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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)
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PEDIATRÍA INTEGRAL Nº5 – JUL-AGO 2026

Del protocolo a la dimensión humana: la educación para la salud como eje de la Pediatría de Atención Primaria

J.G. Ruiz Soler*,  R. Mazas Raba**
Editorial


J.G. Ruiz Soler*, R. Mazas Raba**

*Pediatra. Valencia **Pediatra. Santander
Grupo de Trabajo de Educación para la Salud de la SEPEAP

 

"Los pacientes, los niños y las familias no nos recordarán por nuestro currículo, por un diagnóstico brillante ni siquiera por un tratamiento exitoso; nos recordarán por cómo les hicimos sentir en la consulta"

 

Pediatr Integral 2026; XXX (5): 288 – 289

 


Del protocolo a la dimensión humana: la educación para la salud como eje de la Pediatría de Atención Primaria

https://doi.org/10.63149/j.pedint.155

 

La Pediatría de Atención Primaria se enfrenta en la actualidad a múltiples desafíos: presión asistencial, limitación de tiempo en consulta y creciente complejidad de las demandas de las familias. En este contexto, existe el riesgo de que la práctica clínica se reduzca a la aplicación eficiente de protocolos diagnósticos y terapéuticos, dejando en un segundo plano una dimensión esencial del acto médico: la comunicación y la educación para la salud.

Conscientes de esta necesidad, en el año 2017 se constituyó el Grupo de Trabajo de Educación para la Salud de la SEPEAP, integrado por pediatras de Atención Primaria de distintas comunidades autónomas, con el objetivo de reforzar y visibilizar esta dimensión educativa como parte inseparable de nuestra práctica clínica diaria.

El grupo nace con una vocación clara: promover una Pediatría más participativa, cercana y centrada en el paciente y su familia. Para ello, se ha planteado una serie de objetivos fundamentales que orientan su actividad. Entre ellos destacan el desarrollo y difusión de estrategias de educación para la salud basadas en la evidencia científica, dirigidas tanto a las familias como a la población general; la elaboración de materiales accesibles, rigurosos y útiles para los profesionales sanitarios; y el impulso de habilidades comunicativas que permitan mejorar la relación pediatra-familia.

Asimismo, el grupo apuesta por fomentar una atención más humanizada, en la que la información no solo se transmita, sino que se comprenda, se comparta y se integre en la toma de decisiones. En esta línea, se han desarrollado herramientas de conexión con las familias a través de la página web de la sociedad, especialmente mediante la “Zona padres”, así como mediante iniciativas en redes sociales, como el perfil @mipediatradecabecera, que permite adaptar los contenidos a los canales de información más utilizados en la actualidad, mediante formatos visuales y accesibles.

La actividad del grupo también incluye la organización de talleres y espacios de formación e intercambio, como el celebrado en el último congreso de la SEPEAP en Sevilla, centrado en la comunicación en la consulta pediátrica. Estos encuentros evidencian el creciente interés de los profesionales por mejorar no solo el “qué” hacemos, sino también el “cómo” lo hacemos.

Y es precisamente en ese “cómo” donde se sitúa el núcleo del artículo que acompaña a este editorial: la importancia de la comunicación y de la relación humana en la práctica pediátrica. Tal y como se expone a continuación, la enfermedad no se vive de la misma manera por el niño, la familia y el pediatra. Mientras el profesional tiende a interpretarla desde un modelo biológico y técnico, el niño la experimenta como dolor o miedo, y la familia como preocupación, responsabilidad e incluso culpa.

Porque, en última instancia, los niños y sus familias no solo recordarán lo que hicimos, sino cómo les hicimos sentir.

“En el siglo XXI, los pacientes y las familias no demandan del médico competencia «técnica» –se le supone–; esperan comprensión”.

Hemos oído muchas veces la importancia de comunicarnos bien, pero ¿lo hacemos realmente?, ¿somos capaces de entender la perspectiva del niño y su familia más allá de la anamnesis estructurada y el protocolo?

La presión asistencial, las exigencias de “eficiencia” y el tiempo limitado de nuestras consultas nos empujan a recoger datos rápido y tratar de encajar al paciente lo antes posible en un diagnóstico, en un algoritmo, y prescribir un tratamiento. Si solo nos movemos en ese plano, corremos el riesgo de tratar bien la enfermedad, pero no atender a lo que de verdad necesitan el niño y su familia.

Perspectivas que deben encontrarse

El niño, el adolescente, la familia y el pediatra ven y viven la enfermedad de forma diferente.

Para el niño una dolencia, una enfermedad, es dolor, malestar, medicinas que tiene que tomar… Según la edad, también perplejidad –no entiende lo que pasa–, miedo y una gran necesidad de consuelo.

Para los padres, la enfermedad de su hijo es responsabilidad –la responsabilidad de cuidarlo–, preocupación y, con frecuencia, culpa: “¿Cómo no me he dado cuenta antes…?, ¿qué he hecho mal?…”.

Nada puede angustiar más a unos padres que la impresión de haber sido negligentes en el cuidado de su hijo. Este sentimiento de culpa es siempre mucho más acusado en las madres.

A lo anterior se suma el impacto en las cuestiones prácticas del día a día de la familia: planes alterados, dificultades logísticas, estrés acumulado… Impacto que es mucho mayor en caso de patología grave o crónica.

• Para nosotros, los pediatras, la enfermedad es un proceso biológico que debemos diagnosticar y tratar. Gran parte de nuestra larga formación está enfocada a la perspectiva “técnico-científica”. Pero si nos quedamos solo con eso, a menudo no será suficiente para ayudar a un niño concreto en una determinada familia.

Armonizar, poner en sintonía estas tres perspectivas es fundamental para crear una relación de confianza niño-familia-pediatra; y esto no es algo “accesorio” es la esencia de la Medicina. Numerosos estudios han demostrado que mejora la satisfacción de pacientes y familias, la adherencia a los procedimientos y los tratamientos, y el pronóstico a medio y largo plazo de las enfermedades. También revierte en una mayor satisfacción del médico y menor riesgo de “profesional quemado”.

La Medicina es ciencia y relación humana. Por sus características, es una ciencia que enfrenta muchas incertidumbres en su aplicación a personas. Construir una relación de confianza con comunicación empática es esencial para “navegar” de forma satisfactoria por esa incertidumbre.

Comunicar en las diferentes edades pediátricas

En Pediatría siempre se establece una comunicación a tres bandas: niños, familia y pediatra. Cada edad pediátrica tiene sus peculiaridades y es importante saber cómo comunicarse con el lactante, con el escolar, con el adolescente y, por supuesto, con la familia.

Es importante cuidar los detalles; los padres, en especial las madres, perciben rápidamente la comunicación deficiente y, sobre todo, la falta de interés.

El “cómo” se comunica es tan importante o más que el “qué” se comunica. El mensaje debe ir vehiculado en una serie de códigos verbales y no verbales que lo hagan efectivo. Los niños, los adolescentes y las familias puede que no escuchen bien lo que decimos, pero, desde luego, observan nuestro lenguaje corporal.

Entre los elementos que conforman la comunicación, el contacto visual es el más importante para una comunicación de “calidad” y muchas veces se descuida en la consulta con niños. Mirar al niño y a los padres.

¿Qué es de verdad la empatía?

La empatía no es ponerse en el lugar del paciente o de la familia; muchas veces es imposible.

La empatía es tener verdadero interés en conocer la perspectiva del paciente y de la familia; en comprender sus preocupaciones, sus prioridades y entender sus emociones respecto a la enfermedad (suya o de su hijo), validarlas y ser compasivo (ser compasivo: la compasión va un paso más allá de la empatía; es el deseo de actuar para aliviar).

Para mostrar o poder sentir empatía son esenciales tres elementos:

1. Interés genuino por el paciente y su familia.

2. Escucha activa: estar atentos de verdad a lo que nos cuentan los pacientes y los padres. Tanto con lenguaje verbal como no verbal: “escuchar con los ojos”.

3. Validar las emociones y preocupaciones del paciente y de la familia. Para ello usamos tanto lenguaje verbal como no verbal.

Si tomamos conciencia de estos tres elementos, conseguiremos una comunicación empática y podremos construir esa relación de confianza con los niños y sus familias.

 

 

 

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