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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

10 Cosas que deberías saber sobre… la agenesia renal unilateral o riñón único en la infancia

10 Cosas que deberías saber sobre… la agenesia renal unilateral o riñón único en la infancia

 

L. García Espinosa, M. García Boyano, J.A. Soler Simón, S. Criado Camargo


La prevalencia estimada está entre 0,5-1 por cada 1.000 recién nacidos vivos.

Se suele diagnosticar en el periodo prenatal.

La agenesia renal unilateral puede asociarse a otras anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario, particularmente al reflujo vesicoureteral (RVU) contralateral y a anomalías extrarrenales, especialmente anomalías genitales ipsilaterales.

El seguimiento y las pruebas complementarias son controvertidas y no existe un consenso de manejo.

Es importante un control estrecho de la tensión arterial y sistemático de orina durante la infancia y, en caso de alteración, derivar a servicios de Nefrología infantil.

El pronóstico durante la infancia es bueno.

Se puede asociar a largo plazo a complicaciones, por un menor número de nefronas funcionantes.

Se debe recomendar un estilo de vida saludable, sin abusar de sal y una dieta normoproteica.

Se debe instruir a estos pacientes a conocer su enfermedad y alertar a sus médicos de la presencia de agenesia renal.

Se debe evitar, en la medida de lo posible, las medicaciones nefrotóxicas, entre ellas los AINEs.

 

Para saber aún más…

– La Scola C, Ammenti A, Bertulli C, Bodria M, Brugnara M, Camilla R, et al. Management of the congenital solitary kidney: consensus recommendations of the Italian Society of Pediatric Nephrology. Pediatr Nephrol. 2022; 37: 2185-207.

– Madariaga Domínguez L. Anomalías congénitas del riñón y la vía urinaria (CAKUT). Patología nefrológica 2019.
En Cursos de formación. Continuum 2019. Disponible en:
https://continuum.aeped.es/.

 

Formas de presentación de la enfermedad renal en el niño. Historia clínica y examen físico

E. Ballesteros Moya
Regreso a las bases


E. Ballesteros Moya

Centro de Salud Villablanca. Madrid

Resumen

Las enfermedades renales en Pediatría tienen formas de presentación muy diversas. Podemos encontrarnos ante un hallazgo ecográfico prenatal, un antecedente familiar de enfermedad renal hereditaria (la más frecuente la poliquistosis renal autosómica dominante) o un signo alterado en un paciente asintomático. En los pacientes que presentan síntomas, no todos serán específicos de enfermedad renal, siendo más inespecíficos cuanto más pequeño sea el paciente. La principal causa de enfermedad renal crónica en la infancia son las malformaciones nefrourológicas (CAKUT), aunque la mayoría de ellas tienen un curso benigno. La historia clínica debe recoger los antecedentes perinatales, personales y familiares del paciente, ya que son claves para sospechar patología incluso antes de la expresión clínica.

 

Abstract

Kidney diseases in pediatrics have very diverse forms of presentation. An altered prenatal ultrasound may be present, a family history of hereditary disease (the most frequent is autosomal dominant polycystic kidney disease), or an altered sign in an asymptomatic patient. In young children the symptoms of kidney disease may be nonspecific. The main cause of chronic kidney disease in childhood is nephrourological malformations (CAKUT), although most of them have a benign course. The medical records should include the patient’s perinatal, personal and family history. This information is key even before clinical expression.

 

Palabras clave: Enfermedad renal; CAKUT; Historia clínica.

Key words: Kidney disease; CAKUT; Medicals records.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 511.e1 – 511.e6


OBJETIVOS

• Estudiar las principales formas de presentación de la enfermedad renal y del aparato urinario en Pediatría.

• Comprender que muchas enfermedades renales son asintomáticas hasta periodos avanzados de la enfermedad, por lo que la historia clínica y la exploración física son fundamentales para poder sospecharlas y estudiarlas (antecedentes familiares, antecedentes perinatales, hallazgos en la revisión del niño sano).

• Conocer los estados de normalidad en Pediatría para evitar pruebas y derivaciones innecesarias (edad de continencia urinaria, valores de HTA…).

 

Formas de presentación de la enfermedad renal en el niño. Historia clínica y examen físico

Introducción

Las enfermedades renales en Pediatría pueden manifestarse de maneras muy diferentes. Las malformaciones del aparato urinario son relativamente frecuentes con un amplio espectro de posibilidades (desde una dilatación leve del sistema excretor hasta malformaciones complejas que afectan a varios órganos y sistemas). Es por ello que, desde el inicio del seguimiento a la embarazada, se presta especial atención ante cualquier anomalía que se pueda encontrar para seguirla evolutivamente y realizar un pronóstico y tratamiento adecuado y precoz.

Las anomalías congénitas del riñón se conocen con el acrónimo ingles CAKUT (congenital anomalies of the kídney and urinary tract), la mayoría de ellas con buena evolución(1). Por otro lado, múltiples enfermedades renales tienen componente genético y pueden transmitirse a la siguiente generación (síndrome de Alport, poliquistosis renal, hematuria e hipercalciuria familiar, etc.); la historia familiar cobra una importancia capital en el seguimiento de estos pacientes.

Las enfermedades renales, al igual que ocurre con otros aparatos y sistemas, tienen unos síntomas y signos característicos que orientan a un problema a este nivel (síndrome miccional, hematuria, cólico renal, etc.), pero también es muy frecuente que se presenten con sintomatología poco definida (irritabilidad, vómitos, fallo de medro, etc.), sobre todo en niños pequeños. También pueden detectarse de manera fortuita tras la realización de una prueba complementaria o un examen físico sin haberse sospechado previamente (p. ej., una masa abdominal que ha pasado desapercibida como el nefroblastoma).

Por último, ante el hallazgo de un síndrome genético, tendremos que buscar alteraciones renales conocidas (síndrome de Down, síndrome de Turner, síndrome de regresión caudal, etc.).

Historia clínica del aparato genitourinario

La historia clínica en Pediatría siempre sigue un patrón similar. Se deben recoger todos los antecedentes familiares que puedan ser de interés para un futuro. En el caso que nos ocupa, se recogerán antecedentes de enfermedades renales en la familia (pielonefritis de repetición, cólicos renales, reflujo vesicoureteral, enfermedad quística, nefronoptisis, tubulopatías, etc.), ya que estas enfermedades pueden transmitirse genéticamente y no dar sintomatología inicialmente.

Los avances continuos en el conocimiento de las enfermedades genéticas han abierto un campo de posibilidades diagnósticas y de asesoramiento impensables hace unas décadas. La enfermedad renal hereditaria más frecuente es la poliquistosis renal autosómica dominante (2-4). El resto de enfermedades renales genéticas tienen una prevalencia minoritaria y se consideran enfermedades raras (1-1.000/2.000 habitantes vs 1/10.000)(3,4). En la tabla I se nombran algunas de estas enfermedades. Es importante que los familiares de estos pacientes se deriven a unidades especializadas para el seguimiento y el asesoramiento genético adecuado. Gracias al avance del conocimiento de la fisiopatología de algunas de ellas, se puede disponer de tratamiento específico (p. ej.: enzima de sustitución en la enfermedad de Fabry).

La siguiente información que debemos recoger en la historia clínica del paciente son los antecedentes prenatales y perinatales. Con el avance de las técnicas diagnósticas es cada vez más habitual hallar patología en la etapa prenatal. Muchas malformaciones anatómicas son ya conocidas antes de que el niño nazca y, por tanto, son subsidiarias de un seguimiento estrecho desde el inicio. En la tabla II se exponen las malformaciones prenatales más comúnmente diagnosticadas(1,5).

Una vez detectadas, es conveniente que estas malformaciones sean seguidas por un servicio de nefrología/urología infantil, ya que ocasionan entre el 30 y el 50 % de la insuficiencia renal terminal en la infancia. Sin embargo, debemos conocer que el hallazgo ecográfico prenatal más frecuente es la dilatación leve de la vía urinaria (< 10 mm) que no suele tener repercusión ni empeoramiento a largo plazo, pudiendo realizarse el seguimiento desde Atención Primaria.

En cuanto a los antecedentes perinatales registraremos muy bien los antecedentes obstétricos y las características del parto, la administración de medicamentos o la necesidad de ingreso en la unidad de neonatología (prematuridad, sufrimiento fetal…). Los recién nacidos que han estado ingresados en las unidades de neonatología por largos periodos de tiempo y que han tenido una alteración renal aguda deben ser seguidos en unidades especializadas hasta la adolescencia (p. ej., pacientes críticos que han precisado soporte hemodinámico con alteración renal secundaria, hipovolemia, efectos adversos medicamentosos, etc.)(5). Con el avance en los cuidados de los grandes prematuros y la supervivencia de bebés, cada vez de menor edad gestacional, se hace necesario llevar un control estricto de la función renal no solo en el periodo de ingreso sino posteriormente en unidades hospitalarias especializadas, ya que la mayoría de las veces no cursarán con síntomas.

Una vez recogidos los antecedentes familiares y prenatales/perinatales, abordaremos la presencia o no de síntomas o signos de enfermedad renal. Como bien conocemos los pediatras, en nuestra especialidad cuando más pequeño es el niño, más inespecíficos suelen ser los síntomas, pudiendo atribuirlos a múltiples procesos. Es posible que el paciente presente los signos típicos de enfermedad renal (hematuria, disuria, dolor lumbar, etc.), pero no es infrecuente que nos encontremos con datos indirectos o poco específicos en los que deberemos profundizar para llegar a la causa.

Por otra parte, también se pueden detectar alteraciones en pruebas complementarias de un paciente sano (p. ej., una elevación de la creatinina en un estudio preoperatorio por otro motivo).

A continuación, repasaremos la sintomatología genitourinaria más frecuente en las consultas pediátricas.

Síntomas miccionales. Muy frecuentes en la consulta del pediatra, especialmente en los niños en la etapa verbal (por encima de los 2-3 años). Es importante tener presente una serie de definiciones:

Disuria: se define como emisión dolorosa o dificultosa de la orina. Se suele asociar a polaquiuria o incremento de la frecuencia miccional. El tenesmo vesical es la sensación de no haber orinado totalmente con la persistencia de los síntomas anteriores. En niños en edad preverbal se suele manifestar con irritabilidad o llanto con las micciones, así como llevarse las manos a los genitales o rascarse la zona.

Urgencia miccional: es la sensación inmediata de ir a orinar sin que la vejiga esté necesariamente llena de orina. En niños en proceso de retirada del pañal, puede haber urgencia miccional diurna temporalmente sin acompañarse de otros síntomas ni presentarse por la noche, entrando, por tanto, dentro de la evolución del control de esfínter fisiológico. La urgencia miccional que despierta por la noche, que se acompaña de disuria, tenesmo vesical, fiebre o cualquier otra sintomatología se debe investigar.

La causa principal tras estos síntomas son las infecciones urinarias. Un niño con infecciones urinarias de repetición se debe derivar para estudio a un servicio de nefrología(6). Dentro del diagnóstico diferencial de los síntomas miccionales no debemos olvidarnos de las litiasis, las vulvovaginitis y los oxiuros, como causas a descartar.

Alteraciones en el color de la orina. En condiciones normales, la orina diluida es casi incolora. La orina concentrada es de color amarillo oscuro. Colores diferentes al amarillo suelen ser anormales.

La sangre en orina (hematuria) crea gran ansiedad en los padres. Es un signo muy importante y que está presente en múltiples enfermedades urinarias. Puede presentarse como hematuria macroscópica de un color rojo intenso o de un color marrón que es sinónimo de hemoglobina degradada (como en un sangrado renal, anemia hemolítica o mioglobinuria). Debemos preguntar si se acompaña de otros síntomas, si es durante toda la micción o solo al inicio o al final, si ha habido traumatismo o se ha realizado ejercicio previamente, ya que nos puede orientar sobre el origen del sangrado(7).La sospecha de sangre en la orina siempre se debe estudiar y confirmar en laboratorio. Las causas más frecuentes en Pediatría son la infección de orina, la hipercalciuria y los traumatismos. Podemos iniciar el estudio en Atención Primaria de la hematuria microscópica, así como en casos leves. La hematuria macroscópica debe ser remitida a un servicio de urgencias.

Por otro lado, algunos medicamentos y alimentos como la remolacha o las moras modifican, en ocasiones, el color de la orina hacía un tono rojizo o marrón. Por ello es interesante preguntar la ingesta en los últimos días o la toma de algún fármaco.

La presencia de espuma puede indicar proteinuria. Al igual que la hematuria, la proteinuria debe estudiarse siempre, ya que puede ser consecuencia de una enfermedad renal importante o bien un hallazgo aislado. Es necesario confirmar la sospecha mediante un análisis de orina y en caso de confirmarse iniciar estudio(7).

Recordar en este apartado la aparición de uratos en los recién nacidos y lactantes pequeños, ya que es motivo frecuente de consulta. Suelen presentarse como unas manchas rojo-anaranjadas en el pañal, como resultado de acumulación de sales de urato. No tienen significado patológico los primeros días de vida, pero posteriormente debemos comprobar que el bebé se está alimentando bien y que la curva de peso es ascendente.

Alteraciones en el olor de la orina. Se debe preguntar sobre la ingesta de algunos alimentos que pueden alterar el olor habitual de la orina, como algunos pescados o los espárragos. El mal olor puede indicar una infección o ser sugestivo de errores innatos del metabolismo (p. ej., orina dulce en la enfermedad de jarabe de arce).

Alteración en el volumen de la orina. El volumen urinario normal oscila entre 1-3 ml/kg/h. En ausencia de criterios de gravedad, podemos medir el volumen urinario en la consulta para tener un dato más objetivo (lo ideal es medir la orina que se produce en 24 horas). Se deben conocer los conceptos de oliguria, poliuria. La oliguria es la emisión de orina menor a 1 ml/kg/h. Muchos pañales llevan una tira que cambia de color ante el contacto con orina, lo cual es especialmente interesante en lactantes pequeños en los que, en ocasiones, la orina se mezcla con deposiciones o todavía es de escaso volumen. La poliuria es la emisión de más de 3 ml/kg/h. En caso de poliuria anotaremos en la historia clínica si existe polidipsia (aumento de la necesidad de beber por sed excesiva), así como registrar siempre el peso. Si es preciso y la situación lo requiere, se deberá derivar al niño a urgencias (pérdida de peso importante, edemas, etc.).

Incontinencia. La edad a la que los niños logran el control voluntario de la orina es muy variable, pero a los 5 años, aproximadamente, el 90 % de los niños ha conseguido un control diurno(8). La incontinencia nocturna puede persistir hasta los 7 años, no considerándose un hallazgo patológico en sí mismo si no se acompaña de otros síntomas. Conocer los tiempos y edades de control urinario efectivo es muy útil para evitar someter a los niños y a las familias a pruebas complementarias innecesarias. El siguiente paso, una vez detectada la incontinencia, es diferenciar si es primaria o secundaria. En la incontinencia primaria los niños no han contenido nunca por un periodo mayor de 6 meses. Denominamos incontinencia secundaria a aquella en la que se ha conseguido la continencia durante un periodo mayor de 6 meses, siendo en este caso más probable encontrar una causa subyacente. La gran mayoría de las incontinencias primarias son nocturnas (conocidas como enuresis nocturna) y no suelen tener causa orgánica. Es conveniente iniciar estudio etiológico en las incontinencias nocturnas que asocien otra sintomatología, así como en las incontinencias diurnas.

En niños, una herramienta muy útil es el diario miccional, que consiste en registrar en un papel las horas en las que realiza micción a lo largo del día, así como el líquido ingerido y las deposiciones. Para que resulte más fácil se puede realizar durante un fin de semana. Tras revisarlo podemos encontrar factores modificables, como la frecuencia con la que realiza micción durante el día (es habitual que el niño realice menos micciones de las aconsejadas). También se puede indicar tratamiento del estreñimiento si es necesario o modificar la ingesta excesiva de líquidos en las horas previas a dormir.

En los niños más pequeños y con control de esfínteres reciente, es habitual que se produzca incontinencia por rebosamiento (realizan pocas micciones excediendo la capacidad de almacenaje de la vejiga con los consecuentes escapes).

Chorro miccional débil o intermitente. La fuerza de expulsión del chorro miccional puede pasar desapercibida, sobre todo en incontinentes, por la presencia continua del pañal. Este signo es importante, porque está asociado alteraciones obstructivas de las vías urinarias, como las válvulas de uretra posterior, que tienen implicaciones muy graves si no se diagnostican a tiempo. Si los padres refieren que el chorro miccional es débil o intermitente lo debemos estudiar.

Edemas. El edema de la enfermedad renal no tiene características semiológicas propias, suele ser un edema subcutáneo y concentrarse en las zonas declives por efecto de la gravedad (piernas, genitales y cara, sobre todo en la región palpebral). En Pediatría, el síndrome renal productor de edemas por excelencia es el síndrome nefrótico. La tríada clásica es edema, hipoalbuminemia y proteinuria.

Otra entidad a tener en cuenta es el síndrome nefrítico. De manera característica tendríamos la clínica de edemas, hipertensión y hematuria/oligoanuria. Es relevante recoger en la historia el antecedente de infecciones respiratorias o gastrointestinales en los días o semanas previos, ya que se ha descrito que algunas infecciones pueden preceder al cuadro renal (p. ej., la glomerulonefritis postestreptocócica).

Dolor lumbar-abdominal. Las infecciones de orina pueden presentarse como dolor abdominal, sobre todo en niños pequeños, por la dificultad en identificar los síntomas miccionales. Ante un dolor abdominal que no presenta signos de alarma se puede plantear, en casos seleccionados, un estudio básico de orina, al ser una prueba sencilla de realizar. Un dolor abdominal que presente alteraciones en la tira de orina o sedimento urinario debe ser estudiado. En niños, los cólicos renales son menos frecuentes que en adultos, pero ante la presencia de un dolor de estas características debemos investigar las causas que lo pueden producir como: litiasis, infecciones urinarias, cuadros obstructivos, etc.

Masa abdominal. Una masa abdominal en un niño, ya sea consultada o detectada de manera fortuita, requiere atención inmediata. Son más frecuentes en niños menores de 5 años de edad. Aproximadamente, la mitad de las masas abdominales del recién nacido se originan en el riñón, siendo habitual que se diagnostiquen de manera prenatal. La hidronefrosis corresponde al hallazgo más frecuente y la causa más común es la obstrucción de la unión uréteropélvica. Otra causa de masa renal en el niño es el riñón multiquístico (displasia renal en la cual el parénquima es reemplazado por múltiples quistes no comunicantes y el uréter generalmente es atrésico o no permeable). Puede alcanzar un gran tamaño y ocupar gran parte del abdomen.

Otro posible diagnóstico que debemos plantearnos ante una masa abdominal son los tumores. El tumor abdominal maligno más frecuente en los bebés es el neuroblastoma, seguido por el tumor de Wilms o nefroblastoma. En los niños mayores de diez años, los tumores renales son menos frecuentes. Ante toda masa abdominal se deberá derivar al paciente a un servicio de urgencias hospitalaria para empezar el estudio lo antes posible.

Fallo de medro. Se habla de fallo de medro cuando el peso del niño no es acorde con los de su edad y sexo. En los casos más graves se acaba afectando la talla y el perímetro cefálico. Las causas de fallo de medro son muy amplias. En el tema que nos ocupa se debe investigar la función renal y la presencia de infecciones de repetición del aparato urogenital, por su potencialidad en producir anorexia y escasa ingesta de nutrientes. La pérdida anormal de proteínas, iones, hidrogeniones, bicarbonato, etc., por tubulopatías o enfermedades tubulointersticiales, también pueden causar alteraciones en el crecimiento, si bien son patologías muy infrecuentes. Dentro del estudio de primer nivel se debe incluir una analítica básica completa, así como un sedimento de orina y urocultivo.

Vómitos. Los vómitos pueden indicar la presencia de una infección urinaria, una uropatía obstructiva o una insuficiencia renal. Recordemos que la clínica es más inespecífica cuanto más pequeño es el niño, por lo que un cuadro de vómitos que no cede debe ser estudiado. La intolerancia alimentaria y el rechazo de tomas puede indicar un problema urogenital y entraría dentro del diagnóstico diferencial.

Hemorragias. La uremia elevada altera la agregación plaquetaria y aumenta el riesgo de sangrado, lo que se conoce como diátesis hemorrágica. Clínicamente, se manifiesta en forma de equimosis, púrpura o sangrado de mucosas o zonas de punción. En ocasiones, la hemorragia es el primer síntoma de una enfermedad renal subyacente no diagnosticada. Por ejemplo, ante una epistaxis difícil de controlar o que ocurre con frecuencia, se aconseja una analítica de sangre para comprobar, entre otros datos, la función renal.

Palidez cutáneo-mucosa, astenia. En ocasiones, los pacientes pueden consultar por palidez cutáneo-mucosa o por cansancio. La anemia de las enfermedades renales crónicas aumenta según disminuye el filtrado glomerular, precisando tratamiento en muchas ocasiones a partir de los estadios 3-4 de enfermedad renal crónica. La causa principal de anemia en estos pacientes es el déficit de eritropoyetina. Por ello, ante un cuadro de astenia o palidez que persiste, se recomienda un estudio analítico.

Aunque es una entidad rara, se debe recordar el síndrome hemolítico urémico. Puede debutar con un cuadro de astenia y palidez asociada a cuadro gastrointestinal (diarrea sanguinolenta y vómitos). En la analítica se observaría una anemia hemolítica con trombocitopenia e insuficiencia renal. Suele aparecer en niños de entre 3-5 años y es causado por una bacteria (E. coli) productora de la toxina Shiga que produce daño endotelial. En cuanto a la afectación renal, hasta un 40 por ciento pueden requerir terapia renal sustitutiva temporalmente.

Alteraciones óseas. Deberemos valorar: cualquier alteración ósea asimétrica, incurvaciones óseas, dificultades para el inicio de la marcha o fracturas de repetición. Algunas enfermedades renales como el síndrome de Fanconi o la acidosis tubular renal distal pueden debutar con esta sintomatología.

En los casos de insuficiencia renal crónica se produce un raquitismo por insuficiencia de vitamina D metabólicamente activa. Recordemos que, en el riñón se produce la hidroxilación de la vitamina D necesaria para su correcto funcionamiento. La alteración de este paso enzimático provoca un hiperparatiroidismo severo asociándose a retraso del crecimiento, infantilismo y osteoporosis con posibilidad de fracturas espontáneas.

Sordera. Es importante recordar que algunas enfermedades genéticas con afectación renal pueden asociar sordera como el síndrome de Alport.

Afectación renal asociada a otros síndromes. Al diagnóstico de un síndrome genético es necesario estudiar si se presentan alteraciones renales, como por ejemplo: el síndrome de Down, el síndrome de Turner o la neurofibromatosis, entre otros; ya que es conocido que pueden asociarse a anomalías del aparato renal y genitourinario.

Tras repasar los principales síntomas por los que puede acudir un paciente, el pediatra debe estar atento a cualquier signo no referido por el niño o la familia y que, sin embargo, deba ser estudiado. En nuestra especialidad, es habitual realizar revisión en el niño sano, muchas veces coincidiendo con la vacunación. En estas revisiones valoraremos muy bien al niño en su conjunto y realizaremos una exploración básica completa; ya que, por ejemplo, podemos encontrar una hipertensión arterial no conocida o una masa abdominal que había pasado desapercibida. Igualmente, podemos hallar un signo insospechado en una prueba complementaria realizada por otro motivo y que requiere nuestra atención (un aumento de creatinina, una alteración iónica, proteinuria, microhematuria, etc.) o un hallazgo ecográfico. Es preciso recordar aquí que se deben consultar los parámetros de normalidad según la edad (una creatinina de 0.9 mg/dl puede ser normal en un adolescente e indicar afectación renal en un lactante)(9).

En la tabla III se enumeran situaciones en las que se debería realizar un seguimiento.

 

Exploración física

Como en cualquier otro proceso debe orientarse en función de la historia clínica, diferenciando la particularidad en Pediatría de las revisiones de los niños sanos que también pueden darnos información de utilidad sin necesidad de una sintomatología acompañante. Solo se comentará en este apartado hallazgos sugestivos de enfermedad renal.

Lo primero que se propone realizar es la observación desde el mismo momento que el niño entra en la consulta. La cara del paciente ya nos puede orientar hacia la gravedad del proceso (una cara pálida con signos de angustia o dolor unido a inquietud puede ser indicativo de dolor intenso como el del cólico nefrítico). Puede que objetivemos rasgos sindrómicos que hayan pasado desapercibidos con anterioridad (hipertelorismo, orejas de implantación baja, dedos cortos…), que acompañados de retraso psicomotor indican una alteración genética. Es importante valorar el estado nutricional y de hidratación (el niño poco activo, el llanto débil, las mucosas secas, la escasa ganancia ponderal o pérdida de peso son signos de gravedad). Como sabemos, la piel y los ojos pueden darnos mucha información, deberemos observar: la ausencia o presencia de edemas, exantemas, manchas acrómicas o hipercrómicas, palidez cutaneomucosa, ictericia, presencia de hemangiomas, hoyuelos a nivel lumbosacro, etc. Los nódulos de Lisch son típicos de la neurofibromatosis. Hemangiomas oculofaciales pueden ser indicativos de cuadros neurológicos con manifestaciones renales como la enfermedad de Von Hippel Lindau. En definitiva, cualquier hallazgo puede tener relevancia y hay que considerarlo.

Terminando con la inspección debemos observar cómo respira el paciente (presencia de polipnea, tiraje costal…). Por ejemplo, una respiración de Kussmaul (profunda y forzada) es sinónimo de una respiración acidótica en casos de insuficiencia renal aguda.

Anotaremos la ausencia/presencia de alteraciones óseas y/o asimetrías a la observación. Un genu varo o valgo prominente, dismetrías en extremidades, etc., puede hacer sospechar una alteración del metabolismo fosfocálcico. Por último, deberemos constatar la ausencia de distensión abdominal o masas visibles (p. ej., una hidronefrosis importante puede alterar la zona lumbar).

El siguiente paso sería realizar la auscultación cardiopulmonar. Deberemos anotar: la presencia o ausencia de soplos, si el latido es rítmico, la palpación de los pulsos, así como la perfusión general. La presencia de crepitantes en el contexto de edemas y/o oliguria es signo de gravedad.

En la exploración abdominal valoraremos si existe distensión abdominal. Es muy importante una palpación rigurosa para descartar masas o megalias; ya que, como hemos comentado, hay algunas enfermedades que son asintomáticas de inicio (masa tumoral, hidronefrosis, riñón multiquístico, etc.). La palpación renal es complicada dada su situación profunda. Solo en casos de grandes quistes o de hidronefrosis se puede deformar la región lumbar y producir un relieve en el costado observándose un abultamiento.

Seguidamente, si la historia clínica nos hace sospechar una infección debemos realizar una percusión renal. Existen dos maneras de realizarla: indirecta y directa. En la indirecta se coloca la mano izquierda sobre la región lumbar y con la derecha en forma de puño golpeamos encima de la otra. En la directa se realiza la percusión directamente en la región lumbar sin poner la otra mano para amortiguar el golpe. El examen es positivo si el paciente siente dolor en la exploración.

Otra víscera que debemos palpar, cuando la historia clínica sugiera patología genitourinaria es la vejiga urinaria. En casos de disminución del flujo urinario intentaremos objetivar la presencia o ausencia de globo vesical, presentándose como una tumoración suprapúbica que resultará dolorosa si la retención de orina es aguda.

Es aconsejable dejar la exploración de los genitales para el último lugar, sobre todo en niños más mayores, para evitar situaciones incómodas, explicando al niño lo que queremos valorar. Revisaremos la morfología normal, así como la presencia de testículos y la localización de la uretra (la uretra mal posicionada suele asociarse con otras malformaciones). Se debe evitar la retracción forzada del prepucio.

En niños colaboradores registraremos la tensión arterial, teniendo especial interés las tablas pediátricas en relación con la talla del paciente(10). Cuanto más pequeño es el niño más probable es que la causa de la hipertensión sea orgánica. En los casos de HTA confirmada no debemos olvidar una auscultación de la zona lumbar, ya que soplos a este nivel indicarían la presencia de una estenosis renal, un aneurisma o una fístula arteriovenosa.

Por último, y previo a la realización de las pruebas complementarias pertinentes, realizaremos la inspección de la orina, deteniéndonos en el color, en el olor y en la cantidad.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

1. Gómez Farpón A, Granell Suárez C, Segura Gutiérrez C. Malformaciones nefrourológicas. Pediatr Integral. 2017; XXI: 498-510.

2. Carracedo J, Ramírez R. Fisiología renal. Nefrología al día. Disponible en: https://www.nefrologiaaldia.org/es-articulo-fisiologia-renal-335.

3. Martínez Jiménez V, Torra R. Enfoque Clínico de las Enfermedades Renales Hereditarias. En: Lorenzo V, López Gómez JM. Nefrología al Día. Disponible en: https://www.nefrologiaaldia.org/es-articulo-enfoque-clinico-enfermedades-renales-hereditarias-254.

4. Martínez Jiménez V, García Arnedo C, Alonso García A. Manual de nefropatías hereditarias. Academia española. 2017. Disponible en: https://www.senefro.org/contents/webstructure/APKD/manual_N.hereditarias.pdf.

5. Melgosa Hijosa M, Fons Moreno J. Enfermedades renales más frecuentes en el periodo neonatal. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 207-24.

6. Ballesteros Moya E. Infección urinaria. Pediatr Integral. 2017; XXI: 511-17.

7. Ordoñez Álvarez FA. Hematuria, proteinuria. Actitud diagnóstica. Pediatr Integral. 2017; XXI: 518-28.

8. Gracia Romero J. Incontinencia urinaria diurna en Pediatría. Un enfoque práctico. En: AEPap (ed.). Curso de Actualización Pediatría 2018. Madrid: Lúa Ediciones 3.0; 2018. p. 61-6.

9. Espinosa Román L. Valoración de la función renal. Pediatr Integral. 2017; XXI: 549-55.

10. Ortigado Matamala A. Hipertensión arterial sistémica. Pediatra Integral. 2016; XX: 559.e1-e14.

 

 

Disfunciones miccionales y enuresis

L. Fernández Liarte*, S. Pérez Bertólez**
Temas de FC


L. Fernández Liarte*, S. Pérez Bertólez**

*Pediatra Especialista en Nefrología infantil. Hospital Universitario Dexeus Quironsalud. Barcelona. **Cirujana Pediátrica Especialista en Urología Infantil. Hospital Sant Joan de Déu, Esplugues del Llobregat. Barcelona; Grupo Quironsalud. Barcelona

 

Resumen

Las disfunciones miccionales y la enuresis son trastornos comunes en la infancia y afectan hasta casi una cuarta parte de los niños de cinco años, siendo un motivo de consulta frecuente. Aunque algunos niños se pueden recuperar espontáneamente, la incontinencia urinaria puede representar un problema de salud significativo, con importantes efectos sociales, emocionales y psicológicos, tanto en el niño como en su familia.

Este artículo de revisión pone en valor el papel del pediatra en el abordaje diagnóstico y terapéutico inicial de estos niños. En algunos casos necesitará la intervención de especialistas en distintos ámbitos de la Pediatría (Nefrourología, Cirugía, Gastroenterología, Psicología, etc.), persiguiendo una estrategia de actuación multidisciplinar, compacta e individualizada según necesidades específicas.

 

Abstract

Voiding dysfunctions and enuresis are a common problem in childhood, occurring in approximately 25 percent of five-year-old´s, and thus, resulting in a frequent pediatric clinical consultation. In some cases, it can improve or resolve without any treatment, but when the disorder lasts over time it can represent a significant problem with severe emotional, psychological and social implications for the child and family.

The pediatrician has a key role during the initial diagnosis and treatment of urinary incontinence. Sometimes Nephrology, Urology, Gastroenterology or Psychology referral is recommended when further workup is needed. A multidisciplinary and individualized approach will improve the outcomes of these patients.

 

Palabras clave: Incontinencia urinaria; Enuresis; Disfunciones miccionales.

Key words: Urinary incontinence; Enuresis; Voiding dysfunctions.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 501 – 509

 


OBJETIVOS

• Comprender el proceso evolutivo de la fisiología miccional hasta la adquisición del control de esfínteres completo en el niño sano.

• Promover buenos hábitos para el correcto funcionamiento vesical desde edades tempranas, con micciones frecuentes y completas, que eviten problemas futuros.

• Saber realizar una buena aproximación diagnóstica de la enuresis y las diferentes disfunciones miccionales.

• Conocer las opciones de tratamiento de primera línea en la enuresis y disfunciones miccionales.

• Definir las funciones y limitaciones del pediatra de Atención Primaria en el manejo de la enuresis y disfunciones miccionales, estableciendo de forma clara cuáles son los criterios de derivación a la consulta especializada.

 

Disfunciones miccionales y enuresis

Introducción

Las disfunciones miccionales y enuresis no pueden verse como un asunto trivial, puesto que afectan a la autoestima del niño e interfieren en la dinámica familiar.

Actualmente, nuestros niños realizan muchas actividades lúdicas fuera del ámbito familiar y a edades cada vez más tempranas (fiestas de pijama, colonias, estudios en el extranjero, etc.) Sin embargo, para aquellos con incontinencia urinaria, dormir fuera de casa puede suponer un serio inconveniente, llegando incluso a rechazar planes por miedo o vergüenza a ser descubiertos. El diagnóstico y tratamiento precoces ayudan a mejorar la autoestima y calidad de vida de estos niños(1).

Neurofisiología de la micción

El mecanismo de la micción requiere de la integridad del circuito formado por el sistema nervioso central, la médula espinal, el tracto urinario inferior y el suelo pélvico.

La fisiología neuromiccional normal y los mecanismos de la continencia no están desarrollados al nacer, se van adquiriendo poco a poco. Según se mielinizan los cordones medulares posteriores, el sistema nervioso central (SNC) adquiere más control voluntario regulador.

En el niño pequeño las micciones son involuntarias, con un vaciado incompleto. Durante el primer año de vida la vejiga evacua su contenido mediante el arco reflejo parasimpático medular, sin que intervenga el control cortical. En este periodo la vejiga es demasiado pequeña para ser un reservorio útil, por lo que el número de micciones diarias es muy elevado.

A partir del primer año se produce una disminución lineal del número de micciones en relación con la edad. Entre los 3 y los 5 años, el niño llega a controlar voluntariamente sus esfínteres, pudiendo iniciar, interrumpir e inhibir la micción con cualquier grado de repleción vesical y mantener la continencia incluso durante el sueño. Las niñas consiguen la maduración vesical más precozmente que los niños, unos 2 o 3 meses antes(2).

¿Quién interviene en el mecanismo de la micción?

El SNC (córtex cerebral y núcleo pontino del tronco cerebral) modula la acción de los tres centros medulares (simpático, parasimpático y somático) responsables de la innervación de la vejiga y los esfínteres uretrales interno y externo, existiendo entre todos ellos vías aferentes y eferentes interconectadas (Fig. 1).

 

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Figura 1. Interrelación entre córtex cerebral, centro pontino de la micción, médula espinal y tracto urinario inferior. Tomado de: Physical therapy for urinary problems and pelvic floor dysfunction. Mark Saunders. 2013.

Cada ciclo miccional se compone de fase de llenado vesical y fase de vaciado vesical(3). Para su mejor entendimiento consultar la tabla I.

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Trastornos miccionales funcionales

Debemos saber identificar los síntomas de disfunción del tracto urinario inferior, que en algunos casos podrán ser revertidos con sencillas pautas de reeducación del hábito miccional.

Cuando el niño sano no ha conseguido completar el control de esfínteres diurno a la edad de 3-4 años, debemos investigar la existencia de un trastorno miccional funcional.

Una correcta anamnesis junto con la realización de un diario miccional permite la primera aproximación clínica, dirigida a identificar cualquier signo/síntoma de alarma, así como su momento de aparición, evolución en el tiempo, etc. (Tabla II).

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Adjuntamos a modo de cuadro sinóptico los diferentes trastornos miccionales que podemos encontrar en la práctica clínica. Algunos pacientes pueden presentar cuadros evolutivos si no reciben el tratamiento adecuado(4) (Tabla III).

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Enuresis

La enuresis tiene un origen multifactorial, con participación de factores genéticos, ambientales, biológicos, emocionales, culturales y socioeconómicos.

Definición

La enuresis se define en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5)(5), como la eliminación involuntaria o voluntaria de orina durante el sueño, al menos, dos veces por semana en niños mayores de cinco años, descartada la presencia de enfermedades congénitas o defectos adquiridos del sistema nervioso central. La OMS en su ICD-10(6) mantiene la frecuencia de, al menos, un episodio al mes durante más de tres meses con una edad mayor a 5 años. Por su parte, la Sociedad Internacional de Continencia Infantil (ICCS)(7) considera enuresis la emisión involuntaria de orina durante el sueño a una edad «socialmente inaceptable», tomando como límite de la normalidad los 5 años y estableciendo una frecuencia de más de un episodio al mes para definir el trastorno.

La mayoría de los niños consiguen el control nocturno de la micción entre los 2 y 3 años de edad, pero solo se consideran enuréticos los que siguen mojando la cama después de los 5 años. Es frecuente que después de conseguir el control miccional nocturno, tengan algún escape de orina excepcional sin carácter patológico.

Clasificación

Dentro de esta gran población caben diferentes situaciones clínicas según los parámetros que se analicen(7):

• Según si existe o no clínica acompañante:

Enuresis monosintomática (EM). Es la que ocurre en pacientes sin otra patología funcional ni orgánica del tracto urinario inferior; es decir, sin otra sintomatología asociada ni incontinencia diurna. La evolución espontánea es hacia la desaparición progresiva con la edad en la mayoría de los pacientes.

Enuresis no monosintomática. Se utiliza este concepto para la enuresis con patología y sintomatología miccional o vésico-esfinteriana diurna como: urgencia miccional, disuria, frecuencia miccional anormal, polaquiuria, retencionismo, micción anómala o incontinencia urinaria que no se produce durante el sueño.

• Según el momento de aparición se clasifica en:

Enuresis primaria. Ha existido desde siempre. Nunca ha estado más de 6 meses seguidos sin mojar la cama. Es la más frecuente.

Enuresis secundaria. Ha dejado de mojar la cama, al menos, más de 6 meses seguidos.

Esta clasificación tiene importancia diagnóstica y terapéutica, pues en la enuresis secundaria son más frecuentes los componentes psicológicos y los datos sospechosos de enuresis no monosintomática. La enuresis se produce durante el sueño. Generalmente es nocturna, la diurna se produce durante la siesta.

Epidemiología

La EM afecta a todas las razas, culturas y sexo de una manera parecida. En los estudios epidemiológicos es dos veces más frecuente en niños que en niñas.

La prevalencia varía según la edad. Existe una tendencia a la desaparición espontánea a largo plazo, desapareciendo un 15 % por año. Así se estima que a los 5, 10 y 15 años de edad la prevalencia media es de 15, 10 y 0,5-1 % respectivamente(8,9).

Fisiopatología

La adquisición de la continencia nocturna se produce por tres mecanismos(2):

1. Reducción de la producción de orina por el riñón. Ritmo circadiano de la hormona antidiurética, que aumenta durante el sueño.

2. Aumento de la capacidad vesical nocturna. Está comprobado que el volumen de la 1ª micción de la mañana es 1,5 a 2 veces mayor que el volumen miccional máximo del resto del día.

3. Capacidad para despertar cuando aparezca el deseo miccional.

Etiología

La etiología de la enuresis es multifactorial. Se han descrito tres factores principales (mecanismos de la continencia) y otros posibles factores predisponentes.

Factores principales

El niño enurético entra en una fase de vaciado, involuntaria, puesta en marcha a nivel medular con independencia del SNC y de su voluntad, que está modulada por los tres factores etiológicos de la continencia:

1. Poliuria nocturna por menor producción de hormona antidiurética (ADH) durante el sueño(10).

2. Actividad vesical aumentada y/o disminución de la capacidad vesical funcional por insuficiente inhibición del parasimpático(11).

3. incapacidad de despertar por la sensación de vejiga a máxima repleción debido a que la intensidad de la misma y/o la respuesta generada resultan insuficientes(12).

Factores predisponentes

Se han descrito una serie de factores que en sí mismos no producen enuresis en la población general, pero pueden predisponer a su manifestación(13-15).

Malos hábitos como una mayor ingesta de líquidos en las horas previas al sueño o cenas saladas, aumentando la sensación de sed. Algunos niños no han desarrollado el hábito de orinar antes de acostarse o solo orinan cuando se lo recuerdan sus padres.

• Problemas psico-sociales. Hay una asociación frecuente entre enuresis y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), desajustes familiares, falta de hogar, problemas escolares, malos tratos y abusos. No existe asociación con evidencia científica entre procesos psicológicos y psiquiátricos y la enuresis primaria, pero sí en la enuresis secundaria. Los hallazgos de baja autoestima y complejos en niños con enuresis parecen más bien la consecuencia que la causa de la misma.

• Ambientales. El frío y la humedad favorecen la contracción del músculo detrusor de la vejiga.

• Patología asociada. Aunque no todas demostradas con evidencia científica, la experiencia recomienda investigar la coexistencia de: cefalea crónica, apnea del sueño, hipertrofia amigdalar, estreñimiento, parasitosis intestinal, diabetes insípida, insuficiencia renal o hipercalciuria.

• Alimentación. Té, café y refrescos de cola.

Factores genéticos

En la enuresis existe una predisposición genética (hasta un 60 % tienen antecedentes familiares) que, además, está modulada por los factores condicionantes antes comentados.

Se han identificado diferentes loci en distintos cromosomas como: 4, 8, 12, 13 y 22, lo que le confiere la heterogeneidad antes mencionada. Parece que el GNAZ en el cromosoma 22 es el principal responsable de la EM. La transmisión es autosómica dominante con una penetrancia del 90 % y heterogeneidad genética compleja.

El riesgo de enuresis es 5-7 veces mayor si uno de los progenitores fue enurético y 11 veces mayor si ambos progenitores lo fueron(16,17).

Función del pediatra de Atención Primaria: guion de la visita

El pediatra debe contar con los conocimientos y recursos necesarios para un buen manejo de los niños con escapes de orina, incluyendo la posibilidad de consultar con otros especialistas.

Anamnesis

La entrevista debe ser exhaustiva y completa, abordando la esfera biopsicosocial del niño y su entorno (Tabla IV).

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Exploración física

En primer lugar, haremos una inspección general con especial atención a la posible presencia de rasgos sindrómicos y registro de parámetros básicos (peso, talla y presión arterial).

La exploración física por aparatos debe ser lo más completa posible, incluyendo: ORL (facies adenoidea, prognatia/retrognatia); auscultación cardiorrespiratoria; abdomen (distensión, masa fecal, megavejiga); genitales externos (hipospadias, adherencias/fimosis, sinequias vulvares, vulvitis, etc.); inspección lumbosacra (signos de disrafismo oculto); inspección anal (restos de suciedad, fisuras externas, ano anterior); tacto rectal; exploración de la marcha y sensibilidad perineal y reflejos medulares (centros miccionales): reflejo abdominal inferior (D10-D12), reflejo cremastérico (L1), reflejo aquíleo (S1-S2), reflejo cutaneoplantar (S1-S2), reflejo anal (S3-S4) y reflejo bulbocavernoso (S3-S4).

Exploraciones complementarias

El diagnóstico de la enuresis y los trastornos miccionales funcionales es clínico. Sin embargo, podemos valernos de estudios no invasivos para el despistaje de patología orgánica.

Entre las pruebas básicas encontramos:

• Citoquímico de orina, sedimento de orina y urocultivo: en caso de infecciones de orina de repetición o presencia de síntomas urinarios irritativos con urocultivo negativo, debemos descartar la presencia de hipercalciuria mediante la realización del cociente calcio/creatinina en la primera orina de la mañana (en ayunas).

• Ecografía renovesical: valorar localización, tamaño y estructura de los riñones, signos sugestivos de daño renal crónico, dilatación de la vía urinaria superior/uréter distal, duplicidad de la vía urinaria, ureterocele/uréter ectópico o disfunción del tracto urinario inferior (capacidad vesical, grosor de la pared o trabeculación y residuo posmiccional).

En aquellos casos en que sospechemos afectación de la función renal será necesario realizar analítica de sangre (hemograma, ionograma básico, urea, creatinina/cistatina C, gasometría venosa, metabolismo del hierro y fosfocálcico) y analítica de orina matutina en ayunas (urea, creatinina, iones, osmolalidad urinaria y cociente proteínas/creatinina).

En los niños con historia de infección de orina recurrente o atípica, especialmente si hay hallazgos ecográficos patológicos, debemos ampliar los estudios de imagen según sospecha: CUMS (cistouretrografía miccional seriada), gammagrafía renal DMSA o RM columna y abdomen-pelvis.

Abordaje y tratamiento de primera línea

Uroterapia estándar

La uroterapia estándar hace referencia al conjunto de pautas y rutinas para mejorar nuestro patrón de evacuación, que deben instaurarse con independencia a la indicación de un tratamiento activo, puesto que, además, van a optimizar y consolidar los resultados del mismo.

Puede resultar útil realizar un calendario miccional (noches secas/mojadas) y un diario miccional en la primera visita y repetirlo durante el seguimiento, como refuerzo positivo de los progresos del niño. Sin embargo, cuando los resultados no sean tan satisfactorios, es preferible enfatizar su actitud, motivación, esfuerzo, etc.

La implicación y colaboración del niño y de sus padres son imprescindibles. Debemos conseguir su confianza en la estrategia del tratamiento, eliminar sentimientos de vergüenza o culpa y promover una actitud positiva respecto a sus expectativas de éxito/mejora con el tratamiento.

La uroterapia estándar incluye una serie de recomendaciones (Algoritmo de estrategias terapéuticas de la enuresis)(18).

Alarma de enuresis

Las alarmas de enuresis son dispositivos de pequeño tamaño que emiten una señal acústica en contacto con la humedad (sensor en ropa interior o pijama).

Es un método no invasivo que consigue solucionar la enuresis en el 50-80 % de los casos, con menor tasa de recaídas que otros tratamientos. Sin embargo, al tratarse de un método algo “engorroso”, solo está indicado en caso de familias muy motivadas(19).

Los primeros días de uso es habitual que solo consiga despertar a los padres y que el niño siga durmiendo mojado. Tendrán que estimularlo hasta despertarlo completamente y acompañarlo al baño a orinar. Como refuerzo conductual positivo (nunca castigo), el niño colaborará en el cambio de sábanas y pijama, y recolocará de nuevo la alarma en la ropa seca.

Tratamiento con desmopresina

La desmopresina es un análogo sintético de la hormona antidiurética (ADH) humana, cuya acción es el aumento de la reabsorción tubular de agua en el túbulo colector del riñón. En condiciones normales, durante la noche se produce un pico de ADH en sangre, permitiendo la reducción del volumen urinario nocturno como mecanismo adaptativo. Sin embargo, este circuito no está bien establecido en algunos de los niños enuréticos.

La forma de presentación bucodispersable es la más usada por su comodidad y perfil de seguridad. Pauta inicial de 240 mcg y bajar a 120 si buenos resultados / pauta inicial de 120 mcg y subir a 240 si se precisa. Se administra 1 hora antes de acostarse.

Hay que evitar el riesgo de hiponatremia dilucional, restringiendo el volumen de líquidos desde 1-2 horas antes de tomar el fármaco hasta la mañana siguiente (máximo 200 cc).

La respuesta al tratamiento es variable y con alta tasa de recaídas (60-80 %). Se dice que 1/3 de los niños responde, otro 1/3 no y otro 1/3 lo hace solo de forma parcial.

La retirada del tratamiento debe hacerse de forma gradual y progresiva. Primero bajamos de 240 mcg/día a 120 mcg/día en dosis única nocturna durante 1-2 semanas. A continuación, realizaremos un esquema de retirada escalonada hasta suspender en 8-10 semanas.

Tratamiento con anticolinérgicos

Los anticolinérgicos actúan inhibiendo las contracciones del músculo detrusor de la vejiga. Están indicados en los niños con vejiga hiperactiva y en algunas enuresis no monosintomáticas (casos seleccionados y siempre asociados a alarma o desmopresina).

Antes de prescribir un anticolinérgico, descartaremos que coexista un problema de estreñimiento, baja frecuencia miccional (diario miccional) o micción disfuncional (si es necesario, solicitaremos una flujometría con electromiograma –EMG– y residuo posmiccional), que podrían empeorar con la medicación.

Son fármacos bastante seguros. La mayoría de sus efectos secundarios son molestos, pero no graves: riesgo de infección de orina, estreñimiento, sequedad de mucosas, cefalea, trastornos visuales, cambios de humor y pérdida de apetito(20).

Derivación a la consulta especializada

La mayoría de los casos tanto de EM como de enuresis no monosintomática pueden ser abordados desde Atención Primaria, pero puede ser que en algunos casos precisemos la ayuda de otros especialistas, como Psicología/Psiquiatría, Urología pediátrica o Fisioterapia/Rehabilitación. Los criterios de derivación al especialista, los cuales no son absolutos, se exponen en la tabla V, mientras que en la tabla VI se muestran otras de las armas diagnósticas y terapéuticas que se utilizan en estas consultas especializadas.

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Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio de las autoras.

1. Iscan B, Ozkayın N. Evaluation of health-related quality of life and affecting factors in child with enuresis. J Pediatr Urol. 2020; 16: 195.e1-e7. DOI: 10.1016/j.jpurol.2019.12.018.

2.** Taborga Díaz E, García Nieto VM. Manejo diagnóstico y terapéutico de la enuresis infantil. SEPEAP, IMC. 2014.

3.** Rodríguez de Alarcón García J. Trastornos funcionales del tracto urinario inferior. Form Act Pediatr Aten Prim. 2018; 11: 231-5.

4. Fernández Fernández M., Cabrera Sevilla JE. Trastornos miccionales no neurológicos y enuresis de la infancia. Protoc Diagn ter pediatr. 2022; 1: 141-53.

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8. Forsythe WI, Redmond A. Enuresis and spontaneous cure rate. Study of 1129 enuretics. Arch Dis Child. 1974; 49: 259-63. DOI: 10.1136/adc.49.4.259.

9. Klackenberg G. Nocturnal enuresis in a longitudinal perspective. A primary problem of maturity and/or a secondary environmental reaction? Acta Paediatr Scand. 1981; 70: 453-7. DOI: 10.1111/j.1651-2227.1981.tb05722.x.

10. Rittig S, Schaumburg HL, Siggaard C, Schmidt F, Djurhuus JC, et al. The circadian defect in plasma vasopressin and urine output is related to desmopressin response and enuresis status in children with nocturnal enuresis. J Urol. 2008; 179: 2389.

11. Yeung CK, Sit FKY, To LKC, Chiu HN, Sihoe JDY, Lee E, et al. Reduction in nocturnal functional bladder capacity is a common factor in the pathogenesis of refractory nocturnal enuresis. BJU Int. 2002; 90: 302.

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13. Caldwell PH, Deshpande AV, Von Gontard A. Management of nocturnal enuresis. BMJ. 2013; 347: f6259.

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16.*** Nevéus T, Fonseca E, Franco I, Kawauchi A, Kovacevic L, Nieuwhof-Leppink A, et al. Management and treatment of nocturnal enuresis-an updated standardization document from the International Children’s Continence Society. J Pediatr Urol. 2020; 16: 10-9. DOI: 10.1016/j.jpurol.2019.12.020.

17. Jørgensen CS, Horsdal HT, Rajagopal VM, Grove J, Als TD, Kamperis K, et al. Identification of genetic loci associated with nocturnal enuresis: a genome-wide association study. Lancet Child Adolesc Health. 2021; 5: 201.

18.** National Clinical Guideline Centre (UK). Nocturnal Enuresis: The Management of Bedwetting in Children and Young People. London: Royal College of Physicians (UK). 2010.

19.** Caldwell PH, Codarini M, Stewart F, Hahn D, Sureshkumar P. Alarm interventions for nocturnal enuresis in children. Cochrane Database Syst Rev. 2020; 5: CD002911. DOI: 10.1002/14651858.CD002911.

20.*** Bogaert G, Stein R, Undre S, Nijman RJM, Quadackers J, Hoen L, et al. Practical recommendations of the EAU-ESPU guidelines committee for monosymptomatic enuresis—Bedwetting. Neurourol Urodyn. 2020; 39: 489-97. DOI: 10.1002/nau.24239.

Bibliografía recomendada

- Nevéus T, Fonseca E, Franco I, Kawauchi A, Kovacevic L, Nieuwhof-Leppink A, et al. Management and treatment of nocturnal enuresis-an updated standardization document from the International Children’s Continence Society. J Pediatr Urol. 2020; 16: 10-9. DOI: 10.1016/j.jpurol.2019.12.020.

Guía actualizada para la evaluación y el tratamiento de niños con enuresis.

- Bogaert G, Stein R, Undre S, Nijman RJM, Quadackers J, Hoen L, et al. Practical recommendations of the EAU-ESPU guidelines committee for monosymptomatic enuresis—Bedwetting. Neurourol Urodyn. 2020; 39: 489-97. DOI: 10.1002/nau.24239..

Actualización de las recomendaciones de las guías EAU-ESPU para la enuresis nocturna. Revisión de la literatura reciente y estrategia de recomendaciones prácticas para el médico general, pediatra, urólogo pediátrico y urólogo.

- Espino R, Miguélez C. Enuresis Infantil. Bases para una atención médica de calidad. Arturo editores S.L. Madrid. 2012.

Libro de referencia sobre enuresis infantil escrito por expertos a nivel nacional, que desarrolla de forma comprensiva aspectos sobre la misma.

Caso clínico

 

Niño de 5 años que acude a consulta con la madre, porque todos los días se le escapa el pipí en el colegio. Llevan una muda de recambio cuando van a recogerlo a la salida, incluyendo calzoncillo y pantalón, dado el volumen de los escapes. Aun así, la ropa interior que se retira por la noche vuelve a estar mojada o tiene cercos y huele a orines.

No se trata de un problema nuevo. Pese a retirar el pañal a los 2 años, según normativa escolar, el niño nunca ha controlado bien el pipí ni de día ni de noche (maniobras de retención/escapes, urgencia). Además, también son habituales las fugas de materia fecal en el calzoncillo.

La madre se muestra muy angustiada por esta cuestión y ya lo ha consultado con el colegio. Según refiere, el niño acude a un prestigioso colegio británico, con alta exigencia académica y normas estrictas. Tutor y profesores ya habían comentado el “extraño comportamiento” del niño, con frecuentes interrupciones en clase para salir al baño, de forma urgente. Pensaron que podría tratarse de una simple “manía” y conjuntamente decidieron que lo mejor sería no concederle más permisos, que esperara a los recreos como el resto de sus compañeros y ver si así “se le olvidaba”.

Durante la entrevista con el niño, él no muestra ninguna preocupación. Del colegio solo nos cuenta lo mucho que le gusta jugar al fútbol y que sale de clase corriendo para llegar el primero al patio. Resulta difícil interrogar sobre si usa el baño en el recreo o los descansos y de los escapes, nos dice “que no se da cuenta”.

Antecedentes familiares: padre de 50 años y madre de 46 años, ambos sanos.

Antecedentes personales:

• Dermatitis atópica.

• Bronquitis de repetición.

• Retraso en el inicio del habla, léxico pobre y dificultad para la comprensión verbal y conversación. Diagnosticado de TEL (trastorno específico del lenguaje). Recibe tratamiento por Psicología y Logopedia 4 veces por semana.

• Español y francés como lenguas maternas (padre belga y madre española). Inglés y alemán en el colegio.

Exploración física: talla: 115 cm; peso: 21 kg; TA: 96/61 mmHg. Buen color de piel y mucosas. Fenotipo normal. ACR normal. Abdomen blando y depresible con masa fecal en flanco izquierdo. Genitales externos masculinos normales con testes en bolsas. Inspección anal y lumbosacra normal. Exploración de la marcha y reflejos sin hallazgos.

Pruebas complementarias: aportan pruebas solicitadas por su pediatra. Sedimento de orina negativo. Ecografía renovesical con riñones ortotópicos, de tamaño y ecoestructura normal. No dilatación de las vías urinarias. Vejiga poco replecionada, con trabeculación y pared engrosada. No valorado el residuo posmiccional.

 

 

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Hipercalciuria e hipocitraturia. El concepto de prelitiasis en Pediatría

V.M. García Nieto*, T. Moraleda Mesa**, P. Tejera Carreño***
Temas de FC


V.M. García Nieto*, T. Moraleda Mesa**, P. Tejera Carreño***

*Sección de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria, Santa Cruz de Tenerife. **Servicio de Pediatría del Hospital Universitario Poniente, El Ejido. Almería. ***Sección de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Materno-Infantil, Las Palmas de Gran Canaria

Resumen

La litiasis renal es una situación patológica multifactorial donde se produce una alteración de las condiciones naturales de cristalización de la orina. Hay sustancias en la orina que, al estar elevadas, favorecen la formación de cálculos (favorecedores: calcio, oxalato, ácido úrico, cistina) y otras que lo harán en el caso de encontrarse reducidas (inhibidores: citrato, magnesio). El diagnóstico metabólico se puede realizar en orina de 24 horas o determinando los cocientes urinarios en la primera orina del día. La prelitiasis es aquella situación en la que aún no se han formado los cálculos, pero en la que se detecta una anomalía metabólica potencialmente causante de su formación. La prelitiasis puede presentarse en forma de hematuria macro o microscópica, leucocituria estéril, disuria, polaquiuria, urgencia miccional, enuresis nocturna, dolor abdominal recurrente, proteinuria discreta e infecciones urinarias. Morfológicamente, puede observarse cristaluria en el sedimento urinario o partículas hiperecogénicas móviles en la ecografía vesical. El cociente calcio/citrato es un buen argumento para determinar si existe un riesgo litogénico elevado. El tratamiento se basará fundamentalmente en una serie de normas dietéticas protectoras y, en el caso de no mejorar la sintomatología clínica o de presentar cálculos, se optará por medidas farmacológicas (tiazidas, sales de citrato, bifosfonatos).

 

Abstract

Renal lithiasis is a multifactorial pathological situation where alteration of the natural conditions of urine crystallization occurs. There are substances in the urine that, when elevated, favor the formation of stones (promoters: calcium, oxalate, uric acid, cystine) and others that will do so if they are reduced (inhibitors: citrate, magnesium). The metabolic diagnosis can be made in 24-hour urine or by determining urinary ratios in the first urine of the day. Prelithiasis is a situation where stones have not yet formed, but where a metabolic abnormality potentially causing stone formation is detected. Prelithiasis may present as macro- or microscopic hematuria, sterile leukocyturia, dysuria, pollakiuria, urinary urgency, nocturnal enuresis, recurrent abdominal pain, mild proteinuria and urinary tract infections. Morphologically, crystalluria may be seen in the urinary sediment or mobile hyperechogenic particles on bladder ultrasound. The calcium/citrate ratio is a good argument for determining whether there is an elevated lithogenic risk. Treatment will be based primarily on a series of protective dietary guidelines and, if clinical symptoms do not improve or if stones are present, pharmacological measures (thiazides, citrate salts, bisphosphonates) will be chosen.

 

Palabras clave: Hipercalciuria idiopática; Hipocitraturia; Prelitiasis; Riesgo litiásico.

Key words: Idiopathic hypercalciuria; Hypocitraturia; Prelithiasis; Lithogenic risk.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 492 – 500

 


OBJETIVOS

• Conocer las bases morfológicas y metabólicas de la litiasis renal en la infancia.

• Entender qué factores favorecen la formación de cálculos y cuáles son protectores.

• Aprender los métodos funcionales renales necesarios para saber si la concentración de una sustancia implicada en la urolitiasis está alterada.

• Conocer los síntomas y signos que se asocian con la prelitiasis en niños y la mejor forma de diagnosticarla.

• Realizar una adecuada orientación terapéutica desde el inicio del seguimiento de los pacientes con litiasis o prelitiasis.

• Conocer el significado y la importancia de la determinación de la calciuria y la citraturia.

 
 

 

Hipercalciuria e hipocitraturia. El concepto de prelitiasis en Pediatría

 

Litiasis renal

La litiasis renal es una situación patológica multifactorial. Los cálculos se pueden producir: por un exceso de la concentración de sustancias favorecedoras, por una reducción de la concentración de inhibidores de la cristalización, por la existencia de nucleantes heterogéneos y por la existencia de cavidades renales de baja eficacia urodinámica. Si se dispone del cálculo se debe estudiar su composición química. Además, se debe determinar la concentración urinaria de calcio, oxalato, ácido úrico, cistina, magnesio y citrato.

Generalidades

La litiasis renal puede definirse como una alteración de las condiciones naturales de cristalización de la orina. Los factores que participan en la formación de los cristales pueden ser muy diversos y, por este motivo, la litiasis renal es una situación patológica multifactorial. El tiempo que se requiere para generar un cristal depende fundamentalmente: de su propia naturaleza, de la sobresaturación de la disolución (exceso de soluto en la disolución: fuerza impulsora de la cristalización), de la presencia de partículas sólidas preexistentes (los llamados nucleantes heterogéneos) y de la presencia de inhibidores de la cristalización. Estos últimos son sustancias que debido a su estructura química interaccionan con el núcleo o las caras del cristal, interfiriendo notablemente en su formación o/y desarrollo, reduciendo o previniendo los procesos de cristalización. Todas las orinas humanas están sobresaturadas con respecto al oxalato cálcico(1), de tal modo que el grado de sobresaturación resulta más elevado en los individuos con hipercalciuria y/o hiperoxaluria. La orina humana puede contener además una amplia variedad de nucleantes heterogéneos, tales como: agregados proteicos, epitelios renales alterados o bacterias. Es evidente que el tiempo es una variable muy importante en estos procesos de formación de cristales. Así, es evidente que al aumentar el tiempo de permanencia de la orina en el tracto urinario (principalmente en las vías altas), se incrementa la posibilidad de que los procesos de cristalización conduzcan a la formación de cálculos renales. La existencia de cavidades renales de baja eficacia urodinámica constituye un importante factor de riesgo del desarrollo de cálculos. De hecho, se ha demostrado que los factores morfoanatómicos pueden jugar un importante papel en la calculogénesis. Así, se explicaría que un paciente recidivante, en el que es de suponer que la orina tendrá la misma composición en los dos riñones, solo forme cálculos en uno de ellos(1). Cuando el desarrollo de cristales se produce en la vejiga urinaria, normalmente se eliminan sin dificultad en forma de cristaluria asintomática.

Clasificación de los cálculos renales

Cada tipo de cálculo se forma debido a unos factores etiológicos específicos que se pueden deducir a partir de su composición, así como de la macro y la microestructura del mismo(1).

Independientemente de su composición química, los cálculos renales pueden clasificarse de manera amplia en dos grandes categorías: cálculos formados sobre las paredes renales (unidos a las papilas), en los que claramente se distingue la zona de unión al epitelio, y cálculos desarrollados en las cavidades renales (sin zona de unión al epitelio).

Someramente, la composición habitual y frecuencia de los cálculos es la siguiente(1):

• Cálculos de oxalato cálcico dihidrato (33,8 % de las litiasis). Se observan especialmente en pacientes con hipercalciuria y/o con el cociente calcio/citrato elevado(2) (Figs. 1A y 1B).

Figura

Figura 1. Paciente con hipercalciuria idiopática: A. Cálculo ecográfico con la sombra sónica característica (flecha blanca). B. Cálculo de oxalato cálcico dihidrato. Vista al microscopio electrónico de barrido con la típica morfología en punta de lanza. Su superficie muestra signos de inicio de disolución en un proceso de transformación en oxalato cálcico monohidrato. Paciente con oxalosis tipo 1: a los 23 meses de edad, tuvo una insuficiencia renal aguda obstructiva por cálculos bilaterales que precisó la colocación bilateral de sendos catéteres doble J. C. Cálculo enclavado en la unión vesicoureteral (flecha negra). D. Cálculo de oxalato cálcico monohidrato. Se observa la típica estructura columnar compacta propia de estos casos. Imágenes de microscopia electrónica procedentes del Laboratori d’Investigació en Litiasi Renal, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca (Dr. Félix Grases).

• Cálculos de oxalato cálcico monohidrato de cavidad (16,4 % de las litiasis). Se forman en zonas de las vías urinarias donde la orina queda en situación de estasis (cavidades de baja eficacia urodinámica) junto a hiperoxaluria (Figs. 1C y 1D) o a un déficit de inhibidores de la cristalización.

• Cálculos de oxalato cálcico monohidrato papilar (12,9 % de las litiasis). Se asocian con hiperoxaluria o a un déficit de inhibidores de la cristalización.

• Cálculos de ácido úrico (8,2 % de las litiasis) o mixtos de oxalato cálcico monohidrato y ácido úrico (2,6 % de las litiasis). Se observan en pacientes con orinas ácidas e hiperuricosuria.

• Cálculos de hidroxiapatita (fosfato cálcico) (7,1 % de las litiasis) o de oxalato cálcico dihidrato e hidroxiapatita (11,2 % de los cálculos). Se crean en pacientes con orinas alcalinas, hipercalciuria y/o déficit de inhibidores de la cristalización, como la hipocitraturia (cociente calcio/citrato elevado)(2), particularmente en la acidosis tubular renal.

• Cálculos de fosfato amónico magnésico o estruvita (4,1 % de las litiasis). Se producen en infecciones urinarias causadas por gérmenes ureolíticos, como Proteus mirabilis (Figs. 2A y 2B).

Figura

Figura 2. Paciente diagnosticada al nacer de mielomeningocele en cuya evolución tuvo varios urocultivos positivos a Proteus mirabilis y Citrobacter: A. Cálculo vesical (flecha blanca) que precisó extracción quirúrgica. B. Se observaron grandes cristales de fosfato amónico magnésico (estruvita) y algunas zonas de esferulitos de hidroxiapatita. En las caras del cristal de estruvita se observan las marcas en “Y” que permiten su rápida identificación. Niño con cistinuria: C. Durante la gestación se detectaron en los controles ecográficos fetales una hiperecogenicidad del colon (flecha blanca) en ausencia de otras anomalías intestinales, compatible con cristales de cistina. D. Cristales de cistina con la típica morfología hexagonal. Imágenes de microscopia electrónica procedentes del Laboratori d’Investigació en Litiasi Renal, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca (Dr. Félix Grases).

• Cálculos de cistina (1,1 % de las litiasis) propios de la tubulopatía proximal simple, cistinuria (Figs. 2C y 2D).

Anomalías metabólicas causantes de cálculos

En la práctica clínica suelen determinarse las concentraciones de: calcio, ácido úrico, oxalato, cistina, citrato y magnesio. Los cuatro primeros favorecen la formación de cálculos cuando su concentración en la orina es elevada (favorecedores). En cambio, citrato y magnesio propician su formación cuando sus cantidades urinarias son reducidas (inhibidores). Aunque no se determinan en la práctica diaria, además del citrato y el magnesio, otras sustancias como pirofosfato, ciertos glicosaminoglicanos, nefrocalcina y fitato, actúan inhibiendo la formación de los cristales de oxalato de calcio y de fosfato de calcio. El fitato, presente en la cáscara de los cereales y en las legumbres, es un potente inhibidor de la cristalización.

Los solutos mencionados más arriba pueden medirse en orina de 24 horas (Tabla I) o en muestras aisladas de orina.

Se debe confirmar que la recogida horaria urinaria es correcta mediante el cálculo de la eliminación urinaria de creatinina (normal: 14-26 mg/kg/día). En la actualidad, cada vez se usan más los cocientes urinarios por su facilidad en la recogida de las muestras, especialmente, en la infancia y porque la concentración, especialmente, de calcio y citrato, pueden variar en distintos momentos del día(3). Por esta razón, algunos de nosotros preferimos en niños, determinar los cocientes urinarios en dos muestras de orina recogidas en dos periodos, a saber, de noche (antes de la cena) y en la primera orina de la mañana. En todo caso, los cocientes urinarios son muy útiles, especialmente, en el seguimiento de los pacientes (Tabla II). En el caso particular del ácido úrico se ha propuesto calcular el índice de excreción, por lo que debe determinarse tanto en sangre como en orina. La fórmula es: ([ácido úrico]u × [creatinina]p)/[creatinina]u. Se consideran elevados unos valores superiores a 0,53 mg/100 ml FGR (Filtrado glomerular renal).

Hipercalciuria idiopática

La hipercalciuria idiopática es la causa más frecuente de cálculos, tanto en niños como en la edad adulta. La concentración de calcio urinario debe estar elevada en ausencia de hipercalcemia. Puede debutar en forma de litiasis, pero con frecuencia asocia síntomas diversos (prelitiasis) como: hematuria, síntomas miccionales, infección urinaria y dolor abdominal. La causa ha sido muy discutida durante décadas, pero es probable que se deba a un incremento del número de receptores de la vitamina D. La ecografía renal es mandatoria, pero no lo es la densitometría ósea. Es importante saber que no se trata de una enfermedad, sino de una anomalía metabólica. Por ello, el tratamiento debe ser dietético intentando incrementar la concentración urinaria de los factores protectores y de reducir la de calcio.

Definición

La hipercalciuria idiopática (HI) se define como aquella situación clínica en la que se comprueba un incremento en la eliminación urinaria de calcio, en ausencia de hipercalcemia y de otras causas conocidas de hipercalciuria (Algoritmo). Es la causa más frecuente de litiasis renal, tanto en la edad pediátrica como en la adulta (alrededor del 40 % en series de niños y del 60 % en las de adultos). La HI es una de las anomalías metabólicas más frecuentes en el ser humano, de tal modo que se han referido tasas de prevalencia en población sana, según los países, entre 0,6 y 12,5 %. En España, las tasas de prevalencia descritas oscilan entre 3,8 y 7,8 %(4).

Clínica

Inicialmente, la HI solo se asoció con cólicos nefríticos y expulsión de cálculos. En las últimas décadas, su diagnóstico ha sido mucho más frecuente que antaño, debido a que se ha conocido que puede debutar en la edad pediátrica con síntomas muy diversos en ausencia de la formación de cálculos renales. En este sentido, en 1981, tres grupos pediátricos diferentes publicaron que la hematuria macro o microscópica podía ser una manifestación de HI y, por tanto, ser un dato precursor de la capacidad potencial de padecer cólicos nefríticos años más tarde. El autor del tercero de estos trabajos, Moore, registró que los niños afectos de HI podían debutar, aparte de con litiasis, con otros síntomas o signos como: disuria, leucocituria estéril, enuresis nocturna, polaquiuria, urgencia miccional e, incluso, proteinuria discreta(5). Poco después, se publicaría la asociación entre infección de vías urinarias (IVU) e HI(6).

Posteriormente, se confirmó en diversos trabajos la relación entre microhematuria o hematuria macroscópica (color de la sangre y, en muchas ocasiones, al final de la micción) y la presencia de HI, de tal modo que del 25 al 42 % de los niños remitidos a centros de referencia por hematuria tienen HI. No obstante, la hematuria no es específica de la HI, puesto que otras anomalías metabólicas causantes de litiasis, como hiperuricosuria o hiperoxaluria, pueden asociarse con hematuria. La producción de hipercalciuria experimental durante corto tiempo no se acompaña de hematuria, por lo que se supone que cualquier anomalía metabólica causante de litiasis puede producir microcristales, una lesión del epitelio tubular renal y hematuria secundaria. Además, un grupo del Hospital 12 de octubre de Madrid ha descrito la asociación de hipercalciuria, hiperuricosuria y nefrolitiasis con nefropatía de las membranas basales finas(7). La presencia de dolor abdominal recurrente “no típico de cólico renal” se ha asociado, asimismo, con HI.

Mención especial merece la asociación entre HI e IVU. En 1987, Cervera et al., miembros del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, publicaron que la frecuencia de IVU en sus pacientes con HI era de 48,9 %(6), lo que contrasta con la prevalencia estimada de IVU en población general que es del orden de 1-2 % en varones y de 3-5 % en niñas. Esos datos iniciales fueron confirmados posteriormente en varios trabajos. Del mismo modo y a la inversa, se ha descrito que la frecuencia de hipercalciuria en series de niños con IVU oscila entre el 20 y 44 %. En un trabajo reciente publicado por nuestro Grupo hemos observado que la frecuencia de prelitiasis (incluyendo el cálculo del cociente calcio/citrato) en niños con IVU por Escherichia coli era de 47,5 % y existía una historia familiar positiva para urolitiasis en el 68,3 % de los casos(8). En ese artículo postulamos que los niños con prelitiasis, de alguna forma deben tener una capacidad defensiva constitutiva reducida frente a esas bacterias. En este sentido, es muy significativa nuestra observación de una mayor frecuencia de cicatrices renales en los niños con prelitiasis, en relación con aquellos con un estudio metabólico urinario normal(8).

Teorías patogénicas. Las ratas hipercalciúricas

Durante el último tercio del siglo pasado se sucedió la enunciación de distintas teorías patogénicas de la HI que intentaban explicarla a partir de la existencia de una pérdida urinaria tubular renal de calcio, un aumento de su absorción intestinal, o bien, un incremento de la resorción ósea, además de un origen dietético ligado a un exceso en la ingesta de sodio y/o de proteínas. Todas estas teorías han sido repasadas en una publicación reciente firmada por nuestro Grupo(9). En 1990, Pacifici et al. demostraron que los monocitos sanguíneos aislados de pacientes con HI producían una cantidad incrementada de citocinas, tales como: la interleucina-1α (IL-1), el factor estimulante de colonias de los granulocitos-macrófagos y el factor de necrosis tumoral-α (TNF-α). Un incremento de la actividad de estas citocinas tendría la capacidad de reducir la densidad mineral ósea de los pacientes con HI. No obstante, no se conocía la razón por la que los monocitos eran estimulados para incrementar la producción de citocinas.

En 1979, se describió la existencia de ratas con hipercalciuria espontánea (genetic hypercalciuric stone-forming, GHS). Al favorecer el cruzamiento entre ellas se comprobó un sucesivo incremento de la calciuria en las siguientes generaciones. En busca del mecanismo de la hipercalciuria, Bushinsky y Favus observaron que las ratas de la cuarta generación tenían una marcada eliminación urinaria de calcio gracias a la existencia de un incremento de la absorción intestinal de calcio, si bien los niveles de calcitriol eran normales. Cuando se sometió a las ratas a una dieta reducida en calcio, se comprobó un descenso de la calciuria, aunque sin normalizarse, lo que sugería que el incremento en la absorción intestinal de calcio era un mecanismo que explicaba, al menos en parte, la hipercalciuria observada en estos animales. En 1993, se demostró que en estos existía un incremento en el número de receptores de la vitamina D (VDR) del intestino(10), lo que favorecía un aumento de la capacidad funcional de los complejos calcitriol-VDR que explicaba, por ende, el incremento en el transporte intestinal de calcio previamente descrito. A continuación, se comprobó que, en estos animales, existía una respuesta incrementada de los VDR a mínimas dosis de calcitriol, lo que implica que no eran necesarios niveles muy elevados del mismo para amplificar su respuesta e incrementar sobremanera la calciuria. En efecto, Krieger et al. mostraron que ese incremento de la sensibilidad al calcitriol se expresaba, asimismo, en los huesos de esos animales induciendo una mayor resorción ósea(11), con lo que parecía demostrarse que el hueso juega, asimismo, un papel en el desarrollo de la hipercalciuria. Más tarde, se comprobó que en las ratas GHS existe, asimismo, un defecto en la reabsorción tubular renal de calcio.

En resumen, las ratas hipercalciuricas tienen muchos datos en común con los humanos con HI, a saber: niveles normales de calcemia, hiperabsorción intestinal de calcio, incremento de la resorción ósea y un defecto en la reabsorción tubular renal de calcio. Además, sus niveles de calcitriol son normales, del mismo modo que la mayoría de los pacientes con HI.

En 2004, Favus et al. demostraron que los monocitos periféricos de los humanos con HI tienen un incremento del número de VDR(12), es decir, lo mismo que se había observado previamente en las ratas hipercalciúricas(10).

En la figura 3 se muestra la propuesta de un esquema fisiopatológico de la HI, en el que se indica que la causa de la HI estaría en relación con la existencia de un incremento del número de VDR, tanto en las células intestinales y óseas (osteoclastos) como en los monocitos periféricos.

Figura

Figura 3. Esquema fisiopatológico de la hipercalciuria idiopática (HI) en el que se muestra que la causa de la HI estaría en relación con la existencia de un incremento del número de receptores para la vitamina D, tanto en las células intestinales y óseas (osteoclastos), como en los monocitos periféricos. VDR: receptor de la vitamina D; CaSR: receptor sensible a calcio; IL-1: interleucina-1α PGE2: prostaglandina E2; RANKL: factor nuclear kappaB (NF-κB).

Elaboración propia. García-Vao Bel CM, García-Nieto VM, Teixeira Trindade AA. Hipercalciuria idiopática. En: Nefrología Pediátrica. Exeni R, García-Nieto V, Medeiros M, Santos F, eds. Oviedo: Ediciones de la Universidad de Oviedo; 2021. p. 999-1004.

Diagnóstico y exámenes complementarios

La determinación de la calciuria en orina de 24 horas en pacientes continentes, es el criterio estándar para el diagnóstico de hipercalciuria. El diagnóstico se realiza si la calciuria es superior a 4 mg/kg/día y se confirma en una segunda determinación o si se observa un valor elevado del cociente calcio/creatinina en orina aislada (Tabla II). En un ambiente familiar de hipercalciuria y/o litiasis renal pueden obviarse o retrasarse las determinaciones sanguíneas; puesto que, habitualmente, serán normales. No obstante, para confirmar que un paciente con hipercalciuria tiene una HI, deben ser normales los niveles sanguíneos de calcio, sodio, potasio, cloro, fosfato, magnesio y PTH intacta, así como el equilibrio ácido base (Algoritmo).

La ecografía renal es mandatoria para descartar la existencia de litiasis, microcálculos (concreciones de menos de tres milímetros de diámetro sin sombra acústica), nefrocalcinosis y malformaciones asociadas, ya que muchas malformaciones renales se acompañan de hipercalciuria.

Si se han producido fracturas o existen dolores óseos frecuentes, estaría indicada la realización de una densitometría ósea. Es necesario ser precavidos antes de valorarse el tratamiento farmacológico ante una pérdida de masa ósea; puesto que, en muchos casos, especialmente a partir de la pubertad, se asiste a una mejoría espontanea de la densidad mineral ósea(13).

Tratamiento

En nuestra opinión, la HI no es una enfermedad sino una “anomalía metabólica” o, mejor, una característica metabólica constitutiva que se hereda como el color de la piel, el número de dedos de la mano o la talla final. En este sentido, lo que los pacientes con HI heredarían es la disponibilidad de tener en sus células un mayor número de VDR que las personas con calciurias normales. Aunque transmiten la condición a su descendencia, muchas personas no forman cálculos ni tienen reducción de la masa ósea o permanecen asintomáticas durante largos periodos de tiempo(9). Por esta razón, no se puede considerar una enfermedad stricto sensu, aunque pueda predisponer en algunos casos a la formación de cálculos renales, a la aparición de infecciones urinarias y al desarrollo de osteopenia a largo plazo. Esta es razón fundamental por la que el uso de tratamiento farmacológico prolongado debe ser seleccionado.

La normalización de la calciuria no debe ser un objetivo universal en el tratamiento de estos niños, ya que puede reducirse espontáneamente a lo largo de los años y/o que se puede evitar la formación de cálculos con una dieta rica en factores protectores. En muchos casos, la calciuria se mantiene elevada a pesar de unas normas dietéticas correctas. Más bien, el objetivo del tratamiento dietético debe ser reducir el riesgo de cristalización, lo que se consigue incrementado el volumen urinario y reduciendo el valor del cociente calcio/citrato (v. más adelante). Debe evitarse en la medida de lo posible crear conciencia de enfermedad, de tal modo que las recomendaciones dietéticas no deben ser exhaustivas. La ampliación del ejercicio físico es muy beneficiosa para mejorar la densidad mineral ósea.

Al diagnóstico, salvo síntomas graves, debe insistirse en las normas dietéticas, en vías de conseguir un incremento en la ganancia de factores protectores de la formación de cálculos, mediante un aumento de la ingesta de agua, frutas (sobre todo, cítricos ricos en citrato), verduras (aportan agua y magnesio), pescado azul (por su riqueza en ácidos grasos ω-3) y cereales integrales (por su riqueza en fitato) (Tabla III).

Existe, además, un producto comercializado a base de fitato (Broken®). En ocasiones, es difícil conseguir que los niños litiásicos o prelitiásicos beban suficiente agua, porque muchos de ellos tienen una capacidad de concentración permanentemente estimulada. Este hecho es de difícil interpretación salvo en aquellos con hiperhidrosis palmoplantar; en estos casos, se debe estimular el consumo de frutas y verduras que son ricas en agua en su composición. Respecto al agua de bebida no son precisas las aguas a/hipomineralizadas. Basta que no sean hipermineralizadas (“aguas duras”).

Para reducir los factores favorecedores de la formación litiásica, debe evitarse el exceso de consumo de sal y proteínas (Tabla III).

El tratamiento farmacológico debe reservarse para dos circunstancias. En primer lugar, cuando existen datos clínicos marcados como: disuria mantenida, hematuria macroscópica frecuente, o bien, cólicos nefríticos de repetición. En segundo lugar, cuando en la ecografía se observan cálculos o nefrocalcinosis. Incluso, ante la presencia de microcálculos, podría estar indicado el tratamiento dietético, al menos durante un año, para observar la evolución. Se dispone de cuatro tipos de preparados, a saber: citrato potásico, tiazidas, bifosfonatos y los productos comercializados a base de fitato.

Las sales de citrato (Acalka®, solución de Shohl, Polycitra, Polycitra K) no normalizan la calciuria salvo que exista un defecto de acidificación, pero forman complejos con el calcio y la formación de sales de oxalato y de fosfato cálcicos. Se debe optar como diana terapéutica, mantener un índice calcio/citrato <0,33 mg/mg. En niños, hemos usado la administración de una única dosis nocturna (“los cálculos se forman de noche”) con buenos resultados.

En caso de no tolerarse el citrato o de no producirse una mejoría, se sustituye por hidroclorotiazida: 1,5-2,5 mg/kg en dosis única matutina. Las tiazidas estimulan el transporte transcelular de calcio en el túbulo contorneado distal. Hay que recordar que pueden tener efectos secundarios como: hipopotasemia, hipomagnesemia y aumento de los niveles plasmáticos de glucosa, urato, colesterol y LDL. Su uso no debería ser prolongado.

En casos de osteopenia severa se ha probado el efecto antirresortivo de los bifosfonatos en adultos y en adolescentes hipercalciúricos con desmineralización ósea. Además, se reduce la calciuria.

Nosotros utilizamos los productos comercializados a base de fitato (Broken®) administrados por las noches en los casos en los que existe una duda razonable sobre si iniciar o no tratamiento farmacológico, como es el caso de los microcálculos para observar la evolución durante un corto plazo o en el caso de que no se toleren los preparados a base de citrato.

El concepto de prelitiasis. El cociente calcio/citrato

El concepto de prelitiasis, aunque no se ha generalizado, incluye a los pacientes portadores de anomalías metabólicas causantes de cálculos antes de que tengan clínica de cólico nefrítico. Es un término básicamente pediátrico e incluye a los niños con hipercalciuria e hipocitraturia, puesto que las otras causas de cálculos habitualmente debutan con la clínica propia de los cálculos renales. La forma más sencilla de despistaje de prelitiasis es la determinación del cociente calcio/citrato en la primera orina del día. Valores del cociente calcio/citrato superiores a 0,33 indican que la orina es potencialmente litógena, con independencia de la edad y del momento de la recogida de la orina.

Desde principios de los años 80 del pasado siglo, los pediatras hemos aprendido a identificar a los niños portadores de anomalías metabólicas causantes de cálculos en una fase de la vida en la que aún no les ha dado tiempo a formarlos ni a desarrollarlos. Esta situación, casi especifica de la edad pediátrica, ha sido denominada “prelitiasis”(3,14). El término ha sido en cierta forma contestado, puesto que no todas las personas portadoras de anomalías metabólicas potencialmente causantes de cálculos, los forman a largo plazo. No obstante, creemos que es un término descriptivo y válido.

Alexander Randall (1883-1951), el célebre urólogo americano descriptor de las placas que llevan su nombre, utilizó el término “silencio sintomático” que podría equipararse en cierta forma con el de la prelitiasis. Así, escribió que: “Un cálculo renal es conocido clínicamente tan solo después de que su crecimiento haya alcanzado lo que podíamos llamar su madurez. Es evidente el hecho de que este crecimiento ha requerido tiempo, así como también lo es que durante este tiempo ha habido un silencio sintomático”.

Como se ha indicado en las líneas precedentes, los niños con HI pueden debutar con síntomas o signos como: hematuria macro o microscópica, leucocituria estéril, disuria, polaquiuria, urgencia miccional, incontinencia urinaria, enuresis nocturna, orinas turbias, dolor abdominal recurrente(4) o infección urinaria(6,8,14).

La expresión morfológica de la prelitiasis concurriría con la visión repetida del mismo tipo de cristales en el sedimento urinario y con el hallazgo de partículas hiperecogénicas móviles en la ecografía vesical que pueden ser trasunto de hematíes, leucocitos o de cristales en la orina(15); hemos comprobado que esta cristaluria puede asociarse a hipercalciuria o a hipocitraturia. La relación entre estas dos últimas anomalías metabólicas es compleja y una cuestión pendiente de resolver; ya que, en ocasiones, pueden coincidir al mismo tiempo en ausencia de un defecto de la capacidad de acidificación renal. Además, con mucha frecuencia, se observa que los niños con HI, al acercarse a la adolescencia, normalizan la eliminación urinaria de calcio y muestran, de modo concurrente, hipocitraturia(13). En ocasiones, en adultos que han eliminado cálculos y que son padres de niños con HI se observa que, únicamente, son portadores de hipocitraturia. Parece, por tanto, como si ambas anomalías metabólicas tuvieran, de algún modo, algún nexo en común.

El diagnóstico de la condición de prelitiasis es, pues, otra versión de la medicina preventiva, puesto que tras su detección se pueden tomar medidas dietéticas y/o farmacológicas para evitar la progresión a la enfermedad litiásica.

La forma más sencilla de despistaje de prelitiasis es la determinación del cociente calcio/citrato en la primera orina del día. La orina es particularmente litógena cuando existe un desequilibrio entre el componente favorecedor (calcio) y el protector (citrato). Este desequilibrio es más patente de noche, puesto que junto al aumento de la osmolalidad urinaria por la falta de ingesta de líquidos durante el sueño se suma, en muchos casos, un incremento de la calciuria por un cierto incremento de la resorción ósea y una reducción de la citraturia como consecuencia de la acidosis fisiológica leve nocturna, que es consecuencia de la formación de cetoácidos dada la falta de ingesta calórica(3,16). Por ello, la primera orina del día que recoge el testimonio de lo sucedido por la noche debe estudiarse necesariamente de forma independiente. Valores del cociente calcio/citrato superiores a 0,33 indican que la orina es potencialmente litógena, con independencia de la edad y del momento de la recogida de la orina(17). Así, en un estudio de nuestro Grupo antes citado, el cociente calcio/citrato correspondiente a la orina de la noche estaba incrementado en el 37,5 % de las muestras y, en cambio, el mismo cociente, en la primera orina del día, estaba elevado en el 80 % de los casos. Este era el único parámetro calculado que se relacionaba, además, con la existencia de antecedentes familiares de litiasis(3). Una situación particular puede ocurrir, preferentemente en la adolescencia, cuando la citraturia puede estar reducida y, asimismo la calciuria, con lo que la orina no será litógena al mostrar una relación calcio/citrato normal.

Hipocitraturia

La hipocitraturia se aprecia con frecuencia en pacientes con litiasis renal. Puede observarse de forma aislada o asociada a hipercalciuria. Es un potente inhibidor de la cristalización. En ocasiones no es posible saber la causa de la hipocitraturia, aunque debe descartarse principalmente acidosis metabólica, una dieta con exceso de proteínas, fibrosis quística, malabsorción intestinal y obesidad.

El citrato actúa como un inhibidor de la formación de cálculos de calcio al formar un complejo soluble, lo que disminuye la disponibilidad del calcio iónico libre necesario para la cristalización de oxalato o de fosfato cálcicos. El citrato, también, actúa como un inhibidor directo de la agregación de cristales de calcio y de su crecimiento(18); por tanto, un citrato urinario reducido puede ser una causa importante de litiasis cálcica.

En general, la acidosis metabólica se acompaña de hipocitraturia y la alcalosis de hipercitraturia(19).

La frecuencia de hipercalciuria y, sobre todo, de hipocitraturia en casos de acidosis tubular renal es muy elevada. El citrato es un marcador muy sensible de acidosis metabólica(19). Cuando el pH de la célula tubular proximal se reduce, se estimula la actividad del cotransportador de dicarboxilatos NADC1 (sodium-dependent dicarboxylate transporter 1) localizado en la membrana apical del túbulo proximal, con lo que pasa más citrato al interior de la célula. El citrato participa en el ciclo de Krebs en las mitocondrias, con lo que se produce CO2 y H2O, proceso en el que se consumen tres iones H+, una reacción equivalente a generar bicarbonato.

Otras causas de hipocitraturia, además de la acidosis metabólica, son: el tratamiento con acetazolamida o tiazidas, la depleción de potasio, la inanición, la fibrosis quística, la malabsorción intestinal y la obesidad. La ingesta excesiva de proteínas también favorece su aparición por la sobrecarga ácida que ocasiona. No obstante, en ocasiones, no se detecta ninguna causa conocida (hipocitraturia idiopática). En la insuficiencia renal crónica, una reducción de la citraturia puede ser indicativa de una acidosis intracelular susceptible de iniciar un tratamiento precoz alcalinizante. Como ya se ha indicado antes, con cierta frecuencia se observa hipocitraturia asociada a HI, en ausencia de defecto de acidificación.

Nosotros hemos observado en algunos casos que tras el uso de citrato, los microcálculos ecográficos pueden desaparecer. No debe olvidarse que en 1857, Spiller observó que el ácido cítrico tiene una especial capacidad de mantener en solución al calcio. En presencia de citrato, el calcio no es precipitado por carbonato, fosfato ni oxalato. Cuando algunos de estos precipitados se han formado, pueden ser llevados nuevamente a solución por citrato adicional.

Función del pediatra de Atención Primaria

Una anamnesis apropiada, una exploración física correcta y la realización de pruebas de función renal básicas pueden conducir al pediatra de Atención Primaria al diagnóstico de HI. Este, puede realizar el control posterior tras recomendar unas normas dietéticas adecuadas. La presencia de anomalías morfológicas (cálculos ecográficos) o de clínica sugestiva, sería indicación de remisión del paciente a un Centro especializado en Nefrología Infantil.

Como ha quedado reflejado en el artículo, la HI es la causa más frecuente de litiasis, tanto en la infancia como en la edad adulta, aunque lo más habitual es que sea asintomática o presente síntomas de prelitiasis (hematuria, síntomas miccionales, dolor abdominal…). Desde Atención Primaria es importante sospecharla ante dicha sintomatología y realizar las pruebas pertinentes para su diagnóstico. Aunque está estandarizada la recogida de orina de 24 horas, podría ser suficiente de manera inicial con una determinación de los cocientes calcio/creatinina y calcio/citrato en una muestra de la primera orina de la mañana, cuyos resultados deben confirmarse en una muestra posterior.

Una vez realizado el diagnóstico, será preciso proporcionar las medidas dietéticas ya referidas, tanto si el paciente está asintomático y ha sido un diagnóstico casual, como si presenta clínica asociada. Dichas indicaciones serán fundamentales para disminuir la sintomatología, así como para prevenir la formación de litiasis renal en el futuro.

Teniendo en cuenta que la HI es una entidad cuya causa es multifactorial, pero en la que juega un papel primordial la genética, no hay que obsesionarse con conseguir la normalización de la calciuria. Lo fundamental será, sobre todo, tratar de aumentar los niveles de inhibidores de la cristalización en la orina (citrato y magnesio), recomendando ingerir alimentos ricos en los mismos, así como en fitato (presente en cereales y legumbres), que es también un potente inhibidor de la cristalización.

Salvo que existan complicaciones, los niños con HI pueden ser controlados por los pediatras de Atención Primaria.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Capítulo recientemente escrito por uno de los Grupos más expertos en litiasis de nuestro país. Se revisa de forma muy didáctica los complejos mecanismos y las causas que intervienen en la formación de los cálculos renales.

– Li XQ, Tembe V, Horwitz GM, Bushinsky DA, Favus MJ. Increased intestinal vitamin D receptor in genetic hypercalciuric rats. A cause of intestinal calcium hyperabsorption. J Clin Invest. 1993; 91: 661-7.

El estudio de las ratas hipercalciuricas permitió sospechar que comparten mecanismos en su fisiopatología con la HI del humano. El hallazgo de un incremento en el número de receptores de la vitamina D fue fundamental en este sentido.

– Pérez-Suárez G, Luis-Yanes MI, Martín-Fernández de Basoa MC, Sánchez-Almeida E, García-Nieto VM. Evolution of bone mineral density in patients with idiopathic hypercalciuria: a 20-year longitudinal study. Pediatr Nephrol. 2021; 36: 661-7.

Este trabajo ha permitido conocer por primera vez que la eliminación urinaria de calcio en la HI no es permanente y que, en ocasiones, se sustituye por hipocitraturia. Este estudio ha permitido conocer, asimismo, que la pérdida de masa ósea que se observa en algunos pacientes con HI mejora espontáneamente en la adolescencia y en adultos jóvenes, sobre todo en mujeres.

Caso clínico

 

El paciente de 7 años de edad (peso: 23 kg, talla: 118,5 cm) fue enviado por un cuadro clínico, iniciado 12 días antes, consistente en hematuria macroscópica al final de la micción, que no se acompañaba de fiebre ni de disuria. Acudieron inicialmente a su médico que prescribió la administración de penicilina intramuscular y al no ceder la hematuria terminal, nos fue remitido. La exploración física era normal salvo un soplo sistólico I/VI de características funcionales en el foco mitral. Entre los antecedentes personales cabe destacar que ha sido sometido a adenoidectomía y amigdalectomía. La madre ha padecido dos cólicos nefríticos. La hematuria macroscópica cedió a los dos días del ingreso, permaneciendo con microhematuria persistente (8-10 leucocitos por campo, 20-25 hematíes por campo). El urocultivo fue negativo y el hemograma normal (Hb: 14 g/dl). La bioquímica general fue normal (creatinina: 0,5 mg/dl, ácido úrico: 3,5 mg/dl, calcio: 10 mg/dl), incluidos proteinograma, inmunoglobulinas y serología de hepatitis B. Los niveles de complemento fueron C3: 97 mg/dl y C4: 16 mg/dl. El frotis faríngeo fue negativo. La ecografía renal fue normal. El volumen de la orina de 24 horas que se entregó en el laboratorio fue de 500 ml. En esa muestra, la concentración de creatinina fue 60 mg/dl y la de calcio 17 mg/dl. Además, magnesio: 6,2 mg/dl; ácido úrico: 47,6 mg/dl y citrato 300 mg/l.

 

 

 

Tubulopatías

F. Santos Rodríguez
Temas de FC


F. Santos Rodríguez

Universidad de Oviedo. Hospital Universitario Central de Asturias, Oviedo

 

Resumen

Las tubulopatías constituyen un grupo de enfermedades heterogéneas, raras y complejas. Este artículo se centra en aspectos comunes o compartidos de las tubulopatías de base genética o primarias, que son las que se presentan típicamente en la edad pediátrica. Se discuten las alteraciones que estas entidades causan en diferentes sistemas metabólicos del organismo: principios inmediatos, equilibrio ácido-base e hidroelectrolítico, metabolismo mineral y homeostasis del ácido úrico. Se delimita un perfil clínico y bioquímico común que debe de llevar a la sospecha diagnóstica. Se indican, asimismo, las bases del diagnóstico genético, del tratamiento y del pronóstico y se señalan de forma resumida las características principales de algunas tubulopatías representativas. El artículo proporciona referencias actualizadas sobre revisiones y guías clínicas recientemente publicadas que permitirán profundizar en el estudio y conocimiento de estas enfermedades.

 

Abstract

Tubulopathies are a group of heterogeneous, rare and complex diseases. This article focuses on common aspects of primary tubulopathies of genetic basis, which are those typically presenting in the pediatric age. The alterations caused by these diseases in the organism’s metabolic systems are discussed: glucose and amino acid metabolisms, acid-base balance, water and electrolyte equilibrium, mineral metabolism and uric acid homeostasis. A common clinical and biochemical profile to suspect the diagnosis is established, as well as the basis of genetic diagnosis, treatment, and outcome. The main features of some representative tubulopathies are summarized. The article provides updated references on reviews and clinical guides recently published to facilitate a further in-depth study and knowledge of these diseases.

 

Palabras clave: Tubulopatías; Función tubular; Enfermedades genéticas; Nefropatías primarias.

Key words: Tubulopathies; Tubular function; Genetic diseases; Primary nephropathies.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 482 – 491

 


OBJETIVOS

• Las bases del diagnóstico y los fundamentos del tratamiento de las enfermedades tubulares de base genética.

• El espectro de alteraciones clínicas, bioquímicas y de imagen que permiten establecer la sospecha diagnóstica de tubulopatía en un paciente pediátrico.

• Las características más importantes de algunas tubulopatías representativas.

• Recursos bibliográficos y de Internet actualizados para profundizar en el estudio de las tubulopatías primarias más significativas.

 

Tubulopatías

Introducción

Las tubulopatías primarias son enfermedades raras, pero típicamente pediátricas. Es preciso conocerlas para poder detectarlas precozmente, tratarlas y minimizar el riesgo de complicaciones.

El término “tubulopatías” incluye un grupo de enfermedades en las que la afectación de la función tubular renal es predominante sobre la disfunción glomerular y ocurre con anterioridad a esta, que, sin embargo, puede surgir y adquirir relevancia clínica en la evolución a largo plazo.

Las tubulopatías pueden ser primarias, causadas por un defecto genético de una proteína que interviene en las funciones fisiológicas del túbulo renal, y adquiridas o secundarias, en las que la función tubular se altera como consecuencia de la acción de un tóxico, fármaco y/o enfermedad sistémica o de origen extrarrenal. Este artículo se centra sobre las tubulopatías primarias, que son las típicamente pediátricas, ya que las tubulopatías secundarias son más propias de la edad adulta.

Las tubulopatías primarias son enfermedades raras o ultrarraras. Su diagnóstico, frecuentemente complicado, y su tratamiento corresponden habitualmente a unidades especializadas de nefrología pediátrica, pero el pediatra debe de conocerlas, al menos, por las siguientes razones:

• Son entidades característicamente pediátricas, muy poco conocidas en general por los especialistas de adultos.

• Suelen debutar en la edad infantil.

• Su precoz identificación y tratamiento adecuado son de enorme importancia para la salud del niño y para prevenir la aparición de complicaciones a largo plazo.

• Existe posibilidad de establecer un consejo genético que delimite la herencia de la enfermedad, el riesgo de padecerla en futuros hermanos y la opción de detección en la vida prenatal o en las primeras semanas o meses de vida postnatal.

Además de estas razones de impacto clínico directo, el estudio de las tubulopatías y su reflexión sobre sus manifestaciones y base molecular, representan para el pediatra interesado una oportunidad inigualable para conocer la fisiología renal y la participación de los riñones en la homeostasis de diversos sistemas metabólicos del organismo.

Este artículo no pretende describir los diferentes tipos de tubulopatías primarias, sino proporcionar la información necesaria para que el pediatra sepa sospecharlas clínicamente y enfocar su diagnóstico, resaltar aquellas entidades a cuyo conocimiento grupos españoles han hecho aportaciones relevantes, así como indicar recursos de apoyo bibliográfico o por Internet para la búsqueda de información adicional más completa.

Bases fisiopatológicas

Los túbulos renales determinan la composición de la orina y son esenciales para el mantenimiento del medio interno, regulando diferentes sistemas metabólicos.

El túbulo renal a lo largo de sus diferentes segmentos modifica el filtrado glomerular, mediante procesos de reabsorción y secreción, y determina así la composición final de la orina que se elimina. Estos procesos requieren la integridad anatómica de la nefrona y del intersticio renal, la normal estructura de las proteínas responsables de los mecanismos de transferencia de diversas moléculas a través de las células tubulares y de las uniones paracelulares y la disponibilidad de energía necesaria para la actividad de los sistemas de transporte activo. En la regulación de estos procesos intervienen factores físicos y químicos, acciones autocrinas y paracrinas y diversos sistemas hormonales, como: renina – aldosterona, hormona antidiurética y eje paratohormona (PTH) – vitamina D – factor de crecimiento de fibroblastos 23 (FGF23). Numerosas proteínas, bien sean transportadoras, receptoras, canales o enzimas, entre otras, están implicadas en el metabolismo renal de una sustancia, por lo que diversos defectos moleculares pueden conducir a similares alteraciones clínicas o bioquímicas. Por otra parte, existen fenómenos de maduración y de compensación en la nefrona que pueden explicar la cronología de aparición o relevancia de las manifestaciones clínicas durante la infancia. Es de notar, asimismo, que el riñón es un órgano endocrino que no solo produce eritropoyetina, sino que las células del túbulo proximal sintetizan de forma regulada 1,25 dihidroxivitamina D [1,25(OH)2D] o calcitriol, metabolito activo de la vitamina D.

El túbulo renal juega un papel esencial en la homeostasis del organismo, pudiendo distinguirse, desde un punto de vista didáctico, su participación en los siguientes sistemas metabólicos:

• Metabolismo de los principios inmediatos.

• Equilibrio ácido-base.

• Equilibrio hidroelectrolítico.

• Metabolismo mineral: calcio – fósforo – magnesio.

• Metabolismo del ácido úrico.

Es útil recordar con fines clínicos que en el túbulo proximal tiene lugar el grueso de los procesos de reabsorción, que requieren alto consumo de energía por la célula tubular, mientras que en la nefrona distal tienen lugar procesos de regulación “fina” y compensatoria.

Manifestaciones clínicas

Aunque las tubulopatías son entidades distintas y heterogéneas, puede reconocerse un espectro común de síntomas y signos clínicos útil para establecer un diagnóstico de sospecha.

Dependerán de la enfermedad en concreto, pero puede reconocerse un perfil clínico general, con presentación y predominio de unas u otras manifestaciones según el sistema metabólico más afectado. Su conocimiento será de utilidad para que el pediatra establezca la sospecha diagnóstica de tubulopatía. La tabla I muestra índices urinarios de ayuda para el diagnóstico(1-3).

tabla

Metabolismo de los principios inmediatos

La disminución de la reabsorción tubular de aminoácidos causa hiperaminoaciduria, específica o generalizada según el defecto molecular subyacente. La pérdida urinaria de aminoácidos puede no producir cambios significativos en los niveles circulantes y depender la clínica únicamente de la acumulación y posible precipitación del aminoácido en la orina, como en el caso de la cistinuria. Una hiperaminoaciduria asintomática puede traducir un defecto de maduración renal o ser una manifestación precoz de una tubulopatía proximal más compleja y/o de una enfermedad mitocondrial.

La glucosuria renal, es decir, la que sucede sin hiperglucemia por defecto en la reabsorción proximal de glucosa, no provoca síntomas. Es importante conocer esta entidad para evitar un diagnóstico erróneo de diabetes mellitus. La glucosuria transitoria cuando, por alto aporte dietético de hidratos de carbono, la glucemia excede el dintel renal fisiológico de glucosa no representa ninguna anomalía.

Equilibrio ácido-base

La acidosis metabólica hiperclorémica o con “anion gap” normal es una manifestación bioquímica característica de la acidosis de origen tubular, si bien hay que tener presente que la causa más frecuente en Pediatría de acidosis metabólica hiperclorémica transitoria son las alteraciones gastrointestinales agudas, como la diarrea, que conducen a la pérdida digestiva de bicarbonato.

Las tubulopatías que cursan con pérdida de sal, depleción de potasio, contracción del volumen vascular e hiperaldosteronismo secundario causan alcalosis metabólica hipopotasémica.

Equilibrio hidroelectrolítico

Las pérdidas excesivas de agua, electrolitos y otros elementos con efecto osmótico ocasionan poliuria y defecto de la capacidad de concentración urinaria, lo que conlleva un alto riesgo de episodios de deshidratación con alteraciones en las concentraciones séricas de electrolitos. Esta situación incide particularmente en niños lactantes o de muy corta edad con dificultad al acceso espontáneo de líquidos, dieta láctea y mayor proporción de volumen extracelular.

Metabolismo mineral: calcio – fósforo – magnesio

En este ámbito, la hipofosforemia por aumento de la eliminación urinaria de fosfato junto con el déficit de síntesis tubular de 1,25(OH)2D explican la aparición de raquitismo vitamina D resistente. La hipercalciuria no ocasiona hipocalcemia, pero sí supone un factor de riesgo para la formación de cálculos urinarios y nefrocalcinosis, sobre todo si se acompaña de hipocitraturia. Asimismo, la hipomagnesemia por pérdida elevada de magnesio en orina es causa de convulsiones, miopatía y alteraciones en la secreción de PTH.

Metabolismo del ácido úrico

La hipouricemia marcada, incluso por debajo de 1 mg/dl, es manifestación típica de algunas tubulopatías proximales con hiperuricosuria que confiere riesgo litógeno.

Las manifestaciones anteriores concurren, en mayor o menor grado, alterando el normal desarrollo y crecimiento del niño, manifestación mayor y muy frecuente de las tubulopatías. Así pues, el pediatra debe de pensar en la posibilidad de tubulopatía primaria subyacente en un lactante, en algunas tubulopatías con mayor prevalencia de bajo peso neonatal, o niño en su infancia temprana con defecto de medro y afectación de la curva estato-ponderal, que presenta episodios de deshidratación con anomalías electrolíticas y del equilibrio ácido base que:

• Se desencadenan con inusual facilidad por cuadros aparentemente banales de rechazo de tomas, vómitos o diarrea.

• Tienen carácter recurrente.

• Tendencia a prolongarse en el tiempo a pesar de las medidas terapéuticas. Asimismo, el hallazgo de raquitismo no carencial, nefrocalcinosis medular o urolitiasis no causada por infecciones urinarias obliga a descartar una enfermedad tubular renal.

Bases genéticas

La identificación del defecto genético responsable es importante para confirmar el diagnóstico clínico, para asesorar a la familia sobre la herencia de la enfermedad y para avanzar en el conocimiento de la enfermedad.

Las tubulopatías primarias son enfermedades de origen genético, la gran mayoría ocasionadas por mutaciones o alteraciones génicas que causan defectos de función de la proteína codificada por el gen(4). En muy pocas entidades existe como base una ganancia de función, el síndrome de Liddle, por ejemplo. En general, son enfermedades de herencia autosómica recesiva (AR), si bien hay importantes tubulopatías ligadas al cromosoma X y en otras la herencia es autosómica dominante (AD). Estas últimas suelen debutar más tarde y tienen clínica menos grave. La historia familiar debe de realizarse en detalle y puede ser contributiva, sin embargo, también puede ser negativa en caso de mutaciones “de novo”.

El defecto puede afectar a genes que se expresan en otros epitelios o tejidos, además del túbulo renal, dando lugar a manifestaciones asociadas extrarrenales, por ejemplo, hipoacusia presente en varias tubulopatías primarias.

La identificación de la alteración genética causal no es requisito indispensable para el diagnóstico de la tubulopatía; ya que este puede hacerse en función de los hallazgos clínicos, de laboratorio y radiológicos. No obstante, debe de procurarse la confirmación del defecto genético-molecular: por la posibilidad de errores diagnósticos, por solapamientos en el fenotipo o por fenotipos no claros, para plantear el diagnóstico prenatal en futuros hermanos y para establecer un consejo genético adecuado. Un estudio genético negativo puede explicarse por la resolución insuficiente de las técnicas disponibles de secuenciación y obliga a revisar el diagnóstico clínico y al análisis, si es posible de otros genes candidatos. La detección de variantes no definitivamente patogénicas no es infrecuente, suscita incertidumbres en el diagnóstico y requiere estudiar a los padres y hermanos. Sería deseable en este caso la realización de estudios complementarios que averigüen si la variante génica causa alteraciones en la función de la proteína, pero esta posibilidad no suele estar al alcance de laboratorios clínicos y queda reservada al ámbito de la investigación. En cualquier caso, la interpretación de los hallazgos del estudio genético exige una estrecha relación para el diagnóstico entre los profesionales del laboratorio que lo han realizado y los clínicos que siguen al paciente.

Con independencia del valor diagnóstico del estudio genético, debe de insistirse en la necesidad de su realización, ya que supone una contribución importante al conocimiento de la enfermedad y de los mecanismos fisiopatológicos causantes de las manifestaciones clínicas. Además de que ha descendido notablemente el coste de los estudios de secuenciación en laboratorios privados, existen numerosas plataformas por Internet, a través de las que puede realizarse un estudio genético gratuito. A este respecto, hay que mencionar RenalTube (www.renaltube.com), un portal de ámbito multicéntrico internacional desarrollado en España, que está disponible para ayudar a los pediatras en el estudio clínico-genético de las tubulopatías primarias.

Así pues, al perfil clínico del niño con tubulopatía primaria, anteriormente descrito, debe de añadirse la posibilidad de identificar consanguinidad o un patrón de herencia ligado al sexo en una historia familiar bien detallada. El hallazgo de una mutación causal puede contribuir a delimitar o predecir las manifestaciones clínicas y el pronóstico de la enfermedad, si bien hay que resaltar que es frecuente que no exista una clara correlación genotipo-fenotipo.

Bases terapéuticas

La dieta, los suplementos de agua, electrolitos o minerales, las medidas farmacológicas dirigidas a disminuir la pérdida hidroelectrolítica, la corrección de déficits hormonales y los medicamentos específicos para contrarrestar el defecto molecular subyacente son las bases del tratamiento.

Aunque el tratamiento de las tubulopatías será específico para cada una de ellas, es importante tener presente algunas consideraciones comunes a muchas de ellas que se indican esquemáticamente a continuación.

Dieta

Acceso libre al agua y a la sal en la dieta. Esencial en aquellas tubulopatías que cursan con poliuria y pérdida de electrolitos. En los primeros meses de vida, el niño no puede autorregular su alimentación y es preciso prestar especial atención a no introducir restricciones dietéticas innecesarias y potencialmente dañinas.

Suplementos

En principio, las pérdidas en la orina derivadas del defecto en la reabsorción tubular deben de compensarse con suplementos de la sustancia correspondiente. Sin embargo, la reposición total de las pérdidas, particularmente en las tubulopatías proximales, es frecuentemente inalcanzable, ya que cuanto más se administre más se pierde, y perseguir la normalización continuada de la concentración sanguínea de la sustancia afecta puede conducir a toxicidad y no ser un objetivo terapéutico deseable.

Reducción del filtrado glomerular

En relación con los dos puntos anteriores, la administración de fármacos dirigidos a reducir la tasa de filtración glomerular (GFR) puede disminuir la carga hidrosalina que llega al túbulo y disminuir la poliuria y la fuga de electrolitos. Con esta finalidad, se han empleado indometacina o inhibidores de la ciclooxigenasa 2 en tubulopatías proximales y en nefropatías pierde sal(5).

Prevención de urolitiasis y nefrocalcinosis

Aminoración del riesgo litógeno mediante aporte alto de líquidos para diluir la orina y disminuir la concentración urinaria de las sustancias que precipitan. Si no es una nefropatía pierde sal, la disminución del aporte de sal contribuirá a este objetivo, por ejemplo, en el caso de la cistinuria. Administración de citrato como inhibidor de la precipitación de sales de calcio.

Sustitución hormonal

La disrupción de la función endocrina del riñón puede requerir la administración de derivados 1-hidroxilados de vitamina D o de mineralocorticoides en algunas tubulopatías concretas. De la misma manera, el tratamiento con hormona de crecimiento (GH) ha mostrado su utilidad para mejorar el crecimiento en ciertas tubulopatías(8), aunque no sea una indicación incluida entre las oficialmente aprobadas por el Ministerio de Sanidad español.

Tratamientos específicos dirigidos a la base patogénica de la enfermedad

Disponibles en los últimos años para algunas tubulopatías graves mediante medicamentos que contrarrestan el defecto molecular subyacente, anticuerpos monoclonales y terapias génicas o con trasplante de células madre que comienzan a ofrecer resultados prometedores.

Prevención y tratamiento de complicaciones a largo plazo y extrarrenales

Aunque las tubulopatías se caracterizan porque la afectación tubular es predominante sobre la glomerular, debe de tenerse en cuenta en el seguimiento de estos pacientes que la insuficiencia renal por reducción del GFR se presenta en muchas tubulopatías en el seguimiento a largo plazo y deben de tomarse las medidas orientadas a prevenir su aparición y enlentecer su progresión. A este respecto, hay que señalar que la proteinuria de bajo peso molecular de las tubulopatías proximales no responde al tratamiento con inhibidores del sistema renina-angiotensina o bloqueantes de los receptores de angiotensina. Por otra parte, ya se ha mencionado la posibilidad de manifestaciones extrarrenales que pueden requerir tratamiento específico.

Pronóstico

La evolución es variable según la tubulopatía, la precocidad del diagnóstico y tratamiento y la gravedad de las manifestaciones extrarrenales.

Variable según la tubulopatía de que se trate. De forma general, puede afirmarse que dependerá de:

• Precocidad en el diagnóstico y en la instauración de un tratamiento correcto que corrija, en la medida de lo posible: las alteraciones existentes, prevenga la aparición de complicaciones en los episodios agudos de descompensación de la enfermedad y evite los efectos tóxicos farmacológicos.

• Gravedad de las manifestaciones extrarrenales asociadas a la tubulopatía o derivadas de la misma.

• Disminución progresiva de la GFR producida por diversos mecanismos no bien conocidos, como lesiones inflamatorias crónicas del intersticio renal o afectación de la permeabilidad de la barrera de filtración glomerular.

Tubulopatías según el sistema metabólico predominantemente afecto. Entidades ilustrativas

Metabolismo de los principios inmediatos

El defecto molecular radica en transportadores específicos del túbulo contorneado proximal.

Glucosuria renal

Enfermedad de herencia AR/AD (OMIM # 233100) causada por defectos de función del gen SLC5A2, que codifica el transportador SGLT2. Los pacientes tienen glucosuria por disminución de la reabsorción tubular de glucosa sin hiperglucemia ni otros signos de disfunción tubular. Es una entidad benigna que no requiere tratamiento.

Cistinuria

Causa importante y tratable de urolitiasis metabólica en niños.

Enfermedad de transmisión autosómica, con un patrón complejo, no siempre AR (OMIM # 220100), caracterizada por defecto en el transporte de cistina y aminoácidos dibásicos (lisina, arginina y ornitina) en el túbulo renal proximal y en el tracto gastrointestinal. Causada por defectos primarios de función en los genes SLC3A1 y/o SLC7A9. La elevada concentración de cistina en la luz tubular y su baja solubilidad en pH no alcalino conducen a la formación de cálculos urinarios recurrentes, con riesgo de uropatía obstructiva, infecciones urinarias y, más raramente, fallo renal(6). La pérdida urinaria de lisina, ornitina y arginina no da síntomas, ya que estos aminoácidos son muy solubles. Sin embargo, la cistina tiene riesgo de precipitar cuando su concentración urinaria es superior a 250 mg/l (1 mmol/l) y el pH es ≤ 7, formando cristales hexagonales, planos y transparentes que originan cálculos radiopacos que pueden ser coraliformes. Los valores normales del cociente urinario cistina/creatinina están en torno a 20 mg/g, aumentando 10 veces o más en pacientes homocigotos y 3-4 veces en heterocigotos. Las medidas terapéuticas van dirigidas a disminuir la concentración urinaria de cistina, mediante aporte alto de líquidos y restricción dietética de sal, y a aumentar su solubilidad, mediante alcalinización de la orina y administración de tiopronina, que forma un compuesto mucho más soluble con la cistina, si las medidas previas no son suficientemente eficaces.

Equilibrio ácido-base

Las tubulopatías más representativas en este apartado son las que se engloban bajo el término “acidosis tubular renal” (ATR), caracterizadas por acidosis metabólica hiperclorémica y que ocurren como consecuencia de una disminución de la reabsorción de HCO3 y/o de la excreción urinaria de H+. Según criterios clínicos, fisiopatológicos, y moleculares, existen 4 tipos de ATR, numerados por orden cronológico de descripción: ATR distal o tipo 1, ATR proximal o tipo 2, ATR tipo 3 (una forma mixta de tipo 1 y 2) y ATR tipo 4 o hiperpotasémica(7).

La ATR proximal ocurre en el contexto de tubulopatías proximales complejas, siendo excepcional como enfermedad aislada. La fuga masiva de bicarbonato requiere altas dosis de álcali para controlar la acidosis. La ATR tipo 4 forma parte de entidades que cursan con baja eliminación de amonio por defecto de actividad de aldosterona, que ocurre por hipoaldosteronismo o por resistencia a la acción hormonal en los pseudohipoaldosteronismos congénitos o adquiridos. Estos últimos ocurren en lactantes con pielonefritis aguda asociada a anomalías congénitas nefrourológicas y en nefropatías intersticiales con insuficiencia renal crónica, siendo esta la forma más frecuente de ATR tipo 4, en adultos. En las ATR tipo 4 la hiperpotasemia suele ser más llamativa que la acidosis.

ATR distal

Acidosis metabólica hiperclorémica por defecto genético que afecta a la capacidad de acidificación urinaria. Asociación frecuente con sordera nerviosa.

La ATR tipo 1 o distal es la forma de ATR primaria más frecuente en Pediatría. Los pacientes son incapaces de acidificar la orina a un pH ≤ 5,3 en presencia de acidosis metabólica mantenida. La mayor parte de los casos son debidos a defectos de función de los genes ATP6V0A4 o ATP6V1B1, que codifican subunidades de la bomba de protones ATPasa H+ localizada en el borde epitelial de las células del tubo colector o, con menor prevalencia en nuestro medio, del gen SLC4A1 que codifica el intercambiador de aniones que a través de la membrana basal recupera bicarbonato. Hay otros genes causales, pero son mucho más raros, descritos en muy pocos casos. La tabla II muestra características clínicas útiles para el diagnóstico diferencial entre estas tres formas de ATR distal, debiendo confirmarse con estudio genético(8).

tabla

La nefrocalcinosis de la ATR distal es muy precoz y se produce por la asociación de hipercalciuria e hipocitraturia. Estos factores también entrañan riesgo de urolitiasis, aunque esta es más tardía y evitable en gran medida con un adecuado tratamiento que el lector puede consultar en una guía clínica reciente(9). La base de tratamiento es la administración bicarbonato sódico y/o citrato potásico para normalizar el pH sanguíneo y la bicarbonatemia. Las dosis no son altas, entre 2-3 mEq/kg/día, ya que no hay pérdida proximal de bicarbonato, salvo en lactantes al diagnóstico, siendo entonces necesario administrar transitoriamente dosis mayores. Un correcto tratamiento mejora el crecimiento y previene la progresión de la nefrocalcinosis. Sin embargo, estudios recientes indican que un 30 % de pacientes o más desarrollan a largo plazo insuficiencia renal crónica leve-moderada(10).

Equilibrio hidroelectrolítico

La diabetes insípida nefrogénica (DIN) es la tubulopatía más representativa relacionada con el metabolismo del agua, mientras que en relación con el metabolismo sodio-potasio, las tubulopatías pierde sal más ilustrativas son el síndrome de Bartter, que engloba diversas entidades cuyas características principales se resumen en la tabla III(5,11) y el síndrome de Gitelman.

tabla

Diabetes insípida nefrogénica

Poliuria masiva en varones por resistencia a la acción de la hormona antidiurética con polidipsia secundaria. Marcada hipostenuria con incapacidad de concentrar la orina por encima de la osmolalidad plasmática.

La DIN está causada por la incapacidad de los túbulos colectores para reabsorber agua por resistencia a la acción de la hormona antidiurética (ADH) o vasopresina (VP). La forma genética más prevalente de DNI, que supone un 90 % de casos, se presenta en varones con un defecto en el receptor V2 de la VP (OMIM 304800) de transmisión recesiva ligada al cromosoma X. Un 10 % de pacientes de ambos sexos tienen DIN de herencia autosómica dominante o recesiva causada por defectos de función en el canal de agua acuaporina-2.

La DIN de origen genético cursa con marcada poliuria, hipostenuria, con osmolalidades urinarias muy inferiores a la plasmática, y polidipsia secundaria con gran avidez por el agua. Si se limita el acceso a los líquidos, los niños presentan episodios graves de deshidratación hipernatrémica. La sed provoca irritabilidad y la alta ingesta hídrica puede dificultar el aporte nutricional y ocasionar déficit de medro, así como hidronefrosis a medio-largo plazo por el alto volumen de orina.

Al igual que en las DIN adquiridas, por nefropatía tubulointersticial crónica o tratamiento por litio en adultos, hay formas parciales de DIN congénita en las que la poliuria y el defecto de concentración urinaria son menos intensos y tienen mucha menor repercusión clínica(12).

Se describe clásicamente el test de deprivación hídrica y administración de desmopresina para el diagnóstico diferencial de la poliuria-polidipsia en Pediatría. En la DIN, la osmolalidad urinaria se mantiene por debajo de la plasmática tras la restricción hídrica y aumenta menos de un 50 % con desmopresina. En los pacientes con DIN primaria este test es muy mal tolerado y entraña riesgo de deshidratación e hipovolemia graves. Debe de realizarse bajo monitorización hospitalaria estrecha y solo si es estrictamente necesario y no puede llegarse a un diagnóstico cierto con la historia clínica, el estudio genético y, recientemente, la determinación de copeptina circulante, un péptido estable, fácil de medir y que es un biomarcador fiable de los niveles de ADH(13).

El tratamiento de la DIN se basa en las medidas ya señaladas: líquidos orales a demanda, dietas bajas en sodio, reducción del filtrado glomerular mediante antiinflamatorios no esteroideos y administración de tiazidas con diuréticos ahorradores de potasio. En la actualidad se están ensayando nuevos fármacos en la DIN primaria dirigidos a contrarrestar específicamente el defecto molecular subyacente(12).

Síndrome de Gitelman

Tubulopatía primaria más prevalente, especialmente en etnia gitana. Nefropatía pierde sal con alcalosis metabólica hipopotasémica, hipomagnesemia e hipocalciuria.

El síndrome de Gitelman (OMIM 263800) es de herencia AR, causado por un defecto en el gen SLC12A3 que codifica el cotransportador de cloruro sódico NCC situado en el túbulo distal. Es posiblemente la tubulopatía primaria más prevalente, con alta incidencia en la etnia gitana(14).

Se presenta característicamente en la infancia tardía o edad adulta y cursa bioquímicamente por alcalosis metabólica hipopotasémica con hipomagnesemia e hipocalciuria. Además de por estas alteraciones analíticas frecuentemente apreciadas por primera vez en el curso de un cuadro de vómitos e intolerancia oral, se puede detectar en individuos asintomáticos en el curso de un estudio familiar, por la avidez por alimentos salados o por clínica neuromuscular consistente en calambres, debilidad, parestesias o tetania. Es una tubulopatía pierde sal y fenotípicamente puede ser indistinguible del síndrome de Bartter tipo 3 (Tabla III), aunque la baja eliminación de calcio con calcio/creatinina inferior a 0,05 mg/mg es un hallazgo muy típico de síndrome de Gitelman, útil en el diagnóstico diferencial clínico(14).

El tratamiento se basa en el aporte de dieta rica en sal, evitar periodos prolongados de ayuno y en suplementos, si son necesarios, de cloruro potásico y de magnesio. Existe una guía clínica de consenso recientemente publicada(15).

Metabolismo mineral: calcio – fósforo – magnesio

En este grupo son destacables el raquitismo hipofosfatémico ligado al cromosoma X y el síndrome de hipomagnesemia hipercalciuria, tubulopatías muy significativas, que pueden ser graves y requieren ser diagnosticadas precozmente por el pediatra.

Raquitismo hipofosfatémico ligado a X

Raquitismo hereditario más común por hipofosfatemia primaria causada por exceso de FGF23 que interfiere con la reabsorción de fosfato y la síntesis de 1,25 dihidroxivitamina D en el túbulo renal proximal.

Esta enfermedad, denominada también hipofosfatemia ligada a X (XLH), forma parte de los raquitismos que no se producen por una carencia de vitamina D. Es el raquitismo heredado y la hipofosfatemia de base genética causada por exceso de FGF23 más frecuente(16). El exceso de producción por los osteocitos de FGF23 se produce por un defecto de función del gen PHEX por un mecanismo no completamente aclarado. El aumento de FGF23 inhibe la reabsorción de fosfato, lo que ocasiona hiperfosfaturia, y la síntesis de 1,25(OH)2D, factores ambos que causan defecto de mineralización del hueso dando lugar a raquitismo en edad pediátrica y a osteomalacia en los adultos.

La enfermedad sigue un patrón de herencia dominante ligada a X (OMIM #307800), tiene una amplia variabilidad fenotípica y produce en niños raquitismo, deformidades en los huesos que soportan peso e hipocrecimiento disarmónico con mayor afectación del segmento inferior del cuerpo. La talla baja no se explica únicamente por la hipofosfatemia ni porque las extremidades inferiores se incurven, sino que el aumento de FGF23 puede jugar también un papel directo cardinal sobre la placa de crecimiento. Asimismo, la XLH causa defectos del esmalte y abscesos dentarios, dolores óseos, impotencia funcional de la unidad osteoarticular, síndrome de Arnold-Chiari, y a largo plazo en adultos hipoacusia por afectación de los huesos del oído interno y lesiones de entesopatía(16).

El tratamiento ha consistido tradicionalmente en la administración de suplementos de fosfato y metabolismos de la vitamina D. Sin embargo, la mala tolerancia, el riesgo de inducir toxicidad y la falta de eficiencia para corregir o prevenir manifestaciones importantes de la enfermedad justifican la administración de burosumab, un anticuerpo monoclonal que antagonista los efectos de FGF23 y que ha demostrado en los últimos años ser un avance terapéutico prometedor. El lector interesado puede consultar diversas guías recientes para el diagnóstico, control y tratamiento de los pacientes con XLH(17,18).

Síndrome de hipomagnesemia familiar con hipercalciuria

Disminución de la absorción paracelular de calcio y magnesio en el asa ascendente de Henle por defecto genético en las claudinas 16 o 19. Asociación de alteraciones oculares y riesgo de evolución a fallo renal avanzado.

Tubulopatía de herencia AR causada por defectos en la función de claudina 16 (OMIM #248250) o de claudina 19 (OMIM #307800), proteínas que regulan el transporte de ion calcio e ion magnesio a través de las uniones paracelulares del asa ascendente de Henle.

Los enfermos tienen hipomagnesemia por fuga renal de magnesio, hipercalciuria, nefrocalcinosis, polidipsia y poliuria. Pueden ser hipocrecidos, tener urolitiasis con infecciones urinarias de repetición y evolucionar a fallo renal crónico. Los pacientes con defecto de la claudina 19 tienen característicamente afectación ocular consistente en miopía maligna, coloboma macular y nistagmus(19). La mayoría de los enfermos españoles tienen la misma mutación en el gen CLDN19. La enfermedad no tiene tratamiento específico dirigido a su base patogénica. La hipercalciuria es intensa y muy resistente a las medidas terapéuticas habituales.

Metabolismo del ácido úrico

En este grupo deben de mencionarse las hipouricemias renales, tipo 1 y 2 (OMIM #220150 y #612076, respectivamente). Está afectada la reabsorción de ácido úrico en la membrana luminal de las células tubulares proximales por función defectuosa del intercambiador renal de urato-anión URAT1 (tipo 1) o de un transportador de urato de alta capacidad llamado GLUT9 (tipo 2). Son de herencia autosómica, generalmente AR, cursan con hipouricemia e hiperuricosuria y pueden ser asintomáticas o cursar con urolitiasis o con fallo renal agudo inducido por el ejercicio. No existe tratamiento específico, debiendo procurarse la hidratación y la administración de citrato potásico para mantener el pH urinario entre 6-7(20). Hay una guía clínica recientemente publicada para consulta(21).

Tubulopatías que afectan todos los sistemas metabólicos anteriores

Síndrome de Fanconi

Afectación global de los procesos de reabsorción en el túbulo proximal. La forma genética más frecuente es la causada por la nefropatía cistinótica.

El síndrome de Fanconi o de Toni-Debré-Fanconi corresponde a una disfunción generalizada del proceso de reabsorción en el túbulo proximal, lo que ocasiona las alteraciones mostradas esquemáticamente en la figura 1.

figura

Figura 1. Síndrome de Fanconi: alteraciones bioquímicas características.

No se trata de un defecto molecular de los múltiples transportadores y canales que intervienen en la reabsorción, sino de un “colapso” global y no selectivo de la función reabsortiva por mecanismos no bien conocidos, entre los que puede existir un daño extenso de la integridad de las células tubulares proximales o una imposibilidad para utilizar energía por las mismas por mal funcionamiento de la ATPasa Na+/K+ o por patología mitocondrial, bien directamente o por lesión de otra organela intracelular(22).

El síndrome de Fanconi puede ser adquirido por tóxicos, medicamentos o enfermedades inmunológicas o puede ser congénito, en el contexto de errores innatos del metabolismo, enfermedades mitocondriales, defectos genéticos del túbulo proximal, enfermedad de Wilson o idiopático. La causa congénita del síndrome de Fanconi más frecuente es la cistinosis (OMIM #219800), enfermedad de depósito lisosomal de cistina causada por defecto del gen CTNS(23).

El síndrome de Fanconi se puede instaurar progresivamente y, cuando es completo, produce manifestaciones clínicas graves compatibles con el perfil clínico descrito de las tubulopatías, además de las dependientes de la enfermedad primaria y requiere las medidas terapéuticas generales ya comentadas. En el caso de la cistinosis existe un tratamiento específico con cisteamina, un agente depletante de cistina que, si bien mejora enormemente el pronóstico de la enfermedad, no es eficaz para controlar la tubulopatía proximal.

Enfermedad de Dent

Tubulopatía proximal en varones con proteinuria de bajo peso molecular, hipercalciuria y riesgo elevado de fallo renal crónico.

Tubulopatía proximal compleja con herencia ligada al cromosoma X causada por alteración en el proceso de endocitosis, clave para la reabsorción de proteínas por defecto de función del gen CLCN5, Dent tipo 1 (OMIM #300009), o del gen OCRL, Dent tipo 2 (OMIM #300555); si bien, en un 25-35 % de los casos no se evidencian mutaciones en ninguno de estos dos genes(24). Los pacientes son varones con pérdida de proteínas de bajo peso molecular (99 % de los casos), hipercalciuria (75-90 %), urolitiasis (30-50 %), nefrocalcinosis (40-75 %) y fallo renal crónico (del 30 al 80 % en mayores de 30 años). En la enfermedad de Dent 2 puede haber casos con afectación oftalmológica y neurológica, con un fenotipo menos grave que el del síndrome de Lowe.

Síndrome de Lowe

También llamado síndrome óculo-cerebro-renal (OMIM #309000). Se afecta el gen OCRL en exones diferentes a la enfermedad de Dent tipo 2. También tiene herencia ligada al cromosoma X y clínicamente cursa con: patología ocular (cataratas, glaucoma, microftalmos, queloides corneales), grave afectación neurológica (hipotonía, arreflexia, retraso cognitivo, alteraciones de conducta, convulsiones) y tubulopatía proximal con hiperaminoaciduria que no progresa siempre a un síndrome de Fanconi completo. Los pacientes pueden progresar a enfermedad renal terminal a los 30-40 años de edad(24).

Función del pediatra de Atención Primaria

Las tubulopatías primarias son enfermedades complejas y, si bien individualmente son de muy baja prevalencia, representan en su conjunto una parte muy significativa y típica de las enfermedades del niño. Es preciso conocerlas para poder diagnosticarlas pronto y evitar o minimizar las complicaciones. Como se muestra gráficamente en el algoritmo que acompaña a este artículo, el pediatra de Atención Primaria debe de:

• Sospechar la presencia de una tubulopatía en un niño, frecuentemente lactante y de corta edad, que presenta déficit de medro o hipocrecimiento con episodios de desequilibrio hidroelectrolítico y ácido-base recurrentes o no aparentemente justificados, así como signos radiológicos o bioquímicos de raquitismo no nutricional.

• Realizar la historia familiar y un árbol genealógico que permita averiguar la existencia de enfermedades de transmisión autosómica, generalmente recesiva, o ligada al cromosoma X, ya que la variabilidad fenotípica de las tubulopatías es muy amplia, incluso dentro de una misma familia, y el estudio familiar conduce en un número significativo de casos al diagnóstico en individuos asintomáticos o con mínima expresividad clínica.

• Interpretar adecuadamente los estudios básicos bioquímicos de la función renal para poder detectar anomalías que justifiquen un estudio diagnóstico de tubulopatía más especializado.

• Contribuir al seguimiento ambulatorio de estos pacientes, detectando complicaciones, minimizando el número de ingresos hospitalarios y orientando a los padres y al niño en aspectos pronósticos y terapéuticos.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor. Se han marcado con *** aquéllas que corresponden a capítulos o monografías de alta calidad que revisan la valoración clínica de la función tubular y las tubulopatías. Asimismo, se han resaltado con ** guías clínicas de interés y con * artículos o capítulos de revisión o actualización.

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Bibliografía recomendada

– Exeni R, García-Nieto V, Medeiros M, Santos F, ed. Nefrología Pediátrica. Oviedo: Ediciones de la Universidad de Oviedo; 2021.

Es un tratado reciente sobre la fisiología y patología renal en niños y adolescentes. Escrito en español por diversos autores españoles e hispanoamericanos, se edita conjuntamente en España y Méjico y constituye el libro básico de referencia sobre Nefrología Pediátrica para la comunidad médica hispanoparlante en todo el mundo.

RenalTube: www.renaltube.com

Es un recurso disponible por Internet en el que se puede encontrar información sobre diversas tubulopatías en las que trabajan grupos españoles y se pueden incluir pacientes para su diagnóstico genético.

– Luis Yanes MI, García García PM, García Nieto V. Tubulopatías. 2020.

Artículo de revisión sobre tubulopatías que puede verse y descargarse de la web de la Sociedad española de Nefrología: https://www.nefrologiaaldia.org/253.

Caso clínico

 

Niño de 22 meses que ingresa en Urgencias por cuadro febril de infección de vías respiratorias altas. Una tira reactiva en orina evidencia proteinuria y glucosuria, por lo que ingresa para estudio. No llama la atención a los padres que beba grandes cantidades de agua y la diuresis les parece normal. Percentiles 3-10 de peso y talla.

Antecedentes familiares: hijo único, padres sanos y no consanguíneos.

Antecedentes personales: embarazo a término, peso: 3.850 g; talla: 52 cm; sin enfermedades significativas; correctamente vacunado; convulsión febril simple a los 20 meses de vida.

Datos complementarios

Sangre/suero: pH 7,41; bicarbonato: 21,5 mEq/l; hemoglobina: 11,9 g/dl; creatinina: 0,50 mg/dl; urea: 24 mg/dl; glucosa: 81 mg/dl; Na: 135 mEq/l; K: 3,92 mEq/l; Cl: 110 mEq/l; calcio: 9,5 mg/dl; fósforo: 2,6 mg/dl; magnesio: 2,23 mg/dl; FA (fosfatasas alcalinas): 1.172 UI/l; urato: 1,1 mg 7 dl.

Orina: cromatografía de aminoácidos: aumento de todas las fracciones. Ca/Cr: 1,2 mg/mg (elevado); FG estimado: 92 ml/min/1,73m2 (normal); V %: 3,3 ml/dl FG; EFNa: 2,3 %; EFK: 30,7 %; EFCl: 3,31 %; RTP: 52 %.

Rx de huesos largos: ensanchamiento metafisiario con líneas de esclerosis.

 

tabla

 

Síndrome nefrítico y glomerulonefritis

D. González-Lamuño, A. Buendía de Guezala
Temas de FC


D. González-Lamuño, A. Buendía de Guezala

Unidad de Nefrología-Metabolismo Infantil. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. Santander

Resumen

El Síndrome Nefrítico (SN) se caracteriza por la aparición repentina de edemas e hipertensión arterial (HTA) por efecto de la expansión del sector extracelular hacia los espacios vasculares e intersticiales. La HTA puede complicarse y necesitar tratamiento con hipotensores de acción rápida (diuréticos y antagonistas de calcio). De forma paralela, existe oliguria con orina hematúrica y presencia de proteinuria, con natriuresis baja. A menudo, se acompaña de insuficiencia renal moderada, que en algunos casos puede ser grave y necesitar depuración extrarrenal. Estos síntomas se presentan como consecuencia de una inflamación de los glomérulos (glomerulonefritis aguda, GNA).

En la edad pediátrica, las GNA habitualmente se presentan en un contexto clínico postinfeccioso (GNAPI) o como nefritis asociada a una vasculitis por inmunoglobulina A (VIgA). El cuadro más habitual se debe a una GNAPI cuya patogenia es inmune, afecta principalmente a niños entre 2 y 12 años, y tiene una evolución favorable. Además de la hematuria, edemas, oliguria e HTA, existe hipocomplementemia y un antecedente infeccioso reciente o actual. El sedimento urinario suele estar alterado, con proteinuria de intensidad variable, raramente en rango nefrótico. Si se trata de una GNA rápidamente progresiva o con semilunas difusas, el pronóstico no es tan favorable, con HTA poco significativa, pero con insuficiencia renal grave. Una anamnesis minuciosa ofrece, por lo general, elementos diagnósticos sugerentes.

 

Abstract

Nephritic Syndrome (NS) is characterized by the sudden appearance of edema and arterial hypertension (HT) due to the expansion of the extracellular sector towards the vascular and interstitial spaces. If hypertension complicates treatment with rapid-acting hypotensives (diuretics and calcium antagonists) will be required. In parallel, there is presence of oliguria with hematuric urine and proteinuria, with low natriuresis. It is often accompanied by moderate renal failure, which in some cases may be severe and require extrarenal clearance. These symptoms occur as a consequence of inflammation of the glomeruli (acute glomerulonephritis, AGN).

In the pediatric age, AGN usually manifests in a post-infectious clinical context (PIAGN), or as nephritis associated with immunoglobulin A vasculitis (IgAV). The most common presentation is due to a PIAGN whose pathogenesis is immune, mainly affects children between 2 and 12 years of age, and has a favorable course. In addition to hematuria, edema, oliguria, and hypertension, there is hypocomplementemia and a recent or current history of infection. The urinary sediment is usually abnormal, with proteinuria of variable degree, rarely in the nephrotic range. If it is a rapidly progressive AGN or with diffuse crescents, the prognosis is not so favorable, with insignificant HT, but with severe renal failure. A careful history usually offers suggestive diagnostic key elements.

 

Palabras clave: Síndrome nefrítico; Glomerulonefritis aguda; Insuficiencia renal aguda; Hipocomplementemia; Glomerulonefritis postinfecciosa; Nefropatía IgA.

Key words: Nephritic syndrome; Acute glomerulonephritis; Acute renal failure; Hypocomplementemia; Postinfectious glomerulonephritis; IgA nephropathy.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 471.e1 – 471.e13

 


OBJETIVOS

• Comprender que la patogenia de la mayoría de las glomerulonefritis agudas (GNA) en la edad pediátrica es de origen inmune en un contexto infeccioso o asociadas a vasculitis por inmunoglobulina A (IgA).

• Entender en qué consiste el síndrome nefrítico (SN), sus múltiples causas, que la mayoría tienen buen pronóstico, pero que se debe descartar una posible patología sistémica asociada.

• Saber que una adecuada anamnesis junto a la identificación de determinadas variables biológicas (función renal y complemento) permiten orientar las GNA.

• Conocer que la HTA es una de las principales causas de morbimortalidad y que es necesario un adecuado tratamiento.

• Aprender las bases fisiopatológicas de esta enfermedad renal.

 

Síndrome nefrítico y glomerulonefritis

Introducción

La glomerulonefritis aguda se manifiesta como un síndrome nefrítico de inicio súbito con hematuria, edemas e HTA por expansión del sector extracelular hacia los espacios vasculares e intersticiales, disminución de la filtración glomerular, oliguria y retención de sodio y agua, e insuficiencia renal en grado variable.

El síndrome nefrítico (SN) es una enfermedad renal caracterizada por la presencia de hematuria, proteinuria, oliguria y edemas, con un grado variable de hipertensión arterial (HTA) e insuficiencia renal. Estos síntomas se presentan como consecuencia de una inflamación de los glomérulos del riñón –glomerulonefritis–, manifestada de forma repentina en forma de edemas e HTA, debidos a una expansión del sector extracelular hacia los espacios vasculares e intersticiales. Esta situación produce disminución de la filtración glomerular, con la consiguiente oliguria y retención de sodio y agua, acompañado de edemas, HTA e insuficiencia renal en grado variable. Se caracteriza además por una hematuria glomerular con presencia en el sedimento de hematíes dismórficos y cilindros hemáticos y granulosos, junto a proteinuria en grado variable. La hematuria puede ser esporádica, intermitente o persistente, micro o macroscópica. Por último, señalar que el SN puede ocurrir como un proceso renal aislado o ser parte de una enfermedad sistémica o hereditaria.

Desde el punto de vista etiopatogénico, las GNA pueden ser de tipo primario, o más frecuentemente de tipo secundario, asociadas a una infección o a una enfermedad autoinmunitaria. En la edad pediátrica, las GNA habitualmente se presentan en dos contextos clínicos: 1) como una glomerulonefritis aguda postinfecciosa (GNAPI); y 2) como una nefritis asociada a una vasculitis por inmunoglobulina A (VIgA). No debemos olvidar que existen otras causas, en general de peor pronóstico, en las que será muy importante realizar un diagnóstico adecuado para plantear una posible opción terapéutica específica(1). Además de las GNAPI y las VIgA, en el diagnóstico diferencial de las GNA, deben considerarse: la púrpura de Schönlein-Henoch, el lupus eritematoso sistémico y las vasculitis de pequeños vasos (granulomatosis con poliangeitis y poliangeítis microscópica). La diferenciación de estas entidades se basa en la presencia o no de manifestaciones extrarrenales en el contexto de una enfermedad sistémica, y en los estudios complementarios de laboratorio. El dato diferencial biológico más significativo será el estudio del complemento, que será normal en el caso de la púrpura, y con niveles de C3 y C4 muy disminuidos en el caso del lupus (Tabla I) (Fig. 1). Otras causas posibles de GNA son las GNAPI de etiología diferente a la infección estreptocócica, como son las GNA asociadas a las endocarditis y a los shunts, y la GNA asociada a la hepatitis B.

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Figura 1. Algoritmo diferencial de las GN en función de la afectación sistémica y alteración del complemento. GN: glomerulonefritis; LES: lupus eritematoso sistémico.

Anamnesis

En un síndrome nefrítico el comienzo es: brusco, con fiebre, cefalea y dolor abdominal; o progresivo, con edema periférico, ganancia de peso y astenia. En ambos casos, está presente una hematuria y la anamnesis debe estar dirigida a diferenciar el origen glomerular o urológico. La hematuria glomerular se describe como color marrón, té o coca-cola, mientras que la urológica se describe como roja encendida y, en ocasiones, con coágulos.

Las manifestaciones de un SN agudo pueden ser: de comienzo brusco, el paciente refiere fiebre, cefalea y dolor abdominal; o progresivo, con edema periférico, ganancia de peso y astenia. El síntoma prínceps suele ser la hematuria, que puede acompañarse o no de oliguria. La orina tiene espuma como resultado de la eliminación de proteínas, que tienen una acción reductora de la tensión superficial de la orina. En la anamnesis al paciente, las preguntas deben estar dirigidas a tratar de diferenciar el origen de la hematuria, bien glomerular, bien urológica o urotelial. La hematuria glomerular se describe como color marrón, té o color coca-cola, mientras que la urológica se describe como roja encendida y, en ocasiones, con coágulos. En la hematuria de origen glomerular, rara vez se recoge la presencia de dolor, y si está presente este es leve en flanco, espalda o abdomen. En la hematuria urológica el dolor es la norma. La pregunta sobre antecedente cercano de fiebre, infección del tracto respiratorio superior o de la piel es obligada. Es además importante recoger antecedentes como: la edad, especialmente relevante si se trata de un niño menor de 4 años o mayor de 15 años; la historia familiar de enfermedades glomerulares o de enfermedad renal de causa no filiada; la posible historia previa de síntomas similares; o identificar signos alarma, como es la evidencia de enfermedad extrarrenal o sistémica, o de una enfermedad renal crónica asociada a HTA.

Examen físico

Los hallazgos físicos más característicos del síndrome nefrítico son el edema periférico y la HTA sistémica, secundarios a la expansión del volumen.

El edema es, en general, moderado, pero el paciente puede llegar a presentar anasarca, insuficiencia cardiaca con edema agudo de pulmón y edema cerebral. Asimismo, la HTA suele ser moderada; pero, en ocasiones, puede presentarse como HTA maligna con daño en órganos diana. Otros hallazgos que pueden orientar a una etiología sistémica o hereditaria del SN, son las alteraciones cutáneas: en forma de rash típico, en ala de mariposa, en el lupus eritematoso sistémico; la presencia de lesiones purpúricas palpables en las vasculitis, entre las que se encuentra la púrpura de Schönlein-Henoch; y la presencia de angioqueratomas en la enfermedad de Fabry. En las articulaciones, la presencia de artritis, hiperelasticidad o rigidez matutina, pueden indicar la presencia de una enfermedad reumática, colagenosis o vasculitis. El resto de la exploración física es inespecífica (Fig. 2).

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Figura 2. Criterios sugestivos de la glomerulonefritis aguda postinfecciosa (GNAPI) y de la vasculitis por inmunoglobulina A (IgA). HTA: hipertensión arterial.

Fisiopatología del daño glomerular en el síndrome nefrítico (SN)

El síndrome nefrítico es secundario a la inflamación del glomérulo del riñón en el que habitualmente está implicada la respuesta inmunológica. Una vez que se inician los sucesos inflamatorios, aumenta la permeabilidad a las proteínas y la disminución del filtrado glomerular, provocando las alteraciones estructurales del glomérulo con: hipercelularidad, trombosis, necrosis y, en ocasiones, la formación de semilunas.

El SN es secundario a la inflamación del glomérulo del riñón, que puede ser el resultado de alteraciones genéticas primarias, de anomalías en el sistema del complemento o de la coagulación, de disfunciones inmunológicas, o debidos a cambios en la perfusión glomerular. Los trastornos genéticos del glomérulo resultan de mutaciones patogénicas en diferentes genes que codifican para proteínas localizadas, tanto en el glomérulo como en el intersticio y/o en el epitelio tubular. Las alteraciones inmunológicas asociadas a un SN pueden deberse tanto a mecanismos humorales como celulares. Pueden ser debidas a: la presencia de anticuerpos contra los componentes de la estructura del glomérulo, como por ejemplo frente a la membrana basal en la granulomatosis con poliangeitis; la presencia de complejos antígeno-anticuerpo que se escapan al control del sistema retículo endotelial y que, a su vez, se depositan en el glomérulo, como en el caso de la nefropatía IgA; a la interacción antígeno-anticuerpo que se genera y deposita in situ en el propio glomérulo, asociado en ocasiones a liberación de inmunocomplejos circulantes. Otros mecanismos del daño glomerular incluyen disfunciones en el sistema del complemento y de la coagulación, de mecanismos de apoptosis y la síntesis alterada de citocinas, que conllevan la entrada de los leucocitos circulantes. El sistema del complemento se puede activar por la vía clásica, vía lectina o por la vía alternativa. La ruta de activación puede guiar al clínico hacia el diagnóstico subyacente. Una activación por la vía alternativa produce una disminución de los niveles de C3 sérico con niveles de C4 normales, circunstancia característica de la glomerulonefritis aguda postestreptocócica (GNAPE).

Una vez que se han iniciado los sucesos inflamatorios, aparece una cascada de mediadores inflamatorios que son los responsables del incremento de la permeabilidad a las proteínas y de la disminución del filtrado glomerular, provocando las alteraciones estructurales del glomérulo con: hipercelularidad, trombosis, necrosis y, en ocasiones, la formación de semilunas. Se produce un aumento de la reabsorción de sal en la nefrona distal, con la consiguiente retención de líquidos y con un sistema renina-angiotensina-aldosterona que funciona normalmente (Fig. 3)(2).

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Figura 3. Esquema de los mecanismos fisiopatológicos que actúan en las glomerulonefritis agudas.

Pruebas de laboratorio

Las pruebas de laboratorio básicas, además del estudio del sedimento urinario, incluyen: las pruebas de función renal, el estudio del complemento y de anticuerpos antinucleares y el estudio del sedimento urinario. Una característica identificativa del sangrado glomerular es la presencia de un porcentaje significativo de hematíes dismórficos en el frotis de orina.

Estudios urinarios

La hematuria es fácilmente reconocible, bien macroscópicamente por visión directa o con un resultado positivo para sangre en la tira de orina. La hematuria glomerular se acompaña con frecuencia de proteinuria en grado variable. El rango de la proteinuria puede variar desde bajo grado (<500 mg/día), a una proteinuria en rango nefrótico (>3.000 mg/día). La proteinuria puede cuantificarse mediante la determinación del índice proteinuria/creatinina en orina de una micción aislada, que da una idea bastante aproximada de la magnitud del problema y, si es necesario, mediante la cuantificación en orina de 24 horas. El examen microscópico de la orina en el SN revela un número variable de hematíes libres y, en el caso de orina centrifugada, se observa un botón (pellet) hemático en el fondo del tubo centrifugado. Los cilindros hemáticos son un hallazgo definitivo de afectación glomerular, aunque no se visualizan en todas las ocasiones, ya que requiere visualización en fresco. Pueden aparecer también cilindros granulosos e hialinos, sobre todo si la proteinuria es elevada. Una característica identificativa del sangrado glomerular es la presencia de un porcentaje significativo de hematíes dismórficos en el frotis de orina.

Estudios hemáticos

Los estudios rutinarios de laboratorio incluyen: recuento sanguíneo completo, electrolitos, urea, creatinina y perfil hepático. La velocidad de sedimentación globular (VSG) y la proteína C reactiva están elevadas. La estimación del filtrado glomerular (FG) generalmente se realiza con una recogida de orina de 24 horas para determinar el aclaramiento de creatinina, ya que el FG estimado por la fórmula de Schwartz modificada basa el aclaramiento en una función renal estable, con cifras de creatinina sin variaciones rápidas, y puede arrojar datos erróneos. Ante la sospecha de un SN, es obligado un estudio inmunológico que incluirá complemento y anticuerpos antinucleares (ANA). El C3, componente de la vía clásica y alternativa; y el C4, componente de la vía clásica, permiten aproximar algunos de los mecanismos del trastorno; de esta forma, definiremos el SN con niveles normales de complemento y con niveles alterados (Fig. 1). Niveles bajos de C3 con niveles normales de C4 orientan a una GNAPE o GNAPI, o a una glomerulonefritis membranoproliferativa (GNMP); mientras que niveles bajos de ambos sugieren una GNAPI, un lupus eritematoso sistémico, una GNMP asociada a hepatitis C tipo 1 o una crioglobulinemia mixta. La presencia de ANA positivos nos orienta hacia una enfermedad sistémica. En este caso, otros estudios inmunológicos a incluir serían: anti-ADN, anti-Sm y anti-Ro, para el diagnóstico de enfermedades de colágeno, fundamentalmente el lupus eritematoso sistémico; anticuerpos perinucleares anticitoplasma de neutrófilos y anticuerpos citoplasmáticos anticitoplasma de neutrófilo, para el diagnóstico de vasculitis; y anticuerpos antimembrana basal glomerular, para descartar la granulomatosis con poliangeitis o el síndrome de Googpasture (Tabla I). El SN con C3 bajo puede ser secundario a un número de enfermedades infecciosas, por lo que los estudios deben considerar la política de vacunas de la comunidad, antecedentes personales y edad, serologías de hepatitis virales B y C, sífilis y virus de la inmunodeficiencia humana. Otras enfermedades infecciosas que se deben considerar son: endocarditis; infecciones bacterianas persistentes, como abscesos; o infecciones de shunt vasculares.

Pruebas de imagen

Utilizaremos la ecografía para determinar el tamaño renal y las posibles complicaciones. Aunque un tamaño renal normal no excluye insuficiencia renal crónica, ya que pueden estar aumentados sobre su situación basal debido al SN, los riñones pequeños indican fibrosis irreversible, probablemente atrofia renal.

Biopsia renal

Los pacientes con hematuria de características glomerulares con presión arterial, función renal normal y proteinuria baja no requieren biopsia renal, a menos que sospechemos una enfermedad sistémica con GNA. Las indicaciones absolutas de biopsia renal incluyen: deterioro rápido de la función renal por la sospecha de una glomerulonefritis rápidamente progresiva, insuficiencia renal establecida en la evolución, presencia de proteinuria superior a 1 g/1,73 m2/día, persistencia de proteinuria y alteraciones inmunológicas no compatibles(3).

Desde el punto de vista anatomopatológico, la GNAPI típica es una afección renal secundaria a un episodio infeccioso estreptocócico ocurrido días atrás, con proliferación endocapilar difusa en la biopsia y evolución favorable. La presencia de signos extrarrenales, como exantema cutáneo, fiebre, artralgias o incluso una hemorragia pulmonar, indicará una GNA secundaria asociada a una enfermedad autoinmunitaria. Si se trata de una GNMP, el pronóstico a largo plazo no es tan favorable. El SN agudo puede obedecer también a una glomerulonefritis con semilunas difusas o síndrome de glomerulonefritis rápidamente progresiva (Tabla I). En estos casos, la insuficiencia renal puede ser grave y no remite con rapidez.

Glomerulonefritis aguda postinfecciosa (GNPI)

La glomerulonefritis aguda postinfecciosa es la principal enfermedad glomerular en la edad pediátrica. Consiste claramente en una reacción autoinmunitaria, debida a varias causas, principalmente a agentes microbianos.

Incidencia y distribución estacional

A pesar de ser una condición muy frecuente a nivel global, la incidencia real de la GNAPI, cuyo prototipo en el 90 % de los casos es la GNAPE, es desconocida. La frecuencia de la GNAPE depende mucho del nivel de desarrollo socioeconómico de la región. Se observa una disminución de la incidencia en los países industrializados, debido al mejor acceso a la asistencia sanitaria y a la potabilización del agua de consumo, asociadas a una menor virulencia del estreptococo piógeno. A escala mundial, la mayor parte de los casos ocurren en países de recursos limitados, en los cuales se estima una incidencia entre 10-30 por 100.000 niños, lo que la convierte en la principal enfermedad glomerular en el niño. Existe un cierto predominio en el sexo masculino, y es excepcional en el niño menor de 1 año(4).

La GNAPI puede aparecer de forma esporádica o epidémica, pero con una variación estacional en relación con el foco de infección. En los países occidentales, en los que en general existen variaciones estacionales, es secundaria a las infecciones rinofaríngeas del invierno o la primavera. Por el contrario, en los países tropicales, es secundaria a las infecciones cutáneas y tiende a observarse durante todo el año(5).

Agentes microbianos

El microorganismo más frecuentemente implicado en la GNAPI es el estreptococo beta-hemolítico del grupo A, con un claro predominio del serotipo 12. Además de la proteína de superficie M que permite identificar los serotipos, existen dos grandes grupos de estreptococos del grupo A en función de la presencia o no de una lipoproteinasa que puede opacificar el suero, el denominado factor opacificador del suero; cada uno de ellos contiene un grupo de proteínas M específico. El grupo factor opacificador positivo está formado por cepas nefritogénicas, mientras que el grupo factor opacificador negativo contiene cepas reumatogénicas. Las cepas nefritogénicas se dividen también en cepas responsables de lesiones cutáneas y cepas responsables de infecciones orofaríngeas. Sin embargo, en algunos casos, una cepa asociada a las infecciones cutáneas puede ser responsable de una infección orofaríngea, por transferencia de la cepa de la piel hasta la orofaringe.

Etiología y clasificación

Como se ha mencionado antes, el prototipo de la GNA del niño sigue siendo la GNAPE, aunque existen otros microorganismos implicados en esta enfermedad (Tablas II y III).

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Para sugerir una etiología infecciosa, se deben identificar algunos de los siguientes criterios: un foco infeccioso reciente o actual, ausencia de enfermedad sistémica, IgA escasa o ausente en la biopsia (si se dispone de esta prueba invasiva) y, por último, presencia de lesiones compatibles de origen infeccioso (C3). No hay que olvidar que la GNA puede estar relacionada con una vasculitis (vasculitis por IgA, nefritis secundaria a una endocarditis bacteriana subaguda o una nefritis asociada a un shunt). En ocasiones, una glomerulonefritis crónica se manifiesta en forma de un cuadro nefrítico agudo cuyo diagnóstico diferencial no siempre es fácil de establecer. Este es el caso de las glomerulonefritis primarias asociadas a una nefropatía por IgA o a una GNMP, o en el caso de glomerulonefritis secundaria una nefritis lúpica, por ejemplo.

Cabe mencionar también la glomerulonefritis rápidamente progresiva (GNRP) que es infrecuente en el niño, y los pacientes presentan un cuadro clínico sugestivo de GNA con pérdida progresiva de la función renal en un corto periodo de tiempo (semanas, meses). En la histología de la biopsia renal se observan semilunas difusas.

Patogénesis

La GNA consiste claramente en una reacción autoinmunitaria, debida a varias causas, principalmente a agentes microbianos. Como resultado existe una activación de procesos biológicos que incluyen el reclutamiento de linfocitos T, activación del complemento y liberación de factores de crecimiento y citocinas. Se produce de este modo la reacción inflamatoria y las lesiones glomerulares agudas.

Proceso inmunológico y activación del complemento

Frente a algunos agentes agresores, existe una respuesta inmunitaria humoral con activación del complemento y depósito de inmunoglobulinas. Los antígenos pueden ser componentes de los microorganismos depositados en el glomérulo, como los antígenos catiónicos exógenos de determinadas bacterias (estreptococo, estafilococo), o virus (hepatitis B); o componentes de los propios glomérulos, como el ácido desoxirribonucleico (ADN) del nucleosoma en la nefritis lúpica o los antígenos tumorales. También pueden formarse complejos inmunitarios, circulantes o in situ. En dos tercios de los pacientes con GNA, se han observado complejos inmunitarios circulantes. En el suero de pacientes con GNAPE se demuestra la presencia de valores elevados de inmunoglobulinas G y un título elevado de antiestreptolisina O (ASLO ≥833 unidades Todd).

Posteriormente, se activa la vía alternativa del complemento con la producción de factores quimiotácticos y quimiocinéticos, con depósitos de inmunoglobulina G (IgG), C3, C5 y properdina en los glomérulos. Estos depósitos atraen a los leucocitos hacia el foco de la lesión y facilitan la formación del complejo de ataque de membrana o perforinas. Esta reacción provoca lesiones tóxicas directas en el glomérulo y la liberación de citocinas y prostaglandinas, facilitando la apoptosis celular. La activación de la vía alternativa es todavía más importante por la presencia de un autoanticuerpo estabilizador de la C3-convertasa alternativa, el C3 nefrítico o el C3Nef, pero también por la inhibición del factor H por absorción de la proteína similar al colágeno 1 (Scl-1) del estreptococo. El factor H es uno de los inhibidores fisiológicos de la C3-convertasa alternativa. Asimismo, en algunos casos (GNRP), se puede activar la coagulación formándose trombos y depósito de fibrina que permiten la formación de semilunas.

En la fase inicial de la GNA, la vía clásica del complemento (C1q, C4) y la vía de las lectinas pueden activarse en un menor grado que la vía alternativa. Se ha observado la presencia de anticuerpos dirigidos contra la membrana basal glomerular, la laminina, el colágeno o algunos elementos del mesangio en el suero de pacientes con GNA. Sucede de igual manera con los anticuerpos anti-ADN nativos o los anticuerpos anticitoplasma de los polimorfonucleares (ANCA). Estos últimos aparecen en los casos graves, GNA con insuficiencia renal o GNRP. Se han descrito concentraciones del complemento normales en algunos casos de glomerulonefritis con semilunas. Algunos pacientes pueden presentar lesiones histológicas típicas de la GNAPE sin evidencia de activación del complemento. No se debe olvidar que la fase de hipocomplementemia es muy corta y debe estudiarse de forma precoz. El plazo de normalización del complemento es de 8 semanas, mucho antes de la desaparición de los signos urinarios.

Antígenos estreptocócicos nefritogénicos

• Se trata de un antígeno estreptocócico del grupo A, una enzima glucolítica con actividad gliceraldehído fosfato deshidrogenasa (GAPDH) llamada receptor de plasmina asociado a nefritis (NAPIr). Está demostrado que NAPIr presenta una actividad similar a la plasmina que puede provocar una reacción inflamatoria. Se detecta NAPIr en los depósitos glomerulares del 100 % de los pacientes a los que se realiza una biopsia precoz en una GNAPE.

• Se ha observado también otra proteinasa catiónica exotoxina B (SPeB) en los depósitos subepiteliales de los glomérulos de los pacientes con GNAPE. SPeB es producida por todas las cepas de estreptococo del grupo A y presenta propiedades superantigénicas. Se han observado concentraciones elevadas de anticuerpos anti-SPeB en el suero de pacientes con GNAPE, en comparación con concentraciones más bajas en pacientes con escarlatina, insuficiencia renal aguda o en personas completamente sanas. Asimismo, se ha observado SPeB en muchos de los depósitos glomerulares de los pacientes con GNAPE, frente a un depósito escaso en los pacientes con otras enfermedades glomerulares. Los anticuerpos relacionados con SPeB resultan más útiles que las concentraciones de ASLO y de antiestreptodornasa B (anti-DNasa B) para confirmar una infección causada por una cepa estreptocócica nefritogénica.

• Estudios más antiguos demostraron el papel de la endoestreptocina, una proteína del citoplasma del estreptococo que se ha observado en los glomérulos desde el inicio de la GNAPI. Los anticuerpos dirigidos contra la endoestreptocina están relacionados con la evolución de la enfermedad y podrían utilizarse como marcadores diagnósticos de la GNAPE.

Lesiones glomerulares e inmunidad celular

En las GNA se observa un infiltrado de macrófagos provocado por la activación del complemento, pero también un infiltrado de linfocitos T helper. En consecuencia, existe producción y liberación de sustancias vasoactivas (óxido nítrico, endotelina), citocinas, factores de crecimiento y prostaglandinas. Los factores de crecimiento, como el factor de crecimiento derivado de las plaquetas, el factor de crecimiento transformante beta y el factor de crecimiento endotelial vascular, desempeñan un papel importante en la formación de las lesiones glomerulares, incluida la proliferación de las células glomerulares, el depósito de la matriz extracelular y la esclerosis. En relación con las interleucinas (IL), su papel es evidente. IL-1, IL-8, IL-19 y el factor de necrosis tumoral α (TNF-α) ejercen una acción proinflamatoria. IL-1 provoca la reacción inflamatoria y la proliferación mesangial, mientras que IL-8 es un quimioatrayente para los granulocitos. El número de macrófagos CD16 (que sintetizan el TNF-α) presente en la orina o en los glomérulos es proporcional a la gravedad de la GNA.

Clínica

Tras un intervalo libre variable tras una infección estreptocócica, la GNA se manifiesta como un SN agudo, caracterizado por la aparición súbita de: hematuria, que puede ser macro o microscópica, HTA, retención hidrosódica en forma de edemas y oliguria.

Cabe destacar que la hematuria macroscópica o el edema son los motivos más frecuentes de consulta de los niños con GNAPE y que es excepcional en menores de 2 años(6). La media de edad de aparición oscila entre los 6-8 años, con una proporción por sexos niño/niña de 2. Sin embargo, no existen diferencias en cuanto al sexo en relación con el origen cutáneo u orofaríngeo de la infección estreptocócica. Se han descrito casos subclínicos en la literatura y, hasta un 20 % de los miembros de una familia de un paciente con GNAPI, pueden presentar también la enfermedad. Una hematuria microscópica puede ser el único signo de la enfermedad en un niño cuyo hermano o hermana presenta una forma más florida.

Clásicamente, se describen tres fases en la GNAPE: una fase latente, una fase aguda y una fase de recuperación.

Fase latente

La duración media de la fase latente oscila entre 7-14 días, con un intervalo de 3 a 33 días.

Fase aguda

En la fase aguda, el paciente presenta de forma súbita signos de la afectación glomerular, la retención hidrosódica y signos biológicos. La presencia de sangre en la tira reactiva de orina sugiere la positividad de la hematuria, que se confirmará con el examen microscópico de la orina. Se deben descartar falsos positivos, como por ejemplo, en caso de toma de medicamentos como laxantes o antibióticos (metronidazol) o en caso de coloración anormal de la orina tras ingesta de remolacha. Asimismo, se debe descartar un origen urinario de esta sangre, de la piel, del aparato genital o del recto del paciente. La presencia de hematíes dismórficos en el sedimento de orina, indica el origen glomerular de la hematuria. Con frecuencia, se observan también cilindros hemáticos y leucocitarios. Al inicio de la fase aguda, la leucocituria puede aparecer antes que la hematuria. Existe también proteinuria, generalmente moderada (inferior a 1 g/L), aunque en el 5-25 % de los casos se detecta una proteinuria masiva asociada a un síndrome nefrótico. Algunos autores describen una correlación entre el pronóstico de la función renal y la proteinuria(7).

El segundo signo más frecuente, que aparece en el 64-90 % de los casos, es la HTA que puede estar asociada a graves complicaciones como son: la encefalopatía hipertensiva, una descompensación cardiaca o el edema agudo de pulmón. Existe una buena correlación entre la presión arterial diastólica y el grado de sobrecarga que puede valorarse con la diferencia de peso pre- y post-reanudación de la diuresis. Por lo general, la presión arterial se normaliza en 1-2 semanas y la fracción de excreción de sodio suele ser inferior al 1 %. La encefalopatía hipertensiva descrita en el 30-35 % de los niños con GNAPE, se manifiesta por la presencia de convulsiones, agitación, cefalea, trastornos visuales o alteración del estado neurológico(8).

Generalmente, la actividad de la renina plasmática está disminuida al inicio, con un grado de retención de líquido proporcional a la disminución de la actividad de renina. Por el contrario, la concentración del factor natriurético atrial está elevada en el plasma. Estos datos sugieren una disfunción primaria del túbulo renal.

Algunos pacientes presentan hiperpotasemia relacionada con el túbulo distal, como en un pseudohipoaldosteronismo de tipo 2. La gravedad y la frecuencia de esta hiperpotasemia no se correlacionan con el grado de la insuficiencia renal. Asimismo, a menudo se observa anemia en los pacientes con GNAPE, con frecuencia secundaria a la sobrecarga hídrica. Sin embargo, también se ha descrito una anemia hemolítica autoinmunitaria.

Siempre en la fase aguda, en el 30-45 % de los casos, se observa una insuficiencia renal, de corta duración, inferior generalmente a 3 días. En casos excepcionales (2-3 %), es necesaria la depuración extrarrenal en las formas oligoanúricas.

Para establecer el diagnóstico de la GNAPE, son necesarias la titulación de los anticuerpos antiestreptocócicos: ASLO, anti-DNasa y antihialuronidasa, y la determinación de la fracción C3 del complemento. La ASLO se encuentra más elevada en la GNAPE secundaria a la faringitis que en la forma causada por impétigo, en la que se observan concentraciones elevadas de anticuerpos anti-DNasa B. Es fundamental la repetición de la titulación de los anticuerpos, ya que algunos pacientes con un valor normal de la ASLO pueden presentar en consecuencia un aumento de las titulaciones. La fracción C3 del complemento está descendida y recupera los valores normales a las 6-8 semanas del inicio de la enfermedad. En algunos pacientes, este descenso precede a la aparición de la hematuria(9). En la fase aguda, la ecografía renal puede ser normal o puede mostrar una diferenciación corticomedular, en ocasiones, con un Doppler alterado. La radiografía pulmonar también puede ser normal o mostrar signos de sobrecarga pulmonar en función del cuadro clínico del paciente.

Fase de recuperación

La reanudación de la diuresis con desaparición de la sobrecarga hídrica indica la fase de recuperación. La diuresis puede ser espontánea o estar provocada por los diuréticos, y la presión arterial se normaliza. En esta fase se observa también la desaparición de la proteinuria y de la hematuria macroscópica. En muchos pacientes, la proteinuria desaparece antes que la hematuria microscópica. Se ha sugerido en casos aislados una recidiva de la GNAPE(10). Los autores mencionan la multiplicidad de subtipos de estreptococos que pueden provocar la enfermedad.

Indicaciones y utilidad de la biopsia renal

Indicación

Ante un cuadro clásico de GNAPI, la biopsia renal en general no está indicada. Está recomendada en todo paciente con proteinuria masiva y síndrome nefrótico de más de 7 días de duración o en caso de insuficiencia renal de más de 3 días de evolución en la fase aguda. La biopsia ayuda a descartar una GNA con proliferación extracapilar.

En un segundo tiempo, la biopsia se considerará: en cualquier cuadro de GNA de evolución atípica, en caso de complemento normal en la fase aguda, en caso de proteinuria de más de 8 semanas de evolución o de persistencia de la hematuria microscópica pasados 18 meses. La no normalización de la complementemia a las 8 semanas ha sido considerada durante mucho tiempo como un criterio de biopsia renal con el fin de descartar una GNMP. Para algunos autores, la persistencia de la hipocomplementemia en caso de regresión de los signos clínicos no siempre es considerada como un criterio de exclusión del origen estreptocócico de la GNA. También está indicada la biopsia renal en caso de recidiva de la GNA tras un episodio pasado(11).

Lesiones histológicas

Las lesiones histológicas son fundamentalmente glomerulares; las lesiones tubulointersticiales son transitorias y leves. En la inmunofluorescencia se observan depósitos granulares de C3 y de inmunoglobulinas G en la fase aguda(12). Se pueden encontrar a nivel mesangial puro o en las paredes de los capilares glomerulares de localización extramembranosa, ofreciendo un aspecto de guirnalda, o también se pueden observar de forma difusa a nivel mesangial alrededor de los capilares glomerulares, originando el aspecto clásico de cielo estrellado. Algunos autores han demostrado la existencia del depósito de C3 sin inmunoglobulina G incluso en la fase aguda de la enfermedad en el 30 % de las biopsias. La microscopia óptica muestra una proliferación mesangial y endotelial difusa que afecta a todos los glomérulos(13). Se observa también un infiltrado de la madeja glomerular de células como linfocitos T, neutrófilos y macrófagos. La proliferación endocapilar provoca una reducción de la luz capilar correlacionada con el grado de la insuficiencia renal; una hipocomplementemia importante se asocia también con una proliferación endocapilar intensa. Depósitos extramembranosos eosinófilos de forma cónica rodeados por un halo claro forman las gibosidades. La proliferación extracapilar asociada a medialunas circunferenciales constituye un mal pronóstico. De forma excepcional, se pueden observar medialunas epiteliales en más del 50 % de los glomérulos, provocando un cuadro de glomerulonefritis rápidamente progresiva. Se ha demostrado también una relación entre la ausencia de depósitos paramesangiales y la hipoalbuminemia en los niños con GNAPE. La retención de líquido era mayor en estos pacientes, el complemento normal y la hematuria macroscópica infrecuente. En la microscopia electrónica aparecen depósitos extramembranosos no específicos.

Tratamiento

Tratamiento curativo

El tratamiento del paciente con GNAPI es sintomático, siendo uno de los objetivos principales el manejo de la HTA. La molécula de primera elección son los diuréticos del asa, que se administran asociados a la restricción hidrosódica a dosis de 1-3 mg/kg de peso corporal. En caso necesario, están indicados los antagonistas del calcio si la presión arterial no se controla con la reanudación de la diuresis. Por el contrario, se deben evitar los betabloqueantes en caso de fallo cardíaco.

No se recomiendan tampoco los inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina (IECAS), debido al riesgo de hiperpotasemia e insuficiencia renal. Se pueden proponer inmunosupresores en todo cuadro de GNA grave, glomerulonefritis extracapilar y glomerulonefritis rápidamente progresiva. Algunos autores han llegado a la conclusión de la ausencia de efectos de los inmunosupresores comparados con el tratamiento de soporte en pacientes sometidos a biopsia renal por una evolución clínica atípica. La antibioticoterapia no está indicada salvo presencia de un foco infeccioso activo (dental, pulmonar, cutáneo), y no modifica la historia natural de la GNAPE. La depuración extrarrenal es excepcional.

Tratamiento preventivo

El tratamiento precoz y adaptado de las infecciones estreptocócicas ha permitido observar un claro descenso de la incidencia de la GNAPI en los países industrializados, debido también a la mejora de las condiciones higiénicas y la educación sanitaria de estas comunidades.

Pronóstico

En general, la evolución de la GNA es favorable, sin secuelas renales, con un excelente pronóstico a largo plazo. Sin embargo, las formas con insuficiencia renal grave o una proteinuria importante no tratadas evolucionan, en ocasiones, hacia la fibrosis y la reducción de la cantidad de nefronas. La tasa de mortalidad es baja en los países desarrollados.

En ausencia de un adecuado control clínico, pueden aparecer complicaciones cardiovasculares agudas o una encefalopatía hipertensiva, asociadas a una elevada mortalidad. A los edemas periféricos se pueden sumar: edema agudo de pulmón y edema cerebral, o una HTA grave que puede complicarse con cefaleas, convulsiones con coma y amaurosis. Necesita tratamiento inmediato con hipotensores de acción rápida (inhibidores cálcicos en especial y diuréticos). A menudo se trata de una insuficiencia renal moderada, pero en algunos casos puede ser grave y necesitar depuración extrarrenal.

Los pacientes desarrollan una inmunidad frente a las distintas cepas nefritógenas; sin embargo, se pueden observar una o varias recidivas de GNA en un porcentaje del 1-5 % de los pacientes. La GNAPE con semilunas presenta un mejor pronóstico que la GNA con semilunas por otra causa, aunque no existe unanimidad en relación con este dato(14).

Perspectivas

Se encuentra en fase de evaluación una vacuna multivalente orientada a la región variable de la proteína M bien tolerada en el ser humano, aunque únicamente incluye las cepas reumatogénicas.

Vasculitis por inmunoglobulina A y enfermedad de Berger

La vasculitis por inmunoglobulina A (VIgA), es una forma aguda de la enfermedad de Berger, y en Pediatría representa el grupo de vasculitis primarias más frecuentes junto con la enfermedad de Kawasaki. La VIgA es de aparición estacional y es más frecuente en invierno, con predominio en los varones.

El grupo de edad de 9-15 años es el más afectado. La nefropatía IgA, aunque al igual que la GNAPE puede debutar como un SN, podemos sospecharla en el contexto de un proceso respiratorio, con un intervalo corto, de menos de 5 días de duración, con complemento normal y con un curso clínico en brotes. El paciente puede haber tenido un episodio previo o tenerlo posteriormente, a diferencia de la GNPE, que no suele recidivar. Algunos autores refieren aumento de la IgA sérica, pero en la práctica clínica en los niños es excepcional, encontrándose IgA elevada en menos de un 5 %. La nefropatía IgA cuando comienza como SN agudo y tiene una evolución rápidamente progresiva, se ha intentado tratar con pautas inmunosupresoras, aunque el nivel de evidencia es bajo. Existe un paralelismo de los criterios sugestivos de la glomerulonefritis postinfecciosa y de los de la vasculitis por IgA.

Nefropatía de la púrpura reumática

La púrpura reumática o de Schönlein-Henoch, es una vasculitis sistémica que afecta los vasos de pequeño calibre. Se caracteriza por la combinación de signos y síntomas cutáneos (púrpura), articulares (artralgias) y gastrointestinales (dolores abdominales). Aunque las manifestaciones clínicas son bastante típicas de la enfermedad, el diagnóstico no siempre resulta sencillo por la similitud con el cuadro clínico de otras vasculitis. La lesión glomerular se observa en alrededor del 30 % de los niños y puede ser grave. La enfermedad evoluciona por accesos, caracterizados por una o más manifestaciones clínicas. Las recidivas son más frecuentes durante los tres primeros meses, pero pueden persistir varios años. La lesión renal se puede manifestar o agravar en una de las crisis. Otras manifestaciones clínicas posibles son: pancreáticas, ureterales, testiculares, miocárdicas y neurológicas(15,16).

La púrpura reumática afecta principalmente en edades tempranas (3-15 años) y rara vez en la edad adulta. Es más común en el hombre que en la mujer, con una relación de 1,5-2 a 1. La incidencia anual es de alrededor de 15 casos cada 100.000 niños. A menudo la precede un cuadro respiratorio (infección estreptocócica, adenovirus, parvovirus, Mycoplasma pneumoniae). El mayor número de casos en invierno o primavera confirma el efecto desencadenante de estas infecciones.

Afectación renal

La frecuencia de la lesión renal varía según las series en función del tipo de pruebas empleadas para detectar la nefropatía, de la frecuencia con que estas se han realizado y del modo de selección de los pacientes. En la mayoría de los casos, la lesión renal se produce dentro de los tres primeros meses de evolución, aunque, a veces, puede desarrollarse de manera tardía con ocasión de una recidiva. La gravedad de la nefropatía no es proporcional a la intensidad de las lesiones cutáneas o digestivas. La hematuria microscópica o macroscópica es el signo más habitual y, a menudo, se presenta de forma aislada. Se puede acompañar de proteinuria de abundancia variable con síndrome nefrótico, que solo suele manifestarse por alteración de los parámetros analíticos. La insuficiencia renal es infrecuente al principio y, en general, moderada. En algunos casos se detecta HTA, incluso en niños con manifestaciones urinarias mínimas.

El pronóstico de la nefropatía de la púrpura reumática generalmente es favorable. El porcentaje de niños que progresan hacia la insuficiencia renal terminal no supera el 2-3 % en series no seleccionadas. La magnitud de las manifestaciones clínicas de insuficiencia renal es un buen factor de pronóstico a largo plazo. La curación es lo habitual cuando los signos se reducen a hematuria aislada o asociada a proteinuria inferior a 1 g/24 h. En cambio, puede llegar a la insuficiencia renal si la proteinuria se acompaña de síndrome nefrótico y/o insuficiencia renal, aunque la mitad de los pacientes con esos signos experimentan una evolución favorable a largo plazo. Cada recurrencia de la enfermedad, que en ocasiones se puede manifestar por hematuria macroscópica, podría acompañarse de una agravación de las lesiones histológicas.

Pruebas complementarias

El diagnóstico de púrpura reumática se formula a partir de manifestaciones clínicas cutáneas, articulares y digestivas; las pruebas de laboratorio sirven básicamente para descartar otro diagnóstico y evaluar la intensidad de la lesión renal.

Los valores de las plaquetas son normales. La concentración de IgA plasmáticas aumenta en la mitad de los casos, pero no guarda relación con la gravedad de la enfermedad. Se ha señalado la presencia de factor reumatoideo IgA, complejos inmunitarios IgA y anticuerpos tipo IgA dirigidos contra el citoplasma de los neutrófilos polimorfonucleares (ANCA).

La búsqueda de hematuria y de proteinuria debe realizarse dos veces por semana al comienzo de la enfermedad y después, una vez por semana, durante al menos dos meses, así como mientras persistan las manifestaciones clínicas. Si el resultado de la búsqueda es positivo, debe evaluarse el volumen de la proteinuria, bien en orina de 24 horas, o bien por determinación de la relación proteinuria/creatininuria en una muestra. En caso de incremento de la proteinuria, se indica análisis cuantitativo de proteínas sanguíneas y de albúmina plasmática. La función renal se evalúa a partir de la creatinina plasmática y de la depuración de la creatinina.

El estudio de la biopsia renal en microscopia óptica es muy variable, en lo que se refiere a tipo y gravedad de la lesión glomerular, de un glomérulo a otro y de un paciente a otro. La nefropatía se revela por alteración mesangial con depósitos e hipercelularidad y medialunas epiteliales en grado variable. Según la magnitud de la proliferación celular, pueden identificarse cuatro categorías:

1. Glomerulonefritis mesangiopática con proliferación de células mesangiales.

2. Glomerulonefritis segmentaria y focal de algunos glomérulos, con proliferación en varios ovillos capilares y adherencias a la cápsula de Bowman; los demás glomérulos están indemnes.

3. Glomerulonefritis proliferativa endocapilar con proliferación acentuada y difusa de células mesangiales.

4. Glomerulonefritis endocapilar y extracapilar, en la que a la proliferación mesangial difusa se agregan medialunas epiteliales en un número variable de glomérulos.

El aspecto en inmunofluorescencia es unívoco: en todos los glomérulos existen depósitos granulosos mesangiales que captan de forma predominante el suero anti-IgA, en especial suero anti-IgA1. En las formas histológicas más graves se pueden añadir depósitos endomembranosos. A los depósitos de IgA se asocian muy a menudo depósitos de C3, fibrinógeno e IgG.

Correlaciones anatomoclínicas

En varios estudios se ha demostrado la buena correlación existente entre la magnitud de las manifestaciones iniciales de la lesión renal y la gravedad de la lesión glomerular, evaluada en función del número de glomérulos con medialunas epiteliales. Con respecto al pronóstico a largo plazo, el mejor indicador es el porcentaje de medialunas epiteliales en la biopsia inicial. La mayoría de los pacientes que evolucionaron hacia la insuficiencia renal presentaban en la biopsia inicial, medialunas epiteliales en más del 50 % de los glomérulos. Sin embargo, la evolución en enfermos con lesión histológica grave puede ser favorable, sobre todo cuando el tratamiento se inicia de manera precoz.

Tratamiento

La nefropatía de la púrpura reumática no tiene tratamiento específico. El reposo en cama, prescrito durante mucho tiempo por los pediatras, limita la gravedad de la púrpura, pero no ejerce influencia sobre la lesión renal o digestiva; por tanto, no está realmente justificado.

Se discute el efecto preventivo de la corticoterapia sobre la lesión renal. En algunos estudios aleatorizados realizados en niños que reciben corticoterapia a dosis de 1 mg/kg/día durante 2 semanas, se demuestra la inexistencia de lesión renal en los pacientes tratados y el desarrollo de una nefropatía moderada en el 10-15 % de los niños no tratados. En cambio, esa diferencia no se encontró en estudios retrospectivos(17).

En pacientes con nefropatía se debe considerar la necesidad de indicar tratamiento. Cuando se acompaña de síndrome nefrótico y proliferación extracapilar marcada, se recomiendan 3 perfusiones de metilprednisolona a dosis de 1.000 mg/1,73 m2. Las perfusiones se reemplazan luego con corticoterapia por vía oral. El tratamiento tiene más posibilidades de ser eficaz si se aplica de manera precoz en los primeros meses. Algunos autores han recomendado tratamiento simultáneo con ciclofosfamida por vía oral. El efecto beneficioso de los intercambios plasmáticos en las formas graves no ha sido demostrado(18).

En pacientes que hayan evolucionado hacia la insuficiencia renal, es preferible esperar un año antes de considerar el trasplante renal, siempre que el tiempo de evolución entre el comienzo de la enfermedad y la fase de insuficiencia renal haya sido corto. Después del trasplante y, aunque en el injerto se encuentran muy a menudo depósitos de IgA, es excepcional una recidiva clínica; los resultados del trasplante son idénticos a los alcanzados en todos los niños con trasplante renal por cualquier otra causa.

Glomerulonefritis por depósitos mesangiales de inmunoglobulina A (enfermedad de Berger)

La glomerulonefritis por depósitos mesangiales de IgA o enfermedad de Berger, es la nefropatía glomerular más frecuente en el mundo. En el niño provoca alrededor del 10 % de las nefropatías glomerulares. Afecta más a varones que a mujeres, con una relación de 3/1. Los primeros signos suelen aparecer a los 7-13 años de edad y la enfermedad pocas veces se manifiesta antes de los 4 años(19).

Manifestaciones clínicas

Los signos de presentación de la enfermedad de Berger son variables: desde hematuria aislada hasta insuficiencia renal rápidamente progresiva. La frecuencia relativa de los distintos cuadros clínicos difiere en niños y adultos. En la infancia, la enfermedad se manifiesta por hematuria macroscópica en el 80 % de los casos. Otras veces, la enfermedad se descubre a partir de un análisis de orina rutinario, que revela hematuria microscópica y/o proteinuria. De manera excepcional, asocia un síndrome nefrótico desde el principio. No obstante, algunos pacientes presentan proteinuria abundante con síndrome nefrótico y el análisis de la biopsia renal muestra lesiones glomerulares mínimas o presencia de depósitos mesangiales de IgA. Los pacientes suelen responder a una corticoterapia y la evolución es idéntica a la de los que padecen nefrosis. Es probable que en realidad tengan nefrosis y que a esta se agreguen depósitos de IgA. La concentración de IgA plasmáticas aumenta solo en la mitad de los casos, pero este dato no tiene valor pronóstico(19).

La evolución se caracteriza por la recurrencia de la hematuria macroscópica, que a menudo se produce dentro de las 48 horas siguientes a un cuadro infeccioso, en especial rinofaríngeo. Junto con la hematuria macroscópica puede haber dolor abdominal o lumbar y, en contadas ocasiones, insuficiencia renal aguda transitoria. Esta guardaría relación con una toxicidad tubular de la hemoglobina, ya que las lesiones glomerulares no explican el descenso de la filtración glomerular. La precocidad de la hematuria en relación al cuadro infeccioso y la ausencia de HTA son dos argumentos de peso para descartar una GNAPI. Por añadidura, la fracción C3 del complemento es normal. Los análisis de orina suelen ser normales entre los episodios de hematuria macroscópica. Sin embargo, algunos niños siguen con hematuria microscópica y, a veces, proteinuria. La HTA puede manifestarse, aunque no haya insuficiencia renal. Excepcionalmente, la enfermedad avanza con rapidez hacia la insuficiencia renal terminal en pocos meses.

Anatomía patológica

Como en la púrpura reumática, el daño glomerular se caracteriza por alteración mesangial con depósitos, además de hipercelularidad y medialunas epiteliales en grado variable. El diagnóstico de enfermedad de Berger solo se consigue mediante análisis en inmunofluorescencia. Así se revelan depósitos que captan el suero anti-IgA de manera predominante. A esos depósitos se suman a menudo otros de IgG, IgM, C3 y fibrina con idéntica localización. La mayoría de las veces se trata de depósitos puramente mesangiales, pero en las formas graves, los depósitos de IgA también se encuentran en las paredes de los capilares glomerulares(19).

A partir de la intensidad de la proliferación celular en microscopia óptica, es posible identificar tres categorías de glomerulonefritis:

1. La glomerulonefritis mesangiopática, que se caracteriza por depósitos mesangiales y, eventualmente, por una discreta proliferación mesangial. Este aspecto se observa en el 30 % de los casos.

2. La glomerulonefritis segmentaria y focal, caracterizada por una proliferación celular que afecta solo a un segmento de algunos glomérulos, con una proliferación extracapilar al lado en forma de medialuna segmentaria. Las lesiones evolucionan hacia la fibrosis. Este aspecto se observa en el 45 % de los casos.

3. La glomerulonefritis endocapilar y extracapilar, la forma más grave, en la que una proporción variable de medialunas epiteliales se suma a una proliferación endocapilar difusa.

Evolución

El pronóstico de la enfermedad de Berger parece mejor en los niños que en los adultos. Una de las razones es que puede tratarse de una enfermedad lentamente progresiva; algunos pacientes con enfermedad de Berger que tuvieron los primeros síntomas en la infancia, experimentan una evolución desfavorable en la edad adulta.

Determinados parámetros clínicos guardan relación con un deterioro más frecuente y más veloz de la función renal: mayor edad de comienzo de la enfermedad, proteinuria persistente entre las crisis de hematuria macroscópica, HTA, ausencia de antecedentes de hematuria macroscópica y función renal alterada en el momento del diagnóstico. El pronóstico a largo plazo también se correlaciona con la gravedad de la lesión histológica. Si la biopsia inicial muestra una glomerulonefritis mesangiopática, el pronóstico suele ser favorable. En cambio, la posibilidad de progresión hacia la insuficiencia renal crónica es correlativa con la presencia de semilunas epiteliales o fibrosas(20).

Patogenia

Es desconocida. Se sabe que la nefropatía por IgA es una enfermedad sistémica, como lo demuestra el hecho de que, después de un trasplante renal, los depósitos de IgA vuelven a formarse en el 35 % de los pacientes. Además, cuando un paciente recibe el riñón de un donante que padece nefropatía por IgA asintomática, los depósitos mesangiales de IgA desaparecen enseguida. La enfermedad de Berger es secundaria a complejos inmunitarios que contienen IgA1. La síntesis de IgA1 por linfocitos procedentes de la médula ósea está aumentada. Las IgA1 séricas y las IgA1 identificadas en las biopsias renales de los pacientes tienen un defecto de galactosilación, lo que favorece la formación de agregados de IgA1 y de complejos antígeno-anticuerpo para IgA, así como la fijación de las IgA1 en los receptores de las células mesangiales o en las proteínas de la matriz. La depuración de complejos inmunitarios de IgA por el sistema reticuloendotelial está disminuida. También existen factores genéticos (mayor frecuencia de antígeno HLA B35 y DR4, casos familiares)(21).

Tratamiento

Los niños con anomalías urinarias mínimas no deben recibir tratamiento específico; cerca de una cuarta parte de ellos evoluciona hacia la remisión completa.

Muchos autores indican, sobre todo en el adulto, IECAS para controlar la presión arterial y por su efecto antiproteinúrico. La corticoterapia puede indicarse a pacientes con proteinuria permanente y/o proliferación extracapilar. En varios estudios se ha demostrado que dicho tratamiento (perfusiones de metilprednisolona seguidas de corticoterapia discontinua) puede disminuir la velocidad de progresión de la nefropatía. El ácido eicosapentanoico (EPA) del aceite de pescado se ha ensayado con éxito en algunos estudios realizados en adultos, con disminución de la velocidad de progresión de la enfermedad en pacientes tratados. El tratamiento inmunosupresor debe reservarse para pacientes que no mejoran con IECAS y/o que tienen proteinuria persistente superior a 1 g/d y/o una alteración de la función renal. En enfermos con evolución rápida, se efectúan intercambios plasmáticos de efecto favorable transitorio. La incidencia de insuficiencia renal es significativamente menor en niños sometidos a amigdalectomía(22).

En pacientes que han evolucionado hacia insuficiencia renal terminal, después de trasplante renal, es frecuente la recidiva de los depósitos de IgA en el injerto, pero las modificaciones histológicas de proliferación celular resultan excepcionales.

Glomerulonefritis membranoproliferativa (GNMP)

La GNMP es una enfermedad glomerular crónica. Es poco frecuente en la infancia, pero su importancia radica en que el comienzo puede ser indistinguible de una GNAPE y, en ocasiones, tiene un curso rápidamente progresivo que termina en insuficiencia renal terminal. El curso clínico prolongado del SN, los niveles de C4 descendidos de forma mantenida más allá de 6 semanas y un deterioro rápido de la función renal nos hará realizar una biopsia renal. El estudio histológico muestra un patrón general de daño glomerular caracterizado en la microscopia óptica por un engrosamiento difuso de la membrana basal glomerular con celularidad aumentada. Tradicionalmente, se han clasificado en 3 tipos según la localización de los depósitos: GNMP tipo I, los depósitos de complemento están en el espacio subendotelial; GNMP tipo II, dentro de la lámina densa de la membrana basal glomerular, con una trasformación electrón densa; y GNMP tipo III, subendoteliales y subepiteliales, con laminación y rotura de la membrana basal. Los depósitos en el tipo I y el tipo III contienen inmunoglobulinas (IgM, IgG) y complemento (C3, C4), mientras que en el tipo II o enfermedad de depósitos densos solo contienen C3. Hoy en día, basados en el conocimiento del papel que desempeña el sistema del complemento, nos vemos obligados a cambiar la clasificación y definir, cuando solo encontramos depósitos de C3, la glomerulopatía C3, que tiene un pronóstico malo, con evolución a insuficiencia renal terminal, pero que, por otro lado, tiene una prometedora opción terapéutica con los anticuerpos monoclonales, que inhiben selectivamente el complejo C5b-9, a pesar de que los ensayos clínicos con eculizumab para esta enfermedad no se hayan realizado todavía.

Conclusión

La aproximación a las GNA se realiza de acuerdo a las manifestaciones clínicas, a las pruebas biológicas y, ocasionalmente, a la histología. El cuadro clínico puede ser muy variado, siendo necesario identificar posibles procesos infecciosos recientes, antecedentes familiares, además de los síntomas renales y extrarrenales. Las pruebas de laboratorio que incluyen el examen de orina, el estudio de la función renal y del complemento pueden ser de gran ayuda.

Función del pediatra de Atención Primaria

El síndrome nefrítico se caracteriza por la aparición repentina de edemas e HTA por efecto de la expansión del sector extracelular hacia los espacios vasculares e intersticiales. De forma paralela, existe oliguria con orina turbia. En general, la hematuria es macroscópica y se acompaña de proteinuria, con natriuresis baja. Debe ser considerado en cualquier niño que se presente con síntomas secundarios a sobrecarga de volumen, debiendo realizar un uroanálisis como prueba de diagnóstico inicial.

La sospecha de un síndrome nefrítico obliga a la derivación al Hospital, ya que a menudo se acompaña de una insuficiencia renal moderada, pero en algunos casos puede ser grave y necesitar depuración extrarrenal. La HTA puede complicarse y necesita tratamiento inmediato con hipotensores de acción rápida (diuréticos y antagonistas de calcio).

En la edad pediátrica, las glomerulonefritis agudas habitualmente se presentan en dos contextos clínicos, como una glomerulonefritis aguda postinfecciosa o como una nefritis asociada a una vasculitis por inmunoglobulina A (IgA).

La glomerulonefritis aguda postinfecciosa es una lesión inflamatoria de predominio glomerular y de patogenia inmune desencadenada por gran variedad de gérmenes. Es una enfermedad propia de la edad infanto-juvenil, siendo los niños entre los 4 y los 14 años los más frecuentemente afectados. El prototipo es la glomerulonefritis aguda postestreptocócica y la presentación clínica más característica es el síndrome nefrítico agudo, aunque los casos subclínicos son muy numerosos. El descenso transitorio de C3 sérico es uno de los principales elementos de diagnóstico. Generalmente no está indicada la biopsia para el diagnóstico, reservándose para casos de curso clínico atípico y no hay tratamiento específico.

Las medidas terapéuticas incluyen restricción de líquidos y de sal, tratamiento con diuréticos y erradicación del proceso infeccioso si permanece activo. La evolución a largo plazo en los casos típicos es generalmente favorable, pero no está desprovisto de morbilidad aguda: el síndrome nefrítico agudo requiere ingreso hospitalario y puede cursar con complicaciones graves (edema agudo de pulmón, insuficiencia cardiaca, encefalopatía hipertensiva, necesidad de depuración extrarrenal).

Las glomerulonefritis en el contexto de una vasculitis por IgA pueden requerir un seguimiento ambulatorio conjunto entre el especialista del hospital y el pediatra de Atención Primaria. La nefropatía IgA se presenta inmediatamente después de una infección respiratoria, no suele haber alteración de la función renal y el C3 es normal. La recurrencia de brotes de hematuria, excepcional en la glomerulonefritis postestreptocócica, apoya este cuadro clínico.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Niaudet P. Poststreptococcal glomerulonephritis. UpToDate. 2020. Stapletton FB, Kim M, editores. Disponible en: http://www.uptodate.com/store.

2.** Rabasco-Ruiz C, Huerta-Arroyo A, Caro-Espada J, Gutiérrez-Martínez E, Praga-Terente M. C3 glomerulopathies. A new perspective on glomerular diseases. Nefrologia. 2013; 33: 164-70.

3.** Rodríguez-Iturbe B, Carr RI, García R, Rabideau D, Rubio L, McIntosh RM. Circulating immune complexes and serum immunoglobulins in acute poststreptococcal glomerulonephritis. Clin Nephrol. 1980; 13: 1-4.

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22.** Floege J. Evidence-based recommendations for immunosuppression in IgA nephropathy: handle with caution. Nephrol Dial Transplant. 2003; 18: 241-5.

Bibliografía recomendada

– Niaudet P. Poststreptococcal glomerulonephritis. UpToDate. 2020. Stapletton FB, Kim M, editores. Disponible en: http://www.uptodate.com/store.

Excelente revisión con especial atención a las manifestaciones clínicas y el diagnóstico de la glomerulonefritis postestreptocócica y el papel de los pediatras en su manejo.

– Ecija Peiró JL. Vázquez Martul M. Glomerulonefritis aguda postinfecciosa. Glomerulonefritis rápidamente progresiva. En: Antón M, Rodríguez LM (coords.). Nefrología Pediátrica: Manual Práctico. Madrid: Editorial Médica Panamericana; 2011. p. 113-8.

Libro de referencia. Revisión del tema con diagnósticos diferenciales entre diferentes formas de glomerulonefritis.

– Donadio JV, Grande JP. IgA nephropathy. N Engl J Med. 2002; 347: 738-48.

Buena revisión de la nefropatía IgA, actualizando conceptos de patogénesis, diagnóstico y pronóstico.

– Fernández Maseda MA, Romero Sala FJ. Glomerulonefritis aguda postinfecciosa. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 303-14.

Excelente protocolo y diagnóstico diferencial.

Caso clínico: glomerulonefritis aguda postinfecciosa

 

Juan es un niño de 10 años, que es llevado al servicio de urgencias por sus padres, por haber presentado dos episodios de convulsiones tónico-clónicas unas horas antes de su llegada al hospital. Refiere cefalea intensa asociada a fotofobia de 5 días de evolución. Presenta vómitos en escopetazo no relacionados con las comidas. No presenta fiebre ni signos respiratorios. Ha tomado en casa infusiones (medicina tradicional) y paracetamol sin mejoría de la cefalea.

Antecedentes

Presenta buen desarrollo psicomotor. Es el menor de tres hijos, nacido a término en un hospital, con llanto espontáneo al nacer. Presenta calendario vacunal correcto (DTP polio, hepatitis B, triple vírica) y nunca antes había tenido convulsiones. Antecedentes familiares sin interés por parte de sus padres. Su abuela materna es diabética e hipertensa. Es su primer ingreso hospitalario. Las serologías frente al virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), hepatitis C y sífilis son negativas.

Presentación del caso

A su llegada, Juan está somnoliento, presenta un peso de 34,7 kg, una altura de 143 cm (percentil 75), pulso de 83 lpm, temperatura axilar de 36,8ºC, frecuencia respiratoria de 24 rpm, saturación de oxígeno del 96 %, glucemia de 108 mg/dL y presión arterial de 141/106 mmHg.

Presenta un leve edema de los párpados con pupilas isocóricas y normorreactivas a la luz. Ausencia de caries dental y leve edema maleolar. Su auscultación cardiopulmonar es normal. No presenta ascitis ni refiere dolor a la exploración del abdomen. No presenta edema escrotal. Durante su evaluación presenta movimientos tónico-clónicos. No presenta lesiones cutáneas ni los padres refieren oliguria. En la tira reactiva de orina se observa sangre 3+, proteínas 1+, pH 6, densidad de 1,030, cuerpos cetónicos 2+ y resto sin interés. Retomando la anamnesis, ha presentado amigdalitis tratada con betalactámicos durante los 12 días previos al inicio del cuadro. Sospecha clínica de encefalopatía hipertensiva secundaria a una GNAPI/HTA secundaria a estudio.

Tratamiento en la unidad de cuidados intensivos

En las pruebas de laboratorio se observa: hemoglobina: 120 g/l; leucocitos: 14.300/µl; neutrófilos: 89 %; plaquetas: 145.000; grupo sanguíneo: B+; serología de sífilis y VIH: negativas; natremia: 137 mEq/l; potasemia: 3,1 mEq/l; cloro: 96 mEq/l; creatinina sérica: 0,70 mg/dl; proteínas totales séricas: 67 g/l; albúmina sérica: 40 g/l (37-45 g/l). En orina: 200-250 hematíes, 10-12 leucocitos.

Tratamiento: se administra furosemida a dosis de 1 mg/kg cada 8 horas con monitorización estricta de los signos vitales y de la diuresis. Alimentación parenteral estricta con restricción hidrosódica. Aproximadamente a las 10 horas de su ingreso, presenta un nuevo episodio de convulsiones tónico-clónicas precedidas por un vómito en escopetazo. Presenta una presión arterial de 160/130 mmHg con trastornos visuales. No se observa focalidad neurológica y la auscultación cardiopulmonar es normal. Se administra labetalol intravenoso continuo durante 48 horas asociado a furosemida, que permite un mejor control de la presión arterial. Al 3er día del ingreso se observa una reanudación de la diuresis con desaparición progresiva de los edemas, pero con persistencia de la hematuria macroscópica. Al 4° día del ingreso, su presión arterial sigue siendo superior al percentil 99, pero ya no presenta convulsiones. La ecografía renal al 4° día muestra una desdiferenciación corticomedular bilateral con un tamaño renal y Doppler normales. Se añade al tratamiento nifedipino, y a las 24 horas, es decir, al 5° día del ingreso, se suspende el labetalol. En conjunto, presenta una evolución clínica satisfactoria. Juan es dado de alta sin necesidad de tratamiento con diuréticos o hipotensores. A las 24 horas del alta los resultados del estudio del complemento son: C3: 0,64 g/l (0,75-1,40 g/l) y C4: 0,08 g/l (0,10-0,34). ASLO: 800 UI/l. Al día siguiente a su ingreso se realizó un fondo de ojo que resultó normal. Se realiza un seguimiento ambulatorio regular con desaparición de la hematuria microscópica a los 5 meses y normalización del complemento a los 2 meses del alta hospitalaria.

 

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A. Gómez Farpón, C. Granell Suárez, C. Gutiérrez Segura

Servicio de Cirugía Pediátrica. Hospital Universitario Central de Asturias

 


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Pediatr Integral 2017; XXI (8): 498 – 510

 


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D. González-Lamuño Leguina

Profesor Titular de Pediatría-Médico Adjunto. Unidad de Nefrología-Metabolismo Infantil.Servicio de Pediatría. Facultad de Medicina-Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, Santander

 


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V. Martínez-Suárez*, D. Martínez-Hernández**, J.J. Zamorano-León**, B. Larrea-Cruz***, F.J. Pellegrini Belinchón****, Á. Jiménez del Valle*****, R. Bermejo Rodríguez*****

*Centro de Salud El Llano (Gijón). **Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid. ***Fundación para la Investigación Biomédica, Hospital Clínico San Carlos de Madrid. ****Centro de Salud Pizarrales de Salamanca. *****Departamento Médico Reig Jofre

 


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2017; XXI (8): 559.e1 – 559.e8

 

 

 

Proteinuria. Síndrome nefrótico

F.A. Ordóñez Álvarez, A. Pérez Pérez, L.R. Díaz Anadón
Temas de FC


F.A. Ordóñez Álvarez, A. Pérez Pérez, L.R. Díaz Anadón

Nefrología Pediátrica. Hospital Universitario Central de Asturias. Oviedo

 

Resumen

El hallazgo de una proteinuria no es excepcional en las consultas pediátricas. En la mayor parte de las ocasiones, los pacientes son valorados de forma inicial en Atención Primaria y, afortunadamente, una alta proporción de aquellos padecerán procesos benignos y transitorios que no exigirán más allá que la confirmación de su desaparición. Por el contrario, en una minoría de casos, la proteinuria podrá asociarse a patologías graves y mostrarse de manera persistente, por lo que el pediatra general debe poseer los conocimientos básicos encaminados a: identificar este signo clínico, dirigir su valoración en las etapas iniciales y colaborar posteriormente en su seguimiento a largo plazo. El objetivo fundamental de su manejo será diferenciar aquellos pacientes que pueden ser controlados por el propio pediatra o, por el contrario, deben ser valorados en el ámbito hospitalario, ya sea de forma urgente o programada.

Se presenta en el capítulo un breve repaso de la metodología dirigida a la detección de proteinuria, una clasificación de sus diferentes tipos y un esquema de manejo práctico secuencial basado en sus manifestaciones. En la segunda parte del capítulo se resume un tema amplio como es el síndrome nefrótico idiopático, subrayando los aspectos de mayor interés clínico y práctico para el pediatra de Atención Primaria.

 

Abstract

Proteinuria is nothing exceptional in pediatric consultations. The majority of patients are initially assessed in primary care and, fortunately, a high proportion of those will have transient and benign diseases that do not require more than the confirmation of its disappearance. Conversely, in a minority of cases proteinuria may be associated with severe pathologies and persistently manifest, hence, general pediatricians must acquire the basic knowledge to identify this clinical finding, direct its assessment in the initial stages, and subsequently collaborate in its long-term follow-up. The fundamental objective of its management will be to differentiate patients who can be controlled by their primary care physician or those that should be assessed at the hospital setting, either in a scheduled appointment or urgently.

This manuscript presents a brief review of the methodology aimed at the detection of proteinuria, a classification of its different types and a scheme of sequential practical management based on its manifestations. The second part of the manuscript summarizes a topic as broad as idiopathic nephrotic syndrome, highlighting the aspects of greatest clinical and practical interest to the general pediatrician.

 

Palabras clave: Proteinuria; Síndrome nefrótico; Proteinuria ortostática; Cociente proteína/creatinina; Tira reactiva orina.

Key words: Proteinuria; Nephrotic syndrome; Orthostatic proteinuria; Protein/creatinine ratio; Urine test strip.

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 472 – 481

 


OBJETIVOS

• Identificar la proteinuria mediante las herramientas diagnósticas disponibles en Atención Primaria, básicamente, tira reactiva de orina y cociente proteína/creatinina en micción aislada.

• Distinguir las causas transitorias de proteinuria.

• Conocer otras causas de proteinuria que pueden ser manejadas desde Atención Primaria.

• Conocer las indicaciones principales por las que una proteinuria debe ser remitida a Nefrología Pediátrica.

• Tener en mente el diagnóstico de síndrome nefrótico y las principales definiciones dentro de su espectro.

• Conocer las situaciones clínicas del síndrome nefrótico que pueden ser manejadas con la colaboración del pediatra de Atención Primaria y las principales indicaciones para remitir a Atención Especializada.

 

Proteinuria. Síndrome nefrótico

Proteinuria

Introducción

En el contexto clínico más habitual, la proteinuria aparece de forma transitoria, traduce condiciones de carácter benigno y se resuelve de forma espontánea, sin ningún tipo de intervención médica.

Aun cuando supone un dato de potencial relevancia clínica, por cuanto puede traducir una manifestación de enfermedades graves, es un signo reconocido de progresión de enfermedad renal y un factor independiente de riesgo cardiovascular, la presencia de proteinuria en la edad pediátrica suele asociarse de forma habitual a condiciones benignas y transitorias.

Programas de cribaje en población escolar y adolescentes, han descrito positividad para proteinuria en una tira reactiva de orina en hasta el 10 % de los examinados, pero, al igual que en el caso de la hematuria, este porcentaje desciende significativamente si se considera como un hallazgo permanente, ya que solo en el 0,1 % de los casos persiste tal anomalía después de un año de seguimiento(1). La prevalencia aumenta con la edad, es máxima en la adolescencia y más alta en el sexo femenino.

Definición y tipos de proteinuria

Se define como proteinuria patológica a aquella superior a la pérdida fisiológica de proteínas en la orina. Se describen diferentes tipos de proteinuria, en función del mecanismo fisiopatológico responsable.

En condiciones normales, existe una pérdida urinaria fisiológica de proteínas, constituida por proteína de Tamm-Horsfall, albúmina, β2-microglobulina, transferrina, inmunoglobulinas y otras. Como consecuencia, se considera normal una proteinuria < 100 mg/m2/día o < 4 mg/m2/h (< 12 mg/m2/h en lactantes) en orina recolectada de 24 horas o < 0,2 mg/mg en niños mayores de 2 años (< 0,5 mg/mg en lactantes), mediante la determinación de un cociente proteína/creatinina en una micción aislada, habitualmente la primera de la mañana.

Se describen cuatro tipos de proteinuria, en función del mecanismo fisiopatológico responsable: glomerular, tubular, por sobreproducción o sobrecarga y por afectación postrenal. Los dos últimos son muy poco frecuentes en niños(2).

Proteinuria glomerular. Supone un marcador de daño glomerular que resulta del aumento en la permeabilidad de la pared capilar del glomérulo al paso de macromoléculas. Está formada en su mayoría por albúmina. Es secundaria a patologías glomerulares, pero también existen situaciones no patológicas por excreción aumentada de proteínas que no responden a un defecto de la estructura renal o función.

Proteinuria tubular. Menos frecuente que la proteinuria glomerular. Está asociada a un aumento de la excreción de proteínas de bajo peso molecular (β2-microglobulina, α1-microglobulina, proteína ligada a retinol) y se produce por un defecto de reabsorción de estas proteínas en el túbulo proximal. Suelen ser de intensidad ligera o moderada y pueden reflejar alteraciones congénitas o adquiridas en el túbulo renal, generalmente debidas a enfermedades tubulointersticiales. La proteína tubular más medible habitualmente es la β2-microglobulina, cuyos valores de normalidad no deben de exceder de los 400 mg/l después de los 3 meses de edad.

Algunos pacientes pueden presentar proteinurias mixtas, glomerular y tubular. En esta situación es útil analizar la relación entre albúmina y β2-microglobulina urinarias. Los valores normales de este cociente se encuentran entre 30-200 mg/mg, de tal forma que valores inferiores a 30 mg/mg corresponden a proteinurias tubulares, mientras que en las proteinurias glomerulares puede alcanzar cifras entre 1.000-15.000 mg/mg.

Proteinuria por sobrecarga. Secundaria a sobreproducción de una proteína específica a un nivel que excede la capacidad de reabsorción tubular, como por ejemplo en: hemólisis intravascular (hemoglobina libre, no ligada a haptoglobina), rabdomiólisis (mioglobina) o leucemias mielomonocíticas agudas (lisozima).

Proteinuria post-renal. Asociada a infecciones urinarias, nefrolitiasis o tumores del tracto urinario. Mecanismo poco definido.

Causas

En general, la gran mayoría de las proteinurias son de origen glomerular y traducen fenómenos benignos y transitorios.

Una clasificación etiológica simple de los diferentes tipos de proteinuria, que posteriormente se comentarán, se presenta en la tabla I(3).

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Métodos de detección

Aunque inicialmente suele detectarse mediante tira reactiva de orina, el hallazgo de proteinuria obliga a confirmarla, asegurar su persistencia y cuantificarla a través de exámenes adicionales en casos seleccionados.

En la práctica clínica diaria la proteinuria es detectada habitualmente con métodos semicuantitativos, aunque para su evaluación y manejo definitivos será preciso utilizar técnicas de cuantificación de las proteínas en orina.

Métodos semicuantitativos

Incluyen la tira reactiva de orina y el método turbidométrico, pero este último no se emplea en la práctica clínica habitual. La tira reactiva mide la concentración de albúmina y algunas otras proteínas, como la lisozima. Se basa en la reacción colorimétrica de la orina con el azul de tetrabromofenol, de la que se obtiene una escala de intensidades de verde que se correlaciona con la intensidad de albuminuria en la muestra, entre indicios (15-30 mg/dl) y 4+ (> 1.000 mg/dl). Es un buen método para valoración inicial, pero no es útil para cuantificar la intensidad de la proteinuria, ya que su resultado depende de la concentración urinaria (la orina concentrada sobreestima la proteinuria y la orina diluida la subestima). Pueden considerarse patológicas proteinurias >1+ en orinas con densidad < 1.015 o > 2+ con densidad > 1.015. Las trazas o indicios de proteínas no suelen implicar una situación patológica. No detecta proteinuria tubular y puede ser difícil de valorar en caso de color anormal de la orina, inducido por algunos alimentos o fármacos. Es muy específica, pero no sensible a bajos niveles de excreción de albúmina, por lo que no detecta la microalbuminuria. Los factores relacionados con falsos positivos y negativos se recogen en la tabla II(4).

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Métodos cuantitativos

Cociente proteína/creatinina y albúmina/creatinina en muestra aislada de orina

Presentan una aceptable correlación con la proteinuria de 24 horas, siempre y cuando exista una buena función renal. Es preferible medirlo en una muestra obtenida en primera hora de la mañana y mantener esta misma recomendación en sucesivas determinaciones si pretendemos obtener información evolutiva de la proteinuria, por cuanto la excreción de proteínas varía significativamente a lo largo del día, en función de factores ortostáticos y de ejercicio(5). Como se ha indicado previamente, el valor normal de la relación proteína/creatinina es < 0,2 mg/mg (< 20 mg de proteína/mmol de creatinina) en niños mayores de 2 años y < 0,5 mg/mg (< 50 mg de proteína/mmol de creatinina) en lactantes y niños pequeños de 6-24 meses. El valor normal del cociente albúmina/creatinina en niños mayores de 6 años es < 30 mg/g (< 3 mg/mmol). Este cociente es preferiblemente utilizado para cuantificar microalbuminuria, mientras el cociente proteína/creatinina está indicado cuando se sospeche una proteinuria superior a este rango.

Orina de 24 horas

Representa el método de referencia para cuantificar proteinuria, albuminuria y microalbuminuria. En la práctica, queda habitualmente restringida a pacientes continentes que ya presentan alteraciones en la tira reactiva de orina o en los cocientes proteína/creatinina o albúmina/creatinina. Se expresa como mg/m2/h, o bien, como mg/m2/día y se consideran patológicos valores > 4 mg/m2/h (> 12 mg/m2/h en lactantes) o > 100 mg/m2/día. La correcta recogida de orina puede ser estimada cuantificando la creatinina urinaria en 24 horas y comparándola con la creatinina en orina esperada. En niños > 3 años los valores normales de creatinina en orina son de 15-20 mg/kg/día, en lactantes entre 12-14 mg/kg/día y de 10,9 ± 3,4 mg/kg/día en el recién nacido a término.

Métodos cualitativos

El análisis cualitativo de las proteínas urinarias puede ser necesario para diferenciar la proteinuria de origen glomerular o tubular. Permite la medición selectiva de las proteínas tubulares β2-microglobulina, proteína ligada al retinol, α1-microglobulina y lisozima, cuyos niveles serán 10 a 100 veces más altos de lo normal en casos con proteinurias de origen tubular. Mención especial merece la microalbuminuria, signo precoz de afectación glomerular en situaciones que cursan con hiperfiltración, como la hipertensión arterial, nefropatía diabética o nefropatía cicatricial. La excreción fisiológica normal de albúmina en niños sanos de 2 a 16 años es < 30 mg/día/1,73 m2. La excreción persistente de albúmina entre 30-300 mg/día/1,73 m2 (30-300 mg/g de creatinina en micción aislada) se denomina incremento moderado de albuminuria, formalmente denominada microalbuminuria.

Evaluación práctica de la proteinuria

El manejo clínico pasa por descartar inicialmente la posibilidad de causas benignas, en especial en pacientes asintomáticos con proteinuria aislada, y realizar un estudio detallado en los casos, afortunadamente menos frecuentes, con proteinuria persistente u otros datos clínicos patológicos asociados.

El interrogatorio sobre las circunstancias clínicas presentes, antecedentes personales y familiares y exploración física, resultan de especial trascendencia y remitimos a la referencia De Lucas C, Izquierdo E. 2022. En la valoración de las proteinurias es sumamente importante seguir una sistemática bien establecida, lo que permite, entre otros, minimizar los estudios complementarios necesarios(6).

Primer paso: exclusión de falsos positivos y confirmación de la proteinuria

Como se ha comentado previamente, en la mayor parte de los casos el diagnóstico inicial de una proteinuria recae en una tira reactiva de orina. Una proteinuria positiva mediante este método exige inicialmente la exclusión de factores relacionados con falsos positivos (ya comentados previamente en este capítulo). Una vez excluidos aquéllos, es obligada su confirmación, ya sea mediante los cocientes urinarios proteína/creatinina o albúmina/creatinina o en orina de 24 horas.

Segundo paso: descartar la posibilidad de proteinurias de carácter benigno

Este paso debe considerarse especialmente si nos encontramos ante un paciente asintomático y con proteinuria como único dato clínico patológico. A diferencia de las proteinurias persistentes en la que se han excluido factores ortostáticos, que deben ser interpretadas como un dato clínico potencialmente grave y valoradas de forma adecuada, las proteinurias “benignas” no requieren evaluaciones diagnósticas profundas. Incluye 3 posibilidades diagnósticas: transitoria, intermitente idiopática y ortostática.

Proteinuria transitoria

Es una causa muy frecuente de proteinuria en la infancia. Muestra habitualmente una magnitud leve. Está motivada por cambios en la presión intraglomerular y permeabilidad capilar que no reviste significación patológica y que, por tanto, traduce únicamente una anomalía funcional. Remite varios días después del cese del factor causal, lo que exige su demostración objetiva. Aparece en cuadros febriles, ejercicio físico intenso, hipovolemia, deshidratación, insuficiencia cardiaca, infecciones, estrés emocional, administración de adrenalina, cirugía abdominal y exposición a frío intenso, aunque también está descrita una forma idiopática sin relación aparente con ninguno de los factores enumerados previamente. En la práctica, ante el hallazgo de una proteinuria de baja cuantía (1-2+ en tira reactiva), asintomática, aislada y con exploración física normal en un niño sin evidencia previa de afectación renal, resulta razonable valorar inicialmente la posibilidad de que se trate de un fenómeno transitorio y autolimitado. Aunque la proteinuria inducida por el ejercicio suele desaparecer precozmente (de forma habitual en 48 horas), otras formas transitorias de proteinuria, como la inducida por fiebre, pueden tardar semanas en negativizarse.

Proteinuria intermitente idiopática

Se presenta como una proteinuria independiente de la posición corporal en, al menos, un 50 % de las muestras de orina recogidas al azar, pero no en todas. La mayoría de los pacientes son jóvenes, menores de 30 años y tienen pruebas de función renal y tensión arterial normales. Los estudios de seguimiento a largo plazo indican que la evolución de estos pacientes, en ausencia de enfermedades sistémicas asociadas, es favorable.

Proteinuria ortostática o postural

Supone la presencia de proteinuria, constante o intermitente, en posición erecta, y su normalización durante el reposo. No suele exceder de 1 g/m2/día en orina minutada ni presentar un cociente proteína/creatinina superior a 1 mg/mg. Es más frecuente en individuos adolescentes altos, con hiperlordosis lumbar y con tendencia la hipotensión ortostática. Es una causa muy frecuente de proteinuria en edad pediátrica (supone hasta el 60 % de la proteinuria en niños y el 75 % en adolescentes), pudiendo llegar a estar presente hasta en el 2-5 % de los adolescentes(7). Su diagnóstico exige, idealmente con varias determinaciones, la cuantificación por separado de la proteinuria emitida durante el periodo de actividad normal y tras el reposo en cama, teniendo la precaución de recomendar orinar al paciente a las 2 horas de acostarse, micción que debe añadirse al periodo de día, asegurar un periodo mínimo de 8 horas de decúbito y permanecer tumbado hasta que se obtenga la muestra de orina de la mañana. Obviamente, existirá proteinuria durante el periodo diurno de actividad y desaparecerá en la primera micción de la mañana. Idealmente, debe evitarse el ejercicio físico intenso en el día previo a esta valoración. Aunque la proteinuria ortostática puede ser persistente, su pronóstico es excelente y tiende a remitir con la edad. No obstante, se aconseja mantener controles anuales en estos pacientes hasta confirmar su desaparición, con vistas a descartar una progresión de la afectación glomerular. Algunos estudios describen una elevada prevalencia de síndrome del cascanueces entre los casos de proteinuria ortostática(8).

Tercer paso: valorar las proteinurias persistentes

Toda proteinuria confirmada en la que se ha descartado un carácter intermitente, transitorio u ortostático exige un estudio diagnóstico detallado, comenzando por su cuantificación mediante un método adecuado(3,6,9). La valoración inicial en esta situación pasará por tratar de clasificarla, por un lado, como proteinuria originalmente de causa renal (primaria) o secundaria a patologías sistémicas.

En ambos casos, la proteinuria puede ser asintomática, por lo general, detectada casual y aisladamente en un paciente sin otros datos clínicos asociados (situación menos habitual), o acompañarse de sintomatología, incluyendo: síntomas generales no específicos (fiebre, pérdida de peso, etc.), síntomas generales específicos (artritis, púrpura, exantema, etc.) o signos/síntomas urinarios específicos (hematuria, disuria, oliguria, hipertensión, insuficiencia renal, etc.).

Ante una situación de proteinuria persistente se realizará en primer lugar un sedimento de orina, buscando otros signos de enfermedad glomerular y/o parenquimatosa, tales como hematuria, cilindros hemáticos, piuria y/o leucocituria. La presencia de un sedimento urinario activo sugiere una respuesta inmunitaria glomerular o intersticial y probablemente asocia afectación de la función renal. También puede ayudarnos a diagnosticar una infección de orina asociada a la proteinuria. Si es así, normalmente la proteinuria desaparecerá al tratar la infección.

El estudio inicial en sangre debe incluir hemograma y bioquímica con función renal (creatinina, urea), electrolitos, colesterol, triglicéridos, albúmina y proteínas totales. Si se necesita una estimación más precisa del filtrado glomerular se puede calcular el aclaramiento de creatinina con orina de 24 horas. La determinación de antiestreptolisinas O (ASLO) y el estudio inmunológico, incluyendo complemento (C3, C4), anticuerpos antinucleares (ANA), anticuerpos anti-citoplasma de neutrófilos (ANCA), anticuerpos anti-membrana basal glomerular e inmunoglobulinas, son datos analíticos básicos a considerar ante la sospecha diagnóstica de glomerulonefritis aguda o enfermedad reumatológica. El estudio infeccioso (virus de hepatitis B y C y HIV) deberá considerarse en función de los datos clínicos asociados (evidencia de enfermedad hepática, exposición a HIV).

El estudio de imagen de la proteinuria persistente pasa casi de forma exclusiva por la realización de una ecografía renal, que se debe realizar en todos los pacientes con sospecha de afectación estructural renal y descarta alteraciones como la presencia de dilataciones, asimetrías renales, obstrucción o algunas cicatrices. Además, aporta información para una posible biopsia, ya que está contraindicada en un riñón único y en riñones pequeños cicatriciales. Únicamente, en casos bien seleccionados, podrían estar indicadas otras pruebas de imagen, preferentemente cistografía (anomalías ecográficas o historia de infecciones urinarias de repetición asociadas) o gammagrafía renal (cicatrices renales y valoración de función renal diferencial).

La biopsia renal no debe ser rutinariamente indicada en el estudio de las proteinurias. Su papel en pacientes con proteinuria persistente aislada y asintomática es controvertido y se reserva, por lo general, para casos con proteinuria > 500 mg/m2/día o ≥ 0,5 mg/mg durante 6-12 meses, presencia de sedimento activo o signos de progresión de enfermedad renal. Por el contrario, en pacientes sintomáticos con proteinuria, la biopsia renal adquiere un mayor protagonismo(10).

En el algoritmo al final del artículo, se sugiere una estrategia general en el manejo inicial de la proteinuria en la edad pediátrica.

Función del pediatra de Atención Primaria

Desde Atención Primaria será posible la evaluación y el manejo de una buena parte de los niños a los que se les haya detectado proteinuria.

Las funciones pueden resumirse en las siguientes:

• Confirmar o descartar a corto plazo una proteinuria detectada mediante tira reactiva de orina en pacientes sin otros datos clínicos significativos.

• Conocer otros métodos de detección de proteinuria, con el mismo objetivo que el indicado previamente.

• Conocer, diagnosticar y controlar los diferentes tipos de proteinuria considerados como benignos (transitoria, intermitente, ortostática).

• Derivar precozmente a Atención Especializada proteinurias persistentes, casos sintomáticos y/o asociados a patologías sistémicas.

Síndrome nefrótico

Definición

Proteinuria en rango nefrótico + hipoalbuminemia ± edemas son los criterios que definen el síndrome nefrótico.

El síndrome nefrótico (SN) se define por la tríada de proteinuria en rango nefrótico (≥ 3+ en tira reactiva o índice proteína/creatinina > 2 mg/mg en la primera micción de la mañana, o bien, > 40 mg/m2/h o > 50 mg/kg/día en orina de 24 horas), hipoalbuminemia (< 2,5 g/dl) y edemas(11). Si bien el edema es el signo guía de la enfermedad, su presencia no es obligatoria.

Clasificación y epidemiología

El SN idiopático es la forma más frecuente y debuta en >12 meses de edad. En sujetos de menor edad se debe sospechar causa genética.

El SN constituye la enfermedad glomerular más frecuente en la infancia. En función de su etiología, se clasifica en primario y secundario. El SN secundario es muy poco frecuente en la edad pediátrica y adquiere mayor relevancia en la edad adulta. Entre sus posibles causas se encuentran infecciones (virus hepatitis B y C, sífilis, VIH, etc.), fármacos (AINE, litio, bisfosfonatos, etc.), otras nefropatías (nefropatía IgA, nefropatía lúpica, glomerulonefritis membranosa, etc.) y neoplasias, como el linfoma Hodgkin(12). Generalmente, la evolución del SN vendrá ligada a la de su causa.

En la edad pediátrica predomina, en cambio, el SN primario. Este, a su vez, en función de la edad de presentación, se clasifica en congénito (<3 meses de edad), infantil (3-12 meses) e idiopático (12 meses-12 años)(13). La mayoría de los casos que debutan antes de los 12 meses son de base genética, no responden a inmunosupresores y tienen mal pronóstico, con evolución frecuente a enfermedad renal terminal en la infancia. Dada su complejidad, estos pacientes requieren un manejo especializado y multidisciplinar(12).

El síndrome nefrótico idiopático (SNI) es, con diferencia, la forma más común de SN en la infancia (más del 90 % de los casos) y en el que se centrará este capítulo. Se presenta a partir del año de edad y tiene una incidencia anual de 2-7 casos/100.000 niños, con un pico entre los 2 y 6 años de vida. La incidencia es mayor durante los meses de invierno, en sujetos de raza asiática, en varones en etapa prepuberal y en poblaciones con nivel socioeconómico bajo(12). Se define SNI ante un SN con hallazgos histológicos de enfermedad de cambios mínimos (ECM), glomeruloesclerosis focal y segmentaria (GEFS) o proliferación mesangial en la microscopía óptica. La mayoría de los pacientes con SNI presentará una ECM, que habitualmente (>90 %) responde a corticoides(12), por lo que el diagnóstico suele ser clínico en la mayoría de los casos y no es necesaria la biopsia renal, salvo en circunstancias concretas. Por tanto, en la práctica clínica habitual no se suele distinguir entre ECM y SNI.

Etiopatogenia

El aumento de permeabilidad de la membrana de filtración glomerular resulta en la pérdida masiva de proteínas por la orina y el desarrollo de edema.

La ECM se considera principalmente una podocitopatía. Las alteraciones podocitarias y de los componentes del diafragma de hendidura conllevarían un aumento de la permeabilidad glomerular para proteínas plasmáticas (principalmente albúmina), lo que resulta en proteinuria selectiva masiva. Si bien hay diversos mecanismos propuestos a nivel molecular(12,14) y parece que pueda existir una base inmune (dada la respuesta a tratamiento inmunosupresor y la relación de la proteinuria con episodios infecciosos y reacciones alérgicas)(12), la patogénesis completa es aún desconocida. Se postula, asimismo, la presencia de un factor circulante mediador de la proteinuria, pero, a pesar de que hay varias moléculas candidatas(14), esta hipótesis está aún por confirmar. Recientemente, se ha descrito, además, la posible participación de otros componentes de la membrana de filtración glomerular, como el endotelio capilar(15).

Manifestaciones clínicas

Además del edema, el SN se puede acompañar de manifestaciones digestivas, respiratorias, fenómenos trombóticos e infecciones, entre otras.

El debut del SNI suele estar precedido por una infección, habitualmente del tracto respiratorio superior. El signo clínico guía es la presencia de edema, que típicamente es progresivo y deja fóvea. Inicialmente, suele ser de predominio matutino en zona periorbitaria, a medida que aumenta la retención de líquidos se hace más evidente y puede aparecer en otras localizaciones, principalmente en zonas declives (zonas declives, como miembros inferiores y zona sacra en decúbito). Se relaciona inversamente con la albúmina sérica. En casos graves puede llegar a ser generalizado (anasarca) y asociarse a derrame pleural (con posible disnea y compromiso respiratorio) y ascitis.

Puede acompañarse de síntomas digestivos como diarrea (por edema de la mucosa intestinal) o dolor abdominal, frecuente por la ascitis e hipoperfusión intestinal. En caso de que este se asocie a fiebre, se deberá sospechar una peritonitis, dada la mayor susceptibilidad que tienen estos pacientes.

La mayoría de los pacientes suelen estar normovolémicos y con una presión arterial normal. En casos de hipovolemia grave puede haber hipotensión, poco frecuente. La presencia de taquicardia, frialdad acra, dolor abdominal, oliguria y relleno capilar lento orienta hacia la presencia de hipovolemia, que deberá tenerse en cuenta para su manejo clínico.

La complicación trombótica más común es la trombosis venosa profunda de extremidades y se asocia al uso de catéteres venosos centrales. Otras localizaciones, como vena renal o sistema nervioso central, o la trombosis arterial son menos frecuentes. El riesgo trombótico aumenta en niños mayores.

Hallazgos de laboratorio

El perfil analítico del SN está dominado por la presencia de proteinuria de rango nefrótico, hipoalbuminemia e hiperlipemia.

La proteinuria en el SN no solo es masiva, sino que además es selectiva (albuminuria). Puede haber microhematuria hasta en un 20-30 % de los pacientes. La presencia de macrohematuria sugiere trombosis de vena renal asociada u otra glomerulopatía. En sangre existe hipoproteinemia (< 6 g/dl) e hipoalbuminemia (< 2,5 g/dl). La función renal suele ser normal, aunque puede existir una elevación de la creatinina debida a hipovolemia u otros factores. El daño renal mantenido debe orientarnos a una complicación o a otras enfermedades glomerulares. Es frecuente la presencia de hiponatremia, por estimulación de la ADH (hormona antidiurética) debida a la hipovolemia. La hiperlipemia es un rasgo característico, con elevación de colesterol total y LDL y, posteriormente, de los triglicéridos, si la proteinuria persiste. La trombocitosis y el aumento del hematocrito (por hemoconcentración) son frecuentes. Los estudios de extensión iniciales indicados en el debut de un SNI se describen en la tabla III.

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Historia natural

El SNI responde mayoritariamente al tratamiento con corticoides. No obstante, las recaídas son muy frecuentes y se relacionan con su pronóstico.

La mayor parte de los niños con SNI responde al tratamiento esteroideo. No obstante, un 80-90 % presentarán recaídas, la mayoría en los primeros meses tras el debut, siendo el riesgo de recaídas mayor a menor edad. Las recaídas se suelen asociar a procesos infecciosos y, en ocasiones, a la vacunación. Un 40-50 % desarrollarán córtico-dependencia y un 20 % son córtico-resistentes. Las definiciones precisas de estas categorías clínicas se detallan en la tabla IV(11). El SNI córtico-sensible se ha considerado tradicionalmente una enfermedad limitada a la edad pediátrica. Sin embargo, aunque la mayoría de los niños llega a la edad adulta en remisión, hasta un tercio presentará enfermedad activa en edad adulta, más en caso de córtico-dependencia o recaídas frecuentes(16).

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Tratamiento

Los objetivos del tratamiento son el control de las manifestaciones asociadas a la proteinuria (tratamiento sintomático) y alcanzar la remisión (tratamiento de base).

Tratamiento sintomático

El edema se maneja habitualmente con restricción moderada de sal y de líquidos (pérdidas insensibles de 400 ml/m2/día + diuresis) en función de su gravedad. Se deberá realizar un balance hídrico exhaustivo, evitando los líquidos intravenosos y la inmovilización en lo posible. Los diuréticos tienen indicación solo en casos graves donde no existe evidencia de hipovolemia. En caso de edema refractario o incapacitante (anasarca, compromiso respiratorio), puede estar indicada la infusión de seroalbúmina intravenosa, con mucha precaución por el alto riesgo de edema pulmonar. El tratamiento hipolipemiante (estatinas), la profilaxis antibiótica y la profilaxis antitrombótica no están indicados de manera rutinaria(11,17,18).

Tratamiento de base

El pilar fundamental de tratamiento del SNI son los corticoides, que están indicados en todos los casos, salvo ante la sospecha de SN genético o sindrómico(11,17). La buena respuesta a corticoides y la presentación en una edad típica (de 1 a 10-12 años) sugieren una ECM subyacente, por lo que, en la práctica clínica, es innecesaria una biopsia renal diagnóstica cuando la evolución es típica. El tratamiento esteroideo se iniciará, de manera empírica, sin necesidad de confirmación histológica. Las indicaciones de biopsia renal se muestran en la tabla III. Las recaídas se tratan también con corticoides, aunque con pautas más cortas(11,17,18). En la tabla V se describe una de las pautas más habituales de la terapia esteroidea(11), aunque puede haber variaciones entre diferentes centros y países.

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La fase de retirada progresiva de los esteroides es una práctica extendida, aunque la mayor parte de las guías nacionales e internacionales no establecen su necesidad. Durante el tratamiento con corticoides se deberá prestar atención a la aparición de efectos adversos (hipertensión arterial, aspecto cushingoide, hirsutismo, hiperglucemia, dislipemia, complicaciones oftalmológicas, alteraciones del comportamiento, etc.) y se deberá asegurar un aporte adecuado de calcio y vitamina D(18).

En el SN con recaídas frecuentes, para mantener la remisión, se puede pautar tratamiento de mantenimiento prolongado con corticoides a días alternos a dosis bajas (≤ 0,5 mg/kg, buscando la dosis mínima eficaz), si son bien tolerados(11). En estos mismos pacientes que no estén recibiendo tratamiento con corticoides, o que estén con corticoides a días alternos, se recomienda la administración de ciclos cortos (5-7 días) de corticoide diario a 0,5 mg/kg/día durante los episodios infecciosos (principalmente infecciones de vías respiratorias superiores) para la prevención de recaídas(11,19).

Tratamientos ahorradores de esteroides

En caso de SN dependiente de corticoides o con recaídas frecuentes en el que sean necesarias dosis más altas de corticoides o aparezcan efectos secundarios, se deberá iniciar un tratamiento ahorrador de esteroides(11,18). No existe consenso ni evidencia suficiente para recomendar una estrategia terapéutica universal actualmente, por lo que la elección del fármaco adecuado debe fundamentarse en las características del paciente y del fármaco (conociendo adecuadamente su perfil de toxicidad) y la experiencia personal. Se deberán tener en cuenta las preferencias del paciente. Dentro del arsenal terapéutico disponible se encuentran los inmunosupresores: ciclofosfamida, micofenolato de mofetilo, anti-calcineurínicos (ciclosporina A y tacrolimus), rituximab (usado habitualmente en caso de fracaso de los anteriores) y levamisol (antihelmíntico no comercializado actualmente en nuestro país, disponible como medicación extranjera)(11,17,18).

Consideraciones respecto a la inmunosupresión

Se debe actualizar y completar el calendario vacunal en todos los niños con SNI cuando sea posible. Las vacunas de virus vivos están contraindicadas mientras reciban tratamiento inmunosupresor.

Dado que todos los niños con SNI van a recibir tratamientos inmunosupresores en algún momento de su evolución, se debe asegurar el cumplimiento del calendario vacunal cuando sea posible. La vacunación puede desencadenar una recaída de SNI, pero la protección que ofrecen supera el riesgo largamente. Estos pacientes deberán recibir un esquema de vacunación antineumocócica que incluya, además de la VNC13 (conjugada), la VNC23 (polisacarídica, indicada a partir de los 2 años de vida). Entre ambas vacunas es necesario un intervalo mínimo de 8 semanas(18,20). Se deberá, además, indicar la vacuna antigripal anual al paciente y a sus convivientes. Si la tasa de anticuerpos anti-varicela del paciente no es protectora, se deberá administrar dosis de refuerzo cuando la situación lo permita(18).

Las vacunas se pueden administrar en pacientes en remisión si tienen una dosis de prednisona <1 mg/kg/día(18). No es recomendable vacunar durante las recaídas, por cuanto el tratamiento inmunosupresor, aun en casos en que no contraindique la vacunación, puede disminuir la respuesta inmunitaria. Están contraindicadas las vacunas de virus vivos (varicela y triple vírica) en pacientes que reciben tratamiento inmunosupresor o tratamiento esteroideo ≥ 2 mg/kg/día durante, al menos, 14 días (≥ 20 mg/día en niños de más de 10 kg)(18,20), desde 4 semanas antes de iniciar el tratamiento hasta 1 mes tras suspender corticoides, micofenolato o anti-calcineurínicos, 3 meses tras suspender ciclofosfamida y 12 meses tras suspender rituximab.

Si está contraindicado vacunar al paciente, se recomienda vacunar a los contactos familiares para disminuir el riesgo de transmisión al paciente inmunodeprimido(18,20).

Función del pediatra de Atención Primaria

Idealmente, el pediatra de Atención Primaria tiene que estar implicado en el control y manejo de los pacientes nefróticos.

Pueden resumirse en las siguientes:

• Supervisar los controles domiciliarios periódicos de proteinuria con tira reactiva para detección de recaídas, adelantando los controles en caso de procesos infecciosos o vacunación.

• Valorar, en pacientes con recaídas frecuentes, la profilaxis de recaídas mediante la administración de prednisona 0,5 mg/kg/día o equivalente durante 5-7 días en los episodios infecciosos.

• Favorecer la adherencia terapéutica de estos pacientes y monitorizar los efectos adversos de los tratamientos empleados, sobre todo de los corticoides.

• Asegurar el cumplimiento del calendario vacunal de estos pacientes, teniendo en cuenta la necesidad de vacunación antineumocócica (VNP13 + VNP23) y antigripal anual, y prestando especial atención a las vacunas de virus vivos, indicando su administración cuando sea posible.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio de los autores.

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20.** Manual de Vacunas en línea de la AEP. Capítulo 14: Vacunación en niños inmunodeprimidos o tratamiento inmunosupresor. Publicado por el Comité Asesor de Vacunas de la AEP. Disponible en https://vacunasaep.org.

Bibliografía recomendada

– Ariceta G. Clinical practice: proteinuria. Eur J Pediatr. 2011; 170: 15-20.

Revisión sencilla de aspectos diagnósticos y características clínicas de la proteinuria desde una perspectiva eminentemente práctica.

– De Lucas C, Izquierdo E. Proteinuria. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 81-92. Disponible en: https://www.aeped.es/documentos/protocolos-diagnosticos-y-terapeuticos-nefrologia-pediatrica.

Protocolo docente actualizado promovido por la Asociación Española de Pediatría y la Asociación Española de Nefrología Pediátrica.

– Leung AK, Wong AH, Barg SS. Proteinuria in Children: Evaluation and Differential Diagnosis. Am Fam Physician. 2017; 95: 248-54.

Revisión teórica estructurada, incluyendo medidas generales a nivel diagnóstico y terapéutico.

– Rovin BH, Adler SG, Barratt J, Bridoux F, Burdge KA, Chan TM, et al. KDIGO 2021 Clinical Practice Guideline for the Management of Glomerular Diseases. Kidney International. 2021; 100: S1-276.

Guía de práctica clínica KDIGO 2021 para el manejo de enfermedades glomerulares. Incluye un capítulo completo dedicado al síndrome nefrótico pediátrico. Cita bibliográfica de cabecera en la patología, con especial énfasis en su tratamiento esteroideo e inmunosupresor.

– Román Ortiz E. Síndrome nefrótico pediátrico. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 317-37. Disponible en: https://www.aeped.es/documentos/protocolos-diagnosticos-y-terapeuticos-nefrologia-pediatrica.

Protocolo docente recientemente publicado y promovido por la Asociación Española de Pediatría y la Asociación Española de Nefrología Pediátrica.

– Manual de Vacunas en línea de la AEP. Capítulo 14: Vacunación en niños inmunodeprimidos o tratamiento inmunosupresor. Publicado por el Comité Asesor de Vacunas de la AEP. Disponible en: https://vacunasaep.org.

Documento del Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría sobre pacientes inmunodeprimidos. Útil para conocer las pautas de inmunización correctas en pacientes bajo tratamiento esteroideo o de otros inmunosupresores.

Caso clínico

 

Usted tiene en su cupo de Atención Primaria un niño de 6 años de edad con un trasplante renal normofuncionante realizado a los 3 años. La patología de base de su enfermedad renal crónica terminal fue una necrosis cortical secundaria a un shock hemorrágico neonatal. Recibe pauta habitual de triple inmunosupresión con prednisona, tacrolimus y micofenolato de mofetilo, sin modificaciones recientes de dosis.

En una revisión programada en el hospital de referencia, se detecta proteinuria de 2 cruces en la tira reactiva de orina, no identificada anteriormente. No refieren incidencias desde la revisión previa, aunque desde hace unos días presenta un cuadro catarral de vías altas, sin fiebre.

Exploración física

Peso: 24,1 kg (+0,34 DE). Talla: 114,3 cm (–0,77 DE). Superficie corporal: 0,87 m2. Tensión arterial: 106/56 mm Hg. Sin edemas periféricos aparentes. Sin dificultad respiratoria. ACP con ruidos transmitidos de vías altas. Abdomen normal. ORL: leve congestión faringoamigdalar.

Exámenes complementarios

Hemograma: hemoglobina: 12,9 g/dl; leucocitos: 12.000/mcl; plaquetas: 459.000/mcl. Bioquímica sanguínea: glucosa: 78 mg/dl; creatinina: 0,47 mg/dl (previa, 0,48 mg/dl); urea: 40 mg/dl (previa, 38 mg/dl); sodio: 141 mEq/l; potasio: 4,7 mEq/l; cloro: 102 mEq/l; calcio: 10,12 mg/dl; fosfato: 5,26 mg/dl; magnesio: 1,63 mg/dl; urato: 3,1 mg/dl; colesterol: 172 mg/dl; triglicéridos: 64 mg/dl; proteínas totales: 6,6 g/dl; albúmina: 4,6 g/dl. Niveles valle de tacrolimus: 5,2 ng/ml (rango normal). Orina (micción aislada): proteínas 3 cruces, sedimento normal, cociente proteína/creatinina 0,87 mg/mg.

Evolución inicial

Dado que el paciente reside a casi dos horas del centro hospitalario de referencia, el nefrólogo pediátrico donde se controla el paciente se pone en contacto con usted para que acuda a su consulta de Atención Primaria durante los próximos días, con vistas a repetir la tira reactiva de orina y entregar una muestra de orina de 24 horas en su Centro de Salud.

La tira reactiva de orina demuestra proteinuria de 2-3 cruces en 3 determinaciones realizadas, siendo negativas en otras dos muestras. Orina de 24 horas: volumen 850 ml/24 h, creatinina 395 mg/24 h, proteínas totales 0,578 g/24 h.

El nefrólogo pediátrico programa una nueva consulta hospitalaria una semana después y se repite el estudio analítico. Hemograma: hemoglobina: 12,7 g/dl; leucocitos: 9.700/mcl; plaquetas: 336.000/mcl. Bioquímica sanguínea: glucosa: 99 mg/dl; creatinina: 0,49 mg/dl; urea: 37 mg/dl; sodio: 138 mEq/l; potasio: 4,5 mEq/l; cloro: 101 mEq/l; calcio: 10,2 mg/dl; fosfato: 4,9 mg/dl; magnesio: 1,77 mg/dl; urato: 3,8 mg/dl; colesterol: 179 mg/dl; triglicéridos: 74 mg/dl; proteínas totales: 6,6 g/dl; albúmina: 4,5 g/dl. Niveles valle de tacrolimus: 5,5 ng/ml (rango normal). Orina (micción aislada): proteínas 2 cruces, sedimento normal, cociente proteína/creatinina 0,99 mg/mg. Ecografía doppler de injerto renal: sin alteraciones.

Evolución posterior

Ante la normalidad de las pruebas analíticas y de la ecografía doppler se mantiene actitud conservadora. Se vuelve a citar en consulta dos semanas después, indicándole a la familia que recoja en el domicilio la primera micción de la mañana. En esta se realiza una tira reactiva de orina (proteinuria negativa) y un cociente proteína/creatinina (0,18 mg/mg) y se solicita una nueva muestra en la propia consulta (proteínas 3 cruces, cociente proteína/creatinina 0,95 mg/mg). El resto de analítica realizada ese día se mantiene estable.

Durante las posteriores revisiones, se indica a la familia que de manera sistemática acudan a la consulta con una muestra de orina de la primera micción de la mañana obtenida en el domicilio, siendo negativas para proteinuria en todas ellas. De forma intermitente, las determinaciones de orina en consulta también han sido negativas, aunque ocasionalmente presenta proteinuria de 2-3 cruces y cocientes proteína/creatinina patológicos.

 

 

tabla

 

 

Infección del tracto urinario y reflujo vesicoureteral

 

S. Alperi García*, V. Martínez Suárez**
Temas de FC


S. Alperi García*, V. Martínez Suárez**

*Hospital Materno Infantil Virgen de las Nieves. Granada. **Servicio de Salud del Principado de Asturias. Universidad de Oviedo

Resumen

La infección del tracto urinario (ITU) febril o pielonefritis aguda (PNA) es una de las infecciones bacterianas más frecuentes en Pediatría, sobre todo en lactantes y en pacientes con malformaciones nefrourológicas congénitas asociadas (CAKUT).

Escherichia coli continúa siendo la bacteria responsable en la mayoría de los casos, aunque otros patógenos como Klebsiella, Proteus, enterococco, enterobácter y Pseudomonas, están aumentando su frecuencia.

La realización de una historia clínica completa es fundamental para el enfoque diagnóstico correcto. El estudio de un paciente con sospecha de ITU se debe iniciar por la orina, con el análisis de una muestra aislada mediante tira reactiva, el estudio del sedimento, la tinción de Gram y el urocultivo. Los pacientes con reflujo vesicoureteral (RVU) y otras CAKUT tienen mayor riesgo de PNA, pudiendo producirse por gérmenes atípicos y más agresivos y evolucionar a una nefropatía cicatricial con un progresivo deterioro de la función renal.

Las nuevas guías sugieren ser menos agresivos con las pruebas de imagen tras un primer episodio de ITU, reduciendo así costes y dosis de radiación. Las indicaciones y eficacia del tratamiento antibiótico profiláctico continúan siendo controvertidas.

Ofrecemos una aproximación al manejo de la ITU basada en la información más reciente y con mayor nivel de evidencia.

 

Abstract

Febrile urinary tract infection (UTI) or acute pyelonephritis (API) is one of the most common bacterial infections in pediatrics, especially in infants and patients with congenital anomalies of the kidney and urinary tract (CAKUT).

Escherichia coli continues to be the responsible bacteria in most cases, however other pathogens such as Klebsiella, Proteus, Enterococcus, Enterobacter and Pseudomonas species are being more frequently isolated.

Performing a complete medical history is essential in the correct initial diagnostic approach. The study of a patient with suspected UTI should be initiated in the urine, by analysing an isolated sample using a urine test strip, sediment, Gram stain and urine culture. Patients with vesicoureteral reflux and other CAKUT have a higher risk of acute pyelonephritis, which may be caused by atypical and more aggressive pathogens and may progress to a scarring nephropathy and progressive deterioration of renal function. New guidelines suggest less aggressive imaging strategies after a first typical infection, reducing radiation exposure and costs. Indications and efficacy of prophylactic antibiotic treatment remain controversial.

We offer an approach to the management of febrile UTI based on a review of the current literature with a higher level of evidence.

 

Palabras clave: Infección urinaria; Reflujo vesicoureteral; Diagnóstico; Tratamiento; Pediatría.

Key words: Urinary tract infection; Vesicoureteral reflux; Diagnosis; Treatment; Pediatrics.

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 460-470


OBJETIVOS

• Dar a conocer la prevalencia de la ITU febril en la población pediátrica y orientar su diagnóstico.

• Llamar la atención sobre las malformaciones nefrourológicas como posibles factores predisponentes a ITU recurrentes o atípicas entre otras condiciones de riesgo.

• Valorar la importancia de una buena interpretación del análisis urinario, basándose siempre en el juicio clínico adecuado.

• Conocer la etiología de la ITU más frecuente en nuestro medio, así como los antimicrobianos más eficaces según su localización y el patrón de resistencias bacterianas existente.

• Enumerar las principales indicaciones actuales de quimioprofilaxis y familiarizarse con las características de las principales pruebas de imagen y su uso prudente y racional.

• Entender la importancia de la elección del tratamiento adecuado y conocer los criterios de derivación a un centro o unidad de referencia.

Infección del tracto urinario y reflujo vesicoureteral

Introducción

El pediatra necesita conocer exhaustivamente los condicionantes de la ITU infantil para la correcta toma de decisiones diagnósticas y terapéuticas.

La ITU continúa siendo una de las infecciones bacterianas más prevalentes en la población pediátrica y es, entre las potencialmente graves, la más frecuente.

Tiene gran relevancia clínica y pronóstica en lactantes menores de tres meses, ya que puede desencadenar un proceso séptico sin apenas sintomatología específica acompañante. De ahí la gran importancia de disponer de un alto índice de sospecha diagnóstica. Además, en un porcentaje no desdeñable de casos en este grupo de pacientes es “el evento centinela” de una uropatía malformativa asociada, que deberemos saber sospechar y diagnosticar para un tratamiento y seguimiento adecuados.

Desde ese planteamiento hablamos de ITU cuando existe crecimiento de microorganismos en una orina recogida de manera correcta en un paciente con sintomatología clínica compatible acompañante. Requiere, por tanto, la confirmación diagnóstica mediante un urocultivo.

Los pacientes con RVU y otros tipos de CAKUT (anomalías del sistema colector renal; “congenital anomalies of the kidney and urinary tract”) tienen un riesgo más elevado de infecciones recurrentes y de posteriores lesiones cicatriciales en el parénquima renal, pudiendo abocar a un progresivo deterioro de la función renal y a una enfermedad renal crónica terminal(1-3,10-12).

La toma de decisiones en el diagnóstico, tratamiento y seguimiento de los pacientes pediátricos con ITU requiere un conocimiento específico para el pediatra de Atención Primaria.

Definiciones

Es fundamental diferenciar la ITU verdadera de la bacteriuria asintomática para evitar el infra o sobrediagnóstico de esta patología.

El recuento bacteriano significativo en orina es variable según la técnica de recolección utilizada. Además, debe tenerse en cuenta una clínica acompañante compatible o posible y una reacción inflamatoria urinaria relevante (estimada por el nivel de leucocituria). Si el paciente no tiene síntomas compatibles con ITU y se aislasen microorganismos en la orina hablamos de una bacteriuria asintomática, que ocurre hasta en el 1-3 % de los preescolares y no precisa seguimiento ni tratamiento por nuestra parte(2,11-12).

Según la localización de la infección en la vía urinaria se habla de pielonefritis aguda (afectación del parénquima renal) o de infección urinaria de vías bajas (cistitis o cistouretritis). En la práctica clínica se utiliza muchas veces de manera indiferente los términos ITU febril y PNA, sin que necesariamente toda ITU febril se acompañe de afectación renal.

Debemos definir además los conceptos de ITU atípica e ITU recurrente(7,9-11):

• Se habla de ITU atípica cuando es causada por un uropatógeno diferente a E. coli, cuando persiste la fiebre a las 48 horas de haber iniciado un tratamiento antibiótico adecuado, si desencadena septicemia, si existe un flujo urinario escaso, si se produce elevación de la creatinina en suero o ante el hallazgo de una masa abdominal o vesical.

• Se considera ITU recurrente cuando se producen dos episodios de ITU alta o PNA, la suma de un episodio de PNA y otro de cistitis o tres o más episodios de cistitis en un año.

Tras cada episodio infeccioso, el tiempo libre de clínica y/o con orina estéril mayoritariamente aceptado para diferenciar una ITU recurrente de una reinfección es de dos semanas.

Epidemiología y factores de riesgo

La ITU continúa siendo una de las infecciones pediátricas bacterianas más frecuentes. A menor edad en el primer episodio, mayor riesgo de uropatía malformativa de base.

La distribución etaria sigue un patrón bimodal, con dos picos de incidencia: lactantes y preescolares de 3-4 años. Los lactantes menores de 90 días con fiebre sin foco son los que presentan mayor riesgo de infección bacteriana potencialmente grave, siendo la ITU la infección más frecuente. En los menores de 2 meses con fiebre sin foco (FSF) el riesgo de ITU febril oscila entre el 2 y el 20 %(4).

Se estima que la probabilidad de que un niño menor de dos años con fiebre y sin focalidad aparente padezca una ITU es de un 7 %, aunque es variable en función de múltiples factores de riesgo. Entre los dos años y la adolescencia, existiendo sintomatología compatible, la prevalencia de ITU sería de alrededor del 7,8 %(8).

La prevalencia es mayor en el sexo masculino por debajo de los tres meses, aumentando la relación progresivamente a favor del sexo femenino, hasta hacerse más prevalente esta entidad en la población femenina a partir del año(1-3,8-12).

Así mismo, los pacientes de raza blanca presentan una frecuencia de ITU de dos a cuatro veces mayor que los de raza negra. Estudios en raza asiática demuestran una frecuencia aún mayor (6 veces más).

En cuanto a las tasas de recurrencia, estas son de hasta el 10-15 % durante el primer año tras el primer episodio, de ahí la importancia de su seguimiento. La recurrencia es más frecuente en lactantes con patología CAKUT, siendo el RVU la más frecuente, seguido de la duplicidad del sistema renal, de las valvas de uretra posterior y de la displasia renal. Se estima que entre el 18-38 % de los lactantes y niños entre 12-36 meses diagnosticados de ITU febril tienen un RVU asociado. Cabe destacar que a menor edad en el primer episodio mayor riesgo de uropatía de base(8,11).

Otros factores de riesgo de ITU dependientes del huésped, además de la raza blanca y las malformaciones urinarias, son: la fimosis, el estreñimiento, la disfunción vesical, la mala técnica de higiene perineal, la oxiurasis y la existencia de antecedentes familiares de primer grado con historia de ITU o RVU; ya que sabemos que existe una susceptibilidad genética individual para padecer ITU, resultando esta de una interrelación entre la capacidad defensiva del huésped y la virulencia bacteriana(10).

La lactancia materna es considerada en algunas publicaciones como un factor protector. Sin embargo, estos últimos factores son controvertidos como los relacionados con el desarrollo de la ITU pediátrica, precisándose más y mejores estudios para confirmar o rechazar su participación(1-3,8,10).

Etiopatogenia

E. coli continúa siendo el microorganismo más frecuentemente aislado en la orina de los pacientes pediátricos con ITU. Sin embargo, gérmenes multirresistentes están cobrando protagonismo. Los factores de virulencia bacterianos y la inmunidad del huésped influyen en la severidad de la infección.

E. coli continúa siendo el patógeno más frecuente causante de la ITU adquirida en la comunidad independientemente de la edad, siendo el responsable de la infección entre el 60 y el 80 % de los casos. Le siguen en frecuencia otros Gram negativos como: Proteus mirabilis, Klebsiella pnemoniae, Enterobacter cloecae, Citrobacter y Pseudomonas aeruginosa. En cuanto a los Gram positivos, Enterococcuss pp. es un patógeno que afecta principalmente a lactantes menores de tres meses y a pacientes portadores de uropatía malformativa. E. coli es el patógeno que produce con más frecuencia bacteriemia(1,2,7-10).

Los microorganismos uropatógenos pueden alcanzar la vía urinaria de dos formas diferentes. La vía hematógena es más frecuente en neonatos. En este grupo el diagnóstico continúa siendo un reto clínico, ya que en muchas ocasiones el único síntoma presente es la fiebre, la irritabilidad o el rechazo de tomas. Además, debido a la inmadurez de su sistema inmunológico este grupo presenta mayor riesgo de extensión de la infección, pudiendo progresar a una septicemia o, en ya raras ocasiones, a una meningitis secundaria(5). E. coli y S. agalactiae representan el 80 % de los microorganismos responsables de la pielonefritis en el período neonatal, seguidos de S. aureus, S. pneumoniae, Enterococcus spp. y enterobacterias como Enterobacter cloecae. La prevalencia de Listeria monocytogenes ha disminuido en los últimos años.

La vía ascendente es la más frecuente en el resto de la población pediátrica. La infección se produce por bacterias uropatógenas que se encuentran colonizando el intestino, que afectan en primer lugar a la región periuretral y ascienden posteriormente por el tracto urinario, adhiriéndose a las células uroteliales gracias a la presencia de “fimbriae” que les permite su colonización y posterior creación de un entorno favorable para su crecimiento, compitiendo por nutrientes necesarios para su supervivencia, como el hierro. La inmunidad innata del huésped y los factores de virulencia bacteriana (como el lipopolisacárido bacteriano LPS, componente mayoritario de la membrana externa de las bacterias Gram negativas, y la hemolisina) contribuyen al desarrollo y al grado de severidad de la ITU(1). La activación de los Toll-Like Receptor (TLR, principalmente TLR4) origina la liberación de factores de transcripción como IRF3, que producen el reclutamiento de neutrófilos y la producción de citoquinas, causantes de la sintomatología de la ITU. Asimismo, las células uroteliales liberan IL8 (que atrae a los neutrófilos en la orina, produciendo piuria) e IL6, que activa la producción de proteína C reactiva (PCR) y de IgA(1,7-8).

En cuanto a la ITU nosocomial, aunque E. coli siga siendo el patógeno más frecuente, cobran especial importancia bacterias atípicas como Klebsiella spp. y Pseudomonasaeruginosa(7). Este patógeno también es muy frecuente en grupos de riesgo (enfermedad de base, portadores de dispositivos como catéter doble J, inmunodeprimidos). En estos casos puede ser más laborioso diagnosticar la infección (Pseudomonas produce leucocituria sin piuria); además pueden tener mayor relevancia la resistencia a los antibióticos de uso común. Diversos estudios han confirmado el preocupante aumento de gérmenes como Klebsiella spp., Enterococcus spp., Proteus spp. y Pseudomonas spp. en detrimento de E. coli, con la alarma asociada del creciente problema de resistencia a la antibioterapia existente, como revela este estudio multicéntrico europeo(15).

Aparte de las infecciones bacterianas, debe recordarse la posibilidad de aislar virus uropatógenos, como los adenovirus y el virus BK, causantes de la cistitis hemorrágica, relegada de manera prácticamente exclusiva a los pacientes inmunodeprimidos, o bien las producidas por hongos (principalmente Candida spp. en las unidades de cuidados intensivos neonatales).

Manifestaciones clínicas, ¿cuándo sospechar una ITU?

Las manifestaciones clínicas suelen ser muy heterogéneas y dependientes de la franja etaria; cuanto menor sea la edad, más inespecífica suele ser la clínica acompañante. Por ello, debemos tener un alto índice de sospecha para establecer un diagnóstico y tratamiento tempranos.

Las manifestaciones clínicas de la ITU en la edad pediátrica son muy variadas y dependientes de la edad. Los síntomas suelen ser muy inespecíficos cuando la edad del niño es inferior a los dos años; por lo que si no tenemos una alta sospecha clínica, podremos infradiagnosticar a nuestros pacientes. En neonatos y lactantes el signo guía suele ser la fiebre sin foco(4,11) (aunque cabe recordar que la presencia de un foco no excluye la ITU, pero sí reduce su probabilidad), además de la presencia de irritabilidad, vómitos, letargia o somnolencia, dificultades en la succión o rechazo en la toma, oliguria y/o poliuria y, en ocasiones, ictericia prolongada. De hecho, la Academia Americana de Pediatría recomienda el despistaje de infección de orina en los lactantes menores de ocho semanas con ictericia, sobre todo si esta es a expensas de bilirrubina conjugada.

En los pacientes prematuros una infección del tracto urinario puede debutar con bradicardia y pausas de apnea(1-3,11).

Aunque los pacientes con PNA suelen tener fiebre, en el paciente menor de dos años es muy difícil, en el ámbito clínico, diferenciar una cistitis de una pielonefritis aguda.

Shaik et al. han diseñado una herramienta(6) para ayudar a estimar la probabilidad de ITU en niños febriles de 2 a 23 meses. Se testan cinco variables para predecir riesgo de ITU (edad, temperatura, historias previas de ITU, sexo, duración de la fiebre y presencia de otro foco de infección), expresándose en porcentaje un riesgo determinado que nos puede guiar a la hora de solicitar un urianálisis o buscar otro foco para la fiebre.

En ausencia de foco que justifique la fiebre, se debería descartar ITU en niños de raza blanca, menores de 12 meses y con fiebre mayor de 39°C de más de 24-48 horas de evolución(4). En mayores de dos años, la clínica suele ser más orientativa, soliendo expresar sintomatología miccional como: disuria, polaquiuria, urgencia miccional y tenesmo, en caso de ITU baja; y fiebre, escalofríos, dolor abdominal y/o en fosa renal y malestar general en la PNT(7).

Anamnesis y exploración física

La realización de una historia clínica minuciosa y una exploración física detallada nos ayudará a optimizar el tratamiento y a evitar pruebas innecesarias.

Ante la sospecha de un primer episodio de ITU febril es importante realizar una anamnesis completa que ayude a decidir los estudios necesarios, y en caso de confirmación optimizar su tratamiento, dirigir otras pruebas complementarias y planificar su seguimiento en Atención Primaria o Especializada.

Son puntos fundamentales de este proceso(3,9,10):

Antecedentes familiares: deberemos hacer hincapié en la posible existencia de enfermedad renal, HTA, sordera o litiasis en la familia, así como averiguar si existe historia de diálisis o trasplante renal. En un primer episodio de ITU febril en lactante deberemos preguntar si existe consanguinidad.

Historia prenatal: conocer si el embarazo ha sido controlado, obteniendo información de las ecografías prenatales. Averiguar si existió oligoamnios y si se estableció algún diagnóstico prenatal. Es importante recoger si ha habido consumo materno de fármacos como IECA/ ARA II o consumo de tóxicos. Asimismo, el desarrollo de diabetes gestacional, ya que puede predisponer a la displasia renal multiquística.

Historia perinatal (parto y periodo perinatal): se debe preguntar si el parto fue eutócico, instrumental o por cesárea y los datos del peso al nacimiento (pequeño para edad gestacional /macrosoma), la edad gestacional y motivo de la prematuridad si existiese. Es importante indagar si existieron en la exploración neonatal hallazgos que nos hicieran sospechar patología renal (la arteria umbilical única se asocia a RVU y a displasia renal).

Historia postnatal: reflejar la curva pondoestatural desde el nacimiento y el desarrollo psicomotor del menor. Indagar sobre la cronología del control de esfínteres, del patrón miccional y del hábito intestinal y nutricional (si recibió lactancia materna y durante cuánto tiempo y cuál es su hábito actual, prestando atención a la ingesta de líquidos, lácteos y sal).

Se deben anotar alergias, ingresos, patologías, como ITUs previas o enfermedades asociadas, como anomalías oculares o sordera, así como el uso previo de fármacos nefrotóxicos (furosemida, aminoglucósidos, vancomicina o AINES).

En el paciente adolescente se debe preguntar por el consumo de tóxicos.

En el examen clínico del paciente, ha de realizarse una exploración sistematizada por aparatos, con especial atención a la palpación abdominal (la mayoría de masas abdominales son de origen renal), la exploración neurológica, la exploración genital con el estadio de Tanner, y exploración lumbar (explorar región sacra, ya que lesiones en esta zona pueden asociarse a la vejiga neurógena). Se deben plasmar en su historia datos antropométricos como el peso, la talla y la presión arterial con percentiles según sexo, edad y talla.

Diagnóstico

El diagnóstico se inicia por el estudio urinario, con el análisis sistemático de una muestra aislada mediante tira reactiva y estudio del sedimento. Debemos conocer la correcta interpretación del urocultivo según el método de recolección de la orina.

Estudio de la orina y métodos de recolección

El estudio de un niño con sospecha de infección de las vías urinarias debe iniciarse por el análisis de la orina, siendo este el primero de los estudios. El uso de la tira reactiva es una práctica generalizada; además de resultar rápida, útil, fácil y económica, pudiendo realizarse en nuestra consulta o a la cabecera del enfermo. Para poder confiar en el análisis es importante la técnica de recolección de la orina y el tiempo transcurrido hasta su estudio.

Previo a la obtención de la muestra, se procederá al lavado de genitales (con la retracción del prepucio en niños si es posible y la separación de los labios mayores en niñas). Los métodos dependerán de si el menor es continente o no. Para el paciente continente los métodos no invasivos incluyen el “chorro medio” (desechando la primera y última parte de la micción) y, para el no continente, el uso de una bolsa perineal colectora adhesiva (con alto riesgo de contaminación) y la recogida “al acecho”, esperando el inicio de una micción espontánea. La bolsa autoadhesiva es útil como primer cribado: un resultado negativo no precisa confirmación por su alto valor predictivo negativo; sin embargo, un resultado positivo siempre nos obliga a confirmar el diagnóstico mediante un método invasivo. Entre los métodos invasivos contamos con el cateterismo o sondaje vesical y la punción suprapúbica. Son las técnicas más fiables para descartar ITU en neonatos y lactantes pequeños y las que debemos realizar de entrada en el niño no continente con necesidad de tomar una decisión urgente(1-3,7,9,10-14).

En una muestra aislada se puede realizar: una tira de orina, un análisis sistemático y microscópico con el estudio del sedimento, una tinción Gram, un urinocultivo, para conocer el germen causal, y un antibiograma que nos permita suspender o modificar el tratamiento antibiótico.

Interpretación de la tira reactiva de orina y del sedimiento

En la interpretación de la tira de orina debemos atender fundamentalmente a la esterasa leucocitaria y al test de nitritos. La esterasa leucocitaria es liberada por los leucocitos, siendo, por tanto, signo indirecto de la presencia de una inflamación en las vías urinarias, aunque no necesariamente de origen infeccioso, pudiendo la leucocituria aislada estar presente por la presencia de fiebre, deshidratación, otro foco de infección como una apendicitis, o la existencia de litiasis o vulvovaginitis, entre otros(1,2,7-10).

El test de nitritos se basa en la capacidad de las bacterias Gram negativas (no de las Gram positivas ni pseudomonas) en reducir los nitratos a nitritos(10).

La positividad de leucocitos y nitritos en una tira de orina sugiere infección urinaria con una alta sensibilidad y especificidad. La positividad exclusiva de nitritos hace una ITU probable, y con la presencia única de leucocituria la probabilidad de ITU será interpretada desde el juicio clínico. Podríamos obviar la realización de tinción Gram si aparecen nitritos por la alta sospecha de E. coli(9).

Por otro lado, el estudio microscópico de orina(11) permite identificar la presencia de piuria (definida como la presencia de más de 5 leucocitos/campo) y bacteriuria (observación de cualquier número de bacterias).

¿Cuándo obtener un urocultivo y cómo interpretarlo?

Para la realización de un urocultivo se debe obtener una muestra no contaminada. La información por parte del laboratorio de bacteriología de un resultado positivo con suficiente número de microorganismos permite confirmar el diagnóstico y orientar un tratamiento dirigido. Debe practicarse siempre en caso de lactante menor de tres meses con fiebre sin foco, mayor de tres meses con anomalías urinarias asociadas o ITU previa, si no existe correlación entre la clínica y los resultados de la tira reactiva de orina y ante una fiebre sin foco mayor de cinco días en un niño de cualquier edad(1-4).

El recuento de unidades formadoras de colonias (UFC) se interpreta según el método elegido para recolectar la orina, considerándose positivo cualquier recuento obtenido mediante punción suprapúbica, un recuento ≥ 10.000 UFC/ml en orina procedente de sondaje vesical y ≥ 50.000-100.000 UFC/ml si la orina ha sido recogida por micción espontánea(7,9,12) (Tabla I).

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La realización de un antibiograma nos permitirá conocer la sensibilidad a los antibióticos del germen, pudiendo así aumentar nuestras posibilidades de éxito en el tratamiento.

Exploraciones complementarias

En pacientes mayores de dos años diagnosticados de cistitis no es preciso realizar ninguna prueba complementaria. En lactantes febriles o menores de dos años con sospecha de PNA, así como en niños urópatas con mal estado general o que vayan a requerir ingreso deberemos realizar una analítica sanguínea para obtener un hemograma, un ionograma para evaluar la función renal y reactantes de fase aguda (PCR, PCT, VSG)(11,14,17).

La elevación de PCT > 0,5 mg/L sería un indicador precoz y específico de PNA y afectación parenquimatosa. La alteración de la capacidad de concentración de la orina también nos orienta a PNA(9,11,17).

En los pacientes menores de tres meses, si presentan mal estado general o probabilidad de septicemia asociada se debe valorar la realización de una punción lumbar(4,7).

El rendimiento del hemocultivo es bajo y no nos va a condicionar el tratamiento posterior; si bien se aconseja su obtención en menores de tres meses si se sospecha bacteriemia, en pacientes con malformaciones nefrourológicas y en inmunodeprimidos.

Las pruebas de imagen (ecografía renal) no se realizarán en el momento agudo salvo sospecha de complicaciones, como la extensión de la infección a tejidos perirrenales o que se trate de una ITU atípica(10).

Tratamiento

Los objetivos principales del tratamiento de la ITU son mejorar la clínica del paciente y evitar las complicaciones a corto y largo plazo. La decisión de iniciar tratamiento empírico debe basarse en la sospecha clínica de ITU tras la historia clínica, la exploración física y el urianálisis.

El tratamiento inicial es empírico hasta disponer del antibiograma, por lo que debemos conocer el patrón de resistencias de nuestro medio y, si la infección es nosocomial, de nuestro hospital.

La elección del antibiótico debe tener una adecuada cobertura para E. coli. En la actualidad, se estima que entre el 50-80 % de las cepas de E. coli son resistentes a ampicilina. También está documentada la creciente resistencia de dicho germen a amoxicilina y cotrimoxazol (18-38 %). E. coli presenta buena sensibilidad a las cefalosporinas de segunda y tercera generación, a los aminoglucósidos, a la fosfomicina y a la amoxicilina-clavulánico, aunque en los últimos años están documentadas resistencias locales de hasta el 15 % a este último antimicrobiano(1,7,9,11-14).

Enterococcus faecalis presenta buena sensibilidad a la ampicilina y amoxicilina-clavulánico, por lo que la tinción de Gram puede ser útil a la hora de elegir el tratamiento empírico, permitiendo identificar la presencia de cocos grampositivos en menores de tres meses y en pacientes con malformaciones nefrourológicas asociadas, lo que puede aconsejar la ampliación de cobertura antibiótica con ampicilina(9).

Las ITU causadas por Pseudomona aeruginosa pueden representar un problema terapéutico, ya que las fluorquinolonas (levofloxacino) son el único principio oral activo frente a este germen, sabiendo que su utilización en Pediatría es fuente de controversia por el riesgo de alteraciones en el cartílago de crecimiento(10). Cabe, en este caso, considerar la administración ambulatoria de un aminoglucósido por vía intramuscular, que evitaría afrontar los costes de una hospitalización si el estado clínico del paciente lo permite.

La primera consideración a la hora de establecer el tratamiento terapéutico empírico apropiado es diferenciar entre dos situaciones clínicas: ITU baja o cistitis y PNA. En ambos casos, la administración del tratamiento por vía oral y por vía parenteral es igual de eficaz y, por tanto, es de elección la vía oral salvo criterios de ingreso hospitalario (Tabla II).

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Si iniciamos tratamiento parenteral y la evolución es favorable, siendo el uropatógeno sensible según la información del antibiograma, se puede continuar tratamiento por vía oral durante 7-10 días (en PNA en menores de dos años se aboga por mantener diez días). En los niños mayores de 2-3 meses con buen estado general y sin factores de riesgo asociados se puede considerar el tratamiento oral desde un primer momento, ya que no se ha comprobado peor evolución ni mayor riesgo de complicaciones(1,7,9,13) (Tabla III).

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En el caso de ITU baja, el tratamiento será ambulatorio siempre que sea posible. Se ha comprobado además la eficacia de regímenes cortos (3-5 días) en pacientes sin complicaciones y siempre y cuando se encuentren sin fiebre. Si no se cumplen dichos requisitos, se siguen recomendando pautas de 7-10 días de duración(7,14).

Los antimicrobianos considerados adecuados para el tratamiento de la cistitis son: en primer lugar, la cefuroxima-axetilo (pauta de 15 mg/kg/día cada 12 h); y en segundo lugar, la amoxicilina-clavulánico (40-50 mg/kg/día de amoxicilina cada 8 horas). En mayores de seis años se puede emplear cualquiera de los anteriores y fosfomicina-trometamol (3 g) únicamente en mayores de 12 años (Tabla IV).

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Otras opciones de tercera línea son la nitrofurantoína (5-7 mg/kg/día) y el trimetoprim-sulfametoxazol (6-12 mg/kg/día de trimetropim).

En cuanto a la ITU alta o PNA, para el tratamiento vía oral se recomienda la utilización de cefalosporinas de 3ª generación (cefixima 8 mg/kg/día, con posibilidad de doblar dosis el primer día) y, como alternativa, amoxicilina-clavulánico o cefalosporinas de segunda generación siempre y cuando su sensibilidad sea superior al 80-90 % para E. coli(9).

Para la vía parenteral, las cefalosporinas de 3ª generación (cefotaxima 150-200 mg/kg/día, ceftriaxona 50-75 mg/kg/día) y los aminoglucósidos (gentamicina 5-7,5 mg/kg/día) son buenas opciones en el tratamiento de primera línea. Se prefiere gentamicina a amikacina por su menor nefrotoxicidad, administrada en dosis única(9).

Si existe sepsis o meningitis concomitante emplearemos cefotaxima a altas dosis (200-300 mg/kg/día), asociando ampicilina (100-150 mg/kg/día) en pacientes menores de 2-3 meses de edad por la posibilidad de infección por Enterococo, al menos, hasta obtener tinción de Gram o cultivo(7,13).

En determinados casos puede recurrirse al tratamiento vía intramuscular de forma ambulatoria con una dosis diaria de ceftriaxona, gentamicina o tobramicina(14).

Para circunstancias más especiales quedarían en reserva ceftazidima, carbapenémicos y quinolonas. Si existe riesgo de bacteria BLEE (bacterias productoras de betalactamasas de espectro extendido), deberemos iniciar tratamiento con amikacina o carbapenem(7).

En los niños con alergia a penicilina puede considerarse la administración de cefalosporinas de segunda o tercera generación. El tratamiento con trimetropim-sulfametoxazol, ciprofloxacino oral o gentamicina intramuscular serían también buenas opciones, dependiendo de la disponibilidad.

Pruebas de imagen y patología de base asociada: RVU

Las nuevas guías clínicas asumen que las pruebas de imagen se deberían realizar si el manejo posterior del paciente puede disminuir el riesgo de futuras ITU, de daño renal y de secuelas a largo plazo. Deberemos buscar RVU ante ITU febriles recurrentes o tras primer episodio con alteración en la ecografía o gammagrafía, sobre todo en menores de seis meses.

Se debe realizar una prueba de imagen para descartar una enfermedad renal o de las vías urinarias asociada en el caso de primer episodio de ITU febril en el paciente menor de 6 meses, en ITU atípica y en ITU recurrente, siendo la ecografía renovesical o abdominal la prueba de primera línea, por la ausencia de irradiación, su disponibilidad y su bajo coste(7). En primer episodio de ITU febril típica entre los seis meses y el año de edad se debe individualizar; ya que diferentes guías de otros países europeos así lo respaldan(16). Se recomienda la realización de una ecografía a cualquier edad en la fase aguda de una ITU atípica para valorar la presencia de anomalías urinarias o complicaciones. En los lactantes menores de seis meses y con buena respuesta inicial al tratamiento, la ecografía se puede realizar ambulatoriamente a las seis semanas del diagnóstico(10).

La gammagrafía con DMSA (ácido dimercapto-succínico) es el patrón oro de estudio de daño renal asociado, y se recomienda su realización a los 6-12 meses del episodio agudo en pacientes con ITU atípica o recurrente menores de tres años(7). En esta prueba, porcentajes de captación de dicho riñón menores del 45 % del total (una función renal diferencial mayor del 10 %, lo que quiere decir que la participación en la función renal del paciente del riñón afecto es inferior al 40 %) corresponden a la existencia de lesiones renales y es relevante en el pronóstico. No obstante, la existencia de una función renal diferencial menor del 10 % no excluye la existencia de cicatrices. Para poder asegurar mediante gammagrafía con DMSA el diagnóstico de cicatriz renal, el tiempo mínimo necesario es de 6 meses tras un episodio documentado de ITU(1,7,9,12-14).

La cistouretrografía miccional seriada (CUMS) sigue siendo la prueba de elección para identificar el RVU, salvo en niños continentes en los que puede ser sustituida por la cistografía isotópica indirecta (no requiere sondaje). Como principal inconveniente, se trata de una prueba con alta tasa de radiación(14).

La ecocistografía miccional con contraste (EC) está ganando importancia en los últimos años, aportando información similar a la CUMS, pero sin radiar al niño; no obstante, su utilización está aún limitada a determinados hospitales. La uroresonancia magnética presenta la misma sensibilidad y especificidad que la CUMS y no radia, pero debido a su alto coste aún cuenta con poca disponibilidad.

La guía NICE (National Institute of Health and Care Excellence) recomienda la realización de CUMS en todo lactante menor de 6 meses con ITU atípica o recurrente.

La guía española de práctica clínica (GPC) aboga por realizar CUMS en todas las ITUs febriles recurrentes o tras primera ITU febril si es atípica y/o si existe alteración en ecografía o gammagrafía DMSA, especialmente en menores de seis meses (Tabla V).

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Fuera de estas premisas, la realización de estudios de imagen para identificar reflujo ante una primera infección no se considera necesaria.

Patología de base asociada a la ITU: RVU

La anomalía más frecuente del sistema colector renal es el RVU, aunque en ocasiones pueden coexistir diferentes anomalías en un mismo paciente debido a la existencia de genes que actúan en el desarrollo embrionario del parénquima renal y del sistema urinario.

El reflujo se produce por el paso retrógrado no fisiológico de orina desde la vejiga hacia los uréteres.

Se clasifica en primario o secundario(9,11,14,19):

• RVU primario: por incompetencia congénita del sistema valvular de la unión ureterovesical.

• RVU secundario: por obstrucción anatómica de la vía urinaria a nivel uretral (valvas de uretra posterior) o funcional (vejiga neurógena), que causan un aumento de la presión intravesical.

Como ya se ha mencionado previamente, un 20-30 % de los pacientes entre 12 y 36 meses con ITU tienen un RVU asociado. La prevalencia de RVU disminuye con la edad, con una tasa de resolución espontánea del 10-15 % anual (incluso mayor en varones menores de un año). Así, la mayoría se resolverán entre los 5 y 8 años tras la maduración del sistema antirreflujo.

El RVU favorece el daño renal –nefropatía por reflujo (NR) o nefropatía cicatricial (NC)– secundario a infecciones repetidas del tracto urinario. Se estima que los niños con ITU que tienen RVU presentan NC en un 40 % de los casos, aceptándose que a mayor grado de RVU y a mayor edad con ITUs repetidas se aumenta el riesgo: en un primer episodio de ITU sin reflujo la probabilidad de NC se estima en un 15 %; y en un reflujo grado III-V la prevalencia es de hasta el 50 %(1,8,14,15,20).

A su vez, un 10-20 % de los niños con NC desarrollan HTA. También está documentada su relación con la enfermedad renal crónica (ERC), siendo la NR una de las principales causas pediátricas de insuficiencia renal terminal y de inclusión en programa de diálisis y trasplante renal.

Para diagnosticar y graduar el RVU utilizaremos la CUMS y lo estratificaremos en grados siguiendo la clasificación del International Reflux Study Committee:

I. Solo llega al uréter, sin dilatarlo.

II. Alcanza uréter, pelvis y cálices, sin dilatarlos.

III. Produce leve dilatación del uréter, pelvis y cálices, pero preservando el fórnix.

IV. Se produce moderada dilatación con cierto grado de tortuosidad manteniendo la visualización de las impresiones papilares.

V. Produce gran dilatación ureteropielocalicial con tortuosidad del uréter y pérdida de la morfología calicial normal. Las impresiones papilares no se visualizan. (Fig. 1).

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Figura 1. Grados de reflujo vésico-ureteral.

A la hora de valorar una NR o NC, las primeras pruebas alteradas suelen ser la capacidad de concentración de la orina, la microalbuminuria y la tensión arteria(1-3,9,12-14,20) (Tabla VI).

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Quimioprofilaxis y otras medidas preventivas

El papel de la quimioprofilaxis es controvertido y su uso está limitado a determinadas situaciones. No se debe utilizar de manera rutinaria, porque favorece la proliferación de gérmenes resistentes a los antibióticos.

La profilaxis medicamentosa se refiere al uso de fármacos antimicrobianos para reducir el riesgo de infección, incrementado cuando está presente una situación de riesgo elevado para su desarrollo. Por tanto, el papel fundamental de la quimioprofilaxis es intentar prevenir futuras ITU y la aparición de cicatrices renales. Sin embargo, se ha comprobado que no disminuye la aparición de daño renal y, en cambio, conlleva un gran riesgo para la colonización por gérmenes multirresistentes(1,2,9,11). Así, aunque ha sido uno de los pilares básicos en el tratamiento conservador del RVU, su uso cada vez está más en entredicho.

Actualmente, se recomienda el uso de profilaxis antibiótica en los siguientes casos(1-3,9,11-14,18):

• Niñas con RVU grados III-V durante un año o hasta que se evalúe nuevamente el grado de RVU.

• Niños varones con RVU grados IV y V durante un año o hasta que se evalúe de nuevo el RVU.

En niños varones con RVU I-III y niñas con RVU I-II uni o bilateral tras diagnosticarse de una primera ITU febril se recomienda la abstención en su realización. Si presentan ITU febril recurrente se administrará profilaxis durante un año y se volverá a evaluar. Si persistiesen las PNA, a pesar de la antibioterapia profiláctica con persistencia del RVU, se valoraría la intervención quirúrgica del mismo.

La profilaxis antibiótica se administra en una dosis única nocturna, empleando un tercio de la dosis utilizada para el tratamiento(7). Generalmente, se emplea de entrada, en lactantes menores de dos meses, amoxicilina asociada o no a ácido clavulánico (10 mg/kg/día) y, en pacientes mayores de esa edad, utilizaremos trimetoprim o cotrimoxazol (2 o 2/10 mg/kg/día). Si fracasasen estas opciones, podríamos usar cefalosporinas de segunda generación y fosfomicina (Tabla VII).

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Ya no se acepta el tratamiento con nitrofurantoína como quimioprofilaxis, tras la alerta farmacológica de la AEMPS (Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios) sobre el riesgo existente de daño hepático y pulmonar con su uso prolongado(9). Tampoco se ha documentado beneficio con la rotación de fármacos.

Como medidas preventivas generales deberemos de recomendar la ingesta abundante de líquidos, la higiene local, hábitos miccionales adecuados como la realización de micciones completas, regulares y frecuentes cada 2 o 3 horas (en caso de inmadurez vesical se puede valorar la prescripción de anticolinérgicos como la oxibutinina), y si fuera preciso, la corrección del estreñimiento y la oxiurasis(9,10).

Seguimiento

Las consecuencias a largo plazo incluyen hipertensión arterial y fracaso renal, pero aún no se conoce la frecuencia real de estas complicaciones.

El pronóstico de una primera ITU con buena respuesta al tratamiento en menos de 48 horas es muy bueno. Si la evolución clínica es la esperable, no se recomienda la realización de un urocultivo durante el tratamiento o tras la finalización del mismo(7).

Identificar a los niños con mayor riesgo de daño renal no es tarea fácil y suele suponer un reto (Tabla VIII).

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¿Cuándo derivar de Atención Primaria a Atención Especializada?

La necesidad de seguimiento en Atención Especializada sigue siendo una decisión controvertida en la actualidad. La guía NICE recomienda que los niños que presenten daño parenquimatoso permanente bilateral, alteración de la función renal, hipertensión arterial y/o proteinuria deberían ser controlados por nefrología pediátrica. Diferentes autores incluyen otras circunstancias: infección urinaria febril o ITU en menores de dos años o en pacientes que no controlan la micción y a los que no se puede realizar estudio en Atención Primaria; infecciones urinarias recurrentes; infección urinaria atípica: germen no habitual; anomalía estructural, riñón único o anomalías funcionales nefrourológicas; daño renal permanente confirmado en estudios de imagen o mediante marcadores en sangre (urea, creatinina, cistatina C) u orina (proteinuria, osmolalidad máxima urinaria); retraso del crecimiento; antecedentes familiares de enfermedad nefrourológica o enfermedad renal crónica; y ansiedad familiar.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es fundamental la buena coordinación entre los dos niveles asistenciales: Atención Primaria y Especializada.

La función del pediatra de Atención Primaria es fundamental. El conocimiento actualizado de la infección pediátrica del tracto urinario nos ayudará, por un lado, a no solicitar estudios invasivos innecesarios y, por otro lado, a evitar el deterioro de la función renal en un futuro. Deberemos conocer el seguimiento y actitud que debemos llevar a cabo en nuestra consulta (con monitorización antropométrica y de tensión arterial seriada, así como optimizando los hábitos higiénico-dietéticos del menor) y cuándo derivar a Atención Especializada para lograr el mejor manejo integral posible del paciente.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio de los autores.

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Revisión actualizada sobre la epidemiología y los factores de riesgo asociados a la infección urinaria en la población pediátrica.

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Revisión europea que nos pone de manifiesto la problemática actual con el aumento de la prevalencia de bacterias atípicas multirresistentes como uropatógenos causantes de ITU.

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Protocolo recién actualizado de la Asociación Española de Pediatría (AEP) que revisa todos los aspectos en relación con la ITU pediátrica, siendo muy útil para la práctica clínica diaria.

Caso clínico

Acude a nuestra consulta de Atención Primaria un niño de 3 meses con fiebre de 38,5ºC de 24 horas de evolución. Asocia irritabilidad, decaimiento y rechazo de la ingesta. La madre nos refiere que ha presentado un vómito de contenido alimenticio el día previo. No existen cambios en las deposiciones. Sin clínica respiratoria ni ambiente epidémico en la familia.

En cuanto a los antecedentes perinatales, el embarazo fue controlado en todo momento, el parto fue a término, vaginal y eutócico. El niño ya ha iniciado el calendario vacunal. Sigue alimentación con lactancia mixta y su desarrollo pondo-estatural es adecuado. No existen antecedentes familiares de interés.

En la exploración física destaca fiebre de 39ºC e irritabilidad, sin un foco en la exploración.

Se decide derivar a Hospital de tercer nivel para estudio y valoración.

En el Servicio de Urgencias se obtiene tira reactiva de orina por sondaje uretral para análisis y urocultivo, se solicita analítica completa con reactantes de fase aguda y hemocultivo.

En la tira reactiva se observa leucocituria y nitrituria, y en el sedimento se confirma la presencia de piuria y bacteriuria. En la analítica destaca leucocitosis con neutrofilia y elevación de reactantes de fase aguda, con función renal conservada e ionograma normal.

Debido a la edad del menor y a la clínica de decaimiento e irritabilidad se decide realizar una punción lumbar, sin hallazgos patológicos en el análisis de líquido cefalorraquídeo y sin crecimiento microbiológico en el cultivo.

Se inicia antibioterapia empírica con ampicilina y gentamicina endovenosa y se decide ingreso hospitalario dada la edad y el aspecto general, hasta comprobar evolución y sensibilidad antimicrobiana en el urocultivo.

Durante su ingreso se aprecia mejoría progresiva, manteniendo ingesta y adecuado estado general y desapareciendo la fiebre a las 24 horas de iniciado el tratamiento antibiótico. El hemocultivo resulta negativo. A las 48 horas avisan de Microbiología por crecimiento en el urocultivo de más de 100.000 UFC/ml de E. coli multisensible, por lo que dada la evolución satisfactoria y la posibilidad de control ambulatorio por su pediatra se decide alta, indicándole realizar un total de 10 días de tratamiento oral con una cefalosporina de tercera generación.

algoritmo

 

Hypercalciuria and hypocitraturia. The concept of prelithiasis in Pediatrics

V.M. García Nieto*, T. Moraleda Mesa**, P. Tejera Carreño***
Topics on
Continuous Training


V.M. García Nieto*, T. Moraleda Mesa**, P. Tejera Carreño***

*Section of Pediatric Nephrology, Nuestra Señora de Candelaria University Hospital, Santa Cruz de Tenerife. **Pediatrics Department, Poniente University Hospital, El Ejido. Almeria. ***Section of Pediatric Nephrology, Maternal and Child University Hospital, Las Palmas de Gran Canaria

Abstract

Renal lithiasis is a multifactorial pathological situation where alteration of the natural conditions of urine crystallization occurs. There are substances in the urine that, when elevated, favor the formation of stones (promoters: calcium, oxalate, uric acid, cystine) and others that will do so if they are reduced (inhibitors: citrate, magnesium). The metabolic diagnosis can be made in 24-hour urine or by determining urinary ratios in the first urine of the day. Prelithiasis is a situation where stones have not yet formed, but where a metabolic abnormality potentially causing stone formation is detected. Prelithiasis may present as macro- or microscopic hematuria, sterile leukocyturia, dysuria, pollakiuria, urinary urgency, nocturnal enuresis, recurrent abdominal pain, mild proteinuria and urinary tract infections. Morphologically, crystalluria may be seen in the urinary sediment or mobile hyperechogenic particles on bladder ultrasound. The calcium/citrate ratio is a good argument for determining whether there is an elevated lithogenic risk. Treatment will be based primarily on a series of protective dietary guidelines and, if clinical symptoms do not improve or if stones are present, pharmacological measures (thiazides, citrate salts, bisphosphonates) will be chosen.

 

Resumen

La litiasis renal es una situación patológica multifactorial donde se produce una alteración de las condiciones naturales de cristalización de la orina. Hay sustancias en la orina que, al estar elevadas, favorecen la formación de cálculos (favorecedores: calcio, oxalato, ácido úrico, cistina) y otras que lo harán en el caso de encontrarse reducidas (inhibidores: citrato, magnesio). El diagnóstico metabólico se puede realizar en orina de 24 horas o determinando los cocientes urinarios en la primera orina del día. La prelitiasis es aquella situación en la que aún no se han formado los cálculos, pero en la que se detecta una anomalía metabólica potencialmente causante de su formación. La prelitiasis puede presentarse en forma de hematuria macro o microscópica, leucocituria estéril, disuria, polaquiuria, urgencia miccional, enuresis nocturna, dolor abdominal recurrente, proteinuria discreta e infecciones urinarias. Morfológicamente, puede observarse cristaluria en el sedimento urinario o partículas hiperecogénicas móviles en la ecografía vesical. El cociente calcio/citrato es un buen argumento para determinar si existe un riesgo litogénico elevado. El tratamiento se basará fundamentalmente en una serie de normas dietéticas protectoras y, en el caso de no mejorar la sintomatología clínica o de presentar cálculos, se optará por medidas farmacológicas (tiazidas, sales de citrato, bifosfonatos).

 

Key words: Idiopathic hypercalciuria; Hypocitraturia; Prelithiasis; Lithogenic risk.

Palabras clave: Hipercalciuria idiopática; Hipocitraturia; Prelitiasis; Riesgo litiásico.

 

 

Pediatr Integral 2022; XXVI (8): 492 – 500

 


OBJECTIVES

• To comprehend the morphological and metabolic bases of renal lithiasis in childhood.

• To understand which factors favor stone formation and which ones are protective.

• To learn the renal functional methods necessary to identify if the concentration of a substance involved in urolithiasis is altered.

• To recognize the symptoms and signs associated with prelithiasis in children and the best way to make its diagnosis.

• To make a proper therapeutic approach from the beginning of the follow-up of patients with lithiasis or prelithiasis.

• To know the meaning and importance of calciuria and citraturia determination.


 

Hypercalciuria and hypocitraturia. The concept of prelithiasis in Pediatrics

 

Nephrolithiasis

Renal lithiasis is a multifactorial pathological situation. Stones can be produced by: an excessive concentration of promoting substances, by a reduction in the concentration of crystallization inhibitors, by the existence of heterogeneous nucleation and by the existence of renal cavities with low urodynamic efficiency. If the calculus is available, its chemical composition should be studied. In addition, the urinary concentration of calcium, oxalate, uric acid, cystine, magnesium, and citrate should be determined.

General information

Renal lithiasis can be defined as an alteration of the natural conditions of urine crystallization. The factors involved in the formation of crystals can be very diverse and, for this reason, renal lithiasis is a multifactorial pathological situation. The time required to generate a crystal depends fundamentally: on its own nature, on the supersaturation of the solution (excess solute in the solution: driving force for crystallization), on the presence of pre-existing solid particles (so-called heterogeneous nucleation) and the presence of crystallization inhibitors. The latter are substances that, due to their chemical structure, interact with the nucleus or the faces of the crystal, significantly interfering in its formation or/and development, reducing or preventing crystallization processes. All human urines are supersaturated with respect to calcium oxalate(1), in such a way that the degree of supersaturation is higher in individuals with hypercalciuria and/or hyperoxaluria. Human urine can also contain a wide variety of heterogeneous nucleation agents, such as: protein aggregates, altered renal epithelia, or bacteria. It is obvious that time is a very important variable in these crystal formation processes. Thus, it is evident that by increasing the length of time spent by the urine in the urinary tract (mainly in the upper tract), the possibility of crystallization processes leading to the formation of kidney stones increases. The existence of renal cavities with low urodynamic efficiency is an important risk factor for the development of stones. In fact, it has been shown that morphoanatomical factors can play an important role in calculogenesis. Hence, it would explain why a relapsed patient, in whom it is assumed that the urine will have the same composition in both kidneys, only forms stones in one of them(1). When crystal development occurs in the urinary bladder, these are usually shed without difficulty in the form of asymptomatic crystalluria.

Classification of kidney stones

Each type of stone is formed due to specific etiological factors that can be deduced from its composition, as well as its macro and microstructure(1).

Regardless of their chemical composition, kidney stones can be broadly classified into two broad categories: stones formed on the renal walls (attached to the papillae), in which the zone of attachment to the epithelium is clearly distinguished, and stones developed in the renal cavities (without attachment zone to the epithelium).

Briefly, the usual composition and frequency of calculi is as follows(1):

• Calcium oxalate dihydrate stones (33.8 % of lithiasis). They are especially observed in patients with hypercalciuria and/or with a high calcium/citrate ratio(2) (Figs. 1A and 1B).

Figure 1. Patient with idiopathic hypercalciuria: A. Ultrasound calculus with typical sonic shadow (white arrow). B. Calculus of calcium oxalate dihydrate. Scanning electron microscope view with the typical spearhead morphology. Its surface shows signs of the start of dissolution in a process of transformation into calcium oxalate monohydrate. Patient with type 1 oxalosis: at 23 months of age, she had acute obstructive renal failure due to bilateral stones that required bilateral double J stent placement. C. Stone embedded in the vesicoureteral junction (black arrow). D. Calculus of calcium oxalate monohydrate. The typical compact columnar structure characteristic of these cases is observed. Electron microscopy images from the Laboratori d’Investigació en Litiasi Renal, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca (Dr. Félix Grases).

• Calcium oxalate monohydrate stones of cavities (16.4 % of lithiasis). They form in areas of the urinary tract where urine remains in a state of stasis (cavities with low urodynamic efficiency) together with hyperoxaluria (Figs. 1C and 1D) or a deficiency of crystallization inhibitors.

• Calcium oxalate monohydrate stones of papillae (12.9 % of lithiasis). They are associated with hyperoxaluria or a deficiency of crystallization inhibitors.

• Uric acid stones (8.2 % of lithiasis) or mixed calcium oxalate monohydrate and uric acid stones (2.6 % of lithiasis). They are seen in patients with acid urine and hyperuricosuria.

• Calculi of hydroxyapatite (calcium phosphate) (7.1 % of lithiasis) or calcium oxalate dihydrate and hydroxyapatite (11.2 % of stones). These are generated in patients with alkaline urine, hypercalciuria and/or deficiency of crystallization inhibitors, such as hypocitraturia (elevated calcium/citrate ratio)(2), particularly in renal tubular acidosis.

• Calculi of magnesium ammonium phosphate or struvite (4.1 % of lithiasis). These are produced in urinary infections caused by ureolytic germs, such as Proteus mirabilis (Figs. 2A and 2B).

Figura

Figure 2. Patient diagnosed at birth with myelomeningocele in whose follow-up presented several positive urine cultures for Proteus mirabilis and Citrobacter: A. Bladder stone (white arrow) that required surgical removal. B. Large crystals of magnesium ammonium phosphate (struvite) and some areas of hydroxyapatite spherulites were observed. On the faces of the struvite crystal the “Y” marks are observed, allowing its rapid identification. Child with cystinuria: C. During pregnancy, fetal ultrasound check-ups detected hyperechogenicity of the colon (white arrow) in the absence of other intestinal anomalies, compatible with cystine crystals. D. Cystine crystals with the typical hexagonal morphology. Electron microscopy images from the Laboratori d’Investigació en Litiasi Renal, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca (Dr. Félix Grases).

• Cystine stones (1.1 % of lithiasis) typical of simple proximal tubulopathy, cystinuria (Figs. 2C and 2D).

Stone-causing metabolic abnormalities

In clinical practice, the concentrations of: calcium, uric acid, oxalate, cystine, citrate and magnesium are usually determined. The first four favor the formation of stones when their concentration in the urine is high (promoters). On the other hand, citrate and magnesium favor their formation when their urinary amounts are reduced (inhibitors). Although they are not determined in daily practice, in addition to citrate and magnesium, other substances such as pyrophosphate, certain glycosaminoglycans, nephrocalcin and phytate, act by inhibiting the formation of calcium oxalate and calcium phosphate crystals. Phytate, present in the husk of cereals and legumes, is a powerful inhibitor of crystallization.

The solutes mentioned above can be measured in 24-hour urine (Table I) or in isolated urine samples.

It should be confirmed that the hourly urinary collection is correct by calculating the urinary creatinine clearance (normal: 14-26 mg/kg/day). Currently, urinary quotients are increasingly used due to their ease in collecting samples, especially in childhood, and because the concentration, especially of calcium and citrate, can vary at different times of the day(3). For this reason, some of us prefer to determine in children, urinary quotients in two urine samples collected at two periods, namely, at night (before dinner) and in the first urine of the morning. In any case, urinary quotients are very useful, especially in the follow-up of patients (Table II). In the particular case of uric acid, the calculation of the excretion rate has been proposed, so it must be determined both in blood and urine. The formula is: ([uric acid]u × [creatinine]p)/[creatinine]u. Values higher than 0.53 mg/100 ml RGF (renal glomerular filtration rate) are considered high.

 

Idiopathic hypercalciuria

Idiopathic hypercalciuria is the most common cause of stones, both in children and in adults. Urinary calcium concentration should be elevated in the absence of hypercalcemia. It can manifest in the form of lithiasis, but it is frequently associated with various symptoms (prelithiasis) such as: hematuria, micturition symptoms, urinary infection and abdominal pain. The cause has been much debated for decades, but it is probably due to an increase in the number of receptors for vitamin D. Renal ultrasound is mandatory, but bone densitometry is not. It is important to know that it is not a disease, but rather a metabolic abnormality. For this reason, treatment must be dietary, trying to increase the urinary concentration of protective factors and reduce that of calcium.

Definition

Idiopathic hypercalciuria (IH) is defined as that clinical situation in which an increase in urinary calcium excretion is verified, in the absence of hypercalcemia and other known causes of hypercalciuria (Algorithm). It is the most common cause of renal lithiasis, both in children and adults (around 40 % in series of children and 60 % in adult series). IH is one of the most frequent metabolic abnormalities in humans, and its prevalence rates have been reported in the healthy population, depending on the country, between 0.6 and 12.5 %. In Spain, the prevalence rates described range from 3.8 to 7.8 %(4).

Clinical presentation

Initially, IH was only associated with renal colic and stone expulsion. In recent decades, its diagnosis has been much more frequent than before, because it is now known that it can present in the pediatric age with very diverse symptoms in the absence of kidney stone formation. In this sense, in 1981, three different pediatric groups published that gross or microscopic hematuria could be a manifestation of IH and, therefore, be a precursor of the potential capacity to suffer renal colic years later. The author of the third of these studies, Moore, recorded that children affected by IH could present, apart from lithiasis, with other symptoms or signs such as: dysuria, sterile leukocyturia, nocturnal enuresis, frequency, urinary urgency, and even slight proteinuria(5). Shortly after, the association between urinary tract infection (UTI) and IH was published(6).

Subsequently, the relationship between microhematuria or macroscopic hematuria (blood color and, on many occasions, at the end of urination) and the presence of IH was confirmed in various studies, so much so that, 25 to 42 % of the children sent to referral centers for hematuria have IH. However, hematuria is not specific to IH, since other metabolic abnormalities causing stone disease, such as hyperuricosuria or hyperoxaluria, may be associated with hematuria. The production of experimental hypercalciuria for a short time is not accompanied by hematuria, so it is assumed that any metabolic abnormality causing lithiasis can produce microcrystals, a lesion of the renal tubular epithelium, and secondary hematuria. In addition, a group from Hospital 12 de Octubre, in Madrid, has described the association of hypercalciuria, hyperuricosuria and nephrolithiasis with nephropathy of thin basement membranes(7). The presence of recurrent abdominal pain “not typical of renal colic” has also been associated with IH.

The association between IH and UTI deserves a special mention. In 1987, Cervera et al., members of the Gregorio Marañón Hospital, in Madrid, published that the frequency of UTI in their patients with IH was 48.9 %(6), which contrasts with the estimated prevalence of UTI in the general population, in order of 1-2 % in boys and 3-5 % in girls. These initial data were subsequently confirmed in various studies. In the same way and conversely, it has been described that the frequency of hypercalciuria in series of children with UTI oscillates between 20 and 44 %. In a recent work published by our Group, we have observed that the frequency of prelithiasis (including the calculation of the calcium/citrate ratio) in children with UTI due to Escherichia coli was 47.5 % and there was a positive family history for urolithiasis in 68.3 % of cases(8). In this article we postulate that children with prelithiasis must somehow have a reduced constitutive defensive capacity against these bacteria. Subsequently, our observation of a higher frequency of renal scars in children with prelithiasis is very significant, in relation to those with a normal urinary metabolic study(8).

Pathogenic theories. Hypercalciuric rats

During the last third of the former century, different pathogenic theories of IH were enunciated trying to explain it based on the existence of a renal tubular urinary loss of calcium, an increase in its intestinal absorption, or an increase in its bone reabsorption, in addition to a dietary origin linked to an excess in the intake of sodium and/or protein. All these theories have been reviewed in a recent publication signed by our Group(9). In 1990, Pacifici et al. demonstrated that blood monocytes isolated from patients with IH produced an increased amount of cytokines, such as: interleukin-1α (IL-1), granulocyte-macrophage colony-stimulating factor, and tumor necrosis factor-α (TNF-α). An increase in the activity of these cytokines would have the capacity to reduce the bone mineral density of patients with IH. However, the reason why monocytes were stimulated to increase cytokine production was not known.

In 1979, the existence of rats with spontaneous hypercalciuria (genetic hypercalciuric stone-forming, GHS) was described. By favoring breeding between them, a successive increase in calciuria was verified in the following generations. In search of the mechanism of hypercalciuria, Bushinsky and Favus observed that fourth generation rats had marked urinary calcium excretion due to increased intestinal calcium absorption, although calcitriol levels were normal. When rats were placed on a low-calcium diet, calciuria decreased, although it did not normalize, suggesting that increased intestinal calcium absorption was a mechanism that explained, at least in part, the hypercalciuria observed in these animals. In 1993, it was shown that in these rats there was an increase in the number of vitamin D receptors (VDR) in the intestine(10), which favored an increase in the functional capacity of the calcitriol-VDR complexes, thus explaining the increase in previously described intestinal calcium transport. Next, it was verified that, in these animals, there was an increased response of the VDRs to minimal doses of calcitriol, which implies that very high levels of calcitriol were not necessary to amplify their response and greatly increase calciuria. Indeed, Krieger et al. showed that this increased sensitivity to calcitriol was also expressed in the bones of these animals, inducing greater bone resorption(11), which seemed to show that bone also plays a role in the development of hypercalciuria. Later, it was found that in GHS rats there is also a defect in the renal tubular reabsorption of calcium.

In summary, hypercalciuric rats have many features in common with humans with IH, namely: normal calcium levels, intestinal calcium hyperabsorption, increased bone resorption, and defective renal tubular calcium reabsorption. In addition, their calcitriol levels are normal, as are in most patients with IH.

In 2004, Favus et al. demonstrated that peripheral monocytes from humans with IH have an increased number of VDR(12), that is, the same as previously observed in hypercalciuric rats(10).

Figure 3 shows the proposal for a pathophysiological scheme for IH, indicating that the cause of IH would be related to the existence of an increase in the number of VDRs, both in intestinal and bone cells (osteoclasts) as well as in peripheral monocytes.

Figura

Figura 3. Physiopathological diagram of idiopathic hypercalciuria (IH) which shows that the cause of IH would be related to the existence of an increase in the number of receptors for vitamin D, both in intestinal and bone cells (osteoclasts), as well as in peripheral monocytes. VDR: vitamin D receptor; CaSR: calcium sensitive receptor; IL-1: interleukin-1α; PGE2: prostaglandin E2; RANKL: nuclear factor kappaB (NF-κB). Elaborated by the authors. García-Vao Bel CM, García-Nieto VM, Teixeira Trindade AA. Hipercalciuria idiopática (Idiopathic hypercalciuria). In: Nefrología Pediátrica. Exeni R, García-Nieto V, Medeiros M, Santos F, eds. Oviedo: Ediciones de la Universidad de Oviedo; 2021. p. 999-1004.

Diagnosis and complementary tests

Calciuria determination in 24-hour urine in continent patients is the standard criteria for the diagnosis of hypercalciuria. The diagnosis is made if calciuria is greater than 4 mg/kg/day and is confirmed in a second determination or if a high value of the calcium/creatinine ratio is observed in an isolated urine sample (Table II). In a family environment of hypercalciuria and/or renal lithiasis, blood tests can be ignored or delayed; since, usually, they will be normal. However, to confirm that a patient with hypercalciuria has IH, the blood levels of calcium, sodium, potassium, chloride, phosphate, magnesium, and intact PTH must be normal, as well as the acid-base balance (Algorithm).

Renal ultrasound is mandatory to rule out the existence of lithiasis, microcalculi (concretions smaller than three millimeters in diameter without acoustic shadow), nephrocalcinosis, and associated malformations, since many renal malformations are accompanied by hypercalciuria.

If fractures have occurred or there is frequent bone pain, a bone densitometry would be indicated. It is necessary to be cautious before considering pharmacological treatment in the event of a loss of bone mass; since, in many cases, especially after puberty, there is a spontaneous improvement in bone mineral density(13).

Treatment

In our opinion, IH is not a disease but a “metabolic abnormality” or, better, a constitutive metabolic characteristic that is inherited, such as skin color, the number of fingers on the hand, or final height. In this sense, what patients with IH would inherit is the availability of possessing a greater number of VDRs in their cells than people with normal calciuria. Although they transmit the condition to their offspring, many people do not form stones or have reduced bone mass or remain asymptomatic for long periods of time(9). For this reason, it cannot be considered stricto sensu a disease, although in some cases it may predispose to the formation of kidney stones, the appearance of urinary tract infections and the development of osteopenia in the long term. This is a fundamental reason why the use of prolonged pharmacological treatment should be selected.

The normalization of calciuria should not be a universal objective in the treatment of these children, since it can be reduced spontaneously over the years and/or the formation of stones can be avoided with a diet rich in protective factors. In many cases, calciuria remains elevated despite correct dietary guidelines. Rather, the goal of dietary treatment should be to reduce the risk of crystallization, which is achieved by increasing urine volume and reducing the calcium/citrate ratio (see below). Raising awareness of the disease should be avoided as far as possible, so dietary recommendations should not be exhaustive. Ongoing physical exercise is very beneficial to improve bone mineral density.

At diagnosis, except for severe symptoms, dietary standards should be insisted on, in order to achieve an increase in the gain of protective factors against the formation of stones, through an increase in the intake of water, fruits (especially citrus fruits rich in citrate), vegetables (providing water and magnesium), oily fish (due to its richness in ω-3 fatty acids) and whole grains (due to their richness in phytate) (Table III).

There is also a commercialized phytate-based product (Broken®). It is sometimes difficult to get stone or prelithiasis children to drink enough water, because many of them have a permanently stimulated ability to concentrate. This fact is difficult to interpret except in those with palmoplantar hyperhidrosis; in these cases, the consumption of fruits and vegetables that are rich in water in their composition should be encouraged. Regarding drinking water, a/hypomineralized waters are not required. Avoiding hypermineralized (“hard water”) water should suffice.

To reduce the factors that promote stone formation, excess salt and protein consumption should be avoided (Table III).

Drug treatment should be reserved for two circumstances. In the first place, when there are marked clinical data such as: sustained dysuria, frequent macroscopic hematuria, or recurrent nephritic colic. Secondly, when calculi or nephrocalcinosis are observed on the ultrasound. Even in the presence of microcalculi, dietary treatment could be indicated, for at least one year, to observe progression. Four types of preparations are available, namely: potassium citrate, thiazides, bisphosphonates and the phytate-based products on the market.

Citrate salts (Acalka®, Shohl’s solution, Polycitra, Polycitra K) do not normalize calciuria unless there is a defect in acidification, but they form complexes with calcium and the formation of calcium oxalate and phosphate salts. The therapeutic target should be chosen to maintain a calcium/citrate ratio <0.33 mg/mg. In children, we have used a single nocturnal dose (“stones form at night”) with good results.

If citrate is not tolerated or there is no improvement, it is replaced by hydrochlorothiazide: 1.5-2.5 mg/kg in a single morning dose. Thiazides stimulate transcellular calcium transport in the distal convoluted tubule. It must be kept in mind that they can have side effects such as: hypokalemia, hypomagnesemia and increased plasma levels of glucose, urate, cholesterol and LDL. Its use should not be prolonged.

In cases of severe osteopenia, the antiresorptive effect of bisphosphonates has been tested in adults and in hypercalciuric adolescents with bone demineralization. In addition, calciuria is reduced.

We use the commercialized phytate-based products (Broken®) administered at night in cases where there is reasonable doubt about whether or not to start pharmacological treatment, as is the case of microcalculi, to observe the progression during a short term, or in the event that citrate-based preparations are not tolerated.

The concept of prelithiasis. The calcium/citrate ratio

The concept of prelithiasis, although it has not been generalized, includes patients with metabolic abnormalities that cause stones before they have symptoms of renal colic. It is basically a pediatric term and includes children with hypercalciuria and hypocitraturia, since the other causes of stones usually manifest with symptoms of kidney stones. The easiest way to screen for prelithiasis is the determination of the calcium/citrate ratio in the first urine of the day. Calcium/citrate ratio values greater than 0.33 indicate that urine is potentially lithogenic, regardless of age and time of urine collection.

Since the early 1980s, pediatricians have learned to identify children with metabolic abnormalities that cause stones in a phase of life in which they have not yet had time to form or develop them. This situation, almost specific to the pediatric age, has been called “prelithiasis”(3,14). The term has been somewhat contested, since not all people with metabolic abnormalities potentially causing stones form them in the long term. However, we believe that it is a descriptive and valid term.

Alexander Randall (1883-1951), the famous American urologist who described the plaques that bear his name, used the term “symptomatic silence” that could be equated in a certain way with that of prelithiasis. Thus, he wrote that: “A kidney stone is known clinically only after its growth has reached what we might call maturity. The fact that this growth has taken time is evident, as is the fact that during this time there has been a symptomatic silence”.

As indicated in the preceding lines, children with IH may present with symptoms or signs such as: gross or microscopic hematuria, sterile leukocyturia, dysuria, frequency, urinary urgency, urinary incontinence, nocturnal enuresis, cloudy urine, recurrent abdominal pain(4) or urinary infection(6,8,14).

The morphological expression of prelithiasis would coincide with the repeated vision of the same type of crystals in the urinary sediment and with the finding of mobile hyperechogenic particles in the bladder ultrasound that may be a transcript of red blood cells, leukocytes or crystals in the urine(15). We have verified that this crystalluria can be associated with hypercalciuria or hypocitraturia. The relationship between these last two metabolic anomalies is complex and a matter pending to be resolved; since, on occasions, they can coincide at the same time in the absence of a defect in renal acidification capacity. In addition, very frequently, it is observed that children with IH, as they approach adolescence, normalize urinary calcium excretion and concurrently show hypocitraturia(13). Sometimes, in adults who have passed stones and who are parents of children with IH, it is found that they are only carriers of hypocitraturia. It seems, therefore, as if both metabolic abnormalities had, in certain way, a link in common.

The diagnosis of prelithiasis condition is, therefore, another version of preventive medicine, since after its detection, dietary and/or pharmacological measures can be taken to prevent progression to lithiasic disease.

The easiest way to screen for prelithiasis is the determination of the calcium/citrate ratio in the first urine of the day. Urine is particularly lithogenic when there is an imbalance between the beneficial component (calcium) and the protective component (citrate). This imbalance is more evident at night, since together with the increase in urinary osmolality due to the lack of fluid intake during sleep, in many cases, an increase in calciuria due to a certain increase in bone resorption and a reduction of citraturia as a consequence of mild nocturnal physiological acidosis, which is a consequence of the formation of ketoacids given the lack of caloric intake(3,16). For this reason, the first urine of the day that collects the testimony of what happened at night must necessarily be studied independently. Calcium/citrate ratio values greater than 0.33 indicate that urine is potentially lithogenic, regardless of age and time of urine collection(17). Thus, in a study by our aforementioned group, the calcium/citrate ratio corresponding to urine at night was increased in 37.5 % of the samples and, on the other hand, the same ratio, in the first urine of the day was elevated in 80 % of the cases. This was the only parameter calculated that was also related to the existence of a family history of lithiasis(3). A particular situation may occur, preferably in adolescence, when citraturia may be reduced and also calciuria, with which the urine will not be lithogenic as it shows a normal calcium/citrate ratio.

Hypocitraturia

Hypocitraturia is frequently seen in patients with renal lithiasis. It can be observed in isolation or associated with hypercalciuria. It is a potent crystallization inhibitor. Sometimes it is not possible to know the cause of hypocitraturia, although metabolic acidosis, a diet with excess protein, cystic fibrosis, intestinal malabsorption and obesity must be ruled out.

Citrate acts as an inhibitor of calcium stone formation by forming a soluble complex, which decreases the availability of free ionic calcium necessary for crystallization of calcium oxalate or calcium phosphate. Citrate also acts as a direct inhibitor of the aggregation of calcium crystals and their growth(18); therefore, reduced urinary citrate may be an important cause of calcium lithiasis.

In general, metabolic acidosis is accompanied by hypocitraturia and alkalosis by hypercitraturia(19).

The frequency of hypercalciuria and, above all, hypocitraturia in cases of renal tubular acidosis is very high. Citrate is a very sensitive marker of metabolic acidosis(19). When the pH of the proximal tubular cell is reduced, the activity of the dicarboxylate cotransporter NADC1 (sodium-dependent dicarboxylate transporter 1) located in the apical membrane of the proximal tubule is stimulated, thereby passing more citrate into the cell. Citrate participates in the Krebs cycle in mitochondria, producing CO2 and H2O, a process in which three H+ ions are consumed, a reaction equivalent to generating bicarbonate.

Other causes of hypocitraturia, in addition to metabolic acidosis, include acetazolamide or thiazide therapy, potassium depletion, starvation, cystic fibrosis, intestinal malabsorption, and obesity. Excessive protein intake also favors its appearance due to the acid overload it causes. However, sometimes no known cause is detected (idiopathic hypocitraturia). In chronic renal failure, a reduction in citraturia may be indicative of an intracellular acidosis capable of initiating early alkalinizing treatment. As previously indicated, hypocitraturia associated with IH is observed with certain frequency, in the absence of an acidification defect.

We have observed in some cases that after the use of citrate, the ultrasonographic microcalculi may disappear. It should not be forgotten that in 1857, Spiller observed that citric acid has a special ability to keep calcium in solution. In the presence of citrate, calcium is not precipitated by carbonate, phosphate, or oxalate. When some of these precipitates have formed, they can be brought back into solution by additional citrate.

Role of the primary care pediatrician

An appropriate medical history, a correct physical examination, and basic renal function tests can lead the Primary Care pediatrician to a diagnosis of IH. This professional can proceed with subsequent control after recommending adequate dietary standards. The presence of morphological anomalies (ultrasound calculi) or suggestive symptoms would be an indication for referral of the patient to a Center specialized in Pediatric Nephrology.

As reflected in the article, IH is the most frequent cause of lithiasis, both in childhood and in adulthood, although the most common scenario is that it is asymptomatic or presents symptoms of prelithiasis (hematuria, micturition symptoms, abdominal pain…). In Primary Care it is important to suspect it in the face of the aforementioned symptoms, and perform the relevant tests for its diagnosis. Although 24-hour urine collection is standardized, it may be initially sufficient to determine the calcium/creatinine and calcium/citrate ratios in a first morning urine sample, the results of which must be confirmed in a subsequent sample.

Once the diagnosis has been made, it will be necessary to provide dietary measures, whether the patient is asymptomatic and has been a casual diagnosis, or if he presents associated symptoms. These indications will be essential to reduce symptoms, as well as to prevent the formation of renal lithiasis in the future.

Bearing in mind that IH is an entity whose cause is multifactorial, but in which genetics plays a fundamental role, one should not be obsessed with achieving normalization of calciuria. It will be essential, above anything else, to try to increase the levels of inhibitors of crystallization in the urine (citrate and magnesium), recommending foods rich in them, as well as in phytate (present in cereals and legumes), which is also a potent inhibitor of crystallization.

Unless complications arise, children with IH can be monitored by Primary Care pediatricians.

Conflict of interests

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

Bibliography

The asterisks reflect the interest of the article in the opinion of the authors.

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8. Sotoca Fernández J, O’Hagan M, Arango Sancho P, Luis Yanes MI, García Nieto V. A family history of renal lithiasis in children diagnosed of urinary tract infection by Escherichia coli. An Pediatr (Barc). 2018; 88: 204-8.

9.** García Nieto VM, Luis Yanes MI, Tejera Carreño P, Pérez Suárez G, Moraleda Mesa T. The idiopathic hypercalciuria reviewed. Metabolic abnormality or disease? Nefrologia (Engl Ed). 2019; 39: 592-602.

10.*** Li XQ, Tembe V, Horwitz GM, Bushinsky DA, Favus MJ. Increased intestinal vitamin D receptor in genetic hypercalciuric rats. A cause of intestinal calcium hyperabsorption. J Clin Invest. 1993; 91: 661-7.

11. Krieger NS, Stathopoulos VM, Bushinsky DA. Increased sensitivity to 1,25(OH)2D3 in bone from genetic hypercalciuric rats. Am J Physiol. 1996; 271: C130-5.

12.** Favus MJ, Karnauskas AJ, Parks JH, Coe FL. Peripheral blood monocyte vitamin D receptor levels are elevated in patients with idiopathic hypercalciuria. J Clin Endocrinol Metab. 2004; 89: 4937-43.

13.*** Pérez-Suárez G, Luis-Yanes MI, Martín-Fernández de Basoa MC, Sánchez-Almeida E, García-Nieto VM. Evolution of bone mineral density in patients with idiopathic hypercalciuria: a 20-year longitudinal study. Pediatr Nephrol. 2021; 36: 661-7.

14. Kamińska A, Jung A. Results of the treatment of pre-urolithiasis state in children with recurrent urinary tract infections. Pol Merkur Lekarski. 2000; 8: 209-10.

15. Luis Yanes MI, López Figueroa A, Arango Sancho P, Tejera Carreño P, Monge Zamorano M, Aracil Hernández D, et al. Ultrasonography findings of echogenic material in the bladder of a pediatric cohort. Pediatr Nephrol. 2018: 33: 1980.

16.** Mir C, Rodríguez A, Rodrigo D, Sáez-Torres C, Frontera G, Lumbreras J, et al. Analysis of urine composition from split 24-h samples: use of 12-h overnight samples to evaluate risk factors for calcium stones in healthy and stone-forming children. J Pediatr Urol. 2020; 16: 371.e1-e7.

17. Srivastava T, Winston MJ, Auron A, Alon US. Urine calcium/citrate ratio in children with hypercalciuric stones. Pediatr Res. 2009; 66: 85-90.

18. Tekin A, Tekgul S, Atsu N, Sahin A, Ozen H, Bakkaloglu M. A study of the etiology of idiopathic calcium urolithiasis in children: hypocitruria is the most important risk factor. J Urol. 2000; 164: 162-5.

19. Brennan S, Hering-Smith K, Hamm LL. Effect of pH on citrate reabsorption in the proximal convolute tubule. Am J Physiol. 1988; 255: F301-6.

20. González-Lamuño Leguina D. Hipercalciuria. Pediatr Integral. 2017; XXI: 529-40.

Recommended bibliography

– Grases Freixedas F, Costa-Bauzá A. Mecanismos de la formación de los cálculos renales (Mechanisms of kidney stone formation). In: Nefrología Pediátrica. Exeni R, García-Nieto V, Medeiros M, Santos F, eds. Oviedo: Ediciones de la Universidad de Oviedo. 2021. p. 977-90.

Chapter recently written by one of the most expert groups in lithiasis in our country. The complex mechanisms and causes involved in the formation of kidney stones are reviewed in a very educational way.

– Li XQ,Tembe V, Horwitz GM, Bushinsky DA, Favus MJ. Increased intestinal vitamin D receptor in genetic hypercalciuric rats. A cause of intestinal calcium hyperabsorption. J Clin Invest. 1993; 91: 661-7.

The study of hypercalciuric rats allowed us to suspect that they share mechanisms in their pathophysiology with human IH. The finding of an increase in the number of vitamin D receptors was essential in this regard.

– Pérez-Suárez G, Luis-Yanes MI, Martín-Fernández de Basoa MC, Sánchez-Almeida E, García-Nieto VM. Evolution of bone mineral density in patients with idiopathic hypercalciuria: a 20-year longitudinal study. Pediatric Nephrol. 2021; 36: 661-7.

This study has revealed for the first time that the urinary elimination of calcium in IH is not permanent and that, on occasions, it is replaced by hypocitraturia. This work has also revealed that the loss of bone mass observed in some patients with IH improves spontaneously in adolescence and young adults, especially in women.

Clinical case

 

A 7-year-old patient (weight: 23 kg, height: 118.5 cm) was referred because of a 12 day course of macroscopic hematuria at the end of urination, which was not accompanied by fever or dysuria. The family was initially assisted by their doctor, who had prescribed the administration of intramuscular penicillin and when the terminal hematuria did not subside, he was referred to us. Physical examination was normal except for a I/VI systolic murmur with functional characteristics in the mitral focus. In the personal history, it was noted that he had undergone adenoidectomy and tonsillectomy. His mother had suffered two renal colic. The macroscopic hematuria subsided two days after admission, remaining with persistent microhematuria (8-10 leukocytes per field, 20-25 red blood cells per field). The urine culture was negative and the full blood count was normal (Hb: 14 g/dL). General biochemistry was normal (creatinine: 0.5 mg/dl, uric acid: 3.5 mg/dl, calcium: 10 mg/dl), including proteinogram, immunoglobulins, and hepatitis B serology. Complement levels were C3: 97 mg/dl and C4: 16 mg/dl. The pharyngeal swab was negative. Renal ultrasound was normal. The volume of 24-hour urine delivered to the laboratory was 500 ml. In this sample, the creatinine concentration was 60 mg/dl and the calcium 17 mg/dl. In addition, magnesium: 6.2 mg/dl; uric acid: 47.6 mg/dl and citrate 300 mg/l.

 

 

 

Actualizaciones bibliográficas

Actualización bibliográfica

 

 

¿Valoramos de forma correcta la tensión arterial en la consulta?

Álvarez J, Aguilar F, Lurbe E. La medida de la presión arterial en niños y adolescentes:
Elemento clave en la evaluación de la hipertensión arterial.
An Pediatr (Barc). 2022; 96: 536.e1-e7.
Disponible en:
https://www.analesdepediatria.org/es-la-medida-presion-arterial-ninos-articulo-S1695403322001382.

La hipertensión arterial (HTA) es el principal factor de riesgo modificable para la enfermedad cardiovascular. Las Guías Clínicas recomiendan medir la presión arterial (PA) en niños sanos por encima de los 3 años. Previamente a esta edad, se indica si existen situaciones de riesgo como: prematuridad, bajo peso al nacimiento, antecedente de ingreso en cuidados intensivos, cardiopatías, enfermedad renal u oncohematológica, trasplante tanto de médula ósea como de órgano sólido, tratamientos con fármacos que aumenten la PA y evidencia de presión intracraneal elevada. La prevalencia de la HTA varía dentro de la edad pediátrica y se reconoce la obesidad como un factor de riesgo responsable del aumento de su detección en los últimos años. La HTA secundaria es inferior al 1%, siendo la primaria el tipo más frecuente. Suele ser asintomática o con síntomas leves que pasan desapercibidos. Detectar elevaciones de la PA en etapas precoces puede favorecer la implementación de medidas de corrección y para ello debemos conocer cómo se miden correctamente sus cifras.

Aunque los dispositivos oscilométricos son los más utilizados, el método auscultatorio sigue siendo el método de elección. Se permite la utilización de dispositivos electrónicos, siempre y cuando hayan sido validados para niños, prefiriéndose los que realizan 3 mediciones de PA seguidas. La Sociedad Europea de Hipertensión Arterial ha establecido un procedimiento reglado previo a la toma de valores: 1) asegurar que el niño/adolescente no haya tomado estimulantes (cacao o cola), fumado o realizado ejercicio físico 30 min antes de la toma; 2) colocar el manguito por encima de la fosa antecubital y mantener al niño sentado, con mínima interacción y en ambiente tranquilo, con el respaldo recto, los pies apoyados en el suelo y los brazos apoyados sobre la mesa; y 3) realizar una primera medición tras 3-5 min de reposo y desecharla y hacer la media de las 2 mediciones siguientes, dejando un intervalo de 1 min entre las 3. Para una elección correcta del manguito, se debe medir el brazo en el punto medio entre el codo y el hombro. En la primera visita realizaremos una medición en ambos brazos y, en el caso en que haya una diferencia de más de 10 mmHg, realizaremos las mediciones en el brazo con los valores más elevados. Si la diferencia supera los 20 mmHg debe iniciarse estudio de estenosis vasculares.

En el caso de que nos encontremos ante un neonato, la medición debe realizarse en el brazo derecho con un dispositivo oscilométrico validado. La longitud de la vejiga del manguito debe abarcar el 80-100% de la circunferencia del brazo. El caso del lactante es el mismo, excepto que la anchura de la vejiga del manguito debe ser aproximadamente el 50% de la zona media del brazo y se deben realizar 3 determinaciones con 2 min de intervalo entre ellas.

Para el diagnóstico de HTA en niños, se utilizan percentiles para edad, sexo y talla hasta los 16 años. Una TA normal corresponde a un percentil (P) menor de 90. Consideramos normal-alta con P igual a 90 y menor de 95 e HTA si supera este percentil. Para el estadio 1 se marcan cifras menores del P99 más 5 mmHg y para el estadio 2 cifras mayores de P99 más 5 mmHg. La HTA sistólica aislada corresponde a una PA mayor o igual de P95 con diastólica normal. Se ha comprobado una variación de las medidas en visitas sucesivas. Hay evidencia de una reducción de hasta el 53% de valores de PA elevados en una segunda visita y de un 77,7% en una tercera. Por lo tanto, se recomiendan, al menos, 2-3 determinaciones separadas entre 1 y 4 semanas, dependiendo de las cifras, excepto en casos de HTA sintomática, HTA estadio 2 en menores de 16 años y por encima de 180/110 de 16 años en adelante.

Todas las guías recomiendan confirmar el diagnóstico de HTA fuera de la consulta, mediante una monitorización ambulatoria de la PA de 24 h (MAPA). Su combinación con la PA clínica permite establecer 4 fenotipos: cuando existe concordancia entre la PA clínica y la MAPA puede ser que por ambos métodos la PA sea normal, normotensión, o elevada, HTA sostenida; y si hay discrepancias, puede sospecharse HTA de bata blanca (HTA clínica y normotensión en MAPA) o HTA enmascarada (normotensión clínica e HTA en MAPA).

Herramientas de acceso libre como la que recomiendan los autores (https://hyperchildnet.eu/) facilitan la interpretación y el seguimiento de los valores, tanto en niños sanos como de riesgo.

 

Sheila de Pedro del Valle

Pediatra. Hospital Nuestra Señora de Sonsoles. Ávila

 

Homogeneizar la rehidratación intravenosa rápida en el Servicio de Urgencias

Mora-Carpín A, López-López R, Guibert-Zafra B, de Ceano-Vivas La Calle M, Porto-Abab R, Molina-Cabañero JC, et al. Documento de recomendaciones sobre la rehidratación intravenosa rápida en gastroenteritis aguda. An Pediatr (Barc). 2022; 96: 523-35. Disponible en:
https://www.analesdepediatria.org/es-documento-recomendaciones-sobre-rehidratacion-intravenosa-articulo-S1695403321001909.

La complicación más frecuente en niños diagnosticados de gastroenteritis aguda es la deshidratación. Aunque la rehidratación oral constituye el tratamiento de elección, situaciones como la deshidratación de carácter grave o el fracaso o la contraindicación de la propia rehidratación oral, hace necesario pautar una terapia intravenosa. Numerosas publicaciones demuestran que la rehidratación intravenosa rápida (RIR) es segura y eficaz, mejora: la perfusión renal, favoreciendo la corrección de alteraciones analíticas; y la perfusión gastrointestinal, facilitando la recuperación de la tolerancia oral, permitiendo de esta manera una estancia menor en el Servicio de Urgencias y, por lo tanto, generando un ahorro económico. A pesar de ser una terapia ampliamente utilizada, existe gran heterogeneidad respecto al volumen, la velocidad de infusión y la composición del suero. El objetivo de este trabajo es establecer una serie de recomendaciones basadas en la evidencia, con el fin de homogeneizar la utilización de la RIR en los Servicios de Urgencias Pediátricas a nivel nacional. Las recomendaciones se clasifican según: su dirección (a favor/en contra), su fuerza (fuerte/débil) y el nivel de calidad de la evidencia.

Se recomienda utilizar la RIR, estableciéndose como una terapia segura (recomendación fuerte/evidencia alta), en pacientes con deshidratación leve-moderada secundaria a gastroenteritis aguda con fracaso o contraindicación de la rehidratación oral (recomendación fuerte/evidencia alta); por lo tanto, datos que sugieran deshidratación grave, como la inestabilidad hemodinámica o alteraciones hidroelectrolíticas graves, se consideran contraindicaciones. Así mismo, los niños menores de 3 meses o con una enfermedad sistémica que afecte a la regulación hemodinámica o al equilibrio hidroelectrolítico, no pueden regirse por esta pauta (recomendación fuerte/evidencia no disponible).

Se recomienda realizar gasometría y determinación de iones, glucosa, urea y creatinina a todos los niños que se les canalice vía venosa (recomendación fuerte/evidencia baja), y se sugiere, si está disponible, la determinación de cetonemia (recomendación débil/evidencia baja). Los controles clínicos que incluyan: constantes vitales, examen físico y control de entradas y salidas, se realizarán de acuerdo a la situación clínica del paciente (recomendación fuerte/evidencia baja). La repetición de un control analítico tras la terapia, dependerá de si existieron alteraciones reseñables en el primer control o de si la evolución clínica del niño no ha sido la esperada (recomendación fuerte/evidencia baja).

El ritmo de infusión se establece en 20 ml/kg/h (recomendación fuerte/evidencia alta), con un máximo de 700 ml/h (recomendación débil/evidencia no disponible), manteniéndolo durante 1 a 4 h, dependiendo del déficit estimado y de la evolución (recomendación fuerte/evidencia moderada).

Se recomienda el uso de soluciones isotónicas (recomendación fuerte/evidencia alta) y se sugiere, como primera opción, el suero salino fisiológico, pudiendo ser alternativas a este el Ringer lactato o Plasmalyte-A (recomendación débil/evidencia baja). Solo se debe restringir el uso de glucosa en situaciones de hiperglucemia (>140 mg/dl) (recomendación fuerte/evidencia baja). En situaciones de glucemia normal y cetosis (recomendación fuerte/evidencia moderada) y glucemia normal con cetonemia normal o no disponible (recomendación débil/evidencia baja) se sugiere añadir glucosa al 2,5%.

A partir de la evidencia disponible y con el aval del Comité Científico de la Sociedad Española de Urgencias Pediátricas, se establecen estas 16 recomendaciones a tomar en cuenta en todos los Servicios de Urgencias que atiendan a población pediátrica.

 

Sheila de Pedro del Valle

Pediatra. Hospital Nuestra Señora de Sonsoles. Ávila

 

 

10 Cosas que deberías saber sobre… poliuria

10 Cosas que deberías saber sobre… poliuria

 

R. Vila de Frutos, S. Criado Camargo, L.García Espinosa, M. García Boyano.


La poliuria se define como una excesiva producción de orina, cuantificada mediante recogida de orina o pesada de pañales durante 24-48 horas.

Se define como cualquier situación en la que la eliminación de orina es inapropiadamente elevada respecto al volumen circulante efectivo y la concentración de sodio en plasma. A efectos prácticos, en niños menores de un año, se considera poliuria, una eliminación de orina superior a 2 ml/kg/hora y, en mayores de un año, superior a 3 ml/kg/hora.

Puede estar causada por una alteración en la reabsorción de agua en el túbulo, bien por exceso de llegada de esta al túbulo (polidipsia primaria) o bien por defecto en su reabsorción (diabetes insípida central o nefrogénica).

O puede estar causada por una imposibilidad en la capacidad de reabsorción de solutos en el túbulo, bien por exceso de estos (glucosa en la diabetes mellitus o urea en la insuficiencia renal), o bien, por tubulopatías o uso de diuréticos.

Es necesario diferenciarla de otras entidades como: polaquiuria, nicturia o enuresis.

Es importante una adecuada historia clínica, detallando: cantidad de agua diaria que se consume, frecuencia y volumen urinario, si existen otros síntomas asociados, así como antecedentes de ingesta de fármacos o antecedentes familiares de patología renal.

Con una adecuada historia y exploración física, hay que descartar la presencia de síntomas y signos de alarma como: sed excesiva, signos de deshidratación, fallo de medro o alteraciones neurológicas, como: alteraciones en el campo visual, cefalea, irritabilidad o alteración del nivel de conciencia.

Una vez comprobado que existe una verdadera poliuria y se ha realizado la historia clínica y una exploración detallada, es importante realizar un estudio básico inicial para identificar la patología subyacente. En una primera aproximación, es imprescindible determinar la glucemia capilar y realizar una tira rápida de orina.

Dentro del estudio inicial, se recomienda realizar un análisis de sangre con: gasometría, función renal, osmolaridad plasmática e iones. Es necesario recoger la primera micción tras ayuno nocturno habitual, para poder valorar la capacidad de concentración de orina, así como la presencia de: glucosuria, proteinuria, cristales u otras alteraciones.

En función del resultado de estas pruebas, se realizará el diagnóstico diferencial y se valorará la necesidad de realizar pruebas funcionales como el test de restricción hídrica y de administración de hormona antidiurética (ADH). Estos tienen como objetivo, diferenciar: polidipsia primaria, diabetes insípida central y diabetes insípida nefrogénica, tanto completa como parcial.

 

 

Para saber aún más…

–  Lumbreras Fernández J, Amil Pérez B. Poliuria y polidipsia. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 81-9.

–  Mahon M, Amaechi G, Slattery F, Sheridan AL, Roche EF. Fifteen-minute consultation: polidipsia, poliuria or both. Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2018; 0: 1-5.

–  Aguirre Meñica M, Luis Yanes MI. Tubulopatías. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 135-53.

–  Leung A, Robson WL, Halperin M. Polyuria in Childhood. Clin Pediatr. 1991; 30: 634-40.

Valoración de la función renal

L. Espinosa Román
Regreso a las bases


L. Espinosa Román

Servicio de Nefrología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz, Madrid

Resumen

Las pruebas dirigidas a la valoración de la función renal son imprescindibles en la práctica clínica, ya que la enfermedad renal puede cursar de forma silente y solamente ponerse de manifiesto mediante exploraciones complementarias. Independientemente de este hecho, estas pruebas nos van a servir para hacer una orientación diagnóstica de la enfermedad renal, medir el grado de funcionalidad y establecer los tratamientos adecuados.
Iniciamos el capítulo con la prueba más simple y accesible en la consulta de Atención Primaria, como es la tira reactiva de orina, que nos puede dar mucha información inicial sobre las diferentes patologías renales (hematuria, proteinuria, ITU, etc.), así como de su seguimiento.
Posteriormente, se analizan los diferentes métodos que nos permiten calcular el filtrado glomerular renal, que representa la funcionalidad de las nefronas renales y, por último, analizamos la función tubular renal para poder interpretar las alteraciones hidroelectrolíticas y del metabolismo ácido base.

 

Abstract

The renal function evaluation is essential in the clinical practice because the kidney damage can be silent. These tests will help us to make a diagnostic orientation of kidney disease, to know the degree of renal failure and establish the appropriate treatments.
The most simple and accessible test in the primary care clinic is the urine dipstick that is an extremely sensitive investigation and provides great initial information on different renal pathologies (hematuria, proteinuria, UTI, etc.) and their follow-up.
Glomerular filtration rate (GFR) is the best overall measure of kidney function. We analyze the different methods to calculate GFR from the concept of clearance as well as the use of equations through creatinine or cystatin that do not need the collection of minuted urine. Finally we study the tubular function tests that allow us to understand the hydroelectrolytic alterations and the acid-base metabolism.

 

Palabras clave: Función renal; Filtrado glomerular renal; Función tubular; Tira reactiva de orina

Key words: Renal function; Glomerular filtration rate; Tubular function; Urine dipstick

 

Pediatr Integral 2017; XXI(8): 549-555

 

Valoración de la función renal

Introducción

Los pacientes con enfermedad renal pueden tener muchas formas diferentes de presentación clínica. Algunos tienen síntomas que se relacionan directamente con los riñones (hematuria macroscópica), en otras ocasiones, son síntomas extrarrenales (hipertensión arterial, edemas), pero en algunas ocasiones, están asintomáticos y solo vamos a detectar la enfermedad renal mediante exploraciones complementarias (test de laboratorio o pruebas de imagen). Estos test para cribaje y diagnóstico son de crucial importancia, ya que de forma directa o indirecta van a medir la estructura y función renal(1). Estos test deben servir para:

• Detectar anomalías lo suficientemente pronto para alertar de la necesidad de un tratamiento y prevenir la mortalidad y morbilidad asociada a la enfermedad renal.

• Ayudar a establecer un diagnóstico específico para instaurar el tratamiento correcto y la posibilidad de respuesta a dicho tratamiento.

• Aun en ausencia de tratamiento específico, ayudar a determinar un pronóstico.

• Determinar si un tratamiento es efectivo.

• Predecir el curso clínico de una enfermedad.

El riñón participa en el mantenimiento del equilibrio extracelular mediante la excreción de productos de desecho y por el ajuste específico de la excreción de agua y electrolitos. Además, secreta hormonas que participan: en la regulación de la hemodinámica sistémica y renal (renina, prostaglandinas), en la producción de células rojas (eritropoyetina) y en la regulación del metabolismo fosfocálcico (calcitriol). En este capítulo estudiaremos las pruebas básicas de función renal en Pediatría.

Análisis de orina

El análisis de orina es un arma diagnóstica informativa y no invasiva que es rápidamente accesible al clínico. El análisis de orina tiene tres componentes: el examen macroscópico, la tira reactiva y el examen microscópico. ¿Cuándo hacer un análisis de orina completo?:

• Paciente con sospecha de enfermedad renal: anomalías macroscópicas de la orina, hipertensión arterial (HTA), edemas, poliuria-polidipsia, oliguria, enfermedades sistémicas (LES, Vasculitis, Diabetes…), tratamiento con drogas nefrotóxicas, sospecha de infección del tracto urinario (ITU), sintomatología de cólico nefrítico etc.

• Pacientes con evidencia de enfermedad renal.

• Está más discutido en el despistaje de enfermedad renal.

La muestra de orina debe ser recogida de forma apropiada(1)

Para sacar la máxima rentabilidad y cumplir los mismos requisitos que para la recogida de un urocultivo:

• Orina limpia no contaminada.

• Contenedor limpio y seco.

• Examinar a temperatura ambiente: dentro de las 2 horas de la recogida o refrigerar (2-8ºC) y esperar a que alcance la temperatura ambiente para examinarla.

Examen macroscópico

Hay que fijarse en la turbidez: una orina turbia puede ser consecuencia de una ITU o por precipitación de cristales; en el color: la orina es de color amarillo claro cuando está diluida y oscura cuando está concentrada. Hay que valorar si es de color rojo (rojo vivo orienta a hematuria de vías y un color pardo nos habla más de una hematuria glomerular). Otras causas de orina roja pueden ser debidas a la ingesta de determinados medicamentos (rifampicina o fenitoína).

Tira reactiva de orina(1-3,4)

La tira de orina proporciona una medida semicuantitativa rápida de las características de la orina. Muchas tiras permiten el análisis de los siguientes parámetros urinarios: sangre, esterasa leucocitaria, nitritos, albúmina, pH, densidad y glucosa. A la hora de interpretarlas es importante seguir las indicaciones del fabricante en cuanto a la cantidad de orina requerida y el tiempo necesario para proceder a la lectura (Fig. 1).

Figura 1. Instrucciones para la correcta lectura e interpretación de las tiras reactivas de orina.

Sangre: puede ser positivo no solamente por la presencia de hematíes, sino por la existencia de hemoglobinuria y mioglobinuria. La existencia de hematíes en orina requiere un examen microscópico. Es un test muy sensible y es muy raro el falso negativo, aunque el ácido ascórbico puede interferir con la reacción de la peroxidasa y dar negativo.

Esterasa leucocitaria: es liberada por los neutrófilos lisados y por los macrófagos y es un marcador de la presencia de leucocitos en orina. Las orinas muy diluidas pueden favorecer la lisis celular y bajar el umbral de positividad, mientras que las orinas concentradas impiden la lisis celular y pueden dar falsos negativos. La presencia de proteinuria y glucosuria también puede dar falsos negativos.

Nitritos: indican bacteriuria subyacente por gérmenes que son capaces de reducir los nitratos a nitritos. Sin embargo, puede haber bacteriuria en ausencia de nitritos positivos, bien por gérmenes que expresan bajos niveles de nitrato reductasa o porque la orina lleve poco tiempo almacenada en la vejiga.

Proteínas: la tira de orina es más sensible a la albúmina y nos proporciona una medida semicuantitativa de la albuminuria. Cuando un test es persistentemente positivo se debe hacer un análisis cuantitativo, bien mediante un cociente albúmina/creatinina en orina de micción o una cuantificación de albuminuria en 24 horas.

pH: el pH en orina normal varía de 4,5 a 8 dependiendo del balance ácido-base sistémico. En situación de acidosis, el riñón responde bajando el pH urinario por debajo de 5,5. Si el pH en orina es más alto, se puede sospechar una acidosis tubular renal. En algunas ocasiones, el pH puede no ser indicativo de acidificación urinaria, como con los patógenos que producen ureasa, como el proteus, encontrando pH de 7-7,5 con una acidificación renal normal.

Densidad: nos puede dar una estimación indirecta de la osmolalidad de la orina y, por tanto, de la capacidad de concentración urinaria, que es una de las primeras funciones que se altera en muchas patologías renales. La densidad varía con la osmolalidad y se eleva 0,001 por cada 30-40 mOsm/kg de osmolalidad (una densidad de 1.020 equivale a 900 mOsm/kg). Hay que conocer que la osmolalidad está determinada por el número de partículas en la orina, mientras que la densidad depende del número y del tamaño de esas partículas. En la situación de moléculas grandes, como la glucosa o los contrastes radiológicos, podemos tener una densidad alta de 1.030 y, sin embargo, tener una orina diluida.

Examen microscópico

Nos ayuda a interpretar los hallazgos de la tira reactiva. Permite la visualización de células: hematíes, leucocitos, cristales, bacterias y cilindros, que nos pueden orientar a un diagnóstico clínico.

Filtrado glomerular renal (FGR)

La tasa de FGR es la suma de la tasa de filtración de todas las nefronas funcionantes y, por tanto, el FGR nos da una medida aproximada del número de las mismas(1). La medida del FGR es fundamental en pacientes con daño renal progresivo, pero también en otras situaciones clínicas para prescribir líquidos, electrolitos y drogas de eliminación renal. El FGR varía con la edad(5-7), siendo a la semana de vida de 45 ml/min/1,73 m2 y a partir del año 100-120 ml/min/1,73 m2.

La medida más común del FGR se basa en el concepto de aclaramiento (C) o volumen de plasma que es aclarado de una sustancia en la unidad de tiempo. Su fórmula es:

Cs = Us x V/Ps, (V = volumen/min urinario, Us y Ps = concentraciones urinarias y plasmáticas de la sustancia S

En Pediatría, el aclaramiento se corrige para la superficie corporal del adulto 1,73 m2, para permitir la comparación entre pacientes de diferente tamaño. Las sustancias que se reabsorben en el túbulo renal tienen un C más bajo que el FGR y las que se secretan tienen un C más alto. Para el cálculo del FGR, se pueden utilizar marcadores exógenos, como la inulina y los marcadores isotópicos (iohexol, iotalamato, 99mTc-DTPA, Cr-EDTA), o marcadores endógenos como la creatinina (Cr) o la cistatina C(6,8).

Históricamente, se ha utilizado la inulina, que se filtra libremente por el glomérulo y no se reabsorbe ni secreta por los túbulos. Hay que infundirlas intravenosamente, obtener una concentración estable y recoger muestras de orina minutadas para calcular el aclaramiento. Actualmente, ha sido desplazada por los marcadores isotópicos que también requieren infusión intravenosa del mismo y medidas repetidas de los niveles del marcador, aunque se puede obviar la recogida de muestras de orina minutadas(9).

Por tanto, la medida del FGR por cualquier marcador exógeno es incómoda y rara vez se realiza excepto en estudios de investigación. En su lugar, en la práctica clínica, el FGR se estima usando biomarcadores endógenos:

Creatinina plasmática (Cr): la Cr es un producto metabólico de la creatina y la fosfocreatina, que se encuentra casi exclusivamente en el músculo, y se genera en una tasa casi constante (varía de 10 mg/kg en el lactante a 20 mg/kg en el adulto) y es aclarada por los riñones.

La cifra de Cr plasmática proporciona una medida indirecta del FGR, ya que su concentración aumenta cuando disminuye el FGR y sigue siendo el método indirecto de medida del FG más usado en la práctica clínica, por la facilidad de su determinación y el bajo coste. En la tabla I, podemos ver los valores normales de Cr según la edad(3,6,7).

Aclaramiento de Cr (CCr): la medida del CCr obvia algunos problemas que plantea la determinación de la Cr plasmática, pero genera otros diferentes. La Cr se filtra libremente por el glomérulo, pero es secretada por el túbulo renal. Esta secreción aumenta cuando disminuye el FGR, de forma que a menor FGR mayor secreción de Cr, por lo que el CCr no es sinónimo de FGR y lo sobreestima aproximadamente en un 10-20%. Además, requiere la colección de una orina minutada que es difícil de realizar en la infancia. Para valorar si una orina está bien recogida, hay que medir la excreción de Cr en orina (Tabla I). Al igual que con el FGR, el CCr debe corregirse a la superficie corporal del adulto (1,73 m2).

CCr = Cro x V / Crp = ml/min

CCr x 1,73 / SC = ml/min/1,73 m2

Cro = Concentración de Cr en orina, Crp = Concentración de Cr en plasma, V = volumen/min de orina en ml/min, SC = superficie corporal en m2

Filtrado glomerular estimado (FGE) por la Cr plasmática: la fórmula de mayor uso en Pediatría es la fórmula de Schwartz, que fue publicada en 1976(10). Calcula el FGE en función de la talla y una constante:
Fórmula de Schwartz:

FGE = Talla (cm) x K / Crp (mg/dl) = ml/min/1,73 m2

El valor de K en la ecuación original es: para menores de 1 año, 0,45 en RN a término y 0,33 para RN pretérmino; para mayores de 1 año y hasta la adolescencia: 0,55; y en varones a partir de los 14 años: 0,7.

Como los procedimientos de medida de la Cr han cambiado con los años, en el año 2009 se ha actualizado la fórmula de Schwartz(11), manteniendo el mismo formato, pero cambiando el valor de K a 0,413. En esta ecuación, no hay valor de K para menores de 1 año y no diferencia varones y mujeres en la adolescencia.

Fórmula de Schwartz actualizada:

FGE = Talla (cm) x 0,413 / Crp (mg/dl) = ml/min/1,73 m2

Cistatina C: es una proteína de bajo peso molecular filtrada por el glomérulo, no reabsorbida y metabolizada en los túbulos renales. Se sintetiza en las células nucleadas y su producción es constante, no afectándose por los cambios en la dieta. A partir de los 2 años de edad, se mantiene constante y no se afecta por la edad ni por la masa corporal. La cifra de normalidad para la cistatina C es 0,48-0,98 mg/l.

Al igual que para la creatinina, se han hecho aproximaciones a través de diferentes fórmulas para medir el FGR a partir de la cifra de cistatina C, la que más se utiliza en la actualidad es la fórmula de Filler(12):

Fórmula de Filler: 91,62 x Cistatina (mg/l) –1,123= ml/min/1,73 m2

Interpretación(13,14)

En la tabla I, se representan los valores normales para la edad de la Cr. En la práctica diaria pediátrica, lo más importante es valorar la cifra de Cr y, a partir de ahí, calcular con la talla el FGE por la fórmula de Schwartz. Las causas que pueden alterar las cifras de Cr se reflejan en la tabla II.

En estos casos, hay que recurrir a los métodos de aclaramiento de Cr, cistatina C o marcadores isótopos para una mayor aproximación. El FGR normal a partir de los 2 años de vida se considera que debe ser superior a 90 ml/min/1,73 m2. En la tabla III, se pueden ver los valores de FGR en las diferentes edades.

Osmolalidad urinaria. Capacidad de concentración

Los riñones son capaces de mantener casi constante la osmolalidad plasmática (280-290 mOsm/kg) y la concentración de sodio mediante mecanismos independientes que regulan la excreción de agua y sodio. Los mecanismos de concentración urinaria juegan un papel fundamental en el mantenimiento de este equilibrio. Siguiendo a varias horas sin ingesta de agua, como puede ocurrir durante el sueño nocturno, el riñón es capaz de concentrar la orina hasta 1.200 mOsm/kg y, al contrario, cuando hay una ingesta excesiva de agua puede diluir la orina hasta 50 mOsm/kg. La capacidad de concentración urinaria es una de las funciones que se pierden más precozmente en los trastornos renales y provoca la poliuria que padecen estos pacientes.

Para medir la capacidad de concentración urinaria, se puede realizar mediante la estimulación de la ADH endógena con una restricción hídrica o mediante una sustancia exógena con acción antidiurética (desmopresina) o DDAVP(8). En los niños mayores de 1 año, se considera una capacidad de concentración urinaria normal cuando la osmolalidad urinaria está por encima de 800 mOsm/kg, que equivale a una densidad de 1.020. Para los niños más pequeños, existen tablas con los valores de normalidad(3,6,8).

Restricción hídrica: se recomienda una cena a hora temprana con poco líquido. A partir de ese momento, no se deben ingerir más líquidos. A mitad de la noche en niños que controlan esfínteres, se recomienda vaciar la vejiga y por la mañana se recoge la primera orina que es la que se analiza. En los niños pequeños con toma nocturna, es más difícil el poder realizarla. Si en esta orina la osmolalidad es superior a 800 mOsm/kg, consideramos que el riñón tiene una capacidad de concentración normal, pero si la osmolalidad es más baja, puede deberse a que no haya habido una restricción hídrica suficiente y habrá que realizar un test de DDAVP.

Prueba de concentración con desmopresina: se recurre a ella cuando no se consigue una osmolalidad normal con la prueba anterior o cuando no se puede realizar una restricción hídrica prolongada.

La concentración urinaria hay que valorarla en todos los niños con poliuria-polidipsia y nos ayuda a descartar una polidipsia psicógena en aquellos que se alcanza una capacidad de concentración normal.

Otras pruebas de función tubular(3,5,6,8)

Aparte del manejo del agua, en los túbulos renales se produce la reabsorción y secreción de diferentes electrolitos, glucosa y aminoácidos, bien de forma primaria o bien a través de diferentes hormonas que modulan estos mecanismos. Para valorar estas acciones, utilizamos diferentes parámetros, pero para su interpretación tenemos que tener en cuenta una serie de consideraciones:

• Son útiles cuando hay una alteración iónica en sangre.

• Permiten valorar la respuesta renal a la situación fisiológica / patológica y orientar el origen del problema (renal / extrarrenal).

Siempre hay que tener en cuenta el contexto clínico. Valorar el uso de fármacos que pueden alterarlas (diuréticos…).

• Hay que tener cautela cuando hay normalidad en sangre y encontramos valores aparentemente anómalos o extremos, ya que pueden estar reflejando un comportamiento renal normal (aportes, situación clínica…).

Excreción de una sustancia en orina de 24 horas

Tiene la dificultad de la recogida exacta de orina, pero es muy útil para conocer la excreción de sodio que nos permite conocer la ingesta de sal en la dieta, cuantificar una proteinuria, valorar la eliminación de calcio, etc. Los valores irán referidos al peso (mg/kg/día o mEq/kg/día, a la superficie corporal (mg/m2/día) o a la superficie corporal del adulto (mg/día/1,73 m2). Solamente, hay que multiplicar la concentración de la sustancia por el volumen de orina, teniendo en cuenta las unidades en las que se expresa la concentración:

[So] (mEq/l) x V (ml/24 horas)/1.000 = mEq/día

[So] (mg/dl) x V (ml/24 horas)/100 = mg/día

[So] = concentración de la sustancia en orina, V = volumen de orina

Índices urinarios

Se pueden hacer los cocientes de las concentraciones de determinadas sustancias en orina, la mayoría de las veces se referirán a la Cr, que tiene una eliminación bastante constante. Para ello, no es necesario obtener una orina minutada, sino que es suficiente con una orina de micción:

Índice = [So] / [Cro] So y Cro concentraciones de S y Cr en orina

Es importante siempre expresar las unidades, así como el momento en el que se realiza la determinación, para poder interpretar correctamente los valores de normalidad.

Excreción fraccional y reabsorción tubular

Mide el porcentaje de una sustancia filtrada por el riñón que es excretada por la orina. La fórmula es:

EFS (%) = (Crp x So / Cro x Sp) x 100

Cro y So = concentraciones en orina y Crp y Sp concentraciones en plasma

En otras ocasiones se expresa como reabsorción tubular:

RTS (%) = [1 – (Crp x So / Cro x Sp)] x 100

Para la interpretación de estas fórmulas siempre tenemos que tener en cuenta las concentraciones plasmáticas.

Excreción fraccionada de sodio (EFNa) = (Crp x Nao / Cro x Nap) x 100. Nos ayuda en el diagnóstico diferencial entre hiponatremia de origen renal y extrarrenal (un niño deshidratado con hiponatremia y aumento en la EFNa, indica pérdida renal de sal). En la insuficiencia renal aguda/IRA) prerrenal o en la glomerulonefritis aguda, la EFNa es inferior al 1%, mientras que en la IRA con daño renal intrínseco es superior al 1%.

Reabsorción tubular de fósforo (RTP)= [1 – (Crp x Po / Cro x Pp)] x 100. En caso de hipofosfatemia, si la función tubular está conservada, la RTP se aproxima al 100%, a diferencia de los raquitismos hipofosfatémicos o la tubulopatía de Fanconi, donde puede estar muy descendido (<80%).

Eliminación urinaria de potasio (K). El K en la orina va a depender de la ingesta dietética y de la acción de la aldosterona en el túbulo colector. Está indicada su realización para valorar en los estados de hipo o hiperpotasemia, si la causa es primaria o secundaria a un déficit de mineralcorticoides. Como la EFK depende del flujo de orina y de la carga distal de Na, su interpretación es más complicada y, actualmente, se emplea la determinación del Gradiente transtubular de K (GTTK)(15):

GTTK = Osmolaridadp x Ko / Osmolaridado x Kp

El GTTK nos informa de la actividad de la aldosterona. Cuando existe hiperpotasemia con buena respuesta a la aldosterona, su valor es superior a 7, y valores inferiores a 4 orientan a un hipoaldosteronismo o falta de respuesta a la hormona. Sin embargo, cuando existe hipopotasemia, la aldosterona debería estar frenada, por lo que el GTTK tendría que ser inferior a 2; si el valor es superior, hay que sospechar una pérdida renal de K.

En la tabla IV, se pueden consultar los valores normales de excreción de algunos solutos.

Valoración de la acidificación renal(16,17)

La acidosis tubular renal (ATR) es el trastorno de la función tubular que dificulta la regulación renal del equilibrio ácido-base. En condiciones normales, el riñón participa en el equilibrio ácido-base mediante la reabsorción de casi todo el bicarbonato plasmático filtrado por el glomérulo y mediante la excreción de hidrogeniones en forma de acidez titulable y amonio. Para su estudio inicial, analizamos diferentes parámetros:

Anión GAP en sangre: Nap – (Clp + HCO3p) = 8 – 16 mEq. Cuando es normal, significa que hay pérdida de bicarbonato del espacio extracelular (puede ser causa digestiva o renal) y se acompaña de hipercloremia. Si el GAP está elevado, hay que pensar en una acidemia orgánica por acúmulo de ácidos orgánicos (acidosis láctica, cetoacidosis diabética). Por tanto, la ATR es una acidosis hiperclorémica con anión GAP normal.

pH urinario. Mide solamente la actividad en orina de H+ libre, que es menos del 1% de la cantidad total de protones excretados en la nefrona distal. Se debe valorar siempre en situación de acidosis y, en esta situación, el pH en orina debe ser inferior a 5,5. Sin embargo, un pH bajo no asegura una acidificación distal normal si la excreción de NH4+ está baja y, al contrario, un paciente con una excreción alta de NH4+ puede tener un pH >6 sin implicar defecto de acidificación. El pH urinario y el NH4+ deben ser evaluados conjuntamente para medir adecuadamente la acidificación distal.

Anión GAP urinario: (Na+ + K+) – Cl. Se realiza en una muestra aislada de orina y en pacientes con Nao > 20 mEq/l, con acidosis metabólica y anión GAP en sangre normal nos da una estimación indirecta de la excreción de NH4+. Con una dieta normal, las cantidades de Ca++ y Mg++ son pequeñas y la excreción de aniones no medibles (ácidos orgánicos, sulfato y fosfato) varía muy poco, por lo que el GAP urinario es casi equivalente a la concentración de NH4+ menos la concentración de aniones no medibles. Como la concentración de estos aniones permanece constante, cualquier incremento en la excreción de NH4+ durante la acidosis se acompañará de un aumento en la excreción de Cl, de tal forma que el GAP urinario se hace más negativo según aumenta la excreción de amonio (Cl > Na+ + K+) (pérdidas digestivas o renales de bicarbonato). Si existe poca cantidad de amonio, el GAP urinario será positivo (Cl < Na+ + K+) como ocurre en la ATR distal y en la ATR tipo IV con hiperkalemia.

Con estos datos, podemos hacer una orientación diagnóstica de la acidosis, aunque posteriormente haya que ampliar con pruebas más específicas de acidificación renal.

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Enfermedades quísticas renales

M. Serrano Valls, C. de Lucas Collantes, C. Aparicio López
Temas de FC


M. Serrano Valls, C. de Lucas Collantes, C. Aparicio López

Servicio de Nefrología Pediátrica, Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid

Resumen

Los quistes renales son un hallazgo radiológico frecuente, tanto en niños como en adultos. Pueden ser adquiridos o formar parte de una enfermedad hereditaria, aparecer de forma aislada, múltiple o en el contexto de síndromes complejos o malformaciones congénitas renales. En los últimos años, se ha establecido una relación entre la alteración funcional de los cilios primarios y la formación de quistes renales, lo que nos ha permitido conocer mejor la patogenia de estas enfermedades. En este artículo, revisaremos las patologías renales quísticas más relevantes para favorecer su comprensión por parte del pediatra de Atención Primaria y facilitar tanto su detección precoz como su seguimiento posterior.

 

Abstract

Renal cysts are a common radiological finding in both adults and children. Cyst can be simple or multiple. They may be acquired, part of complex hereditary syndromes or renal congenital malformations. In the last years an association of the dysfunction of primary cilia and the formation of renal cyst has been described, which enables us to better understand the pathogenesis of this disease. In this article we review the most relevant renal cystic diseases so the primary care pediatrician can be more familiar with them and thereby do an earlier diagnosis as well as a better follow-up.

 

Palabras clave: Quistes renales; Riñón poliquístico; Displasia renal multiquística; Ciliopatías

Key words: Renal cysts; Polycystic kidney; Multicystic dysplastic kidney; Ciliopathies

 

Pediatr Integral 2017; XXI (8): 541 –548


Enfermedades quísticas renales

Introducción

Se denomina quiste renal a la formación consistente en una dilatación tubular de tamaño 4 veces superior al normal(1). Las enfermedades quísticas renales comprenden un grupo de patologías muy heterogéneo, que engloba tanto enfermedades de origen genético como adquirido, con una edad de presentación muy variable, que abarca desde la etapa prenatal hasta la edad adulta. Suponen la causa hereditaria más frecuente de enfermedad renal terminal (ERT) en la población pediátrica. Existen numerosas clasificaciones de estas enfermedades, según diversos criterios, como su origen o el número de quistes. En la tabla I, se incluye la clasificación propuesta por Loftus en el año 2013(2). Revisaremos en este artículo, las patologías quísticas renales más relevantes atendiendo a su origen genético o adquirido.

Patogenia

La alteración de la estructura y la función de los cilios primarios parece un factor común en la patogenia de las enfermedades quísticas renales.

Los cilios primarios son organelas microtubulares localizadas en la superficie de la mayoría de las células del organismo, que cumplen funciones de recepción de estímulos y de señalización celular. Las proteínas asociadas a fenotipos renales quísticos se encuentran localizadas, en su mayoría, en los cilios primarios o los centrosomas asociados a estos. Aunque la patogenia no está clara, se piensa que la función de los cilios primarios es fundamental para el mantenimiento del diámetro tubular durante su elongación en el desarrollo fetal y, posteriormente, en la reparación del daño tubular siendo, la alteración de dicha función, clave en el desarrollo de quistes renales. La presencia de cilios en otros tejidos del organismo también podría explicar alguna de las manifestaciones extrarrenales asociadas a las enfermedades quísticas renales. Por este motivo, la mayoría de dichas enfermedades se engloban en el grupo denominado ciliopatías(1,2).

Enfermedades quísticas renales hereditarias (Tabla II)

Poliquistosis renal autosómica recesiva (PQRAR)

Se caracteriza por insuficiencia renal y afectación hepática con hipertensión portal secundaria, con debut en la primera infancia y evolución hacia el trasplante renal o hepatorrenal.

La poliquistosis renal autosómica recesiva (PQRAR) es una enfermedad quística renal causada por mutaciones en el gen PKHD1 (cromosoma 6p21.1-p12), que codifica la proteína fibrocistina. Esta proteína, cuya función exacta es desconocida, se localiza en los cilios primarios y en los cuerpos basales de las células de los túbulos colectores renales, así como en otros órganos, como hígado y páncreas.

El defecto de la fibrocistina da lugar principalmente al desarrollo de quistes renales, localizados en los túbulos colectores, y de fibrosis hepática o dilatación intrahepática de los conductos biliares (enfermedad de Caroli).

Tiene una incidencia de 1:20.000 recién nacidos vivos, sin diferencias entre sexos(2).

La PQRAR presenta una gran variabilidad clínica. En la mayoría de los casos, se observan manifestaciones intraútero o al nacimiento, cursando las formas neonatales más severas con: oligoamnios, hipoplasia pulmonar secundaria y facies típica, lo que se conoce como secuencia de Potter.

Por lo general, los pacientes afectos de PQRAR presentan un defecto de concentración urinaria, que se manifiesta ya desde la etapa neonatal en forma de poliuria y polidipsia secundaria a esta. La hipertensión arterial (HTA) es otro hallazgo precoz y puede ser severa y de difícil control, asociando en los casos más graves, hipertrofia del ventrículo izquierdo e incluso insuficiencia cardiaca congestiva. Pueden asociar, además, infecciones urinarias de repetición.

La afectación hepática se caracteriza por fibrosis del espacio periportal y enfermedad de Caroli (dilatación intrahepática de los conductos biliares), que conlleva con frecuencia la aparición de hipertensión portal (HTP). Clínicamente, se presentan con: hepatoesplenomegalia, hiperesplenismo con pancitopenia y varices esofágicas con riesgo de sangrado. El daño hepatocelular es infrecuente y la función hepática no suele verse afectada. Sin embargo, sí que se puede ver deteriorada de forma secundaria a colangitis bacterianas de repetición, que suponen una de las complicaciones hepáticas más frecuentes y graves(1-4).

Los pacientes que debutan en la adolescencia, o en edades más tardías, presentan una afectación clínica de predominio hepático que, en ocasiones, puede ser la única manifestación.

La PQRAR conlleva una elevada morbimortalidad con evolución hacia enfermedad renal terminal (ERT), que se alcanza entre los 5 y los 15 años de edad(1). Se estima que entre un 23-30% de los neonatos afectos fallece en el primer año de vida, como consecuencia de la insuficiencia respiratoria secundaria a hipoplasia pulmonar(2,3). Para aquellos que sobreviven al primer año, la supervivencia se estima en un 82%(2,3). En estos pacientes, se ha descrito una mejoría transitoria del filtrado glomerular en los primeros 2 años de vida, antes de iniciar un descenso progresivo hasta alcanzar la ERT(4).

Diagnóstico

Se basa en los hallazgos clínicos y en las pruebas de imagen. En la ecografía al nacimiento, se observan unos riñones aumentados de tamaño e hiperecogénicos, con pérdida de la diferenciación corticomedular y, en ocasiones, con pequeños quistes (< 15-20 mm). La ecografía prenatal puede orientar ya el diagnóstico en algunos casos, mostrando aumento del tamaño y ecogenicidad renal y oligoamnios. Los macroquistes característicos de la poliquistosis renal autosómica dominante (PQRAD) pueden aparecer con la evolución de la enfermedad en niños mayores y adolescentes(1,4). La ausencia de quistes en el estudio ecográfico de los padres, puede ser de utilidad en el diagnóstico diferencial con la PQRAD.

El hígado puede ser ecográficamente normal en niños pequeños o mostrar hepatomegalia con incremento de la ecogenicidad del parénquima, signos de HTP, esplenomegalia y, ocasionalmente, quistes hepáticos y de colédoco(1-4).

El estudio anatomo-patológico solo se realiza en casos excepcionales. El diagnóstico genético es laborioso, ya que el gen PKHD1 es largo y complejo, con posibilidad de un gran número de mutaciones y polimorfismos(3,4).

Tratamiento

No existe actualmente ningún tratamiento específico para la PQRAR, siendo su tratamiento sintomático y de soporte. El periodo neonatal es el más crítico y requiere, por lo general, el ingreso en unidades de cuidados intensivos por insuficiencia respiratoria secundaria a hipoplasia pulmonar, precisando, en ocasiones, soporte con ventilación mecánica. La nefrectomía uni o bilateral para intentar mejorar la dinámica respiratoria no se recomienda de forma rutinaria, aunque puede considerarse en casos concretos(5).

El tratamiento conservador de la enfermedad renal incluye el manejo de la HTA, siendo de elección los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECAs) o los antagonistas de los receptores de angiotensina (ARA II)(5), y el soporte nutricional desde la etapa neonatal que, en ocasiones, requiere el empleo de gastrostomía o sonda nasogástrica. A medio plazo, una vez superados los dos primeros años de vida, puede ser preciso el tratamiento precoz con hormona de crecimiento(1). Asimismo, se deben tratar de forma precoz, las complicaciones asociadas (infecciones urinarias, colangitis bacteriana, sangrado de varices esofágicas). La utilidad de la profilaxis antibiótica para prevenir las colangitis de repetición es controvertida y no se recomienda salvo en periodos cortos de 6-12 semanas, tras un episodio de colangitis o inmediatamente después del trasplante(5).

A largo plazo, la mayoría de los pacientes serán subsidiarios de trasplante renal aislado o trasplante hepatorrenal. El pronóstico del trasplante es bueno, ya que la enfermedad no recidiva en el injerto.

En el momento actual, se están estudiando nuevas dianas terapéuticas específicas (antagonistas del receptor de vasopresina 2, inhibidores de tirosín-quinasa específicos para factor de crecimiento epidérmico…), aunque no existe evidencia suficiente que las respalde como un tratamiento consolidado.

Poliquistosis renal autosómica dominante (PQRAD)

La aparición de macroquistes renales, que sustituyen al parénquima renal sano, deriva en insuficiencia renal terminal. Aunque suele debutar en la tercera o cuarta década de la vida, también existen formas infantiles.

La poliquistosis renal autosómica dominante (PQRAD) es un trastorno multisistémico caracterizado por la aparición de quistes en diferentes órganos. Se considera la enfermedad renal hereditaria más frecuente, con una incidencia de 1 de cada 400-1.000 recién nacidos vivos(2,3,6).

Es el resultado de mutaciones en dos genes diferentes, PKD1 (cromosoma 16p13.3) y PKD2 (cromosoma 4q21-q23), que codifican dos proteínas localizadas en los cilios primarios y en otros compartimentos celulares, como el retículo endoplásmico, denominadas policistina 1 y policistina 2 (o TRPP2), respectivamente(6,7). La alteración de cualquiera de estas dos proteínas da lugar a fenotipos similares caracterizados por la formación de quistes renales que, al aumentar en tamaño y número, sustituyen progresivamente el parénquima renal sano, desarrollando en su evolución, inflamación y fibrosis intersticial. Estos quistes, a diferencia de lo que ocurre en la PQRAR, pueden afectar a cualquier parte de la nefrona y no solo a los túbulos colectores. Con frecuencia, también se desarrollan quistes en otros órganos.

Las mutaciones en el gen PKD1 suponen un 80-85% de los casos de PQRAD y dan lugar a fenotipos más graves que aquellos ocasionados por mutaciones en PKD2, que suponen el 15-20% restante(1,3,6).

La mayoría de los pacientes debutan clínicamente en la tercera o cuarta década de la vida; sin embargo, puede detectarse también en la población pediátrica, bien por el hallazgo de quistes renales en niños asintomáticos con antecedentes familiares, o bien por la existencia de formas graves de debut precoz en la infancia denominadas VEO (Very Early Onset), que suponen hasta un 2-5% de los casos(3). Se han descrito incluso formas de presentación neonatal muy similares a la PQRAR, con una elevada morbimortalidad e insuficiencia renal en los primeros años de vida(6). Estas formas de debut precoz tienen, además, un elevado riesgo de recurrencia dentro de la misma familia(3,6).

Las manifestaciones renales, tanto en población pediátrica como en adultos, pueden incluir: HTA, hematuria, hipostenuria, litiasis renal, infecciones urinarias, dolor abdominal en relación con infección o hemorragia de los quistes, y finalmente, progresión a ERT.

La HTA es uno de los hallazgos más frecuentes, apareciendo de manera precoz, incluso antes de que se produzca una reducción significativa del filtrado glomerular, y supone el principal factor de progresión hacia la insuficiencia renal, además de estar asociada a un mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares(3,6). La hipertrofia de ventrículo izquierdo aparece en un 44% de estos pacientes y se asocia a mortalidad de causa cardiovascular(3). La progresión a ERT se suele producir en la edad adulta avanzada, siendo más precoz en las formas secundarias a mutaciones en el gen PKD1, que suelen alcanzar la ERT una media de 20 años antes que aquellas producidas por mutaciones en el gen PKD2 (54 vs 74 años de media)(1,3,6).

Las manifestaciones extrarrenales son menos frecuentes en la población pediátrica y engloban la aparición de quistes en diferentes órganos (hígado, páncreas, bazo, vesículas seminales, ovarios, diverticulosis intestinal) y manifestaciones cardiovasculares como: la aparición de aneurismas cerebrales, dilatación de la raíz aórtica o prolapso de la válvula mitral. Los quistes hepáticos son la manifestación extrarrenal más frecuente. Suelen ser benignos y, por lo general, no afectan a la función hepática. Aunque la PQRAD afecta por igual a ambos sexos, la afectación hepática es más frecuente, severa y precoz en las mujeres, mientras que la afectación renal suele ser más grave en varones(3,6). Los aneurismas cerebrales aparecen en aproximadamente el 8% de los individuos afectos y tienden a la agrupación familiar. La ruptura de dichos aneurismas, aunque rara, también se ha descrito en la población pediátrica(3).

Existe, además, una forma grave de enfermedad poliquística asociada a esclerosis tuberosa, con debut en la primera infancia. Se denomina síndrome de genes contiguos TSC2/PKD1, ya que ocurre como consecuencia de deleciones que afectan tanto a PKD1 como al gen TSC2 (tuberina), que se encuentran adyacentes en el genoma. Debe sospecharse en pacientes diagnosticados de PQRAD con debut precoz, sin antecedentes familiares de la enfermedad, especialmente aquellos con una clínica compatible con esclerosis tuberosa. En estos casos, se recomienda la realización de una RM craneal y estudio cardiológico que nos permita descartar esclerosis tuberosa, pudiéndose confirmar posteriormente el diagnóstico mediante estudio genético(1,6,8).

Diagnóstico

Se basa principalmente en los hallazgos ecográficos. Los riñones pueden aparecer aumentados de tamaño, con presencia de quistes, distribuidos entre corteza y médula, y escasa diferenciación corticomedular. La presencia de enfermedad en el estudio ecográfico de los padres apoya el diagnóstico, especialmente en aquellos casos de debut precoz en los que se plantea el diagnóstico diferencial con PQRAR y otros síndromes malformativos. Sin embargo, la ausencia de alteraciones en dicho estudio no excluye el diagnóstico de PQRAD, ya que el 8-10% de los casos son mutaciones de novo(1,3,7).

El diagnóstico genético no se realiza de forma sistemática, debido al elevado polimorfismo de PKD1, que dificulta su realización e interpretación, y a su elevado coste económico(2,7). Se reserva para:

• La identificación de donante renal vivo emparentado, menor de 40 años, en familias afectas (la ausencia de alteraciones ecográficas en mayores de 40 años podría excluir la presencia de enfermedad[1-3]).

• Solapamiento fenotípico con otras enfermedades e historia familiar negativa para PQRAD.

• Consejo genético en familias con historia de PQRAD de debut precoz (riesgo del 45% de recidiva en próximos embarazos[2,6,7]).

• En familias con antecedentes de ruptura de aneurismas cerebrales.

El cribado mediante estudio genético o ecográfico en niños asintomáticos con riesgo de desarrollar PQRAD no se recomienda, dada la ausencia de tratamientos específicos. Sin embargo, algunos autores recomiendan la monitorización de las cifras de tensión arterial en estos pacientes y la instauración precoz de tratamiento antihipertensivo, ya que la HTA supone el principal factor de progresión a insuficiencia renal(2,7). Se recomienda asimismo el cribado de aneurismas cerebrales mediante resonancia magnética (RM) en pacientes de riesgo a partir de los 20 años de edad, especialmente si existe historia familiar de ruptura de los mismos(3). En la tabla III, se describen las principales diferencias entre PQRAD y PQRAR.

Tratamiento

El Tolvaptán, antagonista del receptor V2 de la vasopresina, es el único fármaco aprobado por la Agencia Europea del Medicamento para el tratamiento de la PQRAD en adultos, con ERC (enfermedad renal crónica) en estadios 1-3 y progresión rápida de la enfermedad. Este fármaco ha demostrado una disminución del volumen renal total, con enlentecimiento de la tasa de declive del filtrado glomerular estimado en estos pacientes(9-10). Por el momento, el Tolvaptán no está aprobado para su uso en la población pediátrica. Actualmente, existe un ensayo clínico multicéntrico fase III en curso que pretende evaluar su seguridad y eficacia en niños y adolescentes con diagnóstico de PQRAD(11).

Por tanto, el tratamiento en dicha población continúa siendo un tratamiento de soporte, orientado al control precoz de la HTA, así como de las posibles complicaciones (ITU, litiasis, infección o ruptura de los quistes), y al tratamiento de la ERC.

La nefrectomía unilateral de uno de los riñones nativos debe considerarse previa al trasplante en el caso de que el tamaño de dicho riñón impida la colocación adecuada del injerto, o en aquellos pacientes con hemorragias o infecciones intraquísticas de repetición(1,6).

Nefronoptisis

Nefropatía tubulointersticial que debuta con frecuencia en forma de insuficiencia renal avanzada en la adolescencia.

La nefronoptisis es una nefropatía tubulointersticial de herencia autosómica recesiva, que supone la causa hereditaria más frecuente de ERT en niños y adolescentes(1,12,13), con una incidencia de 1:50.000-1.000.000 de recién nacidos vivos(2,12,13).

En la actualidad, se han descrito hasta 19 genes relacionados con esta patología (NPH1-19), siendo la mutación en NPHP1 la más frecuente (20-25%). Sin embargo, en el 60-70% de los casos no se puede identificar el gen causante de la enfermedad(13). Las proteínas codificadas por dichos genes se localizan principalmente en los cilios primarios y el centrosoma(12,13).

Se diferencian 3 formas clínicas de nefronoptisis, en función de la edad de presentación. La forma clásica o juvenil es la más frecuente. Los primeros síntomas se suelen desarrollar a partir de los 4-6 años de edad, mientras que la ERT aparece a una edad media de 13 años. En la forma del adolescente, la ERT se alcanza a una edad media de 19 años; y en la forma infantil, que es la más severa, la progresión a ERT ocurre antes de los 4 años de edad, con manifestaciones incluso intraútero.

Todos los subtipos cursan con una clínica similar, donde destaca la disminución de la capacidad de concentración urinaria con pérdida de sodio en orina, que se traduce en poliuria y polidipsia, enuresis secundaria y riesgo de deshidratación. Suelen presentar, además: retraso del crecimiento, anemia normocítica normocrómica y las manifestaciones típicas de la enfermedad renal crónica (ERC). La tensión arterial suele mantenerse en rangos normales, debido a la pérdida urinaria de sodio, hasta que se alcanza un estado de insuficiencia renal, a excepción de las formas infantiles, que suelen cursar con hipertensión arterial de difícil control(1,2,12).

Hasta en un 10-20% de los casos, se asocian manifestaciones extrarrenales (neurológicas, oftalmológicas, hepáticas, esqueléticas, cardiacas), dando lugar a diferentes síndromes clínicos (Tabla IV).

Diagnóstico

Suele ser tardío, ya que los síntomas son poco llamativos hasta estadios muy avanzados de insuficiencia renal. En el estudio ecográfico, se observan: unos riñones de tamaño normal o reducido, hiperecogénicos, con pobre diferenciación córtico-medular y microquistes en la unión córtico-medular.

La biopsia renal será necesaria en aquellos casos en los que no se pueda identificar una causa genética(1,2,12,14). El aspecto histológico se distingue por un característico engrosamiento irregular de la membrana basal glomerular y fibrosis intersticial con atrofia tubular. Puede observarse también la presencia esporádica de quistes en la unión córtico-medular.

La forma infantil presenta un aspecto diferente, con riñones aumentados de tamaño y microquistes corticales, y ausencia típica de las alteraciones en la membrana basal tubular.

Tratamiento

Consiste en el manejo conservador de la ERC, con énfasis especial en el aporte de líquidos. El trasplante renal suele tener un buen pronóstico, ya que la nefronoptisis no recidiva en el injerto.

Nefropatía tubulointersticial autosómica dominante (NTAD)

Entidad de herencia autosómica dominante, poco frecuente, que suele debutar en la edad adulta. Debe sospecharse en pacientes jóvenes con hiperuricemia y/o gota, que progresan a insuficiencia renal.

El término nefropatía tubulointersticial autosómica dominante (NTAD) ha sido establecido recientemente en las últimas guías KDIGO, sustituyendo a lo que previamente se conocía como enfermedad quística medular(15). En­globa un grupo heterogéneo de nefropatías tubulointersticiales hereditarias poco frecuentes, que tienen en común la fibrosis tubulointersticial y la progresión lenta a ERT. Suelen debutar en la edad adulta, aunque pueden presentarse en la población pediátrica. La presencia de quistes es inconstante y no constituye un criterio necesario para el diagnóstico.

La NTAD se clasifica en 5 subtipos en función de la alteración genética subyacente(1,15):

1. Mutaciones en gen UMOD (uromodulina o proteína de Tamm-Horsfall): son las más frecuentes. Producen formas de nefropatía tubulointersticial asociadas a hiper­uricemia hipouricosúrica y gota en el adolescente, con evolución a insuficiencia renal terminal entre los 25 y 70 años.

2. Mutaciones en el gen REN (renina): son muy raras. Presentan un fenotipo con hiperuricemia, insuficiencia renal, tensión arterial normal o baja e hiperpotasemia leve.

3. Mutaciones en el gen MUC1 (mucina 1): descritas en muy pocas familias, cursan con progresión a insuficiencia renal, sin hiperuricemia ni gota.

4. Mutaciones en el gen HNF1β (factor nuclear hepático 1b/TFC2): solo se incluyen como NTAD las formas clínicas en las que la fibrosis tubulointersticial es la manifestación principal. Puede asociarse a: diabetes MODY tipo 5, a la presencia de malformaciones renales y genitourinarias (riñón único o riñón en herradura), hiperuricemia, hipomagnesemia, atrofia pancreática y alteraciones de la función hepática(2,15).

5. Mutación no especificada.

Enfermedades quísticas renales no hereditarias

Displasia renal multiquística

La displasia renal multiquística es la forma más grave de displasia renal. Constituye una de las malformaciones quísticas más frecuentes en la infancia y la segunda causa de masa abdominal en el periodo perinatal tras la hidronefrosis(1).

Se caracteriza por la presencia de múltiples quistes, no comunicantes entre sí y rodeados de tejido conectivo fibroso, que sustituyen al parénquima renal. El uréter, con frecuencia es atrésico o está ausente. Puede afectar a ambos riñones, en cuyo caso sería incompatible con la vida o daría lugar a ERT en la etapa neonatal, pero lo más habitual es la forma unilateral, con ligero predominio en el riñón izquierdo(16).

Su incidencia es de 1 de cada 3.640-4.300 recién nacidos vivos(1,16,17), con predominio en el sexo masculino. Con frecuencia, se asocia a alteraciones genitourinarias en el riñón contralateral. Lo más frecuente es el reflujo vesicoureteral (5-43%), siendo este habitualmente de bajo grado (grados I y II). Puede asociarse también a: uropatía obstructiva (estenosis de la unión pieloureteral [7-15%], estenosis ureterovesical [6%]) y anomalías genitales ipsilaterales (15%). Se ha descrito también la presencia concomitante de alteraciones extrarrenales (cardiacas, gastrointestinales, neurológicas y musculoesqueléticas)(16).

Su diagnóstico es ecográfico. En la mayoría de los casos, se detecta en las ecografías prenatales, como un conjunto de quistes de diferentes tamaños, no comunicantes entre sí, rodeados por escaso estroma hiperecogénico. El principal diagnóstico diferencial debe establecerse con las displasias secundarias a obstrucción de la vía urinaria(17).

El riñón contralateral, si es normal, presentará una hipertrofia compensadora incluso al nacimiento. Si esta hipertrofia compensadora no se produce, debe sospecharse la existencia de alguna anomalía asociada en este riñón.

Tradicionalmente, se recomendaba la nefrectomía del riñón multiquístico unilateral, con el objetivo de prevenir posibles complicaciones, como la HTA o la degeneración maligna a tumor de Wilms. Sin embargo, la tendencia natural del riñón multiquístico es a la involución, y estudios más recientes y con mayor tamaño muestral han demostrado que la incidencia de estas complicaciones es muy baja, prácticamente similar a la de la población general; por lo que, actualmente, no se recomienda la nefrectomía(16,17).

Por otro lado, al tratarse de pacientes con un riñón único funcionante, existe el riesgo de sobrecarga funcional, que dé lugar a un estado permanente de hiperfiltración, con proteinuria y deterioro de la función renal a largo plazo. Por ello, se recomienda un seguimiento prolongado, que incluya: controles ecográficos periódicos para confirmar el adecuado crecimiento del riñón contralateral, así como la ausencia de alteraciones en el mismo, sugestivas de reflujo vesicoureteral o de otras anomalías renales; análisis de orina para evaluar hematuria y proteinuria; y control de la función renal y de la presión arterial(1,16,17).

Quiste renal simple y quiste renal complejo o multilocular

Los quistes renales simples suelen ser benignos y asintomáticos. La clasificación de Bosniak nos permite diferenciarlos de los quistes complejos o multiloculares, con riesgo de malignidad.

Los quistes renales simples son poco frecuentes en la edad pediátrica, con una prevalencia de 0,22-2%, aunque su incidencia aumenta con la edad, siendo comunes en la edad adulta(18). Suelen ser benignos y asintomáticos. Las complicaciones más frecuentes son: la hemorragia, la infección o la presencia de un quiste de gran tamaño que pueda comprimir el parénquima renal.

El principal reto diagnóstico es diferenciar el quiste simple del quiste renal complejo o multilocular, que asocia riesgo de malignidad. La clasificación de Bosniak, basada en las imágenes obtenidas mediante tomografía computerizada (TC), es el método de referencia en adultos para el diagnóstico y manejo de los quistes renales (Tabla V)(19).

Sin embargo, la degeneración maligna de los quistes renales es una complicación muy poco frecuente en la población pediátrica(18). Se ha propuesto una clasificación de Bosniak modificada (Tabla VI), basada en hallazgos ecográficos (técnica sencilla, económica, no ionizante) para el manejo diagnóstico inicial en niños, evitando el uso sistemático del TC(18).

Sus autores, recomiendan un manejo conservador del quiste simple (grados I y II) en la población pediátrica, con seguimiento ecográfico, reservándose la realización de otras técnicas de imagen (TC, RM…) y la cirugía para los quistes complejos (grados III y IV) o los quistes simples complicados(1,18).

Riñón glomeruloquístico

Se caracteriza por la dilatación quística de los glomérulos renales, pudiendo estar asociado a diferentes etiologías que los clasifican en 5 subgrupos.

Los quistes glomerulares se definen como una dilatación del espacio de Bowman 2 o 3 veces superior al límite normal. Hablaremos de riñón glomeruloquístico cuando, al menos, un 5% de sus glomérulos sean quísticos(1,2,20). Lennerz clasificó el riñón glomeruloquístico (RGQ) en 5 subtipos(20):

Tipo I. RGQ asociado a poliquistosis renal: más frecuentemente asociado a la PQRAD de debut precoz en la infancia.

Tipo II. RGQ hereditario (o enfermedad glomeruloquística renal, EGQR): sigue una herencia autosómica dominante y engloba 3 formas: una EGQR debida a mutaciones en el gen UMOD, una EGQR familiar hipoplásica secundaria a mutaciones en HNF-1 y una tercera debida a mutaciones en genes diferentes a los mencionados previamente.

Tipo III. RGQ sindrómico: RGQ asociado a un síndrome clínico conocido, que no incluya displasia renal, siendo el más frecuente la esclerosis tuberosa.

Tipo IV. RGQ obstructivo:asociado a displasia renal o a obstrucción del tracto urinario sin displasia renal, sin evidencia de alteraciones hereditarias.

Tipo V. RGQ esporádico: recoge aquellos casos que no se pueden incluir en los grupos anteriores, siendo la etiología isquémica (esclerosis sistémica, síndrome hemolítico urémico) y la secundaria a fármacos (litio), las más frecuentes.

El tratamiento será el sintomático de la ERC y etiológico en los casos asociados a obstrucción o inducidos por fármacos(1).

Bibliografía

Los asteriscos destacan los artículos de interés a juicio del autor.

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4. Costa T, Pereira E. Enfermedad renal poliquística autosómica recesiva. En: García Nieto V, Santos Rodríguez F, Rodríguez-Iturbe B, ed. Nefrología pediátrica. 2ª ed. Madrid: Grupo Aula Médica S.L.; 2006. p. 893-900.

5. Guay-Woodford LM, Bissler JJ, Braun MC, Bockenhauer D, Cadnapaphornchai MA, Dell KM, et al. Consensus expert recommendations for the diagnosis and management of autosomal recessive polycystic kidney disease: report of an international conference. J Pediatr. 2014; 165: 611-7.

6. Ariceta Iraola G, Lens Neo XM. Poliquistosis renal autosómica dominante. En: García Nieto V, Santos Rodríguez F, Rodríguez-Iturbe B, ed. Nefrología pediátrica. 2ª ed. Madrid: Grupo Aula Médica S.L.; 2006. p. 883-92.

7. Ong AC, Devuyst O, Knebelmann B, Walz G, ERA-EDTA Working group for inherited kidney diseases. Autosomal dominant polycystic kidney disease: the changing face of clinical management. Lancet. 2015; 385: 1993-2002.

8. Laass MW, Spiegel M, Jauch A, Hahn G, Rupprecht E, Vogelberg C, et al. Tuberous sclerosis and polycystic kidney disease in a 3-month-old infant. Pediatr Nephrol. 2004; 19: 602-608.

9. Torra R. Apuntes sobre el uso del Tolvaptán para la poliquistosis renal autosómica dominante. Resumen de las recomendaciones del grupo de trabajo de enfermedades renales hereditarias de la EDTA y ERBP.

10. Ficha técnica de Jinarc® (Tolvaptán).

11. Safety, Pharmacokinetics, Tolerability and Efficacy of Tolvaptan in Children and Adolescents with ADPKD (Autosomal Dominant Polycystic Kidney Disease). Available from: https://clinicaltrials.gov. Identifier NCT02964273.

12. Fernández Escribano A, Aparicio C, Izquierdo E. Complejo nefronoptisis. Enfermedad quística medular. En: García Nieto V, Santos Rodríguez F, Rodríguez-Iturbe B, ed. Nefrología pediátrica. 2ª ed. Madrid: Grupo Aula Médica S.L.; 2006. p.901-8.

13. Wolf MTF, Hildebrandt F. Nephronophthisis. Pediatr Nephrol. 2011; 26: 181-94.

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15. Ayasreh Fierro N, Miquel Rodríguez R, Matamala Gastón A, Ars Criach E, Torra Balcells R. Revisión de la nefropatía tubulointersticial autosómica dominante. Nefrología. 2017; 37: 235-43.

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17. Hains DS, Bates CM, Ingraham S, Schwaderer AL. Management and etiology of the unilateral multicystic dysplastic kidney: a review. Pediatr Nephrol. 2009; 24: 233-41.

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19. Bennet WM, Kruskal JB, Richie JP. Simple and complex renal cyst in adults. UpToDate. Last updated: Jul 21, 2016.

20. Lennerz JK, Spence DC, Iskandar SS, Dehner LP, Liapis H. Glomerulocystic kidney: one hundred-year perspective. Arch Pathol Lab Med. 2010; 134: 583-605.

Bibliografía recomendada

Loftus H, Ong AC. Cystic kidney diseases: many ways to form a cyst. Pediatr Nephrol. 2013; 28: 33-49.

Artículo de revisión de las principales patologías quísticas renales, que también analiza las teorías referentes a su patogenia, como la alteración de la función ciliar.

Iceta Lizarraga A, Barajas de Frutos D. Enfermedades quísticas renales. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 191-206.

Protocolo de la asociación española de nefrología pediátrica, actualizado recientemente, que revisa de forma práctica y breve el manejo de las enfermedades quísticas renales.

 

Caso clínico


Varón de 13 años, sin antecedentes de interés, que acude a su consulta por astenia y sensación nauseosa desde hace 3 semanas. Refiere menos apetito, con pérdida de 3 kg de peso y nicturia desde hace unos meses. En la exploración física, presenta palidez cutánea y un discreto genu valgo, sin hallazgos a otros niveles. Peso: 35 kg (p3), talla: 146 cm (p5). Tensión arterial: 125/79 mmHg. Decide extraerle una analítica de sangre: Hb: 9,2 g/dl, leucocitos: 6.300/mm
3, plaquetas: 215.000/mm3, glucosa: 78 mg/dl, urea: 140 mg/dl, creatinina: 3,2 mg/dl, Na2+ 144 mEq/L, K+ 5,2 mEq/L, Cl 103 mEq/L. Gasometría: pH 7.3, pCO2 35 mmHg, HCO3 18 mmol/L.

 

Hipercalciuria

D. González-Lamuño Leguina
Temas de FC


D. González-Lamuño Leguina

Profesor Titular de Pediatría-Médico Adjunto. Unidad de Nefrología-Metabolismo Infantil. Servicio de Pediatría. Facultad de Medicina-Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, Santander

Resumen

La hipercalciuria es una anomalía metabólica, relativamente frecuente, con riesgo de formación de cálculos renales y nefrocalcinosis, definida para niños de más de 2 años de edad, por una excreción urinaria de calcio superior a 4 mg por kg de peso y día. Aunque puede ser secundaria a disfunciones del metabolismo fósforo-calcio (hiperparatiroidismo, sobredosis de vitamina D) o a alteraciones del túbulo renal, habitualmente es idiopática o primaria.
Las formas de hipercalciuria primaria son trastornos multifactoriales cuyas manifestaciones clínicas son variables, como: enuresis, hematuria macroscópica recidivante, hematuria microscópica persistente, disuria o dolor abdominal en ausencia de litiasis renal. En otras ocasiones, se asocia a una nefrolitiasis o se detecta ecográficamente asociada a una nefrocalcinosis.
El tratamiento de las formas de hipercalciuria secundarias se basa, si es posible, en la corrección de la causa. En las hipercalciurias idiopáticas, el tratamiento consiste en: conseguir una diuresis abundante, evitar aportes excesivos de calcio, restringir los aportes de proteínas y sodio y, ocasionalmente, administrar diuréticos tiazídicos. Debe evitarse una dieta pobre en calcio, debido al riesgo de desmineralización. Para la prevención de la litiasis, es recomendable alcalinizar la orina con citrato sódico o potásico, administrando 1-1,5 mEq por kg de peso y día.

 

Abstract

Hypercalciuria is a relatively frequent metabolic disturbance of risk for renal stone formation and nephrocalcinosis, defined, for children over 2 years of age, by urinary calcium excretion greater than 4 mg per kg of body weight per day. Although it may be secondary to phosphorus-calcium metabolism dysfunctions (hyperparathyroidism, vitamin D overdose), or renal tubule alterations, it is usually idiopathic or primary.
The forms of primary hypercalciuria are multifactorial disorders whose clinical manifestations are variable such as enuresis, recurrent macroscopic hematuria, persistent microscopic hematuria, dysuria or abdominal pain in the absence of renal lithiasis. On other occasions, it is associated with nephrolithiasis or is detected echographically associated with a nephrocalcinosis.
The treatment of secondary forms of hypercalciuria is based, if possible, on correcting the cause. In idiopathic hypercalciurias, the treatment consists of achieving an abundant diuresis, avoiding excessive calcium in the diet, restricting protein and sodium intake, and occasionally administering thiazide diuretics. A diet low in calcium should be avoided due to the risk of demineralization.
For the prevention of lithiasis it is advisable to alkalize the urine with sodium or potassium citrate, administering 1-1.5 mEq per kg of weight and day.

 

Palabras clave: Hipercalciuria idiopática; Nefrocalcinosis; Nefrolitiasis; Síndrome miccional

Key words: Idiopathic hypercalciuria; Nephrocalcinosis; Nephrolithiasis; Micturition syndrome

 

Pediatr Integral 2017; XXI (8): 529 –540


Hipercalciuria

Introducción

La hipercalciuria es una anomalía metabólica relativamente frecuente con riesgo de formación de cálculos renales y nefrocalcinosis, debida a una excesiva excreción urinaria. Aunque puede ser secundaria, habitualmente es idiopática, y el tratamiento consiste en conseguir una diuresis abundante, evitando aportes excesivos de calcio, restringiendo proteínas y sodio y, en ocasiones, administrando diuréticos tiazídicos.

La hipercalciuria es una anomalía metabólica relativamente frecuente con riesgo de formación de cálculos renales, nefrocalcinosis y potencial progresión a insuficiencia renal. A pesar de que se trata del trastorno metabólico más frecuente asociado con cálculos en la edad pediátrica(1), es complejo definir cuáles son los valores de calciuria con potencial significado patológico, ya que el grado de calciuria es extremadamente variable, dependiendo del tipo de dieta y edad, modificándose de forma significativa a lo largo de la vida.

Se entiende que los límites máximos de calciuria diaria normal son, de forma absoluta, de 250 mg para la mujer y de 300 mg para el hombre, siendo variable en función del peso y edad durante toda la edad pediátrica. Durante la lactancia, las cifras de calciuria consideradas normales son significativamente más elevadas que durante la edad escolar, considerándose normales hasta de 6 mg/kg/día. De forma general, a partir de los 2 años de edad, la hipercalciuria se define, como una excreción diaria de calcio superior a 4 mg o 0,1 mmol por cada kg de peso, objetivada en varias ocasiones y con una dieta habitual de calcio y sodio.

Debido a la dificultad de recogida de orina de 24 horas en los niños no continentes, puede cuantificarse el grado de calciuria a partir de los valores de las concentraciones urinarias de calcio y creatinina y la proporción o relación entre ambas, obtenidos en muestras aisladas de orina. Para los mayores de 2 años, una relación calcio/creatinina (Ca/Cr) expresada en mg/mg, superior a 0,2 sugiere hipercalciuria, teniendo en cuenta que los valores normales durante los primeros 6 meses de vida se consideran normales hasta de 0,8 mg/mg, desde los 6 meses al año de vida hasta de 0,6 mg/mg y entre los 12 y 24 meses menor de 0,5 mg/mg. Expresando los valores en mmol/mmol, la proporción normal es menor de 2,3 mmol/mmol en el lactante menor de 6 meses, menor de 1,7 mmol/mmol en el menor de un año, menor de 1,4 mmol/mmol entre 12 y 24 meses y menor de 0,6 mmol/mmol en el niño mayor de 2 años (equivalencia de mmol/mmol = mg/mg x 2,83)(2).

La hipercalciuria se define como una excreción urinaria de calcio superior a 4 mg/kg/día, en el contexto de una dieta normal. La calciuria también puede ser estimada en una orina aislada, determinando la relación calcio/creatinina (Ca/Cr), expresada en mg/mg o mmol/mmol. Por encima de los dos años de edad, una relación superior a 0,2 mg/mg o 0,6 mmol/mmol sugiere hipercalciuria. Durante los primeros meses de vida, los valores normales de calciuria son superiores.

La excreción de calcio urinario está fuertemente influenciada no solo por el contenido en calcio de la dieta, sino por el de otros nutrientes, como el sodio o las proteínas. Esta circunstancia es especialmente relevante en los lactantes, en los que la fuente de leche o tipo de fórmula determina el grado de calciuria. Los lactantes alimentados con leche materna presentan la mayor excreción de calcio urinario, mientras que los lactantes alimentados con fórmulas de soja tienen una calciuria menor(3). Otros aspectos, como el sexo o la etnia, no parecen influir de forma significativa en la calciuria que, sin embargo, está claramente afectada por factores geográficos y/o culturales no identificados completamente. La relación Ca/Cr puede aumentar hasta en un 40% tras una comida rica en calcio, lo que supondría un cambio en los límites normales para el índice Ca/Cr de 0,20 mg/mg a 0,28 mg/mg. En la evaluación de un niño con posible hipercalciuria debe documentarse, por tanto, una adecuada historia dietética que incluya: cantidad y tipo de lácteos, aporte de sal y proteínas, y momento de recogida de la muestra de orina, con el fin de valorar si los factores dietéticos están en relación con la calciuria.

Fisiopatología

La “hipercalciuria idiopática” es un defecto metabólico, relativamente común, caracterizado por alteraciones en el transporte de calcio a nivel intestinal, renal y del hueso, que se identifica con frecuencia en la población pediátrica y, especialmente, en adultos con litiasis cálcica y osteoporosis.

Desde el punto de vista fisiopatológico, la mayoría de las hipercalciurias estarían asociadas a una hipercalcemia potencial, definiéndose tres mecanismos que contribuyen al aumento en la excreción urinaria aumentada de calcio(4):

1. Aumento de la absorción intestinal de calcio (“hipercalciuria absortiva”), que condiciona una elevación del calcio sérico y un aumento de la excreción urinaria de calcio. Estaría mediada por un exceso de 1,25-(OH) vitamina D, y en este tipo existiría un incremento de absorción intestinal de calcio tras la restricción.

2. Aumento de las pérdidas renales de calcio (“hipercalciuria renal”), en las que existe un defecto en la reabsorción tubular de calcio que condiciona el aumento de la excreción urinaria de calcio. Existiría un incremento de los niveles de PTH intacta tras la restricción de calcio.

3. Aumento de la reabsorción (resorción) ósea de calcio (“hipercalciuria resortiva”), en las que la fuente del exceso de calcio es el hueso.

Estos mecanismos pueden estar afectados, tanto por factores ambientales como genéticos, que aumentan la excreción de calcio y el riesgo asociado de complicaciones (litiasis y nefrocalcinosis) (Tabla I).

Factores ambientales

Entre las causas más frecuentes en el niño, se encuentra la hiperdosificación de vitamina D. Otro factor determinante es la deshidratación por aumento de actividad física o por factores climáticos que no se acompañan de una reposición adecuada de líquidos, lo cual condiciona un volumen urinario disminuido. También pueden ser importantes los aportes inapropiados de calcio o de fosfato en nutrición parenteral.

Otros factores reconocidos son el aumento de la resorción ósea asociada a la inmovilización prolongada o al uso de glucocorticoides. También el uso continuado de diuréticos del asa, que aumentan la excreción renal de calcio, especialmente durante el periodo neonatal. Una de las causas principales de nefrocalcinosis detectada en el lactante es la hipercalciuria debida al uso de furosemida, teofilina y/o corticoides en el prematuro y en el recién nacido con insuficiencia cardíaca. Sin embargo, incluso sin estos tratamientos, existe en los grandes prematuros de menos de 1.500 g, una alta incidencia de nefrocalcinosis (del 10 al 60% en función de las series), en cuyo origen destaca la misma prematuridad por la inmadurez tubular, el uso de drogas y factores nutricionales debidos a la alimentación artificial de estos bebés(5).

Factores genéticos

Existen evidencias de que la mayor parte de las hipercalciurias idiopáticas representan una compleja interacción genética y ambiental sin una causa única reconocible. Los genes específicos que se proponen como determinantes en la calciuria incluirían: aquellos que afectan al sensor receptor de calcio, a los canales de calcio intestinales y renales, al receptor de vitamina D, al intercambiador intestinal de oxalato, a la resorción ósea y reabsorción renal, y a la excreción renal de calcio, oxalato y citrato.

De forma menos habitual, se reconocen defectos monogénicos que pueden causar hipercalciuria afectando a uno de los tres mecanismos fisiológicos o patogénicos que hemos descrito y que condicionan riesgo de nefrolitiasis o nefrocalcinosis asociados a la enfermedad primaria(6):

• Trastornos monogénicos que aumentan la absorción intestinal de calcio. Incluyen: la hipercalciuria absortiva e hipofosfatémica, el síndrome del pañal azul, por un defecto de degradación intestinal del triptófano, y los trastornos congénitos de malabsorción (deficiencia congénita de lactasa, de sacarasa-isomaltasa y la malabsorción glucosa/galactosa).

• Trastornos genéticos que afectan la reabsorción tubular de calcio. Incluyen, entre otros: la enfermedad de Dent o nefrolitiasis ligada a X asociado a raquitismo hipofosfatémico, el síndrome de Bartter, la enfermedad de Wilson o síndrome óculo-cerebro-renal, con síndrome de Fanconi asociado, las glucogenosis tipo 1a, la acidosis tubular renal distal por mutaciones en el co-transportador de cloro-bicarbonato o en la ATPasa de hidrógeno y la hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis.

• Trastornos genéticos que aumentan la absorción ósea. Incluyen, entre otros: el síndrome de neoplasia endocrina múltiple tipo 1 con hiperparatiroidismo y el síndrome de McCune-Albright.

Otros factores

Existen formas secundarias de hipercalciuria que incluyen: hiperparatiroidismo, acidosis metabólicas crónicas asociadas a hipocitraturia, cualquier forma de hipercalcemia y las hipofosfatemias. Otras formas son: la sarcoidosis o la hipercalciuria asociada al síndrome de Cushing.

Formas clínicas

Hipercalciuria idiopática

El diagnóstico de “hipercalciuria idiopática” se establece ante una hipercalciuria aislada en ausencia de hipercalcemia, tras descartar otras causas y en el que los antecedentes familiares de litiasis o nefrocalcinosis no son excepcionales. Tiene un carácter familiar pseudo-dominante y se debe a la combinación de factores genéticos y dietéticos.

Una excesiva eliminación urinaria de calcio en ausencia de hipercalcemia o de otras causas conocidas de hipercalciuria, son las denominadas hipercalciurias idiopáticas con calciurias superiores a 6 mg/kg/24 horas. Estas alteraciones metabólicas, en general, pueden normalizarse con la disminución de la ingesta de sal y adecuación de la ingesta de proteínas y calcio; si bien, a veces, necesita la asociación de un diurético tiazídico. Una vez descartadas las causas secundarias de hipercalciuria y se haya establecido el diagnóstico de presunción de hipercalciuria primaria, el paso siguiente es evaluar si las modificaciones de la dieta pueden normalizar la excreción de calcio. Si los análisis de las muestras de orina se han realizado en el contexto de una dieta rica en sodio, debe recogerse una nueva muestra de orina tras 2-4 semanas de restricción sódica (menos de 2-3 g/día). Dado el carácter genético de muchas condiciones asociadas a la hipercalciuria primaria, la posibilidad de incorporar estudios genéticos a la práctica clínica ha ido modificando la categorización de estas condiciones clínicas, con un menor peso de la denominación de idiopática(6).

La “hipercalciuria idiopática” es un defecto presente hasta en el 5-10% de la población general y, más frecuentemente, en sujetos con cálculos renales de calcio o población adulta con osteoporosis. Aunque dado su carácter familiar y su comportamiento como un trastorno con herencia autosómica dominante de elevada penetrancia, se considera que la hipercalciuria se debe a una compleja interacción genética y ambiental(6). Los genes específicos que se proponen como determinantes en la calciuria, incluyen aquellos que afectan: al sensor de los receptores de calcio, a los canales de calcio intestinales y renales, al receptor de vitamina D, al intercambiador intestinal de oxalato, a la resorción ósea y reabsorción renal y, por último, a mecanismos que regulan no solo la excreción renal de calcio, sino también de oxalato y citrato. Desde el punto de vista genético, la hipercalciuria idiopática debería definirse como un trastorno con entidad propia, caracterizado por alteraciones en el transporte de calcio a nivel intestinal, renal y óseo, resultado de la combinación de múltiples factores genéticos y dietéticos.

Esta anomalía casi siempre es asintomática en la infancia, hasta que se manifiesta en la edad adulta, habitualmente en el contexto de una litiasis. También se observa con frecuencia una disminución de la densidad ósea, especialmente cuando asocia hipocitraturia. Se considera que esta forma de hipercalciuria “idiopática” es la causa más frecuente de litiasis renal, tanto en la edad pediátrica como en la adulta, encontrándose en algunas series hasta en el 40% de los niños y en el 60% de los adultos con litiasis(1). Clásicamente, fue considerada una causa mayor de nefrocalcinosis en el niño, representando hasta un tercio de las mismas, sin embargo, el descubrimiento de algunas tubulopatías hereditarias, como la enfermedad de Dent, ha reducido el número de las hipercalciurias inexplicadas. En el contexto de una nefrocalcinosis, el diagnóstico de “hipercalciuria idiopática” solo puede establecerse tras una exploración tubular minuciosa.

Mecanismo fisiopatológico. La hipótesis más aceptada actualmente se basa en la existencia de un incremento de la actividad de interleucina-1a (IL-1) y de otras citocinas de origen monocitario (factor de necrosis tumoral-a, factor estimulante de los granulocitos macrófagos), que incrementarían la actividad osteoclástica, causante de la pérdida de masa ósea observada en estos pacientes(4). La IL-1 estimularía la producción de prostaglandina E2 y esta, de forma secundaria, el aumento de la producción de calcitriol. La hipercalciuria sería, pues, de origen óseo (resortivo) e intestinal (incremento de la absorción intestinal de calcio). Los pacientes portadores de esta anomalía metabólica tendrían un comportamiento inmunológico peculiar. Tal y como hemos comentado, a pesar de ser un trastorno tan frecuente, aún no se ha descrito ninguna alteración genética responsable de la hipercalciuria idiopática.

Formas monogénicas de hipercalciurias sin hipercalcemia

Estudios de las formas monogénicas de nefrolitiasis hipercalciúrica asociadas a diferentes tubulopatías congénitas o a alteraciones en el metabolismo del magnesio, del fósforo o del calcio, han ayudado a identificar un número significativo de transportadores, canales y receptores involucrados en la regulación de la resorción tubular de calcio. Otras enfermedades hereditarias que presentan una hipercalciuria con calcemia normal son determinados trastornos asociados al síndrome de Fanconi, como el síndrome de Lowe o síndrome óculo-cerebro-renal, o algunas formas de pseudohipoaldosteronismo. Nos referimos a continuación, a las formas más significativas de hipercalciurias genéticas(7,8):

• La acidosis tubular distal (antes llamada “acidosis de Albright”), en sus diferentes formas genéticas, autosómica recesiva (con sordera asociada) o dominante, provoca una nefrocalcinosis medular asociada a la hipercalciuria debida a la acidosis crónica. En ausencia de tratamiento, la nefrocalcinosis ofrece una imagen de “granos de mijo”, marcando los cálices y dibujando, en ocasiones, los contornos de la papila. En los casos menos graves, la nefrocalcinosis es más discreta, con pequeños granos opacos medulares o solo detectables en la ecografía. Un tratamiento alcalinizante precoz con citratos puede normalizar la calciuria, evitando la aparición de las formas graves de hipercalciuria.

• El síndrome de Bartter, una enfermedad autosómica recesiva, ocasionalmente asociada a sordera, debida a mutaciones en diferentes genes como son: el co-transportador de Na-K-Cl (NKCC2), el canal medular regulador de potasio (ROMK), el canal de cloro dependiente de voltaje CLC-Kb, la subunidad beta CLC-Kb o bartrina, el receptor calcio sensible CaSR o BSND (con sordera). Se acompaña de una hipercalciuria a menudo generadora de nefrocalcinosis y difícilmente controlable a pesar del uso de antiinflamatorios no esteroideos. Esta tubulopatía, caracterizada por una alcalosis hipopotasémica es, en la actualidad, una de las causas más frecuentes de nefrocalcinosis en el niño.

La enfermedad de Dent o “nefrolitiasis ligada al X”, donde la hipercalciuria está asociada a una proteinuria tubular de bajo peso molecular, es mucho más rara en el niño. Está asociada a mutaciones del gen que codifica un canal cloro, CLCN5, o más raramente, del gen OCRL1 igualmente situado en el cromosoma X; OCRL1 es con más frecuencia responsable del síndrome de Lowe (oculocerebrorrenal), donde la hipercalciuria puede acompañarse de una tubulopatía proximal completa o incompleta (síndrome de Fanconi).

• La hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis, enfermedad autosómica recesiva asociada a mutaciones de genes que codifican las “paracelinas” (Claudin 16 y 19). Los miembros de la familia de proteínas de membrana claudinas, forman las uniones que conforman las barreras intercelulares de una gran variedad de epitelios. Estudios de estos genes han permitido conocer muchos aspectos de los mecanismos que regulan la resorción de calcio en el túbulo renal y predisponen a la hipercalciuria y nefrolitiasis.

• El raquitismo hipofosfatémico con hipercalciuria, asociado a mutaciones autosómicas recesivas del gen SLC34A3, que codifica el co-transportador sodio-fosfato NaPi2c, puede complicarse con una nefrocalcinosis, así como la deleción del gen SLC34A1 del co-transportador NaPi 2a en el marco de un síndrome de genes contiguos.

• Se han descrito casos de nefrocalcinosis por hipercalciuria en otras enfermedades hereditarias: cistinosis y enfermedad de Wilson, que condicionan un síndrome de Fanconi y las glucogenosis tipo 1a.

• La hipercalciuria con hipocalcemia es excepcional. Habitualmente, es el resultado de un hipoparatiroidismo con defecto de reabsorción tubular del calcio por mutación activadora del receptor sensible al calcio. Se suele observar en el periodo neonatal, con una hipercalciuria y una nefrocalcinosis en el contexto de una hipocalcemia de grado variable.

Hipercalciurias con hipercalcemia

El hiperparatiroidismo primario por adenoma paratiroideo es raro en el niño y no suele observarse antes de la adolescencia. Su presencia en sujetos jóvenes obligaría a investigar una “neoplasia endocrina múltiple” de tipo I.

Entre las causas genéticas de hipercalcemia en el lactante, que pueden o no estar asociadas a una nefrocalcinosis, se describe como característico el síndrome de Williams-Beuren, un síndrome genético por microdeleción que asocia facies peculiar, retraso mental y cardiopatía, debido a una micro deleción en el cromosoma 7 que incluye el gen de la elastina. La hipercalciuria formaba parte de los criterios clínicos que definieron el síndrome, aunque posteriormente se ha documentado que no es un elemento crítico asociado al síndrome. También se han descrito casos de nefrocalcinosis con hipercalcemia e hipercalciuria en la trisomía 21.

Se describe hipercalcemia e hipercalciuria en algunos síndromes de malabsorción intestinal de los azúcares y en los hipotiroidismos no tratados. Por último, en los casos en los que no se identifica una causa evidente y que se agrupan en las denominadas “hipercalcemias infantiles idiopáticas”, a menudo complicadas con nefrocalcinosis, comienzan a identificarse alteraciones hereditarias del metabolismo de la vitamina D, que parecen jugar un papel importante. Sin embargo, debe considerarse que, en la edad pediátrica, las causas más frecuentes de hipercalcemia son las iatrogénicas: sobrecarga de vitamina D, vitamina A y calcio, sobre todo, en caso de nutrición parenteral (Tabla II).

Manifestaciones clínicas

Referidos fundamentalmente a la hipercalciuria primaria o idiopática, la mayor parte de los casos son asintomáticos durante la edad pediátrica. En enfermedades en las que la hipercalciuria es secundaria, la clínica es variable dependiendo de la enfermedad primaria. Por su frecuencia, la litiasis es la manifestación más relevante.

Nefrolitiasis

La presencia de cálculos urinarios es una situación poco habitual en la edad pediátrica, aunque su incidencia ha ido en aumento en los últimos años. La prevalencia de nefrolitiasis en niños varía desde 1 en 1.000 a 1 en 10.000 por año, dependiendo de la región geográfica(9). Especialmente en los más jóvenes, ante una litiasis renal, se plantea el dilema de si existe una condición metabólica subyacente y, por otro lado, en presencia de hipercalciuria, debe valorase cuál es el riesgo de que el niño desarrolle a lo largo de su vida episodios recurrentes de cólicos nefríticos.

La enfermedad litiásica renal o nefrolitiasis afecta hasta el 3-5% de la población y a menudo se asocia a hipercalciuria. Por otro lado, la hipercalciuria es una condición familiar que se presenta hasta en el 35% de los pacientes con litiasis y que, por tanto, puede manifestarse como un trastorno hereditario con presentación clínica durante la infancia. Cuando la hipercalciuria predomina, se suele expresar en forma de oxalato de calcio dihidratado (weddellita) o de fosfato de calcio (carbapatita, brushita).

La presentación clínica de dolor cólico agudo es poco habitual en los niños, aunque la sintomatología varía en función de la edad de los mismos. La mitad de los niños con urolitiasis manifiestan dolor abdominal, en flancos o pélvico y, en los más pequeños, el dolor puede incluso simular un cólico de lactante. La hematuria, tanto micro- como macroscópica, se describe hasta en el 33-90% de los niños con litiasis, pudiendo preceder a la formación de cálculos, tanto en niños con hipercalciuria como con hiperoxaliuria o hiperuricosuria. La urolitiasis puede complicarse con infecciones urinarias, especialmente en los más pequeños, aunque también puede observarse asociado a una piuria estéril. Los cálculos en vejiga o uretra, con frecuencia se manifiestan con disuria y polaquiuria(10).

Cuando se analiza la composición de un cálculo eliminado o extraído, es posible identificar el origen metabólico que causa la formación de la litiasis. En la edad pediátrica, los cálculos de oxalato de calcio suponen del 46 al 64%, seguidos de los cálculos de fosfato cálcico (14-30%), estruvita (13%), cistina (5%), ácido úrico (4%) y un 4% de miscelánea o mixtos(9).

Nefrocalcinosis

La nefrocalcinosis se define como la presencia de depósitos de sales de calcio en el parénquima renal, a diferencia de la litiasis renal, más frecuente, donde las calcificaciones se sitúan en las vías urinarias. Su frecuencia en el niño, que parecía baja cuando el diagnóstico se basaba en la radiografía de abdomen o en el estudio histológico del riñón, se ha visto incrementada desde que se ha generalizado la ecografía de rutina, principalmente en los prematuros, en los cuales no es raro detectar una nefrocalcinosis(10).

La nefrocalcinosis no debe considerarse como una enfermedad, sino como un síntoma cuyas causas pueden ser múltiples, tanto de origen genético como iatrogénico, situaciones en las que aumenta de forma significativa y mantenida la excreción urinaria del calcio o del oxalato. El diagnóstico etiológico debe estar orientado por: la edad del niño, el contexto clínico, el aspecto y la localización de las calcificaciones y, sobre todo, por las determinaciones biológicas. En toda nefrocalcinosis debe realizarse, al menos, una calciuria junto a un ionograma sanguíneo con determinación de: bicarbonato, calcemia, fosfatemia, magnesemia, niveles vitamínicos [25 OH D3 y 1,25 OH D3], nivel de parathormona en caso de hipercalcemia y oxaluria en caso de calcemia y de calciuria normales (Algoritmo 2). En la mayoría de los casos, existe una hipercalciuria, asociada o no a una hipercalcemia. Más raramente, se trata de depósitos de oxalato de calcio o de la calcificación de lesiones histológicas.

La nefrocalcinosis por sí misma no suele provocar ningún síntoma clínico antes de llegar a un estadio muy avanzado, que es cuando repercute en la función renal. Los únicos síntomas que pueden imputarse directamente a la nefrocalcinosis son: la hematuria, micro o macroscópica, la leucocituria estéril y la alteración de la concentración de la orina(11).

La nefrocalcinosis casi siempre se detecta en una prueba de imagen motivada bien por los síntomas de una posible litiasis o en el contexto de estudio de otro trastorno, como puede ser: dolor abdominal, infección urinaria, poliuria, retraso del crecimiento, etc., siendo la ecografía renal la prueba de elección para detectar estas alteraciones. En ocasiones, la existencia de un riesgo conocido, especialmente ante sospecha de tubulopatías o trastornos del metabolismo del fósforo, calcio o magnesio, o grandes prematuros o neonatos con cardiopatías graves intervenidas y que han recibido tratamientos diuréticos intensivos y prolongados, debe motivar la búsqueda de nefrocalcinosis con un simple control ecográfico.

El diagnóstico de nefrocalcinosis suele establecerse casi siempre que existan lesiones “macroscópicas”, cuando las calcificaciones son suficientemente grandes como para ser detectadas en las pruebas de imagen renal. En función de la localización, se distinguen las “nefrocalcinosis medulares”, las más frecuentes, y las “nefrocalcinosis corticales” o “difusas”. Aunque los depósitos cálcicos se manifiestan como zonas de hiperecogenicidad en el parénquima renal, este hallazgo no es sinónimo de calcificación, salvo si se acompaña de un cono de sombra acústica. La presencia de lesiones hiperecogénicas obligan a descartar: microquistes de las enfermedades poliquísticas recesivas, los granulomas infecciosos, principalmente por Cándida, la precipitación intratubular de hematíes en la drepanocitosis, precipitación de uratos en las hiperuricemias congénitas, o de proteína de Tamm-Horsfall en el recién nacido. Por otro lado, no hay que olvidar que la ecogenicidad cortical está fisiológicamente aumentada en el recién nacido, lo que puede requerir repetir la prueba al cabo de algunas semanas en caso de duda.

El diagnóstico de nefrocalcinosis ecográfica puede requerir de confirmación radiológica mediante una radiografía simple de abdomen o tomografía computariza (TC). En función de su tamaño, las calcificaciones pueden ser evidentes o difícilmente visibles y, en función de su etiología, de aspecto variable (en forma de finas semillas, de red, de granos de mijo, grandes bloques opacos). La TC es más sensible y permite detectar calcificaciones no visibles en la radiografía y sus localizaciones precisas, pero su coste y el riesgo ligado a la radiación no aconsejan su uso como prueba de detección. La resonancia magnética (RM) no está indicada en materia de calcificaciones.

Otras manifestaciones

Probablemente, la manifestación más frecuente sea la hematuria macroscópica indolora o la microhematuria mantenida(12).

Otras manifestaciones que pueden presentar los niños con hipercalciuria idiopática son los síntomas miccionales, como: disuria, polaquiuria, incontinencia urinaria, enuresis o dolor abdominal recidivante secundario a la eliminación de cristales y lesión del urotelio sin formación de piedras. La hipercalciuria también puede aparecer asociada a infección urinaria recurrente. En ocasiones, clínicamente solo se advierte que el niño emite orinas turbias por la presencia de cristales, especialmente, en la primera orina del día(12,13).

Recientemente, se ha evidenciado cierta relación entre hipercalciuria, talla baja y disminución de la densidad mineral ósea y, de forma excepcional, ha sido referido, como primer síntoma, la aparición de fracturas óseas ante traumatismos de poca intensidad(14,15).

Diagnóstico(16)

La determinación en una doble muestra de orina, que incluya la primera orina de la mañana y una muestra de orina post-prandial puede dar suficiente información para identificar una hipercalciuria. Si únicamente se dispone de muestras aleatorias sería deseable recoger una muestra recogida tras 2-4 horas de una ingesta láctea. Si la relación Ca/Cr (mg/mg) es menor de 0,2, no sería necesaria una reevaluación de la hipercalciuria.

Anamnesis e historia clínica

Mediante una adecuada historia dietética, debe investigarse la posible existencia de una ingesta excesiva de calcio, proteínas y sodio y, desde el punto de vista clínico, la presencia de dolores óseos o antecedentes de fracturas frecuentes, o las manifestaciones urinarias antes referidas (orinas turbias, disuria, polaquiruria, incontinencia, hematuria, dolores abdominales recidivantes, etc.). Deben recogerse, además, antecedentes familiares de hipercalciuria, de litiasis renal o de consanguinidad y, en la exploración física, considerar una talla ligeramente baja.

Según se recoge en los algoritmos diagnósticos (Algoritmos 1 y 2), la mayoría de los trastornos que se identifican como causa de hipercalciuria, y que deben descartarse en todos los casos, son: tubulopatías, alteraciones monogénicas poco frecuentes, en las que pueden existir antecedentes familiares o consanguinidad, fenotipo anómalo, importante retraso de crecimiento, a veces de inicio prenatal, raquitismo, alteraciones hidroelectrolíticas y/o del equilibrio ácido-base, disfunción renal, proteinuria y escasa respuesta al tratamiento.

Análisis de sangre y orina

En todos los niños con sospecha de hipercalciuria, además de un pH (elemental) y sedimento urinario, debe determinarse: el índice Ca/Cr tras ingesta y en ayunas, la excreción de citrato urinario (índice Ca/citrato), el equilibrio ácido-base y las concentraciones séricas de calcio, fósforo, magnesio, fosfatasa alcalina, calcitriol y hormona paratiroidea (PTHi).

Las determinaciones básicas en sangre y orina deben estar dirigidas a descartar otras causas de hipercalciuria. Los estudios diagnósticos para detectar una posible hipercalciuria deben ser diferidos si el paciente tiene una infección urinaria, ya que durante las pielonefritis, está incrementada la excreción urinaria de calcio.

En primer lugar, debe recogerse una muestra aislada de orina y determinar las concentraciones de calcio y creatinina para calcular el cociente Ca/Cr (Tabla III).

A partir de los 2-3 años de edad, se concede más valor cuando se trata de la 2ª micción de la mañana, en ayunas. Este cociente debe ser tomado como una aproximación, especialmente adecuada para personas de constitución normal, pero infravalora la calciuria en las muy musculadas. En los niños con escasa actividad muscular, en los afectados de distrofias musculares o mielomeningocele, el cociente sobrevalora la calciuria. Desde el punto de vista de desarrollo, en la pubertad, existe una clara tendencia a descender la eliminación urinaria de calcio.

Antes de realizar el diagnóstico de hipercalciuria, debe confirmarse la hipercalciuria en, al menos, dos muestras de orina. Una forma sencilla de controlar a los pacientes con hipercalciuria idiopática, sería determinar el cociente Ca/Cr en la orina de la noche (al acostarse, 1 hora tras la ingesta de lácteos) y, al día siguiente, en la primera orina del día. El cociente calculado en la orina de la noche, estudiaría el componente absortivo (intestinal) y, el de la primera orina del día, estudiaría el componente resortivo (óseo). Para el diagnóstico de hipercalciuria, ambas muestras deben repetirse, al menos, en dos ocasiones y separadas, al menos, un mes.

Una vez identificada una hipercalciuria, es muy importante determinar la citraturia en, al menos, una muestra en ayunas o en la orina de 24 horas. La hipocitraturia puede ser consecuencia de una acidosis sistémica e incrementa la pérdida de masa ósea. La hipocitraturia permite determinar el riesgo litogénico, ya que una asociación de hipercalciuria con hipocitraturia incrementa significativamente el riesgo de litiasis. El cociente Ca/citrato > 0,33 mg/mg supone un riesgo de cristalización urinaria. Se considera hipocitraturia, una excreción de citrato con valores inferiores a 8 mg/kg/día, o un cociente citrato/creatinina inferior a 400 en mg/g en niños, y a 250 mg/g en adultos (Tabla IV).

 

Pruebas de acidificación urinaria

En caso de asociarse hipercalciuria e hipocitraturia, debe realizarse una prueba de acidificación con furosemida. Cuando se objetiva un defecto en la capacidad de descender el pH urinario por debajo de 5,5, debe considerarse la posibilidad de una acidosis tubular distal incompleta y que sea necesario un seguimiento y tratamiento específico, con aportes de citrato.

Ecografía renal y otros estudios

La ecografía renal y de las vías urinarias permite identificar la existencia de litiasis o de microlitiasis (concreciones de menos de 3 mm de diámetro, sin sombra acústica), de nefrocalcinosis y de malformaciones asociadas (muchas malformaciones renales se acompañan de hipercalciuria). Puede solicitarse una radiografía de mano para determinar la edad ósea si la talla es baja o de otras regiones si hay antecedentes de fractura o dolores óseos.

En los casos de fracturas, dolores óseos, hipercalciuria asociada a hipocitraturia, defecto de acidificación tras estímulo con furosemida o presencia de un cociente Ca/Cr elevado en la primera orina del día, estaría indicado solicitar una densitometría ósea. En el caso de encontrarse osteopenia, deben determinarse los niveles de PTHi y de los marcadores de remodelado óseo.

Los marcadores de formación ósea (función osteoblástica) más utilizados son la osteocalcina y la fosfatasa alcalina ósea. Son marcadores de resorción (función osteoclástica), los niveles de fosfatasa ácida-tartratorresistente y la eliminación urinaria de desoxipiridinolina o de la fracción telopeptídica C-terminal del colágeno en orina (CrossLaps o CTx). En la mayoría de los casos, la pérdida de masa ósea es de origen resortivo aunque, en raras ocasiones, existe un defecto en la función osteoblástica.

Tratamiento

Una adecuada ingesta de líquidos es crítica en la prevención de la sobresaturación de la orina, independientemente de la causa de la hipercalciuria. Además, está recomendada una dieta pobre en sodio, alta en potasio y baja en oxalatos para reducir la excreción urinaria de calcio.

En los niños con hipercalciuria, debe garantizarse una adecuada ingesta de líquidos, fundamentalmente agua, para la prevención de la sobresaturación de la orina, independientemente de la causa. Sin embargo, el control de la calciuria no debe ser un objetivo universal en el tratamiento de estos niños, ya que esta oscilará a lo largo de los años y, en muchas ocasiones, no se acompaña de signos clínicos significativos.

Además, debe recomendarse una dieta pobre en sodio, alta en potasio y baja en oxalatos en los niños con hipercalciuria, oxaliuria y litiasis idiopática, debido al conocido efecto calciúrico de una dieta rica en sal. Una dieta aumentada en potasio, puede reducir la excreción urinaria de calcio.

Si no se trata, la hipercalciuria conduce a nefrolitiasis en aproximadamente el 15% de los casos. En los casos refractarios, junto a la dieta, la administración de diuréticos tiazídicos por vía oral, puede normalizar la excreción urinaria de calcio mediante la estimulación de la reabsorción de calcio en el túbulo contorneado proximal y distal. Dicha terapia puede hacer desaparecer la hematuria y la disuria asociadas a hipercalciuria y evita el desarrollo de nefrolitiasis. Sin embargo, aún no se han establecido de manera precisa, las indicaciones del tratamiento con diuréticos tiazídicos en la hipercalciuria idiopática(17).

Normas dietéticas(18)

La situación de riesgo que supone una hipercalciuria asintomática exige únicamente la instauración de medidas dietéticas protectoras e incremento de la práctica de ejercicio físico, evitando crear conciencia de enfermedad. La dieta debe ajustarse a las recomendaciones diarias para la edad respecto a la ingesta de proteínas, calcio y sal. Debe suspenderse el aporte de suplementos de vitamina C y/o vitamina D.

De forma general las recomendaciones serían las siguientes:

Ingesta abundante de agua: 30 ml/kg/día sin exceder de 2 litros. Lo ideal sería conseguir diuresis superiores a 1,5 ml/kg/hora o 750 ml en lactantes, mayor de 1.000 ml en niños menores de 5 años, superior a 1.500 ml en niños de 6 a 10 años y superiores a 2 litros en preadolescentes y adolescentes. Con estas medidas, se reduce la saturación urinaria de los promotores de la cristalización.

Evitar el exceso de calcio, adecuando los aportes a las necesidades, favoreciendo el consumo de frutas en vez de postres lácteos. La restricción de calcio no se recomienda por la asociación de la hipercalciuria con osteopenia, pero deben garantizarse las necesidades diarias de ingesta de calcio, cuyas RDA están bien establecidas, sin que deban sobrepasarse, a pesar de los estímulos culturales hacia la ingesta de productos lácteos.

La mayoría de leches comerciales contienen 120 mg/dl, por lo que los aportes de leche o derivados equivalentes no deberían exceder la cantidad de 500-600 ml durante la infancia y 1 litro al día a partir de la adolescencia. De estos aportes se absorbe, a nivel intestinal, aproximadamente, el 40%, excepto cuando se trata de leche materna que alcanza el 60% (Tabla V).

• Dado que la calciuria aumenta al hacerlo la natriuria y disminuye cuando esta lo hace o aumenta la kaliuria, está indicada una restricción relativa de sodio e incrementar los alimentos ricos en potasio. Entre los alimentos de consumo habitual que presentan mejor relación podemos subrayar: legumbres (habas y alcachofas), verduras y hortalizas (tomates y berenjenas), frutas (plátano, uva, fresón, melón, cerezas, ciruela, níspero, higo y piña) y frutos secos (almendras, cacahuetes, avellanas y castañas). Puede calcularse el cumplimiento de la dieta calculando el cociente Na:K en orina, que debería ser < 2,5 mEq/mEq (Tabla VI).

Restringir el aporte de proteínas animales, ya que estas incrementan la calciuria al elevar la excreción neta de ácido, al mismo tiempo que aumentan la eliminación de ácido úrico y de oxalato. La alternativa que suponen los cereales integrales y el pescado azul, tiene la ventaja de aportar factores protectores de la formación de cálculos.

En la tabla VII, aparece un resumen de las normas dietéticas que puede ser entregado a las familias de los niños afectos(18).

Tratamiento farmacológico(19)

• En las hipercalciurias sintomáticas importantes o con riesgo de complicaciones, que no respondan a las medidas dietéticas, en los niños con excreción reducida de citrato se añade al tratamiento citrato potásico: 1-1,5 mEq/kg/24 horas repartido en 2-3 tomas, preferiblemente con las comidas principales y especialmente en la cena. El citrato en la orina forma complejos con el calcio, reduciendo el calcio iónico y la formación de sales de oxalato y de fosfato cálcicos. Un aspecto adicional es que el citrato es una fuente de energía para el riñón y es un componente óseo (supone el 1% de su peso), pudiendo estar especialmente indicado en los niños con osteopenia. El citrato puede administrarse como Polycytra o solución de Shohl. La solución de Shohl puede prepararse en farmacia a partir de 140 g de ácido cítrico y 98 g de citrato sódico en 1 litro de agua. 1 ml de esta solución proporciona 1 mmol de bicarbonato.

Debemos tener como diana terapéutica, mantener un índice calcio/citrato < 0,33 mg/mg, monitorizando el pH urinario no debe ser superior a 6,5, para evitar la precipitación de fosfato.

• En caso de no tolerarse el citrato o de no existir mejoría, se añade hidroclorotiazida: 1,5 – 2,5 mg/kg en dosis única matutina o clorotiazida a 15-25 mg/kg/día. Las tiazidas estimulan el transporte transcelular de calcio en el túbulo contorneado distal. La dosis se va incrementando hasta conseguir una excreción de calcio en orina de 24 horas menor de 4 mg/kg y la desaparición de las manifestaciones clínicas si las hubiese. El tratamiento se mantiene un año, tras el cual, en el caso de las hipercalciurias idiopáticas, puede suspenderse, pero deberá reiniciarse en caso de recidiva de la hematuria macroscópica, de la nefrolitiasis o de la disuria.

Hay que tener en cuenta que el tratamiento con diuréticos tiazídicos puede tener efectos secundarios, lo cual obliga a realizar controles periódicos plasmáticos. El más frecuente e importante es la hipopotasemia, que puede evitarse asociando amiloride. Además, pueden favorecer hipomagnesemia, aumento de los niveles plasmáticos de glucosa, urato, colesterol y LDL, y reducir la eliminación urinaria de citrato.

• En caso de osteopenia severa, se está estudiando el efecto antirresortivo de los bifosfonatos, cuya utilidad ha sido probada en adultos y niños hipercalciúricos con desmineralización ósea y en otras patologías pediátricas.

Bibliografía

Los asteriscos destacan los artículos de interés a juicio del autor.

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13.* Alon U, Warady BA, Hellerstein S. Hypercalciuria in the frequency-dysuria syndrome of childhood. J Pediatr. 1990; 116: 103-5.

14.*** García-Nieto V, Ferrández C, Monge M, de Sequera M, Rodrigo MD. Bone mineral density in pediatric patients with idiopathic hypercalciuria. Pediatr Nephrol. 1997; 11: 578-83.

15.** Penido MG, de Sousa Tavares M, Campos Linhares M, Silva Barbosa AC, Cunha M. Longitudinal study of bone mineral density in children with idiopathic hypercalciuria. Pediatr Nephrol. 2012; 27: 123-30.

16.* Hoppe B, Kemper MJ. Diagnostic examination of the child with urolithiasis or nephrocalcinosis. Pediatr Nephrol. 2010: 25: 403-13.

17.** García Nieto VM, Rodrigo MD. Hipercalciuria idiopática, ¿cómo se sale del laberinto? An Esp Pediatr. 1997; 47: 568-74.

18.*** Escribano J, Balaguer A, Roqué M, Feliu A, Ferre N. Dietary interventions for preventing complications in idiopathic hypercalciuria. Cochrane Database Syst Rev. 2013; 2: CD006022.

19.** Srivastava T, Schwaderer A. Diagnosis and management of hypercalciuria in children. Curr Opin Pediatr. 2009; 21: 214-9.

20. González-Lamuño D. Hipercalciuria. Pediatr Integral. 2013; XVII(6): 422-32.

Bibliografía recomendada

- Weisinger JR. New insights into the pathogenesis of idiopathic hypercalciuria: The role of bone. Kidney Int. 1996; 49: 1507-18.

Descripción de las bases patogénicas de la hipercalciuria y de los mecanismos de respuesta inflamatoria implicados en esta entidad.

- Stechman MJ, Loh NY, Thakker RV. Genetic causes of hypercalciuric nephrolithiasis. Pediatr Nephrol. 2009; 24: 2321-32.

Propuesta de algoritmos de investigación de las causas genéticas de nefrolitiasis a partir del hallazgo de hipercalciuria.

- García Nieto VM, Rodrigo MD. Hipercalciuria idiopática, ¿cómo se sale del laberinto? An Esp Pediatr. 1997; 47: 568-74.

Excelente revisión en castellano, relativa a la nefrocalcinosis. Los autores españoles recogen aspectos basados en su propia experiencia y proponen diferentes algoritmos de trabajo.

- Escribano J, Balaguer A, Pagone F, Feliu A, Roque I, Figuls M. Pharmacological interventions for preventing complications in idiopathic hypercalciuria. Cochrane Database Syst Rev. 2009. [CD004754 (MEDLINE)].

Revisión de los tratamientos que se recogen en el trabajo.

 

Caso clínico

 

Niña de 4 años de edad remitida al hospital por fiebre (39ºC) de seis días de evolución y dolor abdominal.

Antecedentes personales

Embarazo controlado, parto normal a término (40 semanas), con peso adecuado (3.360 g). Desde los 2 años, miopía con gafas correctoras y en seguimiento por oftalmología. A los 3 años y medio, presentó una infección del tracto urinario no complicada por Escherichia coli, recibió tratamiento ambulatorio, sin control ecográfico posterior. Los padres refieren que bebe mucho desde siempre y presenta enuresis nocturna.

Antecedentes familiares

Abuela paterna con hipoacusia, primo paterno con litiasis renal, padre con microhematuria.

Al ingreso, la paciente se encontraba eutrófica con peso y talla en percentiles normales (peso: 17.400 g, talla: 104 cm). Aunque febril, presenta aceptable estado general y se encuentra bien perfundida. Se recoge una orina para elemental y sedimento, en los que se recoge pH de 7, sangre [++], leucocitos [+++]. En el sedimento se identifica bacteriuria con piuria, presencia de 5 hematíes por campo y uratos amorfos. Con la sospecha de infección del tracto urinario de vías altas (pielonefritis), se solicita urocultivo y se inicia tratamiento antibiótico. El urocultivo, se informa positivo para Escherichia coli, y en la ecografía renal realizada de forma ambulatoria, se evidencian imágenes compatibles con nefrocalcinosis bilateral (Fig. 1).

Figura 1. Ecografía renal. Las flechas señalan nefrocalcinosis macroscópica medular.

Cumplió adecuadamente el tratamiento para la infección urinaria y se remite a nefrología infantil donde se solicita, en una primera valoración, un índice Ca/Cr en orina aislada y estudio analítico básico con equilibrio ácido base, urea, creatinina, calcio, fósforo, magnesio, fosfatasa alcalina (Algoritmo 2).

Los exámenes de laboratorio muestran insuficiencia renal con creatinina de 1,06 mg/dL, y una estimación de filtrado calculado por la fórmula de Schwartz de 50 ml/min/1,73, iones (Na, K y Cl) normales, calcemia normal (8,8 mg/dL), hipomagnesemia (1,2 mg/dL), fosfatemia normal (4,4 mg/dL), anemia (Hb de 8,6 gr/dL) y acidosis y en orina un índice Ca/Cr de 1,2 mgr/mgr.

La evaluación cardiológica y otorrinolaringológica fue normal. En Oftalmología, se diagnosticó “coriorretinitis cicatrizal macular, coriopatía miópica”.

Diagnóstico

La presencia hipercalciuria con: nefrocalcinosis, hipomagnesemia e insuficiencia renal, asociadas a patología ocular y antecedentes personales (poliuria-polidipsia, infecciones urinarias, alteraciones oculares) y familiares (hipoacusia, hematuria, litiasis) compatibles, orientan el diagnóstico de “hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis”.

Se recoge orina para determinación de magnesiuria, que se encuentra elevada (> 1 mg/kg/24 horas y cociente Mg/Cr > 0,06 mg/mg) y citraturia (disminuida con excreción de menos de 4,5 mg/kg/día) y se solicita PTHi que se encuentra elevada (91 ng/L, valores normales 8-50 ng/L).

La presentación clínica, los exámenes complementarios realizados y los antecedentes personales y familiares de la paciente son compatibles con el síndrome de hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis. La confirmación diagnóstica se realizará con el estudio genético, para evidenciar mutaciones en el gen que codifica la paracelina 1.

Tratamiento y evolución

Se indicó citrato potásico a 1,5 mEq/kg/día en 3 tomas (fórmula de Shohl) y tratamiento con amiloride-hidroclorotiazida 25 mg/día, pidolato de magnesio 1,5 g/día, ácido fólico 5 mg/día, sulfato ferroso 3 mg/kg/día, dieta hiposódica controlada en proteínas y líquidos a demanda.

Durante su evolución presentó nueva infección urinaria a E. coli, se realizó cistouretrografía miccional, que fue normal, y se inició profilaxis antibiótica con nitrofurantoína. Se suspendió la hidroclorotiazida a los dos meses de tratamiento por brusco aumento de urea y creatinina, con mejoría posterior y mantenimiento de valores de calciuria dentro de la normalidad. Se mantiene hasta la actualidad el resto de la medicación.

Comentario clínico

El síndrome de “hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis” es una enfermedad autosómica recesiva infrecuente, caracterizada por la pérdida renal de calcio y magnesio que lleva a la disminución progresiva de la función renal.

Los hallazgos clínicos de esta enfermedad incluyen: infecciones urinarias de repetición (por nefrocalcinosis y litiasis renal), poliuria-polidipsia (por alteración en la capacidad de concentración urinaria), tetania, calambres y debilidad muscular (por hipomagnesemia), raquitismo (por compensación para mantener la calcemia), litiasis renal, hipertensión arterial, vómitos y retraso de crecimiento.

También se describen trastornos extrarrenales, como: anormalidades oculares (miopía, nistagmo, coriorretinitis y calcificaciones corneales) y auditivas (hipoacusia neurosensorial), que son de aparición tardía, aunque existen excepciones.

La nefrocalcinosis bilateral se observa en todos los casos, al igual que la hipomagnesemia con hipermagnesuria. La hipercalciuria con calcemia normal está presente en todos los casos, excepto en los niños con insuficiencia renal avanzada. Las concentraciones de parathormona se encuentran normales o elevadas. Estos pacientes pueden presentar acidosis metabólica por falta de acidificación distal e hipocitraturia.

El estado final de la enfermedad constituye la insuficiencia renal crónica que se observa hacia la segunda o tercera década y que lleva a la necesidad de diálisis y trasplante.

Se han descrito otros trastornos hereditarios (síndrome de Gitelman, síndrome de Bartter, hipomagnesemia con hipocalcemia secundaria, hipomagnesemia dominante aislada, hipomagnesemia recesiva aislada e hipomagnesemia mitocondrial) caracterizados, también, por la alteración en la reabsorción renal de magnesio. Entre ellos, existen diferencias no solo genéticas, sino, además, clínicas y bioquímicas que orientarán al diagnóstico de cada patología.

Debido a la manifestación de este síndrome a través de patologías frecuentes, los pediatras debemos realizar una adecuada aproximación a los cuadros de nefrocalcinosis e hipercalciuria, ya que un buen control de estas y una correcta anamnesis, permiten su diagnóstico y tratamiento precoces.

 

 

 

 

Hematuria, proteinuria: actitud diagnóstica

F.A. Ordóñez Álvarez
Temas de FC


F.A. Ordóñez Álvarez

Área de Gestión Clínica de Pediatría. Nefrología Pediátrica. Hospital Universitario Central de Asturias. Oviedo. Asturias

Resumen

La detección de hematuria y proteinuria no es excepcional en las consultas pediátricas. En muchas ocasiones, los pacientes son valorados inicialmente en Atención Primaria, pero, afortunadamente, una alta proporción de estos padecen procesos benignos y transitorios que no exigirán más que la confirmación de su desaparición. Por el contrario, en una minoría de casos, la hematuria y proteinuria pueden traducir patologías graves y presentarse de forma persistente, por lo que el pediatra general debe poseer los conocimientos básicos encaminados a evaluar ambas patologías. El objetivo fundamental de su manejo será diferenciar aquellos pacientes que pueden ser controlados por el propio pediatra o, por el contrario, deben ser valorados en el ámbito hospitalario, ya sea de forma urgente o programada.
Se presenta en el texto un breve repaso teórico de la metodología dirigida a la detección de hematuria y proteinuria, una clasificación de sus diferentes tipos y un esquema de manejo práctico secuencial basado en sus manifestaciones clínicas.

 

Abstract

Hematuria and proteinuria are nothing exceptional in pediatric medical consultations. Most part of patients is initially assessed in primary care but, fortunately, a high proportion of those will have transient and benign diseases that do not require more than the confirmation of its disappearance. Conversely, in a minority of cases hematuria and proteinuria can represent a serious pathologies and exhibit persistently, so general pediatricians must acquire the basic knowledge to evaluate both pathologies. The fundamental objective of its management will be to differentiate patients who can be controlled by primary care physician or those that should be assessed at the hospital level, either scheduled or urgent way.
In this paper, a brief theoretical review of the methodology aimed at the detection of hematuria and proteinuria, a classification of the different types, and a scheme of sequential practical management based on its clinical manifestations will be presented.

 

Palabras clave: Hematuria; Proteinuria; Diagnóstico; Manejo práctico; Pediatría

Key words: Hematuria; Proteinuria; Diagnosis; Practical approach; Children

 

Pediatr Integral 2017; XXI (8): 518 – 528


Hematuria, proteinuria: actitud diagnóstica

 

Hematuria: actitud diagnóstica


Introducción

La hematuria supone la presencia anormal de hematíes en orina, ya sean procedentes del riñón o de las vías urinarias, visibles a simple vista (hematuria macroscópica) o aparentes solo en el análisis microscópico de la orina (microhematuria).

Aunque no existe una definición verdaderamente consensuada de hematuria, se considera patológico el hallazgo de lecturas1+ en la tira reactiva de orina, recuentos 3-5 hematíes/campo de gran aumento en 10-15 ml de orina centrifugada o 5 hematíes/mm3 en orina fresca no centrifugada(1).

En algunas ocasiones, la presencia de sangre en la orina se apreciará a simple vista por el cambio de color que se produce cuando un mínimo de 1 ml de sangre se mezcla con 1 litro de orina (macrohematuria). Sin embargo, es más frecuente que la cantidad de sangre no sea suficiente para teñir la orina y solo pueda ser detectada mediante el examen microscópico de la muestra o con la utilización de tiras reactivas (microhematuria). La presencia de hematuria no significa necesariamente la confirmación de una situación patológica, ya que estados febriles y esfuerzos intensos o continuados pueden asociarse a hematurias que se consideran fisiológicas.

Su incidencia y prevalencia varían según se trate de estudios de despistaje o de series casuísticas, del tipo de población estudiada, edad y sexo. Aproximadamente, el 4% de los niños en edad escolar presentan microhematuria si se valora una sola muestra de orina, pero este porcentaje desciende al 1% se exige la positividad en dos muestras consecutivas (con intervalo entre ellas de más de una semana) y a menos de un 0,5% se valoran los hallazgos en tres muestras consecutivas en el plazo de varias semanas (hematuria persistente). De estos, solo el 37 y 7,6% continuarán con hematuria 1 y 5 años más tarde, respectivamente(2,3).

La hematuria macroscópica, por el contrario, es poco común en poblaciones pediátricas no seleccionadas. La incidencia de este tipo de hematuria, aunque variable según las diferentes publicaciones, se encuentra en 1,3/1.000 consultas en un servicio de urgencias pediátricas(4). La combinación de hematuria y proteinuria, lo que añade un alto riesgo de enfermedad renal, es menos frecuente, con una prevalencia de menos del 0,7% en niños en edad escolar no seleccionados en una sola muestra de orina, prevalencia que disminuye a 0,06% si se exigen 3 muestran de orina consecutivas(2,3,5).

Evaluación práctica de la hematuria

El pediatra de Atención Primaria debe conocer la evaluación básica y el manejo general de los diferentes tipos de hematuria.

Suele detectarse hematuria en forma de una de las tres siguientes situaciones clínicas:

1. Inicio de hematuria macroscópicamente visible.

2. Hallazgo de hematuria microscópica durante la valoración de un cuadro clínico donde existe participación urinaria, abdominal o sistémica.

3. Hallazgo casual en paciente asintomático al que se le realiza un estudio de orina por otro motivo.

En la valoración de la hematuria desde Atención Primaria, deben ser evitadas dos posturas extremas y opuestas: remitir al nefrólogo infantil, sin otras consideraciones, todo tipo de hematuria inmediatamente después de descubrirla, o aplicar un único y extenso protocolo de estudio a todos los pacientes, sin tener en cuenta rasgos clínicos distintivos(6). Para evitar estos errores, el manejo práctico desde Atención Primaria ante una sospecha de hematuria debe guiarse por cuatro pasos bien establecidos(6,7).

Primer paso: confirmar la hematuria

Todos los casos sospechosos de hematuria (micciones oscuras y/o positividad de sangre en la tira reactiva) deben confirmarse mediante un examen microscópico de la orina (sedimento de orina).

La muestra de orina ideal será la recién emitida (para evitar la lisis de los hematíes) y obtenida de la primera micción de la mañana, ya que los hematíes se conservan mejor en orinas ácidas y concentradas. Se debe evitar el sondaje vesical y el ejercicio físico intenso previos, al menos, 48 horas antes de la recogida, y no demorar el estudio más de una hora a temperatura ambiente.

La tira reactiva de orina presenta una sensibilidad cercana al 100%, siendo capaz de detectar mínimas concentraciones de hemoglobina (0,2 mg/dl), equivalente a 3-5 hematíes/campo (×400), con una especificidad del 65-99%(8). Son muy frecuentes los casos de orinas oscuras de aspecto hematúrico, pero con tira reactiva negativa y sedimento normal, tras la ingesta de algunos alimentos (moras, remolacha, frambuesas, setas, etc.), fármacos (rifampicina, ibuprofeno, nitrofurantoína, metronidazol, hierro, etc.) o colorantes (nitrogenados, fenolftaleína, rodamina B) y por la presencia en orina de pigmentos metabólicos (bilirrubina, uratos, porfirinas, ácido homogentísico, etc.) o contaminantes exógenos (plomo, benceno). Por otro lado, las orinas alcalinas, la eliminación urinaria de algunas sustancias, como el sorbitol férrico, la presencia en la orina de peroxidasas de origen bacteriano o de contaminantes químicos, como el yodo o el hipoclorito (lejía), la hemoglobinuria y la mioglobinuria suponen las principales condiciones que se asocian a orinas de aspecto hematúrico, positividad para sangre en la tira reactiva y ausencia de hematíes en el sedimento urinario (falsos positivos de la tira reactiva). Los falsos negativos (orinas concentradas o ácidas, proteinurias severas, tratamiento con captopril o vitamina C) son excepcionales. Una tira reactiva de orina puede ser positiva para proteinuria en el contexto de una hematuria macroscópica, pero no debería exceder de 2 cruces si la única fuente de proteínas es la propia hematuria(9).

Segundo paso: orientar su origen (glomerular o no glomerular)

Este segundo paso es fundamental, ya que limita las posibilidades diagnósticas e impide la práctica de exámenes complementarios innecesarios.

Esta orientación proporciona una alta rentabilidad práctica (incluso sin estudios analíticos adicionales ni pruebas de imagen), siempre y cuando se apoye en una meticulosa historia clínica que incluya antecedentes personales y familiares, una detallada recogida de los datos clínicos vinculados a la hematuria (si existen), una metódica exploración física y otros aspectos patológicos adicionales (Tabla I).

Una historia clínica adecuada permitirá establecer, en un gran porcentaje de casos, una aproximación inicial respecto al origen glomerular o urológico de la hematuria (Tabla II), proporcionará claves diagnósticas orientativas y determinará secundariamente la indicación de estudios complementarios y/o de valoración en el ámbito especializado(10).

Tercer paso: clasificar y evaluar etiología

Desde un punto de vista etiológico, la hematuria puede estar relacionada con una gran variedad de patologías uro o nefrológicas, benignas, potencialmente graves o tumorales.

Puede deberse a un sangrado a nivel de cualquier punto de la vía urinaria, aunque en la edad pediátrica, el origen más frecuente es el glomérulo renal(11).

De forma esquemática, resulta útil la clasificación de la hematuria en causas: glomerulares primarias (nefropatía Ig A, glomerulonefritis post-infecciosa y otras, síndrome de Alport, hematuria familiar benigna, etc.), glomerulares secundarias (púrpura de Schönlein-Henoch, síndrome hemolítico-urémico, lupus, síndrome de Goodpasture, etc.), no glomerulares (infección urinaria, traumatismos, hipercalciuria, litiasis, anomalías anatómicas o vasculares, etc.) y extra-renales (síndrome del cascanueces, coagulopatías, hemoglobinopatías, etc.). En un alto porcentaje de casos, no se llega a identificar una causa objetiva.

A efectos de manejo práctico, también debe tratar de encuadrarse a los pacientes en uno de estos tres tipos de hematuria:

1. Hematuria macroscópica.

2. Hematuria microscópica aislada, asintomática y sin evidencia de antecedentes familiares de nefropatía progresiva.

3. Hematuria microscópica asociada a otros datos patológicos y/o antecedentes familiares de enfermedad renal progresiva.

Hematuria macroscópica

De forma global, se considera que cerca del 60% de los casos de un primer episodio de hematuria macroscópica son secundarios a patologías más o menos evidentes o fácilmente reconocibles (infecciones urinarias, traumatismos, litiasis, glomerulonefritis agudas)(4), mientras que el 40% restante se corresponde con causas de diagnóstico diferido (hipercalciuria e hiperuricosuria, defectos de la membrana basal glomerular-hematuria familiar benigna, síndrome de Alport-, malformaciones vasculares o patologías vesicales, etc.) o idiopáticas.

Basado en estos datos, el pediatra de Atención Primaria podría establecer un diagnóstico de presunción en más de la mitad de los casos de hematuria macroscópica a través de una historia clínica detallada, un examen físico y de una serie de estudios de laboratorio básicos, que incluyen un análisis microscópico de la orina, urocultivo, cociente urinario calcio/creatinina, hemograma, coagulación, bioquímica sanguínea y un estudio del complemento. Una ecografía abdominal también debería ser solicitada en este contexto, así como el despistaje de hematuria entre los familiares de primer grado(12). Si la causa de la hematuria macroscópica no es evidente con estas investigaciones, el niño debería ser evaluado por un nefrólogo pediátrico(13).

En la práctica real, sin embargo, salvo en el caso concreto en que exista una sospecha fundada de infección urinaria, situación manejada por el pediatra de Atención Primaria, el resto de escenarios clínicos con hematuria macroscópica son habitualmente valorados en el ámbito especializado (ya sea en Unidades de Urgencias Pediátricas o en consulta de Nefrología Pediátrica), especialmente si supone el primer episodio o la hematuria muestra un carácter recurrente y/o persistente.

Hematuria microscópica aislada, asintomática y sin antecedentes familiares de nefropatía progresiva

Este tipo de hematuria debería ser manejado por el pediatra de Atención Primaria. En la mayor parte de las ocasiones, esta forma de presentación clínica es idiopática y transitoria, por lo que inicialmente debe confirmarse su persistencia temporal (2-4 muestras de orina obtenidas durante un período de un mes, idealmente sin ejercicio físico, ingesta reciente de fármacos o cuadros infecciosos intercurrentes) antes de considerarla como clínicamente significativa. Una vez confirmada, resulta prudente solicitar un cociente calcio/creatinina en micción aislada y un estudio de orina en padres y hermanos(11,13,14). El resultado de estas pruebas permitirá etiquetar a los pacientes en tres categorías diagnósticas: hipercalciuria idiopática, hematuria microscópica aislada familiar y hematuria microscópica aislada no familiar. El rendimiento diagnóstico de otros exámenes complementarios (bioquímica sanguínea, estudio inmunológico, etc.) es muy bajo para recomendar sistemáticamente su realización, aunque puede valorarse la ecografía abdominal (por su “efecto tranquilizador” en la familia) y un estudio de audición (despistaje de hipoacusia sugerente de síndrome de Alport). Aun cuando el pronóstico de este tipo de hematuria es, por lo general, excelente, es recomendable mantener controles anuales para descartar la aparición de hipertensión arterial y/o proteinuria.

Hematuria microscópica con otros hallazgos patológicos o manifestaciones de enfermedad nefro-urológica o sistémica

Se incluyen en este subgrupo aquellos pacientes que muestran hematuria asociada a manifestaciones de tipo general (fiebre, astenia, anemia, etc.), manifestaciones específicas, pero no relacionadas con el sistema nefro-urológico (exantemas, artritis, dolor abdominal, etc.) o manifestaciones relacionadas con el sistema nefro-urológico (disuria, masa renal, proteinuria, hipertensión arterial, etc.), y aquellos otros que presentan antecedentes familiares con nefropatía evolutiva hacia enfermedad renal crónica. La lista de patologías que pueden mostrar hematuria es extensa, por lo que el primer paso es una evaluación clínica basada en los signos, síntomas o datos exploratorios anómalos y extenderla, o no, en función de la experiencia del pediatra general y de los criterios establecidos de derivación especializada(1,13).

Especial interés diagnóstico y pronóstico tiene la asociación de hematuria y proteinuria. Salvo en los casos en que la proteinuria sea de escasa magnitud, no exista historia familiar de enfermedad renal crónica progresiva y el paciente se encuentre clínicamente bien (sin edemas, hipertensión arterial ni otros hallazgos significativos), situación que permite que el paciente sea reevaluado a corto plazo con repetición del estudio urinario, tal asociación exige un estudio exhaustivo e inmediato por parte del nefrólogo pediátrico(14). La nefropatía IgA y la glomerulonefritis aguda postinfecciosa son las dos entidades que identificaremos más frecuentemente en la asociación de hematuria microscópica y proteinuria.

Cuarto paso: reconocer precozmente las indicaciones de valoración especializada

Las indicaciones de valoración especializada, ya sea de forma urgente o programada, se recogen en la Tabla III.

En el Algoritmo 1 se representa un esquema práctico en la valoración clínica de la hematuria desde la perspectiva del pediatra de Atención Primaria.

Proteinuria: actitud diagnóstica


Introducción

La proteinuria, aunque menos frecuente que la hematuria, es un signo de enfermedad renal de mayor relevancia clínica, que debe interpretarse como potencialmente grave.

En condiciones normales, existe una pérdida fisiológica en orina de proteínas, constituida por proteína de Tamm-Horsfall, albúmina, β2-microglobulina, transferrina, inmunoglobulinas y otras. En base a ello, se define como proteinuria a la excreción urinaria de proteínas superior a sus límites normales o fisiológicos, lo que supone >100 mg/m2/día o >4 mg/m2/hora (>12 mg/m2/hora en lactantes) en orina de 24 horas o un cociente proteína/creatinina (cociente Pr/Cr) en micción aislada >0,2 mg/mg en niños mayores de 2 años y >0,5 mg/mg en lactantes.

La proteinuria puede ser una manifestación inicial de patologías severas, tanto sistémicas como primariamente renales, supone un signo bien conocido de progresión de enfermedad renal establecida y es un factor independiente de riesgo cardiovascular. En el contexto pediátrico general, sin embargo, lo más habitual es que la proteinuria aparezca de forma transitoria, traduzca condiciones de carácter benigno y/o se resuelva de forma espontánea, frente a las situaciones menos frecuentes en que aquella es persistente y traduce una afectación renal grave.

Programas de cribaje en población escolar y adolescentes describen positividad para proteinuria en una tira reactiva de orina en hasta en el 10% de los examinados, pero, al igual que en el caso de la hematuria, este porcentaje desciende significativamente si se considera como un hallazgo permanente, ya que solo en el 0,1% de los casos persiste tal anomalía después de un año de seguimiento(15,16). Otros estudios más recientes han referido menor incidencia de proteinuria, pero incluso su clara tendencia a disminuir en el tiempo se mantiene(17). La prevalencia aumenta con la edad, es máxima en la adolescencia y más alta en el sexo femenino(2).

Tipos de proteinuria

Existen cuatro tipos de proteinuria, en función del mecanismo fisiopatológico responsable: glomerular, tubular, por sobreproducción o sobrecarga y por afectación post-renal. Los dos últimos son muy poco frecuentes en niños(18,19).

Proteinuria glomerular. Supone un marcador de daño glomerular, que resulta del aumento en la permeabilidad de la pared capilar del glomérulo al paso de macromoléculas. Está formada en su mayoría por albúmina. Es secundaria a enfermedades glomerulares, pero también existen situaciones no patológicas por excreción aumentada de proteínas que no responden a un defecto de la estructura renal o función.

Proteinuria tubular. Menos frecuente que la proteinuria glomerular. Está asociada a un aumento de la excreción de proteínas de bajo peso molecular (β2-microglobulina, a1-microglobulina, proteína ligada a retinol) y se produce por un defecto de reabsorción de estas proteínas en el túbulo proximal. Suelen ser de intensidad ligera o moderada y pueden reflejar alteraciones congénitas o adquiridas en el túbulo renal, generalmente debidas a enfermedades túbulo-intersticiales. Con frecuencia, se asocia a otros defectos aislados de la función del túbulo proximal o a un síndrome de Fanconi completo. La proteína tubular más cuantificable habitualmente es la β2-microglobulina, cuyos valores de normalidad no deben de exceder de los 400 mg/l después de los 3 meses de edad(20). Algunos pacientes pueden presentar proteinurias mixtas, glomerular y tubular. En esta situación, es útil analizar la relación entre albúmina y β2-microglobulina urinarias. Los valores normales de este cociente se encuentran entre 30-200 mg/mg, de tal forma que valores <30 mg/mg corresponden a proteinurias tubulares, mientras que en las proteinurias glomerulares puede alcanzar cifras entre 1.000-15.000 mg/mg.

Proteinuria por sobrecarga. Secundaria a sobreproducción de una proteína específica a un nivel que excede la capacidad de reabsorción tubular, como por ejemplo, en hemólisis intravascular (hemo­globina libre, no ligada a haptoglobina), rabdomiolisis (mioglobina) y leucemias mielomonocíticas agudas (lisozima).

Proteinuria post-renal. Asociada a infecciones urinarias, nefrolitiasis o tumores del tracto urinario. Mecanismo poco definido.

Etiología

La gran mayoría de las proteinurias son de origen glomerular y traducen fenómenos benignos y transitorios.

Una clasificación etiológica simple de los diferentes tipos de proteinuria que posteriormente se comentarán, se presenta en la Tabla IV(7,21).

Métodos de detección

Aunque inicialmente suele detectarse mediante tira reactiva de orina, el hallazgo de proteinuria obliga a su confirmación, a asegurar su persistencia y a cuantificarla a través de exámenes adicionales.

En la práctica clínica diaria, la proteinuria es detectada con métodos semicuantitativos, aunque para su evaluación y manejo definitivos será preciso utilizar técnicas de cuantificación de las proteínas en orina que, generalmente, nos indican la cantidad excretada por unidad de tiempo(22).

Métodos semicuantitativos

Incluye la tira reactiva de orina y el método turbidométrico, pero este último no se emplea en la práctica clínica habitual.

Tira reactiva

Mide la concentración de albúmina y algunas otras proteínas, como la lisozima. Se basa en la reacción colorimétrica de la orina con el azul de tetrabromofenol, de la que se obtiene una escala de intensidades de verde que se correlaciona con la intensidad de albuminuria en la muestra: indicios (15-30 mg/dl), 1+ (30-100 mg/dl), 2+ (100-300 mg/dl), 3+ (300-1000 mg/dl), 4+ (> 1.000 mg/dl). Es un buen método para valoración inicial, pero no es útil para cuantificar la intensidad de la proteinuria, ya que su resultado depende de la concentración urinaria (la orina concentrada sobreestima la proteinuria y la orina diluida la infraestima). Pueden considerarse patológicas proteinurias >1+ en orinas con densidad <1015 o >2+ con densidad >1015. Las trazas o indicios de proteínas no suelen implicar una situación patológica. No detecta proteinuria tubular, gammaglobulinas, hemoglobina ni proteínas de Bence Jones y puede ser difícil de valorar en caso de color anormal de la orina inducido por algunos alimentos o fármacos. Es muy específica, pero no sensible a bajas concentraciones urinarias de albúmina, por lo que no detecta la microalbuminuria. Los factores relacionados con falsos positivos (orina concentrada o alcalina, macrohematuria, piuria, contrastes iodados, contaminación por antisépticos, etc.) y negativos (orina diluida o ácida, proteinuria tubular, etc.) deben ser siempre tenidos en cuenta(23).

Métodos cuantitativos

Cociente proteína/creatinina (Pr/Cr) o albúmina/creatinina (Alb/Cr) en muestra aislada de orina

Presenta una aceptable correlación con la proteinuria de 24 horas, siempre y cuando exista una buena función renal. Es preferible medirlo en una muestra obtenida en primera hora de la mañana, con el objetivo de evitar el factor ortostático y del ejercicio. Permite cuantificar la microalbuminuria y no se modifica con los cambios de concentración urinaria. La exactitud de estos índices está influenciada por las condiciones que modifican la excreción urinaria normal de creatinina: si esta aumenta, como ocurre en personas con gran masa muscular, se infravalora la proteinuria y, si la excreción de aquella disminuye (pacientes desnutridos o caquécticos), la proteinuria se sobreestima(24). En situaciones de descenso del filtrado glomerular, debido al aumento en la secreción tubular de creatinina, estos índices también infravaloran la proteinuria. El valor normal del cociente Alb/Cr en niños mayores de 6 años es <30 mg/g (<3 mg/mmol). Este cociente es preferiblemente utilizado para cuantificar microalbuminuria, mientras el cociente Pr/Cr está indicado cuando se sospeche una proteinuria superior a este rango(24).

Orina de 24 horas

Método de referencia para cuantificar proteinuria, albuminuria y microalbuminuria. En la práctica, restringida a pacientes continentes que ya presentan alteraciones en la tira reactiva de orina o en los cocientes Pr/Cr o Alb/Cr. Se expresa como mg/m2/hora o bien como mg/m2/día. La correcta recogida de orina puede ser estimada cuantificando la creatinina urinaria en 24 horas y comparándola con la creatinina en orina esperada. En niños >3 años, los valores normales de creatinina en orina son de 15-20 mg/kg/día, en lactantes entre 12-14 mg/kg/día y de 10,9±3,4 mg/kg/día en el recién nacido a término. Se han publicado diferentes fórmulas que estiman la proteinuria de 24 horas en función del cociente Pr/Cr en micción aislada, aunque la más simple supone multiplicar el cociente por 0,63, con lo que se obtiene la estimación de la proteinuria en g/m2/día(25,26).

Métodos cualitativos

El análisis cualitativo de las proteínas urinarias puede ser necesario para diferenciar la proteinuria de origen glomerular o tubular. Permite la medición selectiva de las proteínas tubulares β2-microglobulina, proteína ligada al retinol, alfa-1 microglobulina y lisozima, cuyos niveles serán 10 a 100 veces más altos de lo normal en proteinurias de origen tubular. Mención especial merece la microalbuminuria, signo precoz de afectación glomerular en situaciones que cursan con hiperfiltración, como hipertensión arterial, nefropatía diabética o nefropatía cicatricial. La excreción fisiológica normal de albúmina en niños sanos de 2 a 16 años es <30 mg/día/1,73 m2. La excreción persistente de albúmina entre 30 y 300 mg/día/1,73 m2 (30-300 mg/g de creatinina en micción aislada) se denomina incremento moderado de albuminuria, formalmente llamada microalbuminuria.

Evaluación práctica de la proteinuria

Pasa por descartar inicialmente la posibilidad de causas benignas, en especial, en pacientes asintomáticos con proteinuria aislada, y realizar un estudio detallado en los casos menos frecuentes con proteinuria persistente u otros datos clínicos patológicos asociados.

Como en el caso de la hematuria, el interrogatorio sobre las circunstancias clínicas presentes y los antecedentes personales y familiares del caso resultan de especial importancia(27,28).

Una historia clínica adecuada debe recoger detalladamente la presencia de cualquier tipo de síntoma (dolor, cefalea, hematuria, dolor articular, exantemas, pérdida de apetito o peso, astenia, sordera, etc.) o signo clínico (edemas, afectación ocular, fallo cardíaco, nefromegalia, etc.) asociados y la ingesta pormenorizada de fármacos. A menor edad del paciente, más probabilidad de encontrar una causa subyacente grave a la proteinuria. La proteinuria en los primeros meses de vida sugiere una causa congénita, como el síndrome nefrótico congénito o un desorden tubular renal primario. Mientras que la proteinuria tubular suele ser de carácter leve-moderado, la glomerular es habitualmente de mayor intensidad. Una proteinuria asintomática es, por lo general, de origen renal primario.

Sumamente importante son también los antecedentes personales. Por ejemplo: una historia de pielonefritis recurrente o fiebres inexplicables en la infancia, pueden ser sugerentes de una nefropatía cicatricial; la proteinuria que se presenta tras varias semanas de una infección estreptocócica es sospechosa de glomerulonefritis aguda postinfecciosa, lo mismo que el antecedente de mononucleosis infecciosa u otra infección viral; una historia de hepatitis y/o transfusión de sangre sugiere la posibilidad de glomerulonefritis membranosa secundaria a hepatitis B o una glomeruloesclerosis focal secundaria a infección por VIH; o la proteinuria que se presenta intermitentemente asociada a hematuria macroscópica y coincidente con una infección respiratoria de vías altas es probable en nefropatía por IgA, nefritis hereditaria, enfermedad de la membrana delgada y en las glomerulonefritis membranoproliferativas. La historia familiar es también destacable y debería incluir el despistaje de enfermedad renal quística, sordera, alteraciones visuales, enfermedad renal crónica, diálisis o trasplante renal en otros miembros de la unidad familiar. En la referencia Leung AKWong AH(28), se recoge un amplio listado de hallazgos clínicos que pueden servir como pista inicial en el estudio de las proteinurias persistentes.

Finalmente, la exploración física debe incluir: determinación de tensión arterial, valoración de desarrollo pón­deroestatural, ganancia ponderal reciente o pérdida de peso, exploración cutánea (edemas, exantemas, palidez cutánea, etc.), anomalías de frecuencia cardíaca, soplo cardíaco, signos de sobrecarga de volumen, exploración abdominal (masas, soplo abdominal, etc.), valoración de aparato locomotor (artritis, presencia de escoliosis o alteraciones de la marcha), exploración ocular (anomalías corneales, cristalino, fondo de ojo) y pabellones auriculares y audición.

En la valoración de las proteinurias, es importante seguir una sistemática bien establecida, lo que permite, entre otros aspectos, minimizar los estudios complementarios necesarios.

Primer paso: exclusión de falsos positivos y confirmación de la proteinuria

En la mayor parte de los casos, el diagnóstico inicial de una proteinuria se basa en una tira reactiva de orina. Una proteinuria positiva mediante este método exige inicialmente la exclusión de factores relacionados con falsos positivos (ya comentados previamente en este capítulo). Una vez excluidos aquellos, es obligada su confirmación, ya sea mediante el cociente urinario Pr/Cr o Alb/Cr (preferentemente en una primera micción matutina) o en orina de 24 horas(27).

Segundo paso: descartar la posibilidad de proteinurias de carácter benigno

Este paso debe considerarse, especialmente, si nos encontramos ante un paciente asintomático y con proteinuria como único dato clínico patológico. A diferencia de las proteinurias persistentes (“patológicas”) en las que se han excluido factores ortostáticos, que deben ser interpretadas como un dato clínico potencialmente grave y valoradas de forma adecuada, las proteinurias “benignas” no requieren evaluaciones diagnósticas profundas. Incluye tres posibilidades diagnósticas: transitoria, intermitente idiopática y ortostática.

Proteinuria transitoria

Es una causa muy frecuente de proteinuria en la infancia. Muestra, por lo general, una magnitud leve. Está motivada por cambios en la presión intraglomerular y permeabilidad capilar que no reviste significación patológica y que, por tanto, traduce únicamente una anomalía funcional. Remite varios días después del cese del factor causal, lo que exige su demostración objetiva. Aparece en cuadros febriles, ejercicio físico intenso, hipovolemia, deshidratación, insuficiencia cardiaca, infecciones, estrés emocional, administración de adrenalina, cirugía abdominal y exposición a frío intenso, aunque también está descrita una forma idiopática sin relación aparente con ninguno de los factores enumerados previamente. En la práctica, ante el hallazgo de una proteinuria de baja cuantía (1-2+ en tira reactiva), asintomática, aislada y con exploración física normal en un niño sin evidencia previa de afectación renal, resulta razonable valorar inicialmente la posibilidad de que se trate de un fenómeno transitorio y autolimitado. Aunque la proteinuria inducida por el ejercicio suele desaparecer precozmente (de forma habitual en 48 horas), otras formas transitorias de proteinuria, como la inducida por fiebre, pueden tardar días-semanas en negativizarse(29).

Proteinuria intermitente idiopática

Se presenta como una proteinuria independiente de la posición corporal en, al menos, un 50% de las muestras de orina recogidas al azar, pero no en todas. La mayoría de los pacientes son jóvenes, menores de 30 años y tienen pruebas de función renal y tensión arterial normales. Los estudios de seguimiento a largo plazo indican que la evolución de estos pacientes, en ausencia de enfermedades sistémicas asociadas, es favorable(30).

Proteinuria ortostática o postural

Supone la presencia de proteinuria, constante o intermitente, en posición erecta, y la normalización de la misma durante el reposo. No suele exceder de 1 g/m2/día en orina minutada, ni presentar un cociente Pr/Cr superior a 1 mg/mg. Es más frecuente en niñas adolescentes altas, delgadas, con hiperlordosis lumbar y con tendencia a la hipotensión ortostática. Se estima que es la causa de proteinuria más frecuente en Pediatría (supone hasta el 60% de la proteinuria en niños y el 75% en adolescentes), pudiendo llegar a estar presente hasta en el 2-5% de los adolescentes(31). Su diagnóstico exige la cuantificación por separado de la proteinuria emitida durante el período de actividad normal y tras el reposo en cama, teniendo la precaución de recomendar orinar al paciente a las 2 horas de acostarse, micción que debe añadirse al período de día, asegurar un período mínimo de 8 horas de decúbito y permanecer tumbado hasta que se obtenga la muestra de orina de la mañana. Obviamente, existirá proteinuria durante el período diurno de actividad y desaparecerá en la primera micción de la mañana. Aunque la proteinuria ortostática puede ser persistente, su pronóstico es excelente y tiende a remitir con la edad. No obstante, se aconseja mantener controles anuales en estos pacientes hasta confirmar su desaparición, con vistas a descartar una progresión de la afectación glomerular. Algunos estudios describen una elevada prevalencia de síndrome del cascanueces entre los casos de proteinuria ortostática. Consiste en un atrapamiento de la vena renal izquierda entre la aorta y la arteria mesentérica superior. Se trata de una situación habitualmente benigna, aunque puede asociarse también con proteinuria persistente, micro o macrohematuria y, ocasionalmente, con crisis de dolor en fosa renal(32).

Tercer paso: valorar las proteinurias persistentes

Toda proteinuria confirmada, en la que se ha descartado un carácter transitorio u ortostático, exige un estudio diagnóstico detallado, comenzando por su cuantificación mediante un método adecuado(7,33). La valoración inicial en esta situación pasará por tratar de clasificarla, por un lado, como proteinuria originalmente de causa renal (primaria) o secundaria a patologías sistémicas. En ambos casos, la proteinuria puede ser asintomática, por lo general, detectada casual y aisladamente en un paciente sin otros datos clínicos asociados (situación menos habitual) o acompañarse de sintomatología, incluyendo tanto síntomas generales no específicos (fiebre, pérdida de peso, etc.), como síntomas generales específicos (artritis, púrpura, exantema, etc.) o signos/síntomas urinarios específicos (hematuria, disuria, oliguria, hipertensión, insuficiencia renal, etc.). Como en el caso de la hematuria, el interrogatorio sobre las circunstancias clínicas presentes y los antecedentes personales y familiares del caso resultan de especial importancia, tanto en las proteinurias asintomáticas como sintomáticas.

Exploraciones complementarias

Ante una situación de proteinuria persistente, se realizará en primer lugar un sedimento de orina, buscando otros signos de enfermedad glomerular y/o parenquimatosa, tales como hematuria, cilindros hemáticos, piuria y/o leucocituria. La presencia de un sedimento urinario activo sugiere una respuesta inmunitaria glomerular o intersticial y, probablemente, asocia afectación de la función renal. También puede ayudar a diagnosticar una infección de orina asociada a la proteinuria. Si es así, normalmente la proteinuria desaparecerá al tratar la infección. El estudio inicial en sangre debe incluir hemograma y bioquímica con función renal (creatinina, urea), electrolitos, colesterol, triglicéridos, albúmina y proteínas totales. Si se necesita una estimación más precisa del filtrado glomerular, se puede calcular el aclaramiento de creatinina con orina de 24 horas. La determinación de antiestreptolisinas O (ASLO) y el estudio inmunológico, incluyendo complemento (C3, C4), anticuerpos antinucleares (ANA), anticuerpos anticitoplasma de neutrófilos (ANCA), anticuerpos antimembrana basal glomerular e inmunoglobulinas, son datos analíticos básicos a considerar ante la sospecha diagnóstica de glomerulonefritis aguda o enfermedad reumatológica. El estudio infeccioso (virus de hepatitis B y C y HIV) deberá considerarse en función de los datos clínicos asociados (evidencia de enfermedad hepática, exposición a HIV). El estudio de imagen de la proteinuria persistente pasa casi de forma exclusiva por la realización de una ecografía renal, que se debe realizar en todos los pacientes con sospecha de afectación estructural renal y descarta alteraciones, como la presencia de dilataciones, asimetrías renales, obstrucción o algunas cicatrices. Además, aporta información para una posible biopsia, ya que está contraindicada en un riñón único y en riñones pequeños cicatriciales. Únicamente, en casos bien seleccionados, podrían estar indicadas otras pruebas de imagen, preferentemente cistografía (anomalías ecográficas o historia de infecciones urinarias de repetición asociadas) o gammagrafía renal (cicatrices renales y valoración de función renal diferencial). La biopsia renal no debe ser rutinariamente indicada en el estudio de las proteinurias(34). Su papel en pacientes con proteinuria persistente aislada y asintomática es controvertido y se reserva, por lo general, para casos con:

• Proteinuria >500 mg/m2/día o ≥ 0,5 mg/mg durante 6-12 meses.

• Presencia de sedimento activo.

• Signos de progresión de enfermedad renal.

Por el contrario, en pacientes sintomáticos con proteinuria, la biopsia renal adquiere un mayor protagonismo. Independientemente de sus indicaciones por edad y respuesta a corticoides en el síndrome nefrótico, aquella debería considerarse en los casos de proteinuria que presentan:

• Signos y síntomas sugestivos de vasculitis.

• Hematuria macroscópica persistente.

• Hipertensión arterial.

• Hipocomplementemia.

En el Algoritmo 2 se sugiere una estrategia general en el manejo inicial de la proteinuria en la edad pediátrica.

Bibliografía

Los asteriscos destacan los artículos de interés a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

Ariceta G. Clinical practice: proteinuria. Eur J Pediatr. 2011; 170: 15-20.

Guía general de práctica clínica sobre la identificación y manejo general de la proteinuria. Se destaca la importancia crítica de distinguir proteinurias de carácter benigno (transitorias, ortostáticas) frente a las persistentes de causa habitualmente glomerular o tubular.

Carrasco M, de Cea JM. Hematuria. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 53-68. De Lucas Collantes C, Izquierdo García E. Proteinuria. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 69-79.

Protocolos actualizados de la AEP, donde se repasa someramente la metodología y sistemática de manejo práctico de los diferentes tipos de hematuria y proteinuria. Indicaciones definidas sobre criterios de derivación a Nefrología Pediátrica e ingreso hospitalario en hematuria y de biopsia renal en el caso de la proteinuria.

Diven SC, Travis LB. A practical primary care approach to hematuria in children. Pediatr Nephrol. 2000; 14: 65-72.

Guía general básica sobre el enfoque global de la hematuria, su clasificación y recomendaciones en el manejo práctico de los diferentes tipos de presentación clínica.

Pade KH, Liu DR. An evidence-based approach to the management of hematuria in children in the emergency department. Pediatr Emerg Med Pract. 2014; 11: 1-13.

Artículo de revisión sobre hematuria desde un punto de vista práctico, muy focalizado en las Unidades de Urgencias Pediátricas. Criterios claros de hospitalización y valoración especializada, con comentarios finales relativos a errores comunes en su manejo clínico.

Christian MT, Watson AR. The investigation of proteinuria. Curr Paediatrics. 2004; 14: 547-55.

Artículo de revisión sobre proteinuria desde un punto de vista práctico. Especial hincapié en la identificación de formas benignas de proteinuria.

 

Caso clínico

 

Un varón de 5 años de edad, sin antecedentes familiares ni personales de interés, acude al Servicio de Urgencias Pediátrico por una sospecha de escroto agudo (tumefacción dolorosa bilateral a nivel escrotal de 2 horas de evolución). Es valorado inicialmente por el pediatra de guardia, que solicita interconsulta a Cirugía Pediátrica del Hospital. Una ecografía doppler testicular demuestra un aumento del flujo testicular compatible con orquiepidemitis, por lo que se recomienda reposo absoluto y antiinflamatorios en domicilio.

Cinco días después, acude a su Centro de Salud por un cuadro febril con tos y rinorrea, asociando: dolor muscular generalizado, dolor lumbar poco localizado, micciones oscuras y una discreta disuria. El pediatra de Atención Primaria solicita una analítica urgente en el Centro de Salud.

Exploración (Centro de Salud)

Peso: 18 kg. Talla: 108 cm. Superficie corporal: 0,73 m2. Tª: 38,3ºC. Tensión arterial: 94/61 mmHg. Buen aspecto general. No edemas periféricos aparentes. No dificultad respiratoria. Exantema purpúrico en extremidades inferiores y ambas regiones glúteas. ACP normal. Abdomen: blando y depresible, con dolor difuso a la palpación profunda; signos de irritación peritoneal negativos. ORL: leve congestión amigdalar.

Exámenes complementarios iniciales (Centro de Salud)

Hemograma: normal. Coagulación básica: normal. Bioquímica sanguínea: creatinina: 0,29 mg/dl; urea: 17 mg/dl; sodio: 137 mmol/l; potasio: 4,4 mg/dl; proteínas totales: 7,1 g/dl; albúmina: 3,9 g/dl; colesterol total: 167 mg/dl; y triglicéridos: 83 mg/dl. ASLO: 29 U/ml (0-200). Sistemático de orina: sangre: 4+; y proteínas: 4+. Sedimento de orina: hematuria intensa.

Evolución inicial

Se remite a Urgencias hospitalarias e ingresa. Se solicitan estudios adicionales: Estudio básico de complemento: C3 1,12 g/l (0,8-1,85), C4 0,23 g/l (0,15-0,47). ANA: negativos. Serología de virus hepatotropos: negativos. Sistemático de orina: sangre: 4+; proteínas: 3+. Sedimento de orina: hematuria intensa. Cociente proteína/creatinina en micción aislada: 2.287 mg/g. Cociente calcio/creatinina en micción aislada: 0,17 mg/mg. Urocultivo: negativo. Ecografía abdominal: estudio nefrourológico normal con engrosamiento inespecífico de asas de colon. Orina de 24 horas: diuresis: 450 ml/24 horas; creatinina: 169 mg/24 horas; proteínas totales: 390 mg/24 horas; calcio: 27 mg/24 horas; sodio: 18 mEq/24 horas; potasio: 6 mEq/24 horas.

El cuadro febril remite a las 24 horas del ingreso y las micciones van aclarando progresivamente. Hemodinámicamente, estable, con tensiones arteriales normales y diuresis conservada. Es dado de alta a las 72 horas del ingreso, comprobándose en este momento, que la creatinina plasmática permanece en rango de normalidad y la orina es de aspecto normal, aunque persiste microhematuria (4+) y proteinuria de 2-3+ (cociente proteína/creatinina de 2.196 mg/g). Se le cita ambulatoriamente a las 2 semanas en Nefrología Pediátrica.

Evolución posterior

A los 10 días del alta, acude nuevamente a Urgencias por un cuadro de fiebre y tos, micciones oscuras y dolor abdominal. Diuresis conservada, tensión arterial 97/66 mm Hg y no presenta edemas. Ha desaparecido el exantema purpúrico. El control analítico urgente en sangre, incluyendo hemograma, coagulación y bioquímica, es normal, pero en orina se constata hematuria intensa, proteinuria de 4+ (cociente proteína/creatinina 2.765 mg/g). Las tiras reactivas de orina en micción aislada continúan mostrando hematuria intensa y proteinuria 4+.

Es dado de alta hospitalaria y se le cita nuevamente en consulta de Nefrología Pediátrica para seguimiento clínico. Durante las siguientes 4 semanas se mantiene con peso estable, normotenso, sin edemas, deterioro de la función renal ni hipoalbuminemia. Las orinas son de aspecto normal, pero mantiene microhematuria de 3+ y proteinuria de 3-4+ (cocientes proteína/creatinina entre 2.100 y 2.800 mg/g).

 

 

Infección urinaria

E. Ballesteros Moya
Temas de FC


E. Ballesteros Moya

Centro de salud Núñez Morgado, Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

La infección del tracto urinario (ITU) es un problema frecuente en la infancia. Dependiendo de la edad, la clínica puede ser muy inespecífica, por lo que se debe tener alto grado de sospecha. Por otro lado, la obtención de una muestra de orina en las mejores condiciones posibles no siempre es sencillo, especialmente en los niños incontinentes. El principal objetivo del diagnóstico precoz de la ITU es evitar la diseminación de la infección, disminuir las recurrencias si existen factores de riesgo y evitar las complicaciones a largo plazo, como insuficiencia renal e hipertensión.

 

Abstract

Urinary tract infection (UTI) is a common problem in childhood. Depending on the age symptom can be very non-specific so the suspicion must be high. On the other hand, obtaining a urine sample in the best conditions is not always easy, especially in incontinent children. The main objective of the urinary tract infection early diagnosis is to avoid dissemination of infection, to reduce recurrence if risk factors exist and to avoid long-term complications such as renal failure and hypertension.

 

Palabras clave: Infección del tracto urinario; Pielonefritis aguda; Cistouretritis

Key words: Urinary tract infections; Acute pyelonephritis; Cystourethritis

 

Pediatr Integral 2017; XXI (8): 511 – 517


Infección urinaria

Introducción y definiciones

Para el diagnóstico fiable de infección del tracto urinario, se deben establecer tres pilares fundamentales: sintomatología, recogida de orina con técnica adecuada y cultivo positivo en número significativo.

La infección del tracto urinario es una de las infecciones bacterianas más frecuentes en la edad pediátrica. La definición de infección urinaria hace referencia a la colonización y posterior multiplicación de microorganismos en el aparato urinario (habitualmente estéril), asociada a sintomatología que puede ser específica o inespecífica dependiendo de la edad. En función de la localización, se puede dividir clásicamente en: alta (afectación del parénquima renal y/o pelvis renal recibiendo el nombre de pielonefritis aguda [PNA]) o baja (afectación de la vejiga urinaria y/o uretra recibiendo el nombre de cistouretritis). La colonización bacteriana en un recuento significativo recogido mediante técnica adecuada en ausencia de sintomatología, recibe el nombre de bacteriuria asintomática, condición en la que no está indicado tratamiento antibiótico de entrada, ya que no se traduce en inflamación del tracto urinario ni tiene repercusión alguna; no obstante, conviene conocer el tipo de microorganismo y la sensibilidad antibiótica para instaurar el tratamiento empírico más adecuado en caso necesario (inicio de clínica sugestiva de ITU). Habitualmente, se utiliza el término de infección urinaria febril haciendo referencia a afectación del parénquima renal, sin embargo, se debe conocer que no siempre la presencia de fiebre implica daño parenquimatoso. Otros conceptos que se deben manejar es el de ITU atípica (microorganismo diferente a Escherichia coli, septicemia, insuficiencia renal asociada, mala evolución tras 48 horas de tratamiento, aumento de creatinina, oligoanuria, masa abdominal o vesical) y el de ITU recurrente (2 episodios de ITU alta, un episodio de ITU alta y uno o más de ITU baja o 3 o más episodios de ITU baja en un año)(1).

Conocer las clasificaciones es importante, ya que la presencia de pielonefritis aguda puede tener secuelas, tales como: cicatrices renales o daño renal progresivo, mientras que la cistouretritis, por lo general, es una condición benigna(2).

Epidemiología

La ITU es la infección bacteriana potencialmente grave más frecuente en la edad pediátrica, sobre todo en menores de 1 año.

La incidencia de la ITU en la infancia es difícil de estimar, ya que en muchas ocasiones presenta sintomatología inespecífica, lo que hace que pueda pasar desapercibida.

En el estudio de Hellström et al(3), se expone que del total de pacientes pediátricos menores de 7 años diagnosticados de ITU febril, el 56% de los niños y el 37% de las niñas tenían una PNA.

En los primeros tres meses de vida, la ITU es más frecuente en varones, con aumento progresivo de la incidencia en niñas, siendo más frecuente en estas a partir del año de vida. La recurrencia de ITU tras un primer episodio es frecuente, sobre todo en los 3-6 meses posteriores, por lo que se recomienda seguimiento.

Por otro lado, durante el estudio tras una ITU, el diagnóstico de reflujo vesicoureteral oscila entre un 18 y 38%, si bien, el diagnóstico de otras alteraciones anatómicas nefrourológicas es poco frecuente desde la realización sistemática de ecografías prenatales(2).

En cuanto a la bacteriuria asintomática, se conoce que su tratamiento no produce diferencias a largo plazo con respecto a las bacteriurias asintomáticas no tratadas; por tanto, el uso indiscriminado de antibióticos puede seleccionar cepas bacterianas uropatógenas y, por consiguiente, aumentar la probabilidad de PNA.

Etiología

La bacteria más frecuente es Escherichia Coli, aunque en los últimos años su incidencia ha disminuido a la vez que ha aumentado la de otros microorganismos.

Clásicamente, el microorganismo más frecuente implicado en las ITU ha sido el E. Coli (responsable de hasta el 80% de los casos). Actualmente, algunas revisiones revelan que el porcentaje ha disminuido hasta un 54-67% a la vez que ha aumentado la incidencia de otros microorganismos como: Klebsiella, Proteus, Enterobacter, Citrobacter y Pseudomonas, sobre todo en aquellos pacientes con exposición previa a antibióticos o anomalías genitourinarias(4). Otros microorganismos como: Candida, S. aureus, S. saprophyticus y enterococo, entre otros, son menos frecuentes. Merece una especial mención, el aumento en los últimos años de las infecciones causadas por bacterias multirresistentes de difícil tratamiento y de gran preocupación sociosanitaria, por lo que se debe insistir en que la terapia antibiótica no sea prescrita en ausencia de signos clínicos de infección del tracto urinario.

Las ITUs producidas por virus son muy poco frecuentes, pero hay que considerarlas en pacientes inmunodeprimidos.

Fisiopatología

En la infección del tracto urinario intervienen una serie de factores que dependen tanto del huésped como del microorganismo implicado.

En condiciones normales, el tracto urinario es estéril. El mecanismo de producción de ITU más frecuente es la vía ascendente, debido a la colonización de microorganismos derivados del aparato digestivo que llegan a la vía urinaria a través de la uretra, con la posibilidad de llegar hasta el tejido renal. La vía hematógena es rara, pero debe tenerse en cuenta en lactantes pequeños y neonatos(2). Una vez que se produce la entrada al tracto urinario, la colonización de dichos microorganismos se puede ver favorecida por diferentes factores, entre los que se deben considerar aquellos dependientes del huésped y de las características del microorganismo implicado.

Entre los factores dependientes del huésped, cabe mencionar que todas aquellas condiciones que dificulten la correcta eliminación de la orina aumentan notablemente el riesgo de infección urinaria (alteraciones anatómicas del tracto genitourinario, reflujo vesicoureteral, fimosis, disfunción vesical, hábito retentor, persistencia de residuo miccional, estreñimiento…), así como los hábitos higiénicos del aparato genital. La micción frecuente provoca el lavado y eliminación de las bacterias adheridas al epitelio, por lo que es uno de los mecanismos que más contribuye a la esterilidad del aparato urinario(4).

Como ya se ha comentado, el microorganismo más frecuente causante de ITU es Echerichia coli, debido a su alto tropismo por el aparato urinario gracias a las fimbrias de su cápsula, entre otras características. Una vez producida la invasión intracelular se produce la formación de un biofilm formado por la rápida multiplicación bacteriana que, a su vez, le produce protección frente al sistema inmunitario del huésped. Posteriormente, se produce una respuesta inflamatoria que, mantenida en el tiempo, puede derivar en daño renal, aunque los mecanismos no son del todo conocidos.

En la bacteriuria asintomática, los microorganismos pierden factores de virulencia, por lo que no se desencadena una gran respuesta inflamatoria y, por tanto, no se acompaña de sintomatología.

Clínica

Se debe descartar ITU en los pacientes con fiebre sin foco, sobre todo en los menores de 2 años.

La sintomatología de la ITU varía en función de la edad. En lactantes y niños pequeños, los síntomas suelen ser inespecíficos (rechazo de tomas, irritabilidad, vómitos, decaimiento…), mientras que en niños mayores, la presencia de sintomatología específica del aparato urinario es más frecuente (dolor lumbar, disuria, hematuria, polaquiuria). La presencia de síntomas urinarios no siempre es el resultado de una infección, debiendo considerar la vulvovaginitis, la presencia de oxiuros o trastornos funcionales. La fiebre se considera un marcador de afectación del parénquima renal, aunque puede estar ausente en lactantes menores de 90 días aun con afectación parenquimatosa(5). La fiebre mayor de 39ºC de más de 48 horas de evolución en pacientes menores de 2 años se considera el dato clínico más útil de ITU. En los mayores de 2 años, el dolor abdominal o síntomas del aparato genitourinario, obligan a descartar una ITU(6).

Por tanto, debido a la inespecificidad de la clínica en la edad pediátrica, se precisa de obtención de un cultivo de orina para el diagnóstico certero.

Una vez instaurado el tratamiento, las complicaciones en fase aguda son poco frecuentes. De entre las más graves, se encuentra la formación de un absceso renal. Se debe sospechar ante la persistencia de la fiebre, dolor abdominal y aumento de reactantes de fase aguda. Para su diagnóstico, la prueba de cribado sería la ecografía y la prueba de confirmación el TAC. La duración del tratamiento debe ser más prolongada que en los casos de PNA aislada (entre 3 y 6 semanas), asociando 2 antibióticos (cefalosporina de 3ª generación y un aminoglucósido), precisando en algunos casos un drenaje quirúrgico(7).

Diagnóstico

La recogida de la orina mediante una técnica lo más estéril posible es fundamental ante la sospecha de ITU para evitar procedimientos posteriores innecesarios.

En ocasiones, el diagnóstico de ITU es complicado, sobre todo en aquellos niños en los que la sintomatología es inespecífica y la recogida de la muestra de orina es dificultosa, debido a la edad; por ello, el grado de sospecha clínica es fundamental. Se ha intentado realizar algunas clasificaciones para definir a los pacientes con alto o bajo riesgo de tener una ITU. Por ejemplo, Gorelick et al(8), realizaron una predicción del riesgo en niñas en función de cinco factores: raza blanca, edad menor de 12 meses, fiebre superior a 39ºC, duración de la fiebre de al menos 2 días y ausencia de otro foco que pueda explicar la clínica (la negatividad en estos factores permite agrupar a estas pacientes en bajo riesgo). En cuanto a los niños: la raza distinta a la negra, la ausencia de circuncisión, la fiebre mayor de 39ºC y de más de 24 horas y la ausencia de otro foco alternativo, aumentan el riesgo de ITU. En los pacientes con fiebre y foco claro, no debe realizarse un cultivo de orina de entrada, sobre todo, con un método de recogida poco estéril, como es la bolsa adhesiva. Es indispensable adquirir muestra de orina adecuada para cultivo antes de iniciar tratamiento antibiótico para proporcionar un diagnóstico claro y evitar pruebas complementarias innecesarias, ya que una vez iniciado el tratamiento, la orina se esteriliza rápidamente y la recogida de un cultivo posterior no tiene valor.

La elección de la técnica de recolección de la orina dependerá de si el paciente es incontinente o continente, así como de la gravedad de la clínica de presentación. Cuanto más importante sea la clínica, menor riesgo de contaminación debe tener la técnica. Por otro lado, el punto de corte necesario para considerar el cultivo positivo variará en función de la técnica empleada: cuanto más estéril sea la técnica el punto de corte será más bajo. Por todo ello, muchos autores recomiendan confirmar el resultado positivo de una técnica poco estéril con una técnica más fiable(5). En la tabla I, se muestran las diferencias entre los diferentes métodos de recogida de orina, así como los métodos de elección en función de la situación.

En el momento actual, no existe un consenso unánime sobre qué técnica de recolección de orina es de primera elección, sobre todo en no continentes. Sin embargo, en lo que sí coinciden las principales guías internacionales es en desestimar la bolsa adhesiva como primera opción si el paciente presenta clínica de gravedad o la sospecha de ITU es alta, estando desaconsejada por el alto número de falsos positivos, no considerándose válido un cultivo positivo mediante esta técnica(5). Sin embargo, en aquellas situaciones de bajo riesgo, puede ser útil si la tira reactiva es negativa, permitiendo mantener actitud expectante en función de la presentación clínica. Parece adecuado intentar la recogida mediante técnicas no invasivas y reservar las técnicas más invasivas para aquellos niños con clínica de gravedad o para confirmar la positividad de las pruebas menos estériles si la sospecha es alta(1,5,8).

Debido a que el resultado del cultivo de orina puede tardar entre 48-72 horas, es posible apoyarse de otras pruebas complementarias que ayuden en la toma de decisiones. Entre ellas, la realización de una tira reactiva de orina o un sedimento urinario son de gran utilidad y están disponibles en la mayoría de los centros de salud, pudiendo realizarse con la orina obtenida mediante cualquier técnica incluyendo la bolsa adhesiva, mientras la muestra sea reciente (<1 hora) o se haya refrigerado precozmente(8). En la tira reactiva, se produce la reacción de la orina con distintos reactivos que traducen la presencia de: leucocitos (esterasa leucocitaria), sangre, nitritos (reducción de nitratos a nitritos por bacterias gran negativas) y proteínas. La presencia de esterasa leucocitaria indica la presencia de leucocitos en orina y no implica necesariamente infección urinaria, ya que otras situaciones presentan leucocituria. La ausencia de reacción leucocitaria en niños con ITU es rara, pero no imposible si la valoración es precoz. La presencia de nitritos indica bacteriuria y aumenta la posibilidad de cultivo positivo; sin embargo, para la presencia de nitritos es necesario que la orina se mantenga en la vejiga durante, al menos, 4 horas, por tanto, en aquellos pacientes con frecuencia miccional aumentada, como es el caso de los lactantes, puede haber falsos negativos. Por todo lo expuesto con anterioridad, la positividad de nitritos y esterasa leucocitaria en combinación aumenta la probabilidad de ITU, y la negatividad de ambos parámetros aumenta el valor predictivo negativo hasta un 96-100%, aunque no permiten una seguridad diagnóstica completa(9).

En cuanto al sedimento urinario, la presencia combinada de bacterias y leucocituria aumenta la probabilidad de presentar un cultivo positivo, disminuyendo la probabilidad si ambos parámetros son negativos. Se debe conocer que, en menores de tres meses, el sedimento de orina es de elección (baja sensibilidad de la tira reactiva)(10), por lo que en este rango de edad, ante la sospecha de ITU se debe realizar sedimento de orina, gram y cultivo(2). En menores de 2 años o incontinentes con sospecha de ITU, se recomienda sedimento urinario o, en su defecto, tira de orina. Sin embargo, en niños mayores de 3 años, la tira de orina y el sedimento urinario son equiparables(1). La rapidez y elección de las pruebas se valorará en función de la situación clínica y la disponibilidad de las mismas. En la tabla II, se resumen las recomendaciones en función de los resultados del análisis de orina.

Por otro lado, para conocer la afectación del parénquima renal, se disponen de otras pruebas que pueden ser de utilidad. En la analítica sanguínea, el aumento conjunto de PCT (procalcitonina) > 0,85 ng/ml y PCR (proteína C reactiva) > 35 mg/L apoya la presencia de daño parenquimatoso, siendo improbable si la PCT es < 0,5 ng/ml y/o la PCR < 20 mg/L y VSG < 10 mm/h(11). La disminución de la osmolaridad urinaria máxima en la sospecha de ITU sugiere daño parenquimatoso.

En cuanto a técnicas de imagen, la gammagrafía renal con Tc-99 es la prueba de referencia para confirmación de pielonefritis, pero debido a la radiación de la técnica y a la falta de disponibilidad en todos los centros, no se recomienda realizarla de rutina en todos los casos en fase aguda. La ecografía renal, aunque de escasa utilidad para la localización de la infección puede ayudar en el diagnóstico de alteraciones anatómicas de base. Actualmente, con la realización sistemática de ecografías prenatales que descartan malformaciones graves, su uso sistemático no parece indicado en fase aguda(5).

Tratamiento

Los objetivos principales del tratamiento de la ITU son: aliviar la sintomatología, evitar la diseminación de la infección y prevenir las complicaciones a largo plazo.

Podemos dividir el manejo de la ITU en dos grandes apartados: manejo agudo y manejo a largo plazo. En el manejo agudo, se instaurará un tratamiento antibiótico y se realizará la investigación de probables factores predisponentes (p. ej., anomalías del tracto urinario). El manejo a largo plazo tendrá como objetivo prevenir las recurrencias y evitar secuelas posteriores.

Se deben tener en cuenta una serie de consideraciones para la prescripción del tratamiento antibiótico empírico (edad del paciente, inicio de la fiebre, presentación clínica, presencia de comorbilidad nefrourológica asociada, así como el patrón de resistencias bacterianas en la comunidad). En este sentido, el uso de antibioterapia previa, hospitalización o uropatías importantes, aumenta el riesgo de resistencias a los antibióticos de uso habitual.

En cuanto a la vía de administración, estudios recientes sugieren que el tratamiento antibiótico oral es tan efectivo de inicio comparado con el tratamiento antibiótico parenteral seguido de tratamiento oral. Por tanto, en los niños mayores de 2 meses con buen estado general y sin factores de riesgo asociados, sería planteable el tratamiento oral desde el principio, ya que no se ha comprobado peor evolución ni riesgo de complicaciones(12). La duración del tratamiento será de 10-14 días en los casos de ITU febril. En las ITUs afebriles, no son necesarios tratamientos tan prolongados siendo suficiente de 3 a 5 días.

La elección del antibiótico debe tener una adecuada cobertura para E. coli, considerando las resistencias propias de cada comunidad. Actualmente, cerca de un 50-80% de las cepas de E. coli son resistentes a ampicilina. En los últimos años, están creciendo las resistencias a otros antibióticos como: amoxicilina-clavulánico, trimetropim-sulfametoxazol y cefalosporinas de primera generación(13).

Las cefalosporinas de tercera generación (cefotaxina, ceftriaxona, cefixima) y los aminoglucósidos (amikacina, gentamicina) son una opción adecuada como primera línea de tratamiento en las infecciones urinarias altas. En los pacientes en los que se sospecha de entrada que el agente causal es el Enterococo (instrumentación del tracto urinario, presencia de catéter, lactantes pequeños…), se debe añadir al tratamiento amoxicilina o ampicilina, debido a la mala cobertura con los antibióticos anteriores.

En los niños con alergia a penicilina, el tratamiento con trimetropim sulfametoxazol o ciprofloxacino es buena opción. La nitrofurantoína y el ácido nalidíxico no deben ser de primera elección en aquellos pacientes con ITU febril, ya que no alcanza niveles en parénquima renal suficientes. En la tabla III, se resumen los tratamientos disponibles en la infección del tracto urinario, no existiendo diferencias significativas entre los distintos antibióticos individuales(1).

Se considera una buena respuesta al tratamiento, la desaparición de la sintomatología en las primeras 24-48 horas desde el inicio de la antibioterapia. En aquellos casos en los que pasado ese tiempo persista la clínica, se recomienda realizar una ecografía para descartar la presencia de complicación local, así como un cambio de antibioterapia ampliando la cobertura antibiótica (sobre todo a enterococo, si el cultivo todavía no está disponible). El tratamiento concomitante con glucocorticoides para disminuir la inflamación renal es controvertido y no existe consenso sobre su uso en fase aguda. En la tabla IV, se exponen las indicaciones de ingreso hospitalario.

En aquellos casos con buena evolución en los que el microorganismo causal es sensible al tratamiento empírico, no se considera necesario realizar un urocultivo de control.

Seguimiento

La realización de una ecografía es útil para descartar alteraciones anatómicas. Actualmente, la realización de otras pruebas de imagen se recomienda si ITUs atípicas o complicadas(2,5,8).

Hace años, la realización de varias pruebas de imagen tras el primer diagnóstico de ITU era habitual con el objetivo de identificar factores predisponentes, así como documentar la presencia o ausencia de afectación renal, dado el mayor número de complicaciones a largo plazo descritas en estos casos. Actualmente, el manejo de este tipo de pacientes es menos invasivo. En las principales guías internacionales, se recomienda la realización de ecografía renal y vesical tras el primer episodio de ITU febril para valorar alteraciones anatómicas que requieran más estudios, así como monitorizar el correcto crecimiento renal. Se puede realizar de manera diferida si la evolución del cuadro clínico es buena. En cuanto a la realización del DMSA (gammagrafía renal con ácido dimercaptosuccinico-Tc99m), la mayoría de las guías no lo recomiendan en la fase aguda, realizándose en fase crónica si existen alteraciones en otras pruebas de imagen o la ITU es atípica (septicemia, insuficiencia renal en fase aguda, masa abdominal, ITUs recurrentes…).

No se recomienda la realización de cistografía de manera sistemática, debido a la alta tasa de resolución espontánea de los reflujos de bajo grado y la buena evolución en los pacientes con afectación renal en fase aguda. En el estudio de Nelson et al(15), se describe un alto valor predictivo negativo para reflujos de alto grado si la ecografía es normal. Por tanto, se debería valorar su realización en aquellos casos en los que las pruebas anteriores muestren alteraciones (hidronefrosis, imágenes sugestivas de RVU…), circunstancias clínicas especiales (sepsis, ITUs recurrentes…) o antecedentes familiares de reflujo (Tabla V).

En aquellos pacientes con daño renal que persiste en fase crónica, se recomienda seguimiento periódico con análisis de orina y tensión arterial.

Pronóstico

El pronóstico de los niños con un primer episodio de ITU sin otros factores de riesgo asociado debe considerase bueno.

Actualmente, el diagnóstico precoz permite el inicio empírico de antibioterapia, por lo que la curación sin secuelas es lo más frecuente. Sin embargo, la recurrencia tras una primera infección de orina es habitual, sobre todo en el primer año de vida, por lo que se debe realizar seguimiento durante este periodo(17). Las complicaciones posteriores a daño renal, como insuficiencia renal o HTA, son poco frecuentes. En las últimas décadas, la generalización de los estudios ecográficos prenatales ha demostrado que una gran parte del daño renal atribuido a pielonefritis aguda era secundario a anomalías del aparato genitourinario previas, asociado en ocasiones, a reflujos de alto grado o con componente obstructivo(7).

Prevención de nuevos episodios

El correcto vaciamiento de la vejiga urinaria, la prevención del estreñimiento, así como la adquisición de hábitos miccionales adecuados son algunos de los factores de prevención de infección del tracto urinario que se deben modificar.

El pediatra debe intentar identificar a aquellos niños con mayor riesgo de recurrencia y complicaciones tras el primer episodio de una infección urinaria con el objetivo de implementar medidas preventivas y preservar la función renal.

Es fundamental preguntar sobre la presencia de estreñimiento, así como hábitos miccionales inadecuados y la escasa ingesta de líquidos que pueden aumentar el riesgo de recurrencia de ITU.

El factor que clásicamente más se ha asociado a recurrencia es el reflujo vesicoureteral (RVU). Sin embargo, el RVU de bajo grado no se ha asociado a ITUs de repetición, por lo que la necesidad de tratamiento profiláctico en estos casos es controvertido. Por otro lado, se conoce que se pueden producir pielonefritis en ausencia de reflujo vesicoureteral.

La realización de circuncisión en varones en ITUs recurrentes es igualmente controvertida. Por tanto, la cirugía del tracto urinario y de la corrección del reflujo se reserva para casos con reflujos de alto grado y pacientes con infecciones urinarias de repetición asociadas a alteración anatómica(18).

En cuanto al uso de los antibióticos profilácticos, en recientes estudios, se desaconseja su uso de rutina tras una primera infección del tracto urinario, reservándolo para casos seleccionados. Sin embargo, en casos de ITUs recurrentes, la profilaxis antibiótica puede ser una posibilidad, aunque en la actualidad esta práctica está cuestionada, ya que no ha demostrado disminuir claramente las recurrencias ni la progresión a daño renal y aumenta la aparición de bacterias resistentes(19); por lo que la decisión de tratar debe hacerse de manera individualizada y con el antibiótico de menor espectro posible. En julio de 2015, la Agencia Española del Medicamento publicó una alerta sobre el uso de nitrofurantoína como tratamiento profiláctico prolongado debido a sus potenciales efectos adversos graves, recomendando su uso solamente en el tratamiento agudo de cistitis aguda durante 7 días como máximo. En la tabla VI, se detallan los antibióticos más usados como profilaxis de ITU.

El uso de arándanos es de dudosa eficacia para la prevención de recurrencias en infecciones del tracto urinario, aunque algunos estudios apuntan a que el riesgo disminuye con respecto al placebo. En la actualidad, no hay evidencia que apoye el uso de arándanos, probióticos ni vacunas con cepas uropatógenas en los pacientes con ITUs de repetición(2).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria debe identificar aquellos niños con mayor riesgo de infección del tracto urinario. En aquellos pacientes con antecedentes de ITU febril, se debe informar a los padres de la necesidad de valorar los procesos febriles de manera precoz(20). Se deben investigar factores potencialmente tratables como: la presencia de hábito retentor o disfunción vesical, presencia de estreñimiento, así como episodios de fiebre sin foco frecuentes sin claro diagnóstico o retraso ponderoestatural.

Entre los pacientes que deben ser enviados para seguimiento en atención especializada se incluyen: ITUs recurrentes, HTA, presencia de fiebre tras 48 horas de inicio del tratamiento, presencia de anomalías anatómicas en ecografía, sospecha de reflujo vesicoureteral, antecedentes familiares de enfermedad nefrourológica y ansiedad familiar.

Bibliografía

Los asteriscos destacan los artículos de interés a juicio del autor.

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11. Kotoula A, Gardikis S, Tsalkidis A, Mantadakis E, Zissimopoulos A, Kambouri K, et al. Procalcitonin for the early prediction of renal parenchymal involvement in children with UTI: preliminary results. Int Urol Nephrol. 2009; 41: 293-9.

12. Shaikh N, Shope TR, Hoberman A, Vigliotti A, Kurs-Lasky M, Judith M. Association Between Uropathogen and Pyruria. Pediatrics. 2016; 138: e20160087.

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16. Benítez Fuentes R, Jiménez San Emeterio J. Infección del tracto urinario. Pediatr Integral. 2013; XVII(6): 402-11.

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19. Mori R, Fitzgerald A, Williams C, Tullus K, Verrier-Jones K, Lakhanpaul M. Antibiotic prophylaxis for children at risk of developing urinary tract infection: a systematic review. Acta Paediatr. 2009; 98: 1781-6.

20.*** González Rodríguez JD, et al. Infección de vías urinarias en la infancia. Protoc diagn ter pediatr. 2014; 1: 91-108.

Bibliografía recomendada

National Collaborating Centre for Women’s and Children’s Health, Commissioned by the National Institute for Health and Clinical Excellence. Urinary tract infection in children: diagnosis, treatment and long-term management. London: RCOG Press; 2007.

Extensa, pero completa guía británica sobre todos los aspectos de la infección del tracto urinario.

– Guía de Práctica Clínica sobre Infección del Tracto Urinario en la Población Pediátrica. Guiasalud 2011 (en línea) (fecha de consulta: 15-VII-2012). Disponible en: http://www.guiasalud.es/egpc/ITU/completa/index.html.

Altamente recomendable. Resume en cada apartado la evidencia científica disponible hasta el momento, lo que permite una revisión rápida.

– Acute pyelonephritis in children. Pediatric Nephrology. 2016; 31: 1253-65.

Revisión completa y actual del manejo de la pielonefritis aguda en la infancia, comparando las recomendaciones de las principales sociedades internacionales con diferentes cuadros informativos donde sintetiza toda la información de manera útil.

Robert KB. Urinary Tract Infection: Clinical Practice Guideline for the Diagnosis and Management of the Initial UTI in Febrile Infants and Children 2 to 24 Months Pediatrics. 2011; 128: 595-610.

Guía de práctica clínica de la Academia Americana de Pediatría. Mediante diferentes escenarios clínicos orienta al autor sobre la actitud a seguir incluyendo un resumen en cada apartado.

 

Caso clínico

 

Niña de 12 meses de edad. Acude a su pediatra por vómitos con mala tolerancia y fiebre de 39ºC de 24 horas de evolución. Asocia cuadro catarral leve. No refieren otra sintomatología. Embarazo controlado con ecografías normales, no antecedentes familiares y personales de interés hasta el momento actual. A la exploración física, buen estado general con palidez cutánea y buena perfusión. ACP normal, ORL mucosas secas, orofaringe hiperémica sin otros hallazgos, abdomen blando y depresible, genitales normales. Se administra antitérmico, se inicia sueroterapia oral y se recoge muestra de orina mediante bolsa perineal. En tira reactiva de orina: leucocitos +++, hematíes y nitritos negativos. Mala tolerancia oral. Se decide derivar a urgencias para recogida de muestra estéril e hidratación.

En urgencias, se recoge muestra mediante sondaje urinario que muestra leucocitos +++, nitritos negativos. En Gram de orina, se objetivan bacilos gram negativos > 1 campo. Persiste mala tolerancia oral, por lo que se inicia fluidoterapia intravenosa y analítica sanguínea que muestra leucocitosis leve con fórmula mixta y PCR 80 mg/L. Progresivamente, mejora la tolerancia oral sin producirse nuevos vómitos con buen estado de hidratación.

 

 

Malformaciones nefrourológicas

A. Gómez Farpón, C. Granell Suárez, C. Gutiérrez Segura
Temas de FC


A. Gómez Farpón, C. Granell Suárez, C. Gutiérrez Segura

Servicio de Cirugía Pediátrica. Hospital Universitario Central de Asturias

Resumen

Las anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario, conocidas con el acrónimo inglés CAKUT, se caracterizan por un conjunto de anomalías estructurales y funcionales que afectan al riñón, sistema colector, vejiga y/o uretra, como: agenesia renal, displasia renal multiquística, hidronefrosis, estenosis de la unión pielo-ureteral, reflujo vésico-ureteral, duplicidad del sistema colector, megauréter, válvulas de uretra posterior y riñón en herradura. Representan el 20-30% de las malformaciones congénitas diagnosticadas en el periodo prenatal y el 30-60% de las causas de enfermedad renal crónica avanzada en el niño. Muchas de estas entidades se relacionan con una alteración del desarrollo embrionario con una base genética, muchas de ellas aún desconocidas.
La hidronefrosis es la malformación congénita detectada más frecuentemente en el periodo prenatal, presente en el 1-5% de las gestaciones. Este término ha sido modificado por dilatación del tracto urinario, desde que se publicara el consenso multidisciplinar en el 2014. El principal reto en el manejo de estas dilataciones es diferenciar las fisiológicas, que no precisarán tratamiento y se resolverán espontáneamente, de aquellas patológicas.
Este manejo se basará en diferentes pruebas radiológicas, médicas y quirúrgicas para un correcto diagnóstico, seguimiento y tratamiento.

 

Abstract

Congenital anomalies of the kidney and urinary tract (CAKUT) are characterized by structural and functional abnormalities of kidney, collecting system, bladder and/or urethra such as renal agenesis, multicystic kidney disease, hydronephrosis, ureteropelvic junction obstruction, vesicoureteral reflux, duplex collecting system, megaureter, posterior urethral valves and horseshoe kidney. They have been identified in 20% to 30% of all fetal congenital anomalies and account for 30–60% of cases of end-stage renal disease in children. Many of these conditions are related to maldevelopment of the kidney and urinary tract and are thus the result of anomalous genetic mechanisms, some of which are understood and others of which are not.
Hydronephrosis is the most common abnormality that can be detected prenatally and is present in about 1% to 5% of pregnancies. This term has been substituted to urinary tract dilation since the multidisciplinary consensus published in 2014.
The main challenge in the management of urinary tract dilation is to differentiate the ones that are likely to resolve from the ones that are pathological. This management involves a spectrum of radiological, medical, and surgical interventions for diagnosis, surveillance, and treatment.

 

Palabras clave: CAKUT; Hidronefrosis; Displasia renal multiquística; Reflujo vésico-ureteral; Obstrucción ureteral

Key words: CAKUT; Hydronephrosis; Multicystic dysplastic kidney; Vesico-Ureteral reflux; Ureteral obstruction

 

Pediatr Integral 2017; XXI (8): 498 –510


Malformaciones nefrourológicas

Introducción

Las anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario (CAKUT) son una de las anomalías congénitas más frecuentes en el periodo prenatal. Aunque suelen tener un curso benévolo, un pequeño porcentaje presenta complicaciones médicas serias, constituyendo la principal causa de enfermedad renal crónica (ERC) avanzada en la infancia.

Las anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario se conocen con el acrónimo inglés CAKUT (Congenital Anomalies of the Kidney and Urinary Tract), el cual hace referencia a un grupo heterogéneo de malformaciones secundarias a una alteración en el desarrollo embrionario del sistema renal y urinario (Tabla I).

Su importancia radica en su prevalencia, ya que constituyen cerca del 20-30% de todas las anomalías detectadas en el periodo prenatal, con una incidencia del 5-10 por cada 1.000 recién nacidos vivos (RNV), y en su trascendencia clínica, ya que a pesar de que la mayoría cursan de manera asintomática, suponen la principal causa de ERC avanzada en la infancia, evolucionando a ella en un 30-60% de los casos(1).

Etiología

La evaluación inicial de un niño con CAKUT debe incluir una historia personal y familiar detallada de patologías nefrourológicas y extrarrenales (diabetes, sordera, coloboma, hiperuricemia…).

La etiología de las CAKUT es multifactorial y compleja, y en muchos aspectos las causas permanecen desconocidas.

Causa genética

Las alteraciones genéticas y epigenéticas están implicadas en el desarrollo anormal del sistema renal y urológico, lo cual queda demostrado por los siguientes hechos:

• Existen más de 500 síndromes genéticos que asocian CAKUT, algunos con mutaciones genéticas claramente estudiadas, como es el caso: del síndrome branquio-oto-renal (EYA1 y SIX1), el síndrome de Fraser (FRAS1), el síndrome de Ehlers-Danlos o el síndrome de Townes-Brocks (SALL1), entre otros.

• En el 10-50% de los pacientes con CAKUT, existe agregación familiar, con diferente expresión clínica en una misma familia y gravedad variable.

• Los test genéticos realizados a niños con CAKUT aislada y sin antecedentes familiares muestran mutaciones genéticas en el 10-17% de los casos.

Factores ambientales

Por sí mismos los factores genéticos no pueden explicar la totalidad de las CAKUT. Algunos factores que han sido implicados en la génesis de estas malformaciones son: la exposición a teratógenos (IECAS o ARAII), la deficiencia de vitamina A o la diabetes mellitus en la mujer gestante, especialmente en las primeras 20 semanas de gestación.

Embriología

Para entender las malformaciones renales congénitas es muy útil conocer el desarrollo embrionario, pues ambos están íntimamente ligados.

Dependiendo del momento cronológico en el que se produzca la lesión, se producirán diferentes alteraciones, lo que explica el amplio espectro fenotípico de las CAKUT.

En el embrión existen 3 sistemas renales primitivos: el primero o pronefros, que involuciona; el mesonefros, que aparece a la cuarta semana de gestación y constituirá el conducto de Wolff, encargado de participar en la formación del aparato genital masculino y la yema ureteral; y el metanefros, que dará lugar al riñón definitivo. Para que esto tenga lugar, es necesario que interaccionen mutualmente el metanefros y la yema ureteral. Cualquier fallo a este nivel conducirá a una CAKUT. De este modo, si la yema ureteral no se forma, se producirá una agenesia renal. Si emergen 2 yemas ureterales, se producirá una duplicación pieloureteral. Si la yema no se ramifica correctamente, no se organizará adecuadamente el número de nefronas y derivará en una hipoplasia y, si la interacción es anómala, en una displasia renal. Los uréteres derivan del conducto mesonéfrico de Wolff en la 5ª semana de gestación y finalizan su oclusión y recanalización en la 9ª. Una inserción perpendicular en la musculatura vesical en vez de oblicua, predispondrá a reflujo vésico-ureteral (RVU). Por último, los riñones se localizan inicialmente en la pelvis y migran gradualmente a su posición definitiva lumbar en la 8ª semana de gestación. Cualquier alteración en la migración, evaginación ectópica de la yema ureteral o fallo de vascularización puede derivar en un riñón ectópico.

Diagnóstico

No existe ninguna prueba complementaria que permita, por sí sola, diagnosticar inequívocamente la obstrucción. Por ello, es importante interpretar de forma conjunta las diferentes pruebas, especialmente a lo largo del tiempo.

Ecografía

Cualquier alteración en el parénquima renal, independientemente del grado de dilatación del tracto urinario (DTU), se clasifica como riesgo elevado de uropatía (DTU P3). Una ecografía pre o posnatal normal, con imágenes renales y vesicales normales, no descarta un RVU.

La ecografía constituye la prueba de imagen de elección para el diagnóstico y seguimiento de la DTU por su accesibilidad, información y falta de radiación. Existen múltiples sistemas de clasificación, con mucha variación entre los distintos métodos y también interobservador, destacando:

Diámetro ántero-posterior de la pelvis (DAP): es el diámetro máximo de la porción intrarrenal de la pelvis, medido en el plano transverso. Idealmente se debe medir en decúbito prono, ya que la dilatación es máxima en esta posición, no obstante, es más importante que todo el seguimiento se realice utilizando la misma posición que ir modificándola. Es un método cuantitativo, objetivo y reproducible, pero que como dato aislado resulta insuficiente. Se utiliza especialmente en la ecografía prenatal. Diferencia dos etapas gestacionales, cuyos puntos de corte en mm para considerar DTU son:

- 2º trimestre (16-27 semanas): ≥4 mm.

- 3º trimestre (28-32 semanas): ≥7mm Leve (7-8.9), moderada (9-15) y grave (>15).

• El sistema de gradación de la SFU (Society of Fetal Urology) es un método semicuantitativo(2). Tiene en cuenta la DTU (pelvis y cálices) y el adelgazamiento cortical, de modo que en función de estos, diferencia 5 grados, desde el grado 0, o ausencia de hallazgos patológicos hasta el grado 4. Presenta dificultad para diferenciar un adelgazamiento cortical difuso de uno segmentario y para discernir claramente entre un grado 3 de un grado 4. A través de su página, está disponible un recurso educativo de imágenes y para el cálculo del grado de dilatación(3) (http://cevlforhealthcare.org/cevl/Products/Urology/SFU-GradingSystem/mobile/index.html).

• En el año 2014, varias sociedades, entre ellas las americanas de radiología, ginecología, urología y nefrología pediátrica, elaboraron un método de gradación que aúna ambos sistemas mediante la descripción de 6 parámetros ecográficos (Tabla II) para la valoración de la DTU pre y posnatal, con la particularidad de que cada estadio se relaciona con el riesgo y probabilidades de cirugía, lo que facilita los algoritmos diagnósticos para un manejo más uniforme(4).

Estos autores abogan por el término “dilatación del tracto urinario” (UTD urinary tract dilatation), evitando usar otros más ambiguos como: hidronefrosis, caliectasia o pelviectasia. Esta clasificación distingue entre distintos grados de dilatación ante (A) y posnatal (P), a mayor riesgo de uropatía cuando mayor es el número(5). Prenatalmente, no se tiene en cuenta la dilatación calicial por la difícil diferenciación entre periférica y central, por lo que existen 3 grados (normal, DTU A1, DTU A2-3) en contraposición con las 4 categorías posnatales (normal, DTU P1, DTU P2, DTU P3) (Tabla III).

En el periodo posnatal, cualquier dilatación piélica aislada <10 mm se considera normal. En este periodo, e independientemente de la edad, una dilatación de la pelvis renal entre 10-15 mm o una dilatación calicial central son catalogadas como DTU P1. Si el DAP es >15 mm, hay dilatación calicial central y periférica o dilatación ureteral, estamos ante una DTU P2 (riesgo intermedio de uropatía). En este caso, la apariencia y grosor cortical, así como la vejiga serán normales. Siempre predomina el hallazgo más patológico, esto significa que, aunque el DAP sea <15 mm (P1), si existe dilatación calicial periférica (P2), el grado es P2 (riesgo intermedio). Si la ecogenicidad o el grosor del parénquima renal están alterados o existen alteraciones vesicales, ascendemos automáticamente a una DTU P3 (riesgo elevado de uropatía) (Tabla IV).

Finalmente, la ecografía no es útil para descartar un RVU de alto grado, no remplazando a la Cistouretrografía miccional seriada (CUMS) como prueba complementaria en el diagnóstico del RVU(6).

Renograma

Permite valorar la función que realiza cada riñón y la eliminación renal.

• El aclaramiento renal no puede ser estimado por esta técnica, solo el aclaramiento relativo que realiza cada riñón, es decir, la función renal diferencial (FRD). Esta se calcula entre el primer y segundo minuto de la administración del radiotrazador y, en ese momento, se puede evaluar también el tamaño y la posición renal. Se considera una FRD deteriorada cuando es <40%. En este punto, es básico recordar que la FRD es un estudio comparativo; es decir, se asume que conjuntamente ambos sistemas renales poseen una función total del 100%, viendo cuánto contribuye cada uno. Por lo tanto, en pacientes monorrenos o con afectación bilateral, este parámetro no es útil.

• Para ver la eliminación, se observa cómo desaparece el radiotrazador del área renal, para lo que se deben interpretar las curvas de eliminación y los parámetros. El radiotrazador preferido es el mercapto-acetil-triglicina marcado con Tc99 (Tc99m-MAG3), especialmente en neonatos y pacientes con afectación de la función renal. Se comienza por un renograma simple, sin diurético y, si la curva es dudosa, se hace un renograma diurético mediante la administración de furosemida (F) a razón de 1 mg/kg (máx. 40 mg, salvo pacientes obesos, con FRD disminuida o uso crónico de diuréticos). En el protocolo F+20, el diurético se da a los 20 minutos de la administración del radiotrazador, cuando la pelvis está completamente llena, en el protocolo F0 simultáneamente con este, y en el F-15, 15 minutos antes. En el seguimiento debe siempre usarse el mismo protocolo, y los 3 son equivalentes para indicar obstrucción. El tiempo medio (T1/2) es el tiempo en el cual la actividad desciende a la mitad respecto a la actividad máxima. Un T1/2 inferior a 10 minutos traduce la ausencia de obstrucción, uno mayor a 20 min suele sugerir obstrucción y entre 10 y 20 minutos el resultado es equívoco (Fig. 1).

Figura 1. Curvas de eliminación del renograma diurético (protocolo F+20).

No obstante, existen muchas variables que pueden artefactar el resultado y ofrecer un resultado obstructivo, como una vejiga repleccionada o un niño poco hidratado (Tabla V).

Respecto a esto, es importante explicar a los padres y al niño todo el procedimiento para una mejor cooperación. No siempre es necesario cateterizar la vejiga, solo: en casos dudosos, si es necesario descartar patología vesical (ureterohidronefrosis, RVU, vejiga neuropática, vejiga de baja capacidad o presencia de válvulas de uretra posterior -VUP-) o tras acabar el estudio para ver el efecto de la micción en la eliminación renal, si el paciente no puede miccionar de forma espontánea. Por otro lado, el niño debe de ingerir unos 250-500 ml de agua o zumo antes de la prueba, reservando la sueroterapia intravenosa para casos seleccionados. El estudio suele realizarse en decúbito supino, lo que provoca un enlentecimiento de la eliminación renal, por lo que antes de concluir el estudio es recomendable cambiar al paciente a bipedestación durante 10-15 minutos para favorecer el efecto de la gravedad. Estas imágenes posmiccionales o poscambios posturales pueden ser útiles para excluir obstrucción piélica o en el uréter distal.

Cistouretrografía miccional seriada (CUMS)

Continúa siendo la técnica gold-estándar para valorar la anatomía vesical y uretral, así como detectar y graduar la severidad del RVU(7). En caso de DTU A2-3 de carácter bilateral en un varón, si se confirma la dilatación de alto grado posnatalmente, se debe realizar una CUMS en los primeros días de vida para descartar una obstrucción uretral (VUP).

Su realización actualmente está limitada, dependiendo de las series consultadas, a DTU P3, SFU grado 4 o DAP ≥ 10 mm, con el fin de minimizar el riesgo derivado de la exposición radiológica de las gónadas, especialmente a los ovarios. Precisa cateterización uretral y administración concomitante de profilaxis antibiótica el día previo, el mismo día de la prueba y el posterior para disminuir el riesgo de infección del tracto urinario (ITU). Técnicamente, la vejiga se va llenado lentamente de contraste, monitorizando el llenado y también el vaciado para descartar RVU y visualizar la anatomía. Se deben tomar: una imagen en AP con la vejiga a baja replección, para valorar un posible ureterocele; otra a replección por encima de la capacidad esperada por la edad; otra oblicua durante la micción, para valorar divertículos, la unión urétero-vesical y descartar RVU a alta presión; y, por último, tras la micción, para cuantificar el residuo postmiccional(8). Es importante diagnosticar no solo un RVU a nivel ureteral, sino también el reflujo intrarrenal.

Otras pruebas complementarias

• La UIV (urografía intravenosa) y la TC son pruebas poco frecuentes en la edad pediátrica por su efecto ionizante.

UroRMN: aunque resulta una prueba muy completa, al ofrecer información anatómica y funcional precisa en el mismo estudio y carecer de radiación, no está muy extendida, debido a la necesidad de sedación en niños pequeños y a que es una técnica compleja y muy costosa.

DMSA (gammagrafía renal con ácido dimercaptosuccinico Tc-99m): permite conocer la FRD y diagnosticar defectos de captación parenquimatosos secundarios a cicatrices pospielonefríticas si se realiza 6 meses tras la ITU. En la fase aguda, detecta zonas de hipoperfusión por edema intersticial. Es muy sensible y muy poco específica, por lo que un DMSA negativo traduciría un riesgo <1% de RVU de alto grado.

Urosonografía miccional (USM): trata de remplazar a la CUMS como prueba para detectar y graduar el RVU al no radiar y permitir visualizar la anatomía, con las limitaciones de que: precisa sondaje uretral; es una técnica que consume tiempo al radiólogo (pues se hace una ecografía inicial y otra tras instilar un contraste no ionizante –SonoVue®– recientemente aprobado por la Agencia Europea del Medicamento); precisa conocer la técnica; se suelen requerir varios ciclos de llenado/vaciado para incrementar la sensibilidad de la prueba; y no está actualmente aprobada para valorar la anatomía uretral en el varón. No obstante, su implantación progresiva promete mayores avances y probablemente pueda sustituir a la CUMS, como actualmente se ha empezado a hacer en el protocolo de seguimiento del RVU ya diagnosticado.

Cistografía isotópica indirecta (CII) y, por tanto, sin sondaje uretral, forma parte del renograma diurético. Tiene una sensibilidad del 75% y una especificidad del 90%. Precisa colaboración del paciente y que este tenga control de esfínteres.

Cistografía isotópica directa (CID), en este caso, no precisa sondaje, pero no ofrece información anatómica de la vejiga ni de la uretra. Puede valorarse como prueba de seguimiento tras cirugía.

Clasificación

1. Malformación del parénquima renal: hipoplasia, agenesia renal y displasia (incluyendo la displasia renal multiquística -DRMQ-).

2. Anomalías relacionadas con la migración de los riñones: ectopia renal y anomalías de fusión (riñón en herradura).

3. Anomalías en el desarrollo del sistema colector: estenosis pieloureteral (EPU), duplicidad pielo-ureteral, megauréter primario, uréter ectópico, ureterocele y VUP.

Hipoplasia renal

Existe un número disminuido de nefronas, las cuales son estructuralmente normales. Macroscópicamente es un riñón de pequeño tamaño (< 2 SD) y no existen cicatrices renales que sugieran un origen adquirido. Puede coexistir la displasia con la hipoplasia, lo que se conoce como hipodisplasia renal. La trascendencia clínica dependerá del número de nefronas al nacimiento y, en muchas ocasiones, es un hallazgo casual.

Displasia renal multiquística

Si la ecografía no es concluyente, o se aprecian anomalías vesicales o renales contralaterales, debe completarse el estudio radiológico con una CUMS y un DMSA.

Representa la forma más severa de displasia renal. Es una enfermedad no hereditaria que se caracteriza por múltiples quistes renales de tamaño variable, no comunicados entre sí, sin parénquima renal funcionante. La pelvis renal no es visible, lo que la diferencia ecográficamente de una EPU congénita obstructiva grave, como tampoco lo es el uréter, el cual suele estar atrésico. Afecta a uno de cada 1.000-4.000 RNV, más frecuentemente varones y con predilección por el lado izquierdo. Su presentación más habitual es en el screening neonatal, y representa la segunda causa de masa abdominal en el neonato (la primera sería la hidronefrosis).

Es importante seguir al paciente, puesto que hasta un 40% tienen malformaciones nefrourológicas asociadas en el riñón contralateral, del cual depende la función renal, y su alteración se relaciona con un mayor riesgo de ERC. Lo más habitual es que se trate de un RVU, generalmente de bajo grado, seguido en frecuencia de una EPU. Hace años se realizaba un manejo más activo, con ecografía, CUMS para descartar RVU contralateral, DMSA para confirmar la ausencia de captación renal, e incluso RMN, si el diagnóstico diferencial con EPU era dudoso. Actualmente, si la ecografía no muestra alteraciones en el riñón contralateral, la vejiga es normal y clínicamente el paciente está asintomático, las guías clínicas sugieren que se puede plantear la ecografía como única prueba complementaria; puesto que, aunque es una prueba poco rentable como indicador de RVU, la mayoría de los casos que no son diagnosticados por ecografía en la DRMQ, suelen ser de bajo grado, con un alto porcentaje de resolución espontánea(9). Por otro lado, de una nefrectomía sistemática en el pasado, justificada por el riesgo de hipertensión arterial (HTA) y degeneración maligna, se tiende actualmente a un seguimiento a largo plazo por el bajo riesgo demostrado de HTA y la falta de relación causal probada entre la DRMQ y el tumor de Wilms. Un 20-75% de las DRMQ involucionan, especialmente cuando son menores a 5 cm y en los primeros años de vida, de modo que si el paciente no desarrolla clínica, como ITU, HTA, proteinuria o alteración de la función renal, no sería imperativo el seguimiento ecográfico anual, pudiendo espaciarse(10). La indicación de nefrectomía profiláctica ha quedado obsoleta.

Estenosis pieloureteral

La DTU es un hallazgo prenatal frecuente, presente en el 1-5% de todas las gestaciones. En la mayoría de los casos, la dilatación es transitoria y fisiológica, de modo que no siempre es sinónimo de obstrucción. La diferenciación entre una DTU y una EPU presenta, en ciertas ocasiones, dificultad.

Epidemiología

La EPU es la causa más común de DTU prenatal. Es dos veces más frecuente en el lado izquierdo, predomina ligeramente en varones y en el 10-40% es bilateral.

Etiología

Las EPU pediátricas son fundamentalmente congénitas, pudiendo encontrar excepcionalmente algún caso adquirido secundario a cálculos, tumores o cirugías, lo cual es mucho más típico en los adultos. A su vez, las causas congénitas pueden dividirse en: intrínsecas, mucho más frecuentes, producidas por un segmento ureteral adinámico e hipoplásico; o extrínsecas, características de niños mayores, debido a factores mecánicos que comprimen el uréter proximal, como vasos polares, angulaciones de la unión o pólipos.

Clínica

Actualmente, el diagnóstico suele ser prenatal, con menos del 20% de pacientes diagnosticados posnatalmente tras una ITU febril o, en menor medida, por hematuria tras un traumatismo banal sobre una pelvis dilatada o dolor abdominal cólico asociado a náuseas/vómitos, típico de niños mayores y conocido este cuadro como crisis de Dietl, generalmente por dilatación piélica secundaria a factores extrínsecos.

Diagnóstico

Ecografía: toda DTU prenatal debe estudiarse posnatalmente. La ecografía debe realizarse transcurridas, al menos, 48 horas, ya que debido a la oliguria fisiológica del recién nacido, nos puede infraestimar el grado de dilatación. Solo en caso de oligoamnios prenatal, obstrucción uretral, DTU bilateral de alto grado (o unilateral en paciente monorreno) o si existe duda de que se realice un seguimiento posnatal, se podría realizar antes. La dilatación es un proceso dinámico, que puede fluctuar con el tiempo y variar según las condiciones a las que esté sometido el paciente (hidratación, vaciamiento vesical y posición del niño). En un 15% de los niños con dilataciones prenatales con una ecografía posnatal normal, la dilatación reaparece, por lo que se recomienda repetir la ecografía si existe diagnóstico prenatal, aunque la primera ecografía haya sido normal (Algoritmo). Según la clasificación de DTU, si existe diagnóstico prenatal de DTU antes de las 32 semanas, se debe repetir la ecografía en la semana 32 de gestación o más adelante. Si la ecografía es normal, no se deben realizar estudios posnatales. Si la DTU persiste y se clasifica como DTU A1, se debe realizar una ecografía entre las 48 horas y el mes de vida, repitiéndola entre el 1º y 6º mes de vida para confirmar que no se producen cambios y dar de alta al paciente. Si se clasifica como A2-3, o riesgo incrementado de uropatía, se debe seguir periódicamente mediante ecografía prenatal y, posnatalmente, se debe realizar la ecografía entre las 48 horas de vida y el mes de vida valorando, según los hallazgos, qué grado de DTU posnatal nos encontramos. En el caso de encontrarnos con una DTU P1, equivalente a un grado 1 y 2 de la SFU, se debe repetir la ecografía cada 1-6 meses, si nos hallamos con una DTU P2 (SFU 3) el seguimiento se acorta a 1-3 meses, y en el supuesto de estar ante una DTU P3, similar a un SFU 4, se recomienda realizar controles ecográficos mensuales, además de solicitar una CUMS para descartar RVU y pautar profilaxis antibiótica por el riesgo de patología obstructiva y/o RVU. La indicación de MAG-3 actualmente queda a criterio del clínico, aunque en muchas series cuando la DTU es ≥15 mm se recomienda solicitar un MAG-3 y valorar remitir al paciente a un centro con cirugía pediátrica, pues en este caso existe una alta probabilidad de encontrarnos con una EPU(4).

Renograma: no debe realizarse antes del mes de edad, ya que el riñón es funcionalmente inmaduro y, preferiblemente, debería retrasarse hasta los 3 meses de edad, puesto que en neonatos y lactantes pequeños el filtrado glomerular renal (FGR) es menor, lo que puede dar una curva obstructiva en ausencia de obstrucción. En este aspecto, es más útil un renograma no obstructivo, el cual sí permite descartar obstrucción en esta etapa. Si no es posible esperar hasta los 3 meses, hemos de ser muy cautos al interpretar el renograma. En ocasiones, son necesarios varios renogramas a diferentes intervalos durante el seguimiento, que vayan mostrando una disminución de la FRD o una obstrucción persistente acompañada de adelgazamiento de la corteza renal con incremento de la DTU. Por ello, es importante estandarizar bien la técnica, evitando variaciones o situaciones que puedan alterar el resultado final e impedir la comparación de los estudios.

Manejo médico-quirúrgico

Profilaxis antibiótica: el riesgo de ITU en la DTU deriva de la existencia de RVU o de uropatía obstructiva. Las guías más recientes recomiendan profilaxis antibiótica (amoxicilina 10-15 mg/kg/día o una cefalosporina de primera generación, como cefalexina o cefadroxilo) hasta descartar estos supuestos en casos de DTU severas (SFU grado 4 o DTU P3), con posturas más controvertidas en dilataciones moderadas.

Indicación quirúrgica: es quizás la parte más controvertida al no existir una prueba única que diagnostique fidedignamente la obstrucción(11).

• Clínica: dolor abdominal recurrente (muchas veces con DTU intermitente por causas extrínsecas) o ITU de repetición (especialmente si van acompañadas de cicatriz postpielonefrítica en el DMSA).

• FRD <40% o disminución de la FRD > 10%.

• Curva obstructiva con DTU de alto grado (SFU 3-4) persistente o en aumento(12).

Tratamiento(13)

Pieloplastia desmembrada de Anderson-Hynes: continúa siendo el tratamiento gold-estándar. Cada vez más centros han adoptado la laparoscopia (vía abdominal) o en menor medida, la retroperitoneoscopia al manejo de esta patología, en detrimento del abordaje abierto, lo que ha mejorado el resultado estético y disminuido la estancia hospitalaria.

Endourología: permite la realización de una pielografía retrógrada pudiendo descartar otras malformaciones asociadas. Con este procedimiento, se consigue vencer la estenosis con un balón de dilatación de alta presión o con un balón de corte.

Seguimiento postoperatorio

Se intentará en la medida de lo posible realizar únicamente con ecografía; si bien, en los procedimientos endourológicos y en la pieloplastia laparoscópica, no se remodela la pelvis (no se extirpa de forma generosa parte de la pelvis redundante como se suele hacer en la cirugía abierta, únicamente se extirpa la unión obstruida) lo que provoca que la disminución de la dilatación pélvica en el postoperatorio no sea tan llamativa.

Duplicidad renal

Un sistema doble se define como un riñón con 2 pelvis y cálices renales y su anatomía y presentación clínica es tan diversa que conduce a escenarios terapéuticos muy variables.

La duplicación puede ser incompleta, en la que hay un uréter bífido, o completa, en la que los 2 uréteres drenan en la vejiga por un orificio independiente siguiendo la ley de Weigert-Meyer: el uréter del polo renal inferior entra en la vejiga en su posición normal en el trígono, con un trayecto intravesical más directo y corto el cual favorece el RVU, y el uréter del polo superior se inserta en la vejiga medial e inferior a su ubicación normal, a veces, ectópicamente en la uretra posterior o en el aparato genital y otras finalizando en un ureterocele (UTC).

Megauréter

La clasificación de Smith en 4 categorías, según exista o no obstrucción y/o RVU, continúa siendo la más utilizada.

Si la DTU es a nivel ureteral superior a 7 mm, se le conoce como megaureter (MU), independientemente de que vaya acompañado o no de dilatación del sistema colector alto y sin hacer referencia a la obstrucción o el RVU. Para su diagnóstico son esenciales: la ecografía; la CUMS, para descartar RVU o DTU secundarias, por ejemplo a VUP; y el MAG-3, para ver la eliminación renal. En función del MAG-3, nos encontraremos con:

MU no obstructivo ni refluyente, el más frecuente. Si se observa un drenaje adecuado en el MAG-3 en el primer año de vida, se debe hacer un manejo conservador, ya que hasta el 85% de ellos suelen remitir(12).

MU no obstructivo, pero refluyente, el cual se explicará en el apartado de RVU.

MU obstructivo y refluyente. Sin duda, este grupo representa el mayor desafío diagnóstico. Menos del 5% de los pacientes presentan esta forma clínica en la que coexiste el RVU y la obstrucción, en el cual el trayecto tunelizado urétero-vesical es anormal y la orina refluye al uréter, pero es incapaz de volver a la vejiga.

MU obstructivo no refluyente. Se le conoce como megauréter obstructivo primario (MOP) y obedece a una estenosis vésico-ureteral (EVU).

En el MU el riesgo de ITU es mayor que en la EPU, especialmente en los primeros 6 meses de vida, por lo que se recomienda profilaxis antibiótica. Actualmente, los criterios de cirugía para el MU sin RVU están muy acotados, ya que el drenaje suele mejorar en los primeros meses de vida. En el último panel de expertos del Reino Unido, las indicaciones de intervención quirúrgica incluyen(14):

• Al diagnóstico, si la FRD es menor al 40% asociado a ureterohidronefrosis (UHN) masiva.

• Durante el seguimiento, si se produce un deterioro de la FRD > 5%, si existen sintomatología (ITUs febriles y/o dolor) o si se constata un incremento progresivo de la UHN.

Ureterocele

En Pediatría, suele asociarse al uréter del pielón superior de un sistema doble, produciendo obstrucción y deterioro/anulación de la función renal de ese hemirriñón.

Es el resultado de la dilatación quística del segmento intravesical del uréter. Se clasifican, según su localización y manejo, en:

UTC intravesical: típico de adultos varones sin predominio por una lateralidad y frecuentemente bilateral. Suele encontrarse en el trígono y asociarse a un sistema renoureteral simple.

UTC ectópico: es el que nos interesa, más frecuente en niñas en el lado izquierdo y únicamente bilateral en el 10% de los casos. Suele situarse distalmente al trígono (en el cuello vesical o uretra) y se asocia a un sistema renoureteral doble.

La forma más frecuente de presentación es una ITU en los primeros meses de vida o en una ecografía prenatal. En el diagnóstico, la ecografía se ha convertido en la prueba fundamental, ya que es capaz de visualizar la DTU a nivel piélico y ureteral, así como el UTC intravesical. La CUMS se debe realizar siempre, ya que en más del 50% de los casos, el pielón inferior ipsilateral y el 25% del contralateral tienen RVU. El DMSA permite valorar la función del hemirriñón superior y el MAG-3 la eliminación cuando se sospecha obstrucción.

La mayoría de pacientes precisan cirugía. La primera opción es la punción endoscópica, con un éxito del 90% en los UTC intravesicales y 50% en los ectópicos y, si esta falla, se debe realizar una reconstrucción por cirugía abierta. En caso de anulación funcional del pielón superior, el procedimiento de elección es la heminefrectomía, habitualmente por cirugía mínimamente invasiva.

Uréter ectópico

Un uréter que desemboca en cualquier otra parte que no sea el trígono vesical, es considerado ectópico (UE). Más del 90% de los casos se asocian a duplicidad renoureteral, dependiendo del hemirriñón superior.

En la mujer, los sitios usuales para su desembocadura son: el cuello vesical, la uretra, el vestíbulo y la vagina, por lo que clínicamente suele debutar como incontinencia urinaria. En el varón, los UE suelen drenar en: uretra prostática, utrículo prostático, vesícula seminal, conducto deferente o conducto eyaculatorio, manifestándose principalmente como orquioepididimitis de repetición.

Si el sistema renal del UE está funcionalmente anulado, se recomienda heminefrectomía y, si tiene función cirugía reconstructiva, como la ureteropielostomía, ureteroureterostomía o el reimplante ureteral.

Reflujo vésico-ureteral

Se define como el paso retrógrado no fisiológico de orina desde la vejiga al uréter. Es una de las entidades más comunes en urología pediátrica y tiene un espectro de severidad que va desde un hallazgo incidental autolimitado hasta una condición asociada con pielonefritis, cicatrices renales, hipertención e incluso ERC. Esta variabilidad plantea una enorme controversia sobre el diagnóstico óptimo y las estrategias de tratamiento.

Prevalencia

Muchos niños con RVU cursan de manera asintomática, con una incidencia estimada del 1%; si bien, trabajos más recientes sitúan la incidencia en niños sanos entre un 20-40%, especialmente en los primeros años de vida(15). En pacientes con DTU, la prevalencia de RVU es del 16%, y en pacientes con ITU, oscila entre un 18-38%. Esta va disminuyendo con la edad del niño, con una tasa de resolución espontánea del 10-15%/año.

Diagnóstico

Actualmente, el objetivo principal es la identificación de la población de riesgo de ITUs recurrentes y daño renal en lugar de simplemente detectar RVU. Definiendo los factores de riesgo para cada paciente (Tabla VI), es posible identificar a este subgrupo(16). Los estudios de imagen incluyen: ecografía renal y vesical, CUMS, CID y ecocistografía.

Pacientes con DTU prenatal

La ecografía es la primera herramienta de evaluación. Es raro que los lactantes con 2 ecografías sucesivas normales entre el primer y segundo mes de vida presenten RVU y, si existiese, suele ser de bajo grado. No obstante, la ausencia de DTU no descarta RVU y el grado de DTU no es un indicador fiable de la presencia de RVU. Por ello, la CUMS se recomienda en: DTU bilaterales de alto grado, duplicidades renales con DTU, UTC, dilatación ureteral o vejigas anormales, porque la probabilidad de RVU es mucho mayor en este grupo, así como los pacientes con DTU que comiencen con ITU(12).

Niños tras su primera ITU febril

Los niños con ITU febriles y alteraciones renales/vesicales en la ecografía tienen mayor riesgo de desarrollar cicatrices renales, por lo que se debe descartar RVU. Las guías europeas recomiendan una CUMS tras la primera ITU febril en menores de 2 años.

Ante una primera ITU febril en un niño entre 0-2 años, las guías europeas recomiendan un manejo más activo mediante CUMS. En cambio, las guías inglesas y americanas, con el fin de disminuir los estudios invasivos, solo recomiendan la CUMS en casos concretos(15). La guía inglesa NICE (National Institute for Health and Care Excellence) lo hace en menores de 6 meses si la ecografía muestra alteraciones, ITU recurrente o ITU atípica (enfermedad grave, flujo urinario bajo, masa abdominal/renal, elevación de creatinina, septicemia, falta de respuesta al tratamiento antibiótico tras 48 horas, organismo diferente a E. coli) y en menores de 3 años para casos seleccionados (DTU en la ecografía, flujo urinario bajo, no E. coli o historia familiar de RVU)(17). La Academia Americana de Pediatría la limita a niños entre 2 meses y 2 años si la ecografía muestra DTU, cicatrices renales u otros hallazgos sugerentes de RVU de alto grado o uropatía obstructiva, así como clínica atípica(18). No obstante, incluso dentro de la misma Academia, la Sección de Urología se ha mostrado recelosa de este protocolo(19).

Una alternativa es el enfoque “arriba-abajo” (top-down approach)(20). En él, se lleva a cabo inicialmente un DMSA en el momento de la IU febril para determinar la presencia de pielonefritis, que es seguida por una CUMS si el DMSA revela afectación renal. Sin embargo, la alta sensibilidad de la prueba hace que se diagnostiquen muchos casos como de factor predisponente, con una probabilidad de RVU si el DMSA es positivo del 49%; por lo que, actualmente, no se la considera una buena prueba de screening(6).

Hermanos y descendientes

El screening de hermanos o descendientes asintomáticos es controvertido. A pesar de no haber evidencia, se recomienda informar a los padres de que los hermanos y descendientes tienen una alta prevalencia de RVU, realizar ecografía para el cribado de hermanos y CUMS si hay evidencia de cicatrices renales en la ecografía o historia de ITU, y no cribar a pacientes mayores que hayan adquirido la continencia, pues no hay ningún valor añadido en el diagnóstico de RVU.

Niños con RVU y disfunción vesical e intestinal (DVI)

La detección de una DVI es esencial en el tratamiento del RVU, ya que estos pacientes con DVI corren mayor riesgo de desarrollar ITU y cicatrices renales. Además, la resolución del RVU es más precoz si se corrige la DVI. En caso de sintomatología compatible (urgencia, incontinencia, estreñimiento…), se debe realizar una anamnesis detallada, incluyendo diario miccional, así como uroflujometrías y residuo postmiccional. Si está disponible, la videourodinamia permite el estudio simultáneo de la dinámica vesical y el RVU, siendo de interés en pacientes con espina bífida o VUP con el fin de aunar varias pruebas invasivas.

Tratamiento

Hay dos enfoques, el conservador (observación, profilaxis) y el quirúrgico, cuya elección se basará en los factores de riesgo anteriormente descritos (Tabla VII).

Tratamiento no quirúrgico

El objetivo de la terapia conservadora es la prevención de la ITU febril. Se basa en que la resolución espontánea del RVU en los primeros años es casi del 80% en los grados I y II y del 30-50% en los grados III-V, algo inferior en caso de afectación bilateral, y en que el RVU no daña el riñón cuando los pacientes están libres de infección y tienen una función vésico-intestinal normal. El enfoque conservador incluye el seguimiento, la profilaxis antibiótica intermitente o continua, la rehabilitación de la vejiga si existe disfunción vesical y la circuncisión preventiva, ya que esta es eficaz para reducir el riesgo de ITU en niños sanos.

Respecto a la profilaxis, esta puede no ser necesaria en todos los pacientes con RVU, puesto que el beneficio es nulo o mínimo en los RVU de bajo grado. En RVU grado III-IV previene las ITUs recurrentes, pero su utilidad en la prevención del daño renal no está clara. Los que han demostrado obtener más beneficio son los niños continentes con disfunción vesical.

Tratamiento quirúrgico

Puede realizarse mediante inyección endoscópica de sustancias de volumen o reimplante ureteral intra o extravesical.

Tratamiento endoscópico: es una alternativa a la profilaxis antibiótica a largo plazo y a la cirugía abierta. Mediante cistoscopia, se inyecta un material en la submucosa intramural del uréter que eleva el orificio ureteral y el uréter distal, lo que estrecha la luz e impide el RVU, mientras que todavía permite su flujo anterógrado.

Cirugía abierta: existen varias técnicas, todas ellas comparten el principio básico de alargamiento de la parte intramural del uréter, aumentando su trayecto submucoso. Todas han demostrado baja tasa de complicaciones y excelente porcentaje de éxito (92-98%).

Cirugía laparoscópica y robótica: actualmente existen muchas series que muestran la viabilidad de estas técnicas con resultados comparables a la cirugía abierta. La principal deficiencia son las dificultades técnicas con tiempos operatorios más largos que dificultan
una mayor aceptación. Se necesitan estudios adicionales para definir las tasas de éxito, los costes y los beneficios globales. Por lo tanto, en la actualidad, no se puede recomendar el procedimiento laparoscópico como un procedimiento de rutina. Se puede ofrecer como una alternativa a los padres en centros donde haya experiencia establecida.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.** Palacios Loro ML, Segura Ramírez DK, Ordoñez Álvarez FA, Santos Rodríguez F. Congenital anomalies of the kidney and urinary tract. A vision for the paediatrician. An Pediatr (Barc). 2015; 83: 442.e1-5.

2.*** Hodhod A, Capolicchio JP, Jednak R, et al. Evaluation of Urinary Tract Dilation Classification System for Grading Postnatal Hydronephrosis. J Urol. 2016; 195: 725-30.

3. Liu D, Palmer B, Maizels M, Herndon A, Chaviano A. CEVL training to SFU grade pediatric hydronephrosis: a guide for pediatric caregivers. J Pediatr Urol. 2015; 11: 52-3.

4.*** Nguyen HT, Benson CB, Bromley B, et al. Multidisciplinary consensus on the classification of prenatal and postnatal urinary tract dilation (UTD classification system). J Pediatr Urol. 2014; 10: 982-98.

5.*** Chow JS, Koning JL, Back SJ, et al. Classification of pediatric urinary tract dilation: the new language. Pediatr Radiol. 2017; 47: 1109-15.

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7. Sánchez Abuín A, del Cañizo López A, Aguilar Cuesta R, Molina Vázquez ME. Indicaciones quirúrgicas en patología urológica pediátrica. Pediatr Integral. 2014; XVIII(10): 739-49.

8.** Frimberger D, Mercado-Deane MG; Section on Urology; Section on Radiology. Establishing a Standard Protocol for the Voiding Cystourethrography. Pediatrics. 2016; 138: 5.

9. Whittam BM, Calaway A, Szymanski KM, et al. Ultrasound diagnosis of multicystic dysplastic kidney: is a confirmatory nuclear medicine scan necessary? J Pediatr Urol. 2014; 10: 1059-62.

10.** Sarhan OM, Alghanbar M, Alsulaihim A, et al. Multicystic dysplastic kidney: Impact of imaging modality selection on the initial management and prognosis. J Pediatr Urol. 2014; 10: 645-9.

11.** Babu R, Rathish VR, Sai V. Functional outcomes of early versus delayed pyeloplasty in prenatally diagnosed pelvi-ureteric junction obstruction. J Pediatr Urol. 2015; 11: 63.e1-5.

12.*** Tekgül S, Dogan HS, Hoebeke P, et al. Guidelines on Paediatric Urology. European Society for Paediatric Urology. 2016. ISBN: 978-90-79754-98-4.

13.*** Gutiérrez Segura C, Gómez Farpón Á, Granell Suárez C. Anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario. Pediatr Integral. 2013; XVII(6): 391-401.

14.** Farrugia MK, Hitchcock R, Radford A, Burki T, Robb A, Murphy F. British Association of Paediatric Urologists. British Association of Paediatric Urologists consensus statement on the management of the primary obstructive megaureter. J Pediatr Urol. 2014; 10: 26-33.

15. Tullus K. Vesicoureteric reflux in children. Lancet. 2015; 385: 371-9.

16. Snodgrass WT, Shah A, Yang M, Kwon J, Villanueva C, Traylor J, et al. Prevalence and risk factors for renal scars in children with febrile UTI and/or VUR: a cross-sectional observational study of 565 consecutive patients. J Pediatr Urol. 2013; 9: 856-63.

17. National Institute for Health and Clinical Excellence. Urinary tract infection in under 16s: diagnosis and management NICE guideline CG54. 2007.

18. Subcommittee on Urinary Tract Infection. Reaffirmation of AAP Clinical Practice Guideline: The Diagnosis and Management of the Initial Urinary Tract Infection in Febrile Infants and Young Children 2–24 Months of Age. Pediatrics. 2016; 138: 6.

19. Wan J, Skoog SJ, Hulbert WC, Casale AJ, Greenfield SP, Cheng EY, et al. Executive Committee, Section on Urology, American Academy of Pediatrics. Section on Urology response to new Guidelines for the diagnosis and management of UTI. Pediatrics. 2012; 129: e1051-3.

20. Zhang X, Xu H, Zhou L, Cao Q, Shen Q, Sun L, et al. Accuracy of early DMSA scan for VUR in young children with febrile UTI. Pediatrics. 2014; 133: e30-8.

Bibliografía recomendada

- Nguyen HT, Benson CB, Bromley B, et al. Multidisciplinary consensus on the classification of prenatal and postnatal urinary tract dilation (UTD classification system). J Pediatr Urol. 2014; 10: 982-98. doi: 10.1016/j.jpurol.2014.10.002.

Representa el eje vertebral del cambio realizado a la hora de interpretar las ecografías pre y posnatales.

- Chow JS, Koning JL, Back SJ, et al. Classification of pediatric urinary tract dilation: the new language. Pediatr Radiol. 2017; 47: 1109-15. doi: 10.1007/s00247-017-3883-0.

Basada en el artículo anterior, ejemplifica con múltiples imágenes ecográficas cómo se valora y se cataloga actualmente la DTU.

- Tekgül S, Dogan HS, Hoebeke P, et al. Guidelines on Paediatric Urology. European Society for Paediatric Urology. 2016. ISBN: 978-90-79754-98-4. http://uroweb.org/wp-content/uploads/EAU-Guidelines-Paediatric-Urology-2016-1.pdf.

Última guía europea de urología pediátrica que sintetiza los principales dogmas de la especialidad.

- National Institute for Health and Clinical Excellence. Urinary tract infection in under 16s: diagnosis and management NICE guideline CG54. 2007.

Está guía está actualmente vigente. Se espera su actualización para finales de septiembre, aunque las recomendaciones de este texto siguen en pie. https://www.nice.org.uk/Guidance/cg54.

 

Caso clínico

 

Antecedentes personales

Ecografías prenatales normales. Embarazo normal. Portador heterocigoto mutación F508?. Trastorno leve del comportamiento alimentario. Índice nutricional 92%. IMC: 14.7 kg/m2. No antecedentes familiares relevantes.

Pruebas complementarias

Ecografía abdominal: riñón derecho de tamaño, morfología y ecogenicidad normal, con buena diferenciación córtico-medular, sin dilatación de la vía urinaria. Moderada hidronefrosis izquierda, con dilatación de los cálices y la pelvis renal, que mide 25 mm de eje AP. No se identifica el uréter. Vejiga de paredes finas.

Renograma diurético MAG-3:

– Riñón derecho: FRD 58%. Eliminación a los 10 minutos del 50%.

– Riñón izquierdo: FRD 42%. No se consigue observar eliminación en todo el estudio. En las imágenes finales se observa importante retención de material radiactivo a nivel de pelvis renal, que parece estar muy dilatada. Se obtuvo una imagen estática postmiccional en la que se observa la persistencia de dicha actividad a nivel renal.

Se programa para un tratamiento endoscópico. En la pielografía retrógrada se aprecia, tras cateterizar con dificultad el ostium ureteral izquierdo, una estenosis urétero-vesical y del segmento más distal del uréter distal, así como la hidronefrosis conocida. Se dilatan la estenosis urétero-vesical y ureteral, y se deja temporalmente un catéter doble J.

Durante el seguimiento, se solicitan ecografías (3 y 6 meses tras retirada del doble J) y renograma diurético (8 meses). En la ecografía no se aprecian cambios (DAP 23 mm) y en el renograma persiste la falta de respuesta al diurético con disminución de la FRD (27%).

 

Se decide nueva intervención, comenzando por la pielografía, en la cual se descartan anomalías a nivel urétero-vesical. A nivel pielo-ureteral, se comprueba que no existe ninguna estenosis intrínseca, permitiendo el relleno del balón sin dificultad ni defectos de replección.

Se sospechan unos vasos polares, por lo que se realiza un angio-TC abdominal previa pieloplastia laparoscópica, confirmando ambas la existencia de una compresión extrínseca por vasos polares inferiores que cruzan por delante de la unión urétero-piélica izquierda. La ecografía postoperatoria a los 6 meses muestra una disminución de la DTU a 14 mm y el paciente se encuentra clínicamente asintomático.

 

 

 

Morfología y función renal

Regreso a las bases

 

L.M. Rodríguez Fernández

Jefe de Sección. Unidad de Nefrología Pediátrica. Servicio de Pediatría. Complejo Asistencial Universitario de León (CAULE)

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 433-440


Morfología y función renal

 

Introducción

El riñón es un órgano par situado en la parte alta de la región retroperitoneal, a ambos lados de los grandes vasos paravertebrales a los que se une por su pedículo vascular, y provisto de un conducto excretor, el uréter, que desemboca en la vejiga urinaria. Está formado por una serie de estructuras vasculares y epiteliales que funcionan en relación estrecha y que lo convierten en el órgano primordial del sistema urinario. Este sistema es el encargado de formar la orina y de eliminarla del cuerpo. La secreción de orina y su eliminación son cometidos vitales, pues constituyen en conjunto uno de los mecanismos básicos de la homeostasis del medio interno; hasta el punto de que, como se ha dicho, la composición de la sangre y del medio interno está regida, no por lo que se ingiere, sino por lo que los riñones conservan.

Además de desempeñar este papel esencial, el riñón tiene la capacidad de producir hormonas y autacoides (sustancias que actúan en el lugar en el que se producen), como la eritropoyetina, la renina o las prostaglandinas, que tienen gran influencia sobre el control de la tensión arterial, el metabolismo óseo o la formación de glóbulos rojos, y que lo convierten también en un órgano endocrino.

Las funciones que realiza el riñón son posibles gracias a su morfología. Para alcanzar una comprensión elemental de la fisiología renal, es indispensable disponer de un conocimiento suficiente de las estructuras en las que tienen lugar los distintos procesos en los que participa este órgano.

Morfología renal

Anatomía macroscópica(1)

Dimensiones, forma y localización

Los riñones tienen característicamente forma de habichuela y en la edad adulta llegan a pesar una media de 140 a 150 g y a medir longitudinalmente un promedio de 11,5 cm. En general, el riñón izquierdo es algo más voluminoso que el derecho. Durante la infancia van aumentando de tamaño; de forma que, en los niños, su longitud se correlaciona muy directamente con la talla. En las figuras 1 y 2, procedentes del estudio de Gavela y cols., se presentan los valores que va adquiriendo la longitud de cada uno de los riñones en relación con la talla de los niños(2).

 

Figura 1. Valor normal del tamaño del riñón izquierdo según la talla.

 

 

Figura 2. Valor normal del tamaño del riñón derecho según la talla.

 

Los riñones están situados detrás del peritoneo parietal contra la pared posterior del abdomen, un poco por fuera de las apófisis transversas de la 11ª y 12ª vértebras dorsales y las dos primeras vértebras lumbares, dentro de una celda celuloadiposa cerrada, limitada por una fascia perirrenal de tejido conectivo, que los fija a las estructuras adyacentes y ayuda a que conserven su situación normal, con el eje mayor algo inclinado hacia fuera. Por el lugar que ocupa el hígado, el riñón derecho se ve desplazado un poco más abajo que el izquierdo.

Estructura externa(1,3)

Cada riñón está rodeado por una cápsula resistente de tejido fibroso blanquecino que se interrumpe a nivel del hilio renal, una concavidad situada en su borde interno, por la que penetran en el riñón el uréter y los vasos sanguíneos.

Aunque hay un gran número de variaciones individuales en la vascularización renal, cada riñón está irrigado por una arteria renal que se origina de la aorta y que, poco antes de llegar al hilio, se bifurca en sus ramas anterior y posterior. Las venas renales se sitúan por delante de las arterias y desembocan en la vena cava inferior.

Estructura interna(1,3)

Al practicar la hemisección de los riñones a lo largo de su eje mayor, es posible observar que están formados por dos tipos de sustancia: la capa externa granulosa, corteza, y la porción interna o central de aspecto estriado, médula (Fig. 3). Esta última queda dividida en una docena o más de cuñas triangulares, las pirámides renales de Malpighi. La base de estas pirámides está orientada hacia la corteza y su vértice, orientado hacia el seno renal, forma unas eminencias redondeadas que protruyen en los cálices, denominadas papilas renales. La corteza se prolonga entre dos pirámides adyacentes, en formaciones que se llaman columnas renales de Bertin.

 

Figura 3. Aspecto macroscópico del corte frontal de un riñón.

 

El seno renal es una cavidad cuya abertura coincide con el hilio renal y cuyas paredes están constituidas por el parénquima renal. Contiene, en un tejido celuloadiposo, las ramificaciones de los vasos, los nervios y los primeros segmentos del aparato excretor urinario: los cálices y la pelvis renal.

Anatomía microscópica

La nefrona es la unidad estructural y funcional del riñón y comprende un elemento filtrante (corpúsculo renal de Malpighi) y un túbulo renal (Fig. 4). Se estima que cada riñón de un sujeto adulto sano contiene un millón de nefronas.

 

Figura 4. Descripción esquemática de la nefrona (las flechas en el interior de los túbulos indican la dirección del flujo).

 

Corpúsculo renal(1,3)

El corpúsculo renal de Malpighi está compuesto por el glomérulo capilar y la cápsula de Bowman que lo recubre (Fig. 5). Existe un espacio dentro de la cápsula, espacio de Bowman, hacia donde pasa el líquido filtrado procedente del glomérulo. La barrera de filtración del corpúsculo renal o membrana glomerular consta de tres capas: el endotelio de los capilares glomerulares, la membrana basal y una capa de células epiteliales especializadas con fenestraciones. Las células mesangiales se sitúan en la parte central del glomérulo entre las asas capilares, a veces penetrando en ellas de forma que conectan íntimamente con la célula endotelial. Estas células tienen función contráctil, gracias a los filamentos de actina y miosina, que les permiten regular el coeficiente de ultrafiltración en respuesta a distintos agonistas. Además, tienen capacidad fagocítica y pueden sintetizar y degradar la matriz extracelular. Intervienen también en la síntesis de determinados autacoides y factores de crecimiento que pueden actuar de forma autocrina y paracrina.

 

Figura 5. Esquema de un corpúsculo renal.

 

Túbulos renales(1,3)

El túbulo renal comienza con el túbulo próximal que inicialmente forma varias espiras (porción convoluta del túbulo proximal o túbulo contorneado proximal), seguida de una porción recta. El siguiente segmento es la rama delgada descendente del asa de Henle, que posee una morfología en horquilla, comenzando en su final con un ascenso paralelo a la rama descendente. En las asas largas, la primera porción de la zona ascendente permanece delgada, denominándose rama delgada ascendente del asa de Henle. Más allá de esta región, las asas largas se ensanchan en la rama ascendente gruesa del asa de Henle, en cuya parte final existe una zona engrosada denominada mácula densa, en la que el túbulo transcurre entre las arteriolas que irrigan su propio glomérulo. Tras ella comienza la parte convoluta del túbulo distal o túbulo contorneado distal que, a través de los conductos conectores, llega a los tubos colectores corticales que entran en la médula, convirtiéndose en tubos colectores medulares externos e internos. Estos últimos se unen a otros y todos los de una pirámide renal convergen para formar una estructura que desemboca en la papila renal en uno de los cálices menores.

Aparato yuxtaglomerular(1,3)

Está situado entre la primera porción del túbulo contorneado distal y las arteriolas aferente y eferente, pertenecientes al corpúsculo renal de su propia nefrona (Fig. 5). Lo componen tres tipos de células: las células yuxtaglomerulares, que son células mioepiteliales que rodean el final de la arteriola aferente, ricas en gránulos de secreción y que secretan el 90% de la renina; las células de la mácula densa, un tipo de células epiteliales diferenciadas de la pared del túbulo recto distal ascendente que en esta zona de contacto con el glomérulo, se vuelven más altas y estrechas, controlan la secreción de renina y la velocidad de filtración glomerular, y las células de Goormaghtigh o del lacis, que son células mesangiales extraglomerulares que responden a múltiples mediadores y controlan la superficie de filtrado.

El corpúsculo renal y los túbulos contorneados se encuentran en la corteza renal; en cambio, el asa de Henle y la mayor parte de los túbulos colectores se sitúan en la médula renal.

Ultraestructura de la barrera de filtración glomerular

La barrera de filtración glomerular es una barrera molecular situada entre la sangre y el espacio urinario capaz de evitar el paso, a su través, de la mayoría de las proteínas plasmáticas, pero que permite el paso del agua, de pequeñas moléculas de soluto y de iones. Está formada por tres capas: el endotelio vascular fenestrado, la membrana basal glomerular y la hendidura del poro y la zona que queda entre los pedicelos de los podocitos (Fig. 6).

 

Figura 6. Esquema de la barrera de filtración glomerular.

 

Endotelio vascular(1,3,4)

Está constituido por células de citoplasma aplanado, perforadas por poros o fenestraciones de 70-100 nm de diámetro, cuya superficie está cargada negativamente por la presencia de una proteína polianiónica, la podocalixina. La aglomeración de moléculas superficiales aniónicas y fenestraciones hace que el endotelio glomerular se diferencie de otras membranas plasmáticas endoteliales y permita el paso de moléculas de bajo peso molecular; aunque, no es muy eficiente para impedir el paso de macromoléculas.

Membrana basal glomerular(1,3)

La membrana basal glomerular impide el paso de macromoléculas en forma mecánica y eléctrica. Su integridad estructural es clave para el mantenimiento de la función de permeabilidad de la barrera al agua, pequeños solutos, iones y proteínas menores de 70 KDa. Está compuesta por dos capas finas, la lámina rara interna y la lámina rara externa, y una capa central gruesa, la lámina densa. Las células endoteliales y epiteliales adyacentes secretan moléculas tales como colágeno tipo IV, laminina, fibronectina y proteoglicanos de heparán sulfato, dando lugar a una estructura semejante a un enrejado.

Podocito y poro de filtración glomerular(1,3)

El tercer elemento de la barrera de filtración glomerular lo constituyen las células epiteliales viscerales o podocitos, encargados de sintetizar la membrana basal glomerular y formar los poros de filtración. Los podocitos son células muy diferenciadas que expresan una serie de proteínas específicas, indispensables para el mantenimiento de la compleja estructura de la barrera de filtración con los procesos pedicelares interdigitados (pedicelos) y los diafragmas de hendidura, pequeñas hendiduras cubiertas por una película proteica.

La superficie del podocito podría ser dividida, sin entrar en demasiado detalle, en tres dominios con diferentes localizaciones, componentes proteicos y funciones. En cada dominio existen proteínas, que son fundamentales para el mantenimiento y estabilidad global de la arquitectura del podocito. En el dominio apical encontramos podocalixina, ezrina y el complejo NHERF-2, que cubren la superficie del podocito. En el dominio del diafragma de filtración se encuentra la principal responsable de la de selectividad del diafragma, la nefrina. A este nivel, también encontramos P-cadherina, neph-1, podocina, filtrina, etc. El dominio basal o de anclaje es el encargado de fijar al pedicelo a la membrana basal glomerular, y en él encontramos el complejo distroglicano, el complejo integrina a3 b1 y la megalina(4).

Función renal

La función básica del riñón es la formación de orina para su eliminación a través del sistema excretor urinario. Dos procesos distintos determinan esta formación: la filtración de líquido a través de los capilares glomerulares hacia el espacio de Bowman y la modificación del volumen y de la composición del filtrado glomerular en los túbulos renales.

Filtrado glomerular(5,6)

El líquido pasa de los capilares glomerulares a la cápsula de Bowman por la existencia de un gradiente de presión entre estas dos áreas. Este proceso está favorecido por dos características estructurales que convierten los corpúsculos renales en membranas de filtración especialmente eficaces: los capilares glomerulares tienen un número de poros mucho mayor que otros capilares y la arteriola eferente tiene un diámetro menor que la aferente, provocando una mayor resistencia a la salida del flujo sanguíneo del glomérulo y aumentando la presión hidrostática glomerular. En condiciones normales se producen 120 ml/minuto o 180 l/día de filtrado. La tasa de filtración glomerular está determinada, además de por la diferencia de presión en el capilar glomerular, por el flujo plasmático renal y por el coeficiente de ultrafiltración glomerular, dependiente del área de filtración y de la permeabilidad de la membrana a través de la que ésta se produce.

Presión efectiva de filtración

La presión efectiva de filtración (PEF) es el resultado de la interacción de presiones a través de la membrana capilar glomerular, de acuerdo con la siguiente ecuación: PEF = (Presión hidrostática glomerular + Presión osmótica capsular) – (Presión osmótica glomerular + Presión hidrostática capsular).

La presión hidrostática glomerular es la fuerza impulsora fundamental del filtrado y tiende a expulsar líquido de los glomérulos; mientras que, la presión hidrostática capsular y la presión coloidosmótica sanguínea actúan en dirección opuesta. En sujetos sanos, la presión oncótica en la cápsula de Bowman debe ser cero, porque el filtrado glomerular no contiene proteínas. La presión hidrostática glomerular guarda cierta relación con la tensión arterial sistémica. La pérdida urinaria de proteínas aumenta inicialmente la tasa de filtrado glomerular al descender la presión osmótica sanguínea y aumentar la presión osmótica capsular.

Flujo plasmático renal

El flujo a través de un órgano depende de la presión de perfusión y de la resistencia al paso del mismo. Así, cambios en la presión producirían cambios en el mismo sentido en el flujo sanguíneo renal. Sin embargo, esto está modulado por la existencia de un sistema de autorregulación intrínsecamente renal que se produce incluso en ausencia de estímulos nerviosos u hormonales y que mantiene constante el flujo plasmático renal dentro de un rango de tensión arterial mediante modificaciones en la resistencia al flujo. El lugar principal donde se ejerce esta autorregulación es la arteriola aferente a través de dos mecanismos:

Mecanismo miogénico: el estiramiento de la pared vascular, causado por aumento de presión, provoca contracción de su músculo liso e incremento de la resistencia al flujo.

Retroacción tubuloglomerular: mantiene constante el flujo plasmático renal mediante modificación primaria de la tasa de filtración glomerular; de forma que, cuando existe un aumento de la tensión arterial, se produce inicialmente un aumento del flujo plasmático renal y se elevan la tasa de filtración glomerular, la velocidad del flujo y la oferta de sodio a través del túbulo. La mácula densa detecta estos cambios, desencadenando la producción de sustancias vasoconstrictoras (adenosina, ATP…) que actúan sobre la arteriola aferente disminuyendo el flujo plasmático renal al nivel basal. Sucede lo contrario en las situaciones de hipotensión.

El objetivo básico de la autorregulación renal es mantener un adecuado balance de líquido y sodio en el organismo, así como la preservación de la estructura glomerular.

Coeficiente de ultrafiltración glomerular

Finalmente, la tasa de filtración glomerular depende del coeficiente de ultrafiltación glomerular, que se expresa como el producto de la constante de permeabilidad hidráulica de la pared glomerular por la superficie disponible para la filtración. La permeabilidad de la membrana puede verse afectada en diferentes patologías glomerulares y el área de filtración puede sufrir modificaciones por contracción mesangial o en respuesta a sustancias vasoactivas, cuyo efecto permite al glomérulo modificar la superficie de filtración, tanto en condiciones normales como patológicas.

La función renal en el feto se caracteriza por una baja tasa de filtración glomerular determinada por una tensión arterial y un flujo plasmático renal bajos, un área de filtración menor y unas elevadas resistencias vasculares renales. Sin embargo, tras el nacimiento la función renal aumenta debido al ascenso de la tensión arterial y al importante descenso de las resistencias vasculares renales (Tabla I)(7).

 

 

Función tubular renal(5,8)

El ultrafiltrado glomerular es modificado en los túbulos renales por dos procesos: la reabsorción y la secreción tubulares.

Reabsorción tubular: recuperación de solutos y de la mayor parte del agua filtrada en los glomérulos desde el fluido tubular hacia la sangre de los capilares peritubulares.

Secreción tubular: adición de solutos al fluido tubular desde la sangre de los capilares peritubulares o desde las células tubulares.

El complejo equilibrio entre estos dos procesos, en ocasiones regulado por influjo hormonal y que se revisará a continuación someramente, posibilita la formación de orina con unas características determinadas y mantiene estable la composición del medio interno. De esta forma, entre el 97 y el 99% del agua y una parte importante de los solutos filtrados en el glomérulo volverán a la sangre y no formarán parte de la orina.

Manejo renal de sodio, cloro y agua

• En el túbulo proximal se produce reabsorción del sodio (Na+) filtrado, acompañado de un anión para mantener la electroneutralidad (75% Cl- y 25% HCO3-); también, se reabsorbe buena parte del agua filtrada gracias a la fuerza osmótica generada por la absorción de Na+ (Fig. 7).

 

Figura 5. Esquema de un corpúsculo renal.

 

• En la rama ascendente gruesa del asa de Henle, el Na+ y el Cl- son trasportados activamente desde la luz tubular por el cotransportador Na+-K+-2Cl- (NKCC2) en la membrana apical. Esta reabsorción de Na+ y Cl- sin reabsorción de agua aumenta la osmolaridad del intersticio, promoviendo la salida de agua de las asas descendentes del asa de Henle. A medida que asciende, la luz tubular de la rama ascendente gruesa del Asa de Henle se va volviendo hipotónica y, a nivel de la corteza, está diluida con respecto al plasma. El intersticio medular alcanza su mayor osmolaridad en la zona más profunda.

• En la parte convoluta del túbulo distal y en los conductos conectores existe reabsorción activa de Na+ y Cl- a través de un cotransportador Na+/Cl- activado por la aldosterona y por el aumento en la ingesta de sal.

• En los tubos colectores corticales, la reabsorción de Na+ se produce por canales de Na+ (ENaC) en las células principales sensibles a la acción de la aldosterona.

• El transporte de agua en los segmentos distales de la nefrona está sujeto a un estricto control fisiológico. Así, cuando la osmolaridad del plasma aumenta, los receptores hipotalámicos responden liberando hormona antidiurética (ADH) que se une a los receptores V2 en la membrana basolateral de los tubos conectores y colectores e induce la inserción en la membrana apical de canales para el agua (acuaporina 2), causando reabsorción de agua desde la luz tubular a medida que los túbulos colectores se dirigen hacia la papila, descendiendo a través del intersticio hiperosmótico. En ausencia de ADH no se produce reabsorción de agua a este nivel, por lo que la orina es muy diluida.

En resumen, el 65% del Na+, Cl- y agua filtrados se reabsorben en el túbulo proximal, el 20%, en la rama ascendente gruesa del asa de Henle, el 10%, en la parte convoluta del tubo distal y un 3-5%, en los conductos colectores.

Manejo renal del potasio

El K+ se filtra libremente en el glomérulo.

• El 50-60% del K+ filtrado se reabsorbe en el túbulo proximal de forma pasiva vía paracelular siguiendo la reabsorción de agua y Na+.

• En la rama ascendente gruesa del asa de Henle, la reabsorción de K+ se lleva a cabo por el cotrasportador NKCC2 (25% del K+ filtrado). El Na+ que entra en la célula es enviado al intersticio por la Na+/K+ ATPasa; mientras que, parte del K+ reabsorbido es reciclado a la luz tubular mediante canales ROMK. Además, la secreción tubular de K+ crea un gradiente eléctrico que favorece su reabsorción paracelular.

• La nefrona distal es el lugar más importante de la regulación renal de K+. Aquí el Na+ difunde pasivamente al interior de la célula principal por los canales ENaC apicales, siendo trasportado posteriormente al intersticio por la Na+/K+ ATPasa, lo que aumenta la concentración intracelular de K+, creando un gradiente que favorece su difusión a la luz tubular a través de canales selectivos. Existen también canales basolaterales de K+ que lo reciclan al intersticio, manteniendo la eficiencia de la Na+/K+ ATPasa. Además de esta secreción de K+ por las células principales, la nefrona distal es capaz de reabsorber K+ en situaciones de depleción del mismo o de acidosis metabólica a través de la acción de la H+/K+ ATPasa de las células intercaladas.

En contraste con otros iones, los cambios en la excreción urinaria de K+ son determinados principalmente por cambios en su secreción tubular y no por cambios en la reabsorción y filtración. La excreción urinaria de K+ en la nefrona distal se eleva en respuesta a diferentes factores, como son la mayor oferta de Na+, la mayor velocidad de flujo en el tubo distal que ocurren, por ejemplo, durante la expansión del volumen extracelular, acidosis metabólica y, sobre todo, en presencia de aldosterona, su regulador hormonal más potente.

Control renal del equilibrio ácido-base

• En el túbulo proximal (donde se reabsorbe un 80% del HCO3- filtrado), la anhidrasa carbónica (AC) intracelular cataliza la formación de HCO3- y H+. Los H+ salen a la luz tubular mediante el transportador NHE3 intercambiándose por Na+ reaccionando con el HCO3- filtrado formando ácido carbónico (H2CO3-) que, por acción de la AC de la membrana apical, se escinde en agua y CO2. Mientras, el HCO3- pasa al intersticio por intercambio con Cl- o en simporte con Na+.

• El mecanismo de reabsorción de HCO3- en la rama ascendente gruesa del asa de Henle y en los túbulos distales es similar (aproximadamente un 15%).

• En los túbulos colectores corticales, las células intercaladas son las responsables de la secreción de H+ a la luz tubular gracias a la existencia de una H+-ATPasa y una H+/K+-ATPasa apicales. El HCO3- reabsorbido (4%) sale de la célula por intercambio con Cl-.

Además de este mecanismo conservador del HCO3- filtrado, el riñón es capaz de añadir HCO3- a la sangre por otros dos mecanismos: la excreción de acidez titulable (AT) y la excreción de amonio (NH4+).

Manejo renal de fósforo

Aproximadamente un 80% del fósforo (P) filtrado se reabsorbe en el túbulo proximal. El paso de P al interior de la célula tubular se lleva a cabo por cotransportadores de Na+y P que forman parte de la superfamilia de transportadores de solutos SLC34. Los subtipos NaPi-IIa y NaPi-IIc existen en la membrana apical de las células tubulares. Un transportador tipo III de la familia SLC20 participa también en la conservación renal de P con la isoforma PiT2.

La reabsorción renal de P disminuye en las situaciones de acidosis metabólica, dietas ricas en P, hiperpotasemia, en presencia de hormona paratiroidea que actúa modificando las proteínas encargadas del transporte de los NaPi-II hacia la membrana apical, y en presencia de las denominadas fosfatoninas, que son proteínas con efecto fosfatúrico. La más importante, desde el punto de vista renal es el factor de crecimiento fibroblástico 23 (FGF-23) producido en el hueso y que aumenta la eliminación de P e inhibe la síntesis de vitamina D. El FGF-23 precisa para unirse a sus receptores de la célula tubular un cofactor, la proteína Klotho(9).

Manejo renal del calcio

La porción libre de calcio (Ca+2) es filtrada libremente, mientras que el resto es retenido en el plasma unido a albúmina. Sólo un 1-2% del Ca+2 filtrado se excreta en orina.

• Un 70% se reabsorbe en el túbulo proximal y un 10-15% en la rama ascendente gruesa del asa de Henle de forma pasiva vía paracelular a través de canales iónicos (claudinas) gracias al gradiente electroquímico y de concentración generado por la reabsorción de Na+ y agua en estos segmentos.

• En los túbulos distales se reabsorbe una pequeña cantidad de Ca+2. Aquí la entrada apical de Ca+2 se produce pasivamente a través de canales iónicos TRPV5 regulados por la PTH de forma directa en relación al balance de Ca+2 del organismo, mientras el paso hacia el intersticio está mediado por un intercambiador con Na+ y por la Ca+2-ATPasa. La reabsorción de Ca+2 en los conductos colectores es mínima.

Un elemento importante en el transporte renal del Ca+2 es el receptor sensible al calcio (CaSR) que se expresa en diferentes lugares del túbulo renal. En la membrana apical del túbulo proximal su activación disminuye la respuesta fosfatúrica de la PTH. En la membrana basolateral de la rama ascendente gruesa del asa de Henle disminuye la actividad de los canales ROMK, disminuyendo la reabsorción de Na+ y de Ca+2. Además, inhibe la fosforilación de Claudina-16, disminuyendo su acción paracelular impidiendo la reabsorción de Ca+2. Se encuentra también en la membrana apical de los tubos colectores donde interfiere con el tráfico de acuaporina 2 hacia la membrana apical, provocando dilución de la orina a la vez que aumenta la secreción de H+ por las células intercaladas.

Regulación renal de la presión arterial(10)

El riñón participa de manera importante en la regulación de la presión arterial merced a su acción sobre el equilibrio del Na+, un determinante importante de la presión arterial. La concentración de Na+ en el líquido tubular proximal se percibe en la mácula densa, parte del aparato yuxtaglomerular. En este lugar se valora también la presión de perfusión de la sangre, un indicador importante del estado del volumen intravascular en circunstancias normales. La escasez del Na+ y la menor presión de perfusión actúan como un estímulo para la liberación de la renina. La renina, una proteasa elaborada en las células yuxtaglomerulares, escinde el angiotensinógeno sanguíneo para generar angiotensina I, transformada en angiotensina II por la enzima convertidora de angiotensina. La angiotensina II aumenta la presión arterial provocando vasoconstricción y estimulando la secreción de la aldosterona, que favorece la retención del Na+ y del agua en el túbulo colector.

La depleción del volumen intravascular también desencadena la liberación de vasopresina. Receptores en el cuerpo carotídeo y otros captan la disminución en la presión arterial y activan las vías neurales autónomas y la liberación de vasopresina en el hipotálamo. En la membrana plasmática apical del túbulo colector renal, la vasopresina facilita la inserción de canales para el agua, aumentando su cantidad y, por tanto, la reabsorción de agua libre y, secundariamente, la tensión arterial.

Los riñones también tienen la capacidad de producir mensajeros químicos, como las prostaglandinas, las quininas y el óxido nítrico que participan en mecanismos hipotensores.

Función endocrina

El riñón sintetiza dos hormonas: la eritropoyetina y el calcitriol o vitamina D activa.

La eritropoyetina es una glicoproteína, producida por un grupo especial de células del intersticio renal que se libera, principalmente, en respuesta a la hipoxia y estimula la eritropoyesis en la médula ósea. En algunas patologías renales, especialmente en la enfermedad renal crónica, se produce un déficit en la producción de esta hormona y consecuentemente se acompaña de anemia.

La vitamina D se forma a partir del 7-dehidrocolesterol que, por acción de la luz solar en la piel, se convierte en colecalciferol. Esta sustancia es hidroxilada en el hígado, convirtiéndose en 25-hidroxicolecalciferol, pero el metabolíto más activo, llamado 1,25 dihidroxicolecalciferol o calcitriol se forma tras sufrir una nueva hidroxilación en las células del túbulo renal. El calcitriol, que interviene de forma principal en el metabolismo óseo tiene, por tanto, origen renal. Su déficit explica, en parte, el hipocrecimiento y la osteodistrofia de la enfermedad renal crónica(9).

Glucogénesis

Finalmente, es preciso señalar que, en los periodos de ayuno prolongado, los riñones son capaces de sintetizar glucosa a partir de ciertos aminoácidos y otros precursores, liberándola la sangre en cantidades que representan el 80% de la glucosa producida por el hígado.

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10. Navar LG. The role of the kidneys in hypertension. J Clin Hypertens. 2005; 7: 542-9.

 

Hipercalciuria

Temas de FC

D. González-Lamuño

Profesor Titular de Pediatría. Unidad de Nefrología-Metabolismo Infantil. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario M. Valdecilla-Universidad de Cantabria. Santander

 

Resumen

La hipercalciuria es una excreción urinaria de calcio superior a 4 mg/kg/día, en el contexto de una dieta normal en calcio, proteínas y sodio. La calciuria puede estimarse en una orina aislada, determinando la relación calcio/creatinina. Por encima del año, una relación >0,2 sugiere hipercalciuria. La mayoría de las hipercalciurias están asociadas a una hipercalcemia, siendo la causa más frecuente en el niño la hiperdosificación de vitamina D. Otras causas de hipercalciuria secundaria son el hiperparatiroidismo, la inmovilización prolongada, el síndrome de Cushing, tratamiento con corticosteroides, síndrome de Fanconi, síndrome de Bartter o la acidosis tubular distal. La hipercalciuria también se puede observar en la enfermedad de Dent y asociada al raquitismo hipofosfatémico.
Las formas de hipercalciuria primaria son enfermedades multifactoriales con mayor predisposición a litiasis renal, osteoporosis y enuresis nocturna. Sus manifestaciones clínicas son variables, pudiendo detectarse en el contexto de una nefrocalcinosis, como hematuria micro o macroscópica, disuria o dolor abdominal en ausencia de litiasis renal.
Una adecuada ingesta de líquidos es crítica en la prevención de la sobresaturación de la orina, independientemente de la causa de hipercalciuria. Está recomendada una dieta pobre en sodio, alta en potasio y baja en oxalatos para reducir la excreción urinaria de calcio y prevenir complicaciones. Ocasionalmente, es necesario recurrir a tratamientos farmacológicos con citrato potásico y/o tiazidas para normalizar la calciuria.

 

Abstract

Hypercalciuria is a urinary calcium excretion more than 4 mg/kg/day, in the context of a normal diet in calcium, protein and sodium. The calciuria can be estimated in a isolated urine by determining the calcium/creatinine ratio. A ratio >0.2 suggests hypercalciuria. Most hypercalciuria are associated with hypercalcemia, the most common being the child hiperdosificación vitamin D. Other causes are secondary hypercalciuria hyperparathyroidism, prolonged immobilization, Cushing syndrome, treatment with corticosteroids, Fanconi syndrome, Bartter syndrome and distal renal tubular acidosis. Hypercalciuria can also be observed in Dent’s disease and associated with hypophosphatemic rickets.
Primary hypercalciuria forms are multifactorial diseases with increased susceptibility to kidney stones, osteoporosis and bedwetting. Its clinical manifestations are variable and can be detected in the context of nephrocalcinosis as gross or microscopic hematuria, dysuria, or abdominal pain in the absence of kidney stones.
Adequate fluid intake is critical in preventing oversaturation of the urine, regardless of the cause of hypercalciuria.A diet low in sodium, high in potassium and low in oxalates to reduce urinary calcium excretion and prevent complications is recommended. Occasionally it is necessary to resort to pharmacological treatments with potassium citrate and / or thiazides to normalize urinary calcium.

 

Palabras clave: Hipercalciuria; Tubulopatías; Nefrocalcinosis; Litiasis renal.

Key words: Hypercalciuria; Tubulopathies; Nephrocalcinosis; Renal stones.

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 422-432


Hipercalciuria

 

Introducción

La hipercalciuria se define como una excreción urinaria de calcio superior a 4 mg/kg/día, en el contexto de una dieta normal en cuanto al contenido de calcio, proteínas y sodio. La calciuria también puede ser estimada en una orina aislada, determinando la relación calcio/creatinina (Ca/Cr), expresada en mg/mg. Por encima del año de edad, una relación superior a 0,2 mg/mg sugiere hipercalciuria. Durante los primeros 6 meses de vida, los valores considerados normales son inferiores a 0,8 mg/mg y, desde los 6 meses al año de vida, de 0,6 mg/mg.

La hipercalciuria se define como una excreción urinaria de calcio superior a 4 mg (o 0,1 mmol) por cada kg de peso y día, en el contexto de una dieta normal en cuanto al contenido de calcio, proteínas y sodio. La calciuria también puede ser estimada en una orina aislada, determinando la relación calcio/creatinina (Ca/Cr), expresada en mg/mg o mmol/mmol. Por encima del año de edad, una relación superior a 0,2 mg/mg sugiere hipercalciuria.

Es complejo definir los valores de calciuria con potencial significado patológico, ya que existe una gran variabilidad en la incidencia de patología asociada a esta alteración y a que los niveles de calciuria son extremadamente variables en distintas comunidades(1). Se entiende que los límites máximos de calciuria diaria normal son, de forma absoluta, de 250 mg para la mujer y de 300 mg para el hombre y, en la edad pediátrica, de 4 mg/kg/día a partir de los 2-3 años. Durante la lactancia, las cifras de calciuria consideradas normales son significativamente más elevadas, ya que la excreción de calcio urinario es mayor en lactantes y niños pequeños que durante la edad escolar. La hipercalciuria se define, por tanto, como una excreción diaria de calcio superior a 4 mg, o 0,1 mmol, por cada kg de peso, objetivada en varias ocasiones. De forma práctica, si no es posible realizar una recogida de orina de 24 horas, las cifras de calciuria pueden estimarse a partir de las concentraciones de calcio (Ca) y creatinina (Cr) obtenidas en una muestra aislada de orina, valorando la proporción o relación entre ambas. Una relación Ca/Cr, expresada en mg/mg superior a 0,2, sugiere hipercalciuria, teniendo en cuenta que los valores normales durante los primeros 6 meses de vida son hasta de 0,8 y, desde los 6 meses al año de vida, de 0,6(2). Expresados los valores en mmol/mmol, la proporción normal es menor de 2,4 mmol/mmol en el lactante y menor de 0,6 en el niño mayor(3) (Tabla I).

 

 

La excreción de calcio urinario está aumentada en lactantes e influenciada por la fuente de leche o tipo de fórmula. Los lactantes alimentados con leche materna presentan una mayor excreción de calcio urinario; mientras que, los lactantes alimentados con fórmulas de soja tienen la menor excreción de calcio urinario. La excreción de calcio no parece verse afectada por aspectos ligados al sexo o a componentes raciales, pero está afectada por factores geográficos y/o culturales. Esto se debe a que la influencia de la dieta en la calciuria es muy importante, tanto por su contenido en calcio como en otros nutrientes, como el sodio o las proteínas. La relación Ca/Cr puede aumentar hasta en un 40%, índice Ca/Cr de 0,28, tras una comida(4). Por tanto, en la evaluación de un niño con posible hipercalciuria debe recogerse de forma exhaustiva la historia dietética, con el fin de valorar si los factores dietéticos están en relación con la calciuria.

La “hipercalciuria idiopática”, es un defecto metabólico caracterizado por alteraciones en el transporte de calcio a nivel intestinal, renal y del hueso, que se identifica con frecuencia en la población pediátrica y, especialmente, en adultos con litiasis cálcica y osteoporosis. Este trastorno familiar es debido a diferentes combinaciones de factores genéticos y dietéticos.

Una excesiva eliminación urinaria de calcio en ausencia de hipercalcemia o de otras causas conocidas de hipercalciuria son las denominadas “hipercalciurias idiopáticas”, con calciurias superiores a 6 mg/kg/24 horas. Estas alteraciones metabólicas pueden normalizarse con la disminución de la ingesta de calcio; si bien, a veces necesita la asociación de un natriurético. Una vez descartadas las causas secundarias de hipercalciuria y se establece el diagnóstico de hipercalciuria primaria (Tabla II), el paso siguiente es evaluar si las modificaciones de la dieta pueden normalizar la excreción de calcio. Si las muestras de orina se han realizado en el contexto de una dieta rica en sodio, debe recogerse una nueva muestra de orina tras 2-4 semanas de restricción sódica (menos de 2-3 g de sal al día).

Dado el carácter genético de muchas condiciones asociadas a la hipercalciuria primaria, la posibilidad de incorporar estudios genéticos a la práctica clínica ha ido modificando la categorización de estas condiciones clínicas, con un menor peso de la denominación de idiopática.

 

 

Hipercalciurias con hipercalcemia

El hiperparatiroidismo primario por adenoma paratiroideo es raro en el niño y no suele observase antes de la adolescencia. Su presencia en sujetos jóvenes obligaría a investigar una “neoplasia endocrina múltiple” de tipo I.

Entre las causas genéticas de hipercalcemia del lactante que pueden causar una nefrocalcinosis, no es raro el síndrome de Williams-Beuren, un síndrome genético por microdeleción que asocia facies característica, retraso mental y cardiopatía, debido a una deleción del cromosoma 7 que incluye el gen de la elastina. La hipercalciuria formaba parte de los criterios clínicos que definieron el síndrome, aunque posteriormente se ha documentado que no es un elemento crítico asociado al síndrome. También, se han descrito casos de nefrocalcinosis con hipercalcemia e hipercalciuria en la trisomía 21.

Se describe hipercalcemia e hipercalciuria en algunos síndromes de malabsorción intestinal de azúcares y en los hipotiroidismos no tratados. Por último, en los casos en los que no se identifica una causa evidente, y que se agrupan en las denominadas “hipercalcemias infantiles idiopáticas”, a menudo complicadas con nefrocalcinosis, comienzan a identificarse alteraciones hereditarias del metabolismo de la vitamina D, que parece jugar un papel importante. Sin embargo, debe considerarse que, en la edad pediátrica, las causas más frecuentes de hipercalcemia son las iatrogénicas: sobrecarga de vitamina D, vitamina A y calcio, sobre todo en caso de nutrición parenteral total (Tabla III).

 

 

Hipercalciurias sin hipercalcemia

Enfermedades genéticas generadoras de hipercalciuria

Estudios de las formas monogénicas de nefrolitiasis hipercalciúrica, como la acidosis tubular distal, el síndrome de Bartter (alcalosis hipopotasémica, ocasionalmente asociado con sordera), la enfermedad de Dent (con proteinuria tubular), la hipomagnesemia familiar con hipercalciuria, la nefrolitiasis hipercalciúrica con hipofosfatemia y la hipercalciuria hipocalcémica autosómica dominante, han ayudado a identificar un número significativo de transportadores, canales y receptores involucrados en la regulación de la resorción tubular de calcio(5).

Otras enfermedades hereditarias que presentan una hipercalciuria con calcemia normal son: síndrome de Lowe (síndrome oculocerebrorrenal), raquitismo hipofosfatémico con hipercalciuria, síndromes de Toni-Debré-Fanconi y seudohipoaldosteronismo(6). Nos referimos a continuación a las formas más significativas:

1. La acidosis tubular distal (antes llamada “acidosis de Albright”), en sus diferentes formas genéticas, autosómicas recesivas (con sordera asociada) o autosómicas dominantes, provoca una nefrocalcinosis medular a través de la hipercalciuria debida a la acidosis crónica. Una excreción disminuida de citrato urinario debería alertar al clínico de la posibilidad de una acidosis tubular renal distal como causa de la hipercalciuria. En ausencia de tratamiento, de forma clásica ofrece una imagen de “granos de mijo”, marcando los cálices, dibujando, en ocasiones, los contornos de la papila. En los casos menos graves, la nefrocalcinosis es más discreta, con pequeños granos opacos medulares o sólo detectables en la ecografía. Un tratamiento alcalinizante precoz que normalice la calciuria evita la aparición de las formas graves de hipercalciuria (Fig. 1).

 

Figura 1. Ejemplo de nefrocalcinosis medular en la acidosis tubular distal.

 

2. El síndrome de Bartter, una enfermedad autosómica recesiva debida a mutaciones en el co-transportador de Na-K-Cl (NKCC2), el canal medular regulador de potasio (ROMK), el canal de cloro dependiente del voltaje CLC-Kb, la subunidad beta CLC-Kb o bartrina, o el receptor calcio sensible (CaSR) asociado a sordera, se acompaña de una hipercalciuria a menudo generadora de nefrocalcinosis y difícilmente controlable a pesar del uso de antiinflamatorios no esteroideos. Es la causa por la cual esta tubulopatía, caracterizada por una alcalosis hipopotasémica es, en la actualidad, una de las causas más frecuentes de nefrocalcinosis en el niño.

3. La enfermedad de Dent o “nefrolitiasis ligada al X”, donde la hipercalciuria está asociada a una proteinuria tubular de bajo peso molecular, es mucho más rara en el niño. Está asociada a mutaciones del gen que codifica un canal cloro, CLCN5 o, más raramente, del gen OCRL1 igualmente situado en el cromosoma X; OCRL1 es, con más frecuencia, responsable del síndrome de Lowe (oculocerebrorrenal), donde la hipercalciuria raramente destaca entre las pérdidas tubulares.

4. La hipomagnesemia familiar con hipercalciuria y nefrocalcinosis, enfermedad autosómica recesiva asociada a mutaciones de genes que codifican las “paracelinas” (Claudin 16 y 19)(7). Los miembros de la familia de proteínas de membrana claudinas, forman las uniones que conforman las barreras intercelulares de una gran variedad de epitelios. Estudios de estos genes han permitido conocer muchos aspectos de los mecanismos que regulan la resorción de calcio en el túbulo renal y predisponen a la hipercalciuria y nefrolitiasis.

5. El raquitismo hipofosfatémico con hipercalciuria, asociado a mutaciones autosómicas recesivas del gen SLC34A3, que codifica el co-transportador sodio-fosfato NaPi2c, puede complicarse con una nefrocalcinosis, así como la deleción del gen SLC34A1 en el marco de un síndrome de genes contiguos.

6. La hipercalciuria con hipocalcemia es excepcional. Es el resultado de un hipoparatiroidismo con defecto de reabsorción tubular del calcio por mutación activadora del receptor sensible al calcio. Se suele observar fácilmente en el periodo neonatal, con una hipercalciuria y una nefrocalcinosis asociada a grados variables de hipocalcemia.

7. Se han descrito casos de nefrocalcinosis por hipercalciuria en otras enfermedades hereditarias, entre ellas: cistinosis, enfermedad de Wilson y glucogenosis de tipo 1.

Otras hipercalciurias normocalcémicas

Son el resultado de una reabsorción ósea y/o hiperabsorción intestinal. Se trata de situaciones poco comunes: hipervitaminosis D, aporte alimentario excesivo de calcio (productos lácteos), aportes inapropiados de calcio o de fosfato en nutrición parenteral, corticoterapia, inmovilización, osteogénesis imperfecta, enfermedades inflamatorias y síndrome de Wiedmann-Beckwith.

Una de las causas principales de nefrocalcinosis del lactante es la hipercalciuria debida al uso de furosemida, teofilina y/o corticoides en el prematuro y en el recién nacido con insuficiencia cardiaca(8). Sin embargo, incluso sin estos tratamientos, existe en los grandes prematuros (menos de 1.500 g) una alta incidencia de nefrocalcinosis (del 10 al 60% en función de las series), en cuyo origen destaca la misma prematuridad por la inmadurez tubular y factores nutricionales debidos a la alimentación artificial de estos bebés(9).

En la actualidad, la corticoterapia prolongada en el niño mayor es raramente una causa, así como la sobredosis de vitamina D administrada a título preventivo en el niño sano o a título curativo en enfermedades como la hipofosfatasia, el raquitismo hipofosfatémico ligado al X y la hipocalcemia-hipercalciuria dominante debida a la mutación activadora del receptor sensible al calcio (CaSR)(10).

Hipercalciuria idiopática

La “hipercalciuria idiopática” es una anomalía metabólica de origen genético o familiar, que puede heredarse de modo autosómico dominante, caracterizada por una excesiva eliminación urinaria de calcio en ausencia de hipercalcemia o de otras causas conocidas de hipercalciuria. Este defecto está presente hasta en el 5-10% de la población general, y más frecuentemente en sujetos con litiasis cálcica o población adulta con osteoporosis. Hallazgos obtenidos de trastornos monogénicos caracterizados por cálculos cálcicos y/o hipercalciuria y/o nefrocalcinosis han permitido identificar un número de genes candidatos a participar en la patogénesis de la hipercalciuria idiopática como, por ejemplo: adenilato ciclasa soluble, receptor sensor de calcio, receptor de vitamina D y alfa 1-hidroxilasa, co-transportador 2 sodio-fosfato, claudina 16, canal de cloro-5, etc. Los hallazgos genéticos no apoyan la idea de la existencia de diferentes subtipos de hipercalciuria idiopática clásicos, definidos como: absortivos, renales y resortivos. Al contrario, sugieren que la hipercalciuria idiopática es un único trastorno caracterizado por alteraciones en el transporte de calcio a nivel intestinal, renal y del hueso, debido a diferentes combinaciones de múltiples factores genéticos y dietéticos(11).

Diagnóstico

La determinación en una muestra doble de orina que incluya la primera orina de la mañana y una muestra de orina post-prandial, puede dar suficiente información para identificar una hipercalciuria desde atención primaria. Si únicamente se dispone de muestras aleatorias, sería deseable recoger una muestra recogida tras 2-4 horas de una ingesta láctea. En dicha muestra si la relación Ca/Cr (mg/mg) es menor de 0,2, no sería necesaria una reevaluación de la hipercalciuria. De forma general, los test de sobrecarga de calcio no se recomiendan en la evaluación rutinaria de los niños con hipercalciuria.

El diagnóstico se establece ante una hipercalciuria aislada, en la que se han eliminado posibles causas secundarias, y en la que suelen existir antecedentes familiares de litiasis o nefrocalcinosis. Esta anomalía casi siempre es asintomática en la infancia, hasta su descubrimiento en la edad adulta por la litiasis. Con el tiempo, se observa a menudo una disminución de la densidad ósea, sobre todo cuando está asociada una hipocitraturia(7). Esta forma de hipercalciuria “idiopática” es la causa más frecuente de litiasis renal, tanto en la edad pediátrica como en la adulta, encontrándose en algunas series hasta en el 40% de los niños y en el 60% de los adultos con litiasis(1). Clásicamente, fue considerada una causa mayor de nefrocalcinosis en el niño, representando hasta un tercio de las causas, sin embargo, el descubrimiento de algunas tubulopatías hereditarias, actualmente bien identificadas, ha reducido el número de las hipercalciurias inexplicadas. Por lo tanto, este diagnóstico sólo puede establecerse tras una exploración tubular minuciosa. El conocimiento, cada vez más preciso, de los numerosos genes implicados en el metabolismo del calcio y de la vitamina D permite, de esta forma, desarticular progresivamente la entidad de “hipercalciuria idiopática”, cuyo carácter familiar es bien conocido.

Mecanismo fisiopatológico

La hipótesis más aceptada actualmente es la formulada por Weissinger, que ha postulado una teoría patogénica basada en los hallazgos de varios autores y en los suyos propios, en los que se ha observado un incremento de la actividad de interleucina-1a (IL-1) y de otras citocinas de origen monocitario que incrementarían la actividad osteoclástica, causante de la pérdida de masa ósea observada en estos pacientes(11). La IL-1 estimularía la producción de prostaglandina E2 y ésta, de forma secundaria, el aumento de la producción de calcitriol. La hipercalciuria sería, pues, de origen óseo (resortivo) e intestinal (incremento de la absorción intestinal de calcio). Queda por saber cuáles son las causas que estimulan la producción de citocinas. A pesar de ser un trastorno tan frecuente, aún no se ha descrito ninguna mutación genética responsable única de la hipercalciuria idiopática(12,13).

Manifestaciones clínicas

Referidos a las formas de hipercalciuria aislada o idiopática, la mayor parte de los casos son asintomáticos. En enfermedades en las que la hipercalciuria está presente junto a otras alteraciones, la clínica es variable dependiendo de la enfermedad primaria. Por su frecuencia, la litiasis es la manifestación más relevante, observándose hipercalciuria en un 30-80% de casos según las series.

Otras manifestaciones que pueden presentar los niños, y que permiten sospechar algunas formas de hipercalciuria idiopática, son la presencia de: disuria, polaquiuria, incontinencia urinaria, hematuria macro o microscópica o dolor abdominal recidivante. La hipercalciuria puede aparecer en niños con enuresis nocturna o asociado a infección urinaria recurrente. En ocasiones, sólo se advierte que el niño emite orinas turbias por la presencia de cristales, especialmente, en la primera orina del día. Se cree que los síntomas de la enfermedad se deben a la irritación tisular por la formación de microcristales, aunque se desconoce el mecanismo exacto por el que la hipercalciuria da lugar a hematuria o disuria(14).

Durante los últimos años, se ha evidenciado relación entre hipercalciuria, talla baja y disminución de la densidad mineral ósea(15) y, de forma excepcional, ha sido referido como primer síntoma la aparición de fracturas óseas ante traumatismos de poca intensidad.

Nefrolitiasis

La enfermedad litiásica renal o nefrolitiasis afecta al 3-5% de la población y, a menudo, se asocia a hipercalciuria. La nefrolitiasis hipercalciúrica es una enfermedad familiar que se presenta hasta en el 35% de los pacientes con litiasis, y puede ocurrir como un trastorno monogénico de presentación durante la infancia. Cuando la hipercalciuria predomina, se suele expresar en forma de oxalato de calcio o de fosfato de calcio.

La presencia de cálculos urinarios es una situación poco habitual en la edad pediátrica, pero que condiciona una serie de dilemas clínicos. Especialmente en los más jóvenes, se plantea el dilema de si existe una condición metabólica subyacente, o si existe la posibilidad de que el niño desarrolle, a lo largo de su vida, episodios recurrentes de cólicos nefríticos.

La presentación clínica de dolor cólico agudo es poco habitual en los niños y la sintomatología varía en función de la edad de los niños. Únicamente, la mitad de los niños con urolitiasis manifiestan dolor abdominal, en flancos o pélvico(16,17). En los más pequeños, el dolor puede simular un cólico de lactante. La hematuria, tanto micro como macroscópica, se describe en el 33-90% de los niños con cálculos(16). La hematuria puede preceder a la formación de cálculos en niños con hipercalciuria y ocasionalmente, con hiperoxaluria o hiperuricosuria(18). La urolitiasis puede complicarse con infecciones urinarias, especialmente en los más pequeños, aunque también puede observarse una piuria estéril. Los cálculos en vejiga o uretra con frecuencia se manifiestan con disuria y polaquiuria.

Cuando es posible analizar la composición del cálculo, es posible identificar el origen metabólico que causa la formación de la litiasis. En la edad pediátrica, los cálculos de oxalato de calcio suponen del 46 al 64%, seguidos de los cálculos de fosfato cálcico (14-30%)(16).

Nefrocalcinosis

La nefrocalcinosis se define como la presencia de depósitos de sales de calcio en el parénquima renal, en oposición a la litiasis renal, donde las calcificaciones se sitúan en las vías urinarias. Su frecuencia en el niño, que parecía baja cuando el diagnóstico se basaba en la radiografía de abdomen o en el estudio histológico del riñón, es más importante desde que la ecografía permite su detección precoz, principalmente en los prematuros, en los cuales no es raro detectar una nefrocalcinosis(9).

La nefrocalcinosis no es una enfermedad, sino un síntoma cuyas etiologías son múltiples, pero implican casi todas un trastorno metabólico, a menudo de origen genético o iatrogénico, que aumenta la excreción urinaria del calcio o del oxalato(9,19).

El diagnóstico etiológico está orientado por la edad del niño, el contexto clínico, el aspecto y la localización de las calcificaciones y, sobre todo, por las determinaciones biológicas (al menos un ionograma sanguíneo con determinación de bicarbonato, calcemia, fosfatemia, magnesemia, niveles de 25 OH D3 y 1,25-(OH)2 D3, calciuria y nivel de parathormona, PTH, en caso de hipercalcemia y oxaluria en caso de que la calcemia y la calciuria sean normales) (Fig. 2). En la mayoría de los casos, existe una hipercalciuria, secundaria o no a una hipercalcemia. Más raramente, se trata de depósitos de oxalato de calcio o de la calcificación de lesiones histológicas.

 

Figura 2. Árbol de decisiones. Conducta práctica ante una hipercalciuria.

 

La nefrocalcinosis, por sí misma, no suele provocar ningún síntoma clínico antes de llegar a un estadio muy avanzado, que es cuando repercute en la función renal. Casi siempre suele detectarse en una prueba de imagen motivada por los síntomas de una litiasis asociada, o de la enfermedad causal (dolor abdominal, infección urinaria, poliuria, retraso del crecimiento, etc.) o por la existencia de un riesgo conocido (grandes prematuros, ciertas tubulopatías, como el síndrome de Bartter). Los únicos síntomas que pueden imputarse directamente a la nefrocalcinosis son la hematuria, micro o macroscópica, la leucocituria estéril y la alteración de la concentración de la orina.

El diagnóstico suele establecerse cuando las calcificaciones son suficientemente grandes como para ser detectadas en las pruebas de imagen renal. La ecografía renal es la prueba de elección para detectar una nefrocalcinosis. Los depósitos cálcicos se manifiestan como zonas de hiperecogenicidad en el parénquima renal. En función de la localización, se distinguen las nefrocalcinosis medulares, las más frecuentes, en las que existen tres grados según la intensidad, y las nefrocalcinosis corticales o difusas(8,11).

Sin embargo, la hiperecogenicidad no es sinónimo de calcificación (salvo si se acompaña de un cono de sombra acústica) y se deben descartar algunas otras causas de hiperecogenicidad: microquistes de la poliquistosis recesiva, granulomas infecciosos, principalmente por Candida, precipitación intratubular de hematíes en la drepanocitosis (sobre todo, heterocigótica), de uratos en las hiperuricemias congénitas, o de proteína de Tamm-Horsfall en el recién nacido(11). Por otro lado, no hay que olvidar que la ecogenicidad cortical está fisiológicamente aumentada en el recién nacido, lo que puede requerir repetir la prueba al cabo de algunas semanas en caso de duda.

El diagnóstico de nefrocalcinosis debe igualmente confirmarse, primero con una radiografía simple de abdomen. Las calcificaciones pueden ser evidentes o, por el contrario, difícilmente visibles, en función de su tamaño. Son de aspecto variable (en forma de finas semillas, de red, de granos de mijo, grandes bloques opacos), en función de su etiología (Fig. 1). La tomografía computarizada es más sensible y permite detectar calcificaciones no visibles en la radiografía y sus localizaciones precisas, pero su coste y el riesgo ligado a la radiación no permiten su uso como prueba de detección. La resonancia magnética no está indicada en materia de calcificaciones.

Diagnóstico

Anamnesis e historia clínica

Mediante una adecuada historia dietética, debe investigarse la posible existencia de una ingesta excesiva de calcio, proteínas y sodio y, desde el punto de vista clínico, la presencia de dolores óseos o antecedentes de fracturas frecuentes, o las manifestaciones urinarias antes referidas (orinas turbias, disuria, polaquiuria, incontinencia, hematuria, dolores abdominales recidivantes, etc.). Deben recogerse, además, antecedentes familiares de hipercalciuria, de litiasis renal o de consanguinidad y, en la exploración física, considerar una talla ligeramente baja.

Según se recoge en el algoritmo diagnóstico (Figs. 2 y 3), la mayoría de las causas que se identifican como causa de hipercalciuria, y que deben descartarse en todos los casos, son las tubulopatías, alteraciones monogénicas poco frecuentes, en las que suelen existir antecedentes familiares o consanguinidad, fenotipo anómalo, importante retraso de crecimiento, a veces de inicio prenatal, raquitismo, alteraciones hidroelectrolíticas y/o del equilibrio ácido-base, disfunción renal, proteinuria y escasa respuesta al tratamiento (Tabla IV).

 

Figura 3. Algoritmo para el estudio de un niño con hipercalciuria y nefrolitiasis/nefrocalcinosis, basado en las determinaciones iniciales de calcemia y PTH plasmática.

 

 

 

Análisis de sangre y orina

Las determinaciones básicas en sangre y orina deben estar dirigidas a descartar otras causas de hipercalciuria.

En todos los niños con hipercalciuria deben determinarse, además de la calciuria, la excreción de citrato urinario y las concentraciones séricas de calcio, fósforo, bicarbonato, magnesio y hormona paratiroidea (PTH). Los estudios diagnósticos para detectar una posible hipercalciuria deben ser diferidos si el paciente tiene una infección urinaria; ya que, durante las pielonefritis, está incrementada la excreción urinaria de calcio.

En primer lugar, debe recogerse una muestra aislada de orina y determinar calcio y creatinina para calcular el cociente Ca/Cr (Tabla I). A partir de los 2-3 años de edad, se concede más valor cuando se trata de la 2ª micción de la mañana, en ayunas. Este cociente debe ser tomado como una aproximación, especialmente adecuada para personas de constitución normal, pero infravalora la calciuria en las muy musculadas. En los niños con escasa actividad muscular, como los portadores de distrofias musculares o mielomeningocele, el cociente sobrevalora la calciuria. Desde el punto de vista del desarrollo, en la pubertad, existe una clara tendencia a descender la eliminación urinaria de calcio.

Antes de realizar el diagnóstico de hipercalciuria, debe confirmarse la hipercalciuria en al menos dos muestras de orina. Una vez identificada la hipercalciuria, es muy importante determinar la citraturia; ya que, en ocasiones, está descendida, con lo que se incrementa el riesgo de litiasis y, quizás, de pérdida de masa ósea. Se considera hipocitraturia los valores inferiores a 8 mg/kg/día o un cociente citrato/creatinina inferior a 400 en mg/g en niños, y a 250 mg/g en adultos (Tabla V).

 

 

Una forma sencilla de controlar a los pacientes con hipercalciuria idiopática sería determinar el cociente Ca/Cr en la orina de la noche (al acostarse) y, al día siguiente, en la primera orina del día. El cociente calculado en la orina de la noche estudiaría el componente absortivo (intestinal) y el de la primera orina del día estudiaría el componente resortivo (óseo)(20).

Pruebas de acidificación urinaria

En caso de asociarse hipercalciuria e hipocitraturia, debe realizarse una prueba de acidificación con furosemida. Cuando se objetiva un defecto para descender el pH urinario por debajo de 5,5, debe considerarse la posibilidad de que pueda producirse una evolución hacia el desarrollo de una acidosis tubular distal incompleta.

Ecografía renal y de vías urinarias y otros estudios radiológicos

Permite identificar la existencia de litiasis o de microlitiasis (concreciones de menos de 3 mm de diámetro, sin sombra acústica) y de malformaciones asociadas (muchas malformaciones renales se acompañan de hipercalciuria).

Se solicita una radiografía de mano si la talla es baja. En los casos de fracturas, dolores óseos, hipercalciuria asociada a hipocitraturia, defecto de acidificación tras estímulo con furosemida o presencia de un cociente Ca/Cr elevado en la primera orina del día, está indicado solicitar una densitometría ósea(15). En el caso de encontrarse osteopenia, deben determinarse los niveles de PTH y de los marcadores de remodelado óseo. Los marcadores de formación ósea (función osteoblástica) más utilizados son la osteocalcina y la fosfatasa alcalina ósea. Son marcadores de resorción (función osteoclástica), los niveles de fosfatasa ácida-tartratorresistente y la eliminación urinaria de desoxipiridinolina o de la fracción telopeptídica C-terminal del colágeno en orina. En la mayoría de los casos, la pérdida de masa ósea es de origen resortivo, aunque, en raras ocasiones, existe un defecto en la función osteoblástica.

Tratamiento

Siempre que se identifique una hipercalciuria, el tratamiento dietético debe iniciarse desde Atención Primaria. Una adecuada ingesta de líquidos es crítica en la prevención de la sobresaturación de la orina, independientemente de la causa de la hipercalciuria. Además, está recomendada una dieta pobre en sodio, alta en potasio y baja en oxalatos, para reducir la excreción urinaria de calcio.

En los niños con hipercalciuria, debe garantizarse una adecuada ingesta de líquidos para la prevención de la sobresaturación de la orina, independientemente de la causa. Además, debe recomendarse una dieta pobre en sodio, alta en potasio y baja en oxalatos en los niños con hipercalciuria, oxaliuria y litiasis idiopática, debido al conocido efecto calciúrico de una dieta rica en sal. Una dieta aumentada en potasio puede reducir la excreción urinaria de calcio(21).

Si no se trata, la hipercalciuria conduce a nefrolitiasis en aproximadamente el 15% de los casos. En los casos refractarios, junto a la dieta, la administración de diuréticos tiazídicos por vía oral puede normalizar la excreción urinaria de calcio mediante la estimulación de la reabsorción de calcio en el túbulo contorneado proximal y distal. Dicha terapia detiene la hematuria macroscópica y la disuria y evita el desarrollo de nefrolitiasis. Sin embargo, aún no se han establecido de manera precisa las indicaciones del tratamiento con diuréticos tiazídicos en la hipercalciuria idiopática.

Normas dietéticas

La situación de riesgo que supone una hipercalciuria asintomática exige únicamente la instauración de medidas dietéticas protectoras e incremento de la práctica de ejercicio físico, evitando crear conciencia de enfermedad. La dieta debe ajustarse a las recomendaciones diarias para la edad para la ingesta de proteínas. Debe suspenderse el aporte de suplementos de vitamina C y/o vitamina D.

La situación de riesgo que supone una hipercalciuria asintomática exige únicamente la instauración de medidas dietéticas protectoras e incremento de la actividad física, evitando crear conciencia de enfermedad. En las formas no complicadas debe favorecerse el seguimiento desde Atención Primaria. La dieta debe ajustarse a las recomendaciones diarias para la edad respecto a la ingesta de proteínas, calcio y sal. Debe suspenderse el aporte de suplementos de vitamina C y/o vitamina D.

De forma general, las recomendaciones serían las siguientes:

a. Ingesta abundante de agua: 30 ml/kg/día sin exceder de 2 litros. Lo ideal sería conseguir diuresis superiores a 750 ml en lactantes, a 1.000 ml en niños menores de 5 años, a 1.500 ml en niños de 6 a 10 años y superiores a 2 litros en preadolescentes y adolescentes.

b. Evitar el exceso de calcio, adecuando los aportes a las necesidades, favoreciendo el consumo de frutas en vez de postres lácteos. La restricción de calcio no se recomienda por la asociación de la hipercalciuria con osteopenia, pero deben garantizarse las necesidades diarias de ingesta de calcio, sin que deban sobrepasarse, a pesar de los estímulos culturales hacia la ingesta de productos lácteos. La recomendación general es no exceder de 500 ml al día de lácteos.

La mayoría de leches comerciales contienen 120 mg/dl. De estos aportes se absorbe, a nivel intestinal, aproximadamente, el 40%, excepto cuando se trata de leche materna que alcanza el 60%.

c. Dado que la calciuria aumenta al hacerlo la natriuria, y disminuye cuando ésta lo hace o aumenta la kaliuria, está indicada una restricción relativa de sodio y favorecer el consumo de alimentos ricos en potasio. Entre los alimentos de consumo habitual que presentan mejor relación, podemos subrayar: legumbres (habas y alcachofas), verduras y hortalizas (tomates y berenjenas), frutas (plátano, uva, fresón, melón, cerezas, ciruela, níspero, higo y piña) y frutos secos (almendras, cacahuetes, avellanas y castañas). La monitorización de la natriuresis es de utilidad para evaluar el cumplimiento de las recomendaciones dietéticas. Las recomendaciones de ingesta de sal para los menores de 3 años serían de menos de 1,5 g/día, de 4 a 8 años menos de 1,9 g, de 9 a 13 años menos de 2,2 g y de 14 a 18 años menos de 2,3 g.

d. Aporte de citrato en la dieta. Los cítricos (naranja, limón) tienen un alto contenido en citrato, que es el principal inhibidor de la cristalización. En segundo lugar, la excreción urinaria de potasio disminuye la calciuria. Muchas frutas son además ricas en potasio (sandía, melón, naranja, mandarina, uvas, plátano).

e. Restricción del aporte de proteínas animales, ya que éstas incrementan la calciuria al elevar la excreción neta de ácido, al mismo tiempo que aumentan la eliminación de ácido úrico y de oxalato. La alternativa que suponen los cereales integrales y el pescado azul tiene la ventaja de aportar factores protectores de la formación de cálculos.

En la tabla VI, aparece un resumen de las normas dietéticas que puede ser entregado a las familias de los niños afectos(22).

 

 

Tratamiento farmacológico

1. En las hipercalciurias sintomáticas importantes o con riesgo de complicaciones, que no respondan a las medidas dietéticas y, más especialmente, en los niños con excreción reducida de citrato, se añade al tratamiento citrato potásico a dosis de 1-1,5 mEq/kg/24 horas. El citrato en la orina forma complejos con el calcio, reduciendo el calcio iónico y la formación de sales de oxalato y de fosfato cálcicos. Un aspecto adicional es que el citrato es una fuente de energía para el riñón y es un componente óseo (supone el 1% de su peso), pudiendo estar especialmente indicado en los niños con osteopenia.

2. En caso de no tolerarse el citrato o de no existir mejoría, se añade hidroclorotiazida: 1,5-2,5 mg/kg en dosis única matutina(23). Las tiazidas estimulan el transporte transcelular de calcio en el túbulo contorneado distal. La dosis se va incrementando hasta conseguir una excreción de calcio en orina de 24 horas menor de 4 mg/kg y la desaparición de las manifestaciones clínicas, si las hubiese. El tratamiento se mantiene un año, tras el cual, en el caso de las hipercalciurias idiopáticas, puede suspenderse, pero deberá reiniciarse en caso de recidiva de la hematuria macroscópica, de la nefrolitiasis o de la disuria.

Hay que tener en cuenta que el tratamiento con diuréticos tiazídicos puede tener efectos secundarios, lo cual obliga a realizar controles periódicos plasmáticos. El más frecuente e importante es la hipopotasemia, que puede evitarse asociando amiloride. Además, pueden favorecer hipomagnesemia, aumento de los niveles plasmáticos de glucosa, urato, colesterol y LDL, y reducir la eliminación urinaria de citrato.

3. En caso de osteopenia severa, se está estudiando el efecto antirresortivo de los bifosfonatos, cuya utilidad ha sido probada en adultos y niños hipercalciúricos con desmineralización ósea y en otras patologías pediátricas(24).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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Trabajo clásico de fácil lectura en un texto de referencia en nefrología pediátrica. Desde el problema de la urolitiasis, se acerca a la hipercalciuria como condición metabólica relevante en pediatría. Se recogen todos los aspectos clínicos y terapéuticos relevantes.

– Vezzoli G, Soldati L, Gambaro G. Update on primary hypercalciuria from a genetic perspective. J Urol. 2008; 179(5): 1676-82.

Excelente revisión sobre los recientes hallazgos genéticos en la hipercacluria primaria. Se consideran aspectos patogénicos y su implicación con las posibles complicaciones de esta alteración metabólica asociada a trastornos del transporte del calcio en el intestino, riñón y hueso. Se documenta la elevada prevalencia de esta condición y las posibles manifestaciones en la edad pediátrica.

– Weisinger JR. New insights into the pathogenesis of idiopathic hypercalciuria: The role of bone. Kidney Int. 1996; 49: 1507-18.

Excelente trabajo para los lectores interesados en profundizar en las bases patogénicas de esta alteración. Especial interés en el metabolismo óseo.

– Stechman MJ, Loh NY, Thakker RV. Genetic causes of hypercalciuric nephrolithiasis. Pediatr Nephrol. 2009; 24(12): 2321-32.

Estos autores proponen un algoritmo de utilidad clínica para la investigación de las causas genéticas de nefrolitiasis a partir del hallazgo de una hipercalciuria.

– Kruse K, Kracht U, Kruse U. Reference values for urinary calcium excretion and screening for hypercalciuria in children and adolescents. Eur J Pediatr. 1984; 143: 25-31.

Trabajo clásico sobre valores de referencia útiles en pediatría y aplicables en múltiples estudios posteriores. Este trabajo dimensiona la magnitud de la hipercalciuria y la utilidad del cribado de esta condición.

– Fons J, García-Nieto V. Hipercalciuria idiopática. En: Protocolos Diagnóstico Terapéuticos de la AEP: Nefrología Pediátrica. Asociación Española de Pediatría 2008. p. 182-8.

Práctica publicación sobre el manejo clínico en Atención Primaria de las hipercalciurias idiopáticas, con especial hincapié en las recomendaciones dietéticas. Los autores tienen una amplia experiencia en las complicaciones de esta entidad y en la necesidad de realizar un abordaje dietético precoz asumible por el paciente.

 

Caso clínico.

Niña de 5 años de edad que consulta por disuria asociada a microhematuria. El cuadro clínico se inició un mes antes, con leves molestias urinarias y sin otros síntomas asociados. En el primer examen de orina realizado, en la tira de orina se detectó la presencia de microhematuria sin otras alteraciones, siendo el urocultivo negativo. En la entrevista clínica dirigida, la niña se queja únicamente de discreto dolor para orinar y en la exploración física no se detectan alteraciones significativas, con ausencia de edemas y peso, talla y tensiones arteriales normales para su edad. La familia niega la presencia de fiebre asociada al episodio, polaquiuria, hematuria, dolor lumbar o abdominal, y tampoco refieren historia de traumatismo ni episodios similares previos. Entre los antecedentes familiares, destaca una historia de litiasis en línea paterna (padre y abuelo). No se recogen otros antecedentes de interés.

Ante la presencia de microhematuria, se solicita un sedimento urinario con estudio de la morfología de hematíes y una ecografía renal. En el sedimento urinario se detecta la presencia de hematuria microscópica (40.000 hematíes/mm3), sin proteinuria, dimorfismo de los hematíes ni otras alteraciones. Los estudios ecográficos de las vías urinarias son normales. Se solicita calcio (Ca) y creatinina (Cr) en una muestra aislada de orina para el cálculo de la relación Ca/Cr. La determinación en la primera muestra de orina, obtenida en ayunas, demuestra una relación de 0,24 mg/mg (valores normales <0,2), y en una segunda, postprandial, de 0,32. Se recoge orina de 24 horas para la estimación de la calciuria, que muestra un valor de 5,6 mg/kg/24 h (normal <4 mg/kg/24 horas), lo que confirma el diagnóstico de hipercalciuria.

Otros exámenes realizados en sangre fueron los siguientes: gasometría (normal); urea, creatinina y ácido úrico (normales), electrolitos, incluyendo Na, K, Ca, P, Mg (normales); y PTH, normal. En orina, se solicita pH (6,5), natriuresis (200 mEq/L), oxaluria (normal), citraturia (disminuida) y uricosuria (elevada).

Con el diagnóstico de hipercalciuria asociada a uricosuria se orienta a la familia acerca de la necesidad de aumentar la ingesta hídrica, restringir la ingesta de sodio en la dieta y ajustar la ingesta de lácteos a las recomendaciones para su edad. Durante el seguimiento, se monitoriza la natriuresis para evaluar la adherencia a las recomendaciones en relación a la ingesta de sodio. El primer control de sodio en orina fue de 189 mEq/L y el siguiente de 80 mEq/L. Se programa seguimiento ambulatorio con ecografía renal cada 12 meses y controles clínicos semestrales, incluyendo calciuria y natriuria.

 

 

Hematuria, proteinuria: actitud diagnóstica

Temas de FC

M.C. Tauler Girona

ABS Sant Vicenç dels Horts, Barcelona

 

Resumen

La hematuria y la proteinuria son signos de enfermedad de las vías urinarias que se encuentran con relativa frecuencia en la orina en los niños. Las causas son muy variadas: puede tratarse de trastornos transitorios, de patología renal de evolución benigna o bien que exista una enfermedad renal más severa subyacente.
Es importante confirmar primero el diagnóstico y realizar una amplia anamnesis y exploración física. La categorización según la forma clínica de presentación puede ser de gran ayuda para el pediatra para decidir qué exámenes complementarios son los más indicados en cada situación para investigar la etiología.

 

Abstract

Haematuria and proteinuria are signs of renal tract disease. You can find them often on children ́s urine. There are different causes, from transient abnormalities, benign renal pathology or more serious subjacent ones.
It is important to confirm diagnosis first, looking for the possible causes and perform an in depth physical examination. Depending on the type of clinical presentation, the paediatrician will be able to request more accurate investigations to find out the ethiology of haematuria and/or proteinuria.

 

Palabras clave: Hematuria; Proteinuria; Diagnóstico.

Key words: Haematuria; Proteinuria; Diagnosis.

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 412-421


Hematuria, proteinuria: actitud diagnóstica

 

Hematuria

Introducción

Es habitual encontrar hematuria en los niños. Existe un gran número de causas que la originan, de pronóstico variable. Cuando la hematuria va asociada a proteinuria hay más riesgo de enfermedad renal seria.

En la consulta de Pediatría es frecuente encontrar hematuria al realizar algún control de orina. En la mayoría de ocasiones, es una hematuria microscópica asintomática, muchas veces transitoria, que puede encontrarse incluso al realizar una revisión de un niño aparentemente sano. En otras situaciones, puede haber hematuria más intensa o asociada a otros síntomas o acompañada de proteinuria. El diagnóstico de hematuria provoca preocupación a los padres. Tener un criterio adecuado para no realizar un exceso de pruebas al niño y, por otro lado, no minimizar una patología que puede llegar a ser grave es fundamental.

Definición

La hematuria se define como un aumento de eliminación de sangre en la orina. Puede presentarse de dos maneras: la macrohematuria, que es la presencia de sangre en orina que es objetivable a simple vista, y la microhematuria, en la que se detecta sólo tras realizar un estudio de la muestra de orina.

En la hematuria macroscópica, las orinas se ven coloreadas de color rosado, rojo, parduzco o “coca-cola”. Corresponde a más de 500.000 hematíes/ minuto (Gubler, 1981). Es importante señalar que el color rojo de la orina no indica la cantidad de sangre que se pierde por la orina ya que sólo 1 ml de sangre en 1 litro de orina puede producir orinas de color rojo.

Se considera microhematuria la presencia de 5 o más eritrocitos/por campo de orina fresca centrifugada o bien más de 5 hematíes/mm3 en muestra no centrifugada en 3 muestras consecutivas en el plazo de varias semanas(1,2). Es esencial realizar estos controles de orina repetidos para descartar un proceso transitorio.

Epidemiología

La hematuria microscópica asintomática tiene una prevalencia en edad escolar de un 3-6% si consideramos una única muestra de orina(3,4). Esta alta prevalencia baja al 1% si se analizan dos o más muestras con algunas semanas de intervalo. Finalmente, sólo un tercio presentará hematuria persistente seis meses después(5). La asociación hematuria y proteinuria tiene una prevalencia inferior al 0,7%(5). La incidencia de hematuria macroscópica es de un 0,13%(2).

Detección y diagnóstico

La tira reactiva es la prueba que se usa para detectar hematuria; el sedimento de orina establece el diagnóstico.

La tira reactiva (Dipstick) es el test más utilizado para el screening de hematuria. Es sencillo y barato. Detecta sangre basándose en la actividad peroxidasa de la hemoglobina. Es útil en la hematuria microscópica. Tiene una sensibilidad de un 100% y una especificidad aproximadamente de un 99%. La tira detecta 5-10 hematíes intactos/mm3 que corresponde a 2-5 hematíes/campo en sedimento de orina de una muestra centrifugada(3,5). Pueden existir falsos positivos cuando la orina es muy alcalina, muy diluida o no es fresca(5), o por contaminación de productos de higiene perineal. Los falsos negativos son excepcionales (altas concentraciones de ácido ascórbico), por este motivo, una tira reactiva negativa descarta hematuria. Además, existen sustancias que pueden colorear la orina, dando un aspecto falso de hematuria, como: alimentos (remolacha…), fármacos (nitrofurantoína, salicilatos, sulfonamidas) o toxinas (benceno).

El sedimento de orina es un método sensible, imprescindible para el diagnóstico de hematuria. Permite detectar elementos que no se encuentran siempre en las tiras, como: hematíes, leucocitos, células epiteliales o acantocitos; también, descarta los falsos positivos que puede haber en situaciones como la hemoglobinuria o la mioglobinuria. Se consideran patológicos valores de más de 5 hematíes/campo en orina fresca no centrifugada. Hay que recordar siempre a la familia la importancia de que las orinas sean recogidas con adecuadas normas de higiene y que las muestras sean frescas. Una vez centrifugada la orina, si el sobrenadante queda claro y el color rojo está sólo en el sedimento, se tratará de una hematuria verdadera.

Diferenciación hematuria glomerular/no glomerular (Tabla I)

 

 

Para diferenciar entre hematuria de glomerular y extraglomerular, existen varios indicadores. En primer lugar, es importante realizar una anamnesis detallada para poder diferenciar entre una y otra. Cuando la hematuria es glomerular, el aspecto de la orina es marrón oscuro, ocre o recuerda de aspecto a la “coca-cola”, no hay dolor acompañante, ni síntomas urinarios asociados. La hematuria de origen urológico es de color rojo con cambios durante la micción, puede haber síndrome miccional acompañante y coágulos.

En lo referente al laboratorio, son sugestivos de enfermedad glomerular:

1. Presencia de acantocitos (es patognomónico). Si existe más de un 5% la posibilidad es aún más alta.

2. Existencia de hematíes dismórficos en un porcentaje superior al 30%.

3. Proteinuria superior a 100 mg/m2.

Aunque todos son signos de enfermedad glomerular, su ausencia no la descarta. También, hay que tener en cuenta que esta identificación requiere una cierta práctica del laboratorio(5).

Etiología

Las causas más frecuentes de hematuria macroscópica son las infecciones urinarias, traumatismos o alteraciones del tracto urinario. En menor proporción, la litiasis, enfermedades glomerulares, trastornos de la coagulación y tumores. Si la hematuria es microscópica y persistente, la etiología más común es la nefropatía por IgA, el síndrome de Alport, la enfermedad de las membranas finas, la hipercalciuria, la glomerulonefritis postestreptocócica y el síndrome de “cascanueces” (Tabla II).

 

 

Formas clínicas

La microhematuria aislada asintomática es la forma de presentación más frecuente y tiene un pronóstico bueno. Los síntomas que acompañan a la hematuria ayudarán, en muchas ocasiones, a determinar la causa más probable. En la hematuria macroscópica se conoce la causa en la mitad de los casos.

En el año 2000, Diven describió cuatro formas clínicas de presentación que permiten categorizar la hematuria y establecer las pruebas diagnósticas que pueden ser más oportunas en cada situación. Esta clasificación sigue siendo útil hoy con alguna adaptación posterior de algunos autores. Estas formas son:

a. Como hallazgo casual en una revisión en forma de microhematuria asintomática.

b. Microhematuria asociada a proteinuria.

c. Paciente con síntomas urinarios o generales en el que se detecta microhematuria.

d. Hematuria macroscópica.

Microhematuria aislada asintomática (MHA)

La prevalencia de la enfermedad en la población escolar es de un 3-6%; esta cifra va disminuyendo si se realizan dos o más exámenes de orina en las dos o tres semanas posteriores. Después de seis meses, un tercio de estos niños presentarán una microhematuria, el resto tendrán un control de orina normal (microhematuria transitoria); es importante tener en cuenta este dato al diagnosticarla.

Es una patología benigna. En dos revisiones realizadas recientemente de niños que presentaban microhematuria asintomática aislada (una con 325 pacientes y otra con 342), en las que se realizó analítica de sangre y estudio radiológico, no se encontraron hallazgos significativos en un alto porcentaje de casos. Por este motivo, si la exploración es normal se recomendaría realizar sólo urocultivo para descartar infección urinaria sin realizar otros exámenes complementarios, excepto si existen síntomas asociados, como: HTA, proteinuria o edemas(5).

Entre las enfermedades que cursan con microhematuria asintomática aislada, están la hipercalciuria y las glomerulopatías familiares. Con menor incidencia, la nefropatía por IgA y el síndrome de cascanueces. La hipercalciuria es una causa frecuente, su diagnóstico es importante por el riesgo de presentar litiasis renal. Hay que realizar una anamnesis dirigida para descartar posibles antecedentes de esta enfermedad en la familia. Para investigar nefropatías hereditarias, como la enfermedad de las membranas finas o el síndrome de Alport hay que preguntar si existe historia familiar de hematuria, insuficiencia renal, sordera o alteraciones oculares(4). En caso positivo, podría estar indicado realizar tiras reactivas de cribaje a los padres y hermanos(3,5). La nefropatía por IgA tiene una forma de presentación variable, generalmente cursa con hematuria macroscópica recurrente, pero también puede presentarse como microhematuria aislada. El síndrome de “cascanueces”, debido a la compresión de la vena renal izquierda entre la aorta y la arteria mesentérica superior, también puede debutar de esta manera.

Seguimiento:

Se recomienda realizar controles de tensión arterial y sedimento de orina cada 3-6 meses durante como mínimo un año. Si aparecen hallazgos nuevos, como proteinuria y/o HTA, hay que valorar realizar otras pruebas. Si persiste la microhematuria más allá de 6-12 meses, es conveniente determinar el cociente en orina de calcio/creatinina (Ca/Cr), que estará alterado si existe hipercalciuria (patológico >0,2 mg/mg en niños mayores de 6 años en la primera orina de la mañana). También es aconsejable realizar una tira reactiva a los padres y hermanos del paciente y descartar glomerulopatías familiares(5). En el caso de que se exista ya historia familiar positiva de litiasis renal o algún familiar de primer grado con hematuria, hay autores que son partidarios de adelantar el estudio y realizarlo cuando se diagnostica la hematuria(3,7).

Microhematuria con proteinuria

La existencia de proteinuria asociada a la microhematuria debe hacer sospechar una patología renal importante (Dodge). El cociente proteinuria/ creatinina (Pr/Cr) en la primera orina de la mañana (valores patológicos >0,2 (mg/mg) en niños y 0,5 en lactantes) es útil para cuantificar la proteinuria. Si la proteinuria es dudosa, hay que realizar más de un análisis de orina en el plazo de unas 2-3 semanas para asegurar la persistencia de ambos signos y la intensidad de la proteinuria. Si se confirma la microhematuria con una proteinuria significativa mantenidas, es aconsejable remitir al paciente al nefrólogo pediátrico para un estudio más amplio. Se recomienda realizar analítica de sangre con hemograma, creatinina, ASLO, test de detección de estreptococo, albúmina, complemento y anticuerpos antinucleares. También, puede estar indicada una ecografía renal.

Microhematuria con síntomas asociados

Los síntomas pueden ser generales (fiebre, astenia, artralgias), renales (disuria, tenesmo, incontinencia urinaria, edema, HTA) o extrarrenales (artritis, púrpura). En la mayoría de casos, servirán para establecer el diagnóstico. La púrpura o las artralgias sugieren el síndrome de Schönlein-Henoch. La semiología renal puede encontrarse tanto en enfermedades urológicas como en glomerulares. Si existe fiebre, dolor en costado o náuseas, habrá que pensar en afectación alta de las vías urinarias.

La historia clínica también ayuda a investigar la etiología. Una historia familiar de hematuria es indicador de litiasis renal, enfermedad de las membranas finas o síndrome de Alport. El antecedente de faringitis o de infección cutánea es característico de la glomerulonefritis postinfecciosa, si existe una infección respiratoria 24-48 horas previas, de la nefropatía IgA. Si hay antecedentes de síndrome miccional, disuria, o incontinencia urinaria, habrá que descartar infección urinaria.

Seguimiento:

Los estudios se realizarán en función de la patología sospechada. Si existen signos de sospecha de enfermedad glomerular, como: HTA, proteinuria significativa, edemas o alteraciones analíticas, debe remitirse al niño al nefrólogo pediátrico para completar el estudio.

Hematuria macroscópica

Se sospecha hematuria macroscópica cuando la orina es de color rojo, rosado o marrón. Hay que asegurar siempre el diagnóstico, ya que existen situaciones que pueden confundir, presentándose con orinas coloreadas. La ingesta de determinados alimentos, medicamentos o algunas enfermedades metabólicas (hemoglobinuria, mioglobinuria), son causas de falsa hematuria.

En más de la mitad de casos (56%) se conoce la causa de la hematuria(4). Las causas más frecuentes son: infección urinaria, traumatismos o irritación del meato o del periné. La etiología de la macrohematuria en niños varía en función de las características del centro donde se han realizado las revisiones: urgencias pediátricas de un hospital de tercer nivel, urología pediátrica o nefrología pediátrica(6). Dentro de las enfermedades origen urológico, las más frecuentes son la infección urinaria, la irritación perineal, los traumatismos y la hipercalciuria; en menor proporción, la estenosis del meato y la nefrolitiasis. En la mayoría de casos, puede realizarse el diagnóstico y abordarse desde la consulta del pediatra de cabecera. La derivación a urología puede ser necesaria en casos especiales. Entre las causas de hematuria glomerular, están la nefropatía por IgA, la glomerulonefritis aguda postinfecciosa, el síndrome de Alport, la glomerulonefritis membrano proliferativa y el síndrome nefrótico. Son menos comunes los trastornos de la coagulación, los tumores renales, la anemia de células falciformes y la cistitis hemorrágica por fármacos.

Seguimiento:

Según la historia clínica y los antecedentes, se realizará un estudio más dirigido. Si existe sospecha de enfermedad glomerular (HTA, aumento de la creatinina, proteinuria) o se trata de una hematuria macroscópica mantenida, es conveniente remitir al paciente al nefrólogo pediátrico.

Proceso diagnóstico de estudio de la hematuria

La historia clínica detallada, la exploración física y la analítica son fundamentales para el enfoque de la hematuria.

Historia clínica

• Hay que preguntar si existen antecedentes familiares de enfermedad renal (glomerulopatías familiares, como enfermedad de las membranas finas, nefrolitiasis) o sordera (síndrome de Alport).

• El antecedente de amigdalitis o infección cutánea previa de dos o tres semanas es característico de la glomerulonefritis postinfecciosa; si se produce infección faríngea sólo 24-48 horas antes de la hematuria, puede tratarse de una nefropatía por IgA.

• Si la hematuria cursa con disuria, síndrome miccional o incontinencia, hay que descartar infección urinaria. También podría haber fiebre asociada en este caso.

• El color de la orina es muy útil para diferenciar la hematuria glomerular de la no glomerular. Las orinas son oscuras u ocres en la hematuria glomerular y rojizas o rosadas en la hematuria de origen urológico.

• La hematuria que cursa en brotes, frecuentemente asociada a infecciones respiratorias, es sospechosa de nefropatía por IgA.

• Un dolor lumbar unilateral asociado apoya el diagnóstico de obstrucción de las vías urinarias.

Exploración física

Es importante tomar la tensión arterial para descartar HTA. También, valorar el aspecto general del niño y ver si presenta palidez, edemas (enfermedad glomerular), un posible aumento de peso o hay algún exantema característico (vasculitis). En la auscultación cardiopulmonar, puede haber estertores por sobrecarga de volumen. A nivel del abdomen, buscar si existen masas (poliquistosis renal, tumor renal) y explorar también en el aparato genital posible sangrado, lesión genital o irritación de la uretra(8).

Exámenes complementarios

Analítica de orina

En el sedimento de orina se buscarán acantocitos o hematíes dismórficos para determinar una posible lesión glomerular. Hay que cuantificar la proteinuria, si está elevada es indicativo de enfermedad glomerular. El urocultivo es esencial para diagnosticar infección urinaria, aunque puede ser negativo en infecciones urinarias por adenovirus; el cociente calcio/creatinina (Ca/Cr) en orina de la mañana es útil para descartar la hipercalciuria.

Analítica de sangre

Los niveles de creatinina, urea, electrolitos, hemograma y albúmina son necesarios para investigar si existe una insuficiencia renal oculta. Si hay sospecha de infección previa por estreptococo, es conveniente cursar ASLO y C3. Puede ser útil también la serología hepatitis B y C, el estudio de complemento, VIH y ANA (nefritis lúpica) en determinados casos.

Estudio radiológico

La ecografía renal está indicada en la hematuria macroscópica(2), en otras situaciones hay que valorarla, ya que permite detectar posibles alteraciones renales congénitas, asimetrías, tumores renales, trombosis de la vena renal y algunos cálculos(7). La radiografía de abdomen sólo estaría indicada si se sospecha litiasis producida por piedras de calcio o cistina, que son radioopacos. Los cálculos de ácido úrico no se ven en una radiografía. Otros estudios más especializados pueden estar indicados según la valoración del nefrólogo/urólogo infantil. La ecografía Doppler cuando existe una sospecha de “síndrome de cascanueces”. La cistografía en niños si hay sospecha de reflujo vesicoureteral importante. La cistoscopia se usa raramente en el estudio de la hematuria en el niño. El escáner está indicado si hay un antecedente de traumatismo importante.

Criterio de derivación:

Remitir a un nefrólogo infantil en el caso de hematuria macroscópica sin etiología clara, de episodios recurrentes de hematuria macroscópica, hematuria asociada a proteinuria importante, signos de insuficiencia renal o historia familiar sugestiva de nefritis hereditaria(1,4,6).

Proteinuria

Introducción

La proteinuria es importante por su relación directa con el riesgo de enfermedad renal.

Cuando se detecta proteinuria, lo más habitual es que se trate de una proteinuria transitoria o de proteinuria ortostática, ambas de evolución benigna. Si es persistente, el pronóstico cambia, ya que existe una relación directa entre proteinuria y posible lesión renal. Además, la proteinuria es el primer indicador de enfermedad renal silente(9). Si se detecta proteinuria significativa que persiste (excluida la ortostática), hay que intentar llegar a un diagnóstico lo más rápidamente posible.

Definición

Se considera proteinuria patológica en el niño una excreción superior a 100 mg/m2/día (superior a 4 mg/m2/hora) o 150 mg/día excepto en el neonato, en que la excreción de proteínas en orina es más alta(10). En Atención Primaria es más práctico usar el cociente proteínas/creatinina (Pr/Cr) en una muestra de orina de la mañana; son patológicos valores >0,2 (mg/mg) o >0,5 en lactantes.

Epidemiología

Un 10% de niños en edad escolar pueden presentar proteinuria en algún momento(11), disminuyendo claramente esta incidencia si se realizan varios exámenes de orina. En un estudio en niños de edad escolar en los que se realizaron hasta cuatro exámenes de orina repetidos, la incidencia bajó al 1%(12). Otros autores refieren valores de un 0,1 % de niños con proteinuria persistente(10). Estos datos sugieren la importancia de realizar más de un control de proteinuria en el niño.

Fisiopatología

En el niño, hay dos mecanismos básicos de exceso de eliminación urinaria de proteínas: la proteinuria glomerular y la tubular. En la proteinuria glomerular, se produce proteinuria por aumento de permeabilidad de la membrana del glomérulo por: defectos de la membrana, pérdida de su carga negativa o lesión directa por inmunocomplejos(9). También, puede ser consecuencia de una reducción del número de nefronas(11). El glomérulo filtra de la sangre proteínas grandes, como la albúmina y las inmunoglobulinas. Cuando la proteinuria es tubular, hay alteración del túbulo proximal, que produce una disminución de la reabsorción de proteínas de bajo peso molecular (beta 2 microglobulina y otras). Existe un tercer mecanismo de proteinuria en el que hay un aumento de excreción de proteínas de bajo peso molecular por una sobreproducción de una proteína especial; este tipo de proteinuria no se ve habitualmente en el niño.

Detección y diagnóstico

La tira reactiva sirve para detectar proteinuria, pero no para cuantificarla. El cociente proteína/ creatinina en orina (Pr/Cr) (mg/mg) es muy útil en pediatría para diagnosticar la proteinuria y para su control posterior. Se considera patológico un Pr/Cr >0,2 (mg/mg) en la primera orina de la mañana en niños mayores de 2 años.

La tira reactiva es útil para la detección de posible proteinuria. Es sensible y especifica en un 99% para la albuminuria pero no para otro tipo de proteínas (no detectan proteínas de bajo peso molecular). Es un método colorimétrico, el color cambia de amarillo a azul según la intensidad de la proteinuria: trazas (10 mg/dl) 1+ (30 mg/dl), 2+ (100 mg/dl), 3+ (300 mg/dl) 4+ (1.000 mg/dl). Se consideran normales valores negativos o trazas de proteinuria. Puede haber falsos positivos (contaminación por antisépticos, orina alcalina, hematuria importante, excesiva inmersión de la tira en la orina, orina muy concentrada) y falsos negativos (orina muy diluida, presencia de otras proteínas que no son albúmina en la orina) (Tabla III).

 

 

Test del ácido sulfosalicílico:

Sirve para detectar en la orina la presencia de proteínas de bajo peso molecular. Se usa poco en pediatría.

Medición cuantitativa

La determinación de la proteinuria en orina de 24 horas es el test diagnóstico mejor para determinar el grado de proteinuria. La excreción normal de proteínas en el niño es de 4 mg/kg/hora o <100 mg/kg/día. En el niño, esta medición resulta difícil o imposible en muchas ocasiones debido a las dificultades de la recogida de orina. Se ha encontrado que existe una buena correlación entre la proteinuria de 24 horas y el cociente proteína/creatinina en la primera orina de la mañana (multiplicando el cociente por 0,63 se estimaría la cantidad total de proteinuria por g/m2/24 horas)(11).

El método más sencillo para la cuantificación de la proteinuria y el más útil para el pediatra de cabecera es el cociente proteína/creatinina (Pr/Cr) (mg/mg) en orina, patológico si >0,2 (>0,5 en niños de 6-24 meses). Es importante que sea la primera orina de la mañana, así excluiremos también proteinuria ortostática. Para el control de niños diabéticos, es mejor la medición de la microalbuminuria, ya que es más sensible. Los valores superiores a 30 de albúmina/creatinina (mg/g) en la primera orina de la mañana son considerados anormales.

Medición cualitativa

La medición cualitativa de las proteínas se realiza por el método de nefelometría, permitiendo diferenciar proteinuria glomerular y tubular.

Tipos de proteinuria (Tabla IV)

 

 

Proteinuria transitoria

Multitud de procesos pueden originar proteinuria en algún momento: fiebre, estrés, ejercicio, exposición al frío o deshidratación. La prevalencia es de un 5-15%(9). Esta proteinuria remite cuando desaparece la causa desencadenante.

Proteinuria ortostática

Es relativamente frecuente en los adolescentes. Se produce por aumento de la excreción de proteínas en la posición de bipedestación, esta proteinuria se normaliza siempre en decúbito. La causa está en discusión, podría tratarse de una compresión de la vena renal izquierda(12). La proteinuria ortostática suele ser de baja intensidad, no superior a 1 g/m2/24 horas. El diagnóstico se realiza cuando el cociente de proteína/creatinina (Pr/Cr) (mg/mg) es <0,2 en la primera orina de la mañana. Es importante recordar que el niño debe haber estado la noche previa entera en decúbito. En una segunda muestra de orina recogida unas seis horas después de estar de pie se aprecia un aumento del cociente Pr/Cr en orina >0,2. La evolución de la proteinuria ortostática a largo plazo es buena. Existen datos de función renal normal a los 20-50 años de seguimiento en un estudio realizado a un grupo de pacientes(10,11).

Proteinuria persistente

La importancia de la proteinuria persistente radica no solamente por tratarse de un signo de enfermedad renal, sino que es el mejor marcador de enfermedad renal progresiva(12). Además, si la proteinuria va asociada a hematuria, HTA o alteración funcional renal, aumenta la posibilidad de nefropatía.

Puede ser de origen glomerular o tubular. La proteinuria glomerular es la más frecuente en el niño. Existe un aumento de albúmina e inmunoglobulina G en orina. Las enfermedades glomerulares pueden cursar con nefrosis y/o nefritis. Cuando hay nefrosis, existe una proteinuria importante (superior a 1 g/m2/día o el cociente Pr/Cr en orina >2) con edema e hipoalbuminemia. En la nefritis hay HTA, oliguria y hematuria, con presencia de acantocitos y hematíes/leucocitos en orina. La proteinuria tubular está asociada a patología del túbulo renal (glucosuria, acidosis renal tubular proximal). La proteinuria es moderada y a expensas de proteínas de bajo peso molecular; suele detectarse antes la enfermedad subyacente que la proteinuria.

Proceso diagnóstico de estudio de la proteinuria

Si la tira reactiva detecta >1+ de proteínas en orina, debe repetirse la prueba en una segunda muestra en la primera orina de la mañana. En esta orina, podría cursarse también cociente Pr/Cr y así cuantificar la proteinuria. Si la tira reactiva es negativa o trazas y el cociente es normal, indicaría proteinuria transitoria. Si la tira reactiva es negativa y el cociente Pr/Cr es normal en la mañana pero con tira patológica, al cabo de unas horas de bipedestación indicaría proteinuria ortostática. En ambos casos, sería recomendable repetir la tira reactiva al cabo en 1 año(10-12).

Cuando Pr u/Cr u >0,2 en la orina de la mañana y la tira de orina es positiva habría que realizar, en primer lugar, un sedimento buscando posibles signos de lesión glomerular (hematuria, piuria, acantocitos en orina). Además, hay que revisar la historia clínica y realizar una buena exploración física, controlando la tensión arterial. Es conveniente cursar un análisis de sangre, determinando: creatinina, colesterol, ionograma, albúmina y test de detección de estreptococo. También pueden ser útiles: C3, C4, complemento total, anticuerpos antinucleares, serología hepatitis B y C y VIH.

La ecografía renal está indicada si hay infección urinaria, para buscar posibles alteraciones anatómicas(11). En niños con enfermedad renal crónica, también puede ser útil, aunque la prueba mejor para detección de cicatrices renales es la gammagrafía renal(11).

El niño con proteinuria persistente puede presentar síntomas inespecíficos (fiebre, pérdida de peso), generales (púrpura, artritis) o específicos de enfermedad renal (edemas, HTA), que pueden ayudar al diagnóstico. Si el diagnóstico es claro y se puede controlar por el pediatra de cabecera, se realizarán los controles oportunos. Si existe sospecha de patología renal complicada, se remitirá al nefrólogo pediátrico(10). Es recomendable controlar de cerca al niño con proteinuria persistente inferior a 500 mg/m2 con análisis periódicos.

Criterios de derivación al nefrólogo pediátrico:

En caso de que la proteinuria sea de rango nefrótico: Pr/Cr (mg/mg) >1 orina (o excreción urinaria superior a 1.000 g/24 h) asociada a edema, hipoalbuminemia e hipercolesterolemia, datos sugestivos de síndrome nefrótico. Si la proteinuria es persistente y se asocia a HTA, sedimento de orina anormal o aumento de la creatinina en sangre. Si la ECO renal es anormal o existe historia de infecciones urinarias de repetición, deberá remitirse para descartar la presencia de cicatrices renales.

Las indicaciones de biopsia renal están en discusión(10). Puede estar indicada en determinadas circunstancias, como: hipertensión arterial, disminución del filtrado glomerular superior a 3 meses, presencia de hematuria macroscópica persistente, hipoalbuminemia o signos de enfermedad sistémica (vasculitis).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.** Cara GM, Peña A. Hematuria. An Pediatr Contin. 2009; 7(2): 61-9.

2. Gattineni. Highlights for the management of a child with proteinuria and hematuria. Int J Pediatr. 2012: 1-7.

3.*** Diven SC, Travis LB. A practical primary care approach to hematuria of children.Pediatr Nephrol. 2000; 14: 65-72.

4. Massengill SD. Hematuria. Pediatr Rev. 2008; 29(10): 342-8.

5.** Gagnadoux MF. Evaluation of microscopic hematuria in children. Versión 15.0. Up to Date. 2012: 1-27 (Fecha acceso junio 2012).

6.** Gagnadoux MF. Evaluation of gross hematuria in children. Versión 12.0.Upto Date 2012: 1-16 (Fecha de acceso: julio 2012).

7. Meyers KEC. Evaluation of hematuria in children. Urol Clin North Am. 2004; 559-73.

8. Hernández R, Martin J. Hematuria. Protocolos diagnósticos y terapéuticos de la AEP; 2008. 2ª edición. p. 133-47.

9. Ariceta G. Clinical practice. Proteinuria. Eur J Pediatr. 2011; 170(1): 15-20.

10.*** Gagnadoux MF. Evaluation of proteinuria in children.Versión 7. 0.Up to Date 2012. (Fecha acceso mayo 2012).

11.* Hogg RJ, Portman RJ, Milliner D, Lemley KV, Eddy A, Ingelfinger J. Evaluation and management of proteinuria and nephrotic syndrome in children: recommendations from a pediatric nephrology panel established at National Kidney Fundation Conference on Proteinuria, Albuminuria, Risk assessment, Detection and Elimination (PARADE). Pediatrics. 2000; 105(6): 1242-50.

12. Leung AKC, Wong AHC. Proteinuria in children. Am Fam Physician. 2010; 82(6) 645-51.

Bibliografía recomendada

– Diven SC, Travis LB. A practical primary care approach to hematuria of children.Pediatr Nephrol. 2000; 14: 65-72.

Guía muy práctica sobre el manejo de la hematuria en el niño, con descripción de las distintas formas de presentación y propuesta de algoritmos de actuación dirigidos al pediatra de cabecera.

– Gagnadoux MF. Evaluation of microscopic hematuria in children. Versión 15.0. Up to Date. 2012: 1-27 (Fecha acceso junio 2012).

– Gagnadoux MF. Evaluation of proteinuria in children.Versión 7.0. Up to Date. 2012 (Fecha acceso mayo 2012).

En los dos artículos, se realiza una excelente puesta al día de la hematuria microscópica y la proteinuria en el niño, explicando con claridad el seguimiento del paciente, con pautas y criterios de derivación para los pediatras. Puede consultarse por Internet, por lo que periódicamente se va actualizando la información.

– Hogg RJ, Portman RJ, Milliner D, Lemley KV, Eddy A, Ingelfinger J. Evaluation and management of proteinuria and nephrotic syndrome in children: recommendations from a pediatric nephrology panel established at National Kidney Fundation Conference on Proteinuria, Albuminuria, Risk assessment, Detection and Elimination (PARADE). Pediatrics. 2000; 105(6): 1242-50.

Recomendaciones a los nefrólogos pediátricos del Comité Nacional Estadounidense PARADE (Proteinuria, Albuminuria, Risk, Assesment, Detection and Elimination) para valoración y tratamiento de la proteinuria y síndrome nefrótico en el niño.

 

Caso clínico

Niño de 4 años sin antecedentes familiares ni personales de interés, que consulta por un cuadro clínico de cuatro días de evolución de hematuria, inicialmente macroscópica, que remite progresivamente en las últimas 24 horas. No hay fiebre ni otros síntomas asociados. Antecedente de infección respiratoria leve dos semanas antes del proceso.

Exploración

TA: 108/65. Afebril. Buen color, no exantemas. No edemas. ACR: normal. Abdomen: no doloroso, sin masas. PPL: negativa. GU: aspecto normal. ORL: leve congestión amigdalar.

Exámenes complementarios

Sedimento de orina: aspecto normal, pH: 6, leuc.: 25-30/ c, hematuria: 25-30/c, células epiteliales: 8-10/c, proteinuria (+++), ligera bacteriuria, no cilindruria, alguna célula renal granulosa.

Orina Ca/Cr: 0,01. Orina Pr/Cr: 0,87.

Se inicia tratamiento antibiótico con amoxicilina + clavulánico en espera del resultado del urocultivo. Cinco días más tarde, presenta nuevo aumento de la hematuria volviendo a ser macroscópica; en la exploración física sólo destaca valores de TA 114/58 (sist. perc. 97, diast. p 50), resto sin cambios.

Se realiza nueva analítica.

Orina: sedimento de orina: leuc.: 20/ c, hematíes: 350/c, proteinuria (+++). Urocultivo negativo. Orina Pr/ Cr: 2,56. Ca/ Cr: 0,01. Microalbuminuria: 594 mg/L.

Sangre: hemograma: 8.000 L con recuento normal. Hematíes: 4.980.000, Hto: 40,8%, Hb: 12,4 g/ dl, VCM: 82. Plaquetas: normales. PCR: 0,5 mg.

Proteínas totales: 6,68 g/dl; albúmina: 4,06 g/dl; urea: 36 mg/dl; creatinina: 0,68 mg/dl; VSG: 20; glucemia: 88 mg/dl; Ca: 9,89 mg/dl; P: 5,5 mg/dl; Na: 140 mEq/L; K: 5,2 mEq/; ácido úrico: 5,09 mg (dl); GPT: 17 UI; gammaGT: 12,46 UI; fosfatasas alcalinas: 393 UI; colesterol: 152 mg/dl; triglicéridos: 86 mg/ dl; T de protrombina: 100%; y ASLO: 289 UI/ml.

IgG: 1.184 mg/dl; IgA: 135 mg/dl; IgM: 305 mg/dl; C3: 4 mg/dl (v.n: 50-120 mg/dl); C4: 18,51 mg/dl (v.n.: 10-40 mg/dl); HBsAg: 0,20 (valor índice); HcAc: 0,77 (valor índice); HIV: 0,27 (valor índice); y ANA <0,5 (valor índice).

Radiología: ECO renal y vesical: normales.

Evolución

Sigue dieta hiposódica y normoproteica con normalización rápida de la TA a las pocas horas, remisión de la hematuria macroscópica y diuresis normal. En los dos meses posteriores, ha estado asintomático. Analítica de control dos meses después.

Sedimento de orina: leucocitos: 12-15/c, hematíes: 20-25/c, no cilindros y proteinuria negativa. Microalbuminuria: 38 mg/L. C3: 64 mg/dl. C4: 29 mg/dl.

 

 
 

 

 

Infección del tracto urinario

Temas de FC

R. Benítez Fuentes*, J. Jiménez San Emeterio**

Pediatra de Atención Primaria. *Centro de Salud Barrio del Pilar. Madrid. **Centro de Salud Gandhi. Madrid

 

Resumen

La infección del tracto urinario (ITU) es una de las infecciones bacterianas más frecuentes en la infancia. Constituye una entidad de especial interés para el pediatra por varios motivos: su frecuencia, la inespecificidad de su clínica, la controversia que rodea a su diagnóstico, tratamiento, seguimiento y prevención y por ser susceptible de producir complicaciones a corto plazo (sepsis, bacteriemia) y a largo plazo (recurrencia, cicatrices renales). En este capítulo, se revisan las pautas de diagnóstico, tratamiento, seguimiento y prevención que pretenden evitar dichas complicaciones con el propósito de reducir la variabilidad de la práctica clínica en el manejo de la ITU en la población pediátrica.

 

Abstract

The urinary tract infection (UTI) is one of the most frequent bacterial infection in childhood. It is an especially interesting object of study for various reasons: its frequency, its non specific clinical features and the controversy that surrounds its diagnosis, treatment, follow up and prevention, as well as for its capacity to develop complications in the short term (sepsis, bacteremia) and in the long term (recurrence, renal scarring). In this chapter we review the diagnosis, treatment, follow up and prevention regimens which attempt to prevent the complications already mentioned in order to reduce the variation of the clinical management of UTI in the paediatric population.

 

Palabras clave: Infección urinaria; Pielonefritis; Cistitis; Bacteriuria; Reflujo vésico-ureteral.

Key words: Urinary tract infection; Pyelonephritis; Cystitis; Bacteriuria; Vesico-ureteral reflux.

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 402-411


Infección del tracto urinario

 

Introducción

Es fundamental establecer un diagnóstico fiable de ITU para evitar complicaciones derivadas de un infradiagnóstico o yatrogenia por su sobrediagnóstico.

La ITU se define como la presencia y proliferación de microorganismos patógenos en el tracto urinario (en condiciones normales, estéril) con síntomas clínicos.

La colonización bacteriana del tracto urinario en ausencia de síntomas y de inflamación recibe el nombre de bacteriuria asintomática y ocurre hasta en el 1-3% de los preescolares. Puesto que esta colonización asintomática no se relaciona con el desarrollo de complicaciones, no está indicado su tratamiento(1,2). Según la localización de la infección en la vía urinaria alta o baja hablamos, respectivamente, de pielonefritis aguda (afectación del parénquima renal) y de infección urinaria de vías bajas (cistitis). Otros conceptos que debemos aclarar son los de ITU atípica e ITU recurrente. Hablamos de ITU atípica(3) en los siguientes casos: persistencia de fiebre a las 48 horas de iniciado un tratamiento antibiótico adecuado, septicemia, patógeno productor diferente de E. coli, flujo urinario escaso, elevación de creatinina o presencia de masa abdominal o vesical. Se considera ITU recurrente cuando se producen(3): 2 episodios de ITU alta, la suma de un episodio de ITU alta y otro de ITU baja o 3 episodios de ITU baja.

Epidemiología

Es una infección frecuente en la infancia. Existe riesgo de recurrencia y de desarrollar complicaciones a largo plazo.

Es la infección bacteriana potencialmente grave más frecuente en los menores de 36 meses, predominando en los 2 primeros años de vida (7%). Se estima que una de cada 10 niñas y uno de cada 30 niños padecerán una ITU durante su infancia. De estos niños con un primer episodio de ITU, un 15% desarrollarán cicatrices renales en los 2 años siguientes. El riesgo de recurrencia de ITU febril por año es de hasta un 6% y se ha relacionado con un mayor riesgo de padecer cicatrices renales, especialmente a partir del tercer episodio de ITU(4). Estudios recientes estiman una prevalencia de reflujo vésico-ureteral (RVU) de entre un 18 y un 38% en la población pediátrica con diagnóstico de ITU(2) y un mayor riesgo de cicatrices renales si existe RVU, especialmente grado III-IV (riesgo doble frente al RVU de menor grado)(5).

Etiología

Las enterobacterias son los uropatógenos más frecuentes y, entre ellas, la principal es Escherichia coli (85%)(6).

Otras bacterias gram negativas frecuentes son: Proteus, Klebsiella, Enterobacter, Pseudomonas y Serratia sp. Entre las bacterias gram positivas, cabe destacar: Streptococcus B, Enterococcus sp. y Staphylococcus aureus. En neonatos, debemos tener en cuenta otras posibles etiologías, como: Lysteria monocytogenes, Streptococcus agalactiae y Enterococcus sp.(6-8) y, en mujeres adolescentes, Staphilococcus saprophyticus(9). Otros patógenos posibles son: adenovirus (cistitis hemorrágica), Candida spp y parásitos (como Schistosoma haematobium)(2).

Favorecen la infección por gérmenes diferentes a E. coli, la antibioterapia previa, la hospitalización o la coexistencia de una uropatía.

Fisiopatología

La ITU puede producirse por vía hematógena o por vía ascendente. Existen factores de riesgo para padecer ITU dependientes del huésped y del patógeno.

Las infecciones del tracto urinario pueden producirse por dos mecanismos(6,7,9): por diseminación hematógena a partir de una bacteriemia (más frecuentemente en neonatos y lactantes pequeños) o por vía ascendente, mediante el paso de gérmenes procedentes del área perineal a través de la uretra (en las niñas, la proximidad uretra-recto facilita esta vía).

Son factores de riesgo de ITU dependientes del huésped los siguientes(2,7,9): raza blanca, malformaciones urinarias, RVU, disfunción vesical, estreñimiento, instrumentación de la vía urinaria, mala técnica de higiene perineal, oxiurasis, la actividad sexual en las adolescentes, no estar circuncidado, tener familiares de primer grado con historia de ITU o de RVU y dilatación piélica. Actualmente, se acepta la existencia de una predisposición genética e individual para padecer ITU. Los pili o fimbrias que poseen algunos serotipos de E. coli se consideran factor de riesgo de ITU dependientes del patógeno y facilitan la adhesión al epitelio urinario(6). La lactancia materna es un factor protector(2).

Clínica

La presentación clínica puede ser inespecífica y diferente según la edad del niño, por lo que debemos tener un alto índice de sospecha.

La clínica es más inespecífica cuanto menor es la edad del niño. El signo más común es la fiebre(6). La presencia de fiebre alta (=39°C) con diagnóstico clínico de ITU podría ser un indicador práctico de pielonefritis según la Academia Americana de Pediatría (AAP)(10). Otros síntomas dependientes de la edad son:

• En niños menores de 2 años(1,7): rechazo del alimento, llanto durante la micción, irritabilidad, vómitos o estancamiento ponderal. En neonatos: ictericia prolongada o sepsis, y en prematuros: bradicardia y pausas de apnea.

• En niños mayores de 2 años, la clínica puede ser más orientativa(1,7). En caso de ITU alta: fiebre, dolor en fosa renal, malestar general y escalofríos. En caso de ITU baja: disuria, polaquiuria, tenesmo vesical, urgencia miccional y dolor suprapúbico.

La presencia de otro foco de infección clínicamente objetivo no excluye la posibilidad de tener una ITU, pero reduce la probabilidad a la mitad(8,11). Debemos hacer especial hincapié en descartar ITU en niños/as de raza blanca, menores de 12 meses, con fiebre mayor de 39°C de más de 24-48 horas de evolución, sobre todo en ausencia de otro foco que justifique la fiebre(6).

Diagnóstico

El diagnóstico de sospecha se basa en el análisis de orina. El diagnóstico de confirmación precisa la realización de un urocultivo.

En la anamnesis, indagaremos síntomas y signos de ITU y factores de riesgo para padecer una ITU. La exploración física(1,8) debe ser completa por aparatos, registrando constantes vitales y datos antropométricos.

Existen diferentes técnicas de recogida de orina y la elección debe individualizarse en función de la edad, continencia y estado clínico del paciente, así como de la experiencia del personal encargado de recogerla(12). El método de recogida va a determinar la interpretación del resultado del urocultivo. No existe un consenso absoluto en cuanto a los recuentos de microorganismos que se consideran significativos para cada técnica de recogida(2,6) (Tabla I).

 

 

La obtención de muestra de orina para su estudio debe realizarse, en todo caso, en las mejores condiciones de asepsia posibles (no demorar más de 4 horas el procesamiento y, si no es posible cultivarla en este tiempo, se aconseja que sea refrigerada)(2).

Recogida de orina por bolsa perineal: puede estar indicada en niños incontinentes de bajo riesgo en los que el diagnóstico de ITU sea poco probable o no sea urgente(12). Este método tiene una alta sensibilidad, pero con un elevado número de falsos positivos. Se podría mejorar la precisión si la bolsa se recoge antes de 30 minutos(14), pero aun así, el riesgo de contaminación es alto. Por este motivo, el urocultivo recogido con esta técnica tendrá validez tan sólo si es negativo(1,3) (menos de 100.000 UFC/ml) y los resultados positivos requerirán siempre confirmación por sondaje uretral o punción suprapúbica antes de iniciar antibioterapia(2,12).

Recogida de orina por micción media(2,12): de elección en niños con control de esfínteres.

Recogida de orina por sondaje uretral: actualmente es la técnica más utilizada en lactantes en los servicios de urgencias y es parcialmente estéril. Es el método de elección en niños incontinentes, salvo neonatos y aquellos lactantes pequeños en los que el sondaje uretral no sea viable y que, por tanto, precisen punción suprapúbica(1,2,12). Su sensibilidad y especificidad superan el 95%(1).

Recogida de orina por punción suprapúbica: indicada como primera opción en neonatos y también en lactantes pequeños en los que no se pueda realizar un sondaje uretral(2,12) (fimosis o sinequia vulvar intensa que lo impida). Como inconvenientes frente al cateterismo uretral presenta una mayor tasa de dolor asociada, requiere experiencia en su realización y tiene menores probabilidades de éxito en la obtención de orina (aunque bajo control ecográfico se puede aumentar la rentabilidad de la prueba)(11).

El análisis de orina es útil para realizar un diagnóstico de presunción de ITU con el fin de iniciar el tratamiento antibiótico empírico en espera del resultado del urocultivo(6). Puede realizarse mediante tira reactiva o mediante estudio microscópico de orina.

a. Tira reactiva de orina: es una técnica accesible en todos los centros de salud y servicios de urgencias, rápida, barata y viable con pequeñas cantidades de orina. Las determinaciones más importantes para la valoración de una posible ITU son:

– Leucocito esterasa (LE): enzima liberada por los leucocitos y signo indirecto de inflamación (no necesariamente infección). Tiene sensibilidad alta y baja especificidad. La contaminación bacteriana es causa frecuente de falsos positivos. Son causas de falsos negativos las dosis diarias altas de cefalexina o gentamicina, la proteinuria >500 mg/dl y la glucosuria >2 g/dl.

– Nitritos: este test se basa en la capacidad de las bacterias (excepto las gram positivas y Pseudomonas) de reducir los nitratos a nitritos. Este proceso requiere la permanencia de la orina en la vejiga aproximadamente 4 horas. Tiene especificidad elevada y baja sensibilidad (especialmente en lactantes, que vacían la vejiga con frecuencia)(13). Son causa de falsos negativos la orina diluida, presencia de ácido ascórbico, bacterias no reductoras de nitratos y la inhibición bacteriana por antibióticos o quimioterápicos.

Valorando la combinación de ambos parámetros (nitritos y LE) se aumenta el rendimiento de la tira reactiva y su interés radica, principalmente, en su alto valor predictivo negativo (96-100%) (Tabla II).

 

 

b. Estudio microscópico de orina: los inconvenientes de este método frente a la tira reactiva son su menor disponibilidad y que requiere mayor equipación y entrenamiento(1). Analiza la presencia de piuria(6) (definida como la presencia de más de 5 leucocitos/campo) y bacteriuria (observación de cualquier número de bacterias) (Tablas III y IV).

 

 

 

 

En relación a la elección del método de análisis de orina más conveniente sabemos que, en mayores de 3 años, la tira reactiva es tan útil y segura como el estudio microscópico(3). En cambio, en menores de 3 meses, el estudio microscópico de orina es el método de elección. En general, en caso de estar disponible, el análisis microscópico es la técnica preferible en menores de 3 años(2,3,14).

Urocultivo

Son indicaciones para realizar urocultivo(2,6): lactante menor de 3 meses con fiebre sin foco (FSF); síndrome miccional; FSF y antecedentes de ITU o anomalías urinarias; FSF de más de 7 días de evolución; y cuando no hay correlación entre la clínica y los resultados de la tira reactiva de orina(3). En el paciente sin control de esfínteres, dada la dificultad mayor para la recogida de orina y el menor tiempo de permanencia de ésta en la vejiga (con riesgo de falsos negativos en la tira reactiva), cuando se consiga la muestra es aconsejable solicitar a la vez un urocultivo.

Salvo evolución desfavorable, no existe la necesidad de repetir el urocultivo(2,3,10,12), aunque algunos autores siguen recomendando un urocultivo de control al finalizar el tratamiento(6). Sí existe consenso en la recomendación de no realizar urocultivos en niños asintomáticos, puesto que la bacteriuria asintomática no aumenta el riesgo de cicatriz renal(2,3,7,10).

Otras pruebas complementarias

La indicación de realizar otras pruebas complementarias debe individualizarse. El gran reto actual es encontrar un método fiable para hacer diagnóstico diferencial entre ITU de vías bajas e ITU de vías altas/pielonefritis con el fin de establecer un pronóstico más certero y orientar el seguimiento del proceso.

La gammagrafía renal con ácido dimercaptosuccínico (DMSA) es el patrón de referencia para el diagnóstico temprano de lesiones parenquimatosas renales, pero tiene como inconvenientes su coste, la disponibilidad y el empleo de contraste radiactivo.

La leucocitosis (>15.000/microL) y la elevación de reactantes de fase aguda (VSG >30 mm, proteína C reactiva >30 mg/l, procalcitonina >0,5-1 ng/ml, interleucina 6 en orina >15 pg/ml) son parámetros de los que no existen hasta el momento trabajos concluyentes acerca de su utilidad en el diagnóstico diferencial de ITU alta o baja(1,2,6).

El hemocultivo está indicado en aquellos casos con sospecha de bacteriemia, aunque su positividad no modifica la elección del antibiótico(1,2).

Tratamiento

El tratamiento inicial es empírico, teniendo en cuanta el patrón de resistencias local. La vía oral es de elección salvo presencia de criterios de ingreso hospitalario.

El tratamiento se iniciará en función de la sensibilidad local de los patógenos a los antibióticos(2,6,10,11). En España, E. coli presenta un alto porcentaje de resistencia a ampicilina (50-80%) y cotrimoxazol (18-38%) y buena sensibilidad a cefalosporinas de 2ª y 3ª generación, aminoglucósidos, fosfomicina y amoxicilina-clavulánico(10) (aunque en algunas áreas ya existe hasta un 15% de resistencias al último(11)). El Enterococcus faecalis presenta, en cambio, buena sensibilidad a la ampicilina y amoxicilina-clavulánico(2,11).

La administración del tratamiento por vía oral y por vía parenteral es igual de eficaz, siendo de elección la vía oral(2). La vía intravenosa queda reservada para los pacientes que requieren ingreso (Tabla V). En estos casos, a las 48-72 horas, si la evolución es satisfactoria, el tratamiento se puede continuar por vía oral según antibiograma(10).

 

 

La duración del tratamiento(2,6,12,13) suele ser de entre 7 a 14 días. En ITU de alto riesgo o sospecha de ITU de vías altas o menores de 2 años (con mucho mayor riesgo de cicatriz si la ITU no evoluciona bien), el tratamiento debe realizarse al menos durante 10 días(13). En niños mayores de 2 años con clínica clara de ITU de vías bajas están aprobadas pautas de tratamiento más cortas(2,3,6,10).

La elección del antibiótico empírico y la duración del tratamiento propuestas por los expertos(2,6,12,13) quedan reflejadas en la tabla VI.

 

 

En casos especiales, existe la posibilidad de realizar un tratamiento por vía intramuscular de forma ambulatoria, con una dosis diaria de ceftriaxona, gentamicina o tobramicina(15).

Seguimiento y pruebas de imagen

La realización de pruebas de imagen en el seguimiento evolutivo de la ITU es un tema objeto de controversia y en revisión en los últimos tiempos.

Hasta hace unos años, se consideraba indispensable la realización de pruebas de imagen en todo niño con un primer episodio de ITU. Esta práctica ha permitido llegar a las siguientes conclusiones: la mayor parte de los RVU son asintomáticos y de bajo grado, la prevalencia de RVU disminuye con la edad, la mayoría de las cicatrices renales no tienen significación clínica y la mayoría de las malformaciones nefrourológicas significativas son ya visibles en la ecografía prenatal. En este apartado, analizaremos cada una de estas pruebas de imagen y sus indicaciones actuales, la mayoría basadas en consenso o en bajo nivel de evidencia(2,7).

Ecografía nefrourológica: es poco sensible para la detección de pielonefritis aguda y RVU. En cambio, tiene alta sensibilidad para la detección de abscesos o pionefrosis, por lo que estaría indicado realizarla de forma precoz en caso de sospecha de estas complicaciones(16). Su indicación en el menor de 2 años/incontinente con un primer episodio de ITU febril está aún muy sujeta a controversia, aunque, dado su bajo riesgo, la AAP sigue recomendándola de forma rutinaria en este grupo si no existe el antecedente de una ecografía prenatal normal a las 30-32 semanas de gestación o si no se tiene acceso a la misma(2,15).

Gammagrafía renal con DMSA: para el diagnóstico de cicatrices renales ha de realizarse al menos 4-6 meses después del episodio de ITU, porque en la fase aguda podría no discriminar entre lesiones de pielonefritis aguda y cicatrices renales preexistentes(10).

Cistouretrografía miccional seriada (CUMS): es la prueba de elección para la identificación y clasificación del RVU. Los últimos estudios reflejan que no parece necesario diferirla a las 4-6 semanas tras el episodio de ITU y que podría realizarse incluso durante los últimos días del tratamiento(10,15). Sus principales inconvenientes son la necesidad de cateterización y la exposición radiológica(2). La ecocistografía, en cambio, evita la exposición a radiaciones y podría constituir por ello una alternativa apropiada a la CUMS. Aun así, es necesario evaluar su disponibilidad y rendimiento en cada área antes de que se pueda considerar sustitutiva de la CUMS(2,8).

Pronóstico

Los factores de riesgo relacionados con el desarrollo de lesión renal son los episodios recurrentes de ITU y el RVU.

La historia natural de la ITU a día de hoy no es bien conocida y el hecho de que muchos de los estudios hayan sido realizados en niños con RVU dificultan el emitir un pronóstico extrapolable a la población pediátrica general. Por otro lado, no está clara la relación de la ITU con el posterior desarrollo de enfermedad renal crónica. Parece que en ausencia de anomalías del tracto urinario, el riesgo de sufrir hipertensión arterial (HTA) y/o insuficiencia renal crónica (IRC) después de un episodio de ITU no es, en general, muy elevado. Este riesgo parece estar más relacionado con la extensión o gravedad de las cicatrices y con la presencia de displasia/hipoplasia renal(2).

Los factores de riesgo relacionados con el desarrollo de lesión renal son los episodios recurrentes de ITU y el RVU(2,7,17). Otros factores tradicionalmente asociados a mayor riesgo de cicatriz renal, como el sexo masculino o menor edad, han obtenido resultados discordantes en estudios más recientes(2).

Prevención

Es importante la prevención de recurrencia de ITU para evitar el desarrollo de lesiones renales. La quimioprofilaxis y la cirugía del RVU pierden importancia.

Las familias de los niños con un primer proceso confirmado de ITU deben ser advertidas de que, ante futuros procesos febriles, es recomendable que el niño sea evaluado en las primeras 48 horas con el fin de detectar posibles recurrencias(13); aunque, no se ha podido demostrar asociación entre el retraso en el inicio del tratamiento antibiótico y mayor riesgo de daño renal permanente(2).

 

 

Son recomendaciones generales para prevenir nuevas ITU(2,3,14): cumplimiento correcto del tratamiento, evitar la retención de orina, ingesta adecuada de líquidos, correcta higiene genital y la corrección del estreñimiento y de disfunciones vesicales. El tratamiento de la disfunción vesical e intestinal, no sólo reduce la probabilidad de recurrencia de ITU, sino que también está asociado con una más rápida resolución del RVU(17).

No existe evidencia científica suficiente para apoyar una recomendación a favor de ninguna de las siguientes medidas preventivas: vacunas con cepas uropatógenas, ácido ascórbico o probióticos. Aunque se estima una prevalencia de ITU mayor en varones no circuncidados respecto a los circuncidados, actualmente no se recomienda esta intervención de forma rutinaria(2,18). Existe evidencia de que el jugo de arándanos es eficaz en la prevención de ITU recurrentes en la mujer adulta, pero los estudios existentes en niños(19) son aún insuficientes y, aunque indican que no parece tener efectos secundarios de importancia, son de dudosa eficacia para la prevención de las recidivas.

Papel actual de la quimioprofilaxis

En los últimos años, han surgido investigaciones que sugieren que esta práctica se asocia con un aumento del riesgo de infecciones por patógenos resistentes(2,3,10,14) y, además, no existen pruebas de que se asocie con una reducción de la recurrencia de ITU o con la aparición de nuevas cicatrices renales(2,20). Las recomendaciones actuales al respecto son las siguientes:

• Bacteriuria asintomática(2): no se recomienda.

• Primer episodio de ITU(2,3,6,16): no se recomienda de forma rutinaria.

• ITU recurrente(2): se recomienda valorar de forma individualizada cada caso de ITU recurrente, previo estudio que descarte anomalías del tracto urinario.

• RVU(2): mientras que la AAP no la considera indicada en ningún caso, la guía de práctica clínica española la recomienda en niñas con RVU grados III-V y niños con RVU grados IV-V.

• Hidronefrosis(2): se recomienda en niños con dilatación de la vía urinaria y sospecha de obstrucción hasta que se confirme el diagnóstico y ésta sea tratada.

• Anomalías funcionales del tracto urinario(2): no pueden hacerse recomendaciones puesto que no existen estudios que evalúen su eficacia.

• Sondaje vesical(2): en el caso de sondaje vesical mantenido, se recomienda si éste es debido a cirugía. En el caso de sondaje vesical intermitente limpio o aislado (cistoscopia y otros estudios diagnósticos), algunos autores no la recomiendan salvo riesgo por enfermedad asociada (cardiopatías, ITU recurrente o atípica, sospecha de RVU IV-V o malformaciones)(2). Otros autores la recomiendan durante 3 días en los niños a los que se les realice una cistografía (realizando la prueba en el día 2)(3).

Se debe seleccionar el antibiótico de menor espectro de acción posible con el fin de evitar la aparición de resistencias(2,10,12) (Tabla VIII).

 

 

Cirugía del RVU: el tratamiento quirúrgico se reserva para casos de RVU de alto grado o fallos de la profilaxis antibiótica. La cirugía abierta ha sido desplazada por la cirugía endoscópica y las técnicas de laparoscopia(10).

Función del pediatra de Atención Primaria(1,2,7)

El seguimiento en Atención Primaria de todo niño con antecedente de ITU febril debe incluir monitorización regular antropométrica y de la tensión arterial(1). El tratamiento de la disfunción vesical e intestinal debe ser iniciado desde Atención Primaria. En niños con estreñimiento crónico, el tratamiento con laxantes ha demostrado que reduce significativamente las recurrencias de ITU(18).

Deben ser valorados por Nefrología/Urología infantil los siguientes casos(2,7): ITU alta recurrente o atípica; presencia de anomalías nefrourológicas, RVU, cicatrices renales, HTA, proteinuria; disfunción vesical que no responde a medidas generales (rehabilitación vesical, corrección del estreñimiento); y siempre que el estudio indicado no pueda realizarse desde Atención Primaria.

Una adecuada coordinación entre los niveles asistenciales, sin duda, contribuirá a un mejor seguimiento y control de los niños con ITU.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Avalada por el Ministerio de Sanidad, es una exhaustiva revisión actualizada que abarca todos los aspectos relacionados con la infección de orina en niños.

– National Collaborating Centre for Women’s and Children’s Health. National Institute for Health and Clinical Excellence (NICE) Guideline. Urinary Tract Infection in Children: Diagnosis, Treatment and Long-term Management. London: RCOG Press; 2007. [Último acceso 15-10-2012]. http://www.nice.org.uk/nicemedia/pdf/CG54fullguideline.pdf.

Guía publicada en el Reino Unido donde se revisan todas las pautas de actuación en las infecciones de orina. De imprescindible lectura, especialmente en aspectos relacionados con el seguimiento e indicación de pruebas complementarias.

– Shaikh N, Ewing AL, Bhatnagar S, et al. Risk of renal scarring in children with a first urinary tract infection: a systematic review. Pediatrics. 2010; 126: 1084.

Aun con limitaciones metodológicas reconocidas por los propios autores, se insiste en que la aparición de cicatrices renales no depende sólo de la presencia de RVU, idea predominante durante décadas. Además, la disminución de la prevalencia de cicatrices renales probablemente está más relacionada con un mejor diagnóstico prenatal.

– Roberts KB, Finnell SM, Downs SM. Response to the AAP Section on Urology concerns about the AAP Urinary Tract Infection Guideline. Pediatrics. 2012; 129: 1054-6.

Los autores afirman que, en los estudios con seguimiento a largo plazo, el tratamiento del RVU no parece disminuir los casos de IRC.

– Molina Cabañero JC. Manejo de la infección urinaria en urgencias. An Pediatr Contin. 2011; 9: 7-14.

Este artículo en español revisa, de forma práctica y concisa, todos los aspectos relacionados con la ITU en niños. Muy útil para la consulta diaria y para la urgencia.

– Saadeh SA, Mattoo TK. Managing urinary tract infections. Pediatric Nephrology. 2011; 62: 1967-76.

Completa y actualizada revisión del diagnóstico y manejo de la ITU en niños, incluyendo las indicaciones de pruebas complementarias y de tratamiento quirúrgico.

– Shaikh N, Hoberman A. Long-term management and prevention of urinary tract infections in children [Monografía en Internet], Waltham (MA): UpToDate; 2012 [acceso 15 de octubre de 2012]. Disponible en: http://www.uptodate.com/

Revisión actualizada sobre el manejo y seguimiento a largo plazo de la ITU en niños.

 

Caso clínico

Varón de 5 meses de vida que acude al Centro de Salud con cuadro de 48 horas de evolución de fiebre de 39°C junto con hiporexia, un vómito alimentario aislado e irritabilidad. No tiene antecedentes neonatales, ni personales, familiares de interés. En la exploración física, los únicos hallazgos llamativos son: fiebre de 38,7°C y congestión nasal, con buen estado general.

Se decide recoger orina por bolsa adhesiva perineal y se realiza tira reactiva que revela test de leucocito esterasa y de nitritos positivos. Con sospecha de infección del tracto urinario, se remite a Urgencias, donde se obtiene nueva muestra de orina por sondaje uretral para análisis y urocultivo. La microscopía confirma piuria y bacteriuria. Puesto que no hay criterios de ingreso, el paciente es dado de alta, pautándose tratamiento empírico con cefixima. A las 48 horas, acude de nuevo al Centro de Salud para revisión (como se le recomendó en Urgencias). La evolución ha sido satisfactoria, con desaparición de la fiebre (temperatura más alta en las últimas 12 horas de 37,4°C) y exploración física normal. Una vez confirmado el diagnóstico de infección del tracto urinario y la correcta sensibilidad al antibiótico empírico pautado en Urgencias, se le indica realizar un total de 10 días de tratamiento.

 


 

 

 

 

Anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario

Temas de FC

C. Gutiérrez Segura, Á. Gómez Farpón, C. Granell Suárez

Médicos Adjuntos (FEA) del Servicio de Cirugía Pediátrica.
Hospital Universitario Central de Asturias

 

Resumen

Las anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario (CAKUT) representan aproximadamente el 20-30% de todas las anomalías identificadas en el periodo neonatal, dando lugar a una amplia variedad de desórdenes.
Se revisan las anomalías más frecuentes y con mayor interés desde el punto de vista quirúrgico, haciendo hincapié en la detección antenatal, la evolución y seguimiento posnatal, así como las indicaciones quirúrgicas.
Por su interés y frecuente complicación observada en las CAKUT, hacemos referencia al reflujo vésico-ureteral.

 

Abstract

Congenital anomalies of the kidney and urinary tract (CAKUT) account for approximately 20-30% of all abnormalities identified in the neonatal period resulting in a wide variety of disorders.
We review the most common abnormalities and more interest from the surgical point of view, emphasizing the detection antenatal, postnatal evaluation and monitoring and surgical indications.
For your interest and frequent complication in CAKUT we refer likewise to vesicoureteral reflux.

 

Palabras clave: Hipoplasia y displasia renal; Riñón multiquístico; Ectopia renal; Riñón en herradura; Estenosis pielo- ureteral; Duplicidad renal y ureteral; Megauréter; Uréter ectópico; Ureterocele; Válvulas de uretra; Reflujo vésico-ureteral.

Key words: Renal hipoplasia and displasia; Renal ectopia; Horseshoe Kidney; Multicystic dysplastic Kidney; Urete- ropelvic junction obstruction; Duplicate collecting systems; Megaureter; Ectopic uréter; Ureterocele; Posterior urethral valve; Vesicoureteral reflux.

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 391-401


Anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario

 

Anomalías congénitas del riñón y del tracto urinario (CAKUT)

Las CAKUT constituyen cerca del 20-30% de todas las malformaciones identificadas(1), ocurriendo en el 0,3-1,6/1.000 recién nacidos vivos (RNV), ocasionando un 30-50% de insuficiencia renal terminal (IRT), siendo importante su diagnóstico y tratamiento precoz para minimizar el daño renal.

Representan una amplia variedad de desórdenes que provienen de los siguientes procesos de desarrollo renal anormal:

a. Malformación del parénquima renal: hipoplasia, displasia, agenesia renal y riñón multiquístico (DRMQ).

b. Anomalías relacionadas con la migración de los riñones: ectopia renal y anomalías de fusión.

c. Anomalías en el desarrollo del sistema colector: estenosis pielo-ureteral (EPU), duplicidades ureterales, megauréter primario, uréter ectópico, ureterocele y válvulas de uretra posterior (VUP).

Revisaremos aquellos que tienen un mayor impacto y repercusión clínica desde el punto de vista quirúrgico.

Malformaciones del parénquima renal

Su patogénesis es multifactorial, siendo debidas a factores genéticos y ambientales. En modelos animales, se ha demostrado cómo la deficiencia de vitamina A está asociada con malformaciones urogenitales e hipoplasia renal.

Hipoplasia renal

Existe un bajo número de nefronas, estructuralmente normales (sin cicatrices), dando lugar a un riñón disminuido de tamaño y una hipertrofia del riñón contralateral.

Displasia renal

Caracterizada por la presencia de tejido renal malformado, puede ser uni o bilateral, ocurriendo en 2-4/1.000 RNV. El diagnóstico frecuentemente es casual durante la realización de una ecografía. Suelen ser de tamaño más pequeño y su evolución, en general, es buena, en casos unilaterales.

Debido a la frecuente asociación con otras anomalías del sistema colector, la cistouretrografía miccional seriada (CUMS) debería ser considerada en todos los pacientes con displasia renal. La gammagrafía isotópica (DMSA) puede proporcionar información adicional de la función renal diferencial (FRD) de cada riñón. Se deben realizar ecografías periódicas para controlar el crecimiento compensatorio contralateral y posibles cambios en la medida del riñón displásico.

Displasia renal multiquística (DRMQ)

Es un riñón no funcionante, con múltiples quistes no comunicantes separados por tejido displásico con un uréter ausente o atrésico. La incidencia global es de 0,3-1/1.000 RNV, con más de la mitad de los casos diagnosticados antes del nacimiento. Suele existir involución o desaparición del riñón multiquístico en el 90% de los casos. Debido a ello, se recomienda tratamiento conservador con seguimiento a largo plazo.

La mayoría son unilaterales, afectando más frecuentemente a varones en el riñón izquierdo con hipertrofia compensadora en el riñón contralateral sano. Se asocia con anomalías genitales, renales o ureterales contralaterales, siendo el reflujo vésico-ureteral (RVU) lo más frecuente (25% de los casos)(2).

Seguimiento. Evaluación ecográfica seriada hasta los 10 años para monitorizar el crecimiento del riñón contralateral y la involución del DRMQ. Exámenes rutinarios de toma de presión arterial, análisis de orina para detectar proteinuria y estudios de función renal, especialmente en niños con anomalías en el riñón contralateral. Si hubiera historia de infecciones del tracto urinario (ITU) o hidronefrosis (HN), hay que realizar CUMS para diagnosticar la existencia del RVU.

Tratamiento. Algunos clínicos han recomendado eliminar el riesgo de malignidad (tumor de Wilms), extirpando el DRMQ. Sin embargo, en una revisión de la literatura realizada sobre un total de 1.041 niños con riñón multiquístico, ninguno desarrolló tumor de Wilms(3).

Anomalías de la migración y de la fusión

El crecimiento caudal rápido del embrión da lugar a la migración del riñón en desarrollo desde la pelvis a la fosa renal retroperitoneal. Al tiempo que ambos riñones ascienden, rotan 90°, de manera que el hilio renal se dirige hacia medial una vez completada su formación hacia la 8ª semana de gestación.

Ectopia renal

Ocurre cuando el riñón no asciende normalmente para alcanzar la fosa renal. Su incidencia es de 1/5.000 RNV. La mayoría son asintomáticos. El riñón ectópico suele tener una FRD disminuida. La anomalía acompañante más frecuente es el RVU (20%). En ausencia de otras anomalías, el pronóstico de los pacientes con ectopia renal es bueno.

La ectopia puede ser simple, cuando el riñón alcanza una posición anómala pero en el lado correspondiente, y cruzada, cuando cruza la línea media ocupando el lado contralateral. Ésta puede ocurrir con o sin fusión con el riñón contralateral. Si el riñón no asciende se denomina riñón pélvico. En los riñones ectópicos falla la rotación, lo que ocasiona desviación del eje renal, quedando la pelvis renal dirigida anteriormente, siendo el aporte vascular variable y anómalo.

Clínica. Los casos sintomáticos son debidos a ITU, obstrucción o cálculos renales. Pueden existir anomalías acompañantes génito-urinarias o asociación con síndromes, como CHARGE y el de VACTERL.

Diagnóstico. La ecografía postnatal confirma los hallazgos prenatales y define la anatomía. Deben realizarse estudios de función renal en casos de enfermedad renal bilateral o hidronefrosis. Si la función renal está disminuida o si el riñón contralateral es anormal, se debe realizar DMSA para medir la FRD. Si existe HN y la CUMS es normal, entonces se debe realizar MAG-3 para detectar obstrucción.

Fusión renal

Ocurre cuando una parte de un riñón se fusiona con el otro riñón.

Riñón en herradura

Es la anomalía de fusión más frecuente, ocurriendo en 0,4-1,6/10.000 RNV. Un tercio a mitad de los pacientes tienen anomalías congénitas urológicas y genitales acompañantes, así como alteraciones genéticas. Una gran parte de los pacientes tienen un buen pronóstico; sin embargo, estos niños parecen tener un riesgo incrementado de desarrollar tumor de Wilms(4).

En más del 90% de los casos, la fusión ocurre en los polos distales, manteniendo dos sistemas excretores renales y ureterales separados. La porción fusionada o istmo puede estar formado por parénquima o tejido fibroso en la línea media. Los ejes renales están desviados, situándose generalmente las pelvis renales anteriormente, cruzando ambos uréteres por encima del istmo renal fusionado.

Clínica. La mayoría son asintomáticos, aunque la hidronefrosis ocurre en un 80% de los casos, siendo las causas un RVU u obstrucción del sistema colector por compresión ureteral debida a vasos aberrantes, cálculos renales (20%) o por EPU, debido a la inserción alta de los uréteres en la pelvis renal.

Diagnóstico. La ecografía define la alteración anatómica y permite apreciar la HN. Si hay historia de ITU, se debe realizar CUMS para determinar si existe RVU. La creatinina permite evaluar la función renal. Si está elevada, se debe realizar DMSA para medir la FRD y descartar cicatrices renales. En pacientes con HN no debida a RVU debe realizarse MAG-3 para estudiar la EPU.

Tratamiento. El riñón en herradura debe ser intervenido solamente cuando en él se desarrolle un proceso patológico que evolucione desfavorablemente. A la hora de operar un RVU o una HN, es útil tener un mapa arteriográfico, debido a la vascularización anárquica que presenta el riñón en herradura.

Anomalías en el desarrollo del sistema colector

Estenosis pieloureteral (EPU)

La estenosis entre la pelvis renal y el uréter produce una interrupción parcial o total al flujo de orina, lo que conlleva una HN y, en ciertos casos, una pérdida progresiva de función renal. No obstante, la HN es un signo radiológico, no siempre sinónimo de obstrucción, por lo que, ante una dilatación renal, debemos descartar otras causas (Tabla I).

 

 

Epidemiología. Es la causa más común de HN prenatal, aunque muchas de éstas desaparecen. 1/500 fetos tienen una EPU funcionalmente significativa. Es 2 veces más frecuente en el lado izquierdo, predomina ligeramente en varones y en el 10-40% es bilateral.

Etiología. Las EPU pediátricas son fundamentalmente congénitas, pudiendo encontrar algún caso adquirido secundario a cálculos, tumores o cirugías. A su vez, las causas congénitas pueden dividirse en: intrínsecas, las más frecuentes, producidas por un segmento ureteral adinámico e hipoplásico; y extrínsecas, debido a factores mecánicos que comprimen el uréter proximal, como vasos polares, angulaciones de la unión o pólipos.

Clínica. Desde la introducción del screening prenatal, menos del 20% de los casos se diagnostican por su clínica. Cuando esto sucede, lo más frecuente es tras un episodio de ITU febril y, en menor medida, por hematuria tras un traumatismo banal, dolor abdominal, como un hallazgo incidental o formando parte de un síndrome, como en el VACTERL. La crisis de Dietl es típica de escolares mayores, con episodios de vómitos y dolor abdominal cólico asociados a hidronefrosis intermitente secundaria a vasos polares.

Diagnóstico:

Ecografía: útil para el seguimiento del paciente. No puede diagnosticar la obstrucción per se; ya que, la dilatación severa no es específica de la obstrucción. Debemos prestar atención al grado de dilatación pielocalicial, el tamaño renal, el adelgazamiento cortical, la ecogenicidad cortical, la dilatación ureteral, el grosor vesical y la orina residual. Dos son los sistemas de clasificación del grado de HN: el diámetro antero-posterior de la pelvis (DAP), medida fácilmente reproducible, y el propuesto por la Society for Fetal Urology (SFU). Durante la etapa prenatal, se acepta como HN un DAP >4 mm antes de las 33 semanas de gestación y >7 mm después de esa semana. En la etapa posnatal, toda HN diagnosticada prenatalmente debe estudiarse una vez transcurridos unos 5 días de vida, evitando al menos las primeras 48 horas donde la oliguria fisiológica puede darnos un falso negativo. Sólo en casos seleccionados, como una HN de alto grado, casos bilaterales en varones con el fin de descartar VUP, HN en pacientes monorrenos u oligohidramnios, debe efectuarse antes.

CUMS: su indicación es controvertida, al ser una prueba invasiva. A su favor está el hecho de que, en la bibliografía, figura una prevalencia de RVU del 25% en HN postnatales, sin embargo, este RVU podría carecer de repercusión clínica y no modificar nuestra actitud terapéutica.

Renograma diurético MAG-3: es la principal herramienta diagnóstica de obstrucción del tracto urinario, valorando la FRD, que es la proporción de trazador captado de la sangre por cada riñón, y la excreción renal. Debe realizarse transcurrido el mes de vida, cuando el sistema renal es más maduro.

Durante el estudio, se administra un diurético (furosemida), generalmente a los 20 minutos de la máxima actividad del radiotrazador. La valoración del renograma incluye tres aspectos: la visualización de las imágenes secuenciales, las curvas de captación-eliminación (Fig. 1) y los datos cuantitativos, destacando la FRD y el T1/2 (tiempo medio de eliminación)(5). Se considera una FRD deteriorada cuando es <40%. En este punto, es básico recordar que la FRD es un estudio comparativo, es decir, se asume que conjuntamente ambos sistemas renales poseen una función total del 100%, viendo cuánto contribuye cada uno. Por lo tanto, en pacientes monorrenos o con afectación bilateral, este parámetro no es útil. Respecto al T1/2 a los 10 y 20 minutos, o tiempo que tarda en eliminar el 50% del radiofármaco, diferenciamos distintos patrones renográficos. De este modo, un T1/2 <10 minutos es normal (no obstructivo), >20 minutos está alterado (generalmente, asociado con obstrucción) y entre 10 y 20 minutos se considera indeterminado(6). Para lograr un diagnóstico preciso, es esencial prestar atención a múltiples factores que pueden alterar el resultado y producir una curva falsamente obstructiva. Por ello, un drenaje alterado en el renograma no es sinónimo de obstrucción. Sin embargo, una eliminación adecuada implica la ausencia de obstrucción.

 

Figura 1. Curva de captación-eliminación en el MAG-3.

 

DMSA: proporciona una evaluación más exacta de la FRD que el MAG-3, especialmente en pacientes con riñones poco funcionantes, aunque con una dosis de radiación superior.

Otras pruebas: en desuso han quedado los estudios de presión-flujo o la UIV, en detrimento de pruebas más precisas, como la urografía por RMN y el TC con contraste.

Criterios de obstrucción y cirugía: las indicaciones de cirugía se encuentran en continuo debate. Por un lado, no hay ningún parámetro que, por sí solo, pueda indicarnos tratamiento quirúrgico, y la mera observación de la curva de eliminación es un manejo simplista de un problema muy complejo. Por otro lado y, gracias al uso de la ecografía prenatal, se sabe que la mayoría de las HN (75%) diagnosticadas en este periodo permanecen estables o mejoran, sin poder determinar los factores de deterioro renal y pronosticar qué pacientes no necesitarán cirugía. En general, la mayoría de las HN con DAP >30 mm precisarán cirugía (90%) frente al 10% con pelvis <20 mm. En los pacientes con pelvis de 20-30 mm, la mejoría (60%) es casi tan probable como el deterioro. Los criterios de cirugía son la presencia de síntomas, descenso de la FRD o incremento de la HN. En casos dudosos, debemos seguir regularmente al paciente con ecografía y MAG-3(7).

Tratamiento:

a. Pieloplastia: la pieloplastia desmembrada de Anderson-Hynes sigue considerándose el tratamiento de elección: se reseca la estenosis y parte de la pelvis renal redundante y se anastomosan pelvis y uréter. Esta técnica puede llevarse a cabo por cirugía abierta, laparoscopia o robótica.

b. Endourología: este tipo de procedimientos técnicos mínimamente invasivos están ampliamente instaurados en el adulto por su simplicidad e inocuidad. Sin embargo, en el paciente pediátrico tienen unos resultados muy discutidos y las dificultades técnicas hace que se lleven a cabo en centros muy concretos. Se puede acceder a la zona estenótica a través de la uretra y del uréter (retrógradamente) o a través de la pelvis renal (anterógradamente) y, con diferentes dispositivos, conseguir vencer esta estenosis (balón de dilatación de alta presión, endopielotomía…)(8).

Seguimiento postoperatorio. La mejoría del lavado del trazador en el MAG-3 después de la pieloplastia es muy variable, pudiendo, en ocasiones, permanecer obstruido o equívoco al menos durante 6 meses. Si la FRD permanece estable, no hay necesidad de preocuparse.

Megauréter congénito

La definición de “megauréter” es puramente descriptiva: es aquel uréter con un diámetro superior a 7 mm, acompañado o no de dilatación del sistema colector alto y sin hacer referencia a la obstrucción o el RVU.

Se diferencian 4 tipos con diferente etiopatogenia, en función de que sea obstructivo y/o refluyente:

1. Obstruido no refluyente o megauréter primario obstructivo (MOP), secundario a una obstrucción parcial por una alteración en la musculatura ureteral distal(9). Aunque, para otros autores, el hecho de que algunos se resuelvan de forma espontánea hace pensar que sea una falta de maduración del uréter(10).

2. Obstruido y refluyente, en el cual el trayecto tunelizado urétero-vesical es anormal y la orina refluye al uréter pero es incapaz de volver a la vejiga.

3. No obstruido refluyente, donde la orina refluye y drena a vejiga sin dificultad (véase sección RVU).

4. No obstruido, no refluyente. En estos pacientes existe una dilatación ureteral pero, paradójicamente, no presentan reflujo ni obstrucción(11).

Clínica. Representa el 23% de los casos de hidronefrosis en el RN de causa obstructiva. Es más frecuente en niños y más común en el lado izquierdo. Ocurre de manera bilateral en el 25%. Son diagnosticados incidentalmente en la ecografía prenatal y típicamente la exploración física es normal. Los casos que no son diagnosticados de forma prenatal suelen presentar posteriormente ITUs, hematuria, dolor abdominal, masa o uremia. Es raro que evolucione a IRT.

Diagnóstico. La ecografía es la primera prueba a realizar, confirma la dilatación ureteral. Se debe determinar mediante la realización de un MAG-3 qué megauréteres son obstructivos y, mediante una CUMS, cuáles tienen RVU, así como los casos en los que se combinen obstrucción y RVU. Incluso los pacientes que no tienen RVU ni obstrucción requieren ser identificados para un seguimiento estrecho(12).

Tratamiento. No hay parámetros que determinen qué pacientes van a requerir cirugía. Dado que el 70% de los casos se resuelven espontáneamente antes de los 2 años y que las intervenciones quirúrgicas tempranas se relacionan con tasa de complicación altas, no se recomienda el tratamiento quirúrgico excepto en megauréteres con ITUs recurrentes, deterioro de la FRD u obstrucción significativa. La edad idónea para realizar la reparación quirúrgica será entre el año de vida y los 2 años(13,14).

Seguimiento. Si permanece estable, se debe seguir de 2 a 4 años con ecografía y MAG-3 cada 6-12 meses(15). Tras la intervención, se debe solicitar una CUMS y MAG-3 más allá de los 3 meses para descartar RVU y obstrucción, respectivamente.

Duplicidad renal: ureterocele y uréter ectópico

La duplicación del sistema renal es una de las anomalías congénitas más frecuentes del tracto urinario, cursando de forma asintomática.

Embriología: las duplicaciones del tracto urinario superior son el resultado del desdoblamiento de la yema ureteral primitiva. De cada conducto de Wolf surge una yema ureteral que se une con el blastema metanéfrico para formar el riñón, y al seno urogenital para formar la vejiga. El grado de duplicación ureteral depende del momento en el que tiene lugar la separación inicial de las yemas; mientras que, el de la duplicación renal tiene relación con la distancia que existe entre ellas antes de alcanzar el blastema metanéfrico. Si brotan varias yemas ureterales, la ley de Weigert-Meyer indica que el uréter que drena la porción superior del riñón (uréter del hemisistema superior), termina de manera más caudal y medial que el que drena su porción inferior (uréter del hemisistema inferior). El desplazamiento del uréter superior de su posición habitual hace más probable que desemboque ectópicamente y se asocie a un ureterocele que condicione obstrucción; mientras que, el menor tiempo de desarrollo del uréter inferior disminuye su capa muscular, facilitando la aparición de RVU.

Ureterocele

Es el resultado de la dilatación quística del segmento terminal intravesical del uréter (Fig. 2). La forma más frecuente de presentación es una ITU en los primeros meses de vida. La mayoría precisan tratamiento quirúrgico, siendo la punción endoscópica la técnica de elección.

 

Figura 2. Imagen del ureterocele.

 

Epidemiología. Es 4 a 7 veces más frecuente en mujeres de raza blanca, con un 10% de los casos bilaterales. Suele estar asociado al pielón superior de un doble sistema completo (80%).

Clínica. La forma más frecuente de presentación es una ITU en los primeros meses de vida. Otros son detectados incidentalmente en ecografía prenatal o como una masa abdominal palpable secundaria a obstrucción renal. Aunque la obstrucción uretral es rara, una de sus causas más frecuentes en niños es el prolapso uretral de un ureterocele.

Diagnóstico. La primera prueba a efectuar, la ecografía, muestra una masa quística intravesical bien definida en la parte posterior de la vejiga. Se puede ver también un uréter proximal dilatado y, muy a menudo, un riñón doble ipsilateral en el que el hemirriñón superior está displásico. La CUMS se debe realizar siempre, ya que, en más del 50% de los casos, el pielón inferior ipsilateral y en el 25% del contralateral tienen RVU. Además, se puede observar el ureterocele como un defecto de llenado en la vejiga en las primeras imágenes de la prueba. El DMSA permite valorar la función del hemirriñón superior y el MAG-3 la eliminación cuando se sospecha obstrucción. La UIV, en desuso, mostrará el “signo de la cobra” en la vejiga y el “signo de la flor marchita” si hay sistema doble.

Tratamiento. Éste depende del tipo de ureterocele y del modo de presentación. La mayoría de pacientes precisan cirugía. La primera opción terapéutica es la punción endoscópica, con un éxito del 90% en los ureteroceles intravesicales y 50% en los ectópicos y, si ésta falla, se debe realizar una reconstrucción por cirugía abierta. En caso de anulación funcional del pielón superior, el procedimiento de elección es la heminefrectomía, habitualmente por cirugía mínimamente invasiva(16). En los pacientes con sepsis secundaria a obstrucción, el tratamiento inmediato es la nefrostomía.

Uréter ectópico

Es el uréter cuyo meato termina en una posición caudal a la inserción normal del uréter en el trígono. Es más frecuente en mujeres, manifestándose como ITU e incontinencia en niñas mayores.

El orificio se encuentra siempre a lo largo del trayecto del desarrollo normal del sistema mesonéfrico, por tanto, en niños es en el cuello vesical, próstata (a nivel del orificio del conducto eyaculatorio) o, incluso, a lo largo del trayecto del sistema genital masculino, incluyendo el epidídimo. En niñas, el orificio puede terminar en el cuello vesical, uretra, vagina o, de forma más rara, en cérvix y útero.

Epidemiología. Más frecuente en mujeres, un 70% asocia duplicación ureteral completa con una alta incidencia de tejido renal displásico en el hemirriñón superior correspondiente al uréter ectópico(11).

Clínica. Lo más frecuente son ITUs de repetición. Dependiendo del sexo, observaremos incontinencia en niñas mayores, con pérdida de orina a pesar de tener un buen hábito miccional. Esto no ocurre en el varón; ya que, siempre desemboca antes del esfínter uretral externo. Si el uréter drena en el conducto genital, puede provocar orquiepididimitis. En ambos casos, se puede apreciar HN en la etapa prenatal si el orificio ureteral está obstruido, por ejemplo, secundario al drenaje a nivel del epidídimo en el varón o del esfínter en la mujer, o un riñón displásico si el uréter es extrauretral.

Diagnóstico. En la ecografía se aprecia un uréter distal dilatado. En los casos en los que no esté dilatado, por ejemplo en niñas mayores en las que el uréter drena a la vagina, el TC o RNM con contraste pueden determinar con precisión la localización del uréter. La cistoscopia normalmente no es diagnóstica por sí sola, pero puede ser útil para identificar el ostium ureteral en la uretra, lo cual es muy complejo si el orificio está dentro de la vagina.

Tratamiento. Diferenciamos dos situaciones en el tratamiento del uréter ectópico:

Sistema doble: como la mayoría de los casos están asociados con un polo superior displásico; la exéresis de este segmento y del uréter proximal es normalmente curativa.

Sistema único: en niñas, el riñón asociado con el uréter ectópico es normalmente pequeño y con función muy pobre. Si el riñón es funcionante, el tratamiento es la resección del uréter ectópico distal y la reimplantación. Si no, se realiza nefroureterectomía por cirugía abierta o laparoscopia.

Válvulas de la uretra posterior (VUP)

Las VUP son unos pliegues membranosos dentro de la luz uretral de los varones, siendo una de las causas más frecuentes de obstrucción del tracto urinario, pudiendo ocasionar en el periodo neonatal un amplio espectro de severidad, ocurriendo en 1/5.000-8.000 embarazos(17).

Fisiopatología. La obstrucción de salida al flujo urinario produce hipertrofia y depósito de colágeno en el detrusor que ocasionan alteración de la compliance o acomodación vesical, aumentando la presión intravesical que se transmite a todo el TUS, pudiendo ocasionar ureterohidronefrosis, RVU y lesión renal (disfunción glomerular y tubular) (Fig. 3). Sin embargo, si se alivia la obstrucción de forma temprana, estos cambios pueden revertirse, excepto cuando exista displasia renal acompañante(18). El RVU está presente entre 1/3 y 1/2 de los pacientes con VUP. El RVU unilateral actúa como mecanismo de escape de la presión intravesical, salvaguardando la función del riñón contralateral a corto plazo, denominándose síndrome VURD(19) (vesicoureteral reflux unilateral renal dysplasia), aunque con el tiempo no parece que la preserve. Otros mecanismos de descarga de presión del TUS incluyen grandes divertículos vesicales, ascitis urinaria prenatal debida a la extravasación calicial y urinoma penirrenal. La disfunción vesical se presenta, según las distintas series, entre un 15 a 70% de los casos con VUP. Las alteraciones vesicales presentes constituyen el denominado “síndrome de la vejiga valvular”, existiendo tres patrones urodinámicos: hiperactividad del detrusor, baja acomodación vesical y fallo miogénico(20). Para algunos autores, estos patrones representan diferentes etapas de un mismo proceso. El más frecuente es la hiperactividad del detrusor (70%), siendo los 2 últimos los de peor pronóstico, evolucionando un 50% al fracaso renal con la necesidad de trasplante.

 

Figura 3. Fisiopatología de las válvulas de uretra posterior (VUP) (A. Gómez Fraile).

 

Diagnóstico. En la actualidad, la mayoría de las VUP se detectan por ecografía prenatal. Este descubrimiento permite el tratamiento temprano postnatal. Las imágenes sugestivas de VUP son la ureterohidronefrosis bilateral, aumento del tamaño de la vejiga y uretra posterior dilatada. En ocasiones, veremos engrosamiento de la pared vesical (>3 mm) y signos de displasia renal (aumento de la ecogenicidad renal y quistes corticales). La CUMS confirma el diagnóstico al nacimiento. La uretra posterior presenta una importante dilatación y el cuello de la vejiga está estrechado y engrosado con el canal urinario desplazado hacia la parte anterior (Fig. 4). El RVU suele ser intenso y aparece en la mitad de los lactantes. El DMSA y el MAG-3 valoran el estado del parénquima renal y el grado de obstrucción, respectivamente. Los estudios de laboratorio incluyen la determinación de urea, creatinina y electrolitos para valorar la función renal. Una creatinina mayor de 0,8-1 mg/dl, al año de la ablación valvular, sugiere deterioro de la TGF (<70 ml/min/1,73 m2) y función renal deficiente a largo plazo(21).

 

Figura 4. En la CUMS se aprecia gran dilatación en la uretra prostática, vejiga de lucha y gran reflujo vésico-ureteral unilateral.

 

Tratamiento prenatal. Cuando el oligohidramnios está presente en el 2º trimestre del embarazo, la mortalidad perinatal puede llegar al 90-95%. Por ello, la cirugía fetal puede considerarse en fetos con alto riesgo de muerte intraútero o neonatal debido a la existencia de un oligohidraminos severo, debiendo tener un cariotipo normal y una buena función renal estudiada en muestras de orina tomadas por punción de la vejiga fetal. En estos casos, la cirugía debería ser realizada en centros con gran experiencia debido al riesgo de mortalidad fetal (43%). Sin embargo, los resultados a largo plazo indican que la intervención prenatal no parece que mejore la función renal(22).

Tratamiento postnatal. Se inicia con la evaluación radiológica (ecografía, CUMS, MAG-3) y colocación de un catéter vesical para el drenaje del tracto urinario, pautando profilaxis antibiótica mientras se mantenga ésta y se descarte la presencia de RVU. Otras opciones de cirugía derivativa son la vesicostomía previa a la resección valvular, frecuentemente en niños prematuros, la pielostomía o ureterostomía alta, raramente realizadas debido a que precisan la reconstrucción posterior del TUS. Por otro lado, alteran el ciclo miccional de la vejiga, lo cual puede afectar a la función vesical, no mejorando los resultados de la vesicostomía. Podrían estar indicadas cuando, a pesar de un buen drenaje vesical, persiste la alteración de la función renal o dilatación ureteral. Una alternativa es la nefrostomía bilateral temporal. El tratamiento de elección, definitivo, se basa en la cistoscopia diagnóstica y terapéutica, mediante ablación endoscópica de las VUP, para la resolución de la obstrucción uretral(20).

Seguimiento. Después del procedimiento quirúrgico de las válvulas de uretra, el tratamiento incluye la detección de la disfunción vesical mediante pruebas de imagen y estudio urodinámico, además de la monitorización de la función renal. Un tercio de los pacientes con disfunción vesical severa requerirán sondaje limpio intermitente y medicación anticolinérgica y/o a-bloqueante, dependiendo de los resultados de la urodinamia. A pesar del diagnóstico prenatal y de la intervención precoz, un 15 a 20% progresan hacia la IRT, precisando trasplante renal(21).

Reflujo vésico-ureteral (RVU)

Proceso heterogéneo y multifactorial en el que se produce el paso retrógrado, no fisiológico, de orina al TUS. Anatómicamente, el uréter terminal atraviesa la pared vesical en un túnel submucoso que desemboca en el trígono. Mediante la presión intravesical, la porción terminal del uréter es comprimida contra el detrusor, creando un mecanismo valvular pasivo que impide el ascenso de orina.

Prevalencia. En población sana es desconocida. Se asume una prevalencia del 1% en RNV y muy superior, hasta un 30-70%, tras una ITU febril.

Grupos. Raza: más frecuente en niños de raza blanca presentando, además, mayor grado de RVU. Edad: mayor prevalencia cuanto menor es el niño. Sexo: después del primer año, la prevalencia de ITU es 2 veces superior en la mujer. Sin embargo, los niños tienen, entre todos los pacientes con ITU, más probabilidad de tener RVU (hombre:mujer de 2:1), además de ser normalmente diagnosticados durante el periodo prenatal. Los varones con antecedentes familiares de RVU tienen mayor riesgo de daño congénito(23) (Tabla II).

 

 

Genética. Existe un importante componente familiar, evidenciado por la alta incidencia de RVU en hermanos (30%) y en hijos de padres con RVU (35-50%). Sólo estaría indicado el estudio genético en caso de: hipoplasia, displasia, fallo renal crónico no explicado o alteraciones extrarrenales que puedan tener algún significado sindrómico.

Tipos de RVU. Tradicionalmente, el RVU se ha clasificado en primario y secundario:

Primario: debido a un debilitamiento del funcionamiento del sistema valvular antirreflujo por inmadurez o alteración de la unión vésico-ureteral. Dentro de este grupo, podemos discernir 2 entidades: el reflujo congénito, diagnosticado por ecografía prenatal, y el RVU tras una ITU.

Secundario: asociado a un funcionamiento anómalo de la vejiga con presiones intravesicales altas (vejiga neuropática o VUP). Este RVU tiende a mejorar cuando las presiones vesicales se normalizan.

Clínica. La ITU representa la forma más común de presentación (30%). Un síntoma asociado es el dolor, aunque se debe más a su relación con la pielonefritis. En alguna ocasión, el RVU se manifiesta como IRT y/o HTA en pacientes con poca o ninguna historia de ITU previa, lo cual podría ser secundario a una displasia renal congénita. Desde el advenimiento de la ecografía, debemos incluir las formas asintomáticas como otra opción de debut, así como los RVU prenatales.

Diagnóstico. Existen diferentes técnicas de imagen para diagnosticar y graduar el RVU: la cistografía isotópica directa, la ecocistografía con contraste y la CUMS. Sin embargo, es esta última la que, pese a su invasividad y radiación, continúa siendo el gold estándar, proporcionando un detalle anatómico superior, muy importante en varones, y valorando la presencia de reflujo intrarrenal. La clasificación más admitida, basada en la magnitud del paso retrógrado de orina de la vejiga al uréter, es la proporcionada por el International Reflux Study Committee(24). En general, se acepta que los RVU grado I y II son leves; el grado III moderado y los grados IV y V graves (Tabla III). Otra prueba complementaria es el DMSA, la más sensible para visualizar cicatrices y cuantificar la FRD(25). Para evaluar las cicatrices nos podemos guiar por la clasificación de Goldraich. Un RVU con un DMSA normal es de bajo grado y tiene un elevado porcentaje de resolución. Screening en hermanos: aunque sería interesante, éste no se suele llevar a cabo debido a la invasividad de las pruebas. La ecografía continúa siendo, pese a su baja sensibilidad (<50%), la prueba de elección.

 

 

Nefropatía por RVU (NR). Puede ocurrir en la vida fetal en forma de hipoplasia-displasia pero, en su mayoría, ocurre después del nacimiento y, sobre todo, en relación con la ITU. Es más frecuente en mujeres y se ha asociado a HTA, IRC, IRT y complicaciones en el embarazo.

Tratamiento. El enfoque terapéutico del RVU ha cambiado, adoptando una actitud más conservadora, como consecuencia de la falta de evidencia de beneficio significativo del tratamiento quirúrgico frente al médico. Diversos estudios han demostrado que la evolución natural del RVU es hacia la corrección espontánea, a razón de 10-15% por año. De este modo, el grado del RVU es el principal factor predictor a la hora de valorar la probabilidad de resolución espontánea. Además, se sabe que el RVU no suele dañar el riñón en ausencia de pielonefritis aguda asociada (PNA). El tratamiento conservador debe considerarse el modelo terapéutico de elección inicial (Fig. 5)(26).

 

Figura 5. Manejo del reflujo vésico-ureteral (RVU).

 

Médico:

– Medidas generales para evitar la proliferación de gérmenes: estimulación de hábitos miccionales correctos con micciones completas y frecuentes, así como ingesta de abundantes líquidos y corrección del estreñimiento.

Profilaxis antibiótica: no se recomienda de forma sistemática, debido a que no disminuye la progresión de daño renal(27). Se debe administrar en niños con RVU primario grado I-III con ITU de repetición y en los grados IV-V durante 1 año o hasta efectuar la siguiente CUMS, siendo el trimetoprim a 1-2 m/kg/día en dosis única nocturna el más utilizado.

Quirúrgico: a mayor grado de RVU, menor probabilidad de resolución espontánea con mayor riesgo de daño renal. El tratamiento quirúrgico ha demostrado ser útil en reducir el número de PNA, pese a que no disminuye la progresión del daño renal. Por tanto, la principal indicación quirúrgica, y que debe plantearnos cambiar la actitud terapéutica, es la PNA. Para ello, disponemos de 2 tipos de cirugías, la reimplantación ureteral, generalmente abierta, más invasiva, pero con porcentajes de éxito >95%, y el tratamiento endoscópico, menos invasivo y con un porcentaje variable de éxito en función del número de procedimientos realizados, edad y sexo del paciente, grado de RVU y anatomía vésico-ureteral, ya que los dobles sistemas renales son más resistentes a la curación(28). Con esta técnica, se crea un habón submucoso a nivel del ostium ureteral mediante la inyección de un material (Deflux®, Macroplastique®), que disminuye el orificio y dificulta el paso retrógrado de orina.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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28.*** Boston children Hospital 2013Available from: URL: http://www.childrenshospital.
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Bibliografía recomendada

– Lupton EW, Testa HJ, O’Reilly PH, Gosling JA, Dixon JS, Lawson RS, et al. Diuresis renography and morphology in upper urinary tract obstruction. Br J Urol. 1979; 51(1): 10-4.

Artículo original que describe las curvas de eliminación del renograma diurético descritas por O´Reilly.

– Essentials of paediatric urology. second ed. Informa Healthcare; 2008.

Libro clásico de la urología pediátrica que expone de manera sencilla y didáctica sus principales patologías.

– Parente HA, Angulo Madero JM, Romero Ruiz RM, Rivas VS, Lain FA, Fanjul GM. Medium-term results of the endourological management with balloon dilatation of the ureteropelvic junction stenosis in infants. Actas Urol Esp. 2009; 33(4): 422-8.

Este artículo refleja la la experiencia del Hospital Gregorio Marañón en el tratamiento endourológico de la estenosis pielo-ureteral.

– Casal AJ. Válvulas uretrales posteriores y otras anomalías uretrales. En: Campbell-Walsh, editor. Urology. Panamericana; 2007.

Compendio de urología, referencia en su campo, traducido al castellano. Cuenta con un tomo dedicado exclusivamente a la urología pediátrica.

– Boston children Hospital 2013. Available from: URL: http://www.childrenshospital.
org/vurcalculator/.

Página del Boston´s Children Hospital que permite la estimación de la efectividad del tratamiento endoscópico tras la cumplimentación de una serie de parámetros.

 

Caso clínico

Presentamos el caso clínico de un RN varón con diagnóstico prenatal de hidronefrosis bilateral en la semana 20 de gestación, con un DAP máximo de 10 mm que en ecografías sucesivas ha ido paulatinamente disminuyendo, sin otros hallazgos ecográficos de interés. No constan antecedentes personales ni familiares reseñables. Nace por parto espontáneo, vaginal, en la semana 38 de gestación, con un Apgar 8/9 y un peso de 3.450 g. En la ecografía postnatal, se aprecia un riñón derecho de 54 mm, con buena diferenciación córtico-medular y un riñón izquierdo de 64 mm, con una cortical y diferenciación córtico-medular preservadas, con ureterohidronefrosis izquierda. La pelvis renal mide 15 mm, presentando un uréter mínimamente prominente a nivel distal (3 mm). Con el fin de descartar RVU, se solicita una CUMS, en la que se observa una vejiga de paredes finas sin defectos de repleción, sin RVU y con una uretra de características normales. El renograma diurético MAG-3 descarta obstrucción y muestra una FRD mantenida, lo que nos permite seguir al paciente en consultas. Durante este tiempo, el paciente se mantiene clínicamente asintomático. Las ecografías muestran en alguna ocasión un aumento de la dilatación piélica, pero que no se correlaciona con cambios en el MAG-3, los cuales mantienen un patrón no obstructivo, desapareciendo la hidronefrosis en las siguientes ecografías. Por otra parte, la dilatación ureteral ha ido disminuyendo hasta no ser perceptible. A los 4 años de edad, acude a revisión, aportando una ecografía en la que se aprecia una importante hidronefrosis izquierda que ha aumentado con respecto al estudio previo, midiendo la pelvis renal 46 milímetros de DAP. Así mismo, en la ecografía Doppler se visualizan unos vasos de gran calibre cruzando la pelvis renal. Ante estos hallazgos se decide solicitar un renograma diurético, en el que se observa una FRD del riñón izquierdo del 47% sin prácticamente respuesta a la administración del diurético, por lo que se interviene al paciente con el diagnóstico de estenosis pieloureteral secundaria a vasos polares.

 

Figura 6. Resultados del renograma diurético administrando furosemida en el minuto 20.

 

 

 

 

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