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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Urgencias medioambientales: quemaduras, lesiones por inmersión, hipotermia y enfermedad por calor

M. González Balenciaga, J. Benito Fernández
Temas de FC


M. González Balenciaga, J. Benito Fernández

Servicio de Urgencias de Pediatría. Hospital Universitario Cruces, Baracaldo. Vizcaya

Resumen

Las urgencias medioambientales incluyen lesiones no intencionadas producidas por diferentes agentes: físicos, químicos, biológicos y sociales. Presentan una elevada morbimortalidad, en especial, las quemaduras y lesiones por inmersión. El diagnóstico es fundamentalmente clínico. Las pruebas complementarias se individualizarán en cada paciente según la gravedad y las lesiones asociadas. En la monitorización inicial se debe incluir la medición de la temperatura central. El tratamiento se basa en la estabilización inicial, siguiendo la sistemática ABCDE, tratamiento de complicaciones asociadas y técnicas específicas según tipo de urgencia: cura en el caso de quemaduras, medidas de recalentamiento en hipotermia y de enfriamiento en la enfermedad provocada por calor. La mayoría de estas lesiones se pueden prevenir mediante la modificación de hábitos. El asesoramiento a las familias para prevenir estas lesiones es una parte integral de la atención pediátrica.

 

Abstract

Environmental emergencies are unintentional injuries caused by environmental agents: physical, chemical, biological and social. These injuries present a high morbidity and mortality, especially burns and drowning. Environmental emergencies are diagnosed by clinical manifestations. Additional studies may be indicated depending upon clinical circumstances and illness severity. The accurate measurement of core body temperature in children is essential to proper treatment. Early treatment is based on support following ABCDE systematics, assessment and treatment of injury or other medical conditions, burn wound management, and, effective rewarming/cooling interventions. The majority of injuries are predictable and preventable through modification of behavior. Injury prevention counseling is an integral part of medical care for children.

 

Palabras clave: Urgencias medioambientales; Quemaduras; Lesiones por inmersión; Hipotermia; Golpe de calor.

Key words: Environmental emergencies; Burns; Drowning; Hypothermia; Heat stroke.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 95 – 102

 


OBJETIVOS

• Reconocer los síntomas y signos presentes en las urgencias medioambientales.

• Conocer las peculiaridades de la estabilización inicial siguiendo la secuencia ABCDE.

• Conocer los criterios para la derivación hospitalaria y atención especializada.

• Conocer las acciones preventivas para evitar lesiones por exposición a factores medioambientales.

 

Urgencias medioambientales: quemaduras, lesiones por inmersión, hipotermia y enfermedad por calor

Introducción

Las urgencias medioambientales incluyen lesiones no intencionadas (LNI) producidas por diferentes agentes: físicos, químicos, biológicos y sociales.

Las principales urgencias medioambientales incluyen entre otras(1):

Quemaduras: lesiones causadas por diferentes agentes medioambientales:

– Térmicas (85 %). Contacto con un sólido caliente (quemadura profunda, poco extensa), líquido caliente (más extensa, menos profunda), frío (congelación), llama, inhalación de humo o sustancias tóxicas de la combustión (cianuro).

– Eléctricas (3 %). Se producen por el paso de la corriente a través del organismo. Son lesiones profundas. La superficie corporal quemada no se correlaciona con el daño real existente. Elevada morbimortalidad.

– Químicas. Producidas por cáusticos y álcalis. Alta morbilidad.

– Radiación. Por rayos ultravioleta o radiaciones ionizantes.

Lesiones por inmersión: secundarias a la asfixia por inmersión en un medio líquido.

Hipotermia: lesiones secundarias a la exposición ambiental al frío. Temperatura corporal central <35ºC: leve, si la temperatura es de 32-35ºC; moderada, si la temperatura es de 28-32ºC; y grave, si la temperatura es <28ºC.

Enfermedad por calor: lesiones por exposición al calor ambiental. Temperatura corporal central >40-41ºC asociada a disfunción neurológica. Existe una forma secundaria por ejercicio intenso en ambiente caluroso.

Epidemiología

Las quemaduras y las lesiones por inmersión se encuentran entre las causas principales de morbimortalidad en la edad pediátrica dentro de las LNI.

Las LNI son un motivo de consulta frecuente, tanto en Atención Primaria como en los Servicios de Urgencias hospitalarios. Las LNI provocadas por agentes medioambientales, aunque son menos frecuentes, presentan una elevada morbimortalidad(2).

Quemaduras

Las quemaduras son especialmente frecuentes en los primeros años de vida (33 % entre los 12 y 24 meses de vida). Las más frecuentes son las de origen térmico, especialmente la escaldadura, por debajo de los 5 años de edad. En niños pequeños, las quemaduras eléctricas, por contacto con enchufes, cables pelados o electrodomésticos en mal estado, suelen afectar a las manos y a la boca, y provocan lesiones locales.

Las quemaduras se encuentran entre las causas principales de morbimortalidad entre las LNI en niños. Representan la cuarta causa de muerte accidental en la infancia(3).

Lesiones por inmersión

En España, la incidencia se estima en 1,5 casos/100.000 habitantes/año. Las condiciones climáticas en España permiten un amplio periodo de contacto con el agua, y constituyen la segunda causa de mortalidad por LNI en menores de 14 años. Por edades, el grupo más afectado es el de los niños por debajo de 4 años (sobre todo en piscinas privadas), seguido de adolescentes entre 15 y 19 años (ligado a actividades acuáticas y asociadas al consumo de alcohol)(4).

Hipotermia

Los niños tienen mayor riesgo de padecer hipotermia que los adultos: mayor superficie corporal, menor capacidad de producir calor por mecanismos compensatorios o su incapacidad para prevenir la exposición a bajas temperaturas(5).

Enfermedad por calor

El cambio climático genera, entre otros, eventos climáticos extremos y olas de calor. Sus efectos presentan una elevada morbimortalidad en la infancia. Está directamente relacionada con la duración de la exposición y la edad del niño (mayor en <1 año)(5).

Fisiopatología

Quemaduras

La piel tiene las funciones de protección ante agresiones mecánicas, físicas, químicas y biológicas, relación por terminaciones nerviosas y receptores en la dermis, regulación de la temperatura y del equilibrio hidroelectrolítico, función inmunológica, endocrina y de síntesis de vitamina D3.

En una quemadura, estas funciones se ven afectadas y se producen dos fenómenos: aumento de la permeabilidad y vasodilatación. La ausencia por lesión de los anejos cutáneos en la dermis dificulta la reepitelización. Si las quemaduras son extensas, se producen efectos sistémicos que pueden provocar un shock hipovolémico, cardiogénico y distributivo. En las quemaduras eléctricas se producen: arritmias, tetania muscular, edema por destrucción tisular o fallo renal por rabdomiólisis.

Lesiones por inmersión

Los acontecimientos que suceden después de la inmersión en un medio líquido dependen de la existencia de broncoaspiración. En la mayoría (80-90 %), el niño realiza una inspiración profunda seguida de una apnea con deglución de grandes cantidades de agua a cámara gástrica. El aumento del CO2 y disminución de la PaO2 obligan a una inspiración con la consiguiente broncoaspiración y laringoespasmo mediado vagalmente. Al progresar la hipoxia y relajación del laringoespasmo por la pérdida de conciencia, existe entrada de agua pasiva a los pulmones. La hipoxia genera anoxia cerebral irreversible. En un 10-15 % de los casos, se produce un espasmo de la glotis por laringoespasmo que evita la broncoaspiración. Posteriormente, se produce: apnea, hipoxia, vasoconstricción severa y pérdida del nivel de conciencia, que llevará a la muerte por daño cerebral irreversible.

Hipotermia y enfermedad por calor

El cuerpo humano mantiene una temperatura central alrededor de 37ºC mediante mecanismos de termogénesis o termólisis: conducción, convección, radiación y evaporación. Este último, depende del aporte de agua e iones y de la humedad ambiental (ineficaz si >75 % humedad relativa). La regulación se realiza principalmente a través del hipotálamo, que recibe información de receptores centrales y periféricos y desencadena respuestas de enfriamiento (vasodilatación o sudoración) o respuestas de calentamiento (vasoconstricción o escalofríos). Si se altera el equilibrio calórico, la temperatura empieza a sufrir variaciones.

Si la temperatura es <35ºC, el cuerpo produce calor con los escalofríos y por vasoconstricción periférica. Si la temperatura es <32ºC, los mecanismos compensatorios empiezan a fallar, con disminución del nivel de conciencia y enlentecimiento progresivo de las funciones vitales hasta el fallo cardiorrespiratorio, lo que lleva a la muerte. Cuando la temperatura central aumenta por encima de un nivel crítico, se genera lesión tisular directa y una respuesta inflamatoria sistémica que puede evolucionar a un fallo termorregulador, golpe de calor y shock circulatorio.

Clínica

Los hallazgos clínicos dependen del agente medioambiental involucrado y del fallo de los mecanismos reguladores.

Quemaduras

Se clasifican según(6):

1. Profundidad (Tabla I):

tabla

 

• Primer grado: afecta a epidermis. Eritema. Dolor: 48-72 horas. Sin secuelas.

• Segundo grado: afecta a dermis. Apéndices dérmicos conservados. Edema intenso, eritema, vesículas y exudados. Dolor intenso por exposición. Se subdividen en dos:

– Superficiales: afectan a <50 % de la dermis. Dolorosas, aspecto húmedo y eritematoso. Cicatrizan en dos semanas con secuelas mínimas.

– Profundas: afectan a >50 % de la dermis. Aspecto pálido y seco. Disminuye el dolor. Secuelas importantes. Pueden precisar injertos cutáneos.

• Tercer grado: afecta al espesor completo de la piel. Sin dolor. Aspecto blanquecino y apergaminado. Requieren injertos. Suelen ser secundarias a sustancias químicas concentradas, electricidad de alto voltaje o contacto térmico prolongado.

2. Localización. Graves: manos, pies, genitales, periné o articulaciones principales.

3. Extensión según superficie corporal quemada (SCQ). No incluir las de primer grado.

• En adolescentes: regla de los nueves de Wallace: Cada brazo: 9 %, cada pierna 18 %, cada tórax anterior y posterior 18 %, la cabeza 9 %, y los genitales 1 %.

• En lactantes y escolares: gráficas de SCQ modificadas de Lund Brower (Tabla II).

tabla

 

• Regla de las palmas: si la SCQ es <10 %, la superficie entre borde de muñeca y base de dedos es el 1 % de la SCQ.

• Gráficos anatómicos: dibujar la SCQ y remarcar profundidad de las lesiones.

Lesiones por inmersión

Las alteraciones más frecuentes son(7):

• Alteraciones pulmonares: broncoespasmo, atelectasia, neumonía, neumonitis, edema agudo de pulmón y síndrome de dificultad respiratoria del adulto.

• Alteraciones neurológicas: convulsiones, alteración del nivel de consciencia, alteraciones del lenguaje, motoras y visuales.

• Si hemólisis: hiperpotasemia, he­mo­glo­binuria, daño renal agudo y coagulación intravascular diseminada.

• Alteraciones electrolíticas: si la cantidad de agua deglutida es elevada. Agua salada: hipernatremia y hemoconcentración. Agua dulce: hiponatremia y hemodilución.

Hipotermia(8)

La hipotermia se diagnostica midiendo una temperatura central <35°C. Debe medirse lo antes posible. La clínica se relaciona con efectos cerebrales y cardiorrespiratorios. Los síntomas en la hipotermia leve son los derivados de mecanismos reguladores: temblores, piloerección, vasoconstricción periférica con relleno capilar prolongado, palidez y acrocianosis, y aumento del metabolismo. Si la hipotermia progresa, se produce: depresión respiratoria, disminución de resistencia vascular periférica, gasto cardiaco disminuido por hipovolemia, disminución de la contractilidad del miocardio y bradicardia, disminución de automaticidad y conducción cardiaca, alteraciones del ritmo, disminución del flujo sanguíneo cerebral y de la velocidad de conducción nerviosa, que da paso a un coma con pupilas midriáticas y arreactivas. Otros síntomas: hipo o hiperglucemia, hiperpotasemia, acidosis o alcalosis metabólica, aumento de viscosidad sanguínea, trombocitopenia y coagulopatía. En los casos de hipotermia grave, la rigidez y ausencia de signos vitales, pueden llevar a un diagnóstico erróneo de muerte.

Enfermedad por calor(9)

Las formas leves son los calambres musculares: espasmos musculares dolorosos, no suele haber hipertermia. La enfermedad moderada provoca colapso o agotamiento por calor: temperatura central de 37,7-40ºC, sudoración abundante, cefalea, taquicardia, náuseas, vómitos, mareo, debilidad, piloerección, síncope y confusión leve. El golpe de calor es una emergencia médica: piel caliente y seca, ausencia de sudor, signos de deshidratación, elevación de la creatina-cinasa (CK) e hipertermia. Conlleva disfunción del SNC y disfunción multiorgánica que puede llevar a la muerte.

Diagnóstico

El diagnóstico en este tipo de lesiones es clínico. Las pruebas complementarias se realizarán en pacientes para buscar lesiones asociadas y realizar seguimiento.

En los pacientes con quemaduras, se realizarán pruebas, si estas son moderadas o graves(6). En las lesiones por inmersión, si el paciente está estable y no presenta síntomas, se puede mantener en observación, sin realizar pruebas complementarias inicialmente(10). No se realizarán pruebas complementarias en casos leves por exposición ambiental al frío o calor(11-12). En los casos indicados, se considerarán lo siguientes:

• Glucemia capilar: si alteración de la apariencia según triángulo de evaluación pediátrica (TEP).

• Hematimetría, gasometría arterial y/o venosa, glucemia, iones, calcio y fósforo, enzimas hepáticas, función renal y creatina-cinasa, estudios de coagulación, CK-MB/troponinas (si arritmias o compromiso hemodinámico, en electrocución si trayecto incluye corazón).

• Tira reactiva y análisis microscopio de orina. Descartar mioglobinuria.

• Pruebas cruzadas de sangre: si traumatismo, intervención quirúrgica o oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO).

• Niveles de carboxihemoglobina y lactato: si inhalación de humo. Control cada 2 horas.

• ECG: en quemadura eléctrica, si alto voltaje o bajo voltaje con síntomas (riesgo de fibrilación ventricular en electrocución con corriente alterna y asistolia, si rayo o corriente continua), en todo paciente con hipotermia y en golpe de calor, si alteraciones electrolíticas. En hipotermia es característica la prolongación de intervalos, elevación del punto J (ondas de Osborn), irregularidad rítmica de la línea de base y/o QRS (temblores).

• Rx de tórax: si insuficiencia respiratoria y/o sospecha de intoxicación por CO, si disnea o hipoxia, para evaluar edema pulmonar y en pacientes sintomáticos por lesiones de inmersión.

• Niveles de alcohol y tóxicos: considerar en adolescentes, si ingesta referida de tóxicos, si sospecha violencia contra la infancia o si persiste clínica sin otra causa.

• Valorar otros estudios, dependiendo de las circunstancias clínicas asociadas.

Diagnóstico diferencial

En el diagnóstico diferencial de las urgencias medioambientales se deben buscar y tratar factores contribuyentes y/o lesiones asociadas.

Quemaduras

Si no hay buena respuesta a fluidoterapia y/o shock en el momento agudo, valorar: lesiones traumáticas, shock neurogénico, tóxicos y/o alteraciones renales. Si la intoxicación por humo ha ocurrido en recintos cerrados y/o acidosis metabólica hiperlactacidémica, considerar intoxicación por cianuro.

Lesiones por inmersión

Considerar una posible lesión cervical asociada, si existe antecedente traumático. Buscar complicaciones asociadas: hipoglucemia, alteraciones electrolíticas, convulsiones, broncoespasmo y arritmias.

Hipotermia y/o enfermedad por calor

Se debe sospechar en cualquier niño con antecedentes de exposición prolongada a temperaturas extremas, pero también puede ocurrir con enfermedades no relacionadas con la exposición ambiental: hipo/hiperglucemia, traumatismo craneal, hemorragia intracraneal, ictus, tumores cerebrales, malformaciones congénitas del SNC, disautonomía familiar, infecciones invasivas, intoxicación por fármacos, insuficiencia renal, hipotiroidismo, hipopituitarismo, diabetes, acidemias orgánicas, aminoacidemias, quemaduras, trastornos de conducta alimentaria y violencia contra la infancia.

Tratamiento

La evaluación del triángulo de evaluación pediátrico (TEP) y ABCDE guiará el manejo de estos pacientes. Las medidas de soporte estarán relacionadas con los hallazgos encontrados en la evaluación (ver algoritmo al final del artículo).

El tratamiento se iniciará con la valoración del triángulo de evaluación pediátrico (TEP). Si el paciente presenta un TEP inestable, se realizará la aproximación basada en la evaluación y estabilización ABCDE. Cada entidad presenta unas peculiaridades en esta secuencia y unas terapias específicas que se detallan a continuación.

Quemaduras

Si paciente inestable:

• Evaluación y estabilización ABC(13). Peculiaridades(14):

– Oxígeno 100 %. Si la intoxicación es por CO, mantener hasta que el paciente esté asintomático y los niveles de carboxihemoglobina <5 %. Presentará color rosado y la pulsioximetría puede ser normal.

– Secuencia rápida de intubación temprana con tubos de menor calibre a la edad si: estridor, disfonía, estertores, sibilancias, fosas nasales quemadas, alteración del nivel de conciencia. Mayor riesgo si inhalación de humo, quemaduras en cara, cuello, caja torácica o >SCQ 40 %.

– Dos accesos venosos en zonas sin lesión en miembros superiores.

Analgesia según escala de dolor. Cubrir las lesiones con gasas húmedas.

• Fluidoterapia(15). Si la SCQ es >10 %, continuar sueroterapia IV tras estabilización inicial. Ringer lactato de elección, la mitad de lo calculado en las primeras 8 horas y la otra mitad en las siguientes 16 horas. Añadir glucosa al 5 % en niños <20 kg. En grandes quemados, considerar albúmina (1 g/kg en 30-90 min). La sueroterapia en las primeras 24 horas se calcula con la fórmula de Parkland: 4 mL/kg de peso multiplicado por % SCQ. Añadir las necesidades basales. Otros: fórmula de Galveston: 5.000 mL/m2 de SCQ + 2.000 mL/m2 de SC total (1º día).

• Sonda nasogástrica si la SCQ es >25 % o náuseas, vómitos y/o distensión abdominal.

Sonda urinaria en quemaduras extensas.

• Considerar vacunación con gammaglobulina y toxoide tetánico.

• Si intoxicación por cianuro: hidroxocobalamina 70 mg/kg (máx. 5 gramos/dosis).

• Si rabdomiolisis: hidratación y valorar furosemida, manitol o alcalinización de orina.

• Curar quemadura. Utilización de medidas asépticas y sedo-analgesia.

– Irrigación con suero salino, especialmente en quemaduras químicas.

– Desbridamiento del tejido necrótico. El manejo de las ampollas intactas es controvertido. Valorar desbridar ampollas intactas extensas.

• No emplear antibioterapia profiláctica. Solo si infección existente(16,17).

Cubrir quemadura con gasa con antibiótico tópico. De elección, sulfadiazina argéntica al 0,5 % (no realizar en <2 meses). Otros: apósitos biosintéticos.

• Tratamiento quirúrgico. Escarotomía precoz, si quemaduras profundas con disposición circular, sobre todo, si afecta a tórax, cuello y extremidades.

• Nutrición: considerar en las primeras 12 horas, si el paciente está estable.

 Si el paciente se encuentra estable en quemaduras de primer grado y segundo grado superficiales: retirar la ropa quemada evitando la hipotermia. Cubrir las lesiones con gasas con suero fisiológico. Valorar sedo-analgesia. Retirar el tejido desvitalizado. Aplicar antibióticos tópicos y cubrir con gasas estériles y vendaje no compresivo. Curas diarias.

Se consideran quemaduras graves que requieren atención especializada: 2º grado >10 % de SCQ y 3º grado >5 % de SCQ, localización de riesgo, eléctricas (incluso rayo excepto si: lesiones locales, producidas por corrientes de bajo voltaje, no transtorácicas, sin presencia de síntomas y sin alteraciones en el electrocardiograma), químicas con riesgo grave de trastorno estético o funcional, niños con traumatismos concomitantes si la quemadura es el riesgo principal, cuidadores domésticos inadecuados y quemaduras circunferenciales.

Lesiones por inmersión(18)

• Evaluación y estabilización ABC(13). Ver peculiaridades de hipotermia(14):

– Podría ser necesario emplear presión positiva al final de la espiración (PEEP) >5 cm H2O, si la oxigenación no es adecuada.

– Sonda nasogástrica: si deglución de gran cantidad de agua, distensión abdominal sugestiva de dilatación gástrica o riesgo de aspiración pulmonar.

• Control y tratamiento de la hipotermia: medidas de calentamiento.

• Tratamiento específico: hipoglucemia, alteraciones electrolíticas, convulsiones, broncoespasmo y arritmias.

• Antibioterapia: considerar si agua muy contaminada o sospecha de neumonía.

Una vez realizada la estabilización inicial, si el niño está consciente, asintomático, con constantes y exploración normal, se mantendrá en observación, con monitorización continua, durante un mínimo de 6 horas, por riesgo de lesión pulmonar diferida. Si el niño tiene síntomas, se solicitarán las pruebas complementarias indicadas y se llevarán a cabo medidas de soporte según la gravedad de los síntomas(19).

Hipotermia

El tratamiento se basa en el soporte, maniobras de resucitación y técnicas de recalentamiento.

Si el paciente está inestable o estable, con temperatura <32ºC o patología de base:

• Estabilización ABC(13). Monitorización continua con temperatura central. Peculiaridades(14):

– Oxígeno calentado y humidificado (37ºC). Preparar dispositivos de vía aérea difícil en hipotermia grave por rigidez mandibular. Se deben utilizar frecuencias respiratorias bajas para evitar la alcalosis respiratoria.

– Compresiones torácicas: iniciar en ausencia de signos vitales o dudas en su determinación. No son necesarias, si bradicardia con pulso central, salvo que persista la bradicardia tras temperatura >32-35ºC.

– Ritmos desfibrilables: realizar tres descargas seguidas iniciales. Si son ineficaces, no realizar más hasta alcanzar temperatura >30ºC. Continuar con maniobras de RCP (reanimación cardiopulmonar) y/o ECMO hasta alcanzar temperatura >30ºC.

– Ritmos no desfibrilables: no administrar adrenalina IV si la temperatura es <30ºC. Si la temperatura es >30ºC, administrar cada 6-10 minutos hasta los 35ºC. Posteriormente, frecuencia habitual.

– No considerar fallecimiento hasta recalentamiento.

– Reposición de volemia. Suero balanceado (40-44ºC) disminuye el after-drop.

• Métodos de recalentamiento(20). Primero calentar tronco para evitar el shock de recalentamiento (hipovolémico por vasodilatación periférica) y “after drop” (la vasodilatación periférica devuelve sangre fría y ácida a la circulación central que puede tener como consecuencia un descenso paradójico de la temperatura del paciente, hipotensión, fibrilación ventricular o asistolia). Los métodos de calentamiento pueden ser:

– Pasivos: retirada de ropa y secado del paciente, mantas secas, temperatura ambiente de 25-30ºC.

– Activos externos: manta de calentamiento y/o lámpara de calor radiante.

– Activos centrales: si la temperatura central es <32ºC, administrar líquidos IV a 36-40ºC y oxígeno humidificado a 40-44ºC. Invasivos: lavado pleural (preferido), gástrico, vesical o peritoneal con sueros calentados, circulación extracorpórea: bypass cardiaco u ECMO (más rápido y efectivo).

• Decúbito supino. Manipulación cuidadosa.

• Corregir alteraciones hidroelectrolíticas, acidosis e hipoglucemia.

• Valorar antibioterapia: si se sospecha infección o no hay aumento de temperatura >0,6ºC/hora.

• Valorar hidrocortisona: si se sospecha insuficiencia suprarrenal o no hay aumento de temperatura .

• Considerar ingreso en UCIP, si hay patología de base o hipotermia moderada-severa.

Si el paciente está estable y la temperatura es >32-35ºC: monitorización y medidas de recalentamiento.

Enfermedad por calor

El objetivo es la reducción rápida de la temperatura para minimizar las lesiones y mantener la estabilidad cardiovascular. Se debe iniciar en el lugar donde se atiende al paciente y derivar a atención hospitalaria si no responde a las medidas prehospitalarias, presenta deshidratación o alteración en el nivel de conciencia.

Si el paciente está inestable:

• Estabilización ABC(13). Monitorización continua con temperatura central.

• Reducción rápida de la temperatura hasta 38ºC(12). Existen diferentes métodos de enfriamiento:

– Externo: retirar ropa, ambiente fresco, rociar superficie corporal con SSF, agua tibia y movilizar el aire. Realizar masajes enérgicos para evitar vasoconstricción periférica.

– Enfriamiento interno: circulación extracorpórea. Es el más eficaz.

• Tratamiento de las complicaciones: alteraciones hidroelectrolíticas, rabdomiolisis, coagulación intravascular diseminada, insuficiencia cardiaca de alto gasto, la insuficiencia renal y la insuficiencia hepática.

• Valorar benzodiacepinas para evitar escalofríos. Sin antitérmicos.

Si el paciente está estable: ambiente fresco. Decúbito supino. Reposición hidroelectrolítica oral o IV. Valorar analgésicos.

Prevención

Las lesiones secundarias a factores medioambientales se pueden prevenir en la mayoría de los casos. La prevención constituye, a día de hoy, la medida más eficaz para evitar la morbimortalidad de este tipo de urgencias.

La prevención es la mejor intervención en salud ambiental. En los últimos años ha habido un gran avance en el tratamiento de las urgencias medioambientales, así como en estrategias de prevención. La divulgación de las medidas preventivas es tan importante o más que su tratamiento.

Las estrategias preventivas que han demostrado su impacto son las que actúan sobre los principales factores de riesgo asociados a los agentes medioambientales:

En quemaduras: supervisión o vigilancia activa del niño, evitando contacto con llamas, fuego y otras fuentes de altas temperaturas, instalación en todos los enchufes de artículos de seguridad específicos, instalación de detectores de humos o protector solar.

En lesiones por inmersión: supervisión o vigilancia activa del niño que se encuentra próximo a un entorno acuático, presencia de un socorrista, barreras físicas (cercas y cubiertas de piscinas), chalecos salvavidas o clases de natación(3,4,21). Recomendar a los padres que nunca disminuyan el nivel de vigilancia, a pesar de las medidas de seguridad adoptadas.

En hipotermia: recomendaciones encaminadas a comportamientos adecuados en ambientes fríos: adecuada ropa de abrigo (ropa seca y varias capas para reducir la pérdida de aire con protección especial en cara, manos y pies) y evitar la exposición ambiental prolongada y sin supervisión si el frío es intenso, en especial en presencia de lluvia y/o viento.

En enfermedad por calor: si se alcanzan temperaturas elevadas, se debe evitar la exposición solar directa, realizar actividad física en las horas centrales del día, hidratación adecuada, uso de ropa holgada y de tejido transpirable, así como de colores claros y la aplicación de protectores solares. Nunca se debe dejar a un niño en un vehículo cerrado y estacionado.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria constituye una fuente directa de información para los padres, las familias y el resto de colectivos sociales. La información tiene el objetivo de prevenir o minimizar la exposición a toxinas ambientales(22).

• Prevención primaria:

– Formación en salud medioambiental para detectar los riesgos ambientales.

– Informar, a las familias y sus hijos, de las recomendaciones para evitar la exposición a los principales mecanismos causantes de las urgencias medioambientales.

– Integración con los sistemas de vigilancia de salud pública.

• Prevención secundaria y terciaria:

– Reconocer los síntomas y signos sugestivos de las urgencias medioambientales.

– Realizar adecuadamente la estabilización inicial de estos pacientes, mediante la sistemática ABCDE, llevando a cabo medidas que reduzcan la morbimortalidad.

– Activar el sistema de Emergencias de manera adecuada, con el objetivo de trasladar a estos pacientes a un medio hospitalario, si se requiere asistencia especializada.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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18.* Szpilman D, Morgan PJ. Management for the Drowning Patient. Chest. 2021; 159: 1473-83.

19.** Cohen N, Capua T, Lahat S, Glatstein M, Sadot E, Rimon A. Predictors for hospital admission of asymptomatic to moderately symptomatic children after drowning. European Journal of Pediatrics. 2019; 178: 1379-84.

20.** Rischall ML, Rowland-Fisher A. Evidence-Based Management of Accidental Hypothermia in the Emergency Department. Emergency Medicine Practice. 2016; ­18: 1-18.

21.*** Denny SA, Quan L, Gilchrist J, McCallin T, Shenoi R, Yusuf S, et al; Council on injury, violence, and poison prevention. Prevention of Drowning. Pediatrics. 2019; 143: e20190850.

22.** Ortega García JA, Ferris i Tortajada J, Claudio Morales L, Berbel Tornero O. Unidades de salud medioambiental pediátrica en Europa: de la teoría a la acción. An Pediatr (Barc). 2005; 63: 143-51.

23. Manrique Martínez I, Angelats Romero CM. Abordaje de las quemaduras en Atención Primaria. Pediatr Integral. 2019; XXIII: 81-9. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2019-03/abordaje-de-las-quemaduras-en-atencion-primaria/.

Bibliografía recomendada

– Szpilman D, Morgan PJ. Management for the Drowning Patient. Chest. 2021; 159: 1473-83.

Revisión del enfoque diagnóstico y terapéutico actual del paciente con lesiones por inmersión.

– Seidler L, Del Río M, Del Castillo J. Reanimación cardiopulmonar en situaciones especiales. En: Manual de reanimación cardiopulmonar avanzada pediátrica y neonatal. Valencia: Grupo español de ­reanimación cardiopulmonar pediátrica y neonatal; 2022. p. 241-52.

Revisión detallada de las peculiaridades de la reanimación cardiopulmonar avanzada pediátrica en situaciones especiales, como las que conlleva la estabilización de las principales urgencias medioambientales. Elaborado por el GERCPPYN y basado en la evidencia científica más reciente.

– Dow J, Giesbrecht GG, Danzl DF, Brugger H, Sagalyn EB, Walpoth B, et al. Wilderness Medical Society Clinical Practice Guidelines for the Out-of-Hospital Evaluation and Treatment of Accidental Hypothermia: 2019 Update. Wilderness Environ Med. 2019; 30: S47-S69.

Guía clínica del manejo de la hipotermia por exposición ambiental, incluye atención pre­hospitalaria.

– Lipman GS, Gaudio FG, Eifling KP, Ellis MA, Otten EM, Grissom CK. Wilderness Medical Society Clinical Practice Guidelines for the Prevention and Treatment of Heat Illness: 2019 Update. Wilderness Environ Med. 2019; 30: S33-S46. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.wem.2018.10.004.

Guía clínica para la prevención y tratamiento de la enfermedad por calor tras exposición ambiental.

– Joffe MD, Bachur RG, Wiley JF. Emergency care of moderate and severe thermal burns in children. En: UpToDate. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/moderate-and-severe-thermal-burns-in-children-emergency-management.

Excelente revisión del tratamiento en Urgencias de los pacientes pediátricos con quemaduras moderadas-graves.

 

Caso clínico

 

Niño de 3 años, previamente sano, que es trasladado en soporte vital avanzado. Los padres avisan al Servicio de Emergencias tras encontrarle boca abajo en la piscina particular. El padre saca al niño de la piscina e inicia insuflaciones en la boca con recuperación y llanto posterior. A la llegada del Servicio de Emergencias, el niño está consciente, llorando. Sin dificultad respiratoria. Inician monitorización cardiorrespiratoria, oxigenoterapia FiO2 100 % y acceso venoso. Constantes en límites de normalidad salvo taquicardia (llanto). El padre no sabe precisar el tiempo de inmersión en el agua de la piscina ni la duración de las insuflaciones. El traslado al hospital de referencia se realiza sin incidencias.

A su llegada al Hospital, se encuentra con TEP estable, asintomático y con una exploración por aparatos sin hallazgos. Constantes dentro de los límites normales. Se suspende oxígeno suplementario. A las 2 horas de su llegada, inicia dificultad respiratoria leve. Vía área permeable. ACP: aceptable ventilación bilateral con crepitantes bibasales. Tiraje subcostal e intercostal leve. El resto de la exploración es anodina. FC: 125; FR: 50; Saturación: 91 %; TA: 100/50 mm Hg. Se inicia oxigenoterapia suplementaria en gafas nasales (saturación oxígeno 98 %) y se realiza radiografía de tórax, en la que no se aprecian hallazgos patológicos. Ante la persistencia de dificultad respiratoria y necesidades de oxigenoterapia, se realizan pruebas complementarias en sangre sin alteraciones hidroelectrolíticas, con una discreta leucocitosis con neutrofilia (14.500 leucocitos/mcL con 65 % de neutrófilos) y se traslada al Área de Observación de Urgencias.

 

 

tabla

 

Principales patologías psiquiátricas en Urgencias Pediátricas

A. Díez Suárez*,**, C. Canga Espina**
Temas de FC


A. Díez Suárez*,**, C. Canga Espina**

*Directora de la Unidad de Psiquiatría Infantil y Adolescente. **Especialistas en Psiquiatría Infantil y del Adolescente. Departamento de Psiquiatría y Psicología Médica. Clínica Universidad de Navarra, Pamplona. Navarra

Resumen

Las atenciones en el Servicio de Urgencias dentro de la especialidad de Psiquiatría son muy frecuentes, y suponen un reto para profesionales de otras especialidades, al tratarse de situaciones muy específicas que requieren de un manejo muy concreto, a lo cual se añade también, tener que trabajar en conjunto con la familia y acompañantes del paciente. En este trabajo se pretende abordar los motivos más frecuentes de consulta en el Servicio de Urgencias y cómo resolverlos, teniendo en cuenta el cambio reciente en cuanto a la epidemiología que ha tenido lugar en el contexto de la pandemia por coronavirus, en lo relativo a la ideación y gestos autolíticos.

 

Abstract

Psychiatric Emergency Room consultations are very frequent, representing a challenge for professionals from other specialty areas, as they are very particular situations that require highly specific management. In addition, working together with the patient’s family/ care providers is required and can also be challenging. This article aims to address the most frequent reasons for consultation in the Emergency Department and how to resolve them, taking into account the recent change in epidemiology that has taken place in the context of the coronavirus pandemic, with regard to ideation and autolytic gestures.

 

Palabras clave: Autolesiones; Trastorno de Conducta Alimentaria; Ansiedad; Psicosis; Agitación.

Key words: Self-injury; Eating-disorder; Pediatric anxiety; Pediatric psychosis; Agitation.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 103 – 108

 


OBJETIVOS

• Identificar las principales causas de atención en el Servicio de Urgencias en la edad pediátrica.

• Conocer el manejo básico farmacológico y no farmacológico de dichas situaciones.

• Saber cuándo derivar al especialista (Psiquiatría).

 

Principales patologías psiquiátricas en Urgencias Pediátricas

Introducción. Como valorar las Urgencias psiquiátricas en Pediatría

La valoración de pacientes menores de edad en el Servicio de Urgencias es una situación muy habitual, que cuenta con unas peculiaridades respecto a la valoración de las personas adultas. El espacio y las actitudes que empleamos durante la entrevista para la valoración de estos pacientes no difieren en cuanto a la seguridad necesaria del empleado en el caso de los adultos, aunque sí que debe estar separado de la población adulta. En la entrevista, en la cual destaca la escucha activa como pilar fundamental, debemos tener en cuenta que debemos comunicarnos también con los familiares del paciente y que este debe saberlo desde el primer momento. Todo ello permite mejorar (al menos, no empeorar) una situación muy vulnerable e iniciar buena alianza terapéutica.

Los principales objetivos de la evaluación serían(1):

• Determinar si el paciente está en riesgo inminente.

• Aclarar los diagnósticos psiquiátricos (si los hay) con relación a la visita.

Identificar los factores biológicos, sociales y psicológicos que contribuyen a la presentación de la consulta, lo cual justificaría el trabajo de forma coordinada con otros Servicios y Departamentos. En este sentido debemos diferenciar entre una urgencia clínica propiamente dicha, y una urgencia social (dificultades en las relaciones familiares, cambios en las dinámicas preestablecidas, migración…).

• Establecer el nivel del paciente de funcionamiento en la línea de base y cambios desde esa línea de base.

• Aclarar los objetivos para el tratamiento y determinar el nivel de atención más apropiado.

• Identificar las fortalezas, apoyos y factores de protección que pueden aliviar la angustia y mitigar el riesgo de daño a sí mismo o a otros.

Las situaciones más habituales relacionadas con la Salud Mental que encontramos en el Servicio de Urgencias serían: agitación, crisis de pánico, síntomas psicóticos, paciente con riesgo de suicidio, autolesiones y trastornos de conducta alimentaria graves.

Agitación

La agitación es una situación urgente que puede aparecer a cualquier edad, y es una situación urgente por el peligro que presenta para el paciente y para terceras personas.

Se caracteriza por una alteración de conducta grave, que puede suponer un riesgo tanto para el propio paciente como para terceras personas (cuidadores, personal sanitario…). Se define como: “un estado de inquietud motora que conduce a la realización de conductas improductivas, no finalistas y repetitivas en respuesta a una tensión interna”, cuya intensidad puede oscilar entre un leve temblor hasta conductas hostiles y agresivas(2).

La agitación obedece siempre a un desencadenante concreto, por lo que para poder solventarlo, de forma adecuada, debemos identificar dicha causa y tratarla de forma directa. Lo más frecuente en la infancia, son las infecciones(3), aunque no debemos perder de vista otras situaciones(2).

Cuando este paciente acude al Servicio de Urgencias, debemos acompañarle a un espacio tranquilo y apartado y, en la medida de lo posible, llevar a cabo una contención verbal; mientras que, paralelamente, iniciamos todas las medidas necesarias para conseguir filiar la situación clínica del paciente.

En caso de que la contención verbal no sea suficiente, podremos emplear benzodiacepinas de duración larga de alta potencia (como el clonazepam con inicio de dosis en 0,5-1 mg/día, con dosis máxima de 3 mg/día)(4) y, si estas fueran insuficientes, valorar el uso de tratamiento antipsicótico de segunda generación a baja dosis (p. ej.: risperidona, con dosis de 1,5 mg/día si <20 kg; 2,5 mg/día si ≥20 kg; 3,5 mg/día si >45 kg)(4) (Tabla I).

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“Crisis” de ansiedad: pánico y situaciones adaptativas

Las crisis de pánico son situaciones de gravedad variable que ocurren, tanto en pacientes con antecedentes personales psiquiátricos como no. Estas situaciones suelen ocurrir en ausencia de un claro desencadenante. Los pacientes las describen como: algo que ocurre de forma súbita, con una duración autolimitada (entre 10 y 30 minutos), con gran componente vegetativo y presencia de “sensación de muerte inminente”, como signo prínceps. Estos trastornos los padecen alrededor del 5 % de la población infantil occidental, con mayor prevalencia para las fobias simples(5).

Cuando un paciente acude al Servicio de Urgencias, en un primer momento debemos descartar otras posibles causas que puedan estar causando los síntomas que presenta en el momento actual, entre los que debemos tener en cuenta: consumo de tóxicos, crisis convulsivas, hipertensión, migraña, hipoxia, hipertiroidismo o arritmias.

Una vez que se han descartado otras causas, el tratamiento en el Servicio de Urgencias se limita al uso de benzodiacepinas de acción intermedia (p. ej.: lorazepam, con dosis desde 0,5-1 mg/día a dosis máxima de 4 mg/día)(4) para manejo sintomático y resolución inmediata del motivo de consulta. De cara al alta, se valorará si precisa de tratamiento de rescate con benzodiacepinas, y se recomienda una derivación posterior para valoración por parte de un especialista en Psiquiatría, si precisa de un tratamiento más a largo plazo de la ansiedad (tratamiento antidepresivo con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina -ISRS-).

Psicosis

La presencia de síntomas psicóticos de novo es un motivo de consulta muy frecuente y angustiante, tanto para el paciente como para sus familiares, por lo que es un motivo frecuente de consulta en el Servicio de Urgencias.

Como síntomas psicóticos debemos identificar las alucinaciones (percepciones erróneas a través de cualquiera de los sentidos, siendo típicamente aquellas a través de la vista, de causa más frecuentemente orgánica, y las auditivas propias de una causa psiquiátrica) y las ideas delirantes, es decir, aquellas ideas irreductibles por definición, que no se ajustan a la realidad, las cuales pueden versar sobre diversos temas(6).

Una vez que hayamos descartado otros posibles orígenes de dicha sintomatología (a través de una prueba de imagen cerebral –TAC en Urgencias–, tóxicos en orina, analítica y, ocasionalmente, EEG), aconsejamos que se lleve a cabo una contención verbal de la situación mediante una actitud abierta, empática y de escucha en un ambiente tranquilo, asegurando en todo momento la seguridad del personal que interviene. En caso de que esta contención sea insuficiente, se indicará tratamiento para contención farmacológica (Tabla I)(4) y, en caso de agitación extrema, el uso de medidas de contención mecánica, al menos, de 3 puntos cruzados, el menor tiempo posible. Posteriormente, aconsejamos llevar a cabo una derivación al especialista, para que el paciente sea valorado por psiquiatría y se inicie, si es preciso, tratamiento farmacológico dirigido; así como seguimiento ambulatorio.

Suicidio

El suicidio es un problema de salud pública en el momento actual para los adolescentes, que ha ido en aumento a lo largo de los últimos años.

De acuerdo con los últimos datos publicados por la OMS, es la segunda causa de muerte entre los 15 y 29 años en el mundo(7). Debemos tener en cuenta que 5-7/100.000 (0,00005 %) adolescentes cometen suicidio, que la gran mayoría presenta ideas de contenido autolítico en algún momento, pero que una minoría de ellos (10 %) tienen un plan estructurado y, de estos, solo el 6 % realizarán un intento de suicidio en algún momento. Ocurre más frecuentemente en mujeres (las cuales realizan más intentos, pero menos certeros que los hombres, empleando mecanismos más “pulcros”, como una sobreingesta farmacológica) y en pacientes con seguimiento previo en Salud Mental, aunque no exclusivamente.

Como factores de alto riesgo para un suicido consumado, debemos tener en cuenta, principalmente, la existencia de un intento previo y sintomatología depresiva, pero también la presencia de ideación suicida recurrente, comunicación indirecta de la idea y planificación. La gran mayoría de los intentos de suicidio se dan en pacientes con un diagnóstico de salud mental (90 %), pero solo el 30 % de los casos está relacionado directamente con dicho trastorno(8).

Se trata de un fenómeno, como hemos visto, muy presente en nuestra sociedad actual, por lo que debemos diferenciar de forma clara los siguientes términos(7):

Pensamientos activos de muerte: pensamientos en torno a la posibilidad de morir en la que el agente causal es el propio paciente. Dentro de estos pensamientos, debemos explorar la capacidad de control del paso al acto: capacidad que presenta el paciente, en función de su situación clínica y a otras características propias de su temperamento, de refrenar el impulso que viene ligado al pensamiento de hacerse daño. Espectro que va desde la nula a la plena capacidad de control.

Pensamientos pasivos de muerte: en este caso, el agente causal es externo; pueden describirlo como “descansar” o “querer dejar de sufrir”. Algunos ejemplos serían: tener un accidente de coche, padecer una enfermedad terminal, fallecer mientras está durmiendo…

Intento autolítico: acción deliberada con intención de terminar con su vida. Diferenciamos entre dos tipos según su previsión de rescate:

Intencionalidad suicida: personas que toman las medidas necesarias para asegurarse de poder llegar a cumplir con su finalidad (p. ej.: esperar a que no haya nadie en casa y apagar el teléfono). Esto supone un aumento de riesgo.

Intencionalidad parasuicida: la conducta la realizan, pero saben que más tarde que temprano alguien acudirá a ayudarles (p. ej.: saben que es la hora de que vuelva alguien a casa y sitio más público en el que pueden ser descubiertos).

Muy frecuente en adolescentes: AINS-NSFI (non-suicidal self injury), las cuales suponen un método disfuncional de autorregulación(9). A raíz de la pandemia por coronavirus, se ha observado un claro empeoramiento de esta realidad, de acuerdo con los datos recogidos por la fundación ANAR, con un adelantamiento de la primera edad de exposición a los 10 años y con presencia de violencia (en cualquiera de sus formas) en el 70 % de los casos(9,10).

En el Servicio de Urgencias, ante la presencia de un paciente con pensamientos de hacerse daño o tras realizar un intento autolítico, debemos avisar al especialista en Psiquiatría para que lleve a cabo una valoración de riesgo adecuada (Fig. 1).

figura

Figura 1. Estratificación del riesgo suicida en Urgencias.

En el impasse de tiempo, velaremos por la seguridad física del paciente y realizaremos una adecuada contención verbal y, en caso de intento previo, los cuidados para la salud física necesarios para el paciente. Aconsejamos hablar directamente de los pensamientos que han motivado la consulta al servicio de Urgencias, puesto que supone un alivio para el paciente; así como evitar en todo momento comentarios moralizantes o emisión de juicio de valor. Debemos tener también en cuenta que, en contra de los mitos que hay sobre el suicidio, el hecho de preguntar por el evento no lo desencadena y aquellas personas que hablan de tener esta idea no significa que no lo vayan a hacer(8,11).

Autolesiones

Las autolesiones son una situación de consulta muy frecuente en el Servicio de Urgencias, aunque también debemos explorarlo en pacientes que no acuden por dicho motivo.

Se ha visto que se trata de un fenómeno más frecuente en el sexo femenino. Se trata de síntomas asociados a esta edad por su mayor prevalencia de impulsividad (por inmadurez cerebral –lóbulo frontal– propia de la edad), así como presencia de rechazo a sí mismo (conocido como “self-derogarion”), primeras exposiciones a tóxicos; así como disrregulación emocional. Otras de sus características es la tendencia a la recurrencia, con lesiones progresivamente de mayor gravedad.

Ante una consulta por este motivo, debemos diferenciar el tipo de situación que nos encontramos, en función de: la funcionalidad del síntoma, la motivación del paciente y también al refuerzo. Clásicamente, se han descrito varios tipos, siendo las más frecuentes(12,13):

Función “catártica”/ansiolítica: disminuir la tensión y desbloquear emociones.

Función “reintegrativa”: vencer la despersonalización (“me corto luego existo”) y la disociación.

Función “manipulativa”: movilización del entorno, en ocasiones, por la dificultad de los pacientes para comunicarse con sus familias.

También debemos identificar la intencionalidad del síntoma, según si hay o no intencionalidad autolítica (deseos de muerte) o no.

Las autolesiones no suicidas son cada vez más frecuentes en esta población. Se trata de lesiones infringidas de forma deliberada por uno mismo sin ideación ni intención suicida. Se trata del mismo tipo de conductas que las autolesiones con intencionalidad (cortes, quemaduras, mordiscos, rascarse…). Al tener en cuenta la previsión de rescate, se trata de una conducta parasuicida.

De cara a explorarlo en el Servicio de Urgencias, debemos tener en cuenta que es frecuente, que quien realiza autolesiones se preocupe por cómo reaccionará el otro al hablarlo, y estén especialmente atentos a muestras de rechazo, estigmatización u otras reacciones negativas. De cara a realizar la entrevista clínica, debemos mostrarnos asépticos en la medida de lo posible, sin emitir juicios; intentando acompañar al paciente en todo momento, si bien manifestándole la inadecuación de la conducta llevada a cabo.

Trastornos de la conducta alimentaria (TCA)

Se trata de la primera causa de desnutrición en países desarrollados, y la tercera causa crónica más prevalente en la adolescencia. Es más frecuente en el sexo femenino que en el masculino, y se trata de un problema de salud mental pública importante, sobre todo por su cronicidad, resistencia, comorbilidad asociada y mortalidad(14).

Dentro de todos los TCA, la bulimia nerviosa es el más frecuente de todos ellos en la población general, aunque el más frecuente en población clínica es la anorexia nerviosa, sobre todo, debido a su gravedad, lo cual conlleva un riesgo de muerte real. Otros TCA que debemos tener en cuenta a la hora de realizar el diagnóstico diferencial son los trastornos por atracones (Tabla II).

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Los síntomas precoces que debemos tener en cuenta suelen ser una pérdida de peso no justificada en el contexto de percepciones corporales que no se ajustan a la realidad, que puede acompañarse de otros cambios físicos, como alteraciones del esmalte dental, caída de cabello, pérdida de la menstruación (cuando se ha perdido entre el 10-15 % del peso) o presencia de lanugo; así como cambios en su dieta, conductas extravagantes a la hora de comer o incremento en la intensidad del ejercicio físico.

Se trata de una patología que rara vez suele acudir como primera consulta al Servicio de Urgencias, puesto que tienen una evolución larvada en el tiempo. En caso de que se solicite una valoración Urgente, suele ser con el motivo de determinar si el paciente precisa de un ingreso en Unidad de Hospitalización Psiquiátrica o no para poder realizar la renutrición en condiciones de seguridad. Para el caso concreto de la anorexia nerviosa, podemos emplear para evaluar el riesgo que presenta nuestro paciente el cuestionario Marsipan (“Management of Really Sick Patients with Anorexia Nervosa”), en el que se tiene en cuenta la situación del paciente desde la primera valoración, hasta las necesidades específicas de renutrición y cómo hacerlo, de cara a poder identificar el mejor recurso para hacerlo y el riesgo concreto de nuestro paciente(15,16) (Tabla III).

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Como indicadores de ingreso deberíamos de tener en cuenta la presencia de: dos o más días sin ingestas, un porcentaje de IMC menor al 60 %, pérdida de 1 kilo por semana durante 2 o más semanas seguidas, frecuencia cardiaca inferior a 40 lpm o taquicardia o disminución de la temperatura corporal por debajo de 34,5ºC. También el riesgo suicida o el fracaso del tratamiento ambulatorio(17).

Conclusiones

Atendiendo a lo previamente comentado, como conclusiones podríamos destacar:

• Aprender a valorar los síntomas según la situación.

• Identificar factores protectores y de riesgo.

• En lo relativo a la ansiedad, identificar una crisis de pánico, así como estrategias de manejo, tanto verbales como no verbales.

• Identificación de síntomas de psicosis, insistiendo en la protección personal, así como el adecuado uso de tratamiento antipsicótico.

• Manejo verbal del paciente con ideas de muerte y presencia de autolesiones.

• Adecuado manejo de pacientes con Trastorno de Conducta Alimentaria según la gravedad de los síntomas que presenten.

Función del pediatra en la atención a las Urgencias Psiquiátricas en la infancia y la adolescencia

El pediatra en el Servicio de Atención Primaria suele ser, en la mayoría de los casos, la puerta de entrada para los pacientes menores de edad, por lo que es aconsejable que esté dotado de unos conocimientos básicos, de cara a poder determinar qué paciente sería subsidiario de una atención especializada, y qué casos pueden manejarse en Atención Primaria.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

1.** Fader RP, Mroczkowski MM. Child and adolescent psychiatric emergencies. In: IACAPAP e-Textbook of Child and Adolescent Mental Health. 2020.

2. Molina Gutiérrez MÁ, López López R, Ortiz-Villalobos A, García Sánchez P, Bueno Barriocanal M, Ruiz Domínguez JA. Agitación psicomotriz y conducta agresiva en urgencias pediátricas. Revista De Psiquiatría Infanto-Juvenil. 2023; 40: 4-12. Disponible en: https://doi.org/10.31766/revpsij.v40n1a2.

3. Sánchez-Mascaraque P, Valentón González-Aduna O. Urgencias en psiquiatría infantil. Pediatr Integr. 2014; XVIII: 312-9. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/wp-content/uploads/2014/xviii05/04/312-319.pdf.

4.*** Bezchlibnyk-Butler KZ, Virani A. Clinical Book of Psychotropic Drugs for Children and Adolscents. 2007.

5.** Rapee RM. Trastornos de Ansiedad en Niños y Adolescentes: Naturaleza, Desarrollo, Tratamiento y Prevención (Irarrázaval M, Stefan MT, trad.). En: Rey JM (ed), Libro electrónico de IACAPAP de Salud Mental en Niños y Adolescentes. Geneva: Asociación Internacional de Psiquiatría y Profesiones Aliadas de Niños y Adolescentes. 2016.

6. Sadock BJ, Sadock VA, Ruiz P. Kaplan y Sadock. Manual de Psiquiatría Clínica. 2018.

7.* Sher L, Oquendo MA. Suicide: an overview for clinicians. Med Clin North Am. 2023; 107: 119-30.

8.** Villar-Cabeza F. Morir antes del suicidio: prevención en la adolescencia. 2023.

9.*** Vázquez P, Armero P, Martínez-Sánchez L, Miguel J, Cruz G, Bonetde C, et al. Self-injury and suicidal behavior in children and youth population : Learning from the pandemic. An Pediatr (Engl Ed). 2023; 98: 204-12.

10.** Ballesteros B, Campo MJ, Garrido J, Ponce T, Díaz D. Conducta suicida y salud mental en la infancia y la adolescencia en España (2012-2022), según su propio testimonio. Fund ANAR. 2022.

11.*** González-Ortiz G. Hablemos del suicidio: pautas y reflexiones para abordar este problema en los medios. 2019.

12. Klonsky ED. The functions of deliberate self-injury: A review of the evidence. Clin Psychol Rev. 2007; 27: 226-39.

13. Nock MK, Prinstein MJ. A Functional Approach to the Assessment of Self-Mutilative Behavior. J Consult Clin Psychol. 2004; 72: 885-90. Disponible en: https://psycnet.apa.org/doiLanding?doi=10.1037%2F0022-006X.72.5.885.

14.** Hay P, Morris J. Trastornos alimentarios (Irarrazaval M, Martín A. eds Prieto-Tagle F, ed.). Man Salud Ment Infant y Adolesc la IACAPAP. 2017; 9: 26.

15. Marikar D, Reynolds S, Moghraby OS. Junior MARSIPAN (management of really sick patients with anorexia nervosa). Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2016; 101: 140-3.

16. Marsipan R, Marsipan J. Medical Emergencies in Eating Disorders : Guidance on Recognition and Management; 2022-2023. p. 1-187.

17.*** Reyes V, Torres AG, Soto NS, Ignacio J. Trastornos de conducta alimentaria. En: Manual Clínico de Urgencias en Pediatría: psiquiatría y psicosocial; 2022. p. 39-44.

Bibliografía recomendada

– Reyes V, Torres AG, Soto NS, Ignacio J. Manual Clínico de Urgencias en Pediatría: psiquiatría y psicosocial; 2022. 1-49.

Manual actualizado redactado por profesionales del ámbito de la Psiquiatría infantojuvenil, que aborda de forma completa y en mayor profundidad, las situaciones que pueden tener lugar en las Urgencias Pediátricas.

 

Caso clínico

 

Anamnesis

Adolescente de 17 años. Natural de Sevilla, vive en Pamplona donde se ha trasladado a vivir para finalizar sus estudios de bachiller. Reside en un piso compartido, y acude acompañada de una de sus compañeras de piso, porque esta tarde ha “intentado suicidarse” y la ha encontrado en el baño cortándose en el antebrazo con una cuchilla.

Historia actual

Refiere que, desde hace varios meses, en el contexto de un conflicto con su actual pareja que finalmente ha terminado con la ruptura sentimental, presenta disminución progresiva de su estado de ánimo, con tendencia al llanto; así como cansancio físico con tendencia al aislamiento y dificultad para quedarse dormida por las noches, con sensación de mal descanso nocturno. Asocia intranquilidad interna con sensación de falta de aire y molestias centro-torácicas. Presenta también dificultades en su funcionamiento diario, con menor capacidad de concentrarse según comenta, motivo por el cual ha dejado de acudir a las clases. De forma paralela, también ha disminuido la cantidad de comida que ingiere diariamente, con repercusión ponderal de pérdida de dos kilos en las últimas semanas.

Todo esto se ha mantenido estable durante las últimas semanas, añadiendo desde hace varios días pensamientos de muerte con cortes horizontales superficiales en sendos brazos. Se muestra ambivalente ante dicha realidad, avergonzada por haberlos llevado a cabo, pero también con sentimiento de bienestar posterior, al ser capaz de “poder sentir algo, aunque sea dolor”, lo cual le genera sentimientos de tranquilidad y relajación. Era la primera vez que estos pensamientos le aparecían, y no ha sido capaz de controlarlos. Lo ha realizado cuando pensaba que no había nadie en casa, pero su amiga se había dejado la bufanda y ha vuelto a casa. Niega intencionalidad de muerte, pero sí ha pensado, ocasionalmente, “desaparecer para no sufrir tanto”. Presenta también el sentimiento creciente de “no ser capaz de sentir nada”, algo que describe como especialmente doloroso. Verbaliza claramente querer seguir viviendo.

Sin antecedentes personales ni familiares psiquiátricos. Sin tratamiento psicofarmacológico.

Exploración psicopatológica

Consciente y orientada en las tres esferas. Parcialmente colaboradora. Escaso contacto ocular, con frecuencia de parpadeo normal. Discurso monosilábico, pero coherente e informativo, sin pérdida de idea meta. Enlentecimiento cognitivo, con dificultades para concentrarse. Rumiación de pensamiento en torno a su situación vital actual. Sin otras alteraciones del curso o contenido del pensamiento. Sin alteraciones de la sensopercepción ni de la vivencia del Yo. Bajo estado de ánimo con hipoedonia, clinofilia y labilidad emocional. Tendencia al aislamiento. Intranquilidad interna con sensación de falta de aire y molestias centro-torácicas. Pensamientos pasivos de muerte. Sin pensamientos activos de muerte. Autolesiones sin intencionalidad autolítica. Apetito disminuido con pérdida de peso. Insomnio de conciliación con sensación de mal descanso nocturno. Conciencia parcial de enfermedad.

 

 

Sedación y analgesia de procedimientos en Pediatría

I. Manrique Martínez*, T. García Abreu**
Temas de FC


I. Manrique Martínez*, T. García Abreu**

*Pediatra. Director del Instituto Valenciano de Pediatría. Valencia. Grupo de Trabajo para el abordaje del dolor pediátrico en Atención Primaria de la SEPEAP.
**Especialista en Anestesiología y Reanimación con especial dedicación al paciente pediátrico. Grupo de Trabajo para el abordaje del dolor pediátrico en Atención Primaria la SEPEAP

Resumen

La realización de procedimientos diagnósticos o terapéuticos suele ser causa de ansiedad, temor y malestar para los niños, sus familias y el personal sanitario. La sedación pediátrica constituye uno de los avances más significativos del cuidado pediátrico en las últimas décadas. El establecimiento de servicios de sedación pediátricos ha reducido el dolor y la ansiedad de nuestros pacientes y sus familias, haciendo posible la aplicación de importantes tecnologías y tratamientos, mejorando la eficiencia del cuidado pediátrico en múltiples ambientes clínicos.

 

Abstract

Procedures result in fear, anxiety and pain in children, their families and providers. Pediatric sedation represents one of the most significant advances in pediatric care in recent decades. By stablishing highly functioning pediatric sedation services, the pain and anxiety for our patients and their families has been reduced, making possible the application of important technologies and treatments and improved efficacy in multiple clinical settings.

 

Palabras clave: Sedación; Analgesia; Dolor; Procedimiento; Niños; Evento adverso.

Key words: Sedation; Analgesia; Pain; Procedure; Children; Adverse events.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 117 – 125

 


OBJETIVOS

Es esencial que los profesionales que realizan sedaciones entiendan claramente los conceptos que son las claves de la sedación pediátrica, incluyendo:

• Los niveles de sedación.

• Los requisitos de monitorización de la misma.

• Farmacodinamia y farmacocinética
de los agentes usados para la sedación.

• Las competencias claves del manejo de la sedación y todos los aspectos relativos a la recuperación del paciente tras la sedación.

 

Sedación y analgesia de procedimientos en Pediatría

Introducción

El control del dolor en los procedimientos para niños requiere el reconocimiento de una de las características de la población infantil: cada estadio de desarrollo conlleva cambios emocionales y de comportamiento. Esta característica es la que diferencia a la población infantil de la adulta.

Incluso cuando el dolor está controlado, la presencia de personas extrañas y de equipos médicos puede afectar a los niños. Como consecuencia, la realización de los procedimientos médicos puede conllevar traumas físicos y/o psicológicos no deseados en los niños y dificultad para su realización por el profesional(1). Por ello se requiere la sedación (en adición a la analgesia) en orden a proveer un cuidado óptimo.

En los últimos 30 años, la realización de la sedación y analgesia en los procedimientos ha cambiado considerablemente. De modo histórico, se realizaba con escasa organización o plan estratégico, y con gran variabilidad en su realización. A lo largo de los últimos 15 años, se han desarrollado en EE.UU. y Europa, servicios con formación en sedación pediátrica compuestos por una variedad de especialistas, incluyendo: anestesiólogos, médicos de urgencias, intensivistas y pediatras hospitalarios. Estos servicios, altamente organizados, han demostrado ser efectivos y seguros(2). La formación en sedación pediátrica se ha convertido en un componente fundamental del “fellowship” de medicina de urgencias pediátricas y cuidados intensivos en Europa, EE.UU. y Australia(3).

Debido a los cambios realizados, la seguridad, eficiencia y efectividad de la sedoanalgesia pediátrica para procedimientos ha mejorado significativamente.

Es prioritario, para los profesionales que proveen sedaciones, que entiendan claramente los conceptos que son las claves de la sedación pediátrica, incluyendo: los niveles de sedación; los requisitos de monitorización de la misma; farmacodinamia y farmacocinética de los agentes usados para la sedación; las competencias claves del manejo de la sedación; y todos los aspectos relativos a la recuperación del paciente tras la sedación. El adecuado entendimiento de estos conceptos conllevará a una eliminación adecuada del dolor y la ansiedad de los procedimientos experimentados en los hospitales, así como realización de los test y pruebas a los niños de un modo seguro.

Niveles de sedación

Cualquier profesional que realice sedación debe reconocer los diferentes niveles de sedación que son posibles y los posibles riesgos como consecuencia de los mismos.

La definición de la sedación se ha realizado según diferentes organizaciones profesionales, de diferentes maneras: la Academia Americana de Pediatría (AAP), la Academia Americana de Odontología Pediátrica (AAPD), la Sociedad Americana de Anestesiólogos (ASA), la Joint Comission, al igual que el Instituto Nacional de Excelencia Clínica NICE en el Reino Unido, han usado el concepto de “niveles de sedación”, que van desde consciencia mínimamente afectada a completa ausencia de respuesta o anestesia general. Sin embargo, el Colegio Americano de Médicos de Urgencias (ACEP) ha preferido referirse a la “sedación de procedimientos“, como aquella que se realiza para intentar realizar un test o procedimiento(4). Sin tener énfasis en la profundidad de la misma.

El grado de sedación para procedimientos se define clásicamente en cuatro niveles: sedación mínima, moderada, profunda y anestesia general.

1. Sedación mínima. Estado de consciencia deprimida, médicamente controlada (se refiere formalmente a la sedación consciente). El paciente mantiene los reflejos protectores permitiendo una vía aérea patente permeable de modo continuo, así como permite respuestas apropiadas del paciente a estímulos físicos u órdenes verbales, tales como “respira, abre los ojos”. Aunque la función cognitiva y la coordinación puedan estar afectadas, las funciones respiratorias y cardiovascular no lo están(5).

2. Sedación moderada. Cuando una medicación induce depresión de la conciencia, durante la cual los pacientes responden resueltamente a órdenes verbales, bien solo o acompañado de estimulación táctil. A este nivel de sedación, no se requieren intervenciones para mantener una vía aérea permeable y la respiración espontánea adecuada. La función cardiovascular suele mantenerse.

3. Sedación profunda. Estado de control médico de depresión de la conciencia, de la cual el paciente no se recupera con facilidad, incluso con estímulos dolorosos. Puede ir acompañada de pérdida parcial o completa de los reflejos protectores, requiriendo asistencia para el mantenimiento de la vía aérea y ventilación espontánea por ser inadecuada y no responder a estímulos físicos o a órdenes verbales. Suele mantener la función cardiovascular y la respuesta a instrucciones verbales.

4. Anestesia general. Estado de control médico de depresión de la conciencia, en la cual el paciente no se puede despertar ni siquiera con estímulos dolorosos. A menudo, está afectada la habilidad de mantener la función respiratoria, así como la cardiovascular. Los pacientes requieren asistencia con ventilación con presión positiva, para mantener una vía aérea permeable.

Cualquier profesional que realice sedación debe reconocer los diferentes niveles de sedación que son posibles y los posibles riesgos como consecuencia de los mismos. El niño puede pasar de un nivel a otro fácilmente y de forma inesperada, dependiendo de diversas circunstancias. No son relacionados con un único fármaco ni vía de administración (si se da en suficientes dosis), producirán una completa inconsciencia con una peligrosa pérdida del control de la vía aérea.

Dada la posibilidad de una respuesta más importante de la que se buscaba tras la administración de una medicación sedante, todo profesional que realice una sedación debe saber manejar y recuperar al paciente que tenga un nivel de sedación más profundo que el esperado.

Los niveles de sedación no se usan para monitorización constante del estado del paciente. No es práctico estimular, intentando despertar al paciente continuamente para su valoración.

Monitorización del estado de sedación

La profundidad de la sedación puede monitorizarse con electroencefalograma (EEG) y existen un número de monitores diferentes, siendo el más frecuentemente utilizado el Biespectral Index System (BIS). Este tipo de instrumentos usan algoritmos que procesan el EEG en un número (p. ej.: de 0 a 100), reflejando el nivel de sedación. Aunque algunos investigadores han validado el uso del BIS en la sedación pediátrica, en la práctica, no es útil durante las sedaciones por procedimientos(6). Existen, sin embargo, algunas escalas observacionales para monitorizar la profundidad de la sedación en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) (Tablas I y II).

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La escala de sedación de la Universidad de Michigan (Tabla II) es simple de usar y permite hacerlo de forma repetitiva durante el curso de la sedación. Otras escalas, como la Escala Pediátrica de sedación, miden los niveles de consciencia y agitación; mientras la escala de Confort y la modificada de Ramsey, incluyen el asesoramiento del dolor y la ventilación. La escala del estado de la Sedación Pediátrica es la única que incluye el asesoramiento de la calidad de la sedación (Tabla III).

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Mientras que algunas de estas escalas han sido comparadas entre sí en varios estudios a lo largo de los años, no hay una escala específica que haya dado mejores resultados que otra para la administración de la sedación(10).

Planificación de la sedación

Es fundamental tratar de recopilar la mayor cantidad de antecedentes médicos relevantes del niño previo a la realización de una sedación (SAMPUE), para así hacernos una idea de su condición global de salud.

Cada niño debe tener una revisión de su estado de salud previo a la sedación. Para recordar los elementos básicos de la historia clínica inicial, podemos usar la regla nemotécnica SAMPUE:

S: Signos y síntomas: descripción de las características de cada uno de ellos.

A: Alergias: medicamentosas o de otro tipo.

M: Medicaciones: tratamientos habituales y fármacos que toma para el proceso actual o ha tomado recientemente.

P: Patologías previas: cualquiera que pueda ser de interés para el proceso actual. En este punto incluimos la vacunación.

U: Última ingesta: hora aproximada de la última ingesta sólida o líquida.

E: Eventos: que hayan podido conducir a su estado actual.

SAMPUE

S/ Signos y síntomas

Los signos son hallazgos objetivos que encontramos dentro del examen físico. Los síntomas son las sensaciones subjetivas que nos describe el niño. Es importante realizar una completa descripción de cada uno de ellos.

Hay que recabar información sobre si el niño presenta algún tipo de síntoma o signo patológico que pueda obligar a anular esa sedación o bien retrasarla hasta realizar un examen más completo. Cada dato o molestia que aparezca es un problema a resolver, por lo tanto debe investigarse de forma exhaustiva, aunque el paciente no haya consultado por ese síntoma.

A/ Alergias y reacciones alérgicas

Es sumamente importante que se obtenga la historia de alergias y reacciones adversas. La documentación de alergias a medicaciones debe incluir la historia de la naturaleza de la reacción. Las medicaciones asociadas a una verdadera sintomatología alérgica (angioedema, rash o sibilancias) deben evitarse. Las familias a menudo interpretan náuseas o cualquier comportamiento extraño tras una sedación, como “alergia”. De hecho, a menudo, son reacciones comunes a la medicación o al procedimiento. Tratamiento preventivo con inhibidores de 5-hidroxitriptamina (citalopram, escitalopram, fluoxetina, fluvoxamina, paroxetina y sertralina, etc.) o esteroides, pueden reducir la náusea y vómito. Los pacientes pueden tener reacciones paradójicas a medicaciones sedantes, tales como midazolam, produciéndose lloro o comportamiento combativo en lugar de la sedación deseada. Estudios observacionales sugieren el uso de agentes revertidores de las benzodiacepinas (flumazenilo) para resolver estas reacciones. La agitación en la fase de recuperación se ha descrito tras la sedación. En estos casos, los pacientes tienen delirio y están combativos durante 10-30 minutos del despertar de la sedación.

M/ Medicación

Medicación que esté tomando en el momento de la sedación. Hacer hincapié en aquellas sustancias inhibidoras o competidoras del citocromo P450: drogas de abuso, hierbas medicinales (ginseng, jengibre, hierba de San Juan), valeriana, y medicación: eritromicina, cimetidina y benzodiacepinas. La familia de enzimas llamada citocromo P450 tienen la capacidad de descomponer y metabolizar ciertos medicamentos, haciendo, por tanto, que las sustancias inhibidoras o competidoras de los medicamentos que se usen para sedar, sean más o menos activos.

P/ Patologías previas

Como parte de una historia detallada de la sedación previo al procedimiento, deben tenerse en cuenta las experiencias previas. El profesional debe también tener en cuenta la ansiedad del paciente y su familia. Los pacientes severamente ansiosos a menudo necesitan cantidades significativas de medicación, mientras que un paciente relajado solo puede necesitar apoyo o distracción. La terapia del juego (gamificación) puede tener un papel importante a la hora de determinar una estrategia óptima en el manejo de cada necesidad emocional y psicológica.

El sistema de clasificación del estado físico de la ASA (Tabla IV) sirve de guía para el manejo de candidatos para sedación. Varios estudios han documentado que el riesgo de complicaciones durante la sedación (episodios de desa­turación, obstrucción vía aérea, hipotensión) se incrementa en 4,5 veces con el aumento del estatus ASA.

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• Pacientes con clase ASA I o II pueden considerarse candidatos apropiados para la realización de sedación mínima, moderada o profunda por médicos no anestesiólogos con la pertinente cualificación.

• Pacientes de clase ASA III podrían ser tratados por médicos de urgencias o médicos intensivistas, que se sobreentiende que poseen los conocimientos y habilidades de manejo de la vía aérea y de RCP. Aunque, en ocasiones, puede ser útil la intervención del anestesiólogo.

• Pacientes de clase ASA IV y V, niños con necesidades especiales y aquellos con anormalidades anatómicas de las vías respiratorias, se recomienda la intervención de un anestesiólogo, para una sedación moderada y profunda.

U/ Última ingesta

Es sumamente importante tener en cuenta estos dos puntos: ayuno preoperatorio y asesoramiento del riesgo de aspiración.

De acuerdo a los intervalos de ayuno para la prevención de la aspiración (ver guías de ASA y AAP), de modo que cualquier paciente recibiendo una sedación moderada o profunda debe tratarse del mismo modo que si recibiera anestesia.

Ayuno preoperatorio (Tabla V). En Inglaterra, las recomendaciones de las guías NICE son: intervalos de 2 horas para líquidos claros, 4 horas para leche materna, y 6 horas para sólidos(11). La SEUP publica valorarlo de forma individualizada (Tabla V).

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Asesoramiento del riesgo de aspiración. Reflujo gastroesofágico (RGE): las guías prácticas de ayuno preoperatorio de la ASA recomiendan que un niño, con una historia de RGE, se debe considerar un factor de riesgo de aspiración pulmonar durante la sedación o anestesia; específicamente, en pacientes que necesitan sedación prolongada y/o tienen una historia de neumonía por aspiración durante el sueño, debe tenerse en cuenta la opción de administrar anestesia general con intubación endotraqueal.

E/ Eventos: que hayan podido conducir a su estado actual

El estado general de los pacientes que van a ser sedados debe valorarse con detenimiento, especialmente realizando un examen físico general, con máxima atención en la vía aérea y el sistema cardiovascular y respiratorio.

1. Factores de desarrollo. El neurodesarrollo del niño debe tenerse en cuenta para la planificación de la sedación. Los requerimientos de la misma variarán enormemente para un niño con retraso en el desarrollo y/o trastorno del espectro autista. Una acomodación especial debe tenerse para estos niños que incluyan minimización de los tiempos de espera y gestionar que sean los primeros casos del día, considerando tiempo adicional para el procedimiento, involucrar a padres y cuidadores, y el uso del juego para adaptación del paciente.

2. Vía aérea. Como parte de la evaluación, deben tenerse en cuenta las anomalías específicas de la vía aérea. Estas se pueden dividir en dos categorías generales:

La dificultad funcional de la vía aérea, se refiere a aquellos pacientes que se espera tengan dificultad en el intercambio del aire a través de sus orificios naturales cuando están sedados. En esta categoría se incluyen aquellos niños con apnea severa del sueño, croup recurrente, amígdalas hipertróficas o aquellos con anomalías congénitas que hacen que dormir en posición supina sea difícil o imposible. Cuando los niños con estas categorías son sedados al punto de la inconsciencia, la obstrucción de la vía aérea es más común que en niños sanos(12). Por tanto, se requiere usar herramientas artificiales sobre la vía aérea, tales como cánula nasofaríngea también conocida como trompeta nasal/válvula nasal) o tubos orales (tubos de Guedel) para mantener la vía aérea patente.

La dificultad anatómica de la vía aérea incluye a pacientes en los cuales la visualización de la vía aérea se espera que sea difícil, incluso usando un laringoscopio. El profesional que administra la sedación debe tomar nota de esto, incluso, aunque no se espere tener que intubarlo. Es importante también, anticipar si la intubación puede ser difícil:

- Una malformación mandibular pequeña o una lengua grande, a menudo se asocia con dificultad en la visión de la glotis.

- La protrusión de los dientes o aquellos que se mueven, deben tenerse en cuenta, pues pueden afectar a la visualización de la vía aérea o ser lesionados durante la manipulación.

- Más aún, aquellos pacientes con dificultad en la movilidad del cuello (tales como los de trauma o quemados) pueden ser difíciles de posicionar para realizar adecuadamente la laringoscopia.

- Cualquier síndrome que resulte en una apariencia facial inusual, debe tenerse en cuenta, pues pueden asociarse a la dificultad en la visualización de la vía aérea.

3. Sistema cardiaco. Como se mencionó con anterioridad, deben valorarse los sistemas respiratorios y cardiovascular previo a la sedación. En particular, los pacientes con hipertensión pulmonar pueden tener reacciones adversas significativas a la hipoventilación, el aumento de CO2 o la hipoxia, cosas que ocurren fácilmente durante la sedación. En niños con defectos anatómicos complejos, el grado de shunt de izquierda a derecha o de derecha a izquierda puede variar, por producirse vasodilatación sistémica o pulmonar. La vasodilatación puede ser uno de los efectos secundarios de las medicaciones administradas para sedación. Se recomienda que los pacientes con enfermedades congénitas cardiacas deban ser sedados por profesionales que estén habituados a tratar este tipo de pacientes, debido a las implicaciones fisiológicas asociadas a la sedación de los mismos.

4. Enfermedades respiratorias. Existen pocos datos sobre el riesgo de la sedación en pacientes asmáticos, los datos en la literatura indican que los pacientes asmáticos deben sedarse en las mejores condiciones previamente a la realización de las mismas. El manejo debe incluir la administración de los inhaladores prescritos habitualmente antes de la sedación y asegurarse de que el niño no está con sibilancias en el momento de la sedación.

Las infecciones de la vía respiratoria superior son extremadamente comunes durante los meses de invierno en porcentajes del 20-30 % en la población pediátrica. Como no es práctico cancelar este grupo de pacientes, un estudio cohorte prospectivo de 83.941 niños que requirieron sedación, demostró que la frecuencia de efectos adversos se incrementa cuando las infecciones respiratorias son de carácter reciente o de tipo crónico, con una mayor frecuencia principalmente en el tipo crónico. Es prudente que el profesional que vaya a realizar la sedación tenga en cuenta la existencia de infección respiratoria en la evaluación del paciente pediátrico para la sedación. El periodo de riesgo no solo existe durante el tiempo que el niño tenga la infección respiratoria, sino hasta dos semanas después de la mejoría sintomática. Si la sedación se realiza en pacientes con infección respiratoria, sin fiebre ni tos productiva, debe extenderse el periodo de observación del despertar postsedación.

La sedación electiva debe posponerse en los niños que tienen síntomas sistémicos, tales como: fiebre, tos significativa, producción de esputo, crepitación y sibilancias.

Medicaciones para sedación

Antes de iniciar cualquier procedimiento analgésico o sedante, el pediatra debe conocer en profundidad el mecanismo de acción de cada uno de ellos.

Medicaciones hipnóticas (sedantes)

Hidrato de cloral

El hidrato de cloral es un hidrocarbón halogenado que se ha usado como sedante en los últimos 90 años. La dosis común varía entre 20 y 75 mg/kg oral, 30 a 60 minutos antes de la intervención; puede repetirse 30 minutos después de la primera dosis si es necesario, hasta un máximo total de 120 mg/kg (1 g como dosis total para lactantes y 2 g para niños). Inicio de acción en 10-15 minutos tras la administración oral, más efectivo que tras administración rectal. Tiene una farmacocinética prolongada. El efecto máximo puede no verse hasta pasada una hora. No existen preparados comerciales. Se pueden preparar fórmulas magistrales en forma de jarabe con concentraciones entre 2,5 y 10 %, o enema. Para mejorar la palatabilidad y reducir la irritación gástrica, puede administrarse con agua o con la fórmula de inicio, o incluso con zumos de frutas. Esta medicación puede conllevar una prolongada sedación, particularmente en niños pequeños, con un efecto pico que ocurra mucho más tarde del tiempo esperado de sedación deseado, haciendo que no se adapte a la duración de la mayoría de los procedimientos pediátricos. Sin embargo, la medicación raramente conlleva depresión respiratoria(13). El potencial de compromiso respiratorio, sin embargo, existe y aumenta con el uso combinado con opioides y otras medicaciones sedantes. Esta medicación está limitada para su uso en procedimientos no dolorosos, pues no tiene efectos analgésicos. El despertar puede estar asociado a la agitación y trastornos del comportamiento. Puede ser una medicación muy útil para procedimientos radiológicos, tales como RNM y EEG, siendo más efectiva en niños pequeños por debajo de los 3 años.

Midazolam

Es una benzodiacepina de efecto corto, de acción ampliamente usada para ansiedad y sedación. Ha sido particularmente popular por su corta duración y comienzo predecible, es decir, se sabe cuándo comenzará el efecto, y ausencia de metabolitos. Los efectos más destacados son: relajación musculoesquelética, amnesia anterógrada y ansiólisis.

Aunque se formuló originariamente para uso intravenoso (IV), su uso oral ha demostrado ser un excelente agente único para el uso de procedimientos invasivos menores, como la colocación de una vía o reparación de laceraciones menores cuando se combina con anestesia local. La dosis recomendada es de 0,5-0,75 mg/kg, con inicio de efectos a los 15 minutos de su administración. La duración de sus efectos es de aproximadamente 30 minutos tras la aparición de su efecto pico.

El midazolam puede también administrarse por vía intranasal en dosis de 0,4-0,5 mg/kg. La aparición de los efectos sedantes ocurre entre 3-5 minutos, con efecto pico alrededor de los 10 minutos La efectividad de esta vía de administración está bien reconocida como premedicación para anestesia y sedación para procedimientos menores. Debe usarse un aparato de atomización de la mucosa nasal a fin de optimizar la absorción. Su uso se asocia a quemazón de la nariz y dolor, pero recientes estudios han demostrado que esas molestias pueden ser minimizadas con un pretratamiento de lidocaína en la mucosa nasal(14), administrándose un puff de lidocaína en la nariz (10 mg/puff) previo a la administración intranasal de midazolam.

La depresión respiratoria es rara cuando se administra midazolan en la dosis recomendada, independientemente de la vía de administración. Algunas medicaciones coadyuvantes pueden prolongar los efectos del midazolan. Estos son los medicamentos que inhiben el CYP3A: antibióticos macrólidos, propofol, fentanilo, carbamazepina y fenitoína, entre otros.

Pentobarbital

Potente sedante con propiedades hipnóticas, pero no analgésicas. El comienzo de su acción tras administración IV es rápido, consiguiendo una sedación moderada a profunda en 3-5 minutos. Su mayor efectividad es cuando se usa en pacientes por debajo de 12 años de edad y peso inferior a 50 kg. La incidencia de depresión respiratoria es inferior al 1 % cuando se usa como agente único en las dosis recomendadas. Es una medicación razonable para su uso en pacientes con procedimientos radiológicos no dolorosos. Sin embargo, el desarrollo de nuevos agentes, con una farmacocinética y farmacodinamia más favorable (como propofol y dexmetomidina), ha hecho que esta medicación esté en desuso.

Propofol

Es un compuesto (2,6-diisopropyl fenol), con potentes propiedades sedativas e hipnóticas. La naturaleza altamente lipofílica de la medicación requiere que sea administrada en una emulsión lipídica de triglicéridos de cadena larga y cadena media, solución de aceite en agua que contiene aceite de soja y fosfátida de yema de huevo. Por ello, solamente puede ser administrada por vía intravenosa. El inicio del efecto es extremadamente rápido, generando inducción de una sedación profunda/anestesia con 2-3 mg/kg en el 95 % de los pacientes en 60-90 segundos. El sueño puede inducirse con tan solo 1,5 mg/kg y el mantenimiento de la sedación se obtiene con una infusión intravenosa en 30-200 microgramo/kg/min. La recuperación de la medicación es más rápida que la de cualquier otro sedante IV, haciéndola una de las medicaciones favoritas para su uso en sedación. La incidencia de la prolongación de la sedación y el vómito es extremadamente baja.

Su potente efecto hipnótico lo hace ideal para procedimientos no dolorosos, como TAC y RNM. Puede combinarse con medicaciones analgésicas.

La administración IV de propofol se asocia con molestias de quemazón en la zona de la vía de administración. Se pueden emplear varias estrategias para disminuir esta molestia. Por ejemplo, una dosis de lidocaína (1 mg/kg) vía IV previa a la administración del propofol puede ser suficiente.

Dexmetomidina

La dexmetomidina se ha convertido en un popular agente para su uso en procedimientos radiológicos. Produce un estado de sedación con un modesto componente de analgesia y escasa afectación a nivel respiratorio. Es un alfa 2 agonista con vida media corta que, generalmente, se administra en bolo (0,5-1 mcg/kg en unos 10 minutos), seguido a continuación por una infusión continua (0,5-2 mcg/kg/hora)(15).

Se puede diluir en glucosa al 5 %, solución Ringer, manitol o solución inyectable de cloruro de sodio al 0,9 %, para lograr la concentración requerida de 4 µg/ml antes de la administración. La dexmetomidina se ha descrito para niños con ventilación en las unidades de cuidados intensivos pediátricos y como sedante para procedimientos con escasos efectos secundarios. Más recientemente, múltiples artículos, aunque “off label”, han descrito la efectividad del uso de la dexmetomidina a través de atomizadores nasales o en espray (no existen espráis en España) a dosis 2,5 mcg/kg. La dexmetomidina viene en presentación en polvo para diluir, se administra o bien toda la dosis en una fosa nasal o mitad en cada fosa, en procedimientos como RNM, ecocardiografía y EEG, test de potenciales evocados y reparación de laceraciones(15).

Medicaciones analgésicas

Fentanilo

El fentanilo es un opioide sintético, 100 veces más potente que la morfina. Los efectos de la sedación son relativamente escasos. La dosis recomendada de fentanilo es de 0,5-1 mcg/kg/dosis, para aquellos procedimientos asociados a dolor significativo, como punción lumbar, biopsias medulares, broncoscopias, procedimientos menores quirúrgicos y colocaciones de vías centrales. El efecto máximo ocurre a los 5 minutos, cuando se administra vía IV y su efecto dura unos 30-40 minutos. El fentanilo a menudo se acompaña de fármacos sedantes para conseguir sedación, además de la analgesia que consigue el fentanilo, aumentando el riesgo de depresión respiratoria. Su efecto secundario más habitual (más llamativo) es la rigidez de la pared torácica, especialmente cuando se administra rápidamente. La naloxona debe estar siempre preparada por si surge este problema.

También puede administrarse por vía intranasal, con una dosis recomendada de 1,5-2 mcg/kg, con una dosis máxima de 200 mcg. La coadministración de fentanilo con protóxido de nitrógeno (N2O) se ha descrito para obtener niveles más profundos de sedación, para facilitar procedimientos más dolorosos, tales como reducción de fracturas cerradas(16).

Ketamina

Es un derivado fenciclidínico, bloquea los receptores N-metil-D-aspartato, produciendo intensa sedación y analgesia. Se ha descrito su uso a lo largo de 40 años, como sedante para niños con procedimientos dolorosos. Crea una disociación funcional entre el sistema cortical y límbico, manteniendo la respiración espontánea y los reflejos de la vía aérea. Los pacientes pueden exhibir movimientos tónicos espontáneos en las extremidades, haciéndolo inapropiado para procedimientos en los que el paciente debe estar quieto (p. ej.: TAC y RNM). La ketamina causa generalmente aumento de la frecuencia cardiaca, tensión arterial, aumento del gasto cardiaco y presión intracraneal. Las secreciones orales pueden aumentar. La ketamina tiene cualidades broncodilatadoras haciéndolo ideal para su uso en niños que tienen problemas médicos relacionados con broncoespasmos.

Debe administrarse en pequeñas dosis IV de 0,5-2 mg/kg para producir una sedación rápida y profunda con analgesia. Las concentraciones pico se alcanzan en un minuto y permiten una inducción inmediata de efectos clínicos que duran unos 15 minutos si no se administra ninguna dosis añadida. No hay inhibición respiratoria y los reflejos en su mayoría quedan intactos. También puede administrarse por vía intranasal en dosis de 3-6 mg/kg o para analgesia con dosis disociativas de 0,5-1 mg/kg.

Se han descrito náuseas y vómitos en 1-8,4 % de los niños que reciben ketamina; el despertar agitado es inferior a 1-7,6 % y, en este caso, no disminuye cuando se administran benzodiacepinas(17).

Óxido nitroso

El óxido nitroso se ha descrito para usarlo como analgésico/anestésico desde hace 100 años: gas que no tiene color ni olor con efecto analgésico, ansiolítico y mínimos efectos sedantes. Recientes publicaciones demuestran excelentes resultados (sin efectos secundarios relativos a la vía aérea)(18). El óxido nitroso tiene muchas aplicaciones en Urgencias Pediátricas y, en general, está indicado en todos los procedimientos menores de corta duración que causen dolor y ansiedad en el niño.

Puede administrarse solo en concentraciones de 30-70 %, para procedimientos moderadamente dolorosos, en combinación con sedantes, se usan menores concentraciones para un efecto similar, pues parece causar un efecto sinérgico.

El inicio de la sedación y la analgesia ocurre en minutos y termina rápidamente cuando se retira el gas. El N2O tiene efectos mínimos a nivel cardiovascular y respiratorio cuando no se combina con potentes sedantes u opioides.

Los actuales sistemas de administración de N2O incluyen flujos continuos que administran de 0-70 % de N2O, mientras que los antiguos sistemas de válvula a demanda usan una premezcla al 50 % de oxígeno y N2O. Las válvulas a demanda requieren que el paciente inicie presión positiva al respirar para abrir la válvula inspiratoria del sistema. Esto puede ser difícil para algunos niños pequeños.

En el lugar en el que se realice el procedimiento, debemos disponer de una fuente de oxígeno y aspiración, material para mantener la vía aérea y un equipo para el seguimiento (pulsioxímetro, electrocardiograma y presión arterial no invasiva).

Fármacos de reversión

Los fármacos usados para revertir los efectos no deseados de algunos de los analgésicos/sedantes descritos anteriormente deben estar a mano cuando se realiza la sedación con una benzodiacepina o un opioide.

• El flumazenilo puede usarse para revertir los efectos de las benzodiacepinas. Debe administrarse una dosis inicial de 0,01 mg/kg. Aunque raramente ocurre resedación, si acontece, requerirá dosis adicionales de flumazenilo.

• La naloxona es una antagonista opioide, pudiendo administrarse intravenoso, intramuscular, intranasal o subcutáneo. La medicación debe administrarse lentamente si es posible. La preparación estándar contiene 0,4 mg/ml de naloxona. La dosis para niños es: 0,1 mg/kg para aquellos que pesan menos de 20 kg o 0,2-0,3 mg/kg intranasal. La dosis en niños mayores de 20 kg es de 2 mg.

Capacidad de rescate

Estudios sobre eventos críticos de la sedación muestran que pueden ocurrir en lugares donde no hay un soporte adecuado para la recuperación. Más aún, la recuperación de la sedación ha demostrado variar enormemente entre los profesionales que la administran y los lugares de administración de las mismas, aunque no parecen variar los rangos de complicaciones mayores, basándose en la especialidad del que la administra. Dada la evidencia(20), es lógico que exista un protocolo de respaldo y apoyo de los eventos críticos de la sedación (equipo de resucitación o sistemas de emergencia médica) que deben ser testados adecuadamente.

Equipo necesario para la sedación

Nunca debemos iniciar un procedimiento de sedación si no se cuenta con el material necesario para el adecuado control.

Equipo estándar: el siguiente equipo es el que se requiere para la provisión de una sedación adecuada para un procedimiento:

- Bolsa y mascarilla para ventilación de presión positiva.

- Mascarillas de tamaño adecuado para cada edad de pacientes.

- Una segunda toma de O2 para ­resucitación.

- Tubos de Guedel.

- Equipo de succión.

- Pulsioxímetro.

- Monitor de tensión arterial (TA) automático.

- Monitor de electrocardiografía continua.

Los signos vitales que se miden, incluyen: saturación de oxígeno, pulsioximetría y frecuencia cardiaca. Estos deben reevaluarse cada 5 minutos y quedar registrados en su historia.

Monitorización de la ventilación: mientras la pulsioximetría mide la oxigenación, no mide directamente la ventilación. Dependiendo de la cantidad de oxígeno que respira el paciente, hay un espacio bastante amplio entre el inicio de la apnea y la desaturación de oxígeno.

Por tanto, un paciente puede experimentar una hipoventilación significativa que permita una aceptable saturación de oxígeno recibiendo altos flujos de oxígeno.

Existen varios métodos de monitorización de la ventilación, el más básico es la observación directa del paciente, observando el movimiento coordinado del pecho y la pared abdominal. Cuando no es posible la observación directa, pueden usarse, otros métodos como un estetoscopio precordial o capnógrafo.

La medición de la capnografía y los niveles mostrados de CO2 son tomados del ejercicio respiratorio del paciente. Para aquellos pacientes que no están intubados, una técnica de detección de CO2 es a través del sistema de detección Sidestream®, en el que se emplea una pequeña cantidad de gas (50-100 ml/min) que se toma continuamente de las gafas nasales o de dentro de la mascarilla del paciente. La apnea se detecta tan pronto como ocurre, pues conlleva una inmediata pérdida de la onda del CO2 expirado. La utilidad de este modo de monitorización se ha reconocido, hasta el punto de ser recomendado para sedación moderada como severa por las actuales guías de AAP.

Alta

El criterio para el alta en niños de un procedimiento con sedación debe incluir: signos vitales estables, control del dolor, vuelta a un nivel de consciencia que es similar al estado normal del paciente y adecuado control de la fuerza muscular y de la cabeza, a ello debe añadirse la adecuada hidratación del paciente.

Incluso cuando estos criterios se han usado en niños, se han encontrado sedaciones residuales; ejemplo particular en niños que han recibido largas dosis de medicaciones sedantes que son de larga duración (como hidrato de cloral), siendo muy tendentes a re-sedación después de que se hayan hecho fuertes intentos para despertarlos. Estos pacientes no deben darse de alta hasta que se haya demostrado que pueden mantenerse despiertos durante un mínimo de 15 minutos o más.

Conclusiones

Los procedimientos pueden provocar ansiedad y miedo y, más aún, pueden producir dolor en los niños. La sedación puede ayudar a eliminar trastornos de comportamiento y psicológicos producidos por procedimientos invasivos. La necesidad de intervenciones farmacológicas debe determinarse por: el estado de desarrollo del niño (no es lo mismo un lactante que un niño), el nivel de ansiedad y el contexto del procedimiento.

La formación de equipos de expertos en Atención Primaria y en el ámbito hospitalario, es esencial para conseguir un resultado satisfactorio.

Función del pediatra de Atención Primaria

La Pediatría de Atención Primaria ha ido, en poco tiempo, atendiendo a niños con problemas más complejos y que, en muchos casos requieren una atención temprana. Uno de estos supuestos son los de aquellos niños que, debido a problemas como fracturas, quemaduras, heridas profundas etc., requieren de una adecuada analgesia y, en muchos casos, de la aplicación de una correcta sedación, previa a su traslado a un centro hospitalario. El interés por conocer cómo abordar este tipo de problemas es cada vez mayor entre los pediatras de Atención Primaria, aunque en una gran mayoría de casos aún se carezca de los medios materiales necesarios para poder aplicarla correctamente.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

- Stevens BJ, Hathway G, Zempsky WT. Oxford textbook of pediatric pain. Oxford University Press. 2021.

La nueva edición del Oxford Textbook of Pediatric Pain reúne a un equipo internacional de expertos para ofrecer un libro de texto autorizado y exhaustivo sobre todos los aspectos del dolor en lactantes, niños y jóvenes. Dividido en nueve secciones, el libro de texto analiza el dolor como un problema multifactorial, para ofrecer al lector una comprensión exhaustiva de este desafiante tema. Los capítulos, basados en la evidencia, profundizan en temas que van desde los efectos a largo plazo del dolor en los niños hasta la terapia complementaria en el dolor pediátrico. El texto aborda la brecha entre el conocimiento y la práctica a través de la implementación individual y organizativa, y de estrategias de facilitación. Se incluyen ejemplos de casos y cuadros de perspectiva para facilitar el aprendizaje e ilustrar la aplicación de los conocimientos.

- Míguez Navarro MC, Fernández Santervás Y, Vivas la Calle MC, Barasoain Millán A, Clerigué Arrieta N, González Posada A; Grupo de trabajo de analgesia y sedación de la SEUP. Protocolo de sedoanalgesia en Urgencias Pediátricas. 2020. Disponible en: https://seup.org/pdf_public/pub/protocolos/27_Psedoanalgesia.pdf.

El objetivo de este trabajo es el de optimizar los procedimientos de sedoanalgesia (PSA) del paciente pediátrico sometido a un procedimiento diagnóstico-terapéutico, con el fin de lograr un efectivo control del dolor, de la ansiedad, del comportamiento y del movimiento, minimizando en lo posible, la aparición de eventos adversos. Así como establecer unos requisitos mínimos que deben cumplir tanto los profesionales como el paciente para garantizar un PSA seguro. Describe con soltura los diferentes tipos de procedimiento de sedoanalgesia y sus indicaciones, y permite al lector conocer el material y medicaciones necesarias para la realización de los diferentes PSA.

- Comité de Medicamentos de AEP. Pediamécum. Edición 2015. Disponible en: https://www.aeped.es/comite-medicamentos/pediamecum.

Base de datos documental de los principios activos de uso común en Pediatría creada por el Comité de Medicamentos de AEP (CM-AEP) en 2012 con la colaboración desinteresada de más de 350 profesionales, que cuenta con fichas de más de 660 fármacos. El Comité y sus colaboradores amplían y revisan constantemente las fichas por iniciativa propia o por sugerencias de los usuarios.

 

Caso clínico

 

Anamnesis: niño de 4 años y 10 meses que acude a Urgencias por traumatismo en la cara con afectación clara del incisivo central superior. Se queja de intenso dolor en dicho diente y no se deja explorar, motivo por el cual se le administró inicialmente midazolam intranasal con escasa respuesta.

Antecedentes familiares: embarazo a término sin complicaciones durante el embarazo o parto. Tomó lactancia materna durante 6 meses y luego lactancia mixta hasta el año. Ha tenido experiencias previas odontológicas, presentando rechazo a las mismas y requiriendo sedación consciente con midazolam (0,5 mg/kg).

Exploración física: destaca sobrepeso, hábito de succión labial (se chupa el dedo), deglución atípica y onicofagia, hipertrofia amigdalina grado II, resto de la exploración normal.

Pruebas complementarias: analítica de sangre y orina normales, incluidos tóxicos. EEG: normal. Exploración psicopatológica: paciente bajo estudio por retraso en el desarrollo cognitivo, diagnosticado de trastorno del espectro autista.

Juicio diagnóstico: caries de la infancia temprana, pulpitis reversible y gingivitis. Mala oclusión en dentición primaria por pérdida prematura de piezas 51 y 61.

Objetivos: eliminar gingivitis y tejido de caries bajo sedación.

Sedación: valorar periodo de ayuno (tiempo desde la última toma de líquidos y sólidos), permitir presencia de la madre o tutor, y administrar hidrato de cloral oral: dosis 50-75 mg/kg
para disminuir la ansiedad y actitud negativa hacia el tratamiento odontológico. Para mantenimiento de la sedación consciente, si no tiene vía intravenosa, se usará óxido nitroso. Si no aceptara la mascarilla del óxido nitroso, se puede proceder a poner vía intravenosa para administración de midazolam intravenoso a dosis: 0,5-0,75 mg/kg y fentanilo 1,5-2 mcg/kg.

La zona donde atender a un niño de estas características requiere un ambiente tranquilo, sin el ruido propio de Urgencias con la presencia de los padres o tutores. La monitorización habitual debe estar presente durante todo el procedimiento.

 

 

Urgencias en diabetes y nuevas tecnologías en pacientes en tratamiento con infusores y sistemas de infusión automatizada de insulina

P. Enes Romero
Temas de FC


P. Enes Romero

Servicio de Endocrinología. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Los sistemas híbridos de asa cerrada o sistemas de infusión automatizada de insulina están transformando el tratamiento de la diabetes tipo 1. Han demostrado mejorar el control glucémico y la calidad de vida de estos pacientes y sus familias, y su uso está cada vez más extendido en nuestro medio. Conocer las características de estos sistemas y sus particularidades desempeña un papel esencial en la prevención de descompensaciones metabólicas en situaciones comunes en la infancia, como los procesos infecciosos intercurrentes. En este artículo, se describen las urgencias más comunes (hiperglucemia con cetosis, hipoglucemia, enfermedades intercurrentes, cirugía), los elementos clave para su identificación precoz y los principios de actuación en cada caso.

 

Abstract

Hybrid closed-loop systems or automated insulin infusion systems are transforming the treatment of type 1 diabetes. They have been shown to improve glycemic control and quality of life for these patients and their families, and their use is increasingly widespread in our environment. Knowing the characteristics of these systems and their particularities plays an essential role in preventing metabolic decompensations in common situations in childhood, such as intercurrent infectious processes. This article describes the most common emergencies (hyperglycemia with ketosis, hypoglycemia, intercurrent illnesses, surgery), the key elements for their early identification and the principles of action in each case.

 

Palabras clave: Diabetes tipo 1; Sistemas híbridos de asa cerrada; Sistemas de infusión automatizada de insulina; Prevención de la cetoacidosis diabética.

Key words: Diabetes type 1; Hybrid closed loop systems; Automated insulin infusion systems; Prevention of diabetic ketoacidosis.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 109 – 116

 


OBJETIVOS

• Describir el funcionamiento de los sistemas de infusión subcutánea de insulina actuales.

• Identificar las situaciones de riesgo de descompensación metabólica en pacientes con diabetes tipo 1 en tratamiento con bomba de insulina.

• Conocer las pautas de actuación ante la hiperglucemia, la cetosis y la hipoglucemia en pacientes con diabetes tipo 1 en tratamiento con bomba de insulina.

• Aprender los principios de actuación ante enfermedades comunes intercurrentes y la actitud en caso de cirugía urgente en estos pacientes.

 

Urgencias en diabetes y nuevas tecnologías en pacientes en tratamiento con infusores y sistemas de infusión automatizada de insulina

Introducción

Los sistemas de infusión continua de insulina (ISCI) o bombas de insulina para el tratamiento de la diabetes tipo 1 (DM1) han evolucionado significativamente en los últimos años, desde las bombas de infusión continua de insulina subcutánea convencionales hasta los sistemas híbridos de asa cerrada actuales, pasando por los sistemas integrados de bomba de insulina y monitorización continua de glucosa (SAP: Sensor Augmented Pump), con o sin suspensión en hipoglucemia o suspensión en predicción de hipoglucemia, como únicos automatismos (Fig. 1).

figura

Figura 1. Evolución de los sistemas de infusión subcutánea continua de insulina. Adaptado de: Moon SJ, Jung I, Park CY. Current Advances of Artificial Pancreas Systems: A Comprehensive Review of the Clinical Evidence. Diabetes Metab J. 2021;45: 813-39.

Los sistemas híbridos de asa cerrada o sistemas de infusión automatizada de insulina (AID: Automated Insulin Delivery) actuales están transformando el tratamiento de la DM1, logrando una mejoría significativa en el control glucémico y la calidad de vida de estos pacientes(1). Han demostrado, tanto en ensayos clínicos aleatorizados como en estudios en vida real, aumentar el tiempo de glucemia en rango y reducir la hemoglobina glicosilada, al mismo tiempo que disminuyen el número de intervenciones y decisiones necesarias por parte del paciente para el manejo de la enfermedad(2-15).

El manejo de situaciones de urgencia en pacientes con DM1 en tratamiento con sistemas AID, tiene sus particularidades en comparación con aquellos tratados con bombas tradicionales y difiere también de los pacientes con múltiples dosis. En este artículo se resume el funcionamiento y características de los sistemas AID y se aborda el manejo de las urgencias más comunes en relación con problemas derivados del propio tratamiento de la diabetes, enfermedades intercurrentes y necesidad de cirugía urgente.

Sistemas híbridos de asa cerrada en el tratamiento de la diabetes tipo 1: componentes, funcionamiento y características de los sistemas disponibles en España

Los sistemas más avanzados de los que disponemos en la actualidad, en Europa, son los denominados sistemas híbridos de asa cerrada o sistemas AID.

Además de integrar la monitorización continua de glucosa (MCG) con una bomba de insulina, disponen de un algoritmo que responde en tiempo real a las variaciones en los niveles de glucosa, ajustando las dosis de insulina que administra la bomba. Se consideran sistemas híbridos y no sistemas completamente automatizados, porque, de momento, solo automatizan la insulina basal y las correcciones. Todavía requieren, por parte del usuario: el anuncio de las ingestas, la aceptación del bolo correspondiente sugerido por el sistema para las mismas y la activación manual del modo del que disponga el sistema para la adaptación a la actividad física.

El algoritmo de control puede estar alojado en la propia bomba de insulina o en una aplicación móvil y, fundamentalmente, existen 3 tipos: PID, MPC o lógica difusa. Los algoritmos PID (proportional – Integrative – Derivative) ajustan la administración de insulina en función de los datos de la monitorización de glucosa, de acuerdo con tres elementos: la diferencia entre los niveles de glucosa medidos y objetivo (el componente proporcional), el área bajo la curva entre la glucosa medida y objetivo (el componente integral) y la tasa de cambio en los niveles de glucosa medidos a lo largo del tiempo (el componente derivado). Los algoritmos MPC(Model Predictive Control) utilizan un modelo matemático predictivo que determina las excursiones de glucosa y ajustan la administración de insulina para alcanzar el objetivo, considerando para ello la sensibilidad a la insulina estimada. Los algoritmos basados en lógica difusa, modulan la administración de insulina de acuerdo con un conjunto de reglas diseñadas para imitar el conocimiento y el razonamiento de expertos en el tratamiento de la diabetes.

El sistema AID administra la dosis de insulina calculada por el algoritmo cada pocos minutos (basal automática) y, algunos sistemas, además, administran bolos correctores automáticos bajo determinados criterios. Antes de las ingestas, el paciente debe introducir la cantidad de hidratos de carbono que va a comer y administrar el bolo sugerido por el calculador. Cada sistema tiene sus propias características en relación con los parámetros que son programables y los que están predeterminados, los que modulan la respuesta del modo automático, el cálculo de bolos para las comidas y correcciones automáticas, y aquellos dedicados a la adaptación al ejercicio. En la tabla I se describen las características de los sistemas híbridos de asa cerrada aprobados en la edad pediátrica, que están disponibles en España en la actualidad. Conocerlas es esencial para la adecuada interpretación de cada situación.

tabla

 

Formación y medidas preventivas

Para garantizar su uso seguro y reducir el riesgo de descompensaciones metabólicas, así como para optimizar los resultados en el control glucémico, es esencial que los pacientes que inician el tratamiento con sistemas AID y sus cuidadores, reciban una formación específica a través de un programa estructurado que asegure la adquisición de los conocimientos y habilidades necesarios(16). En particular, para la prevención de la cetoacidosis, resulta crucial que el paciente comprenda y aplique las medidas preventivas relacionadas con el cambio de sistema de infusión, que se debe hacer al completo, incluido el reservorio o cartucho de insulina, el catéter y la cánula, cada 3 días como máximo, con una rotación adecuada del punto de inserción y, preferiblemente antes de un bolo para una comida, en un momento tras el cual los cuidadores puedan supervisar la glucemia, al menos, durante las 2-3 horas siguientes. Otras medidas preventivas relevantes incluyen los pasos a seguir en caso de hiperglucemia mantenida, donde la medición de cuerpos cetónicos en sangre es mandatoria y determinará el proceso a seguir, así como el modo de proceder en caso de enfermedad intercurrente.

Es recomendable aconsejar a los pacientes que, si circunstancialmente no les resulta posible la determinación de la cetonemia, en caso de hiperglucemia mantenida, actúen como si esta fuera positiva.

Hiperglucemia y cetosis en pacientes en tratamiento con bomba de insulina/sistemas AID

Una de las situaciones por las que un paciente con diabetes tipo 1 en tratamiento con un sistema híbrido de asa cerrada puede necesitar consultar con un servicio médico es una hiperglucemia que no es capaz de resolver. Valorar y manejar adecuadamente esta situación es decisivo en la prevención de una cetoacidosis.

Ante una hiperglucemia mantenida, se debe sospechar siempre una interrupción de la administración de la insulina (involuntaria: por obstrucción del sistema de infusión o por alteración de la insulina; o voluntaria: por omisión del tratamiento por parte del paciente). Otras causas a considerar son: la presencia de una enfermedad intercurrente que condicione un aumento brusco de las necesidades de insulina o la administración de fármacos hiperglucemiantes, como los corticoides orales.

En la anamnesis, se debe investigar el grado y la duración de la hiperglucemia, los síntomas del paciente, especialmente los que sugieren descompensación metabólica (poliuria, polidipsia, náuseas, vómitos, dificultad respiratoria, dolor abdominal, debilidad…) o enfermedad intercurrente y las posibles causas desencadenantes de la situación. En este sentido, las náuseas y los vómitos se deben interpretar como un signo de deficiencia insulínica y de cetosis hasta que se demuestre lo contrario(17).

La exploración física debe ser completa y, particularmente, debemos valorar el grado de hidratación y buscar signos de acidosis metabólica (respiración de Kussmaul, aliento cetósico y somnolencia).

El análisis de la descarga de datos del sistema es una herramienta de gran utilidad para valorar la situación y el tratamiento en los días previos. En el historial de la propia bomba, también es posible consultar las últimas alertas y dosis de insulina administradas y los datos registrados de la monitorización de glucosa.

Hiperglucemia sin cetosis

Los sistemas AID adecúan las dosis de insulina y administran bolos correctores automáticos para prevenir y resolver la hiperglucemia; por lo que, habitualmente, en caso de producirse una hiperglucemia, el sistema suele ser capaz de normalizarla por sí mismo progresivamente. En caso contrario, si la glucemia permanece por encima de 250 mg/dL durante más de 2 horas, se recomienda revisar la bomba y el catéter para detectar algún fallo y realizar un cambio de sistema de infusión y del cartucho de insulina. Si tras el cambio la situación no tiende a mejorar, se recomienda: administrar insulina con pluma cada 2 horas hasta la normalización de la glucemia, realizar un nuevo cambio de sistema de infusión y monitorizar la glucemia y la cetonemia cada 2 horas. Durante la administración de insulina con pluma, se puede valorar desactivar el modo automático y dejar la bomba funcionando en modo manual, para evitar duplicidad en las correcciones de insulina y un incorrecto registro de la insulina activa.

Ocasionalmente, la ingesta de comidas especiales con alto contenido en grasa-proteína no cubiertas adecuadamente, el estrés físico o emocional, un cambio brusco en la actividad física o las enfermedades intercurrentes que produzcan un aumento de las necesidades de insulina, pueden resultar en una hiperglucemia que el sistema no consigue resolver. Los sistemas AID actuales modulan la respuesta del algoritmo en función de las dosis de insulina de los últimos días, es decir, aprenden con la experiencia. Sin embargo, ante un cambio muy brusco en las necesidades de insulina, es posible que el sistema tarde varios días en adaptarse.

En caso de hiperglucemia sin cetosis que el sistema no ha conseguido resolver, si se identifica una de las situaciones previas, se puede valorar la administración de bolos correctores adicionales con la bomba. El sistema Control IQ de Tandem y el sistema CamAPS-Ypsopump permiten administrar bolos correctores utilizando el calculador de bolo en modo automático. El sistema 780G de Medtronic no lo permite. En este caso habría que salir a modo manual puntualmente para la administración de los bolos correctores.

En todos los casos, es importante: revisar el sistema de infusión, comprobar el correcto funcionamiento del sensor y descartar errores en la bomba. Ante la presencia de cualquier anomalía, se debe comunicar al servicio técnico del fabricante.

Hiperglucemia con cetosis sin acidosis

En caso de hiperglucemia con cetosis sin acidosis metabólica, se puede manejar la situación con insulina subcutánea. El objetivo es revertir el catabolismo de las grasas, para lo que es necesario: administrar insulina de forma efectiva, resolver la deshidratación y asegurar el restablecimiento del tratamiento con el sistema AID de forma eficaz, una vez resuelta la hiperglucemia (Fig. 2).

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Figura 2. Manejo de la hiperglucemia en pacientes con diabetes mellitus tipo 1 en tratamiento con sistemas de infusión continua de insulina (ISCI)/SISTEMAS AID (Automated Insulin Delivery)

• Se administrará insulina rápida con pluma, repitiendo la dosis cada 2-3 horas. La dosis de insulina se puede calcular utilizando el factor de corrección y valorando aumentar la dosis calculada un 20 %: [Bolo corrector = (Glucemia actual – Glucemia objetivo) / Factor de corrección]. También, se considera válido administrar una dosis equivalente al 20 % de la dosis total diaria o una dosis de 0,1 a 0,15 unidades/kg como recomendación general(17).

• Se ofrecerán líquidos con electrolitos por vía oral y, si no es posible por intolerancia, por vía intravenosa.

• Se cambiará el equipo de infusión y el cartucho de insulina.

• Se recomendará guardar reposo.

• Se realizarán controles de glucemia y cetonemia cada 2 horas.

• Cuando se objetive un descenso de la glucemia que confirme que la insulina está resultando efectiva o glucemia <250 mg/dL, se ofrecerán líquidos azucarados o hidratos de carbono, que se cuantificarán para la administración de insulina rápida correspondiente según la ratio HC/Insulina.

• Durante todo el proceso de administración de insulina rápida con pluma, puede ser conveniente mantener el sistema en modo manual, por las mismas razones descritas en el apartado anterior.

Cetoacidósis diabética (CAD)

Si el paciente presenta una cetoacidosis (pH <7,30, bicarbonato <18), se retirará la bomba y se iniciará la administración de fluidos intravenosos, electrolitos y perfusión de insulina, según protocolo(18).

Hipoglucemia en pacientes en tratamiento con bomba de insulina/sistemas AID

Los sistemas AID reducen significativamente el porcentaje de hipoglucemias leves y el riesgo de hipoglucemia grave, pero no lo eliminan del todo, sobre todo en relación con situaciones de riesgo: ingesta de alcohol, omisión de comidas tras la administración de insulina o vómitos. La hipoglucemia y el miedo a la hipoglucemia, constituyen el factor limitante más importante en el tratamiento de la diabetes tipo 1.

Hipoglucemia leve-moderada

Hipoglucemia nivel 1 (glucosa 70-54 mg/dL): umbral clínico para el tratamiento.

Hiperglucemia nivel 2 (glucosa <54 mg/dL): hipoglucemia clínicamente relevante.

En caso de hipoglucemia leve con o sin síntomas, se recomienda la ingesta de hidratos de carbono de absorción rápida. En relación con los pacientes tratados con otras modalidades de tratamiento, la dosis requerida suele ser menor y no se recomienda aportar posteriormente hidratos de carbono de absorción lenta(19). En los pacientes tratados con sistemas AID, es especialmente relevante ajustar las cantidades de HC a las mínimas necesarias, para evitar que el incremento de la glucemia condicione un aumento de la insulina administrada automáticamente por el sistema, especialmente en los que se basan en algoritmos MPC y/o disponen de bolos correctores automáticos.

Solo se recomienda valorar la suspensión de la administración de la insulina en caso de glucemia <54 mg/dL(19).
Aunque en los sistemas AID y en los sistemas anteriores con función de suspensión automática (640G de Medtronic, 780G en modo manual, y Basal IQ Tandem), la administración de insulina se suspende automáticamente.

Hipoglucemia grave

Es la hipoglucemia asociada a trastornos cognitivos graves (alteración del nivel de conciencia o convulsiones) que requiere la ayuda de otras personas para resolverla y la administración de glucagón IM o intranasal y, en el entorno hospitalario, glucosa intravenosa(19).

Analizar las descargas de datos del sistema y determinar las causas de la hipoglucemia grave y valorar la presencia de alteraciones en la percepción de la hipoglucemia (hipoglucemias inadvertidas) es esencial para la prevención de recurrencias (Fig. 3).

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Figura 3.Tratamiento de la hipoglucemia en pacientes con diabetes mellitus tipo 1 con bomba o sistemas AID (Automated Insulin Delivery). *Los sistemas AID o sistemas con suspensión en predicción de hipoglucemia no precisan la suspensión manual. Adaptado de: Guías de la ISPAD 2022: Abraham MB, Karges B, Dovc K, Naranjo D, Arbelaez AM, Mbogo J, et al. ISPAD Clinical Practice Consensus Guidelines 2022: Assessment and management of hypoglycemia in children and adolescents with diabetes. Pediatr Diabetes. 2022; 23: 1322-40. Disponible en: https://doi.org/10.1111/pedi.13443.

Enfermedades intercurrentes en pacientes en tratamiento con sistemas híbridos de asa cerrada

Los niños y adolescentes con diabetes tipo 1 con buen control metabólico no tienen mayor riesgo de padecer enfermedades o procesos infecciosos ni de presentar una peor evolución en su caso que los niños sin diabetes(17). Sin embargo, el manejo de los procesos febriles o enfermedades comunes en la infancia puede suponer un reto, por el aumento del riesgo de descompensación metabólica en estas circunstancias.

En general, los procesos infecciosos febriles y la mayoría de las enfermedades tienden a aumentar la glucemia, debido al aumento de hormonas contrarreguladoras, que promueven: la glucogenólisis, la gluconeogénesis y la resistencia a la insulina. En las gastroenteritis o los casos que asocian vómitos o malabsorción intestinal, aumenta la tendencia a la hipoglucemia.

Los principios del manejo de la diabetes en caso de enfermedad intercurrente en niños en tratamiento con sistemas AID o sistemas ISCI no difieren de los tratados con MDI, aunque existen una serie de particularidades que hay que tener en cuenta (Tabla II).

tabla

Las náuseas y los vómitos pueden ser debidos a una deficiencia de insulina que resulte en hiperglucemia y cetosis, con riesgo de CAD, una enfermedad en sí misma (es decir, gastroenteritis, intoxicación alimentaria, etc.), o hipoglucemia grave. En caso de hiperglucemia con cetosis, siempre se debe administrar insulina de acción rápida, aunque el paciente presente vómitos, valorando la necesidad de aportar líquidos intravenosos con glucosa. En las infecciones gastrointestinales con tendencia a la hipoglucemia, suele ser preciso reducir las dosis de insulina entre un 20 % y 50 %(16). En los pacientes con bomba de insulina, esto supone: reducir las dosis basales programadas, ajustar las ratios y valorar el uso adicional de basales temporales más bajas. En los pacientes con sistemas AID se puede valorar pasar a modo manual o ajustar los parámetros que influyen en la administración de insulina por parte del algoritmo y el paciente. En el caso del sistema 780G de Medtronic: aumentar el objetivo y la duración de la insulina activa, desactivar las autocorrecciones o utilizar el objetivo temporal. En el caso del Control IQ- Tandem: reducir las dosis basales y/o utilizar el modo actividad. En el caso de la CamAPS-Ypsopump: aumentar el objetivo de glucosa personal y utilizar el modo ease off. En todos los casos, se deben ajustar los parámetros que determinan la dosis de insulina para las comidas (según el sistema) y se requiere una supervisión constante, ya que una reducción excesiva de la dosis podría provocar una deficiencia de insulina y aumentar el riesgo de cetosis y cetoacidosis. El hecho de que la glucemia se encuentra por debajo del objetivo programado, produce que el sistema reduzca o no administre, en absoluto, insulina basal durante varias horas. Por este motivo, puede ser preferible desactivar el modo automático y funcionar en manual.

La medición de los cuerpos cetónicos, en caso de tendencia a la hipoglucemia, nos indicará que el paciente precisa aumentar el aporte de glucosa oral o IV.

En caso de hipoglucemia persistente, se puede valorar administrar minidosis de glucagón que, aunque no serán efectivas en caso de depleción de los depósitos de glucógeno hepático (habitual en caso de vómitos o ayuno prolongado), se consideran seguras. La minidosis se administra con una jeringa de insulina después de preparar el glucagón con el diluyente proporcionado en el kit de glucagón, y se puede repetir pasados 30-60 minutos, si fuera necesario(19) (Tabla III).

tabla

 

Cirugía urgente en pacientes en tratamiento con sistemas

Cuando un paciente con diabetes tipo 1 deba someterse a una intervención quirúrgica, lo más conveniente es que se realice de forma programada, ya que se trata de una situación con riesgo de descompensación glucémica. El objetivo en relación con la diabetes es mantener la glucemia entre 90 y 180 mg/dL(20). Si el paciente es portador de monitorización continua de glucosa (MCG), puede mantenerla, pero se considera conveniente realizar adicionalmente controles de glucemia capilar, especialmente en caso de potencial interacción de los dispositivos utilizados durante la intervención y el sensor de glucosa (p. ej.: los bisturíes eléctricos). En casos de cirugía menor se puede mantener al paciente con su tratamiento con la bomba. En caso de tratarse de una intervención quirúrgica mayor urgente se debe suspender el tratamiento con la bomba y optar por una perfusión de insulina, como parte del manejo de la diabetes durante la intervención.

Función del pediatra de Atención Primaria

La función del pediatra de Atención Primaria frente a los pacientes con diabetes tipo 1 en tratamiento con sistemas ISCI o sistemas AID, es reconocer las situaciones que suponen un aumento del riesgo de descompensación metabólica, así como brindar recomendaciones para la prevención de cetoacidosis e hipoglucemia grave en caso de enfermedad intercurrente, especialmente las que cursan con fiebre o vómitos, y derivar al hospital a aquellos pacientes que, a pesar de seguir las medidas preventivas, mantienen un riesgo alto de complicaciones.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

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– Phelan H, Hanas R, Hofer SE, James S, Landry A, Lee W, et al. Sick day management in children and adolescents with diabetes. Pediatr Diabetes. 2022; 23: 912-25. Disponible en: https://doi.org/10.1111/pedi.13415.

Artículo que recoge las últimas recomendaciones de la ISPAD (International Society of Pediatric and Adolescents Diabetes), respecto al manejo de la diabetes en el contexto de las enfermedades intercurrentes.

– Kapellen T, Agwu JC, Martin L, Kumar S, Rachmiel M, Cody D, et al. ISPAD clinical practice consensus guidelines 2022: Management of children and adolescents with diabetes requiring surgery. Pediatr Diabetes. 2022; 23: 1468-77. Disponible en: https://doi.org/10.1111/pedi.13446.

Artículo que recoge las últimas recomendaciones de la ISPAD (International Society of Pediatric and Adolescents Diabetes), respecto al manejo de los pacientes pediátricos que requieren cirugía.

 

Caso clínico

 

Niño de 12 años diagnosticado de diabetes tipo 1 a los 8 años (debut en cetoacidosis leve, anti-GAD positivos, HbA1c: 12 %). En tratamiento desde hace 6 meses con análogo de insulina de acción rápida Aspart en sistema AID CamAPS-Ypsopump. Desde el diagnóstico, no ha presentado episodios de cetaocidosis ni hipoglucemia grave. Última HbA1c: 6,1 % (hace 1 mes). Descarga de datos de los últimos 14 días: tiempo en rango (70-180 mg/dL): 87 %. Hipoglucemia: <70 mg/dL: 2 %.

Acude a urgencias por hiperglucemia en torno a 300 mg/dL de 3 horas de evolución, coincidiendo con pico febril de 38,5ºC. Refiere febrícula en las 48 horas previas y un vómito tras la merienda hace 30 minutos. Sin dificultad respiratoria, diarrea ni otra sintomatología.

Constantes: temperatura: 38ºC. Frecuencia respiratoria: 20 rpm. Frecuencia cardiaca: 90 lpm. TA: 110/65 mmHg. Durante la exploración física, el paciente vomita de nuevo. Destaca una mucosa oral pastosa sin otros signos de deshidratación. Resto de la exploración física dentro de la normalidad.

 

 

Neurological emergencies in Pediatrics

H. Gómez Martín, M. Justel Rodríguez, A. Hernández Fabián
Topics on
Continuous Training



H. Gómez Martín, M. Justel Rodríguez, A. Hernández Fabián

Pediatric Neurology Unit. University Hospital of Salamanca

Abstract

Neurological emergencies are not the most frequent reason for attending Primary Care or Pediatric Emergency Departments. On many occasions, especially during our training, they can be difficult to deal with, generating some rejection and making us feel insecure in their management. Systematic assessment of these patients significantly helps their diagnosis and subsequent management. In most cases, a complete and detailed history and physical examination will be the only tools required to reach a correct diagnosis. Training in the identification of warning signs and symptoms, as well as the appropriate choice of diagnostic tests, will be key to accurate guidance. This article shows some of the neurological emergencies that we may encounter in our daily practice, such as syncope, altered level of consciousness, status epilepticus, acute hemiparesis, acute ataxia and acute hypotonia.

 

Resumen

Las urgencias neurológicas no son el motivo más frecuente de asistencia a los Servicios de Atención Primaria o Urgencias Pediátricas. En muchas ocasiones, en especial durante nuestra formación, pueden resultarnos difíciles de abordar, producirnos cierto rechazo y hacernos sentir inseguros en su manejo. Aplicar una evaluación sistemática en estos pacientes ayuda significativamente en su diagnóstico y tratamiento posterior. En la mayoría de las ocasiones, una historia clínica y una exploración física, completas y detalladas, serán las únicas herramientas que se necesiten para llegar a un diagnóstico adecuado. El entrenamiento en la identificación de signos y síntomas de alarma, así como la elección adecuada de pruebas diagnósticas, será clave para una orientación precisa. En este artículo se muestran algunas de las urgencias neurológicas que podemos encontrar en nuestra práctica diaria, como son: el síncope, la alteración del nivel de conciencia, el estatus epiléptico, la hemiparesia aguda, la ataxia aguda y la hipotonía aguda.

 

Key words: Syncope; Status; Hemiparesis; Ataxia; Hypotonia.

Palabras clave: Síncope; Estatus; Hemiparesia; Ataxia; Hipotonía.

 

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 79 – 94

 


OBJECTIVES

• To recognize the most frequent neurological emergencies in Pediatrics.

• To detect the factors that imply severity in syncope and altered level of consciousness.

• To delve into the therapeutic approach to status epilepticus.

• To understand the concept of “stroke mimics” and know the main clinical entities.

• To select the appropriate complementary tests based on the etiological suspicion of acute ataxia.

• To learn the main clinical conditions causing acute hypotonia.


 

 

Neurological emergencies in Pediatrics

Introduction

Neurological emergencies are not the most frequent reason for attending Primary Care or Pediatric Emergency Services. Training in the identification of warning signs and symptoms, as well as the appropriate choice of diagnostic tests, will be key to accurate guidance. This article shows some of the neurological emergencies that we can encounter in our daily practice, such as: syncope, altered level of consciousness, status epilepticus, acute hemiparesis, acute ataxia and acute hypotonia.

Syncope

The diagnosis of syncope depends on an adequate history and examination. Understanding the mechanisms of syncope helps with correct interpretation and minimizes diagnostic errors.

Definitions

Syncope is defined as a sudden, brief loss of consciousness and postural tone with spontaneous recovery. Presyncope refers to prodromal presentation without loss of consciousness.

Etiology

The etiologies associated with syncope in the pediatric population vary from autonomic/neurogenic dysfunction to hypertrophic cardiomyopathy and seizure disorders(1). Autonomic forms, especially vasovagal syncope, comprise up to 80%(2). Potentially serious etiologies are relatively rare, but require diagnostic consideration in the event of warning signs or symptoms (Fig. 1).

Figure 1. Causes and warning signs of potentially severe syncope. Adapted from: Callahan JM. 2015.

 

Classification

Reflex syncope, neuromediated or autonomic:

– Vasovagal syncope: it is the most common. It is due to cardiovascular autonomic dysregulation that leads to sudden and transient cerebral hypoperfusion. It is associated with emotional stress (fear, pain, vision of blood) or orthostatic stress (getting up quickly, standing for a long time, hot environment)(2). The presence of triggering factors such as: standing, environmental heat, intense emotions or prodromes with vegetative symptoms, followed by loss of consciousness lasting seconds with rapid recovery, point, in a healthy patient with no history of interest, to vasovagal syncope. Muscle jerks (tonic spasms or myoclonus) may appear if cerebral hypoperfusion is prolonged (convulsive syncope).

– Situational: similar to vasovagal syncope but with a specific trigger. In the context of coughing/sneezing, combing, urination, carotid sinus pressure, etc.

– Febrile syncope: many hypotonic febrile seizures or only with loss of consciousness could be febrile syncope. Performing an electrocardiogram (ECG) in these patients is recommended, since it may be the initial presentation of arrhythmogenic heart disease.

– Syncope due to orthostatic hypotension: due to autonomic dysfunction in vasoconstriction. The feeling of dizziness or “orthostatism” may appear when standing up quickly on multiple occasions, even without syncope occurring.

– Postural orthostatic tachycardia syncope: there is an increase in heart rate of 30-35 beats per minute upon standing along with prodromes similar to vasovagal syncope, which may be associated with a sensation of palpitations. Patients report intolerance to standing.

Cardiogenic syncope: related to arrhythmogenic or structural cardiac pathology. A personal history of congenital or acquired heart disease with residual cardiac dysfunction or arrhythmia, syncope while lying down or with effort, the presence of pathological murmurs, signs of heart failure or rhythm abnormalities will point towards cardiac pathology.

Epileptic seizure/convulsion: in those epileptic seizures that could be confused with vasovagal syncope, the loss of consciousness is usually of longer duration, the associated movements appear in the first moments of the episode and the recovery is longer, with postictal confusion or other neurological symptoms appearing.

Functional disorder: the episodes occur in front of witnesses, they may appear “theatrical” (eye movements, sighs, etc.) and injuries do not usually occur with the fall, since self-protection behaviors are preserved.

Others: sobbing spasms, metabolic syncope, basilar migraine, subarachnoid hemorrhage, etc.

Approach in the Emergency Room

Assessment

The goal of syncope evaluation is to identify potentially severe conditions. An initial study for pediatric patients with syncope includes(3):

Full history to identify previous events or triggering factors, and collect a description of the event that includes previous symptoms (prodromes) and recovery from the episode. Personal and family history of interest should be collected, especially the history of complex heart disease, sudden death at a young age, and sensorineural hearing loss.

Complete physical examination, including orthostatic vital signs (blood pressure and heart rate), complete cardiac examination and complete neurological examination.

ECG, a simple and non-invasive test that can be performed at the bedside. Particular attention should be paid to signs of hypertrophy or abnormal conduction times (e.g., long QT syndrome) or ST changes (e.g., Brugada syndrome).

Other studies:

Capillary blood glucose: if no recovery at the time of evaluation, if prolonged fasting or at-risk patients (e.g., hypoglycemic treatments).

EEG in its different varieties: indicated if an epileptic seizure is suspected, not as a routine.

Treatment

Initial stabilization will be a priority at the time of syncope. Subsequently, action will be taken based on the etiology that caused it.

The most effective treatment for autonomic and orthostatic causes of syncope is to ensure adequate fluid intake and avoid fasting. Small amounts of salty foods can also help maintain intravascular volume(3). It is advisable to train patients to lie down when they have prodromal symptoms to prevent syncope.

Referral for study

Patients with: cardiovascular disease or an abnormal cardiac examination, severe ECG abnormalities (e.g., prolonged QTc interval or complete heart blocks), syncope with chest pain or cyanotic episodes, apnea or focal neurological findings, toxic ingestion or orthostatic hypotension that does not respond to intravenous fluids(3,4). All patients with signs or symptoms of potentially severe syncope should be referred to Cardiology (Fig. 1)(3). Referral should be made to Neurology in the event of focal neurological findings, other neurological anomalies or a history suggestive of epilepsy/seizure(3,4).

Altered level of consciousness

An altered level of consciousness represents an emergency situation where early initial stabilization aimed at maintaining cardiorespiratory functions and avoiding neurological deterioration is essential.

Definitions

Consciousness is the physiological process through which the individual maintains a state of alert with full knowledge of himself and his environment. It relies on the functional and anatomical integrity of two structures: the cerebral cortex and the ascending reticular activating system (ARAS), which starts from the brain stem and projects to the cerebral cortex. Therefore, alterations in the level of consciousness originate from structural or functional dysfunction of the ARAS or at the cortico-subcortical level(5).

There is a spectrum of altered consciousness between full alertness and coma. Coma is the deepest degree of altered consciousness with lack of response to stimuli. Terms such as drowsiness, stupor, obtundation and lethargy should be avoided due to their subjectivity(6). Instead, there are objective scales to quantify the severity of coma, such as the Glasgow Coma Scale (GCS), which consists of the evaluation of ocular, verbal and motor responses. The state of consciousness is determined by adding the maximum value obtained in each section, which ranges between 3 and 15 (Table I)(7,8).

 

Etiology

The most frequent causes of altered level of consciousness in the pediatric population are: infections of the central nervous system (CNS), severe systemic infections, traumatic brain injury (TBI), hypoglycemia, poisoning, seizures and post-critical states(6,9). The most frequent causes are presented below, divided according to their etiology.

Primary brain alteration or structural alteration. Alteration in the level of consciousness, usually of rapid onset, with neurological focality and/or asymmetries in the physical examination.

– CNS infection: encephalitis, meningitis, abscess.

– TBI and diffuse axonal injury.

– CNS tumors.

– Vascular: hemorrhage (arteriovenous malformations, aneurysms, coagulopathy…) or ischemia (venous sinus thrombosis, thromboembolism…).

– Non-convulsive status and postcritical state.

– Hypoxic ischemic encephalopathy.

– Hydrocephalus.

Toxic-metabolic alteration. It usually has a progressive and fluctuating onset, normally without focality or asymmetries in the examination.

– Exogenous factors: toxics, drugs and medicines.

– Endogenous factors: severe systemic infection, hypo/hyperglycemia, ionic alterations, diabetic ketoacidosis, decompensation of metabolic diseases, etc.

Approach in the Emergency Room

Initial stabilization measures must be carried out early in any patient with an altered level of consciousness, without any of the complementary tests delaying them(6). Subsequently or while stabilization is being carried out, the history, physical examination and complementary tests aimed at identifying the cause will be carried out.

In the physical examination, some aspects are of special interest, such as:

Pupils: alterations in reactivity, symmetry and/or size of the pupils may indicate structural lesions or toxic-metabolic etiologies.

Eye movements: these include oculocephalic reflex (OCR, “doll eyes”) and oculovestibular (OVR). Both are equivalent and their presence indicates integrity of the midbrain, pons, and oculomotor nerves in a comatose patient. The OCR explores the conjugate deviation of the gaze in the opposite direction to the passive mobilization of the head, both vertically and horizontally. The OVR is produced after the instillation of cold water into the external auditory canal, and explores ocular deviation towards that ear, with compensatory nystagmus.

Fundus of the eye: the presence of papilledema may indicate intracranial hypertension (ICH). Retinal hemorrhage may indicate intracranial hemorrhage.

Complementary tests will be guided based on the findings of the examination and history, but the majority of patients with altered level of consciousness will require a complete blood and urine analysis, which includes detection of toxic substances, in addition to an ECG and a neuroimaging test. There is no neuroimaging of choice for the patient with altered level of consciousness, since this will depend on technical availability, the patient’s characteristics and the diagnostic approach(6) (Fig. 2).

Figure 2. Proposal for addressing the alteration of the level of consciousness in the Emergency Room. BP: blood pressure; CRP: C-reactive protein; CT: computed tomography; FH: family history; ECG: electrocardiogram; EEG: electroencephalogram; F-US: fontanelle ultrasound; GCS: Glasgow Coma Scale; HR: heart rate; ICP: intracranial pressure; MRI: magnetic resonance imaging; OCR: oculocephalic reflex; OTI: orotracheal intubation; OVR: oculovestibular reflex; PH: personal history; RR: respiratory rate; SE: status epilepticus; T: temperature; TBI: traumatic brain injury.

 

Treatment

The cornerstone of treatment will be initial stabilization, which includes measures and procedures aimed at maintaining respiratory and cardiocirculatory functions. It is also essential to urgently treat situations that may imply rapid neurological deterioration, such as the presence or suspicion of ICH. Measures to reduce ICH include: intubation and hyperventilation, sedation, elevation of the patient’s head and specific treatments, such as mannitol or hypertonic saline.

Etiological treatment will be essential to achieve full recovery, but in many cases, it cannot be carried out immediately until the results of complementary tests are available. Specific empirical treatments can be considered depending on the suspicion:

Naloxone: miosis, respiratory depression, and/or evidence of opioid use.

Flumazenil: suspected benzodiazepine poisoning.

Activated charcoal: consider if drug overdose is suspected, as long as the airway is protected.

Empirical antibiotic therapy and/or acyclovir: suspected sepsis or CNS infection.

Status epilepticus

Status epilepticus is the most common neurological emergency in pediatric patients. Early treatment with benzodiazepines is essential to end the seizure and reduce possible sequelae.

Definition

Status epilepticus (SE) is defined as an abnormally prolonged seizure that can cause long-term sequelae(10). It is due to the failure of the mechanisms responsible for ending the seizure; therefore, it typically does not resolve without medical intervention(10,11). The definition of SE has been debated over the years. Thus, from the classic concept of seizures lasting more than 30 minutes or repeated seizures without complete recovery between them, it has evolved to a current definition of greater complexity, which creates 3 main categories(10,12) (Fig. 3):

Figure 3. Categories of status epilepticus.

 

Early SE: epileptic seizure that lasts beyond the so-called time 1 (T1), after which it is unlikely that the seizure will end on its own. The duration of T1 varies depending on the type of seizure, between 5 minutes for a normal seizure generalized tonic-clonic seizure (GTCS) and the 10 minutes for focal or absence seizures. It is essential to start antiepileptic treatment to try to reduce the morbidity and mortality associated with SE.

Established SE: it continues despite the administration of first-line drugs at correct doses, usually more than 10-30 minutes.

Refractory SE: persistence of the seizure despite treatment with two different antiepileptic drugs at adequate doses, exceeding time 2 (T2), after which there is a high risk of long-term sequelae. The duration of T2 also varies between 30 minutes for GTCS, 60 minutes for focal and unknown in the case of absence seizures. The risk of severe complications requires more intensive treatment(11). Within the refractory SE, there are:

Super-refractory SE, if the duration is greater than 24 hours.

New-onset refractory status epilepticus (NORSE), which occurs in a patient without a history of epilepsy or other known or evident previous neurological pathology(13).

FIRES syndrome (febrile infection-related epilepsy syndrome), a subtype of NORSE that follows a febrile episode that occurs between 2 weeks and 24 hours before the onset of the seizure(12,13).

Classification

Currently, multiple classifications are used based on four different variables: seizure semiology, etiology, electroencephalographic (EEG) findings, and patient age. An attempt should be made to classify SE according to all the variables, taking into account that it is a dynamic process, since both the seizure semiology and the EEG pattern can vary(11,12) (Table II).

 

Epidemiology

SE is the most common neurological emergency in children(10-12,14), with high morbidity and mortality and a high probability of neurological sequelae(12). The incidence ranges between 4 and 58 per 100,000 inhabitants per year in the pediatric population(10-12). The highest incidence is observed in children under 2 years of age, probably due to a higher rate of symptomatic causes or a greater susceptibility due to brain immaturity(11). Up to 20-25% of patients with epilepsy will present at least one SE, with 10% of them being the first form of their epilepsy(12). The incidence of refractory SE ranges between 10 and 40% of SE, while super-refractory SE represents up to 10%(12).

Prognosis

The morbidity derived from a SE is high. There is more than a 15% probability of long-term neurological sequelae, such as motor deficits, intellectual disability or behavioral disorders(11,12). Approximately 20% will present at least one other SE, especially in the first year and in children with underlying neurological pathology(11). The probability of developing epilepsy after an SE reaches 25% in previously healthy children and 46% in children with neurological disorders(11). Short-term mortality is 3-5% and is mainly due to acute complications (respiratory failure, metabolic acidosis, intracranial hypertension, etc.), although it must be taken into account that the main cause of SE in children is febrile, whose estimated mortality is 0.2%(11,12).

Diagnosis

The following will be essential: a thorough medical history and a detailed physical examination(11). The former will include: possible history of trauma, infection, metabolic alteration or exposure to toxins, as well as the semiological characteristics of the seizure(11,12). In patients with known epilepsy, possible precipitating factors of decompensation should be investigated, such as: lack of adherence to treatment, intercurrent infectious process, diarrhea, vomiting, etc.(11). Complementary tests will be indicated in most processes, and will be fundamentally oriented towards the search for reversible causes(11,12,14) (Table III).

 

Treatment

Its objective, in addition to ending the seizure as early as possible to avoid sequelae, is to maintain vital functions and try to detect treatable and/or potentially more serious causes(12,14). Most clinical guidelines propose a stepwise treatment based on the time of evolution(12,15). The doses of each drug, as well as their main adverse effects, are shown in table IV. An algorithm is proposed in figure 4.

 

Figure 4. Treatment algorithm proposal of status epilepticus (SE). BRV: brivaracetam; BZD: benzodiazepines; CI: continuous infusion; CNZ: clonazepam; DZP: diazepam; GCS: Glasgow Coma Scale; IVIG: intravenous immunoglobulins; LEV: levetiracetam; LCS: lacosamide; MDZ: midazolam; OTI: orotracheal intubation; PB: phenobarbital; PER: perampanel; PHT: phenytoin; SE: status epilepticus; TPM: topiramate; VPA: valproic acid.

General measures. The first step in the management of SE is, as in any medical emergency, to secure the airway and maintain adequate oxygenation and ventilation. Continuous monitoring of vital signs and peripheral venous access should be initiated early, to detect possible analytical alterations (hypoglycemia, alterations in blood pH, etc.) and to be able to establish intravenous treatment early (antiepileptics, fluid therapy, vasoactive drugs, etc.)(11,12,14).

First-line treatment (active crisis, early SE). Benzodiazepines (BZD) constitute the first-line antiepileptic treatment due to their speed of action, their wide range of presentations, in addition to the intravenous one since they manage to jugulate up to 80% of prolonged seizures(11,12,14). For these reasons, the prevention of SE must include rescue antiepileptic medication to be administered by the main caregivers, who must be adequately instructed in its management(10). The most commonly used rescue antiepileptic medication options are rectal diazepam (Stesolid®) and oral midazolam (Buccolam®, Oroxelam®)(11,16). The mechanism of action of BZDs is to enhance the effect of GABA, the main inhibitory neurotransmitter. The most common side effects are: respiratory depression and arterial hypotension, although they are rare at adequate doses. It is recommended to administer between 1 and 2 full doses of BZD early to optimize its effectiveness without significant risk of side effects(12,15).

Second line treatment (established SE). It should begin between 10 and 15 minutes after the onset of the seizure, when BZD treatment has failed. There is currently no clearly superior drug, so its choice must be individualized according to the type of SE, the patient’s conditions and the possible side effects(11,12).

Third and fourth line treatment (refractory and super-refractory SE). Anesthetic drugs are used (BZD, thiopental, propofol, ketamine) whose objective will be induced coma, which should be maintained for 24-48 hours, during which future maintenance antiepileptic treatment will begin. Due to the complexity of this situation, management will ideally be carried out in a Pediatric Intensive Care unit. If SE persists for more than 24 hours or if it reappears after medication is withdrawn, 2nd and 3rd line drugs that have not been used previously should be used or different antiepileptic drugs and other options should be considered, such as: ketogenic diet, immunomodulatory treatment or epilepsy surgery.

Acute hemiparesis/stroke

Recognition and differential diagnosis of acute hemiparesis is challenging, particularly at early ages. Clinical findings combined with neuroimaging are essential for diagnosis and treatment.

Definition

The onset of acute hemiparesis/hemiplegia in a pediatric patient is always worrying. Although the etiology is diverse, cerebral stroke must be included in the differential diagnosis, quickly activating all the protocols established in our environment.

Correct clinical identification of acute hemiparesis avoids unnecessary diagnostic or therapeutic procedures and allows the early implementation of specific therapeutic measures for each etiology, some of them severe.

Etiology

Cerebrovascular accident/stroke

We can distinguish between ischemic stroke (arterial or venous) and hemorrhagic stroke. The underlying risk factors are diverse, such as: focal cerebral arteriopathy, arterial dissection, structural heart disease, sickle cell anemia or arteriovenous malformation, among many other causes. Arterial ischemic strokes most commonly present with a focal neurological deficit, such as hemiparesis, which is the most common focal manifestation. Hemorrhagic strokes present more frequently with headache or altered mental status compared with ischemic arterial strokes. Epileptic seizures can occur in all types.

Stroke mimics

These are entities that are difficult to clinically differentiate from stroke. They must be taken into account due to their frequency and because some are serious neurological pathologies that require urgent diagnosis and treatment. Among them are: hemiplegic migraine, Todd’s paralysis, acute disseminated encephalomyelitis (ADEM), alternating hemiplegia, brain tumors, CNS infections, stroke-like in mitochondrial diseases, hypoglycemia, psychogenic symptoms and poisoning(17). Table V shows the characteristics of some stroke simulators.

The gradual and progressive spread of one aura symptom after another, the presence of positive symptoms, such as visual flashes or paresthesias, or the association with nausea, vomiting, photophobia and phonophobia, is suggestive of migraine.

The presence of previous paroxysmal symptoms, such as muscle contractions, cephalic version or loss of consciousness, together with the recovery of hemiparesis in a short period of time, should make us suspect an epileptic seizure.

The presence of clinical findings inconsistent with neurological pathology, during the clinical history or examination, may be related to a functional etiology.

Approach in the Emergency
Room

Assessment

Clinical history and physical examination: precision in the initial evaluation of the patient is a fundamental tool in the differential diagnosis of acute hemiparesis (Algorithm 1). Family history of similar conditions, previous high-risk diseases (congenital heart disease, sickle cell anemia, arthropathies), use of drugs, progression and duration of hemiparesis, accompanying and preceding symptoms must be evaluated in detail. The neurological examination must be complete, paying special attention to the location of the lesion, evaluation of the level of consciousness and the progression over time of the signs and symptoms. The pediatric examination should not overlook the identification of signs of infection, as well as a complete cardiological examination with blood pressure measurement.

Neuroimaging: urgent neuroimaging will be necessary in case of suspected recent onset hemiparesis.

Magnetic resonance imaging (MRI), if possible MRI angiography, is preferred for the differential diagnosis. It has better temporal, spatial and diagnostic resolution, but it is unlikely to be available on an emergency basis(18). Rapid protocols that prioritize diffusion-weighted images(19) are very useful in the first hours to differentiate a stroke from its simulators.

Cranial computed tomography (CT) allows for studies to be performed in a short time and to quickly identify cranial hemorrhages or tumors, but may be normal in the first hours of the ischemic stroke. In the case of suspected ischemic stroke, perfusion CT and CT angiography can improve detection, identify large vessel occlusion, and estimate the core of the infarct and the penumbra area. These are studies with a higher radiation rate than the conventional technique, which should be requested only in cases of high suspicion of stroke, if urgent MRI is not available.

Additional studies(18): it is advisable to perform a blood test that includes full blood count and biochemistry with: blood glucose, ions, liver function, kidney function, clotting, lactic acid and markers of infection. Blood or CSF analytical studies can help in the differential diagnosis, for example, of infectious and metabolic processes (MELAS), among others.

A lumbar puncture would be indicated: when there are no contraindications, if there are signs of infection, autoinflammatory/autoimmune disorders, metabolic disease or suspected subarachnoid hemorrhage not confirmed by imaging.

Treatment

Initial stabilization is a priority in a patient with acute hemiparesis. These patients require admission to the PICU. Neuroprotective measures, such as maintaining homeostasis, adequate ventilation and oxygenation, or avoiding hypotension, among others, should be started as soon as possible.

The specific treatment will depend on the defined cause:

Pediatric stroke: treatment is based on brain protection, assessment of revascularization techniques/reperfusion, treatment of sequelae and triggering factors. Specific treatment will depend on the type of stroke, the presence of brain hemorrhage, and other individual factors. Reperfusion therapies could be applied in selected pediatric patients with ischemic stroke in the first hours, both with tissue plasminogen activator (tPA) and thrombectomy. It will be necessary to know the existence, or not, of a “Pediatric Stroke Code” in our environment, in order to reduce the time of diagnosis and treatment of these patients. In all cases, it is essential to: maintain adequate ventilation and oxygenation, normoglycemia, normothermia, avoid hypotension and epileptic seizures(17). It is recommended to start early preventive treatment to avoid recurrences, with anticoagulants (low molecular weight heparin or unfractionated heparin) or antiplatelet agents (aspirin).

Hemiplegic migraine: in the acute episode, symptomatic treatment of the headache and accompanying symptoms is recommended. The use of triptans is controversial. In severe cases, parenteral corticosteroids may be used. As preventive treatment, the same drugs as for other migraines could be used. Verapamil has been recommended in those patients with many auras. Acetazolamide has been used in patients with familial hemiplegic migraine.

Alternating hemiplegia: Flunarizine is the drug most commonly used to reduce the frequency and intensity of episodes.

Epileptic seizures: the rescue treatment for epileptic seizures continues to be benzodiazepines (diazepam, midazolam). If it is epilepsy, the maintenance antiepileptic drug should be chosen based on the characteristics of the patient and the type of epilepsy.

Acute Disseminated Encephalomyelitis (ADEM): the mainstay of treatment is high-dose intravenous glucocorticoids. Other options are intravenous immunoglobulins and plasmapheresis.

Mitochondrial encephalopathy, lactic acidosis and “stroke-like” episodes (MELAS): Arginine supplementation has been used to treat acute episodes and as maintenance. Epileptic seizures must be treated vigorously. The use of urgent intravenous saline with dextrose is recommended to maintain energy supply and cerebral perfusion during an acute episode.

Prognosis

Initiating adequate treatment in the shortest possible time is essential in the face of acute hemiparesis, being one of the factors most closely related to prognosis. Any intervention to improve outcomes, such as applying neuroprotective measures from the beginning, could benefit the patient throughout their life(20).

In the case of stroke in Pediatrics, approximately 75% of patients suffer long-term neurological morbidity(21). Reducing the time of care and treatment of these patients will favor their optimal long-term prognosis.

Acute ataxia

Although acute ataxia in pediatric age is frequently due to poisoning or self-limited post-infectious symptoms, the identification and treatment of other potentially serious causes should be as early as possible. There is a time limit after which recovery of established cerebellar damage is not possible.

Definition

Ataxia refers to alterations in the coordination of posture and movement. Acute ataxia is one with a duration of less than 72 hours. Some authors include a duration of less than 7 days.

Pathophysiology of ataxia(22)

The origin of ataxia is related to the alteration of the structures that regulate balance and coordination.

Cerebellar origin: damage isolated to the cerebellum or in combination with other connected brain structures, such as the brainstem. It is divided into: kinetic or hemispheric ataxia (dysmetria, dysdiadochokinesia, tremor), static or vermian ataxia (truncal ataxia, increased base of support) and global ataxia. Nystagmus is multidirectional and Romberg test is negative.

Vestibular origin: associated with dysfunction of the vestibular system. It is characterized by unstable gait with inclination/deviation of the postural axis and associated sensation of vertigo. Horizontal nystagmus and positive Romberg test with a latency period are observed.

Sensory origin: involvement of the proprioception due to damage to the posterior spinal cords or peripheral sensory nerves. Walking is unsafe with sudden corrections and may be accompanied by paresthesias. There is hyporeflexia and Romberg test is positive. It is the ataxia that can be associated with Guillain-Barré syndrome.

Approach in the Emergency Room

Clinical history

The following should be inquired: time of evolution, recent infections or vaccinations, symptoms of current infection, accompanying symptoms and their progression. One should ask about the possibility of access to toxic substances or head trauma, as well as personal and family history.

Physical exploration

It must be general, including taking constants. During the neurological examination, special attention should be paid to focal neurologic deficit, level of consciousness and signs of intracranial hypertension or nervous system infection. Regarding the ataxia itself, assess:

Alteration of posture and gait(23). Imbalance, increased base of support, inability to walk or sit. Some maneuvers are useful, such as the Romberg test (it especially evaluates proprioception) or the Barany test, in which the patient remains seated with eyes closed and arms extended in front, which should not deviate (it especially evaluates the vestibular system).

Alteration of limb movement. The following should be highlighted:

– Dysmetria. Inability to reach objects with hands, arms or legs. It is examined using index-nose and heel-knee tests.

– Action and postural tremor. The patient will pour water from one glass to another.

– Dysdiadochokinesia. Inability to synchronous alternating movements. It is explored by using the hand movement of screwing in a light bulb or alternately tapping the palm/back of the hands on the thighs.

Language alteration. It includes mutism and dysarthria with slow, explosive, and often nasal speech.

Alteration of muscle tone. Hypotonia, especially after acute cerebellar injury.

Oculomotor alterations. Fixation and pursuit deficits, nystagmus, alignment disorder, oculomotor apraxia, etc.

Cognitive alteration. Abnormality of executive functions and visuospatial disorders, inability to read and write, and inappropriate behaviors. There may be problems with: attention, perseveration, impulsivity, anhedonia and passivity.

Emotional alterations.

 

Some data suggestive of severe neurological pathology in acute ataxia are: age over 5 years, presence of hypo/areflexia, dysmetria, alteration of consciousness or visual alteration (diplopia, papilledema, decreased visual field)(24).

Complementary tests

Urgent neuroimaging will be performed in: ataxia with altered level of consciousness, signs of intracranial hypertension, neurological focality, asymmetry of ataxia or history of head trauma(25). Patients under 5 years of age with previous viral infection, without signs or symptoms of extracerebellar involvement, can be managed without lumbar puncture or neuroimaging(25).

Approach in the Emergency Room according to etiology

Among the multiple causes of ataxia, infectious or parainfectious etiology is the most common. A global approach in the Emergency Department can be found in algorithm 2.

Postinfectious acute cerebellar ataxia(26). It is the most common cause of ataxia. It affects patients aged 1-6 years and is an autoimmune reaction to a viral or bacterial infection. The agents that have been most related are: Varicella-zoster, Epstein-Barr, Coxackie, Echovirus, Enterovirus, Parvovirus, Mycoplasma pneumoniae and Borrelia burgdorferi. A few days or weeks after an infection, truncal ataxia, difficulties standing and intention tremor appear. Complementary tests are normal. The prognosis is favorable, without requiring treatment given its self-limiting nature.

Acute cerebellitis. Similar to the previous clinical picture, but also associating: affectation of general condition, fever, vomiting, headache, photophobia and/or altered level of consciousness. There is elevation of acute phase reactants and pleocytosis or hyperproteinorrachia in CSF. Cranial MRI shows cerebellar edema, either global or focal. The treatment is etiological, of the infection. The effectiveness of corticosteroids is doubtful. Despite its severity, with appropriate treatment, the prognosis is favorable in the majority of cases.

Cerebellar abscess. Generally due to extension of an ENT infection. It manifests with: fever, headache and cerebellar ataxia. The treatment is etiological for the infection, and may require neurosurgical treatment.

Rhombencephalitis. Rare infection, associated with Listeria, Varicella-zoster or Enterovirus 71. It manifests as febrile ataxia and meningism. In CSF there may be pleocytosis and, in cranial MRI, involvement of the trunk and cerebellum.

Opsoclonus-myoclonus-ataxia syndrome. It mainly appears in children under 4 years of age. It is an immune-mediated, paraneoplastic, parainfectious or idiopathic condition. Neuroblastoma is the neoplasm with which it is most related. Ataxia may be the first manifestation. It associates: myoclonus (sudden muscle contractions), opsoclonus (chaotic, brief and intermittent eye movement), irritability and sleep disturbances. Opsoclonus tends to be the later manifestation or may even be absent. Immunomodulatory treatment, for example, with corticosteroids, immunoglobulins and/or rituximab, has substantially improved the prognosis of patients. Untreated or undertreated patients usually present neurodevelopmental and behavioral sequelae.

Miller-Fisher Syndrome(27). Variant of Guillain-Barré syndrome, which presents with the triad ataxia, areflexia and ophthalmoplegia. Hyperproteinorrachia may be found. Treatment is based on the use of immunoglobulins or plasmapheresis. The outcome is usually favorable with optimal recovery after 6 months.

Acute disseminated encephalomyelitis (ADEM). Rare acute demyelinating disease that affects the brain, spinal cord and/or optic nerves, after a previous infectious condition. Neurological manifestations include: pyramidal signs, hemiparesis, ataxia, cranial nerve palsies, seizures and encephalopathy. The MRI shows demyelinating lesions. Treatment is based on high-dose corticosteroids, immunoglobulins and/or plasmapheresis. Although there may be catastrophic forms, the overall outcome is favorable in most cases.

Acute labyrinthitis. Probably of viral origin, with ataxia, intense vertigo and nystagmus. Treatment with corticosteroids is useful.

Neoplasms. Ataxia can appear as a symptom in tumors of the cerebellum, brain, pons, and spinal cord.

Post-concussion syndrome. After head or neck trauma. It associates headache, vomiting and confusion.

Cerebellar stroke. The most frequent clinical manifestations are: ataxia, vertigo, vomiting and headache. It is confirmed by neuroimaging. Neurosurgical treatment may be required in cases with hemorrhage or large edema, for decompression.

Toxic-metabolic. Ataxia may appear in the context of metabolic abnormalities, such as hypoglycemia, hyponatremia and hyperammonemia. Also, due to accidental or provoked ingestion of toxic substances: alcohol, benzodiazepines, opioids, antihistamines, antiepileptics, among others.

Functional disorder. Inconsistencies are found in the examination.

Acute hypotonia

Hypotonia can appear acutely as a sign of multiple systemic disorders. The accompanying symptoms will be essential to properly guide the diagnosis.

Definition

Hypotonia is defined as the decrease in the resistance of the muscles to passive stretching, compared to weakness, which is the decrease in the maximum force that can be generated voluntarily. Hypotonia can arise from injury to any region of the nervous system or be influenced by other circumstances, such as stress or visceral pain. Hypotonia may occur with or without weakness; whereas weakness always implies hypotonia. This article focuses on entities with an acute onset, so those with a chronic course, such as spinal muscular atrophy, will not be addressed.

Classification(28)

Depending on the location of the lesion, it has traditionally been divided into hypotonia of central and peripheral origin, with symptoms corresponding to first and second motor neuron lesions, respectively. However, sometimes it is not easy to make this distinction, due to overlapping characteristics of both conditions (mixed hypotonia).

Central hypotonia. The most frequent. It occurs due to involvement of the central nervous system (CNS). Hypotonia will be predominantly axial, with preserved limb movements against gravity. Deep tendon reflexes (DTR) will be normal or elevated. There may be altered contact or level of consciousness and epileptic seizures. Neuroimaging may be altered. The main causes are:

Acute encephalopathy. It includes: hypoxic-ischemic encephalopathy (the most common cause of acute neonatal hypotonia), cerebrovascular accidents, acute toxic-metabolic disorders and CNS infections. They require early detection and treatment to reduce sequelae.

Chromosomopathies or genetic alterations. There are usually accompanying phenotypic features and hypotonia is chronic. Some examples are: trisomy 21, Prader-Willi syndrome, Williams syndrome, etc.

Inborn errors of metabolism. Some present acutely after an asymptomatic period.

Congenital anomalies of the CNS.

Others. Trauma at the cranio-spinal level, heart failure or other systemic affections.

Peripheral hypotonia(29). Involvement of the peripheral nervous system (PNS). Hypotonia will be global, both axial and distal, with associated muscle weakness(30). DTRs will be decreased or absent. There is no alteration in contact or level of consciousness and the neuroimaging is normal. It may be associated with: ventilation and swallowing disorders, elevation of muscle enzymes (CK), muscle atrophy and fasciculations. Depending on the location of the injury, the main causes are:

Anterior horn motor neuron: spinal muscular atrophy, chronic course.

Peripheral nerve: neuropathies, chronic course.

Neuromuscular junction: myasthenic syndromes; some of them, such as myasthenia gravis or botulism, can be acute in onset.

Muscle fiber: congenital myopathies and muscular dystrophies, of chronic course.

Physical examination

Any pediatric examination should include a basic neurological examination, in which muscle tone will be evaluated. Tone is examined in neonates or small infants using techniques such as ventral suspension, traction maneuver, vertical suspension, or the scarf sign. At later ages, it is explored through passive mobilization, grading from 1 to 4 using the Ashworth scale. Hypotonia must be differentiated from hyperelasticity or increased range of motion of a joint without hypotony. Strength is examined through the ability to maintain antigravity posture of limbs or the response to resistance. Fatiguability is explored by repeating movements (opening and closing hands) or maintaining a posture for a few minutes (looking up).

Approach based on etiology

Acute myelitis(31). It is a neuroinflammatory condition of the spinal cord. In relation to viral (enterovirus) or autoimmune processes. After a febrile process, hours or days later, a picture of flaccid paralysis, hypotonia and areflexia begins, with an asymmetric distribution. The most important complication is respiratory failure and dysautonomia. The MRI is altered, with increased T2 signal in the gray matter of the spinal cord, whether or not associated with increased signal from nerve roots. Pleocytosis is usually present in the CSF. In addition to CSF cultures and serologies, pharyngeal and rectal swabs should be requested to rule out viruses. The diagnosis is made by imaging and microbiological confirmation. Treatment is supportive, along with corticosteroids.

Guillain-Barré syndrome(32). It is the most common cause of acute neuromuscular weakness. Its etiology is autoimmune, after infections by Campylobacter jejuni, Cytomegalovirus, Mycoplasma pneumoniae or Influenza virus. It generally begins with distal and symmetrical paresthesias, followed by ascending weakness with rapid progression. There are atypical forms, starting in the upper extremities or facial muscles. Hyperproteinorrachia may appear in CSF. The electroneurogram (ENG) shows slowing of conduction velocity. Treatment is carried out with immunoglobulins or plasmapheresis. The outcome is usually favorable in weeks-months. 10-20% will present persistent motor deficits.

Childhood/juvenile myasthenia gravis. It is an autoimmune condition due to anti-acetylcholine (ACh) receptor antibodies, among others. It can be associated with other autoimmune diseases, such as Hashimoto’s disease or autoimmune polymyositis. The initial manifestation is usually: ptosis, strabismus and diplopia, but the pupils are usually not affected. In adolescents it is more common for it to evolve into a generalized form, with hypotonia and global fatigue. There is a life-threatening risk due to the involvement of the respiratory muscles. It is important to demonstrate fatigue for the diagnosis. Complementary tests include: serological tests to identify antibodies; pharmacological test with edrophonium, an acetyl-cholinesterase (AChE) inhibitor drug that temporarily improves symptoms, which will be carried out in a hospital environment; and electrophysiological test (ENG). Treatment is with pyridostigmine, an AChE inhibitor. In generalized forms, immunosuppressants must be combined. Thymectomy is not an intervention of choice in the pediatric age, except in cases of resistance to conventional treatment.

Botulism(33,34). It is due to exposure to Clostridium botulinum (CB) toxin through ingestion of contaminated food, through wounds or by inhalation. The following are considered risky environments: rural areas, construction areas, exposure to dust or contact with animals. The toxin produces a blockade of the presynaptic release of ACh at the neuromuscular junction. It causes mydriasis and progressive descending flaccid paralysis, which can lead to respiratory failure. Affectation in infants is rare. There are mild forms, with poor crying, hypoactivity and constipation. The diagnosis consists of identifying the toxin in feces and/or blood or identifying the pathogen in the digestive tract. Treatment requires stabilization and support measures. In severe cases, botulinum antitoxin of equine origin or specific human immunoglobulin can be used. The prognosis is favorable, generally, with full recovery within several weeks and a mortality rate of less than 1%.

Role of the Primary Care pediatrician

If a pediatric patient presents to the Primary Care clinic with a neurological emergency, the pediatrician’s role should focus on initial stabilization and early out-of-hospital treatment, such as in epileptic seizures. In addition, the Primary Care pediatrician is a fundamental figure for the activation of emergency/transportation services and the coordination with hospital services, when transfer is necessary.

In cases where the patient arrives stable or the event has resolved, the pediatrician will assume the main role in the approach and diagnosis of patients, referring only necessary cases to hospital specialists.

Conflict of interests

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

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The asterisks show the interest of the article in the authors’ opinion.

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Diagnostic approach to neonatal neuromuscular pathology, whose approach scheme is easy to understand and suitable for all audiences.

 

Clinical case

 

A 21-day-old neonate who attends the Emergency Room due to irritability, weakness, and refusal of feedings, during the last 24 hours. No bowel movement in the last 48 hours. Fever, no respiratory symptoms.

Family background: healthy non-consanguineous parents. He is the only child of the couple.

Personal history: spontaneous pregnancy of normal course. Eutocic delivery at 41 +3 weeks of gestation. Apgar 9/10. Non incidental perinatal period. Normal birth biometry. Currently breastfeeding with good suction and swallowing. Normal metabolic and hearing screenings.

Examination: Pediatric evaluation triangle (PET): decompensated shock. Bad general condition. Poor distal perfusion. Eupneic, no respiratory distress. Glasgow Coma Scale 8 (Ocular1, Verbal2, Motor5). The following stands out: whining when crying, absence of spontaneous eye opening, non-reactive bilateral mydriasis, poor spontaneous mobility, global hypotonia and abolished deep tendon reflexes.

He was admitted in the Neonatal Unit.

 

 

 

 

Urgencias neurológicas en Pediatría

H. Gómez Martín, M. Justel Rodríguez, A. Hernández Fabián
Temas de FC


H. Gómez Martín, M. Justel Rodríguez, A. Hernández Fabián

Unidad de Neuropediatría. Hospital Universitario de Salamanca

Resumen

Las urgencias neurológicas no son el motivo más frecuente de asistencia a los Servicios de Atención Primaria o Urgencias Pediátricas. En muchas ocasiones, en especial durante nuestra formación, pueden resultarnos difíciles de abordar, producirnos cierto rechazo y hacernos sentir inseguros en su manejo. Aplicar una evaluación sistemática en estos pacientes ayuda significativamente en su diagnóstico y tratamiento posterior. En la mayoría de las ocasiones, una historia clínica y una exploración física, completas y detalladas, serán las únicas herramientas que se necesiten para llegar a un diagnóstico adecuado. El entrenamiento en la identificación de signos y síntomas de alarma, así como la elección adecuada de pruebas diagnósticas, será clave para una orientación precisa. En este artículo se muestran algunas de las urgencias neurológicas que podemos encontrar en nuestra práctica diaria, como son: el síncope, la alteración del nivel de conciencia, el estatus epiléptico, la hemiparesia aguda, la ataxia aguda y la hipotonía aguda.

 

Abstract

Neurological emergencies are not the most frequent reason for attending Primary Care or Pediatric Emergency Departments. On many occasions, especially during our training, they can be difficult to deal with, generating some rejection and making us feel insecure in their management. Systematic assessment of these patients significantly helps their diagnosis and subsequent management. In most cases, a complete and detailed history and physical examination will be the only tools required to reach a correct diagnosis. Training in the identification of warning signs and symptoms, as well as the appropriate choice of diagnostic tests, will be key to accurate guidance. This article shows some of the neurological emergencies that we may encounter in our daily practice, such as syncope, altered level of consciousness, status epilepticus, acute hemiparesis, acute ataxia and acute hypotonia.

 

Palabras clave: Síncope; Estatus; Hemiparesia; Ataxia; Hipotonía.

Key words: Syncope; Status; Hemiparesis; Ataxia; Hypotonia.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (2): 79 – 94

 


OBJETIVOS

• Conocer las urgencias neurológicas más frecuentes en Pediatría.

• Detectar los factores que implican gravedad en el síncope y la alteración del nivel de conciencia.

• Profundizar en el abordaje terapéutico del estatus epiléptico.

• Entender el concepto de “stroke mimics” y conocer las principales entidades clínicas.

• Seleccionar las pruebas complementarias adecuadas en función de la sospecha etiológica ante una ataxia aguda.

• Aprender los principales cuadros clínicos causantes de hipotonía aguda.

 

Urgencias neurológicas en Pediatría

Introducción

Las urgencias neurológicas no son el motivo más frecuente de asistencia a los Servicios de Atención Primaria o Urgencias Pediátricas. El entrenamiento en la identificación de signos y síntomas de alarma, así como la elección adecuada de pruebas diagnósticas, será clave para una orientación precisa. En este artículo se muestran algunas de las urgencias neurológicas que podemos encontrar en nuestra práctica diaria, como son: el síncope, la alteración del nivel de conciencia, el estatus epiléptico, la hemiparesia aguda, la ataxia aguda y la hipotonía aguda.

Síncope

El diagnóstico del síncope depende de una adecuada anamnesis y exploración. La comprensión de los mecanismos del síncope ayuda a la correcta interpretación y minimiza los errores diagnósticos.

Definiciones

El síncope se define como una pérdida repentina y breve del conocimiento y del tono postural con recuperación espontánea. El presíncope hace referencia a la presentación prodrómica sin pérdida de conciencia.

Etiología

Las etiologías asociadas con el síncope en la población pediátrica varían desde disfunción autonómica/neurogénica hasta miocardiopatía hipertrófica y trastornos convulsivos(1). Las formas autonómicas, en especial el síncope vasovagal, comprenden hasta el 80 %(2). Las etiologías potencialmente graves son relativamente raras, pero requieren una consideración diagnóstica ante signos o síntomas de alarma (Fig. 1).

Figura1

Figura 1. Causas y signos de alarma del síncope potencialmente grave. Adaptado de: Callahan JM. 2015.

 

Clasificación

Sincope reflejo, neuromediado o autonómico:

- Síncope vasovagal: es el más frecuente. Se debe a una disregulación autonómica cardiovascular que conduce a una hipoperfusión cerebral brusca y transitoria. Se asocia a estrés emocional (miedo, dolor, visión de sangre) u ortostático (ponerse de pie rápido, estar de pie mucho tiempo, ambiente caluroso)(2). La presencia de factores desencadenantes como: bipedestación, calor ambiental, emociones intensas o de pródromos con clínica vegetativa, seguidos de pérdida de conciencia de segundos de duración con recuperación rápida, apuntan, en un paciente sano sin antecedentes de interés, a un sincope vasovagal. Pueden aparecer sacudidas musculares (espasmos tónicos o mioclonías), si la hipoperfusión cerebral se prolonga (síncope convulsivo).

- Situacional: similar a un síncope vasovagal con un desencadenante específico. En el contexto de tos/estornudo, peinado, micción, presión del seno carotídeo, etc.

- Síncope febril: muchas crisis febriles hipotónicas o solo con pérdida de conciencia, podrían ser síncopes febriles. Se recomienda realizar electrocardiograma (ECG) en estos pacientes, ya que puede ser la presentación inicial de una cardiopatía arritmogénica.

- Síncope por hipotensión ortostática: se debe a disfunción autonómica en la vasoconstricción. La sensación de mareo u “ortostatismo” puede aparecer al incorporarse con rapidez en múltiples ocasiones, incluso, sin que se produzca el síncope.

- Síncope de taquicardia ortostática postural: se presenta un incremento de la frecuencia cardiaca de 30-35 latidos por minuto con la bipedestación y pródromos similares al síncope vasovagal, pudiendo asociar sensación de palpitaciones. Los pacientes refieren intolerancia a estar de pie.

Síncope cardiogénico: relacionados con patología cardiaca arritmogénica o estructural. La historia personal de enfermedad cardiaca congénita o adquirida con disfunción cardiaca residual o arritmia, los síncopes en decúbito o con esfuerzo, la presencia de soplos patológicos, signos de insuficiencia cardiaca o anormalidades del ritmo centrarán la atención en patología cardiaca.

Crisis epiléptica/convulsión: en aquellas crisis epilépticas que pudieran confundirse con un síncope vasovagal, la pérdida de conciencia suele ser de mayor duración, los movimientos asociados aparecen en los primeros momentos del episodio y la recuperación es más prolongada, apareciendo confusión postictal u otros síntomas neurológicos.

Trastorno funcional: los episodios ocurren ante testigos, pueden parecer “teatralizados” (movimientos oculares, suspiros, etc.) y no suelen producirse lesiones con la caída, ya que se preservan las conductas de autoprotección.

Otros: espasmos del sollozo, síncopes metabólicos, migraña basilar, hemorragia subaracnoidea, etc.

Abordaje en Urgencias

Evaluación

El objetivo de la evaluación del síncope es identificar condiciones potencialmente graves. Un estudio inicial para los pacientes pediátricos con síncope comprende(3):

Historia completa, que permita identificar los acontecimientos previos o factores precipitantes, recoger una descripción del evento que incluya los síntomas previos (pródromos) y la recuperación del episodio. Se debe recoger la historia personal y familiar de interés, en especial los antecedentes de cardiopatías complejas, muerte súbita temprana y pérdida auditiva neurosensorial.

Examen físico completo, que incluya signos vitales ortostáticos (tensión arterial y frecuencia cardiaca), examen cardiaco completo y examen neurológico completo.

ECG, una prueba sencilla y no invasiva que puede realizarse a pie de cama. Se debe prestar especial atención a signos de hipertrofia o tiempos de conducción anormales (p. ej.: síndrome de QT largo) o cambios en el ST (p. ej.: síndrome de Brugada). 

Otros estudios:

Glucemia capilar: si no recuperación en el momento de la evaluación, si ayuno prolongado o pacientes de riesgo (p. ej.: tratamientos hipoglucemiantes).

EEG en sus distintas variedades: indicado si se sospecha crisis epiléptica, nunca de rutina.

Tratamiento

La estabilización inicial será prioritaria en el momento del síncope. Posteriormente, se actuará en función de la causa que lo ha provocado.

El tratamiento más eficaz para las causas autonómicas y ortostáticas del síncope es asegurar una ingesta adecuada de líquidos y evitar el ayuno. Pequeñas cantidades de alimentos salados también pueden ayudar a mantener el volumen intravascular(3). Es recomendable entrenar a los pacientes para que se tumben cuando tengan síntomas prodrómicos para prevenir el síncope.

Derivación para estudio

Requieren ingreso los pacientes con: enfermedad cardiovascular o un examen cardiaco anormal, anomalías graves del ECG (p. ej.: intervalo QTc prolongado o bloqueos cardiacos completos), síncope con dolor torácico o episodios cianóticos, apnea o hallazgos neurológicos focales, ingestión tóxica o hipotensión ortostática que no responde a los líquidos intravenosos(3,4). Se debe remitir a cardiología a todos los pacientes con signos o síntomas de síncope potencialmente grave (Fig. 1)(3). Se debe remitir para valoración por neurología ante hallazgos neurológicos focales, otras anomalías neurológicas o antecedentes sugerentes de epilepsia/crisis epiléptica(3,4).

Alteración del nivel de conciencia

La alteración del nivel de conciencia supone una situación de emergencia donde es fundamental una estabilización inicial precoz orientada a mantener las funciones cardiorrespiratorias y evitar el deterioro neurológico.

Definiciones

La conciencia es el proceso fisiológico mediante el cual el individuo mantiene un estado de alerta con pleno conocimiento de sí mismo y de su entorno. Depende de la integridad funcional y anatómica de dos estructuras: la corteza cerebral y el sistema reticular activador ascendente (SRAA), el cual parte del tronco del encéfalo y se proyecta hasta la corteza cerebral. Por tanto, las alteraciones del nivel de conciencia se originan por disfunción estructural o funcional del SRAA o a nivel córtico-subcortical(5).

Existe un espectro de alteración de la conciencia entre la alerta total y el coma. El coma es el grado más profundo de alteración de la conciencia con ausencia de respuesta a estímulos. Los términos como somnolencia, estupor, obnubilación y letargia deben evitarse debido a la subjetividad de los mismos(6). En su lugar, existen escalas objetivas para cuantificar la gravedad del coma, como la Escala de Coma de Glasgow (GCS), que consiste en la evaluación de las respuestas ocular, verbal y motora. El estado de conciencia se determina sumando el valor máximo obtenido en cada apartado, que oscila entre 3 y 15 (Tabla I)(7,8).

 

Etiología

Las causas más frecuentes de alteración del nivel de conciencia en población pediátrica son: las infecciones del sistema nervioso central (SNC), las infecciones sistémicas graves, el traumatismo craneoencefálico (TCE), la hipoglucemia, las intoxicaciones, las crisis comiciales y los estados postcríticos(6,9). Se exponen a continuación las causas más frecuentes divididas en función de su origen.

Alteración cerebral primaria o alteración estructural. Alteración del nivel de conciencia normalmente de instauración rápida, con focalidad neurológica y/o asimetrías en la exploración física.

- Infección del SNC: encefalitis, meningitis, absceso.

- TCE y lesión axonal difusa.

- Tumores del SNC.

- Vascular: hemorragia (malformaciones arteriovenosas, aneurismas, coagulopatía…) o isquemia (trombosis de seno venoso, tromboembolismo…).

- Estatus no convulsivo y estado postcrítico.

- Encefalopatía hipóxico isquémica.

- Hidrocefalia.

Alteración tóxico-metabólica. Suele ser de instauración progresiva y carácter fluctuante, normalmente sin focalidad ni asimetrías en la exploración.

- Factores exógenos: tóxicos, drogas y fármacos.

- Factores endógenos: infección sistémica grave, hipo/hiperglucemia, alteraciones iónicas, cetoacidosis diabética, descompensación de metabolopatías, etc.

Abordaje en Urgencias

Las medidas de estabilización inicial deben llevarse a cabo de una forma precoz ante cualquier paciente con alteración del nivel de conciencia, sin que ninguna de las pruebas complementarias retrase las mismas(6). Posteriormente o mientras se realiza la estabilización, se llevarán a cabo la anamnesis, la exploración física y las pruebas complementarias dirigidas a identificar la causa.

En la exploración física cobran un especial interés algunos aspectos, como:

Pupilas: las alteraciones en la reactividad, simetría y/o tamaño de las pupilas pueden indicar lesiones estructurales o tóxico-metabólicas.

Movimientos oculares: incluyen el reflejo oculocefálico (ROC, “ojos de muñeca”) y el oculovestibular (ROV). Ambos son equivalentes y su presencia indica integridad de mesencéfalo, protuberancia y nervios oculomotores en un paciente en coma. El ROC explora la desviación conjugada de la mirada al sentido contrario a la movilización pasiva de la cabeza, tanto en sentido vertical como horizontal. El ROV se produce tras la instilación de agua fría en un conducto auditivo externo, y explora la desviación ocular hacia ese oído, con nistagmo compensador.

Fondo de ojo: la presencia de papiledema puede indicar hipertensión intracraneal (HTIC). La hemorragia retiniana puede indicar hemorragia intracraneal. 

Las pruebas complementarias se guiarán en función de los hallazgos de la exploración y la anamnesis, pero la mayoría de pacientes con alteración del nivel de conciencia requerirán una analítica completa en sangre y orina, que incluya detección de tóxicos, además de ECG y prueba de neuroimagen. No existe una neuroimagen de elección para el paciente con alteración del nivel de conciencia, ya que esta dependerá de la disponibilidad técnica, las características del paciente y la orientación diagnóstica(6) (Fig. 2).

Figura1

Figura 2.Propuesta de abordaje de la alteración del nivel de conciencia en Urgencias. AF: antecedentes familiares; AP: antecedentes personales; ECG: electrocardiograma; EcoTF: ecografía transfontanelar; EE: estatus epiléptico; EEG: electroencefalograma; FC: frecuencia cardiaca; FR: frecuencia respiratoria; GCS: Escala de coma de Glasgow; IOT: intubación orotraqueal; ROC: reflejo oculocefálico; ROV: reflejo oculovestibular; PCR: proteína C reactiva; PIC: presión intracraneal; RM: resonancia magnética; SSF: suero salino fisiológico; Tª: temperatura; TA: tensión arterial; TC: tomografía computarizada; TCE: traumatismo craneoencefálico.

 

Tratamiento

El pilar fundamental del tratamiento será la estabilización inicial, que comprende las medidas y los procedimientos destinados a mantener las funciones respiratorias y cardiocirculatorias. Es imprescindible, además, tratar con urgencia las situaciones que puedan implicar un deterioro neurológico rápido, como la presencia o sospecha de HTIC. Las medidas para disminuir la HTIC incluyen: intubación e hiperventilación, sedoanalgesia, elevación de la cabecera del paciente y tratamientos específicos, como el manitol o el suero salino hipertónico.

El tratamiento etiológico será esencial para conseguir una plena recuperación, pero en muchas ocasiones, no podrá realizarse de inmediato hasta que no se disponga de resultados de pruebas complementarias. Se pueden valorar tratamientos específicos empíricos en función de la sospecha:

Naloxona: miosis, depresión respiratoria y/o evidencia de consumo de opiáceos.

Flumazenilo: sospecha de intoxicación por benzodiacepinas.

Carbón activado: considerar si sospecha de sobredosis farmacológica, siempre que la vía aérea esté protegida.

Antibioterapia empírica y/o aciclovir: sospecha de sepsis o infección de SNC.

Estatus epiléptico

El estatus epiléptico es la emergencia neurológica más común en el paciente pediátrico. El tratamiento precoz con benzodiacepinas es fundamental para finalizar la crisis y disminuir las posibles secuelas.

Definición

El estatus epiléptico (EE) se define como una crisis anormalmente prolongada que puede originar secuelas a largo plazo(10). Se debe al fallo de los mecanismos responsables de finalizar la crisis; por lo que, típicamente, no se resuelve sin intervención médica(10,11). La definición de EE ha sido objeto de debate a lo largo de los años. Así, desde el concepto clásico de crisis de duración mayor de 30 minutos o crisis repetidas sin recuperación completa entre las mismas, se ha evolucionado hasta una definición actual de mayor complejidad, que crea 3 categorías principales(10,12) (Fig. 3):

Figura1

Figura 3. Categorías de estatus epiléptico.

 

EE precoz: crisis epiléptica que se prolonga más allá del llamado tiempo 1 (T1), a partir del cual es poco probable que la crisis finalice por sí misma. La duración de T1 varía en función del tipo de crisis entre los 5 minutos para crisis tónico-clónicas generalizadas (CTCG) y los 10 minutos para crisis focales o de ausencias. Es fundamental iniciar tratamiento antiepiléptico para tratar de disminuir la morbimortalidad asociada al EE.

EE establecido: continúa pese a la administración de fármacos de primera línea a dosis correctas, normalmente más de 10-30 minutos.

EE refractario: persistencia de la crisis a pesar del tratamiento con dos fármacos antiepilépticos diferentes a dosis adecuadas, superando el tiempo 2 (T2), a partir del cual existe un elevado riesgo de secuelas a largo plazo. La duración de T2 también varía entre 30 minutos para CTCG, 60 minutos para focales y desconocido en el caso de crisis de ausencias. El riesgo de complicaciones graves obliga a un tratamiento más intensivo(11). Dentro del EE refractario, existen:

- EE súper-refractario, si la duración es mayor de 24 horas.

- EE refractario de nueva aparición (NORSE, new-onset refractory status epilepticus), que ocurre en un paciente sin antecedente de epilepsia ni otra patología neurológica previa conocida o evidente(13).

- Síndrome FIRES (febrile infection-related epilepsy syndrome), un subtipo de NORSE que sigue a un episodio febril ocurrido entre 2 semanas y 24 horas antes del inicio de la crisis(12,13).

Clasificación

Actualmente, se utilizan múltiples clasificaciones en función de cuatro variables diferentes: semiología de crisis, etiología, hallazgos electroencefalográficos (EEG) y edad del paciente. Se debe intentar clasificar el EE según todas las variables, teniendo en cuenta que se trata de un proceso dinámico, ya que tanto la semiología de crisis como el patrón EEG pueden variar(11,12) (Tabla II).

 

Epidemiología

El EE es la emergencia neurológica más común en niños(10-12,14), con una morbimortalidad elevada y una alta probabilidad de secuelas neurológicas(12). La incidencia oscila entre 4 y 58 por 100.000 habitantes al año en población pediátrica(10-12). La mayor incidencia se observa en menores de 2 años, probablemente debido a una mayor tasa de causas sintomáticas o a una mayor susceptibilidad por la inmadurez cerebral(11). Hasta un 20-25 % de los pacientes con epilepsia presentarán, al menos, un EE, siendo en un 10 % de ellos la forma de debut de su epilepsia(12). La incidencia de EE refractario oscila entre el 10 y el 40 % de los EE, mientras que el EE súper-refractario representa hasta un 10 %(12).

Pronóstico

La morbilidad derivada de un EE es elevada. Existe más de un 15 % de probabilidad de secuelas neurológicas a largo plazo, como déficits motores, discapacidad intelectual o trastornos de conducta(11,12). Aproximadamente, un 20 % presentarán, al menos, otro EE, máxime en el primer año y en niños con patología neurológica de base(11). La probabilidad de desarrollar una ­epilepsia tras un EE alcanza el 25 % en niños previamente sanos y el 46 % en niños con trastornos neurológicos(11). La mortalidad a corto plazo es del 3-5 % y se debe fundamentalmente a complicaciones agudas (fallo respiratorio, acidosis metabólica, hipertensión intracraneal, etc.), si bien debe tenerse en cuenta que la causa principal de EE en niños es la febril, cuya mortalidad estimada es del 0,2 %(11,12).

Diagnóstico

Serán fundamentales: una exhaustiva historia clínica y una exploración física detallada(11). En la anamnesis se recogerán: posibles antecedentes de traumatismo, infección, alteración metabólica o exposición a tóxicos, así como las características semiológicas de la crisis(11,12). En pacientes con epilepsia conocida se deberá indagar respecto a posibles factores precipitantes de descompensación, como: falta de adherencia al tratamiento, proceso infeccioso intercurrente, diarrea, vómitos, etc.(11). Las pruebas complementarias estarán indicadas en la mayor parte de procesos, e irán orientadas fundamentalmente a la búsqueda de causas reversibles(11,12,14) (Tabla III).

 

Tratamiento

Tiene como objetivo, además de finalizar la crisis lo más precozmente posible para evitar secuelas, mantener las funciones vitales y tratar de detectar las causas tratables y/o potencialmente más graves(12,14). La mayoría de guías clínicas proponen un tratamiento escalonado en función del tiempo de evolución(12,15). Las dosis de cada fármaco, así como sus efectos adversos principales se exponen en la tabla IV. Se propone un algoritmo en la figura 4.

 

Figura1

Figura 4. Propuesta de algoritmo de tratamiento del estatus epiléptico (EE). BIC: bomba de infusión continua; BZD: benzodiacepinas; BRV: brivaracetam; CNZ: clonazepam; DZP: diazepam; EE: estatus epiléptico; GCS: Escala de coma de Glasgow; IGIV: inmunoglobulinas intravenosas; IOT: intubación orotraqueal; LEV: levetiracetam; LCS: lacosamida; MDZ: midazolam; PB: fenobarbital; PER: perampanel; PHT: fenitoína; TPM: topiramato; VPA: ácido valproico.

 

Medidas generales. El primer paso en el manejo del EE es, como en cualquier emergencia médica, asegurar la vía aérea y mantener adecuada oxigenación y ventilación. Deberá iniciarse monitorización continua de constantes y canalizar acceso venoso periférico precozmente, para detectar posibles alteraciones analíticas (hipoglucemia, alteraciones del equilibrio ácido-base, etc.) y poder instaurar tratamiento endovenoso de forma precoz (antiepilépticos, fluidoterapia, drogas vasoactivas, etc.)(11,12,14).

Tratamiento de primera línea (crisis activa, EE precoz). Las benzodiacepinas (BZD) constituyen el tratamiento antiepiléptico de primera línea debido a su rapidez de acción, su amplia gama de presentaciones, además de la intravenosa y a que consiguen yugular hasta el 80 % de las crisis prolongadas(11,12,14). Por estas razones, la prevención del EE debe incluir una medicación antiepiléptica de rescate para ser administrada por los cuidadores principales, que deberán ser instruidos adecuadamente en el manejo de la misma(10). Las opciones de medicación antiepiléptica de rescate más utilizadas son el diazepam rectal (Stesolid®) y el midazolam bucal (Buccolam®, Oroxelam®)(11,16). El mecanismo de acción de las BZD es potenciar el efecto de GABA, el principal neurotransmisor inhibidor. Los efectos secundarios más frecuentes son: depresión respiratoria e hipotensión arterial, aunque son poco frecuentes a dosis adecuadas. Se recomienda administrar de forma precoz entre 1 y 2 dosis completas de BZD para optimizar su eficacia sin riesgo significativo de efectos secundarios(12,15).

Tratamiento de segunda línea (EE establecido). Debe comenzar entre los 10 y 15 minutos tras el inicio de la crisis, cuando el tratamiento con BZD haya fallado. No existe actualmente ningún fármaco claramente superior, por lo que su elección debe individualizarse según el tipo de EE, las condiciones del paciente y los posibles efectos secundarios(11,12).

Tratamiento de tercera y cuarta línea (EE refractario y súper-refractario). Se emplean fármacos anestésicos (BZD, tiopental, propofol, ketamina) cuyo objetivo será el coma inducido, que deberá mantenerse unas 24-48 horas, en las que se iniciará el futuro tratamiento antiepiléptico de mantenimiento. Debido a lo complejo de esta situación, el manejo idealmente se realizará en una unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Si el EE persiste más de 24 horas o si vuelve a aparecer ante la retirada de medicación, se deberá recurrir a fármacos de 2ª y 3ª línea que no hayan sido empleados con anterioridad o bien barajar distintos fármacos antiepilépticos y otras opciones como: dieta cetogénica, tratamiento inmunomodulador o cirugía de epilepsia.

Hemiparesia aguda/ictus

El reconocimiento y el diagnóstico diferencial de la hemiparesia aguda es un desafío, particularmente en edades tempranas. Los hallazgos clínicos combinados con la neuroimagen resultan fundamentales para el diagnóstico y tratamiento.

Definición

La aparición de una hemiparesia/hemiplejia aguda en un paciente pediátrico resulta siempre preocupante. Aunque la etiología es diversa, el ictus cerebral debe incluirse en el diagnóstico diferencial, activando con rapidez todos los protocolos establecidos en nuestro medio.

La correcta identificación clínica de la hemiparesia aguda evita procedimientos diagnósticos o terapéuticos innecesarios y permite la implementación temprana de medidas terapéuticas específicas para cada etiología, algunas de ellas graves.

Etiología

Accidente cerebrovascular/ictus

Podemos distinguir entre ictus isquémico (arterial o venoso) e ictus hemorrágico. Los factores de riesgo subyacentes son diversos, como: arteriopatía cerebral focal, disección arterial, cardiopatías estructurales, anemia de células falciformes o malformación arteriovenosa, entre otras muchas causas. Los accidentes cerebrovasculares isquémicos arteriales se presentan con mayor frecuencia con un déficit neurológico focal, como hemiparesia, que es la manifestación focal más común. Los ictus hemorrágicos se presentan con mayor frecuencia con cefalea o alteración del estado mental en comparación con los ictus arteriales isquémicos. Las crisis epilépticas pueden ocurrir en todos los tipos.

Imitadores ictus (“stroke mimics”)

Se trata de entidades difíciles de diferenciar clínicamente del ictus. Se deben tener en cuenta por su frecuencia y porque algunas son patologías neurológicas graves, que requieren diagnóstico y tratamiento urgentes. Entre ellos están: migraña hemipléjica, parálisis de Todd, encefalomielitis diseminada aguda (ADEM), hemiplejia alternante, tumores cerebrales, infecciones del SNC, stroke-like en enfermedades mitocondriales, hipoglucemias, cuadros psicógenos e intoxicaciones(17). La tabla V recoge las características de algunos simuladores de ictus.

La propagación gradual y progresiva de un síntoma del aura tras otro, la presencia de síntomas positivos, como centelleos visuales o parestesias, o la asociación con náuseas, vómitos, fotofobia y fonofobia, es sugerente de migraña.

La presencia de síntomas paroxísticos previos, como contracciones musculares, versión cefálica o pérdida de conciencia, junto con la recuperación de la hemiparesia en corto espacio de tiempo, debe hacernos sospechar una crisis epiléptica.

La presencia de hallazgos clínicos inconsistentes con patología neurológica, durante la historia clínica o la exploración, puede relacionarse con una etiología funcional.

Abordaje en Urgencias

Evaluación

Historia clínica y examen físico: la precisión en la evaluación inicial del paciente es una herramienta fundamental en el diagnóstico diferencial de la hemiparesia aguda (Algoritmo 1). Los antecedentes familiares de cuadros similares, enfermedades previas de alto riesgo (cardiopatías congénita, anemia falciforme, artropatías), uso de fármacos, la progresión y duración de la hemiparesia, los síntomas acompañantes y los precedentes deben valorarse con detalle. La exploración neurológica ha de ser completa, prestando especial atención a la localización de la lesión, evaluación del nivel de conciencia y la progresión en el tiempo de los signos y síntomas. La exploración pediátrica no debe pasar por alto la identificación de signos de infección, así como un examen cardiológico completo con medición de la tensión arterial.

Neuroimagen: será necesaria una neuroimagen urgente en caso de sospecha de hemiparesia de reciente aparición.

La resonancia magnética (RM), si es posible angio-RM, es la preferida para el diagnóstico diferencial. Presenta mejor resolución temporal, espacial y diagnóstica, pero es poco probable que esté disponible de urgencia(18). Los protocolos rápidos que priorizan las imágenes ponderadas por difusión(19) resultan muy útiles en las primeras horas para diferenciar un ictus de sus simuladores.

La tomografía computarizada (TC) craneal permite realizar estudios en un tiempo corto e identificar con rapidez hemorragias craneales o tumores, pero puede ser normal en las primeras horas del ictus isquémico. En caso de sospecha de ictus isquémico la TC de perfusión y la angio-TC pueden mejorar su detección, identificar la oclusión de grandes vasos y estimar el núcleo del infarto y el área de penumbra. Se trata de estudios con mayor tasa de radiación que la técnica convencional, que deberían solicitarse solo en casos de alta sospecha de ictus, si no se dispone de RM urgente.

Estudios adicionales(18): es recomendable la realización de analítica sanguínea que incluya hemograma completo y bioquímica con: glucemia, iones, función hepática, función renal, coagulación, ácido láctico y marcadores de infección. Los estudios analíticos sanguíneos o de LCR pueden ayudar en el diagnóstico diferencial, por ejemplo, de procesos infecciosos y metabólicos (MELAS), entre otros.

Una punción lumbar estaría indicada: cuando no existan contraindicaciones, ante signos de infección, procesos autoinflamatorios/autoinmunes, metabolopatía o sospecha de hemorragia subaracnoidea no confirmada por imagen.

Tratamiento

La estabilización inicial es prioritaria en un paciente con una hemiparesia aguda. Estos pacientes requieren ingreso en UCIP. Las medidas de neuroprotección, como el mantenimiento de la homeostasis, una adecuada ventilación y oxigenación, o evitar la hipotensión, entre otras, deben iniciarse lo antes posible.

El tratamiento específico dependerá de la causa definida:

Ictus pediátrico: el tratamiento se basa en la protección cerebral, la valoración de técnicas de revascularización/reperfusión, el tratamiento de las secuelas y de los factores desencadenantes. El tratamiento específico dependerá del tipo de ictus, de la presencia de hemorragia cerebral y de otros factores individuales. Las terapias de reperfusión podrían aplicarse en pacientes pediátricos seleccionados con ictus isquémico en las primeras horas, tanto con activador del plasminógeno tisular (tPA) como con trombectomía. Será necesario conocer la existencia, o no, de un “Código Ictus Pediátrico” en nuestro medio, con el fin de disminuir el tiempo de diagnóstico y de tratamiento de estos pacientes. En todos los casos, resulta fundamental: mantener una adecuada ventilación y oxigenación, normoglucemia, normotermia, evitar la hipotensión y las crisis epilépticas(17). Se recomienda iniciar tratamiento preventivo precoz para evitar recurrencias, con anticoagulantes (heparina de bajo peso molecular o heparina no fraccionada) o antiagregantes (aspirina).

Migraña hemipléjica: en el episodio agudo se recomienda tratamiento sintomático de la cefalea y los síntomas acompañantes. El uso de triptanes es controvertido. En casos graves pueden utilizarse corticoides parenterales. Como tratamiento preventivo, podrían utilizarse los mismos fármacos que en otras migrañas. El verapamilo se ha recomendado en aquellos pacientes con muchas auras. La acetazolamida se ha utilizado en pacientes con migraña hemipléjica familiar.

Hemiplejía alternante: la flunarizina es el fármaco más utilizado para reducir la frecuencia y la intensidad de los episodios.

Crisis epilépticas: el tratamiento de rescate de las crisis epilépticas siguen siendo las benzodiacepinas (diazepam, midazolam). Si se trata de una epilepsia, se deberá escoger el fármaco antiepiléptico de mantenimiento en función de las características del paciente y el tipo de epilepsia.

Encefalomielitis Diseminada Aguda (ADEM): la base del tratamiento son los glucocorticoides intravenosos en dosis altas. Otras opciones son las inmunoglobulinas intravenosas y la plasmaféresis.

Encefalopatía mitocondrial, acidosis láctica y episodios “stroke-like” (MELAS): la suplementación con arginina se ha utilizado para tratar los episodios agudos y como mantenimiento. Las crisis epilépticas deben tratarse enérgicamente. Se recomienda el uso de solución salina con dextrosa intravenosa urgente para mantener el aporte energético y la perfusión cerebral durante un episodio agudo.

Pronóstico

Iniciar un tratamiento adecuado en el menor tiempo posible resulta primordial ante una hemiparesia aguda, siendo uno de los factores que más se relacionan con el pronóstico. Cualquier intervención para mejorar los resultados, como aplicar medidas de neuroprotección desde el inicio, podría beneficiar al paciente durante toda su vida(20).

En el caso del ictus en Pediatría, aproximadamente el 75 % de los pacientes sufre morbilidad neurológica a largo plazo(21). Disminuir el tiempo de atención y tratamiento de estos pacientes favorecerá su buena evolución a largo plazo.

Ataxia aguda

Aunque la ataxia aguda en edad pediátrica se debe con alta frecuencia a intoxicaciones o cuadros postinfecciosos autolimitados, la identificación y el tratamiento de otras causa potencialmente graves debe ser lo más precoz posible. Existe un límite de tiempo a partir del cual no es posible la recuperación del daño cerebeloso establecido.

Definición

La ataxia hace referencia a alteraciones en la coordinación de la postura y el movimiento. La ataxia aguda es aquella con una duración menor de 72 horas. Algunos autores incluyen una duración menor de 7 días.

Fisiopatología de la ataxia(22)

El origen de la ataxia se relaciona con la alteración de las estructuras que regulan el equilibrio y la coordinación.

Origen cerebeloso: daño aislado del cerebelo o en combinación con otras estructuras cerebrales conectadas, como el tronco del encéfalo. Se divide en: ataxia cinética o hemisférica (dismetría, disdiadococinesia, temblor), ataxia estática o vermiana (ataxia truncal, aumento de la base de sustentación) y ataxia global. El nistagmus es multidireccional y el Romberg es negativo.

Origen vestibular: asociada a disfunción del sistema vestibular. Se caracteriza por marcha inestable con inclinación/desviación del eje postural y asocia sensación de vértigo. Se objetiva nistagmus horizontal y Romberg positivo con periodo de latencia.

Origen sensitivo: afectación de la propiocepción por daño en cordones medulares posteriores o nervios sensitivos periféricos. La marcha es insegura con correcciones bruscas y puede acompañarse de parestesias. Hay hiporreflexia y el Romberg es positivo. Es la ataxia que puede asociarse a síndrome de Guillain-Barré.

Abordaje en Urgencias

Historia clínica

Se debe interrogar sobre: tiempo de evolución, infecciones o vacunaciones recientes, síntomas de infección actual, síntomas acompañantes y progresión de los mismos. Se debe indagar sobre la posibilidad de acceso a tóxicos o de traumatismo craneal, los antecedentes personales y familiares.

Exploración física

Ha de ser general, incluyendo toma de constantes. En la exploración neurológica, prestar especial atención a la focalidad neurológica, nivel de conciencia y signos de hipertensión intracraneal o infección de sistema nervioso. En cuanto a la propia ataxia valorar:

Alteración de postura y marcha(23). Desequilibrio, aumento de la base de sustentación, incapacidad para caminar o mantenerse sentado. Son útiles algunas maniobras, como el test de Romberg (evalúa, sobre todo, propiocepción) o el test de Barany, en el que el paciente se mantiene en sedestación con ojos cerrados y brazos extendidos al frente, que no deberían desviarse (evalúa, sobre todo, sistema vestibular).

Alteración de movimiento de extremidades. Destacan:

- Dismetría. Incapacidad para alcanzar objetos con manos, brazos o piernas. Se explora mediante pruebas índice-nariz y talón-rodilla.

- Temblor de acción y postural. El paciente pasará agua de un vaso a otro.

- Disdiadococinesia. Incapacidad para movimientos alternantes sincrónicos. Se explora mediante movimiento de manos de enroscar una bombilla o golpear alternativamente palma/dorso de manos sobre muslos.

Alteración del lenguaje. Incluye mutismo y disartria con lenguaje lento, explosivo y a menudo nasal.

Alteración del tono muscular. Hipotonía, especialmente tras lesión cerebelosa aguda.

Alteraciones óculo-motoras. Déficits de fijación y persecución, nistagmus, trastorno de la alineación, apraxia óculo-motora, etc.

Alteración cognitiva. Afectación de funciones ejecutivas y visoespaciales, incapacidad para lectoescritura y comportamientos inapropiados. Puede haber problemas de: atención, perseveración, impulsividad, anhedonia y pasividad.

Alteraciones emocionales.

Algunos datos sugestivos de patología neurológica grave en ataxia aguda son: edad mayor de 5 años, presencia de hipo/arreflexia, dismetría, alteración de la conciencia o alteración visual (diplopía, papiledema, disminución del campo visual)(24).

Exámenes complementarios

Se realizará neuroimagen urgente en: ataxia con alteración del nivel de conciencia, signos de hipertensión intracraneal, focalidad neurológica, asimetría de la ataxia o historia de traumatismo craneal(25). Los pacientes menores de 5 años con infección viral previa, sin signos o síntomas de afectación extracerebelosa, pueden ser manejados sin punción lumbar ni neuroimagen(25).

Abordaje en Urgencias según etiología

Dentro de las múltiples causas de ataxia, la etiología infecciosa o parainfecciosa es la más común. Un abordaje global en Urgencias puede consultarse en el algoritmo 2.

Ataxia cerebelosa aguda postinfecciosa(26). Es la causa de ataxia más frecuente. Afecta a pacientes de 1-6 años y se trata de una reacción autoinmune a una infección vírica o bacteriana. Los agentes que más se han relacionado son: Varicela-zóster, Epstein-Barr, Coxackie, Echovirus, Enterovirus, Parvovirus, Mycoplasma pneumoniae y Borrelia burgdorferi. A los pocos días o semanas tras una infección, aparece: ataxia truncal, dificultades para bipedestación y temblor de intención. Las pruebas complementarias son normales. El pronóstico es favorable, sin precisar tratamiento dado su carácter autolimitado.

Cerebelitis aguda. Similar al cuadro anterior, pero asociando además: afectación del estado general, fiebre, vómitos, cefalea, fotofobia y/o alteración del nivel de conciencia. Existe elevación de reactantes de fase aguda y pleocitosis o hiperproteinorraquia en LCR. En la RM craneal se objetiva edema cerebeloso, bien sea global o focal. El tratamiento es etiológico, de la infección. La eficacia de los corticoides es dudosa. A pesar de su gravedad, con el tratamiento adecuado, la evolución es favorable en la mayoría de casos.

Absceso cerebeloso. Generalmente por extensión de una infección ORL. Cursa con: fiebre, cefalea y ataxia cerebelosa. El tratamiento es etiológico para la infección, pudiendo requerir tratamiento neuroquirúrgico.

Rombencefalitis. Infección poco frecuente, asociada a Listeria, Varicela-zóster o Enterovirus 71. Se manifiesta como ataxia febril y meningismo. En LCR, puede haber pleocitosis y, en la RM craneal, afectación de tronco y cerebelo.

Síndrome opsoclonus-mioclonus-ataxia. Aparece especialmente en menores de 4 años. Es un cuadro inmuno-mediado, paraneoplásico, parainfeccioso o idiopático. El neuroblastoma es la neoplasia con la que más se relaciona. La ataxia puede ser la primera manifestación. Asocia: mioclonus (contracciones bruscas musculares), opsoclonus (movimiento ocular caótico, breve e intermitente), irritabilidad y alteraciones del sueño. El opsoclonus tiende a ser la manifestación más tardía o incluso puede estar ausente. El tratamiento inmunomodulador, por ejemplo, con corticoides, inmunoglobulinas y/o rituximab, ha mejorado sustancialmente el pronóstico de los pacientes. Los pacientes sin tratamiento o infratratados suelen presentar secuelas en neurodesarrollo y conducta.

Síndrome Miller-Fisher(27). Variante del síndrome de Guillain-Barré, que se presenta con la tríada ataxia, arreflexia y oftalmoplejía. Puede encontrarse hiperproteinorraquia. El tratamiento se basa en el uso de inmunoglobulinas o plasmaféresis. La evolución suele ser favorable con buena recuperación a los 6 meses.

Encefalomielitis aguda diseminada (ADEM). Lesión desmielinizante aguda, poco frecuente, que afecta cerebro, médula y/o nervios ópticos, tras un cuadro previo infeccioso. Las manifestaciones neurológicas incluyen: signos piramidales, hemiparesia, ataxia, parálisis de pares craneales, crisis y encefalopatía. En la RM se objetivan lesiones desmielinizantes. El tratamiento se basa en corticoides a dosis altas, inmunoglobulinas y/o plasmaféresis. Aunque puede haber formas catastróficas, la evolución global es buena en la mayoría de los casos.

Laberintitis aguda. De origen probablemente vírico, con ataxia, vértigo intenso y nistagmus. El tratamiento con corticoides es de utilidad.

Neoplasias. La ataxia puede aparecer como síntoma en tumores de cerebelo, cerebro, protuberancia y médula espinal.

Síndrome postconmoción. Tras traumatismos craneales o cervicales. Asocia cefalea, vómitos y confusión.

Infarto cerebeloso. Las manifestaciones clínicas más frecuentes son: ataxia, vértigo, vómitos y cefalea. Se confirma mediante neuroimagen. Puede requerir tratamiento neuroquirúrgico en casos con hemorragia o gran edema, para descompresión.

Tóxico-metabólica. Puede aparecer ataxia en contexto de alteraciones metabólicas, como hipoglucemia, hiponatremia e hiperamoniemia. También, por la ingesta accidental o provocada de tóxicos: alcohol, benzodiacepinas, opioides, antihistamínicos, antiepilépticos, entre otros.

Trastorno funcional. Se encuentran incongruencias en la exploración.

Hipotonía aguda

La hipotonía puede aparecer de forma aguda como signo de múltiples afectaciones sistémicas. La sintomatología acompañante será fundamental para orientar adecuadamente el diagnóstico.

Definición

La hipotonía se define como la disminución de la resistencia de los músculos al estiramiento pasivo, frente a la debilidad, que es la disminución de la fuerza máxima que puede ser generada de forma voluntaria. La hipotonía puede originarse por lesión en cualquier región del sistema nervioso o verse influida por otras circunstancias, como el estrés o el dolor visceral. La hipotonía puede presentarse con o sin debilidad; la debilidad siempre implica hipotonía. Este artículo se centra en entidades de aparición aguda, por lo que aquellas de curso crónico, como la atrofia muscular espinal, no se abordarán.

Clasificación(28)

En función de la localización de la lesión, tradicionalmente se ha dividido en hipotonía de origen central y periférico, con clínica correspondiente a lesiones de primera y segunda motoneurona, respectivamente. Sin embargo, en ocasiones, no es sencillo hacer esta distinción, por superposición de características de ambos cuadros (hipotonía mixta).

Hipotonía central. La más frecuente. Se produce por afectación del sistema nervioso central (SNC). La hipotonía será de predominio axial, con movimientos de extremidades contra gravedad conservados. Los reflejos osteotendinosos (ROT) estarán normales o exaltados. Puede haber alteración del contacto o del nivel de conciencia y crisis epilépticas. La neuroimagen puede estar alterada. Las causas principales son:

- Encefalopatía aguda. Engloba: la encefalopatía hipóxico-isquémica (la causa más frecuente de hipotonía aguda neonatal), los accidentes cerebro-vasculares, las afectaciones tóxico-metabólicas agudas y las infecciones del SNC. Precisan detección y tratamiento precoces para disminuir secuelas.

- Cromosomopatías o alteraciones genéticas. Suele haber rasgos fenotípicos acompañantes y la hipotonía es de curso crónico. Algunos ejemplos son: la trisomía del 21, el síndrome de Prader-Willi, el síndrome de Williams, etc.

- Errores innatos del metabolismo. Algunos se presentan de forma aguda tras un periodo asintomático.

- Anomalías congénitas del SNC.

- Otros. Traumatismos a nivel cráneo-medular, insuficiencia cardiaca u otras afectaciones sistémicas.

Hipotonía periférica(29). Afectación del sistema nervioso periférico (SNP). La hipotonía será global, tanto axial como distal, con debilidad muscular asociada(30). Los ROT estarán disminuidos o ausentes. No hay alteración del contacto ni del nivel de conciencia y la neuroimagen es normal. Puede asociar: trastornos de ventilación y deglución, elevación de enzimas musculares (CK), atrofia muscular y fasciculaciones. En función de la localización de la lesión, las causas principales son:

- Motoneurona del asta anterior: atrofia muscular espinal, de curso crónico.

- Nervio periférico: neuropatías, de curso crónico.

- Unión neuromuscular: síndromes miasténicos; algunos de ellos, como la miastenia gravis o el botulismo, pueden ser de aparición aguda.

- Fibra muscular: miopatías congénitas y distrofias musculares, de curso crónico.

Exploración física

Cualquier exploración pediátrica debe incluir una exploración neurológica básica, en la que se evaluará el tono muscular. El tono se explora en neonatos o lactantes pequeños mediante técnicas, como suspensión ventral, maniobra de tracción, suspensión vertical o el signo de la bufanda. En edades posteriores, se explora mediante la movilización pasiva, graduándose del 1 al 4 mediante la escala de Ashworth. Hay que diferenciar la hipotonía de la hiperelasticidad o aumento de rango de movimiento de una articulación sin hipotonía. La fuerza se explora mediante la capacidad de mantener postura antigravitatoria de extremidades o la respuesta a una resistencia. La fatigabilidad se explora mediante la repetición de movimientos (abrir y cerrar manos) o manteniendo una postura unos minutos (mirar hacia arriba).

Abordaje en función de etiología

Mielitis aguda(31). Es un cuadro neuroinflamatorio de la médula espinal. En relación con procesos víricos (enterovirus) o autoinmunes. Tras un proceso febril, horas o días más tarde, comienza un cuadro de parálisis flácida, hipotonía y arreflexia, con distribución asimétrica. La complicación más importante es la insuficiencia respiratoria y la disautonomía. La RM está alterada, con aumento de señal en T2 en sustancia gris de la médula espinal, asociado o no a aumento de señal de raíces nerviosas. En el LCR suele haber pleocitosis. Además de cultivos de LCR y serologías, se debe solicitar frotis faríngeo y rectal para descartar virus. El diagnóstico se realiza por imagen y confirmación microbiológica. El tratamiento es de soporte, junto con corticoides.

Sindrome de Guillain-Barré(32). Es la causa más frecuente de debilidad neuromuscular aguda. Su etiología es autoinmune, tras infecciones por Campylobacter jejuni, Citomegalovirus, Mycoplasma pneumoniae o virus Influenza. Generalmente, comienza con parestesias distales y simétricas, seguidas de debilidad ascendente con rápida progresión. Existen formas atípicas, de inicio en extremidades superiores o musculatura facial. En LCR puede aparecer hiperproteinorraquia. El electroneurograma (ENG) muestra enlentecimiento de velocidad de conducción. El tratamiento se realiza con inmunoglobulinas o plasmaféresis. La evolución suele ser favorable en semanas-meses. Un 10-20 % presentarán déficits motores persistentes.

Miastenia gravis infantil/juvenil. Es un cuadro autoinmune debido a anticuerpos anti-receptor de acetilcolina (ACh), entre otros. Puede asociarse a otras enfermedades autoinmunes, como enfermedad de Hashimoto o polimiositis autoinmune. La manifestación inicial suele ser: ptosis, estrabismo y diplopía, pero las pupilas no suelen afectarse. En adolescentes es más frecuente que evolucione a una forma generalizada, con hipotonía y fatigabilidad global. Existe riesgo vital por la afectación de musculatura respiratoria. En el diagnóstico es importante demostrar la fatigabilidad. Las pruebas complementarias incluyen: test serológicos para identificar anticuerpos; test farmacológico con edrofonio, fármaco inhibidor de la acetil-colinesterasa (AChE) que mejora los síntomas de forma transitoria, que se realizará en ambiente hospitalario; y test electrofisiológico (ENG). El tratamiento se realiza con piridostigminina, inhibidor de la AChE. En las formas generalizadas hay que asociar inmunosupresores. La timectomía no es una intervención de elección en la edad pediátrica, salvo en casos de resistencia a tratamiento convencional.

Botulismo(33,34). Se debe a la exposición a la toxina de Clostridium botulinum (CB) por ingestión de alimentos contaminados, a través de heridas o por vía inhalatoria. Se consideran ambientes de riesgo: zonas rurales, áreas de construcción, exposición a polvo o contacto con animales. La toxina produce un bloqueo de la liberación presináptica de ACh en la unión neuromuscular. Provoca midriasis y parálisis flácida descendente progresiva, que puede conducir a insuficiencia respiratoria. La afectación en lactantes es rara. Existen formas leves, con llanto pobre, hipoactividad y estreñimiento. El diagnóstico consiste en identificar la toxina en heces y/o sangre o identificar el patógeno en vía digestiva. El tratamiento requiere medidas de estabilización y soporte. En casos graves puede utilizarse antitoxina botulínica de origen equino o inmunoglobulina humana específica. El pronóstico es favorable, con una recuperación generalmente completa en varias semanas y una mortalidad inferior al 1 %.

Función del pediatra de Atención Primaria

Si un paciente pediátrico se presenta en la consulta de Atención Primaria con una emergencia neurológica, la función del pediatra se debe concentrar en la estabilización inicial y el tratamiento extrahospitalario precoz, como por ejemplo, en las crisis epilépticas. Además, es una figura fundamental para la activación de los servicios de emergencias/transporte y la coordinación con los servicios hospitalarios, cuando sea necesario el traslado.

En los casos en los que el paciente llegue estable o se haya resuelto el evento, el pediatra asumirá el papel principal en la orientación y el diagnóstico de los pacientes, derivando a los especialistas hospitalarios solo los casos necesarios.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

- Freedman DA, Roach ES. Status Epilepticus. Pediatr Rev. 2023; 44: 383-92.

En este artículo se realiza una revisión completa y actualizada del estatus epiléptico pediátrico. Remarcando la importancia del pediatra en el reconocimiento y tratamiento tempranos del estado epiléptico, previniendo así los daños agudos y crónicos que pueden asociarse con el estado epiléptico.

- De Castro de Castro P, Simón de las Heras R. Ictus pediátrico. Protoc diagn ter pediatr. 2022; 1: 159-67.

Excelente y accesible revisión del ictus pediátrico en nuestro ámbito de trabajo. Se recomienda la lectura de los Protocolos diagnósticos y terapéuticos de Neurología Pediátrica de la AEPED. Disponibles en: https://www.aeped.es/documentos/protocolos-diagnosticos-y-terapeuticos-neurologia-pediatrica.

- Radmard S, Zesiewicz TA, Kuo SH. Evaluation of Cerebellar Ataxic Patients. Neurol Clin. 2023; 41: 21-44.

Revisión profunda de las ataxias cerebelosas, no solo de sus manifestaciones motoras.

- Mercuri E, Pera MC, Brogna C. Neonatal hypotonia and neuromuscular conditions. Handb Clin Neurol. 2019; 162: 435-48.

Abordaje diagnóstico de la patología neuromuscular neonatal, cuyo esquema de aproximación resulta fácil de comprender y apto para todos los públicos.

 

Caso clínico

 

Neonato de 21 días de vida que acude a Urgencias por irritabilidad, decaimiento y rechazo de tomas de 24 horas de evolución. Sin deposición en las últimas 48 horas. Afebril, no síntomas respiratorios.

Antecedentes familiares: padres sanos no consanguíneos. Hijo único.

Antecedentes personales: embarazo espontáneo de curso normal. Parto eutócico a las 41 +3 semanas de gestación. Apgar 9/10. Perinatal sin incidencias. Biometría al nacimiento normal. Alimentación con lactancia materna. Buena succión y deglución. Cribados metabólico y auditivo normales.

Exploración: Triángulo de evaluación pediátrica (TEP) de shock descompensado. Mal estado general. Mala perfusión distal. Eupneico, no tiraje. Escala de coma de Glasgow 8 (Ocular1, Verbal2, Motora5). Destacan: llanto quejoso, ausencia de apertura ocular espontánea, midriasis bilateral arreactiva, movilidad espontánea pobre, hipotonía global y reflejos osteotendinosos abolidos.

Se decide ingreso en Unidad Neonatal.

 

 

 

 

Dolor torácico

M.J. Martín Díaz
Temas de FC


M.J. Martín Díaz

Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Ángela Uriarte. Madrid

Resumen

En Pediatría, el dolor torácico es un motivo de consulta frecuente en: Urgencias, Atención Primaria y atención subespecializada. La causa es benigna en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, suele ser un síntoma preocupante para los padres y los propios pacientes. Por otro lado, aunque en una minoría de los casos, puede reflejar una patología cardiaca o respiratoria con riesgo vital, por lo que supone un desafío para el pediatra. La historia clínica y la exploración física deben estar dirigidas a identificar datos de alarma. El hallazgo de estos, dará la indicación de realizar pruebas complementarias o de derivar a Urgencias o a alguna consulta especializada, según cada caso. El diagnóstico diferencial es amplio, siendo un porcentaje importante de los casos, idiopático. De las causas conocidas, las musculoesqueléticas son las más frecuentes, seguidas de gastrointestinales, respiratorias y psicógenas.

 

Abstract

In Pediatrics, chest pain is a frequent reason for consultation in the Emergency Room, Primary Care and subspecialized care. The cause is benign in most cases. However, it is often a worrisome symptom for parents and patients themselves. On the other hand, although in a minority of cases, it may reflect a life-threatening cardiac or respiratory pathology, thus posing a challenge for the pediatrician. The clinical history and physical examination should be directed to identify alarm data. The finding of these will indicate the need for complementary tests or referral to the emergency department or a specialized consultation, depending on each case. The differential diagnosis is broad, with an important percentage of cases being idiopathic. Of the known causes, musculoskeletal causes are the most frequent, followed by gastrointestinal, respiratory and psychogenic causes.

 

Palabras clave: Dolor torácico; Síncope; Palpitaciones; Cardiopatía.

Key words: Chest pain; Syncope; Palpitations; Heart disease.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 49 – 57

 


OBJETIVOS

• Conocer las principales causas de dolor torácico en la infancia y la adolescencia.

• Identificar los casos que pueden presentar una patología con riesgo de morbimortalidad.

• Saber estabilizar los casos con compromiso de las funciones vitales y realizar una adecuada derivación hospitalaria.

• Realizar una orientación diagnóstica adecuada según los hallazgos de la historia y la exploración física, evitando pruebas innecesarias.

• Valorar la derivación de cada caso, de forma individualizada, a las consultas de subespecialidades pediátricas.

 

Dolor torácico

Introducción

El dolor torácico es un motivo de consulta relativamente común en niños y adolescentes, tanto en Urgencias, como en la consulta de Atención Primaria y subespecialidades pediátricas. A diferencia de lo que ocurre en adultos, la mayoría de los casos son debidos a una causa benigna (o desconocida, pero con muy buen pronóstico). Sin embargo, este síntoma suele ser muy preocupante para los padres y para los propios pacientes a partir de cierta edad, ya que lo asemejan al dolor torácico del adulto, el cual se debe a patología cardiaca en un porcentaje significativo(1-3). En relación con esto, el dolor torácico puede ser causa de absentismo escolar, provocar que se limiten las actividades de la vida diaria como el deporte, que se realicen múltiples consultas médicas e, incluso, estudios diagnósticos a veces innecesarios, pero costosos, no solo desde el punto de vista económico. Por otro lado, los casos debidos a una etiología cardiaca pueden ser amenazantes para la vida; por lo cual, ante una consulta por este síntoma, lo más importante es no dejar sin detectar ninguno de estos casos, intentando evitar estudios innecesarios en los de etiología benigna. Para ello, es fundamental que el pediatra conozca bien las causas cardiacas y no cardiacas de dolor torácico(4,5).

El diagnóstico diferencial es muy amplio (Tabla I), y aunque en los últimos años las consultas pediátricas por dolor torácico van en aumento, no hay protocolos ni guías clínicas estandarizados para su abordaje diagnóstico y terapéutico. Dado que la patología cardiaca es el diagnóstico que puede plantear un riesgo vital, la tendencia general es hacer una primera clasificación de los casos en los que se puede sospechar una etiología cardiaca y diferenciarlos del resto(6).

tabla

 

Etiología(1,2,5,7-10)

Además de los pocos casos de origen cardiaco en la edad pediátrica, el dolor torácico puede ser de origen diverso: musculoesquelético (incluyendo los casos idiopáticos), respiratorio, digestivo y psicógeno, los principales.

Conocer y entender las causas cardiacas y no cardiacas de dolor torácico, ayuda a dirigir la evaluación de estos pacientes.

Patología cardiaca

Según los estudios publicados sobre pacientes que consultan en Urgencias, se encuentra en alrededor del 1 % de los casos.

Patología inflamatoria(11)

El dolor torácico es el síntoma de presentación más frecuente de la pericarditis y puede serlo de la miocarditis, aunque en ninguna de ellas suele ser un síntoma aislado. La pericarditis es más frecuente, siendo la infección viral la causa conocida más común en el mundo desarrollado; en los países en desarrollo es la tuberculosis. Sin embargo, en la mayoría de los casos, no llega a identificarse la causa precisa y se habla de pericarditis idiopática. El cansancio, la fiebre, la disnea, los vómitos o la tos, además del dolor torácico, son frecuentes. El dolor típico es intenso y agudo, pero puede ser sordo, opresivo o “palpitante”. Normalmente, empeora en decúbito supino y mejora en sedestación y al inclinarse hacia adelante. Puede empeorar con la tos y la inspiración. Puede auscultarse un roce pericárdico en el borde esternal izquierdo. El diagnóstico de pericarditis se basa en la clínica y el electrocardiograma (ECG). Los cambios típicos son la elevación del segmento ST en la mayoría de las derivaciones y la depresión del PR. El ECG puede ir cambiando a lo largo de la evolución: en la segunda fase (o fase subaguda) de la enfermedad, desaparece la elevación del ST y las ondas T se aplanan. En la tercera fase predomina la inversión de la onda T, seguida de una normalización del ECG en la cuarta fase. Si se confirma el diagnóstico de pericarditis, está indicado realizar un ecocardiograma (para valorar la presencia de derrame y el posible compromiso de la función diastólica) y un análisis de sangre con marcadores de daño miocárdico. En la miocarditis, al inicio, los síntomas se pueden solapar con otras infecciones virales (náuseas, vómitos, sensación de malestar, mialgias, signos de deshidratación), pudiendo presentar, además, dolor torácico y taquicardia. Hay que tener un alto índice de sospecha en niños con dolor torácico de características atípicas, sobre todo con rasgos de dolor isquémico, acompañado de fiebre, alteración persistente de las constantes vitales, y en niños con inestabilidad hemodinámica que no responde a fluidos. Es frecuente que haya alteraciones en el ECG: signos de isquemia, alteraciones en la repolarización, retraso en la conducción y voltajes débiles. En la radiografía (Rx) de tórax puede haber cardiomegalia y/o infiltrados alveolares bilaterales. Los casos de miopericarditis comparten características de ambas. Este diagnóstico está aumentando, sobre todo, al encontrar elevación de enzimas miocárdicos en pacientes diagnosticados de pericarditis.

Miocardiopatía hipertrófica (MCH)

Hay que considerar este diagnóstico en todo paciente con: dolor torácico durante el ejercicio, síncope con el ejercicio, taquicardia ventricular asociada al ejercicio o historia familiar de MCH. Se ha identificado el gen mutado responsable de esta enfermedad, que se hereda de forma autosómica dominante, aunque con un amplio espectro de variabilidad. Aunque el riesgo de muerte súbita es bajo (se considera del 0,6 % a lo largo de la vida), existe, y es una de las principales causas de muerte súbita en la edad pediátrica. Estos pacientes suelen tener un soplo sistólico que aumenta en bipedestación y con las maniobras de Valsalva. En el ECG, los hallazgos típicos son: aumento del voltaje en derivaciones izquierdas, onda Q en derivaciones inferiores, ondas T invertidas profundas, alteraciones de la onda T en derivaciones precordiales y criterios de hipertrofia de aurícula izquierda.

Salida anómala de las arterias coronarias

Hay que descartar esta anomalía en niños o adolescentes con dolor torácico con datos de isquemia miocárdica. En estos casos, el origen de la coronaria derecha o la izquierda, está en el seno aórtico erróneo, discurriendo la coronaria entre la aorta y la pulmonar. Durante el ejercicio, ante el aumento del gasto miocárdico, sufren episodios de isquemia, con dolor torácico que irradia al brazo izquierdo, al cuello o a la mandíbula, acompañado, a veces, de diaforesis y/o dificultad respiratoria. En el ECG puede verse elevación o descenso del ST en derivaciones precordiales izquierdas, con cambios recíprocos en las derivaciones de los miembros.

Disección de aorta

Aunque es extremadamente rara en niños, hay que tenerla en cuenta cuando el dolor torácico es muy intenso y persistente, irradiado a la espalda y/o el abdomen, los hombros o el cuello. Habitualmente, la apariencia es de dolor y enfermedad graves. Los pacientes con: síndrome de Marfan, síndrome de Turner, malformaciones graves de la pared torácica o trastornos del tejido conectivo, tienen un mayor riesgo. Cuando se sospecha esta patología, hay que solicitar una tomografía computarizada (TC) urgente, ya que es la técnica diagnóstica indicada y el tratamiento debe ser lo más precoz posible.

Arritmias(7,12)

Pueden producir dolor torácico, probablemente por cierto grado de isquemia miocárdica, si se prolongan en el tiempo. Las arritmias deben considerarse en los pacientes que presentan junto al dolor torácico: palpitaciones, síncope, convulsiones o dificultad respiratoria brusca, y en los pacientes con cardiopatías estructurales. En estos casos, hay que realizar un ECG para descartar arritmias que pueden ser amenazantes para la vida: QT largo congénito, síndrome de Wolff-Parkinson-White (WPW), síndrome de Brugada y taquicardia ventricular polimorfa catecolaminérgica. Salvo el WPW, estas arritmias se producen por canalopatías hereditarias, por lo que los antecedentes personales pueden facilitar el diagnóstico, aunque también pueden aparecer por mutaciones “de novo”. La arritmia más frecuente en la edad pediátrica es la taquicardia supraventricular (TSV): se estima que alrededor de un tercio (entre el 30 y el 60 % según las publicaciones), de los niños que presentan dolor torácico de origen cardiaco, presentan una TSV; es decir, es una de las causas de dolor torácico de origen cardiaco más frecuentes. Los síntomas son variables, en función de: la edad, la madurez del niño y su capacidad para expresar los síntomas, la duración de la taquicardia, el mecanismo de la misma y la existencia o no de una patología cardiaca previa. Los lactantes suelen presentar: irritabilidad, rechazo de tomas y otros signos de insuficiencia cardiaca. En niños mayores, los síntomas más frecuentes son: palpitaciones, molestia o dolor torácico y sensación de mareo. El dolor torácico suele ir asociado a la rapidez de instauración de esta taquicardia, que conlleva, muchas veces, una caída brusca de la presión arterial. Aunque la mayoría de los niños mayores tienen episodios cortos (minutos), con síntomas leves, si la taquicardia se prolonga más de 48 horas, es probable que se desarrolle insuficiencia cardiaca. La mayoría se producen por una vía accesoria de conducción entre las aurículas y los ventrículos, que puede estar oculta, o ser manifiesta como en el síndrome de WPW. El ECG basal (en ritmo sinusal) de los pacientes con síndrome de WPW se caracteriza por la onda delta: un ascenso gradual en el QRS que se produce por una primera fase de ascenso rápido producido por la conducción por el haz accesorio y otra más lenta cuando el impulso eléctrico llega al ventrículo. La taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica se caracteriza por tener un ECG basal normal, a diferencia de otras taquicardias; esta arritmia se identifica en la prueba de esfuerzo, ya que está inducida por la secreción de catecolaminas.

Isquemia miocárdica

La obstrucción de salida del ventrículo izquierdo puede producir reducción del flujo coronario y angina (miocardiopatía hipertrófica, estenosis aórtica, coartación de aorta). La angina de pecho clásica, aunque muy poco frecuente en la edad pediátrica, puede presentarse en niños con condiciones predisponentes (hiperlipemia, antecedentes de enfermedad de Kawasaki con afectación coronaria o enfermedades del tejido conectivo como el lupus eritematoso sistémico). El dolor típico es precordial, opresivo, intenso, se irradia al brazo izquierdo, el hombro, la mandíbula o al cuello, y se acompaña de diaforesis y, en ocasiones, de dificultad respiratoria. En el ECG aparecen elevación del segmento ST mayor de 1 mm en derivaciones anatómicamente adyacentes e inversión de la onda T.

Vasoespasmo coronario debido a consumo de drogas ilícitas

Está descrito este efecto de la cocaína y las anfetaminas desde hace muchos años. A lo largo de la década pasada se han identificado las drogas de diseño como potenciales causas (cannabinoides y catanoides sintéticos). Provocan un dolor y cambios en el ECG típicos de isquemia. Se han descrito también síndromes idiopáticos de vasoespasmo coronario y discinesia miocárdica, que mimetizan la isquemia coronaria del adulto en adolescentes.

Patología musculoesquelética

Es la etiología más frecuente de los casos que llegan a tener un diagnóstico. En los niños más pequeños es rara. A menudo, es necesario hacer una historia clínica minuciosa, repasando las actividades de los últimos días, para encontrar factores de riesgo o contribuyentes: traumatismos, malformaciones de la pared torácica, inflamación de la unión costocondral por sobreúso (p. ej.: tos). Hay descritos varios síndromes de dolor torácico aislado de causa musculoesquelética y etiología desconocida en niños y adolescentes.

Costocondritis

Suele haber dolor a punta de dedo en los cartílagos costales a lo largo del borde esternal. Hay maniobras que pueden reproducir el dolor en la exploración (tracción del brazo hacia adelante, “el gallo cacareando”). Movimientos habituales como levantar una mochila del suelo y llevarla al hombro después, pueden ser el desencadenante. Suele ser unilateral y afectar más al lado izquierdo.

Síndrome de la costilla flotante

Afecta a las costillas 8ª, 9ª y 10ª, que no están unidas al esternón por cartílago, sino que lo están entre sí por tejido fibroso. Si este tejido se rompe o se lesiona, las costillas pueden deslizarse, rozando o presionando los nervios intercostales, lo cual produce dolor.

Síndrome de pinzamiento o dolor precordial

Dolor intenso, brusco, punzante, de 10-20 segundos de duración y resolución espontánea. Es de causa desconocida y, aunque puede ser recurrente, fuera de ello no implica morbilidad.

Pectum excavatum y pectum carinatum

Es relativamente frecuente que estos pacientes se quejen de dolor torácico. Sin embargo, no suele ser atribuible a la deformidad en sí, por lo que hay que intentar llegar a un diagnóstico para que no pasen desapercibidas entidades potencialmente graves, más frecuentes en pacientes con patologías del tejido conectivo asociadas a estas deformidades: el síndrome de Marfan (mayor riesgo de neumotórax y disección de aorta), el síndrome de Ehlers-Danhlos (mayor riesgo de disección de aorta) y el síndrome de Turner (mayor riesgo de estenosis y coartación de aorta).

Síndrome de Tietze

Inflamación benigna, dolorosa a la palpación, de las articulaciones esternoclavicular, costocondral o costoesternal, casi siempre a la altura de las costillas 2ª y 3ª. Solo se afecta un nivel y hay que distinguirlo de la costocondritis, en la cual no puede identificarse un punto concreto afectado. Es típico de varones jóvenes y de causa desconocida.

Patología respiratoria

Supone en torno a un 10-15 % de los casos, según los estudios publicados.

• El dolor torácico en niños o adolescentes con fiebre y tos, sobre todo, si es de más de 3 días de evolución y si se acompaña de dificultad respiratoria o hipoxemia moderada, es un síntoma con alto valor predictivo positivo de neumonía. En la auscultación puede haber crepitantes o soplo tubárico. El dolor puede deberse a irritación de la pleura parietal y tener características pleuríticas.

• Las exacerbaciones del asma se caracterizan por la aparición de tos, dificultad respiratoria, dolor o molestia torácicos y sibilancias.

• Cualquier proceso que curse con tos crónica puede producir dolor torácico por distensión de la musculatura respiratoria.

• El neumomediastino espontáneo es una entidad rara en Pediatría. Produce dolor torácico. Los precipitantes pueden ser: crisis de asma, infecciones del tracto respiratorio, vómitos o tos vigorosos, consumo de drogas ilegales y maniobras de Valsalva. En la exploración física puede encontrarse: enfisema subcutáneo en el cuello o la región precordial, disnea y signo de Hamman (crujido o roce audible en la región precordial síncrono con el latido cardiaco).

• Hay que considerar la posibilidad de un tromboembolismo pulmonar (TP) en pacientes con riesgo de trombofilia (anticonceptivos orales, patología oncológica, inmovilización prolongada, enfermedad reumatológica, gestación avanzada, shunts de derivación ventrículo-atriales por hidrocefalia, catéteres venosos centrales, cardiopatías, infección sistémica, deshidratación grave, bajo gasto cardiaco, obesidad, antecedentes familiares de trombofilia). Como en el adulto, se presenta con: dolor pleurítico, tos, taquicardia, taquipnea, respiración superficial y, en ocasiones, colapso brusco. Sin embargo, en muchos casos, sobre todo en niños pequeños, se presenta con síntomas inespecíficos que pueden atribuirse a la enfermedad de base que lo provoca, por lo que debe tenerse en cuenta en el diagnóstico diferencial de cualquier deterioro cardiorrespiratorio en niños críticamente enfermos.

• Hipertensión pulmonar (HTP). Secundaria a patología pulmonar, cardiaca o enfermedades sistémicas como el lupus eritematoso sistémico (LES). También puede encontrarse sin causa aparente (HTP idiopática). Puede producir dolor torácico, pero son más frecuentes otros síntomas como: fatiga, letargia y disnea o síncope con el ejercicio.

• Síndrome torácico agudo, en pacientes con anemia de células falciformes. Es una complicación grave que ocurre aproximadamente en el 50 % de los pacientes a lo largo de su vida. Se define por la presencia de dolor torácico y, además, alguno de los siguientes: infiltrado pulmonar que afecte, al menos, un segmento en la Rx de tórax (excluyendo atelectasias), fiebre y signos de dificultad respiratoria (taquipnea, tiraje, tos, sibilancias).

Patología gastrointestinal

Se estima que un 5-10 % de los casos de dolor torácico en niños y adolescentes son de origen gastrointestinal. La mayoría por irritación de la mucosa esofágica o espasmo del músculo liso por enfermedad por reflujo gastroesofágico (RGE). El dolor puede ser brusco, intenso, subesternal, y puede irradiarse a la espalda y simular patologías cardiacas. La esofagitis eosinofílica puede ser causa de dolor torácico en niños, incluso de corta edad. Puede durar de minutos a horas, resolverse espontáneamente o con antiácidos. Suele ocurrir después de las comidas, puede despertar al paciente por la noche y se exacerba en periodos de estrés emocional. Menos frecuentes son: la esofagitis inducida por “píldoras”, los cuerpos extraños esofágicos y la perforación esofágica.

Patología psicógena

Este grupo de patologías cada vez es más frecuente en la infancia y la adolescencia. En concordancia, cada vez se encuentran más casos de los que consultan por dolor torácico con causas psicógenas como etiología. Deben tenerse en cuenta, sobre todo, en pacientes con trastorno depresivo o de ansiedad ya diagnosticado, aunque es muy frecuente que exista de base alguna alteración no diagnosticada y, entonces, estos casos sean más difíciles de identificar. Debe ser siempre un diagnóstico de exclusión, después de una adecuada anamnesis y exploración física, que determinarán la necesidad o no de exploraciones complementarias, y debe realizarse un adecuado seguimiento. Por ello, aunque se sospeche en Urgencias o en una primera consulta, el diagnóstico definitivo debe hacerse tras un periodo de seguimiento, normalmente en Atención Primaria, aunque, en ocasiones, sea de ayuda una valoración previa por el especialista en salud mental.

Casos idiopáticos

Entre un 20 y un 40 %, según las series publicadas, de los casos pediátricos de dolor torácico, no son diagnosticados de ninguna patología después de una evaluación cuidadosa. Aunque los episodios de dolor pueden repetirse, la mayoría son de muy buen pronóstico y se resuelven espontáneamente en un tiempo.

Evaluación diagnóstica(13-18)

La mayoría de los pacientes pediátricos que consultan por dolor torácico están clínicamente estables, sin signos de dolor ni enfermedad.

La historia clínica y la exploración física indicarán qué pacientes pueden ser dados de alta sin exploraciones complementarias y sin ser derivados a ninguna especialidad y cuáles sí lo necesitan.

Hay datos de la historia clínica y la exploración física (denominados “red flags”) que indican un riesgo considerable de que el dolor sea debido a una patología cardiaca (Tabla II). Los pacientes estables sin ninguno de estos datos, no requieren estudios diagnósticos adicionales(1-3,6,13). Hay que tener en cuenta que la realización de pruebas o derivaciones innecesarias, además de incrementar el gasto sanitario, puede aumentar la preocupación y ansiedad del propio paciente(6).

tabla

 

La historia clínica debe ser detallada y dirigida a identificar los datos de alarma citados anteriormente. Además, hay que preguntar por datos que orienten el diagnóstico (Tabla III): características del dolor, síntomas acompañantes, síntomas precipitantes o agravantes.

tabla

 

La exploración física debe comenzar, como siempre, con la valoración global del paciente por inspección, sistematizada en el triángulo de evaluación pediátrica (TEP). En los pacientes que consultan con dolor activo, es recomendable tomar las constantes vitales, aunque el anterior sea estable. La normalidad comprobada en ellas, hace muy poco probable una patología grave. La taquicardia, la taquipnea y la elevación de la presión arterial deben interpretarse con cautela y en cada contexto individual, ya que pueden ser debidas a estrés o ansiedad.

Es recomendable realizar la exploración de forma sistematizada, con especial atención en:

• Tórax: la presencia de pectum excavatum debe alertar de la posibilidad de alguna conectivopatía con patología cardiaca asociada, igual que los rasgos de enfermedad de Marfan. La presencia de dolor a punta de dedo en la unión costocondral o los músculos intercostales indica una causa muscular, así como el dolor con las maniobras de evaluación de la fuerza de estos grupos musculares.

• Auscultación pulmonar: aireación, duración de las fases respiratorias, ruidos respiratorios y asimetrías (la espiración alargada y las sibilancias son signos de broncoespasmo; la inspiración alargada, con disminución localizada de los ruidos respiratorios o la presencia de crepitantes hace pensar en neumomía; en el TP se puede encontrar disminución localizada de la aireación, sibilancias y opacidad en la percusión).

• La auscultación cardiaca debe centrarse en la presencia de soplos de nueva aparición, roces y ritmos de galope. Los tonos lejanos o apagados pueden ser signos de derrame pericárdico por pericarditis. La miocardiopatía hipertrófica se acompaña típicamente de un soplo sistólico en borde esternal izquierdo, que se irradia a la axila y a la espalda y que se intensifica con la maniobra de Valsalva. Si los pulsos periféricos están disminuidos o encontramos un gradiente diferencial, habrá que pensar en patologías que afecten a la contractilidad miocárdica o que obstruyan la salida del ventrículo izquierdo.

• En el abdomen, el dolor a la palpación en el epigastrio puede ser signo de esofagitis por enfermedad por RGE. La hepatomegalia y los edemas sugieren fallo cardiaco.

La indicación de realizar exploraciones complementarias debe ir dirigida por los hallazgos de la historia clínica y la exploración física.

• El ECG se utiliza de forma sistemática en la evaluación del dolor torácico en los pacientes pediátricos que son derivados a cardiología. En los servicios de Urgencias y en la consulta de Atención Primaria, puede limitarse a los pacientes con los datos de alarma sobre una posible cardiopatía, descritos anteriormente (Tabla II). Fuera de ellos, la rentabilidad diagnóstica del ECG ha demostrado en diferentes estudios ser muy baja.

• Enzimas miocárdicos(18). La determinación de la troponina sérica está indicada en pacientes con datos de alarma en los que se sospecha isquemia o miopericarditis. Cuando la probabilidad pretest de enfermedad miocárdica es baja, aumenta la proporción de falsos positivos. Los niveles de péptido natriurético tipo B son útiles para monitorizar la evolución en pacientes con insuficiencia cardiaca congestiva (ICC); es excepcional, por tanto, que esté indicado en pacientes pediátricos que consultan por dolor torácico.

• La Rx de tórax no debe utilizarse de rutina. Está indicada si hay sospecha de patología respiratoria que produzca alteraciones radiológicas (neumonía, TP, neumotórax); puede mostrar cardiomegalia (índice cardiotorácico >0,55) en pacientes con ciertas patologías cardiacas.

• El ecocardiograma(10) cada vez está más estandarizado, cuenta con más avances tecnológicos y con más destreza en el personal que lo realiza. Las indicaciones para realizarlo de una forma urgente en los casos de dolor torácico de los pacientes en edad pediátrica son: la sospecha de pericarditis o miocarditis, la aparición de un soplo nuevo y la sospecha de disección de aorta. Se realizará un ecocardiograma de forma diferida en los pacientes con alteraciones en el ECG, o con “red flags”, que sean derivados a la consulta de cardiología.

Hay pacientes que merecen una consideración especial por su patología de base, en los que hay que bajar el umbral para realizar exploraciones complementarias, así como considerar la derivación a los subespecialistas antes que en otros pacientes, realizar un seguimiento más largo y riguroso: mujeres embarazadas, patologías del tejido conectivo o reumatológicas, anemia de células falciformes, cardiopatías congénitas y pacientes con patología del neurodesarrollo.

Actuación terapéutica

Los pacientes que se presenten con un TEP alterado, deben ser evaluados y estabilizados siguiendo las reglas básicas del ABCD, empezando con la toma de constantes vitales, la monitorización y siguiendo los principios de soporte vital pediátrico. Los pacientes estables, pero con datos a favor de patología cardiaca, también deben monitorizarse en caso de que refieran el dolor activo en el momento de la consulta. Si presentan dificultad respiratoria o una SatO2 menor del 95 %, se administrará oxígeno suplementario. El dolor debe tratarse inicialmente con paracetamol oral o intravenoso (15 mg/kg). Si hay taquicardia, mala perfusión periférica o hipotensión, se canalizará una vía venosa periférica y se administrarán bolos de 5-10 ml/kg de peso de cristaloides, en caso de sospecha de shock cardiogénico; y de 10-20 ml/kg, si se sospecha hipovolemia o disminución de la resistencia vascular periférica. Asegurada una adecuada precarga cardiaca, hay que consultar con los especialistas en cardiología y/o cuidados intensivos pediátricos, para valorar la administración de drogas vasoactivas, lo cual requiere el traslado temprano a un hospital terciario. Si se objetiva alguna arritmia cardiaca como causa del dolor, se actuará según los protocolos específicos para tratar cada una de ellas(3).

En la mayoría de los pacientes, que presentan un TEP estable y buen estado general en el momento de la consulta, habrá que valorar la necesidad de tratamiento, si se sospecha una patología específica. En aquellos con datos de alarma en la anamnesis o la exploración física, se realizará un ECG y se realizará una interconsulta a cardiología, para una valoración en un corto plazo de tiempo (una o dos semanas).

Función del pediatra de Atención Primaria

Como se ha dicho a lo largo del texto, la mayoría de los pacientes en edad pediátrica que consultan por dolor torácico, lo hacen sin el dolor activo o este es leve y son pacientes estables. La función primordial del pediatra de Atención Primaria es hacer una selección de los casos que podrán resolverse tras realizar una historia clínica y una exploración física detalladas, sin dejar escapar los casos con una causa potencialmente grave que requieran otras actuaciones diagnóstico-terapéuticas.

Algunos de los casos que pueden resolverse en la consulta, tendrán un diagnóstico concreto, pero un porcentaje importante se catalogarán de dolor torácico idiopático. En cuanto a los primeros, habrá que instaurar el tratamiento indicado en cada caso, si lo hay. Tanto si hay un diagnóstico de sospecha como si el dolor parece idiopático, debe realizarse un adecuado seguimiento; ya que, aunque en general, son casos con buen pronóstico, es importante comprobar que la evolución es favorable y el dolor termina resolviéndose a corto o medio plazo.

En cuanto a los casos en los que está indicado realizar pruebas complementarias, el ECG y la Rx de tórax son las que pueden realizarse en Atención Primaria. El ECG está indicado en los casos con datos de alarma que sugieran la existencia de una etiología cardiaca del dolor. La radiografía de tórax está indicada en algunos casos en que se sospecha patología respiratoria: neumonía y neumotórax principalmente.

Los pacientes con datos de alarma para cardiopatía, aunque tengan un ECG normal, deben ser derivados a las consultas de cardiología. También, pueden precisar derivación a consultas de atención especializada los pacientes con otros diagnósticos: los casos en los que se sospecha asma, pero en los que los hallazgos clínicos no son definitivos, serán derivados a neumología; y los casos de sospecha de esofagitis que no se resuelven con tratamiento antiácido o recurren, serán derivados a gastroenterología. Los casos en que se sospecha un origen psicógeno, deben haber sido valorados previamente de forma cuidadosa; aunque se considera un diagnóstico de exclusión, en ausencia de datos de alarma, la historia clínica y la exploración física, junto con un seguimiento estrecho, pueden dar el diagnóstico. En ocasiones, la valoración temprana por un especialista de salud mental facilita el abordaje de estos pacientes.

En el pequeño porcentaje de pacientes que se presentan con un TEP alterado, hay que seguir las reglas de soporte vital pediátrico, resumidas en el ABDC: tomar las constantes vitales y monitorizarlas (incluyendo monitorización cardiaca si es posible); estabilizar la vía aérea; administrar oxígeno si la saturación arterial por pulsioximetría está por debajo de 95 % o si hay cianosis; canalizar una vía venosa periférica, si hay signos de inestabilidad hemodinámica; y administrar un bolo de suero salino fisiológico a 10 ml/kg. En cuanto sea posible, se realizará un ECG y, si se detecta isquemia o una arritmia activa, se iniciará el tratamiento específico si está disponible, movilizando lo antes posible a los servicios de emergencias con soporte vital avanzado para su traslado.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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3.*** Fisher JD, Warren B. Pediatric chest pain: using evidence to reduce diagnostic testing in the emergency department. Pediatr Emerg Med Pract. 2022; 19: 1-24.

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8. Ortigado Matamala A. Síncopes. Pediatr Integral. 2021; XXV: 399-405. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2021-12/sincopes-2021/.

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13.*** Sumski CA, Goot BH. Evaluating Chest Pain and Heart Murmurs in Pediatric and Adolescent Patients. Pediatr Clin North Am. 2020; 67: 783-99. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.pcl.2020.05.003.

14.*** Danon S. Chest Pain, Palpitations, and Syncope: Preventing Sudden Cardiac Death in Children. Adv Pediatr. 2023; 70: 171-85. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.yapd.2023.04.003.

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Bibliografía recomendada

- Fisher JD, Warren B. Pediatric chest pain: using evidence to reduce diagnostic testing in the emergency department. Pediatr Emerg Med Pract. 2022; 19: 1-24.

Artículo de revisión dirigido a dar unas pautas para el abordaje del dolor torácico pediátrico en Urgencias, apoyándose en los estudios de mayor calidad sobre el tema.

- Friedman KG, Alexander ME. Chest pain and syncope in children: a practical approach to the diagnosis of cardiac disease. J Pediatr. 2013; 163: 896-901.e1-3. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.jpeds.2013.05.001.

Los autores exponen un caso de dolor torácico y otro de síncope durante el ejercicio, y se sirven de su explicación para repasar la actitud diagnóstica indicada en estos casos.

- Sumski CA, Goot BH. Evaluating Chest Pain and Heart Murmurs in Pediatric and Adolescent Patients. Pediatr Clin North Am. 2020; 67: 783-99. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.pcl.2020.05.003.

Se trata de una revisión detallada de las causas y pruebas diagnósticas del dolor torácico en el adolescente y de los soplos cardiacos, también en esta edad.

- Danon S. Chest Pain, Palpitations, and Syncope: Preventing Sudden Cardiac Death in Children. Adv Pediatr. 2023; 70: 171-85. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.yapd.2023.04.003.

Artículo muy reciente; repasa la evaluación del dolor torácico, las palpitaciones y el síncope, como posibles premonitores de patología cardiaca grave, exponiendo de una forma clara los criterios para avanzar en la evaluación diagnóstica de estos casos.

 

Caso clínico

 

Varón de 13 años que consulta por 2 episodios de dolor en el pecho en las últimas 2 semanas. El primero comenzó después de un entrenamiento de fútbol, después de ducharse. El segundo estando estudiando en casa. Refiere que, en las dos ocasiones, el dolor había sido precedido de sensación de palpitaciones, y al cabo de un rato, había aparecido el dolor. Lo señala centrotorácico y lo describe como opresivo y leve, por lo cual no habían consultado inicialmente. Se había resuelto espontáneamente en las dos ocasiones, aunque la primera duró unos 20 minutos, la segunda cree que un poco más. No ha tenido fiebre, tos, ni ningún otro síntoma acompañante. Durante los episodios, dice que ha permanecido voluntariamente en reposo, por la persistencia del dolor y la sensación de palpitaciones. Antes y después de los episodios, había estado completamente asintomático, realizando vida normal. Es un adolescente sin ningún antecedente patológico relevante y tampoco tiene historia familiar de cardiopatía ni arritmias cardiacas.

En el momento de la consulta no tiene dolor. El último episodio fue el día anterior y el día de la consulta no había hecho educación física en el colegio por temor a que reaparecieran los síntomas.

El triángulo de evaluación pediátrica es normal, y la exploración física, incidiendo en la auscultación cardiaca y respiratoria y los pulsos periféricos, son normales. Se toman las constantes vitales, que también son normales para la edad: FC: 82 lpm; TA: 110/59 mmHg; SatO2: 98 %; Tª: 36,1ºC.

Completadas la anamnesis y la exploración física, se trata de un paciente estable que consulta por dolor torácico, con un dato de alarma: la sensación de palpitaciones asociadas al dolor. No precisa ninguna maniobra terapéutica en el momento de la consulta, pero sí está indicado realizar un ECG en busca de datos de patología cardiaca.

El ECG muestra un ritmo sinusal, con una FC de 80 lpm, un eje de 90º, un PR corto, de 0,08 segundos y una onda delta, sin otras alteraciones en el QRS ni en la repolarización.

Ante el hallazgo de preexcitación, típico del síndrome de Wolff-Parkinson-White, que supone un riesgo elevado de provocar episodios de taquicardia supraventricular paroxística, el diagnóstico de sospecha es este. Dado que el paciente está asintomático en el momento de la consulta y que los episodios que cuenta han sido autolimitados sin llegar a desarrollar síntomas de compromiso miocárdico, se decide derivar de forma preferente a la consulta de cardiología. Se informa al paciente y a sus padres: de la sospecha diagnóstica, de que los episodios de taquicardia pueden repetirse sin necesidad de ningún desencadenante y de que, en ocasiones, revierten con maniobras de Valsalva. Se instruye al paciente de cómo puede realizarlas en caso de reaparecer los síntomas. Se indica, además, acudir a Urgencias en caso de nuevos episodios. Al día siguiente, se contacta con los padres para comprobar que la cita en cardiología es menos de una semana después.

 

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Dificultad respiratoria aguda

 

G. Claret Teruel, J. Martínez Hernando, A. Agulló Gonzálvez, A. Aparicio Coll, C. Luaces Cubells
Temas de FC


G. Claret Teruel, J. Martínez Hernando, A. Agulló Gonzálvez, A. Aparicio Coll, C. Luaces Cubells

Servicio de Urgencias. Hospital Sant Joan de Déu. Barcelona

Resumen

La dificultad respiratoria es un motivo de consulta frecuente en Urgencias pediátricas. La primera medida es la evaluación del paciente mediante el triángulo de evaluación pediátrica (TEP), monitorización y estabilización con administración de oxigenoterapia. La historia y exploración física son suficientes para la orientación diagnóstica en la mayoría de los casos. La etiología más frecuente es la respiratoria, pero se deben barajar la metabólica o cardiovascular. La laringitis aguda se define como: obstrucción de vía aérea superior con la característica tos metálica y estridor inspiratorio. Según su gravedad, puede ser necesario tratamiento con corticoides (orales y nebulizados) o adrenalina nebulizada. La bronquiolitis es la primera infección del tracto respiratorio inferior en lactantes menores de 24 meses. Su diagnóstico es clínico y, según su gravedad, se instaura un tratamiento de soporte, sin que exista un fármaco que se haya demostrado útil en el curso de la enfermedad. La crisis asmática se presenta como: tos, disnea y opresión torácica, y la auscultación típica son las sibilancias. Su tratamiento consiste en broncodilatadores y, en algunos casos, corticoides sistémicos. La neumonía es la infección del parénquima pulmonar. El diagnóstico es clínico y se confirma por prueba de imagen. Según su etiología, puede ser necesaria la antibioticoterapia sistémica.

 

Abstract

Respiratory distress is a frequent reason for consultation in the paediatric emergency department. The first step is patient assessment using the paediatric assessment triangle (PET), monitoring and stabilisation with oxygen administration. History and physical examination are sufficient for diagnostic guidance in most cases. The most common aetiology is respiratory, but metabolic or cardiovascular aetiology should be considered. Acute laryngitis is defined as: upper airway obstruction with characteristic metallic cough and inspiratory stridor. Depending on its severity, treatment with corticosteroids (oral or nebulised) or nebulised adrenaline may be necessary. Bronchiolitis is the first lower respiratory tract infection in infants under 24 months of age. It is diagnosed clinically and, depending on its severity, supportive treatment is instituted, with no drug proven to be useful in the course of the disease. The asthmatic crisis presents as cough, dyspnoea and chest tightness, and the typical auscultation is wheezing. Treatment consists of bronchodilators and, in some cases, systemic corticosteroids. Pneumonia is an infection of the lung parenchyma. The diagnosis is clinical and is confirmed by chest X-ray imaging. Depending on the aetiology, systemic antibiotic therapy may be necessary.

 

Palabras clave: Dificultad respiratoria aguda; Bronquiolitis; Broncoespasmo; Laringitis; Neumonía.

Key words: Acute respiratory distress; Bronchiolitis; Bronchospasm; Laryngitis; Pneumonia.

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 27 – 36


Objetivos

• Exponer las principales causas de dificultad respiratoria aguda en el niño.

• Detectar la dificultad respiratoria precozmente, para evitar una evolución desfavorable.

• Orientar y tratar a un paciente con dificultad respiratoria aguda en una consulta de Atención Primaria o en un Servicio de Urgencias.

 

Dificultad respiratoria aguda

Introducción

La dificultad respiratoria es un motivo de consulta frecuente en Urgencias pediátricas. Es preciso detectarla y tratarla precozmente, para evitar una evolución desfavorable.

La dificultad respiratoria es la necesidad de un mayor esfuerzo para conseguir una mejor ventilación pulmonar y oxigenación de los tejidos, y es motivo de consulta frecuente en los servicios de Urgencias pediátricas(1). Se manifiesta como: un aumento en el trabajo respiratorio, taquipnea, aleteo nasal, uso de la musculatura accesoria y/o retracciones costales. Es preciso reconocer y tratar precozmente la dificultad respiratoria, especialmente en los neonatos y lactantes, ya que puede evolucionar a un fracaso respiratorio, fallo cardiopulmonar e incluso la muerte(1).

Estabilización inicial

La valoración del Triángulo de Evaluación Pediátrica (TEP) nos permitirá identificar a los pacientes con dificultad o fallo respiratorio. En estos pacientes está indicado iniciar las medidas de estabilización inicial lo antes posible.

La evaluación inicial del paciente que consulta en un Servicio de Urgencias se basa en la valoración del TEP. El TEP evalúa la apariencia, la respiración y la circulación, con el objetivo de identificar a los pacientes que precisan medidas iniciales inmediatas para su estabilización(2).

En los pacientes con dificultad respiratoria, cuando evaluamos su respiración, podemos observar: taquipnea, sonidos anormales (sibilantes o estridor), aleteo nasal, aumento en el uso de la musculatura respiratoria accesoria y, en ocasiones, la adopción de una posición que permite una mejor entrada de aire(2). En los neonatos y lactantes pequeños, la obstrucción nasal puede causar dificultad respiratoria.

Si la dificultad respiratoria progresa, se alterará también la apariencia del paciente (fallo respiratorio) y podremos encontrar, tanto agitación como decaimiento, somnolencia o letargia.

En fases avanzadas, la frecuencia respiratoria puede disminuir y el patrón de respiración se vuelve irregular. Estos son signos de gravedad extrema y, si no se instaura tratamiento, puede progresar hasta llegar a la apnea.

Una vez realizada la valoración del TEP y constatada la dificultad o el fallo respiratorio, deberemos instaurar unas medidas iniciales. Entre ellas, se encuentran(2):

• Permitir al niño que adopte la posición en la que esté más confortable y que le permita mantener la vía aérea abierta.

• Permeabilizar la vía aérea mediante la aspiración, si hay secreciones.

• Valorar la instrumentalización de la vía aérea, si el paciente no puede mantenerla abierta por sí mismo (ventilación con bolsa y mascarilla e, incluso, intubación endotraqueal).

• Administrar oxigenoterapia.

• Monitorización de la oxigenación (mediante el pulsioxímetro), frecuencia respiratoria y frecuencia cardiaca. En caso de estar disponible, podemos monitorizar también la CO2 espirada mediante el capnógrafo.

• Administrar un antitérmico, si es necesario.

• Valoración de la gravedad de la dificultad respiratoria mediante una escala validada según la patología sospechada.

• Administrar medicaciones dirigidas al tratamiento de la causa de la dificultad respiratoria (p. ej.: los broncodilatadores en caso de broncoespasmo).

Una vez iniciadas las medidas de estabilización inicial, podremos completar la anamnesis y la exploración física, con el objetivo de orientar la etiología de la dificultad respiratoria y establecer el tratamiento específico más adecuado.

Principales causas de dificultad respiratoria aguda

Podemos distinguir patologías de la vía aérea superior (laringitis) y de la vía aérea inferior (bronquiolitis, crisis asmática y neumonía), entre otras. Es importante reconocer las causas de dificultad respiratoria que pueden constituir auténticas emergencias vitales, como, por ejemplo: la obstrucción aguda de la vía aérea superior y el neumotórax.

Emergencias

Obstrucción aguda de la vía aérea superior

Hay múltiples causas que pueden causar obstrucción de la vía aérea superior, es importante detectar estas causas y valorar su repercusión clínica; ya que, si no actuamos, puede terminar en una parada cardiorrespiratoria.

El signo más característico es el estridor. Si el estridor desaparece aumentando la dificultad respiratoria, debemos sospechar una mala evolución.

Podemos diferenciar entre causas infecciosas o no infecciosas, y si la obstrucción ocurre a nivel supraglótico o infraglótico (Tabla I).

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Neumotórax a tensión

El neumotórax es la colección de aire entre la pleura visceral y la pleura parietal. La causa puede ser secundaria a una crisis de asma, un traumatismo, pero también se puede producir de forma espontánea. Este último es más frecuente en los hombres, con un pico de incidencia en la adolescencia. Los pacientes altos y de constitución delgada (y los fumadores) tienen un mayor riesgo de presentar un neumotórax espontáneo.

Deberemos sospecharlo ante la aparición súbita de dificultad respiratoria y dolor torácico. A la exploración, podemos observar: disminución de los movimientos torácicos, hipofonesis, percusión timpánica y disminución del murmullo vesicular en el lado afectado.

El neumotórax a tensión ocurre cuando el aire entra en el espacio pleural en cada inspiración y no puede salir. Esto provoca el colapso del pulmón afectado y el desplazamiento del mediastino hacia el lado contralateral. Se manifiesta con: hipoxemia, desviación de la tráquea, taquicardia e, incluso, hipotensión, y requiere un manejo urgente.

El diagnóstico es clínico y se confirma mediante la radiografía de tórax, que muestra aire entre las pleuras que delinea la pleura visceral. En adolescentes se considera grande, si entre la línea pleural y la pared torácica hay más de 2 cm (más de 3 cm entre línea pleural y ápex). La ecografía pulmonar también es útil.

El primer episodio de neumotórax espontáneo en un paciente estable requiere la administración de oxigenoterapia y el ingreso para control evolutivo y de imagen (a las 12 horas). En los neumotórax, en pacientes inestables o grandes se recomienda la colocación de un drenaje pleural (punción en el segundo espacio intercostal, línea media clavicular) conectado a un sistema de aspiración con sello de agua, que se pinzará tras 12 horas sin fuga aérea.

Patologías de la vía aérea superior

Laringitis

La laringitis aguda o crup está causada por diferentes grados de obstrucción laríngea, debida a un edema subglótico. Se presenta con un grado variable de tos perruna o metálica, afonía, estridor y dificultad respiratoria(3).

La incidencia estimada es del 3-6 % de niños menores de 6 años, predominando en los meses de otoño e invierno. Aproximadamente, el 60 % de los casos son leves. Solo un 5 % de los casos presentará criterios de gravedad y de ingreso hospitalario.

Dentro de la laringitis aguda, se distinguen dos entidades:

1. Laringitis aguda viral o crup viral: causada por virus respiratorios, suele acompañarse de pródromos virales.

2. Laringitis espasmódica, falso crup o laringitis estridulosa: causada por una contracción brusca del vestíbulo laríngeo asociado al espasmo glótico. Cuadro con inicio y fin brusco y tendencia a la recurrencia. Los síntomas virales suelen estar ausentes.

El diagnóstico es fundamentalmente clínico, con la presencia de “tos perruna o de foca”, asociada o no a estridor inspiratorio o dificultad respiratoria(4).

El pilar fundamental de la valoración es establecer el grado de dificultad respiratoria, existen diferentes escalas para ello. La más usada es la escala de Westley (Tabla II).

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Durante la exploración se debe intentar mantener al paciente tranquilo, la auscultación suele ser normal, pero podemos encontrar murmullo vesicular disminuido asociado a diferentes grados de dificultad respiratoria. La presencia de un estridor bifásico (en la inspiración y la espiración) en reposo es signo de una obstrucción grave de la vía aérea.

Las pruebas complementarias(4), en general, son poco útiles y, en la mayoría de las ocasiones, no serán necesarias.

El tratamiento consistirá en:

• Medidas generales: colocar al paciente en una posición cómoda y en un ambiente tranquilo, minimizando la ansiedad del niño(5). Iniciar: oxigenoterapia 1-2 lpm, si trabajo respiratorio; antitérmicos, si fiebre; y asegurar una adecuada hidratación.

• Corticoides (dosis de ataque): mejoran los parámetros clínicos, disminuyen la estancia hospitalaria, reducen el uso de adrenalina y los ingresos en UCIP (Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos) e intubación(6):

– Dexametasona (tratamiento de elección): 0,15 mg/kg hasta 0,6 mg/kg vía oral (vía de elección) i.m. o e.v. (máx. 10 mg/dosis).

– Prednisolona: 1 mg/kg/ dosis v.o.

– Budesonida nebulizada 2 mg/dosis (independientemente de edad y peso), hasta 3 dosis. Alternativa para niños con vómitos o con dificultad respiratoria grave, en los que no es posible la administración oral.

• Adrenalina acuosa nebulizada 1/1.000, dosis 0,5 mg/kg (máximo 5 mg/dosis), se pueden administrar hasta 3 dosis en intervalos mínimos de 30 minutos. Su efecto es rápido, comenzando a los 10 minutos, con un pico máximo de acción a los 30 minutos y una duración de 2 horas(7). Los síntomas pueden reaparecer cuando cesa su acción, por lo que es recomendable mantener en observación las 4-6 horas posteriores a su administración.

• Si existe fracaso respiratorio, se trasladará a UCIP para evaluar administración de heliox o intubación y ventilación mecánica.

La figura 1 muestra el algoritmo de manejo de un paciente con laringitis aguda en Urgencias.

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Figura 1. Algoritmo de manejo de un paciente con laringitis aguda en Urgencias utilizando la escala o score de Westley.

Patologías de la vía aérea inferior

Bronquiolitis

La bronquiolitis aguda (BA) es la infección del tracto respiratorio inferior más frecuente en el lactante (<24 meses). Se trata de una enfermedad aguda de causa viral, que se caracteriza por: inflamación, edema, aumento de producción de moco, necrosis de las células epiteliales y broncoespasmo, que dan como resultado la obstrucción de la pequeña vía aérea. Afecta a niños por debajo de los 2 años y predomina en los meses de invierno. El principal agente causal es el virus respiratorio sincitial (VRS), responsable de la enfermedad en un 70-80 % de los casos(8).

El diagnóstico de la BA es clínico. Rinitis y tos suelen preceder a un cuadro de dificultad respiratoria (taquipnea, tiraje, aleteo nasal), rechazo del alimento e irritabilidad junto con sibilantes y/o crepitantes a la auscultación. Puede existir fiebre o febrícula, y apneas centrales en los pacientes de menor edad. La mayoría de los pacientes presentan una forma autolimitada de BA, que suele durar entre 11 y 14 días y puede ser manejada en el ámbito ambulatorio. La fase de mayor gravedad suele presentarse entre el 3º y 5º día(9).

La utilización de una escala de gravedad es de gran utilidad, tanto para la valoración inicial como para el control evolutivo. Existen varias escalas de gravedad validadas, una de ellas es el score BROSJOD (Bronchiolitis Score of Sant Joan de Déu)(10) que se muestra en la tabla III.

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El diagnóstico de la BA aguda es clínico, por lo que las exploraciones complementarias no se recomiendan de forma rutinaria, solo en las siguientes situaciones:

• Determinación del VRS en aspirado nasofaríngeo en los candidatos a ingreso para establecer cohortes. En caso de ingreso son necesarias medidas de aislamiento de contacto (C).

• Analítica sanguínea y sedimento de orina en lactantes de edad <1 mes con temperatura axilar ≥38ºC. En caso de afectación del estado general y/o si existen signos analíticos de infección, se recomienda realizar punción lumbar e iniciar antibioticoterapia endovenosa.

• Sedimento de orina en lactantes entre 1 y 3 meses con temperatura axilar ≥38ºC y en lactantes >3 meses con temperatura ≥39ºC, ya que la infección urinaria es la coinfección bacteriana más frecuente, seguida por la otitis media.

• La radiografía de tórax solo se recomienda en BA grave, uso de oxigenoterapia de alto flujo (OAF), evolución tórpida o si asimetría auscultatoria persistente. En la actualidad, el uso de la ecografía pulmonar es una técnica muy útil para detectar complicaciones e, incluso, puede aportar un valor pronóstico(11).

El tratamiento de la BA se basa en el mantenimiento de un adecuado estado de hidratación, oxigenación y soporte ventilatorio, en aquellos casos que lo precisan. En los pacientes con BA leve, solo están indicadas las medidas de soporte y el seguimiento ambulatorio (Fig. 2).

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Figura 2. Algoritmo de manejo de la bronquiolitis aguda.

Hidratación y nutrición: en pacientes con BA leve o moderada, se recomienda la reducción de volumen y el fraccionamiento de la alimentación. En BA grave, ante la progresión de la enfermedad o la incapacidad para realizar las tomas por vía oral, es mejor optar por la nutrición a débito continuo por sonda nasogástrica (idealmente transpilórica). En caso de empeoramiento, a pesar de estas medidas, deberemos optar por dejar el paciente a dieta absoluta y administrar líquidos endovenosos.

Oxigenoterapia: se recomienda cuando la saturación de O2 de la hemoglobina (Sat O2) es <90-92 % o en pacientes con distrés. En los pacientes que precisen un flujo de oxígeno superior a 2 litros/min o con BA moderada o grave (score de BROSJOD >8), el oxígeno debería administrarse de forma precoz mediante un sistema de OAF a 2 litros/kg/min. Se administrará la FiO2 (fracción inspirada de oxígeno) necesaria para mantener la Sat O2 entre 93 y 95 %. Se calcula mediante la fórmula: FiO2 = [((L aire x 0,21) + L O2) / L totales] x 100. Se ha descrito, como criterio precoz de fracaso de la OAF, mantener frecuencia cardiaca > 50 y/o FC > 150 a los 60-90 minutos de iniciar OAF.

Ventilación no invasiva (VNI): la VNI con presión positiva continua sobre la vía aérea (CPAP) o con dos niveles de presión (BLPAP) en la BA grave es bien tolerada y consigue una disminución significativa de la taquipnea y de la hipercapnia. Su utilización precoz disminuye la tasa de intubación.

Tratamiento farmacológico: su indicación debe ser excepcional; ya que, además de su dudosa utilidad, pueden producir efectos secundarios indeseables. Las nebulizaciones de broncodilatadores son controvertidas, porque la respuesta no es universal y la mejoría suele ser transitoria, sin que afecte a la resolución de la enfermedad(12). En los pacientes con BA moderada, edad >6 meses y con un claro predominio de sibilantes a la auscultación, podemos valorar la realización de una prueba terapéutica con salbutamol. Si la Sat O2 es >92 %, se recomiendan 2 inhalaciones; en caso de Sat O2 <92 %, administrarlo nebulizado (2,5 mg disuelto en 4 cc de suero fisiológico; 1,5 mg en neonatos). La adrenalina 1/1.000 nebulizada (0,5 mg/kg en 4 cc de suero fisiológico, dosis máxima 5 mg) se puede utilizar como terapia de rescate en pacientes con BA grave(13). En ambos casos debemos valorar la respuesta tras la nebulización y solo repetir las nebulizaciones si el score disminuye 2 o más puntos. El suero salino hipertónico (SSH) al 3 % para diluir el broncodilatador nebulizado no debe utilizarse en Urgencias. Sin embargo, en pacientes ingresados parece disminuir la estancia hospitalaria. En los pacientes que reciben OAF, en ningún caso se interrumpirá para realizar una nebulización. Los corticoides no están indicados en la BA. Tampoco lo están los antibióticos, que solo se administrarán en pacientes con afectación del estado general o signos analíticos de infección bacteriana.

Fisioterapia respiratoria: en las revisiones sistemáticas realizadas hasta el momento no se hallan efectos beneficiosos, por lo que su aplicación rutinaria no es recomendable.

Debe valorarse el ingreso en la UCIP en las siguientes situaciones:

• Hipoxia a pesar de oxigenoterapia (Sat O2 <90 % con FiO2 40 %).

• BA grave a pesar de tratamiento instaurado en Urgencias/Hospitalización.

• Apneas persistentes.

• Acidosis en la analítica sanguínea (pH <7,2).

• Enfermedad rápidamente progresiva.

• Infección bacteriana grave asociada.

• Síntomas extrapulmonares graves.

• Si se cumplen criterios de fracaso de la OAF o CPAP (si se dispone de este recurso en plantas especializadas).

La mortalidad en pacientes con BA por VRS es inferior al 2 %. Aumenta en pacientes de corta edad (<6-12 semanas de vida), prematuros y pacientes con enfermedades cardiopulmonares crónicas o inmunodeficiencias. La mayoría de los niños se recuperarán sin secuelas, pero entre un 20 % y un 70 % presentan episodios de sibilancias recurrentes hasta los 5 a 10 años de vida.

Es fundamental que padres y cuidadores conozcan la importancia de las medidas higiénicas para prevenir la enfermedad, entre ellas: correcto lavado de manos, limitar el número de visitas al recién nacido, evitar el contacto con personas con infecciones respiratorias y evitar la exposición al humo del tabaco. En los centros sanitarios se recomienda el aislamiento de contacto durante el ingreso.

Recientemente, la Agencia Europea del Medicamento ha aprobado la administración de un anticuerpo monoclonal de vida media extendida (Nirsevimab) para la prevención de las infecciones por VRS en lactantes. Nirsevimab ha mostrado mayor eficacia que placebo en reducir las hospitalizaciones y las infecciones muy graves por VRS(14). Se ha iniciado su administración a los menores de 6 meses en la temporada epidémica 2023-2024(15).

Crisis asmática

Las crisis asmáticas (CA) son episodios de empeoramiento de la situación basal del paciente asmático que requieren modificaciones en el tratamiento. Los síntomas característicos de una crisis asmática son: la disnea, la tos, las sibilancias y la opresión torácica(16). La historia clínica debería valorar: factores desencadenantes, tiempo de evolución de la crisis, cómo se iniciaron los síntomas, fármacos recibidos, dosis, periodicidad, método de administración y cuándo se administró la última dosis. Si el paciente es asmático conocido, debemos investigar: gravedad de las crisis anteriores, ingresos previos (Hospitalización o UCIP), necesidad de ventilación mecánica y tratamiento de mantenimiento.

La exploración física es fundamental para confirmar el diagnóstico de las CA, cuantificar la gravedad de la exacerbación, monitorizar la evolución y objetivar la respuesta al tratamiento. Se deberían determinar la FR, la Sat O2, la FC y la temperatura.

La afectación del estado general es un indicador fiable de gravedad. Los niños que prefieren estar sentados, están agitados, confusos, ansiosos, sudados, incapaces de pronunciar una frase y con llanto agudo o quejido, tienen una CA grave. Igualmente, la taquipnea importante, las retracciones supraclaviculares, la respiración lenta y dificultosa y los movimientos mínimos de aire a la auscultación, son signos de gravedad.

Se recomienda la valoración de la gravedad de la CA mediante una escala validada. En mayores de 2 años se suele utilizar el Pulmonary Score (Tabla IV).

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Los síntomas junto con la Sat O2 permiten estimar la gravedad del episodio (Tabla V).

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En menores de 2 años se recomienda la escala BROSJOD (Tabla III).

Las pruebas complementarias generalmente no son necesarias. Pueden tener cierta utilidad:

Radiografía de tórax: sospecha de aire extrapulmonar (neumotórax, neumomediastino, enfisema subcutáneo), fiebre elevada persistente, evolución tórpida a pesar de un tratamiento adecuado y asimetrías persistentes a la auscultación.

Determinación del CO2: puede ser útil en la monitorización de las CA graves.

Gasometría arterial: nos puede dar información del grado de oxigenación y ventilación, pero es dolorosa y no es fácil de obtener, por lo que se desaconseja su realización excepto en casos graves y en UCIP.

El tratamiento de las CA se basa en la oxigenoterapia, los broncodilatadores y los corticoides, y se indica en función de la gravedad (véase algoritmo diagnóstico y terapéutico de la crisis asmática en Urgencias al final del artículo).

El manejo de las CA debería incluir un plan de acción para que el paciente y los cuidadores sean capaces de reconocer un empeoramiento y empiecen el tratamiento en el domicilio (salbutamol inhalado con cámara espaciadora) y sepan valorar la respuesta al mismo(17).

Oxigenoterapia: si la Sat O2 es igual o inferior a 92 % y/o ante un distrés respiratorio moderado o grave, es preciso administrar oxígeno humidificado, con gafas nasales o mascarilla facial. En la CA pura (a la auscultación predomina la espasticidad), en la que persiste la dificultad respiratoria a pesar de la optimización del tratamiento, la OAF no debe ser un recurso estandarizado, ya que estos pacientes se benefician más de un ingreso en UCIP para iniciar VNI. No obstante, la OAF puede ser útil en pacientes con broncoespasmo o bronconeumonía, en los que el componente de espasticidad no es el ­predominante, sino que predomina la dificultad respiratoria y/o la hipoxemia.

Tratamiento farmacológico: el tratamiento de elección es el salbutamol por vía inhalada, por su mayor efectividad, menores efectos secundarios (menor riesgo de taquicardia)(18) y porque reduce el tiempo de estancia en Urgencias. Su administración debe realizarse a través de una cámara espaciadora y ha demostrado su utilidad, incluso en crisis graves(19). El salbutamol nebulizado solo está indicado en crisis graves con hipoxemia (Sat O2 <92 %) o en las moderadas con gran trabajo respiratorio(18). Si la gravedad del paciente lo requiere, se puede administrar salbutamol en nebulización continua. Mediante una bomba de infusión continua, se perfunde en la cazoleta de nebulización la dosis de salbutamol correspondiente a 4 horas, diluida en 50 cc de suero fisiológico (ritmo de infusión de la bomba 12,5 cc/h). Después de la primera dosis, si no hay mejoría, se debe valorar el traslado a la UCIP. Después de una segunda dosis, se aconseja realizar un ionograma (para descartar hipopotasemia) y equilibrio ácido-base. El bromuro de ipratropio nebulizado ha demostrado su utilidad cuando se administra de forma precoz y asociado a salbutamol en crisis moderadas-graves, ya que aumenta su efecto broncodilatador. No se ha demostrado que, después de las 3 dosis iniciales, su administración aporte ningún beneficio, por lo que se aconseja administrar solo en Urgencias. Los corticoides sistémicos son útiles si se utilizan precozmente en crisis moderadas-graves(18,20). En crisis leves se puede valorar su administración en dos casos: crisis leves que persisten en el tiempo y no mejoran con broncodilatadores y crisis leves en niños con antecedentes de crisis graves o rápidamente evolutivas. La vía de elección es la oral sobre la parenteral, ya que los efectos son equivalentes por ambas vías. En adultos parece que la utilización de corticoides inhalados o nebulizados es útil, pero en el ámbito pediátrico este efecto no está suficientemente sustentado. El sulfato de magnesio endovenoso se considera seguro y útil en crisis moderadas o graves que no responden a otros tratamientos(18).

Debe considerarse la hospitalización en caso de persistencia de la dificultad respiratoria después del tratamiento, Sat O2 <92 % después del tratamiento e intolerancia al tratamiento oral con corticoides.

Neumonía

Definida por la inflamación aguda del parénquima pulmonar, generalmente de etiología infecciosa. Su incidencia en Pediatría es muy elevada, entre 10 y 40 casos/1.000 niños/año (siendo más frecuente entre el primer y quinto año de vida)(21).

En la neumonía adquirida en la comunidad (NAC), el parámetro que mejor predice la etiología es la edad(22). En niños por debajo de los tres años, la mayoría de las neumonías están causadas por virus. A partir de los cinco años, aumentan las neumonías causadas por gérmenes atípicos, siendo el patógeno más frecuente el Mycoplasma pneumoniae(21). El Streptococcus pneumoniae se detecta en más del 10 % de las NAC y su incidencia se mantiene a lo largo de todas las edades. Cabe destacar que hasta en un 30-50 % de los casos, se describen etiologías mixtas.

La clínica se caracteriza por la presencia de síntomas generales (fiebre, cefalea, vómitos…) y síntomas respiratorios (taquipnea, tos, disnea y dificultad respiratoria). En la exploración física se debe evaluar el estado general, los signos de aumento del trabajo respiratorio, la auscultación pulmonar (hipoventilación localizada, estertores, crepitantes o soplo tubárico) y la saturación de oxígeno.

Clásicamente, se han descrito dos formas clínicas de neumonía (típica y atípica), cuyas características orientan hacia una u otra etiología, pero no son patognomónicas y frecuentemente se superponen(23) (Tabla VI).

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El diagnóstico es fundamentalmente clínico. Las pruebas de imagen confirman el diagnóstico. Tradicionalmente, la radiografía de tórax con proyección anteroposterior ha sido la técnica de elección. En la actualidad, está siendo desplazada por la ecografía pulmonar, dada la sencillez de la técnica, la inocuidad para el paciente y la mayor sensibilidad y especificidad (cercana al 95 %)(24). Además, es la exploración más sensible para detectar derrame pleural, la complicación más frecuente de la NAC.

La mayor dificultad diagnóstica reside en la identificación del agente etiológico. Las pruebas analíticas (hemograma y reactantes de fase aguda) tienen una baja sensibilidad y especificidad para distinguir entre las diferentes etiologías. En cuanto a los estudios microbiológicos, cada vez está más extendida la utilización de pruebas rápidas de detección de antígenos y las técnicas moleculares (PCR), en muestras nasofaríngeas, para la identificación de virus respiratorios y algunas bacterias(22). Los hemocultivos son positivos en menos del 10 % de los casos.

El tratamiento se basa en medidas de soporte y antibioterapia. La elección del antibiótico dependerá de la edad, la sospecha etiológica y la posibilidad de realizar tratamiento ambulatorio o requerir ingreso hospitalario. En las sospechas de NAC típica, sin criterios de ingreso, el antibiótico de elección es amoxicilina oral a dosis altas (80-90 mg/kg/día)(25). La evidencia científica actual apoya las pautas cortas de 5 días, frente a las pautas clásicas de 7-10 días, siempre que se trate de una neumonía no complicada y se pueda asegurar un seguimiento ambulatorio en 48-72 horas para comprobar la evolución favorable(26). En las sospechas de NAC atípicas, el antibiótico de elección es la azitromicina. Si se sospecha etiología viral, no está indicada de entrada la antibioterapia.

Otras patologías

Enfermedades metabólicas

La taquipnea o un patrón respiratorio alterado pueden producirse como respuesta compensatoria a la acidosis metabólica (como puede suceder en el shock, la cetoacidosis diabética o las metabolopatías). También pueden presentar taquipnea, los pacientes con anemia grave o condiciones que aumentan el metabolismo (como la fiebre o el hipertiroidismo).

Enfermedades cardiovasculares

La taquipnea con auscultación normal y sin fiebre puede ser signo de una enfermedad cardiaca. Cardiopatías estructurales, arritmias, miocarditis o el derrame pleural, pueden causar fallo cardiaco. Los marcadores cardiacos, como la troponina y la ecocardiografía, pueden ser útiles para establecer un diagnóstico etiológico.

Función del pediatra de Atención Primaria

La dificultad respiratoria es uno de los motivos más frecuentes en las consultas pediátricas y puede deberse a problemas en las vías aéreas superiores como inferiores. No debe olvidarse que el fallo respiratorio es una de las principales causas de paro cardiopulmonar en Pediatría. La función del pediatra de Atención Primaria ante un paciente con dificultad respiratoria, es su identificación precoz, detectar las causas que pueden conducir a un riesgo vital inmediato y, en todos los casos, iniciar las maniobras de estabilización inicial. Dichas maniobras estarán basadas en la aplicación del triángulo de evaluación pediátrica, la administración de oxígeno en sus diversas modalidades y la prescripción de fármacos con acción broncodilatadora y antiinflamatoria en los casos necesarios. La utilización de antibióticos debe restringirse a aquellos casos en los que la sospecha de infección bacteriana está claramente fundamentada.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Weiner DL. Acute respiratory distress in children: Emergency evaluation and initial stabilization. In: UpToDate, Shefner JM (Ed), UpToDate, Waltham, MA. 2023.

2. Luaces Cubells C. Urgencias en Pediatría. 6ª Ed. Barcelona: Ergon; 2021.

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El objetivo de esta revisión es evaluar las recomendaciones sobre la realización de exámenes complementarios, monitorización y tratamiento de la bronquiolitis aguda, en función de las guías de práctica clínica. Los autores anotan que la variación en la definición de bronquiolitis dificulta la comparación de resultados entre los diferentes estudios. Aun así, concluyen que los broncodilatadores, los esteroides, la fisioterapia respiratoria y los antibióticos no están indicados en la bronquiolitis aguda. Cada vez hay más evidencia de alto grado para recomendar la oxigenoterapia con alto flujo para prevenir la ventilación mecánica, aunque los estudios no permiten establecer indicaciones claras.

– Ochoa Sangrador C, Ortega Páez E. Tratamiento corto frente a largo en la neumonía adquirida en la comunidad. Evid Pediatr. 2022; 18: 30.

Los autores realizan una revisión de los ensayos clínicos existentes, en los que se compara la eficacia clínica del tratamiento ambulatorio de la NAC con amoxicilina, en pauta corta (≤5 días) y larga (≥7 días). Consideran como medida principal, el fallo del tratamiento, entendiendo como tal, la necesidad de tratamiento de rescate o ingreso hospitalario. Concluyen que un tratamiento antibiótico con amoxicilina para NAC no graves de, al menos, 5 días, es equivalente al de 7 o más días. Los resultados parecen aplicables a nuestro medio; dado que, aunque pueden existir diferencias en la prevalencia de portadores de neumococo y en la sensibilidad antibiótica de estos, su influencia sobre la eficacia debería ser baja, especialmente si se usan dosis altas de amoxicilina. Si bien advierten, que cualquier estudio realizado sobre el tratamiento antibiótico en infecciones respiratorias no graves en la infancia, va a tender a no mostrar diferencias (dado el predominio de infecciones de etiología vírica y la tendencia a la resolución de algunas infecciones bacterianas implicadas).

Caso clínico

Motivo de consulta: dificultad respiratoria.

Anamnesis: Adam es un niño de 2 años y 3 meses que consulta por dificultad respiratoria de 6 horas de evolución. La familia refiere tos y aumento de mucosidad en días previos. Se acompaña de febrícula en las últimas 24 horas, hasta 37,7ºC.

Antecedentes personales: dermatitis atópica. Tres episodios previos de otitis media aguda que requirieron antibioterapia con amoxicilina oral. Sin alergias conocidas. Calendario vacunal al día. Revisiones en su centro de salud con parámetros dentro de la normalidad.

Constantes: peso: 12 kg; temperatura axilar: 37,1ºC; FR: 40x’. FC: 122 lpm; Sat O2: 91 %.

Exploración física: triángulo de evaluación pediátrica inestable (aspecto normal, respiración alterada, circulación normal). Buen estado general. Normohidratado y normocoloreado. Sin lesiones cutáneas. Auscultación cardiaca rítmica, no se auscultan soplos. Tiraje subintercostal con uso aumentado del esternocleidomastoideo, mala entrada de aire bilateral con sibilancias en ambos tiempos respiratorios. Auscultación simétrica.

tabla

 

Intoxicaciones en la edad pediátrica

 

J.C. Molina Cabañero
Temas de FC


J.C. Molina Cabañero

Servicio de Urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Las intoxicaciones suponen el 0,3 % de las consultas de un Servicio de Urgencias pediátrico. Aunque suelen tratarse de cuadros leves o asintomáticos, en ocasiones pueden producir situaciones de riesgo vital. Por esta razón, es fundamental saber valorar de forma adecuada cada caso concreto, tanto para evitar acciones terapéuticas inadecuadas como para no subestimar situaciones graves. Las intoxicaciones se clasifican en: accidentales, que ocurren en niños entre 1 y 5 años, e intencionadas, que se producen en los adolescentes como acción autolítica o con motivo recreacional. En ocasiones, las intoxicaciones pueden ser una forma de maltrato infantil. La forma más frecuente de contacto con el tóxico es la vía oral. Los medicamentos son las sustancias más frecuentemente implicadas, seguidas por los productos del hogar. Dentro de los fármacos, los más comunes son los que tienen acción sobre el sistema nervioso central, seguidos del paracetamol. El diagnóstico diferencial debe realizarse fundamentalmente con las enfermedades neurológicas. El carbón activado es el tratamiento de elección cuando es necesaria la descontaminación gastrointestinal. El lavado gástrico es una medida excepcional. Los antídotos se usan con poca frecuencia y su indicación debe ser individualizada.

 

Abstract

Poisonings account for 0.3 % of consultations in a pediatric emergency department. Although they are usually mild or asymptomatic, they can sometimes produce life-threatening situations. For this reason, it is essential to know how to properly assess each specific case, both to avoid inappropriate therapeutic actions and not to underestimate serious situations. Poisonings are classified as: accidental, which occur in children between 1 and 5 years of age, and intentional, which occur in adolescents as an autolytic action or for recreational reasons. Poisonings can sometimes be a form of child abuse. The most frequent form of contact with the poison is the oral route. Medicines are the most frequently involved substances, followed by household products. Among the drugs, the most common are those that act on the central nervous system, followed by paracetamol. Differential diagnosis should be made primarily with neurological diseases. Activated charcoal is the treatment of choice when gastrointestinal decontamination is necessary. Gastric lavage is an exceptional measure. Antidotes are rarely used and their indication must be individualized.

 

Palabras clave: Intoxicación; Carbón activado; Paracetamol; N-acetilcisteína.

Key words: Poisoning; Activated charcoal; Paracetamol; N-acetylcysteine.

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 37 – 48


OBJETIVOS

• Conocer los tipos de intoxicaciones en la edad pediátrica.

• Aprender cuáles son los datos esenciales de la anamnesis y de la exploración física en los pacientes intoxicados.

• Saber cuáles son los productos altamente tóxicos y aquellos que no producen toxicidad.

• Conocer las indicaciones y la técnica de utilización del carbón activado en el tratamiento de las intoxicaciones pediátricas.

• Aprender a valorar y tratar a los pacientes intoxicados por paracetamol.

 

Intoxicaciones en la edad pediátrica

Intoxicaciones en Pediatría

Introducción

Las intoxicaciones se definen como: la exposición a una o varias sustancias que son tóxicas o que pueden serlo en determinadas condiciones. En la edad pediátrica, la mayoría de las intoxicaciones se tratan de cuadros leves o asintomáticos, pero, en ocasiones, pueden producirse situaciones de riesgo vital. Por esta razón, el aspecto más importante de la atención a los pacientes que han contactado con sustancias potencialmente tóxicas, es valorar adecuadamente cada caso concreto, tanto para evitar acciones terapéuticas inadecuadas como para no subestimar situaciones graves(1).

Epidemiología

Las intoxicaciones suponen el 0,3 % de las consultas en un Servicio de Urgencias. Los productos actualmente más implicados son los fármacos y, dentro estos, los psicofármacos, seguidos del paracetamol.

Las intoxicaciones suponen el 0,3 % de las consultas en un Servicio de Urgencias pediátrico. Según publicaciones del Grupo de Trabajo de Intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, el 15-20 % de las intoxicaciones precisan ingreso y entre el 0,5 y el 1,5 % ingresan en la Unidad de Cuidados Intensivos(2,3).

La forma más frecuente de intoxicación es la vía oral, pero también pueden producirse por: inhalación (gases), contacto dérmico (pesticidas), ocular o vía parenteral (errores en la dosificación de medicamentos).

Los productos más frecuentes implicados en las intoxicaciones son: fármacos (48 %), productos del hogar (22 %), etanol (10 %) y monóxido de carbono (4,2 %). En los niños menores de 5 años, son más frecuentes los medicamentos y los productos del hogar, mientras que en los adolescentes, son los fármacos, el etanol y las drogas ilícitas. Dentro de los fármacos, los psicofármacos y, de forma específica, las benzodiacepinas, son los más comunes, habiendo desplazado al paracetamol que hasta ahora era la droga más frecuente(4).

Clasificación(5)

Las intoxicaciones pediátricas se dividen en accidentales que ocurren en niños entre 1 y 5 años (fármacos y productos del entorno) y voluntarias en adolescentes con fines autolíticos (fármacos) o con fines recreacionales (etanol, drogas de consumo).

Intoxicaciones accidentales: suponen entre el 70-80 % de las intoxicaciones pediátricas. Ocurren en niños entre 1 y 6 años, no suelen ser graves, frecuentemente están causadas por un solo producto que pertenece al entorno doméstico y, en la mayoría de los casos, los padres o cuidadores consultan con rapidez después de la ingestión. En este grupo se incluyen los errores de dosificación por parte de los familiares del niño.

Intoxicaciones voluntarias: son menos frecuentes, pero más graves que las accidentales. Se producen en los adolescentes, sobre todo del sexo femenino, con problemas psicológicos; suelen estar causadas por más de un medicamento, frecuentemente con acción sobre el sistema nervioso central, tardan más tiempo en consultar que en el caso de las intoxicaciones accidentales y el tratamiento suele ser más complejo. Dentro de este apartado, se encuentran las intoxicaciones con fines recreacionales de los adolescentes que consumen alcohol, drogas de “diseño” y otros tóxicos.

Actitud ante un paciente pediátrico que ha contactado con un tóxico

La mayoría de los casos consultan en una situación estable, pero, en ocasiones, pueden presentarse como una urgencia vital. Cuando esto ocurre, deberá seguirse la secuencia de actuación ABCD para la atención de los pacientes en situación crítica(6).

Anamnesis (tipos de presentación)

Las tres preguntas básicas de la anamnesis son: ¿qué tóxico ha tomado?, ¿qué cantidad ha ingerido? y ¿cuánto tiempo ha transcurrido desde la ingestión? En ocasiones, las intoxicaciones pueden ser intencionadas o por negligencia (forma de maltrato infantil).

Antecedentes de contacto con un tóxico conocido: deberá realizarse una anamnesis completa para valorar la importancia de la intoxicación. Las preguntas básicas son: ¿qué tóxico ha tomado?, ¿qué cantidad ha ingerido? y ¿cuánto tiempo ha transcurrido desde la ingestión? Es importante calcular la cantidad máxima del tóxico que ha podido tomar el paciente en función de su peso (mg de sustancia/kg de peso del paciente) y comprobar si se trata de una dosis tóxica. Siempre debe calcularse cuál ha podido ser la máxima dosis posible, en función de los comprimidos que había en la caja o del volumen de líquido restante, y si el tóxico estaba en un bote o recipiente. Se estima que la cantidad ingerida en un sorbo en un niño de 3 años es aproximadamente 5 ml, en un niño de 10 años 10 ml y en un adolescente 15 ml.

En la tabla I figura una relación de sustancias altamente tóxicas comercializadas en España, que en pequeñas cantidades (1 o 2 comprimidos) pueden causar efectos muy graves, incluso producir la muerte(7,8).

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Antecedentes de contacto con una sustancia desconocida: son casos en los que los padres consultan refiriendo el contacto o la ingestión por parte del niño de una sustancia desconocida (pastillas que había en casa, productos domésticos no etiquetados, etc.). En estos casos deberá intentarse obtener la mayor información posible sobre la sustancia, preguntando a los cuidadores qué tipo de medicación había en el domicilio, para qué era el producto ingerido, dónde lo compraron y si es posible que aporten el envase y la etiqueta donde estaba contenido.

Historia clínica sin antecedentes explícitos de haber contactado con un tóxico: en ocasiones, los pacientes acuden a la consulta con signos sugestivos de intoxicación, pero los padres o cuidadores no refieren que haya podido contactar con alguna sustancia tóxica. Algunas de estas situaciones pueden tratarse de intoxicaciones intencionadas o por negligencia, en las que los cuidadores administran la droga intencionadamente como forma de maltrato, o bien los niños ingieren drogas de abuso que consumen los familiares por un descuido de estos. En este grupo también deben encuadrase los adolescentes que presentan síntomas por consumo de drogas con motivo recreacional, y que no refieren su consumo en la consulta médica.

En la tabla II figuran datos de la historia clínica que pueden sugerir una intoxicación. En general, esta posibilidad debe sospecharse ante cualquier cuadro de comienzo agudo, de etiología incierta y cuya expresión clínica (sobre todo, síntomas neurológicos) o los resultados de las pruebas analíticas no se corresponden con las enfermedades más habituales.

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El diagnóstico diferencial de las intoxicaciones debe hacerse con las enfermedades que afectan al sistema nervioso central (meningitis, encefalitis, absceso cerebral, traumatismo craneal), las enfermedades metabólicas, los procesos obstructivos gastrointestinales (invaginación intestinal, vólvulo intestinal), las cardiopatías descompensadas y los cuadros psicóticos.

Exploración física

En la mayoría de los pacientes pediátricos que han contactado con una sustancia tóxica, la exploración física es normal. Los síntomas más frecuentes están relacionados con la afectación del sistema nervioso central.

Debe ser precisa y sistematizada. Es necesario tomar las constantes: peso, tensión arterial, frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria y saturación de oxígeno. Es importante prestar especial atención a los signos relacionados con: sistema nervioso central (nivel de conciencia y tamaño de las pupilas), aparato circulatorio (frecuencia cardiaca, alteración de la tensión arterial, arritmias), sistema respiratorio (hiper o hipo ventilación) y aparato digestivo (vómitos). Cuando el tóxico no está identificado, en el examen físico pueden encontrarse “síntomas y signos guías”, que pueden orientar sobre el producto ingerido (Tabla III).

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Pruebas complementarias

La mayoría de las intoxicaciones no precisan pruebas complementarias. En los pacientes adolescentes intoxicados por cualquier fármaco, deben determinarse los niveles de paracetamol en sangre.

La mayoría de los pacientes pediátricos que han contactado con un tóxico no necesitan pruebas complementarias, ya que su resultado no va a condicionar el tratamiento y puede que la realización de estas pruebas retrasen las medidas de descontaminación. La indicación de las pruebas complementarias debe individualizarse en función del tóxico y de la situación clínica.

Análisis de sangre: está indicado en las intoxicaciones graves o cuando existen síntomas, con el objetivo de valorar el grado de afectación de los distintos sistemas del organismo. Las determinaciones más importantes son: glucosa, función renal (urea, creatinina), pH y gasometría, ionograma (Na, Cl, K, Ca) y función hepática (GOT, GOP, fosfatasa alcalina, estudio de la coagulación).

• La determinación de los niveles plasmáticos del tóxico es de utilidad en las intoxicaciones por: paracetamol, salicilatos, hierro, alcoholes, xantinas y determinados anticonvulsivos. En todos los adolescentes que han ingerido cualquier tóxico con fines autolíticos, deben analizarse los niveles de paracetamol plasmáticos.

Análisis de tóxicos en la orina(9): la indicación debe valorarse de forma específica, ya que hay frecuentes falsos positivos, no permite diferenciar entre el uso terapéutico y una sobredosis, y tampoco diferencia entre la intoxicación aguda y la intoxicación crónica. Todos estos factores deben tenerse en cuenta cuando la determinación de los niveles de tóxicos en la orina pueden tener una implicación legal. En estos casos, las muestras deberán remitirse al Instituto Nacional de Toxicología o al laboratorio de referencia, manteniendo durante todo el proceso la cadena de custodia.

ECG(10): deberá realizarse cuando la intoxicación está causada por sustancias cardio-tóxicas (antiarrítmicos, antidepresivos tricíclicos, antihipertensivos, antihistamínicos, análogos anfetamínicos, neurolépticos, carbamazepina, valproato y betabloqueantes).

Radiografía de tórax: está indicada cuando se sospecha neumonía aspirativa (sustancias volátiles) o neumomediastino (cáusticos).

Radiografía de abdomen: permite visualizar algunas sustancias que son radiopacas (hierro, plomo, mercurio, calcio, bismuto, yoduros, paquetes de drogas de abuso o parches de medicación).

Tratamiento

El tratamiento en los pacientes pediátricos intoxicados debe ser valorado de forma individual en función de la historia clínica. El carbón activado es el tratamiento de elección cuando es necesaria la descontaminación gastrointestinal.

Un elevado número de productos que pueden ingerir los niños no son tóxicos, a menos que se ingieran en grandes cantidades y, por tanto, en estos casos no es necesario realizar ningún tratamiento (Tabla IV).

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Para obtener ayuda para la atención a los niños intoxicados, se puede llamar al Instituto Nacional de Toxicología de España (dispone de un teléfono de consultas 24 horas al día: 91 562 04 20), consultar manuales y libros de toxicología(5) o utilizar los recursos de Internet (ver en el texto más adelante)(11-14).

Siempre que se consulta por el contacto con un posible tóxico, es importante preguntar a los cuidadores si se ha llevado a cabo alguna medida de desintoxicación antes de llegar a la consulta.

Técnicas de descontaminación

Descontaminación cutánea y ocular

Está indicada cuando la vía de absorción del tóxico es la piel o los ojos. Las sustancias que se absorben fácilmente por la piel y mucosas son: insecticidas, alcoholes, alcanfor e hidrocarburos. Cuando se trata de un cáustico o un agente corrosivo, esta medida es una emergencia y debe realizarse dentro de la primera fase de la atención inicial ABCD.

Los niños, respecto a los adultos, son especialmente vulnerables a ser intoxicados a través de la piel, debido a su menor grosor, mayor superficie corporal en relación con el peso y vascularización más rica.

En estos casos debe retirarse la ropa y lavar las superficies corporales con abundante agua corriente, preferiblemente en chorro, durante un tiempo prolongado (15 minutos). El personal sanitario debe adoptar medidas de bioseguridad (guantes, gafas de protección ocular, batas especiales) para no resultar contaminado mientras retira el tóxico de la piel. Las medidas para neutralizar el tóxico, lavando la piel con una sustancia antagonista, están contraindicadas.

Descontaminación gastrointestinal

Administración de carbón activado(15)

El carbón activado es el tratamiento de elección cuando es necesaria la descontaminación gastrointestinal y la sustancia es susceptible de ser adsorbida por este producto. Otras técnicas de descontaminación gastrointestinal, como el lavado gástrico, la provocación del vómito o la administración de catárticos, no han demostrado superioridad en niños frente al carbón activado.

• Mecanismo de acción: el carbón activado es un polvo insoluble creado a partir de la pirolisis de una variedad de materiales orgánicos. Actúa adhiriéndose de forma directa al tóxico a lo largo de todo el trayecto intestinal; favorece el paso del tóxico desde la circulación sanguínea a la luz intestinal (efecto “diálisis intestinal”); e interrumpe la reabsorción que se produce cuando existe circulación enterohepática. El carbón activado no se absorbe ni se metaboliza, atraviesa todo el tracto intestinal hasta que es expulsado por las heces a las que tiñe de negro.

La mayoría de las sustancias tóxicas son adsorbidas por el carbón activado; en la tabla V figura una relación de sustancias NO adsorbibles por este producto.

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• Indicaciones:

– Ingestión de sustancias tóxicas adsorbibles por el carbón activado.

– Tiempo transcurrido desde la ingestión menor de 2 horas. No obstante, este tiempo puede ser más prolongado en los siguientes casos: sustancias que forman conglomerados, productos que enlentecen el movimiento intestinal, como los anticolinérgicos y tóxicos que tienen circulación enterohepática.

• Contraindicaciones:

– Disminución del nivel de conciencia sin protección de la vía aérea.

– Ingestión de ácidos o corrosivos.

– Obstrucción o disfunción gastrointestinal.

– Riesgo de hemorragia o perforación gástrica.

• Dosis y técnica de administración:

– Dosis: 1 g/kg de peso (máximo 50 g) o 15 g en menores de 2 años, 30 g entre 2 y 12 años y 50 g en adolescentes. La vía de elección es la vía oral, pero puede administrarse por sonda nasogástrica si se precisa.

– Preparación: el carbón activado se presenta en tabletas, polvo y en soluciones premezcladas para reconstituir con un volumen determinado de agua. Aunque carece de sabor, puede ser rechazado por el niño debido al color negro y a la textura arenosa. La forma de evitarlo es administrándolo en un vaso opaco o mezclándolo con zumo de frutas; no debe administrarse con leche, yogur, sorbetes o mermelada.

– Efectos secundarios: los vómitos son el más frecuente; si ocurren antes de 30 minutos después de la administración del carbón, se recomienda repetir otra dosis de 0,5 g/kg. También puede producir estreñimiento. La aspiración y la obstrucción intestinal son complicaciones muy poco frecuentes.

Lavado gástrico(16)

Se trata de una medida excepcional que nunca debe sustituir al carbón activado ni a las medidas de soporte. Puede estar indicado cuando se ha ingerido una sustancia potencialmente mortal, no adsorbible por el carbón activado y el tiempo transcurrido desde la ingestión es menor de una hora. Aun así, su indicación en estos casos puede ser dudosa.

Lavado intestinal

Consiste en la administración por sonda nasogástrica de una solución de polietilenglicol.

• Volumen y ritmo: lactante y niños pequeños 250-500 ml/hora; mayores de 6 años 1.000 ml/hora y adolescentes 1.500 ml/hora. La administración se mantiene hasta que el líquido evacuado sea claro (4-6 horas).

• Indicaciones:

– Intoxicaciones graves por sustancias no adsorbibles por el carbón activado.

– Intoxicaciones graves por sustancias de liberación retardada o con cubierta entérica, si han transcurrido más de 2 horas.

– Ingesta de paquetes de drogas de abuso o parches de medicación.

Esta técnica está contraindicada en los pacientes que están inestables, sin protección de la vía aérea, con riesgo de obstrucción o hemorragia gastrointestinal.

Técnicas que aumentan la eliminación del tóxico

Administración de dosis repetidas de carbón activado(17)

Está indicada en las intoxicaciones graves por sustancias que tienen circulación enterohepática (carbamazepina, dapsona, fenobarbital, quinina, teofilinas), con el fin de producir un efecto de diálisis gastrointestinal.

• Dosis: tras la administración inicial de carbón activado, continuar con 0,5 g/kg cada 4-6 horas.

Alcalinización de la orina

Está indicada en la intoxicación moderada-grave por salicilatos, fenobarbital, clorpropamida y metotrexate. Se realiza administrando bicarbonato 1M diluido al medio, 1-2 mEq/kg i.v. en una hora, se puede repetir la dosis o continuar con suero bicarbonatado para mantener el pH sanguíneo entre 7,45-7,55.

Depuración extrarrenal (hemofiltración, hemodiálisis)

Es una medida excepcional que se puede utilizar en las intoxicaciones muy graves por sustancias que son dializables (alcoholes, barbitúricos, metformina, salicilatos, ácido valproico).

Tratamiento sintomático y de las complicaciones (Tabla VI)

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Es la actitud más frecuente en la mayoría de las intoxicaciones, sobre todo: en los casos en los que el tóxico es desconocido, en las intoxicaciones múltiples y cuando el tiempo transcurrido entre la ingestión y la consulta es prolongado.

Antídotos (Tabla VII)(13)

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Los antídotos son sustancias que por diferentes mecanismos disminuyen o neutralizan la acción del tóxico. Su utilización debe ser en casos seleccionados, valorando en todo momento la proporción riesgo-beneficio de su indicación. El más utilizado en Pediatría es la N-acetilcisteína en la intoxicación por paracetamol (ver en el texto más adelante); otros antídotos utilizados en Pediatría son: flumazenilo, naloxona y bicarbonato.

Recursos de Internet para el manejo de las intoxicaciones

TOXSEUP®(11). Guía rápida para el tratamiento de las intoxicaciones pediátricas (https://toxseup.org). Se trata de una web app elaborada por la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. En ella figuran todos los datos necesarios para el manejo de las intoxicaciones pediátricas de más de 130 fármacos. Puede utilizarse en el teléfono móvil, en el ordenador y en otros dispositivos.

TOXBASE®(12). Es una aplicación que contiene una base de datos elaborada por el Servicio Nacional de Información Toxicológica del Reino Unido. Contiene información toxicológica muy completa sobre más de 17.000 productos. Está disponible para los usuarios registrados en el National Health System (NHS) o mediante un pequeño pago para el resto de los usuarios.

IBM Micromedex POISINDEX®. Se trata de una amplia base de datos muy exhaustiva y precisa, con las características de un gran número de fármacos; dentro de esta base, existe un apartado con los datos necesarios para el manejo de las intoxicaciones. Es la base de datos más importante y utilizada en EE.UU. Es de pago, suelen estar suscritas las corporaciones sanitarias.

Red de antídotos Grupo de trabajo de Antídotos de la SEFH-SCFC(13). Es una red de hospitales que comparten el manejo de los antídotos. En su página web (https://redantidotos.org) aparecen los datos esenciales para su utilización.

Agencia Española del Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS)(14). A través de su página se puede acceder a la ficha técnica de los fármacos registrados en nuestro país. La ficha técnica incluye en el apartado de datos clínicos un subapartado de actuación en caso de sobredosificación.

Intoxicaciones más frecuentes en la edad pediátrica

Intoxicación por paracetamol(11-14,18)

El paracetamol es un fármaco antitérmico y analgésico. Es el tóxico más importante en las intoxicaciones pediátricas: 1) por la alta prevalencia; 2) por la potencial gravedad que puede revestir su ingestión; y 3) por el hecho de disponer de un tratamiento que, si se realiza adecuadamente, es muy eficaz.

Farmacocinética y toxicidad

En situaciones de sobredosis de paracetamol, se saturan las vías metabólicas habituales (conjugación) desviándose el metabolismo hacia la oxidación del fármaco a N-acetil-p-benzoquinoinamina (NAPQ1), metabolito muy hepatotóxico que produce necrosis centrolobulillar y que puede causar un cuadro de insuficiencia hepática aguda grave.

Los síntomas aparecen a las 6 horas de la ingestión. La concentración máxima se alcanza a los 30 minutos en el caso de las presentaciones líquidas y 1-2 horas para los comprimidos. El metabolismo es hepático con una vida media de 2 horas y eliminación renal.

Manifestaciones clínicas

Fase I (0-24 h): se caracteriza por una ausencia de síntomas o por síntomas inespecíficos como: náuseas, vómitos, malestar general y diaforesis. En las ingestas masivas puede haber: disminución del nivel de conciencia, acidosis metabólica, shock y signos en el ECG de isquemia miocárdica. La analítica de sangre es normal.

Fase II (24-72 h): es una fase silente en la que desaparecen los síntomas previos y el paciente pasa a estar asintomático o con leve dolor en el hipocondrio derecho. En el análisis de sangre aparece: elevación de las transaminasas (GOT, más precoz), hiperbilirrubinemia leve, prolongación del INR y disminución del índice de Quick, aumento de las enzimas de colestasis y elevación de la creatinina e hiperfosforemia.

Fase III (a partir de 3-4 días): se inician los signos y síntomas de insuficiencia hepática (ictericia, coagulopatía), insuficiencia renal (oligoanuria) y alteración del nivel de conciencia. En la analítica de sangre se objetivan datos de alteración de la función hepática (transaminasas elevadas >10 veces la normalidad) y de la función renal, coagulopatía, hipoglucemia y acidosis láctica.

Fase IV (a partir del 4-5 días): en función de la evolución clínica, pueden aparecer manifestaciones de fracaso multiorgánico (coma, muerte) o por el contrario presentar signos de evolución favorable con el tratamiento. En el análisis de sangre, según la evolución, se encontrará una alteración progresiva de los parámetros analíticos o su normalización en las siguientes semanas.

Dosis tóxica

• <3 meses de edad: >75 mg/kg.

• 3-5 meses: >150 mg/kg.

• 6 meses-5 años: >200 mg/kg.

• 6-12 años: >150 mg/kg.

• 12 años: >125 mg/kg (>30 g se considera dosis masiva).

• Dosis letal: >20-25 g.

En los niños con factores de riesgo (malnutrición, trastornos de la conducta alimentaria, tratamiento con antiepilépticos inductores del citocromo, cuadros febriles, vómitos o ayuno prolongado), la dosis tóxica es: >75 mg/kg.

Pruebas complementarias

• Análisis de sangre: hemograma, estudio de la coagulación, gasometría, iones (Na, K, Cl, Ca, P), glucosa, urea, creatinina, ALT (GPT), AST (GOT), fosfatasa alcalina, GGT, albúmina y ácido láctico.

Concentración plasmática de paracetamol: se realizará a partir de las 4 horas de la ingesta. Los valores deben referirse al nomograma de Rumack-Matthew para valorar la indicación de N-acetilcisteína (Tabla VIII).

tabla

Tratamiento

Si no existen otros criterios, los pacientes que hayan ingerido una dosis inferior a la tóxica y que se encuentren asintomáticos, no precisarán tratamiento y pueden ser enviados a su domicilio. Tampoco precisan tratamiento aquellos pacientes en los que los niveles plasmáticos de paracetamol no se encuentran en el rango tóxico, en función del tiempo transcurrido y de las características del paciente. Tratamiento sintomático y de las complicaciones (Tabla VI).

Carbón activado

Debe administrarse a todos los pacientes que hayan ingerido una dosis tóxica. El tratamiento con carbón activado es útil hasta pasadas 6 horas, si el paracetamol se ha ingerido con otros fármacos que enlentecen el vaciado gástrico (anticolinérgicos, opioides) o si la ingestión ha sido masiva (>30 g) por el riesgo de formación de farmacobezoar.

N-acetilcisteína (NAC)

Se trata de un antídoto muy eficaz en las intoxicaciones por paracetamol. Actúa regenerando el glutatión en el hígado y puede administrarse hasta 8 horas después de la ingestión.

• Indicaciones:

– Concentración plasmática de paracetamol a partir de las 4 horas de la ingestión por encima de la línea de posible hepatotoxicidad: “línea 150” para pacientes sin factores de riesgo, “línea 100” para pacientes con factores de riesgo (Tabla VIII).

– Valores a las 4 horas próximas a la línea de tratamiento (Tabla VIII), cuando se ha producido la ingestión conjunta con otros fármacos que enlentecen el vaciado gástrico (se repetirá la determinación de los niveles pasadas otras 4 horas).

– Ingestión de paracetamol y alteración de las transaminasas (no atribuible a otra causa).

– Ingesta de una dosis tóxica de más de 6 horas de evolución o imposibilidad para determinar la concentración plasmática de paracetamol(*).

– Ingesta de una dosis masiva (>30 g)(*).

– Presencia de clínica de toxicidad(*).

(*)En estos casos se iniciará el tratamiento y se revalorará la continuación en función de los resultados analíticos.

• Pauta de administración: en la actualidad existen dos pautas de administración de NAC, la “pauta clásica” y la “SNP”; esta última es una pauta de menor duración, que ha mostrado la misma eficacia que la clásica, pero parece causar menos reacciones adversas y ser más segura en su preparación.

1. Pauta clásica (300 mg/kg en 21 horas):

– 1ª perfusión i.v: 150 mg/kg diluidos en 200 ml de suero glucosado 5 % para infundir en 1 hora (máximo 15 g).

– 2ª perfusión i.v: 50 mg/kg diluidos en 500 ml de suero glucosado 5 % para infundir en 4 horas.

– 3ª perfusión i.v: 100 mg/kg diluidos en 1.000 ml de suero glucosado 5 % para infundir en 16 horas.

– En los niños pequeños debe individualizarse el volumen de dilución de la NAC.

– Si existe daño hepático progresivo, deberá valorarse continuar con 150 mg/kg/24 h, hasta mejoría o trasplante hepático.

2. Pauta Scottish and Newcastle Acetylcysteine Protocol (SNP) (300 mg/kg en 12 horas)(19):

– 1ª perfusión i.v: 100 mg/kg diluidos en 200 ml de suero glucosado 5 % para infundir en 2 horas.

– 2ª perfusión i.v: 200 mg/kg diluidos en 1.000 ml de suero glucosado 5 % para infundir en 10 horas.

– En los niños pequeños debe individualizarse el volumen de dilución de la NAC.

– Al terminar (12 horas), puede suspenderse el tratamiento si se cumplen TODOS los criterios siguientes: paciente sin síntomas o signos sugestivos de hepatotoxicidad; niveles plasmáticos de paracetamol <10 µg/ml; niveles de ALT normales e INR ≤1,3 (la prolongación aislada del INR, sin que se haya producido elevación de transaminasas en ningún momento, debe considerarse secundaria a la administración de la NAC, puede suspenderse el tratamiento y realizar un control de ALT e INR en 6 horas).

– Si alguno de los criterios no se cumple, se debe repetir la segunda infusión (200 mg/kg en 10 horas) y realizar una analítica antes de su finalización. Al terminar esta tercera dosis puede suspenderse el tratamiento si: concentración de paracetamol <10 µg/ml), INR ≤1,3 y ALT normal o en descenso. Esta segunda infusión puede repetirse varias veces, pero en estos casos se debe consultar con el servicio de hepatología.

• Reacciones adversas: se han descrito reacciones de hipersensibilidad y de naturaleza anafilactoide como: urticaria, prurito y enrojecimiento. Cuadros clínicos más graves y menos frecuentes han sido: disnea, angioedema, broncoespasmo, taquicardia e hipotensión. Suelen aparecer a los 15-60 minutos de empezar la administración y, frecuentemente, están relacionados con la velocidad de la infusión; en estos casos, se debe parar la infusión, esperar a que los síntomas desaparezcan y volver a reiniciar la perfusión a velocidad inferior.

Intoxicación por ibuprofeno(11-14)

El ibuprofeno es un fármaco antitérmico, analgésico y antiinflamatorio no esteroideo (AINE).

Farmacocinética y toxicidad

La concentración plasmática máxima se produce entre 1 y 2 horas tras la ingestión y los síntomas aparecen entre las 4 y las 6 horas. Los signos y síntomas de intoxicación son debidos a la inhibición de la síntesis de las prostaglandinas. Los síntomas gastrointestinales se producen por irritación local al disminuir los factores de protección de la mucosa. A nivel renal, se produce vasoconstricción y disminución del flujo sanguíneo. La inhibición del tromboxano A2 causa disminución de la agregación plaquetaria.

Manifestaciones clínicas

Clínica digestiva: náuseas, vómitos y dolor epigástrico (intoxicación leve); hemorragia gastrointestinal y hepatotoxicidad (intoxicación moderada-grave).

Clínica neurológica: somnolencia, letargia, nistagmus, diplopía, tinnitus y convulsiones.

Clínica cardiovascular: hipotensión o hipertensión arterial, y alteraciones en el ECG (arritmias, taquicardia, onda T alterada, QT prolongado).

Alteraciones hematológicas: trombocitopenia, agranulocitosis, neutropenia y alteración de la coagulación.

Alteraciones metabólicas: hipokalemia o hiperkalemia, hiponatremia, hipomagnesemia, hipofosforemia, hipocalcemia, acidosis metabólica con anión gap elevado e hiperlactacidemia.

Otros: rash cutáneo, broncoespasmo, insuficiencia renal, hipotermia, distrés respiratorio y rabdomiolisis.

Dosis tóxica

• Niños y adultos: 100 mg/kg.

• Dosis tóxica grave: >400 mg/kg.

En caso de ingesta de más de un AINE, la toxicidad se incrementa y se debe considerar siempre que se trate de una dosis potencialmente tóxica. La dosis letal no está descrita.

Pruebas complementarias

Deberán realizarse ECG seriados, monitorizar la función cardiaca (sobre todo, en el caso de sustancias de liberación sostenida) y análisis de sangre, si aparecen signos de toxicidad, incluyendo: coagulación, función renal y función hepática.

Tratamiento

Descontaminación gástrica con carbón activado; puede ser necesario repetir la administración, si se producen vómitos o en la ingestión de preparados de liberación lenta. Tratamiento sintomático y de las complicaciones (Tabla VI). Pueden estar indicados los protectores de la mucosa gástrica orales (sucralfato) e inhibidores de la bomba de protones (omeprazol v.o. o i.v.).

Observación y derivación

Los pacientes que hayan ingerido una dosis tóxica (≥100 mg/kg) deben ser observados, al menos, 4-6 horas (8 horas, si es un preparado de liberación lenta) y pueden ser enviados a su domicilio, si en este tiempo no han aparecido síntomas, y las constantes vitales y el ECG son normales.

Intoxicación por benzodiacepinas(11-14)

Las benzodiacepinas son fármacos ansiolíticos, miorrelajantes, anticonvulsivantes e hipnóticos. Los más utilizados son: alprazolam, bromazepam, clonazepam, diazepam, lormetazepam y lorazepam.

Farmacocinética y toxicidad

La concentración plasmática máxima se produce entre 2 y 4 horas desde la ingestión y los síntomas comienzan rápidamente antes de 2 horas. El diazepam y el lormetazepam pueden actuar entre los 30 minutos y 1 hora.

Su acción se basa en el incremento de la actividad inhibidora del GABA sobre el sistema límbico del cerebro; deprime la actividad basal neuronal y su capacidad de respuesta frente a la estimulación eléctrica. Produce depresión del SNC, de los reflejos medulares y del sistema de activación reticular.

Manifestaciones clínicas

Clínica neurológica: somnolencia, miosis (más frecuente) o midriasis, ataxia, disartria, nistagmus y coma.

Clínica cardiovascular: hipotensión, bradicardia y alteraciones en el ECG (bloqueo transitorio de 1º y 2º grado, prolongación del QT).

Clínica respiratoria: depresión respiratoria.

Otros: rabdomiólisis e hipotermia.

Dosis tóxicas

• En los niños, cualquier dosis debe considerarse tóxica.

• En adolescentes: alprazolam: 0,05 mg/kg; bromazepam: 0,7 mg/kg; clonazepam: 0,6 mg/kg; diazepam: 0,7 mg/kg; lormetazepam: 0,07 mg/kg;
y lorazepam: 0,2 mg/kg. En los pacientes que están con tratamiento de base, se considera tóxica cualquier dosis superior a su dosis terapéutica. La dosis letal no está descrita.

Pruebas complementarias

Deberán realizarse ECG seriados y monitorizar la función cardiovascular. Si aparece clínica de toxicidad o se trata de una dosis potencialmente tóxica, está indicado un análisis de sangre. El análisis de orina debe realizarse si aparecen signos de rabdomiólisis.

Tratamiento

Descontaminación gástrica con carbón activado y tratamiento sintomático y de las complicaciones (Tabla VI). En el caso de parada cardiorrespiratoria, las maniobras de reanimación deberán mantenerse un mínimo de una hora. Si existe depresión respiratoria o coma que precisen ventilación asistida, deberá administrarse el antídoto flumazenil (Tabla VII).

Observación y derivación

Todos los pacientes deben ser observados, al menos, 4 horas, tras este periodo pueden ser enviados a su domicilio, si no han aparecido síntomas y las constantes vitales y el ECG son normales.

Intoxicación por antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina(11-14)

Son fármacos indicados en los procesos depresivos y obsesivos compulsivos. Los más frecuentemente usados son: citalopram, escitalopram, fluoxetina, fluvoxamina, paroxetina y sertralina.

Farmacocinética y toxicidad

Aunque varía en función de cada fármaco, el pico máximo plasmático es alrededor de las 4 horas desde la ingestión y los síntomas aparecen en torno a las 8 horas. Su acción consiste en inhibir de forma selectiva la recaptación de la serotonina por las neuronas del sistema nervioso central; su toxicidad está causada por el incremento de la actividad serotoninérgica.

Manifestaciones clínicas

Clínica neurológica: agitación, temblores, convulsiones y disminución del nivel de conciencia, desde somnolencia a coma con depresión respiratoria. Las convulsiones pueden ser tardías (8-12 horas tras la ingestión).

Clínica cardiovascular: taquicardia, hipertensión, hipotensión y, excepcionalmente, alteraciones en el ECG (prolongación del QRS o QT) con riesgo de arritmias.

Otros: vómitos, diaforesis, midriasis, rabdomiolisis, hepatotoxicidad, hipoglucemia y SIADH.

• Pueden desencadenar un síndrome serotoninérgico con disfunción autonómica (taquicardia, taquipnea, diaforesis, rubor facial, hipertermia), alteración del nivel de conciencia y signos motores o extrapiramidales (clonus, hiperreflexia, mioclonías, rigidez y temblor). La fluvoxamina y paroxetina son los que más frecuentemente lo producen.

Dosis tóxicas

Son medicamentos que pueden causar toxicidad grave; la paroxetina es el que tiene mayor potencial tóxico y más riesgo de causar un síndrome serotoninérgico.

• Dosis tóxicas en niños y adultos: citalopram: 2 mg/kg o >100 mg; escitalopram: 1 mg/kg o >50 mg; fluoxetina: 3 mg/kg o >100 mg; fluvoxamina: 15 mg/kg o >250 mg; paroxetina: 3 mg/kg o >100 mg; y sertralina: 7 mg/kg o >250 mg. Las dosis letales no están establecidas.

Pruebas complementarias

Deberán realizarse ECG seriados y monitorizar la función cardiaca. Si aparece clínica de toxicidad, estará indicado un análisis de sangre con gasometría e ionograma. Análisis de orina, si aparecen signos de rabdomiolisis.

Tratamiento

Deberá realizarse descontaminación gástrica con carbón activado y tratamiento de las complicaciones, entre las que se incluye el síndrome serotoninérgico (Tabla VI). Si se produce una parada cardiorrespiratoria, las maniobras de reanimación deberán mantenerse, al menos, durante 1 hora. En el estatus epiléptico debe evitarse la fenitoína por el riesgo de cardiotoxicidad. En el caso de QRS mayor de 100 mseg, deberá administrarse bicarbonato (Tabla VII), asegurándose de que el QT sea normal. El uso del flumazenilo está contraindicado por el riesgo de convulsiones.

Observación y derivación

Los pacientes que han ingerido una dosis potencialmente tóxica pueden ser dados de alta, si no existen otros criterios de ingreso, tras 24 horas de observación, si están asintomáticos con constantes vitales y ECG es normal.

Intoxicación por antidepresivos no selectivos de la recaptación de la monoaminas(11-14)

Son fármacos utilizados para el tratamiento de la depresión. En este grupo se incluyen: amitriptilina, clomipramina, doxepina e imipramina.

Farmacocinética y toxicidad

El pico máximo plasmático de estos fármacos se produce alrededor de las 4 horas y el comienzo de los síntomas aparece a las 6 horas de la ingestión. En el metabolismo de estos fármacos se produce circulación enterohepática. El mecanismo de acción fundamental se basa en el bloqueo de la recaptación de serotonina y noradrenalina.

Manifestaciones clínicas

Clínica anticolinérgica: midriasis, cara enrojecida, febrícula, retención urinaria, sequedad de piel y mucosas, disminución de la motilidad intestinal, confusión, agitación, taquicardia sinusal e hipertensión arterial leve.

Clínica neurológica: disminución del nivel de conciencia con progresión a coma y depresión respiratoria, ataxia, nistagmus, mioclonias y convulsiones.

Clínica cardiovascular: hipotensión arterial, alteraciones en el ECG (taquiarritmias supraventriculares y ventriculares, torsade de pointes, fibrilación ventricular, prolongación del intervalo PR, ensanchamiento del complejo QRS, prolongación del QT, aplanamiento o inversión de la onda T, depresión del segmento ST, bloqueo AV, patrón Brugada).

Otros: acidosis metabólica, hipokalemia, hiponatremia y rabdomiólisis.

• Puede desencadenar un síndrome serotoninérgico si se asocia a otros medicamentos que aumentan la actividad serotoninérgica (disfunción autonómica, alteración del nivel de conciencia y signos motores o extrapiramidales).

Dosis tóxicas

Son medicamentos que pueden causar toxicidad grave.

• Dosis tóxicas: en los niños cualquier dosis puede ser tóxica.

• En adultos: amitriptilina: 3 mg/kg; clomipramina: 4 mg/kg; doxepina: 4 mg/kg; e imipramina: 4 mg/kg. La dosis letal de amitriptilina e imipramina es de 15 mg/kg.

Pruebas complementarias

Deberán realizarse ECG seriados y monitorizar la función cardiaca. Si aparece clínica de toxicidad o se trata de una dosis potencialmente tóxica, deberá hacerse un análisis de sangre con gasometría e ionograma. Si se produce rabdomiólisis, se realizará un análisis de orina.

Tratamiento

Descontaminación gastrointestinal y tratamiento de las complicaciones (Tabla VI). Debido a la circulación enterohepática de estos fármacos, en las intoxicaciones graves puede repetirse la dosis de carbón activado. Si se produce un deterioro rápidamente progresivo del sensorio o aparecen signos de intoxicación grave, puede ser necesaria la intubación precoz. En el caso de parada cardiorrespiratoria, es necesario mantener las maniobras de reanimación como mínimo una hora. La hipotensión arterial se debe tratar con fluidoterapia y, si no existe respuesta, se administrará bicarbonato sódico i.v.; en el caso de que sea necesario administrar inotropos-vasopresores, es preferible no utilizar la adrenalina. La fenitoína debe evitarse en el estatus epiléptico por el riesgo de cardiotoxicidad.

El bicarbonato como antídoto (Tabla VII) está indicado, si el QRS es mayor de 100 mseg y para el tratamiento de las arritmias ventriculares; en estos casos, si no existe respuesta, se administrará lidocaína i.v. Los antiarrítmicos bloqueantes de los canales del sodio (clase I) del tipo IA (bloqueo intermedio) e IC (bloqueo lento) están contraindicados.

Observación y derivación

Todos los niños deben ser observados, al menos, 12 horas, y pueden ser dados de alta si tras este tiempo no presentan síntomas y las constantes vitales y el ECG son normales.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Los niños que han contactado con una sustancia no tóxica (Tabla IV), pueden ser cribados en Atención Primaria y derivados directamente a su domicilio.

• Las medidas iniciales de descontaminación, lavado de superficies con agua o descontaminación gastrointestinal con carbón activado, deben realizarse en Atención Primaria, ya que cuanto antes se inicien, mayor eficacia tendrán.

• Los criterios de derivación al hospital son: ingestión de una sustancia desconocida o tóxica, aunque no existan síntomas; pacientes con alteración del estado general o riesgo de deterioro; administración previa de carbón activado; ingestión con ideación autolítica; y sospecha de maltrato.

• Los adolescentes intoxicados, como intento autolítico o por el consumo de drogas de recreo, deben tener un seguimiento de su salud mental.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Martínez L, López Ávila J, Barasoain A, Angelats CM, Azkunaga B, Molina JC. Grupo de Trabajo de Intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. Acciones que no hay que hacer en un paciente que ha contactado con un posible tóxico. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.anpedi.2020.07.002.

Se trata de una publicación de ocho acciones básicas de “no hacer en los niños que han contactado con un tóxico”, aprobadas por un grupo de expertos del Grupo de Trabajo de Intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría.

– Paula S, Bilbao N, Martínez Indart L, Mintegi S, Azkúnaga B. Epidemiology of acute pediatric poisonings in Spain: a prospective multicenter study from the Spanish Society of Pediatric Emergency Medicine. Eur J Emerg Med. 2020; 27: 284-89.

Es una publicación en la que se recogen, de forma prospectiva, las principales características epidemiológicas de los pacientes que consultan en distintos servicios de urgencias pediátricas por haber contactado con un tóxico.

– Martínez L, Mintegi S. Intoxicaciones. Protoc diagn ter pediatr. 2020: 1: 321-38.

Se trata de un protocolo elaborado por la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, en el que se refieren los aspectos más importantes para la atención a los pacientes que han contactado con un tóxico.

– Toxseup. Guía rápida para el tratamiento de las intoxicaciones pediátricas. Disponible en: https://toxseup.org/.

Es una web app de gran utilidad, realizada por la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría para la atención a los pacientes pediátricos intoxicados. En ella, pueden encontrarse los principales datos de más de 130 fármacos, básicos para el tratamiento de los pacientes intoxicados (farmacocinética, manifestaciones clínicas, dosis tóxicas, medidas de tratamiento, criterios de derivación, etc.).

– Urgencias en Pediatría. Protocolos diagnóstico-terapéuticos. Hospital Universitari Sant Joan de Déu, 6ª edición. Madrid: Ergon S.A.; 2022.

Se trata de un protocolo, en el que figura de forma pormenorizada la actitud y el tratamiento que debe seguirse ante los pacientes que han ingerido paracetamol como forma de intoxicación. Se hace especial énfasis en la pauta corta de administración del antídoto N-acetilcisteína.

Caso clínico

Motivo de consulta: alteración del nivel de conciencia tras la ingestión voluntaria de comprimidos de sertralina.

Anamnesis: mujer de 15 años de edad que es llevada al Servicio de Urgencias por los servicios de emergencias, porque los padres han encontrado a la paciente en el suelo del cuarto de baño vomitando y con el nivel de conciencia alterado. Los padres refieren que en el dormitorio de la paciente había varios “blisters” vacíos de comprimidos de sertralina y lorazepam, pero no pueden saber cuántos se ha tomado, ni tampoco cuándo. La paciente refiere que se los ha tomado voluntariamente, aproximadamente hace 5 o 6 horas, pero no refiere cuantos.

Antecedentes personales: trastorno depresivo, en tratamiento con sertralina; hace un tiempo tomó también lorazepam.

Exploración física: tensión arterial: 100/70 mmHg; frecuencia cardiaca: 70 lat/min; frecuencia respiratoria: 25 insp/min; y temperatura: 36ºC. Escala de Glasgow: 10 (abre los ojos al dolor 2; respuesta verbal incoherente 3; localiza el dolor 5. Pupilas normales. Color normal de piel y mucosas. Cardiopulmonar normal. Abdomen normal.

Pruebas complementarias, tratamiento y evolución: a su llegada a Urgencias se sigue la secuencia de actuación ABCD para la atención a los pacientes críticos. Se toman las constantes vitales, se monitoriza la función cardiaca, se canaliza una vía venosa periférica y se determina la glucemia capilar. Inicialmente, la paciente está estable. Se realiza un ECG y se extrae sangre para gasometría, iones, glucemia, osmolaridad, función renal y niveles plasmáticos de paracetamol. Se recoge la orina para la determinación de tóxicos. Los parámetros sanguíneos son normales y el paracetamol en el plasma es negativo. La orina da positivo para las benzodiacepinas.

Se mantiene en observación, a dieta absoluta; durante todo el tiempo permanece estable y, progresivamente, va recuperando el nivel de conciencia hasta alcanzar la normalidad en las 8 horas siguientes.

 

Traumatismo craneoencefálico

F. Fernández Carrión, E. González Salas
Temas de FC


F. Fernández Carrión, E. González Salas

Unidad de Urgencias y Cuidados Intensivos Pediátricos. Hospital Clínico Universitario de Salamanca

Resumen

El traumatismo craneoencefálico (TCE) es una de las primeras causas de muerte e incapacidad en niños en países desarrollados y uno de los motivos más frecuentes de consulta en Pediatría. Cualquier TCE puede producir lesiones intracerebrales (LIC); por lo que, una vez que ha ocurrido, nuestro objetivo será identificar a los pacientes con LIC o con riesgo de desarrollarla, y evitar en la medida de lo posible, que ese daño inicial aumente. Para ello, disponemos de guías clínicas aceptadas universalmente, que nos ayudan a proporcionar las mejores medidas de prevención del daño secundario y de tratamiento del TCE en niños. La gravedad del TCE se establece fundamentalmente con la escala de Glasgow, siendo la mayoría casos leves. La tomografía craneal (TC) es la prueba diagnóstica de referencia, aunque en ausencia de factores de riesgo de LIC, la observación clínica en TCE leves es una alternativa válida a la realización de una prueba de imagen. Conocer la fisiopatología del TCE y, cómo factores, como: la hipoxia, la hipercapnia, la hipotensión arterial o la hipertensión intracraneal, pueden aumentar la lesión cerebral, nos permitirá optimizar la estabilización inicial y conseguir con ello mejorar el pronóstico y la supervivencia del niño con TCE grave.

 

Abstract

Traumatic brain injury (TBI) is one of the leading causes of death and disability in children in developed countries and one of the most frequent reasons for consultation in Pediatrics. Any TBI can produce intracerebral lesions (ICL); therefore, once it has occurred, our goal will be to identify patients with ICL or at risk of developing it, and to prevent, as far as possible, that initial damage from increasing. To achieve this, we have universally accepted clinical guidelines, which help us to provide the best measures for the prevention of secondary damage and treatment of TBI in children. The severity of TBI is established mainly with the Glasgow scale, being the majority mild. Cranial tomography (CT) is the reference diagnostic test, although in the absence of risk factors for ICL, clinical observation in mild TBI is a valid alternative to performing an imaging test. Knowing the pathophysiology of TBI and how factors such as hypoxia, hypercapnia, hypotension, or intracranial hypertension can increase brain injury, will allow us to optimize initial stabilization and thereby, improve prognosis and survival of the child with severe TBI.

 

Palabras clave: Traumatismo craneoencefálico; Pediátrico; Cuidados prehospitalarios.

Key words: Traumatic brain injury; Pediatric; Prehospital emergency care.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 7 – 16

 


OBJETIVOS

• Conocer la fisiopatología básica del TCE.

• Entender cómo el tratamiento del TCE se basa en dicha fisiopatología.

• Adquirir estrategias para optimizar los recursos diagnósticos ante un TCE.

• Adquirir los conocimientos necesarios para proporcionar el tratamiento inicial más adecuado al niño con TCE grave, y con ello mejorar su pronóstico y supervivencia.

 

Traumatismo craneoencefálico

Introducción

El traumatismo craneoencefálico (TCE) continúa siendo una de las primeras causas de muerte e incapacidad en niños a nivel mundial.

El TCE se puede definir como: la lesión de la estructura y/o de la función del encéfalo, secundaria a un traumatismo o fuerza mecánica externa, con o sin afectación craneal apreciable, con o sin afectación visible en las pruebas de imagen.

A pesar de los avances en las medidas de prevención y tratamiento de los últimos años, continúa siendo una de las principales causas de morbilidad y mortalidad en la infancia en países desarrollados y un problema sanitario importante, dada su elevada incidencia en niños y jóvenes y la posibilidad de secuelas que origina. Sin embargo, desde mediados de los años ochenta, se ha estabilizado la tasa de supervivencia, y gracias a los avances en el conocimiento: de la fisiopatología, de la neuromonitorización y de la farmacología, tenemos la posibilidad de mejorar la evolución clínica del paciente a corto y largo plazo.

La mayoría de TCE en niños son leves, patología habitualmente banal que presenta pocas probabilidades de complicaciones posteriores. En el caso de TCE moderado o grave, el riesgo de que haya LIC es mayor. Dado que el traumatismo ya ha ocurrido, nuestros objetivos serán evitar todos los factores que pueden empeorar el daño inicial, e identificar a los pacientes con riesgo de desarrollar LIC. Para ello, disponemos de diversos protocolos y guías clínicas aceptadas universalmente(1-4). Precisamente, desde la última revisión del tema en Pediatría Integral(5), se ha publicado la tercera edición de las guías de atención al TCE grave en niños de la Brain Trauma Foundation(1) y, aunque no hay grandes cambios respecto a las anteriores, consideramos que es una patología suficientemente importante en Pediatría para actualizar periódicamente.

Epidemiología

La incidencia de TCE en España ha disminuido en los últimos años, aunque a nivel mundial ha aumentado. El TCE es más frecuente en niños entre 0 y 4 años (caídas) y en adolescentes (deportes, tráfico, autolesiones).

A pesar de que en España el número total de TCE ha disminuido en los últimos años y ha pasado a ser la segunda causa de mortalidad en mayores de un año tras el cáncer, continúa siendo una enfermedad muy importante por su elevada incidencia, prevalencia y morbimortalidad. Es una de las patologías más frecuentes en los Servicios de Urgencias Pediátricos, con dos picos de incidencia: niños entre cero y cuatro años y adolescentes. Es más frecuente en varones en todos los grupos de edad. En niños que han sufrido un politraumatismo, entre el 60-80 % presentan TCE, y de ellos, el 10 % un TCE grave. La mortalidad oscila según series entre el 12 y el 33 %, siendo mayor en los menores de 1 año, aunque globalmente los niños tienen una mortalidad inferior a la del adulto. Hasta el 80 % de niños con TCE grave presentan algún tipo de secuela cognitiva.

Es difícil conocer la incidencia exacta de TCE, que probablemente esté infraestimada al no ser una enfermedad que se declara, pero disponemos de algunos trabajos que estiman su evolución en los últimos años: en EE.UU. la incidencia global en todas las edades aumentó en 2013 respecto a 2007(6), siendo ese año en niños entre 0-4 años de 1.590 por 100.000 y año, y en adolescentes de 1.080 por 100.000 y año. Otro estudio que estima la incidencia mundial(7) encuentra que, en 2016, hubo casi 28 millones de nuevos TCE en el mundo, con un aumento de la incidencia global respecto al año 1990 del 8 %. Aunque no especifica por edades, según estos datos, en España, en 2016, hubo unos 130.000 TCE, disminuyendo la incidencia un 16 % respecto al año 1990. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (disponibles en www.ine.es), en España ingresan al año unos 4.400 menores de 14 años por TCE, suponiendo en torno al 1,3 % de todas las hospitalizaciones en Pediatría y, según la misma fuente, en el año 2021, fallecieron por caídas, accidentes o suicidio con traumatismo, 242 menores entre 1 y 19 años, lo que supondría casi el 25 % de todas las muertes en esa franja de edad.

En cuanto a la etiología(6), las caídas son la causa más frecuente a nivel mundial. Por edades, en neonatos serán los partos traumáticos e instrumentales la principal causa de TCE. En lactantes, las caídas, el maltrato y los accidentes de tráfico. Mientras, en escolares y adolescentes, los accidentes y caídas relacionadas con el deporte, y los accidentes de tráfico son las principales causas, llamando la atención el aumento de TCE en adolescentes y adultos jóvenes secundarios a autolesiones o intento de suicidio, en los últimos años.

Fisiopatología

Tras el daño cerebral inicial o primario, existen factores que lo aumentan (daño secundario), muchas veces evitables. Conocer la fisiopatología del TCE, nos ayudará a proporcionar el tratamiento inicial más adecuado al niño con TCE grave.

Los niños, sobre todo, los neonatos y lactantes, son más susceptibles de sufrir un TCE grave que los mayores o adultos, debido a algunas características propias de la edad, como: la mayor relación de superficie de la cabeza respecto al cuerpo, huesos craneales más delgados y deformables, músculos cervicales más débiles o un cerebro todavía con la mielinización en desarrollo y con un flujo sanguíneo y consumo de oxígeno hasta el doble que en adultos.

El impacto puede trasladar al contenido craneal diferentes fuerzas mecánicas: impacto directo, aceleración y desaceleración, movimientos de translación (con desplazamiento de la masa encefálica respecto al cráneo) o de rotación, o incluso impactos penetrantes, originando lesión de las estructuras encefálicas mediante diferentes mecanismos complejos e interrelacionados entre sí.

Daño cerebral primario o lesión primaria

Lesiones nerviosas y vasculares producidas inmediatamente por la agresión mecánica, en relación directa con la magnitud de la energía del traumatismo (masa y velocidad al cuadrado). El cambio brusco de presión puede originar fracturas, contusiones o hematomas, tanto en la zona del impacto como en la opuesta o contragolpe.

Daño cerebral secundario o lesión secundaria

Lesiones cerebrales que se producen después del impacto, tanto a nivel celular como extracelular, favorecidas por alteraciones sistémicas o intracraneales que pueden aumentar la lesión primaria. El daño neuronal inicial puede liberar neurotransmisores excitadores que producirán: despolarización de las membranas celulares, disrupción mitocondrial, estrés oxidativo y alteración de la síntesis de ATP, al mismo tiempo que se crea un gradiente osmótico que favorece el edema citotóxico celular. Por otro lado, el daño endotelial puede conducir a un edema vasogénico a nivel extracelular, y la rotura de la barrera hematoencefálica también permite la llegada de células pro-inflamatorias que activan y potencian la cascada inflamatoria y el edema citotóxico(8).

Autorregulación cerebral

La autorregulación cerebral es la capacidad que tiene el cerebro de mantener un flujo sanguíneo cerebral (FSC) constante a pesar de los cambios en la presión arterial media (PAM), gracias a que las arteriolas cerebrales cambian su diámetro en respuesta a los cambios de PAM. De este modo, el aporte de oxígeno y nutrientes se mantiene constante. En casos de patología neurológica aguda, esa autorregulación se altera, de modo que el FSC va a depender, en mayor medida, de la PAM; de modo que, si hay hipertensión arterial, habrá más riesgo de FSC elevado o hiperemia y hemorragia, y si hay hipotensión arterial, más riesgo de FSC disminuido e isquemia.

Presión de perfusión cerebral (PPC)

En cualquier órgano, la presión de perfusión es equivalente a la diferencia entre la presión de entrada o arterial y la de salida o venosa, y esa diferencia de presiones es responsable del flujo sanguíneo(9). En el encéfalo, la presión de entrada es igual a la PAM a nivel de la carótida interna, mientras que la de salida es equivalente a la presión en las venas corticales, que refleja la presión intracraneal (PIC). De este modo, podemos calcular la PPC mediante la diferencia entre PAM y PIC: PPC = PAM – PIC. En niños con TCE, se aconseja mantener una PPC superior a 40 mmHg en pequeños, 50 mmHg en escolares y, en adolescentes, entre 50-60 mmHg como en adultos(10). Esto es fundamental, porque el cerebro tiene poca capacidad para almacenar oxígeno y glucosa; de modo que, si se perfunde mal, podría haber daño neuronal en pocos minutos.

Factores que aumentan el daño secundario

Diversas alteraciones intracraneales o sistémicas pueden producir daño secundario, exacerbando el daño inicial (Tabla I). Si somos capaces de evitarlas o tratarlas precozmente, conseguiremos mejorar el pronóstico del paciente.

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Clínica

La clínica es muy variable, desde asintomáticos hasta coma e, incluso, herniación cerebral, dependiendo, en gran medida, de la severidad del traumatismo y de la presencia de lesiones intracerebrales.

La clínica tras un TCE es muy variable y, aunque depende en gran medida de la severidad del traumatismo o de la presencia de LIC, no siempre existe una correlación lineal entre ellas. El paciente puede estar asintomático, presentar solo cefalea o algún vómito, o bien clínica de hipertensión intracraneal (HIC) e, incluso, signos de herniación cerebral. Hay que tener en cuenta que, en lactantes, la sintomatología puede ser inespecífica, y más tardía, al tener suturas y fontanelas abiertas que les permiten tolerar inicialmente las LIC ocupantes de espacio(11).

Los síntomas y signos más típicos tras un TCE son: amnesia, cefalea, agitación o irritabilidad, tendencia al sueño, vómitos, convulsiones, pérdida de conciencia, cefalohematomas, fracturas palpables y signos de fractura de base de cráneo (otorrea, rinorrea, otorragia o hemotímpano, hematomas periorbitarios u ojos en mapache, y hematoma retroauricular o signo de Battle).

La pérdida de conciencia mayor de 5 segundos o la cefalea intensa o progresiva son factores de riesgo de LIC. Respecto a los vómitos, síntoma que genera más controversia en cuanto a la indicación de una prueba de imagen, se ha visto que la mayoría de los pacientes con vómitos aislados, sin otro factor de riesgo acompañante, no tienen LIC(3). Sí que implican mayor riesgo de lesión: si son repetitivos y no ceden, si comienzan de modo tardío o si ocurren en mayores de 2 años.

Las convulsiones pueden ser inmediatas tras el traumatismo, precoces (en los primeros 7 días) o tardías. Las crisis inmediatas se producen como consecuencia del impacto directo, por despolarización de la corteza cerebral, y suelen producir hipertonía generalizada y/o movimientos clónicos. Las crisis precoces se suelen relacionar con: hematomas intracraneales, contusiones cerebrales, alteraciones electrolíticas o vasculares, y suelen ser crisis parciales simples con generalización secundaria.

Si hay HIC o una LIC con efecto masa, puede haber desplazamiento de zonas del cerebro a través de distintas estructuras, provocando una herniación cerebral. Aquí podemos encontrar: hemiparesia, midriasis uni o bilateral, descenso rápido del nivel de conciencia, parálisis de pares craneales o posturas de decorticación o descerebración. La tríada clásica de Cushing (hipertensión arterial, bradicardia y bradipnea) no siempre está presente y, además, suele ser tardía. En lactantes, aunque no siempre, se puede apreciar una fontanela anterior a tensión y alteración de la mirada conjugada superior.

El paradigma del daño lesional primario por aceleración/desaceleración es el daño axonal difuso, donde se alteran el citoesqueleto y los axones tras la activación de la cascada inflamatoria, sobre todo, a las 24-48 horas del trauma. Sospechar en pacientes sin LIC en TC, ni HIC clínica o en monitorización, y que siguen en coma.

El TCE grave puede conllevar complicaciones sistémicas. Además de sospechar siempre lesión cervical hasta que se descarte, puede haber: alteraciones del ritmo cardiaco, hiperactividad simpática (agitación, distonías, fiebre, taquicardia, hipertensión, sudoración), edema pulmonar neurogénico o coagulopatía, entre otros.

Tipos de lesiones

El traumatismo puede provocar diferentes lesiones intracerebrales, que determinan en gran medida la clínica, gravedad y pronóstico (Tabla II). La mitad de los niños tendrán más de un tipo al mismo tiempo(12). Son indicativas de mal pronóstico: la hemorragia subaracnoidea, la hemorragia ventricular y, sobre todo, el edema cerebral en el TC inicial(13).

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Clasificación y diagnóstico

El TCE se clasifica mediante la escala de Glasgow, la clínica y la presencia de lesiones intracerebrales.

Desde que se introdujo en 1974, la escala de Glasgow (Tabla III) constituye la forma habitual de clasificación del TCE(12), gracias a su simplicidad y facilidad de uso, y a la buena correlación entre la puntuación inicial y el pronóstico final. La valoración motora es la de mayor importancia pronóstica.

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Existe una escala adaptada para lactantes. Pero no solo utilizaremos la puntuación de Glasgow para clasificar el traumatismo, sino que también tendremos en cuenta la clínica y los hallazgos en la neuroimagen. Esta clasificación no es universal, sino que es muy variable según guías y protocolos. Teniendo en cuenta todo ello, podemos clasificar el TCE como:

TCE leve: Glasgow de 14-15. Sin alteración del estado mental o alteración transitoria. Puede haber: pérdida de conciencia, amnesia o desorientación, vómitos o cefalea, todo ello de modo transitorio y que se resuelve espontáneamente. Neuroimagen sin LIC (si la tiene, lo consideraremos TCE moderado).

TCE moderado: Glasgow 9-13. Alteración del estado mental, pérdida de conciencia de mayor duración, amnesia postraumática, tendencia al sueño, vómitos repetidos, cefalea mantenida o progresiva, convulsiones postraumáticas o déficit neurológico focal. Neuroimagen con o sin lesión en TC.

TCE grave: Glasgow <9.

Diagnóstico

La tomografía craneal es la prueba diagnóstica de elección, aunque no está indicado en todos los niños con TCE de modo sistemático.

Los objetivos principales en la valoración de un niño con TCE son la estabilización inicial para prevenir el daño secundario y descartar LIC que precise intervención neuroquirúrgica urgente. Para ello, es fundamental realizar una anamnesis y exploración física completas, además de pruebas complementarias.

Anamnesis

Historia detallada del episodio, mejor por los testigos del accidente: lugar y tiempo transcurrido, mecanismo y trauma de alta energía (atropello; accidentes con muerte de otro pasajero, vuelta de campana o eyección; impacto severo; caída mayor de 1 metro en lactantes o mayor de 1,5 metros en mayores de 2 años). Recoger la evolución desde el traumatismo: pérdida de conciencia y duración, amnesia del episodio, convulsiones, nivel de conciencia, etc. Recabar antecedentes personales y familiares (enfermedades, coagulopatías o fármacos anticoagulantes, malformaciones vasculares, válvula de derivación ventrículo-peritoneal, etc.). Si historia incongruente o tardanza en consultar, valorar la posibilidad de maltrato(11).

Exploración física

Exploración neurológica completa, recordando siempre la posibilidad de lesión de la columna cervical, explorando las apófisis espinosas (movilidad, dolor) y déficits motores o sensitivos. Evaluar: nivel de conciencia, tamaño y reactividad de pupilas, pares craneales, reflejos y movilidad. Exploración de la cabeza buscando hematomas, heridas, crepitación o depresión de huesos y signos de fractura de base de cráneo. Los hematomas pueden ser subcutáneos, subgaleales sin respetar suturas y blandos, o subperiósticos respetando suturas y duros(11). Cualquier cefalohematoma en niños menores de 3 meses, los no frontales en menores de 2 años, o los mayores de 3-4 cm en cualquier niño, implican mayor riesgo de LIC.

Pruebas complementarias

Además de realizar una analítica completa con: hemograma, bioquímica, gasometría, coagulación y pruebas cruzadas, la neuroimagen es fundamental, siendo la TC la prueba gold estándar. No se recomienda realizar radiografía de cráneo en niños con TCE(4).
La sensibilidad para detectar fracturas lineales es solo del 63 %, y no detecta LIC. Además, si se sospecha la existencia de una fractura por la exploración física, estaría indicado realizar TC. Sí que estaría indicado hacer una serie ósea, si sospecha de maltrato. En lactantes pequeños, se puede realizar una ecografía transfontanelar para detectar lesiones hemorrágicas precozmente, pero su sensibilidad para otras lesiones no es buena, por lo que no exime de realizar una TC, si se considera indicado.

La TC es la prueba de elección para el diagnóstico y el seguimiento. Sin embargo, no está exento de riesgos a largo plazo, debido a la radiación y el riesgo secundario de cáncer a lo largo de la vida. Mientras que en el TCE moderado (LIC hasta en 27 %) o grave (LIC hasta en 65 %) está indicado siempre (valorar si es necesario TC cervical al mismo tiempo), la controversia surge en el TCE leve, ya que un 5 % de los niños según series, tendrán alguna LIC en la TC(12). Por los posibles riesgos que supone, no se debe hacer una TC sistemáticamente a todos los niños con TCE leve, sino solo a aquellos con mayor riesgo de tener una LIC. Para ello, disponemos de algoritmos de decisión para predecir la existencia de LIC en función de la presencia o no de factores de riesgo, que han demostrado ser eficaces en la detección de dichas lesiones, y que nos ayudan a decidir cuándo solicitar una TC en el niño con TCE leve. Los más conocidos son: PECARN(3) (Pediatric Emergency Care Applied Research Network), CATCH (Canadian Assessment of Tomography for Childhood Head injury) y CHALICE (Children’s Head injury Algorithm for the prediction of Important Clinical Events), siendo quizás el primero, el más utilizado y el que tiene mayor sensibilidad para detectar lesiones(14) (Tabla IV).

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La resonancia magnética no está indicada como prueba inicial, dadas las ventajas de la TC y, además, tiene menos sensibilidad para fracturas de cráneo. Sin embargo, hay centros que la utilizan de elección, realizando una secuencia rápida de 6-7 minutos(15). Útil para la valoración posterior o si sospecha de lesión axonal difusa o lesión medular.

Manejo del TCE leve o moderado

El objetivo principal, tras estabilizar al paciente, será identificar a los niños con TCE leve que tienen factores de riesgo para tener una lesión intracerebral, a los cuales se hará una tomografía craneal. En TCE moderado siempre está indicada la tomografía craneal.

Un TCE leve aparentemente banal y asintomático puede acabar en un cuadro severo. Este hecho, el que el TCE sea un proceso dinámico que puede cambiar en minutos u horas, nos obliga a mantener una estrecha monitorización neurológica, vigilando el nivel de conciencia, reactividad pupilar, focalidad o aparición de cualquier signo sugerente de HIC.

La evaluación y tratamiento del niño con TCE debe seguir las pautas del manejo del politraumatismo pediátrico(16): una evaluación inicial siguiendo la secuencia ABCDE (Tabla V), donde el objetivo es identificar y tratar cualquier lesión o situación con riesgo vital inmediato y, tras ella, una evaluación secundaria exhaustiva donde se valoren todas las lesiones del paciente y se inicie su tratamiento(17).

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Una vez estabilizado, y siempre asegurando una analgesia adecuada, en casos de TCE leve nos guiaremos con los criterios PECARN(3) para decidir la actitud a seguir. Si el TCE es moderado, se hará siempre TC e ingreso para monitorización neurológica:

• En TCE leves sin factores de riesgo de LIC y paciente asintomático, valorar el alta proporcionando a los cuidadores una hoja con recomendaciones para la observación clínica domiciliaria y con los signos de alerta que deben tener en cuenta para consultar de nuevo (disponible en: https://seup.org/hojas-informativas/).

• En TCE leves con factores de riesgo de LIC, se haya realizado o no TC (en ese caso, si no hay LIC), se puede valorar el alta tras observación clínica de, al menos, 4-6 horas, si el paciente está asintomático y con exploración neurológica normal, y los cuidadores están capacitados para una correcta valoración en domicilio. Si no se ha realizado TC y los cuidadores no están capacitados, o domicilio lejano al centro sanitario, valorar prolongar la observación algunas horas.

• En TCE leves con factores de riesgo de LIC, se haya realizado o no TC y, aunque este sea normal, si siguen con síntomas o con exploración neurológica patológica tras observación de, al menos, 6 horas, prolongar dicha observación o valorar ingreso.

• En niños menores de 3 meses con TCE leve y factores de riesgo, se aconseja realizar TC y prolongar la observación, al menos, 24 horas(3).

• En TCE leves con factores de riesgo de LIC, en los que se realiza TC y se objetiva LIC, ya hablaríamos de TCE moderado, que requiere ingreso para monitorización neurológica (salvo fractura lineal como único hallazgo y paciente asintomático tras 4-6 horas de observación, donde se podría valorar el alta)(18).

Tratamiento del TCE grave

El tratamiento del TCE grave es secuencial, con medidas generales y neuroprotectoras, medidas de primer y de segundo nivel, muchas de las cuales se pueden y se deben iniciar a nivel prehospitalario.

El tratamiento del TCE grave en niños se basa en las recomendaciones de las guías de la Brain Trauma Foundation, cuya tercera edición se publicó en 2019(1-2). El tratamiento es secuencial, con: unas medidas generales y neuroprotectoras: unas medidas de primer nivel, que se van utilizando en función de la clínica y de la PIC, en caso de que esté monitorizada; y otras de segundo nivel, que se aplican si no hay respuesta a todo lo anterior. Aunque se aconseja el tratamiento guiado por la PIC, no hay evidencia de que tenga mejores resultados que guiado solo por clínica y neuroimagen. Disponemos de protocolos de actuación para el manejo del TCE grave con y sin monitorización de PIC de adultos, pero que se pueden adaptar a Pediatría(19-20). Se resume ahora el tratamiento del TCE grave, ya que la mayoría de las medidas iniciales y algunas de primer nivel se pueden y se deben aplicar en cualquier entorno, desde el primer momento tras el trauma.

Medidas generales y neuroprotectoras en TCE grave

• Posición adecuada del paciente. Cabeza en posición centrada y elevada 20-30º, para favorecer el drenaje venoso de la cabeza. Elevación contraindicada en caso de shock o lesión cervical (aquí utilizar posición anti-Trendelenburg).

• Evitar la hipoxia, hipocapnia o hipercapnia. Intubación con pauta rápida (posibles opciones: etomidato 0,3 mg/kg i.v. + rocuronio 1 mg/kg i.v.; fentanilo 1 mcg/kg i.v. + ketamina 2 mg/kg i.v. + rocuronio 1 mg/kg i.v.). Ventilación mecánica protectora (volumen 6-8 mL/kg, PEEP inicial 5 cmH2O y titular hasta 10 cmH2O, si hipoxemia con FiO2 100 %). Mantener PaO2 entre 90-100 mmHg (sin monitorización, SatO2 94-98 %). Mantener PaCO2 en torno a 35-40 mmHg (sin monitorización, frecuencia respiratoria en respirador adecuado para la edad). Evitar anemia, Hb mínima: 7-9 g/dL.

• Mantener volemia y la PAM. Volumen con soluciones isotónicas (SSF o soluciones balanceadas y hemoderivados secuencialmente). Si precisa inotrópicos, valorar noradrenalina o dopamina en función del tipo de shock.

Sedación y analgesia adecuadas [RASS -5 (RASS: Escala de Agitación y Sedación de Richmond)]. Analgesia con: cloruro mórfico 5-40 mcg/kg/h, fentanilo 1-2 mcg/kg/h o remifentanilo 0,1-1 mcg/kg/min. Sedación con midazolam 0,1-0,2 mg/kg/h. Utilizar bolos suplementarios previos a manipulaciones a dosis mínimas efectivas, para evitar hipotensión (fentanilo, aunque también midazolam, puede dar hipotensión y disminuir la PPC).

• Control de temperatura. Tratamiento agresivo de la fiebre. Evitar hipotermia. Si escalofríos o temblores, valorar relajación muscular (con relajación solo podremos valorar cambios neurológicos con el estado de las pupilas y constantes vitales).

• Control de crisis comiciales. Tratamiento con midazolam 0,1 mg/kg i.v. Valorar tratamiento profiláctico en caso de TCE grave, y siempre que se utilice relajación muscular. Levetiracetam, dosis de choque 50 mg/kg i.v. en 15 minutos, mantenimiento posterior 50-60 mg/kg/día cada 12 h; o fenitoína, dosis de choque 20 mg/kg i.v. en 20 minutos, mantenimiento posterior 5-7 mg/kg/día cada 12 h.

• Control de la glucemia. Mantener entre 80-200 mg/dL. Si hiperglucemia, perfusión continua de insulina 0,02-0,1 UI/kg/h.

• Control de alteraciones electrolíticas y metabólicas. Mantener leve hiperosmolaridad sérica y sodio entre 145-155 mEq/L.

• Corticoides. Contraindicados, aumenta la mortalidad.

• Nutrición precoz tras estabilización.

• En niños, no hay evidencia suficiente de que el ácido tranexámico, en las primeras 2-3 horas tras el trauma, mejore el pronóstico (en adultos podría reducir la mortalidad en pacientes con TCE leve o moderado), pero hay guías como las NICE (National Institute for Health and Care Excellence)(18) que lo recomiendan en niños con TCE moderado o grave en las primeras 2 horas: si no hemorragia extracraneal, bolo 15-30 mg/kg i.v. en 10 minutos; si hemorragia extracraneal, bolo igual seguido de perfusión 2 mg/kg/hora, al menos, 8 horas.

Medidas de primer nivel en TCE grave

Si la PIC es mayor de 20 mmHg durante más de 5 minutos a pesar de las medidas anteriores, pasaremos a una serie de actuaciones llamadas de primer nivel:

• Drenaje ventricular. Si el paciente lo tiene tras cirugía, drenaje controlado de LCR en función de la PIC.

• Terapia hiperosmolar. Única terapia en las guías con nivel de evidencia II.

– Salino hipertónico 3 % (90 mL de SSF + 10 mL de ClNa 20 %): 2-5 mL/kg i.v. en 10 min cada 2-4 horas, o perfusión 0,1-1 mL/kg/h en dosis ascendente hasta conseguir PIC < 20 mmHg. Efecto osmótico reduciendo la PIC y aumentando la PPC, con poco efecto diurético, por lo que el volumen intravascular se mantiene. Intentar no superar natremia de 160-170 mEq/L más de 72 horas.

– Manitol 0,25-0,5 g/kg i.v. en 10 min. No se aconseja en las últimas guías (utilizar si no se dispone de salino hipertónico). Diurético osmótico, asumiendo que la barrera hematoencefálica está intacta. Reduce la PIC, pero no aumenta la PPC. Produce un exceso de diuresis que puede dar hipovolemia e hipotensión.

• Relajación muscular. Siempre optimizar sedoanalgesia previamente. Rocuronio 0,5-1 mg/kg/h para reducir la presión intratorácica y disminuir las demandas metabólicas.

• Hiperventilación moderada. PaCO2 30-35 mmHg, como última opción. Contraindicado si lesiones isquémicas.

Medidas de segundo nivel en TCE grave

• Coma barbitúrico.

• Hipotermia moderada 32-35ºC (sin evidencia).

• Craniectomía descompresiva.

Función del Pediatra de Atención Primaria

Además del seguimiento posterior del niño que ha sufrido un TCE y tiene o no secuelas, es importante recordar que, en muchas ocasiones, hasta en el 25 % de los casos(17), los familiares o testigos del traumatismo acuden con el niño en primer lugar a un centro no hospitalario por cercanía, sin esperar a que sea atendido in situ por un equipo de emergencias. O que cualquiera de nosotros puede ser testigo de un accidente, ya sea en ciudad o en carretera. Por ello, cualquier pediatra debe estar preparado para atender inicialmente a un niño con TCE de cualquier gravedad y, de este modo, ser capaz de comenzar las medidas terapéuticas más adecuadas, y con ello mejorar el pronóstico.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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15. Figaji A. An update on pediatric traumatic brain injury. Childs Nerv Syst. 2023; 39: 3071-81.

16. Da Dalt L, Parri N, Amigoni A, Nocerino A, Selmin F, Manara R, et al. Italian guidelines on the assessment and management of pediatric head injury in the emergency department. Ital J Pediatr. 2018; 44: 7. Disponible en: https://doi.org/10.1186/s13052-017-0442-0.

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18.** Head Injury: assessment and early management. NICE guidelines. 2023. Disponible en: https://www.nice.org.uk/guidance/ng232.

19. Hawryluk GWJ, Aguilera S, Buki A, Bulger E, Citerio G, Cooper DJ, et al. A management algorithm for patients with intracranial pressure monitoring: the Seattle International Severe Traumatic Brain Injury Consensus Conference (SIBICC). Intensive Care Med. 2019; 45: 1783-94.

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Bibliografía recomendada

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Tercera edición de las guías de la Brain Trauma Foundation sobre el manejo del traumatismo craneoencefálico grave en niños, actualizando la evidencia científica disponible. Imprescindibles para el manejo correcto de dichos pacientes.

– Kochanek PM, Tasker RC, Bell MJ, Adelson PD, Carney N, Vavilala MS, et al. Management of Pediatric severe Traumatic Brain Injury: 2019 Consensus and Guidelines-Based Algorithm for First and Second Tier Therapies. Pediatr Crit Care Med. 2019; 20: 269-79.

Novedad en la tercera edición de las guías de la Brain Trauma Fondation sobre el traumatismo craneoencefálico grave en niños, se proponen unos algoritmos de actuación basados en dichas guías.

– Kuppermann N, Holmes JF, Dayan PS, Hoyle JD, Atabaki SM, Holubkov R, et al. Identification of children at very low risk of clinically-important brain injuries after head trauma: a prospective cohort study. Lancet. 2009; 374: 1160-70.

Estudio prospectivo con niños con TCE leve, en el que se determinan los criterios de riesgo para tener una lesión intracerebral (criterios PECARN), y según estén presentes o no, solicitar una TC o mantener en observación.

– Bubb L, Masters J. Trauma and burns in children. Anaesth Intensive Care Med. 2023; 24: 674-83.

Buena actualización sobre el manejo inicial del politraumatismo pediátrico, recordando las actuaciones durante la evaluación primaria y secundaria para estabilizar al niño politraumatizado.

Caso clínico

 

Usted trabaja en un Centro de Salud de una zona rural, donde acuden unos padres con su hijo de 10 años, porque estaba escalando un árbol y se ha caído desde unos 2 metros de altura. Estaba con un amigo que les ha avisado y les ha contado que, al caerse, Pablo no le contestaba y que hizo unos movimientos raros durante un rato. Cuando llegan los padres al lugar, Pablo está confuso y no se acuerda de lo que ha pasado, por lo que le montan en coche y le acercan al Centro de Salud. Cuando llega, han pasado unos 20 minutos desde la caída. El niño tiene una herida parietal derecha y parece que el hueso de alrededor crepita. Está confuso, no sabe qué le ha pasado y refiere cefalea. A la exploración, no le parece encontrar ningún dato de focalidad neurológica, con unas pupilas iguales y reactivas. Al hacer la escala de Glasgow, el resultado es 14 (O4, M6, V4).

 

 

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Abdomen agudo

Temas de FC


R. Hernández Rastrollo, V.P. Silvero Enríquez

Servicio de Pediatría. UCI pediátrica. Hospital Universitario Materno Infantil de Badajoz

Resumen

El dolor abdominal de aparición súbita es un motivo frecuente de consulta en Urgencias pediátricas; aunque un bajo porcentaje será debido a procesos graves, distinguirlos precozmente de las causas más banales y frecuentes puede ser un reto. La edad del paciente influye significativamente en las posibilidades diagnósticas. Realizar una detallada anamnesis y una exploración física meticulosa, son los pilares básicos para la orientación diagnóstica. El uso juicioso de algunos exámenes complementarios puede ser necesario en casos dudosos; entre ellos, destaca la utilidad de la ecografía, por ser poco invasiva y proporcionar información útil en muchos casos. En esta revisión abordamos, junto al análisis de los grandes grupos sindrómicos, algunas de las causas más frecuentes de abdomen agudo en la edad pediátrica. Señalamos también la importancia de una buena analgesia, suministrada antes incluso de la exploración, que sin ocultar los signos claves, proporciona confort al niño y permite realizar el examen físico con la tranquilidad necesaria.

 

Abstract

Acute abdominal pain is a common reason for consultation in pediatric emergencies; Although a low percentage will be due to serious processes, distinguishing them early from the more banal and frequent causes can be a challenge. The age of the child significantly influences the diagnostic possibilities. Carrying out a detailed anamnesis and a meticulous physical examination remain the cornerstones for diagnostic guidance. The judicious use of some complementary tests may be necessary in doubtful cases, among them the usefulness of ultrasound stands out, as it is minimally invasive and provides useful information in many cases. In this review we address, together with the analysis of the large syndromic groups, some of the most frequent causes of acute abdomen in pediatric age. We also point out the importance of good analgesia, provided even before the physical examination, which without hiding the key signs, provides comfort to the child and allows the physical examination to carried out with the necessary tranquility.

 

Palabras clave: Abdomen agudo; Apendicitis; Invaginación Intestinal.

Key words: Acute abdomen; Appendicitis; Intestinal invagination.

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 17 – 26

 


OBJETIVOS

• Conocer las principales causas de abdomen agudo en los diversos grupos de edad.

• Comprender la patogenia de los diversos síndromes clínicos susceptibles de presentarse, como dolor abdominal agudo y su diagnóstico diferencial.

• Comprender la necesidad de proporcionar analgesia precozmente.

• Conocer los hallazgos de anamnesis y exploración más sugestivos de abdomen agudo grave.

• Saber realizar un uso juicioso de los exámenes complementarios y sus limitaciones.

• Aprender las indicaciones de derivación hospitalaria.

 

Abdomen agudo

Introducción

El dolor abdominal agudo es un motivo de consulta muy frecuente en Urgencias pediátricas, pero la mayoría se deben a procesos leves y autolimitados. Es importante el diagnóstico precoz de las formas graves, que son sensibles al tiempo, pero también evitar pruebas o tratamientos invasivos innecesarios.

Se estima en un 5 %, la proporción de niños evaluados en Servicios de Urgencias que presentan dolor abdominal como motivo principal de consulta, pero, únicamente, entre el 1 % y 8 % de ellos precisarán ingreso hospitalario o exploración quirúrgica(1,2). La mayoría, por tanto, están relacionados con procesos médicos, generalmente de poca gravedad. Sin embargo, a menudo, constituye un reto diferenciar los casos de dolor abdominal agudo que van a requerir cirugía urgente de los que no; y dentro de estos, los que son debido a procesos leves y más o menos autolimitados, de los que son consecuencia de entidades menos frecuentes o que requieren tratamientos específicos.

Entender los diversos tipos y causas de dolor abdominal ayuda a identificar qué pacientes tienen una enfermedad que no mejorará sin intervención médica o quirúrgica. En general, una anamnesis cuidadosa y una exploración física meticulosa y repetida, combinadas con el empleo juicioso y selectivo de pruebas complementarias, permiten al clínico diferenciar al niño que requiere una actuación urgente del que se beneficiará de un tratamiento conservador(2-4). En ocasiones, esta decisión no se puede tomar tras la exploración inicial y será necesario un periodo de observación. La mayoría de los dolores abdominales agudos se resuelven espontáneamente.

Es importante el diagnóstico precoz de procesos que son sensibles al tiempo; es decir, aquellos cuyo retraso diagnóstico/terapéutico puede conllevar mayor riesgo de complicaciones o aumento de morbilidad, como puede ocurrir en el caso de la apendicitis o la invaginación intestinal. Por otro lado, también es deseable no caer en el sobrediagnóstico, y realizar pruebas o tratamientos invasivos en pacientes que no lo requieren.

Fisiopatología y cuadros sindrómicos

El dolor se manifiesta con un cortejo sintomático diverso, que ayuda en la orientación diagnóstica. Se describen cuatro grandes síndromes: inflamatorio, oclusivo, traumático y anexial.

La sensación de dolor abdominal se transmite al sistema nervioso central por fibras aferentes somáticas y viscerales. El sistema aferente visceral inerva el peritoneo visceral y las estructuras que reviste. El dolor visceral está mal localizado, pero, en general: el dolor que se origina en estructuras derivadas del intestino anterior (estómago, duodeno, páncreas) se localiza en el epigastrio; el dolor originado en el intestino medio (intestino delgado y colon hasta el ángulo esplénico) se localiza en la región periumbilical; y el dolor procedente de estructuras del intestino posterior se experimenta en el hipogastrio. Por el contrario, el dolor procedente del peritoneo parietal (p. ej., inflamación) y en la pared abdominal (p. ej., traumatismo muscular) es detectado por fibras aferentes somáticas y está bien localizado(4,5).

Se produce dolor referido, como consecuencia de la convergencia de las vías dolorosas viscerales y somáticas en la médula espinal o el sistema nervioso central. El dolor que se origina en las vísceras abdominales puede ser percibido, por tanto, como originado en una localización somática distante(4,5). Por ejemplo, la irritación del diafragma secundaria a pancreatitis, colecistitis, absceso hepático o hemorragia esplénica, puede referirse como un dolor que se origina en la parte inferior del cuello y los hombros, porque el diafragma y las vías de dolor del hombro convergen en los haces espinotalámicos a nivel de C4. De forma similar, la inflamación de la vesícula biliar se puede experimentar en la región infraescapular derecha, el dolor pancreático en la parte posterior del flanco, un cálculo ureteral que está migrando puede sentirse como progresando hacia la ingle homolateral, y el dolor rectal y ginecológico en la zona del sacro. Por otro lado, un dolor de origen en localizaciones somáticas, como la superficie pleural derecha en una neumonía, se puede percibir como procedente de la parte inferior del abdomen, porque las aferencias de las dos regiones convergen a nivel de D10-11. Por lo tanto, hay que tener en cuenta que la localización del dolor no siempre se corresponde con un problema en dicha posición anatómica(2-5).

Cuadros sindrómicos asociados a dolor abdominal agudo(3-5)

Síndrome inflamatorio

El dolor es producido por irritación o inflamación del peritoneo, habitualmente por un proceso infeccioso. En general, es un dolor intenso, pero localizado, en el que es posible encontrar una postura antiálgica, en la que el paciente permanece quieto. No querrá caminar o lo hará lento y encorvado. Puede haber signos de defensa y disminución de los ruidos peristálticos. Cuando se ha producido la perforación de una víscera hueca, los síntomas se exacerban y suele haber distensión abdominal y rigidez de la musculatura abdominal.

Síndrome oclusivo

Se produce cuando hay una dificultad del tránsito intestinal normal, bien de origen mecánico o dinámico (íleo paralítico). Suele acompañarse de distensión del intestino proximal a la oclusión, que puede traducirse en distensión abdominal clínicamente evidente. Suele acompañarse de vómitos, que podrían ser biliosos, y otros síntomas vegetativos, como palidez y sudoración. El dolor suele estar mal localizado y el paciente no encuentra postura antiálgica, por lo que muestra inquietud. Un cuadro muy similar puede producirse por obstrucción de otros conductos digestivos o extradigestivos con musculatura lisa, como los conductos biliares y pancreáticos o el uréter.

Síndrome traumático

Aparece como consecuencia de un traumatismo abdominal que provoca irritación peritoneal, habitualmente por la presencia de sangre o contenido digestivo en la cavidad peritoneal. No siempre es evidente el antecedente traumático, que puede no haber sido percibido por un adulto o, incluso, ser ocultado (casos de maltrato). La mayoría son traumatismos cerrados y las más afectadas son las vísceras sólidas: bazo e hígado.

Síndrome anexial

Es consecuencia de alteraciones en el aparato genital. En los varones, las causas más frecuentes son la torsión testicular, la epididimitis y los traumatismos testiculares. En las mujeres, predominan los procesos fisiológicos propios de la pubertad: la ovulación o la dismenorrea, pero es preciso tener en cuenta patologías como: torsión de quistes ováricos, embarazos ectópicos y enfermedad pélvica inflamatoria en adolescentes sexualmente activas.

Diagnóstico

El diagnóstico se basa principalmente en la exploración física cuidadosa del abdomen, tras una anamnesis pormenorizada.

Las claves para el diagnóstico etiológico del dolor abdominal agudo se basan en: anamnesis pormenorizada y dirigida, exploración física metódica abdominal y sistémica y uso racional de pruebas complementarias(1,3,5). Debemos tener en cuenta la edad y el sexo, que influyen mucho en las posibilidades diagnósticas(3-5).

Para evaluar la gravedad del proceso, es útil aplicar inicialmente el triángulo de evaluación pediátrica, que puede estar comprometido en los procesos más evolucionados, y debe ser acompañado de la toma de constantes básicas: temperatura, frecuencia cardiaca, saturación de oxihemoglobina y tensión arterial.

Anamnesis

Como hemos señalado, la edad del niño ayuda a restringir las posibilidades diagnósticas(2,4) (Tabla I).

 

La existencia de un traumatismo o cirugía reciente son también relevantes. Otros datos con potencial interés son: alimentos consumidos, medicamentos recibidos, acceso a tóxicos o drogas, antecedentes ginecológicos u obstétricos, episodios previos similares al que motiva la consulta y otras patologías previas, personales y familiares, que consideren de interés. En los últimos años, el antecedente de haber padecido COVID-19 ha cobrado especial relevancia, por la elevada frecuencia de síntomas digestivos graves, mimetizando, en ocasiones, un abdomen agudo, en niños con síndrome inflamatorio multisistémico, semanas después de haber padecido COVID-19, sintomático o no(6,7). Los antecedentes psicosociales deben ser considerados, ya que podrían contribuir a una posible somatización.

Aunque la existencia de episodios de dolor abdominal previo suelen orientar hacia un dolor abdominal crónico, no se puede descartar a priori que estos niños tengan un abdomen agudo, por lo que debe explorarse en cada caso(2).

En cuanto a las características del dolor, debemos indagar sobre el modo de: presentación, intensidad, tipo y duración del dolor, localización y síntomas asociados, tanto digestivos como extradigestivos.

El modo de presentación puede ser: agudo, gradual o intermitente. Un dolor de comienzo súbito tiene más probabilidades de estar relacionado con cólicos, perforaciones o isquemia aguda (torsiones, vólvulo). El dolor que comienza más lentamente, se asocia más a procesos inflamatorios como: apendicitis, pancreatitis y colecistitis. El cólico es consecuencia de espasmo en una víscera muscular hueca, habitualmente debido a procesos obstructivos. Es un dolor intenso, en retortijón e intermitente en cuanto a la intensidad; se alternan intervalos en los que el dolor es menos intenso, aunque sigue presente. Durante los episodios de dolor más intenso, el paciente está intranquilo y, con frecuencia, pálido y sudoroso, sin encontrar una postura cómoda. Como hemos dicho, en estos casos, debemos sospechar problemas relacionados con vísceras huecas (tubo digestivo, árbol biliar, conducto pancreático, sistema urinario, útero y trompas). El dolor inflamatorio secundario a la irritación peritoneal suele dar lugar a un paciente inmóvil, de aspecto enfermo, en el que el dolor se exacerba por los movimientos(2,4).

En cuanto a la intensidad, tipo y duración, son datos subjetivos que no siempre es fácil de determinar. Podemos utilizar escalas apropiadas a la edad del niño, para la valoración de la intensidad. Un dolor abdominal intenso y continuo de más de seis horas de duración, es sugerente de patología quirúrgica, ya que se da más en relación con procesos inflamatorios agudos; mientras que el dolor de tipo cólico sugiere obstrucción del tracto intestinal o genitourinario. El dolor difuso intenso puede presentarse en situaciones evolucionadas de los anteriores(2-5).

Síntomas asociados

Fiebre, letargia, irritabilidad, anorexia o palidez, pueden estar presentes. Es inusual que un paciente con apendicitis tenga hambre. El niño con invaginación está letárgico y pálido. La presencia de síntomas de infección respiratoria alta o infección viral puede sugerir adenitis mesentérica. Disuria orienta a infección urinaria. En la vasculitis de Schönlein-Henoch suele haber un rash purpúrico característico y edema periarticular, pero, a veces, el dolor abdominal aparece antes que estos signos.

La presencia de otros síntomas digestivos es habitual y debe detallarse. La presencia de vómitos, con indicación del aspecto, por ejemplo, si son biliosos o sanguinolentos. La frecuencia y consistencia de las deposiciones, así como la presencia de sangre o mucosidad en las mismas.

La presencia de fiebre, deposiciones abundantes de baja consistencia y vómitos, sugiere el diagnóstico de gastroenteritis. No obstante, especialmente en niños pequeños, debemos tener la mente abierta a otras posibilidades que puedan imitar o complicar gravemente este cuadro.

Exploración

Es necesario inspeccionar, auscultar y palpar el abdomen. Pero hay que hacerlo en calma y tras la administración de analgesia apropiada.

Los hallazgos exploratorios son más importantes para la orientación diagnóstica que cualquier prueba complementaria. Es necesario inspeccionar, auscultar y palpar el abdomen. Pero para que resulte fiable, es deseable hacerlo con calma y sin prisas, tras la administración de analgesia apropiada(8).

La exploración del abdomen debe realizarse retirando la ropa o el pañal, evaluando la presencia de distensión, cicatrices antiguas, bultomas o lesiones cutáneas de cualquier tipo. También, se ausculta el abdomen para valorar la idoneidad de los ruidos intestinales y, finalmente, se realiza la palpación. Conseguir que el niño esté en calma durante la exploración puede no resultar fácil, por lo que debemos hacer una aproximación cuidadosa y paciente, dejando para el final la región presumiblemente más dolorosa. La presencia de focalidad en el dolor o su intensidad puede resultar relevante para orientar el diagnóstico. La palpación permite detectar también defensa involuntaria o dolor de rebote a la percusión o la descompresión sugerentes de irritación peritoneal; no obstante, cuanto más pequeño es el niño, menos fiables son los signos clínicos de irritación peritoneal(9). Debemos buscar también hepatomegalia o esplenomegalia y localizar otras posibles masas palpables. Para palpar el reborde inferior del hígado o del bazo, debemos comenzar desde la región inguinal e ir ascendiendo hacia la región subcostal, ya que las organomegalias importantes pueden pasar desapercibidas, si la exploración se inicia en la parte media del abdomen. A continuación, se examinan la región inguinal, buscando la presencia de hernias y los genitales. La exploración de los testículos en niños con dolor abdominal debe realizarse con cuidado, ya que los traumatismos testiculares, la torsión testicular y la epididimitis, pueden acompañarse de molestias abdominales difusas. Un testículo tumefacto y doloroso con ausencia del reflejo cremastérico en el lado afecto, es sugestivo de torsión testicular y debe realizarse una ecografía urgente.

El examen anal permite detectar fisuras o estenosis obvias. El tacto rectal puede ser molesto y no debe hacerse por rutina. Cuando se considere necesario, debe realizarlo el clínico que pueda aprovechar mejor la información (p. ej., el cirujano, si se sospecha una patología quirúrgica, o el ginecólogo, en el caso de una adolescente con posible inflamación de anejos).

Cuando el diagnóstico es dudoso, puede ser necesaria la re-exploración del paciente, que puede estar dificultada, si la exploración inicial ha sido dolorosa o estresante, por lo que insistimos en la necesidad de un acercamiento cuidadoso y con analgesia previa.

Exámenes complementarios

La prueba con mejor rendimiento es la ecografía abdominal. La normalidad de los exámenes complementarios no excluye el diagnóstico de abdomen agudo quirúrgico.

En muchos de nuestros pacientes, el diagnóstico puede realizarse con los datos obtenidos en la anamnesis y la exploración física, exclusivamente(2-5). Las pruebas complementarias deben reservarse para casos en los que el diagnóstico no es claro, o cuando la prueba pueda confirmar o descartar una patología significativa. Recordemos que es importante la orientación precoz de un abdomen agudo que puede requerir una actuación tiempo-dependiente, pero también lo es, evitar pruebas innecesarias, especialmente, si son molestas o invasivas. Las posibilidades diagnósticas son múltiples, como hemos visto y, también, lo son las posibles pruebas disponibles en cada caso. Será la situación clínica concreta a la que nos enfrentemos, la que nos deberá guiar en la selección de uno o varios exámenes complementarios.

Técnicas de imagen

La ecografía abdominal es una técnica con múltiples ventajas (amplia disponibilidad, ausencia de radicación, poco molesta y que proporciona bastante información), que ha hecho de ella una de las más utilizadas en pacientes con dolor abdominal agudo(10,11). Es diagnóstica, con bastante certeza en los casos de invaginación intestinal y contribuye, en muchos casos, al diagnóstico de apendicitis aguda o de otro tipo de patología inflamatoria peritoneal. Además, permite visualizar las vísceras, por lo que puede ser de gran ayuda para detectar patología: pancreática, renal, hepático-biliar, esplénica o de genitales internos en la mujer. Así mismo, nos aporta información de cualquier masa palpable. La técnica Doppler es de gran ayuda en la orientación diagnóstica del escroto agudo. En caso de abdomen agudo traumático, una ecografía “a pie de cama”, realizada por un clínico experimentado, proporciona información potencialmente muy útil para una primera valoración del daño ocasionado.

El uso rutinario indiscriminado de la radiografía simple de abdomen, como screening de dolor abdominal, no se recomienda por su escasa rentabilidad. Sí es útil en casos de sospecha de obstrucción intestinal, donde una radiografía abdominal en bipedestación permite la observación de niveles hidroaéreos; y ante la sospecha de pneumoperitoneo o de ingestión de cuerpo extraño. En otro tipo de patologías puede tener alguna utilidad su uso racional para apoyar un diagnóstico dudoso, por ejemplo: la detección de apendicolitos, escoliosis antiálgica o el borramiento de la línea del psoas derecho, apoyarían el diagnóstico de apendicitis. La presencia de calcificaciones puede ponernos en la pista de litiasis urinarias o, incluso, de patología tumoral, como teratomas o neuroblastoma(2,4).

Otras técnicas de imagen, como la tomografía computarizada (TC) o la resonancia magnética (RM), no son de uso rutinario en la evaluación inicial del abdomen agudo, pero pueden ser útiles en casos seleccionados(12). La TC tiene la importante desventaja de la exposición a radiación que conlleva. Su empleo debe reservarse para pacientes en los que la ecografía no haya sido resolutiva y se mantiene un alto grado de sospecha de patología significativa. Es considerada la prueba más sensible para la nefrolitiasis pediátrica. También puede apoyar el diagnóstico de apendicitis en casos dudosos y puede ser necesaria en pacientes con traumatismo abdominal, cuando la ecografía no resulta suficientemente resolutiva. La RM tiene importantes limitaciones, como su duración prolongada y la necesidad de sedación del paciente. Su rendimiento para el diagnóstico de apendicitis es similar al TC.

Pruebas biológicas

Aportan información, que puede ser útil, pero, rara vez, es determinante para establecer el diagnóstico(2,4). La presencia de leucocitosis con neutrofilia es habitual en la patología inflamatoria aguda, por lo que apoyaría esta posibilidad diagnóstica, sin descartar otras opciones. Igual valor tendría la elevación de los reactantes de fase aguda, como la proteína C reactiva (PCR) o la procalcitonina (PCT), aunque su normalidad no permite descartar la posibilidad de abdomen agudo quirúrgico. Otros datos del hemograma, como la trombocitopenia con presencia de esquistocitos, orientarían hacia un síndrome hemolítico-urémico; y la anemia orientaría hacia pérdidas hemáticas sostenidas, aunque no permite detectar un sangrado agudo reciente.

En pacientes con afectación del estado general o signos de deshidratación, es útil la práctica de una bioquímica sanguínea urgente, que permite detectar: alteraciones hidroelectrolíticas, alteraciones de la glucemia y de la función renal. La detección de hiperglucemia podría deberse al estrés, pero si es muy elevada, podría orientar hacia una cetoacidosis diabética, que se haría consistente con el hallazgo de cetonemia y la presencia de glucosuria. La cuantificación de las enzimas hepáticas y de lipasa y amilasa, pueden orientar en casos de afectación hepatobiliar o pancreática.

Una analítica de orina (estudio del sedimento y cultivo) debe realizarse sistemáticamente cuando el dolor abdominal se acompaña de síntomas miccionales. También está indicada en lactantes, en los que la infección del tracto urinario forma parte del diagnóstico diferencial del dolor abdominal. En niñas postmenárquicas debe valorarse realizar un test de embarazo y, en ambos sexos, pruebas para detectar enfermedades de transmisión sexual.

Principales causas de abdomen agudo en la edad pediátrica

La apendicitis aguda sigue siendo la causa más frecuente de abdomen agudo quirúrgico en la infancia. Las claves para su diagnóstico son: la anamnesis y la exploración física cuidadosa. En los menores de 3 años, la causa más frecuente de emergencia abdominal es la invaginación intestinal. En ambos casos, la ecografía abdominal puede ser de gran ayuda, con mayor sensibilidad para la invaginación que para apendicitis.

Apendicitis aguda

Es la causa más frecuente de abdomen quirúrgico en el niño, diagnosticada hasta en un 8 % de los pacientes evaluados en Urgencias pediátricas por dolor abdominal agudo(13). Tiene un pico de incidencia en la segunda década de la vida, especialmente entre los 6 y 12 años(5) y, por debajo de esta franja de edad, su diagnóstico supone un reto por sintomatología más inespecífica y con mayor tasa de complicaciones en su curso clínico.

Fisiopatológicamente, se produce una obstrucción del apéndice cecal, bien sea por material fecal, folículos linfoides, fecalitos o apendicolitos, produciendo, por ello, un dolor cólico con su distensión, que explica que esté poco focalizado o de predominancia periumbilical. Seguidamente, se produce una dilatación del mismo, con sobrecrecimiento bacteriano, inflamación, isquemia y, finalmente, necrosis de la pared, desplazando la localización del dolor descrito por el niño a la fosa ilíaca derecha (FID). La liberación de las bacterias a la cavidad peritoneal, producirá peritonitis inicialmente circunscrita, y esta será generalizada, si la infección no es contenida por las asas intestinales y el epiplón(14). Esta secuencia nos permite diferenciar los 4 estadios evolutivos de la apendicitis aguda (congestiva o clásicamente catarral, flemonosa, gangrenosa o supurada, y perforada)(5). El riesgo de perforación se incrementa con el tiempo de evolución, siendo rara en las primeras 12 horas de inicio de clínica, y mantiene una relación inversa con la edad del paciente, con una tasa superior al 50 % en menores de 5 años y entre un 10-20 % en mayores de 12 años(13).

Existen algunas características anatómicas y fisiológicas que juegan un papel determinante en este curso clínico. Durante los primeros años de vida, el apéndice tiene forma de embudo, en lugar de su característico aspecto vermiforme, lo que hace menos probable su obstrucción y justifica su menor incidencia en este grupo de edad. Además, los folículos linfoides dispersos por el epitelio colónico y que recubren el interior del apéndice, alcanzan su máximo tamaño en la adolescencia; y el epiplón en preescolares es más fino y subdesarrollado, lo que dificulta su capacidad para contener la infección, y hace más probable una peritonitis difusa, tras la perforación, en esta franja de edad(13).

Clínicamente, presentarán: anorexia, dolor periumbilical de inicio que migra a FID alrededor de las 24 horas de evolución, con vómitos, que característicamente se instauran después del inicio del dolor abdominal(13), y fiebre que habitualmente es inconstante y de bajo grado, entre las 24 y 48 h del comienzo de la clínica. Cuando ya se involucra el peritoneo, bien por irritación o por perforación, el dolor abdominal es más delimitado y florido, con otros posibles signos acompañantes (aunque su ausencia no excluye el diagnóstico), como: la exacerbación del dolor con la tos; al intentar subirse a la camilla o al pedirle al niño que salte sobre una pierna; la defensa involuntaria con la palpación abdominal; el dolor en la fosa ilíaca derecha al explorar la izquierda (signo de Rovsing); el dolor al realizar una flexión y rotación interna de la cadera derecha (signo del obturador)(14); o el dolor a la extensión de la cadera derecha (signo del iliopsoas, característico de las apendicitis retrocecales); además del signo de Blumberg, al presionar la fosa ilíaca derecha durante algunos segundos y descomprimir bruscamente, desencadenando un dolor intenso. Los menores de 5 años, en cambio, presentan síntomas mucho más difusos y menos localizados, sumados a la dificultad de verbalizarlos(15). Una disminución brusca de la intensidad del dolor puede traducirse en una perforación al reducirse la presión en la pared apendicular(14). Otros síntomas menos frecuentes en las apendicitis y más relacionados con otros procesos que forman parte de su diagnóstico diferencial no deben despistarnos: la diarrea es frecuente en la etapa preescolar y aparece en estadios avanzados, en los que la peritonitis termina también irritando intestino delgado terminal y colon; el estreñimiento, por el contrario, puede aparecer al inicio del cuadro clínico por íleo tras la inflamación periapendicular; y pueden cursar con síntomas urinarios por irritación vesical e incluso presentar leucocituria o hematuria en una tira reactiva de orina (especialmente, en casos retrocecales o en íntimo contacto con la pelvis)(16).

La piedra angular del diagnóstico es una pormenorizada historia clínica compatible junto con una cuidadosa exploración abdominal. Clásicamente, se evitaba la administración de analgesia previa a la valoración clínica, ante la posibilidad de enmascarar un abdomen que pudiese precisar un abordaje quirúrgico, pero, la literatura actual, ha demostrado que el uso de analgésicos (incluso opioides mayores, si se precisa por la intensidad del dolor) no modifican el diagnóstico de apendicitis ni aumentan el riesgo de complicaciones de esta por despistaje tardío(5,13).

El estudio analítico no suele ser determinante, al compartir hallazgos con otras entidades que forman parte del diagnóstico diferencial: suele haber una discreta leucocitosis a expensas de neutrofilia y se produce una elevación moderada de la PCR. Hay estudios que empiezan a incorporar otros marcadores como la PCT y la calprotectina, con un elevado valor predictivo negativo, para descartar una apendicitis en caso de normalidad de los mismos, pero, hoy por hoy, no forman parte del arsenal diagnóstico de forma generalizada(13). La hiponatremia y la hiperbilirrubinemia se han relacionado con apendicitis complicadas(14).

La ecografía abdominal es la prueba de mayor rentabilidad (pero no obligatoria, la combinación de clínica y analítica suelen ser suficientes para establecer un juicio clínico e indicar el tratamiento quirúrgico preceptivo), pero para que su sensibilidad y especificidad superen el 90 %, debe ser visualizado el apéndice, y esta es la mayor limitación de la técnica(17): es operador dependiente, con apéndices con morfologías o disposiciones anómalas, o la adiposidad del niño, que cada vez puede suponer un obs­táculo mayor, al no ofrecer una buena ventana de exploración. Los signos más sugestivos son: un diámetro superior a 6 mm, no compresibilidad del mismo, engrosamiento de pared mayor a 2 mm o presencia de apendicolito. Otros signos indirectos, pero útiles para coadyuvar el diagnóstico en casos dudosos son: la rarefacción de la grasa pericecal, la presencia de líquido libre o el aspecto desestructurado de la pared apendicular. La radiografía de abdomen está cada vez más en desuso, puesto que la irradiación no está justificada, habiendo otras técnicas menos invasivas y que aportan más información. Solamente estaría indicada, si hay duda razonable de un proceso obstructivo intestinal. Si a pesar de la ecografía, el diagnóstico sigue siendo dudoso, podría plantearse la tomografía computarizada con exposición limitada, centrando el área de estudio desde L3 a las ramas púbicas(17). La sensibilidad de esta técnica es superior al 80 %, con un valor predictivo positivo (PPV) cercano al 90 %(12).

Combinando estos datos epidemiológicos, exploratorios y analíticos, se han creado varios scores clínicos para el diagnóstico: la escala de Alvarado, la escala PAS de Samuel M (Pediatric Appendicitis Score) (Tabla II)(18) y, más recientemente, el pARC(13), la calculadora de riesgo para apendicitis pediátrica, que incluye como variables: sexo, edad, duración de síntomas, defensa abdominal, migración del dolor, sensibilidad en el cuadrante inferior derecho y cifra de neutrófilos absoluta y que, en un estudio prospectivo de validación, ha demostrado superar a la escala PAS como discriminador de apendicitis en la edad pediátrica(19).

 

El tratamiento de la apendicitis es quirúrgico, por lo que los niños bajo sospecha deben ser valorados por cirugía pediátrica lo antes posible. Estudios aleatorizados recomiendan la aproximación mediante laparoscopia frente al abordaje abierto, por generar menor estancia hospitalaria, menor riesgo de infección de herida quirúrgica y menos abscesos postquirúrgicos(20). En espera de la intervención, mantendremos al paciente a dieta absoluta, con fluidoterapia balanceada a necesidades basales o, incluso, corrigiendo un posible desequilibrio hidroelectrolítico por deshidratación. Será fundamental tratar el dolor de forma precoz, así como evaluarlo periódicamente, empleando analgésicos de primer escalón (paracetamol, metamizol…), avanzando a otros fármacos como ketorolaco u opioides para yugular el dolor, si los anteriores son insuficientes. Una vez establecido el diagnóstico, se recomienda la administración de antibioterapia adecuada previamente a cirugía, asegurando, al menos, una dosis 1-2 horas antes de la incisión(20). En apendicitis simples (pared intacta), la antibioterapia tendrá un papel profiláctico y no precisarán más dosis tras la intervención; en las complicadas (gangrenosas, perforadas), se prolongará la antibioterapia hasta que: el paciente esté afebril, el estado general haya mejorado y la exploración abdominal se haya normalizado(21). Existen diversas pautas, pero las más descritas en la literatura son el uso de: cefoxitina, amoxicilina-clavulánico, ceftriaxona con metronidazol o piperacilina-tazobactam, siendo, estas últimas, más recomendadas en caso de peritonitis generalizada por perforación.

Las complicaciones postapendicectomía son infecciosas a corto plazo y mecánicas a largo plazo. Fiebre persistente, elevación de reactantes de fase aguda o empeoramiento de la exploración abdominal, deben hacer sospechar la formación de un absceso abdominal (5 % de los casos, con más probabilidad en apendicitis complicadas y en pacientes con un índice de masa corporal superior al p95)(20). La obstrucción intestinal por bridas ocurre en menos del 1 % de pacientes intervenidos, semanas después de la operación.

Invaginación intestinal

Es la emergencia abdominal más frecuente en la primera infancia, con un pico de incidencia entre los 4 y 36 meses de vida(22), siendo la causa más frecuente de obstrucción intestinal en este grupo de edad.

Se produce por la introducción de un fragmento de intestino en el segmento adyacente en sentido anterógrado, arrastrando el mesenterio, y produciendo una congestión venosa y linfática que conduce a edema de la pared intestinal, pudiendo evolucionar a obstrucción completa, distensión proximal, necrosis y perforación. Con respecto a la ubicación de la invaginación: el 90 % de los casos son ileocólicas, ubicadas en la unión ileocecal; y el 10 % restante son ileoileales, yeyunoileales o colocólicas. Con respecto a la causa, el 75 % de los casos se definen como idiopáticas, en las que no se detecta una “cabeza” de invaginación o no hay un desencadenante patológico claro. Sin embargo, las infecciones virales juegan un papel en su patogenia, coincidiendo picos epidémicos de gastroenteritis víricas con más casos de invaginación intestinal. Alrededor de un 30 % de pacientes invaginados han presentado signos de viriasis en las semanas previas, siendo el adenovirus uno de los microorganismos más relacionados(22). Se presupone una hipertrofia de las placas de Peyer tras estas infecciones, especialmente en el íleon, rico en tejido linfático, que podría actuar de cabeza de invaginación. Sin embargo, otras estructuras patogénicas pueden hacer de punto de inicio para la invaginación: un divertículo de Meckel, un pólipo, un quiste de duplicación, un tumor, una malformación vascular, un hematoma de pared en una púrpura de Shölein-Henoch, etc., especialmente en niños mayores, en los que siempre deberemos tener un alto índice de sospecha para buscar una posible causa.

El cuadro clínico clásico se trataría de: un lactante que presenta súbitamente un episodio de dolor abdominal cólico, con llanto inconsolable, encogimiento de piernas hacia el abdomen con palidez y vómitos, reproduciéndose cada 15-20 minutos, intercalando periodos de normalidad y estabilidad clínica. Puede palparse una masa abdominal alargada con forma de “salchicha” en el cuadrante inferior derecho, y un 50 % puede presentar deposiciones sanguinolentas, si bien el tradicional signo de las heces “en jalea de grosella” que se produce tras la mezcla de la sangre con mucosidad cuando se isquemia la pared intestinal, es tardío y poco frecuente. Sin embargo, la presentación habitual no suele reunir los elementos de la tríada (dolor, masa y sangre en heces), que solo aparecen juntos en menos del 15 % de los pacientes. Conforme pasa el tiempo desde el inicio de los síntomas, puede aparecer letargia, hasta el punto de ser el signo guía en algunos pacientes. Por ello, la invaginación intestinal forma parte del diagnóstico diferencial de otras entidades, como la meningoencefalitis o la sepsis(22).

La ecografía abdominal ha demostrado su superioridad, tanto como técnica diagnóstica y terapéutica, con una sensibilidad y especificidad próximas al 100 % con un ecografista experto, además de detectar más fácilmente cabezas invaginantes patológicas. El hallazgo más característico es el signo “de la diana” o “del donut” (Fig. 1), detectando en un corte transversal un segmento introducido dentro de otro.

Figura1

Figura 1. Imagen ecográfica típica de invaginación intestinal.

La radiografía de abdomen, hoy por hoy, solo juega un papel ante la sospecha de perforación, que obligaría a un manejo quirúrgico. El tratamiento consistirá en la reducción hidrostática o neumática, según se emplee un enema de suero o aéreo, siempre habiendo estabilizado previamente al paciente y corrigiendo una posible depleción hídrica, si hay signos de deshidratación. Aunque la evidencia comparativa aún es escasa, parece haber más tasa de éxito con la reducción neumática(23). La corrección se realiza bajo vigilancia ecográfica, comprobando su resolución en tiempo real. Es una técnica relativamente segura, pero con una tasa de perforación del 1-4 % (especialmente, en menores de 6 meses, pacientes de larga evolución de síntomas, signos de obstrucción severa o necesidad de altas presiones durante la reducción)(22). Aunque, habitualmente, tras la maniobra se les mantiene hospitalizados durante 12-24 horas para observación tras la misma y vigilar recurrencias, esta práctica se cuestiona, puesto que las tasas de re-invaginación no difieren en los casos no complicados en los grupos que permanecen ingresados y los dados de alta a domicilio.

Adenitis mesentérica

Cuadro clínico producido por la inflamación de los ganglios linfáticos mesentéricos, que se concentran en el cuadrante inferior derecho en la topología abdominal, cursando con cuadros de dolor abdominal muy agudo que forman parte del diagnóstico diferencial de la apendicitis aguda o de la invaginación intestinal. Suelen presentar el antecedente de un proceso vírico, en las dos semanas previas. Su prevalencia ha aumentado, en parte por la generalización y accesibilidad de la ecografía en la valoración de los niños con patología abdominal aguda. Se diagnostica, cuando muestra ganglios de diámetro mayor de 8 mm, pero es preciso descartar otras patologías y comprobar que el apéndice muestra una morfología normal. Se trata de una entidad autolimitada, aunque la sintomatología puede ser prolongada (entre 1 y 4 semanas, incluso más en algunos casos)(24) y a la que solo hay que ofrecer tratamiento de soporte: hidratación, control del dolor y vigilancia, que, en ocasiones, por la intensidad de los síntomas, puede ser tributario de realizarse en el entorno hospitalario.

Hernia inguinal incarcerada

La permeabilidad del conducto peritoneo-vaginal conduce a la salida de asas intestinales al canal inguinal, causando dolor e irritabilidad. Aunque, la mayoría de ocasiones, puede reducirse espontáneamente, puede precisar maniobras para su reducción (incarceración) o, en el peor de los casos, que no sea posible (estrangulación). La inflamación del saco herniario compromete su vascularización, causando edema de pared y signos de obstrucción, con vómitos y distensión abdominal. Habitualmente, puede palparse una masa fija de consistencia dura, enrojecida y dolorosa, que puede extenderse al escroto o a los labios mayores y que, con adecuada contención y analgesia, consigue reducirse(24).

Obstrucción intestinal por adherencias o bridas

En niños con vómitos biliosos o fecaloideos, distensión y dolor abdominal y que tengan el antecedente de haber sido sometidos a intervenciones quirúrgicas previamente, pueden haberse desarrollado adherencias o bridas fibrosas que generen cuadros obstructivos que, al evolucionar, pueden generar: zonas isquémicas, hipovolemia por tercer espacio, shock y sepsis. El riesgo descrito en series retrospectivas, es del 1-5 % en los 5 años siguientes a la operación, con más riesgo en pacientes reintervenidos, que hayan padecido peritonitis o en los que el íleon se haya visto afectado(24). La prueba clave, además del alto índice de sospecha por los antecedentes, es la radiografía de abdomen, que mostrará asas distendidas, y si el paciente puede mantenerse erguido en bipedestación, niveles hidroaéreos (Fig. 2). En lactantes, otra opción es el rayo horizontal. El tratamiento inicial es mantenerlos a dieta, descomprimir con una sonda nasogástrica y recibir fluidoterapia. Si no hay mejoría o hay datos de isquemia intestinal, el tratamiento será quirúrgico.

Figura2

Figura 2. Radiografía simple de abdomen, realizada en bipedestación, en un niño con obstrucción intestinal. Son visibles los niveles hidroaéreos característicos.

 

Vólvulo

Durante el desarrollo intestinal en la etapa embrionaria, puede producirse una interrupción que cause una malrotación del mismo, predisponiendo a que este se volvule, con compromiso de la vascularización y causando una obstrucción intestinal. El 75 % de los recién nacidos malrotados se volvularán en su primer mes de vida, especialmente en la primera semana(24). Suele cursar con sintomatología abrupta (dolor abdominal, acidosis, shock y heces con sangre, con distensión abdominal 3-6 h después del inicio de la clínica)(25); si bien, en algunos niños puede cursar con suboclusiones incompletas o intermitentes que expliquen un curso subagudo.

Ileítis en paciente con síndrome inflamatorio multisistémico (PIMS) tras infección por SARS-CoV2

Como ya se ha comentado, el antecedente de haber padecido infección por SARS-CoV2 también puede orientar el diagnóstico del paciente. La definición del síndrome inflamatorio multisistémico (PIMS), relacionado tras la infección aguda por este virus, permitió identificar su expresividad en cuanto a los síntomas abdominales (60 % de los casos de PIMS)(26), que, en ocasiones, por su intensidad, podrían asemejarse a un abdomen agudo, siendo especialmente frecuentes: la ileítis terminal, la ileocolitis(27,28) y la adenitis mesentérica, todos ellos, cuadros habitualmente no quirúrgicos, aunque también se han descrito casos de apendicitis aguda en el contexto de este cuadro clínico, especialmente en edades fuera de los rangos epidemiológicos habituales(26).

Gastroenteritis aguda

Incluimos, por último, en nuestra revisión, un cuadro clínico mucho más frecuente que los anteriores, que siempre debemos considerar en nuestro diagnóstico diferencial. La fiebre, el dolor abdominal cólico intenso previo al inicio de la diarrea, son característicos. Existen algunos microorganismos específicos como Yersinia enterocolitica, que suele focalizar el dolor en fosa ilíaca derecha, mimetizándose con una apendicitis(24).

Función del pediatra de Atención Primaria

La función del pediatra de Atención Primaria es la orientación diagnóstica inicial del niño con dolor abdominal agudo. Para ello, realizará la anamnesis detallada, una exploración meticulosa y valorará la necesidad de derivación o de alguna prueba complementaria.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del manuscrito. Declaración de intereses: ninguno.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

– Hort J. Abdominal pain. En: Cameron P, Browne GJ, Dalziel S and Craig S, eds. Textbook of paediatric emergency medicine 4ª edición. Elsevier Limited; 2023. p.147-52.

Es el capítulo dedicado al abdomen agudo en un libro de Urgencias pediátricas, práctico y actualizado. El apartado de exploración nos gusta especialmente.

– Alonso Cadenas JA, de la Torre Espí M. Diagnóstico y tratamiento del dolor abdominal agudo (abdomen agudo) en Urgencias. Protoc diagn ter pediatr. 2020; 1: 197-213.

Un protocolo útil y bien estructurado, con información práctica para la atención de urgencias y análisis de los indicadores de calidad asistencial más relevantes.

 

Caso clínico

 

Un niño de 7 años acude a revaloración en su Centro de Salud por dolor abdominal. Ayer, ya fue valorado al iniciar un dolor leve-moderado en mesogastrio, sin otros signos de alarma y con exploración abdominal normal. Desde entonces, ha presentado dos vómitos, no ha realizado deposiciones patológicas y el dolor se ha intensificado en las últimas horas, migrando al cuadrante inferior derecho. También refiere algunas molestias al orinar. El niño tiene regular estado general, cara de dolor, no consigue subirse a la camilla sin ayuda, y está pálido. El abdomen está un poco distendido, presenta defensa a la palpación, y el dolor se reagudiza al descomprimir bruscamente cuando se palpa la fosa ilíaca derecha.

 

 

 

Acute abdomen

Topics on
Continuous Training



R. Hernández Rastrollo, V.P. Silvero Enríquez

Pediatric Service. Pediatric ICU. Badajoz Maternal and Child University Hospital

Abstract

Acute abdominal pain is a common reason for consultation in pediatric emergencies; Although a low percentage will be due to serious processes, distinguishing them early from the more banal and frequent causes can be a challenge. The age of the child significantly influences the diagnostic possibilities. Carrying out a detailed anamnesis and a meticulous physical examination remain the cornerstones for diagnostic guidance. The judicious use of some complementary tests may be necessary in doubtful cases, among them the usefulness of ultrasound stands out, as it is minimally invasive and provides useful information in many cases. In this review we address, together with the analysis of the large syndromic groups, some of the most frequent causes of acute abdomen in pediatric age. We also point out the importance of good analgesia, provided even before the physical examination, which without hiding the key signs, provides comfort to the child and allows the physical examination to carried out with the necessary tranquility.

 

Resumen

El dolor abdominal de aparición súbita es un motivo frecuente de consulta en Urgencias pediátricas; aunque un bajo porcentaje será debido a procesos graves, distinguirlos precozmente de las causas más banales y frecuentes puede ser un reto. La edad del paciente influye significativamente en las posibilidades diagnósticas. Realizar una detallada anamnesis y una exploración física meticulosa, son los pilares básicos para la orientación diagnóstica. El uso juicioso de algunos exámenes complementarios puede ser necesario en casos dudosos; entre ellos, destaca la utilidad de la ecografía, por ser poco invasiva y proporcionar información útil en muchos casos. En esta revisión abordamos, junto al análisis de los grandes grupos sindrómicos, algunas de las causas más frecuentes de abdomen agudo en la edad pediátrica. Señalamos también la importancia de una buena analgesia, suministrada antes incluso de la exploración, que sin ocultar los signos claves, proporciona confort al niño y permite realizar el examen físico con la tranquilidad necesaria. El dolor abdominal de aparición súbita es un motivo frecuente de consulta en Urgencias pediátricas; aunque un bajo porcentaje será debido a procesos graves, distinguirlos precozmente de las causas más banales y frecuentes puede ser un reto. La edad del paciente influye significativamente en las posibilidades diagnósticas. Realizar una detallada anamnesis y una exploración física meticulosa, son los pilares básicos para la orientación diagnóstica. El uso juicioso de algunos exámenes complementarios puede ser necesario en casos dudosos; entre ellos, destaca la utilidad de la ecografía, por ser poco invasiva y proporcionar información útil en muchos casos. En esta revisión abordamos, junto al análisis de los grandes grupos sindrómicos, algunas de las causas más frecuentes de abdomen agudo en la edad pediátrica. Señalamos también la importancia de una buena analgesia, suministrada antes incluso de la exploración, que sin ocultar los signos claves, proporciona confort al niño y permite realizar el examen físico con la tranquilidad necesaria.

 

Key words: Acute abdomen; Appendicitis; Intestinal invagination.

Palabras clave: Abdomen agudo; Apendicitis; Invaginación Intestinal.

 

 

Pediatr Integral 2024; XXVIII (1): 17 – 26

 


OBJECTIVES

• To recognize the main causes of acute abdomen in different age groups.

• To understand the pathogenesis of the various clinical syndromes that may occur, such as acute abdominal pain and its differential diagnosis.

• To acknowledge the need to provide early analgesia.

• To identify the history and examination findings most suggestive of severe acute abdomen.

• To make judicious use of complementary exams and understand their limitations.

• To be familiar with the indications for hospital referral.


 

 

Acute abdomen

Introduction

Acute abdominal pain is a very common reason for consultation in pediatric emergency rooms, but most are due to mild and self-limiting processes. Early diagnosis of severe forms, which are time-sensitive, is important, but also avoiding unnecessary invasive tests or treatments.

The proportion of children evaluated in Emergency Departments who present abdominal pain as the main reason for consultation is estimated at 5%, but only between 1% and 8% of them will require hospital admission or surgical examination(1,2). The majority, therefore, are related to medical processes, generally of little severity. However, it is often challenging to differentiate cases of acute abdominal pain that will require urgent surgery from those that will not; and within these, those that are due to mild and more or less self-limited processes, to those that are a consequence of less frequent entities or that require specific treatments.

Understanding the various types and causes of abdominal pain helps identify which patients have a condition that will not improve without medical or surgical intervention. In general, a careful history and a meticulous and repeated physical examination, combined with the judicious and selective use of complementary tests, allow the clinician to differentiate the child who requires urgent action from the one who will benefit from conservative treatment(2-4). Sometimes this decision cannot be made after the initial examination and a period of observation will be necessary. Most cases of acute abdominal pain resolve spontaneously.

Early diagnosis of processes that are time sensitive is important; that is, those whose diagnostic/therapeutic delay may entail a greater risk of complications or increased morbidity, as may occur in the case of appendicitis or intestinal intussusception. On the other hand, it is also desirable not to fall into overdiagnosis, and to perform invasive tests or treatments in patients who do not require it.

Pathophysiology and syndromic conditions

The pain manifests with a diverse symptomatic procession, which helps in the diagnostic approach. Four major syndromes are described: inflammatory, occlusive, traumatic and adnexal.

The sensation of abdominal pain is transmitted to the central nervous system by somatic and visceral afferent fibers. The visceral afferent system innervates the visceral peritoneum and the structures it covers. Visceral pain is poorly localized, but, in general: pain that originates in structures derived from the foregut (stomach, duodenum, pancreas) is located in the epigastrium; pain originating in the midgut (small intestine and colon up to the splenic flexure) is located in the periumbilical region; and pain from hindgut structures is experienced in the hypogastrium. On the contrary, pain originating from the parietal peritoneum (e.g., inflammation) and in the abdominal wall (e.g., muscle trauma) is detected by somatic afferent fibers and is well localized(4,5).

Referred pain occurs as a result of the convergence of visceral and somatic pain pathways in the spinal cord or central nervous system. Pain originating in the abdominal viscera can therefore be perceived as originating in a distant somatic location(4,5). For example, irritation of the diaphragm secondary to pancreatitis, cholecystitis, liver abscess, or splenic hemorrhage may be referred to as pain originating in the lower neck and shoulders, because the diaphragm and shoulder pain pathways converge at the spinothalamic bundles at the level of C4. Similarly, gallbladder inflammation may be experienced in the right infrascapular region, pancreatic pain in the posterior flank, a migrating ureteral stone may be felt as progressing toward the ipsilateral groin, and rectal and gynecologic pain in the sacral area. On the other hand, pain originating in somatic locations, such as the right pleural surface in pneumonia, can be perceived as coming from the lower part of the abdomen, because the afferents from the two regions converge at the level of D10-11. Therefore, it must be taken into account that the location of pain does not always correspond to a problem in said anatomical position(2-5).

Syndromes associated with acute abdominal pain(3-5)

Inflammatory syndrome

The pain is caused by irritation or inflammation of the peritoneum, usually due to an infectious process. In general, it is an intense but localized pain, and it is possible to find an antalgic posture, in which the patient remains still. The patient will avoid walking or will walk slowly and stooped. There may be signs of guarding and decreased peristaltic sounds. When perforation of a hollow viscera has occurred, the symptoms are exacerbated and there is usually abdominal distention and rigidity of the abdominal muscles.

Occlusive syndrome

It occurs when there is a difficulty in normal intestinal transit, whether of mechanical or dynamic origin (paralytic ileus). It is usually accompanied by distention of the intestine proximal to the occlusion, which can translate into clinically evident abdominal distention. It is usually accompanied by vomiting, which could be bilious, and other vegetative symptoms, such as paleness and sweating. The pain is usually poorly located and the patient cannot find an anti-pain posture, which is why they show restlessness. A very similar condition can occur due to obstruction of other digestive or extradigestive ducts with smooth muscles, such as the bile and pancreatic ducts or the ureter.

Trauma syndrome

It appears as a consequence of abdominal trauma that causes peritoneal irritation, usually due to the presence of blood or digestive contents in the peritoneal cavity. Trauma history is not always evident, and may not have been perceived by an adult or may even be hidden (cases of abuse). The majority are closed traumas and the most affected are the solid viscera: spleen and liver.

Adnexal syndrome

It is a consequence of abnormalities in the genital apparatus. In men, the most common causes are testicular torsion, epididymitis, and testicular trauma. In women, physiological processes of puberty predominate: ovulation or dysmenorrhea, but it is necessary to take into account pathologies such as: torsion of ovarian cysts, ectopic pregnancies and pelvic inflammatory disease in sexually active adolescents.

Diagnosis

The diagnosis is based mainly on careful physical examination of the abdomen, after a detailed history.

The keys to the etiological diagnosis of acute abdominal pain are based on: detailed and directed history, methodical abdominal and systemic physical examination and rational use of complementary tests(1,3,5). Age and sex must be taken into account, as they greatly influence the diagnostic possibilities(3-5).

To evaluate the severity of the process, it is useful to initially apply the pediatric evaluation triangle, which may be compromised in more evolved processes, and must be accompanied by checking vital signs: temperature, heart rate, oxyhemoglobin saturation and blood pressure.

Clinical history

As previously mentioned, the age of the child helps to restrict the diagnostic possibilities(2,4) (Table I).

 

The existence of recent trauma or surgery is also relevant. Other data of potential interest are: foods consumed, medications received, access to toxics or drugs, gynecological or obstetric history, previous episodes similar to the one that motivated the consultation and other previous personal and family pathologies that are considered of interest. In recent years, the history of having suffered from COVID-19 has become especially relevant, due to the high frequency of severe digestive symptoms, sometimes mimicking an acute abdomen, in children with multisystem inflammatory syndrome, weeks after having suffered from COVID-19, symptomatic or not(6,7). Psychosocial history should be considered, as it could contribute to possible somatization.

Although the existence of previous episodes of abdominal pain usually points towards chronic abdominal pain, it cannot be ruled out that these children a priori have an acute abdomen, so it must be examined in each case(2).

Regarding the characteristics of pain, the characteristics of presentation, intensity, type and duration of pain, location and associated symptoms, both digestive and extradigestive must be investigated.

The mode of presentation can be: acute, gradual or intermittent. Sudden onset pain is more likely to be related to cramping, perforation, or acute ischemia (torsions, volvulus). Pain that begins more slowly is more associated with inflammatory processes such as appendicitis, pancreatitis and cholecystitis. Colic is a consequence of spasm in a hollow muscular viscera, usually due to obstructive processes. It is an intense pain, cramping and intermittent in intensity, alternating intervals in which the pain is less intense, although it is still present. During episodes of more intense pain, the patient is restless and often pale and sweaty, without finding a comfortable position. As previously stated, in these cases, problems related to hollow viscera (digestive tube, biliary tree, pancreatic duct, urinary system, uterus and tubes) must be suspected. Inflammatory pain secondary to peritoneal irritation usually results in an immobile, sick-looking patient, in whom the pain is exacerbated by movement(2,4).

Regarding intensity, type and duration, these are subjective data that are not always easy to determine. Scales appropriate to the child’s age can be used to assess intensity. Intense and continuous abdominal pain lasting more than six hours is suggestive of surgical pathology, since it occurs more in relation to acute inflammatory processes; while colicky pain suggests obstruction of the intestinal or genitourinary tract. Intense diffuse pain can occur in situations that evolve from the previous ones(2-5).

Associated symptoms

Fever, lethargy, irritability, anorexia, or paleness may be present. It is unusual for a patient with appendicitis to be hungry. The child with intussusception is lethargic and pale. The presence of symptoms of upper respiratory infection or viral infection may suggest mesenteric adenitis. Dysuria leads to urinary infection. In Schönlein-Henoch vasculitis there is usually a characteristic purpuric rash and periarticular edema, but abdominal pain sometimes appears before these signs.

The presence of other digestive symptoms is common and should be specified. The presence of vomiting, indicating its appearance, for example, whether it is bilious or bloody, is relevant. The frequency and consistency of bowel movements, as well as the presence of blood or mucus in them should be inquired.

The presence of fever, abundant loose stools, and vomiting suggests the diagnosis of gastroenteritis. However, especially in young children, other possibilities that could imitate or seriously complicate this condition must be considered.

Examination

It is necessary to inspect, auscultate and palpate the abdomen. This must be done calmly and after the administration of appropriate analgesia.

Exploratory findings are more important for diagnostic guidance than any complementary test. It is necessary to inspect, auscultate and palpate the abdomen. But for it to be reliable, it is desirable to do it calmly and without haste, after the administration of appropriate analgesia(8).

The examination of the abdomen should be carried out after removing the clothing or diaper, evaluating the presence of distension, old scars, lumps or skin lesions of any type. Also, the abdomen is auscultated to assess the appropriateness of intestinal sounds and, finally, palpation is performed. Achieving calmness in the child during the examination may not be easy, so we must make a careful and thoughtful approach, leaving the presumably most painful region for last. The presence of focal pain or its intensity may be relevant to guide the diagnosis. Palpation also allows detecting involuntary guarding or rebound pain on percussion or decompression suggestive of peritoneal irritation. However, the younger the child, the less reliable the clinical signs of peritoneal irritation are(9). We must also look for hepatomegaly or splenomegaly and locate other possible palpable masses. To palpate the lower border of the liver or spleen, we must start from the inguinal region and ascend towards the subcostal region, since important organomegaly may go unnoticed if the examination begins in the middle part of the abdomen. Next, the inguinal region is examined, looking for the presence of hernias, and the genitals. Examination of the testicles in children with abdominal pain should be carried out with care, since testicular trauma, testicular torsion, and epididymitis may be accompanied by diffuse abdominal discomfort. A swollen and painful testicle with the absence of the cremasteric reflex on the affected side is suggestive of testicular torsion and thus, an urgent ultrasound should be performed.

Anal examination can detect obvious fissures or strictures. A rectal examination can be uncomfortable and should not be done routinely. When considered necessary, it should be performed by the clinician who can best take advantage of the information (e.g., the surgeon, if a surgical pathology is suspected, or the gynecologist, in the case of an adolescent with possible inflammation of the adnexa).

When the diagnosis is doubtful, re-examination of the patient may be necessary, which may be difficult if the initial exam has been painful or stressful, which is why we insist on the need for a careful approach and with prior analgesia.

Complementary exams

The test with the best performance is the abdominal ultrasound. The normality of the complementary exams does not exclude the diagnosis of acute surgical abdomen.

In many of our patients, the diagnosis can be made with the data obtained exclusively from the history and physical examination(2-5). Additional tests should be reserved for cases in which the diagnosis is unclear, or when the test can confirm or rule out significant pathology. It must be kept in mind that early guidance of an acute abdomen is important, which may require time-dependent action, but it is also important to avoid unnecessary tests, especially if they are bothersome or invasive. The diagnostic possibilities are multiple, as previously discussed, and so are the possible tests available in each case. It will be the specific clinical situation that should guide the clinician in the selection of one or more complementary tests.

Imaging techniques

Abdominal ultrasound is a technique with multiple advantages (wide availability, absence of radiation, little discomfort and provides a lot of information), which has made it one of the most used in patients with acute abdominal pain(10,11). It is diagnostic, with considerable certainty, in cases of intestinal intussusception and contributes, in many cases, to the diagnosis of acute appendicitis or another type of inflammatory peritoneal pathology. In addition, it allows visualization of the viscera, so it can be of great help in detecting pathology: pancreatic, renal, hepatic-biliary, splenic or internal genitalia in women. Likewise, it provides us with information about any palpable mass. Doppler technique is of great help in the diagnostic orientation of the acute scrotum. In the case of traumatic acute abdomen, a “bedside” ultrasound, performed by an experienced clinician, provides potentially very useful information for a first assessment of the damage caused.

The indiscriminate routine use of plain abdominal radiography, as a screening tool for abdominal pain, is not recommended due to its low profitability. It is useful in cases of suspected intestinal obstruction, where a standing abdominal X-ray allows the observation of air-fluid levels, and when there is suspicion of pneumoperitoneum or foreign body ingestion. In other types of pathologies, its rational use may have some usefulness to support a doubtful diagnosis, for example: the detection of appendicoliths, antalgic scoliosis or the loss of the psoas shadow would support the diagnosis of appendicitis. The presence of calcifications can put us on the track of urinary stones or even tumor pathology, such as teratomas or neuroblastoma(2,4).

Other imaging techniques, such as computed tomography (CT) or magnetic resonance imaging (MRI), are not routinely used in the initial evaluation of acute abdomen, but may be useful in selected cases(12). CT has the significant disadvantage of the radiation exposure it entails. Its use should be reserved for patients in whom ultrasound has not been decisive and a high degree of suspicion of significant pathology remains. It is considered the most sensitive test for pediatric nephrolithiasis. It can also support the diagnosis of appendicitis in doubtful cases and may be necessary in patients with abdominal trauma, when ultrasound is not sufficiently decisive. MRI has important limitations, such as its long duration and the need for patient sedation. Its performance for the diagnosis of appendicitis is similar to CT.

Biological tests

They provide information, which can be useful, but is rarely decisive in establishing the diagnosis(2,4). The presence of leukocytosis with neutrophilia is common in acute inflammatory pathology, so it would support this diagnostic possibility, without ruling out other options. Equal value would offer the elevation of acute phase reactants, such as C-reactive protein (CRP) or procalcitonin (PCT), although their normality does not allow ruling out the possibility of acute surgical abdomen. Other data from the blood count, such as thrombocytopenia with the presence of schistocytes, would point towards a hemolytic-uremic syndrome, and anemia would indicate sustained blood loss, although it does not allow detection of recent acute bleeding.

In patients with affected general condition or signs of dehydration, urgent blood biochemistry is useful, which allows detecting: hydroelectrolyte abnormalities, alterations in glycemia and renal function. The detection of hyperglycemia could be due to stress, but if it is very high, it could indicate diabetic ketoacidosis, which would be consistent with the finding of ketonemia and the presence of glycosuria. The quantification of liver enzymes and lipase and amylase can guide in cases of hepatobiliary or pancreatic involvement.

A urine analysis (sediment study and culture) should be systematically performed when abdominal pain is accompanied by voiding symptoms. It is also indicated in infants, in whom urinary tract infection is part of the differential diagnosis of abdominal pain. In postmenarchal girls, a pregnancy test and, in both sexes, tests to detect sexually transmitted diseases should be considered.

Main causes of acute abdomen in the pediatric age

Acute appendicitis remains the most common cause of surgical acute abdomen in childhood. The keys to its diagnosis are: history and careful physical examination. In children under 3 years of age, the most common cause of abdominal emergency is intestinal intussusception. In both cases, abdominal ultrasound can be of great help, with greater sensitivity for intussusception than for appendicitis.

Acute appendicitis

It is the most common cause of surgical abdomen in children, diagnosed in up to 8% of patients evaluated in pediatric emergency rooms for acute abdominal pain(13). It has a peak incidence in the second decade of life, especially between 6 and 12 years(5) and, below this age group, its diagnosis represents a challenge due to more non-specific symptoms and a higher rate of complications in its clinical course.

Physiopathologically, an obstruction of the cecal appendix occurs, either by fecal material, lymphoid follicles, fecaliths or appendicoliths, producing, therefore, colicky pain with its distension, which explains why it is poorly focused or predominantly periumbilical. Subsequently, it dilates, with bacterial overgrowth, inflammation, ischemia and, finally, necrosis of the wall, shifting the location of the pain described by the child to the right iliac fossa (RIF). The release of bacteria into the peritoneal cavity will produce initially circumscribed peritonitis, and this will be generalized if the infection is not contained by the intestinal loops and the omentum(14). This sequence allows us to differentiate the 4 evolutionary stages of acute appendicitis (congestive or classically catarrhal, phlegmonous, gangrenous or suppurative, and perforated)(5). The risk of perforation increases with time of evolution, being rare in the first 12 hours of onset of symptoms, and maintains an inverse relationship with the patient’s age, with a rate greater than 50% in children under 5 years of age and among 10-20% in people over 12 years of age(13).

There are some anatomical and physiological characteristics that play a determining role in this clinical course. During the first years of life, the appendix is funnel-shaped, instead of its characteristic vermiform appearance, which makes its obstruction less likely and justifies its lower incidence in this age group. Furthermore, the lymphoid follicles dispersed throughout the colonic epithelium and lining the interior of the appendix reach their maximum size in adolescence. The omentum in preschoolers is thinner and underdeveloped, which hinders its ability to contain the infection, and makes diffuse peritonitis more likely after perforation in this age group(13).

Clinically, they will present: anorexia, initial periumbilical pain that migrates to RIF around 24 hours after onset, with vomiting, which characteristically begins after the onset of abdominal pain(13), and fever that is usually inconstant and low grade, between 24 and 48 hours after the start of the symptoms. When the peritoneum is already involved, either due to irritation or perforation, the abdominal pain is more defined and florid, with other possible accompanying signs (although their absence does not exclude the diagnosis), such as: exacerbation of the pain with cough; when trying to get on the stretcher or asking the child to jump on one leg; involuntary defense with abdominal palpation; pain in the right iliac fossa when exploring the left (Rovsing sign); pain when flexion and internal rotation of the right hip (obturator sign)(14); or pain on extension of the right hip (iliopsoas sign, characteristic of retrocecal appendicitis); in addition to Blumberg’s sign, when pressing the right iliac fossa for a few seconds and suddenly decompressing, triggering intense pain. Children under 5 years of age, on the other hand, present much more diffuse and less localized symptoms, added to the difficulty of verbalizing them(15). A sudden decrease in pain intensity can translate into a perforation as the pressure on the appendiceal wall is reduced(14). Other less frequent symptoms in appendicitis and more related to other processes that are part of its differential diagnosis should not mislead us: diarrhea is frequent in the preschool stage and appears in advanced stages, in which peritonitis also ends up irritating the terminal small intestine and colon; constipation, on the other hand, may appear at the beginning of the clinical picture due to ileus after periappendiceal inflammation; and they can present with urinary symptoms due to bladder irritation and even present leukocyturia or hematuria in a urine test strip (especially in retrocecal cases or in intimate contact with the pelvis)(16).

The cornerstone of diagnosis is a detailed compatible clinical history together with a careful abdominal examination. Classically, the administration of analgesia was avoided prior to the clinical assessment, due to the possibility of masking an abdomen that could require a surgical approach, but current literature has shown that the use of analgesics (even major opioids, if necessary for pain intensity) do not modify the diagnosis of appendicitis or increase the risk of complications due to late screening(5,13).

The analytical study is not usually decisive, as it shares findings with other entities that are part of the differential diagnosis: there is usually a discrete leukocytosis at the expense of neutrophilia and a moderate elevation of CRP occurs. There are studies that are beginning to incorporate other markers such as PCT and calprotectin, with a high negative predictive value, to rule out appendicitis in case of normality, but, today, they are not part of the general diagnostic arsenal(13). Hyponatremia and hyperbilirubinemia have been related to complicated appendicitis(14).

Abdominal ultrasound is the most profitable test, but not mandatory as the combination of clinical and analytical tests is usually sufficient to establish a clinical judgment and indicate mandatory surgical treatment. For its sensitivity and specificity to exceed 90% the appendix must be visualized, and this is the greatest limitation of the technique(17): it is operator-dependent, appendages with abnormal morphologies or dispositions, or the adiposity of the child, which can increasingly represent a greater obstacle, by not offering an optimal examination window. The most suggestive signs are: a diameter greater than 6 mm, non-compressibility, wall thickening greater than 2 mm or the presence of an appendicolith. Other indirect signs, but useful to aid the diagnosis in doubtful cases, are: the rarefaction of the pericecal fat, the presence of free fluid or the unstructured appearance of the appendiceal wall. The abdominal x-ray is increasingly out of use, since irradiation is not justified, there are other less invasive techniques that provide more information. It would only be indicated if there is reasonable doubt of an intestinal obstructive process. If, despite the ultrasound, the diagnosis remains doubtful, computed tomography with limited exposure could be considered, focusing the study area from L3 to the pubic branches(17). The sensitivity of this technique is greater than 80%, with a positive predictive value (PPV) close to 90%(12).

Combining these epidemiological, exploratory and analytical data, several clinical scores have been created for diagnosis: the Alvarado scale, the Samuel M PAS scale (Pediatric Appendicitis Score) (Table II)(18) and, more recently, the pARC(13), the risk calculator for pediatric appendicitis, which includes as variables: sex, age, duration of symptoms, abdominal guarding, pain migration, tenderness in the right lower quadrant and absolute neutrophil count and that, in a prospective study of validation, has shown to surpass the PAS scale as a discriminator of appendicitis in the pediatric age(19).

 

The treatment of appendicitis is surgical, so children with this suspicion should be evaluated by a pediatric surgeon as soon as possible. Randomized studies recommend the laparoscopic approach compared to the open approach, as it generates a shorter hospital stay, lower risk of surgical wound infection and fewer postsurgical abscesses(20). While waiting for the intervention, the patient will be kept ‘nil-by-mouth’, with intravenous fluid therapy at maintenance requirements, or even correcting a possible hydroelectrolyte imbalance due to dehydration. It will be essential to treat the pain early, as well as to evaluate it periodically, using first-line analgesics (paracetamol, metamizole…), progressing to other drugs such as ketorolac or opioids to reduce the pain, if the previous ones are insufficient. Once the diagnosis is established, the administration of appropriate antibiotic therapy is recommended prior to surgery, ensuring at least one dose 1-2 hours before the incision(20). In simple appendicitis (intact wall), antibiotic therapy will have a prophylactic role and no more doses will be required after the intervention. In complicated cases (gangrenous, perforated), antibiotic therapy will be prolonged until: the patient is afebrile, the general condition has improved and the abdominal examination has normalized(21). There are various guidelines, but the most described in the literature are the use of: cefoxitin, amoxicillin-clavulanate, ceftriaxone with metronidazole or piperacillin-tazobactam, the latter being more recommended in case of generalized peritonitis due to perforation.

Post-appendectomy complications are infectious in the short term and mechanical in the long term. Persistent fever, elevation of acute phase reactants or worsening of the abdominal examination should raise suspicion of the formation of an abdominal abscess (5% of cases, more likely in complicated appendicitis and in patients with a body mass index greater than p95)(20). Intestinal obstruction due to flanges occurs in less than 1% of patients undergoing surgery, taking place weeks after the operation.

Intestinal intussusception

It is the most common abdominal emergency in early childhood, with a peak incidence between 4 and 36 months of life(22), being the most common cause of intestinal obstruction in this age group.

It is produced by the introduction of a fragment of intestine into the adjacent segment in an anterograde direction, dragging the mesentery, and producing venous and lymphatic congestion that leads to edema of the intestinal wall, which can progress to complete obstruction, proximal distension, necrosis and perforation. Regarding the location of the invagination: 90% of cases are ileocolic, located at the ileocecal junction; and the remaining 10% are ileoileal, jejunoileal or colocalized. Regarding the cause, 75% of cases are defined as idiopathic, in which an intussusception “head” is not detected or there is no clear pathological trigger. However, viral infections play a role in its pathogenesis, with epidemic peaks of viral gastroenteritis coinciding with more cases of intestinal intussusception. Around 30% of invaginated patients have presented signs of viriasis in the previous weeks, with adenovirus being one of the most related microorganisms(22). Hypertrophy of Peyer’s patches is assumed after these infections, especially in the ileum, rich in lymphatic tissue, which could act as the head of invagination. However, other pathogenic structures can act as a starting point for invagination: a Meckel’s diverticulum, a polyp, a duplication cyst, a tumor, a vascular malformation, a wall hematoma in Shölein-Henoch purpura, etc., especially in older children, in whom we should always have a high index of suspicion to look for a possible cause.

The classic clinical picture would be: an infant who suddenly presents an episode of colic abdominal pain, with inconsolable crying, drawing of the legs towards the abdomen with paleness and vomiting, reproducing every 15-20 minutes, interspersed with periods of normality and clinical stability. An elongated “sausage”-shaped abdominal mass can be palpated in the right lower quadrant, and 50% may have bloody stools, although the traditional sign of “currant jelly” stools that occurs after mixing blood with mucus when the intestinal wall is ischemic is late and infrequent. However, the usual presentation does not include the elements of the triad (pain, mass and blood in stool), which only appear together in less than 15% of patients. As time goes by from the onset of symptoms, lethargy may appear, to the point of being the guiding sign in some patients. For this reason, intestinal intussusception is part of the differential diagnosis of other entities, such as meningoencephalitis or sepsis(22).

Abdominal ultrasound has demonstrated its superiority, both as a diagnostic and therapeutic technique, with a sensitivity and specificity close to 100% with an expert sonographer, in addition to more easily detecting pathological invaginating heads. The most characteristic finding is the “target” or “doughnut” sign (Fig. 1), detecting in a cross section a segment inserted inside another.

Figura1

Figure 1. Typical ultrasound image of intestinal intussusception.

The abdominal X-ray, today, only plays a role when there is suspicion of perforation, which would require surgical management. The treatment will consist of hydrostatic or pneumatic reduction, depending on whether a serum or air enema is used, always having previously stabilized the patient and correcting possible water depletion, if there are signs of dehydration. Although comparative evidence is still scarce, there seems to be a higher success rate with pneumatic reduction(23). The correction is performed under ultrasound surveillance, checking its resolution in real time. It is a relatively safe technique, but with a perforation rate of 1-4% (especially in children under 6 months of age, patients with long-term symptoms, signs of severe obstruction or the need for high pressures during reduction)(22). Although they are usually kept hospitalized for 12-24 hours for observation after the maneuver and to monitor recurrences, this practice is questioned, since the rates of re-invagination do not differ in uncomplicated cases in the groups that remain admitted and those discharged home.

Mesenteric adenitis

Clinical entity produced by inflammation of the mesenteric lymph nodes, which are concentrated in the lower right quadrant in the abdominal topology, presenting with symptoms of very acute abdominal pain that are part of the differential diagnosis of acute appendicitis or intestinal intussusception. They usually present a history of a viral process in the previous two weeks. Its prevalence has increased, in part due to the generalization and accessibility of ultrasound in the evaluation of children with acute abdominal pathology. It is diagnosed when it shows lymph nodes with a diameter greater than 8 mm, but it is necessary to rule out other pathologies and check that the appendix shows normal morphology. It is a self-limiting entity, although the symptoms can be prolonged (between 1 and 4 weeks, even longer in some cases)(24) and only supportive treatment must be offered: hydration, pain control and monitoring, which sometimes, due to the intensity of the symptoms, may be necessary to perform it in the hospital environment.

Incarcerated inguinal hernia

The permeability of the peritoneum-vaginal duct leads to the exit of intestinal loops into the inguinal canal, causing pain and irritability. Although, in most cases, it can be reduced spontaneously, it may require maneuvers for reduction (incarceration) or, in the worst case, it may not be possible (strangulation). Inflammation of the hernial sac compromises its vascularization, causing wall edema and signs of obstruction, with vomiting and abdominal distention. Usually, a fixed mass with a hard, red and painful consistency can be palpated, which can extend to the scrotum or the labia majora and which, with adequate containment and analgesia, can be reduced(24).

Intestinal obstruction due to adhesions or flanges

In children with bilious or fecaloid vomiting, distension and abdominal pain and those who have a history of having previously undergone surgical interventions, adhesions or fibrous flanges may have developed that generate obstructive symptoms that, as they evolve, can generate: ischemic areas, hypovolemia due to third space, shock and sepsis. The risk described in retrospective series is 1-5% in the 5 years following the operation, with a higher risk in patients who have undergone reoperation, who have suffered peritonitis or in whom the ileum has been affected(24). The key test, in addition to the high index of suspicion based on the history, is the abdominal x-ray, which will show distended loops, and if the patient can remain upright in a standing position, air-fluid levels (Fig. 2). In infants, another option is the horizontal ray. The initial treatment is to keep them nil-by-mouth, decompress with a nasogastric tube and administer intravenous fluids. If there is no improvement or there is evidence of intestinal ischemia, the treatment will be surgical.

Figura2

Figure 2. Simple abdominal x-ray, performed in a standing position, in a child with intestinal obstruction. The characteristic air-fluid levels are visible.

 

Volvulus

During intestinal development in the embryonic stage, an interruption may occur that causes malrotation, predisposing it to turn, compromising vascularization and causing intestinal obstruction. 75% of malrotated newborns will volvulate in their first month of life, especially in the first week(24). It usually presents with abrupt symptoms (abdominal pain, acidosis, shock and bloody stools, with abdominal distension 3-6 h after the onset of symptoms)(25). However, in some children it may present with incomplete or intermittent subocclusions that explain a subacute course.

Ileitis in a patient with multisystem inflammatory syndrome (PIMS) after SARS-CoV2 infection

As already mentioned, a history of having had SARS-CoV2 infection can also guide the patient’s diagnosis. The definition of multisystem inflammatory syndrome (PIMS), after acute infection by this virus, allowed us to identify its expressiveness in terms of abdominal symptoms (60% of PIMS cases)(26), which sometimes, due to their intensity, could resemble an acute abdomen. The following symptoms are especially common: terminal ileitis, ileocolitis(27,28) and mesenteric adenitis, all of them usually non-surgical conditions, although cases of acute appendicitis have also been described in the context of this clinical picture, especially in ages outside the usual epidemiological ranges(26).

Acute gastroenteritis

Finally, a much more common clinical picture than the previous ones, is included in this review as it must always be considered in the differential diagnosis. Fever and intense colicky abdominal pain prior to the onset of diarrhea are characteristic. There are some specific microorganisms such as Yersinia enterocolitica, which usually locate the pain in the right iliac fossa, mimicking appendicitis(24).

Role of the Primary Care pediatrician

The role of the Primary Care pediatrician is the initial diagnostic guidance of the child with acute abdominal pain. To do this, he will take a detailed history, a meticulous examination and assess the need for referral or a specific complementary test.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of the manuscript. Declaration of interests: none.

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The asterisks show the interest of the article in the authors’ opinion.

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A useful and well-structured protocol, with practical information for emergency care and analysis of the most relevant quality care indicators.

 

Clinical case

 

A 7-year-old boy attends his Health Care Center for re-evaluation of abdominal pain. Yesterday, he was already evaluated when mild-moderate pain began in the mesogastrium, without other alarm signs and with a normal abdominal examination. Since then, he has vomited twice, has not had pathological bowel movements, and the pain has intensified in the last few hours, migrating to the right lower quadrant. He also reports some discomfort when urinating. The child’s general condition is affected, he looks in pain, he cannot get on the stretcher without help, and he is pale. His abdomen is a little distended, manifesting defense on palpation, and the pain worsens when suddenly decompressing the right iliac fossa during palpation.

 

 

 

Carro de parada. Medicación y material de urgencias

S. Fernández de Miguel, V. Murga Herrera
Regreso a las bases


S. Fernández de Miguel, V. Murga Herrera

Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos y Urgencias. Servicio de Pediatría. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca

Resumen

La parada cardiorrespiratoria (PCR) en la infancia es un evento que, aunque mucho menos frecuente que en el adulto, puede presentarse en cualquier ámbito. Por otro lado, las situaciones de riesgo vital, cuyo correcto manejo evitaría la evolución a PCR, son más frecuentes y necesitan también de atención inmediata.
Distintos estudios han demostrado que la morbi-mortalidad derivada de una PCR va a depender en gran medida del intervalo de tiempo que pase hasta que se inician las maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP).
Por tanto, cualquier centro o dispositivo sanitario que pueda en algún momento atender población pediátrica, debe contar tanto con el material necesario, como con un personal plenamente entrenado para poder iniciar una RCP de calidad lo antes posible.
En este artículo, nos centraremos en las características esenciales que debe tener un carro o mochila de parada adecuados, siguiendo las recomendaciones establecidas por el Grupo Español de Reanimación Cardiopulmonar Pediátrica y Neonatal.

 

Abstract

Cardiorespiratory arrest (CRA) in children, although far less frequent than in adults, is an event that can occur in any setting. On the other hand, life-threatening situations that need a quick solution so as to avoid concluding in CRA are much more frequent. Different studies have come to the conclusion that morbi-mortality after CRA depends, to a large degree, on the time lapse prior to cardiopulmonary resuscitation (CPR) initiation.
In short, any Health Care Center must have all the necessary life support material as well as properly trained staff to deliver a high quality CPR as soon as possible.
This review will focus on the characteristics of a standardized resuscitation cart according to the recommendations drawn up by the Spanish Pediatric and Neonatal CPR Group.

 

Palabras clave: Reanimación cardiopulmonar; Carro de parada; Material de reanimación; Niños; Recién Nacidos

Key words: Cardiopulmonary resuscitation; Resuscitation cart; Life support material; Children; Newborn

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 106.e1 – 106.e6


Carro de parada. Medicación y material de urgencias

Introducción

La parada cardiorrespiratoria pediátrica (PCR), así como las situaciones de riesgo vital que pueden llegar a desencadenarla, precisan de atención inmediata. Estas circunstancias pueden darse en cualquier momento y en cualquier ámbito sanitario(1).

Estas situaciones son de alto riesgo, y suponen además un importante estrés para el personal que las atiende. Por otro lado, los retrasos en los cuidados y los errores cometidos, pueden traer consecuencias indeseadas.

Por lo tanto, todos los centros y dispositivos médicos subsidiarios de atender población pediátrica deben contar con el material y el personal necesario para poder llevar a cabo una intervención inmediata, sea cual sea el nivel de complejidad de dicho centro.

Este material conforma lo que conocemos como carro o mochila de parada. El contenido de dicho carro va a presentar diferencias según el escenario para el que se contemple y debe incluir de manera ordenada: el material y la medicación para atender tanto una PCR como las urgencias vitales que pueden evolucionar a PCR.

La estandarización, tanto de los protocolos de actuación, como de los componentes de dichos carros/mochilas, puede disminuir tanto el estrés en la atención, como el riesgo que conllevan estas situaciones(2).

Periódicamente, se revisan a nivel internacional las recomendaciones sobre reanimación cardiopulmonar, incluyendo la pediátrica. En octubre del año 2015, se publicaron las nuevas Guías de Reanimación Cardiopulmonar, tanto del European Resuscitation Council (ERC)(3) como de la American Heart Association (AHA), según consenso ILCOR 2015.

Las últimas guías publicadas no incluyen recomendaciones sobre el material, la medicación ni la organización del carro de parada. Aunque sí dedican una parte específica a cómo debe ser la formación en soporte vital y a su implementación, tampoco establecen unas directrices claras sobre el tipo de formación y la periodicidad del reciclaje(4).

Recientemente, el Grupo Español de RCP Pediátrica y Neonatal ha publicado las recomendaciones de expertos sobre el contenido (material y fármacos) que deben incluir los carros/mochilas de RCP pediátrica(1), con el objetivo de mejorar la organización asistencial. En estas recomendaciones vamos a basar nuestro artículo.

Los principios generales sobre el contenido y organización del carro de parada se encuentran recogidos en la tabla I.

Recomendaciones

1. Tipo de carro

Las dos opciones más extendidas y reconocidas para guardar el material de RCP son(1):

• Carro de parada: lo ideal es que cuente con suficientes cajones para poder guardar todo el material. El material deberá estar colocado de manera ordenada y debidamente etiquetado con carteles bien visibles.

• Mochila: debe contar también con suficientes compartimentos para colocar ordenadamente el material y con carteles para su correcta identificación. 

El carro/mochila de RCP se debe encontrar en un lugar fácilmente accesible y debe estar bien identificado. Es conveniente una señalización que nos informe de su ubicación, para poder ser localizado también por personal no habituado a la unidad.

Es importante evitar que el carro o mochila quede oculto por otro material. También hay que vigilar que su acceso o desplazamiento no se encuentre obstaculizado.

Se debe poder desplazar allí donde sea necesario, así que debe ser fácilmente transportable.

2. Localización del carro/mochila

Los lugares en los cuales deberían estar presentes los carros/mochilas de parada, los podemos ver en la tabla II(1,5). Como veremos más adelante, el material recomendado será diferente según el lugar donde se encuentre el carro de parada.

En cualquier caso, si hablamos de centros con posibilidad de atender tanto a pacientes adultos, como a niños, se recomienda la existencia de un carro o mochila de RCP pediátrico separado, o específico neonatal si fuese el caso, de cara a facilitar la asistencia a los pacientes más pequeños y disminuir el riesgo de errores(6).

3. Componentes de los carros y mochilas de reanimación cardiopulmonar

En primer lugar, debe quedar claro que tanto los carros como las mochilas solo deben contener el material y los fármacos necesarios para abordar una situación de urgencia vital o PCR, y no convertirse en un lugar de almacenamiento de elementos de uso poco frecuente, dificultando así el acceso en caso de urgencia.

Se describen tres tipos de carros de RCP, con las variaciones en el material entre cada uno de ellos y sus posibles ubicaciones(1):

1) Carro RCP intermedia pediátrica (tabla III): con material y medicación adecuados para iniciar una RCP avanzada de calidad.

En algunos carros/mochilas de RCP intermedia, el contar con el material y la medicación de intubación, puede ser optativo. Este tipo de carro/mochila sería adecuado para:

• Centros de Atención Primaria.

Puntos de atención continuada.

• Plantas de Pediatría.

• Consultas y zonas de radiología de hospitales con unidad de cuidados intensivos pediátricos (UCIP).

• Servicios de Urgencias de hospitales que no atienden habitualmente a niños, pero a los que pueden acudir puntualmente con una urgencia vital o en PCR.

2) Carro RCP avanzada (tabla IV): contiene, además del material y fármacos incluidos en el carro de RCP intermedia, material y medicación más específicos de cuidados intensivos.

La mochila de RCP debe llevar el mismo material y medicación descritos en la tabla II, aunque el número de repuestos de cada tipo sea menor. Este tipo de carro/mochila sería recomendable tenerlo en:

• UCIP.

• UCI de adultos de hospitales sin UCIP.

• Servicios de urgencias de hospitales con UCIP.

• Áreas de reanimación pediátrica y quirófanos de Pediatría.

• Servicios de emergencias extrahospitalarias. 

3) Carro de reanimación neonatal (tabla V): abarca el material y los fármacos necesarios para la reanimación neonatal.

Por lo tanto, deben encontrarse en los lugares tributarios de presentar esta situación:

• Paritorio.

• Unidades de cuidados intensivos neonatales.

• Unidades neonatales.

• Ambulancias medicalizadas de los servicios de emergencias y transporte.

4. Organización del contenido

Tanto si se trata de un carro, como de una mochila, deben de contar con los compartimentos necesarios para separar el material del modo que se considere más práctico.

En este sentido, muchos centros organizan su contenido siguiendo la secuencia ABC, es decir, un compartimento para el material de manejo de la vía aérea, uno para el material relacionado con la ventilación, otro para el material para canalización de vía y sueros, y por último, un compartimento para la medicación. De esta manera, cada compartimento albergaría los distintos tamaños del material (Fig. 1).

Figura 1. Carro de parada organizado según secuencia ABC. Imagen cedida por cortesía de Francehospital.

Otros centros han empezado a organizar todo el material según la edad y peso de los pacientes, siguiendo el código de colores de la cinta de Broselow, de modo que cada cajón recogería todo el material necesario para el manejo de un paciente de una determinada edad o peso(7) (Fig. 2).

Figura 2. Carro de parada organizado según código de colores de la cinta de Broselow. Imagen cedida por cortesía de Francehospital.

En este sentido no existen directrices claras: las recomendaciones dadas desde el grupo Español de RCP Pediátrica y Neonatal abogan por la organización de nuestro carro según la secuencia ABC(1), aunque cabe reseñar que existen varios artículos que resaltan menores tiempos en la localización del material por parte del personal en aquellos casos en los que el material se encuentra organizado en compartimentos por edades(8,9).

De cualquier modo, el carro debe contener toda la gama de tamaños necesarios para asistir a pacientes de cualquier edad, así como suficientes recambios del material y de los fármacos que se consideren necesarios.

Además, todo el material y la medicación que precisen, deben de estar estériles y con la fecha de caducidad visible(1).

Es importante que todo el personal conozca la manera en la que se haya decidido organizar el carro de parada en cada centro(1,2,7).

5. Revisión de material

Todo el contenido del carro debe quedar reflejado en una lista junto al carro, que facilite sus revisiones periódicas. Recomendamos la realización de una fotografía que facilite al personal menos habituado las revisiones periódicas(8).

A propósito de esto, cada centro debe contar con protocolos claros para establecer(1,8):

• Revisiones periódicas de caducidad del material y fármacos.

• Chequeo periódico del monitor y desfibrilador.

• Reposición del material tras su uso.

• Lista de personal responsable de comprobaciones.

• Listas de comprobación que faciliten estas tareas (listas de material, de viales de medicación…).

Al igual que en las recomendaciones dadas por el Grupo Español de RCP, recordamos la utilidad de contar junto al carro de parada de algoritmos visibles, con las secuencias de RCP y hojas de dosificación de los principales medicamentos utilizados por peso.

También es interesante contar con breves descripciones del modo de preparación de los fármacos, de cara a disminuir los errores derivados del cálculo de dosis en una situación de urgencia(8).

6. Estrategias para minimizar errores

Varios estudios han tratado de analizar los errores más comunes acaecidos durante situaciones de urgencia vital y PCR, especialmente aquellos relacionados con las medicaciones(7-9).

Es evidente que dado el estrés de una situación como la PCR, es fácil que ocurran errores en cualquiera de las fases de la administración de fármacos: utilizar órdenes verbales, no realizar doble chequeo, órdenes incompletas sin especificar unidad de la dosis o vía de administración, cálculo mental de las dosis a administrar, utilizar diluciones no estandarizadas, existencia de más de una concentración para un mismo fármaco, falta de etiquetado del contenido de las jeringas u olvido de la administración de bolo de suero tras la administración de una determinada medicación.

Para tratar de disminuir al mínimo esta tasa de errores, que en algunos estudios alcanza el 50% de las prescripciones realizadas, recomendamos la búsqueda de nuevas estrategias para avanzar y mejorar en materia de seguridad en el paciente.

Para evitar algunos de estos errores, se recomienda la existencia en el carro de parada de hojas de medicación, con todas las dosis de las principales medicaciones ya calculadas por peso y acompañadas de una breve descripción de su modo de preparación y administración.

En aquellos centros donde sea posible se recomiendan una serie de estrategias como: utilizar bombas inteligentes para administrar determinadas medicaciones, restringir la existencia de varias concentraciones de una misma medicación, estandarizar la preparación de diluciones, utilizar etiquetas pre-impresas…, son algunas de las soluciones dadas para tratar de disminuir esta alta tasa de errores(8).

Como novedades, señalamos la existencia de centros que cuentan con equipos completos de RCP sellados en bolsas individuales (sealed tray system)y la existencia de viales de las principales medicaciones utilizadas en RCP, precargados y etiquetados según la escala de Broselow, que creemos que podrían tener gran utilidad en centros menos acostumbrados a la preparación y dosificación de los fármacos en niños(10).

7. Formación del personal

Por último, y tan importante como el material, es básico contar en todos los dispositivos sanitarios con personal entrenado periódicamente en las maniobras de RCP y conocedor de todo el material del que dispone.

Según las últimas recomendaciones internacionales(3), uno de los pasos iniciales en la mejora de la supervivencia tras una parada consiste en formar a la población general, recomendándose su enseñanza durante, al menos, 2 horas al año a partir de los 12 años.

Si nos centramos en el personal sanitario, es evidente que el reciclaje continuo en esta materia es completamente necesario. Si bien, no establecen claramente la periodicidad óptima, sí parece que la repetición de cursos de formación cada 6-12 meses sería necesaria, ya que varios estudios demuestran que las capacidades adquiridas disminuyen pasados los 3-6 meses tras la formación(3).

Conflicto de intereses

Las autoras declaran no tener ningún conflicto de intereses

Bibliografía

1. López-Herce Cid J, Rodríguez Núñez A, Carrillo Álvarez Á, Zeballos Sarrato G, Martínez Fernández-Llamazares C, Calvo Macías C. Grupo Español de Reanimación Cardiopulmonar Pediátrica y Neonatal. Materials for the paediatric resuscitation trolley or backpack: Expert recommendations. An Pediatr. 2018; 88: 173.e1-173.e7.

2. Maul E, Latham B, Westgate PM. Saving Time Under Pressure: Effectiveness of Standardizing Pediatric Resuscitation Carts. Hosp Pediatr. 2016; 6: 67-71.

3. Monsieurs KG, Nolan JP, Bossaert LL, Greif R, Maconochie IK, Nikolaou NI, et al. ERC Guidelines 2015 Writing Group. European Resuscitation Council Guidelines for Resuscitation 2015: section 1. Executive summary. Resuscitation. 2015; 95: 1-80.

4. Rodríguez-Núñez A, López-Herce Cid J, Calvo-Macías C, Carrillo-Álvarez A. Do we need guidelines for pediatric resuscitation carts/trolleys/backpacks content and management? Resuscitation. 2017; 114: e19-e20.

5. Los Arcos Solas M, Touza Pol P. Carro de paradas pediátrico en hospitales. Bol Pediatr. 2006; 1: 10-12.

6. Chitkara R, Rajani AK, Lee HC, et al. Comparing the utility of a novel neonatal resuscitation cart with a generic code cart using simulation: a randomised, controlled, crossover trial. BMJ Qual Saf. 2013; 22: 124-9.

7. Agarwal S, Swanson S, Murphy A, Yaeger K, Sharek P, Halamek L. Comparing the Utility of a Standard Pediatric Resuscitation Card with a Pediatric Resuscitation Card based on the Broselow Tape: A randomized, controlled, crossover trial involving simulated resuscitation scenarios. Pediatrics. 2005; 116; e326-33.

8. Flannery AH, Parli SE. Medication Errors in Cardiopulmonary Arrest and Code-Related Situations. Am J Crit Care. 2016; 25: 12-20.

9. Chitkara R, et al. Comparing the utility of a novel neonatal resuscitation cart with a generic code cart using simulation: a randomized, controlled, crossover trial. BMJ. Qual Saf. 2013; 22: 124-9.

10. Stevens AD, Hernandez C, Jones S, Moreira ME, Blumen JR, Hopkins E, et al. Color-coded prefilled medication syringes decrease time to delivery and dosing errors in simulated prehospital pediatric resuscitations: A randomized crossover trial. Resuscitation. 2015; 96: 85-91.

 

Deshidratación. Rehidratación oral y nuevas pautas de rehidratación parenteral

J.C. Molina Cabañero
Temas de FC


J.C. Molina Cabañero

Servicio de urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

La deshidratación es un cuadro clínico caracterizado por un balance negativo de agua y electrolitos. La causa más frecuente es la gastroenteritis aguda. El riesgo de deshidratación en los niños es más elevado que en los adultos, debido a las características específicas de su metabolismo hidrosalino. La edad más común es en menores de 18 meses. El diagnóstico de la deshidratación es eminentemente clínico. El mejor parámetro para estimar el grado de deshidratación es la pérdida de peso. El tipo de deshidratación, extracelular o intracelular, puede establecerse en función de los síntomas y signos que presenta el paciente. No existe ninguna prueba de laboratorio con suficiente sensibilidad y especificidad para estimar el grado de deshidratación. El tratamiento de la deshidratación es la rehidratación oral. Actualmente, se recomiendan las soluciones de rehidratación hiposódicas (Na<60 mEq/L). La rehidratación intravenosa está indicada cuando la rehidratación oral ha fracasado, está contraindicada o las pérdidas son demasiado intensas. Cada vez son más utilizadas las técnicas de hidratación rápidas que consisten en la infusión del déficit en un corto espacio de tiempo mediante la administración de sueros isotónicos.

 

Abstract

Dehydration is characterized by a negative balance of water and electrolytes. The most frequent cause is acute gastroenteritis. The risk of dehydration in children is higher than in adults, due to the specific characteristics of their hydrosaline metabolism. It is more common in those under 18 months of age.
The diagnosis of dehydration is eminently clinical. The best parameter to estimate the degree of dehydration is weight loss. The type of dehydration, extracellular or intracellular, can be identified depending on the symptoms and signs that the patient presents. There is no laboratory test that is either sensitive or specific to estimate the degree of dehydration in children. The treatment of dehydration is oral rehydration. Currently, low sodium rehydration solutions (Na <60 mEq / L) are recommended. Intravenous fluid rehydration is indicated when oral rehydration has failed, is contraindicated or the losses are too intense. Rapid hydration techniques are being increasingly used, which consist of infusing the deficit in a short time by means of the administration of isotonic serums.

 

Palabras clave: Deshidratación; Rehidratación oral; Fluidoterapia intravenosa

Key words: Dehydration; Oral rehydration; Intravenous fluid therapy

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 98 – 105


Deshidratación. Rehidratación oral y nuevas pautas de rehidratación parenteral

Deshidratación

Introducción

La deshidratación es un cuadro caracterizado por un balance negativo de agua y solutos. En los niños es relativamente frecuente debido a las características de su metabolismo hidrosalino.

La deshidratación es un cuadro clínico caracterizado por un balance negativo de agua y de solutos en el organismo. Se produce por un aumento de las pérdidas de agua y sales o por una disminución en la ingestión de agua. Las causas más frecuentes son la gastroenteritis aguda y los vómitos.

El metabolismo hidrosalino de los niños tiene características específicas que lo diferencian significativamente del de los adultos. Los tres factores más importantes son:

1. Mayor porcentaje de agua corporal por kilogramo de peso, con predominio del espacio extracelular (más capacidad para perder agua).

2. Mayor recambio diario de aguda y electrolitos (más posibilidad de desequilibrio hidrosalino).

3. Inmadurez renal para eliminar orinas concentradas (menor capacidad de adaptación a los cambios de agua y sal del medio interno).

Estas características condicionan que los cuadros de deshidratación sean más frecuentes en los niños que en los adultos, y también que la comprensión fisiopatológica de estos procesos deba realizarse desde una perspectiva específica pediátrica(1).

Epidemiología

Cuanto menor es la edad del niño, mayor es el riesgo de deshidratación. La causa más frecuente de deshidratación es la gastroenteritis aguda.

La deshidratación es más frecuente en los niños pequeños y el 90% ocurre en menores de 18 meses. Es muy prevalente en los países en vías de desarrollo, debido al mayor número de infecciones gastrointestinales y a la falta de medios. En nuestro entorno, las causas más comunes son: gastroenteritis aguda, enfermedades que cursan con vómitos persistentes (infecciones graves, obstrucción intestinal, hipertensión intracraneal) y procesos intestinales crónicos que pueden presentar episodios agudos de diarrea (enfermedad inflamatoria intestinal, síndromes malabsortivos). En los niños con lactancia materna, puede producirse deshidratación en los primeros días de vida, por problemas de adaptación (falta de aporte). Los lactantes con fibrosis quística, en los meses calurosos del verano, pueden presentar cuadros de deshidratación, debido a la pérdida excesiva de sales por el sudor. Finalmente, otras causas de deshidratación son las enfermedades endocrinas, como: diabetes mellitus, diabetes insípida y síndrome adrenogenital.

Clasificación

Los dos criterios para clasificar la deshidratación son la pérdida de peso y los niveles del sodio en plasma.

1. En función de la pérdida de peso:

- Deshidratación leve: < 5% de pérdida de peso.

- Deshidratación moderada: entre el 5-10% de pérdida de peso.

- Deshidratación grave: > 10% de pérdida de peso.

En los niños mayores de 35 kg, los valores (%) para la pérdida de peso son proporcionalmente menores: deshidratación leve < 3%; deshidratación moderada 5-7%, deshidratación grave > 7%.

2. En función del balance de agua y solutos (Tabla I):

- Deshidratación hipotónica: Na < 130 mEq/L.

- Deshidratación isotónica: Na 130-150 mEq/L.

- Deshidratación hipertónica: Na > 150 mEq/L.

La deshidratación isotónica es la forma más frecuente (65%) y está causada por la gastroenteritis aguda. La deshidratación hipotónica es la menos frecuente (10%), suele estar producida por la gastroenteritis aguda asociada a pérdidas importantes de sales y por algunos tipos de insuficiencia suprarrenal. La deshidratación hipertónica (25%) ocurre cuando existe una disminución de la ingestión de líquidos o cuando se aportan soluciones con concentraciones de sodio elevadas(2).

Fisiopatología

La deshidratación del espacio extracelular es la forma más frecuente, se caracteriza por una disminución del volumen circulante y se produce en la deshidratación isotónica y en la deshidratación hipotónica.

Cuanto menor es la edad del niño, mayor es el porcentaje de agua corporal. En los recién nacidos, el agua supone el 80% de su peso; en los lactantes, el 70-65%; y en los niños mayores, el 60%. El agua corporal total se distribuye en dos grandes compartimentos, el volumen extracelular (20-25% del peso corporal) y el volumen intracelular (30-40% del peso corporal). La concentración de solutos es distinta en cada uno de estos compartimentos, pero en condiciones normales, el volumen y la osmolaridad se mantienen constantes mediante el paso de agua y solutos de un compartimento a otro. Cuando se producen alteraciones en los volúmenes o en la composición de los espacios corporales, se ponen en funcionamiento mecanismos reguladores (sed, barorreceptores, eje renina-angiotensina, hormona antidiurética), con el fin de mantener la homeostasis. El espacio extracelular es el más frecuentemente afectado en los cuadros de deshidratación, al estar más en contacto con el exterior y menos protegido respecto a la capacidad de retención de agua.

Deshidratación hipotónica. Afecta fundamentalmente al espacio extracelular. Se produce cuando existe proporcionalmente una pérdida mayor de sodio que de agua, por lo que la osmolaridad plasmática y el espacio extracelular estarán disminuidos. La disminución de este espacio provoca un descenso del volumen circulante, de la volemia y de la perfusión tisular y renal. En los casos graves, se produce insuficiencia renal y shock. Cuando el proceso está muy evolucionado, puede alterarse el espacio intracelular.

Deshidratación hipertónica. Afecta principalmente al espacio intracelular. Se produce cuando la pérdida de agua es proporcionalmente mayor que la de electrolitos, provocando un incremento de la osmolaridad plasmática y un paso de agua desde la célula al espacio extracelular como mecanismo compensatorio. Es la forma más grave de deshidratación debido a la afectación de las células del sistema nervioso central. Debe tenerse en cuenta que, aunque los niveles plasmáticos de sodio estén elevados, en realidad existe una disminución de la cantidad total de sodio del organismo. Al tratarse de una deshidratación intracelular existirá una depleción global de potasio, en función del grado de afectación renal.

Deshidratación isotónica. En estos casos, se produce una pérdida de agua y electrolitos de forma proporcional, por lo que la osmolaridad y los niveles plasmáticos de sodio se mantendrán normales. Este balance equilibrado hace que no se generen gradientes en el medio interno, por lo que la repercusión recaerá fundamentalmente sobre el espacio extracelular.

Las variaciones del potasio y del cloro en estos tipos de deshidratación son muy variables y estarán relacionados con el grado de función renal. El potasio es un ion intracelular, por lo que los niveles plasmáticos no siempre son reflejo del contenido celular de potasio. Los niveles de cloro estarán condicionados por las alteraciones del equilibrio ácido-base que se produzcan(3,4).

Clínica

Las manifestaciones clínicas dependerán del espacio corporal afectado: extracelular (signos de hipovolemia), intracelular (signos neurológicos).

Las manifestaciones clínicas dependerán del espacio corporal afectado (extracelular, intracelular) y del grado de deshidratación (leve, moderada, grave)(4).

Signos de deshidratación extracelular. Los signos son propios de la pérdida de volumen circulatorio, por lo que serán precoces y llamativos, consistirán en: frialdad de la piel, relleno capilar lento, taquicardia, pulsos débiles, hipotensión arterial, signo del pliegue, ojos hundidos, mucosas secas, fontanela deprimida en los lactantes y oliguria. En los casos avanzados, se produce shock.

Signos de deshidratación intracelular. Las manifestaciones clínicas son expresión de la afectación celular, fundamentalmente del sistema nervioso central. Se producirá: irritabilidad, hiperreflexia, temblores, hipertonía, convulsiones y coma. Los niños tienen sed, las mucosas están “pastosas” y pueden tener fiebre de origen metabólico. Los signos de shock son tardíos, por lo que el diagnóstico puede retrasarse.

Diagnóstico

El diagnóstico de la deshidratación es clínico. La pérdida de peso es el mejor indicador para estimar el grado de deshidratación. Ninguna prueba de laboratorio tiene suficiente sensibilidad y especificidad para hacer el diagnóstico.

El diagnóstico de la deshidratación es eminentemente clínico, basado en la historia clínica y en los signos y síntomas que presenta el paciente. En la anamnesis, es importante tener en cuenta: el tiempo de evolución del cuadro, el tipo y el volumen de las pérdidas producidas (vómitos, deposiciones), el grado de diuresis, el tratamiento recibido y la existencia de otros signos asociados, como fiebre, sudoración y sed. En la exploración física, deberán tomarse las siguientes constantes: peso, temperatura, frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria y tensión arterial(5,6).

La pérdida de peso es el dato más importante y el patrón de referencia para estimar el grado de deshidratación. Cuando no se dispone del peso previo, es necesario recurrir a los hallazgos de la exploración física. Ningún signo de forma aislada tiene suficiente especificad ni sensibilidad para estimar el grado de deshidratación. En una revisión publicada en la revista JAMA en 2004, los autores encontraron que los tres signos con mayor especificidad y sensibilidad para detectar una deshidratación del 5% o superior fueron: el relleno capilar prolongado, la disminución de la elasticidad de la piel y la alteración en el patrón respiratorio. Por otra parte, la ausencia de mucosas secas, la apariencia normal y la ausencia de ojos hundidos se asociaban a una deshidratación menor del 5%(7). La escala de Gorelick(8) permite calcular el grado de deshidratación mediante la puntuación de signos y síntomas (Tabla II): tres o más ítems tienen una sensibilidad del 87% y una especificidad del 82% para detectar deshidratación igual o mayor del 5%.

Diagnóstico etiológico

En los niños deshidratados, es importante hacer el diagnóstico de la causa de la deshidratación, ya que si esta no se trata, el cuadro puede perpetuarse. El diagnóstico etiológico se basa fundamentalmente en la historia clínica. Cuando se trata de una gastroenteritis aguda o de un cuadro de vómitos, el diagnóstico etiológico es sencillo, pero en ocasiones, la causa puede ser más difícil de objetivar. En los lactantes, debe preguntarse por el tipo de alimentación, comprobar que el establecimiento de la lactancia materna es adecuado (falta de aporte) o que la preparación de los biberones de fórmula adaptada se hace correctamente (fórmulas hiperconcentradas). Si los pacientes están recibiendo soluciones de rehidratación oral, debe asegurarse que la administración es adecuada. En los niños que tienen poliuria, polidipsia y las orinas son poco concentradas, debe sospecharse una enfermedad metabólica o una enfermedad renal (diabetes mellitus, diabetes insípida, tubulopatía renal).

Pruebas complementarias

La deshidratación es un diagnóstico clínico, por lo que las pruebas complementarias no deben realizarse sistemáticamente. Estarán indicadas en las deshidrataciones graves y en las moderadas cuando se va a instaurar tratamiento con sueroterapia intravenosa. El objetivo es valorar de forma más precisa el tipo de deshidratación (natremia) y el estado metabólico (equilibrio ácido-base, función renal). No existe ninguna determinación bioquímica con sensibilidad y especificidad suficiente para establecer el grado de deshidratación. El bicarbonato es el parámetro bioquímico cuyos valores se han relacionado más estrechamente con el grado de deshidratación. Niveles de bicarbonato plasmático superiores a 15-17 mEq/L se asocian significativamente a un grado de deshidratación menor del 5%(7).

Las determinaciones de laboratorio más importantes en plasma son: hemograma, pH y gasometría (bicarbonato, CO2), iones (Na, K, Cl), osmolaridad, glucosa, urea y creatinina. En orina: densidad, osmolaridad, pH, iones y cuerpos cetónicos.

Tratamiento

El tratamiento de elección en la deshidratación leve y moderada es la rehidratación oral; solo cuando esta no sea posible o esté contraindicada, se recurrirá a la fluidoterapia intravenosa.

El tratamiento de la deshidratación consiste en la administración de líquidos y electrolitos, con el fin de neutralizar el balance negativo. El tratamiento de elección es la rehidratación oral con soluciones de rehidratación oral.

Rehidratación oral

En nuestro medio, la rehidratación oral debe hacerse con soluciones de rehidratación oral “hiposódicas” (Na < 60 mEq/L). Las bebidas “energéticas” y los refrescos están contraindicados para la rehidratación oral.

La rehidratación oral es el tratamiento de elección en los niños con deshidratación leve y moderada. Consiste en la administración de soluciones de rehidratación oral (SRO) para restablecer el equilibrio hidroelectrolítico. La SRO fue diseñada inicialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1977 para el tratamiento de los niños deshidratados por diarrea en los países en vías de desarrollo. Su composición tiene una concentración de sodio de 90 mmol/L y una osmolaridad de 330 mOsm/L. Posteriormente, la Asociación Americana de Pediatría (AAP)(9) en 1985, la propia OMS10(10) en 2002 y la Sociedad Europea de Nutrición y Gastroenterología (ESPGHAN)(11) en 1992, han publicado otras guías en las que recomiendan SRO con concentraciones de sodio entre 60-70 mmol/L y osmolaridad entre 200-250 mOsm/L. Estas SRO han sido denominadas “SRO hiposódicas” o con bajo contenido en sodio (Na < 60 mEq/L), en contraposición a la SRO-OMS inicial (Na 90 mEq/L). La razón de disminuir la concentración de sodio es descender la osmolaridad y favorecer la absorción de agua por el intestino(12). Por otra parte, las diarreas en nuestro medio no producen tanta pérdida de sodio como ocurre en los niños de países en vías de desarrollo, para quienes se diseñó la primera SRO de la OMS.

Ventajas de la rehidratación oral

Comparándola con la rehidratación intravenosa, la rehidratación oral tiene menos complicaciones, es más fisiológica, más barata, más segura, reduce el número de ingresos y favorece la introducción precoz de la alimentación.

Composición de las fórmulas de rehidratación oral

Las SRO están compuestas fundamentalmente de agua, sodio, cloruro, potasio, glucosa y una base (bicarbonato, citrato sódico, acetato). La efectividad de las SRO se basa en la existencia de un sistema co-transportador de sodio y glucosa, localizado en la célula intestinal, que se mantiene intacto en todos los tipos de diarreas. Para que este sistema transportador sea efectivo, la relación sodio/glucosa debe ser 2/1 o inferior. La concentración máxima de glucosa no debe exceder los 150 mmol/L por el riesgo de diarrea osmótica. En la Tabla III, aparece la composición de las fórmulas de rehidratación recomendadas por la OMS, la AAP y la ESPGHAN.

Las presentaciones comerciales de estas fórmulas pueden ser en forma de polvo, dispensadas en sobres que deben ser diluidos en cantidades predeterminadas, o bien como soluciones líquidas preparadas para la administración directa. Estas últimas son preferibles a la forma en polvo, ya que con ellas se evitan errores en la preparación. Las soluciones caseras («limonada alcalina») no deben recomendarse, porque también pueden ser peligrosas al prepararlas. Las “bebidas energéticas” no están indicadas debido a que tienen poco contenido de sodio y de potasio, excesiva concentración de glucosa, inadecuada proporción sodio/glucosa y una elevada osmolaridad.

Indicaciones

La rehidratación oral está indicada en las deshidrataciones leves y moderadas. Puede utilizarse en todas las edades y en cualquier tipo de deshidratación. En los lactantes al pecho, se recomienda combinarla con tomas de lactancia materna.

Los niños con vómitos también pueden ser rehidratados por vía oral, cuando estos no son muy intensos. Algunos autores recomiendan la administración de SRO por sonda nasogástrica antes de recurrir a la vía intravenosa(13).

Contraindicaciones

La rehidratación oral está contraindicada en los niños que presentan alteración importante del estado general o del nivel de conciencia y en aquellos que tienen pérdidas de líquidos superiores a las que pueden administrarse por vía oral (Tabla IV).

Descripción de la técnica(14)

1ª fase de reposición del déficit de agua y electrolitos:

- Estimación del déficit: inicialmente, se debe realizar una estimación del déficit de agua y de electrólitos en función de la pérdida de peso y de las manifestaciones clínicas (p. ej., una pérdida del 5% del peso significa un déficit de volumen de 50 ml/kg).

- Reposición del déficit: este volumen de líquido deberá reponerse en forma de SRO en 4-6 horas en las deshidrataciones hipo-isotónicas y en 12 horas en las hipertónicas. La solución se administrará inicialmente en forma de pequeñas tomas de 5-10 ml con jeringuilla o cucharilla cada 5 minutos, incrementando la cantidad según la tolerancia del niño.

- Valoración del grado de hidratación: una vez completada la primera fase de rehidratación, se realizará una nueva valoración; si la deshidratación persiste, deberá estimarse de nuevo el déficit e iniciar otra vez su reposición, si se ha normalizado se pasará a la segunda fase de mantenimiento. La fase de rehidratación oral no debe durar más de 12 horas y la cantidad máxima administrada no debe superar 150 ml/kg.

2ª fase. Mantenimiento. Consiste en la administración de las pérdidas mantenidas que se estén produciendo. Suele realizarse en régimen ambulatorio, indicándoles a los padres la forma y la cantidad de SRO que deben administrar. En el caso de los niños con gastroenteritis aguda, el volumen de líquido dependerá del número y del volumen de las pérdidas, aproximadamente 5-10 ml/kg por cada deposición o 2-5 ml/kg por cada vómito que sean abundantes.

Rehidratación intravenosa.
Nuevas pautas

Las nuevas pautas de rehidratación intravenosa “rápida” consisten en la infusión del déficit de agua y electrolitos en un corto periodo de tiempo. Los sueros utilizados deben ser isotónicos.

La rehidratación intravenosa debe realizarse cuando la rehidratación oral no sea posible, porque esté contraindicada o porque haya fracasado.

Tradicionalmente, la rehidratación intravenosa se ha realizado utilizando las “pautas clásicas”, que consistían en la administración de sueros hipotónicos con diferente contenido en sodio (suero glucosalino 1/3, 1/5) en función de los niveles de la natremia y del déficit de iones. La velocidad para la reposición del déficit también estaba condicionada por el tipo de deshidratación (hiponatrémica: 12 h, isonatrémica: 24 h, hipertónica: 48 h). Se trataba de pautas complejas que favorecían los errores de cálculo, no acordes a la fisiopatología del equilibrio hidroelectrolítico y con las que debía transcurrir un tiempo prolongado hasta que los niños recuperaban la normalidad.

En los últimos años, se han cuestionado estas guías y se han desarrollado pautas nuevas de “rehidratación intravenosa rápida”(15). Estas técnicas consisten en la administración intravenosa de gran parte del déficit de agua y de electrolitos en un periodo corto de tiempo, en forma de sueros isotónicos. El objetivo es restaurar lo más rápidamente posible la normalidad fisiológica en el niño y, de forma secundaria, disminuir el tiempo de estancia en el servicio de urgencias y la tasa de ingresos en el hospital. Por otra parte, al utilizar sueros estándar para todos los tipos de deshidratación, evita en gran medida los errores de cálculo.

Actualmente, existe gran variabilidad entre los distintos autores en la descripción de esta técnica. Los dos aspectos en los que existe mayor divergencia son:

1. El tipo de suero que debe usarse.

2. La velocidad a la que debe infundirse el déficit(15,16).

En los siguientes párrafos aparecen los aspectos generales comunes de las publicaciones más importantes en relación con esta técnica.

Indicaciones

La rehidratación intravenosa rápida está indicada en la deshidratación moderada o grave de los niños, hemodinámicamente estables, sin enfermedad de base, en los que la rehidratación oral ha fracasado o no es posible. Puede utilizarse en cualquier tipo de deshidratación, excepto si existen valores extremos de sodio (<125 mEq/L o >155 mEq/L). La edad recomendada debe ser superior a 6 meses.

Tipos de suero

La rehidratación intravenosa rápida debe realizarse con sueros isotónicos. El suero salino 0,9 es hasta ahora el más utilizado en los distintos estudios, pero cada vez existen más publicaciones relacionadas con la utilización de otros sueros, como las soluciones polielectrolíticas o las soluciones “balanceadas”(17). Se trata de soluciones que tienen una composición más parecida al plasma que el suero salino, sobre en todo en relación con la concentración de cloro.

Respecto a si los sueros deben contener glucosa, aún no existe suficiente evidencia para responder a esta pregunta. Muchos estudios recomiendan la adición de glucosa al 2,5% al suero de infusión(18). El objetivo es disminuir la cetosis producida por el metabolismo de los ácidos grasos debido al ayuno y así acortar el periodo de vómitos asociados a la cetosis.

Velocidad de infusión

En cuanto al volumen de líquido que se administra en función del tiempo, existe una gran variabilidad entre los distintos autores(17). Un volumen medio recomendable es 20-40 ml/kg en 2 horas.

Pauta de actuación

Ver algoritmo para la pauta de rehidratación rápida del final del capítulo. Durante todo el proceso es necesario realizar un control y seguimiento estricto del paciente: toma de constantes (frecuencia cardiaca, tensión arterial frecuencia respiratoria), valoración del estado general, balance hídrico y controles analíticos (gasometría y función renal).

Ondansetrón

El ondansetrón es un antagonista de los receptores serotoninérgicos 5HT3, que ha demostrado su efectividad para reducir la necesidad de fluidoterapia intravenosa en los niños con vómitos. Su uso es recomendado en los niños con deshidratación moderada que tienen vómitos, con el objetivo de facilitar la rehidratación oral(19). La dosis es 0,15 mg/kg, máxima 8 mg y debe administrarse 20 minutos antes de iniciar la rehidratación oral. Entre sus efectos secundarios está la posibilidad de producir diarrea.

Criterios de fracaso

Importante volumen de pérdidas mantenidas, inestabilidad hemodinámica, empeoramiento del estado general y signos de retención de líquidos (edemas, hepatomegalia). Cuando esto ocurre, el tratamiento deberá ser específico en función del cuadro fisiopatológico.

Funciones del pediatra de Atención Primaria

• Prevenir la deshidratación, promoviendo el uso de las soluciones de rehidratación oral en los niños con gastroenteritis aguda. Informar a los padres sobre el uso inadecuado de las bebidas energéticas, zumos y refrescos en los niños con diarrea.

• Enseñar a los padres a identificar precozmente los signos de deshidratación (menos pañales mojados, sed, mucosas secas).

• Enviar al hospital a los niños con deshidratación moderada y a aquellos en los que la rehidratación oral no es posible.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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2. González L. Deshidratación. En: García M, López R, Molina J, eds. Manual para el diagnóstico y tratamiento de la deshidratación y de los trastornos hidroelectrolíticos en urgencias de Pediatría. Madrid: Ergon, S.A.: 2018. p.1-7.

3. Ruza F, Lledín M. Trastornos hidroelectrolíticos. Alteraciones de osmolaridad y/o natremia. En: Ruza F. Manual de cuidados intensivos pediátricos. 2ª ed. Madrid: Ediciones Norma-Capitel: 2020. p.86-91.

4.*** Powers K. Dehydration: Isonatremic, Hyponatremic, and Hypernatremic Recognition and Management. Pediatr Rev. 2015; 36: 274-83.

5.*** Colletti E, Brown K, Sharieff G, Barata I, Ishimine P, for the ACEP Pediatric Emergency Medicine Committee. The management of children with gastroenteritis and dehydration in the emergency department. J Emerg Med. 2010; 38: 686-98.

6.*** Santillanes G, Rose E. Evaluation and management of dehydration in children. Emerg Med Clin N Am. 2018; 36: 259-73.

7.*** Steiner M, DeWalt D, Byerley J. Is this this child dehydrated? JAMA. 2004; 291: 2746-54.

8.** Gorelick M, Shaw K, Murphy K. Validity and reliability of clinical signs in the diagnosis of dehydration in children. Pediatrics. 1997; 99: E6.

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11. Report of an ESPGAN Working Group. Recommendations for composition of oral rehydration solutions for the children of Europe. 1992; 14: 113-115.

12. Duran F, Perdomo M. Gastroenteritis aguda. Deshidratación. Pediatr Integral. 2011; 15: 54-60.

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14.** Molina J. Rehidratación oral. En: Casado J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave. 3ª ed. Madrid: Ergon S.A; 2015. p.1327-30.

15.*** Iro M, Sell T, Brown N, Maitland K. Rapid intravenous rehydration of children with acute gastroenteritis and dehydration: a systematic review and meta-analysis. BMC Pediatr. DOI 10.1186/s12887-018-1006-1.

16.** Manrique I. Mora A, Álvarez G. Nuevas pautas de rehidratación en el manejo de la gastroenteritis aguda en urgencias. An Pediatr Contin. 2011; 9: 106-15.

17. Allen C, Goldman R, Bhatt S, Simon H, et al. A randomized trial of Plasma-Lyte A and 0.9% sodium chloride in acute pediatric gastroenteritis. BMC Pediatrics. 2016; 16: 117. DOI 10.1186/s12887-016-0652-4.

18. Janet S, Molina J, Marañón R, García-Ros M. Effects of rapid intravenous rehydration in children with mild-to-moderate dehydration. Pediatr Emerg Care. 2015; 31: 564-7.

19. Fedorowicz Z, Jagannath V, Carter B. Antiemetics for reducing vomiting related to acute gastroenteritis in children and adolescents. Cochrane Database Syst Rev. 2011; (9): CD005506.

Bibliografía recomendada

- Santillanes G, Rose E. Evaluation and management of dehydration in children. Emerg Med Clin N Am. 2018; 36: 259-73.

Se trata de una amplia actualización sobre el diagnóstico y tratamiento de la deshidratación. Revisa cuáles son los mejores datos de la exploración física y de laboratorio para hacer el diagnóstico, las diversas composiciones de las soluciones de rehidratación oral, las indicaciones del ondansetrón y las técnicas de rehidratación rápida.

- Powers K. Dehydration: Isonatremic, Hyponatremic, and Hypernatremic Recognition and Management. Pediatr Rev. 2015; 36: 274-83.

Es un artículo docente con el objetivo de que el lector aprenda a valorar los signos y síntomas de los distintos tipos de deshidratación (hipo, iso, hipertónica), y el tratamiento en función de la situación metabólica. Revisa las bases de la rehidratación oral y la fluidoterapia intravenosa.

- Colletti E, Brown K, Sharieff G, Barata I, Ishimine P, for the ACEP Pediatric Emergency Medicine Committee. The management of children with gastroenteritis and dehydration in the emergency department. J Emerg Med. 2010; 38: 686-98.

Se trata de una revisión de la evidencia sobre el manejo de los niños deshidratados con gastroenteritis aguda. Una parte importante de la publicación se centra en el manejo del ondansetrón y su eficacia para evitar la fluidoterapia intravenosa y la necesidad de ingreso hospitalario.

- Molina J. Rehidratación oral. En: Casado J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave. 3ª ed. Madrid: Ergon S.A; 2015. p.1327-30.

Es un capítulo de un libro en el que se desarrollan las bases de la rehidratación oral: fisiopatología de la rehidratación oral, desarrollo de las fórmulas de rehidratación, composición, indicaciones, contraindicaciones y descripción de la técnica.

- Allen C, Goldman R, Bhatt S, Simon H, et al. A randomized trial of Plasma-Lyte A and 0.9% sodium chloride in acute pediatric gastroenteritis. BMC Pediatrics. 2016; 16: 117. DOI 10.1186/s12887-016-0652-4.

Se trata de un estudio prospectivo, aleatorizado y doble ciego con el objetivo de comparar la efectividad y seguridad de una solución balanceada (Plamalyte©) frente a suero salino 0,9, en niños deshidratados, mediante una pauta de rehidratación intravenosa rápida. Los autores encuentran que, a las 4 horas del tratamiento, los niveles de bicarbonato en los niños tratados con la solución balanceada fueron más elevados que en los niños tratados con suero salino 0,9. También, el grupo tratado con solución balanceada tuvo una mejor puntuación en la escala de deshidratación a las 2 horas del tratamiento, pero no a las 4 horas. No se encontraron diferencias en la tasa de ingresos.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta

Varón de 3 años de edad que, desde hace 2 días, tiene vómitos y deposiciones diarreicas. Hace entre 7 y 10 deposiciones al día, líquidas sin productos patológicos. Los vómitos son escasos. Está afebril. Al inicio del cuadro pesaba 10 kg. Los padres refieren que la diuresis ha disminuido.

Antecedentes familiares y personales

Sin relevancia.

Examen físico

Tª: 36,8ºC. Frecuencia cardiaca: 130 latidos/min. Tensión arterial: 90/50 mmHg. Peso: 9,500 kg. Irritable, ojos levemente hundidos. Impresiona de sed. Ligera palidez de piel. Signo del pliegue negativo. Mucosas pastosas. Relleno capilar 2 segundos. Auscultación cardiaca: normal, sin ruidos patológicos. Auscultación pulmonar: normal. Abdomen: blando, timpanizado, ligeramente doloroso a la palpación profunda, con aumento del peristaltismo, sin visceromegalias. Neurológico: actitud tono y vitalidad normales, sin signos de focalidad neurológica, reflejos osteotendinosos normales, no tiene rigidez de nuca. ORL: normal.

 

 

 

Urgencias en psiquiatría infanto-juvenil

P.J. Rodríguez Hernández*, B. Lago García***
Temas de FC


P.J. Rodríguez Hernández*, A. Leandro Sánchez Pavesi**, B. Lago García***

*Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife. **Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario de Canarias. Tenerife. ***Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife

Resumen

Se define una urgencia psiquiátrica infantil, como una condición mental que genera el suficiente nivel de estrés para que el paciente, su familia o el tutor sientan incapacidad para el manejo de la situación, incluso durante unas pocas horas. Las consultas relacionadas con urgencias psiquiátricas y de salud mental suponen el 3,5% de todas las consultas en las unidades de urgencias pediátricas. Las patologías que se presentan con mayor frecuencia en estas unidades, en los países occidentales, son: el abuso de sustancias y sobredosis, las conductas suicidas y los trastornos del estado de ánimo, los trastornos de ansiedad y los trastornos de comportamiento. Es destacable la importancia del suicidio, ya que supone la segunda causa de muerte en adolescentes, y la ideación y conducta suicida se han incrementado de manera alarmante en niños y en las etapas precoces de la adolescencia. Sin embargo, a pesar de su alta prevalencia y del conocimiento que existe sobre los factores de riesgo, la conducta suicida con frecuencia no se detecta por los padres, profesores o personal sanitario.

 

Abstract

Child psychiatric emergency is defined as a condition of sufficient psychiatric distress in a child where he, his family, or guardian feel incapable of handling for even a few hours. Psychiatric emergencies and mental health concerns account for 3.5% of all pediatric hospital emergency department visits. The most common mental health problems that present to the pediatric emergency department in Western countries are substance abuse, overdoses, suicide behaviors and mood disorders, anxiety disorders and behavioral disorders. Suicide is now the second leading cause of death in adolescents and suicidal ideation and behavior have significantly increased in children and adolescents.
Despite its high prevalence and knowledge on risk factors, suicidal behavior in many children and adolescents is often undetected by parents, teachers and health care providers.

 

Palabras clave: Psiquiatría infantil; Pediatría; Salud mental

Key words: Child psychiatry; Pediatrics; Mental health care

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 91 – 97


Urgencias en psiquiatría infanto-juvenil

Introducción

La frecuencia de consultas en urgencias de Pediatría debida a sintomatología psiquiátrica es elevada.

Se estima que suponen entre el 2 y el 5% de las consultas en unidades de urgencia pediátricas(1).

La mayoría de las consultas relacionadas con urgencias psiquiátricas infantiles son atendidas por pediatras, médicos de urgencias y psiquiatras de adultos, habitualmente con formación limitada en este campo. Por ello, es muy importante que el pediatra de Atención Primaria tenga conocimiento de las patologías más prevalentes y del proceso diagnóstico y terapéutico de los principales problemas.

Los motivos de consulta son múltiples. Existe un grupo de trastornos psiquiátricos que pueden necesitar atención en urgencias, entre los que están: trastornos del comportamiento, trastornos de ansiedad, como la crisis de angustia, agitación psicomotriz, como síntoma de algún trastorno como por ejemplo la esquizofrenia, etc. Todas ellas como exacerbación de un cuadro ya diagnosticado o como debut. Hay que conocer el manejo del intento de suicidio por las implicaciones que conlleva sobre la vida del paciente. El consumo de tóxicos, de manera aislada o en un cuadro de patología dual (consumo de tóxicos acompañando a un trastorno psiquiátrico), también es motivo frecuente de consulta. Por último, las dudas o los efectos secundarios de los psicofármacos(2).

Algunos procedimientos conllevan la utilización de protocolos y técnicas que, en ocasiones, son poco conocidas por el pediatra, como puede ser la contención mecánica o la comunicación a la autoridad judicial de un ingreso hospitalario no voluntario.

En la presente revisión, se exponen los motivos de urgencias psiquiátricas más frecuentes y se referencian los procedimientos para un adecuado abordaje terapéutico.

Evaluación de una urgencia psiquiátrica

Hay que conocer cómo realizar una breve historia clínica, la exploración psicopatológica básica y las pruebas complementarias necesarias para descartar etiología orgánica.

Historia clínica y exploración psicopatológica

Es recomendable seguir un esquema de actuación que debe incluir(3):

Motivo de consulta, antecedentes personales y familiares de enfermedades orgánicas y trastornos mentales.

Existencia de agitación, auto o heteroagresividad.

Consumo de tóxicos y tratamientos farmacológicos.

Orientación temporal, personal y espacial.

Juicio de realidad, presencia de delirios o alucinaciones.

Afectividad e ideas suicidas.

Despistaje de etiología orgánica

Para descartar una etiología orgánica, además de la historia clínica y la exploración física y neurológica, se pueden realizar determinaciones y exámenes complementarios, tales como: hemograma e ionograma, determinación de tóxicos en orina, pruebas neurofisiológicas o pruebas de neuroimagen, según la sospecha diagnóstica.

Suicidio

El suicidio se encuentra entre las primeras diez causas de muerte en adolescentes y adultos jóvenes en todo el mundo. En España, supone la segunda causa de muerte externa en menores de 18 años, después de los accidentes de tráfico. La elección del método suicida más frecuente es el ahorcamiento, seguido de la precipitación desde lugares elevados y la intoxicación medicamentosa(4). Las tentativas son más frecuentes en mujeres, mientras que los suicidios son mayores en los hombres.

En la Tabla I, se pueden observar diversos factores de riesgo suicida en la población infanto-juvenil(5).

El abordaje de la conducta suicida en urgencias es una labor compleja, siendo, la escucha activa y la empatía las dos herramientas fundamentales para su manejo.

Tras la valoración de las lesiones orgánicas y proceder a su tratamiento, se ha de realizar un primer enfoque de la conducta suicida. Es fundamental explorar las siguientes características:

La intencionalidad.

El riesgo de muerte.

La persistencia de ideas suicidas.

La probabilidad de volver a reincidir.

Es recomendable que la información se recoja de diversas fuentes, aunque en términos generales, los menores suelen ser mejores informantes que sus padres. En la tabla II, se recogen los elementos principales que se han de abordar durante la entrevista clínica(6).

Durante los primeros minutos de la entrevista, es recomendable otorgar al paciente un espacio para que dé una visión general de su sufrimiento y de la situación actual; escuchando, sin interrumpir, para intentar detectar sus principales quejas y su conceptualización del problema (situacional, interpersonal e intrapsíquico).

En cuanto a la aproximación al paciente, inicialmente se abordan los temas más generales, para ir ahondando en los detalles, según avance la entrevista. En la tabla III, se muestran tanto las actuaciones a realizar, como a evitar durante una entrevista de estas características.

No existen algoritmos que puedan guiar la actitud terapéutica. Es cierto que disponemos de una serie de escalas de valoración suicida, pero carecen de la suficiente potencia estadística para ser diagnósticas por sí mismas, lo cual no quita que puedan ser utilizadas en el ámbito clínico como herramienta complementaria, como la Escala de Desesperanza de Beck(7) o la Escala de Ideación Suicida de Beck(8).

En caso de proceder a un alta clínica, las guías de práctica clínica recomiendan que se ha de garantizar: apoyo familiar estrecho, revisión en consultas externas de psiquiatría infanto-juvenil en 7-10 días tras el alta y supervisión en la toma de tratamiento farmacológico en caso de que se indique(9).

Autolesiones no suicidas

En los últimos años, han aumentado las conductas autolesivas en jóvenes, principalmente mujeres que, no siendo de alta letalidad, generan un malestar en la persona y en su entorno más próximo.

Las últimas revisiones refieren que entre el 15-20% de la población adolescente admite haber realizado este tipo de gestos en alguna ocasión a lo largo de su vida. Aunque todavía no queda clara la motivación de las mismas, se comienzan a entrever motivos diversos, como el reforzamiento negativo automático (que es el proceso por el cual el paciente se autolesiona con el fin de “parar malos sentimientos” que, a pesar de sus consecuencias negativas a largo plazo, son conductas que ponen fin a estados emocionales no deseados) o el reforzamiento positivo social (“comunicar algo a alguien o recibir su atención”)(10). Así mismo, se entiende esta conducta como una “puerta de entrada” a las lesiones con finalidad suicida y el suicido.

En estos casos, debe hacerse un especial hincapié en las relaciones familiares y afectivas, puesto que suelen ser detonante de dichas conductas. En el ámbito de la urgencia, puede resultar complicado dilucidar de forma fehaciente la motivación concreta de dicha autolesión, por lo que, al alta, también es recomendable que sea valorada por un especialista en psiquiatría infanto-juvenil en menos de dos semanas.

Efectos secundarios de los psicofármacos

En las consultas de Pediatría, la causa de consulta más frecuente por efectos secundarios de los psicofármacos son los trastornos motores inducidos por neurolépticos.

La mayoría de los psicofármacos no afectan a un sistema único de neurotransmisores. Por ello, los efectos secundarios no se circunscriben exclusivamente al sistema nervioso central, sino que pueden aparecer en otros órganos o sistemas(11). Los más frecuentes se indican a continuación.

Trastornos motores inducidos por neurolépticos(12)

Parkinsonismo, síntomas extrapiramidales. Se caracteriza por temblor, acentuado en reposo, rigidez y bradiquinesia. No existe acuerdo en relación con el beneficio de la profilaxis. Una vez que aparecen los síntomas extrapiramidales, se deben seguir las siguientes recomendaciones:

1. Reducir la dosis del neurolép­tico.

2. Dar medicación anti-sistema extrapiramidal.

3. Cambiar el neuroléptico.

Los antiparkinsonianos son los principales medicamentos anti-sistema extrapiramidal. El más utilizado es el biperideno (2 mg vía oral cada ocho horas hasta que ceda la sintomatología). En etapas agudas, es necesario aplicar una ampolla de 5 mg vía intramuscular.

Distonía aguda. Contracción muscular. En el 90% de los casos, ocurre en los primeros cuatro a cinco días después de comenzar el tratamiento. Puede afectar al: cuello, la mandíbula, la lengua y el cuerpo al completo. Las crisis oculogiras son raras y se presentan posteriormente, al igual que la disfagia y la disartria. El tratamiento inicial debe ser con antiparkinsonianos como el biperideno y, en segunda línea, con antihistamínicos como la difenhidramina.

Acatisia aguda. Consiste en una sensación subjetiva y objetiva de inquietud motora, que conduce a que el paciente esté agitado. Aparece en cualquier momento durante el tratamiento. Se debe reducir la dosis del antipsicótico y suministrar bloqueadores beta adrenérgicos (p. ej., propanolol). Si no responde, se suspende el beta adrenérgico y se instaura un antiparkinsoniano (como el biperideno). Si tampoco responde, se debe administrar una benzodiacepina. Como última opción, se puede cambiar el neuroléptico por otro.

Disquinesia tardía. Consiste en movimientos involuntarios de la boca y coreoatetoides de la cabeza, extremidades y el tronco. Desaparecen durante el sueño y aumentan con el estrés. Aparecen después de mucho tiempo de tratamiento. Se debe evaluar la disminución de dosis o cambiar por otro antipsicótico. En los casos graves, no existe un tratamiento de elección.

Síndrome neuroléptico maligno

Puede aparecer en tratamientos con neurolépticos o fármacos antidepresivos. Es una gravísima complicación que puede causar la muerte y, en algunos casos, requiere de la unidad de cuidados intensivos. Puede presentarse en cualquier momento durante el curso de tratamiento con antipsicóticos. Presenta síntomas motores como: rigidez muscular, distonía, mutismo, embotamiento y agitación. Dentro de los síntomas autonómicos, tendríamos: hiperpirexia (hasta 41ºC), sudoración, aumento del pulso y de la tensión arterial. Los principales hallazgos de laboratorio serían: aumento de leucocitos, de enzimas hepáticas o mioglobinuria. También puede haber insuficiencia renal. La suspensión inmediata del antipsicótico, bajar la temperatura y controlar los signos vitales, los líquidos y los electrolitos, es el primer paso a seguir. Las medicaciones antiparkinsonianas pueden ayudar. La monitorización estrecha y el tratamiento se deben mantener durante cinco o diez días.

Efectos anticolinérgicos

Aparecen en tratamientos con fármacos anticolinérgicos, como los antidepresivos tricíclicos y tetracíclicos o los neurolépticos. Para su control, a veces, es suficiente con disminuir la dosis del fármaco.

Los síntomas más frecuentes son: boca seca, visión borrosa (puede mejorar con solución al 1% de pilocarpina en gotas), retención urinaria, estreñimiento (se trata con dietas, laxantes naturales o purgantes) e hipotensión ortostática (hay que prevenir al paciente para evitar caídas y fracturas)(13).

Otros efectos secundarios que ocasionan consultas en urgencias

Benzodiacepinas. Pueden producir somnolencia, pero el efecto paradójico acompañado de agitación y agresividad es el más llamativo y se produce con más frecuencia en niños.

Antidepresivos tricíclicos y tetracíclicos (ATC). Además de los efectos anticolinérgicos descritos, pueden dar alteraciones cardiacas (vigilar complejo QRS y segmento QT) que pueden requerir hospitalización en unidad de cuidados intensivos en caso de alteración grave.

Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Síndrome serotoninérgico, se presenta con: confusión, pirexia y escalofríos, sudoración, hiperreflexia, ataxia, acatisia, temblores, diarrea y mala coordinación. El tratamiento será con ciproheptadina.

Litio. Puede ocasionar multitud de síntomas, especialmente en los niños, por lo que su uso es prácticamente anecdótico en edades pediátricas. Son frecuentes: molestias gástricas, discreto deterioro cognitivo, poliuria, nefritis intersticial e hipotiroidismo. La intoxicación aguda puede complicarse con fallo renal. El tratamiento es sintomático.

Anticonvulsivantes. Discrasias sanguíneas, alteraciones hepáticas, trastornos gastrointestinales, somnolencia y confusión.

Tóxicos

El consumo de drogas se considera un problema de salud pública debido a la dimensionalidad del efecto.

Aunque la tendencia al abuso de sustancias en la adolescencia presenta una breve caída, la prevalencia del consumo de drogas es muy alta. Distintos estudios indican que entre el 50 y el 75% de los adolescentes ha consumido alguna sustancia ilegal, y alrededor del 30% ha probado más de una(14).

Las consultas urgentes al pediatra se pueden producir por una situación de dependencia que induce cambios en el comportamiento junto con el impulso de consumo. Esta necesidad hace que, en ocasiones, se solicite tratamiento farmacológico que alivie la sintomatología. En estos casos, hay que derivar a una unidad especializada y coordinar el tratamiento crónico con ella(15).

La intervención urgente es necesaria cuando se trata de una intoxicación. En primer lugar, hay que realizar una adecuada historia para identificar el tipo de droga que se ha consumido. En general, los síntomas comunes en las intoxicaciones son: ansiedad, irritabilidad, agitación, sintomatología vegetativa y puede llegar a la presencia de alucinaciones, delirio, agitación psicomotriz, etc.

El tratamiento será sintomático: ante sintomatología moderada; benzodiacepinas (diazepam o lorazepam). Si existe agitación psicomotriz o delirio, se pueden usar neurolépticos atípicos (según pauta comentada en el apartado siguiente).

Trastornos psiquiátricos

Los trastornos psiquiátricos más frecuentes son: los trastornos de ansiedad y los trastornos del comportamiento.

Trastornos de ansiedad

Se considera que existe un trastorno, cuando existe miedo a una amenaza real o imaginaria y ansiedad excesiva a un acontecimiento futuro, que puede estar asociado a manifestaciones conductuales. Muchos de los trastornos de ansiedad se desarrollan en la infancia y pueden persistir si no se tratan(16). Las consultas urgentes se producen con más frecuencia debido a los siguientes cuadros:

Trastorno de ansiedad de separación: ansiedad excesiva ante el alejamiento del hogar o de las personas a quien el sujeto está vinculado.

Trastorno de ansiedad social: intenso miedo o ansiedad a situaciones en las que el individuo puede ser analizado por los demás (p. ej., leer en voz alta en clase delante de los compañeros).

Trastorno de pánico: es el motivo más frecuente de consulta urgente al pediatra por sintomatología ansiosa. En el trastorno de pánico, se producen ataques de pánico inesperados y recurrentes, definidos por la presencia de elevada ansiedad que se produce de forma súbita (sin desencadenantes previos) y se acompaña de malestar intenso y síntomas físicos (taquicardia, sudoración, temblor…). Es necesario descartar causa orgánica: hipertiroidismo, hiperparatiroidismo, feocromocitoma, alteraciones cardiacas (p. ej.: taquicardia supraventricular o arritmias) y efectos de medicamentos (como los psicoestimulantes) o tóxicos.

El tratamiento de los trastornos de ansiedad se realiza mediante estrategias de psicoterapia cognitivo-conductual y, si es necesario, con inhibidores de la recaptación de serotonina (ISRS), por lo que es necesario enfocar la intervención a medio y largo plazo, una vez detectado en la consulta urgente. Las benzodiacepinas son útiles para el abordaje a corto plazo, aunque su utilización debe ser puntual y convenientemente monitorizada. La benzodiacepina más utilizada es el clorazepato de dipotasio (en la presentación de 2,5 mg en sobres); entre 2 y 5 años, 2 sobres al día. Entre 5 y 10 años de 2 a 4 sobres al día y entre 10 y 15 años, de 4 a 6 sobres al día.

Trastornos del comportamiento

Los trastornos del comportamiento son: el trastorno negativista desafiante (TND) y el trastorno disocial. Constituyen una de las causas más frecuentes de consulta en Pediatría.

Los síntomas principales abarcan un espectro de conductas relacionadas con: desafío a personas de autoridad, oposicionismo a normas, irritabilidad, enfados frecuentes que pueden llegar a producir agresiones a personas, destrucción de objetos y propiedades, robos o incumplimientos graves de normas sociales(17).

Es necesario considerar la temporalidad y estabilidad de los síntomas para establecer el diagnóstico, ya que no es infrecuente situaciones de expresión de dichas conductas en momentos puntuales, generalmente como reacción a un proceso de adaptación.

Además de la sintomatología nuclear que presentan los pacientes con este diagnóstico, es importante evaluar el grado de disfunción asociada en todas las áreas de desarrollo: escolar, familiar, social o personal.

Un diagnóstico precoz e intervención adecuada disminuye el riesgo de comorbilidad y cronificación del cuadro clínico.

Cuando no se detecta a tiempo, los trastornos del comportamiento producen un incremento en el consumo de recursos sanitarios y de servicios sociales, jurídicos o educativos.

En una consulta urgente, se debe priorizar el adecuado diagnóstico y derivación a los servicios de salud mental correspondiente, ya que el tratamiento no es puntual y la intervención se debe realizar de manera multidisciplinar. La utilización de psicofármacos se debe reservar para situaciones extremas, según el protocolo mencionado en el apartado de agitación psicomotriz.

Trastornos psicóticos

La sintomatología psicótica se caracteriza por la presencia de pensamiento desorganizado, delirios y/o alucinaciones. Se puede acompañar de agitación psicomotriz. En la infancia, suele comenzar de manera gradual, aunque también se puede presentar de forma brusca. La presentación súbita y consulta urgente puede ser la expresión de un trastorno psicótico (p. ej.: una esquizofrenia) o una enfermedad no psiquiátrica. Es necesario descartar las siguientes condiciones: infecciones (encefalitis y meningitis), encefalopatías autoinmunes como la encefalomielitis aguda diseminada o el síndrome de Reye), tóxicos y fármacos como tratamientos inmunosupresores o ingesta de drogas, alteraciones metabólicas (p. ej.: hipoglucemia o hiponatremia) y epilepsia(18).

Las características clínicas principales que hacen sospechar etiología orgánica son: ausencia de sintomatología psiquiátrica prodrómica, rapidez de la aparición de los síntomas, ausencia de antecedentes familiares de enfermedad mental y existencia de sintomatología psiquiátrica atípica (p. ej.: que las alucinaciones no sean auditivas).

Después de descartar etiología orgánica, se debe derivar al paciente a una unidad de salud mental para el adecuado seguimiento.

Agitación psicomotriz

No constituye un trastorno sino una condición, definida por: presencia de hiperactividad motora en grado variable, excitación mental marcada y movimientos descoordinados y sin finalidad aparente. Se puede acompañar de auto o hetero agresividad(19).

Las causas que producen un episodio de agitación psicomotriz son múltiples. Puede deberse a: debut o reagudización de un trastorno psicótico, episodio maníaco o a causas orgánicas neurológicas, metabólicas, síndrome de abstinencia o intoxicación por tóxicos.

El manejo de la agitación debe incluir una adecuada contención verbal. Hablar despacio y con un tono suave en un entorno tranquilo, ayuda a disminuir la activación fisiológica del paciente. Si no se consigue mejorar los síntomas, es posible aplicar medidas terapéuticas más incisivas, como la sujeción mecánica o la utilización de psicofármacos. Para realizar la sujeción mecánica, se necesitan protocolos de actuación determinados por la disponibilidad de material de sujeción en cada consulta o unidad. Aunque lo ideal es la remisión a una unidad preparada para afrontar estas crisis, en ocasiones, tenemos que actuar debido al riesgo que corre la integridad física del sujeto o de quienes lo rodean, en espera de dicha derivación. En cuanto al empleo de psicofármacos, los más empleados son los neurolépticos atípicos a bajas dosis. Los principales son:

Risperidona: entre 0,5 y 1 mg en dosis única en niños y 2 mg en adolescentes, vía oral.

Olanzapina: 2,5 mg en dosis única en niños y 5 mg en adolescentes, vía oral.

Haloperidol: 2,5 mg en dosis única en niños y 5 mg en adolescentes, vía intramuscular.

Aspectos legales

En una urgencia psiquiátrica, se pueden necesitar procedimientos de actuación que atentan contra la libertad del niño. Se deben conocer, así como la legalidad asociada a su utilización.

Las medidas de restricción como: contención física, vigilancia por vídeo u hospitalización no voluntaria, se deben utilizar como último recurso y en situaciones en que no existe otra posibilidad terapéutica. Además, las situaciones en las que se puede plantear su uso deben suponer la existencia de un beneficio objetivo: riesgo claro para su integridad física o la de los que lo rodean, debido a auto o heteroagresividad, o a episodio de agitación psicomotriz.

Con respecto a la información que se puede solicitar a un pediatra sobre el suicidio, los medios de comunicación han tenido, tradicionalmente, dificultades para cubrir un suicidio. Sin embargo, en los últimos años, y con el auge de las noticias sensacionalistas, esta situación ha venido cambiando. Este cambio ha sido registrado, y se ha observado que determinadas formas de cobertura periodística, están asociadas a un aumento de las tasas de suicidio de forma significativa. La población juvenil es más sensible a este efecto, por lo que es necesario tratar este tema de forma correcta, puesto que puede ayudar a prevenir el comportamiento imitador(20).

Función del pediatra de Atención Primaria

Las funciones más destacables del pediatra de Atención Primaria en las urgencias psiquiátricas infantiles son:

Conocer los motivos de consulta más frecuentes, así como la clínica indicativa de cada presentación.

Realizar una aproximación a la gravedad de la consulta, realizada a través de la exploración psicopatológica básica.

Planificar las estrategias de actuación, tomar decisiones y establecer un plan terapéutico específico teniendo en cuenta la gravedad de la situación.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Fernández de Sanmamed MJ, García J, Mazo MV, Mendive JV, Serrano E, Zapater F. Consideraciones para un abordaje social y sanitario del suicidio a propósito del Código Riesgo de Suicidio. Barcelona: Fòrum Català d´Atenció Primària. 2018. Acceso gratuito en: https://focap.files.wordpress.com/2018/06/consideraciones-para-el-abordaje-suicidio.pdf

Documento de consulta imprescindible en el abordaje integral de los aspectos más importantes del suicidio. De obligada consulta cuando enfocamos aspectos, tales como la comunicación con la familia o con la prensa.

- Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre la Depresión Mayor en la Infancia y en la Adolescencia. Guía de Práctica Clínica sobre la Depresión Mayor en la Infancia y en la Adolescencia. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y Política Social. Axencia de Avaliación de Tecnoloxías Sanitaria de Galicia (avalia-t); 2009. Guías de Práctica Clínica en el SNS: avalia-t Nº 2007/09.

Gratuito en internet. Incluye un amplio apartado sobre el suicidio, con recomendaciones prácticas y niveles de evidencia científica de las recomendaciones realizadas.

- Mosquera-Gallego L. Conducta suicida en la infancia: Una revisión crítica. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes. 2016; 3: 9-18.

Lectura especialmente recomendada en aquellos que quieran tener una visión más completa de la conducta suicida infanto-juvenil. Contiene definiciones precisas y tablas muy completas.

- Grandclerc S, De Labrouhe D, Spodenkiewicz M, Lachal J, Moro M-R. Relations between Nonsuicidal Self-Injury and Suicidal Behavior in Adolescence: A Systematic Review. PLoS ONE. 2016; 11: e0153760. doi: 10.1371/ journal.pone.0153760.

Revisión actualizada sobre las distintas motivaciones que tienen los adolescentes para autolesionarse y su relación con el suicidio.

 

Caso clínico

 

Luisa es una niña de 13 años que acude a la consulta de su pediatra de Atención Primaria, acompañada por la madre y sin cita previa. El motivo de consulta es que la madre ha visto en los brazos de la niña múltiples arañazos realizados por su hija de manera voluntaria.

En la exploración física, se detectan erosiones en la cara ventral de ambos antebrazos, de varios centímetros de longitud, con dirección perpendicular a la extremidad, en distintas fases de cicatrización, en número de 30 a 40 en cada antebrazo. Ninguna de las lesiones requiere tratamiento.

Entre los antecedentes personales, destaca que la niña siempre se ha mostrado retraída y tímida en la consulta. Además, en alguna ocasión, los padres han comentado al pediatra que se suele poner nerviosa ante distintas situaciones como: exámenes, invitaciones a cumpleaños, etc. y que en esos momentos ha presentado disminución de apetito o abdominalgias, sin abandono o evitación de la actividad. El rendimiento escolar ha sido adecuado y no hay historia pasada o actual de estresores destacables. En los antecedentes familiares, existe historia familiar de trastornos del ánimo en la rama materna. Una tía materna está diagnosticada y en tratamiento por una depresión mayor y una prima materna ha acudido en 2 ocasiones a un servicio de urgencias por ingesta de medicamentos con finalidad autolítica.

El pediatra realiza una primera aproximación que incluye preguntas sobre: presencia de agitación, auto o heteroagresividad (no existe), fármacos o tóxicos (no existen tratamientos farmacológicos o sospecha de consumo de tóxicos), orientación, delirios o alucinaciones (no existen) y afectividad y ánimo (sin datos de interés). La entrevista la realiza a la madre y a la niña por separado.

En la entrevista a la niña, indaga sobre la intencionalidad de los cortes, el riesgo de muerte, la existencia o persistencia de ideas suicidas y la probabilidad de reincidir. La niña asegura que no quiere morir y que no ha pensado en ello, que la intención de los cortes es disminuir la ansiedad, ya que se pone muy nerviosa cuando está en periodos de exámenes y que dos amigas de la clase cuando están muy nerviosas y se cortan, les disminuye el estado de nerviosismo. Que a ella le pasa lo mismo y que los cortes se los realizó todos los días de la semana anterior. No sabe si podrá controlar el realizarse nuevos cortes en nuevas situaciones de estrés.

Además, el pediatra pregunta a la madre y a la niña (por separado): cambios en el hábito de sueño, en el patrón de alimentación, en el comportamiento y en el rendimiento escolar. Estas preguntas son importantes; ya que, aunque no se refieren alteraciones en la esfera anímica-afectiva (no existe tristeza, ganas de llorar, pérdida de energía en la realización de actividades o irritabilidad), en ocasiones, las alteraciones anímicas (p. ej.: una depresión) pueden comenzar con esos síntomas indirectos.

Ante esta sintomatología, se informa a la madre de la necesidad de vigilancia y acompañamiento, y se solicita una cita preferente en salud mental en 7-10 días.

 

 

 

Hipoglucemia no diabética

J. Pozo Román, A. Martín Rivada, M. Güemes Hidalgo
Temas de FC


J. Pozo Romána,b, A. Martín Rivadac, M. Güemes Hidalgoa.

aMédico Adjunto del Servicio de Endocrinología Pediátrica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid. bProfesor Asociado de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid. cResidente de Pediatría y Endocrinología Pediátrica de 4º año del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid

Resumen

La hipoglucemia es un trastorno metabólico frecuente en la infancia y especialmente en el periodo neonatal. Su importancia radica en que el cerebro, en condiciones normales, solo consume glucosa y no es capaz de sintetizarla ni de acumularla, por lo que las hipoglucemias pueden provocar alteraciones transitorias del funcionamiento cerebral o secuelas neurológicas definitivas. No es posible establecer un punto de corte que delimite lo que es una glucemia normal-anormal o un nivel de glucemia por debajo del cual se produzca daño neurológico. Ello se debe a que la respuesta cerebral a la hipoglucemia se produce en un rango relativamente amplio de glucemia (continuum) que puede verse alterado por la presencia de sustratos alternativos u otros factores. Las manifestaciones clínicas de la hipoglucemia varían, dependiendo, entre otros factores, de la edad del niño, pero son, en general, inespecíficas, especialmente en los recién nacidos y lactantes pequeños.
Durante los 2 primeros años de vida, los hiperinsulinismos son la primera causa de hipoglucemia, seguidos de los déficits enzimáticos y las deficiencias de hormonas contrarreguladoras (hipopituitarismos); 2) entre los 2 y los 8 años, la causa más frecuente es la hipoglucemia cetósica idiopática de la infancia; y 3) en mayores de 8 años, los insulinomas pancreáticos. Muchos de los estudios que se realizan por hipoglucemia son innecesarios (hipoglucemias no comprobadas); por lo que, solo deben estudiarse las hipoglucemias: en niños mayores con la tríada de Whipple documentada, en niños pequeños con glucemia plasmática (no capilar) < 60 mg/dL y, en recién nacidos, solo a partir de las 48-72 horas de vida (pasada la hipoglucemia transicional). Las determinaciones analíticas para el diagnóstico etiopatogénico solo deben realizarse en situación de hipoglucemia espontánea o bien en situación de hipoglucemia provocada (test de ayuno) y siempre en ámbito hospitalario; ya que, estas pruebas no están exentas de riesgo para el paciente. La interpretación de las pruebas puede ser compleja en muchas situaciones.
El tratamiento urgente de la hipoglucemia se basa en aportar al paciente la glucosa necesaria para normalizar la glucemia, lo que, dependiendo de la gravedad y situación, puede hacerse bien por vía oral o intravenosa, o bien liberando los depósitos de glucosa del propio sujeto mediante la administración de glucagón parenteral. El tratamiento o la prevención de las hipoglucemias a largo plazo dependerá de la etiopatogenia y conlleva medidas: dietéticas y nutricionales, fármacos y, en ocasiones, cirugía (pancreatectomías parciales o subtotales en situaciones de hiperinsulinismo no controlado).

 

Abstract

Hypoglycemia is a frequent pediatric metabolic disorder, particularly common in neonates. Given that the brain ́s only fuel is glucose, and it cannot synthetize nor store it, hypoglycemia can lead to transitional or permanent brain injury. A cut-off point to discern normal from abnormal glycemia or one that causes brain damage cannot be established as brain response to hypoglycemia is produced in a wide range of glycemic values (continuum), that can be modified by alternative substrates or by diverse factors. Clinical manifestations may vary depending on aspects, such as age, but they are generally non-specific, especially in neonates and toddlers.
During the first two years of life, hyperinsulinism is the most common cause of hypoglycemia, followed by enzymatic deficiencies and counterregulatory hormone deficiencies (hypopituitarism); between 2 and 8 years of life, the main cause is idiopathic ketotic hypoglycemia; and over the age of 8 years, pancreatic insulinoma.
To avoid unnecessary tests performed to study undocumented hypoglycemia, the cases of hypoglycemia that require complementary investigations should be the following: older children with documented Whipple ́s triad, younger children with plasma (not capillary) glucose concentrations < 60 mg/dL and, newborns only after the first 48-72 hours of life (post transitional hypoglycemia). Diagnostic tests should only be performed during a real spontaneous or provoked hypoglycemia (fasting test), and always within the hospital environment, as they can be risky for the patient. Result interpretation can be challenging. Urgent treatment for hypoglycemia seeks restoring blood glucose concentrations back to normality via oral or intravenous (depending on the severity) glucose delivery, or by releasing the patient ́s glucose storage in response to parenteral glucagon administration. Prevention or long-term treatment of hypoglycemia depends on the pathogenesis and involves nutrition management, drug therapy, and sometimes, surgical treatment (partial or near-total pancreatectomy for medically-unresponsive hyperinsulinism cases).

 

Palabras clave: Hipoglucemias; Homeostasis de la glucosa; Hipoglucemia transicional; Hiperinsulinismos; Diazóxido

Key words: Hypoglycemia; Glucose homeostasis; Transitional hypoglycemia; Hyperinsulinism; Diazoxide

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 90.e1 – 90.e22


Hipoglucemia no diabética

Introducción

La hipoglucemia no es una enfermedad, sino la manifestación bioquímica del fracaso de alguno de los complejos mecanismos homeostáticos encargados de su mantenimiento(1). Es un trastorno metabólico frecuente en la infancia y especialmente en el periodo neonatal.

La importancia de la hipoglucemia radica en que, tanto en la vida intrauterina como a lo largo de la vida, la glucosa plasmática (GP) constituye el principal substrato energético del organismo, especialmente de los llamados órganos glucodependientes (sistema nervioso, cristalino, hematíes y médula renal), cuyo funcionamiento depende, si no exclusivamente, sí fundamentalmente del aporte continuo de glucosa.

El cerebro, aunque en situaciones especiales puede utilizar fuentes energéticas alternativas (cuerpos cetónicos, lactato), en condiciones normales solo utiliza glucosa y no es capaz de sintetizarla ni de acumularla en cantidades significativas (glucógeno astrocitario). La glucosa entra al cerebro mediante un sistema de difusión facilitada independiente de insulina, pero dependiente de la glucemia arterial; de forma que, cuando esta disminuye o existen defectos en el transportador de glucosa (GLUT), se produce glucopenia cerebral con hipoglucorraquia. En condiciones fisiológicas, la GP oscila entre 70 y 130 mg/dL y la cerebral entre 14 y 41 mg/dl, pero, cuando la GP cae por debajo de 36 mg/dl, la concentración de glucosa en el cerebro se aproxima a 0 mg/dL. Se conocen, al menos, 14 isoformas de GLUTs, con expresión diferencial en los diferentes tejidos y varios de ellos en el cerebro, de los cuales, los más importantes son: GLUT1 (barrera hematoencefálica y eritrocitos) y GLUT3 (neuronas). La mayoría de los tejidos que responden a insulina (músculo, tejido adiposo…) expresan GLUT4(2).

La hipoglucemia va a condicionar una alteración transitoria del funcionamiento cerebral, que se corrige habitualmente cuando la glucemia aumenta.

• Cuando la hipoglucemia es grave y prolongada, puede desencadenar convulsiones y, de forma excepcional, daño cerebral irreversible o incluso una arritmia cardíaca que conduzca a la muerte súbita.

• Cuando los episodios de hipoglucemia son menos graves, pero recurrentes, especialmente durante el periodo neonatal o la primera infancia, cuando el cerebro está todavía en desarrollo, pueden ocasionar secuelas neurológicas a largo plazo potencialmente graves, que oscilan desde una leve disfunción neurocognitiva a retraso mental severo, epilepsia, microcefalia, hemiparesia o afasia(3,4).

• En los niños mayores, la reiteración de hipoglucemias, habitualmente pacientes con diabetes mellitus tipo 1 (DM1) en tratamiento insulínico intensivo, puede provocar disfunciones neurocognitivas, especialmente alteraciones de la memoria, y fallo en la respuesta autonómica a la hipoglucemia, predisponiendo al desarrollo de nuevas hipoglucemias que, además, se hacen asintomáticas (hipoglucemias inadvertidas), favoreciendo su mayor gravedad y severidad(5).

Homeostasis de la glucosa

Los mecanismos homeostáticos encargados del mantenimiento de la glucemia son mecanismos de supervivencia y, por ello: múltiples, escalonados y redundantes, al objeto de que el fallo de uno o de varios de sus componentes no comprometa la vida del sujeto.

La GP deriva de tres posibles fuentes: 1) la absorción intestinal de hidratos de carbono de la dieta; 2) la liberación de los depósitos de glucosa acumulados en forma de glucógeno (glucogenolisis); y 3) la liberación de glucosa sintetizada de novo (gluconeogénesis) a partir de precursores, incluyendo: lactato, piruvato, aminoácidos (especialmente alanina y glutamina) y, en menor medida, glicerol. Muchos tejidos poseen los sistemas enzimáticos necesarios para sintetizar glucógeno e hidrolizarlo (glucógeno-sintetasa y fosforilasa), pero solo el hígado y el riñón expresan la glucosa 6-fosfatasa, la enzima necesaria para poder liberar la glucosa a la circulación. El hígado y el riñón expresan también las enzimas necesarias para la gluconeogénesis: piruvato-carboxilasa, fosfoenol-piruvato carboxiquinasa y fructosa 1-6 bifosfatasa(6).

La GP, pese a las variaciones en la actividad física y a la ingesta intermitente de nutrientes, se mantiene relativamente estable a lo largo del día; de forma que, raramente sobrepasa los 130 mg/dL postingesta, y no suele descender por debajo de los 70 mg/dL en los períodos interprandiales. La excepción la constituyen algunos niños, habitualmente menores de 4 años, que pueden presentar, al despertarse por la mañana, glucemias inferiores a 70 mg/dL y cetonemia, como consecuencia de su baja tolerancia al ayuno(7).

En condiciones normales, después de una comida (fase absortiva), las concentraciones de insulina aumentan desde 3-10 µU/mL a 20-50 µU/mL, permitiendo que el organismo consuma la glucosa procedente de los hidratos de carbono ingeridos (aumento de la utilización periférica), así como su almacenamiento en forma de glucógeno (glucogenogénesis) en diferentes tejidos, especialmente hígado y músculo. En el hígado, se favorece también la síntesis de triglicéridos, que serán finalmente transportados y almacenados en el tejido adiposo(1). La presencia de insulina en la sangre inhibe la gluconeogénesis, la lipolisis y la cetogénesis. A medida que la glucosa es consumida y almacenada (3-4 horas postingesta), la GP comienza a descender (fase postabsortiva) y los mecanismos contrarreguladores de la hipoglucemia se van poniendo en marcha de manera secuencial para prevenir el desarrollo de hipoglucemia(6,7). Estos mecanismos son mecanismos de supervivencia y, por ello, son: múltiples, escalonados y redundantes, al objeto de que el fallo de uno o de varios de sus componentes no comprometa la vida del sujeto.

1. El primer mecanismo defensivo frente a la hipoglucemia es la disminución de la secreción de insulina por las células β pancreáticas, que se inicia cuando la glucemia se aproxima a los 80-85 mg/dL. Como consecuencia, disminuye el consumo de glucosa por los tejidos periféricos insulín-sensibles, favoreciendo un adecuado aporte a los órganos glucodependientes, y se favorece la liberación de glucosa a partir del glucógeno hepático y renal (glucogenolisis). En condiciones normales, por debajo de 45-50 mg/dL de GP, la secreción de insulina estaría abolida.

2. El segundo mecanismo defensivo es la secreción de glucagón por las células alfa pancreáticas, que se pone en marcha cuando la glucosa cae justo por debajo de su nivel fisiológico (65-70 mg/dL) y que dispara la glucogenolisis hepática.

3. El tercer mecanismo de respuesta, crítico cuando la secreción de glucagón está alterada, es la secreción por la médula suprarrenal de adrenalina, que se produce, al igual que la liberación de glucagón, cuando la glucosa cae por debajo de 65-70 mg/dL. La adrenalina estimula la glucogenolisis hepática y renal, la gluconeogénesis y la lipólisis (efecto β), al tiempo que disminuye la utilización de glucosa por los tejidos periféricos insulín-sensibles (efecto β) y disminuye la propia secreción de insulina (efecto α), contrarrestando el efecto β estimulante de la secreción de insulina.

4. Un cuarto mecanismo de respuesta, menos importante en la respuesta aguda a la hipoglucemia, pero de gran importancia en el mantenimiento de la glucemia en situaciones de ayuno prolongado, es la liberación de cortisol y hormona de crecimiento (GH). Esta liberación se produce también con niveles de glucosa de 65-70 mg/dl, y ambas hormonas actúan de forma sinérgica con el glucagón y la adrenalina, incrementando los niveles de glucemia. La GH estimula la gluconeogénesis y la lipolisis; mientras que, el cortisol estimula preferentemente la gluconeogénesis.

5. Cuando la glucemia disminuye por debajo de 50-55 mg/dl, aparecen los síntomas de hipoglucemia y, entre ellos, y como consecuencia de una respuesta simpático-adrenal más intensa, la ansiedad por ingerir hidratos de carbono, una conducta defensiva que induce el aumento de los aportes exógenos de glucosa. Por último, se ha postulado que, cuando las cifras de glucemia disminuyen por debajo de 50 mg/dL, otros factores no hormonales, como estímulos neurales directos del cerebro sobre el hígado o la postulada “autorregulación hepática de la glucosa”(8), podrían actuar como mecanismos contrarreguladores complementarios.

Respuesta fisiológica al ayuno(1,2,6,9)

Los mecanismos homeostáticos de la glucosa en el niño, fuera del período neonatal, son esencialmente idénticos a los del adulto, pero los lactantes y niños pequeños, a diferencia de niños mayores y adultos, son incapaces de mantener la glucemia tras ayunos relativamente cortos (24-36 horas), debido a que: “cuanto más pequeño es el niño, mayor es su consumo proporcional de glucosa, menores sus depósitos de precursores neoglucogénicos y más vulnerable su cerebro a la hipoglucemia”.

En condiciones de ayuno (periodo postabsortivo), la interacción entre insulina y hormonas contrarreguladoras mantiene los niveles de GP relativamente estables:

• Si el ayuno es corto, la glucemia se mantiene principalmente a partir de la liberación de los depósitos de glucógeno (glucogenolisis). El glucógeno almacenado en hígado y riñón sería capaz, por sí mismo, de mantener la glucemia dentro del rango normal durante, al menos, 4-6 horas en el lactante pequeño, y durante más de 8 horas en niños mayores (Fig. 1).

Figura 1. Fases de la homeostasis de la glucosa durante el ayuno (adaptado de Ruderman, et al., 1976). El consumo de glucosa refleja las necesidades medias de un adulto. La duración de la segunda fase es tanto más corta cuanto más pequeño es el niño, debido al menor tamaño de los depósitos hepáticos de glucógeno.

La glucogenolisis es complementada por la gluconeogénesis a partir de los aminoácidos liberados en el recambio proteico (especialmente alanina y glutamina, cuyos niveles séricos se incrementan).

• Si el ayuno se prolonga más de 8-16 horas en un niño normal (24-36 horas en un adulto), los depósitos de glucógeno se van agotando y la gluconeogénesis asume el principal papel en el mantenimiento de la glucemia (fase de ayuno prolongado). Para evitar una excesiva pérdida de proteínas, el tejido adiposo se convierte en la fuente principal de energía para el organismo. Los triglicéridos acumulados en él se descomponen en glicerol (sustrato para la gluconeogénesis) y en ácidos grasos libres (AGL) de cadena larga. Los AGL son oxidados en las mitocondrias hepáticas (β -oxidación) para generar la energía necesaria para la gluconeogénesis, y también en otros tejidos, como el músculo esquelético y cardíaco, contribuyendo al ahorro de glucosa. La β -oxidación de los AGL produce acetil-CoA, que, en ausencia de carbohidratos, no puede ser reciclado a través del ciclo de Krebs y se acumula activando la cetogénesis y generando los cuerpos cetónicos (β -hidroxibutírico y acetoacético), que son utilizados como fuente alternativa de energía por numerosos órganos, contribuyendo también a aumentar la disponibilidad de glucosa para los órganos glucodependientes. A diferencia de los AGL, los cuerpos cetónicos y el lactato atraviesan la barrera hematoencefálica y pueden ser utilizados directamente por las neuronas para obtener energía. De este modo, la producción de cuerpos cetónicos durante el ayuno puede considerarse un mecanismo adaptativo que permite minimizar el consumo de glucosa, evitando así un excesivo catabolismo muscular y lipídico. En los niños pequeños, la presencia de cuerpos cetónicos se observa tras solo 12-18 horas de ayuno; mientras que, en niños mayores, puede no aparecer hasta pasadas 18-24 horas.

Los mecanismos que mantienen la homeostasis de la glucosa en el niño, fuera del período neonatal y una vez que se ha completado la transición entre la vida intra y extrauterina, son esencialmente idénticos a los del adulto. En adultos sanos, la glucemia se mantiene prácticamente en rango normal incluso durante períodos de ayuno de varias semanas; por el contrario, los lactantes y niños pequeños son incapaces de mantener la glucemia tras ayunos relativamente cortos (24-36 horas). La principal diferencia entre lactantes, niños y adultos radica en el ritmo de utilización de la glucosa y en el volumen de sus depósitos neoglucogénicos (Tabla I); de forma que, cuanto más pequeño es el niño, mayor es su consumo proporcional de glucosa, menores sus depósitos de precursores neoglucogénicos y más vulnerable su cerebro a la hipoglucemia. Esta mayor vulnerabilidad del tejido cerebral es especialmente marcada durante los dos primeros años de vida, cuando su crecimiento y desarrollo son mayores y más rápidos.

Homeostasis de la glucosa en el periodo fetal

La glucemia fetal depende fundamentalmente de la GP materna a través de su transferencia placentaria mediante un mecanismo de difusión facilitada a favor de gradiente no regulado por insulina.

Los GLUTs placentarios, incluido el más importante, el GLUT1(2), no son regulados por la insulina y la glucemia fetal depende, fundamentalmente, de la GP materna a través de su transferencia placentaria mediante un mecanismo de difusión facilitada a favor de gradiente de concentración. El resultado es una correlación lineal entre la GP materna y fetal; de forma que, esta última se mantiene alrededor de 60-80 mg/dL, unos 9 mg/dL por debajo de la glucemia materna (70-90 mg/dl)(10). Se cree que la insulina materna, que no atraviesa la barrera placentaria, regularía la GP fetal a través de la GP materna; mientras que, la insulina fetal tendría un papel más relevante en la regulación de los procesos de crecimiento y favorecería el acúmulo de depósitos de energía en el feto, en forma de glucógeno y grasa(10).

En la segunda mitad de la gestación, la secreción de grandes cantidades de lactógeno placentario, progesterona y estrógenos genera en la madre una marcada insulinorresistencia, incrementando la disponibilidad fetal de sustratos maternos (glucosa, aminoácidos y lípidos), lo que favorece el rápido incremento fetal de peso(2). Una de las consecuencias de este aumento del anabolismo fetal es el incremento progresivo de los depósitos de glucógeno hepático, especialmente a partir de la 36 semana de edad gestacional (EG), que pasarían de unos 25 mg/g de hígado, a las 17 semanas de EG, a unos 50 mg/g en el recién nacido (RN) a término. La reducción del flujo placentario puede condicionar un retraso de crecimiento intrauterino (RCIU) y un bajo peso para la EG (BPEG), con disminución de los depósitos de glucógeno, especialmente si el parto se produce prematuramente, lo que favorecería la hipoglucemia perinatal.

Homeostasis de la glucosa en el periodo perinatal(2,10,11)

Los niveles de glucemia, en los RN normales y en las primeras horas de vida, caen a 55-65 mg/dl y en un 30% por debajo de 50 mg/dl, probablemente como resultado de un hiperinsulinismo leve y transitorio, y tienden a normalizarse en 1-3 días (70-100 mg/dl). Es lo que se conoce como “hipoglucemia transicional” y debe diferenciarse de otras causas patológicas de hipoglucemia transitoria o persistente.

Inmediatamente después del nacimiento, la interrupción de la transferencia materna de glucosa obliga al RN a movilizar sus depósitos de glucosa y a ajustar su secreción de insulina a sus niveles de glucemia. Todo ello en un contexto de aportes intermitentes de leche que, además, en los lactados al pecho, contiene en los primeros días mucha grasa y proteínas (calostro), pero escasa cantidad de hidratos de carbono. El resultado es que la glucemia del RN cae en las 2 primeras horas de vida a 55-65 mg/dl (unos 25-30 mg/dL); posteriormente, tiende a aumentar lentamente hasta alcanzar, en 1-3 días, la concentración normal en lactantes, niños y adultos; es decir, alrededor de 70-100 mg/dL. Los niveles más bajos de glucemia se dan en las primeras horas postparto y, como consecuencia, alrededor de un 30% de los RN normales presentarán glucemias < 50 mg/dL en las primeras 24 horas de vida, pero solo un 0,5% después de pasado este periodo(2). Esta caída en los niveles de glucemia en las primeras horas de vida en los RN normales es lo que se conoce como “hipoglucemia transicional” y debe diferenciarse de otras causas patológicas de hipoglucemia transitoria o persistente.

La etiopatogenia de la hipoglucemia transicional no está plenamente aclarada. Los estudios disponibles sugieren que sería una forma leve y transitoria de hiperinsulinismo (hipoglucemia hipocetósica), debido a una disminución en el dintel de GP necesario para suprimir la secreción de insulina en la célula β , 50-65 mg/dL en vez de los 80-85 mg/dl de los niños mayores y adultos(10). Se ha postulado que sería debido a la persistencia transitoria de un mecanismo adaptativo fetal desarrollado para mejorar el crecimiento intraútero. El dintel de GP más bajo en el feto que en la madre permitiría a este mantener su secreción basal de insulina y un crecimiento normal, cuando la glucemia materna, y con ella la fetal, bajan como consecuencia del ayuno o de la disminución de nutrientes. En estas situaciones, el cerebro fetal dispondría, como nutriente alternativo a la glucosa, de abundantes cuerpos cetónicos procedentes de la cetogénesis materna, mucho más acelerada que en mujeres no gestantes.

Situaciones patológicas, como: asfixia perinatal, retraso de crecimiento intrauterino, toxemia materna o eritroblastosis fetal, podrían agravar y prolongar días, semanas e incluso meses, este mecanismo adaptativo, de forma que podría llegar a requerir tratamiento farmacológico.

Concepto de hipoglucemia

Pese a las dificultades en la definición de hipoglucemia(12), en la práctica clínica, existe un cierto consenso en considerar como hipoglucemia un valor de GP ≤ 46 mg/dL(11), a cualquier edad por encima de las 48-72 horas de vida (periodo transicional). En pacientes con DM, la hipoglucemia suele definirse por valores ≤ 70 mg/dL(13).

El primer problema que se plantea a la hora de orientar el diagnóstico de una hipoglucemia es su propia definición que, desde hace años, es objeto de controversia(12). Podríamos definir clínicamente la hipoglucemia, como: una GP lo suficientemente baja como para causar alteración de la función cerebral. Sin embargo, esta definición, como cualquier otra, plantea numerosos problemas:

• Los síntomas de la hipoglucemia son inespecíficos y difíciles de reconocer, y, por otro lado, un valor de GP disminuido puede ser un simple artefacto. Por ello, las guías clínicas de diagnóstico y tratamiento de la hipoglucemia en adultos(14) enfatizan la importancia diagnóstica de documentar la llamada tríada de Whipple: 1) presencia de sintomatología consistente con hipoglucemia; 2) hallazgo de niveles de GP disminuidos; y 3) resolución de los signos y síntomas cuando la GP se normaliza. En los niños, la posibilidad de documentar la tríada de Whipple pocas veces es factible, debido a una sintomatología todavía más inespecífica y a la limitada-ausente capacidad para reconocer y comunicar los síntomas, especialmente en los más pequeños.

• No es posible establecer un punto de corte que delimite lo que es una GP normal-anormal o un nivel de GP por debajo del cual se produzca daño neurológico. Ello se debe a que la respuesta cerebral a la hipoglucemia se produce en un rango relativamente amplio de GP (continuum) y este rango puede verse alterado por la presencia de sustratos alternativos (cuerpos cetónicos, lactato) o por antecedentes recientes de hipoglucemia (hipoglucemias repetidas)(12). Por otro lado, la posibilidad de ocasionar daño cerebral depende no solo del valor de la GP, sino también de otros factores, como: duración, gravedad o, lo que es más importante, coexistencia de otros potenciales agentes lesivos, como la hipoxia o la isquemia.

• La interpretación de una determinación de GP puede estar sujeta a potenciales artefactos o errores en la técnica: consumo de glucosa por tiempo excesivo en procesar la muestra, extracción de vías sin adecuado lavado, etc. Uno de los errores más frecuentes es considerar como fiables los resultados obtenidos mediante glucómetros o reflectómetros portátiles. La utilización de estos aparatos puede conllevar errores de distinto tipo: 1) técnicos, por fallos del aparato, de la metodología empleada o por la utilización de muestras escasas o contaminadas (desinfectantes y agua); 2) de fiabilidad, estos aparatos suelen tener un rango de error en torno al 10-15%, que puede ser mucho mayor cuando la glucemia es baja o alta; y 3) por el tipo de muestra empleado (sangre total y no plasma). La glucemia en sangre total (capilar, arterial o venosa) es un 10-15% más baja que la plasmática, debido al bajo contenido en glucosa de los eritrocitos, por lo que, el rango de error puede aumentar en situaciones de policitemia o anemia. Pese a todas estas posibles fuentes de error, la determinación de la glucemia con estos dispositivos a la cabecera del enfermo posee una incuestionable utilidad derivada de la rapidez de resultados; si bien, cualquiera valor de glucemia por debajo de 60 mg/dL, debería ser confirmado mediante la determinación en laboratorio de la GP y valorar tratamiento si el valor es confirmado. Valores por debajo de 50 mg, especialmente si son sintomáticos, deben recibir tratamiento urgente a la espera de la confirmación por el laboratorio mediante la administración de glucosa oral o intravenosa.

La rapidez para determinar la glucemia en la cabecera del paciente, mediante reflectómetros portátiles de los empleados habitualmente en el control de la diabetes, posee una incuestionable utilidad diagnóstico-terapéutica, pero sus múltiples fuentes de error conllevan que cualquiera valor de glucemia por debajo de 60 mg/dL, debería ser confirmado mediante la determinación en laboratorio de la GP.

Pese a las dificultades en la definición de hipoglucemia, en la práctica clínica, existe un cierto consenso en considerar como hipoglucemia y, por tanto, criterio para iniciar estudios más complejos, un valor de GP ≤ 46 mg/dL (≤ 2,6 mmol/L)(11), a cualquier edad por encima de las 48-72 horas de vida (periodo transicional). Este valor es el que mejor predice la aparición de signos neurofisiológicos de disfunción cerebral, independientemente de que el paciente muestre o no síntomas neuroglucopénicos. En pacientes con diabetes mellitus y en la práctica clínica, suele utilizarse como dintel para iniciar el tratamiento de la hipoglucemia valores ≤ 70 mg/dL (≤ 3,9 mmol/L)(13), dado el mayor riesgo que presentan de hipoglucemia grave y que no es deseable, de cara a una mayor estabilidad glucémica, que se pongan en marcha los mecanismos contrarreguladores.

Concepto de hipoglucemia en el periodo transicional

La definición e interpretación de la hipoglucemia en las primeras 48-72 horas de vida es todavía más compleja y controvertida, especialmente en los prematuros; ya que, el hallazgo de valores de GP por debajo de 30 mg/dl de GP es relativamente frecuente y podría representar un mecanismo de adaptación fisiológica. Más aún, no está claro si el cerebro del RN tiene mayor o menor susceptibilidad a la hipoglucemia que en edades posteriores(7), ni si la hipoglucemia en este periodo es responsable o no de alteraciones posteriores en el neurodesarrollo(4,15).

El hecho estadístico es que, aproximadamente, un 50% de los RN con riesgo de hipoglucemia tendrá una GP< 46 mg/dL y un 19% <36 mg/dL, en la mayoría de los casos en las primeras 24 horas(11), y ello pese a que se promueva una alimentación temprana y frecuente. Por todo ello, no existe un consenso internacional que establezca qué niveles de GP requieren intervención en el RN, ni cuándo ni cómo debe realizarse el cribado de hipoglucemia en los pacientes de riesgo (Tabla II)(7).

Un consenso de expertos ha propuesto utilizar, más que una cifra determinada de GP para definir la hipoglucemia en todos los neonatos (p. ej.: 46 mg/dL), dinteles operacionales que faciliten las decisiones terapéuticas a adoptar ante una determinada situación (hipoglucemia sintomática, asintomática, edad gestacional…)(16). Esta orientación pragmática, a la espera de datos fiables que permitan establecer la relación o no de la hipoglucemia neonatal con la alteración del neurodesarrollo, permitiría evitar investigaciones e intervenciones innecesarias(16-18). A modo de ejemplo, el protocolo de la Sociedad de Pediatría Canadiense, recomienda:

- Realizar el screening de hipoglucemia en pacientes de riesgo a las 2 horas del nacimiento y, posteriormente, cada 3-4 horas hasta que se considere que el riesgo ha disminuido.

- Intervenir cuando la GP sea <32 mg/dL, administrando glucosa i.v., o < 46 mg/dL, administrando suplementos orales(11).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de la hipoglucemia varían, dependiendo, entre otros factores, de la edad del niño, pero son, en general, inespecíficas(1,2,9,19). Esta inespecificidad es tanto mayor cuanto menor es la edad del niño, pudiendo llegar a confundirse en los RN y lactantes pequeños con cuadros clínicos de sepsis o insuficiencia cardiaca.

La semiología de la hipoglucemia (Tabla III) se divide clásicamente en dos categorías: autonómica y neuroglucopénica:

• Las manifestaciones clínicas autonómicas resultarían de la activación, en respuesta a la hipoglucemia, del sistema nervioso simpático y de la médula suprarrenal, que van a liberar: adrenalina, noradrenalina (taquicardia, temblor, ansiedad…) y, en menor medida, acetilcolina (sudoración, hambre…). Suelen preceder a las manifestaciones neuroglucopénicas; por lo que, se consideran una sintomatología de alarma”. Los síntomas suelen ser más evidentes en hipoglucemias postprandiales y, normalmente, aparecen con glucemias relativamente elevadas (70-40 mg/dL). Si la glucemia sigue descendiendo (50-20 mg/dL) o la hipoglucemia se instaura de manera más lenta y progresiva, aparecen los síntomas neuroglucopénicos.

• Las manifestaciones neuroglucopénicas resultarían de la falta de glucosa en el sistema nervioso central y pueden oscilar, desde síntomas muy sutiles (falta de concentración, irritabilidad…) a convulsiones, coma e incluso la muerte. En los niños mayores, la hipoglucemia grave puede, en ocasiones, inducir déficits neurológicos transitorios de mecanismo etiopatogénico incierto (vasoespasmo cerebral, convulsión focal…), como es el caso de: hemiplejia, hemiparesia (parálisis de Todd), parálisis de pares craneales, etc.

La hipoglucemia puede, también, ser prácticamente asintomática, especialmente cuando la reiteración de episodios de hipoglucemia hace que la percepción por el paciente de los síntomas autonómicos de alarma disminuya (hipoglucemias inadvertidas o hipoglucemias asociadas a fallo autonómico); de forma que, las únicas manifestaciones de la hipoglucemia grave sean las neuroglucopénicas. Este fenómeno es especialmente frecuente, pero no específico, de la reiteración de hipoglucemias en el diabético(5). No obstante, incluso un episodio aislado de hipoglucemia moderada o grave puede bloquear o disminuir el dintel de activación de la respuesta neuroendocrina (activación simpática y hormonas contrarreguladoras) durante 24 horas o más. Por el contrario, en la hiperglucemia crónica, el dintel de glucosa para la respuesta contrarreguladora aumenta(9); de forma que, los síntomas autonómicos pueden aparecer con niveles de glucemia normales.

Etiopatogenia

El mantenimiento de la euglucemia depende de la integridad de un complejo sistema en el que intervienen numerosos elementos(1,11): 1) la ingesta de carbohidratos y su correcta absorción desde el tubo digestivo; 2) la normalidad funcional del hígado, incluyendo la de las enzimas involucradas en la síntesis y la degradación de glucógeno, en la gluconeogénesis, en la β -oxidación de los ácidos grasos y en la cetogénesis; 3) la disponibilidad de sustratos neoglucogénicos endógenos (aminoácidos, glicerol y lactato); y 4) el control óptimo de los procesos anteriores por parte del sistema neuroendocrino. Una alteración en cualquiera de estos elementos puede ser responsable de la aparición de hipoglucemia persistente, por lo que el diagnóstico diferencial de las causas de la misma es extenso y complejo (Tabla IV).

En el periodo neonatal(2,7,10) son frecuentes y características las hipoglucemias transitorias; es decir, aquellas que se resuelven en la primera semana de vida. Son debidas, en muchos casos, a bajos depósitos de glucógeno y de sustratos para la gluconeogénesis (prematuridad, restricción del crecimiento intrauterino) y a la inmadurez de los mecanismos de adaptación al ayuno (pobre desarrollo de la gluconeogénesis y cetogénesis), pero también, como ya ha sido comentado, a hiperinsulinismos transitorios(10), asociados, entre otros factores a: diabetes gestacional o estrés perinatal (Tabla II). No comentaremos más ampliamente estas formas transitorias, porque la gran mayoría de ellas se resuelven espontáneamente en pocos días, necesitando, en ocasiones, de suplementos orales o intravenosos de glucosa; no obstante, en algunos casos, en especial los asociados a hiperinsulinismos, pueden persistir durante semanas o incluso meses(19). Afortunadamente, la mayoría de estos hiperinsulinismos transitorios responden bien a la terapia médica con diazóxido. La utilización de glucocorticoides en RN con hipoglucemia persistente de etiología incierta está desaconsejada.

La etiopatogenia de las hipoglucemias persistentes en la infancia varía con la edad(1,19), de forma que: 1) en los 2 primeros años de vida, los hiperinsulinismos son la primera causa de hipoglucemia, seguidos de los déficits enzimáticos y deficiencias de hormonas contrarreguladoras (hipopituitarismos); 2) entre los 2 y los 8 años, la causa más frecuente es la hipoglucemia cetósica idiopática de la infancia; y 3) en mayores de 8 años, dejando aparte fracasos hepáticos o intoxicaciones, los adenomas/insulinomas pancreáticos, asociados o no a la neoplasia endocrina múltiple tipo 1.

A continuación, intentaremos describir, de forma somera, las causas más importantes de hipoglucemia y sus mecanismos etiopatogénicos.

Hiperinsulinismos congénitos persistentes (HICP)

El HICP es la causa más común y más grave de hipoglucemias reiteradas en el período neonatal y una causa importante de hipoglucemia en edades posteriores.

Su frecuencia varía mucho dependiendo de la población estudiada, oscilando entre 1:20.000 y 1:50.000 RN vivos; si bien, dado el marcado predominio de las formas de herencia autosómico-recesiva (AR), la incidencia puede ser mucho mayor (1:2.500) en comunidades cerradas con alto grado de consanguinidad(1,20).

El término de “hiperinsulinismo” indica la liberación inapropiada de insulina para el nivel de glucemia. El diagnóstico se establece ante la presencia de niveles detectables de insulina (>2-3 µUI/ml) o péptido C durante un episodio de hipoglucemia espontáneo o inducido (test de ayuno) (Tabla V).

La gravedad de las hipoglucemias asociadas a HICP reside en que el exceso de insulina limita todas las posibles fuentes energéticas (glucosa, cuerpos cetónicos, ácido láctico y AGL), favoreciendo, más que ninguna otra forma de hipoglucemia, el daño cerebral.

Alrededor del 60% de los HICP se manifiestan en la primera semana de vida, incluyendo las formas más graves que, con frecuencia, asocian también macrosomía fetal, debido al efecto estimulador de la hipersecreción fetal de insulina intraútero. Las formas más leves o moderadas tienden a presentarse con la característica sintomatología inespecífica del niño pequeño (convulsiones, letargia, retraso de desarrollo…) durante el primer año de vida, pero pueden hacerlo más tarde, a veces incluso en la edad adulta.

En los últimos años, se ha producido un considerable avance en el conocimiento de los mecanismos fisiopatológicos que regulan la secreción de insulina y de las bases genéticas de los HICP(21,22); pese a ello, solo en alrededor del 50% de los casos, la base molecular es conocida (Tabla IV).

Desde el punto de vista histológico(20), se distinguen tres formas mayores de HICP: difusas, focales y atípicas. El interés de esta clasificación radica en que tanto las formas focales como las atípicas pueden ser susceptibles de curación mediante pancreatectomía parcial; mientras que, las formas difusas requerirán tratamiento médico prolongado o pancreatectomía total en caso de falta de respuesta al tratamiento médico.

Las anomalías más frecuentes y más graves son las mutaciones inactivantes que afectan a los genes ABCC8 (subunidad SUR1) y KCNJ11 (subunidad Kir6.2), ambos localizados en 11p15.1, que regulan la expresión del canal de potasio dependiente de ATP (KATP) de la célula β (canalopatías). La mayoría y, además, las de mayor severidad y precocidad (inicio en periodo neonatal) son debidas a mutaciones inactivantes, de herencia AR (homocigosis o heterocigosis compuesta), en uno de estos dos genes (Tabla IV), que habitualmente no responden a diazóxido, el fármaco considerado de primera elección en HICP. Las mutaciones inactivantes en ABCC8 o KCNJ11 de herencia autosómica dominante (AD) suelen causar formas de HICP menos graves y de inicio más tardío y suelen, aunque no siempre, responder a diazóxido.

Las mutaciones germinales AR o AD en los genes ABCC8 y KCNJ11 dan lugar a formas histológicas difusas. Las formas focales afectan a áreas pequeñas y pobremente delimitada del páncreas (≈ 2-10 mm de diámetro) que pueden presentar tentáculos o áreas satélites próximas, lo que exige, en caso de tratamiento quirúrgico, unos bordes relativamente amplios de extirpación para evitar recurrencias.

La herencia de las formas focales suele ser esporádica y el mecanismo genético conlleva dos eventos independientes: 1º) una mutación germinal en el alelo paterno de ABCC8 o KCNJ11; 2º) una pérdida somática del alelo materno 11 p (11p15.1-11p15.5) en la región de la lesión focal, lo que condiciona una disomía uniparental paterna para una serie de genes improntados y localizados en esa área cromosómica (genes tumorales supresores maternos H19 y CDKN1C, y del gen paterno IGF2), responsable, probablemente, de la hiperplasia focal adenomatosa del clon de células β afectadas. Más recientemente, han sido descritas las formas focales atípicas, caracterizadas por la presencia en el páncreas de dos tipos de células que coexisten (mosaicismo histológico), unas grandes con citoplasma y núcleo grandes y otras pequeñas con citoplasma y núcleo pequeño. Las células grandes son hiper­activas y tienden a confinarse en uno o pocos lóbulos, lo que las hace susceptibles de extirpación (pancreatectomía parcial) y curación del HICP. Esas células grandes presentan una hipersecreción de insulina con dintel bajo de glucosa, con sobrexpresión en la mayoría de los casos de hexoquinasa 1.

La segunda causa más común de HICP son las mutaciones con ganancia de función en GLUD1, el gen que codifica para la glutamato-dehidrogenasa (GDH). Esta enzima modula la secreción de insulina inducida por aminoácidos. Se heredan de forma AD, aunque el 80% son mutaciones de novo. El cuadro clínico se caracteriza por episodios repetidos de hipoglucemia moderada-grave que, a veces, por su inespecificidad clínica, no se reconocen hasta los 1-2 años, y que se producen, con frecuencia, 30-90 minutos después de la ingestión de proteínas (hipoglucemia sensible a proteínas) y acompañadas de ligera hiperamoniemia (60-150 µmol/l)(23). Las HICP por mutaciones activadoras en GLUD1 suelen responder positivamente a diazóxido. La hiperamoniemia no requiere tratamiento, pero da nombre a la enfermedad: “síndrome de hiperinsulinismo-hiperamoniemia”.

Hiperinsulinismos adquiridos

Las hipoglucemias, debidas a un exceso relativo de insulina, son la complicación aguda más frecuente de la diabetes mellitus(DM)(13). La mayoría de los episodios de hipoglucemia suelen ser aislados y leves, sin afectación de la conciencia. En estos casos, el tratamiento consistirá en reposo y administración de suplementos de hidratos de carbono, 10-20 gramos, de absorción rápida, en forma de: glucosa, azúcar, zumos, etc. Se deben esperar, al menos, 15 minutos antes de volver a medir la glucemia para evitar la sobrecorrección y la hiperglucemia posterior. Si va a transcurrir más de una hora antes de la siguiente comida planificada, el paciente debe ingerir otros 10-20 g de hidratos de carbono de absorción más lenta (pan, leche, fruta). Si la hipoglucemia es grave, con afectación del nivel de conciencia (coma, incoherencia, desorientación, convulsiones, etc.), el aporte oral de glucosa está contraindicado por el riesgo de aspiración, pero puede inducirse la liberación endógena de glucosa a partir de los depósitos de glucógeno hepático mediante la administración de glucagón parenteral (0,1-0,3 mg/kg por vía s.c., i.m. o i.v.; dosis máxima de 1 mg). En medio hospitalario y ante una hipoglucemia grave lo ideal es administrar glucosa i.v al 10% (2 ml/kg) y, posteriormente, suero glucosado al 10%. La administración de glucagón i.m. puede también ser de utilidad en estos casos si se presentan dificultades en la obtención de una vía. Si las hipoglucemias son graves o reiteradas, será necesario modificar la pauta habitual de tratamiento, al objeto de prevenir nuevos episodios.

Dejando aparte la DM, los insulinomas son la causa más frecuente de hipoglucemia por hiperinsulinismo persistente en el niño mayor y en el adulto, aunque pueden presentarse a edades muy precoces(24). En el niño, suelen ser de pequeño tamaño y de difícil localización, generalmente esporádicos, pero ocasionalmente asociados a neoplasia endocrina múltiple de tipo 1 (MEN1). Los insulinomas pueden, en ocasiones, responder a diazóxido, pero el tratamiento definitivo consistirá en la extirpación del adenoma y si este no es localizable con las diferentes técnicas de imagen, pancreatectomía distal subtotal.

La hipoglucemia puede ser también el resultado de la administración errónea o en el contexto de un síndrome de Munchausen por poderes de insulina o hipoglucemiantes orales (sulfonil-ureas). El diagnóstico de un síndrome de Munchausen por poderes requiere de un alto índice de sospecha; ya que, las sulfonil-ureas remedan perfectamente un hiperinsulinismo endógeno (aumento de insulina y péptido C) y los nuevos análogos de insulina no son detectados en los inmunoensayos convencionales de insulina (patrón clínico-metabólico sugerente de hiperinsulinismo, pero con insulina y péptido C indetectables).

La hipoglucemia autoinmune (síndrome de Hirata)(25) es una causa excepcional de hipoglucemia, salvo en Japón y Corea. Es una hipoglucemia, habitualmente de aparición postprandial, que puede ocurrir a cualquier edad, aunque es excepcional en la edad pediátrica, y resultaría de la presencia de anticuerpos dirigidos contra la insulina (insulina muy elevada y péptido C elevado) o el receptor de insulina (insulina y péptido C bajos). Se asocia a determinados fenotipos HLA y a enfermedades autoinmunes, y parece ser desencadenado, en la mayoría de los casos por fármacos, sobre todo, portadores del grupo sulfidrilo (metimazol, carbimazol, hidralacina…). Suele ser transitoria (meses) y normalizarse tras la retirada del fármaco, y suele responder a tratamiento dietético (comidas frecuentes), aunque en ocasiones, la plasmaféresis o el tratamiento esteroideo pueden ser necesarios.

La hipoglucemia hiperinsulinémica postprandial se produce 1-2 horas tras la ingesta, como consecuencia de una secreción inapropiada de insulina en respuesta a la comida. La causa más frecuente es un síndrome de dumping tras cirugía (funduplicatura de Nissen)(26). En estos casos, se recomiendan los carbohidratos complejos, evitando los de absorción rápida, y suplementos de acarbosa en las comidas (12-75 mg/dosis). También, se han descrito situaciones de hipoglucemias, denominadas reactivas, con sintomatología sugerente de hipoglucemia, 2-4 horas tras la comida, de etiología desconocida. Son frecuentes en niñas adolescentes con historia familiar positiva de síntomas similares en la madre. El diagnóstico conlleva la confirmación de la hipoglucemia y descartar otras posibles causas, como el hiperinsulinismo.

Deficiencia de hormonas contrainsulares

Entre un 10 y un 25% de los hipopituitarismos, bien por deficiencia aislada de hormona de crecimiento o de hormona adrenocorticotropa, o bien por deficiencia hipofisaria múltiple, se asocian con hipoglucemia por disminución de la gluconeogénesis. La presencia de defectos morfológicos de línea media (labio leporino, paladar hendido, displasia septo-óptica…) e hipoglucemia, debe hacer sospechar hipopituitarismo. La supresión iatrogénica de la secreción de cortisol puede, en situaciones de estrés intercurrente, provocar vómitos, hipotensión e hipoglucemia (insuficiencia suprarrenal aguda). La asociación de hipoglucemia e hiperpigmentación cutánea debe orientar hacia situaciones de insuficiencia suprarrenal primaria (enfermedad de Addison). El tratamiento en todas estas situaciones consistiría en la sustitución de la hormona u hormonas deficitarias.

Errores innatos del metabolismo (EIM)(2,7,11,19,27,28)

La mayoría de las enfermedades metabólicas son de herencia AR; por lo que, son extremadamente infrecuentes excepto en situaciones de consanguinidad. Pueden producir hipoglucemia por mecanismos muy variados y algunas de ellas están incluidas en los programas de detección de enfermedades metabólicas del cribado neonatal.

EIM que afectan al depósito o liberación de glucógeno (glucogenosis)

Las glucogenosis (GSD: Glycogen Storage Disease), junto con el hiperinsulinismo y el hipopituitarismo, son las causas principales de hipoglucemia en el período neonatal, aunque la mayoría de ellas se presentan más tardíamente. Como la mayoría de los EIM, son enfermedades raras (incidencia combinada de ≈ 1:20.000 RN vivos) y la mayoría de herencia AR. Los tipos de GSD que producen hipoglucemia son aquellos que tienen una afectación fundamentalmente hepática, y lo hacen habitualmente tras 3-12 horas de ayuno. Además del déficit de glucógeno-sintetasa hepático (GSD 0), se incluyen: GSD I (déficit de glucosa 6 fosfatasa), GSD III (déficit de la enzima desrramificante, amilo-1-6-glucosidasa), GSD VI (déficit de fosforilasa hepática) y GSD IX (deficiencia de fosforilasa quinasa). Salvo la GSD 0, que además es extremadamente rara (solo se han descrito algunos casos aislados), el resto de GSD hepáticas se acompañan de marcada hepatomegalia.

El tipo I de GSD (GSD1) es la forma más frecuente y grave de GSD, y se debe a la deficiencia de la enzima que hidroliza la glucosa 6 fosfato a glucosa libre (GSD1a) o de su transportador microsomal (GSD1b), último paso de la glucogenolisis, pero también es una enzima de la gluconeogénesis. La afectación de ambas vías metabólicas favorece el desarrollo de hipoglucemia persistente y recurrente. En su forma clásica (GSD1a, frecuencia 1:100.000), los pacientes presentan hipoglucemia desde la infancia temprana junto con: hepatomegalia severa, obesidad troncular, xantomas eruptivos (hipertrigliceridemia e hipercolesterolemia), acidosis metabólica (marcada acidosis láctica y moderada cetosis), hiperuricemia, hipofosfatemia, alteraciones de la adhesividad plaquetaria y severo fallo de crecimiento. La hipertransaminasemia generalmente es más moderada que en el resto de los tipos. La sintomatología de la hipoglucemia suele ser escasa y los pacientes exhiben una alta tolerancia a la hipoglucemia crónica, reflejando la adaptación crónica cerebral a fuentes alternativas (láctico). En el tipo GSD1b se asocia, además, neutropenia y anomalías funcionales del neutrófilo, que condicionan infecciones bacterianas graves de repetición y úlceras en la mucosa oral e intestinal.

En las GSD tipo III y tipos VI y IX, la hipoglucemia es menos frecuente y la hepatomegalia menos severa. La menor elevación de hormonas contrarreguladoras en respuesta a la hipoglucemia limita la acidosis láctica, la hiperlipemia, la cetonemia y la hiperuricemia. La elevación de las transaminasas suele ser mayor, particularmente en la GSD tipo III. Además, en la GSD tipo IIIa, debido a la afectación muscular, los niveles séricos de creatín-fosfoquinasa (CPK) están elevados.

El diagnóstico definitivo de las GSD debe establecerse mediante estudios moleculares, ante una sospecha clínica y bioquímica compatible, puesto que la mayoría de las mutaciones para cada una de las GSD han sido establecidas. La biopsia hepática con la medición de la actividad enzimática está en desuso y debe reservarse para los casos de diagnóstico incierto(28).

El tratamiento de las GSD consiste básicamente en evitar las hipoglucemias mediante la administración frecuente durante el día de hidratos de carbono (c/2-3 horas), preferentemente en forma de hidratos de carbono complejos, junto con un suplemento continuo de glucosa durante la noche mediante sonda nasogástrica (6-8 mg/kg/min).

EIM que afectan a la gluconeogénesis(27)

Estos EIM se caracterizan por hipoglucemias recurrentes con acidosis láctica y un mayor o menor grado de cetosis. En este grupo, se incluyen los déficits de: piruvato-carboxilasa, fosfoenol-piruvato-carboxiquinasa, fructosa 1-6-bifosfatasa y el tipo 1 de GSD (déficit de glucosa 6 fosfatasa). La hipoglucemia en ayunas es frecuente, debido a la imposibilidad de sintetizar glucosa a partir de precursores carbonados (alanina, piruvato, lactato y glicerol) una vez deplecionados los depósitos de glucógeno.

La deficiencia de piruvato-carboxilasa suele presentarse en los primeros meses de vida con retraso psicomotor y episodios intermitentes de acidosis metabólica. Se caracteriza por un cuadro de acidosis láctica con afectación severa del sistema nervioso central (encefalopatía, convulsiones, hipotonía y coma), que puede acompañarse de hipoglucemia y afectación tubular renal (acidosis tubular). Esta enzima mitocondrial cataliza la formación de oxalacetato a partir de piruvato en presencia de ATP, primer paso en la gluconeogénesis. La disminución/ausencia de oxalacetato bloquea el primer paso de la gluconeogénesis (hipoglucemias de ayuno), interfiere en el correcto funcionamiento del ciclo de Krebs (aumento de lactato, piruvato y otros metabolitos intermedios) y, en las formas más graves, puede provocar, por reducción de los niveles de aspartato, intermediario del ciclo de la urea, acúmulo de citrulina y amonio. La acidosis láctica se incrementa como consecuencia de la interferencia con el ciclo de Cori (intercambio cíclico de glucosa y láctico entre el hígado y el músculo). Bioquímicamente, las formas más graves de presentación neonatal (tipo B) se caracterizan por: acidosis láctica, ratio lactato/piruvato muy elevado (>30; VN: <10), hipercetonemia postprandial, ratio beta-OH-butírico/acetoacético normal o bajo (<1,5), hiperamoniemia, citrulinemia e hiperlisinemia. No existe tratamiento satisfactorio y se recomienda una dieta rica en hidratos de carbono y bicarbonato para compensar la acidosis láctica.

La deficiencia de fosfoenol-piruvato-carboxiquinasa es extremadamente rara y la hipoglucemia aparece durante la infancia asociada a infiltración grasa del hígado (hepatomegalia), riñón y otros órganos debido al incremento en la formación de acetil Co A. Hipotonía, fallo de medro y acidosis láctica son otros hallazgos frecuentes.

La deficiencia de fructosa 1-6 bifosfatasa es una causa rara de hipoglucemia que suele manifestarse en el período neonatal, aunque el 50% lo hace más tardíamente. Transforma la fructosa 1-6 difosfato en fructosa 6 fosfato y es la enzima clave en el proceso de gluconeogénesis, desde lactato, piruvato, alanina y glicerol. Las hipoglucemias suelen ser graves (convulsiones y coma) y presentarse en relación con el ayuno o la presencia de enfermedades intercurrentes, acompañadas de: marcada acidosis láctica, cetosis, hepatomegalia (sin hipertransaminasemia) e hiperuricemia. El diagnóstico se realiza por estudios moleculares o enzimáticos, en biopsia hepática, y el tratamiento consiste en evitar el ayuno prolongado y reducir el aporte de fructosa de la dieta.

EIM que afectan al metabolismo de los ácidos grasos(27-29)

Desde su descripción inicial en 1973, se han identificado más de 20 EIM diferentes que afectan a la β -oxidación de los AGL, todos ellos heredados de manera AR. Los AGL representan en el niño la principal fuente energética (80%) en situaciones de ayuno prolongado (12-24 horas de ayuno); de ahí que, sus defectos suelan hacerse aparentes clínicamente solo con el ayuno o la inanición asociada a enfermedades catabólicas y vómitos. Los estudios metabólicos realizados fuera de estas situaciones pueden ser normales; por lo que, es necesario un alto índice de sospecha para su diagnóstico.

Algunos tejidos, como el hígado y el tejido muscular esquelético, son capaces de catabolizar los AGL de cadena larga (C14 a C20), mediante β -oxidación, hasta CO2 y H2O. En el citoplasma celular, los AGL se acilan con el CoA citoplasmático por acción de la acil CoA sintetasa, formando AGL-acil CoA, que son transportados a la mitocondria, precisando en el caso de los de cadena larga (> 12 carbonos) un sistema de transporte unido a carnitina (ciclo de la carnitina). La β -oxidación mitocondrial tiene como función acortar en dos átomos de carbono los AGL-acil-CoA, generando acetil-CoA, que puede entrar en el ciclo de Krebs para generar la energía necesaria para la gluconeogénesis y, en el hígado, además, en situación de ayuno, puede ser empleado para sintetizar cuerpos cetónicos (cetogénesis: β -hidroxibutírico y acetoacético), que son utilizados, a su vez, como fuente alternativa de energía por numerosos órganos (cetolisis), incluido el cerebro. La falta de síntesis de Acetil-CoA en las alteraciones de la β -oxidación no activa la gluconeogénesis (hipoglucemia) y no se sintetizan cuerpos cetónicos (hipocetosis), fracasando la síntesis de sustratos energéticos e inactivándose el ciclo de la urea (hiperamoniemia) con toxicidad neuronal grave. Un hallazgo diagnóstico característico de estos EIM es un cociente AGL (mMol)/3-OH-butirato (mMol) mayor de 2.

Varias vías metabólicas alternativas adquieren importancia cuando la β -oxidación mitocondrial está alterada. La β -oxidación peroxisomal permite continuar el metabolismo de los AGL de cadena larga (>20 átomos de carbono); mientras que, la ω -oxidación en el citosol conduce a la producción de los característicos ácidos grasos dicarboxílicos, a menudo presentes en estos trastornos. Tanto los AGL-acil CoA como los dicarboxílicos se esterifican con carnitina (acilcarnitinas) y glicina (acilglicinas). El exceso de formación de acilcarnitinas, además de ser tóxico, produce una deficiencia de carnitina libre y un exceso de carnitina esterificada, lo que inhibe el sistema transportador de carnitina y genera una deficiencia de carnitina total. Cada una de las diferentes alteraciones de la β-oxidación genera un perfil de carnitinas y acil carnitinas que puede ser de utilidad en el diagnóstico de estos EIM, orientando los estudios moleculares, que son la base actual del diagnóstico de estas enfermedades.

Las manifestaciones clínicas de los defectos de la β-oxidación pueden ser muy variables, pero obedecen a dos mecanismos básicos: déficit energético y/o intoxicación por la acumulación de determinados metabolitos. El corazón, el músculo esquelético y el hígado son, desde el punto de vista energético, particularmente dependientes de esta vía y la acumulación de determinados metabolitos tóxicos parece ser la responsable de las arritmias, de la afectación neurológica, junto con la hipoglucemia, y, posiblemente también, de los episodios de descompensación fulminante y muerte súbita. Las manifestaciones clínicas afectan especialmente: hígado (hipoglucemia hipocetósica con hiperlactacidemia, hepatomegalia, hiperamoniemia, esteatosis, elevación de transaminasas), miocardio (muerte súbita, arritmias y cardiomiopatía dilatada o hipertrófica), músculo esquelético (hipotonía, miopatía lipídica, rabdomiolisis o elevación de CPK), retina (retinopatía pigmentosa) y cerebro (síndrome de Reye-like, hipsarritmias, leucodistrófia, edema cerebral…).

Aunque los trastornos de la β-oxidación son enfermedades raras, son más frecuentes de lo que se cree, especialmente algunos de ellos, como es el caso de la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena media (MCAD; metaboliza los acil-CoA de 6-12 átomos de carbono), que afecta aproximadamente a 1:10.000 RN. También, relativamente frecuentes y responsables de hipoglucemia serían: la deficiencia de 3-hidroxiacil-CoA deshidrogenasa de cadena larga (LCAD; acil-CoA de 10-18 átomos de carbono) y la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena muy larga (VLCAD: acil-CoA de 14-24 átomos de carbono).

Algunas drogas o substancias químicas, como el ácido valproico (VPA), de uso frecuente en Pediatría, pueden interferir con la β-oxidación de los AGL y simular o empeorar estos trastornos congénitos. EL VPA es un ácido graso ramificado, que se metaboliza principalmente por ?-oxidación hepática, siendo la carnitina la responsable de su entrada en la mitocondria. Su uso, por tanto, puede ocasionar una depleción de carnitina. Además, el VPA puede generar una inhibición de la N-acetil-glutamato sintetasa (NAGS), bloqueando o dificultando el flujo normal del ciclo de la urea y empeorando esta situación. Así pues, el VPA puede producir hipoglucemia hipocetósica con síndrome Reye-like, hiperamoniemia y deficiencia secundaria de carnitina. De ahí, la conveniencia, en pacientes en tratamiento con VPA, de vigilar (vómitos, decaimiento o encefalopatía) y tratar una posible deficiencia de carnitina e, incluso, de suplementar sistemáticamente con cartinina a pacientes con dicho tratamiento.

El tratamiento urgente de los errores de la β-oxidación de los AGL (debut y/o descompensaciones) incluye: 1) el aporte de glucosa intravenosa para mantener glucemias entre 100-120 mg/dL; 2) el aporte de bicarbonato para la corrección de la acidosis; 3) la utilización de N-carbamil-glutamato (Carbaglu®), a una dosis inicial de 100 mg/kg, seguida de 100-250 mg/kg/día repartido en 4 dosis, para mejorar la hiperamoniemia; 4) la hemodiafiltración o hemodialisis para limpiar de metabolitos tóxicos; y 5) el aporte de cofactores, carnitina y riboflavina, dependiendo del tipo de defecto de la β-oxidación.

El tratamiento de mantenimiento o de prevención de las descompensaciones incluiría medidas: dietéticas, farmacológicas y sintomáticas. Desde el punto de vista dietético, se deben prevenir los períodos de ayuno (no más de 8 horas), asegurar un aporte calórico suficiente durante los períodos de estrés catabólico y restringir el aporte graso, incrementando el aporte de carbohidratos. En lo que al tratamiento farmacológico se refiere, dependería de la alteración, pero se basa en la utilización de detoxificadores, como la carnitina o la glicina, y de coenzimas, como la riboflavina. Es importante, también, evitar fármacos que consuman carnitina, entre otros: ácido piválico, valproico, salicilatos y paracetamol.

EIM que afectan al metabolismo intermediario y a la homeostasis de la glucosa(27-29)

Varios trastornos del metabolismo de los aminoácidos (acidemias orgánicas) pueden acompañarse de hipoglucemia, como es el caso, entre otros, de: la acidemia metilmalónica (primaria por EIM o secundaria a déficit de vitamina B12), la aciduria 3-hidroxi-3-metil glutárica (un trastorno que también afecta a la β-oxidación de los AGL), la enfermedad de la orina con olor a jarabe de arce o la tirosinemia hereditaria. Todos estos EIM son extremadamente raros y, aunque la hipoglucemia (cetósica o no, dependiendo del trastorno) puede estar presente y mediada por mecanismos fisiopatológicos diferentes, no suele ser la manifestación más llamativa. En general, estos pacientes suelen presentarse con retraso del crecimiento, afectación neurológica grave y vómitos recurrentes, asociados a hiperamoniemia y acidosis metabólica. El diagnóstico suele orientarse a partir de la determinación de ácidos orgánicos en orina y del perfil de aminoácidos en plasma. Posteriormente, la sospecha diagnóstica se confirma, en la mayoría de los casos, mediante estudios moleculares.

La intolerancia a la fructosa es el resultado del déficit de fructosa 1-fosfato aldolasa y las manifestaciones clínicas se inician con la introducción de la fructosa en la dieta, habitualmente por encima de los 4 meses de vida. La ingestión de fructosa provoca: vómitos, dolor abdominal, diarrea crónica, hipoglucemia por inhibición de la gluconeogénesis y de la glucogenolisis (acúmulo de fructosa 1-P), con hiperlactacidemia e hiperuricemia, que puede evolucionar a shock y fallo hepático. La ingestión crónica de pequeñas cantidades de fructosa ocasiona fracaso de crecimiento con fallo hepático, tubulopatía Fanconi-like presencia de cuerpos reductores en orina. Los pacientes tienden a mostrar aversión por los alimentos que contienen fructosa, sacarosa o sorbitol.

En la galactosemia clásica, por deficiencia de galactosa 1-fosfato uridil-transferasa (metaboliza el monosacarido galactosa a glucosa 1-fosfato) la hipoglucemia es infrecuente y las manifestaciones clínicas predominantes son otras: vómitos, diarrea, ictericia, sepsis por E. Colli, fallo de medro, fracaso hepático (hipertransaminasemia, alteración de la coagulación) y renal (tubulopatía proximal) con galactosuria (cuerpos reductores en orina positivos: Clinitest®). Las manifestaciones clínicas se producen en las primeras semanas de vida tras la ingestión de galactosa (lactancia) en el período neonatal y solo aparece hipoglucemia cuando el fracaso hepático es prácticamente terminal. El tratamiento consiste en la supresión de por vida de todas las fuentes de galactosa de la dieta, incluida la lactosa presente en medicamentos y múltiples productos comerciales.

Hipoglucemia cetósica idiopática

Es la causa más común de hipoglucemia en la infancia y se caracteriza por episodios recurrentes de hipoglucemia cetósica en niños pequeños, coincidiendo con las infecciones habituales y la reducción de la ingesta.

En estos niños, un ayuno de 12-24 horas determina la hipoglucemia, que se acompaña de cetonemia y cetonuria intensas. El cuadro clínico se presenta habitualmente entre los 18 meses y los 5 años, remitiendo espontáneamente a los 8-9 años de edad. Es más frecuente en niños con retraso póndero-estatural (masa muscular escasa) y con antecedentes de hipoglucemia transitoria en el período neonatal. Los mecanismos fisiopatológicos subyacentes no están plenamente aclarados y la respuesta hormonal y metabólica a la hipoglucemia es prácticamente normal. El único hallazgo patológico es la marcada disminución, en situación de hipoglucemia, de los niveles séricos de alanina, el principal aminoácido precursor de la gluconeogénesis, cuya formación y liberación desde el músculo, en situaciones de restricción calórica, está aumentada por la presencia del ciclo alanina-glucosa (ciclo de Cahill) y por su formación de novo en el músculo a partir del catabolismo de aminoácidos de cadena ramificada. Por ello, se ha sugerido que el defecto en la hipoglucemia cetósica idiopática radicaría, probablemente, en algunos de los complejos pasos metabólicos implicados en el catabolismo proteico o en la síntesis y liberación de alanina por el músculo. También, se ha sugerido que podría resultar del efecto sinérgico o acumulativo de deficiencias parciales de enzimas implicadas en la homeostasis de la glucosa.

El tratamiento es, principalmente, preventivo, a la espera de la resolución espontánea del cuadro clínico con la edad. Deben evitarse los períodos de ayuno prolongados, sobre todo durante la noche, aportando a última hora hidratos de carbono de absorción lenta. En los períodos de enfermedad intercurrente, deben ofrecerse frecuentemente alimentos líquidos con alto contenido en hidratos de carbono y vigilar en orina la presencia de cuerpos cetónicos, cuya aparición precede en unas horas al desarrollo de la hipoglucemia. Si los aportes orales de hidratos de carbono no son tolerados por el niño, este debe ser ingresado para administración intravenosa de glucosa. Si las hipoglucemias son reiteradas o graves, deben descartarse otras causas de hipoglucemia cetósica, siendo en estos casos, la hipoglucemia cetósica idiopática un diagnóstico de exclusión.

Hipoglucemia asociada a enfermedades graves

La hipoglucemia es frecuente en pacientes con fallo multiorgánico o enfermedad grave, tales como: sepsis, traumatismo craneal severo, fallo cardíaco o renal, necrosis hepática aguda, pancreatitis… La etiopatogenia en estos casos suele ser multifactorial: falta de sustratos, malnutrición, aumento del consumo de glucosa, alteración de la gluconeogénesis, drogas administradas, citoquinas… La malaria grave se asocia específicamente a hipoglucemia como resultado del aumento de consumo de glucosa por el parásito, pero también por el efecto de la medicación que, como la quinina puede estimular la secreción de insulina.

Orientación diagnóstica(1,2,5-7,9,11,19,20,22,30)

Al objeto de evitar estudios innecesarios, solo deben estudiarse las hipoglucemias: en niños mayores con la tríada de Whipple documentada, en niños pequeños con glucemia plasmática (no capilar) < 60 mg/dL y en RN solo a partir de las 48-72 horas de vida (pasada la hipoglucemia transicional)(7).

La sintomatología de la hipoglucemia puede ser muy inespecífica en niños y existe el riesgo de realizar estudios innecesarios en pacientes con falsa sospecha de hipoglucemia. Por ello, la guía de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica para el manejo de la hipoglucemia en niños(7) recomienda estudiar solamente:

• A los niños mayores (capaces de explicar sus síntomas) solo si la tríada de Whipple está documentada.

• A los niños más pequeños, con dificultades para expresar y comunicar sus síntomas, solo cuando se haya documentado en laboratorio una GP inferior al dintel normal de respuesta neurogénica (< 60 mg/dL).

• En el caso de RN con alta sospecha de hipoglucemia persistente, realizar evaluaciones diagnósticas solo a partir de las 48-72 horas de vida, cuando el periodo de regulación transicional de la glucosa haya pasado, y solo en aquellas situaciones de riesgo (Tabla II), antes del alta, mediante estudios diagnósticos específicos o asegurando que el niño es capaz de tolerar un ayuno de 6-8 horas (durante el test de ayuno, glucemia ≥ 70 mg/dL).

Averiguar la causa de la hipoglucemia es esencial para planear el tratamiento más adecuado, pero no siempre es sencillo. Se recomienda llevar a cabo una aproximación diagnóstica sistemática y gradual, antes de someter al paciente a las numerosas pruebas diagnósticas disponibles, muchas de las cuales son potencialmente peligrosas y difíciles de interpretar. La anamnesis y la exploración física detalladas permiten sospechar la causa de la hipoglucemia en más del 90% de los pacientes.

Historia clínica

Se deben buscar y recoger antecedentes familiares: de consanguinidad, dada la frecuencia de enfermedades de herencia AR responsables de hipoglucemia; de fallecimientos en la infancia de causa no aclarada (muerte súbita del lactante) o de síndrome de Reye, sugerentes de enfermedad metabólica (EIM no diagnosticados), especialmente de alteraciones de la ?-oxidación de ácidos grasos; de hiperinsulinismos o deficiencias hormonales; y de enfermedades autoinmunes (hiperinsulinismo autoinmune).

La edad de presentación y la relación de los episodios con la ingesta (tiempo de ayuno previo a la aparición de la hipoglucemia y coincidencia temporal con la introducción de ciertos alimentos) son dos datos esenciales para orientar el diagnóstico etiológico:

• El inicio de los episodios de hipoglucemia en el primer año de vida sugerirá, en primer lugar, hiperinsulinismo, pero también EIM o deficiencias hormonales hipofisarias. Pueden presentarse a cualquier edad, pero de no hacerlo en el periodo neonatal, es más frecuente que lo hagan a partir de los 6-7 meses de vida, cuando el lactante realiza una pausa alimentaria nocturna relativamente prolongada y padece numerosas infecciones que dificultan la alimentación. Si los síntomas se inician a partir de los 12-18 meses, el diagnóstico más probable será el de hipoglucemia cetósica idiopática y, con menor frecuencia, hiperinsulinismos tardíos o alteraciones metabólicas leves. Los hiperinsulinismos que aparecen en niños mayores deben hacer sospechar la existencia de un adenoma pancreático.

• Los mecanismos contrarreguladores de la hipoglucemia se van poniendo en marcha de forma secuencial: disminución de la secreción de insulina, glucogenolisis, gluconeogénesis a expensas de aminoácidos y, finalmente, lipólisis (?-oxidación de los ácidos grasos y cetogénesis) con gluconeogénesis a partir de glicerol. De ahí que, la relación de los episodios de hipoglucemia con la ingesta de nutrientes y el tiempo transcurrido desde la última ingesta sean un excelente orientador diagnóstico del defecto subyacente:

- Si la hipoglucemia se desencadena de forma inconsistente con el tiempo de ayuno o en las 2-3 horas siguientes a la ingesta, la causa más probable es el hiperinsulinismo.

- Los episodios de hipoglucemia que aparecen tras la ingesta de alimentos proteicos (hipoglucemia leucín-sensible) sugieren hiperinsulinismo por mutaciones en GLUD1 (síndrome hiperinsulinismo-hiperamoniemia) o en HADH (deficiencias de 3-hidroxiacil-CoA-deshidrogenasa, AR), pero también pueden aparecer en algunas enfermedades metabólicas. Los pacientes con galactosemia pueden presentar hipoglucemia postprandial en los primeros días o semanas de vida (la leche materna y las fórmulas habituales contienen galactosa); mientras que, la intolerancia hereditaria a la fructosa se manifiesta 2-3 horas después de la ingesta de frutas o miel, habitualmente a partir de los 5-6 meses de vida y, a veces, con determinados jarabes que llevan fructosa como excipiente.

- La mayoría de las hipoglucemias en la infancia aparecen tras un cierto tiempo de ayuno. El tiempo de tolerancia al ayuno es corto en la glucogenosis tipo I (2-4 horas) y en la deficiencia de glucógeno sintetasa (4-8 horas). Puede ser algo más prolongado (10-20 horas) en las alteraciones de las enzimas gluconeogénicas y en la hipoglucemia cetósica idiopática. En los pacientes con alteraciones de la ?-oxidación y en aquellos con alteraciones de la cetogénesis y la cetólisis, la hipoglucemia suele aparecer tras ayunos muy prolongados (más de 16-24 horas). Se debe tener en cuenta que, en general, los niños pequeños son más vulnerables a la hipoglucemia de ayuno que los mayores.

• Las enfermedades metabólicas con frecuencia se manifiestan solo cuando el paciente se ve expuesto a situaciones estresantes que conllevan un aumento del catabolismo (infecciones, intervenciones quirúrgicas o traumatismos graves). Raramente, el ejercicio intenso puede desencadenar los síntomas, salvo en la excepcional forma de hiperinsulinismo, desencadenada por el ejercicio (mutaciones en SLC16A1: solute carrier family 16, member 1; AD).

• Es importante evaluar el ambiente sociofamiliar para detectar posibles casos de maltrato (hipoglucemia facticia secundaria a la administración de insulina o de hipoglucemiantes orales). La hipoglucemia secundaria a otras intoxicaciones suele ser reconocida en la anamnesis (etanol, sulfonilureas, salicilatos, quinina, etc.).

Exploración clínica

Algunos datos de la exploración pueden contribuir a orientar el diagnóstico:

• La presencia de talla baja, micropene o alteraciones de la línea media (paladar hendido, incisivo superior único, hipoplasia del nervio óptico…) deben hacer pensar en hipopituitarismos. En estos casos, la longitud al nacimiento es normal, pero el hipocrecimiento se hace evidente alrededor de los 5-6 meses de vida. Las enfermedades metabólicas, exceptuando las alteraciones de la β-oxidación de ácidos grasos, suelen cursar con escasa ganancia ponderal y de talla. El bajo peso se asocia también a la hipoglucemia cetósica idiopática. La obesidad o el antecedente de macrosomía neonatal es característica de los hiperinsulinismos.

• Deben buscarse rasgos sindrómicos, especialmente si existen antecedentes de macrosomía neonatal, por la posibilidad de hiperinsulinismos sindrómicos, como, por ejemplo: los síndromes de: Beckwith-Wiedemann (onfalocele, macroglosia, hemihipertrofia, surcos en el lóbulo auricular…), Kabuki o Silver-Rusell, entre otros.

La presencia de genitales ambiguos y cariotipo 46, XX sugiere hiperplasia suparrenal congénita; mientras que, la hiperpigmentación cutánea pueden indicar la existencia de insuficiencia suprarrenal primaria (hipoplasia suprarrenal congénita, adrenalitis autoinmune…) o resistencia a la ACTH (por mutaciones en el receptor de ACTH o en su vía de señalización, o en el síndrome de Allgrove).

• Las enfermedades metabólicas suelen cursar con acidosis e hiperventilación y también es frecuente la afectación neurológica grave.

• La hepatomegalia puede ser muy evidente en las glucogenosis (la asociación de talla baja y hepatomegalia es característica). Una hepatomegalia moderada puede verse también en: las alteraciones de la gluconeogénesis, galactosemia, intolerancia a la fructosa, defectos de la β-oxidación de los AGL e, incluso, también, en los pacientes con hiperinsulinismo que reciben aportes elevados de glucosa para evitar la hipoglucemia. Si la hepatomegalia es dolorosa, se debe sospechar una enfermedad hepática aguda.

Pruebas complementarias básicas

La hipoglucemia espontánea supone el fracaso, por una u otra causa, de los mecanismos contrarreguladores. En situación de hipoglucemia, los niveles circulantes de determinados metabolitos y hormonas reflejan la integridad o la alteración de esos mecanismos contrarreguladores. Por ello:

Los estudios analíticos (muestra crítica) para analizar la causa de una hipoglucemia deben efectuarse cuando los mecanismos de respuesta estén en marcha; es decir, en situación de hipoglucemia espontánea o bien en situación de hipoglucemia provocada, mediante test de ayuno. Estos estudios exigen disponer de una buena vía de acceso venosa.

• La muestra de sangre en hipoglucemia (muestra crítica) debe ser extraída, si es posible, sin utilizar compresor (aumento facticio de láctico y amonio), y antes de administrar ningún tratamiento. Dado que los parámetros a determinar son múltiples (Tabla VI), se recomienda disponer de una buena vía de acceso venosa que permita tanto las extracciones de sangre necesarias, como la administración posterior de medicación: glucagón (test de glucagón) o glucosa al 10% para revertir la hipoglucemia. La sangre debe ser enviada inmediatamente en hielo al laboratorio para iniciar el proceso diagnóstico. Debe recogerse también la orina de la primera micción tras el episodio de hipoglucemia.

• En caso de que no pueda extraerse sangre suficiente para realizar todas las determinaciones recomendadas, deberían cuantificarse los siguientes parámetros por este orden de prioridad: glucosa, β-hidroxibutirato, función hepática, AGL, insulina, láctico y cortisol. En Urgencias, como mínimo, GP y cetonemia/cetonuria. Es preferible cuantificar el β-hidroxibutirato en sangre, ya sea con métodos estándar de laboratorio o mediante un reflectómetro portátil, que la cetonuría; en cualquier caso, la orina debe ser analizada en busca de sustancias reductoras (Clinitest®) y de acetona (si β-hidroxibutirato en sangre no disponible). Cualquier excedente de plasma y la 1ª orina tras la hipoglucemia debería congelarse, preferiblemente a –70ºC, por si fuera necesario realizar determinaciones adicionales, posteriormente.

Test de tolerancia al ayuno y test de glucagón

Con bastante frecuencia, no es posible obtener las muestras críticas durante el primer episodio de hipoglucemia. En ese caso, si la causa de la hipoglucemia no es obvia (malnutrición, escasos aportes…), se debe ingresar al paciente y recurrir a la prueba de tolerancia al ayuno (test de ayuno):

• Siempre debe realizarse tras ingerir una dieta rica en carbohidratos durante, al menos, 3 días para saturar los depósitos hepáticos de glucógeno y evitar la aparición de una hipoglucemia facticia. La vía venosa de acceso debe estar bien establecida antes de plantearse el inicio de la prueba.

• Se trata de una prueba potencialmente peligrosa, por lo que siempre debe realizarse en régimen de hospitalización y retrasarse en caso de que el paciente presente cualquier enfermedad intercurrente, por leve que sea. Los riesgos son mayores en los pacientes con alteraciones del metabolismo de la carnitina o de la ?-oxidación de los AGL de cadena larga que, además de la hipoglucemia, pueden desarrollar arritmias (incluso parada cardíaca) durante la prueba, por lo que se debe excluir esta posibilidad antes de indicar una prueba de ayuno mediante la determinación del perfil de acilcarnitinas y la concentración de carnitina total y libre en sangre (puede hacerse con una muestra recogida en papel de filtro fuera del episodio de hipoglucemia). Se recomienda también excluir la posibilidad de miocardiopatía realizando un ecocardiograma previo.

• La duración máxima del ayuno debe ser decidida a priori en función de la edad del niño y del máximo tiempo que transcurre habitualmente entre dos tomas consecutivas. El momento de inicio de la prueba debe ser calculado según los datos anteriores para que la hipoglucemia aparezca preferiblemente durante las horas del día con más personal disponible, generalmente por las mañanas:

- En niños < 6 meses (rara vez es necesaria), la duración será de 8 h (inicio a las 4 a.m.).

- En niños de 6-8 meses, la duración será de 12 h (inicio a las 12 p.m.).

- En niños de 8-12 meses la duración será de 16 h (inicio a las 8 p.m.).

- En niños de 1-7 años la duración será de 18-20 h (inicio a las 4-6 p.m.).

- En niños > 7 años la duración será de 24 h (inicio a las 12 a.m.).

• Al comienzo de la prueba, habitualmente cuando se omite la primera toma (generalmente en torno a las 8 de la mañana), se realiza una gasometría, se determina la concentración de glucosa, β-hidroxibutirato, AGL, lactato, alanina e insulina, y se congela una alícuota de suero y orina. A partir de entonces, en función de la historia clínica y la edad del paciente, se determina la glucemia capilar periódicamente (cada 1-2 horas y si aparecen síntomas). Si durante la prueba, el paciente desarrolla hipoglucemia, se deben extraer las muestras críticas. En caso contrario, las muestras se deben extraer igualmente al final de la prueba. Es importante no olvidar la recogida de orina de la micción siguiente a la hipoglucemia. Algunos autores recomiendan, además, determinar la presencia de cetonuria en cada micción durante la prueba, o mejor β-OH-butírico capilar.

• Si se realiza adecuadamente, la prueba de ayuno es extremadamente útil en el diagnóstico de la hipoglucemia, hasta el punto de que raramente se necesita recurrir a otras exploraciones complementarias. Además, ofrece información útil para el tratamiento de los pacientes, ya que permite estimar el tiempo que el paciente puede permanecer en ayunas de forma segura.

• Si durante la prueba de ayuno el paciente desarrolla hipoglucemia, se debe realizar un test de glucagón después de extraer las muestras críticas (siempre y cuando la situación clínica del paciente permita retrasar el tratamiento con glucosa). Es especialmente útil en el diagnóstico diferencial de las hipoglucemias que se presentan en las primeras 8 horas de ayuno. Se realiza administrando 0,03 mg/kg de glucagón por vía i.m. o i.v. (máx.: 1 mg) y tomando muestras de sangre cada 10 minutos durante media hora. En los pacientes con hiperinsulinismo (endógeno o exógeno), se observa una marcada respuesta glucémica (elevación de glucemia >30-40 mg/dL); mientras que, una respuesta inferior a 20 mg/dL indica depleción de los depósitos de glucógeno (hipoglucemia cetósica idiopática) o incapacidad para convertir el glucógeno en glucosa (glucogenosis). Si a los 20’ de la administración de glucagón la elevación de la glucemia es inferior a 20 mg/dL, se debe suspender la prueba y administrar glucosa intravenosa para revertir la hipoglucemia.

Interpretación de los resultados

En condiciones normales, cuando la glucemia empieza a descender y se sitúa alrededor de 50 mg/dL: 1) los depósitos de glucógeno están exhaustos (no se produciría respuesta de glucemia a la administración de glucagón); 2) los niveles séricos de precursores neoglucogénicos han disminuido ligeramente (láctico < 1,5 mmol/L); 3) los AGL se han triplicado (1,5-2,0 mmol/L) y el β-hidroxibutírico, el principal cetoácido, se ha multiplicado por 50-100 (2-5 mmol/L); y 4) la insulinemia ha disminuido a valores prácticamente indetectables (< 2 µU/mL). La comparación de estos valores normales con los hallados en un paciente en situación de hipoglucemia, aporta la información básica para orientar el diagnóstico de la causa subyacente.

Una vez confirmada la hipoglucemia plasmática en el laboratorio (espontánea o inducida por el test de ayuno), el primer paso en el diagnóstico diferencial es analizar el grado de cetosis durante el episodio según los niveles plasmáticos de ?-hidroxibutirato (Fig. 2):

Figura 2. Algoritmo diagnóstico de la hipoglucemia en la infancia, fuera del periodo neonatal. AGL: ácidos grasos libres; EIM: error innato del metabolismo; GH: hormona de crecimiento; IGFs: factores de crecimiento semejantes a la insulina; T4L: tiroxina libre.

Niveles elevados de β-hidro­xibutirato (>2,5 mmol/L). Constituye el perfil endocrino-metabólico más habitual e inespecífico, conocido como hipoglucemia cetósica, e indica que el paciente es capaz de movilizar AGL desde el tejido adiposo y metabolizarlos a cuerpos cetónicos en el hígado. Se observa en la hipoglucemia cetósica idiopática, en algunas enfermedades metabólicas (glucogenosis, acidemias orgánicas) y en las deficiencias de hormonas contrarreguladoras después del período neonatal.

El diagnóstico diferencial dentro de este grupo requiere valorar, además de la historia clínica, la presencia de acidosis metabólica y la concentración de otros metabolitos y hormonas en el momento de la hipoglucemia. Durante la hipoglucemia, los niveles de hormonas contrarreguladoras (GH y cortisol) deben ser elevados (cortisol >20 µg/dL y GH >6 µg/L). Los valores inferiores deben ser considerados sospechosos y confirmados mediante la realización de las pruebas funcionales adecuadas (test de ACTH para cortisol y test de estimulación farmacológica de GH). La deficiencia de GH y/o cortisol durante el periodo neonatal y primer año de vida pueden presentarse solo con leve-moderada cetosis (<2,5 mmol/L).

Las concentraciones elevadas de lactato, piruvato, alanina y/o glicerol sugieren un defecto de la gluconeogénesis, de la glucogenolisis o de la glucolisis. La hiperlactacidemia sugiere una alteración de la gluconeogénesis (especialmente la deficiencia de fructosa-1,6-bisfosfatasa), de la glucogenolisis (glucogenosis tipo I) o de la β-oxidación de AGL de cadena larga. Las alteraciones de la cadena respiratoria mitocondrial y la deficiencia de piruvato carboxilasa también pueden producir hiperlactacidemia con hipoglucemia, pero generalmente se presentan de forma más crónica. Las glucogenosis tipo III y tipo VI raramente cursan con hiperlactacidemia. La cuantificación de ácidos orgánicos en orina es especialmente útil para diagnosticar las acidemias orgánicas.

Cetosis leve o moderada (β-hidro­xibutirato <2,5 mmol/L). La presencia de cetosis leve-moderada durante la hipoglucemia (hipoglucemia hipocetósica) indica que los AGL no están siendo movilizados adecuadamente desde los adipocitos (hiperinsulinismo) o no pueden ser metabolizados a cuerpos cetónicos (alteraciones de la ?-oxidación o de la cetogénesis).

La coexistencia de concentraciones muy bajas de β-hidroxibutirato (<0,5-1 mmol/L) y de AGL (<0,5 mmol/L) sugiere la existencia de hiperinsulinismo. Este diagnóstico se ve apoyado por unos niveles plasmáticos de insulina/péptido C elevados o inadecuadamente normales (si GP< 45 mg/dL: insulinemia < 2 µg/mL). Con mucha frecuencia, el diagnóstico de hiperinsulismo es difícil de comprobar debido a dos hechos fisiológicos fundamentales: 1) por un lado, al carácter pulsátil de la secreción de insulina y su corta vida media; y 2) por otro, a que se cuantifica la insulina en sangre venosa periférica y no en sangre portal, que es la que determina el efecto sobre la función metabólica del hígado y que puede ser 10 veces superior a la insulinemia periférica. En los casos dudosos, es necesario apoyarse en otros hallazgos para hacer el diagnóstico de hiperinsulinismo (Tabla V).

El hiperinsulinismo endógeno o secundario a intoxicación por sulfonilureas cursa con niveles elevados de péptido C; mientras que, niveles disminuidos de péptido C sugieren la administración de insulina exógena (insulinemia >100 µU/mL). La concentración medida de insulina en este último caso puede no ser elevada, si lo que se ha administrado son análogos de insulina, debido a la incapacidad de los anticuerpos monoclonales frente a la insulina humana para detectarlos.

La presencia de niveles elevados de AGL (>3 mmol/L) junto a una concentración baja de ?-hidroxibutirato sugiere una alteración de la ?-oxidación de los ácidos grasos o de la cetogénesis. En estos casos, la insulinemia suele estar adecuadamente suprimida (salvo en la deficiencia de hidroxiacil-coA-deshidrogenada por mutaciones en el gen SCHAD, que determina también hiperinsulinismo). Además de la hipoglucemia, los pacientes suelen presentar un mayor o menor grado de afectación multisistémica (debilidad muscular y miocardiopatía en la deficiencia primaria de carnitina o episodios de rabdomiolisis en la de carnitina-palmitoil-transferasa) con hiperuricemia y elevación de las transaminasas y la CPK, así como alteraciones neurológicas producidas por el efecto tóxico de algunos metabolitos (síndrome Reye-like). Debido a que muchos de los parámetros bioquímicos se normalizan fuera de las crisis, es importante recoger las muestras adecuadas durante la hipoglucemia y almacenarlas congeladas para su análisis posterior (excreción urinaria de ácidos dicarboxílicos, conjugados de glicina y carnitina; concentración plasmática de carnitina total y cociente acilcarnitinas/carnitina total).

Los pacientes con glucogenosis tipo I también pueden tener una cierta hipocetosis. Sin embargo, es relativamente sencillo distinguirlos de los anteriores por sus otras características clínicas y bioquímicas: gran hepatomegalia (salvo en el período neonatal), hipertrigliceridemia, ausencia de respuesta glucémica tras la administración de glucagón, pero marcado aumento de los niveles de lactato, etc.

Otras pruebas complementarias

En algunos casos, se puede recurrir a la realización de otras pruebas complementarias más específicas para confirmar el diagnóstico(30), como son: pruebas para evaluar la producción hepática de glucosa (sobrecargas i.v. de alanina, fructosa, galactosa…) o estudios funcionales que analizan la actividad de la enzima responsable en células del paciente (linfocitos, fibroblastos cutáneos, hígado, mucosa intestinal o músculo esquelético). Para el estudio de las hipoglucemias postprandiales, las pruebas de sobrecarga oral de glucosas o de alimento mixto pueden ser de utilidad. El desarrollo de la genética molecular ha relegado, en la mayoría de los casos, muchas de estas pruebas a un segundo plano.

Estudios moleculares

La confirmación diagnóstica definitiva de las hipoglucemias de origen genético requiere realizar el estudio de mutaciones en el correspondiente gen (HICP, glucogenosis, EIM…), generalmente en ADN obtenido de linfocitos de sangre periférica. En ocasiones, la gran mayoría de los pacientes tienen la misma mutación, lo que simplifica el estudio genético; por ejemplo, en el caso de la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena media (MCAD), la alteración más frecuente de la β-oxidación de los ácidos grasos (1:10.000 RN), en la que el 90% de los pacientes caucásicos presentan la mutación K329E (incluida en el cribado metabólico en países con alta frecuencia de esta mutación)(31). Otras veces, las mutaciones responsables de la enfermedad se distribuyen a lo largo del genoma, siendo necesario aplicar métodos de secuenciación masiva o next-generation sequencing (estudios de paneles de genes, exoma o genoma). En el caso de los HICP que no responden a diazóxido, se encuentra una causa genética en el 80-90% de los casos; mientras que, este porcentaje se reduce al 22-47% en los que sí responden a diazóxido(32). El hallazgo de mutaciones en ABCC8 y KCNJ11 en el alelo paterno puede sugerir hiperinsulinismo focal y posibilidad de curación completa mediante pancreatectomía parcial. En los pacientes con hiperinsulinismo congénito que se someten a pancreatectomía subtotal o parcial, puede ser conveniente, también, realizar estudios genéticos en el tejido pancreático extirpado. En los pacientes con insulinoma, debería realizarse sistemáticamente estudio de mutaciones asociadas a MEN1(24).

Pruebas de imagen

En los pacientes con hiperinsulinismo que no responden a diazóxido, antes de planificar la cirugía (pancreatectomía subtotal o parcial) es conveniente realizar un PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA que puede permitir diferenciar entre formas focales y difusas de hiperinsulinismo(33,34). Esta técnica de reciente disponibilidad, requiere de personal experto para su interpretación, pero ha revolucionado el tratamiento quirúrgico de los hiperinsulinismos y relegado a otras técnicas de imagen (ecografía de alta resolución, TAC-RM abdominal o arteriografía selectiva del tronco celíaco) o pruebas de localización técnicamente difíciles de realizar y que no suelen estar disponibles (cateterización venosa selectiva por vía percutánea transhepática). La sensibilidad y especificidad medias del PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA para distinguir entre hiperinsulinismo focal y difuso, en un reciente metanálisis(35), fue del 89% (entre 81-95%) y 98% (entre 89 y 100%), respectivamente. En el caso de los adenomas, la prueba de imagen de primera línea es la RM(24), con sensibilidades que oscilan entre el 30 y el 85%, debido, probablemente, a que el tamaño tumoral puede ser, en ocasiones, muy pequeño; en estos casos, el PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA podría estar indicado.

En pacientes con deficiencias hormonales, puede ser necesario realizar una RM hipotálamo-hipofisaria y/o estudios de imagen de las glándulas suprarrenales.

Orientación terapéutica

Tratamiento urgente

El tratamiento agudo de la hipoglucemia se basa en aportar al paciente la glucosa necesaria para normalizar la glucemia, evitando siempre la sobrecorrección. En EIM con acidosis metabólica suele estar indicada, también, la administración de bicarbonato.

En los casos graves o cuando existe un acceso vascular disponible

Se debe administrar un bolo i.v. de 200 mg/kg de glucosa en forma de suero glucosado al 10% (2 mL/kg). No deben infundirse soluciones más concentradas por vía periférica, dado el alto riesgo de lesión tisular en caso de extravasación. El bolo debe administrarse lentamente (2-3 mL/min.) para evitar la hiperglucemia, que podría dar lugar a la liberación de insulina y a una hipoglucemia reactiva. Tras el bolo, se iniciará una perfusión continua de glucosa a un ritmo de 6-8 mg/kg/minuto en lactantes y 3-5 mg/kg/minuto en el niño mayor. El ritmo debe ser continuamente ajustado en función de los sucesivos controles de glucemia para mantenerla por encima de 70 mg/dL (>100 mg/dl ante la sospecha de EIM). Los controles deben realizarse inicialmente, al menos, cada 30-60 minutos, hasta que la glucemia sea estable y cada 2-4 horas después. Nunca debe interrumpirse bruscamente la administración de glucosa por el riesgo de hipoglucemia de rebote. El ritmo de la infusión de glucosa se descenderá progresivamente a medida que el niño tolere la alimentación oral o responda al tratamiento farmacológico o dietético específico.

Los requerimientos de glucosa, para mantener glucemias >70 mg/dL, superiores a 8-10 mg/kg/min sugieren la existencia de un hiperinsulinismo, pudiendo llegar, en ocasiones, a los 20-25 mg/kg/min. En estos casos, para minimizar la sobrecarga de volumen, puede recurrirse a la administración de soluciones de glucosa hipertónica a través de una vía central, así como asociar temporalmente una perfusión continua de glucagón i.v. o s.c. (5-20 µg/kg/hora) y/o octreótido s.c. (5-40 µg/kg/día). La hipoglucemia secundaria a sobredosis de sulfonilureas se trata con bolos de glucosa i.v. y, en caso de que no sea suficiente, con octreótido i.m. o s.c. (1-1,5 µg/kg; máximo: 150 µg, cada 6 horas).

En hipoglucemias graves sin acceso venoso

Se pueden tratar con glucagón i.m. o s.c. (0,03 mg/kg/dosis; dosis máxima: 1 mg). El glucagón es efectivo, sobre todo, en los pacientes diabéticos o con hiperinsulinismo, que poseen grandes depósitos de glucógeno susceptible de ser liberado a la sangre, pero la respuesta suele ser transitoria (alrededor de una hora); por lo que, puede ser necesario administrar más de una dosis si la tendencia a la hipoglucemia persiste.

Medidas terapéuticas diferidas

El tratamiento específico a largo plazo depende de la causa de la persistencia de la hipoglucemia y, en gran medida, se ha comentado a lo largo del artículo. La guía de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica(7), recomienda como objetivos glucémicos:

• Para RN con sospecha de hipoglucemia persistente y para el resto de los niños con trastorno hipoglucémico confirmado, mantener GP > 70 mg/dL.

• Para RN con alto riesgo de hipoglucemia, pero sin sospecha de trastorno hipoglucémico congénito, mantener la GP > 50 mg/dL, en menores de 48 horas, y > 60 mg/dL en mayores de 48 horas.

• Se recomienda un enfoque individualizado del tratamiento en función de la enfermedad responsable de la hipoglucemia, teniendo en consideración la seguridad del paciente y las preferencias de la familia.

Medidas dietéticas

Los pacientes con hipoglucemia cetósica idiopática, glucogenosis, alteraciones de la gluconeogénesis, de la β-oxidación de los ácidos grasos e hiperinsulinismos leves deben evitar los ayunos prolongados, realizando tomas más o menos frecuentes en función de la enfermedad de base con una dieta personalizada; aunque, en todos los casos, se recomiendan preferentemente carbohidratos de absorción lenta. Los pacientes con glucogenosis tipo I pueden requerir la administración continua, mediante una sonda nasogástrica o gastrostomía, de polímeros de glucosa o maltodextrina (almidón de maíz crudo en niños mayores y adultos). La dieta de los pacientes con alteraciones de la ?-oxidación o de la cetogénesis debe ser pobre en grasas, aunque en caso de alteración comprobada de la β-oxidación de AGL de cadena larga, puede aumentarse el contenido calórico de la dieta añadiendo MCT (triglicéridos de cadena media). Los pacientes con intolerancia hereditaria a la fructosa deben evitar la ingesta de fructosa (azúcar de mesa, frutas, miel, muchos jarabes) y los pacientes con galactosemia, los alimentos y fármacos que contengan galactosa o lactosa.

Algunos de los EIM, así como la hipoglucemia hipocetósica idiopática, pueden descompensarse durante las enfermedades intercurrentes. En estas situaciones, deben ofrecerse frecuentemente líquidos con alto contenido en hidratos de carbono y, si la ingesta resulta inadecuada, administrar glucosa por vía i.v. No deben administrarse lípidos i.v. a pacientes con alteraciones de la β-oxidación o de la cetogénesis.

Hiperinsulinismo(20-21,36-39)

En las formas más leves, puede ser suficiente con realizar tomas frecuentes de alimentos con bajo índice glucémico. En los demás casos, el fármaco de primera elección es el diazóxido v.o. (5-15 mg/kg/día en 3 dosis), una droga que actúa abriendo los canales de K dependientes de ATP. El diazóxido produce hirsutismo y retención hídrica, especialmente en el periodo neonatal; en este caso, puede asociarse hidroclorotiazida v.o. (7 mg/kg/día en 2 dosis; máxima dosis: 10 mg/kg/día). Más raramente aparecen otros efectos adversos graves que obligan a interrumpir el tratamiento (neutropenia, trombopenia, insuficiencia cardíaca). Se considera que no hay respuesta a diazóxido cuando: después de, al menos, 5 días de tratamiento con diazóxido a dosis de 15 mg/kg/día, el niño sigue requiriendo, para mantener su glucemia normal, aportes intravenosos de glucosa y/o es incapaz de mantener la GP durante una noche de ayuno. La respuesta clínica a diazóxido marca un antes y un después, en la orientación diagnóstico-terapéutica de los pacientes con HICP (Fig. 3).

Figura 3. Algoritmo diagnóstico de la hipoglucemia persistente por hiperinsulinismo. Modificado de referencias 20 y 21.

Si no hay respuesta a diazóxido, puede considerarse la asociación de análogos de somatostatina, como: octreótido s.c. (5-25 µg/kg/día c/6-8 h, máximo: 40 µg/kg/día) o lanreótido (Somatulina Autogel®: 30-60 mg/mes, s.c.). La administración continuada de análogos de somatostatina, se ha asociado a enterocolitis necrotizante, en el periodo neonatal, y, en edades posteriores, puede producir taquifilaxia, esteatorrea, colelitiasis y alteración del crecimiento. Recientemente, se han incorporado nuevos fármacos, todavía insuficientemente probados, al tratamiento del hiperinsulinismo, como son: exendin, un antagonista del receptor de GLP1 (glucagón-like peptide 1), y sirolimus (rapamicina), un inmunomodulador, que inhibe la vía mTOR (mammalian target of rapamycin) y genera insulinorresistencia por un mecanismo insuficientemente aclarado, pero que ha sido utilizado en el tratamiento de insulinomas malignos.

Si el tratamiento farmacológico no es eficaz, el PET-TAC con 18-fluor-L-dopa muestra un hiperinsulinismo focal o atípico o se sospecha un adenoma productor de insulina, debe transferirse el paciente a un centro especializado para realizar una pancreatectomía, preferiblemente por vía laparoscópica(38). La pancreatectomía será más o menos extensa, según los hallazgos del PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA. En caso de hiperinsulinismos difusos que no responden a la terapia médica, pueden ser necesarias pancreatectomías casi-totales (95-98%).

Evolución

El pronóstico de los pacientes con hipoglucemia depende de la enfermedad subyacente. La hipoglucemia cetósica idiopática tiende a resolverse espontáneamente en torno a los 5 años, cuando el niño adquiere la masa muscular y el tejido adiposo suficientes para prevenir la hipoglucemia en caso de ayuno. Las enfermedades metabólicas y las deficiencias hormonales requieren tratamiento de por vida, que puede, en ocasiones, ser muy efectivo para prevenir la recurrencia de los episodios de hipoglucemia, pero no tanto para el pronóstico general, determinado por la enfermedad de base. En los pacientes con hiperinsulinismo, el pronóstico depende fundamentalmente de la causa del mismo. El hiperinsulinismo leve que responde a diazóxido puede necesitar tratamiento continuado, pero permite realizar una vida normal; en algunos casos, se puede producir una remisión espontánea y dejar de requerir tratamiento. Se puede probar a retirar el tratamiento cuando se requieran < 5 mg/kg/día de diazóxido o < 5 µg/kg/día de octreótido para mantener glucemias por encima de 70 mg/dl y se tolere un test de ayuno, adecuado a su edad y peso. Las lesiones focales se curan con pancreatectomía parcial. En las formas difusas que no responden al tratamiento farmacológico, casi exclusivas del período neonatal, la pancreatectomía subtotal puede no controlar completamente las hipoglucemias (con secuelas neurocognitivas a largo plazo frecuentes), requiriendo medicación (diazóxido, octerótido…) o, por el contrario, producir diabetes mellitus secundaria e insuficiencia pancreática exocrina.

Papel del pediatra de Atención Primaria (AP)

Aunque el estudio de las hipoglucemias persistentes o recurrentes es una patología de ámbito hospitalario, el papel del pediatra de AP en estas patologías es muy importante, sobre todo en el periodo de lactante, donde la inespecificidad de las hipoglucemias obliga a este a mantener un alto índice de sospecha que haga posible un diagnóstico más precoz que pueda disminuir/evitar las secuelas neurológicas que, de mayor o menor entidad, se asocian a las hipoglucemias reiteradas. Además, la hipoglucemia cetósica idiopática, la forma de hipoglucemia más frecuente entre los 18 meses y los 5 años de edad es patrimonio del pediatra de AP. Esta entidad es fácilmente diagnosticada sin necesidad de costosos estudios complementarios, por la edad de inicio, los antecedentes personales (bajo peso al nacimiento, malos comedores…) y el contexto clínico en que se desarrollan los episodios de hipoglucemia, habitualmente leves. Estos pacientes pueden ser perfectamente controlados mediante consejos de alimentación y prevenidas las hipoglucemias mediante la determinación de cetonuria con tiras reactivas, en su domicilio, durante los procesos infecciosos intercurrentes, a la espera de su desaparición espontánea con la edad; no obstante, en caso de hipoglucemias graves o reiteradas, deberán ser remitidos para su estudio hospitalario.

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Excelente artículo con las recomendaciones de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica respecto a cuándo y cómo deben ser estudiadas las hipoglucemias en la infancia, para evitar un excesivo gasto en pruebas innecesarias.

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Dos excelentes revisiones, del mismo grupo de trabajo, que ponen al día las hipoglucemias por hiperinsulinismo, la causa más frecuente de hipoglucemias persistentes en el periodo neonatal y uno de los campos que más ha evolucionado en los últimos años, desde el punto de vista diagnóstico (valor de la 18-fluor-L-dopa), molecular (nuevos y viejos genes implicados) y terapéutico (descripción de formas histológicas focales, susceptibles de curación mediante cirugía, y el empleo experimental de nuevos fármacos).

Caso clínico

 

Niño de 16 meses que fue remitido para estudio por hipoglucemia. Refería en los últimos 4 meses, tres episodios de convulsión tónico-clónica generalizada, sin fiebre ni aparente causa desencadenante, en la última de las cuales se había detectado una glucemia capilar de 27 mg/dL. Los padres no referían otra sintomatología sugerente de hipoglucemia.

Ambos progenitores eran jóvenes y sanos, no consanguíneos, sin antecedentes de enfermedades familiares, ni de abortos o mortinatos y el paciente tenía un hermano de 4 años sano. Había nacido tras un embarazo normal y un parto a término, eutócico, con peso y longitud al nacimiento de 3.500 g y 50 cm, respectivamente. Desarrollo psicomotor normal y sin otros antecedentes personales de interés. La exploración física era normal, con genitales normales (estadio I de Tanner), peso de 10,9 kg (PC 75-90) y longitud de 81,5 cm (PC 25-50).

El paciente fue ingresado para estudio, realizándose un perfil glucémico durante 48 horas que confirmó la tendencia a presentar glucemias en el rango bajo de la normalidad (60-70 mg/dL) con hipoglucemias leves esporádicas (40-45 mg/dL), preferentemente postprandiales y con escasa sintomatología acompañante (decaimiento, palidez). El control de la glucemia precisó inicialmente aportes de glucosa intravenosa de hasta 8 mg/kg/min. Tras su estabilización, se inició alimentación oral, con dieta fraccionada cada 4 horas, junto con nutrición enteral nocturna a débito continuo, pese a lo cual continuó presentando episodios de hipoglucemia, por lo que se instauró nutrición enteral continua con aportes elevados de hidratos de carbono, normalizándose las cifras de glucemia.

Las determinaciones analíticas realizadas en hipoglucemia espontánea (muestra crítica), en sangre (insulina, péptido C, amonio, ácido láctico y pirúvico, hormona de crecimiento, cortisol, cuerpos cetónicos, ácidos grasos libres, alanina, aminoácidos, carnitina y acilcarnitina) y orina (cuerpos cetónicos y ácidos orgánicos en orina de 24 horas) fueron normales, salvo la presencia de niveles detectables de insulina (16,9 µUI/mL) e hiperamoniemia (147 µmol/L; VN: 10-40) en presencia de hipoglucemia (glucemia plasmática de 38 mg/dL).

El paciente fue diagnosticado de hiperinsulinismo pautándose tratamiento con diazóxido oral (13,6 mg/kg/día, c/8 horas). Se observó respuesta clínica positiva a las 48 horas de iniciado el tratamiento, lo que permitió la retirada progresiva de los aportes endovenosos de glucosa, así como de la alimentación enteral y el paso a la alimentación fraccionada, con posterior descanso nocturno. El estudio molecular demostró que el paciente era heterocigoto para una mutación de novo en el exón 7 del gen GLUD-1 (G979A), confirmando el diagnóstico de síndrome de hiperinsulinimo hiperamoniemia.

 

 

Abordaje de las quemaduras en Atención Primaria

I. Manrique Martínez*, C.M. Angelats Romero**
Temas de FC


I. Manrique Martínez*, C.M. Angelats Romero**

*Director del Instituto Valenciano de Pediatría. Socio de honor de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria. **Responsable de Urgencias Pediátricas Hospital Universitario Francesc de Borja de Gandía

Resumen

Las quemaduras representan una de las principales causas de lesiones no intencionadas en la población pediátrica, con una repercusión social importante dada su morbimortalidad y posteriores secuelas. Estas presentan un amplio espectro de posibles tratamientos en función de su etiología, grado de afectación y momento de tratamiento (agudas o crónicas). El éxito de nuestra actuación desde Atención Primaria dependerá de su adecuado diagnóstico, valoración, tratamiento y remisión, si procede, a centro hospitalario, así como del seguimiento ambulatorio y las posibles derivaciones secundarias en caso de detectar complicaciones.

 

Abstract

Burn injuries represent one of the main causes of unintentional injuries in the pediatric population with an important social repercussion given their morbidity, mortality and possible sequelae.
There is a wide spectrum of possible treatments depending on their etiology, degree of involvement, and time of treatment (acute or chronic).
The success of the intervention provided in the primary care setting will depended on its proper diagnosis, assessment, and referral to a more specialized center if needed, as well as outpatient follow-up and possible secondary referrals in case of detecting complications.

 

Palabras clave: Quemaduras; Cicatrización de heridas; Accidentes; Niños

Key words: Burns; Wound Healing; Accidents; Children

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 81-89


Abordaje de las quemaduras en Atención Primaria

Introducción

Una quemadura es una lesión en la piel u otro tejido orgánico causada principalmente por la acción de agentes: físicos, químicos y biológicos, que induce la desnatura­lización de las proteínas tisulares implicadas(1-2).

Las quemaduras constituyen la tercera causa de muerte por lesiones no intencionadas en menores de 14 años (detrás de los accidentes de tráfico y los ahogamientos) y la segunda en menores de 4 años. Además, puede producir una morbilidad persistente derivada de las cicatrices antiestéticas, secuelas funcionales y psicológicas (Tabla I)(3-4).

 

Son más frecuentes en varones de 2 a 4 años y las localizadas en extremidades superiores, cabeza y cuello. La mayoría ocurren en el domicilio (cocina).

El 80-90% son producidas por agentes térmicos (escaldaduras) y no hay que olvidar que hasta un 10% de los niños maltratados presentan quemaduras, siendo el tipo más habitual la escaldadura por inmersión(2,5).

En Estados Unidos, las quemaduras representan un promedio de 1.230 visitas al día en los servicios de urgencias. Si bien, muchas de estas lesiones se curarán espontáneamente, casi 1 de cada 10 es lo suficientemente grave como para requerir hospitalización o traslado a un centro especializado en quemaduras. De los pacientes que ingresaron, el 18% eran menores de 5 años. El 70% de los casos tenían quemaduras inferiores al 10%.

Etiología

La etiología tiene importancia, especialmente en la actuación durante la emergencia y la urgencia(2).

Agentes físicos

Quemaduras térmicas: por líquidos u objetos calientes, llamas o vapor.

Quemaduras eléctricas: por fogonazo, arco voltaico o eléctricas. Su intensidad depende de la resistencia del tejido y del voltaje (bajo <1.000 V).

Quemaduras por radiación: por contacto con luz ultravioleta o radiación nuclear, la víctima puede sufrir quemaduras por radiación.

Quemaduras por frío: generalmente, temperaturas por debajo de los 0 grados y, con más frecuencia, en zonas acras. La lesión se produce por la cristalización extra e intracelular y la disminución del flujo vascular. Puede asociar hipotermia(6).

Quemaduras por fricción: asocian un componente mixto, abrasión y quemadura por calor; por ejemplo: lesiones de áreas expuesta en gimnasios.

Quemaduras por inhalación: podemos encontrar lesiones térmicas por: llamas, humo o vapor, lesión química pulmonar por tóxicos inhalados o CO.

Agentes químicos

Quemaduras químicas: producidas por sustancias ácidas (necrosis licuefactiva) o básicas (necrosis coagulativa). La gravedad, en estos casos, depende de la concentración y el tiempo de exposición.

Agentes biológicos

Seres vivos: como puede ser el caso de: arañas, medusas, peces eléctricos o incluso de origen vegetal, como las resinas(1).

Fisiopatología

La piel es un órgano que cuando pierde su integridad se producen 3 efectos principales: pérdida de líquidos, pérdida de calor (lo que puede causar hipotermia) y pérdida de la acción barrera frente a los microorganismos, aumentando la susceptibilidad de infección(2-3).

Secundariamente, la destrucción celular causada por la quemadura genera toxinas y activa la liberación de sustancias inflamatorias y vasoactivas (histamina, serotonina, prostaglandinas, tromboxanos, leucotrienos, citoquinas, radicales libres…) que desencadenan una reacción inflamatoria local, dando lugar a la aparición de: edema, flictenas y exudado seroso.

Cuando la quemadura sobrepasa el 10-15% de la superficie corporal total (SCT), estas sustancias pasan también al torrente circulatorio y se extienden provocando alteraciones sobre los órganos, pudiendo llegar a provocar el SIRS (síndrome inflamatorio reactivo sistémico)(6).

En quemaduras mayores de un 10% de Superficie Corporal Quemada (SCQ), ocurre reacción de aumento de permeabilidad capilar, ya no en el área quemada, sino, generalizada a todos los órganos, esto origina una extravasación de proteínas y, con ellas, líquido al compartimiento extravascular que, junto a los mediadores inflamatorios, da como resultado la formación de edema en tejido no quemado.

Diagnóstico diferencial

Diferencias con el adulto(2-3)

• Los niños son más susceptibles a la intoxicación por CO.

• Mayor predisposición a la hipotermia, por su mayor área de superficie corporal (ASC) e inmadurez termorreguladora.

• Diferentes proporciones en cuanto al ASC, lo que puede afectar al cálculo de la extensión de la quemadura al usar escalas no pediátricas.

• La piel de los niños es hasta 15 veces más fina que la de los adultos; por ese motivo, se quema a temperaturas más bajas y alcanza mayor profundidad.

Diferenciar lesiones no intencionadas de malos tratos(3,7)

• Tardanza en búsqueda de atención > 24 h.

• Afectividad inapropiada del niño y/o padres.

• Historia inconsistente sin relación entre el mecanismo de producción de la quemadura y la localización de la lesión que estamos viendo.

• Imagen sugestiva: profundas, simétricas y con clara delimitación (plancha, radiador, cigarrillo…).

• Localización sugestiva en zonas de castigo como: mejillas, orejas, glúteos, genitales y periné.

• Quemaduras de repetición.

Para un diagnóstico certero de una quemadura, además de la etiología, se debe conocer muy bien la extensión, profundidad, localización o zonas comprometidas, esto nos ayudará a conocer la magnitud de la lesión y, de esta manera, su índice de gravedad, lo que nos permitirá definir el tratamiento más adecuado para cada paciente.

Clasificación de las quemaduras

Según su profundidad (Tabla II)(2-5)

 

Consejos para la valoración de la profundidad

• El aspecto de la lesión debe coincidir con la sensibilidad del paciente. Si existen dudas, revalorar la lesión en 24 h.

“Test de la aguja”: valorar la sensibilidad pinchando con una aguja o con el capuchón de la aguja, alternando. Si lo distingue claramente sin mirar con qué objeto se le está tocando, la quemadura es superficial. En caso contrario, es profunda.

“Signo del pelo”: consiste en tirar de los pelos que queden en la zona quemada, si ofrece resistencia o causa dolor, la raíz del pelo no está afectada, la quemadura es 2ª superficial. En caso contrario, es 2ª profunda.

• Es posible que algunas quemaduras dérmicas superficiales o profundas, al inicio no presenten ampollas, por lo que ante duda diagnóstica es recomendable revalorar la quemadura al cabo de unas horas(6).

Según la extensión

Recordar que nunca debemos de contabilizar las quemaduras de primer grado. Para calcular la extensión de las quemaduras, los métodos más utilizados son los siguientes:

Regla de la palma de la mano

Se mide la palma de la mano del niño, incluyendo los dedos y juntos, considerándola como un 1% de la superficie corporal, nunca utilizar la mano del examinador.

Esta regla es especialmente útil si la superficie total afectada es menor del 10% o bien si es superior al 85%, dado que en estos casos, se podría calcular la superficie sana fácilmente (Fig. 1). También útil en quemaduras parcheadas o irregulares. Ventaja: fácil de estimar. Inconveniente: menos exacta y poco útil en superficies extensas(2-3).

Figura 1. Regla de la palma de la mano. ©David Cantillo.

Regla de los 9 de Wallace

Aunque no es precisamente la más exacta en niños, es un método fácil de recordar y usada ampliamente por los pediatras. Consiste en asignar múltiplos de 9 a diferentes zonas corporales (Fig. 2). Ventaja: se usa para calcular grandes superficies de forma rápida. Inconveniente: depende de la superficie corporal(2).

Figura 2. Regla de los 9 de Wallace (Total Burn Care. 2018. 5th Edition).

 

Tabla de Lund y Browder

Existen tablas más elaboradas, como la de Lund y Browder (Tabla III).

 

Se especifican las proporciones del niño en relación a su edad. En la tabla III, el porcentaje se refiere a la parte anterior o posterior de la región referida.

Es el método más recomendado para calcular el área de superficie corporal quemada (SCQ) en los niños. Ventaja: la más exacta, útil en quemaduras extensas y múltiples. Inconveniente: la más laboriosa(2).

Según su localización

Las quemaduras conllevan mayor gravedad en zonas de riesgo, como son: cara, cuello, manos, pies, genitales, zona perianal y todas las zonas de flexión y las que implican un mayor riesgo de secuelas estéticas y funcionales.

Factores agravantes

• Quemaduras por llamas que se han producido en espacios cerrados (sospechar inhalación de humo).

• Exposición a monóxido de carbono o a cianuro (combustión de carburos o materiales sintéticos, como: poliuretano, nylon, acrílicos…).

• Historia de caídas o explosiones (sospechar otras lesiones).

• Quemaduras eléctricas (mayor lesión interna que externa) pueden asociar: arritmias cardiacas, fracturas, síndromes compartimentales y rabdomiolisis.

• Quemaduras químicas: requieren irrigación copiosa. Presentan más profundidad y complicación que las térmicas, ya que el periodo de acción del tóxico es mayor.

Clasificación y derivación

Para realizar la valoración de la quemadura es necesario determinar: la extensión (% de superficie corporal quemada), el grado de profundidad y la localización. También, hay que considerar: las circunstancias del accidente, los antecedentes personales y la localización (factores agravantes) (Tabla IV)(2,4-8).

 

Atención inicial del paciente quemado

Primeros auxilios extra hospitalarios(5-7,9)

• Asegurar la seguridad del entorno. Desconectar el cuadro de luces, abrir ventanas, evitar contacto con tóxicos, etc.

• Interrumpir el agente causal, extinguiendo las llamas cubriéndolas con una manta, o bien utilizando agua u otros líquidos que ayuden a apagar el fuego.

• Detener el proceso de quemadura, quitando la ropa (no se recomienda retirar la ropa si está muy pegada a la piel), anillos e irrigando partes afectadas con agua corriente a temperatura ambiente durante 15 min.

Envolver al paciente en un paño o una sábana limpia y transportarlo al Centro Sanitario más cercano para que reciba atención médica.

En el centro de salud y hospital(1-2,8)

• Véase algoritmo 1.

Cuidado local de las quemaduras

Enfriamiento de la quemadura

En el momento inmediato posterior al accidente, lo prioritario es contrarrestar los efectos nocivos del agente causal para detener su acción y ello se consigue rápidamente enfriando la quemadura.

El enfriamiento de la quemadura limita la extensión y la profundidad de la lesión, además de disminuir el edema y el dolor. Comentaremos dos tipos de enfriamiento.

Enfriamiento con agua o suero fisiológico

Se realiza mediante rociamiento indirecto, a unos 15 cm de la quemadura, a una temperatura de 15º (el agua del grifo oscila entre 8º y 18º), durante 15-20 minutos, en ángulo de 15º para evitar el encharcamiento. Finalizado el tiempo de enfriamiento, hay que aplicar gasas secas o paños estériles. Se protegerá al paciente con una manta térmica aluminizada y con mantas convencionales para evitar la hipotermia(6).

El uso de agua fría o helada produce vasoconstricción acelerando la progresión de la quemadura local y aumentando el dolor. El caso de extensiones elevadas, favorece el riesgo de hipotermia.

Enfriamiento con apósitos de hidrogel (Water-jel®)(10)

Los apósitos de gel de agua (water-jel®) son otra opción para quemaduras de origen térmico. Es un compuesto con un contenido en agua del 96%, al que se añade un espesante que transforma el agua en gel. A diferencia de las gasas o toallas húmedas, no se adhieren a las zonas cruentas (es hidrosoluble, por lo que puede ser fácilmente eliminado con agua) y retirado de forma indolora. Contienen un antiséptico natural (árbol de té) que evitaría la proliferación de gérmenes y por su efecto “traje de buzo” (enfría la quemadura no al paciente) disminuye el riesgo de hipotermia (produce un descenso de la temperatura en la superficie quemada de unos 5º en unos 15 minutos, estabilizándose posteriormente la temperatura durante unas 6 horas).

Limpieza de las quemaduras

Solo se debe utilizar agua potable o suero fisiológico con un jabón suave para lavar las quemaduras leves. Los antisépticos (clorhexidina al 1-4%, Hibiscrub®) pueden interferir en el proceso de cicatrización, solo los utilizaremos si hay alto riesgo de contaminación y deberán ser enjuagados posteriormente(2,5).

En los sucesivos cambios de cura, se debe enjuagar solo con agua o con suero fisiológico, idealmente a 30-32ºC para eliminar exudado o restos de pomadas y aplicar un nuevo apósito, según necesidades.

Manejo de las flictenas y del epitelio necrosado

Recomendaciones(6):

• Ampollas rotas, se elimina el tejido necrótico.

• Ampollas íntegras, liquido turbio o que se rompen con facilidad (articulaciones), extensas o de piel fina, removerlas de forma estéril.

• Ampollas íntegras con líquido limpio, pequeñas (< 6 mm) o de piel gruesa, se dejan intactas.

Cobertura de las quemaduras

El principal objetivo es limitar el crecimiento de microorganismos, evitando posibles infecciones y favoreciendo la epitelización.

Según la evidencia científica, no hay ningún producto que sea el mejor para todo tipo de quemaduras, ni para todas las fases de la misma quemadura(2,6,11).

Antibióticos tópicos

No se recomienda el uso rutinario de antibióticos tópicos en el tratamiento de las quemaduras menores.

Cada uno ofrece ventajas y desventajas y afectan de forma distinta a la cicatrización. Si los empleamos, debemos ser consecuentes con los tiempos recomendados para las curas o recambios posteriores(5).

Sulfadiazina argéntica (Silvederma®, Flammazine®)

Es el antibiótico tópico de primera elección. Tiene acción antimicrobiana contra gram (+), gram (-), pseudomona aeruginosa y cándidas. Es hidrófila (aplicación y retirada fácil). Poca penetración en las escaras. Está contraindicado en menores de 2 meses, déficit de G6PDH y embarazadas. Puede retrasar el cierre de la herida y debe suspenderse en fase de reepitelización. Aplicado con cerio (Flamazine®) potencia la acción antimicrobiana y añade poder de penetración en la escara, pero no se recomienda su uso rutinario. Curas cada 12-24 horas(2,6).

Nitrofurazona (Furacin®)

Muy usada en nuestro medio, pero su indicación cada vez es más restringida por su espectro reducido y las posibles reacciones alérgicas en el 4% de los pacientes. Curas cada 24-48 h(12).

Bacitracina (Tulgrasum®)

Es la alternativa a la sulfadiacina argéntica. Se puede aplicar cuando la quemadura esté localizada en zonas expuestas al sol, como la cara y en pacientes con hipersensibilidad a las sulfamidas. No se recomienda su uso durante el embarazo o lactancia, en recién nacidos ni en superficies muy extensas (elevado riesgo de absorción sistémica)(6).

Apósitos

Su función es: proporcionar alivio del dolor, actuar de barrera frente a la infección, absorber el exudado que esta produce y promover la cicatrización, por lo que si cumplimos estos parámetros, independientemente del apósito que usemos, estaremos realizando un adecuado tratamiento(6). En el mercado, existen numerosos tipos de apósitos (Tabla V) que emplearemos según las características de la quemadura(2,4-6,8,12):

 

Recomendaciones:

• El tipo de apósito debe establecerse de forma individualizada según las características de cada lesión: profundidad, extensión, localización, riesgo de infección, fase evolutiva, exudación, sensibilidad, dolor y pautas de curas posibles.

• Las quemaduras de primer grado no requieren ningún tratamiento tópico específico. Para disminuir el dolor, se pueden emplear cremas hidratantes, de aloe vera y analgesia vía oral. El uso de corticoides tópicos está actualmente desaconsejado(2,4,8).

• En quemaduras de segundo grado superficial, una opción adecuada serían las gasas con parafina, solas o asociadas a antibióticos según las características de la herida. Si extensas, valorar apósitos hidrocoloides con plata o biosintéticos(2,4,6,13).

• A las de segundo grado profundo y tercer grado, aplicar antibiótico tópico, podríamos usar una asociación de apósitos hidrocoloides con plata o biosintéticos. Hay que tener en cuenta que estas quemaduras necesitarán individualizar el apósito según el tipo de lesión y estadio en el que se encuentren, además de valoración quirúrgica para escarotomía, escarectomía o desbridamiento(4-5).

• Los apósitos hidrocoloides se pueden cambiar a partir del 3er-5º día(2).

• Si en el cambio del apósito hidrocoloide este no se despega, no forzar, retirarlo por capas(2). Recortar y colocar otro sobre este. Vendar y mantener elevado el miembro afectado.

Vendajes

En general, se usan compresas y/o gasas sobre los apósitos (en longitudinal con respecto a la lesión) y vendajes compresivos no ajustados (de distal a proximal) en extremidades o sujeción con mayas, según la localización anatómica. Recordar mantener el área afectada elevada(6).

Analgesia y profilaxis antitetánica

La analgesia suele ser necesaria para controlar el dolor derivado de la quemadura, de su limpieza o de los cambios de apósitos.

Los analgésicos más usados en quemaduras menores son: paracetamol, ibuprofeno y metamizol. En caso de quemaduras de segundo grado profundas, puede ser útil emplear morfina hidrocloruro subcutáneo: 0,1-0,15 mg/kg, máximo 10 mg/dosis(6).

Valoremos la necesidad de una sedación consciente con analgesia en curas prolongadas y la asociación con medidas no farmacológicas(14).

Recordar que puede ser útil la administración oral de antihistamínicos para aliviar el prurito que acompañará posteriormente a la reepitelización (Tabla VI)(6).

 

Es necesario conocer el estado de inmunización de tétanos en todos los casos de heridas por quemaduras y seguir el protocolo de profilaxis antitetánica(6-7).

Secuelas

En las quemaduras de poca gravedad, para evitar en lo posible las cicatrices, se recomienda hidratar la zona de la quemadura una vez reepitelizada y caída la cicatriz (aceite rosa de mosqueta, Repavar®), y emplear protección solar de pantalla durante el día los 6 meses posteriores a la quemadura. Existen productos que se comercializan, como reductores de cicatrices con base de silicona como stratatriz® y mepiform®(15).

Si una quemadura superficial no ha iniciado la reepitelización después de 1 semana de curas, remitir para valoración.

Las quemaduras más profundas tienen más riesgo de dejar cicatrices hipertróficas.

No hay que olvidar la posibilidad de secuelas psicológicas. El cuidadoso control del dolor en la fase aguda, ayudará a que no aparezcan.

Es también importante la asistencia a los padres, cuyo sentimiento de culpabilidad va a condicionar posteriores comportamientos.

Quemaduras especiales

Quemaduras eléctricas

Su gravedad se ve determinada por: amperaje, voltaje, resistencia, tipo de corriente, duración y trayecto. Todas son consideradas quemaduras mayores, salvo las lesiones locales, producidas por corrientes de bajo voltaje, no transtorácicas, asintomáticas y sin alteraciones en el electrocardiograma ni mioglobinuria, que podrán ser dadas de alta tras observación(7-8).

Quemaduras químicas

El tratamiento fundamental es la irrigación con suero fisiológico tibio (30-60 min.), neutralización si tuviese y la desbridación de las ampollas, en todos los casos. Observación, incluso en quemaduras SCQ menor al 10% y consulta con Cirugía plástica u Oftalmología. Las producidas por cal viva se deben cepillar antes de lavar, ya que el agua activa la cal(2,4,6-8).

Quemaduras por frío

Se usa la misma clasificación que para el resto de quemaduras. El tratamiento es el recalentamiento tras estabilizar al paciente si hipotermia. En caso de quemaduras por áreas, realizar inmersiones a 37ºC por períodos de 20 minutos(4).

Quemaduras por inhalación

Es fundamental conseguir permeabilizar la vía aérea, sobre todo, en los casos graves y de alta sospecha, como: dificultad respiratoria, quemaduras orofaciales, esputo oscuro o resto de carbón en mucosas asociados a llamas, humo, vapor caliente en lugares cerrados o tóxicos inhalados(5).

Prevención

El mejor tratamiento de las quemaduras es evitarlas y es el pediatra quién debe informar a los padres. Realizamos las siguientes recomendaciones basadas en las de la OMS y otras guías centradas en la prevención de lesiones(3,9):

• Limitar la temperatura en los grifos de agua caliente. Existen dispositivos especiales para estos efectos.

• Comprobar la temperatura de la bañera con el codo y no con la mano, ya que esta es menos sensible a altas temperaturas.

• Remover el agua antes de sumergir al niño, ya que la distribución del calor puede no ser uniforme y estar más caliente en zonas profundas.

• El uso de detectores de humo en las viviendas.

• El uso de telas ignífugas para la ropa de dormir de los niños.

Instalar protectores de seguridad en las tomas de corriente, así como evitar el uso de alargaderas y conexiones múltiples.

• Evitar la manipulación de cables, mechero o fuego en general, frente a los niños por el riesgo de imitación.

• Limitar dispositivos eléctricos en los baños o durante el baño del niño.

• Los niños no deben jugar con petardos ni bengalas.

• Limitar el acceso a la cocina y, siempre que permanezcan ahí, será bajo supervisión.

• Los mangos de la cocina deben estar girados de forma que no sobresalgan del canto externo.

• Limitar el uso de microondas para calentar biberones y favorecer el uso de calienta-biberones; así como comprobar siempre la temperatura del líquido en el dorso de la muñeca.

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Bibliografía recomendada

Esparza MJ, Mintegi S, Azkunaga B. Guía para padres sobre la prevención de lesiones no intencionadas en la edad infantil. Madrid: Asociación Española de Pediatría Fundación Mapfre; 2016.

Interesante guía para padres, desarrollada por el Comité de Seguridad y Prevención de lesiones Infantiles de la Asociación Española de Pediatría, con datos epidemiológicos actualizados y recomendaciones detalladas sobre la prevención de quemaduras, así como otras lesiones no intencionadas.

– Guía de práctica clínica para el cuidado de personas que sufren quemaduras (2011). [ebook] Sevilla: Servicio Andaluz de Salud. Consejería de Salud. Junta de Andalucía. Consultado: 28 de agosto de 2018.
Disponible en:
http://www.guiasalud.es/GPC/GPC_485_Quemados_Junta_Andalucia_completa.pdf.

Completa guía de práctica clínica basada en la evidencia desarrollada por el Servicio Andaluz de Salud en 2011. Incluye un documento principal desarrollado minuciosamente con recomendaciones, utilizando el sistema GRADE para clasificar la evidencia, así como un formato resumen y una guía para padres.

– Herndon D. Total Burn Care. 5a ed. Edinburgh: Elsevier Inc.; 2018.

Magnífico libro sobre quemaduras. Reeditado cada 5 años aproximadamente, actualmente en su 5a edición, es para nosotros uno de los documentos más completos sobre el tema, abordando de forma minuciosa todos los detalles: médicos, quirúrgicos, de enfermería, intra y extrahospitalarios, con un formato amigable y bien estructurado.

– Baltá L, Berenguer M, Capdevilla G, García E. Clasificación de los productos de curas por indicación. AMF. 2011; 7: 581-608.

Encontraremos pocas clasificaciones tan completas como esta, sobre los distintos tipos de productos indicados para curas en nuestro medio. Es un enfoque práctico, bien estructurado y con imágenes, lo que lo convierte en un buen material de referencia.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta

Niña de 13 años que consulta en su Centro de Salud por quemadura con agua hirviendo al caérsele la cacerola mientras cocinaba. El padre le aplica pasta de dientes y cubre la lesión con gasas húmedas y acuden a nuestra urgencia.

Exploración física

A la exploración, se aprecia una lesión de 8 x 5 cm de diámetro, muy dolorosa, con ampollas íntegras en los bordes y una flictena rota con base eritematosa, pero alguna zona pálida (0,5 cm) en los bordes, menos dolorosa con la prueba de la aguja. Es predominantemente exudativa.

 

 

 

Urgencias oncológicas en Pediatría

M.C. Mendoza Sánchez, S. Riesco Riesco, A. González Prieto
Temas de FC


M.C. Mendoza Sánchez, S. Riesco Riesco, A. González Prieto

Unidad de Hematología y Oncología Infantil. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca

Resumen

El cáncer constituye la principal causa de mortalidad por enfermedad en la infancia. En las últimas dos décadas, se ha producido un importante aumento en la supervivencia de dicha patología, especialmente debido a la mejora en los tratamientos, la terapia de soporte y el manejo de las situaciones urgentes asociadas. Las urgencias oncológicas son entidades graves, potencialmente letales que deben ser reconocidas de forma temprana para instaurar medidas terapéuticas y poder así reducir la morbimortalidad asociada. Estas alteraciones, a menudo, aparecen en el momento del diagnóstico, pero pueden presentarse a lo largo de la enfermedad o en caso de recurrencia/progresión, por lo que debemos tenerlas en cuenta a la hora de evaluar al niño oncológico o con sospecha de patología tumoral. La mayoría ocurren debido a alteraciones metabólicas, al tratamiento de la enfermedad o a la compresión del tumor sobre órganos vitales. Una valoración multidisciplinar que incluya al profesional de Urgencias, al oncólogo y, en algunos casos, al intensivista pediátrico y al radioterapeuta, es necesaria para conseguir una adecuada evaluación.

 

Abstract

Cancer is the most frequent medical cause of death in children. In the last two decades there has been significant improvement in childhood cancer survival, especially due to advances in treatment, supportive care and management of the associated emergency situations. Oncologic emergencies are severe conditions that should be recognized immediately in order to implement early measures and interventions to reduce mortality and morbidity. These urgencies are often present at the time of diagnosis but may occur during the course of the oncologic malignancy or in case of recurrence/progression. Knowledge of these entities is paramount to improve the quality of life of these patients. Most oncologic emergencies are due to metabolic abnormalities, treatment of the disease or tumor compression of vital organs. A multidisciplinary approach involving the emergency care provider, the oncologist and, in some cases, intensive care physician and radiation oncologist, is critical in improving short and long term prognosis.

 

Palabras clave: Urgencias oncológicas en Pediatría; Síndrome de lisis tumoral; Compresión de la médula espinal; Fiebre y neutropenia; Síndrome de vena cava superior

Key words: Pediatric oncologic emergencies; Tumor lysis syndrome; Spinal cord compression; Fever and neutropenia; Superior vena cava syndrome

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 65 – 80


Urgencias oncológicas en Pediatría

Introducción

El cáncer infantil constituye la principal causa de muerte por enfermedad en niños mayores de 3 meses(1). Los avances diagnósticos y terapéuticos experimentados en los últimos años han incrementado las tasas de supervivencia, alcanzándose cifras superiores al 80% en general. Uno de los principales factores implicados es la mejora en el manejo de las situaciones urgentes, que pueden aparecer relacionadas y que conllevan importante morbilidad y mortalidad. La mayoría de urgencias oncológicas ocurren debido a alteraciones metabólicas, al tratamiento citorreductor o a la compresión del tumor sobre órganos vitales, y pueden presentarse en cualquier momento de la enfermedad. Es fundamental aprender a identificarlas para estabilizar al paciente y aplicar las medidas terapéuticas necesarias de manera precoz(2).

En el presente artículo vamos a describir las principales manifestaciones clínicas, los métodos empleados para el diagnóstico y el tratamiento de las urgencias oncológicas pediátricas más significativas.

Urgencias metabólicas

Las alteraciones metabólicas son un hallazgo relativamente frecuente. Una estrecha monitorización clínico-analítica y el adecuado manejo de líquidos son la base de la prevención.

Síndrome de lisis tumoral

Definición

El término síndrome de lisis tumoral (SLT) hace referencia al conjunto de alteraciones metabólicas resultantes de la rápida destrucción de las células malignas y cuyas consecuencias pueden ser potencialmente graves. Se caracteriza por la presencia de hiperuricemia, hiperkaliemia, hiperfosfatemia e hipocalcemia, las cuales pueden aparecer de manera espontánea o en los primeros días tras el inicio del tratamiento citotóxico.

En el año 2004, Cairo y Bishop publican un sistema de clasificación del SLT, el cual nos permite definirlo mediante criterios clínicos o analíticos(3) (Tablas I y II).

 

Fisiopatología

Las alteraciones de laboratorio surgen de la liberación masiva de metabolitos intracelulares, como potasio, fósforo, citoquinas y ácidos nucleicos, cuyo catabolismo da lugar a la producción de ácido úrico. El exceso de estos productos supera la capacidad excretora del riñón, lo que lleva a su acumulación y posterior desarrollo del SLT. La excesiva producción de ácido úrico favorece la precipitación del mismo en forma de cristales en los túbulos renales; de igual manera, la hiperfosfatemia favorece la formación y precipitación de cristales de fosfato cálcico, cuando el producto de la multiplicación de ambos supera 70, dando lugar a la aparición secundaria de hipocalcemia. Consecuencia de lo anterior, se puede producir una nefropatía obstructiva que desemboque en una insuficiencia renal aguda. El daño renal agudo favorece el desarrollo del SLT, al dificultar la eliminación de los metabolitos, al tiempo que este perpetúa el daño renal(4,5) (Algoritmo. 1).

Clínica

Las manifestaciones clínicas vienen determinadas por las alteraciones metabólicas y la enfermedad de base. Entre ellas, se incluyen náuseas, vómitos, calambres, tetania, letargia, convulsiones e incluso riesgo de arritmias y parada cardiaca.

Estratificación y grupos de riesgo

El síndrome de lisis tumoral ocurre con mayor frecuencia en pacientes afectos de linfomas no Hodgkin (LNH), sobre todo, los de tipo Burkitt, leucemias agudas linfoblásticas (LLA), especialmente las de estirpe T y leucemias agudas mieloblásticas (LMA). Existen una serie de factores de riesgo bien conocidos para el desarrollo de SLT, entre los que se incluyen(5):

Gran masa tumoral (diámetro >10 cm).

• Tumores de alto grado con rápida proliferación (LDH >2 veces el límite superior de la normalidad; cifra de leucocitos >25.000/mcl).

• Fallo renal previo o infiltración tumoral a ese nivel.

• Tratamiento con agentes citorreductores altamente efectivos y rápidos.

• Empleo de fármacos que puedan aumentar los niveles de ácido úrico.

En el año 2010, Cairo y cols., publican unas recomendaciones que permiten clasificar a los pacientes en 3 grupos de riesgo (bajo, intermedio y alto), en función de la enfermedad de base, la existencia de afectación renal y la presencia de alteraciones analíticas y/o clínicas.

De acuerdo con la enfermedad de base, se incluyen en el grupo de riesgo intermedio los pacientes que presentan alguno de los siguientes criterios:

• Tumores sólidos que se presentan con masa Bulky (>10 cm) o en estadios avanzados, como los tumores de células germinales o el neuroblastoma.

• Leucemia linfoide crónica con recuento de leucocitos >50 x 109/l y/o que recibe tratamiento con terapias dirigidas o biológicas.

Leucemia mieloblástica aguda con cifras de leucocitos entre >25 x 109/l y <100 x 109/l, o recuentos <25 x 109/l junto con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Leucemia linfoblástica aguda con recuentos leucocitarios <100 x 109/l y cifras de LDH <2 veces el límite superior de la normalidad.

• Linfoma de Burkitt o linfoma linfoblástico en estadios precoces (I-II).

• Linfoma anaplásico de células grandes, linfoma difuso o linfoma mediastínico primario de células grandes B en estadios avanzados.

Se consideran dentro del grupo de alto riesgo los pacientes que presentan:

• Leucemia linfoblástica aguda con recuentos leucocitarios <100 x 109/l y cifras de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Leucemia linfoblástica o mieloblástica aguda con cifras de leucocitos >100 x 109/l.

• Leucemia linfoblástica aguda B madura o tipo Burkitt.

• Linfoma de Burkitt o linfoma linfoblástico en estadios avanzados (III-IV) o en estadios precoces (I-II) con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Linfoma difuso o linfoma mediastínico primario de células grandes B en estadios avanzados con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

Los pacientes que no cumplan ninguna de las características previamente descritas serán considerados de bajo riesgo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la presencia de disfunción y/o afectación renal hace que los pacientes se clasifiquen en un grupo de riesgo superior. De igual manera, si los niveles de ácido úrico y potasio o fósforo se encuentran por encima de los límites normales, los pacientes aumentan de riesgo(6).

Profilaxis

Es fundamental clasificar de forma adecuada a los pacientes para poder reconocer a aquellos que presentan un riesgo elevado de desarrollar SLT e iniciar de forma precoz medidas profilácticas que permitan prevenir su aparición y las posteriores complicaciones. Estas medidas se instaurarán previo al inicio de la quimioterapia y se mantendrán hasta 5-7 días después, según evolución. La profilaxis del síndrome de lisis tumoral se basa en:

1. Líquidos: se recomienda instaurar hiperhidratación a 3 litros/m2 (200 ml/kg/día en 10 kg), sin añadir potasio, fósforo ni calcio y asegurando una diuresis de 100 ml/m2/h (4-6 ml/kg/h si 10 kg). Para mejorar la excreción urinaria, puede ser necesario el empleo de diuréticos, tales como furosemida (0,5-1 mg/kg), salvo en situaciones de uropatía obstructiva o hipovolemia en las que su uso estaría contraindicado. El objetivo de estas medidas es aumentar el volumen intravascular, el flujo renal y el filtrado glomerular, favoreciendo así la excreción de fósforo y ácido úrico.

2. Alcalinización: no se recomienda en la actualidad, ya que aumenta el riesgo de precipitación de los cristales de fosfato-cálcico, al tiempo que disminuye la solubilidad de precursores del ácido úrico, como la xantina e hipoxantina.

3. Agentes uricosúricos: en la prevención del síndrome de lisis tumoral se emplean fundamentalmente dos:

Alopurinol: es un inhibidor de la enzima xantina oxidasa, que actúa bloqueando la conversión de hipoxantina en xantina y de esta en ácido úrico (Algoritmo. 1). Disminuye la formación de ácido úrico y la precipitación de cristales a nivel de los túbulos renales, pero no elimina el previamente formado, por lo que su efecto terapéutico se retrasa entre 24-72 horas. Se debe iniciar entre 12-24 horas antes del inicio de la quimioterapia, se administra vía oral (vo) a una dosis de 100 mg/m2/8 horas o 200-400 mg/m2/día, divididos en 1-3 dosis por vía endovenosa (ev), precisando ajuste de dosis en caso de fallo renal. Indicado su empleo, conjuntamente con la hiperhidratación, en pacientes de riesgo intermedio (Algoritmo 2).

Rasburicasa: forma recombinante de la enzima urato oxidasa, que transforma el ácido úrico en alantoina (5-10 veces más soluble que el ácido úrico) (Algoritmo. 1). Inicio de acción inmediato, actuando sobre al ácido úrico pre-existente y disminuyendo los niveles en las primeras 4 horas tras su administración, lo que permite iniciar el tratamiento quimioterápico de forma más segura respecto al empleo de alopurinol. Se administra por vía endovenosa a 0,15-0,2 mg/kg, diluidos en 50 ml de SSF, en infusión de 30 minutos. Contraindicada en pacientes con déficit de glucosa-6-fosfato-deshidrogenasa. Indicada en pacientes de alto riesgo y en aquellos de riesgo intermedio que desarrollan hiperuricemia a pesar de las medidas anteriormente descritas.

4. Monitorización estrecha: control de diuresis, recurriendo al sondaje vesical si fuera preciso, con balance de líquidos cada 8 horas. Control analítico que incluya: hemograma, perfil renal, ácido úrico, iones y gasometría cada 12-24 horas en pacientes de bajo riesgo, cada 8-12 horas en los de riesgo intermedio y cada 4-6 horas en aquellos de alto riesgo (Algoritmo 2)(3,4,7).

Tratamiento

El objetivo del tratamiento es corregir las alteraciones metabólicas existentes y evitar la aparición de un fallo renal agudo. Como hemos explicado en el apartado previo, es fundamental el manejo de líquidos, asegurando una adecuada diuresis mediante la estrecha monitorización de los pacientes. Las recomendaciones de tratamiento son las siguientes:

1. Hiperuricemia: hiperhidratación y rasburicasa. Se recomienda mantener el tratamiento durante 3-7 días, en función de los niveles de ácido úrico. Las muestras de sangre deben colocarse en hielo, para evitar la degradación del ácido úrico por la rasburicasa a temperatura ambiente y asegurar un adecuado control de los niveles.

2. Hiperfosfatemia: en los casos asintomáticos, se debe asegurar una adecuada hidratación y diuresis. Ocasionalmente, se han empleado quelantes del fósforo, como el hidróxido de aluminio (50-150 mg/kg/día cada 6 horas vo), pero su inicio de acción lenta, mala tolerancia y la toxicidad acumulada por el aluminio hacen que no se recomiende de forma rutinaria.

3. Hipocalcemia:

• Los casos asintomáticos no requieren tratamiento, ya que la elevación de los niveles puede favorecer la formación y precipitación de cristales de fosfato-cálcico.

• En los pacientes sintomáticos, se debe instaurar tratamiento con gluconato cálcico al 10% (50-100 mg/kg ev) y monitorización electrocardiográfica (ECG).

4. Hiperkaliemia:

• En pacientes asintomáticos con K 6 mEq/L, se debe evitar el aporte exógeno de potasio, administrar furosemida ev e iniciar tratamiento con resinas de intercambio iónico (1g/kg/4 horas + 1 ml/kg de glucosa al 10%).

• En pacientes sintomáticos y/o K 7 mEq/L, se deben iniciar medidas de manera urgente:

- Gluconato cálcico al 10% (1 ml/kg ev en 10 minutos). Es necesario realizar monitorización electrocardiográfica y, en caso de bradicardia, suspender.

- Bicarbonato sódico 1M (1-2 mEq/kg ev en 10-20 minutos).

- Insulina regular (0,1-0,2 UI/kg) + glucosa (0,5-1 g/kg) en 30-60 minutos.

- Furosemida ev (1 mg/kg).

- Salbutamol nebulizado (0,15 mg/kg) o endovenoso (5 mcg/kg en 15 minutos).

Cuando estas medidas fracasan y se produce un fallo renal agudo hay que recurrir a técnicas de depuración extrarrenal, siendo la hemodiálisis la técnica de elección(4,5,7).

Hiponatremia / SIADH

La hiponatremia es una de las alteraciones electrolíticas más frecuentes en los pacientes con cáncer. Se define por la presencia de cifras de sodio sérico (Na) <135 mcmol/L, considerándose hiponatremia grave cifras <125 mcmol/L, a partir de las cuales el riesgo de edema cerebral aumenta significativamente. La rapidez de instauración de la hiponatremia es determinante en la presentación clínica, siendo los síntomas neurológicos, como somnolencia, letargia, convulsiones o coma, los más llamativos.

Los niveles bajos de sodio pueden aparecer en situaciones de hipovolemia, euvolemia e hipervolemia, por lo que es fundamental realizar una adecuada valoración del estado de hidratación de los pacientes para poder instaurar el tratamiento más adecuado en cada caso(4,7,8).

Dentro de las entidades que cursan con hiponatremia, cabe destacar por su frecuencia, hasta un 30% de las hiponatremias en niños oncológicos, el síndrome de secreción inadecuada de hormona antidiurética (SIADH). Se define por la presencia de niveles de sodio bajos con osmolaridad plasmática baja (<280 mOsm/L) junto con las siguientes características:

Excreción urinaria de sodio >20 mEq/L.

• Osmolaridad urinaria elevada (>100 mOsm/L).

• Diuresis baja (<2 ml/kg/hora).

• Normovolemia.

• Función cardiaca, renal, tiroidea y suprarrenal normal.

Surge como resultado de una secreción excesiva de hormona antidiurética (ADH), que provoca un aumento en la reabsorción de agua en los túbulos, con la consiguiente hemodilución que da lugar a la hiponatremia. Para intentar compensar, se produce un aumento de la natriuresis, pero debido a la situación de antidiuresis la orina persiste hipertónica y la hiponatremia se perpetúa(1,4).

La causa más frecuente en los pacientes pediátricos son los agentes quimioterápicos, entre los que destacan vincristina, vinblastina, los agentes alquilantes, cisplatino y melfalán. Otros factores etiológicos serían el daño directo sobre el tejido cerebral, tanto por cirugía como radioterapia, o más raramente la presencia de un tumor secretor de ADH.

El tratamiento de las formas asintomáticas, que representan la mayor parte de los casos, consiste en la restricción hídrica, aproximadamente a 2/3 de las necesidades basales.

Los casos sintomáticos requieren un manejo cuidadoso, por lo que se recomienda el ingreso de estos pacientes en unidades de cuidados intensivos pediátricos en las que se llevará a cabo: vigilancia clínica, balance hídrico y determinación de electrolitos y osmolaridad en sangre y orina cada 1-2 horas, al inicio. Dentro del tratamiento, se incluye la restricción hídrica (50% de las necesidades basales), siendo esta especialmente compleja en aquellos pacientes en tratamiento con agentes quimioterápicos que precisan aumento de los aportes de líquidos para su administración. El empleo de diuréticos, como la furosemida, puede ser de utilidad en los casos graves para favorecer la eliminación de agua libre. Es importante mantener aportes adecuados de sodio, realizando correcciones hasta 130 mEq/L con ClNa 3% (según la fórmula: Na requerido (mEq/l) = (130-Na medido) x 0,6 x peso en kg) y evitando aumentos de la natremia > 2 mEq/l/hora(1,4,7).

Hipercalcemia maligna

La hipercalcemia maligna es un hallazgo infrecuente en los pacientes pediátricos, con una incidencia aproximada del 0,4-1,3%. Se define por cifras de calcio sérico > 12 mg/dL, con niveles de albúmina dentro de la normalidad, considerándose grave cuando es > 14 mg/dL.

Se ha descrito en tumores sólidos con afectación ósea metastásica, como rabdomiosarcoma o neuroblastoma, linfomas Hodgkin y no Hodgkin, tumores del sistema nervioso central y en leucemias agudas, dentro de las cuales la LLA es la causa tumoral más frecuente(9).

Habitualmente, se debe a la producción por parte del tumor de sustancias como la proteína relacionada con la hormona paratiroidea (PTHrP), que actúa sobre los osteoclastos aumentando la resorción ósea, así como en el riñón favoreciendo la reabsorción de calcio y la excreción de fósforo. Otros mediadores, como citoquinas (IL-1, IL-6,..) o la vitamina D3 y sus metabolitos, también han sido descritos(9).

Los síntomas son inespecíficos y dependen de la gravedad de la hipercalcemia y la velocidad de instauración. Con niveles < 13 mg/dl, los pacientes suelen estar asintomáticos. Clínicamente, se puede presentar en los casos leves con debilidad, náuseas, vómitos, dolor abdominal, poliuria-polidipsia, con riesgo de fallo renal, hipertensión grave y/o arritmias cardíacas, en los pacientes más graves.

El tratamiento consiste en:

1. Disminuir la absorción intestinal restringiendo la ingesta dietética de calcio y de vitamina D3.

2. Aumentar la excreción renal:

• Calcio >12 mg/dl y <14 mg/dl: hidratación con suero salino fisiológico (SSF) a 1,5-2 litros/m2/día.

• Calcio 14 mg/dl: hiperhidratación con SSF a 3 litros/m2/día + furosemida ev (1-2 mg/kg/6 horas).

3. Inhibir la resorción ósea de calcio:

• Bifosfonatos: el pamidronato por vía endovenosa es el más empleado (0,5-1 mg/kg en 4 horas, dosis única). Indicado en casos de hipercalcemia grave. Es necesario monitorizar los niveles de fósforo, magnesio y potasio.

• Calcitonina: acción rápida (2-6 horas), pero breve; en combinación con los bifosfonatos, se prolonga el efecto. Se administra por vía ev, intramuscular (im) o subcutánea (sc) a una dosis de 4-8 UI/kg/6-12 horas durante 2-4 días.

• Corticoides: en neoplasias corticosensibles (LLA y linfomas) la prednisona a dosis de 1,5-2 mg/kg/día vo puede ser de utilidad.

4. Hemodiálisis: indicada en caso de hipercalcemia refractaria al tratamiento conservador(4,7,9).

Hiperleucocitosis

La leucostasis es la principal complicación y constituye una emergencia médica. El tratamiento se basa en la hiperhidratación y el inicio de tratamiento citorreductor.

El término hiperleucocitosis hace referencia a recuentos de leucocitos superiores a 100 x 109/l. Ocurre fundamentalmente en pacientes afectos de hemopatías malignas y su presencia tiene implicaciones pronósticas. La incidencia en la leucemia linfoblástica aguda es mayor que en la mieloblástica; sin embargo, las formas sintomáticas aparecen con mayor frecuencia en esta última, incluso con niveles de leucocitos <100 x 109/l. Por otro lado, se han descrito asociaciones frecuentes con los subtipos M4 y M5 de la LMA, así como con las traslocaciones t(4;11) y t(9;22) de la LLA.

Clínicamente, puede dar lugar a la aparición de leucostasis, síndrome de lisis tumoral y/o coagulación intravascular diseminada (CID). La leucostasis es la principal complicación y constituye una emergencia médica. Se define como: la obstrucción de los vasos sanguíneos, secundaria al aumento de los recuentos leucocitarios, que conduce a una hipoxia tisular. Los pulmones y el Sistema Nervioso Central son los órganos más comúnmente afectados y entre los síntomas que pueden aparecer se incluyen disnea, taquipnea, hipoxemia, hemorragia alveolar difusa, somnolencia, mareo, convulsiones, visión borrosa, estupor y coma(10).

El diagnóstico se basa en la presencia de clínica sugestiva en un paciente con diagnóstico reciente de leucemia.

El tratamiento se basa en las siguientes medidas:

1. Tratamiento de soporte:

Prevención del síndrome de lisis tumoral: hiperhidratación + alopurinol o rasburicasa. Los diuréticos se deben emplear con precaución, hasta que desciendan los recuentos leucocitarios, ya que pueden aumentar la viscosidad de la sangre.

Tratamiento de la coagulación intravascular diseminada: transfusión de plaquetas y medidas para tratar la coagulopatía, como la administración de plasma fresco congelado o fibrinógeno.

Transfusión de concentrado de hematíes: deben evitarse, salvo anemia grave o inestabilidad hemodinámica, ya que pueden favorecer el desarrollo de leucostasis. En caso de necesidad, se recomienda transfundir a dosis de 5 ml/kg.

2. Citorreducción:

Leucoaféresis: consiste en la extracción selectiva de los leucocitos de la sangre. Un único procedimiento puede reducir los recuentos en un 20-50%, aunque el efecto es generalmente transitorio, por lo que es necesario iniciar o continuar con otras medidas que favorezcan la citorreducción. La única indicación absoluta es la presencia de clínica de leucostasis. Entre las complicaciones destacan las relacionadas con: accesos venosos, descenso en los recuentos de glóbulos rojos y plaquetas y problemas de anticoagulación.

Exanguinotransfusión: de elección frente a la anterior en pacientes con peso <12 kg.

Hidroxiurea: hace efecto en 24-48 horas. Se suele emplear como terapia puente en pacientes que no tienen un diagnóstico definitivo de hemopatía maligna o en los que la quimioterapia de inducción está contraindicada.

Quimioterapia de inducción: citarabina en la LMA y prednisona en la LLA(4,10).

Urgencias cardiotorácicas

En los niños, las masas en mediastino anterior pueden producir compresión del árbol traqueobronquial asociada a compresión de vena cava superior, produciéndose el síndrome de mediastino superior. Es fundamental mantener una estrecha vigilancia de síntomas sugerentes de compromiso de la vía aérea.

Síndrome de vena cava superior (SVCS), compresión traqueo bronquial y síndrome de mediastino superior (SMS)

En los niños, la tráquea y los bronquios principales son muy vulnerables a la compresión, debido a que presentan diámetros intraluminales menores que los de los adultos(1). Hablamos de compresión traqueo bronquial cuando es producida por una masa mediastínica. En la infancia, está casi siempre asociada a obstrucción de la vena cava superior (también vulnerable a la compresión por su delgada pared y su baja presión intraluminal), produciendo el denominado síndrome de vena cava superior. Dicha alteración produce una elevación de la presión venosa y la dilatación retrógrada de las venas proximales a la obstrucción en cabeza, cuello, extremidades superiores y parte superior del tronco, promoviendo la aparición de colaterales. Se denomina síndrome de mediastino superior (SMS) a la suma de la compresión traqueobronquial y de la cava superior y suele producirse por masas en mediastino anterior.

La presencia de una masa en el mediastino en el niño plantea un diagnóstico diferencial diferente del que uno consideraría en un paciente adulto(2). En dicho diagnóstico, hay que tener en cuenta la edad del niño, la velocidad de presentación de los síntomas y el compartimento en el que se encuentra la masa (Tabla III). En el niño pequeño, hay que pensar también en anomalías congénitas.

La mayoría de los niños y adolescentes que tienen una masa mediastínica van a presentar etiología maligna y, en la gran parte de los casos, se tratará de un linfoma, sobre todo, linfoblástico. También, es relativamente frecuente en las leucemias linfoblásticas de estirpe T. El incremento en el uso de dispositivos centrales, ha aumentado la prevalencia de SVCS relacionado con trombosis(1,2). La compresión, asimismo, puede ser debida a adenopatías.

La clínica varía según el grado de obstrucción, su localización y la velocidad de instauración. Los pacientes con SMS y/o SVCS pueden estar asintomáticos en el momento del diagnóstico o presentar síntomas similares a los de una infección respiratoria, como tos, fiebre o sibilancias. El síntoma más frecuente es la disnea. Las manifestaciones iniciales también pueden incluir edema facial, venas prominentes superficiales en el tórax y en cuello, ortopnea y estridor. Otros síntomas que pueden aparecer son plétora o cianosis facial, en el cuello o en los miembros superiores; cefalea que aumenta con el decúbito; quemosis; edema periorbitario; síndrome de Bernard Horner; disfagia y disfonía; y vértigo o acúfenos. Comparado con los niños mayores y los adultos, los niños pequeños tienen menor probabilidad de presentación de síncope, confusión o alteraciones de la visión. La gravedad de los síntomas no siempre se correlaciona con el grado de compromiso de la vía aérea.

El compromiso hemodinámico y respiratorio pueden empeorar con la posición en supino o en flexión (al realizar una punción lumbar), con el ejercicio físico o el estrés emocional(4).

El método diagnóstico inicial de elección es la radiografía simple de tórax. En ella se puede apreciar ensanchamiento mediastínico, así como signos indirectos de obstrucción (desviación de la tráquea o reducción del calibre de la vía aérea). También, puede haber derrame pleural y pericárdico asociado.

Otra prueba diagnóstica importante es la tomografía computerizada (TC), teniendo en cuenta factores de riesgo, como la posición en supino o la necesidad de sedación. Es la técnica que mejor permite estimar el grado de compresión de la tráquea y de la vena cava superior. Además, permite describir las principales características de la masa, tener una primera aproximación etiológica y aportar información sobre el estadiaje. Otras pruebas de imagen para el diagnóstico son ecografía Doppler y resonancia. La espirometría también puede añadir información de utilidad.

En la mayoría de los casos, el SMS/SVCS se establece de forma gradual, por lo que siempre que sea posible hay que intentar realizar un diagnóstico etiológico antes de iniciar tratamiento. Es frecuente que la respuesta al tratamiento dirigido sea rápida y, por ello, es la medida de elección siempre que el paciente se encuentre estable. Para el diagnóstico definitivo, deben emplearse las pruebas menos invasivas posibles (Algoritmo 3).

En caso de que sea necesario el uso de pruebas que precisen sedación o anestesia general, debe ser evaluado el riesgo de mayor compromiso de vía aérea con dichas actuaciones. Las complicaciones asociadas a la anestesia son más frecuentes si el paciente presenta: ortopnea, edema del hemicuerpo superior, disnea en reposo, disminución del diámetro traqueal mayor del 50% respecto a lo normal para la edad y sexo del paciente, compresión grave de uno o ambos bronquios principales, pico espiratorio de flujo menor del 50% o derrame pericárdico asociado. La ortopnea es el parámetro que más se correlaciona con el riesgo(2). Si es necesaria intubación para algún procedimiento, debe ser valorado de forma multidisciplinar el riesgo (UCIP, anestesista, oncólogo y ORL), ya que puede ser difícil la extubación posterior.

Entre las medidas terapéuticas generales para el SMS / SVCS, se encuentran: posición elevada de cabeza y cuello aproximadamente 30-45º, mantener situación de calma en el niño, oxígeno suplementario y, en ocasiones, puede ser necesario el uso de diuréticos. Hay que tener precaución con la hiperhidratación, vigilando balances de forma estrecha. En los casos relacionados con trombosis del catéter central, puede estar indicada su retirada, así como la anticoagulación sistémica y, en algunas ocasiones, la implantación de un stent.

Si estamos ante un caso grave, con compromiso vital, puede ser necesario iniciar tratamiento antes de tener un diagnóstico etiológico, valorando el uso de corticoides (dexametasona a 0,5-2 mg/kg/d o prednisona a 40-60 mg/m2), agentes quimioterápicos como la ciclofosfamida e incluso la radioterapia local. Dichas medidas pueden dificultar el diagnóstico histológico posterior, aunque se apliquen durante poco tiempo.

Derrame pericárdico y taponamiento cardíaco

El pericardio está compuesto por dos capas (mesotelial y fibrosa parietal), entre las cuales se acumulan aproximadamente 50 ml de un líquido que actúa como lubricante(4). Es distensible hasta un volumen de 2 litros si el aumento se produce de forma lenta, pero acúmulos rápidos o más abundantes que sobrepasen la presión crítica intrapericárdica pueden alterar el llenado de las cámaras cardíacas y el gasto cardíaco, produciendo compromiso hemodinámico. Esta consecuencia final se denomina taponamiento cardíaco y precisa actuación urgente.

El derrame pericárdico puede aparecer como consecuencia de la enfermedad primaria o por metástasis, secundario a tratamientos, como la radioterapia, o debido a una infección.

En relación con la clínica, el paciente puede estar asintomático. La disnea de esfuerzo es el síntoma de presentación más frecuente, pero también suelen aparecer tos y dolor torácico. La taquicardia está casi siempre presente, así como el pulso paradójico (descenso de la presión sanguínea sistólica mayor de 10 mmHg en inspiración). En algunos casos, sobre todo de instauración rápida, puede aparecer la tríada clásica de Beck con: hipotensión, aumento de presión venosa yugular y disminución de los tonos cardíacos.

En la evaluación diagnóstica, debe incluirse una radiografía de tórax, en la que puede apreciarse cardiomegalia y corazón en forma “de botella”. El ECG puede mostrar bajo voltaje y alternancia eléctrica(11). La ecocardiografía es la prueba definitiva, siendo el colapso de aurícula derecha el marcador más sensible de taponamiento cardíaco y el colapso del ventrículo derecho el más específico(11).

El manejo del paciente con tapo­namiento cardíaco debe ser en UCIP, intentando mantener adecuada normovolemia y evitando el uso de diuréticos salvo que haya sobrecarga de volumen, ya que pueden empeorar el retorno venoso. Los cuidados de soporte incluyen, también, oxigenoterapia y analgesia. En los casos de derrame pericárdico grave con compromiso hemodinámico, debe considerarse la realización de pericardiocentesis para drenaje del líquido, si es posible, bajo control ecográfico. Dicho procedimiento puede provocar inestabilidad hemodinámica paradójica, incrementándose en el caso de enfermedades hematológicas malignas. En algunos casos, puede ser necesario dejar un catéter de drenaje y, en los casos recurrentes, podría valorarse la realización de una ventana pericárdica o pericardiectomía. Hay que tener en cuenta que la intubación endotraqueal puede reducir la precarga y la postcarga, con riesgo de parada cardíaca, por lo que no se recomienda la intubación profiláctica de rutina(11).

Urgencias abdominales

En el niño oncológico, es importante mantener un alto índice de sospecha ante infecciones abdominales potencialmente graves, como la tiflitis o síntomas sugerentes de obstrucción intestinal.

El dolor abdominal es un síntoma frecuente en el niño con cáncer. El diagnóstico diferencial es muy amplio, pudiendo ser secundario a patología benigna, como el estreñimiento, a efectos secundarios del tratamiento, como la mucositis, a alteraciones asociadas con la inmunosupresión o como consecuencia de la enfermedad primaria.

La anamnesis y la exploración física van a constituir los pilares diagnósticos principales, siendo fundamental descartar signos sugerentes de repercusión hemodinámica. Las pruebas complementarias se orientarán en función de dicha valoración inicial.

En relación al estreñimiento, es importante evitar el uso de enemas en estos pacientes y la realización de tacto rectal, ya que pueden dañar la mucosa aumentando el riesgo de infección.

Mucositis

La mucositis se produce como consecuencia de la lesión de las células epiteliales y mucosas que recubren todo el tracto gastrointestinal. La alteración puede variar desde el simple eritema hasta la ulceración y/o necrosis grave. Los principales responsables son la quimioterapia y la radioterapia utilizadas para el tratamiento de la enfermedad tumoral, aunque también influyen factores relacionados con el paciente, como polimorfismos genéticos en las enzimas encargadas del metabolismo de los diferentes fármacos(4,7). Otros determinantes que pueden empeorar la afectación son: presencia de caries, patología periodontal, neutropenia o mala higiene bucal.

En la mucosa oral, puede producir eritema y/o edema, sensación de quemazón, dolor, sequedad o alteración del gusto, ulceración, sangrado y dificultad en el habla o para abrir la boca. En los casos más graves, puede aparecer una membrana mucosa blanquecina debida a úlceras confluentes. Las manifestaciones en caso de afectación gastro-intestinal pueden ser abdominalgia difusa o diarrea acuosa con dolor, y en casos graves, puede complicarse con perforación, formación de fístulas y obstrucción intestinal.

Existen numerosas escalas para determinar la gravedad de la afectación oral. Una de las más utilizadas es la de la Organización Mundial de la Salud (WHO) que se expone en la tabla (Tabla IV).

La mucositis predispone a la aparición de infecciones secundarias, ya que los pacientes normalmente presentan neutropenia asociada, destacando la candidiasis orofaríngea y la estomatitis herpética.

El tratamiento de la mucositis es básicamente de soporte, siendo importante:

• Mantener adecuada higiene bucal, evitando soluciones alcohólicas que resecan la mucosa y que pueden empeorar el dolor.

• Analgesia adecuada: desde frío local o anestésicos tópicos, como la lidocaína viscosa al 2%. En ocasiones, es necesario el empleo de opiáceos.

• Tratamiento tópico con ácido hialurónico.

• En caso de sobreinfección fúngica y/o por virus herpes simple, instaurar tratamiento específico adecuado.

• Alimentación blanda y fría, evitando ácidos. Valorar de forma estrecha la capacidad de ingesta y el estado nutricional del paciente para administrar suplementos en casos necesarios e incluso instaurar nutrición parenteral en casos graves y prolongados.

• Vigilar la frecuencia y características de las deposiciones, así como la presencia de sangrado o mucosidad que puede indicar afectación grave del tracto digestivo inferior.

Tiflitis

También denominada enterocolitis necrotizante o síndrome ileocecal, debido a que el ciego está casi siempre afecto por su distensibilidad y flujo sanguíneo limitado. Sin embargo, el término más correcto es el de enterocolitis neutropénica, que hace referencia a su patogenia(12). Puede afectar a cualquier segmento del tracto gastrointestinal y es debida a invasión bacteriana y/o fúngica de la pared abdominal, siendo frecuente la etiología polimicrobiana.

El factor de riesgo más importante es la administración de altas dosis de citostáticos, especialmente citarabina y etopósido. El estreñimiento y el íleo favorecen el crecimiento bacteriano y fúngico en la luz intestinal, aumentando también el riesgo de infección, especialmente si existe mucositis asociada. También, puede intervenir en su patogenia la infiltración de la pared por células neoplásicas. Se describe con más frecuencia en pacientes con leucemia aguda, sobre todo, mieloblástica y linfoblástica en inducción, y en linfomas de Burkitt, siendo menor en tumores sólidos.

La incidencia está en ascenso debido al uso de regímenes de quimioterapia más intensivos, el aumento de la supervivencia y la optimización del diagnóstico con técnicas como la TC.

La clínica suele aparecer a los 10-14 días tras finalizar la quimioterapia. Se debe sospechar el diagnóstico ante un paciente neutropénico con abdominalgia, sobre todo, en cuadrante inferior derecho o difusa, distensión abdominal y fiebre(1). También puede presentar: náuseas, vómitos, diarrea, a menudo acuosa y con hebras sanguinolentas, y disminución de los ruidos intestinales. A veces, a la palpación impresiona de masa en fosa ilíaca derecha. Dado que los síntomas son bastante inespecíficos, el diagnóstico puede resultar difícil y, a menudo, no se hace de forma temprana. Así mismo, hay que tener en cuenta que el tratamiento con corticoides puede enmascarar los signos de inflamación.

Las técnicas de imagen de elección son la ecografía y la TC abdominal, en las que se aprecia engrosamiento mural intestinal (mayor de 3-5 mm en transverso según los distintos autores(12). No se recomienda la realización de endoscopia digestiva, por el riesgo de perforación. El diagnóstico diferencial debe realizarse con otras entidades similares, como gastroenteritis, apendicitis, mucositis, colitis pseudomembranosa o suboclusión intestinal.

Se trata de una situación grave que puede complicarse con sepsis, shock séptico, CID, oclusión, perforación intestinal, peritonitis y hemorragia digestiva. Se describe una mortalidad de hasta el 11%(12), por lo que en un primer momento, es importante valorar la presencia de signos de gravedad, como la taquicardia o la alteración en la perfusión tisular.

El tratamiento es conservador en la mayoría de los pacientes. Requiere: reposo intestinal, hidratación, soporte transfusional, oxigenoterapia en casos necesarios, administración de G-CSF (factor estimulante de colonias de granulocitos), valoración de sonda nasogástrica, suspensión de la medicación antitumoral y analgesia adecuada, evitando derivados opiáceos en la medida de lo posible, dado que favorecen el íleo paralítico. Cuando el reposo digestivo se prolongue, debe pautarse nutrición parenteral. También es necesario iniciar de forma precoz antibióticos de amplio espectro, recomendándose meropenem de primera elección (cefepime + metronidazol como alternativa) y, en los casos graves, asociar amikacina, vancomicina, +/- metronidazol y+/- antifúngicos. Es importante descartar infección concomitante por Clostridium difficile. En pacientes con afectación leve-moderada, la normalización de la cifra de neutrófilos logra generalmente contener el proceso.

Ante la sospecha de complicaciones, será precisa la valoración por Cirugía Pediátrica, especialmente en caso de peritonitis, perforación intestinal, hemorragia persistente pese a corrección de coagulopatía y trombopenia, así como deterioro clínico que no responde al tratamiento médico.

Obstrucción intestinal y perforación

La obstrucción intestinal y el íleo son más frecuentes en los pacientes adultos, pero los cambios asociados a la quimioterapia o los efectos tras la cirugía pueden contribuir también a su aparición en niños. La vincristina de forma característica tiene efectos neurotóxicos, favoreciendo el íleo, la distensión abdominal y el sobrecrecimiento bacteriano. También puede ocurrir por efecto directo del propio tumor, como en el caso de los linfomas de Burkitt.

Es importante recordar que la invaginación intestinal en niños mayores de 3 años, debe hacer pensar en etiología maligna, así como tener alto índice de sospecha en invaginaciones no reducibles. En niños con enfermedad oncológica conocida, que presenten una invaginación, debe tenerse precaución a la hora de utilizar enemas de aire o contraste por el riesgo de infección o perforación de la mucosa intestinal.

El dolor abdominal es el síntoma más frecuente en los casos de obstrucción intestinal, asociándose de forma habitual a vómitos biliosos y distensión abdominal. La técnica diagnóstica de imagen de elección es la radiografía simple de abdomen en decúbito donde se puede apreciar distribución anormal del aire, así como niveles hidroaéreos.

En relación con el tratamiento, será fundamentalmente de soporte con: hidratación intravenosa, corrección de las alteraciones hidroelectrolíticas asociadas, antibióticos de amplio espectro, soporte transfusional en casos necesarios y vigilancia hemodinámica estrecha.

En pacientes con abdominalgia y distensión importante o disminución de los ruidos intestinales, hay que sospechar la posibilidad de perforación intestinal. La radiografía simple puede mostrar aire libre y la ecografía o la TC, líquido libre. Se trata de una urgencia quirúrgica en caso de confirmarse.

Urgencias nefro-urológicas

La cistitis hemorrágica es la principal causa de hematuria en el paciente oncológico. La hiperhidratación y el empleo de agentes protectores del urotelio son las principales herramientas para su prevención.

Cistitis hemorrágica

Se define como la presencia de hematuria mantenida asociada a síntomas del tracto urinario inferior, en ausencia de infección urinaria (ITU) bacteriana o fúngica. Se trata de una cistitis estéril no infecciosa asociada a hematuria franca.

Ocurre, fundamentalmente, en pacientes tratados con ifosfamida y altas dosis de ciclofosfamida, así como en niños sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH).

Está causada por:

• Varios agentes quimioterápicos: busulfán, doxorrubicina, fludarabina y, sobre todo, ifosfamida y ciclofosfamida.

• Radiación pélvica.

En el contexto del trasplante hematopoyético, infecciones víricas, sobre todo BK/JC poliomavirus, pero también CMV y adenovirus.

La presentación clínica es muy variable; desde hematuria microscópica con disuria, polaquiruia y urgencia miccional escasas, a hematuria masiva con intenso dolor.

En los casos de hematuria secundaria a quimioterapia, esta suele aparecer a las 24-48 horas de la administración. Sin embargo, en el caso de la radioterapia, su aparición puede demorarse meses o años desde la administración del tratamiento.

El diagnóstico se basa en una clínica compatible con el antecedente de exposición a quimioterapia, radioterapia y/o TPH (trasplante de progenitores hematopoyéticos), descartando otras causas potenciales de esta sintomatología (ITU bacteriana o fúngica, urolitiasis, invasión tumoral). Entre las pruebas necesarias para el diagnóstico, se incluyen:

• Sedimento y urinocultivo.

• Otras pruebas de imagen en función de la gravedad del cuadro: ecografía de abdomen, TC, resonancia magnética nuclear (RMN), cistografía o cistoscopia.

• En pacientes sometidos a TPH, detección de virus en sangre u orina, habitualmente, por PCR.

El mejor tratamiento de la cistitis hemorrágica es una adecuada profilaxis. En todos los pacientes que reciban ifosfamida o ciclofosfamida, debe realizarse prevención mediante hiperhidratación (3 l/m2) y administración de 2-mercapto-etano-sulfonato de sodio (MESNA), que protege la mucosa vesical. Además, se mantendrá una estrecha vigilancia durante el tratamiento, con controles de tiras de orina.

El tratamiento se basa en(7):

• Aumentar la hiperhidratación y forzar la diuresis.

En caso de trombopenía o alteraciones de la coagulación, se corregirán las mismas.

• Uso de analgésicos y espasmolíticos.

• Suspensión del agente causante, en caso de haberlo.

• En las cistitis víricas, que ocurren principalmente en pacientes post-TPH, se llevará a cabo el tratamiento adecuado con antivíricos.

• En caso de obstrucción del flujo urinario por la presencia de coágulos, el siguiente paso es la colocación de un sondaje vesical para realizar un lavado vesical continuo con suero salino. Debe administrarse de forma concomitante una correcta analgesia, así como profilaxis antibiótica.

• Si las medidas previas no son suficientes, se realizará cistoscopia que permite localizar puntos sangrantes y extracción de coágulos.

• Se han utilizado numerosos fármacos como: solución de aluminio al 1%, prostaglandinas, ácido aminocaproico o cidofovir en administración intravesical.

Existen pocos estudios prospectivos que proporcionen guías para el tratamiento de la cistitis hemorrágica en niños. Múltiples modalidades terapéuticas, algunas de ellas con efectos secundarios no desdeñables, pueden ser utilizadas. Esto va a requerir un abordaje multidisciplinar(13).

Obstrucción del tracto urinario

Se trata de la restricción del flujo urinario, que puede ocurrir tanto en las vías altas (uréteres) como en las bajas (vejiga y uretra). La presentación clínica, el diagnóstico y el tratamiento van a depender del grado, la duración y la naturaleza de la obstrucción.

La obstrucción puede estar causada por:

Compresión extrínseca por: tumores abdominales, linfomas, sarcomas, metástasis ganglionares, etc.

• Invasión tumoral directa.

• Infiltración leucémica.

• Fibrosis secundaria a radioterapia o cirugía agresivas en retroperitoneo.

• Compresión intrínseca por tumores de las vías urinarias, coágulos o cálculos.

• Retención urinaria secundaria a afectación neurológica por tumores cerebrales o espinales, o a compresión medular o radicular por lesiones extramedulares.

En cuanto a la clínica, la obstrucción de vías altas puede ser brusca, cursando en ese caso con un característico dolor cólico abdominal, o ser más lenta, originando una clínica menos llamativa, cuyo principal dato de alarma puede ser el deterioro de la función renal por lesión parenquimatosa.

En el caso de la obstrucción aguda de vías bajas, la clínica referida es dolor en hipogastrio, dificultar para orinar (incluso anuria), globo vesical e insuficiencia renal aguda.

Entre las pruebas diagnósticas se incluyen:

• Analítica de sangre y orina, para valorar función renal, iones, ácido úrico, etc.

• Pruebas de imagen para confirmar el diagnóstico de obstrucción: ecografía de abdomen y vías urinarias, TC y/o RMN.

El tratamiento debe iniciarse lo antes posible, con el fin de evitar un deterioro en la función renal. La obstrucción vesical o de vías bajas puede ser tratada con un sondaje vesical. En el caso de que la obstrucción sea en el tracto urinario alto, se llevará a cabo la colocación de una nefrostomía percutánea bajo control radiológico. Tras esto, debe iniciarse el tratamiento correspondiente para el tumor causante de la obstrucción con quimioterapia, radioterapia y/o cirugía(7).

Urgencias neurológicas

Las complicaciones neurológicas, aunque poco frecuentes, asocian una importante morbi-mortalidad, siendo necesario realizar un diagnóstico precoz. Los corticoides constituyen la base del tratamiento.

Síndrome de compresión medular

La compresión medular es una de las complicaciones más serias del cáncer, y se estima que ocurre en un 5% de los niños y adolescentes con procesos oncológicos(1). Se define como la compresión de la médula espinal o sus raíces nerviosas, ocurrida al diagnóstico del tumor o bien en su recaída o progresión; y supone una emergencia médica que precisa de un rápido diagnóstico y tratamiento para prevenir posibles secuelas neurológicas.

Los tumores responsables de este síndrome en la edad pediátrica, son diferentes a los que lo originan en la edad adulta. Sarcomas, especialmente el sarcoma de Ewing, neuroblastomas, tumores de células germinales, linfomas y tumores renales, son los más frecuentemente involucrados en los niños(1).

El dolor de espalda es el síntoma de debut más habitual. Suele ser un dolor de intensidad creciente, que empeora por la noche y, en ocasiones, puede ser radicular. Habitualmente, precede a la aparición de los síntomas neurológicos, varias semanas, por lo que ante cualquier dolor de espalda persistente en pacientes oncológicos, debe plantearse la posibilidad de este síndrome. La sintomatología neurológica aparece en estados más avanzados de compresión, y suele ser motora preferentemente (debilidad, hiperreflexia, parálisis), y menos habitualmente sensitiva (parestesias, entumecimiento). La alteración de esfínteres es un hallazgo tardío en la evolución de la compresión.

El diagnóstico se basa en una alta sospecha clínica en cualquier paciente oncológico que presente dolor de espalda, o en cualquier niño con un dolor de espalda persistente o inexplicado, que deben ser sometidos a una cuidadosa exploración neurológica. La RMN es el método diagnóstico de elección, que permite localizar la lesión y valorar su extensión; y debe ser realizada tan pronto como sea posible.

Los factores pronósticos más importantes son la función motora pretratamiento y la rapidez de instauración de la sintomatología. Cuánto más precoz sea el diagnóstico, menor es la posibilidad de que queden secuelas neurológicas permanentes(14).

Los corticoides (dexametasona) representan la primera línea de tratamiento en la mayor parte de los pacientes con compresión medular. La dosis y la duración del tratamiento debe ser individualizada, en un esfuerzo por lograr el mayor efecto posible con los menores efectos adversos. El tratamiento inicial, si hay disfunción medular progresiva, puede hacerse con dexametasona ev a dosis altas (1-2 mg/kg en bolo, seguido de 0,25-0,5 mg/kg/6 horas. Además de los corticoides, las opciones terapéuticas disponibles son radioterapia, neurocirugía y quimioterapia. En aquellos casos en los que la compresión medular sea la forma de debut de la enfermedad, puede optarse por la cirugía con toma de biopsia y resección, si esta es posible, seguida de quimioterapia y/o radioterapia. En las recaídas o situación de progresión de la enfermedad, la radioterapia suele ser el tratamiento utilizado. En cualquier caso, debe realizarse un abordaje multidisciplinar, con la participación en la elaboración del plan de tratamiento por neurocirujano, radioterapeuta y oncólogo(15).

Hipertensión intracraneal

Se define como la presencia de signos y síntomas ocasionados por un aumento de la presión intracraneal, una de cuyas causas puede ser la tumoral. Los tumores del SNC constituyen la segunda causa de patología tumoral en el niño, y su forma de presentación puede ser la hipertensión intracraneal. Otras causas de hipertensión intracraneal en el niño con cáncer son: infiltración leptomeníngea por leucemias o linfomas, metástasis cerebrales, hemorragias intracraneales o abscesos cerebrales(1).

La clínica característica de este cuadro es la cefalea, de predominio matutino o que despierta durante el sueño, que puede ir acompañada de vómitos no precedidos por náuseas. Pueden asociarse trastornos visuales, diplopía, parálisis del VI par, tortícolis y papiledema. En el caso de los lactantes, la sintomatología puede ser diferente, predominando irritabilidad, letargia, detención del desarrollo psicomotor o pérdida de habilidades ya adquiridas. Puede observarse también un aumento del perímetro cefálico. Si el cuadro evoluciona, puede ocurrir una herniación cerebral, con desplazamiento de la masa cerebral, lo que conlleva la aparición de alteraciones del nivel de conciencia, de las pupilas, trastornos en la motilidad ocular y trastornos del patrón respiratorio.

El diagnóstico se basa en una anamnesis y exploración neurológica exhaustiva, la realización de fondo de ojo, en busca de papiledema y de TC craneal, dada su mayor accesibilidad.

El manejo de estos pacientes requiere su ingreso en Unidades de Cuidados Intensivos Pediátricos. El tratamiento médico inicial se basa en: posición con elevación de la cabeza a 30°, oxigenoterapia, analgésicos, antieméticos y dexametasona (dosis recomendadas: dosis de carga de 1 mg/kg ev, seguido de 1-2 mg/kg/día, cada 4-6 horas ev o vo). Puede ser necesario asociar manitol al 20% (0,5 g/kg ev) y solución de suero salino al 3% (25 mg/kg/dosis ev). Si pese al tratamiento médico, el deterioro clínico progresa, será necesaria la valoración neuroquirúrgica para la colocación de una válvula de derivación si procede(7).

Fiebre y neutropenia

La presencia de fiebre en niños oncológicos, debe ser valorada de forma urgente. La estabilización hemodinámica y la instauración de un tratamiento antibiótico precoz son la base de su manejo.

La neutropenia febril es una de las principales complicaciones que pueden presentar los pacientes oncológicos. El riesgo de infecciones es mayor debido a la inmunosupresión producida por los tratamientos aplicados, la neutropenia, la hipogammaglobulinemia y la ruptura de las barreras fisiológicas(1,2). La presencia de accesos venosos centrales también incrementa el riesgo. Existen diferentes guías para el manejo de la neutropenia febril, siendo las más importantes: Children Oncology Group (COG), Sociedad Americana de Oncología Clínica, guías IDSA (Infectious Disease Society of America) y ECIL (European Conference on Infections in Leukemia), estando todas ellas en continua actualización(16-18).

La etiología puede ser bacteriana, vírica, parasitaria o fúngica, siendo los pacientes más susceptibles a presentar complicaciones o diseminación de patógenos habituales. También, puede haber infecciones procedentes de crecimiento de la flora habitual o por patógenos oportunistas.

La definición generalmente aceptada de fiebre en el paciente neutropénico es la presencia de temperatura aislada mayor de 38,3ºC o temperatura mayor o igual a 38ºC en dos ocasiones en menos de 12 horas(2). Hay que tener en cuenta que el tratamiento con corticoides puede enmascarar la presencia de fiebre y que, en pacientes neutropénicos, pueden estar ausentes los signos inflamatorios locales. Por este motivo, las infecciones pulmonares pueden no asociarse a signos patológicos en la auscultación ni a infiltrados pulmonares en la radiografía.

Se define neutropenia grave como la cifra de neutrófilos menor de 500/mcl o menor de 1.000/mcl, pero en un paciente al que se ha administrado recientemente quimioterapia y se espera que descienda en las siguientes 24-48 horas. En pacientes neutropénicos, el riesgo de infecciones potencialmente letales es mayor, especialmente si presentan menos de 200/mcl y aquéllos en los que la duración de la neutropenia es mayor de 10 días. Los niños con LLA en el momento diagnóstico también deben ser considerados como neutropénicos a pesar de tener recuentos normales o elevados, ya que es frecuente que sean disfuncionantes.

El primer paso en la valoración, es determinar la gravedad de la situación y estabilizar al paciente en caso de sepsis grave o shock séptico. Se recomienda una historia y exploración clínica completa de forma temprana, prestando especial atención al tórax y al abdomen, y sin olvidar la cavidad oral, la zona perianal, los accesos y recorrido de catéteres venosos centrales, así como cualquier zona de dolor localizado. Los estudios complementarios deben incluir, como mínimo: hemograma, función hepática y renal, electrolitos, reactantes de fase aguda y, en casos graves, gasometría y coagulación. También, deben extraerse cultivos para bacterias y hongos de los dispositivos centrales, urocultivo y cultivo de cualquier sitio sugerente de infección. El sistemático de orina puede no mostrar piuria debido a la neutropenia, por lo que tiene una utilidad limitada, estando indicada la realización de urocultivo. En el caso de niños pequeños y lactantes, la recogida de orina por sondaje vesical está desaconsejada por el riesgo, debido a la neutropenia y la trombopenia que puede haber asociada. En caso de que el paciente sea portador de un catéter central con más de una luz, se debe extraer cultivo de cada una de las luces. En guías más recientes(17), se recomienda también la realización de hemocultivo periférico para cultivo diferencial, de forma que si el obtenido del catéter se positiviza, al menos, 120 minutos antes que el periférico, es altamente probable que el origen de la infección sea el catéter. La radiografía de tórax debe reservarse para los niños con síntomas respiratorios y, en los que presenten diarrea, hay que realizar cultivo bacteriano y detección de toxina de Clostridium difficile en heces.

Dado que el grupo de niños con neutropenia febril no es homogéneo, existen numerosas publicaciones sobre predictores de riesgo para realizar un tratamiento estratificado. Estos estudios son muy variables, dificultando la generalización de los resultados y el tratamiento en cada centro debería realizarse según un protocolo específico, teniendo en cuenta las características epidemiológicas y de resistencia local, así como evaluando los resultados de forma periódica. Algunos de los factores de riesgo más aceptados de forma universal se exponen en la tabla V(17,19).

Existen algunos casos que podrían considerarse de bajo riesgo y beneficiarse de tratamiento ambulatorio con amoxicilina clavulánico y/o ciprofloxacino, pero en ellos sería necesario tener en cuenta factores sociales, como las características familiares y la cercanía del domicilio al centro hospitalario, realizar una monitorización estrecha para asegurar el adecuado cumplimiento terapéutico y la mejoría clínica, así como explicar bien a los padres los signos sugerentes de empeoramiento para que acudan al hospital en caso de que se presenten.

El resto de pacientes deben recibir tratamiento intravenoso. La administración de antibióticos de amplio espectro tiene que realizarse lo más rápidamente posible, idealmente en los primeros 30 minutos de su valoración(2), sin que deba retrasarse por los resultados de las pruebas complementarias. Diferentes estudios han mostrado relación directa entre la mortalidad y el tiempo de instauración de tratamiento antibiótico, especialmente en los pacientes que presentan taquicardia o alteración de la perfusión en el momento de su consulta.

El tratamiento empírico debe basarse en la clínica, los factores de riesgo para presentar una infección grave, el antecedente de colonización por gérmenes resistentes y los patrones de resistencia locales. Puede realizarse con monoterapia en pacientes estables y en centros que presenten baja tasa de patógenos resistentes, con un antibiótico beta-lactámico de amplio espectro con cobertura para Pseudomona aeruginosa(20). Los más utilizados son piperacilina/tazobactam, cefepime y meropenem. En general, se recomienda reservar los carbapenémicos para los pacientes inestables o aquéllos que asocien dolor abdominal moderado-intenso o se sospeche enterocolitis neutropénica. La ceftazidima tiene limitada actividad frente a gérmenes gram positivos, por lo que puede no cubrir de forma adecuada infecciones por Streptococcus viridans, Staphilococcus meticilín sensibles, Streptococcus pneumoniae y algunos gérmenes gram negativos resistentes. No se recomiendan los glicopéptidos de entrada salvo en algunas situaciones.

Según la evaluación clínica y las resistencias locales puede ser necesario asociar otros antibióticos(2):

• En el caso de pacientes inestables, se debería administrar meropenem e incluir un glicopéptico y un aminoglucósido (estrategia de “desescalado”).

• Ampliar cobertura frente a gérmenes gram positivos con un glicopéptido en situaciones como: mucositis grave, signos de infección del catéter venoso central o signos de infección de la piel o tejidos blandos, colonización por Staph aureus resistente a meticilina, así como tratamiento reciente con altas dosis de citarabina (estos casos tienen riesgo especial de infección por Streptococo viridans).

• Añadir un segundo agente frente a Gram negativos, como un aminoglucósido, en caso de que se sospechen gérmenes resistentes o en centros con alta prevalencia de dichos patógenos. En situaciones de resistencia a carbapenémicos, podría valorarse el empleo de colistina o fosfomicina, así como nuevos antibióticos, como la tigeciclina o el ceftolozano.

• Si el paciente presenta dolor abdominal moderado grave o infección perirrectal, se debe ampliar la cobertura frente a anaerobios (meropenem o adición de metronidazol).

• Si existen síntomas respiratorios añadidos, hay que valorar tratamiento también para organismos atípicos (macrólidos) y considerar la adición de vancomicina y trimetoprim-sulfametoxazol (para cobertura de Pneumocystis jirovecii que se asocia de forma característica a infiltrados difusos en la radiografía de tórax, hipoxia grave y elevación de LDH).

Las modificaciones sobre el tratamiento inicial suelen hacerse a las 72-96 horas y deben basarse en el estado clínico del paciente y los resultados microbiológicos(18). Es frecuente la ausencia de crecimiento en los hemocultivos de los niños con fiebre y neutropenia, pero en el caso de que se identifique el agente responsable, se ajustará la terapia al germen y al antibiograma correspondiente. En caso de persistencia de fiebre, se debe reevaluar de forma completa al paciente, pero si este permanece estable, la fiebre no es criterio suficiente para modificar la pauta antibiótica(17,18). Si se produce deterioro clínico y el paciente está recibiendo monoterapia, es necesario ampliar cobertura frente a gram positivos resistentes, gram negativos y anaerobios.

Algunos pacientes presentan alto riesgo de infección fúngica invasiva como las recaídas de la leucemia, LLA de alto riesgo, LMA o pacientes que han recibido TPH, por lo que debe tenerse en cuenta también esta etiología en caso de procesos febriles.

Dentro de las medidas generales en la atención a estos niños, hay que recordar que cuando consulten en los Servicios de Urgencias, se debe intentar valorarlos lo más rápidamente posible, evitando las salas de espera generales. En caso de que el paciente esté recibiendo trimetropim-sulfametoxazol profiláctico, no debe suspenderse durante el tratamiento de la neutropenia febril. En los niños con sepsis graves, puede utilizarse G-CSF en el tratamiento, para intentar reducir la duración de la neutropenia.

Extravasación de citostáticos

Se denomina extravasación a la salida accidental del tratamiento quimioterápico durante su administración intravenosa al espacio extravascular(4,8). Según el riesgo de producir daño tisular, los diferentes agentes citostáticos se clasifican en:

• Vesicantes: pueden producir necrosis de los tejidos, con daño funcional y desfiguración. Entre ellos se encuentran las antraciclinas, los alcaloides de la vinca y la mitomicina C.

• Irritantes: causan reacción inflamatoria, pero no necrosis. Es el caso de los derivados del platino, taxanos, ciclofosfamida y etopósido.

• No agresivos: asparraginasa, metotrexate y citarabina.

Esta clasificación no es absoluta, porque la gravedad del daño depende de la concentración y el volumen del fármaco, así como de los excipientes. Algunos derivados de platino y taxanos pueden comportarse como vesicantes en caso de altas concentraciones o volúmenes.

La presentación clínica es muy variable. Los síntomas pueden ocurrir inmediatamente después del incidente o pasados días o semanas. En la mayoría de las extravasaciones de vesicantes aparece: dolor, induración, cambios de color o sensación de quemazón. En los casos graves, puede haber necrosis de la piel y de los tejidos subyacentes, infección, escaras y daños anatómicos y funcionales importantes. En los fármacos irritantes, los síntomas incluyen: eritema, calor, aumento de la sensibilidad. En el recorrido de la vena puede aparecer: flebitis, hiperpigmentación y esclerosis, que normalmente se resuelven en semanas.

La principal medida terapéutica es la prevención, con enfermería especializada en la administración de citostáticos, una adecuada dilución de los mismos, empleo de accesos venosos centrales y la utilización de protocolos normalizados de trabajo.

Una vez que se sospecha, incluso si es asintomática, la infusión debe suspenderse e iniciar el tratamiento inmediatamente, así como elevar el miembro afecto. Se debe intentar aspirar el fármaco del área afecta a través del catéter y retirar posteriormente la aguja, así como cubrir la lesión con una gasa estéril y seca. En algunos casos, se pueden aplicar tratamientos específicos, como el dexrazoxano ev en el caso de las extravasaciones de antraciclinas, o hialuronidasa en punciones subcutáneas alrededor de la zona afecta en extravasaciones de alcaloides de la vinca o etopósido(4). Se recomienda también aplicar frío en la zona, excepto con alcaloides de la vinca y epipodofilotoxinas como el etopósido, en cuyo caso se recomienda aplicar calor seco moderado.

La necrosis producida por los fármacos vesicantes puede ocurrir varias semanas después del episodio, por lo que debe monitorizarse al paciente de forma frecuente.

Resumen

El reconocimiento temprano de las urgencias oncológicas es muy importante en el pronóstico de los pacientes pediátricos afectos de cáncer. Su diagnóstico requiere un alto grado de sospecha, por lo que es necesario conocer las diferentes entidades y tenerlas en cuenta a la hora de evaluar al niño oncológico o con sospecha de patología tumoral.

El pediatra de Atención Primaria puede ser el primer profesional que valore a un niño con sospecha de patología oncológica, así como un paciente conocido con fiebre o síntomas de progresión, o que haya terminado tratamiento y presente una recaída, por lo que debe saber reconocer los síntomas y signos para realizar la estabilización inicial y la derivación de forma urgente.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Prusakowski MK, Cannone D. Pediatric Oncologic Emergencies. Hematol Oncol Clin N Am. 2017; 31: 959-80.

Reciente revisión de las principales urgencias oncológicas en Pediatría, así como las recomendaciones terapéuticas.

- Jones GL, Will A, Jackson GH, Webb NJ, Rule S. Guidelines for the management of tumor lysis syndrome in adults and children with haematological malignancies on behalf of the British Committee for Standards in Haematology. British Journal of Haematology. 2015; 169: 661-71.

Guía sencilla que repasa los principales conceptos relacionados con el síndrome de lisis tumoral, incluyendo profilaxis y tratamiento.

- Lehrnbecher T, Robinson P, Fisher B, et al. Guideline for the management of fever and neutropenia in children with cancer and hematopoietic stem-cell transplantation recipients: 2017 Update. J ClinOncol. 2017; 35: 2082-94.

Guía actualizada basada en la evidencia, sobre el manejo de la fiebre y neutropenia en niños con cáncer y sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos.

 

Caso clínico

 

Niño de 8 años, sin antecedentes de interés, que consulta en el Servicio de Urgencias Pediátricas por cuadro de astenia de 2 semanas de evolución, acompañado de cefalea holocraneal en las últimas 48 horas que responde mal a tratamiento con ibuprofeno oral. No refieren procesos infecciosos intercurrentes, ni otra sintomatología asociada.

Exploración física

Buen estado general. Buena hidratación, nutrición y perfusión. Palidez de piel y mucosas. Hematomas en diferentes estadios evolutivos en ambas extremidades inferiores. No otras lesiones cutáneas. Eupneico. Auscultación cardiaca: soplo sistólico I-II/VI en borde esternal izquierdo. Auscultación pulmonar: buena entrada de aire bilateral, sin ruidos añadidos. Abdomen: blando, depresible, no doloroso a la palpación. No se palpan masas, ni visceromegalias. A nivel del sistema ganglionar, no se evidencian adenopatías palpables. Exploración neurológica compatible con la normalidad.

Pruebas complementarias

– Hemograma: Hb: 6,8 g/dl. Leucocitos: 15,7 x 109/l (neutrófilos: 0,9 x 109/l; linfocitos: 14,1 x 109/l). Plaquetas: 82 x 109/l.

– Bioquímica: perfil renal normal, potasio: 4,2 mg/dl, fósforo: 4,6 mg/dl, ácido úrico: 5, 3mg/dl, calcio: 9,8 mg/dl, LDH: 400 UI/l. Resto normal.

– Frotis de sangre periférica: 78% de blastos de aspecto linfoide.

– Aspirado de médula ósea: compatible con leucemia linfoblástica aguda B común.

Evolución

Ante los hallazgos de las pruebas complementarias, se ingresa al paciente, se instauran medidas de soporte y se inicia tratamiento quimioterápico según protocolo SEHOP-PETHEMA 2013, con controles analíticos seriados. Clínicamente, el paciente permanece estable, sin presentar incidencias. En la bioquímica realizada a las 48 horas, destaca una cifra de ácido úrico de 7,8 mg/dl y un potasio de 5 mg/dl con LDH estable y resto de parámetros dentro de la normalidad.

 

 

 

 

 

Episodio aparentemente letal y muerte súbita

M.J. Martín Díaz
Temas de FC


M.J. Martín Díaz

Servicio de Urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid

Resumen

La muerte súbita es una muerte natural, inesperada y rápida. El síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) es la muerte de un lactante menor de un año de edad previamente sano, que ocurre aparentemente durante el sueño, inexplicada después de una minuciosa investigación post mortem. Es una patología multifactorial y, aunque es imprevisible, puede disminuirse el riesgo con buenas prácticas en el sueño de los lactantes.
Los episodios de apnea o atemorizadores para el observador, que presentan algunos lactantes, no tienen relación con el SMSL. Recientemente, la definición de episodio aparentemente letal ha sido sustituida por la de episodio breve resuelto inexplicado, intentando categorizar mejor a estos pacientes en función del riesgo de presentar nuevos episodios o alguna patología subyacente, así como de protocolizar la actuación diagnóstica y terapéutica de los pediatras. Actualmente, solo hay recomendaciones para los casos de bajo riesgo.

 

Abstract

Sudden death is a natural, unexpected and quick death. Sudden infant death syndrome (SIDS) is the sudden unexpected death of an apparently healthy infant younger than age 12 months, during the sleep, whose cause of death remains unknown despite a thorough post mortem investigation.
It is a multifactorial pathology and though it is unpredictable the risk can be decreased with good habits in infants ́sleep.
Apneic or frightening events some infants present have no relation with SIDS. Recently, the term apparent life threatening event (ALTE) has been replaced by the term brief resolved unexplained event (BRUE), with the objective of classifying these patients based on the risk of the infant having another repeated event or having a serious underlying disorder, and giving formal recommendations about its diagnosis and treatment. Nowadays, there are only recommendations for low risk patients.

 

Palabras clave: Muerte súbita; Síndrome de muerte súbita del lactante; Episodio aparentemente letal; Episodio breve resuelto inexplicado

Key words: Sudden death; Sudden infant death syndrome; Apparent life threatening event; Brief resolved unexplained event

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 37 – 45


Episodio aparentemente letal y muerte súbita

MUERTE SÚBITA INFANTIL

Introducción

La muerte súbita es una muerte natural rápida e inesperada, un acontecimiento con gran impacto familiar, social y mediático. La causa más frecuente en la infancia y la adolescencia es cardiovascular.

El Síndrome de la Muerte Súbita del Lactante (SMSL) se define como: “muerte súbita de un niño de menos de un año de edad, que ocurre aparentemente durante el sueño y que permanece sin explicación después de la realización de una minuciosa investigación post mortem, que incluye: práctica de la autopsia, examen del lugar del fallecimiento y revisión de la historia clínica”. Esta es la definición aceptada actualmente, que surgió en una reunión multidisciplinar con profesionales de Europa, Norteamérica y Australia en el año 2004, en San Diego. El SMSL es un acontecimiento desesperante para los padres: encontrarse a su bebé sano, muerto en el lugar donde dormía. Es un problema universal y grave. A pesar de haber cada vez más investigaciones al respecto, sigue siendo un problema impredecible(1,2).

En España, hasta el año 1985, el SMSL era un tema en el que los pediatras tenían escasa formación, que apenas se citaba en el apartado de miscelánea en los libros de texto de Pediatría. En 1986, se realizó el primer estudio clínico en hospitales españoles sobre los casos de SMSL. El estudio demostró la precariedad del conocimiento sobre la situación real en España y abrió el interés de los pediatras en el tema. En 1991, se creó el Grupo de Trabajo para el Estudio y Prevención de la Muerte Súbita del Lactante (GEMSL) de la Asociación Española de Pediatría (AEP), incluyendo miembros de diferentes especialidades médicas, que desde entonces, realizan diversas labores. Las más importantes se pueden considerar, las campañas para reducir los factores de riesgo de SMSL:

• Promover que los lactantes duerman boca arriba.

• Evitar el sobrecalentamiento del niño mientras duerme.

• Suprimir el tabaquismo en el ambiente del niño.

En 1996, el GEMSL elaboró la primera edición del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil, realizando una somera revisión del tema, incluyendo protocolos de actuación para los profesionales de Atención Primaria y Hospitalaria. Desde entonces, se ha actualizado con otras dos ediciones, la última del año 2013. Desde el año 2009, este grupo se denomina Grupo de Trabajo de la Muerte Súbita Infantil (GTMSI)(2).

Epidemiología

A pesar de haber disminuido su incidencia, la literatura actual refleja que, en el mundo desarrollado, la muerte súbita infantil es la primera causa de muerte en el primer año de edad, dejando fuera el período neonatal, siendo en edades posteriores, menos frecuente.

Se estima que, al disminuir la práctica de acostar a los lactantes en decúbito prono, ha disminuido la incidencia de muerte súbita entre un 20 y un 60%: de 1,2 por cada 1.000 nacidos vivos en 1996, hasta 0,55 por cada 1000 nacidos vivos en el año 2006(1,3).

El SMSL representa solo un pequeño porcentaje dentro de la totalidad de casos de muerte súbita, pero con unos devastadores efectos en las familias que lo sufren. Hasta el 85% de los casos ocurren en los primeros 6 meses de vida. Las tasas de mortalidad encontradas en estudios epidemiológicos varían considerablemente de un país a otro y, dentro de nuestro propio país, de unas Comunidades Autónomas a otras. No se conoce la causa de estas aparentes discrepancias, que quizá tengan su origen en una falta de consenso a la hora de hallar una definición de SMSL satisfactoria para todos.

Fisiopatología

El conocimiento actual sugiere una patogenia en la que intervienen 3 tipos de riesgo: una susceptibilidad individual, junto a factores de riesgo extrínsecos, en un momento crítico del desarrollo.

Esta hipótesis implica que el lactante nace con una susceptibilidad, debida a una alteración del desarrollo surgida en el período fetal. Se ha trabajado con hipótesis acerca de diferentes causas (infecciosas, estrés térmico, cardiogénicas, obstrucción respiratoria…); sin embargo, la mayoría de los autores coinciden en que es un problema multifactorial, es decir, que distintos factores pueden combinarse para desembocar en una vía común que conduce a la muerte súbita(1,2).

Aunque el SMSL afecta a todos los niveles sociales y a todos los grupos étnicos, se han encontrado factores asociados a un mayor riesgo y, a su vez, otros protectores(1-4) (Tabla I).

Actuación médica ante un caso de muerte súbita infantil

El adecuado abordaje del SMSL precisa la colaboración de distintos especialistas, siendo la mejor medida la creación de Grupos de Trabajo Multidisciplinares. A lo largo de los años, se han ido elaborando protocolos de autopsia y de examen del escenario que han mejorado y homogeneizado el estudio de estos casos y que, con frecuencia, han llevado al diagnóstico de asfixia accidental.

Actualmente, existe en España un protocolo para el estudio post mortem de los casos de muerte súbita infantil, desarrollado por la Sociedad Española de Patología Forense, elaborado en colaboración con el GTMSI de la AEP en el que se incluyen:

• La historia clínica prenatal.

El examen del lugar de la muerte.

• La autopsia (macro y microscópica).

• Exámenes complementarios.

• Recogida de muestras en el hospital.

El GTMSI de la AEP ha protocolizado la actuación inicial del pediatra (en urgencias, el centro de salud o el domicilio del paciente) en estos casos, con los objetivos de mejorar su diagnóstico y así su prevención (si se conoce la etiología de estos episodios será más fácil avanzar en su prevención), de mejorar la atención a los padres, y estudiar a los hermanos posteriores de los pacientes (dependiendo de los resultados del estudio etiológico, habrá que estudiar también a los hermanos anteriores, incluso a los padres). Las recomendaciones están recogidas en el capítulo 8 del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. En este texto, se reproduce como resumen en el algoritmo del final del artículo.

Lo más frecuente es que los padres o cuidadores lleven al lactante al hospital o al centro de salud, aunque hay casos en los que se avisa a los equipos de emergencias que atienden el caso en el domicilio. Si el paciente llega inviable, con signos de muerte avanzada, ni siquiera se intentará la reanimación. La otra posibilidad es que no responda a ella. Debe realizarse siempre una exploración física exhaustiva y deben reflejarse en el informe médico, todas las maniobras de reanimación y exploraciones llevadas a cabo. Después, se extraerá una muestra de sangre para las determinaciones señaladas en el algoritmo, al final del artículo. Se informará al Juez de guardia y, con su permiso, se procederá a la obtención de muestras específicas para el estudio de muerte súbita infantil, según consta en el Anexo 3 del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil de la AEP. A la vez, hay que informar a los padres y/o cuidadores y preguntarles por todo lo relacionado con el caso. Es importante informar en todo momento, del estado del paciente y de las maniobras que se están llevando a cabo en los casos que no llegan con signos claros de muerte al hospital. La noticia de la muerte debe darse en un lugar privado, donde los padres y el médico que informa puedan sentarse a un mismo nivel, transmitiendo todo el apoyo y comprensión ante el terrible drama que supone la muerte de un hijo. Es importante informar de lo que es la muerte súbita: impredecible, las posibilidades diagnósticas que plantea y el plan a seguir según los protocolos vigentes. Debe proporcionarse un tiempo para que los padres puedan estar con su hijo a solas, así como un espacio para que ellos puedan permanecer también a solas, con la posibilidad de acceder fácilmente a alguien de confianza en quien apoyarse. Si es posible, se les ofrecerá asistencia psicológica en ese momento. Por último, hay que informarles de la necesidad de la autopsia judicial.

La muerte súbita infantil, por definición, es natural; además, ocurre de forma inesperada y rápida. Estas dos características hacen que haya que hacer el diagnóstico diferencial con la muerte de causa violenta (accidental u homicida), lo cual hace necesaria la práctica de una autopsia. Dado que son muertes sospechosas de criminalidad, el Certificado de Defunción y la inscripción en el Registro Civil se realizarán después de completarse una autopsia judicial que pueda establecer su causa.

Prevención

Aunque el SMSL no es completamente prevenible, el riesgo disminuye mucho siguiendo el ABC del sueño seguro1-4):

• A: alone (solo). Los lactantes deben dormir solos, sin otra persona al lado, ni almohadas, mantas sueltas en la cama, muñecos…

• B: back (espalda). Los lactantes deben dormir boca arriba y no de lado ni boca abajo.

• C: crib (cuna). Los lactantes deben dormir en su cuna y no en camas de adultos, sofás ni otras superficies blandas, ni en sillas para coches.

La medida más influyente es colocar a los lactantes en decúbito supino para dormir, hasta que cumplan un año de edad o hasta que son capaces de voltearse en ambas direcciones (de decúbito prono a supino y al revés). Aunque durante décadas se ha creído lo contrario, la posición en decúbito supino no aumenta el riesgo de atragantamiento ni aspiración, ni siquiera en niños con reflujo gastroesofágico (RGE).

Varios estudios han mostrado que la lactancia materna es un factor protector frente al SMSL, más cuando es exclusiva.

El uso de chupete para dormir también se relaciona con un menor riesgo, aunque debe postponerse hasta que la lactancia materna se ha establecido sólidamente. No debe sujetarse el chupete con cuerdas o cadenas con riesgo de estrangulamiento.

Cuando se relacionó el SMSL con episodios de apnea prolongados, se comenzó a utilizar la monitorización cardiorrespiratoria, con el fin de prevenir estos acontecimientos. Los candidatos elegidos eran niños que habían sufrido un episodio aparentemente letal (ALTE, del inglés: apparent life threatening event). Sin embargo, se ha comprobado que los ALTE no están relacionados con el SMSL, que este último es imposible de prever y tampoco se ha podido demostrar su relación causal con la apnea; por lo que, actualmente, es muy controvertida esta práctica. Además, después de tres décadas de haberse utilizado la monitorización cardiorrespiratoria domiciliaria, se ha visto que no ha disminuido los casos de SMSL, que los monitores dan falsas alarmas con frecuencia, aumentando la ansiedad de los padres y cuidadores, y no se ha podido comprobar que, en casos de apnea realmente peligrosos, den la alerta a tiempo para una actuación eficaz. Las recomendaciones actuales de la Academia Americana de Pediatría (AAP) son no utilizarla para prevenir el SMSL.

EPISODIOS APARENTEMENTE LETALES (ALTE)

Introducción

Los episodios de apnea o percibidos como de “casi muerte” en un lactante, son atemorizadores para los padres/cuidadores y muchas veces para los pediatras. El diagnóstico diferencial es muy amplio, incluyendo patologías con riesgo vital y otras benignas (incluso ausencia de patología).

El término Episodio Aparentemente Letal ALTE (de las siglas en inglés) surgió en 1986, en la Conferencia de Apnea Infantil y Monitorización Domiciliaria de los Institutos Nacionales de Salud de la AAP. Se definió como: un episodio, atemorizador para el observador, en el que se combinan alguno de los siguientes: apnea (central u obstructiva), cambio de coloración (cianosis lo más frecuente, aunque se admite palidez y enrojecimiento), cambio significativo del tono muscular (hipotonía normalmente) o atragantamiento. Previamente, se había usado durante años el término “síndrome de muerte súbita abortada”, pero al comprobarse que los lactantes que presentaban estos episodios no tenían mayor riesgo de muerte súbita, se cambió por el de ALTE. Sin embargo, este último concepto siguió planteando problemas(5,6):

• Su carácter impreciso y subjetivo hace que se engloben en el mismo grupo, lactantes totalmente sanos y otros con síntomas y alteraciones persistentes en la exploración física.

• Al incluir en la definición el “amenazante para la vida”, la ansiedad y preocupación de los padres aumenta en muchas ocasiones, aunque el episodio no sea realmente consecuencia de ninguna patología.

• Con frecuencia, esta falsa gravedad inherente al término, hace que los médicos responsables de evaluar el episodio, realicen acciones diagnósticas y terapéuticas innecesarias.

Aunque las causas de un ALTE pueden ser muy diversas, incluyendo patologías graves, la mayoría de los pacientes que se presentan tras el episodio con una exploración normal, tienen un riesgo de recurrencia o de patología muy bajo. Por ello, en mayo de 2016, la AAP publicó unas Guías de Práctica Clínica para los BRUE (episodios breves resueltos inexplicados, del inglés: brief resolved unexplained events), los antes llamados ALTE. Son las primeras guías de actuación dadas para estos episodios por la AAP, y surgen con 3 objetivos principales(6):

• Sustituir el término ALTE por otro más concreto (BRUE), que permite estratificar mejor el riesgo de los lactantes con estos episodios.

• Orientar la evaluación de estos pacientes en función de los factores de riesgo que tengan para presentar nuevos episodios o una patología seria subyacente.

• Establecer unas guías de actuación basadas en la evidencia científica, para los casos de bajo riesgo.

Un BRUE es un episodio que ocurre en un lactante menor de 1 año de edad, repentino, corto y resuelto al consultar, en el que se combinan dos o más de los siguientes:

• Cianosis o palidez (se excluye el enrojecimiento, muy frecuente en niños sanos durante el llanto, la tos…).

• Cese, enlentecimiento o irregularidad marcada de la respiración.

Alteración brusca del tono muscular, con hiper o hipotonía.

• Alteración de la respuesta a estímulos.

Aunque las definiciones de ALTE y BRUE se solapan, hay notables diferencias(5-7):

• La más importante es que para diagnosticar un suceso como BRUE, debe ser inexplicado después de una cuidadosa valoración.

• El límite de edad estricto (menores de un año).

• El diagnóstico de BRUE se hace en función de la caracterización de los hechos que hace el médico y no por la percepción subjetiva del observador.

• El médico debe concretar si ha habido palidez o cianosis durante el episodio (y no simplemente cambio de color), quedando fuera el enrojecimiento, tan frecuente en los lactantes después de episodios de tos y con el llanto.

• En el BRUE, se amplían los criterios respiratorios más allá de la apnea.

• Los signos de asfixia o atragantamiento excluyen el diagnóstico de BRUE.

Hay que especificar si ha habido un cambio de tono brusco y claro, incluyendo hipertonía o hipotonía.

• La respuesta anormal a estímulos es una novedad que no se incluía en la definición de ALTE.

Actuación del pediatra ante un BRUE

Una vez que un episodio se ha categorizado como BRUE, el siguiente paso es completar meticulosamente la anamnesis y la exploración física en busca de factores que indiquen patología (Tablas II y III).

Cualquier hallazgo patológico en la historia actual o previa del lactante (p. ej.: datos antropométricos en rangos patológicos, síntomas de infección viral coincidiendo con el episodio…), así como en la exploración física (incluyendo las constantes vitales), dejan el caso fuera del grupo de BRUE de bajo riesgo. La literatura disponible sobre los ALTE, hace que ciertas características iniciales se consideren de alto riesgo de patología subyacente o de nuevos episodios(5):

• Edad menor de 2 meses (en realidad, este factor se ha encontrado como de riesgo en algunos estudios y en otros como protector; pero en las guías de la AAP, se considera de riesgo, teniendo en cuenta la inmadurez neurológica e inmunitaria de este grupo de edad, y que es más probable que patologías congénitas no se hayan manifestado todavía).

• Prematuridad (edad gestacional menor de 32 semanas) con una edad postconcepcional menor de 45 semanas.

• Episodios previos.

• Haber requerido maniobras de resucitación durante el episodio por parte de personal entrenado.

Si no se encuentra ninguno de estos factores ni ningún hallazgo patológico en la anamnesis y la exploración física, el BRUE es clasificado como de bajo riesgo. En las Guías de la AAP, se establecen recomendaciones para la atención de estos pacientes, basadas en la evidencia científica, derivada de los estudios publicados sobre ALTE. Son recomendaciones de grado moderado-fuerte(5-7):

Se debe:

- Educar a los padres sobre los BRUE y facilitar su participación en la actuación diagnóstica y terapéutica.

- Ofrecer entrenamiento en maniobras de reanimación básica a padres y cuidadores.

No se debe:

- Realizar: hemograma, iones, reactantes de fase aguda, despistaje metabólico con amonio, aminoácidos o gasometría.

- Realizar cultivo de sangre, orina ni LCR (líquido cefalorraquídeo).

- Realizar pruebas diagnósticas de RGE (reflujo gastroesofágico).

- Realizar radiografía de tórax.

- Realizar ecocardiograma.

- Realizar electroencefalograma (EEG).

- Realizar monitorización cardiorrespiratoria.

- Iniciar terapia con antiácidos ni con antiepilépticos.

Con carácter débil se dan las siguientes recomendaciones:

Se puede:

- Monitorizar durante unas horas al paciente con pulsioximetría continua y reevaluaciones clínicas seriadas.

- Realizar un electrocardiograma (ECG).

- Recoger una muestra para detección de Bordetella pertussis.

No se necesita:

- Hospitalizar al paciente para realizar monitorización cardiorrespiratoria.

- Realizar pruebas de neuroimagen.

- Realizar: glucemia, análisis de orina, detección de virus respiratorios, determinar bicarbonato y lactato en sangre.

En el grupo de recomendaciones con evidencia débil, al hablar de “se puede” y “no se necesita”, las guías siguen siendo difíciles de aplicar con cada paciente en concreto.

Los autores de las guías recomiendan un período de observación de 1 a 4 horas para comprobar que el paciente está estable, aunque reconocen que no existe ninguna evidencia de cuál es la duración más adecuada. La monitorización de la saturación de oxígeno es mejor método que la monitorización cardiorrespiratoria, aunque hay que tener en cuenta que niños sanos pueden tener desaturaciones espontáneas durante el sueño, sin significado patológico.

La determinación de la glucemia se ha propuesto por algunos autores como screening de los errores innatos del metabolismo (especialmente, los defectos de la oxidación de ácidos grasos), que pueden suponer del 0 al 5% de los casos de ALTE según la literatura(8,9). Los autores de las guías argumentan que no es necesaria, porque los pacientes con estas patologías tienen episodios repetidos y/o antecedentes familiares, lo cual los sacaría del grupo de bajo riesgo. Otros autores abogan por la realización de la glucemia en los episodios, porque algunas enfermedades metabólicas solo cursan con alteraciones durante las crisis agudas y es una técnica fácil y barata.

Hay poca evidencia para defender la realización rutinaria de un ECG en los pacientes con BRUE de bajo riesgo. Las guías recomiendan tenerlo en cuenta individualmente, siendo su valor predictivo positivo muy bajo para la detección de cardiopatías (en cambio, si es normal, sí es alto su valor predictivo negativo y se puede considerar que no es necesario ningún otro estudio cardiológico).

La tosferina puede causar paroxismos de tos con cianosis/palidez y pausa respiratoria en lactantes sin otros síntomas acompañantes. Se investigará en función: de la situación epidemiológica actual en la población, de los antecedentes de contacto con casos de tosferina y del estado vacunal del paciente.

Fundamentalmente, lo que establecen estas guías es que los pacientes con BRUE de bajo riesgo no precisan ninguna prueba más allá de un período de observación y educación sobre estos episodios, para los padres y cuidadores. Pueden ser dados de alta, aunque hay que asegurar que habrá una nueva valoración pediátrica en las siguientes 24 horas.

Actuación del pediatra ante un BRUE de alto riesgo

El término BRUE tiene el inconveniente de que muchos lactantes con episodios apneicos o atemorizadores no cumplen criterios de inclusión y quedan inclasificados. Con frecuencia, serán sometidos a pruebas diagnósticas y terapéuticas, incluso ingresos hospitalarios innecesarios, con sus consecuentes inconvenientes. Por otro lado, en los lactantes clasificados como BRUE de alto riesgo, algún hallazgo de la historia y/o la exploración física indican la necesidad de continuar con exploraciones diagnósticas y terapéuticas, pero las guías no establecen ninguna recomendación por falta de evidencia o protocolos consensuados. Conocer las causas más frecuentes de los anteriormente llamados ALTE, puede orientar la actitud con estos pacientes(6,8,9):

1. Reflujo gastroesofágico (RGE). Es muy frecuente en los lactantes, por lo que es importante reflexionar antes de atribuir un episodio de este tipo al RGE. Está demostrado que puede causar apnea e hipoxia por laringoespasmo y aspiración, siendo la causa más frecuente de ALTE. Las características que sugieren RGE son: atragantamiento, regurgitación, arcada o vómito, tos durante el episodio, que con frecuencia es posterior a una toma. En ocasiones, los cuidadores ven restos de leche en la boca o la nariz. Es frecuente que el lactante se ponga rojo y que parezca que le cuesta respirar. La irritabilidad frecuente, el arqueamiento hacia atrás y una escasa ganancia ponderal apoyan el diagnóstico. El diagnóstico es básicamente clínico y no requiere la hospitalización. Lo más importante es la educación de los padres, que sepan en qué consiste el RGE, que tiene su pico de sintomatología en torno a los 4 meses de edad y suele desaparecer a los 12 meses; que es esperable que si el RGE ha provocado un ALTE, vuelva a hacerlo.

2. Maltrato. Es una causa probada de episodios apneicos y de ALTE, a menudo difícil de diagnosticar, por lo que es importante tenerla en cuenta siempre que se valore algún lactante con muerte súbita o BRUE/ALTE. La forma más frecuente es el trauma craneal y hay que tener en cuenta que la mortalidad de los ALTE de esta etiología es alta (hasta el 30% según las series). Hay datos en la anamnesis que alertan de un probable maltrato: incongruencias o cambios en la historia del episodio, un retraso en la consulta, episodios previos de ALTE/BRUE, llamadas a emergencias previas a la consulta por el episodio, irritabilidad, vómitos o convulsiones a la hora de valorar al lactante, antecedentes de BRUE/ALTE o SMSL en hermanos. En la exploración física, los hallazgos de alarma serán: sangrado por la nariz o por la boca, petequias, hemorragias subconjuntivales, hematomas, hemorragias retinianas, cefalohematomas, fontanela abombada, macrocefalia o crecimiento anormal del perímetro cefálico. Cuando se sospeche, se realizará una prueba de neuroimagen. El examen del fondo de ojo en busca de hemorragias retinianas y la serie ósea pueden ayudar, pero pueden ser normales. En pacientes con bajo riesgo de maltrato, por la historia y la exploración, no están indicadas las pruebas de neuroimagen. Habrá que tener en cuenta otras formas de maltrato que pueden ser mortales: la intoxicación y la sofocación intencionada.

3. Infecciones respiratorias. Son la causa de aproximadamente un 8% de los ALTE. Los patógenos más frecuentes son el virus respiratorio sincitial (VRS) y B. pertussis. Otras infecciones respiratorias virales pueden producir episodios de apnea con desaturación de oxígeno. Los factores de riesgo para presentar una pausa de apnea en la bronquiolitis son: prematuridad (edad postconcepcional menor de 48 semanas), edad menor de 2 meses, comorbilidad (patología respiratoria o neuromuscular), historia previa de apnea. En presencia de síntomas respiratorios, hay que considerar la infección como una posible causa de un ALTE/BRUE. En pacientes de riesgo, los episodios de apnea pueden ser la presentación de una infección por VRS y, con menos frecuencia, en infecciones por B. pertussis. La probabilidad de infección por VRS depende, sobre todo, del estado epidémico poblacional y de los síntomas de bronquiolitis.

4. Infecciones bacterianas invasivas. Es raro que estas infecciones (meningitis, bacteriemia, infección del tracto urinario, neumonía) sean causa de un BRUE: estos lactantes suelen estar febriles y con afectación del estado general en su presentación. En poblaciones donde las vacunas para H. influenzae y para neumococo están universalizadas, es muy baja la probabilidad de presentar una infección bacteriana invasiva solo con fiebre y con buen estado general. En menores de 2 meses, la infección urinaria, actualmente, es la que hay que tener más en cuenta como posible causa de ALTE, aunque no de BRUE, ya que suelen presentar síntomas (fiebre, rechazo del alimento, varios episodios repetidos). Se recomienda un despistaje de sepsis en lactantes menores de 2 meses que presentan: un ALTE con fiebre, antecedentes de prematuridad, apariencia alterada o varios episodios encadenados.

5. Crisis epilépticas. Los síntomas sugestivos en el episodio son: alteración de la consciencia, obstrucción respiratoria, mirada fija y/o desviada, movimientos tónico-clónicos o sacudidas, hipo o hipertonía, además de alteraciones físicas previas, como micro o macrocefalia y fenotipo dismórfico. Las crisis epilépticas en la lactancia, pueden ser la presentación de una epilepsia o de otras patologías neurológicas como: infecciones, traumatismos o enfermedades metabólicas. Si se sospecha una crisis epiléptica como causa de un ALTE/ BRUE de alto riesgo, es adecuado ingresar al paciente, valorando realizar un estudio de sepsis y, posteriormente, una evaluación neuropediátrica. En los pacientes en que no hay indicios que hagan sospechar una crisis comicial, no está indicado realizar EEG, ni prueba de imagen, y menos iniciar tratamiento antiepiléptico empírico.

6. En los lactantes más mayores, pueden considerarse los espasmos del sollozo como posible causa de un ALTE/BRUE (a partir de los 6 meses de edad). Son espasmos laríngeos desencadenados por: sorpresa, enfado, miedo, frustración, que pueden producir apnea, llegando a la pérdida de consciencia, con palidez o cianosis acompañantes y con hipotonía en los casos más graves. Son episodios transitorios que se resuelven espontáneamente, no peligrosos.

7. Patologías cardiacas: arritmias (taquicardia supraventricular, síndrome de preexcitación, síndrome de QT largo congénito, síndrome de Brugada), miocarditis y miocardiopatías congénitas (cardiopatía hipertrófica o dilatada). Hay que considerarlas en pacientes con antecedentes de muerte súbita en familiares de primer grado y en lactantes que presentan dificultad para la alimentación, con diaforesis o cianosis. En estos casos, está indicado realizar un ECG. En los casos con ECG anormal o alteraciones en la exploración y en la historia clínica, sugestivos de cardiopatía, habrá que realizar una valoración cardiológica.

8. Habrá que tener en cuenta un posible síndrome de apnea obstructiva del sueño en lactantes con malformaciones craneofaciales (micrognatia, principalmente), laringomalacia, enfermedades neuromusculares, acondroplasia, síndrome de Prader Willi, síndrome de Down o malformación de Chiari. También, son factores de riesgo: la prematuridad, las madres fumadoras, la displasia broncopulmonar y la obesidad.

9. Los errores innatos del metabolismo (sobre todo, las alteraciones en la oxidación de los ácidos grasos y las alteraciones del ciclo de la urea) pueden ser la causa de hasta el 5% de los ALTE. Pueden orientar hacia su diagnóstico: alteraciones en el desarrollo del lactante, historia familiar de enfermedad metabólica, de retraso psicomotor o de SMSL. Los episodios pueden ser prolongados o recurrentes, a veces, asociados a crisis epilépticas. Con frecuencia, continúan sintomáticos cuando los padres consultan. Cuando se sospeche una de estas enfermedades, se realizará un hemograma (hay alteraciones sugestivas de enfermedades concretas), una bioquímica sérica, incluyendo ácido láctico y amonio (la muestra debe extraerse sin compresión de la vena) y una gasometría venosa (el pH y el bicarbonato son los parámetros a valorar). La hipoglucemia, la hipocalcemia y las alteraciones de la función tiroidea son otras causas metabólicas de ALTE.

Pronóstico

Un metanálisis publicado en junio de 2018(10), intentando cuantificar por primera vez el riesgo de muerte en lactantes que habían sufrido un BRUE de bajo riesgo, encuentra un riesgo de muerte en los siguientes 4 meses (las muertes más allá de este período, se consideran no relacionadas), similar a la población general de menos de un año de edad. Este hallazgo apoya la recomendación de dar de alta hospitalaria a estos pacientes y hacer un seguimiento ambulatorio. Algunos estudios epidemiológicos han intentado ponderar el riesgo de muerte en los lactantes que han sufrido un ALTE, pero el escaso número de pacientes, su heterogeneidad y la rareza de la muerte en ellos, ha hecho imposible sacar conclusiones al respecto.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Goldberg N, Rodríguez-Prado Y, Tillery R, Chua C. Sudden Infant Death Syndrome: A Review. Pediatr Ann. 2018; 47: e118-e123.

2.*** Grupo de trabajo de la Muerte Súbita Infantil-AEP. Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. 3ª edición. Madrid: Ergon Creación S.A. 2013.

3. Kassa H, Moon RY, Colvin JD. Risk Factors for Sleep-Related Infant Deaths in In-Home and Out-of-Home Settings. Pediatrics. 2016; 138: e20161124.

4.** Moon RY. Task force on sudden infant death syndrome. SIDS and Other Sleep-Related Infant Deaths: Updated Recommendations for Safe Infant Sleeping Environment. Pediatrics. 2016; 138: e20162940.

5.*** Tieder JS, Bonkowsky JL, Etzel RA, et al. Clinical Practice Guideline: Brief Resolved Unexplained Events (Formerly Apparent Life-Threatening Events) and Evaluation of Lower-Risk Infants.Pediatrics. 2016; 137: e20160590.

6.** McFarlin A. What to Do when Babies Turn Blue: Beyond the Basic Brief Resolved Unexplained Event. Emerg Med Clin North Am. 2018; 36: 335-47.

7. Tate C, Sunley R. Brief resolved unexplained events (formerly apparent life-threatening events) and evaluationof lower-risk infants. Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2018; 103: 95-8.

8. Fu LY, Moon RY. Apparent life-threatening events: an update. Pediatr Rev. 2012; 33: 361-8.

9.** Tieder JS, Altman RL, Bonkowsky JL, Brand DA, Claudius I, Cunningham DJ, et al. Management of appa­rent life-threatening events in infants: a systematic review. J Pediatr. 2013; 163: 94-9.

10. Brand DA, Fazzari MJ. Risk of Death in Infants Who Have Experienced a Brief Resolved Unexplained Event: A Meta-Analysis. J Pediatr. 2018; 197: 63-7.

Bibliografía recomendada

– Grupo de trabajo de la Muerte Súbita Infantil-AEP. Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. 3ª edición. Madrid: Ergon Creación S.A. 2013.

Se trata de una revisión sistemática, detallada y global de la Muerte Súbita Infantil, llevada a cabo por el Grupo de Trabajo de la Muerte Súbita Infantil de la AEP, que debe ser el referente para los pediatras a la hora de abordar estos casos. En él, se encuentran disponibles los protocolos de actuación en la muerte súbita infantil, en nuestro medio.

Tieder JS, Bonkowsky JL, Etzel RA, et al. Clinical Practice Guideline: Brief Resolved Unexplained Events (Formerly Apparent Life-Threatening Events) and Evaluation of Lower-Risk Infants.Pediatrics. 2016; 137: e20160590.

Es la publicación donde se define por primera vez el término BRUE (episodio breve resuelto inexplicado). Se establece la distinción clara con los ALTE y se hace una revisión de la evidencia científica para establecer las Guías de Actuación en los BRUE de bajo riesgo: dar de alta a domicilio, si después de unas horas de observación se confirma la ausencia de factores de riesgo y la normalidad de la exploración física.

Caso clínico

 

Acuden a urgencias de un hospital terciario los padres de un lactante de 2 meses y medio, porque hace 20 minutos ha presentado un episodio de respiración ausente o muy lenta, con cianosis labial y palidez facial, que se ha resuelto en unos segundos tras estimulación. En la valoración del triaje, el lactante tiene un triángulo de evaluación pediátrica normal, una temperatura de 36,4ºC, una FC de 119 lpm, una TA de 81/47 mm Hg y una FR de 31 rpm.

En la consulta, el pediatra realiza una anamnesis y una exploración física completas:

La madre refiere que tenía en brazos al bebé dormido cuando se ha fijado en que respiraba muy despacio o no respiraba (no sabe concretarlo), y se ponía pálido con los labios morados. Asustada lo ha agitado y en unos segundos el niño ha roto a llorar, calmándose en pocos minutos. Después, ha realizado una toma de lactancia materna y su estado ha sido aparentemente normal, aunque los padres están muy alarmados porque “les parecía que se moría”.

Se trata del segundo hijo de la pareja, que vive en una vivienda con condiciones higiénico-ambientales adecuadas, sin compartirla con nadie más. Niegan consumo de tóxicos y la posibilidad de que haya llegado hasta el lactante cualquier tipo de fármaco. El embarazo fue controlado, sin patología, y también el parto, espontáneo, eutócico en la semana 39+4. Hasta el momento, no había tenido ninguna enfermedad y está vacunado correctamente. Ni la hermana ni los padres tienen ningún antecedente patológico significativo. Tampoco hay casos de enfermedades congénitas o metabólicas en los familiares de segundo grado. El lactante no había tenido ningún síntoma las horas ni los días previos. En ocasiones, regurgita, pero es algo esporádico y durante el episodio no ha tenido signos de ahogo ni regurgitación. El peso, la longitud y el perímetro cefálico son normales desde el nacimiento, siguiendo un adecuado desarrollo.

Se decide dejar en observación al lactante. Permanece 5 horas en el hospital, en las que realiza dos tomas de lactancia materna, continúa con buen estado general y comportamiento normal y mantiene unas constantes normales.

Es diagnosticado de BRUE de bajo riesgo, se informa a los padres acerca de estos episodios, del escaso riesgo de recurrencia o patología, de que no están relacionados con la muerte súbita infantil y se da de alta con revisión en menos de 24 horas por su pediatra. Al día siguiente, se contacta con este/a último para comprobar que ha sido reevaluado.

 

 

 

Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

N. Silva Higuero*, E. Borrego Sánz**, A. García Ruano***
Temas de FC


N. Silva Higuero*, E. Borrego Sánz**, A. García Ruano***

*Médico de Urgencias Hospitalarias. Hospital Medina del Campo. Valladolid. **Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Virgen del Cortijo. Madrid. ***Médico de Atención Primaria. Centro de Salud de Mombuey. Zamora

Resumen

En los niños, la parada cardiorrespiratoria suele aparecer en el contexto de enfermedades que alteran la función respiratoria, y la obstrucción aguda de la vía respiratoria superior está incluida entre las causas más frecuentes. Lo primero en estos pacientes es detectar, de forma precoz, la situación de gravedad; para ello, el Triángulo de Evaluación Pediátrica es una herramienta útil y fácil que nos ayudará a priorizar el tratamiento, que siempre debe comenzar por asegurar la permeabilidad de la vía aérea. El abordaje de estas patologías suele iniciarse, en la mayoría de los casos, en Atención Primaria, pudiendo llegar al diagnóstico con la clínica y la exploración física. Las causas agudas de obstrucción de vía respiratoria superior se relacionan con procesos inflamatorios o infecciosos como: laringitis aguda, crup espasmódico, traqueítis bacteriana, epiglotitis, angioedema hereditario/anafiláctico y obstrucción por cuerpo extraño. La anamnesis, el tipo de estridor y los síntomas infecciosos sirven para hacer el diagnóstico diferencial. El tratamiento es específico según la etiología. En el caso de la laringitis aguda, las escalas de gravedad permiten seleccionar el tratamiento más adecuado. Solo está indicada la antibioterapia empírica en la traqueítis bacteriana y en la epiglotitis.

 

Abstract

In children, cardiorespiratory arrest usually appears in the context of diseases that alter respiratory function, and acute upper airway obstruction is included among the most frequent causes. The first step in these patients is to rapidly detect the serious situation, for which the Pediatric Evaluation Triangle is a useful and easy tool that will help us to prioritize the treatment, which must always begin by ensuring the permeability of the airway. The approach of these pathologies usually begins in the majority of the cases in the Primary Health Care setting, being able to arrive at the diagnosis with the clinical picture and the physical examination. Acute causes of upper airway obstruction are related to inflammatory or infectious processes such as: acute laryngitis, spasmodic croup, bacterial tracheitis, epiglottitis, hereditary / anaphylactic angioedema and foreign body obstruction. History taking, the type of stridor and the infectious symptoms aid in making the differential diagnosis. Treatment is specific according to the etiology. In the case of acute laryngitis, the severity scales allow selecting the most appropriate treatment. Empirical antibiotic therapy is only indicated in bacterial tracheitis and epiglottitis.

 

Palabras clave: Obstrucción respiratoria aguda; Estridor;  Crup; Laringitis; Angioedema

Key words: Acute respiratory obstruction; Stridor; Croup; Laryngitis; Angioedema

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 25 –36


Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

Introducción

La obstrucción aguda de la vía respiratoria superior (OAVRS) es un motivo frecuente de consulta en los servicios de urgencias pediátricos y en las consultas de Atención Primaria (AP). Es importante detectar las causas que producen la obstrucción respiratoria y valorar su repercusión clínica, puesto que está incluida entre las causas más frecuentes de parada cardiorrespiratoria (PCR) en el niño(1,2).

La presentación de la obstrucción aguda de la vía respiratoria superior es variable en sus manifestaciones clínicas, y gravedad. Puede cursar, simplemente con estridor y/o disfonía, sin ninguna o muy escasa repercusión en la función respiratoria. Otras veces, el fracaso respiratorio aparece rápidamente o progresa desde síntomas leves a compromiso importante en poco tiempo, pudiendo desembocar en una emergencia vital con hipoxia grave e incluso PCR(3).

En los niños, a diferencia del adulto, la PCR suele presentarse en el contexto de enfermedades que cursan con una alteración de la función respiratoria, como: obstrucciones anatómicas, inflamatorias o infecciosas de la vía aérea, neumonías o accidentes (aspiración de cuerpo extraño, inhalación de gas, ahogamiento, traumatismo torácico…). Es importante y tiene mejor pronóstico, detectar a tiempo el deterioro respiratorio progresivo, pudiendo evitar que evolucione hacia una PCR(1,2).

La finalidad de este artículo es aportar al pediatra de AP las claves para detectar, de forma precoz, las situaciones de riesgo vital debidas a una obstrucción aguda de la vía respiratoria superior y conocer las causas más frecuentes de la misma, así como su abordaje terapéutico.

Detección precoz y actuación en situaciones de riesgo vital

Los signos más importantes para evaluar la gravedad de la obstrucción respiratoria son: el aspecto general del niño y la intensidad del esfuerzo respiratorio. La prioridad frente a cualquier maniobra diagnóstica o terapéutica es asegurar siempre la permeabilidad de la vía aérea(3).

La patología respiratoria grave suele mostrarse de forma progresiva, dando tiempo al personal sanitario a detectar los síntomas y poder intervenir de forma precoz. Una herramienta útil que permite hacer una valoración inicial del paciente grave es el Triángulo de Evaluación Pediátrica (TEP), que valora tres elementos fundamentales: Apariencia o estado general, Respiración y Circulación cutánea. Puede realizarse visualmente en 30 a 60 segundos y nos facilita saber, en poco tiempo, dónde se produce la patología que puede poner en riesgo al paciente(4-6) (Fig. 1).

Figura 1. Triángulo de evaluación pediátrica (TEP).

Cuando detectamos un fallo respiratorio o una dificultad respiratoria (Tabla I), el niño se encuentra en una situación inestable y debe ser derivado desde Atención Primaria a urgencias hospitalarias.

Entre tanto, en el centro de salud, debemos iniciar las siguientes medidas: apertura de vía la aérea, aspiración de secreciones y ventilación con mascarilla y ambú, si fuera preciso, posición semincorporada, O2 al 100%, y terapias específicas en relación con la causa etiológica de la obstrucción respiratoria(6,9).

Causas de obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

Independientemente de la causa, la clave para sospechar que se trata de una obstrucción de la vía respiratoria superior es detectar el síntoma clínico más característico de este tipo de patología, que es el estridor(7).

Se define el estridor como: un ruido fuerte, con distinta tonalidad (normalmente agudo) que se origina como consecuencia del paso de aire a través de una vía aérea estrecha, originando un flujo turbulento. El nivel de la obstrucción puede sospecharse por las características del estridor, que puede ser: inspiratorio, más típico de patología supraglótica (por encima de las cuerdas vocales); espiratorio, que aparece, sobre todo en obstrucciones intratorácicas, (por debajo de las cuerdas vocales); y bifásico, que nos indica afectación de vía aérea glótica, subglótica y de tráquea extratorácica(3,7-9).

Un signo que nos debe alertar de la mala evolución clínica del proceso es la desaparición del estridor acompañado del aumento del trabajo respiratorio, que puede desembocar en un agotamiento y fracaso respiratorio completo(10). Aunque el estridor sea el síntoma guía, alguna patología puede cursar con disfonía o incluso alteraciones de la deglución, que pueden llevar a atragantamientos o episodios de aspiración(3).

Las causas de obstrucción de la vía respiratoria superior pueden ser congénitas o adquiridas y clasificarse por su localización anatómica o por su origen infeccioso o no infeccioso. En general, las obstrucciones crónicas están relacionadas con alteraciones anatómicas congénitas o patología funcional, mientras que las agudas se suelen relacionar con procesos inflamatorios o infecciosos(3,7). En las tablas II y III, se recogen las causas más frecuentes de obstrucción aguda de la vía respiratoria superior y su diagnóstico diferencial.

Laringitis aguda/laringotraqueítis viral/crup viral

Es un cuadro clínico con obstrucción secundaria a inflamación de la región subglótica de la laringe, de etiología viral y caracterizado por la tríada: estridor inspiratorio, tos perruna y disfonía, acompañados de dificultad respiratoria variable(11-13).

Esta entidad clínica engloba diferentes términos: crup viral, laringotraqueítis, laringotraqueobronquitis, laringitis subglótica, laringitis catarral o crup espasmódico. En la práctica clínica, conviene diferenciar dos entidades: la laringitis aguda de etiología viral, precedida de pródromos catarrales y más progresiva en su instauración; y el crup espasmódico, que se caracteriza por predomino nocturno, de instauración brusca sin cuadro catarral asociado, autolimitado y recurrente(10,13).

La laringitis aguda representa el 15-20% de las enfermedades respiratorias y es un motivo de consulta frecuente en urgencias, ya que genera angustia al niño y a la familia. Solo un 5-6% de estos niños requieren permanecer en observación, un 1% ingreso hospitalario y, de ellos, la mitad lo hacen en cuidados intensivos. Puede aparecer a cualquier edad, pero predomina entre los 3-6 meses y 3 años, con una incidencia máxima a los 2 años. Predomina en los meses de otoño e invierno y afecta más a varones, con una relación 2:1((11-14).

La etiología es vírica. El virus parainfluenza tipo 1, es el responsable del 75% de los casos en periodo otoñal, aunque también están implicados: virus parainfluenza 2 y 3, virus respiratorio sincitial (VRS), virus influenza A y B, adenovirus, metapneumovirus o coronavirus, rinovirus, o enterovirus. Hay otro pico menor de incidencia en invierno, relacionado con: virus influenza A, VRS y parainfluenza tipo 3. En primavera y verano son menos frecuentes, pero se asocian a infecciones por virus parainfluenza tipo 3, que puede producir cuadros más graves y, menos frecuentemente, con: adenovirus, rinovirus y M. Pneumoniae. Es infrecuente la etiología bacteriana, por Mycoplasma pneumoniae (3%), y la sobreinfección bacteriana por: Staphylococcus aureus, Haemophilus influenzae, Streptococcus pneumoniae o Streptocuccus pyogenes(12-14).

Lo más habitual es que se presente como un cuadro clínico leve, que se inicia con clínica catarral en los 2-3 días previos, con o sin fiebre, y que evoluciona apareciendo: estridor inspiratorio, tos perruna y disfonía (voz o llanto ronco). El estridor suele ser al principio audible solo con la respiración profunda y en fase inspiratoria, pero a medida que el estrechamiento aumenta, el estridor empieza a ser audible en inspiración y espiración, e incluso cuando el niño está en reposo. Este estridor va disminuyendo a medida que se inicia el agotamiento respiratorio del niño, lo cual nos indica máxima gravedad. Por todo ello, hay que estar muy atentos al trabajo respiratorio del paciente, ya que la clínica puede empeorar en cuestión de horas(7,12,13). Hay que evitar situaciones que empeoren la sintomatología, como pueden ser: agitación, llanto o posición horizontal. La aparición de los síntomas y el empeoramiento del cuadro clínico suele ser de predominio nocturno(7,12). La laringitis vírica típica suele durar unos 2-7 días, aunque el cuadro catarral acompañante y la tos pueden permanecer más tiempo(11,12).

El diagnóstico de la laringitis aguda es fundamentalmente clínico, sin necesidad de pruebas complementarias, aunque es importante determinar la satO2 y aplicar escalas de gravedad para seleccionar el tratamiento más adecuado(10,11,14,15).

En Atención Primaria, la gravedad podemos estimarla de la siguiente manera(14,15):

• Episodio leve: tos ronca, sin estridor ni trabajo respiratorio, buena ventilación y SatO2 >= 95%.

• Episodio moderado: estridor en reposo con retracciones leves y buena ventilación global con SatO2 >= a 95%.

• Episodio grave: estridor en reposo con retracciones marcadas, hipoventilación pulmonar y /o SatO2 <= 94% o alteración de conciencia o cianosis.

Las escalas de gravedad más conocidas son: la escala de Taussig y la escala de Westley(10,11) (Tabla IV).

También nos parece de utilidad la escala propuesta por el Grupo Interdisciplinar de Emergencias Pediátricas de Osakidetza (GIDEP)(15) (Tabla V).

El tratamiento depende del grado de la obstrucción respiratoria(7)y se debe iniciar en AP. Solo en las laringitis graves o que no mejoran con el tratamiento, hay que derivar a urgencias hospitalarias (Fig. 2).

Figura 2. Algoritmo de tratamiento de laringitis aguda.

Laringitis leve

Se utilizan corticoides sistémicos, por su efecto anitiinflamatorio y vasoconstrictor rápido en la vía aérea superior(13). Hay evidencia de su utilidad en todos los niveles de gravedad, ya que disminuye la necesidad de hospitalización, la necesidad de intubación y el uso de adrenalina nebulizada(12,14). La administración de corticoides intravenosos o intramusculares no ha demostrado ninguna ventaja sobre la administración oral y, además, fomentan el estrés del niño, pudiendo empeorar el grado de obstrucción(7,14).

El corticoide de elección es la dexametasona oral en dosis única de 0,15 mg/kg (dosis máxima 10 mg) por su fácil administración y acción más larga(14). El efecto antiinflamatorio comienza a la hora de su administración y persiste 48-72 h, sin ser necesario repetir dosis(13). Para poder administrarla, hay que preparar una solución oral mediante fórmula magistral (suspensión oral de dexametasona 1 mg/ml dexametasona 100 mg + jarabe simple 64% c.s.p 100 ml)(14,16). Si no se dispone de dexametasona, se utiliza la prednisona o la prednisolona, ambas con potencia equivalente (Tabla VI)(14,15).

La ventaja de la prednisolona es que existen preparados comerciales para su administración vía oral más apropiados para el niño(12,13). La dosis de prednisolona es 1-2 mg/kg/24 h, 2-3 días. No está demostrado, si el uso de dosis única o repartida en 3 dosis diarias tiene los mismos beneficios(12). Según los estudios publicados hasta el momento, los niños tratados con prednisolona consultan de nuevo más veces y/o ingresan más, que los tratados con dexametasona(14,16).

No precisan tratamiento con corticoides los niños con ronquera o disfonía en el curso de un cuadro viral respiratorio o en el crup espasmódico con un score de 0, teniendo en cuenta el exceso de dosis anuales cuando tienen un carácter recidivante(14,15). En estos casos y en las laringitis con buena respuesta al tratamiento, es importante, al alta, explicar las medidas generales (respirar aire fresco, elevar cabecera, humedad ambiental, etc.) e informar a los padres de que el estridor, que es el síntoma que más les angustia por la sensación de ahogo del niño, suele resolverse en 48 h, y que deben evitar irritar al niño, porque puede empeorar la obstrucción respiratoria(7,12).

Laringitis moderada

Las guías más recientes proponen administrar dexametasona oral en dosis única de 0,6 mg/kg (dosis máxima 10 mg). Debe administrarse, conjuntamente, con adrenalina nebulizada. La dosis varía según autores, unos determinan el cálculo por peso a razón de 0,5 ml/kg de adrenalina 1:1000 hasta un máximo de 5 ml, y otros aconsejan 5 ml, independientemente del peso. La administración de adrenalina nebulizada a las dosis habituales de 3-5 ml es bastante segura, con pocos efectos secundarios, salvo aumento ligero de la frecuencia cardiaca(14). Sin embargo, si el paciente precisa de más de una dosis, se aconseja monitorización cardiaca. La nebulización debe durar unos 10-15 minutos, con un flujo de O2 de 4-6 l/min, y la dilución debe prepararse añadiendo suero salino fisiológico hasta completar 5 ml de volumen total(13-15).

La adrenalina actúa reduciendo el edema de la mucosa inflamada de forma rápida, a los 30 minutos de su administración alcanza el pico máximo de acción, lo cual es especialmente beneficioso para aquellos pacientes con un compromiso moderado-severo de la vía aérea, en los que buscamos rapidez de acción. La vida media de la adrenalina nebulizada es de 2 h y, tras este tiempo, el paciente puede volver a su clínica basal (efecto fin de dosis) y precisar, por tanto, dosis repetidas; por lo que, para evitarlo, se debe administrar siempre, conjuntamente, con el corticoide. Antes de dar el alta al paciente, debemos dejarlo en observación 2-4 horas tras su administración(7,12-14). Si el paciente está estable, será dado de alta, pero si no mejora, debe repetirse la dosis de adrenalina y derivar a urgencias hospitalarias(14,15).

Si el niño no tolera el corticoide por vía oral, se puede usar la dexametasona por vía i.m. o i.v. a la misma dosis o budesonida 2 mg (independientemente del peso del niño) en solución y dosis única nebulizada, al mismo tiempo que la adrenalina(15). El tratamiento de dexametasona oral + budesonida inhalada no proporciona beneficio adicional ni en las escalas de gravedad ni en los ingresos, frente al tratamiento por separado(14).

Laringitis grave

Puede suponer una situación de gravedad extrema para el niño; por eso, en todos los casos, se debe: activar el servicio de emergencias (112), estabilizar al paciente y poner el tratamiento específico. Debemos administrar 0,6 mg/kg de dexametasona vía oral en dosis única (máx. 10 mg) y adrenalina nebulizada a dosis de 0,5 ml/kg (máx. 5 ml). En estos pacientes, seguramente, necesitemos repetir la nebulización de adrenalina hasta un máximo de 3 dosis cada 15-20 minutos(14,15). Se debe administrar oxígeno humidificado para mejorar el trabajo respiratorio y la hipoxemia(13,15). En los casos de laringitis refractaria, algunos protocolos aconsejan el uso de Heliox (mezcla de oxígeno y helio en diferentes proporciones 70/30 o 80/20), siempre asociado a glucocorticoides(13,18,19).

Traqueítis bacteriana

La traqueítis bacteriana debe incluirse en el diagnóstico diferencial de toda OAVRS, por su gravedad. Debe mantenerse permeable la vía aérea en todo momento, derivar a urgencias e iniciar antibioterapia empírica intravenosa lo antes posible(20).

Desde 1979, se conoce la traqueítis bacteriana como entidad propia, considerándose siempre como una causa grave, aunque poco frecuente de patología obstructiva de la vía respiratoria superior, que ha adquirido mayor relevancia clínica en los últimos años, en detrimento de la epiglotitis por efecto de la vacunación(20). Actualmente, el riesgo de fracaso respiratorio agudo por traqueítis bacteriana es tres veces mayor que el riesgo producido por epiglotitis y crup combinados(10). Su incidencia estimada es algo inferior a 0,1 casos por 100.000 niños al año. Aunque la incidencia global es baja, supone una causa relevante de obstrucción grave de vía aérea, requiriendo intubación en más de un 80% de los casos, lo cual puede evitarse administrando precozmente el tratamiento antibiótico(7,20).

Afecta más a varones con un rango de edad promedio de 4-6 años y los agentes causales más frecuentes son: Staphylococcus aureus, Streptococcus y Haemophilus Influenzae(7,10).

La traqueítis se inicia con una infección respiratoria alta 2-3 días previos y posterior deterioro respiratorio grave rápidamente progresivo en las siguientes 24 h, en las que el niño, además, presenta un cuadro infeccioso con: fiebre alta, afectación del estado general y tos productiva con secreciones espesas mucopurulentas, que pueden generar dolor retroesternal al intentar expulsarlas(7,20). Es frecuente que aparezca el síntoma guía de estas patologías, es decir, el estridor, que se caracteriza por ser precoz y súbito, y, en ocasiones, ronquera(3). Los niños con traqueítis bacteriana tienen escasa o nula respuesta al tratamiento con adrenalina nebulizada y corticoides(7,20).

El diagnóstico en AP, se debe tener en cuenta en cualquier niño febril, con aspecto tóxico y dificultad respiratoria. Ante la sospecha, se debe activar el servicio de emergencias (112) y derivar a urgencias hospitalarias. La prioridad terapéutica será mantener siempre permeable la vía aérea en todos los casos, sabiendo que puede ser una urgencia vital y que la intubación puede ser muy difícil por la presencia de secreciones espesas; por tanto, debe ser llevada a cabo por un médico experimentado y realizar, siempre que sea posible, aspiración y envío de muestras de las secreciones para cultivo(7). Cuando la vía aérea está asegurada, se tomarán las muestras analíticas, incluidos hemocultivos, y se iniciará antibioterapia empírica intravenosa, según los microorganismos más frecuentes, hasta que llegue el resultado del cultivo. Si sospecha de estafilococo, cefalosporinas, como la ceftriaxona. Vancomicina o clindamicina si hay alta incidencia de S. Aureus meticilín resistente. Se añadirá ciprofloxacino si sospecha de pseudomonas(7,9).

Las alteraciones analíticas muestran, en la mayoría de los casos, una leucocitosis con desviación izquierda inespecífica. La radiografía lateral de cuello y posteroanterior de tórax son poco útiles, podrían visualizarse bordes irregulares en región traqueal, pero una radiografía normal no descarta esta patología(9,20). La confirmación diagnóstica se realizará con la observación directa, por laringoscopia y/o broncoscopia, de secreciones mucopurulentas y espesas que obstruyen la vía aérea a nivel traqueal. Por eso, a esta entidad también se la conoce como crup pseudomembranoso(3,20).

Epiglotitis

La disminución en la incidencia de la epiglotitis, debida a la vacunación frente al Haemophilus influenzae tipo b, no implica que no haya que tenerla en cuenta al plantear el diagnóstico diferencial ante una OAVRS en el niño, ya que pueden darse casos en niños no vacunados, por fallo vacunal o estar causada por otros agentes infecciosos.

Se produce por la inflamación de las estructuras supraglóticas de la laringe. Además de la afectación de la propia epiglotis, suelen estar afectadas otras estructuras de esa zona, como: tejidos blandos circundantes, parte posterior de la lengua y pliegues aritenoepiglóticos(10). Es una enfermedad grave que puede requerir la intubación del paciente.

La etiología de la epiglotitis suele ser infecciosa, siendo su principal agente causante el Haemophilus influenzae tipo b, responsable de aproximadamente el 90% de los casos de epiglotitis en niños hasta principios de los años 90, momento en el que se comienza la vacunación frente a esta bacteria en los países desarrollados, produciéndose una brusca disminución de la incidencia de esta enfermedad(7,10,11,20). Otros agentes infecciosos que pueden causar epiglotitis son: Haemophilus Influenzae no b, Streptococcus pyogenes, Streptococcus pneumoniae y Staphylococus aureus(10,11).

Clínicamente, la epiglotitis suele manifestarse por una sintomatología de instauración brusca, generalmente en edades entre 2 y 5 años, consistente en: fiebre, odinofagia, disfonía y disnea(7,10,11). El intenso dolor de garganta hace que estos pacientes eviten realizar maniobras de deglución, lo que provoca babeo constante. Cuando la enfermedad está instaurada, provoca un estado general deteriorado con aspecto de gravedad (estado tóxico). Son niños que toleran muy mal el decúbito, por lo que es frecuente que intenten estar sentados con las manos apoyadas hacia atrás, con hiperextensión cervical y la boca abierta, para intentar una máxima apertura de la vía aérea superior, postura llamada “en trípode”(10).

La sospecha diagnóstica de epiglotitis en AP, que se debe realizar en un niño febril con aspecto tóxico, disfonía, dificultad para deglutir (babeo) y respirar (signo de trípode), siempre es criterio de derivación a urgencias hospitalarias. Es importante no realizar técnicas ni maniobras que puedan generar estrés al niño, como obligarle a tumbarse, venopunciones y exploración orofaringea, entre otras; ya que pueden provocar el llanto y precipitar el fracaso respiratorio. Es importante asegurar la permeabilidad de la vía aérea, si fuera necesario, mediante intubación endotraqueal(10).

La prueba complementaria que puede apoyar el diagnóstico de epiglotitis es la radiografía lateral de cuello en hiperextensión, en la que se puede observar la imagen “en porra” o “signo del pulgar”(11). El hemograma es mucho menos específico, pudiendo mostrar leucocitosis con neutrofilia.

El diagnóstico de certeza de epiglotitis se establece inspeccionando la zona supraglótica mediante visualización directa o laringoscopia, que mostrarán una epiglotis inflamada con un característico color “rojo cereza”. Hay que tener en cuenta que esta exploración deberá realizarse en quirófano o UCI pediátrica para poder asegurar la vía aérea(11).

Tras la obtención de hemocultivos, se iniciará tratamiento antibiótico empírico intravenoso, generalmente con cefalosporinas de tercera generación o meropenem(11). En algunos casos, se pueden utilizar corticoides para evitar complicaciones o de forma previa a la extubación, que generalmente se puede realizar entre las 48 y 96 horas de inicio del tratamiento antibiótico(10,11).

Edema laríngeo anafiláctico

Los síntomas respiratorios de la anafilaxia son más frecuentes en niños. El estridor secundario a edema laríngeo puede convertirse en una obstrucción aguda de la vía respiratoria superior(21,22).

La anafilaxia es una urgencia médica que puede ser potencialmente mortal por su rápida instauración, al considerarse una reacción alérgica grave. Los alérgenos más frecuentes en edad pediátrica son: los alimentos (leche, huevos, frutos secos y pescados), las picaduras de himenópteros (abejas, avispas) y los fármacos. La clínica de la anafilaxia se desencadena normalmente en las 2 h siguientes a la exposición al alérgeno, a los 30 minutos si es por alimentos e, incluso antes, si se debe a medicamentos intravenosos o picaduras de himenóptero.

Las manifestaciones clínicas dependerán de los órganos afectados. En la mayoría de los casos hay síntomas cutáneos, pero en niños, los síntomas respiratorios son más frecuentes y la presencia de estridor nos orienta a un posible edema laríngeo(21,22). El tratamiento de elección en todos los casos de anafilaxia, es la adrenalina 1:1.000 intramuscular (i.m.) a dosis de 0,01 mg/kg (máx. 0,5 mg) y debe administrarse en la parte lateral del muslo, lo más precozmente posible, pudiéndose repetir cada 5-15 minutos si fuese necesario. Independientemente de la situación respiratoria del paciente, se debe administrar oxígeno para mantener satO2 > 94-96%(22). Si sospechamos, además, obstrucción de la vía respiratoria superior, se debe mantener al paciente en posición de sedestación y administrar nebulización de adrenalina 1:1.000 a dosis de 0,5ml/kg (máx. 5 ml), algunos protocolos incluyen también la budesonida inhalada(22,23). Los pacientes que en el contexto de anafilaxia presentan sintomatología respiratoria, deben permanecer en observación hospitalaria, al menos, 6-8 h(21). Otros tratamientos, como los antihistamínicos, son útiles para mejorar la sintomatología cutánea; se puede administrar dexclorfeniramina por vía intravenosa (i.v.) o i.m. a dosis de 0,15 mg/kg/dosis (máx. 5 mg/dosis), puede repetirse cada 6-8 h (máx. 18-20 mg/día). Para evitar los síntomas prolongados de la anafilaxia y, sobre todo, si hay asociado broncoespasmo, son útiles los corticoides. El comienzo de acción más rápido se consigue con la hidrocortisona i.v. a dosis de 5-15 mg/kg/dosis (máx. 250-500 mg), que puede repetirse cada 6 h; otra opción es la metilprednisolona, 1-2 mg/kg/dosis (máx. 60 mg) por vía oral (v.o) o i.v.(22,24,25) (Fig. 3).

Figura 3. Algoritmo de tratamiento de anafilaxia.

Tras el episodio agudo, se pueden valorar al alta, los siguientes tratamientos: antihistamínicos, como la desclorferinamina 0,05-0,1 mg/kg/dosis cada 6-8 h o la hidroxicina 1-2 mg/kg/día cada 8 h y/o corticoides orales, como: prednisona, metilprednisona o metilprednisolona a dosis de 1-2 mg/kg/día(25). A todos los niños que sufran anafilaxia, el pediatra de Atención Primaria deberá prescribirle autoinyectores de adrenalina y darle pautas para poder afrontar otro posible episodio de anafilaxia(22,25).

Angioedema hereditario

El angioedema hereditario (AEH) debe sospecharse ante cualquier paciente que acude por angioedema (AE) recurrente sin urticaria acompañante y que no mejoran con tratamiento de adrenalina, corticoides o antihistamínicos(7,26).

El AEH es una enfermedad genética poco frecuente, autosómica dominante, causada por una anomalía del gen que codifica la proteína inhibidora de la C1 esterasa activada (C1-INH), que genera una síntesis insuficiente (AEH Tipo I) o anómala de dicha proteína (AEH Tipo II). Esta alteración genética conlleva una activación anormal de la vía clásica del complemento, acompañada de inactivación de ciertos factores de la coagulación. Como consecuencia de dichas alteraciones, se produce liberación de sustancias vasoactivas y mediadoras de la inflamación que son responsables del angioedema(7,26). La enfermedad suele debutar en la segunda década de la vida, pudiéndose identificar desencadenantes como: fármacos, traumatismo, infecciones o situaciones de estrés(7,26,27).

El AEH se caracteriza por ataques recurrentes de AE, localizado en piel o mucosas del tracto gastrointestinal o respiratorio alto, con intensidad variable y duración entre 48 y 72 horas, incluso hasta 5 días(26,28). El AE de piel se caracteriza por no ser doloroso, ni pruriginoso, ni eritematoso, y localizarse a cualquier nivel. Cuando el dolor abdominal secundario al AE intestinal es el único síntoma presente, puede confundirse con un abdomen agudo quirúrgico(26,28,29). La afectación de la vía respiratoria superior se manifiesta clínicamente con: estridor, disnea, disfagia y disfonía secundarios al edema faríngeo y laríngeo, que puede llevar al compromiso grave de la vía aérea por asfixia(7,26,28).

La sospecha diagnóstica de AEH se debe hacer en las siguientes situaciones: pacientes con clínica recurrente de AE sin urticaria y que no reponden a tratamiento habitual con adrenalina, corticoides o antihistamínicos; niños con dolor abdominal agudo de repetición sin causa aparente y autolimitados; o niños con edema laríngeo recurrentes de causa no filiada(27,29). Los antecedentes familiares de AEH apoyan el diagnóstico, pero su ausencia no excluye la enfermedad, ya que hay un 20% de diagnósticos de novo(26,27). El diagnóstico se confirma por los niveles plasmáticos disminuidos de C4 e importante reducción de función y/o niveles bajos de C1-INH o exámenes genéticos(28). Si durante el ataque agudo no se detectan niveles bajos de C4, se puede descartar el AEH(27).

El tratamiento del ataque agudo está indicado en las siguientes situaciones: AE en piel de cualquier localización moderada/grave, dolor abdominal moderado/grave y afectación de la vía respiratoria superior, siempre independientemente del nivel de gravedad, ya que una mala evolución puede requerir intubación o incluso traqueotomía de urgencia. El tratamiento de elección es con concentrados de C1 inhibidor, derivados del plasma humano (Berinert® dosis de 20U/kg i.v. o Cinryze® dosis 1.000 U i.v., no usar en < 12 años según ficha técnica). Su efecto se inicia a los 30 minutos y dura entre 3 y 5 días. Otros tratamientos son: antagonista del receptor B2 de la bradiquinina, icatibant (Firazyr® 30 mg sc, no usar en < 18 años según ficha técnica)(26,29) y plasma fresco congelado o tratado con solvente/detergente, que solo debe usarse en caso de urgencia y en ausencia de los concentrados de C1 inhibidor, ya que existe un riesgo potencial de agravamiento del ataque(7,29).

La profilaxis a corto plazo está indicada en procedimientos diagnósticos o terapéuticos que puedan conllevar traumatismos y edemas locales, sobre todo, si afectan a la región cervicofacial. A pesar de la profilaxis, el riesgo de ataque agudo no se anula por completo, por lo que hay que tener siempre a mano el tratamiento del episodio agudo durante las 48 h posteriores al procedimiento. Lo más indicado es Berinert® 10-20 U/kg i.v. 1-6 horas preprocedimiento o, como alternativa, andrógenos atenuados, como el Danazol®, 10 mg/kg día en dos o tres tomas 5-7 días pre-procedimiento y 2-3 días port-procedimiento, o antifibrinolíticos, como el ácido tranexámico (menos utilizado por riesgo protrombótico). La profilaxis a largo plazo está indicada: si hay más de un ataque de AE al mes, en cualquier paciente que haya sufrido un ataque grave o afectación de la vía respiratoria superior, crisis frecuentes que supongan alteraciones en la calidad de vida, más de 3 visitas al año por urgencias, predisposición para traumatismos, acceso dificultoso a la asistencia en Atención Primaria, etc. En estos casos, para evitar los efectos secundarios, se indica tratamiento con antifibrinolíticos en menores de 18 años y andrógenos atenuados en adultos(26).

Aspiración de cuerpo extraño

La clínica y evolución de la aspiración de un cuerpo extraño (CE) dependerá de: la naturaleza (orgánico o inorgánico) y tamaño del mismo, la localización, el grado de obstrucción y el tiempo de permanencia del CE en la vía aérea, que puede ocasionar clínica aguda (fallo respiratorio), o crónica (atelectasias, bronquiectasias, neumonías…)(30).

Figura 4. Algoritmo de maniobras de desobstrucción de vía aérea por aspiración de cuerpo extraño en paciente pediátrico.

La obstrucción de la vía aérea superior (VAS) por un CE, ya sea parcial o completa, es un evento que puede producirse, sobre todo en niños entre 18 meses y 3 años (85%). Los cuerpos extraños que con mayor frecuencia pueden obstruir la vía aérea son los alimentos de tipo vegetal (frutos secos, trozos de fruta), aunque también se han descrito con: trozos de carne, botones, agujas, tornillos, trozos de globo y pequeños juguetes(30,31).

Hasta en un 80% de los casos, se evidencia el “síndrome de penetración” o “crisis de sofocación”, que consiste en un espasmo de la glotis con crisis de asfixia y, posteriormente, una tos expulsiva, que puede eliminar o no el CE(10,31,32).

La manifestación clínica más frecuente es la tos persistente y, según la localización del CE, pueden aparecer los siguientes síntomas(30,31):

• Laringe: dificultad respiratoria, estridor inspiratorio, afonía y odinofagia.

• Tráquea: dificultad respiratoria, estridor inspiratorio y espiratorio y un ruido característico, “ruido en bandera”, que es el sonido de la vibración del CE al paso del aire(33).

• Bronquios: es la localización más frecuente (80%), sobre todo en el bronquio principal derecho. Puede permanecer asintomático por un período de tiempo variable, días, meses e incluso años. El síntoma más frecuente, aunque poco específico, es la tos persistente (90-95%) y sibilancias espiratorias variables, según el grado de obstrucción. Los CE que permanecen largo tiempo ocasionan reacción inflamatoria e infecciosa, dando lugar a neumonías, bronquiectasias o atelectasias. La Rx en inspiración/espiración forzada (o decúbito lateral), puede ayudar en el diagnóstico (visualización de CE radiopaco, atelectasias, hiperinsuflación unilateral, neumotórax o neumonía), aunque es normal en un 12-25% de los casos(30,33). Si la sospecha es alta, realizar fibrobroncoscopia, que identifica y localiza el CE, para después realizar su extracción con broncoscopia rígida(30,31,34).

El tratamiento va a depender del grado de obstrucción, del nivel de conciencia del paciente, de la presencia de tos efectiva o inefectiva y de que se trate de un lactante o un niño > 1 año. La actuación y las maniobras de desobstrucción de la vía aérea se muestran en la figura 4. Recordar que la tos efectiva es la mejor maniobra para expulsar el CE, que la extracción manual del CE solo está indicada en pacientes inconscientes y siempre que el objeto sea fácil de ver y extraer, está contraindicado el barrido digital a ciegas, y por último, que la maniobra de Heimlich, que consiste en compresiones abdominales, está contraindicada en el lactante. Tras cada maniobra, siempre hay que reevaluar al paciente y comprobar si se ha expulsado el CE o si ha disminuido el nivel de conciencia. Cuando el paciente esté estable, si no expulsa el CE, se podrá realizar una extracción dirigida con broncoscopia(30,35).

En AP, es fundamental la educación sanitaria para prevenir que niños pequeños manipulen objetos de poco tamaño, así como enseñar las maniobras de desobstrucción aguda de la vía aérea a la población general, padres, cuidadores y a todo el que esté en entorno educativo y sanitario. También, es muy importante advertir en envases de productos pequeños (juguetes, caramelos, frutos secos…) la peligrosidad y riesgo de asfixia por aspiración(30-32).

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Documentos con revisiones continuadas de la patología respiratoria por el Grupo de Vías Respiratorias de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, que facilitan al profesional, mantenerse informado y actualizado en todo momento.

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Protocolos muy prácticos, revisados de forma continuada por el Grupo Interdisciplinar de Emergencias Pediátricas de Osakidetza, que permiten facilitar el abordaje de la patología más urgente en el niño.

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Es un manual de libre acceso de la SEICAP, que realiza una revisión muy actual de la patología anafiláctica en el niño.

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Artículo sobre el algoritmo diagnóstico y tratamiento del angioedema hereditario, una enfermedad muy heterogénea en cuanto a la gravedad y con un diagnóstico y tratamiento complejo, que se resume de forma muy práctica en este artículo.

Caso clínico

 

Acude al centro de salud una madre con su hijo de 5 años, por cuadro catarral con febrícula y tos poco productiva de 24 h de evolución. En la exploración física, tan solo se objetivan restos de secreción en orofaringe. Se le diagnostica de cuadro catarral y se le da el alta con tratamiento sintomático y antitérmico.

Después de 3 días el paciente acude nuevamente a consulta, y la madre está muy ansiosa porque refiere que su hijo está respirando muy mal, hace “un ruido muy raro”, le duele el pecho y no para de toser porque le cuesta mucho eliminar el moco. A la exploración objetivamos que el niño está febril (39ºC) aunque mantiene un buen aspecto general, con coloración normal, y reactivo. Llama la atención la presencia de un estridor espiratorio severo que es audible sin necesidad de fonendoscopio, con leve tiraje y una satO2 de 95%.

 

 

 

Traumatismos craneoencefálicos

R. Hernández Rastrollo
Temas de FC


R. Hernández Rastrollo

UCI pediátrica. Hospital Universitario Materno Infantil de Badajoz

Resumen

Los traumatismos craneoencefálicos (TCE) tienen una elevada incidencia en la edad pediátrica. La mayoría son leves, pero también son la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de un año, y su pronóstico ha variado poco, a pesar de los avances en monitorización y terapia. El reto para el pediatra es detectar los casos que presentan riesgo de lesiones intracraneales. En los últimos años, se han desarrollado y validado algoritmos, basados en la clínica y los datos del mecanismo traumático, que nos pueden ayudar a tomar la decisión más adecuada. El TC craneal es la prueba diagnóstica de elección, pero no debe realizarse de forma rutinaria, ya que no está exenta de riesgos. Una observación prolongada es una alternativa válida en casos dudosos. La actitud inicial ante un TCE clínicamente importante, consiste en asegurar las funciones vitales, así como tomar medidas de protección cervical y para la prevención del daño secundario.

 

Abstract

Traumatic brain injuries (TBI) have a high incidence in pediatric patients. Most are mild, but they are also the leading cause of death or disability in children over one year of age, and their prognosis has varied little, despite advances in monitoring and therapy. The challenge for the pediatrician is to detect cases that present risk of intracranial injury. In past years, algorithms have been developed and validated, based on clinical and traumatic mechanism data that can help us make the right decision. Cranial CT is the diagnostic test of choice, but should not be performed routinely, because it is not free of risks. A prolonged observation is a valid alternative in doubtful cases. The initial attitude towards a clinically important TBI is to ensure vital functions, as well as taking cervical protection measures and preventing secondary injury.

 

Palabras clave: Traumatismo craneal; Cuidados de emergencia; Pediátrico; Lesión intracraneal

Key words: Traumatic brain injury; Emergency care; Pediatric; Intracranial injury

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 6 – 14


Traumatismos craneoencefálicos

Introducción

Los TCE constituyen la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de 1 año. Su pronóstico ha cambiado poco en los últimos años, a pesar de los avances terapéuticos.

El traumatismo craneoencefálico (TCE) es la consecuencia de la acción de fuerzas externas, de diverso tipo –especialmente mecánicas–, sobre la cabeza, con potencial capacidad de lesión del cráneo y/o de su contenido. Con frecuencia, el riesgo de lesión se extiende a las estructuras cervicales, que deben ser objeto de protección en caso de duda.

Es un problema importante por su elevada incidencia y por su potencial gravedad. Ocasiona un elevado número de consultas en los servicios de urgencias y de actuaciones de los sistemas de emergencias sanitarias. En los países desarrollados, constituye la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de un año. Además, el pronóstico de este tipo de lesiones ha cambiado poco en los últimos años, a pesar de los avances terapéuticos. La prevalencia de discapacidad en sujetos que han requerido hospitalización como consecuencia de un traumatismo craneoencefálico se aproxima al 20% en estudios recientes(1).

La tradicional clasificación de los TCE en leves, moderados y graves, en función de la puntuación en la escala de Glasgow es, en la práctica, insuficiente. Traumatismos considerados leves (Glasgow 14 o 15) pueden tener consecuencias clínicamente importantes(2), lo que hace necesario el análisis de otros datos que nos permitan tomar decisiones acertadas acerca de qué niños deben ser sometidos a mayor observación o exámenes complementarios(3).

El mecanismo traumático puede ser muy diverso. Desde los más impactantes, hasta los más sutiles, sin olvidar los que son ocultados (p. ej., los que son consecuencia de maltrato). Es relevante obtener información fiable sobre este punto, ya que la energía del mecanismo traumático es uno de los datos que hay que valorar en la toma de decisiones.

El papel del pediatra ante este tipo de evento no es solamente detectar aquellos casos con riesgo de lesiones intracraneales, que deben ser derivados, por tanto, a centros que permitan su adecuado tratamiento. Es igualmente importante iniciar las actuaciones necesarias, dentro de las posibilidades de nuestro ámbito de trabajo, para optimizar las funciones vitales básicas y prevenir el daño secundario. Tampoco debemos olvidar que puede haber lesiones en otros órganos (tórax, abdomen, etc.), que pueden suponer, también, un riesgo vital.

Epidemiología

La incidencia por edad es bimodal, con un pico en los dos primeros años de vida, principalmente por caídas; y otro en la pubertad, ocasionados por prácticas deportivas y uso de vehículos.

Los estudios con base poblacional muestran una incidencia de TCE en niños y jóvenes entre 400 y 700 por 100.000 sujetos. La cifra más alta incluye jóvenes hasta los 20 años(1) y la más baja hasta los 15 años(4). Entre el 10% y 21%, requirieron hospitalización. Esto supone que, aproximadamente, el 80% de los TCE no tienen consecuencias relevantes. Por otro lado, la letalidad no es desdeñable; en el estudio de Thurman(1), se produjo en el 12,1% de los que requirieron hospitalización (1,3% de los que acudieron a los servicios de emergencia con TCE). En los TCE graves, la mortalidad oscila entre el 17% y el 33% de los casos, y es especialmente elevada en los menores de 1 año(5,6). Por otro lado, ya hemos señalado la elevada prevalencia de discapacidad ocasionada por este tipo de lesiones.

La incidencia por edad es bimodal, con un pico en los dos primeros años y otro en la pubertad. En los menores de 5 años, la causa principal son las caídas. En los primeros años de la adolescencia, aumentan los relacionados con prácticas deportivas y vehículos de motor(1,4). En los lactantes, es importante valorar la posibilidad de maltrato como causa de TCE.

Igual que la mayoría de los traumatismos, los TCE son más frecuentes en los varones en todos los grupos de edad(1), y la diferencia se acentúa a partir de los 10 años. También se asocia una mayor incidencia con un estatus socioeconómico bajo(4).

Fisiopatología

El daño cerebral primario, provocado directamente por la fuerza mecánica, no se puede evitar. Pero el daño cerebral secundario, mediado por diversos factores, como el aumento de la presión intracraneal, sí es prevenible.

El TCE es consecuencia de la acción de fuerzas mecánicas de diversa índole (golpes, compresión, aceleración y desaceleración rápidas) sobre un organismo, con potencial capacidad de lesión del cráneo y de las estructuras intracraneales(7). Algunas peculiaridades anatómicas propias de la edad pediátrica, especialmente de los pacientes más pequeños, como: un cráneo más fino con mayor superficie relativa y mayor tamaño en relación al tronco que en los adultos; una musculatura cervical más débil; o un menor grado de mielinización del tejido encefálico, con mayor contenido de agua, lo hacen más susceptible de sufrir lesiones intracraneales, respecto al resto de la población(8).

La acción directa de las fuerzas mecánicas es la responsable del daño cerebral primario, que vendrá determinado por el tipo y la severidad del traumatismo, el lugar del impacto y la resistencia ofrecida por los tejidos, como factores principales. Este daño directo ocasionado sobre el cráneo, el tejido encefálico, los vasos sanguíneos, etc., es inmediato tras el evento traumático y de difícil o imposible prevención, una vez que el mismo se ha producido. A su vez, este daño primario inicia un proceso de cambios celulares complejos, con liberación de mediadores inflamatorios y neuroquímicos, que van a culminar, tras un intervalo variable (entre horas y semanas) y con una intensidad igualmente variable, con una serie de hechos nocivos, que incluyen: alteración de la perfusión cerebral (con posible pérdida de la autorregulación), hipoxia, daño axonal, aumento de la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, edema, estrés oxidativo, daño mediado por radicales libres, liberación de neurotransmisores excitadores y aumento de la presión intracraneal, que incrementan el daño original y que constituyen lo que denominamos daño cerebral secundario. Como hemos señalado, entre el daño primario y el secundario hay un intervalo de tiempo variable, lo que permite implementar medidas protectoras frente al mismo, así como otras terapias que reviertan el efecto nocivo de estos mecanismos(7).

Es posible también, que lesiones producidas a nivel sistémico sobre los sistemas orgánicos vitales, provoquen o agraven aún más el daño encefálico, por: hipotensión con bajo gasto cardiaco, hipoxemia, hipercapnia o anemia. En los traumatismos graves, es frecuente la pérdida de la autorregulación cerebral(5), lo que condiciona un flujo cerebral bajo en caso de hipotensión. Es por esto también, que el manejo inicial de estos pacientes debe comenzar con la optimización de las funciones vitales(8,9).

En el síndrome del niño zarandeado (shaken baby syndrome), una de las formas más frecuentes de abuso en lactantes y niños pequeños, el daño se produce por la acción de fuerzas rotacionales, de aceleración y desaceleración, al bambolear cabeza y cuello sobre el tronco. Salvo que se produzca, además, impacto de la cabeza sobre un plano duro, puede no haber signos externos de trauma, lo que dificulta el diagnóstico. Las lesiones más frecuentes en este cuadro son el hematoma subdural y las hemorragias retinianas, pero también puede haber daño cerebral difuso(10).

Clínica, diagnóstico y clasificación de los TCE

La clínica es muy variable y no siempre hay buena correlación entre los síntomas iniciales y las lesiones intracraneales. El tipo de traumatismo, junto con los datos de anamnesis y exploración ayudarán a determinar qué casos deben recibir atención especializada.

La clínica de los TCEs es muy variable, oscilando entre la ausencia completa de síntomas o signos, hasta el coma profundo o síntomas de hipertensión intracraneal grave con riesgo de enclavamiento inminente, pasando por todos los grados intermedios de alteraciones neurológicas y síntomas asociados. Sin embargo, no hay una relación determinista clara y unívoca entre el tipo o intensidad de los síntomas iniciales y la gravedad de las lesiones que se producen. La inmensa mayoría de los TCE no van a tener consecuencias relevantes, van a ser banales y no van a precisar ingreso hospitalario ni actuaciones clínicas importantes(1,8,11). El reto es, precisamente, decidir correctamente, basándonos en la clínica y los datos de la anamnesis, qué pacientes no están incluidos en esa categoría benigna y, por tanto, son tributarios de mayor observación y/o exámenes complementarios.

La anamnesis debe registrar, al menos: la edad del paciente; lugar del traumatismo y tiempo transcurrido desde el mismo; mecanismo del traumatismo (los considerados de elevada energía (Tabla I) nos obligarán a decisiones menos conservadoras); y síntomas asociados, en especial, si hubo pérdida de conciencia y duración de la misma. Una historia poco consistente o incongruente debe ponernos en la pista de posible maltrato, especialmente en los menores de dos años.

La evaluación inicial o primaria debe seguir la secuencia ABCD, que permita descartar riesgo vital. En este caso, la A, además de la comprobación de la permeabilidad de la vía aérea, debe asegurar la protección cervical. La eficacia de la ventilación (B) será comprobada mediante auscultación y observación del ritmo respiratorio. La toma de pulso mediante palpación nos informará de su frecuencia, intensidad y ritmo; también comprobaremos el relleno capilar y la presión arterial, como datos iniciales de valoración de la circulación (C). A continuación, realizaremos la exploración neurológica inicial (D), que debe incluir el Glasgow y la simetría y reactividad pupilar. En caso de politraumatismo, algunos autores(12) proponen la realización, en esta fase inicial, de una ecografía rápida dirigida (FAST: Focused Assessment with Sonography for Trauma), con el fin de detectar líquido libre en peritoneo, pericardio y tórax, siempre que no interfiera con el resto de las actuaciones.

En la tabla II, se incluyen los síntomas y signos clínicos que pueden ir asociados a un TCE. El dato inicial más relevante es la presencia o no de alteración del nivel de conciencia tras el evento traumático y la gravedad de la misma, ya que tiene valor pronóstico(5,6,11).

Clásicamente, se utiliza la puntuación en la Escala de Glasgow, adaptada a la edad del niño (Tabla III), para la clasificación de la gravedad del TCE.

Es ampliamente conocida, relativamente objetiva y fácil de aplicar repetidamente, lo que facilita el registro de la evolución del nivel de conciencia. Basándonos en esta escala, se clasifica el TCE como: leve, cuando la puntuación obtenida es 14 o 15; moderada, cuando obtenemos entre 9 y 13 puntos y grave, cuando la puntuación de Glasgow es inferior a 9. No obstante, su utilidad tiene importantes limitaciones y su capacidad de predicción pronóstica es discutida(7). Existen varios factores que pueden influir en la evaluación, como: la presencia de hipotensión o hipoxia, así como el uso de fármacos, sistemas de sujeción o la ingesta de tóxicos. El estímulo aplicado debe ser adecuado y siempre debemos consignar la mejor respuesta obtenida en cada uno de los tres apartados; el motor es el más relevante de la evolución del paciente(5). La escala de Glasgow no recoge otros datos que tienen también interés en la valoración de la gravedad de un TCE, como: existencia de amnesia postraumática, vómitos persistentes, cefalea progresiva, convulsiones o simetría y reactividad pupilar.

Una vez estabilizado el paciente, se debe hacer una evaluación secundaria, más detallada, con una evaluación sistémica y neurológica más exhaustiva. Es importante detectar: fracturas en otras localizaciones, signos de sangrado, signos de fractura en base de cráneo (Tabla II), heridas que hayan pasado desapercibidas y palpación de suturas, y fontanela en los lactantes.

Comparado con los TCE moderados y graves, en los que la definición y las pautas de actuación se han mantenido más o menos estables, ya que todos ellos serán tributarios de ingreso hospitalario y exámenes complementarios, principalmente el TC craneal, como veremos; en los últimos años, el interés se ha centrado en las pautas de actuación ante los TCE considerados leves que son, con diferencia, los más frecuentes, y en los que la valoración inicial y la toma de decisiones pueden presentar más dudas. En este sentido, el trabajo más relevante es el publicado en 2009, por la Pediatric Emergency Care Applied Research Network (PECARN)(2), con una muestra de más de 40.000 menores de 18 años enrolados en un estudio prospectivo, que ha vuelto a ser validado recientemente(13). Este estudio establece el concepto de TCE clínicamente importante (TCEc.i.), que sería aquél que cumple alguno de los siguientes criterios: provoca la muerte del paciente; requiere una intervención neuroquirúrgica de cualquier tipo (incluido implantar un monitor de presión intracraneal); provoca la necesidad de intubación durante más de 24 horas; o necesita, al menos, dos noches de hospitalización y presenta algún tipo de lesión traumática en el TC. Tras el análisis de sus resultados, el estudio establece dos conjuntos de datos que serían relevantes para identificar un TCEc.i., uno para menores de 2 años y otro para niños de 2 años o mayores (Tabla IV).

Proponen también, dos algoritmos de decisión (Figs. 1 y 2), uno para cada intervalo de edad, con recomendaciones concretas basadas en el cálculo del riesgo de TCEc.i., según los criterios clínicos que se hallaron relevantes en su trabajo.

Figura 1. Algoritmo para decisión sobre TC craneal en ≤ 2 años con Glasgow 14 o 15 después de traumatismo craneoencefálico (TCE).

 

Figura 2. Algoritmo para decisión sobre TC craneal en > 2 años con Glasgow 14 o 15 después de TCE.

En los estudios de validación realizados por los mismos(2) y otros autores(13), la sensibilidad de estos algoritmos es muy elevada; es decir, prácticamente ningún niño con TCE, clínicamente importante, fue erróneamente clasificado. La especificidad es media y algo mayor en los niños menores de 2 años (57,8%) que en los de 2 a 18 años (40,6%).

Destaca en esta propuesta de valoración, que no indica en ningún caso la radiografía simple de cráneo, cuya idoneidad, por otra parte, ya había sido cuestionada por otros(6,9), aunque se mantiene para algunos casos en otras guías de actuación(8). Otro punto que puede resultar controvertido es la pauta de actuación en el grupo de riesgo intermedio, en los que se considera válida, tanto la observación como la realización de TC. Es un grupo bastante numeroso de pacientes (en torno al 30% de los casos) y la decisión final se tomaría en función de factores no siempre bien definidos, como la experiencia del examinador o la preferencia de los padres, lo que puede implicar importantes diferencias locales en la frecuencia de realización de TC. En este sentido, hay que señalar que los periodos de observación clínica prolongados (entre 3 y 6 horas), se han asociado con menor utilización de TC(14,15) y que hay que tener presente los riesgos inherentes a esta prueba de imagen: elevado nivel de radiación, probable necesidad de sedación en los pacientes más pequeños y menos colaboradores y la pérdida del contacto visual directo entre el clínico asistente y el paciente durante la prueba. Un amplio estudio(16) encuentra una incidencia de cáncer 24% mayor en niños y adolescentes expuestos a TC, comparado con individuos no expuestos. Todo ello debe ser convenientemente ponderado antes de tomar la decisión. El objetivo es que, sin perder sensibilidad en la detección de TCEc.i., se eviten costes y riesgos innecesarios.

Exámenes complementarios

El TC craneal es la prueba diagnóstica de elección, pero no debe hacerse rutinariamente, ya que no es una prueba exenta de riesgos. Una observación prolongada (3 a 6 horas) permite evitar pruebas innecesarias.

Ya hemos mencionado que el TC craneal es la prueba diagnóstica de elección en el TCE y las posibles indicaciones de la misma, puesto que no debe hacerse de forma rutinaria. Es rápida, sensible y específica, tanto para la detección de fracturas como de lesiones intracraneales(5,6). El estudio detallado de las posibles lesiones escapa de los objetivos de esta revisión. En líneas generales, podemos decir que las lesiones intracraneales pueden ser: focales (contusiones, hematoma epidural y subdural, y hemorragias intraparenquimatosas) difusas (swelling y lesión axonal difusa); hemorragias subaracnoideas y neumoencéfalo. Es importante detectar una lesión ocupante de espacio (fundamentalmente, hematomas), porque pueden requerir una actuación neuroquirúrgica urgente. También son relevantes las lesiones difusas que sugieran aumento de la presión intracraneal, como disminución o desaparición de los ventrículos y cisternas de la base.

La radiografía simple de cráneo entraña menos riesgo, pero da mucha menos información, ya que solo permite detectar fracturas, por lo que su utilización está cuestionada. No obstante, es posible que mantenga algunas indicaciones: sospecha de maltrato (debe valorarse la realización de una serie ósea), lesiones penetrantes (para descartar la presencia de un cuerpo extraño), no disponibilidad de TC e incluso en niños de bajo riesgo en los que se considera necesario para mantener una relación de confianza con la familia, según algunos autores(11).

En lactantes con fontanela abierta, puede ser útil la realización de una ecografía transfontanelar. Es rápida y no precisa sedación, pero la ventana de exploración es limitada, por lo que no siempre permite una correcta valoración de todas las estructuras intracraneales. No obstante, nos puede permitir detectar de forma precoz algunas lesiones hemorrágicas(6).

La resonancia magnética (RM), aunque es más sensible que la TC para la detección de lesiones intraparenquimatosas de pequeño tamaño, no debe ser una prueba de elección inicial. El objetivo principal de una prueba de imagen en estos pacientes es detectar una lesión que requiera cirugía, y para esto no supera al TC, que es una prueba más rápida y accesible. Sí estará indicada en casos con sospecha de lesión medular y puede valorarse en pacientes cuya clínica no sea explicable por los hallazgos de la TC.

Pruebas de imagen más específicas, como angioTC, angio-resonancia o angiografías convencionales, pueden ser necesarias en los casos con sospecha de lesiones vasculares intracraneales, como traumatismos penetrantes, pero son excepcionales(9).

Además de las pruebas de imagen, y dependiendo de la clínica que presente el paciente, pueden ser necesarias otras pruebas como: equilibrio ácido-base, hemograma y bioquímica sanguínea básica. En lactantes con sospecha de lesiones por maltrato, debemos examinar el fondo de ojo, en busca de lesiones retinianas.

Manejo pre-hospitalario y transporte

El abordaje inicial consistirá en estabilizar las funciones vitales del paciente que lo precisen, hacer una valoración inicial de la gravedad y tomar medidas para la prevención del daño secundario.

El manejo pre-hospitalario es crucial, ya que el 50% de las muertes por TCE se producen en las primeras horas tras el traumatismo(9). La actuación inicial ante un TCE está encaminada a la estabilización del paciente, siguiendo el esquema ABCD de la evaluación inicial y a la prevención de lesiones secundarias.

En los traumatismos leves con bajo riesgo (Figs. 1 y 2), se informará a los adultos responsables del resultado de la valoración y se les entregará por escrito las recomendaciones de observación y vigilancia domiciliaria (Tabla V), con los signos de alerta que deben motivar una nueva consulta. En los casos de sospecha de maltrato, se recomienda siempre el ingreso hospitalario(8,11).

Los traumatismos con factores de riesgo medio o alto, deben ser transferidos al hospital de referencia para observación y/o realización de exámenes complementarios (principalmente, TC craneal). No obstante, es obligado iniciar el protocolo de estabilización sin demora, y mantenerlo durante el traslado del paciente, así como otras medidas de prevención del daño secundario. En la tabla VI, se señalan los objetivos que deben ser cubiertos en la primera hora.

Entre las medidas generales, no debemos olvidar la protección cervical, en todas las manipulaciones, ya que se detecta lesión cervical hasta en el 10% de los TCE(9). La cabeza debe mantenerse alineada con el tronco y elevada unos 30 grados, para favorecer el retorno venoso. Se realizará control térmico y se combatirá la hipertermia; la hipotermia no ha demostrado utilidad(17). Utilizaremos analgésicos, inicialmente no sedantes, para combatir el dolor. El uso de fármacos sedantes puede dificultar la exploración neurológica, por lo que intentaremos evitarlos en los momentos iniciales. No obstante, en caso de agitación, que puede aumentar tanto la presión intracraneal como la demanda metabólica, podría estar justificado su uso.

Es clásica la recomendación de aislamiento de vía aérea mediante intubación cuando el Glasgow es inferior a 9, así como en casos de politrauma con shock o trabajo respiratorio aumentados, como principales indicaciones. Sin embargo, los estudios en este campo realizados en niños son limitados, y algunos autores encuentran que los intentos de intubación precipitada, sobre todo, cuando son realizados por paramédicos (algo inusual en nuestro medio) o personal poco experimentado en el manejo de pacientes pediátricos, pueden ocasionar un aumento de la mortalidad(18). Los dispositivos de ventilación supraglóticos, como la mascarilla laríngea, podrían ser una alternativa válida(9). En cualquier caso, el objetivo es mantener una adecuada oxigenación (saturación de O2 >= 95%) y normocapnia, con pCO2 entre 35-40 mmHg. El uso de dispositivos que miden el CO2 exhalado es útil para monitorizar este parámetro. No está indicada la hiperventilación preventiva.

El objetivo hemodinámico es evitar la hipotensión arterial, que podría comprometer la perfusión cerebral. Se debe establecer un acceso venoso e iniciar la perfusión de cristaloides isotónicos, como salino fisiológico o cristaloides balanceados, evitando los sueros hipotónicos y glucosados, que pueden exacerbar el edema cerebral. Si hay signos clínicos de mala perfusión o se detecta hipotensión, estaría indicada la administración en bolo rápido (20 mL/kg) de los cristaloides isotónicos, que puede repetirse hasta alcanzar objetivos (Tabla VI). Los signos de hipovolemia son: taquicardia, pulso filiforme y aumento del tiempo de relleno capilar (más de 2 segundos)(5,9).

En cuanto al soporte neurológico, además de la vigilancia continuada del nivel de conciencia (mediante aplicación repetida de la escala de Glasgow), es esencial el tratamiento de las convulsiones y la detección de signos de hipertensión intracraneal grave con herniación cerebral, que puede resultar letal en pocos minutos, si no se toman las medidas adecuadas; para este punto, es importante el examen periódico de la simetría y reactividad pupilar, además del patrón respiratorio, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial.

Si se evidencian convulsiones, el tratamiento de las mismas con diazepam siguiendo las pautas habituales es obligado(11), ya que estas aumentan: la demanda metabólica cerebral, la presión intracraneal y la probabilidad de daño secundario. El riesgo de convulsiones precoces tras un TCE grave se estima en un 10%-20%, por lo que diversos autores(6,9) recomiendan tratamiento profiláctico de las mismas y el fármaco recomendado es la fenitoína (20 mg/kg en infusión lenta como dosis de choque inicial), aunque cada vez se utiliza con más frecuencia, levetiracetam con el mismo objetivo(9); sin embargo, no disponemos por ahora de estudios de alta calidad que justifiquen el cambio de fármaco ni el uso sistemático de esta profilaxis(19). No parece que estos tratamientos eviten la aparición de convulsiones tardías.

El aumento de la presión intracraneal (que puede ocurrir por diversos mecanismos en el TCE: hemorragia, edema, inflamación, bloqueo en el drenaje del LCR, etc.) es un importante condicionante del daño cerebral secundario que debemos considerar ante cualquier TCE. La medición de la presión intracraneal solo es factible en el ámbito hospitalario. El valor de la misma, que se considera elevado cuando supera los 20 mmHg, permite estimar la presión de perfusión cerebral (diferencia entre la presión arterial media y la presión intracraneal), cuyo valor en niños debe situarse por encima de los 45-60 mmHg (el valor bajo del rango sería apropiado para lactantes y el más alto para niños y adolescentes). Por otro lado, el tratamiento empírico de una supuesta hipertensión intracraneal no está exento de riesgos. La hiperventilación se asocia con aumento del riesgo de isquemia cerebral y la terapia hiperosmolar podría ocasionar hipotensión(9,19); es por ello, que estas terapias no están indicadas de forma preventiva. Sin embargo, ante la presencia de signos clínicos sugestivos de enclavamiento, como son: pupilas asimétricas arreactivas, respuesta motora en extensión o flacidez, disminución progresiva del nivel de conciencia (caída del Glasgow superior a 2 puntos) o la denominada triada de Cushing (hipertensión arterial, bradicardia y respiración irregular) es obligado iniciar tratamiento empírico de hipertensión intracraneal, con las medidas de primer nivel: hiperventilación moderada (pCO2 de 30 a 35 mmHg, puede monitorizarse mediante capnografía) y terapia osmolar. La hiperventilación reduce la presión intracraneal, induciendo vasoconstricción, que reduce el flujo sanguíneo cerebral, su efecto es inmediato y debe suspenderse (pasando a normoventilación), si desaparecen los signos clínicos de alerta. Debe evitarse una hiperventilación más agresiva por el riesgo de isquemia cerebral. En cuanto a la terapia osmolar, que induciría una reducción del edema cerebral, son efectivos tanto el manitol (0,25-1 g/kg, en bolo i.v. rápido) como el salino hipertónico al 3% (5-10 mL/kg, i.v. en 10 minutos). Aunque no hay estudios comparativos de alta calidad, en general, se prefiere el salino hipertónico en niños(9,19), especialmente en caso de hipotensión. Estas terapias serán añadidas a las medidas generales y a la optimización de las medidas de soporte que se hayan instaurado.

Tratamiento hospitalario

Los pacientes que precisen realización de TC, observación prolongada o medidas terapéuticas especializadas, deben ser derivados al hospital.

La derivación de los pacientes con TCE al hospital se realizará cuando esté indicada observación prolongada, realización de TC o la continuación de las terapias iniciadas previamente. Una vez obtenida la neuroimagen, será valorada conjuntamente con el neurocirujano. En caso de hematoma epidural o contusiones hemorrágicas con efecto masa, puede ser prioritaria la evacuación quirúrgica. La monitorización de la presión intracraneal (PIC) estará indicada en todos los pacientes con Glasgow < 8 y en aquellos con TC craneal que evidencien lesiones con riesgo de hipertensión intracraneal o que requieran sedación por otros motivos(20). Si se realiza mediante un catéter intraventricular, permite también la extracción de LCR para reducir la PIC.

El estudio detallado de la monitorización y terapias avanzadas excede a los objetivos de esta revisión. Generalmente, se realizan en la UCI pediátrica. Las terapias de control de PIC ya señaladas, pueden ser optimizadas mediante medición de saturación venosa en el bulbo de la yugular (SjO2) o doppler transcraneal, entre otras. También, es posible el uso de otras terapias de segundo nivel, como la craniectomía descompresiva o el coma barbitúrico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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17. Adelson PD, Wisniewski SR, Beca J, et al. Comparison of hypothermia and normothermia after severe traumatic brain injury in children (Cool Kids): A phase 3, randomised controlled trial. Lancet Neurol. 2013; 12: 546-53.

18. Bossers SM, Schwarte LA, Loer SA, Twisk JW, Boer C, Schober P. Experience in prehospital endotracheal intubation significantly influences mortality of patients with severe traumatic brain injury: a systematic review and meta-analysis. PLoS One. 2015; 10: 20141034.

19. Belisle S, Lim R, Hochstadter E, Sangha G. Approach to pediatrics traumatic brain injury in the emergency department. Curr Pediatr Rev. 2018; 14: 4-8.

20. Palomeque A, Cambra FJ, Esteban E, Pons M. Traumatismo craneoencefálico y raquimedular. En: López-Herce, Calvo, Rey, Rodríguez y Baltodano, eds. Manual de Cuidados Intensivos Pediátricos 4ª ed. Publimed, Madrid; 2013. p. 542-52.

Bibliografía recomendada

Kupperman N, Holmes JF, Dayan PS, et al. Identification of children at very low risk of clinically-important brain injuries after head trauma: a prospective cohort study. Lancet. 2009; 374: 1160-70.

Importante estudio de cohortes, prospectivo, que ha permitido la elaboración de un protocolo de actuación en casos de TCE leves, con gran sensibilidad y aceptable especificidad.

– Serrano A, Casado Flores J. Traumatismo craneoencefálico grave. En: Casado Flores J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave, 3ª ed. Madrid: Ergon; 2015. p 880-91.

Excelente revisión del TCE grave, que aborda tanto los aspectos de la evaluación y atención inicial como los más especializados. Abundante iconografía de buena calidad.

– Garvin R, Mangat H. Emergency Neurological Life Support: Severe Traumatic Brain Injury. Neurocrit Care. 2017; 27: S159-S169.

Revisión de la actuación de emergencia en caso de TCE grave, con especial énfasis en los objetivos iniciales, en cuanto al soporte vital y neurológico, que deben abordarse desde el ámbito pre-hospitalario.

Caso clínico

 

Un niño de 3 años es llevado al centro de salud, porque, aproximadamente una hora antes, se ha caído mientras jugaba en el parque desde un columpio. Refieren que no iba a mucha velocidad y que la altura era menor de 1 metro, pero que el golpe ha sonado fuerte. El niño ha caído de espalda y se ha golpeado la cabeza por detrás. Inicialmente, se ha quedado “quieto” y ha tardado unos segundos en romper a llorar, pero no creen que haya perdido la conciencia. Mientras lloraba, ha comenzado a toser y ha echado mocos. No le ven heridas, pero están preocupados porque el golpe les ha parecido fuerte. Durante la exploración, el niño está alerta, aunque asustado, pero se tranquiliza en brazos de su padre, dice su nombre cuando se le pregunta y coge con las manos un objeto que se ofrece. En la exploración, se aprecian algunas lesiones equimóticas y de rozadura en la espalda, pero no se aprecian lesiones en la cabeza. Las pupilas son isocóricas y reactivas. Dice sentir dolor en la espalda y también se toca la zona de occipucio.

 

 

 

Triángulo de Evaluación Pediátrica

Regreso a las bases


R. Velasco Zúñiga

Unidad de Urgencias Pediátricas. Servicio de Pediatría.
Hospital Universitario Río Hortega (Valladolid)

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(5): 320-323


Triángulo de Evaluación Pediátrica

 

Introducción: la atención urgente al paciente pediátrico

La atención urgente a un niño con una enfermedad o lesión aguda requiere un conocimiento especial de las características normales y anormales del desarrollo, así como habilidades específicas en la evaluación pediátrica(1).

La evaluación convencional consta de una anamnesis completa y una exploración física detallada. Estas requieren un tiempo del que a menudo no se dispone en situaciones de emergencia. En estas ocasiones es recomendable el establecimiento de una secuencia ordenada, que permita priorizar las acciones según las necesidades del niño.

Por otra parte, es importante diferenciar la atención urgente del diagnóstico. La atención urgente es un proceso de evaluación clínica, destinado a identificar anomalías anatómicas o fisiológicas, valorar la gravedad de la lesión o enfermedad y determinar la urgencia de los tratamientos. Para este proceso, no suelen precisarse pruebas de laboratorio o radiológicas. El objetivo es restablecer una correcta homeostasis, previniendo el deterioro y la evolución a fallo cardíaco o respiratorio. Este proceso raramente conduce a un diagnóstico específico de la patología subyacente.

Podemos reconocer varios componentes en la atención urgente. El primero es la impresión general. Ésta se obtiene con la primera observación del paciente, antes incluso de usar nuestras manos. Para esto, que podría compararse a lo que tradicionalmente se ha dado en llamar “ojo clínico”, se ideó una herramienta que intenta disminuir el grado de subjetividad en la valoración(1). Esta herramienta es lo que se conoce como Triángulo de Evaluación Pediátrica (TEP) (2). El siguiente componente sería el manejo inicial, también secuencial y que incluye ya el uso de nuestras manos, el ABCDE (vía aérea, respiración, circulación, neurológico y exposición).

Una vez completados los dos primeros pasos, el siguiente es el manejo secundario, donde ya se realiza una exploración dirigida a síntomas, se solicitan pruebas complementarias en caso de necesitarse, etc. Este componente está orientado a alteraciones anatómicas más que fisiológicas, y es el que más puede dirigir al médico hacia un diagnóstico final.

El objetivo de este trabajo es describir los componentes y el manejo del TEP.

El Triángulo de Evaluación Pediátrica

El TEP es una herramienta rápida y tremendamente útil para la valoración inicial del paciente pediátrico. Es de fácil aplicación, puesto que no requiere de fonendoscopio, otoscopio o cualquier otra herramienta, más allá de la visión y el oído del facultativo(3,4). Esta herramienta trata, en síntesis, de estructurar la valoración subjetiva que todo sanitario hace al ver por vez primera a un paciente.

En la gran mayoría de los centros hospitalarios donde se usa el TEP, su evaluación se realiza en el triage, por parte del personal que realice esta tarea en el centro (personal médico o de enfermería)(5,6).

Como su nombre indica, se compone de tres lados: la apariencia del paciente, su trabajo respiratorio y su circulación cutánea. Con ellos, el TEP no nos proporciona un diagnóstico del paciente, pero sí una valoración del estado fisiológico y de sus necesidades urgentes para mantener una adecuada homeostasis(6) (Fig. 1).

 

Figura 1. Triángulo de Evaluación Pediátrica.

 

La apariencia

Aunque el TEP tenga tres lados, no tienen todos la misma importancia a la hora de reflejar el estado de un paciente. De los tres, el más importante es la apariencia. Ésta es un indicador del nivel de perfusión y oxigenación cerebral que presenta el paciente. Cuando se encuentra alterada, es signo de una disfunción primaria del Sistema Nervioso Central (SNC). En muchas ocasiones, se encontrará una apariencia anormal en un paciente, incluso antes de que la Escala de Glasgow o la Escala AVPU (Alert, Verbal, Pain, Unresponsive) se alteren.

Hay varios indicadores a valorar dentro de este lado del TEP. Los más importantes son:

Tono. Debemos preguntarnos si el niño tiene un tono muscular normal. Un paciente que se mueve o que se resiste a la exploración, tendrá una apariencia normal. Por otra parte, un paciente hipotónico, que no se mueve, tendrá una apariencia alterada.

Reactividad. Si responde a los estímulos, está alerta, coge los juguetes que le damos o intenta quitarnos las cosas del bolsillo, consideraremos normal este apartado.

Consuelo. Es normal que un niño llore a la exploración, pero lo habitual es que se calme al cogerlo la madre en brazos.

Mirada. Lo esperado es que el niño fije la mirada en las caras o los objetos. Por el contrario, una mirada perdida, vidriosa, hará que consideremos inadecuada la apariencia del paciente.

Lenguaje/llanto. Consideraremos anormal si un paciente no lactante es incapaz de elaborar un discurso acorde con la edad, o si un lactante presenta un llanto débil o apagado.

Es muy importante que este lado del TEP se valore el primero, en el primer contacto con el paciente, y siempre que sea posible, en los brazos del padre o madre, distrayéndole con juguetes e intentando abordar al niño desde su altura, para no intimidarle.

La apariencia puede estar alterada por una mala oxigenación o perfusión cerebrales, por causas sistémicas, como hipoglucemia o intoxicación, por una infección del SNC, por una lesión cerebral, como un TCE. Sea cual sea el motivo, es necesario iniciar maniobras para mejorar la oxigenación y perfusión cerebrales, como veremos posteriormente.

Trabajo respiratorio

En los niños, el trabajo respiratorio es un indicador más sensible de patología respiratoria que una frecuencia respiratoria aumentada o una auscultación patológica. Para valorar el trabajo respiratorio, deberemos estar atentos tanto a los ruidos patológicos que podamos oír, como a los signos visuales, por lo que deberemos valorar al niño con el tórax lo más descubierto posible. Los indicadores más importantes de este lado del TEP son:

Ruidos patológicos. Audibles generalmente sin fonendoscopio, cada ruido es indicativo de patología a un nivel diferente de la vía aérea. Por ejemplo:

Gruñido. Este sonido es indicador de una obstrucción parcial de la vía alta, bien por secreciones o por la lengua y tejidos blandos. En caso de resucitación, debemos recolocar la vía aérea antes de proseguir.

Ronquera, disfonía, estridor. Propio de un edema de la región glótica.

Quejido. Producido al exhalar el niño, el aire con cierre parcial de la glotis, es un intento por generar una presión positiva al final de la espiración (PEEP) fisiológica que mantenga los alvéolos pulmonares abiertos. Es propia de procesos en los que la oxigenación está disminuida, generalmente por ocupación de alvéolos pulmonares por líquido.

Sibilancias. Producidas al pasar el aire en una situación de obstrucción de la vía aérea baja, como un broncoespasmo.

Signos visuales. Suelen ser mecanismos involuntarios del cuerpo para compensar una situación de hipoxia. Los más importantes:

Tiraje, retracciones. Pueden verse a diversos niveles (intercostales, en los casos más leves, subcostales o supraclaviculares, en los más severos, etc.) y están causadas por el uso de la musculatura accesoria para aumentar el esfuerzo respiratorio.

Aleteo nasal. De igual manera que en el tiraje, el mayor esfuerzo respiratorio se traduce en una apertura involuntaria de las narinas para aumentar la entrada de aire.

Cabeceo. En los lactantes, esta es una manera muy típica de aumentar el trabajo respiratorio en casos de hipoxia.

Taquipnea. Debe ser considerada de acuerdo con la edad del paciente. Es importante recordar que procesos no respiratorios, como la acidosis, pueden producir taquipnea, sin retracciones u otros signos de dificultad respiratoria.

Posición anómala. Fácilmente reconocible. La más clásica es la postura “en trípode”. Descrita clásicamente en las epiglotitis, ésta puede verse también en otros procesos. El cuerpo intenta alinear la vía aérea, para aumentar su calibre.

Al igual que la apariencia, es importante valorar los ruidos respiratorios al ver al paciente, antes de interactuar con él, para evitar que el llanto nos impida una correcta valoración. Para valorar los signos visuales, es importante desvestir al niño, al menos de cintura para arriba.

Circulación cutánea

Este lado del triángulo evalúa la función cardiaca y la correcta perfusión de los órganos. Aunque la apariencia es en sí un indicador de perfusión, ésta puede alterarse por otras causas diferentes, por lo que debemos valorar otros indicadores. La taquicardia es un signo precoz de mala perfusión, pero el llanto o la fiebre también pueden aumentarla. La circulación cutánea es un signo muy fiable, ya que en situaciones de fallo cardíaco, el cuerpo reacciona limitando la perfusión de zonas secundarias, como la piel, para mantener el mayor tiempo posible la de zonas nobles (cerebro, corazón y riñones).

Los principales indicadores a valorar son:

Palidez. Un signo muy precoz de mala perfusión, aunque también puede serlo de anemia.

Cianosis. Signo tardío en casos de shock. También puede verse en casos de fallo respiratorio, aunque en este caso iría acompañada de aumento del trabajo respiratorio. Es importante diferenciarla de la cianosis acra, que puede ser normal en lactantes pequeños.

Cutis reticular. Causada por la vasoconstricción de los capilares cutáneos.

Es importante desvestir al paciente para valorar de manera adecuada, pero evitando la hipotermia, que causa también vasoconstricción, pudiendo falsear la exploración de este lado del triángulo.

Interpretación del TEP

Todos estos indicadores que hemos explicado, en realidad, no requieren más de unos pocos segundos para su evaluación, y ésta puede realizarse simplemente viendo y escuchando al paciente, lo cual es muy importante, especialmente en los pacientes más pequeños, que se agitan y lloran con la exploración, dificultando su evaluación.

Además, la combinación de estos tres lados nos proporcionará una evaluación rápida y precisa del estado fisiológico del paciente y de cuáles son sus necesidades prioritarias, hacia las cuales debemos dirigir nuestras actuaciones siguientes.

En las tablas I y II, vemos los estados fisiológicos en función de la alteración de ninguno, uno, dos o los tres lados del triángulo, y las causas más frecuentes de estas alteraciones, así como las actuaciones prioritarias para cada uno de esos estados.

Es importante, como idea final, recordar que el TEP nos indica qué necesita un paciente según su situación fisiológica, independientemente de cuál sea el diagnóstico.

Bibliografía

1. Dieckmann RA, Brownstein D, Gausche-Hill M, eds. Pediatric Education for Prehospital Professionals: PEPP Textbook. Sudbury, MA: Jones & Bartlett Publishers; 2000.

2. Fuchs S, Yamamoto L, eds. Pediatric emergency medicine resource. 5th edition. Jones & Bartlett publishers: 2012.

3. Dieckmann RA, Brownstein D, Gausche-Hill M. The Pediatric Assessment Triangle: a novel approach for the rapid evaluation in children. Pediatr Emerg Care. 2010; 26:312-5.

4. Ralstor M, Hazinski MF, Zaritsky AL, Schexnayder SM, Kleinmann ME, eds. PALS Course Guide. Dallas, TX: American Heart Association: 2007.

5. Jayashree M, Singhi SC. Initial assessment and triage in ER. Indian J Pediatr, 2011; 78(9): 1100-1108.

6. Horeczko T, Enriquez B, McGrath NE, Gausche-Hill M, Lewis RJ. The Pediatric Assessment Triangle: accuracy of its aplication by nurses in the triage of children. J Emerg Nurs 2013; 39: 182-9.

Intoxicaciones más frecuentes

Temas de FC


M. de la Torre Espí

Médico adjunto del Servicio de Urgencias Pediátrico.
Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid

 

Resumen

Las intoxicaciones infantiles (exposición por ingestión, tacto o inhalación a alguna sustancia con capacidad lesiva) suponen el 0,3% de las consultas en los servicios de urgencias pediátricos.
El grupo de los fármacos (antitérmicos, benzodiacepinas, antiinflamatorios, anticatarrales y antihistamínicos) es el más frecuente, seguido por los productos domésticos y el etanol. El alcohol es el primer principio activo implicado en las intoxicaciones infantiles en nuestro país, por delante del paracetamol. Los anticatarrales ocupan el segundo lugar, después del paracetamol, en las intoxicaciones medicamentosas de los niños preescolares, y es el principal motivo de ingreso en una unidad de cuidados intensivos pediátricos por una intoxicación, en este grupo de edad. La administración repetida de dosis altas de paracetamol tiene más riesgo de hepatotoxicidad que la ingesta de una dosis alta única (≥200 mg/kg). Las intoxicaciones por ibuprofeno suelen ser leves.
La mayoría de las intoxicaciones de los preescolares son leves y asintomáticas; mientras que, las de los adolescentes son más graves y sintomáticas (clínica neurológica).
Las pruebas de laboratorio se solicitarán de forma individualizada, según el tóxico. Con una buena historia clínica no suelen ser necesarias.
El carbón activado es la terapia de elección de la mayoría de las intoxicaciones infantiles que requieren tratamiento.

 

Abstract

Childhood poisoning (ingestion, inhalation or contact with any harmful substance) represents an infrequent cause of admission in paediatric emergency departments (0.3%).
Pharmaceutical preparations (antipyretics, benzodiazepines, nonsteroidal anti-inflammatory drugs, antihistamines and cough and decongestant preparations) are the leading cause, followed by household products and ethanol. Ethanol is the first toxic substance in childhood poisoning in our country, ahead of acetaminophen. Cough and decongestant preparations are the second pharmacological poisoning of preschool children and is the main reason for admission into a Pediatric Intensive Care Unit for poisoning in this age group. Chronic overdose of acetaminophen is more likely to result in harm than a single overdose (≥ 200 mg / kg). Ibuprofen poisonings are usually mild.
Most preschooler poisonings are mild and asymptomatic, whereas adolescent poisonings are more severe and symptomatic (neurological). Performance of laboratory tests and other investigations depend of the toxic substance. A careful history may obviate the need for blood tests.
Activated carbon is the leading therapy for most childhood poisonings requiring treatment.

 

Palabras clave: Intoxicación; Carbón activado; Tóxicos.

Key words: Poisoning; Activated charcoal; Toxic substances.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(5): 280-290


Intoxicaciones más frecuentes

 

Introducción(1)

La intoxicación aguda se define como: cualquier exposición, ya sea por ingestión, tacto o inhalación, a una o varias sustancias que pueden ocasionar una lesión en el organismo.

A pesar de que no es un motivo de consulta frecuente en las consultas de pediatría de nuestro entorno (0,3% de las consultas en los servicios de urgencias pediátricos), el contacto de un niño con un supuesto tóxico provoca tanta angustia en los padres como incertidumbre en los médicos que lo atienden. Por estos motivos, las intoxicaciones han sido un objetivo de trabajo importante de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría (SEUP). En el año 2008, el grupo de trabajo de intoxicaciones de la SEUP crea un Observatorio Toxicológico de ámbito nacional(2), en el que participan en la actualidad 39 servicios de urgencias pediátricos españoles, que está proporcionando información epidemiológica muy importante.

Etiología(3,4)

El alcohol es el principio activo implicado con más frecuencia en las intoxicaciones atendidas en los servicios de urgencias infantiles de España.

La ingestión es la vía de intoxicación más habitual en los niños. El primer trabajo epidemiológico, prospectivo y multicéntrico sobre, intoxicaciones en nuestro país, se realizó entre los años 2001 y 2002, y permitió conocer cuáles eran los productos implicados con más frecuencia, a partir de 2157 pacientes atendidos en 17 Servicios de urgencias infantiles(3): medicamentos 54,7%, productos domésticos 28,9%, etanol 5,9%, monóxido de carbono 4,5%, drogas ilegales 1,5%, varias medicaciones juntas 1,2%, otros productos 2,5% y sustancia desconocida 0,7%. En cuanto a los principios activos, el implicado con más frecuencia era el paracetamol (15,3% de forma global; 19,5% de las intoxicaciones de los niños menores de 5 años), seguido por el etanol, el monóxido de carbono, la lejía, algunos medicamentos anticatarrales, el ibuprofeno y el flúor. Los primeros resultados del Observatorio Toxicológico Español (octubre 2008-septiembre 2010), con 275 episodios, proporcionan datos epidemiológicos con algunos cambios muy importantes(4) (Tabla I).

 

 

 

Epidemiología(1,2)

La mayoría de las intoxicaciones infantiles se producen por: ingestas accidentales (70-80%), error de dosificación (10%) o de forma voluntaria en un intento autolítico (9,8%).

Intoxicaciones accidentales

• Ocurren en niños de 1-5 años de edad (máxima incidencia entre los 2 y los 3 años). El afán investigador de los niños de esta edad, junto con la ausencia de sensación de peligro, les hace más proclives a investigar y probar lo que encuentren.

• Suele estar implicado solo un producto del entorno doméstico.

• La mayoría de las veces son asintomáticas.

• Generalmente, son benignas y no necesitan mucha intervención terapéutica.

• Con frecuencia, los niños toman sustancias inocuas que no precisan tratamiento.

Errores de dosificación

• Ocurren en niños pequeños por error del adulto que le administra el fármaco.

• Están implicados los medicamentos habituales en la infancia.

• Hay que tener en cuenta que algunos errores de dosificación mantenidos en el tiempo son más peligrosos que la ingesta de una dosis alta única (paracetamol).

Intoxicaciones voluntarias

- Son menos frecuentes, pero más graves que las accidentales.

- Se producen en adolescentes (mayores de 12 años), sobre todo mujeres.

- Habitualmente, están implicados varios productos: psicotropos, alcohol, drogas de abuso o paracetamol.

- Suelen cursar con clínica, la mayoría de las veces neurológica.

- La demora antes de consultar es mayor que en las intoxicaciones accidentales y el tratamiento más complejo.

Clínica(1,2,5)

La mayoría de las intoxicaciones de los preescolares son asintomáticas.

Aunque los tóxicos son capaces de ocasionar síntomas y signos diversos que afectan a todos los sistemas del organismo, la mayoría de las intoxicaciones infantiles son asintomáticas.

La presentación clínica de una intoxicación sigue alguno de los patrones siguientes:

Ingestión de una sustancia conocida. En las intoxicaciones infantiles de los preescolares, generalmente, se conoce el tóxico ingerido, la dosis y el tiempo transcurrido desde la exposición, información muy importante a la hora de atender a estos pacientes. Los niños pequeños que consultan tras la ingesta de un tóxico suelen estar asintomáticos. La exploración física también suele ser normal.

Ingestión de una sustancia desconocida. En las intoxicaciones voluntarias de los adolescentes es frecuente que no se sepa qué tóxico o tóxicos están implicados. Se suelen haber tomado varios medicamentos acompañados, con frecuencia, de alcohol. Es más habitual que presenten síntomas, sobre todo neurológicos: disminución del nivel de conciencia, somnolencia, inestabilidad, etc. En estas ocasiones, hay que agrupar los signos de la exploración (estado mental, pupilas, piel y cualquier otro hallazgo) y las constantes vitales (temperatura, frecuencias cardiaca y respiratoria, tensión arterial), para intentar identificar un síndrome tóxico en particular.

Situaciones en las que se debe sospechar una intoxicación. Algunos niños ingieren sustancias sin que los padres se den cuenta y consultan por la aparición de síntomas extraños que la familia no relaciona con ningún tóxico. En general, se debe sospechar una intoxicación ante cuadros de comienzo agudo, con cambios en el nivel de conciencia, ataxia o síndromes multiorgánicos “extraños” en niños de 1-5 años.

Síndrome de Münchausen. Finalmente, los tóxicos pueden ser utilizados para simular enfermedades en el contexto de un síndrome de Münchausen por poderes.

Pruebas complementarias(1,5)

En la mayoría de las intoxicaciones infantiles no se necesita ninguna prueba complementaria.

Las pruebas de laboratorio se solicitarán de forma individualizada, según los efectos que pueda ocasionar el tóxico implicado y la disponibilidad de la determinación de los niveles sanguíneos. En la mayoría de las intoxicaciones infantiles, sin embargo, no se necesita ninguna prueba complementaria.

Niveles sanguíneos de tóxicos. La posibilidad de determinación inmediata de niveles no es posible, ni está indicado en todos los casos. Se deben solicitar si la dosis ingerida es tóxica y el tratamiento depende del valor de los mismos.

Pruebas de detección rápida de drogas en orina. Son pruebas cualitativas inmunocromatográficas, que permiten detectar diversas sustancias en orina: anfetaminas, barbitúricos, benzodiacepinas, cocaína, metanfetamina, morfina, metadona, fenciclidina, marihuana, etc. El resultado debe comprobarse con otro método más específico (cromatografía de gas, espectrofotometría) si existen implicaciones legales.

Evaluación y tratamiento

El carbón activado es la terapia de elección de la mayoría de las intoxicaciones infantiles que requieren tratamiento.

La evaluación inicial se puede hacer en pocos segundos, según entra en el consultorio, con el triángulo de evaluación pediátrica (apariencia, respiración, color) y siguiendo el ABCDE para hacer un diagnóstico del estado fisiopatológico del paciente (estable, dificultad/fallo respiratorio, shock, disfunción del sistema nervioso central, fallo/parada cardiopulmonar) y comenzar con las medidas de estabilización si es preciso.

Una vez estabilizado, se procederá a hacer una historia dirigida (Tabla II) y una exploración por sistemas, como en todos los pacientes.

 

 

 

Es importante recordar que, en la mayoría de las intoxicaciones infantiles se ingieren sustancias no tóxicas(1) (pintalabios, silicagel, anticonceptivos, antibióticos, etc.) o dosis inocuas que no precisan ninguna intervención terapéutica (Tabla III).

 

 

 

1. Dosis única de carbón activado(5,6). El carbón activado es la terapia de elección de la mayoría de las intoxicaciones infantiles que requieren tratamiento. Es efectivo, sobre todo, durante la primera hora tras la ingestión, por lo que es importante que lo tengan en todos los centros de salud, el nivel asistencial más cercano para la familia. Algunos pacientes se pueden beneficiar del tratamiento aunque haya pasado más de 1 hora (fármacos de liberación lenta o que lentifican el vaciamiento gástrico: aspirina, anticolinérgicos, narcóticos, antidepresivos tricíclicos).

Está contraindicado si la vía aérea está inestable y en pacientes con riesgo de perforación o hemorragia gastrointestinal por una patología subyacente o una intervención quirúrgica reciente.

Dosis:

- Niños menores de 1 año de edad: 0,5-1 g/kg (máximo 10-25 g)

- Niños de 1-14 años de edad: 0,5-1 g/kg (máximo 25-50 g).

- Adolescentes y adultos: 25-100 g.

Se puede diluir con agua, zumo o cola (200 ml como mínimo por cada 25 g de carbón). Es conveniente agitarlo vigorosamente para conseguir la máxima dispersión. Si el niño no se lo toma, se puede administrar a través de una sonda nasogástrica.

2. Antídotos(1). Aunque sean necesarios en pocos casos, en el centro de salud debería haber naloxona (opiáceos), flumazenil (benzodiacepinas), biperideno (reacciones distónicas por neurolépticos) y oxígeno (monóxido de carbono). Es importante tener información disponible y accesible, en Internet o en protocolos del servicio, de las indicaciones, de las contraindicaciones y de la dosis a administrar.

3. Información toxicológica(1). Se puede encontrar información en el Instituto Nacional de Toxicología (teléfono: 915620420; horario de 24 horas, todos los días del año).

4. Información en Internet(1). Existen muchas páginas de calidad:

- Manual de intoxicaciones en Pediatría (Grupo de Trabajo de Intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría) disponible en: http://www.seup.org/pdf_public/gt/intox_manual3_enr.pdf

- Toxnet (Toxicology Data Net-work): http://toxnet.nlm.nih.gov/cgi-bin/sis/htmlgen?HSDB

- The American Academy of Clinical Toxicology: http://www.clintox.org/.

- Agencia para sustancias tóxicas y registro de enfermedades: http://www.atsdr.cdc.gov/es/

Productos implicados con más frecuencia

Intoxicación etílica(2,10)

La clínica de la intoxicación etílica es el resultado de la depresión del sistema nervioso central que produce, y está en relación con la alcoholemia.

El alcohol es el principio activo implicado con más frecuencia en las intoxicaciones atendidas en los servicios de urgencias pediátricas españoles. Representa la punta del iceberg del excesivo consumo de alcohol de los adolescentes.

Algunas intoxicaciones etílicas se producen en niños preescolares que, accidentalmente, ingieren algún producto casero con alcohol (colonias, bebidas alcohólicas, colutorios).

Toxicidad. Los efectos tóxicos del alcohol son multiorgánicos y dependen de la alcoholemia. El valor de alcoholemia alcanzado está en función de la cantidad y de la graduación de la bebida ingerida, del peso y sexo de la persona y de la tolerancia. En general, valores de alcoholemia por debajo de 50 mg/dl suelen cursar de forma asintomática; cuando se superan los 100 mg/dl comienza la sintomatología neurológica. Los niños pequeños pueden mostrar síntomas a partir de una alcoholemia de 50 mg/dl.

Clínica. La clínica característica de la intoxicación etílica es el resultado de la depresión del sistema nervioso central que produce y está en relación con la alcoholemia. Las intoxicaciones leves cursan con: euforia, desinhibición, ataxia, etc. Según aumenta la gravedad de la intoxicación, la depresión del sistema nervioso central empeora y aparece somnolencia e incluso coma, con depresión respiratoria y muerte. No hay que olvidar que también cursa con hipoglucemia (puede colaborar en la disminución del nivel de conciencia y producir convulsiones), vómitos y poliuria que provocan deshidratación, hepatitis tóxica y alteraciones cardiacas. La clínica de los niños pequeños es un poco diferente y, con frecuencia, cursa con la tríada de: coma, hipoglucemia e hipotermia.

Tratamiento. El carbón activado no es efectivo con los alcoholes. La atención de estos pacientes es de soporte y depende de la gravedad de la intoxicación. En los casos graves, se estabilizará al paciente siguiendo el ABCDE, para asegurar la vía aérea y la ventilación, sin olvidar la determinación rápida de glucemia y la reposición hidroelectrolítica.

Intoxicación por paracetamol(11,12,13,14,15)

La administración repetida de dosis por encima del rango terapéutico tiene más riesgo de hepatotoxicidad que la ingesta de una dosis alta única.

Como se ha comentado con anterioridad, el paracetamol es el medicamento implicado con más frecuencia en las intoxicaciones infantiles en España.

Toxicidad. La principal consecuencia de la intoxicación por paracetamol es la hepatotoxicidad. Cuando se ingiere una sobredosis, se saturan las dos principales vías metabólicas del paracetamol en el hígado productoras de metabolitos inactivos. En consecuencia, el fármaco comienza a oxidarse, produciendo un metabolito hepatotóxico, que se elimina por la orina conjugado con el glutatión hasta que este se agota, momento en el que empieza a producirse el daño hepático (necrosis centrolobulillar).

Hasta hace pocos años, se consideraba potencialmente tóxica una dosis única de paracetamol de 150 mg/kg. Estudios recientes sugieren que los niños tienen mayor capacidad para metabolizar sobredosis de este fármaco y, en consecuencia, el riesgo de hepatotoxicidad es menor. En la actualidad, se considera que el umbral, a partir del cual una dosis única puede producir daño hepático, es de 200 mg/kg (8-10 g en los adolescentes y adultos), siempre que no existan factores de riesgo (edad inferior a 6 meses, malnutrición, anorexia, fallo de medro, hepatopatía, fibrosis quística, tratamiento con fármacos inductores del citrocromo p450 o que enlentecen el vaciado gástrico). En los niños menores de 3 meses y en aquellos con factores de riesgo, el umbral a partir del que se debe considerar que existe riesgo de hepatotoxicidad es de 75 mg/kg; 150 mg/kg si el niño tiene entre 3 y 6 meses de edad.

Mención especial merece la administración repetida de dosis por encima del rango terapéutico, una circunstancia con mayor riesgo que la ingesta de una dosis alta única. Suele tratarse de niños pequeños, con un cuadro febril agudo, que están comiendo poco, a menudo deshidratados o malnutridos y que reciben dosis altas por error. Los casos de preescolares fallecidos por sobredosis de paracetamol están en este grupo. Cuanto más tiempo se mantenga la sobredosificación, menor es la dosis diaria necesaria para causar hepatotoxicidad: más de 200 mg/kg durante 24 horas, más de 150 mg/kg durante 48 horas y más de 100 mg kg durante 72 horas o más. Si existen factores de riesgo puede ser suficiente con dosis por encima de 100 mg/kg/día o de 4 g/día.

Clínica. Inicialmente, el paciente está asintomático. A partir de las 6 horas de la ingesta, puede aparecer algún síntoma (náuseas, vómitos, sudoración, malestar general). Posteriormente, la clínica desaparece y el niño se mantiene sin ningún síntoma durante 24-48 horas, aunque ya comiencen a alterarse las pruebas de laboratorio (elevación de las transaminasas, bilirrubina, creatinina y prolongación del tiempo de protrombina).

Aproximadamente, dos días después vuelven el malestar, las náuseas, los vómitos y comienzan los síntomas de insuficiencia hepática y renal, con máxima elevación de las transaminasas y evolución hacia el coma hepático. Finalmente, el proceso se puede resolver a lo largo de semanas o progresar hasta la muerte.

Evaluación y tratamiento. Como se ha comentado con anterioridad, hay que intentar averiguar el tiempo transcurrido desde la ingesta y la dosis. Los pacientes que hayan tomado una dosis única de paracetamol no tóxica pueden ser remitidos a su domicilio.

Los pacientes que hayan ingerido, en las últimas 2 horas, una dosis tóxica o desconocida de paracetamol, deben recibir 1 g/kg de carbón activado para ser remitidos inmediatamente al hospital, donde a partir de las 4 horas de la ingesta, se determinarán los niveles de paracetamol, para evaluar el riesgo de toxicidad hepática con el Nomograma de Rumack-Matthew. Si los niveles son tóxicos, se solicitarán también las siguientes pruebas: hemograma, electrolitos, tiempo de protrombina, transaminasas y función renal, y se comenzará el tratamiento con N-acetilcisteína, el antídoto del paracetamol. También, está indicado el tratamiento con N-acetilcisteína si existen síntomas clínicos o alteración de las pruebas hepáticas. La máxima efectividad se consigue si se administra en las primeras 8 horas.

Intoxicación por ibuprofeno(2,11,12,16)

Desde que el ibuprofeno se comenzó a utilizar como analgésico y antipirético, se ha convertido en el antiinflamatorio no esteroideo implicado con más frecuencia en las intoxicaciones infantiles, aunque la mayoría son leves. Un trabajo, realizado por el Servicio de Información Toxicológica del Reino Unido, analizó los resultados de 1033 sobredosis de ibuprofeno: en la gran mayoría de los casos (903; 83%) no hubo síntomas o fueron leves; y solo fallecieron 7 pacientes, todos ellos con alguna circunstancia (enfermedad, ingesta concomitante de otros fármacos) que agravaba la situación.

Toxicidad. La toxicidad del ibuprofeno es principalmente gastrointestinal, renal y neurológica. La dosis tóxica es de 100 mg/kg; por encima de 400 mg/kg tiene riesgo vital.

Evaluación y tratamiento. El carbón activado es el tratamiento de elección si se ha ingerido una dosis superior a 200 mg/kg o desconocida en las últimas 2 horas. Estos enfermos, posteriormente, se deben mantener en observación en el hospital 4-6 horas, si permanecen asintomáticos pueden ser dados de alta.

Intoxicaciones por anticatarrales(1,2,17)

Los medicamentos anticatarrales son la primera causa de intoxicación en preescolares que motiva ingreso en una unidad de cuidados intensivos pediátricos.

Los anticatarrales son la segunda causa de intoxicación medicamentosa de los niños preescolares de nuestro país. Muchos de ellos tienen más de un principio activo con efectos sinérgicos (adrenérgicos, mucolíticos, antitusígenos y antihistamínicos), lo que los hace especialmente peligrosos. Estos medicamentos, ampliamente utilizados en España a pesar de no haber demostrado efectividad, tienen mucho riesgo de producir efectos secundarios, incluso a las dosis terapéuticas recomendadas en el prospecto.

Clínica.Los efectos tóxicos más graves se deben principalmente a tres de sus componentes: los antihistamínicos, los adrenérgicos y los antitusígenos:

Antihistamínicos: los efectos tóxicos son diferentes si son de primera generación (somnolencia, pensamiento lento, agitación, convulsiones, manifestaciones anticolinérgicas, ocasionalmente arritmias) o de segunda generación (arritmias cardiacas y prolongación del intervalo QT). Aproximadamente, la dosis tóxica es 4 veces la terapéutica.

Antitusígenos: suele ser codeína (actividad opioide) o dextrometorfano (sin actividad opioide). La sobredosis de opioides cursa con la tríada característica de: pupilas mióticas, disminución del nivel de conciencia y respiración superficial. El efecto tóxico del dextrometorfano depende de la cantidad ingerida (se necesita como mínimo una dosis 10 veces mayor que la terapéutica) e incluye: alucinaciones, alteraciones de conducta, distonía, hipertonía, hiperexcitabilidad, convulsiones, depresión respiratoria, etc.

Adrenérgicos: se usan como descongestivos por la vasoconstricción que producen. La sobredosis de un medicamento alfa adrenérgico puede producir: hipertensión arterial, arritmias, taquicardia o bradicardia, agitación, alucinaciones, convulsiones, midriasis, hipotermia, etc. Los efectos tóxicos de los fármacos que contienen principios activos con efecto alfa y beta adrenérgicos son: hipertensión arterial, sudoración, irritabilidad, alucinaciones, etc.

Evaluación y tratamiento.El riesgo de efectos neurológicos, cardíacos y autonómicos obliga a una actuación rápida: administración de carbón activado y derivación al hospital. Con frecuencia, estos niños precisan pruebas complementarias (CPK y análisis de orina buscando mioglobina, por el riesgo de rabdomiolisis de algunos descongestivos como la efedrina y la pseudoefedrina, electrocardiograma, etc.). No hay que olvidar que algunos fármacos anticatarrales contienen paracetamol; en esos casos, hay que solicitar niveles sanguíneos a partir de las 4 horas de la ingesta.

Es necesario mantener la monitorización cardiorrespiratoria y neurológica durante el tiempo que dure el efecto de los fármacos implicados. El tratamiento dependerá de la clínica: depresión respiratoria por ingesta de codeína (naloxona), distonía (biperideno), bradicardia (atropina), hipotensión (bolos intravenosos de suero fisiológico), convulsiones (benzodiacepinas) o arritmias ventriculares (lidocaína, amiodarona). Todo lo anterior explica que los anticatarrales sean la causa más frecuente de que un preescolar intoxicado ingrese en una unidad de cuidados intensivos pediátricos.

Intoxicaciones por benzodiacepinas(1,2,17)

Los psicofármacos son la segunda causa de intoxicación medicamentosa.

Los psicofármacos son la segunda causa de intoxicación medicamentosa; dentro de este grupo, las más frecuentes son las benzodiacepinas. Con frecuencia, los niños pequeños se toman la pastilla que, algún adulto que convive con él, se toma como somnífero y guarda en la mesilla del dormitorio. También es habitual en las intoxicaciones polimedicamentosas de los intentos de suicidio de los adolescentes.

Toxicidad.La dosis es tóxica si supera 5 veces la dosis terapéutica como mínimo.

Clínica. La intoxicación por benzodiacepinas no suele ser grave, salvo que se hayan ingerido otros fármacos o alcohol. En las intoxicaciones accidentales infantiles, los síntomas más frecuentes son: la inestabilidad de la marcha y la somnolencia.

Las intoxicaciones de los adolescentes suelen revestir más gravedad; la cantidad suele ser mayor y, con frecuencia, se han tomado más sustancias (antidepresivos, neurolépticos, alcohol, etc.). Pueden presentar: alucinaciones, confusión, agitación, coma, depresión respiratoria, bradicardia, hipotensión, etc.

Tratamiento.Si el paciente consulta 1-2 horas después de haber ingerido una dosis tóxica de benzodiacepinas y no tiene disminución de conciencia (en los pacientes muy dormidos hay que asegurar la vía aérea), se debe administrar carbón activado. El tratamiento es sintomático, controlando la vía aérea y la ventilación principalmente.

El flumazenil, el antídoto de las benzodiacepinas, solo está indicado para evitar la intubación endotraqueal y la ventilación mecánica, cuando el paciente no es capaz de mantener la vía aérea abierta y una ventilación adecuada. No se debe administrar si existe riesgo de convulsiones (ingesta simultánea de antidepresivos tricíclicos, hipertensión intracraneal, etc.).

Intoxicaciones por productos de limpieza más frecuentes(2,18,19)

La lejía es el producto del hogar implicado con más frecuencia en las intoxicaciones infantiles.

Los productos del hogar ocupan el segundo lugar, después de los medicamentos, como causa de intoxicación. Los más frecuentes son los cáusticos, con la lejía a la cabeza.

Es curioso cómo se siguen almacenando estos productos debajo del fregadero o en otro lugar accesible para los niños (3 de cada 10 casos de ingesta de productos de limpieza) y, con la misma frecuencia (3 de cada 10 casos), se cambian de un envase más grande a otro más pequeño, generalmente de algún refresco, lo que facilita la confusión.

Toxicidad.El efecto tóxico de un cáustico depende del pH:

• Ácidos: producen lesiones principalmente en el esófago si el pH es menor de 3.

• Álcalis: afectan sobre todo al estómago cuando el pH es mayor de 12.

La dilución de los productos con lejía casera ha sido una medida preventiva muy eficaz; ya que, aunque se ingieran, no se producen lesiones esofágicas o son leves. En la actualidad, los desatascadores y los lavavajillas industriales son los que están produciendo las lesiones más graves.

Clínica.Es muy variable y depende de la cantidad ingerida y del pH de la sustancia, como se ha comentado con anterioridad. Los síntomas más frecuentes son: dolor de garganta con disfagia, hiperemia en la boca y babeo. La disfonía, el estridor y la dificultad respiratoria son signos más graves que indican afectación de la vía aérea. Cuanto mayor sea el número de síntomas y signos presentes, más frecuente será la lesión. Es muy raro que haya lesiones esofágicas si el niño está totalmente asintomático y no presenta ninguna lesión en la boca.

Evaluación y tratamiento. En este caso, quizás sea importante recordar lo que no hay que hacer: no se debe dar carbón activado porque no es efectivo, está contraindicada la inducción del vómito o la administración de agua, leche o bicarbonato con la intención de diluir el producto o de neutralizarlo. En resumen, no debe darse nada de beber para no favorecer el vómito y aumentar así el riesgo de lesión al pasar de nuevo el cáustico por el esófago.

La endoscopia digestiva alta está indicada si: se trata de un intento autolítico, existen lesiones en la boca, la sustancia ingerida tiene un pH menor de 3 o mayor de 12, el paciente tiene síntomas o ha vomitado.

El tratamiento es sintomático: omeprazol, ranitidina, antieméticos, etc. Los corticoides están indicados si existen signos de afectación de la vía aérea; en el centro de salud, se puede administrar la primera dosis (1-2 mg/kg de metilprednisolona i.m.). En los demás casos, su uso sigue siendo controvertido, sin embargo, la mayoría de los autores los recomiendan si en la endoscopia encuentran lesiones graves.

Intoxicaciones por sustancias muy tóxicas(2,3,4,20) (Tabla IV)

 

 

 

El monóxido de carbono es causa de intoxicaciones graves en nuestro país.

Aunque no son muy frecuentes, merecen especial atención por el riesgo que conllevan. Se trata de sustancias que en pequeñas cantidades pueden provocar una intoxicación grave e incluso la muerte. De los 400 episodios registrados en el Observatorio Toxicológico de la SEUP entre 2008 y 2011, 26 (6,5%) correspondían a productos muy tóxicos y peligrosos, siendo los opioides y los anticatarrales los más frecuentes.

Mención especial merece el monóxido de carbono; en el estudio que se hizo durante los años 2001 y 2002, en 17 servicios de urgencias pediátricos, se registraron 89 (5,2%) episodios de intoxicación por monóxido de carbono, de un total de 1.700 intoxicaciones atendidas en pacientes menores de 18 años. Es una de las intoxicaciones infantiles más graves en nuestro medio: más de la mitad de los pacientes precisó ingreso, uno de ellos en la unidad de cuidados intensivos y, lo más importante, ha sido el producto implicado en el único caso fatal de intoxicación registrado en esos años.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.*** Mintegi S. Grupo de trabajo de intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. Manual de intoxicaciones en Pediatría. Majadahonda: Ergon; 2012. Disponible en: http://seup.org/pdf_public/gt/intox_manual3_enr.pdf.

2.*** Boletín del observatorio toxicológico del grupo de trabajo de intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. Disponible en: http://seup.org/publicaciones/publicacionesgt/boletinintox.html.

3.*** Mintegi S, Fernández A, Alustiza J, et al. Emergency visits for childhood poisoning: A 2-Year prospective multicenter survey in Spain. Pediatr Emerg Care. 2006; 25: 334-8.

4.*** Azkunaga B, MIntegi S, Bizkarra I. The intoxications working group of The Spanish Society of Pediatric Emergencies. Toxicology surveillance system of the Spanish society of paediatric emergencies: first –year analysis. Eur J Emerg Med. 2011; 18: 285-7.

5.** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 1: general Management. Arch Dis Child. 2002 Nov; 87: 392-6.

6. American Academy of Clinical toxicology, European Association of Poisons Centres and Clinical Toxicologists. Position paper. Single-dose activated charcoal. Clin Toxicol. 2005; 43: 61-87.

7. American Academy of Clinical toxicology, European Association of Poisons Centres and Clinical Toxicologists. Position statement and practice guidelines on the use of multi-dose activated charcoal in the treatment of acute poisoning. Clin Toxicol. 1999; 37: 731-51.

8. American Academy of Clinical toxicology, European Association of Poisons Centres and Clinical Toxicologists. Position paper: Gastric lavage. Clin Toxicol. 2004; 42: 933-43.

9. American Academy of Clinical toxicology, European Association of Poisons Centres and Clinical Toxicologists. Position paper: whole bowel irrigation. Clin Toxicol. 2004; 42: 843-54.

10. Brothers E, Corden TE. Toxicity ethanol. Emedicine: Paediatrics: Cardiac Disease & Critical Care Medicine Articles. Toxicology. Updated: Jun 5, 2013. Disponible en: http://emedicine.medscape.com/article/1010220-overview.

11.** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 2: painkillers. Arch Dis Child. 2002; 87: 397-9.

12. Conejo Menor JL, Lallana Duplá MT. Antipyretic poisoning. An Pediatr. 2002; 56: 318-23.

13. Ferner RE, Dear JW, Bateman D N. Management of paracetamol poisoning. BMJ 2011; 342:d2218 doi: 10.1136/bmj.d2218.

14. Burillo-Putze G, Mintegui S, Munne P. Changues in pediatric toxic dose of acetaminophen. Am J Emerg Med. 2004; 22: 323.

15.** Dart RC, Erdman AR, Olson KR, Christianson G, Manoguerra AS, Chyka PA, et al. American Association of Poison Control Centers. Acetaminophen poisoning: an evidence-based consensus guideline for out-of-hospital management. Clin Toxicol. 2006; 44: 1-18.

16.** Volans G, Monaghan J, Colbridge M. Ibuprofen overdose. Int J Clin Pract Suppl. 2003; 135: 54-60.

17.** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 3: common medicines. Arch Dis Child. 2002; 87: 400-2.

18.** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 4. Household products, plants, and mushrooms. Arch Dis Child. 2002; 87: 403-6.

19. Williams H, Moyns E, Bateman DN, Thomas SH, Thompson JP. Vale JA. Hazard of household cleaning products: A study undertaken by the UK National Poisons Information Service. Clin Toxicol. 2012; 50: 770-5.

20.** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 5: rare and dangerous poisons. Arch Dis Child. 2002; 87: 407-10.

Bibliografía recomendada

*** Mintegi S. Grupo de trabajo de intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. Manual de intoxicaciones en Pediatría. Majadahonda: Ergon; 2012. Disponible en: http://seup.org/pdf_public/gt/intox_manual3_enr.pdf.

- Un manual de consulta en castellano básico para todos los pediatras. Con acceso online, proporciona información sobre la atención general de las intoxicaciones infantiles, de las intoxicaciones más frecuentes (medicamentos, productos del hogar) y de las más graves (productos muy tóxicos, intoxicaciones de los adolescentes). Existe un capítulo específico sobre la actuación en el centro de atención primaria. Es importante, el esfuerzo que se ha hecho para recoger todos los síndromes tóxicos y los antídotos. También se incluye un listado de sustancias poco tóxicas.

*** Boletín del observatorio toxicológico del grupo de trabajo de intoxicaciones de la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría. Disponible en: http://seup.org/publicaciones/publicacionesgt/boletinintox.html.

- Información actualizada y periódica del Observatorio toxicológico español sobre el registro de episodios de intoxicación, en 39 servicios de urgencias infantiles españoles. También, se resumen trabajos presentados a congresos o publicados en revistas y se proporcionan referencias bibliográficas actuales y de calidad sobre distintos temas.

*** Mintegi S, Fernández A, Alustiza J, et al. Emergency visits for childhood poisoning: A 2-Year prospective multicenter survey in Spain. Pediatr Emerg Care. 2006; 25: 334-8.

- Primer trabajo prospectivo multicéntrico sobre intoxicaciones en España. Permitió conocer nuestra propia epidemiología y cómo se estaba atendiendo a estos pacientes. Proporcionó líneas estratégicas de mejora en las que deberíamos estar implicados todos los pediatras.

*** Azkunaga B, MIntegi S, Bizkarra I. The intoxications working group of The Spanish Society of Pediatric Emergencies. Toxicology surveillance system of the Spanish society of paediatric emergencies: first –year analysis. Eur J Emerg Med. 2011; 18: 285-7.

- Primera publicación del Observatorio Toxicológico Español. Proporciona datos importantes sobre algunos cambios epidemiológicos de los últimos años: el alcohol se ha convertido en nuestro país en el principio activo más frecuente en las intoxicaciones atendidas en los servicios de urgencias infantiles.

** Riordan M, Rylance G, Berry K. Poisoning in children 1: general Management. Arch Dis Child. 2002 Nov; 87: 392-6.

- Buena revisión sobre las generalidades de la atención de los pacientes pediátricos intoxicados. Está incluido en un volumen del Arch Dis Child dedicado a intoxicaciones infantiles, donde se incluyen otras revisiones también de interés (Poisoning in children 2: painkillers, Poisoning in children 3: common medicines, etc.).

Caso clínico

 

Una adolescente de 16 años es llevada a urgencias por sus padres a primera hora de la mañana porque no lograban despertarla y creen que se puede haber tomado algo.

Cuando llega a urgencias, está dormida, aunque se despierta al gritarle, respira con normalidad y está pálida (triángulo de evaluación pediátrica).

Se comienzan las medidas de estabilización siguiendo el ABCDE:

A, B. Mantiene bien la vía aérea abierta, respira con normalidad, la frecuencia respiratoria es de 12 respiraciones/minuto y la saturación de oxígeno con pulsioxímetro del 94%. Se comienza a administrar oxígeno mediante gafas nasales.

C. El tiempo de relleno capilar es de 3 segundos, está pálida y tiene las extremidades frías. La temperatura axilar es de 35ºC, la frecuencia cardiaca de 40 latidos/minuto, la tensión arterial de 95/45 mm Hg y la glucemia capilar de 59 mg/dl. Se canaliza una vía intravenosa y se comienza la infusión con suero glucosalino al medio, aportando 6 mg/kg/minuto de glucosa. Se solicita un electrocardiograma y se extrae sangre para solicitar: hemograma, tiempo de protrombina, tiempo de cefalina, gasometría venosa, glucemia, urea, creatinina, iones (sodio, potasio, cloro), GOT, GPT, bilirrubina total, CPK, osmolalidad sanguínea, niveles de paracetamol y detección de tóxicos en orina.

D. Se despierta si se le grita. El valor de la escala de coma de Glasgow es de 14 (O3, V5, M6). Las pupilas miden 3 mm y reaccionan a la luz.

E. Se aprecian varios cortes superficiales cicatrizados en la cara anterior de ambas muñecas.

Una vez establecido el diagnóstico fisiopatológico –disfunción del sistema nervioso central­– y asegurada la estabilización del paciente, se comienza con la historia dirigida.

Anamnesis (Historia dirigida)

Es una paciente con un trastorno del comportamiento alimentario diagnosticado hace dos años, que ha empeorado desde que reinició las clases hace dos meses. El día anterior estuvo en casa, no salió. Por la noche se acostó muy enfadada tras una discusión con los padres. No ha tenido fiebre, ni ha sufrido ningún traumatismo reciente. Está en tratamiento con escitalopram y orfidal; en casa también hay un medicamento anticatarral, paracetamol y otro para la tensión arterial cuyo nombre no recuerdan.

Exploración

Además de lo referido anteriormente, no se encuentran más hallazgos.

Los resultados de las pruebas complementarias son:

• Hemoglobina: 11 g/dl, hematocrito: 31%

• Leucocitos: 10.000/mm3, neutrófilos totales: 6.200/mm3. Plaquetas: 150.000/mm3, GOT: 31 U/L, GPT: 16 U/L, bilirrubina: 0,5 mg/dl, CPK: 50 U/L, sodio: 135 mmol/L, potasio: 4,1 mmol/L, cloro: 100 mmol/L, urea: 10 mg/dl, osmolalidad sanguínea: 290 mOsm/kg. No se detecta paracetamol en la sangre.

• Los tóxicos en orina dan positivo para las benzodiacepinas.

• El ECG muestra un ritmo sinusal, con una frecuencia cardiaca de 45 latidos/min, la duración del QRS es de 90 ms, el intervalo QTc es de 410 ms (fórmula de Bazett).

Se decide mantener en observación en urgencias con:

• Sueroterapia intravenosa.

• Control de glucemia.

• Monitorización electrocardiográfica continua.

• Control de constantes cada hora (tensión arterial, nivel de conciencia según la escala de Glasgow). Se repite el ECG una hora después del primero, con unos resultados similares.

• A las 3 horas está despierta (Glasgow 15) y se solicita valoración por el psiquiatra de guardia, quien considera un intento autolítico de riesgo –se tomó la medicación por la noche, antes de ir a dormir–, en una paciente con un trastorno del comportamiento alimentario y se decide ingreso.

 
 

 

Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior en niños

Temas de FC


R. Hernández Rastrollo

UCI Pediátrica. Departamento de Pediatría del Hospital Universitario Materno Infantil, Infanta Cristina. Badajoz. Facultad de Medicina de la Universidad de Extremadura

 

Resumen

La obstrucción aguda de la vía respiratoria superior es una causa frecuente de emergencia respiratoria en niños. En esta revisión, abordamos el estudio de los procesos que con más frecuencia llevan a esta situación, tales como: la laringotraqueítis vírica, la aspiración de cuerpo extraño o las infecciones supraglóticas; pero también otros con menor incidencia, que tampoco debemos olvidar en el diagnóstico diferencial, como: el angioedema hereditario, la anafilaxia o las lesiones traumáticas. La gravedad de los cuadros clínicos que describimos es muy variable; en algunos casos, no producen más que estridor y disfonía, con escasa repercusión en la función respiratoria. En otras ocasiones, el fracaso respiratorio se presenta con rapidez, y la evolución desde síntomas leves, hasta el compromiso grave de la función respiratoria, se produce en muy poco tiempo. Los signos más importantes para evaluar la gravedad del proceso y establecer la actitud terapéutica más apropiada son: el aspecto general del niño y la intensidad del esfuerzo respiratorio que realiza; estos hallazgos exploratorios tienen más valor que los que nos puedan aportar los exámenes complementarios. Las medidas terapéuticas serán específicas para cada entidad, pero cuando la permeabilidad de la vía aérea está comprometida, asegurar la misma, toma prioridad frente a cualquier otra maniobra.

 

Abstract

Acute upper airway obstruction is a common cause of respiratory emergencies in children. We review the main pathologic processes that result this condition, such as viral laryngotracheitis, foreign-body aspiration or supraglottic infections; but we cannot forget other less common, such as hereditary angioedema, anaphylaxis or thermal and traumatic injuries. The presenting symtoms range from stridor and horseness without respiratory dysfunction to respiratory failure, sometimes with rapid progress, developping a life-threatening situation. Early and accurate diagnosis and treatment are essential. The child ́s clinical appearance and the degree of respiratory effort are the most outstanding predictors, and they are more valuable than laboratoy or imaging evaluation. Management is specific for every condition, but to establish a patent airway have priority over any other therapeutic or diagnostic procedure if impending respiratory failure.

 

Palabras clave: Obstrucción de la vía aérea superior; Fracaso respiratorio; Terapia respiratoria.

Key words: Upper airway obstruction; Respiratory failure; Respiratory therapy.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(4): 229-243


Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior en niños

 

Introducción

El fracaso respiratorio es la principal causa de parada cardiorrespiratoria en niños, y la obstrucción aguda de la vía aérea es, con frecuencia, la causa del mismo.

La vía respiratoria superior está constituida por el conjunto de estructuras que comunican la pirámide nasal con la tráquea, e incluye la porción extratorácica de ésta. Comprende, por lo tanto: nasofaringe, orofaringe, laringofaringe (o hipofaringe), laringe y unos 2-4 cm de tráquea. La faringe humana es un espacio dinámico, con límites móviles, debido a su variada musculatura. Entre sus fascias, se forman diversos espacios que, en el caso de los niños, contienen abundante tejido linfático. La laringe es, probablemente, la estructura más sensible y delicada de este conjunto. En el niño, el punto más estrecho lo constituye la zona subglótica de la misma (no el espacio glótico, como en los adultos), que es un área especialmente vulnerable, porque ahí está el cartílago cricoides que, con su morfología anular, restringe enormemente la posibilidad de expansión de este segmento; además, a este nivel, el tejido submucoso es más laxo y contiene un gran número de glándulas mucosas, por lo que cualquier estímulo irritativo que produzca edema o inflamación, puede provocar una importante disminución de la luz en muy poco tiempo(1,2).

Resulta paradójico que una estructura anatómica con una función tan esencial para la vida, como es la vía respiratoria, resulte tan vulnerable. En parte, esto es consecuencia del descenso del complejo hiolaríngeo respecto del paladar blando, lo que hace que la laringe pierda la posición intranarial que persiste, sin embargo, en otros primates superiores. Una laringe en posición alta (intranarial), protegería la vía aérea del riesgo de aspiración de saliva o alimentos procedentes de la vía digestiva. De hecho, en el recién nacido humano conserva esta posición, y se mantiene hasta aproximadamente los tres meses de vida, en que comienza el descenso, lo que limita el riesgo de aspiración de leche durante el amamantamiento. El descenso del complejo hiolaríngeo, junto con la base de la lengua y la epiglotis, sería un rasgo adquirido, que no aportaría ventajas para su función respiratoria pero que, por otro lado, posibilita la ejecución de nuevas funciones, como la adquisición del habla articulada. También, es probable que estos cambios en la configuración de las estructuras faringo-laríngeas sean necesidades adaptativas derivadas del bipedismo(3).

Signos de alerta de obstrucción respiratoria aguda

Un niño con la vía aérea comprometida requiere la máxima atención. La principal causa de parada cardiorrespiratoria en niños es el fracaso respiratorio, y la obstrucción aguda de la vía aérea es, con frecuencia, la causa del mismo. Es importante el reconocimiento precoz de cualquier paciente con síntomas sugestivos de compromiso de la vía respiratoria; ya que, en ocasiones, la obstrucción progresa en muy poco tiempo, y una clínica inicialmente leve o poco llamativa, puede acabar en un fracaso respiratorio letal en unos pocos minutos(2,4).

Los tres signos clave para la sospecha y la orientación diagnóstica inicial de una obstrucción aguda de la vía aérea son: el estridor, el aumento del esfuerzo respiratorio y los cambios en la fonación. Sin embargo, el estado general del niño sigue siendo el indicador más fiable de la severidad del proceso. Cualquier otro signo o variable mensurable, como la frecuencia respiratoria, las escalas de valoración clínica o el estado de los gases sanguíneos, tiene un valor relativo.

El estridor es el síntoma guía inicial en muchos de estos procesos. Es un ruido respiratorio rudo, vibratorio, con tonalidad variable, que nos indica la existencia de obstrucción parcial de la luz respiratoria extrapulmonar. El estridor suele ser inspiratorio, aunque en algunos casos de obstrucciones subglóticas, sobre todo si afectan la porción superior de la tráquea, puede apreciarse durante la espiración, generalmente con una tonalidad más aguda y apagada. Un estridor bifásico es sugestivo de una obstrucción importante, fija, en las proximidades de la glotis, con afectación subglótica y de las porciones más altas de la tráquea(2,4).

El aumento del trabajo respiratorio puede mostrar intensidad variable, desde un leve aumento de la frecuencia respiratoria hasta el uso marcado de la musculatura respiratoria accesoria, con retracción supraesternal, esternal, intercostal o aleteo nasal. Es importante comprobar, mediante auscultación, si este esfuerzo resulta eficaz o no y si se produce una adecuada entrada de aire en uno y otro hemitórax.

Si en un niño con estridor y aumento del trabajo respiratorio, el estridor disminuye, o incluso desaparece, mientras se mantiene o incrementa el esfuerzo respiratorio, debemos sospechar mala evolución, con progresión de la obstrucción. El niño puede hacerse incapaz de mantener el esfuerzo respiratorio intenso que precisa, y este agotamiento provocaría el fracaso respiratorio.

En el seguimiento de estos pacientes, juega un papel esencial la observación cuidadosa y la evaluación clínica frecuente. Se han propuesto diversas escalas de gravedad basadas en datos clínicos, sin embargo su fiabilidad es escasa; incluso, utilizadas por profesionales experimentados tienen una alta tasa de variabilidad interobservador(5), por lo que su utilidad en la práctica, como herramienta para la toma de decisiones terapéuticas, probablemente es baja.

En las formas graves, asegurar la vía aérea puede tomar prioridad sobre cualquier otro procedimiento diagnóstico o terapéutico. El caso de la epiglotitis, es paradigmático a este respecto, por lo que describimos en ese apartado, el procedimiento que debemos seguir en casos de vía aérea inestable con riesgo inminente de fracaso; sin embargo, una actitud similar es aconsejable cuando se presente esta situación de compromiso grave de la vía respiratoria en situaciones clínicas distintas.

Existen diversos modos de clasificar las entidades morbosas concretas que pueden producir una obstrucción aguda de la vía respiratoria. Vamos a utilizar un esquema simple, basado en la localización anatómica de la obstrucción, supraglótica o subglótica (el espacio glótico propiamente dicho puede estar afectado en ambos casos), y en la etiología infecciosa o no infecciosa de la misma (Tabla I).

 

 

Abordamos a continuación, el estudio de las entidades que consideramos más importantes, por su frecuencia o su gravedad, de las que provocan cuadros obstructivos agudos. No abordaremos procesos que, aunque pueden ser graves, tienen una evolución generalmente crónica y, por tanto, no son objetivo de esta revisión. Es el caso de algunas anomalías congénitas, como: la atresia de coanas o las estenosis subglóticas congénitas. En la Tabla II, resumimos los principales datos de los procesos patológicos que revisamos a continuación, que pueden ser de utilidad para realizar el diagnóstico diferencial.

 

 

Epiglotitis

Los pacientes con epiglotitis se muestran angustiados, con aspecto tóxico, babeo y fiebre elevada; además, toleran mal la posición horizontal.

Llamamos epiglotitis a una inflamación grave de las estructuras supraglóticas. Suelen estar afectadas, además de la propia epiglotis y de los tejidos blandos que la rodean, la superficie posterior de la lengua y los pliegues aritenoepiglóticos. El resultado es una obstrucción de la vía aérea en este nivel, que constituye una auténtica emergencia respiratoria.

En la forma clásica, el proceso es de origen infeccioso; históricamente, Haemophilus influenzae tipo b (Hib) era responsable de más del 90% de los casos producidos en la población pediátrica, afectando preferentemente a niños entre 3 y 7 años(6). La vacunación sistemática de la población infantil frente a este germen, prácticamente generalizada en los países desarrollados desde comienzos de la década de los noventa del pasado siglo, ha modificado notablemente el panorama epidemiológico de esta entidad. La incidencia pediátrica, tanto de epiglotitis como de otras manifestaciones de enfermedad invasiva por Hib, ha descendido drásticamente. Sin embargo, la enfermedad no ha sido ni mucho menos erradicada. Por una parte, se siguen produciendo casos típicos, que pueden ser debidos a fracaso vacunal(7,8) o niños no vacunados, como algunos casos diagnosticados en inmigrantes procedentes de países en los que esta vacunación no es rutinaria(8,9). Por otro lado, diversos estudios señalan un incremento neto de casos de epiglotitis en adultos(10), así como un incremento relativo en edades atípicas de la infancia, como en lactantes menores de un año y en púberes. También, se han descrito casos producidos por gérmenes distintos a Hib, como: Hi no b (tanto no tipables, como pertenecientes a otros serotipos), estreptococo beta-hemolítico, estafilococo y neumococo, entre otros(8). Esta situación nos obliga a mostrar una mayor sensibilidad hacia este diagnóstico, dado que los pacientes afectados pueden mostrar características de presentación y evolutivas distintas a la forma clásica, que será preciso reconocer.

La presentación clínica típica de la epiglotitis por Hib, ocurre en niños de 2 a 5 años y se caracteriza por el comienzo súbito de: fiebre, odinofagia, disfonía o voz apagada y aumento del trabajo respiratorio; en fases iniciales, puede haber estridor, más raramente ronquera, y, posteriormente, es típico el babeo por la dificultad para el manejo de las secreciones orales. El cuadro progresa con rapidez y en pocas horas la clínica puede estar completamente establecida. Comparado con los pacientes con crup, con el que a veces se confunde, los pacientes con epiglotitis se muestran más angustiados, con peor estado general (aspecto tóxico) y toleran muy mal la posición horizontal, adoptando típicamente una posición denominada “en trípode”: sentados con las manos apoyadas hacia atrás, el cuello extendido y la boca abierta, en un intento de conseguir la máxima apertura laríngea. En la auscultación, destaca la hipoventilación bilateral, que contrasta con el importante esfuerzo respiratorio. Los niños de mayor edad pueden mostrar una clínica menos típica, con signos más sutiles de dificultad respiratoria(11), predominando los cambios de la voz, dolor de garganta y la disfagia, el babeo suele estar ausente, pero muestran igualmente intolerancia a la posición horizontal. También, pueden mostrar clínica atenuada, los casos ocurridos en pacientes vacunados.

La situación más temible que puede sobrevenir en estos pacientes es el fracaso respiratorio(2,8), que podría ocurrir por agotamiento o por obstrucción completa de la luz aérea, que puede producirse en cualquier momento. Esta situación la podemos precipitar con maniobras inapropiadas, como: intentos de visualizar la epiglotis, punciones para extracción de muestras de sangre o canalización de vías o forzar al niño a la posición horizontal, por lo que cualquier manipulación que pueda provocar el llanto o disconfort del niño debe ser evitada o pospuesta hasta que estemos en condiciones de asegurar la permeabilidad de la vía aérea; mientras tanto, el niño debe permanecer con los padres y en la posición que le resulte más confortable.

Desde el momento de la sospecha clínica inicial, debemos prepararnos para establecer una vía aérea artificial, y un médico entrenado en esta técnica debe permanecer junto al niño en todo momento(2). El diagnóstico definitivo de epiglotitis se realiza mediante visualización directa de la región supraglótica, pero este procedimiento solo debe realizarse en el quirófano, con las condiciones óptimas para el establecimiento de una vía aérea segura, ya que, puede ser especialmente dificultosa en estos pacientes. El hallazgo característico es el edema y enrojecimiento intenso de la epiglotis y de los tejidos blandos circundantes.

En casos dudosos, puede ser de utilidad realizar una radiografía lateral de cuello, preferentemente en hiperextensión, que nos permitirá también descartar otros procesos como laringotraqueítis, absceso retrofaríngeo o cuerpo extraño. La imagen habitual es una hipofaringe distendida y el clásico “signo del pulgar”, que es consecuencia del engrosamiento de la epiglotis y de los pliegues aritenoepiglóticos. Si la sospecha de epiglotitis es alta, los exámenes complementarios están absolutamente contraindicados hasta que la vía aérea esté asegurada(2,10).

El tratamiento de elección es la obtención y mantenimiento de una vía aérea artificial, preferiblemente mediante intubación endotraqueal. El calibre del tubo estará limitado por la luz disponible, generalmente uno o dos números por debajo de lo que correspondería por edad. La inserción nasotraqueal facilitará la fijación. El procedimiento debe realizarse en quirófano, con anestesia inhalada, sin uso de relajantes musculares (que facilitarán el colapso por relajación de la musculatura faríngea) y con un equipo de cricotiroidotomía disponible, ya que esta técnica puede proporcionar una solución temporal, antes de la realización de una traqueostomía reglada, cuando la intubación es imposible(2). Una vez asegurada la vía respiratoria, podemos obtener muestras para cultivos (de sangre y exudados supraglóticos), hemograma y bioquímica. Debemos obtener una radiografía de tórax para comprobar la posición del tubo endotraqueal; ocasionalmente, pueden visualizarse infiltrados algodonosos en los campos pulmonares sugestivos de edema pulmonar, que no es infrecuente en las obstrucciones severas de la vía respiratoria superior. Hasta obtener resultados de los cultivos practicados, debemos iniciar tratamiento antibiótico intravenoso empírico, habitualmente con antibióticos de amplio espectro, como cefalosporinas de tercera generación.

El tubo endotraqueal debe mantenerse hasta que se considere que la extubación es segura, generalmente en 24-48 horas, y, para ello, nos guiamos por criterios clínicos: mejoría del estado general, descenso de la fiebre y fugas de aire alrededor del tubo endotraqueal; aunque también es posible la visualización de las estructuras supraglóticas mediante fibroscopio. Asimismo, se puede administrar una dosis de dexametasona previa a la extubación, con la finalidad de disminuir la incidencia de estridor posterior a la misma.

En pacientes con formas clínicas atenuadas, se han descrito éxitos con manejo conservador. Principalmente, en adultos y niños mayores(11) se han conseguido buenos resultados en algunos casos con el empleo de oxigenoterapia y antibióticos intravenosos, evitando la intubación.

Abscesos retrofaríngeo y periamigdalino

La incidencia de estos abscesos está aumentando, pero rara vez producen cuadros obstructivos importantes. Los casos más serios se dan en los pacientes con menos de dos años.

Los abscesos retrofaríngeos y periamigdalinos son patologías relativamente poco frecuentes en niños; sin embargo, estudios recientes constatan un incremento en su incidencia en los últimos años en diversos ámbitos geográficos(12,13,14,15), incluido el nuestro(16). El trastorno es potencialmente grave, pero pocas veces se asocia con una obstrucción grave de la vía respiratoria superior. Dentro de la edad pediátrica, los abscesos retrofaríngeos se observan con mayor frecuencia en niños de edad preescolar, con una media de edad en torno a los 3 años(13,17), que son también los que presentan los casos más graves, con necesidad de drenaje quirúrgico e ingreso en unidades de cuidados intensivos(15). El absceso periamigdalino es algo más frecuente y, aunque puede aparecer a cualquier edad, es más propio de preadolescentes y púberes(17). En ambos casos, se aprecia un discreto predominio en varones. Los abscesos combinados (en ambas localizaciones) se observan en un 6-12% de los pacientes(13).

El absceso retrofaríngeo ocurre por infección del espacio retrofaríngeo, rico en tejido linfático (particularmente en los menores de 6 años, antes de su involución fisiológica), que recibe drenaje de: nasofaringe, senos paranasales, oído medio, dientes y huesos adyacentes. La infección se produce, generalmente, por diseminación linfática desde alguno de estos puntos y suele progresar desde una celulitis a flemón y absceso, aunque la distinción entre uno y otro estadio no siempre resulta fácil(15), y la evolución puede ser interferida con un tratamiento antibiótico apropiado. La sintomatología inicial suele ser insidiosa, simulando una infección respiratoria alta común o una faringitis aguda no complicada, lo que puede explicar la demora en el diagnóstico de entre 2 y 4 días, hallada frecuentemente en la literatura(13,14). En el momento del diagnóstico, la clínica más frecuente es fiebre (casi constante), con dolor y rigidez cervical o tortícolis y linfadenopatías(13,14,16). Con menor frecuencia, en este tipo de abscesos se encuentra odinofagia y trismus. Una buena exploración de la cavidad oral puede evidenciar, en más de la mitad de los casos, el abombamiento de la pared posterior de la faringe. La tomografía computarizada (TC) es la técnica de imagen de elección para la confirmación del diagnóstico y, además, aporta datos útiles para orientar la actitud terapéutica, aunque es una prueba con mayor sensibilidad que especificidad(14).

La clínica del absceso periamigdalino puede ser también inicialmente insidiosa. En este caso, la fiebre es frecuente, pero no constante (68-70% de los pacientes)(18,19) , y son característicos la presencia de: ptialismo, odinofagia y trismus. La exploración ORL suele mostrar algún signo revelador: abombamiento del pilar amigdalino anterior, protuberancia asimétrica de amígdala o desplazamiento contralateral de la úvula, son algunos de los hallazgos más característicos, sin embargo, esta exploración puede verse dificultada por la presencia de trismus. Cuando es necesaria una técnica de imagen para confirmar el diagnóstico, la TC es también de elección, aunque se requiere con menor frecuencia que en el caso de los abscesos retrofaríngeos(18,19).

En ambos tipos de abscesos, la obstrucción de la vía respiratoria, aunque posible, es actualmente rara, probablemente como consecuencia de las mejoras en las técnicas diagnósticas y terapéuticas. En las series recientes(13,14,18,20), se describe con una frecuencia variable entre 1% y 6%, y la letalidad es excepcional.

En cuanto a la bacteriología, los hemocultivos suelen ser negativos y el rendimiento del cultivo de exudado, es generalmente escaso, con tasas de positivos entre 25% y 75%(14,16,18). Es habitual el hallazgo de flora mixta, con gérmenes aerobios y anaerobios, y se describe un incremento de estreptococo pyogenes(16,20). S. aureus es más frecuente en lactantes menores de 1 año(13,14). En algunas series, se aíslan gérmenes anaerobios en más del 70% de los casos(18).

El tratamiento de elección sigue siendo motivo de alguna controversia, en buena medida por la ausencia de estudios prospectivos con buena calidad de evidencia; parece claro, sin embargo, que no hay dudas respecto a la necesidad de iniciar inmediatamente tratamiento antibiótico y que, en los primeros 3 a 5 días, deben administrarse por vía intravenosa. Se han propuesto diferentes combinaciones de antibioterapia empírica, con pocas diferencias en los resultados(13,14,20). Considerando lo referido respecto a la bacteriología, la combinación de una cefalosporina de tercera generación y clindamicina sería una buena opción inicial. En los menores de un año, hay que asegurar la cobertura frente a estafilococo. La necesidad de recurrir a la cirugía y el momento de la misma es más discutido. Hay consenso en que, en los raros casos que se presentan actualmente con clínica de obstrucción respiratoria aguda, la cirugía urgente, con incisión y drenaje del absceso, es electiva(13,14,16). Otras posibles indicaciones son: fracaso del tratamiento médico (entendido como ausencia de mejoría tras 48-72 horas de antibioterapia intravenosa), abscesos complicados con compromiso respiratorio o neurovascular y, para algunos autores(13,14), abscesos maduros con tamaño mayor de 2 cm de diámetro, según la TC. En las series más recientes, la tasa de éxito del tratamiento conservador oscila entre el 30% y 66%(13-16). La necesidad de cirugía es mayor en los pacientes más pequeños (menores de 15 meses)(13,15). La aspiración con aguja fina es una opción alternativa a la cirugía, principalmente en los abscesos periamigdalinos, pero también requiere una técnica cuidadosa; ha sido más empleada en adultos que en niños(19).

Crup

Son cuadros frecuentes, pero generalmente leves. El tratamiento con dexametasona oral se ha mostrado útil.

El término crup, designa un síndrome agudo caracterizado por: tos perruna, disfonía y estridor. Se trata de una laringotraqueítis aguda, habitualmente de origen viral, que es actualmente la causa más frecuente de inflamación aguda obstructiva de la vía respiratoria superior en niños de edad preescolar. En países de clima templado, como el nuestro, ocurre con mayor frecuencia en los meses fríos, principalmente finales del otoño e invierno, aunque pueden aparecer casos esporádicos prácticamente todo el año. Afecta más frecuentemente a varones que a niñas. En cuanto a la edad de los pacientes, suele afectar a niños entre 6 meses y 3 años, con pico de máxima incidencia hacia el segundo año de vida, en que puede llegar a afectar al 5%(21,22), aunque se ha descrito ocasionalmente, incluso en adolescentes y adultos(22). El agente etiológico más frecuentemente encontrado es el virus parainfluenza, predominantemente el tipo 1, aunque el tipo 3, que suele afectar a niños más pequeños, es responsable de casos más graves(22). Otros virus capaces de ocasionar un síndrome crupal son: enterovirus, virus de la gripe A y B (más grave el producido por infuenza A), VRS, rinovirus y adenovirus(22). Mucho menos frecuente, pero habitualmente más grave, es el producido por el virus del sarampión. Entre los agentes no virales, destaca Micoplasma pneumoniae, aunque es también infrecuente. Históricamente, la difteria laríngea era responsable de las larintraqueítis más graves, potencialmente letales. Aunque esta enfermedad es prácticamente inexistente en nuestro medio, se han descrito en los últimos años casos ocasionales de difteria(23), e incluso pequeños brotes(24), por lo que es prudente mantener un cierto nivel de alerta ante la posibilidad de casos importados o secundarios.

La laringotraqueítis viral aguda produce un cuadro clínico habitualmente benigno. Solamente requieren hospitalización entre el 1 y 8% de los casos que llegan a los servicios de urgencia, y un porcentaje muy bajo de estos, requieren soporte respiratorio con intubación endotraqueal(22). El caso típico es un niño que, tras 1 a 3 días de rinitis o rinofaringitis, comienza de forma súbita con tos perruna, disfonía y estridor inspiratorio(21,22). Pueden estar presentes otros signos de dificultad respiratoria en intensidad variable, como: retracción supraesternal o tiraje intercostal, pero generalmente en grado leve. La temperatura puede estar discretamente elevada, pero la fiebre alta es rara y el niño suele manejar bien sus secreciones orales(21,22). No obstante, el espectro clínico puede ser muy variable, e incluso en un mismo paciente puede ser fluctuante, con mejoría y empeoramiento alternantes en intervalos cortos de tiempo. Muchos de los niños afectos tienen únicamente la típica tos laríngea, con mayor o menor grado de disfonía, y pueden ser tratados satisfactoriamente en su domicilio. La ansiedad, el llanto y la posición horizontal, pueden agravar transitoriamente los síntomas. La decisión de hospitalización debe considerarse ante la presencia de signos de compromiso respiratorio, como el aumento significativo del esfuerzo respiratorio o la presencia de hipoxemia; también, debemos considerar la velocidad de progresión de los síntomas y la respuesta a las medidas iniciales de tratamiento. Mientras que, la hipoxemia es un dato relativamente frecuente en casos de crup grave, la hipercapnia es un signo tardío, que debe sugerirnos riesgo inminente de fracaso respiratorio. En los casos con obstrucción progresiva, se intensifica el esfuerzo respiratorio, con aleteo nasal, aumento de la retracción supraesternal e intercostal, de la frecuencia respiratoria y cardiaca, y aparición de pulso paradójico y cianosis. Cuando aparece la hipoxemia, puede progresar con rapidez y los niños pueden mostrarse ansiosos e inquietos o, por el contrario, apáticos y poco reactivos, situaciones ambas indicativas de fracaso respiratorio inminente.

Se utilizan con frecuencia algunas escalas de valoración clínica, como herramienta de ayuda para la toma de decisiones terapéuticas. La más utilizada es la escala de Westley (Tabla III), cuya validez ha sido demostrada(25).

 

 

Otros autores, sin embargo, no las consideran útiles en la práctica diaria y utilizan clasificaciones de gravedad más simples, basadas en definiciones sencillas (Tabla IV), que pueden ser igualmente útiles para la toma de decisiones terapéuticas. Es recomendable también, la utilización de procedimientos no invasivos de monitorización de la saturación de oxihemoglobina, que nos permitirá detectar la tendencia hacia la hipoxemia y la necesidad de oxigenoterapia u otro tipo de soporte.

 

 

Crup espasmódico o recurrente

No existe acuerdo unánime en si el crup espasmódico es una entidad distinta al crup viral descrito anteriormente; en cualquier caso, su etiología precisa sigue sin ser completamente conocida. Se ha relacionado con hiperreactividad de las vías aéreas o con infecciones virales de baja intensidad, pero no existen pruebas que lo demuestren de modo inequívoco. Tiene carácter recidivante y cierta incidencia familiar, por lo que se ha sugerido una base genética con posible patogenia inmunológica; sería más bien, una reacción alérgica a antígenos virales que una infección directa. La brocoscopia directa realizada en alguno de estos casos, muestra signos de edema no inflamatorio(26). Desde el punto de vista clínico, se caracterizan por ser episodios benignos, con inicio brusco de tos crupal y estridor inspiratorio, en niños generalmente menores de 3 años, con predominio nocturno y carácter autolimitado. Es frecuente que, cuando los padres llevan al niño a urgencias por la noche, al llegar se muestren sorprendidos porque la clínica haya desaparecido o mejorado notablemente. También, es característica la recurrencia de los episodios durante varios días. Al contrario que en el crup viral, no suele existir el precedente de rinitis y la ausencia de fiebre es la norma(2).

Los niños con crup recurrente, especialmente aquellos cuyos episodios cursan también con sibilancias, parecen tener un riesgo incrementado de desarrollar asma posteriormente.

La presencia de reflujo gastroesofágico puede estar implicada en algunos casos de crup espasmódico, como en otros trastornos de la vía aérea superior. Comparados con todos los pacientes con crup recurrente, los pacientes con reflujo gastroesofágico tienden a ser más pequeños y con un intervalo más corto entre episodios. La laringoscopia mostrará inflamación no infecciosa de las estructuras supraglóticas y es frecuentemente diagnóstica(26).

Tratamiento del crup laríngeo

En la tabla V, resumimos las recomendaciones actuales para el tratamiento farmacológico del crup laríngeo, en función de la gravedad clínica apreciada. No debemos olvidar, las medidas generales básicas, como mantener al paciente en una posición que le resulte confortable y evitar los procedimientos que puedan ocasionarle malestar o agitación, como la separación de los padres o punciones innecesarias(22). La terapia de humidificación, que ha sido ampliamente recomendada, no tiene base científica. Los estudios sistemáticos no han conseguido demostrar ningún beneficio con esta práctica: ni disminuye la severidad del cuadro, ni la necesidad de hospitalización, ni evita el empleo de corticoides o adrenalina(22). No obstante, es una medida que muchas familias, que han tenido otros hijos con crup, tienen incorporada y consideran que les evita desplazamientos nocturnos a los servicios de urgencias; además, no suele tener efectos adversos (aunque puede aumentar el broncoespasmo en niños que tienen, además, sibilancias). En cualquier caso, no debemos utilizarla en los servicios de urgencia, ni debe hacerse una recomendación formal de su uso. En caso de precisar administración de oxígeno, por hipoxemia o aumento importante del trabajo respiratorio, sí debe administrarse suficientemente humidificado, para evitar el espesamiento de las secreciones(21,22). El empleo de heliox, un gas metabólicamente inerte que combina helio con oxígeno, con menor viscosidad y gravedad específica que las mezclas convencionales de oxígeno y aire, facilita el flujo del mismo a través del tracto respiratorio. La formas habitualmente disponibles tienen una proporción 80:20 o 70:30 (helio:oxígeno), y deben ser administradas a través de mascarilla facial (preferible) o Hood. Algunos estudios han mostrado cierto beneficio con su uso en pacientes con crup moderado grave(27), pero con significado clínico dudoso.

 

 

Como queda presentado en la tabla V, el empleo de dexametasona en dosis única oral de 0,15 a 0,60 mg/kg, se ha demostrado eficaz, incluso en el tratamiento de las formas leves. Si el niño presenta vómitos, es preferible la budesonida inhalada (2 mg, independientemente del peso o la edad) o la dexametasona intramuscular. La mejoría clínica comienza en menos de una hora(21,22) tras la administración y es máxima hacia las 6 horas. Además de disminuir la gravedad de los síntomas, conseguimos disminuir el uso de adrenalina, el tiempo de estancia hospitalaria, el número de visitas y el de ingresos y reingresos. Se han descrito, sin embargo, algunos casos de traqueítis por candida sp y mayor incidencia de neumonía bacteriana en pacientes que habían sido tratados con corticoides respecto al grupo control, por lo que es preciso el seguimiento de estos pacientes.

La eficacia clínica de la adrenalina nebulizada está demostrada en los casos de crup moderados y graves(28), tanto de la forma racémica como de la estándar (L-adrenalina), más común en nuestro medio, reduciendo rápidamente el edema subglótico mediante sus propiedades vasoconstrictoras. Pueden utilizarse dosis de 3 a 5 ml de adrenalina estándar (L-adrenalina al 1:1.000), diluida en una cantidad similar de suero salino fisiológico. La administración con presión positiva intermitente no tiene beneficios sobre la nebulización estándar(28). El efecto es rápido, pero transitorio, y puede haber un cierto efecto rebote, por lo que se recomienda el empleo concomitante de corticoides. No está justificado el uso de adrenalina en casos en los que no existe un aumento del esfuerzo respiratorio.

En los casos de crup severo, con dificultad respiratoria grave, hipoventilación o alteración del nivel de conciencia, es necesario hacer una monitorización estrecha y transporte medicalizado al hospital de referencia para proveer el soporte respiratorio necesario. La intubación endotraqueal, es necesaria en algo menos del 2% de los niños hospitalizados por esta causa, aunque esta tasa parece haber disminuido con el uso de corticoides.

Traqueítis bacteriana

Actualmente, el riesgo de fracaso respiratorio agudo por traqueítis bacteriana es tres veces mayor que el riesgo producido por epiglotitis y crup combinados.

La traqueítis bacteriana es una causa poco frecuente de obstrucción de la vía aérea superior en niños, la incidencia estimada es algo inferior a 0,1 casos por 100.000 niños al año(29); no obstante, su importancia relativa está aumentando como consecuencia del importante descenso de los casos de obstrucción por infección supraglótica. Como señala Hopkins(30), la epidemiología de las infecciones graves de la vía respiratoria superior está cambiando y actualmente el riesgo de fracaso respiratorio agudo por traqueítis bacteriana es tres veces mayor que el riesgo producido por epiglotitis y crup combinados. En cuanto a la epidemiología, esta afección predomina también en varones, es más frecuente en los meses fríos y puede afectar a niños con un rango de edad muy variable, entre los 6 meses y los 15 años, con mediana en torno a los 4-5 años(29). En una de las series más amplias publicadas(31), algo más del 70% de los pacientes tenían menos de 3 años.

El cuadro clínico suele comenzar con síntomas de infección leve de la vía respiratoria alta: secreción nasal, febrícula y tos, al menos 24 horas antes del deterioro respiratorio. Después, aparecen el estridor y un aumento progresivo del esfuerzo respiratorio, con intensificación de la tos, que está siempre presente. No es raro el diagnóstico inicial de crup, pero la respuesta a la terapia habitual del mismo (corticoides y adrenalina nebulizada), va a ser mínima o ausente(29,31), lo que nos debe hacer sospechar una traqueítis bacteriana. La otra clave diagnóstica, desde el punto de vista clínico, es el deterioro rápido del estado general y de la función respiratoria que, cuando se inicia, puede progresar en muy poco tiempo(30). El proceso es, frecuentemente, una traqueobronquitis o laringotraqueobronquitis, y es característica la producción de unas secreciones mucopurulentas muy espesas, que son las causantes de la obstrucción del aérea subglótica. Aunque pueden mostrar apariencia tóxica y afonía, no suele confundirse con epiglotitis por la tos intensa y productiva, característica de los pacientes con traqueítis bacteriana, que además no suelen presentar odinofagia, manejan bien las secreciones orales y toleran el decúbito (que es su posición preferida). Suele haber fiebre, aunque no muy elevada, y puede estar ausente en algunos casos(29). En la tabla II, presentamos un resumen de los datos útiles para el diagnóstico diferencial con otros procesos.

El agente etiológico más habitual es S. aureus, que suele encontrarse en algo más del 50% de los casos(29,31). Otros agentes referidos con frecuencia son: estreptococo pneumoniae, estreptococo pyogenes, haemophilus influenzae, moraxella catarrhalis y pseudomonas; los producidos por los dos últimos se asocian a casos más graves y mayor riesgo de complicaciones(31). Un aspecto cuya relevancia y significado aún no está aclarado, es la presencia de coinfección viral. En un porcentaje variable de casos, se aísla un virus respiratorio en los pacientes con traqueítis bacteriana, el más frecuentemente encontrado es el virus de la gripe A (41 en una revisión que incluye 217 pacientes)(29), seguido a distancia por parainflueza y virus respiratorio sincitial (VRS). Es probable, que la incidencia de esta coinfección esté infravalorada; ya que, en muchos casos, no se realizan cultivos virales ni otras técnicas para la detección de los mismos(29,31,32). Como sugieren Tebruegge et al(29), es posible que los pacientes sufran inicialmente una infección viral, que podría ser responsable de la clínica prodrómica inicial y que causa el deterioro de la mucosa respiratoria, con alteración de los mecanismos de defensa locales y una sobreinfección bacteriana secundaria, que sería responsable del agravamiento.

El diagnóstico es fundamentalmente clínico, los exámenes complementarios ayudan poco. Se puede encontrar leucocitosis y aumento de los reactantes de fase aguda, pero muchas veces son normales en fases precoces. En los exámenes radiológicos (más útil la proyección lateral de cuello y tórax), se describe el estrechamiento de la columna de aire en la región subglótica, que aparece difuminada y con los bordes irregulares. La confirmación se establece con la exploración de la vía respiratoria mediante laringoscopia directa o broncoscopia, con lo que se observa la inflamación mucosa del segmento afectado, secreción abundante y espesa, y formación de pseudomembranas; de este material se extraerán muestras para cultivo.

El tratamiento es hospitalario y consiste en la administración de antibióticos, inicialmente por vía intravenosa, con potencial antiestafilocócico. Una vez superada la fase aguda, se puede continuar por vía oral hasta completar de 10 a 14 días de tratamiento. Como es lógico, el tratamiento empírico inicial se optimizará con los resultados de los cultivos practicados. Son necesarias, además, medidas de soporte respiratorio. La intubación endotraqueal se practica en más del 70% de los pacientes(29), aunque por sí sola no siempre resuelve el problema, ya que las secreciones espesas y las membranas pueden obstruir el propio tubo o la luz aérea distal al mismo; son necesarios lavados frecuentes con suero salino. Algunos autores(32) han presentado buenos resultados realizando precozmente desbridamiento y limpieza de la vía aérea a través de broncoscopio rígido, tras lo cual solo uno de sus seis pacientes ha requerido intubación.

Aspiración de cuerpo extraño

La impactación en el espacio subglótico, que es el más estrecho en la laringe del niño, es una auténtica emergencia que puede ser fatal en pocos minutos. La mayoría asientan en el bronquio principal derecho.

La obstrucción de la vía aérea por la presencia de un cuerpo extraño en la misma sigue siendo una causa relativamente frecuente de emergencia respiratoria, y constituye una posible causa de muerte por accidente doméstico en niños de edad preescolar. Los trabajos más recientes(33-35) muestran la persistencia de algunos hallazgos clásicos, como su mayor incidencia en varones y en menores de 3 años. El tipo de objeto aspirado es mayoritariamente alimenticio, con predominio de frutos secos y pequeñas semillas, pero la variabilidad es enorme, en parte relacionada con hábitos alimenticios y costumbres culturalmente determinadas. Es probable, que este predominio neto de sustancias orgánicas como elemento aspirado, que en algunas series es superior al 80%(33), sea, en parte, consecuencia de un descenso en la manipulación, por parte de los niños, de otros objetos clásicos, como pequeñas piezas de juguetes o cuentas de bisutería, que han podido beneficiarse más de la amplia difusión en nuestro medio, tanto de medidas legislativas europeas, como de recomendaciones preventivas realizadas desde los centros de atención primaria.

Diversos factores fisiológicos pueden favorecer la aspiración de alimentos en niños pequeños: la dentición incompleta, la inmadurez en la coordinación de los movimientos deglutorios, así como de los mecanismos neuromusculares protectores, o la fácil distracción durante la comida(36). A ello hay que añadir otros eventos potencialmente evitables, como la administración de alimentos inapropiados para su edad o hacerlo mientras juegan, corren y saltan. Sin embargo, como señala Foltran(34), no existen buenos registros sistemáticos de datos descriptivos detallados que nos permitan profundizar en la comprensión de los hechos asociados con estos eventos. Datos, como el tipo de actividad que se realizaba o la presencia de un adulto durante el episodio aspirativo, son raramente recogidos en los trabajos publicados y serían de gran interés para el desarrollo de programas preventivos mejor dirigidos y más efectivos.

La forma de presentación clínica es también muy variable y, en parte, está condicionada por el tamaño y naturaleza del objeto aspirado. Las piezas de mayor tamaño pueden enclavarse en la laringe, especialmente entre las cuerdas vocales o en el espacio subglótico, que es el más estrecho, constituyendo una auténtica emergencia, ya que pueden provocar una obstrucción fatal en pocos minutos. Esta forma de debut, con compromiso respiratorio grave, está presente en aproximadamente el 6 al 9% de los casos publicados(33,35). Los objetos punzantes pueden impactar en la mucosa respiratoria y provocar erosión de la misma o perforación con la consiguiente fuga aérea. Las semillas oleosas desencadenan una reacción inflamatoria más intensa y rápida que los objetos inorgánicos, con edema local y absorción de líquidos, que agravan la oclusión. Los objetos magnéticos son particularmente dañinos para la mucosa, provocando necrosis de la misma. Destaca también, por su letalidad, la aspiración de globos, que adaptan su forma a la de las vías respiratorias provocando una obstrucción completa. La localización más frecuente del objeto aspirado, en todas las series analizadas(33-36), es el bronquio principal derecho, seguido del izquierdo; son menos frecuentes, las localizaciones más superiores, tráquea y laringe, que tendrán sin embargo, mayor riesgo de producir fracaso respiratorio agudo.

La clínica en el periodo inmediato tras la aspiración es muy característica: tos violenta, súbita, con sensación de ahogo, posible cianosis y, a veces, estridor. Es lo que habitualmente denominamos crisis de sofocación, y se debe a la puesta en funcionamiento de los mecanismos protectores fisiológicos frente a la aspiración, que culmina en muchos casos con la expulsión del cuerpo extraño. Está presente en aproximadamente el 75% de los pacientes(35,36), pero estos síntomas pueden desaparecer, por acomodación de los receptores tusígenos presentes en la mucosa, lo que puede demorar la petición de asistencia, pero no evita el daño insidioso de la persistencia de un cuerpo extraño en la vía respiratoria. En el momento de la consulta, el síntoma más frecuente descrito es la tos, seguido por algún signo de compromiso respiratorio, como taquipnea, estridor o sibilancias(33-36). En la auscultación, es posible apreciar también la menor entrada de aire en uno o ambos hemotórax. En estos casos, el diagnóstico es fácil y los exámenes complementarios generalmente innecesarios, ya que aportan poca información útil adicional. Sin embargo, en otros casos la situación es mucho más dudosa. La crisis de sofocación puede no haber sido presenciada o haber ocurrido de un modo más sutil; también, puede ocurrir, como hemos señalado, que la clínica inicial se atenúe o desaparezca completamente por un periodo muy variable, que oscila entre unos minutos y algunos meses (años en casos excepcionales), reapareciendo posteriormente, con un cortejo sintomático derivado de la reacción a cuerpo extraño o por infección secundaria al mismo, con: tos crónica, expectoración, fiebre, sibilancias o hemoptisis, que pueden dar lugar a diversos diagnósticos, demorando una adecuada atención terapéutica, si no pensamos en la posibilidad del cuerpo extraño.

Establecer un diagnóstico temprano, cuando la clínica es dudosa, puede ser un auténtico reto. Algunos autores(36) señalan que, la mera sospecha de los padres de un posible episodio de aspiración o una historia clara de crisis de sofocación típica es indicativa de exploración broncoscópica, independientemente del resultado de la exploración física en el momento de la consulta y de otras posibles pruebas complementarias. En su casuística, encuentran que el 19% de los pacientes no tenían síntoma alguno en el momento de la consulta, el 34% tenían una auscultación respiratoria normal y, en el 32% de los mismos, la radiografía de tórax no mostraba ningún hallazgo patológico. Estos hallazgos son consistentes con los de otros autores; por ejemplo, en la serie de Sahin et al(35), el 49,3% de los pacientes tenían una radiografía normal, aunque en el 89% de los mismos evidenciaron disminución del murmullo vesicular mediante auscultación. Si tenemos en cuenta la constatación de una mayor incidencia de complicaciones (más del doble) cuando la extracción se demora más de 24 horas(36), así como la presencia de complicaciones más graves cuanto mayor es el retraso(33), la propuesta no nos parece, en absoluto, descabellada.

A pesar de las limitaciones, una radiografía de tórax debe realizarse en todos estos pacientes, especialmente en los casos dudosos. Si el objeto es radioopaco, su visualización es definitiva en cuanto al diagnóstico, y puede ser de gran ayuda para planificar su extracción. En otros casos, es posible encontrar signos indirectos, igualmente útiles. Cuando el cuerpo extraño se aloja en un bronquio principal, puede producir, mediante un mecanismo valvular que permita la entrada de aire pero no su salida, el atrapamiento aéreo con hiperinsuflación del lado afectado, lo que puede evidenciarse mediante escopia o con radiografías de tórax practicadas en inspiración y espiración o en ambos decúbitos laterales (el lado inferior simula una espiración). En caso de obstrucción bronquial completa, puede observarse una atelectasia. Otros posibles hallazgos, como fugas aéreas o imágenes de condensación, son más raros, pero también posibles. Como ya hemos señalado, en un porcentaje no desdeñable de casos, la radiología convencional es normal, por lo que este hecho no permite excluir el diagnóstico(35,36). La tomografía computarizada puede ser una técnica útil en casos problemáticos(35,36), especialmente las modernas técnicas que permiten la reconstrucción virtual de la vía aérea(33). Aunque su sensibilidad es mayor que la radiografía simple convencional, un resultado negativo tampoco es totalmente concluyente; por lo que, en caso de persistir la duda, estaría indicada la exploración broncoscópica, que sigue siendo el gold standardpara este diagnóstico(36).

Cuando la situación es crítica, las pruebas complementarias son innecesarias y contraproducentes(35). El momento inicial del episodio de aspiración no suele ser presenciado por el médico, sino por la familia; y cuando la consecuencia de la misma, es una obstrucción grave de la vía respiratoria, es necesaria una actuación rápida y eficiente. Es por ello que, las maniobras de desobstrucción de la vía aérea forman parte de las técnicas de reanimación cardiopulmonar básica, que deben ser conocidas no solamente por el personal sanitario, sino que deben tener amplia difusión en la población general y especialmente entre las personas dedicadas a la atención y cuidado de niños. Remito al lector al artículo sobre: “Reanimación cardiopulmonar básica en pediatría”, en este mismo número de Pediatría Integral. Me limito a recordar aquí, que mientras los mecanismos fisiológicos están actuando y el paciente está tosiendo, no debemos interferir con ninguna maniobra, sino animar a que siga tosiendo.

La broncoscopia rígida sigue siendo el método de elección para la extracción de un cuerpo extraño de la vía aérea. Es una técnica que se ha mostrado eficaz y suficientemente segura(33,34,35,36). La broncoscopia flexible puede estar indicada en casos dudosos para confirmar el diagnóstico, pero no suele permitir la extracción de objetos, por lo que su utilidad es limitada(35). La técnica debe realizarse lo antes posible, tras el diagnóstico y en casos dudosos, ya que, como hemos señalado, las complicaciones son mayores cuando la extracción se demora más de 24 horas. La complicación más frecuente es la neumonía.

Finalmente, debemos recordar la necesidad de seguir insistiendo en la difusión general de las medidas de prevención primaria, como evitar la manipulación, por parte de niños pequeños, de objetos de los que puedan desprenderse piezas pequeñas con facilidad; pero también, debemos incluir la prohibición de la administración de frutos secos y semillas a los niños, al menos hasta que se alcance la maduración completa de los mecanismos deglutorios y protectores fisiológicos (en torno a los 5 años). Igualmente importante, es evitar los juegos y carreras con alimentos (u otros objetos) en la boca.

Distonía laríngea

Es causa de estridor inspiratorio en niños con parálisis cerebral.

La distonía laríngea es una entidad no muy bien definida, que ha sido descrita como causante de episodios de estridor inspiratorio en niños con parálisis cerebral, coincidiendo generalmente con posturas distónicas en la musculatura sistémica. Las crisis son más frecuentes cuando el paciente está agitado y disminuyen, o incluso desaparecen, cuando está tranquilo o dormido. La confirmación del diagnóstico requiere exploración con laringoscopio flexible sin anestesia, para evidenciar la aducción de las cuerdas vocales durante la inspiración, en asociación con distonía. El tratamiento mediante inyección local de toxina botulínica ha proporcionado buenos resultados en algunos casos(37), la alternativa es una traqueostomía.

Disfunción de cuerdas vocales

Probablemente es una entidad infradiagnosticada, ya que frecuentemente se confunde con el asma.

La disfunción de cuerdas vocales, también denominada discinesia laríngea, es una entidad también poco frecuente, aunque probablemente infradiagnosticada, que se ha descrito en niños mayores y adolescentes. Consiste en una aducción inapropiada de las cuerdas vocales en algún momento del ciclo inspiratorio, dando lugar a obstrucción funcional de la vía respiratoria superior. La etiopatogenia no es bien conocida, se ha asociado a problemas psicológicos o psiquiátricos, a estrés y a reflujo gastroesofágico(2). Clínicamente, se manifiesta por episodios bruscos, tanto en su origen como en su terminación, de disfonía, estridor o de un sonido más agudo que puede confundirse con sibilancias, por lo que es frecuente el diagnóstico erróneo inicial de laringitis, laringotraqueítis o crisis de asma. La falta de respuesta al tratamiento habitual de estos trastornos debe ponernos en la pista de posible disfunción de cuerdas vocales. Las pruebas de función respiratoria son normales en los periodos asintomáticos y muestran un trazado irregular cuando se efectúan durante las crisis, con interrupción de asa inspiratoria o espiratoria y aplanamiento en meseta del asa inspiratoria. Un trabajo reciente(38) muestra que un test de provocación con metacolina podría tener utilidad diagnóstica, aunque el diagnóstico definitivo se realiza mediante fibrolaringoscopia, que también podría ser normal (o mostrar mínimas alteraciones de motilidad de las cuerdas vocales) en los periodos intercríticos. El tratamiento de las crisis es sintomático. Los ansiolíticos pueden ser útiles en algunos pacientes, pero debemos descartar una patología de base. La necesidad de algún tipo de soporte respiratorio, generalmente de forma no invasiva, dependerá de la severidad del cuadro. Se han comunicado casos de buena evolución con inhalación de heliox, con administración local de toxina botulínica y con lidocaína tópica. En el control a largo plazo, son básicos los ejercicios respiratorios y las técnicas de fonación(38).

Lesiones traumáticas

Los puntos más vulnerables son los desprovistos de soporte cartilaginoso, como la pared posterior de la tráquea.

La vía aérea puede sufrir lesiones traumáticas en cualquier punto de su recorrido. Especialmente graves serán las que comprometan a la laringe, la tráquea o los bronquios principales. Los traumatismos penetrantes son graves, pero muy raros en la edad pediátrica(39). Un traumatismo no penetrante, puede provocar una rotura de la vía respiratoria por aumento brusco en la presión intraluminal, desaceleraciones violentas o tracciones provocadas por aplastamiento del tórax. En estas situaciones, los puntos más vulnerables son los desprovistos de soporte cartilaginoso, como la pared posterior de la tráquea(40). Las consecuencias dependerán de la gravedad de la lesión. La exploración física y las técnicas complementarias pondrán de manifiesto las imágenes de fuga aérea: neumomediastino, neumotórax y/o enfisema subcutáneo; en este último, es característica la crepitación a la palpación del cuello. Las fugas masivas, especialmente un neumotórax a tensión, pueden comprometer la vida del paciente, por lo que habrá que prestarles atención inmediata(39,40).

Las lesiones térmicas de diversa índole, pueden ser también causa de obstrucción de la vía aérea; debemos sospecharlas ante la presencia de quemaduras en cara o cuello, pero también pueden producirse por inhalación de humo sin presentar lesiones externas significativas(41). La aspiración de líquidos calentados en microondas es la causa más frecuente en lactantes y niños pequeños. La agresión produce inicialmente edema, y desencadena una reacción inflamatoria que puede tener consecuencias sistémicas(42). Secundariamente, es posible la formación y liberación de escaras, que pueden provocar la aparición de estridor, disfonía y dificultad respiratoria por oclusión laríngea(41). Para la valoración de la extensión de las lesiones en la vía respiratoria, el procedimiento idóneo es la exploración mediante fibrobroncoscopia. Si se sospecha una epiglotitis térmica, el manejo debe mantener las mismas precauciones que señalamos en la de causa infecciosa(43). Ante cualquier signo de compromiso respiratorio, es imprescindible adoptar rápidamente medidas de protección y aislamiento de la vía aérea, incluyendo intubación endotraqueal, antes de que la reacción inflamatoria progrese y nos lo dificulte o impida. Como en otras ocasiones, la intubación debe mantenerse hasta la resolución de la estenosis.

Anafilaxia y angioedema hereditario

La piedra angular en el tratamiento del edema laríngeo anafiláctico es la adrenalina. El angioedema hereditario debe tratarse con concentrado de C1 inhibidor.

Las reacciones anafilácticas pueden producir episodios bruscos y graves de obstrucción aguda de la vía aérea y colapso circulatorio, que amenazan la vida del paciente(2). El tratamiento inicial debe ser dirigido al mantenimiento de la vía aérea y el establecimiento de un acceso intravenoso. La piedra angular en el tratamiento de una reacción anafiláctica es la adrenalina, que puede administrarse por cualquier vía, aunque en estos casos es recomendable utilizar la vía intramuscular, de preferencia en la cara antero-lateral del muslo. La dosis habitual es de 0,01 mg/kg, hasta un máximo de 0,5 mg, de adrenalina a 1:1.000, que puede repetirse cada cinco a quince minutos si es necesario.

El angioedema hereditario (AEH), es una rara enfermedad autosómica dominante, con una prevalencia estimada entre 1:10.000 y 1:50.000 individuos, consecuencia del incremento local y episódico de bradiquinina por déficit del inhibidor de C1 esterasa (C1inh), una proteína que inactiva el C1 activo; por lo que, su déficit (AEH tipo I) o producción defectuosa (AEH tipo II) ocasiona la activación del complemento y otras cininas vasoactivas, con el consiguiente edema episódico, localizado y recidivante en cualquier parte del organismo, aunque es más característico en la piel, el tracto digestivo y la laringe(44). El cuadro clínico rara vez se diagnostica en la edad pediátrica (4,6% en una serie amplia recientemente publicada(45)), aunque la intensidad y frecuencia de los episodios aumenta durante la adolescencia y se mantienen en la vida adulta. En más del 70% de los pacientes, se detecta un factor desencadenante, principalmente el estrés o pequeños traumatismos. La hinchazón está bien circunscrita, aunque los bordes pueden ser difusos, no se acompaña de prurito, suele ser indolora y remite en pocos días. El evento más peligroso de la crisis es el edema laríngeo, que puede provocar una obstrucción muy rápida de la vía respiratoria, aunque se produce en menos del 1% de los ataques(45). El tratamiento específico de la fase aguda consiste en la administración de concentrado de C1inh derivado de plasma; una dosis de 20 U/kg suele ser suficiente para revertir los síntomas en pocas horas. Debe administrarse lo más rápidamente posible tras el inicio de la clínica aguda, incluso con los síntomas prodrómicos si se detectan. También, estaría indicado como profilaxis, antes de posibles eventos desencadenantes, como extracciones dentales(44). Los tratamientos más novedosos, Icatibant (un antagonista del receptor B2 de la bradiquinina) y Ecallantide (inhibidor de la kalicreína) se han demostrado útiles en ensayos controlados realizados en adultos, pero no han sido aprobados para uso en niños y adolescentes en Europa, ni tienen demostrada su eficacia y seguridad en la población pediátrica(44,46). El tratamiento de mantenimiento en adultos, clásicamente, se realiza con andrógenos atenuados, como el danazol; sin embargo, su utilización en niños se asocia con efectos adversos importantes, por lo que no se recomiendan. La mejor opción terapéutica para profilaxis prolongada es, también, el concentrado de C1inh. Los antifibrinolíticos, como el ácido tranexámico, pueden ser una alternativa cuando lo anterior no está disponible, pero su eficacia parece ser muy modesta(44).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Foltran F, Ballali S, Rodríguez H et al. Inhaled Foreign Bodies in Children: A Global Perspective on Their Epidemiological, Clinical, and Preventive Aspects. Pediatr Pulmonol. 2013; 48: 344-51.

Este artículo subraya que el reconocimiento de los rasgos de “enfermedad epidémica” en los accidentes infantiles ha supuesto un gran avance para su prevención; destaca, sin embargo, la escasez de trabajos que hacen una buena recogida de los datos epidemiológicos relevantes en el caso de la aspiración de cuerpo extraño.

- Hoffmann C, Pierrot S, Contencin P, Morisseau-Durand MP, Manach Y, Couloigner V. Retropharyngeal infections in children. Treatment strategies and outcomes. Int J Pediatr Otorhinolaryngol. 2011; 1099-1103.

Es una excelente casuística de abscesos retrofaríngeos en niños. Hace un buen análisis de las estrategias terapéuticas, recomiendan cirugía, solamente, para fracasos del tratamiento antibiótico, abscesos maduros de más de 2 cm de diámetro o abscesos complicados.

- Huang YL, Peng CC, Chiu NC et al. Bacterial tracheitis in pediatrics: 12 year experience at a medical center in Taiwan. Pediatr Int. 2009; 51: 110-3.

Los autores analizan su casuística de 40 pacientes pediátricos con traqueítis bacteriana. Señalan que es probable que esta entidad esté infradiagnosticada.

- Pfleger A, Eber E. Management of acute severe upper airway obstruction in children. Pediatr Resp Rev. 2013; 14: 70-7.

Una excelente revisión del conjunto de las obstrucciones agudas de la vía respiratoria superior, centrada en los aspectos semiológicos y de manejo terapéutico.

- Sasidaran K, Bansal A, Singhi S. Acute Upper Airway Obstruction. Indian J Pediatr. 2011; 78: 1256-61.

En este artículo de revisión, destacan los diversos algoritmos diagnósticos y fisiopatológicos, así como las tablas con las claves diagnósticas y terapéuticas de las distintas entidades.

- Tibballs J, Watson T. Symtoms and signs differentiating croup and epiglottitis. J Pediatr Child Health. 2011; 47: 77-82.

Basándose en el análisis de una casuística propia, los autores analizan la diferente clínica de la epiglotitis y el crup laríngeo; especialmente interesante ahora que los casos de epiglotitis son más escasos y su clínica más atípica. El mal manejo de las secreciones orales (presencia de babeo) es altamente sugestivo de epiglotitis, mientras que en ésta la tos es rara.

 

Caso clínico

 

Varón de 11 años que consulta por fiebre y dolor de garganta. Refiere la madre que comenzó unos tres días antes con dolor de garganta y sensación de malestar difuso, sin tos ni fiebre aparente (aunque la temperatura no fue controlada). Hace dos días consultó en urgencias, tenía una temperatura axilar de 37,8ºC, le dijeron que tenía la faringe algo enrojecida y le prescribieron paracetamol por si la fiebre subía más. También, refiere que le ha dado dos veces una cucharadita de un jarabe de antibiótico (no recuerda el nombre) que tenía en casa, pero el dolor se ha hecho más intenso, sobre todo en el lado izquierdo; no quiere comer porque le duele mucho tragar y en las últimas horas no puede ni abrir la boca. En la exploración, se aprecia afectación moderada del estado general, con discreta palidez cutánea. Temperatura de 38,7ºC axilar. La exploración de la boca no es posible por una contractura tónica de la musculatura mandibular. Se palpan adenopatías laterocervicales pequeñas, salvo una más grande submandibular izquierda. La exploración otoscópica muestra una discreta hiperemia alrededor de la membrana timpánica en ambos oídos. En la auscultación, se aprecia murmullo vesicular conservado con buena entrada de aire bilateral. La saturación de oxihemoglobina es del 98%, con respiración espontánea de aire ambiente.

 

 

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