomas.

- Convulsiones focales o generalizadas no atribuibles a comorbilidad previa.

- Nueva focalidad neurológica.

- Pleocitosis en LCR.

- Prueba de imagen con alteraciones del parénquima cerebral sugestivas de encefalitis.

- Electroencefalograma con alteraciones compatibles con encefalitis y no atribuibles a otra causa.

Las características citoquímicas del LCR pueden variar dependiendo del germen causante. Es habitual encontrar pleocitosis leve (<1.000/mm3), inicialmente con predominio de polimorfonucleares y posteriormente de mononucleares. Las proteínas suelen estar aumentadas en relación con la destrucción tisular, y la glucorraquia suele ser normal. Sin embargo, hay etiologías virales que pueden no provocar grandes cambios citoquímicos, como los parechovirus.

Tanto en las meningitis como en la encefalitis, el aislamiento microbiológico del germen causante proporcionará el diagnóstico definitivo y la etiología. Clásicamente, el diagnóstico microbiológico se basaba en el cultivo de LCR. Sin embargo, los cultivos tardan tiempo y la sensibilidad para el diagnóstico de infecciones no es óptima. De hecho, el cultivo viral ha quedado denostado. En los últimos años, la aparición de técnicas moleculares de diagnóstico rápido, como la técnica de reacción en cadena de la polimerasa (rt-PCR), basada en la ampliación del material genético (DNA o RNA), permite el diagnóstico de múltiples procesos patológicos. Las nuevas técnicas comercializadas de rt-PCR no requieren de complejas manipulaciones previas y se obtienen resultados rápidos, incluso a pie de cama. Las actuales rt-PCR múltiples rápidas en LCR permiten identificar presencia de material genético de varios microorganismos en aproximadamente una hora, incluso en aquellos tratados con antibiótico previamente. Así y todo, el cultivo bacteriano sigue estando indicado al permitir además la realización del antibiograma.

En todo paciente con sospecha clínica de meningitis, debería solicitarse, cultivo bacteriano y rt-PCR, al menos, para S. pneumoniae, N. meningitidis y enterovirus y parechovirus. En las sospechas de encefalitis, se debería ampliar el estudio con rt-PCR para virus herpes simple 1, 2 y 6, y otros microorganismos según la clínica asociada o la situación epidémica (influenza). Se aconseja también realizar una rt-PCR para Mycoplasma pneumoniae en frotis faríngeo y de enterovirus en muestra de heces y/o orofaríngea. En ambos casos, si se dispone de ella, se recomienda solicitar una rt-PCR múltiple en LCR, que incluya todos estos agentes y otros menos frecuentes.

Diagnóstico diferencial

Aunque menos frecuentes, se debe plantear diagnóstico diferencial con otras entidades, como la encefalomielitis aguda diseminada o ciertas encefalitis autoinmunitarias.

En apartados previos, ya se han comentado las características clínicas diferenciadoras entre las meningitis víricas y bacterianas. Dentro de estas últimas, ciertos patógenos como M. tuberculosis, T. pallidum y B. burgdoferi (enfermedad de Lyme) suelen producir una clínica más insidiosa.

Otros procesos no infecciosos también pueden producir una inflamación del SNC y cursar con síntomas parecidos a los de una meningoencefalitis viral; es el caso de enfermedades neoplásicas, hemorragias intracraneales, exposición a fármacos o toxinas y enfermedades autoinmunes. Entre estas últimas, la encefalomielitis aguda diseminada (EMAD) está considerada la primera causa de encefalitis autoinmunitaria en niños y adolescentes(15). Debuta de forma aguda con déficits neurológicos multifocales, clínica de encefalopatía y signos de desmielinización en la RM cerebral. Habitualmente, el curso clínico es rápidamente progresivo a lo largo de varios días, llegando a poder ser necesario el ingreso en la unidad de cuidados intensivos, en caso de disfunción del tronco encefálico o aumento de la presión intracraneal.

Otro diagnóstico a tener en cuenta es la encefalitis autoinmunitaria, debida a anticuerpos contra el receptor de N-metil-D-aspartato (anti-NMDA), que es, tras la EMAD, la segunda causa de encefalitis de causa autoinmunitaria en la población pediátrica(16). En este caso, tras un pródromo inicial de cefalea y fiebre que puede confundirse con cualquier proceso viral, el paciente comienza con nuevos síntomas, entre los que destacan los de la esfera psiquiátrica (ansiedad, agitación, alteraciones del comportamiento, alucinaciones e incluso cuadros psicóticos). Puede asociar alteraciones del sueño y la memoria, convulsiones, discinesias e inestabilidad autonómica (hipertermia, alteraciones de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca…).

Tratamiento

Ante una sospecha de meningitis bacteriana o encefalitis herpética, es esencial realizar una adecuada estabilización inicial mediante la valoración ABCDE e iniciar precozmente el tratamiento antibiótico o antiviral para reducir la morbimortalidad.

El tratamiento del paciente con meningitis o encefalitis se basa en la estabilización y el inicio precoz de tratamiento antibiótico o antiviral, en aquellos casos con sospecha de meningitis bacteriana o encefalitis viral, respectivamente.

1. Estabilización inicial: se iniciará con la valoración del triángulo de evaluación pediátrico (TEP). Los pacientes con meningitis bacteriana o encefalitis suelen presentar una situación de disfunción del SNC (menos frecuentemente shock compensado o descompensado), aunque en etapas iniciales pueden presentar un TEP normal.

En todo paciente con un TEP alterado, deberá realizarse la aproximación ABCDE y las medidas de soporte necesarias de acuerdo a los hallazgos identificados.

• Vía aérea: habitualmente permeable, pero puede verse comprometida si existe una disminución del nivel de consciencia.

• Ventilación: determinación de la frecuencia respiratoria y saturación de O2. Si alteración de la apariencia y si se dispone de capnógrafo no invasivo, determinación de CO2 espirado. Administración de oxigenoterapia. Si polipnea, se debe valorar la posibilidad de compensatoria de acidosis metabólica que pudiera indicar situación de sepsis asociada.

• Circulación: determinar la frecuencia cardíaca y presión arterial. Evaluar relleno capilar, pulsos periféricos, coloración y gradiente térmico. La alteración del alguno de estos datos puede indicar una alteración de la perfusión y, por tanto, una situación de shock asociada. Canalización de vía periférica y, en caso de taquicardia, hipotensión o signos de mala perfusión, iniciar expansiones con sueros isotónicos a 10 ml/kg, valorando respuesta y repitiendo en caso necesario hasta mejoría de dichos parámetros. Si no existe situación de shock, se recomienda esperar a disponer de la natremia para iniciar la sueroterapia más apropiada: sueroterapia de mantenimiento, si la natremia es ≥135 mEq/L; y restricción a 60-75 % del ritmo de mantenimiento, si la natremia es <130 mEq/L, por el riesgo de desarrollar un síndrome de secreción inadecuada de hormona antidiurética (SIADH).

• Estado neurológico: valorar el estado de alerta (escala AVPU), características de las pupilas que puedan orientar a signos de HTIC, y la presencia de posturas o movimientos anómalos. Si solo responde a estímulos dolorosos, considerar Glasgow <9 y valorar la necesidad de instrumentalizar la vía aérea. Si presenta una convulsión activa, dar prioridad al mantenimiento de la vía aérea y, en caso de convulsión de más de 5 minutos, administrar una benzodiacepina (intravenosa como primera opción, intramuscular, intranasal o bucal como alternativa, si no se dispone de acceso venoso). Determinar la glucemia y evaluar el dolor, administrando analgesia apropiada en caso necesario.

• Exposición: identificar lesiones cutáneas que puedan orientar a la etiología del cuadro y determinar la temperatura. Proteger de la hipotermia.

2. Tratamiento antibiótico o antiviral:

• Tratamiento antibiótico: en pacientes previamente sanos con TEP normal y sospecha de meningitis, la decisión de iniciar tratamiento antibiótico vendrá determinada por la presencia o no de factores clínicos de riesgo y la puntuación del BMS o el MSE. En aquellos pacientes sin factores de riesgo y con puntuaciones indicando un muy bajo riesgo (BMS/MSE = 0), es adecuado el tratamiento de soporte y el control clínico.

En pacientes con TEP alterado, factores de riesgo o puntuaciones de BMS/MSE 1, se iniciará tratamiento antibiótico. Idealmente, se recomienda administrar la primera dosis una vez realizada la punción lumbar, para que no afecte al rendimiento de la tinción del Gram y el cultivo del LCR. Sin embargo, ante un paciente con alta sospecha de etiología bacteriana inestable o en el que la punción lumbar se tenga que demorar, la antibioterapia se iniciará una vez extraído el hemocultivo, para evitar retrasos que afecten al pronóstico.

Debido a la limitación para atravesar la barrera hematoencefálica, la concentración que alcanzan en el LCR la mayoría de los antibióticos, es de solo el 10-20 % de la alcanzada en sangre. Sin embargo, esta se incrementa en las primeras 24 horas del proceso infeccioso, por la mayor permeabilidad provocada por la respuesta inflamatoria. El tratamiento empírico en pacientes previamente sanos, fuera del periodo neonatal es:

- Vancomicina 15 mg/kg/6 h (máx. 1 g/6 h).

- Ceftriaxona 50 mg/kg/12 h (más 2 g/12 h) o cefotaxima 75 mg/kg/6 h (máx. 2 g/6 h).

En áreas con baja prevalencia de S. pneumoniae resistente a cefalosporinas (incluida resistencia intermedia), se puede considerar la monoterapia con ceftriaxona/cefotaxima.

En la meningitis neonatal, el tratamiento empírico será:

- Ampicilina 75 mg/kg/6 h en >7 días y 100 mg/kg/8 h en ≤7 días.

- Ceftazidima 50 mg/kg/8 h.

Una vez se aísle la bacteria causante, el tratamiento antibiótico se modificará a la pauta específica (Tabla III)(17).

Se valorará repetir la punción lumbar si no hay mejoría clínica en 48 horas (la fiebre puede persistir más tiempo), hay empeoramiento clínico tras mejoría inicial y en las meningitis por bacilos gramnegativos.

• Tratamiento antiviral: la mayoría de los pacientes con meningitis viral no precisan tratamiento antiviral. Se iniciará tratamiento empírico con aciclovir en pacientes con sospecha clínica de encefalitis. Dosis:

- Neonato: 20 mg/kg/8 h.

- <12 años: 10-15 mg/kg/8 h.

- ≥12 años: 10 mg/kg/8 h.

Dexametasona: diferentes estudios han analizado la utilidad de la dexametasona como tratamiento adyuvante en pacientes con meningitis bacteriana. Varios meta-análisis muestran que reduce la tasa de sordera en meningitis por Haemophilus, pero sin diferencias en las meningitis por otras bacterias. Tampoco reduce la mortalidad ni la tasa de otras secuelas(18). El beneficio parece ser superior cuando se administra en procesos de corta evolución y se debe tener en cuenta que su uso podría reducir la penetración de la vancomicina a través de la barrera hematoencefálica. Dado que en nuestro medio, la meningitis por Haemophilus es muy poco frecuente en la actualidad, solo parece indicado su uso en pacientes con factores de riesgo de esta (anemia drepanocítica, asplenia…). En caso de administrarse, debe hacerse antes o a la vez que la primera dosis de antibiótico, utilizando una pauta de 0,15 mg/kg/6 h durante 48 horas. También está indicado el tratamiento adyuvante con dexametasona en la meningitis tuberculosa. En este caso, el tratamiento se mantiene durante dos meses.

Pronóstico: la mortalidad de la meningitis bacteriana se estima en el 4-5 % en países desarrollados y el doble en países en vías de desarrollo. Entre las principales secuelas neurológicas que pueden desarrollar los pacientes, destacan la sordera y el desarrollo de epilepsia secundaria. Las meningitis neumocócicas presentan tanto mayor mortalidad (7-15 %) como riesgo de sordera. La hipoglucorraquia <20 mg/dl
se relaciona también con mayor riesgo de sordera, mientras que una escala de Glasgow <9 en la valoración inicial y la persistencia de convulsiones más allá de las 72 horas de inicio del tratamiento antibiótico, se asocian con mayor riesgo de secuelas neurológicas.

El desarrollo de secuelas a medio y largo plazo en pacientes con meningitis por enterovirus o parechovirus, fuera del periodo neonatal, es excepcional, aunque pueden persistir durante varias semanas con astenia, irritabilidad y dificultades para concentrase. Algunos estudios sugieren un posible impacto en el desarrollo cognitivo, pero la evidencia existente hasta la fecha es baja. Por el contrario, el desarrollo de secuelas neurológicas en la encefalitis herpética es elevado, siendo la prevalencia en algunos estudios de hasta el 50-60 %. Entre ellas destacan los trastornos epilépticos, las dificultades en el aprendizaje, los retrasos del desarrollo y los trastornos del comportamiento(19). La prevalencia es superior en la encefalitis neonatal, en la que se describe, además, una mortalidad en torno al 4 %.

Prevención

La vacunación frente al H. influenza, S. pneumoniae y N. meningitidis ha reducido la incidencia de meningitis bacteriana y sus complicaciones. Se deben conocer los criterios de quimioprofilaxis en contactos de casos de infección invasiva.

1. Profilaxis primaria: el calendario de vacunación actual, propuesto por el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, incluye las vacunas frente al H. influenzae B, S. pneumoniae (vacuna conjugada 13-valente) y N. meningitidis. Además, se recomienda la administración de la vacuna de S. pneumoniae de 23 polisacáridos a pacientes inmunodeprimidos con asplenia, déficit de complemento, enfermedad renal crónica avanzada, enfermedades cardiovasculares, respiratorias o hepáticas crónicas, fístula de LCR o implante coclear.

2. Profilaxis secundaria: se recomienda pautar rifampicina en los siguientes supuestos, ver dosis en la tabla IV.

a. N. meningitidis(20):

• Contactos estrechos con el caso índice:

- Todas las personas que viven en el domicilio del caso índice.

- Todas las personas que hayan pernoctado en la misma habitación del caso, alguno de los 10 días previos a su hospitalización.

- Otras personas que hayan tenido contacto directo con las secreciones nasofaríngeas del enfermo los 10 días precedentes a su hospitalización, como besos íntimos en la boca.

- El personal sanitario que haya realizado maniobras de resucitación boca a boca o intubación endotraqueal sin mascarilla.

• En guarderías y centros de educación infantil: todos los niños y el personal del aula. Si los niños de varias aulas en el mismo centro tuvieran actividades en común, se valorará considerar como contactos a todos ellos. Este hecho será evaluado con especial atención en guarderías; ya que, generalmente, la separación de los niños en aulas es menos rígida que en los centros escolares. No se considerarán como contactos a los compañeros de autobús escolar, recreos u otras actividades limitadas en el tiempo.

• No está indicado administrar quimioprofilaxis a los alumnos que asisten a la misma clase o centro de educación primaria, secundaria y universitaria, a no ser que hayan tenido contacto estrecho.

b. H. influenzae B:

• Convivientes y personas que hayan contactado con el caso índice cuatro o más horas al día, al menos, cinco de los siete días previos a la hospitalización, si están en contacto con niños menores de 4 años que no hayan recibido la vacunación completa frente a H. influenzae B o con individuos inmunodeprimidos.

• Contactos en la guardería, cuando haya 2 casos de enfermedad invasiva en menos de 60 días.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Reconocer los síntomas y signos sugestivos de infección del SNC para iniciar precozmente un manejo adecuado de estos pacientes.

• Realizar adecuadamente la estabilización inicial de los pacientes con sospecha clínica de meningitis bacteriana o encefalitis, mediante la sistemática ABCDE, llevando a cabo medidas que reduzcan la morbimortalidad.

• Activar el sistema de Emergencias de manera adecuada, con el objetivo de trasladar a estos pacientes a un medio hospitalario.

• Conocer las indicaciones de quimioprofilaxis secundaria en contactos de casos de infección invasiva por N. meningitidis o H. influenzae.

• Promover la vacunación de niños y niñas para reducir la incidencia de estas infecciones.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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13.*** Mintegi S, García S, Martín MJ, Durán I, Arana-Arri E, Fernández CL, et al; Meningitis Group of the Spanish Society of Pediatric Emergencies. Clinical Prediction Rule for Distinguishing Bacterial from Aseptic Meningitis. Pediatrics. 2020; 146: e20201126.

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16.* Dalmau J, Armangué T, Planagumà J, Radosevic M, Mannara F, Leypoldt F, et al. An update on anti-NMDA receptor encephalitis for neurologists and psychiatrists: mechanisms and models. Lancet Neurol. 2019; 18: 1045-57.

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20.*** Departamento de salud. Gobierno vasco. Protocolos de vigilancia Epidemiológica. Enfermedad meningocócica invasiva. 2019. Disponible en: https://www.euskadi.eus/contenidos/informacion/vigilancia_protocolos/es_def/adjuntos/Protocolo-EMI_19062019_cast.pdf.

21. Justo Ranera A, Soler-Palacín P, Codina MG, Gonzalo de Liria CR. Meningoencefalitis viral. Pediatr Integral. 2018; XXII: 282-93. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2018-09/meningoencefalitis-viral/.

Bibliografía recomendada

– Britton PN, Dale RC, Blyth CC, Clark JE, Crawford N, Marshall H, et al. Causes and Clinical Features of Childhood Encephalitis: A Multicenter, Prospective Cohort Study. Clin Infect Dis. 2020; 70: 2517-26.

Estudio multicéntrico que incluye más de
500 casos de pacientes con sospecha de encefalitis, proporcionando información sobre etiología, características clínicas y evolución de los mismos. Un tercio de los casos asociaron mortalidad o secuelas a corto plazo.

– Nigrovic LE, Malley R, Kuppermann N. Meta-analysis of bacterial meningitis score validation studies. Arch Dis Child. 2012; 97: 799-805.

Metaanálisis de 8 estudios y más de 5.000 pacientes, que analiza el rendimiento del BMS para identificar pacientes con pleocitosis y bajo riesgo de meningitis, obteniendo una sensibilidad del 99,3 % y una especificidad del 62,1 %

– Mintegi S, García S, Martín MJ, Durán I, Arana-Arri E, Fernández CL, et al; Meningitis Group of the Spanish Society of Pediatric Emergencies. Clinical Prediction Rule for Distinguishing Bacterial from Aseptic Meningitis. Pediatrics. 2020; 146: e20201126.

Estudio de derivación y validación del Meningitis Score for Emergencies, que incluye más de 1.000 pacientes atendidos en 25 hospitales españoles. Obtuvo una sensibilidad del 100 % y una especificidad del 83,2 %, para identificar pacientes de bajo riesgo de meningitis bacteriana.

– Departamento de salud. Gobierno vasco. Protocolos de vigilancia Epidemiológica. Enfermedad meningocócica invasiva. 2019. Disponible en: https://www.euskadi.eus/contenidos/informacion/vigilancia_protocolos/es_def/adjuntos/Protocolo-EMI_19062019_cast.pdf.

Documento elaborado por el departamento de salud del Gobierno Vasco con información sobre incidencia, definiciones de caso y contacto de infección meningocócica invasiva y recomendaciones de quimioprofilaxis secundaria.

 

Caso clínico

 

Niña de 5 años, sin antecedentes médico-quirúrgicos de interés, trasladado en soporte vital avanzado, monitorizada y recibiendo oxigenoterapia al 100 % con mascarilla con reservorio. Ha presentado un episodio de desconexión del medio de 10 minutos de duración, sin respuesta a estímulos verbales y sin asociar movimientos de extremidades. Al ceder, presenta hipotonía generalizada y refieren que la notan adormilada. A la llegada del soporte vital avanzado, presenta respuesta a estímulos verbales. La familia refiere cuadro catarral leve de varios días de evolución, con fiebre en las últimas 24 horas, en que la notaban menos activa de lo habitual y más adormilada. Traslado sin incidencias.

A su llegada al hospital, unas dos horas después del episodio descrito, se encuentra afebril, con constantes normales para su edad, incluida glucemia y capnografía. Realiza dos vómitos y refiere cefalea frontal.

En la exploración neurológica llama la atención que, a pesar de reaccionar con el estímulo verbal, impresiona de dificultad para fijar la mirada, bradilalia y bradipsiquia. El resto de la exploración es anodina, salvo exaltación de los reflejos osteotendinosos de extremidades inferiores. La marcha es normal, no tiene dismetrías y no hay signos meníngeos. La analítica no muestra alteraciones electrolíticas, los valores de PCR y PCT negativos, presentando únicamente una discreta leucocitosis con neutrofilia (13.500 leucocitos/mcL con 75 % de neutrófilos). Se completa estudio con: determinación de tóxicos en orina (negativa), TAC cerebral (sin alteraciones) y punción lumbar (líquido de aspecto claro, sin pleocitosis y con glucorraquia y proteinorraquia normales).

 

 

 

Meningitis and meningoencephalitis

B. Gómez Cortés, I. Gangoiti Goikoetxea, J. Benito Fernández
Topics on
Continuous Training


B. Gómez Cortés, I. Gangoiti Goikoetxea, J. Benito Fernández

Pediatric Emergency Service. Cruces University Hospital. Barakaldo. Biscay

Abstract

The emergence of new diagnostic tools, such as multiple panels of polymerase chain reaction techniques that currently provide results in a few hours, has facilitated the early etiological diagnosis of these entities. Until microbiological confirmation, several validated scores are also available, that allow us to identify those patients with pleocytosis and a very low risk of presenting bacterial meningitis and reduce the rate of admission and empirical antibiotic treatment.

For secondary prevention, it is necessary to know the criteria for close contact in a case of invasive infection by N. meningitidis or H. influenzae. This enables limiting the use of chemoprophylaxis to those individuals for whom it is truly indicated and reducing the risk of developing a secondary case.

 

Resumen

La incidencia de meningitis bacteriana ha disminuido en las últimas dos décadas gracias al desarrollo y, finalmente, inclusión en el calendario vacunal, de las vacunas frente al S. pneumoniae y el N. meningitidis. Sin embargo, siguen presentando una elevada morbimortalidad, al igual que las encefalitis herpéticas.

La aparición de nuevas herramientas diagnósticas, como los paneles múltiples de técnicas de reacción en cadena de la polimerasa que, en la actualidad, proporcionan resultados en pocas horas, ha facilitado el diagnóstico etiológico precoz de estas entidades. Hasta la confirmación microbiológica, disponemos, además, de varios scores validados que permiten identificar aquellos pacientes con pleocitosis y muy bajo riesgo de presentar una meningitis bacteriana y reducir la tasa de ingreso y de tratamiento antibiótico empírico.

Con vistas a la prevención secundaria, es necesario conocer los criterios de contacto estrecho ante un caso de infección invasiva por N. meningitidis o H. influenzae. Esto permite limitar el uso de la quimiprofilaxis a aquellos individuos en los que verdaderamente está indicada y reducir en ellos el riesgo de desarrollar un caso secundario.

 

Key words: Meningitis; Encephalitis; Neisseria meningitides; Streptococcus pneumoniae; Herpes simplex.

Palabras clave: Meningitis; Encefalitis; Neisseria meningitides; Streptococcus pneumoniae; Herpes simplex.

 

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (6): 341 – 349

 


OBJECTIVES

• To recognize the symptoms and signs suggestive of CNS infection.

• To adequately carry out the initial stabilization of patients with clinical suspicion of bacterial meningitis or encephalitis, using the ABCDE system.

• To be aware of the diagnostic criteria for encephalitis and low risk criteria for bacterial meningitis in a patient with pleocytosis.

• To prescribe the appropriate antibiotic or antiviral treatment based on the clinical suspicion and the most probable etiological agents in each case.

• To know, if faced with a case of invasive infection by N. meningitidis or H. influenzae, the criteria for considering a person as a close contact, as well as the secondary chemoprophylaxis guidelines recommended in these cases.


 

 

Meningitis and meningoencephalitis

Introduction

Infections of the central nervous system are rare entities, but with high morbidity and mortality in case of bacterial meningitis and herpetic encephalitis.

Infections in the pediatric age are a very frequent reason for consultation, both in Primary Care and in the hospital setting, but those that affect the central nervous system (CNS) are less common. Although most of them are viral in origin and have a good prognosis, the morbidity and mortality of these infections remains high, even in our environment.

CNS infections can manifest as:

Meningitis: inflammation of the meninges that affects the pia mater, arachnoid and subarachnoid space. It presents with pleocytosis, which is defined as increased cellularity of the cerebrospinal fluid (CSF): more than 25 cells per microliter in the neonate, more than 10 in the infant between 1 and 2 months and above 5 cells per microliter in patients older than 2 months.

Encephalitis: inflammation of the brain parenchyma associated with neurological dysfunction, due to infectious or immune-mediated causes. It is a clinical diagnosis in which the guiding symptom is alteration in the mental status, which can present as a decrease or alteration in the state of consciousness, lethargy or personality changes.

Meningoencephalitis: clinical syndrome characterized by signs and symptoms consisting of inflammation of the meninges and brain parenchyma.

Epidemiology

The vast majority of meningitis are of viral etiology, especially enteroviruses. S. pneumoniae and N. meningitis are the most common causes of bacterial meningitis outside the neonatal period.

Only 5% of meningitis are bacterial. The germs involved vary with age, with group B Streptococcus and E. coli being the most prevalent in the first 2-3 months of life (age period of highest incidence), and S. pneumoniae and N. meningitidis in older infants and children(1). L. monocytogenes, a bacteria classically implicated in neonatal meningitis, is currently a rare cause. Tuberculous meningitis is not common in our environment.

Among the causes of viral meningitis, enteroviruses (85-95%, mainly Echovirus) are the most common. It is difficult to know the exact incidence of CNS viral infections, since the etiological diagnosis is not always made. They are more frequent in the spring, summer and autumn months, and have two peaks of incidence in Pediatrics: under one year of age and between 5-10 years of age.

Regarding meningoencephalitis, members of the Herpesviridae family are the most common cause in our environment(2). Herpes simplex virus type 1 is an important cause of severe sporadic encephalitis that, without antiviral treatment, can progress to coma and death in up to 70%(3). Next in frequency are herpes virus type 2 (which predominates in neonates), Epstein-Barr virus and human herpesvirus 6. Other less common viral causes are: respiratory viruses and rotavirus; in non-immunized patients, measles, rubella and mumps viruses; and in immunocompromised patients, cytomegalovirus. Although rare in our environment, the possibility of emerging viruses should also be taken into account, such as West Nile virus, transmitted by mosquitoes, or the flavivirus causing Central European encephalitis, transmitted by the deer tick (it has also been described through unpasteurized milk).

Pathophysiology

In bacterial meningitis, the symptoms and possible lesions and sequelae are determined by the interrelation of the pathogen’s virulence factors and the host’s immune response and the inflammatory process that this causes.

The process by which bacterial meningitis develops begins with the colonization of the respiratory, gastrointestinal or urinary tract, from where the bacteria invades the bloodstream. Certain host factors (asplenia, complement or antibody deficiency, immunosuppressive treatments…) and having suffered from certain previous viral infections, such as the flu, favor this invasion. Once in the bloodstream, the bacterial polysaccharide capsule inhibits the deposition of adhesins, and phagocytosis and different molecules of the bacterial surface act on specific components of the complement, facilitating the survival of bacteria against the immune system and meningeal invasion. This is facilitated the longer the duration and degree of bacteremia.

In the case of S. pneumoniae and H. influenzae, there is evidence that the choroid plexus is the initial entry point into the ventricular system. Once they reach the CSF, bacteria can multiply rapidly, due to the low concentrations of immunoglobulins and complement that exist there. The accumulation of neutrophils in the CSF is mainly triggered by the complement component C5a and is related to the severity of the disease. Currently, the only adjuvant treatment that has proven useful in reducing mortality in developed countries is dexamethasone, in the treatment of pneumococcal meningitis. However, studies are being developed with other drugs that, in the future, may improve the prognosis of these patients, such as C5a receptor blockers or matrix-metalloproteinase inhibitors (doxycycline)(4).

On the other hand, the bacterial fragments produced after the death of the bacteria due to antibiotic treatment stimulate the immune system, generating a powerful inflammatory response. This has raised the hypothesis that the use of non-bacteriolytic antibiotics, such as daptomycin, can reduce this pro-inflammatory response and prevent neuronal damage, although there are still not enough studies to support it.

As mentioned above, the pathophysiology and clinical translation of bacterial meningitis are defined by the interrelationship of the pathogen’s virulence factors and the host’s immune response. Once the inflammatory process has begun, damage to the endothelium of the blood-brain barrier occurs, causing vasogenic edema, loss of cerebral autoregulation, vasogenic cerebral edema, and increased intracranial pressure. All of them can lead to: hydrocephalus, seizures, motor or sensory deficits, and even coma.

In CNS infections due to enteroviruses, on the contrary, the transmission is usually via the fecal-oral route. The viral particles bind to specific receptors on the enterocytes and cross the intestinal mucosa, reaching Peyer’s patches where they replicate. Transmission through inhalation of infected droplets and subsequent virus replication in the nasopharynx is much less common. In either case, a primary viremia occurs that allows the virus to spread to other organs, such as the liver and spleen, where it replicates again and, subsequently, a secondary viremia. In either of the two periods of viremia, the virus can reach the CNS, although the mechanism by which it does so is still unknown.

Regarding viral encephalitis, HSV-1 is transmitted mainly by direct contact and can reach the CNS by hematogenous
dissemination, direct extension through the cribriform plate or by a neurogenic route. HSV-2 is transmitted mainly through sexual contact, making it a much less common cause of encephalitis, except in the neonate. Viruses can also cause post-infectious encephalitis, triggering an autoimmune response; in this case, the virus would not be detected in microbiological tests performed on CSF.

Clinical manifestations

Signs and symptoms of meningeal inflammation are more frequent and intense in meningitis of bacterial origin. In encephalitis, the guiding symptom is the altered level of consciousness.

Meningitis: most patients present with fever and symptoms or signs suggestive of meningeal inflammation, although, as in other entities, the symptoms can be more subtle and nonspecific in young infants and especially in neonates. In these two groups, the initial symptoms may be refusal to feed, irritability, vomiting or weakness. In older children and adolescents, the symptoms of meningeal inflammation and intracranial hypertension (ICH) are more evident: headache, photophobia, neck stiffness, and even altered level of consciousness(5). Patients with bacterial meningitis tend to present, more frequently than those with viral meningitis, abnormality of the Pediatric Assessment Triangle, mainly in relation to the side that evaluates appearance(6).

During the examination, certain signs suggestive of meningeal inflammation can be identified:

- Neck stiffness: inability for the chin to touch the chest, presenting a limitation to passive flexion of the neck. Although it is a sign highly suggestive of meningitis, it can appear in other entities, both of neurological (cervical epidural hematoma, subarachnoid hemorrhage, epidural abscess, brain tumor…) and non-neurological origin (cervical lymphadenopathy, retropharyngeal abscess, upper lobe pneumonia, muscle contracture, discitis…).

- Kernig sign: the patient, in a supine position and keeping the hip and knee flexed at 90º, is unable to extend the knee more than 135º or when doing so flexes the opposite knee.

- Brudzinski sign: the supine patient flexes the lower extremities when passive neck flexion is performed.

- Bulging fontanelle: in the infant, it may indicate the presence of ICH; this finding appears to be much less frequent in the neonate(7). It may be absent if dehydration is associated.

As for the neurological findings themselves, the majority of patients with bacterial meningitis present some degree of altered level of consciousness (drowsiness, irritability, lethargy or even coma), this being one of the strongest predictors of mortality or sequelae(8). It is estimated that 20-30% of bacterial meningitis generate seizures, although this percentage is increased in the neonate. In meningitis of viral etiology, both altered level of consciousness and seizures are less frequent signs, while the rest of the symptoms are usually common, although of less intensity.

Certain skin lesions can point to specific etiologies. The presence of petechial or purpuric rash is characteristic of N. meningitidis, although most meningococcal meningitis without associated sepsis do not present it(9). A maculopapular palmoplantar rash, herpangina, or lesions suggestive of hand-foot-mouth disease may be seen in enterovirus meningitis. Enterovirus infections can also present petechial rash, although in this case it is usually punctate elements and the purpuric and hemorrhagic component characteristic of N. meningitidis is exceptional.

Encephalitis: the defining symptom of encephalitis is altered level of consciousness. This may present as a decreased or fluctuating level of consciousness, lethargy, or changes in personality or behavior. In addition to this, the most common symptoms are fever, seizures and the appearance of focal neurological findings, the most common being cranial nerve palsy, alteration of movements and ataxia(10). Again, neonates and very young infants may initially present with nonspecific symptoms, such as irritability, lethargy, or refusal to feed.

As in meningitis, certain skin lesions can guide the etiology: palmoplantar rash or typical of the mouth-hand-foot in the case of enteroviruses, and vesicular lesions in herpes encephalitis. Other less frequent causes should be considered: history of tick bite (Borrelia or Rickettsia), bites or scratches (Bartonella and Arbovirus) or travel to an endemic area (Rocky Mountain Fever, Rabies, West Nile Virus, Dengue…).

Diagnosis

There are scores that allow identifying patients with pleocytosis and low risk of bacterial meningitis. The clinical picture and certain complementary tests guide the suspicion of encephalitis, but the diagnosis is only given by microbiological confirmation.

The diagnosis of CNS infection is guided by clinical history and physical examination, but the cornerstone for its diagnosis remains to be the study of the CSF. This is the basis of the diagnosis and the interpretation of its different parameters, which usually guides the initial decision making. Other complementary tests, such as blood tests, imaging and neurophysiological tests, can support the clinical suspicion.

Meningitis: the CSF cytochemistry analysis helps in the initial approach of the etiology of meningitis (Table I).

The acute phase reactants in blood that offer the greatest performance in the identification of bacterial meningitis are:

- Serum procalcitonin (PCT): strongest predictor to differentiate bacterial from viral meningitis. The cut-off point of 0.5 ng/mL has a sensitivity of 99% and a specificity of 83%(11).

- Leukocyte count: Neutrophilia >10,000/mcL is associated with increased risk.

- Serum C-reactive protein, which increases in processes lasting more than 6-12 hours.

There are validated clinical prediction rules that, by combining clinical and analytical parameters, allow identifying patients with pleocytosis and low risk of bacterial meningitis. Those that have demonstrated greater performance are the Bacterial Meningitis Score (BMS)(12) and, above all, the Meningitis Score for Emergencies (MSE), published more recently(13). Table II shows the parameters included in each of them.

It should be taken into account that they are not applicable to patients who have received antibiotic treatment in the last 72 hours or with any risk factor for bacterial meningitis (poor general condition, purpuric rash, immunosuppressed, CSF shunt or recent neurosurgery). The BMS is validated in patients from 3 months of age and the MSE in patients from one month of age.

Encephalitis: it is a clinical diagnosis, in which the guiding symptom is the alteration of the mental state, which can present as a decrease or alteration of the state of consciousness, lethargy or personality changes. This major criterion must be accompanied by at least two of the following minor criteria to define possible encephalitis, and three to define probable encephalitis(14). The definitive diagnosis is only given by microbiological isolation.

Minor criteria:

- Fever ≥38ºC in the 72 hours before or after the onset of symptoms.

- Focal or generalized seizures not attributable to previous comorbidity.

- New neurological focality.

- Pleocytosis in CSF.

- Imaging test with alterations of the brain parenchyma suggestive of encephalitis.

- Electroencephalogram with alterations compatible with encephalitis and not attributable to another cause.

The CSF cytochemistry characteristics may vary depending on the causative germ. It is common to find mild pleocytosis (<1,000 mm3), initially with a predominance of polymorphonuclear cells and later of mononuclear cells. Proteins are usually increased in relation to tissue destruction, and glucorrhachia is usually normal. However, there are viral etiologies that may not cause large cytochemical changes, such as parechoviruses.

In both meningitis and encephalitis, microbiological isolation of the causative germ will provide the definitive diagnosis and etiology. Classically, microbiological diagnosis was based on CSF culture. However, cultures take time and sensitivity for diagnosing infections is not optimal. In fact, viral culture has been reviled. In recent years, the emergence of rapid molecular diagnostic techniques, such as the polymerase chain reaction (rt-PCR) technique, based on the amplification of genetic material (DNA or RNA), allow the diagnosis of multiple pathological processes. The new commercialized rt-PCR techniques do not require complex prior manipulations and rapid results are obtained, even at the bedside. Current rapid multiple rt-PCR in CSF allows the presence of genetic material from several microorganisms to be identified in approximately one hour, even in those previously treated with antibiotics. Even so, bacterial culture is still indicated as it also allows the performance of the antibiogram.

In all patients with clinical suspicion of meningitis, bacterial culture and rt-PCR should be requested, at least, for S. pneumoniae, N. meningitidis and enterovirus and parechovirus. If encephalitis is suspected, the study should be expanded with rt-PCR for herpes simplex viruses 1, 2 and 6, and other microorganisms depending on the associated clinical symptoms or the epidemic situation (influenza). It is also advisable to perform an rt-PCR for Mycoplasma pneumoniae in a pharyngeal swab and for enterovirus in stool and/or oropharyngeal sample. In both cases, if available, it is recommended to request a multiple rt-PCR in CSF, which includes all these agents and other less frequent ones.

Differential diagnosis

Although less frequent, a differential diagnosis should be considered with other entities, such as acute disseminated encephalomyelitis or certain autoimmune encephalitis.

In previous sections, the differentiating clinical characteristics between viral and bacterial meningitis have already been discussed. Within the latter, certain pathogens such as M. tuberculosis, T. pallidum and B. burgdorferi (Lyme disease) tend to produce more insidious symptoms.

Other non-infectious processes can also cause inflammation of the CNS and cause symptoms similar to those of viral meningoencephalitis; this is the case of neoplastic diseases, intracranial hemorrhages, exposure to drugs or toxins and autoimmune diseases. Among the latter, acute disseminated encephalomyelitis (ADEM) is considered the leading cause of autoimmune encephalitis in children and adolescents(15). It presents acutely with multifocal neurological deficits, symptoms of encephalopathy and signs of demyelination on brain MRI. Usually, the clinical course is rapidly progressive over several days, and admission to the intensive care unit may be necessary in case of brain stem dysfunction or increased intracranial pressure.

Another diagnosis to take into account is autoimmune encephalitis, due to antibodies against the N-methyl-D-aspartate receptor (anti-NMDA), which is, after ADEM, the second cause of autoimmune encephalitis in the pediatric population(16). In this case, after an initial prodrome of headache and fever that can be confused with any viral process, the patient begins with new symptoms, among which those of the psychiatric sphere stand out (anxiety, agitation, behavioral alterations, hallucinations and even psychotic symptoms). It may be associated with sleep and memory disturbances, seizures, dyskinesia and autonomic instability (hyperthermia, alterations in blood pressure and heart rate…).

Treatment

If bacterial meningitis or herpetic encephalitis is suspected, it is essential to carry out adequate initial stabilization using the ABCDE assessment and initiate antibiotic or antiviral treatment early to reduce morbidity and mortality.

The treatment of patients with meningitis or encephalitis is based on stabilization and early initiation of antibiotic or antiviral treatment, in cases with suspected bacterial meningitis or viral encephalitis, respectively.

1. Initial stabilization: it will begin with the assessment of the pediatric evaluation triangle (PET). Patients with bacterial meningitis or encephalitis usually present with CNS dysfunction (less frequently compensated or decompensated shock), although in the initial stages they may present a normal PET.

In every patient with an altered PET, the ABCDE approach and the necessary support measures should be performed according to the identified findings.

• Airway: usually patent, but can be compromised if there is a decrease in the level of conscience.

• Ventilation: determination of respiratory rate and O2 saturation. If appearance is altered and if a non-invasive capnograph is available, determination of exhaled CO2. Administration of oxygen therapy. If polypnea, the possibility of compensatory metabolic acidosis that could indicate an associated sepsis situation should be assessed.

• Circulation: determine heart rate and blood pressure. Evaluate capillary refill, peripheral pulses, coloration and thermal gradient. The alteration of any of these data may indicate an alteration in perfusion and, therefore, an associated shock situation. Peripheral catheterization and, in case of tachycardia, hypotension or signs of poor perfusion, start expansions with isotonic fluids at 10 ml/kg, assessing response and repeating if necessary until these parameters improve. If there is no shock situation, it is recommended to wait until the sodium level is available to start the most appropriate fluid therapy: maintenance fluid therapy, if the sodium level is ≥135 mEq/L; and restriction to 60-75% of the maintenance rate, if sodium levels are <130 mEq/L, due to the risk of developing a syndrome of inappropriate antidiuretic hormone secretion (SIADH).

• Neurological status: assess alertness (AVPU scale), characteristics of the pupils that may indicate signs of ICH, and the presence of anomalous postures or movements. If the child only responds to painful stimuli, consider Glasgow <9 and assess the need to instrument the airway. If an active seizure occurs, give priority to maintaining the airway and, in the event of a seizure lasting more than 5 minutes, administer a benzodiazepine (intravenous as the first option, intramuscular, intranasal or buccal as an alternative, if venous access is not available). Determine blood glucose and assess pain, administering appropriate analgesia if necessary.

• Exposure: identify skin lesions that can guide the etiology of the condition and determine the temperature. Protect from hypothermia.

2. Antibiotic or antiviral treatment:

• Antibiotic treatment: in previously healthy patients with normal PET and suspected meningitis, the decision to start antibiotic treatment will be determined by the presence or absence of clinical risk factors and the BMS or MSE score. In those patients without risk factors and with scores indicating a very low risk (BMS/MSE = 0), supportive treatment and clinical control are appropriate.

In patients with altered PET, risk factors or BMS/MSE scores ³1, antibiotic treatment will be initiated. Ideally, it is recommended to administer the first dose once the lumbar puncture has been performed, so as not to affect the performance of the Gram stain and CSF culture. However, in the case of a patient with a high suspicion of unstable bacterial etiology or in whom the lumbar puncture must be delayed, antibiotic therapy will be initiated once the blood culture has been extracted, to avoid delays affecting the prognosis.

Due to the limitation to cross the hematoencephalic barrier, the concentration that most antibiotics reach in the CSF is only 10-20% of that reached in the blood. However, this increases in the first 24 hours of the infectious process, due to the greater permeability caused by the inflammatory response. Empirical treatment in previously healthy patients, outside the neonatal period, is:

- Vancomycin 15 mg/kg/6 h (max. 1 g/6 h).

- Ceftriaxone 50 mg/kg/12 h (plus 2 g/12 h) or cefotaxime 75 mg/kg/6 h (max. 2 g/6 h).

In areas with low prevalence of cephalosporin resistant S. pneumoniae (including intermediate resistance), monotherapy with ceftriaxone/cefotaxime may be considered.

In neonatal meningitis, empirical treatment will be:

- Ampicillin 75 mg/kg/6 h in >7 days and 100 mg/kg/8 h in ≤7 days.

- Ceftazidime 50 mg/kg/8 h.

Once the causative bacteria is isolated, the antibiotic treatment will be modified to the specific regimen (Table III)(17). Repeating the lumbar puncture will be considered if there is no clinical improvement within 48 hours (fever may persist longer), there is clinical worsening after initial improvement, and in meningitis due to gram-negative bacilli.

• Antiviral treatment: most patients with viral meningitis do not require antiviral treatment. Empirical treatment will be started with acyclovir in patients with clinical suspicion of encephalitis. Dose:

- Neonate: 20 mg/kg/8 h.

- <12 years: 10-15 mg/kg/8 h.

- ≥12 years: 10 mg/kg/8 h.

• Dexamethasone: different studies have analyzed the usefulness of dexamethasone as an adjuvant treatment in patients with bacterial meningitis. Several meta-analyses show that it reduces the rate of deafness in Haemophilus meningitis, but without differences in meningitis due to other bacteria. Nor does it reduce mortality or the rate of other sequelae(18). The benefit appears to be greater when administered in short-term processes and it should be taken into account that its use could reduce the penetration of vancomycin through the blood-brain barrier. Given that in our environment, Haemophilus meningitis is currently very rare, its use only seems indicated in patients with risk factors for it (sickle cell anemia, asplenia…). If administered, It should be done before or at the same time as the first dose of antibiotic, using a regimen of 0.15 mg/kg/6 h for 48 hours. Adjuvant treatment with dexamethasone is also indicated in tuberculous meningitis. In this case, the treatment is continued for two months.

Prognosis: mortality from bacterial meningitis is estimated at 4-5% in developed countries and double that in developing countries. Among the main neurological sequelae that patients can develop, deafness and the development of secondary epilepsy stand out. Pneumococcal meningitis presents both higher mortality (7-15%) and risk of deafness. Hypoglycorrhachia <20 mg/dl is also related to a higher risk of deafness, while a Glasgow scale <9 at the initial assessment and the persistence of seizures beyond 72 hours after starting antibiotic treatment are associated with a higher risk of neurological sequelae.

The development of medium and long-term sequelae in patients with enterovirus or parechovirus meningitis, outside the neonatal period, is exceptional, although they can persist for several weeks with asthenia, irritability and difficulties concentrating. Some studies suggest a possible impact on cognitive development, but the evidence to date is low. On the contrary, the development of neurological sequelae in herpes encephalitis is high, with the prevalence in some studies being up to 50-60%. These include epileptic disorders, learning difficulties, developmental delays and behavioral disorders(19). The prevalence is higher in neonatal encephalitis, in which a mortality rate of around 4% is also described.

Prevention

Vaccination against H. influenza, S. pneumoniae and N. meningitidis has reduced the incidence of bacterial meningitis and its complications. The criteria for chemoprophylaxis in contacts of cases of invasive infection must be known.

1. Primary prophylaxis: the current vaccination schedule, proposed by the Interterritorial Council of the Spanish National Health System, includes the vaccines against H. influenzae B, S. pneumoniae (13-valent conjugate vaccine) and N. meningitidis. Additionally, administration of the 23-polysaccharide S. pneumoniae vaccine is recommended for immunosuppressed patients with asplenia, complement deficiency, advanced chronic kidney disease, chronic cardiovascular, respiratory or liver diseases, CSF fistula, or cochlear implant.

2. Secondary prophylaxis: it is recommended to prescribe rifampicin in the following cases, see doses in table IV.

a. N. meningitidis(20):

• Close contacts with the index case:

- All people living at the address of the index case.

- All people who have spent the night in the same room as the case, any of the 10 days prior to their hospitalization.

- Other people who have had direct contact with the patient’s nasopharyngeal secretions in the 10 days preceding their hospitalization, such as intimate kisses on the mouth.

- Health personnel who have performed resuscitation maneuvers, mouth-to-mouth or maskless endotracheal intubation.

In daycare centers and early childhood education centers: all children and classroom staff. If children from several classrooms in the same center have activities in common, all of them will be considered as contacts. This fact will be evaluated with special attention in daycare centers; since, generally, the separation of children in classrooms is less rigid than in schools. School bus buddies, recesses or other time-limited activities will not be considered contacts.

• It is not indicated to administer chemoprophylaxis to students who attend the same class or primary, secondary and university education center, unless they have had close contact.

b. H. influenzae type B:

• Cohabitants and people who have contacted the index case four or more hours a day, at least five of the seven days prior to hospitalization, if they are in contact with children under 4 years of age who have not received complete vaccination against H. influenzae type B or with immunosuppressed individuals.

• Contacts in daycare, when there are 2 cases of invasive disease in less than 60 days.

Role of the Primary Care pediatrician

• To recognize the symptoms and signs suggestive of infection of the CNS so as to early initiate adequate management of these patients.

• To adequately carry out the initial stabilization of patients with clinical suspicion of bacterial meningitis or encephalitis, through the ABCDE system, carrying out measures that reduce morbidity and mortality.

• To activate the Emergency system appropriately, with the aim of transferring these patients to a hospital setting.

• To know the indications for secondary chemoprophylaxis in contacts of cases of invasive infection due to N. meningitidis or H. influenzae.

• To promote vaccination of boys and girls to reduce the incidence of these infections.

Conflict of interests

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the authors’ opinion.

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Document prepared by the health department of the Basque Government with information on incidence, case and contact definitions of invasive meningococcal infection and recommendations for secondary chemoprophylaxis.

 

Clinical case

 

A 5-year-old girl, with no relevant medical or surgical history, was transferred in an advanced life support mobile unit, monitored and receiving 100% oxygen therapy with a reservoir mask. She has presented an episode of lack of consciousness lasting 10 minutes, without response to verbal stimuli and without associating limb movements. Since it subsided, she has presented generalized hypotonia and reports that she feels sleepy. Upon the arrival of advanced life support team, she responds to verbal stimuli. Her family reported a mild cold that had been going on for several days, with fever in the last 24 hours, in which they noticed she was less active than usual and sleepier. She was transferred without incidents.

Upon arrival at the hospital, about two hours after the described episode, she was afebrile, with normal vital signs for her age, including blood glucose and capnography. She vomits twice and reports frontal headache.

In the neurological examination, it is notable that, despite reacting to verbal stimuli, she has difficulty fixating her gaze, bradylalia, and bradypsychia. The rest of the examination is unremarkable, except for increased osteotendinous reflexes in the lower extremities. The gait is normal, there is no dysmetria and there are no positive meningeal signs. The analysis shows no electrolyte alterations, CRP and PCT values are negative, presenting only a slight leukocytosis with neutrophilia (13,500 leukocytes/mcL with 75% neutrophils). The study is completed with: determination of toxic substances in urine (negative), brain CT (no alterations) and lumbar puncture (clear-appearing fluid, without pleocytosis and with normal glucorrhachia and proteinorrachia).

 

 

 

Importancia de los programas de optimización de antibióticos (PROA) en la Atención Primaria

Editorial


S. Bonet Monné

Servicio de Atención Primaria Baix Llobregat Centre. Dirección de Atención Primaria Costa de Ponent. Cornellà de Llobregat. Barcelona


Importancia de los programas de optimización de antibióticos (PROA) en la Atención Primaria

Los antibióticos (AB) son medicamentos que han mostrado una elevada reducción de la morbimortalidad en el tratamiento de infecciones bacterianas en humanos, siendo su eficacia superior a la descrita para la mayoría de otros grupos terapéuticos utilizados en otras patologías(1,2).

Los AB actúan reduciendo el crecimiento, impidiendo la multiplicación o causando la muerte de las bacterias, y se utilizan en la prevención y el tratamiento de las infecciones bacterianas. El acceso a estos medicamentos se considera uno de los pilares básicos de la cobertura sanitaria universal(3), sin embargo, el uso inadecuado de los mismos, preocupa a nivel mundial, por ser uno de los principales factores de riesgo asociado al desarrollo de resistencias por parte de las bacterias, pudiendo contribuir al: incremento de gérmenes multirresistentes, incremento de la mortalidad asociada y aparición de epidemias. La resistencia a los antimicrobianos (RAM) se considera, por tanto, un problema de salud individual y de salud pública(4,5).

La RAM es un fenómeno de etiología múltiple. Los microorganismos, con el tiempo, pierden la sensibilidad a los antimicrobianos a través de la selección y transmisión de diversos mecanismos: los microrganismos presentan capacidad de adaptación, lo que se llamaría resistencia natural o intrínseca, por otro lado, estaría la resistencia adquirida debida a la modificación de la carga genética de los microorganismos, que aparece, sobre todo, por mutación cromosómica o por mecanismos de transferencia genética de bacteria a bacteria a través de plásmidos, transposones o integrones. El consumo de antibióticos influye no solo en las resistencias de bacterias patógenas, sino también de las saprofitas y oportunistas, produciéndose una presión selectiva sobre las bacterias sensibles y perpetuándose las cepas resistentes. Esta capacidad de generar resistencias de los microrganismos, por el uso excesivo e inadecuado de los mismos, es lo que se ha llamado “efecto ecológico de los AB”(6-8).

La sobreexposición a AB, no es solo en el uso humano, sino que es especialmente elevada en la industria ganadera, las piscifactorías y la agricultura. En este sentido, cada vez más, se utiliza el concepto de visión global de “One Health”, que reconoce que la salud humana, la sanidad animal y el medioambiente están entrelazados(4,5,9).

En Europa, se calcula que en el 2008, fallecieron aproximadamente 25.000 personas por infecciones producidas por microorganismos resistentes y, si no cambia el escenario, se estima que en el 2050 el número de muertes atribuibles a infecciones multirresistentes podría alcanzar los 10 millones al año (390.000/año en Europa y 40.000/año en España), y sería la primera causa de muerte, superior a las producidas por otras enfermedades como el cáncer(10). A esta situación, especialmente preocupante, hay que añadir las escasas perspectivas de desarrollo en los últimos años de nuevos antibacterianos(11,12).

España es uno de los países de la Comunidad Europea con un mayor consumo de AB por habitante (entre los 6 primeros en el 2021)(4), hecho que ha condicionado peores datos de sensibilidad de ciertas bacterias a determinados AB en relación a otros países, como por ejemplo de: Escherichia Coli a quinolonas(5,10). En los últimos años, se ha observado cierta tendencia a la reducción en el uso de AB(4), efecto más pronunciado durante la pandemia, registrándose una reducción, por ejemplo, en la comunidad de Asturias del 23,64 % del 2019 al 2020 (recetas oficiales)(13). Esta reducción durante la pandemia se produjo, en parte, por el impacto de las medidas aplicadas durante la pandemia (confinamiento, uso de mascarillas, menor socialización), que propició una reducción de la incidencia de determinados procesos infecciosos, sobre todo respiratorios(14) . Con la vuelta a la “normalidad” preocupa especialmente, que vuelva a incrementarse el uso inadecuado de los AB.

En este contexto de sobreutilización de AB y la aparición de gérmenes multirresistentes, hace años se empiezan a desarrollar a nivel mundial los llamados “antimicrobial stewardship programs”(15,16) que, por no disponer de una traducción equivalente del inglés, se han traducido como: Programas de Optimización del uso de antimicrobianos (PROA).

Estos programas tienen como objetivos comunes: 1) mejorar los resultados clínicos de los pacientes con infecciones en el ámbito hospitalario y en la comunidad; 2) minimizar los efectos adversos asociados a la utilización de antimicrobianos (incluyendo aquí la aparición y diseminación de resistencias), preservando el ecosistema; y 3) garantizar la utilización de tratamientos coste-efectivos. Los PROA son, por tanto, programas de mejora de la calidad.

Existen un gran número de publicaciones científicas, programas y documentos relacionados con políticas de uso de AB (mostramos en la tabla I, un resumen de las políticas europeas más recientes).

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En España, se empezaron a desarrollar e implementar los PROA en los hospitales, de manera más generalizada, a partir del 2012(6) y, posteriormente, se han ido extendiendo en el ámbito de la comunidad. Hay que tener en cuenta, que es justamente en la comunidad, donde se diagnostican y resuelven la mayor parte de los procesos infecciosos y donde hay la mayor utilización de AB (80 % aproximadamente del total) y es, por tanto, en la comunidad, donde los PROA pueden tener un mayor impacto y donde existe una gran oportunidad de mejora(4). En el 2014, se publica la primera edición de Plan estratégico y de acción para reducir el riesgo de selección y diseminación de la resistencia a los antibióticos (PRAN)(9).

Es importante que los programas PROA se articulen conjuntamente con los programas territoriales de prevención y control de infecciones y que tengan apoyo institucional, y que exista una estrecha colaboración con otras áreas, como pueden ser las relacionadas con veterinaria y agricultura, con el objetivo de lograr una salud óptima para las personas, los animales y el medioambiente.

Estos programas orientados a la utilización responsable de los AB, implican el uso de los mismos solo en casos necesarios, la selección óptima (utilizar siempre que sea pertinente el AB sensible de menor espectro bacteriano, para preservar los de mayor espectro para situaciones más graves o complicadas), la dosis, la vía de administración y la duración más adecuada.

En cada comunidad, antes de que aparecieran los PROA como tales, desde hace años se han ido desarrollados proyectos relacionados con el uso adecuado de AB; así, por ejemplo, en Cataluña, en la Atención Primaria del sistema de salud público, hace más de 25 años que existen políticas relacionadas con la hiperprescripción y la selección de AB. Desde 1998, se monitorizan estos datos de manera sistemática en todos los equipos de Atención Primaria (EAP), en los médicos de medicina de familia y en otros especialistas como: pediatras, ginecólogos, médicos de servicios de urgencias en Atención Primaria y odontólogos. En el 2003, estos indicadores en médicos de familia y pediatras del Institut Català de la Salut (ICS) se asocian a incentivos económicos y a partir del 2006, se amplían estos incentivos a los EAP. Actualmente, se mantienen estos indicadores a nivel de los EAP, y los incentivos individuales se pactan (o no) en función de cada territorio.

En el 2006 se crea el sistema de vigilancia unificado de las infecciones nosocomiales en los hospitales de Cataluña (VINCat), como programa adscrito al Servei Català de la Salut. Este programa se creó ante la necesidad de disponer de datos sistematizados de infecciones, con el fin de establecer protocolos comunes para intentar reducir las tasas de infecciones nosocomiales.

A partir del 2019, el programa del VINCat se amplia y se crea: el programa de VINCat PROA comunitario (2019), el programa VINCat-PROA-de Pediatría (2019) y el programa VINCat -PROA-Socio sanitario (2020).

En relación a los PROA comunitarios, se constituye un programa para cada Área de Gestión Asistencial (AGA), que corresponderían a los equipos de Atención Primaria que comparten un mismo hospital de referencia (43 AGAs en Cataluña).

Cada PROA Comunitario en Cataluña, está constituido por un equipo de profesionales multidisciplinar (Tabla II).

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Desde el VINCat, se proporcionan a cada PROA de los diferentes territorios (AGAs), los datos de consumo local de AB y de adecuación de los mismos, asociados a las patologías más prevalentes (Fig. 1).

Figura1

Figura 1. Evolución del consumo de antibióticos en DHD en la comunidad de Cataluña. Fuente: aplicación de Farmacia del Institut Català de la Salud v1.0.

*Dosis Diaria Definida (DDD), por cada mil habitantes y día (DHD). Los datos locales mostrados no se pueden comparar con datos de estudios europeos por estar ponderados por el grado de envejecimiento de la población y por utilizar DDD de amoxicilina y amoxicilina + ácido clavulánico a 1.500 mg de amoxicilina (en Europa, la DDD de amoxicilina utilizada es de 1.000 mg), pero los datos sí sirven para evaluar el uso de AB según los diferentes años.

Es desde el VINCat también que, en colaboración estrecha con los diferentes servicios de microbiología del sistema sanitario público, se proporcionan anualmente los datos de sensibilidad microbiológica testados en muestras de la comunidad de los gérmenes más prevalentes del territorio, comparados con los de Cataluña (Tablas III y IV). Estos datos han permitido a los grupos PROA comunitarios en Cataluña:

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• Disponer a nivel local por territorios, del perfil de sensibilidad a AB de muestras obtenidas en la comunidad de diferentes patógenos, diferenciadas según población pediátrica o adulta.

• Reducir el uso de AB del grupo de las fluoroquinolonas en las infecciones urinarias no complicadas de la mujer adulta.

• Reforzar el uso del test de diagnóstico rápido (TDR) para estreptococo beta hemolítico, como herramienta para la toma de decisión sobre el tratamiento antibiótico o no en la faringoamigdalitis.

• Establecer criterios de codificación diagnóstica para mejorar y simplificar la codificación de las principales patologías infecciosas.

• Detectar áreas de mejora en el uso de AB a nivel local y priorizar intervenciones.

Es por todo lo anteriormente mencionado, que consideramos necesario para seguir avanzando en el uso adecuado de los AB, implementar, desarrollar y ampliar las funciones de los programas PROA en la comunidad.

Frente a la política del uso adecuado de AB, hay que tener en cuenta que siempre pueden aparecer situaciones excepcionales, como la aparición de nuevas pandemias o el desabastecimiento de antibióticos en presentaciones pediátricas, como ha ocurrido durante el 2022, que dificultan la práctica asistencial, así como la implementación de estos programas.

Bibliografía

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9. Plan estratégico y de acción para reducir el riesgo de selección y diseminación de la resistencia a los antibióticos. Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Madrid. 1ª ed.: 2014. Disponible en: https://www.aemps.gob.es/publicaciones/publica/plan-estrategico-antibioticos/v2/docs/plan-estrategico-antimicrobianos-AEMPS.pdf.

10. O’Neill J. Tackling drug-resistant infections globally: Final report and recommendations. Review on Antimicrobial Resistance. 2016. Disponible en: https://amr-review.org/sites/default/files/160518_Final%20paper_with%20cover.pdf.

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13. Nicieza García ML, Pérez Solís P, Gómez de Oña C, Suárez Gil P, Rolle Sóñora V, Suárez Mier B. Consumo de antibióticos en atención primaria en población adulta de Asturias durante el periodo 2014-2020. Aten Primaria. 2022; 54: 102261. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.aprim.2021.102261.

14. Kuitunen I, Artama M, Mäkelä L, Backman K, Heiskanen-Kosma T, Renko M. Effect of Social Distancing Due to the COVID-19 Pandemic on the Incidence of Viral Respiratory Tract Infections in Children in Finland During Early 2020. Pediatr Infect Dis J. 2020; 390: e423-7. Disponible en: https://journals.lww.com/pidj/Fulltext/2020/12000/Effect_of_Social_Distancing_Due_to_the_COVID_19.7.aspx.

15. Society for Healthcare Epidemiology of America; Infectious Diseases Society of America; Pediatric Infectious Diseases Society. Policy statement on antimicrobial stewardship by the Society for Healthcare Epidemiology of America (SHEA), the Infectious Diseases Society of America (IDSA), and the Pediatric Infectious Diseases Society (PIDS). Infect Control Hosp Epidemiol. 2012.

16. Barlam TF, Cosgrove SE, Abbo LM, MacDougall C, Schuetz AN, Septimus EJ, et al. Implementing an Antibiotic Stewardship Program: Guidelines by the Infectious Diseases Society of America and the Society for Healthcare Epidemiology of America. Clin Infect Dis. 2016; 62: e51-77. Disponible en: https://doi.org/10.1093/cid/ciw118.

17. Comunicación de la comisión al parlamento europeo del Plan de acción contra la amenaza creciente de las resistencias bacterianas. Comisión Europea Bruselas. 2011. Disponible en: https://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriServ.do?uri=COM:2011:0748:FIN:ES:PDF.

18. Rodríguez-Baño J, Paño-Pardo JR, Álvarez-Rocha L, Asensio A, Calbo E, Cercenado E, et al. Programas de optimización de uso de antimicrobianos (PROA) en hospitales españoles: documento de consenso GEIH-SEIMC, SEFH y SEMPSPH. Enferm Infecc Microbiol Clin. 2012; 30: 22.e1-23. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.eimc.2011.09.018.

19. Plan nacional frente a la resistencia a los antibióticos (PRAN) 2019-2021. Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS.). Madrid. 2019. Disponible en: https://resistenciaantibioticos.es/sites/default/files/2022-04/pran_2019-2021_0.pdf.

20. Norma para la certificación de los equipos PROA Comunitarios. Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Madrid. 2023. Disponible en: https://resistenciaantibioticos.es/sites/default/files/2023-02/CertificaPROA%20Normativa%20COMUNITARIOS_VF.pdf.

 

 

Cambios etiológicos, manifestaciones infrecuentes y presentaciones atípicas de enfermedades infecciosas frecuentes

De interés especial
 


A. Martínez Roig, F. Moraga-Llop

Pediatría. Barcelona

Resumen

Las enfermedades infecciosas han experimentado cambios importantes en los últimos 50 años por varios motivos: la aparición de nuevos agentes patógenos, los cambios etiológicos en algunas enfermedades que han pasado a ser síndromes, las vacunaciones que se han implementado y que han originado una drástica disminución de la incidencia de algunas de ellas y la disponibilidad de mejores métodos de diagnóstico microbiológico, virológico y serológico, que permiten confirmar la etiología de un mayor número de infecciones. Además, es importante conocer las manifestaciones clínicas infrecuentes y las presentaciones atípicas de enfermedades infecciosas frecuentes. Estas se relacionan, en especial, con la edad (lo atípico globalmente es típico para un grupo de edad determinado) o con la inmunización previa (formas modificadas o abortivas de enfermedades inmunoprevenibles). Se comentan algunas de estas infecciones: los síndromes exantemáticos, el sarampión, la varicela, la enfermedad meningocócica, la tosferina y el síndrome pertusoide, y la gripe. Se añade una tabla que recoge otros microorganismos con manifestaciones clínicas infrecuentes y presentaciones atípicas.

 

Abstract

Infectious diseases have undergone major changes in the last 50 years for several reasons: the emergence of new pathogens, etiological changes in some diseases that have become syndromes, vaccinations that have been implemented leading to a dramatic decrease in the incidence of some diseases, and the availability of better microbiological, virological and serological diagnostic methods, which allow confirmation of the etiology of a greater number of infections. In addition, it is important to be aware of infrequent clinical manifestations and atypical presentations of common infectious diseases. These are related, in particular, to age (the overall atypical is typical for a given age group) or to previous immunization (modified or abortive forms of immunopreventable diseases). Some of these infections are discussed: exanthematous syndromes, measles, chickenpox, meningococcal disease, whooping cough and pertussis syndrome and influenza. A table has been added with other microorganisms with the uncommon clinical manifestations and atypical presentations that may occur.

 

Palabras clave: Exantemas infecciosos; Sarampión; Varicela; Enfermedad meningocócica; Tosferina; Gripe.

Key words: Infectious exanthems; Measles; Varicella; Meningococcal disease; Pertussis; Influenza.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 291.e1 – 291.e11


Cambios etiológicos, manifestaciones infrecuentes y presentaciones atípicas de enfermedades infecciosas frecuentes

 

Introducción

Las enfermedades infecciosas han experimentado cambios importantes en los últimos 50 años, debido: a la aparición de nuevos agentes patógenos, a cambios etiológicos en algunas enfermedades que han pasado a ser síndromes, a las vacunaciones que se han implementado y que han originado una drástica disminución de la incidencia de algunas de ellas (sarampión, rubeola, varicela, hepatitis B); y a la disponibilidad de mejores métodos de diagnóstico microbiológico, virológico y serológico, que permiten confirmar la etiología de un mayor número de infecciones.

A modo de ejemplo de cambios etiológicos, la enfermedad de Gianotti-Crosti, inicialmente descrita como una infección causada por el virus de la hepatitis B, casi no se observa ahora en nuestro medio, gracias a la inclusión de la vacuna de la hepatitis B en el calendario de inmunizaciones sistemáticas desde los años 1980; no obstante, también otros virus originan este cuadro clínico, por lo que ahora hablamos de síndrome de Gianotti-Crosti. Igualmente, en una enfermedad bacteriana como la tosferina, han aparecido cuadros clínicos pertussis-like que se engloban como síndrome pertusoide, de predominio vírico.

Además, se comentan otras peculiaridades clínicas de algunas infecciones que son motivo frecuente de consulta en Pediatría de Atención Primaria. Por una parte, las manifestaciones clínicas infrecuentes que deben conocerse: una infección meningocócica puede presentarse como una conjuntivitis hiperaguda y purulenta que, a veces, es la primera fase de una enfermedad meningocócica invasiva. Por otra parte, las presentaciones atípicas de enfermedades que se relacionan, en especial, con la edad o con la vacunación previa. La gripe es diferente en la población pediátrica según los grupos de edad: en el lactante y en el niño pequeño no se puede aplicar la definición de caso de gripe. Sin embargo, estas formas “atípicas” de gripe, denominadas así por comparación con las que aparecen en otras edades, son realmente “típicas” en estos grupos de edad. Entre las enfermedades inmunoprevenibles, la epidemiología y la clínica del sarampión y de la varicela han cambiado debido a la inmunización, y hay que considerar las formas modificadas (o abortivas) de estas infecciones por la administración previa de inmunoglobulina o por la vacunación(1-4).

De las enfermedades exantemáticas a los síndromes exantemáticos

Las enfermedades exantemáticas de etiología infecciosa, un capítulo clásico y frecuente de la paidoinfectología, se denominaron inicialmente como “propias” de la infancia, si bien se pueden observar a cualquier edad, aunque en la edad adulta de manera infrecuente.

La evolución de algunas de estas infecciones ha llevado a que lo que, antes era una enfermedad, se haya convertido en un síndrome con varios tipos de virus y, a veces, bacterias, como posibles agentes causantes. Las enfermedades exantemáticas se han convertido, pues, en síndromes exantemáticos; un ejemplo de las transformaciones experimentadas en la infectología pediátrica. Como ya se ha comentado, el exantema característico de la enfermedad de Gianotti-Crosti, inicialmente causado por el virus de la hepatitis B, se debe hoy a otros virus que hoy se pueden ya determinar, el llamado síndrome de Gianotti-Crosti(1,3,4).

Infecciones por parvovirus B19. No todo es megaeritema epidémico(1,3-9)

Megaeritema epidémico

Sinonimia: megaeritema (o megaloeritema) epidémico o infeccioso, eritema infeccioso, quinta enfermedad.

Clínica: periodo prodrómico: manifestaciones gripales 3-10 días antes de la erupción. Periodo de estado: afebril, exantema eritematoso en ambas mejillas (aspecto de niño abofeteado) que respeta la zona perioral. A los 2-3 días, erupción festoneada o cartográfica en el tronco, las nalgas y las extremidades, que dura 4-8 días, con posibilidad de reactivación en las 2-3 semanas siguientes (Fig. 1); a veces, pruriginoso y con enantema ocasional. Poliartralgias o artritis asociadas, principalmente en mujeres adolescentes (10 %). Complicaciones: infrecuentes en el niño sano. Pueden aparecer: anemia, leucocitopenia, trombocitopenia, vasculitis, miocarditis, encefalitis y glomerulonefritis. En pacientes con hemoglobinopatías, anemia aplásica. En inmunodeprimidos, mayor gravedad y persistencia de la infección.

Figura 1. Exantema característico del megaeritema epidémico.

 

Otros exantemas por parvovirus B19

• Síndrome papulopurpúrico en guante y calcetín: fiebre, edema y eritema en las manos y los pies, petequias o pápulas purpúricas en las palmas de las manos hasta la muñeca y las plantas de los pies hasta el tobillo, pero que pueden extenderse por las extremidades, dolor, enantema con úlceras bucales y linfadenopatía (Fig. 2).

Figura 2. Síndrome papulo-purpúrico en guante y calcetín por parvovirus B19.

Pueden aparecer bullas y úlceras en la mucosa bucal, los labios y la lengua, así como eritema faríngeo o petequias en el paladar. En un 20 % de los casos se acompaña de linfadenopatías. Duración aproximada de 1-2 semanas. Este síndrome puede estar causado también por otros virus: Epstein-Barr, hepatitis B, herpes simple y citomegalovirus. También puede formar parte de una reacción medicamentosa.

• Exantema petequial: se acompaña de fiebre y consta de elementos de un tamaño no superior a 2 mm, con dos tipos de presentaciones, una difusa por cualquier parte del cuerpo y otra con confluencia de elementos en algunas zonas y sin presencia de necrosis (Fig. 3).

Figura 3. Exantema petequial por parvovirus B19.

• Exantema rubeoliforme o morbiliforme: no suele acompañarse de manifestaciones respiratorias ni oculares. En algunos casos pueden aparecer algunas manchas en la mucosa bucal, semejantes a las de Koplik, que pueden crear confusión diagnóstica en el caso de los exantemas de tipo morbiliforme; no obstante, la ausencia de manifestaciones respiratorias y la presentación hacia el quinto o sexto día del inicio de la enfermedad pueden ayudar a establecer la orientación diagnóstica clínica.

• Síndrome de Gianotti-Crosti o acrodermatitis papulosa infantil (API): pápulas o papulovesículas, monomorfas, de localización acral, lisas, de 1-10 mm, de color carne o sonrosadas, simétricas, con duración de 10 o más días, localizadas en la cara, las mejillas, los lóbulos de las orejas y las extremidades.

• Síndrome mononucleósico con afectación hepática.

Exantema súbito. De la enfermedad al síndrome(1-4)

Sinonimia: roseola infantum, exantema crítico posfebril del tercer día, sexta enfermedad.

Etiología: infección primaria por el virus herpes humano (VHH) tipo 6 (80 %) y con menos frecuencia o en un segundo episodio por el VHH tipo 7 (10 %), dos virus de la familia Herpesviridae. El VHH tipo 6 tiene dos variantes: la A, que afecta a adultos con alteraciones de la inmunidad; y el B, que causa exantema súbito.

Síndrome del exantema súbito (el 10 % de los casos restantes): está causado por enterovirus, adenovirus y parainfluenza.

Clínica: la forma típica, en el 20 % de los niños, se caracteriza por: inicio brusco, con fiebre elevada durante 3-5 días y exantema maculopapuloso sonrosado en el tronco y menos en la cara, que aparece en la defervescencia febril y dura 1-2 días (Fig. 4); enantema papular en el paladar blando y la úvula en más del 65 % de los casos, o úlceras (manchas de Nagayama). A veces, adenopatías cervicales posteriores y retroauriculares. Existen formas leves y asintomáticas.

Figura 4. Exantema morbiliforme: síndrome del exantema súbito.

El VHH tipo 6 también se asocia con: síndromes febriles inespecíficos, convulsiones febriles, síndrome mononucleósico, síndrome papulopurpúrico en guante y calcetín, hepatitis fulminante, encefalitis, síndrome hemofagocítico y reactivación en receptores de trasplante. Se ha implicado en el síndrome de hipersensibilidad inducida por: fármacos, leucemias, linfomas, miocarditis y miocardiopatías.

Infecciones por enterovirus. De la enfermedad al síndrome boca-mano-pie(1-4,10)

Etiología: enterovirus (EV), género de la familia Picornaviridae con más de 116 serotipos humanos. Se dividen clásicamente en: poliovirus, Cocksackie A y B, Echovirus (ECHO) y EV 68 a 71. En la actualidad, se clasifican en cuatro especies (A, B, C y D), a partir de la secuenciación del genoma; los “nuevos EV” empezaron a designarse con números consecutivos, desde el EV68 hasta el EV121.

Clínica: las enfermedades por EV son, en general, benignas y autolimitadas, con un espectro clínico amplio y polimorfo, desde una afectación leve de la piel, como enfermedad exantemática, hasta las formas graves neurológicas (encefalitis y rombencefalitis) y cardiacas (miocarditis). Hay formas asintomáticas y formas inespecíficas febriles con cefalea o alguna de las manifestaciones siguientes: exantema, conjuntivitis hemorrágica, malestar, cefalea, irritabilidad, faringitis, vómitos, diarreas, herpangina y pleurodinia. Otras manifestaciones son: parálisis flácida y meningitis aséptica. En los neonatos, la infección puede semejar una sepsis.

El exantema en las infecciones por enterovirus tiene un gran polimorfismo y puede ser: morbiliforme, rubeoliforme, escarlatiniforme, petequial, urticariado, vesiculoso o del tipo de la API (Fig. 5).

Figura 5. Exantema maculoso en un lactante con meningitis, con prueba de reacción en cadena de la polimerasa positiva para enterovirus.

La erupción variceliforme de Kaposi por Coxsackie A6 y A16 (eccema coxsackium), es una forma clínica con diseminación de las lesiones cutáneas en un individuo que tiene una enfermedad cutánea crónica, generalmente un eccema atópico o una dermatitis de contacto. Se observan vesículas monomorfas en la piel eccematosa, que tienden a confluir y dar lugar a grandes erosiones. Las localizaciones más habituales son la cara, el cuello y el tronco.

Enfermedad y síndrome boca-mano-pie

Etiología: existe una forma clínica frecuente de infección por enterovirus, fácilmente diagnosticada por sus características clínicas, la semiología del exantema y su localización en las partes distales de las extremidades y en la mucosa oral, que es la enfermedad boca-mano-pie, descrita inicialmente asociada a la infección por el virus Coxsackie A16. El desconocimiento de lesiones de otras localizaciones y la presentación de formas no vesiculosas pueden dificultar el diagnóstico.

Síndrome boca-mano-pie

Etiología: otros virus también pueden ocasionar estas manifestaciones clínicas, como: Coxsackie A4, A5, A7, A9, A10, B1, B2, B3 y B5, virus ECHO 3, 4 y 9, y EV 71, con una frecuencia muy variable.

Clínica: la erupción puede ir precedida de unos pocos días de febrícula, malestar, tos, diarrea u odinofagia que puede motivar rechazo del alimento. El enantema bucal suele ser la primera manifestación e incluso, a veces, la única. Se caracteriza por pequeñas vesículas rodeadas de mínimo eritema, de 4-8 mm, que se rompen y forman ulceraciones poco profundas. Se localizan en: el velo del paladar, la cara interna de las mejillas, la lengua, las encías y el surco gingivolabial, y respetan las amígdalas y la faringe posterior. No son muy numerosas ni se acompañan de gran inflamación de las mucosas. Suelen aparecer en 1-2 días y son la manifestación más frecuente de la enfermedad. Puede haber alguna adenopatía submandibular.

Las lesiones cutáneas suelen aparecer algún día después y son vesículas de localización intraepidérmica, de color blanco grisáceo, de 3-7 mm de tamaño, ovaladas u oblongas, a veces, rodeadas por un mínimo eritema. Su localización más característica es en las palmas de las manos y las plantas de los pies y, en ocasiones, también en las zonas laterales. Son “atípicas”, por ser menos frecuentes, en: las rodillas, los muslos, los brazos, las nalgas, la zona peribucal y el periné (Figs. 6-8).

Figura 6. Síndrome boca-mano-pie. Lesiones peribucales: localización atípica o menos frecuente (lo característico es en el interior de la boca).

 

Figura 7. Síndrome boca-mano-pie. Lesiones en los muslos: localización atípica o menos frecuente.

 

Figura 8. Síndrome boca-mano-pie. Lesiones en el área del pañal: localización atípica o menos frecuente.

Su número es muy variable, desde muy pocas hasta alrededor de 50 o más, y suelen ser asintomáticas. Puede haber máculas y pápulas eritematosas y, en tal caso, las nalgas y las extremidades suelen ser su localización predilecta.

Las lesiones se resuelven en 7 a 10 días y dan paso a descamación, costras o una pigmentación residual pasajera. Entre 3 y 8 semanas después, pueden aparecer líneas de Beau u onicomadesis, con reconstitución de las uñas entre 1 y 3 meses después.

Es una enfermedad benigna y autolimitada; si bien, en brotes producidos por EV 71, se han producido complicaciones respiratorias y neurológicas. En Cataluña, durante el periodo de abril a junio de 2016, hubo un brote de infección por EV A71 con complicaciones neurológicas del tipo de la rombencefalitis.

De la enfermedad al síndrome de Gianotti-Crosti. Cambios etiológicos en la era posvacunal(1,3,4,11,12)

Sinonimia: enfermedad de Gianotti-Crosti, API.

Etiología: virus de la hepatitis B.

Clínica: la enfermedad de Gianotti-Crosti, descrita en 1955, se caracteriza por la presencia de un exantema, casi siempre en la infancia, de tipo maculopapular, simétrico y de distribución acral (por lo que también se denomina API) (Fig. 9). En 1970 se observó que, en muchos casos, estaba asociada al virus de la hepatitis B. Esta enfermedad es, pues, una manifestación extrahepática de la infección por el virus de la hepatitis B.

Figura 9. Enfermedad de Gianotti-Crosti o acrodermatitis papular infantil. Lesiones y localizaciones características.

 

Posteriormente, se vio que los pacientes negativos para el virus de la hepatitis B presentaban un cuadro cutáneo algo distinto, que se denominó síndrome papulovesicular de localización acral (Fig. 10).

Figura 10. Síndrome papulovesicular de localización acral.

 

Después se fueron encontrando dermatosis similares asociadas a otros agentes infecciosos e inmunizaciones; por lo que, en 1992, Caputto aconsejó unificar la nomenclatura como síndrome de Gianotti-Crosti, y sugirió que la diferencia en la presentación clínica podía deberse a factores como la edad, el estado general o la historia vacunal. En la exploración clínica se hallan: adenopatías cervicales, axilares e inguinales y, a veces, hepatomegalia, esplenomegalia o ambas.

Síndrome de Gianotti-Crosti

Sinonimia: síndrome papulovesicular de localización acral, dermatosis eruptivas de localización acral.

Etiología: se han asociado a este síndrome los virus de Epstein-Barr (Fig. 11), citomegalovirus, parvovirus B19, Coxsackie, Echovirus, parainfluenza, VHH tipo 6, virus respiratorio sincitial, de la hepatitis A, de la parotiditis y rotavirus. También se ha relacionado con el antecedente de una vacunación y con bacterias, como: Mycoplasma pneumoniae, Bartonella henselae o el estreptococo beta hemolítico.

Figura 11. Síndrome de Gianotti-Crosti por el virus de Epstein-Barr.

En el momento actual, el virus de la hepatitis B es poco frecuente como agente etiológico de este síndrome, dado el importante número de otros patógenos causales, y todavía más infrecuente desde hace 30 años, por la incorporación de la vacuna antihepatitis B en el calendario de vacunaciones sistemáticas del niño.

Clínica: el síndrome engloba las dermatosis eruptivas de localización acral, caracterizadas por la presencia de lesiones papulovesiculares, papuloliquenoides o papuloedematosas, de color rosa o pardo, causadas por virus que, generalmente, siguen un curso benigno y autolimitado de pocas semanas de duración. En la actualidad, se considera un exantema paraviral o parainfeccioso, ya que no refleja el efecto directo de un agente patógeno específico y se presenta en el curso de diferentes enfermedades virales o tras recibir una vacuna. Se postula que la infección sea el factor desencadenante más importante, pero no se descarta un segundo factor de inmunomodulación o inmunoestimulación.

Mononucleosis infecciosa y síndrome mononucleósico(1-4,13)

Sinonimia: mononucleosis infecciosa, fiebre ganglionar de Pfeiffer, “enfermedad del beso”.

Etiología: enfermedad producida por el virus de Epstein-Barr (1964, VHH tipo 4).

Clínica: el exantema se presenta hasta en el 20 % de los enfermos, y es: polimorfo, papular, morbiliforme, escarlatiniforme, urticariforme (Fig. 12) y petequial. Otras manifestaciones cutáneas que pueden observarse son: eritema nudoso, eritema multiforme, ulceraciones genitales, eritema y pápulas palmares, API (Fig. 11) y urticaria al frío con acrocianosis. El exantema, de tipo eritematoso y generalizado y, a veces, con prurito y edema, se asocia a la administración de betalactámicos, principalmente ampicilina y amoxicilina.

Figura 12. Exantema urticarifome en el curso de una mononucleosis por el virus de Epstein-Barr.

Síndrome mononucleósico

Etiología: otros agentes etiológicos, principalmente virus, son causa de este síndrome que se caracteriza por la presencia de fiebre, faringoamigdalitis, adenopatías y linfocitosis con linfocitos atípicos. Se han descrito: citomegalovirus, Toxoplasma gondii, virus de las hepatitis A y B, parvovirus B19, virus de la rubeola, adenovirus, VHH tipos 6 y 7, y virus de la inmunodeficiencia humana; también reacciones a fármacos.

Escarlatina. Exantemas escarlatiniformes(1-4,14-16)

Sinonimia: escarlatina, fiebre escarlata, fiebre escarlatina estreptocócica.

Etiología: enfermedad mediada por la exotoxina eritrogénica del estreptococo beta hemolítico del grupo A (Streptococcus pyogenes).

Clínica: manifestaciones de la faringitis estreptocócica, fiebre, cefalea, vómitos y odinofagia. Exantema eritematoso, formado por micropápulas, a menudo, confluentes, de color rojo intenso (escarlata), con una distribución característica: se inicia en el cuello para seguir por el tronco y las extremidades sin alcanzar las palmas ni las plantas. En la cara respeta la zona perioral (triángulo de Filatov), en los pliegues adquiere mayor intensidad (signo de Pastia) (Fig. 13), y la lengua presenta un aspecto saburral (lengua blanca) primero y aframbuesado después (lengua roja). A veces, destaca la presencia de enantema, en forma de máculas eritematosas puntiformes y brillantes, o petequias (manchas de Forchheimer), en el paladar blando. Después de 7-10 días, ocurre una descamación cutánea, que predomina en las manos y los pies. Existe la llamada forma miliar, con elementos microvesiculares que contienen líquido transparente, por la probable oclusión de las glándulas sudoríparas.

En estos últimos años, son frecuentes algunas formas atenuadas de escarlatina. Su comienzo es menos aparatoso, con los signos de impregnación toxínica menos marcados. El exantema puede ser pálido y localizado, exclusivamente en el tronco y en los pliegues de flexión, y su duración es más corta. La descamación posterior es inconstante, a menudo, discreta y fugaz. Se mantiene, sin embargo, la lengua aframbuesada.

Exantemas escarlatiniformes o síndrome escarlatiniforme

Figura 13. Escarlatina estreptocócica. Signo de Pastia.

Etiología: fiebre escarlatina por Arcanobacterium haemolyticum, fiebre escarlatina estafilocócica (Fig. 14), síndrome estafilocócico de la piel escaldada, síndromes de shock tóxico estafilocócico y de shock tóxico estreptocócico, sarampión, rubeola, mononucleosis infecciosa, infección por enterovirus, enfermedad de Kawasaki y toxicodermias.

Figura 14. Escarlatina estafilocócica: puerta de entrada cutánea (herida en el mentón).

Sarampión(1,17)

El cuadro clínico del sarampión puede sufrir modificaciones y tener características “atípicas”. Estas formas clínicas son las siguientes:

• Sarampión modificado (o abortivo): el exantema tiene menor número de elementos y estos son de coloración más tenue, y la sintomatología clínica es leve; a veces, se padece como una forma subclínica. El periodo de incubación es más largo. Esta forma clínica se debe a la administración previa de inmunoglobulina polivalente en el periodo de incubación o en la primera mitad del periodo prodrómico, o a la vacunación antisarampionosa previa. También puede observarse en el lactante, por la persistencia de anticuerpos maternos.

• Sarampión sin exantema o sin fiebre: son dos formas muy raras que pueden observarse en algún miembro de una familia durante un brote. El diagnóstico retrospectivo se hace mediante la determinación de IgM específica.

• Sarampión confluente escarlatiniforme: la sintomatología catarral ayuda a diferenciarlo de la escarlatina.

• Sarampión purpúrico y hemorrágico (Fig. 15): los elementos del exantema sufren una transformación hemorrágica por la rotura de los capilares de las pápulas (forma purpúrica). Esta forma clínica no es indicativa de mayor gravedad, si no corresponde a una diátesis hemorrágica con manifestaciones cutaneomucosas en otras localizaciones, debida a trombocitopenia o a coagulación intravascular diseminada de mayor gravedad (forma hemorrágica).

Figura 15. Sarampión purpúrico o hemorrágico sin coagulopatía.

• Sarampión grave en pacientes con trastornos de la inmunidad celular: puede cursar sin exantema y con complicaciones frecuentes, entre las que destacan la encefalitis aguda progresiva con cuerpos de inclusión del sarampión y la neumonía de células gigantes.

• Sarampión del adulto: es una forma clínica más grave que la del niño y con un mayor número de complicaciones, principalmente neumonía, sobreinfecciones respiratorias bacterianas, broncoespasmo y hepatitis.

• Sarampión atenuado: es una reacción adversa que aparece entre los días 5 y 12 después de la vacunación (Fig. 16). Cursa con poca fiebre, síntomas catarrales leves y exantema maculopapuloso tenue y, generalmente, de pocos elementos.

Figura 16. Exantema morbiliforme: reacción adversa a la vacuna del sarampión.

Varicela(1,3,4)

La primoinfección por el virus varicela-zóster en personas inmunocompetentes no suele presentar variaciones en las características del exantema ni en su distribución en “cielo estrellado”. Sin embargo, excepcionalmente, se pueden presentar formas “atípicas”:

• Varicela modificada por la vacunación (breakthrough) (Fig. 17): cuando la varicela aparece en personas vacunadas es más leve que la que ocurre en no vacunadas, aunque es potencialmente infecciosa. Su incidencia y gravedad están en relación inversa con la concentración de anticuerpos, seis semanas después de la vacunación. Aunque, inicialmente, se había observado que era independiente del tiempo transcurrido desde la vacunación, se ha observado que los niños que se habían vacunado, hacía 3 o más años, tenían un mayor riesgo de adquirir la infección.

Figura 17. Breakthrough varicela: varicela modificada en un niño vacunado (izquierda). Varicela en un niño no vacunado (derecha).

• Forma varioloide monomorfa (Fig. 18): cuando convivían varicela y viruela podía ofrecer dificultades diagnósticas. En la actualidad, la aparición de la viruela del mono ha hecho que esta conviva con la varicela. El diagnóstico diferencial se basa en la ausencia del polimorfismo lesional de la varicela y en la presencia de: adenopatías, lesiones más profundas, distribución centrífuga, localizaciones anogenitales y posibilidad de lesiones en las palmas de las manos y las plantas de los pies en los casos de viruela del mono.

Figura 18. Varicela varioloide.

• Varicela hemorrágica: con contenido hemático en sus vesículas, pero sin ningún tipo de alteración de la coagulación y con un curso y un pronóstico iguales que en la forma clásica. Es diferente de la púrpura varicelosa, con pronóstico grave y que también puede considerarse dentro de las posibles complicaciones, cuando el paciente presenta otros signos hematológicos como: equimosis, petequias, púrpura necrótica y hemorragias en las mucosas. Suele acontecer en personas con antecedentes de diátesis hemorrágica o alteraciones hematológicas como la leucemia, los que desarrollan coagulación intravascular diseminada o trombocitopenia por la propia infección, o inmunodeprimidos (Fig. 19).

Figura 19. Varicela hemorrágica de evolución letal en un adulto inmunosuprimido.

• Varicela ampollosa o penfigoide: algunas vesículas adoptan un gran tamaño, convirtiéndose en ampollas con posterior rotura, sin que se constate sobreinfección bacteriana.

• Varicela gangrenosa o necrótica: entre las lesiones clásicas aparecen algunas necróticas de color violáceo. Suele ser más frecuente como acompañante de infección bacteriana, pero también puede ser que la lesión necrótica inicial sirva de puerta de entrada a las bacterias.

• Varicela atenuada: es una reacción adversa que aparece después de la vacunación, desde la primera o segunda semana hasta la sexta, y es menos frecuente tras la segunda dosis. Cursa con un exantema vesiculoso o maculopapuloso (con menos de 10 lesiones) que se puede localizar en el lugar de la inyección (exantema vesiculoso, con una media de 2-3 lesiones) o ser generalizado (erupción varicela-like, con una media de 5-10 lesiones) (Fig. 20). El exantema posvacunal en los niños con leucemia linfoblástica aguda, se presenta en alrededor del 20 % de los pacientes y puede prolongarse durante 2 meses en el 5 % de los casos.

Figura 20. Lesiones cutáneas: reacción adversa a la vacuna de la varicela. (Cortesía del Dr. Josep Marès).

Enfermedad meningocócica. No solo es sepsis o meningitis(18-21)

La enfermedad meningocócica es una de las más temidas por su gravedad y letalidad. Las formas clínicas más reconocidas y comunes son la meningitis y la sepsis fulminante con o sin meningitis, pero también existen formas menos habituales de presentación: neumonías, infecciones oculares, infecciones de vías respiratorias altas, artritis, afectaciones cardiacas, osteomielitis, exantemas no purpúricos (Fig. 21), peritonitis y meningococemia crónica.

Figura 21. Exantema maculoso en el tercer día de una meningococemia, sin apenas elementos petequiales.

• Neumonía: existe una forma concomitante con la sepsis o la meningitis y otra primaria. Esta no es infrecuente que vaya precedida de una infección vírica de vías respiratorias altas. Su incidencia se desconoce, debido a que su presentación clínica es idéntica a la producida por otros microorganismos. Como en cualquier neumonía, establecer el diagnóstico etiológico es difícil. Suelen ser pacientes mayores de 10 años. La sintomatología suele tener un inicio gradual, con localización más frecuente en los lóbulos inferiores y, habitualmente, sin empiema. El pronóstico en general es bueno.

• Conjuntivitis: la primaria o exógena puede presentarse localizada o de forma invasiva; en esta se comporta como una puerta de entrada y, a las pocas horas o días, se presenta la enfermedad sistémica. La secundaria o endógena, en el curso de la enfermedad invasiva, es infrecuente una vez iniciada la antibioticoterapia. La conjuntivitis suele ser hiperaguda y purulenta, con una intensa inyección conjuntival, quemosis y abundante exudado. Se puede acompañar de adenopatías regionales. En dos tercios de los casos es unilateral. La contagiosidad es alta a través del exudado. Aparecen úlceras corneales en el 10,7 % de los casos. La forma sistémica se desarrolla en el 10-17,8 % de los casos y suele ocurrir entre 3 y 72 horas después del inicio de la afectación conjuntival. El tratamiento debe ser tanto tópico como general.

• Endoftalmitis: puede ser endógena, por contigüidad o bacteriemia; o exógena, posterior a intervenciones quirúrgicas oculares o postraumática.

• Artritis séptica primaria: suele ser monoarticular y de las grandes articulaciones (Fig. 22). La edad más habitual es por debajo de los 4 años. Suele ir precedida de infección de las vías respiratorias altas en la mitad de los casos, y en una tercera parte se acompaña de un exantema maculopapuloso.

Figura 22. Artritis meningocócica de la rodilla izquierda, en el curso de una enfermedad invasiva.

• Infecciones genitourinarias: suelen ser asintomáticas. Hay que tener en cuenta dos aspectos: el primero, que la presencia de meningococos en la región genital debe acompañarse del estudio de la faringe, con el fin de detectar la posibilidad de que se trate de un portador sano; el segundo, que la detección del meningococo en la zona urogenital durante la infancia debe hacer pensar en la posibilidad de un abuso sexual.

Con poca incidencia, deben tenerse en mente, posibles miocarditis, pericarditis y osteomielitis.

Tosferina y síndrome pertusoide(2,22)

La infección por Bordetella pertussis presenta un amplio espectro de manifestaciones clínicas, dependiendo de la edad y del estado inmunitario del paciente. La tosferina, en su forma de presentación típica, evoluciona en tres fases:

1. Fase prodrómica o catarral, indistinguible de cualquier otro cuadro infeccioso de vías respiratorias altas, caracterizada por una tos que va en aumento.

2. Fase de estado o paroxística, en la cual la tos se agrava y se presenta en forma de accesos con estridor final o gallo inspiratorio, vómitos postusivos, cianosis o apnea.

3. Fase de convalecencia o de declinación, con una disminución progresiva de la tos y posibles recaídas clínicas con tos, coincidiendo con nuevas infecciones virales.

En el lactante menor de 3 meses, las formas de presentación más frecuentes son las crisis de apnea y cianosis, o el inicio como una bronquiolitis. Existe una forma clínica en esta edad, con una letalidad muy alta, que se denomina síndrome de la tosferina maligna y se caracteriza por la presencia de hiperleucocitosis importante con: reacción leucemoide, bronconeumonía, hipertensión arterial pulmonar secundaria y shock cardiogénico por fallo miocárdico (Fig. 23). La vacunación sistemática de la tosferina de la embarazada ha disminuido notablemente la incidencia de tosferina maligna.

Figura 23. Síndrome de la tosferina maligna en un lactante de 2 meses ingresado en la UCI y que requirió oxigenación por membrana extracorporea (Cortesía del Hospital Infantil Vall d’Hebron).

Las personas jóvenes y adultas que han padecido la enfermedad o se vacunaron en la infancia pueden presentar una sintomatología clínica “atípica” y leve, con tos persistente de larga evolución, lo que la hace más difícil de sospechar y por tanto de diagnosticar.

Síndrome pertusoide

Etiología: este síndrome incluye cuadros clínicos similares a la tosferina; pero, por lo general, son de intensidad más leve y duración más corta, causados por diferentes microorganismos, como otras bacterias y algunos virus. B. parapertussis es frecuente en ciertas áreas del mundo, donde es causa del 25-30 % de los casos de tosferina de mediana gravedad. B. bronchiseptica es muy poco frecuente y es endémica entre algunas especies animales. B. holmesii, descrita en 1995, puede causar además de tos pertusoide, manifestaciones de enfermedad invasiva, especialmente en pacientes inmunocomprometidos. Algunos virus respiratorios, como: virus respiratorio sincitial, virus de la gripe A y B, parainfluenza 1, 2 y 3, adenovirus, metapneumovirus y citomegalovirus, se han asociado a una enfermedad que no es distinguible por la clínica de la causada por B. pertussis (pertussis-like). Estos virus también se aíslan, a veces, junto con Bordetella, en forma de coinfección. Otros microorganismos implicados en el síndrome pertusoide son: Mycoplasma pneumoniae, Chlamydophila pneumoniae y Ureaplasma urealyticum.

Gripe(2,23)

La definición de caso de gripe, desde un punto de vista clínico, según el Protocolo de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica, es la persona que, en ausencia de otra sospecha diagnóstica, presenta aparición súbita de, al menos, uno de los siguientes cuatro síntomas generales: fiebre o febrícula, malestar general, cefalea o mialgia y, al menos, uno de estos tres síntomas respiratorios: tos, dolor de garganta o disnea.

Esta definición de caso no se puede aplicar en el lactante ni en el niño pequeño (aproximadamente en los menores de 6 años). Por esto, en estas edades, la gripe se manifiesta con formas “atípicas”, si las comparamos con la definición propia del adulto, pero que son las formas de presentación “típicas” de esta franja de edad (Tabla I) (Fig. 24). El escolar, y más el adolescente, se parecen al adulto en la definición de caso.

 

Figura 24. Bronquiolitis y miocarditis por virus de la gripe A.

Clínica en los niños menores de 6 años: en los neonatos y los niños menores de 1 año, la gripe puede mimetizarse con los síntomas de un síndrome febril sin foco (rechazo del alimento, apnea) y, de manera menos frecuente, con un cuadro clínico parecido a una sepsis. En este grupo de edad, es también muy frecuente la aparición de otitis media aguda, que puede llegar a afectar hasta a un 60 % de los menores de 2 años con gripe. En los niños con edades comprendidas entre 1 y 5 años, los síntomas gripales suelen incluir: fiebre (que en el 5 % de los casos puede conducir a convulsiones febriles, caracterizadas por ser prolongadas en el tiempo, autolimitadas y no suelen dejar secuelas neurológicas), rinorrea, tos, cefalea y mialgia. Además, la aparición de síntomas gastrointestinales, como náuseas, vómitos y dolor abdominal, en este grupo de edad, es más común que en los adultos. Asimismo, aproximadamente, el 3-5 % de los niños entre 2 y 5 años con gripe desarrollan otitis media aguda, que suele manifestarse entre 3 y 4 días después de la aparición de los primeros síntomas de vías respiratorias.

Nota final

Además de las enfermedades que hemos comentado, existen otras que podríamos haber incluido (Tabla II)(1-4). La selección la hemos realizado basándonos en nuestra experiencia clínica y la iconografía recopilada durante más de 40 años de ejercicio como pediatras de Hospital y de Atención Primaria.

 

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Exantemas virales

J. Pellegrini Belinchón*, G. García Ron**
Temas de FC


J. Pellegrini Belinchón*, G. García Ron**

*Centro de Salud de Pizarrales. Salamanca. **Centro de Salud La Rivota. Alcorcón. Madrid

Resumen

El exantema se puede definir como una erupción cutánea y se designa y clasifica por sus características morfológicas y evolutivas. Es un signo que constituye un motivo frecuente de alarma y, por lo tanto, de consulta en Pediatría de Atención Primaria.
Los exantemas, en muchos casos, son clínicamente indistinguibles y serán los signos y síntomas acompañantes, asociados a las características de la erupción cutánea, y una adecuada historia clínica con anamnesis detallada, los factores que determinen la sospecha de la etiología de la enfermedad vírica exantemática. En otras ocasiones, el mismo exantema es tan característico que puede llevar a un diagnóstico de seguridad con la observación de la piel.
Dada la limitación de espacio, no es posible tratar de forma exhaustiva toda la variedad de exantemas que pueden presentar los niños; por lo tanto, la finalidad de este artículo sobre enfermedades exantemáticas producidas por virus en la infancia es proporcionar al pediatra una metodología útil para poder enfocar de forma práctica una sospecha diagnóstica ante un niño que presenta un exantema.

 

Abstract

Exanthema can be defined as a skin eruption and it is designated and classified according to its morphological and evolutionary characteristics. It is frequently an alarming sign and therefore a reason for consultation in Primary Care paediatrics.
Rashes, in many cases, are clinically indistinguishable and the accompanying signs and symptoms, associated with the characteristics of the skin rash, along with an adequate detailed clinical history, will be the factors to determine the suspicion of the etiology of the viral skin disease. On other occasions, the same rash is so characteristic that simple observation of the skin can lead to a reliable diagnosis.
Due to the word limit, it is not possible to exhaustively describe all the variety of exanthemas that can present in childhood. Therefore, the purpose of this article on exanthematic diseases caused by viruses in childhood is to provide the paediatrician with a useful methodology to approach a diagnostic suspicion in a practical way when faced with a child who presents a rash.

 

Palabras clave: Exantema; Erupción; Enfermedad exantemática; Diagnóstico diferencial; Virus.

Key words: Exanthema; Rash; Exanthematic diseases; Differential diagnosis; Virus.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 278 – 289

 


OBJETIVOS

• Conocer las enfermedades exantemáticas de origen vírico en la edad infanto-juvenil.

• Aprender a diferenciar los exantemas según su morfología y evolución.

• Establecer criterios de sospecha para realizar un diagnóstico clínico de las enfermedades exantemáticas causadas por virus.

• Desarrollar la capacidad para integrar las características del exantema vírico con los antecedentes epidemiológicos, empleando una anamnesis detallada, los signos y síntomas clínicos y los hallazgos exploratorios para realizar un diagnóstico diferencial.

 

Exantemas virales

Introducción

La piel, como órgano más extenso del cuerpo humano, se caracteriza por su visibilidad y una gran capacidad de reacción ante estímulos locales o generales, lo que en muchos casos puede facilitar el abordaje diagnóstico.

La piel, como órgano más extenso del cuerpo humano, se caracteriza por su visibilidad y una gran capacidad de reacción ante estímulos locales o generales, lo que en muchos casos puede facilitar el diagnóstico o abordaje de enfermedades, tanto infeccionas como de otra etiología, en las que se ve involucrada(1).

El exantema, que se define en el diccionario terminológico de ciencias médicas, como una erupción cutánea, se designa y clasifica por sus características morfológicas y evolutivas. Es un signo que constituye un motivo frecuente de alarma y, por lo tanto, de consulta en Pediatría de Atención Primaria.

Aunque no se conocen todos los mecanismos capaces de producir las lesiones cutáneas, se aceptan distintos procesos desencadenantes, como el daño directo por los organismos patógenos (virus o bacterias), por sus toxinas o por la respuesta inmune del organismo al agente agresor. Así, hay casos en que es posible detectar el virus en la piel o en las lesiones, como en el caso de la varicela, o bien los anticuerpos circulantes son los causantes del exantema y no es posible detectar el virus o bacteria en la piel, como sería el caso de la escarlatina. Se conocen numerosos agentes infecciosos, toxinas, medicamentos o enfermedades inflamatorias como responsables de exantemas en la infancia(2,3).

El presente artículo trata de enfermedades víricas que producen exantemas. Estos, en muchos casos, son clínicamente indistinguibles con la mera visualización y serán los signos y síntomas acompañantes, asociados a las características de la erupción cutánea, los que determinen la sospecha de la etiología de la enfermedad exantemática. Otras veces, por el contrario, el examen de la piel es tan característico que pueden llevar a un diagnóstico clínico cabal con la observación de la piel, como en el caso de la varicela o el herpes zóster, las manchas de Koplik en el sarampión (patognomónicas) o la presencia de la mancha heráldica en una pitiriasis rosada.

Desde un punto de vista práctico, el pediatra que ve a un niño con un exantema deberá valorar, en primer lugar, si se trata de una enfermedad grave que requiere una atención urgente o si puede esperar y establecer el diagnóstico clínico de sospecha o etiológico cuando el cuadro lo requiera. Es importante recordar que los exantemas, en muchas ocasiones, proporcionan información relevante acerca de la enfermedad causal, si se realiza una historia clínica y una exploración física detallada(3).

El hecho de que en la edad infantil se dan con más frecuencia enfermedades exantemáticas de origen infeccioso, probablemente se deba a factores de exposición. No se puede decir que haya una predisposición infantil, sino que los virus implicados son ubicuos y, a su vez, confieren inmunidad permanente, por lo que es difícil llegar a la edad adulta sin haber tenido contacto con estos virus; si bien, en las últimas décadas, con los avances científicos en vacunas, técnicas diagnósticas o tratamientos específicos, se ha modificado la epidemiología de varias de estas enfermedades, así como su morbilidad y mortalidad. También, han permitido identificar nuevos agentes relacionados con enfermedades exantemáticas que hasta ahora eran de etiología desconocida(2-5).

Dada la limitación de espacio, no es posible tratar de forma exhaustiva toda la variedad de exantemas de etiología vírica que pueden presentar los niños; por lo tanto, la finalidad de este artículo es proporcionar al pediatra una metodología útil para poder enfocar de forma práctica una sospecha diagnóstica ante un niño que presenta un exantema(4). El diagnóstico debe ser lo más específico y seguro posible; ya que, aunque en muchos casos se trata de enfermedades sin un tratamiento etiológico y de evolución autolimitada, el hecho de realizar un diagnóstico correcto tiene importancia epidemiológica para evitar contactos.

En la tabla I se definen las lesiones dermatológicas elementales que se tratarán a lo largo de este artículo(6,7).

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En primer lugar, es fundamental descartar la presencia de hemorragias (petequias, púrpuras) que no desaparecen con la vitropresión (diascopía) o la digitoextensión y que, en ocasiones, como las petequias de esfuerzo, puedan ser banales, pero, otras veces, pueden indicar la posibilidad de enfermedades muy graves(3).

Con respecto a los exantemas urticariales, es preciso señalar el habón como lesión eritematoedematosa típica de la urticaria, en la que, además de la evanescencia, es característico que con la digitoextensión desaparece el color rosa-rojo, pero no el edema, y hay que diferenciarlo, tanto de la lesión hemorrágica como del exantema maculopapuloso habitual de evolución cráneo caudal, que se presenta en determinados procesos víricos de la infancia.

Es necesario describir el exantema con la presencia o no de máculas, pápulas, vesículas, ampollas, pústulas, nódulos y, en caso de que se asocien a lesiones secundarias (Tabla II)(1,8), se deben nombrar y describir. También, si se acompaña de afectación de mucosas, con la presencia de enantema, su distribución, si es simétrica o no, si tiene tendencia a la confluencia de las lesiones, forma de presentación, predominio en cara, tronco o extremidades, si respetan o no palmas y plantas, la forma de la lesión si es redondeada, reticular, lineal, número de lesiones, tendencia a la agrupación, síntomas acompañantes, como prurito, calor, dolor y la evolución según pasan las horas o los días.

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Todos estos parámetros, además de los signos y síntomas que acompañan al exantema, son fundamentales para el enfoque diagnóstico de la enfermedad.

Hay algún término que es importante definir antes de iniciar el abordaje de las enfermedades exantemáticas, uno de ellos es el exantema morbiliforme, se refiere al morbillo (sarampión) y se trata de máculas y pápulas eritematosas menores de 1 cm que, aunque tengan tendencia a confluir, dejan entre sí zonas de piel sana. Habitualmente, se produce por virus. Por el contrario, el exantema escarlatiniforme se trata de un rash cutáneo papuloso que puede llegar a ocupar grandes extensiones de piel, con predominio en pliegues, sin intervalo de piel sana en las lesiones, es más habitual en enfermedades bacterianas o de etiología no vírica(3). Se habla de exantema reticular cuando las lesiones eritematosas remedan un encaje de bolillos o de ganchillo(4).

Aunque el tema de este artículo sean los exantemas originados por virus, antes de iniciar el desarrollo de las enfermedades habituales que los producen, es preciso señalar que se nombrarán de forma tangencial enfermedades producidas por otros agentes, pero necesarios para el diagnóstico diferencial.

Exantemas maculopapulosos

La clasificación morfológica de los exantemas producidos por virus puede ser un tanto arbitraria, en este artículo se han dividido en dos grandes grupos, exantemas maculopapulosos y exantemas vesiculosos.

En este primer apartado se abordan enfermedades exantemáticas, como el sarampión, enfermedad potencialmente grave que, aunque ya debería ser una enfermedad histórica, sigue dando problemas en cuanto baja la cobertura vacunal en una población determinada, como ha ocurrido tras la pandemia de SARS-CoV-2(9,10), así como la rubéola, enfermedad muy benigna, pero que puede causar problemas muy importantes al feto, y otras enfermedades muy frecuentes en las consultas pediátricas, como son el eritema infeccioso, el exantema súbito, con los que tendremos que hacer forzosamente un diagnóstico diferencial con la escarlatina, aunque se trate de una enfermedad exantemática de origen bacteriano.

Sarampión(2,4,11)

Producido por el virus del sarampión, que es un paramixovirus del género morbilivirus muy contagioso.

Se transmite por contacto directo, desde 4 días antes del inicio del exantema y hasta 5 días después de su desaparición.

Tiene un periodo de incubación de aproximadamente 10 días de media (5-21), en el que el paciente se encuentra asintomático. Se sigue del periodo invasivo, también llamado prodrómico, catarral o pre-exantemático, que dura unos 4 días de media y se caracteriza por: fiebre elevada, tos, síntomas catarrales con coriza, lagrimeo, conjuntivitis con fotofobia que puede ser intensa, lo que históricamente se conocía como facies sarampionosa. En este periodo pueden aparecer las manchas de Koplik, en el 70-90 % de los casos se tratan de puntos blancos sobre el enantema bucal a nivel de los premolares que son patognomónicos (Fig. 1). Los médicos clásicos los describían como “espolvoreado de harina sobre tela roja” (enantema).

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Figura 1. Sarampión. Manchas de Koplik. Patognomónico de sarampión. Tomado de: MedlinePlus en español [Internet]. Bethesda (MD): Biblioteca Nacional de Medicina (EE.UU.); [actualizado 28 ago. 2019; consulta 20 de diciembre 2022]. Disponible en: https://medlineplus.gov/spanish/ency/esp_imagepages/2558.htm-.

El periodo exantemático, que dura habitualmente de 3 a 7 días, se caracteriza por la aparición de un exantema eritematoso, maculopapuloso morbiliforme, aunque en algunas zonas puede tener tendencia a la confluencia y que sigue una distribución y evolución craneocaudal (Fig. 2). Es importante valorar, a la hora del diagnóstico diferencial, que con la aparición del exantema, el paciente continúa con fiebre.

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Figura 2. Sarampión. Exantema maculopapuloso con tendencia a la confluencia. Cara catarral. Tomado de: CDC – Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades. Sarampión. Fotos del virus de sarampión y personas con sarampión. Citado el 20 de diciembre de 2022. Disponible en: https://www.cdc.gov/measles/symptoms/photos-sp.html.

A esto le sigue el periodo de convalecencia o declinación, en el que desaparece el exantema también de forma craneocaudal, dejando una descamación fina que se define como furfurácea, ya que recuerda al salvado.

El diagnóstico debe basarse en la clínica, aunque en las últimas décadas, debido al éxito de la vacuna, muchos médicos jóvenes no han visto nunca un niño con sarampión, por lo que se puede determinar una elevación de Ac IgM específicos entre 4 y 11 días después de la aparición del exantema o diagnosticar con la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR) a sarampión.

El tratamiento es sintomático, aunque debido a que en los niños con hipovitaminosis A el sarampión es más grave y exacerba su carencia vitamínica, con riesgo de ceguera y mala evolución del proceso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda tratamiento con vitamina A en todos los pacientes con sarampión. Los pacientes inmunodeprimidos tienen una elevada tasa de mortalidad.

Es fundamental la prevención con 2 dosis de vacuna triple o tetra vírica. Tanto la vacuna como sufrir la enfermedad dejan inmunidad de por vida.

Pueden aparecer complicaciones como consecuencia de la propia infección vírica o por sobreinfección bacteriana y, en casos raros, puede aparecer una encefalitis (1/1.000) con secuelas neurológicas; o, al cabo de los años, puede desarrollarse una panencefalitis esclerosante subaguda, complicación extremadamente rara, aunque se puede dar más cuando se ha sufrido el sarampión con edad inferior a 2 años.

Rubéola(2,12,13)

Producida por el virus de la rubéola, es un togavirus del género rubivirus.

Se trata de una enfermedad generalmente leve. En la era prevacunal, se presentaba con epidemias cada 6-9 años con picos menores cada 3-4 años. Al igual que el sarampión, su incidencia ha disminuido de forma muy notable tras la vacunación con 2 dosis de vacuna vírica. Su problema fundamental es el paso transplacentario del virus, que puede provocar afectación fetal con el síndrome de rubéola congénita (SRC). Es fundamental mantener tasas de vacunación por encima del 95 % para evitarla.

Se transmite por contacto directo, vía respiratoria por gotitas de Flügge o por vía transplacentaria desde unos 5 días antes de manifestarse el exantema hasta una semana después, por lo que es muy difícil proteger a la mujer embarazada no vacunada. El periodo de incubación puede durar 2-3 semanas.

El periodo prodrómico es corto, 1-2 días, asintomático o presenta síntomas catarrales leves, con buen estado general, febrícula, anorexia, eritema ocular, puede pasar desapercibido, sobre todo, en niños pequeños.

La erupción exantemática maculopapulosa es casi siempre la primera manifestación de la enfermedad. Es un exantema papuloso morbiliforme de unos 3-5 días de duración, que suele aparecer en región retroauricular y en cara, generalizándose posteriormente a tronco y extremidades, aparece y desaparece craneocaudal (Fig. 3).

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Figura 3. Rubéola. Exantema papuloso con tendencia a la confluencia. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Presenta adenopatías en región occipital posterior, retroauriculares y laterocervicales, que son los elementos más característicos y constantes del cuadro clínico. En raras ocasiones, pueden presentarse faringitis, poliartritis o conjuntivitis. El exantema desaparece sin descamación en el mismo orden de su aparición, pasados dos o tres días.

Las características del exantema y los antecedentes epidemiológicos y de vacunación, junto con la ausencia de periodo prodrómico y las adenopatías, son los hallazgos clínicos más relevantes para el diagnóstico de sospecha, ya que no tiene ningún signo patognomónico que permita realizar un diagnóstico clínico de seguridad. Las pruebas de laboratorio no se suelen utilizar, ya que se trata de una enfermedad leve, salvo que se produzca en una mujer embarazada o que haya tenido contacto con embarazadas con serología negativa a rubéola. En estos casos, se puede confirmar el diagnóstico mediante técnicas de PCR, aislamiento del virus o serología, para evitar rubéola congénita.

Tratamiento sintomático y fundamental la prevención con 2 dosis de vacuna triple o tetra vírica.

Rubéola congénita

Se produce por paso transplacentario del virus de la rubéola, sobre todo, durante el primer trimestre de la gestación, aunque la sintomatología más grave y generalizada es cuando la madre se infecta durante las 8 primeras semanas. En estos casos, se detecta el virus en numerosos órganos del feto y recién nacido. Después de la semana 20, ya no se ha descrito rubéola congénita.

Sintomatología polimorfa. La tríada clásica descrita por Cregg en 1941, describe: hipoacusia neurosensorial, retinopatía y/o cataratas congénitas y cardiopatía. Estas alteraciones están frecuentemente asociadas a microcefalia. Puede haber otras malformaciones y se pueden afectar prácticamente todos los órganos del niño afecto, incluso se han descrito manifestaciones tardías, como diabetes mellitus tipo I o panencefalitis progresivas.

Eritema infeccioso, megaloeritema o 5ª enfermedad(3,9,14)

Producida por el parvovirus B19, familia parvovirus, género eritrovirus.

Afecta especialmente a niños en edad escolar, con máxima incidencia a finales del invierno y en primavera, aunque puede ocurrir de forma esporádica en cualquier época del año. La trasmisión fundamental es por vía respiratoria, pero puede hacerse por sangre y hemoderivados, puede transmitirse por vía placentaria y, en casos graves, se asocia con muerte fetal intrauterina por hidrops fetal. Tiene un periodo de incubación entre 4-28 días.

Con respecto a la patogenia, el parvovirus B19 presenta tropismo por las células eritroides, afectando fundamentalmente a sus precursores. Produce lisis celular y una parada transitoria de la eritropoyesis. Las crisis aplásicas transitorias pueden ser por acción directa del virus, pero el exantema y las artritis parecen ser por la respuesta inmunitaria. En inmunodeprimidos o con anemia hemolítica crónica puede provocar cuadros graves, así como en el feto, aunque en personas inmunocompetentes suele ser un proceso benigno y autolimitado.

Con respecto a la clínica, la fase prodrómica habitualmente pasa desapercibida, puede cursar con: mialgias, febrícula o síntomas catarrales leves. El dato característico de esta enfermedad es el exantema, que suele cursar en 3 fases, aunque no siempre se manifiesta. Comienza con un eritema maculopapuloso confluente que afecta a ambas mejillas (cara de bofetón), respetando el labio superior (Fig. 4).

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Figura 4. Eritema infeccioso. “Cara de Bofetón”. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Entre 1 y 4 días después, se suele iniciar la segunda fase que se manifiesta con un exantema reticular, que recuerda el encaje de bolillos o ganchillo en tronco y zona proximal de extremidades, mientras los niños se mantienen afebriles y no tienen aspecto de enfermos (Fig. 5A y B).

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Figura 5. Eritema infeccioso. “Exantema reticular, en encaje”. Fotos del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

El exantema se resuelve de forma espontánea sin descamación en 5-10 días, pero puede aparecer y desaparecer debido al: sol, calor, ejercicio, estrés durante varias semanas. En adolescentes y adultos jóvenes, en ocasiones, se manifiesta por artralgias y exantema papuloso purpúrico en guante y calcetín con artropatías, aunque ya se han descrito algún caso en niños.

El diagnóstico suele ser clínico, por el exantema característico y el buen estado general del niño. El pronóstico es muy benigno en inmunocompetentes, aunque puede haber complicaciones fetales en embarazada y llegar a producir anemia intensa y anasarca con hidrops fetal. No parece ser teratogénico. En inmunodeprimidos puede provocar crisis aplásicas graves. El tratamiento es sintomático. Inmunoglobulina en inmunodeprimidos. Hay una vacuna en estudio, probablemente por su efecto en inmunodeprimidos y en embarazadas.

Exantema súbito(2,3,9)

Ocasionado por la primoinfección del niño por el virus herpes humano VHH-6 y, con menos frecuencia, el VHH-7. Género roseolavirus. Subfamilia betaherpesvirus.

La trasmisión se produce por vía aérea de forma esporádica y sin estacionalidad, por contagio directo durante el periodo febril de la enfermedad, con frecuencia, por contacto con saliva de adultos portadores.

Es una enfermedad aguda autolimitada, habitual en la lactancia y primera infancia, afecta con más frecuencia entre los 6 meses y 3 años.

El periodo de incubación dura 9-10 días y debuta con fiebre alta de 39º-40ºC de 3 días de duración. Menos frecuentemente de 4-5 días. Una vez desaparecida la fiebre aparece un exantema: morbiliforme, maculoeritematoso, no confluente, con distribución craneocaudal (Fig. 6). Con una duración de 24-72 horas, desaparece sin descamación.

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Figura 6. Exantema súbito. Exantema maculoso no confluente. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

El diagnóstico es clínico, por la secuencia y duración de la fiebre y la morfología y evolución craneocaudal del exantema. Es el exantema que causa, en más ocasiones, el falso diagnóstico de alergia a antibióticos, aunque no presenta habones evanescentes. Tratamiento sintomático.

Mononucleosis infecciosa(2,4,15,16)

Producida por el virus de Epstein-Barr (VEB). Habitualmente, no hay exantema y durante mucho tiempo se ha asociado su presencia a la administración de β-lactámicos, hasta en un 80 % de los pacientes tratados, aunque también puede haber exantema en pacientes con mononucleosis infecciosa no tratados con antibióticos (5-10 %). Afecta más a la cara y al tronco, y es variado en su morfología, por lo general de tipo maculopapuloso. Cuando el exantema está relacionado con la toma de antibióticos es más intenso y extenso.

La sintomatología de la enfermedad que acompaña al exantema es importante para el diagnóstico. Sus manifestaciones más características son: fiebre, astenia, presencia de adenopatías, anorexia, faringoamigdalitis membranosa, hepatoesplenomegalia y edema periorbitario. Las pruebas de laboratorio con linfocitos atípicos y, si hay dudas, con la determinación de anticuerpos heterólogos (no valorables en niños pequeños) o con anticuerpos específicos, aseguran el diagnóstico. El tratamiento es sintomático.

Escarlatina(2-5,17)

Aunque la escarlatina está producida por una bacteria y el título del presente artículo sea exantemas virales, los autores, en parte debido al aumento registrado en los últimos años, pensamos en la necesidad de describir esta enfermedad para poder realizar un diagnóstico diferencial de exantemas de origen vírico con esta enfermedad bacteriana.

Causada por una bacteria, el estreptococo β hemolítico del grupo A (EGA) (Streptococcus pyogenes), productor de la exotoxina pirógena (antes eritrogénica). Se han descrito varios tipos de exotoxina, por lo que un niño puede presentar varios episodios de escarlatina.

La máxima incidencia se produce en los meses fríos del año, en niños de entre 5 y 15 años, aunque durante este último año se está diagnosticando en niños más pequeños, incluso menores de 2 años, desconociéndose la causa de este cambio.

En su forma más clásica, la escarlatina se presenta tras un periodo prodrómico, con síntomas de faringoamigdalitis aguda febril con odinofagia intensa. Pasadas 24-48 horas, aparece un exantema escarlatiniforme precoz que suele comenzar en cuello, tronco o extremidades. Es un exantema papuloso confluente y de tacto rugoso y aspecto de color rojo escarlata que se blanquea a la presión, más acentuado en pliegues y flexuras (signo de Pastia). “Cara de bofetón” con afectación eritematosa intensa de ambas mejillas, respetando el labio superior que dura unos 4 días si no se trata (Fig. 7A y B).

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Figura 7. Escarlatina. Exantema maculopapuloso escarlatiniforme. Cara de bofetón. Fotos del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Lengua aframbuesada, llamada así, porque recuerda a una frambuesa que aparece si no se trata en los primeros días (Fig. 8A y B). El exantema desaparece en 7-10 días, mediante descamación furfurácea en tronco y en grandes láminas en las palmas de las manos y las plantas de los pies.

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Figura 8. Escarlatina. Lengua aframbuesada. Fotos del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

El diagnóstico clínico de sospecha, se puede hacer etiológico con los test de detección rápida de estreptococo, disponibles en este momento en la mayoría de las consultas de Atención Primaria en España o con frotis faríngeo. Tratamiento con penicilina oral o amoxicilina en los niños más pequeños o que toman mal los medicamentos, por el sabor de la primera.

Otros virus que pueden producir exantemas maculopapulosos(2,18-20)

Hay un amplio grupo de enfermedades víricas que pueden cursar con exantemas generalmente maculopapulosos y que se catalogan como exantemas víricos inespecíficos.

Entre estos destacan los adenovirus y los enterovirus no polio. Suelen tener un curso leve y autolimitado en el tiempo, por lo que habitualmente no se realiza en Atención Primaria el diagnóstico serológico, salvo complicaciones que causen la hospitalización.

Los adenovirus que suelen cursar en meses fríos con fiebre, a veces prolongada, inflamación amigdalar, en ocasiones, con exudados puntiformes sobre fondo rosa, adenopatías, afectación conjuntival, respiratoria, ótica o digestiva con gastroenteritis. A veces, cursan con exantemas maculopapulosos que aparecen en el periodo febril.

Los enterovirus no polio de los subgrupos de la familia de los picornavirus, Coxsackie A y B y los echovirus son responsables de diversos exantemas, más frecuentes en verano y principio de otoño en climas templados y afectan, preferentemente, a niños pequeños y lactantes. Se trasmiten vía fecal-oral, por gotitas respiratorias o, incluso, por fómites. Cuando hay exantema suele coincidir con el periodo febril y la sintomatología es muy variada, dependiendo del virus causante, aunque suele ser sintomatología leve que recuerda al catarro común, también puede producir: herpangina, conjuntivitis hemorrágica, alteraciones digestivas, neurológicas, incluso con encefalitis potencialmente mortales en niños con alteraciones inmunológicas, como la deficiencia autosómica dominante de TLR3(18). El echovirus 16 puede producir un cuadro clínico que se manifiesta por fiebre, faringitis y un exantema rosado sin tendencia a la confluencia, en cara, tronco y extremidades, con posibilidad de afectación de palmas de las manos y plantas de los pies que se conoce como exantema de Boston y que tiene un curso autolimitado, con una duración de 3-4 días.

Exantemas vesiculosos

Los exantemas cutáneos que cursan con vesículas tienen una consideración especial en Pediatría. En el caso de las enfermedades exantemáticas vesiculosas producidas por virus, la morfología y evolución de las lesiones, en muchos casos, pueden determinar un diagnóstico clínico.

Eso no significa que no precisemos aplicar la sistemática diagnóstica, realizando una historia clínica correcta, en la que se integren los antecedentes epidemiológicos y vacunales, con signos y síntomas de la enfermedad y las características del exantema, el tipo de vesículas, su distribución y evolución, sin olvidar que no todas las lesiones vesiculosas son infecciosas. En este segundo gran apartado sobre las enfermedades víricas que cursan con vesículas, trataremos fundamentalmente: varicela, herpes zóster, herpes simple, enfermedad de mano-pie-boca y unas líneas sobre la viruela del mono.

Varicela(2,3,16,21)

Producida por la primoinfección del herpes virus varicela zóster.

La incidencia ha bajado de forma brusca en países como España, donde la vacuna ha entrado en el calendario vacunal.

Se transmite por contacto directo, que es posible desde 2 días antes de la aparición del exantema hasta que alcanzan la fase de costra las últimas lesiones. Incubación asintomática de 10 a 21 días. El periodo prodrómico es de 1-2 días, y suele ser asintomático o cursar con febrícula o síntomas catarrales leves. El periodo exantemático se inicia con máculas y pápulas que, en pocas horas, se trasforman en vesículas rodeadas de un halo eritematoso, que los médicos clásicos definían como “gota de rocío sobre pétalo de rosa” (Fig. 9A), y terminan en costras. Su distribución es por todo el cuerpo “en un cielo estrellado” (Fig. 9B). Cursa con prurito intenso en 2-3 brotes de lesiones que pasan sucesivamente por las fases de mácula, pápula, vesícula y costra, y es muy característica la coexistencia de elementos en distinto estadio evolutivo. Las lesiones pueden afectar a la piel y mucosas. En 5-7 días, todos los elementos suelen estar en fase de costra y al caer dejan una zona pigmentada que después desaparece.

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Figura 9. Varicela. Vesícula sobre fondo eritematoso. Lesiones en todos los estadios. “Como gota de rocío sobre pétalo de rosa en un cielo estrellado”. Fotos del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Las complicaciones más frecuentes son las infecciones bacterianas de la piel, aunque en casos raros puede haber: neumonía, trombocitopenia, pancitopenia o complicaciones neurológicas como la ataxia cerebelosa, meningoencefalitis o enfermedades muy graves como el síndrome de Reye. En inmunodeprimidos puede ser una enfermedad grave, ya que son incapaces de cortar los sucesivos brotes, así como en el recién nacido, cuando la madre la presenta 5 días antes o 2 días después del parto, cursando con diseminación visceral y con una mortalidad que puede afectar hasta el 30 % de los casos.

El tratamiento es sintomático y de las complicaciones, en inmunodeprimidos o situaciones especiales, antivíricos como: aciclovir, fanciclovir o vanciclovir.

Herpes zóster(3,4,21)

Se produce por la reactivación del herpes virus varicela zóster que ha permanecido acantonado en las neuronas de los ganglios sensitivos posteriores.

En la infancia es poco frecuente, con un mayor riesgo para los niños que pasaron la varicela en el primer año de vida. Se manifiesta por lesiones vesiculosas de distribución arracimada (recuerda un racimo de uvas) sobre un fondo eritematoso, que evolucionan a costras (Fig. 10A y B). Se agrupan siguiendo una metámera. Aunque puede haber excepciones, es muy característico en niños, que no presenten sintomatología local antes del brote del exantema y que no queden neuralgias posherpéticas, como ocurre en un importante número de casos en adultos.

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Figura 10. Herpes zóster. Vesículas arracimadas sobre fondo eritematoso, siguiendo una metámera. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

 

Herpes simple(2,3,16)

Producido por virus herpes simple (VHS-1) (VHS-2). Familia alfaherpesviridae.

La primoinfección por VHS-1 afecta fundamentalmente a niños en zona bucal, ojos y piel; la producida por VHS-2 afecta, sobre todo a adolescentes o adultos jóvenes, en zona genital.

El contagio se produce por contacto directo entre la mucosa o piel erosionada de una persona susceptible con un individuo con clínica.

La primoinfección del VHS-1 tiene una expresión clínica variable, la mayoría son asintomáticas o no se identifican, pero un 15 % se manifiestan como gingivoestomatitis herpética (Fig. 11A), que suele afectar a niños de 6 meses a 5 años. Inicio brusco. Fiebre alta de 40ºC, con inflamación de encías y vesículas en toda la cavidad oral, curso doloroso con babeo, halitosis y adenopatías regionales. Rechazo de la comida y bebida sin pérdida del apetito, lo que produce irritación y malestar al niño pequeño. Tiene una duración variable entre 7 y 14 días.

Las infecciones recurrentes cursan con vesículas pequeñas de distribución arracimada sobre fondo eritematoso, que pasan a costra y duran entre 8-10 días y puede haber sobreinfección bacteriana posterior (impétigo) (Fig. 11B). Curan sin dejar cicatriz. La localización más frecuente es la orolabial y, ocasionalmente, oftálmica. En niños con dermatitis atópica puede tener complicación grave: “eczema herpético” o “eczema variceliforme de Kaposi”.

El mayor peligro del VHS-2 en niños es la trasmisión vertical al recién nacido, con complicaciones muy graves y alta mortalidad.

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Figura 11. Herpes simple. A. Primoinfección. Gingivoestomatitis. B. Herpes recurrente. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Enfermedad de mano-pie-boca(4,5,12,16,22)

Producida por el enterovirus no polio, habitualmente por Coxsackie A16, aunque también se puede deber a enterovirus 71 (más grave y puede tener afectación neurológica) o a otros virus Coxsackie A: 5, 6, 7, 9 y 10; Coxsackie B: 2 y 5.

Trasmisión oral-fecal o respiratoria, se produce en brotes, a veces importantes, en guarderías.

Las lesiones son maculopápulas de 3-7 mm, no pruriginosas, con el eje mayor paralelo a las líneas cutáneas, que evolucionan a vesículas y que se distribuyen en la boca y alrededores. Mucosa oral, faringe, paladar, lengua, labios, barbilla, también en manos, pies, nalgas e ingles. Las lesiones de las nalgas no suelen convertirse en vesículas (Fig. 12A, B y C).

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Figura 12. Mano-pie-boca. Máculas, pápulas y vesículas sobre fondo eritematoso. Foto del autor: ©Javier Pellegrini Belinchón.

Las infecciones por Coxsackie A6 pueden provocar herpangina y, en algunos casos, onicomadesis, descamación subungueal que puede llegar al despegamiento completo e indoloro de la lámina ungueal como complicación tardía.

Viruela del mono(23)

Producida por el virus de la viruela símica. Género orthopoxvirus, de la familia poxviridae.

Aunque España ha sido el país europeo con más casos diagnosticados de viruela del mono (MPX), la afectación en niños ha sido muy escasa y los cuadros clínicos han sido leves y autolimitados; si bien, en recién nacidos contagiados por trasmisión vertical, descritos sobre todo en África, la mortalidad ha sido alta. La causa más frecuente de contagio en niños ha sido el contacto familiar estrecho.

El periodo prodrómico suele cursar con: fiebre, astenia, cefalea y mialgias, pero el signo guía es el rash. Las lesiones se inician como máculas eritematosas de pocos milímetros de tamaño y que, posteriormente, progresan a pápulas, vesículas con aspecto umbilicado y pústulas. Finalmente, las vesículas y pústulas se rompen, apareciendo una costra que acaba cayéndose entre 7-14 días desde el inicio del exantema.

Desde el punto de vista del diagnóstico diferencial, la MPX en edad pediátrica debe diferenciarse de la varicela, y también del herpes zóster e infección por enterovirus, como el boca-mano-pie.

Una vez establecidas, las lesiones de la MPX se encuentran en el mismo estadio de maduración, aunque no siempre; mientras que la varicela, debido a las distintas oleadas explicadas en su patogenia, manifiesta las lesiones en distinto estado evolutivo, las vesículas no son umbilicadas y, además es centrípeta, se inicia en tronco y se distribuye periféricamente, mientras la MPX comienza en las extremidades y se disemina centralmente. Es distinto al adulto, en el que se encuentran lesiones, sobre todo en el área genital.

Para el diagnóstico etiológico se utilizan técnicas de PCR que detectan ADN de la MPX. Se debe realizar despistaje de infecciones de trasmisión sexual y descartar abuso.

El tratamiento, en la mayoría de los casos leves, será sintomático o con antivíricos, en caso de gravedad.

Exantemas paravirales(2,3,5,22)

Hay una serie de enfermedades relativamente frecuentes en la edad pediátrica que no tienen una etiología claramente viral, pero que en algún momento, debido a la evolución, presentación o epidemiología, se han relacionado con virus.

• Entre ellas tenemos la acrodermatitis papulosa infantil o síndrome de Gianotti-Crosti, de etiología desconocida, pero que se ha relacionado con una reacción inmunológica desencadenada por la infección por diferentes virus: hepatitis, Epstein-Barr, citomegalovirus, Coxsackie A16, virus parainfluenza y de la gripe, incluso con antígenos vacunales. Cursa con pápulas eritematosas monomórficas, a veces, papulovesículas en mejillas, nalgas y superficies extensoras de extremidades, respetando el tronco (acrodermatitis). Las lesiones duran 2-3 semanas, aunque en algunos casos, pueden persistir hasta 2 meses. La mayor incidencia se da en la primera infancia, entre 1-6 años.

• La pitiriasis rosada de etiología desconocida, si bien por su tendencia a aparecer como cúmulo de casos, se ha relacionado con determinados virus, como los virus herpes 6, 7 y 8. El medallón heráldico puede aparecer en cualquier parte del cuerpo y suele preceder a un exantema generalizado, que se manifiesta por pápulas eritematodescamativas, ovaladas o redondeadas, de menos de 1 cm de color rosado y marrón, sobre todo en tronco y zona proximal de las extremidades. El eje longitudinal de las lesiones se alinea con las líneas cutáneas. La mancha heráldica que suele medir entre 1 y 10 cm puede confundirse antes de la erupción generalizada con la tiña de la piel lampiña. Salvo un prurito leve, no hay otras manifestaciones acompañantes.

• El exantema periflexural asimétrico de la infancia también se ha relacionado con distintos virus, probablemente, por su inicio con manifestación de una infección vírica inespecífica, tras la que se inicia una erupción maculopapulosa en una axila o, menos frecuentemente, en el pliegue inguinal y se extiende de manera centrifuga de forma unilateral, respetando palmas y plantas. La erupción, generalmente pruriginosa, persiste entre 2-12 semanas y desaparece sin dejar lesiones residuales.

En la tabla III(1,9) se expone un resumen esquemático de las principales enfermedades exantemáticas virales que se ven en la infancia, además de la escarlatina y otros procesos “paravirales” de etiología incierta, pero que se han relacionado con virus.

tabla

 

Función del pediatra de Atención Primaria

El exantema no puede ser considerado como una enfermedad, sino como un signo que, en ocasiones, puede ayudar a enfocar el diagnóstico. El pediatra de Atención Primaria debe basar el diagnóstico diferencial en una anamnesis detallada y en la exploración física completa.

En la anamnesis es necesario preguntar por: la edad, para tener en cuenta la trasmisión materna de protección pasiva durante los primeros meses de vida; las vacunas recibidas según la edad del niño; los antecedentes de enfermedades exantemáticas pasadas, que dejan inmunidad de por vida; el país de procedencia, si se trata de niños inmigrantes, teniendo en cuenta las enfermedades exantemáticas de la zona; la existencia de un ambiente epidémico escolar o familiar o las prácticas de riesgo en adolescentes; y la toma de medicación previa, recordar la relación de mononucleosis infecciosa con ciertos antibióticos betalactámicos. Es preciso conocer la existencia de manifestaciones clínicas durante el periodo prodrómico previo a la aparición del exantema, ya que puede diferenciar la sospecha de la enfermedad. No es lo mismo fiebre alta y tos con fotofobia durante varios días antes y después de la presentación del exantema, que nos orientaría hacia un sarampión o que apenas tuviera síntomas antes del exantema, que nos orientaría hacia un eritema infeccioso o rubéola; o por el contrario, fiebre alta de 3 días y una vez afebril aparece el exantema, que nos orientaría hacia un exantema súbito.

Definir las características del exantema es un aspecto fundamental: el tipo morfológico de las lesiones cutáneas, su coloración y distribución, la tendencia a la confluencia, si es morbiliforme, escarlatiniforme o reticular, la forma de inicio, la progresión y regresión con o sin descamación, si hay afectación de mucosas, si respeta palmas o plantas, pueden ser, junto con la anamnesis y exploración, el punto de partida para establecer el diagnóstico diferencial(2,3). En la tabla III se expresan datos sobre el diagnóstico diferencial de exantemas.

En ocasiones, la utilización de test rápido de estreptococo, de panel de virus o estudio serológico será importante para el diagnóstico, aunque en la mayoría de los casos no es necesario realizar exploraciones complementarias. Las enfermedades de origen vírico que cursan con exantemas, en individuos inmunocompetentes, suelen tener una evolución autolimitada y para las que no se dispone de tratamiento etiológico, pero realizar un diagnóstico correcto puede tener importancia epidemiológica.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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22.*** Albisu Andrade Y. Exantemas. En: Muñoz Calvo MT, Hidalgo Vicario MI, Clemente Pollán J. Pediatría extrahospitalaria. Fundamentos clínicos para atención primaria. 4ª ed. Madrid. Ergon; 2008. p. 435-42.

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Bibliografía recomendada

– Silva Rico JC, Torres Hinojal MC. Diagnóstico diferencial de los exantemas. Pediatr Integral. 2014; XVIII: 22-36. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/numeros-anteriores/publicacion-2014-01/diagnostico-diferencial-de-los-exantemas/.

Imprescindible revisión sobre diagnóstico diferencial de exantemas en la infancia. Los autores desarrollan una sistemática diagnóstica basada en las características del exantema, pero que se apoya en una historia clínica detallada con una anamnesis precisa, y la clínica acompañante, que hace que este artículo sea una herramienta básica para el pediatra.

– Codina Puig X. Exantemas. En: De la Flor i Brú J, Bras i Marquillas J, Ridao Redondo i Redondo M, Roger i Azemar M. Pediatría en Atención Primaria. Madrid. Ergon; 2018. p. 473-80.

Capítulo de libro enfocado a Atención Primaria, en el que realiza una revisión pormenorizada y actualizada de los distintos exantemas en la infancia y que aporta figuras para enfocar el diagnóstico diferencial basadas en la clínica y en las características de los exantemas.

– Albisu Andrade Y. Exantemas. En: Muñoz Calvo MT, Hidalgo Vicario MI, Clenente Pollán J. Pediatría extrahospitalaria. Fundamentos clínicos para atención primaria. 4ª ed. Madrid. Ergon; 2008. p. 435-42.

Revisión detallada de los exantemas en la infancia, con una visión desde Atención Primaria y una caracterización profunda de las distintas enfermedades que cursan con exantemas en la edad pediátrica.

– Kliegman RM, Stanton BF, St Geme III JW, Schor NF. Nelson Tratado de Pediatría. 20ª ed. Barcelona. Elsevier España. 2016.

Tratado de Pediatría clásico que no tiene un capítulo específico que aborde el diagnóstico diferencial de los exantemas en la infancia, pero realiza una revisión exhaustiva de cada una de las enfermedades exantemáticas que afectan a la infancia.

 

Caso clínico

 

Niño de 17 meses que acude a consulta por un cuadro de fiebre de hasta 39ºC, de 3 días de evolución, que se acompaña de mucosidad, tos intensa e importante eritema conjuntival bilateral con fotofobia. Ha iniciado un exantema en la cara que se ha ido extendiendo hacia el resto del cuerpo en sentido craneocaudal.

Como antecedentes personales, cabe destacar que acude a guardería desde los 8 meses y que, como consecuencia de los múltiples procesos infecciosos que ha ido padeciendo desde el inicio en la escuela infantil, los padres interrumpieron el calendario vacunal desde los 11 meses en que se puso su última vacuna.

A la exploración, el niño presenta regular estado general con fiebre alta. Auscultación cardiopulmonar sin alteraciones. Otoscopia bilateral normal con faringe hiperémica sin exudados, enantema bucal. Intenso eritema conjuntival sin secreción ocular. Meníngeos negativos. Exantema generalizado maculopapuloso morbiliforme con confluencia en algunas zonas.

 

 

algoritmo

 

Gripe: puesta al día

J. de la Flor i Brú
Temas de FC

J. de la Flor i Brú* y Grupo VACAP (Grupo de trabajo de vacunas de la SEPEAP): B. Aguirrezabalaga González (coord.), S. Bernárdez Carracedo, G. Cabrera Roca, G. de la Fuente Echevarría, J. García Pérez, L. Ortiz González, N. Rodríguez Blanco, M.B. Rubira Golbano, C. Villanueva Tres, C. Coronel Rodríguez

*Pediatra de Atención Primaria. CAP EL Serral, Sant Vicenç dels Horts. Barcelona

Resumen

La gripe es una infección muy frecuente y de gran impacto en Salud Pública, pero poco diagnosticada en Pediatría, al confundirse generalmente con otras infecciones respiratorias virales. La gripe está causada por el ortomixovirus influenza A, B y C. Los virus A y B son los causantes de las epidemias anuales, y el virus A, de las pandemias mundiales. En nuestro medio, la gripe aparece en otoño-invierno, con una epidemia anual de unas 8 semanas de duración. La tasa de ataque es más elevada en niños, que actúan como principales transmisores de la enfermedad a otros grupos de riesgo. La gripe pediátrica cursa como un cuadro catarral completo de inicio súbito, acompañado por fiebre alta y mayor sintomatología sistémica; pero, en lactantes y preescolares, es difícil de diferenciar de otras infecciones víricas respiratorias. Las complicaciones son frecuentes y generalmente leves. La otitis media es la más habitual, pero la neumonía es la principal causa de hospitalización en un niño con gripe, afectando generalmente a menores de 5 años. El diagnóstico se basa en la sospecha clínica en periodo epidémico. Los exámenes complementarios son inespecíficos. Los test de diagnóstico rápido deberían estar al alcance del pediatra de Atención Primaria. La gripe debe diferenciarse de otras virasis respiratorias de vías altas y, en su fase inicial, puede presentarse como un síndrome febril sin focalidad aparente. La vacunación anual de los grupos de riesgo es la mejor estrategia para reducir la morbilidad de la gripe. A la clásica recomendación de vacunar a los niños con enfermedades crónicas, crece la tendencia de recomendación de vacunar a todos los niños sanos a partir de los 6 meses hasta los 5 años (en calendario común del CISNS –Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud– a partir de 2023). El tratamiento de la gripe se basa en medidas de sostén. Los inhibidores de la neuraminidasa ofrecen un beneficio contrastado en grupos de riesgo si se utilizan precozmente.

 

Abstract

Influenza is a very frequent infection, with a strong impact in Public Health, but underdiagnosed in paediatrics, usually confused with other respiratory tract infections (RTIs).
Flu is caused by viruses Influenza A, B and C from the orthomyxoviridae family. Influenza viruses A and B cause yearly epidemics, and influenza A is responsible for the global pandemics. In temperate climates flu season happens in autumn-winter, with a yearly epidemic that lasts 8 weeks. Attack rates are higher in children, who are also the main spreaders of the disease to other high risk groups. Paediatric flu presents as the common cold in many cases, with sudden onset and high fever with more systemic symptomatology, although in infants and toddlers it is difficult to differentiate it from other viral respiratory syndromes. Complications are frequent but generally mild. Acute otitis media is the most common one, but pneumonia is the main cause of admission to hospital for children with influenza, especially those younger than 5 years of age. Diagnosis is based on clinical suspicion during epidemic season. Complementary investigations are not specific. Rapid diagnostic test for influenza should be available to all primary care paediatricians. Influenza should be differentiated from other viral upper RTIs, and in its initial phase it can present as a fever of unknown origin. Annual vaccination of at risk children is the best strategy to reduce morbidity due to influenza. Children with chronic diseases have been the target of these campaigns until now, when the recommendation for yearly vaccination has been expanded to all children from 6 months of age to 5 years (proposed common vaccination calendar from the CISNS, Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, from autumn 2023 onwards). The treatment of influenza is supportive care. Neuroaminidase inhibitors are beneficial in children of at-risk groups if administered early in the course of the disease.

 

Palabras clave: Gripe; Epidemia; Pandemia; Pediatría.

Key words: Influenza; Epidemics; Pandemics; Pediatrics.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 269 – 277

 


OBJETIVOS

• Conocer la epidemiología de la gripe y resaltar el impacto de la enfermedad en la edad pediátrica.

• Conocer las técnicas diagnósticas rápidas disponibles en AP para diagnosticar la gripe.

• Identificar las complicaciones de la gripe en Pediatría, que generalmente son leves pero frecuentes.

• Conocer las vacunas contra la gripe y subrayar la importancia de la vacunación en la edad pediátrica.

 

Gripe: puesta al día

Introducción

La gripe es una infección muy frecuente y de gran impacto en Salud Pública, pero poco diagnosticada en Pediatría, al confundirse con otras infecciones respiratorias virales.

La gripe es la causa más frecuente de ingreso hospitalario pediátrico durante los meses de invierno después del Virus Respiratorio Sincitial (VRS). Es causa de una significativa morbilidad y de potencial mortalidad. Un 50 % de las muertes derivadas de complicaciones de la gripe en edad pediátrica acontecen en niños previamente sanos, sin factores de riesgo. Pese a su frecuencia en Pediatría, está infradiagnosticada, puesto que a menudo se confunde con otros procesos respiratorios virales, especialmente resfriados y faringitis. Muchas veces se utiliza el eufemismo “síndrome gripal” para catalogar cuadros respiratorios febriles en el periodo invernal. Popularmente, sucede todo lo contrario: el profano denomina “gripe” a muchos cuadros de faringitis o resfriado común. El impacto socioeconómico de esta enfermedad es enorme en visitas ambulatorias, a servicios de urgencias, consumo de analgésicos-antitérmicos, antibióticos, y absentismo escolar y laboral, incluso superior al derivado de la infección por VRS(1,2).

Historia, etiología y epidemiología de la gripe

La gripe está causada por el ortomixovirus influenza A, B y C. Los virus A y B son los causantes de las epidemias anuales, y el virus A, con reservorio animal y capacidad para cambios antigénicos mayores, de las pandemias mundiales. Es previsible una futura pandemia a partir de la evolución del virus de la gripe aviar o de la gripe porcina. En nuestro medio, la gripe aparece en otoño-invierno con una epidemia anual de unas 8 semanas de duración. La tasa de ataque es más elevada en niños, que actúan como transmisores de la enfermedad a otros grupos de riesgo.

La complicada y apasionante epidemiología de la gripe tiene importantes repercusiones, tanto en Salud Pública como en la consulta del pediatra de Atención Primaria (AP), por lo que conviene dedicarle una atención especial. La gripe es una antropozoonosis causada por el virus de la gripe, un ortomixovirus compuesto de una sola cadena de RNA, con 8 segmentos codificantes de proteínas específicas, y una cubierta lipoproteica. Como todos los virus RNA, su replicación basada en la polimerasa del RNA, es un proceso que facilita el error, generando cambios antigénicos constantes. Las diferencias antigénicas conferidas por la proteína de matriz M1 y la nucleoproteína, condicionan la existencia de 3 tipos serológicos, A, B y C(3). Además de la gripe, estos virus causan un amplio abanico de infecciones respiratorias altas y bajas. Hay distintas variantes de cada tipo, determinadas por las proteínas de superficie (al menos, 18 tipos de hemaglutinina [HA] y 11 de neuraminidasa [NA] para el virus A). Los 3 tipos serológicos tienen hemaglutinina. Los virus A y B tienen además neuraminidasa, de la que el tipo C carece. La hemaglutinina facilita el anclaje del virus a la membrana de la célula huésped. La neuraminidasa permite la penetración del virus en la célula infectada y la liberación y difusión de las partículas virales en el moco respiratorio. Los virus A y B son los responsables de las epidemias. El virus A tiene un reservorio animal (las aves acuáticas) y más facilidad para los cambios antigénicos que los virus B y C, cuyo único reservorio conocido es humano. El virus C causa casos esporádicos leves, especialmente en menores de 5 años, con sintomatología predominante en vías altas, eventualmente fuera de temporada gripal. El virus A presenta cambios antigénicos constantes, debido a su inestabilidad genética derivada de la segmentación de su genoma. En solo un año, los cambios sufridos por el virus de la gripe resultan equiparables a los que experimenta la especie humana en un millón de años. Unos pocos años de evolución vírica equivalen a la diferencia que media entre un chimpancé y un humano. El periodo transcurrido entre la pandemia de 1918 y la de 2009 suponen un 15 % de cambio en el genoma del virus: la diferencia genética entre una rata y un hombre. Estos cambios pueden ser derivas antigénicas menores (“drift”), que confieren una ventaja selectiva a las nuevas cepas de virus, con epidemias locales y mortalidad confinada a grupos de riesgo, o cambios antigénicos mayores (“shift”), responsables de las pandemias mundiales, con mortalidad extendida a todos los segmentos de población, al no haber una memoria inmunológica previa. La distribución geográfica del virus es tan previsible como peculiar: el origen de las nuevas cepas tiene lugar en Asia, y desde allí pueden ser diseminadas por todo el mundo mediante las aves migratorias. Cuando las aves migratorias contactan con aves de corral, el virus puede experimentar cambios genéticos y adquirir la capacidad de infectar mamíferos. Cuando un virus serológicamente nuevo afecta a la especie humana se produce una pandemia mundial, con morbilidad y mortalidad muy superiores a lo habitual y no limitada a grupos de riesgo (Tabla I).

tabla

Sin embargo, incluso un cambio menor (deriva o drift) debe considerarse de riesgo para un lactante, dado que este no presenta inmunidad previa frente al virus. La primera pandemia documentada se remonta al siglo XVI, pero ya Hipócrates describió perfectamente la enfermedad. La pandemia más dramática de la historia contemporánea fue en 1918 (la gripe mal llamada “española”, dado que se originó en EE.UU.), por la aparición del virus H1N1, hoy habitual, pero en aquel momento nuevo, con una mortalidad de, al menos, 40 millones de personas, muy favorecida por el especial tropismo pulmonar del virus y el estado de postración en el que quedó la humanidad después de la primera guerra mundial. Otras pandemias de este siglo, menos importantes, debido en parte a una menor agresividad pulmonar del virus, y en parte debido al uso de antibióticos para las complicaciones bacterianas y a la mejora de las condiciones sociosanitarias generales, fueron en 1957-58 (“gripe asiática”) con el virus H2N2 (actualmente desaparecido), y 1968-69 (“gripe de Hong-Kong”), con el H3N2 (actualmente circulante). Otro ejemplo reciente y alarmante de cambio antigénico mayor sucedió en Hong Kong en 1997 con el virus H5N1, con un pequeño brote en humanos, con elevada mortalidad (6 de 18 casos), que se consiguió confinar. La pandemia más reciente, en 2009, por una variedad recombinante del H1N1, reemplazó a la variedad de H1N1 previamente circulante. La mortalidad asociada a una pandemia experimenta un brusco descenso en la edad media de los afectados. En la ocurrida en 2009, la edad media de las muertes asociadas al virus fue de 37 años, comparada con la edad media de una epidemia estacional (76 años, generalmente por casos debidos al H3N2). La experiencia indica que las pandemias aparecen a intervalos regulares, y en el futuro es previsible que se produzca a partir de la probable evolución de la llamada gripe aviar, causada por el citado virus A H5N1 y, menos frecuentemente, por los H7N7 y H9N2, aunque nadie puede asegurar cuándo se va a producir y qué virus va a ser el responsable. Esta enfermedad afecta a aves de granja y aves salvajes, pero también se han descrito casos en mamíferos y seres humanos (casi siempre por transmisión directa a partir del contacto con aves afectadas, aunque en algún caso se duda de una posible transmisión interhumana). Estos casos se caracterizan por su extraordinaria gravedad(4) y elevada mortalidad (superior al 50 %). Por el momento, estos virus aún no han adquirido la capacidad de transmisión entre seres humanos (condición sine qua non para que se produzca una pandemia), para lo que precisan de un periodo de adaptación, que supone una derivación genética del nuevo virus aviar a través de múltiples infecciones que vayan acumulando mutaciones y recombinaciones genéticas del virus aviar con cepas humanas, fenómeno que se produce habitualmente en huésped porcino, dado que este puede ser infectado al mismo tiempo, tanto por virus humanos como aviares (al contener ambos receptores de ácido siálico, el 2,3 tipo aviar y el 2,6 tipo humano), y que le permitan la propagación interindividual(5). Los virus aviares pueden ser de baja y alta patogenicidad, que suele circunscribirse a los subtipos H5 y H7.

El virus B tiene mucha menos capacidad para los cambios antigénicos mayores, al no tener reservorio animal.

La complicada terminología que define las variantes del virus de la gripe se basa en las proteínas de superficie HA y NA, en la zona geográfica donde se ha aislado originalmente, y el número y año de aislamiento. La epidemia anual de gripe (gripe humana estacional) se presenta en países templados en otoño-invierno, entre noviembre y febrero; si bien, en España, diciembre y enero son los meses con más frecuencia de inicio del brote en los últimos años. La aparición de la pandemia de COVID-19, causada por el SARS-CoV-2, ha supuesto cambios importantes en esta estacionalidad: en la primera temporada pandémica 2019-2020, la epidemia de gripe se interrumpió bruscamente en marzo de 2020. En la 2020-2021, prácticamente no se registraron casos de gripe. En la 2021-2022, se ha producido un brote de gripe de intensidad baja y prácticamente exclusivo de virus A, coincidiendo con la disminución de la llamada sexta ola producida por la variante ómicron del SARS-CoV-2 y el levantamiento de todas las medidas no farmacológicas. Este brote ha tenido dos picos y se ha extendido hasta el verano, en un fenómeno no descrito previamente. En la estación 2022-2023 se han registrado dos ondas epidémicas muy claras, inicialmente por tipo A, y en el momento de redactar este artículo, casi en exclusiva, protagonizada por el tipo B. No queda claro en qué medida son las intervenciones farmacológicas las únicas responsables de estos cambios drásticos de estacionalidad en la gripe y otros virus respiratorios (VRS) o hasta qué punto intervienen fenómenos de interferencia viral. La estación gripal, en la que se describe circulación del virus, suele extenderse entre octubre y marzo en el hemisferio norte. En el hemisferio sur, el virus mantiene la circulación, mientras es verano en el norte. En los países tropicales, la distribución estacional no es tan clara, registrándose dos brotes anuales en algunas regiones y un solo brote, coincidiendo con la estación de las lluvias, en otras. En una epidemia típica, los niños tienen una tasa de infección del 30-50 % y son más eficaces y prolongados transmisores que los adultos. La transmisión se produce a partir de la inhalación de gotas respiratorias portadoras del virus y provenientes de la tos, los estornudos y el habla de infectados en un radio de hasta 2 metros. Es probable que se disemine también por pequeñas partículas en aerosol, especialmente en locales cerrados. También puede transmitirse con el contacto directo con objetos recientemente contaminados por secreciones nasofaríngeas (fómites), pero este mecanismo es mucho menos eficiente que en otras virasis respiratorias (rinovirus)(6,7). La transmisión es más efectiva a bajas temperaturas y en ambientes de poca humedad. La epidemia suele durar de 4 a 8 semanas, con un pico a las 2-3 semanas de su inicio. La circulación simultánea de 2 o 3 cepas de virus entre la comunidad puede comportar la prolongación de la estación gripal hasta 3 o más meses. La diseminación entre la comunidad es muy rápida. La epidemia suele afectar inicialmente a niños en edad escolar, diseminándose después a pre-escolares y adultos. El inicio de la epidemia de gripe es fácilmente reconocido por el aumento marcado, a veces explosivo, del absentismo escolar y laboral, la frecuentación a consultas de AP y servicios de urgencia primarios, domiciliarios y hospitalarios de todas las edades y la ocupación de tanatorios. En Pediatría, se observa un brusco y marcado aumento de la edad media de los niños visitados.

La epidemia anual se origina a partir de una o dos cepas predominantes. En la actualidad, los virus circulantes son el A H1N1 2009 y A H3N2, junto con el virus B, en cualquiera de sus 2 linajes (Victoria y Yamagata, aunque este linaje hace tiempo que no se aísla y se especula con una posible extinción del mismo, aún no confirmada). El predominio de una u otra cepa va variando anualmente.

Patogenia

Las proteínas de superficie confieren al virus su capacidad de propagación y destrucción celular. La respuesta inmunitaria es eficaz, pero de corta duración.

El virus de la gripe se replica en el epitelio columnar respiratorio. La neuraminidasa destruye la barrera mucosa y la hemaglutinina fija el virus al ácido siálico celular y por endocitosis vacía su material genético RNA en el citoplasma infectado. El RNA penetra en el núcleo, se replica, vuelve al citoplasma, produce las nuevas proteínas, con ruptura del citoplasma, destrucción celular y reinicio del ciclo con nuevos virus. La replicación dura de 10 a 14 días y queda limitada al epitelio respiratorio. La destrucción celular a este nivel causa: descamación, pérdida de la función ciliar, de la producción de moco y favorece la sobreinfección bacteriana. El mecanismo inmune implicado en la infección primaria y en la protección contra reinfecciones implica distintas citoquinas, como el interferón y el factor de necrosis tumoral. La mayor respuesta humoral se induce frente a la hemaglutinina, y es fundamental en la neutralización del virus. Los anticuerpos contra la neuraminidasa son importantes en la prevención de las formas graves de la enfermedad y en reducir la transmisión. También se producen IgA (nasal) e IgG (traqueal) en la mucosa respiratoria infectada, pero la respuesta inmunitaria, muy eficaz, es de corta duración y, aunque los virus implicados tengan poca variabilidad genética, pueden producirse infecciones sintomáticas en la siguiente estación gripal, aunque es más frecuente que se produzcan cada 3-4 años en personas no vacunadas(8-16).

Clínica

La gripe pediátrica cursa como: un cuadro catarral completo de inicio súbito, acompañado por fiebre alta y mayor sintomatología sistémica, pero en lactantes y preescolares es difícil de diferenciar de otras infecciones víricas respiratorias.

El periodo de incubación es de 48 a 72 horas. Este periodo corto, asociado a la gran cantidad de partículas virales infectivas que contienen las secreciones y a la pequeña cantidad necesaria para infectar a un contacto susceptible, explica la explosividad de las epidemias. Hasta un 30 % de infecciones pueden ser asintomáticas, pero estos casos también son transmisores. El cuadro clínico clásico es más reconocible en niños mayores de 5 años. Pese a que la gripe pediátrica es más difícil de diagnosticar que en adultos, y que la enfermedad se confunde muchas veces con un resfriado común febril, la noción epidémica y ciertas características diferenciales, nos pueden ser de gran ayuda. La gripe suele tener un inicio súbito, con: fiebre alta, mialgias, dolores periorbitarios a la movilización lateral del globo ocular, artralgias, cefalea y escalofríos. El debut puede ser en forma de síndrome febril sin focalidad aparente, y hasta que aparece la sintomatología respiratoria, deberá hacerse en niños pequeños el diagnóstico diferencial con el riesgo de bacteriemia oculta. En el periodo neonatal, la gripe puede presentarse con sintomatología sugestiva de sepsis. Pese a que es creencia extendida que las infecciones por virus A son más graves que por B, se ha demostrado que no hay diferencias en la potencial gravedad de ambas infecciones(17), salvo en ancianos. Los síntomas sistémicos son más acusados en la gripe A que en la B, en la que predomina la sintomatología respiratoria. La gripe B es más frecuente en mayores de 5 años. La sintomatología es más florida en la gripe por AH3 que por AH1. La sintomatología sistémica, generalmente superior a la producida por cualquier otro virus respiratorio (salvo el SARS-CoV-2), es producida por mediadores de la inflamación liberados por el epitelio respiratorio infectado (interleucina 6 e interferón alfa en fases iniciales, factor de necrosis tumoral alfa e interleucina 8 en fases tardías). Pocas horas después aparece la sintomatología respiratoria, con: faringitis no exudativa, rinitis, obstrucción nasal y tos seca, irritativa, que interfiere con el descanso del niño. En niños pequeños, la gripe se puede presentar con un cuadro digestivo, con: fiebre, vómitos, diarrea y dolor abdominal, que será diagnosticado con toda probabilidad de gastroenteritis aguda. Este cuadro es más frecuente por H1N1 2009 que por H3N2. Va en contra del diagnóstico de gripe, la presencia de: rash permanente (aunque puede verse un exantema maculopapular leve y transitorio), conjuntivitis purulenta, adenopatías marcadas, exudado faríngeo y diarrea en niños de más de 3 años. La gripe se presenta, a veces, de forma atípica, de difícil diagnóstico, como un crup de moderado a intenso (AH3N2), más grave que el causado por parainfluenza, bronquiolitis, neumonía o como exacerbación de un asma bronquial. Raramente, puede causar parotiditis. La enfermedad dura de 2 a 5 días. A veces, se produce a los pocos días de haber cedido el cuadro febril, una recrudescencia o 2º ataque, conocido antiguamente como V (“uve”) gripal, no necesariamente asociado, pero sí sospechoso de sobreinfección bacteriana. La tos residual, con disfunción de las vías aéreas inferiores, y un estado de fatiga y, a veces, de anorexia y depresión, especialmente en adolescentes, pueden durar semanas(18).

Complicaciones

Son frecuentes y generalmente leves. La otitis media es la más habitual, pero la neumonía es la principal causa de hospitalización en un niño con gripe, afectando generalmente a menores de 5 años.

Hay que sospechar sobreinfección bacteriana si la fiebre dura más de 5 días o si reaparece después de un intervalo libre. Las sobreinfecciones son frecuentes, pero generalmente de escasa gravedad: otitis media aguda (10-50 %), sinusitis y neumonía en menores de 5 años. La neumonía es especialmente frecuente en niños menores de 2 años que asisten a guardería. Suele ser por sobreinfección bacteriana (especialmente por neumococo, raramente por estafilococo). La neumonía vírica es más frecuente en adultos y tiene peor pronóstico. El síndrome de Reye es una rara complicación asociada a la gripe y a la varicela, especialmente con la ingesta previa de ácido acetilsalicílico (AAS). Consiste en una encefalopatía grave acompañada de degeneración grasa del hígado. Hay que sospechar su presencia (en la actualidad excepcional) en un niño con gripe que presente vómitos incoercibles o anomalías de la conducta. La miositis es más frecuentemente producida por el virus B. Aparece a los 5-7 días del inicio y se manifiesta inicialmente con debilidad, seguida de intenso dolor especialmente en las piernas (gastrocnemio y sóleo). El virus A puede causar una forma tan intensa que ocasione rabdomiolisis seguida de mioglobinuria masiva con insuficiencia renal aguda. La neumonía vírica afecta más a adultos y es menos frecuente que la sobreinfección bacteriana, favorecida por la destrucción del epitelio. Esta sobreinfección puede ser por: neumococo, Haemophilus, estafilococo o Streptococcus pyogenes. Las relaciones entre gripe y neumococo ya se establecieron en la pandemia de 1918 y se han vuelto a estudiar detalladamente en la más reciente de 2009. El virus de la gripe altera los mecanismos de inmunidad innata y lesiona la barrera epitelial pulmonar, favoreciendo la sobreinfección. Nefritis, miocarditis, encefalitis, mielitis transversa y síndrome de Guillain-Barré son complicaciones muy raras. La incidencia de encefalitis parece haber aumentado recientemente en Japón y en EE.UU. El shock tóxico es excepcional y causado por el virus B. La gripe puede ser muy grave en niños con enfermedades neuromusculares que afecten a los músculos accesorios de la respiración. Los niños inmunodeficientes o que reciben quimioterapia transmiten el virus durante largos periodos. Se han descrito casos de muerte súbita del lactante asociados a gripe(1,2,18).

Diagnóstico

El diagnóstico se basa en la sospecha clínica en periodo epidémico. Los exámenes complementarios son inespecíficos. Los test de diagnóstico rápido deberían estar al alcance del pediatra de AP.

En Atención Primaria sigue siendo fundamentalmente clínico. La asociación de fiebre y tos en un adulto (actual definición de la OMS de “enfermedad similar a la gripe”: ILI, por sus siglas en inglés, Influenza-Like Illness) tiene un alto valor predictivo en época epidémica en adultos, pero su utilidad es mucho menor en ancianos y niños menores de 6 años. El hemograma es totalmente inespecífico, observándose frecuentemente leucopenia, así como la radiología, que presenta atelectasias o infiltrados en un 10 % de niños. La demostración de la presencia del virus de la gripe es suficiente para el diagnóstico, dado que no hay estado de portador. Los test de diagnóstico rápido (TDR) de influenza y otros virus respiratorios, fundamentalmente el VRS, han ganado mucho terreno en los últimos años en los servicios de urgencia hospitalarios, y están afectando sensiblemente las pautas de manejo del niño pequeño con síndrome febril sin focalidad aparente, con una potencial reducción del uso de otras técnicas diagnósticas más agresivas y de la prescripción empírica de antibióticos. Las características de estos test de diagnóstico viral rápido varían ampliamente, con sensibilidades del 57-90 % (que dependen fundamentalmente de una correcta recogida de la muestra) y especificidades entre el 65-99 %. La sensibilidad es mayor para el virus A y a menor edad del niño (por mayor carga viral). Los modernos test inmunocromatográficos detectan el virus de la influenza en menos de 15 minutos, a partir de una muestra obtenida por escobillado nasofaríngeo. Algunos kits pueden detectar ambos virus, A y B, y existen combinados para la detección de otros virus respiratorios (VRS, adenovirus, SARS-CoV-2) e incluso para bocavirus, metaneumovirus y Mycoplasma pneumoniae. Existen test rápidos de inmunofluorescencia, que ofrecen mayor sensibilidad que la inmunocromatografía, aunque precisan de un lector automatizado. También se dispone en formato POC (por sus siglas en inglés, Point of care/punto de atención al paciente), de diagnóstico molecular por amplificación isotérmica, que aumenta la sensibilidad hasta valores comparables a la PCR, con un coste muy inferior y mucha más rapidez (15 minutos), pudiendo recogerse la muestra por escobillado nasal, más cómodo que el nasofaríngeo. El diagnóstico molecular rápido POC se ha extendido recientemente hasta el VRS(19,20).

En la primera temporada pandémica 2020-2021, los TDR se han incorporado a las consultas de AP de Cataluña y en algunas zonas de Castilla. Recientemente, también Canarias. Se está estudiando su incorporación a la nueva cartera de servicios común del SNS. Consideramos que estas pruebas son imprescindibles y se ha demostrado que reducen las reconsultas y la utilización de antibióticos(21).

Diagnóstico diferencial

La gripe debe diferenciarse de otras virasis respiratorias de vías altas y en su fase inicial puede presentarse como un síndrome febril sin focalidad aparente.

• Con el resfriado común febril: la gripe da más afectación sistémica, especialmente la causada por el virus A. La fiebre de la gripe suele presentarse antes de la sintomatología catarral, y en el resfriado suele ser al revés. La diferenciación entre gripe y resfriado es más fácil a mayor edad del niño.

• Con la faringitis vírica: en la gripe hay más afectación sistémica y la sintomatología respiratoria es más florida.

• Con el síndrome febril sin focalidad aparente: el inicio súbito de la gripe comporta que, en muchas ocasiones, el niño sea visitado por fiebre antes de la aparición de cualquier sintomatología. La gripe es causa común de evaluación agresiva del lactante febril sin foco en un servicio de urgencias. La presencia de gripe reduce mucho la probabilidad de enfermedad bacteriana grave asociada, por lo que un test rápido positivo para gripe es motivo para no practicar dicha evaluación. En periodo epidémico, cualquier síndrome febril inicial es sospechoso de gripe(1,2,18).

• Con el SARS CoV-2: son enfermedades totalmente indistinguibles por la clínica, por lo que solo podrán etiquetarse con pruebas diagnósticas específicas, idealmente en formatos combinados a partir de una sola muestra. Las nuevas variantes de este virus (ómicron) han ido estrechando la similitud diagnóstica con otras virasis respiratorias en comparación con la variante primigenia de Wuhan.

Prevención

La vacunación anual de los grupos de riesgo es la mejor estrategia para reducir la morbilidad de la gripe. A la clásica recomendación de vacunar a los niños con enfermedades crónicas, se añade actualmente la vacunación de niños sanos a partir de los 6 meses y hasta los 5 años.

La vacunación, en los meses de octubre y noviembre, de los grupos de riesgo disminuye significativamente la tasa de ataque y las complicaciones. Si el niño no se ha vacunado en el periodo recomendado, debe vacunarse antes de que termine la estación gripal (31 de marzo). La vacuna inactivada de la gripe clásicamente ha sido trivalente, conteniendo 2 subtipos del serotipo A (actualmente H1N1 2009 y H3N2) y una cepa (linaje) del serotipo B. Actualmente, se dispone de una vacuna inactivada tetravalente, que añade los 2 linajes del virus B (Victoria y Yamagata, basados en diferencias de la HA, que emergieron en 1990 y que cocirculan desde 2004), recomendada a partir de los 6 meses, y de una vacuna atenuada tetravalente de virus vivos y atenuados, sensibles a la temperatura y adaptados al frío, de mayor eficacia, probablemente mayor efectividad y mayor capacidad de protección heterotípica y de grupo, al simular la infección natural y producir una respuesta no únicamente de anticuerpos séricos, sino también de Ig A en mucosas y estimulación de la inmunidad celular, autorizada entre los 2 y los 18 años, pero que no puede administrarse a pacientes con asma grave ni a inmunodeprimidos(22). Las vacunas adyuvadas con emulsiones de aceite en agua, a base de escualeno (MF59 y AS03), que ofrecen mejores respuestas inmunitarias en adultos, no están todavía autorizadas en edad pediátrica (lo fueron excepcionalmente en la pandemia 2009), pese a que se dispone de ensayos clínicos que muestran su eficacia y seguridad(23).

La composición de la vacuna es recomendada bianualmente por la OMS (en febrero en el hemisferio norte y en septiembre en el sur), basándose en la prevalencia de aislamientos recibidos en todo el mundo en los laboratorios de referencia. La recomendación se hace en febrero para el hemisferio norte (estación gripal de octubre-marzo) y en septiembre para el hemisferio sur (estación gripal de mayo-octubre). Para la campaña 2022-2023, la composición recomendada para las vacunas cultivadas en huevo embrionado, inactivadas o atenuadas se puede ver en la figura 1.

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Figura 1. Composición de las vacunas antigripales para la temporada 2023-2024, según recomendaciones de la OMS para el hemisferio norte. Fuente: Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría.

En la figura 2 se pueden ver las vacunas autorizadas para uso pediátrico en la temporada 2022-2023.

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Figura 2. Vacunas antigripales de uso pediátrico para la temporada 2023-2024. Fuente: Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría

La eficacia de la vacuna, que depende fundamentalmente de la concordancia (matching) entre los virus previstos y los realmente circulantes, oscila entre el 70-80 %, aunque es menor en niños, especialmente en menores de 2 años. La previsión de circulación de virus B tiene un error del 50 %, lo que pretende solucionarse con las vacunas tetravalentes. Teniendo en cuenta que el 25 % de mortalidad depende del virus B, este es un avance muy importante.

El concepto “grupos de riesgo” se ha ido ampliando a medida que se ha ido reconociendo el impacto real de la enfermedad en colectivos en los que anteriormente la gripe se consideraba benigna. Una equivocada percepción de que la gripe es una enfermedad benigna, comporta que solo una pequeña fracción de los pacientes de riesgo sean vacunados (menos del 40 % en las comunicaciones más exitosas). El colectivo pediátrico que más frecuentemente recibe la vacuna inactivada es el de niños asmáticos. Debe vacunarse también a niños que viven en instituciones, cardiópatas, nefrópatas, diabéticos (y otras enfermedades metabólicas), inmunodeficientes primarios o secundarios (incluyendo HIV), en tratamiento crónico con salicilatos y prematuros de menos de 32 semanas que tengan entre 6 meses y 2 años. El Comité Asesor de Vacunas (CAV) de la Asociación Española de Pediatría (AEP) introduce en 2022, la recomendación de vacunar a todos los niños entre 6 meses y 5 años, recomendación ya recogida por el CISNS a partir de la temporada 2023-2024. También debe recomendarse la vacunación a mujeres gestantes (en cualquier momento de la gestación, ya que la vacuna inactivada no tiene riesgo alguno de teratogenicidad) durante la estación gripal (octubre-marzo), dado que la gripe es potencialmente más grave durante el embarazo y de que la gestante vacunada de la gripe protege indirectamente al bebé durante los 6 primeros meses de vida. También debe vacunarse a los contactos domiciliarios o cuidadores de personas de alto riesgo. Se discute si debe incluirse en este grupo a niños con otitis media aguda de repetición, con el fin de reducir al máximo la utilización de antibióticos. El virus de la gripe produce toxicidad ciliar y disfunción de trompa de Eustaquio. En algunos estudios se ha demostrado que la vacuna produce una disminución significativa de episodios de otitis, especialmente en niños asistentes a guardería. Otros trabajos no han mostrado este beneficio. La Academia Americana de Pediatría recomienda vacunar a todos los niños sanos entre 6 meses y 18 años, y la vacuna ya es sistemática en Reino Unido, EE.UU., México y Canadá. Son especialmente relevantes los resultados en Reino Unido, en el que se demuestra que la vacunación infantil reduce significativamente el impacto de la enfermedad en adultos. Esta recomendación debería seguirse especialmente en niños menores de 2 años escolarizados, dado que la tasa de complicaciones y fundamentalmente de hospitalización por neumonía en estos niños es la más alta después del grupo de mayores de 65 años.

Hay que recordar que el niño primovacunado está desprotegido durante 6 semanas, y el niño revacunado anualmente, durante 2 semanas, pero la vacuna atenuada ofrece protección casi inmediata. La pauta de vacunación según la edad se expone en la tabla II.

tabla

La vacuna es bien tolerada, pero hasta en un 30 % de los casos aparecen síntomas locales leves y en menos de un 5 % síntomas generales (fiebre, mialgias, malestar). Las reacciones graves neurológicas o de hipersensibilidad son excepcionales. La vacuna puede administrarse con normalidad a niños con alergia anafiláctica al huevo, con las precauciones habituales de cualquier acto vacunal(24).

El CAV publica cada año las recomendaciones de vacunación antigripal, previamente al inicio de la temporada (vacunasaep.org).

Las actuales vacunas de la gripe tienen diferentes problemas que limitan su efectividad:

• Compuestas a partir de una previsión.

• Protección limitada homotípica.

• Tiempo de producción.

• Cambios antigénicos en el proceso de cultivo en huevo (existen ya vacunas celulares, pero no están autorizadas en menores de 2 años).

Se están investigando distintas líneas para nuevas estrategias preventivas de la gripe que ofrezcan una mejora de la efectividad de las actuales, en diferentes estadios de desarrollo clínico:

• Anticuerpos monoclonales (inmunidad pasiva): el CR6261 confiere protección heterotípica frente a los subtipos de gripe H1, H2, H5, H6, H8 y H9.

• Vacunas con nuevos adyuvantes más inmunógenos que los actuales.

• Vacunas basadas en el tallo de la hemaglutinina, mucho más conservado que la cabeza (base de las actuales vacunas) y, por tanto, menos expuesto a cambios antigénicos.

• Vacunas basadas en la proteína M2 (más conservada que HA y NA), con ectodominio idéntico para H1, H3, H5 y H7.

• Vacunas basadas en la nucleoproteína, que es el principal determinante antigénico, aunque menos inmunógeno que la HA, pero que tiene un 90 % de concordancia antigénica en todos los subtipos. La nucleoproteína es la que detecta el test de diagnóstico rápido de gripe por inmunocromatografía o inmunofluorescencia.

• Vacunas multivalentes: compuestas por todas las proteínas estructurales del virus de la gripe: HA, NA, M1, M2 y NP.

• Vacunas a base de VLP (por sus siglas en inglés, Virus-Like Particles): no contienen material antigénico y son estructuras esféricas que simulan la morfología del virus, “engañando” al sistema inmunitario y que cargan en la superficie de la esfera todas las proteínas inmunógenas, con lo que son mucho más accesibles al sistema inmunitario que en el virus salvaje, en el que algunas proteínas quedan ocultas por otras. Las vacunas basadas en VLP son bien conocidas por ser las vacunas contra el virus del papiloma humano (VPH).

• Vacunas basadas en ARMm: codifican la HA de los 20 subtipos conocidos envuelta en cubierta nanolipídica.

También se están desarrollando nuevas formas de administración, como las vacunas en parche, que están en fase I de ensayo clínico en humanos, permiten la autoadministración, son muy bien aceptadas por el receptor, y pueden ser transportadas y almacenadas a temperatura ambiente antes de su uso.

Es evidente que las actuales vacunas de la gripe son mejorables en efectividad para evitar la infección, pero su impacto en reducción de la hospitalización y mortalidad es formidable; por lo que, mientras no dispongamos de mejores alternativas, todos los sanitarios debemos fomentar enfáticamente su uso generalizado.

Tratamiento

El tratamiento de la gripe se basa en medidas de sostén. Los inhibidores de la neuraminidasa ofrecen un beneficio contrastado en pacientes de riesgo.

El tratamiento de la gripe es fundamentalmente sintomático. La administración de paracetamol o ibuprofeno es útil para controlar la sintomatología sistémica. El uso de ácido acetilsalicílico (AAS) debe evitarse, ya que su asociación con el síndrome de Reye es incontrovertible. El reposo es casi imprescindible, especialmente en escolares y adolescentes, que habitualmente definen su estado como de “mareo”. El niño debe ingerir abundante líquido. Los antibióticos están contraindicados. Solo son útiles si se sospecha o detecta sobreinfección. Deberán cubrir adecuadamente: neumococo y Haemophilus influenzae. Las adamantanas (amantadina y rimantadina) inhiben la proteína M2 del virus de la gripe, que facilita la fusión entre las membranas viral y celular y la penetración del RNA viral en el huésped. Solo son eficaces contra el virus A. No han estado nunca evaluadas en poblaciones de riesgo elevado. Su uso rutinario es responsable de la aparición de mutantes del virus gripal resistentes hasta en un 30-50 % de los pacientes tratados, especialmente en la población pediátrica; además, estos virus son transmisibles y patógenos. Los virus estacionales actualmente circulantes son resistentes a estos fármacos, por lo que no deben utilizarse. Los inhibidores de la neuraminidasa, zanamivir y oseltamivir, inhiben la liberación de nuevos viriones de las células infectadas e impiden la propagación del virus. Estos fármacos, administrados en las primeras 48 horas de la enfermedad, han mostrado una modesta, pero significativa eficacia en la reducción del periodo sintomático (media de 36 horas), de la tasa de otitis media asociada a gripe (reducción del 44 %) y del retorno a la actividad normal. En pacientes de riesgo, reducen ligeramente la incidencia de neumonía y la tasa de ingreso. El oseltamivir se administra por vía oral, a 2 mg/kg/dosis, dos veces al día durante 5 días (máximo 75 mg al día). Hay presentación en cápsulas y en suspensión. Dados los problemas de suministro de la suspensión que se han presentado las últimas temporadas, debe conocerse que las cápsulas pueden administrarse diluyendo su contenido en cualquier líquido azucarado. Es sensiblemente más activo frente a la gripe A que frente a la B(25). Su uso está aceptado a partir del mes de vida. Sin embargo, su utilización en cuadros respiratorios de origen no gripal parece inducir a la aparición de resistencias del virus influenza. La resistencia es más frecuente en inmunodepresiones graves, que condicionan periodos de eliminación del virus mucho más prolongados. Afortunadamente, los nuevos virus H1N1, surgidos tras la pandemia de 2009, son casi universalmente sensibles al oseltamivir, mientras que los virus H1N1 aislados en la estación previa de 2008 eran universalmente resistentes, al ser portadores de la mutación H274Y(26). Los CDC han incluido a los menores de 2 años como grupo de riesgo a considerar en el tratamiento antiviral con oseltamivir en gripe confirmada, aunque esta recomendación tiene poco seguimiento en la práctica. Recientemente, se ha comercializado el baloxavir marboxil, inhibidor de la endonucleasa, lo que interfiere con la transcripción de RNA y bloquea la replicación viral. Es activo frente al virus A y B y se ha autorizado para mayores de 12 años. Se administra en dosis única. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) publican cada año actualización de las recomendaciones de uso de antivirales en la gripe (cdc.gov/flu/professionals/antivirals/).

Quimioprofilaxis

El zanamivir y oseltamivir(27,28) se han estudiado con éxito (80-90 % de prevención en la profilaxis postexposición) en esta indicación, pero hay poca experiencia pediátrica. La profilaxis estaría indicada: en pacientes de riesgo no vacunados o vacunados cuando ya el virus gripal ha empezado a circular, si la vacuna está contraindicada, en contactos estrechos no vacunados de un niño de alto riesgo y en pacientes inmunodeprimidos, en los que la vacuna puede producir respuestas insuficientes. La profilaxis postexposición a un enfermo con gripe con oseltamivir debe hacerse a 2 mg/kg en dosis única, con un máximo de 75 mg al día durante 10 días. Con zanamivir la profilaxis está autorizada a partir de los 5 años (2 inhalaciones una vez al día durante 10 días). En pre-exposición se recomienda mantenerla hasta que la actividad del virus empieza a decaer.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de AP tiene que promover la utilización de los test diagnósticos rápidos para gripe y otras virasis respiratorias y tiene que ser un entusiasta defensor de la vacunación pediátrica universal, dando también ejemplo con su propia vacunación anual.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Revisión sintética de la enfermedad.

 

Caso clínico

 

Acude a la consulta a finales de verano, un niño de 3 años que va a iniciar su escolarización. Tiene antecedentes de bronquitis obstructivas de repetición en el anterior periodo invernal, que requirieron de medicación antiinflamatoria (budesonida, montelukast), correctamente inmunizado con las vacunas del calendario vigente en su comunidad autónoma. No había recibido previamente vacuna antigripal. El examen físico es normal.

 

 

Fiebre de origen desconocido

M. García Lorenzo*, **, S. Melendo Pérez*, P. Soler Palacín*
Temas de FC


M. García Lorenzo*, **, S. Melendo Pérez*, P. Soler Palacín*

*Unidad de Patología Infecciosa e Inmunodeficiencias de Pediatría. Hospital Infantil, Vall d’Hebron. Barcelona. España. **Unidad de Infectología pediátrica. Ospedale Luigi Sacco. Milán. Italia

Resumen

La fiebre de origen desconocido (FOD) en Pediatría se puede definir como la entidad en que la fiebre es el signo principal, sin haberse alcanzado un diagnóstico etiológico después de más de 7 días, a pesar de la realización correcta de anamnesis, exploración física y pruebas complementarias de primer nivel.
En la mayor parte de las ocasiones, la causa es una manifestación poco frecuente de una enfermedad común, principalmente infecciosa. Otras causas menos frecuentes son las inflamatorias o autoinmunes, seguidas de una miscelánea de enfermedades y, por último, las causas malignas. En un importante porcentaje de los casos no se llega a alcanzar un diagnóstico, siendo un buen predictor de resolución espontánea sin secuelas.
La anamnesis y la exploración física exhaustivas y repetidas a lo largo de la evaluación, son el elemento esencial del proceso diagnóstico de la FOD. Nos permitirá alcanzar la causa u optimizar las pruebas complementarias que nos lleven a ella, con el menor perjuicio para el paciente y de una forma eficiente.
El tratamiento antibiótico o antiinflamatorio empírico debe evitarse en pacientes estables y sin una sospecha diagnóstica concreta, ya que podría enmascarar hallazgos que nos acercarán al diagnóstico.

 

Abstract

Fever of unknown origin (FUO) in pediatrics can be defined as an entity in which fever is the main sign, without having reached an aetiological diagnosis after more than 7 days, despite the correct performance of anamnesis, physical examination, and first-level complementary tests.
In most cases, the cause is an uncommon manifestation of a common disease, especially an infectious disease. Other less frequent causes are inflammatory or autoimmune, followed by a miscellany of diseases and finally, malignant diseases. In a significant percentage of cases, a diagnosis is not reached and is a good predictor of spontaneous resolution without sequelae.
Thorough and repeated history-taking and physical examination throughout the evaluation is the essential element in the diagnostic process of FUO. It will allow us to reach the cause or optimize the complementary tests that will lead us to the cause with the least harm to the patient and in an efficient manner.
Empirical antibiotic or anti-inflammatory treatment should be avoided in stable patients without a specific diagnostic suspicion, as they could mask findings that would bring us closer to the diagnosis.

 

Palabras clave: Fiebre de origen desconocido; Fiebre prolongada.

Key words: Fever of unknown origin; Prolonged fever.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 257 – 268

 


OBJETIVOS

• Distinguir la fiebre de origen desconocido de otros patrones de fiebre prolongada.

• Conocer las causas más frecuentes de fiebre de origen desconocido en edad pediátrica.

• Realizar una aproximación diagnóstica basada en hallazgos de la anamnesis y la exploración física.

• Reconocer características diferenciales de las enfermedades o entidades más habituales incluidas en el diagnóstico diferencial de la fiebre de origen desconocido en Pediatría.

• Proponer un algoritmo diagnóstico escalonado para la realización de pruebas complementarias.

 

 

Fiebre de origen desconocido

Introducción

La fiebre de origen desconocido es una entidad generalmente benigna y/o autolimitada en edad pediátrica, en la cual la fiebre es el signo principal y en la que no se alcanza un diagnóstico tras una evaluación inicial exhaustiva.

La fiebre de origen desconocido (FOD) es aquella fiebre de duración prolongada en la que no se llega a hallar la causa después de, al menos, una semana de evaluación detallada. Es un motivo de consulta desafiante y que puede, a pesar de deberse a una entidad benigna y/o autolimitada en la mayoría de los casos, generar una gran ansiedad en la familia(1-3).

El diagnóstico diferencial de la FOD en Pediatría incluye: enfermedades infecciosas, enfermedades autoinmunes o inflamatorias y enfermedades malignas, entre otras. En la mayoría de las ocasiones, se trata de una presentación poco habitual de una enfermedad común, como los síndromes mononucleósicos(4). Otras entidades, que pueden causar fiebre prolongada y que deben considerarse a medida que se avanza en el estudio, pueden alejarse del diagnóstico diferencial incluido en la práctica clínica habitual pediátrica, por lo que es importante mantener un alto índice de sospecha y ser metódicos en la realización de pruebas complementarias(5,6).

La evaluación de la FOD requiere una anamnesis detallada con una revisión exhaustiva de los signos y síntomas para establecer su inicio y las características cardinales de la enfermedad, así como una exploración física minuciosa.

En la anamnesis tiene una gran importancia confirmar la presencia de la fiebre, su inicio, frecuencia y patrón, así como la descripción de los síntomas asociados. La diferenciación de los diferentes patrones de la fiebre (Tabla I) es esencial para orientar el estudio dentro del amplio diagnóstico diferencial de la fiebre prolongada, que nos permita llegar a un diagnóstico y finalmente al tratamiento, si es necesario, de la causa subyacente(1).

La exploración física debe ser completa y sistemática, debe incluir, además de la exploración habitual, los sistemas osteoarticular y reticuloendotelial (palpación de adenopatías y visceromegalias), así como una valoración del crecimiento(1).

Dado que muchos de estos casos se presentan con otros signos y síntomas, aparte de la fiebre, es recomendable establecer un diagnóstico diferencial basado en síndromes(5). Los exámenes complementarios deben seleccionarse, de forma que nos permitan confirmar o descartar aquellas enfermedades incluidas en nuestro diagnóstico diferencial. Realizar un amplio estudio mediante técnicas de imagen o con serologías de microorganismos inusuales, sin presentar una clínica o una exposición compatible, tiene un rendimiento bajo(1).

Definición

La definición clásica de FOD y que se ha seguido posteriormente, sobre todo en población adulta inmunocompetente, se publicó en 1961(8) y la definía con 3 criterios: enfermedad de >3 semanas de duración, con fiebre de más de 38,3ºC en varias ocasiones y sin llegar al diagnóstico después de 1 semana de estudio en régimen de hospitalización. Este último punto se modificó años después, aceptando 1 semana de evaluación intensiva sin precisar la hospitalización en todos los casos.

En Pediatría, los estudios sobre FOD han usado varias definiciones, variando el grado de temperatura para considerar fiebre, su frecuencia o la duración total necesaria, con rangos habitualmente menores a la definición clásica: >7 días, entre 14 y 21 días o >21 días(9). Esto dificulta la homogeneización de los estudios, observándose variaciones en la frecuencia de las diferentes etiologías según la definición usada.

La interpretación de la fiebre debería individualizarse con nomogramas según edad y sexo del paciente (Fig. 1), considerando el método usado para su medición. La temperatura corporal normal en los niños puede variar hasta 1,5ºC a lo largo del día, con temperaturas pico en horas vespertinas. Esto puede llevar a los padres a considerar como fiebre de bajo grado, temperaturas que por su ciclo circadiano diario estén dentro del rango de normalidad(1,5).

Figura1

Figura 1. Valores de normalidad de temperatura rectal media para niños y niñas hasta 36 meses. Adaptado de: Manthiram K, Edwards KM, Long SS. Prolonged, Recurrent, and Periodic Fever Syndromes. En: Long SS, Prober CG, Fischer M, Kimberlin DW. Principles and Practice of Pediatric Infectious Diseases. 6th ed. Philadelphia: Elsevier; 2023. p. 123-34.

Siendo consecuentes con la definición usada previamente en otras publicaciones de nuestro entorno(3,7,10), consideramos como fiebre de origen desconocido a aquella enfermedad donde predomina la fiebre (documentada, >38ºC) de más de 7 días de duración, con un diagnóstico incierto posterior a una valoración mediante una historia clínica detallada, una exploración física minuciosa y la realización de pruebas complementarias de primer nivel.

Etiología

Las infecciones son la causa más habitual de fiebre de origen desconocido. No alcanzar un diagnóstico después de una evaluación correcta, es un buen predictor de resolución espontánea.

La causa más frecuente de FOD en niños son las enfermedades infecciosas, incluyendo las virales, bacterianas y parasitarias (Tabla II); entre las causas no infecciosas a considerar (Tabla III), se encuentran las enfermedades autoinmunes y autoinflamatorias, las malignas y una miscelánea de otras enfermedades(1).

 

 

En un porcentaje elevado de casos (en alguna serie casi hasta el 50 %)(4,11), no se llega a un diagnóstico etiológico a pesar de un estudio exhaustivo, siendo esto un predictor de resolución espontánea
sin secuelas
(1). Este elevado número de casos sin diagnóstico puede deberse, en la población pediátrica, a unos criterios de inclusión más laxos (menos días de fiebre) y, en la población general, a una mayor disponibilidad de mejores técnicas diagnósticas (de imagen, serológicas, de detección molecular) que permiten un diagnóstico más precoz, antes de cumplir criterio de FOD, haciendo que en aquellos casos con criterios reales haya una menor probabilidad de alcanzar un diagnóstico(1,3).

En la mayor revisión sistemática realizada hasta el momento en población pediátrica(12), que incluyó 1.638 pacientes de entre 0 y 18 años con fiebre de 1 a 3 semanas de duración, la causa fue infecciosa en un 51 % (de las cuales entre un 56-71 % bacterianas, y entre un 3-15 % víricas, siendo la causa viral más frecuente en países desarrollados); la segunda situación más frecuente (23 %) fue no hallar la etiología (más frecuente en países desarrollados que en vías de desarrollo, 31 % vs 18 %), seguida de entidades incluidas en miscelánea (11 %), enfermedades autoinmunes o autoinflamatorias (9 %) y, por último, las enfermedades malignas (6 %).

En series más recientes(9,13), se observa que la etiología se modifica según el grupo de edad y la duración de la fiebre. Las causas infecciosas son más frecuentes en los menores de 6 años, teniendo en niños más mayores y adolescentes un mayor peso relativo las enfermedades autoinmunes y la enfermedad inflamatoria intestinal(1). Las enfermedades malignas son la causa menos habitual de FOD en todas las edades. Una mayor duración de la fiebre reduce la probabilidad de una causa infecciosa y aumenta la probabilidad de no alcanzar un diagnóstico(9,14).

Causas infecciosas (Tabla II)

Bacterianas

Las infecciones localizadas como infección urinaria (sobre todo en menores de 2 años), neumonía, sinusitis, mastoiditis, endocarditis o infecciones osteoarticulares (especialmente las que afectan columna y pelvis por su dificultad en el diagnóstico), pueden ser, en casos paucisintomáticos, causa de fiebre prolongada, por lo que se debe mantener un alto índice de sospecha diagnóstica(2,14).

Los abscesos abdominales pueden ser también causa de FOD. Se pueden producir como consecuencia de una apendicitis perforada no diagnosticada, como complicación de una enfermedad inflamatoria intestinal, cirugía abdominal previa, traumatismos o enfermedad pélvica inflamatoria. Debemos considerar también los abscesos en el sistema nervioso central en pacientes sometidos a neurocirugía, como complicación de sinusitis o mastoiditis, o con disrafismos espinales.

La tuberculosis, por su incidencia a nivel global, es un diagnóstico a valorar, sobre todo en pacientes con síntomas sugestivos, hallazgos radiográficos compatibles, expuestos a casos bacilíferos o que provienen de zonas con una elevada prevalencia. La FOD es más frecuente en las formas extrapulmonares y diseminadas como la miliar(7).

Se deben considerar también otros microorganismos causantes de infecciones granulomatosas en caso de exposición plausible como: Bartonella henselae, Salmonella typhi, Brucella spp. y Francisella tularensis. Por su frecuencia en nuestro medio, es importante considerar la enfermedad por arañazo de gato, incluso sin una exposición estrecha a gatos conocida (un 25 % de los casos confirmados no la presenta)(2,7,15,16). Su manifestación más frecuente es la afectación localizada con adenitis en la cadena linfática de drenaje de la zona de inoculación (donde aparece una pápula o pústula) y que suele resolverse sin tratamiento en 2-4 meses. Otras manifestaciones pueden ser: FOD, lesiones granulomatosas hepatoesplénicas, osteomielitis, endocarditis con cultivos negativos y afectación oftálmica (neurorretinitis y síndrome oculoglandular de Parinaud). Esta afectación sistémica de la enfermedad precisa tratamiento antibiótico para su resolución, recomendándose, según opinión de expertos, la combinación de un macrólido y rifampicina o un aminoglucósido, con una duración variable según la afectación y precisando asociar corticoides en caso de neurorretinitis o formas graves(15,16).

La fiebre tifoidea y la brucelosis son causas comunes de fiebre prolongada en países en vías de desarrollo, por lo que deben incluirse en el diagnóstico diferencial en caso de viajes a estos países o en caso de ingesta de productos lácteos no pasteurizados(10).

En caso de exposición a zonas boscosas en regiones endémicas, habrá que considerar diversas enfermedades trasmitidas por garrapatas o como la enfermedad de Lyme (Borrelia burgdorferi) o la fiebre botonosa del mediterráneo (Rickettsia conorii). Suelen presentar, además de la fiebre, síntomas pseudogripales, en ocasiones alteraciones cutáneas específicas y otras manifestaciones sistémicas(2).

Víricas

Las causas víricas de FOD se deben principalmente a virus habituales en la infancia que producen síntomas de una duración inusualmente larga. Entre ellas, las más frecuentes son: la mononucleosis infecciosa por virus Epstein-Barr (VEB), y las infecciones por citomegalovirus (CMV), adenovirus y enterovirus.

Se recomienda, por su importancia, el estudio serológico del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) en todos los casos, siendo causa de fiebre prolongada en la primoinfección (considerar en pacientes adolescentes) o debido a infecciones oportunistas. Una primera aproximación para su despistaje es la revisión de las serologías maternas frente a VIH, especialmente en niños sin otros factores de riesgo, aunque su negatividad no descarta de forma completa esta posibilidad.

Parasitarias

En pacientes que han viajado en los últimos meses a países tropicales, se debe considerar el diagnóstico de malaria, aconsejándose solicitar en todos los pacientes su estudio.

Otras causas parasitarias de FOD a destacar son: la toxoplasmosis, la leishmaniasis y la larva migrans visceral. La infección por Toxoplasma gondii es la causa de infección parasitaria más frecuente en climas templados, pudiendo causar fiebre persistente de bajo grado con síntomas similares a una mononucleosis infecciosa. La leishmaniasis visceral, causada por Leishmania donovani complex, es endémica en zonas del litoral mediterráneo y está cobrando relevancia en otras zonas de la Península Ibérica; se debe considerar en casos de fiebre prolongada, sobre todo, si está asociada a esplenomegalia significativa y pancitopenia.

Fúngicas

El hallazgo de infecciones por microorganismos inusuales (Candida spp., Aspergillus spp. o Cryptococcus spp.) durante el estudio de una FOD, nos debe alertar de la posibilidad de una inmunodeficiencia, primaria o secundaria. Debemos sospechar también defectos inmunológicos en infecciones que no responden al tratamiento adecuado o que se asocian a dermatitis, enfermedades autoinmunes o estancamiento ponderal o estatural(2,5).

Consideraremos el diagnóstico de micosis endémicas (histoplasmosis, coccidioidomicosis, blastomicosis) en pacientes con enfermedad pulmonar, si han residido previamente o viajado a una región endémica. En estos casos, valoraremos también la ocupación familiar, aficiones y las actividades de ocio que puedan incrementar su exposición, así como la presencia de aves y murciélagos en los alrededores de la vivienda(1).

Causas no infecciosas (Tabla III)

Enfermedades reumatológicas

De entre las causas no infecciosas, las más frecuentes, en la mayoría de las series, son las enfermedades autoinmunes/inflamatorias. La más común es la forma sistémica de la artritis idiopática juvenil sistémica (AIJs), seguida de lupus eritematoso sistémico (LES) y, más raramente, la panarteritis nodosa (PAN). La AIJs es una enfermedad autoinflamatoria poligénica y debe sospecharse en pacientes con picos febriles elevados, alternados con determinaciones de hipotermia, asociados a un exantema máculo-papular asalmonado evanescente, más evidente durante los picos febriles, inflamación sinovial, poliserositis, adenopatías, hepatoesplenomegalia y elevación de reactantes de fase aguda (RFA). A pesar de precisar la presencia de artritis para el diagnóstico, hasta en un 70 % de los casos no está presente en el debut(18).

Las causas autoinmunes se tienen que sospechar en caso de fiebre prolongada con picos de alto grado, sobre todo, si persiste a pesar de haber iniciado, de forma empírica, tratamiento antibiótico de amplio espectro(6).

Enfermedades malignas

La fiebre en las enfermedades malignas puede deberse a infección secundaria a neutropenia o a fenómenos paraneoplásicos de liberación de citoquinas(6). Entre las causas malignas de fiebre, las más frecuentes son: la leucemia, el linfoma de Hodgkin y el neuroblastoma, que deben descartarse activamente, especialmente si se asocian síntomas como: pérdida de peso, dolores musculoesqueléticos mal definidos, sudoración nocturna o adenopatías(2,6).

Miscelánea

La enfermedad de Kawasaki es, en países desarrollados, la causa más frecuente de FOD de las clasificadas como miscelánea. Debemos tenerla presente, sobre todo, en formas incompletas o atípicas (menos de 4 criterios diagnósticos principales y hallazgos de laboratorio y ecocardiográficos compatibles) y en menores de 6 meses, en los cuales es más frecuente la manifestación como fiebre prolongada de forma aislada. Se debe perseguir el diagnóstico, ya que la persistencia de la fiebre es una de las indicaciones de tratamiento con gammaglobulina intravenosa, más allá de los primeros 10 días de enfermedad(17).

Una entidad recientemente descrita, con características clínicas comunes, es el síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C), una complicación poco frecuente posterior a la infección por SARS-CoV-2. Se presenta habitualmente con fiebre prolongada asociada a signos y síntomas de afectación cardiovascular, mucocutánea y/o gastrointestinal.

En la enfermedad inflamatoria intestinal, la fiebre puede llegar a ser más importante que la sintomatología abdominal, especialmente en la enfermedad de Crohn. Su búsqueda activa se debe realizar en casos de elevación de RFA, anemia, pérdida de peso o fallo de medro, incluso sin síntomas gastrointestinales.

La fiebre es una reacción adversa farmacológica frecuente. A pesar de que se ha descrito, de forma más habitual, asociado a determinados fármacos (Tabla IV), potencialmente se puede atribuir prácticamente a cualquier fármaco. Es importante tener en cuenta también productos de fitoterapia o terapias no convencionales durante la anamnesis sobre medicación. La fiebre de causa medicamentosa suele resolverse en las primeras 48-72 horas tras su retirada, por lo que se recomienda la retirada de cualquier medicación no imprescindible al inicio del estudio de la FOD(2,18).

Se ha descrito una entidad en adolescentes, llamada desacondicionamento, que suele ocurrir después de un cuadro febril bien definido. Se caracteriza por fiebre de bajo grado o percibida erróneamente como fiebre asociada a fatiga y disminución de la vitalidad. Este malestar suele provocar incapacidad para acudir de forma continua a la escuela y desarrollar actividades que, previo al inicio del cuadro clínico, realizaban con normalidad. Suele existir cierta discordancia entre el número y la gravedad de los síntomas referidos y la normalidad de la exploración física y de los exámenes complementarios(1,3).

Por último y como diagnóstico de exclusión, debemos considerar la fiebre facticia. Es aquella fiebre simulada por el paciente (síndrome de Munchausen) o por sus padres/cuidadores (síndrome de Munchausen por poderes). Se debe sospechar en caso de fiebre con patrón no habitual (picos muy breves o sin incremento vespertino de la temperatura), ausencia de taquicardia con la fiebre o calor al tacto, así como la no detección de la fiebre por otro observador(3).

Diagnóstico

La evaluación de los pacientes con fiebre de origen desconocido siempre debe iniciarse con una historia clínica y una exploración física exhaustivas, los hallazgos de las mismas nos guiarán a las pruebas complementarias, que se solicitarán de forma escalonada.

Anamnesis

En la anamnesis se interrogará sobre la fiebre (duración, grado, método de medición, frecuencia, patrón y respuesta a antitérmicos), así como de cada uno de los síntomas y signos asociados (erupción cutánea, aftas orales, sintomatología gastrointestinal, pérdida de peso, artralgias, etc.), registrando su relación temporal con la fiebre. La demostración de la presencia de la fiebre en un entorno médico, es un punto crítico antes de continuar con el estudio. En caso de una atención ambulatoria, se solicitará a la familia un diario de la fiebre, registrando, al menos, dos mediciones de la temperatura en los extremos del día, siempre en el mismo horario y con el mismo método(5).

Se debe interrogar sobre: los antecedentes fisiológicos del paciente, incluyendo su estado vacunal, su desarrollo pondoestatural (realizar curvas de peso y talla) y psicomotor/neurocognitivo; contexto epidemiológico, incluyendo antecedentes de viajes internacionales y medidas profilácticas; y exposición a personas con infecciones contagiosas, a animales, picaduras de insectos o consumo de alimentos que puedan suponer un riesgo. Deben registrarse los antecedentes patológicos, incluyendo ingresos y cirugías previas, así como cualquier fármaco u otros productos medicinales que pueda estar recibiendo el paciente. En adolescentes, debemos preguntar sobre actividad sexual que les pueda exponer a un riesgo de infecciones por esta vía(5,7). Preguntaremos activamente por historia familiar de enfermedad autoinmune, inmunodeficiencia o de infecciones recurrentes o inusuales.

Es fundamental, en caso de no llegar a un diagnóstico, reinterrogar de forma periódica, tratando de encontrar datos que hayan sido olvidados o considerados de poca importancia en anamnesis previas.

Exploración física

La exploración física debe ser completa y por aparatos y sistemas, incluyendo(3,7,14):

• Parámetros vitales: valorar el adecuado incremento de la frecuencia cardiaca con la fiebre (la frecuencia cardiaca aumenta alrededor de 10 latidos por minuto por cada 1ºC de temperatura corporal por encima de la temperatura normal)(20).

• General: valoración pondoestatural y comparación con medidas previas ante la posibilidad de pérdida de peso o disminución del crecimiento en relación al episodio.

• Piel: podemos encontrar exantemas máculo-papulares que nos orienten a cuadros virales o a enfermedad de Kawasaki; exantema asalmonado evanescente concomitante con la fiebre en la forma sistémica de AIJ; petequias en otras infecciones virales o endocarditis infecciosa; lesiones como el eritema crónico migrans, que nos orienta a una enfermedad de Lyme; o lesiones compatibles con otras picaduras de insectos, incluyendo garrapatas, que nos hagan pensar en enfermedades trasmitidas por vectores.

• Mucosa oral y faringe: presencia de hiperemia faríngea con o sin exudados; aftas orales; u otras alteraciones de la mucosa oral, como lengua aframbuesada o labios fisurados.

• Cardio-respiratoria: evaluaremos la presencia de soplos o alteración de los tonos cardíacos. Detección de alteraciones a la auscultación respiratoria o presencia de acropaquias.

• Reticuloendotelial: exploración de los ganglios linfáticos de todos los territorios palpables (occipital, pre y retroauricular, cervical, supraclavicular, axilar, epitroclear, inguinal y poplítea) y un registro y descripción de sus características. Palpación de hepato o esplenomegalias en infecciones u otras enfermedades que puedan causarlas.

• Oftálmica: valorar presencia de conjuntivitis con o sin secreción, edema palpebral, signos de uveítis y afectación del fondo de ojo.

• Gastrointestinal: exploración abdominal en busca de signos de dolor localizado o peritonismo que sugieran abscesos, o presencia de visceromegalias. Evaluaremos presencia de fisuras o fístulas rectales.

Musculoesquelética: palpación ósea en busca de puntos dolorosos e inspección de todas las articulaciones en busca de asimetrías, signos flogóticos o alteración del rango de movimientos.

• Genital/ginecológica: en adolescentes, en busca de signos de infecciones de transmisión sexual o aftas genitales.

 En las tablas II y III se pueden ver los signos a la exploración más frecuentes de algunas entidades que se incluyen en el diagnóstico diferencial de la FOD.

La exploración física debe repetirse a diario si el paciente está hospitalizado, preferiblemente durante la fiebre para poder valorar posibles signos clínicos ausentes en apirexia; o bien, en cada una de la visitas, si el seguimiento se realiza de forma ambulatoria.

Una historia clínica o una exploración física incompletas, que causen un retraso en el diagnóstico o en la solicitud de pruebas complementarias que nos lleven a él, puede ser una causa a evitar de persistencia de la fiebre(7).

Pruebas complementarias

El proceso diagnóstico de la FOD se realiza de forma escalonada en diversas fases, guiado por los datos obtenidos de la anamnesis y la exploración física, intentando descartar inicialmente aquellas enfermedades que, por edad, frecuencia en nuestro medio o antecedente de exposición, sean más verosímiles (Algoritmo). Tiene el objetivo de llegar al diagnóstico de forma precoz, evitando la realización de pruebas innecesarias y asegurando un uso racional de los recursos. A pesar de que se han propuesto diversos algoritmos diagnósticos(2,3,5,7,21), no se han efectuado estudios que demuestran la superioridad de uno sobre otros para la detección precoz de la causa de FOD en pacientes pediátricos.

La velocidad en que se avanzará en el estudio, dependerá del estado clínico del paciente y de la presencia o no de hallazgos en fases previas, reservándose las pruebas más invasivas a casos sugestivos de enfermedad severa(1,5).

Debemos recordar la importancia de repetir la historia clínica y la exploración física en cada uno de los escalones, en busca de nuevos detalles o hallazgos clínicos que nos permitan dirigir y optimizar nuestras peticiones, evitando pruebas innecesarias.

Las pruebas complementarias que se recomiendan en el primer escalón a la mayoría de los pacientes con FOD incluyen: hemograma con fórmula, frotis de sangre periférica, bioquímica básica (perfil hepático y renal, lactato-deshidrogenasa [LDH], iones, ácido úrico, albúmina y proteínas totales), reactantes de fase aguda (proteína C reactiva [PCR], velocidad de sedimentación globular [VSG] y ferritina), hemocultivo, urinoanálisis y urocultivo, prueba cutánea de la tuberculina y/o prueba de liberación de interferón gamma (IGRA) y radiografía de tórax (incluso sin síntomas respiratorios)(1). En el primer escalón se incluyen también las serologías a virus Epstein-Barr, citomegalovirus y B. henselae, dada su elevada frecuencia, y el HIV por su importancia. En esta primera fase se deben incluir, además, si son compatibles con la historia y la exploración inicial: otros estudios microbiológicos como el estudio de malaria (en caso de antecedente de viaje a zona endémica) o coprocultivo, si sospecha de fiebre tifoidea; y estudios serológicos incluidos en el segundo escalón o de imagen, como una ecografía abdominal, si asocia sintomatología abdominal o elevación de enzimas hepáticas en la analítica.

En un segundo escalón se recomienda repetir hemocultivos en caso de ser negativos los previos y ampliar el estudio serológico según historia clínica, incluyendo: T. gondii (contacto con gatos), Brucella spp. (ingesta de leche no pasteurizada), F. tularensis (exposición a roedores), Rickettsia spp. o Borrelia spp. (picadura de garrapata), etc., en caso de no haberlas realizado previamente. Se recomienda también la realización de una ecocardiografía para evaluar las arterias coronarias y la presencia de vegetaciones, y una ecografía abdominal si no se había solicitado en la primera fase. Si existen síntomas sugerentes, se aconseja realizar una TC de senos, al ser la sinusitis una causa relativamente frecuente de FOD(5). Si no existen signos de localización, no se recomienda la realización de otras pruebas de imagen (tomografía computerizada, resonancia magnética o gammagrafía), por presentar muy baja rentabilidad diagnóstica(9,10). En niños con hallazgos sugestivos, sobre todo en los mayores de 5 años, se solicitará un estudio inmunológico que incluya: factor reumatoide (FR), anticuerpos antinucleares (ANA), antiestreptolisina O (ASLO), complemento (C3, C4, CH50 y AP50) y determinación de inmunoglobulinas. Durante esta segunda fase es recomendable, si se dispone de esta posibilidad, la realización de interconsulta a pediatras especialistas en Infectología, Reumatología y/o Hematología y Oncología, en función de la sospecha.

En caso de no lograrse el diagnóstico en este punto, se accedería en un tercer escalón a métodos más invasivos, basados también en los hallazgos clínicos: biopsia de ganglio linfático en caso de linfoadenopatía; biopsia hepática, si alteración en ecografía o afectación del hepatograma en la analítica; o aspirado o biopsia de médula ósea, si se observan alteraciones en sangre periférica. El examen de médula ósea tiene que realizarse de forma más precoz en caso de paciente grave o con progresivo deterioro clínico, para descartar procesos linfoproliferativos, linfohistocitosis hemofagocítica (HLH) o establecer el diagnóstico de leishmaniasis visceral(10). El cribado de patologías endocrinológicas, sin una clara sospecha, no suele dar resultados, por lo que no se recomienda de forma generalizada(1).

En este último escalón se puede considerar la realización de un PET-TC con 18-FDG, que puede ayudar en la detección y diferenciación de causas infecciosas, inflamatorias y malignas. Un estudio retrospectivo con 110 pacientes pediátricos demostró poder detectar la causa de la fiebre en cerca de la mitad de los casos, en que no se había detectado con las pruebas realizadas previamente. El valor predictivo positivo de hasta un 84,1 % se asociaba positivamente con la elevación de la PCR. Mostraba, además, en caso de no hallarse anomalías, un elevado valor predictivo de resolución espontánea de la fiebre(21).

Criterios de ingreso

El estudio de la FOD se puede realizar, en la mayoría de los pacientes, de forma ambulatoria, si su condición general lo permite, con visitas a intervalos frecuentes que nos permitan realizar en cada visita una recapitulación de la historia clínica y una exploración física completa. Si persiste febril y no se ha hallado una causa, se avanzará con pruebas diagnósticas en las fases sucesivas, se recomienda en ese momento el ingreso hospitalario(1). En cualquier momento, en caso de signos de localización, empeoramiento clínico con progresión de los síntomas o anomalías en las pruebas realizadas que precisen una observación estrecha o acelerar el proceso diagnóstico, se indicará también el ingreso hospitalario. Otra de las indicaciones de ingreso, es asegurar la presencia de fiebre y determinar su patrón en casos en que se tengan dudas de su correcta medición en el domicilio o no se haya podido constatar en las visitas ambulatorias.

Tratamiento

El tratamiento empírico debería evitarse en pacientes estables y sin una sospecha diagnóstica concreta, ya que podrían retrasar el diagnóstico.

La retirada de medicación o productos que puedan ser causantes de la fiebre con un objetivo diagnóstico-terapéutico, es uno de los primeros pasos a realizar. Se recomienda una retirada paulatina en caso de estar recibiendo diversos fármacos, para identificar el agente causal(3,9).

En caso de estabilidad clínica, se realizará tratamiento sintomático hasta aclarar la etiología, realizando posteriormente un tratamiento dirigido si lo precisara. Se desaconseja el uso de antibióticos o de corticoesteroides de forma empírica, ya que podrían retrasar o enmascarar el diagnóstico(5,7,10,14). Las excepciones son: sospecha de tuberculosis miliar (indicados fármacos antituberculosos), elevada sospecha de AIJs (antiinflamatorios no esteroideos, glucocorticoides) o enfermedad de Kawasaki (tratamiento con infusión de inmunoglobulina intravenosa y ácido acetilsalicílico). Solo en caso de deterioro clínico durante el proceso diagnóstico con sospecha de infección bacteriana grave, estaría indicado el inicio de tratamiento antibiótico de un espectro adecuado a la sospecha diagnóstica.

Pronóstico

Pronóstico variable según la etiología, generalmente bueno, si no se alcanza un diagnóstico.

El pronóstico dependerá en gran medida de la etiología de la FOD. En los casos en los que no se llega a un diagnóstico tras un estudio adecuado, el pronóstico a largo plazo es bueno, con resolución de los síntomas y ausencia de secuelas en la mayoría de los casos.

Conclusiones

La fiebre de origen desconocido (FOD) es, en la mayoría de los casos de edad pediátrica, un proceso benigno y/o autolimitado.

Es importante diferenciar, de forma precoz, las causas benignas de aquellas que puedan suponer una manifestación de una condición severa o que puedan suponer un riesgo vital.

La evaluación inicial de la FOD requiere la confirmación de la fiebre en un entorno médico y una reevaluación cuidadosa de la historia clínica y de la exploración física.

La mayoría se debe a causas infecciosas, pero un porcentaje no despreciable se debe a otras causas, incluyendo enfermedades reumatológicas o neoplásicas.

En un porcentaje elevado de casos no se llega a un diagnóstico etiológico, siendo un marcador de resolución espontánea.

Las pruebas complementarias se deben realizar de forma escalonada y guiados siempre por los hallazgos de la historia clínica y la exploración física para mejorar su rentabilidad.

No se recomienda el tratamiento antibiótico o antiinflamatorio empírico, si el paciente presenta estabilidad clínica, excepto en casos seleccionados, ya que podría retrasar el diagnóstico.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria, como figura referente de la salud infantil para la mayoría de las familias, recibirá gran parte de las consultas por fiebre prolongada, por lo que es importante su adecuada valoración inicial.

La realización de una anamnesis detallada y una exploración física minuciosa (con determinación de la temperatura en la consulta) será el paso inicial de esta valoración.

En los casos clínicamente estables, la realización de un seguimiento estrecho para reevaluación del paciente y la recomendación de realizar un calendario de fiebre y síntomas/signos asociados, permitirá obtener información adicional sobre la evolución del cuadro clínico. El conocimiento de la familia, adquirido a lo largo de los años, también puede permitir recomendar o desaconsejar esta observación domiciliaria.

Esta aproximación debería permitir la distinción del patrón de fiebre que presenta el paciente. En caso de considerar FOD podrá orientar el diagnóstico de sospecha y, si lo considera oportuno, continuar el estudio solicitando pruebas complementarias de primer nivel. La dificultad en este momento, es diferenciar precozmente las causas benignas de FOD de aquellas que puedan suponer un riesgo vital.

Planteará su derivación a atención hospitalaria en caso de empeoramiento clínico, persistencia de fiebre sin diagnóstico posterior a pruebas de primer nivel (con la necesidad de ampliar el estudio con pruebas habitualmente no disponibles desde la Atención Primaria), o anomalías en las pruebas realizadas que precisen una observación en régimen de ingreso y/o acelerar el proceso diagnóstico.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Manthiram K, Edwards KM, Long SS. Prolonged, Recurrent, and Periodic Fever Syndromes. En: Long SS, Prober CG, Fischer M, Kimberlin DW. Principles and Practice of Pediatric Infectious Diseases. 6th ed. Philadelphia: Elsevier; 2023. p. 123-34.

Excelente capítulo de revisión sobre fiebre prolongada, recurrente y síndromes de fiebre periódica en uno de los manuales referencia en infectología pediátrica. Incluye definiciones de los diferentes patrones de fiebre, así como un amplio diagnóstico diferencial basado predominantemente en causas infecciosas de FOD y su abordaje diagnóstico.

– Chow A, Robinson JL. Fever of unknown origin in children: a systematic review. World J Pediatr. 2011; 7: 5-10. Disponible en: https://doi.org/10.1007/s12519-011-0240-5.

La mayor revisión sistemática publicada hasta el momento, por número de estudios y pacientes incluidos, sobre las causas de FOD. Incluye estudios realizados en países desarrollados y en vías de desarrollo.

– Reynolds S, Kadambari S, Calton E, Roland D. The child with prolonged fever: when to think zebras. Paediatrics and Child Health. 2020; 30: 261-9. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.paed.2020.04.004.

Este artículo aborda cuándo considerar, en pacientes con fiebre prolongada, las causas infecciosas, autoinmunes o malignas menos habituales y su aproximación diagnóstico-terapéutica.

 

Caso clínico

 

Niña de 6 años, previamente sana, valorada por su pediatra por fiebre desde hace 12 días (máximo 38,5ºC), asociada a malestar general durante la fiebre y fatiga. Han acudido en 2 ocasiones a valoración por el pediatra. Dada la ausencia de alteraciones a la exploración física, el estado general conservado en intervalos libres de fiebre y una analítica con un hemograma y una bioquímica general normal, realizada en el cuarto día de fiebre, había decidido realizar seguimiento clínico, solicitando a los padres la realización de un diario de fiebre.

Desde la última visita, la madre refiere mayor inapetencia que le ha provocado pérdida ponderal y molestias abdominales, sin vómitos ni diarrea. Se confirma con el diario, la presencia de fiebre de predominio vespertino con 2-3 picos diarios y con adecuada respuesta a los antitérmicos. No ha presentado aparición de exantemas desde el inicio de la fiebre.

Se rehistoria a la familia. La paciente no presenta antecedentes patológicos de interés ni alergias medicamentosas. Se revisa curva de crecimiento que muestra un buen desarrollo pondoestatural. Ha recibido todas las vacunas incluidas en el calendario. Tiene un hermano mayor sano y no refieren enfermedades relevantes en la familia. Viven en medio urbano con un perro y no han realizado viajes en el último año.

A la exploración física, febril (38,2ºC), normohidratada y normocoloreada, con buena perfusión cutánea. Sin exantema cutáneo, presenta una lesión papular de 3 mm en antebrazo derecho sin signos de sobreinfección. No se palpan linfadenopatías. Auscultación cardiorrespiratoria sin alteraciones, no se auscultan soplos; abdomen blando con leve dolor a la palpación en ambos hipocondrios, palpándose una leve hepato y esplenomegalia, ambas de unos 2 cm por debajo del reborde costal.

Dada la persistencia de la fiebre, contrastada en la visita y a través del diario y la aparición de sintomatología gastrointestinal con hepatoesplenomegalia a la exploración, se decide derivar a la paciente al Servicio de Urgencias para realización de pruebas complementarias e ingreso que permita una observación estrecha y completar el estudio.

A su llegada a Urgencias ya afebril, con exploración física sin cambios. Se orienta como fiebre de origen desconocido, solicitándose las siguientes exploraciones complementarias:

Analítica sanguínea con hemograma y bioquímica: Hb: 12,5 g/dl; 10.500/mm3 leucocitos (neutrófilos 6.800/mm3, linfocitos 2.500/mm3); PCR de 7,5 mg/dl, VSG: 52 mm/h; función renal y hepática sin alteraciones.

Análisis de orina sin alteraciones.

Hemocultivo: pendiente de resultado.

Coprocultivo (dada la presencia de sintomatología gastrointestinal): pendiente de resultado.

Estudio serológico: virus Epstein-Barr, citomegalovirus, VIH, adenovirus: pendiente de resultado.

Radiografía de tórax: no muestra alteraciones.

Se solicita además una ecografía abdominal, en la que no se observan signos de apendicitis ni líquido libre, se confirma una leve hepatoesplenomegalia con múltiples pequeñas lesiones hipoecogénicas en hígado y bazo, y adenopatías mesentéricas.

 

 

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Infecciones de repetición en el niño

 

J. Ruiz Contreras
Temas de FC


J. Ruiz Contreras

Catedrático de Pediatría jubilado de la Universidad Complutense de Madrid. Exjefe del Servicio de Pediatría del Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid

Resumen

Las infecciones respiratorias de repetición en los niños, cuando afectan exclusivamente a las vías respiratorias altas, se deben, casi siempre, a factores ambientales, tales como: la falta de exposición previa a los patógenos, asistencia del propio niño o sus hermanos a guardería y tabaquismo familiar. Con mucha menos frecuencia, obedecen a enfermedades o causas subyacentes como: asma, fibrosis quística, discinesia ciliar primaria e inmunodeficiencias primarias. De forma característica, las infecciones de las inmunodeficiencias primarias se acompañan de otros signos y síntomas de afectación de varios órganos o sistemas. La afectación difusa de todo el aparato respiratorio es la característica de todas estas enfermedades sistémicas, a diferencia de las alteraciones anatómicas, que facilitan las infecciones siempre en la misma localización.
El tratamiento precoz de las infecciones recurrentes, dependiendo de la enfermedad subyacente y el patógeno aislado; la vacunación neumocócica y la vacunación antigripal anual; la evitación del tabaquismo activo y pasivo; y el ejercicio físico, son todos esenciales para evitar o disminuir la destrucción pulmonar.

 

Abstract

Recurrent respiratory infections in children, when they exclusively affect the upper respiratory tract, are almost always due to environmental factors, such as: lack of previous exposure to pathogens, attendance of the child himself or his siblings to daycare, and family smoking. Much less frequently, they are due to underlying diseases or causes such as: asthma, cystic fibrosis, primary ciliary dyskinesia, and primary immunodeficiencies. Typically, primary immunodeficiency infections are accompanied by other signs and symptoms of involvement of various organs or systems. Diffuse affectation of the entire respiratory system is characteristic of all these systemic diseases, unlike anatomical alterations, which facilitate infections always in the same location.
Early treatment of recurrent infections, depending on the underlying disease and the isolated pathogen; pneumococcal vaccination and annual influenza immunization; avoidance of active and passive smoking; and physical exercise are all essential to prevent or decrease lung destruction.

 

Palabras clave: Infecciones respiratorias de repetición; Infecciones recurrentes; Infecciones oportunistas; Inmunodeficiencias primarias.

Key words: Recurrent respiratory infections; Recurring infections; Opportunistic infections; Primary immunodeficiencies

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 249 – 256


OBJETIVOS

• Diferenciar las infecciones respiratorias de repetición por causa ambiental de las debidas a enfermedades subyacentes.

• Conocer las enfermedades que pueden dar lugar a infecciones recurrentes en el niño, e identificarlas según los patógenos aislados.

• Aprender a sospechar la existencia de inmunodeficiencia primaria en niños con infecciones recurrentes.

• Conocer los principios básicos del tratamiento y la prevención de las infecciones recurrentes en el niño.

 

Infecciones de repetición en el niño

Introducción

El término de “infecciones de repetición” alude a niños que padecen infecciones con una frecuencia que parece ser mayor que la de otros niños de su misma edad. En los países desarrollados, entre el 18 % y el 25 % de los niños tienen infecciones respiratorias de vías altas de repetición en los primeros 4 años de vida(1), como consecuencia de la exposición a patógenos, generalmente virus, con los que su sistema inmune no ha tenido contacto previo. Se ha estimado que la media anual durante esta época de la vida es de 6-8 infecciones de vías respiratorias altas, pero puede alcanzar hasta 10-12 infecciones al año, cuando el niño o sus hermanos asisten a guardería o hay factores ambientales, como el tabaquismo en los padres(1-3). La sucesión de estas infecciones, teniendo en cuenta que su duración es de alrededor de 8 días, da lugar a la impresión de que el niño está continuamente enfermo, lo que genera preocupación y ansiedad en sus padres. En muchos menos casos, las infecciones respiratorias de repetición se deben a enfermedades locales o sistémicas.

Casi siempre, la historia clínica y la exploración física serán suficientes para hacer el diagnóstico diferencial. En general, en las infecciones respiratorias de repetición debidas a factores ambientales: no se aísla ninguna bacteria, suelen curar sin tratamiento antibiótico, no afectan al desarrollo estáturo-ponderal y, en los intervalos entre ellas, el niño está asintomático (Tabla I).

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Además, su incremento coincide, generalmente, con el comienzo de la asistencia a la guardería o al colegio por parte del niño o de algún hermano. Por último, los rasgos clínicos (síntomas, gravedad, duración) de las infecciones de repetición por factores ambientales son similares a las de los niños que tienen una incidencia normal de las mismas.

Etiología y diagnóstico diferencial de las infecciones respiratorias recurrentes en el niño

Para unificar criterios, se ha acuñado, de manera convencional, el término de infecciones recurrentes cuando hay 2 o más infecciones graves al año, tres o más infecciones respiratorias (otitis, sinusitis o bronquitis) anuales o cuando el niño recibe tratamiento antibiótico, al menos, durante 2 meses al año.

Al iniciar la evaluación de un niño con infecciones recurrentes, hay dos consideraciones, además de la gravedad de las mismas, que ayudan a la orientación diagnóstica inicial: 1) si la afectación del aparato respiratorio es difusa o localizada, y en este último caso, si es siempre en la misma localización; y 2) si están implicados otros órganos o sistemas.

En general, las infecciones respiratorias recurrentes que afectan de forma difusa o cambiante al aparato respiratorio, se deben a enfermedades sistémicas como el asma, la fibrosis quística, la discinesia ciliar primaria y las inmunodeficiencias primarias. Por el contrario, cuando las infecciones implican a solo una parte del aparato respiratorio y siempre con la misma localización, la etiología apunta a factores anatómicos locales.

Infecciones recurrentes de vías altas

La otitis media recurrente o crónica y la faringitis recurrente casi nunca se deben a enfermedades sistémicas, si no se acompañan de otras manifestaciones, mientras que la rinosinusitis crónica obedece, con frecuencia, a estas enfermedades.

La rinosinusitis, la otitis media y la faringitis son las infecciones recurrentes más frecuentes en los niños.

No es infrecuente que la rinosinusitis crónica (más de 12 semanas de duración) o recurrente (4 o más episodios al año)(2,3) sea la manifestación inicial de enfermedades sistémicas, como: la fibrosis quística del páncreas (FQ), la discinesia ciliar primaria (DCP) y varias inmunodeficiencias primarias (IP)(4). Se ha estimado que entre un 10 y 20 % de las rinosinusitis crónicas resistentes al tratamiento, incluso quirúrgico, se deben a una IP. Clínicamente, la rinosinusitis se manifiesta con: rinorrea purulenta, obstrucción nasal y, a veces, dolor facial.

Por el contrario, es raro que la otitis media recurrente (definida como 3 o más episodios de otitis media en 6 meses previos o 4 episodios en el año previo) o la otitis crónica sean la única manifestación de alguna enfermedad sistémica. Por lo general, se deben a factores locales, como puede ser la disfunción de la trompa de Eustaquio y del oído medio, secundaria a otitis media aguda en los primeros meses de vida. Cuando se deben a enfermedades sistémicas, se acompañan casi siempre de manifestaciones de otros órganos o sistemas (p. ej., la otitis crónica del síndrome de Wiskott Aldrich se acompaña de eccema y trombocitopenia).

La faringitis recurrente forma parte casi siempre de las infecciones de vías respiratorias altas de etiología viral y casi nunca es una manifestación de enfermedades sistémicas. Incluso, cuando se aísla el Streptococcus pyogenes en niños con faringitis recurrente, los estudios serológicos han demostrado que se trata de infecciones víricas en niños que son portadores de la bacteria. En algunos niños con faringitis estreptocócicas recurrentes, se han descrito alteraciones inmunológicas locales en las amígdalas(5), que más allá del interés científico, no tienen repercusiones diagnósticas ni terapéuticas.

La única enfermedad sistémica asociada a faringitis recurrente es el síndrome PFAPA (Periodic Fever, Adenopathy, Pharyngitis and Afthae), que forma parte de las fiebres periódicas(6). Es un trastorno autoinflamatorio de etiología genética desconocida, cuya incidencia es de 2,3/10.000 niños, que se caracteriza por brotes recurrentes de fiebre, faringitis, estomatitis, adenitis cervical y leucocitosis. No existe ninguna prueba diagnóstica, sino que es una enfermedad que se diagnostica por los criterios clínicos de Marshall modificados (Tabla II). Una o dos dosis de prednisona (1-2 mg/kg/peso), separadas por un intervalo de 24 horas, hacen desaparecer la fiebre, lo que constituye una valiosa pista diagnóstica.

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Enfermedades sistémicas que causan infecciones respiratorias recurrentes

Las enfermedades sistémicas que causan infecciones respiratorias recurrentes afectan de forma difusa, cambiante o no, al aparato respiratorio.

El asma y la rinosinusitis recurrente o crónica coexisten muy frecuentemente, y hay acuerdo en que, en estos casos, ambas entidades forman parte de la misma enfermedad. Además, la existencia de rinosinusitis aumenta, por diferentes mecanismos, el riesgo de desarrollar asma, y el asma mal controlado agrava la rinosinusitis.

En la mitad de los pacientes con FQ, la enfermedad debuta con síntomas respiratorios, como rinosinusitis crónica y bronquitis recurrentes. La función pulmonar se afecta desde los primeros años de vida y pronto se desarrolla enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Las infecciones víricas y bacterianas causan exacerbación de la bronquitis y producen un estado de inflamación crónica, que acaba destruyendo el tejido pulmonar con formación de bronquiectasias. Entre un 30 y un 50 % de los niños, desarrollan poliposis nasal (este hallazgo obliga a descartar la enfermedad).

La infección de la vía aérea por Staphylococcus aureus y Haemophilus influenzae no tipable comienza en los primeros años de vida. Más tarde, la colonización/infección por Pseudomonas aeruginosa marca un punto de inflexión en la enfermedad, con aumento de las exacerbaciones y deterioro de la función pulmonar. Esta bacteria llega a ser imposible de erradicar y su persistencia permite el acúmulo de mutaciones que facilitan su adaptación y el cambio al fenotipo a colonias mucoides, más resistentes al tratamiento antibiótico(7,8). Otros microorganismos que se aíslan son: Stenotrophomonas maltophilia, Achromobacter xylosoxidans, el complejo Burkholderia cepacia (la infección por esta bacteria se asocia también a deterioro de la función pulmonar) y micobacterias no tuberculosas (sobre todo, el complejo Mycobacterium avium) y Aspergillus fumigatus(9,10). Las infecciones víricas, especialmente virus gripales, virus respiratorio sincitial (VRS) y rinovirus son una causa frecuente de exacerbaciones, deterioro de la función pulmonar y posibles cambios en el microbioma de las vías respiratorias(11). El resto de las manifestaciones extrarrespiratorias de la enfermedad ayudan a su sospecha, que se confirma con la demostración de una concentración de cloro en el sudor ≥60 mEq/l y la demostración de dos mutaciones asociadas a la enfermedad en el gen del CFRT.

La discinesia ciliar primaria (DCP) es una enfermedad autosómica recesiva que aparece en 1/10.000 -1/20.000 recién nacidos, y que se debe a una alteración estructural y funcional de los cilios, dando lugar a una disminución del aclaramiento mucociliar, que facilita las infecciones respiratorias. Clínicamente, se caracteriza por infecciones respiratorias recurrentes de vías altas y bajas, y anormalidades en la migración de las vísceras torácicas y abdominales en un 50 % de los casos (síndrome de Kartagener, definido por la tríada de sinusitis crónica, bronquiectasias y situs inversus). Desde el primer año de vida, los niños presentan: obstrucción nasal, rinosinusitis recurrente, tos productiva crónica y neumonías de repetición, que evolucionan a enfermedad pulmonar crónica supurada con bronquiectasias localizadas o difusas y pérdida grave de la función pulmonar(9).

Los patógenos más frecuentes en los primeros años de la vida son: Haemophilus influenzae no tipable (el patógeno más frecuente en esta enfermedad)(10-12), neumococo, Staphylococcus aureus y Moraxella catarrhalis, pero más tarde, cuando aparecen las bronquiectasias, se aíslan Pseudomonas aeruginosa, que no es tan frecuente ni forma colonias mucoides, como en la FQ, o bacilos gramnegativos(9). El complejo Burkholderia cepacia raramente aparece en la DCP.

El diagnóstico se realiza mediante estudio estructural de los cilios por microscopía electrónica en el material obtenido por cepillado nasal o mediante biopsia del epitelio de las vías aéreas. Este método confirma el diagnóstico, pero no siempre lo excluye, por lo que, a veces, es necesario recurrir a otros métodos, como la videomicroscopía de alta velocidad.

Las infecciones respiratorias recurrentes que afectan siempre el mismo sitio(3) del aparato respiratorio orientan hacia defectos anatómicos. Por ejemplo, la rinosinusitis crónica unilateral sugiere obstrucción nasal por cuerpo extraño o atresia de coanas.

Las neumonías recurrentes en el mismo lóbulo son casi siempre defectos anatómicos como: compresión bronquial extraluminal (adenopatías, anillos vasculares), obstrucción bronquial intraluminal (granulomas, cuerpos extraños), malformación congénita de la vía aérea (antes denominada malformación
adenomatoidea quística), secuestro pulmonar intralobar, quistes broncogénicos y otros. El diagnóstico se hace mediante tomografía computarizada (TC) o resonancia magnética (RM) del tórax. La aspiración de cuerpos extraños en el bronquio se debería sospechar, sobre todo, si hay asimetría auscultatoria o en la radiografía de tórax, incluso aunque no exista el antecedente de crisis de sofocación, que puede no haber sido advertida por los padres.

Infecciones recurrentes e inmunodeficiencias primarias (IP)

Las infecciones de las IP se acompañan casi siempre de otras manifestaciones clínicas debidas a la afectación de varios órganos y sistemas.

Las IP son el paradigma de las enfermedades que cursan con infecciones recurrentes y se deberían sospechar siempre que existan algunos de los signos de alarma (Tabla III)(4,13). Son poco frecuentes (su incidencia oscila entre 1/10.000 y 1/100.000 nacidos vivos, con la excepción de la deficiencia aislada de IgA que oscila entre 1/200 y 1/1.000 y que casi siempre es asintomática), de origen genético y, con frecuencia, hereditarias, que afectan al sistema inmune.

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En la aproximación diagnóstica a las IP, el tipo de infecciones que sufre el niño orienta hacia el componente del sistema inmune que está afectado: inmunidad adaptativa (inmunidad humoral o de células B e inmunidad celular o de células T) e inmunidad innata (fagocitosis, complemento y receptores que reconocen los patrones moleculares asociados a patógenos o PAMPs)(4,13).

Las deficiencias graves de células T cursan con infecciones víricas recurrentes e infecciones oportunistas por hongos y protozoos(4,13). Desde los primeros meses de vida (en las mutaciones “leaky”, en las que la función del gen afectado no se anula totalmente, puede haber retraso del inicio), el lactante presenta: diarrea crónica intratable o recurrente e infecciones por microorganismos oportunistas como virus (citomegalovirus, Epstein-Barr, adenovirus, influenza, norovirus y otros), hongos (candidiasis oral persistente o recurrente, neumonía por Aspergillus sp) y protozoos (diarrea por Criptosporidium, neumonía por Pneumocystis jirovecii). Es necesario tener en cuenta que las verrugas y el molusco contagioso son infecciones víricas, por lo que su persistencia y extensión orientan a inmunodeficiencia de células T. El norovirus causa infección gastrointestinal persistente y es casi imposible de erradicar en los niños con inmunodeficiencia combinada grave(14).

Las deficiencias de células B(4,13,15), como las agamma o hipogammaglobulinemias congénitas, la inmunodeficiencia variable común y la deficiencia específica de anticuerpos, se caracterizan por infecciones sino-pulmonares recurrentes por bacterias capsuladas (neumococo, Haemophilus. influenzae tipo b, Staphylococcus aureus) que, progresivamente, producen destrucción pulmonar y bronquiectasias. Son también características: la sepsis por Pseudomonas aeruginosa, las infecciones intestinales por Campylobacter jejuni y por Giardia intestinalis y la infección diseminada por enterovirus. Característicamente, en las agammaglobulinemias congénitas, los síntomas no suelen aparecer hasta los 4-5 meses de vida, cuando el niño pierde la protección de los anticuerpos maternos.

Los pacientes con enfermedad granulomatosa crónica (EGC), un trastorno del sistema NADPH oxidasa de los fagocitos que les impide generar radicales libres necesarios para la digestión intracelular(13,16), se caracterizan por sufrir infecciones recurrentes por microorganismos catalasas positivos, como son: Staphylococcus aureus, Aspergillus sp, Salmonella sp, Candida spp, Serratia spp, Klebsiella sp, Pseudomonas sp, M. tuberculosis, micobacterias atípicas, Burkholderia cepacia, Nocardia sp, Granulobacter bethesdensis y otros. Los cuadros clínicos más frecuentes son: neumonía, adenitis y abscesos cutáneos, abscesos hepáticos, osteomielitis y sepsis. También aparecen manifestaciones de hiperinflamación y autoinmunidad (aftas orales, enfermedad inflamatoria intestinal de comienzo precoz). Es característica la presencia de granulomas, que pueden afectar a varios órganos, dando lugar a síntomas obstructivos(16).

En el síndrome de hiper-IgE, autosómico dominante, hay abscesos y neumonías (con mucha frecuencia cavitadas). Las bacterias implicadas con más frecuencia son: S. aureus, Haemophilus influenzae tipo b, neumococo, Streptococcus pyogenes, P. aeruginosa y otros(4).

Las deficiencias de los factores tardíos del complemento (C5 en adelante) cursan con infecciones recurrentes por Neisseria, mientras que la deficiencia de C3 cursa con infecciones sinopulmonares por bacterias capsuladas y cuadros autoinmunes parecidos al lupus eritematoso sistémico(4,13).

Como quiera que el sistema inmune reside en todos los órganos o sistemas, es frecuente que en las IP, además de las infecciones, aparezcan otros síntomas o signos, como: anomalías faciales, alteraciones cutáneas o del pelo (albinismo, alopecia, vitíligo, manchas hipercrómicas, petequias, telangiectasias, alopecia), malformaciones óseas, úlceras orales (deficiencia de células T y EGC), alteraciones dentarias y otras. En las deficiencias graves de células T y en los síndromes de Omenn, Wiskott-Aldrich e hiper-IgE (formas dominantes por mutaciones en STAT3 o recesivas por deficiencia de DOCK8) es bastante común la afectación cutánea (dermatitis, eczema y eritrodermia generalizada)(17,18). Aunque pueden ser similares a la dermatitis atópica, los exantemas de las IP aparecen, a diferencia de aquella, desde los primeros días después del nacimiento.

Además de la función defensiva frente a las infecciones, la inmunidad celular se ocupa de la modulación de la inflamación y de la regulación que controla su propia activación. A ello se debe, aunque parezca paradójico, que muchas IP, especialmente las deficiencias de células T y la inmunodeficiencia variable común, cursen con aumento de inflamación y fenómenos autoinmunes, como: anemia hemolítica, trombopenia, neutropenia, enfermedad intestinal inflamatoria crónica, vasculitis, artritis, aftas orales o rectales, alopecia, vitíligo y endocrinopatías autoinmunes(19,20). Es más, en algunas ocasiones, estas manifestaciones autoinmunes aparecen antes o son más prominentes que las propias infecciones.

Evaluación inicial del niño con sospecha de IP

La historia clínica y la exploración física detalladas permiten una primera aproximación diagnóstica a las inmunodeficiencias primarias.

La historia clínica(4) debe recoger: el inicio de las manifestaciones clínicas; el tipo, frecuencia y localización de las infecciones; la repercusión de las mismas en el estado general del paciente; la historia perinatal, incluido el momento de la caída del cordón umbilical (su persistencia más allá de un mes después de nacer, se asocia a defectos de moléculas de adhesión linfocitarias); la existencia de sangrado (síndrome de Wiskott-Aldrich) e hipocalcemia (anomalía de DiGeorge); y la presencia de dermatitis, exantemas persistentes y manifestaciones autoinmunes. Es primordial, recoger la historia de vacunaciones del niño. Hay que buscar la existencia de diarrea crónica o candidiasis oral persistente.

La historia familiar (consanguinidad, muertes familiares en la infancia, fenómenos autoinmunes), además de ayudar al diagnóstico, permite formular un consejo genético, aunque hasta en la mitad de las IP no se encuentran antecedentes familiares.

Pruebas de laboratorio en las IP

Una vez sospechada una IP, el niño debería ser enviado rápidamente al especialista, que deberá determinar qué pruebas diagnósticas debe utilizar(4). Sin embargo, un panel de screening que incluya algunas pruebas de laboratorio fáciles de realizar, ayuda a acelerar el diagnóstico.

• El hemograma. Un hallazgo que debería siempre hacerse plantear una inmunodeficiencia grave de células T, es un conteo de linfocitos totales <2.500/mm3 en niños menores de 5 años o <1.500 en niños mayores de esta edad. Por otra parte, en varias IP aparecen citopenias inmunes, que ayudan a su diagnóstico. En el síndrome de Wiskot-Aldrich (WAS) hay trombocitopenia con plaquetas que tienen un volumen plaquetario disminuido. También en la inmunodeficiencia variable, la trombopenia es muy frecuente, precediendo, a veces durante varios años, la aparición de otras manifestaciones ­clínicas. La granulocitopenia es característica de la agranulocitosis congénita y otras neutropenias. Por último, la eosinofilia aparece en algunas IP, como el síndrome de Omenn y los síndromes de hiper-IgE.

• Poblaciones y subpoblaciones linfocitarias por citometría de flujo. Linfocitos totales (CD3+) T helper (CD4+) y T citotóxicos/supresores (CD8+) y linfocitos B (CD19+, CD20+ CD21+).

• Cuantificación de inmunoglobulinas (IgG, IgA e IgM), isohemaglutininas y respuesta de anticuerpos a vacunas proteicas (difteria, tétanos, hepatitis A o B) o de polisacáridos (vacuna neumocócica de polisacáridos puros).

• Analítica general, con parámetros de función hepática y renal, albúmina y proteínas totales.

• Radiografía lateral de cavum para visualizar las adenoides.

• Radiografía del tórax para ver la sombra tímica (ausencia en las deficiencias de cálulas T).

Prevención y manejo de las infecciones recurrentes

En los niños con infecciones respiratorias recurrentes, son fundamentales el tratamiento precoz y la prevención mediante la vacunación neumocócica y la vacunación antigripal anual.

Independientemente de las medidas preventivas específicas y del tratamiento indicado para cada una de las enfermedades que cursan con infecciones recurrentes, en todos estos pacientes se recomienda:

• Evitación del tabaquismo activo o pasivo y de ambientes contaminados.

• Es primordial el tratamiento precoz de las infecciones y exacerbaciones con el antibiótico adecuado, según la infección y enfermedad del paciente, para evitar el daño pulmonar irreversible.

• Cuando exista destrucción pulmonar y bronquiectasias, se recomiendan medidas de aclaramiento de la vía aérea, como drenaje postural, y fisioterapia respiratoria. También es muy aconsejable el ejercicio físico regular, que incrementa la salud y la calidad de vida de los pacientes.

• La vacunación frente a neumococo debe realizarse con las vacunas neumocócicas de valencia ampliada, 15-valente o 20-valente (incluso aunque hayan recibido la vacuna neumocócica conjugada 13-valente).

• Se recomienda la vacunación anual frente a la gripe, teniendo en cuenta que los niños con IP deben recibir la vacuna inactivada (la intranasal viva atenuada de la gripe está contraindicada).

• Las vacunas vivas de virus (triple vírica, varicela, herpes zóster, rotavirus, gripe intranasal) están contraindicadas, siempre que existan deficiencias de células T; mientras que, en los defectos del sistema mononuclear fagocítico y en la predisposición mendeliana a la infección por micobacterias, están contraindicadas las vacunas bacterianas vivas (tifoidea oral y BCG). La vacuna oral frente a la polio está contraindicada en las agammaglobulinemias congénitas.

• Más allá de la profilaxis con trimetoprim-sulfametoxazol y con itraconazol en los niños con enfermedad granulomatosa crónica y en inmunodeficiencias graves de células T, no hay evidencia de la utilidad de la profilaxis antibiótica oral en las enfermedades que cursan con infecciones sinopulmonares recurrentes. Por lo tanto, la decisión debería ser individualizada en cada paciente, dado que además puede contribuir a la selección de resistencias bacterianas.

Función del pediatra en Atención Primaria

La función del pediatra de Atención Primaria en las infecciones de repetición del niño consiste en diferenciar las infecciones de repetición de vías altas de causa ambiental, que ocurren de los 6 meses a los 4-5 años de edad, de las infecciones recurrentes que se deben a una causa sistémica. Estas últimas deberían ser enviadas a un centro hospitalario en el que se disponga de los medios diagnósticos y terapéuticos adecuados. En el caso de algunas inmunodeficiencias primarias, es necesario establecer medidas preventivas urgentes para evitar infecciones que pueden comprometer la vida del paciente.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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20.*** Costagliola G, Peroni DG, Consolini R. Beyond Infections: New Warning Signs for Inborn Errors of Immunity in Children. Front Pediatr. 2022; 10: 1-8.

Bibliografía recomendada

– Bush A. Recurrent Respiratory Infections. Pediatr Clin North Am. 2009; 56: 67-100.

Es una revisión general del tema de las infecciones recurrentes respiratorias. Su lectura proporciona una información general de rinosinusitis, otitis y faringitis recurrentes, y sobre las infecciones de vías respiratorias bajas. Especialmente interesante es el cuadro donde aparecen las causas de las infecciones de repetición, que ocurren siempre en el mismo sitio. Finalmente, ofrece un enfoque general del problema, que es instructivo y útil.

– Huwyler C, Lin SY, Liang J. Primary Immunodeficiency and Rhinosinusitis. Immunol Allergy Clin North Am. 2020; 40: 233-49. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.iac.2019.12.003.

El título de este artículo es engañoso, porque más allá de tratar de la sinusitis y las inmunodeficiencias primarias, es una excelente revisión sobre estas infrecuentes enfermedades. Se recogen las diferentes formas con sus manifestaciones clínicas y se expone cuál debería ser el enfoque diagnóstico de las mismas. Todo ello apoyado con excelentes cuadros y tablas.

– McCusker C, Upton J, Warrington R. Primary immunodeficiency. Allergy, Asthma Clin Immunol. 2018; 61: 14. https://doi.org/10.1186/s13223-018-0290-5.

Este artículo ofrece también una excelente revisión sobre las IP, incluidos la clínica, fenotipo, diagnóstico y tratamiento, este último aspecto muy pormenorizado.

– El-Bohy M, Poowuttikul P, Secord E. Humoral Immune Deficiencies of Childhood. Immunol Allergy Clin North Am. 2021; 41: 527-33. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.iac.2021.07.004.

Mediante la presentación de 3 casos clínicos, los autores presentan una excelente revisión de las inmunodeficiencias humorales, con respecto al diagnóstico y tratamiento, siempre reflejando la situación de la vida real. La mejor manera de aprender sobre este tema de una manera eficaz y entretenida.

– Hoskins S, Skoda-Smith S, Torgerson TR, Boos MD. Eczematous dermatitis in primary immunodeficiencies: A review of cutaneous clues to diagnosis. Clin Immunol. 2020; 211: 108330. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.clim.2019.108330.

En este artículo, se hace hincapié en la importancia de las manifestaciones de dermatitis en los pacientes con inmunodeficiencias primarias, sobre todo de células T, y las características que las hacen diferentes de la dermatitis atópica. La descripción clínica se apoya en algunas fotografías que son ilustrativas. En definitiva, el artículo nos recuerda que el diagnóstico más probable en una enfermedad que cursa con infecciones recurrentes y dermatitis sea una inmunodeficiencia primaria.

– Costagliola G, Peroni DG, Consolini R. Beyond Infections: New Warning Signs for Inborn Errors of Immunity in Children. Front Pediatr. 2022; 10: 1-8.

Ya el título de este artículo nos recuerda que, además de las infecciones, hay otros signos y síntomas que deberían despertar la sospecha de inmunodeficiencias primarias. Describe cómo en estas enfermedades coexisten infecciones y manifestaciones autoinmunes. Va recorriendo estas últimas, señalando a qué trastornos del sistema inmune se asocian, y las pruebas de laboratorio necesarias para su diagnóstico.

Caso clínico

Lactante varón de 6 meses de edad, que ingresa porque, desde hace alrededor de 4 semanas, tiene: fiebre intermitente (no ha superado en ningún momento los 38,6ºC), tos cianosante, que ha ido aumentando progresivamente y, durante la última semana, dificultad respiratoria.

Exploración física: temperatura: 37,8ºC; frecuencia cardiaca: 140 latidos/minuto; saturación de O2 respirando aire ambiente: 91 %. Afectación moderada del estado general con movimientos activos. Peso: 5,8 kg (percentil 10); talla: 66 cm (percentil 43); perímetro cefálico: 41 cm (50). Exantema de pequeños elementos pápulo-eritematosos, de 1-2 mm de diámetro, generalizado por tronco, extremidades y mejillas, más acentuado en pliegues inguinales. Discreta palidez de mucosas. Bien hidratado. Dificultad respiratoria con 50-60 respiraciones por minuto con tiraje subcostal leve. Auscultación cardiaca: normal, salvo discreta taquicardia. Auscultación pulmonar: estertores inspiratorios y espiratorios diseminados; algunas sibilancias espiratorias aisladas. El resto de la exploración física es normal.

Antecedentes familiares: no se encuentra nada de interés. Ambos padres sanos. Una hermana de 4 años sana, actualmente acatarrada.

Antecedentes personales: embarazo normal; parto normal, a término; peso al nacimiento: 3.230 g; talla: 49 cm; perímetro cefálico: 34,5 cm. Periodo neonatal: eliminación de meconio en las primeras 24 horas de vida. Caída del cordón a los 5 días. A las 3 semanas de vida, fue diagnosticado de dermatitis atópica, que ha sido tratada con hidratación de piel e hidrocortisona tópica, con escasa mejoría. Alimentado con lactancia materna (hace las tomas con poca avidez). Ha recibido todas las vacunas del calendario sin complicaciones. Varios catarros, coincidiendo con cuadros similares en su hermana de 4 años.

Analítica: hemograma: leucocitos: 11.308 /mm3 (82 % neutrófilos, 10 % linfocitos, 6 % monocitos); Hb: 8,9 g/dl; plaquetas: 486.167 mm3. Detección de VRS en aspirado nasofaríngeo: negativo. PCR múltiple para virus respiratorios: se detecta gripe A. Cuantificación de inmunoglobulinas: IgG: 33 mg/dl; IgM: 28 mg/dl; IgA: 6,67 m.

En la radiografía de tórax, se aprecian infiltrados sugerentes de neumonía intersticial, que se confirma con TAC. Lavado broncoalveolar: se demuestra gripe A por PCR y cultivo. Citomegalovirus negativo. Pneumocystis jirovecii: negativo. Se diagnostica al paciente de neumonía por gripe A.

 

figura

 

Fiebre sin foco

 

J.A. Alonso Cadenas, M. de la Torre Espí
Temas de FC


J.A. Alonso Cadenas, M. de la Torre Espí

Servicio de Urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

La fiebre sin foco (FSF) es aquel proceso febril de menos de 48-72 horas de evolución en el que no se identifica la causa tras la anamnesis y la exploración física. El origen de la fiebre puede ser vírico o bacteriano. Entre otras causas, existen infecciones bacterianas no invasivas: infección del tracto urinario, neumonía, faringoamigdalitis aguda estreptocócica, gastroenteritis aguda bacteriana, o celulitis; e infecciones bacterianas invasivas: bacteriemia (bacteriemia oculta si el paciente tiene buen estado general), meningitis bacteriana, artritis séptica o neumonía complicada. Las pruebas complementarias en los niños con FSF se realizan en función del estado general, valorado a través del triángulo de evaluación pediátrica (TEP): edad, grado de temperatura y estado de inmunización. El tratamiento y los criterios de evolución clínica varían también según lo anterior; pero, sobre todo, atendiendo al estado general, que es el principal discriminador. El pediatra de Atención Primaria debe saber identificar y tratar al paciente con un TEP inestable hasta su traslado al hospital y, también, derivar a aquellos que se encuentran estables y necesitan pruebas complementarias y observación hospitalaria.

 

Abstract

Fever without source (FWS) is a febrile process with a course of less than 48-72 hours in which the cause is not identified after performing the history and physical examination. The origin of the fever can be viral or bacterial. Within the latter, there are non-invasive bacterial infections: urinary tract infection, pneumonia, acute streptococcal pharyngitis, acute bacterial gastroenteritis, or cellulitis; and invasive bacterial infections: bacteremia – occult bacteremia if the patient is in good general condition –, bacterial meningitis, septic arthritis, or complicated pneumonia. Complementary tests in children with FWS are conducted based on the following factors: general condition – assessed through the pediatric assessment triangle (PAT) –, age, temperature level, and immunization status. Treatment and criteria for clinical progress vary according to the aforementioned, however, the general condition is the main determinant of having a bacterial infection. The primary care pediatrician must know how to identify a patient with an unstable PAT and manage him during the initial minutes until transferred to the hospital, as well as to refer those who are stable and need additional tests and hospital observation.

 

Palabras clave: Fiebre sin foco; Bacteriemia; Infección urinaria; Procalcitonina.

Key words: Fever without source; Bacteremia; Urinary tract infection; Procalcitonin.

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 240 – 248


OBJETIVOS

• Identificar a los lactantes menores de 3 meses de edad con criterios de bajo, intermedio o alto riesgo de infección bacteriana.

• Reconocer a los lactantes de entre 3 y 24 meses de edad que necesitan pruebas complementarias.

• Adecuar las indicaciones para realizar una punción lumbar.

• Tratar con un antibiótico solo a aquellos niños con riesgo de tener una infección bacteriana.

 

Fiebre sin foco

Introducción

Se define fiebre sin foco, como aquel proceso febril (Tª >38ºC), con menos de 48-72 horas de evolución, y en el que ni la historia clínica, ni la exploración identifican la causa.

La fiebre es un motivo de consulta muy frecuente en Pediatría, tanto en Atención Primaria (20 % de los episodios agudos) como en los servicios de urgencias infantiles (30 % de los episodios). Nuestros propios datos así lo corroboran: en el año 2022, de los 77.712 episodios atendidos en el servicio de urgencias del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid, 22.226 (28,6 %) tenían como principal motivo de consulta la fiebre. A pesar de ser tan frecuente, genera mucha ansiedad en los cuidadores, lo que provoca que consulten pronto con cuadros poco evolucionados, sobre todo si son lactantes. Por ejemplo, alrededor del 50 % de los niños menores de 3 meses con fiebre son evaluados en las primeras 6 horas(1).

La fiebre sin foco (FSF) es aquel proceso febril de menos de 48-72 horas de evolución, en el que no se identifica la causa tras la anamnesis y la exploración física. Habitualmente, se considera fiebre cuando la temperatura es mayor de 38ºC a nivel axilar o rectal (siendo la segunda 0,5 grados mayor que la primera), esta última tomada generalmente en los lactantes menores de 3 meses. No se recomienda la toma de temperatura: oral, en el oído o por infrarrojos con y sin contacto(2).

En los niños, el origen de la fiebre suele ser infeccioso. En la mayoría de las ocasiones, se trata de una infección benigna y autolimitada; sin embargo, algo menos del 10 % de los niños tiene una infección bacteriana grave.

Las infecciones bacterianas pueden ser no invasivas (IBNI): infección del tracto urinario (ITU), neumonía, faringoamigdalitis aguda estreptocócica, gastroenteritis aguda, celulitis; o invasivas (IBI): aislamiento de una bacteria patógena en un líquido estéril como: la sangre (bacteriemia), el líquido cefalorraquídeo (meningitis bacteriana), el líquido articular (artritis séptica) o la pleura (neumonía complicada)(3). Estas últimas asocian mayor morbilidad y mortalidad.

El principal objetivo cuando se atiende a un niño con fiebre sin foco es identificar a todos aquellos que tienen una infección bacteriana invasiva.

El cambio de la situación epidemiológica por las vacunas del Haemophilus influenzae, Neisseria meningitidis y del Streptococcus pneumoniae y meningo, junto con la aparición de nuevas pruebas diagnósticas de detección rápida de virus y bacterias, han provocado cambios en las estrategias diagnóstico-terapéuticas de los niños con FSF.

Etiología

La principal causa de la fiebre sin foco en los niños es vírica.

Los virus son la causa principal de FSF en los pacientes pediátricos, siendo los más frecuentes: adenovirus, virus de la gripe, virus herpes 6, enterovirus y parechovirus. La prevalencia de los dos últimos es mayor cuanto menor es la edad del niño y hay que tenerlos en cuenta, sobre todo en los menores de 3 meses de edad.

Lactantes menores de 3 meses

Es un grupo de especial atención, porque la incidencia de IBNI e IBI es mayor que en otras etapas de la vida, debido a que su sistema inmunológico está inmaduro y han recibido pocas dosis de vacunas. Además, las manifestaciones clínicas de las infecciones son menos evidentes. La prevalencia de infección bacteriana, IBNI e IBI, varía de un estudio a otro en función de los criterios de inclusión. En EE.UU. se suele incluir a todos los lactantes febriles, aunque tengan un foco (prevalencia ≈8 %), y en Europa solo aquellos con FSF (prevalencia ≈20 %). La infección bacteriana más frecuente en estos niños es la ITU. El riesgo de padecer una IBI es inversamente proporcional a la edad del paciente, con una prevalencia global del 2-4 %(4) (Fig. 1), llegando al máximo en el periodo neonatal. El 5-6 % de los neonatos atendidos en un servicio de urgencias pediátricas serán diagnosticados de una IBI. Las bacterias implicadas con más frecuencia son:

figura

Figura 1. Riesgo de bacteriemia en función de las semanas de vida del lactante.

Neonatos: Escherichia coli (principal microorganismo), Streptococcus agalactiae, Enterococcus faecalis, otras enterobacterias y Listeria monocytogenes(5).

Lactantes de 1-3 meses de edad: E. coli, S. agalactiae, S. pneumoniae, Staphylococcus aureus y L. monocytogenes(5).

Lactantes de 3-24 meses de edad

Tienen una menor incidencia de IBNI e IBI que los lactantes menores de 3 meses pero es el grupo de edad con mayor incidencia de bacteriemia oculta (BO), aislamiento de una bacteria patógena en la sangre de un paciente con buen estado general. Se ha descrito en algún estudio(6) que, tras la introducción de la vacuna conjugada 13v, S. pneumoniae ha dejado de ser el germen más frecuente (en nuestro país probablemente ha sucedido lo mismo pero no se disponen de estudios actualizados)(7), al ser superado por E. coli, Salmonella spp y S. aureus. En la actualidad, la prevalencia de BO en lactantes con FSF y buen estado general es inferior al 1 %, incluso menor del 0,5 % en algunas series(7).

La ITU también es muy frecuente, siendo la prevalencia máxima en las niñas menores de 2 años y en los niños menores de 6 meses con temperaturas >39ºC.

Otras bacterias implicadas en las infecciones en este grupo de edad son: N. meningitidis, Streptococcus pyogenes y H. influenzae.

Niños mayores de 24 meses

La mayoría de las infecciones bacterianas son focales: neumonías, meningitis, o ITU, y en función de la localización predominará un microorganismo u otro.

Evaluación clínica

La edad del paciente, el estado general, el grado de la fiebre y el estado de inmunización, son los factores que determinan la atención inicial de los niños con fiebre sin foco.

Impresión inicial

Es muy importante evaluar el estado general con el triángulo de evaluación pediátrica (TEP), una herramienta desarrollada por la Academia Americana de Pediatría, que proporciona una primera impresión clínica del paciente de forma sencilla y rápida, con lo que se percibe con la vista y el oído(8), con independencia de la edad y del motivo de consulta. No se necesita ningún aparato, ni medir constantes vitales, ni siquiera tocar al paciente. La alteración del estado general es el factor de riesgo más importante de presentar una IBI. Los componentes del TEP son:

Apariencia (lado más importante): refleja, en general, la función del sistema nervioso central. Hay que tener en cuenta: el tono, la interactividad, el llanto, si se consuela fácilmente, la mirada y la expresión verbal.

Respiración: hay que evaluar los ruidos respiratorios, la postura (postura de olfateo y en trípode) y la presencia o no de retracciones costales, de cabeceo en los lactantes y de aleteo nasal. Refleja el estado de las funciones de oxigenación y ventilación.

Circulación: determina si el gasto cardíaco y la perfusión de los órganos vitales son adecuados. La palidez, la piel marmórea y la cianosis son indicadores de una circulación reducida en la piel y las membranas mucosas.

Para clasificarlo como estable, los tres lados del TEP deben ser normales.

Anamnesis

Antecedentes personales

Hay que identificar los antecedentes que implican una mayor probabilidad de padecer una infección bacteriana.

Periodo neonatal inmediato: fiebre durante el parto, bolsa rota más de 24 horas, líquido amniótico turbio o fétido, colonización vaginal por S. agalactiae, prematuridad, bajo peso, ingreso en una unidad de cuidados intensivos neonatales, realización de algunos procedimientos diagnósticos o terapéuticos (canalización de vía venosa umbilical, cateterismo central, nutrición parenteral, antibioterapia de amplio espectro o ingreso hospitalario prolongado).

Lactante de 1-3 meses: prematuridad, antecedentes de hospitalización, tratamiento antibiótico previo o actual, tratamiento por hiperbilirrubinemia inexplicada, enfermedad de base (p. ej.: inmunodeficiencia, anemia drepanocítica, fibrosis quística, reflujo vesicoureteral y antecedentes de ITU) o tiempo de ingreso prolongado.

Lactante de 3-24 meses: enfermedad de base y tratamiento con fármacos inmunosupresores.

Historia actual

Lactantes menores de 3 meses: se averiguará la repercusión del proceso sobre el estado general: apetito, sueño y llanto. También es de interés el ambiente epidémico y, si es mayor de 2 meses, la fecha de la vacunación. Si la inmunización ha sido reciente, últimas 48 horas y, especialmente, últimas 24 horas, en estos lactantes el riesgo de tener una IBI es bajo y la fiebre suele estar relacionada con la vacuna(9).

Lactantes de 3-24 meses: el estado general (TEP) y la temperatura son los elementos más importantes para evaluar el riesgo de tener una infección grave.

Fiebre: se preguntará sobre la temperatura máxima y el tiempo de evolución. Lo más importante es el valor predictivo negativo (riesgo bajo de una infección grave) de una temperatura <39ºC en los lactantes con buen estado general.

Estado general: se indagará sobre el grado de afectación (decaimiento, irritabilidad, actividad, comportamiento).

Búsqueda de síntomas propios de las infecciones más frecuentes: mucosidad nasal, tos, diarrea, vómitos, etc.

Estado vacunal: se registrará si está vacunado, principalmente contra S. pneumoniae, N. meningitidis y H. influenzae, y el número de dosis administradas.

Fecha de la última inmunización: la DTP produce una reacción febril en las primeras 24-48 horas, que no suele prolongarse más de 2 días. La fiebre tras la vacuna de la triple vírica aparece 7-10 días después y se puede acompañar de un leve exantema.

Otros: ambiente epidémico y si ha recibido tratamiento antibiótico previo.

Exploración física

Debe continuarse con una exploración física general, prestando especial atención a los signos que orienten a un foco de infección. La medición de constantes vitales se hará según los hallazgos del TEP, en primer lugar, y de la exploración posteriormente: temperatura siempre, frecuencia respiratoria (FR), cardiaca (FC) y saturación de oxígeno (SO2) si hay signos de dificultad respiratoria, FC y tensión arterial (TA) si hay signos de inestabilidad hemodinámica (palidez de piel, tiempo de relleno capilar prolongado, etc.).

Pruebas complementarias

Se solicitarán en función de la edad, el estado general, el grado de temperatura y de los hallazgos de la anamnesis y la exploración física.

Menores de 3 meses

En todos los lactantes menores de 3 meses de edad con fiebre sin foco, hay que realizar análisis de sangre y de orina y, en algunos pacientes seleccionados, una punción lumbar.

En época epidémica (bronquiolitis por virus respiratorio sincitial, gripe, SARS-CoV-2 +/- adenovirus), las pruebas de detección rápida de antígenos virales pueden ayudar en la toma de decisiones y evitar algunos análisis de sangre. La inclusión de nuevas pruebas, como las “Polymerase chain reaction” (PCR) para enterovirus o parechovirus, si son positivas, pueden identificar lactantes con menor riesgo de tener una IBI, acortando o evitando el tratamiento antibiótico y disminuyendo la estancia hospitalaria en estos pacientes(14). La tecnología de microarrays que permite secuenciar el ARN mensajero del microorganismo que causa la infección analizando su expresión génica, constituye un método rápido y eficaz de detección del patógeno, que será ampliamente usado en el futuro(10). La atención clínica de estos lactantes se muestra en el algoritmo 1(11).

Análisis de orina: en los neonatos de 21 días o menos, se recomienda recoger directamente una muestra estéril (sondaje vesical, micción espontánea o punción suprapúbica) para realizar análisis de orina con tira reactiva (TRO) y urocultivo.

En los mayores de 21 días, se puede recoger una primera muestra con bolsa recolectora. Si es patológica (leucocituria ≥1+ y/o nitrituria), habría que obtener una nueva muestra estéril para repetir el análisis con TRO y cultivarla si se confirma el resultado patológico. El urocultivo solo se realizará en muestras estériles. La sensibilidad de la leucocituria es del 95 % (intervalo de confianza 95 %, 91-97 %)(12) e incluso es mayor si la ITU es bacteriémica. El diagnóstico de ITU se podrá establecer ante la presencia >10.000 unidades formadoras de colonias (ufc) de una bacteria patógena en una muestra obtenida por sondaje vesical y con un resultado patológico del análisis con TRO.

No está claro el diagnóstico, cuando el análisis de orina con TRO es normal y el urocultivo positivo, si se trata de una ITU, una bacteriuria asintomática o incluso una contaminación.

Análisis de sangre: en los algoritmos de FSF (Step by Step) siempre se debe solicitar hemograma, procalcitonina (PCT), proteína C-reactiva (PCR) y hemocultivo. La PCT (>0,5 ng/ml) es el parámetro de laboratorio con mayor validez en el diagnóstico de una infección bacteriana, seguida de la PCR (>20 mg/L) y el valor absoluto de los neutrófilos (>10.000/mm3). Ni la leucocitosis ni la leucopenia son útiles como marcadores de IBI(13). En lactantes con una sospecha de infección por virus herpes simple (VHS) (antecedente de infección materna, vesículas en la exploración física, trombopenia, elevación de GPT), hay que solicitar PCR en plasma para VHS y en las lesiones. También se debe valorar la realización de pruebas microbiológicas virales en sangre (enterovirus, parechovirus) cuando la TRO sea normal. Un resultado positivo de la PCR para enterovirus disminuye de manera significativa el riesgo de IBI (2,6 % vs 0 %)(14). También hay que tener en cuenta la fecha de la inmunización, si fue en las últimas 24 horas y el lactante tiene buen estado general, puede obviarse el análisis de sangre(9).

Punción lumbar: las indicaciones se muestran en la tabla I.

tabla

Se añadirá la PCR para VHS en los neonatos con pleocitosis y análisis con tinción de gram negativo (no se objetivan gérmenes). Tienen mayor riesgo de presentar una infección por VHS si: <15 días de vida, antecedente de convulsión, mal estado general, trombopenia, exantema vesicular o prematuridad. En los neonatos con buen estado general y una ITU, el riesgo de tener una meningitis bacteriana es muy bajo(17).

Prueba de detección rápida de antígenos virales en nasofaringe (VRS, Influenza, SARS-CoV-2 +/- adenovirus): el rendimiento de estas pruebas depende de que se soliciten en el momento adecuado, durante la epidemia de bronquiolitis o de gripe en épocas de alta circulación de estos virus. Algunos trabajos han demostrado que el riesgo de IBI es menor en lactantes >28 días de vida con una prueba de detección vírica positiva, permitiendo en estos pacientes obviar el análisis de sangre, pero no el de orina, ya que la prevalencia de ITU continúa estando entre el 0,8 y el 4,2 %(18,19).

Estratificación del riesgo de padecer una IBI (bacteriemia/meningitis bacteriana) en los lactantes menores de 3 meses(10)

Bajo riesgo (prevalencia de IBI: 0,7 %): lactantes >21 días de vida
con TEP estable, análisis de orina con TRO normal, PCT <0,5 ng/ml, PCR ≤20 mg/L y neutrófilos ≤10.000/mm3.

Riesgo intermedio (prevalencia de IBI: 3,4 %): lactantes >21 días de vida con TEP estable, análisis de orina con TRO normal, PCT <0,5 ng/mL + PCR >20 mg/dL o neutrófilos >10.000/mm3.

Alto riesgo (prevalencia de IBI: 7,2 %): TEP alterado, neonatos ≤21 días de vida, lactantes >21 días de vida con análisis de orina con TRO alterada y/o PCT ≥0,5 ng/mL.

Los lactantes de este grupo de edad consultan cada vez más pronto en los SU, lo que podría condicionar el rendimiento de las reglas de predicción clínica. Por el momento no se incluye el tiempo de evolución en las mismas aunque algunos autores aconsejan una actitud más cauta en aquellos que consultan con tiempos más recortados (<2 horas).

Lactantes de 3-24 meses

En función del TEP, la temperatura máxima y el número de dosis recibidas de la vacuna antineumocócica 13v, se estratifica a los lactantes en función del riesgo de presentar una infección bacteriana: IBI e IBNI (Algoritmo 2). No hay consenso en el punto de corte de la temperatura a partir del cual realizar un análisis de sangre, ni de los reactantes de fase aguda (RFA) –PCR, PCT–, en este grupo de edad los valores establecidos se han decidido de manera arbitraria.

TEP estable (buen estado general):

Análisis de orina: la ITU es la infección bacteriana más frecuente en los lactantes (prevalencia global aproximada del 5 %, aunque las niñas tienen el doble de riesgo que los niños). Las principales indicaciones para solicitar un análisis de orina con TRO (recogida con bolsa recolectora de orina) se muestran en la tabla II.

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Un resultado patológico en la TRO (leucocituria ≥2+ y/o nitrituria) de una muestra recogida por bolsa, siempre debe ser confirmado en otra muestra estéril y obtener un urocultivo.

Análisis de sangre (hemograma, PCR, PCT y hemocultivo): con la prevalencia actual de BO no está justificada la realización de un análisis de sangre a todos estos lactantes. Aunque no hay consenso, las indicaciones según algunos autores se muestran en la tabla III.

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Prueba de detección rápida de antígenos virales en nasofaringe (Influenza, adenovirus, SARS-CoV-2):

a. Virus gripe (Influenza) en muestra respiratoria en época epidémica con alta circulación del virus. La prevalencia de IBI es muy baja si el resultado es positivo, aunque siempre se deberá descartar una ITU en todas las niñas menores de 24 meses y en los niños menores de 12 meses, si la temperatura es >39ºC.

b. Adenovirus en muestra respiratoria (no presenta patrón estacional), se debe valorar en pacientes preferiblemente menores de 4 años con fiebre mayor de 39ºC, en ocasiones, se asocia hiperemia conjuntival. Si se realiza una analítica de sangre en estos lactantes, tendrán leucocitosis y neutrofilia con PCR y PCT generalmente negativas.

Radiografía de tórax: valorar en lactantes, sobre todo, en mayores de 12 meses, con leucocitos ≥20.000/mm3 o neutrófilos ≥10.000/mm3 y una PCR >100 mg/L(21).

TEP inestable (1 lado alterado: la apariencia o la circulación, excluyendo los pacientes con dificultad respiratoria): para evaluar a un lactante con FSF y alteración de la apariencia o de la circulación, es necesario realizar análisis de sangre (hemograma, PCR, PCT y hemocultivo) y de orina con TRO y urocultivo, independientemente del grado de la fiebre. Se considerará realizar una radiografía de tórax, si en la analítica de sangre tiene una leucocitosis >20.000/mm3 o neutrofilia >10.000/mm3 y RFA elevados, especialmente una PCR >100 mg/L(20). La realización de punción lumbar debe ser individualizada en función de la evolución del paciente.

TEP inestable (2 o 3 lados alterados): se debe considerar que presenta una sepsis hasta que no se demuestre lo contrario y realizar un estudio completo de sepsis.

Niños mayores de 24 meses

El riesgo de presentar una IBI en niños previamente sanos con buen estado general es tan bajo, que no se recomienda la realización de pruebas complementarias de manera rutinaria. Si presentan regular/mal estado general se debe realizar estudio de sepsis.

Tratamiento

La estabilización del paciente con regular o mal estado general, es una prioridad en el manejo inicial. El tratamiento antimicrobiano debe individualizarse según la situación clínica.

A la llegada del lactante, se debe proceder con la evaluación y estabilización inicial mediante el TEP. Habitualmente, la inmensa mayoría de estos niños tienen un TEP estable y, tras su valoración, son dados de alta a domicilio con tratamiento sintomático con antitérmicos. El objetivo es aliviar el malestar que asocia la fiebre, no conseguir la normotermia. El paracetamol (7,5-15 mg/kg/dosis cada 6-8 h) o el ibuprofeno (5-10 mg/kg/dosis cada 6-8 h en niños mayores de 3 meses) son los fármacos más seguros. No hay evidencias concluyentes que apoyen la alternancia. Siempre se debe recomendar la ingesta frecuente y abundante de líquidos orales y, sobre todo, que se vigile el estado general, indicando que deben volver a consultar si aparecen los siguientes signos: decaimiento, somnolencia mayor de lo normal, irritabilidad, palidez o coloración azulada con frialdad de las extremidades cuando la fiebre baja o petequias fuera de la cara y tercio superior del tronco.

Los lactantes con TEP inestable y regular/mal estado general deben ser estabilizados (ABCDE), antes de realizar la historia y exploración física detalladas, proporcionando oxígeno en los casos necesarios, midiendo las constantes vitales (SO2, FR, TA y FC) y canalizando una vía venosa periférica para administrar líquidos intravenosos (10 mL/kg en 15-20 min) y antibioterapia de manera precoz con una revaluación clínica periódica.

Si tras las pruebas diagnósticas se demuestra un foco de la infección, el tratamiento antimicrobiano será el específico para cada una de ellas (ITU, meningitis, neumonía, etc.). Si no se encuentra el foco, el tratamiento a pautar se muestra en la tabla IV pero deberá adaptarse a los patrones de sensibilidad del centro.

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El tratamiento se mantendrá hasta obtener los resultados microbiológicos y, una vez conocidos, se adecuará al cuadro clínico y al antibiograma.

Criterios de evolución clínica

Domicilio

• Los lactantes menores de 3 meses de edad con criterios de bajo riesgo de IBI pueden ser controlados sin antibiótico de forma ambulatoria, si está garantizada la revisión por un pediatra en 24 horas (Tabla IV). Es conveniente dejarlos en observación 4-6 horas y consensuar con los padres el alta a domicilio. Se debe considerar una atención más cauta en aquellos lactantes que consulten con tiempos de evolución más recortados (<2 horas).

• Los lactantes mayores de 3 meses de edad con buen estado general, también pueden ser dados de alta a domicilio. En función de los resultados de los análisis de sangre, se pautará tratamiento sintomático +/- antibiótico oral (Tabla IV). Deben ser controlados por un pediatra en 48-72 horas, si persiste la fiebre.

Observación

• Lactantes menores de 3 meses de edad con criterios de riesgo intermedio de IBI. Se recomienda prolongar la observación, al menos, 12 horas desde el inicio de la fiebre y, si el paciente se mantiene estable, puede ser dado de alta a domicilio (Tabla IV).

• Lactantes entre 3 y 24 meses de edad con PCT ≥2 ng/mL, valorar prolongar la observación durante 10-12 horas y, si el paciente se mantiene estable, puede ser dado de alta a domicilio con antibiótico (Tabla IV).

Ingreso en planta de Pediatría

• Lactantes menores de 3 meses de edad con TEP estable y criterios de alto riesgo de IBI (Tabla IV).

• Lactantes menores de 3 meses de edad con criterios de riesgo intermedio de IBI que, tras una observación prolongada, no presentan buen estado general (Tabla IV).

• Lactantes mayores de 3 meses de edad con buen estado general, en los que se haya realizado una punción lumbar y el resultado del análisis del LCR no sea sugestivo de meningitis bacteriana (Tabla IV).

• Niños mayores de 24 meses que tengan sospecha de meningitis bacteriana.

Ingreso en cuidados intensivos

• Lactantes menores de 24 meses con TEP inestable que cumplan criterios de sepsis o tengan sospecha de meningitis bacteriana (Tabla IV).

Función del pediatra de Atención Primaria

• Identificar a los lactantes y prees­colares con un TEP alterado, proceder a su estabilización (ABCDE) en los casos necesarios, con toma de constantes vitales (SO2, FR, TA y FC) y administración de antibioterapia precoz si cumple criterios de sepsis.

• Derivar a un centro hospitalario a los lactantes menores de 3 meses de edad con FSF, para realización de pruebas complementarias y observación hospitalaria.

• Derivar a un centro hospitalario a los lactantes entre los 3 y 24 meses de edad con un análisis de orina con tira reactiva normal, fiebre muy alta y/o vacunación incompleta, para realización de pruebas complementarias y observación hospitalaria.

• Informar a los cuidadores sobre lo que hay que vigilar en los lactantes febriles y cómo deben actuar.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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11.*** Gómez B, Mintegi S, Bressan S, Da Dalt L, Gervaix A, Lacroix L; European Group for Validation of the Step-by-Step Approach. Validation of the “Step-by-Step” approach in the management of young febrile infants. Pediatrics. 2016; 138: e20154381.

12.** Tzimenatos L, Mahajan P, Dayan PS, Vitale M, Linakis JG, Blumberg S, et al. Pediatric Emergency Care Applied Research Network (PECARN). Accuracy of the urinalysis for urinary tract infections in febrile infants 60 days and younger. Pediatrics. 2018; 141: e20173068.

13. Gómez B, Mintegi S, Benito J. Group for the Study of Febrile Infant of the Ri-SeuP-SPERG Network. A Prospective Multicenter Study of Leukopenia in Infants Younger Than Ninety Days With Fever Without Source. Pediatr Infect Dis J. 2016; 35: 25-9.

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21. Mintegi S, Benito J, Pijoan JI, Marañón R, Peñalba A, González A, et al. Occult pneumonia in infants with high fever without source: a prospective multicenter study. Pediatr Emerg Care. 2010; 26: 470-4.

22. Gómez B, Mintegi S. Fiebre sin foco. Pediatr Integral. 2018; XXII: 211-8. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2018-07/fiebre-sin-foco-2018/.

Bibliografía recomendada

– Dieckmann RA, Brownstein D, Gausche-Hill M. The pediatric assessment triangle: a novel approach for the rapid evaluation of children. Pediatr Emerg Care. 2010; 26: 312-5.

Artículo que describe el triángulo de evaluación pediátrica (TEP), que es una herramienta rápida y útil para la valoración inicial del paciente pediátrico. Se considera que es inestable si alguno de los 3 lados está alterado.

– Gómez B, Mintegi S, Bressan S, Da Dalt L, Gervaix A, Lacroix L; European Group for Validation of the Step-by-Step Approach. Validation of the “Step-by-Step” approach in the management of young febrile infants. Pediatrics. 2016; 138: e20154381.

Artículo prospectivo de ámbito europeo, que valida el algoritmo de actuación en los lactantes menores de 3 meses de edad con fiebre sin foco. Identifica a aquellos con bajo riesgo de tener una infección bacteriana invasiva de manera más precisa que los algoritmos propuestos previamente.

– Tzimenatos L, Mahajan P, Dayan PS, Vitale M, Linakis JG, Blumberg S, et al. Pediatric Emergency Care Applied Research Network (PECARN). Accuracy of the urinalysis for urinary tract infections in febrile infants 60 days and younger. Pediatrics. 2018; 141: e20173068.

Estudio multicéntrico desarrollado por la Red de Investigación de Urgencias Pediátricas de los EE.UU. (PECARN), que evalúa las características del análisis de orina para diagnosticar una infección del tracto urinario en los lactantes menores de 60 días de vida con fiebre.

Caso clínico

Un neonato de 26 días de vida consulta en su centro de salud por fiebre (temperatura axilar máxima de 38,5ºC) desde hace 2 horas, sin ningún síntoma asociado. No hay ambiente epidémico familiar.

Antecedentes perinatales: embarazo controlado con ecografías normales, exudado vaginal Streptococcus agalactiae negativo, parto a término, vaginal eutócico, sin fiebre materna durante el parto. El peso al nacer fue 3,1 kg. Está con lactancia materna exclusiva a demanda y todavía no ha iniciado la vacunación.

Triángulo de evaluación pediátrica estable. Exploración física sin alteraciones significativas. Debido a que es un lactante menor de 3 meses de edad, es derivado a un servicio de urgencias pediátrico para realizar pruebas complementarias.

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Fever of unknown origin

M. García Lorenzo*, **, S. Melendo Pérez*, P. Soler Palacín*
Topics on
Continuous Training


M. García Lorenzo*, **, S. Melendo Pérez*, P. Soler Palacín*

*Unit of Infectious Pathology and Pediatric Immunodeficiencies. Children’s Hospital, Vall d’Hebron. Barcelona. Spain. **Pediatric Infectious Diseases Unit. Ospedale Luigi Sacco. Milan. Italy

Abstract

Fever of unknown origin (FUO) in Pediatrics can be defined as an entity in which fever is the main sign, without having reached an etiological diagnosis after more than 7 days, despite the correct performance of the history, physical examination, and first-level complementary tests.
In most cases, the cause is an uncommon manifestation of a common disease, especially an infectious disease. Other less frequent causes are inflammatory or autoimmune, followed by a miscellaneous of diseases and finally, malignant diseases. In a significant percentage of cases, a diagnosis is not reached, being this a good predictor of spontaneous resolution without sequelae.
Thorough and repeated history-taking and physical examination throughout the evaluation is the essential element in the diagnostic process of FUO. It will allow us to reach the cause or optimize the complementary tests that will lead us to the cause with the least harm to the patient and in an efficient manner.
Empirical antibiotic or anti-inflammatory treatment should be avoided in stable patients without a specific diagnostic suspicion, as they could mask findings that would bring us closer to the diagnosis.

 

Resumen

La fiebre de origen desconocido (FOD) en Pediatría se puede definir como la entidad en que la fiebre es el signo principal, sin haberse alcanzado un diagnóstico etiológico después de más de 7 días, a pesar de la realización correcta de anamnesis, exploración física y pruebas complementarias de primer nivel.
En la mayor parte de las ocasiones, la causa es una manifestación poco frecuente de una enfermedad común, principalmente infecciosa. Otras causas menos frecuentes son las inflamatorias o autoinmunes, seguidas de una miscelánea de enfermedades y, por último, las causas malignas. En un importante porcentaje de los casos no se llega a alcanzar un diagnóstico, siendo un buen predictor de resolución espontánea sin secuelas.
La anamnesis y la exploración física exhaustivas y repetidas a lo largo de la evaluación, son el elemento esencial del proceso diagnóstico de la FOD. Nos permitirá alcanzar la causa u optimizar las pruebas complementarias que nos lleven a ella, con el menor perjuicio para el paciente y de una forma eficiente.
El tratamiento antibiótico o antiinflamatorio empírico debe evitarse en pacientes estables y sin una sospecha diagnóstica concreta, ya que podría enmascarar hallazgos que nos acercarán al diagnóstico.

 

Key words: Fever of unknown origin; Prolonged fever.

Palabras clave: Fiebre de origen desconocido; Fiebre prolongada.

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (5): 257 – 268

 

OBJECTIVES

To distinguish fever of unknown origin from other patterns of prolonged fever.

To be aware of the most frequent causes of fever of unknown origin in children.

To carry out a diagnostic approach based on findings in the history and physical examination.

To recognize differential characteristics of the most common diseases or entities included in the differential diagnosis of fever of unknown origin in Pediatrics.

To propose a staggered diagnostic algorithm for carrying out complementary tests. 


 

 

Fever of unknown origin

Introduction

Fever of unknown origin is generally a benign and/or self-limiting entity in children, in which fever is the main sign and in which a diagnosis is not reached after an exhaustive initial evaluation.

Fever of unknown origin (FUO) is a fever of prolonged duration in which the cause cannot be found after at least a week of detailed evaluation. It is a challenging reason for consultation and which, despite being due to a benign and/or self-limiting entity in most cases, can generate great anxiety in the family(1-3).

The differential diagnosis of FUO in Pediatrics includes: infectious diseases, autoimmune or inflammatory diseases, and malignant diseases, among others. In most cases, it is an unusual presentation of a common disease, such as mononucleosis syndromes(4). Other entities, which can cause prolonged fever and that should be considered as the study progresses, may stray from the differential diagnosis included in routine pediatric clinical practice, so it is important to maintain a high index of suspicion and be methodical in the performance of complementary tests(5,6).

The evaluation of FUO requires a detailed history with a thorough review of signs and symptoms to establish its onset and the cardinal features of the disease, as well as a thorough physical examination.

In the history, it is of great importance to confirm the presence of fever, its onset, frequency and pattern, as well as the description of the associated symptoms. The differentiation of the different patterns of fever (Table I) is essential to guide the study within the broad differential diagnosis of prolonged fever, which allows us to reach a diagnosis and finally treat, if necessary, the underlying cause(1).

Physical examination must be complete and systematic, it must include, in addition to the usual examination, the osteoarticular and reticuloendothelial systems (palpation of adenopathies and visceromegaly), as well as a growth assessment(1).

Since many of these cases present with other signs and symptoms, apart from fever, it is advisable to establish a differential diagnosis based on syndromes(5). Complementary tests must be selected in such a way that allow us to confirm or rule out those diseases included in our differential diagnosis. Carrying out a broad study using imaging techniques or serologies of unusual microorganisms, without presenting symptoms or compatible exposure, has low yield(1).

Definition

The classic definition of FUO, which has been used since, especially in the immunocompetent adult population, was published in 1961(8) and defined with 3 criteria: illness lasting >3 weeks of duration, with fever higher than 38.3ºC in several times, and without reaching the diagnosis after 1 week of study in the hospital. This last point was modified years later, accepting 1 week of intensive evaluation without requiring hospitalization in all cases.

In Pediatrics, studies on FUO have used several definitions, varying the degree of temperature to consider fever, its frequency or the total duration necessary, with ranges usually lower than the classic definition: >7 days, between 14 and 21 days or >21 days(9). This makes it difficult to homogenize the studies, observing variations in the frequency of the different etiologies according to the definition used.

The interpretation of fever should be individualized with nomograms according to the age and sex of the patient (Fig. 1), considering the method used for its measurement. Normal body temperature in children can vary up to 1.5ºC throughout the day, with peak temperatures in the evening hours. This can lead parents to consider as low-grade fever, temperatures that, due to their daily circadian cycle, are within the normal range(1,5).

Figure 1. Normal values of mean rectal temperature for boys and girls up to 36 months. Adapted from: Manthiram K, Edwards KM, Long SS. Prolonged, Recurrent, and Periodic Fever Syndromes. In: Long SS, Prober CG, Fischer M, Kimberlin DW. Principles and Practice of Pediatric Infectious Diseases. 6th ed. Philadelphia: Elsevier; 2023. p. 123-34.

Being consistent with the definition previously used in other publications in our surroundings(3,7,10), we consider fever of unknown origin to be a disease where fever (documented, >38ºC) of more than 7 days duration predominates, with an uncertain diagnosis after an assessment through a detailed medical history, a thorough physical examination, and the performance of first-stage complementary tests.

Etiology

Infections are the most common cause of fever of unknown origin. Not reaching a diagnosis after a correct evaluation is a good predictor of spontaneous resolution.

The most frequent cause of FUO in children are infectious diseases, including viral, bacterial and parasitic (Table II). Among the non-infectious causes to consider (Table III), are autoimmune and autoinflammatory diseases, malignant diseases and a variety of other diseases(1).

In a high percentage of cases (in some series almost up to 50%)(4,11), an etiological diagnosis is not reached despite an exhaustive study, this being a predictor of spontaneous resolution without sequelae(1). This high number of undiagnosed cases may be due, in the pediatric population, to more lax inclusion criteria (fewer days of fever) and, in the general population, to a greater availability of better diagnostic techniques (imaging, serological, molecular detection) that allow an earlier diagnosis, before meeting the FUO criteria, meaning that in those cases with real criteria there is a lower probability of reaching a diagnosis(1,3).

In the largest systematic review carried out to date in the pediatric population(12), which included 1,638 patients between 0 and 18 years of age with fever of 1 to 3 weeks duration, the cause was infectious in 51% (of which between 56-71% were bacterial, and 3-15% viral, being the most frequent viral cause in developed countries); the second most frequent situation (23%) was not finding the etiology (more frequent in developed than developing countries, 31% vs 18%), followed by entities included in miscellaneous (11%), autoimmune or autoinflammatory diseases (9%) and, finally, malignant diseases (6%).

In more recent series(9,13), it has been observed that the etiology changes according to the age group and the duration of the fever. Infectious causes are more frequent in children under 6 years of age, with autoimmune diseases and inflammatory bowel disease having a greater relative importance in older children and adolescents(1). Malignant diseases are the least common cause of FUO at all ages. A longer duration of fever reduces the probability of an infectious cause and increases the probability of not reaching a diagnosis(9,14).

Infectious causes (Table II)

Bacterial

Localized infections such as urinary tract infection (especially in children under 2 years of age), pneumonia, sinusitis, mastoiditis, endocarditis or osteoarticular infections (especially those that affect the spine and pelvis due to their difficulty in diagnosis), can be, in paucisymptomatic cases, a cause of prolonged fever, so a high index of diagnostic suspicion must be maintained(2,14).

Abdominal abscesses can also be a cause of FUO. They can occur as a consequence of undiagnosed perforated appendicitis, as a complication of inflammatory bowel disease, previous abdominal surgery, trauma, or pelvic inflammatory disease. We must also consider abscesses in the central nervous system in patients undergoing neurosurgery, as a complication of sinusitis or mastoiditis, or with spinal dysraphisms.

Due to its global incidence, tuberculosis is a diagnosis to be evaluated, especially in patients with suggestive symptoms, compatible radiological findings, exposed to smear-positive cases or who come from areas with a high prevalence. FUO is more common in extrapulmonary and disseminated forms such as miliary(7).

Other microorganisms that cause granulomatous infections should also be considered in case of plausible exposure such as: Bartonella henselae, Salmonella typhi, Brucella spp. and Francisella tularensis. Due to its frequency in our environment, it is important to consider cat scratch disease, even without known close exposure to cats (25% of confirmed cases do not present it)(2,7,15,16). Its most frequent manifestation is localized involvement with adenitis in the drainage lymphatic chain of the inoculation area (where a papule or pustule appears) and that usually resolves without treatment in 2-4 months. Other manifestations may be: FUO, hepatosplenic granulomatous lesions, osteomyelitis, culture-negative endocarditis, and ophthalmic involvement (neuroretinitis and Parinaud’s oculoglandular syndrome). This systemic involvement of the disease requires antibiotic treatment for its resolution, recommending, according to expert opinion, the combination of a macrolide and rifampicin or an aminoglycoside, with a variable duration depending on the involvement and requiring the association of corticosteroids in case of neuroretinitis or severe forms(15,16).

Typhoid fever and brucellosis are common causes of prolonged fever in developing countries, so they should be included in the differential diagnosis in case of travel to these countries or in case of ingestion of unpasteurized dairy products(10).

In case of exposure to wooded areas in endemic regions, various tick-borne diseases such as Lyme disease (Borrelia burgdorferi) or Mediterranean boutonneuse fever (Rickettsia conorii) must be considered. They usually present, in addition to fever, flu-like symptoms, sometimes specific skin disorders and other systemic manifestations(2).

Viral

Viral causes of FUO are mainly due to common childhood viruses that produce symptoms of unusually long duration. Among them, the most frequent are: infectious mononucleosis by Epstein-Barr virus (EBV), and infections by cytomegalovirus (CMV), adenovirus and enterovirus.

Due to its importance, the serological study of the human immunodeficiency virus (HIV) is recommended in all cases, being the cause of prolonged fever in the primary infection (to consider it in adolescent patients) or due to opportunistic infections. A first approximation for its screening is the review of maternal HIV serologies, especially in children without other risk factors, although its negativity does not completely rule out this possibility.

Parasitic

In patients who have traveled in recent months to tropical countries, the diagnosis of malaria should be considered, and it is advisable to request its study in all patients.

Other parasitic causes of FUO to highlight are: toxoplasmosis, leishmaniasis and visceral larva migrans. Toxoplasma gondii infection is the most frequent cause of parasitic infection in temperate climates, and can cause persistent low-grade fever with symptoms similar to infectious mononucleosis. Visceral leishmaniasis, caused by Leishmania donovani complex, is endemic in areas of the Mediterranean coast and is gaining importance in other areas of the Iberian Peninsula; it should be considered in cases of prolonged fever, especially if associated with significant splenomegaly and pancytopenia.

Fungal

The finding of infections by unusual microorganisms (Candida spp., Aspergillus spp. or Cryptococcus spp.) during the study of an FUO should alert us of the possibility of primary or secondary immunodeficiency. We must also suspect immunological defects in infections that do not respond to adequate treatment or that are associated with dermatitis, autoimmune diseases or weight or height stagnation(2,5).

We will consider the diagnosis of endemic mycoses (histoplasmosis, coccidioidomycosis, blastomycosis) in patients with lung disease, if they have previously resided in or traveled to an endemic region. In these cases, we will also assess family occupation, hobbies and leisure activities that may increase their exposure, as well as the presence of birds and bats in the home surroundings(1).

Non-infectious causes (Table III)

Rheumatic diseases

Among the non-infectious causes, the most frequent, in most series, are autoimmune/inflammatory diseases. The most common is the systemic form of systemic juvenile idiopathic arthritis (JIA), followed by systemic lupus erythematosus (SLE) and, more rarely, panarteritis nodosa (PAN). sJIA is a polygenic autoinflammatory disease that should be suspected in patients with high fever spikes, alternating with hypothermia, associated with an evanescent salmon-colored maculopapular rash, more evident during fever spikes, synovial inflammation, polyserositis, lymphadenopathy, hepatosplenomegaly, and elevated of acute phase reactants (APR). Despite requiring the presence of arthritis for its diagnosis, in up to 70% of cases it is not present at its onset(18).

Autoimmune causes must be suspected in the case of prolonged fever with high-grade spikes, especially if it persists despite having empirically initiated broad-spectrum antibiotic treatment(6).

Malignant diseases

Fever in malignant diseases may be due to infection secondary to neutropenia or paraneoplastic phenomena of cytokine release(6). Among the malignant causes of fever, the most frequent are: leukemia, Hodgkin’s lymphoma, and neuroblastoma, which must be actively ruled out, especially if symptoms such as weight loss, poorly defined musculoskeletal pain, night sweats, or adenopathies are associated(2,6).

Miscellaneous

Kawasaki disease is, in developed countries, the most frequent cause of FUO classified as miscellaneous. We must bear this in mind, above all, in incomplete or atypical forms (less than 4 main diagnostic criteria and compatible laboratory and echocardiographic findings) and in children under 6 months of age, in which the manifestation as isolated prolonged fever is more frequent. The diagnosis should be pursued, since the persistence of fever is one of the indications for treatment with intravenous gammaglobulin, beyond the first 10 days of illness(17).

A recently described entity with common clinical features is multisystem inflammatory syndrome in children (MIS-C), a rare complication following SARS-CoV-2 infection. It usually presents with prolonged fever associated with signs and symptoms of cardiovascular, mucocutaneous and/or gastrointestinal involvement.

In inflammatory bowel disease, fever may become more important than abdominal symptoms, especially in Crohn’s disease. Its active search should be carried out in cases of elevated APR, anemia, weight loss or failure to thrive, even without gastrointestinal symptoms.

Fever is a common adverse drug reaction. Although it has been described more commonly in association with certain drugs (Table IV), it can potentially be attributed to practically any drug. It is important to also take phytotherapy products or unconventional therapies into account during the medication history. Drug-caused fever usually resolves in the first 48-72 hours after its withdrawal, so it is recommended that any non-essential medication should be withdrawn at the start of the FUO study(2,18).

An entity called deconditioning has been described in adolescents, which usually occurs after a well-defined febrile episode. It is characterized by low-grade fever or erroneously perceived as fever associated with fatigue and decreased vitality. This discomfort usually causes the inability to go to school continuously and carry out activities that, prior to the onset of the clinical picture, were performed normally. There is usually some discrepancy between the number and severity of the symptoms reported and the normality of the physical examination and complementary tests(1,3).

Lastly, and as a diagnosis of exclusion, we must consider factitious fever. It is that fever simulated by the patient (Munchausen syndrome) or by the parents/caregivers (Munchausen syndrome by proxy). It should be suspected in cases of fever with an unusual pattern (very brief peaks or no evening increase in temperature), absence of tachycardia with fever or warmth to the touch, as well as non-detection of fever by another observer(3).

Diagnosis

The evaluation of patients with fever of unknown origin should always begin with a thorough clinical history and physical examination. Their findings will guide us to the complementary tests, which will be requested in stages.

History

In the history, questions will be asked about the fever (duration, degree, method of measurement, frequency, pattern and response to antipyretics), as well as each of the associated symptoms and signs (rash, oral thrush, gastrointestinal symptoms, weight loss, arthralgia, etc.), recording its temporal relationship with fever. The demonstration of the presence of fever in a medical environment is a critical point before continuing with the study. In the case of outpatient care, the family will be asked to keep a fever diary, recording at least two temperature measurements at the ends of the day, always at the same time and with the same method(5).

The following should be inquired: the patient’s medical history, including the vaccination status, weight-and-height (weight and height curves should be plotted) and psychomotor/neurocognitive progression; epidemiological context, including international travel history and prophylactic measures; and exposure to people with contagious infections, to animals, insect bites, or food consumption that may pose a risk. The medical history should be recorded, including previous admissions and surgeries, as well as any drugs or other medicinal products that the patient may be receiving. In adolescents, we must ask about sexual activity that could expose them to a risk of infections through this route(5,7). We will actively inquire about family history of autoimmune disease, immunodeficiency or recurrent or unusual infections.

If a diagnosis is not reached, it is essential to periodically re-interrogate, trying to find information that has been forgotten or considered of little importance in previous anamnesis.

Physical examination

Physical examination must be complete and structured through systems, including(3,7,14):

• Vital parameters: assess the adequate increase in heart rate with fever (heart rate increases around 10 beats per minute for every 1ºC of body temperature above normal temperature)(20).

• General: weight-height evaluation and comparison with previous measurements given the possibility of weight loss or decreased growth in the context of to the episode.

• Skin: maculopapular rashes can be found, guiding towards viral pictures or Kawasaki disease; evanescent salmon-like rash associated with fever in systemic JIA; petechiae in other viral infections or infective endocarditis; lesions such as chronic erythema migrans, which suggests Lyme disease; or lesions compatible with other insect bites, including ticks, that can indicate vector-borne diseases.

• Oral and pharyngeal mucoses: presence of pharyngeal hyperemia with or without exudates; oral thrush; or other abnormalities of the oral mucosa, such as raspberry tongue or cracked lips.

• Cardio-respiratory: the presence of murmurs or abnormality of heart tones should be evaluated. Abnormalities in the respiratory auscultation or presence of clubbing should be detected.

• Reticuloendothelial: examination of the lymph nodes of all palpable territories (occipital, pre and retroauricular, cervical, supraclavicular, axillary, epitrochlear, inguinal and popliteal) and a record and description of its characteristics. Palpation of hepato or splenomegaly in infections or other diseases that may cause them.

• Ophthalmic: Assess the presence of conjunctivitis with or without discharge, eyelid edema, signs of uveitis, and involvement of the fundus.

• Gastrointestinal: Abdominal examination for signs of localized pain or peritonism suggestive of abscesses, or the presence of visceromegaly. We will evaluate the presence of fissures or rectal fistulas.

• Musculoskeletal: Bone palpation for tender points and inspection of all joints for asymmetries, phlogotic signs, or impaired range of motion.

• Genital/Gynecologic: In adolescents, look for signs of sexually transmitted infections or genital thrush.

Tables II and III show the most frequent signs on examination of some entities that are included in the differential diagnosis of FUO.

The physical examination should be repeated daily if the patient is hospitalized, preferably during fever in order to assess possible clinical signs absent in apyrexia; or, in each of the visits, if the follow-up is carried out on an outpatient basis.

An incomplete clinical history or physical examination, which causes a delay in the diagnosis or in the request for complementary tests that lead to it, can be a cause of persistence of fever, to be avoided(7).

Complementary tests

The FUO diagnostic process is carried out in stages in various phases, guided by the data obtained from the history and physical examination, trying to initially rule out those diseases that, due to age, frequency in our environment or history of exposure, are more plausible (Algorithm). Its objective is to arrive at an early diagnosis, avoiding unnecessary tests and ensuring a rational use of resources. Despite the fact that various diagnostic algorithms have been proposed(2,3,5,7,21), no studies have been carried out that demonstrate the superiority of one over the other for early detection of the cause of FUO in pediatric patients.

The speed at which the study will progress will depend on the clinical status of the patient and the presence or absence of findings in previous phases, reserving the most invasive tests for cases suggestive of severe disease(1,5).

We must remember the importance of repeating the clinical history and physical examination at each of the steps, in search of new details or clinical findings that allow us to direct and optimize our requests, avoiding unnecessary tests.

Complementary tests that are recommended in the first step for most patients with FUO include: complete blood count with formula, peripheral blood smear, basic biochemistry (liver and renal profile, lactate dehydrogenase [LDH], ions, uric acid, albumin and total proteins), acute phase reactants (C-reactive protein [CRP], erythrocyte sedimentation rate [ESR] and ferritin), blood culture, urinalysis and urine culture, tuberculin skin test and/or interferon gamma release test (IGRA) and chest X-ray (even without respiratory symptoms)(1). The first step also includes Epstein-Barr virus, cytomegalovirus and B. henselae serologies, given their high frequency, and HIV due to its importance. This first phase should also include, if they are compatible with the history and the initial examination: other microbiological studies such as the study of malaria (in the case of history of travel to an endemic area) or stool culture, if typhoid fever is suspected; and serological studies included in the second step or imaging, such as an abdominal ultrasound, if associated with abdominal symptoms or elevated liver enzymes in the laboratory tests.

In a second step, repeating blood cultures if the previous ones are negative is recommended, as well as to expand the serological study according to the clinical history, including: T. gondii (contact with cats), Brucella spp. (unpasteurized milk intake), F. tularensis (rodent exposure), Rickettsia spp. or Borrelia spp. (tick bite), etc., if they have not been done previously. An echocardiography is also recommended to evaluate the coronary arteries and the presence of vegetations, as well as an abdominal ultrasound if it had not been requested in the first phase. If there are suggestive symptoms, it is advisable to perform a sinus CT, since sinusitis is a relatively common cause of FUO(5). If there are no localization signs, other imaging tests are not recommended (computerized tomography, magnetic resonance imaging or scintigraphy), as they present very low diagnostic yield(9,10). In children with suggestive findings, especially those over 5 years of age, an immunological study will be requested that includes: rheumatoid factor (RF), antinuclear antibodies (ANA), antistreptolysin O (ASLO), complement (C3, C4, CH50 and AP50) and determination of immunoglobulins. During this second phase, if this possibility is available, it is advisable to consult pediatricians specializing in Infectious Diseases, Rheumatology and/or Hematology and Oncology, depending on the suspicion.

If the diagnosis is not achieved at this point, a third step will be accessed including more invasive methods, also based on clinical findings: lymph node biopsy in case of lymphadenopathy; liver biopsy, if abnormality in ultrasound or involvement of the liver function tests in the blood; or aspirate or biopsy of bone marrow, if alterations are observed in peripheral blood. Bone marrow examination must be performed earlier in the case of severe patients or with progressive clinical deterioration, to rule out lymphoproliferative processes, hemophagocytic lymphohistocytosis (HLH) or establish the diagnosis of visceral leishmaniasis(10). Screening for endocrinological pathologies, without clear suspicion, does not usually give results, so it is not generally recommended(1).

In this last step, the performance of a PET-CT with 18-FDG can be considered, which can help in the detection and differentiation of infectious, inflammatory and malignant causes. A retrospective study with 110 pediatric patients showed that it could detect the cause of fever in about half of the cases, in which it had not been detected with the previously performed tests. The positive predictive value of up to 84.1% was positively associated with elevated CRP. In addition, if no abnormalities were found, it showed a high predictive value for spontaneous resolution of fever(21).

Admission criteria

The FUO study can be performed, in most patients, on an outpatient basis, provided their general condition allows it, with visits at frequent intervals that allow us to perform a recapitulation of the clinical history and a complete physical examination at each visit. If fever persists and no cause has been found, diagnostic tests will be performed in successive phases and hospital admission is recommended at that stage(1). At any time, in the event of localization signs, clinical worsening with progression of symptoms, or abnormalities in the tests performed that require close observation or in order to speed up the diagnostic process, hospital admission will also be indicated. Other admission indications are to ensure the presence of fever and to determine its pattern in cases where there are uncertainties about its correct measurement at home or when it has not been confirmed in the ambulatory visits.

Treatment

Empirical treatment should be avoided in stable patients and without a specific diagnostic suspicion, since it could delay the diagnosis.

The withdrawal of medication or products that may cause fever for diagnostic-therapeutic purposes is one of the first steps to be taken. A gradual withdrawal is recommended in case of receiving various drugs, to identify the causative agent(3,9).

In case of clinical stability, symptomatic treatment will be carried out until the etiology is clarified, followed by targeted treatment if necessary. The empirical use of antibiotics or corticosteroids is not recommended, as they could delay or mask the diagnosis(5,7,10,14). The exceptions are: suspicion of miliary tuberculosis (antituberculosis drugs indicated), high suspicion of JIAs (non-steroidal anti-inflammatory drugs, glucocorticoids) or Kawasaki disease (treatment with intravenous immunoglobulin infusion and acetylsalicylic acid). Only in case of clinical deterioration during the diagnostic process with suspicion of serious bacterial infection, the initiation of antibiotic treatment of a spectrum appropriate to the diagnostic suspicion would be indicated.

Prognosis

Variable prognosis depending on the etiology, generally good, if a diagnosis is not reached.

The prognosis will largely depend on the etiology of FUO. In cases in which a diagnosis is not reached after an adequate study, the long-term prognosis is good, with resolution of symptoms and absence of sequelae in most cases.

Conclusions

Fever of unknown origin (FUO) is, in most pediatric cases, a benign and/or self-limiting process.

It is important to differentiate, early, benign causes from those that may be a manifestation of a severe condition or that may pose a vital risk.

Initial evaluation of FUO requires confirmation of fever in a medical setting and careful reassessment of the history and physical examination.

The majority are due to infectious causes, but a non-negligible percentage is due to other causes, including rheumatic or neoplastic diseases.

In a high percentage of cases an etiological diagnosis is not reached, being a marker of spontaneous resolution.

Complementary tests should be carried out in stages and always guided by the findings of the clinical history and physical examination to improve their profitability.

Empirical antibiotic or anti-inflammatory treatment is not recommended if the patient presents clinical stability, except in selected cases, since it could delay the diagnosis.

Role of the Primary Care pediatrician

The Primary Care pediatrician, as a reference figure in child health for most families, will receive a large part of the consultations for prolonged fever, so it is important to have an adequate initial assessment.

A detailed history and physical examination (with temperature determination in the office) will be the initial step in this evaluation.

In clinically stable cases, close follow-up for reassessment of the patient and the recommendation to carry out a calendar of fever and associated symptoms/signs will allow additional information to be obtained on the evolution of the clinical picture. The knowledge of the family, acquired over the years, can also make it possible to recommend or discourage this home observation.

This approach should allow the distinction of the fever pattern presented by the patient. In the event of considering FUO, the primary care pediatrician can guide the suspected diagnosis and, if considered appropriate, continue the study by requesting first-level complementary tests. The difficulty at this stage is to early differentiate the benign causes of FUO from those that may pose a vital risk.

Referral to hospital care will be indicated in the event of clinical worsening, persistence of fever without diagnosis after first-level tests (with the need to expand the study with tests not usually available from Primary Care), or abnormalities in the tests performed that require an inpatient observation and/or expedite the diagnostic process.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

Bibliography

The asterisks show the interest of the article in the opinion of the authors.

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This article addresses when to consider, in patients with prolonged fever, the less common infectious, autoimmune, or malignant causes and their diagnostic-therapeutic approach.

 

Clinical case

 

A 6-year-old girl, previously healthy, is assessed by her pediatrician because of fever lasting 12 days (maximum 38.5ºC), associated with general malaise during temperature rise and fatigue. They have attended for evaluation by the pediatrician on 2 occasions. Given the absence of abnormalities in the physical examination, the general condition preserved in fever-free intervals and laboratory tests including a normal complete blood count and general biochemistry, carried out on the fourth day of fever, he had decided to carry out clinical follow-up, asking the parents to keep a fever diary.

Since the last visit, the mother reports increased loss of appetite that has caused her weight loss and abdominal discomfort, without vomiting or diarrhea. The presence of fever, predominantly in the evening, with 2-3 daily peaks and with adequate response to antipyretics, is confirmed with the diary. She has not presented rashes since the onset of the fever.

The family is inquired on the history of fever again. The patient has no pathological history of interest or drug allergies. The growth curve is reviewed, showing a good weight-height development. She has received all the vaccinations included in the schedule. She has a healthy older brother and they do not report relevant diseases in the family. They live in an urban environment with a dog and have not traveled in the last year.

On physical examination, she was febrile (38.2ºC), well hydrated, with normal color, and with good skin perfusion. She presented a 3 mm papular lesion on the right forearm with no signs of superinfection, without skin rash. Lymphadenopathy was not palpable. Cardiorespiratory auscultation showed no abnormalities, no murmurs were heard. The abdomen was soft with slight pain on palpation in both hypochondria, with a slight palpable hepatosplenomegaly, both organs palpated about 2 cm below the costal margin.

Given the persistence of the fever, confirmed at the visit and through the diary, and the appearance of gastrointestinal symptoms with hepatosplenomegaly on examination, it was decided to refer the patient to the Emergency Department for additional tests and admission to allow close and careful observation as well as to complete the study.

On arrival at the ER, she was already afebrile, with an unchanged physical examination. She is contemplated as fever of unknown origin, and the following complementary tests are requested:

Blood analysis with complete blood count and biochemistry: Hb: 12.5 g/dl; 10,500/mm3 leukocytes (neutrophils 6,800/mm3, lymphocytes 2,500/mm3); CRP: 7.5 mg/dl, ESR: 52 mm/h; renal and hepatic function show no alterations.

Unaltered urine analysis.

Blood culture: pending results.

Stool culture (given the presence of gastrointestinal symptoms): pending results.

Serological study: Epstein-Barr virus, cytomegalovirus, HIV, adenovirus: results pending.

Chest X-ray: shows no abnormalities.

An abdominal ultrasound was also requested, in which no signs of appendicitis or free fluid were observed, mild hepatosplenomegaly was confirmed with multiple small hypoechoic lesions in the liver and spleen, and mesenteric lymphadenopathies.

 

 

 

Hemoglobinopatías: talasemia y drepanocitosis

C. Jiménez Cobo, E. Sebastián Pérez, J. Sevilla Navarro
Temas de FC


C. Jiménez Cobo, E. Sebastián Pérez, J. Sevilla Navarro

Unidad de Hemato-Oncología Pediátrica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Las hemoglobinopatías constituyen un grupo de enfermedades hereditarias autosómicas recesivas ocasionadas por alteraciones en la cadena de globina. Se dividen en dos grandes grupos: alteraciones cuantitativas o síndromes talasémicos, caracterizados por la disminución de síntesis de globina, y alteraciones cualitativas o hemoglobinopatías estructurales (Hb S, Hb C y Hb E), en las que se produce un cambio de aminoácido en la estructura de la globina. Dentro de este último grupo destaca, por su elevada frecuencia, la drepanocitosis o enfermedad de células falciformes. La presentación clínica es muy variada dependiendo del mecanismo fisiopatológico de la enfermedad, siendo la anemia hemolítica crónica la manifestación más característica. El diagnóstico se establecerá por medio de técnicas de electroforesis o mediante el estudio de alteraciones moleculares. Aunque la transfusión tiene un papel central en el tratamiento de los casos más graves, no está exenta de complicaciones. En la actualidad, el trasplante de médula ósea es la única terapia potencialmente curativa. En los últimos años, el conocimiento de los mecanismos fisiopatológicos ha permitido la aparición de nuevas alternativas terapéuticas como la terapia génica. La posibilidad de un diagnóstico precoz facilita un control estrecho de los pacientes desde el inicio y la intervención precoz ante la aparición de complicaciones.

 

Abstract

Hemoglobinopathies are a group of autosomal recessive disorders involving the globin chains. They can be divided into two main groups: quantitative disorders or thalassemic syndromes, which result in defective synthesis of the alpha or beta globin chain, and qualitative Hb variants or structural hemoglobinopathies (Hb S, Hb C, and Hb E), in which there is an amino acid change in the globin structure. Within this last group, sickle cell disease stands out due to its high frequency. There is a wide range of clinical sings depending on the pathophysiological mechanism of the disease, being chronic hemolytic anemia the most relevant. To establish a correct diagnosis, electrophoresis techniques or molecular studies may be necessary. Although blood transfusions play a central role in the treatment of the most severe cases, they are not exempt from complications. Currently, bone marrow transplantation is the only potentially curative therapy. In the last few years, understanding of the pathophysiological mechanisms has allowed the discovery of new therapeutic alternatives such as gene therapy. Early diagnosis contributes to adequate patient follow-up and early intervention in case of complications.

 

Palabras clave: Hemoglobinopatías; Anemia de células falciformes; Talasemia.

Key words: Hemoglobinopathies; Sickle cell anemia; Thalassemia.

 

Pediatr Integral 2021; XXV (5): 241.e1 – 241.e13

 


Hemoglobinopatías: talasemia y drepanocitosis

Introducción

Las hemoglobinopatías constituyen un grupo de enfermedades hereditarias autosómicas recesivas ocasionadas por alteraciones cuantitativas o cualitativas de la cadena de globina(1).

La hemoglobina es una hemoproteína tetramérica transportadora de oxígeno, que consta de cuatro subunidades o cadenas de globina iguales dos a dos (Fig. 1).

Figura 1. A. Representación de los genes que codifican las cadenas de globina. Tomada de: González García H. Anemias hemolíticas en la infancia. Pediatr Integral. 2012; XVI(5): 378-86. B. Evolución de la expresión de las distintas cadenas de hemoglobina normales a lo largo de la vida prenatal y postnatal. Tomada de: González Fernández FA, Ropero Gradilla P. Síndromes talasémicos. En: Oncología y Hematología Pediátricas, 3ª ed.

Cada cadena posee un grupo hemo con un átomo de hierro central en forma ferrosa, a través del cual cada subunidad es capaz de fijar una molécula de oxígeno. Existen seis tipos de cadenas de globina humana: alfa (α), beta (β), gamma (γ), delta (δ), épsilon (ε) y zeta (ζ). Las cadenas α y ζ están formadas por 141 aminoácidos y se denominan cadenas tipo α. Las cadenas β, γ, δ y ε son ligeramente más largas, están constituidas por 146 aminoácidos y se denominan tipo β o no α. De las combinaciones dos a dos de las diferentes cadenas de globina tipo α y tipo β se van a formar las diferentes hemoglobinas, en los períodos embrionario, fetal, neonatal y adulto. En el cromosoma 16, se encuentran los genes que codifican las cadenas α (α1 y α2) y las cadenas ζ. Las cadenas δ y β y sus variantes embrionarias ε y γ, se codifican en el cromosoma 11. Dichos genes se irán expresando durante el desarrollo, produciendo los diferentes tetrámeros de hemoglobina(2). Durante el primer mes de gestación, se formarán las hemoglobinas embrionarias (ζ2ε2, α2ε2 y ζ2γ2), las cuáles se irán sustituyendo a lo largo del embarazo por la hemoglobina fetal HbF (α2γ2), siendo esta la predominante desde las 8 semanas de vida embrionaria hasta el segundo mes de vida postnatal. El cambio de expresión de γ-globina a β-globina comienza durante el embarazo y se completa entre los seis meses y el año de vida; por lo que los neonatos con β talasemia no presentarán clínica al nacimiento, estableciéndose el diagnóstico a partir de los 6 meses. En el hematíe adulto, el 97% de la hemoglobina adulta será HbA (α2β2), siendo una pequeña proporción HbA2 (α2 δ2) (2%) y HbF (1%)(1,2).

Las hemoglobinopatías pueden clasificarse en dos grandes grupos: alteraciones cuantitativas o síndromes talasémicos, caracterizados por la disminución de síntesis de globina, y las alteraciones cualitativas o hemoglobinopatías estructurales, en las que se producen cadenas de globina anormales (hemoglobinas anómalas), por sustitución de uno o más aminoácidos. Dentro de este grupo destaca, por su elevada frecuencia, la drepanocitosis o enfermedad de células falciformes(3).

Las hemoglobinopatías son trastornos hereditarios frecuentes. Cerca del 7% de la población mundial es portadora de una hemoglobinopatía, estimándose entre 300.000 y 500.000 nacimientos al año de recién nacidos con un trastorno hereditario de la hemoglobina, siendo los más frecuentes la talasemia y la anemia de células falciformes. Estas alteraciones presentan mayor prevalencia en regiones tropicales y subtropicales como Oriente próximo y el área mediterránea, zonas que han sido o son áreas endémicas de paludismo, lo cual puede estar asociado a la probabilidad de producir cierta protección frente a dicha enfermedad. Por otro lado, no sólo la distribución de la malaria determina la prevalencia de las hemoglobinopatías en un área geográfica, existen además otros factores como la etnia, la consanguinidad y aislamiento geográfico. En la actualidad, se ha visto una generalización mundial de las hemoglobinopatías, debido al aumento de los movimientos migratorios(1), convirtiéndose en un problema de salud global emergente con un número cada vez mayor de casos en regiones originariamente no endémicas.

Talasemias(3,4)

Las talasemias (ver algoritmo al final del artículo) son un grupo heterogéneo de anemias hereditarias, ocasionadas por la disminución de la síntesis de una o varias cadenas de globina, debido a mutaciones en los genes que codifican dichas cadenas. Hablamos, por tanto, de una alteración cuantitativa(3).

Se han descrito una gran variedad de fenotipos que reciben su nombre en función de la cadena afecta, destacando por su frecuencia la α y β talasemia. Según el grado de síntesis de dichas cadenas podremos hablar α0 y β0 cuando no hay síntesis de la cadena afecta y de α+ y β+ cuando existe, pero en menor cantidad(4).

Fisiopatología(2,3,5)

La repercusión fisiopatológica vendrá determinada principalmente por la gravedad de la anemia y el grado de desequilibrio entre las cadenas de α y β-globina (Fig. 2).

Figura 2. Fisiopatología de la talasemia. Adaptado de: Taher AT, et al. Lancet 2018. MO: médula ósea.

La cadena producida en cantidad normal, al no poder unirse con la cadena deficitaria formará tetrámeros de cadenas libres que precipitarán en el interior celular. La interacción de estos con la membrana producirá su desestructuración, ocasionando una muerte celular precoz en la médula ósea (eritropoyesis ineficaz, dato característico de la talasemia) o en sangre periférica, ya que favorece el aclaramiento del eritrocito maduro en el sistema mononuclear fagocítico (hemólisis periférica). En el caso de la β-talasemia, las cadenas &alpha; en exceso son muy inestables, por lo que precipitarán en los precursores eritroides de la médula ósea, condicionando un importante componente de eritropoyesis ineficaz. En cambio, en la α-talasemia, las cadenas β libres formarán tetrámeros más estables que precipitarán más tardíamente en el hematíe maduro, predominando el componente de hemólisis en sangre periférica.

Al disminuir la síntesis de las cadenas de globina, se produce una hemoglobinación defectuosa, lo que condiciona la existencia de microcitosis (disminución del volumen corpuscular medio, VCM) e hipocromía (disminución de la concentración de hemoglobina corpuscular media, CHCM).

Todo ello llevará a una anemia hemolítica crónica que estimulará el aumento de progenitores eritroides en médula ósea, provocando alteraciones esqueléticas y osteoporosis. Por otro lado, la expansión de la función medular a otros tejidos (hemopoyesis extramedular) será responsable de la hepatoesplenomegalia y formación de masas paravertebrales de eritropoyesis. Además, la anemia, la hipoxia y la expansión medular llevan a una disminución de la hepcidina, que ocasiona una sobrecarga férrica por aumento de la absorción intestinal de hierro, que se verá agravada por la necesidad de terapia transfusional en estos pacientes.

Clínica(3,4,6,7)

α-talasemia

Dado que las cadenas alfa son necesarias para la eritropoyesis fetal y la producción de HbF, las alfa talasemias pueden ser sintomáticas intraútero. La presencia de cuatro genes α, dos de cada progenitor, condicionan las combinaciones genotípicas que se correlacionan con fenotipos clínicos específicos, dependiendo de la capacidad de síntesis de cadenas(1) (Tabla I).

La alteración en un solo gen α (α+ talasemia heterocigótica) se expresará en forma de talasemia silente, sin repercusión clínica, con valores de hemoglobina corpuscular media (HCM) y volumen corpuscular medio (VCM) dentro del límite bajo de la normalidad. La importancia de su diagnóstico radica en el consejo genético.

La pérdida de dos genes α cada uno en un alelo (α+ talasemia homocigótica) o en el mismo (α0 talasemia heterocigótica) dará lugar al rasgo talasémico, con niveles de hemoglobina en el límite inferior de la normalidad o anemia microcítica e hipocrómica leve.

La pérdida de tres genes α corresponderá a la Hemoglobina H (HbH) o talasemia intermedia. El exceso de cadenas β de globina precipita y forma una hemoglobina anormal característica, la Hb H, un tetrámero de β globina (β4). Se caracteriza por anemia hemolítica crónica, con gran variabilidad clínica y genética, pudiendo presentar desde una anemia leve a moderada, a precisar de transfusiones esporádicas en situaciones de estrés agudo o con caída en la concentración de hemoglobina (crisis hemolíticas por infecciones, embarazo o cirugía). En las formas graves, la clínica es superponible a la de la talasemia mayor (TM).

Por último, la pérdida de los cuatro genes α implicará la formación de Hb Bart o hydrops fetalis. Esta última constituye la forma más severa de α-talasemia, el cuadro clínico será similar a la hidropesía fetal, ocasionando en la mayoría de casos muertes intraútero (23-28 semanas) o poco después del nacimiento.

β-talasemia

Desde un punto de vista genético, en las β-talasemias se recibirá un gen β de cada progenitor, que se expresarán fenotípicamente en diferentes cuadros clínicos (Tabla I). La talasemia mayor es la forma más severa de presentación. Se caracteriza por anemia grave transfusión-dependiente. Los primeros síntomas serán secundarios a la hemólisis crónica, presentando: retraso en el crecimiento, palidez cutánea, ictericia y colelitiasis. Debido a la proliferación de progenitores eritroides, en médula ósea irán apareciendo alteraciones esqueléticas, sobre todo, en los casos más avanzados que no han recibido tratamiento, como osteopenia y osteoporosis, y deformidades óseas. Los puntos de hematopoyesis extramedular serán principalmente el bazo (esplenomegalia) y el hígado (hepatomegalia), pero se pueden activar en otros tejidos, generando masas paravertebrales de eritropoyesis. En aquellos pacientes en los que se inicia un programa de transfusión periódica precoz, el riesgo de complicaciones vendrá determinado por la sobrecarga de hierro postransfusional, pudiendo generar un daño orgánico a nivel cardiaco, hepático y endocrinológico.

Diagnóstico(5,8-11)

El diagnóstico de sospecha de la talasemia se basará en la clínica, la exploración física, los datos hematimétricos y la morfología del frotis de sangre periférica. Es importante realizar una anamnesis completa.

La microcitosis y la hipocromía constituyen un marcador diagnóstico de la enfermedad y se correlacionan con el grado de disminución de síntesis de la cadena afecta. La anemia microcítica es la alteración hematológica más común, por lo que ante la presencia de ésta en un hemograma, se deberá realizar un diagnóstico diferencial amplio que incluya: la anemia ferropénica, la anemia de trastornos crónicos y la anemia sideroblástica (Tabla II).

Puede resultar de utilidad la aplicación de índices o fórmulas para diferenciar entre talasemias y anemia ferropénica, como el índice de Mentzer (VCM/recuento de hematíes), en el que valores de menos de 13 apoyarán el diagnóstico de talasemia.

La presunción o alta probabilidad diagnóstica de talasemia la obtendremos mediante la electroforesis de hemoglobinas o cromatografía en el caso de la β-talasemia. Así, en la β-talasemia, el déficit de síntesis de cadena se verá reflejado por una disminución de HbA con elevación de niveles de HbA2 y/o HbF. Aunque, en los casos donde la mutación determina una disminución muy leve de la síntesis de cadena β, puede ser normal. De forma similar, en otras situaciones como la asociación de delta talasemias o variantes de la cadena delta o ferropenia severa entre otras, la HbA2 puede no estar aumentada. Por tanto, una HbA2 normal no excluye el diagnóstico de β talasemia(3). En estos supuestos, habrá que recurrir a otras técnicas moleculares para su identificación. En la α-talasemia, el resultado obtenido mediante electroforesis será normal, ya que el déficit de cadena se verá reflejado en una disminución proporcional de síntesis, tanto de HbA como de HbA2 y HbF. Por tanto, habrá que recurrir a estudios moleculares para su diagnóstico. Los pacientes con HbH sí se diagnostican en la electroforesis, ya que este tipo de Hb se demuestra en ella(9).

La confirmación diagnóstica la obtendremos mediante la identificación de la alteración genética a nivel molecular. Estas alteraciones pueden ser mutaciones puntuales (inserciones o sustituciones), que son las predominantes en las β talasemias; o mutaciones extensas (duplicaciones, deleciones y reagrupamientos), responsables de la mayoría de las β talasemias; (siendo la deleción de uno o varios genes β las más frecuentes). El estudio molecular no solo nos confirmará la presencia de una forma severa (talasemia mayor o talasemia intermedia), sino que nos va a permitir detectar a los pacientes en fase presintomática, planificar el manejo de las futuras complicaciones y realizar un consejo genético adecuado. De esta forma, se han desarrollado programas de cribado neonatal y diagnóstico prenatal en las primeras semanas de la gestación. Las técnicas más comunes para obtener material fetal son la biopsia de vellosidad corial y la amniocentesis(3).

Tratamiento(5,12-15)

El tratamiento de las formas sintomáticas incluye la corrección de la anemia, así como el de las diferentes complicaciones.

Las formas asintomáticas no necesitarán ningún tipo de tratamiento. Se ha recomendado un suplemento diario con 1 mg de ácido fólico en talasemia no dependiente de transfusión, aunque el aporte diario de la dieta suele ser suficiente como prevención de la anemia megaloblástica(3).

La transfusión tiene un papel central en el tratamiento de la talasemia. Sin un soporte transfusional continuo, muchos pacientes con talasemia mayor morirían por causa de la anemia.

El soporte transfusional mejora el desarrollo y crecimiento de los pacientes e inhibe la absorción intestinal de hierro. Además, la transfusión revierte las complicaciones derivadas de la hematopoyesis ineficaz (osteopenia, deformidades esqueléticas o focos de hematopoyesis extramedular) y de la hemolisis crónica (esplenomegalia, hipercoagulabilidad, hipertensión pulmonar e insuficiencia cardiaca), controlando así los mecanismos fisiopatológicos responsables del desarrollo y complicaciones(5).

Se recomienda un programa de transfusión regular que permita alcanzar concentraciones de hemoglobina, objetivo entre 9-10,5 g/dl con un intervalo de 2-4 semanas entre transfusiones. El nivel de hemoglobina no debe ser el único indicador para iniciar terapia transfusional (salvo Hb<5 g/dl), hay que basarse en los hallazgos clínicos y analíticos. Una anemia con una Hb <7 g/dl durante más de dos semanas, con exclusión de otras causas de anemia añadidas, se considera criterio para iniciar un programa transfusional. Mientras que en pacientes con Hb >7 g/dl, se deben considerar la presencia de síntomas y signos de anemia severa (retraso en el crecimiento, deformidad ósea, esplenomegalia, pseudotumores, etc.)(3,5).

Sin embargo, la terapia transfusional asocia muchas de las complicaciones que sufren estos pacientes, como son, entre otras, el riesgo de aloinmunización y la sobrecarga férrica, la cual se ve favorecida por el aumento de la absorción intestinal de hierro. El hierro sérico no unido a transferrina se deposita en los órganos, produciendo lesiones por hemosiderosis a nivel endocrinológico, cardiaco y hepático, siendo la miocardiopatía la principal causa de muerte. La monitorización del exceso de hierro se realizará mediante los niveles de ferritina, la valoración de la concentración hepática de hierro (CHH) y la determinación del tiempo de relajación transversal T2 cardiaco en milisegundos (ms) (relacionado con la fracción de eyección) (Tabla III).

Estos umbrales, además de determinar el grado de sobrecarga férrica de un paciente (leve, moderado y grave), van a evaluar la respuesta al tratamiento quelante, permitiendo adaptar la dosis.

La ferritina es el método de valoración más utilizado, sin embargo sus niveles pueden fluctuar en respuesta a factores, como la infección o la inflamación, por lo que también se emplea el índice de saturación de transferrina. La resonancia magnética se ha establecido como gold estándar para la medición de CHH y el T2* cardiaco.

Las pautas de quelación se deben iniciar cuando la ferritina es > 1.000 μg/L o la CHH superior a 3,2 mg/g. El objetivo es mantener una CHH < 7 mg/g y una ferritina <1.500 μg/L. Actualmente, disponemos de tres quelantes de hierro para el tratamiento de la sobrecarga de hierro: deferoxamina (DFO), deferiprona (DFP) y deferasirox (DFX)(12) (Tabla IV). En los pacientes con grado de sobrecarga de hierro grave, se puede realizar una quelación intensiva basada en la combinación de estos fármacos.

Aunque la esplenectomía se ha aplicado como alternativa o complemento de la terapia transfusional, este procedimiento ha quedado relegado en la actualidad, ya que conlleva un aumento del riesgo de sepsis grave e infecciones por gérmenes encapsulados, y conduce a un estado de hipercoagulabilidad y, por tanto, a mayor riesgo de fenómenos tromboembólicos. Las recomendaciones actuales para la esplenectomía están restringidas a pacientes con(5):

• Incapacidad para recibir transfusión y terapia de quelación de hierro.

• Requerimientos de sangre de >225-250 ml/kg/año en ausencia de otros motivos como aloinmunización.

• Esplenomegalia clínicamente sintomática o hiperesplenismo.

Debido al riesgo de infección, se debe vacunar a los pacientes esplenectomizados, frente a bacterias encapsuladas (neumococo, meningococo y Haemophilus), al menos, dos semanas antes de la intervención. La esplenectomía se deber retrasar, si es posible, hasta los 5 años o más y, si se realiza antes, se recomienda profilaxis con penicilina V oral diaria (125 mg en <2 años y 250 mg en >2 años dos veces al día). En pacientes mayores de 5 años, se mantendrá, al menos, hasta dos años después de la cirugía.

El trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos es el único tratamiento curativo de la enfermedad(5). La fuente de progenitores hematopoyéticos de elección es la médula ósea de hermano HLA-idéntico. El resultado dependerá de la situación clínica previa del paciente. En pacientes con mayor número de transfusiones, aumenta el riesgo de aloinmunización, así como la probabilidad de rechazo y recurrencia de la enfermedad.

En los últimos años, gracias al conocimiento de los mecanismos fisiopatológicos de la talasemia han ido surgiendo nuevas líneas de tratamiento(13-15) centradas en mejorar:

• El desequilibrio de alfa/beta globina (inducción farmacológica de la Hb fetal, terapia génica y edición genómica).

• La eritropoyesis ineficaz (ruxolitinib, sotatercept y luspatercept).

• La disrregulación del hierro (análogos de la hepcidina, inhibidores de Tmprss6 e inhibidores de la ferroportina).

La terapia génica se basa en la corrección del defecto específico del gen de la talasemia añadiendo, mediante un vector, el gen corrector a la célula madre hematopoyética. De esa forma, se produce la sustitución de un gen enfermo por uno sano.

El aumento de la expresión de HbF en la β -talasemia reduce el desequilibrio α/β, disminuyendo la eritropoyesis ineficaz y la hemólisis, y aumentando la concentración total de hemoglobina. En las tres últimas décadas, se ha investigado el uso de fármacos, como inductores de HbF, sin embargo, estos estudios son limitados. Ente los fármacos más ampliamente estudiados, encontramos los agentes citotóxicos, como la hidroxiurea.

Complicaciones(3,5)

La mayoría de las complicaciones de los pacientes con talasemias serán consecuencia del alto grado de sobrecarga férrica.

Los pacientes con talasemia presentan mayor riesgo tromboembólico, sobre todo, en talasemia intermedia y pacientes esplenectomizados. Ante situaciones de riesgo de trombosis, hay que realizar una evaluación adecuada y valorar el inicio de anticoagulación.

Las complicaciones endocrinas son muy frecuentes en las talasemias y, entre sus causas principales, se encuentra la sobrecarga de hierro, por lo que es de relevancia asegurar un tratamiento quelante adecuado. Las principales endocrinopatías por orden de frecuencia son: hipogonadismo, talla baja, hipoparatiroidismo, hipotiroidismo, intolerancia a la glucosa/diabetes mellitus y la insuficiencia adrenal. El manejo de estas patologías se basa en intensificar la quelación, así como valorar el tratamiento hormonal sustitutivo en los casos necesarios.

La osteopenia es una de las complicaciones más frecuentes y de mayor morbimortalidad en el paciente adulto con talasemia. El diagnóstico debe basarse en la historia clínica, controles analíticos y la densitometría. Las pautas de prevención son las medidas terapéuticas más importantes. El tratamiento médico se basa en suplementos de calcio y vitamina D. En los casos de alto riesgo de fractura, se pueden emplear bifosfonatos.

La mayor causa de mortalidad en estos pacientes es la miocardiopatía ocasionada principalmente por el depósito férrico. La RMN es la prueba de elección diagnóstica. El tratamiento se basará en intensificar la terapia quelante para extraer el exceso de hierro depositado. A nivel hepático, esta sobrecarga conduce a fibrosis y cirrosis hepática, siendo la elastografía la técnica diagnóstica de elección, al ser un método indirecto. La quelación crónica revierte o estabiliza la fibrosis hepática.

Tras el fallo cardiaco, las infecciones son la segunda causa de mortalidad en pacientes con talasemia. La infección por parvovirus en estos pacientes puede ocasionar una “crisis aplásica transitoria” que precisará de una intensificación del soporte transfusional, al presentar una anemización variable y ausencia de progenitores en médula ósea. En el caso de pacientes esplenectomizados, hay que tener en cuenta el riesgo de infección por microorganismos encapsulados (S. pneumoniae, H. influenzae y N. meningitidis).

Finalmente, señalar la importancia del consejo genético (también en los portadores), así como del apoyo psicosocial de estos pacientes y sus familiares, ayudando a entender la enfermedad y aceptar las posibles complicaciones y dificultades asociadas.

Drepanocitosis

La drepanocitosis o enfermedad de células falciformes (ECF) es la hemoglobinopatía estructural más frecuente.

Las hemoglobinopatías estructurales son un gran grupo de enfermedades ocasionadas por mutaciones puntuales que conducen a la síntesis de cadenas de globina anómalas, dando lugar a variaciones de la hemoglobina (Hb S, Hb C, Hb E, Hb D). Entre ellas destaca por su frecuencia, la enfermedad de células falciformes.

La ECF constituye un trastorno hereditario de carácter autosómico recesivo, caracterizado por la presencia de hemoglobina falciforme (HbS) en los eritrocitos. Dicha hemoglobina surge por la sustitución del ácido glutámico en la posición 6 del gen β-globina por una molécula de valina(1). Este cambio permite a la HbS, polimerizarse en condiciones de baja oxigenación, generando hematíes en forma de hoz.

Distinguimos dos grandes grupos en función del número de alelos afectos. Los individuos heterocigóticos serán portadores asintomáticos con rasgo falciforme (HbAS). Por otro lado, los enfermos sintomáticos serán individuos homocigotos o doble heterocigotos, que presentan en un alelo el gen anormal de la Hb S y en el otro alelo, otro gen β– anormal por alteración estructural o talasémica (Hb SS, Hb SC, Hb S/β0 talasemia, Hb S/β+ talasemia) (Tabla V). Generalmente, los enfermos con HbSS y HbSβ0-talasemia presentan las formas más graves. La enfermedad falciforme HbSC puede tener las mismas complicaciones, pero generalmente más leves y tardías(16,17).

Fisiopatología

La hemoglobina S se caracteriza por polimerizarse en situaciones de baja oxigenación, alterando su solubilidad y, por tanto, distorsionando el glóbulo rojo, el cual adopta forma de hoz (falciformación). Esta deformidad ocasiona las denominadas crisis vasooclusivas, al impedir el paso de los hematíes por la microcirculación, ocasionando episodios intermitentes de oclusión vascular que causan isquemia tisular y disfunción orgánica aguda o crónica(16). La reoxigenación de los eritrocitos rompe el polímero de HbS, restaurando su forma habitual. Este proceso de falciformación y reoxigenación continúa hasta que la membrana del eritrocito se hace rígida generando células falciformes irreversibles, lo que favorece su destrucción generando una anemia hemolítica intravascular o eliminación extravascular por el sistema reticuloendotelial(18). Por otro lado, la saturación de la capacidad de filtro esplénico por el exceso de hematíes falciformes y los infartos esplénicos, acaban generando asplenia funcional, lo que incrementa el riesgo a infecciones por microorganismos encapsulados(1).

La polimerización de HbS, la vasooclusión y la anemia hemolítica generan una cascada de eventos patológicos que conducen a una amplia gama de complicaciones(17).

Diagnóstico

El momento diagnóstico de la enfermedad puede variar(19):

• En el caso de la existencia de antecedentes familiares, se han desarrollado programas de diagnóstico prenatal, en los que se puede llegar al diagnóstico de la enfermedad por medio de técnicas, como la biopsia de vellosidad corial y la amniocentesis(16).

• En el momento del nacimiento, el pilar diagnóstico radicará en el cribado neonatal de hemoglobinopatías, siendo la ECF la alteración más prevalente identificada(16).

• La sintomatología suele aparecer a partir de los 4-6 meses de vida, cuando disminuyen los niveles de HbF; de ahí, la importancia del cribado neonatal, ya que permite el diagnóstico precoz de la enfermedad y el inicio del tratamiento en fase presintomática, disminuyendo la morbimortalidad. Además, posibilita la educación sanitaria para detección de situaciones de alarma y complicaciones graves, ofrece consejo genético y detecta a portadores sanos, así como otras hemoglobinopatías(17). En general, las muestras para el cribado neonatal son muestras capilares de sangre seca del talón en papel de filtro. Hay que señalar que las pruebas de cribado no son pruebas diagnósticas. Será necesario realizar una prueba de confirmación mediante cromatografía o electroforesis de hemoglobina al año de vida aproximadamente, ya que en los primeros meses de vida del recién nacido, el resultado puede estar artefactado por la presencia elevada de HbF.

• Los casos de diagnóstico más tardío tienen lugar en aquellos individuos en los que no se ha realizado un cribado neonatal y que presentan un cuadro clínico sugestivo (eventos vasooclusivos, anemia hemolítica…), un hallazgo analítico casual o antecedentes familiares. El diagnóstico de sospecha vendrá dado por la presencia en el hemograma de una anemia hemolítica crónica normocítica y normocrómica(19), con valores de hemoglobina entre 6 y 9 g/dl que, aunque no es dependiente de transfusiones, puede precisarlas con una frecuencia variable en diversos tipos de crisis o complicaciones. Un VCM y HCM bajos nos pueden orientar al diagnóstico de genotipos de S/β-talasemia.

• En la bioquímica obtendremos datos que apoyen el diagnóstico de anemia hemolítica, como elevación de la bilirrubina, LDH y disminución de la haptoglobina. En el frotis de sangre periférica se evidenciará la morfología falciforme característica. El diagnóstico de confirmación se obtendrá mediante la cuantificación posterior del pico de HbS, mediante cromatografía líquida de alta resolución o electroforesis de hemoglobinas. La hemoglobina fetal en estos pacientes tiende a estar algo elevada como efecto protector frente a la hemoglobina S y tiene significado pronóstico.

• Los estudios moleculares se reservarán para aquellos casos dudosos en los que no se llegue a un diagnóstico, siendo raramente empleados como pruebas de primer escalón(16).

Tratamiento

La posibilidad de realizar un diagnóstico precoz permite la intervención prematura mediante la instauración del tratamiento basal consistente en(16):

Penicilina V

La profilaxis infecciosa se realiza mediante la administración de penicilina V. Se debe de iniciar a partir de los 2 meses de vida y mantenerse, al menos, hasta los 5 años. En el caso de esplenectomía, TPH (trasplante de progenitores hematopoyéticos) o enfermedad neumocócica no se debe suspender.

Vitamina D y ácido fólico

Se aconseja la administración de vitamina D (800 UI/día), realizando controles de 25-hidroxivitamina D cada 6-12 meses, ajustando tratamiento según niveles. La administración sistemática de ácido fólico no es necesaria si se consiguen los aportes suficientes mediante una dieta rica y variada.

Hidroxiurea

La hidroxiurea (HU), aunque su mecanismo de acción no se conoce totalmente, es un citostático inhibidor de la ribonucleótido reductasa, que actúa como agente estimulador de la producción de HbF, debido a que promueve una eritropoyesis más inmadura y disminuye la polimerización de la HbS. Esto se refleja en el hemograma con un aumento de la hemoglobina y el VCM, junto con una disminución de los reticulocitos(20). Además, disminuye los neutrófilos y las plaquetas, disminuyendo su interacción al endotelio y la adhesión de los hematíes al mismo y aumenta el óxido nítrico que es un potente vasodilatador. Su uso está recomendado en cualquier paciente con ECF SS o Sβ0-talasemia desde los 9 meses de edad, ya que se ha visto un aumento de los efectos clínicos beneficiosos durante el tratamiento, como son la reducción de las crisis vasooclusivas, el síndrome torácico agudo y las transfusiones. Asimismo, podría ser una alternativa a la transfusión crónica en la profilaxis primaria del ACVA en pacientes con eco-doppler transcraneal (EcoDTC) patológica, si esta se ha normalizado, y manteniendo controles trimestrales(19). Con respecto a los efectos secundarios, la trombocitopenia y leucopenia reversibles suelen ser los más frecuentes, por lo que es necesario un control clínico analítico estrecho durante el tratamiento. Se debe de informar sobre la posibilidad de esterilidad secundaria a la administración prolongada de HU en varones(16), así como ofrecer la posibilidad de criopreservación de semen en los pacientes con edad adecuada. Debido al riesgo de teratogenicidad, es necesario el empleo de métodos anticonceptivos durante el tratamiento y se debe interrumpir, al menos, 3 meses antes de la concepción. La dosis inicial recomendada es de 20 mg/kg/día vía oral, incrementando 5 mg/kg/d cada 8 semanas en >3-5 años, hasta dosis máxima (30-35 mg/kg/día) o toxicidad(16). La respuesta clínica puede aparecer a los 3-6 meses y se debe mantener el tratamiento de forma indefinida.

Terapia transfusional

Las indicaciones de transfusiones están asociadas a corregir el grado de anemia, así como a tratar o prevenir las complicaciones agudas o crónicas de la enfermedad, disminuyendo el porcentaje de HbS(16). Antes de la primera transfusión, se debe realizar fenotipo eritrocitario ampliado, junto con determinación del grupo sanguíneo. Se seleccionarán unidades que sean, al menos, compatibles para ABO, Rh (D, C, c, e) y Kell, para disminuir riesgo de aloinmunización. Además, se recomienda respectar la compatibilidad para los sistemas Kidd, Duffy y MNS.

Como ya hemos visto con anterioridad, las transfusiones no están exentas de complicaciones. En estos pacientes debemos tener en cuenta el riesgo de(21):

• Hiperviscosidad sanguínea: las transfusiones aumentan de forma exponencial la viscosidad sanguínea, aumentando el riesgo de desencadenar crisis vasooclusivas. No se debe sobrepasar el límite de 10-11 g/dL de Hb (o Htc 30-33%) salvo HbS <50%. Hay que tener en cuenta que la anemia crónica en estos pacientes es muy bien tolerada, por lo que la transfusión en pacientes con anemia asintomática está contraindicada salvo compromiso.

• Aloinmunización: más frecuente debido a la disparidad antigénica racial, algunas de las cuales no son detectadas con estudios serológicos, pudiendo ocasionar reacciones transfusionales hemolíticas tardías. En estos casos, está indicado el estudio del genotipo eritrocitario, para detectarlas y poder administrar sangre adecuada.

• Síndrome hiperhemolítico (hiperhemólisis postransfusional).

• Infecciones: la transmisión de agentes infecciosos ha disminuido en la actualidad, gracias a la selección de donantes y los estudios serológicos.

Sobrecarga férrica.

Se distinguen varios tipos de pautas transfusionales(16,19):

• Transfusión simple: indicada en el tratamiento de anemia sintomática (secuestro esplénico, crisis eritroblastopénicas, cirugías). Los inconvenientes son la hiperviscosidad y la hipervolemia.

• Exanguinotransfusión: consiste en el recambio de los hematíes del paciente por hematíes normales, se puede realizar de forma manual o automatizada. Permite alcanzar la reducción de Hb S de forma más rápida y eficaz, sin aumentar el volumen ni el hematocrito. Indicada en crisis graves, como: accidentes cerebrovasculares, síndrome torácico agudo con mala evolución, crisis de dolor refractarias o priapismo. La exanguinotransfusión manual suele requerir más tiempo y se recambia la sangre total del paciente (hematíes y plasma); la automática es más rápida y suele conseguir menores HbS finales, por lo que se podrán espaciar visitas en los tratamientos crónicos. En la automática, se realiza solo recambio de hematíes (eritrocitaféresis). La indicación entre una u otra dependerá de la disponibilidad de personal y máquina. Hay que tener en cuenta que si la cifra de Hb de partida es menor de 7 g/dl, se debe realizar antes una transfusión simple.

• Régimen hipertransfusional: administrar hematíes de forma crónica, generalmente mensuales, con el objetivo de mantener una HbS baja (≤30%). Indicadas en accidentes cerebrovasculares, úlceras crónica y síndrome torácico agudo de repetición. Si se instaura un régimen hipertransfusional, se requerirá tratamiento quelante del hierro. En un programa de transfusión crónica, la exanguinotransfusión previene la sobrecarga férrica y mejora la calidad de vida por el número de visitas. Los inconvenientes de la exanguinotransfusión en este caso, serían un mayor coste y mayor número de unidades a las que se expone el paciente.

No está indicada la transfusión en determinadas situaciones como son: crisis vasooclusiva no complicada, anemia asintomática y la insuficiencia renal aguda que no se acompaña de fallo multiorgánico(16).

Trasplante de progenitores hematopoyéticos y terapia génica

Al igual que en las talasemias, el trasplante de progenitores hematopoyéticos es el único tratamiento potencialmente curativo. La fuente del donante preferiblemente será un hermano HLA idéntico. El trasplante estará indicado como recomendación general en pacientes menores de 17 años (preferiblemente antes de los 6 años) con ECF (HbSS, Sβ0 talasemia), sintomáticos y que dispongan de hermano HLA idéntico.

Con respecto a la aparición de nuevos tratamientos, la terapia génica sigue siendo la más prometedora. Hay algunos fármacos en estudio con diferentes mecanismos de acción, que se están utilizando en ensayos clínicos.

Complicaciones

La clínica de estos pacientes vendrá derivada de la anemia hemolítica crónica, la isquemia tisular y la susceptibilidad a las infecciones. Según los síntomas predominantes se pueden dividir en dos fenotipos clásicos:

1. Fenotipo hemólisis-disfunción endotelial: presentan niveles más bajos de hemoglobina y las manifestaciones están relacionadas con la vasculopatía (úlceras, priapismo, enfermedad cerebrovascular, hipertensión pulmonar y retinopatía).

2. Fenotipo vasooclusivo: presentan niveles más elevados de hemoglobina y eso produce más falciformación y, por tanto, mayor adhesión de los hematíes, causando daño órgano isquémico progresivo (crisis dolorosas vasooclusivas, síndrome torácico agudo, necrosis avascular, hipoesplenismo).

Todo ello, dará lugar a una serie de complicaciones que, según el momento de aparición, las podemos dividir en agudas o crónicas.

Complicaciones agudas

Crisis dolorosas o vasooclusivas(16,19): es la manifestación clínica más frecuente, producida por la oclusión de la microcirculación vascular en cualquier localización, provocando dolor e inflamación. Las más características son las crisis dolorosas óseas, ocasionadas por isquemia medular ósea. Pueden afectar a cualquier hueso, siendo más frecuentes en los huesos largos; aunque en lactantes, es típica la afectación de las falanges de manos y/o pies (dactilitis del lactante). Cursan con: dolor intenso, tumefacción, impotencia funcional y febrícula, pudiendo llegar a presentar repercusión analítica con leucocitosis y elevación de reactantes de fase aguda, lo cual dificulta el diagnóstico diferencial con la osetomielitis o la artritis séptica. El tratamiento se basa en analgesia, siendo posible el control de las crisis leves/moderadas en domicilio. En aquellos casos en los que se sospeche infección, será necesario iniciar antibioterapia, la radiografía suele ser normal en ambos procesos, y en la RM puede haber algunos signos específicos de osteomielitis, pero la confirmación se realizará con el cultivo. La necrosis avascular de la cabeza femoral o humeral suele aparecer en la segunda década de la vida, y ocurre debido a cambios degenerativos osteoarticulares secundarios a los fenómenos isquémicos a nivel local. El diagnóstico debe ser precoz, por medio de la resonancia magnética, de forma que permita instaurar la descarga del miembro afecto lo antes posible. En el caso de que la obstrucción microvascular se produzca a nivel de los vasos mesentéricos, hígado o bazo, los pacientes presentarán crisis de dolor abdominal que se tratarán con medidas conservadoras. Hay que tener en cuenta el riesgo aumentado en estos pacientes de litiasis biliar y colestasis intrahepática.

Reagudizaciones de la anemia basal o aplasia: en estos pacientes la anemia crónica es bien tolerada, sin embargo, la anemia puede agudizarse con valores de Hb < de 6 g/dl por distintas causas, como son el paludismo (en pacientes con antecedentes de viajes a zonas endémicas) o las crisis aplásicas o eritroblastopénicas por parvovirus B19. La infección por parvovirus B19 favorece la aparición de crisis vasooclusivas, el aumento de la respuesta inflamatoria y la eritroblastopenia. Se presenta de forma gradual, mostrando: fatiga, fiebre, aumento del tamaño del bazo, decaimiento y descenso brusco de la Hb y de reticulocitos, dato este último que nos tiene que hacer sospechar este diagnóstico(16). La cifra de hemoglobina desciende hasta muy por debajo del valor basal habitual, pudiendo persistir la ausencia de producción de eritrocitos de 7-14 días. El secuestro esplénico es una de las posibles etiologías de anemización aguda en estos pacientes. Supone una emergencia clínica y cursa con la aparición repentina de esplenomegalia por el cúmulo de sangre en el bazo. Se asocia a una elevada morbimortalidad, ya que puede generar una anemia grave, incluso shock hipovolémico. En el hemograma veremos un descenso de la hemoglobina y de las plaquetas, y un aumento de reticulocitos. El tratamiento consiste en reposición hidroelectrolítica y transfusión. La esplenectomía estará recomendada en caso de episodios de repetición. Finalmente, señalar la frecuencia de la acentuación de la hemólisis ante cualquier causa, ya sea infecciosa o vaso-oclusiva. En el caso de las crisis hiperhemolíticas postrasfusionales, la clínica se caracteriza por una crisis dolorosa con hemólisis intravascular, pobre respuesta reticulocitaria, caída de la hemoglobina por debajo del nivel pretransfusional y, en ocasiones, con estudio inmunohematológico negativo o que no explica la hemólisis, lo que dificulta el diagnóstico. El síndrome hiperhemolítico constituye una urgencia hematológica, el tratamiento se basará en interrumpir las transfusiones e inicio de corticoterapia y/o administración de inmunoglobulinas intravenosas(16).

Los episodios febriles sin foco pueden ser reflejo de infecciones graves, debido a la asplenia funcional, ya que aumenta el riesgo de infecciones por microorganismos encapsulados (neumococo, Haemophilus influenzae y Salmonella). Se aconseja prevenirlas mediante la administración de vacunas y penicilina oral en los primeros años de vida.

El síndrome torácico agudo (STA)(21) es una complicación grave que va a presentar el 50% de los pacientes, al menos, una vez en la vida, sobre todo, si la enfermedad no está controlada. Cursa con: fiebre, tos, disnea, dolor torácico y aparición de un infiltrado pulmonar nuevo en la radiografía de tórax. Puede coexistir con una infección (Mycoplasma, Chlamydia, S. pneumoniae y parvovirus) y/o embolismo graso, siendo frecuente en este último, el antecedente de episodio de dolor vasooclusivo. La imagen de la radiografía puede no aparecer hasta varios días después, por lo que se debe realizar una monitorización cardiorrespiratoria estrecha en los pacientes con clínica. El tratamiento incluye: antibioterapia empírica al diagnóstico, hidratación, oxigenoterapia, broncodilatadores si precisa, analgesia, transfusiones y, en casos graves, exanguinotransfusión.

La forma de presentación más frecuente del accidente cerebrovascular (ACV) en niños es el infarto cerebral. Es una de las complicaciones más devastadora que puede sufrir un niño con ECF (Tabla VI).

Solo un 8-10% de los casos presentarán síntomas compatibles con déficit neurológico, cefalea, alteración de la conciencia y/o crisis comiciales(22). La causa más frecuente de infarto cerebral es la obstrucción de las arterias carótida interna y de la cerebral media. El tratamiento requiere de la realización de exanguinotransfusión urgente hasta alcanzar niveles de HbS <20%. Estas lesiones pueden detectarse de forma precoz con ecodoppler transcraneal (Eco DTC), ya que la velocidad de la sangre es inversa al diámetro arterial. El riesgo de ACV aumenta en la primera década de vida, por ello se recomienda realizar a partir de los tres años, exploraciones seriadas con ecografía doppler transcraneal, evaluando el riesgo de ictus y realizando si hay alteración, prevención primaria mediante transfusiones que mantengan las tasas de HbS < 30%.

El priapismo es frecuente en niños mayores, a partir de los 12 años, y puede presentarse en forma de episodios prolongados de más de 24 horas de evolución o episodios repetidos de menor duración (2-3 h), generalmente nocturnos. El tratamiento consiste en medidas generales de hidratación y analgesia, siendo necesario, en ocasiones, maniobras de aspiración del cuerpo cavernoso.

Complicaciones crónicas

Cardiovasculares: secundarias a la anemia crónica y al aumento del gasto cardiaco. Es habitual la cardiomegalia, la hipertrofia del ventrículo izquierdo y la hipertensión pulmonar tras síndromes torácicos repetidos.

Respiratorio: se produce un daño pulmonar progresivo, que puede evolucionar a una fibrosis precoz, siendo importante el seguimiento mediante pruebas de función respiratoria.

Vasculopatía cerebral: los pacientes pueden sufrir isquemia cerebral crónica, lo que se puede manifestar como infartos silentes y alteración de la función neurocognitiva. El diagnóstico se establece con la RM cerebral(22).

Riñón: existe un aumento del flujo renal con incremento del filtrado glomerular, lo que puede generar hipostenuria, tubulopatías y aumento del riesgo de infecciones urinarias.

Hígado y bazo: la función de filtración de hematíes alterados del bazo se ve sobrepasada, ocasionando una esplenomegalia compensadora, que evolucionará a una autoesplenia por fibrosis. La asplenia funcional es una causa importante de enfermedad y muerte en niños pequeños, debido al mayor riesgo de infección. También, se pueden ver en estos pacientes hepatomegalia y episodios de litiasis biliar.

Huesos: los cambios esqueléticos se producen por expansión medular y los infartos óseos. Puede haber una afectación del crecimiento y el desarrollo.

Órganos de los sentidos: pueden presentar retinopatía e hipoacusia sensorial.

Piel: aparición de úlceras cutáneas en piernas por vasooclusión.

Seguimiento

El seguimiento de los pacientes con talasemia moderada-grave y ECF (Tabla VI) deberá de hacerse desde un punto de vista multidisciplinar, asegurando un manejo integral.

Antes de iniciar el tratamiento transfusional, se debe de hacer una valoración inicial que incluya(5,16):

• Historia clínica completa y minuciosa, incluyendo el momento del diagnóstico y la clínica acompañante.

• Exploración física completa, in­cluyendo: peso, talla y estadio de Tanner.

• Informar sobre la enfermedad, complicaciones agudas y graves, y realizando educación sanitaria. En el caso de los pacientes con drepanocitosis, se deberá insistir en las medidas higiénico-dietéticas: hidratación abundante, sobre todo, en situaciones de calor, diarrea o vómitos; realizar ejercicio físico evitando sobreesfuerzos en intensidad y/o duración; evitar inmersiones en apnea; la exposición al frío y estancias a grandes alturas o viajes en avioneta no presurizada; evitar prendas excesivamente ajustadas; evitar el consumo de alcohol y tabaco; y realizar control anual de la higiene dental.

• Hemograma, bioquímica completa, pruebas de coagulación, inmunoglobulinas, estudio del metabolismo del hierro y serologías, si han recibido transfusión.

• Fenotipado o genotipado eritrocitario completo.

• Comprobar el calendario vacunal.

• El estudio familiar (tanto de la enfermedad como de HLA) es recomendable.

Descartar causas de acentuación de la anemia: niveles de Glucosa-6-fosfato deshidrogenasa (G-6PDH), ácido fólico y otros déficits nutricionales.

• Realizar consejo genético.

La frecuencia de las visitas dependerá de las necesidades de cada paciente, siendo más frecuentes durante el primer año. En cada visita habrá que preguntar por la aparición de nuevos síntomas y signos, y realizar una exploración física completa. Es fundamental comprobar el correcto cumplimiento del tratamiento, así como la actualización del calendario vacunal. A nivel analítico, se solicitará un hemograma con bioquímica que incluya: perfil hepático, renal, ionograma y ferritina, si transfusiones. Anualmente, habrá que realizar seguimiento a nivel hematológico, cardiológico, endocrinológico, digestivo, oftalmológico y auditivo. En los pacientes con formas HbSS/HbSβ0 de drepanocitosis, se solicitará control con ecografía doppler transcraneal desde los 2 hasta los 16 años. Es muy importante en estos pacientes, un apoyo psicosocial y escolar.

Función del pediatra de Atención Primaria:

• Conocer la enfermedad y aspectos esenciales del seguimiento y síntomas de alarma indicativos de derivación (Temperatura ≥ 38ºC, dolor agudo que no cede con analgesia, tos, dolor torácico y dificultad respiratoria, dolor abdominal o aumento del bazo, síntomas neurológicos, palidez, fatiga, irritabilidad, priapismo de dos o tres horas de persistencia y deshidratación).

• Asegurar el cumplimiento del calendario vacunal de estos pacientes, prestando especial atención a la vacunación frente a microorganismos encapsulados en pacientes con asplenia funcional.

• Garantizar un adecuado cumplimiento terapéutico y seguimiento de la enfermedad mediante revisiones.

• Realizar educación sanitaria y proporcionar al paciente información sobre su enfermedad y las complicaciones derivadas.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.** González García H. Anemias hemolíticas en la infancia. Pediatr Integral. 2012; XVI(5): 378-86.

2.*** Taher AT, Weatherall DJ, Cappellini MD. Thalassaemia. Lancet. 2018; 391: 155-67.

3.** González Fernández FA, Ropero Gradilla P. Síndromes Talasémicos. En: Madero L, Lassaletta A, Sevilla J. Hematología y Oncología Pediátrica. Ergon SA 2015.

4.** Vichinsky E. Non-transfusion-dependent thalassemia and thalassemia intermedia: epidemiology, complications, and management. Curr Med Res Opin. 2016; 32: 191-204.

5.*** Guía de Práctica Clínica de la Talasemia Mayor e Intermedia en Pediatría. Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) 2015.

6.** Taher A, Vichinsky E, Musallam K, Cappellini MD, Viprakasit V. Guidelines for the Management of Non Transfusion Dependent Thalassaemia (NTDT). Nicosia (Cyprus): Thalassaemia International Federation. 2013.

7.** Farmakis D. Angastiniotis, M. Eleftheriou, A. A Short Guide for the Management of Transfusion Dependent Thalassaemia. 2017.

8.** Sebastián E, Sevilla J. Protocolo diagnóstico y tratamiento de la anemia microcítica en el adolescente. Medicine. 2018; 12: 3613-8.

9.** Sevilla Navarro J. Abordaje de la anemia microcítica, nuevas herramientas diagnósticas. En: AEPap ed. Curso de Actualización Pediatría 2010. Madrid: Exlibris Ediciones; 2010. p. 23-9.

10.** Brancaleoni V, Di Pierro E, Motta I, Cappellini MD. Laboratory diagnosis of thalassemia. Int J Lab Hematol. 2016; 38: 32-40.

11.** Viprakasit V, Ekwattanakit S. Clinical Classification, Screening and Diagnosis for Thalassemia. Hematol Oncol Clin North Am. 2018; 32: 193-211.

12.** Rachmilewitz EA, Giardina PJ. How I treat thalassemia. Blood. 2011; 118: 3479-88.

13.** Angulo Ureña G, Koss Hernández R, Monge Ortiz JM. Generalidades y tratamientos emergentes en la Beta-talasemia. Rev. méd. sinerg. 2020; 5: e549.

14.** Basack N. Nuevas estrategias para el tratamiento de la β talasemia. En: Hematología: vol. 23; Número Extraordinario XXIV Congreso Argentino de Hematología. 2019.

15.** Cappellini MD, Motta I. New therapeutic targets in transfusion-dependent and -independent thalassemia. Hematology Am Soc Hematol Educ Program; 2017. p. 278-83.

16.*** Guía de Práctica Clínica de la Enfermedad de células falciformes. Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) 2019.

17.*** Piel FB, Steinberg MH, Rees DC. Sickle Cell Disease. N Engl J Med. 2017; 376: 1561-73.

18.*** Ware RE, de Montalembert M, Tshilolo L, Abboud MR. Sickle cell disease. Lancet. 2017; 390: 311-23.

19.** Cela de Julián E. Drepanocitosis y otras hemoglobinopatías estructurales. En: Madero L, Lassaletta A, Sevilla J. Hematología y Oncología Pediátricas. Ergon SA 2015.

20.** Hoppe C, Neumayr L. Sickle Cell Disease: Monitoring, Current Treatment, and Therapeutics Under Development. Hematol Oncol Clin North Am. 2019; 33: 355-71.

21.** Kato GJ, Piel FB, Reid CD, Gaston MH, Ohene-Frempong K, Krishnamurti L, et al. Sickle cell disease. Nat Rev Dis Primers. 2018; 4: 18010.

22.** Hirtz D, Kirkham FJ. Sickle Cell Disease and Stroke. Pediatr Neurol. 2019; 95: 34-41.

Bibliografía recomendada

- Taher AT, Weatherall DJ, Cappellini MD. Thalassaemia. Lancet. 2018; 391: 155-67.

Completo artículo de revisión de la talasemia con gráficos ilustrativos, que recoge de forma adecuada, el tratamiento de las complicaciones en estos pacientes.

- Guía de Práctica Clínica de la Talasemia Mayor e Intermedia en Pediatría. Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) 2015.

Imprescindible guía médica para la atención del paciente con talasemia. Incluye aspectos sobre clínica, tratamiento y complicaciones. Incluye tablas de seguimiento y hojas informativas para familias.

- Piel FB, Steinberg MH, Rees DC. Sickle Cell Disease. N Engl J Med. 2017; 376: 1561-73.

Buena revisión de las drepanocitosis, con conceptos de patogénesis, diagnóstico, complicaciones y tratamiento.

- Guía de Práctica Clínica de la Enfermedad de células falciformes. Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas (SEHOP) 2019.

Guía de práctica clínica muy completa para el abordaje de pacientes con drepanocitosis. Contiene todos los aspectos asistenciales, información para familias y hoja informativa para urgencias.

- Ware RE, de Montalembert M, Tshilolo L, Abboud MR. Sickle cell disease. Lancet. 2017; 390: 311-23.

Interesante actualización sobre enfermedad de células falciformes, fácil de leer gracias a su formato electrónico, con tablas muy ilustrativas.

 

Caso clínico

 

Varón de 4 años que ingresa por episodio de decaimiento, con vómitos y malestar general de 3-4 días de evolución, sin otra sintomatología previa asociada.

Antecedentes personales: fractura de cúbito y radio en 2018. Sin otras enfermedades ni antecedentes de interés. Calendario vacunal completo, salvo antineumocócica y antimeningocócica.

Antecedentes familiares: madre de 37 años, sana. Procedente de Senegal. Padre biológico desconocido. Dos hermanos de 18 y 12 años sanos.

Exploración física: temperatura: 38,7ºC; FC: 130 lpm; FR: 30 rpm; TA: 108/79 mm Hg; SatO2: 96%. Palidez cutánea con tinte subictérico. No exantemas ni petequias. Destaca polipnea sin signos de dificultad respiratoria. Auscultación cardio-respiratoria: soplo sistólico grado II/VI. Precordio aumentado. Abdomen: marcada esplenomegalia hasta pala ilíaca.

Pruebas complementarias: hemograma: hemoglobina: 5,2 g/dl; VCM: 80 fl; HCM: 22,4 pg; leucocitos: 20.200/ul (neutrófilos 13.360/ul); plaquetas: 135.000/ul. Bioquímica básica y renal normal. Bilirrubina: 1,36 mg/dl a expensas de indirecta. GOT: 320 U/L; LDH: 1.561 U/L. PCR: 4 mg/dl; PCT: 1,5 ng/ml. Coagulación: normal, salvo fibrinógeno: 550 mg/dl.

Evolución: a su llegada se transfunden 2 concentrados de hematíes y se inicia antibioterapia empírica con cefotaxima, presentando mejoría neurológica y hemodinámica progresiva. Posteriormente, se mantiene con sueroterapia intravenosa. Durante el ingreso, permanece afebril con descenso progresivo de parámetros infecciosos y LDH. Mantiene parámetros de hemoglobina estables en torno a 8-9 mg/dl, sin necesidad de nuevas transfusiones. Disminución paulatina de la esplenomegalia hasta 1-2 cm del reborde costal. Al alta, se decide vacunación frente neumococo y meningococo B.

 

 

 

10 Cosas que deberías saber sobre… la prevención de malaria en el niño viajero

 
10 Cosas que deberías saber sobre… la prevención de malaria en el niño viajero

 

L  García Espinosa, M. García Boyano, R. Vila de Frutos, S. Criado Camargo


La malaria por Plasmodium falciparum es la enfermedad infecciosa adquirida por el viajero que más número de muertes causa en España.

Los principios de la prevención de malaria en el niño viajero son tres: informar del riesgo y de la necesidad de buscar atención médica inmediata, prevenir las picaduras y la quimioprofilaxis antimalárica.

No es recomendable viajar con lactantes y niños pequeños a zonas de alto riesgo de malaria por Plasmodium falciparum.

En caso de aparición de fiebre durante el viaje a una zona de riesgo de malaria y hasta 3 meses después de la vuelta, los padres deben buscar atención médica inmediata.

Se recomienda el empleo de ropa larga y de colores claros, de mosquiteras y de repelentes; DEET es de elección y puede aplicarse a partir de los 2 meses de vida.

En el enlace https://www.fitfortravel.nhs.uk/destinations se pueden encontrar mapas que simplifican las recomendaciones sobre quimioprofilaxis antimalárica.

Los fármacos más empleados en la Quimioprofilaxis antimalárica son la atovacuona/proguanil y la mefloquina. Ambos se pueden emplear a partir de los 5 kg de peso.

La atovacuona/proguanil es el fármaco más empleado y mejor tolerado; se toma una vez al día desde 1-2 días antes del viaje hasta 7 días después.

La mefloquina, que solo está disponible como medicación extranjera, se toma una vez por semana desde 1 semana antes del viaje hasta 4 semanas después, siendo sobre todo ventajosa en viajes largos, en familias menos motivadas y en quienes la toleraron con anterioridad.

Existe poca evidencia respecto al empleo de autotratamiento en niños, por lo que solo debe ser considerado de forma excepcional.

 

Para saber aún más…

1. Arnáez Solís J, García López-Hortelano M. Paludismo (profilaxis en niños viajeros) (v.2/2010). Guía_ABE. Infecciones en Pediatría. Guía rápida para la selección del tratamiento antimicrobiano empírico (en línea). Actualizado el 30 de septiembre de 2010; consultado el 5 de diciembre de 2019. Disponible en: https://guia-abe.es/files/pdf/paludismo_profilaxis_v2_2010.pdf.

2. Morales R, Rodríguez N, Otero S, Cabanas L, Agüero F, Oliveira I. Guías de recomendaciones de la malaria en viajeros 2019. Barcelona: Esmon Publicidad, S.A.; 2019.

3. World Health Organization. Guidelines for the treatment of malaria. 3rd ed. Geneva: WHO; 2015 (en línea). Consultado el 5 de diciembre de 2019. Disponible en:
http://www.who.int/malaria/publications/atoz/9789241549127/en/.

 

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