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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Prescribir películas para abordar el sobrepeso y la obesidad infantojuvenil

Terapia cinematográfica
en la infancia y adolescencia


J. González de Dios

Jefe de Servicio de Pediatría. Hospital General Universitario de Alicante. Profesor del Departamento de Pediatría. Universidad Miguel Hernández. Alicante.
Autor del proyecto “Cine y Pediatría”

 

Pediatr Integral 2026; XXX (1): 80.e1 – 80.e11

 

Pediatría Integral inicia esta nueva sección para poner en relación la ciencia (pediátrica) con el arte (cinematográfico), y hacer del séptimo arte un instrumento más para cimentar la arteterapia en nuestro día a día. El objetivo, es prescribir películas de cine que todo pediatra pudiera ver para mejorar en ciencia y conciencia en nuestra práctica clínica habitual, tanto en temas médicos como sociales. Prescribir películas argumentales bajo la observación narrativa para extraer todas las emociones y reflexiones posibles. Para ser mejores médicos pediatras. Y, quizás, por qué no, para ser mejores personas.

 


Prescribir películas para abordar el sobrepeso y la obesidad infantojuvenil

https://doi.org/10.63149/j.pedint.116

 

“Globesity”, un grave problema de salud pública

El sobrepeso y la obesidad infantojuvenil se definen como una acumulación anormal o excesiva de grasa corporal que puede ser perjudicial para la salud. Su implicación clínica radica principalmente en el desarrollo de resistencia a la insulina, en aproximadamente el 50 % de casos, que conlleva la aparición de comorbilidades que son las que van a determinar el pronóstico a corto y a largo plazo (dislipemia, hipertensión arterial, hepatopatía, intolerancia a la glucosa, síndrome metabólico, ateroesclerosis y enfermedad cardiovascular, trastornos ortopédicos, psicológicos, apnea del sueño…). En la edad pediátrica, sobrepeso corresponde a un índice de masa corporal (IMC) para la edad superior en más de una desviación estándar por encima de la mediana de referencia de la OMS, y obesidad cuando ese IMC es más de dos desviaciones estándar por encima de la mediana(1,2).

En 1998, la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideró la obesidad como una epidemia global (“globesity”). Todos los países están afectados por esta epidemia. Ningún país ha registrado un descenso de la prevalencia de la obesidad en el conjunto de su población, y ninguno va camino de cumplir el objetivo de la OMS de “no aumentar en 2025 con respecto a los niveles de 2010”. De esta manera comenzaba el curso de la plataforma Continuum, “Atención integral al paciente con sobrepeso y obesidad”(3), liderado por cinco sociedades científicas de la Asociación Española de Pediatría. Y sigue con algunos datos epidemiológicos demoledores: actualmente se calcula que un 38 % de la población mundial mayor de 5 años padece sobrecarga ponderal (sobrepeso + obesidad) y un 14 %, obesidad; además, con la tendencia actual, en 2035 estas cifras aumentarán hasta un 51 % en el caso de la sobrecarga ponderal y un 24 % para la obesidad, cifras que serán aún mayores en España. Y las consecuencias de esta pandemia no son solo en salud, sino también económicas.

Los factores de riesgo para sobrepeso y obesidad infantojuvenil son multifactoriales:

• Genéticos: obesidad monogénica en casos raros con obesidad muy intensa de inicio temprano.

• Ambientales y conductuales: alimentación hipercalórica y desestructurada, elevada ingesta de proteínas y energía en los primeros meses de vida, crecimiento rápido posnatal, ausencia o disminución de lactancia materna e introducción precoz de alimentación complementaria.

• Estilos de vida: sedentarismo, bajo nivel de actividad física y alto tiempo frente a pantallas.

• Psicosociales: ambiente social y escolar desfavorable, acoso escolar, baja autoestima.

Para abordar este grave problema de salud pública, los sanitarios, en general, y los pediatras, en particular, debemos tener claros algunos puntos clave(3):

• La obesidad es una de las enfermedades crónicas pediátricas más frecuentes. En nuestro país, 1 de cada 3 menores de 2 a 17 años presenta sobrepeso, y 1 de cada 10 padece obesidad. Además, se estima que la prevalencia de obesidad infantil en el mundo se multiplique por dos en la próxima década.

• Existen dos tipos de tejido adiposo, el blanco y el marrón, cuya distribución y funciones varían a lo largo de la infancia. Se conoce como rebote de adiposidad en la infancia al segundo aumento del índice de masa corporal que tiene lugar alrededor de los 5-6 años. Un rebote precoz de la adiposidad se asocia con mayor riesgo de obesidad y síndrome metabólico; por ello es fundamental conocer la curva de desarrollo del niño desde el nacimiento, especialmente la evolución de la talla y del índice de masa corporal (IMC), y observar el momento del rebote adiposo.

• La obesidad infantil es de etiología exógena, principalmente.

• El diagnóstico de la obesidad infantil es fundamentalmente clínico. La antropometría (z-score IMC, z-score talla) sirve para clasificar la gravedad de la obesidad y hacer un seguimiento de la respuesta a la intervención. La valoración de la talla es fundamental para discriminar la obesidad exógena de la orgánica. Las pruebas complementarias estarán destinadas al diagnóstico de sus complicaciones y al uso de marcadores precoces de afectación cardiovascular.

Del tratamiento a la prevención del sobrepeso y obesidad infantojuvenil

El tratamiento del sobrepeso y la obesidad infantojuvenil debe ser integral y multidisciplinar, poniendo hincapié en estos puntos(3,4):

• Intervención dietética orientada a una alimentación equilibrada y sana.

• Incremento progresivo de la actividad física.

• Modificación conductual, incluyendo apoyo psicológico y programas de autocontrol.

• Tratamiento de comorbilidades asociadas.

• Los tratamientos farmacológicos o quirúrgicos solo se indican en casos muy limitados y específicos.

• La prevención de recaídas es crucial con seguimiento prolongado y apoyo familiar.

He aquí algunas recomendaciones que ayudarían a minimizar el riesgo de sobrepeso y obesidad infantojuvenil(3):

• Modificar los hábitos dietéticos de los padres, en especial de la madre, encaminados a tener un IMC preconcepcional adecuado y una ganancia de peso correcta a lo largo del embarazo con alimentación saludable para la mujer gestante.

• Establecer conductas familiares adecuadas en torno a la alimentación, hábitos de sueño y actividad física.

• Promover la lactancia materna exclusiva durante los 6 primeros meses de edad y complementada con otros alimentos hasta los dos años o más.

• Iniciar la alimentación complementaria nunca antes del cuarto mes y, en la medida de lo posible, alrededor del sexto mes.

• Limitar la cantidad de proteínas de origen animal en los dos primeros años de vida.

• Aumentar el consumo de frutas y verduras.

• Incorporación a la mesa familiar al final del primer año de vida, con adhesión a dieta mediterránea o atlántica (aceite de oliva, alimentos frescos, legumbres, verduras, frutos secos y semillas) sin distracciones ni dispositivos tecnológicos.

• Promoción de la actividad física durante al menos 60 minutos al día y ocio activo sin pantallas.

• Asegurar un patrón de sueño de al menos 9 horas diarias de forma regular.

• Identificación de grupos de riesgo de desarrollo de sobrepeso u obesidad: bajo peso al nacimiento, prematuros que recuperan muy rápidamente el percentil de peso, rebote adiposo temprano, nivel cultural y socioeconómico bajo, hijos de obesos, etc.

• Reforzar la educación y sensibilización a los progenitores y a los escolares, de forma participativa y con el apoyo de los educadores y profesionales sanitarios, sobre la importancia de los estilos de vida saludables.

• Apoyar una vida saludable desde el inicio con intervenciones multicomponentes, adaptadas a cada etapa de la infancia, que logren transformar estilos de vida inadecuados en las familias.

• Promover que los entornos donde viven y se desarrollan los niños sean seguros, con accesibilidad a instalaciones deportivas.

• Disminuir la brecha social y lograr equidad en recursos y atención a toda la infancia.

Y de una forma más sintética, recordar que para esta prevención hay principalmente 4 pilares y 3 etapas críticas(3-5):

• Los 4 pilares de la prevención de la obesidad infantil son: dieta saludable, actividad física regular, tiempo de pantallas limitado y horas de sueño suficientes según la edad.

• Las 3 etapas críticas en las que hay que estar especialmente atentos, que serán determinantes en el IMC a corto y largo plazo, son: desde la etapa prenatal hasta los 2 años, de los 5 a los 7 años (con el llamado rebote adiposo) y la adolescencia.

Y, sea como sea, cualquier intervención en prevención es mejor que ninguna.

La ambivalencia de los medios de comunicación ante la obesidad infantojuvenil

Los medios de comunicación, sobre todo la televisión y la publicidad, tienen un papel ambivalente en la lucha contra el sobrepeso y la obesidad infantojuvenil. Y ello porque pueden contribuir negativamente al aumento del sobrepeso y obesidad en niños y adolescentes, al promover el sedentarismo y la ingesta de alimentos ultraprocesados mediante anuncios dirigidos a la infancia. Se ha documentado que niños expuestos a anuncios de comida en programas infantiles tienden a elegir productos poco saludables, con una asociación estadística entre tiempo frente a pantallas y sobrepeso. Sin embargo, también son un canal idóneo para difundir mensajes de salud pública, promover hábitos saludables y sensibilizar a la sociedad, por lo que con un uso bien regulado pueden ser decisivos para la prevención y concienciación.

Muchos programas y campañas de salud pública utilizan medios de comunicación masiva, incluidos medios audiovisuales y redes sociales, para promover la alimentación equilibrada y la actividad física, reforzar la imagen corporal positiva y la autoestima, generar entornos familiares y escolares conscientes y comprometidos y apoyar regulaciones contra la publicidad de alimentos no saludables dirigidos a la infancia. Estas estrategias integran prensa, televisión, internet y cine, siendo crucial su coordinación y orientación profesional.

En síntesis, aunque los medios pueden ser factores obesogénicos, también tienen un valor estratégico fundamental y el cine es un medio especialmente potente para la sensibilización, educación y cambio cultural en la lucha contra el sobrepeso y la obesidad infantojuvenil. Y ello porque el cine, con su capacidad de contar historias complejas y emocionales, permite llevar un mensaje profundo sobre la obesidad infantojuvenil, en donde se pueden representar los múltiples factores y consecuencias (incluyendo aspectos sociales, emocionales y psicológicos), ayudar a romper estigmas y prejuicios, humanizando a las personas con obesidad infantil, facilitar el debate público y la reflexión social sobre hábitos, responsabilidades y modificaciones necesarias. Y está claro que, como tantas veces y en tantos campos, se usa también como herramienta docente para profesionales y familias, al ejemplificar casos y procesos.

El cine ha abordado la obesidad desde perspectivas muy diversas, que abarcan el drama, la crítica social, el documental y la comedia, siendo un instrumento de sensibilización, debate y reflexión sobre este problema sanitario y social, allí donde un personaje o la trama son nucleares. Historias de ficción como Hairspray (Adam Shankman, 2007), Gordos (Daniel Sánchez-Arévalo, 2009) o La ballena (The Whale, Darren Aronofsky, 2002)(6), que suelen poner el foco en la interioridad, el sufrimiento y los entornos sociales y familiares, donde examinan tanto el estigma, la presión social y la marginalización, como la posibilidad de superación y la importancia de la empatía. Historias documentales como La dieta humana perfecta (The Perfect Human Diet, Tom Naughton, 2011), Más allá del peso (Muito Além do Peso, Estela Renner, 2012), El peso de una nación (The Weight of the Nation, Dan Chaykin, 2012) o La verdad sobre la obesidad infantil (What Are We Feeding Our Kids?, Tristan Quinn, Vicki Cooper, 2021), que vienen a abordar la obesidad como problema sistémico: se centran en alimentación, publicidad, políticas públicas, entorno, industria alimentaria, y mayoritariamente cuestionan la responsabilidad colectiva y estatal. En ambas formas, la presencia de la obesidad en el cine puede contribuir a la concienciación social, desestigmatización y análisis crítico de su compleja etiología y consecuencias.

Pero hoy vamos a intentar hablar y prescribir películas de este tema, centrados en el sobrepeso y obesidad en la infancia y adolescencia. Y es así que desde esta sección de Terapia cinematográfica hoy recogemos 7 películas argumentales al respecto. De cada película ofreceremos una breve ficha de la película y nuestros protagonistas, destacaremos las emociones y reflexiones que podremos extraer, y enunciaremos algunas frases “de cine” para el recuerdo que se derivarían de “prescribir” ese film. Estas películas son, por orden cronológico de estreno:

Super Size Me (Morgan Spurlock, 2004)(7), para reconocer los peligros de la comida rápida (fast food) en la salud y reflexionar sobre la responsabilidad corporativa en la lucha frente a la obesidad.

Malos hábitos (Simon Bross, 2006)(8), para conocer que cualquier extremo (nutricional, estético o emocional) puede terminar por enfermarnos.

Ser gorda como yo (To Be Fat Like Me, Douglas Barr, 2007)(9), para promover la idea de que la verdadera belleza de las personas no está en el peso, sino en la autenticidad y la aceptación de uno mismo.

Yo, Terri (Terri, Azazel Jacobs, 2011)(10), para reconocer la compleja vida interior que acompaña a un adolescente con obesidad mórbida y su lucha por ser aceptado.

Sobrealimentados y desnutridos (Overfed & Undernourished, Troy Jones, 2014)(11), para adentrarnos en la lucha de un preadolescente obeso por controlar su peso.

Butter (Paul A. Kaufman, 2020)(12), para reflexionar sobre los problemas físicos y, sobre todo, emocionales de un adolescente con obesidad mórbida y el acoso escolar asociado.

Obesidad infantil. La pandemia ignorada (Pablo Deus, Carlos Morán, 2025)(13), para concienciarnos de que, si no actuamos frente a la obesidad, esta generación de hijos será la primera vez que viva menos que sus padres.

Siete películas argumentales para conocer un poco mejor la obesidad que se extiende en el mundo y cómo repercute en la infancia y adolescencia, tanto a corto como a largo plazo, tanto a nivel físico como psicológico.

PRESCRIPCIÓN 1. Super Size Me (Morgan Spurlock, 2004).

Ficha técnica

Título: Super Size Me. Título original: Super Size Me.

Dirección: Morgan Spurlock. País: Estados Unidos. Año: 2004.

Duración: 100 min. Género: Documental.

Reparto: Morgan Spurlock.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: Morgan Spurlock, el propio director se hace protagonista de un experimento con su alimentación.

Frases de cine

“En Estados Unidos todo es grande, también la gente: casi 100 millones tienen sobrepeso u obesidad… La obesidad es la segunda causa (tras el tabaco) de muerte prevenible en Estados Unidos, con 400.000 fallecimientos relacionados con la obesidad”.

En 30 años se ha doblado el número de niños con obesidad y se ha triplicado esta cifra en adolescentes”.

“Han cambiado los hábitos de alimentación: cada vez se come menos comida casera. Uno de cada cuatro estado­unidenses visita un restaurante de comida rápida cada día, con McDonald’s a la cabeza (responsable de casi la mitad de la comida rápida de USA)”.

Síntesis argumental

Según la OMS, la obesidad y el sobrepeso han alcanzado caracteres de epidemia a nivel mundial. Y es en los niños y adolescentes donde el problema se hace más grave, ya que, de no tomar medidas a tiempo sobre sus hábitos, hay una alta probabilidad de que el niño obeso se convierta en un adulto obeso. Y ya la obesidad ha superado al asma como enfermedad crónica más prevalente en la población. Y una noticia, en relación con la obesidad, nos ha sobrecogido: por primera vez, y debido a este problema, los hijos pueden llegar a vivir menos que sus padres.

Por todo lo anterior y por más, conviene no perderse esta película documental, Super Size Me, una crítica contundente frente a la obesidad y, más en concreto, contra la forma de comida rápida (fast food) que nos ofrecen cadenas como McDonald’s, fuertemente instaurada en Estados Unidos. Y nos describe un experimento que el propio Spurlock realizó en el año 2003 en primera persona: durante 30 días comió exclusivamente comida de McDonald’s (a base de cheeseburgers, Big Macs y McNuggets), las tres comidas al día (y nada más) durante 30 días, con la opción de “super-size” siempre que se le ofrecía (lo que implicaba un promedio de 5.000 kcal diarias, el doble de lo que precisa un adulto) y redujo su actividad física para adaptarse mejor a los hábitos de ejercicio de la media de estadounidenses. En la película vemos que este experimento lo realiza bajo la supervisión de tres médicos (un cardiólogo, un gastroenterólogo y un médico de medicina general), así como un nutricionista y un entrenador personal.

Emociones y reflexiones

La película nos muestra cómo, durante los 30 días que duró su experimento, nuestro protagonista comenzó a sentir una adicción por ese tipo de comida, cambios de humor, un estado depresivo y una deficiencia marcada en su vida sexual. Spurlock consiguió llegar con dificultad al día 30 y logró su objetivo, pero los tres médicos se sorprendieron al ver el grado de deterioro del protagonista, por lo que precisó más de 14 meses para volver a su estado basal de salud.

Spurlock se lanzó a realizar este documental en el que entrevistó a protagonistas de una veintena de ciudades de Estados Unidos: niños, adolescentes y adultos, gobernantes y legisladores, ejecutivos de publicidad y marketing, médicos y abogados, directores de salud pública y legisladores, profesores y cocineros, etc. Con una pregunta en el aire: ante esta amenaza de la “globesidad”, ¿dónde se acaba la responsabilidad personal y dónde comienza la responsabilidad corporativa? Porque, como nos recuerda el director, “en USA nos hemos preocupado de la enfermedad, pero no de la salud”.

Porque combatir la “globesidad” es cuestión de todos. Y en esta labor los pediatras tenemos una labor muy sensible…, incluso de denuncia.

 

PRESCRIPCIÓN 2. Malos hábitos (Simón Bross, 2006).

Ficha técnica

Título: Malos hábitos. Título original: Malos hábitos.

Dirección: Simón Bross. País: México. Año: 2006.

Duración: 103 min. Género: Drama de historias cruzadas.

Reparto: Elena de Haro, Ximena Ayala, Denys Flores, Marco Treviño y Marta Aura.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: cuatro miembros de una misma familia (Matilde, Elena, Linda y Gustavo) con diferentes trastornos alimenticios.

Frases de cine

“Doctora, ¿cuánto peso puede perder en una semana?”.

“Salga a la calle. Hay gordos por todas partes”.

“Si el problema no tiene solución, ¿para qué te preocupas? Y si tiene solución, ¿para qué te preocupas?”.

Síntesis argumental

Malos hábitos es un drama psicológico que explora las obsesiones humanas con el cuerpo, la comida y la fe, a través de tres historias entrelazadas que giran en torno a los trastornos alimenticios y la represión. Historias cruzadas con una estética muy particular. Esa comida que a todos obsesiona: a la madre anoréxica, a la hija obesa, a la tía monja, al padre que se lía con una alumna que disfruta de la comida. Esa comida en el hogar, en el convento o en el nido de amor.

La película retrata a una familia en la que distintos integrantes sufren trastornos alimenticios. Tres historias cruzadas alrededor de tres líneas narrativas principales: Matilde (Ximena Ayala), una joven monja que realiza secretamente un ayuno místico para terminar con lo que considera un segundo diluvio, pues cree que el ayuno extremo la acercará a Dios; Elena (Elena de Haro) y su única hija, Linda (Elisa Vicedo), donde Elena es una mujer obsesiva y delgada hasta la exageración, quien se avergüenza de que su hija sea gordita, y hace hasta lo imposible por adelgazarla; Gustavo (Marco Antonio Treviño) es el padre de Linda y esposo de Elena, un arquitecto y profesor universitario que también lidia con la obsesión de su mujer por el peso y la comida, y quien acaba enamorándose de una alumna de origen peruano y amante de la buena comida (Milagros Vidal), con la que tiene encuentros furtivos en un hotel y donde disfrutan de la cama y la comida como un ritual.

Emociones y reflexiones

El título de Malos hábitos mezcla el doble sentido de esos malos hábitos alimenticios con esos hábitos religiosos de uno de sus personajes; también es una crítica al deformado pensamiento religioso, que convierte en pecado el placer de la comida. Un juego de palabras para centrar su historia entre la fe por detener el caos y la convicción recalcitrante por evitar la obesidad. Y ello en una película que nos permite abordar temas como los trastornos alimenticios y cómo el cuerpo se convierte en un campo de batalla (ya sea por el exceso o defecto de comida o por la necesidad de adelgazar para cumplir expectativas sociales), la crítica a los estándares sociales de belleza y esa alienación emocional donde los personajes viven desconectados emocionalmente, presos de sus propias obsesiones.

Malos hábitos es una crítica dura pero sensible a los mecanismos sociales, religiosos y familiares que distorsionan la relación del ser humano con su cuerpo y su espiritualidad. Su mensaje es claro: los extremos –ya sean nutricionales, religiosos, estéticos o emocionales– terminan por enfermarnos, esos malos hábitos que cabe corregir.

PRESCRIPCIÓN 3. Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007).

Ficha técnica

Título: Ser gorda como yo. Título original: To Be Fat Like Me.

Dirección: Douglas Barr. País: Estados Unidos. Año: 2007.

Duración: 98 min. Género: Drama.

Reparto: Kaley Cuoco, Caroline Rhea, Melisa Halstrom, Carlo Marks y Rachael Cairns.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: Aly (Kaley Cuoco), una chica de instituto guapa y con éxito, se caracteriza de Gabi, una chica obesa, para iniciar un experimento sociológico con una cámara oculta.

Frases de cine

“Viste que todos hablan de la epidemia de la obesidad en la infancia. Pero siempre son médicos, expertos, gente que los observa desde fuera. Esta película nos pondría a todos del lado de adentro, porque ¿cómo me puedes arreglar lo que no comprendes?”.

“Al ser gorda, ya no soy la dueña de mi cuerpo. Todos los demás tienen derecho a opinar, ¿por qué?… ¿Cómo puedes valorarte si te recuerdan 15 veces al día que no vales nada?”.

“Está claro que la fobia social a la gordura existe y está empeorando. La gente actúa como si 10 kg de más te convirtieran en un asqueroso desecho de la sociedad… Lo que aprendí no fue sobre el peso, fue sobre la identidad. ¿Quién posee la tuya, la gente, tus amigos, tus padres… o tú?”.

Síntesis argumental

La película se centra en la guapa, delgada, popular y deportiva Alyssa Miller, Aly (Kaley Cuoco), capitana del equipo de sóftbol de su instituto y con una vida social aparentemente perfecta. Sin embargo, Alyssa tiene una visión superficial y prejuiciosa sobre las personas con sobrepeso, influenciada en gran medida por la cultura de delgadez y la presión social.

Cuando Aly sufre una lesión deportiva, pierde la oportunidad de conseguir una de las becas deportivas. Es entonces cuando le surge la idea de participar en un concurso de cine documental para intentar conseguir el dinero del premio que le permitiría seguir costeándose los estudios. Y le propone a su amiga la idea de “Gorda como yo”, título que recordaría a una película documental anterior como fue Negro como yo (Black Like Me, Carl Lemer, 1964), que tuvo mucho impacto en su momento en Estados Unidos. Y consigue caracterizarse como una chica obesa, pasa a llamarse Gabi Simpson. Y con una cámara oculta inicia su experimento sociológico en una escuela de verano… donde no tarda en sentir el aislamiento, acoso, mofa y trato discriminatorio por su aspecto. Y en ese camino de su experimento llega a descubrir las cualidades y la valía de las personas más allá de su apariencia física.

Emociones y reflexiones

Una película con mensajes más profundos de los que uno pueda intuir por su trama. El principal es la crítica al trato injusto y las actitudes negativas que enfrentan las personas con sobrepeso en la sociedad, prejuicios que pueden llevar al acoso, la exclusión y a la negación de oportunidades. Todo ello favorecido por la superficialidad de la cultura de la delgadez, esa presión social para ajustarse a un ideal de belleza único y restrictivo. El viaje de Alyssa es un poderoso ejemplo de cómo la experiencia personal puede generar empatía y comprensión hacia el dolor ajeno de aquellos que son marginados por su peso, comenzando a valorar a las personas por su interior en lugar de por su exterior. Porque esta película promueve la idea de que la verdadera belleza reside en la personalidad, la bondad, la autenticidad y la aceptación de uno mismo, independientemente del peso, lo que son pilares básicos para la felicidad.

Ser gorda como yo es un telefilm con conciencia. Porque está claro que la obesidad es una pandemia en nuestra población infantojuvenil, con graves riesgos para la salud en el transcurrir de la vida, pero debemos tener presente que la forma de mejorarlo es combinando la mejor evidencia científica y el respeto a las personas.

PRESCRIPCIÓN 4. Yo, Terri (Azazel Jacobs, 2011).

Ficha técnica

Título: Yo, Terri. Título original: Terri.

Dirección: Azazel Jacobs. País: Estados Unidos. Año: 2011.

Duración: 101 min. Género: Drama.

Reparto: Jacob Wysocki, Creed Bratton, John C. Reilly, Olivica Crocicchia y Bridger Zadina.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: Terri (Jacob Wysocki), un adolescente de 15 años, retraído y con obesidad mórbida.

Frases de cine

“Cada año hay dos grupos de chicos que se destacan, ¿de acuerdo? Los chicos de buen corazón. Y los chicos de mal corazón. De esos recuerdo los nombres”.

“Nos reunimos una vez por semana y vemos qué tal estamos. A ver cómo nos trata el mundo”.

“La vida es un lío, amigo… pero todos lo hacemos lo mejor que podemos”.

Síntesis argumental

Yo, Terri es un delicado retrato sobre la adolescencia marginal que se convierte en un tour de force entre Terri (Jacob Wysocki), un adolescente de 15 años, retraído y con obesidad mórbida, que siempre se viste con pijama (en casa, en la calle, en el instituto) y vive con un tío con demencia senil (no sabemos qué pasó con sus padres), y Mr. Fitzgerald, su profesor de apoyo (el camaleónico John C. Reilly).

Alrededor de Terri se construye una historia mínima sobre el intenso sentir de un adolescente introvertido que no es aceptado, aunque nada parece cruel. Su rutina es demasiado monótona, pero así lo acepta, porque no tiene ninguna expectativa o ansiedad de conseguir grandes éxitos sociales, porque está solo en la vida y porque ve la vida de otra forma. Pero no le entusiasma el instituto (no es de extrañar, porque sus compañeros se ríen de su obesidad y sus profesores le ignoran), por lo que llega tarde con demasiada frecuencia a las clases. Y por ese motivo es derivado a Mr. Fitzgerald, que actuará como un profesor consejero que le asigna reuniones para poder averiguar lo que necesita. Y así surge esa peculiar relación entre alumno y profesor, quizás porque el profesor verá en Terri precisamente lo que él fue en su adolescencia. Y por ello intentará ayudarle a superar las dificultades para integrarse en su entorno y en el seno de la sociedad.

Emociones y reflexiones

Yo, Terri construye un coming of age muy contenido emocionalmente, donde la obesidad mórbida del protagonista opera como una presencia física y simbólica que condiciona cada gesto de su adolescencia. La película invita a reflexionar sobre la vergüenza, el estigma y la dificultad de encontrarse a uno mismo cuando el propio cuerpo se percibe (y es percibido) como un problema antes que como una biografía. Su sobrepeso lo convierte en blanco de burlas y en objeto de miradas, pero a la vez elige una estética “antiproductiva” (no vestirse, llegar tarde) que funciona como escudo frente a un mundo que ya lo ha expulsado simbólicamente.

La obesidad se vive así como doble condena: la agresión externa del bullying y la autoexclusión, donde Terri parece anticiparse al rechazo, adoptando una actitud casi apática para no mostrar cuánto duele. La cámara y la puesta en escena nunca explotan su cuerpo de forma grotesca, sino que lo observan con una cierta ternura distante, lo que subraya la humanidad del personaje por encima del diagnóstico implícito.

El foco está en cómo Terri aprende a habitar su diferencia, no en cómo la borra para encajar en la norma, lo que aleja el relato del discurso motivacional clásico (y que incluya la pérdida de peso). Terri sigue siendo obeso y vulnerable, pero ya no está completamente solo en la forma de mirarse y ser mirado.

PRESCRIPCIÓN 5. Sobrealimentados y desnutridos (Troy Jones, 2014).

Ficha técnica

Título: Sobrealimentados y desnutridos. Título original: Overfed & Undernourished.

Dirección: Troy Jones. País: Australia. Año: 2014.

Duración: 95 min. Género: Documental.

Reparto: Liam Colle, Joe Cross, John Demartini, Arne Rubinstein y Don Tolman.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: Liam Golle, un chico de 11 años que pesa 80 kg y que se embarca en un viaje que promete transformar su vida para siempre.

Frases de cine

“Mucha gente no come con inteligencia… Están acostumbrados a una gratificación inmediata y concentran su dieta en grasas, azúcares y sales que son compuestos adictivos. Tendemos a pensar que los compuestos adictivos son las drogas y tendemos a pensar que es el alcohol, pero no nos damos cuenta de que las mayores adicciones de nuestro mundo hoy son el azúcar, la sal y la grasa”.

“Pienso que en la sociedad moderna, de repente, la enfermedad se volvió normal, la obesidad se volvió normal, no moverse se volvió normal, sentarse delante de un ordenador se volvió normal. Y, de repente, los estándares que teníamos cuando éramos niños o los que nuestros padres tuvieron son muy diferentes ahora”.

“Si dijéramos que la riqueza no trata de cuánto dinero tienes, sino que trata de cuán sano eres y de cuánto tiempo puedes pasar haciendo lo que realmente te gusta. Si pudiéramos enseñar a la gente que las relaciones son increíblemente importantes, entonces podríamos realmente cambiar la manera global en que vemos la salud y el bienestar… Como dijo Albert Einstein: «El mejor maestro es el ejemplo». Así que, si se preocupan por sus hijos, sean ejemplo e inspiración de una vida más significativa. Coman con inteligencia para vivir, no vivan para comer”.

Síntesis argumental

Esta película documental sigue a Liam, un niño de unos 11 años con obesidad grave que, tras la muerte de su madre y un evidente sufrimiento emocional, pesa más de 80 kg (y teme literalmente que pueda morir si no cambia de vida). Ante esta situación, se traslada a vivir con sus tíos, quienes lo acogen e inician con él un programa integral de cambio: nueva escuela, más actividad física, aprendizaje para expresar emociones y una alimentación basada en alimentos frescos y orgánicos. El camino no es fácil; más bien se transforma en un tobogán con subidas y bajadas, con avances y retrocesos.

El relato de Liam se intercala con intervenciones de diversos expertos en salud y bienestar que explican cómo la combinación de comida ultraprocesada, sedentarismo y desconexión emocional ha generado una epidemia global de obesidad en niños y adultos. A medida que avanza el documental, se muestran los progresos físicos y anímicos del niño, convirtiendo su trayectoria en una especie de “viaje de transformación” pensado para que el espectador vea que el cambio, aunque difícil, es posible.

Emociones y reflexiones

El eje conceptual es la paradoja de estar “sobrealimentados y desnutridos”: calorías abundantes pero nutrientes escasos, lo que vincula la obesidad con una forma de malnutrición moderna. Desde ahí se abre una reflexión sobre el sistema alimentario industrial, la accesibilidad de los ultraprocesados y la pérdida de vínculo con la comida real y el entorno natural.

Otro tema clave es la articulación entre alimentación y mundo emocional en la infancia: el documental sugiere que comer puede funcionar como anestesia afectiva después del duelo y otras experiencias dolorosas, algo que está en línea con evidencia psicológica que relaciona el emotional overeating infantil con la regulación deficitaria de las emociones y ciertas respuestas de los cuidadores. La película también subraya la importancia del acompañamiento familiar: el cambio no se reduce a una dieta, sino a una red de adultos que sostienen, educan y modelan hábitos, lo que coincide con investigaciones que destacan el peso de las prácticas parentales en los patrones de alimentación de los niños.

En conjunto, la película deja dos grandes huellas: una más íntima, ligada a la empatía con un niño que encuentra otra forma de vivir su duelo y su cuerpo; y otra más política, que interpela al espectador sobre su propia responsabilidad en la elección de alimentos, el uso del tiempo y el cuidado de vínculos afectivos. Esa doble resonancia –emocional y crítica– es quizá su mayor logro, pues consigue que la pregunta “¿estamos realmente nutriéndonos?” trascienda lo dietético y se convierta en una invitación a revisar el estilo de vida completo.

PRESCRIPCIÓN 6. Butter (Paul A. Kaufman, 2020).

Ficha técnica

Título: Butter. Título original: Butter’s Final Meal Butter.

Dirección: Paul A. Kaufman. País: Estados Unidos. Año: 2020.

Duración: 111 min. Género: Drama.

Reparto: Alex Kersting, Mira Sorvino, Annabeth Gish, Brian Van Holt y McKaley Miller.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: Marsahll (Alex Kersting), alias Butter, es un adolescente obeso estadounidense que sufre acoso escolar.

Frases de cine

“¿Creéis que ahora como mucho? Eso no es nada. Conectaos en Año Nuevo, a medianoche, cuando transmita mi último atracón en directo. No aguanto otro año en este disfraz de gordo. Si podéis digerirlo, estáis invitados a ver cómo me mato comiendo”.

“Me había abandonado a mí mismo… Comía para sentirme satisfecho. Comía para aliviar mi dolor. Comía para olvidar”.

“Con cada nota que tocaba, me permitía un poco más de autocompasión. Sol: padres que te abandonan. La bemol: gente que te observa, pero que no te ve en realidad. Si bemol: chicos que preferían verte comer que escuchar lo que tienes que decir. Si: necesito que me escuchen”.

Síntesis argumental

Butter es un drama alrededor de Marshall, un adolescente con obesidad mórbida (192 kg), quien vive aislado, con la comida como refugio ante el acoso escolar y una relación complicada con sus padres: una madre sobreprotectora (Mira Sorvino) que le alimenta en exceso y un padre distante y avergonzado de su peso. Sus únicos espacios de realización son tocar el saxofón en un club de jazz y chatear en línea con Anna (McKaley Miller), su compañera de clase popular, a la que engaña fingiendo ser otro chico más delgado y atlético llamado “JP”. A él le apodaron como “Butter” tras una humillación infantil en la que unos chicos le obligaron a comerse una pastilla de mantequilla.

Butter anuncia por internet que se suicidará retransmitiendo cómo come hasta morir en Nochevieja; el gesto le da una popularidad súbita que le obliga a confrontar el bullying, la soledad, la mentira y su deseo real de vivir. A partir de esa premisa, la película articula una reflexión sobre la fobia a las personas obesas, el poder (y la crueldad) de las redes sociales y la necesidad de apoyo adulto y terapéutico ante el sufrimiento adolescente.

Emociones y reflexiones

La película presenta la obesidad no solo como una condición médica, sino como un estigma social que estructura la identidad del protagonista: su propio nombre en el instituto es un insulto convertido en marca personal. Muestra cómo la mirada ajena y el acoso escolar internalizado llevan a que Marshall se vea a sí mismo exclusivamente a través de su cuerpo, limitando su confianza para reconocerse como músico talentoso, amigo o posible pareja.

También subraya el papel ambivalente de la familia: la madre calma el sufrimiento con comida y el padre se distancia, lo que ilustra cómo el entorno puede reforzar, aunque sea sin intención, una relación patológica con la alimentación y con la propia imagen corporal. Y cabe no obviar esa advertencia sobre cómo las redes pueden convertir un anuncio de suicidio en espectáculo, donde la audiencia anima el acto más por morbo que por empatía. Los compañeros que siguen la web del “último banquete” participan en un juego macabro de apuestas y sugerencias gastronómicas sin activar mecanismos de ayuda adulta, evidenciando una banalización del sufrimiento bajo la lógica del entretenimiento.

El final, con el protagonista recuperando su nombre propio, retomando el saxofón y comenzando a perder peso de forma acompañada, apuesta por un mensaje de esperanza: salir del círculo de acoso, autoodio y dependencia de la mirada ajena es posible, pero pasa por reconocer el bullying, pedir ayuda profesional y reconstruir la identidad más allá del cuerpo. Marshall ha reconocido el valor de las segundas oportunidades.

Y con esta película no queremos dejar de recordar otra reciente película española dirigida por Carlota Pereda, también sobre el acoso escolar en una adolescente obesa, que primero fue un cortometraje (Cerdita, 2018) y, dado su éxito, años después se transformó en largometraje (Cerdita, 2022)(12) y para la que contó con la misma actriz para interpretar a la adolescente Sara (Laura Galán).

Dos maneras de abordar el bullying en las personas obesas: en Butter como una comedia dramática, en Cerdita como un thriller de terror. Y es que la obesidad mórbida no trae buenas consecuencias. Pero algo falla en la prevención, cuando cada vez es más prevalente en la infancia y adolescencia. Eso sí que es un drama terrorífico.

PRESCRIPCIÓN 7. Obesidad infantil. La pandemia ignorada (Pablo Deus, Carlos Morán, 2025).

Ficha técnica

Título: Obesidad infantil. La pandemia ignorada. Título original: Obesidad infantil. La pandemia ignorada.

Dirección: Pablo Deus, Carlos Morán. País: España. Año: 2025.

Duración: 65 min. Género: Documental.

Reparto: Pau Gasol, Marc Gasol y otros.

Ficha de los protagonistas:

• Nombre: proyecto personal de Pau y Marc Gasol a través de la Gasol Foundation.

Frases de cine

“Hay 160 millones de niños, niñas y adolescentes de 5 a 19 años que viven con obesidad en el mundo… 360 millones de niños, niñas y adolescentes vivirán con obesidad en 2050”.

“¿Sabéis que la generación de vuestros hijos va a ser la primera que viva menos que la de sus padres?”.

“Gran parte de la sociedad desconoce la magnitud del problema de la obesidad infantil”.

Síntesis argumental

Esta miniserie de la plataforma Movistar Plus+ de dos capítulos, impulsada por Pau y Marc Gasol a través de la Gasol Foundation, es un documental que combina testimonios de niños y familias con el análisis de expertos (desde muy diferentes organizaciones e instituciones) para mostrar la obesidad infantil como un grave problema de salud pública ligado al entorno y no a la “falta de voluntad” individual. Porque la obesidad es quizás la más silenciosa pandemia (visible, pero ignorada) que estamos sufriendo… y por ello el valor de este documental rodado entre Estados Unidos, España y los países nórdicos, un documental que se adentra en las vivencias de dos niños (Andoni, un preadolescente de 10 años de Logroño, y Oier, un adolescente de 17 años de Barcelona) y dos niñas (Emily, una escolar de 7 años de padres mexicanos que vive en Los Ángeles, y María, una adolescente de 12 años de Sevilla), a través de sus opiniones y la de sus padres. También nos manifiesta su experiencia Daniel, un adulto sueco, ex obeso con varios bypass, quien estuvo a punto de morir por ello. Y a estos testimonios se suma la propia historia personal de Marc Gasol, que de adolescente sufrió las consecuencias de esta enfermedad. Junto a ellos se ha reunido un grupo de padres y madres para hacer una serie de experimentos y cuestionarios para que entiendan lo que son los alimentos ultraprocesados, la comida rápida (el gran negocio made in USA), la dieta mediterránea, las bebidas energéticas, la influencia del código postal y el poder adquisitivo…

Emociones y reflexiones

La obra propone un cambio de mirada: de la culpabilización del menor y la familia a la comprensión de la obesidad como consecuencia de contextos obesogénicos, reclamando políticas, educación y acompañamiento profesional para revertir una tendencia que podría afectar a cientos de millones de menores en la próxima década. Porque las mejoras observadas van más allá del descenso de peso, pues también se demuestra un aumento de la autoestima, la aceptación corporal, las habilidades sociales y la capacidad de afrontar el bullying.

Un primer mensaje clave es que “nadie está gordo porque quiere”: la obesidad infantil aparece como resultado de un entorno que facilita opciones poco saludables y dificulta las saludables, especialmente en familias con menos recursos. El documental insiste en que el barrio, el acceso a comercios con alimentos frescos, los menús escolares y la omnipresencia de comida rápida y ultraprocesada son factores estructurales que empujan hacia el aumento de peso desde edades tempranas. Por ello, el film reivindica entender la obesidad como consecuencia de un modelo alimentario y urbano que se ha construido en pocas décadas y que, sin cambios profundos, seguirá generando enfermedad metabólica y desigualdad en salud.

Otra línea de reflexión importante es el papel de la industria alimentaria y del marketing en la creación de entornos obesogénicos. El relato muestra a las familias no como culpables, sino como primeras víctimas de un sistema que hace difícil comer bien y moverse lo suficiente, especialmente cuando se compagina precariedad laboral, falta de tiempo y escasa oferta saludable asequible. Y se insiste en la conexión entre obesidad infantil, salud mental y acoso escolar, por lo que se muestra cómo las intervenciones no solo buscan modificar patrones de alimentación y ejercicio, sino también reforzar la autopercepción, la confianza y las habilidades para afrontar críticas y comentarios hirientes.

Colofón a las películas para entender el sobrepeso y la obesidad infantojuvenil

El cine, con su capacidad única de generar empatía profunda y ofrecer perspectivas íntimas, se revela como una herramienta indispensable en la lucha contra la epidemia de la obesidad infantojuvenil. Las películas que hemos explorado (bien ficción o realidad documentada) no son meros entretenimientos; son espejos y ventanas. Son espejos que confrontan a la sociedad con la realidad de esta problemática, despojándola de prejuicios y simplificaciones. Y son ventanas que nos permiten asomarnos a la compleja realidad emocional, social y familiar que rodea a los niños, niñas y adolescentes afectados, también a sus familias. Y, por ende, al futuro de nuestra sociedad.

Al entender la obesidad, no como una simple falla de voluntad, sino como el resultado de una intrincada red de factores biológicos, sociales, económicos y psicológicos, estas narrativas fílmicas nos impulsan a una acción más compasiva y fundamentada. El verdadero poder de estas historias “de cine” reside en su llamada a la acción: nos exigen ir más allá de la estigmatización y trabajar en la creación de entornos que fomenten la salud, el bienestar emocional y una nutrición equilibrada para todos los menores.

Y esta voz se debe alzar desde la familia, las escuelas y la propia Pediatría, por lo que la arteterapia de “prescribir películas” no debiera ser ignorada. Aunque sabemos que el desafío no termina al apagar la pantalla, sino que comienza allí. El cine ha sembrado la semilla de la conciencia; ahora, corresponde a familias, educadores, profesionales de la salud y responsables políticos recoger el testigo para transformar estas reflexiones en políticas públicas efectivas, diálogos abiertos y cambios duraderos que protejan el futuro de nuestra infancia y juventud.

La representación cinematográfica del sobrepeso y la obesidad debe analizarse con respeto, especialmente si los protagonistas se encuentran en la infancia y adolescencia. Y, además de las películas ya reseñadas previamente en el artículo, podemos citar algunas más, formando algunas de ellas ya parte de la familia de Cine y Pediatría: Las aventuras de Zachary Beaver (When Zachary Beaver Came to Town, John Schultz, 2003)(14), en la que Zachary Beaver (Sasha Joseph Neulinger), “el chico más gordo del mundo”, llegó a la pequeña ciudad texana de Granger en su camión circense, y, entre el asombro y la repulsa, su obesidad mórbida es motivo de espectáculo; Hairspray (Adam Shankman, 2007), la historia de Tracy (Nikki Blonsky), una vivaz adolescente con sobrepeso en la década de 1960, quien lucha por bailar en un popular programa de televisión, desafiando el estigma corporal y racial; Precious (Lee Daniels, 2009)(15), la dura historia de Claireece “Precious” Jones (Gabourey Sidibe), una adolescente negra, analfabeta y obesa de Harlem, que sufre abusos y busca una salida a través de la educación alternativa; Gordos (Daniel Sánchez Arévalo, 2009), película española coral que se desarrolla en un grupo de terapia para personas con problemas relacionados con el sobrepeso y la obesidad, explorando las causas emocionales de sus conflictos; X-Large (Sherif Arafa, 2011), donde Magdi (Ahmed Helmy) es un joven egipcio con sobrepeso que lucha por encontrar el amor y la aceptación de sí mismo mientras se burla de las tallas “extra grandes”; Fat Kid Rules the World (Mattew Lillard, 2012), donde Troy (Jacob Wysocki, el mismo protagonista de Yo, Terri) es un adolescente obeso con tendencias suicidas, quien encuentra una nueva razón para vivir al formar una banda con un guitarrista local; Patti Cake$ (Geremy Jasper, 2017), donde Patricia (Danielle Macdonald), una adolescente obesa de Nueva Jersey (conocida como “Dumbo”) sueña con triunfar como rapera, lidiando con el bullying y las dificultades económicas; Dumplin´ (Anne Fletcher, 2018), donde la hija adolescente (Danielle Macdonald, de nuevo) con sobrepeso de una exreina de belleza se inscribe en un concurso local como protesta, desafiando los estándares de belleza y promoviendo la aceptación corporal; La ballena (The Whale, Darren Aronofsky, 2022)(6), gira en torno a un profesor de inglés recluido en casa debido a su obesidad mórbida (Brenda Fraser, en un papel que supuso su resurrección como actor, con Óscar incluido), quien intenta reconectar con su hija adolescente en medio de su autodestructiva ingesta de alimentos, entre otros temas.

De forma más tangencial, también la obesidad forma parte de alguno de los personajes de otras películas como ¿A quién ama Gilbert Grape? (What´s Eating Gilbert Grape, Lasse Hallström, 1993)(16), Bruno (Shirley McLaine, 2000)(17), Las mujeres de verdad tienen curvas (Patricia Cardoso, 2002)(18) o El fin de la inocencia (12 And Holding, Michael Cuesta, 2006)(19).

Y muchas más son las películas que abordan (en tono que va del drama a la comedia) la obesidad en la edad adulta. Pero esa es otra historia…

 

Bibliografía

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11. González de Dios J. Cine y Pediatría (453). “Sobrealimentados y desnutridos”, dos formas de malnutrición. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2018/09/cine-y-pediatria-453-sobrealimentados-y.html.

12. González de Dios J. Cine y Pediatría (681). “Butter” y “Cerdita”, distintas caras del bullying en la obesidad. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2023/01/cine-y-pediatria-681-butter-y-cerdita.html.

13. González de Dios J. Cine y Pediatría (806). “Obesidad infantil. La pandemia ignorada”, un documental de altura. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2025/06/cine-y-pediatria-806-obesidad-infantil.html.

14. González de Dios J. Cine y Pediatría (219). “Las aventuras de Zachary Beaver”… el peso de la vida. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2014/03/cine-y-pediatria-219-las-aventuras-de.html.

15. González de Dios J. Cine y Pediatría (5). “Precious”: adolescencia S.O.S. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2010/02/cine-y-pediatria-5-precious.html.

16. González de Dios J. Cine y Pediatría (397). El amor de Gilbert Grape transforma la discapacidad en capacidad. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2017/08/cine-y-pediatria-397-el-amor-de-gilbert.html.

17. González de Dios J. Cine y Pediatría (566). “Bruno” y las vestimentas sagradas. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2020/11/cine-y-pediatria-566-bruno-y-las.html.

18. González de Dios J. Cine y Pediatría (27). Cine social desde Colombia (II): “La vendedora de rosas” y “Las mujeres de verdad tienen curvas”. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2010/07/cine-y-pediatria-27-cine-social-desde.html.

19. González de Dios J. Cine y Pediatría (193). “El fin de la inocencia”, cuando los hijos intentan enseñar a los padres. Disponible en: https://www.pediatriabasadaenpruebas.com/2013/09/cine-y-pediatria-193-el-fin-de-la.html.

 

 

Patología tiroidea más prevalente en la infancia y adolescencia

I. González Casado,  P. Collar Serecigni,  S. Ibarra Solís
Temas de FC


I. González Casado, P. Collar Serecigni, S. Ibarra Solís

Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid

X

Autor para correspondencia

isabelgcasado@gmail.com

Resumen

El objetivo de este trabajo es describir las alteraciones tiroideas más frecuentes en la edad pediátrica, abordando su fisiopatología, manifestaciones clínicas, diagnóstico, tratamiento y seguimiento, enfatizando la importancia del diagnóstico temprano y el manejo adecuado para optimizar el pronóstico. El hipotiroidismo congénito es la alteración endocrina más frecuente en el recién nacido y requiere diagnóstico precoz mediante cribado neonatal para evitar secuelas neurológicas. La causa más frecuente de hipotiroidismo adquirido en la infancia es el hipotiroidismo autoinmune. La enfermedad de Graves-Basedow es la causa más común de hipertiroidismo pediátrico. Los nódulos tiroideos, aunque infrecuentes en la edad pediátrica, presentan un mayor riesgo de malignidad que en adultos. El diagnóstico de estas enfermedades se basa en la evaluación clínica, determinaciones hormonales y autoinmunidad, completándose, en los casos necesarios, con estudios de imagen y otras pruebas complementarias.

 

Abstract

The aim of this article is to describe the most common thyroid disorders in the pediatric population, addressing their pathophysiology, clinical manifestations, diagnosis, treatment and follow-up, emphasizing the importance of early diagnosis and appropriate management to optimize prognosis. Congenital hypothyroidism is the most common endocrine disorder in newborns and requires early diagnosis through neonatal screening to prevent neurological sequelae. The most common cause of acquired hypothyroidism in childhood is autoimmune hypothyroidism. Graves’ disease is the most frequent cause of pediatric hyperthyroidism. Thyroid nodules, although rare in pediatric patients, have a higher risk of malignancy compared to adults. The diagnosis of these conditions is based on clinical assessment, hormonal and autoimmune testing, and, when necessary, imaging studies and other complementary tests.

 

Palabras clave: Hipotiroidismo; Hipertiroidismo; Nódulo tiroideo; Tiroiditis; Carcinoma tiroideo.

Key words: Hypothyroidism; Hyperthyroidism; Thyroid nodule; Thyroiditis; Thyroid carcinoma.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 331 – 343

 


OBJETIVOS

Reconocer las manifestaciones clínicas compatibles con una alteración de la función tiroidea.

• Comprender qué pruebas complementarias solicitar ante la sospecha de una alteración tiroidea.

• Conocer el tratamiento indicado en las alteraciones tiroideas principales.

• Entender la necesidad de seguimiento clínico y/o analítico de los pacientes con patología tiroidea.

 

Patología tiroidea más prevalente en la infancia y adolescencia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.54

 

Hipotiroidismo

El hipotiroidismo se define como una situación de insuficiencia bioquímica de hormonas tiroideas, clasificándose según la localización del defecto en hipotiroidismo primario (el defecto se encuentra a nivel de la glándula tiroidea), hipotiroidismo central (secundario si el defecto es a nivel de la hipófisis y terciario si es a nivel del hipotálamo) e hipotiroidismo periférico (por alteración del transporte, metabolismo o la acción de las hormonas tiroideas)(1). Las causas de hipotiroidismo se recogen en la tabla I.

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Hipotiroidismo congénito

Introducción

El hipotiroidismo congénito (HC) es la causa más frecuente de las alteraciones endocrinas del recién nacido. Hace referencia a aquellas situaciones clínicas en las que existe una disminución de la actividad biológica de las hormonas tiroideas a nivel tisular presente desde el nacimiento, aunque el diagnóstico no necesariamente tiene lugar durante el periodo neonatal.

El HC puede estar provocado por una producción deficiente de hormonas tiroideas o, con menor frecuencia, por una resistencia a su acción en los tejidos diana. Por otra parte, en función de la evolución clínica, el HC puede ser transitorio o permanente(2).

La incidencia del HC primario oscila entre 1:2.000-1:4.000 recién nacidos vivos, siendo el resto de formas de HC menos frecuentes. Se trata de una de las causas prevenibles de discapacidad intelectual más frecuentes en el mundo(3).

Etiología

La causa más frecuente de HC en países desarrollados es la disgenesia tiroidea (75-85 %), seguida de la dishormonogénesis (10-20 %).

Existen numerosas causas de HC, las cuales se describen en la tabla I(2).

Clínica

La mayoría de los recién nacidos con HC se encuentran asintomáticos o presentan signos sutiles en la exploración inicial, incluso en los casos graves(1).

Hasta el 95 % de los recién nacidos con HC se encuentran asintomáticos al nacimiento, lo que se debe a que parte de la tiroxina (T4) materna atraviesa la placenta. Por otra parte, algunos recién nacidos con HC presentan una producción disminuida pero presente de hormonas tiroideas(3).

Los recién nacidos con HC que nacen en regiones sin cribado neonatal suelen presentar síntomas y signos de hipotiroidismo durante los primeros meses de vida (Tabla II)(2).

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Por otra parte, los pacientes con HC presentan una mayor prevalencia de otras malformaciones congénitas, afectando al corazón, riñones, sistema urinario, tracto gastrointestinal y esqueleto(3).

Diagnóstico

Dado que las hormonas tiroideas son esenciales para el correcto desarrollo del sistema nervioso central, es fundamental realizar un diagnóstico precoz que permita iniciar el tratamiento sustitutivo en el menor tiempo posible.

Cribado neonatal de HC

En España, la prueba de detección precoz de HC incluye la determinación de TSH mediante el cribado neonatal a las 48-72 horas de vida, evitando el periodo de aumento fisiológico inicial. Se emplea, como punto de corte, un valor de TSH superior a 7-10 µU/mL(1). Cabe destacar que, en algunas comunidades autónomas, se determinan tanto la TSH como la T4 libre, permitiendo la detección de hipotiroidismo de origen central, que pasa desapercibido en caso de determinación aislada de TSH. En la figura 1 se muestra el algoritmo de actuación tras el cribado neonatal de HC.

Los casos detectados por el cribado neonatal deben ser remitidos inmediatamente al centro de seguimiento para ser valorados por un especialista en Endocrinología Pediátrica, quien realizará la valoración clínica y pruebas diagnósticas de confirmación e iniciará tratamiento sustitutivo en caso preciso.

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Figura 1. Algoritmo de actuación tras el cribado neonatal de hipotiroidismo congénito. TSH: hormona estimulante del tiroides. Modificado de: Rodríguez Sánchez A, Chueca Guindulain MJ, Alija Merillas M, Ares Segura S, Moreno Navarro JC, Rodríguez Arnao MD, et al. Diagnóstico y seguimiento de los pacientes con hipotiroidismo congénito diagnosticados por cribado neonatal. An Pediatr. 2019; 90: 1-250.

 

Diagnóstico de confirmación

La confirmación diagnóstica se realiza mediante la determinación de TSH, T4 total y T4 libre en sangre venosa. El resultado debe compararse con los valores de referencia normales para la edad del neonato y las semanas de gestación. En función de los resultados, se podrá determinar el tipo de hipotiroidismo que presenta el paciente y el abordaje terapéutico que debe recibir.

a. TSH elevada con T4 libre disminuida: este resultado confirma el diagnóstico de hipotiroidismo primario. El tratamiento sustitutivo está indicado y debe iniciarse lo antes posible.

b. TSH elevada con T4 libre o total normal: si la TSH es superior a 20 µU/mL, se debe iniciar tratamiento. Los casos de TSH entre 7 y 20 µU/mL se consideran dudosos, por lo que se sugiere actitud expectante y repetir la determinación a los 7-14 días, o bien iniciar tratamiento con levotiroxina y posponer el control analítico (no existe evidencia a favor ni en contra del tratamiento en estos casos)(4).

c. TSH normal o disminuida con T4 libre disminuida: este hallazgo analítico sugiere la posibilidad de un hipotiroidismo central, aunque es posible encontrarlo en recién nacidos prematuros o enfermos. En estos casos se recomienda repetir la determinación de T4, preferiblemente mediante el método de diálisis de equilibrio, que es más preciso.

d. TSH normal, T4 total disminuida con T4 libre normal: esta combinación indica la presencia de una deficiencia de proteínas de unión; la más frecuente es la deficiencia de la globulina de unión a la T4. Estos pacientes son eutiroideos y no precisan tratamiento.

Diagnóstico etiológico

Para realizar un diagnóstico etiológico se emplean diferentes pruebas complementarias.

La gammagrafía tiroidea es fundamental para el diagnóstico etiológico, siendo la prueba de imagen de elección, pues se trata del método más específico para definir la localización y el tamaño del tejido tiroideo. Se emplean los isótopos I123 y Tc99 por vía parenteral, lo que origina la captación por parte del tejido tiroideo. Debe realizarse en los primeros 7 días tras el inicio del tratamiento sustitutivo o antes de iniciarse este, previamente a la supresión de la TSH(2).

La ecografía tiroidea permite definir la forma, el tamaño y la localización de la glándula tiroides. Es una prueba inocua, que no emite radiación. Sin embargo, su menor sensibilidad y su dificultad técnica en el recién nacido la sitúan en segundo lugar. Puede realizarse de forma diferida, teniendo especial interés en los casos de ausencia de captación en la gammagrafía tiroidea, así como en los casos en los que no puede realizarse la gammagrafía(2).

Para la orientación diagnóstica se pueden emplear otras pruebas analíticas, como los anticuerpos antitiroideos, la tiroglobulina sérica y la yoduria (en caso de sospecha de deficiencia o exceso de yodo).

Por otra parte, en los casos de HC de origen central, se deberá realizar una analítica sanguínea que incluya el estudio hormonal de todos los ejes hipofisarios, así como una resonancia magnética craneal centrada en la hipófisis.

Tratamiento

El tratamiento se debe iniciar lo antes posible tras el diagnóstico de confirmación, a una dosis de entre 10 y 15 µg/kg/día.

El tratamiento de elección es la levotiroxina sódica sintética, administrada por vía oral en forma de comprimidos triturados, que se pueden mezclar con leche materna, fórmula o agua en pequeña cantidad. Se debe administrar en dosis única diaria, en ayunas, 30 minutos antes de la siguiente toma.

No se recomienda usar fórmulas magistrales por su concentración errática, ni el uso de genéricos por su biodisponibilidad variable(1).

La dosis indicada en los recién nacidos con HC varía entre 10 y 15 µg/kg/día(2).

Seguimiento

La dosis de levotiroxina se ajustará con el objetivo de mantener la TSH en el rango de normalidad y la T4 libre en la mitad superior del rango de normalidad(5).

Tras el inicio del tratamiento con levotiroxina, se debe realizar un control analítico que incluya la determinación de TSH y T4 libre a los 15 días del inicio de tratamiento. El objetivo es la normalización de la T4 libre y el descenso de la TSH(2).

A continuación, se realizarán controles analíticos cada 2 semanas hasta la normalización de TSH. Posteriormente, los controles serán mensuales hasta los 6 meses de vida, bimensuales hasta el año de edad y cada 3 meses hasta los 3 años de edad. En caso de modificación de la dosis de levotiroxina, es necesario realizar un control analítico a las 4-6 semanas(2).

Los casos de HC central precisan el mismo seguimiento, aunque para guiar el tratamiento solo se empleará el valor de T4 libre, dado que los valores de TSH no son útiles.

Durante los primeros 3 años de vida, la hormona tiroidea es esencial para el desarrollo neurológico normal. Por tanto, hasta los 3 años de edad no se recomienda realizar una prueba de retirada del tratamiento, incluso en los casos de tiroides con pruebas de imagen y estudio genético sin alteraciones(2).

A partir de los 3 años, se programará la reevaluación de la función tiroidea en tiroides eutópicos sin alteración genética confirmada(2).

Hipotiroidismo adquirido

Introducción

El término hipotiroidismo adquirido (HA) comprende aquellas situaciones caracterizadas por una disminución de la actividad biológica de las hormonas tiroideas a nivel tisular no presentes al nacimiento (no congénitas), iniciándose habitualmente durante la infancia y adolescencia(6).

Etiología

La causa más frecuente del hipotiroidismo adquirido es la tiroiditis crónica autoinmune o tiroiditis de Hashimoto(7).

De la misma manera que el hipotiroidismo congénito, el adquirido puede estar causado por enfermedad tiroidea (hipotiroidismo primario) o por enfermedad hipotalámica-hipofisaria (hipotiroidismo central).

A continuación, se describen las causas más frecuentes de hipotiroidismo adquirido (6):

Primario:

– Tiroiditis: autoinmune (de Hashimoto), granulomatosa de Quervain, aguda y fibrosa.

– Alteraciones de los niveles de yodo: por déficit o por exceso (efecto Wolff-Chaikoff).

– Fármacos: antitiroideos, antiepilépticos, amiodarona, expectorantes, entre otros.

– Lesión tiroidea: radioterapia, yodo radioactivo, tiroidectomía e infiltración.

Central:

– Lesiones hipotálamo-hipofisarias: tumores cerebrales, infiltración, enfermedades infecciosas del sistema nervioso central, radioterapia, entre otros.

Periférico:

– Resistencia a la acción de las hormonas tiroideas.

– Hipotiroidismo consuntivo: hemangiomas de gran tamaño, fundamentalmente hepáticos.

 

Las tiroiditis son aquellos procesos que cursan con la destrucción de la estructura normal del folículo tiroideo. Pueden afectar a la función tiroidea produciendo hipotiroidismo, aunque, en ocasiones, son causa de hipertiroidismo en fases iniciales. Según su etiología, se pueden clasificar en varios tipos, descritos en la tabla III(1).

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Clínica

Un enlentecimiento de la velocidad de crecimiento o un retraso puberal sin causa conocida nos debe hacer pensar en la posibilidad de un hipotiroidismo.

Los principales síntomas y signos del hipotiroidismo adquirido son: letargia, somnolencia, ganancia ponderal, intolerancia al frío, piel seca, estreñimiento y dolores musculares. Puede aparecer bocio en la exploración física. En la edad pediátrica puede haber disminución del rendimiento escolar, así como disminución de la velocidad de crecimiento, con retraso en la edad ósea y retraso en el inicio de la pubertad(1,6).

Diagnóstico

Para el diagnóstico, es esencial realizar una analítica sanguínea y una ecografía tiroidea.

Dentro de las pruebas complementarias, destaca la realización de una analítica sanguínea que incluya el estudio de TSH, T4 libre y anticuerpos antitiroideos antitiroglobulina (antiTG) y antiperoxidasa (antiTPO).

• En el hipotiroidismo primario encontraremos valores elevados de TSH con valores de T4 libre dismi­nuidos.

• Por su parte, el hipotiroidismo central cursa con valores de T4 disminuidos con valores de TSH bajos o inapropiadamente normales.

Entre las técnicas de imagen, la ecografía es el método de elección para valorar el tamaño de la tiroides y la presencia de signos de tiroiditis(1).

Tratamiento

El tratamiento se basa en la administración de levotiroxina sódica, oscilando la dosis en función de la edad.

La dosis de levotiroxina depende de la edad, oscilando entre: 4-6 µg/kg/día en pacientes de 1 a 3 años, 3-5 µg/kg/día en pacientes de 3 a 10 años y 2-4 µg/kg/día en pacientes de 10 a 16 años. El objetivo es mantener los valores de T4 libre plasmáticos en la mitad superior de la normalidad y los de TSH en la mitad inferior de la normalidad(7).

Se recomienda realizar una determinación analítica 4-6 semanas después de iniciar o modificar la dosis de levotiroxina. Una vez normalizada la función tiroidea, deben efectuarse controles analíticos cada 6 meses(6).

Hipotiroidismo subclínico

El hipotiroidismo subclínico es un cuadro de insuficiencia tiroidea leve que se caracteriza por la presencia de niveles de TSH discretamente elevados con T4 libre en rango de normalidad (hipertirotropinemia aislada). Ante este patrón analítico, es preciso repetir la determinación, dado que en el 70 % de los casos el hallazgo no se confirma. Existe controversia acerca de cuándo precisa tratamiento sustitutivo, aunque la recomendación general es iniciar tratamiento con niveles de TSH superiores a 10 µU/L o en casos sintomáticos(1,6).

Síndrome eutiroideo enfermo (síndrome de enfermedad no tiroidea)

Se trata de una alteración de las hormonas tiroideas, caracterizada por TSH normal o disminuida, T4 y/o T3 bajas y T3 reversa elevada, que se observa en ocasiones en el paciente críticamente enfermo por causas no tiroideas. No existe evidencia de que el tratamiento con levotiroxina en estos pacientes sea beneficioso; por lo que, en general, no se recomienda de manera rutinaria, salvo en situaciones específicas(1,6).

Hipertiroidismo

Introducción

El hipertiroidismo se define como el aumento en la síntesis y secreción de hormonas tiroideas por la glándula tiroides, lo que provoca un exceso de estas en el organismo. La tirotoxicosis hace referencia al conjunto de manifestaciones clínicas derivadas de este exceso hormonal(8).

Es una enfermedad poco frecuente en la infancia y, en más del 90 % de los casos, se produce como consecuencia de la enfermedad de Graves(8).

Etiología

La etiología del hipertiroidismo o exceso de hormona tiroidea en la edad pediátrica se recoge en la tabla IV.

tabla

 

Clínica

El hipertiroidismo pediátrico presenta síntomas similares a los del adulto, pero en el niño puede producir adicionalmente una aceleración del crecimiento y de la maduración ósea.

El hipertiroidismo en la edad pediátrica se manifiesta con signos y síntomas similares a los del adulto: temblor, nerviosismo, palpitaciones, taquicardia, sudoración excesiva, intolerancia al calor, pérdida de peso o estancamiento ponderal a pesar de apetito aumentado, insomnio, ansiedad, irritabilidad, alteración del comportamiento, hiperreflexia, aumento de la motilidad intestinal… Es habitual el deterioro del rendimiento académico con dificultad de concentración. Además, en la infancia puede producirse una aceleración de la velocidad de crecimiento y la maduración ósea(10).

Enfermedad de Graves-Basedow

Introducción

La enfermedad de Graves-Basedow (EGB) es una enfermedad autoinmune caracterizada por la hipersecreción de hormonas tiroideas en respuesta a la presencia de autoanticuerpos contra el receptor de TSH (TRAb) estimulantes, también denominados TSI (Thyroid-Stimulating Immunoglobulins). Tiene una incidencia en la edad pediátrica de 4,5 por cada 100.000 habitantes. Es significativamente más frecuente en la adolescencia, con un claro predominio en niñas, siendo 3-5 veces más común en niñas en este periodo de edad(9,10). Existe asociación entre la EGB y otras enfermedades autoinmunes, como diabetes mellitus tipo I, enfermedad celiaca o vitíligo(10).

Etiología

El hipertiroidismo pediátrico es una enfermedad autoinmune, existiendo predisposición genética y posibles determinantes ambientales.

Se trata de una enfermedad autoinmune, postulándose una susceptibilidad aumentada, basándose en factores genéticos (determinados polimorfismos HLA como HLA-DR3 y HLA-B8, teniendo el 60 % de los casos antecedentes de enfermedad tiroidea autoinmune) o ambientales (estrés, infecciones o exposición a estrógenos…)(9).

Clínica

La enfermedad de Graves-Basedow pediátrica se presenta con hipertiroidismo, bocio en el 95 % de los pacientes y oftalmopatía con proptosis en hasta un 60 % de los casos.

La presentación clínica de la EGB pediátrica es la propia del hipertiroidismo, asociándose bocio en un 95 % de los pacientes y oftalmopatía con proptosis (por afectación de los músculos extraoculares y tejido conectivo retroorbitario, como consecuencia de la estimulación del TSHR en fibroblastos de la región orbitaria) hasta en un 60 % de los casos. La dermopatía tiroidea (mixedema pretibial) es rara en la edad pediátrica(9).

Pruebas complementarias

El diagnóstico de la enfermedad de Graves-Basedow se basa en la clínica y pruebas de laboratorio, con presencia de patrón de hipertiroidismo y TSI positivos en un 60-90 % de los casos.

El diagnóstico de la EGB se basa en la evaluación clínica y las pruebas de laboratorio, que incluyen TSH suprimida, T4 y T3 libre normales o elevadas y, en el 60-90 % de los casos, presencia de anticuerpos TSI. En un elevado porcentaje de casos se pueden detectar también anticuerpos antiTPO y/o antiTG elevados, que pueden generar confusión con la fase tirotóxica de la enfermedad de Hashimoto(9). Los niveles de T3 se elevan generalmente de forma más marcada que los niveles de T4, que pueden permanecer normales o bajos. Esto ocurre debido a la sobreexpresión de las desyodinasas DIO1 y DIO2 en el tejido tiroideo, que convierten T4 en T3(11).

Los TSI tienden a disminuir con el tratamiento, pero su utilidad como marcador predictivo de remisión no está bien establecida.

La gammagrafía tiroidea muestra una captación difusa y aumentada de la glándula y puede ser útil para diferenciar la EGB de otras causas de hipertiroidismo, mientras la ecografía tiroidea puede ser de utilidad para el diagnóstico diferencial de nódulos tiroideos(10).

Tratamiento

Los fármacos antitiroideos constituyen el tratamiento de elección en Pediatría, aunque la tasa de remisión es relativamente baja y se pueden precisar tratamientos de segunda línea.

El tratamiento de elección de la EGB son los fármacos antitiroideos, planteándose la ablación con yodo radiactivo o el tratamiento quirúrgico como terapias de segunda línea, en casos en que el tratamiento con antitiroideos no sea posible o haya fracasado(8-10).

Fármacos antitiroideos

Las tionamidas (metimazol o carbimazol) constituyen el tratamiento de primera línea más utilizado en la edad pediátrica. El propiltiouracilo debe evitarse en la infancia dada su toxicidad hepática, reservándose como una alternativa en caso de intolerancia a los previos(9,10).

La dosis inicial habitual de metimazol es de 0,25-0,50 mg/kg/día vía oral en 1-3 dosis diarias, dependiendo de signos, síntomas y grado de alteración bioquímica (aunque las últimas guías europeas recomiendan rango de dosis inicial de 0,15-0,5 mg/kg/día)(10). Antes del inicio del tratamiento, debe verificarse la ausencia de neutropenia <500 neutrófilos/mm3 o la elevación de transaminasas >3 veces el límite superior de normalidad(8,10), ya que estas alteraciones pueden ocurrir en el contexto del hipertiroidismo y podrían agravarse por los potenciales efectos adversos de las tionamidas.

La monitorización inicial debe realizarse cada 4-6 semanas durante 3 meses o hasta la normalización de T3 y T4 (pudiendo permanecer la TSH inhibida durante meses), aumentando la dosis de metimazol si se precisa a razón de un 25 % (o más en casos de hipertiroidismo severo), y pasando posteriormente a controles analíticos cada 3 meses. Se prefiere la titulación de la dosis en lugar del enfoque de bloqueo con antitiroideos y reemplazo con levotiroxina. El objetivo es mantener al paciente eutiroideo con la dosis más baja posible durante un periodo prolongado. Aunque la dosis de metimazol puede aumentarse hasta 1 mg/kg/día o 60 mg/día, la necesidad de dosis elevadas debe hacer valorar la posibilidad de tratamientos alternativos(10).

La tasa de remisión global con esta terapia es del 28-40 %(12,13), aunque varía según diversos estudios del 24 % a los 2 años al 43 % a los 6 años(9). La retirada debe plantearse tras un mínimo de 3 años de tratamiento y una vez desaparezca el carácter hiperplásico de la glándula, y debe ser progresiva, a razón de una reducción de dosis de 25-50 %. Un título elevado de anticuerpos TSI predice una remisión improbable(10). Tras la suspensión del tratamiento, deben realizarse controles analíticos cada 3 meses el primer año, cada 6 meses el segundo y, posteriormente, de forma anual, al menos durante 10 años, todo ello, no solo por el riesgo de recaída, sino también por el riesgo inherente de estos pacientes de desarrollar un hipotiroidismo autoinmune posteriormente. Las recaídas tras la suspensión del tratamiento con antitiroideos son considerablemente frecuentes. En torno al 36 % de los casos que alcanzan remisión completa, al menos durante 18 meses, presentan una recaída(13). En caso de recaída, se debe valorar de forma individualizada el reinicio de terapia con antitiroideos o bien el paso a terapias de segunda línea(9,10).

Aunque su incidencia es baja (menor del 1,1 %), hay que considerar los posibles efectos adversos severos de las tionamidas, como la agranulocitosis (de carácter idiosincrático y estocástico), el síndrome de Stevens Johnson o la disfunción hepática severa(12). Su aparición contraindica la continuación del tratamiento. Ante fiebre o faringoamigdalitis, debe solicitarse hemograma y, en caso de neutropenia <500 células/mm3, el tratamiento debe suspenderse 1-2 semanas hasta recuperación. Ante recuento entre 500-1.500 neutrófilos/mm3, debe monitorizarse estrechamente al paciente con 1-2 controles analíticos semanales. La hepatitis por tionamidas, a diferencia de la producida por propiltiouracilo, sigue un patrón colestásico y se resuelve al suspender el tratamiento. Ante ictericia, acolia, coluria o aumento de transaminasas >3 veces el límite superior de la normalidad, debe suspenderse el tratamiento y han de solicitarse pruebas de función hepática. Otros efectos adversos menores y más frecuentes son la urticaria, artralgias, cefalea, náuseas o alteraciones del gusto, en cuyo caso el tratamiento debe suspenderse, pudiendo reintroducirse posteriormente tras la resolución de dichos signos o síntomas(9).

En caso de sintomatología inicial o taquicardia significativa, pueden asociarse inicialmente al tratamiento beta-bloqueantes, como propranolol (a dosis de 0,25-0,75 mg/kg/dosis vía oral cada 8-12 horas) o atenolol (cardioselectivo, como alternativa en caso de asma, insuficiencia cardiaca o diabetes mellitus 1, a dosis de 0,5-1 mg/kg/día vía oral cada 12-24 horas), retirándose estos al mejorar la función tiroidea(9).

Yodo radiactivo

El objetivo es la ablación completa de la glándula tiroides. La tasa de remisión con este tratamiento es del 90 %. Está contraindicado en menores de 5 años y se recomienda evitarlo en menores de 10 años. Otras contraindicaciones relativas son la oftalmopatía y el bocio severo(9,10).

Se debe retirar el antitiroideo 3-7 días antes de administrar la dosis de yodo radiactivo(10,14). Tras 1-2 días, se debe reiniciar nuevamente el antitiroideo, manteniéndose, al menos, 3 meses, y realizándose controles mensuales de T3 y T4 (la TSH no es de utilidad, ya que puede permanecer meses suprimida) para ir reduciendo progresivamente la dosis hasta la retirada completa(10). Es habitual la necesidad de tratamiento crónico posterior con levotiroxina. En caso de persistir el hipertiroidismo, puede considerarse una segunda dosis de radioablación a los 12 meses(10).

Como efectos secundarios, además del hipotiroidismo permanente (>40 %), se puede producir empeoramiento de la oftalmopatía, tiroiditis postradiación (<1 %) y, raramente, hipoparatiroidismo transitorio. No se ha demostrado efecto oncogénico ni alteraciones de la fertilidad a largo plazo(10).

Tiroidectomía total

Se emplea como tratamiento de segunda línea en pacientes menores de 5 años (siendo también preferible en menores de 10 años), así como en gestantes. Puede ser más adecuado frente al radioyodo en pacientes con bocios grandes u oftalmopatía severa. Es también una alternativa ante el fracaso del radioyodo(10).

Consiste en la tiroidectomía total o subtotal (preferiblemente total), que debe ser realizada por un cirujano con experiencia en cirugía tiroidea pediátrica, con una tasa de éxito superior al 95 %. El paciente debe ser sometido a la intervención en estado eutiroideo, por lo que se requiere tratamiento previo con antitiroideos que se mantendrán hasta el día de la cirugía. Para disminuir la vascularización glandular, puede ser preciso iniciar tratamiento con solución de lugol 10 días antes de la cirugía. Se requiere tratamiento posterior sustitutivo con levotiroxina(10).

Como efectos secundarios, hay que considerar la hemorragia postoperatoria (infrecuente), la hipocalcemia transitoria o permanente y el riesgo de lesiones del nervio laríngeo recurrente(8,10).

Nódulos tiroideos y carcinoma tiroideo en Pediatría

Introducción

Los nódulos tiroideos son poco frecuentes en la infancia, pero su riesgo de malignidad es mayor que en el adulto. El carcinoma tiroideo más frecuente es el carcinoma diferenciado de tiroides. Presenta mayor afectación ganglionar y tendencia a metastatizar que en el adulto, a pesar de lo cual el pronóstico sigue siendo mucho mejor en la edad pediátrica.

Los nódulos tiroideos en niños y adolescentes son menos frecuentes que en adultos. Sin embargo, el riesgo de malignidad es significativamente mayor en la población pediátrica, con una incidencia del 20-25 % en comparación con el 5-10 % en adultos(15).

El cáncer de tiroides (CT) es una patología poco frecuente en la infancia y adolescencia, a diferencia de lo que ocurre en el adulto. Sin embargo, en los últimos años, se ha observado un incremento en su incidencia, estimándose la misma actualmente en 1,2 casos por cada 100.000 personas. Representa el 3-6 % de todas las neoplasias pediátricas, siendo la principal causa de malignidad endocrina pediátrica. En menores de 11 años, la incidencia es similar en niños y niñas; mientras que, a partir de la pubertad, es más frecuente en mujeres(16).

El CT más frecuente en la población pediátrica es el carcinoma diferenciado de tiroides (CDT), originado en las células foliculares tiroideas, que constituye el 95 % de los casos. El carcinoma medular de tiroides (CMT), originado en las células parafoliculares o células C, es mucho menos frecuente, representando cerca del 4 % de los CT pediátricos. El CMT pediátrico esporádico es excepcional, estando la inmensa mayoría de los casos asociados a mutaciones germinales del proto-oncogen RET, dentro de los síndromes de herencia autosómica dominante denominados neoplasia endocrina múltiple tipo 2 (MEN2). Otras variantes de CT, como el carcinoma anaplásico, son extremadamente raras en la infancia(17,18).

El CDT se clasifica, a su vez, en 2 subtipos: el carcinoma papilar de tiroides (CPT), que constituye el 90 % de los casos; y el carcinoma folicular de tiroides (CFT). El CPT pediátrico presenta una mayor frecuencia de afectación ganglionar (40-90 %) y de metástasis a distancia (20-30 %) en comparación con el del adulto(16). A pesar de ello, el pronóstico de esta patología en la población infantil es significativamente mejor, con una supervivencia específica a 30 años del CPT metastásico entre 93 y 100 %, en comparación con el 28 % de los CPT metastásicos del adulto(17).

Etiología

La radiación es el factor de riesgo más conocido para el desarrollo de nódulos y carcinoma tiroideo. Existen diversos síndromes asociados a riesgo de carcinoma tiroideo en la infancia.

Entre los factores de riesgo asociados al desarrollo de nódulos tiroideos en la edad pediátrica, el más conocido es la exposición a radiación externa, terapéutica o accidental. Otros factores de riesgo conocidos son el déficit de yodo o la estimulación crónica de la glándula tiroidea por niveles elevados de TSH. Existen varios síndromes genéticos hereditarios asociados a mayor riesgo de desarrollar neoplasias tiroideas, incluyendo nódulos y cáncer de tiroides, en la población pediátrica. Algunos de estos síndromes son la neoplasia endocrina múltiple (MEN) 2A y 2B, asociadas con el CMT, u otros síndromes asociados a la presencia de CDT, como la poliposis adenomatosa familiar (PAF), el complejo de Carney, el síndrome de Cowden (y otros síndromes de hamartomas PTEN relacionados), el síndrome de Werner o el síndrome DICER1. Los antecedentes familiares de CT también pueden sugerir una predisposición genética subyacente(19).

Cada vez hay más evidencia de que el CDT pediátrico presenta una etiopatogenia distinta a la del CDT del adulto, bajo la que subyacen impulsores moleculares diferentes, como determinadas fusiones genéticas (como la fusión de RET o NTRK), mucho más frecuentes en el CPT pediátrico que en el del adulto. Estas diferencias podrían justificar las variaciones en el comportamiento tumoral y las diferencias en cuanto al pronóstico de los CDT pediátricos respecto al adulto(17).

Clínica

La mayoría de los nódulos tiroideos en niños son asintomáticos y se descubren incidentalmente.

La mayoría de los nódulos tiroideos en niños son asintomáticos y se descubren incidentalmente durante un examen físico o una prueba de imagen realizada por otras razones. Por ello, es fundamental que el pediatra conozca la importancia de una adecuada exploración física cervical, orientada a la detección de nódulos tiroideos o adenopatías sospechosas. Existen materiales audiovisuales de carácter docente que ilustran cómo debe realizarse esta exploración (véase, por ejemplo, el vídeo disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Z9norsLPKfU).

En algunos casos, los nódulos grandes pueden causar dolor cervical o síntomas compresivos con afectación de vía digestiva o aérea. Aunque la mayor parte de los nódulos son hipofuncionantes, algunos de ellos son hiperfuncionantes, pudiendo causar clínica de hipertiroidismo(20).

Pruebas complementarias

La valoración ecográfica del nódulo tiroideo presenta la dificultad de la ausencia de un consenso para su evaluación estandarizada, como el sistema TIRADS en el adulto. En caso de nódulos sospechosos, debe realizarse una punción aspiración con aguja fina.

En Pediatría, la valoración del riesgo de malignidad del nódulo tiroideo presenta la dificultad añadida de que no existe un sistema ecográfico de evaluación estandarizado. A diferencia de los adultos, donde existen clasificaciones bien establecidas, como el sistema TIRADS (Thyroid Imaging Reporting and Data System) del American College of Radiology (ACR), en la población pediátrica no hay un consenso claro sobre cuál es el método más adecuado para estratificar el riesgo de malignidad de los nódulos tiroideos(21).

La determinación analítica de TSH, T3 libre, T4 libre y anticuerpos antiTG, antiTPO y TSI permite evaluar la función tiroidea y presencia de autoinmunidad. La detección de hipertiroidismo orienta a la presencia de un nódulo hiperfuncionante, que es más infrecuente que el nódulo hipofuncionante y presenta un menor riesgo de malignidad. No existen marcadores tumorales específicos para el diagnóstico, salvo la calcitonina, que se eleva en el CMT. La tiroglobulina es de utilidad únicamente en el seguimiento del CDT tras la tiroidectomía, pero no debe utilizarse como marcador para el diagnóstico, ya que puede elevarse en otras condiciones como las tiroiditis(1,15).

Los signos ecográficos sospechosos de malignidad del nódulo tiroideo son la hipoecogenicidad, la presencia de calcificaciones, el diámetro antero-posterior mayor que el transverso, los márgenes irregulares, el aumento de la vascularización o la presencia de halo incompleto (Tabla V). Un nódulo de tamaño >4 cm implica riesgo de malignidad en Pediatría, independientemente de las características previas. La decisión de realizar una punción-aspiración con aguja fina (PAAF) dependerá de la sospecha de malignidad, que debe basarse no solo en las características ecográficas del nódulo y/o adenopatías cervicales, sino también en la exploración física (consistencia dura de nódulo o adenopatías o fijación a estructuras vecinas), la velocidad de crecimiento del nódulo y los antecedentes personales y familiares del paciente(1,15).

tabla

 

La evaluación anatomopatológica de la PAAF se realiza según el sistema Bethesda. La última clasificación Bethesda de 2023 incluye una actualización acerca del riesgo de malignidad y las recomendaciones de manejo para las diferentes categorías diagnósticas de Bethesda en pacientes pediátricos (Tabla VI). En ella se evidencia qué riesgo de malignidad en Pediatría es mayor en todas las categorías Bethesda respecto al adulto(22).

tabla

 

La gammagrafía es de utilidad en caso de sospecha de nódulo hiperfuncionante (TSH baja), aunque tiene una baja sensibilidad en nódulos de pequeño tamaño(20).

Tratamiento

El manejo de los nódulos tiroideos varía según la sospecha de malignidad, desde seguimiento ecográfico periódico hasta tiroidectomía total. En el carcinoma tiroideo, tras la tiroidectomía, se requiere terapia supresora con levotiroxina y seguimiento con ecografía y análisis periódicos.

El manejo de los nódulos tiroideos en niños depende de la etiología y se expone en el siguiente algoritmo (v. Algoritmo al final del artículo).

El tratamiento recomendado en la mayor parte de los casos de sospecha o confirmación de CDT es la tiroidectomía total, con vaciamiento ganglionar cervical central y/o lateral en función de los hallazgos (extensión extracapsular, invasión vascular, adenopatías sospechosas o confirmadas mediante PAAF o metástasis a distancia)(15).

Tras la cirugía, se debe estratificar en función del riesgo de enfermedad cervical residual (bajo, intermedio o alto, según la clasificación de la American Thyroid Association, basada en la clasificación TNM del American Joint Committee on Cancer), con el objetivo de ayudar a determinar la necesidad de tratamiento con radioyodo I131. Esta decisión debe tomarse en equipos multidisciplinares y de forma individualizada, siendo recomendable especialmente en casos de riesgo intermedio o alto(15,23).

El rastreo de tejido tiroideo con I123 o I131, previo o posterior al tratamiento con radioyodo, es útil para la detección de enfermedad residual locorregional o a distancia.

Debe realizarse tratamiento con levotiroxina posteriormente, con objetivos de supresión de TSH más o menos estrictos en función del riesgo, así como seguimiento mediante ecografías seriadas (inicialmente, cada 6-12 meses) y determinación analítica (inicialmente, cada 3-6 meses) de tiroglobulina como marcador tumoral y anticuerpos antitiroglobulina(23). La presencia de estos últimos interfiere con las mediciones de tiroglobulina, que pueden verse subestimadas. En este caso, los anticuerpos antitiroglobulina pueden emplearse como marcador alternativo.

En los últimos años, están surgiendo terapias dirigidas frente a diversas variantes génicas impulsoras de los CDT, como los inhibidores multiquinasa (lenvatinib) o inhibidores selectivos de la tirosín-quinasa de RET (selpercatinib), lo que podría representar, en el futuro, una terapia prometedora, especialmente en pacientes con enfermedad progresiva refractaria al yodo radiactivo(15).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria desempeña un papel esencial en la detección precoz de alteraciones tiroideas en la infancia, facilitando así su diagnóstico temprano y derivación al especialista. Es fundamental reconocer signos y síntomas clínicos sugerentes de hipo o hipertiroidismo y, en caso de sospecha, solicitar una evaluación de la función tiroidea.

En cuanto a los nódulos tiroideos pediátricos, su hallazgo suele ser incidental, por lo que una exploración física cuidadosa en las revisiones de salud permite su identificación temprana, lo cual es especialmente relevante, considerando el mayor riesgo de malignidad del nódulo tiroideo pediátrico en comparación con el del adulto. Debe estrecharse la vigilancia en niños con factores de riesgo, como antecedentes familiares o síndromes genéticos asociados a carcinomas tiroideos.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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23. Francis GL, Waguespack SG, Bauer AJ, Angelos P, Benvenga S, Cerutti JM, et al; American Thyroid Association Guidelines Task Force. Management Guidelines for Children with Thyroid Nodules and Differentiated Thyroid Cancer. Thyroid. 2015; 25: 716-59. Disponible en: https://doi.org/10.1089/thy.2014.0460.

Bibliografía recomendada

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Actualización de las guías de consenso sobre el hipotiroidismo congénito, con el objetivo de optimizar la detección, diagnóstico, tratamiento y seguimiento de esta patología. Iniciativa de la ENDO-European Reference Network, que cuenta con el respaldo de la Sociedad Europea de Endocrinología Pediátrica y la Sociedad Europea de Endocrinología.

– LaFranchi S. Acquired hypothyroidism in childhood and adolescence. UpToDate: Jessica Kremen MD. 2024. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/acquired-hypothyroidism-in-childhood-and-adolescence.

Capítulo de revisión, disponible en UpToDate, que aborda las manifestaciones clínicas, causas, diagnóstico y tratamiento del hipotiroidismo adquirido en la población pediátrica.

– Mooij CF, Cheetham TD, Verburg FA, Eckstein A, Pearce SH, Léger J, et al. 2022 European Thyroid Association Guideline for the management of pediatric Graves’ disease. Eur Thyroid J. 2022; 11: e210073. Disponible en: https://doi.org/10.1530/etj-21-0073.

Guía clínica publicada en el European Thyroid Journal en 2022, para el manejo de la enfermedad de Graves en población pediátrica.

– Ross DS, Burch HB, Cooper DS, Greenlee MC, Laurberg P, Maia AL, et al. 2016 American Thyroid Association Guidelines for Diagnosis and Management of Hyperthyroidism and Other Causes of Thyrotoxicosis. Thyroid. 2016; 26: 1343-421. Erratum in: Thyroid. 2017; 27: 1462. Disponible en: https://doi.org/10.1089/thy.2016.0229.

Guía clínica publicada en la revista Thyroid en octubre de 2016, que ofrece recomendaciones para el diagnóstico y manejo del hipertiroidismo y otras causas de tirotoxicosis.

– Lebbink CA, Links TP, Czarniecka A, Dias RP, Elisei R, Izatt L, et al. 2022 European Thyroid Association Guidelines for the management of pediatric thyroid nodules and differentiated thyroid carcinoma. Eur Thyroid J. 2022; 11: e220146. Disponible en: https://doi.org/10.1530/etj-22-0146.

Guía clínica publicada en el European Thyroid Journal en noviembre de 2022, que proporciona recomendaciones actualizadas para el manejo de los nódulos tiroideos y el carcinoma diferenciado de tiroides en la población pediátrica.

Caso clínico

 

Anamnesis: neonato varón, segundo gemelo de gestación controlada, bicorial-biamniótica. La madre presenta disfunción tiroidea subclínica con elevación de anticuerpos antiperoxidasa en la semana 28 de gestación, por lo que inicia tratamiento con 25 µg de levotiroxina. Durante los controles ecográficos prenatales se detecta polihidramnios de segundo gemelo en la semana 28. En la semana 34, se evidencia ecográficamente una masa cervical en el feto, confirmada mediante resonancia magnética como bocio congénito que genera compresión traqueal parcial. Se programa cesárea en la semana 35 con intubación orotraqueal mediante procedimiento EXIT (Ex-utero Intrapartum Treatment), para asegurar vía aérea del neonato al nacimiento.

Exploración física al nacimiento: antropometría al nacimiento: peso: 2.340 g (1,18 DE); longitud: 46 cm (-1,16 DE); perímetro cefálico: 34 cm (0,49 DE). Bocio grado: 3 (bocio voluminoso visible a distancia).

Pruebas complementarias iniciales: perfil tiroideo al nacimiento: TSH: 363 µUI/ml (VN 0,7-5,7); T4 libre: 0,42 ng/dl (VN 0,93-1,70); anticuerpos antitiroideos negativos; tiroglobulina: 8.689 ng/ml (VN 1,4-78). Yoduria: 14 µg/l (VN 100-200). Ecografía tiroidea: masa tiroidea bilateral: 19 x 16 mm y 20 x 18 mm, altamente vascularizada. Gammagrafía tiroidea: captación difusa, compatible con bocio difuso.

Evolución: se inicia tratamiento con levotiroxina a dosis de 13 µg/kg/día tras confirmación analítica de hipotiroidismo congénito. Se realizan ajustes sucesivos de dosis con controles analíticos seriados.

Se realiza estudio de dishormonogénesis tiroidea en el que se determina la presencia de dos variantes en heterocigosis compuesta en el gen TPO (que codifica la enzima tiroperoxidasa), una de ellas de herencia materna y considerada patogénica y la otra de herencia paterna y considerada probablemente patogénica.

El paciente presenta evolutivamente retraso del desarrollo motor con hipotonía y alteración de la coordinación motora, además de leve retraso del lenguaje y trastorno por déficit de atención.

Comentarios: la detección y tratamiento precoz del bocio intraútero podrían ser útiles para prevenir las secuelas neurológicas en este tipo de casos.

 

 

algoritmo

 

Hiperandrogenismo e hiperplasia suprarrenal congénita

B. Corredor Andrés*,  M.B. Roldán Martín**
Temas de FC


B. Corredor Andrés*, M.B. Roldán Martín**

*Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. **Unidad de Endocrinología y Diabetes Pediátrica. Hospital Universitario Ramón y Cajal. Universidad de Alcalá. Madrid

X

Autor para correspondencia

beatriz.corredor@salud.madrid.org

Resumen

El hiperandrogenismo es una situación de producción y/o acción androgénica excesiva. Se presenta con diferentes síntomas y signos a lo largo de la vida, dependiendo de la causa, de la edad y el sexo de los pacientes y de que haya otros problemas hormonales asociados. En las recién nacidas, se manifiesta en forma de genitales ambiguos; en la etapa prepuberal, de pubarquia o axilarquia prematura; en mujeres ya adolescentes y adultas, como hirsutismo, acné, alopecia androgénica e irregularidades menstruales, dando lugar a un síndrome de ovario poliquístico. La hiperplasia suprarrenal congénita es una de las causas más frecuentes de hiperandrogenismo en las distintas etapas de la vida. El tipo más común de hiperplasia suprarrenal congénita se debe a la deficiencia de 21-hidroxilasa. La forma clásica pierde sal (la más grave), poco frecuente, se caracteriza por hiponatremia, hiperpotasemia e hipotensión, siendo potencialmente mortal, y es la causa más común de genitales atípicos en neonatos con cariotipo 46,XX. Las formas no clásicas (leves) son más frecuentes que las clásicas y se manifiestan clínicamente por adrenarquia prematura, pseudopubertad precoz, hirsutismo y alteraciones menstruales.

 

Abstract

Hyperandrogenism is a state of excessive androgen production and/or action. It manifests with diverse symptoms and signs throughout life depending on the cause, the age and sex of the patients and whether there are other associated hormonal abnormalities. In newborn girls, it presents as ambiguous genitalia; in the prepubertal stage, premature puberty or premature axillary puberty; in adolescent and adult women, as hirsutism, acne, androgenic alopecia and irregular menstrual cycles, leading to polycystic ovary syndrome. Congenital adrenal hyperplasia is one of the most common causes of hyperandrogenism at different stages of life. The most common type of congenital adrenal hyperplasia is due to 21-hydroxylase deficiency. The classical salt-wasting form (the most severe), which is rare, is characterized by hyponatremia, hyperkaliemia, hypotension and is the most common cause of atypical genitalia in neonates with 46,XX karyotype. Non-classical (mild) forms are more frequent than classical forms, clinically manifested by premature adrenarche, precocious pseudopuberty, hirsutism and irregular menstrual cycles.

 

Palabras clave: Hiperandrogenismo; Hiperplasia suprarrenal congénita; Pérdida salina; Hirsutismo; Síndrome de ovario poliquístico.

Key words: Hyperandrogenism; Congenital adrenal hyperplasia; Salt wasting; Hirsutism; Polycystic ovary syndrome.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 344 – 355

 


OBJETIVOS

• Conocer las manifestaciones clínicas del hiperandrogenismo.

• Conocer las principales causas de hiperandrogenismo.

• Saber identificar los pacientes con adrenarquia prematura como variante de la normalidad.

• Conocer los criterios diagnósticos de síndrome de ovario poliquístico en la adolescente.

• Profundizar en la clínica, diagnóstico y tratamiento de la hiperplasia suprarrenal congénita.

 

Hiperandrogenismo e hiperplasia suprarrenal congénita

https://doi.org/10.63149/j.pedint.55

 

Hiperandrogenismo

Introducción

El hiperandrogenismo es una situación de producción y/o acción androgénica excesiva.

Los signos y síntomas derivados del hiper­androgenismo son diferentes, dependiendo de la edad en la que se ponen de manifiesto.

Durante la etapa prenatal, la principal manifestación clínica del hiperandrogenismo es la virilización de los genitales externos en la recién nacida; mientras que, en los varones, puede pasar desapercibido o manifestarse como un aumento del tamaño del pene. En la etapa prepuberal, puede cursar con la aparición precoz de vello púbico o axilar (pubarquia prematura), cambios de olor corporal, aceleración del crecimiento y de la edad ósea, aumento del vello corporal, hipertrofia muscular, acné, cambios en la gravedad de la voz, hipertrofia del clítoris (niñas) o aumento del tamaño del pene (niños). Finalmente, en las adolescentes y mujeres adultas, los principales signos y síntomas derivados del hiperandrogenismo son el hirsutismo, las irregularidades menstruales, el acné severo, la atrofia mamaria, la alopecia de distribución androgénica y la infertilidad, dando lugar al síndrome de ovario poliquístico (SOP)(1,2).

Fisiopatología

Los andrógenos son secretados por las glándulas suprarrenales en respuesta a la hormona adrenocorticotropa (ACTH) y por las gónadas en respuesta a la hormona luteinizante (LH).

Los esteroides considerados como andrógenos son: dehidroepiandrosterona (DHEA), sulfato de dehidroepiandrosterona (DHEAS), Δ4-androstenediona (Δ4-A), testosterona y 5α-dihidrotestosterona (DHT) y son responsables de los cambios relacionados con la aparición de vello con características sexuales, acné y aumento de función de las glándulas apocrinas.

La testosterona y DHT son los andrógenos bioactivos más importantes. Los andrógenos ováricos son fundamentalmente Δ4-A, DHEAS y testosterona. La testosterona y el estradiol circulan en plasma, unidos fundamentalmente a la globulina transportadora de hormonas sexuales SHBG (“sex hormone binding globulin”), y solo la fracción libre de la testosterona puede entrar en los tejidos diana (Fig. 1). La concentración circulante de todos los andrógenos, excepto la DHEAS, está influida por la fase del ciclo menstrual. Los niveles de DHEAS aumentan con la prolactina y el factor de crecimiento similar a la insulina 1 (IGF-1), lo cual puede explicar que pueda verse aumentado en otras patologías(2,3).

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Figura 1. Síntesis de hormonas esteroideas a nivel suprarrenal, ovárico y testicular. Se detallan las enzimas esteroidogénicas y productos intermedios. 3β-HSD2: 3β-hidroxiesteroide deshidrogenasa tipo 2; 17β-HSD1: 17β-hidroxiesteroide deshidrogenasa tipo 1; 17β-HSD3: 17β-hidroxiesteroide deshidrogenasa tipo 3; 17OH-pregnenolona: 17-hidroxipregnenolona; 17OH-progesterona: 17-hidroxiprogesterona; 18OH-corticosterona: 18-hidroxicorticosterona; CYP11A: codifica la colesterol desmolasa; CYP11B1: codifica la 11β-hidroxilasa; CYP11B2: codifica la aldosterona sintetasa; CYP17: codifica la 17β-hidroxilasa/17,20-desmolasa; CYP19: codifica la aromatasa; CYP21A2: codifica la 21-hidroxilasa; DHEA: dehidroepiandrosterona; DHEAS: dehidroepiandrosterona sulfato; DHT: 5α-dihidrotestosterona; DOC: deoxicorticosterona; StAR: proteína reguladora aguda de la esteroidogénesis.

Manifestaciones clínicas del exceso de andrógenos. Causas de hiperandrogenismo

En las adolescentes, el hiperandrogenismo es generalmente secundario a un exceso de la síntesis de andrógenos en el ovario y/o la suprarrenal. Solo, en una minoría de los casos, existe un trastorno específico responsable del hiperandrogenismo (hiperplasia suprarrenal congénita, tumores, síndrome de Cushing, hipersecreción de hormona de crecimiento, fármacos u otros). En los niños prepuberales, el hiperandrogenismo refleja una producción excesiva de andrógenos por las glándulas suprarrenales o las gónadas (Tabla I)(2). A continuación, desarrollamos con más detalle la adrenarquia prematura, el SOP y la hiperplasia suprarrenal congénita (HSC).

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Adrenarquia prematura

La adrenarquia es el aumento madurativo de la producción de andrógenos suprarrenales que, normalmente, comienza en la primera infancia.

Es la maduración de la zona reticular de las glándulas suprarrenales y suele comenzar a partir de los 6 años de edad.

Se caracteriza por un aumento de los niveles de DHEAS. La adrenarquia se manifiesta como vello púbico sexual que crece más largo, más oscuro y más rizado (es fotografiable). En las niñas, aparece inicialmente en labios mayores y, en varones, en escroto, suele aparecer antes que en axilas.

 

La adrenarquia prematura (AP) se define como la presencia de signos de adrenarquia antes de los 8 años en las niñas, y antes de los 9 años en los niños.

Es mucho más frecuente en niñas. La AP es una variante normal del desarrollo. Se diagnostica cuando su aparición es lentamente progresiva, aislada (es decir, sin otra evidencia de pubertad verdadera) y/o por otras manifestaciones clínicas relacionadas con el aumento de andrógenos (p. ej., acné o aumento del olor corporal). A nivel analítico, se objetivan niveles de andrógenos suprarrenales (especialmente DHEAS) elevados para la edad cronológica, pero dentro del rango normal para el estadio de desarrollo puberal. Se asocia con mayor riesgo de obesidad, resistencia a la insulina y, posiblemente, cambios de ánimo y SOP. Entre el 5 % y 10 % de las adrenarquias de aparición precoz se deben a trastornos virilizantes, siendo en la mayoría de los casos secundarios a una HSC, que se debe sospechar cuando ocurra un avance madurativo óseo marcado. La AP puede presentar también avance en la maduración ósea, pero menos llamativo(4).

Síndrome de ovario poliquístico

El SOP es un trastorno de presentación heterogénea, cuyas manifestaciones pueden ser diferentes entre pacientes y en una misma paciente a lo largo de la vida. Es uno de los motivos de consulta más frecuentes de las adolescentes en las consultas de endocrinología. Su etiología es multifactorial y se implican factores genéticos y ambientales. La patogenia del síndrome está en discusión, aunque se piensa que es el resultado de un círculo vicioso entre hiperandrogenismo e hiperinsulinismo.

Las manifestaciones clínicas del SOP son: hirsutismo, irregularidades menstruales, acné, alopecia y, durante la etapa reproductiva, infertilidad. La acantosis nigricans puede aparecer como un signo de insulinorresistencia, aunque esta no debe ser utilizada para el diagnóstico del SOP en las adolescentes.

El hirsutismo es el exceso de pelo terminal rígido en zonas dependientes de andrógenos. Refleja la interacción entre el exceso de andrógenos circulantes, la concentración local y la sensibilidad del folículo piloso a los andrógenos. La valoración clínica se realiza con la escala de Ferriman-Gallwey modificada. Una puntuación, entre 4-6, debe utilizarse para detectar hirsutismo dependiendo de la etnia; en la raza caucásica, considerar punto de corte de 8, aunque en adolescentes no existen datos normalizados (Fig. 2)(5,6).

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Figura 2. Escala de Ferriman-Gallwey modificada. Nueve regiones corporales (labio superior, mentón, tórax, abdomen superior, abdomen inferior, brazos, muslos, región superior de la espalda y región inferior de la espalda). Una puntuación superior a 8 en población española se considera patológica. Deben ser valoradas según la presencia de vello terminal de acuerdo con: 1 punto (mínima presencia); 2 puntos (superior a lo habitual, pero menor que en varones); 3 puntos (similar a un varón); 4 puntos (superior a lo habitual para un varón). Ausencia de vello terminal, puntúa 0. Para la adecuada valoración debe haber pasado, al menos, 3 meses desde la última depilación con láser o electrolisis, 4 semanas desde el uso de cera y 5 días desde el afeitado. Modificada de: Yildiz BO, Bolour S, Woods K, Moore A, Azziz R. Visually scoring hirsutism. Hum Reprod Update. 2010; 16: 51-64. Disponible en: https://doi.org/10.1093/humupd/dmp024.

Los criterios diagnósticos del SOP en las adolescentes son controvertidos; debe considerarse ante la presencia de ciclos menstruales irregulares junto con hirsutismo clínico o hiperandrogenismo bioquímico basado en la medición de los niveles de testosterona total y libre. (Tabla II).

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Otras investigaciones y/o características que no forman parte de los criterios para el diagnóstico de SOP en adolescentes son útiles para descartar otras condiciones que causen irregularidades del ciclo menstrual y/o hiperandrogenismo; y/o comorbilidades: hormona beta gonadotropina coriónica humana (si es sexualmente activa), LH, FSH, glucosa, insulina, función tiroidea, prolactina, cortisol , androstenediona , DHEAS y 17-hidroxiprogesterona (17-OHP). Esta última es de gran utilidad para realizar el diagnóstico diferencial con HSC(5). Si los niveles de andrógenos están muy por encima de los valores de referencia del laboratorio, deben considerarse otras causas de hiperandrogenemia distintas del SOP, como neoplasias ováricas y suprarrenales, HSC, síndrome de Cushing, causas iatrogénicas y síndromes de resistencia grave a la insulina. Sin embargo, algunas neoplasias secretoras de andrógenos solo se asocian a aumentos leves o moderados de los niveles de andrógenos. La historia clínica del momento de aparición y/o la rápida progresión de los síntomas es fundamental para evaluar la presencia de un tumor secretor de andrógenos (v. Algoritmo 1 al final del artículo)(6).

El tratamiento de las adolescentes con SOP debe contemplar objetivos a corto y largo plazo. Resulta fundamental modificar el estilo de vida de las pacientes, insistiendo en cambios en sus hábitos de alimentación e incremento del ejercicio. El tratamiento farmacológico de elección para el control de los síntomas y signos del SOP son los anticonceptivos orales combinados (ACO), cuando las pacientes presentan irregularidades menstruales y/o hirsutismo, siendo de elección los que contienen etinilestradiol a dosis bajas (20-30 µg). En los casos más severos, se podría valorar el uso de etinilestradiol 35 µg/ciproterona, el cual tiene mayor efecto antiandrógeno; sin embargo, habría que valorar el caso individual, debido a mayor riesgo de trombosis venosa y mayor riesgo metabólico(7).

El efecto de los ACO sobre el ciclo menstrual y el acné es evidente en 1-3 meses, sobre el hirsutismo a los 6-9 meses. Para destruir los folículos afectados es necesario utilizar electrolisis o láser. No existen criterios aceptados para el uso de metformina, aunque este fármaco podría ser combinado con ACO para pacientes con SOP e hiperinsulinemia y obesidad, o en monoterapia cuando estén contraindicados los ACO.

Es fundamental motivar a las adolescentes con SOP y reforzar la importancia de la prevención de los factores de riesgo asociados al síndrome metabólico. Se aconseja revisar periódicamente el peso, tensión arterial, niveles de glucosa, lípidos y realizar una sobrecarga oral de glucosa cuando las pacientes presenten obesidad, acantosis nigricans e historia familiar de diabetes tipo 2(8).

Hiperplasia suprarrenal congénita

Introducción

Es un grupo de defectos genéticos autosómicos recesivos en la síntesis de cortisol. La alteración de la retroalimentación negativa del cortisol al hipotálamo y la hipófisis provocan elevaciones de la hormona liberadora de corticotropina (CRH) y la hormona adrenocorticotrópica (ACTH). El aumento de ACTH sobreestimula la esteroidogénesis suprarrenal, dando lugar a una acumulación de esteroides por encima del bloqueo enzimático, y cuando se mantiene, la elevación de ACTH promueve el agrandamiento de la glándula suprarrenal (de ahí el término HSC) (Fig. 3).

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Figura 3. Hiperplasia suprarrenal congénita. Eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y síntomas principales debidos a una síntesis deficiente de mineralocorticoides y glucocorticoides y al exceso de andrógenos. ACTH: hormona adrenocorticotrópica; CRH: hormona liberadora de corticotropina.

 

Diversas mutaciones, en uno o más genes que codifican enzimas esenciales para la síntesis de cortisol (Fig. 1), conducen a un espectro de trastornos y determinan la gravedad de la enfermedad. En general, los defectos enzimáticos completos o casi completos dan lugar a una insuficiencia suprarrenal manifiesta, y se conocen como HSC “clásica”. En las formas más leves de la enfermedad, también denominadas HSC “de inicio tardío” o “no clásica” (HSCNC), los defectos enzimáticos son parciales(9). Los programas de cribado estiman una incidencia de un caso por cada 14.000-18.000 nacimientos en sus formas graves y es extraordinariamente frecuente en sus formas leves en algunas zonas, 1:200 en el área mediterránea(10,11).

Fisiopatogenia

La HSC está causada, en el 95 % de los casos, por mutaciones en CYP21A2, el gen que codifica la 21-hidroxilasa (21-OH) de esteroides suprarrenales (P450c21). El hecho de que sea la alteración más frecuente se debe a que el gen CYP21A2 está situado en el brazo largo del cromosoma 6, dentro del locus del antígeno leucocitario humano (HLA) y adyacente a los genes del cuarto componente del complemento, una región en la que se producen frecuentes recombinaciones genéticas. Esta tendencia a la recombinación puede llevar a la formación de copias del gen que no funcionan correctamente. Por este motivo, la mayoría de los enfermos son frecuentemente heterocigotos compuestos(9).

La 21-OH es esencial para la síntesis de dos hormonas en las glándulas suprarrenales: el cortisol y la aldosterona. Esta enzima convierte progesterona en deoxicorticosterona y 17-hidroxiprogesterona en 11-deoxicortisol, lo que culmina en la síntesis de aldosterona y cortisol, respectivamente. La severidad del compromiso de su función es la que determina la clínica, que se manifiesta en grados variables de déficit de cortisol y aldosterona. La producción insuficiente de cortisol provoca una pérdida de la retroalimentación negativa al sistema hipotálamo-hipófisis y una sobreproducción contrarreguladora de ACTH que, a su vez, impulsa una producción excesiva de 17-OHP y andrógenos(12) (Fig. 3).

La segunda forma más frecuente de HSC, que supone el 3-5 % de las mismas, es debida a mutaciones en el gen CYP11B1, localizado en el brazo largo del cromosoma 8, que codifica para 11β-hidroxilasa. Existen otros déficits mucho menos frecuentes que dan lugar a HSC. En la tabla III representamos las diferentes alteraciones, sus manifestaciones clínicas y alteraciones bioquímicas. En este artículo nos centraremos en la deficiencia de 21-hidroxilasa, ya que es la forma más frecuente.

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Formas clínicas de la deficiencia 21-hidroxilasa

La deficiencia de 21-OH da lugar a formas clásicas y no clásicas de HSC. La deficiencia clásica de 21-OH se subclasifica en las formas con pérdida salina (más grave) y en las formas virilizantes simples(13). La relación genotipo/fenotipo es muy intensa, ya que la severidad de los signos clínicos depende del grado de déficit enzimático determinado por el tipo de afectación molecular derivada de ambos alelos (Tabla IV)(14).

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Forma clásica con pérdida salina

Es la forma más grave de la enfermedad; representa el 65-75 % de los casos de la forma clásica.

Aparece en los casos con mutaciones graves, que dan lugar a la ausencia de cortisol y aldosterona. Las manifestaciones clínicas aparecen en los primeros días-semanas de vida de manera progresiva. Se caracteriza por rechazo de la alimentación, ausencia de ganancia ponderal y vómitos. Cursa con: acidosis metabólica hiponatrémica e hiperpotasémica, hipoglucemia y actividad de renina plasmática (ARP) elevada.

El exceso de secreción suprarrenal de andrógenos no afecta a la diferenciación de los genitales externos en el varón. Sin embargo, el hiperandrogenismo en las niñas produce una virilización de los genitales externos que lleva a la aparición de genitales ambiguos. Estas niñas pueden ser erróneamente identificadas como varones con criptorquidia bilateral, siendo la causa más frecuente de alteración de la diferenciación sexual en el recién nacido con cariotipo 46,XX. El grado de virilización de los genitales externos puede evaluarse según el estadiaje de Prader, en el que 0 indica genitales externos femeninos típicos sin clitoromegalia y 5 denota una virilización completa (Fig. 4)(12,13).

figura

Figura 4. Estadificación de Prader. Estadio 0: genitales externos femeninos normales. Estadio 1: clítoris ligeramente aumentado de tamaño y orificio vaginal normal. Estadio 2: clítoris ligeramente aumentado de tamaño, orificio vaginal reducido con orificio uretral separado y fusión labial posterior. Estadio 3: genitales atípicos con clitoromegalia, con un solo seno urogenital y fusión casi completa de los labios. Estadio 4: genitales atípicos con escroto vacío y clitoromegalia en forma de falo masculino, fusión posterior completa de los labios menores y apertura del seno urogenital cerca de la base del clítoris. Estadio 5: virilización masculina completa, con pene, fusión completa de los pliegues labiales, uretra con un solo orificio en el glande del pene; el escroto está formado normalmente pero vacío.

Forma clásica virilizante simple

Esta forma clínica se presenta en el 25-35 % de los casos de la forma clásica, y se caracteriza por un déficit en la síntesis de cortisol y un exceso en la producción de andrógenos suprarrenales.

A diferencia de la forma pierde sal, la síntesis de aldosterona no está tan gravemente alterada. Aproximadamente, un 10 % puede presentar riesgo de pérdida de sal en situaciones de estrés físico importante, como enfermedad intercurrente con fiebre, traumatismos y cirugía. La diferencia entre esta forma clínica y la forma pierde sal no es nítida y existen distintos grados intermedios.

Si no se tratan, los individuos de ambos sexos desarrollarán signos ­crecientes derivados del exceso androgénico durante la infancia (p. ej.: piel grasa, acné, pubarquia de aparición precoz); las mujeres pueden presentar una hipertrofia progresiva del clítoris y los hombres crecimiento exagerado del pene, conociéndose como pseudopubertad precoz por la presencia de signos de virilización en ausencia de  activación del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal (HHG). La aceleración de la velocidad de crecimiento puede no ser detectada inicialmente, ya que no suele aumentar antes de los 1-1,5 años. La aceleración del crecimiento, ya acompañada de avance de la maduración ósea, puede resultar en una talla baja adulta. En ocasiones, si se activa el eje HHG, puede aparecer un cuadro de pubertad precoz central. La pubertad precoz central precedida de una pubertad precoz periférica o pseudopubertad precoz se denomina pubertad precoz mixta, combinada o secundaria(13,15,16).

Forma no clásica

Esta forma clínica es la más frecuente, y se caracteriza por un exceso en la producción de andrógenos suprarrenales.

Las variantes patogénicas asociadas con la forma no clásica no suelen alterar la síntesis de cortisol de forma clínicamente relevante, ni de aldosterona.

El espectro de síntomas en el momento del diagnóstico está relacionado con la edad. Los síntomas no son evidentes al nacer, sino que se desarrollan con el tiempo (de ahí que la forma no clásica del déficit de 21-OH sea también denominada forma de aparición tardía). En niños menores de 10 años, la adrenarquia de aparición precoz es lo más frecuente. Las adolescentes y mujeres adultas suelen presentar acné, hirsutismo, clitoromegalia, menstruaciones irregulares o problemas de fertilidad. Los síntomas de la forma no clásica en el momento de la presentación pueden ser indistinguibles de los asociados a la adrenarquia o el SOP. Los varones con la forma no clásica suelen diagnosticarse en menor medida que las mujeres, debido a que los síntomas de exceso de andrógenos no suelen llamar la atención de los padres y/o de los médicos(13).

Diagnóstico

Cribado neonatal

El principal objetivo de los programas de cribado neonatal es detectar los casos graves y prevenir así las crisis suprarrenales y las muertes en el periodo neonatal, sobre todo en niños varones en los que la deficiencia de 21-OH no es clínicamente visible, ya que los genitales externos no son atípicos. Además de la reducción de la mortalidad, los beneficios secundarios del cribado incluyen la reducción de asignación incorrecta de sexo en las niñas, reducción de problemas de aprendizaje secundarios a la crisis pierde sal (el cerebro puede sufrir daños ante una situación de hiponatremia grave e hipotensión); y en las formas virilizantes simples, evitar la aparición de síntomas del hiperandrogenismo, asegurando así con el tratamiento, un adecuado crecimiento y desarrollo(10,13).

La detección precoz de 21-OHD se basa en la medición de 17-OHP sobre la muestra de sangre seca extraída a las 48 horas de vida del recién nacido en España. Los valores de normalidad de la 17-OHP varían para cada laboratorio y se estratifican según sexo, edad gestacional y peso al nacer. Se consideran patológicos valores superiores al percentil 98(17). Niveles elevados de renina son sugestivos de deficiencia mineralocorticoidea.

Estudio ante una sospecha clínica en edades posteriores

Ante la sospecha clínica de HSCNC (Fig. 5), se deben medir los niveles de 17-OHP a primera hora de la mañana, ya que sus concentraciones siguen el ritmo circadiano de la CRH. En las mujeres, las muestras deben tomarse durante la fase folicular del ciclo menstrual, ya que sus concentraciones son ligeramente superiores durante el periodo periovulatorio y la fase lútea. Concentraciones de 17-OHP a primera hora de la mañana, inferiores a 2 ng/mL en niños, podrían excluir la HSC. Sin embargo, un 10 % de pacientes con HSCNC presentan cifras inferiores a 2 ng/mL; por lo que, si la sospecha es alta, se deberá realizar el test de estimulación con ACTH(18) (v. Algoritmo 2 al final del artículo).

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Figura 5. Sospecha y evaluación clínica de hiperplasia suprarrenal congénita.
ACTH: hormona adrenocorticotrópica; DHEAS: dehidroepiandrosterona sulfato.

El estudio genético no se utiliza como herramienta diagnóstica de primera línea. Se realizará posteriormente al paciente y a los progenitores para consejo genético(10).

Tratamiento

El tratamiento de las formas clásicas de HSC se basa en el tratamiento sustitutivo con glucocorticoides y mineralocorticoides. En los niños con HSC no clásica, está indicado el tratamiento con glucocorticoides para el control del exceso de andrógenos, solo cuando muestren signos marcados de virilización, crecimiento acelerado y avance en maduración ósea que comprometa la talla final(10,13) (Tabla V).

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Tratamiento sustitutivo con glucocorticoides

El objetivo del tratamiento oral sustitutivo con glucocorticoides es imitar el ritmo circadiano de secreción del cortisol y suprimir el exceso de andrógenos. Se utilizan dosis suprafisiológicas para inhibir el eje ACTH-CRH, siendo para ello la dosis mayor que en otras formas de insuficiencia suprarrenal.

La hidrocortisona es el glucocorticoide recomendado en lactantes, niños y adolescentes (hasta alcanzar la talla final), ya que es el que menos efecto deletéreo tiene a nivel del crecimiento. Actualmente, los fármacos disponibles en España son los comprimidos de hidrocortisona de 20 mg o, en su defecto, cápsulas de hidrocortisona o solución de hidrocortisona preparadas en farmacia para proporcionar dosis bajas. Sin embargo, estas preparaciones comportan un riesgo de variabilidad de dosis. Se recomienda tomar la HC previo a las comidas, dado que la ingesta retrasa su pico de absorción. Se prefiere imitar el ritmo circadiano, administrando la dosis de hidrocortisona más alta por la mañana, pero la dosis debe individualizarse. Una vez finalizado el crecimiento, glucocorticoides de acción más prolongada, como la prednisona, pueden ser utilizados, especialmente si existe mala adherencia.

En Europa está aprobado el uso de Alkindi®, que son cápsulas granuladas de hidrocortisona a dosis bajas. Las cápsulas disponibles son de 0,5 mg, 1 mg, 2 mg y 5 mg. Su uso está aprobado desde el periodo neonatal hasta los 18 años. Se administra abriendo la cápsula y poniendo el granulado en la lengua del niño o bien en una cuchara. En los últimos años se han realizado ensayos clínicos en pacientes con HSC, utilizando formulaciones de hidrocortisona de liberación modificada, cuyo objetivo es replicar el ritmo circadiano del cortisol y suprimir el pico de ACTH nocturno que conlleva el exceso de andrógenos en HSC(19). La FDA (Food and Drug Administration, Administración de Alimentos y Medicamentos) ha aprobado, recientemente, crinecerfont en cápsulas y solución oral para pacientes con HSC clásica mayores de 4 años. Crinecerfont es un antagonista selectivo del receptor del factor liberador de corticotropina de tipo 1 (CRF1R). Esto reduce el exceso de ACTH, lo que permite reducir la dosis de corticoides, un mejor control de la enfermedad y disminuir los efectos adversos secundarios(20).

Tratamiento sustitutivo con mineralocorticoides

La fludrocortisona es un mineralocorticoide sintético que se administra durante toda la vida a pacientes con la forma pierde sal para compensar la deficiencia de aldosterona. Sin embargo, los pacientes con la forma virilizante simple pueden beneficiarse del tratamiento con fludrocortisona, ya que permite reducir la dosis de glucocorticoides. Lactantes con déficit clásico de 21-OH necesitan dosis relativamente elevadas de fludrocortisona de 0,1-0,2 mg/día, además de suplementos de cloruro sódico durante el primer año de vida, debido a la resistencia fisiológica a los mineralocorticoides. La suplementación con sodio suele necesitarse hasta que la alimentación complementaria la sustituya(13,19,21).

Monitorización

Los niños menores de 18 meses deben ser controlados, al menos, cada 3 meses, mientras que los niños mayores deben ser controlados cada 4 a 6 meses o con mayor frecuencia tras un cambio en la dosificación.

Ajuste de glucocorticoides: el intervalo objetivo sugerido para los niveles de 17-OHP es variable, aconsejándose valores entre 4-12 ng/mL (medir a primera hora de la mañana antes de la toma de la medicación) y conseguir niveles de androstenediona en rango normal para la edad. El objetivo no será normalizar los valores de 17-OHP debido al riesgo de sobredosificación de corticoides que puede dar lugar a un síndrome de Cushing iatrogénico. Si hay buen control, buscar siempre la dosis mínima eficaz(15).

Ajuste de mineralocorticoides: este tratamiento requiere un control de electrolitos, ARP y tensión arterial. El objetivo será presentar niveles de renina bajos-normales sin que presenten hipertensión arterial(10).

El ajuste de dosis, además de tener en cuenta los valores del laboratorio, se hará de acuerdo con las necesidades clínicas del paciente. En cada visita hay que: tomar datos antropométricos, velocidad de crecimiento, niveles de energía a lo largo del día, calidad del sueño, valoración puberal, valoración de presencia de adrenarquia y/u olor apocrino. Se recomienda la realización de edad ósea a partir de los 2-3 años de vida de manera anual(13,15).

Tratamiento de las crisis suprarrenales

Se recomienda la dosificación de estrés para la prevención de crisis suprarrenales en pacientes con HSC clásica. Se han descrito casos de crisis adrenal en pacientes con HSCNC en tratamiento con corticoides, en el contexto de supresión iatrogénica del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal; se podría considerar la dosificación de estrés de estos pacientes. En aquellos pacientes con HSCNC sin tratamiento, considerar tratamiento de estrés en situaciones de enfermedad grave, cuando se hubiera objetivado un cortisol por debajo de 14 a 18 µg/dL en una prueba de ACTH.

La crisis suprarrenal se desencadena con mayor frecuencia por enfermedades infecciosas. Se aconseja aumentar las dosis de hidrocortisona en caso de enfermedades infecciosas y otras situaciones de estrés en torno a 20-30 mg/m2/día (Tabla VI).

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El uso de hidrocortisona 100 mg para inyección intramuscular se debe prescribir con instrucciones de uso domiciliario si no se tolera la medicación oral durante episodios de estrés importante (p. ej., enfermedad febril con vómitos), especialmente para pacientes que residen lejos de centros médicos(15,21).

La dosis de fludrocortisona no se debe duplicar; se dejará la misma dosis durante los procesos intercurrentes. Se suspenderá en los casos en los que se administren altas dosis de hidrocortisona iv (cirugía o crisis adrenal), debido a que la actividad mineralocorticoide de la hidrocortisona es capaz de sustituir a la de la fludrocortisona(19).

Complicaciones a largo plazo

Las complicaciones debidas al tratamiento crónico con corticoides más destacadas son la afectación de la salud ósea y las alteraciones metabólicas. Los pacientes con HSC tienen mayor riesgo de presentar síndrome metabólico, obesidad, dislipemia, alteración del metabolismo glucémico, hipertensión y tromboembolismo, entre otros(10,13,15). Es importante remarcar que la exposición temprana a niveles altos de andrógenos y glucocorticoides, característicos de la HSC, podría influir en el desarrollo y la función cerebral, pudiendo tener un impacto deletéreo sobre la salud mental de los pacientes(19). Al llegar a la etapa adulta, los pacientes con HSC pueden presentar problemas de fertilidad secundarios al exceso de andrógenos.

En los varones con HSC forma clásica, la presencia de restos suprarrenales ectópicos testiculares (TARTs) puede generar una obstrucción mecánica de los túbulos seminíferos con azoospermia y fibrosis peritubular irreversible. Los TARTs son tumores benignos por hiperplasia de células adrenales ectópicas presentes en el testículo, secundarios a la acción estimulante de la ACTH. Se recomienda la realización de ecografía testicular en varones con HSC forma clásica cada 1-2 años a partir de la adolescencia (el riesgo de presentarlos aumenta a partir de los 10 años), no estando claramente protocolizada la frecuencia de su cribado(10). La optimización del tratamiento médico de la HSC contribuye a su mejora y a favorecer la fertilidad.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en la detección precoz de los trastornos hiperandrogénicos. El diagnóstico es clínico y basado en el conocimiento de la normalidad del crecimiento y desarrollo puberal de la población pediátrica, conceptos que no son siempre fáciles de interpretar y que están influenciados por factores genéticos y ambientales. Es fundamental su papel en la prevención y tratamiento de la obesidad infantil, ya que esta se asocia a adelantos puberales, a pubarquia prematura y a SOP de presentación en la adolescencia.

El SOP es causa potencial de problemas en las jóvenes, no solo físicos, sino también psicológicos. Por ello, es importante que los médicos presten atención a las quejas de las adolescentes, implicándose así en la sospecha diagnóstica del SOP. Respecto a la HSC, es importante que el médico de Atención Primaria conozca esta enfermedad, conocer la importancia de ajustar la medicación en las situaciones de estrés, evitando así las crisis adrenales, además de las complicaciones a largo plazo que pueden presentar estos pacientes.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Hace una revisión sencilla y clara de la enfermedad.

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Última guía de la Sociedad de Endocrinología. De utilidad para el diagnóstico, tratamiento y monitorización de estos pacientes.

– Nordenström A, Falhammar H, Lajic S. Current and Novel Treatment Strategies in Children with Congenital Adrenal Hyperplasia. Horm Res Paediatr. 2023; 96: 560-72. Disponible en: https://doi.org/10.1159/000522260.

Repaso claro sobre el tratamiento de los pacientes con hiperplasia suprarrenal congénita.

– Rosenfield RL. Normal and Premature Adrenarche. Endocr Rev. 2021; 42: 783-814. Disponible en: https://doi.org/10.1210/endrev/bnab009.

Revisión detallada sobre la adrenarquia prematura, motivo frecuente de consulta en Atención Primaria.

 

 

Caso clínico

 

Avisan del centro de cribado neonatal por cifras de 17-OH progesterona de 402 nmol/L en un varón de 7 días. Avisamos por teléfono a la familia para que acuda a consulta para evaluar al paciente.

Antecedentes personales: embarazo controlado. Ecografías realizadas y sin sospecha de malformaciones. Diabetes gestacional materna en tratamiento con dieta. Edad gestacional: 42 + 5 semanas. Peso: 3.495 g (p39, -0,28 DE). Longitud: 50 cm (p22, -0,79 DE). Perímetro cefálico: 36 cm (p60, 0,26 DE).

Antecedentes familiares: padres sanos consanguíneos (primos hermanos).

Exploración física: 7 días de vida. Peso: 3,01 kg (p13, -1,13 DE). Pérdida ponderal de 400 g (-14 %) respecto al peso recién nacido. Longitud: 50,6 cm (p45, -0,14 DE). IMC: 11,76 % (p9, -1,4 DE). Perímetro cefálico: 36 cm (p77, 0,75 DE). Tensión arterial: 96/57 (p67). Buen estado general. Normohidratado y normoperfundido. Tinte ictérico hasta raíz de miembros. No hiperpigmentación areolar. Testes en bolsas. Pene normal.

Analítica sanguínea: bioquímica: glucosa: 84 mg/dL (50-80); sodio: 130,1 mmol/L (128-147); potasio: 6,8 mmol/L (3,6-6,1); cloro: 91,6 mmol/L (95-116). Gasometría: pH: 7,40; pCO2: 37 mmHg; HCO3: 22,7 mmol/L; exceso bases: -1,5. Hormonas: testosterona: 2,86 ng mL (1,42-9,22); globulina fijadora de hormonas sexuales (SHBG): 76,1 nmol/L (13,5-71,4); testosterona libre calculada: 126,16 pmol/L (250-700); 17 OH progesterona: >20 ng/mL; delta-4-androstenediona: >10 ng/mL; dehidroepiandrosterona sulfato (DHEAS): 98,9 microg/dL (5-400); ACTH: 278,50 pg/mL (7,20-63,30); renina actividad (angiotensina) plasma: >6 ng/mL/h.

Se canaliza vía y, dada la estabilidad hemodinámica, se administra hidrocortisona 23 mg/m2/día iv, dividida en 4 dosis y fludrocortisona 0,05 mg vo al día y aportes de ClNa 20 % 1 ml en las tomas (equivalente a 4 mEq/kg/día).

Permanece ingresado para monitorización y explicación del manejo de la enfermedad.

Al mes, se reduce de manera progresiva la dosis de hidrocortisona a 13 mg/m2/día y se aumenta la fludrocortisona a 0,1 mg/día.

Estudio molecular del gen CYP21A: mutación en homocigosis en el gen que codifica la enzima 21-hidroxilasa: c.290-13A/C>G / c.290-13A/C>G (i2 splice), responsable de hiperplasia suprarrenal congénita con actividad enzimática inferior al 1 %.

 

 

algoritmo

 

Raquitismos

J. Cruz Rojo,  L. Garzón Lorenzo,  I. Lázaro Rodríguez
Temas de FC


J. Cruz Rojo, L. Garzón Lorenzo, I. Lázaro Rodríguez

Endocrinología y Dismorfología pediátricas. Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid

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Autor para correspondencia

jaime.cruz@salud.madrid.org

Resumen

El raquitismo es una enfermedad ósea caracterizada por defectos en la mineralización del cartílago de crecimiento debidos a alteraciones en los niveles séricos de calcio y fosfato. Su presentación clínica es variable según la edad de inicio y la causa subyacente, pero, típicamente, incluye deformidades en varo de las piernas, talla baja y ensanchamiento de las articulaciones. Puede deberse a deficiencias nutricionales (principalmente de vitamina D o calcio) o a defectos genéticos en genes implicados en el metabolismo y acción de la vitamina D, la producción o degradación del factor de crecimiento de fibroblastos 23 (FGF23), el manejo renal del fosfato o la mineralización ósea. Aunque la prevalencia del raquitismo nutricional ha disminuido, sigue habiendo casos, incluso en países desarrollados, especialmente en lactantes prematuros o amamantados con lactancia materna exclusiva o en niños de piel oscura o con escasa exposición solar. El diagnóstico se basa en la historia clínica, la exploración física, pruebas bioquímicas y radiografías. La prevención solo es posible en el raquitismo nutricional y requiere suplementación o fortificación alimentaria con vitamina D y calcio, junto a exposición solar moderada. El tratamiento incluye suplementos de vitamina D y/o calcio. Las formas hereditarias pueden requerir metabolitos activos de vitamina D, fósforo oral o terapias dirigidas, como anticuerpos anti-FGF23.

 

Abstract

Rickets is a bone disease characterized by defects in the mineralization of growth cartilage due to alterations in serum calcium and phosphate levels. Its clinical presentation varies depending on the age of onset and the underlying cause, but typically includes bowing deformities of the legs, short stature, and joint widening. It may result from nutritional deficiencies (mainly of vitamin D or calcium) or from genetic defects in genes involved in vitamin D metabolism and action, fibroblast growth factor 23 (FGF23) production or degradation, renal phosphate handling, or bone mineralization. Although the prevalence of nutritional rickets has decreased, cases continue to occur, even in developed countries, especially in premature or exclusively breastfed infants, or in children with dark skin or limited sun exposure. Diagnosis is based on medical history, physical examination, biochemical tests, and radiographic findings. Prevention is only possible in nutritional rickets and requires vitamin D and calcium supplementation or food fortification, along with moderate sun exposure. Treatment includes vitamin D and/or calcium supplementation. Hereditary forms may require active vitamin D metabolites, oral phosphate, or targeted therapies such as anti-FGF23 antibodies.

 

Palabras clave: Calcio; Fósforo; Vitamina D; Calcio; Desarrollo óseo.

Key words: Calcium; Phosphorus; Vitamin D; Calcium; Bone development.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 365 – 373

 


OBJETIVOS

Comprender la fisiopatología del metabolismo fosfocálcico.

Conocer la sintomatología típica y los hallazgos radiológicos y de laboratorio más frecuentes.

Conocer los distintos tipos de raquitismo, así como su diagnóstico diferencial.

Conocer los tratamientos recomendados para cada tipo de raquitismo.

Dominar las estrategias de prevención del raquitismo carencial.

 

Raquitismos

https://doi.org/10.63149/j.pedint.58

 

Introducción

El raquitismo es una enfermedad ósea pediátrica caracterizada por una mineralización defectuosa de la placa de crecimiento, que produce deformidades esqueléticas, retraso en el crecimiento y ensanchamiento metafisario. Osteomalacia es el término análogo en adultos, donde la mineralización deficiente afecta al hueso maduro, resultando en dolor óseo, debilidad muscular y fracturas y pseudofracturas óseas. Ambos trastornos se asocian con niveles disminuidos de calcio y/o fosfato(1). El término raquitismo deriva del griego ῥάχις (rháchis) y hace alusión a las deformidades óseas a nivel de la columna, una de las manifestaciones clínicas características de la enfermedad.

Homeostasis del calcio y del fosfato

El raquitismo se produce por alteraciones en la acción o metabolismo de la vitamina D, PTH y FGF23, hormonas clave que regulan el calcio y fosfato a través del intestino, el riñón y el hueso (Fig. 1).

figura

Figura 1. Regulación del metabolismo fosfocálcico.

Los factores reguladores más importantes de los niveles séricos de calcio y fosfato son la vitamina D, el factor de crecimiento de fibroblastos 23 (FGF23) y la hormona paratiroidea (PTH), mediante sus acciones sobre el intestino, el riñón y el hueso. Por tanto, el desarrollo del raquitismo suele estar relacionado con anomalías en el metabolismo o la acción de estas 3 hormonas.

Vitamina D

La vitamina D es una prohormona inactiva de la que existen 2 formas: el ergocalciferol (D2), producido por hongos y levaduras, y el colecalciferol (D3), producido en la piel humana tras la irradiación con luz UV (290-315 nm) del 7-dehidrocolesterol. La vitamina D se hidroxila en la posición 25 en el hígado, fundamentalmente por la enzima 25-hidroxilasa (codificada por el gen CYP2R1). La actividad de esta enzima no está regulada de forma estricta, aunque la dieta rica en grasas disminuye su actividad, siendo este uno de los motivos por los que los pacientes obesos tienen niveles bajos de 25-OH-vitamina D(2). Las concentraciones circulantes de 25-OH-vitamina D [también llamada calcidiol o 25(OH)D] dependen principalmente de la ingesta dietética y la síntesis cutánea de vitamina D (muy ligada a la exposición solar).

Posteriormente, la 25(OH)D sufre una hidroxilación en la posición 1α (principalmente en el riñón) para transformarse en su forma hormonalmente activa, la 1,25-dihidroxivitamina D [1,25(OH)2D, o calcitriol]. Esta hidroxilación se produce por la enzima 1α-hidroxilasa, codificada por CYP27B1. La hipocalcemia y el aumento de la PTH aumentan la acción de esta enzima, mientras que el FGF23 y los niveles elevados de 1,25(OH)2D la disminuyen.

La 1,25(OH)2D ejerce sus acciones tras su interacción con el receptor de vitamina D (VDR), receptores esteroides localizados en el núcleo celular. La interacción de la hormona 1,25(OH)2D con el VDR facilita la unión entre el VDR y el receptor X de retinoides (RXR) para formar un heterodímero que se une a secuencias específicas de ADN denominadas elementos de respuesta a la vitamina D (VDREs) en genes diana sensibles a la vitamina D e influye, finalmente, en la tasa de transcripción de dichos genes(3).

La inactivación de la 1,25(OH)2D(3) (y de otros metabolitos de la vitamina D) se produce por la hidroxilación en la posición 24 por la 24-hidroxilasa (codificada por CYP24A1).

FGF23

El FGF23 es una hormona fosfatúrica secretada principalmente por los osteocitos. Su función principal es reducir la reabsorción tubular de fosfato en los riñones. Esto lo logra al disminuir la expresión de los cotransportadores de fosfato dependientes de sodio, NPT2A (NaPi-IIa) y NPT2C (NaPi-IIc), en la membrana apical de las células del túbulo renal proximal. Estos transportadores son responsables de reabsorber fosfato (y sodio) desde el filtrado glomerular hacia el interior celular. Como resultado, cuando los niveles de FGF23 se elevan, la reabsorción de fosfato disminuye, lo que conduce a una reducción de su concentración sérica. Para ejercer su acción, el FGF23 se une al receptor FGFR1 en presencia del co-receptor α-KLOTHO. Como resultado de esta interacción, se fosforila la proteína NHERF1, señal necesaria para la internalización y degradación de NPT2A y NPT2C desde la membrana apical. Además, el FGF23 regula el metabolismo de la vitamina D al inducir la expresión de la 24-hidroxilasa (responsable de la inactivación de la vitamina D) y al suprimir la expresión de CYP27B1 (1α-hidroxilasa) disminuyendo, por tanto, los niveles de 1,25(OH)2D circulante. Como consecuencia, niveles anormalmente elevados de FGF23 conducen a concentraciones circulantes de 1,25(OH)2D más bajas de lo esperado, incluso en presencia de hipofosfatemia. Esta deficiencia relativa de 1,25(OH)2D puede agravar la hipofosfatemia, ya que esta estimula la absorción intestinal de fosfato a través del cotransportador NPT2B (NaPi-IIb), expresado en el intestino y responsable de aproximadamente el 50 % del transporte intestinal de fosfato.

PTH

La secreción de hormona paratiroidea (PTH) está regulada principalmente por la concentración de calcio ionizado en sangre, la cual es detectada por el receptor sensor de calcio (CaSR) presente en las glándulas paratiroideas. La hipocalcemia estimula la liberación de PTH, mientras que la hipercalcemia la inhibe. El incremento en la concentración sérica de fosfato también puede inducir la secreción de PTH, pero este efecto es menos potente y está mediado por los niveles de calcio. Además, la 1,25(OH)2D ejerce una retroalimentación negativa sobre la síntesis y liberación de PTH. La PTH incrementa la calcemia a nivel renal al aumentar la reabsorción renal de calcio en el túbulo distal. También disminuye la fosfatemia (y aumenta la fosfaturia) al reducir la expresión de los cotransportadores de fosfato dependientes de sodio NPT2A (NaPi-IIa) y NPT2C (NaPi-IIc).

Clasificación de los raquitismos

Se ofrece una división lógica de las numerosas causas del raquitismo en tres categorías principales, basadas en la patogenia, las alteraciones bioquímicas y los métodos de tratamiento. Esta clasificación proporciona un enfoque claro para el diagnóstico y el manejo de esta enfermedad.

Existen 3 mecanismos causales en los raquitismos:

1. Nutricional: causado por deficiencias de vitamina D, calcio o, con menor frecuencia, fosfato, debidas a factores nutricionales o ambientales.

2. Hereditario: causado por alteraciones genéticas en los genes que codifican para proteínas involucradas en la activación y función de la vitamina D, en la homeostasis del fosfato o en la mineralización ósea.

3. Secundario a enfermedades sistémicas: consecuencia de alteraciones adquiridas en el metabolismo de la vitamina D, como ocurre en las enfermedades hepáticas o renales avanzadas. También puede deberse a trastornos en el manejo renal de minerales, inducidos por el uso de determinados fármacos.

Estos 3 mecanismos se pueden encontrar en los tres grandes grupos de raquitismos (Tabla I):

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1. Calciopénicos: originados por una deficiencia de calcio, la cual puede ser causada por una absorción insuficiente del calcio en la dieta o por una deficiencia de vitamina D que afecta la absorción de calcio.

2. Fosfopénicos: por una deficiencia de fosfato, generalmente causada por una pérdida renal excesiva de fosfato, secundaria a factores genéticos o adquiridos.

3. Secundarios a inhibición directa de la mineralización: por una alteración directa del proceso de mineralización en la placa de crecimiento.

Raquitismos calciopénicos

La incapacidad de mantener niveles normales de calcio sérico conlleva un hiperparatiroidismo que causa hipofosfatemia y aumenta la actividad de los osteoclastos, favoreciendo la liberación de calcio óseo. La combinación de hipofosfatemia y el aumento de la actividad osteoclástica da lugar a la desmineralización ósea(4).

Las principales causas son las siguientes:

Deficiencia de vitamina D (baja ingesta, poca exposición solar o malabsorción intestinal): la absorción intestinal de calcio se ve afectada debido a niveles inadecuados de 1,25(OH)2D, consecuencia de una insuficiente cantidad de 25(OH)D. Esta forma es, con mucho, la forma más prevalente a nivel mundial(5,6).

Deficiencia de calcio en la dieta: el bajo contenido de calcio en la dieta o su limitada biodisponibilidad impiden una absorción suficiente para cubrir las necesidades del niño en crecimiento, incluso aunque la absorción intestinal fraccional de calcio esté aumentada por niveles elevados de 1,25(OH)2D. A diferencia del cuadro anterior, los valores séricos de 25(OH)D suelen ser más altos (>25-30 nmol por litro) y los niveles séricos de 1,25(OH)2D están aumentados, en comparación con la deficiencia de vitamina D, que se asocia con niveles bajos de 25(OH)D y variables de 1,25(OH)2D.

Deficiencia de la enzima 25-hidroxilasa (MIM#600081): mutaciones bialélicas del gen CYP2R1 causan este cuadro clínico, también conocido como raquitismo vitamina D dependiente tipo 1B. Cursa con niveles muy disminuidos de 25(OH)D.

Deficiencia de la enzima 1α-hidroxilasa (MIM#264700): mutaciones bialélicas del gen CYP27B1 causan este cuadro clínico, también conocido como raquitismo vitamina D dependiente tipo 1. A diferencia del tipo 1B, los niveles de 25(OH)D están normales en este subtipo.

Raquitismo hereditario resistente a 1,25(OH)2D: causado por la resistencia a la acción de 1,25(OH)2D, generalmente debida a mutaciones en el VDR (MIM#277440). También se conoce como raquitismo dependiente de vitamina D tipo 2 o raquitismo resistente al calcitriol. Se caracteriza por presentar hipocalcemia, hiperparatiroidismo secundario, niveles normales de 25(OH)D y concentraciones séricas de 1,25(OH)2D entre 3 y 30 veces superiores a lo normal. Un rasgo distintivo en la mayoría de los pacientes es la presencia de alopecia, que puede manifestarse durante el primer año de vida. La presencia de esta alopecia se suele asociar a un inicio más temprano del raquitismo y una mayor resistencia al tratamiento con 1,25(OH)2D en comparación con aquellos sin pérdida de cabello. Existen también pacientes con aparente resistencia a 1,25(OH)2D, pero sin mutación VDR identificada. Esto puede ocurrir por sobreexpresión de una ribonucleoproteína nuclear que compite con el VDR por la unión al VDRE (raquitismo vitamina D dependiente tipo 2B) o, en el caso del raquitismo vitamina D dependiente tipo 3, por inactivación acelerada de la vitamina D secundaria a mutaciones de ganancia de función del gen CYP3A4 que codifica para una proteína capaz de hidroxilar en la posición 24 las distintas formas de la vitamina D(7,6).

Aumento de la degradación de la vitamina D: debido al uso de anticonvulsivantes (fenobarbital, carbamazepina y fenitoína), antimicrobianos (rifampicina) o antiretrovirales (efavirenz, ritonavir).

Raquitismos fosfopénicos

Deficiencia de fósforo en la dieta

Cuadro poco frecuente, salvo en lactantes prematuros alimentados con leche materna sin suplementación. En estos casos, para satisfacer sus requerimientos nutricionales de fosfato, puede ser necesario administrar altos niveles de fosfato, por vía oral o parenteral. Está también bien documentado el riesgo aumentado de raquitismo hipofosfatémico en los lactantes con enfermedades gastrointestinales, alimentados de forma exclusiva con fórmulas elementales a base de aminoácidos. Esto es así, debido a la baja biodisponibilidad intestinal de fósforo, a pesar de que el contenido de fósforo de la fórmula cumple con los estándares(8). Cabe destacar también que los antiácidos basados en aluminio se unen al fosfato dietético y, en caso de ingesta prolongada y excesiva, pueden provocar hipofosfatemia sintomática y enfermedad ósea.

Asociados a aumento de FGF23

Por aumento de producción o disminución de su degradación:

Raquitismo hipofosfatémico ligado al cromosoma X o XLH (MIM#307800): causado por mutaciones en el gen PHEX, que cursa con incremento de la transcripción y secreción de FGF23.

Raquitismo hipofosfatémico autosómico recesivo o ARHR: causado por mutaciones en DMP1 (MIM#241520) o ENPP1 (MIM#613312).

Raquitismo hipofosfatémico autosómico dominante o ADHR (MIM#193100): causado por disminución de la degradación de FGF23 por mutaciones puntuales en un sitio de reconocimiento para proteasas de dicho gen.

Raquitismo hipofosfatémico debido a mutaciones en FAM20C o síndrome de Raine (MIM#259775): cursa con disminución de la fosforilación de FGF23, lo que reduce su degradación. Asocia microcefalia, exoftalmos, hipoplasia mediofacial, atresia de coanas, osteoesclerosis, calcificaciones cerebrales, retraso en el desarrollo neurológico y anomalías auditivas.

Otras causas asociadas a aumento de FGF23: aumento de niveles circulantes de α-KLOTHO, activación de la proteína quinasa A en la displasia fibrosa ósea del síndrome de McCune Albright, raquitismo-osteomalacia inducida por tumor (TIO), displasia osteoglofónica (secundaria a variantes en FGFR1), síndrome del nevo epidérmico (vía activación somática de HRAS o NRAS) y el tratamiento con carboximaltosa férrica.

Problemas renales independientes de FGF23

Raquitismo hipofosfatémico hereditario con hipercalciuria (HHRH): secundario a mutaciones en SLC34A1 (NaPi-IIa; MIM#612286) y SLC34A3 (NaPi-IIc; MIM#241530). A diferencia del XLH, los niveles de 1,25(OH)2D están elevados, lo que aumenta la absorción intestinal de calcio y lleva a hipercalciuria compensatoria, con PTH y FGF23 normales o bajos, y el tratamiento con fosfato oral mejora los síntomas óseos y el crecimiento.

Mutaciones en NHERF1 (MIM#612287): cursa con hiperfosfaturia, hipofosfatemia, nefrolitiasis y osteomalacia con niveles circulantes normales de PTH.

Otras: síndrome de Fanconi, cistinosis, acidosis tubular renal distal, tirosinemia, tratamiento con ifosfamida, intoxicación por metales pesados, tratamiento con antiácidos con aluminio y síndrome oculocerebrorenal (enfermedad de Dent).

Inhibición directa de la mineralización

Se puede ver en la hipofosfatasia hereditaria (MIM#241510), en el tratamiento con etidronato (bifosfonato de primera generación) y en el exceso de fluoruro y de aluminio.

Clínica

La presentación clínica del raquitismo es heterogénea, incluye manifestaciones esqueléticas y no esqueléticas que dependen de la edad de aparición.

Manifestaciones musculoesqueléticas

La mayoría de los niños que presentan raquitismo en la primera infancia desarrollan deformidades progresivas en varo de las piernas (genu varo) (Fig. 2), a menudo asociadas con una marcha en vaivén. En los niños que desarrollan raquitismo durante el primer año de vida, la deambulación independiente se suele retrasar más allá de los 18 meses. Otros signos clínicos en lactantes con raquitismo incluyen: craneotabes (reblandecimiento de los huesos del cráneo), ensanchamiento de las muñecas, prominencia frontal, cierre tardío de la fontanela anterior y craneosinóstosis (cierre prematuro de las suturas craneales). Cuando el raquitismo aparece en niños mayores de 3 años, es común observar genu valgo o una combinación de genu varo y genu valgo. Los niños mayores de 3 años pueden quejarse de dolor óseo y fatiga. Las fracturas pueden ser un signo de presentación en niños con raquitismo nutricional, pero solo en presencia de signos radiológicos claros de raquitismo. La talla baja y la disminución de la velocidad de crecimiento pueden aparecer como consecuencia de las deformidades progresivas en las piernas. Las deformidades torácicas incluyen el rosario costal raquítico (por expansión de las uniones costocondrales) y el surco de Harrison (surco en la parte inferior del tórax por tracción del diafragma).

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Figura 2. En la fotografía se observan las alteraciones radiológicas de las fisis y metáfisis y el arqueamiento en genu varo en una niña de 7 años con raquitismo hipofosfatémico.

 

Manifestaciones extraesqueléticas

Los lactantes con raquitismo asociado a deficiencia de vitamina D pueden desarrollar convulsiones, debido a hipocalcemia y miocardiopatía. Debido a que el fosfato es esencial para la mineralización adecuada de la matriz dentaria, es también frecuente la erupción dental tardía con hipoplasia del esmalte, susceptibilidad a caries y abscesos dentales, secundarios a la hipofosfatemia durante el desarrollo dental(9). Esto es especialmente relevante en el raquitismo hipofosfatémico ligado al X (XLH), donde los abscesos dentales asociados a defectos en la mineralización de la dentina pueden aparecer antes de la clínica ósea. En el caso de XLH, puede aparecer en la edad adulta entesopatía (anomalías de mineralización en los sitios de inserción de tendones y ligamentos), osteofitos y degeneración articular de tipo artrósico.

El déficit de vitamina D (con o sin raquitismo) se ha asociado con un mayor riesgo de infecciones respiratorias en la infancia.(10,11). Esta asociación es la que explica que se recomiende la suplementación empírica de vitamina D en niños y adolescentes para prevenir raquitismo y para reducir el riesgo de infecciones respiratorias(12).

Diagnóstico

El diagnóstico de raquitismo se puede establecer en la mayoría de los casos mediante una buena anamnesis, exploración física y determinaciones de laboratorio y radiológicas sencillas. En la sospecha de enfermedades de etiología genética, se requiere la realización de secuenciación de los genes implicados en el metabolismo fosfocálcico.

Historia clínica

Debe ir dirigida a evaluar los potenciales factores de riesgo de los distintos tipos de raquitismo carencial que vienen resumidos en la tabla II(5). Se debe investigar el retraso en la adquisición de la marcha, el enlentecimiento en la velocidad de crecimiento, los antecedentes personales de fracturas y la presencia de dolores óseos y fatiga muscular. En los casos en los que se sospeche raquitismo hipofosfatémico, es importante recoger los antecedentes odontológicos (caries, abscesos dentales espontáneos, pérdida prematura de dientes y periodontitis).

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Exploración física

Se deben buscar arqueamientos de los miembros inferiores (genu varo en los menores de 3 años y genu valgo en los mayores), la marcha en vaivén, el rosario costal, el surco de Harrison, el ensanchamiento metafisario en las muñecas, la prominencia frontal, el craneotabes, el cierre tardío de la fontanela y la presencia de esmalte dental frágil. También se debe reflejar si existe alopecia y buscar lesiones cutáneas típicas del síndrome de McCune-Albright, nevos melanocíticos y lesiones óseas sugerentes de displasias fibrosas que pueden estar asociadas a formas raras de raquitismo.

Pruebas complementarias

Los hallazgos radiológicos pueden incluir(6):

• Desflecamiento (fraying), aplanamiento (cupping) y ensanchamiento irregular de las metáfisis (Fig. 2).

• Ensanchamiento e irregularidad de la placa de crecimiento (fisis).

• Osteopenia y desmineralización ósea.

• Prominencia de las uniones costocondrales (rosario raquítico).

• Fracturas en huesos largos, costillas anteriores y anterolaterales. Las fracturas metafisarias que se producen en el raquitismo se observan cerca de la diáfisis y ocurren en el contexto de cambios raquíticos metafisarios.

• Pseudofracturas o zonas de Looser: líneas radiolúcidas transversales, bilaterales y simétricas, en zonas de estrés óseo (costillas, escápula, fémur, pelvis). Representan osteoide no mineralizado y se ven tanto en el raquitismo como en la osteomalacia.

Se puede graduar la gravedad de estos hallazgos radiológicos usando scores, como el Radiographic Rickets Severity Score (RSS)(13), el Radiographic Global Impression of Change (RGI-C)(14) y el Thacher Rickets Severity Score(15). Todos ellos han sido validados, en el contexto de raquitismo hipofosfatémico ligado al cromosoma X (XLH) y en el raquitismo nutricional.

Hay que distinguir estos hallazgos radiológicos de los siguientes:

Lesiones metafisarias clásicas (LMC): las LMC tienen una alta especificidad para el diagnóstico de abuso infantil. A diferencia del raquitismo, las LMC presentan patrones de fractura en esquina (corner fracture) o en asa de cubo (bucket-handle fracture) y tienen mineralización ósea y fisis normales. Además, suelen presentar neoformación de hueso subperióstico. Las LMC ocurren predominantemente en niños menores de 6 meses, edad en la que es raro observar signos radiológicos de raquitismo.

Desmineralización por desuso: en niños con discapacidad grave que limita la deambulación, las fracturas suelen ser diafisarias, a diferencia de las LMC y las típicas del raquitismo.

En cuanto a los hallazgos en pruebas de laboratorio, vienen resumidos en la tabla III.

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Tratamiento

El tratamiento del raquitismo debe ir enfocado a la etiopatogenia del mismo. La duración e intensidad del tratamiento deben variar según la causa y la gravedad.

Raquitismo nutricional por déficit de vitamina D

Se trata con suplementos de vitamina D2 (ergocalciferol) o D3 (colecalciferol), administrados diariamente (de elección) o en forma de bolos cada 20 días (3-4 dosis). En caso de mala adherencia al tratamiento, se puede plantear la administración en forma de dosis única intramuscular (terapia de choque o “stoss”), si bien esta forma de administración está asociada a riesgo de hipercalcemia. El tratamiento diario con vitamina D se debe continuar durante 3-4 meses, pero puede prolongarse si no se han normalizado en ese tiempo las lesiones radiológicas o los parámetros bioquímicos. La dosificación recomendada se puede consultar en la tabla IV(6,16). El uso de metabolitos ya hidroxilados de la vitamina D en el tratamiento del raquitismo nutricional por déficit de vitamina D estaría indicado en:

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• Las fases iniciales de los casos con hipocalcemia sintomática (tetania, convulsiones, miocardiopatía dilatada), por tener una velocidad de acción más rápida y una vida media más corta que D2 o D3 (calcitriol 50-100 ng/kg/día VO en 3 dosis, hasta calcemia > 9 mg/dl o α-calcidiol: 0,05-0,1 µg/kg/día en < 20 kg, o 1 µg/día en > 20 kg en 1 dosis/diaria)(16). En estos casos se debe administrar también gluconato cálcico intravenoso al 10 % (2 ml/kg IV) hasta la normalización de los niveles séricos de calcio.

• En los casos de hepatopatía grave, se recomienda tratar con 25-OH-vitamina D y, en los casos de nefropatía grave, con 1,25(OH)2D o α-calcidiol. Las diferencias farmacocinéticas de todas las presentaciones de la vitamina D se pueden consultar en la tabla V.

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En caso de hipocalcemia crónica, elevación de PTH y/o desmineralización importante, se debe asociar al tratamiento vitamínico un suplemento de calcio de 40-80 mg/kg de calcio elemento y día, fraccionado en 3-4 tomas los primeros 7-14 días o hasta la desaparición de la hipocalciuria y la normalización de la fosfatasa alcalina. Una vez concluida esta, se debe garantizar la ingesta de 500 mg/día de calcio elemento, a través de la dieta o de suplementos (el calcio elemento supone el 40 % de la dosis de carbonato cálcico). Los suplementos de calcio son importantes para evitar la hipocalcemia mientras se normalizan los niveles de PTH (síndrome del “hueso hambriento”), particularmente en los pacientes tratados con terapia “stoss”. La evolución de los parámetros bioquímicos esperable es la siguiente:

• Normalización de las concentraciones séricas de calcio y fosfato en unos 7-21 días; y normalización de la PTH sérica al restaurarse la normocalcemia.

• Normalización de los niveles de 25-OH-vitamina D en 4-6 semanas.

• La concentración de 1,25(OH)2D puede permanecer elevada hasta por 10 semanas.

• La fosfatasa alcalina disminuye progresivamente, pero puede permanecer elevada durante 3-6 meses. La actividad de la fosfatasa alcalina se asocia con la recuperación de las lesiones óseas raquíticas, por lo que se considera un marcador bioquímico confiable y económico para monitorizar la efectividad del tratamiento en la práctica clínica.

Una vez resuelto el raquitismo nutricional, se debe continuar la suplementación con vitamina D con, al menos, 400 UI/día antes de los 12 meses de edad y 600 UI/día de vitamina D después.

Raquitismo hipofosfatémico ligado al cromosoma X (XLH) y otras formas FGF23-dependientes

Para contrarrestar la fosfaturia y la inhibición de la α-hidroxilasa, se requiere tratamiento con sales de fosfato oral (20-60 mg/kg/día de fósforo elemental, divididos en 3-5 dosis) y calcitriol (20-30 ng/kg/día) o α-calcidiol, con monitorización estrecha de efectos adversos (hipercalciuria, nefrocalcinosis, hiperparatiroidismo). Desde 2018, está aprobado por la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos) y la EMEA (Agencia Europea de Medicamentos) en niños mayores de 1 año y adolescentes con raquitismo hipofosfatémico ligado al cromosoma X con esqueleto en crecimiento, el uso de burosumab (anticuerpo monoclonal humano anti-FGF23). Para recibirlo, deben haber recibido tratamiento con fosfato oral y vitamina D durante los 12 meses previos y presentar evidencia radiográfica de enfermedad ósea y puntuación total del Radiographic Rickets Severity Score (RSS) ≥ 2. La dosis inicial es de 0,8 mg/kg cada dos semanas por vía subcutánea. El tratamiento con burosumab ha demostrado mejorar la concentración sérica de fosfato y los valores de TmP/GFR, y se ha asociado con una curación de los signos radiográficos de raquitismo, mejoras en el dolor osteoarticular y muscular, en la función física y en el crecimiento longitudinal(17).

Prevención

La prevención de los raquitismos nutricionales se puede conseguir con diferentes estrategias, que han demostrado ser eficaces. El papel del pediatra de Atención Primaria en la prevención es crucial.

La prevención del raquitismo es especialmente importante en el primer año de vida, dada la mayor tasa de crecimiento en este periodo. Una ingesta adecuada de calcio de, al menos, 500 mg diarios en niños de 1 a 3 años es necesaria para prevenir el raquitismo nutricional por deficiencia de calcio. Para asegurar un estado adecuado de vitamina D, se usan tres estrategias:

1. Suplementación con vitamina D. Las principales guías de práctica clínica recomiendan suplementar con 400 UI/día de vitamina D a los niños menores de un año que reciban lactancia materna o que no alcancen la ingesta diaria recomendada a través de la fórmula infantil adaptada. En los mayores de 1 año, la suplementación debe ser individualizada.

2. Fortificación de alimentos.

3. Exposición solar. No es posible ofrecer una recomendación simple y uniforme sobre la exposición solar para prevenir el raquitismo en niños de diferentes edades, ubicaciones geográficas y tipos de piel(6,18,20).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria desempeña un papel fundamental en la prevención, detección y abordaje inicial del raquitismo. Es responsable de ofrecer recomendaciones dietéticas que garanticen una ingesta adecuada de calcio y vitamina D, así como de pautar la suplementación profiláctica o terapéutica cuando sea necesario. Además, debe estar capacitado para identificar los signos y síntomas clínicos sugestivos de raquitismo, interpretar adecuadamente los hallazgos bioquímicos y radiológicos compatibles con esta enfermedad y reconocer cuándo es necesario sospechar una causa genética subyacente, lo que justificaría la derivación a atención especializada. Su intervención precoz es clave para prevenir secuelas óseas y mejorar el pronóstico del niño.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Revisión integral de los distintos tipos de raquitismos: clínica, epidemiología, diagnóstico diferencial y tratamiento.

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Revisión con un enfoque de medicina basada en la evidencia de las recomendaciones actuales sobre la prevención y manejo del raquitismo nutricional.

– Tello M, Rodríguez A, Calderón V. Raquitismo. Déficit de vitamina D. En: González Casado I, Guerrero-Fernández J, eds. Manual de Diagnóstico y Terapéutica en Endocrinología Pediátrica, V.1.1 + Guía rápida V.1. Ergon. 2020.

Artículo con enfoque muy práctico y actual de la orientación diagnóstica y terapéutica de los distintos tipos de raquitismo en la edad pediátrica.

 

Caso clínico

 

Lactante de 1 mes de vida que acude a Urgencias con un cuadro de movimientos tónico-clónicos de hemicuerpo izquierdo de 1 minuto de duración. Presenta síntomas catarrales leves y está afebril. Recibe alimentación con lactancia materna exclusiva sin suplementación con vitamina D.

Antecedentes personales: embarazo controlado sin alteraciones. Parto normal. Apgar 9/10; REA I; recién nacido a término de peso adecuado a su edad gestacional (39 sem; 2,850 kg). Sano hasta el momento. Desarrollo psicomotor normal.

Antecedentes familiares: padres originarios de Malí sanos, madre de religión musulmana. Hermana de 2 años sana.

Exploración física: peso: 4,150 kg; T. art.: 115/59; SatO2: 100 %; regular estado general. Bien hidratado, nutrido y perfundido. Auscultación cardiopulmonar: normal. Abdomen normal. Genitales externos masculinos normales (G1-P1-A1). Neurológico: somnoliento aunque reactivo; hipertonía de 4 extremidades; reflejos osteotendinosos exaltados; pupilas normales.

Pruebas complementarias: hemograma: normal; bioquímica: GOT, GPT, GGT, creatinina, urea, sodio, potasio, albúmina y proteínas totales normales; gasometría: normal (pH: 7,33; pCO2: 48 mmHg; Bic: 26,3 mEq/l); punción lumbar: normal; TAC craneal: normal. Ca2+ 0,53 mmol/L; Ca (total): 6,1 mg/dl; P: 4,4 mg/dl; F. alcalina: 1.020 UI/L.

 

 

Secuelas endocrinológicas del cáncer

M. Güemes Hidalgo,  B. Guijo Alonso
Temas de FC


M. Güemes Hidalgo, B. Guijo Alonso

Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

X

Autor para correspondencia

maria.guemes@salud.madrid.org

Resumen

Los avances en el tratamiento del cáncer infantil han incrementado la supervivencia global al 75-80 %, llevando a un aumento en los efectos tardíos, como las endocrinopatías. Entre el 40 % y el 60 % de los supervivientes de cáncer infantil desarrollarán, al menos, una alteración endocrina. Estas secuelas son más frecuentes en supervivientes de tumores del sistema nervioso central, leucemias y linfomas. La radioterapia, especialmente la craneal, y el trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) son los tratamientos con mayor riesgo de causar secuelas endocrinas. La radioterapia craneal puede dañar el eje hipotálamo-hipofisario, resultando en deficiencias hormonales, como el déficit de la hormona de crecimiento. El TPH, por otro lado, puede causar hipogonadismo, talla baja y obesidad. La quimioterapia también contribuye, con agentes alquilantes, causando disfunción gonadal a largo plazo. Las guías internacionales recomiendan un seguimiento endocrinológico de por vida para los supervivientes de cáncer infantil. Se debe realizar un cribado regular para detectar deficiencias hormonales, disfunción tiroidea, problemas de crecimiento, obesidad y sus comorbilidades, así como alteración en la salud ósea. El diagnóstico precoz y el tratamiento oportuno de las endocrinopatías son cruciales para mejorar la calidad de vida de estos pacientes a largo plazo.

 

Abstract

Advances in childhood cancer treatment have increased overall survival to 75-80 %, leading to a rise in late effects, such as endocrinopathies. Between 40 % and 60 % of childhood cancer survivors will develop at least one endocrine disorder. These sequelae are more common in survivors of central nervous system tumors, leukemias, and lymphomas. Radiotherapy, especially cranial irradiation, and hematopoietic stem cell transplantation (HSCT) are the treatments with the highest risk of causing endocrine sequelae. Cranial irradiation can damage the hypothalamic-pituitary axis, resulting in hormone deficiencies such as growth hormone deficiency. HSCT, on the other hand, can cause hypogonadism, short stature, and obesity. Chemotherapy also contributes, with alkylating agents, causing long-term gonadal dysfunction. International guidelines recommend lifelong endocrine follow-up for childhood cancer survivors. Regular screening should be performed to detect hormone deficiencies, thyroid dysfunction, growth impairment, obesity and its comorbidities, as well as bone health disturbance. Early diagnosis and timely treatment of endocrinopathies are crucial to improve the long-term quality of life for these patients.

 

Palabras clave: Neoplasias; Radioterapia; Trasplante de células madre hematopoyéticas; Trastornos endocrinos; Efectos tardíos.

Key words: Neoplasms; Radiotherapy; Hematopoietic stem cell transplantation; Endocrine disorders; Late effects.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 374 – 383

 


OBJETIVOS

• Comprender el amplio espectro de secuelas endocrinas que pueden afectar a los supervivientes de cáncer infantil (SCI).

• Identificar los factores de riesgo individuales y terapéuticos asociados a las secuelas endocrinas.

• Familiarizarse con las recomendaciones de seguimiento –de por vida– y manejo de las secuelas endocrinas (guías internacionales).

• Participar en un enfoque multidisciplinario para el cuidado integral de los SCI, mejorando así su salud y calidad de vida a largo plazo.

 

Secuelas endocrinológicas del cáncer

https://doi.org/10.63149/j.pedint.59

 

Introducción

Se debe realizar un seguimiento endocrinológico de por vida a los supervivientes de cáncer infantil (SCI).

Los avances en el tratamiento del cáncer infantil han mejorado significativamente la supervivencia en las últimas décadas, resultando en una creciente población de supervivientes a largo plazo. Aproximadamente, 1 de cada 530 adultos jóvenes será un SCI(1). Si bien esto representa un logro notable para la oncología pediátrica, estos supervivientes se enfrentan a un riesgo elevado de desarrollar efectos tardíos como consecuencia de los tratamientos recibidos(2-4). Las endocrinopatías se encuentran entre las secuelas más frecuentes, afectando entre el 40 % y el 60 % de los supervivientes(2,4).

La radioterapia, especialmente la craneal, y el trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH) son dos de los tratamientos oncológicos que conllevan un mayor riesgo de secuelas endocrinas(2,3,5,6). Más recientemente, los inhibidores selectivos de la quinasa activada por mitógenos y moduladores del sistema inmunitario, algunos de los cuales prescritos en regímenes de mantenimiento, también han sido asociados con disfunción endocrina(7). Las consecuencias a largo plazo del uso de estas nuevas terapias, así como de Chimeric Antigen Receptor (CAR) T-Cell (en pacientes receptores de múltiples ciclos de quimioterapia o TPH), aún no se han esclarecido por completo(7).

Es crucial destacar que la aparición de las secuelas endocrinas puede ser insidiosa y manifestarse tempranamente –incluso previo al diagnóstico oncológico– o años después de la finalización del tratamiento oncológico(8,9). Por esta razón, las guías internacionales recomiendan un seguimiento endocrinológico de por vida para los SCI. De entre ellas, el “Childhood Oncology Group” (COG) actualiza en su guía clínica (COG-LTF U Guidelines; última versión disponible: 6.0 publicada en octubre 2023) los posibles efectos secundarios a largo plazo en los SCI, incluyendo los endocrinos (disponible en: https://www.survivorshipguidelines.org). La detección precoz de estas alteraciones permite una intervención oportuna, lo cual mejora significativamente la calidad de vida de los supervivientes y reduce la morbilidad asociada(8,9). El establecimiento de unidades multidisciplinarias para el seguimiento de los SCI determina un cuidado óptimo de los mismos.

Secuelas endocrinológicas en los SCI

El riesgo de disfunción endocrina está asociado a la localización del tumor y a los distintos tratamientos administrados. El Algoritmo al final del artículo recoge los riesgos endocrinos asociados a los tratamientos empleados en oncología infantil. A continuación, se exponen, brevemente, las dos terapias con mayor incidencia de afectación endocrina: la radiación craneal y el trasplante.

La radioterapia craneal (RTC)

La radioterapia craneal (RTC) constituye el principal factor de riesgo para las alteraciones tardías del eje hipotálamo-hipofisario.

Los pacientes con mayor probabilidad de presentar disfunción del eje hipotálamo-hipofisario son aquellos tratados con RTC o sometidos a cirugía en la región hipotálamo-hipofisaria. En cambio, no se ha establecido con claridad si la quimioterapia contribuye a la disfunción hipofisaria(10). Tras la RTC(11), una, varias o todas las hormonas de la hipófisis anterior pueden verse afectadas, mientras que el compromiso de la hipófisis posterior es menos frecuente.

La RTC, si bien es una herramienta fundamental en el tratamiento de tumores cerebrales, puede tener efectos a largo plazo, debido a la radiosensibilidad de los tejidos en desarrollo. Los efectos de la RTC son variables y dependen de diversos factores, como:

• Dosis de radiación: a mayor dosis, mayor riesgo de efectos adversos(12). Dosis bajas de radiación craneal (≥18-30 Gy) están relacionadas con déficit aislado de hormona del crecimiento (GH) o pubertad precoz, mientras que dosis ≥30 Gy pueden causar, además, déficits combinados de otras hormonas hipofisarias, como hormona luteinizante (LH), hormona folículo estimulante (FSH), hormona estimulante de la tiroides (TSH) y hormona adrenocorticotrópica (ACTH).

• Edad del paciente: en niños más pequeños (prepuberales), el eje somatotropo es más vulnerable, mientras que el eje gonadal y corticotropo se ven más afectados si la RTC se administra durante la adolescencia o la edad adulta.

• Campo de irradiación: la extensión del área irradiada determina las estructuras afectadas.

• Tiempo transcurrido desde el tratamiento: algunas secuelas pueden aparecer años después de la RTC(12).

La protonterapia es una alternativa reciente a los métodos convencionales de irradiación basados en fotones (rayos X). Su principal ventaja radica en su irradiación con protones más dirigida al tumor, minimizando el daño a los tejidos circundantes(13). Un estudio multicéntrico encontró una asociación significativa entre el uso de protonterapia y una menor incidencia de hipotiroidismo y deficiencia gonadal en pacientes con meduloblastoma de riesgo estándar(14). A pesar de los resultados prometedores, se necesitan más estudios a largo plazo para confirmar la eficacia de la protonterapia en la reducción de las secuelas endocrinas y evaluar su impacto en otros aspectos de la salud de los SCI.

Trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH)

Tanto las series internacionales como la española, de nuestro grupo, señalan que en torno al 60 % de los niños supervivientes de un TPH desarrollarán endocrinopatías(6,15). El acondicionamiento de la médula ósea precisa quimioterapia a altas dosis o irradiación corporal total (ICT) o irradiación linfática total, seguido de agentes inmunosupresores, generalmente corticoides a altas dosis, lo que aumenta el riesgo de patología endocrina entre dos y tres veces, en comparación con la población general. Los pacientes que se someten a un TPH presentan con alta frecuencia hipogonadismo (64 %), talla baja (52 %) y obesidad (20 %), seguido de otras alteraciones(6). La leucemia linfoblástica, el sexo femenino, la mayor edad al trasplante, el tipo alogénico, la radioterapia, los agentes alquilantes y la enfermedad injerto contra huésped son factores de riesgo para el desarrollo de endocrinopatías(6).

Gran parte de los trastornos endocrinológicos pueden categorizarse según la ubicación de la alteración: en el eje hipotálamo-hipofisario o en las glándulas endocrinas periféricas. Las tabla I y II recogen las complicaciones endocrinas, los factores de riesgo de las mismas (individuales y asociados al tratamiento) y las recomendaciones de su cribado.

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Afectación hipotálamo-hipofisaria

Por su vulnerabilidad a la radioterapia, la secuencia temporal de aparición de endocrinopatías es: eje somatotropo (GH), seguido por el eje gonadotropo (LH/FSH) y, en menor medida, los ejes corticotropo (ACTH) y tiroideo (TSH).

Eje somatotropo (GHRH-GH)

La deficiencia de hormona de crecimiento (GH) es una secuela común en SCI, especialmente en aquellos que han recibido RTC. Numerosos estudios internacionales, así como el español de nuestro grupo, muestran cifras de deficiencia de GH en tumores del sistema nervioso central tras RTC en torno al 70 % de los casos(5,10,12). Esta deficiencia puede manifestarse desde los 12 meses posteriores al tratamiento y se observa con dosis de radiación superiores a 18 Gy.

Diagnóstico

El déficit de GH se manifiesta principalmente por una disminución en la velocidad de crecimiento para el estadio puberal del paciente. Los niños afectados pueden presentar una talla baja en relación con su edad y sexo. En aquellos que han recibido radioterapia espinal, la columna vertebral puede verse más afectada que las extremidades, resultando en un tronco corto y una desproporción corporal.

Si bien la medición de los marcadores IGF1 factor de crecimiento similar a la insulina 1 y IGFBP-3 como proteína transportadora 3 del factor de crecimiento similar a la insulina puede ser útil, no son siempre fiables en pacientes con antecedentes de RTC o daño hipotálamo-hipofisario por la expansión tumoral. En estos casos, pueden tener niveles normales a pesar de la deficiencia de GH. Si se considera necesario realizar una prueba de estimulación de GH para confirmar el diagnóstico, puede ser suficiente un único test patológico para el diagnóstico (GH Research Society 2000)(16) en aquellos con antecedentes de RTC o tumor del sistema nervioso central.

Tratamiento

El tratamiento del déficit de GH consiste en la administración de hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH). Diversos estudios en pacientes SCI con déficit de GH han demostrado que el tratamiento con rhGH mejora la talla final, así como otros efectos metabólicos y la calidad de vida. Las guías recomiendan iniciarlo un año tras la remisión de la enfermedad y no parece existir riesgo de recurrencia tumoral asociado al uso de rhGH, aunque algunos estudios sugieren un aumento en el riesgo de segundas neoplasias, particularmente meningiomas y gliomas, riesgo más relacionado con la RTC en sí que con el tratamiento con rhGH(17).

Eje gonadotropo (GnRH-LH/FSH)

La RTC es el factor de riesgo principal, así un 35 % de los expuestos tendrán disfunción del eje gonadotropo a nivel hipotálamo-hipofisario(18).

Esta disfunción puede manifestarse como hipogonadismo hipogonadotropo (dosis superiores a 30 Gy se asocian a un mayor riesgo de daño al hipotálamo y la hipófisis, afectando la producción de GnRH, LH y FSH) o, paradójicamente, como pubertad precoz, esta última especialmente a dosis superiores a 18 Gy (por interrupción de las influencias inhibitorias corticales sobre las neuronas productoras de GnRH en el hipotálamo).

El tiempo medio de aparición del déficit de LH/FSH tras la RTC es de 36 meses, pero puede manifestarse incluso años después. El eje gonadal se ve más afectado si la RTC se administra durante la adolescencia o la edad adulta.

Si bien la quimioterapia no se ha asociado directamente con daño estructural a nivel hipotálamo-hipofisario, algunos estudios sugieren que podría potenciar los efectos de la radioterapia sobre la función hipofisaria. La probabilidad de afectación del eje gonadotropo es mayor si se ha realizado una intervención quirúrgica en la región hipotálamo-hipofisaria o si el propio tumor afecta a esta área.

Diagnóstico

Se podrá realizar en los periodos esperables de activación de este eje (minipubertad, pubertad y edad adulta)(5). En el hipogonadismo hipogonadotropo se objetiva un retraso en la pubertad o una pubertad detenida (amenorrea secundaria, falta de libido en adolescencia tardía). En la pubertad precoz se evidenciarán caracteres sexuales secundarios antes de la edad considerada normal. Puesto que las gonadotropinas y esteroides sexuales basales pueden no ser informativos, se debe realizar test de estímulo de LH-FSH.

Tratamiento

Inducción puberal progresiva con hormonas sexuales o gonadotropinas, esta última terapia solo para casos de hipogonadismo hipogonadotropo. Frenación puberal con análogos de GnRH para casos de pubertad precoz.

Hiperprolactinemia

La RTC, especialmente a dosis altas (>40 Gy), puede dañar las neuronas productoras de dopamina en el hipotálamo, lo que resulta en hiperprolactinemia. La hiperprolactinemia se produce, bien por tumores hipofisarios (prolactinoma) o por cirugía en la región hipotálamo-hipofisaria. La hiperprolactinemia, a su vez, también contribuye al hipogonadismo(7).

Diagnóstico

Galactorrea, alteraciones menstruales, infertilidad, disminución de la libido, disfunción eréctil y osteoporosis. En analíticas seriadas se evidenciarán niveles elevados de prolactina.

Tratamiento

Los agonistas de la dopamina (cabergolina, bromocriptina) son el tratamiento de primera línea, seguidos de los análogos de somatostatina y de cirugía, en caso de no respuesta a fármacos.

Eje corticotropo (CRH-ACTH)

La insuficiencia adrenal central o déficit de ACTH tras la RTC es menos frecuente (entre el 8 % y el 32 % según los estudios)(19,5) y más tardío (hasta 10-15 años después) que otras alteraciones endocrinas, siendo su riesgo mayor en pacientes que recibieron dosis de radiación superiores a 30 Gy(7). La probabilidad de afectación aumenta si existen otros déficits hormonales hipotalámicos-hipofisarios(9).

La edad en el momento del tratamiento también influye en la susceptibilidad del eje corticotropo a la radiación: a menor edad, mayor riesgo de daño.

El uso de terapias dirigidas, como los inhibidores de la tirosina quinasa, también se ha asociado a alteraciones del eje corticotropo, en ocasiones subclínicas, por lo que se recomienda su control sistemático(8). El ipilimumab, un inmunomodulador, puede causar hipofisitis autoinmune que cursa con panhipopituitarismo, incluyendo déficit de ACTH(8).

Diagnóstico

Los síntomas del déficit de ACTH pueden ser inespecíficos e incluir fatiga, pérdida de peso, anorexia, náuseas, vómitos, dolor abdominal e hipoglucemia, o en casos severos, manifestarse con una crisis adrenal ante situación de estrés.

La determinación de cortisol basal a las 8 a.m. es una prueba de cribado útil. Un valor inferior a 10 mcg/dl sugiere un posible déficit de ACTH. Sin embargo, niveles normales de cortisol basal no excluyen completamente la deficiencia. Para confirmar el diagnóstico, se requieren pruebas de estimulación del eje corticotropo, como el test de hipoglucemia insulínica, el test de estimulación con ACTH o el test de estimulación con CRH(7).

Tratamiento

Consiste en la reposición de glucocorticoides con hidrocortisona, a dosis de 8-10 mg/m2/día. Se debe recalcar a los pacientes y sus familias la relevancia de doblar/triplicar la dosis de hidrocortisona durante periodos de estrés o enfermedad.

Eje tirotropo (TRH-TSH)

Tradicionalmente, considerado el déficit hipofisario menos frecuente; posiblemente, hayan sido subestimados aquellos casos de levotiroxina (T4L) normal; por lo que, según la metodología diagnóstica, su prevalencia oscilaría entre 6-36 %(20,21). Se diagnostica sobre todo tras dosis >30 Gy de RTC.

Diagnóstico

Datos clínicos de hipotiroidismo. En la analítica, T4L baja o en rango bajo de la normalidad con TSH baja o inapropiadamente normal. El test de estímulo con TRH no está habitualmente disponible en nuestro medio.

Tratamiento

Dosis sustitutiva de levotiroxina vía oral.

Diabetes insípida central (DIC)

La DIC es una secuela endocrina poco frecuente en SCI, con una incidencia en tumores del sistema nervioso central entre 10,5-29 %(19,5). La DIC se caracteriza por un déficit en la secreción de la hormona antidiurética, producida por las neuronas del hipotálamo y almacenada en la neurohipófisis.

La causa principal de la DIC en SCI no suele ser la radioterapia (solo, en raras ocasiones, a dosis muy altas (superiores a 45 Gy) o la quimioterapia en sí), sino más bien la presencia de un tumor cerebral que afecta la región hipotálamo-hipofisaria (craneofaringioma, germinoma o histiocitosis), o bien el trauma quirúrgico asociado a la extirpación de dichos tumores(22).

Diagnóstico

Presencia de poliuria, nicturia/enuresis, polidipsia, incluso deshidratación. En la analítica: hipernatremia hiperosmolar con orina diluida hipoosmolar(4). En la unidad de Endocrinología se considerará si precisa realizar de forma controlada la prueba de deprivación hídrica.

Tratamiento

Reposición con análogo de hormona antidiurética, la desmopresina, por vía intranasal, oral o subcutánea. Monitorización de las entradas y salidas de líquidos.

Afectación de glándula tiroidea

Hipotiroidismo

Constituye la alteración glandular más frecuente, estimada en un 24 % de los SCI(23). La radioterapia que incluye cuello, cabeza, columna cervical, área supraclavicular, tórax o mediastino puede dañar las células foliculares tiroideas, siendo el mayor factor de riesgo, sobre todo con dosis superiores a 10 Gy(24). También agentes utilizados en el tratamiento de ciertos cánceres pueden causar hipotiroidismo primario, como la ciclofosfamida, el yodo radioactivo (I-131) y los inhibidores de la tirosina quinasa(23).

Hipertiroidismo

Aunque menos común que el hipotiroidismo, la radiación de la glándula tiroides también puede causar hipertiroidismo por liberación de hormonas tiroideas preformadas por el daño a las células foliculares o por aparición de nódulos tiroideos autónomos(23).

Nódulos tiroideos

Su riesgo de aparición está aumentado por exposición a la radioterapia, especialmente la dirigida a cabeza, cuello o parte superior del cuerpo. El riesgo es mayor con dosis superiores a 25 Gy. Estos nódulos pueden ser benignos o malignos.

Cáncer de tiroides

La radiación también aumenta el riesgo de cáncer de tiroides, especialmente la variante papilar. El riesgo es mayor con dosis de radiación entre 20 y 29 Gy, y disminuye con dosis superiores a 30 Gy, por lisis celular(22).

Tienen mayor riesgo de desarrollar secuelas tiroideas:

• Cuanto menor es la edad de los niños al recibir el tratamiento(22).

• Pertenecer al sexo femenino confiere un mayor riesgo de desarrollar hipotiroidismo y cáncer de tiroides.

• Los sometidos a TPH: debido a la quimioterapia intensiva y la ICT empleadas en el acondicionamiento del trasplante.

• La exposición a metayodobencilguanidina (MIBG): radiofármaco utilizado en el diagnóstico y tratamiento de algunos tipos de cáncer, como el neuroblastoma.

• A mayor tiempo de seguimiento.

Seguimiento

En los SCI que han recibido radioterapia sobre el tiroides deben medirse regularmente TSH y T4L (T3T si hay sospecha de hipertiroidismo). También se explorará el tiroides por palpación para detectar la presencia de nódulos. La ecografía tiroidea puede utilizarse para evaluar las características de los nódulos tiroideos (sugerentes de benignidad o malignidad) +/- toma de muestra del mismo con punción aspiración con aguja fina.

Tratamiento

El hipotiroidismo se trata con levotiroxina sintética. El hipertiroidismo con fármacos antitiroideos, yodo radioactivo o cirugía. Los nódulos tiroideos malignos se tratan con cirugía, yodo radioactivo u otras terapias.

Disfunción gonadal

La disfunción gonadal es una complicación frecuente, particularmente en aquellos expuestos a radioterapia y/o quimioterapia, o combinación de ambos, sobre el área gonadal(22). La gonadectomía uni- o bilateral supondrá una insuficiencia parcial o total de hormonas gonadales.

La radiación dirigida a la pelvis, abdomen, columna lumbosacra, testículos u ovarios puede dañar directamente las gónadas, afectando tanto en los hombres a las células germinales (Sertoli) como a las células de Leydig (productoras de testosterona) y a los ovarios en las mujeres. El riesgo de disfunción gonadal es dosis-dependiente, siendo mayor con dosis superiores a 50 Gy. El daño a la gónada femenina es mayor que a la masculina. Las células de Sertoli se pueden ver afectadas por dosis más bajas de radiación que las células de Leydig. La alteración de la espermatogénesis se ha descrito a partir de 0,1 Gy, mientras que las células de Leydig suelen presentar afectación a partir de dosis >20 Gy(25).

Los agentes alquilantes son los quimioterápicos más gonadotóxicos, ya que inducen daño tanto a los testículos (células de Sertoli) como a los ovarios. Estos fármacos dañan las células germinales, lo que puede llevar a la disminución de la producción de espermatozoides en los hombres y óvulos en las mujeres. Algunos ejemplos de agentes alquilantes con alto poder gonadotóxico son: la ciclofosfamida (a dosis ≥7,5 g/m2), ifosfamida (≥60 mg/m2), busulfán (≥600 mg/m2) y el protocolo MOPP (mecloretamina, vincristina, procarbazina y prednisona) administrado durante 3 o más ciclos. La combinación de radioterapia y quimioterapia tiene un efecto aditivo sobre el riesgo de disfunción gonadal(26).

Otro factor de riesgo es la edad en el momento del tratamiento(22): aunque el tejido testicular es vulnerable en todas las etapas del desarrollo, la exposición a tratamientos gonadotóxicos en el periodo prepuberal no protege contra el daño testicular. Parece que, en mujeres tratadas con citotóxicos a más edad, aumenta el riesgo de daño ovárico.

Se ha descrito que hasta un 17 % de varones con azoospermia pueden recuperar la espermatogénesis con el tiempo(26), mientras que en mujeres no se observa recuperación de la función gonadal.

Diagnóstico

En los varones, el daño de las células de Sertoli puede conllevar la disminución del tamaño testicular y afectar a la producción de espermatozoides y, por tanto, a su fertilidad. El daño a las células de Leydig puede provocar un déficit de testosterona, manifestándose como retraso o detención puberal, disminución de la libido y disfunción eréctil.

En las mujeres, el daño a los ovarios puede afectar la producción de estrógenos y, consecuentemente, retrasar o detener el desarrollo puberal, incluso agotar prematuramente la reserva de óvulos en los ovarios, llevando al fallo ovárico precoz. Esto se manifiesta con pubertad retrasada o detenida, amenorrea, disminución de la libido, sequedad vaginal e infertilidad.

Seguimiento

• Examen regular del desarrollo puberal en los SCI que han recibido tratamientos gonadotóxicos. Esto incluye la evaluación del estadio de Tanner, la medición del volumen testicular en los niños y la ecografía pélvica en las niñas en caso de pubertad retrasada o sospecha de pubertad detenida o insuficiencia ovárica.

• Determinación de hormonas gonadales: LH, FSH, estradiol en mujeres y testosterona en hombres, así como la progesterona en fase lútea en mujeres puberales.

• Evaluación de la fertilidad: en los pacientes que han alcanzado la madurez sexual, se puede realizar un seminograma en hombres y pruebas de reserva ovárica en mujeres.

• Tratamiento hormonal sustitutivo con estrógenos o testosterona en los pacientes con hipogonadismo para completar el desarrollo sexual, mejorar los síntomas y prevenir las complicaciones a largo plazo.

• Consideración de la criopreservación de gametos o tejido gonadal para conservar la fertilidad.

Impacto sobre el crecimiento lineal

Los SCI por efecto de factores tanto endocrinológicos como no endocrinológicos, pueden resultar en una talla final inferior a la esperada.

Los factores endocrinológicos que afectan el crecimiento son el déficit de GH, la pubertad precoz y el hipotiroidismo no tratados.

Factores no endocrinológicos que afectan el crecimiento(9):

• La radiación a las placas epifisarias limita el crecimiento óseo, especialmente si se administra en edades tempranas. La radioterapia al neuroeje, como en casos de meduloblastoma o ependimoma, causa una disminución del crecimiento vertebral, resultando en un tronco corto en comparación con las extremidades, lo que resulta en una desproporción corporal, más evidente durante la pubertad (menor estirón puberal). Los pacientes que reciben radioterapia corporal total, como en el caso del trasplante de médula ósea, pueden experimentar daño generalizado en los cartílagos de crecimiento.

• Algunos quimioterápicos, como el metotrexato a altas dosis, dañan la placa de crecimiento, afectando al crecimiento longitudinal de los huesos. Otros agentes quimioterápicos pueden afectar a la producción hepática de IGF-1 o impedir su acción sobre la placa de crecimiento(27). Asimismo, la quimioterapia amplifica el daño hipotálamo-hipofisario causado por la radiación.

• La malnutrición durante el tratamiento oncológico, ya sea por la enfermedad en sí o por los efectos secundarios del tratamiento.

• La recidiva del tumor puede afectar el crecimiento, tanto por la enfermedad en sí como por la necesidad de tratamientos adicionales.

• El uso prolongado de corticoides puede suprimir el crecimiento.

Seguimiento y tratamiento

Es fundamental realizar un seguimiento regular del crecimiento en todos los pacientes oncológicos, incluso en aquellos que no han recibido tratamientos que afectan directamente al crecimiento, empleando las gráficas de crecimiento de referencia. Valorar la proporcionalidad (la talla sentada en relación a la talla de pie), si ha habido irradiación sobre la columna. Se debe evaluar la edad ósea si el crecimiento es demasiado rápido o lento. Si se observa una disminución en la velocidad de crecimiento, se deben realizar pruebas adicionales, como medición de IGF-1, IGFBP-3, TSH, T4L y considerar pruebas de estímulo de GH.

El tratamiento oportuno de las causas endocrinas y no endocrinas de la alteración del crecimiento puede mejorar la talla final y la calidad de vida de los pacientes.

Metabolismo fosfocálcico y salud ósea

La prevalencia de densidad mineral ósea (DMO) baja se ha descrito entre un 9-18 % en cohortes de SCI(2). Los factores de riesgo implicados en la disminución de la DMO son: la radiación (daña directamente los osteoblastos); algunos quimioterapéuticos, como el metotrexato a altas dosis; el TPH (frecuentemente combina quimioterapia de alta intensidad, radioterapia y corticoides); el déficit de GH; el hipogonadismo (importancia de las hormonas sexuales para la salud ósea); la malnutrición durante el tratamiento oncológico (puede contribuir a la deficiencia de vitamina D y calcio); la falta de actividad física –especialmente ejercicios con soporte de peso, habitual en el contexto de tratamiento oncológico–; así como tumores que infiltren tejidos óseos(27).

La disminución de la DMO aumenta el riesgo de fracturas, especialmente en la columna vertebral, cadera y huesos largos. La osteoporosis es una consecuencia a largo plazo en algunos pacientes. La radioterapia espinal puede afectar el crecimiento vertebral, llevando a deformidades como la escoliosis.

Seguimiento y manejo

Se recomienda realizar una densitometría ósea (DXA) en pacientes que han recibido TPH, radioterapia o quimioterapia con metotrexato a altas dosis. La frecuencia de las evaluaciones de la DMO dependerá del riesgo individual del paciente y de los resultados de las pruebas previas. Es importante asegurar una ingesta adecuada de calcio y vitamina D a través de la dieta o con suplementos. Fomentar la actividad física, especialmente ejercicios con soporte de peso, ayuda a fortalecer los huesos y prevenir la pérdida ósea. Es importante desalentar el consumo de tabaco y alcohol, ya que estos hábitos afectan negativamente a la salud ósea. En pacientes con hipogonadismo o déficit de GH, el tratamiento hormonal sustitutivo puede mejorar la DMO y prevenir las complicaciones a largo plazo. En casos de osteoporosis o fracturas de repetición, los bifosfonatos son una buena alternativa para fortalecer los huesos y reducir el riesgo de fracturas.

Obesidad, alteración hidrocarbonada y síndrome metabólico

Estas alteraciones contribuyen a un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y sus secuelas micro/macrovasculares, algunos tipos de cáncer, problemas articulares y psicológicos.

La prevalencia de obesidad se estimaba menor en SCI respecto a la población general, pero un meta-análisis mostró que en niños supervivientes de LLA era sustancialmente alta, oscilando entre un 29-69 %(28). En los estudios de nuestro grupo sobre supervivientes de tumores cerebrales y TPH, las tasas de obesidad fueron de 28,9 %(5) y 20 %(6), respectivamente, en concordancia con la tendencia de la población general. También se ha descrito un mayor riesgo metabólico con un 26 % de casos con resistencia a la insulina y un 23 % con dislipemia(29).

Se identifican como factores de riesgo de obesidad dosis superiores a 20 Gy de RTC, especialmente en el sexo femenino y en pacientes irradiados antes de los 4 años(8) (desequilibrio hipotalámico en la regulación del apetito y del gasto energético). El tratamiento con corticoides puede aumentar el apetito y promover la acumulación de grasa. El TPH se asocia con un mayor riesgo de obesidad, en parte, debido al uso de corticoides y a las alteraciones metabólicas inducidas por el tratamiento. La GH tiene un papel importante en el metabolismo de la glucosa y la composición corporal, por lo que su déficit se relaciona con obesidad y alteración hidrocarbonada.

La obesidad contribuye a la alteración hidrocarbonada al promover la resistencia a la insulina. Adicionalmente, la radioterapia abdominal y la ICT pueden dañar el páncreas y afectar a la producción de insulina. El TPH aumenta el riesgo de diabetes mellitus tipo 2 debido a la toxicidad del tratamiento sobre las células beta del páncreas y al uso de corticoides.

Seguimiento y tratamiento

Vigilancia regular del peso, talla, presión arterial, glucemia en ayunas y perfil lipídico(30). Promoción de un estilo de vida saludable: alimentación variada y en adecuadas cantidades, actividad física diaria, así como evitar el tabaco y otros tóxicos. Tratamiento de las endocrinopatías subyacentes, como el déficit de GH, hipotiroidismo, etc. Abordaje farmacológico: en los casos de diabetes mellitus tipo 2 o dislipidemia. Actualmente, se está evaluando el uso de análogos de incretina (GLP-1) en supervivientes de tumores del sistema nervioso central con obesidad hipotalámica.

Función del pediatra de Atención Primaria

Papel crucial en la detección temprana de las secuelas endocrinas y en la coordinación del cuidado con los especialistas.

El pediatra de Atención Primaria es un enlace clave entre el paciente, la familia y los especialistas dentro de un enfoque multidisciplinario. En su seguimiento continuo y a largo plazo, cabe destacar cuatro funciones principales:

• Estar al tanto de los tratamientos oncológicos recibidos por el paciente, como la RTC o el TPH, y conocer los riesgos endocrinos asociados.

• El seguimiento del crecimiento, peso, desarrollo puberal y la aparición de signos de disfunción endocrina es crucial para una detección e intervención temprana.

• Ante cualquier anomalía o sospecha de secuela endocrina, la derivación al endocrinólogo pediatra es fundamental, asegurando una comunicación fluida para un manejo integral del paciente.

Promoción de la salud: fomentar un estilo de vida saludable, incluyendo alimentación equilibrada, actividad física regular y evitar el tabaco y alcohol, para prevenir complicaciones adicionales.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

– Children´s Oncology Group (COG). Long-Term Follow-Up Guidelines for Survivors of Childhood, Adolescent, and Young Adult Cancers. Version 6.0 – October 2023. Disponible en: https://www.survivorshipguidelines.org/pdf/2023/COG_LTFU_Guidelines_Comprehensive_v6.pdf.

Excelente guía de la red colaborativa americano-canadiense, donde esquemáticamente expone las posibles secuelas asociadas a los tratamientos empleados en Oncología infantil, su cribaje y tratamiento. En su página web https://www.survivorshipguidelines.org ofrece material informativo para padres y pacientes.

– Rose SR, Horne VE, Howell J, Lawson SA, Rutter MM, Trotman GE, et al. Late endocrine effects of childhood cancer. Nat Rev Endoc. 2016; 12: 319-36. Disponible en: https://doi.org/10.1038/nrendo.2016.45.

Revisión muy completa sobre los efectos endocrinos del cáncer infantil, incluyendo tablas esquemáticas muy útiles.

– Sklar CA, Antal Z, Chemaitilly W, Cohen LE, Follin C, Meacham LR, et al. Hypothalamic-Pituitary and Growth Disorders in Survivors of Childhood Cancer: An Endocrine Society Clinical Practice Guideline. J Clin Endocrinol Metab. 2018; 103: 2761-84. Disponible en: https://doi.org/10.1210/jc.2018-01175.

Guía de práctica clínica del manejo endocrino de secuelas hipotálamo-hipofisarias y alteraciones del crecimiento en SCI.

– Van Iersel L, Mulder RL, Denzer C, Cohen LE, Spoudeas HA, Meacham LR, et al. Hypothalamic-Pituitary and Other Endocrine Surveillance Among Childhood Cancer Survivors. Endocrine Reviews. 2022; 43: 794-823. Disponible en: https://doi.org/10.1210/endrev/bnab040.

Recomendaciones internacionales basadas en la evidencia para la vigilancia de los trastornos endocrinos en los SCI.

 

Caso clínico

 

Varón de 15 años con antecedente oncológico que consulta por no progresión puberal y talla baja.

Antecedentes familiares: no relevantes para el caso, solo destacar madre con talla 175 cm y menarquia a los 11 años, y padre con talla 190 cm y desarrollo puberal normal.

Antecedentes personales: destacar que fue diagnosticado de leucemia linfoblástica aguda tipo B a los 10 años, tratada con quimioterapia: prednisona, doxorrubicina, metotrexato, vincristina, ciclofosfamida, citarabina, daunorrubicina y asparraginasa. Recaída medular a los 13 años, recibiendo entonces trasplante de progenitores hematopoyéticos tipo alogénico y acondicionado con fludarabina (análogo de purina), busulfán (alquilante) y tiotepa (alquilante). Ha recibido corticoide a dosis alta hasta su retirada durante 1 año por enfermedad injerto contra huésped.

Enfermedad actual: cree que inició aumento de tamaño genital hacia los 12 años, pero refiere sin progresión posterior de los caracteres sexuales ni estirón de talla evidente. Refiere importante aumento de peso a raíz de iniciar los corticoides.

Exploración física: edad cronológica: 15 años. Peso: 70 kg (p90, 1,32 DE); talla: 155 cm (p10, -1,33 DE); IMC: 29,14 kg/m2 (p>99, 2,97 DE); tensión arterial: p65.

Adiposidad de predominio central, con estrías rojizas en abdomen y brazos. Genitales externos masculinos normales, estadio puberal de Tanner III, G3 (por pene, con testes 3 cc), P3, A3. No se palpa bocio. Resto de exploración por aparatos sin interés.

Pruebas complementarias: edad ósea (Greulich & Pyle): 14 años. Hemograma y bioquímica general anodinas, salvo glucosa en ayunas: *110 mg/dl (<100 mg/dl); insulina: *36 mg/dl (<18); colesterol total: *250 mg/dl (<200); C-HDL: *33 mg/dL (35-65); C-LDL: *140 mg/dL (60-130); triglicéridos: *150 mg/dL (35-135). TSH: 3,5 µU/l (0,64-6,2); T4L: 1,2 ng/dl (0,89-1,76); IGF-1: 190 ng/ml (174 ± 67); IGFBP-3: 3,1 mcg/ml (2,9 ± 0,7); PRL: 4,7 ng/ml (2,76-16,1); LH: *65 UI/L (0,2-2,1); FSH: *80 UI/L (0,3-3,0); testosterona total: *0,1 ng/ml (0,68 ± 0,02). Densitometría lumbar z-score (=SDS) para edad-talla: -2,1.

 

 

algoritmo

 

Gráficas de crecimiento en España. Cuál y cómo utilizarlas

J.I. Labarta Aizpún*,  A. de Arriba Muñoz**
Regreso a las bases


J.I. Labarta Aizpún*, A. de Arriba Muñoz**

*Jefe de Servicio de Pediatría. Unidad de Endocrinología. Profesor Titular de Pediatría. Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza.
**Facultativo Especialista. Unidad de Endocrinología. Profesor Asociado de Pediatría. Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza.

 

Resumen

El crecimiento es un proceso dinámico de regulación multifactorial y está considerado como un indicador del estado de salud infantil. La mejora en las condiciones de vida nutricionales y socioeconómicas ha determinado una aceleración secular del crecimiento con un incremento de la talla a lo largo del último siglo. La talla y la velocidad de crecimiento son los parámetros más importantes en la valoración del crecimiento, pero no los únicos, ya que también debe valorarse el estado nutricional y el grado de maduración biológica. La evaluación del crecimiento exige la medición de unos parámetros auxológicos y la comparación de los mismos con estándares de referencia adecuados, que deben ser estándares poblacionales y actualizados, ya que existen diferencias entre los estudios españoles y los realizados a nivel internacional y de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En España, ha habido una fuerte tradición de realización de estudios de crecimiento, tanto transversales como longitudinales. Los estudios integrados de crecimiento realizados en España en 2008 y 2010 han puesto de manifiesto una aceleración secular de la talla y del índice de masa corporal (IMC) y la no existencia de diferencias entre las distintas regiones. Por ello, en la actualidad, estos estándares se consideran los más adecuados para la valoración del crecimiento, tanto prenatal como postnatal. La valoración del crecimiento durante la pubertad, en especial en casos de trastornos del crecimiento, debe ser realizada con estándares longitudinales que permitan considerar el diferente ritmo de maduración puberal según la edad de inicio de la pubertad. La aceleración secular del IMC exige la necesidad de reconsiderar los puntos de corte para definir sobrepeso y obesidad. Se considera aconsejable realizar estudios de crecimiento cada 20 años.

Abstract

Growth is a dynamic process involving multiple factors and is considered an indicator of children’s health. Improvements in nutritional and socioeconomic conditions have led to a secular acceleration in growth, with an increase in height over the last century. Height and growth velocity are the most important parameters in assessing growth, but they are not the only ones, as nutritional status and biological maturity must also be assessed. Growth assessment requires the measurement of auxological parameters and their comparison with appropriate reference standards, which must be population-based and up-to-date, as there are differences between Spanish studies and those carried out internationally and by the multicentric World Health Organization (WHO) study. In Spain, there has been a strong tradition of conducting both cross-sectional and longitudinal growth studies. Integrated growth studies conducted in Spain in 2008 and 2010 have revealed a secular acceleration in height and body mass index (BMI) and no differences in terms of height between regions. Therefore, these studies are currently considered the most appropriate for assessing growth, both prenatal and postnatal. The assessment of growth during puberty, especially in cases of growth disorders, should be carried out using longitudinal studies in order to consider the distinct tempo of pubertal maturation according to age of pubertal onset. The secular acceleration of BMI requires a reconsideration of the cut-off points for defining overweight and obesity. It is advisable to carry out growth studies every 20 years.

 

Palabras clave: Crecimiento; Auxología; Estándares de crecimiento; Aceleración secular; Desarrollo puberal.

Key words: Growth; Auxology; Growth standards; Secular trend; Pubertal maturation.

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 384.e1 – 384.e21


OBJETIVOS

• Conocer y saber interpretar los parámetros clínicos necesarios para realizar una correcta evaluación del crecimiento.

• Conocer los diferentes tipos de estudios que se realizan para elaborar estándares de referencia.

• Conocer los diferentes estudios de crecimiento realizados en España, el valor que aporta cada uno de ellos y su comparación con otros estudios internacionales.

• Conocer y saber aplicar los estándares que actualmente se recomiendan en España para realizar una correcta valoración clínica del crecimiento.

 

Gráficas de crecimiento en España. Cuál y cómo utilizarlas

https://doi.org/10.63149/j.pedint.60

 

Introducción

El crecimiento humano es un proceso dinámico de regulación multifactorial. El crecimiento es un indicador del estado de salud infantil, siendo la talla y el índice de masa corporal (IMC) indicadores del estado de bienestar de una población. La mejora en las condiciones de vida nutricionales y socioeconómicas ha determinado una aceleración secular del crecimiento en los países desarrollados con incremento de la talla y del IMC.

El crecimiento humano es un proceso dinámico, continuo pero no lineal, que está sometido a una regulación multifactorial y supone la expresión fenotípica de un potencial genético modulado por la interacción de factores exógenos, dependientes del entorno del individuo (nutrición, influencia psicosocial, afectividad), y endógenos, propios de cada sujeto (hormonales, metabólicos), que abarcan tanto el crecimiento prenatal como postnatal hasta llegar a la talla adulta. Los múltiples factores implicados en este proceso hacen que su valoración constituya un indicador sensible, aunque no específico, del estado de salud y bienestar de cada sujeto y de la comunidad a la que pertenece. Entre los indicadores del estado de bienestar de una población se encuentran la talla, el índice de masa corporal (IMC), la esperanza de vida y la prevalencia de enfermedades crónicas. La evolución de los mismos refleja el progreso humano en los últimos siglos y, para algunos autores, este proceso de mejora no habría concluido. El crecimiento es, pues, un indicador del estado de salud de un niño/a(1,2).

La valoración del crecimiento consiste en el estudio de los cambios que se producen a lo largo del tiempo en el tamaño, forma y composición del organismo. Es un proceso complejo en su conjunto y, por ello, se seleccionan una serie de parámetros clínicos, accesibles a la exploración, que son informativos de los cambios somáticos que se producen. La exploración del mismo en un sujeto se debe comparar con unos estándares de referencia. Mientras que las gráficas de crecimiento describen cómo es el crecimiento, los estándares de crecimiento describen cómo deberían crecer los niños/as(3,4).

El crecimiento infantil y la talla adulta han variado a lo largo de la historia en función de las características genéticas y ambientales en las diferentes poblaciones, en lo que se ha denominado aceleración o tendencia secular del crecimiento. La mejora en las condiciones de vida, la desaparición de muchas enfermedades infecciosas, gracias en gran parte a los programas de vacunación, y la mayor disponibilidad de nutrientes han comportado una aceleración secular del crecimiento en los países desarrollados, junto con un aumento del sobrepeso y la obesidad. Las condiciones nutricionales, psicosociales o socioeconómicas desfavorables condicionan una peor talla adulta y un desarrollo puberal más tardío; por el contrario, unas condiciones favorables asocian tallas más altas y desarrollo puberal más temprano(3). En España, la talla media de los reclutas pasó de 163,4 cm en el año 1910 a 166,3 cm en 1960, a 174,6 cm en 1990 y a 177,3 cm en el 2008(5,6). Estos datos muestran que la talla adulta de los varones ha aumentado alrededor de 14 cm en el último siglo. Si estos datos son extrapolables o no a la población femenina, no se puede afirmar, pero es muy probable que así haya ocurrido. Igualmente, en España, a principios del siglo XX, había diferencias en la talla adulta en función de la región, que podían llegar a ser de hasta 5 cm y, en la actualidad, no hay diferencias(2).

Auxología

La auxología es la disciplina que estudia el crecimiento y desarrollo humanos. La antropometría conlleva la medición de unos parámetros clínicos y su comparación con estándares de referencia adecuados. La talla es un dato estático y la velocidad de crecimiento, reflejo de la evolución de la talla a lo largo del tiempo, se considera el mejor parámetro de control de salud de un niño/a.

La interpretación de la velocidad de crecimiento como normal o patológica puede ser difícil dadas las variaciones normales de la misma, especialmente en la primera infancia y antes de iniciar la pubertad. El perímetro cefálico es un parámetro de crecimiento importante en la primera infancia. En ocasiones, puede ser necesaria la medición de los segmentos corporales, que varían en función de la edad, estadio puberal y etnia. La valoración del crecimiento se debe completar con la evaluación del estado nutricional, siendo el índice de masa corporal (IMC) el parámetro clínico más utilizado, que exige una correcta interpretación y la estimación de la maduración biológica a través de la edad ósea y el desarrollo puberal.

La valoración del crecimiento y desarrollo del niño es fundamental en la práctica diaria del pediatra. La auxología es la ciencia que estudia el crecimiento y desarrollo humanos y la antropometría hace referencia a las diferentes técnicas biométricas aplicadas al estudio y valoración del crecimiento e incluye el estudio comparativo de las medidas del cuerpo humano(3,7).

Valoración del crecimiento

Los indicadores de crecimiento son aquellos que valoran preferentemente el aumento de tamaño del organismo en su conjunto o de determinados segmentos u órganos. Los más importantes en la práctica clínica son la medición de la talla, el peso, el perímetro cefálico (PC) y aquellos parámetros que valoran los segmentos corporales, como son talla sentada (TS), braza, segmento inferior, segmento superior o la relación entre ellos. La utilización de los parámetros antropométricos conlleva la realización de una medición rigurosa de los mismos con una metodología adecuada y la comparación de los datos recogidos con unos estándares de referencia adecuados para la población estudiada, considerando edad, sexo, etnia y país de origen. Con ello se podrá saber si el niño/a se encuentra o no dentro de los límites de la normalidad, y ello se expresa en forma de percentiles o desviación estándar (DE) de la media (Z-score). Según las propiedades de la distribución normal, entre ±1 DE de distancia de la media se encuentra aproximadamente el 68 % de la población, entre ±2 DE el 95 % y entre ±3 DE el 99,7 % de la población. Como idea general, cuanto más alejada esté una medición de la media poblacional, mayor probabilidad hay de encontrar una causa patológica.

La talla y sus incrementos en el tiempo, la velocidad de crecimiento (VC), son los parámetros antropométricos más importantes en la valoración clínica del crecimiento. La talla es un dato estático puntual y la VC, reflejo de la evolución de la talla a lo largo del tiempo, es considerado como el mejor parámetro de control de salud del niño. Los niños/as, desde el nacimiento hasta la edad de 2 años, deben medirse en decúbito supino (longitud) y, a partir de entonces, en bipedestación (talla). La diferencia media entre ambas mediciones en un niño de más de 20 meses puede ser de 1-2 cm, a favor de la talla en decúbito. Es importante conocer la evolución de la talla a lo largo del tiempo, es decir, la reconstrucción de la gráfica de la talla para la edad cronológica, y establecer el patrón de crecimiento. La velocidad de crecimiento es el parámetro antropométrico más difícil de interpretar y el intervalo de observación ideal es de un año y nunca inferior a 6 meses, ya que el error se incrementaría como resultado de las grandes fluctuaciones que, en periodos más cortos de tiempo, puede experimentar el ritmo de crecimiento. La interpretación de la VC como normal o patológica puede ser difícil, dadas las variaciones normales de la VC, que dependen de la naturaleza cíclica del crecimiento, del potencial genético de crecimiento y del tempo madurativo. Los niños/as con talla baja constitucional o tempo madurativo lento tienden a crecer durante la prepubertad por debajo de la media, al contrario de lo que ocurre en niños/as con talla alta constitucional o tempo madurativo rápido. Igualmente, hay que considerar que, en los primeros años de la vida, se produce el fenómeno de canalización del crecimiento, proceso por el cual el niño/a adquiere su carril genético hacia los 2-3 años. Este fenómeno explicaría la existencia de variaciones normales de la VC en la primera infancia, mediante aceleraciones o deceleraciones del crecimiento a partir del segundo semestre, que dependen del potencial de crecimiento y/o ritmo de maduración heredado (talla familiar alta/media/baja y/o maduración rápida/media/lenta). Igualmente, antes de realizar el brote puberal, se produce un enlentecimiento fisiológico de la VC, en lo que se ha denominado deceleración prepuberal de la VC, que puede ser muy intenso y manifiesto en niños/as con tempo madurativo lento o retrasado, pudiendo llegar a ser de 2-3 cm/año. Todos estos factores limitan la interpretación de la VC, que, si bien es un parámetro muy sensible y precoz en la valoración de los trastornos del crecimiento, tiene aisladamente una baja especificidad, y por ello se requieren periodos largos de tiempo de observación (2-3 años) para poder establecer con seguridad su anormalidad. A su vez, determinados hipocrecimientos patológicos, sobre todo aquellos ligados a causas genéticas o sindrómicas, pueden mantener durante periodos largos de tiempo una VC dentro de la normalidad, antes de experimentar una pérdida de talla. El PC es un parámetro de crecimiento importante en los primeros años de la vida, ya que refleja de manera indirecta el crecimiento cerebral; en condiciones normales, su ritmo de crecimiento es máximo durante la vida fetal, disminuye rápidamente después del nacimiento y la mayor parte de su crecimiento ocurre durante los primeros 4 años de vida postnatal, especialmente durante el primer año(3,7).

En ocasiones, puede ser necesario realizar la medición de los segmentos corporales para poder establecer si el sujeto tiene una talla baja proporcionada o desproporcionada. Entre los parámetros utilizados se incluye la TS, braza, ratio TS/talla, ratio braza/talla y ratio segmento superior/segmento inferior, siendo el segmento inferior la medida entre la sínfisis del pubis y el suelo, y el segmento superior la diferencia entre talla y segmento inferior. Los segmentos corporales varían en función de la edad, estadio puberal y etnia, y estos factores deben ser considerados. Las proporciones corporales difieren entre poblaciones como consecuencia de factores genéticos y ambientales ligados a la etnia. Existen diferencias raciales, de modo que los asiáticos tienen un segmento inferior (altura de las extremidades inferiores) más corto que los caucásicos, y estos, a su vez, más corto que los de raza negra. Para una misma talla, en EE.UU., las personas de raza negra tienen menor TS y mayor altura de las extremidades inferiores en comparación con la población caucásica(8). La ratio TS/talla es menor en población negra no-hispana que en la población blanca no-hispana y que en la población hispanoamericana. La población afroamericana tiene una relativa mayor longitud de las extremidades inferiores y de la braza que los europeos, y estos, a su vez, mayor que la de los japoneses. Además de los factores raciales, existen también factores ambientales que influyen en los segmentos corporales; históricamente, los niños que han sufrido abusos y negligencias tienen una mayor cortedad de las extremidades inferiores, que se modifica con la intervención social. Igualmente, la aceleración secular de la talla se debe a un mayor incremento de la longitud de las extremidades inferiores en comparación con la altura del tronco(9,10).

Existe una asociación positiva entre talla, TS y longitud de extremidades inferiores y negativa entre la ratio TS/talla y talla; de manera que los niños con talla baja tienen un cociente TS/talla superior, indicando una cortedad relativa de las extremidades inferiores. En la infancia, el tronco representa el 68 % de la longitud, desciende al 57 % a los 3 años de edad y, durante la pubertad, la altura del tronco supone el 52 % de la talla. Entre los 10 y los 15 años se produce un incremento de la longitud de las extremidades inferiores y la ratio TS/segmento inferior desciende desde 2,1 en el primer año a 1,05 y 1,1 a los 20 años de edad en varones y mujeres, respectivamente. En ambos sexos, para una misma edad, el cociente TS/talla es mayor en estadio prepuberal (Tanner I) que en pubertad (Tanner II-III), lo que indica que durante la pubertad hay más crecimiento de los huesos largos que de la columna. Ello está indicando que el tempo madurativo también influye en la relación de los segmentos corporales y este factor debe ser considerado en la evaluación del crecimiento. Niños/as con retraso puberal presentan un cociente TS/talla inferior a lo esperado por su edad, y a la inversa, niños/as con pubertad precoz tendrán un cociente mayor a lo esperado por su edad(9,10).

La ratio de TS/talla es un parámetro útil en la práctica clínica para el despistaje de la talla baja desproporcionada y la clasificación de las displasias óseas en acortamiento de tronco o de extremidades. La talla en bipedestación es la suma de dos componentes, el tronco, que equivale a la TS, y las extremidades. En la población normal, la ratio entre TS/talla es de aproximadamente 0,7 al nacimiento y se sitúa en 0,5 al alcanzar la madurez esquelética. El estudio longitudinal de Zaragoza ha establecido los valores de normalidad de la ratio TS/talla desde el nacimiento hasta la edad adulta, elaborando unas tablas y gráficas percentiladas(11). El valor TS/talla desciende, tanto en varones como en mujeres, desde el nacimiento (0,656 y 0,647) hasta el inicio de la pubertad (0,514 y 0,519) y experimenta un ligero aumento al llegar a talla adulta (0,52 y 0,53, respectivamente). Estos datos son muy similares a los encontrados en la población alemana, donde se establecen valores de referencia en función de la edad y sexo de 0 a 21 años para TS, ratio TS/talla y longitud de las extremidades inferiores (diferencia entre talla y TS)(12). En este estudio, la ratio TS/talla es de 0,68 en la infancia y disminuye a 0,52 en la adolescencia, indicando que en la prepubertad el crecimiento se produce más en las extremidades inferiores que en el tronco. Los valores de normalidad del estudio centroeuropeo establecen, como puntos de corte de la ratio TS/talla para diferenciar una talla baja patológica, con acortamiento del segmento inferior, o una talla alta patológica, con incremento del segmento inferior, de variantes de la normalidad en +2,5 DE y -2,2 DE, respectivamente. Se han desarrollado curvas de referencia del cociente TS/talla para población americana en función de su origen étnico, no-hispánico (raza negra y raza blanca) o hispánico(9,10).

Valoración del estado nutricional

Los parámetros antropométricos más importantes en la valoración del estado nutricional son, además de la talla y el PC, el peso, el perímetro braquial y los pliegues cutáneos(3,5). El peso para la edad, de manera aislada, tiene poco valor y, por ello, se usa la relación peso/talla y existen curvas percentiladas de la relación peso/talla, si bien estas curvas solamente pueden ser utilizadas durante el tiempo en que la distribución del peso para la talla es independiente de la edad, lo que ocurre entre los 2 años y el inicio de la pubertad. El índice más empleado que relaciona ambos parámetros es el índice de masa corporal (IMC) [peso (kg) / talla2 (m)]. El IMC varía en función de la edad, sexo y estadio puberal. Pese a que sus valores no siguen una distribución normal, por lo que la percentilación o aplicación del Z-score no sería matemáticamente correcta, con frecuencia se utiliza la DE para edad y sexo con objeto de hacer una valoración del estado nutricional, así como del grado de sobrepeso/obesidad o delgadez/malnutrición, por la relación existente entre severidad y aparición de comorbilidades. Se acepta, como criterio de sobrepeso y obesidad, los valores del IMC para edad y sexo superiores al percentil 90 y 97, respectivamente. El peso y la talla o los índices derivados no aportan información sobre la composición corporal y ello impide afirmar si el exceso de peso o del IMC de un paciente está motivado por un incremento de tejido graso o de masa magra. Existen diferentes metodologías para valorar la composición corporal (DEXA, impedanciometría, ecografía, RMN, etc.), pero en la práctica clínica los pliegues cutáneos y los perímetros corporales son los parámetros más utilizados. El pliegue cutáneo es un indicador de la grasa subcutánea que es aproximadamente el 50 % de la grasa total; se mide en diferentes puntos, pero lo más utilizado es el pliegue subcutáneo tricipital y subescapular, y así, de manera indirecta, estimar si la distribución de la grasa es generalizada o de predominio troncular, respectivamente. El perímetro abdominal, circunferencia de la cintura, es un excelente indicador de la cantidad de grasa abdominal. Existen curvas de normalidad del perímetro abdominal en la infancia y adolescencia y se ha demostrado que también es buen indicador de obesidad central y es útil como predictor de riesgo metabólico y cardiovascular, cuando sus valores se sitúan por encima del percentil 90. El perímetro braquial mide simultáneamente el componente muscular y graso(13,14).

Valoración del nivel de maduración

En el estudio antropométrico, además de la valoración del crecimiento y del estado nutricional, se deben estudiar otros parámetros que sirven para estimar la maduración o edad biológica, y entre ellos los más usados son la edad ósea y el nivel de desarrollo puberal. El ritmo de maduración es algo individual que no siempre va paralelo a la edad cronológica y a la maduración biológica, estando regulado por una compleja interacción hormonal. El único indicador aceptado de maduración es la edad ósea, que refleja la edad biológica. Una valoración de la edad ósea puntual tiene menos valor que el ritmo de cambio de la misma; un desfase entre edad ósea y edad cronológica no siempre es constante a lo largo del tiempo, pudiendo cambiar tanto por motivos fisiológicos (adrenarquia, inicio puberal) como patológicos (obesidad, retraso de crecimiento intrauterino, hipotiroidismo, hipertiroidismo, hipercortisolismo, etc.). La estimación de la edad ósea se realiza mediante métodos basados en el estudio de la radiografía de la mano izquierda. El método de Greulich-Pyle es un método comparativo de la radiografía del caso con las radiografías de un atlas de niños/as normales y es el método más utilizado en la práctica clínica. El método de Tanner-Whitehouse se basa en el uso de puntuaciones numéricas para los diferentes huesos del carpo y de la mano. Más recientemente, se han implementado métodos automatizados, como el BoneXpert. El cálculo del pronóstico de talla adulta basado en la maduración esquelética (edad ósea) es un proceso muy común en la práctica diaria. Existen diversos métodos, pero los más extendidos son el método de Bayley-Pinneau y el de Tanner-Whitehouse, basados en la lectura de la edad ósea por Greulich-Pyle y por Tanner-Whitehouse, respectivamente. El más utilizado por su sencillez es el primero, que se basa en el porcentaje de talla adulta alcanzada a una edad ósea determinada. Si el pronóstico de talla adulta se encuentra entre ±5 cm (equivalente a ±1 DE) de la talla diana o genética, se asume que existe una concordancia entre la talla del niño/a con la de sus padres, mientras que si se aleja ±10 cm (equivalente a ±2 DE), orienta a una probable alteración del crecimiento. El nivel de desarrollo puberal se valora mediante la exploración de los caracteres sexuales secundarios, de acuerdo a los estadios de Tanner. Durante la pubertad, se produce una aceleración de la velocidad de crecimiento y la ganancia neta de talla durante la pubertad es de 26 cm en los varones y 20 cm en las mujeres(13), siendo la magnitud del estirón similar tanto en sujetos de talla alta familiar como de talla baja familiar.

Monitorización del crecimiento

La monitorización del crecimiento exige dos tipos de gráficas: gráficas de distancia, para valorar parámetros como talla, peso, IMC y PC según edad y sexo, y las gráficas de la VC, que indican el incremento de la talla según edad y sexo. Cuanto más alejado esté un parámetro clínico de la media poblacional, mayor probabilidad hay de encontrar una causa patológica. La interpretación de los percentiles tiene un diferente significado en función de si se trata de gráficas de distancia o gráficas de velocidad de crecimiento. Una VC mantenida en el tiempo ≤ al percentil 25 debe considerarse como patológica, no así en el caso de las gráficas de distancia. La distancia de la talla de un sujeto con respecto a la talla de sus padres es un parámetro clínico muy útil y de alta sensibilidad en la detección de una talla baja patológica y para ello es necesario un correcto cálculo e interpretación de la talla genética. Es difícil diferenciar un crecimiento normal de un crecimiento patológico, existiendo mucha variabilidad en la práctica clínica. Los parámetros más útiles en el diagnóstico de un retraso de crecimiento patológico son la severidad de la talla baja y de la distancia de la talla en relación a la talla genética, y la combinación de talla baja y VC disminuida. Las curvas para niños/as con síndromes genéticos o enfermedades específicas permiten valorar el crecimiento con más precisión y detectar en ellos trastornos de crecimiento adquiridos.

Para que un estudio antropométrico sea objetivo y válido debe seleccionar parámetros o indicadores clínicos suficientemente sensibles y reproductibles; ser preciso en la recogida de las medidas mediante una metodología adecuada; emplear estándares o curvas de referencia adecuadas; y, finalmente, realizar una interpretación correcta de los resultados obtenidos. Una de las características del crecimiento es que es dinámico; de manera que es necesario valorar no solamente el crecimiento en un momento determinado (talla), sino que es necesario efectuar su seguimiento (velocidad de crecimiento)(1-3,14). Para monitorizar el crecimiento, el pediatra necesita dos tipos de gráficas:

1. Gráficas de talla, peso, IMC y PC según edad y sexo, obtenidas preferentemente mediante estudios transversales, son las denominadas gráficas de distancia. No puede olvidarse que son curvas acumulativas y reflejan la evolución desde el nacimiento, no lo que está ocurriendo en el momento de la observación. Por ello, nunca puede descartarse una alteración del crecimiento con un único examen, cualquiera que sea el percentil en que se encuentre el sujeto en la curva de distancia para la talla, si no se conoce la velocidad de crecimiento. Carecen, por lo tanto, de sensibilidad para detectar cambios o anomalías recientes, a no ser que estos trastornos tengan una intensidad importante y una duración prolongada. Aunque existen diferencias de criterios en la interpretación de los datos, deben considerarse patológicos los que están alejados más de 3 DE por debajo de la media o se sitúan por debajo del percentil 1; los casos que están por debajo de 2 DE de la media o por debajo del percentil 3 no siempre indicarán un estado de patología.

2. Gráficas de velocidad de crecimiento según edad y sexo, obtenidas a través de estudios longitudinales. Los incrementos o diferencias entre las distintas edades que se pueden extraer de los estudios transversales expresan la diferencia de las medias y no permiten valorar los percentiles ni la morfología real de las inflexiones que se producen en momentos de aceleración o enlentecimiento del ritmo de crecimiento, como sucede en la primera infancia o en la pubertad. La mayoría de los niños/as con problemas de crecimiento tienen una VC baja y el control de esta es un método sensible para detectar trastornos de crecimiento, pero poco específico, ya que el proceso de crecimiento no es lineal y sí dinámico, pudiendo un niño normal tener fases de crecimiento lento, especialmente en la primera infancia y en la edad prepuberal. En el estudio longitudinal suizo se describe que hasta dos tercios de los sujetos normales experimentaron un cruce de percentiles superior a 1 DE, especialmente durante la pubertad, que se explica por los diferentes patrones de maduración. La curva de VC hay que utilizarla con rigor, ya que de lo contrario se pueden cometer errores de interpretación. En primer lugar, los controles deben ser anuales, entre un periodo de 9 y 15 meses, nunca inferior a 6 meses, ya que en periodos más cortos, el error de la doble medida sumada al efecto estacional sobre el crecimiento, introduce una gran imprecisión. El segundo aspecto a tener en cuenta es el diferente significado que tienen los percentiles de VC con los de las curvas de distancia. En las curvas de distancia, lo normal es que, a partir de los 2 años, el niño/a se mantenga en ese carril o posición, independientemente del percentil en que se sitúe la talla. Por el contrario, en las curvas de VC, si un niño crece en un percentil 25 de velocidad, ello no es suficiente para que se mantenga en el mismo carril en la curva de talla y, progresivamente, se va alejando y perdiendo talla. Por eso, en la práctica clínica, una VC inferior al percentil 10 se debe considerar patológica y, si está en el percentil 25 (~1 DE), se puede considerar inicialmente normal, pero si se mantiene en él durante un periodo prolongado, superior a 2-3 años, debe ser considerada patológica, ya que se desvía del canal inicial y perderá talla y su repercusión dependerá de su posición inicial. Finalmente, la valoración de la VC debe tener en consideración el tempo o ritmo madurativo del niño/a, sobre todo en las edades peripuberales, ya que no todos los niños/as realizan el desarrollo y brote puberal a la misma edad, existiendo una variabilidad importante.

En las gráficas de crecimiento, además de la talla y la VC, existen otros parámetros que deben ser valorados para aumentar su sensibilidad y especificidad. La relación de la talla con la talla de sus padres es un parámetro muy útil en la práctica clínica, y para algunos autores sería el de mayor sensibilidad, basándose en el hecho de que existe una correlación elevada (r = 0,63) entre la talla de los hijos y la talla de los padres. Para aumentar la sensibilidad de la distancia de la talla de la media poblacional, es útil recurrir a las curvas de distancia en función de la talla de los padres, en las que una desviación de la talla del niño/a superior a 2 DE de la talla genética es muy significativa de patología. Pero para ello, es necesario hacer un cálculo previo de la talla genética o talla diana. La talla genética se calcula a partir de la talla media de los padres y permite conocer el potencial genético del niño/a. Existen diferentes fórmulas para el cálculo de la talla genética, pero la más utilizada es la fórmula de Tanner, que ajusta la talla media parental en función del sexo, añadiendo o restando 13 cm si es varón o mujer, respectivamente, que es la diferencia de la talla adulta entre ambos sexos. En el caso del varón, la talla genética sería [(talla padre + talla madre + 13 cm)/2] y en el caso de la mujer [(talla padre + talla madre – 13 cm)/2](15). Otros autores, además, ajustan la talla media parental, en función de la aceleración secular del crecimiento, y consideran un factor de corrección de +4,5 cm o de +3,8 cm(16). El cálculo de la talla genética por la fórmula de Tanner es el más utilizado en la clínica diaria, pero esta fórmula infraestima la talla genética en casos de talla baja familiar, ya que el niño/a adquiere una talla final superior a la estimada, y a la inversa, sobreestima la talla genética en casos de talla alta familiar, porque el niño/a no alcanza dicha talla. Por ello, algunos autores han realizado fórmulas de corrección que no dependen del sexo ni de la aceleración secular y que se podrían utilizar en aquellos casos donde las tallas de los padres se encuentran en posiciones muy extremas. Estas fórmulas tienen en consideración el emparejamiento selectivo entre personas de la misma talla y el fenómeno de regresión a la media de la talla. Con estas consideraciones, la talla genética corregida expresada en DE equivaldría a [(talla padre en DE + talla madre en DE)/2 x 0,72](17).

Es difícil diferenciar un crecimiento patológico de un crecimiento normal y diversos estudios han mostrado una variabilidad en la práctica clínica y en el uso de gráficas de crecimiento diferentes. Una encuesta realizada entre pediatras de Atención Primaria en Europa informa que un 69 % utilizan gráficas nacionales, mientras que el 29 % utilizan las gráficas de la Organización Mundial de la Salud (OMS)(18) y solamente un 21 % de los mismos dicen tener un algoritmo establecido para definir un retraso de crecimiento. Por el contrario, a nivel de pediatras endocrinos de sociedades científicas, el 50 % utilizan gráficas nacionales o locales y un 39 % dicen tener un protocolo de estudio de retraso de crecimiento(19). La monitorización del crecimiento en la población infantil en la edad escolar ha mostrado ser coste-efectivo para aumentar el rendimiento diagnóstico y mejorar la salud de patologías, como déficit de GH o síndrome de Turner(20). No hay consenso en relación a cómo definir un crecimiento anormal indicativo de una patología secundaria en contraposición con las tallas bajas variantes de la normalidad. La experiencia indica que existen muchas derivaciones para el estudio de talla baja que obedecen a variantes de la normalidad y que no requieren estudios complementarios, por lo que sería altamente beneficioso disponer de algoritmos clínicos de derivación que permitiesen identificar una talla baja patológica y evitar así pruebas innecesarias. Se conocen 4 guías de consenso y 3 protocolos de decisión clínica que intentan establecer criterios clínicos para definir un crecimiento patológico(21). El nivel de validación de las diferentes guías y protocolos es muy bajo y tienen un nivel de sensibilidad y especificidad variables(22). Los indicadores o parámetros auxológicos utilizados varían entre ellos y se han utilizado hasta 8 indicadores auxológicos con diferentes criterios y puntos de corte. Los criterios auxológicos más utilizados son: severidad de la talla baja (≤ -2 DE; < -3 DE), distancia de la talla genética (< a -1,3 DE; < a -1,6 DE; < a -2 DE), pérdida de talla (>0,25 DE/año; >0,5/año; ≥1 DE), VC disminuida (< a -1 DE; < a -1,5 DE; < a -2 DE) y otros, como pérdida del IMC, presencia de síntomas asociados, antecedentes patológicos y fenotipo especial, ya que hasta un 25 % de los trastornos de crecimiento se presentan en ausencia de talla baja. Los parámetros más útiles para el diagnóstico de un retraso de crecimiento patológico son la severidad de la talla baja, distancia de la talla en relación a la talla genética y la combinación de talla baja y VC disminuida(21,23).

Las curvas para niños/as con síndromes o enfermedades específicas permiten valorar el crecimiento con más precisión (síndrome de Down, Turner, Noonan, Prader-Willi, acondroplasia). Se dispone de curvas de normalidad para un número limitado de patologías o síndromes específicos; si bien, en muchos casos, no tienen el número suficiente ni la metodología necesaria para poder ser utilizadas como estándares de referencia. Las gráficas de crecimiento específicas para síndromes genéticos tienen su utilidad, ya que permiten conocer el patrón de crecimiento específico de la condición a estudio, ayudan a la detección precoz de trastornos de crecimiento adquiridos que determinan una desviación de su crecimiento normal y, en tercer lugar, permiten evaluar los efectos del tratamiento(24). En la tabla I se presentan las referencias bibliográficas de las gráficas de crecimiento de síndromes y patologías específicas.

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Estándares de referencia: tipos de estudios

La elaboración de estándares se realiza a través de tres tipos de estudios: transversales, longitudinales y longitudinales mixtos. La selección de la muestra debe incluir todos los estratos socioeconómicos, grupos de edad y sexo y excluir los individuos con patologías que teóricamente pueden afectar al crecimiento. Considerando la aceleración secular, sería deseable realizar estándares de crecimiento cada 15-20 años.

La valoración correcta del patrón de crecimiento exige comparar los datos del sujeto con los estándares obtenidos en una muestra representativa de la población a la que pertenece. La elaboración de estos estándares, que no son más que la distribución de frecuencias de las distintas medidas antropométricas en una determinada población a diferentes edades, puede hacerse utilizando tres métodos que se diferencian en el procedimiento de recogida y seguimiento de la muestra: transversal, longitudinal y mixto.

Los estudios transversales se obtienen efectuando un corte en la población en un momento dado y permiten incluir un elevado número de sujetos para cada grupo de edad y sexo. Son rápidos de realizar, informan sobre la situación actual de la población estudiada, pero no ofrecen información sobre la velocidad de crecimiento. Los estudios transversales son útiles para valorar el crecimiento en las edades en las que no se ha iniciado el desarrollo puberal. Debido a que no todos los niños/as inician el brote puberal a la misma edad, este tipo de estudios no permite evaluar de forma precisa el crecimiento durante la pubertad(1,2,5).

Los estudios longitudinales estudian a una población desde el nacimiento hasta la edad adulta. Estos estudios suministran información de la VC y son indispensables para estudiar con rigor el desarrollo puberal o el rebote adiposo. Cada niño/a tiene su propio tempo madurativo para iniciar la pubertad. El inicio del brote de crecimiento puberal oscila de los 8 a los 13 años en las mujeres y de los 10 a los 15 años en los varones. Esta variabilidad hace que solamente los estudios longitudinales permitan valorar adecuadamente el crecimiento puberal. Este tipo de estudios permite agrupar a los sujetos de acuerdo a la edad de inicio del brote puberal (muy temprano, temprano, medio, tardío, muy tardío) y aporta datos diferenciados para cada grupo en función de su ritmo madurativo. Tienen el inconveniente de que son largos, costosos y puede haber sesgos en la selección y mantenimiento de la muestra a lo largo del estudio. A su vez, si las condiciones socioeconómicas se han modificado a lo largo del periodo de estudio, los datos de los primeros años pueden no ser extrapolables o representativos del momento en el que acaba el estudio(25).

Los estudios longitudinales mixtos realizan el seguimiento de varias cohortes de niños/as de diferentes edades a los que se les sigue longitudinalmente, uniendo al final las curvas resultantes de cada cohorte. La ventaja es que acorta la duración de los estudios necesarios para obtener información sobre la VC.

La metodología para elaborar estándares de referencia incluye una adecuada selección de la muestra que comprenda todos los estratos socioeconómicos, grupos de edad y sexo, y excluir los individuos con patologías que teóricamente pueden afectar al crecimiento. Los datos antropométricos deben obtenerse con precisión con instrumentos debidamente calibrados para la posterior elaboración de tablas y gráficas. Periódicamente, es necesario realizar estudios de crecimiento que, además de su utilidad clínica como estándares de referencia, informen sobre el estado de bienestar de la población. Teniendo en cuenta la aceleración secular, sería deseable realizar estudios transversales cada 15-20 años. Los estudios longitudinales, al ser más costosos y de mayor duración, deberían efectuarse en periodos más amplios y utilizar diseños mixtos con varias cohortes, con el objeto de reducir su duración y limitar el fenómeno de la aceleración secular entre el momento del inicio del estudio y su finalización. Los estudios deben ser realizados a nivel local, con el objeto de que el crecimiento se compare con poblaciones similares en sus condiciones genéticas y ambientales(2,5).

Estudios de crecimiento en España

En España ha habido una fuerte tradición de estudios de crecimiento, tanto longitudinales como transversales. Los estudios longitudinales más relevantes fueron realizados en Bilbao y Zaragoza. El análisis por separado y la comparación de los mismos han permitido comprobar que no existen diferencias, indicando que la población española se comporta, en la actualidad, de manera homogénea a nivel antropométrico. Los estudios de Andalucía, Barcelona, Bilbao, Madrid y Zaragoza han sido analizados conjuntamente, dando lugar a los estudios españoles de crecimiento 2008 y 2010. Se ha producido una aceleración secular y la talla adulta española se sitúa en torno a 177 cm en los varones y 164 cm en las mujeres, similar a la de los países mediterráneos de nuestro entorno. Los estudios transversales son útiles para valorar el crecimiento en las edades en las que todavía no se ha iniciado el desarrollo puberal. Para evaluar el crecimiento durante la pubertad, es necesario disponer de estudios longitudinales donde se clasifique a los niños/as en función del ritmo madurativo. Se distinguen 5 grupos maduradores en función de la edad a la que se inicia el brote de crecimiento puberal (muy temprano, temprano, intermedio, tardío y muy tardío), y esta consideración es especialmente necesaria en la valoración de los trastornos del crecimiento.

En España, ha habido una fuerte tradición de realización de estudios de crecimiento y se han realizado diferentes estudios longitudinales (Bilbao(26), Zaragoza(27), Barcelona(28,29)) y transversales (Bilbao(30,31), Barcelona(32), Andalucía(33), Madrid(34)) en la población caucásica autóctona, que finalizaron entre los años 2000 y 2010. En la tabla II se presentan los estudios de crecimiento más importantes realizados en España, con los parámetros analizados(26,27,29-40). El análisis por separado y la comparación de los datos han permitido comprobar que no existen diferencias de relevancia clínica, por lo que han sido analizados conjuntamente, dando lugar a los estudios españoles de crecimiento 2008 y 2010(37-39,40). Ello indica que la población española se comporta, en la actualidad, de manera homogénea a nivel antropométrico.

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Estudio longitudinal de Bilbao

El estudio longitudinal conocido como Bilbao 1988 se inició en el año 1978-1980, tuvo un diseño longitudinal mixto, seleccionando al azar 3 grupos de 600 niños, con edades de 0, 5 y 9 años, respectivamente, a los que se les siguió durante 9 años. La muestra, en su mayoría, pertenecía a una clase socioeconómica media-baja y la superposición de los grupos durante un año permitió comprobar que no había diferencias significativas entre ellos y, por ello, las gráficas pueden utilizarse como curvas longitudinales puras representativas de la misma población. Este estudio publicado en 1988 incluía gráficas y tablas de crecimiento y tuvo gran difusión(26). Dicho grupo realizó otro estudio, conocido como Bilbao 2002 y publicado en el año 2004, que supone la combinación del estudio longitudinal puro, es decir, la evolución hasta el final del periodo de crecimiento de los niños y niñas nacidas en 1978-1980, y la realización de un estudio transversal durante el año 2000 en una muestra de 6.443 sujetos (3.496 niñas y 2.947 niños), con edades comprendidas entre 0 y 18 años, realizada sobre una muestra amplia de la población de Vizcaya(30,31). El análisis de los resultados de ambos estudios muestra diferencias en la talla adulta en las chicas, en la relación peso/talla y en la morfología del estirón puberal. Es difícil dar una explicación científica de estas diferencias, debido a la distinta metodología seguida en ambos estudios.

Estudio longitudinal de Zaragoza

El estudio longitudinal de niños aragoneses tiene una muestra de 332 sujetos (165 varones y 167 mujeres), se inició en el año 1980 y finalizó en el año 2002. Además de valorar parámetros antropométricos de crecimiento, ha elaborado estándares de referencia para edad ósea (métodos de Greulich-Pyle y Tanner-Whitehouse), que ha permitido obtener valores propios de pronóstico de talla adulta, datos de normalidad de densidad mineral ósea, aparición y desarrollo de los caracteres sexuales secundarios (inicio de la pubertad, secuencia del desarrollo puberal, edad de la menarquia, edad de inicio del brote puberal y ganancia de talla durante la pubertad) y datos de normalidad del desarrollo psicomotor e intelectual. En las tablas III, IV, V y VI se presentan los datos de normalidad de la pubertad recogidos en el estudio de Zaragoza en varones y mujeres. El inicio del brote de crecimiento puberal se produce en los varones con un volumen testicular de 4-6 mL y en las mujeres unos 6 meses antes de la aparición del estadio II de Tanner de desarrollo mamario. La edad de inicio puberal muestra una variabilidad de unos 4-5 años entre individuos de condiciones de vida similares (entre 8-13 años en las mujeres y entre 10-14 años en los varones) y este estudio demostró la existencia de cinco patrones de crecimiento puberal(13,27).

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Estudio transversal español 2008

En el año 2008 se publicó el estudio transversal español de crecimiento 2008, resultante de la fusión de los estudios transversales realizados en Andalucía, Aragón, Bilbao y Zaragoza. De la fusión de estos estudios nacieron dos estudios complementarios(37).

El primero incluye el crecimiento prenatal, valorando el peso y la longitud de 9.362 recién nacidos (4.884 varones y 4.478 mujeres) de origen caucásico y de gestación única entre 26 y 42 semanas, nacidos en las maternidades de los hospitales Miguel Servet de Zaragoza y Valle Hebrón de Barcelona, entre los años 1999 y 2002(38). Este estudio demuestra el dimorfismo sexual para peso y longitud que es evidente a partir de la semana 30 de edad gestacional, con diferencias significativas en el grupo de RN a término. A su vez, se demuestra una aceleración secular de peso y longitud en el grupo de RN pretérmino respecto a estudios anteriores, hecho que no se observa en los RN a término. Estos datos apoyan la necesidad de disponer de datos actualizados para realizar la clasificación de los RN en función de su antropometría.

Los valores obtenidos son diferentes a los de otros países, por lo que se demuestra la utilidad de disponer de datos nacionales. La heterogeneidad de las poblaciones obstétricas en relación a raza, edad materna, paridad, características antropométricas maternas, estado nutricional y estatus socioeconómico materno pone de relieve las dificultades inherentes que tiene la elaboración de patrones de crecimiento intrauterino normal, sobre todo en recién nacidos pretérmino, en quienes el embarazo no puede considerarse estrictamente normal, al haberse interrumpido prematuramente(5). En este sentido, el estudio transversal español 2008 ha incluido recién nacidos de una misma raza de gestación única y excluyendo gestaciones con riesgo de compromiso del crecimiento prenatal. Este estudio es útil en la clínica diaria para clasificar a los recién nacidos según peso y edad gestacional en: pequeño, adecuado o grande para la edad gestacional. A su vez, son útiles para el seguimiento de peso y de la longitud de los recién nacidos prematuros durante su desarrollo postnatal hasta la edad correspondiente a la 42 semana de su edad gestacional. La actualización periódica de los datos para una determinada población es altamente recomendable(2,41).

Algunos estudios han mostrado que la mejora de la salud materna, relacionada sobre todo con aspectos nutricionales y los hábitos de vida más saludables, ha incrementado progresivamente el tamaño de los fetos y de los recién nacidos a lo largo del tiempo. En los recién nacidos prematuros, la medición del peso al nacimiento para la edad gestacional no se considera tan útil, ya que los recién nacidos prematuros tienen más probabilidad de haber experimentado una restricción del crecimiento prenatal por la propia condición que ha determinado su prematuridad y, por lo tanto, la medición del peso al nacimiento refleja de manera inexacta el crecimiento prenatal de ese feto. Para la valoración del crecimiento prenatal, se utiliza la estimación del peso fetal mediante ecografía. Las curvas de crecimiento fetal permiten identificar casos de retraso de crecimiento intrauterino y existe una buena correlación entre el peso estimado y el peso al nacimiento. La valoración del peso fetal es importante, ya que se ha establecido una correlación entre la presencia de retraso de crecimiento intrauterino y mayor morbimortalidad perinatal. Desde un punto de vista obstétrico, se define como adecuado a la edad gestacional los valores entre el percentil 10 y el percentil 90(42); sin embargo, a nivel pediátrico, en la antropometría realizada postnatalmente, el punto de corte de normalidad se establece entre ± 2 DE para la edad gestacional.

El segundo estudio 2008 lo forma el crecimiento postnatal desde el nacimiento hasta la talla adulta, incluyendo 32.064 sujetos (16.607 varones y 15.457 mujeres) sanos de raza caucásica, de padre de origen español, en cuya muestra participaron individuos de Bilbao, Barcelona, Zaragoza y Andalucía, y que fueron valorados entre los años 2000 y 2004. Este estudio demuestra que no existen diferencias regionales significativas entre las tallas a diferentes edades, incluida la talla adulta(37,39).

Estudio transversal español 2010

El estudio transversal español de crecimiento 2010 añade la población de Madrid a la muestra del estudio 2008, por lo que se logra una población total de 38.461 sujetos (19.975 varones y 18.486 mujeres), con edades comprendidas entre el nacimiento y los 22 años de edad(40). En este estudio se confirma la aceleración secular del crecimiento comparado con estudios realizados en nuestro país, anteriores a 1988. La talla media adulta en ambos sexos es similar a la establecida en otros estudios realizados en nuestro medio; el percentil 50 se sitúa en torno a 177 cm en varones y a 164 cm en mujeres. Es similar a lo publicado en estudios recientes realizados en países mediterráneos, Reino Unido y Estados Unidos, aunque inferior a la de otros países del centro y norte de Europa, como Holanda, Suecia y Alemania, y superior a la población mexicana bien nutrida. Este estudio refleja la situación de una muestra amplia de la población española, por lo que sus datos son útiles para valorar el crecimiento y la talla adulta de la población española.

Este estudio también demuestra una aceleración secular del IMC en relación a estudios españoles realizados anteriores a 1988, pero únicamente significativos para los valores iguales o superiores al percentil 75. En las mujeres, los valores del percentil 97 del estudio de Bilbao 1988 corresponderían a los valores del percentil 97 (0-5 años) y a los del percentil 95 (5-22 años). En los varones, los valores del percentil 97 del estudio Bilbao 1988 corresponderían a los valores del percentil 95 (0-3 años) y a los del percentil 90 (5-22 años). Esta aceleración del IMC se observa a partir de los 3-5 años de edad en varones y 5-7 años en mujeres y es máxima en ambos sexos durante el desarrollo puberal. Este fenómeno está en relación con la aceleración del ritmo madurativo y con el incremento de sobrepeso en la población. Estos cambios, relacionados con el desarrollo de sobrepeso y obesidad en nuestra población, plantean la cuestión de cuáles son los valores que deben considerarse para definir el sobrepeso y la obesidad en nuestra población actual, teniendo en cuenta la aceleración secular de la talla y los correspondientes incrementos en los valores de peso(40).

Estudio longitudinal español 2010

Los estudios transversales son útiles para valorar el crecimiento en las edades en las que todavía no se ha iniciado el desarrollo puberal y la talla adulta, pero no permiten evaluar el crecimiento durante la pubertad, para lo que es necesario disponer de estudios longitudinales donde se diferencien los niños/as en función del ritmo madurativo. La cronología de la pubertad es extremadamente variable en función del componente genético y ambiental. La edad de inicio del desarrollo puberal y del brote de crecimiento puberal condiciona la intensidad y duración del crecimiento puberal. Cada sujeto tiene su propio tempo o ritmo madurativo para iniciar el desarrollo puberal, y el intervalo de edad en el que se inicia el brote puberal puede oscilar entre los 8 y 13 años en las mujeres y entre los 10 y 15 años en los varones. El brote de crecimiento se puede iniciar a edades tan tempranas como 8-9 años en las mujeres y 10-11 años en los varones o tan tardías como 12-13 años en las mujeres y 14-15 años en los varones; ello obliga a que, en la valoración del crecimiento puberal, sea necesaria la existencia de patrones de referencia diferenciados en función del ritmo de maduración, a diferencia de lo que ocurre en la prepubertad, donde un único patrón es válido para todos los niños/as(43). Ese amplio rango de variabilidad permite agrupar a los sujetos en 5 grupos de maduración en función de la edad a la que se inicia el brote de crecimiento puberal (muy temprano, temprano, intermedio, tardío y muy tardío). En ambos sexos, cada uno de estos grupos tiene diferentes tallas al inicio del brote de crecimiento puberal, diferentes velocidades de crecimiento puberal y diferentes ganancias de talla puberal, es decir, diferentes patrones de crecimiento puberal. Sin embargo, la talla final adulta es la misma, independientemente de la edad de inicio de la pubertad, ya que, si bien los maduradores precoces crecen menos años que los tardíos y tienen menor talla al iniciar la pubertad, presentan un mayor pico de velocidad de crecimiento y mayor ganancia de talla durante la pubertad. Estos datos indican que la edad de inicio del brote puberal no tiene influencia significativa en la talla adulta, tal y como se había sugerido previamente por Tanner y otros autores de nuestro país(44,45).

Este estudio, incluido en los estudios integrados de crecimiento 2010, agrupa un total de 540 sujetos (259 varones y 281 mujeres) procedentes de los estudios longitudinales de Barcelona, Bilbao y Zaragoza, realizados en los años 1978-2000, y ha permitido extraer conclusiones relevantes para la valoración del crecimiento durante la pubertad(40). Esta variabilidad, tanto en el inicio (timing) como en la progresión (tempo), es muy importante considerarla. En este sentido, el estudio longitudinal español de crecimiento 1978/2000 aporta información de la media y desviación estándar de la talla para cada intervalo de edad y sexo, desde el nacimiento hasta la talla adulta, de forma separada para cada uno de los 5 grupos de maduración: muy temprano (10-11 años y 8-9 años), temprano (11-12 años y 9-10 años), intermedio (12-13 años y 10-11 años), tardío (13-14 años y 11-12 años) y muy tardío (14-15 años y 12-13 años) en varones y mujeres, respectivamente. También aporta gráficas percentiladas de talla y velocidad de crecimiento, desde el nacimiento hasta talla adulta, de los 3 grupos maduradores más frecuentes: temprano, intermedio y tardío(5,40).

Estudio longitudinal de Barcelona 1995/2017

El estudio longitudinal de crecimiento de Barcelona 1995/2017 incluye 1.453 sujetos de población sana, no obesa ni malnutrida, seguidos desde el nacimiento hasta la edad adulta (743 mujeres y 710 varones). Este estudio confirma los datos previos, con un número de niños/as significativamente superior. Proporciona datos de talla, VC, peso e IMC del grupo total y clasificados en 5 grupos de maduración en función de la edad de inicio del brote puberal y aporta tablas y gráficas de referencia de talla y VC para cada uno de los 5 grupos madurativos. En las tablas VII y VIII se presentan los datos del crecimiento puberal en varones y mujeres, respectivamente, en función del grupo de maduración y como grupo total. En las tablas IX y X se presentan las velocidades de crecimiento en función de la edad cronológica y el grupo de maduración, en varones y mujeres, respectivamente. Estas tablas demuestran que, durante la pubertad, es necesario relacionar la velocidad de crecimiento con el tempo o ritmo madurativo, que depende de la edad de inicio de la pubertad y que se puede categorizar en 5 grupos, y no con la edad cronológica. Los valores de las medias del IMC para la edad en cada sexo son similares a los propuestos por la OMS(5,29).

Tabla

 

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Otros estudios

En relación con el crecimiento prenatal, se deben mencionar otros estudios realizados en España. Hay que destacar las curvas de crecimiento prenatal de recién nacidos del Hospital de Cruces de Vizcaya, entre 1987 y 1992(46,47). El grupo de Zaragoza realizó un estudio en gestaciones gemelares de peso, longitud y perímetro cefálico entre la 28 y 38 semanas de edad gestacional(48). En España, se disponen de curvas poblacionales de crecimiento en recién nacidos extremadamente prematuros para peso, longitud y perímetro cefálico según edad y sexo, para una edad gestacional ≤28 semanas, provenientes de la base de datos de la Red Nacional SEN 1500(49). Estas gráficas demuestran un dimorfismo sexual desde las 23 semanas de gestación y pueden ser útiles para mejorar la evaluación del crecimiento del prematuro extremo en nuestro país, así como para evaluar el impacto de intervenciones clínicas o de salud pública dirigidas a la optimización del crecimiento fetal.

El fenómeno migratorio, presente en nuestro país, plantea la pregunta de si los datos de los estudios autóctonos en población caucásica son extrapolables a otras poblaciones de origen africano y latinoamericano. El grupo de Barcelona ha realizado un estudio transversal en recién nacidos a término en grupos étnicos de raza no caucásica procedentes de África subsahariana, Marruecos y Sudamérica. Los resultados indican que los valores antropométricos son superiores en los recién nacidos de origen marroquí y sudamericano con respecto a la población local de referencia, mientras que son similares en los nacidos de origen subsahariano. Por ello, este grupo concluye que los patrones antropométricos perinatales de raza caucásica y nacionalidad española no son extrapolables a la hora de evaluar recién nacidos a término de otro grupo étnico(50).

Gráficas de uso en la práctica clínica

La valoración correcta del crecimiento exige comparar los datos del sujeto con estándares obtenidos de una muestra representativa de la población a la que pertenece. Debido a la influencia que tienen la dotación genética y las circunstancias ambientales sobre el crecimiento humano, se recomienda la utilización de estándares nacionales y actualizados. El uso de gráficas no acordes con la población en estudio puede llevar a infradiagnosticar y/o retrasar el diagnóstico de un porcentaje significativo de pacientes con talla baja patológica. La valoración del crecimiento prenatal mediante la longitud y peso al nacimiento se debería realizar mediante las tablas y curvas de referencia del estudio transversal 2008, realizados en recién nacidos de origen caucásico y gestación única. Las gráficas de distancia más adecuadas para la valoración del crecimiento postnatal (talla, peso e IMC) son las del estudio transversal español 2010. En niños con trastornos del crecimiento y en edades puberales, el crecimiento debería valorarse con los patrones propios de cada grupo madurador en lugar de utilizar un único patrón, ya que una incorrecta interpretación del crecimiento puberal puede llevar a realizar diagnósticos erróneos e indicar tratamientos innecesarios. La definición de sobrepeso y obesidad, con los estándares del estudio transversal español 2010, exige una reconsideración de sus puntos de corte.

El uso de unas gráficas de crecimiento adecuadas es de enorme importancia en la evaluación de los trastornos del crecimiento para poder identificar niños/as con talla baja patológica elegibles para un potencial tratamiento. La mayoría de los expertos recomienda la utilización de estándares de crecimiento nacionales o locales, debido a la influencia que tienen la dotación genética y las circunstancias ambientales sobre el patrón de crecimiento y el ritmo madurativo. En la figura 1 se presenta un algoritmo de los diferentes estándares de crecimiento para uso en la práctica clínica.

Figura

Figura 1. Estándares de crecimiento para uso en la práctica clínica.IMC: índice de masa corporal; RN: recién nacido.

 

Se ha hipotetizado sobre la conveniencia de utilizar un único estándar o patrón de referencia internacional, dados los movimientos migratorios, pero ello es cuestionado, debido a las diferencias de la talla entre los diferentes países. La OMS realizó un estudio entre 1997 y 2003 en una muestra de 8.440 niños/as, con objeto de elaborar un patrón internacional para la evaluación del crecimiento físico, estado nutricional y el desarrollo motor, desde el nacimiento hasta los 5 años de edad, y combinó un estudio longitudinal desde el nacimiento hasta los 24 meses y otro transversal entre los 18 y 71 meses(51). Fue realizado sobre una muestra de niños/as provenientes de 6 países (Brasil, Gana, India, Noruega, Omán y Estados Unidos) como representación de los cinco continentes. Este estudio publicado, en el año 2006, fue realizado con una orientación novedosa en la forma de construir las gráficas de crecimiento, de manera que reflejen no “cómo crecen”, sino “cómo deberían crecer”. La hipótesis del estudio es que los niños nacidos en diferentes regiones del mundo a los que se les ofrecen unas condiciones de vida óptimas cuentan con un potencial de crecimiento y desarrollo similar, con independencia del país o etnia. Los niños/as que participaron en el estudio fueron criados en condiciones favorables para el crecimiento, como alimentación exclusiva o preferente por lactancia materna en los primeros 4 meses, adecuada nutrición y control de enfermedades, así como ser hijos de madres con hábitos saludables, como no fumar ni durante ni tras el embarazo. Este estudio demuestra que las diferencias en el crecimiento infantil hasta los 5 años dependen más de la nutrición, medio ambiente y atención sociosanitaria que de los factores genéticos o étnicos y, por lo tanto, podrían ser utilizadas para niños de cualquier origen, entorno y tipo de alimentación. Este estudio también presenta factores limitantes, ya que minusvalora las diferencias genéticas entre las distintas etnias, así como la influencia de la nutrición fuera del periodo de lactancia materna. La aportación de este estudio es la disposición de estándares de utilidad internacional que permiten vigilar el crecimiento y desarrollo de los niños en todo el mundo, con independencia de su etnia, nivel socioeconómico y tipo de alimentación; es un instrumento de validez científica para determinar si se satisface el derecho a crecer de todo niño/a. Un patrón internacional que muestra el crecimiento infantil idóneo permite realizar comparaciones entre países para orientar las medidas de promoción de la salud infantil. En muchos países desarrollados existe preocupación por la obesidad en la infancia, pero manejan curvas de crecimiento locales que no descubren el problema hasta después de que el niño haya desarrollado la obesidad. En estos países, el estudio de la OMS puede ser útil para determinar la existencia de problemas de sobrepeso y obesidad antes de que su control o prevención sean demasiado difíciles. La OMS defiende que estos patrones de crecimiento tienen validez mundial y su finalidad es vigilar el crecimiento de todos los niños en todo el mundo, con independencia de su etnia, nivel socioeconómico y tipo de alimentación. Las gráficas de este estudio se completaron hasta los 19 años, con la actualización de datos de estudios previos mediante métodos estadísticos de ajuste(51,52).

Aunque la OMS defiende el uso de unas únicas gráficas de crecimiento universales, diferentes estudios han demostrado diferencias en la talla entre las gráficas de la OMS y las gráficas poblacionales(53). La comparación de los estudios de diferentes países demuestra diferencias en la talla adulta(39,40,54-57). En la tabla XI se presentan la talla adulta, peso e IMC de los principales estudios españoles e internacionales.

La talla del estudio transversal español es superior a la del estudio de la OMS. En un metaanálisis(58) reciente de 55 países, implicando a una población de 11 millones de niños por debajo de 5 años, el 20 % de los valores analizados presentaban un Z-score de la talla 0,5 DE igual o por encima de los valores de la OMS; en general, los niños/as de los estudios europeos tenían valores por encima de 0,5 DE y los de la población del sudeste asiático tenían valores inferiores a -0,5 DE. Un estudio centroeuropeo demostró que, en condiciones patológicas como déficit de GH, síndrome de Turner o talla baja asociada a pequeño para la edad gestacional, un 22 %, 21 % y 32 % de los pacientes, respectivamente, no cumplirían criterios de tratamiento con rhGH, respectivamente, si se utilizan gráficas de la OMS o del CDC (Centers for Disease Control and Prevention), en lugar de los estándares poblacionales(59). Para el diagnóstico del síndrome de Turner antes de los 2 años, el uso de gráficas nacionales se asocia con una mayor sensibilidad (72 %) frente a las gráficas de la OMS (36 %), y lo mismo ocurre para el diagnóstico de la fibrosis quística en la primera infancia, donde el nivel de detección fue mayor al comparar las gráficas del CDC vs. las gráficas de la OMS (26 % vs. 9 %, respectivamente)(60,61). Todas estas observaciones demuestran que el uso de gráficas de la OMS para la evaluación de los trastornos del crecimiento en la primera infancia puede dejar un número significativo de niños/as sin diagnosticar y apoyan la necesidad del uso de gráficas nacionales o poblacionales. La conveniencia del uso de estándares poblacionales y actualizados se pone de manifiesto en un estudio centroeuropeo sobre 3.535 niños/as con enfermedad renal terminal, donde el porcentaje de pacientes con talla baja varía en función del estándar utilizado, siendo del 33 %, 34 %, 40 % y 44 % para los estándares de la OMS, CDC, estándares nacionales no actualizados y estándares nacionales actualizados, respectivamente(62). La aceleración secular del crecimiento y los factores étnicos y ambientales explicarían estas diferencias. Lo ideal es disponer de estándares de referencia actualizados para la población y etnia. El uso de gráficas no apropiadas puede llevar a infradiagnosticar y/o retrasar el diagnóstico de muchos pacientes, con la implicación que ello tiene a nivel del tratamiento y pronóstico de la enfermedad(58,63).

En la clínica, el pediatra debe utilizar gráficas de distancia que representen los valores antropométricos para edad y sexo, así como curvas de velocidad de crecimiento, para su seguimiento. En la valoración del crecimiento y desarrollo se deben utilizar, siempre que sea posible, estándares propios, poblacionales y actualizados, realizados con rigor metodológico. Las consideraciones más relevantes a nivel clínico serían las siguientes(5,7).

• La valoración del crecimiento prenatal mediante la longitud y peso al nacimiento se debería realizar mediante las tablas y curvas de referencia del estudio transversal 2008, realizados en recién nacidos de origen caucásico y gestación única entre 26 y 42 semanas, lo que permite clasificar a los recién nacidos en pequeño (≤2 DE), adecuado (±2 DE) o grande (≥2 DE) para la edad gestacional(37,38).

• Para valorar en un momento determinado la situación de un niño/a y ver si está o no dentro de la normalidad, deben utilizarse las gráficas de distancia, tanto si proceden de un estudio transversal como longitudinal. En la actualidad, las gráficas de distancia más adecuadas para la valoración del crecimiento postnatal (talla, peso e IMC) son las del estudio transversal español 2010 realizado en sujetos sanos, caucásicos de padres españoles desde el nacimiento hasta la edad adulta, que representan a la población actual española, y son las que actualmente se recomiendan(40). Están disponibles en: https://www.aeped.es/noticias/estudios-espanoles-crecimiento-2010. Estas tablas, al carecer de curvas de VC, tienen las dificultades inherentes a cualquier estudio transversal para realizar el seguimiento de un niño. Para realizar el seguimiento individual de un niño/a, hay que utilizar las curvas de VC obtenidas de estudios longitudinales. En este sentido, las tablas del estudio longitudinal Bilbao 2002(30) o las del estudio de Zaragoza 2002(13,27) son las más relevantes para realizar el seguimiento de la VC de un niño de raza caucásica de padres de origen español durante la prepubertad.

• La evaluación del crecimiento (talla y VC) durante la pubertad se debe realizar bien con las gráficas y tablas del estudio longitudinal español 2010, que ha permitido elaborar gráficas en función del tempo madurativo de los niños/as, sea temprano, intermedio o tardío(40) o bien con las gráficas y tablas del estudio longitudinal Barcelona 2017 que aporta información para cada uno de los 5 grupos de maduración (muy temprano, temprano, intermedio, tardío y muy tardío)(29,64). Esta observación tiene importancia clínica, ya que, en los niños alejados del patrón intermedio de desarrollo puberal, es decir, que presentan una maduración/pubertad adelantada o retrasada, situación muy frecuente en la clínica, deben ser valorados con los estándares de referencia acordes a su ritmo madurativo, ya que, si son valorados con los estándares de crecimiento habituales, sus datos de crecimiento serán interpretados de forma errónea, sobre todo para los maduradores muy tempranos y muy tardíos. Esto es especialmente necesario para niños/as con tallas bajas y/o retrasos de crecimiento en edades peripuberales. Es, pues, muy útil poder disponer de tablas y gráficas diferenciadas según el grupo madurador puberal, ya que cada grupo madurador tiene su propio patrón de crecimiento puberal. En las tablas IX y X se observa cómo la velocidad de crecimiento para una misma edad es diferente en función del grupo madurativo. A continuación, se comentan dos situaciones clínicas.

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– Si un niño A inicia la pubertad a los 14 años (testes 6 mL), su VC debe ser en ese momento en torno a 5 cm/año y, por lo tanto, le correspondería hacer el pico de máxima velocidad de crecimiento puberal, es decir, el estirón puberal, a los 15 años, alcanzando una VC de en torno a 7,5 cm/año. Si ese mismo niño acude a la consulta un año antes, es decir, a los 13 años, y está creciendo a una velocidad de 3,5-4 cm/año, la familia puede interpretar que es una velocidad de crecimiento disminuida, porque a esa edad la mayoría de los niños están realizando el estirón puberal y se esperaría una velocidad de crecimiento muy superior. Para hacer una correcta valoración, el pediatra debe explorar la pubertad y, al comprobar que está en situación infantil (testes de 2-3 mL), constata que está creciendo a una VC normal, ya que todavía no ha iniciado la pubertad (grupo muy tardío), e informar a la familia que está creciendo como corresponde para su estadio prepuberal. En ese momento, se debe tranquilizar a la familia, informando de la normalidad de la situación y hacer un seguimiento clínico, pero no iniciar pruebas complementarias.

– Igualmente, en el polo opuesto, una niña B ha iniciado la pubertad a los 9,5 años y, como grupo temprano, a esa edad su VC debe situarse en torno a 6 cm/año y hacer el pico de máxima velocidad de crecimiento o estirón puberal en el año siguiente, entre los 10 y los 11 años, alcanzando una VC de 8 cm/año. Si esta niña a los 10,5 años crece a 4,5 cm/año, es evidente que estaría creciendo por debajo de lo que le corresponde por pubertad, por lo que debería ser valorada por el pediatra, quien deberá explicar a la familia que su VC no es normal y que hay que hacer una evaluación para estudiar por qué no está haciendo el estirón puberal.

Ambos casos se sitúan en el rango de la variabilidad normal de la edad de inicio de la pubertad, pero tienen un patrón madurativo muy diferente y su crecimiento debe ser valorado en relación a su estadio de maduración puberal y no en relación a su edad cronológica, para no realizar pruebas innecesarias, en el caso del niño A, o interpretar como normal una situación que no lo es, como el caso de la niña B. Por lo tanto, en el periodo puberal, se debe valorar la VC en relación al tipo de maduración puberal y no en relación a la edad cronológica.

• En la práctica clínica y, sobre todo, al valorar a un niño con talla baja, el crecimiento puberal debería valorarse con los patrones propios de cada grupo madurador en lugar de utilizar un único patrón, ya que una incorrecta interpretación del crecimiento puberal puede llevar a realizar diagnósticos erróneos e indicar tratamientos innecesarios. Este tipo de valoración del crecimiento durante la pubertad en niños/as con retraso de crecimiento asociado se debería realizar por el pediatra endocrino especializado, ya que son decisiones que pueden tener implicaciones diagnósticas y terapéuticas importantes(29,40,64).

Las gráficas de la OMS serían idóneas para su uso en lactantes ­alimentados de manera exclusiva o preferentemente con lactancia materna y durante los primeros 2 años de vida, especialmente en lo que se refiere a ganancia ponderal. Ello estaría indicado en casos concretos con lactancia materna y un patrón de crecimiento dudoso, en donde las gráficas de la OMS permiten una mejor interpretación de las ganancias de peso y talla y no sobreestimar en estas circunstancias los retrasos de crecimiento. Su aplicabilidad iría disminuyendo al avanzar en edad, en la medida en que la lactancia materna se va perdiendo como elemento y el componente genético se va haciendo más manifiesto, hecho que ocurre a partir de los 6-12 meses, desapareciendo de esta manera la homogeneidad ambiental y nutricional.

• Un problema que se plantea con frecuencia en la práctica clínica es qué curvas de referencia utilizar en el caso de niños/as inmigrantes o adoptados de países en desarrollo. En un reciente consenso internacional se ha recomendado utilizar gráficas de la OMS para niños/as por debajo de los 5 años de edad, para edades superiores, las gráficas del país de origen, y para los hijos de estos, gráficas del país de adopción(65). En España, los estudios de Barcelona encontraron algunas diferencias entre la población caucásica autóctona y los hijos de inmigrantes de origen magrebí, subsahariano y de América Central y del Sur, pero solamente para recién nacidos a término, diferencias que no se han mantenido en edades posteriores(2,5).

• En la actualidad, la detección precoz del sobrepeso y la obesidad es uno de los retos más importantes en Pediatría. Los estudios transversales españoles 2008 y 2010 han puesto de manifiesto el aumento de su prevalencia con respecto a años anteriores(37,39,40). Estas diferencias en el IMC pueden deberse tanto al incremento del sobrepeso y obesidad en la población española como a la diferente metodología y selección de la muestra. Los valores del IMC del estudio de Bilbao 1988 se encuentran en una posición intermedia entre ambos estudios, el de la OMS y el estudio transversal español 2010. Este argumento es utilizado por aquellos que defienden el uso de las gráficas de la OMS, ya que la muestra de este estudio presentaba menor prevalencia de sobrepeso y obesidad, determinado por la selección de la muestra y la metodología utilizada. Se puede hacer una estimación de la definición de sobrepeso y obesidad usando las gráficas de crecimiento españolas del estudio español 2010, aplicando los criterios antropométricos de Cole, estableciendo como puntos de corte de sobrepeso y obesidad aquellos percentiles que se corresponden con los valores 25 kg/m2 y 30 kg/m2, respectivamente, en la edad adulta. Los valores utilizados para definir sobrepeso y obesidad no son siempre coincidentes y existen diferencias entre los valores propuestos por Cole en el año 2000(66) y los valores propuestos por la OMS en el año 2007(67); por lo tanto, los datos que se obtengan van a variar ampliamente según los criterios utilizados. A su vez, hay que considerar que los estudios de Cole y de la OMS están elaborados con datos procedentes de estudios realizados hace más de 20 años, por lo que no tienen en cuenta la aceleración secular en el inicio del desarrollo puberal y sus datos serían cuestionables en esta época de la vida. En la tabla XII se presentan los puntos de corte para la definición de sobrepeso y obesidad para los valores del estudio español de crecimiento 2010, según los criterios de sobrepeso y obesidad de Cole(66) y de la OMS(67). En la clínica, además de definir la presencia o no de sobrepeso y obesidad, concepto clínico que requiere una adecuada interpretación del IMC, es útil valorar el grado de obesidad, ya que ello se correlaciona con una mayor morbilidad, así como para la valoración de los efectos del tratamiento. En este sentido, el estudio español de crecimiento 2010 permite calcular para cada niño su grado de obesidad, al expresarlo mediante Z-score o desviación estándar de la media.

Tabla

 

En resumen, en estos momentos se dispone en nuestro país de estudios transversales actualizados para realizar la antropometría neonatal de los recién nacidos prematuros y a término y el crecimiento postnatal de niños y adolescentes. También se dispone de estudios longitudinales que permiten evaluar el crecimiento y la maduración puberal, diferenciados por grupos maduradores de 1 año de intervalo. En este sentido, estudios transversales y longitudinales muestran su complementariedad. A su vez, se dispone de estudios que permiten la valoración de otros parámetros clínicos complementarios, como perímetro cefálico, segmentos corporales y maduración ósea. La auxología en España ha tenido un desarrollo muy importante en los últimos 35-40 años y ello ha dado como frutos los diferentes estudios de crecimiento. Todo ello ha sido posible gracias al esfuerzo de muchas personas, pero es obligado destacar el liderazgo del grupo de Bilbao (Prof. M. Hernández y la Dra. B. Sobradillo), Barcelona (Prof. A. Carrascosa) y Zaragoza (Dr. A. Ferrández), y sirva este artículo como reconocimiento.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

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Artículo excelente de revisión sobre los estudios españoles de crecimiento donde, además, se realiza una comparación con el estudio de la OMS y otros estudios internacionales. Es de obligada lectura, ya que aborda de manera muy acertada los estudios realizados, el valor que aporta cada uno de ellos y ofrece conocimientos sobre auxología y metodología que son muy necesarios para el clínico. Revisa también el fenómeno de la aceleración secular y cómo se deberían realizar los estudios de crecimiento en el futuro.

– Carrascosa A, Fernández JM, Fernández C, Ferrández A, López-Siguero JP, Sánchez E, et al. Estudios españoles de crecimiento 2008. Nuevos patrones antropométricos. Endocrinol Nutr. 2008; 55: 484-506.

Artículo de revisión sobre los estudios de crecimiento españoles realizados en el 2008. Presenta el estudio transversal realizado en recién nacidos entre 26-42 semanas y el estudio transversal de crecimiento postnatal hasta talla adulta. Demuestra la no existencia de diferencias entre las regiones de España y la aceleración secular del IMC, por lo que plantea la necesidad de reconsiderar los puntos de corte que se deben usar para definir sobrepeso y obesidad. Además de ello, realiza una muy acertada comparación de dicho estudio con otros estudios nacionales e internacionales, tanto longitudinales como transversales. Artículo muy bien redactado, lectura fácil y muy docente, con tablas y figuras muy ilustrativas. Es una revisión de obligada lectura.

– Scherdel P, Dunkel L, Van Dommelen P, Goulet O, Salün JF, Bauner R, et al. Growth monitoring as an early detection tool: a systematic review. Lancet Diabetes Endocrinol. 2016; 4: 447-56.

Excelente revisión sobre las guías y protocolos de decisión clínica que existen en la literatura para distinguir un crecimiento normal de un crecimiento patológico y expone las dificultades que hay para identificar auxológicamente una talla baja patológica. Pone de manifiesto la existencia de una variabilidad importante en la práctica clínica y presenta los criterios auxológicos que se utilizan con más frecuencia. También revisa el tema de las gráficas de crecimiento que se utilizan y sus limitaciones.

– Carrascosa Lezcano A, Ferrández Longás A, Yeste Fernández D, García-Dihinx J, Romo Montejo A, Copil Copil A, et al. Estudio transversal español de crecimiento 2008. Parte I: Valores de peso y longitud en recién nacidos de 26-42 semanas de edad gestacional. An Pediatr (Barc). 2008; 68: 544-51.

Artículo original que presenta el estudio transversal 2008 para la valoración del peso y longitud al nacer en 9.362 recién nacidos de gestación única, entre 26-42 semanas de raza caucásica. Se demuestra la existencia de un dimorfismo sexual y se presentan los datos en forma de tablas y gráficas. La discusión es muy formativa.

– Carrascosa Lezcano A, Fernández García JM, Fernández Ramos C, Ferrández Longás A, López Siguero JP, Sánchez González E, et al. Estudio transversal español de crecimiento 2008. Parte II: Valores de talla, peso e índice de masa corporal desde el nacimiento a la talla adulta. An Pediatr (Barc). 2008; 68: 552-69.

Artículo original que presenta el estudio transversal 2008 de crecimiento postnatal (longitud/talla, peso, IMC), desde el nacimiento hasta talla adulta, con la integración de los estudios de Andalucía, Barcelona, Bilbao y Zaragoza, con una muestra total de 32.064 sujetos. Con respecto a estudios españoles previos, se demuestra una aceleración secular de talla y peso, con un incremento del IMC en los percentiles superiores. Este estudio demuestra la necesidad de actualizar periódicamente los estándares de referencia utilizados en la práctica diaria. La discusión es amplia y compara los datos del estudio español con otros estudios internacionales.

– Carrascosa A, Fernández García JM, Ferrández Longás A, López-Siguero JP, Sánchez González E. Estudios españoles de crecimiento 2010. 2010.

Es una monografía muy útil para el clínico y para tenerla en la consulta, ya que presenta, de manera muy clara, las tablas y las gráficas del estudio transversal 2010 de crecimiento postnatal (longitud/talla, peso, IMC), de nacimiento a talla adulta, que integra el estudio 2008 y el estudio de la Comunidad de Madrid, lo que supone un total de 38.461 sujetos. Igualmente, presenta los datos del estudio longitudinal 2010 y la diferenciación del crecimiento puberal en 5 grupos madurativos (muy temprano, temprano, intermedio, tardío y muy tardío). En esta monografía también se presentan las tablas y las gráficas del estudio 2008 de peso y longitud al nacimiento. Estos estudios son los estándares de referencia actualmente recomendados.

– Ferrández A, Carrascosa A, Audi L, Baguer L, Rueda C, Bosch-Castané J, et al. Longitudinal puberty growth according to age at pubertal growth spurt onset: data from a Spanish study including 458 children (223 boys and 235 girls). J Pediatr Endocrinol Metab. 2009; 22: 715-26.

Artículo original de los grupos de Zaragoza y Barcelona, que presenta el estudio longitudinal de 458 niños sanos desde el nacimiento a talla adulta. La edad de inicio del brote de crecimiento puberal oscila en las mujeres entre 8 y 13 años y en los varones entre 10 y 15 años, de modo que divide a la población en estudio en 5 grupos madurativos con intervalos de un año. Se demuestra que el pico de máxima velocidad de crecimiento y la ganancia de talla durante la pubertad varía entre cada grupo, pero no así la talla final alcanzada. Se presentan tablas de talla y velocidad de crecimiento para cada grupo madurativo, y demuestra la necesidad de que, durante la pubertad, el crecimiento sea valorado considerando el tipo de maduración del niño/a. Este estudio sirvió de base para la realización de ulteriores estudios longitudinales durante la pubertad, como el estudio longitudinal español 1978/2000 y el de Barcelona 1995/2017.

– Carrascosa A. Millennials´ Growth. Estudio longitudinal de crecimiento. Barcelona 1995-2017. Disponible en: https://doi.org/10.3266/Pulso.ed.MillennialsGrowth.2018.ESP.

Monografía muy completa y útil para el clínico. Presenta los datos del estudio longitudinal de crecimiento de Barcelona en edad puberal con 1.453 sujetos. Presenta tablas y gráficas de los 5 grupos madurativos (muy temprano, temprano, intermedio, tardío y muy tardío). Este estudio tiene la fuerza del número de niños/as seguidos, que es muy elevado, por lo que cada grupo tiene una muestra superior a 100, y el hecho de haber descartado para el estudio a los niños/as con obesidad o malnutrición.

 

Gráficas de crecimiento en España. Cuál y cómo utilizarlas

1. Señale qué ESTÁNDARES se recomiendan, en la actualidad, para realizar una valoración de la antropometría neonatal en un RN de 37 semanas:

a. Estándares transversales del estudio de Bilbao 1988.

b. Estándares transversales del estudio integrado español 2008.

c. Estándares longitudinales del estudio integrado español 2010.

d. Estándares longitudinales del estudio de Zaragoza 2002.

e. Estándares transversales del estudio de Barcelona 2004.

2. En relación a la interpretación de la velocidad de crecimiento en un niño/a antes de iniciar la pubertad, señale a partir de qué PERCENTIL se puede considerar patológica cuando el periodo de observación es prolongado:

a. Percentil 1.

b. Percentil 3.

c. Percentil 10.

d. Percentil 25.

e. Percentil 35.

3. El cálculo del pronóstico de talla adulta de un niño/a a la edad de 10 años se realiza habitualmente mediante el método de Bayley-Pinneau. Señale qué PARÁMETROS necesita disponer para realizar dicho cálculo:

a. Talla y peso.

b. Talla y talla media parental.

c. Talla y talla genética.

d. Talla y estadio puberal.

e. Talla y edad ósea.

4. Señale qué ESTÁNDARES se recomiendan, en la actualidad, para realizar una valoración de la talla y peso de un niño de 8,5 años nacido en Bilbao y que reside en Andalucía:

a. Estándares transversales del estudio integrado español 2010.

b. Estándares transversales del estudio de Bilbao 2004.

c. Estándares longitudinales del estudio de Bilbao 2004.

d. Estándares longitudinales del estudio integrado español 2010.

e. Estándares transversales del estudio de Andalucía 2008.

5. Señale la respuesta INCORRECTA en relación al estudio integrado español 2010:

a. Los datos del estudio demuestran una aceleración secular de la talla.

b. Los datos del estudio demuestran una aceleración secular del índice de masa corporal.

c. Es un estudio que integra los estudios de crecimiento de Andalucía, Barcelona, Bilbao, Madrid y Zaragoza.

d. Los datos del estudio demuestran una aceleración secular de la pubertad.

e. El estudio integrado español 2010 es una continuación del estudio integrado español 2008.

6. Una niña de 12 años acude a tu consulta porque la madre está preocupada por su crecimiento. Tiene una talla en el percentil 3 y ha crecido 4 cm en el último año. No hay antecedentes personales de interés y es una niña sana y sociable. En la exploración destaca que no ha iniciado la pubertad (Tanner I). En relación a la valoración de la velocidad de crecimiento, indique en qué grupo de MADURACIÓN PUBERAL la incluirías:

a. Grupo de maduración muy tardío.

b. Grupo de maduración tardío.

c. Grupo de maduración intermedio.

d. Grupo de maduración temprano.

e. No es necesario considerar el tipo de maduración puberal.

7. Un niño de 12,5 años tiene un índice de masa corporal de 23,5 kg/cm2 que corresponde al percentil 85 en los estándares del estudio español 2010. Señale la respuesta CORRECTA:

a. Presenta obesidad leve.

b. Presenta normopeso.

c. Presenta sobrepeso.

d. Exploraría la velocidad de crecimiento antes de hacer una valoración.

e. Esperaría a que llegara a la edad adulta para hacer una valoración.

8. Acude a tu consulta un niño de 12 años con talla inferior al percentil 3, peso en el percentil 10 y testes infantiles. Tienes la sospecha de que presenta una talla baja desproporcionada por acortamiento de las extremidades. Indique qué PARÁMETRO confirmará su sospecha clínica:

a. Cociente talla sentada/talla en el percentil 50.

b. Cociente talla sentada/talla a +0,5 DE de la media.

c. Cociente talla sentada/talla superior al percentil 90.

d. Cociente talla sentada/talla a -0,5 DE de la media.

e. Cociente talla sentada/talla inferior al percentil 3.

 

Respuestas correctas:

Pregunta 1 – Respuesta correcta: b.

Los estándares más adecuados son los provenientes del estudio español de crecimiento 2008, que agrupan 9.362 recién nacidos. Este estudio aporta tablas de normalidad desde la semana 26 a la semana 42 para longitud y peso. El resto de estudios aporta datos de peso y longitud al nacimiento, pero tiene una muestra significativamente inferior y no distingue por edades gestacionales. La valoración de la antropometría neonatal exige conocer el peso y la longitud y la edad gestacional para poder decir si un recién nacido es pequeño, adecuado o grande para la edad gestacional.

Pregunta 2 – Respuesta correcta: d.

A diferencia de las gráficas de distancia para talla, peso o IMC, donde el límite de la normalidad lo marca el percentil 3, en las gráficas de velocidad de crecimiento, el límite de la normalidad lo marca el percentil 25, ya que se ha observado que si un niño/a crece ≤ al percentil 25 durante un periodo de 2-3 años, se va cayendo progresivamente de su carril. Por ello, en un periodo prolongado de observación, una velocidad de crecimiento ≤ al percentil 25 se debe considerar como patológica.

Pregunta 3 – Respuesta correcta: e.

El método de Bayley-Pinneau se basa en el porcentaje de talla adulta alcanzada a una edad ósea determinada y existen unas tablas que indican qué porcentaje corresponde a cada edad ósea, en función de si está adelantada, retrasada o acorde a su edad cronológica. Por tanto, para poder hacer el cálculo del pronóstico de talla adulta, en un momento dado, necesita saber la talla y la edad ósea. El estadio puberal no es necesario para hacer este cálculo. La talla genética y la talla media parental son conceptos diferentes. La talla media parental es la media de la talla de los progenitores y la talla genética es la talla media parental con la aplicación de un factor de corrección en función del sexo.

Pregunta 4 – Respuesta correcta: a.

El estudio español 2010 supone la integración de los estudios de Andalucía, Barcelona, Bilbao, Madrid y Zaragoza, con una muestra total de 38.461 sujetos. Los estudios integrados de crecimiento españoles, realizados en los años 2008 y 2010, demostraron que no hay diferencias en las tallas en función de la región, por lo que se puede considerar que la población española se comporta de manera homogénea a nivel antropométrico. Por ello, estos estándares son aplicables en toda España, independientemente del lugar de nacimiento y el lugar de residencia.

Pregunta 5 – Respuesta correcta: d.

El estudio de crecimiento español 2010 es continuidad del estudio 2008 (que agrupa los estudios de Andalucía, Barcelona, Bilbao y Zaragoza) y que añade los datos de la Comunidad de Madrid. Este estudio demuestra una aceleración secular de la talla y del IMC, pero este estudio no ha valorado el desarrollo puberal, por lo que no demuestra la existencia de una aceleración del inicio de la pubertad. Únicamente, se explica que la aceleración secular del IMC está en relación al incremento del peso y a la posible aceleración del ritmo madurativo, pero el estudio no ha valorado este fenómeno directamente, ya que no analiza el desarrollo puberal. El único estudio longitudinal que ha valorado el inicio y desarrollo puberal en la población española es el estudio de Zaragoza.

Pregunta 6 – Respuesta correcta: a.

La valoración del crecimiento en la edad puberal se debe hacer con las tablas y gráficas de referencia del estudio longitudinal español 2010 o de Barcelona 2017. Ello es especialmente necesario en un niño/a con talla en percentiles bajos o que consulta por retraso de crecimiento. Estos estudios permiten clasificar al niño/a en función de su ritmo de maduración puberal. Una niña con 12 años que no ha iniciado la pubertad debe ser clasificada en el grupo de maduración puberal muy tardío, que son las niñas que inician la pubertad muy tarde y, por lo tanto, la edad de inicio del brote puberal es igualmente muy tardía, entre los 12 y 13 años. Una velocidad de crecimiento de 4 cm/año en una niña sana de 12 años en estadio Tanner I es normal.

Pregunta 7 – Respuesta correcta: c.

El estudio de crecimiento español 2010 demostró una aceleración secular del IMC y puso de manifiesto la necesidad de redefinir los puntos de corte para hablar de sobrepeso y de obesidad. Debido a dicha aceleración y si se utilizan dichos estándares de referencia, el punto de corte de sobrepeso está en el percentil 80 y, si el IMC está entre el percentil 80 y 97, se habla de sobrepeso y, si está por encima del percentil 97, se habla de obesidad. La valoración del IMC es independiente de la velocidad de crecimiento y no hay que esperar a la edad adulta para clasificar a un niño en normopeso, sobrepeso u obesidad. Este niño con IMC en el percentil 85 en los estándares del estudio español 2010 presenta sobrepeso.

Pregunta 8 – Respuesta correcta: c.

El cociente talla sentada/talla se utiliza a nivel clínico para valorar la proporcionalidad de los segmentos corporales. Un cociente por encima de la normalidad indicaría una cortedad del segmento inferior de las extremidades inferiores, y un cociente por debajo de la normalidad indicaría lo contrario, un segmento inferior elevado. El estudio longitudinal de Zaragoza ha establecido los valores de la normalidad de dicho cociente desde el nacimiento a talla adulta en tablas y gráficas. A nivel de gráficas de crecimiento, si el cociente está por encima del percentil 90, ya avalaría la sospecha clínica. Este cociente se sitúa en torno a 0,65 en el nacimiento y desciende hasta 0,5 al iniciar la pubertad. A nivel clínico, se considera que si el cociente se sitúa por encima de 0,55, ya indica que está en los límites altos de la normalidad.

  

Aspectos endocrinológicos en la anorexia nerviosa

B. Guijo Alonso,  M. Güemes Hidalgo
Temas de FC


B. Guijo Alonso, M. Güemes Hidalgo

Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

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Corresponding author:

blanca.guijo@salud.madrid.org

Resumen

La anorexia nerviosa es una enfermedad psiquiátrica caracterizada por una restricción de la ingesta calórica, una pérdida de peso autoinducida y un miedo intenso a la ganancia ponderal. La edad de inicio de la enfermedad parece estar disminuyendo, lo que pone en riesgo a adolescentes y adultos jóvenes, especialmente del género femenino, aunque la prevalencia en varones es cada vez mayor. El estado de inanición y el estrés crónico, propios de este trastorno, conducen a una desregulación endocrina global con disfunción de los ejes hipotálamo-hipofisarios (hipogonadismo hipogonadotropo; resistencia a la hormona de crecimiento con el potencial detrimento en la talla final; hipercortisolismo e hipotiroidismo relativo), así como modificaciones en los niveles de adipoquinas y hormonas reguladoras del apetito. Estas alteraciones adaptativas en los ejes hormonales son reversibles con la recuperación ponderal. Tanto las deficiencias hormonales como la desnutrición afectan negativamente al metabolismo óseo y conllevan una disminución de la densidad mineral ósea, acompañándose de una microarquitectura ósea deteriorada y un mayor riesgo de fracturas. La restauración del peso corporal, la normalización de la ingesta nutricional y la recuperación de los ciclos menstruales son fundamentales para mejorar la salud ósea, pero la baja densidad ósea y el aumento del riesgo de fracturas pueden seguir siendo una complicación a largo plazo en los individuos que se recuperan de la anorexia nerviosa.

 

Abstract

Anorexia nervosa is a psychiatric illness characterized by restricted calorie intake, self-induced weight loss, and an intense fear of weight gain. The age of onset of the disease appears to be decreasing, placing adolescents and young adults, especially women, at risk, although the prevalence in males is increasing. The state of starvation and chronic stress characteristic of this disorder lead to global endocrine dysregulation with dysfunction of the hypothalamic-pituitary axes (hypogonadotropic hypogonadism; growth hormone resistance with potential detriment to final height; hypercortisolism and relative hypothyroidism), as well as changes in the concentrations of adipokines and appetite-regulating hormones. These adaptive abnormalities in the hormonal axes are reversible with weight recovery. Both hormonal deficiencies and malnutrition negatively affect bone metabolism and lead to decreased bone mineral density, accompanied by impaired bone microarchitecture and an increased risk of fractures. Restoring body weight, normalizing nutritional intake, and recovering menstrual cycles are essential for improving bone health, but low bone density and increased risk of fractures can remain a long-term complication in individuals recovering from anorexia nervosa.

 

Palabras clave: Anorexia nerviosa; Adolescente; Alteraciones endocrinológicas; Densidad ósea; Restauración ponderal.

Key words: Anorexia nervosa; Adolescent; Endocrine disorders; Bone density; Weight restoration.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 356 – 364

 


OBJETIVOS

• Comprender las principales manifestaciones endocrinológicas que pueden afectar a los pacientes con anorexia nerviosa.

• Identificar los factores de riesgo individuales que pueden potenciar y perpetuar las alteraciones endocrinológicas.

• Fomentar la restauración ponderal, como parte fundamental de la recuperación del eje hipotálamo-hipofiso-gonadal, mejorando así la salud ósea.

• Participar en un enfoque multidisciplinario para el cuidado integral de los pacientes con anorexia nerviosa, acompañándolos en este proceso.

 

Aspectos endocrinológicos en la anorexia nerviosa

https://doi.org/10.63149/j.pedint.56

Introducción

La posibilidad de alteraciones endocrinológicas en los pacientes con anorexia nerviosa debe ser considerada y evaluada como parte del proceso de seguimiento.

La anorexia nerviosa (AN) es un trastorno psiquiátrico caracterizado por una restricción de la ingesta calórica, una pérdida de peso autoinducida y mantenida por el paciente y una percepción distorsionada de la imagen corporal, que se acompaña de un miedo intenso a la ganancia ponderal(1).

Aunque la incidencia global de la AN se mantiene estable, en la última década en menores de 15 años ha aumentado notablemente. La edad de inicio de la enfermedad parece estar disminuyendo, lo que pone en riesgo a adolescentes y adultos jóvenes, especialmente del sexo femenino(2). Los estudios de prevalencia indican amplias diferencias en función del grupo de edad y el sexo, siendo muy superior en las mujeres jóvenes. La prevalencia según el DSM-5 se estima de 0,8-6,3 % en mujeres y del 0,1-0,3 % en varones, con un pico de incidencia a los 15-19 años de edad(3).

El estado de inanición y el estrés crónico de la AN conducen a una desregulación endocrina global que es variable. Entre las alteraciones hormonales adaptativas, se incluye una disfunción del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal, resultando en amenorrea hipotalámica y deficiencia relativa de estrógenos y andrógenos, con aumento de los niveles de cortisol e hipotiroidismo relativo. Además, se observa una resistencia a la hormona de crecimiento (GH), con niveles disminuidos de factor de crecimiento similar a la insulina 1 (IGF-1). La regulación del apetito y el metabolismo energético también se ven afectados, perpetuando los comportamientos restrictivos alimentarios(4).

La combinación de deficiencias hormonales y desnutrición afecta negativamente al metabolismo óseo y conlleva una disminución de la densidad mineral ósea, aumentando el riesgo de osteoporosis y fracturas, lo que incrementa la morbilidad asociada a la AN(5). Asimismo, las comorbilidades neuropsiquiátricas, como los síntomas depresivos o la ansiedad, están asociadas con los cambios hormonales observados en la enfermedad(6).

La mayoría de las alteraciones endocrinológicas observadas son epifenómenos, resultado de la adaptación corporal al estado de baja energía y desnutrición. La restauración del peso corporal, la normalización de la ingesta nutricional y las correcciones hormonales son clave en este proceso. Por ello, el tratamiento principal es el del propio trastorno psiquiátrico en sí. Sin embargo, la baja densidad ósea y el aumento del riesgo de fracturas pueden seguir siendo una complicación a largo plazo en los individuos que se recuperan de la enfermedad(7). La complejidad de la AN y sus manifestaciones requieren una intervención multidisciplinar, abordando el aspecto psicológico, nutricional y médico(8).

Alteraciones endocrinológicas en la anorexia nerviosa

La figura 1 recoge, de forma esquemática, las principales alteraciones endocrinológicas que acontecen en la AN, tanto del eje hipotálamo-hipofisario como de las hormonas reguladoras del apetito.

Figura1

Figura 1. Alteraciones endocrinológicas en la anorexia nerviosa.

ACTH: hormona adrenocorticotrópica; CRH: hormona liberadora de corticotropina; FSH: hormona folículo estimulante; GH: hormona del crecimiento; GnRH: hormona liberadora de gonadotropinas; IGF-1: factor de crecimiento similar a la insulina 1; LH: hormona luteinizante; TSH: hormona estimulante de la tiroides; T3: triyodotironina.

 

El algoritmo, al final del artículo, recoge las pruebas iniciales que habría que considerar en un paciente con AN para detectar la presencia de alteraciones endocrinológicas.

Afectación hipotálamo-hipofisaria

La AN provoca la disfunción del eje hipotálamo-hipofisario, resultando en hipogonadismo hipogonadotropo, resistencia a GH, hipercortisolismo, hipotiroidismo relativo, así como hiponatremia y disminución de la oxitocina.

Eje gonadotropo (GnRH-LH/FSH)

La amenorrea hipotálamica funcional (AHF) es una de las complicaciones clínicas más frecuentes de la AN. Es el resultado de la baja disponibilidad energética, influenciada por múltiples factores que interactúan, sin causa orgánica(9,10). Las mujeres con AN frecuentemente presentan patrones de pulsatilidad de hormona luteinizante (LH) que recuerdan a los de las niñas prepuberales, donde los pulsos de LH son de baja amplitud y ocurren principalmente durante el sueño nocturno. La alteración en la secreción de gonadotropinas, se asocia con el descenso de la masa grasa y, por consiguiente, de la leptina. Niveles séricos de leptina normales facilitan la secreción de gonadotropinas y el inicio de la pubertad(6). La AHF conduce a niveles disminuidos de estrógenos y testosterona. El descenso de la secreción de esteroides gonadales tiene efectos deletéreos en el metabolismo óseo, afectando a ambos géneros, y el hipogonadismo hipogonadotropo es causa de infertilidad, reversible con la recuperación de la enfermedad(7).

Diagnóstico

Algunas mujeres presentan periodos menstruales irregulares en lugar de amenorrea completa, lo que refleja el cambio en el estado energético a lo largo del tiempo. En el hipogonadismo hipogonadotropo se objetiva un retraso en la pubertad (amenorrea primaria, ausencia de caracteres sexuales secundarios) o una pubertad detenida (sin progresión de caracteres sexuales secundarios, amenorrea secundaria; es decir, ausencia de ciclos menstruales durante más de 6 meses en una mujer con ciclos previamente bien establecidos y falta de libido en la adolescencia tardía). El patrón bioquímico será compatible con hipogonadismo hipogonadotropo (gonadotropinas y esteroides gonadales bajos).

Tratamiento

La restauración del peso corporal normal y el aumento de la masa grasa se han descrito como los parámetros clínicos más importantes para recuperar la función hipotálamo-hipofisaria-gonadal(6,7,10). Aunque la función reproductiva se recupera en la mayoría de las mujeres, la amenorrea persiste hasta en un 15 %, a pesar de la recuperación ponderal(11). La terapia hormonal sustitutiva se describe más adelante en el apartado “Salud ósea”.

Eje somatotropo (GHRH-GH)

La desnutrición crónica conduce a un estado de resistencia adquirida a la GH, con un aumento en la secreción de la misma, pero una disminución de IGF-1. Los niveles bajos de IGF-1 podrían ser una respuesta adaptativa para preservar energía, a través del descenso del gasto energético en el crecimiento(6). El IGF-1 es, a su vez, un importante factor anabólico óseo; por tanto, la resistencia a GH junto con niveles disminuidos de IGF-1 contribuyen a la alteración del metabolismo óseo(7). Los niveles de insulina, también disminuidos, característicos de los estados de desnutrición, podrían tener un papel en la resistencia a GH, a través de la disminución de la expresión de los receptores de GH en la superficie hepática(12). La restricción dietética acompañada de la pérdida ponderal y el ejercicio excesivo conllevan la depleción de los depósitos de glucógeno y la alteración de la gluconeogénesis hepática, resultando en hipoglucemia. En presencia de la misma, que suele ocurrir en los casos graves de AN, los niveles de insulina están apropiadamente descendidos. Además, es preciso tener en cuenta que, de forma cada vez más frecuente, los casos de AN se dan en pacientes con diabetes mellitus tipo 1 previamente establecida, lo que supone un reto para el manejo de estos pacientes, perjudicando el control glucémico(13). Las anomalías en la secreción de GH y los niveles bajos de IGF-I y de IGFBP-3 contribuyen al escaso crecimiento en pacientes prepúberes, a un menor estirón puberal y a una reducción de su talla adulta(14). Recientemente, se ha descrito también una reducción de la proteasa PAPP-A2 en pacientes con AN, implicada en la escisión de las proteínas transportadoras de IGF (IGFBP-3 e IGFBP-5). Esta disminución limitaría la liberación de IGF-I libre, reduciendo así su biodisponibilidad, lo cual refuerza el estado funcional de resistencia a la GH característico de estos pacientes(15).

Diagnóstico

Disminución de la velocidad de crecimiento para el estadio puberal del paciente. Los niños y adolescentes afectados pueden presentar una talla baja en relación con su edad y sexo. La medición de IGF-1 en sangre estará disminuida, así como la de insulina. En los casos de anorexia nerviosa grave, se pueden objetivar hipoglucemias.

Tratamiento

Los niveles de IGF-1 aumentan con la realimentación, y la ganancia ponderal induce a la normalización de la secreción de GH. Durante la fase de enfermedad activa, la administración de dosis suprafisiológicas de GH recombinante no parece elevar los niveles de IGF-1 y, en cambio, podría suponer un detrimento a través de la reducción de masa grasa secundaria a la lipólisis estimulada por la GH, en un paciente que continúa caquéctico(16). En caso de hipoglucemia mantenida, se debe tratar con aportes de glucosa, puesto que la hipoglucemia grave se ha asociado con muerte súbita, debido al fallo hepático y a la depleción de los depósitos necesarios para mantener la glucemia(13).

Eje corticotropo (CRH-ACTH)

El eje hipotálamo-hipofisario-suprarrenal se encuentra en un estado de estimulación crónica en, al menos, un tercio de las mujeres con AN. Aunque el grado de hipercortisolismo se relaciona inversamente con el índice de masa corporal (IMC) y la masa grasa, las mediciones de cortisol rara vez exceden el doble del límite superior normal. El aumento de los niveles de cortisol, está influido por el estrés crónico en relación con la desnutrición y, además, es un mecanismo adaptativo para mantener la euglucemia en un estado de baja disponibilidad energética(6,7). Asimismo, el incremento de los niveles de grelina en la AN contribuye a la estimulación de la hormona liberadora de corticotropina (CRH)(17). Esta hormona tiene un papel anorexigénico que agrava la pérdida de peso(18). El hipercortisolismo se asocia con una menor masa magra y densidad mineral ósea, tal y como ocurre en el síndrome de Cushing, a pesar de que en los pacientes con AN no se observan estigmas cushingoides(19).

Diagnóstico

En la práctica clínica no se suele determinar hormona adrenocorticotrópica (ACTH) ni cortisol de forma rutinaria.

Tratamiento

No se recomienda ningún tratamiento farmacológico en la actualidad para manejar el hipercortisolismo relativo en la AN. Entendiéndose este como parte de los cambios adaptativos que acontecen en la enfermedad, y no como contribuyente al estado cushingoide, en contraposición a la hipercortisolemia patológica(7). Sin embargo, el hipercortisolismo puede no resolverse completamente a pesar de la recuperación ponderal, por lo que, en estos casos, se recomienda continuar un seguimiento endocrino hasta la restauración del eje(4).

Eje tirotropo (TRH-TSH)

La pérdida de peso severa acontecida en la AN se acompaña de alteraciones tiroideas, de modo similar al síndrome del eutiroideo enfermo, observado en diferentes enfermedades sistémicas, siendo también el resultado de la adaptación al estado de menor energía y metabolismo. Se caracteriza por una disminución de los niveles totales de triyodotironina (T3), con niveles normales o en límite bajo de la normalidad de tiroxina libre (T4L) y de la hormona estimulante de la tiroides (TSH) y aumento de la T3 reversa (T3R) debido a la mayor conversión periférica de tiroxina (T4) en T3 inactiva. Asimismo, se ha observado que las concentraciones disminuidas de T3 libre (T3L) y una menor relación T3L/T4L se asocian con mayor severidad de los síntomas depresivos.

Diagnóstico

Análisis en sangre de las hormonas tiroideas (T3 total y libre, T4 libre, T3L/T4L y TSH).

Tratamiento

No se requiere tratamiento hormonal, dado que los cambios son adaptativos y mejorarán con la restauración ponderal. De hecho, el empleo de hormona tiroidea puede agravar la pérdida de peso y potenciar el abuso de este fármaco(6). En ocasiones, la normalización de las hormonas tiroideas puede demorarse en el tiempo, a pesar de haber logrado el peso adecuado.

Neurohipófisis (hormona antidiurética, oxitocina) y función renal

• Hormona antidiurética (ADH): se encuentra característicamente elevada en algunas patologías psiquiátricas, como la depresión. En la AN, también se observa un discreto incremento, aunque no tan acusado como en otros trastornos. La ADH tiene un papel estimulador sobre la ACTH; sin embargo, no parece ser el principal contribuyente a la hiperactividad de este eje en la AN(18). No obstante, la secreción inapropiada de ADH conduce en algunas pacientes a retención de agua libre por los riñones y niveles disminuidos de natremia, que generalmente no son graves(20). Otras causas de hiponatremia en la AN incluyen el consumo excesivo de agua, la hipovolemia en relación con la desnutrición y los vómitos, así como algunos fármacos que conducen al síndrome de secreción inadecuada de hormona antidiurética (SIADH)(21).

• Otras alteraciones electrolíticas pueden acontecer: hipokalemia, hipomagnesemia e hipofosfatemia. Es especialmente importante controlar el síndrome de realimentación, característico de la rehabilitación nutricional rápida, en la que el aumento de los carbohidratos en sangre y, consecuentemente, de la insulina, introduce en el interior de las células los electrolitos (potasio, magnesio y fósforo), con su correspondiente disminución en plasma(22).

• Oxitocina: la AN se asocia también con una alteración en la secreción de oxitocina, que es una hormona con efecto anorexigénico en el hipotálamo. Los niveles posprandiales de oxitocina son mayores en mujeres con AN en comparación con controles con peso normal, lo que indica una respuesta adaptativa a la disminución de las señales de saciedad oxitocinérgicas posprandiales a nivel central. Además, los niveles aumentados de esta hormona se han asociado a una mayor gravedad de los síntomas de ansiedad y depresión en estas pacientes. Sin embargo, los niveles séricos de oxitocina nocturnos están disminuidos en la AN en comparación con controles con peso normal(23).

Adipoquinas, péptidos y hormonas reguladoras del apetito

El estado de inanición que acompaña a la AN conlleva cambios adaptativos que afectan a la regulación del apetito y el metabolismo. Característicamente, se observan niveles disminuidos de leptina e insulina y, por el contrario, niveles aumentados de grelina y péptido YY (PYY).

• Leptina: la leptina es una adipoquina producida principalmente por el tejido adiposo, que regula el apetito y el metabolismo energético, con acción anorexigénica. Se ha demostrado que existe una relación directa entre la concentración sérica de leptina y la cantidad de masa grasa corporal, tanto en niños como en adultos, aunque hay gran heterogeneidad individual para un IMC determinado. Estudios en nuestro hospital describieron cómo los adolescentes con AN presentan niveles plasmáticos de leptina significativamente más bajos en comparación con controles sanos de la misma edad y sexo(24). Asimismo, la leptina estimula la secreción de la hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH) y la hipoleptinemia contribuye a la amenorrea hipotalámica en la AN(6). Los niveles endógenos de leptina aumentan con la realimentación y la ganancia ponderal(25).

• Insulina: la insulina, de forma similar a la leptina, tiene aparentemente un efecto anorexigénico. Los niveles de insulina en la AN se encuentran también disminuidos, en respuesta al estado crónico de desnutrición y, especialmente, en caso de hipoglucemia, contribuyendo a mantener los valores normales de glucemia(12,13).

• Grelina: la grelina es una hormona orexigénica secretada por las células oxínticas del estómago y se encuentra elevada en la AN, tanto en ayunas como durante la noche(7). Además, estimula la secreción de GH y ACTH, lo que también contribuye a mantener la euglucemia(17). Los niveles elevados de grelina son una respuesta adaptativa a la deprivación nutricional crónica y disminuyen con la ganancia ponderal(6).

• Péptido YY (PYY): el PYY es una hormona orexigénica secretada por las células enteroendocrinas del intestino en respuesta a la ingesta de comida. De forma fisiológica, los niveles de PYY son bajos durante el ayuno, mientras que aumentan rápidamente en el periodo postprandial. Por lo que cabe esperar que, en la AN, los niveles de PYY estuvieran disminuidos. Sin embargo, se han evidenciado niveles elevados, lo que podría potenciar la escasa ingesta de nutrientes, así como la psicopatología de este trastorno alimentario(6,7).

Diagnóstico

Medición sérica de los péptidos reguladores del apetito (leptina, insulina, grelina y PYY). Aunque estas hormonas generalmente no se evalúan en la práctica clínica, se han propuesto, entre otros, como posibles biomarcadores diagnósticos que permitan identificar los casos de AN(26).

Tratamiento

Los péptidos reguladores del apetito alcanzarán, en mayor o menor medida, niveles de normalidad con la realimentación y la ganancia ponderal. Aunque existen algunas peculiaridades como, por ejemplo, la grelina, donde se ha evidenciado que, a pesar de la restauración ponderal, los niveles se mantienen superiores en comparación con controles sanos(6). Sin embargo, más allá de los valores aislados de estos marcadores, y englobándolos como parte de la amplia patogenia de la enfermedad, se proponen como potenciales dianas terapéuticas de la AN(26) que, actualmente, no dispone de un tratamiento farmacológico aprobado. Este es el caso de la metreleptina, un análogo recombinante humano de la leptina, que podría representar una opción terapéutica futura de la AN, dado el papel de la hipoleptinemia característica en estos pacientes(26). No obstante, son necesarios más estudios para avanzar en esta línea.

Salud ósea

La combinación de deficiencias hormonales y desnutrición presentes en la AN se asocia con una disminución de la densidad mineral ósea, lo que incrementa el riesgo de osteoporosis y fracturas. La mejor estrategia terapéutica para preservar la densidad ósea es la recuperación del peso y de la función gonadal.

Los adolescentes con AN presentan una disminución de la densidad mineral ósea (DMO), que se acompaña de una microarquitectura ósea deteriorada y un mayor riesgo de fracturas. Tal y como se ha mencionado previamente, la etiología de la disminución de la DMO es multifactorial. Junto al bajo peso, los cambios en los depósitos de masa magra y grasa, las alteraciones en el eje hipotálamo-hipofisario y las variaciones en los niveles de adipoquinas y péptidos reguladores del apetito afectan negativamente a la salud ósea(5-8,27).

Las hormonas producidas en la adenohipófisis son importantes determinantes en la DMO, incluyendo la resistencia a GH y la deficiencia relativa de IGF-1, que es uno de los mayores contribuyentes a la pérdida neta de masa ósea(27). La hipercortisolemia, característica de este trastorno, tiene múltiples efectos deletéreos sobre el hueso, disminuyendo la formación y aumentando la resorción ósea(5). Los estrógenos, junto con la testosterona, tienen efectos anabólicos en el hueso e inhibitorios en la resorción ósea; sin embargo, ambos se encuentran disminuidos en la AN. Las pacientes con amenorrea primaria muestran una pérdida de masa ósea más grave que aquellas con amenorrea secundaria(8,27).

En cuanto a las adipoquinas y los péptidos reguladores del apetito, los niveles de leptina característicamente están disminuidos en la AN, lo que se asocia a una menor masa grasa y también densidad ósea. De la misma manera, la insulina, con efecto anabólico óseo, se encuentra disminuida en la AN, lo que se asociacon con niveles más bajos de formación ósea y una menor densidad ósea(28).

La adolescencia es una época crucial donde suceden cambios en la estructura ósea y se alcanza el pico de masa ósea. Se ha evidenciado que los adolescentes con AN presentan menor pico en comparación con los controles con peso normal, consiguiendo una masa máxima ósea subóptima y una futura salud ósea menor(5). También se debe tener en cuenta que el ejercicio regular (weight bearing) es saludable para el hueso, pero el ejercicio muy intenso, realizado por algunos pacientes con AN, puede ser deletéreo.

En cuanto a la microarquitectura ósea, tanto el hueso trabecular como el cortical se ven afectados, aunque los datos generales sugieren que, en las mujeres, se afecta más el hueso trabecular que el cortical. Esto se ha atribuido a la profunda deficiencia de estrógenos que suele acompañar a este trastorno(5,27). En contraposición con las mujeres, los hombres con AN tienen una mayor afectación ósea en lugares donde predomina el hueso cortical(5).

Diagnóstico

Se recomienda la evaluación de la DMO mediante absorciometría de rayos X de energía dual (DXA) a nivel de L1-L4, tras 6-12 meses de amenorrea. Sin embargo, hay grupos que realizan una DXA basal, incluso en presencia de ciclos menstruales, para evaluar los datos iniciales(29). Se debe corregir la DMO para su edad ósea y/o altura. Mientras no acontezca la menstruación, se debe repetir la DXA L1-L4 anualmente. En todos los pacientes con AN, la presencia de una DMO baja (z-score inferior a -2) es útil para concienciar de la importancia de la salud ósea, así como para incentivar la ganancia ponderal.

Tratamiento

La tabla I resume las principales terapias estudiadas y su efectividad para el manejo de la DMO disminuida en mujeres adolescentes y jóvenes con AN.

La estrategia más efectiva para mejorar la densidad ósea es la normalización del peso y la restauración de los ciclos menstruales. Para ello, es fundamental seguir las directrices dictaminadas por psiquiatría y participar del enfoque multidisciplinar. Es importante optimizar la ingesta de calcio y vitamina D acorde a los requerimientos diarios por edad (p. ej.: en adolescentes que no cumplan, al menos, 2 lácteos al día, suplementar con 1.300 mg de calcio elemental y 600 UI de vitamina D); sin embargo, la suplementación en sí misma no es una terapia efectiva que aumente la densidad ósea(5).

La terapia farmacológica debe ser considerada en aquellas mujeres con AN, amenorrea y z-scores bajos de DMO (≤-2 o individualizar en casos con z-score ≥-2, pero amenorrea secundaria de larga evolución) o fracturas óseas, y siempre que las estrategias de ganancia ponderal no hayan sido efectivas. Se suele mantener el tratamiento, al menos, 1 año, repitiendo entonces la DMO. Aunque tras 1 año no suele haber normalizado la DMO, en función de la evolución psiquiátrica y ponderal, se debe individualizar el tratamiento en cada paciente. Los estrógenos orales no han demostrado eficacia en el aumento de la DMO, pero la terapia con parches transdérmicos de 17β-estradiol a dosis de 100 µg/día (es una dosis alta, sobre todo si consideramos la tendencia a utilizar, especialmente en adolescentes dosis bajas de estradiol) y progesterona cíclica, sí demostró aumentar la DMO en columna y caderas (Misra 2011). A pesar de ello, en la práctica clínica es habitual emplear etinilestradiol a dosis de 34 µg/día + progestágeno (parche Evra®). No obstante, esta terapia no es suficiente para normalizar la DMO, probablemente, porque no corrige otras alteraciones hormonales que son importantes en la salud ósea(27). Este sería el caso de la deficiencia de IGF-1, característica de la desnutrición presente en la AN, para la que se han explorado opciones terapéuticas, como la administración de IGF-1 recombinante (rhIGF-1). Algunos estudios indican que la terapia con rhIGF-1 puede aumentar la formación ósea y mejorar la DMO, especialmente cuando se combina con otras intervenciones, como la terapia hormonal. Sin embargo, estos autores destacan que la evidencia disponible es limitada y no está exenta de riesgos(5). En una línea similar, en relación a la hipoleptinemia presente en la AN, se ha evaluado la administración de leptina subcutánea y, aunque aparentemente mejora la DMO, parece que los efectos no son directamente producidos por la leptina y, además, dado que la pérdida ponderal se potencia con esta terapia, es necesario un control exhaustivo(27).

Los medicamentos activadores del hueso, aprobados para el tratamiento de la osteoporosis posmenopáusica, que incluyen antirresortivos (bifosfonatos) y anabólicos óseos (teriparatida), también han sido estudiados en la AN. Los bifosfonatos no han sido aprobados por la FDA para mujeres en edad fértil, debido al escaso conocimiento de la eficacia a largo plazo. Tampoco la teriparatida, análogo de la hormona paratiroidea, ha sido aprobada, por el riesgo de osteosarcoma, especialmente en la población pediátrica, donde las epífisis óseas aún permanecen abiertas(5,27). Acerca de denosumab (anticuerpo monoclonal empleado en osteoporosis en mujeres posmenopáusicas y otras enfermedades con riesgo de fracturas), no hay datos disponibles en AN(5).

Metabolismo del colesterol

La hipercolesterolemia está presente de forma frecuente en los pacientes con AN, sin que suponga un mayor riesgo cardiovascular.

La hipercolesterolemia, hallazgo frecuente en las pacientes con AN, es consecuencia de la lipólisis aumentada, la mayor movilización de grasas, así como la disminución del metabolismo hepático de los lípidos, entre otras. Sin embargo, estudios recientes sugieren que estos pacientes no presentan un perfil lipídico aterogénico avanzado y, aunque algunas alteraciones persisten con la recuperación parcial del peso, la mayoría se revierten(30).

Diagnóstico

Concentraciones elevadas de colesterol total y de lipoproteínas de alta, baja y muy baja densidad (HDL, LDL y VLDL).

Tratamiento

Habitualmente, no es necesario.

Anorexia nerviosa en varones

La prevalencia de la AN en varones está en aumento. De forma similar a las mujeres, presentan afectación hipotálamo-hipofisaria y de la salud ósea.

Aunque la AN es más comúnmente diagnosticada en mujeres adolescentes, la prevalencia en varones está infraestimada y es cada vez mayor. Ante casos de historia de pérdida de peso, especialmente si coexisten otras comorbilidades psiquiátricas o abuso de sustancias, IMC inferior al correspondiente por edad y sexo, síntomas de hipogonadismo, fragilidad ósea o múltiples endocrinopatías no explicadas por otras causas, se debería sospechar una posible AN(31).

De forma similar a las mujeres, los varones presentan afectación del eje hipotálamo-hipofisario (hipogonadismo hipogonadotropo con niveles de testosterona y estradiol disminuidos, hipercortisolismo, síndrome del eutiroideo enfermo). En cuanto a los depósitos de grasa, están disminuidos, así como los valores de leptina. Como peculiaridad, los varones con AN presentan un porcentaje de grasa del tronco y un ratio de grasa de tronco/grasa de extremidades superior en comparación con los varones de peso normal. Este hallazgo es atribuible al hipogonadismo con niveles disminuidos de testosterona.

La salud ósea también se encuentra afectada en los varones; sin embargo, en comparación con mujeres adolescentes con AN, los varones tienen menores z-scores de DMO en cadera y cuello femoral, mientras que, en las mujeres, es menor la DMO lumbar. Estas particularidades específicas del sexo sugieren que no todo lo que ocurre en la AN en mujeres es atribuible a varones(6). Son necesarios más estudios que evidencien las alteraciones características de la AN en varones.

Función del pediatra de Atención Primaria

Papel crucial en la detección temprana de la enfermedad, así como de los aspectos endocrinológicos subyacentes y en la coordinación del seguimiento y rehabilitación del paciente en conjunto con los especialistas.

El papel del pediatra de Atención Primaria es crucial desde la sospecha de la AN, el seguimiento de la enfermedad y las alteraciones endocrinológicas acompañantes, hasta la rehabilitación nutricional, psicológica y médica dentro de un enfoque multidisciplinario. Entre sus funciones principales, destacan las siguientes:

Prevención primaria: educación para la salud en alimentación y ejercicio.

• Conocimiento de la enfermedad. Ante la sospecha de trastorno del comportamiento alimentario, se debe derivar a psiquiatría infantojuvenil.

Seguimiento frecuente del paciente, facilitando la detección temprana de las endocrinopatías y otras alteraciones médicas, características de la AN. Evaluar la velocidad de crecimiento, el estadio puberal, los ciclos menstruales y la evolución ponderal.

• Ante cualquier sospecha de alteración endocrina, la derivación al pediatra endocrinólogo es fundamental, asegurando una comunicación fluida para un manejo integral del paciente.

• Fomentar la recuperación ponderal y, con ello, la restauración del resto de ejes hipotálamo-hipofisarios, acompañando al paciente y su familia durante este proceso.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Revisión muy completa sobre las principales alteraciones endocrinológicas en la anorexia nerviosa, que incluye figuras y tablas resumen prácticas y muy visuales.

– Misra M, Klibanski A. Anorexia nervosa and bone. J Endocrinol. 2014; 221: R163-76.

Revisión centrada en la salud ósea en relación con la anorexia nerviosa, que incluye guías generales para el tratamiento de la densidad mineral ósea baja.

 

 

Caso clínico

 

Adolescente mujer de 14 años y 6 meses con anorexia nerviosa, derivada a consulta de endocrinología por amenorrea secundaria.

Antecedentes familiares: no relevantes para el caso, tan solo destacar madre con talla de 167 cm y menarquia a los 13 años, y padre con talla de 182 cm y desarrollo puberal normal.

Antecedentes personales: inicio de conductas alimentarias restrictivas a los 12 años, alcanzando un peso mínimo de 42 kg (IMC: 15,67 kg/m2, -1,75 SDS) a la edad de 13 años que precisó ingreso en psiquiatría. Menarquia a los 11 años, con ciclos regulares inicialmente.

Enfermedad actual: amenorrea de 2 años de evolución. Recuperación ponderal lenta y progresiva. Alimentación en adecuadas cantidades, con menú libre y ejercicio físico programado escolar.

Exploración física: peso: 43,9 kg (p19, -0,88 SDS); talla: 163 cm (p81, 0,89 SDS); IMC: 16,52 kg/m2 (p7, -1,51 SDS según Hernández et al.). FC: 72 lpm. Genitales externos femeninos normales, estadio puberal IV de Tanner (S4, P4, Ac). Mamas de consistencia intermedia. Resto de exploración por aparatos sin interés.

Pruebas complementarias: ecografía pélvica: útero post­puberal, con fina línea ecogénica endometrial. Ovarios de tamaño y ecoestructura normales (OD: 5,1 cc; OI: 6,8 cc) con múltiples quistes foliculares de pequeño tamaño. Analítica nutricional y hormonal: glucosa en ayunas: 76 mg/dl (60-100); insulina: *0,8 µIU/ml (4-11); sodio: *133 mEq/L (135-145); colesterol total: *260 mg/dl (120-200); TSH: 3,24 µU/l (0,36-5,5); T4L: 0,92 ng/dl (0,65-1,4); T3: *0,53 ng/ml (0,9-2); IGF-1: *99 ng/ml (201 ± 78); IGFBP-3: 2,74 mcg/ml (3,1 ± 0,5); PRL: 17,3 ng/ml (3,5-25); LH: *0,12 UI/L (0,61-56); FSH: *1,84 UI/L (2-22); estradiol: *8,4 pg/ml (10-500); 25 Hidroxi vitamina D: 26,3 ng/ml (20-60). Edad ósea: 14 años y 6 meses, acorde a edad cronológica. Densitometría lumbar (L1-L4): 0,738 g/cm2 (-2,1 z-score).

 

 

 

Endocrinological aspects in anorexia nervosa

B. Guijo Alonso,  M. Güemes Hidalgo
Topics on
Continuous Training



B. Guijo Alonso, M. Güemes Hidalgo

Endocrinology Department. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

X

Corresponding author:

blanca.guijo@salud.madrid.org

Abstract

Anorexia nervosa is a psychiatric illness characterized by restricted calorie intake, self-induced weight loss, and an intense fear of weight gain. The age of onset of the disease appears to be decreasing, placing adolescents and young adults, especially women, at risk, although the prevalence in males is increasing. The state of starvation and chronic stress characteristic of this disorder lead to global endocrine dysregulation with dysfunction of the hypothalamic-pituitary axes (hypogonadotropic hypogonadism; growth hormone resistance with potential detriment to final height; hypercortisolism and relative hypothyroidism), as well as changes in the concentrations of adipokines and appetite-regulating hormones. These adaptive abnormalities in the hormonal axes are reversible with weight recovery. Both hormonal deficiencies and malnutrition negatively affect bone metabolism and lead to decreased bone mineral density, accompanied by impaired bone microarchitecture and an increased risk of fractures. Restoring body weight, normalizing nutritional intake, and recovering menstrual cycles are essential for improving bone health, but low bone density and increased risk of fractures can remain a long-term complication in individuals recovering from anorexia nervosa.

 

Resumen

La anorexia nerviosa es una enfermedad psiquiátrica caracterizada por una restricción de la ingesta calórica, una pérdida de peso autoinducida y un miedo intenso a la ganancia ponderal. La edad de inicio de la enfermedad parece estar disminuyendo, lo que pone en riesgo a adolescentes y adultos jóvenes, especialmente del género femenino, aunque la prevalencia en varones es cada vez mayor. El estado de inanición y el estrés crónico, propios de este trastorno, conducen a una desregulación endocrina global con disfunción de los ejes hipotálamo-hipofisarios (hipogonadismo hipogonadotropo; resistencia a la hormona de crecimiento con el potencial detrimento en la talla final; hipercortisolismo e hipotiroidismo relativo), así como modificaciones en los niveles de adipoquinas y hormonas reguladoras del apetito. Estas alteraciones adaptativas en los ejes hormonales son reversibles con la recuperación ponderal. Tanto las deficiencias hormonales como la desnutrición afectan negativamente al metabolismo óseo y conllevan una disminución de la densidad mineral ósea, acompañándose de una microarquitectura ósea deteriorada y un mayor riesgo de fracturas. La restauración del peso corporal, la normalización de la ingesta nutricional y la recuperación de los ciclos menstruales son fundamentales para mejorar la salud ósea, pero la baja densidad ósea y el aumento del riesgo de fracturas pueden seguir siendo una complicación a largo plazo en los individuos que se recuperan de la anorexia nerviosa.

 

Key words: Anorexia nervosa; Adolescent; Endocrine disorders; Bone density; Weight restoration.

Palabras clave: Anorexia nerviosa; Adolescente; Alteraciones endocrinológicas; Densidad ósea; Restauración ponderal.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (5): 356 – 364

 


OBJECTIVES

• To understand the main endocrinological manifestations that can affect patients with anorexia nervosa.

• To identify individual risk factors that can enhance and perpetuate endocrinological disorders.

• To promote the restoration of weight, as an essential part of the recovery of the hypothalamic-pituitary-gonadal axis, thus improving bone health.

• To participate in a multidisciplinary approach in the comprehensive care of patients with anorexia nervosa.


 

 

Endocrinological aspects in anorexia nervosa

https://doi.org/10.63149/j.pedint.57

Introduction

The possibility of endocrinological abnormalities in patients with anorexia nervosa should be considered and evaluated as part of the follow-up process.

Anorexia nervosa (AN) is a psychiatric disorder characterized by a restriction of caloric intake, self-induced and maintained weight loss, and a distorted perception of body image, accompanied by an intense fear of weight gain(1).

Although the overall incidence of AN remains stable, it has increased significantly in children under 15 years of age over the past decade. The age of onset of the disease appears to be decreasing, placing adolescents and young adults, especially females, at risk(2). Prevalence studies indicate wide differences by age and sex, with the prevalence being much higher in young women. The prevalence according to the DSM-5 is estimated at 0.8-6.3% in women and 0.1-0.3% in men, with a peak incidence at 15-19 years of age(3).

The starvation state and chronic stress of AN lead to a variable global endocrine dysregulation. Adaptive hormonal alterations include dysfunction of the hypothalamic-pituitary-gonadal axis, resulting in hypothalamic amenorrhea and relative estrogen and androgen deficiency, with increased cortisol levels and relative hypothyroidism. Furthermore, growth hormone (GH) resistance is observed, with decreased levels of insulin-like growth factor 1 (IGF-1). Appetite regulation and energy metabolism are also affected, perpetuating restrictive eating behaviors(4).

The combination of hormonal deficiencies and malnutrition negatively affects bone metabolism and leads to a decrease in bone mineral density, increasing the risk of osteoporosis and fractures, which increases the morbidity associated with AN(5). Furthermore, neuropsychiatric comorbidities, such as depressive symptoms or anxiety, are associated with the hormonal changes observed in the disease(6).

Most of the observed endocrine abnormalities are epiphenomena, resulting from the body’s adaptation to the state of low energy and malnutrition. Restoring body weight, normalizing nutritional intake, and correcting hormones are key in this process. Therefore, the primary treatment is of the psychiatric disorder itself. However, low bone density and increased risk of fractures may remain a long-term complication in individuals who recover from the illness(7). The complexity of AN and its manifestations requires a multidisciplinary intervention, addressing psychological, nutritional, and medical aspects(8).

Endocrinological disorders in anorexia nervosa

Figure 1 shows, in a schematic way, the main endocrinological alterations that occur in AN, both in the hypothalamic-pituitary axis and in the appetite-regulating hormones.

Figure 1. Endocrinological alterations in anorexia nervosa.

ACTH: adrenocorticotropic hormone; CRH: corticotropin-releasing hormone;
FSH: follicle-stimulating hormone; GH: growth hormone;
GnRH: gonadotropin-releasing hormone; IGF1: insulin-like growth factor 1;
LH: luteinizing hormone; TSH: thyroid-stimulating hormone; T
3: triiodothyronine.

 

The algorithm, at the end of the article, lists the initial tests that should be considered in a patient with AN to detect the presence of endocrinological disorders.

Hypothalamic-pituitary involvement

AN leads to dysfunction of the hypothalamic-pituitary axis, resulting in hypogonadotropic hypogonadism, GH resistance, hypercortisolism, relative hypothyroidism, as well as hyponatremia and decreased oxytocin.

Gonadotropic axis (GnRH-LH/FSH)

Functional hypothalamic amenorrhea (FHA) is one of the most common clinical complications of AN. It results from low energy availability, influenced by multiple interacting factors, and has no organic cause(9,10). Women with AN frequently present luteinizing hormone (LH) pulsatility patterns reminiscent of those of prepubertal girls, where LH pulses are of low amplitude and occur mainly during nighttime sleep. The alteration in gonadotropin secretion is associated with a decrease in fat mass and, consequently, in leptin. Normal serum leptin levels facilitate gonadotropin secretion and the onset of puberty(6). FHA leads to decreased levels of estrogen and testosterone. The decrease in gonadal steroid secretion has deleterious effects on bone metabolism, affecting both genders, and hypogonadotropic hypogonadism causes infertility, reversible with recovery from the disease(7).

Diagnosis

Some women experience irregular menstrual periods rather than complete amenorrhea, reflecting the change in energy status over time. Hypogonadotropic hypogonadism is characterized by delayed puberty (primary amenorrhea, absence of secondary sexual characteristics) or arrested puberty (no progression of secondary sexual characteristics, secondary amenorrhea; i.e., absence of menstrual cycles for more than 6 months in a woman with previously well-established cycles and lack of libido in late adolescence). The biochemical pattern will be consistent with hypogonadotropic hypogonadism (low gonadotropins and gonadal steroids).

Treatment

Restoration of normal body weight and increased fat mass have been described as the most important clinical parameters for restoring hypothalamic-pituitary-gonadal function(6,7,10). Although reproductive function recovers in most women, amenorrhea persists in up to 15% of women despite weight regain(11). Hormone replacement therapy is described further in the section “Bone health”.

Somatotropic axis (GHRH-GH)

Chronic malnutrition leads to a state of acquired GH resistance, with increased GH secretion but decreased IGF-1. Low IGF-1 levels may be an adaptive response to preserve energy by decreasing energy expenditure for growth(6). IGF-1 is also an important bone anabolic factor; therefore, GH resistance, together with decreased IGF-1 levels, contribute to altered bone metabolism(7). Decreased insulin levels, characteristic of malnutrition, may play a role in GH resistance through decreased expression of GH receptors on the liver surface(12). Dietary restriction accompanied by weight loss and excessive exercise, lead to the depletion of glycogen stores and impaired hepatic gluconeogenesis, resulting in hypoglycemia. In the presence of this disorder, which often occurs in severe cases of AN, insulin levels are appropriately decreased. Furthermore, it is important to consider that AN cases are increasingly occurring in patients with previously established type 1 diabetes mellitus, which represents a challenge for the management of these patients, impairing glycemic control(13). Abnormalities in GH secretion and low levels of IGF-I and IGFBP-3 contribute to poor growth in prepubertal patients, a reduced pubertal growth spurt, and a reduction in their adult height(14). Recently, a reduction in the PAPP-A2 protease, involved in the cleavage of IGF transporter proteins (IGFBP-3 and IGFBP-5), has also been described in patients with AN. This decrease would limit the release of free IGF-I, thus reducing its bioavailability, which reinforces the functional state of GH resistance characteristic of these patients(15).

Diagnosis

Decreased growth velocity for the patient’s pubertal stage. Affected children and adolescents may have short stature relative to their age and sex. Blood IGF-1 levels will be decreased, as will insulin levels. In cases of severe anorexia nervosa, hypoglycemia may be observed.

Treatment

IGF-1 levels increase with refeeding, and weight gain induces normalization of GH secretion. During the active disease phase, administration of supraphysiological doses of recombinant GH does not appear to elevate IGF-1 levels and could instead be detrimental through a reduction in fat mass secondary to GH-stimulated lipolysis in a patient who remains cachectic(16). In cases of sustained hypoglycemia, treatment should be with glucose supplements, since severe hypoglycemia has been associated with sudden death due to liver failure and depletion of the stores needed to maintain glycemia(13).

Corticotropic axis (CRH-ACTH)

The hypothalamic-pituitary-adrenal axis is chronically stimulated in at least one-third of women with AN. Although the degree of hypercortisolism is inversely related to body mass index (BMI) and fat mass, cortisol measurements rarely exceed twice the upper limit of normal. Increased cortisol levels are influenced by chronic stress related to malnutrition and are also an adaptive mechanism to maintain euglycemia in a state of low energy availability(6,7). Furthermore, increased ghrelin levels in AN contribute to the stimulation of corticotropin-releasing hormone (CRH)(17). This hormone has an anorexigenic role that aggravates weight loss(18). Hypercortisolism is associated with lower lean mass and bone mineral density, as occurs in Cushing’s syndrome, although Cushingoid stigmata are not observed in patients with AN(19).

Diagnosis

In clinical practice, adrenocorticotropic hormone (ACTH) and cortisol are not routinely determined.

Treatment

No pharmacological treatment is currently recommended for the management of relative hypercortisolism in AN. This is understood as part of the adaptive changes that occur in the disease, and not as a contributor to the Cushingoid state, as opposed to pathological hypercortisolemia(7). However, hypercortisolism may not completely resolve despite weight recovery, so in these cases, continued endocrine monitoring is recommended until the axis is restored(4).

Thyrotropic axis (TRH-TSH)

The severe weight loss that occurs in AN is accompanied by thyroid abnormalities, similar to the euthyroid sick syndrome observed in various systemic diseases. It is also a result of adaptation to a state of lower energy and metabolism. It is characterized by decreased total triiodothyronine (T3) levels, with normal or borderline-low levels of free thyroxine (FT4) and thyroid-stimulating hormone (TSH), and increased reverse T3 (R3T3) due to increased peripheral conversion of thyroxine (T4) to inactive T3. Decreased free T3 (FT3) concentrations and a lower FT3/FT4 ratio have also been observed to be associated with greater severity of depressive symptoms.

Diagnosis

Blood tests for thyroid hormones (total and free T3, free T4, FT3/FT4, and TSH).

Treatment

Hormonal treatment is not required, as the changes are adaptive and will improve with weight restoration. In fact, the use of thyroid hormone can aggravate weight loss and promote drug abuse(6). Sometimes, thyroid hormone levels may be delayed in returning to normal, even after achieving a healthy weight.

Posterior pituitary (antidiuretic hormone, oxytocin) and kidney function

• Antidiuretic hormone (ADH): it is characteristically elevated in some psychiatric pathologies, such as depression. In AN, a slight increase is also observed, although not as pronounced as in other disorders. ADH has a stimulatory role on ACTH; however, it does not appear to be the main contributor to the hyperactivity of this axis in AN(18). However, inappropriate ADH secretion leads in some patients to free water retention by the kidneys and decreased levels of natremia, which are generally not severe(20). Other causes of hyponatremia in AN include excessive water consumption, hypovolemia related to malnutrition and vomiting, as well as some drugs that lead to the syndrome of inappropriate antidiuretic hormone secretion (SIADH)(21).

• Other electrolyte disturbances may occur: hypokalemia, hypomagnesemia, and hypophosphatemia. It is especially important to be vigilant of refeeding syndrome, characteristic of rapid nutritional rehabilitation, in which the increase in carbohydrates in the blood and, consequently, insulin, introduces electrolytes (potassium, magnesium and phosphorus) into the cells, with their corresponding decrease in plasma(22).

• Oxytocin: AN is also associated with altered secretion of oxytocin, a hormone with anorexigenic effects in the hypothalamus. Postprandial oxytocin levels are higher in women with AN compared with normal-weight controls, indicating an adaptive response to decreased central postprandial oxytocinergic satiety signals. Furthermore, increased levels of this hormone have been associated with greater severity of anxiety and depression symptoms in these patients. However, nocturnal serum oxytocin levels are decreased in AN compared with normal-weight controls(23).

Adipokines, peptides and appetite-regulating hormones

The state of starvation that accompanies AN entails adaptive changes that affect appetite regulation and metabolism. Characteristically, decreased levels of leptin and insulin are observed, while, conversely, increased levels of ghrelin and peptide YY (PYY).

• Leptin: leptin is an adipokine mainly produced by the adipose tissue, which regulates appetite and energy metabolism, with anorexigenic action. A direct relationship has been shown between serum leptin concentration and the amount of body fat mass, in both children and adults, although there is great individual heterogeneity for a given BMI. Studies in our hospital described how adolescents with AN present significantly lower plasma leptin levels compared to healthy controls of the same age and sex(24). Furthermore, leptin stimulates the secretion of gonadotropin-releasing hormone (GnRH) and hypoleptinemia contributes to hypothalamic amenorrhea in AN(6). Endogenous leptin levels increase with refeeding and weight gain(25).

• Insulin: insulin, similar to leptin, has an anorexigenic effect. Insulin levels in AN are also found decreased, in response to the chronic state of malnutrition and, especially, in cases of hypoglycemia, contributing to maintaining normal blood glucose values(12,13).

• Ghrelin: Ghrelin is an orexigenic hormone secreted by oxyntic cells in the stomach and is elevated in AN, both fasting and at night(7). In addition, it stimulates the secretion of GH and ACTH, which also contributes to maintaining euglycemia(17). Elevated levels of ghrelin are an adaptive response to chronic nutritional deprivation and decrease with weight gain(6).

• Peptide YY (PYY): PYY is an orexigenic hormone secreted by enteroendocrine cells of the intestine in response to food intake. Physiologically, PYY levels are low during fasting, whereas they increase rapidly in the postprandial period. Therefore, it is expected that, in AN, PYY levels would be decreased. However, elevated levels have been observed, which could enhance the low nutrient intake, as well as the psychopathology of this eating disorder(6,7).

Diagnosis

Serum measurement of appetite-regulating peptides (leptin, insulin, ghrelin, and PYY). Although these hormones are not generally assessed in clinical practice, they have been proposed, among others, as potential diagnostic biomarkers for identifying AN cases(26).

Treatment

Appetite-regulating peptides will, to a greater or lesser extent, return to normal levels with refeeding and weight gain. However, there are some peculiarities, such as ghrelin, where it has been shown that, despite weight restoration, levels remain higher compared to healthy controls(6). However, beyond the isolated values of these markers, and encompassing them as part of the broad pathogenesis of the disease, they are proposed as potential therapeutic targets for AN(26), which currently has no approved pharmacological treatment. This is the case of metreleptin, a recombinant human analogue of leptin, which could represent a future therapeutic option for AN, given the role of the characteristic hypoleptinemia in these patients(26). However, further studies are needed to advance in this line.

Bone health

The combination of hormonal deficiencies and malnutrition present in AN is associated with decreased bone mineral density, which increases the risk of osteoporosis and fractures. The best therapeutic strategy to preserve bone density is weight restoration and gonadal function.

Adolescents with AN present with decreased bone mineral density (BMD), which is accompanied by impaired bone microarchitecture and an increased risk of fractures. As previously mentioned, the etiology of decreased BMD is multifactorial. Along with low weight, changes in lean mass and fat stores, alterations in the hypothalamic-pituitary axis, and variations in the levels of adipokines and appetite-regulating peptides negatively affect bone health(5-8,27).

Hormones produced in the anterior pituitary gland are important determinants of BMD, including GH resistance and relative IGF-1 deficiency, which is a major contributor to net bone loss(27). Hypercortisolemia, characteristic of this disorder, has multiple deleterious effects on bone, decreasing formation and increasing bone resorption(5). Estrogens, along with testosterone, have anabolic effects on bone and inhibitory effects on bone resorption; however, both are decreased in AN. Patients with primary amenorrhea show more severe bone loss than those with secondary amenorrhea(8,27).

Regarding adipokines and appetite-regulating peptides, leptin levels are characteristically decreased in AN, which is associated with lower fat mass and bone density. Similarly, insulin, which has an anabolic effect on bone, is decreased in AN, which is associated with lower levels of bone formation and lower bone density(28).

Adolescence is a crucial period, with changes in bone structure and peak bone mass. It has been shown that adolescents with AN have a lower peak bone mass compared to normal-weight controls, resulting in suboptimal peak bone mass and poorer future bone health(5). It should also be noted that regular exercise (weight bearing) is healthy for bone, but very intense exercise, as performed by some patients with AN, can be detrimental.

Regarding bone microarchitecture, both trabecular and cortical bone are affected, although general data suggest that, in women, trabecular bone is affected more than cortical bone. This has been attributed to the profound estrogen deficiency that often accompanies this disorder(5,27). In contrast to women, men with AN have greater bone involvement in areas where cortical bone predominates(5).

Diagnosis

BMD assessment by dual-energy X-ray absorptiometry (DXA) at L1-L4 level is recommended after 6-12 months of amenorrhea. However, some groups perform baseline DXA, even in the presence of menstrual cycles, to assess initial data(29). BMD should be corrected for bone age and/or height. Until menses resume, L1-L4 DXA should be repeated annually. In all patients with AN, the presence of low BMD should be used to raise awareness of the importance of bone health, as well as to encourage weight gain.

Treatment

Table I summarizes the main therapies studied and their effectiveness for the management of decreased BMD in adolescent and young women with AN.

table

The most effective strategy for improving bone density is weight normalization and restoring menstrual cycles. To achieve this, it is paramount to follow psychiatric guidelines and participate in a multidisciplinary approach. It is important to optimize calcium and vitamin D intake according to age-specific daily requirements (e.g., in adolescents who do not meet at least two dairy products per day, supplement with 1,300 mg of elemental calcium and 600 IU of vitamin D); however, supplementation alone is not an effective therapy for increasing bone density(5).

Drug therapy should be considered in women with AN, amenorrhea, and low BMD z-scores (≤-2 or individualized in cases with a z-score ≥-2 but long-standing secondary amenorrhea) or bone fractures, and whenever weight gain strategies have not been effective. Treatment is usually continued for at least 1 year, after which BMD testing is repeated. Although BMD has not usually normalized after 1 year, treatment should be individualized for each patient depending on psychiatric and weight outcomes. Oral estrogens have not been shown to be effective in increasing BMD, but therapy with transdermal 17β-estradiol patches at a dose of 100 µg/day (it is a high dose, especially considering the tendency to use low doses of estradiol, especially in adolescents) and cyclic progesterone did show an increase in BMD in the spine and hips (Misra 2011). Despite this, in clinical practice it is common to use transdermal ethinylestradiol at a dose of 34 mg/day + progestogen (Evra® patch). However, this therapy is not sufficient to normalize BMD, probably because it does not correct other hormonal abnormalities that are important for bone health(27). This would be the case of IGF-1 deficiency, a characteristic of malnutrition present in AN, for which therapeutic options have been explored, such as the administration of recombinant IGF-1 (rhIGF-1). Some studies indicate that rhIGF-1 therapy may increase bone formation and improve BMD, especially when combined with other interventions such as hormone therapy. However, these authors emphasize that the available evidence is limited and not without risks(5). Similarly, in relation to the hypoleptinemia present in AN, the administration of subcutaneous leptin has been evaluated and, although it apparently improves BMD, it seems that the effects are not directly produced by leptin and, furthermore, given that weight loss is enhanced with this therapy, exhaustive monitoring is necessary(27).

Bone-activating drugs approved for the treatment of postmenopausal osteoporosis, including antiresorptives (bisphosphonates) and bone anabolics (teriparatide), have also been studied in AN. Bisphosphonates have not been approved by the FDA for women of childbearing age due to limited knowledge of their long-term efficacy. Teriparatide, a parathyroid hormone analogue, has also not been approved due to the risk of osteosarcoma, especially in the pediatric population where bone epiphyses remain open(5,27). No data are available in AN for denosumab (a monoclonal antibody used to treat osteoporosis in postmenopausal women and other conditions with risk of fractures).

Cholesterol metabolism

Hypercholesterolemia is frequently present in patients with AN, but does not pose an increased cardiovascular risk.

Hypercholesterolemia, a common finding in patients with AN, is a consequence of increased lipolysis, increased fat mobilization, and decreased hepatic lipid metabolism, among others. However, recent studies suggest that these patients do not have an advanced atherogenic lipid profile, and although some alterations persist with partial weight recovery, most are reversed(30).

Diagnosis

Elevated concentrations of total cholesterol and high, low and very low-density lipoproteins (HDL, LDL and VLDL).

Treatment

It is usually not necessary.

Anorexia nervosa in males

The prevalence of AN in males is increasing. Similar to women, they present with hypothalamic-pituitary and bone health problems.

Although AN is most commonly diagnosed in adolescent females, its prevalence in males is underestimated and increasing. AN should be suspected in cases with a history of weight loss, especially if other psychiatric comorbidities or substance abuse are present, a BMI lower than the age- and sex-appropriate level, symptoms of hypogonadism, bone fragility, or multiple endocrinopathies not otherwise explained.

Similar to females, males present with hypothalamic-pituitary axis involvement (hypogonadotropic hypogonadism with decreased testosterone and estradiol levels, hypercortisolism, and sick euthyroid syndrome). Fat stores are decreased, as are leptin levels. A particularity is that men with AN have a higher percentage of trunk fat and a higher trunk/extremity fat ratio compared to normal-weight men. This finding is attributable to hypogonadism with decreased testosterone levels.

Bone health is also affected in males; however, compared with adolescent females with AN, males have lower BMD z-scores at the hip and femoral neck, whereas females have lower lumbar BMD. These sex-specific characteristics suggest that not everything that occurs in female AN is attributable to males(6). Further studies are needed to clarify the characteristic alterations of AN in males.

Role of the Primary Care pediatrician

A crucial role in the early detection of the disease, as well as the underlying endocrinological aspects, and in coordinating patient follow-up and rehabilitation with specialists.

The role of the primary care pediatrician is crucial, from the initial diagnosis of AN, through the monitoring of the disease and associated endocrinological disorders, to nutritional, psychological, and medical rehabilitation within a multidisciplinary approach. Their main functions include:

• Primary prevention: health education on nutrition and exercise.

• Knowledge of the illness. If an eating disorder is suspected, referral to child and adolescent psychiatry should be made.

• Frequent monitoring of the patient, facilitating the early detection of endocrinopathies and other medical disorders, characteristic of AN. Evaluation of growth velocity, pubertal stage, menstrual cycles, and weight development.

• In the event of endocrine disorder suspicion, referral to a pediatric endocrinologist is essential, ensuring proper communication for comprehensive patient management.

• Promoting weight recovery and, with it, the restoration of hypothalamic-pituitary axes, supporting the patient and their family throughout this process.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript or source of funding.

 

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The asterisks show the authors’ opinion of the article’s interest.

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Clinical case

 

A 14-year-old female adolescent with anorexia nervosa, referred to the endocrinology clinic for secondary amenorrhea.

Family history: nothing relevant to the case. The mother had a height of 167 cm and menarche at 13 years, and the father had a height of 182 cm and normal pubertal development.

Personal background: onset of restrictive eating behavior at the age of 12 years old, reaching a minimum weight of 42 kg (BMI: 15.67 kg/m2, -1.75 SDS) at age 13, which required admission to the psychiatric ward. Menarche tood place at 11 years of age, with regular cycles initially.

Current illness: two years of amenorrhea. Slow and progressive weight recovery. Adequate nutrition, not following a specific menu presently, and she has scheduled physical exercise at school.

Physical examination: weight: 43.9 kg (19th centile, -0.88 SDS); Height: 163 cm (81st centile, 0.89 SDS); BMI: 16.52 kg/m2 (7th centil, -1.51 SDS according to Hernández et al. Spanish growth chart). HR: 72 bpm. Normal female external genitalia, Tanner pubertal stage IV (B4, P4, A3). Breasts of intermediate consistency. The rest of the examination was unremarkable.

Additional tests: pelvic ultrasound: postpubertal uterus with a thin endometrial echogenic lining. Ovaries of normal size and echostructure (right: 5.1 ml; left: 6.8 ml) with multiple small follicular cysts. Nutritional and hormonal analysis: fasting glucose: 76 mg/dl (60-100); insulin: *0.8 µIU/ml (4-11); sodium: *133 mEq/L (135-145); total cholesterol: *260 mg/dl (120-200); TSH: 3.24 µU/l (0.36-5.5); FT4: 0.92 ng/dl (0.65-1.4); T3: *0.53 ng/ml (0.9-2); IGF-1: *99 ng/ml (201 ± 78); IGFBP-3: 2.74 mcg/ml (3.1 ± 0.5); PRL: 17.3 ng/ml (3.5-25); LH: *0.12 IU/L (0.61-56); FSH: *1.84 IU/L (2-22); estradiol: *8.4 pg/ml (10-500); 25-Hydroxyvitamin D: 26.3 ng/ml (20-60). Bone age: 14 years and 6 months (chronological age 14 years). DEXA scan (L1-L4): 0.738 g/cm2 (-2.1 z-score).

 

 

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Pubertad normal

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Regreso a las bases

Pubertad normal

J. Pozo Román

Médico adjunto del Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid. Profesor Asociado de Pediatría. Universidad Autónoma de Madrid

 


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2020; XXIV (4): 231.e1 – 231.e10

 

 

 

Pubertad precoz y adelantada

E. Galiano Alonso*, J. Pozo Román**
Temas de FC


E. Galiano Alonso*, J. Pozo Román**

*Médico Adjunto del Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

**Jefe de Sección del Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. Profesor Asociado de Pediatría. Universidad Autónoma de Madrid

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Autor para correspondencia

esther.galianoalonso@gmail.com

Resumen

La edad en que la pubertad se inicia es muy variable, existiendo una tendencia secular del crecimiento y desarrollo en los últimos años, influenciada, además de por el sexo, por factores genéticos y ambientales. Su presentación precoz puede ser una simple variación extrema de la normalidad o el reflejo de alguna de las múltiples patologías que pueden influir o condicionar el momento de su aparición. La pubertad precoz central idiopática, derivada de la reactivación precoz del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal, es la forma más frecuente de pubertad precoz en ambos sexos. Sin embargo, es fundamental para el pediatra de Atención Primaria conocer las distintas causas congénitas y adquiridas de pubertad precoz, realizar una orientación diagnóstica adecuada y diferenciar aquellas variantes de la normalidad de la pubertad de las que no lo son, para derivar a un servicio de Endocrinología Pediátrica si lo considera necesario, ya que el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios a una edad “inadecuada” es motivo de preocupación para los padres y los pacientes y puede tener repercusiones negativas en la vida adulta.

 

Abstract

The onset of puberty is subject to significant variation, exhibiting a secular trend of growth and development in recent years. This phenomenon is influenced by a combination of sex, genetic and environmental factors. Its early presentation may be a manifestation of extreme variation within the normal range or a reflection of underlying pathologies that influence or condition the timing of onset. Idiopathic central precocious puberty, arising from early reactivation of the hypothalamic-pituitary-gonadal axis, is the most prevalent form of precocious puberty in both sexes. However, it is essential for the primary care pediatrician to be cognizant of the various congenital and acquired etiologies of precocious puberty, in order to formulate an accurate diagnostic approach and differentiate between normal and atypical pubertal development. If deemed necessary, referral to a Pediatric Endocrinology service should be considered, as the development of secondary sexual characteristics at an “inappropriate” age can be a cause for concern for parents and patients and may have deleterious consequences in adult life.

 

Palabras clave: Pubertad normal; Pubertad precoz; Pubertad adelantada; Análogos GnRH.

Key words: Normal puberty; Precocious puberty; Early puberty; GnRH agonists.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 226 – 239

 


OBJETIVOS

• Ser capaz de establecer los límites cronológicos que determinan si una pubertad es precoz (PP) y sospecharla ante una niña con telarquia y aumento de la velocidad de crecimiento antes de los 8 años y ante un varón con desarrollo genital antes de los 9 años.

• Conocer la existencia de variantes normales de la pubertad (VNP), que no precisan habitualmente tratamiento, y sus diferencias con una verdadera PP, así como las potenciales consecuencias de ambas para el paciente y su familia.

• Distinguir las causas más frecuentes de PP y saber que, aunque en la mayoría de los casos la PP es idiopática, en ocasiones y especialmente cuando se inicia por debajo de los 6 años, puede ser la principal/única manifestación de una patología grave.

• Saber realizar un enfoque diagnóstico y diferenciar entre una PP y una VNP, con una adecuada anamnesis-exploración física y un número muy limitado de pruebas complementarias, identificando así los signos de alarma que permitan la derivación precoz a un servicio de Endocrinología Pediátrica.

• Conocer las bases terapéuticas de la PP, especialmente los análogos de GnRH en la PP central, así como sus potenciales beneficios y posibles efectos secundarios.

 

Pubertad precoz y adelantada

https://doi.org/10.63149/j.pedint.41

 

Introducción

Las alteraciones en la cronología de la pubertad pueden determinar trastornos no solo del desarrollo gonadal y genital, sino también, del crecimiento, de la composición y proporciones corporales, así como de los aspectos psicológicos y emocionales propios de la adolescencia.

La pubertad es el periodo del desarrollo humano en el que tienen lugar los cambios biológicos y somáticos que marcan la diferencia entre la infancia y la edad adulta. Es un proceso madurativo de límites imprecisos que, en condiciones normales, se inicia con la aparición de los caracteres sexuales secundarios (CSS) y finaliza cuando se ha alcanzado la talla adulta, la maduración sexual completa y la capacidad reproductora, lo que viene a suceder en la mayoría de los casos, unos 4-5 años después de su inicio. Este proceso conlleva no solo el desarrollo gonadal y genital, sino también, la aceleración del crecimiento (estirón puberal -EP-), la modificación de la composición y de las proporciones corporales, así como cambios psicológicos y emocionales propios de la adolescencia(1).

Fisiología de la pubertad

La pubertad se considera “normal” cuando resulta de una activación mantenida del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal (HHG) y se inicia a una edad entre ± 2-2,5 desviaciones estándar (DE) de la media para el sexo y población de referencia; en la práctica clínica, entre 8-13 años en niñas y entre 9-14 años en varones. De una forma simplificada, el eje HHG estaría formado por: 1) las neuronas hipotalámicas productoras de hormona liberadora de gonadotropinas (neuronas-GnRH); 2) las células gonadotropas hipofisarias, responsables de la producción y liberación de las gonadotropinas hipofisarias en respuesta a la GnRH: hormona luteinizante (LH) y foliculoestimulante (FSH); y 3) las propias gónadas, principales responsables de la liberación de péptidos gonadales y esteroides sexuales (ES), fundamentalmente testosterona en el varón y estradiol en la mujer, responsables, a su vez, del desarrollo de los CSS.

A lo largo de la vida, existen tres periodos de activación del eje HHG(1,2). La primera se produce, en la vida intrauterina, al final del primer trimestre de gestación, contribuyendo al incremento del tamaño del pene y al descenso testicular. Posteriormente, es inhibido por el retrocontrol negativo de las hormonas placentarias, cuya desaparición postparto permite su reactivación transitoria, a partir de la 1ª semana de vida postnatal, que se extiende, aproximadamente, hasta los 6 meses en los varones y hasta los 2-3 años en las niñas; es lo que se conoce como “minipubertad”.

• En la minipubertad de los varones, predomina la actividad de la LH, lo que estimula la secreción de testosterona por las células de Leydig, generando ciertos efectos androgénicos (incremento del pene y descenso testicular) que son limitados por un aumento de la SHBG (proteína transportadora de los ES); por su parte, la FSH induce una proliferación de las células de Sertoli inmaduras, que podría ser un factor crítico en la fertilidad futura.

• En las niñas, las concentraciones de LH y FSH son similares, lo que induce el desarrollo folicular ovárico, con presencia frecuente de quistes, especialmente durante el 1er año, y la producción fluctuante de estradiol, que puede traducirse en un crecimiento mamario también fluctuante (telarquia del lactante).

Después de la minipubertad, el eje HHG permanece quiescente, como consecuencia de una supresión activa de la secreción de GnRH, hasta el inicio de la pubertad; si bien esta inhibición no es completa, especialmente en niñas, que pueden presentar quistes foliculares ováricos que pueden generar episodios autolimitados y fluctuantes de telarquia aislada (telarquia prematura aislada).

Unos 2 años antes de que aparezcan los primeros signos clínicos de la pubertad, el eje HHG se reactiva nuevamente, incrementando progresivamente la secreción pulsátil de GnRH y gonadotropinas y, con ello, la de los ES, lo que inducirá el desarrollo progresivo de los CSS. Los mecanismos neurobiológicos que regulan la puesta en marcha de la pubertad y, en general, los periodos de activación y quiescencia del eje HHG continúan siendo un enigma.

Manifestaciones clínicas de la pubertad

El inicio puberal, desde el punto de vista clínico, lo marca la aparición y el desarrollo de los CSS, que siguen una secuencia relativamente predecible y categorizada en cinco estadios por Marshall y Tanner en la década de los sesenta(3,4). En 1966, Prader introdujo en la valoración del desarrollo puberal el volumen testicular (orquidómetro). En condiciones normales, existe una aceptable correlación entre el volumen testicular y el estadio de Tanner (Tabla I). En las niñas, la aparición del botón mamario (telarquia) suele ser el primer signo puberal (edad media: 10,5-11 años; intervalo: 8-13 años); mientras que, en los varones, lo suele ser el incremento del volumen testicular (≥4 ml de volumen, edad media: 11,5-12 años; intervalo: 9-14 años). El vello pubiano y axilar aparecen, habitualmente, unos meses después; si bien, debido a la producción androgénica adrenal, su aparición puede preceder, incluso en años, al inicio de la pubertad (“adrenarquia prematura”). La menarquia suele producirse en el estadio puberal IV (edad media: 12,5-13 años), unos 2 años después del inicio puberal, cuando la EO está alrededor de 13 años. El estirón puberal (EP) en las niñas es precoz y acompaña a la telarquia en el inicio puberal (estadio II); mientras que, en los varones, es más tardío y suele iniciarse en el estadio III, marcado por el incremento del tamaño del pene, unos 6-12 meses después del inicio puberal y cuando el volumen testicular alcanza los 8-10 ml. El volumen testicular en un adulto es habitualmente ≥20 ml (rango 12-27 ml). El intervalo desde el inicio de la pubertad a la menarquia es de 2,4 años ± 1,1 año (media ± 1 DE), y la media hasta alcanzar un testículo de 20 ml, habitual en un adulto, es de 3,2 ± 1,8 años (media ± 1 DE).

tabla

 

Factores implicados en el desarrollo puberal

La edad de inicio puberal varía 4-5 años entre individuos normales y está determinada por factores genéticos (60-80 %) y ambientales (herencia poligénica).

Múltiples factores ambientales pueden influir en el inicio puberal, probablemente a través de mecanismos epigenéticos, entre otros(1): nutricionales (un índice de masa corporal elevado se asocia a pubertad más temprana); socioeconómicos (ambiente socioeconómicos favorables se asocian a desarrollo puberal más temprano y viceversa); estrés crónico (inhibe el eje HHG y estaría implicado en el retraso puberal asociado a enfermedades crónicas, amenorrea atlética o conflictos bélicos); condiciones de vida intrauterina (pequeños para edad gestacional, prematuridad, muestran mayor incidencia de pubertad adelantada o precoz); disruptores endocrinos (alimentos, cremas, aceites…); y adopción, especialmente internacional (las niñas de adopción internacional mostraron en el estudio español de 2010 un riesgo 25 veces mayor de desarrollar una PP(5)).

Desde mediados del siglo XIX, en los países occidentales desarrollados, se ha observado una mejoría en el crecimiento, con mayores tallas adultas en ambos sexos, y una tendencia a una maduración más rápida, especialmente en mujeres. Ambos fenómenos son conocidos como “tendencia secular del crecimiento y desarrollo”, muestran variaciones de magnitud entre diferentes países y se han atribuido, especialmente, a la mejoría en la nutrición, salud y condiciones generales de vida(1). Es objeto de debate si este fenómeno continúa o se ha estabilizado ya en algunos países, aunque una reciente revisión sistemática y metaanálisis sugiere que esta tendencia continúa y que la telarquia se ha adelantado unos 3 meses por década entre 1977 y 2013(6). Un incremento de la obesidad y una mayor exposición a disruptores endocrinos podrían estar influyendo en esta tendencia y podrían cuestionar en un futuro los estándares cronológicos que definen una PP.

Pubertad precoz (PP)

Una pubertad precoz se define por la aparición de los caracteres sexuales secundarios antes de los 8 años en las niñas y de los 9 años en los niños. Es una patología de baja prevalencia y claro predominio femenino. La gran mayoría de los casos se corresponden con formas de pubertad precoz central idiopática.

Aunque no existe un consenso internacional al respecto, la pubertad precoz (PP) suele definirse como la aparición de los CSS antes de los 8 años en las niñas y de los 9 años en los niños. Unido al concepto de PP, estaría el de “pubertad adelantada(PA), que sería aquella que se inicia próxima a los límites inferiores de la normalidad, para la mayoría de los autores, entre los 8-9 años en las niñas y entre los 9-10 años en los niños(1,7). La PA se considera habitualmente como una variante normal de pubertad (VNP) que, en la mayoría de los casos, no precisaría tratamiento. Existen, también, una serie de entidades clínicas, más frecuentes en niñas, que se caracterizan por la aparición precoz de alguno de los CSS (telarquia, pubarquia…), pero sin una clara activación del eje HHG. Estas entidades clínicas, denominadas “PP parciales o disociadas” (telarquia, adrenarquia o menarquia prematuras aisladas), se consideran también VNP y, por tanto, no requerirán tratamiento, aunque sí un diagnóstico diferencial con la PP(1).

Clasificación de la pubertad precoz

La aparición y desarrollo de los CSS se debe al incremento progresivo de los ES, que pueden tener distinto origen (Tabla II), lo que permite clasificar la PP en:

PP central (PPC). Conocida, también, como PP verdadera o PP dependiente de gonadotropinas, ya que el incremento de ES resultaría de una reactivación normal, pero precoz, del eje HHG y, por ello, siempre es isosexual.

tabla

 

PP periférica (PPP). Conocida también como pseudopubertad precoz o PP independiente de gonadotropinas. La fuente de ES puede ser exógena o endógena, gonadal o extragonadal, pero, en cualquier caso, no es la consecuencia de la activación del eje HHG, que por el aumento de ES suele estar inhibido (mecanismo de retrocontrol negativo). Dependiendo del ES aumentado (andrógeno o estrógeno) y del sexo del niño, las manifestaciones clínicas pueden ser isosexuales (apropiadas al sexo del niño) o contrasexuales (contrarias al sexo del niño).

PP mixta. Es una forma de presentación excepcional; se la conoce también como PP combinada o PPC secundaria, ya que resultaría de la transición de una PPP a una PPC. La exposición prolongada a ES, provocada por una PPP, aceleraría el crecimiento, la edad ósea (EO) y la maduración de los centros hipotalámicos implicados en el inicio del desarrollo puberal, causando así una reactivación precoz del eje HHG y el desarrollo secundario de una PPC. En raras ocasiones, lo que provoca la PPC es la instauración de un tratamiento que frena la producción de ES y es la deprivación de estos la que induce la activación del eje HHG.

Epidemiología de la pubertad precoz

La PP es una patología infrecuente, pero en aumento en los últimos años. El estudio español de 2010, mostró una incidencia anual que oscilaba entre 0,02 y 1,07 nuevos casos por 100.000 niños(5). Hasta el 90-95 % de casos son PPC, con claro predominio femenino (relación que oscila entre 3:1 y 23:1 según las series; 10:1 en el estudio español de 2010(5)).

Los datos históricos destacan una mayor frecuencia de organicidad en el caso de PPC en varones en comparación con las mujeres (73-94 % en niños frente a 8-33 % en niñas)(7,8). Sin embargo, un reciente estudio multicéntrico italiano, en niños sanos diagnosticados de PPC (excluyendo causas genéticas), encontró únicamente un porcentaje del 5,7 % de patología intracraneal que justificara la PPC(9). Estos resultados son consistentes con otros estudios recientes en los que se aplicaron criterios de selección similares (ausencia de hiperplasia suprarrenal congénita, síndromes, retraso psicomotor o lesiones previas del sistema nervioso central -SNC-) y se excluyeron hallazgos incidentales, no responsables de la PP, en la RM craneal(9).

Morbilidad asociada a la pubertad precoz

El desarrollo precoz de la pubertad conlleva, además de los riesgos asociados a la patología orgánica responsable, una serie de riesgos potenciales(1):

Consecuencias auxológicas. Pérdida de talla adulta por rápida aceleración de la EO y cierre precoz de los cartílagos de crecimiento con modificación de las proporciones corporales (acortamiento de extremidades). La pérdida de talla puede ser muy variable, pero suele ser tanto mayor cuanto más precoz es el inicio puberal y mayor la rapidez de progresión de la EO y del desarrollo puberal. En cualquier caso, la repercusión auxológica es muy difícil de predecir en un sujeto concreto, ya que los métodos de predicción de talla son inadecuados para este tipo de pacientes y existen mecanismos fisiológicos de compensación responsables de que no todas las PP conduzcan a una talla baja. En cualquier caso, existen determinadas poblaciones de riesgo para una mayor afectación de la talla, como son los pacientes con: talla baja en el momento del diagnóstico; cuadro sindrómico asociado a talla baja; antecedentes de recién nacido pequeño para edad gestacional (RNPEG) o prematuridad; deficiencia asociada de hormona de crecimiento (DGH); patología oncológica con radioterapia craneal y, especialmente, cráneo-espinal; o antecedentes de adopción internacional.

Consecuencias psicoconductuales. También difíciles de predecir dada la variabilidad individual: estrés, dificultades de adaptación a los rápidos cambios físicos y psicológicos, aislamiento, depresión, desarrollo de conductas sexuales inadecuadas, problemas de conducta…

Otros riesgos potenciales, no claramente demostrados, como son, entre otros: en mujeres, mayor riesgo de obesidad, síndrome metabólico y cáncer de mama; y, en varones, mayor riesgo de cáncer testicular.

Etiopatogenia y manifestaciones clínicas

Pubertad precoz central (PPC)

La pubertad precoz central se debe a una reactivación precoz del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal y se caracteriza clínicamente por un desarrollo precoz de los caracteres sexuales secundarios, que siempre son isosexuales y que siguen la secuencia normal de aparición, pero a una edad inadecuadamente temprana.

La PPC se caracteriza clínicamente, en las niñas, por la aparición (telarquia) y desarrollo progresivo de la mama antes de los 8 años, que puede ser, inicialmente y durante unos meses, unilateral, y por el incremento del volumen testicular (≥4 mL) en los varones antes de los 9 años, que es seguido, habitualmente y en ambos casos, por el desarrollo de la pubarquia y axilarquia. La EO se adelanta, habitualmente más de 2 DE por encima de la edad cronológica y, en las niñas, la velocidad de crecimiento experimenta una rápida aceleración (EP) que coincide o incluso puede preceder a la aparición del botón mamario. En los varones, el estirón puberal es un fenómeno más tardío en el desarrollo puberal (estadio III de Tanner) y no suele coincidir con el incremento inicial del volumen testicular; no obstante, en los casos de PPC, también tiende a adelantarse (finales del estadio II o principio del III)(7).

La etiopatogenia de la PPC es múltiple y heterogénea (Tabla II); en cualquier caso, todas ellas conducen a una reactivación precoz del eje HHG. Si no se identifica una patología que justifique la PPC, esta se puede clasificar como idiopática, que es con mucho la forma más prevalente. Atendiendo a las causas que subyacen a la reactivación prematura del eje HHG, la PPC se puede clasificar en cuatro grandes grupos, atendiendo a si la causa es congénita o adquirida y a si se asocian o no lesiones estructurales del sistema nervioso central (SNC).

PPC de causa congénita con lesiones estructurales del SNC

Hamartoma hipotalámico (HH). Son tumores benignos constituidos por tejido hipotalámico ectópico (neuronas y células gliales), localizados debajo del tercer ventrículo. Es la causa orgánica de PPC más frecuente en ambos sexos, manifestándose a edades tempranas (mediana de 2,5 años en niñas y 3,7 años en niños). Pueden ser asintomáticos o, según la anatomía del HH en la RM, presentar una clínica característica. Los HH que están funcionalmente conectados a la región de los cuerpos mamilares y al circuito límbico pueden causar epilepsia, típicamente manifestada en forma de crisis gelásticas (ataques de risa inapropiados e incontrolables); mientras que, los que están conectados al tallo hipofisario y al tuber cinereum pueden causar PPC. Así mismo, puede haber HH de localización intermedia que se presenten como epilepsia asociada a PPC. El tratamiento suele ser médico (análogos de GnRH si PPC), reservándose el tratamiento quirúrgico para la epilepsia resistente a fármacos. Aunque se han postulado varias hipótesis, los mecanismos fisiopatológicos responsables de la asociación entre HH y PPC no están plenamente aclarados(10,11).

Neurofibromatosis tipo 1 (NF1). Es una enfermedad multisistémica con herencia autosómica dominante, caracterizada por lesiones pigmentarias, neurofibromas y mayor riesgo de desarrollo tumoral debido a mutaciones de pérdida de función en el gen que codifica la neurofibromina, lo que se traduce en una activación de la vía de las RAS/MAPK (mitogen activated protein kinase pathway). Los pacientes con NF1 pueden desarrollar PPC, especialmente si presentan gliomas de la vía óptica, lo que sucede en el 30 % de los pacientes, de los cuales un 3 % desarrollará una PPC(10), debido a una posible interferencia con la inhibición tónica del eje HHG.

Otras lesiones congénitas del SNC que se han asociado con PPC son: quistes aracnoideos supraselares, hidrocefalia, esclerosis tuberosa, displasia septoóptica, malformación de Chiari y mielomeningocele, entre otras. Se cree que dichas lesiones alterarían las señales de inhibición tónica que recibe el hipotálamo, favoreciendo la reactivación del eje HHG.

PPC de causa congénita sin lesiones estructurales del SNC

PPC de base genética monogénica. Se calcula que hasta un 12,6 % de los casos previamente clasificados como PPC idiopática tendrían una base monogénica(12); en cualquier caso, hasta ahora se han descrito un número limitado de genes asociados a PPC, los más importantes serían:

Mutaciones en heterocigosis con ganancia de función en genes relacionados con el sistema kisspeptina. A pesar del importante papel del sistema de las kisspeptinas en la regulación de la secreción de GnRH, solo se han notificado un número muy reducido de pacientes con mutaciones activadoras en el gen de la kisspeptina (KISS) o en su receptor (KISSR)(10,11).

– Mutaciones en heterocigosis con pérdida de función en el gen “Makorin RING-finger 3” (MKRN3) del alelo paterno. Son el defecto genético más común asociado a la PPC, explicando el 22 % de los casos familiares y el 10 % de los casos esporádicos(11,12). El gen MKRN3 está localizado en la región crítica del síndrome de Prader-Willi (15q11.2) y sometido a impronta genética materna; de forma que, en condiciones normales, el gen del alelo materno no se expresa, por lo que las mutaciones heredadas por vía paterna son las responsables de la PPC. La proteína MKRN3 actúa como supresora de la secreción de GnRH durante la infancia(11).

– Mutaciones en heterocigosis con pérdida de función en el gen “delta-like non-canonical notch ligand 1” (DLK1) del alelo paterno. Constituye hasta un 4 % de los casos familiares de PPC(12). Los pacientes se caracterizan por presentar una PPC no sindrómica con obesidad (niveles circulantes indetectables de DLK1) y mayor prevalencia de resistencia a la insulina, diabetes tipo 2 e hipercolesterolemia en la edad adulta(10). El gen DLK1 está localizado en el cromosoma 14q32.2 y, al igual que el gen MKRN3, también presenta un fenómeno de impronta materna(10,11). Este gen codifica la proteína transmembrana DLK1, que desempeña un importante papel en la adipogénesis (impidiendo la diferenciación de preadipocitos a adipocitos maduros), la neurogénesis y la regulación de la diferenciación celular. El mecanismo exacto por el que el gen DLK1 regula el inicio puberal no ha sido plenamente dilucidado.

PPC sindrómica. Los hallazgos genéticos anormales asociados a la PPC han revelado una gran influencia de los mecanismos epigenéticos, como demuestra la identificación de mutaciones con pérdida de función en genes con impronta genómica (MKRN3 y DLK1) y la asociación de PPC a otros síndromes de base epigenética, como: el síndrome de Temple, el síndrome de Prader-Willi o el síndrome de Rett, entre otros(11).

PPC adquiridas con lesiones estructurales del SNC

Distintas lesiones neoplásicas o no neoplásicas que afectan al cerebro o al hipotálamo se han descrito clásicamente como causantes de PPC; sin embargo, los mecanismos fisiopatológicos implicados siguen sin ser plenamente conocidos.

Tumores del SNC: la presentación clínica de los tumores del SNC está relacionada con la edad del paciente, velocidad de crecimiento tumoral y localización. Así, los tumores supratentoriales pueden presentarse con trastornos visuales, signos de aumento de la presión intracraneal, macrocefalia y/o disfunciones neuroendocrinas (retraso del crecimiento, diabetes insípida, etc.); mientras que, los infratentoriales pueden presentarse con signos de hipertensión intracraneal (vómitos, cefalea), pérdida de peso y ataxia.

Irradiación craneal: utilizada en el tratamiento de tumores del SNC o como tratamiento coadyuvante en otras patologías oncológicas, puede predisponer al desarrollo de una PA o PPC, sobre todo cuando se administra a edades muy precoces, debido al posible daño de las neuronas GABAérgicas. Dosis bajas de radioterapia (18-24 grays (Gy), a menudo se asocian a PPC en niñas; mientras que, dosis por encima de 25 Gy incrementan el riesgo de PPC en ambos sexos, con frecuente asociación a deficiencia de GH, combinación que puede ser especialmente negativa para la talla adulta del paciente. Por encima de los 30 Gy, es frecuente que tras una pubertad temprana/precoz desarrollen una deficiencia de gonadotropinas (hipogonadismo hipogonadotropo). Cuando se administran 50 o más Gy, no suele haber PP, sino una falta de desarrollo puberal secundaria a hipogonadismo hipogonadotropo. El diagnóstico de la PPC secundaria a irradiación craneal puede retrasarse o dificultarse debido a sus peculiaridades clínicas: la ausencia/disminución del estirón puberal (posible deficiencia asociada de GH), y, en el caso de los varones, el escaso o nulo incremento del volumen testicular por efecto de la quimioterapia recibida (hipogonadismo hipergonadotropo)(7).

Otras condiciones: infecciones neonatales, accidentes cerebrovasculares, hidrocefalia, antecedente de traumatismo craneoencefálico y encefalopatías pueden asociarse a PPC. Se ha descrito que los niños afectos de enfermedades del neurodesarrollo tienen una mayor frecuencia de desarrollo puberal temprano. En un estudio multicéntrico transversal de pacientes con parálisis cerebral, se describió que las niñas tenían un inicio puberal más temprano, pero, en contraposición, una menarquia más tardía (alrededor de 14 años); mientras que, los niños presentaban un inicio puberal más temprano, pero con una evolución similar a la población sana(13).

PPC adquiridas sin lesiones del SNC

PPC idiopática. Es la forma más frecuente de PPC, siendo un diagnóstico de exclusión.

PPC secundaria o mixta.

Pubertad precoz periférica (PPP)

Es aquella pubertad precoz en la que el incremento de esteroides sexuales responsables del desarrollo de los caracteres sexuales secundarios no es debido a una activación prematura del eje hipotálamo-hipófiso gonadal. Por tanto, no es una verdadera pubertad, sino una pseudopubertad precoz, y los caracteres sexuales secundarios pueden, no solo perder su secuencia de aparición habitual, sino, en algunos casos, ser contrarios al sexo del paciente (contrasexuales).

Los ES implicados en una PPP pueden ser andrógenos, estrógenos o una mezcla de ambos, y su origen, exógeno (fuentes externas alimenticias, tópicas, orales o parenterales) o endógeno (suprarrenal o gonadal). Las manifestaciones clínicas dependen, fundamentalmente, del tipo de ES responsable, aunque la aceleración del crecimiento y de la edad ósea (EO) son prácticamente constantes. En las niñas con PPP, es frecuente la hiperpigmentación areolar precoz, indicativa de un aumento demasiado rápido y marcado de estrógenos, y la menarquia con desarrollo mamario todavía incompleto y sin clara aceleración del crecimiento. Un acné severo, de rápida progresión y, especialmente, el agrandamiento del clítoris (virilización), debe hacernos sospechar la presencia de un tumor productor de andrógenos. En los varones con PPP, es muy característico el desarrollo progresivo de signos de virilización (aumento del pene, vello pubiano…), sin el aumento esperable del tamaño testicular o, en algunos casos (testotoxicosis, tumores productores de gonadotropina coriónica [HCG]…), con un pequeño aumento (4-6 ml), inadecuado para el grado de desarrollo puberal alcanzado. El desarrollo de signos feminizantes (ginecomastia marcada) es excepcional, pero puede producirse en el contexto de exposición a una fuente externa de estrógenos o, en raros casos, de tumores testiculares (tumor de células de Sertoli asociado al síndrome de Peutz-Jeghers) o adrenales productores de estrógenos.

Las causas que determinan una PPP pueden ser de origen congénito o adquirido (Tabla II).

PPP de causa congénita

Síndrome de McCune-Albright (SMA). Es una enfermedad rara (prevalencia de 1:100.000-1.000.000) debida a una mutación heterocigota somática postcigótica de ganancia de función en el gen de la subunidad alfa de las proteínas G de la membrana (GNAS; 20q13.32), que se produce temprano en la embriogénesis y determina un mosaicismo que puede afectar, de forma variable, a tejidos endocrinos (gónadas, tiroides, adrenales, hipófisis y paratiroides), provocando cuadros de hiperfunción hormonal (PPP, hipertiroidismo, síndrome de Cushing…) y no endocrinos (hueso, timo, bazo, páncreas, riñón, corazón, etc.). Debido a ello, la expresividad clínica puede ser, también, muy variable y el diagnóstico, en algunos casos, difícil. El SMA se puede diagnosticar, además, mediante la combinación de criterios clínicos: 1) displasia fibrosa poliostótica y una o más manifestaciones extraesqueléticas; o 2) presencia de dos o más manifestaciones extraesqueléticas, sin afectación ósea. En cuanto a las manifestaciones extraesqueléticas, son características las manchas café con leche de bordes irregulares (“en costa de Maine”) y las endocrinopatías hiperfuncionantes, entre ellas, la PPP debida al desarrollo cíclico de quistes ováricos secretores de estrógenos en las niñas o debida a la producción autónoma de testosterona en los niños(7,14).

Testotoxicosis o PP familiar del varón. Es una forma de PPP limitada a los varones, debida a una mutación activadora en el receptor de LH-HCG (LHCGR; 2p16.3), de herencia autosómica dominante (esporádica o familiar), que ocasiona una activación autónoma de las células de Leydig. Suele ponerse de manifiesto antes de los 4 años de edad con la aparición de signos puberales, virilización y, típicamente, aumento del volumen testicular (6-8 mL), por lo que clínicamente podría confundirse con una PPC. Aunque existen pocos casos descritos debido a la infrecuencia de la enfermedad, potencialmente podría existir mayor riesgo de malignidad testicular en estos pacientes en la edad adulta temprana, por lo que es necesario el seguimiento posterior de los mismos(15). En niñas, estas mutaciones no producen PPP; ya que es necesaria, además de la LH, la presencia de FSH para la producción de estrógenos(7).

Hiperplasia suprarrenal congénita. Se trata de una enfermedad autosómica recesiva con una prevalencia estimada de 1:14.000-18:000 recién nacidos(16). La mayoría de los casos están causados por la deficiencia de 21-hidroxilasa (gen CYP21A2). Si está insuficientemente tratada, debido al bloqueo enzimático en la síntesis de cortisol, los precursores esteroideos se acumulan y se desvían hacia la síntesis de andrógenos suprarrenales, con la consecuente elevación de los mismos, pudiendo producirse un PPP isosexual en el varón y contrasexual en la niña, sin desarrollo mamario. De forma característica, en el varón, el tamaño testicular permanece prepuberal; no obstante, en algunos casos, pueden existir restos suprarrenales testiculares (habitualmente bilaterales) que crecen por el efecto del aumento de la hormona adrenocorticotropa (ACTH), requiriendo un diagnóstico diferencial con una PPC o con tumores testiculares de otra extirpe anatomopatológica(7).

PPP de causa adquirida

Quistes foliculares ováricos. Secretan estrógenos de forma transitoria, lo que puede ocasionar desarrollo mamario y, en ocasiones, cuando la producción estrogénica desciende, sangrado vaginal esporádico. Los quistes que producen esta sintomatología suelen ser relativamente grandes y pueden ser recurrentes, lo que puede acelerar la maduración ósea y favorecer el desarrollo de una PA o una PPC secundaria. Además, en los que alcanzan un mayor tamaño, puede favorecerse la torsión ovárica y la necesidad de tratamiento quirúrgico(7).

Tumores. Aunque son causas infrecuentes de PPP, determinados tumores gonadales, suprarrenales y extragonadales pueden producir PPP isosexual o contrasexual a través de la secreción de ES o de la síntesis de HCG (efecto biológico similar a la LH). En este último caso, la PPP se produciría exclusivamente en varones; ya que, de manera similar a lo que ocurría en la testotoxicosis, en las niñas es necesaria la presencia de LH y FSH para el desarrollo folicular(7,17).

– Los tumores ováricos (sobre todo, los de células de la granulosa/teca) frecuentemente causan síntomas locales (dolor, distensión, ascitis, efecto masa, etc.) y suelen secretar estrógenos, aunque en ocasiones producen andrógenos y virilización. Los tumores testiculares más frecuentemente asociados a PPP son los derivados de las células de Leydig, que suelen ser benignos en la infancia y presentarse con signos de virilización, asimetría testicular con incremento del tamaño de uno de los testículos (nódulo, frecuentemente palpable) y niveles séricos elevados de testosterona(17).

– Los tumores suprarrenales (adenomas y adenocarcinomas) en la infancia suelen ser funcionantes (Fig. 1), produciendo, en la mayoría de las ocasiones, andrógenos (virilización) y cortisol (síndrome de Cushing); si bien, excepcionalmente, pueden producir también estrógenos y feminización.

figura

Figura 1. Carcinoma suprarrenal funcional mixto (productor de andrógenos y cortisol) causante de pubertad precoz periférica en una niña de 7 años y medio. Clínicamente, presentaba en los tres meses previos, dolor abdominal, aceleración del ritmo de crecimiento, acné frontal, olor apocrino intenso y pubarquia de rápida progresión. A la exploración física, destacaba facies levemente redondeada, sin estrías; clitoromegalia de 1 cm y pubarquia: Tanner I (T1, P4, Aa). Presentaba una edad ósea acorde (7 años) y testosterona y androstendiona elevadas: 0,51 ng/mL (VN <0,1) y 1,97 ng/mL (VN 0,31-0,65), respectivamente, así como elevación del cortisol libre urinario de 24 horas (142 µg/24h; VN: 3-40), con inhibición de la ACTH plasmática (2,9 pg/mL; VN: 4,7-48,8). En la RM abdominal, se objetivó una tumoración suprarrenal derecha de bordes bien delimitados, marcadamente heterogénea, con hemorragia intratumoral, de 8 x 6 x 6,4 cm de diámetro (CC, AP y T), que fue sugestiva de tumor de la corteza suprarrenal. Se confirmó, tras la extirpación tumoral, un carcinoma suprarrenal mediante criterios anatomopatológicos.

 

– Los tumores productores de HCG inducen en los varones la producción de testosterona por las células de Leydig y un incremento moderado del volumen testicular(7). La β-hCG y la alfa-fetoproteína pueden ser marcadores tumorales útiles para el diagnóstico y seguimiento posterior. Entre los tumores productores de HCG destacan los tumores de células germinales, que pueden estar en el SNC (región pineal o supraselar) o extracraneales, como hígado, gónadas y mediastino (en esta localización es necesario descartar un síndrome de Klinefelter).

• La exposición a ES exógenos (por vía oral o transdérmica) puede inducir una PPP iso o contrasexual, dependiendo de su acción hormonal y sexo del paciente. Se han descrito casos de desarrollo mamario por la exposición a productos para el cuidado del cabello que contienen compuestos estrogénicos y antiandrogénicos (productos derivados del árbol del té, aceites de lavanda, etc.)(17).

• El hipotiroidismo primario severo y de larga duración puede, aunque excepcionalmente, presentarse como una PP (síndrome de Van Wyk-Grumbach) debido a la estimulación de los receptores de FSH del ovario por parte de la TSH, a través de la subunidad alfa que tienen en común. En las niñas, tiene lugar una hiperestimulación ovárica con niveles incrementados de estradiol, quistes ováricos, desarrollo mamario (puede producirse galactorrea por aumento de prolactina por estímulo de la hormona hipotalámica estimulante de la secreción de TSH [TRH] y metrorragia, en ausencia de axilarquia o pubarquia). En los varones pueden presentarse con aumento prematuro del volumen testicular. Estos signos puberales desaparecen con el tratamiento con levotiroxina. La peculiaridad clínica de esta rara forma de PP es que, a diferencia de las demás, cursa con enlentecimiento del crecimiento y retraso de la EO, aparte de los síntomas propios del hipotiroidismo(7,18).

Pubertad adelantada (PA)

Pubertad adelantada sería aquella que se inicia próxima a los límites inferiores de la normalidad, para la mayoría de los autores, entre los 8-9 años en las niñas y entre los 9-10 años en los niños.

La PA se considera una VNP y es más frecuente en mujeres que en varones. Puede ser familiar o esporádica. En la mayoría de los casos (60 %) es familiar (“aceleración constitucional del crecimiento y de la pubertad”; ACCP) y no suele precisar tratamiento; ya que, la mayoría alcanza una talla final acorde a su contexto familiar, debido a los mecanismos fisiológicos que compensan la reducción de años de crecimiento (mayor crecimiento prepuberal, puberal y postmenarquia, en el caso de las niñas). La ACCP se caracteriza, además de por la existencia de antecedentes familiares de PA, por un patrón de crecimiento y desarrollo característico: crecimiento acelerado desde los 1-2 años de vida, con talla prepuberal por encima del carril correspondiente a su talla diana/genética, aceleración de la EO e inicio y finalización tempranos del desarrollo puberal y del crecimiento. La PA conlleva un menor riesgo de comorbilidades que la PP, pero, al igual que esta, cuando afecta a determinadas poblaciones de riesgo, la talla final puede verse comprometida y, en algunos casos, ser susceptible de tratamiento(1).

Pubertades precoces parciales o disociadas

Son una serie de entidades clínicas, más frecuentes en niñas, que se caracterizan por la aparición precoz de alguno de los caracteres sexuales secundarios (telarquia, pubarquia…), pero sin una clara activación del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal.

Se consideran también VNP y, por tanto, no requieren tratamiento. Se incluyen en esta categoría:

Adrenarquia/pubarquia prematura aislada. La adrenarquia supone la reactivación normal de la producción androgénica por la suprarrenal, entre los 6 y los 8 años, en ambos sexos. En un pequeño porcentaje de casos determina la aparición, antes de los 8 años en niñas (proporción 9:1) y de los 9 años en niños, de signos androgénicos (“adrenarquia prematura”): vello pubiano (grueso y rizado; “pubarquia prematura”) y/o axilar (“axilarquia” prematura), que puede acompañarse también de cambio en el olor corporal, acné leve, aumento de la grasa capilar y ligera aceleración de la velocidad de crecimiento, pero no por telarquia, aumento de volumen testicular o EP. El diagnóstico diferencial debe realizarse con la hiperplasia suprarrenal congénita de presentación tardía (test de ACTH), tumores secretores de andrógenos o exposición a andrógenos exógenos(1).

Telarquia prematura aislada (TPA). Consiste en la aparición de desarrollo mamario, uni-bilateral, con frecuencia fluctuante, en niñas antes de los 8 años, sin otros signos de desarrollo puberal. Puede estar presente al nacimiento por el influjo de los ES placentarios (“telarquia neonatal”), desapareciendo en pocos meses, o aparecer entre los 3-12 meses (“telarquia del lactante”) en relación con la minipubertad, pudiendo regresar o permanecer tejido mamario residual hasta el inicio normal de la pubertad. Otro pico de presentación de la TPA son los 5-7 años; en estos casos, aunque la mayoría tienden a la regresión espontánea, el riesgo de progresión a una PPC es mayor (≈15-20 %). La causa puede ser, entre otras, una exposición transitoria a xenoestrógenos o, más frecuentemente, quistes foliculares funcionantes que pueden secretar estrógenos transitoriamente, provocando además de desarrollo mamario, en ocasiones, sangrado vaginal esporádico. Estos quistes pueden ser recurrentes, acelerando la EO y favoreciendo el desarrollo de una PA o una PP mixta o secundaria. El diagnóstico diferencial debe realizarse con formas de PPC o PPP(1).

Menarquia prematura aislada. Consiste en la aparición de sangrado vaginal aislado o periódico de origen uterino en niñas entre 1 y 9 años, sin otros signos de desarrollo sexual. Es una situación excepcional, salvo que se acompañe de algún otro signo de estrogenización (etiopatogenia similar a TPA). Si no hay signos de estrogenización, deben descartarse causas locales no hormonales: vulvovaginitis, lesiones vulvares, cuerpos extraños, traumatismos, abusos, angiomas o tumores vaginales(1).

Evaluación diagnóstica

La edad ósea es la primera prueba que se realiza ante la sospecha de una pubertad precoz. El test de estimulación con LHRH permite, en la mayoría de los casos, poner de manifiesto la activación o inhibición del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal.

La evaluación diagnóstica de los pacientes con PP conlleva una anamnesis con énfasis en determinados aspectos (antecedentes familiares de pubertad temprana/precoz, edad y orden de aparición de los signos puberales, ritmo de progresión lenta, rápida o cíclica, posible exposición a esteroides sexuales, uso de medicación concomitante…), una exploración completa (antropometría, estadio puberal, signos de virilización/feminización, hiperpigmentación areolar, manchas café con leche…) y un número limitado de pruebas complementarias básicas: EO, estudios hormonales (niveles de ES, test de LHRH…), marcadores tumorales (β-HCG, α-fetoproteína…), pruebas de imagen (RM, ecografías abdominopélvicas, testiculares, serie ósea…) y estudios moleculares dirigidos o amplios en función de la sospecha diagnóstica (CGH-arrays, exoma, genoma completo, estudios epigenéticos…).

En la mayoría de las ocasiones, se tratará de una VNP (v. Algoritmos 1 y 2 al final del artículo) o de una PPC idiopática; sin embargo, en ocasiones, y especialmente cuando se inicia por debajo de los 6 años, la PP puede ser la manifestación de una patología grave. Determinados signos clínicos y/o antecedentes pueden servirnos como “señales” para referir con urgencia al paciente a un servicio de Endocrinología Pediátrica o, al menos, realizar una consulta con un especialista (Tabla III).

tabla

 

Estudios de imagen

La edad ósea (EO) suele ser la primera prueba complementaria que se realiza ante la sospecha de una PP. En las PPC idiopáticas, la EO está típicamente acelerada, al menos un 20 % por encima de la edad cronológica (≈2 DE) y, en el caso de las niñas, próxima, habitualmente, a los 10-11 años. Por el contrario, en las PP de causa orgánica, la aceleración de la EO es más variable y depende de la duración y grado de exposición previa a los ES(7).

La ecografía abdómino-pélvica puede, además de descartar la presencia de tumoraciones (suprarrenales, ovario, hígado, etc.), responsables de una PPP, permitirnos, en el caso de las niñas, valorar el tamaño ovárico y uterino. Un volumen ovárico (longitud x anchura x altura x 0,5233) de <1 mL es claramente prepuberal, pero los límites para considerarlo puberal varían entre 1 y 3 mL, según los autores. La presencia de pequeños quistes (<9 mm), en ocasiones múltiples (2 a 4), es un hallazgo frecuente y normal en niñas prepuberales (50-80 %). Típicamente, no suelen producir cantidades significativas de estrógenos, aunque en ocasiones pueden elevar transitoriamente sus niveles séricos, determinando un desarrollo mamario transitorio (TPA). Un incremento del volumen ovárico (>2 mL) y de la longitud del útero (>3 a 3,5 cm), una relación cuerpo/cuello mayor de 1 o la presencia de línea endometrial son signos sugerentes de niveles elevados de estrógenos circulantes y, por tanto, de inicio puberal.

La ecografía testicular puede ser de utilidad en varones con PPP, especialmente si existe asimetría testicular, para detectar tumores o restos adrenales, en ocasiones no palpables.

La RM craneal (RMC) estaría indicada en la PPC, una vez demostrada la reactivación del eje HHG. Permite evaluar la anatomía de la región hipotálamo-hipofisaria y descartar patología orgánica. Actualmente, existe controversia sobre la indicación de la realización rutinaria de la RMC en el caso de las niñas con PPC iniciada entre los 6 y 8 años y ausencia de sintomatología neurológica; ya que, se ha descrito una tendencia decreciente de la prevalencia de lesiones intracraneales con la edad. En una reciente revisión sistemática, se estimó una prevalencia acumulada del 25 % de patología orgánica en niñas menores de 6 años y del 3 % en niñas entre 6 y 8 años de edad, siendo la incidencia global de tumores de un 1,6 %(19). Sin embargo, a pesar de ello, la mayoría de los centros continúa realizando la RMC en estos casos.

Estudios hormonales

El test de estímulo con LHRH es la prueba fundamental para poner de manifiesto la reactivación del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal y establecer el diagnóstico de una pubertad precoz central.

La presencia de niveles séricos basales elevados de estradiol o testosterona sería, lógicamente, lo primero a demostrar ante una sospecha de PP; sin embargo, su determinación puede no ser de mucha utilidad en las fases iniciales de la pubertad, ya que sus niveles séricos se sitúan con frecuencia por debajo del límite de detección de los inmunoanálisis convencionales, especialmente en el caso del estradiol.

La prueba hormonal más importante en el diagnóstico de PP es la determinación de los niveles séricos de gonadotropinas (LH y FSH) tras estímulo con 100 μg/m2 de LHRH (test de LHRH) o con un análogo de GnRH (test de GnRHa)(20). Este test nos permitiría distinguir, al menos, teóricamente, una PPC (patrón de respuesta puberal: claro incremento de LH y FSH, con predominio de LH; cociente LH/FSH >1; y pico de LH ≥5 UI/L en mayores de 2 años y ≥10 UI/L en menores de 2 años, por la minipubertad), de una VNP no progresiva (patrón de respuesta prepuberal: escaso/nulo incremento de LH y FSH, con predominio de FSH; y cociente LH/FSH <1), y de una PPP (secreción de LH/FSH inhibidas). Un aspecto especialmente conflictivo a la hora de interpretar este test, es cuando intentamos diferenciar entre una PPC verdadera y una TPA que se produce próxima a la edad normal de inicio puberal; en estos casos, además de la posibilidad de encontrar un patrón prepuberal, es frecuente el hallazgo de un patrón de respuesta intermedio entre lo que hemos denominado puberal y prepuberal, con incremento moderado en los picos de secreción de LH y FSH pero con predominio de FSH, o solo un claro incremento de FSH.

En los últimos años, la disponibilidad de inmunoensayos más sensibles y fiables para la determinación de gonadotropinas (inmunoquimioluminiscencia -ICMA-, electroquimioluminiscencia -ECLIA-) ha hecho que se plantee la posibilidad de determinar solo los niveles séricos basales de gonadotropinas, en concreto de LH, para el diagnóstico o, al menos, el cribado de una PPC(7,21). Niveles basales de LH 0,3 mUI/mL serían sugerentes de PPC, gonadotropín-dependiente; no obstante, el solapamiento en los resultados entre los pacientes prepuberales y aquellos que se sitúan en fases iniciales de la pubertad y la multiplicidad de inmunoanálisis utilizados, desaconsejan, al menos de momento, semejante práctica.

Otros estudios

Dependiendo de la sospecha diagnóstica y de los resultados previos, otros estudios pueden estar indicados, como:

• Determinación de andrógenos suprarrenales (sulfato de dehidroepiandrosterona, 4-androstendiona y 17-OH progesterona) y cortisol en tumores suprarrenales o en la hiperplasia suprarrenal congénita; en este último caso y para descartar formas no clásicas de hiperplasia suprarrenal congénita de presentación tardía, puede ser necesario realizar una estimulación previa con ACTH (test de ACTH)(7).

• Función tiroidea cuando se sospeche síndrome de Van Wyk-Grumbach o posible hipertiroidismo en el SMA.

• Serie ósea (lesiones de displasia fibrosa en SMA).

• Marcadores tumorales (β-hCG, alfa-fetoproteína…).

• Estudios moleculares dirigidos, cuando se sospeche PPC monogénica, trastornos de impronta genómica o entidades sindrómicas que puedan cursar con PP; ya que, además de un diagnóstico preciso del paciente, esto permitiría la búsqueda activa de nuevos casos en la misma familia(11,12).

Tratamiento

Pubertad precoz central

El tratamiento de elección en la PPC son los análogos de GnRH (GnRHa) de liberación sostenida (depot), con el objetivo de frenar o suprimir la activación del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal. En los casos en los que exista una causa orgánica, deberá hacerse tratamiento etiológico si es posible, aunque este rara vez tiene efecto sobre la evolución de la pubertad.

El tratamiento de la PPC lo que pretende es, según los casos: revertir, detener o, al menos, enlentecer el desarrollo de los CSS, conservar el potencial de crecimiento y evitar las consecuencias psicosociales y conductuales de una pubertad temprana. Desde 1980, el tratamiento de elección de la PPC consiste en el uso de los GnRHa de liberación sostenida, lo que produce, tras una breve estimulación de la liberación de gonadotropinas, una prolongada desensibilización de los receptores hipofisarios de GnRH, con inhibición de la secreción de LH/FSH y, como consecuencia, de la producción y liberación de ES(7). Es por ello que se produce una disminución de la velocidad de crecimiento y normalización progresiva de la edad ósea, permitiendo el crecimiento lineal de los huesos al retrasar la fusión epifisaria.

Existen distintas formas de comercialización y posología de los GnRHa, siendo las más utilizadas en Europa la forma depot de la triptorelina y el acetato de leuprolerina, que se administran por vía intramuscular de manera mensual (cada 25-28 días) o trimestral (cada 12 semanas). Más recientemente, se han introducido preparados depot de 6 meses de duración, pero la experiencia con su uso en la PPC es menor. Tampoco han sido aprobados en Europa los implantes subcutáneos de histrelina, un análogo de GnRH con efecto inhibidor de la secreción de LH y FSH superior a un año(7,21).

Debido a la escasez de estudios prospectivos y ensayos clínicos, la evidencia sobre la mejoría de las expectativas de la talla adulta cuando se emplean GnRHa en la PPC es escasa, si bien se cree que su uso sería beneficioso en el caso de los niños menores de 9 años y niñas menores de 6-7 años(21). En el resto de casos de PPC idiopática con un inicio a una edad próxima a los límites considerados normales, su utilización es controvertida, ya que, los efectos beneficiosos del tratamiento sobre la talla final son, en la mayoría de los pacientes, escasos o nulos; si bien, el tratamiento con GnRHa en esta franja de edad no parece empeorar la talla final(22). Por ello, la indicación de tratamiento se establece de forma individualizada, teniendo en consideración factores psicosociales (repercusión psicológica, familiar, social y conductual) y auxológicos (expectativas de crecimiento, edad ósea, rapidez de progresión de la EO y de los caracteres sexuales secundarios)(7). Tras el inicio de la terapia, debido a la disminución de los niveles séricos de estrógenos, puede producirse sangrado vaginal por deprivación o sofocos. Otros efectos secundarios descritos, aunque poco frecuentes, pueden ser las reacciones locales (eritema, abscesos estériles…) o generales (cefalea, aumento transitorio del índice de masa corporal…)(21). A largo plazo, el tratamiento es seguro, sin haberse demostrado afectación de la fertilidad o aumento del riesgo de ovario poliquístico u obesidad(23).

Otro aspecto controvertido sería el momento más adecuado para suspender el tratamiento con GnRHa. Aunque no existe consenso al respecto y la decisión debería ser individualizada, en función de la percepción del paciente y de sus padres, la velocidad de crecimiento, la edad del niño (sería deseable que la pubertad progrese a una edad normal) y, especialmente, la edad ósea alcanzada (la prolongación del tratamiento más allá de una edad ósea de 12,5 años en niñas y de 14 años en niños puede disminuir las expectativas de talla adulta)(21). Teniendo todo lo anterior en cuenta, se podría recomendar no prolongar el tratamiento más allá de una edad cronológica de ≈11 años y EO de ≈12-12,5 años en niñas, ni más allá de una edad cronológica de ≈12 años y EO de ≈13-13,5 años en niños(7). Pocas semanas o meses después de la suspensión, la pubertad progresa y se recupera la respuesta puberal al estímulo con GnRH. En las niñas, la menarquia se produce, habitualmente, entre 6 y 18 meses después de la suspensión del tratamiento(7).

Pubertad precoz periférica

Los objetivos del tratamiento de la PPP son similares a los de la PPC; si bien, en este caso, los GnRHa son ineficaces y lo que se utilizan son fármacos que inhiben directamente la producción de ES o su acción sobre los órganos diana.

El tratamiento de la PPP será etiológico, en aquellos casos en los que sea posible: quirúrgico (extirpación del tumor ovárico, testicular, suprarrenal o productor de HCG) o médico (tratamiento con hidrocortisona en la hiperplasia suprarrenal congénita, quimioterapia en los carcinomas suprarrenales metastásicos, etc.). En el resto de los casos, el tratamiento será sintomático, con fármacos que, por diferentes mecanismos, son capaces de reducir o inhibir la producción de ES o de bloquear su acción en los órganos diana, como: ketoconazol, acetato de ciproterona, espironolactona, flutamida, testolactona, letrozol y anastrozol, entre otros(7,24).

En general, la experiencia en el tratamiento de las formas congénitas es escasa debido a su baja prevalencia y la imposibilidad de reclutar un número relevante de pacientes para realizar ensayos clínicos(11). En general, estos tratamientos no son demasiado eficaces, ya que rara vez se alcanza con ellos una detención completa en el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios y, en algunos casos, sus efectos secundarios son importantes(7,24).

Pubertad precoz mixta

El tratamiento de elección, en el caso de que se produzca una activación del HHG como consecuencia de una PPP, son los GnRHa.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria es el profesional que se enfrenta inicialmente a este tipo de situaciones y debe ser capaz de realizar un enfoque diagnóstico adecuado, diferenciar aquellas variantes normales del desarrollo de las que no lo son, orientar a los padres y al paciente y, en aquellos casos que considere necesario, derivar al paciente a un servicio de Endocrinología Pediátrica. Previo a su derivación, es de utilidad la solicitud de una edad ósea, así como la reconstrucción de los últimos años de las gráficas de peso y talla. Transmitir a los padres una información veraz sobre la amplia variabilidad normal en el tempo de la pubertad, las escasas o nulas repercusiones que estas variaciones normales tienen sobre la talla adulta y la inconveniencia de llevar a cabo tratamientos, por innecesarios y contraindicados, es muchas veces suficiente para tranquilizar a los padres y a los pacientes. Por el contrario, derivar precozmente a aquellos pacientes sospechosos de patología puede permitir el diagnóstico precoz de patologías orgánicas, potencialmente graves, y que el tratamiento evite o, al menos, minimice las repercusiones auxológicas y psicosociales de estas patologías.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Excelente revisión que aborda los aspectos fisiológicos de la pubertad normal, además de profundizar en aspectos fundamentales para un pediatra de Atención Primaria, como son la auxología y el ritmo de la pubertad.

– Brito VN, Canton APM, Seraphim CE, Abreu AP, Macedo DB, Mendonca BB, et al. The Congenital and Acquired Mechanisms Implicated in the Etiology of Central Precocious Puberty. Endocr Rev. 2023; 44: 193-221.

– Argente J, Dunkel L, Kaiser UB, Latronico AC, Lomniczi A, Soriano-Guillén L, et al. Molecular basis of normal and pathological puberty: from basic mechanisms to clinical implications. Lancet Diabetes Endocrinol. 2023; 11: 203-16.

Estas dos exhaustivas revisiones están dirigidas a aquellos interesados en profundizar en la etiopatogenia y la fisiopatología de la pubertad precoz. A pesar de que los mecanismos subyacentes detrás de la pubertad precoz y la reactivación del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal aún no se han esclarecido por completo, se exponen con claridad los notables avances a nivel molecular y genético que están teniendo lugar en las últimas décadas.

Caso clínico

 

Motivo de consulta: niño de 5 años y 10 meses que es derivado por presentar en los últimos tres meses aumento progresivo del tamaño testicular y del pene, así como de la masa muscular. Asimismo, presenta pubarquia y erecciones nocturnas frecuentes, además de dolores óseos que han sido atribuidos al incremento de la velocidad de crecimiento.

Antecedentes familiares: madre: 37 años, sana. Talla: 162 cm. Menarquia a los 12,5 años. G.A.V: 1-0-1. Padre: 39 años, sano. Talla: 175,5 cm. Desarrollo puberal normal. Resto de antecedentes familiares sin interés. Talla diana: 175,2 ± 5 cm (p50).

Antecedentes personales: embarazo normal. Parto a término. Periodo neonatal: normal. PRN: 2.800 g. LRN: 48 cm. Alimentación: sin intolerancias ni alergias alimentarias. Desarrollo psicomotor: normal. Enfermedades anteriores: broncoespasmos de repetición sin tratamiento de base.

Exploración: edad cronológica: 5 años y 10 meses. Talla: 119 cm (p75-90); peso: 26,5 kg (p97). IMC: 18,7 kg/m2 (p96, +1,87 SDS). Exploración: sin discromías cutáneas. Hábito atlético con aumento de masa muscular, voz grave. Genitales externos masculinos normales en estadio puberal III de Tanner (G3 con pene aumentado en longitud -11 cm-, P3, Aa) con testes en bolsas, de 4-5 mL de volumen, de consistencia normal. Ginecomastia bilateral retroareolar.

Pruebas complementarias: Edad ósea de 7 años para edad cronológica de 5 años y 10 meses (adelantada). Hemograma, coagulación y bioquímica básica sin alteraciones, salvo: fosfatasa alcalina (FA): *693 U/L (134-315). Función tiroidea sin alteraciones. IGF-I: *447 ng/mL (50-246); IGFBP-3: 3,55 µg/mL. LH: <0,2 mUI/mL (0,01-0,5); FSH: <0,2 mUI/mL (0,01-1,4); testosterona: **16 ng/mL (VN: 0,3-4); estradiol: **122 pg/mL (0-16). β-hCG: **889 mIU/mL ≤ 5; α-fetoproteína: 2,3 (0,6-6,6). Ecografía abdominal y testicular: sin alteraciones. RM cerebral y de hipófisis: se aporta el resultado de la prueba de imagen (Fig. 2).

figura

Figura 2.

 

 

algoritmo

 

algoritmo

 

Retraso puberal

F.J. Mejorado Molano,  L. Soriano Guillén
Temas de FC


F.J. Mejorado Molano, L. Soriano Guillén

Unidad de Endocrinología Infantil. Servicio de Pediatría. Instituto de Investigación Biomédica-Fundación Jiménez Díaz. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid

X

Autor para correspondencia

fmejorado@fjd.es

Resumen

La pubertad es un periodo de transición clave entre la infancia y la edad adulta. Por ello resulta necesario conocer los signos de inicio puberal, así como los límites normales de edad de aparición de los mismos. El inicio tardío de la pubertad puede causar repercusiones psicológicas importantes, así como complicaciones metabólicas y afectación sobre la talla adulta. La causa más frecuente de retraso puberal es una variante de la normalidad denominada retraso constitucional del crecimiento y la pubertad. No obstante, es preciso realizar un diagnóstico diferencial con las distintas formas de hipogonadismo. Entre las pruebas iniciales, destaca la edad ósea y una analítica sanguínea básica para descartar patología crónica de base. El tratamiento inductor de la pubertad más empleado en niñas son los estrógenos transdérmicos y, en niños, la testosterona intramuscular. Finalmente, queríamos poner de relieve la relevancia del seguimiento estrecho de grupos de riesgo de presentar retraso puberal, como trastornos de la conducta alimentaria, deportistas de élite, antecedentes familiares, presencia de anosmia, entre otros.

 

Abstract

Puberty is a key step between childhood and adulthood. Therefore, it is necessary to know the signs of puberty onset as well as the normal age limits for their appearance. Late onset of puberty can cause significant psychological repercussions, as well as metabolic complications and affect adult height. The most frequent cause of pubertal delay is a variant of normality called constitutional delay of growth and puberty. However, a differential diagnosis with the different forms of hypogonadism must be made. Initial tests include bone age and a basic blood test to rule out chronic underlying pathology. The most commonly used puberty-inducing treatment in girls is transdermal estrogens and in boys, intramuscular testosterone. Finally, we would like to highlight the importance of close monitoring of risk groups for pubertal delay such as eating disorders, elite athletes, family history, presence of anosmia, etc.

 

Palabras clave: Pubertad retrasada; Hipogonadismo; Retraso constitucional del crecimiento y pubertad.

Key words: Delayed puberty; Hypogonadism; Constitutional delay of growth and puberty.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 240 – 248

 


OBJETIVOS

• Conocer los límites de normalidad en el inicio de la pubertad y cuándo sospechar un retraso puberal.

• Poder distinguir entre los diferentes tipos de hipogonadismos y sus ejemplos más comunes.

• Saber realizar una aproximación diagnóstica básica al retraso puberal, así como descartar las principales patologías crónicas que pueden provocarlo.

• Conocer los aspectos básicos del retraso constitucional del crecimiento y pubertad como una variante de la normalidad.

• Aprender nociones básicas sobre el tratamiento inductor de la pubertad en el hipogonadismo.

• Detectar aquellos grupos de riesgo en sufrir retraso puberal para realizarles un seguimiento periódico de datos puberales en la consulta.

 

Retraso puberal

https://doi.org/10.63149/j.pedint.42

 

Introducción

La pubertad retrasada se define como la ausencia de caracteres sexuales a los 13 años en niñas (no se evidencia telarquia) y a los 14 años en niños (tamaño testicular inferior a 4 ml).

La pubertad es un complejo proceso biológico de transición entre la infancia y la edad adulta regulado por diferentes elementos, entre los que destacan determinantes genéticos y diversos factores ambientales. Durante esta etapa, las niñas y niños desarrollarán importantes cambios corporales y conductuales para alcanzar la maduración de los caracteres sexuales secundarios, su talla adulta y la capacidad de reproducción(1).

En niñas, la pubertad se inicia con la aparición y progresión de telarquia bilateral, mientras que en los niños viene marcada por el aumento del volumen testicular (≥4 ml). El rango de normalidad de aparición de estos caracteres sexuales secundarios viene definido por criterios estadísticos(2).

Teniendo en cuenta lo anterior comentado, se considera pubertad retrasada aquella en la que no se objetiva desarrollo mamario en niñas a los 13 años y aumento del volumen testicular ≥4 ml en niños a los 14 años(3).

La aparición de vello púbico y/o axilar de forma aislada no se considera un signo de inicio puberal, ya que puede ser el resultado de la maduración de la zona reticular de la glándula suprarrenal (adrenarquia), un hecho independiente de la activación del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal(4).

Por otra parte, podemos encontrarnos con pacientes que presentan la aparición de caracteres sexuales secundarios, pero que no culminan su desarrollo puberal completo. Estas situaciones se definen a continuación:

Pubertad detenida: aquella que no llega a completarse tras 4-5 años de su inicio, tardío o no.

Amenorrea primaria: ausencia de menarquia (primera menstruación) a los 16 años.

El retraso puberal puede ser consecuencia de una alteración periférica por fallo gonadal en la formación de esteroides sexuales (hipogonadismo hipergonadotropo) o por una alteración central en la síntesis de gonadotropinas (hipogonadismo hipogonadotropo). Ambas entidades pueden ser congénitas o adquiridas.

Epidemiología

El retraso puberal es un motivo frecuente de consulta que puede afectar hasta al 2 % de los adolescentes. La causa más frecuente es una variante de la normalidad llamada “retraso constitucional del crecimiento y pubertad”, suponiendo el 60-80 % de los casos en niños y el 30-55 % en las niñas(3-5).

En segundo orden de frecuencia, el retraso puberal se produce por un hipogonadismo hipogonadotropo funcional o transitorio en el 20-30 % de los casos en ambos sexos. Dentro de las enfermedades crónicas causantes de este tipo de retraso puberal, principalmente encontramos problemas nutricionales por desnutrición, como el trastorno de la conducta alimentaria, más frecuente en el sexo femenino.

De manera menos habitual, el retraso puberal puede ser secundario a un hipogonadismo hipergonadotropo, generalmente asociado a cuadros sindrómicos, como el de Turner en niñas o el de Klinefelter en niños, o a un hipogonadismo hipogonadotropo permanente congénito o adquirido.

Comorbilidades asociadas

Según la etiología causante del retraso puberal, podemos encontrar diferentes comorbilidades asociadas. En la infancia, puede conllevar una importante repercusión psicosocial y baja autoestima por talla baja. En la adolescencia, esta situación puede agravarse aún más ante la ausencia de caracteres sexuales secundarios, especialmente en varones. A edades más avanzadas, puede afectar negativamente en la densidad mineral ósea y aumentar el riesgo cardiovascular, incluyendo alteración del perfil lipídico y metabolismo hidrocarbonado. Además, un cierto porcentaje de pacientes no logran alcanzar finalmente su talla diana(6).

Etiopatogenia (Tabla I)

tabla

El retraso constitucional del crecimiento y pubertad es una variante de la normalidad responsable de la gran mayoría de los retrasos puberales. Su diagnóstico es de exclusión y hay que realizar un diagnóstico diferencial con las distintas formas de hipogonadismo(3,7,8).

Retraso constitucional del crecimiento y pubertad (RCCP)

Es considerada una variante de la normalidad, mucho más frecuente entre varones que en mujeres. Se trata de un proceso transitorio donde la gran mayoría de los pacientes conseguirán un desarrollo espontáneo y completo de la pubertad. Por el carácter transitorio de esta entidad, algunos autores internacionales emplean el término “self-limited delayed puberty” o pubertad retrasada autolimitada.

A día de hoy, sabemos que esta entidad tiene un claro componente genético, ya que suele presentarse en varias generaciones de la misma familia y, hasta en un 60-80 % de los afectados, encontramos familiares de primer grado con antecedente de retraso puberal. A partir de estudios genéticos en pacientes con hipogonadismo hipogonadotropo congénito, se descubrió que tenían familiares con antecedente de RCCP, a pesar de ser estos portadores de la misma mutación genética en genes como el receptor de GnRH o TAC3 (neurokinina B). De esta forma, mutaciones en homocigosis darían como resultado un hipogonadismo, mientras que mutaciones en heterocigosis provocarían un fenotipo de retraso puberal como el RCCP. De manera más reciente, extrapolando las mutaciones genéticas conocidas o probablemente patogénicas de hipogonadismo hipogonadotropo, se han estudiado diferentes cohortes de familiares con antecedente de RCCP. Así, se han hallado mutaciones en varios genes, como IGSF10 (inmunoglobulin superfamily 10), FGFR1 (receptor 1 del factor de crecimiento fibroblástico) o HS6ST1 (heparán sulfato 6 sulfo transferasa 1). Estos genes están implicados en la regulación del desarrollo y migración de las neuronas productoras de hormona liberadora de gonadotropinas (GnRH) o en las vías de activación del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal(1,9,10).

Los niños con RCCP muestran una curva de crecimiento muy característica (Fig. 1). Al nacimiento, la antropometría neonatal es normal. Sobre los dos o tres años de vida, presentan una canalización del crecimiento, de tal forma que se sitúan por debajo del percentil 3 o en un percentil muy alejado al correspondiente a su talla genética. En paralelo, presentan retraso de la edad ósea. Mantienen una velocidad de crecimiento estable hasta el momento correspondiente a una edad normal para comenzar la pubertad. En ese momento, su velocidad de crecimiento suele estar por debajo del percentil 3 para la edad cronológica (dentro de percentiles normales para la edad ósea). Es una etapa crítica, puesto que esa ralentización de la velocidad de crecimiento anual los aleja de la talla normal de los adolescentes de su edad. Una vez que comienzan la pubertad, más tarde que sus compañeros/as de colegio, la velocidad de crecimiento comienza a incrementarse de forma progresiva hasta alcanzar el estirón puberal, que suele ser más tardío y de menor magnitud que en la mayoría de adolescentes. Con todo ello, en la gran mayoría de casos, alcanzan una talla adulta acorde a su genética, aunque a una edad más avanzada de lo habitual(9,11).

figura

Figura 1. Curva de crecimiento de un varón con retraso constitucional del crecimiento y pubertad según tablas de la Fundación Faustino Orbegozo. Punto rojo: talla (cm). Triángulo amarillo: edad ósea (años). Estrella verde: talla genética (cm).

 

Hipogonadismo hipergonadotropo (HHiper)

La causa más frecuente de hipogonadismo hipergonadotropo congénito en las niñas es el síndrome de Turner y, en niños, el síndrome de Klinefelter.

Existe un aumento de los valores de gonadotropinas (LH y FSH) secundario a un fallo gonadal primario (ovarios, testículos) debido a una causa congénita o adquirida(6,7,12).

Hipogonadismo hipergonadotropo congénito

Síndrome de Turner: es la causa más frecuente en niñas, con una incidencia estimada de 1 por cada 2.000-2.500 nacidas vivas. Es un trastorno causado por la ausencia total o parcial de un cromosoma X (cariotipo más frecuente: 45, X) que condiciona la presencia de talla baja desde los primeros años de vida. Adicionalmente, presentan ausencia de desarrollo puberal. No obstante, hasta en un 30 % de los casos pueden iniciar la pubertad de forma espontánea e incluso un 2-5 % llegar a presentar menarquia. Su fenotipo suele ser característico: cuello alado, cúbito valgo o implantación baja del cabello y las orejas, junto a anomalías radiológicas, como el acortamiento del 4º metacarpiano. También pueden asociar cardiopatías (coartación de aorta, válvula aórtica bicúspide), malformaciones del sistema urinario y mayor riesgo de tiroiditis autoinmune u obesidad, entre otros trastornos.

Síndrome de Klinefelter: es la causa más frecuente de hipogonadismo en el varón, con una incidencia aproximada de 1 por cada 700 recién nacidos vivos. Es un trastorno de los gonosomas debido a la presencia de un cromosoma X extra. En la mayoría de ocasiones, nos vamos a encontrar con un cariotipo: 47, XXY. En menor medida: 46, XY/47, XXY, 48, XXXY. La mayoría de los niños inician la pubertad a una edad normal, pero esta no progresa al ir disminuyendo los niveles de testosterona por la degeneración de los túbulos seminíferos y las células de Leydig. Suele existir una discordancia entre el grado de pubarquia y el tamaño de pene con el tamaño testicular (<8 ml). Es frecuente la asociación con talla más alta que su genética y ginecomastia. En la época de lactante/preescolar pueden presentar retraso del lenguaje, dificultades de aprendizaje y alteraciones del comportamiento. A edades más avanzadas, se incrementa el riesgo de obesidad, dislipemia, alteración del metabolismo hidrocarbonado y de neoplasias (tumores de células germinales y de mama).

Galactosemia: error congénito del metabolismo que provoca acúmulo de metabolitos tóxicos derivados de la galactosa y daño directo sobre el ovario.

Hipogonadismo hipergonadotropo adquirido

Son menos frecuentes y secundarios a alguna patología de base, como orquidectomía por tumor o traumatismo directo grave, torsión ovárica/testicular, hemocromatosis, orquitis (parotiditis) o tratamiento con radioterapia/quimioterapia. En niñas, también puede encontrarse dentro de un síndrome poliglandular autoinmune debido a la presencia de anticuerpos anti-ovario(12).

Hipogonadismo hipogonadotropo (HHipo)

La causa más frecuente de hipogonadismo hipogonadotropo es el secundario a una enfermedad crónica que cause desnutrición y suele ser transitorio.

Existe una disminución o ausencia de los valores de gonadotropinas (LH y FSH) debida a una alteración del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal. Puede tratarse de una condición transitoria o permanente, bien debido a defectos congénitos o adquiridos(3,4,13).

Hipogonadismo hipogonadotropo transitorio/funcional

Algunos trastornos funcionales y generalmente reversibles pueden afectar al eje hipotálamo-hipofisario-gonadal, provocando que haya una falta o retraso en la producción de gonadotropinas. En general, el determinante principal es un estado de desnutrición crónico que provoca la adaptación hormonal ante la falta de nutrientes necesarios para el inicio y progresión puberal. Además del estado nutricional, otros trastornos pueden ser los hidroelectrolíticos, hipoxia crónica, corticoterapia crónica o quimioterapia.

Las patologías crónicas que pueden provocar un hipogonadismo hipogonadotropo funcional son principalmente los trastornos de la conducta alimentaria, enfermedades gastrointestinales (enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celiaca), renales (glomerulonefritis, tubulopatías congénitas, insuficiencia renal crónica), respiratorias (asma crónico, fibrosis quística), endocrinopatías (hipotiroidismo/hipertiroidismo, diabetes mellitus tipo 1 mal controlada, tratamiento corticoideo crónico) o ejercicio físico excesivo en el contexto de deporte de competición.

Clínicamente, puede presentarse como una pubertad retrasada o condicionar una pubertad detenida si la patología de base se manifiesta una vez iniciado el desarrollo puberal. Tras la mejoría o resolución de la misma, podrá observarse la aparición y/o progresión de los caracteres sexuales hasta culminar el desarrollo puberal.

Hipogonadismo hipogonadotropo permanente congénito

En la mayoría de los casos, se diagnostican en pacientes con retraso puberal. A veces, según su etiología y el grado temprano de afectación hormonal, pueden presentarse como pubertad detenida y/o amenorrea primaria. Conviene apuntar que, en ocasiones, puede existir sospecha diagnóstica en el periodo neonatal ante un varón recién nacido con micropene y/o criptorquidia, sobre todo si existen otros déficits hipofisarios asociados.

Los hipogonadismos hipogonadotropos congénitos pueden clasificarse de la siguiente manera:

Aislados: con o sin alteración del olfato (anosmia/hiposmia). A veces, mutaciones en un mismo gen pueden producir hipogonadismo hipogonadotropo con o sin anosmia.

Síndrome de Kallmann: asociación de hipogonadismo hipogonadotropo congénito y alteración del olfato secundaria a aplasia/hipoplasia de los bulbos olfatorios. Su frecuencia es cinco veces superior en niños que en niñas. La clínica viene explicada por el origen embriológico común de las neuronas olfatorias y las de GnRH. Además, puede asociarse a agenesia renal unilateral, ceguera para los colores, hipoacusia neurosensorial o lesiones de línea media (labio/paladar hendido, agenesia dentaria). Este síndrome puede presentarse de forma esporádica (la más frecuente) o familiar con distintos patrones de herencia. El primer gen descrito como causante del síndrome fue KAL1 (actualmente ANOS1) en la forma ligada al cromosoma X. Tras ello, se han descrito hasta cincuenta genes relacionados con este síndrome. Algunos ejemplos: PROKR2 (receptor 2 de la prokineticina) y PROK2 (prokinecitina-2) en la forma autosómica recesiva y FGFR1 (receptor 1 del factor de crecimiento de fibroblastos), FGF8 (factor de crecimiento de fibroblastos 8), CHD7 (cromodominio helicasa 7 de unión al ADN) y SOX10 (SRY-box-10) en la forma autosómica dominante. Pese a los avances demostrados en el diagnóstico molecular de este trastorno, se estima que hasta en el 50 % de los casos no se encuentra alteración genética en el momento actual(1,14).

Aislados sin anosmia: las alteraciones genéticas pueden afectar a distintas vías: a) alteración de la generación de pulsos de GnRH (GnRH1, TAC3 y TAC3R, KISS1 y KISS1R); b) alteraciones en el desarrollo del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal asociado a hipoplasia suprarrenal (NROB1/DAX1); c) alteración en la secreción de gonadotropinas (receptor GnRH y LHβ/FSHβ); y d) asociados a obesidad (leptina y su receptor).

Asociados a otras deficiencias hipofisarias: la gran mayoría son casos esporádicos no familiares, con alteración de genes implicados en el desarrollo del sistema nervioso central y el área hipotálamo-hipofisaria. El principal ejemplo es la displasia septo-óptica asociada a mutaciones del gen HESX1 (Homeobox ES 1) o SOX2 (SRY-box-2).

Asociados a cuadros sindrómicos:

Síndrome CHARGE: relacionado con mutaciones en el gen CHD7. Asociado al hipogonadismo, podemos encontrar coloboma, cardiopatía congénita, atresia de coanas, retraso psicomotor y/o del crecimiento, anomalías del pabellón auricular y/o hipoacusia.

Síndrome de Bardet-Biedl: hasta la fecha se relaciona con 22 genes diferentes, siendo los más prevalentes BBS1 y BBS10. Además del retraso puberal por hipogonadismo, es frecuente encontrar obesidad, retinitis pigmentaria, polidactilia, problemas de aprendizaje y alteraciones renales.

Síndrome de Prader-Willi: debido a las siguientes alteraciones genéticas: deleción de la región 15q11.2-q13 heredada por vía paterna, disomía uniparental materna de la región 15q11.2-q13 y defecto de impronta de la región 15q11.2-q13 del cromosoma paterno debido a una deleción del centro de impronta. En el periodo neonatal y de lactante presentan hipotonía central relevante que dificulta la ingesta. Con posterioridad, aparece la hiperfagia característica que condiciona obesidad. Asimismo, presentan talla baja y retraso mental.

Hipogonadismo hipogonadotropo permanente adquirido

Principalmente, provocado por tumores que afectan al área hipotálamo-hipofisaria (craneofaringiomas, germinomas) y/o a la cirugía/radioterapia necesarias para su tratamiento. De forma menos frecuente, debido a la infiltración hipofisaria en histiocitosis, sarcoidosis o hemocromatosis. Excepcionalmente, también se han descrito casos por hipofisitis autoinmune, infección del sistema nervioso central (tuberculosis, meningitis) y traumatismo craneoencefálico grave.

Generalmente, suelen asociar otros déficits hormonales: déficit de hormona de crecimiento, hipotiroidismo central, déficit corticoideo y/o diabetes insípida.

Aproximación diagnóstica(4,8,15)

Para un adecuado diagnóstico diferencial de un paciente con retraso puberal, resulta fundamental descartar patología crónica de base. Además, debemos orientar las pruebas complementarias a solicitar según la sospecha diagnóstica tras una adecuada anamnesis y exploración física (Tabla II).

tabla

 

Anamnesis

Historia reciente: preguntar sobre la posible aparición de caracteres sexuales secundarios y su progresión, por si se tratara de una pubertad detenida. Valorar la evolución del peso, talla e IMC (Índice de Masa Corporal) en, al menos, los dos últimos años. Realizar una encuesta nutricional básica para poder detectar un trastorno de la conducta alimentaria, así como dejar reflejado si el paciente realiza un deporte de alta competición. Interrogar sobre sintomatología digestiva, neurológica o endocrina que pudiera sugerir una patología crónica de base. Por último, intentar determinar si existe anosmia/hiposmia y cualquier tratamiento farmacológico recibido recientemente.

Antecedentes personales: recabar información al nacimiento sobre datos antropométricos, así como la existencia de micropene y/o criptorquidia. Evolución del desarrollo psicomotor que pueda orientar hacia algún síndrome. Patología tumoral que requiriera quimioterapia y/o radioterapia craneal o gonadal, así como antecedente de traumatismo craneoencefálico grave.

Antecedentes familiares: datos antropométricos de ambos progenitores para cálculo de talla diana. Desarrollo puberal: edad de la menarquia en la madre y edad de cambio de voz y primer afeitado del padre. También es interesante conocer si existen alteraciones del olfato o infertilidad, pensando en algún cuadro genético de hipogonadismo.

Examen físico

Niñas: describir grado de desarrollo puberal según Tanner (telarquia, pubarquia y axilarquia), tamaño del clítoris, aspecto de labios mayores y menores, presencia de himen imperforado. Descartar la presencia de hirsutismo.

Niños: describir grado de desarrollo puberal según Tanner (volumen testicular, pubarquia y axilarquia), tamaño del pene, criptorquidia y grado de desarrollo de bolsa escrotal. Descartar la presencia de ginecomastia (frecuente en el síndrome de Klinefelter).

Ambos sexos: datos antropométricos según gráficas de referencia (peso, talla e IMC), estado nutricional, presencia de bocio, palpación abdominal, describir lesiones cutáneas, examen neurológico con fondo de ojo, intentar comprobar datos de anosmia e hipoacusia. Además, es interesante buscar rasgos fenotípicos típicos que sugieran algún síndrome.

Pruebas complementarias

Deben ser dirigidas e individualizadas de forma escalonada según la sospecha diagnóstica. En primer lugar, hay que descartar la patología crónica más frecuente causante de retraso puberal y, si existe sospecha de hipogonadismo, solicitar exámenes más específicos para su etiología.

Estudios de imagen:

Radiografía de mano-muñeca izquierda: suele realizarse de entrada a todos los pacientes con sospecha de retraso puberal para calcular su edad ósea. Esta suele estar retrasada de forma más llamativa y acorde al desarrollo puberal en el RCCP, así como en un retraso puberal por patología crónica, como desnutrición o hipotiroidismo.

Ecografía pélvica: útil para descartar malformaciones de los genitales internos femeninos (síndrome de Rokitansky), así como comprobar signos de impregnación estrogénica (tamaño de los ovarios y uterino, línea endometrial).

Ecografía abdominal: comprobar localización de testes en sospecha de criptorquidia o malformaciones asociadas del sistema genitourinario (síndrome de Kallmann).

Resonancia magnética craneal: no se recomienda su realización sistemática en todos los pacientes de entrada. No obstante, conviene precisar que, si existe la sospecha nítida de un hipogonadismo hipogonadotropo permanente, deberá solicitarse de inmediato para descartar patología endocraneal adquirida o la presencia de malformaciones congénitas (ausencia de bulbos olfatorios).

Analítica básica: hemograma, bioquímica general con reactantes de fase aguda y anticuerpos antitransglutaminasa IgA. Útil para comprobar estado de nutrición, así como descartar enfermedad inflamatoria intestinal y enfermedad celiaca.

Estudio hormonal:

Función tiroidea: descartar hipo/hipertiroidismo.

Prolactina: si existe amenorrea junto a galactorrea y/o cefalea.

Eje somatotropo (IGF-I e IGFBP-3): valorar si talla baja asociada.

Gonadotropinas basales (FSH y LH): válidas para el diagnóstico de HHiper, donde encontraremos valores anormalmente elevados. Por el contrario, los niveles de gonadotropinas aparecerán indetectables o en el límite inferior de la normalidad, tanto en el RCCP como en el HHipo.

17 β-estradiol y testosterona: escasa sensibilidad. Unos valores por debajo del límite de la normalidad no indican necesariamente insuficiente producción o pueden estar disminuidos en fases precoces de la pubertad.

Inhibina B: marcador de las células de Sertoli del testículo. Sus valores están muy disminuidos o indetectables en el hipogonadismo.

Test de LHRH (test de hormona liberadora de hormona luteinizante): permite evaluar la integridad del eje gonadotropo. Para ello, se cuantifican los niveles de LH y FSH de forma basal y tras la administración de LHRH en varios momentos (30, 60 y 90’, dependiendo del protocolo). Cada vez se usa con menos frecuencia como prueba diagnóstica inicial, ya que un pico de LH <5 UI/l no permite diferenciar entre RCCP e HHipo. Por lo tanto, su realización debería individualizarse, teniendo en cuenta los datos recogidos en la anamnesis y el examen físico, así como el resultado de pruebas de primer nivel, entre las que se encuentra la inhibina B.

Estudios genéticos:

Cariotipo: indicado ante la sospecha de hipogonadismo hipergonadotropo. Además, en niñas con talla baja sin filiar y en niños con discordancia entre el tamaño testicular y el grado de desarrollo puberal.

Dirigidos según la sospecha diagnóstica. Ante un hipogonadismo hipogonadotropo congénito, generalmente se recurrirá a estudio de secuenciación masiva mediante el empleo de paneles de genes.

Con relativa frecuencia, resulta muy complicado diferenciar un caso de RCCP frente al hipogonadismo hipogonadotropo congénito. En no pocas ocasiones, únicamente el seguimiento periódico de los pacientes hasta los 18 años para comprobar el inicio espontáneo y progresión de los signos puberales nos podrá asegurar el diagnóstico de RCCP. Para poder llegar al diagnóstico de HHipo antes de esa edad e instaurar el tratamiento adecuado para evitar más comorbilidades, es importante detectar signos de alarma que orienten hacia el HHipo. Los principales serían: a) anosmia/hiposmia; b) malformaciones congénitas; c) micropene y/o criptorquidia; y d) valores disminuidos o indetectables de inhibina B (<35 pg/ml)(9,14,16,17).

Tratamiento

El RCCP no suele requerir ningún tratamiento médico. En el caso de los hipogonadismos, la forma de inducir la pubertad es mediante terapia hormonal: estrógenos en niñas y testosterona en niños(3,4,14).

Los objetivos del tratamiento del hipogonadismo en la adolescencia son conseguir un ritmo normal de adquisición de caracteres sexuales secundarios hasta llegar a un desarrollo puberal completo para minimizar la repercusión psicológica, preservar el máximo potencial de talla adulta, prevenir complicaciones cardiovasculares/osteoporosis y optimizar, en caso de ser posible, la capacidad reproductiva futura.

Retraso constitucional del crecimiento y pubertad(11)

En general, estos niños no precisarán de ningún tratamiento, ya que podrán conseguir, de forma espontánea, el inicio de la pubertad y su desarrollo completo. Por tanto, es importante tranquilizar y explicar a las familias y al propio paciente el curso natural transitorio del proceso, realizando un seguimiento clínico periódico para vigilar el desarrollo de los caracteres sexuales y la velocidad de crecimiento.

Si existe una repercusión psicológica relevante motivada por el retraso puberal, puede proponerse tratamiento hormonal a partir de los 13 años en niñas y 14 años en niños. En este caso, podría plantearse la administración de esteroides sexuales a dosis bajas durante un ciclo de tres a seis meses. Por ejemplo: a) niñas: estrógenos transdérmicos a la dosis de 3 µg/día (1/8 parche de 25 µg) en horario nocturno; b) niños: testosterona depot intramuscular a la dosis de 50 mg/mes. Si se objetiva la aparición y progresión de telarquia bilateral o aumento del tamaño testicular (≥4 ml), indica que se ha activado el desarrollo puberal y confirmaría el diagnóstico de RCCP. Por el contrario, si no se objetivan estos signos, se realizará seguimiento estrecho, valorando repetir un nuevo ciclo hormonal si persiste preocupación en el paciente por ausencia de progresión de la pubertad. Conforme nos acercamos a los 18 años, si no se ha iniciado la pubertad, aumenta considerablemente la posibilidad del diagnóstico de hipogonadismo congénito.

Hipogonadismo en niñas

El tratamiento de elección son los estrógenos naturales (17 β-estradiol) a dosis bajas con ascensos progresivos, remedando una pubertad normal. La mejor vía para inducir pubertad es la transdérmica frente a la oral, ya que presenta mejor biodisponibilidad y tolerancia gastrointestinal. Antes de iniciarlos, hay que descartar alteraciones de la coagulación por el riesgo de trombosis. Únicamente, existen comercializados parches de 25 µg, por lo que la dosis inicial recomendada suele oscilar entre 1/6 y 1/8 de parche solo por la noche durante 6 meses y, posteriormente, ascensos graduales de forma semestral hasta llegar a una dosis de 50 µg/día a los 2-3 años de haber comenzado la inducción de la pubertad.

Tras alcanzar un adecuado desarrollo mamario y un diámetro uterino >35-40 mm con línea endometrial visible o si aparece sangrado vaginal, debe añadirse al tratamiento un progestágeno micronizado cíclico entre los días 10 y 21 del ciclo. Con esta combinación se persigue conseguir ciclos menstruales regulares. Si existe buena tolerancia, es aconsejable mantener esta pauta durante aproximadamente un año. Con posterioridad, es recomendable cambiar a una combinación continua o cíclica de estrógenos-progestágenos por vía oral o transdérmica.

Hipogonadismo en niños

El tratamiento de elección es la testosterona por vía intramuscular. En nuestro país es la única forma aprobada para inducir la pubertad, pero existen otras vías como la transdérmica, oral o subcutánea autoinyectable. No se recomienda empezar el tratamiento antes de los 14 años, pero si existe un diagnóstico certero de hipogonadismo, se podría plantear desde los 12 años. Al igual que en las niñas, las dosis deben ser paulatinamente crecientes para conseguir un adecuado desarrollo de los caracteres sexuales secundarios durante 2-3 años. La dosis inicial es 50 mg vía intramuscular cada 4 semanas durante 6 meses. Se recomiendan incrementos de 25 mg de forma semestral hasta alcanzar la dosis de adulto: 200-250 mg cada 21-28 días. Durante el tratamiento y, sobre todo, tras aumentar dosis, hay que vigilar los posibles efectos adversos: dolor e inflamación en la zona de punción, acné, ganancia ponderal excesiva y erecciones dolorosas, entre otras.

El tratamiento con testosterona no provoca aumento del volumen testicular. Para lograrlo, una opción terapéutica es la combinación del uso de hormona folículo estimulante recombinante (FSHr) y gonadotropina coriónica humana (hCG). El uso de este tratamiento no es el más extendido debido a la dureza del mismo (al menos, 3 inyecciones subcutáneas por semana). Asimismo, la eficacia en términos de volumen testicular es variable. Adicionalmente, no existen suficientes datos a largo plazo sobre un efecto beneficioso sobre la fertilidad futura.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Conocer los signos indicativos de inicio puberal y los intervalos de normalidad de aparición de los mismos.

• Ante un paciente con sospecha de retraso puberal, poder realizar un diagnóstico diferencial entre un retraso constitucional del crecimiento y pubertad frente a un probable hipogonadismo. Para ello, es imprescindible descartar ya, en el centro de salud, alguna enfermedad crónica que pueda estar causándolo, mediante una anamnesis centrada especialmente en la nutrición y una analítica sanguínea básica.

• Conocer los datos de sospecha de un retraso puberal y derivar a la consulta de Endocrinología Infantil. Al mismo tiempo, puede solicitar una edad ósea del paciente para su valoración en la primera consulta del hospital. Asimismo, resulta de sumo interés aportar los datos de la evolución del peso y talla de, al menos, los dos últimos años.

• Prevención de grupos de riesgo con un seguimiento estrecho de la aparición de signos puberales a partir de los 12 años:

– Deportistas de alta competición o bailarines profesionales.

– Casos familiares de retraso puberal, especialmente en varones.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Argente J, Dunkel L, Kaiser UB, Latronico AC, Lomniczi A, Soriano-Guillén L, et al. Molecular basis of normal and pathological puberty: from basic mechanisms to clinical implications. Lancet Diabetes Endocrinol. 2023; 11: 203-16.

2.*** Bangalore K, Witchel SF. Normal Puberty. Endocrinol Metab Clin North Am. 2024; 53: 183-94.

3.*** Harrington J. Delayed Puberty Including Constitutional Delay. Endocrinol Metab Clin North Am. 2024; 53: 267-78.

4. Abacı A, Besci Ö. A Current Perspective on Delayed Puberty and Its Management. J Clin Res Pediatr Endocrinol. 2024; 16: 379-400.

5. Mohanraj S, Prasad HK. Delayed Puberty. Indian J Pediatr. 2023; 90: 590-7.

6.*** Labarta Aizpún JI, Ferrer Lozano M, de Arriba Muñoz A, Vara Callau M. Retraso puberal. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 191-207. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-06/retraso-puberal/.

7.** Gavela-Pérez T, Soriano-Guillén L. Hipogonadismos. En: IV Manual de Pediatría. Prof. Cruz. Madrid: Ergon; 2019. p. 806-11.

8. Butler G, Purushothaman P. Delayed puberty. Minerva Pediatr. 2020; 72: 484-90.

9.** Labarta Aizpún JI, Ferrer Lozano M, de Arriba Muñoz A, Vara Callau M. Retraso constitucional del crecimiento y la pubertad. Actualización genética y clínica. Rev Esp Endocrinol Pediatr. 2021; 12: 25-38.

10.*** Saengkaew T, Howard SR. Genetics of pubertal delay. Clin Endocrinol (Oxf). 2022; 97: 473-82.

11.*** Mejorado-Molano FJ, Soriano-Guillén L. Retraso constitucional del crecimiento y desarrollo en los varones. Adolescere. 2022; X: 99-102. Disponible en: https://www.adolescere.es/retraso-constitucional-del-crecimiento-y-desarrollo-en-los-varones/.

12. Yatsenko SA, Witchel SF, Gordon CM. Primary Amenorrhea and Premature Ovarian Insufficiency. Endocrinol Metab Clin North Am. 2024; 53: 293-305.

13.** Bangalore Krishna K, Fuqua JS, Witchel SF. Hypogonadotropic Hypogonadism. Endocrinol Metab Clin North Am. 2024; 53: 279-92.

14. Argente Oliver J, Martos Moreno G, Soriano Guillén L. Pubertad precoz y pubertad retrasada. En: Manual de Endocrinología Pediátrica. 3ª ed. Madrid: Ergon; 2024. p. 79-100.

15.*** Harrington J, Palmert MR. An Approach to the Patient With Delayed Puberty. J Clin Endocrinol Metab. 2022; 107: 1739-50.

16.** Persani L, Bonomi M, Cools M, Dattani M, Dunkel L, Gravholt CH, et al. ENDO-ERN expert opinion on the differential diagnosis of pubertal delay. Endocrine. 2021; 71: 681-8.

17. Raivio T, Miettinen PJ. Constitutional delay of puberty versus congenital hypogonadotropic hypogonadism: Genetics, management and updates. Best Pract Res Clin Endocrinol Metab. 2019; 33: 101316.

Bibliografía recomendada

– Argente J, Dunkel L, Kaiser UB, Latronico AC, Lomniczi A, Soriano-Guillén L, et al. Molecular basis of normal and pathological puberty: from basic mechanisms to clinical implications. Lancet Diabetes Endocrinol. 2023; 11: 203-16.

Artículo de revisión sobre la pubertad, con un excelente desarrollo de las alteraciones genéticas que se conocen, tanto en adelanto como en retraso puberal.

– Harrington J. Delayed Puberty Including Constitutional Delay. Endocrinol Metab Clin North Am. 2024; 53: 267-78.

Artículo donde, de manera muy resumida, se hace énfasis en las claves de cada tipo de hipogonadismo, así como su diagnóstico diferencial y tratamiento.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: adolescente mujer de 14 años derivada por su pediatra a la consulta de Endocrinología Infantil por ausencia de telarquia.

Historia previa: pubarquia y axilarquia progresivas desde los 13 años. Sin incremento del vello corporal ni acné. Sin menarquia. Desde siempre en percentiles normales de peso y talla. Buen apetito, come variado, sin evidenciar pérdida de peso. No refiere clínica digestiva ni neurológica. Sin aparente anosmia. Cursa 2º de ESO con buen rendimiento escolar. Deporte bien tolerado; solo realiza la educación física del centro escolar.

Antecedentes familiares: madre: talla 163 cm y menarquia a los 11 años. Padre: talla 176 cm y desarrollo puberal normal. Sin otros casos familiares de retraso puberal. Talla genética: 163 +/ 5 cm (percentil 50-75).

Antecedentes personales: embarazo controlado sin incidencias. Parto eutócico a las 38 semanas. Apgar 9/10. Peso de recién nacido: 3.500 g (p50-75); longitud al nacimiento: 49 cm (p50-75). Periodo neonatal sin incidencias. Diversificación alimentaria reglada y bien tolerada. Sin alergias ni ingresos previos.

Exploración física: peso: 57 kg (p75-90); talla: 161,5 cm (p75); índice de masa corporal: 21,8 (p50-75). Fenotipo normal. No se palpa bocio. Sin lesiones cutáneas reseñables: no se evidencia hirsutismo ni acné. Abdomen: sin visceromegalias ni distensión abdominal. Genitales externos femeninos normoconfigurados, estadio puberal de Tanner I (S1, P2, Ab). Neuroconducta normal.

Pruebas complementarias: ecografía pélvica: útero de situación y ecogenicidad normales, mide 42 mm, relación cuello/fundus (1/1), sin hiperplasia endometrial aparente. Ovarios normales: derecho: 1 cc; izquierdo: 1 cc. No se objetivan efectos de masa aparentes ni líquido libre intraperitoneal. Áreas suprarrenales normales. Conclusión: sin hallazgos significativos. Tanner I.

Hemograma y bioquímica general normales. Reactantes de fase aguda negativos. Anticuerpos antitransglutaminasa IgA negativos. Función tiroidea: TSH: 0,91 mUI/ml (0,4-4,5). Prolactina: 7,3 ng/ml (<25). Andrógenos basales: testosterona: <0,02 ng/ml (0,10,6); androstendiona: <0,3 ng/ml (0,3-3,3); 17-OH-progesterona: 0,33 ng/ml (<1); DHEA-S: 127 mcg/dl (34-280). Eje gonadotropo: FSH: 72,2 UI/l (<12,5); LH: 20,5 UI/l (<12,6); 17-B-estradiol: <5 pg/ml; hormona antimulleriana: 0,01 ng/ml (0,7-2,3); inhibina B: <0,3 pg/ml (>35).

 

 

algoritmo

 

 

Diabetes mellitus tipo 1: tratamiento y prevención

 

P. Enes Romero
Temas de FC


P. Enes Romero

Servicio de Endocrinología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

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Autor para correspondencia

patrienes@gmail.com

Resumen

La diabetes tipo 1 (DT1) es una enfermedad autoinmune crónica caracterizada por la destrucción progresiva de las células beta pancreáticas, que conduce a una deficiencia de insulina y representa una gran carga para los pacientes y sus familias. El objetivo del tratamiento es mantener la glucemia dentro de los rangos recomendados para prevenir complicaciones, proteger el desarrollo cerebral y mejorar la calidad de vida. En los últimos años, los avances tecnológicos han transformado profundamente el abordaje de la DT1. Los sistemas de infusión automatizada de insulina (AID) han demostrado una notable eficacia para optimizar el control glucémico, reducir el impacto psicosocial y mejorar la calidad de vida de niños, adolescentes y sus familias, convirtiéndose en el tratamiento de elección. Paralelamente, el diagnóstico precoz mediante la detección de autoanticuerpos permite anticipar la enfermedad antes de la aparición de síntomas clínicos, evitando su debut en forma de cetoacidosis y facilitando la participación en ensayos clínicos orientados a preservar la función pancreática y retrasar la progresión a estadios clínicos. Este artículo revisa los fundamentos del tratamiento actual, la importancia del diagnóstico precoz, las recomendaciones para el seguimiento en etapas preclínicas y las estrategias dirigidas a preservar la reserva funcional de células beta.

 

Abstract

Type 1 diabetes (T1D) is a chronic autoimmune disease characterized by the progressive destruction of pancreatic beta cells, leading to insulin deficiency and placing a significant burden on patients and their families. The goal of treatment is to maintain blood glucose levels within recommended ranges to prevent complications, protect brain development, and improve quality of life. In recent years, technological advances have profoundly transformed the approach to T1D. Automated insulin delivery (AID) systems have demonstrated remarkable efficacy in optimizing glycemic control, reducing psychosocial impact, and improving the quality of life of children, adolescents, and their families, becoming the treatment of choice. At the same time, early diagnosis through the detection of autoantibodies allows the disease to be anticipated before the onset of clinical symptoms, preventing its onset in the form of ketoacidosis and facilitating participation in clinical trials aimed at preserving pancreatic function and delaying progression to clinical stages. This article reviews the fundamentals of current treatment, the importance of early diagnosis, recommendations for follow-up in preclinical stages, and strategies aimed at preserving beta cell function.

 

Palabras clave: Diabetes tipo 1; Sistemas de infusión automatizada de insulina; Monitorización continua de glucosa; Plumas conectadas; Diagnóstico precoz de la diabetes tipo 1; Preservación de la célula beta.

Key words: Type 1 diabetes; Automated insulin delivery systems; Continuous glucose monitoring; Connected pens; Early diagnosis of type 1 diabetes; Beta cell preservation.

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 287 – 297


OBJETIVOS

• Conocer los objetivos de control glucémico en diabetes tipo 1 en la edad pediátrica.

• Conocer las indicaciones y funcionamiento de los sistemas de infusión automatizada de insulina o sistemas híbridos de asa cerrada y los sistemas de monitorización continua de glucosa.

• Comprender los avances en el diagnóstico precoz de la diabetes tipo 1 en niños y adolescentes, incluyendo la clasificación por estadios y la importancia del cribado poblacional.

• Conocer las recomendaciones de seguimiento en estadios preclínicos de la diabetes tipo 1, así como las recomendaciones específicas en función de la edad y del perfil inmunológico del paciente.

 

Diabetes mellitus tipo 1: tratamiento y prevención

https://doi.org/10.63149/j.pedint.46

 

Introducción

La diabetes tipo 1 (DT1) es una enfermedad crónica autoinmune, caracterizada por la destrucción progresiva de la célula beta pancreática que conlleva una deficiencia de insulina y que supone un desafío constante para los niños y adolescentes con diabetes y sus familias, y representa un enorme reto para los sistemas de salud.

En la actualidad, se estima que 1,4 millones de niños y jóvenes menores de 20 años están diagnosticados de DT1 en el mundo, y se proyecta un incremento a nivel mundial en el número de personas que viven con DT1 entre un 16 % y un 66 % entre 2020 y 2040(1).

El objetivo del tratamiento de la DT1 es mantener la glucemia dentro de los objetivos recomendados, con el fin de reducir el riesgo de complicaciones agudas y crónicas, atenuar los potenciales efectos perjudiciales de la hipoglucemia y la hiperglucemia en el desarrollo cognitivo y la estructura cerebral y mejorar la calidad de vida de los pacientes y sus familias(2).

El desarrollo de los sistemas híbridos de asa cerrada o sistemas de infusión automatizada de insulina (automated insulin delivery, AID) ha revolucionado el tratamiento clínico de la DT1 en los últimos años, ofreciendo una oportunidad para optimizar los resultados de salud de las personas con diabetes, reducir el impacto psicosocial y mejorar la calidad de vida de las personas con diabetes. En la actualidad, están considerados el tratamiento de elección para todas las personas con DT1.

Paralelamente, las estrategias de diagnóstico precoz, enfocadas en la detección de la enfermedad antes de la aparición de los síntomas clínicos, han demostrado ser cruciales para evitar el diagnóstico en cetoacidosis como forma de presentación de la enfermedad y facilitar la participación en ensayos clínicos diseñados para preservar la reserva pancreática y enlentecer la progresión de la enfermedad a estadios clínicos(3).

En este artículo se revisan los fundamentos del tratamiento actual de la DT1, las posibilidades del diagnóstico precoz, las recomendaciones de estadiaje y seguimiento de los pacientes en etapas preclínicas, y las estrategias para la prevención de la reserva pancreática.

Tratamiento de la diabetes tipo 1

El tratamiento de la DT1 se sustenta en el manejo de diversos aspectos interrelacionados: la administración precisa de insulina, la monitorización continua de glucosa, una alimentación equilibrada con especial énfasis en la cuantificación de hidratos de carbono y la incorporación regular de ejercicio físico. La educación diabetológica y el apoyo psicosocial constituyen pilares fundamentales del abordaje terapéutico, ya que facilitan el autocuidado efectivo y dotan al paciente y a su familia de las competencias necesarias para un manejo óptimo de la enfermedad.

Objetivos glucémicos en el tratamiento de la diabetes tipo 1

Con el fin de minimizar el impacto de la DT1 a largo plazo, la International Society for Pediatric and Adolescent Diabetes (ISPAD) estableció, en 2024, un objetivo de hemoglobina glicosilada (HbA1c) ≤6,5 % para aquellos con acceso a tecnologías avanzadas, como la monitorización continua de glucosa (MCG) y sistemas de infusión automatizada de insulina (AID), siempre que se pueda alcanzar de forma segura(4). Este objetivo de HbA1c ya había sido previamente recomendado para niños preescolares (<6 años), ya que existe evidencia sólida de que el riesgo de complicaciones a largo plazo es mayor en niños diagnosticados a edades tempranas(5). Tal y como muestra un estudio realizado con los datos de más de 27.000 personas con DT1 incluidas en el registro sueco y más de 135.000 controles, desarrollar DT1 antes de los 10 años de edad resulta en una pérdida de 17,7 y 14,2 años de vida en mujeres y hombres, respectivamente, mientras que la pérdida de años es de 10,1 y 9,4 en aquellos diagnosticados entre los 26 y 30 años de edad(6).

El tiempo en rango (TIR: tiempo entre 70 y 180 mg/dL) se ha consolidado como un parámetro más eficaz que la HbA1c en la práctica clínica diaria para evaluar el control glucémico. Un TIR >70 % se asocia con una HbA1c <7 % y, hasta la fecha, es el objetivo internacionalmente aceptado(7). No obstante, en los últimos años, ha cobrado relevancia el concepto de tiempo en rango estrecho (TITR, Time In Tight Range, tiempo entre 70 y 140 mg/dL), ya que refleja con mayor precisión los niveles de glucosa óptimos. Establecer un objetivo basado en TITR podría mejorar los resultados clínicos, especialmente en los niños diagnosticados a una edad temprana(8). Se estima que para alcanzar una HbA1c <6,5 % sería necesario un TIR >80 % y un TITR >55 %(9). Recientemente, se ha propuesto el término tiempo en normoglucemia (TING: Time in Normoglycemia) para sustituir al término TITR. Actualmente, existe un debate internacional adicional sobre la definición de este rango de normoglucemia, con la propuesta de 63-140 mg/dL, ya que este intervalo reflejaría mejor los niveles de glucemia en personas sin diabetes. Adoptar este objetivo de normoglucemia podría contribuir aún más a mejorar los resultados clínicos y reducir tanto la mortalidad como las complicaciones crónicas. Sin embargo, también resulta fundamental considerar el impacto emocional y la carga adicional que esto supondría para las personas que viven con la enfermedad, asegurando proporcionar los medios para que estos objetivos sean alcanzables sin comprometer su calidad de vida.

Monitorización de glucosa

La monitorización continua de glucosa (MCG) desempeña un papel fundamental en el manejo de la DT1 en niños y adolescentes, ya que permite seguir tanto las fluctuaciones inmediatas como las diarias en los niveles de glucosa, ayuda a ajustar la pauta de insulina y realizar modificaciones en el estilo de vida y permite la evaluación de la respuesta al tratamiento para alcanzar los objetivos glucémicos óptimos(10). Existe evidencia contundente para recomendar el uso de la MCG en todos los niños y adolescentes con DT1(10). Además, iniciar el uso de la MCG lo antes posible, tras el diagnóstico, se relaciona con un mejor control glucémico durante el primer año y evolutivamente. La MCG ha demostrado reducir la HbA1c, aumentar el TIR y reducir episodios de hipoglucemia grave y cetoacidosis (CAD), tanto en ensayos clínicos aleatorizados como en vida real en diferentes registros(11-13). En la tabla I se indican los sistemas MCG disponibles en la actualidad.

tabla

Administración de insulina

Sistemas de infusión automatizada de insulina

Los sistemas más avanzados disponibles actualmente para el tratamiento de la DT1 son los sistemas híbridos de asa cerrada o sistemas AID. Estos dispositivos integran una bomba de insulina con un sistema de MCG y un algoritmo de control que ajusta en tiempo real la administración de insulina en respuesta a las variaciones de glucosa.

El algoritmo de control de los sistemas AID puede estar alojado en la bomba de insulina o en una aplicación móvil y, en términos generales, existen tres tipos principales: Proportional-Integrative-Derivative (PID), Model Predictive Control (MPC) y lógica difusa(14,15).

1. Algoritmos PID: ajustan la administración de insulina basándose en tres componentes:

Proporcional: la diferencia entre la glucosa medida y el valor objetivo.

Integral: el área bajo la curva entre la glucosa medida y el objetivo, que representa la acumulación del error con el tiempo.

Derivativo: la tasa de cambio de la glucosa a lo largo del tiempo, anticipando tendencias.

2. Algoritmos MPC: utilizan un modelo matemático predictivo que estima las fluctuaciones de la glucosa y ajusta la administración de insulina para mantener los niveles dentro del rango objetivo. Para ello, tienen en cuenta la sensibilidad a la insulina estimada y otros factores dinámicos.

3. Algoritmos basados en lógica difusa: regulan la administración de insulina mediante un conjunto de reglas diseñadas para imitar el conocimiento y el razonamiento de expertos en el tratamiento de la diabetes, permitiendo una adaptación más flexible a las variaciones glucémicas.

El algoritmo del sistema AID calcula la dosis y administra insulina cada 5-12 minutos de forma automática (basal automática). Algunos dispositivos, además, pueden suministrar bolos correctores automáticos según criterios predefinidos.

El objetivo de glucosa del modo automático de los sistemas AID se establece de dos maneras según el algoritmo(14):

1. Enfoque “tratar para alcanzar un objetivo” (treat-to-target), donde se fija un objetivo único (p. ej.: 100 mg/dL) por tramos horarios o para todo el día.

2. Enfoque “tratar dentro de un rango” (treat-to-range), en el que se ha definido un intervalo de glucosa objetivo en lugar de un valor único. En este caso, el algoritmo adapta la tasa basal programada para que la glucemia se mantenga dentro del intervalo.

Por otro lado, antes de cada ingesta, el paciente debe introducir la cantidad de hidratos de carbono que va a consumir y aceptar el bolo de insulina recomendado por el sistema. Cada modelo de AID tiene características específicas que influyen en la configuración de los parámetros programables, la modulación de la respuesta del modo automático, el cálculo de bolos para comidas y correcciones automáticas y la adaptación a la actividad física(16).

Existen sistemas que no requieren el anuncio de las ingestas o sistemas que utilizan otras hormonas (glucagón, pramlintida) además de insulina, pero no están disponibles en Europa actualmente.

En la tabla II se resumen las características de los sistemas híbridos de asa cerrada aprobados para su uso en la edad pediátrica en España.

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Eficacia, seguridad e indicaciones de los sistemas AID

Los sistemas AID han demostrado un incremento significativo y clínicamente relevante del TIR entre un 9 % y un 15 % y una reducción de la glucosa media y de la HbA1c en comparación con el tratamiento estándar en ensayos clínicos aleatorizados controlados en niños y adolescentes con DT1, incluso en niños menores de seis años(17-19) y en pacientes recién diagnosticados(20,21).

Los estudios en vida real también respaldan la superioridad de los sistemas AID, mostrando mejoras en TIR, TITR, HbA1c y glucemia media, además de una reducción en el tiempo en hipoglucemia e hiperglucemia a medio plazo en niños y adolescentes y también en menores de seis años(22-25).

Por todo ello, los sistemas AID son actualmente el tratamiento de elección en la DT1. La ISPAD recomienda ofrecerlos a todos los niños y adolescentes con DT1 desde el diagnóstico, para mejorar el TIR, al minimizar la hipoglucemia e hiperglucemia, los resultados reportados por los pacientes (PROMS) y reducir la carga asociada a la enfermedad, especialmente en el periodo nocturno (nivel de evidencia A)(26).

Consideraciones prácticas de los sistemas AID

Para garantizar el éxito de los sistemas AID, es fundamental que las personas con DT1 y sus cuidadores participen en un programa de formación estructurado que incluya el detalle del funcionamiento de los modos automático y manual, el cálculo de dosis por parte del sistema, la gestión de la alimentación y del ejercicio físico, la actitud ante hipoglucemia, el manejo de días de enfermedad y la actuación en caso de hiperglucemia para la prevención de la CAD. En la figura 1 podemos observar el manejo de la hiperglucemia en pacientes en tratamiento con sistemas AID. En la figura 2 se describe el manejo de la hipoglucemia en pacientes en tratamiento con sistemas AID.

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Figura 1.Manejo de la hiperglucemia en pacientes con diabetes mellitus tipo 1 en tratamiento con sistemas AID (Automated Insulin Delivery). Fuente: Enes P. Urgencias en diabetes y nuevas tecnologías en pacientes en tratamiento con infusores y sistemas de infusión automatizada de insulina. Pediatr Integral. 2024; XXVIII: 109-16.
Disponible en:
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Figura 2. Manejo de la hipoglucemia en pacientes con diabetes mellitus tipo 1 en tratamiento con sistemas AID (Automated Insulin Delivery). *Los sistemas AID o sistemas con suspensión en predicción de hipoglucemia no precisan la suspensión manual.
Modificado de: Guías de la ISPAD 2022: Abraham MB, Karges B, Dovc K, Naranjo D, Arbelaez AM, Mbogo J, et al. ISPAD Clinical Practice Consensus Guidelines 2022: Assessment and management of hypoglycemia in children and adolescents with diabetes. Pediatr Diabetes. 2022; 23: 1322-40. Disponible en:
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Múltiples inyecciones diarias de insulina y plumas conectadas

Para aquellos pacientes que no deseen utilizar un sistema AID, la alternativa de tratamiento son las múltiples inyecciones diarias de insulina (MDI) en régimen basal-bolo. En la tabla III se resumen los análogos de acción prolongada y acción rápida disponibles en la actualidad.

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En estos casos, las plumas de insulina conectadas, también conocidas como plumas inteligentes, representan una opción emergente que permite el acceso a algunos beneficios de la tecnología en diabetes, cuando el uso de sistemas AID no es factible o no es deseado(26). Además de integrar de forma automática el registro de las dosis de insulina administradas con los datos de la MCG, se conectan a una aplicación móvil que asiste en el cálculo de dosis y que tiene en consideración la insulina activa.

La evidencia sobre la eficacia de las plumas conectadas en población pediátrica con DT1 sigue siendo limitada, aunque algunos estudios recientes sugieren que su uso podría mejorar los resultados, mejorando el TIR y la adherencia al tratamiento y también reduciendo el tiempo en hipoglucemia(26).

En la tabla IV se describen las plumas/capuchones conectados disponibles y sus características.

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Diagnóstico precoz y preservación de la reserva pancreática

El diagnóstico de la DT1 puede hacerse antes del desarrollo de la sintomatología derivada de la hiperglucemia, ya que las personas con dos o más autoanticuerpos anti-pancreáticos ya se encuentran en una etapa temprana de DT1. Las personas en esta situación no deben ser consideradas simplemente como “en riesgo de desarrollar DT1”(27).

El diagnóstico precoz ha demostrado reducir el diagnóstico en CAD, tanto en población general como en familiares de primer grado de personas con diabetes(28). Reducir la CAD al diagnóstico, se relaciona con una mejoría del control de la enfermedad a largo plazo. El diagnóstico precoz permite, además, ofrecer educación diabetológica de forma progresiva a las familias y se relaciona con menor estrés y ansiedad en pacientes y familiares en comparación con el diagnóstico en estadios clínicos. En la actualidad, existe un fármaco, el anticuerpo monoclonal anti-CD3 (teplizumab), aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA) para retrasar la progresión de la etapa 2 a la etapa 3 de la diabetes tipo 1 y numerosos ensayos clínicos dirigidos a pacientes diagnosticados en estadios precoces. Estos avances resaltan la necesidad de que los ensayos clínicos, así como los programas efectivos de cribado y tratamiento en etapas tempranas de la diabetes tipo 1, sean inclusivos para todos los niños y jóvenes, independientemente de su ubicación geográfica y del sistema de salud al que pertenezcan(27).

Estadios de la diabetes

La diabetes tipo 1 se clasifica en 4 fases o estadios, según el estado de la autoinmunidad pancreática y las características clínicas de los pacientes(27). En la figura 3 podemos ver los estadios de la diabetes tipo 1.

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Figura 3. Estadios de la diabetes tipo 1 (DT1). AC: anticuerpo; ADA: American Diabetes Association; SOG: sobrecarga oral de glucosa.

Modificado de: Haller MJ, Bell KJ, Besser REJ, Casteels K, Couper JJ, Craig ME, et al. ISPAD Clinical Practice Consensus Guidelines 2024: Screening, Staging, and Strategies to Preserve Beta-Cell Function in Children and Adolescents with Type 1 Diabetes. Hormone Research in Paediatrics. 2024; 97: 529-45. Disponible en: https://doi.org/10.1159/000543035.

Los niños con un solo anticuerpo anti-pancreático positivo no padecen diabetes tipo 1, pero se consideran en riesgo, ya que presentan aproximadamente un 15 % de riesgo de desarrollar diabetes tipo 1 en estadio 3 en un plazo de 15 años(29). En cambio, los niños con dos anticuerpos anti-pancreáticos positivos confirmados presentan diabetes tipo 1 en estadio precoz. Entre los niños con estadio 1 (normoglucemia), el 44 % progresará a diabetes tipo 1 en estadio 3 en 5 años, y entre el 80 % y el 90 % lo hará en 15 años. Entre los niños con estadio 2 (disglucemia), el 75 % progresará a diabetes tipo 1 en estadio 3 en 5 años y casi el 100 % a lo largo de su vida(29-30).

Programas de diagnóstico precoz

El cribado de la diabetes tipo 1 está ganando impulso a nivel internacional. La mayoría de las iniciativas actuales se desarrollan en el marco de la investigación científica y la implementación de estudios clínicos, y se dirigen a población general o a familiares de primer grado o población con riesgo genético. En la actualidad, algunos países como Italia, Israel o Portugal han implementado ya el cribado como parte del programa de salud nacional con determinación de la autoinmunidad pancreática en uno o dos puntos durante la infancia. En la tabla V se comentan los programas de cribado de DT1.

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Seguimiento de estadios preclínicos

Una vez identificada la DT1 en estadios precoces, se recomienda una vigilancia glucémica regular, con el objetivo de permitir la clasificación por estadios, orientar la educación diabetológica y ofrecer apoyo psicológico y la oportunidad para participar en investigaciones o recibir terapias modificadoras de la evolución de la DT1(27). En la figura 4 se describe el seguimiento de pacientes con autoinmunidad pancreática positiva.

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Figura 4. Seguimiento de pacientes con autoinmunidad pancreática positiva.

La positividad de 1 o más anticuerpos debe ser confirmada en una segunda muestra.

AC: anticuerpos (anti-GAD65, anti-IA2, anti-insulina, anti-TZn8); MCG: monitorización continua de glucosa; SOG: sobrecarga oral de glucosa. *Criterios estadio 2: HbA1 5,7-6,4 % o incremento ≥10 % respecto a previa, glucemia basal: 100-125 mg/dL o glucemia 2 horas tras SOG: 140-199 mg/dL.

Modificado de: Haller MJ, Bell KJ, Besser REJ, Casteels K, Couper JJ, Craig ME, et al. ISPAD Clinical Practice Consensus Guidelines 2024: Screening, Staging, and Strategies to Preserve Beta-Cell Function in Children and Adolescents with Type 1 Diabetes. Hormone Research in Paediatrics. 2024; 97: 529-45. Disponible en: https://doi.org/10.1159/000543035.

 

Estrategias de preservación de la reserva pancreática

Los esfuerzos orientados a retrasar la progresión de los estadios 1 o 2 al estadio 3 de la DT1 se conocen como prevención secundaria.

Aunque se han estudiado diversas terapias inmunológicas y metabólicas, teplizumab, un anticuerpo monoclonal dirigido al marcador CD3 en la superficie de los linfocitos T, es hasta la fecha el único tratamiento aprobado por la FDA en EEUU para retrasar la progresión del estadio 2 al estadio 3 de la DT1. También en el ámbito de la prevención secundaria, actualmente, se están desarrollando ensayos clínicos con otros fármacos que actúan sobre: la respuesta autoinmune, presentación de antígeno, disfunción glucémica y estrés/disfunción de las células beta.

Las intervenciones en estadio 3 se centran en actuar durante la fase de diagnóstico reciente de la DT1 (habitualmente dentro de las 6-12 semanas tras el diagnóstico del estadio 3) y tienen como objetivo frenar la progresión de la enfermedad, preservando la función residual de la célula beta y, potencialmente, retrasar o prevenir complicaciones de la DT1.

Entre los fármacos que han demostrado la capacidad de retrasar el descenso del péptido C en el estadio 3 de la DT1, se encuentran: ciclosporina, teplizumab, abatacept, alefacept, rituximab, golimumab, globulina antitimocítica en dosis bajas, verapamilo, imatinib y baricitinib(27).

En un futuro próximo, el uso de terapias combinadas de inducción y mantenimiento, personalizadas según el estadio de la enfermedad, el riesgo genético y biomarcadores de respuesta, probablemente represente una estrategia más eficaz para preservar la función de las células beta en la DT1.

Por último, la ISPAD destaca la importancia de que los ensayos clínicos de intervención en etapas tempranas de la DT1 sean inclusivos y accesibles para todos los niños, niñas y adolescentes a nivel global y no solo en el ámbito de los países desarrollados.

Función del pediatra de Atención Primaria

La función del pediatra de Atención Primaria en el tratamiento y prevención de la diabetes tipo 1 es:

• Favorecer el diagnóstico temprano de la diabetes tipo 1, idealmente en estadios 1 y 2, derivando a pacientes con sintomatología, disglucemia o familiares de primer grado de personas con diabetes tipo 1 para valoración y cribado de autoinmunidad pancreática.

• Conocer los objetivos de control metabólico, las bases del tratamiento actual y la tecnología aplicada a la diabetes tipo 1, con el fin de apoyar la educación terapéutica del niño y su familia, promover el autocuidado desde edades tempranas e identificar pacientes en riesgo de complicaciones agudas y crónicas.

• Realizar un seguimiento integral del niño o adolescente con diabetes tipo 1 y fomentar hábitos de vida saludables en pacientes y población de riesgo.

• Coordinarse con otros niveles asistenciales para garantizar una atención continuada y centrada en el paciente.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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Capítulo de las guías de la ISPAD, actualizado en 2024, en el que se describen los objetivos de control glucémico en niños y adolescentes con diabetes tipo 1.

– Enes Romero P, Güemes M, Guijo B, Martos-Moreno GÁ, Pozo Román J, Argente J. Automated insulin delivery systems in the treatment of diabetes: Benefits, challenges, and practical considerations in pediatric patients. Endocrinol Diabetes Nutr (Engl Ed). 2024; 71: 436-46. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.endien.2024.11.010.

Los sistemas de infusión automatizada de insulina son actualmente el tratamiento de elección en niños y adolescentes con diabetes tipo 1. Este artículo es una revisión de los sistemas disponibles en España para la edad pediátrica, incluyendo su funcionamiento, características y recomendaciones prácticas para su uso.

– Biester T, Berget C, Boughton C, Cudizio L, Ekhlaspour L, Hilliard ME, et al. International Society for Pediatric and Adolescent Diabetes Clinical Practice Consensus Guidelines 2024: Diabetes Technologies – Insulin Delivery. Horm Res Paediatr. 2024; 97: 636-62. Disponible en: https://doi.org/10.1159/000543034.

Capítulo de las guías de la ISPAD, actualizado en 2024, que incluye las indicaciones y recomendaciones de los distintos métodos de administración de insulina en diabetes tipo 1 en la edad pediátrica.

– Haller MJ, Bell KJ, Besser REJ, Casteels K, Couper JJ, Craig ME, et al. ISPAD Clinical Practice Consensus Guidelines 2024: Screening, Staging, and Strategies to Preserve Beta-Cell Function in Children and Adolescents with Type 1 Diabetes. Hormone Research in Paediatrics. 2024; 97: 529-45. Disponible en: https://doi.org/10.1159/000543035.

Capítulo de las guías de la ISPAD, actualizado en 2024, en el que se describen los estadios de la diabetes tipo 1, el cribado para el diagnóstico precoz y las recomendaciones de seguimiento en estadios preclínicos.

Caso clínico

Niña de 8 años a la que se realiza cribado de autoinmunidad pancreática por tener una hermana diagnosticada de diabetes tipo 1A. Se encuentra asintomática. Periodo neonatal normal. Sin antecedentes personales de interés.

Resultados: anticuerpos antitransportador de Zn 8 (anti-ZnT8) >10 (valor normal <= 1); anticuerpos anti-GAD65: >2.000 U/mL (negativo <5 U/mL; positivo: ≥5 U/mL); anticuerpos anti-IA2: 1.420 U/mL (negativo: <8 U/mL; zona gris: 8-10 U/mL; positivo: ≥10 U/mL); anticuerpos anti-insulina: 0,4 U/mL (negativo ≤1,05 U/mL).

 

Obesidad y diabetes mellitus tipo 2: tratamiento farmacológico

 

G. Á. Martos-Moreno, J. Argente Oliver
Temas de FC


G. Á. Martos-Moreno1,2,3, J. Argente Oliver1,2,3,4

1Servicios de Pediatría y Endocrinología. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Instituto de Investigación Sanitaria La Princesa. Madrid. 2Departamento de Pediatría. Universidad Autónoma de Madrid. 3CIBER Fisiopatología Obesidad y Nutrición. Instituto de Salud Carlos III. Madrid. 4IMDEA Research Institute on Food and Health Sciences. Madrid

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Autor para correspondencia

gabrielangelmartos@yahoo.es

Resumen

La demanda de asistencia ante formas graves (incluso extremas) de obesidad infantojuvenil (frecuentemente iniciada en los primeros meses de vida) y sus enfermedades relacionadas, junto con su elevada prevalencia, han determinado el incremento de la investigación dirigida al diagnóstico diferencial etiológico de las distintas “obesidades”, así como el desarrollo de tratamientos farmacológicos aplicables a estas durante la edad pediátrica. Parte de los agentes farmacológicos aprobados para el tratamiento de la obesidad fueron inicialmente evaluados por su efecto hipoglucemiante en diabetes mellitus tipo 2 (DM2), cuyo desarrollo está íntimamente relacionado con el de aquella, aunque altamente influido por la susceptibilidad individual, con gran variabilidad de prevalencia entre poblaciones, particularmente en edad pediátrica. El tratamiento farmacológico de obesidad y DM2, necesariamente, precisa ir acompañado de la corrección del desequilibrio entre la ingesta y el gasto energético subyacente en la práctica totalidad de los niños y adolescentes afectos de las mismas (constituyendo este el elemento fundamental de su terapia aún en la actualidad). En este artículo actualizaremos las opciones terapéuticas farmacológicas disponibles para el tratamiento de la DM2 y de las obesidades en nuestro medio (ya sea tratamiento específico ante entidades diagnósticas singulares, ya sea inespecífico, en ausencia de un diagnóstico etiológico).

 

Abstract

The diagnosis of severe (even extreme) cases of childhood and adolescent obesity (often with onset in the first months of life), their related diseases and its high prevalence have increased the investigation focused on the differential diagnosis of the different types of “obesities”, as well as the development of medications aimed to target this age range. Some of the medications currently approved for obesity management were initially developed on patients affected with type 2 diabetes mellitus (T2DM) due to their hypoglycemic effect, with the onset of T2DM closely linked to the development of obesity, though highly influenced by individual susceptibility and showing wide variations in prevalence among populations, particularly in the pediatric age. Pharmacological treatment of obesity and T2DM duly needs to be scheduled upon the optimization of energy intake and expense imbalance usually underlying the vast majority of cases of both diseases in childhood and still constituting the cornerstone for their management. In this article we will update the pharmacological agents currently available in our environment for T2DM management and for the treatment of the different types of obesities (either as a specific treatment upon a singular diagnosis, or non-specifically in the absence of a causative diagnosis).

 

Palabras clave: Obesidad infantil; Obesidades, obesidad genética; Obesidad sindrómica; Diabetes mellitus tipo 2, tratamiento farmacológico.

Key words: Childhood obesity; Obesities, genetic obesity; Syndromic obesity; Type 2 diabetes mellitus, pharmacological treatment.

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 298 – 309


OBJETIVOS

• Aprender el concepto actual de obesidad preclínica y clínica, así como la necesidad de establecer un diagnóstico diferencial etiológico entre las distintas “obesidades” infantiles para orientar adecuadamente su tratamiento (incluyendo el tratamiento farmacológico).

• Conocer los agentes farmacológicos aceptados por la Agencia Europea de Medicamentos para el tratamiento de la obesidad en el niño y el adolescente y su indicación terapéutica.

• Actualizar los agentes farmacológicos aceptados por la Agencia Europea de Medicamentos para el tratamiento de la diabetes mellitus tipo 2 en el niño y el adolescente y su indicación terapéutica.

• Diseñar una estrategia terapéutica farmacológica sistemática y racional ante la presencia de diabetes mellitus tipo 2 en el niño y el adolescente en función de las características clínicas del paciente.

 

Obesidad y diabetes mellitus tipo 2: tratamiento farmacológico

https://doi.org/10.63149/j.pedint.47

 

Introducción

Se sugiere diferenciar la obesidad preclínica (exceso de adiposidad) y clínica (acompañada de enfermedades relacionadas), así como complementar el índice de masa corporal (IMC) con la cuantificación de la grasa corporal o una medida de su distribución para soslayar las limitaciones del IMC. Etiológicamente, existen distintos tipos de “obesidades” que requieren abordajes diagnósticos y terapéuticos diferentes.

La obesidad infantil tradicionalmente se ha definido como la acumulación excesiva de tejido adiposo que determina un incremento en el riesgo de padecer patologías asociadas en etapas posteriores de la vida y mortalidad precoz, estableciéndose su gravedad tradicionalmente mediante la estimación indirecta del contenido graso corporal, por medio del índice de masa corporal (IMC)(1). Sin embargo, no siempre un mayor exceso de tejido adiposo (o un mayor IMC) determina una mayor gravedad de la obesidad o afectación del niño por la misma, al tiempo que esta definición, basada exclusivamente en el IMC, no considera la afectación física y/o psicológica del niño ya durante la etapa infantojuvenil ocasionada por la excesiva acumulación de grasa corporal. Por este motivo, se postuló basar la estimación de la gravedad de la obesidad en la cantidad e intensidad de sus repercusiones negativas sobre el niño y no en la cuantificación del exceso de tejido adiposo, valorando cuatro apartados (repercusión metabólica, mecánica, mental y sobre las relaciones con el medio), adaptando el modelo de Edmonton preexistente para valoración de la gravedad de la obesidad en pacientes adultos.

A inicios de este año 2025, se ha postulado una nueva definición de obesidad que intenta, por una parte, soslayar las limitaciones del IMC en la estimación del contenido graso corporal mediante la adición de una medición directa de la grasa corporal mediante técnicas específicas (DXA, bioimpedanciometría) o del perímetro de cintura, para establecer la condición de exceso de adiposidad (denominándolo como obesidad preclínica). Por otra parte, se propone considerar la presencia de alguna de las enfermedades relacionadas con la obesidad añadida a los criterios anteriores para establecer esta como una entidad patológica (obesidad clínica)(2). Sin embargo, esta nueva propuesta de definición de obesidad formulada tanto para la edad adulta como para la edad pediátrica indica, para las patologías relacionadas con la obesidad, parámetros similares en el niño con respecto al adulto (p. ej., alteraciones metabólicas) y no siempre ajustados a las diferencias fisiopatológicas que presenta esta enfermedad entre ambos rangos etarios, como ya ocurre, por ejemplo, en la definición de síndrome metabólico. Esto ha determinado disensiones y argumentaciones críticas acerca de las limitaciones para la aplicación de esta definición en niños.

De forma análoga y pese a la escasa relevancia clínica observada ante el incremento leve aislado de la hemoglobina glicosilada (HbA1c) en niños con obesidad(3), la HbA1c (cuando supera el valor de 6,5 %) se sigue contando entre los criterios diagnósticos de diabetes mellitus, también en este rango etario, en las recomendaciones de la Asociación Americana de Diabetes (American Diabetes Association, ADA) publicadas en 2025(4), junto con los restantes criterios previamente establecidos y que permanecen inalterados: glucemia en ayunas superior a 126 mg/dl; glucemia tras 2 horas superior a 200 mg/dl en el test de tolerancia oral a la glucosa y glucemia superior a 200 mg/dl en presencia de semiología “clásica” de hiperglucemia (poliuria, polidipsia, polifagia y/o pérdida de peso).

El desarrollo de diabetes mellitus tipo 2 (DM2) está íntimamente relacionado con el establecimiento y la progresión de la obesidad, particularmente cuando esta se inicia de forma precoz(5), debido a que ambas entidades comparten múltiples factores etiopatogénicos. Sin embargo, no existe una correspondencia lineal entre la gravedad de la obesidad de los pacientes y su riesgo de desarrollar DM2, estando este determinado por la susceptibilidad individual y observándose gran variabilidad poblacional de DM2 entre poblaciones, particularmente en edad pediátrica.

Las recomendaciones terapéuticas, incluyendo el tratamiento farmacológico para DM2, han sido recientemente revisadas y sistematizadas(6) sobre la base de las guías de práctica clínica postuladas, entre otras, por la ADA y la ISPAD (International Society for Pediatric and Adolescent Diabetes)(7). Sin embargo, los agentes farmacológicos disponibles en el momento actual para el tratamiento de la DM2 en edad pediátrica representan solo un pequeño porcentaje respecto a los disponibles para el tratamiento de la misma enfermedad en el adulto.

De forma análoga a lo mencionado para DM2, los fármacos disponibles para el tratamiento de la obesidad antes de la edad adulta son aún limitados, tanto más cuanto menor es la edad del paciente. De hecho, no fue hasta el 10 de junio de 2021 cuando la agencia europea del medicamento (EMA) autorizó el primer fármaco (liraglutida) para el tratamiento de la obesidad en adolescentes mayores de 12 años. Es, por lo tanto, un campo este de escaso tiempo de desarrollo, lo cual no ha impedido que se produzcan progresos relevantes y se comience a obtener experiencia en el tratamiento farmacológico de la obesidad en edad pediátrica. De hecho, es reseñable que el tratamiento farmacológico de la obesidad infantil ya se contempla, tanto en la guía de práctica clínica de obesidad infantojuvenil publicada en 2023 por la APA (American Pediatrics Academy)(8) como en las publicadas por la OMA (Obesity Medicine Association) en 2024(9,10), y ya se dispone de evidencia de su eficacia(11) y de los primeros estudios de coste-efectividad de esta opción terapéutica.

Tratamiento farmacológico de la obesidad infantojuvenil

Disponemos de agentes farmacológicos aprobados para su empleo ante la presencia de obesidad, tanto en presencia de un diagnóstico etiológico (tratamientos específicos) como en ausencia del mismo (tratamientos no específicos).

En el momento actual, no podemos considerar la obesidad como un diagnóstico per se, sino que ante un niño o adolescente que la presenta es menester establecer un diagnóstico diferencial entre las potenciales causas subyacentes, tal y como se plantea ante cualquier otra enfermedad, estableciendo una secuencia diagnóstica estructurada e individualizada ante la evidencia de la existencia de distintos tipos de “obesidades”.

El diagnóstico diferencial etiológico de la obesidad infantojuvenil va a determinar las opciones terapéuticas más adecuadas para cada caso (incluyendo las farmacológicas). En él deben considerarse potenciales entidades genéticas (asociadas o no a estigmas malformativos o sindrómicos) o endocrinológicas que, si bien constituyen un porcentaje limitado del total de casos de obesidad infantil, diagnosticamos con más frecuencia conforme progresan nuestros conocimientos fisiopatológicos de esta enfermedad(12). Junto a ello, debe considerarse de forma diferencial la obesidad hipotalámica adquirida, esto es, aquella que se desarrolla como consecuencia de lesiones e intervenciones terapéuticas en el área hipotálamo-hipofisaria, que determinan una grave afectación del centro de control de la homeostasis energética (generalmente de rápida progresión hasta una gravedad extrema)(13). No obstante, aún no es posible establecer un diagnóstico etiológico en la mayor parte de los pacientes, habiéndose empleado tradicionalmente términos, como “común” o “exógena”, para definir la obesidad en estas situaciones, cuando realmente debería constituir un diagnóstico de exclusión, conscientes de que la imposibilidad de hallar una causa subyacente no implica que esta no exista y de que el desarrollo de obesidad en estas condiciones está asimismo determinado por una base poligénica diferencial entre individuos, pudiendo, por lo tanto, denominarse obesidad idiopática o poligénica.

En relación con las opciones actuales de tratamiento farmacológico, es preciso destacar un conjunto de “obesidades” con base genética identificable (“obesidades genéticas”) que, actualmente, podemos tratar en algunos casos de forma diferenciada con fármacos específicos. Entre ellas y dentro de su infrecuencia, podemos diferenciar las obesidades genéticas sindrómicas (en las que la obesidad constituye un rasgo relevante del conjunto de estigmas de un síndrome polimalformativo) y las obesidades genéticas no sindrómicas.

Entre las obesidades genéticas sindrómicas (Tabla I) destacan los síndromes de Prader-Willi, Alström, Schaaf-Yang o Bardet-Biedl, que acompañan, además, alteraciones de la señalización de la vía leptina-melanocortina hipotalámica (principal eje de señalización de saciedad). Esto ha permitido el estudio, desarrollo y actual indicación de un tratamiento farmacológico específico para la obesidad que padecen los pacientes afectos del último de estos síndromes, cuya eficacia se está evaluando en casos de obesidad, con variantes en genes relevantes en el proceso de desarrollo del hipotálamo, como SIM1, BDNF, NTRK2 o SH2B1 que, asimismo, suelen acompañarse de alteraciones del desarrollo intelectivo y estigmas malformativos.

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La obesidad genética de etiología no sindrómica es, asimismo, infrecuente y secundaria, fundamentalmente (aunque no de forma exclusiva), a mutaciones en los genes implicados en la vía de saciedad leptina-melanocortina. En ella, las neuronas productoras de proopiomelanocortina (POMC), localizadas en el núcleo arcuato del hipotálamo, reciben la información referente a la energía almacenada en el tejido adiposo por medio de la leptina procedente de los adipocitos. La POMC tras ser fraccionada por convertasa de prohormonas tipo subtilina-kexina 1 (PCSK1), actúa sobre otros núcleos hipotalámicos (principalmente el núcleo paraventricular) por medio de los receptores de melanocortina (MCR, principalmente MC4R) y por medio de la fracción alfa de la hormona estimulante de melanocitos (α-MSH). Al unísono, la leptina ejerce un efecto inhibitorio sobre las neuronas productoras de neuropéptido Y (NPY) y del péptido relacionado con la proteína agouti (AGRP), principales grupos neuronales implicados en la génesis de los estímulos orexigénicos(14,15) (Figura 1A). El listado de genes implicados en esta vía de saciedad, cuya alteración se asocia al desarrollo de obesidad en el ser humano, está en constante crecimiento, como es el caso del coactivador del receptor de esteroides número 1 (SRC1, gen NCOA1), que modula la actividad de POMC inducida por leptina; el gen SH2B1 (implicado en el desarrollo hipotalámico); GNAS (que se ha demostrado, comparte localización en el hipotálamo con los receptores MC4R y parece modular su señalización); múltiples factores de transcripción como TBX3; o genes implicados en el desarrollo y migración de las proyecciones neuronales, como las semaforinas y sus receptores (SEMA, NRP y PLXNA)(12).

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Figura 1. Representación esquemática de las principales vías de señalización de estímulos orexigénicos y anorexigénicos en el hipotálamo y de la acción ejercida sobre las mismas de la leptina, procedente del tejido adiposo, y del péptido similar a glucagón número 1 (GLP-1) procedente del intestino. A. La red de neuronas productoras de proopiomelanocortina (POMC) y tránscrito relacionado con cocaína y anfetamina (CART) se localiza primordialmente en el núcleo arcuato del hipotálamo y constituye la principal vía de señalización de saciedad conocida. Las neuronas productoras de POMC reciben la información referente a la energía almacenada en el tejido adiposo por medio de la leptina, producida por los adipocitos, que estimula, por medio de sus receptores específicos (R-LEP), la producción de POMC (flecha verde) que, tras ser fraccionada por la convertasa de proproteínas tipo subtilina-kexina 1 (PCSK1), actúa sobre otros núcleos hipotalámicos (principalmente el núcleo paraventricular) por medio de los receptores de melanocortina (MCR, principalmente MC4R) a través de la fracción alfa de la hormona estimulante de melanocitos (α-MSH), generando sensación de saciedad. Al unísono, la leptina ejerce, también por medio de sus receptores específicos, un efecto inhibitorio (flecha roja) sobre las neuronas productoras de neuropéptido Y (NPY) y del péptido relacionado con la proteína agouti (AGRP), principales grupos neuronales implicados en la génesis de los estímulos orexigénicos y, por lo tanto, inhibiéndolos. B. Por su parte, el péptido similar a glucagón número 1 (GLP-1) procedente del intestino delgado distal y del colon estimula (flecha verde), por medio de sus receptores específicos, la producción de POMC y la sensación de plenitud y saciedad, al tiempo que inhibe (flecha roja) a las neuronas productoras de NPY y AGRP y sus estímulos orexigénicos.

Del mismo modo que se ha mencionado anteriormente en relación con el síndrome de Bardet-Biedl, el progreso en el conocimiento de la señalización de la vía de saciedad leptina-melanocortina y la investigación subsiguiente han permitido el desarrollo de tratamientos específicos, ya aceptados por la EMA para su empleo en pacientes pediátricos con deficiencia de POMC, PCSK1 y receptor de leptina y, actualmente, en estudio para su aplicación en pacientes con variantes en los otros genes mencionados e implicados en esta vía de señalización.

Tipos de tratamientos farmacológicos en las obesidades infantiles

Entre los agentes farmacológicos disponibles para el tratamiento de la obesidad, en general, podríamos diferenciar dos tipos: tratamientos específicos (basados en diagnósticos etiológicos singulares y, por lo tanto, cuya aplicación está restringida a un número limitado de pacientes afectos de obesidad en el contexto de dichas enfermedades, fundamentalmente relacionadas con la alteración de la señalización de la vía leptina-melanocortina y algunas entidades sindrómicas) y tratamientos no específicos (aplicables a cualquier paciente con obesidad sin necesidad de un diagnóstico etiológico preciso).

Tratamientos específicos en obesidad infantil

Tratamientos específicos en obesidad infantil: leptina recombinante humana (metreleptina) y setmelanotida.

Los dos tratamientos disponibles actualmente para su empleo en entidades genéticas específicas asociadas a obesidad infantil se basan en la restauración de la disrupción de la principal vía de saciedad conocida, la vía leptina-melanocortina, ya mediante la sustitución de la deficiencia de producción de la primera por medio del tejido adiposo, ya mediante la estimulación del receptor MC4R hipotalámico (Figura 2A).

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Figura 2. Representación esquemática y simplificada de la acción de los tratamientos farmacológicos específicos (panel A, metreleptina y setmelanotida) y no específicos (panel B, fármacos agonistas del receptor de GLP-1) sobre las principales vías de señalización anorexigénica (leptina-melanocortina) y orexigénica (neuropéptido Y/péptido relacionado con la proteína Agouti) en el hipotálamo. A. Ante una deficiencia congénita de leptina, el tratamiento con leptina humana recombinante (metreleptina) actúa por medio de los receptores específicos de leptina (RLEP), estimulando la producción de POMC (flecha verde) y restaurando (al menos, parcialmente) la señalización de saciedad hacia el receptor MC4R e inhibiendo (flecha roja) la actividad de las neuronas productoras de neuropéptido Y (NPY) y del péptido relacionado con la proteína agouti (AGRP). Ante una deficiencia congénita de R-LEP, POMC o PCSK1, el tratamiento con setmelanotida actúa estimulando directamente (flecha verde) la señalización de saciedad por medio del receptor MC4R. B. Por su parte, los fármacos agonistas del receptor del péptido similar a glucagón número 1 (aGLP-1R: liraglutida y semaglutida) estimulan (flecha verde), por medio de los receptores específicos de GLP-1, la producción de POMC y la sensación de plenitud y saciedad, al tiempo que inhiben, por medio de los mismos receptores (flecha roja), a las neuronas productoras de NPY y AGRP.

 

Leptina recombinante humana (metreleptina)

La leptina recombinante humana ha sido empleada en casos pediátricos de deficiencia congénita de leptina(16) y leptina “bioinactiva”(17), determinando un control del impulso orexigénico de los pacientes y una notable reducción ponderal en inyección única diaria a dosis de 0,03 mg/kg/día. Sin embargo, actualmente (febrero 2025), esta no constituye una indicación terapéutica aceptada por la EMA, mientras que sí acepta su empleo (a una dosis superior, de 0,06 mg/kg/día) en pacientes afectos de síndromes lipodistróficos, tanto generalizados (a partir de los 2 años de edad) como parciales (a partir de los 12 años), y en los que la reacción adversa más frecuentemente reportada tras su empleo ha sido la hipoglucemia.

Setmelanotida

La setmelanotida es un fármaco agonista de los receptores de melanocortina. Mediante su unión al receptor número 4 de melanocortina (MC4R), localizado predominantemente en el núcleo paraventricular hipotalámico, determina una disminución del impulso orexigénico y, secundariamente, reducción ponderal en aquellos pacientes en los que existe una disrupción de la señalización de la vía leptina-melanocortina localizada entre el receptor de leptina y la producción fisiológica de α-MSH mediante el fraccionamiento de POMC por acción de la PCSK1.

La EMA ha autorizado el empleo de setmelanotida en inyección diaria con introducción progresiva hasta dosis máximas de 2,5 mg o 3 mg (en menores o mayores de 12 años, respectivamente) en casos demostrados de deficiencia de receptor de leptina, POMC o PCSK1, causadas por mutaciones bialélicas en sus genes codificantes que ocasionen pérdida de función (julio 2021) y, posteriormente, en pacientes afectos del síndrome de Bardet-Biedl (septiembre 2022), en este caso hasta dosis máximas de 2,5 mg o 3 mg (en menores o mayores de 6 años, respectivamente). En los casos de deficiencia de receptor de leptina, POMC o PCSK1, este tratamiento, además de específico, se podría considerar etiológico, pues restablece un defecto fisiopatológico subyacente.

Los estudios en deficiencia de receptor de leptina, POMC y PCSK1 demostraron que la administración diaria de setmelanotida por vía subcutánea determinaba una reducción ponderal significativa (máxima en los casos de deficiencia de POMC) y una disminución de la sensación de hambre (más evidente en los pacientes con deficiencia de receptor de leptina) con una atenuación de ambos efectos durante el periodo de tratamiento con placebo(18). Ambos hallazgos se reprodujeron en los ensayos de tratamiento de pacientes afectos de síndrome de Bardet-Biedl, si bien la respuesta terapéutica en este grupo mostró mayor heterogeneidad(19). Los efectos secundarios más frecuentemente reportados en ambos estudios fueron las reacciones locales en el lugar de inyección (en general, de carácter leve) y la hiperpigmentación cutáneo-mucosa por estimulación de los receptores melanocortínicos epidérmicos (de intensidad variable entre pacientes y que desaparece tras la suspensión del tratamiento). También fueron efectos secundarios frecuentes: la cefalea, los síntomas gastrointestinales (náuseas y vómitos), el aumento de la frecuencia de erecciones en varones (con casos aislados de priapismo) o la aparición de nevi melanocíticos.

La indicación inicial aceptada por la EMA contemplaba su empleo en pacientes con una edad superior a 6 años, si bien la demostración de su eficacia y seguridad en pacientes entre 2 y 5 años(20) ha determinado la extensión de su indicación, pudiéndose prescribir actualmente a partir de los 2 años de edad hasta una dosis máxima de 2,5 mg/día (modificación de la autorización por la EMA en 2024). Asimismo, sobre la base del conocimiento de los mecanismos hipotalámicos del control del peso corporal y su relación con el desarrollo de obesidad(13), se ha propuesto la potencial eficacia de este fármaco en pacientes con obesidad hipotalámica adquirida y se han desarrollado ensayos clínicos empleándola en pacientes afectos de obesidad e hiperfagia secundarias a patología o intervenciones en el área hipotalámica con resultados alentadores(21); si bien, en el momento de redacción de este manuscrito (febrero 2025), esta no constituye una indicación terapéutica aceptada por la EMA.

Del mismo modo, se han desarrollado ensayos clínicos terapéuticos con setmelanotida en niños y adolescentes afectos de obesidad y portadores de variantes de secuencia en otros genes implicados en la vía leptina-melanocortina, como NCOA1, SH2B1, TBX3 o las semaforinas y sus receptores (SEMA, NRP y PLXNA). Los resultados de dichos ensayos no han sido publicados hasta la fecha, aunque la comunicación parcial de los mismos en reuniones científicas sugiere la potencial eficacia de este fármaco en algunos de estos pacientes.

Tratamientos no específicos en obesidad infantil

Tratamientos no específicos en obesidad infantil: fármacos agonistas del receptor del péptido similar a glucagón número 1 (aGLP1-R): liraglutida y semaglutida.

En el momento de redacción de este manuscrito, la EMA ha concedido la aprobación exclusivamente de dos fármacos agonistas del receptor del péptido similar a glucagón número 1 (aGLP1-R) para el tratamiento de la obesidad en niños con edad superior a 12 años en ausencia de un diagnóstico etiológico específico. Estos son: liraglutida y semaglutida.

En cambio, la EMA no confiere, hasta la fecha, indicación en pacientes menores de 18 años de edad a la combinación de fentermina/topiramato en pacientes pediátricos (aprobada por la FDA [Food and Drug Administration] en EE.UU. desde julio 2022 en pacientes mayores de 12 años), ni al empleo de orlistat, también aprobado para su uso en adolescentes mayores de 12 años de edad por la FDA. Ninguna de las dos agencias (FDA ni EMA) avala el empleo para la reducción ponderal en pacientes menores de 18 años de otros fármacos, como sibutramina, exenatida, lisdexanfetamina, lorcaserina o metformina (esta última ampliamente empleada con este fin, aunque fuera de indicación aceptada en nuestro medio).

Fármacos agonistas del receptor del péptido similar a glucagón número 1 (aGLP1-R)

El péptido similar a glucagón número 1 (GLP-1) es un péptido de 30 aminoácidos producido fisiológicamente a partir del pre-glucagón por las células L entero-endocrinas localizadas en el intestino delgado distal y en el colon, en respuesta a la ingesta de nutrientes (principalmente lípidos e hidratos de carbono). Circula en suero en dos formas principales, GLP7-36 amida y GLP7-37, que son rápidamente inactivadas por medio de la dipeptidil-peptidasa número 4 (DPP-IV)(22,23). Aparte de su efecto hipoglucemiante, debido a su acción sobre la secreción de insulina y glucagón, hace ya más de 25 años que se demostró la capacidad del GLP-1 para ralentizar la motilidad intestinal y disminuir la ingesta alimentaria, tanto en sujetos con obesidad como con normopeso(23,24). Posteriormente, se describió el mecanismo subyacente a su efecto anorexigénico, ocasionado por la activación de su receptor específico, expresado principalmente en el hipotálamo, pero también en el núcleo del tracto solitario del tronco cerebral y en otras localizaciones(24), que ocasiona la inhibición de los grupos neurogénicos orexigénicos (neuropéptido-Y/péptido relacionado con la proteína agouti [NPY/AGRP]) y la estimulación de los grupos neuronales anorexigénicos (proopiomelanocortina/tránscrito relacionado con cocaína-anfetamina [POMC/CART]) (Figura 1B), lo que fue corroborado posteriormente mediante el empleo de fármacos agonistas de este receptor y constituye la base fisiopatológica de la inhibición del apetito y de la reducción ponderal ocasionada por estos tratamientos(Figura 2B).

Liraglutida

El 10 de junio de 2021, la EMA publicó la modificación de los términos de comercialización de liraglutida 3 mg (fármaco agonista del receptor de GLP-1 de administración diaria), incluyendo la indicación para el empleo de este fármaco en pacientes a partir de 12 años de edad (previamente comercializada y autorizada exclusivamente en pacientes adultos). Esta aprobación determinó la disponibilidad del primer fármaco para el tratamiento de la obesidad en adolescentes en nuestro medio, si bien se disponía de autorización previa para el empleo del mismo (hasta dosis de 1,8 mg/día) en pacientes afectos de DM2 con edad superior a 10 años.

La aprobación de este primer tratamiento para adolescentes con obesidad se fundamentó en la evidencia derivada de un ensayo clínico aleatorizado sobre una población inicial de 251 pacientes con una fase terapéutica de 56 semanas (liraglutida en dosis ascendente hasta 3 mg diarios por vía subcutánea vs. placebo) y una extensión posterior de 26 semanas adicionales en ausencia de tratamiento(25). En dicho ensayo se observó una reducción media de IMC Z-score significativamente superior en el grupo de pacientes que recibieron tratamiento, si bien en datos globales esta era modesta (-0,25 frente a -0,02 en el grupo placebo), así como un incremento de IMC al suspender el tratamiento (+0,15 en IMC Z-score). Destaca, en este estudio, la gran variabilidad en eficacia del tratamiento entre pacientes, de modo que se comprobó que, en el grupo de tratamiento, un 43,3 % y un 26,1 % reducían su peso en más de un 5 % y un 10 %, respectivamente (frente a un 18,7 % y 8,1 % en el grupo control). Asimismo, se objetivó una gran variabilidad en la tolerancia al fármaco, siendo los efectos secundarios gastrointestinales (náuseas, vómitos, diarrea, dispepsia o dolor abdominal) los más frecuentemente descritos (hasta en un 64,8 %), ocasionalmente con intensidad suficiente como para determinar la suspensión de la medicación.

Se sugiere que el tratamiento se inicie a una dosis de 0,6 mg/día por vía subcutánea que, en ausencia de efectos adversos, se incremente semanalmente en intervalos de 0,6 mg/semana hasta la dosis máxima de 3 mg/día (o hasta la dosis máxima tolerada en caso de efectos secundarios gastrointestinales intensos). Se propone una evaluación de eficacia tras 12 semanas de tratamiento a dosis máxima, sugiriéndose una reducción ponderal superior al 4 % del IMC inicial como indicador de efectividad para indicar la continuidad del tratamiento. La única contraindicación para el empleo de liraglutida contemplada es la existencia de hipersensibilidad a la misma o a alguno de los excipientes de su preparación, si bien se han comunicado casos de carcinoma medular de tiroides y pancreatitis en pacientes tratados, por lo que se debe interrogar acerca de estos antecedentes antes de consensuar su empleo con el paciente y sus progenitores. Además de los referidos efectos secundarios gastrointestinales (frecuentes, aunque con gran variabilidad en la susceptibilidad individual, pero que pueden determinar la interrupción del tratamiento por su intensidad) y de la cefalea o las reacciones en el lugar de inyección, asimismo reportadas frecuentemente, se describen con menor asiduidad otros posibles efectos adversos, como hipoglucemia, colelitiasis, mareo, somnolencia o alopecia.

En el mes de febrero de 2025 se han publicado los primeros datos disponibles relativos al empleo de liraglutida en niños (con edades comprendidas entre 6 y 11 años)(26). En dicho ensayo, sobre una población inicial de 82 pacientes con una fase terapéutica de 56 semanas (liraglutida en dosis ascendente hasta 3 mg diarios por vía subcutánea vs. placebo, en ratio pacientes control 2:1) y una extensión posterior de 26 semanas adicionales en ausencia de tratamiento, se observó una reducción media porcentual de IMC significativamente superior en el grupo de pacientes que recibieron tratamiento (-5,8 % frente a un incremento de +1,6 % en el grupo placebo). En el grupo de tratamiento, un 46 % reducían su peso en más de un 5 % (frente a un 9 % en el grupo control). También en esta población, los efectos secundarios gastrointestinales fueron los más frecuentemente descritos, incluso con mayor frecuencia que en pacientes de mayor edad (hasta en el 88 % de la cohorte que recibió tratamiento).

Semaglutida

El 30 de marzo de 2023, la EMA publicó la modificación de los términos de comercialización de semaglutida (fármaco agonista del receptor de GLP-1 de administración semanal, a diferencia de la administración diaria de la liraglutida), incluyendo la indicación para el empleo de este fármaco en pacientes a partir de 12 años de edad (asimismo, previamente autorizada en pacientes adultos).

La aprobación de este tratamiento para adolescentes con obesidad se fundamentó en la evidencia derivada de un ensayo clínico aleatorizado sobre una población inicial de 201 pacientes durante 68 semanas, comparando el empleo de semaglutida en dosis ascendente hasta 2,4 mg semanales por vía subcutánea vs. placebo(27). El cambio medio de IMC en el grupo de tratamiento fue del 16,1 % (frente al 0,6 % en el grupo que recibió placebo), observándose reducciones de más del 5 % del peso inicial en el 73 % de los pacientes que recibieron semaglutida (frente al 18 % en el grupo placebo), acompañadas de una mejoría en los parámetros analíticos de riesgo cardio-metabólico, asimismo superior al grupo placebo. Del mismo modo que con el empleo de liraglutida, los efectos secundarios más frecuentes derivados del empleo de semaglutida fueron los gastro-intestinales (62 % de los pacientes), objetivándose 5 casos de colelitiasis (ninguno en el grupo placebo), en probable relación con la reducción ponderal.

Se sugiere iniciar el tratamiento a una dosis de 0,25 mg/semana por vía subcutánea y, en ausencia de efectos adversos, incrementarlo mensualmente en función de la tolerancia y el efecto observado a 0,5 mg, 1 mg, 1,7 mg, pudiendo alcanzarse una dosis máxima de 2,4 mg/semana. Se propone una evaluación de eficacia tras 12 semanas de tratamiento a dosis máxima, sugiriéndose una reducción ponderal superior al 5 % del IMC inicial como indicador de adecuada respuesta terapéutica para indicar la continuidad del tratamiento. Análogamente a lo referido para liraglutida, la única contraindicación para el empleo de semaglutida contemplada es la existencia de hipersensibilidad a la misma o a alguno de los excipientes de su preparación y sus efectos secundarios son superponibles, si bien se ha reportado diferencialmente la fatiga o cansancio como un efecto secundario frecuente en el caso del empleo de semaglutida.

Fármacos aGLP1-R en obesidades genéticas o hipotalámicas adquiridas

El efecto de los fármacos aGLP1-R también ha sido evaluado en pacientes afectos de obesidad de etiología genética, tanto sindrómica (particularmente en el síndrome de Prader-Willi debido a la intensa hiperfagia que habitualmente conlleva) como no sindrómica (principalmente en pacientes con mutaciones en la vía leptina-melanocortina).

Los resultados del tratamiento con liraglutida en adolescentes con síndrome de Prader-Willi sugieren un potencial efecto beneficioso en reducción ponderal y control glucémico, si bien se destaca la falta de ensayos clínicos adecuadamente diseñados para su evaluación(39,40). La información disponible referente al tratamiento con semaglutida o con topiramato (solo o en combinación con fentermina) en el síndrome de Prader-Willi es aún más escasa, limitada a series con un número limitado de pacientes y, fundamentalmente, en edad adulta, mostrando resultados terapéuticos heterogéneos(28).

De forma similar, el empleo de fármacos aGLP1-R en pacientes con variantes genéticas en la vía leptina-melanocortina (particularmente en MC4R, no tributarios de tratamiento con setmelanotida) ha mostrado resultados limitados, con aparente beneficio inicial, pero heterogeneidad en la respuesta a largo plazo, análogamente a lo observado en otras intervenciones terapéuticas, como la cirugía bariátrica, en este subgrupo de pacientes.

También en los pacientes afectos de obesidad hipotalámica adquirida, por lesiones en el área hipotálamo-hipofisaria, se han ensayado estos fármacos, con resultados que se han revisado recientemente, observándose que, en los casos aislados reportados, se comunica eficacia de la medicación en relación con reducción ponderal y mejoría de los parámetros metabólicos; mientras que, en las series de casos, los resultados terapéuticos son variables (curiosamente mejores en apariencia en los pacientes con lesiones más extensas).

Consideraciones sobre el tratamiento farmacológico no específico en obesidad infantil

La aprobación de los fármacos aGLP-1R en adolescentes por parte de las agencias reguladoras (EMA y FDA) han determinado que su empleo se contemple y se incluya dentro de las recomendaciones promulgadas, tanto por la guía de práctica clínica de obesidad infantojuvenil del año 2023 de la American Pediatrics Academy(8) como en las publicadas en 2024 por la Obesity Medicine Association(9,10), si bien, en todas ellas se establece la premisa indispensable de que este tratamiento farmacológico no puede constituir una acción aislada y debe englobarse en una intervención que contemple la intensificación del control alimentario y la promoción de la actividad física, como piedras angulares del cambio comportamental que precisa el tratamiento integral de la obesidad.

Estas recomendaciones están basadas en revisiones sistemáticas y meta-análisis que ofrecen evidencia y que avala la potencial utilidad del empleo de estos agentes farmacológicos en adolescentes(29,30). Entre ellas, es destacable la revisión sistemática de la Colaboración Cochrane publicada en el año 2024, que engloba tanto el empleo de liraglutida y semaglutida como el de otros agentes, como sibutramina, exenatida o lorcaserina (como se ha indicado previamente, ninguna de ellas con indicación aprobada por la EMA en edad pediátrica) y que refrenda que el empleo de medicaciones de forma adyuvante al tratamiento comportamental de la obesidad determina una mejoría del IMC, si bien el ajuste de dosis y la posibilidad de efectos secundarios varía ampliamente entre individuos(30).

Actualmente, el esfuerzo investigador dirigido a fármacos potencialmente aplicables en el periodo infantojuvenil ante la presencia de obesidad continúa en la búsqueda de nuevos agentes que permitan la disminución de la absorción de nutrientes, el incremento del gasto energético tanto periférico como central y la generación de estímulos anorexigénicos e inhibición del estímulo orexigénico. Entre estos últimos, destaca la generación de fármacos “dobles agonistas” (incluso triples agonistas), de entre los que se encuentra en fase de ensayo clínico, tanto en niños como en adolescentes, la tirzepatida (agonista dual de GLP-1 y GIP [péptido insulinotropo dependiente de glucosa]), y cuya indicación para el tratamiento de la obesidad está ya aprobada en pacientes adultos tras los resultados de los ensayos clínicos desarrollados(31).

En cualquier caso y debido al tiempo limitado de experiencia en el uso de los agentes farmacológicos para el tratamiento de la obesidad en niños y adolescentes, existen múltiples preguntas al respecto que adolecen de respuesta en el momento actual, como la seguridad a largo plazo, la duración óptima de la terapia en este rango etario, los criterios para su mantenimiento o suspensión, o la posibilidad de mantener la reducción ponderal obtenida tras su empleo una vez suspendido el tratamiento(32). Asimismo, la ausencia de financiación por parte del Sistema Nacional de Salud de los fármacos aGLP-1R para el tratamiento de la obesidad suscita un intenso debate, máxime cuando su empleo en pacientes afectos de DM2 sí recibe financiación pública, como también la recibe el tratamiento con setmelanotida, este último de dispensación exclusivamente hospitalaria.

Tratamiento farmacológico de la diabetes mellitus tipo 2

Además de la insulina, cuando resulta necesaria, disponemos de tres grupos de agentes farmacológicos aprobados para el tratamiento de DM2 en niños a partir de 10 años de edad: biguanidas (metformina), fármacos agonistas del receptor de GLP-1 (aGLP1-R) y fármacos inhibidores del cotransportador sodio-glucosa (SGLT-2).

Como se ha mencionado previamente en relación con el tratamiento de la obesidad, el arsenal farmacológico disponible para su empleo en niños y adolescentes afectos de DM2 es extraordinariamente reducido en comparación con el disponible para la terapia de pacientes adultos que sufren la misma enfermedad. Esto es, al menos en parte, debido a la limitada prevalencia de DM2 en niños y adolescentes de nuestro medio, aun ante la presencia de obesidad grave o incluso extrema.

Entre los agentes farmacológicos disponibles para su tratamiento (sin dejar de considerar la eventual necesidad de terapia insulínica), la EMA autoriza para el tratamiento de la DM2 en niños y adolescentes, entre 10 y 18 años de edad, el empleo de metformina, aGLP1-R (liraglurida y dulaglutida) e inhibidores del cotransportador sodio-glucosa (SGLT-2, empagliflozina y dapaglifozina). La FDA, en EE.UU., autoriza adicionalmente el empleo de otros fármacos aGLP-1R (semaglutida y exenatida) en niños mayores de 10 años afectos de DM2, que la EMA no ha aprobado hasta la fecha.

Metformina

La metformina es una biguanida que determina un efecto hipoglucemiante, fundamentalmente mediante la inhibición de la gluconeogénesis hepática y el incremento de la captación periférica de glucosa; si bien, recientemente, se han sugerido otros potenciales mecanismos de acción(33). Como le ocurre al paciente adulto, constituye el tratamiento farmacológico de primera elección en DM2 en niños y adolescentes, si bien se sabe que puede ser insuficiente para conseguir el control glucémico en un alto porcentaje de pacientes y que no es efectiva en la ralentización del progresivo descenso de la función de las células beta pancreáticas productoras de insulina. Tiene la ventaja de su administración oral, pero sus efectos secundarios (principalmente gastro-intestinales) pueden constituir, asimismo, un factor limitante para su empleo en algunos pacientes. Con el objetivo de minimizar estos efectos secundarios digestivos, se suelen emplear pautas de introducción progresiva hasta alcanzar la dosis terapéutica, que suele ser de 850 mg/12 horas y se recomienda que no exceda los 2.000 mg/día en población pediátrica.

Fármacos agonistas del receptor de GLP-1 (aGLP1-R)

Como se ha mencionado previamente, el efecto hipoglucemiante de estos fármacos se basa en la acción fisiológica que ejerce el GLP-1 al activar su receptor en las células pancreáticas, modificando la secreción de insulina (principalmente) y glucagón. Tanto la liraglutida (de posología diaria hasta una dosis máxima de 1,8 mg/día) como la dulaglutida (de posología semanal con una dosis máxima de 1,5 mg/semana) se administran por vía subcutánea y su empleo está indicado cuando no se alcanza un adecuado control glucémico con el empleo de metformina (generalmente en combinación con esta) o cuando existe intolerancia a la metformina (en monoterapia)(7). Los estudios sobre los que se sustenta esta recomendación demostraron una mayor reducción de los niveles de HbA1c tras la administración diaria, tanto de liraglutida como de dulaglutida, al tratamiento previo con metformina (con o sin tratamiento insulínico concomitante)(6).

Los efectos secundarios del empleo de estos fármacos (principalmente digestivos) se han detallado en el epígrafe correspondiente al tratamiento de la obesidad y parecen responsables, al menos en parte, de una baja adherencia al tratamiento y una alta tasa de abandono de los mismos (estimada en más del 70 % en algunos estudios en pacientes adultos)(6).

Inhibidores del cotransportador sodio-glucosa (SGLT-2)

Los fármacos inhibidores del SGLT-2 ejercen su efecto hipoglucemiante mediante la inhibición de la reabsorción renal de glucosa (ocasionando, por lo tanto, glucosuria)(34). Tanto el ensayo del empleo de empaglifocina en niños de 10 a 17 años con DM2 (DINAMO study) como de dapaglifocina (T2NOW study), mostraron la capacidad de ambos fármacos para reducir los niveles de HbA1c tras 26 semanas de tratamiento frente a placebo, si bien estos últimos datos contrastaron con los derivados de otros ensayos(6), postulándose una posible relación con un factor de confusión ejercido por la falta de adherencia al tratamiento. Este último aspecto de la adherencia irregular al tratamiento farmacológico en DM2 en jóvenes es un elemento reiterativo y muy relevante, no solo en el caso de los fármacos inhibidores del SGLT2, sino también en el resto de agentes farmacológicos, tanto de administración oral como parenteral(35,36).

Los efectos secundarios de estos fármacos en niños son superponibles a los reportados en pacientes adultos (poliuria, sed, micosis genital), si bien se comunicó en niños una tasa más frecuente de episodios de hipoglucemia (en general leve).

Agentes farmacológicos en fase de ensayo en niños y adolescentes

Actualmente, el número de principios activos aprobados para el tratamiento de DM2 en niños es muy inferior al de los disponibles para el tratamiento en el paciente adulto. Múltiples fármacos ya empleados en la edad adulta se encuentran en fase de ensayo clínico en niños y adolescentes.

Actualmente, se encuentran en fase de ensayo clínico en edad infantojuvenil múltiples fármacos ya autorizados para su uso en DM2 en pacientes adultos (ya completados, pero sin publicación de los resultados, ya en curso).

Entre ellos se encuentran nuevos fármacos pertenecientes a los grupos terapéuticos mencionados: aGLP-1R (exetanida, lisixenatida) o inhibidores SGLT-2 (canaglifocina, ertuglifocina) y fármacos en desarrollo ya mencionados en el epígrafe de tratamiento de la obesidad, como la tirzepatida (agonista dual del receptor de GLP-1 y GIP). Adicionalmente, se estudia la potencial utilidad de las sulfonilureas (glimepirida), tiazolidinedionas (rosiglitazona) o de los inhibidores de la dipeptidil peptidasa tipo IV (DPP-IV, sitagliptina, alogliptina, linagliptina y saxagliptina)(6).

Indicaciones de tratamiento farmacológico para DM2 en niños y adolescentes

Las Guías de Práctica Clínica de diferentes sociedades científicas ofrecen recomendaciones de la estrategia terapéutica farmacológica a emplear ante DM2 en niños y adolescentes, en función de su situación clínica y grado de afectación del control glucémico.

Además de las Guías de Recomendaciones terapéuticas de la ISPAD(9) y de la ADA(8), previamente mencionadas, otras instituciones y sociedades científicas, como el National Institute for Care and Health excelence (NICE) del Reino Unido(37), el Grupo de Endocrinología Pediátrica de la Sociedad Austral-asiática(38) o el Comité de Expertos canadiense(39), han publicado en sus guías de práctica clínica las recomendaciones para el tratamiento farmacológico de la DM2 en niños y adolescentes, que siempre constituyen un elemento adicional al control alimentario, la actividad física y los cambios en el estilo de vida, que siguen constituyendo el pilar del tratamiento de la DM2, particularmente en niños y adolescentes.

En general, estas guías coinciden en proponer el empleo de metformina como agente farmacológico de primera línea ante el diagnóstico de DM2 y la utilización de insulina cuando la cifra de HbA1c alcanza el 8,5 % (9 % en el caso de las guías canadienses). Con algunas diferencias en las recomendaciones referentes al empleo del resto de agentes farmacológicos expuestos, el planteamiento general es su uso para reducir o llegar a suspender el empleo de insulina cuando el tratamiento en monoterapia con metformina no es suficiente para alcanzar un adecuado control glucémico y/o una cifra de HbA1c inferior a 6,5 %.

Así, un posible algoritmo terapéutico basado en las recomendaciones de la ISPAD(7) sería:

Al diagnóstico:

– Ante la presencia de cetosis, acidosis, síndrome hiperosmolar hiperglucémico, se recomienda instaurar tratamiento con insulina (preferentemente intravenosa), combinándola con metformina (una vez resuelta la acidosis si estuviese presente).

– Si el paciente está asintomático, pero presenta una HbA1c ≥8,5 %, se recomienda instaurar terapia con insulina y metformina (con intención de titular la dosis de metformina e intentar retirar el tratamiento con insulina a lo largo del seguimiento si se alcanza un adecuado control glucémico).

– Si el paciente está asintomático y con HbA1c inferior a 8,5 %, se recomienda monoterapia con metformina.

A lo largo del seguimiento:

– Si la HbA1c es <8,5 %, se recomienda monoterapia con metformina.

– Si la HbA1c es ≥8,5 % pero <9 %, se recomienda añadir al tratamiento con metformina otro agente farmacológico (aGLP-1R o SGLT-2).

– Si la HbA1c es >9 %, se recomienda añadir al tratamiento previo un análogo de insulina de acción prolongada y considerar, si no se consigue un adecuado control glucémico, añadir un análogo de insulina de acción rápida antes de la ingesta.

Áreas de mejora en el tratamiento farmacológico de la DM2 infantojuvenil

La escasa experiencia de los profesionales, los limitados recursos farmacológicos y las singularidades de la DM2 en el niño y adolescente establecen ciertas dificultades y singularidades en su tratamiento.

Una de las principales limitaciones con las que se encuentra el tratamiento farmacológico de la DM2 en niños y adolescentes, en nuestro medio, es la experiencia limitada en el tratamiento de estos pacientes, incluso en centros especializados, debido a su tradicional baja prevalencia en nuestro entorno. Sin embargo, en los últimos años, el flujo migratorio ha determinado un incremento del número de niños y adolescentes pertenecientes a poblaciones con mayor riesgo de desarrollo de DM2, lo que ha resultado en un incremento en el número de casos atendidos en asistencia, tanto primaria como especializada, algunos de ellos de difícil tratamiento y que obligan a emplear múltiples agentes farmacológicos (en ocasiones, sin alcanzar un adecuado control glucémico).

A esto se añade el número limitado de agentes farmacológicos disponibles para su uso en este rango etario, junto con las dificultades para el desarrollo de ensayos clínicos terapéuticos en pacientes pediátricos afectos de DM2. Junto a ello, la escasa adherencia terapéutica, en general, a las recomendaciones dietéticas y de actividad física y, en particular, el cumplimiento irregular de los tratamientos farmacológicos prescritos a los niños y adolescentes con DM2, imbricados con los aspectos psicoemocionales y socioeconómicos, determinantes en esta enfermedad (y de la obesidad a la que frecuentemente va ligada), unidos a la limitada capacidad para el autocuidado de los adolescentes, determinan unos resultados habitualmente subóptimos de su tratamiento.

Función del pediatra de Atención Primaria: prevención, tratamiento y seguimiento

El médico pediatra en Atención Primaria debe desempeñar un papel relevante, tanto en la prevención como en el tratamiento y seguimiento de la obesidad y de la DM2 en el niño y el adolescente. En el aspecto de prevención, dispone de una posición privilegiada dentro de la estructura de nuestro Sistema de Salud para promover los hábitos alimentarios y de actividad física saludables (prevención primaria), así como para identificar pacientes con etiologías subyacentes potencialmente diagnosticables y tratables o en riesgo de desarrollar DM2 y otras enfermedades relacionadas con la obesidad (prevención secundaria)(40). A este respecto, la disponibilidad de los datos asistenciales de los familiares de primer e incluso segundo grado del paciente constituye una herramienta muy útil para considerar la posible existencia de tipos específicos de obesidades (de base genética potencialmente identificable), así como de familias con alto riesgo de desarrollar DM2 basado en el curso vital más prolongado de sus familiares adultos.

Asimismo, en relación con el tratamiento y seguimiento de estas enfermedades, la coordinación y comunicación bidireccional entre Atención Primaria y Asistencia Especializada es esencial, pudiendo ofrecerse una acción complementaria entre los distintos niveles asistenciales. Con particular relevancia, el médico pediatra junto con el personal de enfermería de Atención Primaria pueden facilitar, de forma coordinada con las visitas en atención hospitalaria, la continuidad y frecuencia que las revisiones de estos pacientes precisan, particularmente en las fases iniciales del tratamiento y en los periodos más intensos de este, que no resulta logísticamente factible ofertar desde el entorno hospitalario.

Agradecimientos

CIBER Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBERobn), Instituto de Salud Carlos III, Fondo de Investigación Sanitaria (FIS Proyectos (PI): PI09/91060; PI10/00747; PI13/01295, PI16/00485, PI19/00166 y PI 22/01820).

Conflicto de intereses

Ambos autores han participado como investigadores en los ensayos clínicos pediátricos para el estudio del empleo de setmelanotida en niños, adolescentes y pacientes afectos de síndrome de Bardel-Biedl y han pertenecido al comité asesor de este síndrome y recibido honorarios por actividades de divulgación científica y donaciones para investigación de la compañía RHYTM Pharmaceuticals. Ambos autores participan en el ensayo clínico para la evaluación del empleo de tirzepatide en adolescentes promovido por E.I. Lilly. No existe fuente de financiación en relación con la redacción de este artículo.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Documento de reciente publicación que propone la diferenciación entre el exceso de adiposidad (al que se denomina obesidad preclínica) y la coexistencia de enfermedades relacionadas con el mismo (obesidad clínica), tanto en población pediátrica como adulta.

– Martos-Moreno GÁ, Argente J. Actualización en el diagnóstico y tratamiento de las obesidades infantiles. An RANM. 2024; 141: 155-63. Disponible en: https://doi.org/10.32440/ar.2024.141.02.rev07.

Reciente artículo de revisión en el que se detallan las etiologías genéticas diagnosticables de forma específica en el momento actual, así como la estrategia diagnóstica y los recursos terapéuticos disponibles, tanto en estos casos como en la obesidad poligénica.

– Jiaa ILJ, Zampettib S, Pozzillic P, Buzzettib R. Type 2 diabetes in children and adolescents: Challenges for treatment and potential solutions. Diab Res Clin Pract. 2024; 217: 111879. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.diabres.2024.111879.

Actualizada revisión de los aspectos diagnósticos y terapéuticos de la DM2 en edad infantojuvenil, con referencia actualizada a las Guías y Recomendaciones de Práctica Clínica y a los ensayos clínicos en curso con potenciales futuros agentes farmacológicos.

– Skelton JA. Management of childhood obesity in the primary care setting. Up to date. 2025. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/prevention-and-management-of-childhood-obesity-in-the-primary-care-setting.

Actualizada revisión bibliográfica y análisis crítico de los aspectos referentes al tratamiento de la obesidad infantil, con mención especial al entorno de Atención Primaria.

Caso clínico

Motivo de consulta: varón de 14 años y 2 meses de edad, previamente en seguimiento en el Servicio de Endocrinología Pediátrica hospitalario, que es remitido de nuevo a consulta por su facultativo de Atención Primaria tras haber interrumpido el seguimiento clínico durante 3 años y haber experimentado un gran incremento ponderal. Adicionalmente, se ha acentuado el retraso del desarrollo intelectivo ya diagnosticado desde la infancia en el contexto de estigmas malformativos (polidactilia extra-axial de los cuatro miembros) y distrofia retiniana por la que mantenía seguimiento periódico en consulta de oftalmología.

En su evaluación endocrinológica inicial a los 3 años de edad, refirieron los padres incremento ponderal rápido a partir de los 6 meses de vida, con presencia de avidez por las tomas (que los padres debían programar más frecuentemente ante la insistencia del llanto) e ingesta muy rápida de las mismas. Durante la infancia, referían ingesta compulsiva habitual, reclamando mayor cantidad en las comidas programadas y con frecuente ingesta extemporánea e ideación continuada referente a la comida (aunque sin despertares nocturnos para comer). Refieren, asimismo, gran frustración y agresividad ante la negación de la ingesta.

Antecedentes familiares: primer hijo de padres consanguíneos en segundo grado, sin obesidad ni diabetes mellitus, pero con sobrepeso (IMC: 28 y 29 kg/m2, respectivamente), sin cifras patológicas de perímetro abdominal y sin enfermedades relacionadas. El segundo hijo, 2 años menor que el paciente, presenta obesidad (IMC: +4,67 SDS a los 12 años; con perímetro de cintura de 120 cm e hipertrigliceridemia), si bien el inicio de su obesidad fue a los 8 años, con aumento progresivo y no acompañaba el impulso hiperfágico, ni el retraso del desarrollo intelectivo, ni los estigmas malformativos que presentaba el paciente.

Antecedentes personales: embarazo controlado, sin polihidramnios ni incidencias reseñables. Percepción de los primeros movimientos fetales al cuarto mes de gestación. Parto por vía vaginal a las 40 semanas de edad gestacional. No precisó reanimación neonatal. Exploración neonatal: peso: 3.500 g (p59); longitud: 50 cm (p41); perímetro cefálico: 35 cm (p50); Apgar: 1´: 7; 5´: 9. Sin hipotonía, pero con polidactilia en los 4 miembros, evidenciada al nacimiento. Retraso del desarrollo intelectivo ya diagnosticado desde la infancia y distrofia retiniana, por lo que en sus exámenes complementarios en el seguimiento endocrinológico previo se solicitó un estudio molecular mediante secuenciación masiva que demostró la presencia de dos variantes clasificadas como patogénicas en configuración trans en BBS1, junto con una tercera variante clasificada como de significado incierto en BBS5. Sobre esta base, se estableció el diagnóstico de síndrome de Bardet-Biedl tipo 1 y, en el momento de su última revisión previa a la interrupción del seguimiento (11 años), presentaba una alteración de la glucemia en ayunas (112 mg/dl) con HbA1c de 5,6 % como únicas alteraciones metabólicas asociadas a la obesidad.

Exploración física en su re-consulta: edad cronológica: 14 años y 2 meses. Talla: 172 cm (p80); peso: 121 kg (p>99); IMC: 40,90 kg/m2 (+ 5,30 SDS); cintura: 135 cm (+4,35 SDS); tensión arterial: 121/85 mmHg; frecuencia cardiaca: 110 latidos por minuto.

Retraso psicomotor evidente con grave afectación del desarrollo del lenguaje y polidactilia extra-axial de los cuatro miembros (no intervenida). Portador de corrección optométrica. Abundante panículo adiposo de predominio abdominal. Estrías nacaradas en ambos flancos y raíz de miembros. Acantosis nigricans axilar, cervical y en el pliegue infra-abdominal. Sin bocio ni adenopatías palpables. Auscultación cardiopulmonar: normal. Adipomastia bilateral. Abdomen globuloso, blando y depresible, sin masas ni visceromegalias palpables. Genitales externos masculinos con pene de 5 x 2 cm, estadio de Tanner I (G1, P4, Ab), testes de 3 ml de Prader en bolsas escrotales.

Exploraciones complementarias: Bioquímica sérica y gasometría: glucemia 315 mg/dl; insulinemia basal: 70,8 μUI/ml; HbA1c: 11 %; pH: 7,15; ácido beta-hidroxibutírico: 5,2 mmol/l; HCO3: 12 mEq/l; BEefc: -14; urea: 42 mg/dl; creatinina: 1,2 mg/dl; Na+: 132 mEq/l; K+: 3,8 mEq/l; Cl-: 112 mEq/l; calcio corregido por albúmina: 9,3 mg/dl.

 

Talla alta

 

J. Argente Oliver
Temas de FC


J. Argente Oliver*, J.F. Sotos**

*Catedrático de Pediatría. Departamento de Pediatría. Universidad Autónoma de Madrid. Jefe de Servicio de Pediatría y de Endocrinología. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. CIBER de fisiopatología de la obesidad y nutrición (CIBERobn). Instituto de Salud Carlos III. Instituto IMDEA. Madrid. España.
**Professor of Pediatrics. College of Medicine and Public Health. The Ohio State University. Chief, Pediatric Endocrinology and Metabolism. Nationwide Children’s Hospital. Columbus. Ohio. EE.UU.

X

Autor para correspondencia

jesus.argente@fundacionendo.org

Resumen

Los cuadros clínicos de talla alta en el ser humano, de origen prenatal o postnatal, conforman un auténtico Tratado de Pediatría, en el que, desde las variantes de la normalidad, aún no bien entendidas, hasta las cromosomopatías, las entidades sindrómicas, las patologías endocrinológicas, cardiacas, oftalmológicas, las anomalías del esqueleto, algunos errores congénitos del metabolismo, se han incrementado nuestros conocimientos de forma sustancial gracias a la aproximación genética, citogenética, epigenética y molecular. La reducción de la talla final se demanda con mayor frecuencia, preferentemente en mujeres y por razones de orden psicológico. Esta conducta de reducir la talla final es aún más aconsejable en los pacientes con síndrome de Marfan, síndrome de Sotos y síndrome de Klinefelter. Es obligado el control clínico estrecho de todos los pacientes con cuadros de hipercrecimiento que conllevan un mayor riesgo de padecer ciertos tipos de tumores. La realización de diagnóstico genético, con ulterior consejo genético, es obligada ante aquellas enfermedades o síndromes en los que hoy se conoce que existe una base monogénica. El tratamiento con esteroides sexuales en general es bien tolerado; aún se requiere valoración individualizada. Dicho tratamiento deberá evitarse en pacientes con homocistinuria y otras situaciones con riesgo de trombosis. Algunos autores plantean tratamiento con epifisiodesis quirúrgica bilateral para reducir la talla final(7).

 

Abstract

Tall stature in humans, whether of prenatal or postnatal origin, constitute an authentic textbook on pediatrics, in which, from variants of normality, not yet well understood, to chromosomopathies, syndromic entities, endocrinological, cardiac, ophthalmological pathologies, skeletal anomalies, some congenital errors of metabolism, our knowledge has increased substantially thanks to new genetic, cytogenetic, epigenetic and molecular approaches. Reduction in final height is frequently requested, especially in women and for psychological reasons. This reduction in final height is even more advisable in patients with Marfan syndrome, Sotos syndrome and, Klinefelter syndrome. Close clinical control is mandatory for all patients with overgrowth entities that carry a greater risk of suffering from certain types of tumors. Although treatment with sexual steroids is generally well tolerated, it must be individualized. Such treatment should be avoided in patients with homocystinuria and other situations with risk of thrombosis. Some authors consider bilateral epiphysiodesis surgery to reduce final height in extremely tall adolescents(7).

 

Palabras clave: Talla alta; Hipercrecimiento; Síndromes; Cromosomopatías; Esteroides sexuales.

Key words: Tall stature, Overgrowth, Syndromes, Chromosomopathies, Sex steroids.

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 272 – 286


OBJETIVOS

• Entender los cuadros clínicos de talla alta en el ser humano, de origen prenatal o postnatal, incluyendo cromosomopatías, entidades sindrómicas, patologías endocrinológicas, cardiacas y oftalmológicas, así como algún error congénito del metabolismo como la homocistinuria.

• Conocer las principales alteraciones clínicas que caracterizan a los pacientes con talla alta.

• Profundizar en la aproximación genética, citogenética, epigenética y molecular al paciente con talla alta para poder efectuar un correcto diagnóstico y el correspondiente consejo genético.

• Aproximación al conocimiento del estado actual del tratamiento con esteroides sexuales en los pacientes con talla alta.

 

Talla alta

https://doi.org/10.63149/j.pedint.45

 

Introducción

Como quiera que la talla alta se ha considerado y, aún se considera, un índice de buena salud, es excepcional que los padres de un niño acudan a la consulta porque este sea excesivamente alto, a no ser que se trate de un hipercrecimiento o gigantismo dismórfico. Sin embargo, junto a situaciones que representan variaciones extremas de la normalidad, existen cuadros patológicos en los cuales la talla alta puede ser una manifestación de enfermedades graves o forma parte de síndromes complejos, que asocian crecimiento excesivo, visceromegalia, alteraciones sistémicas y tendencia a padecer tumores malignos.

Se estima que en torno al 2,5 % de la población tiene una estatura por encima de 2 desviaciones estándar o del 98 % de la media.

Las manifestaciones del hipercrecimiento son heterogéneas(1,2), siendo de difícil diagnóstico para los clínicos(3). En efecto, este puede afectar al cuerpo en su totalidad, influyendo sobre el crecimiento lineal y dando como resultado una talla adulta elevada, o puede afectar solamente a una región (hemihipertrofia, macrocefalia o macrodactilia) o a un sistema (obesidad o maduración esquelética avanzada). Finalmente, en otras ocasiones, el hipercrecimiento puede ser transitorio, cursando con un incremento en la velocidad de crecimiento durante la infancia y con una talla adulta baja, como acontece en los casos de pubertad precoz central, periférica y mixta.

Los síndromes con hipercrecimiento global cursan con talla alta, definida por una altura en bipedestación mayor de +2 DE para la media de la misma población y sexo o velocidad de crecimiento excesiva prenatal o postnatalmente. El reconocimiento y diagnóstico de los cuadros clínicos que cursan con hipercrecimiento son relevantes para un adecuado tratamiento médico, correcto consejo genético y vigilancia de aparición de posibles procesos tumorales.

Clasificación

En la tabla I se reflejan las alteraciones que cursan con hipercrecimiento, enumerando los principales factores que regulan el crecimiento (genéticos, nutricionales y hormonales). La mayoría de estas anomalías son primarias, existiendo un número aislado de casos de macrosomía, que son difíciles de clasificar y no se han incluido.

tabla

 

Evaluación diagnóstica de la talla alta

Las manifestaciones clínicas de un buen número de síndromes de hipercrecimiento pueden solaparse, haciendo difícil el diagnóstico y requiriendo estudios genéticos(1,2).

En la evaluación diagnóstica de pacientes con talla alta, siempre compleja, puede ser de ayuda el algoritmo que se refleja al final del artículo.

• La historia clínica y el examen físico son de gran importancia. El análisis de la curva de crecimiento y el peso, así como las tallas de sus padres, son de gran valor. En cualquier caso, debe analizarse la edad ósea y la predicción de talla adulta.

• El estudio bioquímico excluye anomalías metabólicas y disfunción orgánica.

• La determinación de los niveles séricos de IGF-I e IGF-II es precisa para descartar cuadros clínicos de hipersecreción de hormona de crecimiento (GH).

• Dado que la trisomía X en la mujer (XXX) y el síndrome de varones XYY pueden cursar con talla alta, es preciso efectuar un cariotipo para descartar estos síndromes.

• Es necesario determinar los niveles séricos y urinarios de homocisteína ante cualquier paciente con retraso mental, anomalías del sistema nervioso central o elementos marfanoides; asimismo, es imprescindible en niñas con talla alta antes de iniciar tratamiento con estrógenos.

• Ante la sospecha de síndrome de X frágil, debe efectuarse el estudio del gen FMR1.

• Otras determinaciones dependerán de la presencia de signos y síntomas como: la realización de un ecocardiograma con medición de la raíz de la aorta en pacientes con sospecha de síndrome de Marfan; dosificación de los niveles séricos de gonadotropinas y hormonas sexuales en pacientes con anomalías en el desarrollo puberal; resonancia magnética craneal en pacientes con sospecha de tumores en el área hipotálamo-hipofisaria; y estudios moleculares en casos específicos.

• Cualquier paciente que presente rasgos dismórficos y otras anomalías (retraso mental) probablemente estará afecto de un síndrome.

• Cualquier paciente con retraso marcado o ausencia de pubertad puede tener un hipogonadismo o una disgenesia gonadal XY. Los pacientes con pubertad precoz pueden tener un origen central o periférico.

• Ante cualquier paciente obeso sin otros hallazgos físicos anómalos, la “sobrenutrición” suele ser la causa más probable de su talla alta. No obstante, ante pacientes con obesidad mórbida de inicio precoz, es necesario practicar estudios moleculares.

• Ante cualquier paciente con marcada ausencia de tejido subcutáneo, la causa más probable es la lipodistrofia.

• Cualquier paciente con talla alta y buena salud, sin hallazgos físicos anómalos e hijo de padres altos, lo más probable es que sea diagnosticado de “talla alta genética”, una presunta variante de la normalidad. No obstante, podría padecer una “deficiencia de aromatasa” o una “resistencia estrogénica”, inicio de un “gigantismo hipofisario”, una “resistencia androgénica” o una “cromosomopatía”. Para efectuar el diagnóstico diferencial, deberá efectuarse un cariotipo, además de los valores séricos de IGF-I y de los niveles de esteroides sexuales y gonadotropinas.

• En el caso de pacientes con retraso mental y rasgos dismórficos con cariotipo normal, disponemos en la actualidad de métodos de gran valor para el análisis del genoma completo, como la “hibridación del genoma comparativa de alta resolución” (array-HR-CGH) y el Multiplex Ligation Probe Amplification (MLPA) para detectar disbalances cromosómicos (microdeleciones-duplicaciones) y nuevas regiones cromosómicas, así como genes candidatos para fenotipos específicos y exomas(4,5).

Etiopatogenia y bases moleculares de la talla alta

En la actualidad, se conocen diferentes genes y factores involucrados en el crecimiento proporcional y lineal.

Las bases moleculares de los diferentes cuadros de hipercrecimiento (establecidas o sugeridas) quedan reflejadas en la tabla II y pueden resumirse como sigue:

• Exceso del gen SHOX en el cromosoma X extra en los pacientes con síndrome de Klinefelter y en la trisomía X. El gen SHOX se localiza en la región pseudoautosómica 1 (PAR1) de los cromosomas sexuales (X e Y). Asimismo, un exceso del gen Growth control gene (GCY) (cartografiado en el brazo largo del cromosoma Y), como acontece en varones XYY.

• Exceso de secreción de hormona de crecimiento en el gigantismo hipofisario, síndrome de McCune-Albright (20q12-q13.2), enfermedad neoplásica múltiple tipo I (MEN I –11q13–), gen GNAS (20q12-q13), gen MEN1 (11q13) y complejo de Carney tipo II (2p16).

tabla

 

• Exceso o modulación de los factores de crecimiento (IGF-I, IGF-II e insulina):

– Sobreexpresión de IGF-II en el síndrome de Beckwith-Wiedemann (BWS) (gen IGF2, 11p15.5) y en el hipercrecimiento somático observado en la metilación anormal y silenciamiento del H19 (11p15.5); o la modulación de IGF-II en el síndrome de Simpson-Golabi-Behmel (SGBS) (alteración en el gen del glipicano 3, Xq26) y SGBS tipo II (Xp22).

– Exceso de insulina (e IGF-I libre) en obesidad, y exceso de insulina en lipodistrofias, lactantes de madres diabéticas y lactantes gigantes con hiperinsulinemia. Entre los síndromes de hiperinsulinemia neonatal, se han descrito recientemente 5 formas genéticas: mutaciones en homocigosis según patrón autosómico recesivo en los genes KCNJ11 y ABCC8 (que codifican para las subunidades del canal KATP de las células β del páncreas (subunidades Kir6.2 y SUR1, respectivamente), (11p15.1); mutaciones activadoras según patrón autosómico dominante del gen de la glucoquinasa (GCK) [7p15-p13]; hiperinsulinismo hiperamoniémico según patrón autosómico dominante [mutaciones activadoras del gen de la glutamato deshidrogenasa (GLUD1) (10q23.3)]; y el gen de la enzima mitocondrial de cadena corta 3-hidroxi-acil-CoA, que cataliza la oxidación de ácidos grasos. Las anomalías focales en el crecimiento y función de las células β del páncreas debidas a la pérdida del brazo corto materno del cromosoma 11, con la pérdida de los genes ABCC8/KCNJ11 y otros genes supresores, pueden ser causa también de hiperinsulinismo.

• Exceso o mutaciones de los receptores de factores de crecimiento: trisomía de IGF1R, en pacientes con trisomía del 15q; mutaciones inactivantes del receptor número 3 del factor de crecimiento de fibroblastos (FGFR3 en 4p16.3); y en el síndrome de Partington (trisomía de 4p16.3).

• Deficiencia de factores necesarios para detener el crecimiento: estrógenos [deficiencia de aromatasa (15q21.1), deficiencia del receptor estrogénico (6q25.1) e hipogonadismo].

• Deficiencia de factores para prevenir la elongación de los huesos y proporciones dismórficas: síndrome de Marfan I (MFS1), por anomalías en el gen de la fibrilina, FBN1 en 15q21.1; síndrome de Marfan II (MFS2), por anomalías en TGFBR2 en 3p22; fibrilinopatías (anomalías de FBN1, en 15q21.1) sin alteraciones clásicas del síndrome de Marfan; síndrome de Beals (mutación en el segundo gen de la fibrilina, FBN2, 5q23-31); y homocistinuria tipo 1 (deficiencia de cistationina β-sintetasa, CBS, 21q22.3).

• Alteraciones en los genes que afectan al ciclo celular, proliferación, crecimiento y supresión tumoral, como el síndrome PTEN hamartoma (alteraciones del gen PTEN, 10q23.31), que incluye el síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba, la enfermedad de Cowden y la enfermedad de Lhermitte-Duclos (todos ellos son síndromes alélicos); síndrome de Sotos (anomalías del gen NSD1, 5q35) y neurofibromatosis tipo 1 (por anomalías en el gen NF1, 17q11.2).

• Las características clínicas y el control del posible desarrollo tumoral deben tenerse en consideración en los síndromes que cursen con hipercrecimiento.

Variantes normales

Talla alta genética o familiar

Incluye cualquier niño con talla alta, por lo demás normal, que madura adecuadamente y desarrolla su pubertad correctamente en el momento adecuado, presentando una talla adulta alta que podríamos denominar “idiopática”, pues la etiología aún no ha sido establecida.

No se ha observado ninguna alteración consistente entre talla alta y variantes comunes en los genes del eje GH/IGF-I (GHR, GHRH, GHRHR, IGF1, IGFALS, IGFBP3, JAK2 y STAT5B).

Asimismo, las concentraciones de IGF-I, IGFBP-3 y ALS, en niños altos, no son significativamente diferentes de las encontradas en los sujetos control. Por el contrario, las concentraciones de IGF-II e IGFBP-2 son significativamente mayores, mientras que las de IGFBP-1 son menores en niños prepuberales comparados con controles. La proporción molar IGF-I e IGF-II/IGFBPs – 1, 2 y 3 es significativamente mayor en niños altos que en controles, especialmente el ratio IGF-II/IGFBP, responsable del exceso del péptido IGF, en relación con las concentraciones de IGFBPs. Por tanto, existe una mayor disponibilidad de IGF libre en los tejidos diana que pudiera ser responsable del hipercrecimiento en los niños con talla alta.

Los sujetos altos normales sin anomalías que sugieran un síndrome específico pueden presentar mutaciones en el gen FBN1, mientras que otros presentan metilación anómala y silenciamiento del gen H19 y sobreexpresión de IGF2. Esto hace que, en ocasiones, pueda ser difícil saber si un sujeto alto es normal sin efectuar un genotipado amplio.

Niñas altas normales

Habitualmente, no es difícil establecer el diagnóstico de talla alta en una niña normal, con los datos obtenidos de la historia clínica, el examen físico, el desarrollo puberal normal, la ausencia de rasgos dismórficos y la historia familiar de talla alta.

Tradicionalmente, el tratamiento ha consistido en el empleo de estrógenos a razón de 3 a 10 veces la dosis utilizada, como tratamiento de sustitución en caso de deficiencia, si bien recientemente se plantea la posibilidad de emplear dosis más bajas(6).

La reducción de la talla depende de la dosis estrogénica y del potencial de crecimiento existente al inicio del tratamiento, pudiendo establecerse entre 2,5 cm en una niña con 14 años de edad ósea a 14 cm si la edad ósea se sitúa entre 10,5-11 años.

La trombosis es la complicación más relevante. Asimismo, se han publicado efectos sobre la fertilidad a largo plazo tras altas dosis de estrógenos en niñas altas.

Por consiguiente, dado el riesgo de trombosis y la posibilidad de alteraciones en la fertilidad, no debe promoverse este tratamiento, si bien puede ofrecerse en casos bien justificados, dado el gran beneficio que puede obtenerse en algunas pacientes. Se usa muy excepcionalmente y se debe considerar o informar a la familia de la opción de epifisiodesis bilateral percutánea de fémur distal y tibia y peroné proximal.

Niños altos normales

La talla alta en niños se acepta mejor socialmente, así como por el propio individuo, lo que hace que sea un acto médico excepcional.

Habitualmente, el diagnóstico no es complejo, al estar ante un niño alto, con una historia clínica y examen físico normales, desarrollo puberal, asimismo normal y ausencia de rasgos dismórficos, con antecedentes familiares de talla alta. En cualquier caso, deberá valorarse la edad ósea y obtenerse la predicción de talla adulta.

El tratamiento con ésteres de testosterona de acción prolongada puede reducir la talla adulta. De utilizarse, se aplica cuando la predicción de talla adulta es superior a 198 cm. Las preparaciones más habitualmente empleadas son el enantato o cipionato de testosterona, a razón de 200 mg cada 2 semanas para adolescentes jóvenes y 500 mg cada 2 semanas en adolescentes mayores(7).

El empleo de bromocriptina o de octreótido no es aconsejable al no reducir la talla final de forma suficiente para justificar su empleo.

Nutricional

Niños obesos

Tienden a incrementar su velocidad de crecimiento, a ser más altos que los niños delgados de su edad y a presentar una maduración esquelética más avanzada(8). Las niñas presentan pubertad y menarquia precoces. El porcentaje de maduración sexual en varones es variable. Aunque los niños prepuberales obesos sean más altos que los delgados de su edad, no alcanzan una talla adulta alta o excesiva.

Se han descrito anomalías monogénicas que cursan con obesidad, debidas a mutaciones en los genes de leptina, receptor de leptina, POMC, prohormona convertasa 1, factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), receptor quinasa tirosina (Trkβ) y las más frecuentes entre ellas, por afectación del receptor 4 de melanocortina (MC4R), entre otros.

La talla alta y la velocidad de crecimiento acelerada en estos pacientes están mediadas, probablemente, por la insulina y el IGF-I.

El incremento de la velocidad de crecimiento en los niños obesos es debido, probablemente, a la hiperinsulinemia y al aumento de los niveles de IGF-I libre.

La aplicación de medidas higiénico-dietéticas, ejercicio y terapia conductual conforman el tratamiento actual más adecuado, al carecer de medicamentos específicos.

Hormonal

Secreción excesiva de GH

Gigantismo hipofisario y acromegalia

El gigantismo se caracteriza por talla alta y alargamiento desproporcionado de las partes acras, manos y pies, acompañado de factores faciales anómalos (alargamiento de arcos supraorbitarios, nariz, pabellones auriculares, labios y pliegues nasolabiales).

Tanto el gigantismo como la acromegalia pueden deberse a una secreción excesiva de GH, por la existencia de una hiperplasia o un adenoma eosinofílico o cromófobo de la adenohipófisis, o por la existencia de secreción ectópica de GHRH central por tumores hipotalámicos (gangliocitomas) o periférica (adenomas pancreáticos y tumores carcinoides y bronquiales). Además, en ciertos adenomas y en pacientes con síndrome de McCune-Albright, se detectan mutaciones en el gen GNAS. Los pacientes con neoplasia endocrina múltiple (MEN1) presentan mutaciones en el gen MEN1.

El diagnóstico se basa en la demostración de una secreción excesiva de GH, así como en la presencia de un adenoma hipofisario o hiperplasia hipofisaria con alargamiento selar.

El síndrome de McCune-Albright conforma, aproximadamente, el 20 % de los pacientes publicados con gigantismo. El test definitivo para el diagnóstico de secreción de GH excesiva radica en el fallo de la GH para disminuir a menos de 1 ng/ml tras un test de tolerancia oral de glucosa (1,75 g/kg-máximo 75 g).

La cirugía transesfenoidal es el tratamiento de elección. Si la secreción de GH no se normaliza, puede recurrirse a la radiación hipofisaria y al tratamiento médico con octreótido (un análogo de somatostatina de acción prolongada [SMS201-995]) o bromocriptina, o ambos. El octreótido, además, puede emplearse preoperatoriamente para disminuir el tamaño del adenoma.

Un nuevo tratamiento está basado en el empleo de “pegvisomant”, antagonista del receptor de GH. Este normaliza los niveles séricos de IGF-I en más del 90 % de los pacientes, representando el tratamiento médico más eficaz de la acromegalia, aunque la seguridad a largo plazo, en especial en relación con el crecimiento del tumor hipofisario y la toxicidad hepática, aún deba determinarse(9).

Receptores de factores de crecimiento

Trisomía del receptor de IGF-I

Se asocia frecuentemente con talla alta y retraso mental. En 2004, Faivre y cols. describieron pacientes que cursaban con hipercrecimiento y una duplicación terminal del brazo largo del cromosoma 15(10). Los estudios moleculares y citogenéticos mostraron 3 copias del gen IGF1R.

Estos hallazgos son consistentes con el concepto de que el número de copias del gen IGF1R es de importancia clínica y funcional en el ser humano, al tiempo que responsable del hipercrecimiento.

Alteraciones del FGFR3 – síndrome de CATSHL

El receptor 3 del factor de crecimiento fibroblástico (FGFR3) es un regulador negativo del crecimiento óseo endocondral. Las mutaciones activadoras de FGFR3 causan una variedad de displasias óseas y síndromes de craneosinostosis, incluyendo: acondroplasia, hipocondroplasia, displasia tanatofórica tipo I y tipo II, síndrome de acondroplasia severa con retraso del desarrollo y acantosis nigricans (SADDAM) y síndrome lácrimo-aurículo-dental-digital (LADD).

Toydemir y cols.(11) descubrieron una mutación nueva inactivadora del gen FGFR3, causante de un síndrome caracterizado por talla alta (100 %), camptodactilia (90 %), escoliosis y pérdida auditiva (85 %), consistente en sordera neurosensorial bilateral congénita desarrollada precozmente en la infancia y progresiva, siendo variable (de moderada a severa), conformando el síndrome de CATSHL. Los autores investigaron un amplio árbol genealógico, identificando una mutación sin sentido en heterocigosis del FGFR3, causando una pérdida parcial de FGFR3 en 20 de los 20 miembros afectados que fueron analizados. Por tanto, la haploinsuficiencia produjo pérdida de la función de FGFR3 por un mecanismo dominante negativo.

Hipertiroidismo

La talla alta se ha observado en muchos niños con hipertiroidismo. Se desconoce aún si las hormonas tiroideas tienen un efecto sinérgico sobre IGF-I para estimular el crecimiento. Dicho crecimiento se normaliza con el tratamiento del hipertiroidismo.

Lipodistrofias

Incluye un grupo infrecuente de enfermedades caracterizadas por ausencia generalizada o parcial de los depósitos de tejido adiposo, resistencia a la insulina, hiperinsulinemia, hiperlipidemia y diabetes mellitus no cetósica.

Los síndromes lipodistróficos pueden ser de origen genético o adquirido. Se han descrito mutaciones en diferentes genes causantes de lipodistrofia (BSCL1, BSCL2, AGPAT2, CAV1, LMNA, PPARγ, ZEMPSTE24 y AKT2).

Estudios recientes en relación con las bases genéticas de las lipodistrofias han demostrado que la existencia de pérdida bialélica de mutaciones en BSCL2 (11q13), AGPAT2 (9q34.3) y CAV1 (7q31.1) acontece en más del 90 % de todos los casos de lipodistrofia congénita generalizada, mientras que la presencia de mutaciones en heterocigosis en LMNA (1q21.2) y PPARγ (3p25) está presente en más del 50 % de todos los casos heredados de lipodistrofia parcial. Asimismo, se han descrito mutaciones raras en homocigosis y en heterocigosis compuesta en LMNA y en ZMPSTE24 (1p34) y, en una familia con lipodistrofia parcial, una mutación en heterocigosis en AKT2 (19q13.1-q13.2).

En 2009 publicamos una nueva causa de lipodistrofia parcial familiar, con fenotipo similar a las causadas por mutaciones en LMNA, PPARγ y AKT2, con lipodistrofia fémorogluteal, esteatosis hepática, dislipidemia y resistencia a la insulina, debida a la primera mutación descrita en el gen CIDEC (3p25.3) – mutación sin sentido en homocigosis(12).

Los pacientes con lipodistrofia generalizada congénita autosómica recesiva (BSCL) presentan gigantismo, velocidad de crecimiento acelerada, elementos acromegaloides, manos, pies y orejas grandes, mandíbula prominente y edad ósea acelerada. Pueden presentar macrosomía al nacimiento o gigantismo postnatal. La hiperinsulinemia puede ser responsable de la hipertrofia muscular, síndrome de ovario poliquístico e incremento del crecimiento.

En ausencia de depósitos de tejido adiposo, el exceso de lípidos se acumula en tejidos no-adiposos, como hepatocitos, cardiomiocitos, células esqueléticas o células β. Estas células almacenarán la grasa para su empleo como energía en momentos de necesidad. La esteatosis hepática y los triglicéridos miocelulares se asocian con resistencia a la insulina debido a la alteración en la oxidación de los ácidos grasos.

Todos los pacientes con lipodistrofia presentan niveles séricos bajos de leptina y de adiponectina, así como grados variables de resistencia a la insulina.

Exceso prepuberal de hormonas sexuales

La secreción prepuberal de andrógenos o estrógenos, con independencia de su causa, es, probablemente, la razón más común de velocidad de crecimiento excesiva y de talla alta en la infancia. La pubertad precoz (completa o incompleta, isosexual) cursa con un incremento de la secreción de andrógenos de las glándulas suprarrenales (hiperplasia suprarrenal congénita, resistencia periférica a glucocorticoides, tumores) o testicular (tumores de las células de Leydig) o un incremento en la secreción de estrógenos desde las glándulas suprarrenales o los ovarios (quistes o tumores)(13,14).

Como consecuencia de la edad ósea avanzada, la talla adulta suele ser inferior a la normal si el proceso patológico no es tratado adecuadamente.

Las manifestaciones clínicas de este grupo de enfermedades son distintas.

Deficiencia o resistencia de hormonas sexuales

Deficiencia permanente de testosterona en el varón y de estrógenos en la mujer

Genera retraso en la maduración esquelética, crecimiento prolongado en el tiempo, talla alta y proporciones eunucoides, con piernas alargadas.

La deficiencia de testosterona en el varón puede ser el resultado de la ­existencia de deficiencia en gonadotrofinas de diferentes orígenes, alteración en su propia producción o anomalías enzimáticas en la síntesis de testosterona(15). La deficiencia de células de Leydig o la anorquia son, asimismo, causas de deficiencia de testosterona.

La deficiencia estrogénica en la mujer puede ser el resultado de la existencia de deficiencia de gonadotrofinas, alteración en su propia producción o anomalías enzimáticas en la síntesis de estrógenos (p. ej.: deficiencia de 17-alfa-hidroxilasa, deficiencia de aromatasa) o ausencia de ovarios.

En varones con deficiencia de testosterona, debe iniciarse tratamiento con testosterona después de que el paciente alcance una edad ósea de 11 a 12 años. Se prefiere el empleo de inyectables de acción prolongada de ésteres de testosterona (enantato o cipionato). Pueden emplearse diferentes pautas, si bien lo importante consiste en alcanzar un desarrollo puberal completo en un periodo de 4-5 años, a la misma edad que sus compañeros, alcanzando su potencial genético de talla, sin talla alta ni proporciones eunucoides.

Las formas transdérmicas de testosterona, ya sean parches o geles, están ya disponibles. No obstante, aún se precisa de una mayor información sobre las concentraciones de testosterona obtenidas con 2,5 mg de parche o gel en adolescentes jóvenes, así como el efecto sobre la maduración y los cambios puberales antes de recomendarlos.

En mujeres con deficiencia estrogénica, el tratamiento con estrógenos debe iniciarse cuando alcancen una edad ósea de 10 a 11 años. Inicialmente, en la actualidad, la pauta más aceptada de inducción puberal es la aplicación de estradiol en parches transdérmicos a dosis progresivas, iniciando con 4 mcg al día en aplicación nocturna para ir aumentando lentamente; si no se dispone de ella, puede administrarse una dosis baja de etinilestradiol (100 ng/kg/día). Como en el caso de los varones, el fundamento radica en que el desarrollo puberal completo se adquiera en un periodo de 4 a 5 años, alcanzando su talla genética y previniendo las proporciones eunucoides.

Deficiencia de aromatasa-resistencia estrogénica

Se han descrito algunos varones y mujeres con deficiencia estrogénica debida a deficiencia de aromatasa(16), por mutaciones en el gen CYP19A1, o resistencia estrogénica(17), como consecuencia de mutaciones en el gen del receptor de estrógenos α (ESR1).

La deficiencia de aromatasa es rara en el ser humano. Dicha enzima cataliza la conversión de andrógenos a estrógenos. Los sujetos afectos, en consecuencia, no pueden sintetizar estrógenos. Si el feto carece de actividad aromatasa, el sulfato de dehidroepiandrosterona producido en sus glándulas suprarrenales no puede convertirse en estrógenos en la placenta, convirtiéndose en testosterona periféricamente y generando virilización del feto y de su madre.

Las niñas afectas se diagnostican al nacimiento al presentar pseudohermafroditismo, pudiendo presentar quistes ováricos y retraso en la maduración ósea durante la infancia y la adolescencia. En el momento de la pubertad, presentan talla alta, amenorrea primaria, ausencia de desarrollo mamario, virilización e hipogonadismo hipergonadotrófico.

Por el contrario, los varones afectos no muestran datos claros al nacimiento, por lo que son diagnosticados con posterioridad. Se caracterizan por presentar: talla alta, retraso en la maduración esquelética, retraso en el cierre epifisario, dolor óseo, proporciones corporales eunucoides y exceso de adiposidad, junto a alteraciones en el metabolismo lipídico e insulínico.

Morishima y cols.(16) publicaron sobre un varón de 24 años que medía 204 cm y continuaba creciendo, mostrando una edad ósea de 14 años, a pesar de presentar una pubertad normal y un grado completo de virilización a dicha edad. La densidad mineral ósea se encontraba marcadamente disminuida. Este paciente presentaba una deficiencia severa de aromatasa, debida a una nueva mutación en homocigosis del gen CYP19A1 que codifica la aromatasa P-450. Los niveles plasmáticos de andrógenos y gonadotrofinas estaban elevados, mientras que los niveles de estrógenos eran indetectables.

El tratamiento con estrógenos resuelve los síntomas en varones y mujeres.

Smith y cols. publicaron el primer caso de resistencia estrogénica en un varón de 28 años que medía 204 cm, que había efectuado un normal desarrollo puberal y se afeitaba regularmente a la edad de 17-18 años(17). Las concentraciones séricas de testosterona eran normales y el tamaño de sus genitales y su espermatogénesis correspondían a un adulto normal; sin embargo, las epífisis no estaban cerradas y su edad ósea se situaba en torno a 15 años. Finalmente, su densidad mineral ósea se encontraba marcadamente disminuida. Se demostró que presentaba una mutación en el gen ESR1 responsable de la resistencia estrogénica. Las concentraciones plasmáticas de estrógenos y gonadotropinas se encontraban elevadas.

Este caso clínico, así como los debidos a deficiencia de aromatasa, nos han enseñado la función crítica y relevante de los estrógenos en la maduración y cierre epifisario, el estirón de crecimiento puberal, la regulación de gonadotropinas y la mineralización ósea.

Cromosomopatías

Genes extra de crecimiento

Trisomía X (mujeres 47,XXX)

Las pacientes con trisomía X tienden a ser altas, situándose en torno al percentil 90. La mayoría de las pacientes, sin embargo, muestran un fenotipo normal, por lo que esta cromosomopatía numérica no se diagnostica de no pensar en ella y solicitar un cariotipo. Es la anomalía del X más frecuente, estimándose en 1 de cada 1.000 recién nacidas. Algunas pacientes pueden presentar mínimos rasgos dismórficos (clinodactilia, sindactilia). El desarrollo sexual es normal, así como la menarquia y la función ovárica. El nivel intelectual se sitúa entre 55 y 115(18).

El cromosoma X extra probablemente justifica la talla alta. Rao y cols., en 1997, aislaron la región pseudoautosómica PAR1 en los cromosomas sexuales X e Y, cartografiando el gen que denominaron SHOX (Short stature HOmeoboX containing gene). Las deleciones de Xp con ausencia de SHOX generan talla baja y la presencia de cromosomas X adicionales con genes SHOX activos (no inactivados) podrían causar talla alta, como ocurre en la trisomía X y en el síndrome de Klinefelter.

La presencia de extremidades inferiores alargadas en ambas cromosomopatías numéricas antes de la pubertad sugiere que este fenómeno se encuentra relacionado con un cromosoma X extra y que el gen SHOX extra actuaría sobre el crecimiento óseo.

Las mutaciones del gen SHOX producen haploinsuficiencia, identificándose en aproximadamente el 60 % de pacientes con discondrosteosis (síndrome de Léri-Weill), displasia mesomélica que se hereda de forma autosómica dominante y que cursa con deformidad de Madelung, cambios metafisarios, talla baja y brazos y piernas cortos. Recientemente, hemos identificado una nueva clase de mutaciones en la región PAR1, “aguas abajo” del gen SHOX, en aproximadamente el 15 % de estos pacientes con síndrome de Léri-Weill(19). Finalmente, la haploinsuficiencia del gen SHOX también se ha encontrado en pacientes con displasia de Langer y en algunos sujetos afectos de talla baja idiopática.

La mayoría de las pacientes con trisomía X no necesitan tratamiento alguno. En caso de talla alta, puede emplearse el mismo tratamiento que el descrito para las niñas altas normales.

Síndrome de Klinefelter XXY

Descrito en 1942 con las características clínicas que son evidentes en la adolescencia: ginecomastia, talla alta, grado variable de eunucoidismo, virilización imperfecta, testes pequeños de consistencia dura con hialinización de los túbulos seminíferos y agregación de las células de Leydig, pene pequeño e incremento de gonadotropinas. Existen diferentes variantes cromosómicas, entendiéndose por síndrome de Klinefelter, en la actualidad, cualquier dotación gonosómica con, al menos, 2 cromosomas X y un Y, excepto para los escasos pacientes varones XX (46,XX que son SRY positivos).

La talla alta está habitualmente presente antes de la pubertad, siendo la desproporcionada longitud de las piernas lo que sugiere que no está relacionada con deficiencia androgénica y que pudiera estar relacionada con el cromosoma X extra (extra SHOX). Estos pacientes pueden ser ansiosos, agresivos y cometer conductas antisociales(20).

Al nacimiento, muestran una incidencia aproximada de 1:500 a 1:1.000. Menos del 10 % de los fetos estimados se detectan perinatalmente, mientras que el 75 % de los pacientes permanecen sin diagnosticar a lo largo de su vida. El diagnóstico de este síndrome después de la pubertad no es difícil, teniendo en cuenta sus características clínicas.

Para prevenir las complicaciones físicas y psicológicas del hipogonadismo, se recomienda el tratamiento con testosterona. Las alteraciones psicológicas de la ginecomastia persistente requieren mamoplastia reductora. Es necesaria la intervención temprana para el aprendizaje y el tratamiento de las alteraciones de conducta.

Cromosoma X frágil

Es la forma más común de retraso mental heredado, con una prevalencia estimada de 1:1.250 varones y de 1:2.500 mujeres. En 1991 se aisló y caracterizó el gen responsable, localizado en Xq27.3. El segmento de ADN muestra una peculiar repetición de trinucleótidos (citidina, guanosina, guanosina) en el gen 1 del síndrome X frágil (FMR1)(21). Este síndrome puede acontecer también en sujetos con deleciones y mutaciones puntuales del gen FMR1 sin amplificación CGG.

En niñas con síndrome de cromosoma X frágil, los dos hallazgos más importantes son: talla alta desde el nacimiento y alteraciones de conducta (dificultad de atención severa y timidez y ansiedad extremas). En varones, los datos más típicos son: retraso mental, talla alta, grandes pabellones auriculares y macroorquidismo (volumen testicular adulto entre 25 y 70 ml).

El síndrome X frágil asociado a temblor/ataxia (FXTAS) es una enfermedad neurodegenerativa de comienzo tardío que afecta preferentemente al varón y, excepcionalmente, a mujeres portadoras de una premutación (repeticiones de CGG de 55 a 200) en el gen FMR1.

El síndrome del cromosoma X frágil debe sospecharse tanto en varones como en mujeres con retraso mental y con cambios fenotípicos característicos, ataxia de comienzo tardío, temblor de acción o neuropatía; en especial, en aquellos con historia familiar de retraso mental(22). Su confirmación requiere estudios de ADN y citogenéticos. No existe ningún tratamiento específico, excepción hecha de las medidas de apoyo psicológico y actuación ante las alteraciones de conducta. Habitualmente, no se requiere ningún tratamiento para su talla alta.

Síndrome de deleción del cromosoma 22q13.3

Cursa con hipotonía neonatal, retraso global del desarrollo, crecimiento normal o acelerado, retraso en el lenguaje (de ausente a severo), conducta autista y elementos dismórficos menores.

Aunque los pacientes con deleción terminal simple de 22q13 tienen tendencia general a presentar talla alta, los pacientes con cromosoma 22 en anillo padecen a menudo talla baja.

Aún se desconoce la causa de la talla alta en estos pacientes.

Síndromes y otros

Síndrome de Marfan – tipos 1 y 2 (MFS1, MFS2)

Anomalía heredada del tejido conectivo que afecta al esqueleto, sistema cardiovascular, sistema ocular y ectasia dural del canal espinal lumbosacro. Se estima afecta de 2 a 3 por cada 10.000 personas.

Las manifestaciones clínicas relacionadas con el esqueleto incluyen: talla alta, brazos y piernas largos y delgados (dolicostenomelia), aracnodactilia (“dedos en araña”), pectus excavatum o carinatum, facies estrecha con paladar estrecho y escoliosis y cifosis en 60 al 100 % de los casos(23). La laxitud articular, las hernias inguinales, femorales y diafragmáticas son otras consecuencias del tejido conectivo anormal. Las manifestaciones oculares incluyen: luxación hacia arriba del cristalino, como consecuencia de una anomalía en el ligamento suspensorio, aumento de la longitud axial del globo ocular, con miopía y desprendimiento de retina. La ectasia dural del canal espinal lumbosacro conforma una de las alteraciones clínicas más importantes.

Las complicaciones más frecuentes que requieren tratamiento de por vida son las que afectan al sistema cardiovascular, con dilatación de la aorta ascendente, con/sin aneurisma disecante y, menos comúnmente, de las arterias aorta torácica o abdominal o de la arteria pulmonar. Como consecuencia de la dilatación de la aorta, se produce una regurgitación aórtica secundaria. El prolapso de la válvula mitral es muy frecuente.

Son mentalmente normales, pero con alteraciones neuropsicológicas: dificultad de aprendizaje y déficit de atención en aproximadamente el 40 % de los pacientes.

Se transmite de forma autosómica dominante. Aproximadamente, el 85 % de los pacientes tienen historia familiar positiva y, en torno a un 15 %, tienen presentación esporádica. La alteración básica en el síndrome de Marfan tipo 1 radica en una alteración en el gen de la fibrilina (FBN1), en el cromosoma 15 (15q21.1).

En 2004 se identificaron por primera vez mutaciones en el gen TGFBR2 (síndrome de Marfan tipo 2, también denominado síndrome de Loeys-Dietz 2), que pueden ser responsables del 10 % de los casos. En alguna familia se observa un patrón de herencia autosómico dominante para diferentes mutaciones en el gen TGFBR2.

Para el diagnóstico clínico, aún deben seguirse los criterios revisados en 1996 (Ghent Nosology)(24). Ellos se basan en los cuatro hallazgos más importantes: 1) esqueleto; 2) ojo; 3) sistema cardiovascular; y 4) ectasia dural del canal espinal lumbosacro. El diagnóstico del síndrome de Marfan puede efectuarse en un caso índice cuando se evidencia una afectación severa en dos sistemas orgánicos diferentes y una afectación menor de un tercero, o cuando existe una mutación en el gen FBN1, una afectación severa de un sistema orgánico y una menor de un segundo sistema.

Para un pariente de un caso índice, el diagnóstico puede hacerse cuando existe un criterio mayor proporcionado por la historia familiar y otro criterio mayor por la afectación de un sistema orgánico y afectación de un segundo sistema orgánico.

Mujeres y hombres con síndrome de Marfan pueden presentar talla muy alta. Dado que la escoliosis y la cifosis pueden desarrollarse hasta en un 60 % de estos pacientes, detener su crecimiento puede ser muy importante. No obstante, debe prestarse una gran atención al posible desarrollo, prevención y tratamiento de las anomalías cardiovasculares. Así, el propranolol puede reducir la fracción de eyección ventricular de la aorta ascendente y, en consecuencia, se emplea de forma rutinaria en cualquiera de estos pacientes que haya iniciado dilatación de la raíz aórtica. Con la experiencia adquirida en los modelos de ratón, debe añadirse un bloqueante del receptor de angiotensina II. Finalmente, reemplazar la aorta ascendente y la válvula aórtica e intervenir el aneurisma de la raíz aórtica han incrementado sustancialmente la esperanza de vida de estos pacientes, que son adecuadamente diagnosticados y convenientemente tratados.

Síndrome de Beals (contractura aracnodactílica congénita –CCA–)

Las alteraciones esqueléticas son similares a las del síndrome de Marfan, con dolicostenomelia y aracnodactilia, y con camptodactilia en los dedos de la mano. La diferencia con el síndrome de Marfan radica en que existen contracturas articulares. El hélix del lóbulo de la oreja se encuentra plegado. La cifosis, escoliosis o cifoescoliosis se encuentran presentes en el 50 % de los casos. Otras manifestaciones clínicas incluyen: micrognatia, anomalías septales auriculares y ventriculares. En varios pacientes se ha diagnosticado prolapso mitral, anomalías cardiacas estructurales y dilatación de la raíz aórtica y ectopia del cristalino.

La causa del síndrome de Beals radica en mutaciones de un segundo gen de la fibrilina (FBN2) cartografiado en 5q23-31(25). Se hereda siguiendo un patrón autosómico dominante.

Homocistinuria tipo 1

Es un error congénito del metabolismo por deficiencia de la enzima cistationina β sintetasa (CBS). La CBS convierte la homocisteína en cistationina, reacción catalizada por la vitamina B6, actuando como cofactor. Su prevalencia es de 1:200.000 nacidos vivos; sin embargo, en Irlanda, es de 1:40.000 nacidos vivos. El 40 % de los pacientes responde a altas dosis de vitamina B6 (piridoxina), habitualmente con manifestaciones clínicas más moderadas que los que no responden al tratamiento. Si no responden, se administra ácido fólico, a la dosis de 1 a 5 mg cada 24 horas. Se hereda de forma recesiva, existiendo una heterogeneidad genética considerable en estos pacientes. El gen de la CBS (CBS) ha sido cartografiado en 21q21(26).

La ectopia o subluxación hacia abajo del cristalino (contraria a la dislocación hacia arriba del mismo en los pacientes con síndrome de Marfan) es el hallazgo más consistente. Las anomalías esqueléticas muestran un fenotipo similar al de los pacientes con síndrome de Marfan, con dolicostenomelia (brazos y piernas largos y delgados), aracnodactilia y talla alta, a menudo con proporciones eunucoides. Entre las anomalías esqueléticas más consistentes, se encuentra la osteoporosis. La escoliosis y la cifosis acontecen con frecuencia. Otras alteraciones incluyen: genu valgum y pectus carinatum o excavatum. La alteración más frecuente del sistema nervioso central es el retraso mental (en torno al 50 % de los pacientes presenta un nivel intelectual entre 30 y 75). Pueden presentar episodios tromboembólicos que afectan a vasos grandes y pequeños a lo largo de la vida, particularmente en el cerebro. Estos episodios ocurren en el 6 % de los pacientes.

Síndrome de Beckwith-Wiedemann (BWS)

Asociado con hipercrecimiento prenatal y postnatal, presenta las características clínicas más llamativas al nacimiento: onfalocele o anomalías umbilicales, macroglosia, lóbulo de la oreja arrugado y gigantismo. Entre el 30 y el 50 % muestran episodios de hipoglucemia severa persistente, que se inician en los primeros días de vida, debidos a hiperinsulinismo. Asimismo, presentan visceromegalias (hígado, riñones, páncreas y del corazón). De forma consistente, presentan displasia medular renal, citomegalia corticosuprarrenal fetal e hipoplasia de las células intersticiales de las gónadas(27).

Existe un incremento en la incidencia de tumores malignos (7,4 a 10 %), siendo los más frecuentes el tumor de Wilms y el carcinoma corticosuprarrenal. Otros tumores descritos son: nefroblastoma, hepatoblastoma y rabdomiosarcoma.

Son grandes al nacimiento. La velocidad de crecimiento es superior al P90 hasta los 4-6 años de edad, siendo normal posteriormente. Suelen alcanzar una altura media de 2,5 DE en el momento de desarrollar la pubertad, con un peso que oscila entre el percentil 75 y 90.

La prevalencia es de 1:14.000 personas. El 85 % de los casos son esporádicos y el 15 % heredados, sugiriendo un patrón de herencia autosómico dominante con penetrancia incompleta.

Hoy se acepta que este síndrome es una alteración genética compleja y heterogénea debida a anomalías en la impronta de genes relacionados con el crecimiento y el ciclo celular en la región cromosómica 11p15. Estos genes agrupados son regulados de forma diferencial por regiones metiladas o por dominios que afectan a la actividad genética. La señal de impronta primaria para cada uno de estos genes es la metilación de ADN.

Se conocen dos centros o dominios de impronta (IC) en el cromosoma 11p15. IC1 se sitúa próximo al telómero y contiene dos genes (IGF2 y H19; este último, expresado por la madre y con impronta paterna, que puede servir como un supresor tumoral). Normalmente, el H19 paterno está metilado y silenciado, permitiendo la expresión paterna del gen adyacente IGF2, encontrándose el H19 materno expresado y el IGF2 materno silenciado. Cuando el gen materno H19 está metilado, su expresión está inhibida, mientras que la de IGF2 no se encuentra reprimida y da lugar a su expresión bialélica. La pérdida de impronta del gen materno IGF2, es una de las alteraciones moleculares más frecuentemente detectadas en pacientes con síndrome de Beckwith-Wiedemann.

El centro de impronta o dominio 2 (IC2) es centromérico en relación a IC1, conteniendo varios genes. CDKN1C es un gen expresado maternalmente y con impronta paterna. Aproximadamente, del 5 al 10 % de los pacientes esporádicos y un 40 % de los casos familiares con SBW presentan mutaciones en CDKN1C. La pérdida de metilación del gen materno KCNQ10T1 con expresión bialélica del gen KCNQ10T1 se aprecia en el 50 al 60 % de los casos esporádicos.

La sobreexpresión de IGF2 conduce al hipercrecimiento pre y postnatal. Además, la impronta de IGF2 se pierde en tumores esporádicos de Wilms, sugiriendo que la sobreexpresión de IGF2 es responsable del hipercrecimiento y del desarrollo de los tumores.

Es menester detectar y tratar las hipoglucemias para la supervivencia y prevención del daño neurológico. Estos pacientes requieren seguimiento periódico para el posible desarrollo de procesos tumorales. El control ecográfico nefrológico debe efectuarse cada 3 meses durante los 6 primeros años, ya que el tumor de Wilms y el carcinoma corticosuprarrenal son las neoplasias más frecuentes en estos pacientes. Los pacientes con hemihipertrofia y disomía uniparental tienen una alta frecuencia de procesos tumorales (hepatoblastomas y tumor de Wilms)(28).

Síndrome de Simpson-Golabi-Behmel (SGBS), tipos 1 y 2

Herencia recesiva ligada al X. Cursa con hipercrecimiento pre y postnatal, apariencia facial inusual (síndrome bulldog), digital y otras anomalías(29).

Las mujeres portadoras pueden tener algunos cambios faciales. Los varones afectados pueden alcanzar tallas adultas entre 192 y 210 cm, cursando con macrosomía, visceromegalia, onfalocele, displasia renal, plegamiento del lóbulo de la oreja, hipoglucemia neonatal por hiperplasia de las células de los islotes pancreáticos y riesgo de tumores embrionarios (tumor de Wilms, neuroblastoma y carcinoma hepatocelular en la infancia temprana), elementos similares a los del BWS. La mortalidad perinatal e infantil es alta. Los cambios faciales incluyen: mandíbula grande y protruyente, punta nasal hacia arriba, puente nasal amplio, nariz ancha, boca grande, lengua grande y labios gruesos, paladar arqueado alto o labio palatino, macrocefalia, uñas de los dedos índice ausentes o hipoplásicas y hernia inguinal. La edad ósea se encuentra acelerada. La inteligencia es normal y, en ocasiones, está ligeramente retrasada. La hipotonía es habitual.

Este síndrome es el resultado de diferentes mutaciones o microdeleciones en Xq26.2 (SGBS1, GPC3) y Xp22.2 (SGBS2, OFD1). Se considera que el glipicano controla el crecimiento del tejido embrionario mesodérmico, actuando en conjunción con IGF2.

Síndrome PTEN hamartoma

Herencia autosómica dominante. Incluye el síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba (BRRS), la enfermedad de Cowden y la enfermedad de Lhermitte-Duclos (LDD)(30).

PTEN (Phosphatase tensin homolog in chromosome 10) codifica una proteína con actividad supresora tumoral que defosforila tanto substratos lipídicos como proteicos y regula negativamente la vía de señalización estimulada por factores de crecimiento, como IGF-I, controlando indirectamente el ciclo celular y la apoptosis. PTEN desempeña una función relevante en procesos malignos en el ser humano. Las mutaciones y deleciones en PTEN se han observado en casos esporádicos de cáncer de mama, cerebro, próstata y riñón (en líneas celulares) y en diversos tumores primarios: carcinoma endometrial, melanoma maligno y tumores de tiroides.

Las mutaciones de la línea germinal de PTEN se han identificado en el 60 % de los pacientes con síndrome de Bannayan-Riley-Ruvalcaba (BRRS), en el 80 % de pacientes con enfermedad de Cowden y en pacientes con enfermedad de Lhermitte-Duclos (LDD). Estas tres entidades son alteraciones alélicas heterocigotas y, probablemente, la misma enfermedad(31).

El síndrome BRRS cursa con macrocefalia, múltiples hamartomas (lipomas, hemangiomas, linfangiomas, pólipos intestinales) y otros tumores (seminoma, germinoma), macrosomía, manchas pigmentadas en cuerpo y en el glande del pene y pseudopapiledema.

La enfermedad de Cowden se ha descrito, fundamentalmente, en adultos. Cursa con macrocefalia, múltiples lesiones hamartomatosas, especialmente de la piel y de las membranas mucosas, lesiones verrucosas en la piel de la cara y las extremidades y pápulas similares a un empedrado de las encías y la mucosa bucal, pero también hamartomas y neoplasias de los órganos internos, siendo más frecuentes en tiroides, mama y ovario.

La macrocefalia progresiva, la lengua escrotal y el retraso mental de discreto a moderado son signos importantes en los lactantes. Los triquilemomas en los pliegues nasolabiales y los pliegues palmares y plantares hiperqueratósicos son, habitualmente, visibles en el niño mayor, acompañándose, a menudo, de lipomas subcutáneos y hemangiomas cutáneos.

La enfermedad de Lhermitte-Duclos (LDD) o gangliocitoma displásico del cerebelo, conocida previamente como enfermedad parenquimatosa del cerebelo VI, es una lesión cerebelosa que acontece esporádicamente o en asociación con la enfermedad de Cowden.

La resonancia magnética en pacientes con LDD es, habitualmente, diagnóstica. Se caracteriza por macrocefalia, retraso en el desarrollo, convulsiones, signos cerebelosos (temblores, disdiadococinesia) y, en algunos casos, hipertensión intracraneal, como consecuencia de la herniación de las amígdalas cerebelosas. Existe una hipertrofia global del cerebelo, giros rizados, patrón de córtex invertido e hipercrecimiento hamartomatoso por las células ganglionares hipertróficas, que reemplazan las células granulares y las células de Purkinje del cerebelo.

Las mutaciones de PTEN pueden también encontrarse hasta en el 20 % de casos de síndrome de Proteus y, aproximadamente, en el 50 % de los casos de síndrome de Proteus-like.

Dada la variedad de hamartomas y tumores en los pacientes con BRRS, enfermedad de Cowden y enfermedad de LDD, que pueden presentarse a cualquier edad, se necesita un largo y amplio seguimiento de los mismos. El tratamiento depende del tipo de hamartoma o tumor.

Síndrome de Sotos (tipos 1 y 2)

Descrito por primera vez en 1964(32). Los factores diagnósticos más importantes incluyen: configuración facial característica, gran dolicocefalia craneal, hipercrecimiento y enfermedad neurológica no progresiva con retraso mental. La prevalencia es desconocida, pero, probablemente, es uno de los síndromes de hipercrecimiento más frecuentes después del BWS y el síndrome de Marfan. Los varones y las mujeres se afectan de forma similar.

El hipercrecimiento es prenatal y postnatal. La velocidad de crecimiento es particularmente excesiva entre los 3 y 4 años de edad, decelerándose posteriormente, pero en los percentiles altos. Las tallas adultas en varones se sitúan en torno a 186 ± 5,7 cm y, en mujeres, en torno a 173,1 ± 7,7 cm, si bien algunos individuos pueden alcanzar tallas superiores.

La configuración craneofacial es muy característica: frente prominente, entradas en el cabello frontoparietal, dolicocefalia, hipertelorismo, fisuras palpebrales inclinadas hacia abajo, paladar arqueado alto y estrecho, con irregularidades y prominencia palatina y mentón puntiagudo. Erupción prematura de los dientes en el 60 al 80 % de los casos y edad ósea avanzada en el 75 al 84 % de los pacientes.

Las manifestaciones clínicas del sistema nervioso central son frecuentes, incluyendo: retraso en el desarrollo, retraso en el inicio y forma de caminar y hablar y torpeza (60 a 80 % de los casos), así como hipotonía y articulaciones laxas. La deficiencia mental está presente en el 85 al 100 % de los pacientes, con una media de coeficiente intelectual de 75 y un rango de 40 a moderadamente retrasado. Del 10 al 15 % pueden ser mentalmente normales. El 30 % puede presentar convulsiones. Existe un incremento de incidencia de desarrollo tumoral (~2,2 a 3,9 %). Se han descrito anomalías de los ventrículos e incremento de los espacios subaracnoideos, así como alteraciones cardiacas, musculoesqueléticas (cifoescoliosis), urogenitales (hidronefrosis, riñones hipoplásicos, agenesia renal, dilatación de la pelvis renal), hernias inguinales, alteraciones oftalmológicas (estrabismo, alteraciones refractarias, alteraciones del nervio óptico o de la retina), endocrinopatías (hipotiroidismo primario) y otras. Hasta la fecha, no se ha demostrado ninguna alteración endocrinológica que explique su hipercrecimiento.

En 2002, Kurataki y cols. identificaron deleciones o mutaciones puntuales en un único gen: nuclear receptor binding SET domain protein 1 (NSD1) en 5q35, en el 75 % de los casos esporádicos, indicando que la haploinsuficiencia de NSD1 es la causa más importante del síndrome de Sotos. El hallazgo de que todas las mutaciones encontradas en NSD1 eran heterocigotas o hemicigotas es consistente con un patrón autosómico dominante.

El hallazgo de que la haploinsuficiencia de NSD1 induce hipercrecimiento en el síndrome de Sotos implica que dicho gen actúa como correpresor de genes del crecimiento. La descripción de un paciente con una duplicación de 5q35.2-q35.3, con microcefalia y talla baja, sugiere un efecto dosis del gen NSD1, causando un fenotipo inverso al del síndrome de Sotos. Este síndrome es un modelo excelente de regulación epigenética.

No existe ningún marcador bioquímico para el diagnóstico de este síndrome. El diagnóstico de sospecha debe basarse en los datos clínicos. El diagnóstico de confirmación requiere estudios moleculares. La RM craneal ayuda a evidenciar alteraciones ventriculares y de espacios subaracnoideos, pero no es diagnóstica del síndrome.

En relación al tratamiento, las niñas con una predicción de talla adulta superior a 178 cm pueden beneficiarse de altas dosis de estrógenos para reducir su talla adulta. Las dificultades sociales y de conducta pueden requerir consejo psicológico. Las dificultades del comportamiento y conducta durante la infancia, así como la inmadurez en la época adulta, pueden beneficiarse de consejo psicológico. Se debe estar permanentemente alerta ante el desarrollo de procesos tumorales (2,2-3,9 %) y al riesgo de transmisión. Dado que se hereda según un patrón autosómico dominante, los individuos afectos tienen un riesgo de 50 % de tener hijos afectos. En el caso de pacientes esporádicos, los padres sanos tendrán un riesgo de recurrencia <1 %. Los sujetos afectos son fértiles. No existen evidencias, hasta el momento, de que su vida media esté reducida.

El síndrome de Malan, también conocido como síndrome de Sotos 2, se caracteriza por presentar hipercrecimiento, fenotipo facial inusual, alteración intelectual y problemas de conducta. Es causado por mutaciones en el gen NFIX (MIM # 164005) localizado en el cromosoma 19p13.2(33).

Neurofibromatosis tipo 1 (NF1) y tipo 2 (NF2)

Descrita, inicialmente, por von Recklinghausen, la neurofibromatosis tipo 1 (NF1) es una enfermedad frecuente que predispone al padecimiento de neoplasias en tejidos derivados de la cresta neural embrionaria, habiéndose descrito diferentes formas. La clásica o tipo von Recklinghausen ha sido denominada tipo 1 o NF1.

En ocasiones, puede presentar complicaciones graves y letales. No es posible predecir los síntomas que desarrollará cada paciente afecto de forma individualizada, si bien la prevalencia de la mayoría de los síntomas en pacientes con NF1 se incrementa con la edad.

La neurofibromatosis tipo 1 (NF1) es debida a mutaciones en el gen NF1 en17q11.2, que codifica neurofibrina, una proteína relacionada con la regulación de la diferenciación y la proliferación celular.

La neurofibromatosis tipo 1 comprende el 90 % de todos los casos de neurofibromatosis, siendo una de las anomalías autosómicas dominantes más frecuentes, con una incidencia de 1 caso por cada 3.000 nacidos. Cerca del 50 % de los casos son esporádicos.

Las mutaciones en el gen RNF135, el cual se sitúa en la región de la microdeleción de NF1, en 6 familias, demostraron que la haploinsuficiencia de RNF135 contribuye al fenotipo de casos de microdeleciones de NF1, con hipercrecimiento.

Un consenso del National Institute of Health (NIH) identificó 7 componentes importantes para el diagnóstico de NF1; a saber: 1) presencia de 6 o más manchas café con leche de 5 mm de diámetro o más en sujetos prepuberales y con un diámetro de más de 15 mm en sujetos postpuberales; 2) dos o más neurofibromas de nervios periféricos de cualquier tipo o un neurofibroma plexiforme; 3) efélides en la región inguinal o axilar; 4) glioma óptico; 5) dos o más nódulos de Lisch (hamartomas del iris); 6) presencia de una lesión ósea característica, como la displasia del esfenoides, en la base del cráneo, o pseudoartrosis o adelgazamiento del córtex, con o sin interrupción completa del hueso; y 7) un pariente de primer grado con NF1, de acuerdo con los criterios previos. Dos o más de estos componentes presentes permiten efectuar el diagnóstico de NF1.

Recientemente, se ha publicado una excelente revisión sobre el diagnóstico diferencial de la NF1, NF2 y schwannomatosis(34).

El tratamiento del hipercrecimiento, si se necesita, es similar al referido para los niños y niñas con talla alta.

Síndrome de Nevo

Anomalía rara autosómica recesiva caracterizada por longitud incrementada al nacimiento, cifosis, hipotonía muscular y laxitud articular. En estos pacientes se han evidenciado mutaciones en el gen PLOD1.

Síndrome de Elejalde o “displasia acrocefalopolidactílica”

El elemento más importante es el gigantismo con peso elevado al nacimiento. Muestran un cuerpo redondeado, globular, con onfalocele, extremidades cortas, craneosinostosis, piel redundante en todo el cuerpo, pero, fundamentalmente, en el cuello. La craneosinostosis produce turricefalia. Muestran, asimismo, hipertelorismo, epicantus e inclinación palpebral hacia abajo.

Se han descrito algunos casos en familias consanguíneas, sugiriendo un patrón de herencia autosómico recesivo. Se ha hipotetizado que este síndrome podría estar asociado con una mutación inactivante del gen FGFR.

El pronóstico dependerá de la gravedad de la displasia renal y la hipoplasia pulmonar, pues, cuando son muy graves, son incompatibles con la vida.

Síndrome de Tatton-Brown-Rahman

El síndrome de Tatton-Brown-Rahman (TBRS; MIM 615879), también conocido como síndrome de hipercrecimiento DNMT3A, cursa con alteración intelectual(35,36). Se describió por primera vez en 2014 en un conjunto de 13 sujetos con mutaciones constitutivas en heterocigosis en el gen DNMT3A.

Hipercrecimiento prenatal

Existen diferentes anomalías asociadas con hipercrecimiento prenatal. Sus características al nacimiento se indican en la tabla III.

tabla

Los hijos de madre diabética son, típicamente, grandes, con pesos al nacimiento por encima de 2 DE para su edad gestacional y, con frecuencia, por encima de 4-5 kg. La longitud del paciente está más relacionada con el grado de hiperglucemia materna y el reflejo de la hiperglucemia e hiperinsulinemia fetal. Los pacientes afectos muestran hipoglucemia neonatal grave, como consecuencia del hiperinsulinismo. No suelen presentar malformaciones. Otra posibilidad es que estos niños gigantes estén afectos de una de las cinco formas anteriormente descritas de hiperinsulinismo congénito.

El síndrome de Weaver es debido a mutaciones en el gen EZH2. El fenotipo de pacientes con mutaciones en EZH2 y mutaciones en EED muestra un solapamiento considerable que aún debe investigarse en detalle(37,38).

Consideraciones finales

El estudio de la talla alta supone un auténtico Tratado de Pediatría, que incluye las variantes de la normalidad, cromosomopatías, entidades sindrómicas, patologías orgánicas y algunos errores congénitos del metabolismo. La aproximación genética, citogenética, epigenética y molecular ha modificado la aproximación diagnóstica de un modo extraordinario.

Las opciones terapéuticas se van incrementando y, paulatinamente, van conociéndose mejor las respuestas del paciente a las diferentes dosis de los fármacos empleados. Si bien el tratamiento con esteroides sexuales en general es bien tolerado, aún se requiere de más experiencia y valoración individualizada. Dicho tratamiento deberá evitarse en pacientes con homocistinuria y otras situaciones con riesgo de trombosis.

Es preceptivo un control clínico estrecho de todos los pacientes con cuadros clínicos de hipercrecimiento que conllevan un mayor riesgo de padecer ciertos tipos de tumores, además de un consejo genético adecuado cuando proceda.

Función del pediatra de Atención Primaria

• En primer lugar, el pediatra de Atención Primaria tiene una función esencial en diagnosticar auxológicamente la talla alta, mediante el empleo de las curvas de crecimiento para población española.

• En segundo lugar, deberá sospechar la existencia de una cromosomopatía o de una entidad sindrómica.

• En tercer lugar, debe solicitar los estudios complementarios básicos para orientar el diagnóstico.

• En cuarto lugar, deberá remitir al paciente a un Servicio de Endocrinología para efectuar un diagnóstico específico, fundamentalmente molecular, y el tratamiento correspondiente que proceda.

• Efectuado el diagnóstico específico e iniciada la acción terapéutica selectiva, efectuar el seguimiento oportuno en coordinación con el especialista en endocrinología pediátrica.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Sotos JF, Argente J. Overgrowth disorders associated with tall stature. Advances in Pediatrics. 2008; 55: 213-54.

Este artículo analiza en detalle todas las alteraciones clínicas que cursan con talla alta, habiendo sido recomendado en múltiples ocasiones como artículo de referencia.

– Martos-Moreno GÁ, Argente J. Paediatric obesities: from childhood to adolescence. An Pediatr (Barc). 2011; 75: 63.e1-23.

Este artículo es de gran interés para el lector, pues en él se habla por primera vez de “obesidades” y no de “obesidad” en el niño y el adolescente, término que ha hecho fortuna en la literatura médica y que ahora se emplea comúnmente, analizando las causas que pueden producirlas y las alteraciones metabólicas y orgánicas que pueden derivarse.

– Argente J, Dunkel L, Kaiser UB, Latronico AC, Lomniczi A, Soriano-Guillén L, et al. Molecular basis of normal and pathological puberty: from basic mechanisms to clinical implications. Lancet Diab Endocrinol. 2023; 11: 203-16.

Este artículo es una amplia revisión sobre la pubertad normal y patológica, incluyendo las nuevas etiologías de la pubertad precoz central y su asociación con la talla alta.

Caso clínico

Motivo de consulta: varón de 10 años y 6 meses de edad, que acude al Servicio de Endocrinología por presentar talla alta, acompañada de miopía y dolor de espalda de varios años de evolución.

Antecedentes familiares: sin interés. Los padres, una hermana y un hermano menor, con tallas acordes con su talla genética.

Antecedentes personales: embarazo controlado, sin polihidramnios ni incidencias de interés. Percepción de los primeros movimientos fetales al cuarto mes de gestación. Parto eutócico a las 40 semanas de edad gestacional. No precisó reanimación neonatal. Exploración neonatal: peso: 3.100 g. Longitud: 50 cm. Perímetro cefálico: 35 cm. Apgar: 1´: 7; 5´: 9. Sin hallazgos patológicos. Lactancia materna durante 5 meses, alimentación complementaria completa y reglada, sin alergias ni intolerancias alimentarias ni medicamentosas conocidas. Adecuadamente inmunizado. Desarrollo psicomotor normal. Escolarizado con adecuado rendimiento y bien socializado. Sin antecedentes patológicos, al margen del motivo de consulta.

Exploración física: edad cronológica: 10 años y 6 meses. Talla: +3,5 DE. Peso: P50. Tensión arterial: 110/55 mmHg. Frecuencia cardiaca: 80 latidos por minuto. Buen estado general, normocoloreado y bien hidratado. Abundante panículo adiposo de predominio abdominal. Sin estrías ni acantosis nigricans. Red venosa superficial colateral visible en abdomen. Sin bocio ni adenopatías palpables. Auscultación cardiopulmonar: normal. Abdomen blando y depresible sin masas ni visceromegalias palpables. Genitales externos masculinos normales, estadio de Tanner I (G1P1Aa), testes de 3 ml de Prader en bolsas escrotales. Extremidades superiores e inferiores alargadas, con dedos en manos y pies aracnodactílicos.

Exploraciones complementarias: radiografía de mano y muñeca izquierdas: edad ósea: 9 años. Hemograma, bioquímica general y perfil lipídico: normales.

Niveles de homocisteína y homocistinuria dentro de la normalidad. Determinaciones hormonales: T4l: 0,94 ng/ml (0,66-1,4); TSH: 0,04 mUI/ml; IGF-I: 260 ng/ml (220-630); IGFBP-3: 3,2 μg/l (1,7-5,1).

algoritmo

 

Avances en el tratamiento farmacológico de las obesidades infantiles

J. Argente Oliver
Editorial


J. Argente Oliver

Catedrático de Pediatría. Departamento de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid. Jefe de Servicio de Pediatría y de Endocrinología. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. CIBER de fisiopatología de la obesidad y nutrición (CIBERobn). Instituto de Salud Carlos III. Instituto IMDEA. Madrid

«En la actualidad, para el tratamiento farmacológico de las obesidades infantiles, se dispone de dos tratamientos específicos: leptina recombinante y setmelanotida, además de dos tratamientos no específicos: liraglutida y semaglutida«

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 222 – 224


Avances en el tratamiento farmacológico de las obesidades infantiles

https://doi.org/10.63149/j.pedint.39

 

En los últimos tres decenios, nuestros conocimientos sobre las causas que generan la obesidad se han incrementado sustancialmente, emergiendo nuevos tratamientos farmacológicos. En consecuencia, la Endocrinología Pediátrica ha comenzado una intensa línea de investigación, no solamente en el diagnóstico, sino también en la aproximación farmacológica al tratamiento de las obesidades infantiles, ya sean estas de origen monogénico, sindrómico o poligénico. Este hecho nos llena de esperanza ante unas patologías en las que apenas hace unos años no disponíamos de ningún tratamiento farmacológico sólido. No obstante lo anterior, es menester indicar que el tratamiento farmacológico de las obesidades infantiles precisa ir acompañado de la corrección del desequilibrio entre la ingesta y el gasto energético subyacente.

El diagnóstico diferencial etiológico de la obesidad infantojuvenil va a determinar las opciones farmacológicas más adecuadas para cada caso. En él deben considerarse potenciales entidades genéticas, asociadas o no a estigmas sindrómicos, que se diagnostican con más frecuencia conforme progresan nuestros conocimientos fisiopatológicos de esta enfermedad(1). Además, es menester tener en cuenta, de forma diferencial, la obesidad hipotalámica adquirida, con grave afectación del centro de control de la homeostasis energética(2). Lamentablemente, aún no es posible establecer un diagnóstico etiológico en la mayor parte de los pacientes, al padecer una obesidad idiopática o poligénica(3).

Entre los agentes farmacológicos disponibles, deben distinguirse los tratamientos específicos (basados en diagnósticos confirmados) y tratamientos no específicos (aplicables a cualquier paciente con obesidad sin necesidad de un diagnóstico etiológico específico).

En la actualidad, disponemos de dos tratamientos específicos; a saber: Leptina recombinante humana (metreleptina), en casos pediátricos de deficiencia congénita de leptina(4) y leptina bioinactiva(5) y setmelanotida, agonista del receptor 4 de melanocortina (MC4R).

La EMA (Agencia Europea de Medicamentos) ha autorizado el empleo de setmelanotida en inyección diaria en casos de deficiencia del receptor de leptina, POMC o PCSK1 causadas por mutaciones bialélicas en sus genes codificantes, que ocasionen pérdida de función (2021)(6) y, posteriormente, en pacientes afectos del síndrome de Bardet-Biedl (2022)(7), hasta dosis máximas de 2,5 mg o 3 mg (en menores o mayores de 6 años, respectivamente). La indicación inicial aceptada por la EMA (pacientes > de 6 años) se ha extendido a pacientes entre 2 y 5 años tras los resultados recientes(8). Por consiguiente, la setmelanotida puede prescribirse actualmente a partir de los 2 años de edad hasta una dosis máxima de 2,5 mg/día (modificación de la autorización por la EMA en 2024).

En los casos de deficiencia de receptor de leptina, POMC o PCSK1, este tratamiento, además de específico, es etiológico, pues restablece un defecto fisiopatológico subyacente, suponiendo una auténtica medicina de precisión.

Se está valorando la eficacia de este fármaco en pacientes con obesidad hipotalámica adquirida, mediante ensayos clínicos en pacientes afectos de obesidad e hiperfagia secundarias a patología o intervenciones en el área hipotalámica, con resultados alentadores(9,10); sin embargo, aún no constituye una indicación terapéutica aceptada por la EMA. Simultáneamente, se desarrollan ensayos clínicos con setmelanotida en niños y adolescentes afectos de obesidad y portadores de variantes de secuencia en otros genes implicados en la vía leptina-melanocortina, como NCOA1, SH2B1, TBX3 o las semaforinas y sus receptores (SEMA, NRP y PLXNA). Los resultados de dichos ensayos no han sido publicados, pero los datos preliminares son alentadores en algunos de estos pacientes(11).

En relación con los tratamientos no específicos, se dispone de dos fármacos agonistas del receptor del péptido similar a glucagón número 1 (aGLP1-R) para el tratamiento de la obesidad en niños con edad superior a 12 años, en ausencia de un diagnóstico etiológico específico, aprobados por la EMA: liraglutida y semaglutida.

La EMA no confiere, hasta la fecha, indicación en pacientes menores de 18 años de edad a la combinación de fentermina/topiramato en pacientes pediátricos (aprobada por la FDA –Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos– desde 2022 en pacientes mayores de 12 años) al disponer de datos de eficacia y seguridad de su empleo en adolescentes(12), ni al empleo de orlistat, también aprobado para su uso en adolescentes mayores de 12 años de edad por la FDA con anterioridad, tras comprobarse su potencial eficacia y seguridad(13). Ni la FDA ni la EMA avalan el empleo para la reducción ponderal en pacientes menores de 18 años de otros fármacos, como sibutramina, exenatida, lisdexanfetamina, lorcaserina o metformina(14).

El empleo de liraglutida (3 mg) fue aprobado por la EMA (2021) en administración diaria, en pacientes a partir de 12 años de edad, en virtud de los datos derivados de ensayos clínicos(15). Se sugiere que el tratamiento se inicie a una dosis de 0,6 mg/día por vía subcutánea, que se incrementará semanalmente, en ausencia de efectos adversos, a intervalos de 0,6 mg/semana hasta la dosis máxima de 3 mg/día. Es menester destacar que, en febrero de 2025, se han publicado los primeros datos relativos al empleo de liraglutida en niños con edades comprendidas entre 6 y 11 años(16).

El empleo de semaglutida fue aprobado por la EMA en 2023, en administración semanal, en pacientes a partir de 12 años de edad, basándose en los datos derivados de ensayos clínicos(17). Se sugiere iniciar el tratamiento a una dosis de 0,25 mg/semana por vía subcutánea y, en ausencia de efectos adversos, incrementarlo mensualmente en función de la tolerancia y el efecto observado a 0,5 mg, 1 mg, 1,7 mg, pudiendo alcanzarse una dosis máxima de 2,4 mg/semana.

El efecto de los fármacos aGLP1-R también ha sido evaluado en pacientes afectos de obesidad de etiología genética, tanto sindrómica, particularmente en el síndrome de Prader-Willi, como no sindrómica, especialmente en pacientes con mutaciones en la vía leptina-melanocortina. Los resultados son aún escasos y no concluyentes, requiriéndose mayor investigación.

Conviene resaltar que la aprobación de los fármacos aGLP-1R en adolescentes por parte de las agencias reguladoras ha determinado que su empleo se incluya dentro de las recomendaciones promulgadas, tanto por la guía de práctica clínica de obesidad infantojuvenil de 2023 de la American Pediatrics Academy(18), como en las publicadas en 2024 por la Obesity Medicine Association(19,20); si bien, en todas ellas es preceptivo que este tratamiento farmacológico no puede constituir una acción aislada, englobándose en una intervención higiénico-dietética adecuada que contemple el control alimentario y la promoción de la actividad física.

Actualmente, el esfuerzo investigador sobre fármacos potencialmente aplicables en el periodo infantojuvenil es enorme, dirigiéndose a nuevos agentes que permitan la disminución de la absorción de nutrientes, el incremento del gasto energético y la generación de estímulos anorexigénicos e inhibición del estímulo orexigénico. Entre estos últimos destaca la generación de fármacos “dobles agonistas” (incluso triples agonistas), de entre los que se encuentra en fase de ensayo clínico, tanto en niños como en adolescentes, la tirzepatida [agonista dual de GLP-1 y GIP (péptido insulinotropo dependiente de glucosa)], cuya indicación para el tratamiento de la obesidad está aprobada en adultos tras los resultados de los ensayos clínicos desarrollados(21).

Una reciente revisión es de utilidad para el clínico que se aproxima al tratamiento de las obesidades infantiles, pues aún son muchas las preguntas sin respuestas: seguridad a largo plazo, duración óptima de la terapia en este rango etario, criterios para su mantenimiento o suspensión o la posibilidad de mantener la reducción ponderal obtenida tras su empleo una vez suspendido el tratamiento(22).

La mayor parte de los avances farmacológicos se evalúan en adultos antes de adaptarlos en el empleo pediátrico. Como consecuencia de que las necesidades energéticas son mayores durante los años de crecimiento, las necesidades específicas de niños y adolescentes que se someten a intervenciones de pérdida de peso son diferentes a las de los adultos, debiendo considerarse de forma cuidadosa(23).

El clínico no puede desconocer que la nueva generación de tratamientos de la obesidad, aún en investigación, incluye más de 100 fármacos(24) que persiguen promover mayor pérdida de peso con menores efectos secundarios. Todo ello implica profundizar en el estudio, conocimiento y rigor científico en el empleo de nuevas terapias a nuestros pacientes. Se estima que la incidencia de obesidad infantil se incrementará en todas las regiones del mundo hasta 2050(25). Es indudable que se ha abierto una nueva era de entusiasmo e investigación con nuevos fármacos para el tratamiento de las obesidades, encontrándonos, previsiblemente, en “el final del comienzo”(26).

En consecuencia, los pediatras endocrinólogos deberán tener una gran actividad ante las obesidades infantiles, dado que el futuro es prometedor, pues entenderemos mejor las diferentes señales que desde el intestino y el tejido adiposo se integran, regulando el apetito y la saciedad, no pudiendo olvidar que “todo efecto farmacológico debe ser demostrado y validado científicamente para poder ser aplicado a la práctica clínica, pues ocuparse del tratamiento de las obesidades infantiles no consiste, y no podrá consistir, únicamente en un acto médico de prescripción”; antes al contrario, exigirá definir el objetivo final de la terapia, valorar su respuesta, monitorizar las complicaciones de la pérdida de peso y la asistencia de un equipo multidisciplinario.

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Talla baja

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Temas de FC


J.I. Labarta Aizpún

Jefe de Servicio de Pediatría. Unidad de Endocrinología. Profesor Titular de Pediatría. Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza

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Autor de correspondencia:

jilabarta@salud.aragon.es

Resumen

La talla baja es un motivo frecuente de consulta. Las causas son múltiples, pero, en la mayoría de las ocasiones, se trata de variaciones normales del crecimiento y, muy pocas veces, se identifica una etiología responsable. El concepto de hipocrecimiento patológico incluye valorar no solamente la talla, sino también la velocidad de crecimiento, la talla genética y la estimación de la talla adulta. La talla baja idiopática es un concepto amplio y de difícil definición y, en los últimos años, se han identificado anomalías en genes implicados en el desarrollo del cartílago de crecimiento. El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objetivo diferenciar una talla baja variante de la normalidad de una talla baja patológica, identificar la causa e instaurar un tratamiento lo antes posible. Una historia clínica y exploración completa, junto con una juiciosa valoración de la auxología, edad ósea y pruebas complementarias básicas, permiten orientar el diagnóstico sin necesidad de estudios avanzados. El tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) se debe realizar en las condiciones y dosis indicadas e iniciarlo lo antes posible durante la prepubertad. En esta revisión se realiza una actualización del tema, tanto a nivel del diagnóstico diferencial como de las posibilidades de tratamiento.

 

Abstract

Short stature is a very common cause of referral. There are many causes of growth failure, but the great majority of cases are due to normal variants and only in a minority of cases an underlying disease is found. Pathological growth failure includes the consideration not only of short stature, but also growth velocity, genetic height and estimation of adult height. Idiopathic short stature is a broad concept difficult to define and in the last years new genes related with the development of the growth cartilage have been implicated. The diagnostic process must be progressive and the objecive are to differentiate normal variant from pathological short stature, identify the underlying cause and initiate treatment as soon as possible. Medical history and a comprehensive physical examination with a judicious assessment of auxology, bone age and a minimun of general complementary analysis may lead to a clinical diagnosis without requiring further specialized studies. rhGH treatment must be done in the approved indications with the recommended doses and initiated as early as possible during prepuberty. This review presents the state of the art regarding differential diagnosis and therapeutic possibilities.

 

Palabras clave: Talla baja; Retraso de crecimiento; Hormona de crecimiento.

Key words: Short stature; Growth failure; Growh hormone.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 249 – 271

 


OBJETIVOS

• Conocer la clasificación y las diferentes causas de los trastornos del crecimiento.

• Saber realizar una historia clínica, exploración física y valoración auxológica completa que permita establecer un diagnóstico de sospecha.

• Saber identificar a los pacientes con talla baja variante de la normalidad (talla baja familiar y/o retraso constitucional del crecimiento y desarrollo).

• Saber identificar a los pacientes con talla baja patológica y conocer los diferentes niveles de pruebas complementarias que se pueden realizar para identificar su etiología subyacente.

• Conocer las opciones terapéuticas disponibles en el tratamiento de la talla baja.

• Conocer las indicaciones aprobadas de hormona de crecimiento en el tratamiento de la talla baja.

 

 

Talla baja

https://doi.org/10.63149/j.pedint.43

 

Introducción

La talla baja (TB) constituye uno de los principales motivos de consulta, y la valoración del crecimiento es un indicador muy sensible del estado de salud de un niño/a. El crecimiento humano es un proceso dinámico sometido a una regulación multifactorial y la variación de la talla en la población se explica por factores genéticos y, en menor medida, por factores ambientales. El eje GH-IGF-I es el sistema endocrino más importante en la regulación del crecimiento postnatal.

La valoración del crecimiento de un niño es un indicador muy sensible de su estado de salud y bienestar, y su valoración forma parte de los programas de control del niño sano. La talla baja (TB) constituye uno de los principales motivos de consulta y de ahí la importancia de realizar una correcta valoración que permita dirigir adecuadamente el proceso diagnóstico y diferenciar una TB patológica de una TB no patológica, expresión de una variante de la normalidad del crecimiento y ritmo madurativo del ser humano(1,2).

El crecimiento humano es un proceso dinámico, continuo, no lineal, y que está sometido a la regulación por múltiples factores, que se pueden clasificar en factores exógenos (nutrición, actividad física, afectividad, influencia psicosocial) y endógenos (genéticos, hormonales, metabólicos y de receptividad tisular a nivel del cartílago de crecimiento). Aproximadamente, el 80 % de la variación de la talla adulta que se encuentra en la población depende de factores genéticos y el 20 % restante se explicaría por factores ambientales que son responsables de la diferencia de talla entre poblaciones y de la aceleración secular del crecimiento. Esta dependencia genética se atribuye a la participación combinada de múltiples genes, haciendo que la talla adulta sea considerada un rasgo poligénico. El ritmo madurativo de una persona también está condicionado por factores genéticos. Los factores ambientales, como la nutrición, estrés, afectividad y condiciones socioeconómicas, son capaces de influir en el crecimiento y en el ritmo madurativo, de manera que unas condiciones desfavorables determinan una menor talla adulta y una pubertad más tardía(3).

El eje GH-IGF-I es el sistema endocrino más importante en la regulación del crecimiento(4,5). La hormona de crecimiento (GH) posee acciones directas estimuladoras del crecimiento y la mayoría de ellas están mediadas por la acción del IGF-I (factor de crecimiento semejante a la insulina número I) producido a nivel hepático. El IGF-I es el principal factor de crecimiento postnatal y ejerce acciones mitogénicas y anabólicas sobre la mayoría de las células. El IGF-I circula en la sangre unido a las proteínas transportadoras o IGF binding proteins (IGFBPs). La IGFBP más importante en suero es la IGFBP-3, que junto con la subunidad ácido lábil (SAL) y el IGF-I forma un complejo ternario que vehiculiza el IGF-I hasta los tejidos. A nivel periférico, las proteasas rompen los complejos de IGFBPs y permiten la liberación de IGF-I libre a los tejidos. Tanto el IGF-I como la IGFBP-3 y la subunidad ácido lábil son proteínas producidas a nivel hepático que dependen de la secreción y acción de la GH. En los últimos años se ha avanzado en el conocimiento de la biodisponibilidad periférica del IGF-I y se ha descrito el papel de las papalisinas, de manera específica la papalisina-2 (PAPP-A2, pregnancy-associated plasma protein 2), que actúa como una enzima proteolítica que rompe el complejo ternario de IGF-IGFBP-3-SAL, facilitando la liberación de IGF-I a los tejidos. Las estaniocalcinas son péptidos que regulan, a su vez, la acción de las papalisinas, por lo que también intervienen en la regulación de la acción periférica del IGF-I(6). La GH y el estado nutricional son los dos factores reguladores más importantes de la secreción hepática de IGF-I y de IGFBP-3. Otros sistemas hormonales que intervienen en la regulación de los niveles de IGF-I son la insulina, hormonas tiroideas, glucocorticoides y esteroides sexuales. La malnutrición, condiciones como anorexia y enfermedad celiaca, enfermedades crónicas inflamatorias, como enfermedad de Crohn o artritis crónica juvenil, disminuyen los niveles de IGF-I e IGFBP-3, a pesar de una secreción normal de GH, indicando la existencia de una resistencia secundaria a la GH(2). En el cartílago de crecimiento, además de la acción endocrina del IGF-I y de la GH, también intervienen otros factores de crecimiento y proteínas producidas por los propios condrocitos y que tienen acción autocrina y/o paracrina, como IGF-I, FGF (factor de crecimiento fibroblástico), TGFβ (factor de crecimiento transformador), CNP (C-natriuretic peptide o péptido natriurético tipo C), PTHrP (proteína relacionada con la PTH), citoquinas, proteínas de la matriz extracelular y proteínas morfogenéticas del hueso (BMP, bone morphogenetic proteins)(3,5).

Concepto de talla baja e hipocrecimiento

Mientras que TB es un concepto estático y estadístico, el hipocrecimiento se define en base a ritmo de crecimiento, talla genética y expectativa de talla adulta. La mayoría de las tallas bajas que acuden a la consulta son variantes normales del crecimiento y solamente en un ~15-20 % se encuentra una causa o patología subyacente.

La talla sigue una distribución normal y, por definición, un 2,3 % y un 0,6 % de individuos sanos tienen una talla que se sitúa 2 DE y 2,5 DE por debajo de la media para edad y sexo de una determinada población, respectivamente. Ello indica que muchos niños/as que son referidos para estudio de TB no tienen patología y se encuentran en el extremo de la curva de la normalidad. Para realizar una correcta valoración del crecimiento y poder identificar un crecimiento patológico, es necesario considerar 3 parámetros: a) talla en relación a la media (DE o posición percentilada de la misma); b) comparación de la talla en relación a la talla genética (TG); y c) velocidad de crecimiento (VC) ajustada para edad y sexo y estadio puberal, donde una pérdida de talla superior a 0,3 DE/año se considera superior a lo esperado por la variabilidad fisiológica del crecimiento. TB es un concepto estático, basándose en un criterio estadístico que se define como una talla inferior a la normalidad, y el concepto de hipocrecimiento es más amplio e implica la valoración del ritmo de crecimiento y de las expectativas futuras de talla adulta. Los criterios más frecuentemente utilizados para hablar de TB/hipocrecimiento son los siguientes: a) talla inferior a -2 DE para edad y sexo en unas gráficas adecuadas a la población estudiada; b) talla normal (entre ±2 DE), pero 2 DE por debajo de la talla genética (TG); c) una estimación de talla adulta 2 DE por debajo de su talla genética; y d) velocidad de crecimiento disminuida, incluyéndose una velocidad de crecimiento inferior a -1 DE (~percentil 25) para edad y sexo de manera mantenida a lo largo de un periodo superior a 2 años. Este concepto acepta situaciones donde un niño/a no tiene TB, pero sí que puede tener un hipocrecimiento patológico(4,5).

Es difícil establecer la prevalencia de los hipocrecimientos, pero se piensa que aproximadamente un 3-5 % de la población infantil puede exhibir una TB en un momento dado de su crecimiento. No hay motivos para pensar que la prevalencia de la TB varíe en función del origen de la población estudiada, exceptuando únicamente los hipocrecimientos de origen nutricional o carencial de los países desfavorecidos. La prevalencia de la TB patológica está entre un 1,5 % y un 40 %, y ello depende de la severidad de los criterios auxológicos de inclusión, pero se acepta que aproximadamente el ~15-20 % de las TB son de causa conocida(5), mientras que la gran mayoría son variantes de la normalidad o TB no patológica.

Etiología y clasificación de la talla baja

Los trastornos del crecimiento tienen multitud de causas y se clasifican en trastornos por afectación primaria o intrínseca del cartílago de crecimiento, trastornos por afectación secundaria del cartílago de crecimiento por alteración del entorno nutricional-hormonal-metabólico y trastornos de causa no conocida. La TB idiopática es un concepto de difícil definición, controvertido y que, en gran medida, depende de las pruebas realizadas. Los estudios genéticos han permitido, en los últimos años, identificar anomalías genéticas en genes relacionados con el desarrollo del cartílago de crecimiento en pacientes con talla baja que, anteriormente, eran considerados como idiopáticos.

La variación de la talla en la población normal se relaciona mayoritariamente con variantes en genes implicados en el cartílago de crecimiento y, por este motivo, muchos autores prefieren categorizar la TB en función de si la afectación del cartílago de crecimiento es primaria, por la afectación de los genes implicados en su función, o secundaria a otros procesos(7). En la tabla I(8) se presentan las diferentes etiologías de acuerdo a la clasificación propuesta por la Sociedad Europea de Endocrinología Pediátrica(8), que las divide en 3 grandes grupos: a) hipocrecimientos de origen primario, por defectos o anomalías intrínsecas al cartílago de crecimiento; b) hipocrecimientos secundarios, motivados por todos aquellos procesos que determinan una alteración del ambiente nutricional-hormonal-metabólico en el cartílago de crecimiento; y c) hipocrecimientos de causa desconocida, en lo que se ha denominado talla baja idiopática (TBI).

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Hipocrecimientos de carácter primario

Hipocrecimientos de origen prenatal

El crecimiento prenatal se puede ver afectado por numerosos factores maternos (tabaco, alcohol, drogas, enfermedades sistémicas), placentarios (insuficiencia útero-placentaria) y fetales (infecciones, cromosomopatías, genopatías); si bien, en la mayoría de las veces, no se identifica una causa y se habla de retraso de crecimiento intrauterino idiopático. El concepto de pequeño para su edad gestacional (PEG) no es siempre sinónimo de retraso de crecimiento intrauterino, ya que algunos niños pueden ser considerados como PEG sin haber sido objeto de restricción intrauterina, si su potencial genético y su percentil de crecimiento han estado durante toda la gestación en percentiles bajos (PEG constitucional). El término crecimiento intrauterino retardado debería calificar a aquellos fetos en los que existe clara evidencia de que se ha restringido su crecimiento; es más un concepto obstétrico, que incluye la determinación del crecimiento fetal en dos tiempos y la constatación de una interrupción del mismo. El término PEG se define como aquel recién nacido (RN) cuyo peso y/o longitud al nacimiento está ≥2 DE por debajo de la media para su edad gestacional(9). La mayoría de los RN PEG presentan un crecimiento recuperador, que es más intenso en los primeros seis meses, y el 80-90 % alcanzan en la primera infancia una longitud dentro de la normalidad, entre ±2 DE, si bien se sitúan con frecuencia por debajo de su rango familiar. A los 2 años, el 13-15 % de estos niños presenta longitud por debajo de -2 DE; tras los dos primeros años de vida, es raro que se produzca una recuperación del crecimiento, excepto en los RN prematuros. El grupo de RN PEG sin recuperación espontánea del crecimiento debe ser seguido, ya que puede ser candidato a tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH). La GH no juega un papel primordial en el crecimiento prenatal, que a nivel hormonal depende más de la insulina y de los factores de crecimiento similares a la insulina-1 y -2 (IGF-I e IGF-II, insulin-like growth factor). En el grupo de hipocrecimientos de origen prenatal deben incluirse los trastornos ligados a la deficiencia de insulina y de síntesis o de acción del IGF-I por mutaciones en los genes IGF1 e IGF1R, respectivamente(10).

Síndromes asociados a hipocrecimiento

Se conocen diferentes síndromes que asocian retraso del crecimiento(10,11). La TB es con frecuencia de origen prenatal, traduciendo una alteración intrínseca del crecimiento. En este grupo de pacientes, la exploración clínica es fundamental para orientar el diagnóstico (Tabla II)(3,4).

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Displasias esqueléticas

Se describen más de 400 tipos de displasias óseas (DO) que se clasifican en función de los criterios clínicos, radiológicos, bioquímicos y moleculares, y existen más de 350 genes implicados. Las DO tienen en conjunto una incidencia de 1:5.000 recién nacidos vivos y representan el 5 % de los niños nacidos con un defecto congénito. Las DO se presentan frecuentemente con talla baja en la infancia, pero debido a su heterogeneidad clínica, la clínica puede oscilar desde una artritis prematura con talla normal a pacientes con talla baja severa con fallecimiento en el periodo perinatal. Habitualmente, se afecta la columna y las extremidades, pero, además, es necesario descartar afectación de otros órganos y sistemas, como visión, audición, afectación neurológica o de la función cardiorrespiratoria. El signo guía es la TB desproporcionada con anomalías de los segmentos corporales(12).

La acondroplasia, que se debe a una mutación en el gen FGFR3 (4p16.3) con un patrón autosómico dominante y con una penetrancia completa, y la hipocondroplasia, forma más leve de la acondroplasia y también ligada al gen FGFR3, son las DO más frecuentes y de fácil identificación clínica por su hipocrecimiento, acortamiento de extremidades, rizomelia, incurvamiento de las piernas y genu varo frecuente(13). La hipocondroplasia no tiene el aspecto facial característico de la acondroplasia y su hipocrecimiento es menor, y puede confundirse y ser diagnosticada como una TB idiopática familiar. Otras DO menos comunes son la displasia epifisaria múltiple, en la que, al menos, cinco genes han sido implicados (COMP, COL9A1, COL9A2, COL9A3 y MATN3), y la displasia acromesomélica de Maroteaux, que está ligada a una pérdida de función de los dos alelos del gen NPR2.

El gen SHOX se localiza en la región pseudoautosómica del brazo corto de los cromosomas X e Y, y tiene una expresión predominante en el 1º y 2º arco faríngeo, húmero distal (codo), cúbito y radio distal (muñeca), tibia proximal y fémur distal (rodilla) y regula la diferenciación y proliferación de los condrocitos. Las mutaciones o deleciones en homocigosis o heterocigosis compuesta son muy raras y se asocian con la displasia mesomélica de Langer, DO muy severa con talla muy baja (-6 DE), acortamiento severo de las extremidades y aplasia del cúbito y peroné. La haploinsuficiencia del gen SHOX por mutación o deleción en heterocigosis del gen SHOX o de su región reguladora PAR1 es responsable de la discondrosteosis de Léri-Weill y también de algunas manifestaciones clínicas del síndrome de Turner. La discondrosteosis de Léri-Weill se caracteriza por hipocrecimiento mesomélico (acortamiento de antebrazos), cúbito valgo, deformidad de Madelung, acortamiento de metacarpianos y metatarsianos, paladar ojival, micrognatia y cuello corto; estas manifestaciones son más marcadas en las mujeres y después de la pubertad, por la influencia de los estrógenos. La variabilidad fenotípica es amplia, de modo que el espectro clínico es un continuum entre formas graves, con TB desproporcionada, hasta formas leves, con TB proporcionada con anomalías esqueléticas y radiológicas menores sin deformidad de Madelung. Hasta un 2-15 % de las tallas bajas idiopáticas están asociadas a mutaciones en heterocigosis del gen SHOX. En la tabla III(14), se presentan los cuadros clínicos asociados con anomalías del gen SHOX(14).

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Hipocrecimientos de carácter secundario

Enfermedades crónicas y malnutrición

En los países desarrollados, la malnutrición como causa de retraso de crecimiento suele estar ligada a patologías crónicas con dietas y aportes inadecuados de nutrientes. Dietas restrictivas, asociadas o no a ejercicio excesivo, y trastornos de la conducta alimentaria, como anorexia nerviosa, pueden conllevar, en función de la severidad y de la duración en el tiempo, una malnutrición proteico-calórica y un hipocrecimiento. La malnutrición se acompaña de un estado de resistencia secundaria a la GH con niveles de IGF-I e IGFBP-3 disminuidos y secreción de GH normal o elevada. Las infecciones recurrentes (gastrointestinales, parasitarias) son causa frecuente de retraso del crecimiento en países subdesarrollados. En nuestro entorno, la presencia de infecciones recurrentes debe hacer pensar en la posibilidad de inmunodeficiencia subyacente (primaria o secundaria) o de malformaciones asociadas. Se estima que un ~10 % de las causas de TB patológica son de causa secundaria a enfermedad crónica. El patrón de crecimiento es similar, con repercusión inicial en la evolución ponderal y en el índice de masa corporal (IMC) y, posteriormente, disminución de la velocidad de crecimiento, caída de la talla, retraso puberal y de la edad ósea. La liberación de la noxa y el tratamiento adecuado producen un crecimiento recuperador, que puede ser total o parcial(15).

Enfermedades endocrinas

Las enfermedades endocrinas suponen en torno al ~5 % de las causas de TB patológica. Además de los trastornos del eje GH-IGF, se incluyen hipotiroidismo, hipercortisolismo crónico (síndrome de Cushing), que puede ser de etiología hipofisaria (enfermedad de Cushing) o suprarrenal (hipercortisolismo ACTH independiente) o, lo más frecuente, por administración crónica de corticoides. En este último caso, la severidad del hipocrecimiento depende del tipo de corticoide, dosis, duración, régimen de administración y sensibilidad individual. Otras causas endocrinas son pseudohipoparatiroidismo y diabetes mal controlada. En los hipocrecimientos de causa endocrina se incluyen las situaciones clínicas de exceso de esteroides sexuales (pubertad precoz, hiperplasia suprarrenal congénita, administración exógena de esteroides) que presentan un hipercrecimiento transitorio, aceleración de la edad ósea y cierre precoz de los cartílagos de crecimiento y acaban con talla adulta inferior a la normalidad(16).

Trastornos del eje GH-IGF

Los hipocrecimientos por alteración del eje GH-IGF suponen el 2-5 % de los casos de TB proporcionada de aparición postnatal. El déficit de GH (DGH) puede ser genético o adquirido, aislado o asociado a otros déficits hormonales. El DGH tiene una incidencia de 1:3.400 y una prevalencia de 1:29.000. La mayoría de los DGH son idiopáticos y solo el 20 % asocia una causa orgánica. Entre el grupo de DGH idiopáticos se pueden encontrar anomalías embriológicas a nivel hipofisario, como hipoplasia hipofisaria, tallo hipoplásico o ausente y neurohipófisis ectópica(17).

Entre un 3-30 % de los casos de DGH selectivo son de tipo familiar o genético. La mayoría de las mutaciones implican a los genes de la GH (GH1) o al receptor de la hormona hipotalámica liberadora de GH (GHRHR) y, hasta la fecha, no se han identificado pacientes con mutaciones en el gen GHRH. Mutaciones en heterocigosis de los genes HESX1 y SOX3 son una causa poco frecuente de DGH selectivo. Es importante considerar que algunos casos de panhipopituitarismos se presentan inicialmente como un DGH aislado y con el tiempo desarrollan el resto de déficits hormonales. Se han descrito mutaciones recesivas y dominantes en el gen receptor tipo 1 de los secretagogos de GH (GHSR), cuyo ligando natural es la ghrelina, en pacientes con DGH idiopático parcial. El DGH asociado a agammaglobulinemia se produce por afectación en el gen BTK (Bruton agammaglobulinemia tirosin kinasa). Las manifestaciones clínicas del DGH dependen de su severidad. Lo habitual es un retraso progresivo del crecimiento, caída de la talla, disminución de la velocidad de crecimiento y, habitualmente, retraso de la edad ósea. No siempre se observa retraso de la edad ósea, ya que puede coexistir una adrenarquia prematura o una pubertad precoz/adelantada, o si proviene de una familia de ritmo madurativo rápido. Las formas severas se acompañan de un fenotipo característico (adiposidad central, cara de muñeca, acromicria, voz aguda, disminución de la masa muscular). En la edad neonatal, si están asociados otros déficits hipofisarios, presentan hipoglucemia, micropene, con o sin criptorquidia, ictericia prolongada y enzimas hepáticas elevadas(18).

Al igual que ocurre con el DGH selectivo, la mayoría de los casos de déficit hormonal múltiple son idiopáticos y, en un 20-25 % de los casos, se identifica un gen responsable. Muchos de los factores de transcripción implicados en la secreción de las hormonas hipofisarias no son específicos de la glándula pituitaria y participan en la ontogenia de otros órganos, por lo que es frecuente que asocien otras malformaciones. El modo y momento de presentación de los diferentes ejes hormonales pueden variar, de modo que pueden aparecer en edades tardías; a modo general, el déficit de TSH y de GH son los más “precoces”, mientras que la afectación de la FSH, LH, PRL y ACTH pueden ser “tardíos” y manifestarse en edades adultas. Los genes más frecuentemente implicados en el déficit hormonal múltiple son HESX1 (displasia septo-óptica), PROP1, POU1F1 (déficit de TSH, GH y prolactina), RIEG (síndrome de Rieger), LHX3, LHX4, SOX3 (DGH ligado al X con retraso psicomotor), GLI2 (holoprosencefalia), GLI3 (síndrome de Pallister-Hall), OTX2, FGF8 (holoprosencefalia), FGFR1 (defectos oculares, hipoplasia cuerpo calloso) e IGSF1 (déficit de TSH, GH y prolactina con macroorquidismo)(18,19).

La GH inactiva se refiere a una molécula de GH inmunológicamente reactiva, pero estructuralmente anómala y biológicamente inactiva, producida por una variante patogénica en el gen GH1. Se caracteriza por un retraso de crecimiento progresivo con niveles séricos normales o elevados de GH, ya que producen GH inmunológicamente detectable, pero inactiva biológicamente, por lo que asocia niveles disminuidos de IGF-I e IGFBP-3, respuesta positiva en el test de generación de IGF-I (administración de rhGH durante 5 días con un incremento del 50 % de los niveles basales de IGF-I), ya que el receptor de GH es normal, y una buena respuesta al tratamiento con rhGH(5,17).

El déficit primario de IGF-I o síndrome de insensibilidad primaria a la acción de la GH es una situación poco frecuente, que cursa con un fenotipo muy característico y severo; se engloban dentro de los hipocrecimientos de aparición postnatal, de aspecto proporcionado. Estas situaciones se caracterizan por la secreción normal o aumentada de GH con niveles muy disminuidos de IGF-I e IGFBP-3 en ausencia de enfermedad sistémica, malnutrición, inflamación crónica, daño hepático o de otra comorbilidad que justifique una menor producción de IGF-I por insensibilidad secundaria. Cursan con TB severa, velocidad de crecimiento disminuida y fenotipo característico (facies con hipoplasia mediofacial, frente amplia, adiposidad central), si bien, en la actualidad, se aceptan formas parciales o de severidad variable. El síndrome de Laron por afectación del gen del receptor de la GH (GHR) fue identificado hace 50 años y representa la forma extrema de insensibilidad, pero hoy se aceptan formas de menor severidad e insensibilidad parcial. La acción de la GH y la transmisión de la señal biológica requieren la fosforilación de proteínas, entre las que se encuentra la STAT5b (signal transducer and activator of transcription 5B), implicada también en la función inmunitaria y, por ello, el déficit de este factor se asocia con infecciones pulmonares y cutáneas de repetición. Se conocen otras proteínas encargadas de la transmisión de la señal de la GH, como son la STAT3, implicada también en la función inmunitaria, el receptor de interleukina 2 (gen ILRG2) y la fosfatidil inositol 3 kinasa (gen PIK3R1)(35). El defecto primario de la subunidad ácido lábil (SAL) determina una menor biodisponibilidad de IGF-I a nivel periférico y cursa con niveles séricos muy disminuidos de IGF-I, IGFBP-3 y de SAL; el fenotipo no es tan severo y su patrón de crecimiento puede recordar a un retraso constitucional del crecimiento. La mutación del gen IGF1 puede determinar una disminución severa del IGF-I, que cursa con gran retraso prenatal y postnatal, microcefalia, hipoacusia neurosensorial, retromicrognatia y retraso mental, reflejando el papel importante del IGF-I en el crecimiento prenatal y en el desarrollo del sistema nervioso central (SNC). También se ha descrito el hipocrecimiento por IGF-I bioinactiva por mutación en el gen IGF1, que asocia niveles elevados de IGF-I, pero inactivos biológicamente. La resistencia al IGF-I se debe a mutaciones en heterocigosis en el gen del receptor tipo 1 de IGF-I (IGF1R), que son responsables de aislados casos de retraso de crecimiento pre y postnatal, y estudios recientes indican que están presentes hasta en el 2 % de los PEG con TB. Los pacientes con mutaciones en el gen IGF2 presentan fenotipo similar al síndrome de Silver-Russell, lo que indica que el IGF-II juega un papel en el crecimiento postnatal, además de su función en el crecimiento fetal. Recientemente, se ha descrito un nuevo síndrome debido a mutaciones en el gen PAPPA2 y supone el déficit de una proteasa de la proteína de transporte de IGF-I (IGFBP-3), que al estar deficiente no se produce la liberación de IGF-I del complejo ternario. Cursa con elevación de la GH y del IGF-I total, IGFBP-3 y de la SAL y disminución de IGF-I libre por una menor biodisponibilidad a nivel periférico(20). En la tabla IV(19,20) se presenta la clasificación de los trastornos del eje GH-IGF.

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Trastornos psicosocial e hipocrecimiento por iatrogenia

Situaciones de deprivación afectiva (negligencia, abandono, acoso, maltrato) asocian, en función del grado y de la duración, retraso de crecimiento y de la pubertad por un hipopituitarismo funcional secundario. Los tratamientos de las enfermedades oncológicas pueden conllevar un hipocrecimiento; la irradiación corporal total, además de la afectación hipofisaria, conlleva un menor crecimiento del tronco, que se traduce en un hipocrecimiento disarmónico; la quimioterapia y los fármacos que bloquean la actividad tirosínkinasa celular pueden también enlentecer el crecimiento. Los tratamientos que disminuyen el apetito pueden causar una menor velocidad de crecimiento.

Trastornos del crecimiento de causa desconocida: talla baja idiopática

El término talla baja idiopática (TBI) es un concepto arbitrario y controvertido, ya que establecer la etiología de un paciente está muy en relación con la extensión de los estudios complementarios. La definición clásica de TBI incluye todo niño/a con talla ≥2 DE por debajo de la media para edad, sexo y grupo de población, crecimiento prenatal normal valorado por una longitud y peso normal para la edad gestacional, ausencia de enfermedad endocrina, que incluye la demostración de una secreción de GH normal, ausencia de enfermedades crónicas, anomalías cromosómicas, carencias nutricionales y/o afectivas, exploración física normal y proporciones corporales normales. Desde un punto de vista conceptual, la TBI se ha subdividido en TBI de tipo familiar y TBI de tipo no familiar y, a su vez, ambos grupos pueden ser subclasificados en niños con pubertad retrasada y niños con pubertad normal. La TBI ha sido motivo de amplias revisiones y su concepto ha estado sometido a debate y discusión a lo largo de los últimos años(21).

Dentro del grupo de TBI se incluyen a los niños/as con variantes normales de talla baja (VNTB), que son la talla baja familiar (TBF), el retraso constitucional del crecimiento y desarrollo (RCCD) y las situaciones mixtas. Además, en el concepto de TBI se incluyen pacientes que, cumpliendo los criterios de la definición anterior, presentan anomalías esqueléticas o fenotípicas menores, que pueden pasar desapercibidas si no se hace una exploración minuciosa, y que alcanzan una talla adulta baja e inferior a la talla genética. Este grupo de pacientes no forma parte del concepto “clásico” VNTB y serían formas de TB patológica de causa no identificada con los estudios habituales, en los que se requiere un estudio avanzado para poder asegurar que son realmente “idiopáticos”. Se estima que aproximadamente el 60-80 % de los niños/as que consultan por TB entran en el grupo de TBI, y de ellos la gran mayoría serían VNTB y el resto TBI patológica(22).

Variantes normales de talla baja

El término talla baja familiar (TBF) incluye individuos con talla baja sanos, que tienen un ritmo madurativo normal (edad ósea y pubertad normal), velocidad de crecimiento normal, presentan antecedentes de TB en familiares de primer grado y alcanzan una talla adulta baja acorde a su rango genético. El diagnóstico de TBF se realiza por exclusión y es importante resaltar que no siempre que los padres sean bajos se va a tratar de una TBF simple, ya que la presencia de este dato no excluye que el niño/a pueda presentar otras causas de retraso de crecimiento o que los padres porten una anomalía genética de expresividad variable.

El concepto de retraso constitucional del crecimiento y desarrollo (RCCD) incluye niños/as con maduración lenta, velocidad de crecimiento adecuada, pero que, a partir de los 7-8 años, experimentan una disminución de la velocidad de crecimiento, que se hace muy manifiesta en las edades peripuberales, con retraso de la edad ósea y del inicio de la pubertad. Es muy frecuente el antecedente de retraso puberal en el padre (edad de afeitado tardío, estirón tardío) y/o en la madre (menarquia tardía). El patrón de crecimiento de estos niños/as es muy característico y se podría resumir de la siguiente manera: a) peso y longitud normales al nacimiento; b) velocidad de crecimiento normal durante los primeros 12-18 meses de vida con disminución posterior hasta los 2-4 años, en la que la talla se sitúa en su carril genético; c) desde los 2-4 años, la velocidad de crecimiento adquiere un ritmo normal, pero por debajo de la media; d) disminución prepuberal importante de la velocidad de crecimiento; e) retraso de talla para la edad cronológica, pero no para la edad ósea, la cual presenta un retraso ≥2 años; y f) estirón puberal tardío, pero acorde a la edad ósea, que se caracteriza por presentar un menor intervalo de tiempo desde el comienzo de la pubertad hasta iniciar el estirón y por tener un pico de velocidad de crecimiento menos intenso. Todos los niños/as alcanzan de forma espontánea, aunque tarde, una maduración puberal completa y, la mayoría, una talla adulta normal y adecuada para la familia; si bien, en un porcentaje variable (~20 %), la talla adulta se sitúa entre 0,6 y 1,5 SDS por debajo de su TG. Los pacientes que asocian una TBF y/o una velocidad de crecimiento disminuida a lo largo de la infancia y durante el periodo prepuberal tienen más riesgo de no alcanzar su TG; por el contrario, los niños/as con antecedentes de talla alta familiar tienden a igualar o superar su TG(39,40). El diagnóstico de certeza de RCCD no se puede realizar hasta comprobar en su evolución que se inicia tarde la pubertad (≥13-14 años en el varón y ≥12-13 años en la mujer)(14,25). En la tabla V(1,16,23) se presentan las características clínicas de las VNTB.

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Talla baja idiopática patológica

Los estudios de genoma poblacional han demostrado que la mayoría de los genes implicados en la variabilidad de la talla están relacionados con la placa de crecimiento y la osificación endocondral. Entre estos genes se encuentran el gen SHOX (short stature homeobox gen Xp22.33 e Yp11.2); NPR2 (natriuretic peptide receptor 2; 9p13); FGFR3 (fibroblast growth factor receptor 3; 4p16.3), NPPC (natriuretic peptide precursor C; 2q37); ACAN (aggrecan; 15q26.1) e IHH (indian hedgehog homolog; 2q35). Son genes cuyas mutaciones en estado de homocigosis o heterocigosis compuesta determinan una DO específica, mientras que variantes patogénicas en heterocigosis determinan una TB sin desproporción aparente y con signos clínicos y esqueléticos menores e inespecíficos. Al ser genes que se heredan de forma dominante es frecuente el antecedente de TB en uno de los progenitores. Estos pacientes formarían el grupo de TBI patológica y que, una vez identificada su causa, saldrían del grupo de TBI y pasarían a formar parte de los hipocrecimientos por afectación primaria del cartílago de crecimiento. La haploinsuficiencia del gen SHOX está presente en un 2-15 % de los pacientes con TBI aparente, y los hallazgos clínicos sugestivos serían la presencia variable de anomalías esqueléticas menores, como acortamiento de las extremidades, paladar ojival, micrognatia, cúbito valgo, incurvación tibial y apariencia robusta. Radiológicamente, estos pacientes pueden presentar hallazgos menores, como alineamiento óseo alterado en los huesos de la muñeca, deformidad piramidal de los huesos carpianos o deformación triangular de la cabeza del radio, pero no todos los pacientes presentan todos los signos y puede haber pacientes que no evidencien anomalías radiográficas (Tabla III)(14). Pacientes con afectación en heterocigosis del gen ACAN presentan talla baja adulta y un patrón de crecimiento caracterizado por aceleración de la edad ósea y cierre precoz de los cartílagos de crecimiento. El gen ACAN codifica un proteoglicano denominado agrecan, que es un componente de la matriz extracelular de la placa de crecimiento y del cartílago articular. Los pacientes clínicamente se caracterizan por talla baja, edad ósea acelerada y cierre precoz del cartílago de crecimiento. Tienen un hábito mayormente proporcionado, si bien la braza es mayor que la talla en algunos pacientes. Estos pacientes asocian osteoartritis de aparición precoz, lordosis y herniación lumbar precoz(5,22).

Diagnóstico

El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objeto diferenciar una TB variante de la normalidad de una TB patológica e identificar la causa lo antes posible para poder instaurar un tratamiento precoz. La realización de una historia clínica detallada, una exploración rigurosa junto con una correcta interpretación de los datos auxológicos y de la edad ósea, constituyen el primer paso a realizar para establecer un diagnóstico de sospecha y poder orientar las pruebas a realizar.

En muchas ocasiones, no se llega a un diagnóstico a través de la historia clínica y exploración, por lo que se deben realizar pruebas complementarias básicas para descartar enfermedades sistémicas. No existe un consenso en torno a qué pruebas realizar y, habitualmente, ofrecen un rendimiento diagnóstico muy bajo. Cuando se sospecha una anomalía del eje GH-IGF, la determinación del IGF-I es la primera prueba a realizar. El diagnóstico de DGH en la infancia es directo en las formas severas. Sin embargo, el diagnóstico del DGH idiopático, que es la forma más frecuente, exige la correcta y juiciosa interpretación de datos clínicos, auxológicos, radiológicos y hormonales (niveles de IGF-I y test de estimulación de GH), ya que no existe ninguna prueba específica. En aquellos casos de TB idiopática que muestran anomalías esqueléticas menores y/o dismorfias leves, especialmente si son formas severas y con antecedentes de talla baja familiar, se debe sospechar una causa genética y realizar estudios genéticos avanzados en colaboración con el genetista clínico para una correcta interpretación de los resultados, ya que ofrecen un alto rendimiento diagnóstico.

Las causas de TB son múltiples y el diagnóstico diferencial exige una serie de pasos escalonados y bien estructurados antes de proceder con los estudios complementarios. La mayoría de las veces son VNTB y no todo niño/a requiere la misma extensión de pruebas complementarias, ya que, en la mayoría de ellos, bastará una minuciosa historia clínica y exploración física para poder establecer un diagnóstico. En la aproximación diagnóstica de la TB, se podría hablar de 5 niveles de exploración(23,24).

Paso 1: historia clínica y exploración física

El primer nivel se fundamentaría en una historia clínica y exploración física detallada dirigida a la búsqueda de datos que ayuden a la identificación de una causa conocida responsable del hipocrecimiento (Tabla VI)(24,25).

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Se debería realizar una historia perinatal y preguntar por el embarazo y parto, enfermedades maternas, crecimiento prenatal, peso, longitud y perímetro cefálico al nacer, para identificar si el origen del hipocrecimiento es prenatal (retraso de crecimiento intrauterino idiopático o secundario) o postnatal. Es necesario valorar los antecedentes familiares y preguntar por los datos de crecimiento y maduración de los padres y familiares. Se debe conocer el potencial o “carril” genético del niño y ello se realiza mediante el cálculo de la TG, que sería la talla que un hijo/a debería alcanzar asumiendo unas condiciones de salud óptimas y similares en ambas generaciones. Existen diferentes métodos para calcular la TG, pero la fórmula más empleada se obtiene calculando la talla media parental ajustada por sexo (fórmula de Tanner); en el caso de las mujeres, es [(talla padre + talla madre) – 13] / 2; y, en el caso de los varones, es [(talla padre + talla madre) + 13] / 2. La TG ± 8,5 cm corresponde con el percentil 3 y percentil 97 de la estimación adulta de la talla y se dice que un niño/a tiene una talla baja para su familia cuando está ≥ a 2 DE de la TG. La fórmula de Tanner infraestima la TG en el caso de progenitores con talla baja y la sobreestima en el caso de progenitores con talla alta. En estos casos, se aceptaría otra fórmula de TG que sería [(talla padre DE + talla madre DE) / 2] x 0,72(24,25).

Se debe hacer una historia personal para descartar síntomas de enfermedad sistémica por aparatos (diarrea crónica, heces sanguinolentas, dolor abdominal, anorexia, infecciones recurrentes, tos crónica, disnea, artralgia, artritis, fatiga, lentitud, pérdida de peso, hipertensión, virilización, cefalea y síntomas neurológicos) y realizar una anamnesis nutricional, psiquiátrica y emocional. La exploración física incluye auxología completa. Se habla de longitud por debajo de los 2 años; el niño a esta edad debe ser medido en decúbito supino en un infantómetro, y de talla por encima de los 3 años, y debe ser medido en un estadiómetro bien calibrado; entre 2 y 3 años, se realiza una medición de ambas maneras para calcular la velocidad de crecimiento previa y futura con la misma metodología. Además de la longitud/talla, se debe explorar el peso, perímetro cefálico, índice de masa corporal, talla sentada, relación talla sentada/talla, braza y estudio de segmentos corporales, segmento superior (SS) y segmento inferior (SI). En niños menores de 2-3 años, se debe explorar también la fontanela y dentición (indicativos de ritmo madurativo) y el estado nutricional se valora mediante la relación peso para la longitud. En niños/as mayores se debe explorar el desarrollo puberal de acuerdo a los estadios de Tanner, ya que es muy importante relacionar la velocidad de crecimiento con el estadio puberal; debe explorar si el niño ha iniciado o no la pubertad (testes de 4 mL en el varón y mamas con botón glandular estadio II en las mujeres) y, a su vez, en qué estadio puberal está, ya que el estirón puberal se da en la mujer en las fases iniciales de la pubertad Tanner II-III, mientras que en el varón se da en estadios avanzados, Tanner III-IV. En la valoración del crecimiento es muy importante la elección de gráficas apropiadas y se recomienda el uso de gráficas actualizadas nacionales, especialmente aquellas realizadas en base a estudios longitudinales. En España, las gráficas más utilizadas para valorar el crecimiento son las provenientes del Estudio Transversal Español de 2010(26). En ausencia de ellas y por debajo de los 2 años de edad, se deberían utilizar las gráficas de la Organización Mundial de la Salud (2006); ello es especialmente aceptado para la evaluación nutricional y, por encima de dicha edad, el uso de las gráficas del CDC (Centers for Disease Control and Prevention)(5,25).

Para una correcta valoración auxológica es necesario considerar 3 parámetros: talla en relación a la media (DE o posición percentilada de la misma); comparación de la talla en relación a la talla genética; y velocidad de crecimiento ajustada para edad y sexo y estadio puberal. Muchas veces se realizan estudios de manera innecesaria y sin que la situación lo requiera. En la tabla VII(25) se presentan los criterios auxológicos a partir de los cuales se debería iniciar un estudio de TB para descartar una TB patológica(24,25).

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La historia clínica puede evidenciar signos claves que permitan hacer pensar en la existencia de un DGH, como hipoglucemia, ictericia neonatal prolongada, micropene, antecedente de irradiación craneal, traumatismo o infección del SNC, consanguinidad o afectación de algún familiar de primer grado y anomalías de la línea media craneofacial. En la exploración física destaca una talla baja proporcionada, adiposidad central, frente amplia, hipoplasia mediofacial y/o de la raíz nasal, facies de muñeca de aspecto grácil y acromicria de manos y pies. En muchas ocasiones, solamente se identifica una talla baja, y los criterios auxológicos para iniciar la sospecha de un DGH son los siguientes: a) talla baja severa inferior a -3 DE; b) talla situada a más de 1,5 DE por debajo de la talla media parental; c) talla inferior a -2 DE y velocidad de crecimiento durante un año o más por debajo de -1 DE o que exista una pérdida de talla superior a 0,5 DE durante un año en niños por encima de 2 años de edad; d) en ausencia de talla baja, una velocidad de crecimiento inferior a -2 DE durante un año o inferior a -1,5 DE de manera sostenida o una pérdida de talla más de 1,5 DE durante 2 años; y e) signos indicativos de lesión intracraneal o de deficiencia hipofisaria múltiple o de déficit de GH en el neonato(17-19).

La exploración física debe incluir la búsqueda de signos de dismorfia facial o rasgos fenotípicos y proporciones corporales que hagan pensar en un síndrome específico. La medición de los segmentos corporales permite orientar hacia un hipocrecimiento disarmónico o desproporcionado y equivale a decir que existe una anormalidad en la relación entre la talla sentada (TS) y la talla en bipedestación. La TS (distancia entre vertex y cóccix) da una idea de la longitud del tronco. La ratio TS / talla es de 0,7 al nacimiento y es de 0,5 cuando se alcanza la maduración esquelética. Una ratio talla sentada / talla bipedestación elevada, superior a 0,55, orienta hacia una TB por acortamiento de extremidades (DO tipo acondroplasia, hipocondroplasia, síndrome de Turner, raquitismo hipofosfatémico); mientras que, si está disminuida, orienta hacia una TB por acortamiento del tronco (DO espondiloepifisaria, TB postradioterapia espinal, escoliosis). Este cociente se puede expresar en DE de acuerdo a los estándares de referencia y sospechar una TB desproporcionada si la ratio está por encima o por debajo de 1 DE. La medición del segmento inferior (SI) (distancia entre la sínfisis del pubis y el suelo) es más imprecisa que el cálculo de la TS, pero también es un dato utilizado en la clínica para el diagnóstico de las TB desproporcionadas. El segmento superior (SS) se calcula restando talla menos SI. Existen referencias para el cociente segmento superior / segmento inferior. Los valores de normalidad del SS/SI varían con la edad: en el RN es 1,7; en los primeros años es >1; a los 10 años es igual a 1 y por encima de los 10 años es < 1. Cuando el cociente SS/SI está reducido, se sospechará un acortamiento de la columna vertebral y, cuando está aumentado, un acortamiento de los miembros inferiores. La medición de la braza o envergadura (distancia entre las puntas de los dedos con los brazos en extensión completa y abducción de 90º) permite identificar acortamiento de la extremidad superior. La braza, en el RN, es 2,5 cm menor que la longitud; en la infancia, es igual a la talla y, en la adolescencia, en el varón es 2 cm mayor que la talla y en la mujer 4 cm mayor que la talla. En la exploración, cuando hay una diferencia superior a 4 cm, se debe sospechar un acortamiento de las extremidades superiores. Igualmente, es posible realizar la medición del antebrazo o de la pierna para identificar un acortamiento mesomélico de las extremidades superiores o inferiores de acuerdo a los estándares de referencia. La exploración física y la anamnesis son muy importantes, ya que hasta un 25 % de los niños/as con TB patológica pueden no ser identificados por los criterios auxológicos y de ahí la importancia de valorar el fenotipo, dismorfias, patología asociada y la historia clínica personal(5,23,24).

Las mediciones seriadas permiten calcular la velocidad de crecimiento con un periodo mínimo de 6 meses, idealmente 1 año. Es fundamental hacer una reconstrucción exhaustiva del patrón de crecimiento que ese niño/a ha llevado hasta el momento actual. La velocidad de crecimiento (VC) se puede expresar también en DE para edad y sexo y por percentiles. Se admite que una VC inferior al percentil 25 (~ -1 DE) mantenida durante un año es indicativa de posible trastorno del crecimiento y, cuando está por debajo del percentil 10, requiere un estudio especial.

Es importante la realización de una edad ósea (EO) (radiografía de mano y muñeca, habitualmente de la mano izquierda o mano no dominante). Existen diferentes métodos para su valoración, pero el más empleado es mediante el atlas de Greulich y Pyle, que es un método observador-dependiente con alta variabilidad. La EO informa del crecimiento residual del paciente y ayuda a orientar el diagnóstico. A partir de la edad ósea y mediante las tablas de Bailey-Pinneau, se puede realizar el cálculo del pronóstico de talla adulta (PTA). Hay métodos automatizados que disminuyen la variabilidad y que también permiten calcular el PTA. El PTA es orientativo y sirve como parámetro evolutivo, si bien es poco fiable cuando hay un adelanto o retraso importante de la EO o en las DO y TB sindrómicas. Una EO retrasada sugiere RCCD, déficit de GH, deficiencia nutricional o enfermedad sistémica crónica. Por el contrario, una EO adelantada orienta a maduración adelantada (pubertad precoz, hiperandrogenismo suprarrenal). Habitualmente, en los trastornos primarios del crecimiento (síndromes, DO), la EO suele ser acorde a la edad cronológica. La radiografía de mano y muñeca sirve también para descartar anomalías esqueléticas indicativas de síndromes o DO menores (braquidactilia, acortamiento del 4º metacarpiano en el pseudohipoparatiroidismo, síndrome de Turner, deformidad de Madelung por haploinsuficiencia del gen SHOX).

Paso 2: exploración complementaria orientada

El segundo nivel de exploración se centraría en investigaciones específicas orientadas en función de los hallazgos de la exploración. Cuando se sospecha una DO (TB desproporcionada o TB muy inferior a su talla genética), es necesario realizar un estudio radiográfico que debe incluir cráneo, columna, tórax, pelvis, huesos largos y mano izquierda. Los signos clínicos que deben hacer sospechar una DO son macrocefalia, acortamiento de extremidades o de algún segmento corporal, hipocrecimiento severo, limitación de movimiento articular, anomalías torácicas, cifosis y/o escoliosis, genu valgo/varo, braquidactilia y, muchas veces, historia familiar positiva por el carácter dominante de muchas de ellas. Es necesaria la realización de un examen clínico detenido antes de la exploración radiológica, que debe incluir talla, peso, perímetro cefálico, braza, talla sentada y la relación talla sentada/talla o relación segmento superior/segmento inferior. Todo ello permitirá identificar las DO con cortedad de tronco (displasias espondiloepifisaria, mucopolisacaridosis) o acortamiento de extremidades (acondroplasia, hipocondroplasia, pseudoacondroplasia, discondrosteosis de Léri-Weill, displasia metafisaria) y, a su vez, estas últimas clasificarlas en rizomélicas, mesomélicas o acromélicas, si el acortamiento de extremidades es proximal (fémur y húmero), medio (radio, cúbito, tibia, peroné) o distal (manos y pies), respectivamente. El estudio radiológico permite clasificarlas en DO epifisarias, metafisarias, diafisarias, determinar las regiones afectadas y descartar anomalías de la mineralización ósea. Las DO no siempre se presentan con TB desproporcionada evidente, ya que tienen una expresividad variable. Algunas formas de DO con expresividad leve pueden tener anomalías esqueléticas menores que pasan desapercibidas y, en estos casos, pueden ser incluidas en el grupo de TBI y formar parte del diagnóstico diferencial. Hay muchos síndromes asociados a hipocrecimiento que pueden ser diagnosticados clínicamente a través de una minuciosa exploración física (Tabla II)(3,4); muchos de estos síndromes están ligados a anomalías genéticas específicas, por lo que las pruebas genéticas se realizarán de manera orientada(14,24).

Paso 3: exploración complementaria general

En la mayoría de las ocasiones, no se llega a un diagnóstico específico a través de la exploración física y la historia clínica, por lo que se deberían realizar pruebas complementarias. En este sentido se han propuesto diversos protocolos de actuación, pero no existe un consenso internacional (Tabla VIII)(24).

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En niños/as con talla baja, sanos y sin antecedentes específicos de interés, con una exploración física normal y que mantienen una velocidad de crecimiento superior a 5 cm/año, el rendimiento diagnóstico de las pruebas realizadas es muy bajo (inferior al 2 %), ya que la gran mayoría de ellos no tenían ninguna anomalía en el estudio practicado, indicando la baja incidencia de patología en niños sanos con talla baja y exploración normal. Se está de acuerdo en que a todo niño con TB debe realizarse una función tiroidea, despistaje de enfermedad celiaca y niveles de IGF-I. Si la anamnesis y exploración sugieren una causa específica del retraso de crecimiento, se deben realizar las pruebas complementarias específicas (test del sudor antes de sospecha de fibrosis quística, cortisol libre urinario de 24 horas si se sospecha de hipercortisolismo por enfermedad o síndrome de Cushing, o parásitos en heces si se sospecha de parasitosis intestinal).

Paso 4: exploración complementaria avanzada: estudio del eje GH-IGF

La determinación de IGF-I es la primera prueba a realizar cuando se sospecha un DGH, de manera que valores disminuidos sugieren su diagnóstico. Sin embargo, las variaciones con la edad, estadio puberal, sexo, estado nutricional e índice de masa corporal y la limitación de la metodología para realizar una determinación robusta y consistente de IGF-I, así como la ausencia de valores de referencia aplicables de manera generalizada, limitan su utilidad y dificultan su interpretación. A una edad inferior a 3 años, el rango de valores de la normalidad de IGF-I incluye el nivel inferior de detección del método, por lo que existe un solapamiento de valores entre niños normales y deficitarios. Por ello, en esta edad, el valor predictivo de la IGFBP-3 se considera superior, pero, a partir de dicha edad, su sensibilidad es inferior a la del IGF-I. Una disminución de los valores de IGF-I y de IGFBP-3 hace muy probable un DGH, pero hay que descartar otras patologías, como un estado de malnutrición, hipotiroidismo e insensibilidad a la GH. A su vez, cuando se asocia con retraso madurativo y puberal, el nivel de IGF-I debe ser interpretado en relación a su estadio puberal (edad ósea) y no en relación a su edad cronológica. El IGF-I como parámetro diagnóstico de DGH tiene una sensibilidad y especificidad variable en función de los estudios; el nivel de corte que mejor sensibilidad y especificidad ofrece es el de -1,65 SDS. El IGF-I aisladamente considerado tiene poco valor y debe siempre interpretarse en combinación con el resto de exploración. Una determinación aislada de IGF-I inferior a -2 DE tiene una sensibilidad del 65 % y una especificidad del 80 % como valor diagnóstico de un DGH, por lo que hasta un 35 % de los niños con DGH tienen niveles normales de IGF-I. La determinación de IGF-I sí que puede ayudar a seleccionar los pacientes a estudiar, ya que se ha descrito una muy baja probabilidad de presentar un DGH en niños con IGF-I por encima de -1 DE (14 %) o de 0 DE (4 %). La combinación de IGF-I y velocidad de crecimiento aumentan la sensibilidad hasta un 95 % y la especificidad hasta un 96 %. En un niño con TB y velocidad de crecimiento normal (≥p25), tener un IGF-I normal (≥p50) hace muy improbable el diagnóstico de DGH(27).

Si la auxología y los niveles de IGF-I hacen sospechar un DGH, el siguiente paso es la medición de la secreción de GH mediante un test de estimulación. La naturaleza pulsátil de la secreción de GH exige la realización de pruebas de estimulación, pero son muchas sus limitaciones. Se trata de estímulos no fisiológicos, con poca especificidad y reproducibilidad, que pueden dar un elevado número de falsos positivos. Se carece de valores normativos ajustados a edad, sexo, estadio puberal, IMC e incluso ajustados a cada tipo de estímulo. No se aconseja su realización en la primera infancia, donde la variabilidad y las limitaciones son mayores. Hasta la fecha, no hay estudios randomizados controlados a talla adulta que correlacionen los niveles de GH en los test de estimulación con la respuesta al tratamiento con rhGH hasta talla adulta. Los puntos de corte se han establecido de manera arbitraria y han ido variando a lo largo de la historia desde 3-5-7-10 ng/mL. La metodología actual de determinación de GH en suero basada en anticuerpos monoclonales más específicos ha llevado a plantear una modificación del nivel de corte de 10 ng/mL a 7 ng/mL. En la actualidad, todavía no se conoce con seguridad el nivel de corte que permita diferenciar normalidad vs. deficiencia. En la edad peripuberal es difícil establecer si una respuesta insuficiente de GH es indicativa de un DGH y es obligado diferenciarlo de un retraso constitucional. Ello se fundamenta en la auxología, en el grado de retraso de la talla para su talla genética y en el estudio del patrón de crecimiento, que debe ser interpretado acorde a su ritmo madurativo y con estándares de referencia adecuados. Para diferenciar estas dos situaciones, se ha propuesto clásicamente realizar un estudio del eje GH-IGF tras una tanda corta de esteroides sexuales (primación), pero al no existir criterios de normalidad para interpretar los resultados, su utilización es controvertida. Existen pacientes con criterios auxológicos compatibles con un DGH que presentan niveles de IGF-I disminuidos y niveles de GH en los test de estimulación por encima del punto de corte; estos niños no tienen un déficit clásico de GH, pero sí una anomalía en el eje GH-IGF y, tras exclusión de otras patologías, serían candidatos a tratamiento con rhGH(27,28).

La RMN cerebral centrada en el área hipotálamo-hipofisaria puede ayudar a realizar el diagnóstico de DGH. Entre las anormalidades hipotálamo-hipofisarias sugestivas de DGH, se encuentran silla vacía y ausencia de hipófisis anterior, neurohipófisis ectópica, hipoplasia o ausencia del tallo hipofisario o de la glándula hipofisaria. La RMN está indicada ante todo niño, aún en ausencia de TB, que presente una detención brusca de la velocidad de crecimiento y/o signos de hipertensión intracraneal para descartar un tumor en el área hipotálamo hipofisaria. La presencia aislada de una hipoplasia hipofisaria no es suficiente para realizar un diagnóstico de DGH, si bien indica la necesidad de profundizar en el estudio(19).

En niños con sospecha de DGH, las guías clínicas siguen recomendando la realización de test de estimulación, pero igualmente recomiendan no fundamentar el diagnóstico de DGH únicamente en base a los resultados de los test de estimulación, reconociendo implícitamente la falta de sensibilidad y especificidad. Una manera de disminuir los falsos positivos de los test de estimulación es seleccionar auxológicamente los pacientes a estudiar. La combinación de talla inferior a -2 DE, velocidad de crecimiento inferior a -1 DE y talla que está ≥1,5 DE por debajo de la talla genética ofrece una alta sensibilidad y especificidad para un punto de corte de 7 ng/mL en el test de estimulación, como criterio diagnóstico de DGH. Existen situaciones clínicas especiales donde la realización de un test no es necesaria, como en recién nacidos (nivel de GH basal inferior a 7 ng/mL) o en pacientes con criterios auxológicos severos que asocian un defecto malformativo hipotálamo-hipofisario o un hipopituitarismo congénito o adquirido. El DGH severo es fácilmente identificable, pero el diagnóstico de DGH idiopático es siempre un desafío, ya que la diferencia entre TB idiopática y DGH idiopático es problemática; por ello, se considera que el diagnóstico de DGH idiopático en la infancia debe estar basado en un juicio clínico, que incluya parámetros auxológicos, radiológicos y hormonales, así como la experiencia del médico(28).

Una disminución de los niveles de IGF-I con secreción normal o elevada de GH debe hacer pensar en dos situaciones: una GH inactiva o bien en un síndrome de insensibilidad o resistencia a la GH(20,28). Los síndromes de insensibilidad o resistencia a la GH pueden ser primarios o de origen genético, o bien secundarios a una malnutrición proteico-calórica o a una enfermedad sistémica crónica. Las formas primarias son cuadros muy excepcionales por defectos genéticos a nivel de receptor de la GH, o postreceptor, en la cadena de la transmisión de la señal biológica de la GH, con una auxología muy severa y anomalías características del eje GH-IGF. En las formas secundarias existe una disfunción postreceptor por la malnutrición. En la tabla IX(19,20) se presenta un diagnóstico diferencial de los trastornos del eje GH-IGF.

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Paso 5: exploración complementaria avanzada: estudios genéticos

El último nivel de exploración supone la realización de estudios genéticos que permitan identificar la causa del hipocrecimiento en aquellos casos en donde no se haya podido realizar un diagnóstico específico, y que son catalogados como TBI patológica, ya que el estudio realizado hasta ese momento ha sido normal. Pacientes catalogados como TBI que muestran anomalías esqueléticas y/o dismorfias menores inespecíficas hacen sospechar una causa genética. Los estudios genéticos deben ser realizados como última prueba diagnóstica y siempre tras una exploración clínica rigurosa. Existen una serie de datos clínicos que hacen más probable una causa genética (Tabla X)(3,10).

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Los estudios genéticos, como cGH array, multiplex ligation-dependent probe amplification (MLPA), Single Nucleotide Polymorphism (SNP)-array, exoma clínico en panel, exoma a tríos y genoma completo, deben ser realizados bajo una sospecha diagnóstica y en colaboración con el genetista clínico para la correcta interpretación de los resultados. En la actualidad, los estudios genéticos han permitido conocer la implicación de nuevos genes reguladores del cartílago de crecimiento, que en homocigosis o heterocigosis compuestas se presentan como DO, mientras que en heterocigosis se presentan como TBI (SHOX, NPR2, NPPC, IHH, FBN1, BMP2, FGFR3, ACAN). En la tabla III(14) se presentan los hallazgos clínicos que deben llevar a la sospecha de TBI asociada a anomalía del gen SHOX y, si este es negativo, se deben buscar mutaciones en otros genes, como NPR2 (fenotipo clínico semejante sin deformidad de Madelung), IHH (manos pequeñas, acortamiento de la falange media del 4º y 5º dedo) o NPCC (manos pequeñas, braquidactilia moderada). Cada uno de estos genes representa un bajo porcentaje de los niños/as con TBI, pero este porcentaje es mayor en los casos que tienen antecedentes de TB en sus progenitores, ya que son genes que se heredan de forma autosómica dominante. La prevalencia de anomalías patogénicas en las variaciones del número de copias (CNV o copy number variants) en pacientes con TB y retraso psicomotor, discapacidad intelectual o malformaciones añadidas oscila entre el 10-15 %. La realización de exoma clínico dirigido o de exoma a tríos en pacientes con hipocrecimiento patológico sin causa identificada tiene un alto rendimiento diagnóstico (25-50 %)(5,24).

Tratamiento

El tratamiento de la TB depende de la causa subyacente y debe estar orientado por la etiología.

El uso de rhGH se debe realizar en las condiciones clínicas indicadas y a las dosis recomendadas. Los factores predictores de buena respuesta a largo plazo y ganancia de talla adulta son iniciar el tratamiento a una edad precoz, la duración del tratamiento en edad prepuberal y la respuesta en el primer año. La rhGH es eficaz y segura con una incidencia muy baja de complicaciones. La GH de larga acción de administración semanal muestra una eficacia y un perfil de seguridad no inferior a la rhGH diaria, motivo por el cual las agencias internacionales han aprobado su indicación en el déficit de GH en la infancia, a partir de los 3 años de edad. Las VNTB, TBF y RCCD, no suelen necesitar ningún tipo de tratamiento, una vez se hayan excluido otras causas de TB y se haya realizado un diagnóstico diferencial con el DGH idiopático, que muchas veces es difícil. En algunos casos de RCCD puede existir en el paciente una afectación psicológica importante y, en ese caso, que es más frecuente en varones que en mujeres, se puede ofrecer un tratamiento con una tanda corta de esteroides sexuales. Es muy difícil corregir un déficit de talla durante la pubertad y el uso de análogos de LHRH o de inhibidores de la aromatasa para retrasar la maduración ósea e incrementar el potencial de crecimiento es controvertido y debe ser realizado por el pediatra endocrinólogo experto en crecimiento de manera individualizada. El IGF-I recombinante está indicado en los casos de deficiencia primaria de IGF-I. El vosorotide es un análogo del CNP (C-natriuretic peptide) que está indicado en pacientes con acondroplasia, ya que mejora el crecimiento y las proporciones corporales.

La TB en sí misma no es una enfermedad, sino un síntoma de un proceso subyacente. Por ello, el tratamiento de la TB depende de la etiología. El tratamiento del hipocrecimiento secundario está encaminado a tratar la enfermedad de base y mejorar la nutrición. En el caso de hipocrecimiento psicosocial, cuyo diagnóstico es complejo y difícil, se deberán modificar actitudes del entorno familiar y garantizar una nutrición óptima. Se disponen de fármacos que pueden influir sobre el crecimiento (rhGH, rhIGF-I, esteroides sexuales, análogos del CNP (C-natriuretic peptide), modificar el desarrollo puberal y aumentar el potencial de crecimiento (análogos de LHRH, inhibidores de la aromatasa) y técnicas quirúrgicas que permiten el alargamiento óseo.

Hormona de crecimiento

La hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) tiene más de 40 años de historia desde su producción en 1981 y posterior indicación en 1985 para el déficit de GH (DGH) en la infancia. El tratamiento con GH recombinante humana (rhGH) está disponible desde 1985; con anterioridad, se usaba la GH extractiva de hipófisis de cadáver, pero fue desechada por su asociación con la enfermedad de Creutzfeldt-Jacobs. La mayor disponibilidad de rhGH ha permitido ampliar las indicaciones a otras condiciones no deficitarias (Tabla XI)(29,30). En muchas enfermedades crónicas, como enfermedad inflamatoria intestinal, artritis crónica juvenil o corticoterapia crónica, se ha utilizado la rhGH con el objetivo de mejorar el crecimiento, pero, salvo en la insuficiencia renal crónica, en el resto de situaciones no está aprobada la indicación(29,30).

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El objetivo del tratamiento con rhGH es normalizar la talla lo antes posible (crecimiento recuperador), garantizar un crecimiento y desarrollo puberal normal y alcanzar una talla adulta normal para la población y acorde a su TG. Su uso está contraindicado en el caso de enfermedad sistémica mal controlada, enfermedad oncológica activa y/o cierre de las epífisis. La rhGH se administra vía sc, diariamente, por la noche, tiene un efecto dosis-dependiente y es bien tolerada. Su control debe ser realizado por un pediatra endocrinólogo; habitualmente, se realiza un seguimiento cada 3-6 meses con controles clínicos (talla, peso, IMC, velocidad de crecimiento, desarrollo puberal) y, anualmente, o si es necesario antes, se recomienda control de la edad ósea, valoración del PTA, determinación de los niveles de IGF-I, que deben ser mantenidos dentro de la normalidad, función tiroidea y control metabólico (HbA1C, lípidos). El tratamiento se mantiene hasta llegar a talla adulta y se suspende cuando se alcanza una EO ≥ de 14 años en las mujeres o ≥ 16 años en los varones y existe un VC ≤ a 2 cm/año. En caso de deficiencia hormonal múltiple, debe realizarse el tratamiento de los correspondientes déficits hormonales(31).

El tratamiento con rhGH plantea cuestiones sin resolver, entre las que destacan la variabilidad en la respuesta y la dificultad para diferenciar pacientes respondedores con ganancia significativa de talla de pacientes no respondedores. Independientemente de la condición clínica, iniciar el tratamiento a una edad precoz, el número de años en edad prepuberal y la respuesta en el primer año son predictores muy importantes de buena respuesta a largo plazo. En niños prepuberales diagnosticados de déficit de GH, una ganancia de talla en el primer año de 0,5 DE se asocia con una ganancia de talla final de 1 DE. La presencia de una pobre respuesta puede obedecer a diferentes causas, como mala adherencia, diagnóstico y dosificación inadecuados, patología o comorbilidad concomitante, que requiere un tratamiento específico (hipotiroidismo, enfermedad celiaca, mala nutrición o dieta hipocalórica), escasa sensibilidad a la acción de la rhGH o incluso ser de causa desconocida. El reconocimiento de una mala respuesta es una parte esencial del tratamiento. Se debe instruir y motivar a la familia y al paciente en la necesidad del buen cumplimiento. El tratamiento con rhGH es seguro a las dosis indicadas, con una escasa incidencia de efectos secundarios, y se han realizado estudios de farmacovigilancia verificando la seguridad del tratamiento. Entre los efectos adversos que pueden aparecer, destacarían: lipoatrofia, si no se rotan los lugares de inyección, artralgias, edema, ginecomastia prepuberal, aumento del tamaño de los nevus, hiperglucemia por disminución de la sensibilidad a la insulina e hipotiroidismo parcial por interferencia con la acción de la TRH y/o incremento de la conversión periférica de T4 en T3; todos ellos son poco frecuentes, leves y desaparecen al disminuir la dosis o suspender temporalmente el tratamiento. Entre las posibles complicaciones del tratamiento, cabe destacar hipertensión craneal benigna, epifisiolisis de la cabeza del fémur y progresión de la escoliosis que, en ausencia de factores de riesgo, son muy excepcionales (<1:1.000 niños en tratamiento). No se ha demostrado una asociación entre el uso de la rhGH y el desarrollo de neoplasias en niños/as sin riesgo incrementado de cáncer. Existe insuficiente evidencia para concluir que la rhGH aumenta el riesgo de neoplasias en niños/as que tienen una condición de riesgo para presentar neoplasias, si bien se desaconseja su utilización en este tipo de pacientes. Se ha descrito un incremento del riesgo de segundo tumor en pacientes con antecedente de cáncer infantil tratados con rhGH; este riesgo disminuye al prolongar el tiempo de observación y es difícil establecer la relación causal dada la presencia de otros factores, en especial, haber recibido radioterapia, por lo que no hay suficiente evidencia para no indicar el tratamiento con rhGH(31).

La GH tiene diferentes acciones; a nivel óseo, estimula el crecimiento longitudinal, el remodelado óseo, la osificación endocondral y la aposición cálcica, pero a nivel metabólico, favorece el anabolismo proteico y la ganancia de masa magra, estimula la función cardiaca y la capacidad aeróbica máxima y disminuye la masa grasa e inhibe la captación de glucosa y la lipogénesis. Estas acciones a diferentes niveles han hecho que sus indicaciones no se limiten al efecto estimulador del crecimiento (p. ej.: déficit de GH en la adolescencia, déficit de GH en la edad adulta). El DGH debe ser reevaluado al llegar a talla adulta; la mayoría de los DGH idiopáticos son transitorios, pero los DGH severos, hipopituitarismos combinados y déficits orgánicos son, con frecuencia, formas permanentes, al igual que defectos genéticos. La interrupción del tratamiento con rhGH en adolescentes con una forma permanente de DGH se asocia con un aumento de los factores de riesgo cardiovascular (aumento de grasa visceral, aumento de los niveles de colesterol total, colesterol LDL y disminución del colesterol HDL), menor ganancia de masa magra y menor ganancia de masa ósea. El tratamiento con rhGH deberá ser reiniciado en la adolescencia tras una correcta reevaluación y valoración clínica(29-31).

Hormona de crecimiento de larga acción (GHLA)

A pesar de la experiencia acumulada con el tratamiento con la rhGH, hay diferentes lagunas sin resolver, entre las que destacan la falta de adherencia y el impacto que un tratamiento crónico de inyección diaria tiene sobre el niño y su familia. En este sentido, los beneficios potenciales de la GHLA de uso semanal son una menor frecuencia de inyecciones, una potencial mejora de los resultados clínicos al mejorar la adherencia, una menor carga de la enfermedad sobre pacientes, familia y cuidadores y mejor tolerabilidad y aceptación del tratamiento, todo lo cual redundaría en una mejora de la calidad de vida para el paciente y su entorno. Los ensayos clínicos han mostrado un efecto mantenido en el tiempo con una progresiva normalización de la talla, de manera que el paciente alcanza una talla normal para la población y se sitúa en su rango genético. Los estudios demuestran un claro efecto beneficioso en las variables que miden la carga de la enfermedad y la experiencia del tratamiento. La incidencia de efectos adversos es similar a la rhGH diaria y los niveles IGF-I se incrementan de una manera dosis dependiente, al igual que los niveles de IGFBP-3, y se mantienen dentro del rango de la normalidad. Las tres moléculas de GHLA que han mostrado un efecto no inferior al de la rhGH diaria en ensayos fase II y fase III en el déficit de GH en la infancia son somatrogon, lonapegsomatropina y somapacitan. La GHLA de uso semanal muestra una eficacia y un perfil de seguridad no inferior a la rhGH diaria, motivo por el cual las agencias internacionales han aprobado su indicación en el déficit de GH en la infancia, a partir de los 3 años de edad. En 2023, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) aprobó el uso de somatrogon a una dosis de 0,66 mg/kg/semana. La GHLA, en la actualidad, no está indicada para otras situaciones de TB, como síndrome de Turner o PEG, si bien se están haciendo ensayos clínicos al respecto. No cabe duda de que se ha abierto una nueva era en el uso de la GH con la aprobación de la GHLA, que puede suponer importantes beneficios para la calidad de vida de los pacientes y sus familias. Se deberán hacer estudios de seguimiento en la vida real que verifiquen el beneficio de la GHLA sobre adherencia y calidad de vida y demostrar que esta alternativa terapéutica es coste-efectiva y segura a largo plazo(32).

Talla baja idiopática

Las VNTB, TBF y RCCD no suelen necesitar ningún tipo de tratamiento, una vez se hayan excluido otras causas de TB y se haya realizado un diagnóstico diferencial con el DGH idiopático, que muchas veces es difícil. Suele ser suficiente con una explicación de la situación a la familia y reforzar el apoyo psicológico al niño/a, informando de la benignidad del cuadro, de la ausencia de enfermedad y de la previsible evolución normal de su crecimiento y pubertad hasta alcanzar una talla adulta acorde a su familia. El seguimiento clínico está orientado a ofrecer tranquilidad a la familia y al paciente. En algunos casos de RCCD y cuando se acompaña de retraso de talla y pubertad manifiesto, puede existir en el paciente una afectación psicológica que hay que valorar; ello es más frecuente en los varones que en las mujeres. Aquellos casos en los que exista afectación psicológica y repercusiones emocionales (menor autoestima, fracaso escolar) y sociales (aislamiento) son candidatos a un tratamiento hormonal. Si ello ocurre, estaría indicada una tanda corta de esteroides sexuales, durante 4-6 meses, para inducir el desarrollo puberal y estimular el crecimiento. En el varón se administran dosis bajas de ésteres de testosterona en forma de preparados depot (propionato) a una dosis de 50 mg/mes intramuscular a partir de los 14 años de edad cronológica o 12 años de edad ósea, durante un periodo de 3-6 meses. La testosterona estimula el crecimiento sin acelerar la edad ósea ni comprometer la talla adulta, induce la aparición de caracteres sexuales secundarios y, como a dosis bajas no se inhiben las gonadotropinas, se favorece el desarrollo puberal. No se considera necesario iniciar el tratamiento por debajo de esa edad por el riesgo de acelerar la edad ósea. El primer ciclo de tratamiento debe ir seguido de un periodo de observación clínica (6 meses). La oxandrolona, anabolizante no esteroideo, ha quedado en desuso y se han realizado ensayos clínicos con inhibidores de aromatasa de nueva generación (letrozole) con resultados prometedores. En la mujer es menos frecuente su indicación y se aconsejarían dosis bajas de estrógenos a partir de los 13 años de edad cronológica u 11 años de edad ósea. Se utiliza 17β-estradiol (vía oral 5 mcg/kg/d o preferiblemente transdérmico 3,1-6,2 mcg/días alternos, que equivale a 1/8-1/4 de parches de 25 mcg) durante un periodo corto de 4 meses con un control de la edad ósea. Se sabe que el tratamiento con esteroides sexuales para inducir la pubertad, cuando se inicia a una edad superior a 14 años en niños o 12 años en niñas, no tiene impacto en la talla adulta, pero supone un refuerzo psicológico importante(15,16).

En 2003, la FDA aprobó la indicación del uso de la rhGH en la TBI, para niños/as con TB ≤ a -2,25 DE por debajo de la media que presentan una velocidad de crecimiento que hace muy improbable alcanzar una talla adulta normal y en los que se han excluido otras causas de TB a una dosis de 0,035-0,050 mg/kg/día. La EMA, European Medical Agency, no ha aprobado dicha indicación. Existe controversia en cuanto al grado de efectividad de la rhGH y se acepta una variabilidad importante en la respuesta, que es concordante con la heterogeneidad de los pacientes categorizados como TBI. En comparación con la población control no tratada, se ha observado una ganancia media de 0,65 DE, lo que supone 4-5 cm, que es inferior a la observada en otras condiciones clínicas. Un metaanálisis encuentra una ganancia de talla adulta de 4-6 cm, con un rango entre 2,3 y 8,7 cm, y una ganancia media de 1 cm por año de tratamiento. Algunos autores sugieren iniciar el tratamiento a una dosis de 0,034 y aumentar la dosis hasta 0,067 mg/kg/día. Los mayores predictores de una mejor respuesta a talla adulta han sido la edad de inicio de tratamiento precoz (<9 años), mayor dosis, mejor longitud al nacimiento, mayor retraso en la edad ósea y mayor déficit de talla respecto a la TG. Dado que la respuesta al tratamiento es variable y debido a que la respuesta en el primer año se correlaciona con una mejor respuesta a largo plazo, se propone valorar la ganancia de talla a los 12 meses y, si la ganancia es inferior a 0,3-0,5 DE, reconsiderar la continuidad del tratamiento. Es una cuestión abierta a debate si la ganancia de talla adulta que se obtiene es coste-efectiva y beneficiosa para el bienestar psicológico del paciente(29-31).

Tratamiento de la talla baja durante la pubertad

Al margen de la etiología del retraso de crecimiento, las posibilidades de aumentar el potencial de crecimiento durante la pubertad están limitadas por el inexorable tempo de fusión de los cartílagos de crecimiento que limita el tiempo residual de crecimiento, y la experiencia clínica dicta que es muy difícil corregir un déficit de talla durante la pubertad. El incremento de talla durante la pubertad solamente supone el 17 % y el 12 % de la talla adulta de los varones y mujeres, respectivamente. Dado que muchos pacientes se presentan tardíamente con una talla baja severa al inicio de la pubertad, uno de los objetivos es cómo incrementar este porcentaje de ganancia de talla. Existen diferentes observaciones clínicas que apoyan la idea de que la talla adulta es dependiente del tempo y del nivel de exposición del cartílago de crecimiento a los estrógenos. Pacientes con elevada exposición alcanzan una menor talla adulta de la genéticamente esperada, como ocurre en la pubertad precoz y, a la inversa, pacientes con menor exposición, como en el hipogonadismo, alcanzan una talla adulta relativamente elevada. El estradiol es el factor hormonal más importante en la maduración del cartílago de crecimiento, tanto en el varón como en la mujer. Las estrategias para disminuir la exposición del cartílago de crecimiento a los estrógenos con objeto de retrasar la maduración ósea e incrementar el potencial de crecimiento son dos: bien a través de los análogos de LHRH (a-LHRH), por inhibición de la liberación de gonadotropinas, o por bloqueo periférico de la conversión de testosterona en estradiol a través de los inhibidores de la aromatasa (IA)(33).

Existen suficientes evidencias que indican cómo los a-LHRH pueden detener la pubertad, retrasar la maduración ósea y el cierre epifisario e incrementar la talla adulta en pacientes con pubertad precoz central. El tratamiento con a-LHRH en niños con TBI y pubertad normal o adelantada no ha demostrado eficacia significativa y clínicamente relevante para mejorar la talla adulta, por lo que el uso de los a-LHRH no está indicado. En pacientes con pubertad adelantada y progresión rápida, se podría valorar de manera individualizada en función del grado de afectación de la talla adulta. La combinación de a-LHRH y rhGH se ha propuesto como una opción para mejorar la talla adulta en pacientes con grave afectación del crecimiento durante la pubertad, siempre balanceando beneficios e inconvenientes, especialmente en el área psicológica y de la salud ósea. En aquellas situaciones de pacientes con TB (DGH, PEG) que reciben tratamiento con rhGH y que su talla al inicio de la pubertad está por debajo de la normalidad y presentan una pubertad adelantada con afectación importante del PTA, se podría considerar añadir a-LHRH, especialmente en niñas, durante un periodo mínimo de 2-3 años, ya que se asocia con una ganancia de talla adulta de 6 a 9 cm y les permite alcanzar su TG. Dado que la mayor parte de la evidencia se ha obtenido de estudios no controlados y el número de ensayos clínicos randomizados es escaso, para algunos autores su indicación es controvertida. Esta opción debe ser realizada de manera individualizada por el pediatra endocrinólogo experto en crecimiento y compartiendo la decisión con la familia por el impacto psicológico que supone detener la pubertad.

Una manera selectiva de prolongar el periodo de crecimiento en la pubertad es evitando la acción de los estrógenos a nivel del cartílago de crecimiento mediante los IA; ello tiene la ventaja frente al uso de a-LHRH que no detiene la progresión puberal(70). Los IA no están aprobados para ninguna indicación pediátrica y sí para el tratamiento del cáncer de mama, y se han utilizado off label en diferentes situaciones de TB patológica en varones, bien de manera aislada o asociada a la rhGH. Los estudios de los IA en la TBI y RCCD son limitados y, si bien se demuestra un enlentecimiento de la EO y una mejoría importante del PTA de +5 cm, existen pocos estudios a talla adulta y los resultados no siempre son coincidentes. El uso de IA en combinación con rhGH se ha estudiado en pacientes con TBI y DGH. Los pacientes que reciben tratamiento combinado (rhGH + anastrozol) presentan una progresión significativamente más lenta de la EO que los que recibieron solo rhGH y una ganancia de talla en relación al pronóstico de crecimiento significativamente mayor, evidenciando que asociar un IA al tratamiento con rhGH incrementa el potencial de crecimiento. Los estudios tienen limitaciones, siendo la principal la falta de datos a talla adulta. Los posibles efectos secundarios de los IA están en relación con la disminución de los niveles de estradiol y una posible afectación de la morfología de los cuerpos vertebrales y del perfil lipídico, si bien un tratamiento corto inferior a 2-3 años no ha demostrado afectación de la densidad mineral ósea.

En relación al uso de los IA en Pediatría, el grupo Cochrane ha realizado una revisión sistemática y concluye que la evidencia actual indica que el uso de IA mejora los resultados de crecimiento a corto plazo, pero no hay suficiente evidencia para indicar un aumento de la talla adulta debido a la escasez de estudios con metodología adecuada(70). La falta de datos a talla adulta hace que no se puedan extraer conclusiones firmes y sea considerado como un tratamiento en controversia. El uso de los IA debe ser individualizado, realizado por pediatras endocrinólogos con experiencia, en varones con talla baja patológica en pubertad instaurada y afectación importante del PTA, no en prepubertad, con una edad ósea superior a 12 años e inferior a 14,5 años. Se aconseja una duración corta del tratamiento, 2-3 años, en combinación con rhGH, ya que permite mejorar el crecimiento y la respuesta a largo plazo. No se recomienda su uso en mujeres, ya que al incrementarse los niveles de LH pueden desarrollar quistes de ovario. El uso de medicación “off label” no implica que sea ilegal o esté contraindicado, siempre y cuando su uso esté avalado por estudios y tras consentimiento e información a la familia y al paciente de los beneficios, riesgos y resultados esperados. El uso de los IA en pediatría debe ser muy individualizado y cauteloso(33).

Factor de crecimiento similar a la insulina tipo I (IGF-I)

El IGF-I recombinante fue aprobado en 2007 para pacientes con deficiencia primaria de IGF-I (anomalías primarias/genéticas del receptor de GH, en sus vías de señalización intracelular post-receptor STAT5B, deficiencia genética de IGF-I, déficit de PAPP-A2, déficit de SAL), que cumplen los siguientes criterios: talla ≤ a -3 DE, velocidad de crecimiento disminuida ≤ percentil 10, secreción de GH normal o elevada y niveles de IGF-I inferiores al percentil 2,5 para valores ajustados por edad y sexo, ausencia de enfermedad secundaria (malnutrición, hipotiroidismo) que justifique una insensibilidad secundaria a la GH y test de generación de IGF-I con ausencia de incremento de los niveles de IGF-I tras la administración de rhGH. También está indicado en los pacientes con DGH genético tipo IA (ausencia de GH), que tras la administración de rhGH sintetizan Ac anti GH neutralizantes y, por lo tanto, son resistentes al tratamiento con rhGH. La dosis recomendada es entre 40-80 mcg/kg/día, en dos dosis, vía sc. Entre los efectos secundarios, destaca: hipoglucemia, hipertrofia de tejido adenoideo y amigdalar (ronquido, apnea nocturna, hipoacusia), lipohipertrofia, hipertensión craneal benigna, crecimiento de tejido subcutáneo y cambios faciales, visceromegalia, artralgias y dolor muscular. Se aconseja su administración con las comidas para evitar la hipoglucemia. La experiencia clínica está centrada, sobre todo, en la deficiencia primaria del receptor de GH y se ha observado una respuesta positiva con una ganancia de talla variable (0,8-4,3 DE) que es menor a la observada en el déficit de GH tratado con rhGH. Esta menor respuesta se atribuye a la ausencia de restitución de la fisiología del sistema IGF, ya que los niveles de IGFBP-3 y SAL no se normalizan, y a una ausencia de la acción directa de la GH a nivel de los condrocitos, por lo que habría menor diferenciación de los mismos y menor producción local autocrina de IGF-I(34).

Displasias óseas

El alargamiento quirúrgico de los huesos largos (tibia, húmero, fémur) ha sido utilizado en el tratamiento de la TB severa por DO con un doble objetivo: incrementar la talla adulta y mejorar la proporcionalidad de los segmentos. En la TB severa no asociada a DO, su indicación es más controvertida. En relación con el alargamiento de miembros inferiores (fémur y tibia) y de miembros superiores (húmero), se han descrito diferentes opciones y se discute sobre su indicación, edad de realización y técnica empleada. El alargamiento de miembros inferiores entre 14 y 40 cm pretende un incremento de talla en bipedestación, mejorando las variables de proporcionalidad, funcionalidad y calidad de vida dependientes del segmento inferior. De la misma manera, el alargamiento de las extremidades superiores, con elongaciones entre 8 y 10 cm, permite el incremento de la longitud de los brazos y, con ello, mejora las variables de proporcionalidad corporal y funcionalidad dependientes del segmento superior. Se consiguen incrementos de talla muy importantes, pero son intervenciones que, con relativa frecuencia, conllevan complicaciones e incidencias, que requieren un seguimiento prolongado, con resultados funcionales no siempre satisfactorios. Por ello, se requiere previamente una información completa al paciente y a la familia de las ventajas e inconvenientes, y se exige que el paciente esté muy motivado; solo deben ser realizadas por centros con acreditada experiencia(13).

En 2022, la AEMPS aprobó la indicación de vosorotide para la acondroplasia en pacientes mayores de 2 años de edad y con las epífisis abiertas y, posteriormente, se amplió la indicación a partir de los 4 meses de edad. La acondroplasia es la causa más frecuente de TB asociada a DO, con una incidencia estimada de 1/10.000-1/30.000 de RN vivos. Se produce por una mutación activadora del gen FGFR3 que determina una ganancia de función del receptor y la sobreactivación de la vía de señalización MAPK (mitogen-activated protein kinase), inhibiendo la proliferación y diferenciación de los condrocitos de la placa de crecimiento. El vosorotide es un análogo de CNP (C-natriuretic peptide) que, al unirse a su receptor, produce una inhibición de la actividad de la vía MAPK y determina una mayor diferenciación y proliferación de los condrocitos. Los ensayos han demostrado un incremento de la velocidad de crecimiento anual de 1,57 cm/año en el grupo tratado vs. el grupo control, que se mantiene a lo largo de los años y produce una ganancia neta de talla. Además, se evidencia una mejoría de las proporciones corporales. El tratamiento aprobado es de 15 mcg/kg/día, se mantiene hasta el cierre de las epífisis y es bien tolerado con un buen perfil de seguridad. Se están realizando ensayos clínicos en fase III en pacientes con hipocondroplasia con resultados esperanzadores(35).

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria tiene un papel fundamental en el control del crecimiento del niño sano y en la detección precoz de los trastornos del crecimiento. Es muy importante la existencia de una buena comunicación y coordinación entre Atención Primaria y atención especializada para poder realizar un diagnóstico y tratamiento precoz de los trastornos del crecimiento. Si bien no hay un consenso establecido en cuanto a qué pruebas se deben realizar en Atención Primaria y cuándo derivar a los niños/as con talla baja a atención especializada, las funciones del pediatra de Atención Primaria se podrían esquematizar de la siguiente manera:

• Controlar el crecimiento y desarrollo del niño sano como indicador de salud y bienestar. Además de controlar la talla, peso e IMC, debe comprobar un normal desarrollo puberal en cuanto a inicio y progresión.

• Ante un niño/a con TB, saber diferenciar si se trata de una VNTB de una posible TB patológica. Es importante tener los fundamentos para realizar una historia y exploración física completa, valoración auxológica e interpretación adecuada de la curva de crecimiento que permita sospechar una TBF y/o un RCCD.

• Realización de pruebas complementarias básicas de carácter general que permitan asegurar la sospecha diagnóstica de VNTB y descartar otras enfermedades sistémicas.

• Derivar a la Unidad de Endocrinología Pediátrica de referencia los casos con sospecha de TB patológica y aquellos niños/as con diagnóstico de VNTB que tengan un retraso de crecimiento acentuado y/o un mal pronóstico de talla adulta y/o su evolución no sea la esperada.

• Realizar el seguimiento de los niños/as con diagnóstico establecido de VNTB y transmitir a los niños/as, padres y cuidadores una información real de las expectativas de crecimiento.

El crecimiento y desarrollo es un proceso complejo que abarca desde el periodo fetal hasta el final de la adolescencia, en el que intervienen multitud de factores, y una correcta monitorización del mismo es una herramienta clínica muy útil para la detección de enfermedades a diferentes niveles.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Wit JM, Kamp GA, Oostdijk W. Towards a rational and efficient diagnostic approach in children referred for growth failure to the general paediatrician. Horm Res Pediatr. 2019; 91: 223-40.

Artículo de obligada lectura. Se trata de una excelente revisión del tema, donde aborda de manera muy docente y académica el diagnóstico diferencial de la talla baja. Está realizado por un grupo de trabajo holandés de una fuerte tradición en los estudios de crecimiento y tiene un planteamiento muy clínico. El lector lo disfrutará.

– Collett-Solberg PF, Ambler G, Backeljauw P, Bidlingmaier M, Biller BMK, Boguszewski MCS, et al. Diagnosis, genetics and therapy of short stature in children: a Growth Hormone Research Society International Perspective. Horm Res Pediatr. 2019; 92: 1-14.

Se trata de un artículo elaborado tras la reunión de un grupo de expertos de la Growth Hormone Research Society. Lectura fácil con mensajes claros sobre cuándo iniciar un estudio de talla baja, pruebas a realizar, selección de pacientes para realizar estudio genético y sobre el manejo del niño en tratamiento con rhGH.

– Grimberg A, DiVall SA, Polychronakos C, Allen DB, Cohen LE, Quintos JB, et al. Guidelines for Growth Hormone and Insulin-like Growth Factor-I treatment in children and adolescents: growth hormone deficiency, idiopathic short stature and primary insulin-like growth factor-I deficiency. Horm Res Pediatr. 2016; 86: 361-97.

Se trata de una guía clínica elaborada por la Pediatric Endocrine Society, en relación con el diagnóstico y tratamiento del déficit de GH, talla baja idiopática y deficiencia primaria de IGF-I. Establece recomendaciones basadas en el sistema GRADE, por lo que es un artículo de obligado conocimiento para realizar una buena práctica clínica. Muy recomendable.

 

Caso clínico

 

Mujer de 6 años y 7 meses de edad que acude a la consulta para estudio de talla baja. La madre está preocupada, porque siempre la ha visto pequeña; aporta los datos de la cartilla de su pediatra y se aprecia que su talla se ha mantenido paralela e inferior al percentil 3 en los últimos años sin pérdida de talla.

Antecedentes personales: embarazo normal, bien controlado. Parto eutócico. Edad gestacional: 38+5 semanas. Peso: 2.450 g (-1,82 DE). Longitud: 47 cm (-1,34 DE). Perímetro cefálico: 33,5 cm (-0,44 DE). Cribado neonatal normal. Ictericia fisiológica. Sin intolerancias alimentarias. Desarrollo psicomotor normal. Buena curva ponderal, sin enfermedades previas, salvo una infección de orina en el primer año de vida, siendo diagnosticada de doble sistema pielocalicial en el lado derecho. Otitis frecuentes, en seguimiento por ORL. Buena conducta social, rendimiento escolar normal. Estenosis aórtica que ha requerido valvuloplastia.

Antecedentes familiares: madre sana: tiroiditis de Hashimoto en tratamiento, menarquia a los 13 años. Talla madre: 161 cm (-0,52 DE). Padre sano: sin enfermedades relevantes, no recuerda edad de afeitado y cree que hizo la pubertad a una edad normal. Talla padre: 177,8 cm (0,05 DE). Talla diana: 162,9 ± 5 cm (-0,2 DE). No consanguinidad. Sin otros antecedentes familiares de interés. Tercera hija de una fratría de 3. 2 hermanos sanos de 8 y 11 años de edad. Sin abortos.

Exploración física: edad: 6 años y 7 meses. Peso: 17,5 kg (-1,47 DE). Talla: 106,3 cm (-2,82 DE). Índice de masa corporal: 15,49 kg/m2 (-0,38 DE). Perímetro cefálico: 50,5 cm (-0,61 DE). Talla sentada: 58 cm. Cociente talla sentada/talla: 0,546 (0,05 DE). TA: 105/65 mm Hg. FC: 85 lpm. BEG. Facies triangular, orejas de implantación baja, ptosis leve en ojo izquierdo. Cuello ancho. Tórax campaniforme con mamilas separadas. No se palpa bocio. Efélides en tronco y espalda. Uñas displásicas. Hábito robusto. Talla sentada/talla: 0,54. Auscultación cardiopulmonar: soplo sistólico II/VI. Abdomen normal. Prepuberal, Tanner I.

Exploración complementaria: hemograma, sideremia, ferritina. VSG: normales. Bioquímica general básica: normal. Ac: antitransglutaminasa. IgA: negativos. Inmunoglobulina A en suero: 205 mg/dL (VN 35-250). Función tiroidea: TSH: 3,5 mUI/mL. T4 libre: 0,98 ng/dL. IGF-I: 185 ng/mL (VN 63-250). IGFBP-3: 4,1 mcg/mL (VN 2,2-5,2). Edad ósea: 6 años con una edad cronológica de 6 años y 7 meses. PTA de 147 cm (-2,86 DE).

 

algoritmo

 

 

Short stature

>J.I. Labarta Aizpún
Topics on
Continuous Training



J.I. Labarta Aizpún

Head of the Pediatrics Department. Endocrinology Unit. Professor of Pediatrics. Miguel Servet University Hospital. Zaragoza

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Corresponding author:

jilabarta@salud.aragon.es

Abstract

Short stature is a very common cause of referral. There are many causes of growth failure, but the great majority of cases are due to normal variants and only in a minority of cases an underlying disease is found. Pathological growth failure includes the consideration not only of short stature, but also growth velocity, genetic height and estimation of adult height. Idiopathic short stature is a broad concept difficult to define and in the last years new genes related to the development of the growth cartilage have been implicated. The diagnostic process should be stepwise and aims to differentiate between short stature that is a variant of normal and pathological short stature, identify the cause, and initiate treatment as soon as possible. A complete medical history and examination, together with a careful assessment of auxology, bone age, and basic complementary tests, allow the diagnosis to be guided without the need for advanced studies. Treatment with recombinant human growth hormone (rhGH) should be carried out under the indicated conditions and doses and started as soon as possible during prepuberty. This review presents the state of the art regarding differential diagnosis and therapeutic possibilities.

 

Resumen

La talla baja es un motivo frecuente de consulta. Las causas son múltiples, pero, en la mayoría de las ocasiones, se trata de variaciones normales del crecimiento y, muy pocas veces, se identifica una etiología responsable. El concepto de hipocrecimiento patológico incluye valorar no solamente la talla, sino también la velocidad de crecimiento, la talla genética y la estimación de la talla adulta. La talla baja idiopática es un concepto amplio y de difícil definición y, en los últimos años, se han identificado anomalías en genes implicados en el desarrollo del cartílago de crecimiento. El proceso diagnóstico debe ser escalonado y tiene por objetivo diferenciar una talla baja variante de la normalidad de una talla baja patológica, identificar la causa e instaurar un tratamiento lo antes posible. Una historia clínica y exploración completa, junto con una juiciosa valoración de la auxología, edad ósea y pruebas complementarias básicas, permiten orientar el diagnóstico sin necesidad de estudios avanzados. El tratamiento con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) se debe realizar en las condiciones y dosis indicadas e iniciarlo lo antes posible durante la prepubertad. En esta revisión se realiza una actualización del tema, tanto a nivel del diagnóstico diferencial como de las posibilidades de tratamiento.

 

Key words: Short stature; Growth failure; Growth hormone.

Palabras clave: Talla baja; Retraso de crecimiento; Hormona de crecimiento.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (4): 249 – 271

 


• To present the classification and different causes of growth disorders.

• To be able to perform the clinical history, physical examination and complete auxological assessment that allows for establishing a suspected diagnosis.

• To identify patients in whom short stature is a variant of normality (familial short stature and/or constitutional delay of growth and puberty).

• To recognize patients with pathological short stature and the different levels of complementary tests that can be performed to identify their underlying etiology.

• To be familiar with the therapeutic options available for the treatment of short stature.

• To know the approved indications for growth hormone in the treatment of short stature.


 

 

Short stature

https://doi.org/10.63149/j.pedint.44

Introduction

Short stature (SS) is one of the main reasons for consultation, and growth assessment is a highly sensitive indicator of a child’s health status. Human growth is a dynamic process subject to multifactorial regulation, and height variation in the population is explained by genetic factors and, to a lesser extent, by environmental factors. The GH-IGF-I axis is the most important endocrine system in the regulation of postnatal growth.

The assessment of a child’s growth is a very sensitive indicator of their health and well-being, and its evaluation is part of well-child monitoring programs. Short stature (SS) is one of the main reasons for consultation, hence the importance of performing a correct assessment to adequately direct the diagnostic process and differentiate pathological SS from non-pathological SS, which is a variant of normal human growth and maturation rates(1,2).

Human growth is a dynamic, continuous, non-linear process regulated by multiple factors, which can be classified as exogenous (nutrition, physical activity, affectivity, psychosocial influence) and endogenous (genetic, hormonal, metabolic, and tissue receptivity at the growth plate level). Approximately 80% of the variation in adult height found in the population depends on genetic factors, and the remaining 20% is explained by environmental factors that are responsible for the difference in height between populations and the secular acceleration of growth. This genetic dependence is attributed to the combined participation of multiple genes, making adult height a polygenic trait. The maturation rate of an individual is also conditioned by genetic factors. Environmental factors, such as nutrition, stress, affectivity, and socioeconomic conditions, can influence growth and the maturation rate, such that unfavorable conditions determine a lower adult height and a later puberty(3).

The GH-IGF-I axis It is the most important endocrine system in the regulation of growth(4,5). Growth hormone (GH) has direct growth-stimulating actions and most of them are mediated by the action of IGF-I (insulin-like growth factor number I) produced in the liver. IGF-I is the main postnatal growth factor and exerts mitogenic and anabolic actions on most cells. IGF-I circulates in the blood bound to carrier proteins or IGF binding proteins (IGFBPs). The most important IGFBP in serum is IGFBP-3, which together with the acid-labile subunit (ALS) and IGF-I forms a ternary complex that transports IGF-I to the tissues. At the peripheral level, proteases break down the IGFBP complexes and allow the release of free IGF-I into the tissues. Both IGF-I and IGFBP-3 and the acid-labile subunit are proteins produced in the liver that depend on the secretion and action of GH. In recent years, progress has been made in the understanding of the peripheral bioavailability of IGF-I, and the role of pappalysins, specifically pappalysin-2 (PAPP-A2, pregnancy-associated plasma protein 2), which acts as a proteolytic enzyme that breaks down the ternary complex of IGF-IGFBP-3-ALS, facilitating the release of IGF-I into the tissues. Stanniocalcins are peptides that regulate, in turn, the action of pappalysins, and are therefore also involved in the regulation of the peripheral action of IGF-I(6). GH and nutritional status are the two most important regulatory factors of hepatic secretion of IGF-I and IGFBP-3. Other hormonal systems involved in the regulation of IGF-I levels are insulin, thyroid hormones, glucocorticoids and sex steroids. Malnutrition, conditions such as anorexia and celiac disease, chronic inflammatory diseases such as Crohn’s disease or juvenile chronic arthritis, decrease the levels of IGF-I and IGFBP-3, despite normal GH secretion, indicating the existence of a secondary resistance to GH(2). In the growth cartilage, in addition to the endocrine action of IGF-I and GH, other growth factors and proteins produced by the chondrocytes themselves and which have autocrine and/or paracrine action also intervene, such as IGF-I, FGF (fibroblast growth factor), TGFβ (transforming growth factor), CNP (C-natriuretic peptide or C-type natriuretic peptide), PTHrP (PTH-related protein), cytokines, extracellular matrix proteins and bone morphogenetic proteins (BMP)(3,5).

The concept of short stature and growth failure

While short stature is a static and statistical concept, growth failure is defined based on growth rate, genetic height, and expected adult height. Most short statures presented to the clinic are normal growth variants, and only in approximately 15-20% is an underlying cause or pathology found.

Height follows a normal distribution, and by definition, 2.3% and 0.6% of healthy individuals have a height that is 2 SD and 2.5 SD below the mean for age and sex in a given population, respectively. This indicates that many children referred for SS testing do not have pathology and are at the extreme end of the normal curve. To correctly assess growth and identify pathological growth, three parameters must be considered: a) height relative to the mean (SD or percentile position); b) comparison of height relative to genetic height (GH); and c) growth velocity (GV) adjusted for age, sex, and pubertal stage, where a height loss greater than 0.3 SD/year is considered greater than expected based on physiological growth variability. SS is a static concept based on a statistical criterion defined as a height below normal, while growth failure is a broader concept and involves assessing growth rate and future expectations for adult height. The most frequently used criteria for describing SS/growth failure are: a) height less than -2 SD for age and sex on charts appropriate for the population studied; b) normal height (within ±2 SD) but 2 SD below genetic height (GH); c) an estimated adult height 2 SD below the individual’s genetic height; and d) decreased growth velocity, including a growth velocity less than -1 SD (~25th percentile) for age and sex, sustained over a period of more than 2 years. This concept includes situations where a child does not have SS but may have pathological growth failure(4,5).

The prevalence of growth failure is difficult to establish, but it is thought that approximately 3-5% of the child population may exhibit SS at any given stage of their growth. There is no reason to believe that the prevalence of SS varies depending on the origin of the population studied, with the exception of growth failure due to nutritional or deficiency causes in underprivileged countries. The prevalence of pathological SS is between 1.5% and 40%, depending on the severity of the auxological inclusion criteria, but it is accepted that approximately 15-20% of SS cases have a known cause(5), while the vast majority are variants of normal or non-pathological SS.

Etiology and classification of short stature

Growth disorders have a multitude of causes and are classified as disorders with primary or intrinsic involvement of the growth plate, disorders with secondary involvement of the growth plate due to alterations in the nutritional-hormonal-metabolic environment, and disorders of unknown cause. Idiopathic SS is a difficult and controversial concept to define, largely dependent on the tests performed. In recent years, genetic studies have made it possible to identify genetic abnormalities in genes related to growth plate development in patients with short stature who were previously considered idiopathic.

Height variation in the normal population is mostly related to variants in genes involved in the growth cartilage and, for this reason, many authors prefer to categorize SS based on whether the growth cartilage involvement is primary, due to the affectation of the genes involved in its function, or secondary to other processes(7). Table I(8) presents the different etiologies according to the classification proposed by the European Society of Pediatric Endocrinology(8), which divides them into 3 large groups: a) growth failure of primary origin, due to defects or anomalies intrinsic to the growth cartilage; b) secondary growth failure, caused by all those processes that determine an alteration of the nutritional-hormonal-metabolic environment in the growth cartilage; and c) growth failure of unknown cause, in what has been called idiopathic short stature (ISS).

tabla

 

Primary growth failure

Growth failure of prenatal origin

Prenatal growth can be affected by numerous maternal (tobacco, alcohol, drugs, systemic diseases), placental (uterine-placental insufficiency), and fetal (infections, chromosomal abnormalities, gene abnormalities) factors; however, in most cases, no cause is identified and the term idiopathic intrauterine growth restriction is used. The concept of small for gestational age (SGA) is not always synonymous with intrauterine growth restriction, as some children may be considered SGA without having undergone intrauterine growth restriction if their genetic potential and growth percentile have been within low percentiles throughout pregnancy (constitutional SGA). The term intrauterine growth restriction should describe fetuses in which there is clear evidence of growth restriction; it is more of an obstetric concept, which includes the determination of fetal growth in two stages and the verification of growth cessation. The term SGA is defined as a newborn (NB) whose birth weight and/or length is ≥2 SD below the mean for their gestational age(9). Most SGA newborns show catch-up growth, which is most intense in the first six months, and 80-90% reach a normal length in early childhood, between ±2 SD, although they are often below their family range. At 2 years of age, 13-15% of these children have a length below -2 SD; after the first two years of life, catch-up growth is rare, except in premature newborns. The group of SGA newborns without spontaneous catch-up growth should be followed, as they may be candidates for treatment with recombinant human growth hormone (rhGH). GH does not play a primary role in prenatal growth, which at the hormonal level depends more on insulin and insulin-like growth factors-1 and -2 (IGF-I and IGF-II). The group of growth retardation of prenatal origin should include disorders linked to insulin deficiency and IGF-I synthesis or action due to mutations in the genes IGF1 and IGF1R, respectively(10).

Syndromes associated with growth failure

Various syndromes are known to be associated with growth retardation(10,11). SS is frequently of prenatal origin, resulting in an intrinsic growth disturbance. In this group of patients, clinical examination is essential to guide the diagnosis (Table II)(3,4).

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Skeletal dysplasias

More than 400 types of bone dysplasias (BD) are described and classified according to clinical, radiological, biochemical, and molecular criteria, and more than 350 genes are involved. BDs have a combined incidence of 1:5,000 live births and represent 5% of children born with a congenital defect. BDs frequently present with short stature in childhood, but due to their clinical heterogeneity, symptoms can range from premature arthritis with normal stature to patients with severe short stature with death in the perinatal period. The spine and extremities are usually affected, but it is also necessary to rule out involvement of other organs and systems, such as vision, hearing, neurological impairment, or cardiorespiratory function. The key sign is disproportionate SS with abnormalities of the body segments(12).

Achondroplasia, which is due to a mutation in the gene FGFR3 (4p16.3) with an autosomal dominant pattern and complete penetrance, and hypochondroplasia, a milder form of achondroplasia and also linked to the gene FGFR3, are the most frequent BDs and are easily identified clinically due to their growth failure, shortening of limbs, rhizomelia, curvature of the legs and frequent genu varum(13). Hypochondroplasia does not have the characteristic facial appearance of achondroplasia and its growth stunting is less, and it can be confused with and diagnosed as familial idiopathic SS. Other less common BDs are multiple epiphyseal dysplasia, in which at least five genes have been implicated (COMP, COL9A1, COL9A2, COL9A3 and MATN3), and Maroteaux’s acromesomelic dysplasia, which is linked to a loss of function of both alleles of the NPR2 gene.

SHOX gene is located in the pseudoautosomal region of the short arm of the X and Y chromosomes, and is predominantly expressed in the 1st and 2nd pharyngeal arch, distal humerus (elbow), distal ulna and radius (wrist), proximal tibia and distal femur (knee) and regulates the differentiation and proliferation of chondrocytes. Mutations or deletions in homozygosity or compound heterozygosity are very rare and are associated with Langer’s mesomelic dysplasia, very severe BD with very short stature (-6 SD), severe shortening of the limbs and aplasia of the ulna and fibula. Haploinsufficiency of the SHOX gene by mutation or deletion in heterozygosity of the SHOX gene or its regulatory region PAR1 is responsible for Léri-Weill dyschondrosteosis and also for some clinical manifestations of Turner syndrome. Léri-Weill dyschondrosteosis is characterized by mesomelic undergrowth (shortening of the forearms), cubitus valgus, Madelung deformity, shortening of the metacarpals and metatarsals, high-arched palate, micrognathia, and a short neck; these manifestations are more marked in women and after puberty, due to the influence of estrogen. The phenotypic variability is wide, so the clinical spectrum is a continuum ranging from severe forms, with disproportionate SS, to mild forms, with proportionate SS with minor skeletal and radiological abnormalities without Madelung deformity. Up to 2-15% of idiopathic short stature is associated with heterozygous mutations in the SHOX gene. In table III(14), the clinical pictures associated with SHOX gene abnormalities are presented(14).

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Secondary growth failure

Chronic diseases and malnutrition

In developed countries, malnutrition as a cause of growth retardation is usually linked to chronic pathologies with inadequate diets and nutrient intake. Restrictive diets, whether or not associated with excessive exercise, and eating disorders such as anorexia nervosa, can lead, depending on the severity and duration, to protein-calorie malnutrition and impaired growth. Malnutrition is accompanied by a state of secondary GH resistance with decreased levels of IGF-I and IGFBP-3 and normal or elevated GH secretion. Recurrent infections (gastrointestinal, parasitic) are a common cause of growth retardation in underdeveloped countries. In our setting, the presence of recurrent infections should raise the possibility of underlying immunodeficiency (primary or secondary) or associated malformations. It is estimated that ~10% of pathological SS causes are secondary to chronic disease. The growth pattern is similar, with an initial impact on weight development and body mass index (BMI) and, subsequently, a decrease in growth velocity, a drop in height, as well as delayed puberty and bone age. The release of the noxa and appropriate treatment produce a recovery growth, which may be total or partial(15).

Endocrine diseases

Endocrine disorders account for approximately 5% of the causes of pathological SS. In addition to GH-IGF axis disorders, these include hypothyroidism and chronic hypercortisolism (Cushing’s syndrome), which can be caused by the pituitary (Cushing’s disease) or adrenal (ACTH-independent hypercortisolism), or, most commonly, by chronic corticosteroid administration. In the latter case, the severity of growth retardation depends on the type of corticosteroid, dose, duration, administration regimen, and individual sensitivity. Other endocrine causes include pseudohypoparathyroidism and poorly controlled diabetes. Endocrine-caused growth failure includes clinical situations of excess of sexual steroids (precocious puberty, congenital adrenal hyperplasia, exogenous administration of steroids) that present a transient hypergrowth, acceleration of bone age and premature closure of growth cartilages and end with adult height below normal(16).

GH-IGF axis disorders

Growth retardation due to alterations in the GH-IGF axis accounts for 2-5% of cases of postnatal SS. GH deficiency (GHD) can be genetic or acquired, isolated or associated with other hormonal deficiencies. GHD has an incidence of 1:3,400 and a prevalence of 1:29,000. Most GHD are idiopathic, and only 20% have an organic cause. Among the idiopathic GHD group, embryological abnormalities at the pituitary level can be found, such as pituitary hypoplasia, hypoplastic or absent stalk, and ectopic neurohypophysis(17).

Between 3-30% of cases of selective GHD are familial or genetic. Most mutations involve the GH genes (GH1) or to the hypothalamic GH-releasing hormone receptor (GHRHR) and, to date, no patients with mutations in the GHRH gene have been identified. Heterozygous mutations in genes HESX1 and SOX3 are a rare cause of selective GHD. It is important to consider that some cases of panhypopituitarism initially present as isolated GHD and eventually develop the other hormonal deficiencies. Recessive and dominant mutations have been described in the GH secretagogue receptor type 1 gene (GHSR), whose natural ligand is ghrelin, in patients with partial idiopathic GHD. GHD associated with agammaglobulinemia is caused by an affectation in the BTK (Bruton agammaglobulinemia tyrosine kinase) gene. The clinical manifestations of GHD depend on its severity. The most common manifestations are progressive growth retardation, loss of height, decreased growth velocity, and, frequently, delayed bone age. Delayed bone age is not always observed, as premature adrenarche or precocious/advanced puberty may coexist, or the patient comes from a family with a rapid maturation rate. Severe forms are accompanied by a characteristic phenotype (central adiposity, doll-like face, acromicria, high-pitched voice, decreased muscle mass). In the neonatal age, if other pituitary deficits are present, patients present with hypoglycemia, micropenis, with or without cryptorchidism, prolonged jaundice, and elevated liver enzymes(18).

As with selective GHD, most cases of multiple hormonal deficiencies are idiopathic, and in 20-25% of cases, a responsible gene is identified. Many of the transcription factors involved in the secretion of pituitary hormones are not specific to the pituitary gland and participate in the ontogeny of other organs, so they are frequently associated with other malformations. The mode and timing of presentation of the different hormonal axes can vary, so they can appear at later ages; generally speaking, TSH and GH deficiencies are the “earliest,” while FSH, LH, PRL, and ACTH impairment can be “late” and manifest in adulthood. The genes most frequently involved in multiple hormone deficiencies are HESX1 (septo-optic dysplasia), PROP1, POU1F1 (TSH, GH and prolactin deficiency), RIEG (Rieger syndrome), LHX3, LHX4, SOX3 (X-linked GHD with psychomotor delay), GLI2 (holoprosencephaly), GLI3 (Pallister-Hall syndrome), OTX2, FGF8 (holoprosencephaly), FGFR1 (eye defects, corpus callosum hypoplasia) and IGSF1 (TSH, GH and prolactin deficiency with macroorchidism)(18,19).

Inactive GH refers to an immunologically reactive, but structurally abnormal and biologically inactive, GH molecule produced by a pathogenic variant in the GH1 gene. It is characterized by a progressive growth retardation with normal or high serum levels of GH, since they produce immunologically detectable GH, but biologically inactive, which is why it is associated with decreased levels of IGF-I and IGFBP-3, a positive response in the IGF-I generation test (rhGH administration for 5 days with a 50% increase in basal IGF-I levels), since the GH receptor is normal, and a good response to treatment with rhGH(5,17).

Primary IGF-I deficiency or primary GH insensitivity syndrome is a rare condition that presents with a very characteristic and severe phenotype; it is included within the postnatal growth retardation, with a proportionate appearance. These conditions are characterized by normal or increased GH secretion with very low levels of IGF-I and IGFBP-3 in the absence of systemic disease, malnutrition, chronic inflammation, liver damage or other comorbidity that justifies a lower production of IGF-I due to secondary insensitivity. They present with severe SS, decreased growth velocity and a characteristic phenotype (facies with midfacial hypoplasia, broad forehead, central adiposity), although partial or variable severity forms are currently accepted. Laron syndrome due to affectation of the GH receptor gene (GHR) was identified 50 years ago and represents the extreme form of insensitivity, but today less severe forms and partial insensitivity are accepted. GH action and biological signal transmission require protein phosphorylation, including STAT5b (signal transducer and activator of transcription 5B), also involved in immune function, and therefore, deficiency of this factor is associated with recurrent lung and skin infections. Other proteins responsible for transmitting the GH signal are known, such as STAT3, also involved in immune function, the interleukin 2 receptor (ILRG2 gene) and phosphatidylinositol 3 kinase (PIK3R1 gene)(35). The primary defect of the acid-labile subunit (ALS) results in a lower bioavailability of IGF-I at the peripheral level and is associated with very low serum levels of IGF-I, IGFBP-3 and ALS; the phenotype is not as severe and its growth pattern may resemble constitutional growth retardation. The mutation of the IGF1 gene can determine a severe decrease in IGF-I, which causes severe prenatal and postnatal delay, microcephaly, sensorineural hearing loss, retromicrognathia and mental retardation, reflecting the important role of IGF-I in prenatal growth and in the development of the central nervous system (CNS). Growth retardation due to bioinactive IGF-I due to a mutation in the IGF1 gene has also been described, which associates elevated levels of IGF-I, but biologically inactive. IGF-I resistance is due to heterozygous mutations in the IGF-I type 1 receptor gene (IGF1R), which are responsible for isolated cases of pre- and postnatal growth retardation, and recent studies indicate that they are present in up to 2% of SGAs with SS. Patients with mutations in the IGF2 gene present a phenotype similar to Silver-Russell syndrome, indicating that IGF-II plays a role in postnatal growth in addition to its function in fetal growth. Recently, a new syndrome due to mutations in the PAPPA2 gene has been described and involves a deficiency of a protease of the IGF-I transport protein (IGFBP-3), which, when deficient, prevents the release of IGF-I from the ternary complex. It occurs with elevated GH and total IGF-I, IGFBP-3 and ALS, and a decrease in free IGF-I due to lower bioavailability at the peripheral level(20). The classification of GH-IGF axis disorders is presented in table IV(19,20).

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Psychosocial disorders and iatrogenic growth retardation

Situations of emotional deprivation (neglect, abandonment, bullying, abuse) are associated, depending on the degree and duration, with growth and pubertal delays due to secondary functional hypopituitarism. Treatments for cancer can lead to impaired growth; total body irradiation, in addition to affecting the pituitary gland, leads to reduced growth of the trunk, resulting in disharmonious growth retardation; chemotherapy and drugs that block cellular tyrosine kinase activity can also slow growth. Treatments that suppress appetite can cause reduced growth rates.

Growth disorders of unknown cause: idiopathic short stature

The term idiopathic short stature (ISS) is an arbitrary and controversial concept, since establishing the etiology of a patient is closely related to the extent of complementary studies. The classic definition of ISS includes any child with height ≥2 SD below the mean for age, sex and population group, normal prenatal growth assessed by normal length and weight for gestational age, absence of endocrine disease, which includes demonstration of normal GH secretion, absence of chronic diseases, chromosomal abnormalities, nutritional and/or emotional deficiencies, normal physical examination and normal body proportions. From a conceptual point of view, ISS has been subdivided into familial ISS and non-familial ISS, and in turn, both groups can be subclassified into children with delayed puberty and children with normal puberty. ISS has been the subject of extensive reviews and its concept has been subject to debate and discussion over the last years(21).

The ISS group includes children with normal variants of short stature (NVSS), which include familial short stature (FSS), constitutional delay of growth and puberty (CDGP), and mixed cases. Furthermore, the ISS concept includes patients who, while meeting the criteria of the previous definition, present minor skeletal or phenotypic abnormalities that may go unnoticed without a thorough examination, and who reach a short adult height that is lower than their genetic height. This group of patients is not part of the “classic” NVSS concept and would be forms of pathological SS with a cause not identified with standard studies, in which an advanced study is required to ensure that they are truly “idiopathic.” It is estimated that approximately 60-80% of children who consult for SS fall into the ISS group, and of these, the vast majority would be NVSS and the rest would be pathological ISS(22).

Normal variants of short stature

The term familial short stature (FSS) includes healthy individuals with short stature, who have a normal maturational rhythm (normal bone age and puberty), normal growth velocity, have a history of SS in first-degree relatives, and reach a short adult height commensurate with their genetic makeup. The diagnosis of FSS is made by exclusion, and it is important to emphasize that short parents do not always mean simple FSS, since the presence of this finding does not exclude the possibility that the child may present other causes of growth retardation or that the parents carry a genetic abnormality of variable expressivity.

The concept of constitutional delay of growth and puberty (CDGP) includes children with slow maturation and an adequate growth velocity, but who, from 7-8 years of age, experience a decrease in growth velocity, which becomes very evident in the peripubertal ages, with delayed bone age and the onset of puberty. A history of pubertal delay in the father (late shaving age, late growth spurt) and/or in the mother (late menarche) is very common. The growth pattern of these children is very characteristic and can be summarized as follows: a) normal weight and length at birth; b) normal growth velocity during the first 12-18 months of life with a subsequent decline until 2-4 years of age, when height is within its genetic range; c) from 2-4 years of age, growth velocity reaches a normal rate, but below average; d) significant prepubertal decrease in growth velocity; e) delayed height for chronological age, but not for bone age, which presents a delay ≥2 years; and f) late pubertal growth spurt, but in line with bone age, characterized by a shorter time interval from the onset of puberty to the start of the growth spurt and by a less intense peak growth velocity. All children spontaneously, although late, reach complete pubertal maturation, and most achieve a normal adult height appropriate for the family; although, in a variable percentage (~20%), adult height is between 0.6 and 1.5 SDS below their GH. Patients with associated FSS and/or a decreased growth velocity throughout childhood and during the prepubertal period are at greater risk of not reaching their GH; conversely, children with a family history of tall stature tend to match or exceed their GH. A definitive diagnosis of CDGP cannot be made until the late onset of puberty is confirmed (≥13-14 years in males and ≥12-13 years in females)(14,25). The clinical characteristics of NVSS are presented in table V(1,16,23).

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Pathological idiopathic short stature

Population genome studies have shown that most of the genes involved in height variability are related to the growth plate and endochondral ossification. These genes include the SHOX (short stature homeobox gene Xp22.33 and Yp11.2); NPR2 (natriuretic peptide receptor 2; 9p13); FGFR3 (fibroblast growth factor receptor 3; 4p16.3), NPPC (natriuretic peptide precursor C; 2q37); ACAN (aggrecan; 15q26.1) and IHH (Indian hedgehog homolog; 2q35). These are genes whose mutations in a state of homozygosity or compound heterozygosity determine a specific BD, while pathogenic variants in heterozygosity determine SS without apparent disproportion and with minor and nonspecific clinical and skeletal signs. As these genes are inherited in a dominant manner, a history of SS in one of the parents is frequent. These patients would form the group of pathological ISS and, once their cause is identified, would leave the ISS group and would become part of the growth failure due to primary involvement of the growth cartilage. The haploinsufficiency of the SHOX gene is present in 2-15% of patients with apparent ISS, and suggestive clinical findings would include the variable presence of minor skeletal abnormalities such as limb shortening, high-arched palate, micrognathia, cubitus valgus, tibial curvature, and a stocky appearance. Radiologically, these patients may present with minor findings such as altered bone alignment of the wrist bones, triquetrum deformity of the carpal bones, or triangular deformity of the radial head, but not all patients present with all these findings, and there may be patients who do not show radiographic abnormalities (Table III)(14). Patients with heterozygous involvement of the ACAN gene present short adult stature and a growth pattern characterized by accelerated bone age and premature closure of growth cartilages. The ACAN gene encodes a proteoglycan called aggrecan, which is a component of the extracellular matrix of the growth plate and articular cartilage. They have a mostly proportionate habit, although the arm span is greater than the height in some patients. These patients associate early-onset osteoarthritis, lordosis, and early lumbar herniation(5,22).

Diagnosis

The diagnostic process should be step-by-step and aims to differentiate normal variant SS from pathological SS and identify the cause as early as possible to initiate early treatment. A detailed clinical history, a thorough examination, and a correct interpretation of auxological and bone age data are the first steps in establishing a suspected diagnosis and guiding the appropriate testing.

In many cases, a diagnosis cannot be reached through clinical history and physical examination, so basic complementary testing must be performed to rule out systemic diseases. There is no consensus on which tests to perform, and they usually offer very low diagnostic yield. When an abnormality of the GH-IGF axis is suspected, IGF-I measurement is the first test to perform. Diagnosis of GHD in childhood is straightforward in severe forms. However, diagnosis of idiopathic GHD, which is the most common form, requires correct and judicious interpretation of clinical, auxological, radiological, and hormonal data (IGF-I levels and GH stimulation test), as there is no specific test. In cases of idiopathic SS that show minor skeletal abnormalities and/or mild dysmorphisms, especially if they are severe forms and there is a family history of short stature, a genetic cause should be suspected and advanced genetic studies should be performed in collaboration with a clinical geneticist for correct interpretation of the results, as they offer high diagnostic yield.

The causes of SS are multiple, and differential diagnosis requires a series of well-structured, step-by-step procedures before proceeding with complementary studies. Most cases are NVSS, and not every child requires the same range of complementary tests, since, in most cases, a thorough clinical history and physical examination will suffice to establish a diagnosis. In the diagnostic approach to SS, one could refer to five levels of examination(23,24).

Step 1: Medical history and physical examination

The first level would be based on a detailed clinical history and physical examination aimed at finding data that help identify a known cause responsible for the growth failure (Table VI)(24,25). Perinatal history inquiring about pregnancy and delivery, maternal illnesses, prenatal growth, weight, length and head circumference at birth, to identify whether the origin of the growth retardation is prenatal (idiopathic or secondary intrauterine growth retardation) or postnatal. It is necessary to assess the family history and ask for growth and puberty data from parents and relatives. The child’s genetic potential or “path” must be determined, and this is done by calculating the GT, which is the height that a son or daughter should reach assuming optimal and similar health conditions in both generations. There are different methods for calculating GT, but the most commonly used formula is obtained by calculating the average parental height adjusted by sex (Tanner formula); for women, it is [(father’s height + mother’s height) – 13] / 2; and for men, it is [(father’s height + mother’s height) + 13] / 2. GT ± 8.5 cm corresponds to the 3rd and 97th percentiles of adult height estimates, and a child is said to be short for their family when it is ≥ 2 SDs from the GT. Tanner’s formula underestimates the GT in the case of short parents and overestimates it in the case of tall parents. In these cases, another GT formula would be accepted: [(father’s height SD + mother’s height SD) / 2] x 0.72(24,25).

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Personal history must be made to rule out symptoms of systemic disease (chronic diarrhea, bloody stools, abdominal pain, anorexia, recurrent infections, chronic cough, dyspnea, arthralgia, arthritis, fatigue, slowness, weight loss, hypertension, virilization, headache and neurological symptoms) and to perform a nutritional, psychiatric and emotional history. Physical examination includes comprehensive auxology. Length is defined below the age of 2; children at this age should be measured supine using an infant stadiometer. Height is defined above the age of 3 and should be measured using a well-calibrated stadiometer. Between the ages of 2 and 3, both methods are used to calculate previous and future growth velocity using the same methodology. In addition to length/height, weight, head circumference, body mass index, sitting height, sitting height/height ratio, arm span, and a study of body segments [upper segment (US) and lower segment (LS)] should also be assessed. In children under 2–3 years of age, the fontanelle and dentition (indicative of developmental rhythm) should also be examined, and nutritional status is assessed using the weight-for-length ratio. In older children, pubertal development should be assessed according to Tanner’s stages, since it is very important to relate growth velocity to pubertal stage. The child should be examined to determine whether or not he or she has started puberty (4 mL testes in boys and breasts with a stage II glandular button in girls) and, in turn, what stage of puberty he or she is in, since the pubertal growth spurt occurs in girls in the initial stages of puberty (Tanner II-III), while in boys it occurs in the advanced stages (Tanner III-IV). When assessing growth, the choice of appropriate charts is very important, and the use of updated national charts is recommended, especially those based on longitudinal studies. In Spain, the most commonly used charts for assessing growth are those from the 2010 Spanish Cross-Sectional Study(26). In their absence and below 2 years of age, the charts from the World Health Organization (2006) should be used; this is especially accepted for nutritional assessment, and above this age, the use of the CDC charts is recommended (Centers for Disease Control and Prevention)(5,25).

For a correct auxological assessment three parameters need to be considered: height relative to the mean (SD or percentile position); comparison of height relative to genetic height; and growth velocity adjusted for age, sex, and pubertal stage. Studies are often performed unnecessarily and when the situation requires them. Table VII(25) presents the auxological criteria based on which a SS study should be initiated to rule out pathological SS(24,25).

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The clinical history may show key signs that allow us to think about the existence of GHD, such as hypoglycemia, prolonged neonatal jaundice, micropenis, history of cranial irradiation, CNS trauma or infection, consanguinity or involvement of a first-degree relative, and craniofacial midline abnormalities. Physical examination reveals proportionate short stature, central adiposity, broad forehead, midfacial and/or nasal root hypoplasia, a graceful doll-like appearance, and acromicria of the hands and feet. In many cases, only short stature is identified, and the auxological criteria for suspecting GHD are as follows: a) severely short stature less than -3 SD; b) height more than 1.5 SD below the mean parental height; c) height less than -2 SD and growth velocity for one or more years below -1 SD or a height loss greater than 0.5 SD for one year in children over 2 years of age; d) in the absence of short stature, a growth velocity of less than -2 SD for one year or less than -1.5 SD on a sustained basis or a height loss of more than 1.5 SD for 2 years; and e) signs indicative of intracranial injury or multiple pituitary deficiency or GH deficiency in the newborn(17-19).

The physical examination should include a search for signs of facial dysmorphia or phenotypic features and body proportions that suggest a specific syndrome. Measuring body segments can indicate disharmonious or disproportionate growth retardation and is equivalent to indicating an abnormality in the relationship between sitting height (SH) and standing height. SH (distance between vertex and coccyx) gives an idea of trunk length. The SH/height ratio is 0.7 at birth and 0.5 when skeletal maturation is reached. A high sitting height/standing height ratio, greater than 0.55, indicates SS due to limb shortening (achondroplasia-type BD, hypochondroplasia, Turner syndrome, hypophosphatemic rickets); whereas a low ratio indicates SS due to trunk shortening (spondyloepiphyseal BD, post-spinal radiotherapy BD, scoliosis). This ratio can be expressed in SD according to reference standards, and disproportionate SS can be suspected if the ratio is above or below 1 SD. Measuring the lower segment (LS) (distance between the pubic symphysis and the floor) is less precise than calculating the SH, but it is also used clinically to diagnose disproportionate SS. The upper segment (US) is calculated by subtracting height from LS. References exist for the upper segment/lower segment ratio. Normal values for the US/LS vary with age: in newborns it is 1.7; in the first few years it is >1; at 10 years of age it is equal to 1; and over 10 years of age it is <1. A reduced US/LS ratio suggests shortening of the spine, and when it is increased, shortening of the lower limbs. Measuring the arm span (the distance between the fingertips with the arms fully extended and abducted at 90°) can identify upper extremity shortening. Arm span, in newborns, is 2.5 cm shorter than length; in childhood, it is equal to height; and in adolescence, it is 2 cm longer than height in males and 4 cm longer than height in females. Upon examination, when there is a difference greater than 4 cm, upper extremity shortening should be suspected. Similarly, measurements of the forearm or leg can be performed to identify mesomelic shortening of the upper or lower extremities according to reference standards. Physical examination and history taking are very important, since up to 25% of children with pathological SS may not be identified by auxological criteria and hence the importance of assessing the phenotype, dysmorphisms, associated pathology and personal clinical history(5,23,24).

Serial measurements allow for the calculation of the growth velocity over a minimum period of 6 months, ideally 1 year. A thorough reconstruction of the child’s growth pattern up to the present is essential. Growth velocity (GV) can also be expressed in SD for age and sex and by percentile. It is accepted that a GV below the 25th percentile (~ -1 SD) maintained for one year is indicative of a possible growth disorder, and when it is below the 10th percentile, it requires a special study.

It is important to carry out a bone age (BA) (hand and wrist X-ray, usually of the left or non-dominant hand). There are different methods for its assessment, but the most commonly used is the Greulich and Pyle atlas, which is an observer-dependent method with high variability. BA provides information on the patient’s residual growth and helps guide the diagnosis. Based on bone age and using Bailey-Pinneau tables, the predicted adult height (PAH) can be calculated. Automated methods that reduce variability also allow for the calculation of PAH. PAH is indicative and serves as a developmental parameter, although it is unreliable when there is a significant advancement or delay in BA or in BD and syndromic SS. A delayed BA suggests CDGP, GH deficiency, nutritional deficiency, or chronic systemic disease. In contrast, an advanced BA indicates premature maturation (precocious puberty, adrenal hyperandrogenism). In primary growth disorders (syndromes, BD), BA is usually consistent with chronological age. Hand and wrist radiographs also serve to rule out skeletal abnormalities indicative of minor syndromes or BD (brachydactyly, shortening of the 4th metacarpal in pseudohypoparathyroidism, Turner syndrome, Madelung deformity due to haploinsufficiency of the SHOX gene).

Step 2: Targeted complementary examination

The second level of examination would focus on specific investigations based on the examination findings. When BD is suspected (disproportionate SS or SS significantly below the patient’s genetic height), a radiographic examination is required, which should include the skull, spine, thorax, pelvis, long bones, and left hand. Clinical signs that should raise suspicion of BD include macrocephaly, shortening of limbs or a body segment, severe undergrowth, limited joint movement, thoracic abnormalities, kyphosis and/or scoliosis, genu valgum/varus, brachydactyly, and, often, a positive family history due to the dominant nature of many of these abnormalities. A thorough clinical examination is required before the radiological examination, which should include height, weight, head circumference, arm span, sitting height, and the sitting height/height ratio or upper segment/lower segment ratio. All of this will allow the identification of BDs with trunk shortness (spondyloepiphyseal dysplasia, mucopolysaccharidosis) or limb shortening (achondroplasia, hypochondroplasia, pseudoachondroplasia, Léri-Weill dyschondrosteosis, metaphyseal dysplasia) and, in turn, the latter can be classified as rhizomelic, mesomelic, or acromelic, depending on whether the limb shortening is proximal (femur and humerus), middle (radius, ulna, tibia, fibula), or distal (hands and feet), respectively. Radiological studies allow them to be classified as epiphyseal, metaphyseal, or diaphyseal BDs, determine the affected regions, and rule out bone mineralization abnormalities. BDs do not always present with obvious disproportionate SS, as they vary in expression. Some mild forms of BD may have minor skeletal abnormalities that go unnoticed, and in these cases, they can be included in the ISS group and form part of the differential diagnosis. There are many syndromes associated with growth retardation that can be diagnosed clinically through a thorough physical examination (Table II)(3,4); many of these syndromes are linked to specific genetic abnormalities, so genetic testing should be performed in a targeted manner(14,24).

Step 3: General complementary examination

In most cases, a specific diagnosis is not reached through physical examination and clinical history, so complementary testing should be performed. Various treatment protocols have been proposed in this regard, but there is no international consensus (Table VIII)(24). In healthy children with short stature and no specific medical history of interest, with a normal physical examination and who maintain a growth velocity greater than 5 cm/year, the diagnostic yield of the tests performed is very low (less than 2%), since the vast majority of them did not have any abnormalities in the study performed, indicating the low incidence of pathology in healthy children with short stature and a normal physical examination. It is agreed that all children with SS should have a thyroid function test, celiac disease screening, and IGF-I levels. If the history and examination suggest a specific cause of the growth retardation, specific complementary tests should be performed (sweat test if suspected cystic fibrosis, 24-hour urinary free cortisol if hypercortisolism due to Cushing’s disease or syndrome is suspected, or stool parasites if intestinal parasitosis is suspected).

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Step 4: Advanced complementary examination: study of the GH-IGF axis

Determination of IGF-I is the first test performed when GHD is suspected, with decreased values suggesting its diagnosis. However, variations with age, pubertal stage, sex, nutritional status, and body mass index, and the limitations of the methodology for performing a robust and consistent IGF-I determination, as well as the absence of generally applicable reference values, limit its usefulness and make its interpretation difficult. Before the age of 3, the range of normal IGF-I values includes the method’s lowest detection level, so there is an overlap of values between normal and deficient children. Therefore, at this age, the predictive value of IGFBP-3 is considered higher, but, beyond that age, its sensitivity is lower than that of IGF-I. Decreased IGF-I and IGFBP-3 values make GHD highly likely, but other pathologies must be ruled out, such as malnutrition, hypothyroidism, and GH insensitivity. In turn, when associated with delayed development and puberty, the IGF-I level should be interpreted in relation to the child’s pubertal stage (bone age) and not in relation to their chronological age. As a diagnostic parameter for GHD, IGF-I has variable sensitivity and specificity depending on the study; the cutoff level with the best sensitivity and specificity is -1.65 SDS. IGF-I alone is of little value and should always be interpreted in combination with the rest of the examination. An isolated IGF-I measurement below -2 SD has a sensitivity of 65% and a specificity of 80% as a diagnostic value for GHD, so up to 35% of children with GHD have normal IGF-I levels. IGF-I measurement can help select patients for study, as a very low probability of presenting GHD has been described in children with IGF-I above -1 SD (14%) or 0 SD (4%). The combination of IGF-I and growth velocity increases sensitivity to 95% and specificity to 96%. In a child with SS and normal growth velocity (≥25th centile), having a normal IGF-I (≥50th centile) makes the diagnosis of GHD very unlikely(27).

If auxology and IGF-I levels suggest GHD, the next step is measurement of GH secretion using a stimulation test. The pulsatile nature of GH secretion requires stimulation tests, but they have many limitations. These are non-physiological stimuli with low specificity and reproducibility, and can produce a high number of false positives. Normative values adjusted for age, sex, pubertal stage, BMI, or even for each type of stimulus are lacking. Their use is not recommended in early childhood, where variability and limitations are greatest. To date, there are no randomized controlled studies at adult height that correlate GH levels in stimulation tests with the response to rhGH treatment until adult height. Cut-off points have been established arbitrarily and have varied historically from 3-5-7-10 ng/mL. The current methodology for determining GH in serum based on more specific monoclonal antibodies has led to a modification of the cut-off level from 10 ng/mL to 7 ng/mL. At present, the cut-off level that allows us to differentiate normality vs. deficiency is still not known with certainty. In the peripubertal age, it is difficult to establish whether an insufficient GH response is indicative of GHD, and it is essential to differentiate it from constitutional growth retardation. This is based on auxology, the degree of height delay for the child’s genetic height, and the study of the growth pattern, which must be interpreted according to the child’s maturation rate and with appropriate reference standards. To differentiate between these two situations, a study of the GH-IGF axis has traditionally been proposed after a short course of sex steroids (priming), but since there are no normal criteria for interpreting the results, its use is controversial. Some patients with auxological criteria compatible with GHD have decreased IGF-I levels and GH levels in stimulation tests above the cutoff point. These children do not have a classic GH deficiency, but do have an abnormality in the GH-IGF axis and, after excluding other pathologies, would be candidates for treatment with rhGH(27,28).

Brain MRI focusing on the hypothalamic-pituitary area may be helpful in diagnosing GHD. Hypothalamic-pituitary abnormalities suggestive of GHD include empty sella and absence of the anterior pituitary gland, ectopic neurohypophysis, hypoplasia or absence of the pituitary stalk or pituitary gland. MRI is indicated in any child, even in the absence of SS, who presents with an abrupt arrest of growth velocity and/or signs of intracranial hypertension to rule out a tumor in the hypothalamic-pituitary area. The isolated presence of pituitary hypoplasia is not sufficient to diagnose GHD, although it indicates the need for further work-up(19).

In children with suspected GHD, clinical guidelines continue to recommend stimulation testing, but they also recommend against basing the diagnosis of GHD solely on stimulation test results, implicitly acknowledging the lack of sensitivity and specificity. One way to reduce false positives from stimulation tests is to auxologically select patients for study. The combination of height less than -2 SD, growth velocity less than -1 SD, and height ≥1.5 SD below genetic height offers high sensitivity and specificity for a stimulation test cutoff of 7 ng/mL as a diagnostic criterion for GHD. There are special clinical situations where testing is not necessary, such as in newborns (baseline GH level less than 7 ng/mL) or in patients with severe auxological criteria associated with a hypothalamic-pituitary malformation or congenital or acquired hypopituitarism. Severe GHD is easily identifiable, but the diagnosis of idiopathic GHD is always challenging, as the difference between idiopathic SS and idiopathic GHD is problematic; therefore, the diagnosis of idiopathic GHD in childhood should be based on clinical judgment, including auxological, radiological and hormonal parameters, as well as the physician’s experience(28).

A decrease in IGF-I levels with normal or elevated GH secretion should lead to consideration of two situations: inactive GH or a GH insensitivity or resistance syndrome(20,28). GH insensitivity or resistance syndromes may be primary or of genetic origin, or secondary to protein-calorie malnutrition or a chronic systemic disease. Primary forms are very rare conditions due to genetic defects at the level of the GH receptor or postreceptor in the GH biological signal transmission chain, with very severe auxology and characteristic abnormalities of the GH-IGF axis. In secondary forms, there is a postreceptor dysfunction due to malnutrition. A differential diagnosis of GH-IGF axis disorders is presented in table IX(19,20).

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Step 5: Advanced complementary examination: genetic studies

The last level of examination involves carrying out genetic studies that allow the identification of the cause of the growth retardation in cases where a specific diagnosis has not been made and who are classified as pathological ISS, since the study performed up to that point has been normal. Patients classified as ISS who show skeletal abnormalities and/or minor nonspecific dysmorphisms raise suspicion of a genetic cause. Genetic studies should be performed as a final diagnostic test and always after a rigorous clinical examination. There are a series of clinical data that make a genetic cause more likely (Table X)(3,10).

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Genetic studies, such as cGH array, multiplex ligation-dependent probe amplification (MLPA), Single Nucleotide Polymorphism (SNP)-array, clinical exome panel, exome trio, and whole genome, should be performed under diagnostic suspicion and in collaboration with the clinical geneticist for correct interpretation of the results. Currently, genetic studies have allowed us to understand the involvement of new growth plate regulatory genes, which in homozygosity or compound heterozygosity are presented as BD, while in heterozygosity they are presented as ISS (SHOX, NPR2, NPPC, IHH, FBN1, BMP2, FGFR3, ACAN). Table III(14) presents the clinical findings that should lead to suspicion of ISS associated with an anomaly of the SHOX gene and if this is negative, mutations in other genes should be sought, such as NPR2 (similar clinical phenotype without Madelung deformity), IHH (small hands, shortening of the middle phalanx of the 4th and 5th fingers) or NPCC (small hands, moderate brachydactyly). Each of these genes represents a small percentage of children with ISS, but this percentage is higher in cases with a history of SS in their parents, since they are genes that are inherited in an autosomal dominant manner. The prevalence of pathogenic abnormalities in copy number variants (CNVs) in patients with SS and psychomotor retardation, intellectual disability or additional malformations ranges between 10-15%. Performing targeted clinical exome or exome trio analysis in patients with pathological growth failure without an identified cause has a high diagnostic yield (25-50%)(5,24).

Treatment

Treatment of SS depends on the underlying cause and should be guided by etiology.

rhGH should be used under the indicated clinical conditions and at the recommended doses. Predictors of a good long-term response and adult height gain include starting treatment at an early age, prepubertal treatment duration, and response within the first year. rhGH is effective and safe with a very low incidence of complications. Long-acting GH administered weekly demonstrates an efficacy and safety profile that is not inferior to daily rhGH, which is why international agencies have approved its indication for GH deficiency in childhood, starting at 3 years of age. NVSS, FSS, and CDGP do not usually require any type of treatment once other causes of SS have been excluded and a differential diagnosis with idiopathic GHD has been made, which is often difficult. In some cases of CDGP, the patient may have significant psychological impairment, and in this case, which is more common in males than females, treatment with a short course of sex steroids can be offered. It is very difficult to correct a height deficit during puberty, and the use of LHRH analogues or aromatase inhibitors to delay bone maturation and increase growth potential is controversial and should be performed by a pediatric endocrinologist expert in growth on an individual basis. Recombinant IGF-I is indicated in cases of primary IGF-I deficiency. Vosoritide is an analogue of CNP (C-natriuretic peptide) which is indicated in patients with achondroplasia, as it improves growth and body proportions.

SS itself is not a disease, but rather a symptom of an underlying process. Therefore, treatment for SS depends on the etiology. Treatment for secondary growth retardation is aimed at treating the underlying disease and improving nutrition. In the case of psychosocial growth retardation, which is complex and difficult to diagnose, family attitudes should be modified and optimal nutrition should be ensured. Drugs are available that can influence growth (rhGH, rhIGF-I, sex steroids, CNP analogues (C-natriuretic peptide), modifying pubertal development and increasing growth potential (LHRH analogues, aromatase inhibitors) and surgical techniques that allow bone lengthening.

Growth hormone

Recombinant human growth hormone (rhGH) has a history of more than 40 years since its production in 1981 and subsequent indication in 1985 for GH deficiency (GHD) in childhood. Treatment with recombinant human GH (rhGH) has been available since 1985; previously, GH extracted from cadaveric pituitary gland was used, but this was discarded due to its association with Creutzfeldt-Jacobs disease. The greater availability of rhGH has allowed the indications to be extended to other non-deficiency conditions (Table XI)(29,30). In many chronic diseases, such as inflammatory bowel disease, juvenile chronic arthritis or chronic corticosteroid therapy, rhGH has been used with the aim of improving growth, but, except for chronic kidney failure, the indication is not approved for the rest of the situations(29,30). The goal of rhGH treatment is to normalize height as quickly as possible (catch-up growth), ensure normal growth and pubertal development, and achieve a normal adult height for the population and commensurate with TG. Its use is contraindicated in cases of poorly controlled systemic disease, active oncological disease, and/or epiphyseal closure. rhGH is administered subcutaneously, daily, at night, has a dose-dependent effect, and is well tolerated. It should be monitored by a pediatric endocrinologist; follow-up is usually performed every 3–6 months with clinical tests (height, weight, BMI, growth velocity, pubertal development), and annual monitoring of bone age, PAH assessment, determination of IGF-1 levels, which should be maintained within normal limits, thyroid function, and metabolic control (HbA1C, lipids) is recommended. Treatment is continued until adult height is reached and is discontinued when a BA ≥ 14 years in women or ≥ 16 years in men is reached and there is a GV ≤ 2 cm/year. In cases of multiple hormonal deficiency, treatment of the corresponding hormonal deficiencies should be carried out(31).

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Treatment with rhGH raises unresolved issues, including variability in response and the difficulty in differentiating responding patients with significant height gain from non-responders. Regardless of the clinical condition, starting treatment at an early age, the number of years in prepubertal age, and response in the first year are very important predictors of a good long-term response. In prepubertal children diagnosed with GH deficiency, a height gain of 0.5 SD in the first year is associated with a final height gain of 1 SD. Poor response may be due to various causes, such as poor adherence, inadequate diagnosis and dosage, concomitant pathology or comorbidity requiring specific treatment (hypothyroidism, celiac disease, poor nutrition or low-calorie diet), low sensitivity to the action of rhGH, or even an unknown cause. Recognizing a poor response is an essential part of treatment. The family and patient should be educated and motivated regarding the need for good compliance. Treatment with rhGH is safe at indicated doses, with a low incidence of side effects. Pharmacovigilance studies have been conducted to verify the safety of the treatment. Adverse effects that may occur include lipoatrophy if injection sites are not rotated, arthralgia, edema, prepubertal gynecomastia, increased nevi, hyperglycemia due to decreased insulin sensitivity, and partial hypothyroidism due to interference with the action of TRH and/or increased peripheral conversion of T4 to T3; all of these are rare, mild, and disappear upon dose reduction or temporary discontinuation of treatment. Potential treatment complications include benign cranial hypertension, femoral capitis epiphysiolysis, and progression of scoliosis, which, in the absence of risk factors, are very rare (<1:1,000 children on treatment). No association has been demonstrated between the use of rhGH and the development of neoplasia in children without an increased risk of cancer. There is insufficient evidence to conclude that rhGH increases the risk of malignancy in children with a risk factor for malignancy, although its use is not recommended in these patients. An increased risk of developing a second tumor has been described in patients with a history of childhood cancer treated with rhGH; this risk decreases with prolonged observation, and a causal relationship is difficult to establish given the presence of other factors, especially prior radiotherapy. Therefore, there is insufficient evidence to recommend against rhGH treatment(31).

GH has different actions; at the bone level, it stimulates longitudinal growth, bone remodeling, endochondral ossification, and calcium apposition, but at the metabolic level, it promotes protein anabolism and lean mass gain, stimulates cardiac function and maximum aerobic capacity, and decreases fat mass and inhibits glucose uptake and lipogenesis. These actions at different levels have meant that its indications are not limited to a growth-stimulating effect (e.g., GH deficiency in adolescence, GH deficiency in adulthood). GHD should be re-evaluated upon reaching adult height; most idiopathic GHD are transient, but severe GHD, combined hypopituitarism, and deficits are frequently permanent forms, as are genetic defects. Discontinuation of rhGH treatment in adolescents with a permanent form of GHD is associated with an increase in cardiovascular risk factors (increased visceral fat, increased total cholesterol, LDL cholesterol, and decreased HDL cholesterol), decreased lean body mass gain, and decreased bone mass gain. Treatment with rhGH should be restarted in adolescence after appropriate clinical reassessment and evaluation(29-31).

Long-acting growth hormone (LGH)

Despite the accumulated experience with rhGH treatment, there are several unresolved gaps, including poor adherence and the impact that chronic daily injection treatment has on children and their families. In this regard, the potential benefits of weekly rhGH are lower injection frequency, potentially improved clinical outcomes by improving adherence, a reduced disease burden for patients, families, and caregivers, and improved tolerability and acceptance of treatment, all of which would result in improved quality of life for the patient and their carers. Clinical trials have shown a sustained effect over time with progressive normalization of height, with the patient reaching a normal height for the population and within their genetic range. Studies demonstrate a clear beneficial effect on variables measuring disease burden and treatment experience. The incidence of adverse effects is similar to that of daily rhGH, and IGF-1 levels increase in a dose-dependent manner, as do IGFBP-3 levels, and remain within the normal range. The three LGH molecules that have shown a non-inferior effect to daily rhGH in phase II and phase III trials for GH deficiency in childhood are somatrogon, lonapegsomatropin, and somapacitan. Weekly LGH demonstrates an efficacy and safety profile that is non-inferior to daily rhGH, which is why international agencies have approved its indication for GH deficiency in childhood, starting at 3 years of age. In 2023, the Spanish Agency for Medicines and Medical Devices (AEMPS) approved the use of somatrogon at a dose of 0.66 mg/kg/week. LGH is not currently indicated for other SS conditions, such as Turner syndrome or SGA, although clinical trials are underway. There is no doubt that a new era in the use of GH has opened with the approval of LGH, which may bring significant benefits to the quality of life of patients and their families. Real-life follow-up studies should be conducted to verify the benefit of LGH on adherence and quality of life and demonstrate that this therapeutic alternative is cost-effective and safe in the long term(32).

Idiopathic short stature

The NVSS, FSS and CDGP do not usually require any type of treatment once other causes of SS have been excluded and a differential diagnosis with idiopathic GHD has been made, which is often difficult. It is usually sufficient to explain the situation to the family and reinforce psychological support for the child, informing them of the benign nature of the condition, the absence of disease, and the expected normal progression of growth and puberty until reaching an adult height commensurate with their family. Clinical follow-up is aimed at providing reassurance to the family and the patient. In some cases of CDGP, and when accompanied by obvious delayed height and puberty, the patient may have psychological impairment that must be assessed; this is more common in males than in females. Those cases with psychological impairment and emotional (lower self-esteem, academic failure) and social (isolation) repercussions are candidates for hormonal treatment. If this occurs, a short course of sex steroids for 4-6 months would be indicated to induce pubertal development and stimulate growth. In men, low doses of testosterone esters are administered in the form of depot (propionate) preparations at a dose of 50 mg/month intramuscularly starting at 14 years of chronological age or 12 years of bone age, for a period of 3-6 months. Testosterone stimulates growth without accelerating bone age or compromising adult height, induces the appearance of secondary sexual characteristics and, since gonadotropins are not inhibited at low doses, pubertal development is favored. It is not considered necessary to initiate treatment below this age due to the risk of accelerating bone age. The first treatment cycle should be followed by a period of clinical observation (6 months). Oxandrolone, a non-steroidal anabolic steroid, has fallen into disuse, and clinical trials have been conducted with new-generation aromatase inhibitors (letrozole) with promising results. Its indication is less frequent in women, and low doses of estrogen are recommended starting at 13 years of chronological age or 11 years of bone age. 17β-estradiol (oral 5 mcg/kg/d or preferably transdermal 3.1-6.2 mcg/alternate days, equivalent to 1/8-1/4 of a 25 mcg patch) is used for a short period of 4 months with monitoring of bone age. It is known that treatment with sex steroids to induce puberty, when started after the age of 14 in boys or 12 in girls, has no impact on adult height, but provides significant psychological support(15,16).

In 2003, the FDA approved the indication use of rhGH in ISS, for children with SS ≤ -2.25 SD below the mean who have a growth velocity that makes it very unlikely they will reach normal adult height and in whom other causes of SS have been excluded at a dose of 0.035-0.050 mg/kg/day. The EMA, European Medical Agency, has not approved this indication. There is controversy regarding the degree of effectiveness of rhGH, and significant variability in response is accepted, consistent with the heterogeneity of patients categorized as ISS. Compared with the untreated control population, a mean height gain of 0.65 SD was observed, representing 4-5 cm, which is lower than that observed in other clinical conditions. A meta-analysis found an adult height gain of 4-6 cm, with a range between 2.3 and 8.7 cm, and a mean gain of 1 cm per year of treatment. Some authors suggest starting treatment at a dose of 0.034 and increasing the dose to 0.067 mg/kg/day. The strongest predictors of a better response to adult height have been an early age at initiation of treatment (<9 years), a higher dose, better length at birth, greater delay in bone age, and greater height deficit with respect to the TG. Since treatment response varies, and because response in the first year correlates with better long-term response, it is proposed to assess height gain at 12 months and, if the gain is less than 0.3-0.5 SD, to reconsider continuing treatment. Whether the resulting adult height gain is cost-effective and beneficial to the patient’s psychological well-being is open to debate(29-31).

Treatment of short stature during puberty

Regardless of the etiology of growth retardation, the possibilities of increasing growth potential during puberty are limited by the inexorable tempo of fusion of the growth plates that limits the residual growth time, and clinical experience dictates that it is very difficult to correct a height deficit during puberty. The increase in height during puberty only accounts for 17% and 12% of adult height in males and females, respectively. Since many patients present late with severe short stature at the onset of puberty, one of the objectives is to increase this percentage of height gain. There are several clinical observations that support the idea that adult height is dependent on the tempo and the level of exposure of the growth cartilage to estrogens. Patients with high exposure reach a smaller adult height than genetically expected, as occurs in precocious puberty, and conversely, patients with lower exposure, as in hypogonadism, reach a relatively tall adult height. Estradiol is the most important hormonal factor in the maturation of the growth cartilage in both men and women. There are two strategies to reduce the exposure of the growth cartilage to estrogens in order to delay bone maturation and increase growth potential: either through LHRH analogues (LHRH-a), by inhibiting gonadotropin release, or by peripherally blocking the conversion of testosterone to estradiol through aromatase inhibitors (AI)(33).

There is sufficient evidence to suggest that LHRH-a can halt puberty, delay bone maturation and epiphyseal closure, and increase adult height in patients with central precocious puberty. Treatment with LHRH-a in children with ISS and normal or advanced puberty has not demonstrated significant and clinically relevant efficacy in improving adult height, so the use of LHRH-a is not indicated. In patients with advanced puberty and rapid progression, individualized assessment could be made based on the degree of impairment in adult height. The combination of LHRH-a and rhGH has been proposed as an option to improve adult height in patients with severely impaired growth during puberty, always balancing benefits and disadvantages, especially in the psychological and bone health areas. In patients with SS (GHD, SGA) receiving rhGH treatment and whose height at the onset of puberty is below normal and who present premature puberty with significant AHP involvement, the addition of LHRH-a could be considered, especially in girls, for a minimum period of 2-3 years, since it is associated with an adult height gain of 6 to 9 cm and allows them to reach their GT. Since most of the evidence has been obtained from uncontrolled studies and the number of randomized clinical trials is limited, some authors consider its indication controversial. This option should be made on an individual basis by a pediatric endocrinologist expert in growth, sharing the decision with the family due to the psychological impact of halting puberty.

A selective way to prolong the growth period in puberty is to prevent the action of estrogens at the growth cartilage level by means of AIs; this has the advantage over the use of LHRH-a that it does not stop pubertal progression. AIs are not approved for any pediatric indication, but are approved for the treatment of breast cancer, and have been used off-label in different situations of pathological SS in men, either alone or in combination with rhGH. Studies of AIs in ISS and CDGP are limited, and although they demonstrate a slowing of BA and a significant improvement in AHP of +5 cm, there are few studies at adult height and the results are not always consistent. The use of AIs in combination with rhGH has been studied in patients with ISS and GHD. Patients receiving combination therapy (rhGH + anastrozole) show significantly slower progression of BA than those receiving rhGH alone and a significantly greater height gain relative to the growth prognosis, demonstrating that combining an AI with rhGH treatment increases growth potential. The studies have limitations, the main one being the lack of data at adult height. The possible side effects of AIs are related to the decrease in estradiol levels and a possible impact on the morphology of the vertebral bodies and the lipid profile, although short-term treatment of less than 2-3 years has not demonstrated any impact on bone mineral density.

Regarding the use of AIs in Pediatrics, the Cochrane group has conducted a systematic review and concluded that current evidence indicates that the use of AIs improves short-term growth results, but there is not enough evidence to indicate an increase in adult height due to the scarcity of studies with adequate methodology. The lack of data on adult height makes it impossible to draw firm conclusions and it is considered a controversial treatment. The use of AIs should be individualized, performed by experienced pediatric endocrinologists, in boys with pathological short stature at the beginning of puberty and significant involvement of the AHP, not in prepuberty, with a bone age greater than 12 years and less than 14.5 years. A short treatment duration of 2-3 years is recommended, in combination with rhGH, since it allows to improve growth and long-term response. Its use is not recommended in women, since when LH levels increase they can develop ovarian cysts. The use of medication “off-label” does not imply that it is illegal or contraindicated, as long as its use is supported by studies and after consent and information to the family and patient of the benefits, risks and expected results. The use of AI in pediatrics must be very individualized and cautious(33).

Insulin-like growth factor type I (IGF-I)

Recombinant IGF-I was approved in 2007 for patients with primary IGF-I deficiency (primary/genetic abnormalities of the GH receptor, in its post-receptor intracellular signaling pathways STAT5B, genetic IGF-I deficiency, PAPP-A2 deficiency, ALS deficiency) who meet the following criteria: height ≤ -3 SD, decreased growth velocity ≤ 10th percentile, normal or elevated GH secretion and IGF-I levels below the 2.5th percentile for age- and sex-adjusted values, absence of secondary disease (malnutrition, hypothyroidism) that would justify secondary insensitivity to GH, and IGF-I generation test with no increase in IGF-I levels after rhGH administration. It is also indicated in patients with genetic GHD type IA (absence of GH) who, after rhGH administration, synthesize neutralizing anti-GH antibodies and are therefore resistant to rhGH treatment. The recommended dose is 40-80 mcg/kg/day, in two subcutaneous doses. Side effects include hypoglycemia, adenoid and tonsillar hypertrophy (snoring, sleep apnea, hearing loss), lipohypertrophy, benign cranial hypertension, subcutaneous tissue growth and facial changes, visceromegaly, arthralgia, and muscle pain. It is recommended to administer with meals to avoid hypoglycemia. Clinical experience has focused primarily on primary GH receptor deficiency, and a positive response has been observed, with variable height gain (0.8-4.3 SD), which is less than that observed in GH deficiency treated with rhGH. This lower response is attributed to the absence of restoration of the physiology of the IGF system, since the levels of IGFBP-3 and ALS are not normalized, and to an absence of the direct action of GH at the level of chondrocytes, which would mean less differentiation of the same and less local autocrine production of IGF-I(34).

Bone dysplasias

Surgical lengthening of the long bones (tibia, humerus, femur) has been used in the treatment of severe SS due to BD with a dual objective: to increase adult height and improve segment proportionality. In severe SS not associated with BD, its indication is more controversial. Regarding the lengthening of the lower limbs (femur and tibia) and upper limbs (humerus), different options have been described, and their indication, age at which they are performed, and the technique used is discussed. Lengthening of the lower limbs between 14 and 40 cm aims to increase standing height, improving the variables of proportionality, functionality, and quality of life dependent on the lower segment. Similarly, lengthening of the upper limbs, with elongations between 8 and 10 cm, allows for an increase in arm length and, therefore, improves the variables of body proportionality and functionality dependent on the upper segment. Significant increases in height are achieved, but these procedures frequently involve complications and incidents, requiring prolonged follow-up and not always achieving satisfactory functional results. Therefore, patients and families must be fully informed beforehand about the advantages and disadvantages, and the patient must be highly motivated; they should only be performed by centers with proven experience(13).

In 2022, the AEMPS approved the indication of vosoritide for achondroplasia in patients older than 2 years of age and with open epiphyses, and the indication was subsequently extended to 4 months of age and older. Achondroplasia is the most common cause of SS associated with BD, with an estimated incidence of 1/10,000-1/30,000 live births. It is caused by an activating mutation in the FGFR3 gene which determines a gain of receptor function and overactivation of the MAPK signaling pathway (mitogen-activated protein kinase), inhibiting the proliferation and differentiation of growth plate chondrocytes. Vosoritide is an analogue of CNP (C-natriuretic peptide) which, upon binding to its receptor, inhibits MAPK activity and leads to increased chondrocyte differentiation and proliferation. Trials have shown an increase in annual growth rate of 1.57 cm/year in the treated group vs the control group, which is maintained over the years and produces a net gain in height. In addition, an improvement in body proportions is evident. The approved treatment is 15 mcg/kg/day, is maintained until the epiphyses close, and is well tolerated with a good safety profile. Phase III clinical trials are being conducted in patients with hypochondroplasia with encouraging results(35).

Role of the Primary Care pediatrician

Primary care pediatricians play a fundamental role in monitoring the growth of healthy children and in the early detection of growth disorders. Good communication and coordination between primary care and specialized care is essential for early diagnosis and treatment of growth disorders. Although there is no established consensus regarding which tests should be performed in primary care and when to refer children with short stature to specialized care, the functions of the primary care pediatrician can be summarized as follows:

• Monitor the growth and development of healthy children as an indicator of health and well-being. In addition to monitoring height, weight, and BMI, they should also check for normal pubertal development, both in terms of onset and progression.

• When faced with a child with SS, it is important to know how to differentiate between NVSS and possible pathological SS. It is important to have the foundation for a complete history and physical examination, an auxological assessment, and an accurate interpretation of the growth curve to suggest FSS and/or CDGP.

• Carrying out basic general complementary tests to confirm the suspected diagnosis of NVSS and rule out other systemic diseases.

• Refer cases with suspected pathological SS and those children diagnosed with NVSS who have marked growth retardation and/or a poor prognosis for adult height and/or whose progression is not as expected to the reference Pediatric Endocrinology Unit.

• Monitor children with an established diagnosis of NVSS and provide children, parents, and caregivers with realistic information about growth expectations.

Growth and development is a complex process that spans from the fetal period to the end of adolescence, involving a multitude of factors. Proper monitoring of this process is a very useful clinical tool for detecting diseases at different levels.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

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The asterisks show the author’s opinion that the article is of interest.

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13. Leiva-Gea A, Martos Lirio MF, Barreda Bonis A, Marín del Barrio S, Heath KE, Marín Reina P, et al. Acondroplasia: actualización en diagnóstico, seguimiento y tratamiento. Achondroplasia: an update on diagnosis, follow-up, and treatment. An Pediatr. 2022; 97: 423.e1-e11.

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16.** Rogol AD, Hayden GF. Etiologies and early diagnosis of short stature and growth failure in children and adolescents. J Pediatr. 2014; 164: S1-14.

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27.*** Witt JM, Bidlingmaier M, De Bruin C, Oostdijk W. A proposal for the interpretation of serum IGF-I concentration as part of laboratory screening in children with growth failure. J Clin Res Pediatr Endocrinol Metab. 2020; 12: 130-9.

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32. Maniatis A, Cuttfield W, Dattani M, Deal C, Collett-Solberg PF, Horikawa R, et al. Long-acting growth hormone therapy in pediatric growth hormone deficiency: a consensus statement. J Clin Endocrinol Metab. 2025; 110: e1232-40. Available in: https://doi.org/10.1210/clinem/dgae834.

33.** Labarta Aizpún JI, De Arriba Muñoz A, Beisti Ortego A, Ferrer Lozano M, Vara Callau M. Tratamiento de la talla baja durante la pubertad. Treatment of short stature during puberty. Rev Esp Endocrinol Pediatr. 2023; 14: 74-94.

34. Backeljauw P, Andrews M, Bang P, Molle LD, Deal CL, Harvey J, et al. Challenges in the care of individuals with severe primary insulin-like growth factor-I deficiency (SPIGFD): an international, multi-stakeholder perspective. Orphanet J Rare Dis. 2023; 18: 312-30.

35. Semler O, Cormier-Daire V, Lausch E, Bobefr MB, Carroll R, Sousa SB, et al. Vosorotide therapy in children with achondroplasia: early experience and practical considerations for clinical practice. Adv Ther. 2024; 41: 198-214.

Recommended bibliography

– Wit JM, Kamp GA, Oostdijk W. Towards a rational and efficient diagnostic approach in children referred for growth failure to the general paediatrician. Horm Res Pediatr. 2019; 91: 223-40.

A must-read article. This is an excellent review of the topic, which addresses the differential diagnosis of short stature in a very informative and academic manner. It was written by a Dutch research group with a strong tradition in growth studies and has a very clinical approach. The reader will enjoy it.

– Collett-Solberg PF, Ambler G, Backeljauw P, Bidlingmaier M, Biller BMK, Boguszewski MCS, et al. Diagnosis, genetics and therapy of short stature in children: a Growth Hormone Research Society International Perspective. Horm Res Pediatr. 2019; 92:1-14.

This is an article elaborated after the meeting of a group of experts from the Growth Hormone Research Society. Easy to read with clear messages about when to begin a study for short stature, tests to perform, patient selection for genetic testing, and management of children on rhGH treatment.

– Grimberg A, DiVall SA, Polychronakos C, Allen DB, Cohen LE, Quintos JB, et al. Guidelines for Growth Hormone and Insulin-like Growth Factor-I treatment in children and adolescents: growth hormone deficiency, idiopathic short stature and primary insulin-like growth factor-I deficiency. Horm Res Pediatr. 2016; 86: 361-97.

This is a clinical guide elaborated by the Pediatric Endocrine Society, regarding the diagnosis and treatment of GH deficiency, idiopathic short stature, and primary IGF-I deficiency. It establishes recommendations based on the GRADE system, making it a mandatory article for good clinical practice. Highly recommended.

Clinical case

A 6-year-7 months-old female, attended the clinic for evaluation of short stature. Her mother was concerned because she had always perceived her as small. She provided information from her pediatrician’s growth chart, which showed that her height had remained parallel and below the 3rd percentile in recent years, with no loss of height.

Personal background: Normal and well controlled pregnancy. Normal delivery. Gestational age: 38+5 weeks. Weight: 2,450 g (-1.82 SD). Length: 47 cm (-1.34 SD). Head circumference: 33.5 cm (-0.44 SD). Normal neonatal screening. Physiological jaundice. No food intolerances. Normal psychomotor development. Optimal weight curve, no previous illnesses, except for a urinary tract infection in the first year of life, being diagnosed with double pyelocaliceal system on the right side. Frequent otitis, under ENT follow-up. Good social behavior, normal school performance. Aortic stenosis that has required valvuloplasty.

Family history: Healthy mother: Hashimoto’s thyroiditis under treatment, menarche at 13 years. Mother’s height: 161 cm (-0.52 SD). Healthy father: no relevant diseases, does not remember the age of shaving and believes he entered puberty at a normal age. Father’s height: 177.8 cm (0.05 SD). Target height: 162.9 ± 5 cm (-0.2 SD). No consanguinity. No other family history of interest. Third daughter with 2 healthy siblings aged 8 and 11 years. No miscarriages.

Physical examination: Age: 6 years and 7 months. Weight: 17.5 kg (-1.47 SD). Height: 106.3 cm (-2.82 SD). Body mass index: 15.49 kg/m2 (-0.38 SD). Head circumference: 50.5 cm (-0.61 SD). Sitting height: 58 cm. Sitting height/height ratio: 0.546 (0.05 SD). BP: 105/65 mm Hg. HR: 85 bpm. BEG. Triangular facies, low-set ears, mild ptosis over the left eye. Broad neck. Bell-shaped chest with widely separated nipples. No goiter is palpable. Ephelides on the trunk and back. Dysplastic nails. Robust habit. Cardiopulmonary auscultation: II/VI systolic murmur. Normal abdomen. Prepubertal, Tanner stage I.

Complementary examinations: Complete blood count, iron and ferritin, ESR: normal. Basic general chemistry: normal. Ab: antitransglutaminase IgA: negative. Serum immunoglobulin A: 205 mg/dL (NR 35-250). Thyroid function: TSH: 3.5 mIU/mL. Free T4: 0.98 ng/dL. IGF-I: 185 ng/mL (NR 63-250). IGFBP-3: 4.1 mcg/mL (NR 2.2-5.2). Bone age: 6 years with a chronological age of 6 years and 7 months. AHP 147 cm (-2.86 SD).

 

tabla

10 Cosas que deberías saber sobre… la dieta cetogénica en Pediatría

 
10 Cosas que deberías saber sobre… la dieta cetogénica en Pediatría

 

M. García Boyano, J.A. Soler Simón, S. Criado Camargo, L. García Espinosa

 

Pediatr Integral 2023; XXVII (8): 521.e5

 


La dieta cetogénica es un tipo de dieta con una proporción baja de hidratos de carbono, alta de lípidos y adecuada de proteínas, con el objetivo de inducir un estado cetósico.


Está indicada como tratamiento en la epilepsia refractaria a dos antiepilépticos bien indicados y a dosis correctas.

Además, es de elección en dos metabolopatías: el déficit de GLUT1 y el déficit de piruvato deshidrogenasa. En ambas entidades, la glucosa no puede ser empleada para generar energía, por lo que se necesitan otros sustratos energéticos.

Por otra parte, está contraindicada en pacientes con metabolopatías que impidan una correcta síntesis o degradación de los cuerpos cetónicos, y en los trastornos de la oxidación mitocondrial de los ácidos grasos.

Existen varios tipos de dieta cetogénica en función de la proporción de lípidos respecto al resto de macronutrientes. Las más empleadas son, en orden decreciente de proporción de grasas: la dieta cetogénica a clásica con ratios 4:1 o 3:1, la dieta modificada de Atkins y la dieta de bajo índice glucémico.

El inicio de la dieta cetogénica debe ser valorado por un equipo interdisciplinar, y normalmente precisa de 1-2 semanas para su instauración completa una vez iniciada, a fin de evitar efectos adversos digestivos (vómitos o alteraciones del ritmo gastrointestinal) y/o metabólicos (hipoglucemias o hipercetonemias sintomáticas).

Al principio, requiere de un control estrecho diario de cuerpos cetónicos y glucosa capilar, que se puede llevar a cabo en domicilio.

Dichos controles se pueden espaciar tras los primeros meses, volviendo a intensificar su control en procesos intercurrentes (fiebre o procesos gastrointestinales con vómitos y diarrea).

Si un paciente con dieta cetogénica requiere antitérmicos, analgésicos, antibióticos u otros fármacos de forma aguda, se debe revisar su compatibilidad con la dieta (riesgo de pérdida de eficacia). En general, las formulaciones tipo jarabe contienen una alta proporción de hidratos de carbono.

Ante un paciente con dieta cetogénica, el pediatra de Atención Primaria debe conocer su indicación, el tipo, los controles a realizar y los rangos de glucemia y cetonemia necesarios en cada paciente, así como saber identificar aquellas situaciones que puedan descompensar estos niveles y su manejo inicial, remitiendo a urgencias pediátricas en caso de descompensación aguda.

 

Para saber aún más…

– Pedrón-Giner C (coord.). Manual para la práctica de la dieta cetogénica. 2ª edición. Nutricia; 2021. Disponible en: https://www.seghnp.org/sites/default/files/2021-09/Manual%20Dieta%20Cetog%C3%A9nica%20VF.pdf.

– Alberti MJ, Agustinho A, Argumedo L, Armeno M, Blanco V, Bouquet C, et al. Recomendaciones para el manejo clínico pediátrico de la dieta cetogénica en el tratamiento de la epilepsia refractaria. Arch Argent Pediatr. 2016; 114: 56-63.

– Wells J, Swaminathan A, Paseka J, Hanson C. Efficacy and safety of a Ketogenic Diet in children and adolescents with refractory epilepsy- a review. Nutrients. 2020; 12: 1809.

 

10 Cosas que deberías saber sobre… el nódulo tiroideo en Pediatría

10 Cosas que deberías saber sobre…
el nódulo tiroideo en Pediatría

 

J.A. Soler Simón, S. Criado Camargo, L. García Espinosa, M. García Boyano


Se trata de una masa localizada y diferenciada del resto de la glándula tiroides (a diferencia del bocio, que es un crecimiento anormal y generalizado de la misma).

Por palpación, en la exploración física, tiene una prevalencia de entre el 1 y 1,8%, aumentando hasta el 3-5% como hallazgo ecográfico. Es más frecuente en el sexo femenino.

Si bien es menos frecuente que en adultos, su tasa de malignidad en edad pediátrica es mayor (22% en niños frente al 5-15% en adultos).

Existen cuatro factores de riesgo principales: la exposición a radiación ionizante (el factor de riesgo más importante), la deficiencia de yodo, el antecedente de patología tiroidea previa y la presencia de antecedentes familiares de cáncer de tiroides o de síndromes genéticos asociados a cáncer de tiroides.

Si se detecta un nódulo tiroideo por palpación, la primera prueba complementaria a realizar es una ecografía cervical, seguida de una determinación de TSH.

Ante un nódulo tiroideo que suprime la TSH, se debe realizar una gammagrafía para saber si es
hiperfuncionante o no. Los nódulos tiroideos que suprimen TSH y que son hiperfuncionantes por gammagrafía deben ser extirpados quirúrgicamente. Si la TSH no está suprimida, y las características ecográficas del nódulo son benignas, se puede continuar monitorizando evolutivamente con ecografía.

Si las características ecográficas son indeterminadas o sospechosas de malignidad, hay que estadificar el nódulo mediante citología guiada por ecografía según la clasificación de Bethesda, que puede ser benigna, indeterminada o sospechosa de neoplasia. Si la citología resulta indeterminada, se suele recomendar su extirpación por la alta probabilidad de resultar maligno. En caso de malignidad, se realizará tiroidectomía (valorando la ampliación con linfadenectomía) más o menos extensa según el caso.

Los principales tumores tiroideos primarios son los carcinomas diferenciados papilar y folicular junto con el carcinoma medular.

Tanto el carcinoma papilar como el folicular dependen de la célula folicular y pueden presentarse de forma aislada o formando parte de síndromes genéticos asociados a cáncer: poliposis asociada al gen APC, complejo de Carney tipos 1 y 2, mutación en el gen DICER1, síndrome de Werner y mutación en el gen PTEN.

El carcinoma medular tiene su origen en las células C y se debe a mutaciones en línea germinal del gen RET, presente en las neoplasias endocrinas múltiples tipo 2. En estos, los niveles de calcitonina se encuentran elevados.

Para saber aún más…

– Francis GL, Waguespack SG, Bauer AJ, Angelos P, Benvenga S, Cerutti JM, et al. Management Guidelines for Children with Thyroid Nodules and Differentiated Thyroid Cancer. Thyroid. 2015; 25: 716-59.

– López Capapé MC, Barreda Monis AC, Guerrero-Fernández J. Nódulo tiroideo. En: Guerrero-Fernández J. Manual de Diagnóstico y Terapéutica en Endocrinología Pediátrica. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2020. p. 837-51.

– Güemes M, Corredor Andrés B, Muñoz Calvo MT. Patología tiroidea en la infancia y adolescencia. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 248-57.

 

Actualización bibliográfica

Actualización bibliográfica

 

 

Atención multidisciplinar a los menores trans

Moral-Martos A, Guerrero-Fernández J, Gómez-Balaguer M, et al. Guía clínica de atención a menores transexuales, transgéneros y de género diverso. An Pediatr (Barc). 2022; 96: 349.e1-e11.
Disponible en:
https://www.analesdepediatria.org/es-guia-clinica-atencion-menores-transexuales-articulo-S169540332200011X

Bajo el término menores trans se agrupan personas que puedan autodefinirse, o no, como: trans, transexuales, transgéneros, no binarias, de género fluido, etc. Es preciso un cambio en la mirada social que facilite la aceptación de todas las diversidades, sin invalidar la identidad, expresión de género o necesidades que pueda reflejar el menor. La atención debe ser realizada por un equipo multidisciplinar que informe, tanto al menor como a las familias de los tratamientos disponibles, efectos, consecuencias y limitaciones. En la etapa prepuberal, el asesoramiento familiar y/o el apoyo psicológico van a ser las únicas medidas a tomar. Tras establecer un itinerario individual, se procederá al inicio de terapias endocrinas en caso de ser solicitadas. El bloqueo puberal es la primera medida a tomar y, ante una clara afirmación de la identidad, se inducen las características sexuales deseadas (terapia hormonal de afirmación o cruzada). Si tales tratamientos se retrasan en exceso o no tienen lugar, se evidencia un incremento global de psicopatología con situaciones como: bullying, automedicación, autolesiones o trastornos de la conducta alimentaria.

La solicitud de cambios físicos puede ir desde no precisar ningún tratamiento hasta todos los cambios clásicos con tratamiento hormonal y cirugía. En líneas generales, la asistencia a menores trans debe realizarse desde un entorno de privacidad, dirigiéndose por el nombre sentido y ofreciendo apoyo psicológico y administrativo en todo el proceso. Debe ofertarse el inicio de bloqueo de la pubertad a partir de Tanner II, conociendo que, por debajo de los 16 años, el consentimiento informado debe ser por representación. Así mismo, debe informarse sobre la posibilidad de preservación de material genético e incidir en estilos de vida saludables (evitar hábitos tóxicos y recomendar medidas de anticoncepción y vacunas, entre ellas la del papilomavirus por debajo de los 26 años). Si hay sospecha de maltrato por no aceptación de la identidad de género, debe contactarse con los servicios sociales.

Previo al inicio del proceso terapéutico, debe efectuarse la recogida de datos antropométricos, exploración física con todas las connotaciones de ser este momento una acción delicada, y las pruebas complementarias que se consideren necesarias.

En el caso de que al inicio o en el transcurso de la pubertad exista malestar por la aparición de los caracteres sexuales secundarios, se puede indicar bloqueo puberal. Actualmente, se realizan incluso por debajo de lo que se considera la edad de menor maduro, esto es, los 12 años. Los fármacos de elección son los análogos de la hormona liberadora de gonadotropina (GnRH), que se administran mensual o trimestralmente. Tanto el menor como la familia, deben conocer previamente sus posibles efectos.

Dado que existen riesgos para la salud ósea e influencia en la salud emocional del adolescente, no es recomendable una supresión de la pubertad durante muchos años. El tratamiento hormonal de la afirmación de género cada vez se inicia de forma más frecuente antes de los 16 años. De esta manera, el desarrollo corporal se tiende a igualar con el de las personas de su misma edad. En el caso de las adolescentes trans, se recomienda el uso de valerato de estradiol oral o 17β-estradiol oral o transdérmico. Este último es de elección en caso de enfermedad hepática y/o factores de riesgo cardiovascular. Existe mucha variabilidad en cuanto a los efectos feminizantes, siendo el objetivo mantener los niveles de estrógenos y testosterona en límites fisiológicos de una mujer cis. Para asegurar el desarrollo de caracteres secundarios y la supresión de la producción de testosterona, se deben administrar de forma concomitante análogos de GnRH, acetato de ciproterona o espironolactona hasta la práctica de gonadectomía, si lo desean, una vez sean mayores de edad. El tratamiento de los adolescentes trans se realiza con ésteres de testosterona. Se han descrito efectos secundarios, el más importante el acné, pero también otros como la dislipemia o la alopecia androgénica. Dado que el sangrado uterino puede ser un momento de alta angustia para el menor, se debe incidir en él con análogos de GnRH u otras opciones como los gestágenos, anticonceptivos o incluso la ablación endometrial.

Si el deseo es de feminización/masculinización parcial o estamos ante una persona de elección no binaria, se deben garantizar las intervenciones de forma individualizada adaptándose a las necesidades que manifiesten. A veces, el requerimiento no es de carácter endocrinológico o quirúrgico, sino que pueden solicitar únicamente atención psicológica.

 

Sheila de Pedro del Valle

Pediatra. Hospital Nuestra Señora de Sonsoles. Ávila

 

Actitud ante la hipertransaminasemia

Ros-Arnal I, Reyes-Andrade J, Mercadal-Hally M, et al. Actuación diagnóstica ante hipertransaminasemia en pediatría: documento de consenso de Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP), Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) y Sociedad Española de Pediatría de Atención Primaria (SEPEAP). An Pediatr (Barc). 2022; 96: 448.e1-e11. Disponible en: https://www.analesdepediatria.org/es-actuacion-diagnostica-ante-hipertransaminasemia-pediatria-articulo-S1695403322000601

La hipertransaminasemia se define como la elevación de transaminasas por encima del límite normal de una muestra sana y representativa de la población a estudio. El presente documento pretende establecer un consenso de los pasos a seguir desde el primer hallazgo analítico hasta finalizar el proceso diagnóstico completo.

Las causas de hipertransaminasemia en Pediatría son múltiples. Puede ser de origen hepático y extrahepático, por lo que se debe realizar una búsqueda escalonada de las causas más frecuentes según edad. Debe considerarse siempre como un marcador potencial de enfermedad, aunque no existe una correlación fiable entre el grado de elevación y la gravedad o el pronóstico. Se divide de forma arbitraria en leve (<5 x límite superior normal [LSN]), moderada (= 5-10 x LSN) y muy elevada (>10 x LSN), y se considera como crónica, si se prolonga más de 6 meses. Se recomienda considerar unos puntos de corte adecuados para edad y sexo. Con respecto a la alanina aminotransferasa (ALT)/glutámico-pirúvico transaminasa (GPT) para población europea, se consideran valores normales para menores de 18 meses < 60 U/l en niños y < 55 U/l en niñas, y para mayores de 18 meses < 40 U/l en niños y < 35 U/l en niñas. Si hay una sospecha de esteatosis hepática o hepatitis crónica por virus hepatitis C en el adolescente, los valores se limitan a 26 U/l en niños y 22 U/l en niñas. Para glutámico-oxalacético transaminasa (GOT)/aspartato aminotransferasa (AST) se establecen unos puntos de corte de > 65 U/l para menores de un año, > 55 U/l de 1 a 4 años, > 50 U/l de 5 a 8 años y > 40 U/l de 9 a 18 años.

Toda hipertransaminasemia debe ser confirmada. En ausencia de datos de alarma, se propone un periodo de 2 a 4 semanas desde la detección, aunque si existe sospecha de una causa temporal específica, podría alargarse hasta las 8 semanas. Consideramos datos de alarma: la posibilidad de un proceso tumoral, colestasis en el lactante o indicadores que orienten a una hepatopatía grave. En estos casos, la confirmación debe ser urgente. El fallo hepático agudo es una situación indicativa de traslado a un centro con programa activo de trasplante hepático.

Si confirmamos una hipertransaminasemia en el estudio de primer nivel (analítica, serologías y ecografía) sin conseguir filiar la causa, debemos ampliar el estudio hacia otras etiologías que incluyen: hepatitis autoinmune, enfermedad de Wilson, déficit de alfa-1-antitripsina o metabolopatías, sin olvidar repetir las serologías para virus de hepatitis B y C. En niños pertenecientes a grupos de riesgo, inmigrantes o inmunodeprimidos, se debe valorar solicitar PCR de ADN y ARN de los virus B y C e indagar en patología infecciosa. Ante la elevación aislada y mantenida de AST, debemos sospechar la presencia de macroenzimas (macro-AST).

Se debe derivar a un pediatra hepatólogo, los pacientes con una sospecha etiológica concreta que precisen un tratamiento específico y aquellos que, sin haber conseguido filiar la causa, requieran pruebas de tercer nivel (aminoácidos en plasma, ecografía doppler, fenotipo de alfa-1-antitripsina, etc.). La derivación debe ser de manera preferente en niños con colestasis asociada o hipertransaminasemia muy elevada (> 10 veces LSN). La situación de hipertransaminasemia asintomática pero no filiada, establece unos plazos de estudio: dentro de los primeros 3-6 meses, se debe haber realizado pruebas de primer y segundo nivel, y antes de los 12 meses haber completado las de tercer nivel. Situaciones en las que la hipertransaminasemia se haya resuelto sin conseguir una filiación concreta exigen un control entre los 3-6 meses siguientes, para descartar patologías con un curso fluctuante.

Finalizado el esquema diagnóstico de pruebas de primer, segundo y tercer nivel, se propone para la hipertransaminasemia no filiada, la realización de estudio genético e incluso de exoma clínico, si esta es el único signo guía. La biopsia hepática se propone entre los 12 y 18 meses de evolución de una hipertransaminasemia asintomática mantenida y sin diagnóstico etiológico.

 

Sheila de Pedro del Valle

Pediatra. Hospital Nuestra Señora de Sonsoles. Ávila

 

 

Secuelas endocrinológicas del cáncer

C. Mora Palma*, N. Itza Martín*, I. González Casado**
Temas de FC


C. Mora Palma*, N. Itza Martín*,
I. González Casado**

*Facultativo Especialista Endocrinología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid. **Jefe de Servicio Endocrinología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

Entre las complicaciones que presentan los niños/as y adolescentes supervivientes al cáncer infantil tras las terapias oncológicas, las alteraciones endocrinológicas son las más frecuentes (afectan al 40-60% de los supervivientes). Pueden aparecer años tras finalizar el tratamiento.
La disfunción gonadal primaria, las alteraciones del crecimiento de la glándula tiroidea o alteraciones en el eje hipotálamo-hipofisario, (Tabla I) son algunos de los trastornos más frecuentemente observados.
Los grupos de riesgo, son aquellos que han recibido tratamientos con radioterapia o altas dosis de agentes alquilantes. La identificación de estos pacientes, así como la realización de un correcto screening (Tabla II) para detectar posibles efectos secundarios tardíos, confiere una gran importancia para realizar un diagnóstico y tratamiento adecuados.

 

Abstract

Among the complications presented by children and adolescents who are survivors of childhood cancer after cancer therapies, endocrinological alterations are the most frequent (they affect 40-60% of survivors). They can appear years after finishing treatment.
Primary gonadal dysfunction, growth disorders, thyroid gland abnormalities and hypothalamus-pituitary axis disorders are some of the most frequently observed late effects.
At-risk patients are those who have received treatments with radiotherapy or high doses of alkylating agents. The identification of these patients, as well as the performance of a correct screening to detect possible late side effects, confers great importance to carry out an adequate diagnosis and treatment.

 

Palabras clave: Tratamientos citotóxicos; Retraso de crecimiento; Disfunción tiroidea; Infertilidad; Enfermedad metabólica.

Key words: Cytotoxic treatments; Growth delay; Thyroid dysfunction; Infertility; Metabolic disease.

Pediatr Integral 2020; XXIV(5): 276 – 283


Secuelas endocrinológicas del cáncer

Introducción

Las alteraciones endocrinológicas son muy frecuentes entre los supervivientes al cáncer infantil y aparecen como consecuencia de los tratamientos recibidos (cirugía, radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia, etc.).

Gracias al avance del tratamiento oncológico en la infancia, la supervivencia del cáncer infantil se ha incrementado de manera significativa en los últimos años. El aumento de la esperanza de vida ha permitido identificar morbilidades que aparecen a largo plazo, como consecuencia del tratamiento recibido (cirugía, radioterapia, quimioterapia, inmunoterapia, etc.)(1).

Las alteraciones endocrinológicas se encuentran entre los efectos secundarios tardíos más comunes, afectando al 40-60% de los pacientes oncológicos que sobreviven a la enfermedad(2). Principalmente, se afecta el eje hipotalámico-hipofisario, la glándula tiroides y la función gonadal, aunque se han descrito complicaciones metabólicas y óseas tardías en pacientes expuestos a ciertos regímenes terapéuticos(1).

Entre las opciones de tratamiento, la radioterapia es el principal factor de riesgo para el desarrollo de disfunción hormonal y para la aparición de neoplasias secundarias en la glándula irradiada(1).

Las directrices internacionales recomiendan una vigilancia de por vida de las funciones endocrinológicas en los supervivientes al cáncer infantil. Además, en estos casos, se requiere de un equipo multidisciplinar que incluya: oncólogos, endocrinólogos y otros especialistas, con el fin de garantizar el diagnóstico y el tratamiento precoz de los posibles efectos tardíos(1,2).

El “Childhood Oncology Group” (COG) publica en 2003, una guía clínica (COG-LTFU Guidelines) sobre los posibles efectos secundarios a largo plazo en los supervivientes de cánceres infantiles. La última versión de esta guía se publica en 2018
(
http://www.survivorshipguidelines.org/pdf/2018/COG_LTFU_Guidelines_v5.pdf). Recoge también recomendaciones específicas para el seguimiento de estos pacientes, incluyendo un apartado específico sobre secuelas endocrinológicas(1-3).

Función del pediatra de Atención Primaria

Las complicaciones endocrinológicas que pueden presentar los niños/as y adolescentes supervivientes al cáncer infantil son múltiples, dependiendo en gran medida del tratamiento recibido. El papel del Pediatra es fundamental, pues debe conocerlas y ser capaz de detectar dichas alteraciones (como son la disfunción gonadal primaria, las alteraciones del crecimiento o de la glándula tiroidea entre otras) a lo largo de la evolución del paciente y derivar, en el caso de que no realice seguimiento, a la consulta de Endocrinología Pediátrica. También, debe ser partícipe en la instauración de unas adecuadas normas higiénico-dietéticas con el fin de evitar la aparición de obesidad y de síndrome metabólico, así como promover medidas que fomenten la salud ósea.

Secuelas endocrinológicas en los supervivientes
del cáncer infantil

La mayoría de las alteraciones endocrinológicas se pueden clasificar en función de la localización del daño: a nivel del eje hipotálamo-hipofisario o a nivel periférico, en las distintas glándulas endocrinas.

Alteraciones del eje hipotálamo-hipofisario

 

 

Dosis de radiación craneal bajas (≥ 18-30 Gy) se asocian con déficit aislado de GH o pubertad precoz. Mientras que dosis ≥ 30 Gy pueden provocar, además, déficit asociados de otras hormonas hipofisarias (LH, FSH, TSH y ACTH). En casos de histiocitosis, germinomas o trauma quirúrgico en la región hipotalámica o en la neurohipófisis, puede asociarse diabetes insípida secundaria a una deficiencia de hormona antidiurética/vasopresina (ADH).

El tratamiento contra el cáncer puede provocar deficiencia de una o más hormonas sintetizadas y/o liberadas por el hipotálamo o la hipófisis. Los pacientes que más frecuentemente presentan disfunción del eje hipotálamo-hipofisario son aquellos que han recibido radioterapia craneal o se han sometido a cirugía del área hipotálamo hipofisaria. Por el contrario, no está claro si la quimioterapia es una causa de disfunción hipofisaria. Hay estudios que recogen que pudiera afectar a la secreción de GH (hormona de crecimiento) y TSH (hormona tirotropa), pero rara vez induce panhipopituitarismo(4).

La radioterapia craneal (RC) es el factor de riesgo predominante para los efectos tardíos de la función hipotalámica-hipofisaria(5). Tras la RC(6), pueden quedar deficitarias todas las hormonas secretadas por la hipófisis anterior, siendo más rara la afectación de la hipófisis posterior. La hiperprolactinemia y la pubertad precoz en los niños también pueden aparecer, pero en este caso, por una hiperactividad hipofisaria.

Tumores localizados en el hipotálamo y/o la hipófisis pueden provocar un deterioro de la función hipotalámica-hipofisaria como resultado de los efectos locales, del crecimiento tumoral o de los procedimientos quirúrgicos(7).

Eje somatotropo

El eje somatotropo es el más vulnerable al daño por radiación, siendo el déficit de GH el trastorno más frecuente y precoz en pacientes tratados con RC. Se observa tras dosis superiores a 18 Gy y puede aparecer ya en los 12 meses posteriores al tratamiento.

Diagnóstico: se debe sospechar déficit de GH en niños con una velocidad de crecimiento disminuida. En los pacientes que han recibido RC o con daño hipotálamo-hipofisario secundario a la expansión tumoral, los niveles de IGF1 (factor de crecimiento semejante a la insulina número 1) e IGFBP3 (proteína de transporte número 3 de los factores de crecimiento semejantes a la insulina) no son buenos indicadores de la deficiencia de GH(8). En estos casos, un único test patológico es suficiente para el diagnóstico de déficit de GH(3).

En los adultos con antecedente de RC y tratados con hormona de crecimiento recombinante humana (rhGH) en la infancia, se recomienda repetir un test de estímulo para reevaluarlos en la transición a adultos(9).

Tratamiento: el tratamiento para el déficit de GH consiste en la administración de rhGH. Estudios recientes ponen de manifiesto que no existe un mayor riesgo de recurrencia en los supervivientes al cáncer infantil que reciben este tratamiento. Sí que existe, en este grupo, un riesgo aumentado de segundas neoplasias en relación principalmente con el antecedente de RC e independiente al tratamiento con rhGH(3). Actualmente, los documentos de consenso, recomiendan un tiempo de espera mínimo de un año entre la remisión de la enfermedad y el inicio de la terapia con rhGH, para confirmar que no existe una recurrencia temprana(1).

Eje corticotropo

El déficit de ACTH (hormona corticotropa) es menos frecuente y más tardío. Aparece hasta en el 30% de los pacientes con antecedente de RC, pudiendo ocurrir hasta décadas después de la irradiación. Se asocia con dosis de radiación superiores a 30 Gy(1). También puede aparecer tras un tratamiento corticoideo crónico o a dosis altas.

Diagnóstico: los pacientes con déficit de ACTH pueden presentar síntomas de fatiga, disminución de la ganancia ponderal y/o hipoglucemia. Los niveles plasmáticos altos o normales de cortisol por la mañana (08:00 am) pueden ayudar a excluir un déficit de ACTH, pero si existe una clínica de déficit de ACTH, es necesario un test de estímulo para confirmar el diagnóstico(1).

Tratamiento: en casos de déficit de ACTH, es necesario iniciar tratamiento con hidrocortisona a dosis de 8-10 mg/m2/día.

Eje gonadotropo

En la infancia, la alteración de este eje no ocurre hasta la pubertad. La afectación de las gonadotropinas tras la RC puede manifestarse como un hipogonadismo central (déficit de FSH –hormona folículo-estimulante– y de LH –hormona luteinizante–), dando lugar a una pubertad retrasada o detenida. También puede ocurrir una activación precoz del eje, produciendo una pubertad precoz central.

El 35% de los pacientes con antecedente de RC pueden presentar hipogonadismo central hasta décadas después del tratamiento(5), principalmente si recibieron dosis de radiación intracraneal superiores a 30-40 Gy(10). Los pacientes con antecedente de cirugía del área hipotálamo-hipofisaria también tiene riesgo de hipogonadismo hipogonadotropo.

Diagnóstico: en estos niños, es preciso realizar un seguimiento cuidadoso del desarrollo puberal (mediante la estadificación de Tanner), así como de la velocidad de crecimiento.

La pubertad precoz central se debe sospechar en niñas que han iniciado del desarrollo puberal antes de los 8 años y en niños antes de los 9 años. Por el contrario, se debe descartar deficiencia de FSH/LH (hipogonadismo hipogonadotropo) en niñas que no han iniciado la telarquia con 13 años y en niños con un volumen testicular inferior a 4 cc con 14 años.

Los adultos que han alcanzado la madurez sexual pueden desarrollar también alteraciones secundarias al tratamiento oncológico en la infancia por déficit de LH/FSH. En las mujeres, puede aparecer amenorrea secundaria y, en los varones, disminución de la libido o disfunción eréctil. El diagnóstico de hipogonadismo hipogonadotropo, en adultos debe sospecharse en pacientes de riesgo con niveles de testosterona <200 ng/dl y niveles bajos o normales de LH y FSH, así como en mujeres con amenorrea secundaria y niveles de estradiol bajos con FSH normal o disminuida. Los pacientes que han recibido radiación intracraneal mayor de 30 Gy precisan controles de por vida.

Tratamiento: en los casos de pubertad precoz, se debe bloquear la pubertad mediante la administración de análogos de la GnRH de forma intramuscular, preferiblemente cada 28 días. En el hipogonadismo central, el tratamiento consiste en la terapia sustitutiva con esteroides sexuales, en los casos en los que sea necesario. También, se debe valorar en varones, la necesidad o no de tratamiento con FSH/LH.

Eje tirotropo

La afectación del eje hipotálamo-hipofisario-tiroideo es la más rara. El hipotiroidismo central (producido por déficit de TSH –hormona tirotropa–) casi siempre se presenta como parte de otras deficiencias hipofisarias(1). Se diagnostica en aproximadamente el 10% de pacientes después de la irradiación craneal(11), sobre todo, tras dosis de radiación superiores a los 30-40 Gy.

Diagnóstico: se establece por la presencia de una T4L (tiroxina libre) baja con niveles bajos o normales de TSH(10); por lo tanto, para su diagnóstico, se debe realizar la determinación de ambos parámetros.

Tratamiento: en los casos en los que se detecte déficit de TSH, es necesario iniciar tratamiento con levotiroxina a dosis sustitutiva, en función de los niveles de T4 libre.

Hiperprolactinemia

La hiperprolactinemia responde a una liberación hipotalámica reducida del neurotransmisor inhibidor dopamina y se observa con mayor frecuencia tras el antecedente de RC a dosis altas (>40 Gy)(3).

Diagnóstico: se recomienda realizar medición de prolactina (PRL) ante sospecha clínica (p. ej.: aparición de galactorrea, alteraciones menstruales…).

Déficit de hormona antidiurética (ADH)

La deficiencia de ADH o diabetes insípida central es infrecuente en estos pacientes. Está asociada generalmente a lesiones tumorales infiltrantes o al trauma secundario a las intervenciones quirúrgicas en el área hipotalámica y neurohipófisis, más que al tratamiento con radioterapia o quimioterapia(1).

Diagnóstico: los pacientes con diabetes insípida presentan: poliuria, nicturia, enuresis y, secundariamente, polidipsia. No se recomienda realizar test de screening en asintomáticos; aunque si existe sospecha clínica, se debe realizar un test diagnóstico y determinar la concentración plasmática de sodio y la osmolaridad plasmática y urinaria(2).

Tratamiento: en casos de déficit de ADH, es necesario iniciar tratamiento con desmopresina.

Alteraciones tiroideas

Las alteraciones de la función tiroidea también pueden ser secundarias al daño directo de la glándula tiroidea. El hipotiroidismo, el hipertiroidismo primario y los nódulos tiroideos son las entidades más frecuentes.

La irradiación directa de la glándula tiroides puede inducir lesiones agudas y/o cambios funcionales crónicos. Entre ellos, encontramos los que se citan a continuación.

Hipotiroidismo primario (HP)

Es la alteración tiroidea que aparece con mayor frecuencia. Los pacientes que han recibido radiación directamente sobre la cabeza y/o el cuello, o sobre la región supraclavicular o torácica, tienen riesgo de padecer HP y disfunción tiroidea secundaria(1).

El principal factor de riesgo lo constituye la radiación corporal total, intracraneal o cervical a dosis superiores a 10 Gy(12). El riesgo se incrementa a mayor dosis de radiación recibida y cuanto más tiempo pasa después del tratamiento(1).

Otros factores de riesgo incluyen: tratamientos con: inhibidores de la tirosina quinasa, radiomarcadores, trasplante de médula ósea precedido de quimioterapia intensiva, sexo femenino, raza blanca y mayor edad al diagnóstico.

Seguimiento: se han descrito latencias de hasta 94 meses para la aparición de HP, por lo que es necesario realizar a largo plazo, niveles de TSH y T4L anualmente en el grupo de pacientes de riesgo(1,3).

Hipertiroidismo

Es mucho menos frecuente que el hipotiroidismo primario en pacientes que han recibido tratamiento oncológico en la infancia. El factor de riesgo principal es la radiación de la glándula tiroidea.

Nódulos tiroideos

Los pacientes tratados con radioterapia corporal total, cráneo-espinal o localizada en cabeza y cuello, tienen más riesgo de desarrollar nódulos tiroideos, tanto benignos como malignos.

La aparición de nódulos tiroideos y/o cáncer de tiroides se asocia con dosis de 20 a 29 Gy, disminuyendo el riesgo con dosis superiores a 30 Gy, debido al efecto de destrucción celular. El riesgo es mayor para los niños menores de 5 años(1).

Seguimiento: los nódulos pueden aparecer tras 10-20 años de recibir la radioterapia, por lo que el seguimiento debe prolongarse a largo plazo. No existe un consenso, pero se recomienda realizar un examen físico anual con palpación cuidadosa de la glándula tiroidea en todos los pacientes que han recibido tratamiento oncológico en la infancia, con realización de ecografía cervical para los casos en los que la exploración física sea dudosa o esté alterada(1). No obstante, existen autores que recomiendan realizar ecografía cervical de forma seriada cada dos años en las personas que ha recibido irradiación de la tiroides durante la infancia, independientemente de la exploración física(3).

Disfunción gonadal primaria

Los niños/as supervivientes de cáncer infantil (Tabla III) pueden presentar disfunción gonadal primaria por fallo ovárico o testicular tras: la cirugía, la quimioterapia o la radioterapia.

 

Disfunción testicular

Tras el tratamiento quirúrgico puede aparecer daño testicular en grado variable, desde una alteración total de la función testicular tras una orquidectomía bilateral hasta una deficiencia androgénica leve tras una intervención unilateral.

No obstante, la mayoría de las insuficiencias gonadales tardías se deben al tratamiento con quimioterapia y/o radioterapia(3), pudiéndose afectar las células de Leydig, las de Sertoli o ambas:

Disfunción de las células de Leydig: el daño a las células de Leydig produce deficiencia de andrógenos y afecta a la inducción y al mantenimiento de la pubertad en la infancia, impidiendo el desarrollo de las características sexuales secundarias masculinas y alterando la función sexual(1).

Las células de Leydig son propensas al daño por radiación, aunque toleran dosis de radiación más altas que las de Sertoli. Sin embargo, durante el avance de la pubertad, la sensibilidad a la radiación cambia, estando el riesgo directamente relacionado con la dosis de radiación recibida y siendo inversamente proporcional a la edad de inicio del tratamiento, de tal manera que:

– Las dosis de radioterapia testicular menores de 20 Gy no conllevan a alteración en la síntesis de testosterona(27).

– En prepuberales, la radiación testicular a dosis de >24 Gy produce frecuentemente alteraciones en las células de Leydig.

– Durante la pubertad, este umbral aumenta a 30 Gy. Pese a ello, el fallo parcial de las células de Leydig puede aparecer con dosis más bajas, manifestándose durante la edad adulta, como una disminución fisiológica temprana de la función testicular endocrina.

La función de la célula de Leydig generalmente no se ve afectada después de la exposición a la quimioterapia gonadotóxica (sin exposición simultánea a la radiación testicular), tal como: ciclofosfamida, altas dosis de procarbazina, clorambucilo o cisplatino(14). Sin embargo, puede aparecer la deficiencia subclínica leve de testosterona tras regímenes de tratamiento a dosis altas. Se debe tener en cuenta que el tratamiento combinado con quimioterapia y radioterapia reduce el umbral (de la dosis de radioterapia) para el daño de las células de Leydig(1).

Disfunción de las células de Sertoli: son células ubicadas en los túbulos seminíferos, que brindan soporte estructural y metabólico durante la espermatogénesis. El daño de estas células puede producir oligospermia o azoospermia.

La sensibilidad de las células de Sertoli a la radioterapia es muy alta, por lo que defectos de la espermatogénesis pueden generarse tras radiaciones testiculares a dosis bajas (0,1 Gy).

La toxicidad de las células de Sertoli inducida por la quimioterapia se debe especialmente al uso de agentes alquilantes en la etapa puberal(1). El daño aparece con determinadas dosis acumulativas. No obstante, la mayor afectación se observa tras la combinación de radioterapia con quimioterapia(15).

Seguimiento: en los niños supervivientes que recibieron tratamiento antes de la pubertad, se recomienda la evaluación (cada 6-12 meses) del desarrollo puberal hasta su madurez sexual, mediante la estadificación de Tanner y la determinación del volumen testicular(1).

Diagnóstico:

• La alteración de la función de las células de Leydig se debe sospechar en niños con: pubertad retrasada o enlentecimiento puberal, o en adultos, si aparece: disminución de la libido, disfunción eréctil o disminución de la densidad mineral ósea y/o de la masa muscular. Se debe realizar análisis de testosterona, LH y FSH en los casos de sospecha clínica y al inicio de la pubertad en todos los varones que han recibido dosis de radioterapia testicular y en regiones próximas, superiores a 20 Gy.

Un nivel bajo de testosterona por la mañana es diagnóstico de deficiencia de andrógenos. Si se asocia a una elevación de gonadotropinas (principalmente de LH), indica fallo gonadal primario; mientras que si las gonadotropinas están bajas o inapropiadamente normales, sugieren hipogonadismo central, debiendo descartar hiperprolactinemia.

• En los pacientes de riesgo, mayores de edad, es preciso realizar un seminograma para valorar la fertilidad y la función de las células de Sertoli(16).

Disfunción ovárica

La función ovárica y reproductiva puede afectarse tras la cirugía (ooforectomía), aunque la mayor afectación aparece tras los efectos tóxicos de la radioterapia, la quimioterapia o su combinación(1). Como consecuencia, pueden aparecer: trastornos del desarrollo puberal, fallo ovárico prematuro (FOP), infertilidad y/o afectación de la función uterina a largo plazo.

El fallo ovárico primario (FOP) resulta en un fracaso en la producción de estrógenos y en la alteración de la maduración de ovocitos. La incidencia acumulada del FOP en supervivientes a los 40 años es del 8%(3).

El tratamiento con fármacos citotóxicos inhibe el crecimiento de los folículos ováricos(17). Se conoce que el riesgo del daño ovárico tras la quimioterapia (principalmente con: agentes alquilantes, cisplatino y nitrosoureas) es directamente proporcional a la dosis acumulada y a una mayor edad en el momento del tratamiento, aunque algunos autores describen que el riesgo no cambia entre las pacientes tratadas pre o pospubertad(2).

La radioterapia ovárica o en regiones próximas como: médula, pelvis, abdomen, vagina, vejiga o ganglios linfáticos inguinales, incrementa el riesgo de FOP. El posible daño también es mayor, dependiendo de la dosis y edad en la que se recibe la terapia inicial(1).

Seguimiento: es preciso monitorizar los niveles de estradiol, LH y FSH durante el periodo puberal, así como la progresión de los estadios de Tanner en todas las niñas que han recibido tratamientos oncológicos susceptibles de producir disfunción ovárica. En adolescentes y adultas, la medición de los niveles de progesterona en la fase lútea permite la evaluación de los ciclos ovulatorios.

Diagnóstico: se debe sospechar disfunción ovárica en casos de retraso puberal, amenorrea primaria o secundaria o ciclos irregulares. En estos casos, los estudios analíticos (estradiol, LH y FSH) son necesarios para confirmar el diagnóstico.

Las supervivientes al tratamiento con quimioterapia, aún con ciclos regulares, están en riesgo de tener una menor reserva ovárica y, por tanto, una vida reproductiva más corta. En estos casos, podría ser útil la determinación de la hormona antimülleriana, no obstante, su correlación con la fertilidad/fecundidad futura no está bien establecida(2).

Tratamiento: los adolescentes y adultos con hipogonadismo confirmado deben recibir tratamiento sustitutivo con estradiol o testosterona, usando regímenes de tratamiento estándar. Asimismo, los pacientes deben conocer los riesgos sobre la fertilidad futura y deben ofrecerse, antes del tratamiento, opciones para conservarla, como es la posibilidad de criopreservación de ovocitos o espermatozoides. En niños prepúberes, a nivel experimental, se podría realizar la criopreservación del tejido testicular inmaduro y de la corteza ovárica, con posterior maduración in vitro/in vivo.

Alteraciones del crecimiento

El crecimiento lineal de los niños que han tenido neoplasias en la infancia, está influenciado por una serie de factores endocrinológicos y otros secundarios, por efecto directo del tratamiento oncológico sobre el hueso.

Factores de riesgo no endocrinológicos: la radioterapia induce un daño directo sobre el cartílago de crecimiento, sobre todo, sobre el cartílago vertebral(12). Los pacientes que han recibido radioterapia abdominal, espinal o corporal total presentan un crecimiento vertebral anómalo, que se hace más manifiesto en el periodo puberal. También, varios estudios constatan, una disminución del crecimiento durante el tratamiento quimioterápico con talla final disminuida, en los pacientes con antecedente de leucemia linfoblástica aguda(1,3).

Factores de riesgo endocrinológicos: entre las causas endocrinológicas de talla baja se encuentran: el déficit de GH, la pubertad precoz central no tratada (en pacientes tratados con dosis de radioterapia sobre la región hipotálamo-hipofisaria ≥18 Gy) y el hipotiroidismo no tratado.

Seguimiento: se recomienda controlar el peso y la talla cada 6 meses en todos los pacientes que han recibido tratamiento oncológico en la infancia, teniendo en cuenta las gráficas de crecimiento de referencia(18).

Tratamiento: el tratamiento con rhGH ha quedado expuesto anteriormente.

Alteraciones del metabolismo fosfocálcico

Existe una disminución de la densidad mineral ósea (DMO) en los supervivientes del cáncer en la infancia como consecuencia de: los tratamientos oncológicos recibidos, los posibles déficits hormonales asociados y el estado nutricional.

Los factores de riesgo más frecuentes que producen una DMO baja son: la infiltración tumoral ósea, los tratamientos que interfieren en el metabolismo óseo, como los glucocorticoides o el metotrexate, el trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH), el déficit de GH y de hormonas sexuales, la mayor edad, el estilo de vida sedentario y la malnutrición que suelen presentar estos pacientes(19,3).

Seguimiento: en los pacientes con riesgo de presentar baja DMO (densidad mineral ósea), deben realizarse estudios densitométricos (DEXA: Dual energy x-ray absorptiometry) al entrar en el programa de seguimiento (aproximadamente 2 años después de la finalización de la terapia contra el cáncer) y repetirlos en el caso de que presenten clínica asociada a una DMO baja(3).

Tratamiento: en la mayoría de los niños, la DMO se normaliza sin intervenciones específicas. La actividad física regular y la optimización de la ingesta de calcio y de los valores de vitamina D son suficientes en pacientes con DMO límite o baja.

Sobrepeso, obesidad y alteraciones del metabolismo hidrocarbonado

La prevalencia de la obesidad es variable en los supervivientes del cáncer infantil; sin embargo, sí que existe mayor riesgo de síndrome metabólico.

La obesidad se asocia a un incremento de recurrencia de tumores primarios y a un aumento de mortalidad en los supervivientes de neoplasias en la infancia.

Su causa es multifactorial y su prevalencia variable. Los pacientes que han recibido RC a dosis >20 Gy, mujeres o irradiados menores de 4 años de edad tienen mayor riesgo de presentarla(3).

El déficit de GH y la radioterapia total, intracraneal o abdominal, predisponen a presentar un síndrome metabólico (hipertensión, dislipemia y obesidad central), lo que, a su vez, incrementa el riesgo de diabetes tipo 2 y ateroesclerosis.

Seguimiento: las guías clínicas de seguimiento, a largo plazo, de los pacientes pediátricos oncológicos, recomiendan evaluar la glucemia en ayunas y el perfil lipoproteico cada dos años en los pacientes que han recibido radioterapia total o intracraneal(20).

Tratamiento: se basa en modificar el estilo de vida, incrementando la actividad física y realizando una dieta hipocalórica. La terapia farmacológica está reservada para casos de resistencia a la insulina o diabetes tipo 2.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Gebauer J, Higham C, Langer T, Denzer C, Brabant G. Long-Term Endocrine and Metabolic Consequences of Cancer Treatment: A Systematic Review. Endocrine Reviews. 2019; 40: 711-67.

Completo y muy reciente artículo de revisión sobre los efectos endocrinológicos y metabólicos de los pacientes sometidos a tratamientos oncológicos.

 

Caso clínico

 

Adolescente de 14 años y 10 meses que acude a la consulta de Endocrinología Pediátrica por presentar retraso puberal.

Antecedentes personales: diagnosticada a los 5 años de Sarcoma de Ewing. Recibió tratamiento (finalizado a los 7 años de edad) con:

Quimioterapia con: vincristina, ciclofosfamida, adriamicina y actinomicina.

Radioterapia local (región ilíaca derecha y pélvica) a dosis total de 50 Gy.

Auto-trasplante de progenitores hematopoyéticos.

Antecedentes familiares: sin interés.

Exploración física: peso: 54,3 kg (p44); talla: 149 cm (p3); IMC: 24,4 kg/m2 (p79); Talla diana: 154,5 cm. Buen estado general. No bocio. ACP: normal. Abdomen: normal. Desarrollo puberal: pubarquia II, telarquia I, axilarquia 0. Estadio de Tanner I.

Pruebas complementarias:

Analítica:

– Sistema hipófiso-gonadal: FSH: 55,3 mUI/ml (2-10,3); LH: 22,2 mUI/ml (1,6-10,3); PRL: 12,1 ng/ml (<20), estradiol: 4 pg/ml (0-40).

– Hormonas tiroideas: TSH: 2,02 UI/ml (0,5-5,4); T4L: 1,16 ng/dl (0,89-1,76).

– Metabolismo fosfocálcico: calcio total: 9 mg/dl; fosfato: 4 mmol/L; PTHi: 24 pg/ml; vitamina D (calcidiol): 10 ng/ml.

Densitometría ósea lumbar L2-L4: parámetros densitométricos por debajo del rango de dispersión normal para la edad de la paciente (Z-Score: -2,7 DE).

Edad ósea: 13 años (retrasada).

Ecografía tiroidea: normal.

Ecografía pélvica: no se observan anejos. Marcada atrofia uterina.

Evolución: la paciente es diagnosticada de hipogonadismo hipergonadotropo secundaria a los tratamientos recibidos en la infancia. También se objetiva hipovitaminosis D.

Se inicia terapia hormonal sustitutiva con parches transdérmicos de 17-beta-estradiol y vitamina D, además se le recomienda la práctica de actividad física regular.

 

 

 

Metabolismo fosfocálcico

I. Rica Echevarría*, A. Vela Desojo**, G. Grau Bolado***
Temas de FC


I. Rica Echevarría*, A. Vela Desojo**, G. Grau Bolado***

*Jefa de Sección de Endocrinología Pediátrica. CIBERDEM. CIBERER. Hospital Universitario Cruces. Bizkaia. **Médico Adjunto. Sección Endocrinología Pediátrica. CIBERDEM. CIBERER. Hospital Universitario Cruces. Bizkaia. ***Médico Adjunto. Sección Endocrinología Pediátrica. Hospital Universitario Cruces. Bizkaia

Resumen

Las alteraciones del metabolismo fosfocálcico son relativamente frecuentes en Pediatría. Son muchas las hormonas implicadas en dicho metabolismo. Los recientes avances en el campo de la genética están ayudando a mejorar el diagnóstico etiológico de estas patologías. La hipocalcemia neonatal es frecuente, generalmente transitoria y multifactorial. La causa más frecuente de hipocalcemia permanente en el niño es el hipoparatiroidismo. La hipercalcemia es menos frecuente y aparece a una mayor edad. La clínica de las alteraciones del metabolismo fosfocálcico suele ser larvada y los tratamientos son eficaces. Mantener la sospecha diagnóstica adecuada en escenarios clínicos sugestivos y hacer un diagnóstico precoz de estas entidades es una prioridad que, además, puede evitar complicaciones graves derivadas de las mismas. Por lo anteriormente mencionado: el conocimiento del diagnóstico, etiopatogenia y tratamiento de esta patología es fundamental.

 

Abstract

Calcium and phosphate metabolism disorders are relatively common in pediatrics. There are many hormones involved in the regulation of its homeostasis. Recent advances in genetics are aiding to ascertain the etiological diagnosis of these pathologies. Neonatal hypocalcaemia is common, usually transient and multifactorial.
The most common cause of permanent hypocalcaemia in childhood is hypoparathyroidism. Hypercalcemia is less common and tends to occur at an older age. The symptoms of phos-pho- calcium metabolism disturbance are concealed and treatment options effective. Suggestive clinical manifestations should raise suspicion of these entities and allow making a prompt diagnosis, and subsequently avoiding serious complications. Thus, physician ́s familiarity with diagnosis, etiopathogenesis and treatment of calcium and phosphate disorders is paramount.

 

Palabras clave: Hipocalcemia; Hipercalcemia; Vitamina D; Paratohormona (PTH); Tetania; Hipoparatiroidismo; Hiperparatiroidismo; MEN; Pseudohipoparatiroidismo; CaSR.

Key words: Hypocalcemia; Hypercalcemia; Vitamin D; Parathyroid hormone (PTH); Tetany; Hypoparathyroidism; Hyperparathyroidism; MEN; Pseudohypoparathyroidism; CaSR.

Pediatr Integral 2020; XXIV(5): 268 – 275


Metabolismo fosfocálcico

Introducción

El calcio (Ca) y el fósforo (P) suponen el 65% del peso del hueso, siendo este el principal reservorio de Ca. El Ca, además, es un cofactor imprescindible en distintos procesos enzimáticos y el P está ampliamente distribuido por los tejidos, formando parte de: ácidos nucleicos, fosfolípidos, enzimas, proteína G, ATP y segundos mensajeros. Ambos cationes se obtienen fundamentalmente con la alimentación. Los niveles de Ca y P en sangre deben mantenerse en un rango estrecho y lo hacen gracias a un complejo mecanismo regulador, siendo fundamentales la paratohormona (PTH) y la vitamina D. La PTH favorece la reabsorción activa de Ca y reduce la del P. El calcitriol [1,25(OH)2D3], que es la forma activa de la vitamina D, favorece tanto la absorción de Ca como la de P. La calcemia considerada normal varía dependiendo de los laboratorios y de la edad del paciente, siendo más preciso referirnos al Ca iónico. Los valores normales de P permanecen más contantes a lo largo de la vida (Tabla I).

 

Fisiología de la homeostasis del calcio y fósforo

La homeostasis del Ca tiene lugar en tres órganos diana: intestino, hueso y riñón. El 99% del Ca corporal está fijado al hueso y un 1% circula en sangre (50% en forma libre o activa, Ca iónico). La absorción de Ca se produce de forma activa y pasiva a nivel intestinal. El glomérulo renal filtra aproximadamente el 50% del Ca iónico y, posteriormente, se reabsorbe un 85% a nivel tubular, mediante un proceso pasivo.

La vitamina D se genera en la piel por la acción de la luz solar, posteriormente a nivel hepático se transforma en 25 hidroxivitamina D3 [25(OH)D3] y, finalmente en el riñón, mediante la 1 alfa hidroxilasa, pasa a su forma activa, la 1,25(OH)2D3 o calcitriol. Esta enzima renal es activada por la PTH y regulada por los niveles de P (la depleción de P estimula su formación y el aumento de P la disminuye). La 1,25(OH)2D3 estimula la absorción intestinal de Ca y, en menor medida, de P(1). La PTH favorece: la salida de Ca del hueso, su absorción intestinal y disminuye su excreción urinaria. La secreción de PTH es regulada por el receptor sensor del Ca (CaSR) localizado en paratiroides y túbulo renal(2).

El FGF23 actúa a nivel renal, regulando el manejo tubular del P y el metabolismo de la vitamina D. Ejerce una función fosfatúrica y protege al organismo de los excesivos niveles de [1,25(OH)2D3], mediante la inhibición de su producción renal y el aumento de su catabolismo. El exceso de FGF23 produciría: hipofosfatemia, alteración de la vitamina D, defectos de crecimiento y osteomalacia/raquitismo, y su defecto daría como resultado hiperfosfatemia y calcificaciones en tejidos blandos.

Las hormonas principales que regulan el manejo renal de P son: la PTH y el FGF23. La PTH aumenta los niveles de P al estimular la resorción ósea y la síntesis de [1,25(OH)2D3](1), frena la absorción intestinal de fósforo. El FGF23, como ya se ha mencionado, reduce el P sérico.

Alteraciones del calcio

Hipocalcemia

La determinación de Ca iónico es fundamental en el estudio de la hipocalcemia. En el periodo neonatal suele ser transitoria, mientras que en niños mayores, la causa más frecuente es el hipoparatiroidismo. El tratamiento es sencillo, pero requiere un exquisito control.

Se considera hipocalcemia, de forma general, a la concentración de Ca total < 8,5 mg/dl o de Ca iónico < 4,4 mg/dl. El periodo neonatal es el momento más frecuente de riesgo de hipocalcemia relacionada con factores transitorios de estrés perinatal (Tabla II).

 

En niños mayores, las causas de hipocalcemia son múltiples, muchas de origen genético. Actualmente, gracias al avance de las técnicas de diagnóstico molecular, la hipocalcemia idiopática debe ser un diagnóstico de exclusión (Tabla III).

 

Los síntomas de la hipocalcemia se deben a un aumento de la excitabilidad neuromuscular y son variables, dependiendo de la edad del paciente y de la rapidez de su instauración. La crisis de tetania es la manifestación habitual en los casos agudos e incluye: parestesias, temblores, hiperreflexia, calambres, signo de Chevostek, signo de Trousseau y convulsiones. Si la hipocalcemia es crónica, la clínica es muy variada: afectación ectodérmica (sequedad de la piel, fragilidad ungueal, alteración del esmalte), ocular (edema de papila, cataratas subcapsulares), pérdida de memoria, alteraciones psiquiátricas, alteración del ritmo cardiaco con QT alargado.

El enfoque diagnóstico inicial de la hipocalcemia debe incluir: la determinación en sangre de Ca total e iónico, fósforo, magnesio, PTHi y 25(OH)D3, así como la determinación en orina del cociente calcio/creatinina (Tabla IV).

Posteriormente, en función de la sospecha diagnóstica, se debe completar el estudio con la determinación de 1,25(OH)2D3 y con la realización de estudios genéticos y/o de imagen(3).

Clasificación, clínica y fisiopatología de la hipocalcemia

Hipocalcemia neonatal

Durante el embarazo, el Ca es transferido activamente de la madre al feto. Tras el nacimiento, estos niveles descienden de forma brusca y alcanzan la normalidad a las dos semanas de edad. La hipocalcemia neonatal es frecuente y muchas veces transitoria (Tabla II). Puede ser precoz, si aparece en las primeras 72 horas, favorecida por: prematuridad, asfixia, diabetes o preeclampsia maternas, o tardía, desencadenada por una hipercalcemia materna o exceso de P en la alimentación. Debemos considerar otras etiologías en función de las características clínicas acompañantes y de su evolución.

Hipocalcemia neonatal permanente, lactante y niño mayor

Hipocalcemia secundaria a hipoparatiroidismo

En el hipoparatiroidismo(4,5) existe una disminución de la función de la PTH que puede deberse a: una ausencia/hipoplasia paratiroidea, una disminución de la síntesis/secreción de la PTH, una alteración del sensor receptor del Ca (CaSR) o a una resistencia del receptor de la PTH (Tabla III).

Niveles bajos de PTH. Generalmente se asocian a causas genéticas(6). La Deleción del 22q11.2 destaca por su frecuencia e incluye: un cuadro sindrómico variable con aplasia/hipoplasia de timo, defectos cardiacos, disfunción velo-palatina, fenotipo peculiar e hipoparatiroidismo(7).

Mutaciones activantes del CaSR. Familiar (AD) o esporádica. Se produce un aumento en el umbral de calcio para la respuesta de la PTH, siendo esta insuficiente a pesar de hipocalcemia, con hipercalciuria relativa o absoluta.

Niveles altos de PTH (Pseudohipoparatiroisdismo). Grupo heterogéneo de enfermedades producidas por una resistencia a la acción de la PTH, que actualmente se denomina iPPSD (inactivating PTH/PTHr Signalling Disorder)(8). Se caracterizan por: hipocalcemia, hiperfosfatemia, niveles elevados de PTH y niveles normales de 25(OH)D3. En función del fenotipo y alteración bioquímica, se dividen en subtipos, siendo los más frecuentes el Ia y el Ib, ambos producidos por alteración en la subunidad α de la proteína G codificada por el gen GNAS(9,10).

Hipomagnesemia. Los niveles de Mg por debajo de 1 mg/dl condicionan de forma reversible resistencia y disminución en la síntesis de PTH.

Hipocalcemias secundarias al déficit de vitamina D

El raquitismo carencial es la causa más frecuente. La deficiencia de vitamina D(1,11) debe considerarse ante: una falta grave de exposición solar, una disminución de su ingesta y/o absorción, un aumento del catabolismo hepático de vitamina D o una disminución de su síntesis endógena. En la etapa neonatal, debe descartarse en hijos de madres con deficiencia grave de vitamina D. Los raquitismos hereditarios no carenciales (resistentes) son excepcionales. Las razas de piel oscura tienen mayor predisposición a este déficit y hemos de tenerlas en cuenta dada la población inmigrante en el momento actual en España.

Hipocalcemia autoinmune

La enfermedad poliglandular tipo 1 por mutación en el gen AIRE (21q22.3) es una enfermedad autosómica recesiva que puede causar un hipoparatiroidismo por destrucción de la glándula. Se puede asociar a candidiasis mucocutánea, insuficiencia suprarrenal, hipotiroidismo, insuficiencia ovárica o hepatitis autoinmune.

Otras causas de hipocalcemia adquirida

Tiroidectomía, paratiroidectomía, enfermedades de depósito (hemocromatosis o enfermedad de Wilson), infecciones, síndrome de hueso hambriento, osteopetrosis o hiperfosfatemia.

Tratamiento de la hipocalcemia

Crisis de hipocalcemia: es una urgencia hospitalaria que se trata por vía intravenosa lenta, con monitorización electrocardiográfica (gluconato cálcico 1-2 ml/kg, en solución al 10%, diluido al medio con solución salina o glucosada). Puede ser preciso repetir la dosis y, en cuanto se consigan niveles estables de calcemia, se iniciará vía oral.

Mantenimiento: Ca por vía oral (20 mg/kg/día), para mantener la calcemia normo-baja y evitar el riesgo de nefrocalcinosis. Se aconseja la restricción de los alimentos ricos en fósforo (lácteos y huevos) para evitar hiperfosforemia. En función de la etiología, se requerirá 25(OH)D3 o 1,25(OH)2D3(3,12).

Hipercalcemia

La hipercalcemia suele ser un hallazgo casual en la edad pediátrica. La PTH determina la orientación diagnóstica. Solo las hipercalcemias sintomáticas o severas precisan tratamiento urgente.

La hipercalcemia se sospecha ante una concentración plasmática de Ca total > 10,5 mg/dL o de Ca iónico > 5,2 mg/dL. Este hecho debe confirmarse en una segunda determinación, incluyendo el Ca iónico o valorando la calcemia corregida. La hipercalcemia en Pediatría es menos frecuente que en adultos, pero su relevancia clínica suele ser mayor. El hiperparatiroidismo primario (HPP) es la causa más frecuente de hipercalcemia franca y mantenida en la infancia. Otras situaciones frecuentes son la hipercalcemia hipocalciúrica familiar (HHF) y la inmovilización prolongada(13-15).

Clasificación, clínica y fisiopatología de la hipercalcemia

La severidad clínica de la hipercalcemia dependerá del nivel del Ca y de la velocidad de instauración de la misma. Se clasifican en: leve (Ca <12 mg/dl), moderada (12-14 mg/dl) y severa (Ca>14 mg/dl). La hipercalcemia puede ser un hallazgo incidental; pero, en ocasiones, se refieren síntomas como: letargia, hipotonía, anorexia, estancamiento ponderal, poliuria y polidipsia, vómitos, dolor abdominal y estreñimiento. En los casos de larga evolución y/o severos, nos podemos encontrar ante: fallo renal (por hipercalciuria y nefrolitiasis), pancreatitis (por depósitos de Ca y activación de tripsinógeno a nivel pancreático), arritmias (por acortamiento del QT), deterioro del nivel de conciencia y/o convulsiones. En el adolescente puede originar un cuadro psiquiátrico (ansiedad, depresión y/o psicosis). La calcemia y la severidad de los síntomas pueden orientar hacía una etiología (Tabla V).

 

A la hora de plantear una correcta orientación diagnóstica, es de gran utilidad clasificar la hipercalcemia en función de los niveles de PTH (Fig. 1).

Figura 1. Algoritmo diagnóstico de la hipercalcemia. HHF: hipercalcemia hipercalciúrica familiar. HPPF: hiperparatiroidismo primario familiar. IRC: insuficiencia renal crónica. PTH: paratohormona. PTHrP: péptido relacionado con la PTH.

 

Hipercalcemia PTH dependiente

Hiperparatiroidismo primario (HPP)

Esporádico:

- En el recién nacido o en el lactante: en hijos de madres con hipocalcemia gestacional o en neonatos con una depleción de P (inadecuada suplementación).

- En el niño mayor o en el adolescente: el adenoma paratiroideo es la causa más frecuente de HPP en este grupo de edad (65% casos). Generalmente existe afectación de órganos diana ya al diagnóstico: quistes pardos y/o nefrocalcinosis.

Genético:

- No sindrómico. La etiología más frecuente es la hipercalcemia hipocalciúrica familiar (HHF) que afecta, sobre todo, a niños y adolescentes. Es un cuadro benigno de herencia autosómica dominante originado por mutaciones inactivantes en heterocigosis del CaSR. que condicionan una hiposensibilidad relativa al Ca. Se caracteriza por: una elevación crónica de la calcemia, PTH elevada o inapropiadamente normal y calciuria baja. El diagnóstico diferencial se plantea con el HPP familiar (HPPF), lo cual supone un reto diagnóstico en ausencia de otros tumores.

Mutaciones con pérdida de función severa del CaSR (en homozigosis u heterozigosis si alteración grave del receptor o si asocian deficiencia de vitamina D), originan una hipercalcemia grave en el recién nacido o lactante, incluso con compromiso vital(2).

- Sindrómico: la causa más frecuente es la neoplasia endocrina múltiple (MEN), de herencia autosómica dominante, por lo que suele haber antecedentes familiares. Existen varios subtipos y es, en el MEN tipo 1, donde el hiperparatiroidismo constituye la 1ª manifestación de la enfermedad en el 90% de los casos, estando la hipercalcemia presente en la adolescencia. Se debe a mutaciones en el gen codificante de la menina y se caracteriza por la presencia de: tumores paratiroideos (90%), tumores pancreáticos (40%), hipofisarios (30%) y adrenocorticales (40%)(17,18). Los MEN 2 y 3 están causados por mutaciones en el protooncogén RET y la prevalencia de tumores paratiroideos es menor.

Otra etiología de tumores de paratiroides, menos frecuente, es el síndrome HPP-tumor de mandíbula, de herencia autosómica dominante que asocia tumores fibro-óseos de maxilar y mandíbula.

Hiperparatiroidismo terciario o adquirido

Es secundario a una insuficiencia renal crónica (IRC) o al tratamiento de raquitismos hipofosfatémicos.

Hipercalcemia PTH independiente

Asociada a altos niveles de vitamina D

Por exceso de vitamina D: una ingesta accidental o por prescripción incorrecta de cantidades excesivas de vitamina D (o sus metabolitos) en el niño, puede originar una hipercalcemia. Si esto acontece en una madre gestante, puede verse en el neonato. Los niveles de 25(OH)D3 estarán elevados, los de calcitriol normales y la PTH estará suprimida.

La hipercalcemia idiopática infantil se caracteriza por: hipercalcemia, hipercalciuria y nefrocalcinosis, generalmente resueltas antes del año de vida. Se ha relacionado con alteraciones en la reabsorción renal de fosfato determinantes de un descenso de FGF23 y un aumento de 1,25(OH)2D3, y con mutaciones inactivantes de CYP24A1 (enzima responsable del catabolismo de la 1,1,25(OH)2D3.

La necrosis grasa del recién nacido es una paniculitis de causa desconocida, más frecuente en neonatos post-término y relacionada con estrés perinatal, en la que existe un aumento de 1,25(OH)2D3 en el tejido de granulación cutáneo, con el consiguiente aumento de absorción de Ca en el intestino.

Existen linfomas y disgerminomas ováricos, así como algunas enfermedades inflamatorias y granulomatosas con actividad 1α-hidroxilasa que causan una hipercalcemia.

No asociada a los metabolitos de vitamina D

Inmovilización. Origina con frecuencia hipercalciuria en niños/adolescentes y también puede causar hipercalcemia.

Tóxicos y drogas. Existen fármacos que producen hipercalcemia por diferentes motivos, incluyendo: tiazidas, ácido retinoico, litio, tamoxifeno o teofilina. Una administración excesiva de carbonato cálcico o bicarbonato sódico, y una intoxicación de vitamina A, también pueden originarla.

Hipercalcemia maligna. Aparece en menos del 1% de los niños con cáncer asociado a tumores: hematológicos, neurológicos, hepáticos, disgerminomas o rabdomiosarcomas. Se debe a una osteolisis directa producida por las células tumorales o a la síntesis tumoral de factores con actividad osteclástica, destacando el PTHrP (péptido homólogo a PTH), que es capaz de activar el receptor de la PTH(19).

Otras causas. Entre otras causas infrecuentes de hipercalcemia, se incluyen: aporte excesivo de Ca (nutrición parenteral), algunas endocrinopatías (feocromocitoma, Addison, acromegalia, patología tiroidea), tubulopatías (acidosis tubular renal distal y síndrome de Bartter), el síndrome de Williams-Beuren, la trisomía 21, la condrodisplasia metafisaria de Jansen, el síndrome IMAGe, y algunos errores innatos del metabolismo (hipofosfatasia, deficiencia congénita de lactasa, intolerancia a disacáridos, mucopolisacaridosis tipo I y el síndrome del pañal azul).

Tratamiento de la hipercalcemia

La hipercalcemia leve y asintomática no precisará tratamiento inmediato. En la crónica moderada y asintomática, la actitud inicial puede ser expectante, pero en las situaciones restantes, el tratamiento será urgente(16). La hiperhidratación junto a la administración de calcitonina y/o bifosfonatos son las medidas de elección, tal y como se representa en la tabla VI.

 

Alteraciones del fósforo

La hipofosforemia de define por una concentración de fósforo sérica < 2,5 mg/dl, y se considera grave si es < 1,5 mg/dl. Es una entidad rara en el niño sano y su orientación diagnóstica estará determinada por la capacidad de reabsorción tubular de fósforo (Fig. 2).

Figura 2. Algoritmo de diagnóstico de la hipofosforemia. PTH: paratohormona. RTP: reabsorción tubular de fosfatos.

 

Solo en los casos graves, aparece clínica relacionada con el descenso del 2-3 difosfoglicerato del hematíe que aumentará su afinidad por el oxígeno, reduciendo el ATP intracelular. Los síntomas serán fundamentalmente neurológicos (encefalopatía) y osteomusculares (debilidad, mialgias, rabdomiolisis e insuficiencia cardíaca y respiratoria)(20). En los casos graves, el tratamiento será hospitalario e intravenoso con una dosis de choque de 0,1-0,2 mmol/kg/dosis de fósforo elemento (1 mmol = 2 mEq = 31 mg P elemento) durante 6 horas (infusión máxima 0,2 mmol/kg/hora).

La hiperfosforemia se define por una concentración de fósforo sérica > 6,5 mg/dl. Es rara, salvo en niños con insuficiencia renal crónica (70% casos), en los que conlleva la aparición de un hiperparatiroidismo secundario y osteodistrofia renal. En el resto de las situaciones suele ser asintomática, aunque si el producto Ca-P séricos supera 60, existe riesgo de hipocalcemia y calcificaciones metastásicas por precipitación de las sales de P cálcico en tejidos blandos(20). El hallazgo de una hiperfosforemia en un niño previamente sano, obliga a descartar una enfermedad tumoral o metastásica (Fig. 3).

Figura 3. Algoritmo de diagnóstico de la hiperfosforemia. PTH: paratohormona. RTP: reabsorción tubular de fosfatos.

 

El papel del pediatra de Atención Primaria es relevante en varios aspectos: conocer las situaciones de riesgo que pueden facilitar una alteración del metabolismo fosfocálcico, llevar a cabo una correcta prevención del raquitismo carencial en los primeros meses de la vida e identificar, con celeridad, los síntomas muchas veces inespecíficos, que ponen de manifiesto este tipo de patología.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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20.*** Guerrero Fernández J, González Casado I. Manual de Diagnóstico y Terapéutica en Endocrinología Pediátrica v.1.0. 2018. ISBN 978-84-171194-44-4.

Bibliografía recomendada

– Shoback D. Clinical practice. Hypoparathyroidsm. N Engl J Med. 2008; 359: 391-403.

Un artículo clásico, pero completísima revisión para entender el hipoparatiroidismo.

– Gordon RJ, Levine MA. Genetic Disorders of Parathyroid Development and Function. Endocrinol Metab Clin North Am. 2018; 47: 809-23.

Completísima revisión del hipoparatiroidismo, incidiendo en los diferentes genes implicados en la enfermedad.

– Mantovani G, Bastepe M, Monk D, de Sanctis L, Thiele S, Lisardi A, et al. Diagnosis and management of pseudohypoparathyroidism and related disorder: first international Consensus Statement. Nature. 2018; 14: 476-500.

Actualización, tanto clínica como genética del pseudohipoparatiroidismo.

– Stokes VJ, Nielsen MF, Hannan FM, Thakker RV. Hypercalcemic Disorders in Children. J Bone Miner Res. 2017; 32: 2157-70.

Reciente revisión de la fisiopatología, etiología y enfoque diagnóstico de la hipercalcemia en el niño.

– Davies JH, Shaw NJ. Investigation and management of hypercalcemia in children. Arch Dis Child. 2012; 97: 533-8.

Sencilla y breve revisión del enfoque diagnóstico y tratamiento de la hipercalcemia en el niño.

– Guerrero Fernández J, González Casado I. Manual de Diagnóstico y terapéutica en Endocrinología Pediátrica v.1.0. 2018. ISBN 978-84-171194-44-4.

Excelente manual de diagnóstico y tratamiento que facilita el manejo de las principales patologías del metabolismo fosfocálcico en la edad pediátrica.

Caso clínico 1

 

Anamnesis: niña de 1 mes y 10 días de vida, que ingresa desde urgencias por sospecha de convulsiones. Refieren que desde hace 3 días tiene episodios frecuentes y autolimitados (segundos de duración) consistentes en rubefacción facial con desviación de cabeza y mirada hacia lado derecho. La niña está normal entre los episodios. Los padres comentan que tiene un tono muscular aumentado desde el nacimiento, como única sintomatología asociada.

Antecedentes familiares: ambos padres viven sanos; ausencia de consanguinidad.

Antecedentes personales: embarazo bien controlado: gemelar bicorial biamniótico. Madre hiperemesis gravídica. Parto pretérmino (34 semanas), vaginal instrumental (fórceps). 1er gemelo. PN: 2.030 g (P 25). LN: 43 cm (P 25). Apgar: 8/10. Ingreso neonatal del 4º al 7º día de vida por hiperbilirrubinemia (fototerapia). Recibe lactancia mixta con fórmula de inicio (fórmula para prematuros previamente). No se han iniciado suplementos vitamínicos.

Exploración física: peso: 3,180 kg (P 3). Longitud: 50,3 cm (P 3-10). FC: 145 lpm. FR: 26 rpm. TA: 102/57 mm Hg. Sat.: O2 100%. Fenotipo normal. Color ligeramente ictérico. Hidratación mucocutánea normal. ACP: normal. Pulsos simétricos. Abdomen: normal. SNC: hipertonía generalizada con tendencia a la flexión, con resto de exploración negativa. Genitales femeninos prepuberales normales.

Analítica en urgencias: gasometría venosa: pH: 7,30; pCO2: 47 mm Hg; Bicarbonato: 23 mmol/L; EB: -2,8 mmol/L. Hematimetría normal. Bioquímica: glucosa: 66 mg/dL; urea: 14 mg/dL; creatinina: 0,28 mg/dL; sodio: 136 mEq/l; potasio: 4,8 mEq/L; cloro: 101 mEq/L; GPT: 9 U/L; Ca: 5,3 mg/dL; Ca iónico: 0,50 mmol/L; fósforo: 9,2 mg/dL. Mg: 2,30 mg/dl. Proteínas totales: 5,4 g/dl.

Ante la hipocalcemia grave, ingresa en UCIP para tratamiento.

 

Caso clínico 2

 

Anamnesis: varón de 1 mes y 11 días de vida, que consulta en urgencias por haber presentado 10-15 episodios breves, autolimitados, de sacudidas de extremidades con lateralización de la cabeza en las últimas 20 horas. El niño está normal entre los episodios y no asocia ninguna otra sintomatología.

Antecedentes familiares: hermana gemela que ingresó 24 horas (caso 1).

Antecedentes personales: presentación de nalgas. 2º gemelo. PN 1.650 g. (P 3). Longitud: 42,1 cm (P 3-10). Apgar: 8/10. Ingreso en Unidad Neonatal hasta el 7º día de vida por hiperbilirrubinemia (fototerapia). Resto compartido con caso 1.

Exploración física: peso: 3,300 kg (P 3). Longitud: 50,4 cm (P 3). FC: 167 lpm. FR: 32 rpm. TA: 85/55 mm Hg. Sat.: O2 100%. Fenotipo normal. Color ligeramente ictérico. Bien hidratado. Fontanela anterior normotensa. ACP: normal. Pulsos simétricos. Abdomen: normal. Hipertonía generalizada con resto de exploración neurológica normal. Testes 2 ml en bolsa. Pene infantil normal.

Analítica en urgencias: gasometría venosa: pH 7,29; pCO2: 16 mm Hg; Bicarbonato: 8 mmol/L; EB: 15 mmol/L. Hema­timetría normal. Bioquímica: glucosa: 66 mg/dL; urea: 18 mg/dL; creatinina: 0,19 mg/dL; sodio: 136 mEq/l; potasio: 4,8 mEq/L; cloro: 101 mEq/L; GPT: 10 U/L; calcio: 5,4 mg/dL; calcio iónico: 0,59 mmol/L; fósforo: 8,5 mg/dL. Mg: 1,8 mg/dl. Proteínas totales: 5,4 g/dl.

Ante la hipocalcemia grave, ingresa en UCIP para tratamiento.

Diagnóstico diferencial de hipocalcemia en un lactante

Las causas más frecuentes de hipocalcemia en un lactante de 1 mes son: el hipoparatiroidismo, el pseudohipoparatiroidismo, el raquitismo o la hipocalcemia neonatal tardía. Dado que se trata de 2 hermanos gemelos de diferente sexo, a priori lo más razonable es pensar que su hipocalcemia pudiera deberse a un problema intrauterino.

En este sentido, se re-historió a la madre y se consultaron los resultados de las analíticas que se le habían realizado durante el embarazo. Evidenciamos en 2 ocasiones, una hipercalcemia leve con hipofosforemia, que el ginecólogo no había valorado (calcio: 11,4 mg/dl con fósforo: 1,2 mg/dl; calcemia de control: 10,8 mg/dl). Ante este hecho, la primera sospecha diagnóstica es una hipocalcemia secundaria a un hiperparatiroidismo materno, y completamos los estudios con determinación del metabolismo fosfocálcico a los niños y su madre:

• Analítica de la madre: calcio: 10,3 mg/dl; fósforo: 3 mg/dl; magnesio: 2,11 mg/dl. PTH: 173 pg/ml y 25-hidroxi vitamina D < 7 ng/ml.

• Analítica de la niña (24 h de ingreso): calcio: 5,7 mg/dl; fósforo: 7,4 mg/dl; PTH: 58 pg/ml y 25-hidroxi vitamina D: 10 ng/ml.

• Analítica del niño (24 h de ingreso): calcio: 5,6 mg/dl; fósforo: 6,5 mg/dl; PTH: 116 pg/ml y 25-hidroxi vitamina D: 9,4 ng/ml.

Evolución

Los niños estuvieron 9 días ingresados en la UCIP, recibiendo calcio intravenoso a dosis altas y vitamina D. Tras iniciar la terapia, no volvieron a tener episodios de clonías y la hipertonía fue mejorando progresivamente. El 7º día se cambió a terapia con Ca oral y pasaron a planta de hospitalización, donde estuvieron ingresados durante 2 semanas. Evolución analítica de los niños:

• Caso 1. A los 7 días: Ca: 8,9 mg/dl; fósforo: 7,4 mg/dl; PTH: 43 pg/ml. Control a las 2 semanas: Ca: 10,5 mg/dl; fósforo: 5,3 mg/dl; 25-hidroxi vitamina D: 34 ng/ml.

• Caso 2. A los 7 días: Ca: 7,8 mg/dl; fósforo: 5,1 mg/dl; PTH: 43 pg/ml y 25-hidroxi vitamina D: 13 ng/ml. Control a las 2 semanas: Ca: 10,7 mg/dl; fósforo: 6,8 mg/dl; 25-hidroxi vitamina D: 22 ng/ml.

Los niños fueron controlados en consultas externas de endocrinología pediátrica. De forma progresiva, se fueron bajando las dosis de Ca y calcitriol, hasta poder suspender ambas terapias a los 8-9 meses de vida. Se confirmó que posteriormente mantenían valores analíticos normales. Fueron dados de alta a los 18 meses con peso/longitud en P 50 y exploración física completa rigurosamente normal.

La madre fue referida al servicio de endocrinología. Inicialmente, indicación de tratamiento con colecalciferol. Tras normalizar la vitamina D y objetivarse la persistencia de una elevación de la PTH, se solicitó gammagrafía-MIBI que confirmó la presencia de un adenoma paratiroideo izquierdo. Se realizó una paratiroidectomía inferior izquierda, con normalización de la PTH intraoperatoria.

En resumen, interpretamos el caso de estos dos lactantes, como una hipocalcemia sintomática derivada de un hipoparatiroidismo funcional transitorio, debido fundamentalmente a un hiperparatiroidismo materno al que se asociaron algunos otros factores de riesgo de hipocalcemia, incluyendo: la prematuridad y los niveles bajos de vitamina D.

 

 

 

Síndrome de ovario poliquístico en la adolescente

M.B. Roldán Martín*, B. Corredor Andrés**
Temas de FC


M.B. Roldán Martín*, B. Corredor Andrés**

*Hospital Universitario Ramón y Cajal, Universidad de Alcalá. Madrid. **Hospital Virgen de la Salud. Toledo

Resumen

El síndrome de ovario poliquístico (SOP), caracterizado por un desequilibrio hormonal y disfunción ovulatoria, comienza con frecuencia durante la adolescencia. Es la enfermedad endocrinológica más prevalente en mujeres premenopáusicas. Su etiopatogenia es compleja y multifactorial, e incluye factores genéticos, epigenéticos y ambientales. El diagnóstico en las adolescentes se basa en la presencia de signos clínicos y/o bioquímicos de hiperandrogenismo y de reglas irregulares.
Las alteraciones metabólicas y cosméticas del SOP impactan negativamente sobre la calidad de vida de las pacientes; de ahí, la importancia del diagnóstico y tratamiento en etapas precoces de la vida.

 

Abstract

Polycystic ovary syndrome, characterized by hormonal imbalance and ovulatory dysfunction, often starts during adolescence. It is the most prevalent endocrine disorder affecting premenopausal women. Its etiopathogenesis is complex and multifactorial and includes genetic, epigenetic and environmental factors. Its diagnosis in adolescents is based on the detection of clinical and/or biochemical signs of hyperandrogenism and irregular menstrual cycles.
The metabolic and cosmetic disorders derived from the syndrome negatively impact on the quality of life of patients. Hence, early identification and treatment is crucial.

 

Palabras clave: Adolescencia; Hiperandrogenismo; Oligomenorrea; Síndrome de ovario poliquístico.

Key words: Adolescence; Hyperandrogenism; Oligomenorrhea; Polycystic ovary syndrome.

Pediatr Integral 2020; XXIV (5): 258 – 267


Síndrome de ovario poliquístico en la adolescente

Introducción

El síndrome de ovario poliquístico (SOP) es el trastorno endocrinometabólico más frecuente en mujeres en edad reproductiva.

Su principal base fisiopatológica es un exceso de producción de andrógenos de origen ovárico y suprarrenal. El fenotipo clínico consiste en signos y síntomas derivados del exceso androgénico: reglas irregulares, anovulación crónica e infertilidad en la edad adulta. La ausencia de consenso para su definición hace difícil el diagnóstico en adolescentes y, dada la semejanza entre un desarrollo puberal normal y algunas formas de SOP, este se debería diferir hasta, al menos, el tercer año después de la menarquia(1-3).

La obesidad y la resistencia a la insulina, asociados con frecuencia al SOP, no son criterios necesarios para el diagnóstico(4,5). La identificación precoz de las niñas en riesgo de desarrollar SOP y de las pacientes con SOP es importante para intervenir y minimizar el desarrollo de comorbilidades. No existe un tratamiento etiológico, siendo el objetivo mejorar los síntomas y signos clínicos derivados del hiperandrogenismo, de la disfunción ovulatoria y de las complicaciones metabólicas existentes.

Epidemiología

La prevalencia del SOP oscila entre un 6 y un 15% en mujeres, y es del 6% en niñas adolescentes(6,7).

Los factores de riesgo asociados con la aparición de SOP son: obesidad de inicio precoz asociada a resistencia a la insulina, bajo peso al nacer asociado a una recuperación postnatal rápida y exagerada de peso, la pubarquia prematura, pubertad adelantada, hiperplasia suprarrenal congénita y otros trastornos virilizantes(8).

Etiología y fisiopatología

La etiología del SOP es multifactorial y están implicados factores genéticos y ambientales intrauterinos (programación del desarrollo fetal) y extrauterinos (dieta, obesidad y vida sedentaria)(9,10).

La fisiopatología es compleja, siendo el trastorno central la disfunción de la síntesis de andrógenos en ovarios y glándulas suprarrenales y de la foliculogénesis ovárica, que conducen a un estado de hiperandrogenismo. Se asocia con frecuencia a resistencia a la insulina e hiperinsulinemia, y a la alteración del eje hipotálamo-hipofisario (hipersecreción de hormona luteinizante LH) (Fig. 1).

Figura 1. Fisiopatología del síndrome de ovario poliquístico.

 

La expresión fenotípica del SOP estará influida por la aparición de obesidad y la gravedad de la resistencia a la insulina.

Genética

Existe un fuerte componente de agregación familiar, lo que sugiere una posible base genética en su etiopatogenia. La mayoría de autores coinciden en que el SOP es una entidad poligénica y que la modulación por factores ambientales explica la gran heterogeneidad de su expresividad clínica. Se han descrito variantes genéticas en locus, relacionados con enzimas implicadas en la síntesis, secreción y acción de los andrógenos, el metabolismo de los hidratos de carbono y mecanismos de inflamación sistémica.

Exceso androgénico

Para entender la fisiopatología de la enfermedad, debemos conocer que los andrógenos son secretados por las gónadas y glándulas suprarrenales en respuesta a las hormonas LH y adrenocorticotropina (ACTH), respectivamente(11). Los esteroides considerados como andrógenos son: dehidroepiandrosterona (DHEA), sulfato de dehidroepiandrosterona (DHEAS), androstenediona, testosterona y 5α-dihidrotestosterona (DHT), y son responsables de los cambios relacionados con la aparición de vello con características sexuales, acné y aumento de función de las glándulas apocrinas. La testosterona y DHT son los andrógenos bioactivos más importantes. Los andrógenos ováricos son fundamentalmente testosterona y androstenediona. La testosterona y estradiol circulan en plasma, unidos a la globulina transportadora de hormonas sexuales SHBG (“sex hormone binding globulin”) y solo la fracción libre de la testosterona puede entrar en los tejidos diana (v. Fig. 2 para entender la síntesis de andrógenos).

Figura 2. Síntesis de andrógenos.

 

Resistencia a la insulina e hiperinsulinemia compensadora

Son hallazgos comunes en mujeres con SOP, independientemente de su grado de adiposidad, distribución de la grasa corporal y niveles de andrógenos(12). La insulina juega un papel importante en el aumento de la producción androgénica, disminuyendo la síntesis hepática de SHBG, lo que aumenta los niveles de andrógenos libres circulantes. También favorece un aumento de la actividad de las enzimas P450c17 y P450scc que se traduce en un aumento de la esteroidogénesis androgénica. Además, puede aumentar la actividad aldo-ceto reductasa 1C3 (AKR1C3) en el tejido adiposo subcutáneo y estimular la esteroidogénesis de andrógenos ováricos. Los mecanismos moleculares responsables de la resistencia a la insulina en el SOP incluyen: defectos en el post-receptor de la insulina, incremento de ácidos grasos libres y aumento de la secreción de citoquinas y andrógenos.

Por otro lado, el exceso de andrógenos también da lugar a la aparición de alteraciones metabólicas, incluyendo adiposidad central, resistencia a la insulina y trastornos del metabolismo hidrocarbonado. Además, se asocia con la disminución de los niveles de adiponectina y la consiguiente disminución de la sensibilidad a la insulina.

Alteración neuroendocrina

Aunque no es obligatorio para el diagnóstico, una característica del SOP es la presencia de una secreción alterada de las gonadotropinas (LH y hormona folículo estimulante FSH) que controlan: la esteroidogénesis ovárica, la dinámica folicular y la ovulación. Es típico el aumento de los niveles circulantes de LH y el aumento de la relación LH/FSH. La hiperinsulinemia, junto con la hiperandrogenemia, alteran la pulsatilidad de la LH.

Fisiopatología ovárica primaria

En el SOP, el equilibrio entre: los andrógenos, la hormona antimulleriana (AMH) y la FSH, está interrumpido y conduce a la detención del desarrollo del folículo antral. El predominio de LH estimula las células de la teca para producir andrógenos, siendo las concentraciones de FSH y la conversión de andrógenos a estradiol insuficientes(13). Esto impide la selección de un folículo dominante y da lugar a anovulación crónica. El mayor crecimiento de pequeños folículos y, principalmente, la detención posterior del crecimiento, conduce a la típica morfología poliquística de los ovarios (MPO).

Clínica

Hiperandrogenismo clínico y/o bioquímico

El hirsutismo es el exceso de pelo terminal rígido en zonas dependientes de andrógenos. Refleja la interacción entre el exceso de andrógenos circulantes, la concentración local y la sensibilidad del folículo piloso a los andrógenos. La valoración clínica se realiza con la escala de Ferriman-Gallwey modificada, la cual establece un punto de corte para cada grupo poblacional y étnico (Fig. 3).

Figura 3. Escala de Ferriman-Gallwey modificada. Nueve regiones corporales (labio superior, mentón, tórax, abdomen superior, abdomen inferior, brazos, muslos, región superior de la espalda y región inferior de la espalda). Una puntuación superior a 10 en población española se deberá considerar patológica. Deben ser valoradas según la presencia de vello terminal de acuerdo con: 1 punto (mínima presencia), 2 puntos (superior a lo habitual, pero menor que en varones), 3 puntos (similar a un varón), 4 puntos (superior a lo habitual para un varón). Ausencia de vello terminal, puntúa 0. Para la adecuada valoración debe haber pasado, al menos, 3 meses desde la última depilación con láser o electrolisis, 4 semanas desde el uso de cera y 5 días desde el afeitado.

 

En España, ese punto es de 10 y, cuando no existan valores locales, un punto de corte ≥8 es recomendado para la mayoría de poblaciones (excepto en poblaciones orientales en las que es ≥2). Se desconoce cuál es el punto de corte a utilizar en adolescentes.

Hay que tener en cuenta que el hirsutismo leve puede estar relacionado con factores raciales o familiares. La severidad del hirsutismo no se correlaciona con las concentraciones circulantes de andrógenos. El diagnóstico diferencial debe hacerse con la hipertricosis, que es el aumento de pelo corporal en zonas donde ya existe normalmente en la mujer.

La hiperandrogenemia se define como un aumento de las concentraciones de: testosterona, testosterona libre, androstenediona o DHEAS. Existen casos de hiperandrogenismo bioquímico sin traducción clínica (hiperandrogenismo “críptico”). Los métodos de determinación de andrógenos disponibles en la mayoría de laboratorios clínicos, no tienen la sensibilidad y especificidad necesaria para analizar las concentraciones, muy bajas, características de niños y mujeres.

Disfunción ovulatoria

Los ciclos anovulatorios y las irregularidades menstruales son frecuentes en los primeros años tras la menarquia. La persistencia de: oligomenorrea (ciclos menstruales de más de 35 días) y/o sangrado uterino disfuncional (ciclos cada menos de 21 días o sangrados excesivos) o amenorrea secundaria (ausencia de ciclos durante más de 3 meses) a partir del tercer año tras la menarquia, o amenorrea primaria (ausencia de menarquia tras tres años del inicio de la telarquia o a los 15 años de edad) en adolescentes con pubertad completa, deben requerir la investigación del exceso de andrógenos.

Características clínicas asociadas, no consideradas criterios diagnósticos

Acné y alopecia

Aunque el acné es un problema común en la adolescencia, generalmente es transitorio y puede no ser indicativo de hiperandrogenismo. El acné en la frente y el centro de la cara es muy común durante el período de adrenarquia y adolescencia. El acné inflamatorio moderado o grave, especialmente si no responde a la terapia tópica, debe requerir la investigación de un exceso de andrógenos. La alopecia es infrecuente en la adolescencia.

Morfología poliquística ovárica

En adolescentes, no es un criterio diagnóstico, debido a que hasta un 10% de las adolescentes asintomáticas pueden presentar ovarios poliquísticos ecográficos. Se sugiere que los estudios ecográficos no son necesarios hasta después de 8 años de la menarquia(14).

Tradicionalmente, se han definido los ovarios poliquísticos en mujeres adultas, como la presencia de 12 o más folículos de 2-9 mm en, al menos, un ovario o un ovario > 10 cc por ecografía transvaginal. En la actualidad, con los ecógrafos de alta resolución, el diagnóstico de los ovarios poliquísticos requiere de la presencia de un volumen ovárico ≥ 10 cc y/o 25 folículos por ovario, no siendo un criterio necesario para el diagnóstico cuando existe evidencia clínica de hiperandrogenismo y disfunción ovárica(15). En adolescentes, un volumen ovárico superior a 2 DE para la media de la población sana y/o un aumento del volumen ovárico de 12 cc, pueden ser utilizados para considerar el diagnóstico de SOP(3).

Obesidad e hiperinsulinismo

Aunque la resistencia a la insulina y la obesidad se asocian con frecuencia al SOP, no siempre están presentes y, por lo tanto, no son criterios diagnósticos. Un 35% de las mujeres con SOP y obesidad desarrollan intolerancia a la glucosa o diabetes mellitus tipo 2 (DM2) a la edad de 30 años. Además, las mujeres con SOP tienen 2-3 veces más riesgo de desarrollar síndrome metabólico que las mujeres sin SOP y, por tanto, mayor riesgo de asociar enfermedades cardiovasculares en el futuro(16).

Biomarcadores

La ratio elevada entre testosterona total y dihidrotestosterona (T / DHT) más frecuente en pacientes con SOP y asociada con un fenotipo metabólico adverso.

Los niveles elevados de AMH (marcador de desarrollo folicular, sintetizada en las células de la granulosa de los folículos ováricos) son un hallazgo constante en mujeres adultas, aunque no se han estandarizado los niveles de corte para los diferentes métodos utilizados para su determinación. Tampoco estos niveles se utilizan como criterio diagnóstico en adolescentes con SOP.

Diagnóstico

En mujeres adultas, se recomienda utilizar los criterios diagnósticos de Rotterdam, siendo el SOP un diagnóstico de exclusión tras descartar otras enfermedades que pudieran simular los síntomas y signos clínicos del SOP(15,17).

Acorde con estos criterios, el SOP exige la presencia de 2 de las siguientes:

1. Hiperandrogenismo clínico y/o bioquímico.

2. Disfunción ovulatoria.

3. MPO (morfología poliquística ovárica) en la ecografía transvaginal (Tabla I).

 

Esto permite identificar 4 fenotipos clínicos de la enfermedad, cada uno de ellos con una gravedad diferente (Tabla II).

El diagnóstico de SOP en la adolescencia es difícil, porque durante la pubertad se producen, de forma fisiológica (aunque exagerada), cambios hormonales que recuerdan un SOP. Las niñas pueden presentar: acné, un aumento del crecimiento del vello terminal e irregularidades menstruales durante el primer año después de la menarquia y, a veces, los hallazgos de SOP son transitorios (Tabla III)(3).

La evaluación inicial debe incluir las determinaciones de(3):

• Testosterona total.

• Testosterona libre: es el método más útil para definir la presencia de hiperandrogenemia. También se podría calcular a partir de las concentraciones de testosterona total y de SHBG.

• Índice de andrógenos libre (IAL): presenta buena correlación con los niveles de testosterona libre. Se calcula como testosterona total nmol/L / SHBG nmol/L x 100, considerándose normal un valor < 5.
Un IAL > 30 o niveles de testosterona > 200 ng/dl asociados al desarrollo de hirsutismo grave de rápida evolución, sugieren la existencia de un tumor productor de andrógenos.

• Androstenediona y DHEAS: su determinación no es imprescindible, aunque aumenta el porcentaje de mujeres con hiperandrogenemia respecto a la determinación aislada de testosterona. Esto se explica, porque las glándulas suprarrenales contribuyen al exceso androgénico.

• 17-hidroxiprogesterona (17-OHP), valores superiores a 2 ng/mL (6,0 nmol/L) son sugestivos de formas no clásicas de hiperplasia suprarrenal (HSCNC).

Estas determinaciones deben realizarse por la mañana (8-10 am) y en fase folicular (días 5-8º del ciclo) o después de, al menos, dos meses de amenorrea.

• Test de ACTH: está indicado cuando las concentraciones basales de 17-OHP son > 2 ng/mL (6 nmol/L). Si tras el test de ACTH, los niveles de 17-OHP son >10 ng/mL (30 nmol/L), se aconseja completar el despistaje de HSCNC por déficit de 21-hidroxilasa y realizar estudio genético.

Test de embarazo en aquellas adolescentes sexualmente activas con amenorrea.

• Otras determinaciones: tiroxina libre (T4 L) y hormona estimulante del tiroides (TSH), cortisol urinario, factor de crecimiento semejante a la insulina número 1 (IGF-1), prolactina, LH y FSH.

• Actualmente, se recomienda realizar estudio de los factores de riesgo cardiovascular que incluiría: glucemia e insulina basal, índice de resistencia a la insulina (HOMA-IR), perfil lipídico, función hepática y renal. En aquellas adolescentes que presenten obesidad, acantosis o historia familiar de DM2, se deberá realizar un test de sobrecarga oral de glucosa(16).

• Ecografía pélvica: no es precisa para el diagnóstico de SOP en la adolescente. Sin embargo, algunos autores recomiendan su realización ante una adolescente con síntomas anovulatorios e hiperandrogenismo, por ser de utilidad para descartar patología subyacente, como los tumores secretores de andrógenos.

Durante el seguimiento, se aconseja revisar periódicamente (cada 6-12 meses): el peso, tensión arterial, niveles de glucosa y lípidos. En la figura 4, se resume el abordaje diagnóstico del SOP.

Figura 4. Abordaje diagnóstico del síndrome de ovario poliquístico (SOP).

 

Diagnóstico diferencial

Para poder establecer el diagnóstico de SOP, es preciso excluir otras causas de exceso de andrógenos y amenorrea, siendo el diagnóstico diferencial más frecuente la HSCNC (Fig. 5)(18).

Figura 5. Diagnóstico secuencial del síndrome de ovario poliquístico.

 

Otras patologías a tener en cuenta son: hipotiroidismo, hiperprolactinemia, tumor secretor de andrógenos, síndrome de Cushing, acromegalia y secundario a fármacos (glucocorticoides, esteroides anabolizantes, fenitoína, minoxidil y ciclosporina).

Hiperplasia suprarrenal congénita

Las hiperplasias suprarrenales congénitas (HSC) son un grupo de trastornos de herencia autosómica recesiva, que resultan de mutaciones que reducen o anulan la actividad de enzimas y proteínas involucradas en la síntesis de esteroides suprarrenales y ováricos, y dan lugar en una secreción excesiva de andrógenos suprarrenales. La forma más frecuente de HSC es la deficiencia de 21-hidroxilasa (95% de los casos), cuya prevalencia en la forma no clásica es de 1/1.000 y que es debida a mutaciones en el gen CYP21A2, que dan origen a un aumento de las concentraciones de 17-OHP y de andrógenos. La aparición de una pubarquia prematura puede ser la primera manifestación clínica de una HSCNC en niños, y la presencia de virilización y una aceleración de la edad ósea sugieren el diagnóstico.

Síndrome de Cushing

En adolescentes, suele ser consecuencia de la administración de glucocorticoides exógenos. Cursa con ganancia ponderal, enlentecimiento del crecimiento, pubertad retrasada (posiblemente secundaria al hipogonadismo inducido por el hipercortisolismo), cambios de personalidad, hipertensión, aparición de estrías cutáneas y una disminución de la mineralización ósea. Algunos pacientes también muestran manifestaciones asociadas al exceso androgénico, tales como desarrollo sexual prematuro, hirsutismo, acné e irregularidades menstruales.

El síndrome de Cushing endógeno es secundario a un aumento de la secreción de cortisol, ACTH o CRH (hormona liberadora de corticotropinas), y puede ser ACTH-dependiente o ACTH-independiente.

Tumores suprarrenales productores de andrógenos

Son raros en la infancia y excepcionales en adultos. En las adolescentes, se presentan con virilización. Deben sospecharse cuando el inicio de los síntomas sea brusco y con una rápida progresión. El diagnóstico se basa en la realización de un TC (tomografía axial computarizada) y/o RM (resonancia magnética nuclear).

Tumores secretores de andrógenos de origen gonadal

Los tumores ováricos secretores de andrógenos son muy infrecuentes en la edad pediátrica y, en ellos, los niveles de androstenediona o testosterona o de ambas están aumentados. En la mayoría de los casos, derivan de las células germinales. Deben sospecharse, cuando se produzca la aparición rápidamente progresiva de: hirsutismo, acné, oligomenorrea o amenorrea.

Resistencia a glucocorticoides

En este trastorno, excepcional por su rareza, mutaciones con pérdida de función en el receptor glucocorticoideo, alteran la acción de los glucocorticoides en los tejidos diana. Como consecuencia, se produce un aumento de la secreción de ACTH y una hipersecreción de cortisol y andrógenos suprarrenales. Los pacientes presentan concentraciones elevadas de cortisol y andrógenos suprarrenales en ausencia de manifestaciones del síndrome de Cushing, por la resistencia a su acción.

Otras causas de hiperandrogenismo

La hiperprolactinemia puede cursar con hiperandrogenismo, amenorrea, galactorrea, cefaleas y alteraciones visuales; y es producida, en ocasiones, por fármacos (antidepresivos, cimetidina…).

La acromegalia asocia hiperandrogenismo, presumiblemente por la acción directa del factor de crecimiento similar a la insulina IGF-1.

La resistencia a la insulina secundaria a mutaciones en el gen del receptor de la insulina, también puede cursar con: hirsutismo, oligomenorrea e hiperandrogenismo.

El uso del valproato en mujeres con epilepsia ha sido asociado con: irregularidades menstruales, hiperandrogenismo y ovarios poliquísticos.

Tratamiento

El tratamiento del SOP debe ser individualizado, ya que no existe un tratamiento etiológico(1, 5,18).

Las modificaciones en el estilo de vida y distintos fármacos, son utilizados para mejorar el hirsutismo, el acné, la disfunción ovulatoria y las complicaciones metabólicas. Las opciones de tratamiento deben adaptarse a la presentación, las necesidades y las preferencias de cada paciente, y sopesar los posibles efectos secundarios. No olvidar que uno de los objetivos del tratamiento, es la mejora de la imagen corporal y la autoestima de las adolescentes (Tabla IV) (Fig. 6).

 

Figura 6. Tratamiento del síndrome de ovario poliquístico.

 

Intervención de estilo de vida

La pérdida de peso y el aumento del ejercicio físico se recomiendan como terapia de primera línea. Favorecen la disminución de los niveles de andrógenos y la normalización de los ciclos menstruales. Los beneficios clínicos o metabólicos pueden observarse a las 12 semanas del inicio de dieta y ejercicio físico. La pérdida de un 5-10% de peso en las pacientes adultas con SOP y sobrepeso se traduce, en muchos casos, en la recuperación de la regla y la aparición de ciclos ovulatorios. Sin embargo, se ha observado que en monoterapia no es una medida suficientemente eficaz, debido a la dificultad de mantener los hábitos de vida saludables a largo plazo.

Medidas cosméticas

Comprenden la decoloración, la depilación, la electrolisis y el láser. Se recomienda este último como tratamiento de primera línea del hirsutismo y es el único método que ha demostrado eficacia en la eliminación del vello. Los estudios disponibles muestran que el “diodo” y la “alexandrita” ofrecen la mayor tasa de éxito.

Se dispone de un tratamiento tópico con clorhidrato de eflornitina (inhibidor de la enzima ornitina-decarboxilasa, implicada en la diferenciación y crecimiento del folículo piloso). Se observa mejoría a las 4-8 semanas de su inicio, y reducción del vello facial en el 70% de las pacientes tratadas. Precisa aplicación continuada para mantener los efectos (se vuelve a la situación pretratamiento a partir de las 8 semanas de la retirada). Se aplica en una fina capa de crema, 2 veces al día y no se debe lavar la cara hasta 4-8 horas después de la aplicación.

Anticonceptivos combinados orales

Los anticonceptivos orales (ACOs) son la primera opción terapéutica, especialmente cuando las pacientes solo presentan irregularidades menstruales(19). La combinación de etinilestradiol (EE) a dosis mínimas efectivas de 20-30 microgramos junto con un progestágeno, suprime la producción ovárica de andrógenos, incrementa los niveles de SHBG y disminuye las concentraciones de testosterona libre; además, la progesterona evita la hiperplasia endometrial. En mujeres adultas, se utilizan tres tipos de progestágenos: acetato de ciproterona, desogestrel o drospirenona. Las preparaciones de 35 μg de etinilestradiol más acetato de ciproterona son las más utilizadas.

Con respecto a la recomendación de formulaciones en adolescentes y la duración del tratamiento, no existen estudios que establezcan una específica ni está protocolizado el tiempo de duración de la terapia. El efecto de los ACOs sobre los ciclos menstruales y el acné es evidente en 1-3 meses, sobre el hirsutismo a los 6-9 meses. Se ha demostrado que los ACOs consiguen un mejor control de las alteraciones menstruales y de la clínica secundaria al hiperandrogenismo que la metformina.

Hay que tener en cuenta que los ACOs no abordan la fisiopatología subyacente del trastorno y que pueden estar asociados con un ligero aumento del riesgo de tromboembolismo, de la resistencia a la insulina y con un empeoramiento de la dislipidemia. En el caso de antecedentes familiares de trombosis venosa, es recomendable descartar trombofilias congénitas.

Antiandrógenos

Reducen significativamente el hirsutismo en comparación con el placebo y normalizan la ciclicidad menstrual. La espironolactona es el más utilizado, debido a su disponibilidad y perfil de seguridad, se inicia con una dosis de 25 mg/día y se puede aumentar gradualmente hasta 200 mg/día, según la tolerancia clínica. Los principales efectos adversos son: hiperpotasemia, hiponatremia, hipotensión, taquicardia y spotting vaginal. En adolescentes sexualmente activas, los antiandrógenos solo deben usarse cuando se aseguren las medidas anticonceptivas adecuadas, para evitar la virilización incompleta de los fetos masculinos. En un estudio, la combinación de metformina y espironolactona fue superior a cualquier fármaco utilizado de forma aislada, mejorando las irregularidades menstruales, el hirsutismo, los niveles séricos de andrógenos y la resistencia a la insulina(20).

Metformina

Es una biguanida que actúa disminuyendo la producción hepática de glucosa y mejorando la sensibilidad a la insulina. Se recomienda en aquellas mujeres con DM2 (diabetes mellitus tipo 2) o intolerancia a los hidratos de carbono, que no mejoran tras cambios en el estilo de vida. La metformina produce un descenso de la resistencia a la insulina, de los niveles de andrógenos y de las cifras de tensión arterial. El uso conjunto con ACOs puede tener un efecto potenciador a nivel metabólico. También tiene un efecto en la regulación del ciclo menstrual, por lo que puede ser de segunda línea en aquellas mujeres en las que los ACOs estén contraindicados. No olvidar que la metformina no ejerce ningún efecto anti-andrógeno y no mejorará significativamente hirsutismo o acné.

La dosis recomendada es un comprimido de 850 mg dos veces al día. Se aconseja iniciarla de forma progresiva para mejorar la tolerancia gastrointestinal: 1/2 comprimidos en la comida durante 7 días; posteriormente, 1 comprimido en la comida durante 7 días; luego, 1 en comida y 1/2 en la cena 7 días y, finalmente, 1 comprimido en comida y cena. Su uso, con esta indicación, se realiza fuera de ficha técnica. El tratamiento prolongado se ha asociado a déficit de vitamina B12, por lo que se recomienda su monitorización.

Otras medidas

Los inositoles, isómeros de la glucosa que se encuentran naturalmente en la dieta humana (principalmente, los dos estereoisómeros mioinositol y d-quiro-inositol), han demostrado ser eficaces para mejorar la sensibilidad a la insulina, reducir los andrógenos, mejorar la tensión arterial y disminuir el IMC. Aún se requieren más estudios para probar su eficacia y seguridad, y su uso no está aprobado por la EMA ni la FDA.

Los tratamientos futuros pueden incluir a los antagonistas del receptor de neuroquinina 3 (NK3R). Actúan prolongando preferentemente el intervalo de interpulso de LH, lo que conduce a la disminución de la secreción de LH. Aunque estos medicamentos no están aprobados por la FDA, pueden ser considerados en el futuro en el tratamiento farmacológico del SOP.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en la detección precoz del SOP, especialmente en la transición desde las consultas de Pediatría a adultos.

El SOP es la causa más frecuente de hirsutismo y trastornos menstruales en la adolescente, y es un reto diagnóstico a esta edad, debido a que muchas de las características del SOP son normales y transitorias durante la pubertad. Es causa potencial de problemas en las jóvenes, no solo físicos, sino también psicológicos; de ahí, la importancia de detectar a las pacientes de riesgo para el desarrollo de SOP.

Los médicos deben prestar atención a las quejas de las adolescentes, implicarse en la sospecha diagnóstica del SOP y en la prevención de las posibles asociaciones del síndrome en la etapa adulta, participando en la educación de las pacientes y sus familias para la adquisición de hábitos de vida saludables que incluyan una alimentación adecuada y la realización de ejercicio físico de forma regular. Es fundamental prevenir el sobrepeso y la obesidad, dado el mayor riesgo de las pacientes de desarrollar precozmente DM2 y enfermedad cardiovascular.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Artículo de revisión del síndrome de ovario poliquístico, que recoge la etiología, el diagnóstico y tratamiento en la mujer adulta.

- Witchel SF, Burghard AC, Tao RH, Oberfield SE. The diagnosis and treatment of PCOS in adolescents: an update. Curr Opin Pediatr. 2019; 31: 562-69.

Artículo de actualización del síndrome de ovario poliquístico en las diferentes etapas de la vida. Revisa la consulta de transición de las adolescentes a servicios de adultos.

- Skiba MA, Islam RM, Bell RJ, Davis SR. Understanding variation in prevalence estimates of polycysctic ovary syndrome: A systematic review and meta-analysis. Hum Reprod Update. 2018; 24: 694-709.

Revisión sistemática y metaanálisis de la prevalencia del síndrome de ovario poliquístico

- Roldán Martín MB, Martín-Frías M, Alonso Blanco M. Hiperandrogenismo. Pediatr Integr. 2015; 19(7): 498-508.

Artículo de revisión del hiperandrogenismo en niños y adolescentes, con especial énfasis en la fisiopatiología y diagnóstico.

- Teede HJ, Misso ML, Costello MF, Dokras An, Laven J, Moran L, et al. Recommendations from the international evidence-based guideline for the assessment and management of polycystic ovary syndrome. Hum Reprod. 2018; 33: 1602-18.

Recomendaciones obtenidas a partir de guías basadas en la evidencia para el diagnóstico y tratamiento del síndrome de ovario poliquístico.

- National Institute of Health. Evidence-based methodology workshop on polycystic ovary syndrome. 2012.

Página web que actualiza consensos y guías de práctica clínica a partir de las recomendaciones de los diferentes grupos de estudio del síndrome de ovario poliquístico.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta y enfermedad actual

Adolescente de 15 años remitida a consultas para valoración de vello corporal aumentado. Tuvo la menarquia a los 11 años y, en la actualidad, las reglas son irregulares cada 40-45 días. No toma medicaciones.

Antecedentes familiares

Madre, sana. Padre, obesidad (IMC 38,5 kg/m2). Ambas abuelas, obesidad y diabetes tipo 2. No constan antecedentes familiares de riesgo cardiovascular ni tromboembolismos venosos.

Antecedentes personales

Embarazo controlado y normal. Parto con fórceps a edad gestacional probable de 36 semanas. PRN: 2.400 g (p38, -0,3 DE).

Exploración física

Talla: 176 cm (+2,3 DE). Peso: 70 kg. IMC: 22,7 kg/m2 (+0,5 DE). TA: 105/60 mmHg. Acné facial y en parte superior de espalda. Ferriman-Gallwey: 18. ACP: normal. Abdomen: normal. Palpación cervical y tiroidea normal. Tanner V.

Estudios complementarios

Analítica (extracción realizada en 4º día del ciclo menstrual):

• Hemograma, bioquímica y lipidograma: sin alteraciones.

• Estudio hormonal basal: TSH: 2,12 µU/ml (0,5-4,5). T4L: 0,8 ng/dl (0,4-1,4). Prolactina: 17 ng/ml (2-20). Testosterona: 0,9 ng/ml (0,1-0,8). SHBG: 10,9 nmol/l (20-140). FAI (índice de andrógenos libres): 22,2 (N <5). Androstendiona: 5,1 ng/ml (0,5-4,7). DHEA-S: 351 µg/dl (120-360). 17-OHP: 2,8 ng/ml (0,1-2,0).

• Test de estímulo con ACTH (250 mcg iv) para 17-OHP (0 min) 3,0 ng/ml (0,1-2 ng/ml) y (60 min): 18,0 ng/ml.

Estudios de imagen

Ecografía abdominal (realizada en el 5º día del ciclo menstrual): Útero de 7,1 cm de ecoestructura normal. Ovario derecho de 12 cc y ovario izquierdo de 15 cc, sin lesiones quísticas.

Diagnóstico

Hiperplasia suprarrenal congénita forma no clásica.

Tratamiento

Considerar la utilización de un anticonceptivo oral que contenga un antiandrógeno (etinilestradiol 0,035 mg + acetato de ciproterona 2 mg) para el tratamiento del hirsutismo junto con medidas cosméticas.

Evolución

Es necesario realizar el seguimiento a largo plazo de la paciente. Las formas no clásicas de hiperplasia suprarrenal congénita en adolescentes y mujeres adultas presentan una clínica y hallazgos ecográficos similares a los del síndrome de ovario poliquístico.

 

 

 

 

 

Patología tiroidea en la infancia y la adolescencia

M. Güemes*, B. Corredor Andrés**, M.T. Muñoz Calvo***
Temas de FC


M. Güemes*, B. Corredor Andrés**, M.T. Muñoz Calvo***

*Servicio de Endocrinología. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. **Sección de Endocrinología. Hospital Virgen de la Salud. Toledo. ***Unidad de Endocrinología. Servicio de Pediatría. Hospital Ruber Internacional. Madrid

Resumen

Desde el periodo neonatal y a lo largo de infancia y adolescencia, una función tiroidea normal es imprescindible para un adecuado neurodesarrollo y crecimiento. Las alteraciones tiroideas son comunes, por lo que su detección a través del cribado neonatal y, posteriormente, por las manifestaciones clínicas, junto con hallazgos analíticos y radiológicos, permitirá su pronta detección y tratamiento pertinente. Se describe de forma práctica la presentación, evaluación y terapia de las alteraciones tiroideas más frecuentes en la infancia y adolescencia.

 

Abstract

An adequate neurodevelopment and growth rely on a normal thyroid function from the neonatal period, throughout childhood and adolescence. Thyroid disorders are common, thus its detection by means of the neonatal Guthrie screening test and later on by clinical manifestations, along with analytical and imaging findings, will enable a prompt detection and suitable treatment.
A pragmatic approach to the presentation, evaluation and management of frequent thyroid disorders of childhood and adolescence is herein described.

 

Palabras clave: Hipotiroidismo; Tiroiditis; Hipertiroidismo; Nódulo tiroideo.

Key words: Hypothyroidism; Thyroiditis; Hyperthyroidism; Thyroid nodule.

Pediatr Integral 2020; XXIV (5): 248 – 257


Patología tiroidea en la infancia y la adolescencia

Introducción

Las hormonas tiroideas presentan efectos pleiotrópicos en múltiples sistemas del organismo; de ahí, que la mayoría de las alteraciones tiroideas se manifiesten como clínica multiorgánica. A continuación, se expondrá la patología tiroidea característica del periodo infantojuvenil, realizando especial mención a las alteraciones más frecuentes.

Hipotiroidismo

El hipotiroidismo indica insuficiencia bioquímica de hormonas tiroideas, que puede ser debida a diferentes etiologías que alteran su producción a nivel: primario (glándula tiroidea), secundario (hipofisario) o terciario (hipotalámico), y quedan recogidas en la tabla I.

Hipotiroidismo congénito (HC)

Es la causa más frecuente de las alteraciones endocrinas del recién nacido (RN). Su incidencia es de 1/2.000 RN vivos. El HC tiene especial importancia en el niño, debido a que las hormonas tiroideas son imprescindibles para el desarrollo cerebral, representando la causa de retraso mental prevenible más frecuente(1).

Etiología

La causa más frecuente es la disgenesia tiroidea (75-85%), correspondiendo la mayoría de los casos a ectopias tiroideas, siendo la localización sublingual la más habitual.

Las dishormonogénesis representan el 10-20%, siendo un grupo heterogéneo de errores congénitos que consisten en bloqueo total o parcial de la síntesis de hormonas tiroideas. El HC de origen central es el menos frecuente. Existen formas de HC transitorio donde la función tiroidea se normaliza en tiempo variable, siendo necesaria, en algunas circunstancias, el tratamiento sustitutivo(2) (Tabla I).

 

Manifestaciones clínicas

La exploración inicial del RN con HC suele ser normal o presentar signos sutiles, incluso en los hipotiroidismos graves(3) (Tabla II).

 

Diagnóstico por cribado neonatal

El cribado neonatal está diseñado para el diagnóstico precoz de HC, para evitar el daño cerebral y permitir así el desarrollo neurológico y físico normal.

La detección se lleva a cabo a través de la medición de TSH (hormona estimulante del tiroides) a las 48 horas de vida, evitando su aumento fisiológico inicial. En algunas comunidades autónomas (País Vasco, Navarra y Cantabria), se analiza de forma conjunta TSH y T4L (tetrayodotironina libre), permitiendo así la detección de hipotiroidismo de origen central. Según la Sociedad Española de Endocrinología Pediátrica(1), el punto de corte de TSH, por encima del cual existe sospecha de presentar la enfermedad es de 7-10 UI/ml (Fig. 1).

Figura 1. Algoritmo de actuación para la detección precoz de hipotiroidismo congénito (modificado de cita 1). TSH: hormona estimulante del tiroides. TG: tiroglobulina.
Ac. antitiroideos: anticuerpos antitiroglobulina, antiperoxidasa y antirreceptor de TSH.
RN: recién nacido. *Yoduria: en casos con sospecha de déficit o exceso de yodo.

Existen situaciones especiales donde el RN puede presentar una elevación tardía de la TSH o que precisa su confirmación, recomendándose la realización de muestras seriadas de TSH a las 2 y 4 semanas de vida(1,4).

Pruebas complementarias

Para la confirmación y orientación diagnóstica, se realizará un estudio en: sangre venosa de: T4L, TSH, TG (tiroglogulina), anticuerpos antitiroideos y yoduria (cuando se sospecha deficiencia o exceso de yodo).

La gammagrafía tiroidea es imprescindible para el diagnóstico etiológico. La administración del isótopo I123 o Tc99 por vía parenteral resulta en la captación y localización de la glándula tiroidea. La ecografía tiroidea puede realizarse de forma diferida. Esta tiene especial interés en el caso de detectar una ausencia de captación en la gammagrafía con TG detectable (“falsas agenesias” por la presencia de tiroides in situ visible por la ecografía).

En todos los casos de HC permanente, se debe descartar la presencia de malformaciones asociadas, en especial, a nivel cardiaco. La relación entre HC e hipoacusia está bien establecida; recomendándose un estudio de audición en la infancia. La evaluación inicial por Neuropediatría es de gran utilidad, junto con un seguimiento estrecho de los hitos del desarrollo(1,4).

Tratamiento

El tratamiento debe iniciarse lo antes posible, en el momento del estudio de confirmación y no debe retrasarse a esperar realizar el diagnóstico.

El objetivo es iniciarlo lo más precoz posible, antes de los 15 días de vida. Se trata con levotiroxina sódica sintética por vía oral, en dosis única diaria, preferiblemente en ayunas unos 30 minutos antes de la toma de alimento y siempre a la misma hora. Se administra en forma de comprimidos triturados. No se recomienda usar fórmulas magistrales por su concentración errática, ni el uso de genéricos por su biodisponibilidad variable. La dosis recomendada en el RN es entre 10-15 µg/kg/día.

Seguimiento: realizar una segunda valoración de T4L y TSH a los 15 días (se deberá observar una normalización de T4L con descenso de TSH) y después cada 2 semanas hasta normalización de TSH. Posteriormente: mensualmente, los primeros 6 meses; bimensual, hasta los 12 meses de vida; y cada 3-4 meses hasta los 3 años de edad. Si se produce una modificación en la dosis, se efectuará un control a las 4-6 semanas. Los objetivos son normalizar y elevar el nivel de T4L en el rango superior de la normalidad y normalizar la TSH. A partir de los 3 años, se programará la reevaluación de la función tiroidea en tiroides eutópicos sin alteraciones genéticas confirmadas(1,4).

Hipotiroidismo adquirido

El hipotiroidismo adquirido primario autoinmune es la alteración tiroidea más común en la infancia y adolescencia, siendo más frecuente (como toda la patología tiroidea) en el sexo femenino (4:1), con una prevalencia aproximada de 1,13:1.000 en menores de 18 años(5).

Etiología

La causa más frecuente del hipotiroidismo adquirido, excluida la deficiencia de yodo, es la tiroiditis crónica autoinmune. En aproximadamente el 50% de los casos, existen antecedentes familiares de enfermedad tiroidea autoinmune(6).

Manifestaciones clínicas

Los principales síntomas y signos quedan incluidos en la tabla II. Destacar que, ante un niño cuya velocidad de crecimiento y percentil de talla disminuyan sin causa conocida, se debe considerar el diagnóstico de hipotiroidismo(5).

Estudios complementarios

En el hipotiroidismo primario, los valores de T4 libre están disminuidos, mientras que los de TSH aparecen elevados. Valores de TSH entre 5-10 mU/L deberían ser repetidos antes de iniciar tratamiento; pues en el 70% de los casos, serán normales en la siguiente determinación. La determinación de los anticuerpos antitiroideos [antitiroglobulina (antiTG) y antiperoxidasa (antiTPO)] es de gran interés para confirmar el carácter autoinmune(6). Por el contrario, en el hipotiroidismo hipofisario o hipotalámico, los valores de TSH son bajos o inapropiadamente normales, para valores de T4 disminuídos(5,7).

Entre las técnicas de imagen, la ecografía es el método de elección para valorar el tamaño del tiroides. La radiografía de la mano indicará un retraso en la maduración ósea(8).

Tratamiento

Consiste en la administración de levotiroxina sódica sintética, con la dosis necesaria para mantener los valores de T4 libre plasmáticos en rango normal-alto y los de TSH en rango normal(5,7,8).

Según la edad, las dosis sustitutivas oscilan entre: 10-15 mcg/kg/día, en menores de 3 meses; 4-7 mcg/kg/día, hasta los 3 años; 3-4 mcg/kg/día, de los 3 a los 10 años; y en mayores de 10 años, en torno a 2 mcg/kg/día(8). Deben realizarse determinaciones analíticas cada 4-6 semanas después de administrar o modificar una dosis, para comprobar la normalización de la función tiroidea. Una vez alcanzado el estado eutiroideo, deben efectuarse controles periódicos cada 6 meses. En niños obesos, es frecuente encontrar valores moderadamente elevados de TSH (hipertirotropinemia leve), que no precisan tratamiento con hormona tiroidea y se normalizan tras la pérdida ponderal(8).

Hipotiroidismo subclínico

Su prevalencia está comprendida entre 2-9,5% y consiste en un cuadro clínico de insuficiencia tiroidea leve, caracterizado por valores de TSH por encima de los límites superiores de la normalidad, junto con concentraciones de T4 libre dentro del rango de la normalidad(9). La progresión a hipotiroidismo es más frecuente en adolescentes con tiroiditis autoinmune, siendo incluso en este grupo la progresión de solo un 31% a los 4 años, mientras que el 34% revierte a eutiroidismo(7-9). Existe controversia sobre cuando tratar el hipotiroidismo subclínico, aunque la recomendación actual es tratar cuando los valores de TSH son superiores a 10 mU/L o si están sintomáticos(9).

Tiroiditis

Son procesos que cursan con destrucción de la estructura normal del folículo tiroideo. Según su etiología, se clasifican en diferentes tipos, recogidos en la tabla III.

 

La tiroiditis crónica autoinmune o de Hashimoto constituye la afectación tiroidea más frecuente durante la infancia y la adolescencia, así como la causa más común de bocio y de hipotiroidismo adquirido en regiones sin carencia de yodo(6,7,8).

Hipertiroidismo

Es el exceso de síntesis y liberación mantenida de hormonas tiroideas por la glándula tiroides. Tirotoxicosis, hace referencia a las repercusiones clínicas multiorgánicas y analíticas derivadas de la exposición de los tejidos al exceso de hormonas tiroideas. Es un trastorno poco frecuente en Pediatría, con una incidencia en torno al 3/100.000 y pico de edad entre los 11 y 15 años(8). En la tabla IV, se presenta la etiología del hipertiroidismo.

 

En más del 90% de los casos, el hipertiroidismo en la edad pediátrica es debido a enfermedad de Graves, seguido de la fase hipertiroidea de una tiroiditis crónica autoinmune (Hashitoxicosis) y del nódulo tiroideo hiperfuncionante(7).

 

Enfermedad de Graves (EG)

La EG es una afección de mecanismo autoinmune, que implica la producción de autoanticuerpos contra el receptor de TSH (TSH-R o TSH-RAb). Es posible detectar también anticuerpos antiTPO, antiTG y contra el cotransportador yodosodio de la membrana de las células foliculares del tiroides, pero estos tienen poca influencia en la patogenia de la enfermedad(10). Es más frecuente en el sexo femenino en sujetos puberales, mientras que en prepúberes, la prevalencia parece ser similar en ambos sexos.

Etiología

La susceptibilidad a la enfermedad depende de: factores ambientales (estrés, tabaquismo, estrógenos e infecciones [Y. enterocolítica]) y genéticos (susceptibilidad aumentada en pacientes caucásicos HLA-DR3 y HLA-B8, así como mutaciones en el gen TSH-R (receptor de TSH) y en el gen de la subunidad α de la proteína G, que regula la transducción del mensaje de la TSH al interior de la célula)(7,10). El 60% de los pacientes tiene antecedentes familiares de enfermedad tiroidea autoinmune.

Manifestaciones clínicas

La EG se caracteriza por la presencia de hipertiroidismo, bocio (en >95% de los casos) y oftalmopatía (en el 50% de ellos)(8). Los síntomas quedan recogidos en la tabla II.

Estudios complementarios

Los niveles circulantes de T4 y T3 (triyodotironina) total y libres elevados y, los de TSH suprimidos confirman el diagnóstico. Frecuentemente, se incrementan más los niveles de T3 que los de T4, e incluso, a veces, presentan niveles normales de T4 (hipertiroidismo por T3). La tasa de anticuerpos TSI o TSAb (thyroid stimulating antibodies), aunque no siempre positivos al comienzo del cuadro clínico, tienden a disminuir con el tratamiento, a pesar de que su utilidad como marcador de remisión de la enfermedad no está totalmente establecida(10). Los anticuerpos antiTPO y antiTG son detectables en la mayoría de los pacientes, aunque con títulos inferiores a los de las tiroiditis autoinmunes. Si los TSI son negativos y la sospecha de EG es alta, pueden determinarse los anticuerpos inhibidores de la unión de la TSH a su receptor (TBII), que suelen ser positivos en casi el 100% de los pacientes. La ecografía tiroidea es útil para descartar nódulo/s o confirmar la presencia de bocio, que muestra un tiroides aumentado de tamaño con ecogenicidad homogénea y con flujos vasculares elevados en el Doppler. La realización de una gammagrafía tiroidea I123 o I131 queda reservada para casos de bocio multinodular o con sospecha de adenoma tóxico(7,8,10).

Tratamiento

Hay tres modalidades terapéuticas, sin haber demostrado superioridad una sobre otra; de ahí, la controversia sobre el tratamiento idóneo de la EG.

Estarían indicados: en primer lugar, los fármacos antitiroideos; en segundo lugar, en caso de falta de remisión, se recomendaría tratamiento definitivo con I131, salvo si el bocio es grande o el paciente presenta oftalmopatía severa, en cuyo caso, es recomendable la tercera alternativa, el tratamiento quirúrgico(10-12).

1. Fármacos antitiroideos. Es la forma de terapia inicial más frecuentemente utilizada en Pediatría, sobre todo, en Europa. Los fármacos antitiroideos (tionamidas) son metimazol y carbimazol. El propiltiouracilo no está, actualmente, recomendado en Pediatría por sus potenciales graves efectos secundarios (necrosis hepática fulminante), estando reservado solo para el primer trimestre de gestación. Provocan la disminución de síntesis de hormonas tiroideas, además de poseer un efecto inmunosupresor, disminuyendo los niveles de TSI(10).

La dosis inicial de tratamiento recomendada de metimazol o carbimazol es de 0,5-1 mg/kg/día, en tres dosis. Hasta que se consiga el estado eutiroideo puede requerirse la administración de betabloqueantes (propanolol o atenolol), al objeto de controlar los síntomas pseudo-adrenérgicos (sobre todo, si frecuencia cardiaca >100 lpm en reposo), a dosis de 0,5-1 mg/kg/día, vía oral, repartidos cada 8 horas (dosis máxima de 2 a 4 mg/kg/día para el propanolol y de 2 mg/kg/día para el atenolol). Tras iniciar antitiroideos, se suele alcanzar eutiroidismo clínico y analítico en 4-6 semanas, momento en el que se reducirá la dosis a la mitad o a dos terceras partes, en una sola dosis al día. Se realizará el seguimiento del paciente cada 2-3 meses y, en cada una de estas revisiones, se valorará la función tiroidea con la determinación de T3, T4 total y libre, y de TSH. Durante el tratamiento, el tamaño de la glándula suele reducirse de un 30 a un 50%. La duración del tratamiento con antitiroideos permanece controvertida(10-12), habitualmente se mantiene de 2 a 4 años, hasta alcanzar la remisión, que viene definida por la presencia de eutiroidismo bioquímico que se mantiene por un tiempo superior al año, después de la retirada del fármaco. En la EG en Pediatría, el índice de remisión con fármacos antitiroideos tras tratamiento prolongado es bajo, entre un 30 y un 40%. Obtenida la remisión, la recidiva se produce entre el 3-47% de los adolescentes. El porcentaje de recaídas es más alto cuanto más corto ha sido el periodo de tratamiento(8).

Los efectos tóxicos de los fármacos antitiroideos se presentan entre el 17 y el 30% de los casos, en las distintas series. En general, en la edad pediátrica, los efectos adversos son leves y no requieren retirada del tratamiento (neutropenia transitoria, exantema papular urticariano, náuseas, cefaleas, artralgias y caída del cabello)(11). La agranulocitosis, generalmente acompañada de fiebre y odinofagia, así como la hepatitis severa y fallo hepático, son raras, pero precisan del cese inmediato de la medicación.

2. Tratamiento con radioyodo. Es un tratamiento eficaz (índice de curación superior al 90%), fácil de realizar, de bajo coste y aparentemente seguro(7). Las indicaciones para la administración de I131 son:

• Ineficacia de los fármacos antitiroideos para inducir la remisión permanente de la enfermedad.

• Necesidad de utilización de dosis altas de antitiroideos de manera crónica.

• Reacciones de hipersensibilidad moderadas-severas de los fármacos.

• Olvido de la medicación.

Es mejor individualizar la dosis según el tamaño de la glándula tiroidea y su capacidad de captar radioyodo, siendo recomendable una única dosis de 220-275 mcCi/g de tejido tiroideo; pudiendo ser necesaria dar una nueva dosis de dos a seis meses, más tarde. Se debe descartar embarazo previo a su administración.

Los efectos secundarios del tratamiento con I131 incluyen: hipotiroidismo (eventualmente el 90% de los niños), recurrencia del hipertiroidismo, alteración de la función paratiroidea, tiroiditis inducida por radiación e incremento del riesgo de desarrollar adenomas benignos de tiroides(12). Estudios de seguimiento de más de 20 años, realizados en amplias poblaciones de niños y adolescentes, tratados con altas dosis de I131, no demuestran mayor riesgo de cáncer de tiroides(7,8,10,12).

3. Tratamiento quirúrgico. La tiroidectomía total/subtotal bilateral es el método de elección en aquellos adolescentes que:

• No sigan el tratamiento con fármacos antitiroideos o tengan reacciones tóxicas a los mismos.

• Presenten una oftalmopatía grave.

• Tengan un bocio difuso grande.

La preparación de la cirugía requiere tratamiento antitiroideo, al menos, 1-2 meses y, en algunos casos, para disminuir la vascularización glandular se emplea yodo lugol 10 días antes (18 gotas al día, divididas en 3 tomas). Los efectos secundarios incluyen: hipotiroidismo permanente (la mayoría), recurrencia de EG a partir del tejido tiroideo residual (3%), hipoparatiroidismo y lesión del nervio laríngeo recurrente(10,12).

Independientemente del tratamiento recibido, una vez completado, se debe realizar control de función tiroidea semestral hasta el fin del crecimiento y, posteriormente, anual de por vida(11).

Nódulo tiroideo

Ni los datos de la anamnesis ni los signos físicos exploratorios del paciente aportan información concluyente acerca de la malignidad o no del nódulo tiroideo (NT).

Los NT son masas localizadas en el tiroides, de consistencia distinta al resto de la glándula. Pueden ser múltiples o únicos y estar asociados o no a un bocio difuso. En la población pediátrica, la incidencia es aproximadamente del 0,2 al 1,5%, siendo más frecuentes en el sexo femenino que en el masculino (6:1) y aumentando linealmente con la edad(13).

Etiología

Entre los factores inductores de la formación de NT, el más documentado es la radiación externa (radioterapia craneal, cervical o zona superior del tórax), déficit de yodo y factores hormonales: la TSH y los factores reguladores del crecimiento de las células tiroideas (EGF, TGF-β, PDGF, FGF)(8,13).

Hay que descartar patología del tiroides en: los antecedentes familiares, la enfermedad tiroidea previa del paciente, los síndromes de neoplasia endocrina múltiple y la exposición previa a radiación.

Manifestaciones clínicas

Los NT pueden ser descubiertos incidentalmente durante una exploración médica y cursar de forma asintomática o acompañarse de sintomatología, dependiendo de la funcionalidad del NT. Los datos sugestivos de benignidad y malignidad quedan recogidos en la tabla V.

 

El signo que tiene mayor valor es la velocidad de crecimiento del nódulo, ya que en general, los tumores malignos aparecen de modo brusco y tienen un crecimiento rápido(13).

Estudios complementarios

La determinación de T3 libre, T4 libre, TSH y anticuerpos antiTG, antiTPO y antiTSI ayuda a establecer el grado de funcionalidad del tiroides. Generalmente, el cáncer de tiroides no produce alteración de la función tiroidea, pero no se excluye su presencia ante nódulos encontrados en la EG o en la tiroiditis autoinmune. La determinación de tiroglobulina no ayuda al diagnóstico de precisión de un NT, ya que puede estar elevada también en situaciones benignas, como las tiroiditis. Los niveles de calcitonina, que son útiles como marcador tumoral en familiares asintomáticos portadores de mutación RET, se encuentran elevados en el carcinoma medular(13).

La ecografía Doppler de alta resolución detecta NT a partir de 1 mm de diámetro, a la vez que descubre cambios en las estructuras vecinas. Es un método rápido e inocuo que, además de aportar información sobre la consistencia del NT (sólido, quístico o mixto) y su localización dentro o fuera de la glándula, permite guiar la punción-aspiración con aguja fina (PAAF) del mismo y, en última instancia, controlar su tamaño durante el tratamiento con levotiroxina(14). La clasificación Thyroid Imaging Reporting and Data System (TIRADS) estratifica a los NT en riesgo, según sus características ecográficas(15). Los patrones ecográficos que orientan hacia la benignidad o malignidad de un NT quedan recogidos en la tabla V.

La punción-aspiración con aguja fina (PAAF) guiada por ecografía debe realizarse de forma sistemática en todos los NT mayores de 6 mm (por debajo no es posible). Es una técnica segura, de fácil realización, indolora, de bajo coste y alta fiabilidad, con una exactitud cercana al 95%, en manos de un citopatólogo experto(13).

La limitación más importante de esta técnica es la escasa especificidad para diferenciar los tumores foliculares benignos de los malignos(14). Según el resultado de la citología, se distinguen 6 categorías en el Bethesda System for Reporting Thyroid Cytopathology (BSRTC) (Tabla VI)(15).

 

La gammagrafía con I123 o Tc99 solo está indicada si la TSH está suprimida o la calcitonina elevada. Su utilización permite detectar la presencia de nódulos, siempre que tengan un tamaño superior a 1 cm de diámetro, así como su funcionalidad. Los NT se pueden clasificar gammagráficamente en:

• Hipofuncionante o frío (mayor riesgo de malignidad).

• Hiperfuncionante o caliente (menor riesgo de malignidad).

• Isocaptante o indeterminado.

Tratamiento

La actitud terapéutica ante un NT queda representada en el algoritmo de la figura 2, donde el resultado citológico de la PAAF, juega un papel fundamental en la toma de decisiones(13,16).

 

Figura 2. Esquema de actitud a seguir ante nódulos tiroideos. TSH: hormona estimulante del tiroides; PAAF: punción-aspiración con aguja fina; T4: tetrayodotironina; T3: triyodotironina; (figura modificada de cita 16).

 

Carcinoma de tiroides

Representa solo el 0,6-1,6% de los tumores malignos en la infancia, pero su incidencia mundial está en aumento.

Etiología

Los factores etiológicos son los mismos que los mencionados para el NT. Además, el 70% de los carcinomas diferenciados presentan mutaciones activadoras en la vía del cAMP, en concreto en los genes RET, NTRK1, BRAF y RAS. También se ha encontrado relacionado con mutaciones en TP53: gen supresor APC, gen supresor PTEN, así como con el síndrome DICER1(16).

Tipos de tumores malignos

La clasificación histológica realizada por la OMS describe 4 tipos principales de tumores malignos de origen epitelial: papilar (el más común), folicular (el segundo más común), medular y anaplásico.

Los denominados tumores diferenciados, el papilar y el folicular, derivan ambos de las células foliculares y suponen el 89% de los tumores epiteliales malignos y es frecuente que presenten metástasis al diagnóstico.

El tumor medular deriva de las células parafoliculares C y se han descrito formas de carácter familiar, y una no familiar. Entre las formas familiares asociadas a otras alteraciones endocrinas, se encuentra el carcinoma medular asociado a neoplasia endocrina múltiple tipo 2 (MEN 2) por mutaciones en el protooncogén RET (10q11.2)(17).

Respecto a las manifestaciones clínicas y estudios complementarios, sirve lo mencionado previamente en el apartado de NT. Además, solo existen marcadores tumorales específicos del carcinoma medular, que son la calcitonina y el antígeno carcinoembrionario (CEA). En la ecografía, además de determinar las características del NT, se valorará la extensión tumoral a ganglios linfáticos y cuerdas vocales. La PAAF, guiada por ecografía, debe realizarse de forma sistemática(18).

Tratamiento

Se realizará tiroidectomía total (excepcionalmente subtotal en los tumores diferenciados) y vaciamiento ganglionar cervical más o menos extenso(16,17).

Posteriormente, se realizará un rastreo de tejido tiroideo con I123 o I131 y, en la mayoría de los casos, se administrará radioablación con I131, con el objeto de eliminar el resto de tejido tiroideo y las posibles metástasis. Para carcinomas refractarios y metástasis, se puede emplear quimioterapia o radioterapia. Para las formas familiares de carcinoma medular, debe practicarse la tiroidectomía profiláctica (a diferentes edades según el riesgo), cuando se detecte la mutación del protooncogén RET, puesto que la concordancia entre la presencia de la enfermedad y el estado de portador de la mutación es del 100%.

Función del pediatra de atención primaria

La anamnesis dirigida, exploración física y función tiroidea realizadas por el pediatra con un alto índice de sospecha de patología tiroidea, acelerará el proceso diagnóstico y terapéutico de las alteraciones de esta glándula.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Rodríguez Sánchez A, Chueca Guindulain MJ, Alija Merillas M, Ares Segura S, Moreno Navarro JC, Rodríguez Arnao MD, et al. Diagnóstico y seguimiento de los pacientes con hipotiroidismo congénito diagnosticados por cribado neonatal. An Pediatr. 2019; 90: 1-250.

2. Peters C, van Trotsenburg ASP, Schoenmakers N. DIAGNOSIS OF ENDOCRINE DISEASE: Congenital hypothyroidism: update and perspectives. European Journal of Endocrinology. 2018: 179; 297-317.

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8. Segni M. Disorders of the Thyroid Gland in Infancy, Childhood and Adolescence. Endotext. Thyroid Disease Manager. Última actualización: 2017 (acceso en febrero de 2020). Disponible en www.endotext.org.

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16. Francis GL, Waguespack SG, Bauer AJ, Angelos P, Benvenga S, Cerutti JM, et al. Management Guidelines for Children with Thyroid Nodules and Differentiated Thyroid Cancer. Thyroid. 2015; 25: 716-59.

17. Paulson VA. Thyroid cancer in the pediatric population. Genes. 2019; 10: 723.

18. Agrawal VR, Jodon G, Mushtaq R, Bowles DW. Update on multikinase inhibitor therapy for differentiated thyroid cancer. Drugs Today. 2018; 54: 535.

Bibliografía recomendada

– Hanley P, Lord K, Bauer AJ. Thyroid Disorders in Children and Adolescents: A Review. JAMA Pediatr. 2016; 170: 1008-19.

Revisión práctica y holística de fisiopatología tiroidea pediátrica que incluye ilustraciones para una correcta exploración tiroidea.

– Francis GL, Waguespack SG, Bauer AJ, Angelos P, Benvenga S, Cerutti JM, et al. Management Guidelines for Children with Thyroid Nodules and Differentiated Thyroid Cancer. Thyroid. 2015; 25: 716-59.

Esta es la primera guía específicamente pediátrica y la más reciente sobre el manejo de nódulos tiroideos y carcinoma tiroideo en esta población.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: niña de 10 años y 6 meses, remitida por su pediatra al detectar aumento del tamaño de la glándula tiroidea. Clínicamente asintomática. Rendimiento escolar normal.

Antecedentes familiares: sin interés.

Antecedentes personales: alopecia areata desde hace tres años. En seguimiento en la consulta de Gastroenterología por anticuerpos antitransglutaminasa levemente positivos, pero sin cumplir criterios de enfermedad celiaca. Sin otros antecedentes de interés.

Exploración física: Buen estado general, piel y cabello normales. Antropometría: peso: 33 kg (p25, -0,6DE) y talla: 143 cm (p50, +1DE). IMC: 16,1 kg/m2 (-0,7DE). TA: 105/60 mmHg. FC: 65 l/m. Talla genética: 163 ± 5 cm (P50-75).

Bocio grado 1B (palpable y visible cuando el cuello está extendido), de consistencia normal, sin nódulos. Desarrollo puberal en estadio I de Tanner (M1,P1,Aa). Resto de la exploración normal.

Pruebas complementarias: hemograma y bioquímica normales. Función tiroidea: TSH 3,28 mcUI/ml (0,36-5,0), T4L 1,23 ng/dl (0,63-1,4), anticuerpos antitiroglobulina 1.198 UI/ml (<37) y antiperoxidasa >600 UI/ml (<37). Edad ósea acorde a la edad cronológica.

 

 

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