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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Alteraciones del perímetro y forma craneal

J. Costa Sarri
Temas de FC


J. Costa Sarri

Pediatra y neuropediatra. Barcelona

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Autor para correspondencia

costasarri@gmail.com

Resumen

Las alteraciones del perímetro craneal (PC) son uno de los muchos aspectos que el pediatra debe conocer y supervisar a lo largo del desarrollo del niño menor de dos años. Es en esta fase de la vida cuando hemos de ser más cuidadosos en la vigilancia del crecimiento y la forma del cráneo. Se abordan los conceptos de macrocefalia y microcefalia. Las alteraciones del crecimiento cerebral pueden ser de causa congénita o adquirida y pueden presentarse clínicamente aisladas o constituir parte de un síndrome congénito. El dismorfismo craneal es una anomalía que ha de detectarse desde Atención Primaria (AP). Su incidencia ha ido en aumento a causa de la implantación de la campaña para evitar el síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) a principios de los años 90. Este dismorfismo es causa de derivación especializada, pues, a menudo, hay dificultad para diferenciar la causa postural de la causa sinostótica de la deformidad. El tratamiento y el pronóstico de los dismorfismos craneales varían en función de la etiología y la gravedad de la deformidad.

 

Abstract

Changes in head circumference (HC) are one of the many aspects that pediatricians must be aware of and monitor throughout the development of children under two years of age. It is during this stage of life that we must be most careful in monitoring the growth and shape of the skull. The concepts of macrocephaly and microcephaly are discussed. Brain growth abnormalities can be congenital or acquired and may occur clinically in isolation or as part of a congenital syndrome. Cranial dysmorphism is an abnormality that must be detected in primary care (PC). Its incidence has been increasing due to the implementation of the campaign to prevent sudden infant death syndrome (SIDS) in the early 1990s. This dysmorphism is a cause for referral to a specialist, as it is often difficult to differentiate between the postural cause and the synostotic cause of the deformity. Treatment and prognosis of cranial dysmorphisms vary depending on the etiology and severity of the deformity.

 

Palabras clave: Macrocefalia; Microcefalia; Plagiocefalia; Craniosinostosis.

Key words: Macrocephaly; Microcephaly; Plagiocephaly; Craniosynostosis.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 484 – 493

 


OBJETIVOS

• Conocer los conceptos de macrocefalia y microcefalia para poder orientar, con valoración de la historia clínica, el plan a seguir: si control en pediatría o derivación a neuropediatría.

• Orientación inicial de la dismorfia craneal: si postural o sinostótica. Planificar el seguimiento de la misma en pediatría o derivación a neurocirugía.

• Aplicación del cefalómetro como herramienta útil en el seguimiento de los casos de dismorfia craneal.

• Hacer una buena anamnesis, exploración y derivación a neuropediatría o neurocirugía, según el caso, lo mejor orientada posible. No olvidar nunca medir el perímetro craneal a los progenitores y valorar la etnia del paciente (sobre todo en los casos de macro y microcefalia).

 

Alteraciones del perímetro y forma craneal

https://doi.org/10.63149/j.pedint.78

 

Alteraciones del perímetro craneal

Introducción

En la consulta de pediatría es tan importante la medición del perímetro craneal (PC) como la del peso y la talla. Todos los pacientes han de tener su gráfica de PC, al menos, hasta los dos años.

Desde que el pediatra inicia su labor con el recién nacido (RN) y su familia, ha de explorar siempre al paciente de una forma sistemática y no puede olvidarse de palpar el cráneo, las suturas y las fontanelas. Hay que observar la evolución del cráneo y su tamaño, elaborando una gráfica continuada del PC, al menos hasta los dos años (algunos autores lo alargan hasta los tres años; y ante un seguimiento con anomalías en los límites superior o inferior de la gráfica de crecimiento del PC, se aconseja continuarla durante toda la infancia o hasta que desaparezca la sintomatología)(1).

Modo de medir el PC: ha de utilizarse una cinta flexible, pero que no se pueda distender. Es importante buscar siempre la mayor circunferencia posible desde la frente hasta el occipucio (circunferencia fronto-occipital). Es frecuente que se puedan cometer errores de medida; por lo que, en caso de discrepancias, se aconseja medir hasta tres veces para asegurar el valor obtenido(2). Procurar siempre que mida la misma persona al mismo paciente y con la misma cinta, a ser posible.

El PC es una medida variable dentro de la población general; no existe un punto de corte universal para considerar que un PC es anormal, sino que la definición de micro y macrocefalia depende de otros factores como:

• La evolución dinámica del mismo a lo largo de la edad: no será lo mismo un paciente a +2,5 DS (desviación standard), que previamente estuviera en -1DS, pues hace más de dos saltos de DS, que otro que subiera desde +1,5 DS, que hace solo un salto de DS. A mayor salto en DS, mayor probabilidad de patología.

• El resto de las medidas antropométricas.

• La evolución del neurodesarrollo.

• Los antecedentes médicos y neurológicos del paciente.

• El PC de los progenitores, etc.

Según la fuente bibliográfica o la etnia del paciente, se utilizarán diferentes percentiles o diferentes valores de DS, para la catalogación de macro o microcefalia. En general, se pueden establecer una serie de principios a la hora de interpretar un valor de PC:

• Entre los pacientes con microcefalia, aquellos con un valor de PC entre -2DS y -3DS son los que tienen menor riesgo de presentar una alteración neurológica (sobre todo entre -2 y -2,5 DS).

• Los pacientes tienen mayor probabilidad de presentar una alteración neurológica cuanto mayor sea la desviación de la normalidad. Entre +3DS y -3DS no hay una relación directa entre el perfil cognitivo y la DS cefálica, pero a partir de estas cifras, el riesgo de dificultades de aprendizaje graves aumenta según aumenta la desviación.

• Las mediciones de los primeros meses tienen menor valor pronóstico, pues es, en el primer año de vida, cuando se va adquiriendo el valor genético de PC (valor de PC acorde con el de los padres). Siempre hay que valorarlo en su contexto global.

• Tener en cuenta que el PC es una aproximación a lo que desearíamos poder medir, que es el volumen cefálico (sobre todo en su componente encefálico). Un perímetro redondo, por ejemplo, tiene mayor volumen que uno elíptico con el mismo valor de PC(2).

• En los pacientes prematuros hemos de elaborar su gráfica de PC teniendo en cuenta su edad corregida.

Macrocefalia (Tablas I, II y III)

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Se considera macrocefalia un PC de más de 2,5 DS. A tener en cuenta, el concepto de “macrocefalia relativa”, que son aquellos pacientes que tienen un PC en rango normal, pero desproporcionado a su peso y talla, que están disminuidos.

La macrocefalia relativa puede ser normal en caso de crecimiento intrauterino restringido, pero sin este antecedente, pensar en las posibles causas de la misma (Tabla I).

Causas más frecuentes de macrocefalia

• La hidrocefalia externa benigna o derrame pericerebral, de la que se hablará más adelante.

• La hipertensión endocraneal (HTEC) o hipertensión intracraneal (HIC), que representa una emergencia más o menos importante según la velocidad y la importancia de su instalación. Hay diferentes posibles etiologías de la misma(2):

– Hemorragia (intraventricular, epidural, subdural, subaracnoidea o parenquimatosa).

– Tumor de fosa posterior (FP).

– Estenosis de acueducto de Silvio.

– Otras malformaciones de FP: síndrome de Dandy-Walker, malformación de Chiari, síndrome de Klippel-Feil y síndrome de Walker-Warburg.

– Malformación de la vena de Galeno.

– Malformación arteriovenosa.

– Absceso.

– Causa postinfecciosa.

Principales mecanismos y causas de macrocefalia(1-3)

Por aumento del parénquima cerebral (megalencefalia): puede ser debido a una malformación primaria, con grandes circunvoluciones, con un patrón simple o con polimicrogiria. También puede ser esporádica o asociarse a diferentes patologías como: neurofibromatosis, esclerosis tuberosa, acondroplasia, gigantismo hipofisario, gigantismo cerebral, depósito anormal de productos metabólicos, como la forma infantil de idiocia amaurótica, el gargolismo, la degeneración esponjosa de la sustancia blanca y algunas leucodistrofias.

– Megalencefalia anatómica: no sindrómica: macrocefalia aislada, macrocefalia familiar benigna; y sindrómica: síndromes neurocutáneos, acondroplasia, síndrome de Sotos, síndrome X-frágil, síndrome de Proteus, alteraciones de la vía PL3K/AKT/mTor y de la vía RAS-MAPK.

– Megalencefalia metabólica: leucoencefalopatías; enfermedades lisosomales; acidurias orgánicas; aminoacidopatías; y galactosemia.

Por hidrocefalia:

– Hidrocefalias comunicantes: papiloma y síndrome de Arnold Chiari II.

– Hidrocefalias obstructivas: estenosis de acueducto de Silvio y lesiones con efecto masa.

– Hidrocefalia externa benigna o derrame pericerebral: muy frecuente y, en la mayoría de las ocasiones, sin consecuencias sobre el neurodesarrollo. Se observa generalmente una historia familiar idéntica con macrocefalia benigna en uno de los padres. Esta es una situación que puede favorecer la aparición de un hematoma subdural de forma espontánea o tras un traumatismo menor, sobre todo durante los 6 primeros meses.

Por aumento de sangre o tejido vascular: casos de hemorragia o malformación vascular.

Por aumento del componente óseo: casos de talasemia, osteopetrosis, raquitismo, hipofosfatasia y osteogénesis imperfecta.

Lesiones ocupantes de espacio: quistes, abscesos o tumores

Los pacientes con macrocefalia, pero con desarrollo psicomotor y examen neurológico normal y sin antecedentes personales reseñables: medir el PC en los progenitores y valorar la gráfica de evolución del PC, considerando, como primera opción, el diagnóstico de macrocefalia benigna familiar, principalmente secundaria a un derrame pericerebral (hidrocefalia externa benigna). Ante cualquier duda en la evolución, hacer consulta con neuropediatría.

Microcefalia (Tabla IV)

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Definición

Los autores no se ponen de acuerdo en el valor a partir del cual se considera una medida del PC patológica (a partir de -2,5… -3DS…), puesto que hay muchas personas con estas cifras de PC y un desarrollo completamente normal. No obstante, tanto la American Academy of Neurology (AAN) como la Asociación Española de Pediatría (AEP) han indicado unos valores, a partir de los cuales se habla de microcefalia, independientemente de si tienen o no repercusión clínica: por debajo de 2 DS la AAN y por debajo de 3 DS la AEP(1).

El Dr. Jean Aicardi en su libro: “Diseases of the Nervous System in Childhood”, en su 1ª edición del año 1992, hablando de la microcefalia, dice: “la microcefalia es difícil de definir; algunos autores lo refieren a un PC inferior o igual a -2DS o al percentil (Pc) 3. Todos los autores, no obstante, están de acuerdo en que pacientes con «cabezas pequeñas» (entre -2DS y -3DS) pueden no tener ninguna patología; aunque también es cierto que, estadísticamente, hay una mayor prevalencia de microcefalia leve en niños con dificultades en el aprendizaje”.

Clasificación de la microcefalia

Microcefalia congénita: pacientes que desde las 36 semanas de edad postconcepcional ya presentan la alteración (o desde el nacimiento, si no tenemos esa medida previa).

Microcefalia postnatal: pacientes que no tienen microcefalia al nacer y la alteración va progresando con el paso del tiempo.

La microcefalia congénita ocurre principalmente por dos fenómenos:

1. Por fallo o reducción de la neurogénesis en épocas precoces del desarrollo.

2. Por alteración de elementos del contenido encefálico, sobre todo de la sustancia blanca, o por un fenómeno disruptivo (por infecciones, isquemia intrauterina o por exposición a tóxicos), o por un fenómeno neurodegenerativo muy precoz (p. ej., el síndrome de Aicardi-Goutières) u otras enfermedades genéticas.

El pronóstico depende de muchos factores (momento de incidencia de la noxa, su intensidad… y otros factores que puedan coadyuvar); por lo tanto, una misma noxa no ha de dar necesariamente la misma clínica(2).

Posibilidades de clasificación de la microcefalia, desde un punto de vista descriptivo:

• Congénita: presente al nacimiento.

• Postnatal: no presente al nacimiento.

• Genética: causa intrínseca.

• Ambiental: causa extrínseca.

• Estática: evoluciona por el mismo percentil.

• Progresiva: disminución de percentiles con el tiempo.

• Proporcionada: al peso y la talla del paciente.

• Desproporcionada: con peso y talla normales.

• Sindrómica: asociada a otras alteraciones.

• Aislada: sin otras alteraciones asociadas.

Microcefalia congénita(4,5)

Microcefalia congénita secundaria a una causa adquirida prenatal: pacientes que desde las 36 semanas de edad gestacional, o desde el nacimiento, ya presentan la alteración, de causa adquirida:

– Infecciones congénitas (TORCH, VIH, Zika).

– Exposición a tóxicos (alcohol, cocaína, etc.)

– Exposición a fármacos, especialmente fármacos antiepilépticos.

– Otros factores maternos que condicionen insuficiencia placentaria, anemias o malnutrición graves.

Microcefalia congénita primaria: posibilidades:

– Con anomalías congénitas en otros órganos y/o rasgos dismórficos (microcefalias sindrómicas): orientan hacia síndromes de microdeleción/microduplicación o síndromes monogénicos con afectación multisistémica.

– Con talla baja: grupo heterogéneo que agrupa displasias esqueléticas y enfermedades con alteración en la reparación del ADN.

– Con malformación del desarrollo cortical y/o de la fosa posterior asociada.

– Con holoprosencefalia asociada: etiología compleja, con implicación de factores ambientales (p. ej., diabetes materna), cromosomopatías (p. ej., trisomía 13), enfermedades monogénicas o síndromes de microdeleción/microduplicación.

– Aisladas: con patrón giral simplificado y/o aumento leve del tamaño ventricular: grupo de enfermedades de herencia autosómica recesiva, cuyo evento patogénico es la reducción de la proliferación de neuroblastos. Tradicionalmente, conocidas como microcefalia vera, actualmente se prefiere el término de microcefalia primaria hereditaria. Habitualmente, no suelen presentar problemas neurológicos extremadamente graves, más allá de: discapacidad intelectual, epilepsia (habitualmente, no farmacorresistente y leve), signos piramidales sin problemas para la marcha autónoma… Existe, no obstante, una importante variabilidad fenotípica asociada a los distintos genotipos, por lo que es recomendable ser reservado desde el punto de vista pronóstico.

Microcefalia postnatal(5,6)

Pacientes que tienen una disminución del PC detectada después de las 36 semanas postconcepción o después del nacimiento.

Hay que separar las causas en las que existe una lesión estática que destruya parte del parénquima cerebral y/o bloquee el crecimiento normal del sistema nervioso, de aquellas que producen una lesión progresiva(7). La lesión estática incluye causas adquiridas (encefalopatía hipóxico-isquémica, lesiones adquiridas en relación con la prematuridad, infecciones congénitas, etc.) y causas genéticas. La lesión progresiva generalmente produce más manifestaciones clínicas que la simple microcefalia. Algunas de las causas más relevantes son: enfermedades metabólicas, síndrome de Rett y síndrome de Angelman, pacientes con mutaciones genéticas que cumplan criterios clínicos de síndrome de Rett o de Angelman, síndrome de Aicardi-Goutières, etc.

Conclusiones

Las causas más frecuentes de macrocefalia son el derrame pericerebral (hidrocefalia externa benigna), frecuentemente responsable de una macrocefalia familiar benigna, y la HTEC. Según la clínica, considerar la posibilidad de una macrocefalia familiar benigna, mientras no se demuestre lo contrario. Valoración de los casos de macrocefalia relativa, más allá de los valores absolutos del PC.

El concepto de microcefalia no está plenamente consensuado, aunque sí hay que valorar un riesgo importante por debajo del Pc 3, sobre todo desde el punto de vista pronóstico, que depende principalmente de la causa. Con respecto a las causas genéticas y metabólicas de macro-microcefalia, me remito a la referencia bibliográfica nº 2 de los doctores M. Alvarez Molinero y D. Gómez Andrés, donde están detalladas y esquematizadas.

El dismorfismo craneal (Figs. 1 y 2)

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Figura 1. Huesos, suturas y fontanelas. Fuente: https://www.stanfordchildrens.org/es; y referencia(21).

 

 

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Figura 2. Cierre aproximado en meses de suturas y fontanelas.
Fuente: https://www.adam.com/; y referencia(21)
.

 

Introducción

Las alteraciones en la forma del cráneo se encuentran frecuentemente en la revisión del niño sano. Ha habido un aumento importante de la incidencia de esta patología a partir de la campaña “back to sleep”, de la década de los 90 del siglo pasado. Así como las alteraciones en el tamaño del cráneo (micro y macrocefalia) se detectan precozmente con la medida del PC de forma sistemática, las alteraciones en la forma del cráneo pueden pasar más desapercibidas.

El cráneo está formado por siete huesos planos mayores (un hueso ­occipital, dos huesos parietales, dos huesos temporales y dos huesos frontales), separados entre sí por seis suturas craneales mayores (una metópica, una sagital, dos coronales y dos lambdoideas) y suturas menores bilaterales (fronto-nasales, fronto-esfenoidales y escamosas del temporal). Esto permite el moldeo de la cabeza para poder pasar por el canal del parto y su crecimiento progresivo posterior. Las suturas craneales se fusionan con posterioridad en diferentes tiempos (véanse los datos aproximados de su cierre en la figura 2).

Los dismorfismos craneales pueden ser de causa postural o de causa sinostótica. Detectar estas dismorfias, de un modo precoz, puede cambiar de manera significativa el pronóstico y reducir los costes del tratamiento.

De causa postural: se deben a cambios en la forma de los huesos craneales en función de las zonas de decúbito.

De causa sinostótica: secundarios a la fusión prematura de las suturas craneales.

Un diagnóstico acertado y precoz permitirá llevar a cabo una actitud terapéutica conservadora, eficaz en los casos de deformidades craneales secundarias a moldeamientos externos (plagiocefalia posicional), y diferenciarlos de aquellos pacientes afectados de una craneosinostosis verdadera, que requerirán una corrección quirúrgica temprana y un seguimiento estricto, para descartar el riesgo de complicaciones(8).

En la plagiocefalia postural, las suturas permanecen abiertas y, por tanto, estos pacientes no presentan un riesgo aumentado de HIC. La HIC sí puede suceder en la craneosinostosis, pues, en estos casos, se compromete el crecimiento craneal.

Deformidades posicionales

Las deformidades posicionales pueden producirse en el periodo intrauterino y encontrarse presentes en el momento del parto o aparecer más tardíamente, en las primeras semanas de vida.

Periodo intrauterino(8)

• Dolicocefalia del RN pretérmino.

• Plagiocefalias posturales anteriores.

Periodo postnatal(8)

Plagiocefalia occipital postural, de alta incidencia a partir de la campaña “back to sleep” para la prevención del SMSL.

El vocablo plagiocefalia proviene del griego: Plagio (oblicuo) y Kephalos (cabeza); se refiere a los varios tipos de deformidad craneal, caracterizados por la asimetría u oblicuidad de la cabeza. Se ha de diferenciar la postural o posicional de la sinostótica.

Las plagiocefalias posicionales generalmente afectan la parte posterior del cráneo; muy raramente se producen plagiocefalias posicionales anteriores. La plagiocefalia occipital posicional recibe también otros nombres: plagiocefalia por moldeamiento, deformativa, sin craneosinostosis, postural y funcional(8).

Plagiocefalia postural

En el año 1992, la Academia Americana de Pediatría (AAP) inicia la campaña “Back to sleep”, y se observa una reducción del SMSL hasta en un 40 %. Al mismo tiempo, se observa un aumento de casos de plagiocefalia postural, llegando a ser la demanda más frecuente en una consulta de neurocirugía infantil(8). Según estudios en EE.UU. e Italia, la incidencia varía entre el 22,1 % y el 37 % de recién nacidos(9,10). La máxima prevalencia es a las siete semanas de vida, y disminuye con la edad: hasta un 3,3 % de la población hacia los 2 años, y hasta un 2 % en la adolescencia(11,12).

La incidencia de craneosinostosis occipital en la literatura es mucho menor: en torno a 3:100.000 RN(13).

La plagiocefalia postural es de carácter “externo”, producida por fuerzas mecánicas extrínsecas que actúan sobre la sutura lambdoidea, bien durante la etapa intrauterina o, más frecuentemente, en el periodo postnatal.

Diversos factores pueden actuar sobre la cabeza fetal, produciendo un fenómeno de moldeamiento craneal en etapa intrauterina: oligohidramnios, bandas amnióticas, embarazos múltiples, encajamiento fetal prematuro, anomalías uterinas (útero bicorne, tabicamientos…), macrocefalia, fetos macrosómicos y partos instrumentados.

Otras causas postnatales también lo pueden producir: posición de “bienestar” del lactante (siempre la misma), utilización abusiva de carritos y sillas, apoyando el bebé su cabeza de la misma forma, durante periodos largos de tiempo, tortícolis congénita, hipotonía, estrabismo, malformación de la unión occípito-cervical. Todos estos factores influyen en la disminución de la motilidad espontánea del bebé.

También puede haber causas mixtas, que incluyan tanto factores antenatales como postnatales.

El diagnóstico es fundamentalmente clínico. La morfología craneal y los antecedentes clínicos permiten un diagnóstico de certeza en un alto porcentaje de casos. Clínicamente, se observa una antepulsión frontal del lado de la plagiocefalia postural con una cabeza que tiene forma de paralelogramo (se acompaña un esquema más adelante)(14).

Dolicocefalia del prematuro

La dolicocefalia, como deformidad postural, aparece normalmente en el RN pretérmino de bajo peso: las cabezas son alargadas y estrechas, tienen macrocefalia relativa y ausencia de tono en la musculatura cervical, con lo que la cabeza tiende a apoyarse lateralmente y ese peso de la cabeza sobre un hueso muy fino y débil produce ese aspecto característico. La sutura sagital en este caso no se encuentra fusionada, y la deformidad se corrige espontáneamente en torno a los 3-4 meses de edad, siempre que el desarrollo psicomotor sea normal. Fenotípicamente, se asemeja a la escafocefalia(8).

Craneosinostosis

Puede ser de causa primaria por defectos de la osificación de origen genético (principalmente los genes FGFR [fibroblast growth factor receptors]) o de causa secundaria a diferentes patologías (p. ej.: enfermedades hematológicas o metabólicas –raquitismo, hipotiroidismo–), aunque la mayor parte de los casos son de causa idiopática.

Se han descrito factores predisponentes a presentar craneosinostosis, como son: el crecimiento intrauterino restringido, la posición anormal intraútero, el oligohidramnios o la exposición prenatal a teratógenos, como el ácido valproico o la fenitoína(15).

La craneosinostosis ha mantenido su prevalencia constante y ha afectado a uno de cada 2.100-2.500 niños(16,17).

La más frecuente es la escafocefalia, por sinostosis de la sutura sagital y, la menos frecuente, la plagiocefalia posterior por craniosinostosis de la sutura lambdoidea(18).

Por el contrario, el dismorfismo craneal predominante es la plagiocefalia postural o deformidad sin sinostosis, hecho importante, ya que implica un manejo y un pronóstico significativamente mejor(18,19).

Valoración clínica

• Exploración sistemática del tamaño y la forma craneal en las visitas de seguimiento del paciente. Determinar en la anamnesis aspectos como la etnia familiar, así como la morfología craneal de los progenitores, pues puede haber morfologías craneales correspondientes a variantes de la normalidad, sin traducción patológica(8,15).

¿Cómo orientarnos delante de un dismorfismo craneal y sospechar si es una plagiocefalia postural o nos encontramos ante una craneosinostosis? Es bueno hacerse las siguientes preguntas:

– ¿Estaba presente en el momento del nacimiento?

– ¿Tiene una posición cérvico-cefálica preferente para dormir?

– ¿Mejora o empeora con el paso del tiempo?

El dismorfismo craneal presente desde el nacimiento, junto con la tendencia del paciente a mantener una misma posición en decúbito y la mejoría observada al reducir el tiempo en dicha postura, nos orientará hacia el diagnóstico de dismorfia craneal de causa postural(20).

Hay una asociación entre la plagiocefalia postural y la tortícolis congénita, por lo que siempre habrá que descartarla. Podría ser la causa de que se mantenga el cráneo en una misma posición.

Se ha de hacer una exploración craneofacial detallada, inspeccionando el cráneo en diferentes proyecciones: frente, perfil y coronal, y responder las preguntas siguientes:

– ¿Protruye un frontal más que el otro?

– ¿Tienen la misma dimensión las fisuras palpebrales?

– ¿Los arcos ciliares se encuentran a la misma altura?

– ¿Protruye más una órbita que la otra?

– ¿Sobresale más un arco zigomático que el otro?

Seguidamente, palparemos las suturas y fontanelas. Si encontramos alguna o algunas suturas aparentemente cerradas, sospecharemos una craneosinostosis. Si las encontramos abiertas, pensaremos en causas posicionales(21).

• Medición de los valores antropométricos, utilizando el cefalómetro (Fig. 3) para determinar el índice cefalométrico (IC) y el índice de plagiocefalia (IP)(15,21).

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Figura 3. Utilización del cefalómetro.

– Índice cefalométrico (Fig. 4): permite valorar numéricamente el grado de alargamiento o aplanamiento del cráneo, midiendo el diámetro longitudinal y el mayor diámetro transversal.

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Figura 4. Índice cefalométrico: permite valorar numéricamente el grado de alargamiento o aplanamiento del cráneo. Se calcula multiplicando por 100 el resultado del cociente entre la distancia biparietal máxima y la distancia anteroposterior tomada en la línea media.

 

– Índice de plagiocefalia (Fig. 5): determina el grado de dismetría entre las diagonales mayor y menor del cráneo.

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Figura 5. Índice de plagiocefalia: es el valor en milímetros que se obtiene al restar la diagonal craneal menor de la diagonal craneal mayor, indicando el grado de asimetría craneal.

Estos valores se pasan a la gráfica adjunta y nos orientarán en el pronóstico y seguimiento de la plagiocefalia.

El PC no suele estar alterado en las dismorfias craneales de causa postural.

Exámenes complementarios

La radiología convencional del cráneo puede dar imágenes de difícil interpretación; no es sencillo distinguir “fusiones puntuales” de la sutura, puentes óseos, estenosis o esclerosis de los bordes suturales, que permitan diferenciar una sinostosis lambdoidea de una plagiocefalia postural(8).

Actualmente, en lactantes menores de 8-12 meses, se recomienda el uso de ecografías hechas por radiólogos expertos. El diagnóstico definitivo será mediante una tomografía computarizada (TC) con reconstrucción tridimensional, en el ámbito hospitalario, para el diagnóstico de craneosinostosis y para determinar el manejo prequirúrgico si procede(8,22,23).

Morfología de las craneosinostosis

Las craneosinostosis pueden ser simples o múltiples, según el número de suturas afectadas(20).

• Simples:

– Escafocefalia: por fusión de la sutura sagital.

– Plagiocefalia anterior sinostótica: por fusión unilateral de la sutura coronal.

– Plagiocefalia posterior sinostótica: por fusión unilateral de la sutura lambdoidea.

– Trigonocefalia: por fusión de la sutura metópica.

• Múltiples:

– Braquicefalia anterior: por fusión de ambas suturas coronales.

– Braquicefalia posterior: por fusión de ambas suturas lambdoideas.

– Síndrome de Mercedes-Benz: por fusión de la porción posterior de la sutura sagital y de ambas suturas lambdoideas.

– Oxicefalia: por fusión de todas las suturas (fusión universal).

Escafocefalia: corresponde al 50 % de todas las craneosinostosis y es más prevalente en el sexo masculino(16). La fusión precoz de la sutura sagital ocasiona un cráneo alargado y estrecho. Aunque el aspecto puede recordar la dolicocefalia del prematuro, de la que se ha hablado anteriormente, la escafocefalia se acompaña habitualmente de abombamientos frontales y occipitales compensadores y no mejora con el paso del tiempo(8). Pueden presentar una cresta sagital, frontal anterior, que puede ser palpable y/o visible. Hay riesgo de HTEC si no se trata, lo que obliga a un seguimiento estrecho y controles por neurocirugía y oftalmología. Si se produce la fusión interna de la sutura sagital en su tercio medio, observaremos lo que se conoce como “deformidad en silla de montar”.

Plagiocefalia anterior sinostótica: afectación de una o de ambas suturas coronales. Es la segunda forma más frecuente de craneosinostosis (aproximadamente de un 25 %). Es más prevalente en el sexo femenino(16). Afecta aproximadamente a 1:3.000 RN. Es una craneosinostosis compleja, que incluye el cierre unilateral de una sutura coronal y de otras suturas relacionadas de la base del cráneo (frontoesfenoidal, frontoetmoidal y esfenozigomática), lo que da una alteración importante de la zona frontoorbitaria; se oblicua el eje nasal y se desvía la raíz nasal. El peñasco temporal se encuentra mal posicionado, lo que conlleva que el pabellón auricular se encuentre adelantado y descendido. Frecuentemente, hay un estrabismo secundario, que suele requerir tratamiento quirúrgico(8).

Plagiocefalia posterior sinostótica: sinostosis de una sutura lambdoidea. Es la forma menos frecuente de craneosinostosis; corresponde al 2 % de todas ellas(15). Puede asociarse a malformación de Chiari I y a estenosis del foramen yugular, que provocará hipertensión venosa y HTEC(20).

El diagnóstico diferencial con la plagiocefalia occipital posicional atenderá a criterios meramente clínicos:

– Desde una visión cenital, en la plagiocefalia posicional (Fig. 6) se observa el aplanamiento de la región posterior del cráneo producido por el apoyo continuado del lactante sobre esta zona; se asocia habitualmente a un abombamiento compensador del occipital contralateral y del hueso frontal del mismo lado del aplanamiento; el pabellón auricular está desplazado hacia adelante y la cabeza tiene forma de paralelogramo.

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Figura 6. A. Plagiocefalia posicional. B. Sinostosis lambdoide. Fuente: referencia(8).

 

– Por el contrario, en la sinostosis lambdoidea, el aplanamiento posterior se asocia a un abombamiento parietal contralateral. En la región anterior existe un mínimo abombamiento frontal y el pabellón auricular del lado de la sinostosis se encuentra en un modo normal o bien desplazado posteriormente. Vista desde el zénit, la cabeza tiene forma trapezoide. También ayuda la observación de la línea bimastoidea (Fig. 7) de la base de cráneo(8).

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Figura 7. Línea bimastoidea desviada. Fuente: referencia(8).

 

Trigonocefalia: es la craneosinostosis más frecuentemente asociada a malformaciones cerebrales y a retardo mental. Los signos clínicos característicos son: frente en quilla, con disminución del diámetro bitemporal, aumento del diámetro biparietal e hipotelorismo (cráneo en forma de triángulo). Tiene una amplia variedad fenotípica. La sutura metópica es la primera que desaparece; su cierre se produce hacia el segundo año de vida, pero en algunos lactantes puede encontrarse cerrada antes de los 10 meses de vida, dando lugar a una dismorfia significativa, con la observación de una cresta frontal medial con retrusión fronto-orbitaria, aplanamiento temporal y de ambos frontales e hipotelorismo, con lo que hay que pensar en una cirugía, por la posibilidad de desarrollar un aumento de la presión intracraneana y/o un trastorno del desarrollo cognitivo(8).

Ocasionalmente, un lactante puede desarrollar una cresta metópica visible o palpable en la región frontal, pero manteniendo la morfología craneal normal; esta anomalía no da alteraciones cognitivas o HTEC, y ha de considerarse la intervención por causa estética. Entre estos extremos se encuentran los pacientes con variantes menores de esta patología, asociada a formas más leves de trigonocefalia; en estos casos, la indicación de intervención quirúrgica es más discutible(8).

Algunos lactantes pueden desarrollar una unión precoz de la sutura metópica, pudiéndose observar la cresta metópica, sin ser una sinostosis definitiva(24).

Braquicefalia anterior por craneosinostosis de las dos suturas coronales, que da el aspecto a una cabeza ancha y aplanada en su parte posterior. Es la dismorfia que más frecuentemente se asocia a las craneosinostosis sindrómicas, como, por ejemplo, los síndromes de Crouzon, Muenke y Apert(25).

Tratamiento

En el tratamiento de las dismorfias craneales de causa sinostótica, siempre habrá que hacer una valoración neuroquirúrgica. En las no sinostóticas habrá que individualizar según la etiología y la gravedad de cada caso; la mayoría de ellas serán corregidas sin necesidad de derivación a neurocirugía, pero habrá que hacerla en caso de mala evolución clínica.

El tratamiento de la plagiocefalia postural incluye una serie de medidas que, en opinión de muchos autores, deben ser escalonadas: reposicionamiento, rehabilitación, técnicas de ortesis craneal y, en último y excepcional lugar, reconstrucción quirúrgica.

Escalonamiento del tratamiento de las plagiocefalias posturales:

1. Cambios de posición de la cabeza mientras el niño duerme.

2. Cuando esté despierto, que practique movimientos de cabeza y cuello y ejercicios sobre superficies duras.

3. Juegos en decúbito prono y posición de gateo a partir de 4,5-5 meses (Tummy time), siempre bajo supervisión.

4. Tratamiento de la tortícolis, si existe, con fisioterapia adecuada.

5. Tratamiento con ortesis craneal (casco) en los casos refractarios a las primeras medidas. La respuesta más idónea se obtiene a partir de los 4,5-5 meses de edad, y hasta un límite de 12 meses.

La indicación quirúrgica estará reservada para los casos con craneosinostosis y, también, para aquellas dismorfias craneales sin sinostosis, que tengan una deformidad severa, persistente, y en los que los tratamientos conservadores y la banda/casco ortésico no hayan tenido el efecto deseado(8).

Pronóstico

Los pacientes con plagiocefalia postural presentan, en general, muy buen pronóstico; la mayoría de casos se resuelven con medidas posturales y no presentan alteraciones cognitivas a largo plazo(8). Las Guías de Práctica Clínica (GPC) del NICE (National ­Institute for Health and Care Excellence), Cochrane y otros estudios no encuentran evidencia para sugerir que la plagiocefalia posicional se asocie a retardo mental o psicomotor en la edad adulta y que la mayoría de los casos se resuelven a los dos años de edad, sin secuelas(26-28).

No se ha encontrado evidencia tampoco en la asociación con estrabismo, excepto en la plagiocefalia frontal y la asociada a craneosinostosis(29).

Las craneosinostosis no asociadas a síndromes genéticos suelen tener también un buen pronóstico, y las intervenciones, que han de ser precoces, evitan sus consecuencias, que pueden ser importantes, como el estrabismo y otros defectos visuales, alteraciones psicológicas secundarias a la deformidad o la HIC(15,25).

A nivel cognitivo, los pacientes con craneosinostosis de una única sutura (coronal o lambdoide) son más propensos a presentar retardo en el aprendizaje en la educación primaria. Los pacientes con mejor pronóstico son los que presentan escafocefalia, pero también presentan una incidencia más alta de retardo en el aprendizaje con respecto a la población general(30,31).

La trigonocefalia (sinostosis metópica) se presenta con una amplia variedad fenotípica; solo las formas más severas requieren corrección quirúrgica. Los niños con trigonocefalia tienen un riesgo especial de presentar problemas oftalmológicos, como la hipermetropía, y presentan una mayor prevalencia de problemas de conducta, como el trastorno del espectro autista y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Conclusiones

Un diagnóstico diferencial acertado es fundamental para distinguir las deformidades posturales de las verdaderas craneosinostosis.

La dolicocefalia del prematuro tiene un manejo conservador, a diferencia de la sinostosis sagital.

La plagiocefalia occipital raramente se debe a una sinostosis lambdoidea; la mayoría de los casos es consecuencia de un moldeamiento de origen externo. Un manejo conservador apropiado que incida fundamentalmente en la reeducación postural, obtiene generalmente resultados muy satisfactorios.

Cualquier paciente con un diagnóstico de sospecha de craneosinostosis debe remitirse precozmente a un servicio de neurocirugía pediátrico con experiencia en estas patologías(8).

Función del pediatra de Atención Primaria

La función que se espera del pediatra de Atención Primaria es, en los casos de macrocefalia y microcefalia, un seguimiento cercano para la detección precoz de anomalías en el crecimiento del cráneo y posibles alteraciones en el desarrollo psicomotor del lactante y niño pequeño. Así mismo, en los casos de una dismorfia craneal, la orientación hacia una causa postural o una causa sinostótica de la anomalía; para, en este segundo caso, la derivación lo antes posible a neurocirugía.

Agradecimientos

• A los profesores A. Macaya y F. Rivier, a los que tengo en gran estima, que han leído previamente el trabajo y cuyos consejos me han sido de mucha utilidad para mejorarlo.

• Prof. François Rivier. Service de Neurologie Pédiatrique CHU de Montpellier. Université de Montpellier. Francia.

• Dr. Alfons Macaya. Servicio de Neurología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario Vall d’Hebron, UAB. Barcelona.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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21.** Bosch Hugas J, Maria Costa Clara J. La plagiocefàlia posicional: una tasca d’Atenció Primària Pautes de diagnòstic, prevenció, tractament, seguiment i derivació des d’Atenció Primària. Barcelona. Generalitat de Catalunya, Departament de Salut. 2017.

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Bibliografía recomendada

– Álvarez Molinero M, Gómez Andrés D. Alteraciones del perímetro cefálico: macrocefalia y microcefalia. Pediatr Integral. 2020; 7: 357-66. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-10/alteraciones-del-perimetro-cefalico-macrocefalia-y-microcefalia/.

Artículo de actualización exhaustiva de las macro y microcefalias desde el punto de vista clínico y la descripción de una amplia patología al respecto.

– Hinojosa Mena-Bernal J, Pascual B. Trastornos del tamaño y la forma del cráneo. Pediatr Integr. 2015; 9: 591-9. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-11/trastornos-del-tamano-y-la-forma-del-craneo/.

Artículo que contiene una interesante descripción y plan a seguir ante una dismorfia craneal y la alteración en el tamaño del cráneo. Una buena iconografía y patologías al respecto. Asimismo, contiene pautas claras sobre la derivación precoz a neurocirugía.

– Tresanchez-Lacorte B, Puerta-Roldán P, Vila-Soler J, Carsi-Durall A, López-Torres S, Rello-Saltor V. El pediatre davant un lactant amb dismorfisme cranial. Pediatr Catalana. 2022; 82: 139-44.

Artículo sobre la dismorfia craneal del lactante, que hace especial énfasis en el diagnóstico de las causas posturales y las sinostóticas. Expone también de una forma muy didáctica los distintos tipos de craneosinostosis.

– Bosch Hugas J, Maria Costa Clara J. La plagiocefàlia posicional: una tasca d’Atenció Primària Pautes de diagnòstic, prevenció, tractament, seguiment i derivació des d’Atenció Primària. Barcelona. Generalitat de Catalunya, Departament de Salut. 2017.

Monografía muy detallada de la plagiocefalia posicional, su exploración, la prevención primaria, el tratamiento y las pautas de seguimiento y derivación desde Atención Primaria.

 

Caso clínico

 

Lactante de 3 meses de edad, nacido a las 41 semanas de gestación. Antropometría al nacimiento de: peso: 2.900 g; longitud: 48 cm; PC: 34,5 cm, de sexo masculino. Primer hijo de padres sanos, no consanguíneos, sin antecedentes obstétricos de interés, excepto un parto prolongado. Presentación cefálica. Apgar: 7-9-10. Screening auditivo neonatal normal. Hace su seguimiento habitual, sin fallos, en pediatría del Centro de Atención Primaria, controlado siempre por el mismo pediatra. Controles sin nada a destacar. Evolución antropométrica que sigue sin pasar de +1 DS en peso y talla y PC en -0,5 DS. Al tercer mes de vida, el examen clínico es el siguiente: lactante de 3 meses con buen estado general, buena coloración, buena motilidad espontánea. Test de Pull to sit 3/4. Buen sostén cefálico, pero con claudicación cefálica inconstante. Motilidad correcta y simétrica de las cuatro extremidades. Buena fijación visual y seguimiento correcto hacia los cuatro puntos cardinales. Sonrisa franca. Emite sonidos. No se observan dismorfias o asimetrías faciales a destacar.

En el examen del cráneo, se observa una dismorfia con aplanamiento occipital derecho y abombamiento frontal derecho, con el pabellón auricular derecho avanzado. A la inspección desde el zénit, el cráneo tiene aspecto de paralelogramo. La utilización del craniómetro nos da unas cifras de índice craniométrico del 85 % (valor normal) y del índice de plagiocefalia de 15 m/m. En el examen del cuello, no se objetivan limitaciones motrices claras.

En el interrogatorio a los padres, explican que es un niño tranquilo y que, cuando duerme, tiene siempre el cráneo lateralizado hacia la derecha.

 

 

Valoración y seguimiento del niño con crisis febriles

A. Hernández Fabián*,  T. de la Calle Cabrera**
Temas de FC


A. Hernández Fabián*, T. de la Calle Cabrera**

*Neuropediatra. **Pediatra
Hospital Clínico Universitario de Salamanca

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Autor para correspondencia

aranz.hernandez@usal.es

Resumen

Las crisis febriles (CF) son el evento convulsivo más frecuente en la edad infantil. Afecta entre un 2-5 % de los niños en nuestro medio. Se deben tanto a factores genéticos como ambientales. Se definen como crisis acompañadas de fiebre que ocurren en niños de edad entre los 6 meses y los 5 años, en ausencia de infección del sistema nervioso central (SNC), trastornos metabólicos ni antecedentes de epilepsia. Las crisis febriles simples, la mayoría, son crisis generalizadas, de menos de 15 minutos y que no recurren en 24 horas. Las crisis febriles complejas son focales, prolongadas (más de 15 minutos) o recurrentes en 24 horas. En un niño con buen estado general, con una CF simple, no se recomienda de rutina pruebas complementarias (análisis de sangre, punción lumbar, neuroimagen, electroencefalograma), salvo determinar la glucemia si el niño está con una crisis activa. En los niños con CF complejas, las exploraciones complementarias deben individualizarse. La mayoría de las crisis febriles se resuelven espontáneamente, recomendándose tratamiento con benzodiacepinas antes de los cinco minutos de duración. Es muy importante una adecuada información a la familia, incluyendo instrucciones sobre la actitud ante una posible recurrencia.

 

Abstract

Febrile seizures (FS) are the most common type of seizures in childhood. They affect between 2-5% of children in our country. They are caused by both genetic and environmental factors. They are defined as seizures accompanied by fever that occur in children between 6 months and 5 years of age, in the absence of central nervous system (CNS) infection, metabolic disorders, or a history of epilepsy. Simple febrile seizures, which are the majority, are generalized seizures lasting less than 15 minutes and do not recur within 24 hours. Complex febrile seizures are focal, prolonged (lasting more than 15 minutes), or recurrent within 24 hours. In a child in good general health with a simple febrile seizure, routine additional tests (blood tests, lumbar puncture, neuroimaging, electroencephalogram) are not recommended, except for determining blood glucose levels if the child is having an active seizure. In children with complex FS, additional tests should be individualized. Most febrile seizures resolve spontaneously, and treatment with benzodiazepines is recommended if the seizure lasts less than five minutes. It is very important to provide adequate information to the family, including instructions on what to do in the event of a possible recurrence.

 

Palabras clave: Crisis febril; Niños; Manejo; Recomendaciones para cuidadores.

Key words: Febrile seizure; Children; Management; Recommendations for caregivers.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 494 – 502

 


OBJETIVOS

• Revisar la definición, epidemiología y etiopatogenia de las crisis febriles.

• Actualizar el conocimiento sobre la atención de las crisis febriles en la infancia.

• Identificar situaciones excepcionales de uso de pruebas complementarias.

• Familiarizarse con la atención de los menores con crisis febriles en Atención Primaria.

• Conocer las situaciones en las que valorar la derivación a neuropediatría.

• Disponer de información y recursos de interés sobre las recomendaciones que deben darse a la familia o cuidadores de niños con crisis febriles.

 

Valoración y seguimiento del niño con crisis febriles

https://doi.org/10.63149/j.pedint.79

 

Introducción

Las crisis febriles son uno de los cuadros clínicos que, siendo benignos, más ansiedad producen en las familias y no solo en ellas, sino también frecuentemente en los sanitarios que las atienden. Se trata de las crisis epilépticas más frecuentes en la infancia, afectando hasta al 4 % de niños en los países de nuestro entorno. Existen numerosas guías clínicas, con pequeñas diferencias entre ellas, sobre el manejo agudo y el seguimiento posterior, siendo objetivo de esta revisión ofrecer un compendio de los conocimientos actuales.

Definición. Crisis simples y complejas

Las crisis febriles (CF) son crisis epilépticas que se producen durante un proceso febril en ausencia de infección en el sistema nervioso central (SNC), epilepsia o patología neurológica conocida afectando típicamente a niños de 6 meses a 5 años y, rara vez, después de los 6 años(1).

Aunque se clasifican como crisis epilépticas, en la mayoría de los casos no conducen a un diagnóstico de epilepsia(1). Para que una crisis epiléptica pueda ser catalogada como una crisis febril, debe suceder en un niño de dicho rango de edad, sin historia de crisis afebriles previas, ni alteraciones metabólicas ni infecciosas del SNC, asociado a fiebre en el momento de la crisis.

Las crisis febriles se clasifican según la presencia de signos focales, duración y recurrencia dentro de un único episodio infeccioso, como CF simples o CF complejas(2). Las CF complejas suponen el 20-35 % de las CF, aumentando hasta el 45 % en los menores de 12 meses de edad(1).

La crisis febril simple o típica (que supone el 60-70 % de los casos) debe cumplir las siguientes características para ser considerada como tal:

Edad del niño: de 6 meses a 5 años. Aunque algunas guías son menos restrictivas en este punto y aceptan un límite inferior de 3 meses e incluso un mes (la guía ILAE: Liga Internacional contra la Epilepsia), y un límite superior de 6 años(3).

Duración menor de 15 minutos. Lo habitual es que una crisis febril dure pocos minutos.

Generalizada (tónico-clónica en el 80 % de las ocasiones). También puede ser tónica (13 %) y en pocos casos atónica (3 %).

Postcrítico corto. El postcrítico puede cursar con agitación o con somnolencia.

No recurrencia en 24 horas.

• Sin patología neurológica previa ni crisis afebriles anteriores.

 

Toda crisis febril que no cumpla estas características se considera crisis compleja o atípica. Incluyen aquellas que son de inicio focal o que duran más de 15 minutos o que recurren en un periodo de 24 horas. De estas características, “la más benigna” parece la recurrencia; se ha publicado que los menores diagnosticados de crisis febril compleja solo por presentar recurrencia de la crisis tienen un buen pronóstico, similar a los que presentan crisis febriles simples(4). Si la duración de la crisis febril excede los 30 minutos, se considera “estatus febril”. Puede presentarse como una crisis única que no cede o con apariencia de múltiples crisis, pero sin recuperación completa entre ellas.

Epidemiología

La incidencia de las CF se estima entre el 2 % y el 5 % en EE.UU. y Europa Occidental, siendo mayor en poblaciones asiáticas (8-10 %). El pico de incidencia de la primera CF se sitúa en el segundo año de vida, ocurriendo el 90 % de los primeros episodios antes de los 3 años(2).

Etiopatogenia

Tienen una importante base genética, con factores ambientales implicados no totalmente aclarados.

Las causas precisas de las crisis febriles aún no están completamente claras. La etiología de las CF es multifactorial, involucrando factores genéticos y ambientales. Algunos factores genéticos se presentan con un patrón de herencia autosómico dominante en algunos casos, aunque se ha sugerido una herencia poligénica en la gran mayoría. El 82 % de los episodios se asocia a infecciones virales. El tipo específico de infección viral no predice características de complejidad de las crisis o las recurrencias futuras. Los virus más frecuentemente asociados con CF incluyen: el virus del herpes humano 6, influenza, adenovirus, virus respiratorio sincitial, parainfluenza y el SARS-CoV-2(1,5).

Los factores que más se han relacionado con la aparición de crisis febriles incluyen: antecedentes familiares de CF, presencia de trastornos del neurodesarrollo, alta neonatal tardía y asistencia a guardería(6).

Manejo del paciente con una crisis febril

La prioridad ante un niño con crisis febril activa será estabilizarlo y yugular la crisis lo antes posible, siendo, de primera elección, el tratamiento farmacológico con una benzodiacepina.

Ante un paciente con una crisis febril, el paso inicial será valorar el TEP (triángulo de evaluación pediátrica) y establecer si la crisis febril por la que consultan ya ha cedido o persiste.

Crisis febril inactiva

La mayoría de las crisis febriles son de muy breve duración y ya habrán cedido en el momento de la evaluación. Durante el periodo postcrítico, el médico debe asegurarse de que el episodio comicial realmente ha cedido, siendo lo más sugerente de estado postcrítico que los ojos estén cerrados y la respiración sea pausada y profunda(7). No está indicado administrar fármacos antiepilépticos durante este periodo.

Ante una crisis febril, ya inactiva en el momento de la valoración, debe administrarse tratamiento antitérmico si no se ha hecho previamente(1). A continuación, se evaluará al paciente cuidadosamente, intentando determinar la causa de la fiebre y descartando la posibilidad de que la crisis haya sido secundaria a infección del SNC.

Crisis febril activa

Cuando la crisis no ha cedido, febril o no, tanto en el medio extrahospitalario como hospitalario, es prioritaria la estabilización según el algoritmo ABC (vía aérea, respiración, circulación):

A: apertura de vía aérea. Se asegurará de que la vía aérea esté permeable (buena entrada de aire, ausencia de ruidos respiratorios de obstrucción de vía aérea superior). En el caso de vía aérea comprometida, se asegurará la correcta colocación de la posición del paciente (importante sobre todo en lactantes y niños obesos); o si no es suficiente, se realizará apertura manual de vía aérea o la técnica precisa para mantenerla permeable(8).

B: administrar oxigenoterapia al 100 %(8).

C: monitorizar constantes (saturación O2, FC, TA). Canalizar vía venosa. Realizar glucemia capilar.

D: exploración neurológica: se valorará nivel de conciencia, pupilas, partes del cuerpo afectadas, asimetrías y tipo de afectación motora (atonía, hipertonía, movimientos tónico-clónicos…).

E: temperatura, presencia de petequias, valoración de perfusión periférica, existencia de lesiones traumáticas…

Ante cualquier crisis epiléptica generalizada, está indicado administrar medicación anticrisis a partir de una duración de más de 2 minutos y antes de los 5 minutos; ya que, a partir de ese momento, cuanto más se prolongue la crisis, más probabilidades de sufrir un estatus epiléptico y menor respuesta a anticomiciales. Cualquier paciente que llegue a un servicio sanitario con una crisis activa, se asumirá que la duración supera ese límite y se administrará tratamiento anticrisis inmediatamente(8).

Las benzodiacepinas son los fármacos indicados para yugular una crisis febril. La vía de elección para el personal sanitario será la intravenosa. Si aún no se dispone de acceso venoso, se optará por otra vía (intranasal, transmucosa oral, rectal, intramuscular…), con el objeto de no retrasar la administración(1), proponiendo algunos autores el límite de 3 minutos para intentar canalizar vía antes de optar por otra vía(8). El fármaco ideal es aquel fácil de administrar, socialmente aceptable, de acción rápida y con los mínimos efectos adversos. En nuestro medio, cumplen estas condiciones cuando no se dispone de vía IV, el midazolam (puede administrarse bucal, nasal, intramuscular) y el diazepam rectal(9). La tabla I muestra las dosis recomendadas de estos fármacos.

tabla

 

Si la crisis persiste 5 minutos tras la administración de la benzodiacepina, se administrará una segunda dosis de benzodiacepina y, a efectos operativos, se actuará según los protocolos de estatus epiléptico. Si se dispone de vía IV, se usará de elección midazolam IV (0,2 mg/kg, máx. 10 mg) o diazepam (0,2 mg/kg, máx. 10 mg)(10).

Se administrará tratamiento para la fiebre con los antitérmicos habituales, utilizando la vía más adecuada a la situación del paciente, evitando la vía oral en aquellos con disminución del nivel de conciencia(8).

Diagnóstico: anamnesis y exploración física

El objetivo fundamental se centra en descartar una infección del SNC como causa de la crisis y asegurar el buen estado general del paciente.

Van a ser fundamentales para guiar el manejo posterior del paciente, una vez superada la crisis. Debe realizarse una exhaustiva evaluación basada en una adecuada anamnesis y una completa exploración física, orientada, por un lado, a evaluar la crisis como simple o compleja y, por otro, a determinar la causa de la fiebre. El objetivo principal debe dirigirse a descartar que la crisis sea secundaria a una infección del SNC o a un proceso expansivo intracraneal.

Anamnesis

Se constatará de forma minuciosa: la descripción de la crisis, su duración, el contexto en el que apareció y qué hacía el menor previamente, la participación ocular y de la musculatura facial, tono aumentado o disminuido, existencia de rítmias musculares y zonas implicadas, características y duración del periodo postcrítico. La descripción debe obtenerse de la persona que la presenció, si es posible. La información recogida en este momento, puede tener mucha importancia en valoraciones posteriores del niño.

De cara al manejo, es importante conocer el estado vacunal del niño, que, si es incorrecto, puede aumentar su riesgo de presentar una meningitis bacteriana, y la toma actual de antibióticos que puedan enmascarar signos y síntomas de meningitis. Asimismo, deben constar en la historia antecedentes neurológicos y de crisis febriles o afebriles del niño y de sus familiares.

Además de la crisis, el pediatra se encuentra ante un niño con fiebre, por lo que la historia clínica debe recoger, además, datos del cuadro febril y sus síntomas, como en cualquier otro paciente febril. La tabla II muestra los puntos a investigar que deben constar en la anamnesis.

tabla

 

Exploración física

Al igual que con cualquier otro niño que acude a Urgencias con fiebre, se procederá a determinar su estado general y a buscar el foco de la fiebre. Específicamente, se buscarán cuidadosamente signos de meningitis o encefalitis, valorando cuidadosamente: alteración del nivel de conciencia (una vez pasada la crisis), irritabilidad, fontanela abombada, signos meníngeos, rigidez de nuca, hipotonía, focalidad neurológica…, realizando una exploración neurológica completa.

Pruebas complementarias

Serán necesarias dependiendo de si la crisis febril ha sido simple o compleja, así como de la sospecha clínica guiada por la anamnesis y la exploración.

En niños con crisis febriles simples, mayores de 6 meses y bien vacunados, que se encuentren con buen estado general, no se precisan pruebas complementarias. En estos niños se indicarán de la misma forma que en otros niños con fiebre, según la orientación de la anamnesis y la exploración física, siguiendo los protocolos habituales de niño febril. Diversos estudios ponen de manifiesto que los niños con crisis febriles simples no tienen mayor riesgo que otros niños con fiebre de presentar neumonía, ni infección urinaria, bacteriemia ni meningitis bacteriana(11,12). Sin embargo, ante un paciente con crisis febril compleja, la decisión de realizar pruebas complementarias puede estar justificada en algunos casos, y se basará en la sospecha clínica y datos de la anamnesis y examen físico.

Glucemia capilar: debe determinarse en cualquier episodio de crisis convulsiva activa, teniendo en cuenta la facilidad y rapidez de su obtención y la ineficacia de cualquier tratamiento en el caso de que la causa de la convulsión sea la hipoglucemia(8).

Análisis de sangre: no existe evidencia de que aporte ningún beneficio en niños con crisis febriles típicas. En general, se solicitarán parámetros analíticos dependiendo de la duda diagnóstica (hemograma, bioquímica con iones, reactantes de fase aguda, gasometría, hemocultivo), siguiendo los protocolos de síndrome febril(13), dependiendo del estado general, sospecha de deshidratación, posible foco… como en cualquier otro paciente. Además, si existe indicación para realización de punción lumbar, debe determinarse glucemia y recoger hemocultivo(1).

Debe plantearse de forma individualizada ante niños con crisis febriles atípicas o factores de riesgo(13). Las indicaciones actuales para realizar analítica de sangre, según la Asociación Española de Pediatría (AEP), son:

– Menores de 6 meses.

– Lactantes 6-12 meses incorrectamente vacunados frente a neumococo o Haemophilus.

– Crisis con temperatura inferior a 38ºC.

– Tratamiento antibiótico previo.

– Crisis recurrentes.

– Crisis después de las primeras 48 h de fiebre.

– Otros signos de atipicidad.

Punción lumbar: se recomienda siempre ante una duda fundada de que la convulsión pueda ser secundaria a una infección del SNC(13). El dato principal que puede apuntar en esta dirección es un nivel de conciencia alterado o una exploración neurológica anormal pasada la crisis, aunque también se valorará en los pacientes más complicados de valorar o con mayor riesgo por edad o cuadro clínico. En un niño con una crisis febril compleja, sin otros signos de alarma, el riesgo de meningitis o encefalitis es muy bajo si la exploración física no es sugestiva(14). Las indicaciones actuales de punción lumbar según la mayoría de las guías son(1,7,13):

– Cualquier niño con exploración física compatible con infección del SNC: alteración del nivel de conciencia prolongado postcrisis, signos meníngeos positivos, rigidez de nuca y focalidad neurológica.

– Menores de 6 meses.

– Valorar en:

a. Menores de 18 meses con vacunación inadecuada frente a Haemophilus y neumococo.

b. Tratamiento antibiótico previo que pudiese enmascarar una infección del SNC.

c. Estatus febril.

d. Alteración prolongada del nivel de conciencia.

e. Crisis complejas en menores de 12 meses(1,2).

Neuroimagen: TC o RM craneal: se indicará ante sospecha clínica de alteración estructural subyacente(15), y en niños con:

– Focalidad neurológica en la exploración tras la crisis.

– Sospecha clínica de lesión ocupante de espacio.

– Alteración de conciencia prolongada postcrisis.

– Estatus febril.

Electroencefalograma (EEG): la realización de un EEG no está indicada en el manejo agudo de un niño con una convulsión febril, ya sea en medio extrahospitalario o en Urgencias pediátricas(16).

Indicaciones de observación prolongada hospitalaria e ingreso

La mayoría de los menores con crisis febriles no requerirán hospitalización y pueden ser dados de alta de manera segura, después de un periodo de observación, si han recuperado su estado neurológico basal.

La hospitalización, con el único fin de tranquilizar a los cuidadores, no ha demostrado ser beneficiosa(1,2).

Existe consenso en la mayoría de las guías clínicas de que, ante una crisis febril simple en un niño mayor de 18 meses, con buen estado general y con exploración normal, sobre todo si ya ha presentado otros episodios previos de crisis febriles simples y si tiene antecedentes familiares de crisis febriles, no se precisa observación hospitalaria, pudiendo ser dado de alta en cuanto se recupere totalmente del postcrítico con una exploración previa al alta normal(1,17).

En el resto, los menores de 18 meses, sobre todo si es su primer episodio, y los pacientes con crisis febriles complejas, es recomendable que permanezcan en observación hospitalaria con reevaluaciones periódicas durante las siguientes horas a la crisis (6 horas según unas guías, 2-4 horas según otras). Tras esas horas de observación, si las pruebas complementarias que hayan podido precisarse son normales y el niño presenta buen estado general, puede ser dado de alta a domicilio con seguimiento por su pediatra de Atención Primaria (AP), que determinará en qué casos es preciso solicitar seguimiento también por el neuropediatra(18,19). La figura 1 muestra las situaciones en las que valorar la observación hospitalaria y el ingreso hospitalario.

figura

Figura 1. Necesidad de observación hospitalaria y/o ingreso.

 

Recomendaciones al alta tras una crisis febril

Al dar de alta a un niño con un episodio de crisis febril, sobre todo si es el primero, el pediatra debe dar recomendaciones específicas, orales y por escrito, incluyendo la actitud a seguir ante un posible nuevo episodio(21).

La tabla III muestra las recomendaciones a ofrecer a las familias. La mayoría de las guías publicadas recomiendan el tratamiento domiciliario de un nuevo episodio de crisis febril, utilizando una benzodiacepina (diazepam rectal o midazolam bucal o intranasal) si la crisis dura más de 2 minutos(22). Además, se darán las recomendaciones para el manejo de la fiebre y del cuadro clínico causante de la fiebre, si se conoce, al igual que en cualquier otro niño febril.

tabla

 

Ha de advertirse a la familia que el riesgo de recurrencia es alto, de un 30-50 %, y lo que han de hacer ante un nuevo episodio. Los factores de riesgo para recurrencia son(1,7):

• Edad menor de 18 meses en la primera crisis febril.

• La fiebre se había iniciado menos de una hora antes de la crisis febril.

• La crisis febril se produjo con fiebre poco elevada.

• Historia familiar de crisis febriles.

• El niño presenta alteraciones del neurodesarrollo previas.

Las CF son eventos traumáticos para las familias. La recurrencia de las CF impulsa a más de la mitad de los familiares/cuidadores a modificar su comportamiento durmiendo en la misma habitación con su hijo o midiendo la temperatura corporal varias veces al día. La mayoría de los cuidadores presentan alteraciones del sueño y un alto nivel de ansiedad. En este contexto, el miedo a la fiebre también puede llevar a un uso excesivo de antipiréticos que podrían ser perjudiciales(22). Además, es importante aclarar que no todas las infecciones posteriores desencadenarán necesariamente otra crisis epiléptica, minimizando así la “fiebre-fobia”(1).

Se debe prestar especial atención al asesoramiento familiar y se debe transmitir información precisa, verbalmente y por escrito. También se les debe transmitir que el problema probablemente se resolverá en los próximos años sin efectos negativos.

Sería bueno conversar con los cuidadores sobre lo que suponen las crisis febriles y atender a sus preocupaciones, dándoles respuestas a sus inquietudes (Tabla III). Una consulta de seguimiento en pediatría de AP, 2-3 semanas después del primer evento, puede ayudar a las familias a afrontar la experiencia traumática. Esta estrategia ha demostrado su eficacia para mejorar el conocimiento limitado de la familia o los cuidadores, cambiar las actitudes negativas, reducir la ansiedad y promover mejores respuestas de primeros auxilios a CF(21).

Diagnóstico diferencial

En ocasiones, los niños presentan episodios que pueden simular crisis febriles.

Es importante que el pediatra sepa reconocerlos, sobre todo cuando, en muchas ocasiones, no han sido presenciados por un sanitario, dada la corta duración habitual de las crisis febriles(3).

Temblor febril o escalofríos: sacudidas musculares finas, sin relación a eventos epilépticos, que pueden suceder en un niño febril. Suelen ser bilaterales y no hay alteración del nivel de conciencia, características que los diferencian de una crisis febril.

Síncope febril: episodio sincopal con pérdida de conciencia y tono de segundos de duración, en relación a fiebre alta. No presentan periodo postcrítico. Suelen asociar síntomas vegetativos, palidez y sudoración. A diferencia de las crisis febriles, no presentan hipertonía ni suelen presentar sacudidas clónicas (aunque podrían estar presentes si la hipoperfusión cerebral se prolonga).

Crisis secundarias a infección del SNC: el objetivo principal de la valoración de un niño con fiebre y crisis es diferenciar cuándo la crisis es un síntoma de meningitis y/o encefalitis, que pueden presentarse con crisis hasta en un 25 % de las ocasiones. La valoración clínica es fundamental, ya que los niños con meningitis y/o encefalitis van a presentar otros síntomas que orienten al diagnóstico (alteración del nivel de conciencia, signos meníngeos o rigidez de nuca, petequias, focalidad neurológica…). El riesgo de presentar una meningitis o encefalitis en un niño con una crisis febril simple con buen estado general y sin otros criterios clínicos de riesgo es prácticamente el mismo que el de otro niño febril sin crisis(12). La vacunación correcta frente a neumococo y Haemophilus influenzae también disminuye el riesgo de presentar meningitis bacteriana. Los lactantes menores de 12 meses son una población de mayor riesgo y en la que el dintel de sospecha de meningitis debe bajar, sobre todo si no tienen protección vacunal completa, por la mayor dificultad de la exploración física y neurológica en esta población. Debe descartarse infección del SNC en los niños que presenten un estatus febril, aunque las tasas de meningitis bacteriana son bajas si el niño está correctamente vacunado(12,14).

Crisis parainfecciosas: pueden producirse con febrícula o sin fiebre, en niños con infecciones virales banales, muchas veces gastrointestinales. Son similares a las crisis febriles simples, siendo generalizadas, de breve duración y, en ocasiones, pueden recurrir dentro del mismo proceso infeccioso. Su pronóstico es benigno, similar a las crisis febriles simples(3).

Síndromes epilépticos relacionados con crisis febriles: Algunos síndromes epilépticos pueden presentarse inicialmente con crisis febriles, y su identificación temprana es crucial:

Epilepsia Generalizada con Crisis Febriles Plus (GEFS+): es un síndrome de epilepsia familiar, en el que las crisis febriles pueden persistir más allá de la edad típica de resolución (6 años) y pueden ir acompañadas de crisis no febriles, ya sean generalizadas o focales(5). Se han identificado variantes en genes de canales de sodio como SCN1A y SCN1B, así como en GABRG2, GABRD y SCN9A en individuos con GEFS+(1).

Síndrome de Dravet (SD): es una encefalopatía epiléptica grave que, a menudo, se inicia con crisis febriles frecuentes, prolongadas y focales en lactantes menores de 1 año. Las crisis en el síndrome de Dravet pueden ser sensibles a los cambios de temperatura, como los inducidos por baños calientes o ejercicio físico. Las variantes con pérdida de función en el gen SCN1A son la causa más común (aproximadamente el 80-90 % de los pacientes). El EEG suele ser normal al inicio del cuadro clínico. Los fármacos anticrisis bloqueantes de canales de sodio pueden empeorar la evolución. Los criterios para sospechar el síndrome de Dravet incluyen una historia de crisis prolongadas (más de 5 minutos), diferentes tipos de crisis no febriles o crisis sensibles a cambios de temperatura antes del primer año de vida y trastornos del neurodesarrollo o regresión a partir del primer año de vida(20).

Encefalopatía epiléptica tras proceso febril en niños previamente sanos (FIRES- Fever-Induced Refractory Epileptic Encephalopathy): se presenta como un estatus epiléptico refractario tras una infección febril en menores sin antecedentes de epilepsia ni causas estructurales o metabólicas claras.

Seguimiento del paciente con crisis febriles

El profesional más adecuado para el seguimiento del niño con crisis febriles es su pediatra de AP, que es el médico que más conoce al niño y su familia y es capaz de seguir más de cerca su desarrollo psicomotor y captar posibles signos de alarma.

El momento agudo de una crisis febril suele ser de gran ansiedad para las familias, y si el niño ha sido atendido en una urgencia hospitalaria, como es frecuente en nuestro medio, el estrés del momento hace que este no sea el lugar más indicado, ni un pediatra desconocido el mejor profesional, para transmitir información sosegadamente a la familia y tranquilizarlos.

El pediatra de AP del niño deberá decidir, dependiendo de los criterios de riesgo en cada caso, si es preciso otros exámenes complementarios y la derivación a neuropediatría.

Criterios de derivación a neuropediatría

La mayoría de los menores con crisis febriles simples no necesitan ser derivados a un neuropediatra. La derivación se reserva para los casos más complejos, cuando hay sospecha de una causa subyacente grave, un riesgo elevado de epilepsia o anomalías del desarrollo.

La decisión de derivar a un neuropediatra después de una crisis febril (CF) se basa en una evaluación detallada de las características de las crisis y del estado de salud general del menor. La mayoría de los casos de CF simples presentarán una evolución benigna y no requieren un seguimiento especializado a largo plazo.

Algunos criterios de derivación a neuropediatría incluyen: crisis febriles complejas, presencia de focalidad neurológica, periodo postcrítico prolongado (>1 hora), inicio antes de los 12 meses, retraso del neurodesarrollo o enfermedades neurológicas preexistentes(1,5,13).

Necesidad de estudios complementarios

En un niño, neurológicamente sano con una CF simple, no se debe realizar un EEG, ya que no hay evidencia que sugiera que las anormalidades del EEG puedan predecir la recurrencia de las CF o la aparición de epilepsia posterior(15). Existe controversia en cuanto a las CF complejas. En niños con CF complejas que asocien problemas neurológicos o un desarrollo anormal, sería recomendable realizar un EEG, al ser el grupo de mayor riesgo de desarrollo de epilepsia posterior(17). El EEG tiene un impacto limitado en el tratamiento agudo y no debe utilizarse como base para el ingreso(18). Existe unanimidad en la evidencia científica de no realizar EEG en un menor sin alteración neurológica previa con una crisis febril simple(15).

En cuanto a los estudios de neuroimagen (TAC o resonancia magnética), rara vez estarán indicados en las crisis febriles simples. No se justifica de forma rutinaria para las crisis febriles atípicas o complejas sin otros signos o síntomas de patología intracraneal(1).

Prevención-tratamiento profiláctico

El tratamiento preventivo con fármacos anticrisis no se recomienda en la actualidad en las crisis febriles.

El uso de antipiréticos durante el episodio febril no ha demostrado beneficios para la prevención de crisis febriles. Estos fármacos sí están indicados para mejorar el confort de los pacientes durante un proceso infeccioso o febril(23).

El uso de fármacos anticomiciales, como diazepam intermitente durante los procesos infecciosos o el fenobarbital continuo, puede reducir las tasas de recurrencia de crisis febriles. La alta tasa de efectos adversos de estos fármacos, junto con el bajo riesgo de complicaciones en las crisis febriles, hace que no sea recomendable la profilaxis con fármacos anticrisis en la actualidad(2).

Las familias deben recibir información adecuada sobre la recurrencia, los primeros auxilios y, lo que es más importante, la naturaleza benigna del fenómeno(23).

Pronóstico

Las crisis febriles, en especial las crisis febriles simples, presentan un pronóstico benigno, aunque debe advertirse del elevado riesgo de recurrencia hasta que el niño cumpla 5-6 años.

Neurocognitivo: los episodios de corta duración de CF no se asocian con un mayor riesgo de deterioro neurológico o cognitivo. Por otra parte, hay evidencia limitada que sugiere que el estatus epiléptico febril puede provocar anomalías en el hipocampo y resultados adversos posteriores. Entre las numerosas etiologías del estado epiléptico, el riesgo de desarrollar epilepsia es menor después de un estatus febril(1).

Recurrencia: entre un tercio y la mitad (30-45 %) de los menores que experimentan una primera CF tendrán recurrencias, siendo mayor entre los 12-24 meses(1). Los factores de riesgo para la recurrencia incluyen: menor edad en el momento de la primera crisis (<18 meses, <1 año), antecedentes familiares de CF en un familiar de primer grado, temperatura baja en la primera CF, aparición temprana en el proceso febril (<1 hora) o características atípicas en la primera crisis(1,2,23).

Riesgo de epilepsia: el riesgo de desarrollar epilepsia después de una CF simple es solo ligeramente mayor (1-2 %) que en la población general. El riesgo aumenta en presencia de: CF complejas, crisis febriles recurrentes, estatus epiléptico febril, focalidad en recurrencias, antecedentes familiares de epilepsia, anomalías neurológicas previas o primera crisis antes de los 12 meses de vida o posterior a los 3 años(1,2). La tabla IV resume los factores de riesgo de epilepsia y recurrencia en niños con crisis febriles.

tabla

 

Mortalidad: un estudio de cohorte basado en la población no encontró un aumento en la mortalidad a largo plazo en niños con CF simple en comparación con la población general(24,25). Se debe explicar a la familia que la muerte después de una CF es muy rara, incluso en pacientes de alto riesgo.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de AP, por su cercanía con la familia, es la persona más indicada para tranquilizar sobre la naturaleza benigna de este proceso, así como para asesorar sobre el pronóstico de las crisis febriles, advertir sobre las elevadas posibilidades de recurrencia e informar de cómo deben actuar los cuidadores ante una crisis febril activa.

La tabla V muestra enlaces con información para familia y cuidadores de crisis febriles que pueden ser útiles.

tabla

 

Es el profesional encargado del programa de salud del niño sano y, por tanto, el que mejor puede conocer el desarrollo psicomotor evolutivo del niño y sus antecedentes personales y familiares, y puede sospechar factores de riesgo de mal pronóstico, derivando, en ese caso, a consulta de neuropediatría. Por otra parte, aunque las crisis febriles suelen ser de muy corta duración, dada su alta prevalencia en la población general, el pediatra de AP debe conocer el manejo del paciente con crisis febril activa.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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3. Amigo Bello MC, Lombraña Álvarez E. Crisis febriles. Pediatr Integral. 2020; 7: 367-74. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-10/crisis-febriles/.

4. Kim JS, Woo H, Kim WS, Sung WY. Clinical Profile and Predictors of Recurrent Simple Febrile Seizure. Pediatr Neurol. 2024; 156: 4.

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23.** Offringa M, Newton R, Nevitt SJ, Vraka K. Prophylactic drug management for febrile seizures in children. Cochrane Database Syst Rev. 2021; 6: CD003031.

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Bibliografía recomendada

– Ferretti A, Riva A, Fabrizio A, Bruni O, Capovilla G, Foiadelli T, et al. Best practices for the management of febrile seizures in children. Ital J Pediatr. 2024; 50: 95.

Revisión completa y reciente sobre el manejo de las crisis febriles, que toca los diversos aspectos que pueden interesar a cualquier pediatra implicado en la atención de esta patología.

– Subcommittee on Febrile Seizures; American Academy of Pediatrics. Neurodiagnostic evaluation of the child with a simple febrile seizure. Pediatrics. 2011; 127: 389-94.

Artículo clásico con las recomendaciones de la Asociación Americana de Pediatría para la evaluación del niño con crisis febril simple.

– Offringa M, Newton R, Nevitt SJ, Vraka K. Prophylactic drug management for febrile seizures in children. Cochrane Database Syst Rev. 2021; 6: CD003031.

Revisión sistemática realizada por la Biblioteca Cochrane que se centra en la evidencia científica disponible para el uso profiláctico de fármacos para evitar recurrencias de crisis febriles.

 

Caso clínico

 

Una ambulancia trae a Urgencias a un varón de 15 meses con una crisis asociada a una infección febril. En el momento de su llegada, se encuentra consciente y activo, con un TEP estable. En el momento de la evaluación presenta fiebre de 39ºC. Su madre, en casa, le ha dado la última dosis de paracetamol hace unas 6 horas, pues llevaba con fiebre desde la mañana (unas 12 horas de evolución). Unos 20 minutos antes, durante el cambio de pañal, comienza con sensación de temblor de extremidades, con la mirada perdida, sin reaccionar a estímulos. No sabe precisar la duración, pero cree que menos de 5 minutos, quizá 2 o 3. Ha llamado al 112 y han enviado una ambulancia. Además de la fiebre, hoy ha tenido tos leve, congestión nasal y no quiere comer, sin otros síntomas acompañantes.

No presenta antecedentes personales de interés; en la familia, un hermano del padre tiene epilepsia.

Exploración: temperatura: 39ºC; frecuencia cardiaca: 165 latidos/minuto; frecuencia respiratoria: 30 respiraciones/minuto; tensión arterial: 90/60 mm Hg; saturación de oxígeno: 100 %. Está atento a su entorno y, por lo demás, llora al separarlo de su madre, pero se calma con facilidad. Su madre se muestra ansiosa. La piel no presenta hematomas ni estigmas neurocutáneos. La fontanela anterior está cerrada. Los signos de Brudzinski y Kernig son difíciles de evaluar. Las pupilas son simétricas y reactivas, con movimientos oculares conjugados. Presenta una movilidad simétrica, con un tono muscular adecuado, sin focalidad neurológica. Presenta un enrojecimiento de mucosa oral con escasas lesiones vesiculosas y aftas. El resto de la exploración es normal.

Evolución: tres meses después, el paciente presentó un nuevo episodio de iguales características en contexto de una infección gastrointestinal febril.

 

 

algoritmo

 

Trastornos paroxísticos no epilépticos en la edad pediátrica

D. Gómez Andrés,  J. Sala Coromina
Temas de FC


D. Gómez Andrés, J. Sala Coromina

Servicio de Neuropediatría. Hospital Universitario Vall d’Hebron. Barcelona

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Autor para correspondencia

david.gomezandres@vallhebron.cat

Resumen

Los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE) en la infancia son fenómenos episódicos que pueden parecer crisis epilépticas, pero no se originan en descargas eléctricas cerebrales anómalas. Su diagnóstico es eminentemente clínico, basado en una anamnesis detallada y dirigida, que puede estar apoyada por vídeos domésticos y, en ocasiones, pruebas complementarias, como el electroencefalograma (EEG). Los TPNE abarcan desde fenómenos benignos, ligados a la inmadurez neurológica, hasta manifestaciones de enfermedades neurológicas graves, trastornos genéticos o condiciones funcionales, especialmente en adolescentes. El diagnóstico erróneo de epilepsia es común y conlleva importantes consecuencias clínicas, terapéuticas y sociales. Distinguir correctamente estos episodios requiere considerar la edad del paciente, las características clínicas del evento y su evolución temporal. Cada grupo de edad tiene unos TPNE propios que deben ser conocidos. En neonatos y lactantes son más frecuentes los movimientos anormales y oculares; en escolares, predominan los tics; y en adolescentes, los trastornos psicógenos no epilépticos. La evaluación debe ser integral, evitando sobrediagnósticos y teniendo en cuenta la posible coexistencia con la epilepsia, especialmente en el adolescente. Una interpretación rigurosa y sistemática de los episodios es esencial para un diagnóstico y manejo adecuados.

 

Abstract

Paroxysmal non-epileptic disorders (PNEDs) in childhood are episodic phenomena that may resemble epileptic seizures but do not originate from abnormal cerebral electrical discharges. Their diagnosis is primarily clinical, based on a detailed and targeted history, which may be supported by home videos and, occasionally, complementary tests such as EEG. PNEDs range from benign phenomena related to neurological immaturity to manifestations of serious neurological diseases, genetic disorders, or functional conditions, especially in adolescents. Misdiagnosis as epilepsy is common and carries significant clinical, therapeutic, and social consequences. Correctly distinguishing these episodes requires consideration of the patient’s age, the clinical characteristics of the event, and its evolution over time. Each age group has specific PNEDs that must be recognized. In neonates and infants, abnormal movements and ocular phenomena are more frequent; in school-aged children, tics predominate; and in adolescents, psychogenic non-epileptic seizures are most common. Evaluation should be comprehensive, avoiding overdiagnosis and considering the possible coexistence with epilepsy, particularly in adolescents. A rigorous and systematic interpretation of episodes is essential for accurate diagnosis and appropriate management.

 

Palabras clave: Trastornos paroxísticos; Epilepsia; Diagnóstico diferencial; Crisis psicógenas; Electroencefalografía.

Key words: Paroxysmal disorders; Epilepsy; Differential diagnosis; Psychogenic seizures; Electroencephalography.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 513 – 522

 


OBJETIVOS

• Comprender el concepto de trastorno paroxístico no epiléptico.

• Entender el valor diagnóstico de una anamnesis correcta y el limitado valor de las exploraciones complementarias.

• Conocer los trastornos paroxísticos no epilépticos por grupos de edad.

• Diferenciar entre trastornos paroxísticos no epilépticos benignos y autolimitados de los potencialmente graves.

Trastornos paroxísticos no epilépticos en la edad pediátrica

https://doi.org/10.63149/j.pedint.82

 

Introducción(1-4)

Los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE) en la infancia son episodios transitorios que simulan crisis epilépticas sin origen en descargas eléctricas cerebrales. Constituyen un grupo clínico amplio y heterogéneo, cuyo diagnóstico requiere una evaluación cuidadosa, basada en la edad, la historia clínica y la interpretación experta de los síntomas.

Los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE) en la infancia constituyen una categoría amplia y heterogénea de fenómenos transitorios que comparten una característica definitoria: no son crisis epilépticas. Esta definición, por exclusión, refleja una de las principales dificultades que plantea este grupo de entidades: no se define tanto por lo que sí es, sino por lo que no es. El término agrupa manifestaciones episódicas, motoras o comportamentales, que simulan crisis epilépticas, pero no tienen origen en una descarga eléctrica cerebral anómala. Se trata, por tanto, de una construcción diagnóstica que surge como respuesta a la necesidad de diferenciar clínicamente eventos de etiología diversa, pero con una presentación similar a las crisis epilépticas: ocurrir de manera repetida, mantener ciertas características estereotipadas y tener duración variable con normalización posterior.

Durante la infancia, los diferentes TPNE son muy frecuentes, superando con creces la prevalencia de la epilepsia en todas las franjas etarias pediátricas; se estima que, por cada caso de epilepsia, existen hasta diez niños con algún tipo de TPNE. Sin embargo, su verdadera prevalencia sigue siendo incierta, debido a la ausencia de estudios poblacionales bien diseñados, a la heterogeneidad en los criterios diagnósticos utilizados y al escaso reconocimiento de muchos de estos trastornos por parte de profesionales y familias.

Dado que los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE) se definen por exclusión respecto a las crisis epilépticas, el grupo diagnóstico que conforman es necesariamente amplio y heterogéneo. Bajo esta denominación se agrupan entidades de muy diversa gravedad, que abarcan desde fenómenos benignos y fisiológicos hasta manifestaciones paroxísticas asociadas a enfermedades neurológicas graves. En muchos casos, el origen de los TPNE se ha relacionado con los procesos madurativos normales del sistema nervioso central en desarrollo. Se ha sugerido que la inmadurez funcional de los circuitos inhibitorios –ya sea a nivel cortical o troncoencefálico– puede dar lugar a respuestas motoras o conductuales transitorias, sin correlato epileptiforme, propias de determinadas etapas del neurodesarrollo. Por otro lado, existen TPNE cuyo origen es claramente patológico. Algunos se asocian a alteraciones genéticas, tanto monogénicas como multifactoriales, que afectan los canales iónicos neuronales (canalopatías), alterando la excitabilidad sin generar descargas eléctricas sincrónicas, típicas de la epilepsia. Otros están vinculados a fenómenos fisiopatológicos similares a los observados en los síndromes migrañosos, la otra entidad paroxística de gran relevancia en neurología aparte de la epilepsia. El otro gran grupo etiológico son los trastornos funcionales, que son particularmente frecuentes en adolescentes comparados con la población general.

El diagnóstico diferencial entre los distintos TPNE y las crisis epilépticas puede ser difícil, aunque es fundamental realizarlo de forma correcta. El diagnóstico depende fundamentalmente de la anamnesis y de la valoración de vídeos caseros aportados por las familias(5). Las pruebas complementarias aportan generalmente poco valor diagnóstico y los errores diagnósticos pueden tener consecuencias importantes para la calidad de vida del paciente. Por eso, es crucial realizar una anamnesis correcta y detallada ante un episodio paroxístico antes de emitir un juicio diagnóstico.

Otro factor importante en el diagnóstico diferencial es la edad del paciente. Como en cualquier entidad pediátrica, es fundamental conocer cuáles son los fenómenos paroxísticos más frecuentes en cada edad.

El manejo de la incertidumbre diagnóstica es un aspecto significativo en la atención de pacientes con episodios paroxísticos. Explicar con claridad las dudas diagnósticas a las familias representa un verdadero reto para las habilidades comunicativas del clínico. El diagnóstico erróneo de epilepsia continúa siendo un problema clínico relevante, incluso en entornos especializados. Se estima que, entre un 20 y un 30 % de los pacientes, inicialmente diagnosticados con epilepsia, presentan en realidad paroxismos no epilépticos, siendo los más frecuentes los síncopes de origen cardiovascular y las crisis psicógenas no epilépticas(6-9). Este fenómeno afecta tanto a pacientes evaluados en Atención Primaria (AP) como a aquellos derivados a unidades especializadas, incluidos casos considerados de epilepsia refractaria. El diagnóstico erróneo implica tratamientos innecesarios con fármacos antiepilépticos, con sus potenciales efectos adversos, así como las consecuencias del etiquetado diagnóstico: estigmatización, restricciones en la vida diaria, dificultades académicas y limitaciones legales como la conducción(10-12).

La situación se puede complicar aún más cuando ambos trastornos coexisten. El diagnóstico dual de epilepsia y TPNE no es infrecuente, especialmente en adolescentes con epilepsia conocida, que tienen alto riesgo de presentar crisis psicógenas no epilépticas, o en algunas canalopatías genéticas donde coexisten trastornos motores paroxísticos con epilepsia. Esta superposición obliga a la interpretación clínica de los episodios (p. ej.: no dar por sentado que cualquier fenómeno paroxístico en un epiléptico es epiléptico) y exige una evaluación integral y multidisciplinar para un manejo adecuado.

Anamnesis de los episodios paroxísticos

Una anamnesis estructurada y detallada, centrada en la secuencia temporal del episodio, es clave para orientar el diagnóstico de los TPNE.

Ante cualquier episodio paroxístico, una recogida ordenada y detallada de la historia clínica es fundamental para orientar el diagnóstico. La información puede ser aportada por los testigos y, ya que pueden influir en la fidelidad del relato, es conveniente también recoger quién cuenta cada dato. También es importante recoger cuándo comenzaron a ocurrir los episodios (si hay más de uno) y con qué frecuencia se repiten.

La exploración semiológica del episodio debe estructurarse en torno al eje temporal. Comenzando siempre por el contexto de inicio y el inicio del propio episodio. Es en esos momentos donde está la mayoría de la información clínica que tiene un valor diagnóstico y donde debemos invertir más esfuerzo en la anamnesis.

El primer paso consiste en identificar el contexto en el que se inicia el episodio. ¿Dónde ocurrió? ¿Qué estaba haciendo el paciente en ese momento? ¿A qué hora del día ocurrió? Estas preguntas ayudan a discernir si se trata de un evento espontáneo o desencadenado (p. ej., durante el sueño, tras emociones intensas, ejercicio, antes de comer, etc.), lo cual puede orientar hacia determinadas etiologías (p. ej., síncopes, crisis reflejas, discinesias paroxísticas).

En algunos casos, el paciente puede describir síntomas previos al episodio que constituyen un aura o pródromos. Estos pueden incluir: fenómenos autonómicos (náuseas, sudoración), sensaciones somatosensoriales, alucinaciones auditivas, visuales, olfatorias o gustativas, e incluso síntomas cognitivos. Reconocer esta fase es clave, ya que puede indicar un origen focal y ayuda a distinguir la epilepsia de otros trastornos.

La forma de inicio del episodio (abrupta, progresiva, anticipada por aura) y su evolución temporal deben ser analizadas con detalle. Durante el episodio, es importante preguntar sobre la afectación motora de distintas partes del cuerpo (recomendamos de arriba a abajo: ojos, boca, cuello, miembros superiores, tronco y miembros inferiores) y se debe interrogar activamente por alteraciones del lenguaje, el nivel de conciencia y la visión. Una descripción clara y cronológica del desarrollo sintomático permite identificar patrones estereotipados que suelen ser particularmente indicativos de epilepsia.

Estimar la duración del episodio es otro dato esencial. Finalmente, se debe explorar la fase postictal: ¿cómo termina el episodio? ¿Existe confusión, somnolencia, afasia, amnesia o parálisis de Todd? ¿Hay recuperación rápida o prolongada? La presencia de déficits neurológicos transitorios orienta más hacia epilepsia, mientras que una recuperación inmediata o muy prolongada sin hallazgos objetivos puede sugerir un TPNE.

Sin duda, la posibilidad de registrar los episodios mediante grabaciones domésticas –hoy accesibles para la mayoría de las familias gracias a la generalización de dispositivos móviles– ha transformado el abordaje diagnóstico de los trastornos paroxísticos. No obstante, la visualización del vídeo no exime de una valoración estructurada y rigurosa. Aunque los especialistas pueden identificar patrones clínicos de forma intuitiva, a partir de la observación directa (reconocimiento gestáltico), es fundamental aplicar una sistemática de análisis que respete la secuencia temporal del episodio y sus distintas fases clínicas. Esta metodología garantiza una interpretación más objetiva, reproducible y útil para el diagnóstico diferencial.

Pruebas complementarias

En la mayoría de los casos, el diagnóstico no dependerá del uso de exploraciones complementarias. El vídeo-EEG se debe limitar a casos dudosos de epilepsia, teniendo en cuenta la limitada sensibilidad y especificidad del mismo.

Las exploraciones complementarias y, en particular, el vídeo-EEG, no suelen ser imprescindibles para alcanzar un diagnóstico clínico correcto en muchos casos de trastornos paroxísticos no epilépticos. Aunque el vídeo-EEG se considera el gold standard para el diagnóstico de la epilepsia, es importante recordar que su sensibilidad y especificidad están lejos del 100 %.

Un EEG normal no excluye necesariamente el origen epiléptico de un episodio. Se estima que solo entre el 30 y el 40 % de los pacientes que han presentado una primera crisis epiléptica muestran anomalías epileptiformes en un EEG de rutina, porcentaje que puede aumentar hasta el 60 % si el estudio se realiza en las primeras 24 horas(13). Por otro lado, aproximadamente un 5-15 % de los niños sanos de la población general pueden presentar anomalías epileptiformes en el EEG sin tener epilepsia ni ser un factor predictivo para la misma(14). Estos datos subrayan la necesidad de interpretar el EEG en un contexto clínico adecuado y evitar sobrediagnósticos basados únicamente en hallazgos electroencefalográficos.

Para mejorar el rendimiento diagnóstico, especialmente en casos en los que persiste la duda sobre la naturaleza epiléptica del episodio, puede ser útil recurrir a monitorizaciones más prolongadas mediante EEG ambulatorio o vídeo-EEG prolongado en régimen hospitalario. Estas técnicas aumentan la probabilidad de registrar un episodio típico y correlacionar con la actividad eléctrica cerebral, lo que puede resultar determinante en casos complejos o con sospecha de diagnóstico dual (epilepsia y TPNE coexistentes)(15).

Durante el proceso diagnóstico y, especialmente, al investigar la etiología del episodio, pueden requerirse otras exploraciones complementarias, como la resonancia magnética cerebral (RM), el electrocardiograma (ECG) o estudios analíticos, incluyendo pruebas metabólicas y genéticas, según el contexto clínico y la sospecha diagnóstica.

Trastornos paroxísticos por grupos de edad

A continuación, se discutirán los trastornos paroxísticos no epilépticos más frecuentes por grupos de edad o por síntoma predominante, con el fin de facilitar el diagnóstico diferencial. No queremos hacer una lista exhaustiva, sino una herramienta que permita abordar el diagnóstico diferencial.

Trastornos paroxísticos no epilépticos en el neonato(16,17)

En el periodo neonatal distinguimos los siguientes grupos de TPNE: los movimientos rápidos, las posiciones mantenidas (distónicas), el hipo neonatal, los trastornos de los movimientos oculares y el laringospasmo episódico neonatal.

A nivel neonatal, existen diversos escenarios que podemos tener en cuenta: 1) movimientos rápidos (Tabla I); 2) posiciones mantenidas –trastornos distónicos– (sobre todo, típico de las encefalopatías hipóxico-isquémicas e hiperbilirrubinémica); 3) hiponeonatal (generalmente benigno, pero si es intenso y mantenido y, sobre todo, en el contexto de un paciente habitualmente muy enfermo, puede orientar a una hiperglicinemia no cetósica); 4) trastornos de los movimientos oculares (ver más adelante los TPNE del movimiento ocular); y 5) laringospasmo episódico neonatal, que se presenta como apneas graves con estridor laríngeo y que típicamente se asocia a mutaciones en el canal del sodio (SCN4A).

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Trastornos paroxísticos no epilépticos en el lactante

El lactante presenta múltiples TPNE, la mayoría benignos y autolimitados. Se deben distinguir de los espasmos epilépticos y de algunas enfermedades genéticas paroxísticas raras que pueden debutar en esta edad.

Los trastornos paroxísticos motores del lactante son un grupo particularmente complicado por las dificultades en la anamnesis directa al paciente y por la rica semiología que existe en los mismos. En la tabla II, hemos intentado resumir el diagnóstico diferencial de los movimientos (sobre todo cervicales o cervicobraquiales), que ocasionan problemas de diagnóstico diferencial con los espasmos epilépticos(1,18).

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La hemiplejía alternante de la infancia (AHI) es un TPNE motor raro, de inicio temprano, caracterizado por episodios recurrentes de hemiplejía, que pueden alternar de lado o presentarse bilateralmente, acompañados con frecuencia de distonía, movimientos oculares anómalos, posturas tónicas o síntomas autonómicos. Estos episodios suelen iniciarse antes de los 18 meses de vida, con resolución transitoria durante el sueño y reaparición al despertar. Los desencadenantes típicos incluyen el estrés emocional o físico, el cansancio, los cambios térmicos o el contacto con el agua. En más del 80 % de los casos, se debe a mutaciones de novo en el gen ATP1A3, existiendo 2 mutaciones particularmente frecuentes. El resto de los casos se deben a mutaciones en otros genes (ATP1A2, SLC2A1 y otros) y existen casos sin diagnóstico genético. Aunque no existe un tratamiento curativo, algunos pacientes responden parcialmente a flunarizina, que puede reducir la frecuencia e intensidad de los episodios. Aunque los episodios paroxísticos pueden disminuir con la edad y el tratamiento, la mayoría de los pacientes desarrollan secuelas neurológicas crónicas, como discapacidad intelectual, ataxia o trastornos del movimiento(19).

A nivel respiratorio, destacan los espasmos del sollozo. Estos son episodios paroxísticos benignos que aparecen entre los 6 meses y los 6 años, con un pico entre los 1 y 3 años. Se clasifican en cianóticos, pálidos y mixtos, en función del color cutáneo durante el episodio. Se deben a una disfunción autonómica transitoria que provoca bradicardia o apnea, seguida de hipoperfusión cerebral, con pérdida de conciencia y, ocasionalmente, movimientos tónicos o clónicos. El diagnóstico es clínico, apoyado en la historia y, si es necesario, en grabaciones domésticas. El EEG solo está indicado en raros casos, en los que existen dudas diagnósticas relevantes. El EKG, en cambio, puede estar indicado sobre todo en los espasmos de tipo pálido, sobre todo si se desencadenan por ruidos o sobresaltos. La principal diferencia con la epilepsia es la presencia de un desencadenante claro. También, aunque no siempre, se caracterizan por la rápida recuperación y la ausencia de periodo postictal, hechos de un valor diferencial más limitado. El pronóstico de los espasmos del sollozo es la remisión antes de los 6 años. El tratamiento se basa en la educación de la familia y en la evitación de los desencadenantes(20). Aunque, rara vez, es necesario, se ha propuesto la suplementación de hierro como medida terapéutica (especialmente, si asocia otros datos de ferropenia, como insomnio de conciliación)(21). Algunos autores proponen utilizar piracetam en los casos más graves(22).

Otros TPNE respiratorios son los episodios aparentemente letales y el síndrome de muerte súbita del lactante y los síndromes de hiperventilación episódica (típicos de trastornos del neurodesarrollo como el síndrome de Pitt-Hopkins o de Rett o afectaciones del tronco encefálico, ya sean malformativas como el síndrome de Joubert, o lesionales como en el síndrome de Leigh)(18).

También existen trastornos paroxísticos relacionados con el dolor, como los cólicos del lactante o episodios de dolor paroxístico extremo (este último incluido en la tabla II, como un diferencial raro de crisis tónica).

Trastornos paroxísticos no epilépticos en el preescolar y el escolar

Los TPNE más frecuentes en este grupo de edad son los tics. Existen otros trastornos motores raros, de habitual base genética, que pueden debutar en esta franja de edad.

A nivel motor, en este grupo de edad, el TPNE más frecuente son los tics. Los tics son movimientos (típicamente de la cara o del cuello) o vocalizaciones breves, súbitos, no rítmicos y parcialmente voluntarios, que se caracterizan por su naturaleza estereotipada (lo que puede complicar el diagnóstico diferencial) y ser supresibles (aunque, a veces, esto molesta al paciente). Son frecuentes en la infancia, con un pico de aparición entre los 5 y 10 años, y forman parte de un espectro que incluye desde tics transitorios hasta trastornos más graves, como el síndrome de Tourette. Aunque suelen ser benignos, pueden generar gran preocupación en las familias, especialmente cuando debutan de forma brusca o en forma de crisis repetidas. El diagnóstico y su diagnóstico diferencial dependen fundamentalmente de la anamnesis: hay que preguntar al paciente por la característica fundamental de los tics (¿puedes contenerlos o aguantarlos, aunque esto te moleste?). La observación directa o la grabación de los episodios puede ayudar. Raramente, se requiere un EEG(23).

Aparte de los tics, existe un grupo de TPNE motores que ocurren en el seno de enfermedades raras de base genética (Tabla III), cuyo diagnóstico depende del reconocimiento del cuadro clínico y de la realización de estudios genéticos adecuados(2).

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Por otro lado, emergen ya en la edad escolar los TPNE típicos de la adolescencia(24).

 

Trastornos paroxísticos no epilépticos en el adolescente

Los TPNE más frecuentes del adolescente incluyen los episodios psicógenos no epilépticos, síncopes vasovagales, migrañas paroxísticas, trastornos del sueño y fenómenos motores benignos como los tics.

En esta etapa del desarrollo, los TPNE más frecuentemente observados incluyen: los episodios psicógenos no epilépticos (PNES, por sus siglas en inglés), síncopes vasovagales, migrañas paroxísticas, trastornos del sueño y fenómenos motores benignos, como los tics.

De todos ellos, los PNES constituyen el subtipo más prevalente en adolescentes, y su asociación con factores psicológicos, como ansiedad, depresión, trastornos del estado de ánimo o traumas previos, ha sido ampliamente documentada.

Síncopes

El síncope es una pérdida breve y súbita de la conciencia y del tono postural causada por hipoperfusión cerebral global, con recuperación rápida y completa.

En términos generales, podemos clasificar los síncopes en vasovagal (neurorreflejo) y cardiogénico. El síncope vasovagal es el más frecuente en adolescentes y se caracteriza por el pródromo característico y desencadenantes típicos, como la bipedestación prolongada, calor, dolor o estrés emocional. Algunos pacientes pueden presentar trastornos motores como sacudidas breves, arrítmicas y multifocales (“síncope convulsivo”) y pueden tener mordedura lingual en la punta. El síncope cardiogénico, más común en adultos o en pacientes con cardiopatía, puede ser el resultado de arritmias o causas estructurales. El inicio, en este caso, es brusco y puede aparecer sin claros desencadenantes. Se asocia a palpitaciones, dolor torácico o disnea. El diagnóstico diferencial con la epilepsia se resume en la tabla IV. Como en cualquier otro diagnóstico diferencial entre TPNE y epilepsia, la clave son los antecedentes personales, el ambiente en el que ocurre y los pródromos, teniendo un valor mucho menor las características del episodio y la evolución posterior(25-26).

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Crisis psicógenas no epilépticas (funcionales) (PNES, psychogenic non-epileptic [functional] seizures)

A pesar de que los PNES son relativamente frecuentes en esta población, la bibliografía específica sobre su evaluación y manejo sigue siendo escasa(27). En los últimos años, se ha reportado un aumento en su incidencia, probablemente asociado al deterioro progresivo de la salud mental en adolescentes(28). Un estudio poblacional en Dinamarca estimó una incidencia de 2,4 por 100.000 personas/año, mientras que, en Noruega, fue de 3,1 en niños de 5-14 años y de 9,8 por 100.000 en adolescentes de 15-19 años(29). Sin embargo, estos datos podrían estar subestimados debido al subregistro y al frecuente error diagnóstico con epilepsia u otros trastornos neurológicos(30).

El diagnóstico diferencial entre PNES y crisis epilépticas puede ser complejo, ya que ambos comparten características clínicas, como movimientos involuntarios y alteración de la conciencia. La aceptación del diagnóstico por parte del paciente y su familia constituye también un reto significativo. En este sentido, la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) ha publicado recientemente un consenso de expertos(31) que destaca elementos clave para el abordaje clínico de estos pacientes.

Este consenso, basado en una revisión de alcance y un proceso Delphi con expertos internacionales, concluye que un mejor pronóstico se asocia con el acceso temprano a consejería psicológica o intervención psicoterapéutica, y subraya la importancia del uso de vídeo-EEG para la confirmación diagnóstica cuando esté disponible. Además, se alcanzó consenso en la necesidad de establecer un diagnóstico claro, realizar una comunicación efectiva del mismo, desarrollar un plan de manejo individualizado y ofrecer apoyo psicológico estructurado. Igualmente, se remarca que los niños y adolescentes con PNES presentan un riesgo elevado de padecer comorbilidades psiquiátricas, por lo que deben ser evaluados integralmente y tratados por estos trastornos concurrentes(31).

Desde el punto de vista terapéutico, el enfoque multidisciplinario es esencial. En particular, la terapia cognitivo-conductual ha mostrado eficacia en la reducción de episodios y mejora del funcionamiento general. La educación del paciente y la familia también resulta crucial para reducir la ansiedad asociada y evitar iatrogenia(31). La retirada progresiva de fármacos antiepilépticos debe considerarse en los casos en los que estos han sido prescritos erróneamente, situación lamentablemente frecuente(30-33).

Finalmente, es importante destacar que los TPNE en la adolescencia no deben considerarse benignos o transitorios sin una evaluación cuidadosa. Los niños con PNES presentan un alto riesgo de trastornos psiquiátricos y deben ser evaluados y tratados por dichas comorbilidades. Su presencia puede reflejar conflictos emocionales profundos, entornos familiares disfuncionales o trastornos psiquiátricos no diagnosticados. El pronóstico, a largo plazo, depende del diagnóstico precoz, la intervención oportuna y el abordaje integral de las múltiples dimensiones que rodean al paciente adolescente. Además, suponen un problema para el médico desde el punto de vista técnico, cognitivo y emocional.

Otros trastornos paroxísticos no epilépticos

Hacemos mención especial a los paroxismos con semiología ocular y su dificultad diagnóstica y los relacionados con el sueño y su diagnóstico diferencial con la epilepsia focal nocturna.

Entre los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE), un subgrupo especialmente relevante por su complejidad diagnóstica es el que presenta semiología predominante ocular (Tabla V).

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Estos episodios pueden incluir desviaciones oculares tónicas, movimientos oculares rápidos e irregulares (como en el flutter ocular o el opsoclono) y fenómenos paroxísticos asociados a alteraciones visuales o posturales, como en el espasmo nutans o las crisis oculógiras. Su diferenciación respecto a las crisis epilépticas con componente ocular puede resultar especialmente difícil, dado que ambas entidades pueden compartir elementos clínicos llamativos, de breve duración y con aparición abrupta. La clave para su correcta identificación suele residir en una anamnesis detallada, la presencia de desencadenantes específicos, la ausencia de alteración del nivel de conciencia y, en ocasiones, la realización de un EEG o monitorización EEG que permita estudiar el patrón electroencefalográfico durante el episodio(34).

Por otra parte, existe un conjunto de TPNE estrechamente relacionado con el sueño que, por su alta frecuencia y potencial solapamiento con crisis epilépticas nocturnas, merece una atención particular. Dentro de los trastornos paroxísticos del sueño NREM se encuentran fenómenos, como los terrores nocturnos, el sonambulismo y las pesadillas, pero también otros, como los movimientos rítmicos durante el sueño (incluyendo el headbanging, head rolling o body rocking), la parálisis del sueño, los movimientos periódicos de las piernas, etc. Todos estos trastornos pueden presentarse con movimientos bruscos, vocalizaciones o alteraciones conductuales que despiertan preocupación en las familias y que, con frecuencia, motivan consultas en neurología pediátrica. Aunque este grupo de trastornos se aborda en profundidad en otros artículos de Pediatría Integral35-36, es importante destacar algunos aspectos prácticos para el diagnóstico diferencial con epilepsia nocturna: la historia clínica detallada, el uso de cuestionarios específicos (FLEP: Frontal Lobe Epilepsy and Parasomnias) y, cada vez con más frecuencia, la grabación de los episodios en el entorno domiciliario, que permite una evaluación más precisa del patrón clínico. En algunos casos seleccionados, se puede valorar la realización de estudios de vídeo-EEG prolongado con polisomnografía, especialmente si hay duda con crisis epilépticas del lóbulo frontal.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de AP desempeña un papel fundamental en el abordaje de los trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE) en la infancia. En muchos casos, especialmente en lactantes, será el primer profesional en evaluar estos episodios. El correcto conocimiento de los TPNE más frecuentes por edad permitirá: 1) diferenciar los cuadros benignos y autolimitados; y 2) derivar precozmente a neuropediatría los episodios de difícil clasificación o con signos de alarma neurológica. En muchos casos, una historia clínica detallada, la observación directa o el uso de vídeos grabados por las familias son suficientes para establecer un diagnóstico, lo que brinda la oportunidad de tranquilizar a los cuidadores y reducir el impacto emocional del evento y la ansiedad familiar asociada, así como tratamientos innecesarios.

Establecer sistemas de comunicación ágiles (telemáticos) entre la pediatría de AP y las especialidades (en este caso, mayoritariamente neurología pediátrica) puede ayudar a los médicos de AP a esclarecer los diagnósticos dudosos y priorizar los pacientes que necesitan atención terciaria preferente, lo que supone una atención integral, eficiente y más segura para el paciente y su familia.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Dos maravillosos artículos sobre el diferencial de los TPNE en pediatría. Claros y rápidos. Pensados para el no especialista, pero enriquecedores para todos.

– Reilly C, Jette N, Johnson EC, Kariuki SM, Meredith F, Wirrell E, et al. Scoping review and expert-based consensus recommendations for assessment and management of psychogenic non-epileptic (functional) seizures (PNES) in children: A report from the Pediatric Psychiatric Issues Task Force of the International League Against Epilepsy. Epilepsia. 2023; 64: 3160-95. Disponible en: https://doi.org/10.1111/epi.17768.

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Protocolo de la AEPED sobre el tema.

 

Caso clínico

 

Un lactante de 18 meses es traído a consulta de Atención Primaria por un episodio de inclinación lateral de la cabeza a la derecha, desde hace 2 horas. No hay antecedentes de traumatismo ni signos de infección.

En la anamnesis dirigida explican episodios recurrentes de inclinación lateral de la cabeza, que suelen durar unas horas. Los episodios comenzaron a los 8 meses de edad y se presentan cada 3-4 semanas. Durante los episodios, el niño está más irritable, presenta palidez facial y vómitos ocasionales, pero, entre los episodios, está completamente asintomático. El examen neurológico es normal fuera de los episodios. No hay antecedentes de traumatismo ni signos de infección.

 

 

Cefaleas en la infancia y adolescencia

G. García Ron*,  E. Arias Vivas**
Temas de FC


G. García Ron*, E. Arias Vivas**

*Centro de Salud Las Águilas. Madrid
**Servicio Neuropediatría. Hospital Clínico San Carlos. Madrid

X

Autor para correspondencia

gemagarciaron@hotmail.com

Resumen

La cefalea es un motivo de consulta frecuente en pediatría, con una prevalencia creciente durante la infancia y adolescencia. Las formas primarias, como la migraña y la cefalea tensional, constituyen la mayoría de los casos. El diagnóstico se basa en la anamnesis y la exploración física, reservando las pruebas complementarias para casos con signos de alarma. La Clasificación Internacional de las Cefaleas (ICHD-3) y escalas como PedMIDAS son herramientas útiles para el abordaje diagnóstico y terapéutico. El tratamiento debe ser integral, combinando medidas farmacológicas y no farmacológicas, con especial énfasis en la educación sanitaria y la prevención de la cronificación. El manejo debe individualizarse según tipo de cefalea, frecuencia e impacto funcional. En casos refractarios o con características atípicas, se recomienda la derivación a neuropediatría. La identificación de comorbilidades psiquiátricas y la valoración del impacto funcional son elementos clave en el enfoque integral. Se revisan opciones terapéuticas actuales, desde analgésicos y triptanes hasta neuromodulación y nuevos tratamientos, como anticuerpos monoclonales anti-CGRP.

 

Abstract

Headache is a common reason for consultation in Pediatrics, with increasing prevalence during childhood and adolescence. Primary forms, such as migraine and tension-type headache, account for the majority of cases. Diagnosis is based on clinical history and physical examination, reserving complementary tests for cases with warning signs. The International Classification of Headache Disorders (ICHD-3) and tools like PedMIDAS are valuable resources for both diagnosis and management. Treatment should be comprehensive, combining pharmacologic and non-pharmacologic measures, with particular emphasis on health education and prevention of chronification. Management must be individualized according to the type of headache, its frequency, and functional impact. In refractory or atypical cases, referral to pediatric neurology is recommended. Identification of psychiatric comorbidities and assessment of functional impact are key components of the comprehensive approach. Current therapeutic options are reviewed, ranging from analgesics and triptans to neuromodulation and new treatments such as anti-CGRP monoclonal antibodies.

 

Palabras clave: Cefalea; Migraña; Niño; Adolescente; Tratamiento.

Key words: Headache; Migraine; Child; Adolescent; Treatment.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 523 – 532

 


OBJETIVOS

• Conocer que la cefalea es una de las principales causas de consulta pediátrica.

• Ser capaz de clasificar a los diferentes tipos de cefaleas en función de la sintomatología.

• Identificar los signos de alarma que implicarían la derivación a Atención especializada.

• Saber la importancia que tiene la anamnesis y la exploración física en el diagnóstico de las cefaleas, reservando las pruebas complementarias para casos seleccionados.

• Evaluar el impacto que la cefalea provoca en la vida diaria del paciente.

• Aplicar un tratamiento integral que combine medidas no farmacológicas y farmacológicas y que se adapte al diagnóstico, la frecuencia y al impacto en su calidad de vida.

 

Cefaleas en la infancia y adolescencia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.83

 

Introducción

La cefalea es un síntoma muy común en la edad pediátrica y un motivo de consulta frecuente, por lo que su adecuado manejo es fundamental para los pediatras.

La cefalea en la infancia y adolescencia es un motivo habitual de consulta en pediatría, tanto en Atención Primaria como en Especializada. Se estima una prevalencia global de cefalea primaria del 62 % en niños y adolescentes, siendo la migraña y la cefalea de tipo tensional los subtipos más prevalentes, con un 11 % y un 17 %, respectivamente(1). La incidencia aumenta con la edad y es mayor en niñas, especialmente a partir de la adolescencia.

Más allá de su frecuencia, el verdadero impacto de las cefaleas reside en la discapacidad que generan: dificultades en el rendimiento académico, ausencias escolares, interferencia con la vida familiar, las relaciones sociales y las actividades de ocio.

La alta prevalencia, el impacto funcional y la complejidad diagnóstica y terapéutica justifican la elaboración de manuales actualizados que faciliten la toma de decisiones en el primer nivel asistencial y contribuyan a mejorar la calidad de vida de los pacientes pediátricos con cefalea(2).

Clasificación

La clasificación principal de las cefaleas se hace según su origen y su temporalidad.

La Clasificación Internacional de las Cefaleas, tercera edición (ICHD-3), disponible en: https://ichd-3.org/, consensuada tanto para la edad pediátrica como adulta, es la herramienta recomendada y más utilizada para la clasificación de las cefaleas, estableciendo un marco diagnóstico estructurado(3,4). La ICHD-3 utiliza los mismos criterios para clasificar los diversos tipos de cefalea sin tener en cuenta el rango de edad, aunque sí hace algunas observaciones específicas para la edad pediátrica(5).

La ICHD-3 distingue entre cefaleas primarias (migraña, tipo tensional, trigémino-autonómicas y otras) y secundarias (aquellas atribuibles a una causa identificable, como infecciones, traumatismos, alteraciones vasculares, tumores, trastornos metabólicos o consumo/retirada de sustancias).

En relación con el patrón temporal, la clasificación de Rothner (1983) es útil en la práctica diaria, tanto para el cribado como para la priorización de estudios complementarios. Existen cuatro patrones: agudo, agudo recurrente (o episódico), crónico progresivo y crónico no progresivo(6).

Cefaleas primarias

Los principales tipos de cefalea primaria pediátrica son: migraña con y sin aura, cefalea tensional y cefaleas trigeminales autonómicas.

Migraña

La migraña es la forma más frecuente de cefalea primaria en la infancia. Los criterios diagnósticos de migraña quedan reflejados en la tabla I.

tabla

 

La migraña crónica es aquella cefalea que ocurre durante 15 o más días al mes, durante más de 3 meses y en la que, al menos, 8 días al mes tienen características de migraña.

El estatus migrañoso es un ataque de migraña que dura más de 72 horas. Requiere que el dolor sea intenso, que cause discapacidad y que no se deba a abuso de medicación ni a otra causa identificable.

Muchos pacientes no presentan inicialmente cefalea como síntoma principal, sino que muestran uno de los llamados síndromes episódicos asociados a la migraña. La ICHD-3 describe cuatro de estos síndromes (Tabla II); su reconocimiento precoz puede evitar derivaciones innecesarias y orientar mejor el manejo.

tabla

 

Cefalea tensional

Las características clínicas clave de la cefalea tensional en pediatría incluyen: dolor de cabeza de intensidad leve a moderada, de localización bilateral, con calidad opresiva o de presión (no pulsátil), que no empeora con la actividad física rutinaria y sin náuseas ni vómitos. Puede haber fotofobia o sonofobia, pero no ambas simultáneamente. La duración es variable, desde 30 minutos hasta varios días, y puede ser episódica o crónica.

Los criterios ICHD-3 para cefalea tensional incluyen, al menos, 10 episodios de dolor de cabeza que cumplen las características mencionadas sin síntomas asociados prominentes como los de la migraña.

Diferencias entre migraña y cefalea tensional

La distinción entre migraña y cefalea tensional puede ser difícil, ya que existe solapamiento de síntomas, pero la ausencia de náuseas, vómitos, fotofobia y fonofobia simultáneas, y la menor intensidad del dolor, orientan hacia cefalea tensional (Tabla III).

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Cefaleas trigeminales autonómicas (TACs)

Las cefaleas trigeminales autonómicas son un grupo de cefaleas primarias, que se caracterizan por: dolor severo, unilateral, típicamente en región orbitaria, supraorbitaria o temporal, y que se acompaña de síntomas autonómicos craneales ipsilaterales, como lagrimeo, enrojecimiento ocular, congestión nasal o ptosis.

Estos trastornos se diferencian por la duración del ataque, el curso crónico o episódico y la respuesta a la indometacina, pudiéndose distinguir:

Responden a indometacina: hemicránea paroxística y hemicránea continua.

No responden a indometacina: cefalea en racimos (cluster headache), SUNCT (cefalea neuralgiforme unilateral de corta duración con inyección conjuntival y lagrimeo) y SUNA (cefalea neuralgiforme unilateral de corta duración con síntomas autonómicos craneales).

No se dispone de estudios poblacionales amplios que estimen la prevalencia de TACs en niños y adolescentes. En general, se consideran más raras en niños que en adultos. Es fundamental que el clínico mantenga un alto índice de sospecha ante la posibilidad de una cefalea trigeminal autonómica(3-5).

Cefalea secundaria

La cefalea secundaria en la edad pediátrica se define como aquella atribuible a una causa identificable. Es más frecuente en niños pequeños y puede deberse a infecciones (meningitis, sinusitis), traumatismos, alteraciones vasculares, tumores, trastornos metabólicos, consumo o retirada de sustancias y enfermedades sistémicas(7,8).

El diagnóstico diferencial entre cefalea primaria y secundaria se basa en una anamnesis detallada, una exploración física y neurológica completa y en la identificación de signos de alarma (“red flags”) (Fig. 1). El uso de pruebas complementarias (de imagen, analítica, punción lumbar o EEG) debe individualizarse según la sospecha clínica(7).

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Figura 1. Signos de alarma.

 

Orientación diagnóstica

Por lo general, la realización de una anamnesis y una exploración física detallada suelen ser suficientes para establecer un diagnóstico adecuado entre cefalea primaria o secundaria.

Anamnesis

La herramienta más útil a la hora de abordar una cefalea en la edad pediátrica es, sin duda, la historia clínica. A través de ella, podemos orientar el diagnóstico, identificar signos de alarma y establecer el plan de actuación.

Cabe destacar que la anamnesis debe centrarse en la información que aporta el niño; la información de los padres y familiares solo proporcionará aclaraciones y detalles de apoyo. El inicio y el patrón temporal de la cefalea pueden ayudar a orientar el diagnóstico diferencial; así, generalmente, las cefaleas episódicas y crónicas no progresivas se asocian con cefaleas primarias, mientras que las agudas o crónicas progresivas pueden sugerir una etiología secundaria(7).

Conviene realizar una anamnesis detallada que abarque todos los aspectos del dolor. El esquema OPQRST+ puede resultar útil como guía(9):

Onset (inicio: ¿cuándo?).

Provocation/Palliation (factores desencadenantes o alivio).

Quality (características del dolor).

Radiation (irradiación).

Severity (intensidad).

Time (duración y patrón).

Síntomas asociados.

Para evaluar la intensidad, podemos apoyarnos en escalas del dolor, como la Escala Visual Analógica (EVA), la Escala de Dolor de Caras Revisada y la Escala Analógica de Color(10,11).

Se debe investigar también la presencia de síntomas asociados, prestando especial atención a aquellos que nos puedan ayudar a diferenciar entre las distintas cefaleas primarias. Si el niño tiene habilidades motoras finas suficientes, se le puede pedir que dibuje cómo se siente cuando tiene cefalea. Estos dibujos pueden ofrecer pistas diagnósticas útiles y ayudar al niño a expresarse(12,13).

Además de la historia de la cefalea, se deben considerar la historia clínica pasada del niño y la historia familiar. Se incluirán preguntas dirigidas relacionadas con la historia de trastornos primarios de cefalea y cefaleas secundarias(7).

Experiencias adversas en la infancia y atención informada por trauma

Un último aspecto, pero crítico, que deben considerar los profesionales al realizar la historia clínica de cualquier niño o adolescente con cefaleas recurrentes, es que muchos pacientes viven con antecedentes de experiencias adversas en la infancia, traumas o ambos.

Existen datos que demuestran una relación temporal entre las experiencias adversas tempranas y la aparición de migraña en la adolescencia, así como una relación dosis-respuesta entre la cantidad de experiencias adversas y los trastornos de cefalea, lo cual sugiere una posible relación causal.

Dado el creciente conocimiento sobre la relación entre las experiencias adversas en la infancia, el trauma y los trastornos de cefalea en niños y adolescentes, los profesionales deben informarse sobre cómo practicar una atención informada por el trauma(9).

La exploración física

La exploración física debe incluir la toma de constantes vitales (temperatura, frecuencia cardiaca, tensión arterial), valoración del estado general (peso, talla y estado nutricional), detección de signos constitucionales (fiebre, pérdida de peso o aspecto tóxico), exploración de la cabeza y cuello y un examen neurológico dirigido.

La exploración neurológica es obligada en todo paciente con cefalea. Se deben valorar las funciones superiores, pares craneales, la fuerza, tono y reflejos osteotendinosos, evaluación de coordinación y de la marcha.

Asimismo, se recomienda una exploración específica:

Fondo de ojo, siempre que sea posible, para descartar edema de papila.

Palpación sobre los nervios supraorbitario, supratroclear, occipital mayor y menor.

Evaluación de la articulación temporomandibular.

Palpación de los senos paranasales: puede ayudar a identificar una posible sinusitis.

Evaluación del cuello y de la musculatura cervical, especialmente del trapecio, que es un punto gatillo doloroso en niños y adolescentes con migraña(7,9).

Pruebas complementarias

La mayoría de los niños y adolescentes que presentan cefalea y que no presentan signos de alarma (Fig. 1) no requieren estudios complementarios más allá de una historia clínica detallada y un examen físico completo.

¿Cuándo debemos realizar pruebas complementarias?(7,14):

• La neuroimagen (preferentemente RM cerebral) está indicada ante signos de alarma (Fig. 1), exploración neurológica anormal o cefalea de características atípicas o progresivas que no encajan con los patrones benignos.

• El electroencefalograma (EEG) y otras pruebas neurofisiológicas solo están indicados si se sospechan crisis epilépticas asociadas.

Análisis de sangre: solo en casos seleccionados, si hay una fuerte sospecha de una causa médica subyacente que pueda manifestarse con cefalea, como anemia ferropénica o enfermedad celíaca.

Punción lumbar: se analiza el líquido cefalorraquídeo:

– Si hay sospecha de meningoencefalitis (infección cerebral o de las membranas), especialmente si se presenta con alteración del estado mental, fiebre o petequias.

– Cuando se sospecha hipertensión intracraneal (p. ej., un paciente con papiledema y cefalea, pero sin lesiones visibles en la neuroimagen), para medir la presión de apertura y analizar el líquido.

Evaluar el impacto: más allá del dolor

La evaluación del impacto de la cefalea en pacientes pediátricos debe ir más allá de la valoración del dolor, incluyendo, de forma sistemática, la discapacidad funcional, la calidad de vida y la presencia de comorbilidades psiquiátricas o somáticas.

Para valorar la discapacidad funcional, se recomienda el uso de escalas validadas como la PedMIDAS (Pediatric Migraine Disability Assessment), que cuantifica el impacto en la asistencia escolar, actividades familiares y sociales, y rendimiento académico (Fig. 2)(15).

figura

Figura 2. PedMIDAS (Pediatric Migraine Disability Assessment).

 

Es fundamental explorar síntomas de ansiedad, depresión y trastornos del sueño, ya que la literatura muestra que existe una alta prevalencia de comorbilidad psiquiátrica y somática en niños con cefalea, lo cual puede perpetuar o agravar el cuadro clínico(2).

Tratamiento de la cefalea

El tratamiento de la cefalea en la infancia debe ser integral, combinando medidas no farmacológicas y farmacológicas, adaptándose al diagnóstico, la frecuencia y al impacto en la calidad de vida.

Antes de iniciar el tratamiento sintomático de la cefalea, es fundamental seguir los pasos previos y descartar signos de alarma. En caso de identificarse una cefalea secundaria, el manejo debe centrarse en el tratamiento de la causa subyacente, siguiendo protocolos específicos según la etiología. En este caso, debemos derivar a atención especializada.

En cuanto a la cefalea primaria, es fundamental:

• Iniciar el tratamiento agudo precozmente y con dosis adecuadas.

• Considerar tratamiento preventivo en pacientes con cefaleas frecuentes o con impacto significativo en la calidad de vida.

• Incorporar estrategias no farmacológicas (educación, manejo del estrés, sueño, actividad física, técnicas conductuales) como parte integral del plan terapéutico.

Tratamiento agudo de cefalea

Tiene como objetivo lograr un rápido alivio del dolor, reducir la discapacidad y mejorar la calidad de vida.

En la migraña es fundamental instruir a la familia para que administre el tratamiento agudo de forma precoz, idealmente en la primera hora desde el inicio del dolor y no cuando el dolor esté ya muy avanzado, con el objetivo de lograr alivio rápido y completo, minimizando efectos adversos(16).

Tratamiento farmacológico (Tabla IV)

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Analgésicos orales: el ibuprofeno (10 mg/kg) se recomienda como opción inicial para la migraña de leve a moderada, mostrando una mejor eficacia que el paracetamol. Aunque no hay evidencia específica en pediatría para otros AINEs, algunos se usan en la práctica, basándose en datos extrapolados de adultos (como diclofenaco, ketoprofeno o naproxeno).

Triptanes: poco utilizados, pero beneficiosos para pacientes con respuesta inadecuada a los AINEs, ataques de aparición rápida o discapacidad de moderada a grave. Han demostrado ser superiores al placebo en adolescentes, y los que no están aprobados también se usan fuera de indicación (off-label) en la práctica, con base en estudios farmacocinéticos y de seguridad.

Una gran ventaja de los triptanes es que están disponibles en múltiples formulaciones. Disponemos de cuatro fármacos aprobados por la FDA para uso pediátrico: rizatriptán, almotriptán, zolmitriptán y sumatriptán/naproxeno. Si un triptán falla, se puede probar otro. Las formas no orales son beneficiosas para las náuseas y/o vómitos. Se puede considerar una segunda dosis si hay alivio parcial o recurrencia a las 2 horas de tomar la primera. La combinación con AINEs puede ser beneficiosa.

Opioides y barbitúricos: no recomendados debido a la falta de evidencia.

Antieméticos: la presencia de náuseas y vómitos incoercibles agrava el curso y la percepción negativa de la cefalea. Para el tratamiento sintomático, se sugiere el uso de ondansetrón(17). Los antagonistas de los receptores de dopamina (como metoclopramida) han demostrado efecto antiemético y analgésico, pero hay riesgo de síntomas extrapiramidales.

Anticuerpos monoclonales anti-CGRP: actúan como antagonistas del receptor del péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP), aprobados en paciente adulto. Se están realizando ensayos clínicos pediátricos en curso, por lo que podrían convertirse en una opción válida en el futuro (fremanezumab, galcanezumab, eptinezumab y erenumab).

Antagonista receptor 5-HT1F (ditanes): aprobados para el uso agudo en adultos.

Se debe advertir sobre el riesgo de abuso de medicación que puede cronificar la cefalea. Se recomienda limitar el ibuprofeno/paracetamol a no más de 14 días/mes y los triptanes a no más de 9 días/mes.

En la cefalea tensional, el manejo agudo se basa en analgésicos simples (ibuprofeno o paracetamol) y medidas no farmacológicas, ya que la evidencia sobre el uso de triptanes es limitada y no se recomienda su uso rutinario(9,18).

Tratamiento preventivo

El objetivo del tratamiento preventivo es reducir la frecuencia, duración, intensidad de los ataques y disminuir la discapacidad que produce.

Las intervenciones no farmacológicas son la base del manejo inicial y deben recomendarse a todos los pacientes. Incluyen educación sobre la enfermedad y modificaciones del estilo de vida. Adjuntamos hoja de recomendaciones para padres y pacientes con cefalea primaria (Fig. 3)(19,20).

figura

Figura 3. Hoja de recomendaciones para pacientes con cefalea.

 

La profilaxis farmacológica está indicada solo si las medidas no farmacológicas y el tratamiento agudo no son suficientes, o si la frecuencia y la discapacidad son elevadas.

Se recomienda considerar tratamiento preventivo en pacientes que presenten(9,16):

• Tres o más episodios al mes que interfieren con la actividad diaria.

• Dos o más ataques severos por mes, que no responden adecuadamente al tratamiento agudo.

• Uso excesivo de medicamentos agudos (riesgo de cefalea por uso excesivo de medicación).

• Cefaleas con síntomas prolongados o aura hemipléjica.

• Preferencia familiar o del paciente para evitar crisis.

• PedMIDAS > 21.

Adjuntamos resumen de los fármacos preventivos en la tabla V. Hay pocos estudios controlados aleatorizados prospectivos en niños y adolescentes, que brinden orientación sobre cuál es el medicamento más efectivo y seguro en la prevención de la migraña. La mayoría de los estudios randomizados y controlados sobre eficacia de medicamentos preventivos en la migraña no demuestran su superioridad frente a placebo(21-24). Por ello, parece prudente iniciar el tratamiento preventivo con aquellas opciones que pueden tener menos efectos secundarios. Se recomienda un ensayo de tratamiento de, al menos, 2 meses, para determinar la eficacia y si se debe suspender la terapia preventiva una vez que las cefaleas sean infrecuentes.

tabla

 

Derivación a neuropediatría

• Cefaleas con “Signos de Alarma” (Fig. 1). Derivar a Urgencias si sospecha de patología grave (meningoencefalitis, HTIC o tumoración).

• Migrañas de difícil control o atípicas (frecuencia elevada, fallo tratamiento agudo, refractariedad a preventivo, migraña crónica).

• Impacto significativo en la calidad de vida.

• Sospecha de cefalea trigémino-autonómica.

• Duda diagnóstica.

Conclusiones

• La cefalea es un síntoma muy ­prevalente en la infancia y adolescencia que tiene un alto impacto en la calidad de vida del paciente y su entorno.

• Las cefaleas primarias (migraña y cefalea tensional) son las más frecuentes y su diagnóstico debe basarse en la historia clínica y la exploración física.

• Es fundamental identificar signos de alarma que orienten hacia una posible cefalea secundaria y requieran estudios complementarios o derivación urgente.

• El tratamiento debe ser integral, combinando medidas farmacológicas y no farmacológicas, con un enfoque individualizado según tipo, frecuencia e impacto funcional de la cefalea.

• La evaluación sistemática del impacto funcional, las comorbilidades y el entorno psicosocial del niño son clave para un abordaje completo.

• La derivación a neuropediatría debe considerarse ante cefaleas atípicas, refractarias, con elevada discapacidad o con sospecha diagnóstica compleja.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Realizar una anamnesis completa con una exploración física detallada, tanto general como neurológica, que nos permita determinar la presencia o no de signos de alarma.

• Clasificar, de forma adecuada, el tipo de cefalea ante el que nos encontramos para establecer el tratamiento más adecuado.

• Realizar revisiones frecuentes al paciente para objetivar el control de las cefaleas.

• Derivar al paciente a Atención Especializada ante la presencia de signos de alarma, mal control de la cefalea con impacto significativo en su calidad de vida y/o ante dudas diagnósticas.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

– Headache Classification Committee of the International Headache Society (IHS). The International Classification of Headache Disorders, 3rd edition. Cephalalgia. 2018; 38: 1-211.

Su lectura permite realizar una visión global de la clasificación de las cefaleas.

– Orr SL. Headache in children and adolescents. Continuum (Minneap Minn). 2024; 30: 438-72.

Texto de obligada lectura, por ser la última revisión internacional publicada sobre las cefaleas.

– Kohandel Gargari O, Aghajanian S, Togha M, Mohammadifard F, Abyaneh R, Mobader Sani S, et al. Preventive medications in pediatric migraine: a network meta-analysis. JAMA Netw Open. 2024; 7: e2438666.

Reciente metaanálisis sobre el tratamiento preventivo.

 

Caso clínico

 

Niño de 13 años que consulta por cefalea recurrente desde hace un año. Presenta 5-6 episodios mensuales, algunos de ellos muy limitantes. Describe el dolor como opresivo, localizado en la región occipital y nuca, de intensidad moderada a intensa. El inicio suele ser por la tarde, especialmente los días de actividad escolar intensa o después de los entrenamientos de fútbol. El dolor se acompaña, en ocasiones, de fonofobia, fotofobia leve y náuseas, aunque sin vómitos. No refiere aura ni otros síntomas neurológicos previos.

Durante los episodios, necesita interrumpir sus actividades y descansar en su habitación, sin ruido ni luz. Refiere mejoría parcial tras el reposo y la administración de ibuprofeno, aunque no siempre logra aliviar el dolor completamente. Su rendimiento académico ha bajado ligeramente en los últimos meses y ha faltado algunos días a clase.

El paciente comenta que duerme mal entre semana (5-6 horas), se acuesta tarde por el uso del móvil en la cama y se despierta cansado. No desayuna habitualmente y, a veces, pasa muchas horas sin comer. La familia ha notado que los episodios se relacionan con días de mayor estrés o falta de sueño. No realiza técnicas de relajación ni tiene horarios regulares de sueño o comidas.

Antecedentes familiares: madre con migraña episódica diagnosticada en la adolescencia. Padre sano. Hermana de 10 años sin antecedentes de cefalea.

Antecedentes personales: gestación y parto sin incidencias. Desarrollo psicomotor normal. Lactancia materna: 6 meses. Sin antecedentes de enfermedades neurológicas ni digestivas. Sin alergias conocidas. Sin medicación habitual.

Exploración física: en consulta, se encuentra afebril, con constantes normales. Neurológicamente explorado sin hallazgos patológicos. Fondo de ojo normal. Tensión arterial en rango. Sin signos meníngeos ni focalidad.

Exploraciones complementarias: no se han solicitado pruebas de imagen. Sin signos de alarma que indiquen etiología secundaria. Se inicia calendario de cefaleas y se orienta como cefalea tipo tensional episódica, con probable influencia de factores posturales, estrés y hábitos de vida irregulares.

 

 

algoritmo

 

Patología medular

A.E. Trejos Vargas*,  C.I. Ortez González**, J. Campistol Plana***
Temas de FC


A.E. Trejos Vargas*, C.I. Ortez González**, J. Campistol Plana***

*Máster en Neurología Pediátrica
**Unidad de Patología Neuromuscular. Servicio de Neurología
***Servicio de Neurología.
Hospital San Joan de Déu. Universidad de Barcelona. Barcelona

X

Autor para correspondencia

abdt171@gmail.com

Resumen

La patología medular aguda y subaguda en pediatría constituye una verdadera urgencia médica y, para resumirla, la hemos agrupado, según su etiología, en inflamatoria/autoinmune, infecciosa, vascular y no inflamatoria (trauma, tumor). Las manifestaciones clínicas dependerán de la causa etiológica y la localización medular; y el examen neurológico variará en función del nivel de afectación medular. Para el abordaje diagnóstico inicial, se necesitan pruebas complementarias, entre ellas: una analítica general, estudio de líquido cefalorraquídeo (LCR), anticuerpos séricos y en LCR y neuroimagen. Asimismo, un enfoque sistemático es indispensable, con objeto de orientar el tratamiento y lograr un mejor pronóstico. El abordaje terapéutico irá dirigido según la causa subyacente y se basará en el tratamiento médico con antibióticos, corticoides, gammaglobulinas o plasmaféresis y, en otros casos, se requerirá tratamiento quirúrgico.

 

Abstract

Acute and subacute spinal cord pathology in pediatrics is a neurological emergency. To summarize it, we have categorized it according to its etiology into inflammatory/autoimmune, infectious, vascular and non-inflammatory (trauma, tumor). Clinical features depend on the clinical history and the neurological examination, which vary according to the level of spinal cord involvement. Additional testing such as general laboratory tests, cerebrospinal fluid (CSF) analysis, serum and CSF antibodies and neuroimaging are essential for the differential diagnosis. A systematic approach is appropriate to guide treatment and achieve a better prognosis. Treatment will be directed according to the predisposing cause: medical treatment with antibiotics, corticosteroids, gammaglobulins or plasmapheresis in some cases, as opposed to surgical treatment in others.

 

Palabras clave: Médula; Gammaglobulinas; Corticoides; Anticuerpos; Neuroimagen.

Key words: Spine; Gammaglobulins; Glucocorticoids; Antibodies; Neuroimage.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 533 – 541

 


OBJETIVOS

• Describir las manifestaciones clínicas más frecuentes de las patologías medulares en la población pediátrica.

• Clasificar las patologías medulares, según su etiología, en inflamatoria o no inflamatoria.

• Sintetizar las pruebas de laboratorio recomendadas en la evaluación inicial, incluyendo los estudios hematológicos y de líquido cefalorraquídeo (LCR), con orientación diagnóstica en el ámbito pediátrico.

• Revisar los hallazgos radiológicos más característicos en las diversas etiologías de mielopatías en niños, destacando el rol de la resonancia magnética como herramienta diagnóstica de primera línea.

• Proponer un enfoque terapéutico inicial basado en la etiología subyacente adaptado a las necesidades y consideraciones propias del paciente pediátrico.

 

Patología medular

https://doi.org/10.63149/j.pedint.84

 

Introducción

La patología medular de inicio agudo y subagudo constituye una emergencia pediátrica.

La patología medular aguda representa entre el 2 % y el 10 % de todas las lesiones medulares en niños(1). Puede afectar a funciones motoras, provocando paraparesia o tetraparesia, así como a funciones sensitivas y autonómicas. Su etiología incluye causas inflamatorias de tipo desmielinizante/autoinmune, infecciosas, vasculares y no inflamatorias, siendo estas últimas principalmente de origen traumático o neoplásico(2). Las mielopatías agudas sin causa traumática suelen deberse a compresión medular o mielitis; en cambio, las crónicas se asocian a malformaciones espinales o tumores. El diagnóstico precoz y el tratamiento oportuno son esenciales para mejorar el pronóstico y prevenir o reducir secuelas.

Manifestaciones clínicas

La presencia de afectación motora en forma de parálisis flácida, arrefléxica y esfinteriana (retención urinaria y fecal), así como la existencia de nivel sensitivo. En ocasiones puede acompañarse de lesiones a otros niveles del sistema nervioso central (SNC), como esclerosis múltiple (EM), trastornos del espectro de la neuromielitis óptica (NMOSD).

Los eventos agudos que afectan a las células del asta anterior se manifiestan predominantemente con síntomas motores. En contraste, las lesiones que involucran las células del asta posterior desencadenan síntomas sensitivos relacionados con las modalidades de vibración, propiocepción y tacto fino. Por otro lado, las lesiones que comprometen las áreas anterolaterales de la médula espinal suelen afectar la sensibilidad termoalgésica, lo que resulta en déficit del dolor y la temperatura. El dolor puede ser un hallazgo clínico importante en procesos focales y es típicamente característico de ciertas condiciones como los abscesos medulares. Finalmente, cuando la lesión afecta de manera transversal a la médula espinal, se observa una combinación de alteraciones motoras y sensitivas, lo que puede generar una presentación clínica compleja y multifocal (Tabla I y Fig. 1).

tabla

 

figura

Figura 1. Vías ascendentes de la médula espinal.
Fuente: Fox S. eds. Fisiología humana, 14e. McGraw-Hill Education; 2017. Disponible en: https://accessmedicina.mhmedical.com

 

Signos de primera motoneurona: surgen cuando se afecta el tracto piramidal (corteza cerebral, tronco encefálico o médula espinal), y se manifiestan mediante espasticidad, aumento del tono muscular, hiper­reflexia osteotendinosa y signo de Babinski positivo (consiste en la extensión de los dedos al estimular la planta del pie).

Signos de segunda motoneurona: resultan de la afectación del asta anterior o posterior, raíces, nervios espinales o plexos. Clínicamente, se observa: parálisis flácida en los segmentos comprometidos, atrofia muscular, abolición de los reflejos osteotendinosos (ROT), ausencia del signo de Babinski y presencia de fasciculaciones.

Signos sensitivos: se evidencia una alteración de la sensibilidad termoalgésica de forma contralateral y propioceptiva ipsilateral por debajo del nivel de la lesión.

Afectación esfinteriana: se presenta como alteraciones en la fase de almacenamiento o en el vaciado vesical.

Shock medular: es un estado transitorio caracterizado por la pérdida completa de la función medular tras una lesión aguda grave, con parálisis flácida, arreflexia y anestesia por debajo del nivel lesional. La recuperación se identifica por la reaparición de los ROT y el desarrollo progresivo de espasticidad o aumento del tono muscular.

Shock neurogénico: se presenta con hipotensión y bradicardia, como consecuencia de una disfunción simpática por lesión del sistema simpático paravertebral torácico. Es crucial considerarlo en niños politraumatizados con hipotensión refractaria a expansores de volumen.

Inicio de síntomas

Puede ser aguda, subaguda y crónica.

Aguda: el déficit se instaura en minutos u horas; generalmente, se inicia con una fase de shock medular.

Subagudas: el déficit se instaura en días. También puede presentarse con una fase de shock medular.

Crónica: el déficit se instaura en meses.

Evaluación diagnóstica

Historia clínica: la anamnesis desempeña un papel básico en la identificación de la etiología. Indagar en los antecedentes personales, perinatales, familiares y manifestaciones clínicas es clave.

Exploración neurológica (Tabla II).

tabla

 

Pruebas complementarias: se anexan en el algoritmo de sospecha de lesión medular (Ver algoritmo al final del artículo).

Mielopatía aguda

Se define como la presencia de disfunción aguda o subaguda de la médula espinal de origen inflamatorio/autoinmune, infeccioso, traumático o vascular(2).

Inflamatorias

Se recomienda la determinación de anticuerpos anti-MOG y anti-AQP4 a todos los pacientes pediátricos que presentan un primer episodio desmielinizante.

Desmielinizante

Los síndromes desmielinizantes en la edad pediátrica se definen como aquellos cuadros clínicos que presentan un déficit neurológico junto con evidencia de desmielinización en la médula espinal y que, en algunos casos, se acompañan de afectación del sistema nervioso central (SNC), principalmente tronco encefálico, cerebro y nervios ópticos. Su incidencia se estima entre 0,6 a 1,66 por 100.000 niños. El primer evento desmielinizante, anteriormente denominado síndrome clínicamente aislado (CIS), puede presentarse como un cuadro monofocal o multifocal sin encefalopatía(3,4). Ante una primera lesión medular, la presencia de dos o más lesiones cerebrales en la resonancia magnética (RM) cerebral se asocia con un mayor riesgo de evolución hacia formas crónicas(5). Dada la relevancia diagnóstica y terapéutica, se recomienda la determinación de anticuerpos anti-MOG (MOG: glicoproteína de la mielina del oligodendrocito) y anti-AQP4 (AQP4: acuaporina 4) a todos los pacientes pediátricos que presentan un primer episodio desmielinizante. Estos anticuerpos muestran mayor sensibilidad cuando se analizan en suero en comparación con su valor en líquido cefalorraquídeo (LCR). La técnica de elección para su detección es el ensayo basado en células vivas o fijadas (CBA: cell based assay). En presencia de síntomas compatibles con un síndrome de superposición, se aconseja además la evaluación de anticuerpos contra antígenos de superficie neuronal, como los anti-NMDA (NMDA: receptor anti-N-metil-D-aspartato), cuya detección resulta más sensible en LCR.

Esclerosis múltiple (EM)

Es una enfermedad inflamatoria desmielinizante del SNC que puede comprometer la médula espinal. Se caracteriza histológicamente por episodios recurrentes de inflamación, desmielinización, pérdida axonal y gliosis. La incidencia en la población pediátrica es baja, estimada entre 0,13-0,66 por 100 mil niños por año, con una marcada predominancia femenina (relación mujer: hombre de 5:1)(5).
La lesión medular en la EM se extiende por menos de 2 segmentos vertebrales y la mielopatía suele presentarse de forma asimétrica. El diagnóstico se fundamenta en la evaluación clínica, las imágenes de resonancia magnética y los estudios de laboratorio. . Se siguen los criterios propuestos de McDonalds de 2024, pendiente de publicación definitiva, que priorizan la detección precoz de la enfermedad y contemplan la diseminación de las lesiones en el espacio, índice de cadenas ligeras kappa y características radiológicas específicas, como lesiones con borde paramagnético y signo de la vena central en la RM
(6).

Mielitis transversa aguda (MT)

Es un síndrome medular de origen inmunomediado, caracterizado por una lesión inflamatoria o desmielinizante que afecta a la médula espinal(7). Su incidencia anual varía entre 1,34 a 30 casos por millón de habitantes(2). Clínicamente, se manifiesta con síntomas motores (debilidad, paraparesia o tetraparesia), sensitivos (parestesias, hipoestesia o adormecimiento) y autonómicos (disfunción vesical e intestinal). La instauración del cuadro clínico suele ser aguda, aunque puede variar entre 4 horas a 21 días desde el inicio de los síntomas(8). Los ROT pueden estar inicialmente disminuidos, aunque en etapas posteriores puede observarse hiperreflexia y aumento del tono, como manifestación del compromiso del tracto corticoespinal. Es común la presencia de un nivel sensitivo, definido como “signo en banda”, que indica el segmento medular afectado. En muchos casos, el cuadro es precedido por una infección banal (respiratoria o gastrointestinal) y, en otras ocasiones, por traumatismos leves o reacciones alérgicas.

La mielitis transversa idiopática también puede constituir la manifestación inicial o parte de una enfermedad inflamatoria del sistema nervioso central, como la esclerosis múltiple (EM) o los trastornos del espectro de la neuromielitis óptica (NMOSD)(9). En la población pediátrica, la incidencia estimada es de aproximadamente 2 casos por millón de niños por año(10).

Estudios diagnósticos:

– Resonancia magnética medular: muestra hiperintensidades en secuencias T2 FLAIR, que afectan uno o más segmentos medulares, con o sin realce tras la administración de contraste. En NMOSD se evidencia la presencia de mielitis longitudinalmente extensa (3 o más segmentos), lesiones hiperintensas del nervio óptico en la secuencia T2 y captación del contraste tras la administración de gadolinio(3). Si no se trata, puede aumentar la morbi-mortalidad y hasta un 50 % de los casos pueden llegar a perder la visión(11).

– Análisis del líquido cefalorraquídeo (LCR): anormal en aproximadamente el 50 % de los casos. Puede evidenciar pleocitosis, elevación leve de proteínas (hiperproteinorraquia) y glucorraquia normal.

– Estudio de bandas oligoclonales e índice de IgG en LCR: su positividad sugiere una etiología autoinmune.

Infecciosas

Mielitis flácida aguda (AFM)

Los agentes etiológicos más frecuentemente asociados son: el enterovirus D68 y, en menor medida, el A71; se identifican en PCR de hisopado nasal.

Se manifiesta con un inicio agudo(12), caracterizado por debilidad flácida, habitualmente asimétrica, que afecta a una o más extremidades. Su aparición suele precederse de un cuadro infeccioso leve, principalmente de tipo respiratorio o febril, y su evolución clínica se desarrolla en el transcurso de horas a pocos días(13). Desde el punto de vista fisiopatológico, cursa con afectación de las astas anteriores de la médula espinal, entre los 3-5 días posteriores a una infección viral. Esta distribución topográfica y presentación clínica guardan similitud con la poliomielitis. Los virus implicados poseen tres propiedades fundamentales: neuroinvasividad (capacidad de afectar el SNC), neotropismo (afinidad por infectar neuronas) y neurovirulencia (causan enfermedad en el sistema nervioso)(14). En el aspecto clínico, puede acompañarse de dolor radicular, rigidez cervical y arreflexia, sin compromiso del estado de conciencia ni de las funciones superiores. En aproximadamente un 30 % de los casos, se observa afectación de los núcleos motores del tronco encefálico, manifestándose con debilidad bulbar, facial u ocular. Los agentes etiológicos más frecuentemente asociados son enterovirus D68 y, en menor medida, el A71, los cuales se identifican habitualmente mediante reacción de cadena de polimerasa (PCR) en muestras respiratorias (hisopado nasal). El estudio del LCR, habitualmente, es negativo para estos virus(12), aunque puede mostrar pleocitosis moderada, hiperproteinorraquia y glucorraquia normal. En la resonancia magnética medular, típicamente se observa hiperintensidad en secuencia T2 de la sustancia gris central, con compromiso predominante de las astas anteriores, especialmente a nivel cervical. Aproximadamente, un tercio de los pacientes requiere soporte ventilatorio invasivo debido al compromiso de la musculatura respiratoria. La recuperación neurológica suele ser incompleta, con frecuencia dejando secuelas motoras en forma de debilidad y atrofia muscular residual(14).

Los grupos de mielopatía relacionados con infección se conocen, en la actualidad, como mielitis flácida aguda(2). La PCR constituye la técnica más sensible para la detección de agentes virales o bacterianos en estos casos(15,3). Se debe abordar: virus del Nilo del Oeste, herpes virus (HSV, VZV), virus linfotrópico humano T, virus de inmunodeficiencia humana, virus del Zika, Borrelia, Listeria monocytogenes y Treponema pallidum (sífilis)(9).

Abscesos epidurales

Son procesos infecciosos piogénicos localizados en el espacio epidural; es decir, entre la duramadre espinal y el periostio vertebral. Se trata de una entidad aguda y potencialmente fulminante que puede conducir a daño neurológico irreversible, por lo que se considera una emergencia pediátrica. La infección puede diseminarse al espacio epidural por tres vías principales: diseminación hematógena, extensión desde estructuras adyacentes infectadas o por inoculación directa secundaria a un trauma penetrante o a una instrumentación quirúrgica(2). Clínicamente, la presentación más común incluye: dolor localizado, fiebre y síntomas neurológicos, como debilidad motora. La distribución anatómica más frecuente es a nivel lumbar (43-54 %), torácica (15-39 %), cervical (12-36 %) y sacra (23 %). El estafilococo aureus es el patógeno identificado con mayor frecuencia. El tratamiento requiere la administración urgente de antibióticos de amplio espectro y, en casos seleccionados, intervención quirúrgica para drenaje del absceso.

Abscesos de la médula espinal intramedular

Son raros. Suelen presentarse predominantemente en pacientes menores de 5 años, especialmente en aquellos con antecedente de enfermedades inmunológicas o portadores de dispositivos vasculares centrales.

Asociación con enfermedad sistémica

Son patologías poco frecuentes que pueden debutar con afectación del SNC o medular, por lo que deben considerarse dentro del diagnóstico diferencial de las mielopatías agudas. Estas patologías requieren criterios analíticos específicos para su diagnóstico, entre las que se incluyen: lupus eritematoso sistémico, síndrome de Sjögren, síndrome antifosfolípido, sarcoidosis y enfermedad de Behcet(16).

No inflamatorias

Traumatismo medular

Las lesiones de la médula espinal secundarias a trauma constituyen la causa más frecuente de patología medular en niños.

Entre los traumatismos de repetición, destacan aquellos que producen espondilólisis, definida como una fractura o defecto unilateral o bilateral de la pars interarticularis del arco vertebral posterior, y la espondilolistesis que se caracteriza por el desplazamiento anterior de una vértebra con respecto al segmento caudal adyacente. El diagnóstico de ambas entidades se confirma mediante tomografía computarizada (TC) y el tratamiento está orientado principalmente al alivio del dolor y evitar nuevas complicaciones.

Las lesiones más graves de columna vertebral son secundarias a traumatismos directos agudos y representan una causa significativa de morbimortalidad en la población pediátrica, correspondiendo aproximadamente al 10 % del total de traumatismos vertebrales. Dentro de las causas identificadas, el 32 % se relaciona con la práctica deportiva y el 53 % con accidentes de tránsito. Otras etiologías incluyen caídas y, en menor proporción, maltrato infantil.

Una entidad particular en niños es el SCIWORA (Spinal Cord Injury Without Radiographic Abnormality), que corresponde a una lesión medular traumática sin hallazgos en los estudios radiológicos convencionales. Es característica de la población pediátrica, debido a la mayor elasticidad de su columna vertebral y la menor rigidez del sistema osteoligamentoso. Esta condición puede desencadenarse secundaria a un cuadro banal o incluso por traumatismos menores o durante la actividad deportiva. Clínicamente, se manifiesta con síntomas neurológicos transitorios, con recuperación completa en la mayoría de los casos. La RM es el estudio de elección, ya que permite evidenciar alteraciones en los tejidos blandos extraneurales, así como cambios intramedulares compatibles con edema o hemorragia (presencia de metahemoglobina)(17).

Vascular

Se caracterizan por una aparición súbita de síntomas.

Las alteraciones vasculares de la médula espinal pueden presentar hallazgos imagenológicos similares a los observados en casos de mielitis, lo que puede dificultar su diagnóstico diferencial. La vascularización medular se encuentra principalmente a cargo de la arteria espinal anterior, acompañada por dos arterias espinales posteriores, junto con sus respectivas ramas penetrantes. Estas alteraciones pueden tener origen en lesiones de tipo isquémico, hemorrágico, arterial o venoso, así como en malformaciones vasculares. Dentro de las principales entidades, se incluyen las malformaciones arteriovenosas (MAV), las fístulas arteriovenosas durales, los cavernomas y las telangiectasias capilares.

Hemorragia medular

Generalmente, secundaria a una ruptura de una malformación vascular; aunque, en ocasiones, puede ser consecuencia de un infarto venoso hemorrágico.

Isquemia medular

Es una entidad poco frecuente, pero con una alta tasa de morbilidad(18). Clínicamente, se caracteriza por la aparición súbita de un síndrome medular anterior o posterior(14) (Tabla I). Presenta una evolución rápida, relacionada con el infarto de la arteria espinal anterior o, en menor medida, de las arterias espinales posteriores. En una revisión retrospectiva, realizada en un hospital terciario entre los años 1999 y 2020, se analizaron las características clínicas, etiológicas, de imagen y características pronósticas de pacientes con diagnóstico de infarto medular. Se observó que los signos clínicos predominantes fueron el déficit motor, sensitivo, seguidos por alteraciones autonómicas (disfunción vesical o intestinal) y dolor. La presencia de paraparesia al inicio del cuadro clínico se asoció con un peor pronóstico. La RM con secuencia de difusión (DWI) constituye una herramienta diagnóstica útil; sin embargo, puede no evidenciar alteraciones durante la primera hora del inicio de los síntomas, lo cual dificulta el diagnóstico en fases tempranas(19). En algunos casos, el diagnóstico definitivo solo puede establecerse mediante estudios post-mortem. Actualmente, no existen recomendaciones terapéuticas específicas o estandarizadas para el manejo de la isquemia medular. El pronóstico está directamente relacionado con la gravedad del compromiso neurológico inicial(20).

Mielopatía subaguda/crónica

Se divide en: tumores, malformaciones congénitas medulares, enfermedades de causas metabólicas y carenciales.

Tumores en médula espinal

Los tumores de la médula espinal en la edad pediátrica son significativamente menos frecuentes que los tumores cerebrales, con una incidencia entre 5 o 20 veces menor. A pesar de su baja prevalencia, pueden presentarse con una amplia variedad de signos y síntomas, tanto sistémicos como del tronco encefálico (Tabla III)(21).

tabla

 

Malformaciones congénitas medulares (disrafismo espinal)

Los defectos del tubo neural se clasifican en abiertos (mielomeningocele) y cerrados (meningocele y espina bífida oculta). Los abiertos suelen ser detectados en el periodo prenatal mediante el análisis del líquido amniótico, en el cual se observan niveles elevados de acetilcolinesterasa (AChE) y alfafetoproteína (AFP)(17). Además, la ecografía prenatal permite identificar estas malformaciones con alta sensibilidad, lo que facilita el diagnóstico precoz.

El manejo de estas patologías es principalmente quirúrgico y puede realizarse en el periodo postnatal o, en algunos centros especializados, de forma prenatal (cirugía fetal). El pronóstico varía según el nivel de la lesión; pero, en general, es favorable si se diagnostica y trata oportunamente. Dependiendo de la localización y extensión del defecto, pueden presentar déficit sensitivo o motor, así como incontinencia rectal y/o vesical. Su prevención se basa en la suplementación prenatal de ácido fólico (vitamina B9).

Enfermedades metabólicas / genéticas

Pueden comprometer la médula espinal, presentándose como mielopatías crónicas o progresivas. Dentro de este grupo, se incluye la paraparesia espástica familiar, que puede manifestarse de forma aislada (pura) o en asociación con otros trastornos neurológicos (forma compleja). Otra entidad destacada es la leucodistrofia metacromática, una enfermedad lisosomal autosómica recesiva, causada por déficit de arilsulfatasa A, que produce acumulación de sulfátidos y degeneración progresiva de la sustancia blanca medular y cerebral.

Errores innatos del metabolismo

La deficiencia de biotinidasa puede simular una mielitis transversa, con signos neurológicos reversibles tras la administración de biotina.

La aciduria glutárica I, causada por un defecto de degradación del glutaril-CoA, puede presentarse con atrofia medular, signos extrapiramidales y encefalopatía progresiva.

Trastornos carenciales

La principal afectación medular por déficit carencial se asocia a deficiencia de vitamina B12.

• El déficit de vitamina B12: este déficit puede producir una mielopatía subaguda-crónica, caracterizada por afectación de las columnas dorsales y laterales de la médula espinal, similar a lo observado en el déficit de cobre. Las principales manifestaciones neurológicas incluyen: parestesia, ataxia sensorial, signo de Babinski y alteración de los reflejos osteotendinosos, que pueden estar aumentados o disminuidos. La mayoría de los casos se asocian con anemia megaloblástica, niveles elevados de homocisteína en plasma y aciduria metilmalónica. En lactantes, el cuadro clínico puede ser más inespecífico, con presentación de apatía, hipotonía, compromiso del neurodesarrollo, anorexia y vómitos. En algunos casos, puede presentarse con un trastorno del movimiento autolimitado, como temblores (focales o generalizados) y mioclonías faciales, pudiendo aparecer o exacerbarse con el inicio del tratamiento con vitamina B12. Estas manifestaciones responden favorablemente al tratamiento con clonazepam(22).

• El déficit de vitamina B1, B6 y E puede presentar manifestaciones neurológicas secundarias.

Tratamiento

El tratamiento de la patología medular aguda debe ser individualizado, según la etiología, gravedad y extensión de la lesión.

En las mielopatías inflamatorias o en aquellas con edema medular importante, como compresión aguda o isquemia, está indicada la administración de corticoides endovenosos.

Durante la fase aguda, el manejo suele ser común para los síndromes desmielinizantes adquiridos (primer episodio desmielinizante, mielitis transversa aguda). Se recomienda metilprednisolona por vía endovenosa (EV) 30 mg/kg/dosis (máximo 1 g/día) durante 3 a 5 días. Se pueden asociar inmunoglobulinas (2 g/kg/día) en 2 a 5 días, inicialmente o ante respuesta ineficaz a los corticoides. En los casos de extrema gravedad y mala respuesta a corticoides o si hay contraindicación, se puede emplear plasmaféresis de 5 a 7 sesiones. En los pacientes con mielitis transversa, se podría continuar con prednisona oral a 1-2 mg/kg/día, en pauta descendente durante un mes posterior al corticoide EV.

En el caso de los pacientes con NMOSD, se recomienda iniciar inmunosupresión con rituximab, ya que demostró mayor reducción de riesgo de recaída(3,23). Otras opciones pueden ser micofenolato, azatioprina o corticoides diarios(9). En la esclerosis múltiple pediátrica, el tratamiento se basa en modificadores de la enfermedad de alta eficacia, como el rituximab, que ha demostrado pronóstico favorable(24).

En casos sospechosos de mielitis aguda flácida, se prefiere iniciar tratamiento con inmunoglobulinas, dado que se considera una condición probablemente asociada a infección viral neuroinvasiva, según opinión de expertos. De no funcionar, se utilizan esteroides EV o plasmaféresis por su potente efecto inmunomodulador, aunque la evidencia es limitada. Además, se pautará un tratamiento empírico (según los posibles agentes causales) hasta obtener la confirmación microbiológica. La recuperación es altamente variable y, en menos del 10 % de los casos, se logra una recuperación completa(25).

• Intervención quirúrgica: la cirugía puede estar indicada en casos seleccionados para descompresión medular, en casos de compresión medular por fracturas, hematomas, abscesos o tumores extramedulares y la biopsia diagnóstica en sospecha de neuroblastoma.

• Rehabilitación: el manejo integral incluye un plan de rehabilitación física y funcional con fisioterapia para prevenir contracturas, pérdida de masa muscular y disminuir lesiones por encamamiento (principalmente escaras). Terapia ocupacional para fortalecer las actividades de la vida diaria y apoyo psicológico para mejorar la adaptación emocional del paciente.

En casos de disfunción vesical se pueden utilizar sondas uretrales intermitentes o permanentes, junto con educación en cateterización vesical intermitente.

La ventilación asistida está indicada en el manejo del paciente con compromiso respiratorio aunado a una monitorización en Unidad de Intensivo Pediátrico.

Pronóstico

El pronóstico funcional y neurológico es variable y depende de factores, como la etiología subyacente, la extensión de la lesión, la precocidad en el inicio del tratamiento y la adecuación del abordaje terapéutico.

En el caso de los pacientes con mielitis transversa, se ha reportado que, incluso después de completar el tratamiento, hasta un 40 % de los pacientes pueden presentar un déficit neurológico residual que interfiere con las actividades de la vida diaria e impacta en su calidad de vida(26,27).

Conclusión

La patología medular aguda y subaguda en pediatría constituye una urgencia médica que requiere un enfoque multidisciplinar para su diagnóstico y tratamiento. La intervención temprana es esencial para lograr un mejor pronóstico.

Función del pediatra en Atención Primaria

• Indagar en la historia clínica dirigida, incluyendo los antecedentes familiares, prenatales e historia de la enfermedad actual.

• Realizar una exploración física sistemática, incluyendo la exploración neurológica.

• Conocer los signos de alarma.

• Discernir en las principales etiologías y orientar las pruebas complementarias.

• Derivar al Servicio de Urgencias ante la sospecha de una patología medular aguda.

• Vigilancia de complicaciones/secuelas a largo plazo (infecciones urinarias, deformidades, úlceras, entre otras).

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Ghandour Fabre D, Camacho Salas A. Patología Medular. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 207-16.

Protocolo de revisión de la patología medular aguda de la Sociedad Española de Pediatría, donde resume características clínicas, clasificación, diagnóstico y tratamientos.

– Yeh AE, Yea C, Bitnun A. Infection Related Myelopathies. Annual Review of Pathology: Mechanisms of Disease. 2021; 27: 141-53.

Revisión de mielopatías relacionadas a infección. Describe la epidemiología, definición y discusión de las características clínicas y radiológicas de las mielopatías relacionadas a infección.

– Caraballo RH, Campistol J, Gónzalez Rabelino G. Neuropediatría. Fundamentos prácticos Aldarete DH, editor. Buenos Aires: Panamericana; 2023.

Es una revisión de los fundamentos prácticos de la neuropediatría, donde se puede consultar información destacada con capítulos orientados a temas precisos de cada patología medular.

Caso clínico

 

Niña de 7 años sin antecedentes personales conocidos que acude con historia de pérdida de la sensibilidad de extremidades inferiores seguida de pérdida de la deambulación de 1 semana de evolución, con episodio respiratorio autolimitado 2 semanas previas.

En el examen físico neurológico presenta un examen mental conservado y tiene un nivel sensitivo a nivel de T4. Los reflejos rotulianos y la fuerza están disminuidos y no vence la gravedad con extremidades inferiores.

Ante estas características clínicas, se le realiza analítica sérica y en LCR. Se complementa con un estudio de neuroimagen y se inicia tratamiento dirigido.

 

 

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Desarrollo neurológico normal del niño

Otros temas relacionados
publicados en Pediatría Integral


 


Regreso a las bases

@Desarrollo neurológico normal del niño

D. Gómez-Andrés1,2, I. Pulido Valdeolivas2,L. Fiz Pérez3,4

1Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Infanta Sofía. San Sebastián de los Reyes. Madrid.
2Trastornos del Desarrollo y Maduración Neurológica. Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia. IdiPaz-UAM.
3Servicio de Urgencias. Médico Asistencial en Neuropediatría. Hospital Universitario La Paz.
4Servicio de Pediatría. Hospital General de Villalba. Collado Villalba

 

Pediatr Integral 2015; XIX (9): 640.e1 – 640.e7

Disponible en internet desde noviembre de 2015

 

Concepto de desarrollo psicomotor

El desarrollo psicomotor implica los cambios en las habilidades motrices, cognitivas, emocionales y sociales del niño, desde el periodo fetal hasta la adolescencia. El término suele limitarse por consenso a los primeros dos años de vida.

Aunque en muchas ocasiones nos referimos al término maduración y desarrollo de forma similar, no hay que olvidar que la maduración es el proceso genéticamente determinado, que implica la organización gradual de las estructuras neurales, mientras que el desarrollo se refiere al incremento y perfeccionamiento de las habilidades funcionales. Por lo tanto, los factores genéticos y ambientales actúan sobre la maduración del sistema nervioso, que se traduce en el proceso del desarrollo.

El fenómeno biológico clave en el desarrollo psicomotor es la consolidación de los circuitos corticales. La mielinización de estos circuitos comienza a los 8 meses de gestación y está prácticamente completa a los 2 años de edad. Durante este periodo, los circuitos neuronales tienen gran plasticidad, siendo muy sensibles a los estímulos externos. La adquisición del conocimiento y el refinamiento de habilidades depende de las oportunidades que se le den al niño para observar, copiar y experimentar de sus iguales, así como de la interacción entre su genética y el ambiente que le rodea, contribuyendo todo ello de forma interactiva y compleja al proceso de desarrollo. Los potenciales acontecimientos nocivos genéticos, intrauterinos y ambientales (especialmente, la hipoestimulación sensorial), durante este tiempo afectan a la organización y perfeccionamiento de las estructuras neuronales y pueden ser responsables de un retraso en el desarrollo psicomotor.

El pediatra de Atención Primaria debe perseguir los siguientes propósitos:

• Promover el desarrollo físico y mental óptimo de todos los niños, intentando asegurar la máxima funcionalidad.

• Asegurar un diagnóstico precoz de disfunciones motoras, cognitivas y sociales, para lograr un abordaje y tratamiento lo más rápido posible.

El desarrollo de la especie humana es particularmente largo y complejo. La infancia es el periodo que va a marcar el cambio desde la dependencia que exige el lactante hasta la madurez y autosuficiencia que alcanza el sujeto adulto. Durante este periodo, el niño:

• Construye el conocimiento sobre el ambiente que le rodea.

• Aprende las habilidades motoras necesarias para la supervivencia.

• Adquiere la capacidad del lenguaje, que le permite comunicarse con otros seres de su especie, además de su propio razonamiento interior.

• Toma conciencia sobre sí mismo, la autorregulación de las emociones y el comportamiento necesario para integrarse en la sociedad.

 


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2015; XIX (9): 640.e1 – 640.e7

 

Epilepsia

E. González Alguacil,  J.J. García Peñas, V. Soto Insuga
Temas de FC


E. González Alguacil, J.J. García Peñas, V. Soto Insuga

Servicio de Neuropediatría. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

 

X

Autor de correspondencia:

egalguacil@salud.madrid.org

Resumen

La epilepsia es uno de los trastornos neurológicos más frecuentes en la infancia y se caracteriza por una predisposición persistente a presentar crisis recurrentes. El diagnóstico se establece cuando se cumplen determinados criterios clínicos y electroencefalográficos, y puede tener causas estructurales, genéticas, metabólicas, inmunes, infecciosas o permanecer sin una explicación clara. Existen distintos tipos de crisis y síndromes epilépticos que varían según la edad de inicio. En los neonatos y lactantes se incluyen epilepsias autolimitadas y encefalopatías epilépticas y del desarrollo; mientras que, en la infancia, destacan también las epilepsias generalizadas idiopáticas y los síndromes definidos por una etiología específica. La clasificación actual combina la información electroclínica con la etiológica para orientar mejor el diagnóstico y el tratamiento. El abordaje terapéutico es sintomático y se centra en el control de las crisis. Las benzodiacepinas son el tratamiento de primera línea en las crisis agudas y en el estatus epiléptico. La elección de los fármacos anticrisis depende del tipo de crisis o del síndrome y, en determinados casos, se recurre a opciones no farmacológicas, como la dieta cetogénica, la cirugía o los dispositivos de neuroestimulación. El pediatra de Atención Primaria desempeña un papel esencial en la detección precoz de las crisis, la actuación inicial ante un primer episodio, la derivación oportuna al especialista, el seguimiento de las comorbilidades y la educación a las familias, facilitando la adherencia terapéutica y contribuyendo a mejorar la calidad de vida de los pacientes.

 

Abstract

Epilepsy is one of the most common neurological disorders in childhood and is characterized by a persistent predisposition to recurrent seizures. The diagnosis is established when certain clinical and electroencephalographic criteria are met, and the causes may be structural, genetic, metabolic, immune, infectious, or remain unexplained. There are different types of seizures and epileptic syndromes that vary according to the age of onset. In neonates and infants, these include self-limited epilepsies and epileptic and developmental encephalopathies; while in childhood, idiopathic generalized epilepsies and syndromes defined by a specific etiology are also prominent. The current classification combines electroclinical and etiological information to better guide diagnosis and treatment. The therapeutic approach is symptomatic and focuses on seizure control. Benzodiazepines are the first-line treatment for acute seizures and status epilepticus. The choice of anti-seizure medications depends on the type of seizure or syndrome, and in certain cases, non-pharmacological options are used, such as the ketogenic diet, surgery, or neurostimulation devices. Primary care pediatricians play an essential role in the early detection of seizures, initial intervention during a first episode, timely referral to a specialist, monitoring comorbidities, and educating families, facilitating therapeutic adherence and contributing to improving patients’ quality of life.

 

Palabras clave: Epilepsia infantil; Crisis epilépticas; Estatus epiléptico; Síndromes epilépticos; Fármacos anticrisis; Terapias no farmacológicas.

Key words: Childhood epilepsy; Epileptic seizures; Status epilepticus; Epileptic syndromes; Antiseizure medications; Non-pharmacological therapies.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 503 – 512

 


OBJETIVOS

Definir y diferenciar los conceptos fundamentales relacionados con la epilepsia infantil.

Reconocer la clasificación actual de las crisis y de los síndromes epilépticos en la infancia, comprendiendo sus características electroclínicas, etiológicas y de pronóstico.

Aplicar un enfoque diagnóstico estructurado ante un primer episodio paroxístico en la edad pediátrica.

Identificar las principales etiologías de la epilepsia infantil.

Seleccionar el tratamiento adecuado según el tipo de crisis y síndrome epiléptico.

Valorar el papel del pediatra de Atención Primaria en la atención integral del paciente con epilepsia.

 

 

Epilepsia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.80

 

Introducción y conceptos

Crisis epiléptica

Manifestación transitoria de signos y/o síntomas ocasionados por una actividad neuronal anormal, excesiva o sincrónica en el cerebro(1). Esta definición enfatiza el carácter temporal de la crisis y su base fisiopatológica común, independientemente de la diversidad de manifestaciones clínicas que puede presentar.

Crisis sintomática aguda: crisis clínica que ocurre en el momento de una agresión sistémica o en estrecha relación temporal con una lesión cerebral documentada, como accidente cerebrovascular, traumatismo craneoencefálico, encefalopatía metabólica, infección del sistema nervioso central, entre otras(2).

Crisis no provocada: crisis epiléptica que ocurre sin un factor precipitante temporal o reversible, con posible tendencia a repetirse.

Epilepsia

Según la definición práctica propuesta por la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) en 2014(3), la epilepsia se caracteriza por una predisposición persistente a presentar crisis epilépticas recurrentes.

El diagnóstico se establece cuando ocurre cualquiera de las siguientes condiciones:

Dos o más crisis no provocadas (o reflejas), separadas por más de 24 horas.

• Una crisis no provocada (o refleja), cuando existe una probabilidad elevada de recurrencia (al menos 60 %) en los siguientes diez años.

• El diagnóstico de un síndrome epiléptico específico.

Puede tener un origen diverso, incluyendo causas genéticas, estructurales, metabólicas, inmunológicas, infecciosas o de etiología aún desconocida(4).

Estatus epiléptico (EE)

La ILAE definió en 2015(5) el estatus epiléptico como una condición resultante del fracaso de los mecanismos encargados de finalizar una crisis epiléptica o de la activación de procesos que prolongan su duración. Para su mejor aplicación clínica, se establecen dos hitos temporales (Fig. 1):

Figura1

Figura 1. Estatus epiléptico. BZD: benzodiacepina. FAC: farmaco anticrisis.
Modificada de: referencia(6).

 

Tiempo 1: umbral clínico a partir del cual una crisis debe considerarse como una actividad epiléptica continua y requiere iniciar tratamiento inmediato. En el caso de las crisis tónico-clónicas generalizadas, este punto se fija en 5 minutos.

Tiempo 2: momento a partir del cual la crisis puede ocasionar daño neuronal irreversible y secuelas a largo plazo, estimado en 30 minutos para las crisis tónico-clónicas generalizadas.

 

A partir de esta definición, se reconocen varias formas clínicas de EE:

EE establecido: cuando la crisis persiste más allá del tiempo 2, habitualmente >30 minutos.

EE refractario: cuando la crisis continúa a pesar del tratamiento adecuado con benzodiacepinas y, al menos, un segundo fármaco anticrisis.

EE superrefractario: cuando la actividad epiléptica persiste más allá de 24 horas a pesar de anestésicos, o recurre al intentar su retirada.

Epilepsia farmacorresistente

La epilepsia farmacorresistente se define como aquella en la que no se consigue un control mantenido de crisis a pesar de haber empleado dos medicamentos anti-crisis bien tolerados, a dosis adecuadas y correctamente indicados(7).

La epilepsia se define como una predisposición persistente a crisis no provocadas y su diagnóstico requiere criterios específicos, mientras que el estatus epiléptico representa una urgencia médica.

Prevalencia

Según las estimaciones del Global Burden of Disease Study 2019(8), la prevalencia global de epilepsia activa fue de 682 casos por cada 100.000 habitantes (IC 95 %: 586-784). De ellos, 359 por 100.000 correspondieron a epilepsia secundaria. Estas cifras indican que, a nivel mundial, alrededor de siete de cada mil personas viven con epilepsia activa.

Clasificación de crisis epilépticas (ILAE 2025)(9)

La ILAE mantiene cuatro clases principales de crisis:

1. Focales: se originan en redes limitadas a un hemisferio. Se clasifican en:

– Con conciencia preservada.

– Con conciencia alterada.

– Focal a bilateral tónico-clónica.

2. Generalizadas: inician en redes bilaterales desde el comienzo. Se incluyen:

– Ausencias (típica, atípica, mioclónica, con mioclonías palpebrales).

– Tónico-clónicas (clásicas, mioclónico-tónico-clónicas).

– Otras generalizadas.

3. De origen desconocido: cuando no puede determinarse si el inicio fue focal o generalizado:

– Con conciencia preservada.

– Con conciencia alterada.

– Bilateral tónico-clónica

4. No clasificadas: cuando no hay información suficiente, aunque el evento se reconoce como crisis epiléptica.

Semiología en los tipos principales de crisis

Crisis tónica: se caracterizan por una contracción muscular sostenida que produce rigidez generalizada o segmentaria. Suelen afectar a la musculatura axial y proximal, a menudo con caída brusca, si el paciente está de pie.

Crisis de ausencia: se manifiestan por una interrupción brusca de la conciencia, de corta duración, con mirada fija y cese de la actividad en curso. Pueden acompañarse de fenómenos motores leves, y suelen tener inicio y final abruptos.

Crisis tónico-clónica: presentan una secuencia típica de dos fases:

Tónica: rigidez muscular generalizada.

Clónica: sacudidas rítmicas bilaterales, que van disminuyendo en frecuencia hasta la resolución.

Posteriormente suele haber confusión postictal.

Crisis clónica: se caracterizan por sacudidas rítmicas repetitivas de grupos musculares, generalmente bilaterales y simétricas, sin fase tónica inicial clara.

Crisis mioclónica: se definen por sacudidas musculares breves, bruscas y no rítmicas, que pueden ser únicas o repetitivas, afectar a un grupo muscular o generalizarse. No siempre hay alteración de la conciencia.

Crisis atónica: pérdida súbita del tono muscular, lo que produce caídas repentinas, con riesgo elevado de traumatismos.

Crisis mioclónico-atónicas: combinan sacudidas mioclónicas iniciales, seguidas inmediatamente de una pérdida de tono postural.

Espasmos epilépticos: flexión, extensión o mezcla de flexo-extensión repentina, que suele afectar a la musculatura proximal y del tronco (sobre todo de miembros superiores, produciendo separación y elevación de ambos brazos con respecto al tronco). En salvas. Más frecuente al despertar.

Evaluación tras primera crisis y diagnóstico inicial de epilepsia(10)

Ante un primer episodio paroxístico en pediatría, la historia clínica detallada, la exploración neurológica y el uso de vídeo casero son claves para diferenciar crisis epilépticas de otros trastornos.

1. ¿Crisis epiléptica o trastorno paroxístico no epiléptico?

Ante un primer episodio paroxístico, es fundamental realizar una valoración clínica protocolizada que nos permita valorar la gravedad del episodio, definir su naturaleza (epiléptica o no epiléptica) y orientar el pronóstico inicial.

La historia clínica minuciosa, junto con la exploración física y neurológica, suele ser suficiente para establecer el diagnóstico en la mayoría de los casos pediátricos. Destacando la importancia del vídeo casero.

Se recomienda un seguimiento cuidadoso para aclarar el diagnóstico antes de iniciar el tratamiento con fármacos anticrisis.

2. Ante una crisis epiléptica

Distinguir entre crisis sintomática aguda vs. crisis no provocada.

3. Ante una crisis no provocada, valorar qué tipo de crisis (Fig. 2)

Figura

Figura 2. Clasificación crisis epilépticas. Fuente: referencia(9).

 

La prueba complementaria de primer nivel será el EEG (electroencefalograma), recomendándose realizar un EEG como parte de la evaluación diagnóstica en niños con una primera crisis aparentemente no provocada.

El rendimiento diagnóstico es mayor si el EEG se realiza en las primeras 24 horas; sin embargo, hallazgos de fondo, como el enlentecimiento focal, pueden observarse de manera transitoria como fenómenos postictales y, posteriormente, resolverse, por lo que no deben asumirse automáticamente como signos de lesión estructural.

Aunque es poco común registrar eventos clínicos durante un EEG de rutina; en ocasiones, se capturan tanto crisis epilépticas como no epilépticas. El uso de vídeo simultáneo en el EEG, puede ayudar a apreciar mejor la semiología.

Las maniobras de activación incluyen la hiperventilación, que, a menudo, desencadena crisis de ausencia en epilepsia de ausencia infantil o juvenil no tratada, y la estimulación luminosa intermitente que puede provocar crisis en aquellas epilepsias fotosensibles (como crisis mioclónicas en la epilepsia mioclónica juvenil). La detección de estos tipos de crisis más sutiles puede orientar hacia un síndrome epiléptico específico.

El EEG también puede guiar la necesidad de otras pruebas y aporta información sobre el riesgo de recurrencia.

El vídeo-EEG prolongado rara vez se requiere tras una primera crisis. Sin embargo, debe considerarse en pacientes sin recuperación completa del estado neurológico basal en 60 minutos, con alteraciones fluctuantes de la conciencia o con hallazgos neurológicos focales inexplicados, para descartar crisis sutiles frecuentes o estatus epiléptico.

El EEG está indicado en todos los pacientes con crisis no provocadas de inicio reciente. Se debe tener cuidado de no malinterpretar variantes normales como epileptiformes. El EEG ayuda a determinar el tipo de crisis y de epilepsia, orientar la necesidad de estudios adicionales y establecer el pronóstico respecto al riesgo de recurrencia.

4. ¿Diagnóstico de epilepsia?

Ver tabla I.

 

5. Tipo de epilepsia

El segundo nivel de clasificación se centra en el tipo de epilepsia, que se basa en el o los tipos de crisis que presenta el paciente.

Los tipos de epilepsia se dividen en generalizada, focal, combinada generalizada y focal, o de origen desconocido.

El EEG también puede ayudar a determinar el tipo de epilepsia. La epilepsia focal se sugiere si se observan descargas epileptiformes focales o enlentecimiento focal; mientras que las descargas punta-onda generalizadas se asocian con epilepsia generalizada. Algunos síndromes epilépticos tienen un patrón electroencefalográfico característico.

La interpretación del EEG debe hacerse siempre en el contexto de la historia clínica; ya que, aproximadamente, un 3 % de personas sin epilepsia pueden mostrar descargas epileptiformes. Por lo tanto, un EEG anormal no equivale necesariamente a epilepsia.

6. Etiología (Fig. 3)

Figura1

Figura 3. Clasificación de la epilepsia por la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE). Modificada de: referencia(4).

 

La epilepsia puede tener múltiples etiologías (estructural, genética, infecciosa, metabólica, inmune o desconocida) y su identificación, mediante RM, estudios genéticos, pruebas metabólicas o inmunológicas, es esencial, porque orienta el pronóstico, permite un manejo más específico y abre la puerta a terapias de precisión en casos seleccionados.

Estructural

La epilepsia se considera de causa estructural si existe una alteración cerebral estructural que origina las crisis. Estas pueden deberse a malformaciones del desarrollo cortical o a procesos adquiridos, como infección, ictus, traumatismo o tumor. En la mayoría de los casos, las anomalías estructurales se evidencian en la resonancia magnética (especialmente, si se adquieren las imágenes mediante protocolos específicos de epilepsia).

Pruebas complementarias: la Comisión de Neuroimagen de la ILAE ha recomendado que todos los pacientes con epilepsia se sometan a una resonancia magnética cerebral (RM), excepto aquellos con un síndrome de epilepsia generalizada idiopática claramente definido y sensible a fármacos, o con epilepsia focal autolimitada de la infancia(11).

Genética

La epilepsia se considera genética si es causada por una variante genética conocida. En algunos casos, se identifica una variante patogénica en un solo gen. Estos trastornos monogénicos suelen, aunque no siempre, asociarse a encefalopatías epilépticas y del desarrollo de inicio temprano y resistentes a fármacos. Algunos genes producen también alteraciones estructurales cerebrales, mientras que otros ocasionan cambios metabólicos que causan la epilepsia.

Otro grupo amplio lo constituyen las epilepsias generalizadas idiopáticas, en las que los estudios familiares muestran fuerte predisposición genética, aunque sin identificarse un único gen causal. Se considera que la etiología es poligénica.

Pruebas complementarias: estudios genéticos moleculares a gran escala, que han permitido identificar un número creciente de genes novedosos asociados con epilepsia.

El rendimiento diagnóstico de las pruebas genéticas es mayor en lactantes y niños pequeños con encefalopatías epilépticas y del desarrollo de causa desconocida. También debe considerarse en pacientes cuya exploración clínica u otros estudios apunten a una causa genética probable.

Esto tiene distinta repercusión, pero cada vez es más frecuente la probabilidad de iniciar una medicina de precisión en función del gen afecto.

Existen varias posibles estrategias de estudio genético: cariotipo, CGH-arrays, secuenciación de un solo gen, panel de genes de epilepsia, secuenciación del exoma completo o del genoma completo. Un metaanálisis reciente que evaluó el coste-efectividad de distintas pruebas genéticas comúnmente utilizadas en epilepsia sugiere que el panel de genes de epilepsia o la secuenciación del exoma completo deberían ser la primera opción diagnóstica en estos casos(12).

Infecciosa

Las etiologías infecciosas representan la causa más frecuente de epilepsia a nivel mundial, especialmente en países en desarrollo. La epilepsia en fase crónica se considera estructural, probablemente por lesiones estructurales secundarias a la infección en periodo agudo.

No debe emplearse esta categoría para describir crisis sintomáticas agudas que ocurren durante infecciones cerebrales, como encefalitis o meningitis.

Metabólica

Una etiología metabólica implica que la epilepsia y las crisis se deben a alteraciones bioquímicas derivadas de un trastorno metabólico conocido. Algunos son tratamientos específicos que pueden detener las crisis y prevenir el deterioro del desarrollo.

Pruebas complementarias: se realizará estudio metabólico protocolizado en pacientes con epilepsia y sospecha de error congénito del metabolismo. En muchos casos, la enfermedad metabólica tiene base genética y el diagnóstico se realizará desde el test genético.

Inmune

Se considera epilepsia inmune aquella que resulta directamente de un trastorno inmunitario subyacente.

Pruebas complementarias: en presencia de características clínicas sugestivas, debe considerarse firmemente la realización de anticuerpos antineuronales en suero y LCR.

Desconocida

Cuanto más exhaustiva es la investigación, mayor es la probabilidad de identificar una causa. Sin embargo, incluso tras estudios completos, en un tercio a la mitad de los pacientes con crisis no provocadas de inicio reciente, no se logra identificar una etiología clara.

¿Encefalopatía epiléptica o encefalopatía epiléptica y del desarrollo?

Encefalopatía epiléptica

Epilepsias en las que la propia actividad epiléptica contribuye a un deterioro cognitivo y conductual más grave de lo esperado por la patología subyacente, con potencial reversibilidad si se logra un tratamiento precoz y eficaz(13).

Encefalopatía epiléptica y del desarrollo

Casos en los que la afectación cognitivo-conductual se debe tanto a la epilepsia como a la etiología neurobiológica causal. En estos pacientes, el control de las crisis puede mejorar parcialmente el cuadro clínico, pero la intervención más prometedora proviene de estrategias de medicina de precisión dirigidas al mecanismo causal(4) (Tabla II).

 

Síndromes epilépticos

La ILAE 2022 propone una clasificación híbrida de la epilepsia, que combina el síndrome electroclínico con la etiología, reconociendo la complejidad genotipo-fenotipo y permitiendo un diagnóstico más preciso, que orienta mejor el tratamiento y el pronóstico.

Tradicionalmente, las epilepsias se clasificaban en síndromes epilépticos definidos por unas características electroclínicas, comorbilidades, pronóstico, respuesta al tratamiento y hallazgos en EEG o neuroimagen comunes. Con el avance de la genética, se identificaron genes causales, aunque la relación entre mutación y fenotipo resultó compleja: un mismo gen puede originar distintos síndromes y un mismo síndrome puede deberse a genes diferentes.

Por ello, en 2022, la ILAE propone una clasificación híbrida, que integra tanto el síndrome electroclínico como la etiología (estructural, genética, metabólica, inmune o infecciosa) para orientar el plan terapéutico. Asimismo, redefine el síndrome epiléptico como un conjunto de características clínicas y electroencefalográficas, frecuentemente apoyadas en hallazgos etiológicos específicos, y describe síndromes genéticos con perfiles electroclínicos homogéneos(14,15).

Síndromes epilépticos definidos electro-clínicamente con inicio en neonatos y lactantes

En la clasificación de la ILAE de 2022 se dividen los síndromes epilépticos de inicio en neonatos y lactantes (Tabla III), en dos grandes grupos: los síndromes epilépticos autolimitados, en los que es probable que se produzca una remisión espontánea; y las encefalopatías epilépticas y del desarrollo (EED).

 

Síndromes epilépticos de inicio en la infancia

Se dividen en tres grupos principales (Tabla IV):

 

Epilepsias focales autolimitadas: las epilepsias focales que comienzan en la infancia suelen ser autolimitadas y, habitualmente, de causa desconocida. Antes se denominaban “benignas” o “idiopáticas”, pero la ILAE recomienda el término autolimitadas, ya que pueden asociar comorbilidades y porque el curso natural es de inicio y remisión dependiente de la edad.

Representan hasta el 25 % de todas las epilepsias pediátricas. La mayoría de los niños se encuadra en un síndrome concreto; aunque, en algunos casos, puede haber solapamiento o evolución de un síndrome a otro.

Epilepsias generalizadas genéticas: prácticamente todos los síndromes epilépticos generalizados de inicio en la infancia tienen una etiología genética. Se consideran de herencia compleja, con base poligénica, con o sin contribución de factores ambientales.

Encefalopatías epilépticas y del desarrollo: las encefalopatías epilépticas y del desarrollo constituyen un grupo de síndromes graves, en los que las crisis epilépticas frecuentes y resistentes al tratamiento se asocian a una afectación significativa del neurodesarrollo, así como la etiología subyacente.

El reconocimiento precoz de estos síndromes es fundamental, ya que permite orientar el tratamiento dirigido, incluyendo terapias específicas en algunos casos.

Síndromes específicos por etiología

Se consideran síndromes específicos por etiología a aquellos en los que existe una causa definida de epilepsia, asociada a un fenotipo clínico relativamente uniforme y característico en la mayoría de los pacientes (forma de presentación, tipos de crisis, comorbilidades, curso evolutivo y/o respuesta a tratamientos específicos), además de correlatos consistentes en EEG, neuroimagen y/o genética.

El grupo de trabajo de la ILAE no buscó describir todos los síndromes específicos por etiología, sino ofrecer definiciones de algunos relevantes (Tabla V).

 

Epilepsias generalizadas idiopáticas

La epilepsia generalizada idiopática (EGI) son epilepsias de inicio en la infancia o adolescencia, con las siguientes características(16).

Crisis generalizadas (ausencias, mioclonías y/o crisis tónico-clónicas).

Desarrollo neurológico generalmente normal, aunque con frecuentes comorbilidades (trastornos de aprendizaje, TDAH, ansiedad o depresión).

EEG característico: descargas punta-onda o polipunta-onda generalizadas (2,5-5,5 Hz).

Base genética poligénica, aunque, en algunos casos, pueden existir causas monogénicas.

Buena respuesta a fármacos de amplio espectro, aunque la remisión completa no siempre es posible.

Existe solapamiento entre los síndromes, ya que un mismo paciente puede evolucionar de uno a otro, lo que refleja que forman parte de un continuo dentro de la EGI, más que de entidades completamente separadas (Fig. 4).

Figura1

Figura 4. Epilepsia generalizada idiopática. Modicada de: referencia(16).

 

Tratamiento de la epilepsia

El manejo de la epilepsia infantil cuenta con una lista creciente de fármacos anticrisis y terapias no farmacológicas.

La elección inicial del tratamiento debe basarse en el tipo de crisis o síndrome epiléptico.

Actuación ante un episodio compatible con crisis epiléptica

• Manejo postural (colocar al paciente de lado, evitando sujetar al paciente y no introducir nada en la boca).

• Si duración mayor de 2-3 minutos, administrar medicación de rescate (midazolam bucal vs. diazepam rectal).

Tratamiento farmacológico en epilepsia

Benzodiacepinas en crisis epilépticas (CE) y estatus epiléptico (EE)(17): son el tratamiento inicial de elección (recomendación IA): seguras, eficaces y con mejor control si se administran en los primeros 3 minutos.

Vía intravenosa (IV):

Diazepam (DZP): eficacia similar; DZP es el más usado en nuestro medio por mejor evidencia.

Midazolam (MDZ): opción alternativa, como primera línea.

Si no hay acceso venoso: opciones rápidas son: MDZ intranasal, bucal o intramuscular, y DZP rectal. El MDZ demuestra mayor eficacia que el DZP rectal.

Precauciones:

– Monitorizar siempre la función respiratoria.

– Evitar en miastenia gravis, enfermedades neuromusculares con afectación orofacial o insuficiencia respiratoria.

En lactantes entre 1 y 3 meses, debe individualizarse la administración de benzodiacepinas (p. ej., no se recomiendan en crisis de espasmos) y, preferentemente, se usará la vía intravenosa y no la bucal.

En neonatos es importante detectar y tratar las alteraciones metabólicas más frecuentes (hipoglucemia, hipocalcemia, hipomagnesemia, etc.). Los errores congénitos del metabolismo pueden cursar con crisis epilépticas que respondan a suplementos vitamínicos correspondientes, por lo que es importante tenerlos en cuenta de cara al tratamiento habitual.

Fármacos anticrisis para el tratamiento de epilepsia

El tratamiento farmacológico disponible en la actualidad es sintomático, orientado al control de las crisis, pero no modifica la evolución natural de la epilepsia ni actúa sobre la epileptogénesis. Por este motivo, en la literatura más reciente se ha sustituido el concepto de fármacos antiepilépticos (FAE) por el de fármacos anticrisis (FAC).

El FAC ideal sería aquel capaz de eliminar las crisis sin producir efectos adversos relevantes, respetando así la calidad de vida del paciente. Sus características óptimas incluirían:

• Administración flexible por vía oral y parenteral, con formulaciones adaptadas a la edad pediátrica (suspensión oral).

• Buena biodisponibilidad, con absorción completa no modificable por alimentos u otros fármacos.

• Vida media prolongada que permita una sola dosis diaria.

• Cinética lineal y predecible.

• Escasa unión a proteínas plasmáticas y ausencia de interacciones con otros medicamentos.

• Amplio rango terapéutico, sin tolerancia ni adicción.

• Mínimos efectos adversos, sin alteraciones analíticas significativas.

• Que no empeore las crisis previas ni induzca nuevos tipos de crisis.

• Amplio espectro terapéutico y adecuado balance eficacia-seguridad.

En la práctica, ningún fármaco disponible cumple por completo con todas estas características, pero estos criterios orientan la investigación y la elección racional del tratamiento en la clínica.

La tabla VI detalla los fármacos utilizados en función del tipo de crisis epiléptica.

 

Terapias no farmacológicas

Dieta cetogénica: la dieta cetogénica tiene un mecanismo de acción multimodal distinto al de los fármacos anticrisis, destacando su efecto antiinflamatorio y su efecto regulador del metabolismo redox mitocondrial, que le confieren un potencial efecto neuroprotector y antiepileptogénico.

Consiste en una dieta con un alto porcentaje de grasas, baja cantidad de hidratos de carbono y un adecuado aporte de proteínas.

En general, hasta un 50-60 % de los pacientes con epilepsia tratados con dieta cetogénica pueden ser considerados como respondedores. Las tasas de respuesta y de libertad de crisis varían según los distintos síndromes epilépticos y etiologías que consideremos(18,19).

Cirugía de epilepsia: la cirugía se plantea en epilepsia farmacorresistente, tras valorar riesgos y beneficios en un centro de referencia, distinguiéndose entre:

Cirugía resectiva: consiste en extirpar el foco epiléptico, pudiendo lograr libertad de crisis en un porcentaje significativo de pacientes con epilepsia focal farmacorresistente. Requiere evaluación prequirúrgica en centros especializados y localización precisa del foco.

Cirugía paliativa: busca reducir la frecuencia e intensidad de las crisis. Indicada en determinadas epilepsias farmacorresistentes cuando no es posible la resección completa del foco epiléptico.

Neuroestimulación(20) (Tabla VII): la neuroestimulación es una opción terapéutica para pacientes con epilepsia farmacorresistente. Consisten en dispositivos que aplican impulsos eléctricos para modular la actividad cerebral y reducir la frecuencia e intensidad de las crisis.

La tabla VIII presenta los fármacos y las terapias no farmacológicas indicados para cada síndrome epiléptico.

 

Función del pediatra de Atención Primaria

Detección precoz de crisis epilépticas y derivación al neuropediatra para confirmación diagnóstica, clasificación del síndrome y estudio etiológico.

Primer abordaje ante una crisis: medidas de seguridad, administración de medicación de rescate si está indicada y coordinación con los Servicios de Urgencias.

Seguimiento compartido del paciente ya diagnosticado, supervisando la adherencia y tolerancia al tratamiento, así como la evolución clínica.

Manejo de comorbilidades frecuentes: trastornos del sueño, dificultades de aprendizaje, alteraciones de conducta y problemas médicos asociados.

Apoyo a la familia: detección de sobrecarga del cuidador, orientación sobre recursos disponibles y promoción de la adherencia al plan terapéutico.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Fisher RS, Boas WVE, Blume W, Elger C, Genton P, Lee P, et al. Epileptic Seizures and Epilepsy: Definitions Proposed by the International League Against Epilepsy (ILAE) and the International Bureau for Epilepsy (IBE). Epilepsia. 2005; 46: 470-2.

2. Beghi E, Carpio A, Forsgren L, Hesdorffer DC, Malmgren K, Sander JW, et al. Recommendation for a definition of acute symptomatic seizure. Epilepsia. 2010; 51: 671-5.

3. Fisher RS, Acevedo C, Arzimanoglou A, Bogacz A, Cross JH, Elger CE, et al. ILAE Official Report: A practical clinical definition of epilepsy. Epilepsia. 2014; 55: 475-82.

4. Scheffer IE, Berkovic S, Capovilla G, Connolly MB, French J, Guilhoto L, et al. ILAE classification of the epilepsies: Position paper of the ILAE Commission for Classification and Terminology. Epilepsia. 2017; 58: 512-21.

5. Trinka E, Cock H, Hesdorffer D, Rossetti AO, Scheffer IE, Shinnar S, et al. A definition and classification of status epilepticus – Report of the ILAE Task Force on Classification of Status Epilepticus. Epilepsia. 2015; 56: 1515-23.

6. Soto Insuga V, González Alguacil E, García Peñas JJ. Estado epiléptico pediátrico. Rev Neurol. 2022; 75: 225.

7. Kwan P, Arzimanoglou A, Berg AT, Brodie MJ, Allen Hauser W, Mathern G, et al. Definition of drug resistant epilepsy: Consensus proposal by the ad hoc Task Force of the ILAE Commission on Therapeutic Strategies. Epilepsia. 2010; 51: 1069-77.

8. Institute for Health Metrics and Evaluation. Years lived with disability attributable to epilepsy. 2019. Disponible en: https://vizhub.healthdata.org/gbd-compare.

9. Beniczky S, Trinka E, Wirrell E, Abdulla F, Al Baradie R, Alonso Vanegas M, et al. Updated classification of epileptic seizures: Position paper of the International League against Epilepsy. Epilepsia. 2025; 66: 1804-23.

10.** Wirrell E. Evaluation of First Seizure and Newly Diagnosed Epilepsy. Continuum. 2022; 28: 230-60.

11. Gaillard WD, Cross JH, Duncan JS, Stefan H, Theodore WH; Task Force on Practice Parameter Imaging Guidelines for the International League against Epilepsy, Commission for Diagnostics. Epilepsy imaging study guideline criteria: Commentary on diagnostic testing study guidelines and practice parameters: Epilepsy Diagnostic Testing Guidelines. Epilepsia. 2011; 52: 1750-6.

12. Sánchez Fernández I, Loddenkemper T, Gaínza-Lein M, Sheidley BR, Poduri A. Diagnostic yield of genetic tests in epilepsy: A meta-analysis and cost-effectiveness study. Neurology. 2019; 92: e418-e428. Disponible en: https://doi.org/10.1212/wnl.0000000000006850.

13. Berg AT, Berkovic SF, Brodie MJ, Buchhalter J, Cross JH, van Emde Boas W, et al. Revised terminology and concepts for organization of seizures and epilepsies: report of the ILAE Commission on Classification and Terminology, 2005-2009. Epilepsia. 2010; 51: 676-85.

14.** Specchio N, Wirrell EC, Scheffer IE, Nabbout R, Riney K, Samia P, et al. International League Against Epilepsy classification and definition of epilepsy syndromes with onset in childhood: Position paper by the ILAE Task Force on Nosology and Definitions. Epilepsia. 2022; 63: 1398-442.

15.** Zuberi SM, Wirrell E, Yozawitz E, Wilmshurst JM, Specchio N, Riney K, et al. ILAE classification and definition of epilepsy syndromes with onset in neonates and infants: Position statement by the ILAE Task Force on Nosology and Definitions. Epilepsia. 2022; 63: 1349-97.

16. Hirsch E, French J, Scheffer IE, Bogacz A, Alsaadi T, Sperling MR, et al. ILAE definition of the Idiopathic Generalized Epilepsy Syndromes: Position statement by the ILAE Task Force on Nosology and Definitions. Epilepsia. 2022; 63: 1475-99.

17. Martín Martínez A, García Morales I, Serratosa Fernández JM, Gil-Nagel Rein A. BVCM051050; Proceso asistencial crisis epiléptica urgente de la Comunidad de Madrid. 2023. Disponible en: https://repositorio.uam.es/bitstream/handle/10486/719178/10388472.pdf.

18. Pedrón Giner C. Manual para la práctica de la dieta cetogénica. 1a ed. Madrid: Nutricia. 2021.

19. Sourbron J, Klinkenberg S, Van Kuijk SMJ, Lagae L, Lambrechts D, Braakman HMH, et al. Ketogenic diet for the treatment of pediatric epilepsy: review and meta-analysis. Childs Nerv Syst. 2020; 36: 1099-109.

20. Gouveia FV, Warsi NM, Suresh H, Matin R, Ibrahim GM. Neurostimulation treatments for epilepsy: Deep brain stimulation, responsive neurostimulation and vagus nerve stimulation. Neurotherapeutics. 2024; 21: e00308.

21. Cancho Candela R, Andrés de Álvaro M. Síndromes epilépticos según la edad. Pediatr Integral. 2020; 7: 375-82. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-10/sindromes-epilepticos-segun-la-edad/.

 

Bibliografía recomendada

– Wirrell E. Evaluation of First Seizure and Newly Diagnosed Epilepsy. Continuum. 2022; 28: 230-60.

Este artículo es clave, porque explica cómo abordar un primer episodio de crisis y diferenciarlo del diagnóstico de epilepsia. Indica pruebas complementarias a realizar, orienta sobre el inicio del tratamiento según el riesgo de recurrencia y las características del paciente. También aporta herramientas para reconocer síndromes epilépticos desde el inicio y entender su impacto en el pronóstico.

– Specchio N, Wirrell EC, Scheffer IE, Nabbout R, Riney K, Samia P, et al. International League Against Epilepsy classification and definition of epilepsy syndromes with onset in childhood: Position paper by the ILAE Task Force on Nosology and Definitions. Epilepsia. 2022; 63: 1398-442.

Este artículo es fundamental, porque establece la clasificación y definición oficial de los síndromes epilépticos de inicio en la infancia elaborada por el grupo de trabajo de la ILAE. Permite un diagnóstico más preciso y homogéneo, lo que repercute directamente en el tratamiento y el pronóstico de los pacientes.

– Zuberi SM, Wirrell E, Yozawitz E, Wilmshurst JM, Specchio N, Riney K, et al. ILAE classification and definition of epilepsy syndromes with onset in neonates and infants: Position statement by the ILAE Task Force on Nosology and Definitions. Epilepsia. 2022; 63: 1349-97.

Este artículo es importante, porque ofrece la clasificación y definición oficial de los síndromes epilépticos de inicio en neonatos y lactantes según la ILAE. Contribuye a un diagnóstico temprano y más preciso, lo que favorece un mejor manejo terapéutico y pronóstico.

 

Caso clínico

 

Paciente de 3 meses y 4 días de edad que acude a Urgencias, trasladado por los Servicios de Urgencias Médicas, por un episodio de crisis convulsiva de 20 minutos de duración en el contexto de un pico febril de 38,7ºC.

Semiología del episodio: detención de actividad con supraversión de la mirada, desviación de la cabeza hacia la derecha y, tras esto, sacudidas de hemicuerpo izquierdo y rigidez de miembro superior derecho, de 15-20 minutos de duración, con llanto durante todo el episodio sin pérdida total de conocimiento.

Cede el episodio tras la administración de diazepam rectal (DZP) por parte del Servicio de Urgencias Médicas.

Pruebas complementarias en Urgencias: analítica sanguínea con analítica sin aumento de reactantes de fase aguda; TC craneal y RMC sin alteraciones; punción lumbar normal; vídeo-EEG normal.

Antecedentes personales: embarazo controlado, con ecografías normales. Parto programado que finaliza en cesárea urgente por hipotensión materna tras epidural y bradicardia fetal, pero no precisa reanimación. Al nacimiento, Apgar 10/10. No ingreso en Neonatología. Cribado auditivo normal. Pruebas endocrino-metabólicas normales. Lactancia materna exclusiva. Calendario vacunal al día.

Desarrollo psicomotor: fija la mirada con buen seguimiento desde el primer mes de vida. Sonrisa social desde el mes y medio. Buen sostén cefálico desde los 2 meses y medio.

 

 

Exploración neurológica por el pediatra de AP

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publicados en Pediatría Integral


 


Regreso a las bases

D. Gómez-Andrés

@Exploración neurológica por el pediatra de AP

L. Fiz Pérez1,2, I. Pulido Valdeolivas3, D. Gómez-Andrés3,4

1Servicio de Urgencias. Médico Asistencial en Neuropediatría. Hospital Universitario La Paz. 2Servicio de Pediatría. Hospital General de Villalba. Collado Villalba. 3Trastornos del Desarrollo y Maduración Neurológica. Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia. IdiPaz-UAM. 4Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Infanta Sofía. San Sebastián de los Reyes. Madrid

 

Pediatr Integral 2015; XIX (8): 572.e1 – 572.e7

Disponible en internet desde octubre de 2015

 

En este “Regreso a las Bases”, vamos a repasar la exploración neurológica del niño, reservando para el siguiente número la evaluación del neurodesarrollo. La exploración neurológica, aunque sea somera, es un elemento esencial de cualquier exploración pediátrica, ya que proporciona información sobre el funcionamiento de otros órganos y sistemas. A la vez, la exploración neurológica requiere una exploración general adecuada, ya que en muchos casos, aspectos esenciales para el diagnóstico neurológico están escondidos en otros órganos. Especialmente importantes son: la evaluación antropométrica (incluyendo una correcta medición del perímetro cefálico o circunferencia occipitofrontal, que se mide con una cinta flexible no expansible alrededor del perímetro que pasa por el occipucio y los arcos supraciliares y cuya medición debe repetirse, al menos, 2 veces antes de considerarse patológica), observación de lesiones cutáneas (Tabla I), la evaluación dismorfológica (Tabla II) y la detección de organomegalias (muy importante en enfermedades de depósito).

 

 

La exploración neurológica depende de la sistematización de la misma. Es importante seguir siempre el mismo esquema y mantenerlo con adaptaciones para poder ser rápido, preciso y sacar conclusiones sobre la evaluación. En este artículo, proponemos una sistematización que incluye a nuestro parecer, las maniobras más importantes para realizar una exploración neurológica en el ámbito de la Pediatría General.

 


El texto completo únicamente está disponible en www.pediatriaintegral.es
Pediatr Integral 2015; XIX (8): 572.e1 – 572.e7

 

Trastornos de la marcha

S. Aguilera Albesa,  R. Bernadó Fonz,  P. Arana Rivera
Temas de FC


S. Aguilera Albesa, R. Bernadó Fonz, P. Arana Rivera

Unidad de Neuropediatría. Servicio de Pediatría.
Hospital Universitario de Navarra. Pamplona. Navarra

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Autor para correspondencia

saguilea@navarra.es

Resumen

Los trastornos de la marcha en pediatría son un desafío diagnóstico, debido a la complejidad del control motor, diferente en cada etapa etaria, y a su amplia etiología. Una anamnesis detallada y una exploración física dirigida permiten orientar el diagnóstico en la mayoría de los casos. En este artículo se describen los principales trastornos de la marcha, sus características clínicas y la etiología subyacente, destacando las causas de origen neurológico. La detección precoz y la clasificación clínica son claves para optimizar las pruebas complementarias y descartar, en primer lugar, aquellos con tratamiento específico.

 

Abstract

Gait disorders in pediatrics are a diagnostic challenge, due to the complexity of motor control, different in each age stage, and their heterogeneous etiology. A detailed history and a driven physical examination allow the diagnosis and guide the complementary tests in each case. This article describes the main gait disorders, their clinical characteristics and the underlying etiology, highlighting the neurological causes. Early detection and clinical classification are key to optimizing diagnostic tests and the subsequent treatment.

 

Palabras clave: Alteración de la marcha; Ataxia; Debilidad muscular.

Key words: Gait disorders; Ataxia; Muscle weakness.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 442 – 449

 


OBJETIVOS

• Conocer los hitos del desarrollo motor en relación con la marcha, su correlato anatómico y las variantes de desplazamiento autónomo inicial.

• Proporcionar una guía clínica detallada para identificar y clasificar los distintos tipos de alteraciones de la marcha, facilitando su diagnóstico diferencial.

• Orientar al pediatra en la evaluación sistemática y el abordaje terapéutico de estos trastornos, desde causas benignas hasta patologías neurológicas graves.

 

Trastornos de la marcha

https://doi.org/10.63149/j.pedint.70

 

Introducción

Los trastornos de la marcha en pediatría representan un desafío diagnóstico, debido a que la marcha es un proceso motor complejo que requiere el correcto funcionamiento de diversas estructuras, tanto nerviosas como musculares.

Es importante conocer la marcha normal en el niño en las diferentes etapas etarias, así como la anatomía y fisiología del circuito motor. Las principales estructuras implicadas en la marcha son:

• Sistema nervioso central (SNC):

– Corteza cerebral motora: inicia y planifica movimientos voluntarios.

– Corteza premotora y suplementaria: planifica, coordina y organiza el movimiento.

– Cerebelo: coordina el equilibrio y regula la precisión del movimiento.

– Ganglios basales: automatizan movimientos repetitivos y regulan el tono muscular.

– Tronco encefálico: regula reflejos posturales y controla la marcha automáticamente.

– Vías de conexión entre las diferentes estructuras: destaca la vía corticoespinal o piramidal, que se origina en la corteza, desciende mediante la corona radiada, el brazo posterior de la cápsula interna, los pedúnculos cerebrales, el tronco encefálico y la médula hasta el asta anterior de la misma.

– Médula espinal: conduce impulsos motores y sensoriales, mediando reflejos esenciales.

• Sistema nervioso periférico (SNP):

– Nervios periféricos: transmiten impulsos motores a los músculos y recogen información sensorial.

– Placa motora: transmite el impulso nervioso a la fibra muscular para la contracción.

– Músculos: ejecutan la contracción necesaria para la marcha.

Una marcha normal se caracteriza por ser suave, rítmica, simétrica y sin esfuerzo. No obstante, en presencia de un trastorno, se pueden observar diversas anormalidades en la marcha, definidas como cualquier desviación del patrón normal, causada por: dolor, debilidad o deformidad. Las etiologías son variadas y pueden abarcar desde condiciones benignas y autolimitadas, hasta patologías neurológicas graves y potencialmente mortales(1,2). Nuestro objetivo, como pediatras, es conocer las alteraciones y formas de presentación más prevalentes de las anormalidades de la marcha, con el fin de orientar adecuadamente tanto las pruebas diagnósticas como el tratamiento y seguimiento de estos pacientes.

Proceso fisiológico de la marcha

En cada etapa del desarrollo motor autónomo, es más importante valorar la movilidad funcional en juego y en exploración del entorno que comprobar si ha alcanzado unos hitos concretos en el periodo de tiempo esperado.

En el análisis del inicio de la marcha, debemos tener en cuenta dos aspectos principales que se solapan en el tiempo: desplazarse en la posición de prono (gateo y sus variantes) y desplazarse con la postura erguida (bipedestación). La adquisición de la bipedestación con apoyo ocurre a los 9 meses (7-11 meses), mientras que sostenerse de pie sin ayuda comienza de media a los 13 meses, coincidiendo con la marcha libre, que se define por ser capaz de dar 5 o más pasos solo. Previo a la marcha autónoma, a su vez, el niño se suele desplazar por el suelo, siguiendo patrones de desplazamiento autónomo inicial (DAI), que son fisiológicos y con frecuente herencia autosómica dominante. La edad media de DAI son 10 meses, con una amplia variabilidad desde los 8 hasta los 18 meses. El pediatra debe conocer estas variantes DAI, para afinar en el pronóstico de edad de marcha fisiológica y acotar las derivaciones a neuropediatría y/o atención temprana. Los distintos tipos de DAI y la edad de marcha asociada se describen en la tabla I(3).

tabla

 

Durante el segundo año de vida, la marcha autónoma se caracteriza por una progresión hacia mayor estabilidad, con pasos más largos, inicio del braceo, menos base de sustentación, giros más amplios sin perder estabilidad, aparición de capacidad para subir y bajar escaleras (con ayuda y sin alternar) y chutar una pelota. En esta etapa, pueden caminar de puntillas de forma intermitente, con apoyo plantar en bipedestación; también se puede observar marcha con el pie metido (en aducción) de forma temporal. Durante el tercer año de vida, se avanza de forma rápida en la capacidad de correr, saltar y manejar escaleras alternando los pies. La marcha se parecerá a la del adulto medio a partir de los 6-7 años. Conocer estas particularidades del desarrollo es fundamental a la hora de valorar un trastorno de la marcha. Por último, aunque en la evaluación del desarrollo motor tiene importancia anotar la edad exacta en la que adquiere el hito motor, es aún más relevante recabar información sobre la intención de juego y exploración del entorno al desplazarse, ya que hay una relación estrecha entre el desarrollo motor y el del lenguaje y comunicación social.

Valoración de las alteraciones de la marcha

La anamnesis y la exploración física, así como la observación de la marcha en diferentes situaciones, permiten orientar el diagnóstico en la mayoría de los casos.

Anamnesis

En la valoración de las alteraciones de la marcha es fundamental realizar una anamnesis detallada, que debe incluir:

• Antecedentes personales: incluidos antecedentes perinatales, factores de riesgo de presentar trastorno de la marcha (prematuridad, encefalopatía hipóxico-isquémica, hipotonía…), evolución de los hitos motores del desarrollo u otras enfermedades sistémicas.

• Antecedentes familiares: varios trastornos de la marcha congénitos se heredan de forma autosómica dominante, como algunas paraparesias espásticas familiares o neuropatías periféricas. Otras tienen herencia autosómica recesiva (preguntar por consanguinidad entre los progenitores) o ligada al X.

• Tiempo de evolución: si es de presentación aguda, crónica o progresiva; si la alteración aparece de manera intermitente; y si tiene algún desencadenante, como el ayuno (más evidente al despertar) o el ejercicio físico.

• Factores desencadenantes: traumatismos, infecciones previas o fiebre.

• Síntomas asociados: si existe dolor, parestesias, mareo o cefalea, entre otros.

Exploración física

• Exploración osteoarticular: descartar deformidades, asimetrías de extremidades, limitación a la movilidad articular, inflamación de articulaciones y alteraciones en la piel.

• Exploración neurológica:

– Nivel de conciencia: está alterado en procesos que afecten al SNC, como intoxicaciones, encefalitis o accidentes cerebrovasculares (ACV).

– Pares craneales: la alteración de algún par craneal orientará a procesos que afecten al SNC, como tumores o ACV.

– Fuerza y tono: se debe explorar la fuerza y el tono en las cuatro extremidades. La espasticidad aparece en trastornos crónicos: estables, como parálisis cerebral; progresivos, como paraparesias espásticas o leucodistrofias; o recurrentes, como la esclerosis múltiple.

– Sensibilidad: se puede ver afectada, tanto en patologías que afecten al SNC como al SNP. La existencia de un nivel sensitivo obligará a explorar la función de los esfínteres y a descartar lesiones medulares.

– Reflejos osteotendinosos (ROTs), reflejo cutáneo plantar (RCP) y clonus. La combinación de debilidad de una extremidad con hiperreflexia, RCP extensor y/o clonus aparece en alteraciones del SNC, mientras que la arreflexia y la debilidad orientarán hacia patología del SNP.

Signos de afectación cerebelosa: ataxia, disartria, dismetría o adiadococinesia están presentes en patologías con afectación del cerebelo, como tumores de fosa posterior, ataxia cerebelosa aguda o en procesos autoinmunes.

– Patrón de la marcha: valorar el ritmo y cadencia, longitud del paso y zancada, simetría, movilidad de brazos y tronco, si hay inestabilidad o aumento de la base de sustentación.

• Exploración de progenitores: en ocasiones puede resultar de utilidad la exploración de los pies, fuerza, ROTs y marcha en padre y madre biológicos. La presencia de pies cavos y/o ausencia de ROTs pueden ser signos de neuropatía periférica. Por el contrario, la presencia de una marcha de puntillas, con ROTs aumentados, puede ser indicativa de afectación de primera motoneurona, como en las paraparesias espásticas familiares.

Tipos de marcha patológica y causas

El conocimiento de los diferentes patrones de marcha patológica, junto con la edad de presentación, nos permitirá un abordaje diagnóstico más temprano, una elección adecuada de las pruebas complementarias y la búsqueda de tratamientos específicos.

En el algoritmo, al final del artículo, se muestra el diagnóstico diferencial ante un trastorno de la marcha de instauración aguda. A continuación, se describen los principales tipos de marcha y su etiología, tanto de aparición aguda como de curso crónico(1,4).

Marcha hemipléjica

Cursa con asimetría en apoyo del pie y en el braceo de un hemicuerpo, y se asocia a debilidad e hipertonía con espasticidad y ROTs aumentados. Esta alteración es debida a la lesión unilateral de las vías corticoespinales, que causa debilidad, falta de destreza y espasticidad en el lado afectado, contralateral a la lesión. La pierna en este lado muestra una sinergia extensora (extensión de rodilla y pie equino). El tronco se inclina hacia el lado sano y la cadera abduce el lado afectado con un movimiento en “guadaña”. El brazo del lado afectado pierde su balanceo normal, manteniendo codo semiflexionado, antebrazo pronado y muñeca flexionada. En casos leves, esta postura anormal puede ser evidente solo al correr. En la exploración física encontraremos los ROTs del lado afecto exaltados, hipertonía con la realización de movimientos rápidos de extremidades (también llamado “catch”, típico de la espasticidad), así como la presencia de un RCP extensor y, en ocasiones, presencia de clonus.

Causas

• Accidente cerebrovascular (isquémico o hemorrágico): primera causa a descartar ante hemiparesia aguda. Puede estar acompañada de otros déficits neurológicos, como déficits sensitivos, alteraciones del habla, convulsiones y disminución del nivel de conciencia. Requiere neuroimagen mediante resonancia magnética (RM) cerebral urgente para su diagnóstico y posible tratamiento.

• Parálisis de Todd: debilidad transitoria tras una crisis epiléptica, que dura desde unos minutos a 48 horas. Si no se resuelve en las primeras 2 horas, hay que valorar la realización de neuroimagen urgente para descartar ACV.

• Migraña hemipléjica: migraña con aura motora en forma de hemiplejia, seguida de cefalea migrañosa típica. Si existen dudas diagnósticas o es el primer episodio, siempre debe descartarse ACV.

• Hemiplejia alternante: trastorno genético poco frecuente caracterizado por episodios recurrentes de hemiplejia que alterna de lado, con síntomas neurológicos asociados (retraso psicomotor, trastornos motores paroxísticos o discapacidad intelectual); debuta antes de los 18 meses y desaparece al dormir.

• Parálisis cerebral unilateral: causa más frecuente de hemiplejia congénita, secundaria a ictus prenatal, malformaciones cerebrales o infecciones connatales. Un signo temprano es la asimetría del uso manual desde los 3-4 meses de vida(5).

Marcha paraparética

Se caracteriza por la afectación de ambas extremidades inferiores de forma relativamente simétrica (a diferencia de la marcha hemipléjica, donde la asimetría es marcada). Su origen es la lesión bilateral de las vías corticoespinales. En la exploración física encontraremos: debilidad, espasticidad e hipertonía de predominio en aducción y rotación interna, además del resto de signos de primera motoneurona, como ROTs exaltados, clonus y signo de Babinski bilateral. Desde el punto de vista funcional, la espasticidad y la dificultad para la flexión de rodillas y tobillos obligan al niño a realizar un balanceo compensatorio de la pelvis, que da lugar al patrón característico de marcha en tijera.

Causas

• Parálisis cerebral espástica tipo diplejía: forma de parálisis cerebral que representa el 10-15 % de los casos y se asocia a lesiones cerebrales bilaterales, en particular leucomalacia periventricular como secuela de prematuridad.

• Paraparesias espásticas hereditarias: trastornos genéticos progresivos que afectan las extremidades inferiores, a menudo confundidos con parálisis cerebral, debido a su lento curso progresivo en edad pediátrica; se deben sospechar ante la ausencia de antecedentes preperinatales y con neuroimagen normal o inespecífica.

• Lesiones medulares agudas: la aparición de marcha con debilidad requiere descartar lesiones medulares bilaterales, como traumatismos, eventos vasculares o tumores espinales, mediante neuroimagen por RM urgente.

Marcha atáxica

Cursa con inestabilidad al caminar, con aumento de base de sustentación, tono muscular bajo y dificultad para ejecutar movimientos precisos. Se caracteriza por alteración de la coordinación y equilibrio, debido a lesiones en el cerebelo, vías cerebelo-vestíbulo-espinales o vías propioceptivas medulares. Puede haber dismetría de extremidades. ­
La marcha puede empeorar con la oscuridad o al cerrar los ojos (signo de Romberg) en los casos con afectación corticoespinal o propioceptiva, pero no ocurre en los casos con afectación cerebelosa pura. También puede asociar otros signos cerebelosos típicos, como el temblor de acción, nistagmo o alteraciones del ritmo, fluidez y tono del habla (habla escandida)(6-8).

Causas

• Intoxicación por drogas: puede causar ataxia aguda, por lo que siempre debe ser descartada, en primer lugar, mediante determinación de tóxicos en orina. La toma de benzodiacepinas es la causa más frecuente.

• Ataxia cerebelosa postinfecciosa: se presenta en niños entre 2 y 5 años, tras 1-2 semanas de un cuadro infeccioso, normalmente viral, o una inmunización. La clínica incluye: ataxia simétrica o rechazo total de la marcha, temblor intencional y, en ocasiones, irritabilidad. Suele autolimitarse en 1-2 semanas. Se puede denominar cerebelitis aguda solo en los casos en los que se constata una alteración cerebelosa por RM cerebral, habitualmente inflamación y/o edema. Si la ataxia es asimétrica, es preciso realizar una RM urgente, ya que la cerebelitis unilateral se asocia a complicaciones intracraneales que podrían requerir actuación quirúrgica urgente, como hidrocefalia aguda o compresión troncoencefálica.

• Encefalomielitis aguda diseminada (EMAD): es una enfermedad autoinmune que causa inflamación en el SNC (tanto a nivel cerebral como medular) y aparece, sobre todo, en la edad pediátrica, precedida generalmente de un proceso infeccioso vírico o bacteriano. Según la localización de las lesiones cerebrales, puede aparecer alteración del nivel de conciencia, ataxia, debilidad, afectación de esfínteres o afectación de pares craneales. Una forma de presentación más típica es en un niño de 2 años con ataxia aguda de inicio una o dos semanas después de una infección de vías respiratorias autolimitada. Solo la RM cerebral permite el diagnóstico diferencial, con ataxia aguda postinfecciosa, cerebelitis aguda u otros síndromes neurológicos agudos. Es una enfermedad generalmente monofásica que precisa tratamiento inmunosupresor con corticoides o inmunoglobulinas, pero en algunos casos puede recurrir.

• Síndrome de opsoclono-mioclono-ataxia: mucho menos frecuente que los anteriores, este síndrome se considera una encefalopatía de inicio en edad temprana (por debajo de los 3 años habitualmente) y es imperativo su detección y tratamiento precoces, ya que se asocia con frecuencia a tumores derivados de cresta neural, y el retraso del tratamiento empeora el pronóstico neurológico a largo plazo. Se caracteriza por presentar ataxia de inicio agudo-subagudo, sacudidas musculares involuntarias (mioclonias) y opsoclono, caracterizado por movimientos oculares rápidos, caóticos e involuntarios, que simulan “el movimiento de una mosca volando dentro de un tarro”. Al inicio, puede presentarse solo como ataxia, pero dos signos característicos permiten sospechar: la presencia de irritabilidad persistente y alteraciones del sueño con insomnio, despertares e inversión del ciclo. Se considera un trastorno autoinmune, aunque no se han identificado marcadores específicos. Está asociado a neuroblastoma en el 50 % de los casos de niños pequeños (síndrome paraneoplásico). Requiere tratamiento inmunosupresor, que puede incluir pulsos de corticoides, inmunoglobulinas y rituximab, entre otras opciones(9).

• Causas vestibulares: infrecuentes en pediatría, se caracterizan por inestabilidad que empeora con el movimiento de cabeza, vértigo y nistagmo horizontal unidireccional. La marcha mejora parcialmente con la fijación visual.

• Parálisis cerebral de tipo atáxica: corresponde al 5-8 % de las parálisis cerebrales, siendo más frecuente la causa genética (ataxias congénitas no progresivas) o, en ocasiones, asociada a disrupción cerebelosa como secuela de prematuridad extrema. Sus primeros signos, antes del inicio de la deambulación, incluyen retraso motor con hipotonía, nistagmo y dismetría, estando los ROTs conservados.

• Ataxias crónicas progresivas: incluyen enfermedades neurodegenerativas de causa genética, como la ataxia de Friedreich (autosómica recesiva con inicio en infancia y adolescencia de clínica de ataxia progresiva, disartria, arreflexia y debilidad muscular), enfermedad de von Hippel-Lindau, ataxias hereditarias espinocerebelosas, ataxia-telangiectasia, enfermedad de Niemann-Pick tipo C y déficit de vitamina E.

• Ataxias agudas recurrentes: episodios repetidos de ataxia separados por intervalos de mejoría o incluso asintomáticos. Incluye causas genéticas (CACNA1A o KCNA1) y metabólicas, principalmente. La migraña vestibular puede cursar con episodios de inestabilidad de la marcha intermitentes.

• Otras causas: variantes de Guillain-Barré con alteración de la propiocepción, tumores del SNC, accidentes cerebrovasculares de tronco o fosa posterior, traumatismos craneoencefálicos.

Marcha en estepaje

Cursa con debilidad distal, con arrastre de los pies al caminar. Es característica de enfermedades neuromusculares que cursan con afectación de segunda motoneurona, nervio periférico o musculatura distal. También pueden aparecer por afectación a nivel de SNC, si se asocian a debilidad muscular. Se caracteriza por debilidad en la dorsiflexión del pie, lo que genera una elevación exagerada de la extremidad o extremidades afectadas, con flexión de rodilla y apoyo inicial con la punta del pie (con pie caído)(10,11).

Causas

• Neuropatías hereditarias: este tipo de marcha es típico de las neuropatías hereditarias, como en el síndrome de Charcot-Marie-Tooth, y se caracteriza por disminución o ausencia de ROTs, alteraciones a nivel sensitivo, amiotrofia distal y pies cavos (aunque en niños pequeños pueden ser plano-valgos). Es importante saber que, en niños pequeños con neuropatías axonales (no desmielinizantes), los ROTs pueden estar presentes o incluso exaltados.

• Neuropatías inflamatorias: grupo de enfermedades autoinmunes que afectan al nervio periférico. ­Pueden tener un curso agudo como en el síndrome de Guillain-Barré, con afectación motora y debilidad distal y, generalmente, asocian disminución o ausencia de ROTs, pero en las formas axonales (AMAN o neuropatía axonal motora aguda) pueden estar conservados al inicio.

• Parálisis flácidas relacionadas con infecciones virales: ante un cuadro clínico de parálisis flácida aguda, se deben descartar enfermedades virales, como enterovirus, poliovirus o el virus del Nilo occidental. El estudio de RM medular es esencial para descartar mielitis o radiculopatías, tumores medulares o malformaciones subyacentes.

• Mononeuropatía del nervio peroneo externo: se presenta con debilidad de la dorsiflexión del pie con marcha característica con pie caído. Pueden ser de origen traumático, vascular o por compresión del nervio.

• Lesiones agudas del SNC: puede aparecer si la afectación produce debilidad a nivel distal en accidentes cerebrovasculares, enfermedad autoinmune, como la esclerosis múltiple o lesiones medulares.

Marcha dandinante, balanceante o andeante

Cursa con debilidad proximal, con mayor afectación de la cintura pélvica. Durante la marcha, la pelvis es inestable debido a la debilidad muscular y la cadera cae hacia la extremidad dinámica. El tronco se balancea hacia el lado contrario y suele asociar hiperlordosis. La maniobra de Gowers es positiva por la debilidad proximal, con necesidad de apoyo con las manos en los muslos para poder levantarse.

Causas

• Distrofias musculares: la más frecuente en varones en edad pediátrica es la enfermedad de Duchenne-Becker por mutaciones en el gen DMD, que cursa con debilidad de cinturas e hipertrofia de pantorrillas. En la exploración, se observa que la maniobra de Gowers es positiva (apoya las manos en los muslos para poder levantarse del suelo) y en sangre se detecta aumento significativo de enzimas musculares (creatina fosfoquinasa o CPK).

• Miopatías congénitas: cursan habitualmente con hipotonía congénita y facies hipomímica con paladar ojival, o se muestran como retraso en el desarrollo motor desde los primeros meses de vida. Pueden pasar desapercibidas el primer año si no asocian disfagia. La maniobra de Gowers es positiva. No asocian aumento de CPK en sangre.

• Atrofia muscular espinal (AME): es esencial su diagnóstico precoz, ya que tiene tratamiento específico que frena la neurodegeneración. Cursan con debilidad muscular, ausencia de ROTs y temblor distal y de lengua. La AME tipo I debuta en las primeras semanas de vida y se produce un fallo respiratorio de forma temprana. La AME tipo II debuta en torno al año de vida con hipotonía, ausencia de ROTs y pérdida de la sedestación, sin dificultad respiratoria. La AME tipo III se suele presentar en el segundo año de vida como una dificultad para levantarse del suelo, con debilidad proximal y ausencia de ROTs. Ocurren por deleción del gen SMN1, con una herencia recesiva. Tiene un curso progresivo, en ausencia de tratamiento(12).

• Otras afectaciones musculares: miopatías inflamatorias (polimiositis, dermatomiositis) o farmacológicas (miopatía corticoidea).

Marcha tabética

Cursa con inestabilidad al caminar, hiperextensión de rodillas y empeora al cerrar los ojos (Romberg positivo). Es producida por déficit propioceptivo por afectación de cordones posteriores, ganglios dorsales o neuropatías sensitivas. Puede aparecer en neuropatías inflamatorias, como algunas variantes de síndrome de Guillain-Barré con afectación sensitiva o en enfermedades genéticas (ataxia de Friedreich).

Marcha de puntillas

Es frecuente en los primeros años de vida, con causas muy diversas, que se enumeran en la tabla II(13).

tabla

 

Trastorno de la marcha funcional

Generalmente, se caracteriza por marcha lenta e inestable, con movimientos exagerados para mantener el equilibrio, pero sin llegar a presentar caídas. Máxima intensidad desde el inicio, con frecuencia invalidante (ganancia funcional). La exploración neurológica (fuerza, tono, reflejos) suele ser normal o no congruente con la alteración de la marcha observada. Existen trucos específicos para la distracción, que permiten observar variabilidad y sospechar el origen funcional. Es más frecuente en mujeres adolescentes(14).

Marcha antiálgica

Cursa con claudicación unilateral o bilateral por dolor en extremidades, generalmente con menor apoyo de la extremidad afectada. Producida por afectación osteoarticular, unilateral si el origen está en cadera o rodilla, pero puede ser bilateral en niños pequeños con discitis aguda, con aparente incapacidad para mantenerse de pie. Si el origen es muscular, suele ser bilateral en casos de miositis aguda, unilateral en contracturas o traumatismos. Deben explorarse bien todas las articulaciones y columna vertebral, así como realizar un balance muscular de fuerza en las cuatro extremidades(15).

• Patología osteoarticular: es preciso valorar antecedentes traumáticos, fractura de los primeros pasos u otras patologías osteoarticulares no traumáticas. En niños pequeños, la causa más frecuente es la sinovitis transitoria de cadera; en ocasiones, la discitis aguda; en niños en edad escolar, habría que descartar osteonecrosis, osteocondrosis o enfermedad de Perthes.

• Patología muscular: la miositis cursa con debilidad aguda proximal o, preferentemente, con impotencia funcional por dolor muscular intenso, en contexto de procesos infecciosos banales.

Anteversión femoral

La anteversión femoral fisiológica es el aumento del ángulo del cuello femoral hacia adelante respecto a los cóndilos de la rodilla. Se manifiesta como una marcha con cadera en rotación interna, con rodillas y pies hacia dentro (los padres refieren que el niño “mete los pies”). Aunque suele corregirse de forma una espontánea con el crecimiento, es causa frecuente de consulta en pediatría por poder asociar caídas repetidas y postura en W al sentarse. En la exploración predomina la rotación interna sobre la externa de la cadera con el resto de la exploración motora normal.

Es útil instruir a los padres a evitar que sus hijos se sienten en posición de W.

Trastornos paroxísticos no epilépticos (TPNE)

Grupo de trastornos que se presentan de manera intermitente, con episodios que pueden durar de minutos a horas y que pueden manifestarse con alteración de la marcha. Muchos de ellos tienen origen genético, principalmente debido a mutaciones en canales iónicos(16). Los principales TPNE que producen alteración de la marcha se describen en la tabla III.

tabla

 

Conclusiones

Las alteraciones de la marcha en pediatría reflejan la complejidad del desarrollo motor y la interacción de los sistemas nerviosos y osteomusculares, en cada etapa etaria. Una evaluación clínica detallada es esencial para identificar los patrones específicos de marcha y sus posibles etiologías. El uso de vídeos caseros puede ayudar a observar el patrón de marcha en diferentes situaciones, sobre todo, en niños pequeños. El diagnóstico temprano y un enfoque interdisciplinario son fundamentales para implementar intervenciones terapéuticas adecuadas, optimizando de esta manera el pronóstico y la calidad de vida del niño.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Realizar una anamnesis detallada para valorar el tiempo de evolución de la alteración de la marcha y su relación con los desencadenantes.

• Realizar una exploración física y neurológica, descartando en primer lugar causas osteoarticulares.

• Derivación al Servicio de Urgencias en caso de patología aguda con alteración de la exploración neurológica u osteoarticular que pueda requerir tratamiento en régimen de hospitalización.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Martí Carrera I, García Uzquiano R, Gorría Redondo N, Aguilera Albesa S. Trastornos de la marcha. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 281-93.

2.** Verdú A, García A, Arriola G, Martinez B, Aguilera S, de Castro P. Manual de Neurología pediátrica. 3º ed. Madrid: Editorial Médica Panamericana. 2024.

3.** Hospodar CM, Adolph KE. The development of gait and mobility: Form and function in infant locomotion. Wiley Interdiscip Rev Cogn Sci. 2024; 15: e1677.

4.** Gómez Martín H, Justel Rodríguez M, Hernández Fabián A. Urgencias neurológicas de pediatría. Pediatr Integral. 2024; 2: 79-94. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2024-03/urgencias-neurologicas-en-pediatria/.

5.** García Ron A, Arriola Pereda G, Machado Casas IS, Pascual Pascual I, Garriz Luis M, García Ribes A, et al. Parálisis cerebral. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 103-14.

6.* Martínez-Rubio D, Hinarejos I, Sancho P, Gorría-Redondo N, Bernadó-Fonz R, Tello C, et al. Mutations, Genes, and Phenotypes Related to Movement Disorders and Ataxias. Int J Mol Sci. 2022; 23: 11847.

7.* Petley E, Prasad M, Ojha S, Whitehouse WP. Investigating ataxia in childhood. Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2020; 105: 214-21.

8.** Chacón Pascual A, Arrabal Fernández L, Miranda Herrero MC. Ataxia aguda. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 331-9.

9.* Cantarín-Extremera V, Jiménez-Legido M, Aguilera-Albesa S, Hedrera-Fernández A, Arrabal-Fernández L, Gorría-Redondo N, et al. Opsoclonus-myoclonus syndrome: Clinical characteristics, therapeutic considerations, and prognostic factors in a Spanish paediatric cohort. Neurologia (Engl Ed). 2023; 38: 93-105.

10.* Piña-Garza JE, James KC. Flaccid limb weakness in childhood. En: Fenichel’s Clinical Pediatric Neurology. 8ª ed. Barcelona: Elsevier; 2019. p. 172-96.

11.* Fernández-Ramos JA, Madruga Garrido M. Abordaje y clasificación de las enfermedades neuromusculares. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 169-78.

12.* García Romero MM, Pascual Pascual SI. Atrofia muscular espinal. Protoc diagn ter pediatr. 2002; 1: 179-85.

13.* Valagussa G, Trentin L, Signori A, Grossi E. Toe Walking Assessment in Autism Spectrum Disorder Subjects: A Systematic Review. Autism Res. 2018; 11: 1404-15.

14.*** Park JE. Functional Movement Disorders: Updates and Clinical Overview. J Mov Disord. 2024; 17: 251-61.

15.** López Olmedo J. Patología de la cadera y otras causas de cojera. Pediatr Integral. 2024; 4: 214-24. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2024-06/patologia-de-la-cadera-y-otras-causas-de-cojera/.

16.** Campistol J. Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia. Pediatr Integral. 2020; 7: 383-92. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-10/trastornos-paroxisticos-no-epilepticos-en-la-infancia-2/.

Bibliografía recomendada

– Park JE. Functional Movement Disorders: Updates and Clinical Overview. J Mov Disord. 2024; 17: 251-61.

En este artículo de revisión, el autor aporta una visión global de los diferentes aspectos clínicos a tener en cuenta ante la sospecha de un trastorno del movimiento funcional, con énfasis en la semiología y en el manejo con el paciente y la familia.

– Lan Z, Lempereur M, Gueret G, Houx L, Cacioppo M, Pons C, et al. Towards a diagnostic tool for neurological gait disorders in childhood combining 3D gait kinematics and deep learning. Comput Biol Med. 2024; 171: 108095.

En este estudio, los autores evalúan los ciclos de marcha de niños con trastornos neurológicos o sanos, a partir de una herramienta cinemática en 3D y con aprendizaje profundo. Este modelo de análisis de datos les ha permitido elaborar una herramienta que podría ser útil para clasificar los diferentes trastornos de la marcha, sin necesidad de contar con un profesional experto en la materia.

Caso clínico

 

Niño de 3 años que acude a Urgencias por inestabilidad para la marcha desde hace 48 horas. Los padres lo notan más torpe y ha presentado varias caídas en las últimas horas. Hace 3 días inició con síntomas catarrales y febrícula, pero en las últimas 24 horas ha estado afebril.

A la exploración: consciente, orientado, Glasgow 15. Pares craneales normales. Fuerza y tono en extremidades normales. ROTs presentes y simétricos, RCP flexor bilateral. Sin clonus. Marcha inestable con ligero aumento de la base de sustentación.

Antecedentes personales: sin antecedentes perinatales de interés. Desarrollo psicomotor dentro de la normalidad, deambulación autónoma desde los 16 meses.

Antecedentes familiares: sin interés.

 

algoritmo

 

Lactante hipotónico

M.G. Flores Ramos*,  C.I. Ortez González**,  J. Campistol Plana***
Temas de FC


M.G. Flores Ramos*, C.I. Ortez González**, J. Campistol Plana***

*Máster en Neurología pediátrica. Hospital Sant Joan de Déu. Barcelona. Universidad de Barcelona. **Neurología pediátrica. Hospital Sant Joan de Déu. Unidad de Patología Neuromuscular. Universidad de Barcelona. Barcelona. ***Neurología pediátrica. Hospital Sant Joan de Déu. Universidad de Barcelona. Barcelona

X

Autor para correspondencia

campistol@sjdhospitalbarcelona.org

Resumen

Lactante hipotónico se define como aquel lactante que, desde el periodo neonatal o primeros meses de vida, presenta movilidad reducida y disminución del tono muscular con o sin debilidad. En el presente artículo se pretende brindar una guía ordenada para el estudio y diagnóstico precoz del lactante con hipotonía, especialmente en aquellos pacientes que tengan patologías con terapias modificadoras de la enfermedad, y al mismo tiempo aclarar conceptos básicos sobre la exploración y diagnóstico inicial del lactante hipotónico, enfocándonos exclusivamente en aspectos recogidos mediante la anamnesis, exploración y pruebas complementarias, que son pilares fundamentales para realizar correctamente el diagnóstico de la hipotonía en el lactante. Se realizará un resumen de las principales enfermedades que puedan manifestarse con hipotonía, como síntoma guía, facilitando algunos datos clínicos “clave” para la adecuada clasificación y enfoque diagnóstico. Actualmente, es de vital importancia la identificación del lactante hipotónico, ya que existen patologías, como la atrofia muscular espinal (AME), con terapias modificadoras de la enfermedad, y su respuesta al tratamiento dependerá de la rapidez con que se diagnostique.

 

Abstract

A hypotonic infant is defined as an infant who, from the neonatal period or the first months of life, presents with reduced mobility and decreased muscle tone, with or without weakness. This article aims to provide an organized guide for the investigations and early diagnosis of hypotonic infants, especially those patients with pathologies requiring disease-modifying therapies. It also aims to clarify basic concepts regarding the examination and initial diagnosis of hypotonic infants, focusing exclusively on aspects collected through the history, examination, and complementary tests, which are fundamental pillars for correctly diagnosing hypotonia in infants. A summary of the main diseases that can manifest with hypotonia will be provided as a guiding symptom, providing some “key” clinical data for proper classification and diagnostic approach. Currently, the identification of hypotonic infants is of vital importance, as there are pathologies such as SMA (Spinal Muscular Atrophy) that require disease-modifying therapies, and their response to treatment will depend on how quickly they are diagnosed.

 

Palabras clave: Hipotonía; Exploración física; Enzimas musculares; Genética; Atrofia muscular espinal.

Key words: Hypotonia; Physical examination; Muscle enzymes; Genetics; Spinal muscular atrophy.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 434 – 441

 


OBJETIVOS

• Clasificar la hipotonía en lactantes según su etiología y localización topográfica, diferenciando entre las causas centrales y periféricas.

• Establecer un abordaje general y multidisciplinario frente al lactante con hipotonía, asegurando una atención integral y optimizando su desarrollo y calidad de vida.

• Evaluar los métodos diagnósticos para el abordaje del lactante hipotónico, incluyendo anamnesis, exploración física, estudios electrofisiológicos y otras pruebas complementarias, con el fin de optimizar la identificación de la etiología subyacente.

• Determinar las opciones terapéuticas y estrategias de manejo de la hipotonía en lactantes según su etiología, con especial énfasis en aquellas que incluyen terapias modificadoras de la enfermedad.

 

Lactante hipotónico

https://doi.org/10.63149/j.pedint.69

 

Introducción

La hipotonía en el lactante puede ser consecuencia de diversas patologías, ya sean neurológicas primarias o secundarias. La hipotonía es el signo neurológico más común de disfunción en esta edad; esta puede ser debida a alteraciones centrales y/o periféricas y que van desde algún punto de la corteza cerebral hasta el músculo.

La hipotonía, al ser identificada en un paciente, se debe determinar con precisión la localización (central o periférica), situando la lesión mediante la anamnesis, el examen neurológico detallado y los exámenes complementarios adecuados. De la determinación de una correcta etiología dependerán el pronóstico y el tratamiento.

Definiciones

Lactante hipotónico es aquel lactante que, desde el periodo neonatal o primeros meses de vida, presenta movilidad reducida y disminución del tono muscular con o sin debilidad.

Tono muscular: es un estado de ligera contracción muscular, que depende de la integridad entre el sistema nervioso central (SNC), el sistema nervioso periférico (SNP) y las propiedades intrínsecas de la musculatura esquelética. Este, a su vez, puede ser pasivo o activo.

Hipotonía: es una disminución en el tono muscular de tronco, extremidades y/o musculatura craneofacial. Entendiendo por “disminución del tono muscular” el descenso de la resistencia a la movilización pasiva de una articulación (que tendrá, como consecuencia, un aumento del rango articular de movimiento). Puede o no acompañarse de debilidad.

Debilidad: es la incapacidad para mover voluntariamente los músculos contra la resistencia y es el síntoma cardinal de las enfermedades neuromusculares. La presencia de debilidad es siempre patológica.

Fatigabilidad: es la disminución progresiva de la amplitud o de la intensidad de una respuesta muscular; es decir, es la disminución del rendimiento físico mientras dura una tarea(1-3).

Clasificación de la hipotonía

La hipotonía se clasifica en central o periférica en función de la etiología y su ubicación topográfica.

Cabe mencionar que en recién nacidos y lactantes no es fácil diferenciar hipotonía central y periférica y que, además, puede asociarse hipotonía mixta. Aproximadamente, entre el 60-80 % de los casos son de origen central y solo el 15-30 % son de origen periférico(3) (Fig. 1).

figura

Figura 1. Clasificación de la hipotonía.ROT: reflejos osteotendinosos. Modificada de: referencia(3).

 

Hipotonía de origen central

Se caracteriza por debilidad axial (proximal, tronco), sin debilidad o con debilidad leve, presencia de movimientos antigravitatorios y con reflejos osteotendinosos (ROT) presentes.

Las principales causas se agrupan en 2 grupos:

1. Adquiridas: parálisis cerebral infantil y encefalopatía hipóxico-isquémica.

2. Genéticas: síndrome de Prader-Willi, enfermedad de Steinert (siendo estas las más frecuentes), síndrome de Down, síndrome de Angelman, otras causas genéticas, trastornos de migración neuronal y causas metabólicas.

Hipotonía de origen periférico

Se caracteriza por debilidad distal (miembros), ausencia de movimientos antigravitatorios con ROT ausentes o débiles.

Las causas periféricas pueden deberse a enfermedades musculares, de la unión neuromuscular, neuropatías, y/o compromiso de la motoneurona. Es fundamental, al igual que en las hipotonías centrales, identificar las potencialmente tratables, como la atrofia muscular espinal (AME) ligada al gen SMN1, enfermedad de Pompe y los síndromes miasténicos congénitos. Por lo tanto, la detección y diagnóstico de una hipotonía de origen periférico se ha convertido en una verdadera emergencia médica.

Podemos clasificarlas en 4 grupos según el nivel anatómico comprometido, junto a las patologías más frecuentes:

1. Asta anterior: la atrofia muscular espinal (AME) es la primera causa de hipotonía periférica; otras causas son la poliomielitis asociada a la vacuna y la mielitis flácida aguda.

2. Nervio periférico: Charcot-Marie-Tooth (CMT), polineuropatía desmielinizante inflamatoria aguda (síndrome de Guillain-Barré), polineuropatías axónicas o hipomielinizantes congénitas (p. ej., síndrome de Dejerine-Sottas).

3. Unión neuromuscular: miastenia gravis autoinmune y síndromes miasténicos congénitos.

4. Músculo: las miopatías congénitas y las distrofias musculares congénitas son la segunda causa de hipotonía periférica; también miopatías inflamatorias (p. ej., dermatomiositis), rabdomiólisis y miopatías metabólicas(4).

Evaluación diagnóstica

Historia clínica

La anamnesis desempeña un papel básico en la identificación de la etiología de la hipotonía en lactantes. Además de los antecedentes (Tabla I), la historia clínica aborda este aspecto fundamental:

Historia de la enfermedad actual: edad de inicio de la hipotonía, diferenciando si se manifiesta desde el nacimiento o posteriormente. La detección de síntomas adicionales, como apneas y dificultades en la alimentación, también nos puede orientar sobre el origen de la hipotonía.

tabla

 

Exploración física

La exploración deberá ser sistemática, detallada y en un ambiente tranquilo. Comenzaremos por el examen general y luego ampliaremos, detallando evaluación por sistemas.

Examen general

Inspección: observar las posturas que adquiere en decúbito supino, decúbito prono y en sedestación si esta existiese, sin ropa (a veces, si es un niño muy irritable, se puede intentar primero con ropa y luego sin ella). En esta fase debemos fijarnos en el patrón respiratorio, movimientos antigravedad, presencia de rasgos dismórficos o manchas en la piel.

Examen neurológico

Estado de conciencia/nivel de alerta

Tono: mediante la observación de la postura y la movilización suave segmentaria de cada una de las articulaciones de los miembros.

Fuerza: la fuerza en niños mayores puede evaluarse fácilmente a través de escalas (Medical Research Council Scale); sin embargo, no son aplicables a neonatos ni lactantes. En esta edad evaluaremos la fuerza con los movimientos gravitatorios (como la suspensión axilar o ventral) y a través del estímulo táctil o utilizando los reflejos arcaicos: llanto, succión, expresión facial y esfuerzo respiratorio. Determinar si la debilidad, es proximal (p. ej.: cintura escapular, pelviana), distal (p. ej.: manos, pies) y si existe compromiso facial (p. ej.: falta de mímica facial, fascie alargada).

Reflejos osteotendinosos: los evaluados con frecuencia son los reflejos bicipitales, patelar y aquíleo. La relajación del lactante es fundamental, con la cabeza en línea media y las extremidades en posición natural flexionada. Estarán vivos en caso de hipotonía de origen central, ausentes o disminuidos en las enfermedades de nervio periférico; muy importante valorarlos en las 4 extremidades(5).

Pruebas complementarias

A continuación, en la tabla II, sugerimos estudios complementarios de primera y segunda línea. La solicitud de estos está supeditada al criterio de los profesionales tratantes y a la disponibilidad.

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En la tabla III se resumen los hallazgos electrofisiológicos característicos según la localización anatómica.

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Hipotonía de origen periférico

Atrofias musculares espinales (AME)

Comprenden trastornos caracterizados por la degeneración de las neuronas motoras del asta anterior de la médula espinal, resultando en debilidad y atrofia muscular. Principalmente, son debidas a deleciones o mutaciones en el gen SMN1 (survival motoneuron) en el cromosoma 5q13, siendo la deleción homocigota del gen SMN1 la responsable en el 95-98 % de los casos. La incidencia se estima en 1 cada 10.000 nacimientos. En la tabla IV se clasifican según gravedad en tipos 0-4.

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Diagnóstico

El diagnóstico se realizará utilizando pruebas genéticas, como MLPA y qPCR, para analizar las copias de los genes SMN1 y SMN2. En aquellos casos identificados mediante el cribado neonatal (recientemente aprobado en todas las comunidades autónomas españolas), el objetivo es tratarlos lo antes posible, presintomáticamente, con alguna de las terapias aprobadas.

Tratamientos disponibles

Modificador del gen SMN1: Onasemnogén abeparvovec (terapia génica): destaca por su administración única con efectos prolongados, lo que puede mejorar la comodidad del paciente.

Modificador del gen SMN2: Nusinersen, su ventaja radica en el acceso directo al sistema nervioso central (SNC). Su administración es vía intratecal.

Risdiplam: ofrece la ventaja de la administración oral y un efecto sistémico que supone una ventaja frente al anterior(6).

Miopatías congénitas

Es la segunda causa de hipotonía periférica; estas afectan la estructura o función muscular desde el nacimiento, presentando anomalías en la arquitectura de las fibras musculares que se manifiestan con diversidad clínica, histopatológica y molecular.

Clínica

Los signos clínicos tempranos incluyen hipotonía periférica, debilidad muscular y retraso en las adquisiciones motoras.

Diagnóstico

Al diagnóstico definitivo y clasificación se llega mediante técnicas de secuenciación masiva (exoma, paneles de genes). Se utilizan pruebas complementarias, como electromiografía, resonancia magnética muscular y ecografía muscular, para delimitar el diagnóstico diferencial y guiar estudios genéticos. El tratamiento es sintomático(7).

Enfermedad de Pompe

También conocida como glucogenosis tipo II, es una patología de herencia autosómica recesiva que resulta en la acumulación excesiva de glucógeno en los lisosomas.

Clínica

La edad media de inicio es a los 4 meses de vida. Se caracteriza por hipotonía y debilidad generalizada severa, hipo/arreflexia, elevación de los niveles de creatina quinasa, miocardiopatía hipertrófica (con obstrucción en la salida del ventrículo izquierdo), hepatomegalia, macroglosia, dificultades de alimentación, fallo de medro y problemas respiratorios. La sintomatología progresa con el tiempo y, sin intervención, conduce al fallecimiento del paciente antes de los dos años debido a fallo cardiorrespiratorio.

Diagnóstico

Se realiza mediante la determinación enzimática de alfa-glucosidasa ácida en muestra de gota seca de sangre del paciente, pero debe confirmarse con determinación de la actividad enzimática en leucocitos, fibroblastos o músculo y, posteriormente, se confirma mediante estudio del gen GAA(7).

Tratamiento

La enfermedad de Pompe es la única forma de glucogenosis susceptible de tratamiento enzimático sustitutivo. Se realiza con alfa-glucosidasa recombinante humana (rhGAA) intravenosa.

Hipotonía de origen central/mixto

Síndrome de Prader-Willi

El síndrome de Prader-Willi (PWS) es un trastorno complejo, multisistémico, causado por la falta de expresión de genes del cromosoma 15q11-13 heredados de la rama paterna. La hipotonía neonatal es severa y suele ser el signo guía, ocasionando dificultades para la alimentación en los primeros meses de vida.

Diagnóstico

El examen físico revela facies típica con: ojos almendrados, dolicocefalia, diámetro bifrontal estrecho, labio superior fino y en forma de “V” invertida, criptorquidia, manos y pies pequeños. A medida que crecen, desarrollan hiperfagia (lo que puede llevar a obesidad mórbida), alteraciones endocrinológicas, trastorno del sueño, trastornos en el neurodesarrollo y comorbilidades psiquiátricas. Ante la sospecha clínica, el estudio inicial es mediante MLPA (amplificación multiplex de sonda dependiente de ligación). Los resultados de este estudio guiarán los pasos siguientes para definir y manejar la alteración específica(8.9).

Enfermedad de Steinert (distrofia miotónica congénita tipo 1)

Es un trastorno genético con herencia autosómica dominante; está asociado con la expansión del número de repeticiones del triplete CTG en el gen DMPK, ubicado en el cromosoma 9q13.3. Este fenómeno es más pronunciado en transmisiones maternas.

Clínica

Durante la gestación pueden observarse polihidramnios o disminución de los movimientos fetales. En el periodo neonatal, los afectados suelen presentar hipotonía y debilidad generalizada, características faciales distintivas, como amimia facial y paladar ojival. En casos graves, pueden desarrollarse deformidades físicas, como pies en equino y contracturas articulares. La dificultad respiratoria y la afectación diafragmática son comunes, a menudo requiriendo ventilación asistida. La miotonía, caracterizada por la dificultad para relajar los músculos después de la contracción, es excepcional en lactantes, por lo que se recomienda examinar a la madre. En las formas congénitas, la madre suele ser afectada de manera leve o incluso sin diagnóstico.

Diagnóstico

El estudio molecular de la expansión del triplete CTG se hace en sangre y detecta prácticamente el 100 % de las variantes patógenas, de modo que la sensibilidad y especificidad son cercanas al 100 %.

Tratamiento

El tratamiento es sintomático(10.11).

Distrofias musculares congénitas (DMC)

En los lactantes se observa hipotonía, reducción en la movilidad y retraso o estancamiento en el desarrollo motor. Las DMC son progresivas y suelen acompañarse de retracciones articulares frecuentes, rigidez y deformidad de columna, insuficiencia respiratoria y, en algunas variantes, afectación cardiaca. Como rasgos diferenciales y globales, las DMC suelen preservar la musculatura facial y extraocular inicialmente.

Diagnóstico

La toma de muestra muscular mediante biopsia contribuye al diagnóstico, al identificar el déficit de merosina o la glicosilación anómala de distroglicano.

El diagnóstico genético suele llevarse a cabo mediante paneles de genes o exoma.

Tratamiento

El tratamiento, en la actualidad, es sintomático(10,11).

Otras causas poco frecuentes de hipotonía

El botulismo infantil

Se caracteriza por succión débil, ptosis, inactividad y estreñimiento. El diagnóstico se respalda mediante el aislamiento de esporas de Clostridium botulinum en las heces. El tratamiento implica el uso de inmunoglobulina humana específica para prevenir la progresión de la enfermedad. En la tabla V se comparan las principales enfermedades que cursan con hipotonía neonatal junto a sus signos guía.

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Función del pediatra en Atención Primaria

• Realizar una correcta anamnesis dirigida fundamentalmente a los antecedentes familiares, prenatales e historia de la enfermedad actual.

• Realizar una exploración física sistemática por aparatos y una adecuada exploración neurológica.

• Analizar las principales etiologías y, basándose en ello, solicitar pruebas complementarias.

• Derivar al Servicio de Urgencias, unidades específicas, dado que muchas patologías requieren un diagnóstico temprano, ya que poseen tratamientos modificadores de la enfermedad(12,13).

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. De Santos Moreno MT, Moro Serrano M. Hipotonía muscular. Trastornos ­neuromusculares. De guardia en Neonatología. Panamericana. 2016; 92: 589-94.

2. Martí Carrera I, Lafuente Hidalgo M. Enfoque diagnóstico del lactante hipotónico. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 217-25.

3.*** Caraballo RH, Campistol Plana J, González Rabelino G. Neuropediatría: Fundamentos prácticos. Editorial Panamericana. Buenos Aires. 2023.

4. Mesquita M, Ratola A, Tiago J, Basto L. Hipotonía neonatal: ¿entraña un diagnóstico difícil? Rev Neurol. 2018; 67: 287-92.

5. Sparks SE. Neonatal hypotonia. Clin Perinatol 2015; 42: 363-71.

6. Lafuente-Hidalgo M, Ranz Angulo R. Amiotrofia muscular espinal. Nuevo paradigma: el código AME. Form Act Pediatr Aten Prim. 2023; 16: 21-6.

7.*** Natera de Benito D, Ortez O, Carrera-García L, Expósito J, Bobadilla E, Nascimento A. Diagnóstico y tratamiento de las miopatías congénitas. Disponible en: https://www.medicinabuenosaires.com/indices-de-2010-a-2019/volumen-79-ano-2019-suplemento-3-indice/diagnostico/.

8. Butler MG, Miller JL, Forster JL. Prader-Willi Syndrome – Clinical Genetics, Diagnosis and Treatment Approaches: An Update. Curr Pediatr Rev. 2019; 15: 207-44. Disponible en: https://doi.org/10.2174/1573396315666190716120925.

9.** Krauel MR. Síndrome de Prader Willi. Rev. Esp Endocrinol Pediatr. 2018; 9: 31-6.

10. Gutiérrez Gutiérrez G, Díaz-Manera J, Almendrote M, Azriel S, Eulalio Bárcena J, Cabezudo García P, et al. Clinical guide for the diagnosis and follow-up of myotonic dystrophy type 1, MD1 or Steinert’s disease. Neurologia (Engl Ed). 2020 Apr;35(3):185-206. English, Spanish. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.nrl.2019.01.001.

11. Quijano-Roy S, Gómez-García de la Banda M. Distrofias musculares congénitas. Rev. Médica Clínica Las Condes. 2018; 29: 530-43.

12. Suárez B, Araya G. Síndrome hipotónico como manifestación de enfermedad neuromuscular hereditaria en la infancia. Rev. Médica Clínica Las Condes. 2018; 29: 502-11.

13. Kaler J, Hussain A, Patel S, Majhi S. Neuromuscular Junction Disorders and Floppy Infant Syndrome: A Comprehensive Review. Cureus. 2020; 12: 6922. Disponible en: https://doi.org/10.7759/cureus.6922.

Bibliografía recomendada

– Natera de Benito D, Ortez O, Carrera-García L, Expósito J, Bobadilla E, Nascimento A. Diagnóstico y tratamiento de las miopatías congénitas. Disponible en: https://www.medicinabuenosaires.com/indices-de-2010-a-2019/volumen-79-ano-2019-suplemento-3-indice/diagnostico/.

Artículo de revisión de miopatías congénitas que nos muestra las características clínicas, clasificación, diagnóstico y los avances actualizados para lograr la terapia génica.

– Suárez B, Araya G. Síndrome hipotónico como manifestación de enfermedad neuromuscular hereditaria en la infancia. Rev. Médica Clínica Las Condes. 2018; 29: 502-11.

Este artículo tiene como objetivo realizar una actualización en síndrome hipotónico del recién nacido y lactante menor (<2 años), con énfasis en las causas de origen neuromuscular hereditario, fundamentalmente en la evaluación clínica y enfoque diagnóstico.

– Natera de Benito D, Ortez C, Jou C, Jiménez-Mallebrera C, Codina A, Carrera García L, et al. The Phenotype and of Congenital Myopathies Based on a Large Pediatric Cohort. Pediatr Neurol. 2021; 115: 50-65. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.pediatrneurol.2020.11.002.

Es un estudio de 104 pacientes realizado en un solo centro, que proporciona una visión actualizada del panorama clínico, histopatológico y molecular de las miopatías congénitas.

 

Caso clínico

 

Lactante masculino de 4 semanas de vida, producto de un embarazo sin incidencias ni complicaciones, nacido a término de 39 semanas por parto vaginal espontáneo. Peso al nacer 3.100 g y Apgar de 8/9/9. La madre refiere que, desde las primeras semanas de vida, el bebé presenta dificultades para alimentarse, con llanto débil y fatiga durante las tomas. Además, comenta que lo observa muy flácido y no presenta ningún intento por sostén cefálico. No se identificaron antecedentes familiares de enfermedades neuromusculares.

Exploración física

El lactante se encuentra con poca reactividad a los estímulos ambientales y en una posición de “en libro abierto”, pectus excavatum y tórax en campana. Exploración neurológica: hipotonía marcada principalmente en miembros proximales con escaso tono. Reflejos osteotendinosos muy disminuidos. Reflejo de Moro pobre y reflejo de succión muy débil. Dificultad para el intento del sostén cefálico. Otros hallazgos: fasciculaciones en la lengua y musculatura facial

Pruebas complementarias

Análisis de sangre y bioquímica: sin alteraciones, incluidas pruebas metabólicas. EMG: hallazgos compatibles con neuropatía de la motoneurona anterior, con amplitud reducida y actividad fibrilar en reposo. Se solicita estudio genético.

 

algoritmo

 

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Diagnóstico precoz y seguimiento del trastorno del espectro autista

A. Hervás Zúñiga*,  N. Maraver García**
Temas de FC


A. Hervás Zúñiga*, N. Maraver García**

*Jefe de Servicio de Psiquiatría Infantil y Juvenil. Especializada en Psiquiatría Infantil y juvenil y en Psiquiatría del adulto. Hospital Universitario Mutua Terrassa. Directora Clínica y Co-fundadora de IGAIN (Instituto Global de Atención Integral del Neurodesarrollo). Barcelona. Profesora Asociada de la Universidad de Barcelona. **Psicóloga Especializada en Trastornos del Neurodesarrollo. Coordinadora del Programa de Evaluación y Diagnóstico (PAD) y los Programas de Intervención a Domicilio (PID). IGAIN (Instituto Global de Atención Integral del Neurodesarrollo). Barcelona

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Autor para correspondencia

32989ahz@comb.cat

Resumen

El objetivo principal de este artículo es una actualización del autismo en edades tempranas dirigido a los profesionales del ámbito de la pediatría, profesionales que tienen la labor esencial de detectar los signos precoces del autismo y/u otras alteraciones evolutivas frecuentemente asociadas con el autismo, diferenciarlas de lo que es un desarrollo normalizado, realizar labores de cribaje de alteraciones evolutivas o detectar sospecha del trastorno del espectro autista (TEA) y, en caso de ser positiva, derivar a profesionales especializados para una adecuada evaluación y devolución diagnóstica a la familia. La labor de los profesionales de pediatría es esencial en el acompañamiento de la familia en este difícil proceso y su asesoramiento profesional. Para ello, este artículo pretende actualizar a los profesionales de la pediatría en el concepto actual del autismo, las clasificaciones actuales, los síntomas en edades tempranas, su presentación en el género femenino, la detección de los primeros signos de autismo e instrumentos utilizados. El reto del artículo es concienciar a los profesionales de la pediatría de su labor esencial, mejorando el pronóstico de los niños/as autistas mediante una identificación precoz, reto todavía mejorable en todas nuestras sociedades, y pretende ayudar en el conocimiento actualizado para tal importante cometido.

 

Abstract

The main objective of this article is to provide an update on autism at early ages, aimed at professionals in the field of pediatrics. These professionals have the essential role of detecting early signs of autism and/or other developmental disorders frequently associated with autism, differentiating them from normal development, screening for developmental disorders, or detecting suspected autism spectrum disorder (ASD). If the result is positive, referral to specialized professionals for an appropriate evaluation and diagnostic feedback to the family should be made. The work of pediatric professionals is essential in supporting families in this difficult process and providing them with professional advice. To this end, this article aims to update pediatric professionals on the current concept of autism, current classifications, symptoms at early ages, its presentation in the female gender, the detection of early signs of autism, and the instruments used. The challenge of the article is to raise awareness among pediatric professionals about their essential work, improving the prognosis of autistic children through early identification, a challenge that can still be improved in our societies, by providing updated knowledge for such an important task.

 

Palabras clave: Autismo; Trastornos del espectro autista; TEA; Detección precoz; Cribaje.

Key words: Autism; Autism spectrum disorders; ASD; Early detection; Screening.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 420 – 433

 


OBJETIVOS

• Mejorar el conocimiento sobre los síntomas necesarios para realizar un diagnóstico de trastorno del espectro autista (TEA) según el DSM-5-TR.

• Mejorar el conocimiento de cómo se debe presentar un diagnóstico de TEA en el DSM-5-TR, incluyendo los modificadores clínicos y criterios de severidad.

• Mejorar el conocimiento sobre el desarrollo de síntomas de autismo desde las primeras edades y de manera progresiva.

• Mejorar la detección e identificación de síntomas en el género femenino.

• Especificar los instrumentos de detección de los síntomas de autismo en primeras edades.

• Mejorar el conocimiento sobre lo que los padres esperan de un profesional cuando le dan un diagnóstico de autismo en su hijo/a.

 

NOTA: a lo largo de este documento, el término “autismo” se utiliza como abreviatura para el trastorno del espectro autista (TEA), tal y como se define en la quinta edición revisada del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría(1). La GUÍA NICE CG170(2) actualizó los términos “niños y jóvenes con autismo” o “síntomas de autismo”, alineándolos con la terminología actual, “niños y jóvenes autistas” y “características de autismo”, que es lo que utilizaremos en este documento. Se utiliza indistintamente trastorno del desarrollo intelectual (TDI) como discapacidad intelectual (DI).

 

Diagnóstico precoz y seguimiento del trastorno del espectro autista

https://doi.org/10.63149/j.pedint.68

 

Introducción

Los TEA-autismo son un conjunto de alteraciones neuroevolutivas que afectan el desarrollo de la comunicación social y presentan un patrón de conductas e intereses estereotipados y repetitivos, un patrón de conducta inflexible al cambio y alteraciones en la percepción sensorial (hiper o hiposensibilidad).

Además de estas características, los niños y jóvenes autistas experimentan con frecuencia una variedad de problemas cognitivos, de aprendizaje, lingüísticos, médicos, emocionales y conductuales, incluyendo la necesidad de rutina, dificultad para comprender las normas sociales, a otras personas, incluidas sus intenciones, sentimientos y perspectivas, alteraciones del sueño y alimentación, y problemas de salud mental, como ansiedad, depresión, problemas de atención, comportamiento autolesivo y, en ocasiones, agresividad(3). Estas características pueden tener un impacto sustancial en la calidad de vida del individuo y de su familia o cuidador, y conducir a la vulnerabilidad social. Comienzan los signos precoces con frecuencia en los primeros meses de su desarrollo y continúan a lo largo de la vida, en algunos casos teniendo una evolución compatible con una vida normalizada, pero, en otros casos, asociados a varias otras alteraciones evolutivas, necesitarán ayuda continuada por la severa afectación funcional(3). Los síntomas de autismo están presentes en la población general, pero hablamos de TEA cuando cumplen los criterios diagnósticos descritos en las clasificaciones internacionales DSM-5-TR o CIE-11(4). En los casos de niños autistas con buenas habilidades de lenguaje y cognitivas (nivel de severidad 1), el autismo representa un continuo de lo que es un desarrollo normalizado, pero en aquellos casos de autismo asociado a otras alteraciones del neurodesarrollo, especialmente aquellos con grave afectación del lenguaje, comunicación y con discapacidad intelectual (DI) o trastorno del desarrollo intelectual (TDI) (nivel de severidad 3), su presentación clínica es claramente diferenciada de lo que es un desarrollo normalizado ya desde los primeros meses de la vida(3).

El autismo ha aumentado drásticamente en los últimos años su incidencia y prevalencia; en países desarrollados, se estima entre 1-2 %(5) de la población en edad infantil, en parte, por los cambios en los criterios diagnósticos, por una mejor formación de los profesionales en la detección, diagnóstico y por una mayor concienciación social, en especial de los padres supervisando la evolución de sus hijos(6). No hay evidencia de que el aumento de incidencia-prevalencia de autismo se deba a otros factores, pero hay cambios sociales, como, por ejemplo, una mayor edad de los padres, con un componente genético etiológico en autismo claramente constatado y la evidencia de que una edad más avanzada de los padres aumenta el riesgo de mutaciones genéticas y el riesgo del autismo. La labor de los profesionales de pediatría es esencial(6). Uno de los grandes cambios en los últimos 40 años ha sido la clara evidencia de que la detección e intervención precoz de los signos precoces, aunque todavía no cumplan todos los criterios diagnósticos de autismo, cambia el futuro de las personas autistas. Hemos mejorado nuestra detección y diagnóstico del autismo, pero permanece todavía un desafío identificarlo de manera precoz, en especial, en el caso de las niñas, en el que su autismo persiste frecuentemente infradetectado e infradiagnosticado(7). La formación de los pediatras y enfermeras pediátricas en los signos precoces de autismo, la incorporación de un cribaje sistematizado en las consultas de evaluación del niño sano, el dominio de los instrumentos de cribaje y realizarlos en las revisiones del niño sano cuando surja alguna alerta identificada por los padres u otros profesionales o se esté revisando un niño/a perteneciente a un grupo de alto riesgo. Una detección temprana permite la derivación a servicios de diagnóstico, una apropiada intervención, así como la integración a nivel social y educativo; el conjunto de intervenciones que se favorecen con el diagnóstico precoz tienden a reducir la morbilidad de los niños y niñas con autismo, mejoran los desenlaces de salud y es probable que conduzca a una mejor funcionalidad en la edad adulta(6).

El pediatra debe diferenciar lo que es un desarrollo normalizado del que no lo es y, cuando hay sospecha, realizar el cribaje adecuado, incluyendo exploraciones médicas para descartar cualquier posible explicación de la alteración evolutiva presente, descartar problemas de visión-audición o cualquier otra problemática médica. El diagnóstico y seguimiento del autismo requiere la coordinación entre equipos de niveles asistenciales diversos, para favorecer un proceso asistencial continuo, coordinado y colaborativo entre pediatría de Atención Primaria, neuropediatría, equipos de Atención Temprana, equipos de salud mental infantil y juvenil y familiares(6).

Concepto del autismo. Criterios diagnósticos según el DSM-5-TR y CIE-11

El TEA puede considerarse una afección dimensional, con variabilidad de los síntomas y/o gravedad.

En el año 2013, la American Psychiatric Association (APA) publicó la 5ª edición del “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders” (DSM-5)(1). Con su publicación, la clasificación y criterios en el campo del autismo quedaron modificados, pasando a una única nomenclatura de Trastornos del Espectro Autista (TEA). Reflejaba el consenso científico de que el TEA podía considerarse una afección dimensional, con variabilidad de los síntomas y/o gravedad en las dos áreas centrales: A) déficits en la comunicación social y en la interacción social; B) restricción de conductas e intereses y presencia de actividades repetitivas (Tabla I). El diagnóstico correcto del TEA en el DSM-5 incluía los grados de severidad (3 niveles) para las dos dimensiones de comunicación social y de comportamientos restringidos y repetitivos. Desde el nivel 1 (que necesita un poco de apoyo) hasta el nivel 3 (que necesita un apoyo muy sustancial) (Tabla I).

También, para un diagnóstico correcto de TEA, se debía indicar siempre los especificadores clínicos o trastornos comórbidos, quedando reflejada la variabilidad fenotípica del autismo a través de los especificadores que acompañarán al diagnóstico. Se incluían en los especificadores clínicos si el TEA se asociaba o no a otros trastornos del neurodesarrollo y/o a trastornos o a alguna afección médica o genética (epilepsia, X-frágil, etc.), o a un factor relevante ambiental asociado (Tabla I).

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Los TEA en el DSM-5 y en el CIE-10 se incluían dentro del paraguas de los trastornos del neurodesarrollo (TND): TDI, trastornos de la comunicación, incluyendo trastorno de lenguaje (TL), trastornos específicos del aprendizaje, trastornos motores y trastorno por déficit de atención/hiperactividad (TDAH)(8).

El DSM-5 también señalaba que los síntomas debían estar presentes en la primera infancia, pero que podían no manifestarse hasta que las demandas sociales excedieran las capacidades cognitivas o de adaptación al medio. Los síntomas deberían causar un deterioro clínicamente significativo en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento habitual, y no estar mejor descritos por otro diagnósticos(1).

El texto revisado se publicó el 18 de marzo del 2022 (DSM-5-TR), presentando escasas modificaciones respecto al DSM-5, especificando, pero sin suponer un cambio real efectivo, que es necesario cumplir “todos” los 3 criterios descritos en los déficits en la comunicación-interacción social. Más relevante es la actualización en los criterios de los modificadores clínicos, incluyendo los síntomas de problemas de salud mental o alteraciones del neurodesarrollo, sin ser necesario que cumplan todos los criterios de trastornos mentales, del neurodesarrollo o del comportamiento (Tabla IA: criterios diagnósticos; Tabla IB: criterios de severidad; Tabla IC: de modificadores clínicos)(1).

La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó la más reciente Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) en junio de 2018. Al igual que el DSM-5, la CIE-11 incluye el TEA en la categoría de trastornos del neurodesarrollo. Los criterios diagnósticos del TEA en el DSM-5-TR y CIE-11 son similares. Los modificadores clínicos y criterios de severidad en la CIE-11 y, en lugar de la clasificación descriptiva de la severidad, proponen subgrupos basados en la presencia o no de alteración del funcionamiento intelectual o de alteración funcional del lenguaje(4).

Con la edad, más de la mitad de los adultos que cumplían criterios de TEA en la infancia dejan de cumplir los criterios diagnósticos en la edad adulta; por el contrario, puede que se vean afectados negativamente por síntomas residuales con importante interferencia funcional(9). El DSM-5-TR no establece ninguna disposición respecto al TEA adulto subclínico que necesita recursos especializados; la CIE-11 sí(4).

Cómo realizar un diagnóstico de TEA en el DSM-5-TR

Para que se establezca un diagnóstico de TEA según el DSM-5-TR(1), se deben incluir los 9 puntos que se citan a continuación.

Criterio de síntomas nucleares TEA del DSM-5-TR consideraciones: para establecer un diagnóstico de TEA según el DSM-5-TR es necesario (Tabla IA): 1) que cumpla algún criterio de A1, A2 y A3, y se exige que tiene que cumplir, al menos, algún criterio en los 3 subíndices del A (A1, A2 y A3); 2) no es necesario que cumpla todos los criterios de cada subíndice A1, A2 y A3; 3) tiene que cumplir, al menos, algún criterio de dos subíndices del B (B1, B2, B3 o B4); 4) no es necesario que cumpla todos los criterios de los subíndices, solo algún criterio de 2 subíndices del B (B1, B2, B3 o B4); 4) pueden aparecer en distintos periodos de tiempo; 5) algún síntoma tiene que manifestarse en primera infancia (criterio C); 6) en niños/as con buenas habilidades cognitivas, los síntomas de TEA pueden pasar desapercibidos hasta después de los 5 años o, incluso más tarde, hasta que en la edad adolescente o adulta temprana se manifiesten (criterio C); 7) los síntomas crean interferencia clínica significativa en el funcionamiento (criterio D); 8) los síntomas no están explicados mejor por otros trastornos de salud mental (TSM) o médicos (criterio E); y 9) ¡cuidado con las niñas! Los requerimientos diagnósticos son los mismos, pero su expresión clínica es diferente de la de los niños.

Se deben incluir los especificadores clínicos para el TEA del DSM-5-TR: se incluyen una o más comorbilidades del neurodesarrollo, de problemas de salud mental o conducta, que incluye con o sin TDI, TL, otros TND o TSM o alteraciones de conducta, con o sin catatonia o condiciones médicas, genéticas o factores ambientales (Tabla IB).

Se deben incluir los niveles de severidad TEA del DSM-5-TR, independientemente para las dos dimensiones de los criterios de síntomas (Tabla IC): a) deficiencias persistentes en la comunicación e interacción social; y b) presencia de patrones de comportamiento, intereses y actividades restringidas y repetitivas.

El nivel 1 de severidad son aquellos niños, adolescentes con buenas habilidades cognitivas y de lenguaje expresivo, en que la alteración en la comunicación social no es muy visible si tienen ayudas y los síntomas estereotipados o repetitivos solo aparecen en un contexto, frecuentemente solo en casa. Pueden pasar desapercibidos. El nivel 1 de severidad frecuentemente va asociado a problemas de salud mental (ansiedad, depresión, etc.) y síntomas de TDAH, tics, etc. No van asociados a TDI ni TL y si lo van el TDI es muy leve.

En el nivel 2 de severidad, los síntomas de TEA son visibles en todos los contextos. Se reconocen más tempranamente. Frecuentemente, asociados a otros TND: TL, TDI leve o moderado, síntomas de TDAH, alteraciones de conducta, etc. A veces, reciben un diagnóstico de TL, TDI, etc., sin identificar el TEA, impidiendo que accedan a tratamientos precoces del autismo.

En el nivel 3 de severidad, los síntomas nucleares clínicos del TEA son severos, visibles en todos los contextos y asociados a varias y graves alteraciones del neurodesarrollo. Presentan afectación severa del lenguaje, con ausencia o escaso lenguaje (TL), TDI moderada o severa y, frecuentemente, asociados a severa hiperactividad, falta de atención y concentración, impulsividad, problemas conductuales y problemas médicos(1).

El autismo, una alteración en el neurodesarrollo

El TEA se incluye dentro del paraguas de los TND. Los TND se incluyeron por primera vez en la clasificación internacional de trastornos mentales en el DSM-5 y, en su posterior actualización, en el DSM-5-TR(1).

El concepto tiene una base común a todos ellos, presentando una vulnerabilidad genética que, según se va conociendo, resulta común a muchos de ellos, que interactúa con factores no genéticos(8). Todos tienen en común: que los primeros signos comienzan en la infancia, muchos en la primera infancia; que es parte inherente del desarrollo de la persona, que va cambiando la presentación clínica de acuerdo a la edad según el periodo y especificidad de maduración cerebral; y que, en general, afectan más frecuentemente a los varones, presentando el género femenino una presentación clínica diferenciada con una base biológica ­posiblemente también ­diferenciada,
asociada a una infradetección e infradiagnóstico. Las características o síntomas que definen los TND mejoran con la edad, son más visibles en la infancia, pueden persistir total o parcialmente e, incluso, no presentar ningún signo en edad adulta, pero, aunque con escasa sintomatología, pueden tener interferencia importante en su funcionamiento(10).

Inicio de signos de autismo

Posiblemente, el primer signo que se ha identificado en hermanos de niños/as con autismo que, posteriormente, desarrollan autismo, es la disminución del contacto ocular que aparece entre los 2 y 6 meses.

Otros signos precoces, hacia los 6 meses de vida, son la disminución de la sonrisa social y vocalización hacia las personas, aumentando hacia los objetos. Pueden aparecer también, de manera precoz, síntomas sensoriales o alteraciones motoras. Posteriormente, sobre los 15 meses, es cuando los síntomas más nucleares y claros del autismo en la sociabilidad y comunicación comienzan a ser más evidentes. Las conductas repetitivas pueden comenzar incluso más tarde de los 24 meses. No es infrecuente que diagnósticos iniciales de TL en los primeros 2 años de vida, al aparecer posteriormente conductas repetitivas, cambien a un diagnóstico de TEA.

No todos los casos de autismo tienen un comienzo insidioso. Un 25-30 % de los padres describe un desarrollo evolutivo dentro de la normalidad en el primer año o 18 meses de vida, presentando posteriormente una regresión en el interés y comunicación social, como primeros signos evidentes de autismo. La causa de esta regresión temprana no está clara y todas las pruebas médicas pueden resultar dentro de la normalidad. Incluso se ha asociado con un desarrollo del lenguaje más temprano(11).

El impacto de la alteración del neurodesarrollo es más claro en aquellos que tienen autismo asociado a TDI, en los que se evidencian alteraciones propias de la DI, como es el retraso psicomotor, la escasa curiosidad por su entorno, la escasa funcionalidad en el juego y, en general, los déficits generalizados en las diferentes áreas del desarrollo y en la adaptación funcional. A ello se asocian los síntomas propios del autismo, muchas veces enmascarados por el TDI(3).

En los primeros años de la vida, las conductas repetitivas y la rigidez conductual y cognitiva pueden ocasionar graves problemas de conducta e irritabilidad ante cambios inesperados, lenguaje incomprendido o situaciones sociales a las que el niño no sabe adaptarse o pedir ayuda. En el autismo de severidad 2 y 3, a edad preescolar, son obvias las alteraciones sociales, bien por escaso interés o respuesta social o bien por una sociabilidad desinhibida, dificultades para ajustar su comportamiento a diferentes contextos sociales, aprender las normas y el comportamiento igual que otros niños de su edad. Los padres pueden llegar a tener dificultades para exponer a sus hijos a situaciones sociales que no sean dentro de su rutina, por la reacción inesperada a estímulos sensoriales o bullicio o cambios inesperados que pueden provocar reacciones conductuales extremas. Los padres pueden llegar a evitar estas situaciones, conllevando un aislamiento del niño y su familia y una escasez de oportunidades de aprendizaje en diferentes contextos sociales.

En el caso de autismo sin TDI, no suelen existir otros retrasos evolutivos y son los síntomas nucleares de autismo los que están presentes. Dificultades de relación social, de adaptarse a los diferentes contextos, en la comunicación social y la presencia de patrones repetitivos de juego o conducta, alteraciones sensoriales o manierismos, son los síntomas que deben alertar a los profesionales y/o a sus padres(3,11) (Tabla II).

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Presentación del autismo en el género femenino

Autismo femenino con buenas habilidades intelectuales y de lenguaje

Existe una infradetección e infradiagnóstico del autismo femenino con buenas habilidades cognitivas y de lenguaje, en todas las edades.

En los estudios epidemiológicos poblacionales del autismo sin TDI, la ratio masculino/femenino (M/F) es de 3:1; pero, en servicios clínicos, la ratio en la edad adulta M/F puede llegar a aumentar hasta 11:1(12). Existe una infradetección e infradiagnóstico del autismo femenino con buenas habilidades cognitivas y de lenguaje, en todas las edades(13). Secundariamente, no tienen acceso a tratamiento precoz y su evolución funcional es más deteriorante que en el autismo masculino. En la edad adulta son más graves, con más interferencia funcional, intentos autolíticos, suicidio, conductas autolesivas, trastornos emocionales, disforia de género, trastornos alimentarios, situaciones traumáticas y estigmatización social(13).

Las niñas comparadas con los niños autistas, ya desde los primeros meses de la vida, pueden tener más preservada su interés social, contacto ocular, iniciación social buscando la atención de las personas, deseo comunicativo, juego simbólico o con otros niños. Por el contrario, pueden presentar menos conductas repetitivas o más sutiles y más funcionales. Los signos precoces de autismo en las niñas pueden confundirse con timidez. En las niñas, por el contrario, existen dificultades sociales y comunicativas, por sus dificultades en la reciprocidad sociocomunicativa y en el juego, relacionadas con problemas de cognición social. Las alteraciones sensoriales están frecuentemente presentes, pero, muchas veces, no son detectadas ni por los padres ni por ellas mismas. El grupo con buenas habilidades cognitivas y de lenguaje expresivo, proporcionalmente, parece tener también menos alteraciones del neurodesarrollo asociadas que los niños autistas. Ya desde pequeñitas, las niñas son más conscientes de sus diferencias. Cuando se comparan con otras niñas normotípicas, tienden a imitarlas, a veces, sin saber bien lo que imitan, a complacer al adulto, conteniéndose e inhibiéndose con personas no conocidas, disimulan sus dificultades de comunicación recíproca con expresiones aprendidas (“masking” o “camuflaje”). Esta necesidad de “adaptarse a la norma” provoca que, en la primera evaluación de los profesionales, los síntomas de autismo pueden no ser nada evidentes, resultando más difícil el diagnóstico (Tabla III)(13,14). Los instrumentos utilizados tradicionalmente y considerados gold estándar en la evaluación del autismo (ADOS-2 y ADI-R) y los diferentes cuestionarios utilizados en la evaluación y cribaje del autismo se han diseñado más específicamente para el autismo masculino y resultan menos sensibles en identificar el autismo femenino, en especial cuando las evaluadas camuflan los síntomas(13,14).

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En el autismo femenino (también en el masculino) es esencial un diagnóstico en la edad infantil, ya que, con la mejora de síntomas autistas con la edad, el camuflaje y la asociación con diferentes comorbilidades de salud mental, hace muy difícil que se diagnostique por primera vez el autismo en la edad adulta, recibiendo diagnósticos psiquiátricos y tratamientos equivocados o diagnosticando solo la comorbilidad sin el autismo, resultando en problemas psiquiátricos cronificados(13).

Autismo femenino asociado a TDI

En el autismo femenino, es la comorbilidad psiquiátrica, médica y/o el TDI, los factores determinantes para que sean derivadas a centros especializados para diagnóstico. En el autismo con TDI (nivel de severidad 2 y 3), el ratio masculino/femenino es más similar 2-3/1 que en el nivel de severidad 1. La “Lancet Commission(14) ha descrito un grupo de autismo, denominado un poco desafortunadamente “autismo profundo”, que representa un grupo de autismo de nivel de severidad 3 con ausencia o muy limitado lenguaje, problemas conductuales graves, comorbilidades médicas y psiquiátricas varias, necesitando supervisión del adulto de 24 horas. Este grupo incluye un número mayor de autismo femenino que masculino(15).

Detección del autismo

Existen una gran variedad de instrumentos para las diferentes fases de detección de signos y síntomas de autismo, pero con escasa adaptación a la población española y con deficiencias metodológicas(6).

• Instrumentos de cribado para la detección de TND: utilizados en población sana durante las visitas de seguimiento del niño sano, o ante la preocupación de los familiares.

• Pruebas de triaje o clasificación: facilitan la detección de señales de alerta temprana de autismo en niños/as con una alteración en el desarrollo.

• Instrumentos más específicos en la valoración clínica diagnóstica en servicios especializados de autismo, que no se van a abordar en este artículo(6).

Instrumentos de cribado para la detección de TND

La vigilancia universal del desarrollo del niño sano debe incluir una combinación de información obtenida por los profesionales de Atención Primaria, que incluya: considerar las preocupaciones de los padres sobre el desarrollo de sus hijos, la utilización de escalas y pruebas sobre el desarrollo general de los niños/as y la observación, detección y derivación a equipos especializados de desviaciones generales y específicas que ocurren en su desarrollo. Podemos decir que las diferentes asociaciones de profesionales no están de acuerdo si el uso de un cribaje específico para autismo debe ser universal(6).

Mientras que la AAP (Asociación Americana de Pediatría, 2016, 2019, 2020) recomienda realizar un cribaje universal específico para autismo a todos los niños entre 18 y 24 meses(16), la US Preventive Service Task Force (USPSTF), en el 2016, emitió un informe considerando inadecuado un cribaje específico para autismo en edades precoces, cuando los padres no han mostrado preocupación sobre el desarrollo de sus hijos(17). Advierte sobre la insuficiente validez de los instrumentos de cribaje del autismo para justificar un cribaje universal. Recomienda vigilancia de rutina del desarrollo en todos los niños y un cribaje específico para autismo, en casos de pertenecer a un grupo de alto riesgo (p. ej., en caso de que se tenga un hermano con autismo, un resultado alterado en un cribaje general del desarrollo) y/o si los padres han expresado preocupación sobre síntomas de autismo o sobre alteraciones del desarrollo, en general (Tabla IV). Actualmente, están en revisión estas recomendaciones, iniciadas en el 2021, con la publicación de un borrador del plan para la actualización de la recomendación sobre el cribado en niños/as entre los 12 y 36 meses. Todavía no ha habido publicaciones.

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La escala Haizea-Llevant es la utilizada en España en el cribaje universal de alteraciones del neurodesarrollo, utilizada en el programa de seguimiento del niño sano, permite comprobar el nivel de desarrollo cognitivo, social y motor de niños/as de 0 a 5 años(18).

Recomendaciones de la guía de práctica clínica (GPC)(6):

• Profesionales sanitarios y de la educación deben comentar regularmente con los padres el desarrollo psicomotor, intelectual y conductual de sus hijos/as (al menos, entre los 8-12 meses, 2-3 años y 4-5 años) dentro del seguimiento del niño sano.

• Los profesionales sanitarios deben incorporar un alto nivel de vigilancia del desarrollo social, juego, lenguaje y comportamiento para la identificación temprana de los signos de autismo y otros trastornos del neurodesarrollo.

• En la vigilancia del desarrollo del niño sano en Atención Primaria, para detectar cualquier TND, incluido autismo, es aconsejable el uso de escalas (como la escala Haizea-Llevant desarrollada en nuestro contexto).

Al considerar la posibilidad de autismo, tener en cuenta que:

• Los signos y síntomas deben ser analizados en el contexto del desarrollo general del niño/a; no siempre son reconocidos por padres, cuidadores o por otros profesionales.

• Cuando los adolescentes presentan por primera vez un posible autismo, los signos o síntomas pueden haberse enmascarado previamente por mecanismos de afrontamiento del niño/niña/adolescente o por un entorno de apoyo.

• Es necesario tener en cuenta la variación cultural, pero no se debe asumir que el retraso del lenguaje es debido a que el castellano no es el primer idioma de la familia o por dificultades auditivas tempranas. Los signos y síntomas pueden no ser explicados por experiencias perturbadoras en el hogar o problemas mentales o enfermedad física de los padres. La información relevante sobre el desarrollo temprano puede no estar disponible, por ejemplo, en algunos niños adoptados, tutelados o en el sistema judicial.

• El diagnóstico de autismo puede fallar en niños/as con TDI que enmascara los síntomas de autismo; los signos/síntomas necesitan ser considerados desde la perspectiva de la edad intelectual y no desde la perspectiva de la edad biológica. El autismo puede estar infradiagnosticado en las niñas y también en niños/as más verbales y con CI más alto. Algunos niños, niñas y adolescentes autistas pueden ser verbalmente capaces, tener buen contacto ocular, sonreír, jugar y mostrar afecto, incluso tener un desarrollo escolar avanzado(6).

• Los y las profesionales deben vigilar la presencia de posibles señales de alarma desde, al menos, los 6 meses de edad.

• Dado que no se ha evidenciado una edad mínima para detectar alteraciones, la derivación a Atención Especializada puede ser considerada a cualquier edad en que se sospeche un autismo.

• El autismo debe ser incluido en el diagnóstico diferencial en los niños/as de cualquier edad en los que se detectan signos de alerta de TND. El diagnóstico diferencial del autismo se plantea, en general, a partir de los 2 años de vida; sin embargo, estudios que recogen la preocupación de los padres indican que puede comenzar alrededor de los 18 meses o incluso antes. Para una pequeña proporción de niños/as diagnosticados de autismo, podría realizarse un diagnóstico fiable y válido a los 2 años (TEA nivel de severidad 2,3), realizado por un clínico experimentado, siendo este diagnóstico estable a lo largo del tiempo(6).

• La escala Parent´s Evaluation of Development Status (PEDS) sirve para orientar al profesional sobre qué preguntar a los padres, al considerarlo un instrumento de cribado del desarrollo sensible y específico(19).

• Descartar alteraciones metabólicas, auditivas y otros posibles problemas de salud, y derivación a servicios especializados cuando sea idóneo(6).

Pruebas de triaje o clasificación: facilitan la detección de señales de alerta temprana de autismo en niños/as con una alteración en el desarrollo

En la fase siguiente, enfocada a una detección más específica, existen varios instrumentos, pero ninguna de las escalas evaluadas por la GPC(6) cumplió los niveles predefinidos de exactitud diagnóstica (80 % de sensibilidad y especificidad). De los 5 instrumentos incluidos en la revisión de la GPC, 3 fueron evaluados en hispanohablantes, pero no validados en nuestro contexto (Autism detection in Early Childhood ADEC, Social Communication Questionnaire SCQ y Checklist for Autism in Toddlers CHAT) (el Autism Spectrum Assessment for Hispanic Children [ASA-HiCh] fue evaluado en una muestra pequeña con amplio rango de edad). Solo 2 instrumentos fueron considerados adecuadamente evaluados y validados en población residente en España(20-22), adaptándose a las diferencias culturales y de lenguaje: el M-CHAT-M-CHAT-R/F validado en población española, rango de edades 14-24 y de 23-36(23) y la Escala Autónoma(24), validada en población española en personas entre 5-31 años. Estimaron una sensibilidad entre 97,8 % y 100 % y una especificidad entre 98,9 % y 72 %, y los autores aconsejan derivación a partir del punto de corte de 36.

Recomendaciones de la GPC(6):

• Cuando los resultados son positivos en el cribaje del niño sano en alteraciones del neurodesarrollo o los padres muestran preocupación por síntomas de autismo o pertenecen a un grupo de riesgo:

– En menores de 5 años, M-CHAT-R/F (validada, autoadministrada a padres)(23).

– En 5 años o más: Escala Autónoma (autoadministrada a padres y profesores)(24).

• Los profesionales deberán utilizar frases cortas, simples, sin dobles sentidos y órdenes directas. Deben anticipar previamente al niño/a lo que se le va a hacer y utilizar la ayuda de los padres cuando sea necesario. Coordinarse con los padres para que estos anticipen la consulta médica. Procurar que no esperen en la sala de espera mucho tiempo, sobre todo si hay más pacientes. Recibirle en un ambiente ordenado y tranquilo. Los refuerzos con premios (juguetes, pegatinas y otros) pueden facilitar futuras visitas. También utilizar apoyo visual.

• Valorar el riesgo/beneficio de realizar un procedimiento que implica contacto físico. Por ejemplo, extracción sanguínea: habría que prepararle en la medida de lo posible, flexibilizar normas, como permitir el acompañamiento de los padres o adaptar el procedimiento, si fuera necesario.

• Se debe estar atento al bajo registro sensorial y detectar síntomas enmascarados, como el dolor, autoagresiones o hábitos peligrosos.

• Se deberá vigilar el estado nutricional de los niños/as autistas, incluir suplementos dietéticos, si fuera necesario. Manejar los problemas gastrointestinales (estreñimiento, alteraciones del ritmo intestinal y otros) que pueden tener mayores consecuencias comportamentales y adaptativas en los niños/as autistas. Se deberá vigilar la higiene bucal y las revisiones oftalmológicas. Deben vigilar la existencia de trastornos del sueño. Todos los niños/as autistas deben seguir el calendario de vacunas, incluyendo la vacunación de la triple vírica. Los pediatras deben informar que, en la actualidad, no existe evidencia de que el autismo esté relacionado con trastornos digestivos ni con la efectividad de las dietas libres de gluten y caseína, ni secretina, vitamina B6 + magnesio, ácidos grasos omega-3, dimetilglicina y oxígeno hiperbárico, para el tratamiento específico del autismo, ni de la efectividad de terapias con antimicóticos, quelantes e inmunoterapia, ni sobre los “tratamientos alternativos” que no tienen base científica que respalde su uso y que pudieran ser potencialmente peligrosos.

Devolución diagnóstica: aspectos relevantes

La devolución diagnóstica es un aspecto muy importante para las familias y lo recuerdan como uno de los momentos más difíciles de su vida.

Más de la mitad de las familias y los adultos autistas expresan una gran insatisfacción con cómo se les ha realizado la devolución diagnóstica. Hay muy pocas guías y escaso acuerdo general en cómo se debe realizar la evaluación diagnóstica, qué profesionales deben realizarla, quién debe dar la devolución diagnóstica y si es preferible uno o varios profesionales. En general, la recomendación es que no haya muchos profesionales en la sala con la familia para no intimidarles. Las familias de los niños/as autistas expresan insatisfacción con varios aspectos que preocupan a las familias, pero que no se abordan en la devolución diagnóstica, por ejemplo: 1) el tipo de educación o escuela que recomienda el profesional; 2) cómo implicar y comunicar al colegio la devolución diagnóstica; y 3) no recibir información más específica sobre el tratamiento recomendado, los objetivos a trabajar y qué pueden esperar sobre las áreas de mejora en sus hijos. Las familias expresan que agradecen: 1) un estilo cálido y próximo del profesional; 2) que balancee entre los aspectos positivos de sus hijos y aspectos que tienen para mejorar; 3) una devolución diagnóstica individualizada sobre sus hijos y no del autismo en general; 4) un informe escrito que puedan leer durante la devolución diagnóstica, puedan preguntar sus dudas y realizar clarificaciones o correcciones; 5) información sobre material que puedan leer, webs, asociaciones de familias TEA, asociaciones de tiempo libre y satisfacción cuando reciben información escrita sobre el autismo similar al de sus hijos; 6) sesiones después de la devolución diagnóstica en las que puedan preguntar y clarificar sus dudas (los padres refieren la angustia posterior al diagnóstico, las ideas equivocadas, los mitos respecto al autismo, la sobrecarga emocional provocada por el diagnóstico y la ayuda de un profesional específico posterior que necesitan para poder superarlo y ser positivos con sus hijos); 7) agradecen que el informe diagnóstico sea desde un concepto evolutivo y no desde un concepto de enfermedad o trastorno y que el informe incluya recomendaciones sobre el tratamiento a seguir; 8) que ambos padres puedan estar en la devolución diagnóstica mediante dispositivos telemáticos cuando sean requeridos; y 9) la importancia de los grupos de apoyo psicoeducativos con padres con hijos de edades similares que se encuentran en fases semejantes del proceso diagnóstico, pero también agradecen el contacto con padres que han pasado por momentos difíciles, pero que tienen una visión positiva sobre los cambios y la competencia que pueden adquirir sus hijos con el tratamiento(25).

En el caso de niños más pequeños, la devolución diagnóstica se realiza a los padres solos (depende de la capacidad del niño) y verles luego con los padres hablando de los aspectos positivos de su persona, los aspectos que han realizado muy bien en la evaluación. En niños está claro que no puede darse un diagnóstico de autismo si no tiene la comprensión para lo que se le explica, pero siempre se puede explicar con imágenes o con un lenguaje sencillo sus dificultades de una manera positiva y en cómo puede ayudarles. Es esencial establecer con cualquier persona que recibe un diagnóstico un clima de confianza, respeto a sus decisiones, comprensión de lo que le pasa y de colaboración antes de comenzar cualquier proceso terapéutico.

El trabajo familiar es esencial, tanto en la comprensión diagnóstica como en la manera de ayudarles. Los hermanos también son parte esencial de la devolución diagnóstica y de la ayuda que ellos mismos necesitan muchas veces, y en ayudarles a aceptar a sus hermanos, comprenderles y ayudarles(25).

Función del pediatra de Atención Primaria

Las funciones de los profesionales de la pediatría en Atención Primaria son muy importantes. Son responsables de la vigilancia continuada en las revisiones del niño sano y de la aparición de alteraciones evolutivas, incluyendo el autismo, y de la utilización de escalas del desarrollo, como la Haizea Llevant. Si sale alterada y/o recoge preocupaciones de los padres sobre alteraciones del neurodesarrollo y/o bien el pediatra identifica que pertenece a un grupo de riesgo neuroevolutivo y/o el profesional observa alguna alteración congruente con una alteración del neurodesarrollo, deberá entonces descartar sospecha de autismo mediante un screening de autismo como el M-CHAT-R/F o la Escala Autónoma, según la edad. De los profesionales de pediatría en Atención Primaria depende la identificación precoz de síntomas de autismo, con el fin de derivar al paciente a especialistas y obtener un diagnóstico y tratamiento precoz que determinarán una mejor evolución. Desde los 6 meses, el pediatra deberá incorporar la sospecha de autismo en su evaluación. La derivación a un centro especializado para el diagnóstico puede realizarse en cualquier momento en que exista sospecha, aunque el diagnóstico puede establecerse desde los 24 meses o incluso antes. Para el tratamiento en centro especializado, el pediatra deberá derivar al paciente tan pronto como se identifiquen signos de autismo. Además, debe realizar las pruebas básicas necesarias para excluir otros procesos médicos que puedan explicar la alteración evolutiva. A lo largo de su atención pediátrica, deberá coordinar las exploraciones médicas necesarias con otros especialistas, dado que los problemas médicos y la mortalidad están aumentados en esta población. También su consejo a la familia es esencial, advertir sobre tratamientos o abordajes sin ninguna evidencia, resolver dudas y apoyar a los padres en el difícil proceso de aceptación y comprensión del diagnóstico. El traspaso a médicos de familia deberá ser personalizado y coordinado.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Bibliografía recomendada

– Guía de práctica clínica para la atención del trastorno del espectro autista en la infancia en atención primaria. Actualización. Ministerio de Sanidad, in press.

Actualización de la guía de práctica clínica para la atención del trastorno del espectro autista en la infancia en Atención Primaria, que responde a preguntas sobre cuándo se puede diagnosticar un TEA, cuáles son los instrumentos de detección recomendados, entre otros. Disponible en la web del Ministerio de Sanidad.

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Buena revisión sobre el autismo, síntomas e intervención en primeras edades y a lo largo de la infancia.

– Lord C, Charman T, Havdahl A, Carbone P, Anagnostou E, Boyd B, et al. The Lancet Commission on the future of care and clinical research in autism. Lancet. 2022; 399: 271-334. Disponible en: https://doi.org/10.1016/S0140-6736(21)01541-5.

Muy importante artículo de la Lancet Commission sobre el grupo de autismo más vulnerable, nivel de severidad 3, las características y sus necesidades de servicios.

– Norris JE, Harvey R, Hull L. Post-diagnostic support for adults diagnosed with autism in adulthood in the UK: A systematic review with narrative synthesis. Autism. 2025; 29: 284-309. Disponible en: https://doi.org/10.1177/13623613241273073.

Importante artículo sobre cómo hay que hacer un diagnóstico de autismo a las familias y el apoyo que necesitan después del diagnóstico.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: los padres de Silvia, de 5 años de edad, asisten a consulta por iniciativa propia. Explican que ella es la tercera de 6 hijos y siempre han convivido con los abuelos en el mismo domicilio, con los que tenían una excelente relación. Desde que estos fallecieron por problemas de salud, con una semana de diferencia entre ambos, las dificultades en el comportamiento de Silvia se han acentuado. Refieren que desde que Silvia era pequeña, siempre ha presentado dificultades expresivas en la comunicación y el lenguaje, con rabietas frecuentes e intensas, dificultades de relación social y una gran ansiedad en situaciones nuevas. En el entorno escolar de habla inglesa, presenta mutismo con compañeros y profesores.

Antecedentes personales: el embarazo transcurrió con normalidad y el parto fue eutócico. La niña nació dos días antes de la fecha estimada, con un peso de 3,150 kg y una talla de 47,5 cm. En cuanto al patrón alimentario en etapas tempranas, recibió lactancia materna exclusiva hasta los 19 meses de edad. El biberón fue retirado a los 2 años. La transición hacia la alimentación complementaria se produjo sin dificultades significativas en la adaptación a los cambios de textura. Tan solo presentó un episodio aislado de vómito tras atragantarse con un trozo de manzana, lo que generó un rechazo posterior a la fruta en general. Desde hace aproximadamente un año, se ha observado un patrón alimentario mucho más selectivo, y necesitaron ayuda profesional para poder ampliar su repertorio alimenticio. Gracias a este acompañamiento, se ha logrado introducir alimentos, como las legumbres y algunas verduras, pero persiste su rechazo por las frutas “porque no le gustan”, sin haberlas probado. En lo que respecta al desarrollo motor, ha seguido una secuencia evolutiva dentro de los límites normotípicos. Gateaba a los 8 meses y dio sus primeros pasos de forma autónoma a los 10 meses. Se considera que muestra una coordinación y equilibrio adecuados para su edad, es ágil. Sin embargo, en motricidad fina se señaló inicialmente un desempeño por debajo del nivel esperado en el trazo. Los padres comentan que en los hábitos de autonomía su ritmo es muy lento por frecuentes distracciones, pero presenta una buena destreza para abotonar prendas y vestirse sola, incluyendo los calcetines. Requiere la guía verbal y supervisión del adulto para completar secuencias funcionales de higiene. El desarrollo del sueño ha sido adecuado. El control de esfínteres fue adquirido en torno a los 36 meses de edad, sin registros de enuresis ni encopresis posteriores. El desarrollo del lenguaje se inició dentro de los parámetros normotípicos durante los primeros años de vida. La emisión de las primeras palabras se dio en torno al primer año de edad, y la construcción de frases de dos a tres elementos léxicos hacia los 24 meses. Desde etapas tempranas se observó uso funcional del contacto ocular, coordinado con el gesto de señalar y una adecuada atención conjunta. No obstante, hacia los 3 años se comenzó a evidenciar una desaceleración en el ritmo evolutivo de esta área, especialmente en aspectos vinculados a la comprensión y a la flexibilidad comunicativa. Actualmente, es capaz de mantener intercambios comunicativos simples, con algunas dificultades para sostener una conversación básica. Se ha observado una tendencia al uso reiterativo de estructuras gramaticales fijas o frases más repetitivas que imita (de sus dibujos o de otras personas) en diferentes contextos. A nivel pragmático, si bien se muestra capaz de iniciar interacciones comunicativas espontáneamente para compartir intereses, le cuesta más responder en situaciones nuevas y/o que exigen el procesamiento de órdenes complejas o con un lenguaje más abstracto. En contextos donde las demandas comunicativas son más ambiguas o implican un procesamiento de segundo orden, se aprecia una comprensión limitada. Se muestra callada o inhibida si no se siente completamente segura, con una actitud de retraimiento y evitación del error. En relación con la comunicación no verbal, la familia refiere que realiza un número y tipo de gestos equivalente al de sus pares. En el ámbito del desarrollo socioemocional, presenta sonrisa social y capacidad para compartir el goce en algunas interacciones, con una buena disposición para la imitación y una expresividad no verbal destacada, que facilita la interacción con sus familiares. Se involucra tanto en el juego como en la conversación de sus hermanos, con los que mantiene una relación más funcional y positiva. Participa en juegos físicos o simbólicos simples, como el escondite, el “pilla-pilla” o con figuras de sus personajes favoritos. En el juego compartido, tiende a adoptar un rol más organizador o directivo, con dificultades para compartir objetos o turnos, lo que puede generar conflictos. Puede llegar a ser agresiva o inadecuada cuando se altera. En cambio, en situaciones sociales no familiares, baja la cabeza, cierra los ojos o desvía la mirada cuando hablan con ella, especialmente si se trata de adultos o personas externas a su núcleo de confianza. Esta actitud se acompaña de una tendencia al mutismo selectivo en contextos donde no se siente completamente segura, aunque sonría. Debido a la tensión que le generan determinados momentos en casa, pueden aparecer algunos rituales o comportamientos más repetitivos (como la autoestimulación genital) para regularse o calmarse. En cuanto al perfil comportamental y a sus intereses, se han identificado algunas conductas de resistencia al cambio, especialmente en lo referente a la vestimenta (con rechazo persistente al uso de ropa que apriete, o al cambio de calzado, y preferencia por llevar prendas holgadas, sin cremalleras o botones del todo abrochados). Muestra temporadas también de rechazo marcado a las etiquetas de la ropa y gran resistencia al momento de la ducha (especialmente al contacto del agua en la cabeza) y al cepillado dental. El aseo corporal sin contacto en la cabeza resulta más tolerable. También describen que presenta una gran incomodidad ante determinados ruidos, como las alarmas, el sonido de la marcha atrás de los vehículos, los matasuegras o las ferias. Se tapa los oídos y pide que se detenga el ruido gritando. En etapas anteriores mostraba un intenso interés por Peppa Pig y tenía un muñeco de ella que llevaba a todas partes; mientras que, actualmente, su atención está más centrada en personajes de otra serie de dibujos infantiles (como La patrulla canina). Se destaca también la conducta reiterada de recoger o llevarse pequeños objetos de los lugares que visita (escuela, parque, etc.). No se han observado manierismos ni estereotipias motrices. En el contexto escolar, en el plano académico, ha manifestado un desempeño aceptable en tareas estructuradas y guiadas, especialmente cuando las instrucciones son claras, breves y directas, y se han observado algunas particularidades en el ritmo de adquisición de los aprendizajes que exigen habilidades de comunicación verbal, comprensión de consignas complejas o elaboración de respuestas. Presenta un estilo comunicativo muy reservado, con escasa verbalización espontánea en el aula y limitada interacción con sus iguales. Durante las actividades grupales no sigue las instrucciones dadas para todos; es necesario acercarse a ella para proporcionarle las demandas individualmente. Tiende a jugar en solitario durante los tiempos de recreo, y la tutora dice “que vive en su mundo”. Durante la actividad lúdica, tiende a ser silenciosa y montar la escena con escasa verbalización o diálogo en el juego simbólico con muñecos y, en ocasiones, emite canturreos sin elaborar narrativas más imaginativas. Suele seguir siempre la misma secuencia de acciones, sin crear dinámicas nuevas.

Antecedentes médicos y psicológicos: no ha habido otras enfermedades recurrentes ni intervenciones quirúrgicas relevantes.

Antecedentes familiares: no se refieren antecedentes de enfermedades neurológicas, genéticas o psiquiátricas relevantes en la familia, ni exposición a sustancias tóxicas durante la gestación. Sin embargo, se recogen algunos rasgos de posible significación clínica en dos familiares de primer orden de consanguinidad, que presentan una marcada timidez, especialmente durante su infancia y adolescencia.

Exploración psicológica y neuropsicológica: para la evaluación psicológica de Silvia se administraron las siguientes pruebas:

1. Escala de inteligencia de Wechsler para preescolar y primaria (WPPSI-IV): el WPPSI-IV es un instrumento de evaluación de las capacidades cognitivas en niños desde 2 años y 6 meses hasta 7 años y 7 meses. Todos estos índices de CI están expresados en puntuaciones típicas que se distribuyen con una media de 100 y una desviación típica de 15, como es habitual en las escalas Wechsler. La edad cronológica de Silvia en el momento de la exploración es de 5 años y 8 meses. Escala total (CIT): 92; percentil 30; en la media. Escalas secundarias: adquisición de vocabulario (IAV): 91; percentil 91; en la media. No verbal (INV): 92; percentil 30; en la media. Capacidad general (ICG): 93; percentil 32; en la media.

2. Test Illinois de Aptitudes Psicolingüísticas (ITPA): el Test Illinois de Aptitudes Psicolingüísticas (ITPA) es un instrumento diagnóstico que se aplica a niños de 3 a 10 años y nos permite detectar las aptitudes y las áreas de dificultad específicas en los procesos de comunicación y lenguaje, que pueden llegar a provocar algunos problemas de aprendizaje. Los resultados están expresados en puntuaciones típicas (PT), que se distribuyen con una media de 36 y una desviación típica de ± 6, y puntuaciones de edad psicolingüística (EPL) que nos indican su rendimiento medio a través de una edad equivalente. Suma de puntuaciones directa (PT global): 103. EPL compuesta: 3 años y 7 meses. En el análisis de diferencias en relación a su media personal (cuyo valor es 27,8), se observan, como discrepancias límite o substanciales, los puntos fuertes de comprensión visual (CV) y memoria secuencial auditiva (MSA) y, como puntos débiles, comprensión auditiva (CA), comprensión verbal (CV), memoria secuencial visomotora (MSV) e integración visual (IV).

3. Escala de evaluación conductual de la función ejecutiva (BRIEF-P): la versión infantil de la Escala de comportamiento de las funciones ejecutivas (BRIEF-P) permite evaluar los aspectos más cotidianos, conductuales y observables de las funciones ejecutivas en niños de 2 a 5 años, tanto en el entorno escolar como familiar. Las puntuaciones típicas tienen una media de 50 y una desviación de 10. Por tanto, consideraremos como significativas las puntuaciones cuyo valor sea igual o superior a 65. FAMILIA: Escalas clínicas: Inhibición: PD: 29; PT: 61. Flexibilidad: PD: 23; PT: 84. Control emocional: PD: 26; PT: 82. Memoria de trabajo: PD: 28; PT: 62. Planificación/organización: PD: 19; PT: 65. Índices: Autocontrol inhibitorio: PD: 55; PT: 71. Flexibilidad: PD: 49; PT: 90. Metacognición emergente: PD: 47; PT: 64. Global de función ejecutiva: PD: 125; PT: 74. ESCUELA: Escalas clínicas: Inhibición: PD: 16; PT: 42. Flexibilidad: PD: 13; PT: 53. Control emocional: PD: 10; PT: 43. Memoria de trabajo: PD: 17; PT: 43. Planificación/organización: PD: 10; PT: 42. Índices: Autocontrol inhibitorio: PD: 26; PT: 42. Flexibilidad: PD: 23; PT: 47. Metacognición emergente: PD: 27; PT: 43. Global de función ejecutiva: PD: 66; PT: 43.

4. El CBCL/TRF 1.5-5 (Child Behaviour Checklist, de Achenbach): es una escala que ofrece unos resultados englobados en 7 dimensiones. Escalas clínicamente significativas: desregulación emocional (T-score 70, percentil >97); ansiedad (T-score 83, percentil >97); internalización de problemas (T-score 74, percentil >97); externalización de problemas (T-score 67, percentil 96). En el entorno escolar, solo la ansiedad (T-score 86, percentil >97), el aislamiento (T-score 95, percentil >97) e internalización de problemas (T-score 95, percentil >97) han obtenido puntuaciones clínicamente significativas.

5. Sistema de evaluación de niños y adolescentes (SENA): el SENA nos permite evaluar en niños/as de 3 a 18 años un amplio espectro de problemas emocionales y de conducta, las puntuaciones se expresan en puntuaciones T, con media M = 50 y desviación típica de 10. Una puntuación T de 70 indica que la persona se encuentra dos desviaciones típicas por encima de la media y podríamos decir que muestra un nivel alto en el rasgo evaluado (clínicamente significativo). En el entorno familiar, Silvia ha obtenido puntuaciones altas o significativamente elevadas en: • Índice de problemas conductuales (puntuación T: 71, nivel alto). • Índice de problemas en las funciones ejecutivas (puntuación T: 73, nivel alto). • Problemas exteriorizados: – Problemas de control de la ira (puntuación T: 70, nivel alto). – Retraso en el desarrollo (puntuación T: 78, nivel alto): presencia de síntomas indicativos de un posible retraso en el desarrollo o inmadurez, en particular del área del lenguaje y la comunicación. • Escalas de vulnerabilidades: – Problemas de regulación emocional (puntuación T: 76, nivel alto). – Rigidez (puntuación T: 73, nivel alto). Aislamiento (puntuación T: 79, nivel alto). Se observan puntuaciones inferiores o significativamente bajas en: • Índice de recursos personales (puntuación T: 17, nivel muy bajo): integración y competencia social (puntuación T: 28, nivel bajo); e inteligencia emocional (puntuación T: 13, nivel muy bajo). En el entorno escolar, destacan con puntuaciones altas o elevadas: • Problemas interiorizados de ansiedad social (puntuación T: 89, nivel muy alto). • La escala de vulnerabilidad de aislamiento (puntuación T: 90, nivel muy alto). Se observan puntuaciones inferiores o significativamente bajas en: • Índice de recursos personales (puntuación T: 7, nivel muy bajo): integración y competencia social (puntuación T: 19, nivel muy bajo); e inteligencia emocional (puntuación T: 10, nivel muy bajo).

6. Cuestionario de cociente de espectro autista para niños (AQC): cuestionario de Simon Baron-Cohen, que nos permite determinar el grado en que un niño con edades comprendidas entre 4 y 11 años presenta sintomatología del espectro autista (TEA) o de fenotipo amplio, por lo que obtener una puntuación total superior a 76 sería significativo. Puntuación total: 101.

7. Test infantil del síndrome de Asperger (CAST): el CAST ha demostrado ser útil en la identificación temprana de niños, con edades comprendidas entre los 4 y los 11 años, cuyos comportamientos sugieren un alto riesgo de presencia de sintomatología de los trastornos del espectro autista. Una puntuación total de 15 o superior sería indicativa de la presencia de dichos comportamientos. PT = 17.

8. Cociente de empatía/sistematización (EQC/SQC): el EQC (cociente de empatía para niños de entre 4 y 11 años), de S. Baron-Cohen y S. J. Wheelwright (2009), nos permite valorar el constructo psicológico de la empatía. La puntuación total obtenida por Silvia es la siguiente: cociente de empatía: 22; cociente de sistematización: 26; tipo de cerebro: sistematizador (no empático).

9. Cuestionario de comunicación social, de M. Rutter (SCQ): el cuestionario de comunicación SCQ es un instrumento de evaluación que permite evaluar síntomas relacionados con problemas de interacción social, dificultades de comunicación y conducta restringida, repetitiva y estereotipada. La puntuación 15 se ha establecido como punto de corte y, por tanto, a partir del cual conviene realizar una evaluación más profunda. La puntuación total obtenida es de PT = 12.

10. Escala de congruencia social, de J. N. Constantino (SRS): la escala de congruencia social (SRS) es un cuestionario que cubre varias dimensiones de conductas de interrelación, comunicación, así como conductas repetitivas o estereotipadas que podrían ser características de los trastornos del espectro autista (TEA). Se considera una puntuación T de 60 a 75 como rango medio a moderado de dificultades en la conducta social recíproca. Las puntuaciones superiores a 76 se consideran como un rango severo de dificultades, correspondientes a un diagnóstico TEA, con una interferencia severa en las interacciones sociales diarias. FAMILIA: puntuación total T = 76; rango severo. • Afectación social (SCI): puntuación T: 76; rango severo: – Conciencia social (AWR): puntuación T: 71; rango moderado. Cognición social (COG): puntuación T: 82; rango severo. Comunicación social (COM): puntuación T: 66; rango moderado. Motivación social (MOT): puntuación T: 80; rango severo. Intereses restringidos y comportamiento repetitivo (RRB): puntuación T: 72; rango moderado (TEA). ESCUELA: puntuación total T = 64; rango leve: • Afectación social (SCI): puntuación T: 67; rango moderado: -Conciencia social (AWR): puntuación T: 75; rango moderado. – Cognición social (COG): puntuación T: 55. – Comunicación social (COM): puntuación T: 72; rango moderado. – Motivación social (MOT): puntuación T: 60; rango leve. Intereses restringidos y comportamiento repetitivo (RRB): puntuación T: 50.

11. Perfil sensorial 2, de W. Dunn: el perfil sensorial 2 es un instrumento estandarizado, basado en el modelo de procesamiento sensorial propuesto por Dunn, que evalúa los patrones de procesamiento sensorial de un niño en el contexto de la vida cotidiana: evitación/evitativo, el cual sobresale dos desviaciones típicas por encima de la media de puntuación estable en niños/as de su edad; y sensibilidad/sensitivo y de registro/espectador, los cuales sobresalen una desviación típica por encima de la media. Estos patrones se observan, sobre todo, en el procesamiento de la información auditiva, visual y de movimiento, y podría estar afectando significativamente a la regulación conductual, socioemocional y atencional.

12. Entrevista diagnóstica ADI-R: el ADI-R es una entrevista clínica que se realiza al progenitor y que permite una evaluación profunda en la que se exploran las tres grandes áreas de dificultad del espectro del autismo o TEA (lenguaje/comunicación, interacciones sociales recíprocas y conductas e intereses restringidos, repetitivos y estereotipados).

Área

Puntuación

Observación

A. Interacción social recíproca

12/10

Significativo

B. Comunicación

10/8

Significativo

C. Conducta restringida, repetitiva y/o estereotipada

5/3

Significativo

D. Alteraciones en el desarrollo

2/1

Significativo

13. Escala de observación para el diagnóstico del espectro del autismo (ADOS-2): el ADOS es un instrumento de observación semiestructurado que incluye diversas actividades que el entrevistador va presentando al sujeto, con la finalidad de valorar aspectos de su comunicación, lenguaje, interacción social recíproca, comprensión socioemocional, imaginación y la presencia de intereses y/o conductas repetitivas o estereotipadas u otras conductas anómalas. Algoritmos diagnósticos: afectación social (AS): puntuación total global (AS + CRR) = 7 (4/10). Puntuación total global mayor o igual que el punto de corte de espectro autista (menores de 5 años: 7 < total global < 9), pero menor que el punto de corte de autismo.

Exploración médica: todas las exploraciones realizadas fueron normales. Su fenotipo no presentaba ningún aspecto relevante. Sin alteraciones en el área motora. Se realizó un microarray genético sin encontrar anormalidades.

Conclusiones finales: tras la exploración psicológica y la entrevista con su familia, se concluye que su perfil de dificultades es compatible con los criterios diagnósticos de trastorno del espectro del autismo (TEA, 299.00, F84.0) de grado 1 o sintomatología leve, con mutismo selectivo (313.23) con buena evolución, una capacidad cognitiva en la media, un perfil ansioso y desregulación emocional, según los criterios del DSM-5.

Diagnóstico

– Trastorno del espectro del autismo (TEA, 299.00, F84.0)

Grado o nivel de gravedad – 1

– Requiere ayuda en los déficits de comunicación social

– Requiere ayuda en las conductas repetitivas o rigidez

Capacidad intelectual

– Presenta una capacidad cognitiva global en la media

Lenguaje

– Con leve retraso en la adquisición del lenguaje

Comorbilidades

– Asociado a un perfil ansioso y desregulación emocional

– Se observa una buena evolución del mutismo selectivo (313.23)

Regresión

– Sin presencia de regresión a lo largo de su desarrollo

Catatonia

– Sin catatonia asociada (293.89)

Aunque en la evaluación del lenguaje a través de la prueba ITPA presenta una edad psicolingüística de 3 años y 7 meses, llega a obtener puntuaciones dentro de la normalidad en las pruebas verbales evaluadas en la WIPPSI-IV. En el índice de comprensión verbal (ICV) obtuvo una puntuación de 92 (percentil 30), dentro del rango medio. En esta área, sus puntuaciones reflejan una capacidad adecuada para adquirir, comprender y utilizar el lenguaje verbal en tareas de conocimiento general y razonamiento verbal, aunque con un rendimiento más bajo en la subprueba Nombres (6), que evalúa la denominación y la rapidez en el acceso al léxico. Sin embargo, se mantienen las dificultades cualitativas en la comunicación social recíproca y la pragmática del lenguaje, y en la expresión espontánea que se manifiesta a través de una iniciativa social más limitada, una mayor inhibición verbal inicial en contextos nuevos o no familiares y una mayor dependencia de la comunicación no verbal en situaciones que implican ansiedad o novedad. Se observa también, aunque de manera más puntual, un uso más literal del lenguaje aprendido, así como dificultades y una baja iniciativa para expresar de manera espontánea sus sentimientos, deseos y necesidades. En la interacción social presenta un buen contacto ocular, pero con dificultades para iniciar y sostener relaciones sociales espontáneas, especialmente aquellas que no forman parte de su entorno habitual. Su estilo de juego libre es más estructurado y ligeramente repetitivo, centrado en la recreación algo rígida de rutinas escolares o familiares, con una baja flexibilidad simbólica y una mayor necesidad de control y previsibilidad que manifiesta más en casa, donde se siente más segura para expresar su malestar de forma intensa (desregulación emocional). Muestra una baja reciprocidad, le cuesta entender las normas sociales implícitas; cuando se relaja, es desinhibida e inapropiada en algunas ocasiones, rígida y algo repetitiva. Presenta interés por estar con los demás, busca la atención del otro, pero muestra unas pobres habilidades en comunicación social y una baja resolución de problemas para su edad y capacidad cognitiva. En el contexto escolar, en situaciones nuevas o difíciles de resolver, suele mostrarse más inhibida y callada, adaptando su comportamiento a la dinámica del grupo sin tomar un rol activo. Ante historias y cuentos adecuados a su edad, en los que el objetivo de la tarea es explícitamente identificar las emociones e interpretar las intenciones del otro, es capaz de resolver con ayuda del adulto, pero no siempre es capaz de anticipar a través de pistas qué pasará después. Es inocente y muy sincera; le cuesta identificar la mentira y el engaño o las bromas en un ambiente natural en el que participa, al igual que resolver situaciones conflictivas o tensas (momentos en los que se puede alterar). Aunque no se identifican estereotipias motoras ni intereses altamente restringidos o inusuales, sí se describen y observan estos patrones de juego poco variados, o siguiendo la espontaneidad y las iniciativas de otros niños/as, así como la resistencia al cambio de secuencias establecidas y un interés estético y rígido al combinar su ropa o en la presentación de sus dibujos. En cuanto a su perfil sensorial, se observa una alta sensibilidad y dificultades de procesamiento sensorial ante ciertos estímulos cotidianos (ruidos, texturas, contacto físico, alimentación y propiocepción) que le resultan intensos o molestos. Esta reactividad sensorial se traduce en conductas de evitación y malestar ante estímulos cotidianos (p. ej., ducha, ruidos intensos, comer determinados alimentos) en el ámbito familiar, donde presenta una mayor desregulación emocional y dificultades en el ajuste conductual. A nivel cognitivo, presenta una capacidad intelectual en la media (CIT = 92, ICG = 93), con un perfil cognitivo bastante homogéneo, aunque con cierta vulnerabilidad específica en el área de la velocidad de procesamiento, en la velocidad/rapidez de denominación y de acceso al léxico, así como en la velocidad de procesamiento visual, que podría estar asociada a dificultades en atención alternante, a su rigidez y perfil ansioso, con una mayor necesidad de control del entorno y dificultades para gestionar situaciones inesperadas. En los diferentes cuestionarios respondidos por la familia (CBCL, SENA, SRS-2), también se destaca una ansiedad social elevada, así como dificultades significativas en la socialización, con internalización de síntomas, retraimiento y desregulación emocional.

 

 

algoritmo

 

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad

P.J. Rodríguez Hernández*,  C. Delgado Torres**,  J. González Benito***
Temas de FC


P.J. Rodríguez Hernández*, C. Delgado Torres**, J. González Benito***

*Pediatra. Psiquiatra Infantil y de la Adolescencia y Psicólogo. Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Profesor Asociado de Psiquiatría. Universidad de La Laguna. Santa Cruz de Tenerife
**Médico Residente en Psiquiatría. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife.
***Médico Residente en Psiquiatría. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife

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Autor para correspondencia

pedrojavierrodriguezhernandez@yahoo.es

Resumen

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es uno de los problemas de salud más prevalentes en la edad pediátrica. Los síntomas nucleares son el déficit de atención y/o impulsividad y/o hiperactividad. La expresión clínica de los mencionados síntomas nucleares presenta implicaciones sociales, personales y familiares. Es frecuente la comorbilidad con trastornos del comportamiento (trastorno oposicionista desafiante o trastorno de conducta) y con trastornos internalizantes (ansiedad y/o depresión). El diagnóstico depende de manera importante de la información aportada por padres y profesores. No existen pruebas de laboratorio para realizar el diagnóstico de TDAH. El tratamiento de elección es multidisciplinar (farmacológico y no farmacológico). La medicación constituye un apartado importante dentro de las estrategias terapéuticas del TDAH. El objetivo de este artículo de revisión es proporcionar evidencia relacionada con las bases teóricas y prácticas, para una adecuada aproximación al TDAH.

 

Abstract

Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder (ADHD) is one of the most prevalent health problems in childhood. The main symptoms are attention disorder and/or impulsivity and/or hyperactivity. The clinical expression of the symptoms is social, personal and family disruption. Comorbidity with disruptive disorders (oppositional defiant disorder or conduct disorder) and internalizing disorders (anxiety and/or depression) are common. Diagnosis heavily depends on parent and teacher reports, and no laboratory tests reliable predict ADHD. Multidisciplinary treatment is required (pharmacological and non-pharmacological treatment). Medication is an important element of therapeutic strategies for ADHD. The aim of this review is to provide evidence concerning the theoretical and practical bases for an approach of ADHD.

 

Palabras clave: Infancia; Salud mental; Trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

Key words: Childhood; Mental health; Attention Deficit Hyperactivity Disorder.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 412 – 419

 


OBJETIVOS

• Mejorar la detección precoz del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

• Conocer los criterios diagnósticos del TDAH establecidos por el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

• Establecer una aproximación terapéutica eficiente para cada paciente concreto, basada en los niveles de evidencia científica.

• Determinar las variables que influyen en la expresividad clínica para decidir el mejor tratamiento farmacológico y no farmacológico a utilizar.

• Conocer los efectos secundarios más importantes de cada psicofármaco utilizado en el TDAH.

 

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad

https://doi.org/10.63149/j.pedint.67

 

Introducción

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad se expresa de manera similar en la infancia, adolescencia y edad adulta.

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo con importante base genética. Su prevalencia es muy elevada y está considerado como el trastorno neurobiológico más frecuente en la edad pediátrica. La sintomatología nuclear comprende dificultades en tres áreas (déficit de atención, hipercinesis e impulsividad). De la combinación de esas dificultades surgen los tres subtipos según la presencia o no de todos los síntomas. La comorbilidad es muy frecuente, tanto de trastornos externalizantes como internalizantes. En un alto porcentaje de los pacientes con TDAH, también se cumplen los criterios diagnósticos para establecer el diagnóstico de trastorno oposicionista desafiante o trastorno de conducta.

Entre los trastornos internalizantes, los más frecuentes son los trastornos de ansiedad y del ánimo. A medio y largo plazo, la ausencia de una intervención adecuada incrementa la probabilidad de tener problemas con la justicia, consumo de tóxicos, problemas en el rendimiento o laborales, necesidad de intervención de servicios sociales, etc(1).

El diagnóstico es clínico, tomando como referencia los criterios diagnósticos de alguna de las clasificaciones internacionales de enfermedades. La más utilizada es la clasificación denominada Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM, de sus siglas en inglés Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), en su 5ª edición. No existen test o exámenes complementarios que permitan establecer una aproximación diagnóstica. Algunas herramientas e instrumentos de evaluación, principalmente test neuropsicológicos, pueden ayudar en el proceso.

Es importante conocer los factores de riesgo y vulnerabilidad para establecer el diagnóstico de manera precoz y que se comience el tratamiento lo antes posible.

El tratamiento debe ser multimodal, con intervención en todas las áreas de desarrollo del paciente: personal, familiar, escolar… Y se deben combinar las estrategias farmacológicas (principalmente psicoestimulantes) y no farmacológicas.

Prevalencia

La prevalencia del TDAH es muy elevada.

El TDAH es uno de los trastornos del neurodesarrollo más comunes en la población infantil y juvenil, con tasas de prevalencia que varían significativamente entre las distintas regiones y estudios. A nivel mundial, la prevalencia del TDAH se estima aproximadamente en un 5 %, variando ampliamente entre el 2 % y el 18 %, dependiendo de factores, como los criterios de diagnóstico, la metodología y la población estudiada(2).

Un metaanálisis realizado en 2023 para investigar la prevalencia de TDAH en niños y adolescentes determinó una prevalencia del 7,6 % en niños entre 3 y 12 años y del 5,6 % en adolescentes de 12 a 18 años(3). La disminución en la prevalencia durante la adolescencia se debe a una menor intensidad en los síntomas de hiperactividad e impulsividad con la edad, aunque el déficit de atención se mantiene.

En cuanto a la situación en España, la prevalencia del TDAH en población infantil y juvenil también se alinea con el promedio global, aproximadamente un 6,8 %, según un estudio realizado por Catalá-López y cols.(4).

La distribución del TDAH por sexos también muestra diferencias, con una proporción aproximadamente de 2 a 3 niños diagnosticados por cada niña(2). Este sesgo se debe en parte a que los síntomas del TDAH suelen manifestarse de manera más prominente en los niños, quienes tienden a exhibir comportamientos más visibles, como la hiperactividad y la impulsividad. En contraste, las niñas a menudo presentan síntomas menos evidentes, como problemas de atención o conductas más sutiles, lo que puede llevar a un infradiagnóstico en este grupo.

Etiopatogenia

La patogenia del TDAH es multifactorial.

El TDAH se caracteriza por una etiopatogenia compleja y multifactorial que involucra diversas variables. Los avances recientes en estudios genéticos, neuroimagen y análisis de factores ambientales han permitido una mayor comprensión de los mecanismos subyacentes a este trastorno(5). Tal como ilustran los estudios de neuroimagen, los estudios en animales y la respuesta a fármacos con actividad sobre los neurotrasmisores, el desequilibrio genético del metabolismo de las catecolaminas en la corteza cerebral parece desempeñar un papel principal. Sin embargo, diversos factores ambientales pueden desempeñar un papel secundario.

• Factores genéticos: estudios genéticos recientes confirman que el TDAH tiene una heredabilidad alta (superior al 70 %), lo que lo sitúa como uno de los trastornos psiquiátricos con mayor componente genético. El aumento de riesgo de TDAH en familiares de primer grado de pacientes con TDAH y estudios en gemelos de diferentes regiones respaldan el papel del componente genético en este trastorno. Además, estudios del genoma han identificado múltiples loci genéticos asociados al riesgo de desarrollar TDAH, incluyendo variaciones en genes relacionados con el metabolismo de neurotransmisores, como la dopamina, la noradrenalina y la serotonina. Uno de los genes más estudiado es el relacionado con el DRD4 y el DAT1, que codifican el receptor dopaminérgico y el transportador de dopamina. Además, existe una influencia genética común entre los síntomas del TDAH y el trastorno del espectro autista (TEA), lo que sugiere la implicación de vías biológicas similares(6).

• Estudios de neuroanatomía: han encontrado diferencias estructurales y funcionales en las regiones prefrontales y de los ganglios basales de niños con TDAH; particularmente, muestran una reducción en el volumen cerebral y en el grosor cortical. La activación de estas áreas está mediada por la administración de metilfenidato(7). Estos hallazgos respaldan la hipótesis de que el TDAH se caracteriza por una función frontoestriatal anormal y que el metilfenidato afecta la activación de manera diferente en el TDAH que en los niños sanos.

• Pruebas neuropsicológicas: sugieren que los pacientes con TDAH presentan un déficit de las funciones ejecutivas (procesos involucrados en la planificación, incluido el razonamiento abstracto, la flexibilidad cognitiva y la memoria de trabajo) y/o dificultades con la inhibición de las respuestas. Estos hallazgos son consistentes con los estudios de neuroimagen.

• Factores ambientales: la interacción entre factores genéticos y ambientales sugiere que los factores ambientales pueden modular el riesgo genético y amplificar la susceptibilidad genética al TDAH. Existen diversos factores de exposición prenatal y perinatal, como el bajo peso al nacer, la prematuridad, la exposición prenatal al tabaco (muy importante) y al alcohol, así como la diabetes gestacional o las infecciones maternas, que se han asociado con un mayor riesgo de desarrollar este trastorno. Asimismo, la exposición a metales pesados, como el plomo, y a pesticidas se ha relacionado con un aumento del riesgo. Entre los factores psicosociales y de estilo de vida, destacan el estrés familiar, eventos traumáticos tempranos y las condiciones socioeconómicas desfavorables, como factores relacionados con el TDAH. Por otro lado, se han estudiado aditivos alimentarios, consumo de azúcar refinado, sensibilidad alimentaria, diversas deficiencias de ácidos grasos, de hierro y zinc. Sin embargo, la influencia de la dieta en el desarrollo del TDAH es controvertida y, en la actualidad, no existe evidencia suficiente para concluir que dichos factores tengan un efecto causal directo(8).

Clínica

La clínica nuclear del TDAH se caracteriza por el déficit en la atención mantenida, pudiendo estar acompañada de distintos grados de hiperactividad e impulsividad.

La sintomatología fundamental hace referencia a 3 aspectos: la atención, la hiperactividad o hipercinesis y la impulsividad. Sin embargo, la elevada comorbilidad y la repercusión de los síntomas y comorbilidad en todas las áreas del desarrollo (social, familiar, académica o emocional) puede añadir mucha complejidad al análisis clínico de la situación.

Con respecto a la tríada sintomatológica, sus características son las siguientes:

• Déficit de atención: se cometen errores por no atender a detalles o a instrucciones. Existen dificultades en la organización de actividades. La persona inatenta parece que no escucha cuando le hablas. Se distraen con estímulos externos. Pierden cosas o se olvidan de actividades y presentan dificultad para realizar cometidos que requieren un esfuerzo mental mantenido.

• Hiperactividad: incapacidad para estar tranquilo, retorciéndose o moviendo manos o pies. Hablar mucho. Corretear, trepar en situaciones no apropiadas y parecer que tiene una activación motora elevada constantemente.

• Impulsividad: levantarse en situaciones en donde tendría que estar sentado. Responder antes de terminar la pregunta. Interrumpir y meterse en los asuntos de los demás o no ser capaz de esperar su turno.

La sintomatología nuclear establece las dificultades en mantener la atención, la conducta hipercinética y el nivel de impulsividad. Según la presencia de esos tres síntomas, se establecen 3 subtipos:

• TDAH de presentación predominante con falta de atención: cuando está afectada la atención y los demás síntomas son menos intensos.

• TDAH de presentación predominante hiperactiva-impulsiva: cuando los síntomas principales son la hiperactividad y la impulsividad.

• TDAH de presentación combinada: cuando se encuentran presentes los 3 síntomas.

Según el nivel o intensidad de los 3 síntomas definitorios, se pueden generar condiciones psicológicas que acompañan al cuadro clínico. Algunas de ellas son:

• Afectación de las funciones ejecutivas: disminución de la flexibilidad cognitiva (que, entre otras habilidades restringidas en los pacientes con TDAH, depende de la atención dividida y la memoria de trabajo); dificultad en el establecimiento de metas (debido a la baja capacidad de planificación y organización estratégica típica del TDAH); y alteraciones en el procesamiento de la información (debido a una menor fluidez y velocidad de procesamiento en pacientes TDAH que en individuos sanos)(9).

• Alteraciones emocionales: la falta de experiencia de éxito junto con las correcciones y castigos de familia o profesores merman la autoestima. Existe dificultad para la regulación afectiva y aumenta la irritabilidad, haciendo que sea más fácil la aparición de trastornos de las emociones.

• Disminución del rendimiento académico: el déficit de atención interfiere en la adquisición de conocimientos y, por lo tanto, en el rendimiento académico, siendo fuente de retraso escolar.

• Problemas en la socialización: la hiperactividad-impulsividad compromete el adecuado cumplimiento de las normas de convivencia, generando conflictos frecuentes tanto con iguales como con figuras de autoridad. Existe aislamiento social que empeora la regulación emocional. El deterioro en la relación con compañeros, profesores y familia puede ser significativo.

• Problemas de conducta: La elevada impulsividad e hiperactividad, matizada por la labilidad emocional e irritabilidad, produce comportamientos que abarcan desde negativismo y desafío hasta agresividad verbal y física y delincuencia manifiesta(10).

La suma e interacción de estas condiciones se combina con factores contextuales: entorno académico, familiar o actividades de la vida diaria, generando un patrón sintomatológico casi único en cada paciente. También influye el sexo, aceptándose que los niños son más proclives a los problemas de comportamiento y conductas disruptivas y acuden antes a los profesionales, con lo que tienen acceso precoz a los tratamientos.

Además, la evolución temporal, atendiendo a los resultados de la maduración y del neurodesarrollo o del tipo de tratamiento, puede modificar las características clínicas. En general, la evidencia científica indica que la impulsividad y la hiperactividad suelen manifestarse entre los 3 y los 4 años y mejoran con el tiempo, habitualmente en la adolescencia tardía. Las dificultades en la atención se manifiestan con más intensidad a partir de los 5-7 años, coincidiendo con el inicio de la etapa de escolarización en educación primaria. En el trascurso de la adolescencia, esa falta de atención se va combinando con una mayor disfunción ejecutiva, como la capacidad de organización y planificación, estructuración de los tiempos o el establecimiento de prioridades.

Aunque el TDAH se consideraba una entidad propia de edades pediátricas, el cuadro clínico persiste en uno de cada tres pacientes diagnosticados en la niñez. Probablemente, la neuromaduración y la experiencia ayudan a modular la expresión e intensidad de los síntomas. Los pacientes pertenecientes a familias con varios individuos afectos de TDAH tienen mayor riesgo de continuar presentando sintomatología en la edad adulta. Entre los predictores de continuidad del TDAH en el adulto se encuentran el estrés por elevada exigencia, la baja adaptación y el humor negativo. La memoria de trabajo o la capacidad de inhibición no se comportan como factores predictores de continuidad.

Comorbilidad

Más del 70 % de los pacientes con diagnóstico de TDAH sufren otros trastornos comórbidos.

Los trastornos comórbidos más frecuentes son: trastorno negativista desafiante, trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo, trastorno de conducta y trastornos de aprendizaje. También es elevada la comorbilidad con los trastornos del sueño, consumo de sustancias y otros trastornos del neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista(11).

Estos problemas pueden tener una expresividad clínica mayor que el propio TDAH y condicionan la presentación clínica, el pronóstico y el tratamiento.

Las principales entidades con las que hay que realizar el diagnóstico diferencial son:

• Trastornos de la conducta. El TDAH se ha relacionado con la presencia de trastorno negativista desafiante (TND) y trastorno disocial (TD). Según las series, la comorbilidad se presenta entre el 40 % y 60 % de las ocasiones(12).

• Trastornos del aprendizaje. Pueden coexistir hasta en más del 30 % de las ocasiones. Entre los trastornos del aprendizaje, los más frecuentes son los de la lecto-escritura, con déficit en la comprensión y/o expresión (que no descarta el diagnóstico de TDAH ni la posibilidad de utilizar un tratamiento farmacológico para mejorar los síntomas de este último). Otros trastornos frecuentes son los problemas en las matemáticas y, en especial, las operaciones que comprenden métodos de cómputo.

• Trastornos de ansiedad. La comorbilidad se presenta en un 8-30 %.

• Trastornos del estado de ánimo: la comorbilidad con la depresión se sitúa entre el 4 % y el 30 %.

• Otros problemas. En este apartado se incluyen otros trastornos del neurodesarrollo, neurológicos o somáticos. El TDAH está presente en muchos adolescentes con trastorno del espectro autista, complicaciones perinatales, cromosomopatías, trastornos del espectro alcohólico fetal, etc.

Diagnóstico

Los hallazgos clínicos definen el diagnóstico del TDAH.

El diagnóstico del TDAH lo realiza un terapeuta con experiencia clínica en el trastorno. No existen pruebas o análisis complementarios que establezcan o confirmen el diagnóstico.

La valoración clínica incluye una anamnesis completa, observación del paciente y una exploración de los contextos académicos, sociales y familiares. Se debe establecer el diagnóstico diferencial, con especial atención a la presencia de comorbilidad. En caso de existir comorbilidad, el algoritmo terapéutico debe dar prioridad a la sintomatología más disfuncional.

Aunque existen varias clasificaciones con los criterios diagnósticos del TDAH, lo más frecuente es considerar los criterios de la quinta versión del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) (Tabla I). En el DSM-5, el TDAH forma parte del grupo de los trastornos del neurodesarrollo. La información para establecer la positividad de los síntomas debe proceder de, al menos, dos informadores. Estos síntomas deben estar presentes antes de los 12 años(13).

tabla

 

Los exámenes o valoraciones complementarias no sustituyen los resultados de la aproximación clínica, pero pueden ayudar a delimitar la intensidad de los síntomas. Los principales son:

• Estudios de neuroimagen, neurofisiología, estudios de audición o visión, estudios genéticos o metabólicos: solo se realizarán cuando exista sólida sospecha de base neurológica en la generación de los síntomas o una enfermedad neurológica en situación de comorbilidad.

• Test o cuestionarios: sirven para obtener información directa de los padres y de la escuela. Existen cuestionarios validados en España como, entre otros, la escala de evaluación del TDAH (ADHD-RS) o la escala de Conners de 20 ítems, que, además, permite obtener datos sobre el trastorno de conducta. La obtención de informes abiertos cualitativos también es muy recomendable.

• Evaluación neuropsicológica: no es imprescindible de forma rutinaria, pero resulta de utilidad para conocer el perfil de habilidades y dificultades en el funcionamiento cognitivo, el estilo de aprendizaje y establecer los objetivos de la intervención reeducativa. La presencia de trastornos del aprendizaje es alta, por lo que se hace necesario descartar o confirmar su existencia para obtener un perfil completo del paciente que influirá en un tratamiento adecuado y completo y no solo de los síntomas cardinales del TDAH o de otros cuadros psicopatológicos. Debe valorarse, al menos, el nivel cognitivo y las habilidades en lectura. En la mayoría de los protocolos escolares, se incluye una evaluación neuropsicológica a los alumnos que presentan un diagnóstico de TDAH(14).

Tratamiento

El tratamiento del TDAH en niños y adolescentes es multimodal y debe tener en cuenta las necesidades psicológicas, conductuales, ocupacionales o educativas del niño y su familia. Incluye estrategias de tratamiento farmacológico y no farmacológico.

Tratamientos no farmacológicos

Las intervenciones no farmacológicas incluyen estrategias para controlar factores ambientales, modificar conductas y proporcionar psicoeducación al paciente y su entorno(15-17).

En el ámbito escolar, es fundamental ofrecer un entorno estructurado y predecible, con normas visibles y hábitos de organización. Se recomienda ubicar al alumno cerca del profesor para facilitar la supervisión, reducir distracciones y adaptar la metodología con tiempos adicionales para las tareas y materiales visuales, auditivos o manipulativos. Fomentar actividades como tomar apuntes en su agenda u ordenar su pupitre. Asegurar que el alumno entiende las tareas marcadas, pidiéndole que las repita y apuntarlas en un lugar visible del aula. Además, el uso de refuerzos positivos, como involucrar al alumno en actividades del aula y valorar su esfuerzo, contribuye a mejorar su rendimiento y comportamiento.

Las técnicas de modificación de conducta buscan gestionar desencadenantes y consecuencias de las acciones del niño. Se emplean técnicas como: el refuerzo positivo, que premia conductas adecuadas fomentando su repetición; la extinción, que reduce comportamientos no deseados mediante la retirada de atención a conductas desadaptativas; y la economía de fichas, útil en entornos escolares, que motiva con recompensas cuando se cumplen ciertos criterios de conducta, como registrar logros diarios en una libreta y otorgar incentivos semanales. Estas estrategias han demostrado ser más efectivas que los castigos, los cuales deben reservarse solo para situaciones graves.

La psicoeducación es clave para mejorar la comprensión del TDAH y optimizar su manejo. Informar a padres, docentes y pacientes sobre el origen neurobiológico del trastorno ayuda a desmontar mitos y evita la percepción errónea de que los síntomas son resultado de pereza o desobediencia. Además, es importante que las familias no se sientan culpables, ya que el desarrollo del TDAH no depende de los estilos de crianza. Iniciar la intervención temprana es fundamental para evitar complicaciones y, actualmente, existen múltiples recursos educativos y asociaciones de apoyo para orientar a las familias y educadores.

Las terapias de atención plena (mind­fulness) han ganado relevancia como una estrategia complementaria en el tratamiento del TDAH. Su práctica ha mostrado beneficios en la mejora de la atención, la reducción de la impulsividad y la regulación emocional. Al fortalecer las funciones ejecutivas, el mindfulness ayuda a desarrollar habilidades, como la planificación, la flexibilidad cognitiva y la autorregulación. También promueve la introspección, reduce el estrés y mejora las relaciones interpersonales, lo que contribuye a un mayor bienestar emocional y social en niños y adolescentes con TDAH.

Tratamiento farmacológico

La mayoría de los protocolos establecen los 6 años como la edad mínima para comenzar el tratamiento farmacológico. No se determina de antemano cuánto tiempo debe durar el tratamiento, sino que debe suspenderse solo cuando no se observe un beneficio clínico en su continuidad. Las interrupciones temporales acordadas entre el paciente, su familia y el médico (“periodos de descanso”) se pueden considerar en situaciones como la aparición de efectos adversos o la evaluación de la tolerancia a la suspensión o reducción del tratamiento. Los medicamentos empleados para el TDAH no generan dependencia ni aumentan el riesgo de consumo de sustancias adictivas. Otros tratamientos como optometría o musicoterapia han mostrado baja o nula eficacia.

Tratamientos psicoestimulantes

Los fármacos de este grupo actúan como simpaticomiméticos, estimulantes del sistema nervioso, ya que actúan sobre los receptores adrenérgicos presinápticos de dopamina y noradrenalina, inhibiendo su recaptación. En dosis bajas, estos compuestos favorecen el estado de alerta y mejoran la concentración. Los efectos adversos más frecuentes son el insomnio de conciliación y la disminución del apetito(18).

El metilfenidato es un compuesto derivado de la piperidina con una estructura similar a la de las anfetaminas. Se administra por vía oral, se absorbe con rapidez en el tracto gastrointestinal y atraviesa la barrera hematoencefálica con facilidad. Se reserva su uso para niños de edad superior o igual a 6 años, pudiendo considerarse de forma extraordinaria su uso entre los 4-6 años en casos de mayor gravedad con sintomatología limitante que no responde al abordaje psicoterapéutico. Se alcanza respuesta terapéutica en el 70-80 % de los casos tratados con metilfenidato y remisión completa de los síntomas en el 50-60 %(19). En la tabla II se muestran las presentaciones existentes.

tabla

 

La lisdexanfetamina se trata de un profármaco resultado de la combinación mediante enlace covalente del aminoácido lisina y la dexanfetamina, el componente responsable de la actividad farmacológica. Tras su toma vía oral, es absorbido a nivel intestinal y, una vez en el torrente sanguíneo, se disuelve el enlace covalente mediante hidrólisis, liberando la dexanfetamina. La pauta inicial consiste en administración de una dosis única de 30 mg por la mañana; en caso de no respuesta o de respuesta subóptima, se sugiere incremento de dosis a razón de 20 mg semanales, siendo la dosis máxima recomendada de 70 mg/día. En la mayoría de las Comunidades de España, requiere visado por especialista hospitalario.

Tratamiento no psicoestimulante

Atomoxetina: comercializada en cápsulas de 10, 18, 25, 40, 60, 80 y 100 mg. Se trata de un inhibidor selectivo de la recaptación de noradrenalina, con duración de la respuesta de 24 horas. En niños y adolescentes a partir de 6 años y con peso inferior a 70 kg, se recomienda iniciar el tratamiento con 0,5 mg/kg, con una dosis de mantenimiento de 1,2 mg/kg/24 horas. En niños y adolescentes de más de 70 kg y adultos, dosis inicial de 40 mg/día. La dosis máxima se establece en 100 mg/día(20).

Guanfacina: comprimidos de liberación prolongada de 1, 2, 3 y 4 mg que estimula los receptores α-adrenérgicos postsinápticos. Está indicado para el TDAH entre los 6 y los 17 años de edad, cuando los psicoestimulantes y la atomoxetina no se puedan utilizar por efectos secundarios o mala tolerancia, no sean adecuados o hayan sido ineficaces. La dosis inicial es de 1 mg en dosis única matutina y se va incrementando en 1 mg a la semana hasta un máximo de 4 mg en menores de 12 años y 7 mg entre 12 y 18 años. Puede provocar hipotensión, bradicardia, somnolencia, sedación y prolongación del Q-T. Requiere visado por especialista hospitalario.

Adyuvantes terapéuticos

El neurofeedback es una de las estrategias con mayor respaldo científico en el tratamiento del TDAH. Consiste en un entrenamiento que ayuda a regular las ondas cerebrales mediante tecnología electroencefalográfica. Los estudios han mostrado que las personas con TDAH presentan una disminución de las ondas alfa (relajación) y beta (atención enfocada), junto con un aumento de las ondas theta (asociadas a somnolencia). Para corregir estas alteraciones, se han desarrollado protocolos de neurofeedback basados en la regulación de la relación theta/beta, el aumento del ritmo sensoriomotor y la modulación de los potenciales corticales lentos.

Además, la alimentación juega un papel clave en la evolución del TDAH. Una dieta poco saludable puede agravar los síntomas, mientras que una alimentación equilibrada actúa como factor protector. Se ha observado que niveles alterados de nutrientes, como vitamina D, hierro, zinc y ácidos grasos poliinsaturados, pueden influir en el trastorno. En particular, la suplementación con omega 3 plantea beneficios en la regulación del comportamiento, la atención y el rendimiento académico. Aunque se necesita más investigación, su uso podría ser un complemento útil en el tratamiento del TDAH, especialmente en combinación con la terapia farmacológica y conductual.

Función del pediatra de Atención Primaria

Entre las funciones a destacar, se encuentran las siguientes:

• Realizar la formación y capacitación necesaria para atender los casos de TDAH, de acuerdo con las posibilidades de la consulta.

• Poder informar y aconsejar, dentro de un programa adecuado de psicoeducación, a familias, pacientes o educadores.

• Utilizar instrumentos de evaluación para ayudar en la valoración clínica y diagnóstica.

• Desarrollar un programa de tratamiento multimodal que incluya el tratamiento no farmacológico y farmacológico.

• Conocer las principales moléculas utilizadas en el tratamiento farmacológico, indicaciones y efectos secundarios.

• Coordinar a todos los profesionales que participan en el tratamiento.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografa recomendada

– Mardomingo MJ. Abordar el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en la práctica clínica. Madrid: Editorial Médica Panamericana; 2018.

Manual de referencia sobre el TDAH, con información práctica. Incluye las referencias criteriales del DSM-5 y referencias prácticas sobre el diagnóstico, evaluación y tratamiento farmacológico y no farmacológico.

– Rodríguez Hernández PJ (Coord). TDAH en Pediatría. inScienceCommunications. Madrid. 2013.

Manual breve sobre el TDAH. La importancia radica en que está dirigido especialmente a su consulta por el pediatra.

– Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Guía de Práctica Clínica sobre las Intervenciones Terapéuticas en el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH). Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Instituto Aragonés de Ciencias de la Salud (IACS); 2017 Guías de Práctica Clínica en el SNS.

Guía de Práctica Clínica del Sistema Nacional de Salud, con especial mención a las recomendaciones basadas en la evidencia científica. Incluye recomendaciones para profesionales y pacientes.

– Fernández M. El TDAH y los trastornos del neurodesarrollo. Un viaje de las sombras a la luz en unos cuantos capítulos. Jaén: Editorial Formación Alcalá; 2018.

Este libro, de fácil y amena lectura, se centra en aspectos interesantes del TDAH, como el motivo por el que es una prioridad sanitaria y educativa, el debate sobre las controversias que presenta o sus causas.

– Faraone SV, Banaschewski T, Coghill D, Zheng Y, Biederman J, Bellgrove MA, et al. The World Federation of ADHD International Consensus Statement: 208 Evidence-based conclusions about the disorder. Neurosci Biobehav Rev. 2021; 128: 789-818. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2021.01.022.

Importante artículo, que recoge las principales conclusiones sobre el TDAH, a partir de un informe realizado por la federación mundial de TDAH.

 

 

Caso clínico

 

Antonio es un paciente de 6 años, conocido por su Pediatra de Atención Primaria (PAP) desde el nacimiento. Entre sus antecedentes personales y familiares, destaca ser hijo único de una pareja sin historia de enfermedades destacables, ambos progenitores de 41 años. Madre fumadora de 2-3 cigarrillos al día durante todo el embarazo. Antonio está diagnosticado de asma moderada según la valoración global de la gravedad de la crisis, integrando el Pulmonary Score y la saturación de oxígeno por oximetría de pulso. También es alérgico a ácaros y pelo de varios animales. No existen otros antecedentes perinatales, personales o familiares.

La PAP ha estado analizando el comportamiento de Antonio desde los 2 años. En ese momento, los padres señalan que es un niño “intenso”, con cierta tendencia al oposicionismo en el momento de dormir y comer. En ocasiones, presenta rabietas intensas de escasa duración, pero frecuentes. Durante los siguientes años, las rabietas y el negativismo disminuyen lenta y progresivamente, pero su comportamiento se describe como: “va como una moto”, “parece que no piensa cuando hace algo”, “es muy ruidoso cuando juega, cuando come, cuando está en compañía de otros niños…”, “cuando lo llamas, no responde, parece que está en su mundo”. A pesar de este comportamiento, no existen dificultades importantes que no se puedan resolver en el colegio o en casa.

Pero todo cambia desde que comienza la escolarización en el primer curso de Primaria. Después de 6 meses de clase, los padres definen el periodo, como “un infierno”. Desde el colegio hay quejas prácticamente diarias. El Equipo de Orientación ha hecho un informe que describe la existencia de elevada impulsividad que crea interferencia en la relación con el grupo de iguales (peleas, molesta a otros, grita a los compañeros… y ocurre en el aula y fuera de ella, especialmente en los descansos) y con el aprendizaje (se levanta con frecuencia en clase, se revuelve en el asiento y parece que no conoce el descanso…). Además, se observa elevada dificultad para mantener la atención y su nivel de aprendizaje se ve afectado por este motivo. El informe incluye una prueba de inteligencia, que es normal, una prueba de atención denominada D2, que concluye que existe déficit importante en la atención, y un listado de síntomas observados en clase, compatible con sospecha de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), combinado.

La PAP comenta a sus padres, que están muy preocupados, la elevada sospecha que siempre ha tenido sobre la existencia de este diagnóstico. Afirma que, con los últimos datos, el diagnóstico está claro. Propone a los padres realizar una nota con el diagnóstico de TDAH combinado para que lo lleven al colegio y se comiencen a aplicar las medidas psicoeducativas que sean de utilidad. Comenta que algunas de ellas son: que esté sentado cerca de la profesora, que esté libre de distracciones o que se reconduzcan sus interrupciones sin presión discriminatoria. Teóricamente, el Equipo de Orientación tiene conocimiento sobre todas estas medidas. Además, plantea iniciar tratamiento con un fármaco psicoestimulante.

Los padres de Antonio se alarman por la indicación de iniciar un tratamiento farmacológico y preguntan si no es necesario realizar pruebas neurológicas o de otro tipo para asegurar el diagnóstico. Además, comentan que no están de acuerdo con usar un tratamiento farmacológico sin “probar” otros métodos como terapia psicológica.

La PAP les informa sobre la adecuación de intervención psicológica, psicopedagógica y las distintas opciones que existen (remitir a la Unidad de Salud Mental de zona, en donde hay mucha lista de espera y visitas muy espaciadas, acudir a un gabinete privado o a una asociación de familias de pacientes con TDAH, preguntar por las becas que existen y que se tramitan a través del colegio, etc.), pero insiste en que esas medidas son complementarias al tratamiento farmacológico, debido a la intensidad de los síntomas y a la robustez del diagnóstico que ha establecido: TDAH combinado.

 

 

algoritmo

 

Detección y manejo del retraso psicomotor en la infancia

V. Soto Insuga,  E. González Alguacil,  J.J. García Peñas
Temas de FC


V. Soto Insuga, E. González Alguacil, J.J. García Peñas

Sección de Neuropediatría. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

X

Autor para correspondencia

victorsotoinsuga@gmail.com

Resumen

El retraso global del desarrollo (RGD) y la discapacidad intelectual (DI) son trastornos del neurodesarrollo de alta prevalencia (1-3%) cuya identificación temprana recae, en gran medida, en la pediatría de Atención Primaria. Este artículo ofrece una guía práctica para reconocer signos de alarma, diferenciar el concepto clínico “retraso madurativo” y organizar la evaluación inicial. Se resumen herramientas útiles de cribado y seguimiento y se propone un algoritmo escalonado que integra anamnesis y exploración neurológica, valoración sensorial (visión/audición) e indicación racional de pruebas: array-CGH, secuenciación dirigida/exoma y analítica metabólica básica, reservando la resonancia cerebral para escenarios con micro/macrocefalia, focalidad, convulsiones, trastornos del tono/movimiento o regresión. Se revisan las principales comorbilidades (sueño, epilepsia, TEA [trastorno del espectro autista], TDAH, psiquiátricas, motoras, sensoriales y sistémicas) y su impacto funcional, aportando pautas de manejo y criterios de derivación preferente a neuropediatría. Se enfatiza iniciar intervención temprana y apoyo escolar sin demorar por la etiología, a la vez que se fomenta el consejo genético, el seguimiento evolutivo y la coordinación con rehabilitación y recursos comunitarios. Finalmente, se advierte sobre pseudoterapias carentes de evidencia y se esbozan oportunidades de medicina de precisión en etiologías tratables.

 

Abstract

Global developmental delay (GDD) and intellectual disability (ID) are highly prevalent neurodevelopmental disorders (1-3%) for which early identification largely involves primary care pediatrics. This article offers practical guidance on recognizing warning signs, differentiating the clinical concept of “maturational delay,” and organization of the initial assessment. It summarizes useful screening and follow-up tools and suggests a step-by-step algorithm that integrates medical history and neurological examination, sensory assessment (vision/hearing), and rational indication of tests: array-CGH, targeted sequencing/exome, and basic metabolic analysis, while saving brain MRI for scenarios involving micro/macrocephaly, focality, seizures, tone/movement disorders, or regression. The main comorbidities (sleep, epilepsy, ASD [autism spectrum disorder], ADHD, psychiatric, motor, sensory, and systemic) and their functional impact are reviewed, providing management guidelines and criteria for preferential referral to neuropediatrics. Emphasis is placed on initiating early intervention and school support without delay due to etiology, while encouraging genetic counseling, developmental follow-up, and coordination with rehabilitation and community resources. Finally, warnings are provided about pseudoscientific therapies lacking evidence, and opportunities for precision medicine in treatable etiologies are outlined.

 

Palabras clave: Retraso global del desarrollo; Retraso psicomotor; Retraso madurativo; Discapacidad intelectual; Genética; Regresión psicomotriz; Medicina de precisión.

Key words: Global developmental delay; Psychomotor delay; Developmental delay; Intellectual disability; Genetics; Psychomotor regression; Precision medicine.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 399 – 411

 


OBJETIVOS

• Definir retraso global del desarrollo y discapacidad intelectual según DSM-5, conocer su prevalencia aproximada (1-3 %) y diferenciar del concepto “retraso madurativo”.

• Implementar la detección precoz en Atención Primaria, así como reconocer y priorizar escenarios de alarma, estableciendo criterios de derivación preferente a neuropediatría.

• Conocer un algoritmo diagnóstico escalonado: evaluación sensorial (visión/audición), indicación e interpretación de pruebas (array-CGH, paneles/exoma, estudio FMR1, metabólico básico/dirigido y resonancia magnética cerebral [RMC] cuando corresponda).

• Identificar y evaluar comorbilidades frecuentes (sueño, epilepsia, TEA, TDAH, psiquiátricas, motoras, sensoriales, gastrointestinales y sistémicas) con un abordaje multidisciplinar.

• Elaborar un plan terapéutico integral: iniciar atención temprana sin esperar la etiología, considerar opciones de medicina de precisión cuando existan, ofrecer consejo genético, desaconsejar pseudoterapias y coordinar con familia, escuela y recursos sociales.

 

Detección y manejo del retraso psicomotor en la infancia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.66

 

Introducción

La discapacidad intelectual se define como: aquel trastorno que se inicia antes de los 18 años, caracterizado por una limitación en el funcionamiento intelectual (cociente intelectual bajo) y en el comportamiento adaptativo en las áreas conceptual, social y práctica. En menores de 5 años, al ser las pruebas de inteligencia poco fiables, se debe hablar de retraso global del desarrollo o retraso psicomotor que implica un retraso en, al menos, dos áreas de desarrollo: motricidad fina-gruesa, lenguaje, sociabilidad, cognición y actividades de la vida diaria. Su identificación debe ser precoz de cara a iniciar tratamientos eficaces específicos. Es fundamental un estudio etiológico que permita identificar posibles tratamientos específicos, proporcionar un pronóstico específico, prevenir posibles complicaciones asociadas a la etiología, ofrecer un consejo genético y evitar otras pruebas complementarias innecesarias, entre otras ventajas. Actualmente, la capacidad de encontrar una causa específica del retraso del desarrollo ha aumentado gracias a algoritmos diagnósticos secuenciales, que incluyen tanto la anamnesis y exploración física como pruebas complementarias, que incluyen pruebas de neuroimagen, metabólicas y genéticas.

Definición de retraso global del desarrollo y discapacidad intelectual

Debido a la poca fiabilidad de las pruebas de inteligencia, en menores de cinco años debemos hablar de retraso global del desarrollo.

La discapacidad intelectual (sustituye al término “retraso mental”) y el retraso global del desarrollo (o también denominado “retraso psicomotor”) se incluyen según la última clasificación DSM-5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders)(1) dentro del grupo de los “trastornos del neurodesarrollo”, que son aquellas alteraciones en el desarrollo neurológico que se inician en la infancia.

El término de discapacidad intelectual (DI) no se basa únicamente en la detección de un cociente intelectual bajo, sino que también implica una alteración en la interacción ambiental y social. De esta forma, la DI se define como aquel trastorno que se inicia antes de los 18 años, caracterizado por una limitación en el funcionamiento intelectual (que debe ser confirmado mediante una evaluación clínica y pruebas de inteligencia estandarizadas individualizadas), así como en el comportamiento adaptativo en las áreas cognitivas, sociales y conductuales. La gravedad se define fundamentalmente por las alteraciones adaptativas, pero sigue siendo válida la estratificación, dependiendo del cociente intelectual (CIT) o cociente de desarrollo (CD): funcionamiento intelectual límite (CIT 70-85), DI leve (CIT 50-70), DI moderada (CIT 35-40), DI grave (CIT 20-35) y DI profunda (CI < 20).

En menores de 5 años, las pruebas de inteligencia son poco fiables, tanto por el elevado porcentaje de falsos positivos como negativos; por lo que, por debajo de esta edad, se habla de retraso global del desarrollo (RGD), que implica un retraso en, al menos, dos áreas de desarrollo: motricidad fina-gruesa, lenguaje, sociabilidad, cognición y actividades de la vida diaria(2) (Fig. 1).

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Figura 1. Retraso global del desarrollo y discapacidad intelectual.

 

Prevalencia

La prevalencia de RGD/DI en niños es del 1-3 %.

El estudio de niños con sospecha de RGD es uno de los principales motivos de consulta en neuropediatría. Actualmente, se estima que la incidencia de RGD en niños menores de 5 años es de 1-3 %. De forma similar, los estudios de incidencia de DI, aunque varían dependiendo de los criterios diagnósticos y los métodos de valoración empleados, estiman una incidencia de 1-3 %, lo que sugiere que seguramente representen una misma población. Los principales estudios de prevalencia se han realizado en población escandinava, entre los cuales destaca el realizado por Strömme y cols. en 30.037 niños nacidos entre 1980-1985 en Noruega, en el que objetivaron que el 0,62 % presentaba DI, siendo leve, moderado, grave y profundo en 0,35 %, 0,15 %, 0,04 % y 0,08 %, respectivamente(3). Cifras algo más elevadas se reportan en un reciente metaanálisis, que estima la prevalencia de discapacidad intelectual a nivel global en el 3 %(4). Es levemente más frecuente en varones, con una proporción 1,1-1,5:1, explicado en parte por trastornos ligados al cromosoma X.

¿Retraso madurativo o retraso global del desarrollo?

El concepto de retraso madurativo debe entenderse como una situación en la que el neurodesarrollo del niño está fuera de los límites de la normalidad, sin saber la causa y en la que no se debe retrasar la búsqueda etiológica ni la estimulación precoz.

El concepto de “retraso madurativo” no está recogido en las clasificaciones DSM-V ni CIE-11; por lo que, aunque se use ampliamente en la práctica clínica habitual, debe usarse con cautela, siendo necesario que seamos claros a la hora de explicarlo a los padres, para evitar la sensación de banalización “de ser un problema que va a desaparecer con el tiempo”, lo que implicaría, en muchas ocasiones, un retraso en el diagnóstico y en el inicio de tratamiento. Debemos entenderlo como “foto fija” del neurodesarrollo de un niño que, en ese momento, se aparta de los límites de la normalidad y del que aún no conocemos su causa. De este modo, un niño en el que se detecta un “retraso en el desarrollo” puede deberse a:

• Retraso global del desarrollo.

• Variante normal del desarrollo que implica una normalización posterior.

• Factores psicosociales: inadecuada estimulación en los primeros años.

• Retraso derivado de una enfermedad crónica extraneurológica, como puede ser: desnutrición, cardiopatías congénitas, insuficiencia renal-hepática o enfermedad celiaca, entre otras.

• Síntomas secundarios a un trastorno motor crónico no progresivo (parálisis cerebral) o a un déficit sensorial grave (déficit visual o hipoacusia).

• Primer síntoma de otros trastornos de neurodesarrollo, como trastorno del espectro autista (TEA), trastorno del lenguaje, trastorno de la coordinación motora o trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)(5).

Por tanto, el concepto de “retraso madurativo” debe entenderse como una situación clínica en la que debemos iniciar una estimulación precoz (desaconsejar la actitud expectante “ya veremos en qué queda”), iniciar una búsqueda etiológica y realizar un seguimiento para comprobar el curso, estabilidad o resolución de los síntomas.

Etiología

Se debe realizar una búsqueda etiológica en todo niño con RGD/DI.

Numerosas etiologías pueden ocasionar un RGD/DI (Tabla I). La probabilidad de encontrar una etiología varía según las diferentes series, estimándose que en un 23-78 % de los pacientes con RGD/DI no se encuentra una causa definida. Esto es variable, según si el RGD/DI es sindrómico (más frecuente encontrar una causa del trastorno si asocia indicadores específicos u otras anomalías congénitas), el área geográfica donde se realizó el estudio y la gravedad; de forma que, cuanto mayor es el grado RGD/DI, más probabilidades de encontrar una etiología tendremos (en los niños con DI grave se suele encontrar una causa en hasta el 80 % de las ocasiones; mientras que, si la DI es leve, la tasa de rentabilidad diagnóstica es del 20-30 %)(6). El avance en los últimos años de las técnicas de neuroimagen y, fundamentalmente, genéticas, ha permitido aumentar la posibilidad de encontrar una etiología definida. En un estudio de Han y cols. en 75 niños con RGD/DI, mediante el uso de técnicas genéticas (array-CGH, estudio de X frágil y panel de genes de RGD/DI) junto con resonancia cerebral, identificaron la etiología en el 71 % de los pacientes.

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En las últimas décadas, la introducción de tecnologías genómicas avanzadas ha revolucionado el diagnóstico de la DI/RGD de origen genético. La secuenciación masiva (como el exoma y el genoma completo) ha permitido identificar con rapidez y menor coste un gran número de causas monogénicas, que antes permanecían sin diagnóstico. Actualmente, se sabe que existen más de 1.300 genes, cuya alteración puede causar DI, involucrados en procesos diversos, como el desarrollo del sistema nervioso, el metabolismo cerebral, el transporte molecular, el control del ciclo celular, la regulación epigenética de la cromatina y la función mitocondrial y sináptica, entre otros(7). Igualmente, hay que tener en cuenta que, cuanto más sofisticadas son las técnicas genéticas, más compleja es su interpretación (factores como la herencia poligénica, la expresividad variable o factores de modificación epigenéticos), por lo que frecuentemente es necesaria la coordinación con un genetista clínico. La causa genética más frecuente de RGD/DI es el síndrome de Down (trisomía cromosoma 21), siendo la segunda el síndrome de Rett en mujeres (mutación en gen MECP2) y síndrome de X-frágil en varones(7).

Son muchos los motivos que justifican una búsqueda etiológica del RGD/DI(8), entre los que se incluyen: identificar posibles tratamientos específicos, como la dieta cetogénica en la deficiencia del transportador de glucosa cerebral o la vitamina B6 en los trastornos de la piridoxina (8-10 % de los diagnosticados), proporcionar un pronóstico específico y seguimiento individualizado para prevenir posibles complicaciones asociadas y esperables según etiología (10-17 %), ofrecer un consejo genético (9 %), evitar otras pruebas complementarias innecesarias (lo que es definido por muchos padres como una “odisea diagnóstica”), así como mejorar el conocimiento de la fisiopatología de la enfermedad, posibilidad de contacto con otras familias con la misma patología y, en muchos casos, evitar sentimientos de culpabilidad de los padres(9).

Aproximación diagnóstica

Mediante una anamnesis y exploración física adecuada, así como con el uso racional de pruebas complementarias (resonancia cerebral, estudios metabólicos y genéticos), es posible encontrar la causa en un alto porcentaje de pacientes con RGD/DI.

Importancia de una detección/diagnóstico precoz

El diagnóstico de RGD debe ser precoz, de cara a poder realizar una intervención precoz. En este sentido, los pediatras de Atención Primaria son los médicos principales para una correcta identificación. Generalmente, los padres son los primeros en detectar los problemas del neurodesarrollo (hasta en el 60 %), pero se debe aprovechar cualquier visita en consulta (de seguimiento, rutinaria o por enfermedad) hasta los dos años de edad, para consultar a los padres sobre el desarrollo de sus hijos y realizar un cribado del desarrollo(10).

Para realizar un correcto cribado del desarrollo psicomotor, debemos tener en cuenta que los hitos del desarrollo psicomotor se adquieren dentro de un amplio rango de normalidad (Tabla II).

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Para poder evaluar este desarrollo, generalmente suelen ser útiles no solo la impresión global clínica, sino preguntar por los signos de alarma (Fig. 2) y el uso de escalas de desarrollo.

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Figura 2. Signos de alarma en el desarrollo psicomotor.

 

La escala más utilizada y validada en nuestro medio es la de Haizea-Llevant, resultado de un estudio en 2.519 niños de 0-5 años de Cataluña y País Vasco. Comprende 97 ítems distribuidos en áreas de socialización, lenguaje, manipulación y postural, en los que podremos identificar si el niño ha adquirido ese ítem del desarrollo de forma adecuada a su edad(11) (Fig. 3).

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Figura 3. Tabla de desarrollo (0-5 años) Haizea-Llevant.

 

Asimismo, las guías internacionales recomiendan el uso de herramientas específicas y fáciles de aplicar en consulta para el cribado de determinados problemas de aprendizaje, como: la M-CHAT (Modified checklist for Autism), para la identificación de síntomas de TEA en niños de 16-30 meses; o la CSBS-CS (Escala de conducta comunicativa y simbólica), para identificar alteraciones en las áreas del lenguaje o sociabilidad.

No hay que olvidar que existen variantes de la normalidad del desarrollo, que no suponen un hallazgo patológico y que debemos conocer, como son, entre otros: pinza entre dedo pulgar y medio, no realizar gateo, desplazamiento sentado sobre nalgas o apoyando una rodilla y el pie de la otra extremidad o rodar sobre sí mismo, marcha de puntillas los dos primeros años de vida, tartamudeo fisiológico entre los 2-4 años o dislalias hasta los 4 años de edad(12).

En la evaluación será primordial identificar cualquier regresión en el desarrollo de cara a diferenciar entre un retraso global del desarrollo estático y una encefalopatía progresiva (apartado del que nos ocuparemos posteriormente), que requerirá una valoración preferente por un Servicio de Neuropediatría. A veces, puede ser difícil distinguir una regresión en enfermedades lentamente progresivas, de las cuales muchas veces esta regresión se manifiesta como una fase de estancamiento(13).

Confirmación diagnóstica

Para un diagnóstico definitivo de DI/RGD serán necesarias valoraciones neuropsicológicas realizadas por personal especializado, que incluyan valoraciones cognitivas (cociente intelectual a partir de los 5 años y cociente de desarrollo en menores), así como de otras áreas de aprendizaje-conducta para confirmar el diagnóstico e identificar los componentes cognitivos afectados (perfil de debilidades y fortalezas).

A partir de los 5 años se deben emplear test de inteligencia, como las escalas Wechsler, RIAS y KBIT-2, entre otras. En menores de 5 años hay escalas que permiten objetivar el desarrollo de un determinado niño con arreglo a estándares de población general, desglosando diferentes áreas (postural-motriz, cognitiva y comunicativa), siendo las más utilizadas: Brunet-Lezine, Bayley o Cumanin Merrill-Palmer, en las que se miden edad de desarrollo y cociente de desarrollo. Igualmente, existen instrumentos diagnósticos que pueden detectar problemas de aprendizaje concretos como: lenguaje, lectura-escritura, memoria, funciones ejecutivas y conducta adaptativa(14).

La valoración neuropsicológica es una prueba complementaria fundamental para confirmar y caracterizar el diagnóstico de RGD/DI, pero se debe integrar dentro del abordaje clínico-diagnóstico, en el que el pediatra-neuropediatra es el médico responsable del proceso(5).

Diagnóstico etiológico

Anamnesis y exploración física

Una adecuada anamnesis y exploración física permiten el diagnóstico de un RGD/DI en un 12,5-34 % de los casos y aportan claves fundamentales para una adecuada investigación en hasta el 65 % de los casos(15).

Anamnesis: deberá incluir una historia familiar completa (3 generaciones) de trastornos neurológicos y psiquiátricos. Habrá que recoger antecedentes perinatales, evaluando los factores de riesgo conocidos (infecciones, hemorragias, alcohol materno, drogas, patología del parto, etc.), así como el parto y el periodo neonatal. Habrá que analizar los hitos fundamentales de las principales áreas del desarrollo psicomotor (motor grueso, fino, lenguaje y sociabilidad), definiendo la presencia o ausencia de regresión psicomotriz. Asimismo, es fundamental recoger las alteraciones conductuales de estos pacientes, que, en muchos casos, son específicas de determinadas enfermedades (fenotipos neuroconductuales), como la fascinación por el agua en el síndrome de Angelman, o comportamientos autolesionales, como en el síndrome de Lesch-Nyhan o Cornelia de Lange. Determinadas conductas pueden ser muy orientativas, como la hiperventilación y maniobras de Valsalva autoinducidas en el síndrome de Rett o el síndrome de Pitt-Hopkins, o la cataplejía en Niemann Pick-C o síndrome de Coffin-Lowry(15).

Exploración física: debemos realizar una exploración neurológica sistemática, sin olvidarnos de la exploración general pediátrica. De hecho, el examen de la piel, los percentiles de peso-talla-perímetro cefálico, alteraciones en genitales, dismorfias faciales o visceromegalias pueden ser claves de gran valor orientativo, o incluso diagnósticas. La exploración neurológica recogerá ordenadamente las alteraciones en pares craneales, motricidad, equilibrio, vías piramidales, sistema nervioso periférico y presencia de trastornos de movimiento.

En el caso de la exploración física del lactante, que es diferente respecto del escolar o adolescente, debemos realizar una exploración que incluya la valoración del tono, del desarrollo postural en decúbito supino, decúbito prono, sedestación y bipedestación, sin olvidar reacciones posturales, reflejos primitivos, reflejos de percepción y patrón de movimiento.

Es fundamental realizar exploraciones seriadas en el seguimiento de un niño con RGD/DI para identificar alteraciones evolutivas que no estuvieran presentes en las primeras exploraciones (p. ej., las alteraciones cutáneas y oculares en ataxia telangiectasia, manchas café con leche y efélides en neurofibromatosis tipo 1 o angiofibroma facial en el complejo esclerosis tuberosa).

Aproximación diagnóstica en RGD/DI de un síndrome o patología reconocible (RGD/DI sindrómica)

Tanto en la anamnesis como en la exploración física, se buscarán activamente claves diagnósticas que nos permitan orientar diferentes etiologías (Tabla III). Por tanto, podemos encontrarnos ante dos escenarios: RGD/DI sindrómicos (en los que existen indicadores de una patología reconocible) o RGD/DI no sindrómicos (que no presenten indicadores de una patología específica ni malformaciones asociadas).

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En el caso de pacientes catalogados de RGD/DI sindrómico, por determinados rasgos faciales (p. ej., dismorfias características en síndrome de Down) o patrón de malformaciones congénitas que se agrupan dentro de un síndrome concreto, se debe realizar un test diagnóstico específico a esa causa.

Aproximación diagnóstica en RGD/DI sin indicadores de un síndrome o patología reconocible (RGD/DI no-sindrómica) (Fig. 4)

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Figura 4. Algoritmo diagnóstico ante retraso global del desarrollo/discapacidad intelectual (RGD/DI). *Antecedente de historia de asfixia intraparto, alteraciones del perímetro cefálico, focalidad neurológica, crisis epilépticas, trastornos del tono o movimiento, regresión o intensidad moderados-graves. RM: resonancia magnética.

 

Evaluación sensorial

Las principales guías diagnósticas recomiendan que todos los niños con RGD/DI deberían tener una evaluación de la vista y del oído. La alteración en uno de estos sentidos podría contribuir al retraso o podría ayudarnos a una aproximación diagnóstica(7,9,16,17).

Estudios genéticos (Tabla IV)

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Tradicionalmente, el abordaje diagnóstico ante un niño con RGD/DI era clínico (“fenotipo primero”), apoyándose en la pericia del especialista para reconocer síndromes conocidos mediante pruebas secuenciales (como cariotipo, pruebas metabólicas y secuenciación de Sanger gen a gen). Sin embargo, esta estrategia a menudo fallaba ante presentaciones atípicas o nuevos trastornos genéticos. Este panorama ha cambiado radicalmente en las últimas décadas, gracias al desarrollo de los estudios genéticos, en el que muchos autores defienden encontrar la mutación genética y, a partir de ella, comprender el fenotipo (“genotipo primero”), aumentando el rendimiento diagnóstico hasta un 40-60 % en las series recientes(9,15).

Cuanto más sensibles son las pruebas genéticas para detectar mutaciones puntuales o alteraciones del número de copias, existe una mayor probabilidad de resultados de variante de significado incierto (VUS), que implica que su presencia no explica completamente la clínica del paciente y que no debería implicar interrumpir la búsqueda etiológica. Estos hallazgos deben ser interpretados por genetistas y requieren un seguimiento y reevaluación periódica, así como una coordinación clínica-genética que nos permita conocer su patogenicidad(7,15,17).

CGH-Arrays: actualmente se sigue recomendando los CGH-Arrays; deben ser la prueba genética de primer nivel para cualquier paciente con RGD o DI de causa inexplicable(7,9,16,17). La tecnología de microarrays permite la detección de deleciones y duplicaciones.

Se estima que esta prueba permite un diagnóstico en el 10 % de los niños con RGD/DI y hay autores que afirman que el rendimiento diagnóstico puede alcanzar el 15-25 % en aquellos pacientes con dismorfias, anomalías congénitas o síntomas neurológicos(18).

Secuenciación genética (paneles de genes y exoma): permite el análisis de regiones codificantes, lo que ha permitido aumentar el rendimiento diagnóstico hasta un 28-50 % en los niños con RGD/DI(15,16). Diferentes metaanálisis que incluyen 37 estudios de niños con RGD/DI confirman que la utilidad diagnóstica fue mayor en técnicas de secuenciación de genes respecto a CGH-arrays(19). En las últimas guías existe una tendencia a recomendar esta prueba en el primer nivel diagnóstico, al mismo tiempo que arrays-CGH. La interpretación de estas pruebas requiere disponer de las muestras de los progenitores, así como la valoración por genetista. Debido al rápido desarrollo de estas técnicas y descubrimiento de nuevos genes, se recomienda reanalizar las muestras cada dos años(7,16-20).

Secuenciación de genoma: es una técnica que permite secuenciar también las partes no codificantes del genoma (región intrónica) que pueden influir en la transcripción (regiones de splicing), lo que ha demostrado aumentar la rentabilidad diagnóstica un 10-20 % respecto al exoma. Actualmente, se considera una prueba dentro del ámbito de investigación(7).

Estudio de enfermedades causadas por expansiones de trinucleótidos: el síndrome de X-frágil representa la principal causa monogénica de DI/RGD en varones, con una prevalencia estimada de 1:7.000-11.000. Para su diagnóstico, es necesaria una prueba específica en la que se objetiva una expansión de tripletes CGG del gen FMR1 (localizado en el cromosoma X), lo cual genera cambios epigenéticos que silencian su expresión. A partir de 120-200 repeticiones están presentes los síntomas de DI/RGD (100 %), trastornos conductuales, como ansiedad (60-85 %) e inquietud motriz (74-84 %), y rasgos físicos característicos, como cara alargada, orejas prominentes y de implantación baja, hiperlaxitud articular interfalángica y macroorquidia. Las mujeres pueden presentar síntomas más leves debido a la compensación del segundo alelo no afecto en forma de trastornos neuropsiquiátricos o fallo ovárico precoz. Asimismo, existen otros trastornos neurológicos que asocian RGD/DI causados por expansiones anómalas de trinucléotidos, como son: enfermedad de Huntington, distrofia miotónica de Steinert y ataxia de Friedrich, entre otros(21).

Cariotipo: la rentabilidad de esta prueba es de alrededor de un 4 % (2,9-11,7 %), por lo que su indicación clínica en el estudio de RGD/DI es la sospecha de síndromes específicos (síndrome de Turner, síndrome de Down, síndrome de Patau, síndrome de Edwards…) o para detectar reordenamientos cromosómicos (traslocaciones balanceadas o cromosomas en anillo)(12).

Otros estudios moleculares tradicionales: El FISH (hibridación in situ fluorescente) consiste en el marcaje con fluorescencia de una sonda de ADN complementaria a la región de interés, por lo que se ha relegado a diagnóstico de síndromes específicos (CATCH-22). Igualmente, el MLPA (Multiple Ligation-dependent Probe Amplification), método cuantitativo muy fiable que se basa en la hibridación de sondas específicas a una región de interés del ADN y su posterior ligación y amplificación, permite detectar deleciones/duplicaciones de genes concretos o en zonas más susceptibles, como las regiones subteloméricas. Las nuevas técnicas genómicas (microarrays y WES/WGS) han reemplazado, en la mayoría de los casos, a estas técnicas clásicas(22).

Estudios metabólicos

Los errores innatos del metabolismo (EIM) constituyen una clase de trastornos que involucran procesos bioquímicos o celulares, causados por la disfunción de una enzima normalmente codificada por un gen. Muchos de estos errores innatos del metabolismo afectan al sistema nervioso central. Durante la infancia, se pueden manifestar como un trastorno del desarrollo intelectual, pero, en la mayoría de los casos, asocia además otra sintomatología. La realización de pruebas metabólicas para la búsqueda de EIM en niños con RGD/DI tiene una rentabilidad baja estimada en 0,2-4,6 %, dependiendo de la aparición de signos y síntomas que hagan sospechar una enfermedad metabólica(12). La importancia del estudio de trastornos metabólicos radica en que en algunos se podrían iniciar tratamientos específicos; por este motivo, muchos de los EIM están incluidos en las pruebas endocrino-metabólicas realizadas como screening en el recién nacido (en las que se incluyen en 2025 algunas enfermedades del metabolismo de los ácidos orgánicos, de aminoácidos, defectos de beta-oxidación de ácidos grasos o deficiencia de biotinidasa)(23).

En 2018 se identificaron 89 EIMs que se manifiestan en forma de RGD/DI, como característica fenotípica predominante, y que disponen de una terapia disponible que podría modificar la historia natural de la enfermedad. Debido a la baja evidencia disponible de las pruebas más rentables en el estudio de niños con RGD/DI, existen muy diferentes protocolos de estudio(7,16,22-24), que varían dependiendo del centro y medios disponibles. En las últimas guías de tratamiento, se recomienda realizar un estudio metabólico básico (Tabla V), mientras que un estudio metabólico completo (Tabla VI) se realizará en aquellos casos de sospecha (o “red flags”) (Tabla VII) de EIM(7,15,16). De cualquier forma, en la mayoría de los EIMs se conoce el gen causante, por lo que se debe comprobar que en los estudios genéticos se estudien los genes de las causas potencialmente tratables, incluyendo los errores congénitos del metabolismo.

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Resonancia magnética cerebral (RMC)

La RMC debe realizarse como prueba de primer nivel ante niños con RGD/DI que asocien historia de asfixia intraparto, alteraciones del perímetro cefálico (microcefalia o macrocefalia), focalidad neurológica, crisis epilépticas, trastornos del tono o movimiento (espasticidad, ataxia o distonía) o regresión. Algunos autores también la recomiendan en cuadros moderados-graves(15).

En los últimos estudios, en niños con RGD/DI aislado, la realización de RMC encuentra hallazgos hasta en un 30-40 %, siendo la mayoría inespecíficos (como alteraciones inespecíficas de sustancia blanca, malrotación del hipocampo o disgenesia del cuerpo calloso o retraso de mielinización), ayudando únicamente al diagnóstico etiológico entre un 0,2-2,2 %, por lo que se suele considerar una prueba complementaria de segunda línea cuando no hay otros síntomas asociados(24,25).

Otros estudios

Existe cada vez más evidencia de la utilidad de otras pruebas diagnósticas que pueden ser de utilidad, que actualmente se encuentran dentro del ámbito de la investigación, como estudios metabolómicos, de metilación o análisis de ADN mitocondrial, entre otros.

Diagnóstico diferencial

La mayoría de los trastornos del neurodesarrollo se pueden presentar de forma conjunta y no ser excluyentes con presentar RGD/DI, como veremos más adelante en el apartado de comorbilidades(24). De cualquier forma, según la edad del paciente, deberemos diferenciarlo de otras patologías:

Menores de dos años: diferenciarlo de cuadros de hipotonía cuando el problema es únicamente motor o de TEA y cuando la afectación fundamental es en el lenguaje y en la interacción social recíproca.

Edad escolar: habrá que diferenciarlo de trastornos específicos de aprendizaje, como el trastorno del lenguaje (afectación en área de comunicación expresiva y/o comprensiva), TDAH (cuando es un trastorno de la atención, inquietud motriz e impulsividad), dislexia (afectación en lectura o escritura) o trastorno de la coordinación motora (cuando el problema es fundamentalmente en la adquisición de habilidades motoras).

Adolescentes: habrá que diferenciarlo de cuadros de TEA, TDAH o trastornos de conducta(25).

Comorbilidades

En el manejo de estos niños es fundamental identificar la presencia de comorbilidades, presentes hasta en el 50 % de los casos y que, en muchas ocasiones, son la principal causa de alteración de la calidad de vida en los niños y sus familiares. Es fundamental identificar los trastornos comórbidos que presentan, que generalmente son los síntomas que más limitan la calidad de vida del paciente y sus familiares, de cara a iniciar tratamientos específicos eficaces. En muchas ocasiones, estas comorbilidades aportan claves diagnósticas que nos permiten identificar la etiología del trastorno(7,15). Las comorbilidades más frecuentes que deben descartarse en niños con RGD/DI son:

Trastornos de sueño: un estudio en niños con RGD/DI en la Comunidad Valenciana objetivó que un tercio de ellos sufría de insomnio, datos comparables a la prevalencia de alteraciones de sueño estimada en numerosos estudios, que la sitúa como la comorbilidad más frecuente en esta población: 44 % (rango de 10-86 %)(26). Existe una relación bidireccional entre sueño y cognición, de forma que aquellos niños con RGD/DI tendrán más frecuentes problemas de sueño, mientras que el tratamiento de los mismos mejorará diferentes aspectos cognitivos y del aprendizaje. Las alteraciones en el sueño que pueden presentar son frecuentes: insomnio de conciliación, despertares frecuentes, consolidación de hábitos nocturnos o trastornos respiratorios (p. ej., el síndrome de apnea-hipopnea del sueño está presente en el 30-55 % de los niños con síndrome de Down)(27).

Epilepsia: la epilepsia está presente en el 22 % (rango según diferentes estudios: 5-35 %). Esta relación es más frecuente según la etiología (p. ej., síndrome de Angelman o síndrome de Down) y cuanto mayor es el grado de discapacidad intelectual(28). Es importante identificar aquellos cuadros de encefalopatía epiléptica y del desarrollo en los que la propia actividad epiléptica/crisis contribuye al retraso en el desarrollo, lo que hace fundamental el tratamiento anticrisis precoz(29).

Trastorno del espectro autista: el 10 % de los niños con RGD/DI lo presentan (rango según diferentes estudios: 4-33 %). Esta relación es más frecuente en determinados trastornos (p. ej., complejo de esclerosis tuberosa, síndrome de Angelman o X-frágil) y en aquellos trastornos cognitivos de mayor gravedad(30).

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad: el 9,5 % de los niños con RGD/DI presentan sintomatología de TDAH (rango según diferentes estudios: 5-30 %). Ambos trastornos comparten unas bases fisiopatogénicas similares, como son las alteraciones en las funciones ejecutivas y en la autorregulación del aprendizaje, por lo que no son entidades excluyentes. De esta forma, un niño con RGD/DI y que, además, presente síntomas de inatención, inquietud motriz o impulsividad que le interfieren con su funcionamiento diario, puede beneficiarse de un tratamiento específico dirigido al TDAH(31).

• Entre el 30-50 % de los niños con RGD/DI presentan también trastornos psiquiátricos. Es muy variable, dependiendo de la etiología, gravedad y grado de habilidades sociales(32). En muchas ocasiones, son difíciles de diagnosticar debido a la dificultad que tienen estos niños para expresarlos, con la consecuente demora en su diagnóstico. En ningún caso está contraindicado el empleo de fármacos conductuales (hay que evitar la falsa creencia de “no se puede tratar desde psiquiatría, porque es un problema neurológico”). Los trastornos psiquiátricos más frecuentemente asociados son: trastorno oposicionista desafiante (12 %), alteraciones del estado de ánimo (10 %, sin olvidar que esta población es más vulnerable a sufrir situaciones de acoso), psicosis (2-10 %), así como síntomas obsesivos-compulsivos o trastornos de la conducta alimentaria(33).

• Trastornos motores, como la parálisis cerebral, presente en el 19 % de los pacientes (rango según diferentes estudios: 3-33 %), o trastornos de movimiento como las estereotipias, en el 5-25 % de los pacientes, que, en ocasiones, pueden ser muy características del trastorno subyacente, como la de lavado de manos del síndrome de Rett o la del autoabrazo del síndrome de Smith-Magenis(34).

• Déficits neurosensoriales, tanto visuales (2-26 %) como auditivos (4,5 %; rango: 0-7 %), que no explican per se la sintomatología de RGD/DI.

• Alteraciones gastrointestinales, que comprenden desde el reflujo gastroesofágico o el estreñimiento hasta la disfagia o alteraciones bucodentales (con una prevalencia de caries entre 50-70 %)(34).

• Diferentes alteraciones sistémicas, como en el sistema genitourinario, cardiaco o endocrinológico (6 %), alteraciones respiratorias, sin olvidar preguntar por dolor, que está presente en el 75-95 % de los pacientes con parálisis cerebral en algún momento del desarrollo, escoliosis u otros problemas ortopédicos(2,15).

Manejo. Tratamiento

Desde Atención Primaria y desde Atención Especializada, debemos aconsejar a los familiares de los pacientes con RGD/DI el inicio de terapias precoces y eficaces, al mismo tiempo que desaconsejar tratamientos alternativos carentes de evidencia científica (pseudociencia).

Tratamiento precoz y holístico

Es fundamental un diagnóstico precoz que permita el inicio de un abordaje sintomático basado en terapias de estimulación, entornos educativos especiales y tratamientos sintomáticos(7,31). Esta terapia no debe demorarse hasta conseguir un diagnóstico etiológico y debe realizarse por un equipo multidisciplinar. En nuestro medio, generalmente se desarrolla en los Servicios de Rehabilitación y Centros de Atención Temprana, que incluyen terapias de fisioterapia, lenguaje, comunicación y terapia ocupacional, entre otras.

Asimismo, se considera fundamental una correcta identificación de las comorbilidades para iniciar tratamientos específicos por equipos multidisciplinares, entre los que se incluyen: neurólogos, rehabilitadores, psiquiatras y, especialmente, pediatras de Atención Primaria.

Desarrollo de medicina de precisión

En los últimos años, gracias al desarrollo de la genética, ha surgido un cambio de paradigma en la forma de abordar la discapacidad intelectual: de considerarla una condición estática e intratable, se ha empezado a ver como un objetivo para la medicina de precisión. Aunque, actualmente son pocas las enfermedades que se pueden beneficiar de una medicina de precisión, en algunos casos se pueden ofrecer tratamientos específicos, no solo para EIMs, en los que son posibles suplementos nutricionales y/o cofactores que pueden restaurar vías metabólicas, como en el caso de biotina en el déficit de biotinidasa, o de la uridina en las deficiencias en la síntesis de pirimidinas (síndrome de CAD)(9), sino que, también, a partir de la identificación de enfermedades monogénicas, se han desarrollado diferentes estrategias terapéuticas, entre las que se encuentran: terapias de modificación de sustrato (como una dieta baja en fenilalanina en pacientes con fenilcetonuria), suplementación epigenética (como en el síndrome Arboleda-Tham), terapia de reemplazo enzimático (como idursulfasa en la mucopolisacaridosis tipo II y síndrome de Hunter), terapia génica o tratamientos para la modificación de vías intracelulares (como los inhibidores de la vía mTOR en el síndrome de X-frágil o en otras mTOR patías)(7).

Pseudoterapias

Igualmente, también asistimos a un reciente auge de las pseudoterapias. En la gran mayoría de las etiologías que son causa de DI/RGD no se suele disponer de tratamientos curativos, por lo que estos pacientes y su entorno son una población vulnerable que puede ser víctima de terapias basadas en pseudociencia. Como pediatras debemos tener una conducta proactiva a la hora de desaconsejarlas, debido a sus posibles y desconocidos efectos secundarios, así como al perjuicio económico, de tiempo de cuidado, así como de pérdida de oportunidad para el uso de otras terapias eficaces. De este modo, debemos recomendar evitar sustancias supuestamente terapéuticas que carecen de una base científica sólida, como la homeopatía, dietas de exclusión, terapias herbales, multivitamínicos, células madre mesenquimales, fuera de los ensayos clínicos rigurosos, o administración de hormona de crecimiento o de técnicas específicas (optometría, electroterapia, lentes de colores, integración auditiva, métodos de patrones de movimiento u oxígeno hiperbárico, entre otros). Para identificarlas puede ser útil consultar recursos en red como la página web del Ministerio de Sanidad y del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades: https://www.conprueba.es/.

Regresión psicomotriz

La presencia de regresión psicomotriz en cualquier momento del desarrollo implica la necesidad de una valoración neurológica de forma precoz.

Es importante diferenciar en niños con RGD si el curso es progresivo, y esto se pone de manifiesto por tres datos en la historia clínica(35):

1. Existencia de un intervalo libre con desarrollo psicomotor normal.

2. Pérdida de adquisiciones ya alcanzadas (pérdida de habilidad motora y del lenguaje, alteraciones de la visión, etc.), un hecho difícil de discernir en algunos casos.

3. Aparición de nuevos signos neurológicos (movimientos involuntarios, ataxia, crisis, piramidalismo, nistagmus, etc.).

En estos casos, cuando se sospeche que el curso del retraso es progresivo, tendremos que pensar en encefalopatías heredodegenerativas (EHD), enfermedades hereditarias que afectan predominantemente al sistema nervioso central, cuyo curso natural es progresivo y suelen manifestarse a lo largo de la infancia.

Ante una clínica de regresión, no hay que obviar enfermedades neurológicas, como encefalopatía epiléptica (como en la epilepsia de punta-onda activada en sueño, antiguamente denominado síndrome de punta-onda continua durante el sueño), tumores, infecciones (inmunodeficiencia adquirida, panencefalitis esclerosante subaguda, encefalitis), enfermedades autoinmunes (esclerosis múltiple, encefalitis autoinmunes), neuromusculares (atrofia muscular espinal), neurocutáneas, hidrocefalias o trastornos vasculares (como enfermedad de Moya-Moya), que cuando muestran un curso progresivo pueden simular una EHD.

El diagnóstico de estas enfermedades se basa en las claves clínicas de la anamnesis y exploración física, así como en ciertas pruebas complementarias (neuroimagen y estudios bioquímicos, enzimáticos, neurofisiológicos o moleculares) (Fig. 5).

figura

Figura 5. Algoritmo regresión psicomotriz.

 

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria es una figura clave para el manejo de niños con RGD/DI por diferentes motivos(16):

• Debe ser el médico encargado de detectarlo y, en ese caso, derivarlo a un Servicio de Neuropediatría para su confirmación y estudio etiológico y de comorbilidades. Es importante alertarse ante un retraso del desarrollo psicomotor, no banalizar el problema. Debemos transmitir a los padres que la detección de un trastorno del neurodesarrollo no es “etiquetar” al niño, sino una identificación de necesidad de estimulación; es decir, un diagnóstico provisional que nos servirá para realizar una intervención individualizada lo antes posible.

• Tratamiento de las muchas comorbilidades que presentan estos pacientes, como son las alteraciones de sueño, conducta, aprendizaje y de los múltiples problemas médicos asociados.

• Apoyo y detección de sobrecarga en el cuidador.

• Aconsejar sobre las terapias más eficaces, evitando las “terapias alternativas” pseudocientíficas.

• Coordinación de diferentes especialidades médicas y otros agentes implicados, como servicios de educación o trabajo social.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Pallarés A. Retraso global del desarrollo. En: Narbona, Artigas-Pallarés. Trastornos del neurodesarrollo. 2011.

Monografía fundamental para comprender una visión global de los síntomas, diagnóstico y evaluación de los niños con RGD/DI.

– Narbona J, Schlumberger E. Retraso psicomotor. En: Delgado Rubio A, ed. Protocolos Diagnósticos y Terapéuticos en Pediatría: Genética-Dismorfología, Neurología. Asociación Española de Pediatría. 2008.

Artículo que describe los distintos escenarios ante los que nos podemos encontrar cuando realizamos el diagnóstico de retraso psicomotor en un niño.

– Moeschler JB, Shevell M; Committee on Genetics. Comprehensive evaluation of the child with intellectual disability or global developmental delays. Pediatrics. 2014; 134: 903-18.

Guía más reciente publicada sobre el manejo y evaluación de niños con RGD/DI.

– Gupta N. Deciphering Intellectual Disability. Indian J Pediatr. 2023; 90: 160-7.

Artículo que recoge los últimos avances sobre el manejo en niños con RGD/DI.

 

Caso clínico

 

Niña de 13 meses de edad, remitida por el pediatra de Atención Primaria por retraso psicomotor.

Los padres describen un desarrollo psicomotor normal hasta los 7-8 meses de edad, momento en el que se observa un estancamiento, con pérdida de bisílabos referenciales adquiridos, menor contacto visual e interacción, asociando también un descenso en el percentil de peso y de perímetro cefálico y mayor torpeza motora.

Los ítems del desarrollo psicomotor son: inicio de sonrisa social al mes, sostén cefálico a los 3 meses, volteos a los 7-8 meses, sin realizar sedestación activa. En relación al lenguaje, bisílabos no referenciales a los 7 meses e inicio de bisílabos referenciales a los 11 meses, con aparente pérdida de estos: “mamá” y “papá”.

No presentaba antecedentes personales ni familiares de interés.

En la exploración neurológica, destacaba una microcefalia con un peso también menor del percentil 3, escaso contacto visual y leve retraso postural.

Aunque se recomienda una valoración neurológica e inicio de estimulación, los familiares no vuelven a consultar hasta los 24 meses, cuando refieren aumento de las estereotipias y aparición de nuevas, esta vez impresionando de manierismos mano-mano y manierismos mano-boca, perdiendo el uso intencional de la mano. En la exploración destaca la aparición de temblor intencional distal bilateral y una marcha atáxica, así como una mayor microcefalia (percentil <3).

 

 

LA IMPORTANCIA DE LA ECOGRAFÍA PEDIÁTRICA EN ATENCIÓN PRIMARIA: UNA HERRAMIENTA CLAVE PARA EL DIAGNÓSTICO PRECOZ

M. Porcar Almela
Editorial


M. Porcar Almela

Pediatra. Doctor en Medicina. Coordinador del Grupo de Trabajo de Ecografía Pediátrica (GTECO)*. Centro de Salud de Artana. Clínica Porcar Pediatría. Almazora. Castellón

 

*Grupo de Trabajo de Ecografía Pediátrica (GTECO): A. Saiz de Marco, Jaén; A. Maderuelo, Madrid; A. Reyes, Cádiz; D. Amelkina, Barcelona; D. Benítez, Las Palmas de Gran Canaria; E. Rodríguez, Madrid; F. Philipps Fuentes, Las Palmas de Gran Canaria; G. Cabrera Roca, Las Palmas de Gran Canaria; I. Osiniri Kippes, Figueres, Girona; J. Salas, Cádiz; J. Marés, Blanes, Girona; J.M. Contreras. Lepe, Huelva; L. Ortiz González, Badajoz; M. Porcar Almela, Almazora, Castellón (Coord.); M. Arroyo Martínez, CS Madrid; P. García Guzmán, Madrid; R. Santana, El Ejido, Almería; S. Serra Font, Blanes, Girona; S. Ramos, Málaga.

 

"La incorporación del ecógrafo en AP marcará un punto de inflexión cualitativo muy importante en la atención de nuestros pacientes, mejorando la toma de decisiones, evitando derivaciones innecesarias y permitiendo iniciar tratamientos precoces, lo que redunda en una mejor experiencia del paciente y en una utilización más racional de los recursos sanitarios"

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 396 – 397

 


LA IMPORTANCIA DE LA ECOGRAFÍA PEDIÁTRICA EN ATENCIÓN PRIMARIA: UNA HERRAMIENTA CLAVE PARA EL DIAGNÓSTICO PRECOZ

https://doi.org/10.63149/j.pedint.64

 

Clásicamente, los pediatras en Atención Primaria (AP) han desarrollado su actividad asistencial apoyándose únicamente del fonendoscopio, el depresor lingual y el otoscopio, de manera que se limita la capacidad del pediatra para poder realizar diagnósticos etiológicos y precisos. El pediatra en AP debe valorar y diagnosticar una amplia variedad de patologías. La ausencia de medios diagnósticos provoca que, en muchas ocasiones, deba hacer una medicina basada exclusivamente en la clínica y exploración del paciente, sin poder apoyarse en otras técnicas que permitan hacer diagnósticos más precisos y, por tanto, tratamientos más dirigidos, evitando la utilización de tratamientos antibióticos de manera innecesaria.

Desde el Grupo de Trabajo de Tecnologías Diagnósticas en Atención Primaria (TECDIAP) de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), se ha fomentado la incorporación en la consulta de técnicas diagnósticas, como son: la autorefractometría, la dermatoscopia, la timpanometría, los test de diagnóstico rápido, la bilirrubinometría…; de todas ellas, la incorporación del ecógrafo en la práctica asistencial marcará un punto de inflexión cualitativo muy importante en la atención de nuestros pacientes. Igual que ocurre en otras especialidades, como la cardiología o la ginecología, donde no se concibe la práctica asistencial sin apoyarse en la ecografía, en pediatría, esta herramienta tan útil debe seguir implementándose en las consultas de AP y debe formar parte de la exploración clínica en los pacientes pediátricos, ya que su utilización mejora de manera significativa la calidad asistencial(1).

La ecografía clínica realizada en la consulta de AP ofrece múltiples ventajas, tanto clínicas como operativas. Se trata de una técnica inocua, indolora, sin necesidad de sedación o administración de contrastes, lo que la hace ideal para el paciente pediátrico, incluso, dependiendo del órgano a explorar, puede hacerse en brazos de la madre para mejorar la aceptación de la técnica por parte del paciente y la familia. A diferencia de otras pruebas complementarias, la ecografía puede repetirse tantas veces como sea necesario, permitiendo monitorizar de manera estrecha la evolución del proceso clínico sin incrementar la carga diagnóstica o económica. El uso de la ecografía clínica a pie de cama, point-of-care ultrasound (POCUS), mejora la precisión de la toma de decisiones, evita derivaciones innecesarias a segundo nivel y permite iniciar tratamientos precoces, lo que redunda en una mejor experiencia del paciente y en una utilización más racional de los recursos sanitarios(2,3).

Principales aplicaciones de la ecografía en AP

• Ecografía pulmonar: de especial utilidad, dado que la patología respiratoria constituye un alto porcentaje de las consultas en AP. La ecografía permite diagnosticar neumonías, bronconeumonías, valorar la presencia de derrame o malformaciones congénitas pulmonares. Probablemente, en el futuro próximo, la ecografía pulmonar se democratice y forme parte de una exploración más dentro del protocolo de atención del paciente con fiebre sin foco y una exploración obligada en la bronquiolitis, como predictor de su evolución(4-6).

• Ecografía abdominal: valoración del dolor abdominal, sospecha de apendicitis, complicación de patología abdominal, descartando o confirmando la presencia de líquido libre abdominal, el reflujo gastroesofágico en lactantes, así como patología renal y el aparato genital femenino y masculino(7).

• Ecografía cervical: las masas cervicales son siempre motivo de preocupación familiar. Con la utilización de la ecografía se pueden valorar las tumoraciones cervicales, pudiendo definir las características de la tumoración y, por tanto, el tipo de lesión: adenopatía, glándula o quiste.

• Ecografía músculo-esquelética: fracturas, contusiones, cuerpos extraños… En este caso, resulta muy útil para confirmar o descartar las fracturas. Podemos seguir la cortical del hueso y valorar si hay una discontinuidad a dicho nivel, que confirmaría la fractura. Resulta de especial interés en las fracturas de Toddler, que pueden pasar desapercibidas radiográficamente en estadios iniciales.

• Ecografía transfontanelar: de especial interés para valorar el tamaño de los ventrículos en los casos de macrocefalia y, por tanto, la presencia de hipertensión craneal de manera precoz, evitando retrasos en el diagnóstico y complicaciones en el paciente, así como para valorar el resto de estructuras cerebrales(8).

• Ecografía de cadera del lactante: realizada entre las 4-6 semanas de vida, se utiliza como screening de la displasia de cadera para prevenir el desarrollo precoz de artrosis de cadera en la edad adulta.

Uno de los pilares fundamentales para la implementación efectiva de la ecografía clínica en AP es la formación. Múltiples estudios han demostrado que, con un entrenamiento específico, estructurado y continuado, se pueden alcanzar las aptitudes necesarias para su utilización(9,10). En este sentido, sociedades científicas como la SEPEAP, a través del Grupo de Trabajo de Ecografía Pediátrica (GTECO), promueven el uso de la ecografía pediátrica en AP, realizando cursos y talleres orientados a proporcionar las competencias necesarias para el uso seguro y efectivo de la ecografía. La incorporación de módulos de ecografía clínica durante la residencia de pediatría podría constituir un paso estratégico clave para consolidar su uso desde las etapas iniciales de la práctica profesional.

En un estudio realizado por Ortiz L et al., respecto a la utilización de la ecografía pulmonar en AP, tras realizar un cuestionario a 182 pediatras, se observó que el 67,6 % disponen de ecógrafo en su centro de trabajo, pero de ellos el 53,7 % no lo utilizan; además, del grupo que no disponía de ecógrafo, el 21,2 % no está interesado en utilizar esta técnica(11). Esto debe hacernos reflexionar sobre la cantidad de trabajo que nos queda por hacer y de la importancia de transmitir a los actuales y a los futuros pediatras el aumento de la calidad asistencial que va a suponer contar con un ecógrafo en la consulta, y que ello, en el futuro, suponga un cambio de los protocolos de asistencia actuales con el objetivo de ser más eficientes y eficaces, mejorando la asistencia de los pacientes y la “autoestima” del pediatra que, por sí mismo, será capaz de llegar a diagnósticos más complejos.

A nivel nacional, el escenario es variable, dependiendo de cada comunidad autónoma. En la Comunidad de Madrid, todos los centros de salud disponen de ecógrafo. En otras comunidades, se han realizado las gestiones, pero todavía no es una técnica disponible en AP. La adquisición de un ecógrafo por centro de salud como medida inicial es buena, pero el uso del ecógrafo en AP debe entenderse como una técnica que aporta información relevante en prácticamente casi la totalidad de los casos que vemos en consulta. Por este motivo, lo ideal sería que, en el futuro, cada centro de salud contase con un ecógrafo por cada médico, de manera que se convierta en una herramienta más en la exploración del paciente, como, hoy en día, lo es el fonendoscopio o el otoscopio.

A pesar de sus múltiples beneficios, la implantación de la ecografía clínica en AP pediátrica no está exenta de desafíos. Entre los más relevantes, se encuentran la falta de tiempo asistencial, la carencia de equipos disponibles en muchas zonas y la necesidad de validación y acreditación formal de las competencias adquiridas(12). Es fundamental abordar estos obstáculos desde una perspectiva institucional y de política sanitaria, promoviendo estrategias que favorezcan la formación continua, el acceso a equipos modernos y portátiles, y el reconocimiento profesional del uso competente de la ecografía clínica.

Por todos estos motivos anteriormente expuestos, desde el Grupo de Trabajo de Ecografía Clínica (GTEco) de la SEPEAP, consideramos que los pediatras debemos incorporar la ecografía clínica en AP en nuestra práctica clínica habitual, con el objetivo de mejorar la calidad asistencial de nuestros pacientes, y nos marcamos, como objetivo principal, fomentar su implantación y formar a los profesionales de AP en ecografía.

 

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12. Carrera KG, Hassen G, Camacho-León GP, Rossitto F, Martínez F, Debele TK. The Benefits and Barriers of Using Point-of-Care Ultrasound in Primary Healthcare in the United States. Cureus. 2022; 14: e28373.

 

 

 

 

Síndromes neurocutáneos

V. Cantarín Extremera,  A. Duat Rodríguez
Temas de FC


V. Cantarín Extremera, A. Duat Rodríguez

FAE Sección de Neuropediatría. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

X

Corresponding author:

veronica.cantarin@salud.madrid.org

Resumen

Los síndromes neurocutáneos constituyen un grupo heterogéneo de enfermedades genéticas caracterizadas por la afectación simultánea del sistema nervioso central y la piel. Entre los más destacables en la población pediátrica se encuentran: la neurofibromatosis tipo 1 (NF1), el complejo de esclerosis tuberosa (CET), el síndrome de Sturge-Weber (SSW) y la incontinencia pigmentaria (IP). La NF1, asociada a variantes patogénicas en el gen NF1, se caracteriza por manchas “café con leche”, neurofibromas y un riesgo incrementado de glioma del nervio óptico. El CET, consecuencia de mutaciones en TSC1 o TSC2, presenta diferentes tipos de lesiones cutáneas, como máculas hipomelanóticas o angiofibromas, lesiones cerebrales, renales, oftalmológicas y cardiacas, además de epilepsia y trastornos del neurodesarrollo. El SSW se debe a mutaciones somáticas en GNAQ y se manifiesta con la típica mancha en vino de Oporto, angiomatosis leptomeníngea y glaucoma. La IP, enfermedad ligada al cromosoma X, por mutaciones en IKBKG, afecta predominantemente a mujeres y presenta lesiones cutáneas evolutivas junto con posible compromiso neurológico y oftalmológico. El reconocimiento clínico precoz, frecuentemente a partir de hallazgos dermatológicos, por parte del pediatra, es fundamental para el diagnóstico e intervención oportunos. Existen terapias dirigidas, como los inhibidores de mTOR o MEK en casos seleccionados.

 

Abstract

Neurocutaneous syndromes represent an heterogeneous group of genetic disorders characterized by simultaneous involvement of the central nervous system and the skin. Among the most relevant in the pediatric population are Neurofibromatosis type 1 (NF1), Tuberous Sclerosis Complex (TSC), Sturge-Weber Syndrome (SWS), and Incontinentia Pigmenti (IP). NF1, associated with pathogenic variants in NF1 gene, is characterized by café-au-lait macules, neurofibromas, and an increased risk of optic pathway glioma. TSC, resulting from mutations in TSC1 or TSC2 genes, presents with various types of skin lesions such as hypomelanotic macules and facial angiofibromas, along with cerebral, renal, ophthalmologic, and cardiac involvement, in addition to epilepsy and neurodevelopmental disorders. SWS is caused by somatic mutations in GNAQ gene and manifests with the characteristic port-wine stain, leptomeningeal angiomatosis, and glaucoma. IP, an X-linked condition caused by mutations in IKBKG, predominantly affects females and presents with stage-specific cutaneous lesions as well as potential neurological and ocular involvement. Early clinical recognition, often initiated through dermatological findings by the pediatrician, is crucial for timely diagnosis and intervention. Targeted therapies, such as mTOR or MEK inhibitors, are available for selected cases.

 

Palabras clave: Síndromes neurocutáneos; Neurofibromatosis tipo 1; Esclerosis tuberosa; Síndrome de Sturge-Weber; Incontinencia pigmentaria.

Key words: Neurocutaneous syndromes; Neurofibromatosis type 1; Tuberous sclerosis complex; Sturge-Weber syndrome; Incontinentia pigmenti.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 450 – 461

 


OBJETIVOS

• Reconocer los principales síndromes neurocutáneos pediátricos (neurofibromatosis tipo 1, complejo esclerosis tuberosa, síndrome de Sturge-Weber e incontinencia pigmentaria), sus características clínicas más destacadas y su modo de presentación, facilitando un enfoque diagnóstico.

• Comprender las bases genéticas y fisiopatológicas que subyacen a estos trastornos.

• Identificar las manifestaciones cutáneas, neurológicas y sistémicas más relevantes de cada síndrome, así como sus implicaciones.

• Conocer los criterios diagnósticos actuales y las herramientas complementarias necesarias para el diagnóstico precoz y el seguimiento multidisciplinario.

• Conocer las principales estrategias terapéuticas disponibles, con énfasis en el abordaje integral del paciente pediátrico y su familia.

 

Síndromes neurocutáneos

https://doi.org/10.63149/j.pedint.71

Introducción

Los trastornos neurocutáneos son enfermedades multisistémicas caracterizadas por afectación del sistema nervioso central y la piel, principalmente. Presentan herencias variadas o aparición esporádica, con manifestaciones progresivas y fenotipos diversos. El reconocimiento clínico precoz, especialmente mediante el examen cutáneo, es esencial para orientar el tratamiento.

Los trastornos neurocutáneos son un grupo de enfermedades genéticas con afectación predominante del sistema nervioso central y la piel, debido a su origen común en el tejido ectodérmico primitivo. Se debe tener en cuenta que los síntomas y signos suelen aparecer de forma progresiva desde el nacimiento hasta la edad adulta, con una expresión fenotípica variable incluso dentro de una misma familia, lo que puede condicionar un reto diagnóstico. Los pediatras deben estar familiarizados con los trastornos neurocutáneos más frecuentes, ya que un simple examen cutáneo puede abrir un diagnóstico diferencial y conducir a una mejor atención del paciente. El tratamiento suele ser sintomático, si bien los avances en el conocimiento de la fisiopatología han conllevado el desarrollo de terapias específicas para muchas de las complicaciones que presentan(1,2).

Se conocen más de cincuenta síndromes neurocutáneos, pero nos centraremos en describir los más frecuentes en la edad pediátrica.

Neurofibromatosis tipo 1

Introducción

La neurofibromatosis tipo 1 es una enfermedad multisistémica caracterizada por manchas “café con leche” (MCCL), neurofibromas y mayor riesgo de desarrollo tumoral, cuya morbimortalidad está asociada a las complicaciones multisistémicas que pueden aparecer a lo largo de su evolución.

La neurofibromatosis tipo 1 (NF1) es el síndrome neurocutáneo más frecuente, afectando a 1 de cada 3.000 a 4.000 nacidos vivos. El gen responsable (NF1) se localiza en el cromosoma 17q11.2 y en el 50 % de los casos se ve alterado por mutaciones de novo; el resto, con un patrón de herencia autosómica dominante. Se trata de un gen supresor de tumores que sintetiza una proteína denominada neurofibromina que ayuda a regular el ciclo celular inhibiendo las vías de señalización RAS/MAPK (mitogen activated protein kinase pathway) y PI3K-AKT-mTOR (phosphatidylinositol 3-kinase–Akt signaling-mammalian target of rapamycin pathway). Cuando estas vías no se controlan, aumenta el riesgo de formación de tumores, como sucede en los pacientes con NF1(2).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de la NF1 son extremadamente variables, tanto en función del individuo como de la edad (Fig. 1) y consisten en: MCCL, efélides axilares e inguinales, neurofibromas periféricos y nódulos de Lisch. Las complicaciones severas afectan a una minoría de pacientes; sin embargo, es lo que va a condicionar la morbimortalidad de esta enfermedad(3).

Figura1

Figura 1. Desarrollo de hallazgos clínicos de neurofibromatosis tipo 1 según la edad en años. Fuente: Duat-Rodríguez. A. Neurofibromatosis tipo 1. Pediatr Integral. 2020; 6: 334-41. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-09/neurofibromatosis-tipo-1/.

Dentro de las manifestaciones clínicas destacamos:

Fenotipo de rasopatía: macrocefalia, talla baja, rasgos faciales sutiles (hipertelorismo con fisuras palpebrales antimongoloides, epicantus, ptosis y orejas en rotación posterior con hélix engrosada) y anomalías torácicas (pectus carinatum y excavatum)(3).

Manifestaciones cutáneas: son características: las MCCL (100 %) (número ≥ 6); las efélides o pecas, que son MCCL de pequeño tamaño localizadas en pliegues axilares e inguinales (Fig. 2); los nevus anémicos (50 %), máculas pálidas de contorno polilobulado muy sutiles, generalmente en la región preesternal, que se ponen de manifiesto al frotar ligeramente la zona; y los xantogranulomas juveniles, que consisten en una pápula anaranjada, solitaria o múltiple, en cualquier localización corporal(3,4).

Figura2

Figura 2. Manchas “café con leche” y efélides axilares en paciente con neurofibromatosis tipo 1.

Manifestaciones esqueléticas: destacan las displasias de huesos largos, del esfenoides, vertebrales y pseudoartrosis, pudiendo causar deformidades. Con frecuencia, padecen escoliosis, principalmente cervical o torácica superior(3,4).

Manifestaciones oculares: los nódulos de Lisch son hamartomas del iris pigmentados y asintomáticos, que aumentan en número y tamaño con la edad(3,4).

Manifestaciones neurológicas: las alteraciones del aprendizaje y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) suponen el mayor problema evolutivo de los niños con NF1. A nivel del sistema nervioso central (SNC), se describe la malformación de Arnold Chiari tipo I, la hidrocefalia, lesiones cerebrovasculares (estenosis, aneurismas o síndrome de moyamoya) y las características hiperseñales en las secuencias T2 de la resonancia magnética (RM) craneal o UBOs (unidentified bright objects), correspondiendo a áreas de vacuolización intramielínica, no asociándose a alteraciones clínicas(3,4).

Neurofibromas: son los tumores más frecuentes en la NF1 y pueden aparecer en cualquier localización. Aunque benignos, según el tamaño y la localización, pueden causar complicaciones, como dolor y deformidades. En ocasiones, se palpan más que se ven. Algunos, histológicamente, corresponden a neurofibromas plexiformes, lo que será relevante para el tratamiento. La transformación maligna de un neurofibroma a un neurofibrosarcoma es rara en la infancia, pero los síntomas de alarma incluyen: aumento brusco de tamaño, cambio de textura (aumento de la consistencia), dolor intenso y sintomatología neurológica distinta de la habitual(3).

Gliomas de la vía óptica (GVO): tumor más frecuente del SNC, afectando hasta un 30 % de los niños con NF1. La mayoría son asintomáticos con una evolución estable, pero un 7-17 % pueden producir síntomas (disminución de agudeza visual uni o bilateral, proptosis, estrabismo, nistagmo etc…)(3).

Otras: alteraciones en el crecimiento, pubertad, osteoporosis o alteraciones en el sistema cardiovascular, preferentemente displasias arteriales fibromusculares. La hipertensión arterial que puede producirse puede ser de causa idiopática, por un feocromocitoma, o secundaria a una vasculopatía renal o aórtica(3).

Diagnóstico

El diagnóstico de la NF1 se establece mediante una serie de criterios clínicos. Algunas manifestaciones tempranas en niños pequeños, aunque no recogidas entre los criterios diagnósticos, pueden ser altamente sugestivas de NF1.

El Instituto Nacional de Salud de EE.UU. definió en 1988 un consenso de criterios clínicos para el diagnóstico de NF1, actualizados en 2021(5) (Tabla I). En lactantes y niños pequeños debemos buscar otras manifestaciones, como neurofibromas plexiformes superficiales congénitos, nevus anémicos, xantogranuloma juvenil o la presencia de un fenotipo de rasopatía. La confirmación molecular puede llevar al diagnóstico hasta en un 95 %.

 

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial de la NF1 se establece con otras enfermedades que presentan MCCL, tumores u otras rasopatías.

Además de considerar otras condiciones pigmentarias, enfermedades que presenten MCCL o enfermedades que causen tumores, en la infancia debemos pensar en otras rasopatías, principalmente el síndrome de Legius, caracterizado por MCCL y efélides, sin neurofibromas ni gliomas ópticos(3).

Tratamiento

Los pacientes con NF1 requieren una atención integral con la que detectar desde los problemas de aprendizaje o el TDAH hasta síntomas derivados de las manifestaciones tumorales que requieran de otras intervenciones farmacológicas o quirúrgicas(6). El selumetinib, inhibidor de MEK, está autorizado en niños mayores de 2 años con neurofibromas plexiformes sintomáticos no operables, siendo los principales síntomas el dolor y el crecimiento tumoral(3).

Complejo esclerosis tuberosa

El complejo esclerosis tuberosa (CET) es un trastorno neurocutáneo caracterizado por la aparición de tumores benignos en cerebro, corazón, riñón y ojo, así como diferentes lesiones cutáneas (máculas hipopigmentadas y angiofibromas faciales, entre otros). La epilepsia y los trastornos del neurodesarrollo constituyen las morbilidades principales en la edad pediátrica.

El complejo esclerosis tuberosa (CET) es un trastorno genético, autosómico dominante, caracterizado por una predisposición para la formación de tumores benignos (hamartomas) en múltiples órganos. Las mutaciones identificadas en el CET se localizan en dos genes: TSC1 (9q34.13) y TSC2 (16p13.3), que codifican para las proteínas hamartina y tuberina, respectivamente, que forman un complejo que regula el crecimiento celular a través de la vía mTOR. Cualquier mutación de TSC1 o TSC2 dará lugar a una activación no coordinada de mTOR, conllevando el desarrollo de tumores. Se evidencia una mutación en TSC1 y TSC2 en el 90 % de los casos, dejando un 10 % sin mutación conocida, pudiendo ser debida a mosaicismos. No existe una relación entre genotipo y fenotipo, si bien las mutaciones en TSC2 se han relacionado con mayor gravedad por afectación neurológica(7).

Manifestaciones clínicas

Las lesiones cutáneas, presentes en el 95-100 % de los pacientes con CET, fundamentalmente las máculas hipopigmentadas, constituyen un marcador diagnóstico fundamental de la enfermedad, incluso al nacimiento. Los rabdomiomas cardiacos, los angiomiolipomas renales y los túberes corticales constituyen los hallazgos fundamentales de esta entidad(8).

Lesiones cutáneas/mucosas/dentales

Máculas hipopigmentadas. Lesiones planas, blancas, típicamente descritas con forma de “hoja de fresno”, pero variables. La hipomelanosis del pelo (poliosis o mechón blanco) también se considera una mácula hipopigmentada(7,9).

Lesiones en confeti. Máculas hipopigmentadas de entre 1-3 mm, dispersas sobre una región corporal como las piernas o los brazos(7,9).

Angiofibromas faciales. Son lesiones papulares de distribución malar o perioral, pudiendo confundirse con acné en la adolescencia(7,9).

Placas cefálicas fibrosas. Lesiones elevadas en cara o cuero cabelludo de tonalidad similar a la piel sana, rosadas, rojas o, incluso, marrones(7,9).

Placas chagrín o Shagreen (Fig. 3). Son relativamente específicas para el diagnóstico del CET. Se presentan como lesiones en forma de placa, como “piel de naranja”, normalmente en la región lumbosacra(7,9).

Figura1

Figura 3. Placa chagrín o Shagreen de gran tamaño en localización típica.

Fibromas ungueales. Tumoraciones del color de la piel o rojizas, que aparecen con más frecuencia en los dedos de los pies. En ocasiones, previamente, puede verse un surco o canalículo en la uña(7,9).

Fibromas orales. Son nódulos fibrosos, localizados generalmente a nivel gingival, aunque pueden verse en lengua, labios y mucosa yugal(7,9).

Punteado del esmalte dental.

Manifestaciones neurológicas

Las crisis epilépticas constituyen una de las manifestaciones clínicas más prevalentes en el CET (90 %), siendo este el principal motivo de su diagnóstico, si bien la práctica totalidad de los pacientes ya cuentan con otros estigmas cutáneos previos(8). Otro aspecto importante por su prevalencia (50 %) lo constituyen los trastornos del neurodesarrollo, conocidos como trastornos neuropsiquiátricos asociados al CET (en inglés TAND)(10).

Dentro de los hallazgos neuropatológicos del SNC destacamos:

Túberes/displasias corticales (Fig. 4). Son anomalías focales de la arquitectura cerebral, responsables del desarrollo de la epilepsia, no por el túber en sí mismo, sino por el tejido perituberal(7,9).

Nódulos subependimarios (NSE) (Fig. 4). Lesiones localizadas en la pared de los ventrículos, generalmente próximas a los agujeros de Monro. Se desarrollan durante la vida fetal y degeneran o calcifican posteriormente(7,9).

Astrocitomas de células gigantes o SEGA (Fig. 4). Tumores benignos de crecimiento muy lento que, típicamente, asientan adyacentes al agujero de Monro, pudiendo causar hidrocefalia por obstrucción, apareciendo sintomatología de cefalea, vómitos y edema de papila. Aparecen en el 6-18 % de los pacientes con CET, incluso de manera congénita(7,9,11).

Figura1

Figura 4. A RM craneal, corte axial en secuencia T1 con contraste, donde se aprecia lesión ovalada adyacente al agujero de Monro izquierdo, con 13 mm de eje anteroposterior, com- patible con SEGA. En el agujero de Monro derecho se aprecia otra lesión de menor tamaño, compatible con nódulo subependimario. B. RM craneal axial en secuencia T2 FLAIR, donde se aprecian múltiples imágenes triangulares hiperintensas con base en la corteza y punta dirigida hacia los ventrículos, que ensanchan el córtex, compatibles con túberes.

Manifestaciones cardiológicas

Los rabdomiomas son la tumoración cardiaca más frecuente del CET y pueden ser diagnosticados en el periodo prenatal (segundo y tercer trimestre del embarazo), o bien en el primer año de vida. Aunque, la mayoría de las veces, son clínicamente silentes y se resuelven espontáneamente, pueden causar compromiso hemodinámico y alteraciones del ritmo, como el síndrome de Wolf-Parkinson-White(8,9).

Manifestaciones oftalmológicas

Las lesiones oculares asociadas al CET rara vez afectan a la visión.

Hamartomas retinianos. Son lesiones planas y, a menudo, de color gris claro o amarillo con bordes borrosos que se ven en la retina(7,9).

Parches acromáticos retinianos. Lesiones de hipopigmentación de la retina(9).

Manifestaciones nefrológicas

Responsables de una importante morbimortalidad, principalmente en la población adulta.

Angiomiolipomas renales (AML). Son tumores benignos que, aunque a menudo son asintomáticos, llegan a provocar insuficiencia renal, dolor en el flanco, hematuria y hemorragia espontánea, que puede ser potencialmente mortal(7,9).

Quistes renales. Pueden ser desde microscópicos hasta un fenotipo renal poliquístico asociado con el síndrome de genes contiguos TSC2/PKD1. Se han relacionado con alteración de la función renal(9).

Manifestaciones pulmonares

Linfangioleiomiomatosis (LMA). Afecta hasta el 80 % de las mujeres adultas con CET, aunque han sido descritos casos en población pediátrica, de ahí la importancia de interrogar sobre intolerancia al ejercicio o disnea(9,12).

Otras manifestaciones

Los aneurismas, principalmente a nivel aórtico e intracraneal(8,13), hamartomas no renales en hígado o glándulas suprarrenales, quistes óseos, pólipos rectales y tumores neuroendocrinos, principalmente asentando en páncreas(7).

Diagnóstico

La última Conferencia Internacional de Consenso celebrada en 2012(14), con la actualización de 2021(9), definió los criterios diagnósticos de CET vigentes en la actualidad (Tabla I). La identificación de una mutación patogénica en TSC1 o TSC2 es suficiente para hacer un diagnóstico definitivo del CET, si bien un resultado normal no excluye la enfermedad si cumple criterios de diagnóstico clínico.

Diagnóstico diferencial

Cuando un mismo paciente presenta varios de los criterios clínicos o radiológicos característicos, el diagnóstico del CET es sencillo, pero la aparición aislada de máculas hipopigmentadas, angiofibromas tardíos o angiomiolipomas puede verse en otros síndromes.

El diagnóstico del CET suele ser sencillo cuando se presentan signos típicos, como hallazgos en resonancia magnética, rabdomiomas o máculas hipopigmentadas. Sin embargo, se complica cuando estas manifestaciones aparecen de forma aislada. Por ejemplo: las máculas hipopigmentadas pueden verse también en la infancia sin CET; los angiofibromas faciales tardíos podrían deberse a síndromes como el de MEN1 o Birt-Hogg-Dubé (lesiones cutáneas, quistes pulmonares y tumores renales); las máculas en “confeti” en adultos pueden ser signo de daño solar; y otras combinaciones de lesiones típicas del CET junto a MCCL o angiomiolipomas también pueden encontrarse en el síndrome de deficiencia constitucional de reparación de errores de emparejamiento, un trastorno genético con alta predisposición al cáncer(7,15).

Tratamiento

Los inhibidores de mTOR juegan un papel importante en el control de muchas de las comorbilidades del CET, como el SEGA, los AML o la epilepsia. En relación a esta última, un seguimiento estrecho y un tratamiento preventivo antes de la aparición de las crisis epilépticas puede marcar el pronóstico del niño.

Hoy en día, se reconoce el uso de los inhibidores de mTOR (rapamicina y everolimus) en el tratamiento de primera línea del SEGA en niños y adultos, AML y LAM pulmonar en adultos y, en epilepsia, a partir de los 2 años de edad. De igual forma, se emplean tópicamente en lesiones cutáneas, principalmente en angiofibromas faciales(16).

En relación con la epilepsia, la monitorización mediante electroencefalograma (EEG) de aparición de anomalías epileptiformes, el tratamiento preventivo con vigabatrina cuando estas anomalías aparecen y el reconocimiento precoz de las crisis por parte de los cuidadores constituyen las medidas con mayor rendimiento para disminuir la morbilidad asociada a la misma. Igualmente, es imprescindible la valoración precoz de posibilidad de cirugía de epilepsia(17).

En el caso del manejo del SEGA, además de los inhibidores de mTOR, se requiere la participación de un neurocirujano experto por la posibilidad de resección quirúrgica(18).

Síndrome de Sturge-Weber

Introducción

El síndrome de Sturge-Weber es un cuadro neurocutáneo caracterizado por alteraciones en las vías responsables de la angiogénesis, dando lugar a alteraciones a nivel de la piel, el ojo y el cerebro.

El síndrome de Sturge-Weber (SSW) es otra de las enfermedades neurocutáneas por excelencia, con una frecuencia de 1 por cada 20.000 a 50.000 nacidos vivos. El 80-90 % de los casos de SSW se deben a una mutación somática en GNAQ (c.548G>A; p.Arg183Gln), que codifica una proteína Gαq implicada en la señalización celular. En un pequeño porcentaje de casos con fenotipos atípicos, por afectación neurológica más leve, se ha identificado mutación en GNA11, un gen homólogo. Estas alteraciones conducen a un aumento en la señalización de vías como RAS/MAPK y PI3K/AKT/mTOR, asociadas a angiogénesis y crecimiento anómalo de vasos. La distribución regional de la mutación durante el desarrollo embrionario explica la afectación específica del cerebro, la piel y los ojos(19,20).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas típicas incluyen la mancha facial en vino de Oporto (MVO), el angioma leptomeníngeo ipsilateral y el glaucoma congénito o de aparición precoz. La afectación neurológica puede incluir: epilepsia refractaria, hemiparesia, deterioro cognitivo y trastornos neuroconductuales. Son características también la cefalea de tipo migrañoso y los episodios stroke-like.

Manifestaciones cutáneas

Mancha en vino de Oporto (MVO). En un niño nacido con MVO, el riesgo de tener SSW oscila entre el 7 y el 63 %. La afectación hemifacial extensa, a nivel frontal y del párpado superior o cuando es bilateral, aumenta las probabilidades de SSW. El 10 % puede no tener esta MVO. La afectación palpebral suele asociarse tanto a compromiso cerebral como a la presencia de glaucoma(20,21).

Manifestaciones neurológicas

Angioma leptomeníngeo (Fig. 5). Malformación microvascular que se extiende por la corteza cerebral, causando atrofia del parénquima y calcificaciones. La afectación cerebral es bilateral en aproximadamente el 15 % de los casos. No existe una correlación entre la extensión de la MVO facial y la de la afectación cerebral; sin embargo, la extensión del angioma leptomeníngeo es un predictor de la gravedad de las complicaciones neurológicas(20,21).

Figura1

Figura 5. A y B. RM craneal axial. C. Sagital, en secuencia T2 FLAIR, donde se aprecian imágenes hiperintensas a nivel parieto-occipital, que corresponden a minúsculas estructuras venosas superficiales con captación leptomeníngea.

Epilepsia. La epilepsia afecta al 75-100 % de los pacientes con SSW, iniciándose en el primer año de vida. En el tratamiento, además de los fármacos anticrisis, puede ser necesario llegar a una cirugía de epilepsia(20,21).

Episodios que simulan ictus o de stroke-like. Episodios probablemente secundarios a una dinámica anormal del flujo sanguíneo, estasis venosa y fuga vasogénica. La semiología conlleva cefalea, hemiparesia o alteración del campo visual. Pueden aparecer espontáneamente, tras un traumatismo craneal, ayuno, estrés o una crisis convulsiva. Los déficits asociados a estos eventos suelen ser más pronunciados y duraderos que la debilidad común postcrisis(20,21).

Cefalea. Aparece entre el 30 y el 50 % de los pacientes con SSW, estando relacionada con alteraciones del flujo sanguíneo cerebral. En los adolescentes y adultos, la cefalea suele tener características de migraña, pero en los niños suede ser más inespecífica y presentarse como empeoramiento del déficit motor. Puede asociarse a crisis convulsivas intercurrentes y durar hasta varios días, llegando a ser muy incapacitante(20,21).

Trastornos del neurodesarrollo. El retraso psicomotor, el déficit cognitivo, el trastorno del espectro autista, el TDAH, el trastorno negativista desafiante y el trastorno de conducta afectan a los pacientes con SSW en mayor proporción que a la población general(20,21).

Manifestaciones oculares

Glaucoma. Puede aparecer al nacer o durante la infancia. Suele ser ipsilateral a la MVO y a la afectación cerebral. Es la principal causa de pérdida de visión(20). Si da sintomatología consiste en lagrimeo excesivo, frotamiento, sensibilidad a la luz y/o aspecto turbio de la córnea(22).

Hemangioma coroideo. Es un tumor vascular benigno del segmento posterior del ojo y pudiendo causar agudeza visual reducida, error refractivo, escotoma y desprendimiento de retina(20,22).

Otras manifestaciones

El hipotiroidismo central o deficiencia de la hormona de crecimiento, así como la apnea del sueño, deben vigilarse en estos pacientes(21).

Diagnóstico

La presencia de afectación en dos de los tres órganos principales (cerebro, ojo o piel) constituye el diagnóstico de esta entidad, no siendo necesario el estudio genético por la dificultad de diferenciar pacientes realmente afectos de SSW de aquellos que solo tienen afectación cutánea exclusiva.

Los criterios diagnósticos clave implican dos de las tres características siguientes: la mancha en vino de Oporto desde el nacimiento en la distribución de alto riesgo, las malformaciones vasculares del ojo y los hallazgos de angiomatosis leptomeníngea en la RM cerebral. Si se considera que el recién nacido presenta riesgo de SSW, debe ser remitido para su evaluación por un oftalmólogo y un neurólogo con experiencia(21). A nivel de neuroimagen, se recomienda la RM cerebral con y sin contraste de gadolinio, si bien el momento de realizarlo aún es debatido(22). Las pruebas genéticas para detectar una mutación en el gen GNAQ no suelen estar indicadas de forma rutinaria, ya que la mutación rara vez se detecta en la sangre y, en caso de encontrarla, no distingue individuos que tienen una MVO aislada de un verdadero SSW(1).

Diagnóstico diferencial

Ante la presencia de una MVO en un recién nacido, se debe hacer diagnóstico diferencial con otras lesiones cutáneas, como tumores vasculares (hemangioma infantil y hemangioma congénito) y malformaciones vasculares (MVO aislada, nevus simplex/mancha salmón y telangiectasias).

Tratamiento

El tratamiento del síndrome de Sturge-Weber es sintomático y multidisciplinar. Incluye: control de la epilepsia con fármacos anticrisis o cirugía, manejo del glaucoma con tratamiento médico o quirúrgico, y empleo de láser para la mancha en vino de Oporto. La aspirina a bajas dosis puede prevenir episodios tipo ictus. En investigación, inhibidores de mTOR muestran resultados prometedores.

El tratamiento se basa en los síntomas y signos que presenta(20-24):

MVO: se emplea el láser pulsado, que busca la esclerosis de los vasos dilatados. Aunque es eficaz parcialmente (blanqueamiento solo en un 10 %), requiere múltiples sesiones, es doloroso y puede necesitar terapia fotodinámica o antiangiogénicos tópicos como complemento.

Glaucoma: se utilizan colirios (inhibidores de la anhidrasa carbónica, betabloqueantes, prostaglandinas o alfa-agonistas) y/o cirugía (goniotomía, trabeculectomía o válvulas).

Epilepsia: no hay un fármaco anticrisis de elección, si bien se debe tener en cuenta la posibilidad de cirugía de epilepsia. En los últimos años, se han empleado estrategias profilácticas con uso precoz de fármacos anticrisis y aspirina (3-5 mg/kg/día).

Cefaleas: las migrañas se manejan con analgésicos, hidratación, triptanes y, para profilaxis, fármacos, como flunaricina, valproico, gabapentina o topiramato.

Episodios stroke-like: se recomienda profilaxis con aspirina (3-5 mg/kg/día) para disminuir la frecuencia de los mismos.

La implicación de la vía mTOR ha abierto el debate sobre el uso de inhibidores de la misma en la prevención/tratamiento de las morbilidades asociadas al SSW. Hasta el momento, se precisan más estudios para poder establecer una respuesta(21).

Incontinencia pigmentaria

Introducción

La incontinencia pigmentaria (IP) es una enfermedad genética que afecta casi exclusivamente a mujeres, con un patrón evolutivo de manifestaciones cutáneas principalmente, pero también de hallazgos a nivel del SNC, piel y anejos por mutación en el gen IKBKG.

Enfermedad rara de herencia dominante ligada al cromosoma X, que afecta a mujeres, siendo letal en la mayoría de los varones. Aproximadamente, el 10-25 % de los casos son heredados. Está causada por mutaciones en el gen IKBKG (Xq28), que desempeña un papel importante en las vías inflamatoria, inmunitaria y apoptótica celular(1). La incidencia de la enfermedad es de 1/40.000 a 1/50.000 recién nacidos. Los hallazgos clínicos son muy variables y, probablemente, secundarios a una inactivación sesgada del cromosoma X en esta población predominantemente femenina. La piel, el SNC, los ojos, la dentadura, las uñas y el cabello suelen estar afectados(25).

Manifestaciones clínicas

En la incontinencia pigmentaria, las marcas hiperpigmentadas cutáneas siguen las líneas de Blaschko y se desarrollan en cuatro etapas, iniciándose al nacimiento o en las primeras semanas de vida y evolucionando hasta la edad adulta. La vasculopatía retiniana y la afectación del sistema nervioso central son otras de las afecciones a vigilar.

Manifestaciones cutáneas

Evolucionan secuencialmente en cuatro estadios (Fig. 6):

Figura1

Figura 6. Estadios evolutivos de las lesiones cutáneas de la incontinencia pigmentaria. A. Lesiones inflamatorias (no puras lesiones ampollosas neonatales) con fase atrófica lineal. B. Imágenes pigmentadas “en letras chinas”. C. Fase de hipopigmentación.

• Estadio 1: vesiculobulloso; lesiones eritematosas y vesiculares que suelen tener una distribución lineal y se presentan al nacer o en las primeras semanas de vida.

• Estadio 2: verrucoso; se desarrollan pústulas hiperpigmentadas con costras que duran varios meses.

• Estadio 3: hiperpigmentada; remolinos de hiperpigmentación macular que pueden persistir hasta la edad adulta.

• Estadio 4: atrófica/hipopigmentada; aparecen manchas pálidas o sin pelo en la piel. Este estadio puede faltar en muchos pacientes(1,25).

Manifestaciones neurológicas

La mayoría de los problemas neurológicos se presentan en los periodos neonatal o infantil y, raramente, en otras etapas. Se han observado ictus isquémicos de arteria cerebral media y arteria cerebral anterior, disgenesia cerebral, hipoplasia cerebelosa, atrofia cerebral, hipoplasia del cuerpo calloso y cambios hemorrágicos, así como afectación de sustancia blanca. Entre el 20 % y el 40 % de los pacientes desarrollan epilepsia, probablemente secundaria a las malformaciones cerebrales y accidentes cerebrovasculares corticales. Son frecuentes la discapacidad intelectual y el retraso del desarrollo.

Manifestaciones oculares

Las más destacadas son: la vasculopatía retiniana temprana (anomalía más común, que puede conducir a desprendimiento de retina y ceguera), el daño del nervio óptico y las anomalías corneales asintomáticas (córnea verticillata). Estas manifestaciones pueden provocar estrabismo o nistagmo.

Otras manifestaciones

Se describen anomalías dentales, como hipodontia, dientes cónicos y retraso en la erupción dental. Las arcadas altas y el paladar hendido tienen una asociación rara, pero importante, con la IP y se incluyen como criterios diagnósticos menores. Las alteraciones capilares incluyen en la infancia un pelo escaso, que con el tiempo se vuelve áspero o fibroso. La alopecia, tanto del cuero cabelludo como del resto del cuerpo, está también presente. Las uñas suelen aparecer con estrías o distrofia grave.

Las anomalías de pezones y mamas están menos caracterizadas. Los pezones supernumerarios son los más frecuentes, pero también se han descrito pezones ausentes, aplasia mamaria y asimetrías(25).

Diagnóstico

El diagnóstico se basa en una serie de criterios clínicos mayores y menores, originales de Landy y Donnai, publicados en 1993 y actualizados en 2014, tras el descubrimiento del gen IKBKG(25,26) (Tabla I).

Diagnóstico diferencial

El diagnóstico diferencial a considerar es distinto, dependiendo del estadio evolutivo de las lesiones cutáneas, desde infecciones a nevus o verrugas hasta mosaicismos pigmentarios o vitíligo.

Es importante considerar el diagnóstico diferencial de los hallazgos cutáneos en cada estadio, como en la infancia, donde pueden aparecer lesiones vesiculobullosas similares a las de una infección por herpes simple, por varicela, la epidermólisis bullosa, así como la infección bacteriana bullosa. La fase verrucosa puede simular nevos epidérmicos lineales, nevus verrucosos, verrugas simples y molusco contagioso. La fase hiperpigmentada puede simular una hipomelanosis de Ito o un mosaicismo pigmentario inespecífico. La fase hipopigmentada/atrófica puede parecerse a varias displasias ectodérmicas y al vitíligo(25).

Tratamiento

El tratamiento de la IP va a depender del grado de inflamación que presente, empleando corticoides, inmunosupresores y fotocoagulación en las lesiones oculares.

El tratamiento de las lesiones cutáneas está relacionado con los síntomas. Las lesiones inflamatorias y verrugosas graves se han tratado con esteroides tópicos, orales e intravenosos, así como con tacrolimus tópico (excepto en recién nacidos). Se han utilizado tratamientos con láser para las lesiones hiperpigmentadas, pero pueden provocar inflamaciones recurrentes y, en general, deben evitarse.

Las manifestaciones neurológicas en el periodo neonatal pueden requerir un tratamiento precoz y agresivo de las crisis convulsivas, así como de los cambios inflamatorios microvasculares, para los que se han empleado metilprednisolona oral o intravenosa.

En el caso de las alteraciones oculares, si se identifica una vasculopatía retiniana, la fotocoagulación externa con láser de argón puede evitar la pérdida de visión(25,26).

Prevención

Es importante una atención multidisciplinar del paciente con un síndrome neurocutáneo. Existen diferentes guías de consenso que determinan el manejo más adecuado en estos pacientes.

La atención de un paciente con un síndrome neurocutáneo requiere un enfoque multidisciplinar que incluya al Pediatra de Atención Primaria (PAP), genetista, neuropediatra, oftalmólogo, dermatólogo, neuropsicólogo y, en ocasiones, neurocirujano y endocrinólogo (Tabla II). Diferentes artículos establecen recomendaciones específicas para cada uno de los síndromes expuestos, tanto de los controles radiológicos necesarios, la utilización del electroencefalograma como screening para la detección de asimetrías/anomalías epilépticas antes del debut de la epilepsia y su tratamiento profiláctico, el empleo de fármacos específicos como inhibidores de mTOR o MEK, o la necesidad de controles periódicos de oftalmología y dermatología(6,9,21,22,24,26).

 

Función del pediatra de Atención Primaria

• Detección precoz de lesiones sugestivas de NF1, CET, MVO e incontinencia pigmentaria, y derivación a atención especializada.

• Interrogar la presencia de estigmas cutáneos en los progenitores de los niños con sospecha de estos síndromes neurocutáneos.

• Es necesario conocer la patocromía de las diferentes manifestaciones clínicas de los síndromes neurocutáneos más frecuentes, para que el pediatra pueda contribuir al manejo clínico.

• Muchos de los niños con un síndrome neurocutáneo presentarán manifestaciones cutáneas sin otra sintomatología llamativa y su seguimiento en la atención especializada será anual. El pediatra debe ofrecer un buen manejo, con conocimiento de las manifestaciones clínicas que pueden surgir y aconsejar adelantar la revisión cuando lo considere oportuno.

• Es necesario conocer las precauciones o los efectos secundarios que pueden tener los pacientes por el uso de inhibidores de la vía mTOR como el everolimus, o inhibidores de MEK como selemetinib.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

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Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Este artículo revisa algunos de los principales síndromes neurocutáneos, enfocándose en las diferentes manifestaciones generales, los avances diagnósticos y terapéuticos.

– Duat-Rodríguez. A. Neurofibromatosis tipo 1. Pediatr Integral. 2020; 6: 334-41. Disponible en: https://www.pediatria­integral.es/publicacion-2020-09/neurofibromatosis-tipo-1/.

Revisión sobre las manifestaciones de la neurofibromatosis tipo 1, resaltando los datos clínicos para una sospecha precoz, incluso antes de cumplir criterios diagnósticos.

– Northrup H, Aronow ME, Bebin EM, Bissler J, Darling TN, de Vries PJ, et al. Updated International Tuberous Sclerosis Complex Diagnostic Criteria and Surveillance and Management Recommendations. Pediatr Neurol. 2021; 123: 50-66.

Revisión de los criterios diagnósticos del complejo esclerosis tuberosa, las pruebas diagnósticas y el seguimiento a realizar, destacando la importancia del trabajo multidisciplinar.

– Shah AD, Alexieff P, Tatachar P. Sturge-Weber Syndrome: A Narrative Review of Clinical Presentation and Updates on Management. J Clin Med. 2025; 14: 2122.

Guía de abordaje integral del paciente con síndrome de Sturge-Weber, desde las manifestaciones cutáneas, neurológicas y oculares, a las pruebas complementarias, seguimiento y tratamiento.

– Bodemer C, Diociaiuti A, Hadj-Rabia S, Robert MP, Desguerre I, Manière MC, et al. Multidisciplinary consensus recommendations from a European network for the diagnosis and practical management of patients with incontinentia pigmenti. J Eur Acad Dermatol Venereol. 2020; 34: 1415-24.

Consenso sobre el diagnóstico, manejo y seguimiento de los pacientes con incontinencia pigmentaria.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta: niño de 8 años que acude por haber presentado mientras dormía un episodio de apertura ocular, sialorrea y clonias hemifaciales derechas de unos 30 segundos de duración. El niño refiere que les oía, pero no podía hablar. Ha dormido bien y se ha levantado perfectamente. En el último mes se queja de cefalea inespecífica, sin vómitos. No refieren otra sintomatología.

Antecedentes familiares: madre y padre sanos, no consanguíneos. Tras explorar al niño, se pregunta de forma dirigida; el padre refiere presentar lesiones similares en la cara y varias máculas hipopigmentadas, además de 3 manchas café con leche en una pierna; está en tratamiento por hipertensión arterial. Un hermano del padre con déficit cognitivo y epilepsia en la infancia. Sin otros antecedentes de interés.

Antecedentes personales: embarazo, parto y periodo neonatal normales. Sin otros datos de interés.

Exploración física: peso: 24,5 kg (percentil 67); talla: 117 cm (percentil 42 cm); perímetro cefálico: 52,5 cm (percentil 50); y tensión arterial: 107/52 mm Hg (percentil 75/25). Buen estado general, excelente colaboración, lenguaje expresivo y comprensivo normal. Auscultación cardiopulmonar normal. Abdomen blando sin palpación de masas ni visceromegalias. Presenta 5 máculas hipopigmentadas, dos de aspecto lanceolado de 3 cm en tórax y muslo derecho y otras dos más redondeadas, de 1 cm a nivel de brazo izquierdo, varias pápulas sonrosadas en mejillas y una lesión papulosa de aspecto “en piel de naranja” a nivel lumbosacro. Pares craneales normales, tono y fuerza normal. Reflejos osteotendinosos presentes bilaterales sin aumento de área. Reflejo cutáneo plantar flexor. Marcha, talones y puntillas normales, tándem normal. Sin dismetrías ni temblor.

 

 

Neurocutaneous syndromes

V. Cantarín Extremera,  A. Duat Rodríguez
Topics on
Continuous Training



V. Cantarín Extremera, A. Duat Rodríguez

Consultant physicians. Neuropediatrics Section. Niño Jesús University Children’s Hospital. Madrid

X

Corresponding author:

veronica.cantarin@salud.madrid.org

Abstract

Neurocutaneous syndromes represent an heterogeneous group of genetic disorders characterized by simultaneous involvement of the central nervous system and the skin. Among the most relevant in the pediatric population are Neurofibromatosis type 1 (NF1), Tuberous Sclerosis Complex (TSC), Sturge-Weber Syndrome (SWS), and Incontinentia Pigmenti (IP). NF1, associated with pathogenic variants in NF1 gene, is characterized by café-au-lait macules, neurofibromas, and an increased risk of optic pathway glioma. TSC, resulting from mutations in TSC1 or TSC2 genes, presents with various types of skin lesions such as hypomelanotic macules and facial angiofibromas, along with cerebral, renal, ophthalmologic, and cardiac involvement, in addition to epilepsy and neurodevelopmental disorders. SWS is caused by somatic mutations in GNAQ gene and manifests with the characteristic port-wine stain, leptomeningeal angiomatosis, and glaucoma. IP, an X-linked condition caused by mutations in IKBKG, predominantly affects females and presents with stage-specific cutaneous lesions as well as potential neurological and ocular involvement. Early clinical recognition, often initiated through dermatological findings by the pediatrician, is crucial for timely diagnosis and intervention. Targeted therapies, such as mTOR or MEK inhibitors, are available for selected cases.

 

Resumen

Los síndromes neurocutáneos constituyen un grupo heterogéneo de enfermedades genéticas caracterizadas por la afectación simultánea del sistema nervioso central y la piel. Entre los más destacables en la población pediátrica se encuentran: la neurofibromatosis tipo 1 (NF1), el complejo de esclerosis tuberosa (CET), el síndrome de Sturge-Weber (SSW) y la incontinencia pigmentaria (IP). La NF1, asociada a variantes patogénicas en el gen NF1, se caracteriza por manchas “café con leche”, neurofibromas y un riesgo incrementado de glioma del nervio óptico. El CET, consecuencia de mutaciones en TSC1 o TSC2, presenta diferentes tipos de lesiones cutáneas, como máculas hipomelanóticas o angiofibromas, lesiones cerebrales, renales, oftalmológicas y cardiacas, además de epilepsia y trastornos del neurodesarrollo. El SSW se debe a mutaciones somáticas en GNAQ y se manifiesta con la típica mancha en vino de Oporto, angiomatosis leptomeníngea y glaucoma. La IP, enfermedad ligada al cromosoma X, por mutaciones en IKBKG, afecta predominantemente a mujeres y presenta lesiones cutáneas evolutivas junto con posible compromiso neurológico y oftalmológico. El reconocimiento clínico precoz, frecuentemente a partir de hallazgos dermatológicos, por parte del pediatra, es fundamental para el diagnóstico e intervención oportunos. Existen terapias dirigidas, como los inhibidores de mTOR o MEK en casos seleccionados.

 

Key words: Neurocutaneous syndromes; Neurofibromatosis type 1; Tuberous sclerosis complex; Sturge-Weber syndrome; Incontinentia pigmenti.

Palabras clave: Síndromes neurocutáneos; Neurofibromatosis tipo 1; Esclerosis tuberosa; Síndrome de Sturge-Weber; Incontinencia pigmentaria.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (6): 450 – 461

 


OBJECTIVES

• To recognize the main pediatric neurocutaneous syndromes (neurofibromatosis type 1, tuberous sclerosis complex, Sturge-Weber syndrome, and incontinentia pigmenti), their most notable clinical features, and their presentation, facilitating the diagnostic approach.

• To understand the genetic and pathophysiological bases underlying these disorders.

• To identify the most relevant cutaneous, neurological and systemic manifestations of each syndrome, as well as their implications.

• To acknowledge the current diagnostic criteria and the complementary tests necessary for early diagnosis and multidisciplinary follow-up.

• To be familiar the main therapeutic strategies available, with emphasis on the comprehensive approach to the pediatric patient and his family.


 

 

Neurocutaneous syndromes

https://doi.org/10.63149/j.pedint.72

 

Introduction

Neurocutaneous disorders are multisystem diseases primarily characterized by involvement of the central nervous system and the skin. They may present various inheritance patterns or appear sporadically, with progressive manifestations and diverse phenotypes. Early clinical recognition, especially through skin examination, is essential to guide treatment.

Neurocutaneous disorders are a group of genetic diseases that predominantly affect the central nervous system and the skin, due to their common origin in the primitive ectodermal tissue. It should be noted that symptoms and signs usually appear progressively from birth to adulthood, with variable phenotypic expression even within the same family, posing a diagnostic challenge. Pediatricians should be familiar with the most common neurocutaneous disorders, since a simple skin examination can lead to the differential diagnosis and to better patient care. Treatment is usually symptomatic, although advances in the understanding of pathophysiology have led to the development of specific therapies for many of the complications they present(1,2).

More than fifty neurocutaneous syndromes are known to date, but this article will focus on the most common ones in pediatrics.

Neurofibromatosis type 1

Introduction

Neurofibromatosis type 1 is a multisystem disease characterized by café-au-lait spots (CALS), neurofibromas, and an increased risk of tumor development. The morbidity and mortality are associated with the multisystem complications that may occur throughout its course.

Neurofibromatosis type 1 (NF1) is the most common neurocutaneous syndrome, affecting 1 in every 3,000 to 4,000 live births. The responsible gene (NF1) is located on chromosome 17q11.2 and is altered by de novo mutations in 50% of cases; the remainder are inherited in an autosomal dominant manner. NF1 is a tumor suppressor gene that synthesizes a protein called neurofibromin, which helps regulate the cell cycle by inhibiting the RAS/MAPK (mitogen-activated protein kinase pathway) and PI3K-AKT-mTOR (phosphatidylinositol 3-kinase–Akt signaling–mammalian target of rapamycin pathway) signaling pathways. When these pathways are uncontrolled, the risk of tumor formation increases, as occurs in patients with NF1(2).

Clinical manifestations

The clinical manifestations of NF1 are extremely variable, depending on both the individual and the age (Fig. 1) and include: CALS, axillary and inguinal freckles, peripheral neurofibromas, and Lisch nodules. Severe complications affect a minority of patients; however, they are what determine the morbidity and mortality of this disease(3).

Figure 1. Development of clinical findings of neurofibromatosis type 1 according to age in years. Source: Duat-Rodríguez. A. Neurofibromatosis type 1. Pediatr Integral. 2020; 6: 334-41. Available at: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-09/neurofibromatosis-tipo-1/

Among the clinical manifestations, the following should be underscored:

 

Rasopathy phenotype: macrocephaly, short stature, subtle facial features (hypertelorism with antimongoloid palpebral fissures, epicanthus, ptosis and posteriorly rotated ears with thickened helix) and thoracic abnormalities (pectus carinatum and excavatum)(3).

Skin manifestations: typical ones include: CALS (100%) (number ≥ 6); freckles, which are small CALS located in axillary and inguinal folds (Fig. 2); anemic nevi (50%), pale macules with a very subtle polylobulated contour, generally in the presternal region, which become evident when the area is lightly rubbed; and juvenile xanthogranulomas, which consist of a solitary or multiple orange papule, anywhere on the body(3,4).

Figure 2. Café au lait spots and axillary freckles in a patient with neurofibromatosis type 1.

Skeletal manifestations: dysplasia of long bones stand out, affecting the sphenoid, vertebral and pseudoarthrosis, which can cause deformities. They frequently suffer from scoliosis, mainly cervical or upper thoracic(3,4).

Ocular manifestations: Lisch nodules of pigmented and asymptomatic hamartomas of the iris, which increase in number and size with age(3,4).

Neurological manifestations: learning disorders and attention deficit hyperactivity disorder (ADHD) are the major developmental problems in children with NF1. At the central nervous system (CNS) level, Arnold Chiari malformation type I, hydrocephalus, cerebrovascular lesions (stenosis, aneurysms or moyamoya syndrome) and hypersignal characteristics in T2 sequences of cranial magnetic resonance imaging (MRI) or UBOs (unidentified bright objects) are described, corresponding to areas of intramyelinated vacuolization, not associated with clinical alterations(3,4).

Neurofibromas: these are the most common tumors in NF1 and can occur in any location. Although benign, depending on size and location, they can cause complications such as pain and deformities. Sometimes, they are palpated rather than seen. Some, histologically, correspond to plexiform neurofibromas, which will be relevant for treatment. Malignant transformation of a neurofibroma into a neurofibrosarcoma is rare in childhood, but warning signs include: sudden increase in size, change in texture (increased consistency), severe pain, and unusual neurological symptoms(3).

Optic pathway gliomas (OPG): most common CNS tumor, affecting up to 30% of children with NF1. Most are asymptomatic with a stable course, but 7-17% may produce symptoms (unilateral or bilateral decreased visual acuity, proptosis, strabismus, nystagmus, etc.)(3).

Others: growth disorders, puberty, osteoporosis or alterations in the cardiovascular system, mainly fibromuscular arterial dysplasia. Arterial hypertension may be of idiopathic cause, due to a pheochromocytoma, or secondary to a renal or aortic vasculopathy(3).

Diagnosis

The diagnosis of NF1 is established through a series of clinical criteria. Some early manifestations in young children, although not included in the diagnostic criteria, can be highly suggestive of NF1.

The US National Institutes of Health defined a consensus of clinical criteria for the diagnosis of NF1 in 1988, updated in 2021(5) (Table I). In infants and young children, we should look for other manifestations, such as congenital superficial plexiform neurofibromas, anemic nevi, juvenile xanthogranuloma, or the presence of a rasopathy phenotype. Molecular confirmation can lead to the diagnosis in up to 95%.

 

Differential diagnosis

The differential diagnosis of NF1 is established with other diseases that present CALS, tumors or other rasopathies.

In addition to considering other pigmentary conditions, diseases that present CALS or diseases that cause tumors, in childhood other rasopathies must be contemplated, mainly Legius syndrome, characterized by CALS and ephelides, without neurofibromas or optic gliomas(3).

Treatment

Patients with NF1 require comprehensive care to detect everything from learning disabilities and ADHD to symptoms arising from tumor manifestations that require other pharmacological or surgical interventions(6). Selumetinib, a MEK inhibitor, is approved for use in children older than 2 years of age with symptomatic, inoperable plexiform neurofibromas, the main symptoms being pain and tumor growth(3).

Tuberous sclerosis complex

Tuberous sclerosis complex (TSC) is a neurocutaneous disorder characterized by benign tumors in the brain, heart, kidney, and eye, as well as various skin lesions (hypopigmented macules and facial angiofibromas, among others). Epilepsy and neurodevelopmental disorders are the main morbidities in children.

Tuberous sclerosis complex (TSC) is an autosomal dominant genetic disorder characterized by a predisposition to the formation of benign tumors (hamartomas) in multiple organs. The mutations identified in TSC are located in two genes: TSC1 (9q34.13) and TSC2 (16p13.3), which encode the proteins hamartin and tuberin, respectively, which form a complex that regulates cell growth through the mTOR pathway. Any mutation in TSC1 or TSC2 will result in uncoordinated activation of mTOR, leading to the development of tumors. A mutation in TSC1 and TSC2 is evident in 90% of cases, leaving 10% without a known mutation, which may be due to mosaicism. There is no relationship between genotype and phenotype, although mutations in TSC2 have been linked to greater severity due to neurological involvement(7).

Clinical manifestations

Skin lesions, present in 95-100% of patients with TSC, primarily hypopigmented macules, are a key diagnostic marker of the disease, even at birth. Cardiac rhabdomyomas, renal angiomyolipomas, and cortical tubers are the key findings of this entity(8).

Skin/mucous membrane/dental lesions

Hypopigmented stains. Flat, white lesions, typically described as “ash leaf” shaped, but variable. Hypomelanosis of the hair (poliosis or white patch) is also considered a hypopigmented macule(7,9).

Confetti lesions. Hypopigmented macules, between 1-3 mm, dispersed over a body region such as the legs or arms(7,9).

Facial angiofibromas. These are papular lesions with a malar or perioral distribution and can be confused with acne in adolescence(7,9).

Fibrous cephalic plates. Raised lesions on the face or scalp with a color similar to healthy skin, pink, red, or even brown(7,9).

Shagreen patches (Fig. 3). They are relatively specific of TSC. They present as plaque-like lesions, like “orange peel skin”, usually in the lumbosacral region(7,9).

Figure 3. Large Shagreen plate in typical location.

Ungual fibromas. Skin-colored or reddish tumors that most often appear on the toes. Sometimes, a groove or canaliculi can be seen in the nail beforehand(7,9).

Oral fibromas. These are fibrous nodules, usually located in the gums, although they can also be seen on the tongue, lips, and jugal mucosa(7,9).

Dental enamel stippling.

Neurological manifestations

Epileptic seizures are one of the most prevalent clinical manifestations in TSC (90%), being this the main reason for diagnosis, although almost all patients already have other previous cutaneous stigmata(8). Another important aspect due to their prevalence (50%) are neurodevelopmental disorders, known as neuropsychiatric disorders associated with TSC (TAND)(10).

Among the neuropathological findings of the CNS the following stand out:

Cortical tubers/dysplasias (Fig. 4). These are focal abnormalities of brain architecture, responsible for the development of epilepsy, not due to the tubers themselves, but rather due to the perituberal tissue(7,9).

Figure 4. A. Cranial MRI, axial T1-weighted contrast-enhanced sequence, showing an oval lesion adjacent to the left foramen of Monro, with a 13 mm anteroposterior axis, consistent with SEGA. Another smaller lesion can be seen in the right foramen of Monro, consistent with a subependymal nodule. B. Axial cranial MRI, T2-weighted FLAIR sequence, showing multiple hyperintense triangular images with a base in the cortex and a tip pointing toward the ventricles, widening the cortex, consistent with tubers.

Subependymal nodules (SEN) (Fig. 4). Lesions located in the wall of the ventricles, generally close to the foramen of Monro. They develop during fetal life and degenerate or calcify later(7,9).

Giant cell astrocytomas, or SEGAs (Fig. 4), are benign, slow-growing tumors that typically lie adjacent to the foramen of Monro and can cause hydrocephalus due to obstruction, with symptoms such as headache, vomiting, and papilledema. They occur in 6–18% of patients with TSC, even congenitally(7,9,11).

Cardiological manifestations

Rhabdomyomas are the most common cardiac tumor in the TSC and can be diagnosed prenatally (second and third trimesters of pregnancy) or during the first year of life. Although they are usually clinically silent and resolve spontaneously, they can cause hemodynamic compromise and rhythm disturbances, such as Wolff-Parkinson-White syndrome(8,9).

Ophthalmological manifestations

Eye injuries associated with TSC rarely affect vision.

Retinal hamartomas. These are flat, often light gray or yellow lesions with blurred edges that are visible on the retina(7,9).

Retinal achromatic patches. Lesions of retinal hypopigmentation(9).

Nephrological manifestations

Responsible for significant morbidity and mortality, mainly in the adult population.

Renal angiomyolipomas (AMLs). These are benign tumors that, although often asymptomatic, can cause kidney failure, flank pain, hematuria, and spontaneous hemorrhage, which can be life-threatening(7,9).

Renal cysts. They can range from microscopic to a renal polycystic syndrome phenotype associated with contiguous genes TSC2/PKD1. They have been linked to altered kidney function(9).

Pulmonary manifestations

Lymphangioleiomyomatosis (LAM). It affects up to 80% of adult women with TSC, although cases have been described in the pediatric population, hence the importance of asking about exercise intolerance or dyspnea(9,12).

Other manifestations

Aneurysms, mainly at the aortic and intracranial level(8,13), non-renal hamartomas in the liver or adrenal glands, bone cysts, rectal polyps and neuroendocrine tumors, mainly located in the pancreas(7).

Diagnosis

The last International Consensus Conference held in 2012(14), with the 2021 update(9), defined the currently valid diagnostic criteria for TSC (Table I). Identification of a pathogenic mutation in TSC1 or TSC2 is enough to make a definitive diagnosis of TSC, although a normal result does not exclude the disease if it meets clinical diagnostic criteria.

Differential diagnosis

When a single patient presents several of the characteristic clinical or radiological criteria, the diagnosis of TSC is straightforward, but the isolated appearance of hypopigmented macules, late angiofibromas, or angiomyolipomas can be seen in other syndromes.

The diagnosis of TSC is usually straightforward when typical signs, such as MRI findings, rhabdomyomas, or hypopigmented macules, are present. However, it becomes more complicated when these manifestations occur in isolation. For example, hypopigmented macules can also be seen in childhood without TSC; late-onset facial angiofibromas could be due to syndromes such as MEN1 or Birt-Hogg-Dubé (skin lesions, lung cysts, and kidney tumors); “confetti” macules in adults may be a sign of sun damage; and other combinations of typical TSC lesions with CALS or angiomyolipomas can also be found in constitutional mismatch repair deficiency syndrome, a genetic disorder with a high predisposition to cancer(7,15).

Treatment

mTOR inhibitors play an important role in managing many of the comorbidities of TSC, such as SEGA, AML, and epilepsy. For the latter, close monitoring and preventive treatment before the onset of seizures can determine a child’s prognosis.

Today, the use of mTOR inhibitors (rapamycin and everolimus) is recognized as first-line treatment for SEGA in children and adults, pulmonary AML and LAM in adults, and epilepsy in children 2 years of age and older. They are also used topically for skin lesions, primarily facial angiofibromas(16).

With regards to epilepsy, electroencephalogram (EEG) monitoring for the appearance of epileptiform abnormalities, preventive treatment with vigabatrin when these abnormalities appear, and early recognition of seizures by caregivers are the most effective measures for reducing the morbidity associated with epilepsy. Likewise, early assessment of the possibility of epilepsy surgery is essential(17).

In the case of SEGA management, in addition to mTOR inhibitors, the participation of an expert neurosurgeon is required due to the possibility of surgical resection(18).

Sturge-Weber syndrome

Introduction

Sturge-Weber syndrome is a neurocutaneous condition characterized by abnormalities in the pathways responsible for angiogenesis, resulting in changes in the skin, eyes, and brain.

Sturge-Weber syndrome (SWS) is another of the most common neurocutaneous diseases, with a frequency of 1 in every 20,000 to 50,000 live births. 80-90% of SWS cases are due to a somatic mutation in GNAQ (c.548G>A; p.Arg183Gln), which encodes a Gαq protein involved in cell signaling. In a small percentage of cases with atypical phenotypes, due to milder neurological involvement, a mutation in GNA11, a homologous gene, has been identified. These alterations lead to increased signaling in pathways such as RAS/MAPK and PI3K/AKT/mTOR, associated with angiogenesis and abnormal vessel growth. The regional distribution of the mutation during embryonic development explains the specific involvement of the brain, skin, and eyes(19,20).

Clinical manifestations

Typical clinical manifestations include facial port-wine stain (PWS), ipsilateral leptomeningeal angioma, and congenital or early-onset glaucoma. Neurological involvement may include refractory epilepsy, hemiparesis, cognitive impairment, and neurobehavioral disorders. Migraine-like headaches and stroke-like episodes are also characteristic.

Skin manifestations

Port-wine stain (PWS). In a child born with PWS, the risk of developing SWS ranges from 7% to 63%. Extensive hemifacial involvement, at the level of the forehead and upper eyelid, or when it is bilateral, increases the likelihood of SWS. 10% may not have this PWS. Eyelid involvement is often associated with both cerebral involvement and the presence of glaucoma(20,21).

Neurological manifestations

Leptomeningeal angioma (Fig. 5). A microvascular malformation that extends through the cerebral cortex, causing parenchymal atrophy and calcifications. Brain involvement is bilateral in approximately 15% of cases. There is no correlation between the extent of facial PWS and that of brain involvement; however, the extent of the leptomeningeal angioma is a predictor of the severity of neurological complications(20,21).

Figure 5. A. and B Axial cranial MRI. C. Sagittal T2 FLAIR sequence, showing hyperintense images at the parieto-occipital level, corresponding to tiny superficial venous structures with leptomeningeal uptake.

 

Epilepsy. Epilepsy affects 75-100% of patients with SWS, beginning in the first year of life. Treatment may include, in addition to anti-seizure drugs, epilepsy surgery(20,21).

Episodes that simulate stroke or stroke-like. Episodes likely secondary to abnormal blood flow dynamics, venous stasis, and vasogenic leak. Symptoms include headache, hemiparesis, or visual field disturbance. They may occur spontaneously, following head trauma, fasting, stress, or a seizure. The deficits associated with these events are usually more pronounced and long-lasting than common post-seizure weakness(20,21).

Headache. It occurs in 30 to 50% of patients with SWS and is related to blood flow disturbances. In adolescents and adults, the headache usually has migraine characteristics, but in children it can be more nonspecific and present as a worsening of the motor deficit. It may be associated with intercurrent seizures and last for several days, becoming very disabling(20,21).

Disorders of neurodevelopment. Psychomotor delay, cognitive deficit, autism spectrum disorder, ADHD, oppositional defiant disorder, and conduct disorder affect patients with SWS at a higher rate than the general population(20,21).

Ocular manifestations

Glaucoma. It can appear at birth or during childhood. It is usually ipsilateral to the PWS and brain involvement. It is the main cause of vision loss(20). If it causes symptoms, it consists of excessive tearing, rubbing, sensitivity to light and/or cloudy appearance of the cornea(22).

Choroidal hemangioma. It is a benign vascular tumor of the posterior segment of the eye and can cause deduced visual acuity, refractive defect, scotoma and retinal detachment(20,22).

Other symptoms

Central hypothyroidism or growth hormone deficiency, as well as sleep apnea, should be monitored in these patients(21).

Diagnosis

Involvement in two of the three main organs (brain, eye or skin) constitutes the diagnosis of this entity, and genetic study is not necessary due to the difficulty of differentiating patients truly affected by SWS from those who only have exclusive cutaneous involvement.

Key diagnostic criteria include two of the following three features: port-wine stain present at birth in the high-risk distribution, vascular malformations of the eye, and brain MRI findings of leptomeningeal angiomatosis. If the newborn is considered at risk for SWS, they should be referred for evaluation by an experienced ophthalmologist and neurologist(21). For neuroimaging, brain MRI with and without gadolinium enhancement is recommended, although the timing is still debated(22). Genetic testing for a mutation in the GNAQ gene is not routinely indicated because the mutation is rarely detected in the blood and, if found, does not distinguish individuals with isolated PWS from true SWS(1).

Differential diagnosis

In the presence of a PWS in a newborn, a differential diagnosis should be made with other skin lesions, such as vascular tumors (infantile hemangioma and congenital hemangioma) and vascular malformations (isolated PWS, nevus simplex/salmon spot, and telangiectasias).

Treatment

Treatment for Sturge-Weber syndrome is symptomatic and multidisciplinary. It includes: epilepsy control with anti-seizure drugs or surgery, glaucoma management with medical or surgical treatment, and laser treatment for port-wine stains. Low-dose aspirin can prevent stroke-like episodes. Although still in research, mTOR inhibitors show promising results.

Treatment is based on the symptoms and signs that are present(20-24):

PWS: pulsed laser is used to target sclerosis of dilated vessels. Although it is partially effective (whitening only in 10%), requires multiple sessions, is painful and may require photodynamic therapy or topical antiangiogenics as an adjunct.

Glaucoma: eye drops are used (carbonic anhydrase inhibitors, beta-blockers, prostaglandins or alpha-agonists) and/or surgery (goniotomy, trabeculectomy or valves).

Epilepsy: there is no anti-seizure drug of choice, although the possibility of epilepsy surgery should be considered. In recent years, prophylactic strategies have been employed with early use of anti-seizure drugs and aspirin (3-5 mg/kg/day).

Headaches: migraines are managed with pain relievers, hydration, triptans and, for prophylaxis, drugs such as flunarizine, valproic acid, gabapentin or topiramate.

Stroke-like episodes: aspirin prophylaxis (3-5 mg/kg/day) is recommended to reduce their frequency.

The involvement of the mTOR pathway has opened the debate on the use of inhibitors in the prevention/treatment of SWS-associated morbidities. Further studies are needed to establish a definitive answer(21).

Incontinentia pigmenti

Introduction

Incontinentia pigmenti (IP) is a genetic disease that affects almost exclusively women, with a developmental pattern of primarily cutaneous manifestations, but also findings at the CNS level, skin and appendages due to a mutation in the IKBKG gene.

It is a rare, X-linked dominantly inherited disease affecting females and mostly fatal in males. Approximately 10–25% of cases are inherited. It is caused by mutations in the IKBKG gene (Xq28), which plays an important role in inflammatory, immune, and cellular apoptotic pathways(1). The incidence of the disease is 1/40,000 to 1/50,000 newborns. Clinical findings are highly variable and probably secondary to skewed X-chromosome inactivation in this predominantly female population. The skin, CNS, eyes, teeth, nails, and hair are commonly affected(25).

Clinical manifestations

In incontinentia pigmenti, the hyperpigmented skin marks follow Blaschko’s lines and develop in four stages, beginning at birth or in the first few weeks of life and progressing into adulthood. Retinal vasculopathy and central nervous system involvement are other conditions to watch for.

Skin manifestations

They evolve sequentially in four stages (Fig. 6):

Figure 6. Stages of development of cutaneous lesions in incontinentia pigmenti. A. Inflammatory lesions (not pure neonatal bullous lesions) with a linear atrophic phase. B. Pigmented “Chinese letter” images. C. Hypopigmentation phase.

• Stage 1: vesiculobullous: erythematous and vesicular lesions that usually have a linear distribution and present at birth or within the first few weeks of life.

• Stage 2: verrucous; hyperpigmented pustules with crusts develop and last for several months.

• Stage 3: hyperpigmented; swirls of macular hyperpigmentation that may persist into adulthood.

• Stage 4: atrophic/hypopigmented; pale or hairless patches appear on the skin. This stage may be absent in many patients(1,25).

Neurological manifestations

Most neurological problems present in the neonatal or childhood periods and, rarely, at other stages. Ischemic strokes of the middle cerebral artery and anterior cerebral artery, cerebral dysgenesis, cerebellar hypoplasia, cerebral atrophy, hypoplasia of the corpus callosum, and hemorrhagic changes, as well as white matter involvement, have been observed. Between 20% and 40% of patients develop epilepsy, probably secondary to brain malformations and cortical cerebrovascular accidents. Intellectual disability and developmental delay are common.

Ocular manifestations

The most notable are early retinal vasculopathy (the most common abnormality, which can lead to retinal detachment and blindness), optic nerve damage, and asymptomatic corneal abnormalities (cornea verticillata). These manifestations can cause strabismus or nystagmus.

Other demonstrations

Dental abnormalities such as hypodontia, conical teeth, and delayed tooth eruption are described. High arches and cleft palate have a rare but important association with IP and are included as minor diagnostic criteria. Hair abnormalities include sparse hair in childhood, which eventually becomes coarse or fibrous. Alopecia, both of the scalp and the rest of the body, is also present. Nails often appear ridged or severely dystrophic.

Nipple and breast abnormalities are less well characterized. Supernumerary nipples are the most common, but absent nipples, breast aplasia, and asymmetries have also been described(25).

Diagnosis

The diagnosis is based on a series of major and minor clinical criteria, originally by Landy and Donnai, published in 1993 and updated in 2014, after the discovery of the IKBKG gene(25,26) (Table I).

Differential diagnosis

The differential diagnosis to be considered varies depending on the stage of development of the skin lesions, from infections to nevi or warts to pigmentary mosaicism or vitiligo.

It is important to consider the differential diagnosis of cutaneous findings at each stage, such as in childhood, where vesiculobullous lesions similar to those of herpes simplex infection, chickenpox, epidermolysis bullosa, and bullous bacterial infection may appear. The verrucous phase may simulate linear epidermal nevi, verrucous nevi, simple warts, and molluscum contagiosum. The hyperpigmented phase may simulate hypomelanosis of Ito or nonspecific pigmentary mosaicism. The hypopigmented/atrophic phase may resemble various ectodermal dysplasias and vitiligo(25).

Treatment

Treatment for IP will depend on the degree of inflammation present, using corticosteroids, immunosuppressants, and photocoagulation for ocular lesions.

Treatment of skin lesions is symptom-related. Severe inflammatory and verrucous lesions have been treated with topical, oral, and intravenous steroids, as well as topical tacrolimus (except in newborns). Laser treatments have been used for hyperpigmented lesions, but they can cause recurrent inflammation and should generally be avoided.

Neurological manifestations in the neonatal period may require early and aggressive treatment of seizures and microvascular inflammatory changes, for which oral or intravenous methylprednisolone has been used.

In the case of ocular disorders, if retinal vasculopathy is identified, external argon laser photocoagulation can prevent vision loss(25,26).

Prevention

Multidisciplinary care for patients with neurocutaneous syndrome is important. There are various consensus guidelines that determine the most appropriate management for these patients.

The care of a patient with a neurocutaneous syndrome requires a multidisciplinary approach that includes a primary care pediatrician (PCP), geneticist, neuropediatrician, ophthalmologist, dermatologist, neuropsychologist, and occasionally a neurosurgeon and endocrinologist (Table II). Various articles establish specific recommendations for each of the syndromes described, including the necessary radiological controls, the use of electroencephalography as a screening test for the detection of epileptic asymmetries/abnormalities before the onset of epilepsy and its prophylactic treatment, the use of specific drugs such as mTOR or MEK inhibitors, or the need for periodic ophthalmology and dermatology check-ups(6,9,21,22,24,26).

 

Role of the Primary Care Pediatrician

• Early detection of lesions suggestive of NF1, TSC, PWS, and IP, and referral to specialized care.

• To question the presence of cutaneous stigmata in the parents of children with suspicion of these neurocutaneous syndromes.

• It is necessary to know the pathochromy of the different clinical manifestations of the most common neurocutaneous syndromes, so that the pediatrician can contribute to clinical management.

• Many of the children with a neurocutaneous syndrome will present with cutaneous manifestations without other notable symptoms and will be monitored annually by specialist care. The pediatrician should provide appropriate management, with knowledge of the clinical manifestations that may arise and recommend advancing the checkup when deemed appropriate.

• It is necessary to know the precautions or side effects that patients may have due to the use of mTOR pathway inhibitors such as everolimus, or MEK inhibitors such as selumetinib.

 

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript or source of funding.

 

Bibliography

The asterisks show the authors’ opinion of the article’s interest.

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Recommended bibliography

– Kioutchoukova I, Foster D, Thakkar R, Ciesla C, Cabassa JS, Strouse J, et al. Neurocutaneous Diseases: Diagnosis, Management, and Treatment. J Clin Med. 2024; 13: 1648.

This article reviews some of the main neurocutaneous syndromes, focusing on the different general manifestations, as well as diagnostic and therapeutic advances.

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Review of the manifestations of neurofibromatosis type 1, highlighting clinical features for early suspicion, even before meeting diagnostic criteria.

– Northrup H, Aronow ME, Bebin EM, Bissler J, Darling TN, de Vries PJ, et al. Updated International Tuberous Sclerosis Complex Diagnostic Criteria and Surveillance and Management Recommendations. Pediatr Neurol. 2021; 123: 50-66.

Review of the diagnostic criteria for tuberous sclerosis complex, diagnostic tests, and follow-up, highlighting the importance of multidisciplinary work.

– Shah AD, Alexieff P, Tatachar P. Sturge-Weber Syndrome: A Narrative Review of Clinical Presentation and Updates on Management. J Clin Med. 2025; 14: 2122.

Comprehensive approach to the patient with Sturge-Weber syndrome, from cutaneous, neurological, and ocular manifestations to complementary testing, follow-up, and treatment.

– Bodemer C, Diociaiuti A, Hadj-Rabia S, Robert MP, Desguerre I, Manière MC, et al. Multidisciplinary consensus recommendations from a European network for the diagnosis and practical managementof patients with incontinentia pigmenti. J Eur Acad Dermatol Venereol. 2020; 34: 1415-24.

Consensus on the diagnosis, management and follow-up of patients with incontinentia pigmenti.

 

Clinical case

 

Reason for consultation: an 8-year-old boy came to the clinic with an episode of eye opening, salivation, and right hemifacial clonic spasms lasting approximately 30 seconds while he was sleeping. The child reported hearing them but being unable to speak. He slept well and woke up feeling fine. Over the past month, he has complained of a nonspecific headache without vomiting. He reported no other symptoms.

Family history: mother and father were healthy and not consanguineous. After examining the child, a focused questioning was conducted; the father reported similar lesions on his face and several hypopigmented macules, as well as three café-au-lait spots on one leg; he is being treated for high blood pressure. The father’s brother had cognitive impairment and epilepsy in childhood. He had no other relevant medical history.

Personal background: normal pregnancy, delivery, and neonatal period. No other relevant data.

Physical examination: weight: 24.5 kg (67th percentile); height: 117 cm (42nd percentile); head circumference: 52.5 cm (50th percentile); and blood pressure: 107/52 mm Hg (75th/25th percentile). Good general condition, excellent cooperation, normal expressive and comprehensive language. Cardiopulmonary auscultation was normal. The abdomen was soft with no palpable masses or visceromegaly. The patient had 5 hypopigmented macules, two of a 3 cm lanceolate appearance on the chest and right thigh, and two more rounded, 1 cm diameter lesions on the left arm. Several pink papules were present on the cheeks, and a papular lesion with an orange-peel appearance was present on the lumbosacral region. Cranial nerves were normal, with normal tone and strength. Deep tendon reflexes were present bilaterally with no increase in area. Flexor plantar cutaneous reflex was present. Gait, heels and toes are normal, tandem is normal. No limb differences or tremor.

 

 

Alteraciones del perímetro cefálico: macrocefalia y microcefalia

M. Álvarez Molinero*/**, D. Gómez Andrés*
Temas de FC


M. Álvarez Molinero*/**, D. Gómez Andrés*

*Neuropediatría. Hospital Universitario Vall d’Hebrón. Barcelona. **Neuropediatría. Hospital Universitario Joan XXIII. Tarragona

Resumen

Las alteraciones del perímetro craneal son un motivo de consulta y aparecen frecuentemente dudas en su manejo. Tras repasar la metodología de medida y discutir la interpretación de los distintos valores del perímetro cefálico, en el presente trabajo, proponemos los diagnósticos diferenciales en: macrocefalia, microcefalia congénita y microcefalia postnatal, así como algoritmos para relacionar la atención extrahospitalaria generalista con los servicios de Neuropediatría. En estos algoritmos, destacamos la importancia de una interpretación de los valores de perímetro cefálico dentro del contexto clínico y de los hallazgos de la exploración física y del neurodesarrollo, y la incorporación precoz de pruebas genéticas al proceso diagnóstico, con el objetivo de alcanzar un diagnóstico de precisión que permita orientar el cuidado y el pronóstico de manera personalizada en cada paciente.

 

Abstract

Abnormal values of occipitofrontal circumference are a common reason for consultation and uncertainties regarding its clinical management are usually present. This manuscript will review the measurement methods and interpretation of abnormal results, followed by a list of differential diagnosis for macrocephaly, congenital microcephaly and microcephaly, as well as clinical algorithms to support the relationship between primary care and pediatric neurology services. In these algorithms, we have tried to highlight the relevance of an adequate interpretation of abnormal values of occipitofrontal circumference within the clinical context, examination and neurodevelopmental findings.
The incorporation of genetic tests in early phases of the diagnostic procedure with the aim of reaching a precise diagnosis will help to guide personalized care and prognosis.

 

Palabras clave: Macrocefalia; Microcefalia; Megalencefalia; Hidrocefalia.

Key words: Macrocephaly; Microcephaly; Megalencephaly; Hydrocephalus.

Pediatr Integral 2020; XXIV (7): 357 – 366


Alteraciones del perímetro cefálico: macrocefalia y microcefalia

La importancia y el dilema de las alteraciones del perímetro craneal(1-3)

El perímetro craneal (cefálico o la circunferencia fronto-occipital) es una medida fácilmente realizable que nos ofrece una información valiosa sobre el desarrollo de los tres componentes del cráneo: parénquima encefálico, líquido cefalorraquídeo y contenido óseo y conectivo.

La medición del perímetro cefálico (PC) debe seguir una técnica. El aparato de medida debe ser una cinta que no se pueda estirar, pero que sea flexible. Es importante buscar la mayor circunferencia posible desde la frente hasta el occipucio. A veces, es útil palpar antes de realizar la medida, para buscar la zona más prominente de la frente (generalmente, 2-4 cm por encima de las cejas) y de la parte occipital. Es importante saber que es frecuente cometer errores de medida, por lo que es conveniente medir varias veces. En caso de alteración, al menos, es importante medir 3 veces.

Como otras tantas cosas en Pediatría, el perímetro cefálico es un fenómeno dinámico. Un recién nacido a término presenta un perímetro craneal de 35 cm (+/-1 cm). Los tres primeros meses de vida el PC puede aumentar 0,5 cm por semana, de los 3 a los 6 meses de vida aumenta 1 cm por mes y, posteriormente, lo hace a un ritmo de 0,5 cm por mes hasta los dos años, completando, de esta manera, el periodo de máximo crecimiento y desarrollo del sistema nervioso. Existen varias curvas de perímetro cefálico cuya principal variación está en los primeros años de vida, por lo que es importante utilizar siempre la misma para describir la evolución y una de las validadas para nuestra población.

El perímetro cefálico es una medida variable dentro de la población general. No existe un punto de corte universal para considerar que un perímetro cefálico es anormal, sino que la definición de micro y macrocefalia depende de otros factores como: la evolución dinámica a lo largo de la edad (no es lo mismo un paciente con +2,5DS de PC que viene desde -1DS o que viene desde +1,5DS), las otras medidas antropométricas, la evolución del neurodesarrollo del niño o los antecedentes médicos y neurológicos del paciente. Por ello, según la fuente bibliográfica, se utilizarán diferentes percentiles o diferentes valores de desviación estándar. En general, podemos establecer una serie de principios a lo hora de interpretar un valor de perímetro cefálico:

• Los pacientes entre -2DS y -3DS son pacientes que, con una alta frecuencia, no van a presentar una alteración neurológica (sobre todo, desde 2DS a 2,5 DS).

• Los pacientes tienen mayor probabilidad de presentar una alteración neurológica cuanto mayor es la desviación de la normalidad. Entre -3DS y +3DS, existe una nula relación entre el perfil cognitivo y la desviación cefálica; pero a partir de esas cifras, el riesgo de dificultades de aprendizaje graves aumenta según aumenta la desviación.

• El error de medida tiene más efecto en términos de percentiles y desviaciones estándar en edades tempranas (por lo tanto, las mediciones de los primeros meses son menos fiables) y es más difícil detectar una desviación franca cuanto más precoz es la medida (p. ej., es más improbable detectar una alteración muy marcada en un neonato que un lactante mayor).

• El perímetro cefálico es una aproximación a lo que desearíamos poder medir que es el volumen cefálico (y, sobre todo, su componente encefálico), que depende de la morfología; es decir, un perímetro redondo se corresponde con mayor volumen que un perímetro elíptico con el mismo valor.

Las alteraciones del crecimiento cerebral pueden ser de causa congénita o adquirida; no obstante, en algunos casos de causa congénita, no se llega al diagnóstico y se pueden clasificar como idiopáticas. Pueden presentarse clínicamente aisladas o constituir parte de síndromes complejos asociados con: otros problemas del neurodesarrollo asociados con: epilepsia, otros problemas del neurodesarrollo (autismo, discapacidad cognitiva u otros), malformaciones cerebrales y anomalías del crecimiento corporal.

Durante la ontogénesis del sistema nervioso central, intervienen una serie de procesos genéticamente programados. Concretamente, en el desarrollo cortical, se suceden los siguientes procesos: proliferación celular, migración, agrupación celular selectiva, citodiferenciación, proliferación axonal (sinaptogénesis) y muerte celular programada (apoptosis). Cualquier disrupción de los procesos biológicos menciados (bien por alteraciones genéticas, infecciones, drogas o disrupciones vasculares, entre otras) puede alterar el desarrollo cortical y, por tanto, el tamaño cerebral.

Es fundamental realizar una correcta anamnesis y una exploración completa. Se debe preguntar sobre los antecedentes pre y perinatales, tales como: infecciones intraútero, exposición a radiaciones, fármacos u otras sustancias tóxicas, edad gestacional, complicaciones durante el parto, sufrimiento fetal, etc. Asimismo, se debe interrogar sobre el desarrollo psicomotor (valorando las tres áreas del desarrollo: motora, social y cognitiva) y si ha habido alguna detención o regresión del desarrollo. Hay que obtener los resultados del cribado neonatal y anotar en la historia clínica, si hay o si no hay signos de hipertensión intracraneal como: irritabilidad, cefalea o vómitos; si tiene dificultades en la visión y audición; antecedentes médico-quirúrgicos; y qué tratamientos toma el paciente. Es importante realizar la anamnesis sobre los antecedentes familiares de interés y medir el PC a los progenitores.

Se debe realizar: exploración física sistematizada, describir el fenotipo y medir la somatometría y constantes vitales. En la valoración neurológica, se debe explorar: morfología craneal, permeabilidad de suturas y fontanelas, y perímetro craneal (desde la zona frontal a la parte más prominente occipital), valorar las funciones cognitivas, explorar los pares craneales, la función motora y sensitiva, los reflejos osteotendinosos, el reflejo cutaneoplantar, la marcha y la manipulación. Siempre que sea posible, hay que realizar un fondo de ojo.

Las alteraciones en el tamaño craneal suelen ser un motivo de preocupación para el pediatra y las familias. En este artículo, pretendemos explicar y proponer un abordaje integral, desde la detección en Atención Primaria hasta las pruebas complementarias avanzadas, que se realizan en la atención especializada.

Macrocefalia(4-7)

La macrocefalia (perímetro cefálico> 2,5DS) puede deberse a múltiples causas; la exploración física y las manifestaciones de alarma nos ayudan a diagnosticar precozmente causas graves, como la hidrocefalia o las megalencefalias con malformaciones.

Se considera macrocefalia a un perímetro craneal (PC) de más de 2,5 desviaciones estándar (+2,5DS). Los pacientes que presentan un perímetro craneal por encima de 2DS, también se deben tener en consideración en función de la evolución previa. Se define macrocefalia relativa: aquellos pacientes con perímetro craneal en rango normal, pero desproporcionado a su peso y talla, que están disminuidos; es normal en crecimiento intrauterino restringido y se debe descartar raquitismo y algunas displasias esqueléticas, como la osteopetrosis o la osteogénesis imperfecta. En la tabla I, exponemos las principales causas de macrocefalia relativa.

Con megalencefalia, nos referimos al grupo, dentro de las macrocefalias, que se producen por aumento de parénquima cerebral y, por tanto, es un diagnóstico que requiere la realización de algún tipo de prueba de neuroimagen.

El diagnóstico preciso y precoz de la causa de macrocefalia es importante, porque según: etiología, evolución, pronóstico y tratamiento, pueden ser muy distintos. Al final del artículo, proponemos el algoritmo 1 de abordaje para los casos de macrocefalia. El objetivo diagnóstico más importante ante un paciente con macrocefalia, es separar las causas potencialmente graves (Tabla II) de aquellas que tienen un curso benigno.

Los datos claves para distinguir las causas emergentes de las que no son tan urgentes, son las manifestaciones clínicas de hipertensión intracraneal (irritabilidad, cefalea, vómitos, fontanela abombada, ojos en sol naciente o tríada de Cushing, entre otros). Un paciente con manifestaciones compatibles con una hipertensión endocraneal, debe ser remitido a urgencias de Pediatría de forma urgente y deben valorarse con pruebas complementarias para descartar hidrocefalia. En el polo opuesto, están los pacientes con macrocefalia, pero con un desarrollo psicomotor y exploración neurológica normales, y sin antecedentes personales reseñables. En estos casos, un dato clínico relevante es la medición del PC en los progenitores. Si hay antecedentes familiares de macrocefalia, se considerará el diagnóstico de macrocefalia benigna familiar; en caso contrario, hablaremos de una macrocefalia aislada. En ambos casos, precisa vigilancia del PC y control del neurodesarrollo por parte del pediatra de Atención Primaria.

Entre estos dos extremos del diagnóstico diferencial, existe un grupo de pacientes que pueden tener una macrocefalia con datos anómalos en la anamnesis y/o en la exploración. Así, en los casos que el paciente presente: alteraciones neurológicas, factores de riesgo (prematuridad, hemorragia intraventricular, historia de hemorragia subdural, meningitis, anomalías congénitas asociadas, presencia de hepatoesplenomegalia, antecedentes personales o familiares de síndromes neurocutáneos, trastorno del espectro autista moderado/grave o discapacidad intelectual moderada/grave), rasgos dismórficos, síndromes de sobrecrecimiento o perímetro craneal mayor a 3,5 DS, se debe derivar el paciente a la consulta de Neuropediatría. En este grupo de pacientes con factores de riesgo, aunque pueden existir pacientes con hidrocefalia de instauración más lenta, incluimos, sobre todo, megalencefalias. Tradicionalmente, se han dividido en anatómicas (hay un trastorno en la morfogénesis del sistema nervioso central) y en metabólicas (hay un acúmulo anómalo de sustancias). Las megalencefalias suelen tener una base genética y, aunque no siempre se llega al diagnóstico molecular, incluiremos estudios genéticos dentro del protocolo diagnóstico. Se deben solicitar estudios dirigidos en los casos que exista una sospecha diagnóstica evidente, en función de un hallazgo clínico específico. Por ejemplo, si existe macrocefalia y manchas hipocrómicas, se justificaría la secuenciación directa de los genes TSC1/TCS2 en sangre u otro tejido. Si no existe un hallazgo clínico específico, la principal prueba diagnóstica es la RM cerebral con espectroscopia. Es una prueba fundamental, ya que nos da el diagnóstico en el caso de las megalencefalias anatómicas, o nos puede dar la clave para seguir con el diagnóstico, en el caso de las megalencefalias metabólicas. Algunas megalencefalias metabólicas tienen hallazgos radiológicos característicos o patognomónicos que permiten hacer el diagnóstico y confirmarlo directamente con el estudio molecular.

Ante un paciente con megalencefalia, sin antecedentes familiares de megalencefalia, sin alteraciones neurológicas o mínimo retraso del desarrollo con RM con espectroscopia normal o alteraciones mínimas específicas (p. ej., ventriculomegalia), podremos considerar un caso de megalencefalia aislada.

Los pacientes con megalencefalia anatómica suelen nacer con PC alto y la presión intracraneal es normal. Debemos sospechar una megalencefalia anatómica en pacientes con: sobrecrecimiento, dismorfias, trastorno del neurodesarrollo o epilepsia, que cursan de manera relativamente estable (sin regresión). La RM suele mostrar cambios malformativos. Actualmente, la clasificación de las megalencefalias anatómicas se hace basándose en las alteraciones genéticas (Tabla III).

Se conocen diferentes vías moleculares que pueden verse alteradas por hiperactivación en las megalencefalias anatómicas, una de las más conocidas es la vía PI3K-AKT-MTOR. Esta vía molecular es clave en: desarrollo cortical, control de la proliferación celular, migración, citodiferenciación, sinaptogénesis y regulación de la traducción de proteínas; por lo tanto, mutaciones de diferentes genes de esta vía pueden producir una amplia variedad de fenotipos clínicos con: megalencefalia, trastorno del espectro autista, epilepsia y discapacidad intelectual. Algunos de los genes implicados son: PIK3CA, PIK3R2, PTEN, AKT3, TSC1, TSC2, MTOR, CCND2, TBC1D7, RHEB y STRADA. En la tabla III, se resumen las características más importantes de las principales megalencefalias anatómicas. En los casos de sospecha de megalencefalia anatómica o megalencefalia aislada con alteración del desarrollo psicomotor o de la exploración neurológica, en los que no se sospeche una entidad específica, debe solicitar un array CGH y/o WES/WGS (“Whole exome sequencing” / “Whole genome sequencing”). Estas pruebas son importantes para definir el pronóstico de los pacientes y también personalizar su seguimiento. En concreto, ante un paciente con: macrocefalia, regresión importante del desarrollo psicomotor, encefalopatía grave, epilepsia farmacorresistente o alteración grave del neurodesarrollo, y neuroimagen normal, se debe sospechar una megalencefalia metabólica. Se debe realizar un estudio metabólico básico, si este resulta positivo, hay que solicitar estudios metabólicos/genéticos dirigidos. Un factor importante a considerar en las megalencefalias de causa metabólica, es que el PC al nacimiento suele ser normal y la macrocefalia se desarrolla en los primeros meses de vida. En la tabla IV, se exponen las principales causas de megalencefalias metabólicas y, en la tabla V, se resumen aquellas con una neuroimagen característica.

 

Consideración aparte merecen hallazgos que pueden aparecer en los exámenes y en la neuroimagen de los pacientes con macrocefalia. Por ejemplo, en el caso de que el paciente presente las fontanelas y/o las suturas amplias, se debe solicitar una ecografía transfontanelar (por el riesgo de hidrocefalia), pero también los niveles de vitamina D, por el riesgo de raquitismo. Otros pacientes muestran aumento de espacios subdurales, con un tamaño ventricular normal o mínimamente dilatado (es importante recordar que la atrofia cerebral tendría un volumen ventricular aumentado). En la tabla VI, se exponen las principales entidades que cursan con aumento de espacios subdurales.

En los pacientes con aumento de espacios, se debe: controlar el perímetro craneal hasta los 5 años de edad, controlar el neurodesarrollo e informar a la familia de signos o síntomas de hipertensión intracraneal, ya que estos pacientes tienen una mayor predisposición a padecer hemorragias subdurales aisladas de forma espontánea o ante un mínimo traumatismo.

Microcefalia congénita(8-9)

Conceptualmente, dividimos a la microcefalia en dos grandes grupos: microcefalia congénita (pacientes que desde las 36 semanas de edad postconcepcional ya presentan la alteración) y microcefalia postnatal (pacientes en los que la alteración va progresando evolutivamente).

La microcefalia congénita ocurre principalmente por 2 fenómenos:

1. El fallo o reducción de la neurogénesis en las épocas precoces del neurodesarrollo.

2. La alteración de otros elementos del contenido encefálico (sobre todo, sustancia blanca), por un fenómeno disruptivo (infecciones o isquemia intrauterina, exposición a tóxicos…) o un fenómeno neurodegenerativo muy precoz (p. ej., síndrome de Aicardi-Goutières u otras enfermedades genéticas que simulan infecciones congénitas TORCH).

El pronóstico depende de la intensidad de la microcefalia, del momento de la detección (las microcefalias de detección prenatal, antes de las 20 semanas de edad gestacional, tienen un pronóstico mucho peor que las que ocurren posteriormente) y, sobre todo, del diagnóstico concreto de cada paciente y de factores relacionados con este diagnóstico (p. ej., el momento de infección en la infección congénita por CMV).

En el algoritmo 2, al final del artículo, proponemos un abordaje diagnóstico para la microcefalia congénita; pero, desde el punto de vista del diagnóstico diferencial(10), podríamos utilizar los siguientes grupos, sabiendo que existe cierto grado de superposición.

Microcefalia congénita adquirida: infecciones congénitas (TORCH, VIH y zika), exposición a tóxicos (sobre todo, alcohol y cocaína) o fármacos (en especial, antiepilépticos), y otros factores maternos que condicionen insuficiencia placentaria, anemias graves o malnutrición grave.

Microcefalia congénita primaria:

– Con anomalías congénitas en otros órganos y/o rasgos dismórficos (microcefalias sindrómicas): orientan hacia síndromes de microdeleción/microduplicación o síndromes monogénicos con afectación multisistémica.

– Con talla baja: es un grupo heterogéneo que agrupa a displasias esqueléticas y a enfermedades con alteraciones en la reparación del ADN.

– Con malformación del desarrollo cortical y/o de la fosa posterior asociada: en este caso, la malformación del desarrollo cortical puede orientar hacia una etiología concreta.

– Con holoprosencefalia asociada: aunque su diagnóstico suele ser sencillo para los neurorradiólogos, las anomalías de la formación de la línea media telencefálica tienen una etiología compleja con implicación de factores ambientales (p. ej.: diabetes materna), cromosomopatías (p. ej.: trisomía 13), enfermedades monogénicas o síndromes de microdeleción/microduplicación.

– Aislada, con patrón giral simplificado y/o aumento leve del tamaño ventricular: son un grupo de enfermedades de herencia autosómica recesiva, cuyo evento patogénico es la reducción de la proliferación de neuroblastos. Tradicionalmente conocidas como: “microcefalia vera”, hoy se prefiere el término de microcefalia primaria hereditaria y, tienen en común, la escasa frecuencia de problemas neurológicos extremadamente graves más allá de: discapacidad intelectual, epilepsia habitualmente no farmacorresistente y leves signos piramidales sin problemas para la marcha autónoma. Sin embargo, existe una importante variabilidad fenotípica asociada a los distintos genotipos; por lo que es recomendable ser reservado desde el punto de vista pronóstico.

La diferencia entre microcefalia congénita adquirida y primaria se realiza basándose en: historia clínica, estudio específico de las causas maternas y, sobre todo, con ayuda de la prueba de imagen. En el caso del diagnóstico diferencial, dentro del grupo de microcefalia congénita primaria, las pruebas genéticas son claves para alcanzar el diagnóstico. En particular, los avances de secuenciación masiva han cambiado el paradigma clásico en el que la neuroimagen todavía jugaba un papel central en todos los pacientes, hacia uno en el que las pruebas genéticas son priorizadas o realizadas al mismo tiempo que la neuroimagen.

Microcefalia postnatal(9,11)

Bajo este término, agrupamos a todos los pacientes que tienen una disminución del perímetro cefálico que aparece después de las 36 semanas post-concepción o del nacimiento. Dentro del diagnóstico diferencial de esta entidad, es importante separar las causas en las que existe una lesión estática que bloquea el crecimiento normal del sistema nervioso, de aquellas que producen una lesión progresiva. La lesión progresiva generalmente produce más manifestaciones clínicas que la simple microcefalia y, en general, son los síntomas y los signos los que alertan de esta posibilidad. En el algoritmo 3, al final del artículo, incluimos un diagnóstico para el estudio de este grupo de pacientes.

El diagnóstico diferencial de la microcefalia postnatal, en la que se sospecha una lesión estática, incluye: causas adquiridas (encefalopatía hipóxico-isquémica, lesiones adquiridas en relación con la prematuridad, infecciones congénitas…) y causas genéticas. Existe un importante solapamiento entre las etiologías de la microcefalia prenatal y de la microcefalia postnatal, aunque hay enfermedades en las que, aun siendo la lesión relativamente estática, la microcefalia suele ser progresiva o de afectación postnatal, como el déficit de MCT8 (el transportador de hormona tiroidea en el sistema nervioso central).

En el caso de sospecha de patologías progresivas, es importante reseñar alguna de las causas más relevantes como son: enfermedades metabólicas, síndrome de Rett y enfermedades Rett-like caracterizadas por una marcada regresión en torno al año de vida y una afectación grave de las praxias y del lenguaje(12), el síndrome de Angelman y síndromes Angelman-like, el síndrome de Aicardi-Goutières (caracterizado por microcefalia progresiva y encefalopatía subaguda con: brotes de empeoramiento, crisis epiléptica y lesiones cutáneas), las hipoplasias pontocerebelosas o enfermedades que producen también una afectación marcada del crecimiento postnatal, asociada al fenotipo neurológico como: síndrome Warburg MICRO, Cockayne o el síndrome cerebro-oculofacial-esquelético.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.*** Piña-Garza JE. Disorders of cranial volume and shape. En: Fenichel’s Clinical Pediatric Neurology. A signs and symptoms approach. Elsevier; 2013. p. 369-84.

2. Woods CG, Parker A. Investigating microcephaly. Arch Dis Child. 2013; 98: 707-13.

3. Forsyth R, Newton R. Head size abnormalities. En: Paediatric Neurology. Oxford specialist handbooks in Paediatrics. Oxford. Oxford University Press; 2012. p. 148-50.

4. Winden KD, Yuskaitis CJ, Poduri A. Megalencephaly and Macrocephaly. Semin Neurol. 2015; 35: 277-87.

5. Pavone P, Praticò AD, Rizzo R, Corsello G, Ruggieri M, Parano E, et al. A clinical review on megalencephaly: A large brain as a possible sign of cerebral impairment. Medicine (Baltimore). 2017; 96: e6814.

6. Orrù E, Calloni SF, Tekes A, Huisman TAGM, Soares BP. The Child with Macrocephaly: Differential Diagnosis and Neuroimaging Findings. AJR Am J Roentgenol. 2018; 210: 848-59.

7. Tan AP, Mankad K, Gonçalves FG, Talenti G, Alexia E. Macrocephaly: Solving the Diagnostic Dilemma. Top Magn Reson Imaging. 2018; 27: 197-217.

8. Pirozzi F, Nelson B, Mirzaa G. From microcephaly to megalencephaly: determinants of brain size. Dialogues Clin Neurosci. 2018; 20: 267-82.

9.*** Woods CG, Parker A. Investigating microcephaly. Arch Dis Child. 2013; 98: 707-13.

10.*** Oegema R, Barakat TS, Wilke M, Stouffs K, Amrom D, Aronica E, et al. International consensus recommendations on the diagnostic work-up for malformations of cortical development. Nat Rev Neurol. 2020. https://doi.org/10.1038/s41582-020-0395-6.

11. Seltzer LE, Paciorkowski AR. Genetic disorders associated with postnatal microcephaly. Am J Med Genet C Semin Med Genet. 2014; 166C: 140-55.

12. Vidal S, Xiol C, Pascual-Alonso A, O’Callaghan M, Pineda M, Armstrong J. Genetic Landscape of Rett Syndrome Spectrum: Improvements and Challenges. Int J Mol Sci. 2019; 20: 3925. https://doi.org/10.3390/ijms20163925.

13. Hinojosa Mena-Bernal J, Pascual B. Trastornos del tamaño y la forma del cráneo. Pediatr Integral. 2015; XIX(9): 591-9.

Bibliografía recomendada

– Piña-Garza JE. Disorders of cranial volume and shape. En Fenichel’s Clinical Pediatric Neurology. A signs and symptoms approach. Elsevier; 2013. p. 369-84.

El capítulo correspondiente en un clásico de la Neurología pediátrica.

Woods CG, Parker A. Investigating microcephaly. Arch Dis Child. 2013; 98: 707-13.

Magnífica revisión sobre microcefalia. Todo lo esencial está aquí.

– Oegema R, Barakat TS, Wilke M, Stouffs K, Amrom D, Aronica E, et al. International consensus recommendations on the diagnostic work-up for malformations of cortical development. Nat Rev Neurol. 2020. https://doi.org/10.1038/s41582-020-0395-6.

Nuevas guías para el estudio de malformaciones del desarrollo cortical. La propuesta de abordaje genético es interesante.

 

Caso clínico

 

Varón de 6 meses originario de Pakistán, que acude a su primera revisión pediátrica, en la que se detecta un perímetro cefálico de 40 cm (-3,31 DS).
Antecedentes familiares: primer hijo de padres consanguíneos originarios del oeste de Pakistán (Balichistán).
Antecedentes personales: embarazo referido como controlado en Pakistán, sin exposición a tóxicos. Parto distócico. No reanimación. No ingreso neonatal. No enfermedades previas de interés ni cirugías. Perímetro cefálico al nacimiento: 34 cm (p10).

Exploración:
peso: 6.550 g (-2DS). Longitud: 67 cm (-2DS). Buen estado general. Bien hidratado, nutrido y perfundido. No rasgos faciales dismórficos ni dismorfias en los miembros. No hay otras anomalías en la exploración física. Vital. Reactivo. Interacción adecuada. Fontanela puntiforme. La función cognitiva impresiona de estar relativamente conservada. Fuerza, tono y actitud normales. Reflejos osteotendinosos normales. Respuesta cutánea plantar flexora. Sensibilidad aparentemente normal. Pares craneales normales.
Pruebas complementarias: hemograma y bioquímica general: sin alteraciones. Array CGH: sin alteraciones. Resonancia magnética: simplificación del patrón giral. Ecografía abdominal: sin alteraciones. Exoma: mutación homocigota en ASPM, que produce un error en el marco de lectura y previamente reportada ASPM (NM_018136.5): c.77delG (p.Gly26AlafsTer42).

 

 

 

 

 

 

Crisis febriles

M.C. Amigo Bello*, E. Lombraña Álvarez**
Temas de FC


M.C. Amigo Bello*, E. Lombraña Álvarez**

*Neurología Pediátrica, Hospital Álvarez Buylla, Mieres. **Hospital de Cabueñes, Gijón

Resumen

Las crisis febriles son el evento convulsivo más frecuente en la edad pediátrica. Existe una clara predisposición genética, aunque existen otros factores asociados que las desencadenan. El diagnóstico se basa en la historia clínica. En la mayoría de los casos, no es necesaria la realización de ninguna prueba complementaria. El tratamiento se basa en: resolver el episodio agudo, evaluación del síndrome febril y la información a la familia. En las crisis febriles simples, no está indicado el tratamiento profiláctico para la prevención de recurrencias. El pronóstico a largo plazo es, en general, excelente. La derivación a Neuropediatría no suele ser necesaria. El pediatra de Atención Primaria debe transmitir la información a los padres y hacer el seguimiento.

 

Abstract

Febrile seizures are the most frequent seizure event in the pediatric age. There is a clear genetic predisposition although there are other associated factors that trigger them.
The diagnosis is based on the medical history. Additional tests are not necessary in most cases. Treatment is based on resolving the acute episode, evaluation of the febrile syndrome and providing information to the family. Prophylactic treatment for preventing recurrences is not indicated in simple febrile seizures. The long- term forecast is generally excellent. Referral to pediatric neurology is usually not necessary. The Primary Care pediatrician should further inform the parents and follow up.

 

Palabras clave: Crisis febriles; Crisis febriles plus; Fiebre; Niños.

Key words: Febrile seizures; Febrile seizures plus; Fever; Children.

Pediatr Integral 2020; XXIV(7): 367 – 374


Crisis febriles

Introducción

Las crisis febriles (CF) fueron diferenciadas de otros tipos de crisis a mediados del siglo XIX. A lo largo del siglo XX seguimos avanzando en su conocimiento, Lennox y Livingston investigaron los factores de riesgo para la recurrencia, y Nelson describió el riesgo posterior de desarrollo de epilepsia. En los siguientes años, se estableció la actual visión de las CF y sus bases diagnósticas y terapéuticas.

De forma general, las CF se consideran un proceso con una evolución benigna, pero esto no impide que suponga una situación alarmante para los padres, e incluso para muchos profesionales de la salud que realizan la atención urgente de los niños. Las CF suponen un frecuente motivo de consulta para los pediatras, tanto por el propio episodio agudo como por la ansiedad posterior que aparece en las familias en relación con siguientes episodios febriles. Además, cuando durante la atención a la crisis febril activa, se observa un manejo del evento por parte del personal sanitario cargado de ansiedad, se hace difícil transmitir después la tranquilidad necesaria a la familia, para que sean capaces de manejar los posibles episodios críticos sucesivos que se puedan producir. El pediatra de Atención Primaria, gracias a la relación de cercanía y confianza con las familias, es el más adecuado para comunicarles la información sobre la probable evolución y el pronóstico a las familias.

Definición

Las CF son el resultado de una sensibilidad a la fiebre en un cerebro en desarrollo con predisposición genética. La definición más aceptada es la que se refiere a las crisis que se asocian a: fiebre de más de 38ºC, en niños de 6 meses a 5 años, excluyendo las causadas por infecciones del sistema nervioso central (SNC) u otra causa definida, y sin antecedentes de crisis afebriles. Aunque algunos autores amplían el rango de edad, incluyendo crisis desde los 3 meses(1), e incluso según la ILAE (International League Against Epilepsy) desde el mes de vida(2).

Clásicamente, las CF se han subdividido en simples o típicas, y complejas o atípicas. Las crisis febriles simples (CFS) incluyen las crisis generalizadas cuya duración es inferior a 15 minutos y que no presentan recurrencia en las siguientes 24 horas; en contraposición, las crisis febriles complejas (CFC) serán aquellas que se manifiesten como: crisis focales, con duración mayor de 15 minutos o que recurran en las siguientes 24 horas. Para Kudsen(3), también debemos incluir en este grupo, los episodios en los que aparezcan anomalías postictales, incluyendo la parálisis de Todd (Tabla I).

Epidemiología

Las CF son el trastorno convulsivo más frecuente en la infancia.

Las CF son el trastorno convulsivo más frecuente en la edad pediátrica. En los países occidentales, la incidencia se sitúa entre el 2-5%, siendo llamativo que en Japón la incidencia es bastante más alta, situándose entre el 6-9%. El pico de incidencia se sitúa en torno a los 18 meses. En la mitad de los casos, las CF se presentan en el segundo año de vida. Se ha descrito un ligero predominio masculino, con una razón hombre/mujer estimada de 1,6:1(4,5). Aproximadamente, un tercio de las CF se presentan con una o más características de CFC(1).

Etiología/Fisiopatología

Los factores implicados fundamentalmente son: edad menor de 5 años, fiebre y predisposición genética, con la probable mediación de citoquinas u otros mediadores de inflamación.

Los mecanismos exactos que desencadenan las CF no se encuentran totalmente aclarados, pero sí existe una clara asociación con tres factores: inmadurez cerebral, fiebre y predisposición genética(6).

Respecto a la madurez cerebral, debemos valorar que es excepcional que aparezcan CF antes de los 6 meses y después de los 5 años, lo que nos indica una relación con la edad. Se han propuesto como factores relacionados: la mielinización, la apoptosis del exceso neuronal y/o el aumento de la complejidad sináptica(1), sin que podamos concluir claramente cuáles son los mecanismos exactos implicados.

Las causas de la fiebre son tan variables como las diferentes infecciones que pueden aparecer en la edad pediátrica: infecciones respiratorias de vía altas, faringitis, otitis media, neumonía, gastroenteritis aguda o exantema súbito, además de las causas de fiebre no infecciosas. En estudios europeos, encontramos que el VHH-6 se encuentra asociado hasta en el 35% de los niños que presentan una crisis febril, le siguen adenovirus (14%), VRS (11%), VHS (9%), CMV (3%) y VHH-7 (2%). Las crisis febriles asociadas el VHH-6 se han vinculado con una mayor tasa de características de CFC, recurrencia o status febril. En los países asiáticos, el virus de la gripe se ha encontrado hasta en el 20% de los pacientes.

La relación entre la vacunación y las CF es compleja. Se ha encontrado un aumento del riesgo de CF tras la administración de la vacuna antitosferina de células enteras (DTP), que no se produce con la vacuna acelular (DTPa). La DTP produciría unos 6-9 casos por 100.000 dosis de vacuna, pero debemos tener en cuenta que es una vacuna muy reactogénica y produce fiebre en la mitad de los niños vacunados, por lo que es difícil saber si las crisis se desencadenan por la propia vacuna o por la fiebre. Lo mismo ocurre con la vacuna triple vírica, existen varios estudios con cifras bastante dispares (3-4 casos/10.000 dosis-16 casos / 100.000 dosis). Ese riesgo se ve incrementado si se administra conjuntamente con la varicela, respecto a su administración por separado. Aunque estas sean las vacunas que aparecen relacionadas con más frecuencia en artículos sobre crisis febriles, cualquier vacuna puede producir fiebre y, secundariamente, desencadenar una crisis febril. En general, las CF que ocurren tras la vacunación no presentan diferencias respecto a las que pueden ocurrir por otras causas. En los niños que presenten una crisis febril tras una vacuna, la decisión de administrar las siguientes dosis debe ser individualizada, aunque en general, los beneficios son superiores a los riesgos(5,7,8).

Desde hace unos años, se investiga el papel de las citoquinas en la susceptibilidad a las CF. Kwon concluye que los pacientes con CF tienen niveles significativamente más altos de IL1β en líquido cefalorraquídeo y de IL6 en suero(9). También se ha descrito la relación con los polimorfismos de la IL6, encontrando que el alelo T y el genotipo TT se asocia con un aumento de riesgo para las CF(10). Existen resultados contradictorios respecto a este tema y harán falta nuevos estudios que vayan aportando más información.

La predisposición genética para las CF es bien conocida, aunque el modo exacto de herencia no se encuentra todavía totalmente aclarado. Según las series, se ha encontrado que los pacientes que presentan una CF, tienen entre un 10-20% de familiares de primer grado que también las han sufrido. También se ha encontrado mayor porcentaje de afectación en gemelos homocigotos respecto a los dicigotos, que tienen un riesgo similar al de los otros hermanos.

Se han descrito diferentes patrones de herencia, en unos casos sugieren herencia autosómica dominante con penetrancia reducida, pero también se plantea una posible herencia poligénica o multifactorial. Se han relacionado varios loci con la susceptibilidad a las CF en diferentes cromosomas, entre otros 2q23-24: FEB3, 8q13-21:FEB1 y 19p:FEB2.

Por último, hace ya unos 20 años, se describió la asociación de las CF en algunas familias con mutaciones en genes que codifican los canales de sodio, los más frecuentes son SCN1A y SCN1B. En estas familias, se ha descrito un espectro de manifestaciones denominado epilepsia generalizada con crisis febriles plus (GEFS+), donde se incluyen: desde CFS a la epilepsia mioclónica severa de la infancia (síndrome de Dravet), pasando por diferentes presentaciones de crisis febriles(5).

Clínica

La presentación más frecuente de las crisis febriles es una crisis generalizada tónico-clónica.

Las CF son, a menudo, el primer síntoma del proceso febril en el niño y, habitualmente, ocurren en las primeras horas del cuadro clínico. La forma más frecuente de presentación es como crisis generalizada tónico-clónica, donde no siempre es fácil determinar si existieron fase tónica y fase clónica. También se pueden presentar como atónicas o hipotónicas, que pueden simular un síncope. De forma habitual, puede aparecer un llanto inicial, seguido de pérdida de conciencia con rigidez muscular. Durante la fase tónica, pueden aparecer pausas de apnea. También puede asociar vómitos o relajación de esfínteres. Tras esto, suele aparecer una fase de clonías o sacudidas rítmicas, y finalmente suele terminar con un periodo de letargia o sueño postictal(12). Son menos frecuentes las crisis focales, aunque también pueden ser un modo de presentación. Tras las crisis focales, puede aparecer una parálisis de Todd. La duración media de las crisis febriles se encuentra en torno a 3-4 minutos(5).

En algunos casos, una CF puede evolucionar a status, en torno al 5% de los casos(11). Según la definición clásica, el status convulsivo se define como: aquella crisis de duración superior a 30 minutos o serie de crisis cortas consecutivas sin recuperación de conciencia entre ellas. En el 2015, la ILAE reorientó la definición de status para tener en cuenta los cambios fisiopatológicos que ocurren durante una crisis y pasó a considerarlo: la condición resultante del fallo de los mecanismos responsables de la terminación de la convulsión o del inicio de mecanismos que conducen a convulsiones anormalmente prolongadas (después del punto de tiempo t1). Es una afección que puede tener consecuencias a largo plazo (después del punto de tiempo t2), incluida la muerte neuronal, la lesión neuronal y la alteración de las redes neuronales, según el tipo y la duración de las convulsiones. Los puntos de tiempo t1 y t2 son diferentes según el tipo de crisis. En el caso de las crisis generalizadas tónico-clónicas, los 5 minutos de crisis se considera t1 y a los 30 minutos t2 (Fig. 1).

Figura 1. Patrón temporal en el status epiléptico.

Aunque en el caso de los status febriles, el pronóstico es mejor al descrito inicialmente, este concepto supone que las crisis que se prolongan más allá de unos 5 minutos, constituyen una emergencia pediátrica que requiere tratamiento inmediato y agresivo(12,13).

Síndrome de Dravet

Dentro de las posibles presentaciones clínicas de las CF, merece un apartado especial el síndrome de Dravet, ya que al inicio, puede ser indistinguible de las crisis febriles. El síndrome de Dravet o epilepsia mioclónica severa de la infancia fue descrito por Charlotte Dravet en 1978 y, reconocido por la ILAE, como un síndrome independiente en 1989. Su incidencia se sitúa por debajo de 1 de cada 40.000 nacidos vivos. El curso clínico se divide en 3 fases. La primera fase se considera la fase febril.

Comienza durante el primer año de vida, normalmente entre los 4-8 meses de vida, con una crisis clónica generalizada en un lactante aparentemente normal, que frecuentemente se asocia a: fiebre, proceso infeccioso o administración de una vacuna. Esta primera crisis suele presentar criterios de crisis febril compleja, bien por duración mayor a 15 minutos o por signos de focalidad. Tras esta crisis, el EEG y otros estudios habituales presentan resultados dentro de la normalidad. Transcurrido un periodo variable, entre 2 semanas y 2 meses, aparecen nuevas crisis que pueden ser febriles o no, incluso pueden presentarse como status. La presentación más característica son crisis hemiclónicas alternantes. En la segunda fase, se produce un empeoramiento clínico. Aparecen diferentes tipos de crisis entre el año y los cuatro años: crisis mioclónicas breves, ausencias atípicas, cabeceo, crisis focales, crisis autonómicas y de hipotonía. Esto lleva a un deterioro neurológico con pérdida de habilidades. Pueden aparecer estereotipias y pérdida del contacto ojo a ojo. La tercera fase aparece a partir de los 5 años y se considera la fase de estabilización. Disminuyen el número de crisis, que ocurren principalmente durante el sueño. Aunque se pueden observar mejorías en las habilidades del desarrollo psicomotor, se van a encontrar alteraciones persistentes.

Los pacientes con síndrome de Dravet tienen historia familiar de epilepsia o CF entre el 25-71%, según las diferentes series y la identificación de mutaciones en el gen SCN1A, en aproximadamente dos tercios de los casos, marca la clara asociación con las CF. Debemos permanecer alerta en: los casos en que las crisis febriles tienen un inicio precoz (< 9 meses), las crisis tienen características de atipicidad o se observa un parón en el desarrollo o pérdida de habilidades adquiridas. Esos signos deben hacer pensar en este síndrome, cuyo diagnóstico se hace en función de la evolución clínica, apoyándose en estudios complementarios. El diagnóstico precoz resulta fundamental para poder adecuar el tratamiento. El síndrome de Dravet es una enfermedad muy difícil de tratar, pero existen pautas que pueden ayudar a disminuir el número crisis y a acortar su duración. Y resulta muy importante saber que existen fármacos antiepilépticos que, además de ser ineficaces, pueden agravar las crisis, como la carbamacepina y la lamotrigina(14), y deben ser evitados en estos pacientes.

Diagnóstico

El diagnóstico de las CF se basa en historia clínica y exploración física.

Estudios de laboratorio(15,16)

Los estudios de laboratorio deben ser realizados solo como parte de la evaluación para determinar la causa de la fiebre en caso de que se considere necesario, no por la propia crisis. El riesgo de bacteriemia oculta en menores de 24 meses es igual en lactantes con fiebre que hayan presentado crisis o no(15). Se considerará la realización de hemograma, glucemia y/o determinación de electrolitos cuando: el estado post-crítico sea prolongado, existan signos de deshidratación o alteración del estado general.

Punción lumbar(15,16)

La Academia Americana de Pediatría (AAP) considera tres situaciones respecto a la realización de punción lumbar (PL):

1. Se debe realizar PL a cualquier niño que presente una crisis con fiebre y tenga signos meníngeos (rigidez de nuca, signos de Kernig o Brud­zinski presentes) o cualquier signo que sugiera meningitis o infección intracraneal.

2. Valoraremos su realización en cualquier niño entre 6-12 meses de edad que presente una crisis con fiebre, que presente una vacunación incompleta frente a Haemophilus influenzae tipo B o frente a Streptococcus pneumoniae, o cuando el estado vacunal no puede ser determinado y exista un aumento en el riesgo de meningitis bacteriana.

3. Debemos considerar también la realización de PL en niños que presenten crisis con fiebre que han sido tratados con antibiótico, ya que puede enmascarar los signos y síntomas de meningitis.

EEG

El electroencefalograma (EEG) no debe solicitarse de forma rutinaria en la evaluación neurológica de un niño sano con una crisis febril simple(5).

Neuroimagen

Los estudios de neuroimagen (TC o RM craneal) pueden ser útiles en casos concretos, pero no deben realizarse de rutina tras la primera crisis febril. Incluso se desaconseja la realización rutinaria tras las crisis complejas, reservando su realización exclusivamente para pacientes en los que: exista una sospecha de una lesión estructural subyacente, persistan signos neurológicos focales, alteración de conciencia u otros signos sospechosos de hipertensión intracraneal(5). En Japón, se recomienda la realización de un estudio de imagen previo a la realización de punción lumbar(16).

Diagnóstico diferencial

Aunque la historia clínica suele ser suficiente para el diagnóstico, la ansiedad que producen estos episodios a los observadores hace, en ocasiones, difícil reflejar en la entrevista las características del evento. Debemos esforzarnos en recoger detalles que nos permitan el diagnóstico diferencial con otros episodios paroxísticos:

• Temblor febril: escalofríos o estremecimientos, generalmente coincidentes con el ascenso de temperatura. En estos episodios, se respeta siempre el nivel de conciencia.

• Delirio febril: estado de agitación psicomotora que sucede generalmente con niveles de temperatura muy altos. El niño comienza con un estado de delirio y alucinaciones que puede ser muy espectacular.

• Síncope febril o crisis anóxica febril: respuesta a reflejos vasovagales, desencadenados por el ascenso o descenso brusco de la temperatura. Cursa con: cianosis y/o palidez, bradicardia y afectación parcial del nivel de conciencia. Si se prolonga, se puede acompañar de clonías o contracción tónica, constituyendo un síncope convulsivo.

• Crisis parainfecciosas: se describen como crisis que afectan a niños de seis meses a cuatro años de edad, previamente sanos, con desarrollo psicomotor normal, generalizadas y afebriles en el contexto de una infección banal que no afecta al cerebro, aunque puede haber existido fiebre en otros momentos. Suelen presentarse varías crisis agrupadas durante el cuadro infeccioso. Con normalidad en los resultados de las exploraciones complementarias, y evidencia de un desarrollo psicomotor posterior normal, con un bajo porcentaje de recurrencia en las crisis afebriles(17).

• Infecciones del SNC: las convulsiones provocadas por meningitis o encefalitis son la principal preocupación en los profesionales que atienden a un niño que presenta fiebre y convulsiones. Una evaluación exhaustiva realizada por un médico experimentado casi siempre detectará la presencia de estas patologías. Aunque hasta un 40% de los niños que presentan meningitis no tienen signos meníngeos al inicio del cuadro, la presencia de otros hallazgos como alteración de conciencia, petequias, etc…, sugerirá la presencia de una infección del sistema nervioso central.

• Síndrome FIRES (Fever-induced refractory epileptic encephalopathy syndrome): cuadro que aparece en niños previamente sanos, como una encefalitis con estatus epiléptico multifocal y evoluciona hacia una epilepsia refractaria focal, que asocia deterioro cognitivo y comportamental. Presenta tres fases: en la primera, presentan una crisis febril simple; pocos días después comienza la segunda fase, caracterizada por convulsiones recurrentes o estatus epiléptico refractario, generalmente sin fiebre; y por último, aparece la fase crónica, con una epilepsia resistente a fármacos antiepilépticos y con compromiso neuropsicológico grave. Aunque se sospecha que se desencadena por algún agente infeccioso, actualmente, su etiopatogenia permanece desconocida(18).

Pronóstico

El pronóstico general de las CFS es excelente.

• Riesgo de recurrencia: el riesgo general de recurrencia global de las crisis febriles se estima en torno al 30-40%(3). Los factores de riesgo para la recurrencia son similares en las crisis febriles simples y en las complejas (Tabla II).

• Riesgo de epilepsia: el riesgo de epilepsia tras crisis febriles simples se encuentra en el 1-2%, ligeramente superior a la incidencia en la población general (aproximadamente 0,5%). Sin embargo, el riesgo en pacientes con crisis febriles complejas, según los estudios revisados, se encuentra entre el 5 y el 10%(19), esto nos hará permanecer expectantes respecto a la evolución de los pacientes que presenten crisis febriles complejas.

• Riesgo de alteración del neurodesarrollo: otra gran preocupación es la posibilidad de que esas crisis provoquen una alteración del neurodesarrollo. La aparición de secuelas neurológicas (déficits neurológicos, discapacidad intelectual o alteraciones del comportamiento) es excepcional tras CFS. Pero el efecto de las CFC sobre el desarrollo es controvertido y difícil de definir, ya que las muestras estudiadas en la mayoría de los trabajos, son de pacientes hospitalarios y también depende de lo rigurosos que sean al seleccionar a los pacientes. Aunque en la mayoría de los estudios, no encuentran diferencias significativas(19).

Tratamiento

El tratamiento con antitérmicos no previene las crisis febriles. El uso de fármacos antiepilépticos queda restringido a casos muy seleccionados.

Tratamiento inmediato

La mayoría de las CF han cedido espontáneamente en el momento que el niño es evaluado y, además, suelen regresar rápidamente a su estado basal. En estos casos, no se debe administrar tratamiento con benzodiacepinas, aplicaremos solo tratamiento sintomático con antitérmicos. Cuando la crisis dura más de 5 minutos, se debe iniciar tratamiento. Las alternativas son: el clá­sico diazepam rectal (dosis 0,5 mg/kg), midazolam bucal (dosis: 0,2 mg/kg), o lorazepam intranasal (dosis: 100 microg/kg). Si la crisis no cede con una primera dosis de benzodiacepinas, se puede utilizar una segunda dosis tras unos 10 minutos; a partir de ahí, si la crisis no cede, se debe continuar con el protocolo de tratamiento de crisis que exista en cada centro. Tras la crisis, deberemos plantearnos qué hacer. En algunos casos, tras la valoración el paciente, podría ser dado de alta al domicilio, en otros se debe mantener en observación unas horas. No se encuentra claramente definido cuál es el tiempo de observación recomendable. En el caso de las CFS, se podría dar el alta tras la recuperación completa del estado basal; sin embargo, en las CFC, el periodo de observación se recomienda en torno a las 24 horas, dado que es el tiempo en el que van a aparecer la gran mayoría de recurrencias y se pondría de manifiesto la existencia de algún proceso subyacente (Tabla III). Las condiciones de nuestro centro de trabajo van a condicionar como adaptamos estas recomendaciones a nuestra práctica clínica.

Tratamiento de recurrencias/Prevención

• Antitérmicos: dada la clara relación de la fiebre con la aparición de las crisis, parecería razonable que el tratamiento riguroso con antitérmicos podría prevenir la aparición y recurrencia de las crisis. Respecto a este tema, se han realizado múltiples estudios encontrando resultados contradictorios. La conclusión general es que no tienen ninguna incidencia sobre las crisis febriles. La indicación de estos fármacos se basa en proporcionar alivio de los síntomas y generar confort(16,19).

• Fármacos antiepilépticos (FAEs): el pronóstico benigno de las CFS, que no causan daño permanente y su tendencia a la remisión espontánea con la edad, asociado a los potenciales efectos secundarios de los fármacos antiepilépticos, hace que la profilaxis de las recurrencias de las CFS no esté recomendada. La efectividad de algunas drogas antiepilépticas se ha analizado, encontrando que el fenobarbital y el ácido valproico disminuyen el riesgo de crisis a corto plazo, pero también presentan un riesgo de efectos adversos hasta en el 30-40% de los niños(19). La ILAE plantea valorar tratamiento preventivo en pacientes que presenten crisis muy frecuentes en un periodo de tiempo (3 o más en 6 meses, 4 o más en 1 año) y en pacientes con historia de crisis prolongadas (duración mayor de 15 minutos) o que requieran tratamiento farmacológico para detener la crisis. En estos casos, consideran la indicación de terapia intermitente con diazepam rectal u oral al inicio de la fiebre con 1 dosis a 0,4-0,5 mg/kg, pudiendo dar una segunda dosis a las 8 horas. Dado que el 98% de las crisis febriles ocurren en las primeras 24 horas, no se considera prolongar el tratamiento más allá de este tiempo(20). Este tratamiento plantea varios problemas, por un lado, el riesgo de efectos secundarios por el diazepam, ya que la posible somnolencia que provoca, puede inducir a error sobre la valoración clínica; y por otro, la dificultad para detectar la fiebre en algunos niños, dado que es frecuente que la crisis febril aparezca antes del ascenso de temperatura, lo que impide que se pueda realizar esta pauta como profilaxis eficaz. En la práctica habitual, no se recomienda realizar profilaxis con estos fármacos. Además, existen fármacos que se han demostrado ineficaces para la profilaxis de las crisis febriles como la carbamacepina y la fenitoína(21,22). Se echan de menos estudios amplios de tratamiento con los nuevos antiepilépticos, que presentan menos efectos secundarios y que podrían disminuir la recurrencia en casos más complejos.

Tratamiento domiciliario

En algunos casos, puede ser necesario que los familiares dispongan de medicación para abortar la crisis, bien por dificultades para acceder a un centro sanitario, por crisis muy frecuentes o bien por antecedentes de crisis prolongadas. La disponibilidad de cánulas de diazepam rectal en el domicilio es una práctica frecuente y segura en estos pacientes. Resulta muy importante que las familias comprendan la secuencia de tratamiento, debiendo insistir en que lo primero es colocarlos en una postura adecuada que deje la vía aérea permeable, intentar mantener la serenidad y controlar el tiempo con un reloj. Iniciar lentamente la administración del tratamiento si la crisis dura más de 5 minutos, y cesar si la crisis se detiene. Se indicará una única dosis hasta la valoración por sanitarios, si esta es necesaria. Con estas pautas evitaremos efectos secundarios innecesarios y sobretratamiento(4).

Función del pediatra de Atención Primaria (AP)

El pediatra de Atención Primaria es el pilar fundamental para el manejo habitual de las crisis febriles a largo plazo. Aunque la corta duración de las crisis hace infrecuente que la asistencia inmediata a la crisis se realice en el centro de salud, la relación de continuidad y confianza entre las familias y el pediatra de AP, hará que sus indicaciones sean la principal orientación para ellos.

Tras la crisis, una vez hemos comprobado una recuperación completa, debemos explicar que existe riesgo de recurrencia y dar información concreta y comprensible sobre el manejo domiciliario de posibles recurrencias, para evitar la realización de técnicas inadecuadas. También informaremos sobre el pronóstico y evolución neurológica, ambos excelentes de forma general.

La gran mayoría de los casos no precisan derivación al ámbito hospitalario, esta se considerará si existe patología neurológica previa, la presentación fue un status febril o una crisis focal, la edad se encuentra fuera del rango habitual (menores de 3 meses o mayores de 6 años), existe una sospecha de epilepsia o existe alguna otra característica atípica que puede precisar la realización de estudios complementarios.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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15.*** Steering Committee on Quality Improvement and Management, Subcommittee on Febrile Seizures American Academy of Pediatrics. Neurodiagnostic evaluation of the child with a simple febrile seizure. Pediatrics. 2011; 127: 389-94.

16. Natsume J, Hamano SI, Iyoda K, Kanemura H, Kubota M, Mimaki M, et al. New guidelines for management of febrile seizures in Japan. Brain Dev. 2017; 39: 2-9.

17. Lara-Herguedas J, García-Peñas JJ, Ruiz-Falcó ML, Gutiérrez-Solana LG, Duat-Rodríguez A, Arrabal-Fernández ML, et al. Para-infectious seizures in children: a retrospective study of 34 cases. Rev Neurol. 2008; 46: 321-5.

18. García Peñas JJ, Domínguez Carral J, Puertas Martín V. Síndromes epilépticos que se inician con crisis febriles. Revista médica hondureña. 2014; 82: S32-S36.

19.*** Millichap JJ, FAAP, FAAN. Treatment and prognosis of febrile seizures Uptodate. 2020. Acceso el 8 de mayo de 2020.

20. Capovilla G, Mastrangelo M, Romeo A, Vigevano F. Recommendations for the management of “febrile seizures”: Ad Hoc Task Force of LICE Guidelines Commission. Epilepsia. 2009; 50: 2-6.

21. Offringa M, Newton R, Cozijnsen MA, Nevitt SJ. Prophylactic drug management for febrile seizures in children. Cochrane Database Syst Rev. 2017; 2: CD003031.

22.** Steering Committee on Quality Improvement and Management SboFSAAoP. Febrile seizures: clinical practice guideline for the long-term management of the child with simple febrile seizures. Pediatrics. 2008; 121: 1281-6.

Bibliografía recomendada

– Millichap JJ, FAAP, FAAN. Clinical features and evaluation of febrile seizures. Uptodate. 2019. Acceso el 8 de mayo de 2020.

Revisión de las características clínicas y epidemiológicas de las CF que se mantiene constantemente actualizada.

Millichap JJ, FAAP, FAAN. Treatment and prognosis of febrile seizures Uptodate. 2020. Acceso el 8 de mayo de 2020.

Revisión sobre el tratamiento y pronóstico de las CF, que al igual de la referencia previa, se mantiene constantemente actualizada.

Offringa M, Newton R, Cozijnsen MA, Nevitt SJ. Prophylactic drug management for febrile seizures in children. Cochrane Database Syst Rev. 2017; 2: CD003031.

Análisis exhaustivo de la evidencia sobre la eficacia de los diferentes fármacos para disminuir el riesgo de recurrencia de las CF.

Capovilla G, Mastrangelo M, Romeo A, Vigevano F. Recommendations for the management of “febrile seizures”: Ad Hoc Task Force of LICE Guidelines Commission. Epilepsia. 2009; 50: 2-6.

Guía clínica de la ILAE totalmente aplicable a nuestra población.

Patel N, Ram D, Swiderska N, Mewasingh LD, Newton RW, Offringa M. Febrile seizures. BMJ. 2015; 351: h4240.

Artículo que resume las características y recomendaciones fundamentales para el manejo de las CF.

Steering Committee on Quality Improvement and Management, Subcommittee on Febrile Seizures American Academy of Pediatrics. Neurodiagnostic evaluation of the child with a simple febrile seizure. Pediatrics. 2011; 127: 389-94.

Guía fundamental que sirve de aval en la decisión para realizar estudios complementarios.

 

Caso clínico

 

Niño de 2 años remitido a consulta de Neuropediatría.

Motivo de consulta
Crisis febriles complejas.

Antecedentes personales
Embarazo y parto sin incidencias. Fue valorado en la consulta a los 6 meses por episodios de estremecimiento, por lo que se realizó EEG, donde presentó trazado normal para su edad.

Sigue revisiones programadas y mantiene calendario vacunal al día.

Antecedentes familiares
Padre y madre con antecedentes de crisis febriles.

Alergias
Sin alergias conocidas.

Historia actual
Niño de 2 años remitido por su pediatra, por 4 episodios de crisis febriles en 6 meses, (el primero a los 17 meses: crisis febril simple, en dos de ellos las crisis fueron complejas por repetición de crisis en periodo de 24 horas).

Las crisis presentan unas características muy similares entre ellas, en las primeras 12 horas de fiebre presenta: desconexión del medio bruscamente, desviación tónica de la mirada hacia arriba, hipertonía generalizada de unos segundos de duración, que evoluciona a clonías de extremidades, con una duración de unos 60-90 segundos en total. Permanece somnoliento unos 15 minutos tras lo que presenta una recuperación completa. Las crisis coinciden con picos febriles en torno a 40ºC. Ha sido ingresado por las crisis en los 4 episodios.

No ha presentado crisis afebriles ni han observado regresión de los hitos del desarrollo o de las habilidades psicomotoras.

Exploración
Excelente estado general. Normocoloración de piel y mucosas. No se aprecian acromías ni discromías. Auscultación cardíaca rítmica y sin soplos. Auscultación pulmonar con buena entrada de aire bilateral. Abdomen no doloroso, sin masas ni megalias. Neurológico: Glasgow 15/15. Adecuado contacto ojo a ojo. Buena interacción social recíproca. Fija y sigue con la mirada en todas las direcciones. Tono, fuerza y motilidad espontánea adecuada a su edad. Marcha liberada estable. No temblor ni dismetría. Reflejos rotulianos presentes y simétricos. Lenguaje expresivo escaso con vehiculización de adultos.

Pruebas complementarias
Hemograma/Bioquímica: realizados en 2 de los ingresos, sin alteraciones.

EEG basal: realizado tras la 2ª crisis febril compleja: dentro de los límites fisiológicos para la edad cronológica del paciente.

Evolución
Se realizan controles clínicos. Las siguientes crisis febriles las presenta a los 2 años y 6 meses, 2 años y 9 meses, y 2 años y 10 meses. Todas de características típicas similares a las descritas previamente. Mantiene un desarrollo neurológico adecuado a su edad. Actualmente, tiene 3 años y 6 meses, y lleva sin crisis unos 6 meses.

 

 

 

Síndromes epilépticos según la edad

R. Cancho Candela, M. Andrés de Álvaro
Temas de FC


R. Cancho Candela, M. Andrés de Álvaro

Unidad de Neurología pediátrica. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Río Hortega. Valladolid

Resumen

La epilepsia es un trastorno cerebral en el que existen crisis epilépticas no provocadas; es decir, episodios de descarga neuronal que no son secundarios a una agresión inmediata al cerebro. Existen diferentes tipos de crisis según las características clínicas del modo en el que ocurren. Los síndromes epilépticos son enfermedades diferenciadas caracterizadas por tipos de epilepsia que cursan con crisis específicas y una historia natural definida (edad, pronóstico). Numerosas epilepsias muestran comorbilidades en el desarrollo del paciente infantil, con un elevado potencial de discapacidad. El reconocimiento precoz y específico de algunos tipos de crisis y de epilepsias por parte del pediatra, pueden mejorar sustancialmente el manejo y el pronóstico.

 

Abstract

Epilepsy is a brain disorder with unprovoked epileptic seizures, that is, neuronal discharge episodes that are not secondary to an immediate insult on the brain. There are different types of seizures according to their clinical char-acteristics. Epileptic Syndromes are differentiated diseases characterized by specific epilepsy types that present with specific crises, and a defined natural history (age, prognosis). Numerous epilepsies show comorbidities in the development of the infant patient, with a high potential for disability. The early and specific recognition of some types of seizures and epilepsies by the pediatrician can substantially improve management and prognosis.

 

Palabras clave: Crisis epiléptica; Epilepsia; Síndrome epiléptico.

Key words: Epilepsy; Epileptic seizure; Epileptic syndrome.

Pediatr Integral 2020; XXIV (7): 375 – 382


Síndromes epilépticos según la edad

Epilepsia: clasificación, definiciones, diagnóstico

La epilepsia es un agrupamiento de diferentes síndromes y trastornos con base cerebral y con un síntoma común, la recurrencia de crisis epilépticas no provocadas.

La definición de epilepsia ha sido controvertida a lo largo del tiempo. Diversos conceptos relacionados con la epilepsia, como son su clasificación y los tipos de crisis, han mostrado cambios profundos en las últimas décadas. Se trata de una de las enfermedades infantiles crónicas más frecuente; a veces, se dice de modo coloquial, que: “la epilepsia es una enfermedad pediátrica que, a veces, se prolonga u ocurre en el adulto”. Esta afirmación excesiva encierra una verdad, y es que la prevalencia de epilepsia es, en torno a cuatro veces superior en la infancia, que en adultos (aproximadamente 1% de toda la población infantil)(1); además, la epilepsia pediátrica es de mayor riqueza semiológica y complejidad clínica, e incide en un cerebro en desarrollo, por lo que las implicaciones en relación con posibles secuelas son mayores.

Antes de profundizar en la descripción de los diversos síndromes epilépticos pediátricos, es obligado revisar algunas definiciones. La base de la clasificación y de las definiciones son las propuestas por la ILAE (International League Against Epilepsy)(2); existe consenso internacional respecto a su uso y su última revisión corresponde a 2017.

Denominamos crisis epiléptica (CE): a la aparición transitoria de signos y/o síntomas provocados por una actividad neuronal excesiva o sincrónica en el cerebro(3). Las CE pueden considerarse como: provocadas (o sintomáticas agudas, o reactivas), cuando se asocian a un factor agudo transitorio o reversible sistémico, o del SNC (p. ej.: fiebre, infección, tóxicos); no provocadas, si no es así; y reflejas, en caso de ser CE provocadas, en los que su recurrencia asocia una predisposición anómala en relación con el resto de población (estímulos sensoriales, lectura, etc.)(4).

En este sentido, denominamos epilepsia, a una enfermedad de la función cerebral, definida por una de estas tres condiciones:

1. Al menos, dos CE no provocadas (o reflejas) que ocurran en un plazo superior a 24 horas.

2. Una CE no provocada (o refleja) y un riesgo de presentar nuevas crisis similares al derivado, tras tener dos crisis no provocadas (de, al menos, un 60% de probabilidad de recurrencia en los próximos 10 años).

3. Diagnóstico de síndrome epiléptico concreto.

Denominamos síndrome epiléptico a un trastorno epiléptico que muestra unas características específicas en cuanto a sus síntomas y signos, incluyendo: historia natural, edad de inicio, tipo de crisis, etiología, hallazgos neurofisiológicos, anomalías neurológicas asociadas, respuesta al tratamiento y pronóstico. Es importante hacer notar que no todas las epilepsias pueden ser encuadradas dentro de un síndrome epiléptico definido; de manera expresa (y a pesar del título de nuestro artículo), la ILAE evita en su clasificación, la distribución de los tipos de epilepsia dentro (o en paralelo) de síndromes epilépticos.

Es también necesario, antes de iniciar el estudio de los síndromes epilépticos pediátricos, definir brevemente otros dos conceptos. Se entiende por encefalopatía epiléptica a una epilepsia tal que la propia actividad epiléptica en sí misma contribuye al deterioro progresivo de la función cerebral (con discapacidad cognitiva, motora, etc.) de forma adicional sobre la discapacidad esperada solo por la etiología subyacente y en la que la mejoría de la actividad epiléptica podría minimizar esta discapacidad. La epilepsia farmacorresistente es aquella en la que existe fallo de dos fármacos antiepilépticos (en monoterapia o combinación): correctamente indicados, bien tolerados, pautados a dosis apropiadas y durante el tiempo adecuado(5). La ILAE ha recomendado no usar, dentro de los diagnósticos de tipos de epilepsia, el término “benigno” y recomienda el uso de los términos: “autolimitado” o bien “fármacosensible”.

Como se ha indicado, las CE son manifestaciones clínicas de disfunción cerebral transitoria. Las diferentes formas clínicas de estas CE son las que se denominan como: “tipos de crisis”. La descripción clínica precisa de la forma de ocurrir una crisis determinada es lo que se denomina “semiología”. Los diferentes tipos de crisis han sido clasificados de formas muy diferentes a lo largo del tiempo. En la actualidad, la clasificación de consenso diferencia signos clínicos cerebrales de inicio focal o generalizado, y la existencia de conciencia preservada o no (Fig. 1).

Figura 1. Clasificación de tipos de crisis según la ILAE (International League Against Epilepsy)(2).

Hablamos de signos de inicio focal, cuando existen signos y síntomas debidos a la activación inicial de un grupo de neuronas limitado a un hemisferio cerebral, que se denomina foco epileptógeno, con: semiología crítica motora, sensitiva, sensorial, psíquica o autonómica específicamente atribuida a esa zona neuronal. Pueden ocurrir con conciencia preservada o bien (en terminología previa “parcial simple”), o bien con conciencia alterada (término anterior “parcial compleja”), en las que existe percepción alterada (pero no inconsciencia). En las crisis generalizadas existe compromiso de ambos hemisferios cerebrales desde el inicio, e incluyen pérdida de conciencia, salvo en las crisis mioclónicas y atónicas, de gran brevedad. Debe remarcarse que el término convulsivo se reserva para crisis con componente motor y, por tanto, no debe emplearse para, por ejemplo, las ausencias típicas, que suelen carecer de fenómenos motores clínicamente relevantes.

Existe, por tanto, un escalonamiento en la orientación diagnóstica que debe orientar al profesional que se enfrenta al paciente con crisis que se sospecha sean CE(6) (Fig. 2).

Figura 2. Escalonamiento en la orientación diagnóstica de la epilepsia.

En primer lugar, debe determinar si los eventos paroxísticos del paciente no son en realidad trastornos de naturaleza no epiléptica, como: síncopes, parasomnias, trastornos del movimiento, etc. En segundo lugar, una vez determinadas las crisis como CE, debe intentarse su encuadre dentro de un tipo específico de epilepsia. En tercer lugar, y no siempre será posible, todo el cuadro clínico global (tipo de epilepsia, comorbilidades, edad, etc.) será incluido dentro de un síndrome epiléptico. Este proceso es, a veces, de gran simpleza diagnóstica y, en otras, de elevada complejidad, requiriéndose estudios neurofisiológicos, de neuroimagen, genéticos, etc. El tipo de epilepsia o síndrome epiléptico de un paciente puede, además, ser clasificado desde el punto de vista etiológico.

Existen diversas confusiones y errores habituales en el enfoque diagnóstico de la epilepsia. Expondremos algunos de los más usuales. Es frecuente la confusión entre tipo de CE y tipo de epilepsia o directamente síndrome. Ejemplos clásicos son: los espasmos epilépticos, típicos del síndrome de West (o previos a), pero no exclusivos, pudiendo aparecer en otros tipos de epilepsia de infancia temprana; o, por ejemplo, las CE tipo ausencias típicas, que son la CE habitualmente exclusivas de la epilepsia generalizada de tipo ausencias típicas, pero pueden aparecer en otras epilepsias como la epilepsia mioclónica juvenil. Debe hacerse, por tanto notar, que muchos tipos de epilepsia y síndromes epilépticos muestran varios tipos de CE. Otra confusión habitual es la reducción o pobreza descriptiva clínica que lleva a considerar todas las CE, en las que existen fenómenos motores preeminentes (crisis “hiperquinéticas”), como tónico-clónicas. De modo similar, es también habitual encontrar cómo se califican erróneamente de ausencias las CE focales, en las que existe alteración del nivel de conciencia con fenómenos motores no llamativos, e incluso contamina a los episodios no epilépticos de ensimismamiento, hoy en día, sobrediagnosticados de “ausencias”.

La descripción semiológica precisa es de elevado valor diagnóstico. Los fenómenos clínicamente “menores” que aparecen en las CE, son de un valor crítico en la orientación y manejo adecuado del cuadro. De este modo, la descripción precisa de: automatismos, fenómenos motores focales, movilidad ocular, descripción subjetiva de la crisis, etc., es mucho más importante que, por ejemplo, establecer la duración de una crisis tónico-clónica. Un ejemplo evidente es la orientación hacia neuroimagen, con mayor o menor celeridad en caso de focalidad en la expresión clínica; o como la clara impresión clínica de CE generalizadas, en las que el rendimiento de neuroimagen es escaso, debe hacer incidir en la mayor importancia de un estudio neurofisiológico adecuado.

Estudios complementarios para orientación diagnóstica

El visionado de vídeos domésticos se ha convertido en una importante herramienta para la orientación inicial diagnóstica.

Existen tres grupos de estudios complementarios principales en epilepsia, desde un punto de vista básico y orientativo, que son: la revisión de filmaciones domésticas de CE, los estudios neurofisiológicos (electroencefalograma: EEG) y los estudios de neuroimagen. Los estudios genéticos, inmunológicos, etc., pertenecen a una fase de profundización diagnóstica que no es pertinente que sea valorada en este manuscrito.

Hoy en día, existe una mayoría de familias que consultan por primera vez con sus pediatras de Atención Primaria o con un neuropediatra, aportando ya una filmación doméstica de episodios sospechosos de CE. Existen estudios que valoran, como más precisas, las filmaciones domésticas que, por ejemplo, el EEG, pero siempre que el evaluador sea una persona con cierta formación en epilepsia(7). En nuestra opinión, el valor clínico de los vídeos domésticos es muy elevado y, en la práctica clínica diaria, nos permite en consulta, hacer un primer despistaje de CE versus Trastornos Paroxísticos No Epilépticos (TPNE), que suele ser coincidente con el diagnóstico final. Por tanto, debe motivarse a las familias en la filmación de episodios sospechosos, sobre todo, en casos dudosos o no diagnosticados. En cierto modo, puede decirse que los vídeos son una herramienta muy valiosa para diagnóstico de CE y tipo, pero no tanto en el diagnóstico de tipo de epilepsia y síndrome.

El EEG es la herramienta fundamental en el manejo y, sobre todo, en el diagnóstico del tipo de epilepsia y síndrome. Sin embargo, la interpretación del EEG es un proceso complejo que requiere elevada especialización. Existen múltiples factores de confusión en este sentido. Algunos de ellos son(8):

- Aproximadamente el 4% de todos los niños no epilépticos muestran actividad paroxística en el EEG. Este porcentaje se eleva en caso de enfermedad neurológica sin epilepsia activa, como: migraña, daño cerebral, etc.

- En torno al 40% de los niños epilépticos tienen un EEG interictal basal normal (pero solo un 8% si se realizan activaciones adecuadas, como deprivación de sueño).

- La intensidad de las anomalías epileptógenas no siempre refleja la severidad o importancia del cuadro epiléptico.

- Las CE provocadas remedan, en ocasiones, patrones EEG que son básicamente similares a las CE de epilepsias específicas.

En cualquier caso, es probablemente adecuado que, en una primera consulta con Neuropediatría por sospecha de CE, pueda aportarse ya un primer estudio EEG, aunque sea basal, solicitado desde Atención Primaria siempre que esta actitud no demore en exceso la consulta con el especialista.

En relación al papel del EEG como decisor de otros estudios o de inicio de tratamiento, hay que reflejar que su uso debe ser específico e individualizado. Los algoritmos derivados de meta-análisis suelen ser erróneos en la atribución de riesgo de recurrencia, porque son incapaces de reflejar la multiplicidad de situaciones clínicas individuales, y reducen la situación de primera CE a, en realidad, primera CE tónico-clónica. Esta situación, clínicamente, no suele ser “real”, ya que se calcula que el 74% de los pacientes con “primera CE” ya han manifestado otras CE previas “menores”(9). El uso de EEG en estos algoritmos mejora la precisión diagnóstica, pero siempre teniendo en cuenta el adecuado uso de maniobras de activación (deprivación de sueño, hiperventilación y fotoestimulación). La situación prototípica, en este sentido, es la de primera CE tónico-clónica, en la que en el EEG aparecen descargas generalizadas con provocaciones, no acompañadas de crisis clínica. Esta situación orienta al riesgo de desarrollo de epilepsia generalizada idiopática, pero puede posiblemente asumirse no iniciar tratamiento por el momento.

Respecto a la neuroimagen, en nuestro ámbito habitual de trabajo, puede decirse que el estudio de elección en el proceso diagnóstico de epilepsia debe ser la resonancia magnética cerebral (RMC)(10). La mayoría de epilepsias requieren, para un proceso completo de estudio de la realización de RMC, en particular, las epilepsias focales (las asociadas a síntomas o trastornos con focalidad cerebral), las no clasificables o las de difícil control. Pueden existir controversias respecto a la obligada indicación en algunas epilepsias, aunque puede decirse que no es preciso si existe diagnóstico sindrómico claro no ligado a patología focal (como en la mayoría de las generalizadas idiopáticas, o en síndromes genéticos como el Dravet). En las epilepsias focales infantiles autolimitadas/benignas, es controvertido por la posible confusión de estos síndromes con epilepsias secundarias a lesiones cerebrales focales. Nuestra opinión es que, si existe acceso a RMC, se realice también en estos casos, sobre todo, si existe alguna atipicidad en la supuesta epilepsia benigna del paciente. En relación al uso de ecografía cerebral en lactante con CE o a la tomografía axial computarizada, debe reservarse su uso dentro del diagnóstico, a las situaciones de urgencia y primeras evaluaciones, para descartar cuadros agudos secundarios a patología: vascular, hemorrágica o infecciosa.

Síndromes epilépticos según edad de debut habitual

Se ha optado por realizar una descripción sintomática y electroclínica de los principales tipos y síndromes, minimizando los estudios genéticos y la terapéutica; para profundizar en estos ámbitos, se recomienda consultar con las referencias recomendadas(11-12).

Periodo neonatal

La semiología de las crisis neonatales es muy diferente a las de otras edades y son frecuentemente secundarias.

La mayoría de CE neonatales son provocadas y son secundarias a agresiones como: alteraciones metabólicas, hipoxia-isquemia o infección de SNC. Fuera de estas, existen algunos cuadros epilépticos específicos, frecuentemente relacionados con alteraciones genéticas. Una gran parte de CE neonatales muestran una semiología “sutil”, ya que presentan signos clínicos que frecuentemente no son identificados de forma inmediata como CE, en particular, en prematuros. Las más habituales involucran movimientos orofaciales, como: chupeteo, movimientos linguales y desviación ocular, siendo también posibles alteraciones autonómicas, apnea o movimientos de tipo pedaleo. La interpretación del EEG neonatal es particularmente compleja; es frecuente la existencia de patrones paroxísticos eléctricos sin aparente sintomatología clínica. Es por ello que, es de gran utilidad el uso de monitores de EEG simplificados de uso a pie de cama del paciente y que pueden facilitar el diagnóstico de CE y del patrón EEG. Se describen brevemente los principales síndromes epilépticos neonatales.

Epilepsia familiar neonatal benigna

Las comúnmente llamadas “crisis del quinto día” constituyen un cuadro heterogéneo, relacionado frecuentemente con mutaciones en KCNQ2 y KCNQ3, de herencia autosómico dominante, por lo que pueden existir antecedentes familiares. Su pico de inicio es entre el 4º y 6º día de vida, pero pueden debutar en las semanas siguientes. Las CE suelen ser: focales o multifocales, tónicas o clónicas, afectando a ambos hemicuerpos y, por lo general, asociadas a apnea, breves y frecuentes, ocurriendo principalmente durante la transición sueño-vigilia. El EEG interictal suele ser normal. La norma es la resolución espontánea en los primeros meses de vida, sin secuelas, pero con un riesgo de aproximadamente 10 a 15% de epilepsia futura.

Síndrome de Ohtahara (encefalopatía infantil precoz)

Se trata de una encefalopatía epiléptica. Las causas más frecuentes son estructurales (porencefalia, hemimegalencefalia y disgenesia) y mutaciones en genes específicos entre otros: KCNQ2, ARX, STXBP1, CDKL5, SCN2A y SCN3A. Las metabolopatías son causa menos habitual. Suele iniciarse en las primeras semanas de vida, en forma de CE, de tipo espasmos tónicos en el debut, a menudo en salvas. Pueden aparecer también CE de otros tipos, como focales motoras y mioclonías. El EEG muestra un característico brote-supresión continuo en todos los estadios sueño-vigilia que, con el paso de los meses, evoluciona hacia hipsarritmia. Los pacientes muestran deterioro neurológico global, falleciendo la mayoría en los primeros años de vida. Los supervivientes presentan encefalopatías epilépticas evolutivas. Se trata de un cuadro farmacorresistente.

Encefalopatía mioclónica temprana

Es un cuadro similar al síndrome de Ohtahara, pero con algunas especificidades. En este caso, hay una mayor asociación con metabolopatías (en particular, hiperglicinemia no cetósica) y, menos habitual, con malformaciones o mutaciones específicas. El debut suele ser anterior (en las primeras horas de vida), con CE predominantes en forma de mioclonías segmentarias, migratorias, que usualmente afectan a la musculatura distal de extremidades, pero con también crisis: clónicas focales, mioclónicas generalizadas o espasmos tónicos, más tardíos. El EEG es similar al Ohtahara, con patrón brote-supresión, pero el brote es más breve, de 1-3 segundos, con supresión más larga y aparece de forma predominante o exclusivamente en sueño. Puede no existir patrón EEG asociado a las crisis mioclónicas. El pronóstico vital y secuelar es similar al Ohtahara, pero debe ponerse énfasis en el despistaje de metabolopatías, ya que existe posibilidad de tratamiento específico en algunas de ellas (déficit de piridoxina, ciclos de urea, etc.). Es por ello, que debe insistirse en la diferenciación de este cuadro con el Ohtahara, a pesar de las similitudes clínicas y en EEG.

Lactancia

Los espasmos epilépticos son un tipo de crisis poco frecuente, pero que debe ser reconocido de manera precoz, para un adecuado manejo.

Síndrome de West

El síndrome de West (SW) debuta habitualmente entre los 3-7 meses de edad. Este síndrome no es específico de un grupo de etiologías, aunque existen algunas causas más proclives a producir el síndrome de West. Dado su debut en periodo de lactante, existe un grupo numeroso de pacientes en los que ya existe diagnóstico o, al menos, sospecha de enfermedad neurológica desde periodo neonatal; es el caso de los síndromes de West secundarios a daño cerebral por: encefalopatía hipoxico-isquémica perinatal, ictus perinatal, infección perinatal de SNC y la mayoría de malformaciones cerebrales(13). Existen, además, numerosas mutaciones patogénicas que pueden producir encefalopatía epiléptica, debutando como síndrome de West o bien de forma evolutiva, partiendo de otro tipo de encefalopatía precoz. Entre los numerosos genes implicados están: ARX, CDKL5, SPTAN1, STXBP1, SCN2A, etc. Entre las causas primarias genéticas, deben considerarse también las cromosomopatías (Down, del1p36, inv dupl 15, etc.). Debe hacerse una consideración especial hacia las enfermedades neurocutáneas, en particular, la esclerosis tuberosa (ET), dada su particular asociación con el síndrome de West. Dada la diversidad etiológica del síndrome de West y que el pronóstico se relaciona con la rapidez y eficacia del tratamiento, la identificación rápida de esclerosis tuberosa es una prioridad en cualquier paciente con síndrome de West de causa no obvia. La visualización de estigmas típicos de esclerosis tuberosa en el periodo de lactante (manchas hipomelanósicas y placas fibrosas), deben dirigir el esfuerzo diagnóstico hacia neuroimagen precoz y no hacia estudios metabólicos o genéticos no específicos; el diagnóstico de esclerosis tuberosa con síndrome de West indica el inicio de tratamiento con vigabatrina, que se ha mostrado muy superior a otros fármacos en este grupo de pacientes.

El síndrome de West muestra un tipo de CE específico, los espasmos epilépticos, que son típicos, pero no exclusivos de este síndrome. El diagnóstico de síndrome de West requiere de regresión en el desarrollo y patrón EEG específico denominado hipsarritmia, con un patrón desorganizado de ondas lentas de gran amplitud y, frecuentemente, combinado con puntas multifocales. Los espasmos son el tipo de CE paradigmático en relación con la discordancia entre su relativa sutilidad y la gravedad del cuadro clínico. Cuando el paciente no ha mostrado previamente enfermedad neurológica y no se vigila activamente al paciente, es frecuente que exista un decalaje de semanas o meses entre el debut de los espasmos y su diagnóstico. Los espasmos consisten en una contracción repentina en flexión, extensión o flexo-extensión de la musculatura proximal y del tronco (sobre todo, de miembros superiores, produciendo separación y elevación de ambos brazos con respecto al tronco), en general, simétricos y sincrónicos, con una duración habitual en torno a un segundo de duración, con clara tendencia a ocurrir agrupados en salvas o rachas, separados entre 5 a 20 segundos, principalmente en etapas de transición sueño-vigilia; suele existir una sutil supraelevación de la mirada durante el espasmo y llanto posterior. Es frecuente que, en una etapa inicial de algunas semanas, los espasmos ocurran con poca frecuencia y muy selectivamente antes de dormir o al despertar. Con posterioridad se incrementan y es evidente la detención o regresión en desarrollo.

El pronóstico del síndrome de West está ligado a la causa, pero en cualquier caso, es siempre mejor en casos de diagnóstico y tratamiento adecuado precoz. Al menos, tres cuartas partes de los pacientes presentan retraso significativo en el desarrollo y se ha reportado farmacorresistencia en síndrome de West en más de la mitad de los pacientes, con evolución hacia otros tipos de epilepsia y encefalopatía epiléptica. Desde el punto de vista diagnóstico, es clave cómo se ha indicado la identificación de los espasmos como tales. Asimismo, la realización de RMC precoz es también importante; en torno al 60-70% de pacientes tienen neuroimagen cerebral alterada. Puede existir gran complejidad en el proceso diagnóstico de síndrome de West de causa no evidente y requerir de múltiples estudios, en particular, genéticos y metabólicos. El tratamiento básico del síndrome de West se basa inicialmente en la diferenciación entre síndrome de West de causa estructural en los que suele existir mayor eficacia de vigabatrina versus resto de causas, en los que aparte de tratamientos específicos, suelen ser más eficaces los corticoides. Si existe ineficacia de estos dos tratamientos solos o combinados, deben probarse otros fármacos (zonisamida, valproico…), dieta cetogénica, etc.

Epilepsia familiar benigna de la infancia

Con anterioridad, la mayoría de estas epilepsias se englobaban como síndrome de Watanabe-Vigevano, pero se ha apreciado diversidad en cuanto a tipo de CE y en cuanto a pronóstico. Existen pacientes con mutaciones en PRRT2 (también relacionado con: coreoatetosis, convulsiones febriles, migraña hemipléjica y ataxia episódica), así como en SCN2A y SCN8A; las mutaciones patogénicas de estos dos genes pueden producir un espectro amplio de patología, que va desde cuadros relativamente benignos, a encefalopatías epilépticas muy severas. El caso típico es el de: un lactante previamente sano, entre los 3 y 8 meses de edad, que presenta CE agrupadas (varias en unas horas o días), de semiología variada, focales, con o sin generalización secundaria. Suele haber: cese de la actividad motora, ausencia de respuesta, desviación de la cabeza y/o ojos a un lado, mirada fija, parpadeo y clonias unilaterales o bilaterales. El EEG interictal suele ser normal. Tienen buena respuesta a fármacos. El pronóstico es bueno, con cese de CE antes de los dos años de edad, sin secuelas.

Epilepsia mioclónica de la infancia

Se trata de una epilepsia generalizada idiopática, con debut entre el segundo semestre de vida y los 3-4 años, en un paciente sin déficits neurológicos previos. Las CE suelen ser mioclónicas axiales, con afectación de EESS, generalmente sin afectación de conciencia y, a menudo, se desencadenan por estímulos sensoriales. El EEG interictal es generalmente normal y requieren a menudo de registro ictal o de EEG durante el sueño, visualizándose descargas generalizadas de punta-onda/polipunta onda y, a veces, fotosensibilidad. La respuesta a valproico o a levetiracetam suele ser la norma, pero existe un porcentaje apreciable (10-20%) de pacientes que presentan años después déficit cognitivo leve o trastornos de neuroconducta. Es también posible la recurrencia de crisis en infancia y adolescencia, con otros tipos de epilepsias generalizadas.

Epilepsia de la infancia con crisis focales migratorias

Se trata de una encefalopatía epiléptica que debuta en el primer semestre de vida. Suele tener origen genético (KCNT1, TBC1D24). Las CE se caracterizan por ser crisis focales múltiples de diversa semiología y localización, en particular motoras y autonómicas, con generalización en la mitad de los pacientes. Existe cierta complejidad en el EEG, apareciendo en el interictal puntas multifocales, pero en el ictal, se aprecian múltiples focos independientes, con actividad continua y migrante, conformando status epilépticos. La evolución es hacia una epilepsia farmacorresistente, con retraso global en desarrollo.

Síndrome de Dravet

El síndrome de Dravet (SD) o epilepsia mioclónica severa de la infancia es una encefalopatía epiléptica de inicio temprano, caracterizada por epilepsia refractaria asociada a crisis febriles (CF) atípicas y con una cronología característica. En aproximadamente el 80% de los pacientes, el síndrome es causado por mutaciones patogénicas en el gen SCN1A, pero pueden existir otros genes implicados. En realidad, existe un espectro clínico amplio asociado al gen SCN1A. Las mutaciones patogénicas de este gen pueden producir trastornos convulsivos, que van desde las CF aisladas a combinaciones de estas con CE afebriles, de tipo: mioclónico, focales, crisis tónico-clónicas (epilepsia con CF plus), etc. Las diferentes formas clínicas presentan implicación en el desarrollo, que varía, sobre todo, en función de la severidad del cuadro epiléptico. El debut del síndrome de Dravet (y de la mayoría de epilepsias relacionadas con SCN1A) se produce en un lactante en el primer año de vida, en relación con sus primeros procesos febriles, en forma de CF atípica (por edad, pero también usualmente por focalidad y duración). En la actualidad y en nuestro ámbito, es usual que el primer proceso febril de un lactante sea producto de una vacunación, en particular, tosferina y meningococo B, debido al potencial pirético de ambas. La discusión de la indicación de vacunación en pacientes con CF, sospecha de síndrome de Dravet, etc., rebasa los límites de este artículo, pero el lector debe recordar que la aparición de CF prolongada o/y asimétrica en primeras vacunas de un lactante, es de sospecha para desarrollo de epilepsias relacionadas con SCN1A. En estos primeros meses no existe regresión o detención en desarrollo, pero a partir del año de vida este empieza a ser evidente a la vez que debutan diversos tipos de CE afebriles; las más frecuentes son: tónico-clónicas o clónicas, generalizadas o focales con focalidad alternante, mioclónicas (segmentarias, multifocales o generalizadas, aisladas o en brotes) y crisis de ausencia (generalmente atípicas, con mioclono asociado frecuente). Entre los signos neurológicos suele ser frecuente la ataxia y los problemas cognitivos. El EEG interictal no suele ser específico y, a menudo, es normal a pesar de la elevada frecuencia de la crisis. En general, a partir de los 5-7 años de edad, existe una fase de estabilización, sin deterioro, pero con discapacidad intelectual ya establecida y con persistencia de CE, aunque menos frecuentes. El síndrome de Dravet muestra aproximadamente, un 7% de casos de muerte súbita inesperada. Es una epilepsia farmacorresistente, pero existe margen terapéutico para minimizar número de crisis y deterioro. Deben usarse combinaciones de: valproato, topiramato, benzodiacepinas, estiripentol (y, posiblemente, Cannabidiol en el futuro inmediato); es muy relevante el papel de la dieta cetogénica en este síndrome, de manera específica.

Infancia

Las epilepsias pediátricas más frecuentes debutan en este periodo: epilepsia focal rolándica y ausencias.

Epilepsias focales benignas (autolimitadas) de la infancia

Las epilepsias focales benignas de la infancia (EFBI) son un grupo de epilepsias caracterizadas por ser edad dependientes en debut y curso, con síntomas ictales que sugieren focalidad específica, relacionadas a menudo con el sueño; son idiopáticas, en el sentido de mostrar algunas variantes genéticas que favorecen su aparición, pero sin un factor etiológico único. En casos claros con escaso número de crisis sin generalización y no amenazantes, se intenta no administrar tratamiento; además de los riesgos directos del fármaco que se emplee, existe potencial favorecedor de transformación de EFBI en cuadros de mayor severidad con status eléctrico nocturno y regresión en desarrollo. En todos los casos, la deprivación de sueño o la transición vigilia-sueño son activadores claros en el EEG y debe indicarse esta maniobra si la sospecha es específica. En todos estos casos de EFBI, existe cierta controversia respecto a la realización de RMC, ya que pueden existir epilepsias secundarias a lesiones cerebrales ubicadas en áreas habituales de EFBI; en general, si existe: atipicidad, dudas, episodios frecuentes, etc., debe realizarse resonancia. Es interesante señalar que puede existir comorbilidad entre diferentes EFBI, de manera evolutiva. Las principales EFBI son las que se citan a continuación.

Epilepsia occipital de la infancia de inicio temprano (síndrome de Panayiotopoulos)

Se trata de una EFBI de debut antes de los 5 años, con crisis nocturnas de una semiología, a menudo, difícil de sospechar, ya que predominan: vómitos y signos vegetativos (palidez, síncopes, sialorrea…). Puede existir impresión de alteración del nivel de conciencia, así como desviación ocular y torsión cefálica, junto a más raros movimientos clónicos focales. Son crisis largas, en la mitad de ocasiones, rondan los 30 minutos, pero poco frecuentes; la mitad de los pacientes solo muestran 1 o 2 crisis en toda su vida. En el EEG con deprivación suelen hallarse las puntas occipitales características. En general, el cuadro remite 2-4 años después del debut.

Epilepsia occipital de la infancia de inicio tardío (síndrome de Gastaut)

En este caso, el debut es más tardano, en torno a los 7-9 años; existen síntomas visuales claros, como amaurosis y alteraciones de movilidad ocular. Frecuentemente, se acompaña de cefalea migrañosa, breve y, a menudo, clonias focales hemicorporales que pueden generalizar. Al contrario que en el anterior cuadro, suele haber muchas crisis y breves, lo que unido al potencial de generalización lleva a tratamiento más frecuentemente. El EEG es similar al Panayiotopoulos.

Epilepsia benigna de la infancia con puntas centrotemporales (epilepsia “rolándica”)

Se trata del síndrome epiléptico infantil más frecuente de todos. Aproximadamente, uno de cada cinco niños epilépticos tiene este diagnóstico. El debut es amplio, entre 3 años a preadolescencia, pero la mayor parte de pacientes debutan a los 6-8 años. La mayoría de crisis ocurren en sueño o en transiciones sueño-vigilia, sobre todo, cuando la noche previa ha existido una reducción de número de horas de sueño habitual, lo que aumenta la posibilidad de crisis en: viajes, eventos festivos o estresantes. La semiología es característica: espasmo hemifacial clónico, con sialorrea e imposibilidad para hablar, pero preservación de conciencia (al tocarle el paciente mira al observador y da la impresión de querer hablar, pero no puede hacerlo); pueden aparecer clonias de hemicuerpo homolateral y, no raramente, generalización. Cuando la rapidez del cuadro o la no observación no permiten objetivar el inicio focal, es importante el hallazgo de paresia facial y/o segmentaria postictal. A pesar de la supuesta benignidad del cuadro, existe evidencia respecto a que los pacientes con mayor persistencia de paroxismos nocturnos en EEG muestran déficits neuropsicológicos y alteraciones del comportamiento. En el EEG suele aparecer actividad de puntas en región centro-temporal uni o bilateral.

Síndrome de Landau Kleffner

Se trata de una encefalopatia epiléptica relacionada posiblemente con las EFBI, pero en el que el papel de mutaciones en gen GRIN2A son determinantes. Los pacientes tipo presentan, entre los 3 a 6 años, afasia receptiva y expresiva, partiendo de una situación de normalidad en desarrollo/lenguaje previa a debut. Puede existir también problemática conductual comórbida. Existe un amplio repertorio de crisis, en particular, focales motoras y generalizadas. El EEG en vigilia es similar a EFBI, pero es característica la actividad paroxística continua en sueño NREM, con status eléctrico.

Síndrome de Lennox-Gastaut

Se trata de una encefalopatía epiléptica de debut habitual entre los 2 y 6 años. Siempre existe una situación de patología neurológica o de desarrollo más o menos severa y, a menudo, se trata de una situación evolutiva de un paciente que previamente mostraba epilepsia de difícil control u otra encefalopatía epiléptica. El paciente afecto de este síndrome presenta diversos tipos de crisis sobre una base de regresión en desarrollo. Los tres tipos de crisis más típicos son: las tónicas, las atónicas con caída y las ausencias atípicas. Pueden también aparecer crisis generalizadas tónico-clónicas, mioclónicas, etc. Las crisis tónicas suelen ser: axiales, en extensión, acompañadas de apnea y revulsión ocular, y son más frecuentes en la transición vigilia-sueño. En el EEG suele existir punta-onda lenta interictal, con actividad paroxística rápida durante el sueño. Se trata de un síndrome caracterizado por la refractariedad y en el que el papel de los tratamientos no farmacológicos debe ser considerado, en particular, dieta cetogénica.

Epilepsia de ausencias infantiles

Es una epilepsia de tipo generalizado idiopático, que acontece en niños sin patología de desarrollo. Los antecedentes de epilepsia generalizada en la familia y/o crisis febriles no son infrecuentes. Es la segunda epilepsia más frecuente en la infancia junto a la EFBI rolándica. Ocurre en niños sin patología de desarrollo, con cierto predominio femenino. Suelen debutar en torno a los 6-7 años de edad, con crisis típicas de desconexión completa del medio de inicio y final brusco, habitualmente entre 5-10 segundos, sin atonía. Es frecuente que se acompañe de leve supraversión ocular que acompaña a mínimo parpadeo o cierre parcial ocular. La hiperventilación produce crisis en la mayoría de pacientes no tratados. Se trata de una epilepsia que tarda en ser diagnosticada, ya que puede pasar desapercibida con facilidad o no atribuirse patogenicidad a los episodios. El EEG interictal es normal, pero en un registro de cierta longitud, sobre todo, con hiperventilación, aparecen las características descargas de punta-onda generalizada, sincrónicas y simétricas a 2,5-3 Hz. Respecto al tratamiento, hoy en día, suele preferirse la etosuximida sobre el valproico, con uso más inhabitual de lamotrigina y levetiracetam. Suele haber buena respuesta y, en la mayoría de casos, tras retirada de fármacos a los 2-3 años de tratamiento, no existe recurrencia.

Epilepsia con ausencias mioclónicas

Es una epilepsia generalizada, con debut habitual en torno a los 6-8 años. Muestra crisis de ausencia, pero con mioclonías bilaterales y difusas, prolongadas (entre 10 segundos y el minuto), por lo que el paciente va elevando los brazos según acontecen las mioclonias, dando aspecto de crisis tónica que no es tal. Suelen existir también crisis tónico-clónicas. En el EEG hay descargas punta-onda generalizadas. El control de crisis es complicado, con un porcentaje elevado de regresión cognitiva significativa.

Epilepsia con crisis mioclono atónicas (síndrome de Doose)

Es una epilepsia infrecuente, con debut a los 3-4 años, en los que en general, desde una base de desarrollo normal, muestran crisis febriles de debut tardío, que son seguidas de crisis mioclónicas-atónicas, con mioclonía axorrizomélica, que es seguida de caída al suelo por pérdida de tono. Suele haber comorbilidad con crisis tónico-clónicas generalizadas y con ausencias. No existen genes asociados conocidos. En una mayoría de pacientes existe regresión, con deterioro cognitivo. El EEG es poco específico, con habituales brotes breves de punta-onda a 2-5 Hz y complejos de polipunta-onda. Es una epilepsia con tendencia a refractariedad.

Epilepsia frontal nocturna autosómica dominante

Se trata de una epilepsia de base genética, habitualmente de transmisión dominante, con cierta heterogeneidad intrafamiliar. El trastorno es de cierta complejidad; ya que, en muchas ocasiones, a la epilepsia le acompaña distonía episódica y coreoatetosis nocturna en sueño NREM. La edad de debut es amplia, siendo más frecuente en torno a los diez años. Las crisis epilépticas suelen ser casi exclusivamente: nocturnas, motoras, breves, de escasos segundos, que pueden ser de difícil diagnóstico; en las crisis más largas aparecen posturas tónicas/distónicas asimétricas, junto movimientos complejos (pedaleo, coreoatetosis…). Muy habitualmente, se acompañan de miedo o vivencia desagradable, lo que frecuentemente conduce al diagnóstico diferencial con parasomnias (pesadillas, terrores nocturnos). Es habitual, comorbilidad cognitiva leve o patología psiquiátrica.

Adolescencia

El síndrome epiléptico más común en el adulto, la epilepsia mioclónica juvenil, debuta en este periodo.

Epilepsia mioclónica juvenil

Si se consideran tanto infancia como periodo de adulto, se trata de la epilepsia más frecuente. La edad de debut es amplia, con pacientes desde los 5-6 años, pero el pico se produce a los 12-18 años. Hay predominio femenino. Es una epilepsia generalizada idiopática, en la que existen, sobre todo, crisis mioclónicas distales al despertar en extremidades superiores y crisis tónico-clónicas más adelante, junto a ausencias que son frecuentemente infradiagnosticadas. El EEG suele mostrar polipunta-onda generalizada y, comúnmente, respuesta fotoparoxística. La mejor respuesta se obtiene con valproato, pero dada la recomendación de evitación de dicho fármaco en mujeres, debe recurrirse a menudo a: levetiracetam, benzodiacepinas, etc. En la mayoría de pacientes debe mantenerse tratamiento de por vida.

Epilepsia de ausencias juvenil

Es una epilepsia generalizada, de debut al principio de la adolescencia, en forma de ausencias, apareciendo con posterioridad, crisis tónico-clónicas. En el EEG aparecen descargas generalizadas de punta-onda a 3-4 Hz. La respuesta a fármacos es peor que en ausencias típicas y suele requerirse tratamiento mantenido de por vida.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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7. Dash D, Sharma A, Yuvraj K, Renjith A, Mehta S, Vasantha PM, et al. Can home video facilitate diagnosis of epilep­sy type in a developing country? Epi­lepsy Res. 2016. 125: 19-23.

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9. Hauser WA Rich SS, Annegers JF, Anderson VE. Seizure recurrence after a 1st unprovoked seizure: an extended follow-up. Neurology. 1990; 40: 1163-70.

10. Bernasconi A, Cendes F, Theodore WH, Gill RS, Koepp MJ, Hogan RE, et al. Recommendations for the use of structural magnetic resonance imaging in the care of patients with epilepsy: A consensus report from the International League Against Epilepsy Neuroimaging Task Force. Epilepsia. 2019; 60: 1054-68.

11.*** Arzimanaglou A, Duchowny MS. Epilepsy and other seizure disorders. En: Arzimanaglou, O´Hare, Johsnton, Ouvrier Eds. Aicardi´s Diseases of the Nervous System in childhood. 4th ed. MacKeith Press. 2018. p. 845-998.

12.*** Panayiotopoulos CP. A clinical guide to Epileptic Syndromes and their treatment. Panayiotopoulos CP Ed. Oxford. Bladon Medical Publishing. 2002.

13. Osborne JP, Edwards SW, Dietrich-Alber F, Hancock E, Johnson AL, Kennedy CR, et al. The underlying etiology of infantile spasms (West syndrome): Information from the International Collaborative Infantile Spasms Study (ICISS). Epilepsia. 2019; 60: 1861-9.

Bibliografía recomendada

- ILAE: guidelines: definition and classification. En: https://www.ilae.org/guidelines/definition-and-classification. Acceso el 15 de julio de 2020.

La aproximación al estudio de la epilepsia requiere el conocimiento y lectura previas de las guías de clasificación y consenso internacionales. En la propia página web, se ofrece traducción al español de la mayoría de documentos más importantes, así como material para exposiciones y clases.

- Fisher R, Cross JH, French JA, Higurashi N, Hirsch E, Jansen FE, et al. Operational classification of seizure types by the International League Against Epilepsy: Position Paper of the ILAE Commission for Classification and Terminology. Epilepsia. 2017; 58: 522-30.

Aunque puede ser ardua la clasificación de los tipos de crisis, la profundización en el estudio de la epilepsia requiere del conocimiento de los tipos reconocidos como tales.

- Arzimanaglou A, Duchowny MS. Epilepsy and other seizure disorders. En: Arzimanaglou, O´Hare, Johsnton, Ouvrier Eds. Aicardi´s Diseases of the Nervous System in childhood. 4th ed. MacKeith Press. 2018. p. 845-998.

Revisión completa y actualizada de la epilepsia pediátrica dentro del que es probablemente el texto de Neurología pediátrica de referencia.

- Panayiotopoulos CP. A clinical guide to Epileptic Syndromes and their treatment. Panayiotopoulos CP Ed. Oxford. Bladon Medical Publishing. 2002.

Se trata de un libro excelente, accesible, en cuanto a la descripción clínica y la correlación EEG, orientado a la clínica, escrito por uno de los mayores expertos mundiales en Epileptología y recientemente fallecido. Dada la fecha de su edición, las importantes aportaciones de la genética no se encuentran por desgracia actualizadas.

 

Caso clínico

 

Un niño de siete años tras acudir a la Cabalgata de Reyes Magos, el 6 de enero se levanta a las 5:00 de la mañana para abrir sus regalos. Esa tarde tras la comida familiar, se queda dormido en el sillón. De modo súbito, parece despertarse, se incorpora y dirige la mirada a sus padres, mientras babea, sin poder hablar y con sacudidas en lado facial derecho y brazo del mismo lado. Unos segundos después, el paciente pierde la conciencia y comienza con sacudidas de ambos brazos y piernas durante un par de minutos, mostrándose a continuación con depresión postcrisis. Es transportado a Urgencias de su hospital de referencia, donde es evaluado. Al llegar, está despierto, con cierta agitación psicomotriz, cojea de forma ostensible y no es capaz de escribir su nombre con su mano dominante, la derecha.

 

 

Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia

J. Campistol Plana
Temas de FC


J. Campistol Plana

Catedrático de Pediatría Universidad de Barcelona. Servicio Neuropediatría. Hospital Sant Joan de Dèu. Universitat de Barcelona

Resumen

Los Trastornos Paroxísticos no Epilépticos (TPNE) son episodios de aparición brusca y de breve duración que imitan a una crisis epiléptica, originados por una disfunción cerebral de origen heterogéneo y, a diferencia de la epilepsia, no obedecen a una descarga neuronal excesiva. Su incidencia es mucho más elevada que la epilepsia y son más comunes en los primeros años de vida. La inmadurez del sistema nervioso central en la infancia favorece que, en este período, las manifestaciones clínicas sean mucho más floridas y diferentes de otras edades. La función del pediatra es conocer estos trastornos e intentar identificarlos. El primer paso para un diagnóstico correcto, es establecer si este primer episodio corresponde a una crisis epiléptica o puede tratarse de un primer episodio de TPNE. Es importante seguir un protocolo de diagnóstico, analizando: antecedentes, factores desencadenantes y detalles de cada episodio, examen físico, así como conocer y tener experiencia en estos trastornos. Solamente debemos proceder a los exámenes complementarios básicos en caso de duda o para confirmación diagnóstica.
El diagnóstico diferencial incluye todas las causas de movimientos anormales: pérdidas de conciencia, caídas, movimientos durante el sueño, alteración de la función mental, fenómenos sensitivos, motores, vegetativos e incluso movimientos convulsivos. En algunos casos, se ha demostrado una base genética. Las opciones terapéuticas son escasas y la mayoría de TPNE tienen una evolución favorable. Si no responden a las medidas habituales o persisten dudas diagnósticas, hay que remitirlo al especialista.

 

Abstract

The immaturity of the central nervous system in childhood contributes to clinical manifestations that differ greatly from those in other periods of life. Non-epileptic Paroxysmal Disorders (NEPD) are defined as episodes of sudden onset and of short duration that imitate an epileptic seizure, originated by brain dysfunction of heterogeneous origin and, unlike epilepsy, are not due to excessive neuronal discharge. Their incidence is much higher than epilepsy and they are more common in the first years of life. The role of the Pediatrician is to have knowledge of these disorders, and try to identify them. The first step for a correct diagnosis is to establish if this first episode corresponds to an epileptic seizure or if it may be a first episode of NEPD. It is important to follow a diagnostic protocol, analyzing the history, triggers, details of each episode, physical examination, and to have experience with these disorders. Only proceed to basic complementary tests in case of doubt or for diagnostic confirmation.
Differential diagnosis includes all causes of abnormal movements, loss of consciousness, falls, movements during sleep, impaired mental function, sensory, motor, vegetative, and convulsive movements. In some cases a genetic basis has been demonstrated. Therapeutic options are scarce and most of NEPD have a favorable evolution.
If they do not respond to the usual measures or diagnostic doubts persist, they should be referred to the specialist.

 

Palabras clave: Trastornos paroxísticos no epilépticos; Epilepsia; Métodos diagnósticos; Genética; Tratamiento.

Key words: Non-epileptic paroxysmal disorders; Epilepsy; Diagnostic methods; Genetics; Treatment.

Pediatr Integral 2020; XXIV (7): 383 – 392


Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia

Introducción

Los Trastornos Paroxísticos no Epilépticos (TPNE) se definen como: episodios que se van repitiendo con cierta frecuencia, más o menos estereotipados, y que remedan a una crisis convulsiva, pero que en realidad no son epilépticos(1). Su aparición es generalmente brusca y de breve duración, originados por una disfunción cerebral de origen diverso y, a diferencia de la epilepsia, no obedecen a una descarga neuronal excesiva(2).

Constituyen un grupo heterogéneo de manifestaciones muy polimorfas desde el punto de vista semiológico, en las que se producen cuadros clínicos diversos que pueden simular una crisis epiléptica y que están causados por procesos fisiológicos, psicológicos o de origen desconocido(3).

Una crisis epiléptica se define como: un evento clínico ya sea motor, comportamental, sensorial o sensitivo, como resultado directo de un cambio o una descarga en la actividad eléctrica cerebral. La diferencia es pues muy sutil y, en ocasiones, es difícil de demostrar; de ahí, la facilidad con que pueden confundirse ambos trastornos(4,5).

Incidencia

El 15% de niños menores de 15 años han padecido algún tipo de trastorno paroxístico. La incidencia de los TPNE en la infancia es 10 veces más elevada que la de los trastornos paroxísticos epilépticos (TPE) (10:1). Los tratados de epilepsia son muy numerosos, y muy escasos los que analizan los TPNE(2). El listado de los TPNE que pueden simular una crisis epiléptica es enorme (Tabla I).

Muchos de estos trastornos son edad-dependientes y, en la mayoría de casos, suelen desaparecer sin dejar secuelas en los primeros años de vida(2,5).

Causas de error en el diagnóstico

Existen varios factores responsables de estos errores tan frecuentes en la práctica diaria y que están resumimos en la tabla II(2,5,6).

La inquietud que generan en el paciente y, muy especialmente, en los familiares que han presenciado el episodio, es enorme. Mayor angustia genera no diagnosticarlos o etiquetarlos erróneamente de epilepsia, cuando en realidad no lo son. Someterlos a medicación antiepiléptica cuando no la necesitan, a muchos exámenes complementarios que no precisan, o a las limitaciones propias de la epilepsia cuando no lo requieren. Todo ello forma parte de los errores habituales que se pueden cometer cuando no se analizan en profundidad o se desconocen los TPNE de la infancia. Paradójicamente, es menos común que un trastorno epiléptico se diagnostique erróneamente como trastorno paroxístico no epiléptico.

Pauta de actuación frente a un cuadro paroxístico

Es importante disponer de una pauta de estudio frente a un paciente con un cuadro paroxístico y que pasa por: un interrogatorio completo, una adecuada valoración de los antecedentes, la exploración física completa y los exámenes complementarios, dirigidos siempre en función del cuadro clínico (Tabla III)(2,3,5,6).

Determinar el origen epiléptico no siempre es tan sencillo y puede requerir, en caso de duda, una prudente espera, en ocasiones, de un registro vídeo-EEG, idealmente un registro vídeo-EEG durante el episodio o la solicitud de otras exploraciones complementarias(2,3,5).

Clasificación de los TPNE

Existen muchas clasificaciones de los trastornos paroxísticos no epilépticos, pero preferimos agruparlos por edades de presentación y, dentro de cada edad, relacionarlos: con el movimiento, con la hipoxia, con el dolor, con el sueño, con trastornos psicógenos y, para terminar, un amplio grupo de miscelánea (Tabla I). No podemos repasar en este capítulo todos y cada uno de los TPNE, existen algunas monografías al respecto, donde se detallan todo los TPNE(2). Nos limitaremos a revisar algunos de los TPNE más comunes en la práctica diaria, valorando sus características principales y diferenciales, fisiopatología y opciones terapéuticas.

TPNE en el período neonatal

Relacionados con el movimiento

Temblor y tremulaciones

El temblor es el TPNE más frecuente en el período neonatal. Consiste en movimientos rítmicos oscilatorios de igual amplitud. Se originan por inmadurez del sistema interneuronal inhibidor espinal. Pueden ser muy sutiles, de alta frecuencia (más de 6 Hz) y baja amplitud (menos de 3 cm), o pueden ser groseros, de baja frecuencia y elevada amplitud. Las tremulaciones (jitteriness) se manifiestan por un temblor recurrente.

El temblor puede afectar a una extremidad o al mentón, puede ser simétrico o asimétrico, y cede en general al sujetar la zona afecta. Aparece espontáneamente y suele aumentar con los estímulos, el llanto o el frío.

Más del 70% de los neonatos sanos presentan temblor de tipo sutil en los tres primeros días de vida, mientras que las tremulaciones afectan a casi la mitad de los neonatos. Ambas situaciones son más frecuentes en neonatos irritables y se consideran fisiológicos o benignos. Los temblores patológicos, habitualmente son movimientos más amplios y se observan en la encefalopatía hipóxico-isquémica, y pueden confundirse con crisis epilépticas. En este caso, junto con los temblores, se puede asociar: hiperreflexia, síndrome de hiperexcitabilidad neonatal y afectación del sensorio. También se observan en situaciones de: hipoglucemia, hipocalcemia, sepsis, hemorragia intracraneal, hipotermia, hipertiroidismo y en hijos de madres con abuso de sustancias o que han sido tratadas durante embarazo con inhibidores de la recaptación de serotonina. Los temblores pueden confundirse, con más frecuencia, con crisis epilépticas, especialmente en pacientes con problemas perinatales. En este caso, el EEG crítico y el vídeo-EEG ayudan al diagnóstico diferencial(1,2).

Respuesta exagerada al estímulo (reacción de sobresalto)

En el neonato existe una reacción de sobresalto normal ante un estímulo inesperado, que consiste en una mueca facial y parpadeo, seguido de flexión de tronco. La respuesta, cuando es exagerada, interfiere el estado basal del neonato y puede producir incluso apnea.

Este proceso es preciso diferenciarlo de la hiperekplexia, que se caracteriza por una reacción de sobresalto exagerada a los estímulos auditivos, táctiles e incluso visuales. Se asocia, además, rigidez muscular y mioclono nocturno.

El neonato presenta respuestas de sobresalto exageradas que se caracterizan por: espasmo tónico generalizado, con flexión tónica de extremidades y tronco, y cierre de puños. La apnea es posible durante el espasmo, debido a la rigidez de la pared torácica. El baño, el despertar o un estímulo auditivo o táctil, pueden desencadenar los episodios. Esta respuesta exagerada, se induce también fácilmente, golpeando el puente nasal o la glabela, lo que permite diferenciarlas de las crisis mioclónicas. El trastorno puede ser fácilmente confundido con: crisis mioclónicas, tetania neonatal o el síndrome del bebé-rígido congénito (stiff-baby). La hiperekplexia puede ser esporádica o transmitirse con un patrón autosómico dominante, con expresión variable. Se debe a mutaciones en el gen CLRA1, localizado en el cromosoma 5p33-35. Este defecto causa una dificultad en el paso del cloro a través de la subunidad α1 o β1 del receptor de la glicina estricnina-sensible. La maniobra de Vigevano es útil para abortar el episodio de sobresalto que dificulta la respiración, al forzar la flexión del neonato, presionando la cabeza hacia las rodillas.

Suelen responder bien al clonazepam (0,1-0,2 mg/kg/día). Superado el período neonatal, la enfermedad persiste varios años, con riesgo de muerte súbita por apnea central por afectación a nivel de tronco cerebral y/o por apnea durante el espasmo tónico.

La rigidez tiende a desaparecer antes de los 3 años, pero las caídas al suelo a consecuencia del espasmo y la respuesta exagerada al sobresalto, persisten mucho tiempo incluso en la edad adulta(2,3,5,6).

Movimientos coreico-distónicos de extremidades, boca y lengua

Pueden observarse durante el primer mes de vida en niños prematuros con displasia broncopulmonar grave. Estos episodios empeoran con la dificultad respiratoria y mejoran con el sueño. Se atribuyen a una hipoxia crónica de los ganglios basales. La evolución neurológica posterior no es muy favorable por la patología de base. Otros movimientos anormales del neonato son: el temblor, la agitación o las mioclonías.

Crisis sutiles sin correlato EEG

Se definen por la presencia de alteraciones en la conducta, de la actividad motora o de sus funciones autonómicas, sin que se asocien a anomalías epileptiformes en el EEG crítico. Estos episodios no se acompañan de movimientos tónicos, clónicos ni mioclónicos, pero sí de movimientos anormales de los ojos (mirada lateral mantenida, nistagmo) y movimientos oro-bucales (succión, masticación o protusión lingual). No responden a los anticonvulsivos y, en ocasiones, se asocian a verdaderas crisis, por lo que existe dificultad para discernir realmente cuando se trata de verdaderas crisis epilépticas. En estos casos, se requiere un estudio vídeo-EEG prolongado. Se cree que estos episodios representan un fenómeno de liberación del tronco cerebral(3).

Relacionados con el sueño

Mioclonus del sueño

El mioclono se define por un brusco y breve movimiento de un miembro causado por una contracción muscular. Puede ser focal, afectando a una parte del cuerpo o generalizado y, a diferencia del temblor, es: irregular, arrítmico y de mayor amplitud. Su origen puede situarse en: córtex, tronco o médula espinal(2). El mioclono epiléptico es infrecuente en el neonato, no así el mioclono patológico que se asocia a una complicación neurológica importante (hemorragia intraventricular, encefalopatía hipóxico-isquémica, encefalopatía metabólicas), como expresión de un fenómeno de liberación de tronco cerebral por pérdida de la inhibición cortical lesionada.

En el mioclono nocturno neonatal benigno, las contracciones mioclónicas solo se observan durante el sueño NREM. Es un trastorno relativamente frecuente y se confunde con crisis epilépticas y con estado epiléptico con mucha frecuencia, cuando se presentan de forma muy repetida. Las mioclonías son: breves, multifocales, repetitivas y arrítmicas, afectan a cualquier extremidad, especialmente a los miembros superiores, respetan la cara y ceden inmediatamente al despertar al neonato. En caso de duda sera necesario un vídeo-EEG de sueño

Se presentan en accesos y pueden persistir durante 20-30 minutos(5-7). Se inician en los primeros días de vida y suelen ceder espontáneamente antes de los 4 meses de vida. El uso de fenobarbital puede empeorarlas y la normalidad en el EEG crítico descarta un origen epiléptico. Probablemente, se producen por una inmadurez de las vías serotoninérgicas a nivel del tronco cerebral.

Relacionados con la hipoxia

Apneas

La apnea consiste en una interrupción del flujo aéreo, con una duración superior a los 20 segundos y con o sin disminución de la frecuencia cardíaca. También se consideran apneas, las detenciones del flujo aéreo más cortas, pero con repercusión cardiocirculatoria. Se distinguen tres tipos básicos de apnea, según su mecanismo de producción: centrales, obstructivas y mixtas. Se pueden dividir, por la etiología, en: primarias o idiopáticas, que tienen relación fundamental con la madurez; y secundarias o sintomáticas, que reflejan la presencia de una patología de base(1,2).

El episodio clínico de apnea incluye: cianosis, palidez e hipotonía; aunque puede aparecer de forma aislada y habitualmente, se acompaña de bradicardia y desaturación periférica de oxihemoglobina. El origen de los episodios de apnea se relaciona con varios factores: impulso respiratorio central deficiente, inmadurez de los quimiorreceptores centrales del neonato, alteraciones mecánicas de la vía aérea por obstrucción o colapso de esta, estimulación de reflejos vagales a través de maniobras terapéuticas, como la colocación de sonda nasogástrica, maniobras de aspiración nasotraqueales o el reflujo gastroesofágico.

Todo recién nacido por debajo de las 34 semanas con apneas o que acumule factores de riesgo, debe ser sometido a monitorización. Es importante, en caso de duda, la utilización de un monitor de función cerebral o un registro vídeo-EEG para establecer si las alteraciones del flujo y ritmo respiratorio detectadas están en relación con crisis epilépticas(3,6).

El primer objetivo del tratamiento es prevenir la aparición de nuevos episodios. La estimulación táctil suele ser suficiente para corregir la mayoría de los casos en los que la apnea se presenta como un episodio aislado. En los problemas posicionales de la vía aérea superior, se debe considerar la corrección postural. Cuando la apnea se acompaña de signos persistentes de cianosis o de bradicardia, se recurrirá a la administración de O2 con presión positiva. Si los episodios recurren varias veces al día, se recomienda iniciar tratamiento farmacológico con cafeína y, si persisten, se puede utilizar apoyo ventilatorio con CPAP.

Miscelánea

Laringoespasmo episódico

Es una contracción involuntaria de la musculatura laríngea, que produce una obstrucción parcial durante la inspiración. Esto puede causar la muerte en el niño o una hipoxia cerebral. En neonatos, el laringoespasmo ocurre generalmente tras una extubación o durante la intubación, pero también puede relacionarse con: hipocalcemia, reflujo gastroesofágico, crisis convulsiva, síndrome miasténico congénito o miotonía.

El cuadro clínico característico del laringoespasmo episódico neonatal se caracteriza por: episodios de rigidez generalizada con cianosis y bradicardia con o sin pérdida de conocimiento, y crisis de apnea durante la primera semana de vida. Pueden presentar episodios de estridor asociados y confundirse con laringomalacia. También se puede manifestar como: episodios de sollozo transitorios con rigidez muscular generalizada y palidez facial durante el llanto. La exploración entre los episodios puede ser normal, presentar un ligero estridor o una discreta rigidez.

El laringoespasmo episódico neonatal se ha relacionado con mutaciones del gen SCN4A en el cromosoma 17, que codifica la subunidad alfa del canal de sodio dependiente del voltaje del músculo esquelético Nav 1.4. Los pacientes tienen buena respuesta a los bloqueantes de canales de sodio: carbamacepina (10-40 mg/kg/día) o mexiletina (15 mg/kg/día)(2).

TPNE en el lactante

Relacionados con el movimiento

Mioclonías benignas del lactante

Suelen debutar entre los 3 y 9 meses de vida, aunque también se han descrito en el período neonatal.

El lactante, por lo demás normal, presenta, en general, al despertar y bruscamente, repetidas contracciones mioclónicas en flexión de cuello y extensión, y abducción de los miembros superiores en salvas y que recuerdan a los espasmos epilépticos del síndrome de West. Se presentan en vigilia y varias veces al día.

Pueden también simular una mioclonía generalizada. El vídeo-EEG en vigilia y sueño es normal, y no existe deterioro en el desarrollo a diferencia del síndrome de West. Ceden espontáneamente hacia los 9 meses y no precisan tratamiento. Aunque se han descrito con más frecuencia en niños sobrestimulados, se desconoce el origen del trastorno(1,3,7).

Crisis tónicas reflejas del lactante

Se presentan entre los 2 y 3 meses de edad con: episodios de contracción tónica y extensión de las 4 extremidades, apnea y cianosis, y congestión con rubicundez facial durante 3-10 segundos.

Se desencadena por estímulos táctiles o cambios posicionales, solo cuando el niño está en vigilia y muchas veces cuando está sujetado por un adulto en posición vertical o cuando es desplazado en dirección céfalo-caudal. Es más frecuente en lactantes irritables y, en ocasiones, aparece en salvas durante 2-3 días o, a veces, repite periódicamente. Ceden espontáneamente pocos meses después. El EEG ictal e interictal es normal. Se desconoce su origen(2).

Desviación tónica paroxística de la mirada hacia arriba con ataxia

El cuadro se inicia entre los 3 meses y los 2 años, y consiste en episodios prolongados (segundos, horas o días) de desviación continua o episódica de los ojos hacia arriba, con ataxia asociada.

Durante el episodio, el intento del niño para fijar la mirada induce un nistagmo repetido en dirección hacia abajo. Los síntomas desaparecen con el sueño y se incrementan con el cansancio o las infecciones. El cuadro clínico, en general, suele remitir espontáneamente en unos años y, casi la mitad de los casos, evolucionan con retraso del desarrollo y lenguaje. Se desconoce la causa, la neuroimagen y EEG son normales, existen cuadros familiares y otros relacionados con infecciones. Algunos casos mejoran con L-dopa(8).

Estereotipias

Se trata de conductas motoras repetitivas (orofaciales, cefálicas o de miembros superiores con movimientos de aleteo), que se presentan de forma rítmica y continuada en niños, por lo demás normales, especialmente cuando se sienten a gusto con el juego o en situaciones de excitación o estrés(1,2). Suelen comenzar al año, y remiten entre los 2 y 3 años. Son más acentuados y persistentes en pacientes con patología neurológica (discapacidad intelectual, TEA o en algunos síndromes genéticos como, por ejemplo, en el síndrome de Rett).

Spasmus nutans

Se presenta en lactantes y se caracteriza por episodios espontáneos de nistagmo asimétrico, asociado a inclinación y movimientos de negación de la cabeza o, a veces, de afirmación. La duración de los episodios es de escasos segundos, pero tiene tendencia a repetir. El proceso es autolimitado y desaparece entre los 3 y 6 años(3). El EEG es normal. Hay que descartar la posibilidad remota de lesiones quiasmáticas o diencefálicas.

Estremecimientos

Son eventos paroxísticos breves y frecuentes que se inician hacia los 4 meses de edad, pero que se extienden a lo largo de la infancia. Consisten en episodios de cese de la actividad sin pérdida de conciencia, con temblor brusco y rápido de corta duración, especialmente de la cabeza, con posturas tónicas en flexión o extensión de la cabeza y cuello con estremecimiento de tronco y cefálico.

Puede haber un factor precipitante y repetir varias veces al día, sin período post-crítico. El EEG ictal es normal. No requieren tratamiento(2,5).

Tortícolis paroxístico

Se inicia en el primer año de vida y remite espontáneamente antes de los 5 años. El niño presenta, de forma recurrente y subaguda (a menudo, desencadenado por cambios posicionales, una postura de inclinación cefálica no dolorosa, a veces, precedida de movimientos oculares anormales (Fig. 1).

Figura 1. Tortícolis paroxístico con inclinación cefálica y del tronco hacia la izquierda.

El paciente durante los episodios puede manifestar: malestar, irritabilidad, agitación, palidez, vómitos o incluso ataxia(3,4).

Los episodios, que suelen variar de un lado a otro en cada evento, pueden durar minutos, horas y, a veces, días, cediendo espontáneamente y repetir con una frecuencia variable, a veces, constante.

Entre los episodios, la exploración neurológica, neuroimagen y EEG son normales. Es más frecuente en niñas (3:1) y tiene un predominio matutino. Se desconoce la etiología, aunque se sospecha una canalopatía (CACNA1A y PRRT2) y relación con la migraña; ya que, en ocasiones, el cuadro puede evolucionar hacia vértigo paroxístico, ataxia episódica y cefalea migrañosa. No requiere tratamiento y, si son muy frecuentes, algunos responden a cinaricina o flunaricina.

Síndrome de Sandifer

Se presenta con posturas anómalas del cuello, tronco y extremidades, como consecuencia de un reflujo gastroesofágico, hernia hiatal o disfunción esofágica. En otras ocasiones, puede presentarse en forma de episodios súbitos de: tortícolis, rigidez generalizada y opistótonos, que pueden acompañarse de apnea y mirada fija con mioclonías de miembros. Suelen ocurrir pocos minutos después de comer y las regurgitaciones no siempre son evidentes; otra característica importante es la normalidad intercrítica. En casos dudosos, debe procederse a una completa exploración esofágica. Se presenta especialmente entre los 18-36 meses(2).

El cuadro es muy aparatoso, puede remedar una distonía o una crisis epiléptica. La presencia de regurgitaciones junto con un EEG crítico normal, descarta epilepsia y apoya el diagnóstico. El cuadro cede al tratar el reflujo gastroesofágico.

Episodios de autoestimulación

Se inician entre los 3 meses y 5 años. Se pueden expresar de formas diferentes: posturas distónicas, gruñidos, diaforesis, agitación, cianosis o palidez, mirada perdida, movimientos de labios y sonrisa o incluso miedo(9). El paciente puede estimular directamente sus genitales o mediante maniobras de frotamiento de los muslos.

Ciertas situaciones favorecen los episodios (aburrimiento, viaje sentado en la sillita, cansancio, para conciliar el sueño). El episodio cesa cuando se distrae al niño, aunque suele mostrarse contrariado y con tendencia a reiniciar la actividad. Pueden confundirse con facilidad con crisis focales complejas. Un registro del episodio puede ayudar al diagnóstico. El pronóstico es favorable y suelen desaparecer antes de los 5-6 años(2,5,9).

Hemiplejía alternante de la infancia

Este raro fenómeno debuta antes de los 18 meses. Consiste en episodios de hemiplejía flácida subaguda, asociado a síntomas autonómicos y nistagmo monocular ipsilateral a la hemiplejía. El episodio se suele iniciar con posturas tónicas o distónicas de miembros, con agitación y sensación de miedo. Se sigue de desviación de la cabeza hacia el hemicuerpo afectado y progresa hacia una hemiplejía completa con dificultad para la deglución y respiración.

La hemiplejía dura desde pocos minutos a varias horas, puede afectar a ambos lados de forma simultánea y remite espontáneamente para volver a repetir en el mismo o en otro hemicuerpo, al cabo de pocos días o semanas. El paciente muestra recuperación parcial o completa tras el sueño. El gen responsable es ATP1A3 en el 85% de los casos. Responden parcialmente a la flunaricina, que puede limitar los ataques, pero no evita el deterioro neurológico(4,10).

Relacionados con el sueño

Head banging

El episodio consiste en movimientos rítmicos de la cabeza, cuando el lactante inicia el sueño. La persistencia de estos movimientos durante el sueño se denomina jactatio capitis nocturno. Los episodios remiten espontáneamente a los 2-3 años, y se observan más frecuentemente y con más intensidad en niños con: retraso del desarrollo, deficiencia sensorial o trastorno dentro del espectro autista. El body rocking se inicia en el primer año con movimientos de balanceo, cuando el niño está en sedestación con movimientos rítmicos de tronco y cabeza, tanto en dirección lateral como postero-anterior. Aunque puede presentarse en niños normales, es más común en lactantes poco estimulados, con retraso cognitivo o déficit sensorial(2).

Relacionados con hipoxia

Espasmos del sollozo

Constituye uno de los TPNE más frecuentes en la edad pediátrica. Los episodios suelen aparecer entre los 6-18 meses y pueden persistir más tiempo o iniciarse antes.

Existen dos tipos: pálido y cianosante.

El espasmo del sollozo pálido es básicamente un síncope vasovagal por un mecanismo cardioinhibitorio neurológicamente mediado, que aparece desencadenado por situaciones de dolor, con frecuencia, por leves traumatismos craneoencefálicos especialmente en la región occipital, que conlleva un factor de sorpresa desagradable (espanto).

Se inicia con un llanto débil que se aborta con rapidez e incluso casi no llega a iniciarse, instaurándose rápidamente una intensa palidez de duración variable (5-30 segundos), seguido de hipertonía con rigidez axial y caída al suelo. Ocasionalmente, se asocian movimientos clónicos. El episodio puede confundirse fácilmente con una crisis epiléptica si no se detecta que fue precedido por traumatismo y si, además, se sigue de mioclonías. La recuperación tiene lugar en poco tiempo (segundos-minutos)(11).

La exploración intercrítica es normal, así como los exámenes complementarios, que en general no son necesarios. Los episodios remiten con la edad, aunque puede evolucionar hacia síncopes vasovagales. Algunos niños presentan anemia ferropénica asociada y de dudosa relación con el trastorno(1,2,5). No precisan tratamiento, pero se debe ofrecer a las familias, información del cuadro y de cómo proceder. Cuando se asocia a una notable variabilidad del ritmo cardíaco, se ha llegado a la implantación de un marcapasos. Existen otras posibilidades terapéuticas en casos extremos, como el empleo de un anticolinérgico, como el glicopirrolato, para disminuir la inhibición cardíaca junto con una preparación oral de teofilina por su efecto cronotrópico.

El espasmo del sollozo cianosante tiene su origen en una apnea espiratoria prolongada. El episodio se inicia por llanto o grito seguido de: apnea, pérdida de conciencia, cianosis y, en ocasiones, seguidos de posturas tónicas, movimientos convulsivos y relajación vesical. Es importante identificar el factor desencadenante responsable (traumatismo, enojo, frustración, ansiedad, etc.).

Es fundamental también conocer la situación clínica tras finalizar el episodio, dado que la recuperación es inmediata, sin estado post-crítico, aunque puede constatarse un estado de hipoactividad, que es tanto más elevado cuanto más alto es el nivel de sobreprotección que desarrollan unos padres asustados por la experiencia vivida. El examen intercrisis es siempre normal. No son necesarios los exámenes complementarios y, cuando se solicitan, pueden provocar mayores dudas e incrementar el riesgo de errores diagnósticos.

La evolución es favorable, no precisan tratamiento aparte de: identificar el trastorno y tranquilizar a la familia y el entorno. Se debe ofrecer una amplia información a los padres sobre la benignidad del proceso, instaurando un programa de modificación de pautas educacionales para disminuir, en la medida de lo posible, los componentes de ansiedad y de reacción neuropática del niño. En ocasiones excepcionales, si el espasmo es muy frecuente, puede mejorar con risperidona. Suelen desaparecer hacia los 4-6 años. La incidencia de epilepsia es la misma que la de la población general. Tampoco se ha hallado relación entre el espasmo del sollozo cianótico y el riesgo de muerte súbita. Los espasmos del sollozo cianosantes son mucho más frecuentes que los pálidos y existen formas mixtas. Es común encontrar familiares de cuadros similares.

Relacionados con el dolor

Dolor paroxístico extremo

Puede debutar ya en período neonatal o, especialmente, en el lactante con un dolor paroxístico extremo, especialmente a nivel rectal y en región perianal. Posteriormente, con la edad, el dolor puede persistir en esta zona o localizarse a nivel: ocular, submandibular o submaxilar. Otro hallazgo constante es la rubicundez facial que acompaña al dolor, especialmente en los pacientes más jóvenes(5,6,12). Durante los episodios, los pacientes manifiestan una extrema rigidez de extremidades y tronco, semejando una crisis tónica. Cuando el dolor es ocular, puede acompañarse de: midriasis, lagrimeo y rinorrea. La duración de los ataques es muy variable (de segundos a horas). El fenómeno autonómico que con frecuencia se acompaña de rigidez y espasmo tónico, se manifiesta por bradicardia y asistolia, conduciendo finalmente a un cuadro sincopal. En niños mayores y adultos, la identificación del trastorno es más sencilla y la localización cambiante del dolor, los antecedentes familiares y la normalidad intercrisis, ayudan al diagnóstico. Con la edad, el cuadro tiende a disminuir en severidad. El factor desencadenante más común es la defecación, la ingesta de comida o incluso la toma de medicación. Se trata de una enfermedad hereditaria autosómica dominante, debida a una mutación en el gen SCN9A responsable de una canalopatía con ganancia de función del Na v 1.7. Las opciones terapéuticas más efectivas son: identificar y evitar en lo posible los factores desencadenantes particulares en cada caso y el empleo de carbamazepina (10-15 mg/kg/d)(12).

TPNE en el niño y adolescente

Relacionados con el movimiento

Trastornos del movimiento

En ellos se incluyen: tics, corea, balismo, mioclono esencial, compulsiones, estereotipias, manierismos, coreoatetosis paroxística kinesigénica, coreoatetosis paroxística distónica y la distonía paroxística inducida por el ejercicio, que no trataremos por problemas de espacio(2,3).

Vértigo paroxístico benigno

Se caracteriza por la aparición, sin previo desencadenante, de episodios súbitos de vértigo sin aura, generalmente de breve duración (minutos u horas) que se resuelven espontáneamente. Es la causa de vértigo más frecuente en niños, cuando no se acompaña de pérdida de audición o patología ORL que lo justifique. Este cuadro se incluye dentro de los equivalentes migrañosos(2,13).

En niños pequeños, es difícil obtener una descripción adecuada, por lo que es preciso observar los signos que lo acompañan: inestabilidad, miedo a caminar, llanto, incapacidad para mantenerse de pie o búsqueda de apoyo o palidez. También puede acompañarse de vómitos. Durante el episodio, puede aparecer además nistagmo. El primer episodio suele ocurrir entre 1-4 años de edad. Puede ser confundido con epilepsia, debido a su carácter paroxístico, recurrente, asociado a sensación de miedo y manifestaciones autonómicas (sudoración, náuseas, vómitos), pero no se acompaña de pérdida de conciencia y no hay período post crítico. En caso de duda, el EEG puede permitir la diferenciación del vértigo de origen epiléptico y también es necesaria la valoración neurootológica en niños con vértigo. La neuroimagen es obligada, cuando los síntomas persisten o aparecen déficits neurológicos. El diagnóstico diferencial debe realizarse con otras formas de vértigo en la niñez como: el vértigo posicional paroxístico benigno, la ataxia episódica, la otitis media aguda y el traumatismo craneoencefálico. Los eventos son breves y generalmente no requieren tratamiento. Algunos responden al tratamiento profiláctico con ciproheptadina o flunaricina. Los episodios evolucionan hacia la desaparición 3-4 años después de su inicio, aunque una proporción de ellos progresa hacia migraña(2).

Reacciones extrapiramidales a fármacos

Los síndromes extrapiramidales de origen farmacológico se pueden manifestar por una amplia serie de alteraciones del tono y del movimiento muscular: acatisia, distonía, discinesia tardía, parkinsonismo y síndrome neuroléptico maligno. La semiología más frecuente es: distonía de cuello, musculatura facial y buco-lingual. Es importante la observación de los trastornos del movimiento y su coincidencia en el tiempo, con la administración de determinados fármacos(2,3,5,6).

Diversos fármacos pueden producir una reacción idiosincrásica aguda y transitoria que, en ocasiones, asemejan una crisis epiléptica. Los fármacos más implicados son: antieméticos (metoclopramida, cleboprida o domperidona) y antipsicóticos típicos (fenotiacinas y análogos, tioxantenos, butirofenonas, difenilbutilpiperidinas) y antipsicóticos atípicos, pero también pueden aparecer con psicoestimulantes (metilfenidato), antidepresivos tricíclicos, antiepilépticos (ácido valproico, fenitoína, carbamacepina, benzodiacepinas) y flunaricina. Es importante la historia clínica minuciosa y las determinaciones para identificar el producto ingerido. Responden al biperideno y a la retirada del desencadenante.

Relacionados con la hipoxia

Síncope

El síncope se define por una pérdida brusca de la conciencia y del tono postural, debido a hipoperfusión arterial cerebral con recuperación espontánea.

Los síncopes son los TPNE más frecuentes en este grupo de edad y que con mayor facilidad se confunden con crisis epilépticas generalizadas (Tabla IV).

El síncope se produce por un fallo hemodinámico que conduce a una hipoxia cerebral aguda y transitoria. Aparece cuando la falta de perfusión / oxigenación cerebral supera los 8-10 segundos. Con frecuencia, se asocia a: sudoración, palidez, debilidad y parestesias, así como a: cierta rigidez generalizada, opistótonos, trismus y, en ocasiones, sacudidas mioclónicas irregulares de los miembros (síncope convulsivo) (Fig. 2).

Figura 2. Síncope de origen cardíaco en un niño de 4 años por bloqueo aurículoventricular completo, evidenciado en el registro EEG.

Puede cursar, además, con enuresis o incluso mordedura de lengua en algún caso. La duración suele ser corta (10-30 segundos), aunque hay casos de mayor duración. Algunos pacientes presentan síntomas prodrómicos (presíncope) caracterizados por: mareo, parestesias en miembros inferiores, sensación de calor, náuseas, palidez y visión borrosa, que desaparecen con el decúbito. La recuperación es rápida sin síntomas de confusión postictal(1,3).

Hay varios tipos de síncope dependiendo de su mecanismo fisiopatológico. El más común es el síncope mediado neuralmente o no cardiogénico, y que incluye: síncope vasovagal, espasmos del sollozo pálidos y cianóticos. Otros síncopes pueden estar producidos por un incremento de la presión intratorácica, como resultado de: tos intensa (síncope tusígeno) o maniobras de Valsalva (micción o defecación), y síncope del seno carotídeo (hipersensibilidad del seno carotídeo) propio de adultos.

Síncope vasovagal. Resulta de una combinación de: excesivo tono vagal, respuesta anómala de catecolaminas al estrés y aumento del contenido venoso por bipedestación prolongada. Más común en escolares y adolescentes, pueden ser frecuentes y, en general, con carácter familiar. Para el diagnóstico diferencial con la epilepsia o con síncopes cardiogénicos, es muy importante identificar las circunstancias que rodeaban al paciente y los posibles factores desencadenantes (levantarse bruscamente después de un largo período de sedestación o decúbito, ayuno, calor ambiental excesivo, ambiente húmedo, no ventilado o con aglomeración de personas, ansiedad, uso de fármacos, traumatismo, visión de sangre o de escenas desagradables y, especialmente, por un estímulo doloroso brusco, como la venopunción) (Tabla IV). El EEG intercrítico es normal. El síncope vasovagal no suele ocurrir cuando el niño está sentado o tumbado, salvo en el caso de venopunción. Estos síncopes son, a veces, espectaculares, pero siempre benignos y, a veces, muy frecuentes. El test de la mesa basculante es un procedimiento para confirmar el diagnóstico de síncope vasovagal y es aconsejable su realización solo en pacientes con síncopes recurrentes (en los que no se haya establecido claramente la etiología vasovagal), en el estudio del síncope con ejercicio, en síncopes bruscos con traumatismo asociado y, en algunos casos para el diagnóstico diferencial entre síncope y epilepsia. El tratamiento pasa por las medidas de educación sanitaria, explicando la naturaleza benigna del trastorno, identificando los primeros síntomas y adoptando medidas profilácticas, valorar, en algunos casos, la ingesta de agua y sal, o incluso, en casos excepcionales, el empleo de fludrocortisona o midodrina (agente simpaticomimético)(2,5,6,14).

Síncope cardiogénico puede resultar tanto de una alteración del ritmo cardíaco (taquiarritmia, bradiarritmia, síndrome del QT largo, síndrome de Brugada), como de una alteración estructural cardíaca (cardiomiopatía, estenosis aórtica o mitral, tumor intracardíaco) (Fig. 2). Junto al cuadro clínico típico del síncope, suelen asociar: palpitaciones, dolor torácico, respiración entrecortada y/o fatiga.

El síncope cardíaco puede ocurrir en cualquier posición del paciente, incluida la posición de decúbito o el sueño, y especialmente durante períodos de: ejercicio intenso, emoción o excitación.

Es importante investigar los antecedentes familiares de: fallecimiento en personas jóvenes, de muerte súbita no aclarada o personales de cardiopatía o arritmias. La pérdida de conciencia y las convulsiones desencadenadas por miedo o sobresalto, particularmente, si las mismas ocurren durante el ejercicio, son muy sugestivas de un síndrome QT largo. Cuando este se acompaña de sordera congénita, forman parte de los síndromes de Jervell y Lange-Nielson (autosómica recesivo) o de Romano-Ward (autosómico dominante con penetrancia incompleta). En los casos de síncope infanto-juvenil, en los que claramente no se cumplan los criterios de ser mediados neuralmente o existan dudas, se debería efectuar un estudio cardiológico, dada la posibilidad de muerte súbita. El tratamiento depende de la patología de base y, en ocasiones, se debe recurrir a: tratamiento antiarrítmico, ablación quirúrgica por catéter, implantación de marcapasos o desfibrilador(2,3,6,14).

Existen otros síncopes que se deben conocer como: síncope febril (0-3 años en contexto febril), síncopes situacionales (tos, micción, dolor abdominal), síncopes por hipotensión ortostática (con cambios bruscos de postura) y el síncope por taquicardia postural ortostática (por disfunción autonómica y unos minutos después de adoptar la bipedestación). De nuevo insistir, en el valor de una buena historia clínica para identificar el factor desencadenante y no confundirlo con la epilepsia (Tabla IV).

Psicógenos

Pseudocrisis

Las crisis psicogénicas o pseudoepilépticas pueden confundirse con verdaderas crisis epilépticas. Pueden verse en la infancia a partir de los 5 años.

Suelen presentarse en forma de movimientos tónico-clónicos, generalmente: asíncronos, movimientos pélvicos o cefálicos de uno u otro lado, mirada fija o inconsciencia. Los episodios suelen ser muy aparatosos, acompañados de gritos y llanto, casi nunca se golpean y suelen presentarse en ambientes “especialmente seleccionados”(15).

En ocasiones, el evento puede ser provocado por inducción en el enfermo. En este caso, el diagnóstico diferencial es más sencillo. No ocurre lo mismo, cuando se trata de episodios puramente motores que podrían remedar crisis parciales complejas o crisis que se originan en el lóbulo frontal. Las pseudocrisis son frecuentes en pacientes con epilepsia y, por ello, es necesario llevar a cabo un estudio vídeo-EEG idealmente ictal e interictal, para discriminar si corresponde realmente a epilepsia o forma parte de la pseudocrisis. Para aumentar la dificultad en el diagnóstico, en algunos casos de crisis frontales, el EEG ictal puede ser normal. Hay datos que apoyan las pseudocrisis: no hay incontinencia urinaria, siempre con espectadores, sin estado postcrítico, sin traumatismos durante el episodio, nunca aparecen durante el sueño y reaccionan ante un estímulo doloroso. De todos modos, no resulta fácil el diagnóstico diferencial y, en muchos casos, se confunden las crisis epilépticas con pseudocrisis(3,16). Hasta el 70% de los casos referidos a unidades de epilepsia por sospecha de pseudocrisis, tenían una verdadera epilepsia. El abordaje terapéutico es complicado y debe ser multidisciplinar.

Relacionados con el sueño

Los TPNE relacionados con el sueño (terrores nocturnos, pesadillas, despertares nocturnos, sonambulismo, síndrome de las piernas inquietas, bruxismo, etc.) no se revisarán por problemas de espacio(1-3,5).

Miscelánea

Ensoñaciones

Consisten en episodios más o menos prolongados de desconexión o aislamiento del entorno, de contacto confuso con la realidad, con mirada fija o inatención cuando el paciente está en vigilia(2,17). Se presentan en la infancia-adolescencia. Los episodios tienen una duración inferior a cinco minutos, no se acompañan de ninguna sintomatología y se interrumpen voluntariamente, o cuando otra persona le aplica un estímulo como: tacto, cosquillas u oferta de algo que le pueda interesar.

Las pseudoausencias o “daydreams” suelen producirse por aburrimiento, especialmente durante la observación de la televisión o por inatención, y desinterés en el aula.

Habitualmente, pretenden la búsqueda de contenidos gratificantes, de modo que pueden crear cierta adicción, al desarrollar emociones hacia los personajes de sus fantasías.

Cuando existen dudas, se puede confirmar / descartar la epilepsia con ausencias, con el registro vídeo-EEG con hiperventilación (se inducen ausencias clínicas y aparecen alteraciones paroxísticas generalizadas de punta-onda a 3 Hz con la misma duración de la ausencia clínica).

Se debe identificar el trastorno y modificar los factores favorecedores: reducir el tiempo de observación de la televisión, e incluir al niño en actividades deportivas o lúdicas con las que se evite el aburrimiento. En niños con déficit de atención, trastorno generalizado del desarrollo o trastorno obsesivo-compulsivo, aplicar el tratamiento adecuado en estas problemáticas(3,5,17).

Conclusiones

Los TPNE tienen una incidencia mucho más elevada que la epilepsia y pueden aparecer a cualquier edad, pero son más frecuentes en los primeros años de vida. La función del pediatra de AP, es conocer estos trastornos e intentar identificarlos. El primer paso para un diagnóstico correcto es establecer si este episodio corresponde a una crisis epiléptica o puede tratarse de un primer episodio de TPNE. Es importante seguir un protocolo de diagnóstico, analizando: factores desencadenantes, pormenores de cada episodio, análisis detallado del episodio mediante un registro vídeo casero, examen físico, aplicar el sentido común y la experiencia en estos trastornos y solamente proceder a los exámenes complementarios básicos en caso de duda o para la confirmación diagnóstica.

Las opciones terapéuticas son escasas y la mayoría de TPNE tienen una evolución favorable. Si no responden a las medidas habituales o persisten dudas diagnósticas, hay que remitirlo al especialista.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1.** Kaplan PW, Fisher RS. Imitators of Epilepsy. Ed Demos Medical Publishing, 2 Ed. New York, 2005.

2.** Campistol J. Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia. Barcelona, Viguera eds., 2014.

3.** Grattan-Smith P, Dale RC, Fernández-Álvarez E. Non-Epileptic Paroxysmal Movement Disorders en Aicardi J. Diseases of the nervous system in childhood. 4rd ed. Londres: Mac Keith Press, 2018.

4.* Martínez Bermejo A. Trastornos paroxísticos no epilépticos en los primeros años. En: Campistol J. Neurología para Pediatras. Madrid. Ed. Médica Panamericana; 2011. p. 191-202.

5.* Campistol J. Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia. Pediatr Integral 2015; XIX(9): 622-31.

6.* Buonsenso D, Plosnic M, Bersani G, Monaco S, Ferrara P, Chiaretti A. Eventos paroxísticos no epilépticos en urgencias pediátricas. Eur Rev Med Pharmacol Sci. 2019; 23(5): 2188-193.

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8. Campistol J, Prats JM, Garaizar C. Benign paroxysmal tonic upgaze of childhood with ataxia. A neuro-ophthalmological syndrome of familial origin? Dev Med Child Neurol. 1993; 35: 436-9.

9. Rodoo P, Hellberg D. Girls who masturbate in early infancy: diagnostics, natural course and a long-term follow-up. Acta Paediatr. 2013 102: 762-6.

10. Panagiotakaki E, Gobbi G, Neville B, Friedrich E, Campistol C, Nevsimalova S, et al. Evidence of a non-progressive course of alternating hemiplegia of childhood: study of a large cohort of children and adults. Brain. 2010; 133: 3598-610.

11. Carman KB, Ekici A, Yimenicioglu S, Arslantas D, Yakut A. Breath holding spells: point prevalence and associated factors among Turkish children. Pediatr Int. 2013; 55: 328-31.

12. Fertleman CR, Ferrie CD, Aicardi J, Bednarek NAF, Olofsson E, Emslie FV, et al. Paroxysmal extreme pain disorder (previously familial rectal pain syndrome). Neurology. 2007; 69: 586-95.

13. Krams B, Echenne B, Leydet J, Rivière F, Roubertie A. Benign paroxysmal vertigo of childhood: long term outcome. Cephalalgia. 2011; 31: 439-43.

14. Fenichel GM. Altered states of consciousness. In: Clinical Pediatric Neurology: a signs and symptoms approach. 6th ed. Philadelphia: Saunders & Elsevier; 2009. p. 71-2.

15. La France WC, Baker GA, Duncan R, Goldstein LH, Reuber M. Minimum requeriments for the diagnosis of psychogenic nonepileptic seizures: a staged approach. A report from the International League Againts Epilepsy. Nonepileptic seizures Task Force. Epilepsia. 2013; 54: 2005-18.

16. Salpekar JA, Plioplys S, Siddarth P, Bursch B, Shaw RJ, Asato MR, et al. Pediatric psychogenic nonepileptic seizures: a study of assessment tools. Epilepsy & Behavior. 2010; 17: 50-5.

17.* Obeid M, Mikati M. Expanding spectrum of paroxysmal events in children: potential mimickers of epilepsy. Pediatr Neurol. 2007; 37: 309-16.

Bibliografía recomendada

Kaplan PW, Fisher RS. Imitators of Epilepsy. Ed Demos Medical Publishing, 2 Ed. New York, 2005.

Este libro es interesante, porque analiza los TPNE y las causas de error para confundirlos con epilepsia. Analiza, por edades de presentación, los TPNE y, en cada uno, reporta un caso clínico relacionado. Es interesante porque, además, analiza trastornos metabólicos, neuroendocrinos e, incluso, los accidentes cerebrovasculares y psiquiátricos que se confunden con más facilidad con epilepsia.

– Campistol J. Trastornos paroxísticos no epilépticos en la infancia. Barcelona, Viguera eds., 2014.

Monografía, patrocinada por la Sociedad Española de Neurología Pediátrica, donde se revisan hasta 74 trastornos paroxísticos no epilépticos de la infancia. Se analizan en todos y cada uno de ellos: su forma de presentación, los signos clave para identificarlos, el diagnóstico diferencial, las opciones terapéuticas y la evolución. Existen muy pocas monografías que analicen uno por uno todos estos trastornos y puede ser una herramienta muy útil para el pediatra y, en especial, en Atención Primaria.

– Grattan-Smith P, Dale RC, Fernández-Alvarez E. Non-Epileptic Paroxysmal Movement Disorders In: Arzimanoglou A, O’Hare A, Johnston M, Ouvrier R, eds. Aicardi’s Diseases of the Nervous System in Childhood, 4th ed. 2018 London: Mac Keith Press.

Excelente tratado de Neuropediatría, recientemente actualizado por el profesor Alexis Arzimanoglou, ya en su cuarta edición, este libro pretende respetar un enfoque clínico centrado en el paciente. Escrito para neurólogos infantiles, proporciona información actualizada sobre los TPNE y, en especial, sobre los trastornos del movimiento que están ampliamente desarrollados, tanto desde el punto de vista de la estrategia diagnóstica como terapéutica.

– Martínez Bermejo A. Trastornos paroxísticos no epilépticos en los primeros años. En: Campistol J, Neurología para Pediatras. Madrid. Ed. Médica Panamericana; 2011. p. 191-202.

Comprende este capítulo una interesante revisión, por un autor con mucha experiencia en los TPNE en la infancia, con especial énfasis en los que se manifiestan en los primeros años de vida.

 

Caso clínico

 

Francisco es un lactante sin antecedentes personales, que inicia a los 4 meses, diariamente y sin factor precipitante, eventos paroxísticos breves y frecuentes con interrupción de la actividad, sin pérdida aparente de conciencia, con temblor brusco y rápido de corta duración, especialmente de la cabeza y tronco superior, y con posturas tónicas en flexión o extensión.

 

 

Cefalea y migraña en la infancia y adolescencia

A. Hernández Fabián, I. Ruíz-Ayúcar de la Vega, H. Gómez Sánchez
Temas de FC


A. Hernández Fabián, I. Ruíz-Ayúcar de la Vega, H. Gómez Sánchez

Hospital Universitario de Salamanca. Servicio de Pediatría. Unidad de Neuropediatría

Resumen

Las cefaleas en la edad pediátrica suponen un número considerable de consultas, tanto en Atención Primaria como en hospitalaria. La realización de un diagnóstico diferencial adecuado permitirá disminuir la ansiedad del paciente y su familia, y un uso racional de los recursos diagnósticos y terapéuticos, evitando su sobreutilización y disminuyendo los potenciales efectos adversos de los mismos. La migraña es la cefalea primaria más prevalente en la edad pediátrica. La variabilidad de sus características clínicas, durante la infancia y adolescencia, y la alta frecuencia de síntomas acompañantes, puede generar dudas en su identificación. La historia clínica, sistemática y detallada, se considera la mejor herramienta diagnóstica en la actualidad. En la mayoría de las ocasiones no se precisarán exámenes complementarios, han de valorarse en aquellos episodios con signos de alarma y/o exploración neurológica anormal que sugieran la presencia de una cefalea secundaria potencialmente grave. El abordaje terapéutico de la migraña requiere un enfoque individualizado. El uso temprano de medicamentos de rescate (analgésicos, antieméticos, triptanes), así como favorecer el descanso, ayuda a disminuir la intensidad y duración del episodio agudo. Ante la evidencia contradictoria en la eficacia de los fármacos preventivos, las medidas no farmacológicas y la autogestión de episodios (self-management) cobran especial importancia en la infancia y adolescencia.

 

Abstract

Pediatric Headaches represent a considerable number of visits, both in Primary and hospital care. Conducting a proper differential diagnosis will allow decrease anxiety for the patient and his family and a rational use of diagnostic and therapeutic resources, avoiding their overuse and reducing their potential adverse effects. Migraine is the most prevalent primary headache in pediatric age. The variability of its clinical characteristics, during childhood and adolescence, and the high frequency of accompanying symptoms, can generate doubts in its identification. A systematic and detailed medical history is considered the best diagnostic tool today. In most cases, complementary tests will not be required; they should be considered in those episodes with alarm signs and / or abnormal neurological examination that suggest the presence of a potentially serious secondary headache.
The early use of rescue medications (analgesics, antiemetics, triptans), as well as promoting rest, helps reduce the intensity and duration of the acute episode. Given the contradictory evidence on the efficacy of preventive medications, non- pharmacological treatments and episode self- management acquire special importance in childhood and adolescence.

 

Palabras clave: Adolescente; Niño; Migraña; Automanejo; Tratamiento.

Key words: Adolescent; Child; Migraine; Self-Management; Treatment.

Pediatr Integral 2020; XXIV (7): 393.e1 – 393.e17


Cefalea y migraña en la infancia y adolescencia

Introducción

La cefalea es un síntoma frecuente en la edad pediátrica, habitualmente relacionado con procesos que no entrañan gravedad, pero que genera una gran ansiedad en el entorno familiar y en los profesionales no familiarizados con su manejo. Es por esto que, los pediatras deben conocer con fluidez el diagnóstico y manejo terapéutico de las cefaleas. En la mayoría de las ocasiones, una historia clínica y la exploración física, adecuadas y detalladas, bastarán para distinguir entre cefaleas primarias, como migraña o cefalea tensional, y secundarias o potencialmente graves. La realización de un diagnóstico diferencial adecuado permite disminuir la ansiedad del paciente y su familia, y un uso racional de los recursos diagnósticos y terapéuticos, evitando su sobreutilización y disminuyendo los potenciales efectos adversos de los mismos.

La migraña es la cefalea primaria más prevalente en la edad pediátrica. Por la variabilidad de sus características clínicas durante la infancia y adolescencia, y la alta frecuencia de síntomas acompañantes, puede generar dudas en su diagnóstico, siendo infradiagnósticada e infratratada con frecuencia(1) o, por el contrario, presentarse con signos de alarma que puedan sugerir un origen orgánico. El propósito de este artículo, partiendo de una visión general del diagnóstico y caracterización de las cefaleas, es profundizar en la identificación y manejo de la migraña. Para una visión de otras cefaleas, se recomienda la lectura de la revisión general realizada en un número anterior de Pediatría Integral(2), así como el documento de la ICHD-III –The International Classification of Headache Disorders, 3rd edition(3)–, disponible en: https://ichd-3.org/.

Tipos de cefaleas en la infancia y adolescencia

Las cefaleas primarias en la infancia y adolescencia incluyen la migraña y sus variantes, la cefalea tensional y las cefaleas trigémino-autonómicas. Entre las cefaleas secundarias destacan por su frecuencia las atribuidas a infecciones.

La clasificación de las cefaleas no difiere entre población pediátrica y el adulto. En la tabla I, se muestra un resumen basado en la ICHD-III.

Cefaleas primarias

Las cefaleas primarias en la infancia y adolescencia incluyen: la migraña y sus variantes, la cefalea tensional, las cefaleas trigémino-autonómicas y alguna otra menos conocida.

No siempre resultará sencillo diferenciar entre cefalea tensional o migraña, ya que algunos niños presentan dificultades para describir sus síntomas o bien las manifestaciones típicas no aparecen del todo definidas. En la tabla II, se muestra un resumen de algunas características diferenciales en cefaleas primarias. La presencia de fotofobia, sonofobia u osmofobia, síntomas gastrointestinales, empeoramiento con la actividad física y mejoría con el sueño se consideran más específicas de migraña(4).

El diagnóstico diferencial con las cefaleas trigémino-autonómicas, aunque raras en la infancia, puede resultar aún más complicado por el solapamiento de algunos síntomas. Si existen dudas diagnósticas razonables o la migraña presenta una evolución atípica, parece sensato sopesar su diagnóstico y valorar la realización de una neuroimagen.

Cefaleas Secundarias

Existen múltiples etiologías para las cefaleas secundarias en la edad pediátrica. La ICHD-III las clasifica, de forma general, por su origen, debiendo existir una relación temporal entre el inicio y/o evolución de la cefalea, y la presunta causa. Algunas de ellas pueden presentarse con características clínicas propias de la migraña como sucede, por ejemplo, en la angiomatosis leptomeníngea de Sturge-Weber. Algunos tipos de epilepsia pueden asociar cefalea, ictal o postictal, que recuerde a la migraña. En la mayoría de los casos, la historia clínica, los factores de riesgo, la presencia de otros síntomas sugestivos y/o la anormalidad en la exploración, orientan ya el diagnóstico hacia una cefalea secundaria.

Aproximaciones en el diagnóstico y caracterización de las cefaleas

Un diagnóstico adecuado es el primer paso hacia un tratamiento exitoso, eficaz y eficiente en cualquier cefalea.

Historia clínica y exploración física

La primera consulta de un niño o un adolescente con cefalea se orienta, principalmente, a distinguir si se trata de una cefalea primaria o secundaria, descartando un origen potencialmente grave que precise tratamiento urgente. Determinar el tipo de cefalea que presenta y su origen, permite establecer el abordaje más adecuado en cada paciente. La sistematización en la realización de la historia clínica y la exploración física, facilita recordar aspectos importantes que se han de evaluar, así como, la toma de decisiones rápidas durante la evaluación. Una historia clínica detallada y sistemática permite la realización de un diagnóstico etiológico de la cefalea y la planificación de su abordaje diagnóstico-terapéutico, llegando a tener un efecto “curativo” en el paciente y su familia, en bastantes ocasiones. La entrevista clínica se convierte en un proceso de conocimiento y comprensión de la enfermedad que, con frecuencia, consigue mejorar el afrontamiento y la autogestión de futuros episodios. En la tabla III, se muestra un esquema de esta primera visita.

Aprender las preguntas específicas sobre la cefalea, resulta muy útil en cualquier ámbito del ejercicio profesional, tanto si se trata de una consulta programada como de atención urgente. En general, los escolares y adolescentes son buenos relatores de sus síntomas; por tanto, será preferible la obtención de la historia del propio paciente. Es recomendable sentarlo delante del entrevistador, explicarle que puede pedir ayuda a sus acompañantes si no recuerda algo, y adaptar las preguntas a su edad(5) o nivel de desarrollo. Los niños de menor edad no siempre referirán los síntomas directamente, pero estos pueden inferirse de los cambios en su comportamiento(4) (p. ej.: fotofobia-querer estar a oscuras, vértigo-cerrar los ojos, sujetarse a algo o alguien). Son de utilidad también los dibujos realizados por los más pequeños sobre la cefalea(5,6).

Algunas personas presentan varios tipos de cefalea. En estos casos, se recomienda realizar las preguntas específicas sobre la cefalea para cada uno de los tipos, algo así como una historia por cada cefalea. En el diagnóstico final, se codificarán cada una por separado.

Los antecedentes familiares imprescindibles incluyen: la presencia de cefaleas primarias en la familia y de patologías hereditarias que puedan relacionarse o presentarse con cefalea.

En cuanto a los antecedentes personales, cabe destacar por su importancia: síndromes periódicos relacionados, uso de fármacos u otras sustancias, y presencia de patología rinosinunal asociada. Los déficits visuales de refracción no son un motivo frecuente de cefaleas y, si aparecen, los pacientes suelen identificar con facilidad la relación causal. Las alteraciones en la acomodación provocan cefalea asociada al trabajo visual sostenido, que se asocia a otros síntomas, como: dificultad para pasar de visión cercana a lejana, problemas atencionales, visión borrosa o mareo.

Conviene completar la entrevista con recogida de información general del desarrollo, aprendizaje, conducta y hábitos, que puedan estar relacionados con el inicio o agravamiento de las cefaleas.

La exploración física ha de ser minuciosa y completa, pediátrica general y neurológica, con el fin de determinar signos sugerentes, tanto de enfermedades sistémicas (infecciones, enfermedades autoinflamatorias, etc.) como puramente neurológicas. Especial atención merecen signos de focalidad o sugerentes de cefalea secundaria (diplopía, ataxia, dismetría, signos rinosinusales, estigmas cutáneos, etc.)(7). Son altamente recomendables la realización del fondo de ojo y la toma de tensión arterial, ambos imprescindibles en cefaleas crónicas progresivas.

Signos de alarma y necesidad de exámenes complementarios

Algunos síntomas o signos se asocian, con mayor frecuencia, a procesos intracraneales o enfermedades potencialmente graves, y justifican una evaluación más profunda(8). Un breve resumen de los signos y síntomas de alarma que aparecen en la literatura médica se recoge en la tabla IV.

Aunque la edad temprana (<5-6 años) se ha considerado un signo de alarma en sí mismo, no existe un límite inferior que indique automáticamente la necesidad de neuroimagen. Ante la inexistencia de síntomas de alarma, un examen físico particularmente exhaustivo, así como reevaluaciones periódicas, son las herramientas de monitoreo más importantes y rentables en niños pequeños(9).

En las cefaleas de reciente comienzo y/o gran intensidad (“primeras o peores”)(5), atendidas con más frecuencia en servicios de urgencia, se deben investigar características sugerentes de: infección/hemorragia intracraneal, proceso neurológico focal o proceso sistémico. En pacientes especialmente vulnerables (portadores de válvula de derivación LCR, coagulopatías, malformaciones arteriovenosas [MAV], pacientes oncológicos, inmunodeprimidos, etc.) sería aconsejable la realización de neuroimagen antes de emitir un diagnóstico de cefalea primaria.

La probabilidad de presentar un tumor cerebral en cefaleas de menos de 6 meses de evolución con un signo de alarma es 10 veces mayor (4%), en comparación con pacientes con migraña sin ningún signo de alarma (0,4%)(10). La presencia de déficits focales neurológicos, crisis epilépticas y vómitos persistentes, se correlacionan significativamente con mayor frecuencia de neoplasias cerebrales(11). Otros signos de alarma incluyen: la presencia de un examen neurológico anormal, papiledema, cefaleas que empeoran con la maniobra de Valsalva, al agacharse o toser(8). Las cefaleas que predominan durante el sueño, que aparecen en decúbito o con maniobras de Valsalva, sugieren la existencia de hipertensión intracraneal y/o una posible masa intracraneal. Es importante diferenciar entre la sensibilidad al movimiento, característica común en la migraña, y estas cefaleas posicionales. La migraña, en general, no empeora con el decúbito y mejora con el sueño, aunque los episodios pueden iniciarse durante la noche o despertar al paciente por el dolor al finalizar el efecto de analgésicos y/u otros antimigrañosos.

Una cefalea crónica progresiva, posicional o que empeora al tumbarse, con o sin papiledema, apunta a la presencia de hipertensión intracraneal. Ante una neuroimagen sin patología estructural que lo justifique, obligaría a la realización de una punción lumbar con medición de presión de apertura, para un diagnóstico y manejo adecuado de una posible hipertensión intracraneal idiopática(8).

Un primer episodio de cefalea con déficits focales, como síntomas visuales de pocos minutos de evolución, pueden generar dudas si se debe interpretar como un signo de alarma o forma parte de un primer episodio de migraña con aura. En general, los síntomas visuales de la migraña se describen como: poco precisos o detallados (espectro de fortificación, zigzag en punto de fijación, centelleo, brillos, escotoma borroso, destellos, etc.) de duración intermedia (5-30 minutos). En epilepsias, que pueden simular migraña, los síntomas visuales son descritos con precisión y viveza (bolas o rosetones de colores vivos y definidos, etc.) de muy corta duración (epilepsia tipo Gastaut, pocos segundos o minutos) o prolongada (epilepsia tipo Panayotopoulos con síntomas autonómicos y alteración de consciencia). La historia clínica suele ser suficiente para el diagnóstico, si existen dudas o persisten los episodios, sería aconsejable la realización de una neuroimagen o un EEG(5,6), preferiblemente con registro de sueño. Los fenómenos visuales como: diplopía, oscurecimientos transitorios, disminución de la agudeza visual o del campo visual, son sugestivos de hipertensión intracraneal(5,6). Otras manifestaciones focales transitorias relacionadas con un aura migrañosa son: los síntomas sensitivos (entumecimiento u hormigueo), las deficiencias del habla y/o del lenguaje (afasia o disartria), las deficiencias motoras (hemiparesia), la pérdida de atención, confusión, amnesia, agitación o los síntomas tronco-encefálicos (vértigo, disartria, tinnitus, diplopía, hiperacusia)(12). Los déficits neurológicos asociados a accidente cerebrovascular usualmente presentan una duración mayor (horas o días). Varios tipos de aura se pueden asociar en un mismo episodio de migraña, pudiendo alargar la duración de la fase de aura, por ejemplo, hasta 1 hora por cada uno de ellos(3). La persistencia de estos, más allá de 2-3 horas, hace recomendable valorar la posibilidad de patología orgánica subyacente o complicación del episodio de migraña.

Estudios recientes plantean que la localización occipital en niños no debe considerarse un síntoma de alarma incondicional, en especial, en un paciente con: antecedentes de migraña, cuadro agudo sugerente de migraña(13) e historia familiar positiva.

Los fenómenos autonómicos craneales (lagrimeo, inyección conjuntival, miosis y/o ptosis, rinorrea, etc.) tampoco son infrecuentes en la migraña en la edad pediátrica(5,6). Cuando el dolor resulta difícil de precisar por los más pequeños, las migrañas se identifican erróneamente como cefaleas trigémino-autonómicas o viceversa. Los niños y adolescentes con cefaleas trigémino-autonómicas, a menudo, se muestran inquietos y agitados, a diferencia de la migraña, en la que los pacientes suelen demandar reposo y mostrarse decaídos. Las lesiones hipofisarias estructurales o funcionales pueden producir cefaleas que simulen cefaleas trigémino-autonómicas(14). Por tanto, ante este tipo de cefaleas en niños, es necesaria la realización de una RM cerebral que incluya hipófisis, especialmente si se asocian a patología endocrinológica(5,6).

La regla mnemotécnica “SNOOPY”, adaptada de una similar en adultos(15), donde “(S)ystemic symptoms, (N)eurologic signs, (O)nset, (O)ccipital, (P)recipitated by Vasalva, (P)ositional, (P)rogressive, (P)arents-lack of family history, and (Y)ears (<3- 6 years old)” puede resultar de ayuda para recordar algunos signos de alarma en la edad pediátrica.

Como resumen, en niños y adolescentes con cefalea recurrente sin signos de alarma y exploración normal, la neuroimagen no se indica de rutina. Debe considerarse en aquellos con: exploración alterada y/o papiledema, crisis epilépticas, cefalea intensa de reciente comienzo, especialmente en población vulnerable, cefaleas trigémino-autonómicas, si hay cambios significativos en el tipo de cefalea u otras características que sugieran disfunción neurológica. Aparte de la neuroimagen, la realización de estudios en líquido cefalorraquídeo y suero pueden requerirse en el diagnóstico diferencial y etiológico de cefaleas secundarias. La punción lumbar debe valorarse ante sospecha de: meningitis/encefalitis, hemorragia subaracnoidea, hipertensión intracraneal idiopática o evolución sugerente de enfermedad autoinflamatoria asociada. No se recomiendan tampoco estudios complementarios de rutina en pacientes sin signos de alarma y con exploración neurológica normal(16).

Migraña en la infancia y adolescencia

La migraña es la cefalea primaria más prevalente en la edad pediátrica. Existe variabilidad en sus características clínicas durante la infancia y adolescencia, con alta frecuencia de síntomas acompañantes.

La migraña es una cefalea primaria frecuente e incapacitante(3), con alto impacto socioeconómico, personal y familiar.

La prevalencia de la migraña episódica es aproximadamente: del 2-5% por ciento en edad preescolar; del 10% en edad escolar; y del 20-30% en mujeres adolescentes(12). Cerca de un 20% puede iniciarse a edades tan tempranas como los 5 años(12). Es probable que esta cifra esté infravalorada en niños de corta edad, debido a su limitación en la comunicación o a que la cefalea quede eclipsada por síntomas acompañantes floridos (vómitos, postración, etc.). A edades tempranas, no existen diferencias entre ambos sexos, pero en la adolescencia afecta especialmente al sexo femenino(5).

Al tratarse, en la mayoría de los episodios, de una cefalea de intensidad moderada-severa, con síntomas acompañantes, en ocasiones, incapacitantes, y de carácter recurrente, puede producir gran interferencia en la vida del niño y su familia. Será necesario monitorizar el impacto de la migraña en la calidad de vida del paciente y su entorno, para una adecuada toma de decisiones en el manejo. La escala PedMidas (cincinnatichildrens.org/service/h/headache-center/pedmidas) es la más utilizada en la actualidad, aunque no existe una versión validada en español.

El abordaje terapéutico, farmacológico o no farmacológico, se ha basado en gran medida en estudios realizados en adultos(17) o estudios en población pediátrica con evidencia de baja calidad, con resultados contradictorios o poco favorables para los fármacos preventivos. La farmacoterapia, con mayor frecuencia de la deseada, se utiliza fuera de indicación (“off label”), bien por rango de edad o falta de aprobación de uso en nuestro entorno.

Características clínicas de migraña

La migraña se caracteriza por: una cefalea moderada-grave, que limita la actividad habitual, de inicio más o menos rápido, unilateral, con síntomas asociados como foto, fono, náuseas-vómitos y otros. Se distinguen dos tipos principales de migraña: migraña sin aura y migraña con aura. Ambos tipos pueden coexistir en una misma persona. El fenómeno de aura, cuando aparece, acompaña o precede a la cefalea, y se caracteriza por síntomas neurológicos focales transitorios (visuales, sensoriales, tronco-encefálicos…). Algunas personas presentan una fase prodrómica, horas o días previos a la cefalea, y/o una fase resolutoria o postdrómica, de similar duración, tras la remisión del episodio. Entre los síntomas prodrómicos y resolutorios más frecuentes se incluyen: foto/fonofobia, cambios de humor, hiperactividad, hipoactividad, avidez por determinados alimentos, bostezos repetidos, astenia y dolor o rigidez cervical(3).

A lo largo de la infancia y la adolescencia, durante la maduración cerebral, la presentación de la migraña varía tanto inter como intraindividualmente y difiere frente a la del adulto. Los episodios suelen presentar una duración menor, mayor probabilidad de localización frontotemporal bilateral y mayor significación de síntomas asociados que en adultos. La fotofobia y fonofobia en preescolares o niños con dificultades de comunicación, se infieren mejor por los cambios en el comportamiento(12) que les provocan. La presencia de antecedentes de síndromes episódicos que pueden asociarse a migraña, como vómitos cíclicos o vértigo paroxístico de la infancia, no es excepcional. Los antecedentes familiares positivos de migraña son prácticamente la norma. Las características esenciales de la migraña y los síndromes episódicos asociados están recogidas en la tabla V.

Algunas variantes de migrañas

Status migrañoso: se considera una forma grave, en la que la duración del episodio supera las 72 horas. Ante un primer episodio con esta presentación, conviene realizar diagnóstico diferencial con cefaleas secundarias. La combinación de fluidoterapia, antieméticos y AINEs es el tratamiento más usado para su control. El uso de corticoides se ha relacionado con la disminución en su recurrencia(12).

Migraña hemipléjica esporádica o familiar:se trata de una forma de presentación rara (0,01%) con debilidad unilateral que precede, acompaña o sucede a la migraña, asociado o no a otro tipo de aura. La forma esporádica se inicia en la adolescencia, mientras que la forma familiar en edades más precoces. La forma familiar, con herencia autosómico dominante, se ha relacionado con mutaciones en CACNA1A, ATP1A2, SCN1A y PRRT2. En esta forma de migraña, se aconseja realizar diagnóstico diferencial con: lesiones estructurales o tumores, hemorragias cerebrales, mitocondriopatías, hemiplejia alternante, acidosis lácticas y algunas encefalopatías. Valorar la realización de estudio genético específico de migraña hemipléjica familiar si se constatan antecedentes familiares e inicio de los episodios anterior a los 16 años. Algunas de estas formas responden a acetazolamida o bloqueantes de los canales de calcio. Clásicamente, se recomendaba evitar los triptanes o ergotamínicos, por el potencial riesgo de vasoconstricción cerebral, aunque en la actualidad, esta recomendación está siendo reconsiderada(12).

Migraña con aura tronco-encefálica: antes conocida como migraña basilar, se trata de una migraña con, al menos, dos de los siguientes síntomas de aura: disartria, vértigo, tinnitus, hipoacusia, diplopía, ataxia, disminución del nivel de conciencia o parestesias bilaterales(3).

Migraña confusional aguda: se caracteriza por episodios transitorios de confusión, amnesia, agitación, letargia o disfasia, que ceden tras un largo periodo de sueño. Puede aparecer espontáneamente, precipitarse por un traumatismo craneal mínimo o ser la forma inicial de presentación de una migraña ulterior(12).

Síndromes episódicos que pueden asociarse a migraña

Los síndromes periódicos o episódicos de la infancia se consideran precursores de la migraña, ya que muchos pacientes con ellos, la desarrollarán con posterioridad. Algunos de ellos, con sus principales características, se encuentran recogidos en la tabla V.

Migraña crónica, cefalea crónica diaria y cefalea por abuso de medicamentos

La migraña crónica, la cefalea crónica diaria y la cefalea por abuso de medicamentos(3) son tres entidades independientes en la clasificación internacional de cefaleas, no siempre fáciles de diferenciar en la práctica clínica diaria.

La migraña crónica se define como una cefalea que aparece 15 o más días al mes, con características claras de migraña en 8 o más de los episodios, durante, al menos, tres meses consecutivos. La transformación de una migraña episódica a una migraña crónica puede ocurrir durante un período de semanas a meses, o abruptamente en cuestión de horas(12).

En la cefalea diaria crónica, el diagnóstico se basa en la presencia de cefalea: más de 4 horas al día, más de 15 días al mes, durante, al menos, tres meses consecutivos, sin patología orgánica subyacente. Este tipo de cefalea se describe como una cefalea continua en banda o como un peso, de intensidad leve-moderada, que empeora por la mañana o al final del día. Muchos pacientes con cefalea diaria crónica tienen antecedentes de migraña episódica. En un 25% de pacientes, no existen antecedentes de cefaleas previas y la cefalea crónica diaria se desencadena tras un trauma craneal leve, una infección o sin causa aparente.

La cefalea por abuso de medicamentos es aquella cefalea que aparece más de 15 días/mes, en pacientes con cefalea preexistente y abuso repetido de fármacos para el tratamiento agudo o sintomático de la misma, durante 3 meses o más. Cuando la cefalea episódica se transforma en crónica, los tratamientos de rescate tienden a ser utilizados en exceso, tanto por la alta frecuencia de episodios, como por el miedo a no poder controlarlos una vez iniciados, son esas tomas de “por si acaso”(18). Los mecanismos precisos del origen de este tipo de cefalea no están del todo claros. Estudios recientes sugieren que, en un cerebro vulnerable, el uso repetido de analgésicos, triptanes o peor aún, codeína y opiáceos, aumentaría el efecto de sustancias desencadenantes de dolor, como el péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP)(19). La educación dirigida a evitar el abuso de fármacos desde la primera visita es clave para evitar esta situación tan compleja(18). El uso de calendarios de cefaleas sencillos, sin demasiada información, resulta de ayuda en esta tarea. Cuando se ha precisado medicación aguda en más de 4-5 episodios al mes, se han de optimizar las medidas no farmacológicas y el tratamiento del episodio agudo y/o valorar la posibilidad de iniciar tratamiento preventivo. En la cefalea por abuso de medicamentos, será necesario retirar o sustituir los fármacos implicados y primar las medidas no farmacológicas en el episodio agudo (descanso en lugares tranquilos y oscuros, intentar dormir, paños fríos para aliviar el dolor) durante algún tiempo. En ocasiones, la frecuencia de cefalea disminuirá rápidamente, pero es probable que se produzca un rebote en las siguientes semanas, por lo que el tratamiento preventivo asociado debe ser considerado durante la planificación de la terapia.

Diagnóstico y abordaje de la migraña

Para un diagnóstico de migraña se requieren, al menos, 5 episodios de cefalea con: intensidad moderada o severa, asociados a aversión a los estímulos (luz, ruidos, olores), náuseas-vómitos, empeoramiento con el ejercicio y alivio con el descanso(3). Si el número de episodios es insuficiente, se encuadraría dentro de la denominación migraña (con o sin aura) probable.

No existen reglas absolutas en la evaluación de un paciente con migraña, aunque solo en contadas ocasiones será necesaria la realización de estudios complementarios (neuroimagen o laboratorio). Se debe considerar estudio de neuroimagen ante la presencia de: signos de alarma, evidencia de déficits neurológicos focales diferentes a aura migrañosa o difíciles de diferenciar. En pacientes con: aura atípica, pérdida de conciencia episódica u otros síntomas sugerentes de epilepsia(12), el EEG se contempla como una herramienta en el diagnóstico diferencial.

Un primer episodio de migraña con presentación atípica y sin historia familiar previa resulta a menudo un reto diagnóstico. La evaluación clínica detallada y el conocimiento de la variabilidad en la presentación de la migraña, a lo largo de la vida, puede evitar la realización de exámenes innecesarios.

Tratamiento de la migraña en la infancia y adolescencia

El manejo terapéutico de la migraña exige un enfoque individualizado, centrado en el paciente y su entorno. Las medidas no farmacológicas de tratamiento cobran especial importancia en la infancia y adolescencia.

El cuidado apropiado de una persona con migraña, requiere establecer un diagnóstico correcto(20). El diagnóstico no solo se refiere a la identificación del tipo de migraña, incluye, además, la caracterización de las circunstancias y particularidades propias de cada paciente. El manejo terapéutico integral incluye: el tratamiento del dolor y de los síntomas acompañantes en el episodio agudo, y las medidas preventivas farmacológicas y no farmacológicas para evitar futuras recurrencias (Fig. 1).

Figura 1. Enfoque de tratamiento para la migraña pediátrica.

Los hallazgos de los últimos años sugieren que un enfoque biopsicosocial, que utiliza la atención multimodal interdisciplinaria, es más eficaz para el tratamiento de la migraña en la población pediátrica. Los elementos clave de esta gestión incluyen: intervenciones farmacológicas agudas, eficaces y oportunas, como AINEs y/o triptanes; educación del paciente y sus familias respecto a técnicas de autogestión (self-management); e intervenciones psicológicas como: biofeedback, relajación y terapia cognitivo-conductual(21). En casos graves o refractarios al tratamiento, el abordaje interdisciplinar multimodal, médico y psicológico(21) debería ser la norma.

Compartir con el paciente y su familia una explicación sencilla de “su migraña”, cómo se han descartado causas secundarias, atender a sus demandas y preocupaciones, e incluirlos en la toma de decisiones terapéuticas y en el diseño del plan de intervención, beneficiará el manejo del cuadro clínico.

Los tratamientos deben seleccionarse cuidadosa e individualmente, adaptándolos al patrón del dolor, la gravedad y su discapacidad, así como a las expectativas, necesidades y objetivos del tratamiento marcados inicialmente(20).

Los estudios relacionados con fármacos en cefaleas en niños y adolescentes, muestran una alta tasa de respuesta al efecto placebo. En un ensayo controlado aleatorizado histórico, se encontró que los dos medicamentos preventivos más comúnmente recetados para la migraña pediátrica, el topiramato y la amitriptilina, no eran diferentes del placebo, en la reducción de la frecuencia de la migraña en una gran muestra de niños y adolescentes(22). Un reciente metaanálisis(17), de ensayos clínicos aleatorizados en fármacos profilácticos, señala que ninguno de los medicamentos investigados demostró evidencia convincente, más que el placebo, en la reducción de frecuencia de la migraña a largo plazo. Las particularidades de la migraña en estas edades, el mejor cumplimiento de las medidas no farmacológicas durante los ensayos o, quizás, el efecto placebo pronunciado, son algunos de los factores que se postulan en el fracaso de los ensayos de este tipo(5,23). Se precisan nuevas investigaciones para identificar marcadores que determinen aquellos niños que sí se beneficiarían de la profilaxis farmacológica, definir de forma precisa la duración del tratamiento profiláctico y buscar perfiles de riesgo-beneficio más favorables que el de los fármacos actuales(22).

Elegir, o no, un enfoque terapéutico “a medida” de cada paciente, podría suponer la diferencia entre el éxito o el fracaso terapéutico, facilitaría la adherencia al tratamiento y mantendría la confianza del paciente y su entorno, aunque los resultados finales no resultasen del todo satisfactorios.

Tratamientos no farmacológicos

Las medidas no farmacológicas desarrollan un papel importante en la intervención terapéutica de las cefaleas en niños y adolescentes. Entre ellas, se encuentran: los hábitos de vida saludable, la autogestión de los episodios y el tratamiento cognitivo-conductual. Los tratamientos no farmacológicos pueden conseguir reducciones en la frecuencia del dolor de cabeza que oscilan entre 34 y 78% de la inicial(5,24). La evidencia que soporta estas recomendaciones es relativamente escasa(25), pero el perfil riesgo-beneficio de éstas frente a los fármacos resulta innegablemente positivo.

El clínico ha de ser capaz de transmitir el valor de un estilo de vida saludable en el manejo de las cefaleas, y empoderar al niño y su familia para que se sientan una parte importante del tratamiento. El cumplimento de estas medidas no siempre será sencillo, evitar culpabilizar al paciente o su familia y primar las medidas de refuerzo positivo, resultará útil para su consecución. Ellos son parte de la solución no del problema.

Regularidad de hábitos y horarios de sueño

Mantener la regularidad de horarios y la homeostasis generalmente es útil en personas con migraña. El mantenimiento de un horario de sueño estable y adecuado en número de horas puede resultar un reto(5), en estos tiempos. En adolescentes, existe un retraso de fase propio de esta época de la vida (los adolescentes se acuestan tarde y se levantan tarde)(26). Al mismo tiempo, el uso de dispositivos electrónicos cercanos a la hora de dormir, algo muy frecuente en la actualidad, podría relacionarse con alteraciones en el sueño en la edad pediátrica.

Estas medidas no solo se muestran beneficiosas en el ámbito de la prevención. En los episodios agudos, dormir hace desaparecer o mejorar sustancialmente el dolor y otros síntomas acompañantes en muchas personas con migraña.

Hidratación y alimentación

Mantener una ingesta adecuada de agua se relaciona con la disminución en la intensidad del dolor y con la mejoría de calidad de vida en población adulta(5). Es del todo sabido que, el ayuno prolongado puede provocar cefalea por múltiples razones. Por estos motivos, parece sensato recomendar una ingesta de líquidos y alimentos adecuada, sin periodos de ayuno prolongado. Por otra parte, en cuanto a la asociación de migraña y obesidad en la edad pediátrica, los hallazgos han resultado contradictorios hasta el momento.

Ejercicio/deporte

Estudios en adultos, sugieren una eficacia similar de ejercicio aeróbico regular (15´calentamiento-20´ejercicio-5´enfriamiento, 3 veces/semana) frente a topiramato como profilaxis(27,28). Aunque el ejercicio intenso puede desencadenar episodios agudos en algunas personas, practicarlo de forma repetida, puede tener un efecto profiláctico sobre la frecuencia de la migraña, al modificar el umbral individual de activación(29). Sugerir ejercicio aeróbico, unos 10-15 minutos, varias veces a la semana, con un aumento progresivo de la duración de las sesiones, se considera recomendable en la actualidad.

Desencadenantes

El reconocimiento de desencadenantes o agravantes no siempre resulta posible. Aunque su evitación puede reducir la frecuencia de la migraña, no debe convertirse en una “obsesión” para el niño o su entorno. Algunos de los desencadenantes más frecuentes son: estrés, no siempre identificado por la familia o el propio paciente; enfermedades intercurrentes; ejercicio intenso; un trauma craneal leve; los viajes; la sobrecarga de tareas escolares y extraescolares; la falta de tiempo para el ocio; etc.(12). Otros desencadenantes, como: exposición a ciertos alimentos (chocolate, queso), los ruidos o luces u olores fuertes, se cuestionan en la actualidad. Se trata realmente de desencadenantes o corresponderían a síntomas prodrómicos de la propia migraña(5,30) ¿Comer chocolate produce migraña o es un síntoma premonitorio del episodio la apetencia por el chocolate? En la actualidad, no se recomienda la retirada sistemática de ciertos alimentos. Solo se aconsejará si se evidencia una relación clara e inequívoca con la aparición y/o empeoramiento de los episodios de migraña.

Síntomas de inicio del episodio agudo

El reconocimiento de síntomas que preceden o acompañan al inicio de la cefalea y la identificación del momento en el que iniciar medidas terapéuticas, como tumbarse o tomar la medicación, parece ayudar en el control del episodio agudo y disminuir el abuso de fármacos. El uso de técnicas de relajación sencillas, por ejemplo, el control de la respiración, y la administración precoz de analgésicos, ayudan a disminuir la intensidad y duración del episodio agudo de migraña. Llevar a cabo estas medidas en el entorno del niño o del adolescente se convierte, en más ocasiones de las deseadas, en una espinosa tarea. Salir de clase para descansar en un lugar tranquilo del colegio, parar en medio de un partido o poder tomar la medicación sin que sea administrada por sus familiares, son problemas relatados con frecuencia. Estas medidas se consideran una prescripción facultativa y, por tanto, deben recogerse en el informe médico para facilitar su cumplimiento.

Soporte/ayuda psicológica

La terapia cognitivo-conductual, en combinación con medicamentos preventivos, se ha demostrado que ayuda a los pacientes, en particular a los adolescentes, con migraña crónica(5). La consulta psicológica resulta útil para: el entrenamiento de técnicas de relajación o biofeedback, el fomento de la adherencia al tratamiento, el desarrollo de habilidades para sobrellevar el dolor o para el afrontamiento de la migraña(18). Estas técnicas ayudan a reducir el consumo de fármacos y facilitan la autogestión de la migraña.

Tratamiento farmacológico del episodio agudo de migraña

Los objetivos de tratamiento en el episodio agudo, se resumen en el control rápido y eficaz del dolor y de los síntomas acompañantes, con los mínimos efectos adversos posibles. Algo arduo en personas con migraña episódica que asocie: cefalea diaria continua, cefalea por abuso de medicamentos o en migraña crónica.

El tratamiento de niños con episodios leves y poco frecuentes consistirá principalmente en: reposo, evitación de desencadenantes y analgésicos, cuando se necesiten(12).

En los episodios leves-moderados, los AINEs (antiinflamatorios no esteroideos) y otros analgésicos, resultan más efectivos administrados durante el aura o al inicio de la cefalea(12). En estudios en adultos, el inicio en la primera hora mejoraba las tasas de desaparición del dolor(31). El uso temprano de un antiemético alivia las náuseas y vómitos asociados, y facilita el sueño. Algunos antieméticos presentan un efecto antimigrañoso específico. En los episodios moderados-graves que no responden a analgésicos, se valorará el uso de fármacos específicos para la migraña, por ejemplo, los triptanes(12). En la tabla VI, se recogen los fármacos más usados en migraña, con su dosificación en edad pediátrica.

Analgésicos

Ibuprofeno o paracetamol son los fármacos más utilizados de este grupo, paradójicamente son los que tienen una evidencia científica más limitada. Administrados a dosis altas precozmente, resultan efectivos y bien tolerados. Se recomienda su uso en episodios de intensidad moderada-severa y, evitarlos, si es posible, en episodios leves. Existen múltiples formas de presentación que pueden adaptarse a las necesidades de cada paciente. El naproxeno oral ha sido estudiado en la población pediátrica en su forma combinada con triptanes. En cuanto al metamizol, aunque está aprobado su uso para el tratamiento del dolor desde el año de vida, no existen estudios específicos de su eficacia para la migraña en niños y/o adolescentes. La codeína y otros opiáceos no se recomiendan por su potencial implicación en desarrollo de migraña crónica, y el agravamiento de náuseas y vómitos en edad pediátrica(32).

Triptanes

La aparición de los triptanes supuso una revolución en el tratamiento de la migraña. Son los fármacos con mayor número de estudios en migraña en la edad pediátrica. Se han mostrado hallazgos variables, a veces, inconsistentes, entre los distintos estudios. Los mecanismos antimigrañosos de los triptanes que se postulan, en la actualidad, son múltiples. Actuarían bloqueando la acción de péptidos vasoactivos liberados en neuronas trigeminales, produciendo vasoconstricción craneal o facilitando las vías inhibitorias del dolor(18).

En este momento, no está aprobado su uso en menores de 12 años en España. Únicamente, sumatriptán intranasal y zolmitriptán intranasal están aprobados en nuestro país, en mayores de 12 años. Almotriptán, rizatriptán, sumatriptán / naproxeno y zolmitriptán intranasal están aprobados por la Food and Drug Administration(FDA) para su uso en niños(20). Almotriptán y rizatriptán emergen como los únicos triptanes con eficacia oral comprobada en la población pediátrica, en especial, en adolescentes, mientras que sumatriptán y zolmitriptán resultan eficaces cuando se administra por vía nasal(23). Su eficacia parece aumentar cuando se asocian a AINES y disminuir cuanto menor sea la edad del paciente(23). La experiencia personal, compartida con otros autores(12,32,33) y avalada por algunos estudios de seguridad y eficacia(33), sugiere que los niños mayores de 10-12 años o con peso > 40-50 kg, toleran bien las dosis de adultos de triptanes. Sus posibles efectos secundarios son: somnolencia y sensación de opresión torácica transitoria, junto con molestias locales en las formas de administración nasal.

Antieméticos

La presencia de náuseas y vómitos incoercibles agrava el curso y la percepción negativa del episodio. La domperidona vía oral está indicada para el tratamiento sintomático de náuseas y vómitos en mayores de 12 años o que pesen más de 35 kg, siempre y cuando no exista: hepatopatía, factores de riesgo arritmogénico o prolongación del intervalo QT(34). Estudios realizados sugieren que ondansetrón podría ser de utilidad en el tratamiento del episodio de migraña(35). Existen presentaciones comercializadas no financiadas, en nuestro país, de ondansetrón bucodispersable o liofilizado, que pueden prescribirse “off label” en el síndrome de vómitos cíclicos, asociado o no a migraña. Los antagonistas de los receptores de dopamina (proclorperazina, clorpromazina, metoclopramida y prometazina) han demostrado efecto antiemético y analgésico. El alto riesgo de aparición de síntomas extrapiramidales a dosis única, prácticamente ha restringido su uso a los servicios de urgencia en episodios de migraña intratable(23).

Otros

Otros fármacos como: ergotamínicos, valproato sódico o corticoides, acumulan poca o ninguna evidencia de su eficacia en población pediátrica, por lo que sería recomendable limitar su uso a situaciones excepcionales(20,23), como el status migrañoso.

Tratamiento farmacológico preventivo de la migraña

Existen pocos estudios controlados aleatorizados prospectivos en niños y adolescentes, que brinden orientación sobre cuál es el medicamento más efectivo y seguro en la prevención de la migraña. Es más, la mayoría de los estudios randomizados y controlados sobre eficacia de medicamentos preventivos en la migraña, no demuestran su superioridad frente a placebo(36). Estudios con diseños más específicos para este tramo etario, comenzarán a arrojar algo de luz sobre el asunto. Después de esto, el panorama parece desolador, pero los pediatras debemos actuar con la evidencia de la que disponemos y tratar de dar soluciones a los problemas actuales de los pacientes.

La prevención se dirige a reducir la frecuencia y la gravedad de los episodios, así como, la discapacidad asociada a los mismos(18). El tratamiento preventivo se debería valorar si la migraña provoca un gran impacto en la calidad de vida del paciente, existe una alta frecuencia de episodios (>4-5 episodios/mes), un uso abusivo de fármacos de rescate y/o falta de eficacia de los mismos. Las expectativas sobre la eficacia de la prevención farmacológica que se trasladen al paciente y su familia han de ser realistas. Es muy improbable que los episodios desaparezcan, por lo que una reducción del 50% se considera ya un resultado adecuado. Antes de comenzar con un fármaco profiláctico, convendría revaluar el cumplimiento de las medidas no farmacológicas de prevención, ya que ante la evidencia disponible en este momento, mejor rutinas que medicinas”. Una vez decidido el inicio de la profilaxis farmacológica, la medicación elegida debe administrarse en la dosis más alta, efectiva y mejor tolerada, de acuerdo con la edad y el peso del niño, durante un mínimo de tres meses, antes de poder evaluar la eficacia adecuadamente(18). Para dicha elección, se han de tener en cuenta otros aspectos de salud como: presencia de asma o diabetes (evitar betabloqueantes), dificultades escolares (evitar topiramato), ansiedad (valorar amitriptilina), sobrepeso/obesidad (evitar flunarizina y valorar topiramato), etc. Los efectos secundarios pueden minimizarse comenzando el tratamiento con dosis bajas, realizando aumentos progresivos posteriores, según la tolerancia al mismo.

Antihipertensivos

Los betabloqueantes y calcioantagonistas son fármacos de uso común en la prevención de la migraña en edad pediátrica. Como en otros fármacos, la evidencia de calidad en cuanto a su eficacia en la edad pediátrica es escasa. Tradicionalmente, han sido considerados más apropiadas en Pediatría, por su mejor perfil de tolerabilidad y de efectos secundarios frente a otros como, por ejemplo, los antiepilépticos. Pero estas medicaciones no están libres de efectos secundarios, tanto a corto como a largo plazo, que han de tenerse en cuenta al decidir el inicio del tratamiento preventivo (Tabla VI).

Otros

Los suplementos nutricionales, como: magnesio, riboflavina (vitamina B2) y coenzima Q10, muestran alguna evidencia de beneficio en la población adulta(18). No hay estudios sólidos aún en la población pediátrica.

La inyección de toxina botulínica tipo A en puntos gatillo, se puede considerar en aquellos pacientes con migraña crónica en los que fallen varios ciclos de fármacos preventivos clásicos, aunque la evidencia disponible hasta el momento en niños y adolescentes sea de baja calidad(37).

Los fármacos dirigidos contra el péptido relacionado con el gen de la calcitonina (CGRP), neurotransmisor implicado en el dolor en migraña, como telcagepant o anticuerpos monoclonales, continúan siendo estudiados.

Las técnicas de estimulación cerebral no invasiva (NIBS), como la estimulación magnética transcraneal (TMS) y la estimulación de corriente continua transcraneal (tDCS), generan un interés creciente en la comunidad científica pediátrica, para evaluar su potencial aplicación en las cefaleas(38).

Terapias alternativas como: acupuntura, meditación, mindfulness o masajes, han sido probadas, existiendo falta de evidencia de su eficacia en la actualidad(18).

En un futuro próximo, será necesario delinear con precisión el papel de las terapias farmacológicas y la nutracéutica para la prevención de la migraña, junto con los mecanismos asociados con la respuesta al placebo, clínicamente relevantes en Pediatría o las intervenciones que potencian esta respuesta terapéutica(21).

Migraña en la era COVID

La pandemia por COVID-19 ha zarandeado a la sociedad y al sistema sanitario. Las herramientas de comunicación y atención sanitarias no presenciales ofrecen la posibilidad de cuidados a personas vulnerables sin sobrecargar los servicios de salud.

La pandemia por COVID-19 fue declarada por la Organización Mundial de la Salud el 11 de marzo de 2020, causando un número inesperado de infecciones graves y muertes. Las medidas implantadas de confinamiento y distanciamiento interpersonal, para evitar la transmisión del virus, obligaron a posponer cualquier procedimiento que no fuera esencial. El modo de atender las consultas ambulatorias pasó, en pocos días, de ser presencial a realizarse a distancia. Esta situación puso en evidencia, la falta de desarrollo de herramientas y programas de telemedicina en nuestro sistema sanitario. Durante los momentos más duros de la pandemia, en muchos hospitales, los pediatras pasaron a formar parte de los equipos COVID, siendo aún menos accesibles durante esos períodos.

En cuanto al tema de esta revisión, algunos estudios constataron que, durante la cuarentena, debido a la pandemia COVID, los sujetos con migraña tuvieron menos ataques de migraña y menos dolor(39); otros, por el contrario, muestran resultados opuestos. En la actualidad, el impacto real a largo plazo de la propia cuarentena y del distanciamiento interpersonal en los niños, adolescentes, sus familias y los propios sanitarios, está por determinar. Algunas sugerencias referentes a cambios en el abordaje y seguimiento de la migraña, ya fueron publicadas pocos meses después del inicio de la pandemia.

Tras la experiencia vivida, el desarrollo de la telemedicina con visitas no presenciales de calidad, tanto entre profesionales de la salud, como entre estos y sus pacientes, parece una importante oportunidad de seguir cuidando la población vulnerable en tiempos de crisis. Este tipo de atención ayuda a evitar consultas en los servicios de urgencias que pongan en riesgo a los pacientes y que sobrecarguen todavía más a los abrumados servicios de salud(40). El uso de aplicaciones disponibles en dispositivos electrónicos portátiles (smartphone, tablet y ordenador), que permitan una comunicación segura entre los equipos de salud y los pacientes será, si no lo es ya, parte de nuestra rutina.

Transición a la vida adulta

El cambio y el desarrollo son características inherentes en los primeros años de vida. La consulta de transición a la vida adulta es un resultado más de este proceso natural de evolución.

Las características y necesidades únicas de los adolescentes y adultos jóvenes con migraña no se han estudiado adecuadamente(21). Los picos de incidencia o empeoramiento en esa época, junto con las particularidades comportamentales de este tramo etario, aumentan la dificultad en el manejo de la migraña. En esta etapa, en la que los pacientes se enfrentan a la complicada transición a la vida adulta, se realiza el cambio de profesionales sanitarios a su cuidado, algo no siempre bien aceptado por el adolescente y su familia. Mejorar la transición de cuidados, discutiendo con tiempo el modelo más adecuado, acordando la continuidad de atención con un nuevo profesional concreto y realizando visitas conjuntas con ambos médicos, facilitaría este cambio, tanto al paciente como a su entorno.

Funciones de los equipos de Pediatría de Atención Primaria

Integración del paciente, la familia y los miembros del equipo de trabajo en el proceso de diagnóstico y el abordaje terapéutico.

• Identificación precoz de síntomas o signos de alarma que requieran una evaluación en profundidad.

• Conocimiento de la variabilidad de presentación de la migraña en la infancia y adolescencia.

• Capacitación general para el entrenamiento y planificación del tratamiento no farmacológico.

• Conocimiento de: las medidas farmacológicas de rescate y preventivas en la migraña, su evidencia actual, la dosificación adecuada y sus efectos secundarios.

• Monitorizar la eficacia y los posibles efectos adversos de los tratamientos utilizados.

• Derivación a atención hospitalaria para valoración ante: presentación atípica, mala evolución u otros signos de alarma.

Conclusiones

La migraña en la infancia y adolescencia es un proceso común que interfiere significativamente en la vida del paciente y en la de su entorno. Puede llegar a producir una discapacidad sustancial que, a menudo, se prolonga durante toda la vida. La base de un tratamiento exitoso radica no solo en el diagnóstico de la migraña, sino también en su ajuste a las características propias de cada paciente y su familia. Los conocimientos actuales indican que el mejor modelo de abordaje de la migraña es el tratamiento interdisciplinar multimodal. En un entorno de recursos limitados, el pediatra ha de manejar estrategias terapéuticas más allá del uso exclusivo de fármacos y ser capaz de incluir al paciente, su familia e, incluso, a la comunidad (escolar) en la estrategia de manejo de la migraña.

En la actualidad, hay muchos aspectos de esta cefalea que quedan por conocer con fidelidad en niños y adolescentes. La profundización en su fisiopatología, el desarrollo de programas personalizados de abordaje diagnóstico-terapéutico y la obtención de evidencia de calidad a cerca de la eficacia de los fármacos, son caminos que quedan por recorrer. El diseño de futuros estudios, basado en las particularidades específicas de la migraña en los primeros 10-20 años de vida, se antoja fundamental para la consecución de mejores resultados.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Se trata de una revisión integral y detallada con una perspectiva práctica y, al mismo tiempo crítica, de las cefaleas en la edad pediátrica.

– Youssef PE, Mack KJ. Episodic and chronic migraine in children. Dev Med Child Neurol. 2020; 62: 34-41. doi:10.1111/dmcn.14338.

Revisión general de fácil lectura sobre migraña en edad pediátrica.

– Munro K. Diagnosing and managing migraine in children and young people. Nurs Child Young People. 2019; 31: 38-47. doi: 10.7748/ncyp.2018.e1048.

Revisión amena con perspectiva dinámica, gráficos interesantes y preguntas para resolver al final del artículo.

– Oskoui M, Pringsheim T, Holler-Managan Y, Potrebic S, Billinghurst L, Gloss D, et al. Practice guideline update summary: Acute treatment of migraine in children and adolescents: Report of the Guideline Development, Dissemination, and Implementation Subcommittee of the American Academy of Neurology and the American Headache Society (la corrección publicada aparece en Neurología. 2020; 94: 50). Neurology. 2019; 93: 487-99. doi: 10.1212/WNL.0000000000008095.

– Oskoui M, Pringsheim T, Billinghurst L, Potrebic S, Gersz EM, Gloss D, et al. Pharmacologic treatment for pediatric migraine prevention. Neurology. 2019. Disponible en: https://doi.org/10.1212/WNL. 0000000000008105.

Repaso en profundidad de los tratamientos en migraña en niños y adolescentes.

– Orr SL, Kabbouche MA, O’Brien HL, Kacperski J, Powers SW, Hershey AD. Paediatric migraine: evidence-based management and future directions. Nat Rev Neurol. 2018; 14: 515-27. doi: 10.1038/s41582-018-0042-7.

Revisión de la evidencia en terapias en migraña en edad pediátrica, revisando tanto tratamientos farmacológicos como no farmacológicos.

– Gelfand AA, Irwin SL. Lifestyle Advice for Pediatric Migraine: Blaming the Patient, or Evidence Based? Semin Neurol. 2020; 40: 277-85. doi: 10.1055/s-0040-1708868.

Revisión actualizada del estado actual de la evidencia para cada una de las intervenciones conductuales en la prevención de la migraña. Proporciona, al clínico, consejos prácticos para recomendar a los pacientes.

 

Caso clínico

 

Niña de 11 años con cefalea recurrente (3-4 episodios al mes), de 8 meses de evolución. Refiere inicio más o menos rápido, con localización bilateral frontotemporal, no irradiada, como “un corazón en su cabeza”. Se inicia casi siempre entre las 10-11 a.m., con predominio de días lectivos. Su familia debe recogerla del cole porque, durante el episodio, necesita tumbarse en un lugar tranquilo y a oscuras. La mayoría de los episodios se acompañan de: vómitos intensos, palidez y discreta postración. Si se mueve mucho, se encuentra peor. Su familia refiere que el ojo derecho “se hace más pequeño y está un poco más rojo”. Al preguntarle a la niña, comenta que en varios episodios ha notado sensación de adormecimiento de la extremidad superior derecha y la lengua, que se inicia antes de la cefalea, de 10-20 minutos de duración, sus padres no sabían nada. Los episodios duran 3-8 horas, su duración se acorta si puede dormir. Le resulta difícil tomar analgésicos (paracetamol o ibuprofeno) por los vómitos, a veces, no lo consigue hasta 2-3 horas del inicio de la cefalea. Por este motivo, ha acudido en múltiples ocasiones a urgencias pediátricas, tanto en su centro de salud como en el hospital. Su pediatra les recomendó realizar un calendario de cefaleas, pero se les ha olvidado en casa. Vive en casa con su hermano y sus padres. Es una niña trabajadora, tranquila, con buen rendimiento escolar. Le gusta tocar el piano. No realiza ejercicio físico con regularidad. No presenta signos de preocupación en el desarrollo. No presenta problemas de comportamiento. Últimamente, utiliza la tablet para jugar o ver YouTube después de cenar, porque durante la tarde no tiene tiempo por los deberes y las extraescolares. Se duerme algo más tarde por este motivo. Durante la semana, duerme unas 6-8 horas y, en vacaciones y fines de semana, llega a las 10-11 h, porque pueden levantarse más tarde. Hábitos de alimentación adecuados. No presenta otros episodios paroxísticos en la actualidad.

Antecedentes familiares

Bisabuela materna y madre con cuadros similares durante la infancia y adolescencia. En la actualidad, la madre presenta cefaleas infrecuentes de intensidad moderada-severa que responden a naproxeno. Hermano de 6 años sano.

Antecedentes personales

Gestación controlada, curso normal. Parto y periodo neonatal sin incidencias. Pasó cribado metabólico y auditivo. Lactancia materna: 8 meses. Sin problemas con alimentos. Desarrollo neuromadurativo dentro de la normalidad, con marcha liberada a los 13 meses y primeras palabras poco antes del año.

Estudiada en unidad de Digestivo pediátrica por vómitos autolimitados recurrentes los 2-4 primeros años de vida, sin hallazgos sugerentes de patología orgánica.

Sin alergias conocidas. No toma otras medicaciones. Visión y audición sin signos de preocupación.

Exploración física

En las exploraciones físicas realizadas durante los episodios, se constata afectación del estado general, sin signos de focalidad neurológica, con fondo de ojo y tensión arterial normales.

En las exploraciones entre los episodios, la exploración se mantiene dentro de la normalidad.

Exploraciones complementarias

TAC craneal realizado en urgencias de Pediatría en su última visita: sin alteraciones.

 

 

 

Tics y Tourette

J. Eirís Puñal
Temas de FC


J. Eirís Puñal

Unidad de Neurología Pediátrica. Departamento de Ciencias Forenses, Anatomía Patológica, Ginecología y Obstetricia y Pediatría. Hospital Clínico Universitario de Santiago. Santiago de Compostela

Resumen

Un tic es un movimiento o vocalización súbita, rápida, recurrente, no rítmica. Los trastornos de tic se incluyen en el DSM-5 en los trastornos motores del desarrollo y comprenden cuatro categorías diagnósticas: trastorno de Tourette, trastorno de tic motor o vocal persistente (crónico), trastorno de tic provisional y otros trastornos de tics especificados y no especificados. La edad de inicio, la duración del trastorno de tics, la presencia de tics vocales y / o motores y la ausencia de una causa conocida, como otra afección médica o abuso de sustancias, constituyen los pilares diagnósticos. Los tics son comunes en la infancia y la prevalencia estimada del trastorno de Tourette varía de 3 a 8 por 1.000 en niños, en edad escolar. Como en otros trastornos del neurodesarrollo, las comorbilidades son comunes, especialmente: el trastorno por déficit de atención / hiperactividad, el trastorno obsesivo compulsivo y el trastorno de ansiedad. Los factores genéticos y ambientales influyen en la expresión y la gravedad de los tics. El manejo del síndrome de Tourette (TS) y otros tics crónicos comienza con: una evaluación integral, el diagnóstico diferencial con otros procesos y el inicio de psicoeducación. Se recurre a intervenciones conductuales y farmacológicas, cuando los tics causan deterioro físico o psicosocial. La cirugía de estimulación cerebral profunda o las terapias experimentales representan la última etapa para los tics refractarios a las intervenciones farmacológicas y conductuales.

 

Abstract

A tic is a sudden, rapid, recurrent, nonrhythmic motor movement or vocalization. Tic disorders are included in DSM-5 into developmental motor disorders and comprise four diagnostic categories: Tourette’s disorder, persistent (chronic) motor or vocal tic disorder, provisional tic disorder, and other specified and unspecified tic disorders. Age at onset, duration of the tic disorder, presence of vocal and/or motor tics and absence of a known cause such as another medical condition or substance abuse are clues for diagnosis. Tics are common in childhood and the estimated prevalence of Tourette ́s disorder ranges from 3 to 8 per 1.000 in school- age children. As in other neurodevelopmental disorders, comorbidities are common, specially attention-deficit/hyperactivity disorder, obsessive-compulsive disorder an anxiety disorder. Genetic and environmental factors influence the expression and severity of tics.
The management of Tourette syndrome (TS) and other chronic tics begins with comprehensive assessment, differential diagnosis with other conditions and complex psychoeducation. Behavioral and pharmacological interventions are needed when tics cause physical or psychosocial impairment. Deep brain stimulation surgery or experimental therapies represent the last stage for tics that are refractory to pharmacologic and behavioral interventions.

 

Palabras clave: Trastornos motores del neurodesarrollo; Síndrome de Tourette; Trastornos de tic; Terapia conductual; Terapia farmacológica.

Key words: Neurodevelopmental motor disorders; Tourette syndrome; Tic disorders; behavioral therapy; Pharmacological theraphy.

Pediatr Integral 2020; XXIV (7): 394 – 404


Tics y Tourette

Introducción

Los tics se definen como vocalizaciones o movimientos: súbitos, rápidos, recurrentes y no rítmicos, y se incluyen dentro de los trastornos motores del neurodesarrollo en el DSM-5.

De acuerdo al DSM5 y para cualquiera de sus categorías, los tics se definen como vocalizaciones o movimientos: súbitos, rápidos, recurrentes y no rítmicos. Constituyen por sí mismos, y con independencia de la patología que puedan asociar, un motivo de consulta pediátrica relativamente frecuente, y suscitan dificultades de interpretación y manejo, por la variabilidad en su expresión clínica y posible confusión con otros trastornos. Junto con el trastorno del desarrollo de la coordinación y el trastorno de movimientos estereotipados, se incluyen dentro de los trastornos motores del neurodesarrollo, ilustrando una ampliación en la perspectiva con la que debemos afrontarlo, más allá de su consideración, como un trastorno episódico del movimiento aislado(1). Los tics pueden presentarse dentro de un continuum, que incluye formas leves, aisladas y esporádicas, y procesos crónicos asociados a diversas patologías. En su máxima expresividad clásica, se encuentra el síndrome de Tourette, en honor al autor que, en 1885, describió a un grupo de pacientes que presentaban movimientos rápidos e involuntarios, hiperexcitabilidad y vocalizaciones inusuales, con un curso crónico y una presumible base genética. Como se detallará más adelante, aun existiendo casos que sustentan las connotaciones de trastorno: raro, peculiar, mantenido e incluso dramático, la conceptualización actual admite formas leves de bajo impacto clínico y buen pronóstico evolutivo(2,3).

Aspectos epidemiologicos

Los tics son comunes en la infancia y la prevalencia estimada del trastorno de Tourette varía de 3 a 8 por 1.000 en niños en edad escolar.

Los tics se presentan en ambos sexos, con independencia de factores étnicos o culturales. Su prevalencia es mayor en el sexo masculino, con una ratio 3-4:1 y es menor en afroamericanos de los Estados Unidos y en los negros subsaharianos. Dentro de una amplia variabilidad, según diferentes estudios, se acepta una prevalencia de un 3% en la edad escolar/adolescencia para todos los tics y de un 3-8 por mil para el síndrome de Tourette. El debut habitual de los tics tiene lugar entre los 4 y 8 años, alcanza su máxima expresividad a principios de la segunda década y se sigue, a menudo, de un período de remisión o atenuación posterior, incluyendo su remisión en muchos pacientes. Para el Tourette, se ha señalado que en la vida adulta temprana, aproximadamente, el 75% habrán experimentado una mejoría de sus tics, incluyendo la remisión de los mismos en un tercio de los casos. En los demás, los tics persistirán en la vida adulta y precisarán asistencia médica, correlacionándose este hecho con la gravedad de los tics sufridos en la infancia tardía(2,3).

Aspectos clínicos de los tics

Los tics se clasifican, de acuerdo a su semiología, en dos categorías principales: motores y vocales y, en función de sus características, en simples y complejos.

Los tics gozan de unas características específicas que permiten, en la mayoría de los casos, una clara distinción con otros trastornos del movimiento. En su consideración, han de tenerse en cuenta, aspectos relacionados con su propia semiología, complejidad, localización y duración del tic en sí mismo. Así, existen tics: motores, vocales, sensoriales y cognitivos. Los tics sensoriales reflejan una característica propia de los tics, la urgencia premonitoria, a la que aludiremos más adelante, y los tics cognitivos se presentan de forma preferente en pacientes adolescentes y adultos con trastorno de Tourette, y representan percepciones complejas que han de diferenciarse de manifestaciones del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Son pensamientos repetitivos que no están provocados por ansiedad y que obedecen a una necesidad excesiva de ceder o actuar de forma proactiva ante algún estímulo: auditivo, visual, táctil o interno. Si bien, es conveniente tener en mente estas modalidades, sin duda, las formas paradigmáticas corresponden a los tics vocales y los motores (Tabla I).

Los tics vocales implican la aparición del algún tipo de sonido e incluyen la participación de musculatura: nasal, laringofaríngea o diafragmática. Aunque podríamos asumir que conllevan cierta participación motriz, son en muchos aspectos –en particular los complejos–, muy diferentes a los tics motores per se, que pueden afectar al resto de músculos del cuerpo. La duración del tic es importante y, en función de la misma, el diagnóstico diferencial con procesos como mioclonías o fenómenos distónicos de otra naturaleza, ha de ser considerado en casos específicos. Así, cuando la duración es inferior a 100 ms, hablamos de tics mioclónicos, y aplicamos el término tic distónico, para aquellos de duración superior a 300 ms y que, habitualmente, se corresponde con posiciones/movimientos sostenidos a nivel ocular, palpebral o cervical.

Un aspecto relevante es el relativo a su complejidad, en función de la cual, se clasifican en simples y complejos. Los tics motores simples afectan a un músculo o grupo muscular localizado, y los complejos, incluyen la agrupación de varios músculos de forma simultánea o consecutiva. Los simples duran menos que los complejos (milisegundos o segundos) y afectan al cuello o, especialmente, a la región facial, en forma de parpadeos, movimientos oculares, nasales, de labios, mandíbula, sonrisa sardónica o cambios en la mirada. A nivel axial y de miembros, se incluyen: elevaciones de hombros, extensiones o flexiones de extremidades, entre otros. Los complejos agrupan combinaciones diversas de tics simples (inclinación del cuello con elevación del hombro, flexiones del tronco y estiramientos, o contorsiones de los miembros, etc.) o actos de mayor elaboración, que pueden parecer propositivos, como gestos obscenos (copropraxia) o repetición de movimientos observados en otros (ecopraxia); pueden conllevar conductas autolesivas (sacudidas cervicales bruscas, estallidos de dedos, lamerse los labios y hacerse heridas). Los tics vocales simples se presentan habitualmente, como ruidos o sonidos del tipo: carraspeos, toses, inspiraciones nasales, soplidos, aclaramientos de garganta, gritos, aullidos, ladridos, gruñidos o chasquidos. Para formas que incluyen una participación cognitiva y lingüística más elaborada o abigarrada, se aplica el término de tic vocal complejo, incluyéndose: ecolalia (repetición de las últimas palabras o frases escuchadas), palilalia (repetición de verbalizaciones propias) o coprolalia (emisiones socialmente inaceptables, como: obscenidades, insultos o contenidos peyorativos étnicos, raciales o religiosos). Los tics motores suelen iniciarse en la cara, en forma de muecas faciales o parpadeo, y progresan siguiendo una trayectoria rostrocaudal. Los tics vocales suelen presentarse 1-2 años después de los tics motores y, habitualmente, consisten en aclaramientos de garganta, inspiraciones nasales o vocalizaciones simples. Los tics vocales complejos prácticamente nunca se presentan aislados; menos del 5% de los pacientes con tics experimentan solo tics vocales y los tics motores sin asociación a tics vocales son mucho más frecuentes(2-5).

Características clínicas distintivas de los tics

La fluctuación inter e intradía, la capacidad de autorreproducción a demanda y autocontrol, y la existencia de urgencia premonitoria, son características distintivas de los tics.

La presencia de las características siguientes, contribuirán y facilitarán el diagnóstico de tics y su diferenciación con otros procesos(3):

Fluctuación clínica. Existe una gran variabilidad, tanto interdía como intradía; en ocasiones, sin causa evidente y, en otras, ante factores: reconocibles y personales, diferentes o comunes, entre distintos pacientes. Así, pueden agravarse o aliviarse en situaciones de estrés, aburrimiento, cansancio o contextos concretos. Así, se han documentado exacerbaciones peculiares ante estímulos visuales concretos, determinadas voces, aburrimiento en la sala de espera, o bien disminución en la propia consulta médica, ante compañeros en clase o en actividades sujetas a una elevada motivación e interés, como tocar un instrumento musical. La identificación de esta variabilidad contextual puede ser importante en la planificación y orientación terapéutica.

Autocontrol. Las personas con tics pueden desarrollar, de forma consciente y voluntaria, cierta capacidad de supresión o atenuación de sus tics durante períodos variables de tiempo. En ocasiones, lo que se inicia de forma voluntaria puede seguirse, en algunos contextos, de una respuesta ya automatizada. Esta característica es exclusiva de los tics y no ocurre en otros trastornos del movimiento.

Reproducción a demanda. Implica la capacidad de realizar un tic o diferentes tics por parte del paciente, cuando se le solicita por el examinador. Ello incitaría a la conveniencia de matizar la literalidad de lo que asumimos como un acto involuntario y, cabe resaltar al respecto, que a diferencia de versiones anteriores, el DSM5 ha eliminado el término involuntario de la definición de tics.

Relación con el sueño y con actividades propositivas. Aunque de forma excepcional, los tics pueden presentarse también durante el sueño, asociándose, en este caso, con un aumento en la fase de movimientos oculares rápidos. Una característica importante es que no interfieren las actividades voluntarias o procedimentales, por lo que no es esperable que un tic que afecte al miembro superior altere la función de comer, beber o escribir. Algún tic específico, como el aumento de volumen o alargamiento de alguna sílaba o letra aislada al hablar, puede alterar, obviamente aspectos fonéticos del habla. En casos de tics de escritura, también puede verse interferida esta por: paligrafía (repetición de palabras o letras en el texto), necesidad de subrayado o retirar el bolígrafo al escribir, si bien, debería de excluirse la posibilidad de un trastorno obsesivo.

Urgencia premonitoria. Se define como una sensación subjetiva, habitualmente desagradable, de descripción vaga y, muchas veces, imprecisa, a la que se alude como: picor, pinchazos, quemazón o tensión previa al tic, que tiene lugar en los grupos musculares que participan en este y que se extingue una vez realizado el tic. Frecuentemente, los adolescentes y adultos suelen identificarlo en los 3 años siguientes al debut de los tics, pero algunos niños pueden tener conciencia de la misma desde los 9 años de edad. En este sentido, el tic podría considerarse una respuesta de alivio de la urgencia premonitoria, que puede llegar a automatizarse sin precederse de un procesamiento consciente(3,6).

Clasificación de los tics

Se agrupan en cuatro categorías diagnósticas: trastorno de Tourette, trastorno de tic motor o vocal persistente (crónico), trastorno de tic provisional y otros trastornos de tic especificados y no especificados.

La categorización de los tics se realiza básicamente en función del tipo de tic (vocal o motor), su presentación aislada o en combinación, y la duración del mismo, considerándose un criterio de cronicidad su persistencia superior a 1 año. Los criterios diagnósticos consensuados en el DSM-5, se especifican en la tabla II.

Al respecto, se transcribe la traducción española actual; si bien, se menciona la inexactitud en la traducción desde la versión original en lengua inglesa, que aporta como modificación respecto a la previa, el término “provisional tic disorder”, en sustitución de “transient tic disorder”, y que en lengua española se ha mantenido bajo la denominación de trastorno de tics transitorio al igual que en la versión anterior(7). Los cambios más sustanciales en la clasificación, se resumen en la tabla III, y son el resultado de un amplio proceso de discusión y evaluación previos(8,9).

Fisiopatología y Etiología de los tics

Los tics tienen una base neurobiológica, genéticamente determinada y condicionante de una disfunción en circuitos córtico-estriato-talámico-corticales y cerebelosos.

Existen múltiples evidencias, procedentes de estudios histopatológicos, imagen anatómica y funcional, estudios de neurotransmisores y, también, genéticas, que aportan datos complementarios sobre la naturaleza neurobiológica de los trastornos de tics, orientando, en especial, a disfunciones en circuitos córtico-estriato-talámico-corticales y cerebelosos. Diferentes modelos explicativos involucran, en especial, a la dopamina y, en menor medida, a: GABA, glutamato, acetilcolina y sistema cannabinoide, y opioide endógeno, con un papel más residual para la noradrenalina.

Los modelos de estimulación tónica y fásica de dopamina en la hendidura sináptica, ofrecen una visión que ayuda en la comprensión del porqué algunos fármacos estimulantes usados en el tratamiento del déficit de atención e hiperactividad –en presencia de comorbilidad con trastorno de tics–, pueden conllevar, en algunos casos, a una mejoría en la expresividad de los tics(3,10).

Existen múltiples evidencias que avalan un elevado componente genético para los tics; si bien, en comparación con estudios genéticos para diferentes trastornos psiquiátricos, la rentabilidad en cuanto a hallazgos concretos, es más baja. Aun así, se han identificado varios genes candidatos que contribuyen a la clínica dentro de un patrón de herencia complejo, diferente del autosómico dominante clásicamente invocado(3,11).

Diagnóstico

El diagnóstico es exclusivamente clínico, apoyado en la anamnesis e historia familiar, y debe incluir la valoración del propio tic y de los procesos comórbidos asociados.

No existe ninguna exploración complementaria o marcador específico para el diagnóstico de tics, siendo este eminentemente clínico y basado en la identificación y correspondencia de los signos y síntomas con las características expuestas anteriormente (Fig. 1).

Figura 1. Claves en la evaluación diagnóstica.

Incluirá un proceso de diagnóstico diferencial y se establecerá a través de datos anamnésicos de observación, exploración neurológica y psiquiátrica, y evaluación de la historia familiar, no siendo excepcional el mantenimiento inadvertido de tics en alguno de los padres o familiares directos o el antecedente de su presentación en la infancia o adolescencia, y/o evidencia de otros trastornos del neurodesarrollo. La identificación de factores agravantes o atenuantes, así como la detección de comorbilidades, son ineludibles(2,3). Se dispone de diversos instrumentos de evaluación para los tics, que incluyen: entrevistas semiestructuradas, autoinformes y observación directa. Esta última permite la obtención de datos objetivos e independientes de la información transmitida por el paciente o la familia, por lo que resulta de gran utilidad. Al respecto, una observación de solo 5 minutos, en un contexto clínico adecuado, puede equipararse en eficacia a la obtenida con períodos más prolongados y puede llevarse a cabo con grabación en vídeo visible u oculto(2,3). Existen diferentes herramientas de evaluación objetiva de los tics, y su impacto a nivel social o personal(12). Es importante resaltar la YGTSS (Yale Global Tic Severity Scale), por su elevada capacidad: psicométrica, fiabilidad interobservador, estabilidad, convergencia con otras escalas y consistencia interna, existiendo una versión traducida y validada en lengua española(13).

Aunque la exploración física general y neurológica serán habitualmente normales, resulta imprescindible para reforzar la información y confianza de la familia y paciente, y permite la identificación de signos que sugieran que un tic y/o sus comorbilidades puedan ser secundarias o confundirse con otras patologías subyacentes, debiéndose tener presente la existencia de patologías de índole metabólico y/o neurodegenerativo que debutan o incluyen a lo largo de su curso clínico manifestaciones neuropsiquiátricas o diferentes trastornos del movimiento.

Diagnóstico diferencial

Ha de incluir otros trastornos del movimiento, de proceso de índole psiquiátrica, en especial, trastorno obsesivo-compulsivo y la identificación de trastornos de tics secundarios.

Ha de contemplarse desde diferentes ópticas:

• Diferenciación con otros trastornos del movimiento, para lo cual ha de revisarse el concepto de: distonía, corea, atetosis, balismo, temblor y mioclonías. Para tics que afectan a globos oculares y que son muy habituales, se considerará el diagnóstico diferencial con: nistagmo, crisis oculógicas y opsoclonus. La diferenciación con estereotipias es también necesaria(6,9) y, al respecto, es conveniente recordar que pueden ser primarias o secundarias (en especial, trastorno del espectro autista y discapacidad intelectual) o tienen como características principales que son: movimientos repetitivos, semiinvoluntarios, rítmicos, coordinados, no propositivos, estereotipados y suprimibles con la distracción o el cambio de actividad. Algunos episodios de naturaleza epileptógena pueden, por su semiología, conllevar a cierta confusión, en especial, cuando cursan con mioclonías y ausencias, o bien, algún fenómeno motor clónico, pero estarían ausentes las características definitorias propias de los tics.

• Coexistencia de tics con otros procesos, en especial, con estereotipias y manifestaciones alérgicas que pueden emular tics.

• En algunas situaciones, los tics pueden ser fenómenos secundarios relacionados con secundarismos o yatrogenia por algunos antiepilépticos o neurolépticos, o bien, ser expresión de procesos de índole diversa como: enfermedad de Wilson, neuroacantocitosis, síndrome de X-frágil, corea de Sydenham o enfermedad de Huntington, entre otros. Aunque no existe una línea divisoria clara, algunas características como: ausencia de tics faciales, curso evolutivo poco variable, inicio posterior a los 18 años sin antecedentes de tics previos, presencia de tics complejos sin historia de tics simples, coexistencia de otras manifestaciones de déficit o focalidad neurológica, y/o de otros trastornos del neurodesarrollo, permiten cuestionar el diagnóstico de trastorno de tics primario(3).

Diagnóstico de las comorbilidades

La comorbilidad más común es el TDAH, presente hasta en un 50-90% de los pacientes con síndrome de Tourette y el TOC, presente en un 10-40% de los casos.

Pueden presentarse hasta en el 80-90% de casos con síndrome de Tourette y ser responsables de un impacto superior que los propios tics. La comorbilidad más común es el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad), presente hasta en un 50-90% de los pacientes con síndrome de Tourette y el TOC, presente en un 10-40% de los casos. Pueden presentarse de forma aislada o en combinación a otros procesos como: trastorno de ansiedad, trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, trastorno negativista-desafiante, trastorno del aprendizaje o trastorno del espectro autista. En los adultos, se objetivan con frecuencia manifestaciones obsesivo-compulsivas, depresión y autoagresiones y, con menor frecuencia, trastorno del espectro autista. En niños y adolescentes, son más comunes el TDAH y el TOC. Respecto a las manifestaciones obsesivas, tienden a caracterizarse por una elevada tendencia al orden y la simetría, así como a pensamientos prohibidos, y suelen tener una menor respuesta a los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina que cuando no coexisten con tics. En asociación a TDAH, puede evidenciarse comportamiento destructivo, inmadurez social y dificultades de aprendizaje, que pueden interferir en el progreso académico y en las relaciones interpersonales, condicionantes de un deterioro adicional. Existen diferencias de género en función de la comorbilidad considerada. Por ejemplo, en varones predomina: TDAH, trastorno oposicionista desafiante y trastorno de conducta, y en mujeres: trastorno obsesivo-compulsivo y conductas autolesivas. De forma general, los estándares de evaluación de los trastornos comórbidos no difieren de los utilizados para cada uno aislado(2,3,14).

Tratamiento de los tics

Incluye, de forma secuencial: evaluación integral, psicoeducación, medidas no farmacológicas y farmacológicas, y opciones quirúrgicas o de neuromodulación para casos refractarios.

Las medidas a adoptar variarán en función de la expresividad e impacto de los tics, y de la naturaleza y gravedad de los trastornos comórbidos. Se fundamenta en tres pilares: psicoeducación, intervenciones farmacológicas y no farmacológicas, y tratamiento quirúrgico(3,15-18). Ha de individualizarse y perseguir unas metas realistas (Fig. 2).

Figura 2. Metas realistas en el tratamiento de los tics.

La necesaria transmisión de seguridad, alejada de falsas expectativas y asumiendo el curso evolutivo favorable para un elevado número de pacientes con tics, será eficaz, siempre que se hayan podido aclarar dudas explícitas u ocultas sobre la naturaleza del trastorno, y se hayan excluido otras posibilidades diagnósticas. Al final del artículo, se ofrece un algoritmo general de intervención(2).

El tratamiento de los procesos comórbidos no es diferente al utilizado cuando ocurren de forma aislada. En relación a la coexistencia de TDAH y tics, los resultados de los estudios efectuados han sido sumarizados en un metaanálisis, y sitúan al metilfenidato y otros estimulantes, como fármacos de primera línea, lejos de posicionamientos clásicos que sugerían su contraindicación(19).

Psicoeducación

Es un aspecto fundamental y debe de incluirse en todas las modalidades de terapia, pudiendo ser el único elemento a considerar en algunos casos específicos. Implica que los padres y profesionales analicen con su hijo o su paciente, aspectos relacionados con las características de sus tics y de la urgencia premonitoria –alentando a su reconocimiento e imitación–, así como una adecuada integración del concepto de “involuntario” frente a “potencialmente suprimible”, para modular el grado de presión externa y la consiguiente ansiedad que pueda derivarse de una conceptualización errónea de estas características. La explicación de la historia natural de los tics y su naturaleza cambiante con remisiones, exacerbaciones, resulta fundamental para anticipar el impacto de posibles recaídas. Debe de discutirse, con naturalidad, el impacto de los tics en el ámbito social, académico o profesional, y minimizar la posibilidad de estigmatización, considerando la inclusión en el entorno de intervención a personas con implicación directa, como familiares próximos, compañeros de clase y profesores. Adicionalmente, puede resultar beneficioso, alentar a los pacientes y a sus familias a centrarse en las fortalezas del individuo y sus intereses, al tiempo que se mantienen los esfuerzos para gestionar mejor los tics y trastornos relacionados(14). La repercusión personal o social en cada paso, puede ser muy diferente para la familia y el paciente, debiendo identificarse este aspecto antes de indicar medidas específicas que, en algún caso, podrían dirigirse exclusiva y erróneamente a mitigar la preocupación de los padres. Ello no conlleva a que se minimice la percepción parental; así, en series amplias de síndrome de Tourette, se ha documentado un elevado grado de estrés familiar y distorsión en la vida conyugal, tras el diagnóstico de tics en sus hijos, además de precipitar el consumo de alcohol o drogas, tanto en padres como afectados. El tipo de tic en sí mismo y/o la comorbilidad, pueden modificar la decisión terapéutica. Así, tics fónicos o motores complejos, como los que clásicamente se han descrito en el síndrome de Tourette, conllevan una repercusión personal y/o social ineludibles e implicarían una actitud adicional a la psicoeducación. En el mismo contexto, situaríamos los tics distónicos, a veces, muy dolorosos, o los de latigazo cervical, por su potencial morbilidad. En relación a las comorbilidades, la coexistencia de trastorno obsesivo, ansiedad o TDAH moderado-grave, podría hacer prioritario el tratamiento de estos procesos frente a la intervención sobre los tics(2).

Tratamiento no farmacológico

Su tamaño de efecto se sitúa en un plano igual o superior al de las terapias farmacológicas, y se propone su uso como primera línea en la mayoría de los algoritmos terapéuticos, al menos, para casos leves o moderados. Las terapias de exposición y prevención de respuesta, y la terapia de reversión de hábitos, son las más extendidas y eficaces. Esta última toma, como punto de partida, el reconocimiento de la urgencia premonitoria por parte del paciente, y su objetivo es anular el refuerzo negativo del tic y propiciar el desarrollo de una respuesta competitiva voluntaria, cuyo impacto sea inferior al tic a tratar. Se enmarca dentro de una terapia más amplia, la CBIT (del inglés, Comprehensive Behavioral Intervention for Tics), que incluye: entrenamiento en técnicas de relajación e identificación de contingencias que puedan influenciar la expresividad de los tics, desarrollo de estrategias para paliarlas, y el apoyo de familiares y compañeros(2,14). En los últimos años, se ha producido un cambio en el paradigma de intervención clásica sobre los tics, desestimándose tendencias previas encaminadas a ignorar el tic, frente a una actuación más proactiva e intervencionista, favoreciendo el reconocimiento y consciencia del mismo (Tabla IV).

Tratamiento farmacológico

Debe considerarse un tratamiento farmacológico de los tics, cuando los pacientes requieren una intervención activa para estos síntomas y la terapia conductual no está disponible, no es factible, debido a la adhesión limitada a un protocolo de tratamiento conductual o ha sido administrado con eficacia limitada. En la tabla V, se analizan algunos aspectos generales sobre la terapia farmacológica(3) y, en la tabla VI, se alude a las dosis y nivel de evidencia de los fármacos habituales(3,15).

Las opciones farmacológicas más utilizadas son: los agonistas α-2A postsinápticos y los antipsicóticos, existiendo para estos, evidencias favorables, tanto para los típicos (haloperidol y pimozida) como los atípicos (risperidona y aripripazol), con perfil de seguridad y tolerabilidad favorable con estos últimos y con baja evidencia de desarrollo de discinesia tardía(16). Los estándares de tratamiento americanos y europeos difieren sobre la priorización y agentes utilizados, situando en primera línea, los agonistas α-2A postsinápticos en América, frente a las benzamidas (tiaprida, sulpirida y amiprida) en Europa, y objetivándose una tendencia a relegar los antipsicóticos típicos y atípicos a situaciones no preferenciales, más por sus potenciales efectos adversos que por su probada eficacia(17). Este esquema no es universal y, dentro de diferentes países europeos, las tendencias no son homogéneas y no refleja los estándares de uso en España, en que parece consolidado el uso de agonistas α-2A postsinápticos y antipsicóticos atípicos, bien risperidona o aripripazol en primera o segunda línea, y en consonancia con la información disponible hasta el año 2011, que situaba a tiapride y risperidona como primeras opciones, y aripripazol y pimozide como segunda opción(17). En cualquier caso, el recurso a agonistas α-2A postsinápticos (clonidina y guanfacina) resulta una opción muy atractiva, aún con resultados no homogéneos en cuanto eficacia, en especial, en situaciones de comorbilidad con TDAH.

Para fármacos con efecto gabaérgico y que incluyen: baclofeno, levetiracetam, topiramato y clonacepam, se han referido resultados variables, siendo los más consistentes los obtenidos con topiramato y con clonazepam. Con este último, se ha señalado eficacia en hasta un 71% de los casos e incluso superioridad sobre fármacos con indicación más establecida en el tratamiento de los tics, como la clonidina. Su perfil de secundarismos habitual: somnolencia, sedación, desinhibición paradójica e irritabilidad, podrían ser factores limitantes.

La toxina botulínica se ha usado en aplicación intramuscular en áreas anatómicas involucradas en tics, particularmente molestos o severos, a veces, ligados a autolesiones, con eficacia para el control sintomático de los tics y de la urgencia premonitoria. Los tics de parpadeo, cuello y hombros son los más comúnmente tratados con este método, aunque puede aplicarse también a algunos tics vocales mediante infiltración intralaríngea.

La tetrabenazina, fármaco que condiciona depleción de dopamina e inhibición reversible del transportador VMAT2 vesicular, ha demostrado eficacia en varios estudios abiertos y retrospectivos, refiriéndose respuestas favorables hasta en un 77-80% de casos.

La utilización de Delta-9-tetrahydrocannabinol o preparados naturales, como los gránulos ningdong (NDG) o gránulos Ling, ha mostrado ser eficaz en algunos estudios, pero en el momento actual, se consideran opciones en fase de investigación(3,15-19,21).

A pesar de la eficacia de las modalidades terapéuticas señaladas, existen casos de elevada gravedad y refractariedad, que pueden beneficiarse de opciones de tratamiento con: neuromodulación, estimulación magnética transcraneal o estimulación cerebral profunda, en especial, dirigida a la corteza motora suplementaria; si bien, son necesarios todavía más estudios para definir las técnicas y candidatos ideales(16).

Bibliografía y bibliografía recomendada

Actualización del autor sobre los tratamientos farmacológicos de los tics.

1.* American Psychiatry Association. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, fifth edition (DSM-5). Washington DC: APA, 2013.

Versión actual en lengua inglesa del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, en el que se incluye a los trastornos de tics dentro de los trastornos del neurodesarrollo.

2.* Cath DC, Hedderly T, Ludolph AG, Stern JS, Murphy T, Hartmann A, et al. European clinical guidelines for Tourette syndrome and other tic disorders. Part I: assessment. Eur Child Adolesc Psychiatry. 2011; 20: 155-71.

Guía europea elaborada por el grupo de expertos de miembros de la European Society for the Study of Tourette Syndrome (ESSTS). Incluye: pautas detalladas de evaluación clínica, análisis de comorbilidades, diagnóstico diferencial y de herramientas específicas adicionales (cuestionarios, listas de verificación y pruebas neuropsicológicas).

3.* Eirís-Puñal J, Fernández-Fernández MA. Abordar el trastorno por déficit de atención e hiperactividad en la práctica clínica. Criterios diagnósticos DSM-5. Vol 3. Trastornos del neurodesarrollo. Trastornos motores. Madrid: Editorial Médica Panamericana; 2019.

Libro en que se revisan los diversos trastornos de tics, ofreciendo una actualización sobre: bases neurobiológicas, opciones terapéuticas, diagnóstico y diagnóstico diferencial, así como las variaciones conceptuales y categorización diagnóstica de las diferentes modalidades de tics. Incluye una sección con dos casos clínicos comentados.

4.* Groth C, Mol Debes N, Rask CU, Lange T, Skov L. Course of Tourette syndrome and comorbidities in a large prospective clinical study. J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2017; 56: 304-12.

Amplio estudio prospectivo que describe el curso clínico evolutivo de los tics y sus comorbilidades durante la adolescencia, así como la prevalencia de sus comorbilidades.

5. Leckman JF, Bloch MH, King RA, Scahill L. Phenomenology of tics and natural history of tic disorders. Adv Neurol. 2006; 99: 1-16.

6.* Zinner S, Mink ZJ. Movement disorders I: tics and stereotypies. Pediatr Rev. 2010; 31: 223-33.

Ambos artículos ofrecen una revisión excelente de los tics y, en concreto, de su semiología clínica.

7.* Eirís-Puñal J. ¿Trastorno de tics provisional o trastorno de tics transitorio? Rev Neurol. 2019; 68: 356.

El autor advierte sobre la no incorporación de la categoría “trastorno de tics provisional” en la traducción española del DSM-5. El uso de transitorio frente a provisional no contempla conceptualmente la eventualidad de que un tic inferior a un año pueda pasar finalmente a conformar un trastorno de tic crónico, hecho que sí es aceptable con el término provisional.

8. Walkup JT, Ferrao Y, Leckman JF, Stein DJ, Singer H. Tic disorders: Some key issues for DSM-V. Depress Anxiety. 2010; 27: 600-10.

9.* Eirís-Puñal J. Trastornos motores en los trastornos del neurodesarrollo: Tics y estereotipias. Rev Neurol. 2014; 58: S77-S82.

En los artículos anteriores, se analiza el proceso de discusión de las modificaciones que finalmente se han concretado en los nuevos criterios para los trastornos de tics del DSM-5. Se resuelven dudas conceptuales relevantes sobre: aspectos clínicos, de comorbilidad e interpretación de los criterios.

10.* Busea J, Schoenefelda K, Münchaub A, Roessnera V. Neuromodulation in Tourette syndrome: Dopamine and beyond. Neurosci Biobehav Rev. 2013; 37: 1069-84.

Aunque existen múltiples revisiones que analizan las bases neurobiológicas de los trastornos de tics, este artículo ofrece información pormenorizada y de utilidad práctica en la comprensión del papel de diferentes neurotransmisores. En lo referente a la liberación tónica y fásica de dopamina, ofrece un modelo explicativo al porqué algunos pacientes con Tourette pueden mejorar cuando se aumenta la dopamina en el espacio sináptico, papel que en la clínica encontramos asociado a la administración de fármacos estimulantes y, por lo tanto, relevante en la comorbilidad TDAH/Tics.

11.* Yanjie Qi, Yi Zheng, Zhanjiang Li, Lan Xiong. Progress in Genetic Studies of Tourette´s Syndrome. Brain Sci. 2017; 7: 134.

Revisión sobre el estado de las bases genéticas en los trastornos de tics.

12.* Martino D, Pringsheim TM, Cavanna AE, Colosimo C, Hartmann A, Luo S, et al. Systematic review of severity scales and screening instruments for tics: Critique and recommendations. Mov Disord 2017; 32: 467-73.

Revisión actualizada de las herramientas de evaluación de los tics y la urgencia premonitoria.

13.* García-López R, Perea-Milla EJ, Romero-González D, Rivas-Ruiz F, Ruiz-García C, Oviedo-Joekes E, et al. Adaptación al español y validez diagnóstica de la Yale Global Tics Severity Scale. Rev Neurol. 2008; 46: 261-6.

Adaptación al español de la escala de Yale. Útil para sistematización en la identificación de tics y como medida objetiva de evolución, tanto en ámbito clínico como de investigación.

14.* Freeman RD, Fast DK, Burd L, Kerbeshian J, Robertson MM, Sandor P. An international perspective on Tourette syndrome: selected findings from 3,500 individuals in 22 countries. Dev Med Child Neurol. 2000; 42: 436-47.

Análisis/base de datos, que incluye a 3.500 pacientes con síndrome de Tourette en un estudio internacional multicéntrico, con referencias a comorbilidades.

15.* Deeb W, Malaty I, Mathews C. Tourette disorder and other tic disorders. En: Handbook of Clinical Neurology, Vol. 165 (3rd series). Psychopharmacology of Neurologic Disease Reus VI and Lindqvist D, eds; Elsevier B.V, 2019.

Excelente revisión sobre el tratamiento de los tics. Ofrece un algoritmo de decisión terapéutica, que incluye las medidas farmacológicas y no farmacológicas.

16.* Martino D, Pringsheim TM. Tourette syndrome and other chronic tic disorders: an update on clinical management. Expert Rev Neurother. 2018: 8: 125-37.

Excelente actualización global sobre los tics, con especial énfasis en las modalidades terapéuticas.

17.* Quezada J, Coffman KA. Current Approaches and New Developments in the Pharmacological Management of Tourette Syndrome. CNS Drugs. 2018: 32: 33-45.

Revisión y actualización de las terapias farmacológicas sobre los tics. Sorprende por relegar a los antipsicóticos típicos y atípicos a una 4ª línea de intervención.

18.* Verdellen C, van de Griendt J, Hartmann A, Tara Murphy T, the ESSTS Guidelines Group. European clinical guidelines for Tourette Syndrome and other tic disorders. Part III: behavioural and psychosocial interventions. Eur Child Adolesc Psychiatry. 2011; 20: 197-207.

19.* Kerstin VR, Plessen V, Rothenberger A, Ludolph AG, Rizzo R, Skov L, et al. European guidelines for Tourette Syndrome and other tic disorders. Part II: pharmacological treatment. Eur Child Adolescent Psychiatr 2011; 20: 173-96.

(18 y 19) Consenso Europeo sobre terapias no farmacológicas para los tics.

20.* Cohen S, Mulqueen J, Ferracioli-Oda E, Stuckelman Z, Coughlin C, Leckman J, et al. Meta-Analysis: Risk of Tics Associated With Psychostimulant Use in Randomized, Placebo-Controlled Trials. J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2015; 54: 728-36.

Metanaanálisis relevante, por la clarificación del efecto de los fármacos estimulantes sobre los tics, en coexistencia con TDAH.

21. Eirís-Puñal J. Psicofarmacología de los trastornos de Tourette y tics. En: Soutullo C, ed. Guía esencial de psicofarmacología del niño y del adolescente. 2ª ed. Madrid: Panamericana; 2018. p. 235-48.

22. Fernández Fernández MA, Morillo Rojas MD. Los tics en Pediatría. Pediatr Integral. 2017; XXI(2): 109-15.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta
Niño de 8 años, que es valorado en la consulta de Neurología Pediátrica, porque en los últimos 9 meses ha realizado diferentes movimientos con la cara y los brazos, y en la última semana emite ruidos agudos y estridentes de forma frecuente.

Anamnesis
Hace 9 meses, comienza a presentar movimientos palpebrales con giro lento de los ojos y elevaciones de hombro. A los pocos meses, aunque persistían, lo hacían con menor frecuencia, pero aparecieron cambios en la forma de andar; de modo que, ocasionalmente, se golpeaba con el talón en la nalga. Hace un mes, comenzó a emitir unos sonidos: bruscos, vocálicos, repetidos, a veces durante varios minutos y muy molestos, que combinaba con gritos estridentes. Parecía totalmente ajeno a lo que le ocurría y, cuando le preguntaban, no aparentaba sentirse preocupado. Desde el colegio se había alertado, porque los hacía en clase y en los recreos. Al principio, sus compañeros mostraban curiosidad y perplejidad, pero pronto lo asumieron y dejaron de prestarle atención. Sus profesores, no obstante, le recriminan por gritar en clase y por hacer movimientos extraños. Nunca los presentó durante el sueño y tenía días mejores y otros peores. Ahora está de vacaciones de Navidad y se siente mejor, manifestando solo: algún movimiento con los ojos, gritos aislados, sin agrupaciones y todavía da algún salto al andar, aunque puede pasar incluso un día entero estando bien.

Los padres lo atribuyeron, al principio, a celos de su hermano pequeño y no le dieron importancia. Cuando está en clase y le reprenden, aumentan los tics, lo mismo que cuando tiene que hacer los deberes en casa.

Antecedentes personales
Sin antecedentes relevantes en la gestación ni en el parto. Su desarrollo psicomotor fue normal. Cursa 2º de educación primaria. Sin alertas relevantes, pero los profesores comentan que se distrae en clase. Sus padres dicen que: no está pendiente de lo que tiene que hacer, pierde cosas, es despistado, poco autónomo y se enfada cuando tiene que estudiar.

Antecedentes familiares
Historia de embarazo y parto sin alteraciones. Hermano de 3 años, sano. Su padre tuvo alguna manifestación obsesiva en la adolescencia. Cuando escribía no podía avanzar, porque continuamente tenía que volver a atrás y releer lo que había escrito. Antes de escribir tenía que puntear 3 veces con el bolígrafo en el margen izquierdo del folio. No recibió tratamiento y comenta que se resolvió espontáneamente en el transcurso de unos meses.

Tiene un primo en primer grado por rama paterna diagnosticado de tics. No se identifican manifestaciones ansiosas, depresivas o antecedentes de un hipótético TDAH.

Exploración física
No pone de manifiesto ningún signo patológico, tanto en la exploración general como neurológica. Sí se aprecia durante la entrevista algún movimiento de globo ocular espontáneo, del que dice no darse cuenta. Sin embargo, accede a reproducirlo, tanto este como los movimientos con la pierna, golpeándose la nalga y los gritos y vocalizaciones (aa, aa). No reconoce sentir ninguna manifestación previa a los movimientos o vocalizaciones referidas. Se muestra: colaborador, algo pasivo, con buen control inhibitorio, con discurso coherente, empático, tranquilo y sonriente. No muestra ningún signo de preocupación, por lo que le ocurre.

Evaluación del impacto de los tics
Se evalúa mediante escala de Yale, la expresividad e impacto de los tics durante la última semana (Fig. 3).

Figura 3.

Se estima que, posiblemente, se esté subestimando el problema por estar ya en vacaciones, alejado de un entorno que, por anamnesis, se percibió como agravante.

Actitud inicial y evolución clínica
Se considera la coexistencia de un trastorno por déficit de atención y se solicita mayor información al colegio. Acude 4 meses más tarde y aporta un informe que corrobora la existencia de síntomas ligados a un TDAH de presentación inatenta. En este tiempo, la expresividad de los tics se agravó significativamente y puntúa 60 en la escala de Yale. Asociaba ya, en muchos momentos, brotes de tics motores y vocales continuados, y se establecían ya alertas por un deficiente rendimiento escolar y por conductas disruptivas, más frecuentes en domicilio, en relación a conductas dilatorias, y algunas mentiras sobre sus obligaciones. Aunque persistentes, los tics pasaron a un segundo plano como motivo de preocupación. Por dicho motivo, se aconsejó la adopción de medidas de psicoeducación y de acomodación escolar, tanto para sus tics como su TDAH, y se inició tratamiento con metilfenidato de liberación osmótica. Su evolución fue excelente para ambos trastornos.

Ha de tenerse presente, que la evolución podría haber sido otra, por lo que la secuencia de tratamiento a seguir, habría de contemplar otras opciones, entre ellas: la asociación de clonidina/guanfacina o de un antipsicótico atípico, no obviando la psicoeducación para afrontar situaciones o entornos proclives a tics, y entrenamiento en la identificación de los tics y la urgencia premonitoria.

 

 

Desarrollo neurológico normal del niño

L. Fiz Pérez1,2, I. Pulido Valdeolivas3, D. Gómez-Andrés3,4
Regreso a las bases


D. Gómez-Andrés1,2, I. Pulido Valdeolivas2, L. Fiz Pérez3,4

1Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Infanta Sofía. San Sebastián de los Reyes. Madrid.
2 Trastornos del Desarrollo y Maduración Neurológica. Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia. IdiPaz-UAM.
3Servicio de Urgencias. Médico Asistencial en Neuropediatría. Hospital Universitario La Paz.
4Servicio de Pediatría. Hospital General de Villalba. Collado Villalba.

 

Pediatr Integral 2015; XIX (9): 640.e1 – 640.e7Disponible en Internet desde noviembre de 2015

Disponible en Internet desde octubre de 2015


Desarrollo neurológico normal del niño

 

Concepto de desarrollo psicomotor

El desarrollo psicomotor implica los cambios en las habilidades motrices, cognitivas, emocionales y sociales del niño, desde el periodo fetal hasta la adolescencia. El término suele limitarse por consenso a los primeros dos años de vida.

Aunque en muchas ocasiones nos referimos al término maduración y desarrollo de forma similar, no hay que olvidar que la maduración es el proceso genéticamente determinado, que implica la organización gradual de las estructuras neurales, mientras que el desarrollo se refiere al incremento y perfeccionamiento de las habilidades funcionales. Por lo tanto, los factores genéticos y ambientales actúan sobre la maduración del sistema nervioso, que se traduce en el proceso del desarrollo.

El fenómeno biológico clave en el desarrollo psicomotor es la consolidación de los circuitos corticales. La mielinización de estos circuitos comienza a los 8 meses de gestación y está prácticamente completa a los 2 años de edad. Durante este periodo, los circuitos neuronales tienen gran plasticidad, siendo muy sensibles a los estímulos externos. La adquisición del conocimiento y el refinamiento de habilidades depende de las oportunidades que se le den al niño para observar, copiar y experimentar de sus iguales, así como de la interacción entre su genética y el ambiente que le rodea, contribuyendo todo ello de forma interactiva y compleja al proceso de desarrollo. Los potenciales acontecimientos nocivos genéticos, intrauterinos y ambientales (especialmente, la hipoestimulación sensorial), durante este tiempo afectan a la organización y perfeccionamiento de las estructuras neuronales y pueden ser responsables de un retraso en el desarrollo psicomotor.

El pediatra de Atención Primaria debe perseguir los siguientes propósitos:

• Promover el desarrollo físico y mental óptimo de todos los niños, intentando asegurar la máxima funcionalidad.

• Asegurar un diagnóstico precoz de disfunciones motoras, cognitivas y sociales, para lograr un abordaje y tratamiento lo más rápido posible.

El desarrollo de la especie humana es particularmente largo y complejo. La infancia es el periodo que va a marcar el cambio desde la dependencia que exige el lactante hasta la madurez y autosuficiencia que alcanza el sujeto adulto. Durante este periodo, el niño:

• Construye el conocimiento sobre el ambiente que le rodea.

• Aprende las habilidades motoras necesarias para la supervivencia.

• Adquiere la capacidad del lenguaje, que le permite comunicarse con otros seres de su especie, además de su propio razonamiento interior.

Toma conciencia sobre sí mismo, la autorregulación de las emociones y el comportamiento necesario para integrarse en la sociedad.

El texto completo únicamente está disponible en: ww.pediatriaintegral.es del año 2015 XIX (9): 640.e1 – 640.e7

 

Exploración neurológica por el pediatra de AP

L. Fiz Pérez1,2, I. Pulido Valdeolivas3, D. Gómez-Andrés3,4
Regreso a las bases


L. Fiz Pérez1,2, I. Pulido Valdeolivas3, D. Gómez-Andrés3,4

1Servicio de Urgencias. Médico Asistencial en Neuropediatría. Hospital Universitario La Paz. 2Servicio de Pediatría. Hospital General de Villalba. Collado Villalba. 3Trastornos del Desarrollo y Maduración Neurológica. Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia. IdiPaz-UAM. 4Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Infanta Sofía. San Sebastián de los Reyes. Madrid

Pediatr Integral 2015; XIX (8): 572.e1 – 572.e7

Disponible en Internet desde octubre de 2015


Exploración neurológica por el pediatra de AP

En este “Regreso a las Bases”, vamos a repasar la exploración neurológica del niño, reservando para el siguiente número la evaluación del neurodesarrollo. La exploración neurológica, aunque sea somera, es un elemento esencial de cualquier exploración pediátrica, ya que proporciona información sobre el funcionamiento de otros órganos y sistemas. A la vez, la exploración neurológica requiere una exploración general adecuada, ya que en muchos casos, aspectos esenciales para el diagnóstico neurológico están escondidos en otros órganos. Especialmente importantes son: la evaluación antropométrica (incluyendo una correcta medición del perímetro cefálico o circunferencia occipitofrontal, que se mide con una cinta flexible no expansible alrededor del perímetro que pasa por el occipucio y los arcos supraciliares y cuya medición debe repetirse, al menos, 2 veces antes de considerarse patológica), observación de lesiones cutáneas (Tabla I), la evaluación dismorfológica (Tabla II) y la detección de organomegalias (muy importante en enfermedades de depósito).

La exploración neurológica depende de la sistematización de la misma. Es importante seguir siempre el mismo esquema y mantenerlo con adaptaciones para poder ser rápido, preciso y sacar conclusiones sobre la evaluación. En este artículo, proponemos una sistematización que incluye a nuestro parecer, las maniobras más importantes para realizar una exploración neurológica en el ámbito de la Pediatría General.

Evaluación de la cognición

El primer paso de la evaluación neurológica implica evaluar el nivel de conciencia y el grado de la orientación del paciente (si es posible, en tiempo, espacio y persona). Después, es importante determinar el grado de atención y de concentración del paciente, que generalmente se determina con grado de colaboración. Estas funciones cognitivas deben registrarse siempre, porque influyen en la realización de cualquier test neurológico y su alteración condiciona el resto de la exploración. También es fácil incluir una evaluación general de la memoria retrógrada y de las capacidades comunicativas a la vez que se realiza el resto de la exploración. La memoria retrógrada se evalúa preguntando al paciente por su edad, la fecha de su cumpleaños y el nombre de sus familiares, amigos o profesores…

El texto completo únicamente está disponible en: www.pediatriaintegral.es
del año 2015; XIX (8): 572.e1 – 572.e7

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