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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

El prematuro tardío: evolución y recomendaciones de seguimiento

Y. Martín Peinador1, J. Soriano Faura2, M. García Reymundo3*, J.A. Hurtado Suazo4*, M.J. Calvo Aguilar5*, G. Ginovart Galiana6*, A. Jiménez Moya7*, X. Demestre Guasch8*
Temas de FC


Y. Martín Peinador1, J. Soriano Faura2, M. García Reymundo3*, J.A. Hurtado Suazo4*, M.J. Calvo Aguilar5*, G. Ginovart Galiana6*, A. Jiménez Moya7*, X. Demestre Guasch8*

1Pediatra de Atención Primaria. CS Goya. Madrid. 2Pediatra Atención Primaria. CS Fuensanta. Valencia.3Unidad de Neonatólogía. Hospital Mérida. Mérida. 4Unidad de Neonatología. Hospital Universitario Virgen de las Nieves. Granada. 5Servicio de Pediatría Hospital San Jorge. Huesca. 6Unidad de Neonatología. Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Barcelona. 7Servicio de Pediatría. Hospital Punta Europa. Algeciras. Cádiz. 8Servicio de Pediatría-Neonatología. SCIAS. Hospital Barcelona. Barcelona. *Grupo SEN34-36/ACUNA. Sociedad Española de Neonatología

Resumen

La prematuridad continúa siendo la primera causa de morbimortalidad neonatal e infantil y constituye uno de los problemas de salud más importantes, sobre todo en la sociedad industrializada. Se entiende por prematuro tardío (PT), el niño nacido entre la 340 y la 366 semanas de edad gestacional (SEG). En España, la tasa de prematuridad está en torno a un 7%, de los cuales, el 70% son recién nacidos prematuros tardíos. El PT presenta mayor incidencia de patología comparado con el recién nacido a término (RNT) y no solo en el período neonatal, sino también durante la infancia, con unas mayores tasas de rehospitalización y consulta a los servicios de urgencias, un mayor riesgo de infecciones, de fallo de medro, de problemas respiratorios y de trastornos del neurodesarrollo. Los profesionales sanitarios encargados del seguimiento de estos niños, neonatólogos y pediatras de Atención Primaria, deben conocer su vulnerabilidad, los problemas que presentan, y realizar un abordaje de los mismos de forma precoz, trabajando de forma coordinada y sirviendo de apoyo a las familias de los niños prematuros.

 

Abstract

Prematurity remains the leading cause of neonatal and infant morbidity and mortality and constitutes one of the most important health problems, especially in industrialized countries. Late prematurity (LP) is defined as the child born between 34+0 and 36+6 weeks of gestational age (GA). In Spain, prematurity rate is around 7%, of which 70% are late preterm newborns. LPs have a higher incidence of pathology compared to term newborns (TN) and not only in the neonatal period, but also during childhood, with higher rates of hospital admission and emergency room consultation, an increased risk of infections, failure to thrive, respir-atory problems and neurodevelopmental disorders. Health professionals responsible for the follow-up of these children, neonatologists and pediatricians of Primary Care, should know their vulnerability and related health issues, so as to make a prompt ap-proach of these, work in a coordinated manner and serve as support for the families of premature children.

 

Palabras clave: Prematuro tardío; Niños entre 340 y 366 semanas de edad gestacional; Seguimiento.

Key words: Late preterm; Children between 34+0 and 36+6 weeks of gestational age; Follow up.

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (3): 128 – 137


El prematuro tardío: evolución y recomendaciones de seguimiento

Introducción

La prematuridad continúa siendo la primera causa de morbimortalidad neonatal e infantil y constituye uno de los problemas de salud más importantes, sobre todo en la sociedad industrializada.

Aunque más del 60% de los nacimientos prematuros se producen en África y Asia meridional, se trata de un verdadero problema mundial. En los últimos 20 años, han aumentado las tasas de nacimientos prematuros. Ello puede explicarse, entre otros factores: por una mejora de los métodos de evaluación; el aumento de la edad materna y de los problemas de salud materna subyacentes, como la diabetes y la hipertensión; un mayor uso de los tratamientos contra la infecundidad, que dan lugar a una mayor tasa de embarazos múltiples; y los cambios en las prácticas obstétricas, como el aumento de las cesáreas realizadas antes de que el embarazo llegue a término. A menudo, no se identifica la causa. También hay una influencia genética(1).

La edad gestacional tiene clara relación con el curso evolutivo posterior; de ahí, la necesidad de estandarizar la terminología médica relacionada con la maduración neonatal más con la edad gestacional (EG) que con el peso al nacimiento. Esto nos permitirá establecer mejor la vulnerabilidad de estos niños y adecuar los cuidados que precisan(2).

Se entiende por nacimiento prematuro, aquel que ocurre antes de completarse la 37 semana de edad gestacional (SEG). Dentro de este grupo global de prematuros, se habla de Prematuro tardío (PT) en aquellos niños nacidos entre la 340 y la 366 SEG. En España, aunque con diferencias entre Comunidades Autónomas y entre los diferentes hospitales, la tasa global de prematuridad está en torno al 7%, de los cuales aproximadamente un 70% son prematuros tardíos.

Durante muchos años, los PT han sido manejados como si de recién nacidos a término (RNT) se tratasen, lo que ha llevado a una infravaloración de los problemas potenciales a medio y largo plazo. Sin embargo, en la última década, este grupo de prematuros ha sido objeto de múltiples estudios, dejando constancia de que se trata de niños con un desarrollo diferente al de los RNT, con mayor riesgo de determinadas patologías, no limitándose exclusivamente al período neonatal. Asimismo, presentan: mayores tasas de hospitalización y consultas a servicios de urgencias, un mayor riesgo de infecciones, de fallo de medro, de problemas respiratorios y de trastornos del neurodesarrollo. La mortalidad infantil también es 2-3 veces mayor en los PT en comparación con los RNT(2,3).

Problemas durante la hospitalización tras el nacimiento

El PT ha nacido antes de tiempo, de ahí que muchos de sus problemas iniciales sean debidos a su inmadurez. Durante este período, el PT tiene una tasa de morbilidad 6 a 7 veces superior a los RNT, con mayor probabilidad de presentar problemas adaptativos y determinadas patologías(1,4).

Hipotermia. El PT es más susceptible a la hipotermia por presentar menor tejido graso como aislamiento térmico, no puede generar calor de forma efectiva desde el tejido adiposo pardo y, además, puede perder más calor (relación peso/superficie corporal).

Hipoglucemia. Es tres veces más frecuente que en el RNT. La hipoglucemia ocurre en todos los recién nacidos (RN) de todas las EG, debido a su respuesta metabólica insuficiente a la abrupta pérdida de aporte de glucosa materna tras el nacimiento. La hipoglucemia es más probable cuanto menor es la edad gestacional.

Distrés respiratorio. La probabilidad de presentar problemas respiratorios también es mayor comparado con los RNT. Problemas como: síndrome de distrés respiratorio (SDR), taquipnea transitoria RN, neumonía, fallo respiratorio y la necesidad de soporte ventilatorio (administración de O2, intubación, administración de surfactante), son mayores en el prematuro tardío comparado con el RNT. La morbilidad respiratoria aumenta según disminuye la EG. También, el PT tiene mayor tasa de episodios de hipoxemia intermitente, especialmente durante el sueño, lo que puede estar relacionado con el desarrollo neurológico.

Esta vulnerabilidad o el aumento de la patología respiratoria, evidenciado en el PT, es debido a la estructura pulmonar inmadura que presentan y a la producción disminuida de surfactante, ya que esta continúa más allá de las semanas 34-36 EG. Ese retraso en la maduración pulmonar está relacionado con el aumento de riesgo de SDR, especialmente en hijos de madres a las que no se les administraron corticoides antenatales. Los niños nacidos por cesárea también tienen más probabilidad de presentar SDR, ya que no se benefician de los cambios bioquímicos que ocurren durante el parto, que aceleran la maduración pulmonar, así como el aclaramiento de líquido pulmonar.

Apnea. La incidencia documentada de apnea (obstructiva y central) y de episodios de bradicardia es superior en los PT. También presentan mayor riesgo de muerte súbita.

Hiperbilirrubinemia. Debido a la inmadurez y el retraso en el desarrollo de las vías de conjugación hepática de la bilirrubina, los PT son dos veces más propensos que los RNT a presentar ictericia prolongada con elevación significativa de los niveles de bilirrubina no conjugada a los 5 días de vida. Las dificultades en la alimentación también pueden dar lugar a un retraso en el establecimiento de la recirculación enterohepática de la bilirrubina, causando así un aumento de la bilirrubina sérica.

El riesgo de daño cerebral y kernicterus por un nivel determinado de bilirrubina es también mayor en el PT comparado con los RNT, debido a la relativa inmadurez de la barrera hematoencefálica, menor concentración de albúmina transportadora de bilirrubina circulante y mayor riesgo de otras enfermedades concurrentes. La hiperbilirrubinemia es el motivo más frecuente de reingreso hospitalario en el PT.

Problemas de alimentación. La lactancia materna es la mejor opción de alimentación en este grupo de niños, tanto por los beneficios para el niño como para la madre. Sin embargo, el PT, a menudo, requiere una monitorización adicional y apoyo, comparado con los RNT, debido a que los mecanismos precisos para una succión adecuada aún no están bien establecidos: musculatura orobucal y coordinación de los mecanismos de respiración/deglución(5). Es por ello frecuente, que las madres de niños prematuros tardíos puedan necesitar extraer su leche para completar el aporte que necesita su bebé.

La dificultad en establecer una alimentación satisfactoria es el factor que más contribuye en este grupo de niños en la probabilidad de reingreso, por riesgo aumentado de deshidratación, que puede requerir aporte de fluidos intravenosos. Este riesgo es prevenible prestando especial y cercana atención a la técnica de alimentación.

Prematuro tardío al alta

Estas patologías y problemas adaptativos requieren atención médica y supervisión de los profesionales sanitarios, suponiendo, en muchas ocasiones, prolongar la estancia hospitalaria tras el nacimiento.

La Academia Americana de Pediatría ha establecido unos Criterios Guía a revisar previos al alta del niño PT(6):

• Demostrar una estabilidad fisiológica y competencia para mantener la temperatura corporal entre 36,5ºC y 37,4ºC en cuna abierta.

• Mantenimiento de constantes vitales: frecuencia respiratoria menor de 60 rpm y frecuencia cardíaca entre 100 y 160 lpm, y ausencia de enfermedad médica.

• Alimentación establecida con una coordinación succión-deglución-respiración adecuada y una pérdida de peso que no exceda el 7% del PRN durante el período de hospitalización posterior al nacimiento. Si el niño está siendo alimentado al pecho, se deberá observar la técnica de lactancia, agarre y la transferencia de leche, al menos, dos veces al día.

• Tránsito intestinal. Al menos, 1 deposición/día.

• Completar el resto de medidas preventivas y cuidados, al igual que en los RNT: administración vitamina K, despistaje auditivo y despistaje metabólico.

• Entrevista con los padres, valorando el entorno familiar y social, para identificar posibles factores de riesgo que pueden tener un impacto negativo en la salud del recién nacido.

• Asesorar a los padres en competencias para el cuidado de sus hijos y en la capacidad para detectar los problemas que con más frecuencia pueden presentar, como: ictericia, dificultades de alimentación y deshidratación.

• Y, por último, confirmar la visita a un centro de Atención Primaria dentro de las 24-48 h tras el alta.

Tras el alta hospitalaria

Las tasas de reingreso son 2-3 veces mayores en el PT en comparación con el RNT.

El reingreso precoz (dentro de los 15 días desde el alta) es debido a causas como: hiperbilirrubinemia, dificultades de alimentación, pobre ganancia ponderal, deshidratación y apnea. Muchos de estos reingresos pueden ser evitados mediante una monitorización cuidadosa, establecimiento precoz de lactancia materna eficaz, con suplementación y apoyo a las familias para aplicar los cuidados oportunos en casa tras el alta. Durante el primer año de vida, los trastornos respiratorios y gastrointestinales son los diagnósticos más frecuentes en el reingreso tardío(1,7).

Las causas que pueden generar reingreso en este grupo de niños van variando con la edad a lo largo de la primera infancia, desde: ictericia, infecciones, problemas respiratorios, asma y trastornos neurológicos o de salud mental.

El aumento de estos problemas de salud en los PT puede deberse, en parte, a la pobre adherencia a prácticas saludables seguidas en la familia. Un estudio realizado en EE.UU. entre 2000 y 2008, constataba que los PT es más probable que estén expuestos a humo de tabaco, que con menor probabilidad sean colocados en la posición adecuada para dormir (decúbito supino) y, también, con menor probabilidad sean alimentados al pecho, tanto inicialmente como en el tiempo, situaciones todas ellas implicadas en el aumento de morbilidad y mortalidad, como enfermedad respiratoria y muerte súbita del lactante. Este estudio recomienda la necesidad de involucrar a estas familias en unos cuidados responsables en casa(8).

Morbilidad a largo plazo y recomendaciones

Desarrollo neurológico

La inmadurez cerebral al nacimiento puede afectar el desarrollo cerebral en algunos individuos nacidos prematuramente.

Aunque los datos sobre la maduración cerebral del PT son limitados, datos basados en autopsias e imágenes de resonancia magnética demuestran que, en la semana 35 de EG, el cerebro pesa un 65% del cerebro de un RNT y la superficie externa tiene pocos surcos. Esta inmadurez puede aumentar la vulnerabilidad cerebral en el daño a largo plazo.

Existe evidencia suficiente para afirmar que los PT tienen mayor riesgo de déficits en su desarrollo neurológico y de alcanzar adquisiciones motoras, ejecutivas, cognitivas y conductuales deficientes, con una relación inversamente proporcional a su edad gestacional(9). En la edad escolar, pueden presentar déficit cognitivo y problemas de aprendizaje con peores resultados en las áreas de lectura comprensiva y matemáticas(10). También, se ha evidenciado mayor probabilidad de presentar trastornos del comportamiento y psiquiátricos, así como un mayor riesgo de trastorno por déficit de atención e hiperactividad. El impacto de un deterioro potencial en el desarrollo neurológico en individuos nacidos prematuros tardíos, se refleja en el nivel educativo conseguido y en el desempeño social, empleo y estatus socioeconómico.

Factores involucrados, además de la propia prematuridad, que imprimen un mayor riesgo en el neurodesarrollo, son: la morbilidad perinatal (crecimiento intrauterino restringido, hipoglucemia sintomática, hiperbilirrubinemia con necesidad de fototerapia, hipoxemia, hemorragia intraventricular, leucomalacia periventricular), la ausencia de lactancia materna y el bajo nivel sociocultural de los padres, factores a tener en cuenta y susceptibles de seguimiento.

El seguimiento neurológico de estos niños no debe diferir del de cualquier niño nacido a término, realizándolo, como en todo prematuro, aplicando la edad corregida (EC) hasta los 2 años, y siendo conocedores de los riesgos asociados a la prematuridad tardía. Las dificultades de desarrollo podrían detectarse a una edad temprana, lo que podría facilitar la intervención precoz. Se ha demostrado que la detección precoz, acompañada de una estimulación adecuada, minimiza las secuelas de la prematuridad; de lo contrario, la prematuridad puede tener efectos adversos acumulativos en el desarrollo de los PT. Por ello, es necesario implementar programas de sensibilización para que los pediatras y neonatólogos tomen conciencia de los riesgos de la prematuridad tardía y consideren que esta es una población de riesgo susceptible de seguimiento neurológico sistemático.

Para ello, se cuenta con pruebas de cribado, como el Haizea Llevant y el cuestionario de cribado Ages & Stages Questionnaires®, 3ªedición (ASQ-3®)(11). Este último está disponible en www.proyectoacuna.es, de fácil aplicación e interpretación y bien aceptado por los padres. Evalúa cinco áreas del desarrollo: comunicación, motor grueso, motor fino, resolución de problemas y personal/social. Se debe realizar a la edad de 2 años de EC y a los 4 y 5 años de edad cronológica, a todos los PT, al menos, a aquellos con factores de riesgo asociados a un peor neurodesarrollo. Si las pruebas realizadas aportan resultados por debajo de lo esperado, el niño deberá ser derivado a Atención Temprana en la etapa preescolar (<6 años), y si ya se encuentra en tiempo de escolarización, deberá ser valorado por los Equipos de Orientación Psicopedagógica de los centros educativos.

Nutrición y crecimiento

Los recién nacidos PT tienen unas necesidades y vulnerabilidades nutricionales específicas que, a menudo, no son reconocidas y son causa de mayores tasas de mortalidad y reingresos hospitalarios(12). Proporcionando un apoyo nutricional óptimo a los PT, podemos mejorar la supervivencia y calidad de vida de estos niños.

El nacimiento pretérmino se asocia a un peor crecimiento en los primeros años de vida. En comparación con los RNT, el riesgo de restricción del crecimiento es 2,5 veces más alto en RN prematuros moderados y tardíos. Hoy sabemos que el bajo peso al nacer y/o una ganancia rápida de peso en los periodos de lactancia/primera infancia, se han asociado con el síndrome metabólico en la edad adulta(13). Por otra parte, la infranutrición durante periodos críticos al inicio de la vida tiene efectos irreversibles en el tamaño, la estructura y la función del SNC. Los niños con una ganancia de peso insuficiente en los primeros años de la vida, presentan un peor desarrollo cognitivo evidenciado en RN muy prematuros y también en prematuros moderados y tardíos(14).

La alimentación del PT con leche materna debe seguir siendo la meta después del alta. A pesar de que el crecimiento de los lactantes alimentados exclusivamente al pecho es más pobre que el de los que reciben fórmula, las muchas ventajas no nutricionales de la leche materna hacen que esta sea el alimento óptimo hasta los 6 meses de edad.

El establecimiento de la lactancia materna en este grupo de edad, con frecuencia es más problemático. Una combinación de factores, como una menor fuerza muscular orobucal y la inmadurez en la coordinación succión-deglución, hacen que el agarre resulte dificultoso. El hecho de no reconocer esta vulnerabilidad del PT puede ser causa de malnutrición, deshidratación e hiperbilirrubinemia que, a su vez, condicionan mayores tasas de mortalidad y reingresos hospitalarios en estos niños. De hecho, las dificultades en la alimentación son la primera causa de retraso del alta hospitalaria de los PT y la causa más frecuente de reingreso; de ahí que, debamos apoyar y supervisar a las madres en la técnica de lactancia materna (extracción manual, uso de pezoneras) hasta que el recién nacido se acerque a la edad corregida de término y pueda realizar una extracción exitosa. También, se las debe alentar en el método canguro después del alta, ya que se ha reconocido como el método más eficiente de apoyo a la lactancia.

En aquellos lactantes que con leche materna no presenten una ganancia ponderal adecuada (>20 g/día), se debe valorar la posibilidad de recibir suplemento con tomas de fórmula, no existiendo acuerdo sobre si utilizar fórmulas para prematuros (80 kcl/100 ml), fórmula enriquecida (75 kcal/100 ml) o fórmula estándar (67 kcal/100 ml).

Respecto al momento adecuado para introducir la alimentación complementaria, es una cuestión en debate. La mayoría de la literatura médica sugiere que, dada la falta de consenso e insuficiente evidencia, la decisión debe individualizarse, considerando: la edad gestacional, el estado nutricional, los requerimientos y el desarrollo motor grueso(15).

Por todo lo referido, el crecimiento del PT debe ser cuidadosamente monitorizado por el pediatra, valorando como crecimiento adecuado, si las curvas de peso y longitud siguen una línea casi paralela a los percentiles normales, con tendencia progresiva a acercarse a estos y vigilando siempre que el incremento en peso y longitud sea armónico. Se efectuarán mediciones seriadas de peso, longitud-talla y perímetro cefálico (PC), y se trasladarán a las curvas de crecimiento de la OMS, según la EC hasta los 2 años y a partir de esa edad, hasta los 6 años, según la edad cronológica(16).

La periodicidad de los controles será a las 48-72 horas tras el alta hospitalaria, revisiones semanales hasta las 40 semanas de edad posmenstrual y, posteriormente, según Programa de Salud Infantil, individualizando cada caso(17).

Todos los PT deberán recibir suplementos de vitamina D, 400 UI/día, hasta el inicio de alimentación complementaría en aquellos alimentados con LM, o hasta que beban, al menos, un litro de fórmula fortificada en vitamina D. Respecto a la suplementación con hierro en los PT, no hay una recomendación específica. Dado que experimentan un rápido crecimiento posnatal y, en un intento de optimizar sus aportes, algunos autores consideran que podría estar indicado en estos niños hasta los 6-12 meses de edad. Niños que toman leche humana: 2-4 mg/kg/día y niños que toman fórmula: 1,0 mg/kg/día.

Respiratorio

Los problemas respiratorios son muy frecuentes en los PT, tanto a corto como a medio y largo plazo(18).

Su nacimiento adelantado les presenta una situación con unos pulmones inmaduros, aún en desarrollo y en un ambiente hiperóxico tras el nacimiento. Otros factores, como el retraso de crecimiento intrauterino, el bajo peso al nacimiento, la corioamnionitis o la alta tasa de cesáreas, pueden condicionar un aumento de la morbilidad respiratoria e incrementar el número de complicaciones respiratorias. En este sentido, la introducción de estrategias enfocadas a disminuir la morbilidad respiratoria en el periodo neonatal en los PT, como la administración de corticoides antenatales a la madre gestante y optimización del crecimiento extrauterino, podrían disminuir la incidencia de complicaciones respiratorias a medio y largo plazo. Los diferentes estudios coinciden en que este grupo de niños son más vulnerables a las infecciones respiratorias, entre ellas la infección por VRS y su posible implicación en cuadros de sibilantes y asma futura(19).

Infecciones

Las infecciones son una causa importante de morbilidad y mortalidad en los PT, siendo uno de los principales motivos de consulta médica y de reingreso hospitalario(20,21). Las infecciones respiratorias son las más frecuentes en este grupo de niños, seguidas por las gastrointestinales, siendo las causas más comunes de reingreso fuera del periodo neonatal, en el primer año de vida.

La incidencia y gravedad de las infecciones en el RN pretérmino (RNP), se deben en gran medida a la incompetencia de su sistema inmunológico por la inmadurez cualitativa y cuantitativa de sus componentes. La inmunidad celular tiene cierto grado de competencia desde el nacimiento; sin embargo, el componente humoral está limitado, en parte, porque la transferencia de IgG materna no se completa antes de la 37ª SEG, así como por la producción limitada en los primeros meses de vida de IgA e IgM. Todo ello supone una mayor susceptibilidad a infecciones bacterianas invasivas y la incapacidad de limitar la infección a un territorio, lo que aumenta el riesgo de sepsis en esta población, motivo por el que se aboga por un abordaje diagnóstico y terapéutico más agresivo.

Entre las infecciones respiratorias, destacan las del tracto respiratorio inferior; la bronquiolitis aguda es la de mayor relevancia por su frecuencia y gravedad potencial, y se considera al PT como un paciente de riesgo para esta patología, sobre todo, durante el primer año de vida. El principal agente etiológico responsable es el VRS, seguido de otros como: el rinovirus, el adenovirus y el metaneumovirus, siendo las coinfecciones relativamente frecuentes. Hay estudios que destacan el papel del rinovirus, considerándolo incluso como el principal agente de infecciones respiratorias en prematuros. Entre las infecciones respiratorias del tracto respiratorio superior, destaca la otitis media aguda, la cual es causa frecuente de consultas médicas en esta población, considerándose la prematuridad y el bajo peso al nacer factores de riesgo para su padecimiento.

Como profesionales sanitarios, debemos transmitir a los padres la vulnerabilidad de sus hijos frente a las infecciones, para que, por una parte, extremen las medidas preventivas y, por otra, sepan reconocer los signos y síntomas de las mismas de forma precoz, aplicando cuidados básicos y buscando atención médica cuando precisen. Medidas preventivas básicas como: higiene de manos y de la tos, evitar excesivas visitas, el contacto con personas con síntomas respiratorios y evitar exposición al tabaco. La lactancia materna mantenida más allá de 4 meses asegura una protección frente a las infecciones respiratorias. Cada Unidad de Neonatología, valorará seguir las recomendaciones para la administración de palivizumab de la Sociedad Española de Neonatología o las de la Academia Americana de Pediatría del 2014.

Inmunizaciones

La vacunación sistemática en la infancia es una de las medidas que mayor impacto ha tenido en salud pública. La morbimortalidad por enfermedades infecciosas en los PT es mayor que en los RNT. Esta vulnerabilidad del RNP a las infecciones determina la prioridad de llevar a cabo sus inmunizaciones de una forma correcta(22). La respuesta inmunológica a las vacunas en los RNP, es similar a la obtenida en el RNT para DTPa, poliomielitis 1 y 2, neumococo y meningococo, pero inferior para hepatitis B, Haemophilus influenzae tipo b y poliomielitis 3. En general, la reactogenicidad de las vacunas en el RNP es baja, similar a las del RNT y la seguridad de las vacunas satisfactoria.

La supervisión del calendario vacunal del PT es responsabilidad de todos, profesionales del ámbito hospitalario y profesionales de atención primaria. Es prioritario evitar retrasos en la vacunación para conseguir precozmente niveles de anticuerpos protectores suficientes y mantenidos en los primeros meses de vida, que son los de mayor riesgo.

El consenso general es que los prematuros y, por ende, el PT, deben seguir el mismo calendario vacunal que los niños nacidos a término(22-24) (Fig. 1).

Figura 1. Calendario común de vacunación establecido por el Consejo Interterritorial del Consejo Nacional de Salud (2019)(24).

Comenzarán, por tanto, su programa de vacunación a los 2 meses de edad cronológica (posnatal), independientemente de su edad gestacional o peso al nacimiento, incluso si están ingresados, pero debiendo encontrarse para este fin en una situación de estabilidad clínica (en fase de crecimiento sostenido, sin necesidad de ventilación mecánica ni terapia esteroidea o para infecciones graves, sin alteraciones metabólicas, cardiovasculares o respiratorias significativas). Recomendamos consultar el calendario vacunal vigente en cada Comunidad Autónoma, ya que presentan algunas diferencias, tanto en las recomendaciones a la población infantil general, como las específicas al grupo de niños prematuros (Fig. 2).

Figura 2. Tomado de: Confusión en las CC.AA. sobre la vacunación de los prematuros. Consultado el 3 abril de 2019. Disponible en: https://vacunasaep.org/profesionales/noticias/prematuros-vacunas-ccaa.

Algunas consideraciones al respecto de la pauta vacunal en el prematuro tardío:

Vacuna hexavalente (DTPa-VPI-HIB-HB), la pauta es igual que para la población infantil general: 2 + 1 (2 m – 4 m + 11 meses).

Vacuna de hepatitis B. Mismas consideraciones que la población infantil general. En la actualidad, todos los niños reciben 3 dosis de vacuna combinada a partir de los 2 meses, y los hijos de madres portadoras de HBsAg 4 dosis de vacuna: la monocomponente de recién nacido, seguida de la serie de 3 hexavalentes a los 2, 4 y 11 meses de edad. En España, ya no es preciso tener en cuenta el peso al nacimiento, a ningún efecto, a la hora de la vacunación frente a la hepatitis B. En función de la serología materna, el esquema será como sigue(23):

- Si son hijos de madres HBsAg negativas, se aplicará el calendario vigente sin modificaciones.

- Si son hijos de madres HBsAg positivas deberán recibir 4 dosis, administrando la primera y la inmunoprofilaxis con IGHB en las primeras 12 horas de vida. Las 3 dosis restantes se aplicarán en forma de hexavalentes, de acuerdo con el calendario sistemático, a los 2, 4 y 11 meses de edad.

En los hijos de madres portadoras, se realizará un control serológico posvacunal (HBsAg y anti-HBs) al finalizar la serie completa (1-2 meses después de la finalización de la última dosis). 

• Vacuna frente al meningococo B (Bexsero®) puede administrarse a RNP con la misma pauta que a los RNT, aunque deberá considerarse el posible riesgo de apnea y la necesidad de control respiratorio durante 48-72 horas tras la primovacunación, sobre todo a los de menor EG y a aquellos con un historial previo de inmadurez respiratoria. Como el beneficio de la vacunación es alto en este grupo de niños, esta no debería anularse ni retrasarse. Es recomendable separar la vacuna antimeningococo de las demás, al menos, 15 días, para disminuir los casos de fiebre posvacunal. Esta vacuna no está financiada por el sistema público, salvo para los grupos de riesgo definidos: asplenia, déficit del complemento y antecedente de enfermedad meningocócica.

Vacuna frente a rotavirus (RV). La seguridad y la eficacia de las vacunas frente a rotavirus parecen similares en los RNP y en los RNT. La escasez de estudios en RNP aconsejaba que estos niños no recibiesen la vacuna mientras estuviesen ingresados y se recomendaba en aquellos prematuros de 25-36 semanas tras el alta hospitalaria, estando clínicamente estables y con el mismo esquema de vacunación que los lactantes a término. Esto podía suponer que un porcentaje de niños prematuros perdiese la oportunidad de recibir esta vacuna al haber superado la edad recomendada de inicio de vacunación.

Hoy en día, basados en una mayor experiencia con la vacunación frente a rotavirus y en datos publicados, se recomienda su administración en prematuros hospitalizados bajo unas adecuadas condiciones higiénicas. El riesgo de transmisión del RV a los contactos, aunque posible, sobre todo en los 10 días posteriores a la primera dosis, es extremadamente bajo, si se observan con rigor las medidas de precaución estándar (aislamiento de contacto y, sobre todo, el lavado de manos tras los cambios de pañales). En los niños que han padecido previamente alguna patología intestinal grave, se debe valorar individualmente la conveniencia de indicar esta vacuna.

Los dos preparados que disponemos frente a rotavirus son:

- RotaTeq® se administra en 3 dosis. La inmunización se puede iniciar a partir de las 6 semanas de edad y hasta las 12 semanas, con un intervalo mínimo entre dosis de 4 semanas. Las 3 dosis deben ser administradas antes de las 32 semanas de edad.

- Rotarix® se administra en 2 dosis. La primera dosis se recibirá a partir de las 6 semanas de edad. Debe haber un intervalo de, al menos, 4 semanas entre dosis. La pauta de vacunación debería ser administrada preferentemente antes de las 16 semanas de edad, pero debe estar finalizada a las 24 semanas de edad.

Dado el posible efecto sobre la invaginación intestinal, se recomienda que la 1ª dosis se administre lo antes posible, preferentemente entre las semanas 6ª y 8ª.

Vacuna frente a neumococo. La pauta actual de vacunación conjugada neumocócica en todas las Comunidades Autónomas de España consta de tres dosis de VNC13: 2 dosis de primovacunación (2 y 4 meses) y un refuerzo a los 11 meses. Por su mayor vulnerabilidad frente a la infección invasora por este patógeno, los niños prematuros menores de 32 semanas o de 1.700 g de peso deben seguir una pauta 3+1, sin VNP23 (vacuna polisacárida de 23 serotipos), salvo que se asocien otros factores de riesgo. No obstante, el esquema vacunal frente a neumococo difiere en las distintas CC.AA. Todas están de acuerdo en seguir la pauta 3+1, en los prematuros <32 sem EG, pero respecto al prematuro tardío hay diferencias. Andalucía, Castilla La Mancha, Castilla León y Extremadura optan por aplicar también un esquema 3+1 al PT, mientras que el resto de comunidades siguen las mismas recomendaciones que en la población general infantil (2+1), incluida la Comunidad de Madrid (Fig. 2).

• Por último recordar que el grupo de PT deben recibir la vacuna frente a la gripe a partir de los 6 meses de edad, antes de la época epidémica.

Es importante promocionar la “estrategia de nido”, vacunando a los convivientes y cuidadores de todos los prematuros, tanto en el seno de la familia como en las Unidades Neonatales.

Riesgo de muerte súbita

La mortalidad infantil para el PT es, al menos, 3 veces mayor que para el RNT.

El síndrome de la muerte súbita del lactante (SMSL) sigue siendo una de las principales causas de exitus en los países industrializados y nacer PT aumenta por dos el riesgo de sufrir SMSL, siendo la segunda causa de muerte en frecuencia entre los PT después de las malformaciones congénitas(25). También, los episodios amenazantes para la vida son más comunes entre los niños prematuros (8-10%) que entre los RNT (≤1%). Este mayor riesgo entre los PT parece estar relacionado con varios factores, como la propia prematuridad y una mayor presencia de otros factores de riesgo de SMSL, como: el bajo peso para la edad gestacional, la gemelaridad y el antecedente de apneas, a los que se suma una menor adherencia entre los PT a la recomendación de dormir en decúbito supino.

Nuestras recomendaciones han de ir dirigidas a prevenir esta situación letal, como: insistir en que la posición adecuada durante el sueño es el decúbito supino hasta los 6 meses de edad, desaconsejar el tabaquismo de los padres, promocionar la LM, no rechazar la opción de uso del chupete para el sueño durante el primer año de vida y dar recomendaciones documentadas sobre la práctica de un colecho responsable.

Papel de la Atención Primaria en el seguimiento de estos niños

Los principales profesionales implicados en el seguimiento del PT serán los equipos de Pediatría de Atención Primaria y los Neonatólogos encargados de las consultas de seguimiento del prematuro en los hospitales de referencia.

El seguimiento y la atención a estos niños no difieren del realizado al niño RNT. En el año 2017, se publicó un Documento de Consenso sobre “Recomendaciones de seguimiento del prematuro tardío” elaborado por un grupo de trabajo de la Sociedad Española del Neonatología (SENEo), con la colaboración de profesionales de Atención Primaria (AEPap)(16). Este documento pretende determinar y unificar las evaluaciones que se deberían realizar a estos niños nacidos entre la 340 y la 366 SEG, coordinando la labor de todos los profesionales. El programa de seguimiento comparte muchos de los contenidos del programa de actividades preventivas de la infancia(17) y, como este, se estructura en: cribados, consejos de salud, vacunaciones y en detección y orientación del riesgo de algunas patologías propias de la prematuridad (Tabla I). Supone una herramienta de gran utilidad para nuestro trabajo con estos niños.

El equipo de Pediatría de los centros de Atención Primaria (CAP) tiene un papel fundamental en el seguimiento del prematuro de 34-36 semanas, realizando tareas específicas y competenciales de este nivel asistencial.

• En general, la primera visita a los CAP tras el nacimiento se debe realizar en un plazo no superior a las 48-72 horas tras el alta hospitalaria, aquí con mayor fundamento por ser niños de riesgo.

• Los profesionales de los equipos de Pediatría de AP deben conocer la problemática de estos niños y estar alerta en su seguimiento, para detectar precozmente problemas de salud y derivación si fuera necesario(26,27). Este seguimiento específico se realizará hasta los 2 años de edad corregida y hasta los 6 años de edad cronológica, como recoge el Programa de Seguimiento del prematuro de 34 a 36 SEG(16)(Tabla I), con especial atención a aquellos PT con factores de riesgo para una peor evolución neurológica: crecimiento intrauterino retardado, hipoglucemia sintomática, hiperbilirrubinemia con necesidad de fototerapia, hipoxemia, hemorragia intraventricular, leucomalacia periventricular, lactancia artificial y/o bajo nivel socioeducativo materno.

• El programa de seguimiento de los PT en los CAP tiene como finalidad el apoyo a los padres y a la familia, asegurando que conocen la vulnerabilidad de estos niños. Asimismo, se les debe transmitir unos hábitos y unas actitudes de salud positivas para el cuidado y crianza de estos pequeños, y cómo reconocer las señales de alarma y la búsqueda de atención para ello, evitando además que abandonen los programas de seguimiento.

• El equipo de Pediatría de los CAP sirve como enlace, ofreciendo una atención ordenada y coherente, buscando la mayor eficiencia, entre el seguimiento del prematuro en Neonatología, en otras especialidades (Neuropediatría, Rehabilitación, Psiquiatría Infantil, Psicología, Fisioterapia y Logopedia), así como en servicios sociales, escuelas, etc.

• Se recomienda que los profesionales implicados en el seguimiento del niño PT tengan acceso a una historia clínica electrónica común, para lo que disponemos de la plataforma web Proyecto Acuna. Mientras esto no sea posible, sería recomendable que en todas las consultas a las que deba asistir el paciente, se redactara un pequeño informe de las visitas realizadas, especificando la valoración clínica y las recomendaciones derivadas de la situación del niño.

La mejor estrategia para prevenir la morbi-mortalidad asociada al nacimiento prematuro tardío es la prevención del parto prematuro. Una vez ocurrido, el establecimiento eficaz de la lactancia materna y el reconocimiento de la mayor vulnerabilidad del PT, con mayor riesgo de problemas del desarrollo y del crecimiento, son las estrategias que determinan el seguimiento de estos niños por los profesionales sanitarios. El conocimiento de sus problemas más frecuentes, la instauración de medidas preventivas, técnicas de cribado, así como el inicio de pautas de tratamiento precoces, haciendo partícipes de todo ello a padres y familia, es el camino para optimizar su crecimiento y desarrollo, y minimizar las posibles secuelas. Los profesionales implicados, pediatras de AP y neonatólogos, debemos trabajar de forma coordinada, apoyando a las familias y evitando que abandonen los programas de seguimiento.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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15. Lapillonne A, O’Connor DL, Wang D, Rigo J. Nutritional recommendations for the late-preterm infant and the preterm infant after hospital discharge. J Pediatr. 2013; 162: S90-100.

16.*** Recomendaciones de seguimiento del prematuro tardío. Sociedad Española de Neonatología (SENeo). Disponible en: https://www.aepap.org/sites/default/files/documento/archivos-adjuntos/protocolo_prematuro_tardio.pdf.

17. Programa Salud Infantil. PrevInfad. Grupo PrevInfad/PAPPS Infancia y Adolescencia. Guía de actividades preventivas por grupos de edad. En: Recomendaciones PrevInfad / PAPPS [en línea] [actualizado en mayo del 2014, consultado el 20de abril de 2019]. Disponible en: http://previnfad.aepap.org/recomendacion/actividades-por-edad-rec.

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24. Manual de vacunas en línea de la AEP [en línea] [actualizado en diciembre de 2015, consultado el 21 de julio de 2017]. Disponible en: http://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-10.

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https://www.mscbs.gob.es/profesionales/saludPublica/prevPromocion/vacunaciones/docs/CalendarioVacunacion_Todalavida.pdf.

26. Corwin MJ. Sudden infant death syndrome: risk factors and risk reduction strategies. En: UpToDate [en línea] [actualizado el 3 de abril de 2019, consultado el 20 de abril de 2019]. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/sudden-infant-death-syndrome-risk-factors-and-risk-reduction-strategies.

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Bibliografía recomendada

- Barfield WD, Lee KG. Late preterm infants. UpToDate [en línea] [Actualizado el 4 de enero de 2019, consultado el 17 de abril de 2019]. Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/late-preterm-infants.

Al uso de las publicaciones en UpToDate, es un buen resumen, actualizado, sobre las características del prematuro tardío, su vulnerabilidad, las principales patologías que pueden presentar y las recomendaciones de manejo y prevención.

- Recomendaciones de seguimiento del prematuro tardío. Sociedad Española de Neonatología (SENeo). Disponible en:
https://www.aepap.org/sites/default/files/documento/archivos-adjuntos/protocolo_prematuro_tardio.pdf.

Este es el documento base sobre el que se ha apoyado la redacción de este tema. Protocolo de Seguimiento del Prematuro tardío, documento de consenso, que supone una gran herramienta de trabajo. Busca sensibilizar sobre la vulnerabilidad del PT, así como unificar y coordinar el trabajo de los profesionales hacia este grupo de niños, apoyados en la evidencia científica acumulada.

- Phillips RM, Goldstein M, Hougland K, Nandyal R, Pizzica A, Santa-Donato A, et al. Multidisciplinary guidelines for the care of late preterm infants. J Perinatol. 2013; 33(Suppl 2): S5–S22. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC3697041/.

Artículo que realiza recomendaciones sobre la evaluación y cuidado del niño prematuro tardío durante su estancia en el hospital, en la transición a la asistencia ambulatoria y en el seguimiento a largo plazo, diferenciando las tareas específicas de los profesionales sanitarios y lo que hay que trabajar con las familias.

Caso clínico

 

Principios de octubre. Nos encontramos en la consulta de Atención Primaria. Tenemos hoy citado a un recién nacido de 20 días de vida, que es su primera visita en el centro de salud. Ha estado ingresado desde el nacimiento, porque “nació antes de tiempo doctora” nos dicen sus padres y ha tenido algún problemilla, ya resueltos.

En nuestra anamnesis, registramos que se trata de un niño prematuro de 34+6 SEG, fruto de una primera gestación controlada de curso normal, hasta que rompió bolsa y fueron al hospital donde quedó ingresada. La madre dice que tenía la TA algo alta. Se administraron corticoides antenatales. Parto eutócico, cefálica, APGAR: 7/8, somatometría con PRN: 1.910 g, LRN: 45 cm y PCEF: 33 cm. En las primeras horas, presentó leve polipnea y distrés respiratorio, que mejoró con aporte suplementario con O2, con FiO2 máx.: 0,21. Glucemia mínima de 50 mg/dl. Inició precozmente lactancia materna, hubo que ofrecerle algún biberón inicial de fórmula y sigue con ellos. También presentó ictericia con bilirrubina máxima de 11,5 mg/dl al 5º día de vida, fuera de rango de fototerapia. Máxima pérdida de peso del 6,8%. Peso al alta: 2.200 g.

Los diagnósticos fueron:

• RNpret de PAEG.

• SDR.

• Hiperbilirrubinemia fisiológica del recién nacido.

Le han citado en un mes, en la consulta de neonatología.

 

 

Vómitos en el neonato y lactante

A. Pellicer Martínez, B. Moreno Sanz-Gadea
Temas de FC


A. Pellicer Martínez, B. Moreno Sanz-Gadea

Servicio de Neonatología, Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

Los vómitos son un signo inespecífico que puede reflejar multitud de enfermedades de diferente gravedad. Aunque las enfermedades banales son las que con mayor frecuencia provocan vómitos, debemos tener especial cuidado con aquellas que pueden ser más graves y comprometer el pronóstico del paciente. Una minuciosa historia clínica, así como una exploración física completa, son fundamentales para orientar el diagnóstico, siendo, en ocasiones, suficientes para su manejo sin necesidad de pruebas complementarias. Es importante también indagar acerca de los antecedentes obstétricos, perinatales y familiares, ya que pueden aportar datos para orientar el diagnóstico. Dependiendo de la presunción diagnóstica, se necesitarán pruebas complementarias, como: analítica sanguínea o pruebas de imagen.

 

Abstract

Vomiting is a non-specific symptom that can reflect a variety of diseases with diverse degrees of severity. Although banal diseases represent the most frequent cause of vomiting, caution should be exerted as more severe conditions might compromise the patient’s prognosis.
A meticulous clinical history together with a complete physical examination will set the foundations to make the diagnosis, which could be sufficient to manage the patient without additional investigations.
Pregnancy, perinatal and family history are essential to reach an accurate diagnosis. Additional diagnostic investigations, such as blood tests or imaging, may be eventually indicated depending on the diagnostic orientation.

 

Palabras clave: Vómitos; Estenosis hipertrófica de píloro; Obstrucción intestinal; Hiperplasia suprarrenal congénita; Errores innatos del metabolismo; Alergia PLV.

Key words: Vomiting; Hypertrophic pyloric stenosis; Intestinal obstruction; Congenital adrenal hyperplasia; Inborn errors of metabolism; Cow’s milk protein allergy.

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (3): 138 – 146


Vómitos en el neonato y lactante

Introducción

El vómito es la expulsión del contenido gástrico a través de la boca. Puede aparecer en diversas enfermedades, siendo importante el grupo etario en el que aparecen para orientar de manera correcta el diagnóstico.

Etiología

Los vómitos son un signo inespecífico que puede reflejar multitud de enfermedades.

Los vómitos pueden presentarse en una variedad de enfermedades de gravedad diversa, siendo las más frecuentes aquellas que aparecen en la tabla I(1,2). Aunque las enfermedades banales son las que con mayor frecuencia provocan vómitos, debemos tener especial cuidado con aquellas que pueden ser más graves y comprometer el pronóstico del paciente, como es el caso de las patologías quirúrgicas o las enfermedades metabólicas.

Diagnóstico

En el manejo de los vómitos es imprescindible una correcta historia clínica y una exploración física completa.

Una minuciosa historia clínica, así como una exploración física completa son fundamentales para orientar el diagnóstico del vómito, siendo, en ocasiones, suficientes para su manejo sin necesidad de pruebas complementarias.

Dentro de los datos de la historia clínica, hay que intentar describir sus características: tipo de contenido de los vómitos (gástrico, bilioso, fecaloideo), frecuencia, cantidad, edad de presentación, relación con las tomas, así como síntomas acompañantes como: fiebre, diarrea, alteración neurológica, mal estado general, acidosis metabólica o administración de fármacos. Es importante también indagar acerca de los antecedentes del embarazo y perinatales, así como los antecedentes familiares(1).

Tras una detallada historia clínica, hay que completar con una exploración clínica completa, iniciándola por el estado general del paciente, y continuando por una exploración por aparatos.

Según la orientación diagnóstica, serán necesarias pruebas diagnósticas, como: analítica sanguínea o pruebas de imagen, tipo radiografía abdominal, ecografía, tránsito o enema opaco.

Tratamiento

El tratamiento dependerá de la etiología de los vómitos.

Los fármacos antieméticos no son usados en el periodo neonatal y en el lactante pequeño, quedando relegados a edades más tardías. Lo importante es intentar descubrir la causa de los vómitos para poder tratarlos de manera adecuada. Como medida general, si los vómitos son persistentes, se deberá mantener a dieta absoluta para permitir el reposo del tracto digestivo, iniciando sueroterapia intravenosa para evitar la deshidratación.

Reflujo gastroesofágico

Es fisiológico en periodo neonatal y lactancia temprana. Suele mejorar y/o desaparecer con el crecimiento del bebé y el inicio de la nutrición complementaria.

El reflujo gastroesofágico (RGE) es un trastorno gastrointestinal funcional frecuente, que aparece en los primeros meses de vida, debido a la inmadurez del tracto digestivo, permitiendo el paso del alimento con facilidad desde el estómago hacia el esófago.

Clínica

La clínica va a depender de la edad de aparición y se divide en dos grandes grupos(3):

1. Signos/síntomas digestivos: las regurgitaciones o vómitos son los más frecuentes. También, puede cursar con irritabilidad o rechazo de tomas secundario a esofagitis, que pueden conllevar alteración de la curva ponderoestatural, denominándose enfermedad de reflujo gastroesofágico.

2. Signos/síntomas extradigestivos: en el caso de los recién nacidos y, sobre todo, en los prematuros, es habitual que curse con pausas de apnea seguidas de desaturación y bradicardia coincidente con el momento de las tomas. En los lactantes, en cambio, es más frecuente que asocien infecciones ORL o respiratorias de repetición como: laringitis, otitis, neumonías o broncoespasmos.

Fisiopatología

Aunque se considere un trastorno fisiológico debido a la inmadurez del esfínter esofágico inferior, hay que estar pendientes de la aparición de signos de alarma que sugieran complicaciones del mismo o enfermedades que puedan agravarlo. En el periodo neonatal y en el lactante muy pequeño, especialmente en el prematuro, destacaríamos: los procesos respiratorios, sobre todo, aquellos que precisan de soporte ventilatorio no invasivo, ya que generan un acúmulo de aire en el tracto digestivo que favorece la compresión del diafragma; malformaciones congénitas, como la hernia diafragmática o las atresias intestinales, incluso después de la reparación quirúrgica; o la encefalopatía, cualquiera que sea su origen.

Ciertos fármacos pueden provocar la disminución del tono del esfínter esofágico facilitando el reflujo esofágico. Estos fármacos son usados de manera más o menos frecuente en unidades de Neonatología, como pueden ser: sildenafilo, opioides, teofilina y cafeína.

Diagnóstico

El diagnóstico es clínico, dejando en segundo plano las pruebas complementarias.

El diagnóstico está basado en la clínica, historia clínica y exploración física, siendo suficientes, en la mayoría de los casos, para llegar al diagnóstico. En el periodo neonatal, la realización de pruebas complementarias se reduce a la ecografía abdominal o al tránsito digestivo superior en caso de dudas diagnósticas y para descartar otro tipo de patología del tracto gastrointestinal.

Tratamiento

El pilar fundamental del tratamiento son las medidas posturales y dietéticas.

El tratamiento inicial en cualquier paciente con reflujo gastroesofágico son las medidas posturales, manteniendo una inclinación máxima de 30º del plano del colchón. Aunque la postura en decúbito prono tendría ventajas sobre el supino, únicamente debe limitarse al ámbito hospitalario por su asociación a la muerte súbita del lactante(3).

Tomas más frecuentes, pero menos cuantiosas es otra medida beneficiosa. En aquellos neonatos que precisan ingreso hospitalario y que no tienen autonomía para la alimentación por boca, fundamentalmente prematuros o pacientes con malformaciones mayores, a menudo precisan realizar las tomas de manera más lenta para mejorar el vaciamiento gástrico y disminuir el reflujo. En estos casos, se utilizan bombas de infusión del alimento a través de sonda, en la que se programa la velocidad de forma precisa. La propia sonda nasogástrica mantiene el cardias abierto de manera permanente, por lo que debe ser retirada lo antes posible.

Como se ha comentado anteriormente, el reflujo va mejorando con la edad del bebé debido a la maduración del tracto digestivo, el inicio de la alimentación complementaria y el inicio de la sedestación. La alimentación exclusiva con leche, junto a la posición en decúbito supino del recién nacido, favorecen el paso del alimento desde el estómago al esófago; la diversificación alimenticia, con un alimento más espeso, lo dificulta.

La perpetuación del reflujo importante, refractario a medidas conservadoras, precisa de tratamiento farmacológico(4,5) (Tabla II).

En el neonato, sin embargo, los fármacos utilizados no han demostrado ser eficaces para el tratamiento del RGE, especialmente en el recién nacido prematuro, y pueden asociar efectos secundarios potencialmente graves. A pesar de ello, su uso está muy extendido en las unidades neonatales.

Los principales fármacos usados para el tratamiento del RGE y sus complicaciones en la etapa neonatal son:

• Antisecretores:

- Antagonistas del receptor de histamina H2 (ranitidina): disminuyen la secreción ácida al inhibir los receptores de histamina de las células parietales del estómago.

- Inhibidores de la bomba de protones (omeprazol, esomeprazol, pantoprazol): disminuyen la secreción ácida inhibiendo la bomba Na+/K+ ATPasa de la célula parietal gástrica e inhiben la acción de la gastrina, histamina y agentes muscarínicos.

• Procinéticos (domperidona): aumentan la peristalsis esofágica y aceleran el vaciamiento gástrico.

La cirugía para el RGE más frecuente utilizada es la funduplicatura de Nissen, cuya indicación es la enfermedad grave por RGE, que presenta complicaciones importantes y limita la vida del paciente, o en el caso de pacientes de alto riesgo, como encefalopatías o malformaciones del tracto digestivo superior.

Sepsis

La sepsis es una importante causa de morbimortalidad en los recién nacidos. El cuidado perinatal y el uso juicioso, con indicaciones muy precisas de la antibioterapia materna periparto, han sido determinantes en la reducción de la incidencia de la sepsis precoz de transmisión vertical. Actualmente, el azote de las unidades neonatales es la sepsis nosocomial asociada a la asistencia hospitalaria.

Etiología

Los agentes que con más frecuencia causan sepsis en nuestro medio, se describen en la tabla III.

Clínica

Las manifestaciones clínicas de la sepsis son múltiples y más inespecíficas cuanto menor es la edad del paciente.

Debemos descartar una sepsis ante la presencia de cualquiera de los síntomas siguientes(8,9):

• Respiratorios: pausas de apnea, polipnea, quejido y tiraje.

• Hemodinámicos: taquicardia, bradicardia, hipotensión y mala perfusión.

• Digestivos: rechazo de tomas, vómitos, distensión abdominal y cambio en el patrón de heces.

• Neurológicos: decaimiento, irritabilidad, alteración del nivel de conciencia, hipotonía, ausencia de succión y convulsiones.

• Metabólicas: hipoglucemia, hiperglucemia, acidosis metabólica e ictericia.

• Térmico: hipotermia, hipertermia, gradiente de temperatura central-periférico.

Diagnóstico

La normalidad en las pruebas complementarias no descarta la sepsis.

Ante la sospecha clínica de sepsis, debe actuarse rápidamente para evitar su progresión y posibles consecuencias. El diagnóstico inicial es clínico, aunque nos apoyaremos en los resultados de la analítica de sangre y cultivos(6,9). La prueba de primera línea y la que más información nos puede aportar es la analítica sanguínea, fijándonos especialmente en el recuento leucocitario y plaquetario y en los reactantes de fase aguda.

Sospecharemos sepsis ante(10):

• Leucocitosis (> 20.000 x 10e3/μl) o leucopenia (< 5.000 × 10e3/μl), neutrofilia (> 15.000 × 10e3/μl) o neutropenia (< 1.500 × 10e3/μl) y/o elevación de índice infeccioso ([neutrófilos inmaduros/neutrófilos totales]: > 0,2 si <72 horas; > 0,12 si <72 horas).

Trombocitopenia (<100.000 x 10e3/μl).

• Proteína C reactiva > 10-20 mg/l.

La procalcitonina es un marcador precoz, ya que se eleva en las primeras 2-4 horas de proceso, y específico. Sin embargo, existe un aumento fisiológico en los primeros días de vida, lo que le resta valor en este periodo. Existen otros marcadores de sepsis, como: las interleucinas (IL-6, IL-8 e IL-10) o el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), aunque no forman parte de la rutina diagnóstica en la mayoría de unidades neonatales.

El diagnóstico definitivo lo tendremos con la positividad de un cultivo ante un patógeno. Ante una sospecha de sepsis, hemos de tomar muestras para cultivo de los potenciales focos de infección: sangre, orina y líquido cefalorraquídeo. La realización de punción lumbar, en el caso de neonatos con alta sospecha de sepsis con mal estado general, con/sin sintomatología neurológica, y en el caso de bacteriemia confirmada por cultivo, es obligatoria, ya que la meningitis puede darse en estos pacientes, sin clínica neurológica específica o muy sutil.

En el caso de pacientes hospitalizados portadores de tubo endotraqueal y catéter central, hay que descartar que el origen de la sepsis no sea secundario a una bronconeumonía asociada a ventilación mecánica o a sepsis por catéter. En estos casos, además, cultivaremos el aspirado broncoalveolar y la punta del catéter una vez retirado, respectivamente. En la búsqueda del origen de la infección y dependiendo del contexto, se toman, así mismo, muestras de la placenta, región recto-vaginal o leche materna.

La sepsis en los primeros meses de vida suele ser secundario a patología bacteriana, aunque no de forma exclusiva, ya que diferentes virus pueden dar un cuadro clínico similar a la sepsis(11,12). Su estudio también debe ser realizado cuando se sospecha que el origen de la sepsis puede ser vírico. Esto es especialmente aplicable a las infecciones por virus respiratorios en los prematuros(11,12).

Tratamiento

El inicio de tratamiento antibiótico no debe demorarse por la realización de pruebas complementarias.

Según el inicio de la clínica y la edad del paciente, se iniciarán antibióticos dirigidos a cubrir los gérmenes más frecuentes en esa etapa. Una vez obtengamos los cultivos y si alguno de ellos resulta positivo, se modificará el tratamiento para dirigirlo al germen concreto. La duración del mismo va a depender del origen y tipo de microorganismo implicado.

Alergia a proteínas de la leche de vaca

La alergia a proteínas de leche de vaca (APLV) es una reacción de hipersensibilidad mediada por mecanismo inmunológico. Es una enfermedad que está aumentando de manera importante en los últimos años en todo el mundo, siendo su prevalencia actual de un 0,5-3%(13,14). Suele aparecer en los primeros meses de vida y desaparecer en la mayoría de los pacientes a los 5 años de edad. Presentan reacciones cruzadas con proteínas de leche de otros mamíferos.

Los alérgenos principales en este tipo de alergia son: la caseína y las proteínas séricas, como α-lactoalbúmina, β-lactoglobulina y seroalbúmina.

Clínica

La anafilaxia es la forma más grave de APLV.

Los síntomas acompañantes van a depender de si se trata de reacciones inmediatas, que aparecen desde los pocos minutos hasta las dos horas de la ingesta del alérgeno, con mayor riesgo vital; o reacciones tardías, más allá de las dos horas, incluso a los días de la toma de leche.

Entre los síntomas que pueden presentarse se encuentran(13,14):

• Cutáneos: angioedema, urticaria y dermatitis.

• Respiratorios: broncoespasmo y estridor.

• Digestivos: regurgitaciones, vómitos, diarrea, dolor abdominal, prurito oral, heces con sangre y estancamiento ponderal.

• Neurológicos: alteración del nivel de conciencia y síncope.

• Hemodinámicos: hipotensión y shock.

Diagnóstico

La mejoría clínica tras la dieta de exclusión apoya el diagnóstico de APLV.

El diagnóstico se establece a través de la historia clínica del paciente, sensibilización a proteínas de leche de vaca a través de prick-test, determinación en suero de IgE específica y mejoría clínica tras la supresión de la leche.

Tratamiento

La eliminación de las proteínas de leche de vaca en la dieta es el tratamiento principal.

La dieta exenta en proteína de leche de vaca es la primera medida a realizar ante la sospecha de alergia; en muchos casos, incluso antes del diagnóstico de certeza.

En el caso de los bebés alimentados con lactancia materna exclusiva, se explicará a las madres que deben excluir esa proteína de su dieta (leche y derivados) para poder mantener la lactancia. Aquellos alimentados con leche artificial, deberán cambiar la fórmula por una extensamente hidrolizada. Se reservará la leche elemental para los niños de alto riesgo o que no toleren la anterior.

Estenosis hipertrófica de píloro

La estenosis hipertrófica de píloro es la obstrucción al vaciamiento gástrico a nivel pilórico secundaria a hiperplasia e hipertrofia de las capas musculares de esa zona. Es una patología típica del lactante pequeño, apareciendo de manera más frecuente alrededor de la tercera-quinta semana de vida. Se estima una prevalencia de 1-5 casos/1.000 lactantes, siendo más frecuente en varones, primogénitos y raza blanca(3).

Etiopatogenia

Se desconoce la causa exacta; si bien, se presume un origen multifactorial, con una predisposición genética y exposición a factores ambientales.

Entre los factores implicados, se encuentran el tabaquismo materno durante el embarazo o la alimentación con biberón. Se ha descrito una mayor frecuencia entre gemelos o hermanos, con tendencia a la agregación familiar. Se ha asociado al consumo de macrólidos en los últimos meses del embarazo, al paso de los mismos a través de la leche materna o a su administración en menores de 2 semanas(3,15,16).

Clínica

El cuadro clínico típico es un neonato varón de 3-4 semanas de vida que presenta vómitos posprandiales no presentes previamente.

Los vómitos son de carácter propulsivo y de contenido alimenticio, repetidos y se presentan tras las tomas. El momento del comienzo de esta sintomatología es importante para orientar el diagnóstico. Suelen mantener el apetito, cogiendo con avidez las tomas. Si los vómitos persisten, pueden aparecer signos y síntomas de deshidratación.

Diagnóstico

La prueba diagnóstica definitiva es la ecografía abdominal.

En ocasiones, en la palpación abdominal, en el cuadrante superior derecho, puede apreciarse la “oliva pilórica”, masa dura, lisa y ovalada que refleja el engrosamiento a nivel del píloro. Ante la sospecha, la prueba principal a realizar es la ecografía abdominal, en la que se visualiza con objetividad un grosor del píloro mayor de 4 mm, una longitud mayor de 15 mm y el estrechamiento del canal (Fig. 1)(3,16).

Figura 1. Aumento del grosor y longitud del píloro.

En la analítica sanguínea, se objetiva alcalosis metabólica hipoclorémica secundaria a la pérdida de ácido clorhídrico a través de los vómitos(3,16). Según el grado de deshidratación asociada, se podrá ver alterada la función renal o el hematocrito.

Tratamiento

El tratamiento quirúrgico debe de realizarse tras la normalización de las alteraciones hidroelectrolíticas.

La cirugía no es urgente, teniendo que corregirse previamente las alteraciones hidroelectrolíticas. La técnica quirúrgica es la pilorotomía extramucosa de Ramstedt(3,16), mediante abordaje laparoscópico umbilical o supraumbilical. El pronóstico es muy bueno y la recuperación suele ser rápida.

Obstrucción intestinal

La aparición de vómitos en la primera semana de vida, siempre tiene que hacernos pensar en una anomalía congénita del tracto digestivo que cause obstrucción intestinal. Existen múltiples causas de obstrucción intestinal en el neonato y lactante pequeño(3), y todas ellas constituyen una urgencia quirúrgica, ya que supone un compromiso agudo de la vascularización regional. Entre las causas posibles, cabe destacar: la atresia intestinal, la enfermedad de Hirschsprung y la malrotación intestinal +/- vólvulo intestinal.

Clínica

La presencia de vómitos biliosos debe orientar el diagnóstico siempre hacia la obstrucción intestinal.

La clínica principal de obstrucción intestinal son los vómitos que, si bien son más específicos los de contenido bilioso, podrían ser de contenido alimenticio inicialmente. Pueden acompañarse de distensión abdominal. El paso de meconio no excluye estos diagnósticos. Tanto el vómito como las heces, pueden contener cantidades variables de sangre, según la etiología(3,17). La etiología del cuadro obstructivo y el tiempo de evolución determinarán el grado de deterioro del estado general, que puede llegar a ser crítico, con inestabilidad hemodinámica y deterioro neurológico. Constituye, por tanto, una urgencia vital en algunos casos, sobre todo, cuando hay compromiso de la circulación esplácnica, como es el caso del vólvulo.

Diagnóstico

La radiografía y ecografía abdominal son las pruebas iniciales ante la sospecha de una obstrucción intestinal.

Ante una clínica compatible con obstrucción intestinal, la radiografía de abdomen es la primera prueba a realizar (Fig. 2).

Figura 2. Signo de doble burbuja.

Los hallazgos iniciales pueden ser inespecíficos o sutiles, dando la apariencia de normalidad, por lo que la ecografía abdominal es obligadamente complementaria. Es útil para localizar los vasos mesentéricos y descartar malrotación y posible vólvulo. La normalidad de las pruebas de imagen no descarta obstrucción. La vigilancia clínica es obligada. La intervención quirúrgica es la única prueba confirmatoria.

La analítica de sangre es una herramienta de apoyo al diagnóstico de isquemia intestinal. Inicialmente, es inespecífica y, a medida que evoluciona la enfermedad, aparece elevación de reactantes de fase aguda y, secundariamente a la destrucción celular, puede haber aumento de amilasa, LDH, CPK y transaminasas. También, puede aparecer acidosis metabólica con elevación de ácido láctico y alteraciones electrolíticas(17).

En el caso de la enfermedad de Hirschsprung, se produce obstrucción debido a la ausencia congénita de neuronas parasimpáticas de la pared intestinal del recto-sigma o incluso de segmentos más amplios del colon o intestino delgado. La expresión clínica, por tanto, es muy variable y va desde el retraso en la evacuación de meconio a un cuadro de obstrucción intestinal grave. El diagnóstico incluye el enema opaco y la confirmación precisa de la realización de biopsia intestinal. La manometría no es concluyente en la etapa neonatal.

Tratamiento

La obstrucción intestinal supone una urgencia quirúrgica.

El tratamiento inicial es mantener dieta absoluta, colocación de sonda nasogástrica gruesa abierta a bolsa, para favorecer la evacuación del contenido gástrico, y el inicio de sueroterapia. La cirugía se realiza de manera urgente y, según los hallazgos encontrados, se realizarán o no resecciones, tipo de anastomosis u ostomía de descarga. Todos estos pacientes son subsidiarios de alimentación parenteral de duración variable, dependiendo de las causas de la obstrucción, hasta conseguir una autonomía para la alimentación enteral.

Hiperplasia suprarrenal congénita

La hiperplasia suprarrenal congénita es una enfermedad de herencia autosómica recesiva que causa un fallo en la esteroidogénesis suprarrenal.

Etiopatogenia

El déficit de 21-hidroxilasa es la forma más frecuente de hiperplasia suprarrenal congénita.

Hay diferentes formas que varían en gravedad, siendo el déficit de cortisol el punto común a todas ellas. La consecuencia es un aumento en la hormona ACTH con la consiguiente estimulación de la corteza suprarrenal, generando un aumento de esteroides previo al bloqueo enzimático.

Las formas descritas son: forma clásica con pérdida salina, forma clásica sin pérdida salina y forma no clásica. En este capítulo, nos centraremos en la forma clásica con pérdida salina, ya que es el tipo que debuta en el periodo neonatal presentando, entre otros, un cuadro digestivo, siendo, además, la forma de hiperplasia suprarrenal congénita más grave. Dentro de la forma clásica, el déficit de 21-hidroxilasa supone el 95% de los casos. El defecto de 21-hidroxilasa hace que la esteroidogénesis suprarrenal se desvíe del bloqueo para generar andrógenos, con una disminución en la síntesis de mineralcorticoides y glucocorticoides(18).

Clínica

El cuadro característico es un recién nacido con pérdida salina y alteración de la diferenciación sexual o macrogenitosomía, según se trate de hembra o varón, respectivamente.

La enfermedad debuta en los primeros días de vida con un cuadro clínico de: vómitos, disminución del apetito, escasa ganancia ponderal y poliuria. Pueden presentar taquicardia e hipotensión, así como signos de deshidratación.

El hiperandrogenismo secundario al bloqueo enzimático produce en las niñas virilización de genitales externos en grado variable y en los niños macrogenitosomía(18-20).

Es un cuadro grave, que puede poner en riesgo la vida del paciente si no se instaura el tratamiento correcto.

Diagnóstico

El cribado metabólico del recién nacido de algunas comunidades autónomas incluye el déficit de 21-hidroxilasa.

Ante un recién nacido con alteraciones en la diferenciación sexual y alteración neurológica, debemos pensar en esta entidad. Presenta alteraciones analíticas, con: acidosis metabólica, hipoglucemia, hiponatremia, hiperpotasemia, natriuresis elevada, disminución de aldosterona, elevada actividad de renina plasmática y cociente elevado de actividad renina plasmática/aldosterona.

Ante la sospecha de déficit de 21-hidroxilasa, se deben medir los niveles de 17-hidroxiprogesterona que se encuentran muy elevados, variando el rango según la edad(18-20).

En el estudio genético, se analizará el gen responsable del déficit de 21-hidroxilasa, denominado CYP21A2, que se localiza en el complejo mayor de histocompatibilidad HLA, en el brazo corto del cromosoma 6 (6p21.3)(20).

Tratamiento

El tratamiento primordial es la administración de glucocorticoides y mineralcorticoides.

Además del tratamiento sintomático asociado a las complicaciones agudas, desde el primer momento, hay que iniciar el tratamiento sustitutivo con corticoides, ya que es su déficit el que pone en riesgo vital al paciente. El glucocorticoide más utilizado es la hidrocortisona, de baja potencia y vida media corta, superponible al cortisol endógeno. La dosis para hiperplasia suprarrenal congénita es 15 mg/m2/día, administrada cada 8 horas vía oral, precisando los neonatos dosis mayores (50 mg/m2/día). La 9-fludrocortisona es el mineralcorticoide de elección en estos casos. La dosis en neonatos y lactantes es 0,1-0,2 mg/kg, repartida, por vía oral, cada 12 horas. Ante situaciones de estrés leve, se debe duplicar-triplicar la dosis de glucocorticoide hasta 24 horas después del cese del proceso(18). Además, hasta el inicio de la alimentación complementaria se añaden suplementos de cloruro sódico oral (2-4 mEq/kg/día) divididos en varias tomas.

La otra parte del tratamiento es la cirugía correctora de los genitales. Aunque el tiempo en el que se debe realizar no está consensuado, se recomienda realizarlo antes de los 15-18 meses de vida.

Enfermedades congénitas del metabolismo

Las enfermedades congénitas del metabolismo son un conjunto de enfermedades producidas por una alteración genética que causa defectos estructurales o funcionales en la síntesis de una enzima o en su cofactor. Estos defectos pueden conllevar déficit o acumulación de metabolitos, causantes de la sintomatología. Son trastornos poco frecuentes de manera individual, pero su incidencia aumenta cuando se consideran colectivamente todos ellos.

Clínica

Las manifestaciones clínicas son muy variables, por lo que es importante mantener un alto índice de sospecha.

Los signos y síntomas de enfermedades metabólicas son muy diversos, variando la forma de presentación según la edad y tipo de metabolopatía.

El debut en época neonatal implica mayor gravedad y suele estar precedido por un intervalo libre de síntomas, que puede ir desde horas hasta días, siendo la presentación aguda una urgencia metabólica. Entre las alteraciones clínicas que pueden aparecer, encontramos las siguientes(21-23):

• Neurológicas: succión débil, hipotonía, debilidad muscular, letargia, irritabilidad, coma, convulsiones y apnea.

• Metabólicas: acidosis metabólica, hiperlactatemia, cetosis y deshidratación.

• Hepáticas: hepatomegalia, hiperbilirrubinemia, hipoglucemia, hiperamoniemia, hipertransaminasemia, colestasis y fallo hepático.

• Gastrointestinales: vómitos y rechazo de tomas.

• Cardiacas: cardiomiopatía y arritmias.

• Oculares: cataratas y opacidad corneal.

• Otros: rasgos dismórficos, hidrops fetalis y olor anormal.

Diagnóstico

Una primera muestra de sangre con estudio básico puede orientar hacia una enfermedad metabólica.

Parte de los pacientes son diagnosticados a través del cribado metabólico del recién nacido; pero en otros, la sintomatología debuta sin una orientación previa. Información acerca de los antecedentes familiares (muerte por causa desconocida), consanguinidad familiar y antecedentes obstétricos (hiperémesis gravídica, disfunción hepática y síndrome HELLP), pueden ayudar a su diagnóstico.

Un primer análisis básico de sangre puede ser suficiente para apoyar nuestra sospecha diagnóstica, teniendo que extraer posteriormente diferentes muestras para poder clasificar la enfermedad(21,22):

Sangre:

- Básico: hemograma, coagulación, ionograma, calcio, gasometría, glucosa, perfil hepático, ácido úrico, colesterol, amonio y cuerpos cetónicos.

- Metabólico: lactato, piruvato, 3OH-butirato, acetoacetato, ácidos grasos no esterificados, aminoácidos, carnitina, acilcarnitinas, transferrina deficiente en hidratos de carbono, homocisteína, ácidos grasos de cadena muy larga y esteroles.

• Orina:

- Básico: glucosa, pH, cuerpos cetónicos, electrolitos, ácido úrico, creatinina, sustancias reductoras y test de sulfitos.

- Metabólico: aminoácidos, ácidos orgánicos, ácido orótico, guanidinoacético, purinas, pirimidinas, mucopolisacáridos, oligosacáridos, sales biliares, polioles y sulfátidos.

Se deberá hacer ampliación de los estudios según la orientación diagnóstica, incluyendo otros líquidos biológicos, como: líquido cefalorraquídeo y biopsias. En algunas ocasiones, hay que recurrir a las muestras de tejidos y estudios post mortem.

Tratamiento

El tratamiento específico suele instaurarse tras la confirmación diagnóstica del tipo de metabolopatía.

El tratamiento inicial consiste en la suspensión de la alimentación enteral y aporte de nutrientes vía parenteral, con una restricción proteica. En los casos en los que el debut ha sido agudo y con riesgo vital, generalmente se precisa: soporte respiratorio, hemodinámico, corrección de alteraciones hidroelectrolíticas o metabólicas, o eliminación de metabolitos acumulados mediante procedimientos específicos de depuración extrarrenal. La terapia específica se inicia tras la confirmación diagnóstica; si bien, al tener algunas enfermedades metabólicas formas vitamino-dependientes, algunos cofactores seleccionados se pueden administrar previamente al diagnóstico de confirmación como: biotina, tiamina, vitamina B12, riboflavina y piridoxina(21).

Síndrome de abstinencia

El síndrome de abstinencia se define como el conjunto de signos y síntomas sistémicos secundarios a la interrupción brusca de la exposición a determinados fármacos o drogas. Puede deberse a la exposición de dicha sustancia intraútero, tras consumo materno, o estar asociado a la retirada de tratamientos intrahospitalarios en niños con procesos complejos que precisan sedoanalgesia.

El consumo materno de este tipo de sustancias puede asociarse a otros indicadores de morbilidad fetal, como: parto prematuro, crecimiento intrauterino retardado, malformaciones congénitas, procesos disruptivos del sistema nervioso central, alteraciones del neurodesarrollo o muerte(24).

Clínica

Los rasgos dominantes del síndrome son las alteraciones digestivas, de la neuroconducta y neurovegetativas.

El inicio, duración y gravedad van a depender del tipo de sustancia, dosis y tiempo de exposición. Existen escalas que valoran la gravedad del síndrome de abstinencia y que ayudan en el manejo del mismo (Tabla IV-V)(24-26).

Se considera síndrome de abstinencia significativo, la puntuación de escala de Lipsitz >4 o escala de Finnegan >8. Esto permite adecuar el tratamiento.

Diagnóstico

El diagnóstico es exclusivamente clínico.

En el caso de exposición intraútero a sustancias o sospecha de consumo materno no declarado, se debe recoger muestra de orina para estudio de tóxicos.

Tratamiento

Se debe favorecer un ambiente tranquilo y evitar la estimulación excesiva en pacientes con síndrome de abstinencia.

El tratamiento inicial deben ser medidas no farmacológicas: mantener ambiente tranquilo, medidas de contención, favorecer la lactancia materna siempre y cuando no se contraindique por consumo materno de determinadas sustancias y método canguro. Si estas medidas no son suficientes, se utilizarán medidas farmacológicas(4,5,24) (Tabla VI).

El descenso de la medicación prescrita se hará acorde a la evolución de la puntuación de las escalas.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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27.*** Kocherlakota P. Neonatal abstinence syndrome. Pediatrics. 2014; 134(2): e547-61.

Bibliografía recomendada

- Young TE, Margum B. Neofax. Manual de drogas neonatológicas. Panamericana.

Manual muy útil de consulta de fármacos en neonatos.

- Kocherlakota P. Neonatal abstinence syndrome. Pediatrics. 2014; 134(2): e547-61.

Artículo muy interesante acerca del síndrome de abstinencia en neonatos. Describen el inicio y duración del síndrome de abstinencia secundario a diversas sustancias/fármacos, así como su manejo farmacológico con sus posibles efectos secundarios.

Caso clínico

 

Neonato de 19 días de vida que acude a urgencias por vómitos alimenticios desde hace 24 horas. Los padres refieren que, desde los primeros días de vida, ha presentado regurgitaciones frecuentes, pero que desde hace 1 día han empeorado, apareciendo en la mayoría de las tomas, aunque no impresiona de rechazo de tomas. Realiza 3 deposiciones al día, de consistencia normal. No presenta fiebre ni otra clínica acompañante. Tiene una hermana de 2 años con infección respiratoria de vías altas.

Antecedentes perinatales

Embarazo controlado. Serología materna: inmune a rubeola, resto negativas. Ecografías prenatales normales. Parto vaginal, eutócico, Apgar 9/10, pH en arteria umbilical: 7,29. Piel-con-piel inmediato postparto. Lactancia materna exclusiva.

Exploración física

Buen estado general sin signos de deshidratación. Buen color y perfusión. Auscultación cardiopulmonar normal. Abdomen: blando, no doloroso, no megalias. Neurológico: vital, reactivo. Tono y actitud acordes a edad. Reflejos primitivos presentes. Fontanela anterior normotensa.

Pruebas complementarias

Gasometría: pH: 7,37; pC02: 50,5 mmHg; bicarbonato: 29,2 mmol/L; exceso de bases: 2,9 mmol/L; Na: 137 mmol/L; K: 5,1 mmol/L; Cl: 99 mmol/L.

Evolución

Dado el buen estado general, se mantiene en observación. Realiza una toma presentando nuevamente vómito alimenticio cuantioso, por lo que se deja a dieta absoluta y se inicia sueroterapia intravenosa.

 

 

Ictericia neonatal

M. González-Valcárcel Espinosa*, R.C. Raynero Mellado*, S.M. Caballero Martín**
Temas de FC


M. González-Valcárcel Espinosa*, R.C. Raynero Mellado*, S.M. Caballero Martín**

*Hospital Virgen de la Salud. Complejo Hospitalario Universitario de Toledo. **Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Madrid

Resumen

La hiperbilirrubinemia constituye uno de los diagnósticos más frecuentes en el período neonatal, agrupando un amplio número de etiologías, desde causas banales hasta motivos de consulta graves. La valoración visual de la coloración del recién nacido ha demostrado no ser eficaz a la hora de inferir la cifra de bilirrubina y, por tanto, la indicación del tratamiento; siendo importante, por ello, la cuantificación de esta por métodos cutáneos o séricos. La indicación terapéutica se realizará en función del resultado obtenido y las tablas de referencia ajustadas a la edad gestacional y días de vida. La fototerapia en espectro azul-verde (luz especial azul 425-475 nanómetros) es el tratamiento de elección para estos pacientes que, solo en determinados casos de cifras elevadas o de etiologías hemolíticas con ascenso rápido de bilirrubina, pueden requerir técnica invasiva de exanguinotransfusión.

 

Abstract

Hyperbilirubinemia is one of the most frequent diagnoses in the neonatal period; grouping a large number of etiologies, ranging from banal causes to serious reasons for consultation. Visual evaluation of the skin color of the newborn has proved to be ineffective when inferring the bilirubin level and therefore the indication of treatment. Hence the importance of quantifying it by cutaneous or serum methods. The therapeutic indication will be made based on the result obtained and the reference tables adjusted to the gestational age and days of life. Phototherapy in the blue-green spectrum (special blue light 425-475 nanometers) is the treatment of choice for these patients. An invasive exchange transfusion technique may only be necessary in certain cases of high bilirubin levels or hemolytic etiologies with rapid bilirubin rise.

 

Palabras clave: Hiperbilirrubinemia; Fototerapia; Exanguinotransfusión; Ictericia neonatal.

Key words: Hyperbilirubinemia; Phototherapy; Exchange transfusion; Neonatal jaundice.

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (3): 147 – 153


Ictericia neonatal

Definición

La ictericia se define como coloración amarillenta cutánea y aparece con motivos principalmente fisiológicos en un alto porcentaje de recién nacidos.

Se define la ictericia como: la coloración amarillenta de piel y mucosas por depósito a ese nivel de bilirrubina (Bb). Entre el 25-50% de todos los recién nacidos a término y un mayor porcentaje de prematuros desarrollan ictericia relevante desde el punto de vista clínico, alcanzando el pico máximo a las 48-72 horas en nacidos a término y a los 4-5 días en los pretérminos(1,2).

La elevación de la Bb se considera fisiológica en la mayor parte de los recién nacidos. Cifras máximas de Bb no conjugada de 12 mg/dl en recién nacidos a término y de 15 mg/dl en prematuros, podrían considerarse dentro de los límites no asociados a patología específica del metabolismo de la Bb(3,4).

Se considera ictericia patológica aquella que cumple los siguientes criterios(5):

• Aparece en las primeras 24 horas de vida.

• La cifra de Bb aumenta más de 0,5 mg/dL/hora.

• Cursa con Bb directa mayor de 2 mg/dL.

Se eleva por encima del valor descrito con anterioridad (recién nacido a término [RNT] 12 mg/dl y recién nacido pretérmino [RNPT] 15 mg/dl).

Recuerdo fisiopatológico

En el ciclo del metabolismo de la Bb juega un papel importante el grupo hemo procedente de la degradación de los glóbulos rojos y el papel hepático en la conjugación y excreción de la Bb.

El porcentaje mayor de Bb proviene de la degradación del grupo hemo (80%). La Bb circula en la sangre como fracción indirecta/no conjugada (insoluble), libre o unida a albúmina hasta su llegada al hígado, donde sufre un proceso de conjugación a Bb directa/conjugada (soluble), siendo así captada por los lisosomas y el aparato de Golgi y excretada al intestino delgado desde la vesícula biliar. Las bacterias intestinales juegan un importante papel en la transformación a urobilinógeno y estercobilinógeno, modo en el cual se excreta en heces. Parte de la Bb vuelve al hígado mediante recirculación enterohepática(3,5,6) (Fig. 1).

Figura 1. Ciclo de la degradación del grupo hemo.

En el período neonatal, existen características específicas que alteran el normal metabolismo de la Bb. Existe: un mayor volumen de hematíes con menor vida media; una menor concentración de albúmina con menor afinidad por la Bb; un menor nivel de enzimas encargadas de la conjugación; y una ausencia de bacterias intestinales con menor conversión a urobilinoides. Todo ello hace más difícil la excreción de Bb(3,7).

Clasificación etiológica

La clasificación etiológica de la ictericia se divide en dos grandes causas, que dependen de si se encuentra elevada la fracción indirecta o directa de la Bb.

Aumento de bilirrubina indirecta(5,7)

• Fisiológica.

• Por aumento de producción de Bb: causas hemolíticas o hematomas.

- Con test de Coombs directo (CD) positivo (anticuerpos maternos sobre células del niño): isoinmunización (Rh, ABO, antiKell, antiDuffy y otros antígenos).

- Con test de CD negativo: déficit de enzimas eritrocitarias (déficit de glucosa 6 fosfato deshidrogenasa), alteraciones morfológicas de los hematíes (esferocitosis, eliptocitosis…) y hemoglobinopatías (talasemias).

- Reabsorción de sangre extravascular: cefalohematoma, hematoma subdural e ingesta de sangre materna en el momento del parto.

- Policitemia por clampaje tardío del cordón, transfusión feto-fetal y transfusión materno-fetal.

• Por alteración en la conjugación hepática de la Bb:

- Alteraciones hereditarias en el metabolismo de la Bb: síndrome de Crigler-Najjar I y II.

- Hiperbilirrubinemia neonatal familiar transitoria (síndrome de Lucey-Driscoll).

- Síndrome de Gilbert (existe también una alteración de la captación hepática).

- Estenosis pilórica.

- Hipotiroidismo y prematuridad.

• Por alteración en la circulación enterohepática de la Bb:

- Ictericia por lactancia materna en recién nacido bien hidratado: hiperbilirrubinemia de predominio indirecto y benigna, que se inicia en el 3-5º día de vida y puede ser prolongada (hasta 12 semanas).

- Ictericia de inicio precoz por problemas con la lactancia materna: inicio en la 1ª semana de vida a causa de hipogalactia o mala técnica de lactancia.

Aumento de bilirrubina directa: colestasis(5,8)

Bb directa mayor de 2 mg/dl y/o mayor del 20% de la Bb total:

Infecciones: víricas (especial mención citomegalovirus) y bacterianas (sepsis, infección urinaria). Recordar infecciones connatales.

• Enfermedad biliar extrahepática: atresia biliar extrahepática y quiste de colédoco.

• Enfermedad biliar intrahepática: pobreza de conductos biliares intrahepáticos (síndrome Alagille y formas no sindrómicas) y bilis espesa.

• Enfermedad hepatocelular: enfermedades metabólicas y genéticas (déficit de alfa-1-antitripsina, fibrosis quística, hipotiroidismo, galactosemia, síndrome de Zellweger, enfermedades de depósito, Dubin-Johson y síndrome de Rotor).

• Iatrogénica: colestasis secundaria a nutrición parenteral (NPT) prolongada y antibióticos (ceftriaxona).

• Idiopática: hepatitis neonatal.

• Miscelánea: shock o hipoxia (infarto hepático).

Historia clínica y exploración física

La realización de una historia clínica detallada y una exploración física completa nos ayudará a descartar el origen no fisiológico de la ictericia.

Debemos realizar una exhaustiva historia clínica que deberá incluir(3,5,9):

• Antecedentes familiares de ictericia, anemia, esplenectomía o patología hepatobiliar de inicio precoz.

• Origen, raza y etnia de los familiares por el aumento fisiológico de Bb en grupos étnicos, como los indios americanos y asiáticos.

• Ictericia precoz en hermanos del paciente afecto o anemia grave sugerente de incompatibilidad de grupo con la madre.

• Valoración del embarazo, para descartar síntomas de infección connatal, así como el registro del uso de fármacos durante la gestación que pudieran interferir en la unión de la albúmina con la Bb (sulfonamidas).

• Valoración completa del momento del parto, para valorar posible distocia que asocie hemorragia o hematomas en el recién nacido.

• Valoración completa de la lactancia, pérdida de peso, número de deposiciones y su coloración, con el objeto de detectar de forma precoz una escasa ingesta.

• Como en cualquier otra patología, en la ictericia, es preciso una exploración completa y sistemática.

• La valoración de la coloración cutánea no resulta un marcador objetivo de la cifra real de Bb, no siendo útil para definir su gravedad.

• Valorar signos de deshidratación sugestivos de hipogalactia, que pudieran condicionar la aparición de hiperbilirrubinemia en el recién nacido.

• Descartar sintomatología de afectación del estado general o signos clínicos de infección/sepsis.

• Valorar los rasgos fenotípicos de los pacientes, debido a su alteración en algunos cuadros sindrómicos, citados previamente.

• Descartar la presencia en la exploración de hepatoesplenomegalia, sugestiva de patología concomitante: infecciones, hemólisis…

• Junto a la exploración física de los pacientes, es preciso valorar la coloración de las heces (acolia) y de la orina (coluria) que pudieran existir en aquellos pacientes con colestasis.

• Valorar signos de sangrado, desde petequias hasta grandes cefalohematomas, que puedan ser causantes de la hiperbilirrubinemia.

• Existen dos cuadros clínicos de importante gravedad, debidos a lesión neuronal secundaria al depósito de Bb que afecta especialmente: a los ganglios de la base (núcleo pálido), núcleos de pares craneales, núcleos cerebelosos, hipocampo y neuronas del asta anterior de la médula. No existe un nivel de Bb exacto que condicione la aparición de estas patologías, aunque cifras superiores a 25-27 mg/dl tienen mayor riesgo. La presencia de algunos factores concomitantes puede potenciar el efecto tóxico de la Bb: acidosis, hipoxia, convulsiones, edad gestacional y postnatal, velocidad de incremento sérico de Bb, concentración sérica de albúmina…

- Encefalopatía bilirrubínica aguda: 1) fase precoz, con hipotonía, letargia y mala succión; 2) fase intermedia, con estupor, irritabilidad e hipertonía (opistótonos e hiperextensión del cuello; 3) fase avanzada (daños irreversibles): opistótonos e hiperextensión del cuello más llamativa, llanto agudo, apnea, fiebre, coma, convulsiones y muerte.

- Kernícterus o forma crónica (depósito patológico de Bb en el cerebro): parálisis cerebral atetoide, disfunción auditiva, displasia ónico-dental, parálisis de la mirada hacia arriba y, con menor frecuencia, retraso intelectual. No siempre aparece precedida de la fase aguda.

Exploraciones complementarias

La cuantificación de cifras de Bb y sus fracciones directa e indirecta es el escalón inicial en los estudios complementarios del neonato con ictericia. La necesidad de otros estudios complementarios dependerá de la orientación diagnóstica de los pacientes.

• Herramientas utilizadas tradicionalmente, basadas en la valoración visual del color, como los icterómetros, han quedado en desuso por su escasa correlación con la cifra real de Bb en sangre.

• Bilirrubinómetros transcutáneos: son baratos y útiles para screening de los recién nacidos que precisan control analítico con Bb sérica menor de 14,6 mg/dL. Su medición no es valorable en los recién nacidos menores de 35 semanas y se ve afectada por la raza y el peso al nacimiento. No son útiles cuando el paciente se encuentra con fototerapia(9,10).

• Exámenes de laboratorio(11):

1. Cifra de Bb total y fracciones indirecta y directa.

2. Ante la sospecha de anemización que pudiera sugerir hemólisis: grupo sanguíneo, Rh, test de Coombs directo; hemograma completo con recuento de leucocitos, con hemoglobina y hematocrito; índices de eritropoyesis: reticulocitos (mayor de 6% en isoinmunización Rh) y número de hematíes nucleados por 100 leucocitos (mayor de 10 en isoinmunización Rh); extensión de sangre periférica y morfología del hematíe (anisocitosis y policromatofilia en enfermedad hemolítica grave); estudio de déficit de glucosa 6 fosfato deshidrogenasa (si es varón y raza de riesgo: asiática o mediterránea y/o ictericia de inicio tardío); iones, albúmina y proteínas totales; y carboxihemoglobina (COHb): buena correlación con la Bb sérica y evolución clínica por formación equimolar de COHb y Bb en el catabolismo del hemo. Tienen mayor necesidad de exanguinotransfusión, mayor incidencia de Kernícterus y mayor mortalidad si la COHb es mayor de 1,4%.

3. Si aparecen signos clínicos de letargia, apnea, inestabilidad térmica o mala succión, debe investigarse la presencia de enfermedad subyacente: vigilar signos que pudieran indicar sepsis clínica.

4. Predominio de Bb directa o ictericia que se prolonga más de 2 semanas, siendo los signos clínicos más frecuentemente asociados: coluria y acolia o hipocolia:

- Descartar causas metabólicas: estudios hepáticos (GOT-GPT-GGT-FA); estudio de coagulación; proteínas totales; déficit de alfa-1-antitripsina; estudio tiroideo (T3, T4, TSH); despistaje de metabolopatías (hipotiroidismo, galactosemia); sustancias reductoras de glucosa en orina (galactosemia); y aminoácidos en sangre y orina, y ácido pipecólico en orina (enfermedad de depósito peroxisomal o síndrome de Zellweger).

- Descartar causas infecciosas. Serología para: herpes, rubéola, toxoplasma, sífilis, hepatitis B y C, y echovirus; recoger orina para: CMV (rápido y menos falsos positivos y negativos); orina para: sedimento y cultivo (infección urinaria) y hemocultivo.

• Examen del color de las heces (> 3 deposiciones acólicas consecutivas) y coluria.

• Pruebas radiológicas: ante sospecha de obstrucción de vía biliar: coles­tasis.

1. Ecografía abdominal (hígado y sistema biliar).

2. Gammagrafía con radioisótopos: el ácido iminodiacético sustituido-Tecnecio-99 (HIDA) es captado por los hepatocitos y excretado en la bilis al intestino (permite diferenciar colestasis intrahepática de una obstrucción extrahepática). La captación es escasa en hepatopatías parenquimatosas, como la hepatitis neonatal, apreciándose excreción hacia la bilis y el intestino.

3. Colangiografía: visualización directa del árbol biliar intra y extrahepático utilizando un material radiopaco. Evalúa: causa, localización o extensión de una obstrucción biliar.

4. Biopsia hepática percutánea (corregir previamente la coagulopatía si existe, con plasma fresco congelado y vitamina K).

Tratamiento

La existencia de nomogramas de estratificación del riesgo de desarrollar ictericia patológica y de nomogramas de indicación terapéutica, es esencial en la elección y control de estos pacientes.

Vigilancia de pacientes de riesgo

En el año 2004, la Academia Americana de Pediatría establece nomogramas predictivos de bilirrubinemia basado en la Bb sérica según las horas de vida en los recién nacidos ≥ 35 semanas de edad gestacional. Se define así el riesgo de presentar posteriormente hiperbilirrubinemia significativa en 3 niveles: riesgo alto (≥ percentil 95), riesgo intermedio (percentil 40-95) y riesgo bajo (< percentil 40). Hay que tener en cuenta que no describe la evolución natural de la hiperbilirrubinemia neonatal a partir de las 48-72 horas de vida. Precisarán control los pacientes que al alta tienen una cifra de Bb sérica ≥ percentil 95 (Fig. 2).

Figura 2. Nomograma de riesgo de hiperbilirrubinemia para RN ≥35 semanas de edad gestacional, según valores de Bb sérica específicos de cada hora (según Guía Práctica Clínica de la Academia Americana de Pediatría, Pediatrics, 2004).

El nomograma, junto con los factores de riesgo más frecuentemente asociados a hiperbilirrubinemia, puede ayudar en la valoración de cada caso. Dentro de los factores de riesgo a tener en cuenta, destacan: lactancia materna exclusiva, edad gestacional < 38 semanas, ictericia significativa en hijo previo y presencia de ictericia al alta. La utilización de los grupos de riesgo de desarrollar ictericia es de gran ayuda para una mayor vigilancia al alta de la planta de Maternidad en aquellos casos necesarios(1-3).

Medidas terapéuticas

Fototerapia(1,4,12)

Debemos seguir las indicaciones de los nomogramas de tratamiento de hiperbilirrubinemia, según las indicaciones de la Academia Americana de Pediatría para el recién nacido mayor de 35 semanas (Fig. 3) y según la revisión de NICE y de la Academia Americana de Pediatría para el menor de 35 semanas (Tabla I).

Figura 3. Fototerapia para RN hospitalizados ≥ 35 semanas (según Guía Práctica Clínica de la Academia Americana de Pediatría, Pediatrics, 2004).

El mecanismo de acción de la fototerapia (FT) se produce por isomerización estructural, debida al efecto de la absorción de la luz por parte de la Bb y su transformación a lumirrubina con su posterior excreción. Es una reacción irreversible que ocurre en el espacio extravascular de la piel y se relaciona con la dosis de FT. En la FT simple, el rango se sitúa entre 6-12 μW/cm2/nm. La máxima eficacia de la fototerapia (descenso más rápido de la Bb sérica) se obtiene con la llamada fototerapia intensiva, en la cual se alcanzan valores superiores a 30 μW/cm2/nm en la longitud de onda 460-490 nm. Para ello, es preciso colocar la luz especial azul a 10-15 cm del RN, con máximo área de piel expuesta.

• Tipos de aparatos para administrar fototerapia(12,13):

- Lámparas halógenas: producen una mayor irradiación central con una menor irradiación en la periferia. Pueden generar una pérdida importante de calor.

- Lámparas fluorescentes: la luz más efectiva es la luz especial azul. Son las más utilizadas.

- Lámparas LED: son las lámparas de más reciente aparición y tienen la ventaja de permitir atenuar o aumentar la intensidad de la irradiación empleando un solo equipo. Así mismo, generan menor pérdida de calor que las lámparas convencionales.

- Mantas de fibra óptica: no deben utilizarse como primera línea de tratamiento para recién nacidos mayores de 37 semanas de edad gestacional.

• Controles a realizar durante el tratamiento con FT:

- Vigilar el estado de hidratación. Las pérdidas insensibles se incrementan. Aumentar la frecuencia de las tomas de lactancia materna y, si es preciso, pautar suplemento oral de fórmula. No dar aporte de glucosa oral.

- La FT solo debe interrumpirse durante las tomas y visitas de los padres. En los casos que se indica FT intensiva, no debe interrumpirse hasta que descienda el nivel de Bb sérica o se inicie exanguinotransfusión.

- Vigilancia de posibles efectos secundarios de este tratamiento: síndrome del niño bronceado, inestabilidad térmica y aparición de exantemas.

- Inicialmente, se indicará FT simple. Se indicará FT doble en el caso de: incremento sérico mayor de 0,5 mg/dl/hora de la cifra de Bb; fracaso en la reducción de la cifra de Bb a las 6 horas de inicio de la FT; o cifra de Bb que se encuentra 2,9 mg/dl puntos por debajo de indicación de exanguinotransfusión.

- Los controles analíticos tras su inicio se realizarán con un intervalo que dependerá de la cifra inicial de Bb y de los factores de riesgo existentes en cada paciente. La retirada de FT se realizará con cifras de Bb menores de 14 mg/dl, vigilando el posible efecto rebote.

Exanguinotransfusión(1,2,4)

La exanguinotransfusión (EXT) elimina Bb de la sangre antes de que pase al espacio extravascular, elimina anticuerpos hemolíticos de la sangre y permite corregir la anemia. Existen nomogramas para su indicación, al igual que en el caso de la FT (Fig. 4 y Tabla II).

Figura 4. Exanguinotransfusión en RN ≥ 35 semanas (según Guía Práctica Clínica de la Academia Americana de Pediatría, Pediatrics, 2004).

• Características de la técnica:

- Monitorización de constantes: electrocardiograma, frecuencia cardiaca, tensión arterial y temperatura del paciente.

- Utilizar sangre total fresca anticoagulada con: citrato, irradiada, reconstituida con plasma fresco congelado y concentrado de hematíes, para obtener hematocrito final del 45-50%.

- Monitorizar calcio iónico durante el procedimiento, por riesgo de hipocalcemia e hipomagnesemia, glucosa y cifra de plaquetas, después del procedimiento.

- El tipo de sangre a utilizar dependerá de la etiología hemolítica o no de la ictericia y de la urgencia de uso. Se deben solicitar pruebas cruzadas al recién nacido y a la madre, para optimizar la búsqueda de anticuerpos que puedan estar causando la hemólisis.

- Vía de acceso: vena umbilical, canalizando solo lo necesario para que refluya bien.

- El volumen de intercambio será de dos veces la volemia (2 x 80 ml x kg). Se realizará en alícuotas de 10-15 ml en un tiempo máximo de 1,5-2 horas.

- Se administrará profilaxis con cefazolina durante 24 horas.

- Tras EXT, mantener FT y controlar Bb cada 4 horas. Mantener la canalización central 12-24 horas, por si fuera necesario repetir la EXT.

Tratamiento en pacientes con ictericia de etiología hemolítica(3,5,14)

• Isoinmunización Rh. Ocurre en fetos recién nacidos de madres Rh negativo sensibilizadas por parto, aborto, embarazo ectópico… Se producen anticuerpos anti-D tipo IgG que pasan al feto, siendo afectado si es Rh positivo. Otros anticuerpos que pueden causar enfermedad hemolítica son: anti-C, anti-Kelly, anti-Duffy…

La isoinmunización Rh es evitable con una adecuada profilaxis: gammaglobulina anti-D a las 28 semanas de gestación a todas las madres Rh negativo, con una segunda dosis dentro de las 72 horas siguientes al parto.

Está indicado tratamiento en el recién nacido, cuando:

- Seguir nomogramas de indicación de tratamiento indicados previamente.

- Considerar siempre en estos niños, fototerapia intensiva hasta obtener resultados analíticos. Mantener la FT hasta que la Bb total sérica sea menor de 14 mg/dL y vigilar posible rebote.

- EXT si hemoglobina en sangre de cordón menor de 12 mg/dL o Bb total sérica mayor de 5 mg/dL.

- Seguimiento en consulta, con controles de hemoglobina hasta los 3 meses de edad.

- Incompatibilidad ABO. Ocurre con madre grupo O e hijo de grupos A o B. Reviste menos gravedad que la isoinmunización Rh y, rara vez, afecta al feto. Generalmente, el RN presenta ictericia clínica a las 24-48 horas que responde bien a fototerapia, siendo raro que precise EXT. Se seguirán igualmente nomogramas de tratamiento.

Otras medidas de tratamiento(1,5,15)

• En caso de enfermedad hemolítica isoinmune sin respuesta a fototerapia intensiva (incremento sérico mayor de 0,5 mg/dl/hora o cifra de Bb que se encuentra 2-3 mg/dl por debajo de la indicación de exanguinotransfusión), valorar administrar inmunoglobulina intravenosa 0,5 g/kg en 4 horas y repetir a las 12 horas si precisa.

• En casos de colestasis secundaria a nutrición parenteral prolongada o pacientes con Crigler-Najjar tipo II, puede utilizarse fenobarbital a 5-8 mg/kg/día; como favorecedor de conjugación y excreción de Bb.

• En el caso de hiperbilirrubinemia directa, se individualizarán las medidas terapéuticas.

• El resto de los fármacos no han demostrado su eficacia.

Función del pediatra de Atención Primaria

Vigilancia de los neonatos dados de alta desde las plantas de maternidad con factores de riesgo de ictericia. Dada la tendencia al alta precoz de los recién nacidos, es importante valorar en Atención Primaria o a nivel hospitalario aquellos pacientes con factores de riesgo de ictericia: lactancia materna exclusiva, prematuros tardíos (34-37 semanas de edad gestacional), presencia de cefalohematomas, raza asiática y cifra elevada de Bb en zona de alto riesgo.

Vigilancia de los neonatos con clínica de ictericia mayor de 7 días de vida. Debemos recordar que los pacientes con lactancia materna exclusiva pueden presentar ictericia clínica hasta las los 40-60 días de vida sin repercusión clínica. No obstante, ante los cuadros de ictericia prolongada en periodo neonatal, se deberá realizar un diagnóstico diferencial, incluyendo: infección urinaria, hipotiroidismo, posibilidad de enfermedad hemolítica familiar, fibrosis quística y enfermedades metabólicas, como la galactosemia.

Vigilancia de los neonatos que desarrollen signos de colestasis: ictericia junto a coluria/acolia. En estos casos, se orientará el diagnóstico hacia patología hepatobiliar, siendo necesaria una derivación del paciente al ámbito hospitalario, para completar el diagnóstico y el abordaje terapéutico que precise.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.*** American Academy of Pediatrics. Clinical Practice Guideline. Subcommittee on Hyperbilirrubinemia. Management of hyperbilirrubinemia in the newborn infant less 35 or more weeks of gestation. Pediatrics. 2004; 114: 297-316.

2.*** Maisels MJ, Watchko JF, Bhutani VK, Stevenson DK. An approach to the management of hyperbilirubinemia in the preterm infant less than 35 weeks of gestation. Journal of Perinatology. 2012; 32: 660-4.

3.*** Sánchez-Redondo Sánchez-Gabriel MD, Leante Castellanos JL, Benavente Fernández I, Pérez Munuzuri A, Rite Gracia S, Ruiz Campillo CW, et al. Recomendaciones para la prevención, la detección y el manejo de la hiperbilirrubinemia en los recién nacidos con 35 o más semanas de edad gestacional. An Pediatr (Barc). 2017; 87: 243-98.

4.*** National Institute for Health and Clinical Excellence. Neonatal Jaundice. (Clinical guideline 98). 2010. www.nice.org.uk/CG98.

5.*** Caballero SM, González-Valcárcel M. Ictericia patológica en el recién nacido. En: Casado Flores J, Serrano González A. Urgencias pediátricas niño grave. Ergon. SA.; 2015. p. 1146-53.

6.** Omeñaca Teres F, González Gallardo M. Ictericia neonatal. Pediatr Integral. 2014; XVIII(6): 367-74.

7.** Stark A, Bhutani V. Hiperbilirrubinemia Neonatal. En: Cloherty JP, Stark AR (eds). Manual of neonatal care. 8 ed. Wolters Kluwer. 2017. p. 316-32.

8.* Johnson L, Bhutani VK. Guidelines for management of the jaundiced term and near-term infant. Clin Perinatol. 1998; 25: 555-74.

9.* Ratnavel N, Ives NK. Investigation of prolonged neonatal jaundice. Current Paediatrics. 2005; 15: 85-91.

10.* Yao TC, Stevenson DK. Advances in the diagnosis and treatment of neonatal hyperbilirrubinemia. Clin Perinatol. 1995; 133: 705-7.

11.* Vandborg PK, Hansen BM, Greisen G, Ebbesen F. Dose-Response Relationship of Phototherapy for Hyperbilirubinemia. Pediatrics. 2012; 130; e352.

12.* Capasso L, Parrella C, Borrelli AC, et al. Is it worthwhile using a transcutaneous bilirubinometer in the nursery? Early Human Development. 2012; 88S2: S25-S26.

13.* Dijk PH, Hulzebos CV. An evidence-based view on hyperbilirubinaemia. Acta Pædiatrica. 2012; 101: 3-10.

14* Kaplana M, Bromikera R, Hammermana C. Severe Neonatal Hyperbilirubinemiaand Kernicterus: Are These Still Problems in the Third Millennium? Neonatology. 2011; 100: 354-62.

15** Stokowski LA. Fundamentals of Phototherapy for Neonatal Jaundice. Advances in Neonatal Care. 2011; 11: S10-S21.

Bibliografía recomendada

– American Academy of Pediatrics. Clinical Practice Guideline. Subcommittee on Hyperbilirrubinemia. Management of hyperbilirrubinemia in the newborn infant less 35 or more weeks of gestation. Pediatrics. 2004; 114: 297-316.

Guía de diagnóstico y tratamiento de los recién nacidos mayores de 35 semanas con ictericia.

Maisels MJ, Watchko JF, Bhutani VK, Stevenson DK. An approach to the management of hyperbilirubinemia in the preterm infant less than 35 weeks of gestation. Journal of Perinatology. 2012; 32: 660-4.

Guía de diagnóstico y tratamiento de los recién nacidos menores de 35 semanas con ictericia.

– Sánchez-Redondo Sánchez-Gabriel MD, Leante Castellanos JL, Benavente Fernández I, Pérez Munuzuri A, Rite Gracia S, Ruiz Campillo CW, et al. Recomendaciones para la prevención, la detección y el manejo de la hiperbilirrubinemia en los recién nacidos con 35 o más semanas de edad gestacional An Pediatr (Barc). 2017; 87(5): 243-98.

Revisión actualizada en el año 2017, sobre el manejo de la ictericia en los mayores de 35 semanas.

– Caballero Martín S, González-Valcárcel Espinosa M. Ictericia patológica en el recién nacido. En: Casado Flores J, Serrano González A. Urgencias y tratamiento del niño grave. Ergon. SA.; 2014. p. 178-79.

Estudio en profundidad sobre la etiología, fisiopatología, diagnóstico y tratamiento de la ictericia neonatal.

 

Caso clínico

 

Recién nacido pretérmino de edad gestacional 36 semanas, con antecedentes perinatales: madre 36 años, primípara, primigesta. Grupo Sanguíneo A Rh positivo. Sana. Padre 37 años, sano. No consanguineidad. Embarazo controlado. Serologías connatales (rubeola inmune, toxoplasmosis no inmune, VIH, VHB, VHC y lúes negativas). Exudado vaginorrectal no realizado. Ecografías connatales normales salvo en semana 34, peso fetal estimado en percentil 7 con doppler normal. Parto a las 36 semanas, vaginal, eutócico. Peso al nacimiento: 2.300 gramos. No precisó reanimación. pH de cordón: 7,30.

Durante su estancia en planta de maternidad, presenta máxima pérdida ponderal del 10% con alimentación con lactancia materna exclusiva. Peso al alta: 2.070 gramos. Mantiene buen tránsito intestinal sin presentar vómitos y con exploración física dentro de la normalidad.

Previo al alta, a las 48 horas de vida, se objetiva ictericia cutánea. Se realiza medición con bilirrubinómetro transcutáneo con cifra de 10 mg/dL. Se indica a los padres vigilancia en domicilio, tomas de lactancia materna frecuentes, vigilancia de diuresis (cambiar, al menos, 5-6 pañales con orina al día) y control en 24 horas en consulta hospitalaria de neonatología.

En revisión en consulta, se objetiva buen estado de hidratación, peso: 2.040 gramos (-30 gramos) y se repite medición transcutánea de Bb de 15 mg/dL comprobándose medición sérica de 16,2 mg/dL (Bb directa de 0 mg/dL). Ante los hallazgos y la valoración de la cifra de Bb de los nomogramas de la AAP, se decide su ingreso para fototerapia simple en planta de neonatología y vigilancia de enganche y realización de tomas, para valorar necesidad de suplemento si es necesario. En control analítico a las 6 horas de inicio de tratamiento, descenso de cifras de Bb a 11 mg/dL, permitiendo retirada de fototerapia a las 12 horas de ingreso, con control posterior dentro de la normalidad. Presenta buena realización de tomas durante el ingreso con succión adecuada, siendo dado de alta a las 48 horas de este, con curva ponderal ascendente.

 

 

 

Recién nacido con riesgo social

L. Martínez Bernat, G. Villar Villar
Temas de FC


L. Martínez Bernat, G. Villar Villar

Unidad Neonatal del Hospital Universitario de Getafe. Madrid

Resumen

El maltrato es un problema real en nuestro entorno, mucho más frecuente de lo que las estadísticas recogen, dado que los casos documentados no reflejan la realidad del problema. Entre las dificultades para abordarlo, están: la ambigüedad de su definición, los diferentes tipos de maltrato existentes, su dispar prevalencia y la reticencia existente aún en parte de los profesionales sanitarios para abordar el problema. Es importante conocer y detectar la presencia de indicadores de riesgo social, incluso antes del nacimiento del niño, para asegurar un correcto seguimiento de esta alerta y poder trabajar en la prevención, mediante un abordaje multidisciplinar que incluye al pediatra, la enfermera de Pediatría y el trabajador social, entre otros. El objetivo principal de la intervención ha de ser: identificar y captar precozmente los casos de riesgo, asegurar una atención sanitaria adecuada y establecer un programa de apoyo que favorezca la adaptación y normalización social del niño y su familia.

 

Abstract

Child abuse is a real situation, more common than reflected by statistics given that many cases are not detected, so it remains underestimated. This may be due to it ́s ambiguous definition, variety of modalities, uneven prevalence and reticence of health personnel to approach this problem. Identifying social risk factors, even before delivery occurs, is important so as to ensure a safe environment for the baby, and act to prevent neglect or abuse, with the help of a multidisciplinary team that includes the Pediatrician, Pediatric nurse, Social worker and any other needed professional.
The main objective must be the early detection of babies at social risk, so as to provide them with healthcare and enough social support, in order to normalize the social situation of them and their families.

 

Palabras clave: Maltrato infantil; Riesgo social; Factores psicosociales; Recién nacido.

Key words: Child abuse; Social risk; Psychosocial factors; Newborn.

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (3): 154 – 160


Recién nacido con riesgo social

Introducción

Se considera niño en situación de riesgo psicosocial, a todo menor cuyo entorno presenta alteraciones que impiden un desarrollo físico, psíquico y social saludable del mismo.

El concepto de niño en situación de riesgo psicosocial incluye a todo menor cuyo entorno social y/o familiar presenta alteraciones o carencias sociales y/o afectivas que impiden un desarrollo físico, psíquico y social saludable del mismo. Este entorno le acompaña, en la mayoría de los casos, desde antes de su nacimiento, y las posibilidades de actuar sobre él, pasan por detectar precozmente su presencia, basándonos en las circunstancias que se perciben a su alrededor y que no siempre son evidentes. La importancia de su identificación radica en la posibilidad de que dichos factores de riesgo social se asocien directa o indirectamente a una falta de cuidados adecuados, y un posible no buen trato, o lo que es lo mismo, maltrato. El recién nacido presenta una relación de dependencia absoluta respecto a su entorno. Este hecho, junto a su situación de indefensión e incapacidad para la solicitud de amparo, hace de esta población un grupo especialmente vulnerable.

El Centro Internacional de la infancia de París define el maltrato infantil como: cualquier “acción, omisión o trato negligente, intencionado, que despoje al niño de sus derechos y que tengan un impacto negativo sobre su bienestar, afectando a su desarrollo físico, psíquico y social”. Hay muchas formas de maltrato, que se pueden clasificar según diferentes enfoques (ámbito en el que se producen, relación entre el agresor y la víctima, secuencia temporal, gravedad…). De forma sencilla, se pueden clasificar según la tabla I(1,2).

Desde hace años, se introduce también el concepto de maltrato prenatal, que se refiere a todas aquellas conductas voluntarias realizadas por la madre gestante, o por su entorno, con repercusión negativa sobre el feto(3).

Epidemiología

Las cifras sobre el número de niños en situación social de riesgo y el maltrato infantil están infraestimadas, ya que su detección es compleja.

Es difícil determinar la prevalencia e incidencia real del problema, ya que los casos de riesgo social y/o maltrato que se detectan con mayor facilidad son los más graves y evidentes, que por otra parte son los menos frecuentes. La propia naturaleza del problema, con un menor como damnificado, generalmente por circunstancias propiciadas por su propia familia, junto a la formación insuficiente de los profesionales y el miedo a la denuncia, favorecen esta situación. Diferentes expertos asemejan la epidemiología del riesgo social y el maltrato a un iceberg, estimando que los casos detectados serían solo una pequeña parte de los casos reales (Fig. 1)(4).

Figura 1. Los icebergs de maltrato (Morales JM, Costa M, 1997).

Según el Boletín de Datos Estadísticos de Medidas de Protección a la Infancia, en 2016 en España, se realizó algún tipo de intervención de protección sobre un total de 43.902 menores en riesgo. Respecto a los datos referentes a la aplicación online del Registro Unificado de casos de sospecha de Maltrato Infantil (RUMI), el 15% de las notificaciones recogidas correspondieron al grupo de edad de entre 0 y 3 años(5).

Etiopatogenia

En el entorno del menor, se establece un equilibrio cambiante entre factores riesgo social y factores compensadores, cuya interrelación condiciona el curso de su desarrollo integral.

El riesgo social se estructura sobre la presencia de circunstancias relativas a los responsables directos de los cuidados del niño, a la dinámica familiar, al propio menor y al entorno físico, socioeconómico y cultural. A estos elementos se les conoce como indicadores o factores, de los cuales una parte se comportan como potenciadores de riesgo de maltrato y otros como compensadores del mismo (Tablas II y III).

Interactúan entre ellos en el tiempo y establecen un equilibrio cambiante, que condiciona el ámbito de desarrollo del niño y las consecuencias sobre su salud(6).

Cabe destacar la importancia que tienen, en las edades más tempranas de la vida, aquellos factores relacionados con la capacitación de los padres para realizar correctamente los cuidados de su recién nacido, así como todas aquellas condiciones que influyen sobre el establecimiento de un vínculo afectivo adecuado entre ellos. En este sentido, los neonatos con enfermedades congénitas crónicas y los recién nacidos prematuros suponen un reto para todos los profesionales, no solo por la complejidad en los cuidados que su propia condición implica, sino por la posibilidad que tenemos de modificar el curso de la enfermedad mediante intervenciones ambientales. Es imprescindible identificar a estos niños para que se incluyan en programas de Atención Temprana y programas específicos de seguimiento que mejoren, en la medida de lo posible, su pronóstico a largo plazo(7,8).

De todos modos, aunque la presencia de indicadores de riesgo social se haya relacionado de manera sistemática con una mayor incidencia de abusos a menores, hay que saber que la información a partir de la cual se han obtenido estos indicadores está sesgada, ya que la mayoría de los estudios realizados para su identificación se han llevado a cabo sobre familias que ya habían sido sometidas a algún tipo de intervención por parte de los servicios de protección infantil. De hecho, a pesar de todos los esfuerzos por acotar el perfil del niño de riesgo, la realidad es que no hay ninguna característica social o familiar que excluya la posibilidad de maltrato infantil, así como tampoco la presencia de indicadores de riesgo implica necesariamente una atención inadecuada hacia el menor.

Diagnóstico

Los profesionales sanitarios deberán realizar una anamnesis y una exploración clínica completa orientada a detectar datos de alarma.

El diagnóstico de riesgo social y maltrato infantil es muy complejo y los profesionales sanitarios ocupan una posición privilegiada para su detección. Sin embargo, generalmente, su implicación depende de su grado de sensibilización, formación y entrenamiento para identificar y atender adecuadamente a estos niños. Por este motivo, es fundamental apoyar a los profesionales en el desarrollo de las habilidades necesarias para captar las señales de alarma, a través de la entrevista completa y de la comunicación no verbal, y evitar así que una situación de riesgo desemboque en maltrato infantil(9).

Anamnesis

Como en cualquier otra patología, el primer paso para abordar a estos pacientes pasa por elaborar una historia clínica completa del recién nacido, y esta comienza mucho antes del nacimiento del menor. Hay que ser conscientes de que mucha de la información se va a obtener a través de un intermediario, que puede manipularla según sus propios intereses; de hecho, los cuestionarios, como medida de cribado de indicadores de riesgo, no son recomendables por su falta de eficacia.

Inicialmente, se deben recoger todos los datos referentes a antecedentes familiares generales, al control gestacional y a antecedentes maternos específicos, incluyendo: la edad, el uso de medicaciones habituales, hábitos tóxicos, hábitos alimenticios, la paridad y la planificación previa de la gestación actual. A ser posible, se deben dejar reflejadas variables demográficas (estructura familiar) y variables sociales (vivienda, condiciones de la misma, situación laboral, recursos económicos…)(10).

Tras el nacimiento, se debe incluir todo lo concerniente al parto y al estado de salud inicial del recién nacido. Durante su estancia en la maternidad, se debe observar y dejar constancia del desarrollo del puerperio, prestando especial atención al vínculo que se establece entre la madre, el entorno familiar y el nuevo miembro de la familia. Se ha hablado mucho del binomio madre-hijo, y es que la relación que se establece entre ambos es muy estrecha. Las circunstancias de cada uno influyen de manera recíproca e inevitable sobre el otro, habiéndose constatado cómo los estados de ansiedad y depresión maternos, tanto previos como posteriores al parto, y los conflictos socio-familiares que los acentúan, tienen impacto directo sobre el estado de salud del neonato a largo plazo(11,12).

En la tabla IV, se enumeran algunos de los indicadores de riesgo aplicables de manera más específica al periodo de edad que nos ocupa, algunos de los cuales ya se han mencionado de manera más general con anterioridad. Estos pueden identificarse en diferentes ámbitos y, por tanto, todos los profesionales de la salud deben estar familiarizados con ellos(13).

Exploración física

El cuidado negligente y el abandono son las formas de maltrato más frecuentes, pero también las más difíciles de evidenciar, por lo que debemos estar alerta frente a los signos externos que nos permitan sospechar que algo no va bien. Lo más habitual es que los recién nacidos en situación de riesgo social no presenten hallazgos específicos sugerentes del mismo, o que estos sean muy sutiles, a pesar de que el entorno tiene impacto sobre la salud del niño desde etapas muy precoces de su vida.

Las manifestaciones más frecuentemente descritas tienen que ver principalmente con alteraciones en la evolución antropométrica, el desarrollo conductual y el retraso del neurodesarrollo(14). El bajo peso al nacer, el fallo de medro y la prematuridad son frecuentes en esta población(15-17). Sin embargo, las alteraciones de conducta en el recién nacido pueden ser poco expresivas, variando desde: la hiporreactividad, la irritabilidad o la alteración de los periodos de sueño-vigilia. Todos ellos son signos muy inespecíficos, que pueden estar presentes en múltiples circunstancias. Los cambios conductuales más evidentes, que se observan en edades posteriores, como: la ausencia de contacto visual, la indiferencia ante rostros de personas o los movimientos estereotipados de autoestimulación, requieren de un lapso temporal del que no disponemos aún en el periodo neonatal. Algo parecido ocurre con el retraso del neurodesarrollo, que no se hará evidente hasta meses después del nacimiento. Por este motivo, el seguimiento del niño con realización de exploraciones seriadas, es fundamental para su diagnóstico.

Una parte muy importante de la exploración física será la observación directa de la interacción entre recién nacido y su cuidador, focalizando nuestra atención principalmente en la actitud de este último.

En algunas ocasiones, la evidencia es mayor, y existen algunos indicadores físicos altamente sugestivos, como: las lesiones mucocutáneas, hematomas o laceraciones, muy especialmente si se encuentran en distinto estadio evolutivo y que no se justifiquen por el proceso del parto. También, debe hacernos sospechar maltrato: presencia de quemaduras, fracturas, signos de intoxicación y falta de higiene, entre otros. Se deben dejar reflejadas y descritas, tanto las características físicas del paciente como: su estado nutricional, aspecto, higiene, conducta o cualquier otro dato que se considere relevante, siendo especialmente minuciosos y exhaustivos en los casos ya conocidos o sospechosos de situación social de riesgo.

Pruebas complementarias

No suelen ser necesarias, dado que ninguna pone en evidencia una situación clara de riesgo social en el recién nacido. Se debe recurrir a ellas cuando se sospeche la existencia de lesiones óseas, lesiones viscerales o intoxicación por drogas de abuso, así como para descartar otras enfermedades que pudieran actuar como factores confusionales, como podrían ser alteraciones de la coagulación, de la mineralización ósea o metabolopatías, entre otras.

Prevención

La detección precoz de la situación de riesgo y el fomento de las actuaciones de carácter preventivo constituyen los pilares de actuación en todos los casos.

El objeto de la intervención son los factores sociales presentes desde antes del nacimiento y/o derivados del mismo, y deben ser abordados paralelamente a la condición clínica del recién nacido.

Las mediaciones más eficaces son las que se realizan antes de los cinco años de edad. El desarrollo físico, intelectual y emocional del ser humano comienza en la vida intrauterina y continúa en las etapas más precoces de la vida, por lo que “el establecimiento de un vínculo afectivo seguro contribuye a la adquisición de un amplio rango de competencias personales, como autoestima, autoeficacia y habilidades sociales positivas que se asocian con mejores resultados educativos, sociales y laborales” (informe Marmot, 2010).

Se han propuesto diferentes medidas de actuación, de las cuales la educación de la población general en relación con el zarandeo y la promoción de la lactancia materna, con información acerca de sus contraindicaciones, deben estar presentes en el ámbito de la Atención Primaria.

El pediatra debe implicarse en la promoción del buen trato y la prevención del maltrato, desde la primera toma de contacto con la familia, integrándolo como actividad sistemática dentro de la consulta y con independencia de que se haya detectado o no algún indicador de riesgo previo. Es deseable que el pediatra esté presente en la atención prenatal del niño, con la gestante, compartiendo la responsabilidad junto con el obstetra y la matrona, y ayudando a la embarazada a conocer los cuidados y las medidas de protección que debe proporcionar a su hijo.

Una vez detectada la situación social de riesgo del recién nacido, el establecimiento de un seguimiento socio-familiar estrecho, con visitas al domicilio, la psicoterapia familiar, los programas de ayuda social y los programas educativos específicos dirigidos a los padres, son las medidas que han mostrado mayor grado de efectividad. El seguimiento se debe realizar de manera conjunta entre los profesionales de Pediatría de Atención Primaria, Pediatría Social, Trabajo Social y Salud mental, entre otros, siendo el abordaje multidisciplinar e individualizado, según cada caso. Los objetivos que se intentarían alcanzar mediante la intervención serían:

1. Realizar un seguimiento activo de la familia, asegurando una atención sanitaria adecuada del recién nacido. Se debe controlar la asistencia a las visitas concertadas, para lo que será imprescindible conseguir una buena adherencia de la madre o la familia. Es necesario mantener una actitud proactiva y puede ser muy útil contar con algún tipo de incentivo establecido de forma coordinada con los servicios sociales (alimentación, escuela infantil, facilidades laborales para la familia, etc.).

2. Orientar a la familia para modificar todos aquellos factores ambientales sobre los que tengamos capacidad de actuación, con el objetivo de promover un desarrollo físico y psicomotor adecuados. Los programas de Atención Temprana dirigidos a niños con riesgo de retraso del neurodesarrollo han demostrado cómo las intervenciones precoces sobre los factores ambientales son capaces de modificar el curso biológico de los pacientes(18).

3. Favorecer la integración y normalización social del niño y de su familia, proporcionando apoyo y recursos institucionales y favoreciendo su participación en diferentes estructuras de protección de la infancia (consejos de infancia, comisión de tutela del menor…).

Conclusión

El seguimiento de los recién nacidos en situación social de riesgo requiere un equipo multidisciplinar, cuyo coordinador debe ser el Pediatra de Atención Primaria.

El riesgo social en la gestante y, por tanto, en el recién nacido, es un problema de tal magnitud que requiere soluciones complejas, y no puede ser abordado desde un solo ámbito de actuación, siendo necesaria la implicación de todas las instituciones que, desde distintas áreas atienden a la infancia y la familia.

Los protocolos de prevención secundaria, dirigidos a modificar las carencias detectadas, se van a poder aplicar solo tras la identificación de los casos de riesgo. Establecer canales de comunicación fluidos entre todos los profesionales que atienden a la gestante y al recién nacido es clave para no perder la visión de conjunto del entorno social que les envuelve. El Pediatra de Atención Primaria está en la primera línea de asistencia y tiene, por tanto, un papel protagonista. Su labor, como gestor de la información y coordinador del seguimiento del recién nacido, permite optimizar la atención del niño que crece en un ámbito poco favorable.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.*** Soriano Faura FJ. Promoción del buen trato y prevención del maltrato en la infancia en el ámbito de la Atención Primaria. En: Recomendaciones Previnfad/PAPPS (en línea). Actualizado en 2015. https://www.aepap.org/previnfad/Maltrato.htm.

2.*** Gancedo Baranda A. Abordaje integral del maltrato infantil. En: AEPap (ed.). Curso de Actualización Pediatría 2017. Madrid: Lúa Ediciones 3.0; 2017. p. 535-43.

3.** García García J, Campistol Mas E, López-Vilches MA, Morcillo Buscato MJ, Mur Sierra A. Análisis del maltrato prenatal en Cataluña entre los años 2011 y2014. An Pediatr (Barc). 2018; 88(3): 150-9.

4.*** Casado Flores J, Díaz Huertas JA, Esteban Gómez J, García García E, Ruíz Díaz MA. Detección de riesgo social en la embarazada y prevención del maltrato infantil. Atención al Maltrato Infantil. Consejería de Políticas Sociales y Familia. Madrid: Dirección General de la Familia y el Menor; 1999.

5.** Observatorio de la Infancia. Boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia (datos 2016). Boletín nº 19. Serie: Informes, Estudios e Investigación. Madrid: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad; 2017.

6.** Morales JM, Pastor VZ, Salceda VM. Modelos conceptuales del maltrato infantil: una aproximación biopsicosocial - Gaceta Sanitaria, 1997 – Elsevier.

7.*** Valle Trapero M, Sierra García P, Palacios Agúndez I, García Ormazábal R, Moro Serrano M. Atención temprana al recién nacido de riesgo. An Pediatr Contin. 2014; 12(3): 119-23.

8.*** Iriondo M, Póo P, Ibáñez M. Seguimiento del recién nacido de riesgo. An Pediatr Contin. 206; 4(6): 344-53.

9.*** Rodríguez Molinero L. El maltrato y el abuso sexual infantil en Atención Primaria de Salud. Los pediatras: Parte del problema y parte de la solución. Pediatr Integr. 2018; 22(4): 187-99.

10.*** Merón de Cote PM. Consulta prenatal y seguimiento del recién nacido normal. Pediatr Integral. 2014; XVIII(6): 384-94.

11.** Biaggi A, Conroy S, Pawlby S, Pariante CM. Identifying the women at risk of antenatal anxiety and depression: A systematic review. J Affect Disord [Internet]. 2016; 191: 62-77. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1016/j.jad.2015.11.014.

12.** Aliaga A, Cunillera O, Amador MC, Aliaga M, Arquerons M, Almeda J. Association between affective disorders presenting before and during pregnancy and pre-term birth, considering socio-demographic factors, obstetric factors, health conditions, and use of medication. Aten Primaria. 2018.

13.** Díaz Huertas JA, Esteban Gómez J, Romeu Soriano J, Puyo Marín C, Gotzens Busquets F, Pastor Aguilar P, et al. Grupo de trabajo sobre maltrato Infantil. Maltrato Infantil : detección, notificación y registro de casos. Obs Infanc [Internet]. 2006; 5: 1-89.

14.*** Oliván Gonzalvo G. Maltrato infantil: indicadores físicos y comportamentales en el menor [Internet] Guía clínica Fisterra 2015. [consultado el 21 de noviembre de 2018]. Disponible en: http://www.fisterra.com/guias-clinicas/indicadores-maltrato-infantil.

15.** Dolatian M, Mahmoodi Z, Alavi-Majd H, Moafi F, Ghorbani M, Mirabzadeh A. Psychosocial factors in pregnancy and birthweight: Path analysis. J Obstet Gynaecol Res. 2016; 42(7): 822-30.

16.** Cheng ER, Poehlmann-Tynan J, Mullahy J, Witt P. Cumulative social risk exposure, infant birthweight, and cognitive delay in infancy. Acad Pediatr. 2014; 14(6): 581-8.

17.** Viteri OA, Soto EE, Bahado-Singh RO, Christensen CW, Chauhan SP, Sibai BM. Fetal anomalies and long-term effects associated with substance abuse in pregnancy: A literature review. Am J Perinatol. 2015; 32(5): 405-16.

18.*** Benítez Robredo T, Bruguera Moreno C, Junco Torres I. Protocolo de atención al niño en situación social de riesgo. En Díaz Huertas JA, Marín López L, Muñoz Hoyos A. Manual de Pediatría Social. Málaga: Ediciones Del Genal, 2013. p. 219-23.

Bibliografía recomendada

– Díaz Huertas JA, Marín López L, Muñoz Hoyos A. Manual de Pediatría Social. Málaga: Ediciones Del Genal; 2013. p. 219-23.

Manual publicado on-line en la página de la Sociedad Española de Pediatría Social, donde se abordan de manera integral, diferentes aspectos relacionados con situaciones de riesgo social en el paciente pediátrico.

– Soriano Faura FJ. Promoción del buen trato y prevención del maltrato en la infancia en el ámbito de la Atención Primaria. En: Recomendaciones Previnfad/PAPPS (o-line). Actualizado en 2015. https://www.aepap.org/previnfad/Maltrato.htm.

Artículo de revisión acerca del maltrato, la magnitud del problema, los indicadores de riesgo, las actividades preventivas aplicadas y su eficacia. Establece recomendaciones prácticas para su aplicación en el ámbito profesional.

– Rodríguez Molinero L. El maltrato y el abuso sexual infantil en Atención Primaria de Salud. Los pediatras: Parte del problema y parte de la solución. Pediatr Integr. 2018; 22(4): 187-99.

Artículo de revisión sobre maltrato en la infancia, en el que se abordan los diferentes tipos de maltrato presentes en el entorno de la Pediatría y su abordaje en la consulta.

 

Caso clínico

 

Recién nacida, prematura con edad gestacional corregida 39 + 6 semanas, traída al Servicio de Urgencias por sus padres por irritabilidad de varias horas de evolución que solo cede al pecho.

Antecedentes personales

Gestación controlada de curso normal. Cesárea a las 35 + 1 semanas por rotura prematura de membranas y presentación de nalgas. Peso: 2.100 g (p24), PCRN: 32 cm (p 40) y longitud: 46 cm (p 55). Periodo neonatal sin incidencias, alimentación con lactancia materna exclusiva. Dada de alta de maternidad al 4º día de vida sin incidencias.

Antecedentes familiares

Sin antecedentes familiares conocidos de interés.

Exploración física

Regular estado general. Llanto no consolable. Bien perfundida, nutrida e hidratada. Hematoma lineal en cara anterior del brazo derecho. Hematoma circunferencial alrededor de un tobillo. No otros hallazgos de interés, con constantes vitales dentro de la normalidad.

Pruebas complementarias

Se realiza estudio analítico (función hepatorrenal completa, ionograma, gasometría, reactantes de fase aguda, hemograma, coagulación y sistemático y sedimento de orina) que resulta normal. Sin embargo, la muestra de cribado de tóxicos en orina resulta positiva para cocaína.

Evolución

Rehistoriando a los padres, alegan mecanismos de producción de los hematomas que no parecen congruentes con las lesiones observadas, y reconocen el consumo de tóxicos, que han ocultado a los médicos y a sus familiares. Refieren desconocer que este hecho contraindicaba la lactancia materna.

Durante su estancia en urgencias, la paciente entra en status convulsivo (Fig. 2), por lo que se amplía el estudio con TAC cerebral (Fig. 3), que objetiva hematomas subdurales en diferentes estadios evolutivos en ambas convexidades y en fosa posterior. Se solicita también fondo de ojo, en el que se describen hemorragias retinianas bilaterales y se realiza una serie ósea y una ecografía abdominal, que descartan lesiones en otras localizaciones.

Figura 2. Crisis en la monitorización mediante aEEG.

Figura 3. Imagen de hemorragia subdural en TAC.

Se diagnostica de maltrato infantil, con traumatismo craneal no accidental (zarandeo) e intoxicación por cocaína.

Tratamiento-Intervención

La paciente evoluciona favorablemente con tratamiento anticonvulsivante. Se realiza parte de lesiones y se solicita intervención de la trabajadora social y de la policía judicial, poniéndose el caso en conocimiento de la comisión de tutela y del juez de menores. Se retira la custodia a los padres, otorgándosela a la Comunidad de Madrid y se inicia una investigación penal.

La niña es dada de alta tras 3 semanas de ingreso. Se concede su guarda a un familiar de la menor, reintegrándola de este modo en su entorno, con medidas de vigilancia y protección.

 

 

 

Evaluación y seguimiento del recién nacido prematuro menor de 1.500 gramos y/o menor de 32 semanas de gestación

J. Soriano Faura1. Y. Martín Peinador2. C. Pallás Alonso3. P. García González4. G. Ginovart Galiana5. A. Jiménez Moya6. B. Loureiro González7. M.J. Torres Valdivieso8
Temas de FC


J. Soriano Faura1. Y. Martín Peinador2. C. Pallás Alonso3. P. García González4. G. Ginovart Galiana5. A. Jiménez Moya6. B. Loureiro González7. M.J. Torres Valdivieso8

1Pediatra Atención Primaria. CS Fuensanta. Valencia. 2Pediatra de Atención Primaria. Madrid.3Neonatóloga. Hospital 12 de Octubre. Madrid. 4Neonatóloga. Hospital Universitario de Salamanca. 5Neonatóloga. Hospital de Sant Pau. Barcelona. 6Neonatóloga. Hospital de Algeciras. Cádiz.7Neonatóloga. Hospital de Cruces. Bilbao. 8Neonatóloga. Hospital 12 de Octubre. Madrid

Resumen

La prematuridad es uno de los problemas de salud más prevalentes en la población infantil de los países desarrollados. Entre un 8% y un 10% de los nacimientos ocurren antes de la 37 semana de gestación. La mortalidad de los niños nacidos con peso menor de 1.500 g o con una edad gestacional menor de 32 semanas (<1.500<32) ha disminuido significativamente en las últimas décadas. Dado el mayor riesgo de discapacidad en los <1.500<32, el seguimiento tras el alta se considera una actividad crucial de los cuidados neonatales. Los pediatras de Atención Primaria (PAP) tienen funciones específicas que, de ser implantadas, conllevan resultados en salud en los <1.500 o <32, destacadas y relevantes. Cribados, consejos de salud, vacunaciones, detección, orientación del riesgo de algunas patologías propias de la prematuridad y tratamiento si procede o es ámbito de los PAP. En este artículo, se describen las actividades y evaluaciones según los criterios de buena práctica.

 

Abstract

Prematurity is one of the most prevalent health issues among children in developed countries. Between 8% and 10% of births occurr before the 37th week of gestation. The mortality of children born weighing less than 1,500 g or with a gestational age of less than 32 weeks (<1,500 <32) has decreased significantly in the last decades. Given the greater risk of disability in those born <1,500 <32, follow-up after discharge is considered a crucial activity of neonatal care. Primary care pediatricians (PCP) have specific functions that, if implemented, lead to outstanding and relevant health results in <1,500 or <32 children. Screening, health advice, vaccinations, detection, risk orientation of specific pathologies of prematurity and treatment if appropriate, are resposibilites within the scope of the PCP. This article describes the activities and evaluations that follow good practice criteria.

 

Palabras clave: Niños con peso menor de 1.500 g; Prematuros con una edad gestacional menor de 32 semanas; Protocolo de seguimiento.

Key words: Children weighing less than 1,500 g; less than 32 weeks of gestational age prematures; Monitoring protocol.

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (3): 120 – 127

 


Evaluación y seguimiento del recién nacido prematuro menor de 1.500 gramos y/o menor de 32 semanas de gestación

Introducción

El seguimiento de los <1.500 <32 tiene como finalidad el apoyo a los padres, facilitar actitudes de salud positivas en los niños y detectar precozmente los problemas de salud.

La prematuridad es uno de los problemas de salud más prevalentes en la población infantil de los países desarrollados. Entre un 8 y un 10% de los nacimientos ocurren antes de la 37 semana de gestación. La mortalidad de los niños nacidos con peso menor de 1.500 g o con una edad gestacional menor de 32 semanas (<1.500<32) ha disminuido significativamente en las últimas décadas(1).

Dado el mayor riesgo de discapacidad en los <1.500<32, el seguimiento tras el alta se considera una actividad crucial de los cuidados neonatales.

Son muchos los profesionales que deben participar en la evaluación y cuidados: las Unidades de Neonatología, con las “Consultas de seguimiento de prematuros”; los Centros de Atención Temprana, con los programas de intervención precoz, que han mostrado mejoría, tanto en la función cognitiva como motora(2,3); y la Pediatría de Atención Primaria (PAP), con los cribados, consejos de salud, vacunaciones, detección y orientación del riesgo de algunas patologías propias de la prematuridad y el tratamiento si procede o es ámbito de los PAP.

El equipo de PAP sirve como enlace entre el seguimiento del prematuro en neonatología, otros especialistas, servicios locales sociales, escuelas, etc. El pediatra tiene la capacidad para fomentar vínculos entre profesionales de los distintos servicios de salud y las familias(4,5).

Intervenciones generales del seguimiento <1.500 <32 de los PAP

1. Realizar el programa de seguimiento del <1.500<32 en los contenidos que competen a Atención Primaria, descritos en el “Protocolo de seguimiento para el recién nacido menor de 1.500 g o menor de 32 semanas de gestación”(6).

2. Evitar los abandonos en el seguimiento. Uno de los problemas más difíciles durante el seguimiento es la falta de asistencia regular de las familias, tanto en el ámbito de las consultas hospitalarias como de PAP. El equipo de Pediatría del centro de Atención Primaria (CAP) envía a las familias a las Consultas de seguimiento hospitalario y, en caso de que no acepten o el pediatra constate que no están acudiendo, intentar realizar desde el CAP las revisiones y controles más relevantes para que la salud del niño no se vea perjudicada por el rechazo de la familia al programa de seguimiento(6).

3. Valorar por el equipo de PAP a los <1.500<32 en un tiempo no superior a los 5 días después del alta hospitalaria.

4. En situación de riesgo socio-ambiental, el equipo del CAP confirma la implicación de los trabajadores sociales y que trabaje de forma coordinada con ellos.

Intervenciones para el control de las diferentes áreas del desarrollo y otras actividades

Supervisión del crecimiento

El desarrollo ponderoestatural los 3 primeros meses tiene claro impacto en el desarrollo cerebral. La ganancia rápida de peso en los períodos de lactancia / primera infancia, se han asociado con el síndrome metabólico en la edad adulta.

Consideraciones

Los niños con una ganancia de peso insuficiente en los primeros años de la vida, presentan un peor desarrollo cognitivo; los que, por el contrario, ganan peso excesivamente, tienen un riesgo mayor de presentar enfermedad cardiovascular y diabetes en la edad adulta(7,8).

El crecimiento de los niños prematuros se ve generalmente influido por: la edad gestacional, el peso al nacimiento, la gravedad de la patología neonatal, la ingesta calórica, las enfermedades concurrentes o recurrentes durante la infancia, los factores ambientales y los factores hereditarios.

El equipo de PAP debe controlar: velocidad de crecimiento, peso, longitud-talla, perímetro cefálico y relación peso/talla. El objetivo es que el incremento de peso y talla sea armónico.

Características técnicas de la evaluación del crecimiento

Deben efectuarse mediciones seriadas de peso, longitud-talla y PC, y asentarlas en las gráficas de crecimiento según edad corregida (EC) hasta los 2 años (edad corregida [EC]: se entiende por edad corregida, la que tendría el niño si hubiera nacido el día que cumpliera la 40ª semana de gestación).

Para la monitorización del crecimiento de los <1.500<32 hasta la 44 semana de EC, las curvas de Fenton revisadas o los estándares de Intergrowth-21st [https://intergrowth21.tghn.org/standards-tools/]. Posteriormente, se recomiendan las curvas de la OMS [https://www.who.int/childgrowth/en/].

El patrón de crecimiento deseable a partir de la edad corregida de recién nacido a término hasta el año de edad corregida se muestra en la tabla I(9).

Actitud ante retrasos del crecimiento

Los bebés cuya curva de peso se mantiene por debajo del percentil 3, se aplana o desacelera, sin causa aparente que lo justifique, deben ser evaluados durante el seguimiento como cualquier otro niño para descartar: hipotiroidismo, ferropenia, celiaquía, etc.

Supervisión de alimentación

Se recomienda que el niño se alimente con leche materna de forma exclusiva hasta los 6 meses y, posteriormente, complementada con otros alimentos, hasta los 2 años o hasta que la madre y el niño deseen.

Consideraciones

Se recomienda que los niños con riesgo nutricional (que no hayan alcanzado el P10 al alta, precisen restricción hídrica o cuya ganancia ponderal con lactancia materna exclusiva no sea correcta o presenten osteopenia de la prematuridad) reciban leche materna suplementada con fortificantes (suplementos nutricionales con componentes múltiples que, añadidos a la leche materna, proporcionan nutrientes adicionales para complementarla [en la forma de proteínas, calcio, fosfato e hidratos de carbono, así como también vitaminas y oligoelementos]), o bien, sustituir alguna toma por fórmula de prematuros(10) (fórmulas adaptadas especialmente diseñadas para los requerimientos de los prematuros, cuando no pueden recibir lactancia materna o precisan suplementación. Mayor densidad calórica, predominio de seroproteínas [taurina, aminoácido esencial], parte de la lactosa es sustituida por polímeros de glucosa, las grasas contienen un porcentaje de triglicéridos de cadena media y mayor aporte de calcio y fósforo [relación 1:7]).

La producción de leche durante las primeras semanas tras el alta, se puede incrementar realizando el método canguro en domicilio; por ello, se recomienda que todas las madres en el momento del alta, sepan cómo poner a su hijo en posición canguro. Numerosos estudios han mostrado este efecto positivo del canguro en relación con la producción de leche, aunque la mayor parte de ellos son intrahospitalarios(11).

Existe gran controversia entre el uso de fórmula adaptada habitual (65 kcal/dl) o fórmulas de prematuros (75-80 kcal/dl). La ESPGHAN recomienda el uso de fórmula de prematuros hasta la 40 semana de EC e, incluso hasta más tarde, si el crecimiento es subóptimo(12). La OMS recomienda su uso solo hasta los 2.000 g(13). Sí que se puede administrar alguna toma de fórmula de prematuros más allá de la 40 semana, si el niño está con lactancia materna o con fórmula de inicio y se quiere aumentar el aporte calórico.

La introducción de nuevos alimentos no se condiciona solo por la necesidad de nutrientes, sino que depende también de la madurez del niño en relación con las habilidades motoras que le capaciten para ir introduciendo los diferentes alimentos y texturas. Hay cierto acuerdo general en que la alimentación complementaria no debe introducirse hasta que se esté próximo a los 6 meses, con un peso de, al menos, 5 kilogramos, que no exista el reflejo de extrusión, que se tenga buen sostén cefálico y capacidad de estar sentado en silla de bebés, que pueda comer con cuchara y que tenga capacidad de aceptación o rechazo de los nuevos alimentos. Para los niños <1.500<32, todos estos criterios se suelen alcanzar más cerca de los 6 meses de edad corregida que de edad real, pero de todas formas, su aplicación permite hacer recomendaciones individualizadas(14).

Cribado de la visión

Los pediatras de Atención Primaria confirmarán que se ha realizado el cribado de retinopatía de la prematuridad en todos los <1.500<32 a la cuarta o quinta semana de edad cronológica (no antes de la semana 30 de EC).

Los problemas oftalmológicos no se circunscriben a la retinopatía de la prematuridad (ROP), otros problemas pueden estar presentes relacionados con la comorbilidad asociada a la gran prematuridad; por ejemplo, relacionado con la presencia de daño neurológico (leucomalacia periventricular, infartos cerebrales e hidrocefalia).

La frecuencia de factores de riesgo asociados con ambliopía es elevada con respecto a la población general, presentan estrabismo con una frecuencia entre 13-22%, anisometropía en el 9%, miopía entre 15-22% e hipermetropía con más de 3 dioptrías en el 18%. La frecuencia global de errores de refracción se sitúa en torno al 30%(15).

Intervenciones

• Los pediatras de Atención Primaria confirmarán que se ha realizado el cribado de retinopatía de la prematuridad en todos los <1.500<32 a la cuarta o quinta semana de edad cronológica (no antes de la semana 30 de EC) y que se mantienen las exploraciones al alta con la realización de fondos de ojo de forma seriada, hasta que se haya confirmado la vascularización de toda la retina o la regresión de la ROP. El cribado de la retinopatía y el tratamiento de los casos que lo requieren, han demostrado disminuir los casos de ceguera.

• Los equipos de PAP confirmarán que se están realizando por oftalmólogo controles a los niños con retinopatía de la prematuridad de grado 3 o que hayan requerido tratamiento y los que presentan patología neurológica hasta la adolescencia.

• El equipo de PAP remitirá a oftalmólogo para realizar cribado de las alteraciones visuales (ambliopía, estrabismo y defectos de refracción) antes de los 3 años de vida.

• Se recomienda realizar, por parte del equipo de PAP, el cribado de alteraciones visuales (ambliopía, estrabismo y errores de refracción) a la edad de 4-5 años.

• Se recomienda valorar por oftalmólogo ante cualquier alteración detectada por el pediatra o referida por los padres:

- Déficits visuales con agudeza visual normal.

- Sospecha de alteración de campo visual.

- Visión del color y sensibilidad a los contrastes.

- Capacidad de búsqueda y de fijación visual alterada.

Cribado de la audición

El mayor riesgo de sordera grave en los <1.500<32, aconseja el cribado auditivo con potenciales auditivos de tronco cerebral.

Consideraciones

Si el cribado neonatal universal antes del alta se realiza con otoemisiones acústicas, pueden obtenerse falsos negativos, porque no se explora la vía retrococlear y es donde se detecta patología en un porcentaje relevante de menores de 1.500 g con déficit auditivo. Además, hasta el 13% de los niños de muy bajo peso dan falsos positivos en la prueba de otoemisiones. Por ello, el cribado en la población de niños <1.500<32 debe valorarse con: Potenciales Evocados Auditivos Automatizados (PEAA), Potenciales Evocados Auditivos de Tronco Cerebral (PEATC) y Potenciales Evocados Auditivos de Estado Estable (PEAEE)(16).

Los niños prematuros tienen, con frecuencia, pérdidas auditivas de transmisión por derrames en el oído medio, que tienden a resolverse espontáneamente. Si persisten, debe plantearse su tratamiento, ya que también pueden limitar la aparición del lenguaje y del desarrollo, en general.

Para detectar trastornos en la adquisición del lenguaje y pérdidas auditivas de comienzo tardío, se recomienda, hacia los dos años de edad corregida, volver a realizar una prueba objetiva de audición (audiometría conductual adecuada a la edad del niño) y siempre que haya sospecha clínica o que los padres refieran preocupación o dudas sobre la audición.

Intervenciones

El equipo de PAP confirmará que se ha realizado o se va a realizar el cribado auditivo con PEAA o PEATC a todos los recién nacidos <1.500<32.

El equipo de PAP remitirá para realizar una audiometría conductual adecuada a la edad del niño hacia los dos años de edad corregida, para detectar los déficits auditivos de comienzo tardío.

Se remitirá para valoración audiológica a cualquier niño con alteraciones del lenguaje y siempre que los padres refieran dudas sobre la audición del niño.

Seguimiento del desarrollo motor y psicosocial

Todos los niños <1.500<32 tienen un riesgo incrementado de alteraciones motoras, por tanto, se recomienda remitirlos a Atención Temprana.

Consideraciones

Los factores de riesgo que se asocian con discapacidad en general, y con discapacidad motora en particular, en los<1.500<32 son: la lesión cerebral grave, displasia broncopulmonar y retinopatía de la prematuridad grave con tratamiento. Es recomendable que los niños tengan una prueba de imagen cerebral alrededor de la 40 semana de edad corregida, para poder estimar el riesgo de afectación motora.

Para orientación de la edad corregida esperada de sedestación y marcha, se pueden utilizar tablas de población española elaboradas específicamente con información de niños con peso menor de 1.500 g (Anexo I).

La mayoría de los estudios de seguimiento efectuados a largo plazo han demostrado que los prematuros, fundamentalmente los <1.500<32, tienen problemas durante la edad escolar, que incluyen deficiencias cognitivas y fracaso escolar.

Se ha descrito mayor incidencia de otras alteraciones neurocognitivas, como: problemas en la atención, memoria, visopercepción y función ejecutiva. El riesgo en los <1.500<32 frente a la población general de presentar problemas neuropsicológicos es mayor para: el trastorno del espectro autista (TEA), la discapacidad intelectual, el déficit de atención e hiperactividad (TDAH), otros trastornos de conducta y comportamiento y la alteración de aprendizaje(17).

Intervenciones

El método madre canguro realizado tras el alta disminuye los trastornos emocionales y mejora la respuesta al estrés en la edad escolar, por lo que es una razón para recomendar su práctica en el domicilio(18).

El equipo de PAP asegura que se realiza una detenida evaluación motora por neurología, al menos, dos veces en el primer año de vida (Anexo II).

Anexo II. Algoritmo para la valoración motora funcional en niños de 24 a 28 meses de edad corregida.
Fuente:
NICHD. Follow-up care of High Risk Infants. Pediatrics. 2004; 114: 1377-97.

Todos los niños <1.500<32 tienen un riesgo incrementado de alteraciones motoras; por tanto, se recomienda remitirlos a Atención Temprana, porque con los programas de intervención precoz se ha mostrado mejoría, tanto en la función cognitiva como motora (Anexo III).

El equipo de PAP realizará cribado de desarrollo madurativo de 0 a 5 años, en las revisiones del Programa de Salud en la Infancia mediante el uso del test Haizea-LLevant o test Denver y cuestionario de preocupación de los padres (Ages & Stages Questionnaires [ASQ]).

Se recomienda realizar cribado del TEA, con la escala M-CHAT, a todos los niños <1.500<32 entre los 18 y 24 meses de EC.

Se recomienda realizar valoraciones del comportamiento y de alteraciones emocionales a los 5, 7 y 14 años mediante el uso de cuestionarios:

Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ) (Goodman). Escala de dificultades y fortalezas (suma de 4 escalas): emoción, conducta, hiperactividad / inatención y conducta prosocial.

• SNAP IV. Adaptación de los criterios diagnósticos del TDAH, DSM IV.

Conners. Evalúa trastornos conductuales, emocionales y sociales.

Suplementos de vitaminas y minerales

Vitamina D

Los prematuros <1.500<32 deben recibir suplemento de 400 UI/día durante un año.

Consideraciones

Se recomienda principalmente administrar los suplementos con vitamina D3.

Para la dosis a administrar o para plantear la retirada del suplemento, habrá que considerar la pigmentación de la piel, ya que afecta al tiempo que es necesario para producir un cierto nivel de vitamina D. Una persona de etnia indio-asiática requiere 3 veces más tiempo de exposición solar para alcanzar el mismo nivel de vitamina D que otra de piel clara, y las personas de etnia afro-americana de piel muy pigmentada 10 veces más.

Si el niño prematuro está recibiendo fortificantes o leche de prematuro, hay que tener en cuenta la cantidad de vitamina D que aporta el fortificante y, sobre todo, la de vitamina A.

La administración de dosis altas de vitamina D puede producir insuficiencia renal. Mantener las fórmulas de prematuro de forma prolongada puede producir también afectación renal por el alto contenido de Ca y P.

Cribado de osteopenia

No hay recomendaciones específicas para el cribado de osteopenia. Se puede aprovechar la analítica del cribado de ferropenia para realizar fosfatasa alcalina, Ca y P. En caso de que el niño tenga diagnóstico de osteopenia previo al alta, se tratará y controlará según el protocolo específico de cada centro.

Recomendación

Los prematuros <1.500<32 deben recibir suplemento de 400 UI/día(19).

Los niños con riesgo de déficit añadido de vitamina D (uso de diuréticos del asa, restricción hídrica, corticoides postnatales de forma prolongada y administración de fórmulas hidrolizadas) pueden recibir hasta un máximo de 1.000 UI/día.

Hierro

Se recomienda suplementar a los niños <1.500<32 alimentados con lactancia materna con 4 mg/kg/día de hierro (hasta un máximo de 15 mg/día) desde el mes de edad hasta el año de edad cronológica.

Consideraciones

La Sociedad Española de Neonatología, la OMS y expertos en nutrición del niño prematuro recomiendan el suplemento de hierro para todos los niños prematuros.

Hay que recordar que los suplementos de hierro hay que irlos ajustando según el peso del niño. Hay que considerar el aporte de hierro que llevan las fórmulas.

No hay estudios que hayan valorado el momento óptimo para la retirada del suplemento del hierro en los niños prematuros.

Cribado de anemia y ferropenia

El cribado óptimo para la deficiencia de hierro, más allá del período perinatal, está aún por determinar. Hay acuerdo entre los autores en que se debe hacer cribado antes de los 12 meses de edad corregida.

Igualmente, se propone realizar un cribado antes de la retirada del suplemento de hierro (hemoglobina y ferritina).

Como los depósitos de hierro son muy variables dependiendo del grado de: prematuridad, flebotomías, transfusiones previas, velocidad de crecimiento, tipo de alimentación, etc., el pediatra que controle al niño valorará los riesgos añadidos para adelantar el control o hacer otros posteriores.

Recomendación

Se recomienda suplementar a los niños <1.500<32 alimentados con lactancia materna con 4 mg/kg/día de hierro en forma de sulfato ferroso (hasta un máximo de 15 mg/día) desde el mes de edad hasta el año de edad cronológica o hasta que en la alimentación complementaria hayan introducido carne roja y cereales suplementados con hierro(20).

En caso de recibir fórmula de prematuros o fórmula de inicio o de continuación, se recomienda un aporte extra de 1,5 mg/kg/día de hierro en forma de sulfato ferroso, durante el primer año de edad cronológica o hasta que en la alimentación complementaria hayan introducido carne roja y cereales suplementados con hierro.

Prevención de la infección respiratoria

Se recomienda seguir de forma estricta las pautas generales de prevención de la infección respiratoria.

Consideraciones

Se recomienda seguir de forma estricta las pautas generales de prevención de la infección respiratoria: lactancia materna, la vacunación de los convivientes con la vacuna de la gripe, las adecuadas medidas de higiene de manos y de la tos, evitar la exposición al humo de tabaco y la asistencia a guardería durante el primer invierno.

Se recomienda la administración de inmunoprofilaxis con Palivizumab en los niños menores de 29 semanas, que es en el grupo en el que hay acuerdo en las sociedades científicas. Para los niños <1.500<32 que tengan una edad gestacional igual o mayor a 29 semanas, cada equipo deberá decidir que recomendaciones sigue(6).

Vacunaciones

El niño <1.500<32 debe recibir, en general, las vacunas a la misma edad cronológica y con las mismas pautas y dosis que sus coetáneos, cualquiera que sea su edad gestacional y peso(21,22).

Consideraciones

Es importante evitar retrasos en la vacunación para conseguir precozmente niveles de anticuerpos protectores suficientes y mantenidos en los primeros meses de vida, que son los de mayor riesgo.

En los niños prematuros, se recomienda utilizar agujas más cortas, de elección 25G, 16 mm.

Es importante vacunar de la gripe todos los años a los <1.500<32.

Los niños prematuros menores de 32 semanas o de menos de 1.500 g de peso al nacer, tienen más probabilidad de presentar una enfermedad invasiva por Streptococcus pneumoniae que los recién nacidos a término, por lo que se debe recomendar especialmente en estos niños la VNC13 con pauta 3 + 1, sin vacuna polisacárida 23 valente (VNP23) posterior, salvo que asocien otros factores de riesgo.

Se recomienda que aquellos trabajadores sanitarios que estén en contacto con niños prematuros y que no hayan sido vacunados con la vacuna contra la difteria, el tétanos y la tosferina de baja carga antigénica (dTpa), reciban una dosis de esta vacuna, respetando un margen de, al menos, 4 semanas con la última dosis recibida de vacuna combinada antidiftérica y antitetánica de tipo adulto (Td).

Es importante promocionar la estrategia de nido (cocooning), vacunando a los convivientes y cuidadores de todos los prematuros.

Calendarios vacunales

• Calendario común de vacunación 2017 establecido por el Consejo Interterritorial del Consejo Nacional de Salud.
https://www.mscbs.gob.es/ciudadanos/proteccionSalud/vacunaciones/docs/CalendarioVacunacion2017.pdf.

• Calendarios de vacunación españoles por comunidades autónomas. http://vacunasaep.org/profesionales/calendario-vacunas.

• Calendario de vacunación recomendado por la Asociación Española de Pediatría. https://vacunasaep.org/profesionales/calendario-de-vacunaciones-aep-2019.

Lista de comprobación de seguimiento del prematuro <1.500<32

En el anexo IV, se muestra una lista que permite al equipo de PAP comprobar las actuaciones más relevantes a implementar en el prematuro <1.500<32.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. OMS, Alianza para la Salud de la Madre, el Recién Nacido y el Niño, Save the Children, March of Dimes Nacidos Demasiado Pronto: Informe de Acción Global sobre Nacimientos Prematuros. 2012. p 12.

2. Hughes AJ, Redsell SA, Glazebrook C. Motor Development Interventions for Preterm Infants: A Systematic Review and Meta-analysis. Pediatrics. 2016; 138: e20160147.

3. Nordhov SM, Ronning JA, Dahl LB, et al. Early intervention improves cognitive outcomes for preterm infants: randomized controlled trial. Pediatrics. 2010; 126: e1088-94.

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6.*** Grupo de Seguimiento de la Sociedad Española de Neonatología. Protocolo de seguimiento para el recién nacido menor de 1.500 g o menor de 32 semanas de gestación. Madrid: Sociedad Española de Neonatología; 2017. Disponible en: https://www.seneo.es/.

7. Guellec I, Lapillonne A, Marret S, Picaud JC, Mitanchez D, Charkaluk ML. Effect of Intra- and Extrauterine Growth on Long-Term Neurologic Outcomes of Very Preterm Infants. J Pediatr. 2016; 175: 93-9.

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11. Charpak N, Tessier R, Ruiz JG, Hernández JT, Uriza F, Villegas J, et al. Twenty-year Follow-up of Kangaroo Mother Care Versus Traditional Care. Pediatrics. 2017; 139(1) pii: e20162063.

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18. Conde-Agudelo A, Belizán JM, Díaz-Rossello J. Kangaroo mother care to reduce morbidity and mortality in low birthweight infants. Cochrane Database of Systematic Reviews 2011, Issue 3. Art. No.: CD002771. DOI: 10.1002/14651858.CD002771.pub2.

19. Pallás Alonso CR. Vitamina D profiláctica. En: Recomendaciones PrevInfad / PAPPS [en línea]. Actualizado: agosto de 2009. [consultado: 4 de agosto de 2016]. Disponible en: http://www.aepap.org/previnfad/vitamina_d.htm.

20. Rao R, Georgieff MK. Iron Therapy for Preterm Infants. Clin Perinatol. 2009; 36: 27-42.

21. Cordero JL, Grande AM, Fernández Reyes MJ, Arroyo JE. Vacunaciones en los prematuros [Internet]. Protocolos Diagnóstico Terapéuticos de la AEP. Sociedad Española de Neonatología. 2ª edición. 2008. [consultado: 30 de abril de 2016]. Disponible en: http://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/24.pdf.

22.*** Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría. Vacunación de niños prematuros. Manual de vacunas en línea de la AEP [Internet]. [Actualizado: diciembre de 2015, consultado: 30 de abril de 2016]. Disponible en: http://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-10.

23. Ares Segura S, Díaz González C. Seguimiento del recién nacido prematuro y del niño de alto riesgo biológico. Pediatr Integral. 2014; XVIII(6): 344-55.

Bibliografía recomendada

Grupo de Seguimiento de la Sociedad Española de Neonatología. Protocolo de seguimiento para el recién nacido menor de 1.500 g o menor de 32 semanas de gestación. Madrid: Sociedad Española de Neonatología; 2017. Disponible en: https://www.seneo.es/.

Protocolo desarrollado por el grupo de seguimiento de la Sociedad Española de Neonatología en colaboración con la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria. Dirigido a neonatólogos de hospitales de todos los niveles asistenciales, pediatras y enfermeras de Atención Primaria, centros de atención temprana y todos los profesionales que se ven involucrados en el seguimiento de los recién nacidos con peso menor de 1.500 g o menos de 32 semanas de gestación. También, se dirige a los padres de estos niños y a las asociaciones de padres de niños prematuros. El protocolo se centra en los aspectos que son aplicables a todos los niños durante su seguimiento, independientemente de donde se realicen las revisiones.

– Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría. Vacunación de niños prematuros. Manual de vacunas en línea de la AEP [Internet]. [Actualizado: diciembre de 2015, consultado: 30 de abril de 2016]. Disponible en: http://vacunasaep.org/documentos/manual/cap-10.

Describe la situación especial y vulnerable en la prematuridad respecto a las vacunas: inmunogenicidad, reactogenicidad y seguridad.

Concreta las indicaciones de las vacunas de los calendarios vacunales de las Comunidades Autónomas y comenta de manera actualizada las indicaciones de otras vacunas. Finaliza con un calendario propuesto para esta población de prematuros.

Caso clínico

 

Nacida de cesárea urgente por pérdida del bienestar fetal (registro cardiotocográfico patológico, bradicardia). Apgar 1/5/6. Precisó reanimación con mascarilla y oxígeno con presión positiva intermitente durante 1,5 minutos e intubación posterior (FiO2 máxima: 1 y al traslado 0,30). pH de cordón (A/V): 7,03/7,07. Peso: 1.060 g (P50-75), longitud: 36 cm. (P50-75), P. cef.: 26 cm (P75).

Ingresa por prematuridad y depresión neonatal.

En las ecografías cerebrales seriadas realizadas durante el ingreso, se objetivaron los siguientes hallazgos:

Ecografía cerebral al tercer día de vida: hemorragia de matriz germinal izquierda grado I con signos de transformación quística.

Ecografía cerebral al alta: quiste en el área de la matriz germinal izquierda.

Entre las exploraciones realizadas durante su ingreso está el fondo de ojo, describiéndose los siguientes hallazgos:

Al mes de vida: buena midriasis en ambos ojos. Vasos hasta zona 2 anterior sin retinopatía del prematuro (ROP) ni Plus.

Al alta hospitalaria: buena midriasis en ambos ojos. FO: vasos hasta zona 2 anterior sin ROP ni Plus.

 

 

Deshidratación. Rehidratación oral y nuevas pautas de rehidratación parenteral

J.C. Molina Cabañero
Temas de FC


J.C. Molina Cabañero

Servicio de urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

La deshidratación es un cuadro clínico caracterizado por un balance negativo de agua y electrolitos. La causa más frecuente es la gastroenteritis aguda. El riesgo de deshidratación en los niños es más elevado que en los adultos, debido a las características específicas de su metabolismo hidrosalino. La edad más común es en menores de 18 meses. El diagnóstico de la deshidratación es eminentemente clínico. El mejor parámetro para estimar el grado de deshidratación es la pérdida de peso. El tipo de deshidratación, extracelular o intracelular, puede establecerse en función de los síntomas y signos que presenta el paciente. No existe ninguna prueba de laboratorio con suficiente sensibilidad y especificidad para estimar el grado de deshidratación. El tratamiento de la deshidratación es la rehidratación oral. Actualmente, se recomiendan las soluciones de rehidratación hiposódicas (Na<60 mEq/L). La rehidratación intravenosa está indicada cuando la rehidratación oral ha fracasado, está contraindicada o las pérdidas son demasiado intensas. Cada vez son más utilizadas las técnicas de hidratación rápidas que consisten en la infusión del déficit en un corto espacio de tiempo mediante la administración de sueros isotónicos.

 

Abstract

Dehydration is characterized by a negative balance of water and electrolytes. The most frequent cause is acute gastroenteritis. The risk of dehydration in children is higher than in adults, due to the specific characteristics of their hydrosaline metabolism. It is more common in those under 18 months of age.
The diagnosis of dehydration is eminently clinical. The best parameter to estimate the degree of dehydration is weight loss. The type of dehydration, extracellular or intracellular, can be identified depending on the symptoms and signs that the patient presents. There is no laboratory test that is either sensitive or specific to estimate the degree of dehydration in children. The treatment of dehydration is oral rehydration. Currently, low sodium rehydration solutions (Na <60 mEq / L) are recommended. Intravenous fluid rehydration is indicated when oral rehydration has failed, is contraindicated or the losses are too intense. Rapid hydration techniques are being increasingly used, which consist of infusing the deficit in a short time by means of the administration of isotonic serums.

 

Palabras clave: Deshidratación; Rehidratación oral; Fluidoterapia intravenosa

Key words: Dehydration; Oral rehydration; Intravenous fluid therapy

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 98 – 105


Deshidratación. Rehidratación oral y nuevas pautas de rehidratación parenteral

Deshidratación

Introducción

La deshidratación es un cuadro caracterizado por un balance negativo de agua y solutos. En los niños es relativamente frecuente debido a las características de su metabolismo hidrosalino.

La deshidratación es un cuadro clínico caracterizado por un balance negativo de agua y de solutos en el organismo. Se produce por un aumento de las pérdidas de agua y sales o por una disminución en la ingestión de agua. Las causas más frecuentes son la gastroenteritis aguda y los vómitos.

El metabolismo hidrosalino de los niños tiene características específicas que lo diferencian significativamente del de los adultos. Los tres factores más importantes son:

1. Mayor porcentaje de agua corporal por kilogramo de peso, con predominio del espacio extracelular (más capacidad para perder agua).

2. Mayor recambio diario de aguda y electrolitos (más posibilidad de desequilibrio hidrosalino).

3. Inmadurez renal para eliminar orinas concentradas (menor capacidad de adaptación a los cambios de agua y sal del medio interno).

Estas características condicionan que los cuadros de deshidratación sean más frecuentes en los niños que en los adultos, y también que la comprensión fisiopatológica de estos procesos deba realizarse desde una perspectiva específica pediátrica(1).

Epidemiología

Cuanto menor es la edad del niño, mayor es el riesgo de deshidratación. La causa más frecuente de deshidratación es la gastroenteritis aguda.

La deshidratación es más frecuente en los niños pequeños y el 90% ocurre en menores de 18 meses. Es muy prevalente en los países en vías de desarrollo, debido al mayor número de infecciones gastrointestinales y a la falta de medios. En nuestro entorno, las causas más comunes son: gastroenteritis aguda, enfermedades que cursan con vómitos persistentes (infecciones graves, obstrucción intestinal, hipertensión intracraneal) y procesos intestinales crónicos que pueden presentar episodios agudos de diarrea (enfermedad inflamatoria intestinal, síndromes malabsortivos). En los niños con lactancia materna, puede producirse deshidratación en los primeros días de vida, por problemas de adaptación (falta de aporte). Los lactantes con fibrosis quística, en los meses calurosos del verano, pueden presentar cuadros de deshidratación, debido a la pérdida excesiva de sales por el sudor. Finalmente, otras causas de deshidratación son las enfermedades endocrinas, como: diabetes mellitus, diabetes insípida y síndrome adrenogenital.

Clasificación

Los dos criterios para clasificar la deshidratación son la pérdida de peso y los niveles del sodio en plasma.

1. En función de la pérdida de peso:

- Deshidratación leve: < 5% de pérdida de peso.

- Deshidratación moderada: entre el 5-10% de pérdida de peso.

- Deshidratación grave: > 10% de pérdida de peso.

En los niños mayores de 35 kg, los valores (%) para la pérdida de peso son proporcionalmente menores: deshidratación leve < 3%; deshidratación moderada 5-7%, deshidratación grave > 7%.

2. En función del balance de agua y solutos (Tabla I):

- Deshidratación hipotónica: Na < 130 mEq/L.

- Deshidratación isotónica: Na 130-150 mEq/L.

- Deshidratación hipertónica: Na > 150 mEq/L.

La deshidratación isotónica es la forma más frecuente (65%) y está causada por la gastroenteritis aguda. La deshidratación hipotónica es la menos frecuente (10%), suele estar producida por la gastroenteritis aguda asociada a pérdidas importantes de sales y por algunos tipos de insuficiencia suprarrenal. La deshidratación hipertónica (25%) ocurre cuando existe una disminución de la ingestión de líquidos o cuando se aportan soluciones con concentraciones de sodio elevadas(2).

Fisiopatología

La deshidratación del espacio extracelular es la forma más frecuente, se caracteriza por una disminución del volumen circulante y se produce en la deshidratación isotónica y en la deshidratación hipotónica.

Cuanto menor es la edad del niño, mayor es el porcentaje de agua corporal. En los recién nacidos, el agua supone el 80% de su peso; en los lactantes, el 70-65%; y en los niños mayores, el 60%. El agua corporal total se distribuye en dos grandes compartimentos, el volumen extracelular (20-25% del peso corporal) y el volumen intracelular (30-40% del peso corporal). La concentración de solutos es distinta en cada uno de estos compartimentos, pero en condiciones normales, el volumen y la osmolaridad se mantienen constantes mediante el paso de agua y solutos de un compartimento a otro. Cuando se producen alteraciones en los volúmenes o en la composición de los espacios corporales, se ponen en funcionamiento mecanismos reguladores (sed, barorreceptores, eje renina-angiotensina, hormona antidiurética), con el fin de mantener la homeostasis. El espacio extracelular es el más frecuentemente afectado en los cuadros de deshidratación, al estar más en contacto con el exterior y menos protegido respecto a la capacidad de retención de agua.

Deshidratación hipotónica. Afecta fundamentalmente al espacio extracelular. Se produce cuando existe proporcionalmente una pérdida mayor de sodio que de agua, por lo que la osmolaridad plasmática y el espacio extracelular estarán disminuidos. La disminución de este espacio provoca un descenso del volumen circulante, de la volemia y de la perfusión tisular y renal. En los casos graves, se produce insuficiencia renal y shock. Cuando el proceso está muy evolucionado, puede alterarse el espacio intracelular.

Deshidratación hipertónica. Afecta principalmente al espacio intracelular. Se produce cuando la pérdida de agua es proporcionalmente mayor que la de electrolitos, provocando un incremento de la osmolaridad plasmática y un paso de agua desde la célula al espacio extracelular como mecanismo compensatorio. Es la forma más grave de deshidratación debido a la afectación de las células del sistema nervioso central. Debe tenerse en cuenta que, aunque los niveles plasmáticos de sodio estén elevados, en realidad existe una disminución de la cantidad total de sodio del organismo. Al tratarse de una deshidratación intracelular existirá una depleción global de potasio, en función del grado de afectación renal.

Deshidratación isotónica. En estos casos, se produce una pérdida de agua y electrolitos de forma proporcional, por lo que la osmolaridad y los niveles plasmáticos de sodio se mantendrán normales. Este balance equilibrado hace que no se generen gradientes en el medio interno, por lo que la repercusión recaerá fundamentalmente sobre el espacio extracelular.

Las variaciones del potasio y del cloro en estos tipos de deshidratación son muy variables y estarán relacionados con el grado de función renal. El potasio es un ion intracelular, por lo que los niveles plasmáticos no siempre son reflejo del contenido celular de potasio. Los niveles de cloro estarán condicionados por las alteraciones del equilibrio ácido-base que se produzcan(3,4).

Clínica

Las manifestaciones clínicas dependerán del espacio corporal afectado: extracelular (signos de hipovolemia), intracelular (signos neurológicos).

Las manifestaciones clínicas dependerán del espacio corporal afectado (extracelular, intracelular) y del grado de deshidratación (leve, moderada, grave)(4).

Signos de deshidratación extracelular. Los signos son propios de la pérdida de volumen circulatorio, por lo que serán precoces y llamativos, consistirán en: frialdad de la piel, relleno capilar lento, taquicardia, pulsos débiles, hipotensión arterial, signo del pliegue, ojos hundidos, mucosas secas, fontanela deprimida en los lactantes y oliguria. En los casos avanzados, se produce shock.

Signos de deshidratación intracelular. Las manifestaciones clínicas son expresión de la afectación celular, fundamentalmente del sistema nervioso central. Se producirá: irritabilidad, hiperreflexia, temblores, hipertonía, convulsiones y coma. Los niños tienen sed, las mucosas están “pastosas” y pueden tener fiebre de origen metabólico. Los signos de shock son tardíos, por lo que el diagnóstico puede retrasarse.

Diagnóstico

El diagnóstico de la deshidratación es clínico. La pérdida de peso es el mejor indicador para estimar el grado de deshidratación. Ninguna prueba de laboratorio tiene suficiente sensibilidad y especificidad para hacer el diagnóstico.

El diagnóstico de la deshidratación es eminentemente clínico, basado en la historia clínica y en los signos y síntomas que presenta el paciente. En la anamnesis, es importante tener en cuenta: el tiempo de evolución del cuadro, el tipo y el volumen de las pérdidas producidas (vómitos, deposiciones), el grado de diuresis, el tratamiento recibido y la existencia de otros signos asociados, como fiebre, sudoración y sed. En la exploración física, deberán tomarse las siguientes constantes: peso, temperatura, frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria y tensión arterial(5,6).

La pérdida de peso es el dato más importante y el patrón de referencia para estimar el grado de deshidratación. Cuando no se dispone del peso previo, es necesario recurrir a los hallazgos de la exploración física. Ningún signo de forma aislada tiene suficiente especificad ni sensibilidad para estimar el grado de deshidratación. En una revisión publicada en la revista JAMA en 2004, los autores encontraron que los tres signos con mayor especificidad y sensibilidad para detectar una deshidratación del 5% o superior fueron: el relleno capilar prolongado, la disminución de la elasticidad de la piel y la alteración en el patrón respiratorio. Por otra parte, la ausencia de mucosas secas, la apariencia normal y la ausencia de ojos hundidos se asociaban a una deshidratación menor del 5%(7). La escala de Gorelick(8) permite calcular el grado de deshidratación mediante la puntuación de signos y síntomas (Tabla II): tres o más ítems tienen una sensibilidad del 87% y una especificidad del 82% para detectar deshidratación igual o mayor del 5%.

Diagnóstico etiológico

En los niños deshidratados, es importante hacer el diagnóstico de la causa de la deshidratación, ya que si esta no se trata, el cuadro puede perpetuarse. El diagnóstico etiológico se basa fundamentalmente en la historia clínica. Cuando se trata de una gastroenteritis aguda o de un cuadro de vómitos, el diagnóstico etiológico es sencillo, pero en ocasiones, la causa puede ser más difícil de objetivar. En los lactantes, debe preguntarse por el tipo de alimentación, comprobar que el establecimiento de la lactancia materna es adecuado (falta de aporte) o que la preparación de los biberones de fórmula adaptada se hace correctamente (fórmulas hiperconcentradas). Si los pacientes están recibiendo soluciones de rehidratación oral, debe asegurarse que la administración es adecuada. En los niños que tienen poliuria, polidipsia y las orinas son poco concentradas, debe sospecharse una enfermedad metabólica o una enfermedad renal (diabetes mellitus, diabetes insípida, tubulopatía renal).

Pruebas complementarias

La deshidratación es un diagnóstico clínico, por lo que las pruebas complementarias no deben realizarse sistemáticamente. Estarán indicadas en las deshidrataciones graves y en las moderadas cuando se va a instaurar tratamiento con sueroterapia intravenosa. El objetivo es valorar de forma más precisa el tipo de deshidratación (natremia) y el estado metabólico (equilibrio ácido-base, función renal). No existe ninguna determinación bioquímica con sensibilidad y especificidad suficiente para establecer el grado de deshidratación. El bicarbonato es el parámetro bioquímico cuyos valores se han relacionado más estrechamente con el grado de deshidratación. Niveles de bicarbonato plasmático superiores a 15-17 mEq/L se asocian significativamente a un grado de deshidratación menor del 5%(7).

Las determinaciones de laboratorio más importantes en plasma son: hemograma, pH y gasometría (bicarbonato, CO2), iones (Na, K, Cl), osmolaridad, glucosa, urea y creatinina. En orina: densidad, osmolaridad, pH, iones y cuerpos cetónicos.

Tratamiento

El tratamiento de elección en la deshidratación leve y moderada es la rehidratación oral; solo cuando esta no sea posible o esté contraindicada, se recurrirá a la fluidoterapia intravenosa.

El tratamiento de la deshidratación consiste en la administración de líquidos y electrolitos, con el fin de neutralizar el balance negativo. El tratamiento de elección es la rehidratación oral con soluciones de rehidratación oral.

Rehidratación oral

En nuestro medio, la rehidratación oral debe hacerse con soluciones de rehidratación oral “hiposódicas” (Na < 60 mEq/L). Las bebidas “energéticas” y los refrescos están contraindicados para la rehidratación oral.

La rehidratación oral es el tratamiento de elección en los niños con deshidratación leve y moderada. Consiste en la administración de soluciones de rehidratación oral (SRO) para restablecer el equilibrio hidroelectrolítico. La SRO fue diseñada inicialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1977 para el tratamiento de los niños deshidratados por diarrea en los países en vías de desarrollo. Su composición tiene una concentración de sodio de 90 mmol/L y una osmolaridad de 330 mOsm/L. Posteriormente, la Asociación Americana de Pediatría (AAP)(9) en 1985, la propia OMS10(10) en 2002 y la Sociedad Europea de Nutrición y Gastroenterología (ESPGHAN)(11) en 1992, han publicado otras guías en las que recomiendan SRO con concentraciones de sodio entre 60-70 mmol/L y osmolaridad entre 200-250 mOsm/L. Estas SRO han sido denominadas “SRO hiposódicas” o con bajo contenido en sodio (Na < 60 mEq/L), en contraposición a la SRO-OMS inicial (Na 90 mEq/L). La razón de disminuir la concentración de sodio es descender la osmolaridad y favorecer la absorción de agua por el intestino(12). Por otra parte, las diarreas en nuestro medio no producen tanta pérdida de sodio como ocurre en los niños de países en vías de desarrollo, para quienes se diseñó la primera SRO de la OMS.

Ventajas de la rehidratación oral

Comparándola con la rehidratación intravenosa, la rehidratación oral tiene menos complicaciones, es más fisiológica, más barata, más segura, reduce el número de ingresos y favorece la introducción precoz de la alimentación.

Composición de las fórmulas de rehidratación oral

Las SRO están compuestas fundamentalmente de agua, sodio, cloruro, potasio, glucosa y una base (bicarbonato, citrato sódico, acetato). La efectividad de las SRO se basa en la existencia de un sistema co-transportador de sodio y glucosa, localizado en la célula intestinal, que se mantiene intacto en todos los tipos de diarreas. Para que este sistema transportador sea efectivo, la relación sodio/glucosa debe ser 2/1 o inferior. La concentración máxima de glucosa no debe exceder los 150 mmol/L por el riesgo de diarrea osmótica. En la Tabla III, aparece la composición de las fórmulas de rehidratación recomendadas por la OMS, la AAP y la ESPGHAN.

Las presentaciones comerciales de estas fórmulas pueden ser en forma de polvo, dispensadas en sobres que deben ser diluidos en cantidades predeterminadas, o bien como soluciones líquidas preparadas para la administración directa. Estas últimas son preferibles a la forma en polvo, ya que con ellas se evitan errores en la preparación. Las soluciones caseras («limonada alcalina») no deben recomendarse, porque también pueden ser peligrosas al prepararlas. Las “bebidas energéticas” no están indicadas debido a que tienen poco contenido de sodio y de potasio, excesiva concentración de glucosa, inadecuada proporción sodio/glucosa y una elevada osmolaridad.

Indicaciones

La rehidratación oral está indicada en las deshidrataciones leves y moderadas. Puede utilizarse en todas las edades y en cualquier tipo de deshidratación. En los lactantes al pecho, se recomienda combinarla con tomas de lactancia materna.

Los niños con vómitos también pueden ser rehidratados por vía oral, cuando estos no son muy intensos. Algunos autores recomiendan la administración de SRO por sonda nasogástrica antes de recurrir a la vía intravenosa(13).

Contraindicaciones

La rehidratación oral está contraindicada en los niños que presentan alteración importante del estado general o del nivel de conciencia y en aquellos que tienen pérdidas de líquidos superiores a las que pueden administrarse por vía oral (Tabla IV).

Descripción de la técnica(14)

1ª fase de reposición del déficit de agua y electrolitos:

- Estimación del déficit: inicialmente, se debe realizar una estimación del déficit de agua y de electrólitos en función de la pérdida de peso y de las manifestaciones clínicas (p. ej., una pérdida del 5% del peso significa un déficit de volumen de 50 ml/kg).

- Reposición del déficit: este volumen de líquido deberá reponerse en forma de SRO en 4-6 horas en las deshidrataciones hipo-isotónicas y en 12 horas en las hipertónicas. La solución se administrará inicialmente en forma de pequeñas tomas de 5-10 ml con jeringuilla o cucharilla cada 5 minutos, incrementando la cantidad según la tolerancia del niño.

- Valoración del grado de hidratación: una vez completada la primera fase de rehidratación, se realizará una nueva valoración; si la deshidratación persiste, deberá estimarse de nuevo el déficit e iniciar otra vez su reposición, si se ha normalizado se pasará a la segunda fase de mantenimiento. La fase de rehidratación oral no debe durar más de 12 horas y la cantidad máxima administrada no debe superar 150 ml/kg.

2ª fase. Mantenimiento. Consiste en la administración de las pérdidas mantenidas que se estén produciendo. Suele realizarse en régimen ambulatorio, indicándoles a los padres la forma y la cantidad de SRO que deben administrar. En el caso de los niños con gastroenteritis aguda, el volumen de líquido dependerá del número y del volumen de las pérdidas, aproximadamente 5-10 ml/kg por cada deposición o 2-5 ml/kg por cada vómito que sean abundantes.

Rehidratación intravenosa.
Nuevas pautas

Las nuevas pautas de rehidratación intravenosa “rápida” consisten en la infusión del déficit de agua y electrolitos en un corto periodo de tiempo. Los sueros utilizados deben ser isotónicos.

La rehidratación intravenosa debe realizarse cuando la rehidratación oral no sea posible, porque esté contraindicada o porque haya fracasado.

Tradicionalmente, la rehidratación intravenosa se ha realizado utilizando las “pautas clásicas”, que consistían en la administración de sueros hipotónicos con diferente contenido en sodio (suero glucosalino 1/3, 1/5) en función de los niveles de la natremia y del déficit de iones. La velocidad para la reposición del déficit también estaba condicionada por el tipo de deshidratación (hiponatrémica: 12 h, isonatrémica: 24 h, hipertónica: 48 h). Se trataba de pautas complejas que favorecían los errores de cálculo, no acordes a la fisiopatología del equilibrio hidroelectrolítico y con las que debía transcurrir un tiempo prolongado hasta que los niños recuperaban la normalidad.

En los últimos años, se han cuestionado estas guías y se han desarrollado pautas nuevas de “rehidratación intravenosa rápida”(15). Estas técnicas consisten en la administración intravenosa de gran parte del déficit de agua y de electrolitos en un periodo corto de tiempo, en forma de sueros isotónicos. El objetivo es restaurar lo más rápidamente posible la normalidad fisiológica en el niño y, de forma secundaria, disminuir el tiempo de estancia en el servicio de urgencias y la tasa de ingresos en el hospital. Por otra parte, al utilizar sueros estándar para todos los tipos de deshidratación, evita en gran medida los errores de cálculo.

Actualmente, existe gran variabilidad entre los distintos autores en la descripción de esta técnica. Los dos aspectos en los que existe mayor divergencia son:

1. El tipo de suero que debe usarse.

2. La velocidad a la que debe infundirse el déficit(15,16).

En los siguientes párrafos aparecen los aspectos generales comunes de las publicaciones más importantes en relación con esta técnica.

Indicaciones

La rehidratación intravenosa rápida está indicada en la deshidratación moderada o grave de los niños, hemodinámicamente estables, sin enfermedad de base, en los que la rehidratación oral ha fracasado o no es posible. Puede utilizarse en cualquier tipo de deshidratación, excepto si existen valores extremos de sodio (<125 mEq/L o >155 mEq/L). La edad recomendada debe ser superior a 6 meses.

Tipos de suero

La rehidratación intravenosa rápida debe realizarse con sueros isotónicos. El suero salino 0,9 es hasta ahora el más utilizado en los distintos estudios, pero cada vez existen más publicaciones relacionadas con la utilización de otros sueros, como las soluciones polielectrolíticas o las soluciones “balanceadas”(17). Se trata de soluciones que tienen una composición más parecida al plasma que el suero salino, sobre en todo en relación con la concentración de cloro.

Respecto a si los sueros deben contener glucosa, aún no existe suficiente evidencia para responder a esta pregunta. Muchos estudios recomiendan la adición de glucosa al 2,5% al suero de infusión(18). El objetivo es disminuir la cetosis producida por el metabolismo de los ácidos grasos debido al ayuno y así acortar el periodo de vómitos asociados a la cetosis.

Velocidad de infusión

En cuanto al volumen de líquido que se administra en función del tiempo, existe una gran variabilidad entre los distintos autores(17). Un volumen medio recomendable es 20-40 ml/kg en 2 horas.

Pauta de actuación

Ver algoritmo para la pauta de rehidratación rápida del final del capítulo. Durante todo el proceso es necesario realizar un control y seguimiento estricto del paciente: toma de constantes (frecuencia cardiaca, tensión arterial frecuencia respiratoria), valoración del estado general, balance hídrico y controles analíticos (gasometría y función renal).

Ondansetrón

El ondansetrón es un antagonista de los receptores serotoninérgicos 5HT3, que ha demostrado su efectividad para reducir la necesidad de fluidoterapia intravenosa en los niños con vómitos. Su uso es recomendado en los niños con deshidratación moderada que tienen vómitos, con el objetivo de facilitar la rehidratación oral(19). La dosis es 0,15 mg/kg, máxima 8 mg y debe administrarse 20 minutos antes de iniciar la rehidratación oral. Entre sus efectos secundarios está la posibilidad de producir diarrea.

Criterios de fracaso

Importante volumen de pérdidas mantenidas, inestabilidad hemodinámica, empeoramiento del estado general y signos de retención de líquidos (edemas, hepatomegalia). Cuando esto ocurre, el tratamiento deberá ser específico en función del cuadro fisiopatológico.

Funciones del pediatra de Atención Primaria

• Prevenir la deshidratación, promoviendo el uso de las soluciones de rehidratación oral en los niños con gastroenteritis aguda. Informar a los padres sobre el uso inadecuado de las bebidas energéticas, zumos y refrescos en los niños con diarrea.

• Enseñar a los padres a identificar precozmente los signos de deshidratación (menos pañales mojados, sed, mucosas secas).

• Enviar al hospital a los niños con deshidratación moderada y a aquellos en los que la rehidratación oral no es posible.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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2. González L. Deshidratación. En: García M, López R, Molina J, eds. Manual para el diagnóstico y tratamiento de la deshidratación y de los trastornos hidroelectrolíticos en urgencias de Pediatría. Madrid: Ergon, S.A.: 2018. p.1-7.

3. Ruza F, Lledín M. Trastornos hidroelectrolíticos. Alteraciones de osmolaridad y/o natremia. En: Ruza F. Manual de cuidados intensivos pediátricos. 2ª ed. Madrid: Ediciones Norma-Capitel: 2020. p.86-91.

4.*** Powers K. Dehydration: Isonatremic, Hyponatremic, and Hypernatremic Recognition and Management. Pediatr Rev. 2015; 36: 274-83.

5.*** Colletti E, Brown K, Sharieff G, Barata I, Ishimine P, for the ACEP Pediatric Emergency Medicine Committee. The management of children with gastroenteritis and dehydration in the emergency department. J Emerg Med. 2010; 38: 686-98.

6.*** Santillanes G, Rose E. Evaluation and management of dehydration in children. Emerg Med Clin N Am. 2018; 36: 259-73.

7.*** Steiner M, DeWalt D, Byerley J. Is this this child dehydrated? JAMA. 2004; 291: 2746-54.

8.** Gorelick M, Shaw K, Murphy K. Validity and reliability of clinical signs in the diagnosis of dehydration in children. Pediatrics. 1997; 99: E6.

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11. Report of an ESPGAN Working Group. Recommendations for composition of oral rehydration solutions for the children of Europe. 1992; 14: 113-115.

12. Duran F, Perdomo M. Gastroenteritis aguda. Deshidratación. Pediatr Integral. 2011; 15: 54-60.

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14.** Molina J. Rehidratación oral. En: Casado J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave. 3ª ed. Madrid: Ergon S.A; 2015. p.1327-30.

15.*** Iro M, Sell T, Brown N, Maitland K. Rapid intravenous rehydration of children with acute gastroenteritis and dehydration: a systematic review and meta-analysis. BMC Pediatr. DOI 10.1186/s12887-018-1006-1.

16.** Manrique I. Mora A, Álvarez G. Nuevas pautas de rehidratación en el manejo de la gastroenteritis aguda en urgencias. An Pediatr Contin. 2011; 9: 106-15.

17. Allen C, Goldman R, Bhatt S, Simon H, et al. A randomized trial of Plasma-Lyte A and 0.9% sodium chloride in acute pediatric gastroenteritis. BMC Pediatrics. 2016; 16: 117. DOI 10.1186/s12887-016-0652-4.

18. Janet S, Molina J, Marañón R, García-Ros M. Effects of rapid intravenous rehydration in children with mild-to-moderate dehydration. Pediatr Emerg Care. 2015; 31: 564-7.

19. Fedorowicz Z, Jagannath V, Carter B. Antiemetics for reducing vomiting related to acute gastroenteritis in children and adolescents. Cochrane Database Syst Rev. 2011; (9): CD005506.

Bibliografía recomendada

- Santillanes G, Rose E. Evaluation and management of dehydration in children. Emerg Med Clin N Am. 2018; 36: 259-73.

Se trata de una amplia actualización sobre el diagnóstico y tratamiento de la deshidratación. Revisa cuáles son los mejores datos de la exploración física y de laboratorio para hacer el diagnóstico, las diversas composiciones de las soluciones de rehidratación oral, las indicaciones del ondansetrón y las técnicas de rehidratación rápida.

- Powers K. Dehydration: Isonatremic, Hyponatremic, and Hypernatremic Recognition and Management. Pediatr Rev. 2015; 36: 274-83.

Es un artículo docente con el objetivo de que el lector aprenda a valorar los signos y síntomas de los distintos tipos de deshidratación (hipo, iso, hipertónica), y el tratamiento en función de la situación metabólica. Revisa las bases de la rehidratación oral y la fluidoterapia intravenosa.

- Colletti E, Brown K, Sharieff G, Barata I, Ishimine P, for the ACEP Pediatric Emergency Medicine Committee. The management of children with gastroenteritis and dehydration in the emergency department. J Emerg Med. 2010; 38: 686-98.

Se trata de una revisión de la evidencia sobre el manejo de los niños deshidratados con gastroenteritis aguda. Una parte importante de la publicación se centra en el manejo del ondansetrón y su eficacia para evitar la fluidoterapia intravenosa y la necesidad de ingreso hospitalario.

- Molina J. Rehidratación oral. En: Casado J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave. 3ª ed. Madrid: Ergon S.A; 2015. p.1327-30.

Es un capítulo de un libro en el que se desarrollan las bases de la rehidratación oral: fisiopatología de la rehidratación oral, desarrollo de las fórmulas de rehidratación, composición, indicaciones, contraindicaciones y descripción de la técnica.

- Allen C, Goldman R, Bhatt S, Simon H, et al. A randomized trial of Plasma-Lyte A and 0.9% sodium chloride in acute pediatric gastroenteritis. BMC Pediatrics. 2016; 16: 117. DOI 10.1186/s12887-016-0652-4.

Se trata de un estudio prospectivo, aleatorizado y doble ciego con el objetivo de comparar la efectividad y seguridad de una solución balanceada (Plamalyte©) frente a suero salino 0,9, en niños deshidratados, mediante una pauta de rehidratación intravenosa rápida. Los autores encuentran que, a las 4 horas del tratamiento, los niveles de bicarbonato en los niños tratados con la solución balanceada fueron más elevados que en los niños tratados con suero salino 0,9. También, el grupo tratado con solución balanceada tuvo una mejor puntuación en la escala de deshidratación a las 2 horas del tratamiento, pero no a las 4 horas. No se encontraron diferencias en la tasa de ingresos.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta

Varón de 3 años de edad que, desde hace 2 días, tiene vómitos y deposiciones diarreicas. Hace entre 7 y 10 deposiciones al día, líquidas sin productos patológicos. Los vómitos son escasos. Está afebril. Al inicio del cuadro pesaba 10 kg. Los padres refieren que la diuresis ha disminuido.

Antecedentes familiares y personales

Sin relevancia.

Examen físico

Tª: 36,8ºC. Frecuencia cardiaca: 130 latidos/min. Tensión arterial: 90/50 mmHg. Peso: 9,500 kg. Irritable, ojos levemente hundidos. Impresiona de sed. Ligera palidez de piel. Signo del pliegue negativo. Mucosas pastosas. Relleno capilar 2 segundos. Auscultación cardiaca: normal, sin ruidos patológicos. Auscultación pulmonar: normal. Abdomen: blando, timpanizado, ligeramente doloroso a la palpación profunda, con aumento del peristaltismo, sin visceromegalias. Neurológico: actitud tono y vitalidad normales, sin signos de focalidad neurológica, reflejos osteotendinosos normales, no tiene rigidez de nuca. ORL: normal.

 

 

 

Urgencias en psiquiatría infanto-juvenil

P.J. Rodríguez Hernández*, B. Lago García***
Temas de FC


P.J. Rodríguez Hernández*, A. Leandro Sánchez Pavesi**, B. Lago García***

*Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife. **Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario de Canarias. Tenerife. ***Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife

Resumen

Se define una urgencia psiquiátrica infantil, como una condición mental que genera el suficiente nivel de estrés para que el paciente, su familia o el tutor sientan incapacidad para el manejo de la situación, incluso durante unas pocas horas. Las consultas relacionadas con urgencias psiquiátricas y de salud mental suponen el 3,5% de todas las consultas en las unidades de urgencias pediátricas. Las patologías que se presentan con mayor frecuencia en estas unidades, en los países occidentales, son: el abuso de sustancias y sobredosis, las conductas suicidas y los trastornos del estado de ánimo, los trastornos de ansiedad y los trastornos de comportamiento. Es destacable la importancia del suicidio, ya que supone la segunda causa de muerte en adolescentes, y la ideación y conducta suicida se han incrementado de manera alarmante en niños y en las etapas precoces de la adolescencia. Sin embargo, a pesar de su alta prevalencia y del conocimiento que existe sobre los factores de riesgo, la conducta suicida con frecuencia no se detecta por los padres, profesores o personal sanitario.

 

Abstract

Child psychiatric emergency is defined as a condition of sufficient psychiatric distress in a child where he, his family, or guardian feel incapable of handling for even a few hours. Psychiatric emergencies and mental health concerns account for 3.5% of all pediatric hospital emergency department visits. The most common mental health problems that present to the pediatric emergency department in Western countries are substance abuse, overdoses, suicide behaviors and mood disorders, anxiety disorders and behavioral disorders. Suicide is now the second leading cause of death in adolescents and suicidal ideation and behavior have significantly increased in children and adolescents.
Despite its high prevalence and knowledge on risk factors, suicidal behavior in many children and adolescents is often undetected by parents, teachers and health care providers.

 

Palabras clave: Psiquiatría infantil; Pediatría; Salud mental

Key words: Child psychiatry; Pediatrics; Mental health care

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 91 – 97


Urgencias en psiquiatría infanto-juvenil

Introducción

La frecuencia de consultas en urgencias de Pediatría debida a sintomatología psiquiátrica es elevada.

Se estima que suponen entre el 2 y el 5% de las consultas en unidades de urgencia pediátricas(1).

La mayoría de las consultas relacionadas con urgencias psiquiátricas infantiles son atendidas por pediatras, médicos de urgencias y psiquiatras de adultos, habitualmente con formación limitada en este campo. Por ello, es muy importante que el pediatra de Atención Primaria tenga conocimiento de las patologías más prevalentes y del proceso diagnóstico y terapéutico de los principales problemas.

Los motivos de consulta son múltiples. Existe un grupo de trastornos psiquiátricos que pueden necesitar atención en urgencias, entre los que están: trastornos del comportamiento, trastornos de ansiedad, como la crisis de angustia, agitación psicomotriz, como síntoma de algún trastorno como por ejemplo la esquizofrenia, etc. Todas ellas como exacerbación de un cuadro ya diagnosticado o como debut. Hay que conocer el manejo del intento de suicidio por las implicaciones que conlleva sobre la vida del paciente. El consumo de tóxicos, de manera aislada o en un cuadro de patología dual (consumo de tóxicos acompañando a un trastorno psiquiátrico), también es motivo frecuente de consulta. Por último, las dudas o los efectos secundarios de los psicofármacos(2).

Algunos procedimientos conllevan la utilización de protocolos y técnicas que, en ocasiones, son poco conocidas por el pediatra, como puede ser la contención mecánica o la comunicación a la autoridad judicial de un ingreso hospitalario no voluntario.

En la presente revisión, se exponen los motivos de urgencias psiquiátricas más frecuentes y se referencian los procedimientos para un adecuado abordaje terapéutico.

Evaluación de una urgencia psiquiátrica

Hay que conocer cómo realizar una breve historia clínica, la exploración psicopatológica básica y las pruebas complementarias necesarias para descartar etiología orgánica.

Historia clínica y exploración psicopatológica

Es recomendable seguir un esquema de actuación que debe incluir(3):

Motivo de consulta, antecedentes personales y familiares de enfermedades orgánicas y trastornos mentales.

Existencia de agitación, auto o heteroagresividad.

Consumo de tóxicos y tratamientos farmacológicos.

Orientación temporal, personal y espacial.

Juicio de realidad, presencia de delirios o alucinaciones.

Afectividad e ideas suicidas.

Despistaje de etiología orgánica

Para descartar una etiología orgánica, además de la historia clínica y la exploración física y neurológica, se pueden realizar determinaciones y exámenes complementarios, tales como: hemograma e ionograma, determinación de tóxicos en orina, pruebas neurofisiológicas o pruebas de neuroimagen, según la sospecha diagnóstica.

Suicidio

El suicidio se encuentra entre las primeras diez causas de muerte en adolescentes y adultos jóvenes en todo el mundo. En España, supone la segunda causa de muerte externa en menores de 18 años, después de los accidentes de tráfico. La elección del método suicida más frecuente es el ahorcamiento, seguido de la precipitación desde lugares elevados y la intoxicación medicamentosa(4). Las tentativas son más frecuentes en mujeres, mientras que los suicidios son mayores en los hombres.

En la Tabla I, se pueden observar diversos factores de riesgo suicida en la población infanto-juvenil(5).

El abordaje de la conducta suicida en urgencias es una labor compleja, siendo, la escucha activa y la empatía las dos herramientas fundamentales para su manejo.

Tras la valoración de las lesiones orgánicas y proceder a su tratamiento, se ha de realizar un primer enfoque de la conducta suicida. Es fundamental explorar las siguientes características:

La intencionalidad.

El riesgo de muerte.

La persistencia de ideas suicidas.

La probabilidad de volver a reincidir.

Es recomendable que la información se recoja de diversas fuentes, aunque en términos generales, los menores suelen ser mejores informantes que sus padres. En la tabla II, se recogen los elementos principales que se han de abordar durante la entrevista clínica(6).

Durante los primeros minutos de la entrevista, es recomendable otorgar al paciente un espacio para que dé una visión general de su sufrimiento y de la situación actual; escuchando, sin interrumpir, para intentar detectar sus principales quejas y su conceptualización del problema (situacional, interpersonal e intrapsíquico).

En cuanto a la aproximación al paciente, inicialmente se abordan los temas más generales, para ir ahondando en los detalles, según avance la entrevista. En la tabla III, se muestran tanto las actuaciones a realizar, como a evitar durante una entrevista de estas características.

No existen algoritmos que puedan guiar la actitud terapéutica. Es cierto que disponemos de una serie de escalas de valoración suicida, pero carecen de la suficiente potencia estadística para ser diagnósticas por sí mismas, lo cual no quita que puedan ser utilizadas en el ámbito clínico como herramienta complementaria, como la Escala de Desesperanza de Beck(7) o la Escala de Ideación Suicida de Beck(8).

En caso de proceder a un alta clínica, las guías de práctica clínica recomiendan que se ha de garantizar: apoyo familiar estrecho, revisión en consultas externas de psiquiatría infanto-juvenil en 7-10 días tras el alta y supervisión en la toma de tratamiento farmacológico en caso de que se indique(9).

Autolesiones no suicidas

En los últimos años, han aumentado las conductas autolesivas en jóvenes, principalmente mujeres que, no siendo de alta letalidad, generan un malestar en la persona y en su entorno más próximo.

Las últimas revisiones refieren que entre el 15-20% de la población adolescente admite haber realizado este tipo de gestos en alguna ocasión a lo largo de su vida. Aunque todavía no queda clara la motivación de las mismas, se comienzan a entrever motivos diversos, como el reforzamiento negativo automático (que es el proceso por el cual el paciente se autolesiona con el fin de “parar malos sentimientos” que, a pesar de sus consecuencias negativas a largo plazo, son conductas que ponen fin a estados emocionales no deseados) o el reforzamiento positivo social (“comunicar algo a alguien o recibir su atención”)(10). Así mismo, se entiende esta conducta como una “puerta de entrada” a las lesiones con finalidad suicida y el suicido.

En estos casos, debe hacerse un especial hincapié en las relaciones familiares y afectivas, puesto que suelen ser detonante de dichas conductas. En el ámbito de la urgencia, puede resultar complicado dilucidar de forma fehaciente la motivación concreta de dicha autolesión, por lo que, al alta, también es recomendable que sea valorada por un especialista en psiquiatría infanto-juvenil en menos de dos semanas.

Efectos secundarios de los psicofármacos

En las consultas de Pediatría, la causa de consulta más frecuente por efectos secundarios de los psicofármacos son los trastornos motores inducidos por neurolépticos.

La mayoría de los psicofármacos no afectan a un sistema único de neurotransmisores. Por ello, los efectos secundarios no se circunscriben exclusivamente al sistema nervioso central, sino que pueden aparecer en otros órganos o sistemas(11). Los más frecuentes se indican a continuación.

Trastornos motores inducidos por neurolépticos(12)

Parkinsonismo, síntomas extrapiramidales. Se caracteriza por temblor, acentuado en reposo, rigidez y bradiquinesia. No existe acuerdo en relación con el beneficio de la profilaxis. Una vez que aparecen los síntomas extrapiramidales, se deben seguir las siguientes recomendaciones:

1. Reducir la dosis del neurolép­tico.

2. Dar medicación anti-sistema extrapiramidal.

3. Cambiar el neuroléptico.

Los antiparkinsonianos son los principales medicamentos anti-sistema extrapiramidal. El más utilizado es el biperideno (2 mg vía oral cada ocho horas hasta que ceda la sintomatología). En etapas agudas, es necesario aplicar una ampolla de 5 mg vía intramuscular.

Distonía aguda. Contracción muscular. En el 90% de los casos, ocurre en los primeros cuatro a cinco días después de comenzar el tratamiento. Puede afectar al: cuello, la mandíbula, la lengua y el cuerpo al completo. Las crisis oculogiras son raras y se presentan posteriormente, al igual que la disfagia y la disartria. El tratamiento inicial debe ser con antiparkinsonianos como el biperideno y, en segunda línea, con antihistamínicos como la difenhidramina.

Acatisia aguda. Consiste en una sensación subjetiva y objetiva de inquietud motora, que conduce a que el paciente esté agitado. Aparece en cualquier momento durante el tratamiento. Se debe reducir la dosis del antipsicótico y suministrar bloqueadores beta adrenérgicos (p. ej., propanolol). Si no responde, se suspende el beta adrenérgico y se instaura un antiparkinsoniano (como el biperideno). Si tampoco responde, se debe administrar una benzodiacepina. Como última opción, se puede cambiar el neuroléptico por otro.

Disquinesia tardía. Consiste en movimientos involuntarios de la boca y coreoatetoides de la cabeza, extremidades y el tronco. Desaparecen durante el sueño y aumentan con el estrés. Aparecen después de mucho tiempo de tratamiento. Se debe evaluar la disminución de dosis o cambiar por otro antipsicótico. En los casos graves, no existe un tratamiento de elección.

Síndrome neuroléptico maligno

Puede aparecer en tratamientos con neurolépticos o fármacos antidepresivos. Es una gravísima complicación que puede causar la muerte y, en algunos casos, requiere de la unidad de cuidados intensivos. Puede presentarse en cualquier momento durante el curso de tratamiento con antipsicóticos. Presenta síntomas motores como: rigidez muscular, distonía, mutismo, embotamiento y agitación. Dentro de los síntomas autonómicos, tendríamos: hiperpirexia (hasta 41ºC), sudoración, aumento del pulso y de la tensión arterial. Los principales hallazgos de laboratorio serían: aumento de leucocitos, de enzimas hepáticas o mioglobinuria. También puede haber insuficiencia renal. La suspensión inmediata del antipsicótico, bajar la temperatura y controlar los signos vitales, los líquidos y los electrolitos, es el primer paso a seguir. Las medicaciones antiparkinsonianas pueden ayudar. La monitorización estrecha y el tratamiento se deben mantener durante cinco o diez días.

Efectos anticolinérgicos

Aparecen en tratamientos con fármacos anticolinérgicos, como los antidepresivos tricíclicos y tetracíclicos o los neurolépticos. Para su control, a veces, es suficiente con disminuir la dosis del fármaco.

Los síntomas más frecuentes son: boca seca, visión borrosa (puede mejorar con solución al 1% de pilocarpina en gotas), retención urinaria, estreñimiento (se trata con dietas, laxantes naturales o purgantes) e hipotensión ortostática (hay que prevenir al paciente para evitar caídas y fracturas)(13).

Otros efectos secundarios que ocasionan consultas en urgencias

Benzodiacepinas. Pueden producir somnolencia, pero el efecto paradójico acompañado de agitación y agresividad es el más llamativo y se produce con más frecuencia en niños.

Antidepresivos tricíclicos y tetracíclicos (ATC). Además de los efectos anticolinérgicos descritos, pueden dar alteraciones cardiacas (vigilar complejo QRS y segmento QT) que pueden requerir hospitalización en unidad de cuidados intensivos en caso de alteración grave.

Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Síndrome serotoninérgico, se presenta con: confusión, pirexia y escalofríos, sudoración, hiperreflexia, ataxia, acatisia, temblores, diarrea y mala coordinación. El tratamiento será con ciproheptadina.

Litio. Puede ocasionar multitud de síntomas, especialmente en los niños, por lo que su uso es prácticamente anecdótico en edades pediátricas. Son frecuentes: molestias gástricas, discreto deterioro cognitivo, poliuria, nefritis intersticial e hipotiroidismo. La intoxicación aguda puede complicarse con fallo renal. El tratamiento es sintomático.

Anticonvulsivantes. Discrasias sanguíneas, alteraciones hepáticas, trastornos gastrointestinales, somnolencia y confusión.

Tóxicos

El consumo de drogas se considera un problema de salud pública debido a la dimensionalidad del efecto.

Aunque la tendencia al abuso de sustancias en la adolescencia presenta una breve caída, la prevalencia del consumo de drogas es muy alta. Distintos estudios indican que entre el 50 y el 75% de los adolescentes ha consumido alguna sustancia ilegal, y alrededor del 30% ha probado más de una(14).

Las consultas urgentes al pediatra se pueden producir por una situación de dependencia que induce cambios en el comportamiento junto con el impulso de consumo. Esta necesidad hace que, en ocasiones, se solicite tratamiento farmacológico que alivie la sintomatología. En estos casos, hay que derivar a una unidad especializada y coordinar el tratamiento crónico con ella(15).

La intervención urgente es necesaria cuando se trata de una intoxicación. En primer lugar, hay que realizar una adecuada historia para identificar el tipo de droga que se ha consumido. En general, los síntomas comunes en las intoxicaciones son: ansiedad, irritabilidad, agitación, sintomatología vegetativa y puede llegar a la presencia de alucinaciones, delirio, agitación psicomotriz, etc.

El tratamiento será sintomático: ante sintomatología moderada; benzodiacepinas (diazepam o lorazepam). Si existe agitación psicomotriz o delirio, se pueden usar neurolépticos atípicos (según pauta comentada en el apartado siguiente).

Trastornos psiquiátricos

Los trastornos psiquiátricos más frecuentes son: los trastornos de ansiedad y los trastornos del comportamiento.

Trastornos de ansiedad

Se considera que existe un trastorno, cuando existe miedo a una amenaza real o imaginaria y ansiedad excesiva a un acontecimiento futuro, que puede estar asociado a manifestaciones conductuales. Muchos de los trastornos de ansiedad se desarrollan en la infancia y pueden persistir si no se tratan(16). Las consultas urgentes se producen con más frecuencia debido a los siguientes cuadros:

Trastorno de ansiedad de separación: ansiedad excesiva ante el alejamiento del hogar o de las personas a quien el sujeto está vinculado.

Trastorno de ansiedad social: intenso miedo o ansiedad a situaciones en las que el individuo puede ser analizado por los demás (p. ej., leer en voz alta en clase delante de los compañeros).

Trastorno de pánico: es el motivo más frecuente de consulta urgente al pediatra por sintomatología ansiosa. En el trastorno de pánico, se producen ataques de pánico inesperados y recurrentes, definidos por la presencia de elevada ansiedad que se produce de forma súbita (sin desencadenantes previos) y se acompaña de malestar intenso y síntomas físicos (taquicardia, sudoración, temblor…). Es necesario descartar causa orgánica: hipertiroidismo, hiperparatiroidismo, feocromocitoma, alteraciones cardiacas (p. ej.: taquicardia supraventricular o arritmias) y efectos de medicamentos (como los psicoestimulantes) o tóxicos.

El tratamiento de los trastornos de ansiedad se realiza mediante estrategias de psicoterapia cognitivo-conductual y, si es necesario, con inhibidores de la recaptación de serotonina (ISRS), por lo que es necesario enfocar la intervención a medio y largo plazo, una vez detectado en la consulta urgente. Las benzodiacepinas son útiles para el abordaje a corto plazo, aunque su utilización debe ser puntual y convenientemente monitorizada. La benzodiacepina más utilizada es el clorazepato de dipotasio (en la presentación de 2,5 mg en sobres); entre 2 y 5 años, 2 sobres al día. Entre 5 y 10 años de 2 a 4 sobres al día y entre 10 y 15 años, de 4 a 6 sobres al día.

Trastornos del comportamiento

Los trastornos del comportamiento son: el trastorno negativista desafiante (TND) y el trastorno disocial. Constituyen una de las causas más frecuentes de consulta en Pediatría.

Los síntomas principales abarcan un espectro de conductas relacionadas con: desafío a personas de autoridad, oposicionismo a normas, irritabilidad, enfados frecuentes que pueden llegar a producir agresiones a personas, destrucción de objetos y propiedades, robos o incumplimientos graves de normas sociales(17).

Es necesario considerar la temporalidad y estabilidad de los síntomas para establecer el diagnóstico, ya que no es infrecuente situaciones de expresión de dichas conductas en momentos puntuales, generalmente como reacción a un proceso de adaptación.

Además de la sintomatología nuclear que presentan los pacientes con este diagnóstico, es importante evaluar el grado de disfunción asociada en todas las áreas de desarrollo: escolar, familiar, social o personal.

Un diagnóstico precoz e intervención adecuada disminuye el riesgo de comorbilidad y cronificación del cuadro clínico.

Cuando no se detecta a tiempo, los trastornos del comportamiento producen un incremento en el consumo de recursos sanitarios y de servicios sociales, jurídicos o educativos.

En una consulta urgente, se debe priorizar el adecuado diagnóstico y derivación a los servicios de salud mental correspondiente, ya que el tratamiento no es puntual y la intervención se debe realizar de manera multidisciplinar. La utilización de psicofármacos se debe reservar para situaciones extremas, según el protocolo mencionado en el apartado de agitación psicomotriz.

Trastornos psicóticos

La sintomatología psicótica se caracteriza por la presencia de pensamiento desorganizado, delirios y/o alucinaciones. Se puede acompañar de agitación psicomotriz. En la infancia, suele comenzar de manera gradual, aunque también se puede presentar de forma brusca. La presentación súbita y consulta urgente puede ser la expresión de un trastorno psicótico (p. ej.: una esquizofrenia) o una enfermedad no psiquiátrica. Es necesario descartar las siguientes condiciones: infecciones (encefalitis y meningitis), encefalopatías autoinmunes como la encefalomielitis aguda diseminada o el síndrome de Reye), tóxicos y fármacos como tratamientos inmunosupresores o ingesta de drogas, alteraciones metabólicas (p. ej.: hipoglucemia o hiponatremia) y epilepsia(18).

Las características clínicas principales que hacen sospechar etiología orgánica son: ausencia de sintomatología psiquiátrica prodrómica, rapidez de la aparición de los síntomas, ausencia de antecedentes familiares de enfermedad mental y existencia de sintomatología psiquiátrica atípica (p. ej.: que las alucinaciones no sean auditivas).

Después de descartar etiología orgánica, se debe derivar al paciente a una unidad de salud mental para el adecuado seguimiento.

Agitación psicomotriz

No constituye un trastorno sino una condición, definida por: presencia de hiperactividad motora en grado variable, excitación mental marcada y movimientos descoordinados y sin finalidad aparente. Se puede acompañar de auto o hetero agresividad(19).

Las causas que producen un episodio de agitación psicomotriz son múltiples. Puede deberse a: debut o reagudización de un trastorno psicótico, episodio maníaco o a causas orgánicas neurológicas, metabólicas, síndrome de abstinencia o intoxicación por tóxicos.

El manejo de la agitación debe incluir una adecuada contención verbal. Hablar despacio y con un tono suave en un entorno tranquilo, ayuda a disminuir la activación fisiológica del paciente. Si no se consigue mejorar los síntomas, es posible aplicar medidas terapéuticas más incisivas, como la sujeción mecánica o la utilización de psicofármacos. Para realizar la sujeción mecánica, se necesitan protocolos de actuación determinados por la disponibilidad de material de sujeción en cada consulta o unidad. Aunque lo ideal es la remisión a una unidad preparada para afrontar estas crisis, en ocasiones, tenemos que actuar debido al riesgo que corre la integridad física del sujeto o de quienes lo rodean, en espera de dicha derivación. En cuanto al empleo de psicofármacos, los más empleados son los neurolépticos atípicos a bajas dosis. Los principales son:

Risperidona: entre 0,5 y 1 mg en dosis única en niños y 2 mg en adolescentes, vía oral.

Olanzapina: 2,5 mg en dosis única en niños y 5 mg en adolescentes, vía oral.

Haloperidol: 2,5 mg en dosis única en niños y 5 mg en adolescentes, vía intramuscular.

Aspectos legales

En una urgencia psiquiátrica, se pueden necesitar procedimientos de actuación que atentan contra la libertad del niño. Se deben conocer, así como la legalidad asociada a su utilización.

Las medidas de restricción como: contención física, vigilancia por vídeo u hospitalización no voluntaria, se deben utilizar como último recurso y en situaciones en que no existe otra posibilidad terapéutica. Además, las situaciones en las que se puede plantear su uso deben suponer la existencia de un beneficio objetivo: riesgo claro para su integridad física o la de los que lo rodean, debido a auto o heteroagresividad, o a episodio de agitación psicomotriz.

Con respecto a la información que se puede solicitar a un pediatra sobre el suicidio, los medios de comunicación han tenido, tradicionalmente, dificultades para cubrir un suicidio. Sin embargo, en los últimos años, y con el auge de las noticias sensacionalistas, esta situación ha venido cambiando. Este cambio ha sido registrado, y se ha observado que determinadas formas de cobertura periodística, están asociadas a un aumento de las tasas de suicidio de forma significativa. La población juvenil es más sensible a este efecto, por lo que es necesario tratar este tema de forma correcta, puesto que puede ayudar a prevenir el comportamiento imitador(20).

Función del pediatra de Atención Primaria

Las funciones más destacables del pediatra de Atención Primaria en las urgencias psiquiátricas infantiles son:

Conocer los motivos de consulta más frecuentes, así como la clínica indicativa de cada presentación.

Realizar una aproximación a la gravedad de la consulta, realizada a través de la exploración psicopatológica básica.

Planificar las estrategias de actuación, tomar decisiones y establecer un plan terapéutico específico teniendo en cuenta la gravedad de la situación.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Fernández de Sanmamed MJ, García J, Mazo MV, Mendive JV, Serrano E, Zapater F. Consideraciones para un abordaje social y sanitario del suicidio a propósito del Código Riesgo de Suicidio. Barcelona: Fòrum Català d´Atenció Primària. 2018. Acceso gratuito en: https://focap.files.wordpress.com/2018/06/consideraciones-para-el-abordaje-suicidio.pdf

Documento de consulta imprescindible en el abordaje integral de los aspectos más importantes del suicidio. De obligada consulta cuando enfocamos aspectos, tales como la comunicación con la familia o con la prensa.

- Grupo de Trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre la Depresión Mayor en la Infancia y en la Adolescencia. Guía de Práctica Clínica sobre la Depresión Mayor en la Infancia y en la Adolescencia. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad y Política Social. Axencia de Avaliación de Tecnoloxías Sanitaria de Galicia (avalia-t); 2009. Guías de Práctica Clínica en el SNS: avalia-t Nº 2007/09.

Gratuito en internet. Incluye un amplio apartado sobre el suicidio, con recomendaciones prácticas y niveles de evidencia científica de las recomendaciones realizadas.

- Mosquera-Gallego L. Conducta suicida en la infancia: Una revisión crítica. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes. 2016; 3: 9-18.

Lectura especialmente recomendada en aquellos que quieran tener una visión más completa de la conducta suicida infanto-juvenil. Contiene definiciones precisas y tablas muy completas.

- Grandclerc S, De Labrouhe D, Spodenkiewicz M, Lachal J, Moro M-R. Relations between Nonsuicidal Self-Injury and Suicidal Behavior in Adolescence: A Systematic Review. PLoS ONE. 2016; 11: e0153760. doi: 10.1371/ journal.pone.0153760.

Revisión actualizada sobre las distintas motivaciones que tienen los adolescentes para autolesionarse y su relación con el suicidio.

 

Caso clínico

 

Luisa es una niña de 13 años que acude a la consulta de su pediatra de Atención Primaria, acompañada por la madre y sin cita previa. El motivo de consulta es que la madre ha visto en los brazos de la niña múltiples arañazos realizados por su hija de manera voluntaria.

En la exploración física, se detectan erosiones en la cara ventral de ambos antebrazos, de varios centímetros de longitud, con dirección perpendicular a la extremidad, en distintas fases de cicatrización, en número de 30 a 40 en cada antebrazo. Ninguna de las lesiones requiere tratamiento.

Entre los antecedentes personales, destaca que la niña siempre se ha mostrado retraída y tímida en la consulta. Además, en alguna ocasión, los padres han comentado al pediatra que se suele poner nerviosa ante distintas situaciones como: exámenes, invitaciones a cumpleaños, etc. y que en esos momentos ha presentado disminución de apetito o abdominalgias, sin abandono o evitación de la actividad. El rendimiento escolar ha sido adecuado y no hay historia pasada o actual de estresores destacables. En los antecedentes familiares, existe historia familiar de trastornos del ánimo en la rama materna. Una tía materna está diagnosticada y en tratamiento por una depresión mayor y una prima materna ha acudido en 2 ocasiones a un servicio de urgencias por ingesta de medicamentos con finalidad autolítica.

El pediatra realiza una primera aproximación que incluye preguntas sobre: presencia de agitación, auto o heteroagresividad (no existe), fármacos o tóxicos (no existen tratamientos farmacológicos o sospecha de consumo de tóxicos), orientación, delirios o alucinaciones (no existen) y afectividad y ánimo (sin datos de interés). La entrevista la realiza a la madre y a la niña por separado.

En la entrevista a la niña, indaga sobre la intencionalidad de los cortes, el riesgo de muerte, la existencia o persistencia de ideas suicidas y la probabilidad de reincidir. La niña asegura que no quiere morir y que no ha pensado en ello, que la intención de los cortes es disminuir la ansiedad, ya que se pone muy nerviosa cuando está en periodos de exámenes y que dos amigas de la clase cuando están muy nerviosas y se cortan, les disminuye el estado de nerviosismo. Que a ella le pasa lo mismo y que los cortes se los realizó todos los días de la semana anterior. No sabe si podrá controlar el realizarse nuevos cortes en nuevas situaciones de estrés.

Además, el pediatra pregunta a la madre y a la niña (por separado): cambios en el hábito de sueño, en el patrón de alimentación, en el comportamiento y en el rendimiento escolar. Estas preguntas son importantes; ya que, aunque no se refieren alteraciones en la esfera anímica-afectiva (no existe tristeza, ganas de llorar, pérdida de energía en la realización de actividades o irritabilidad), en ocasiones, las alteraciones anímicas (p. ej.: una depresión) pueden comenzar con esos síntomas indirectos.

Ante esta sintomatología, se informa a la madre de la necesidad de vigilancia y acompañamiento, y se solicita una cita preferente en salud mental en 7-10 días.

 

 

 

Hipoglucemia no diabética

J. Pozo Román, A. Martín Rivada, M. Güemes Hidalgo
Temas de FC


J. Pozo Romána,b, A. Martín Rivadac, M. Güemes Hidalgoa.

aMédico Adjunto del Servicio de Endocrinología Pediátrica del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid. bProfesor Asociado de Pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid. cResidente de Pediatría y Endocrinología Pediátrica de 4º año del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid

Resumen

La hipoglucemia es un trastorno metabólico frecuente en la infancia y especialmente en el periodo neonatal. Su importancia radica en que el cerebro, en condiciones normales, solo consume glucosa y no es capaz de sintetizarla ni de acumularla, por lo que las hipoglucemias pueden provocar alteraciones transitorias del funcionamiento cerebral o secuelas neurológicas definitivas. No es posible establecer un punto de corte que delimite lo que es una glucemia normal-anormal o un nivel de glucemia por debajo del cual se produzca daño neurológico. Ello se debe a que la respuesta cerebral a la hipoglucemia se produce en un rango relativamente amplio de glucemia (continuum) que puede verse alterado por la presencia de sustratos alternativos u otros factores. Las manifestaciones clínicas de la hipoglucemia varían, dependiendo, entre otros factores, de la edad del niño, pero son, en general, inespecíficas, especialmente en los recién nacidos y lactantes pequeños.
Durante los 2 primeros años de vida, los hiperinsulinismos son la primera causa de hipoglucemia, seguidos de los déficits enzimáticos y las deficiencias de hormonas contrarreguladoras (hipopituitarismos); 2) entre los 2 y los 8 años, la causa más frecuente es la hipoglucemia cetósica idiopática de la infancia; y 3) en mayores de 8 años, los insulinomas pancreáticos. Muchos de los estudios que se realizan por hipoglucemia son innecesarios (hipoglucemias no comprobadas); por lo que, solo deben estudiarse las hipoglucemias: en niños mayores con la tríada de Whipple documentada, en niños pequeños con glucemia plasmática (no capilar) < 60 mg/dL y, en recién nacidos, solo a partir de las 48-72 horas de vida (pasada la hipoglucemia transicional). Las determinaciones analíticas para el diagnóstico etiopatogénico solo deben realizarse en situación de hipoglucemia espontánea o bien en situación de hipoglucemia provocada (test de ayuno) y siempre en ámbito hospitalario; ya que, estas pruebas no están exentas de riesgo para el paciente. La interpretación de las pruebas puede ser compleja en muchas situaciones.
El tratamiento urgente de la hipoglucemia se basa en aportar al paciente la glucosa necesaria para normalizar la glucemia, lo que, dependiendo de la gravedad y situación, puede hacerse bien por vía oral o intravenosa, o bien liberando los depósitos de glucosa del propio sujeto mediante la administración de glucagón parenteral. El tratamiento o la prevención de las hipoglucemias a largo plazo dependerá de la etiopatogenia y conlleva medidas: dietéticas y nutricionales, fármacos y, en ocasiones, cirugía (pancreatectomías parciales o subtotales en situaciones de hiperinsulinismo no controlado).

 

Abstract

Hypoglycemia is a frequent pediatric metabolic disorder, particularly common in neonates. Given that the brain ́s only fuel is glucose, and it cannot synthetize nor store it, hypoglycemia can lead to transitional or permanent brain injury. A cut-off point to discern normal from abnormal glycemia or one that causes brain damage cannot be established as brain response to hypoglycemia is produced in a wide range of glycemic values (continuum), that can be modified by alternative substrates or by diverse factors. Clinical manifestations may vary depending on aspects, such as age, but they are generally non-specific, especially in neonates and toddlers.
During the first two years of life, hyperinsulinism is the most common cause of hypoglycemia, followed by enzymatic deficiencies and counterregulatory hormone deficiencies (hypopituitarism); between 2 and 8 years of life, the main cause is idiopathic ketotic hypoglycemia; and over the age of 8 years, pancreatic insulinoma.
To avoid unnecessary tests performed to study undocumented hypoglycemia, the cases of hypoglycemia that require complementary investigations should be the following: older children with documented Whipple ́s triad, younger children with plasma (not capillary) glucose concentrations < 60 mg/dL and, newborns only after the first 48-72 hours of life (post transitional hypoglycemia). Diagnostic tests should only be performed during a real spontaneous or provoked hypoglycemia (fasting test), and always within the hospital environment, as they can be risky for the patient. Result interpretation can be challenging. Urgent treatment for hypoglycemia seeks restoring blood glucose concentrations back to normality via oral or intravenous (depending on the severity) glucose delivery, or by releasing the patient ́s glucose storage in response to parenteral glucagon administration. Prevention or long-term treatment of hypoglycemia depends on the pathogenesis and involves nutrition management, drug therapy, and sometimes, surgical treatment (partial or near-total pancreatectomy for medically-unresponsive hyperinsulinism cases).

 

Palabras clave: Hipoglucemias; Homeostasis de la glucosa; Hipoglucemia transicional; Hiperinsulinismos; Diazóxido

Key words: Hypoglycemia; Glucose homeostasis; Transitional hypoglycemia; Hyperinsulinism; Diazoxide

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 90.e1 – 90.e22


Hipoglucemia no diabética

Introducción

La hipoglucemia no es una enfermedad, sino la manifestación bioquímica del fracaso de alguno de los complejos mecanismos homeostáticos encargados de su mantenimiento(1). Es un trastorno metabólico frecuente en la infancia y especialmente en el periodo neonatal.

La importancia de la hipoglucemia radica en que, tanto en la vida intrauterina como a lo largo de la vida, la glucosa plasmática (GP) constituye el principal substrato energético del organismo, especialmente de los llamados órganos glucodependientes (sistema nervioso, cristalino, hematíes y médula renal), cuyo funcionamiento depende, si no exclusivamente, sí fundamentalmente del aporte continuo de glucosa.

El cerebro, aunque en situaciones especiales puede utilizar fuentes energéticas alternativas (cuerpos cetónicos, lactato), en condiciones normales solo utiliza glucosa y no es capaz de sintetizarla ni de acumularla en cantidades significativas (glucógeno astrocitario). La glucosa entra al cerebro mediante un sistema de difusión facilitada independiente de insulina, pero dependiente de la glucemia arterial; de forma que, cuando esta disminuye o existen defectos en el transportador de glucosa (GLUT), se produce glucopenia cerebral con hipoglucorraquia. En condiciones fisiológicas, la GP oscila entre 70 y 130 mg/dL y la cerebral entre 14 y 41 mg/dl, pero, cuando la GP cae por debajo de 36 mg/dl, la concentración de glucosa en el cerebro se aproxima a 0 mg/dL. Se conocen, al menos, 14 isoformas de GLUTs, con expresión diferencial en los diferentes tejidos y varios de ellos en el cerebro, de los cuales, los más importantes son: GLUT1 (barrera hematoencefálica y eritrocitos) y GLUT3 (neuronas). La mayoría de los tejidos que responden a insulina (músculo, tejido adiposo…) expresan GLUT4(2).

La hipoglucemia va a condicionar una alteración transitoria del funcionamiento cerebral, que se corrige habitualmente cuando la glucemia aumenta.

• Cuando la hipoglucemia es grave y prolongada, puede desencadenar convulsiones y, de forma excepcional, daño cerebral irreversible o incluso una arritmia cardíaca que conduzca a la muerte súbita.

• Cuando los episodios de hipoglucemia son menos graves, pero recurrentes, especialmente durante el periodo neonatal o la primera infancia, cuando el cerebro está todavía en desarrollo, pueden ocasionar secuelas neurológicas a largo plazo potencialmente graves, que oscilan desde una leve disfunción neurocognitiva a retraso mental severo, epilepsia, microcefalia, hemiparesia o afasia(3,4).

• En los niños mayores, la reiteración de hipoglucemias, habitualmente pacientes con diabetes mellitus tipo 1 (DM1) en tratamiento insulínico intensivo, puede provocar disfunciones neurocognitivas, especialmente alteraciones de la memoria, y fallo en la respuesta autonómica a la hipoglucemia, predisponiendo al desarrollo de nuevas hipoglucemias que, además, se hacen asintomáticas (hipoglucemias inadvertidas), favoreciendo su mayor gravedad y severidad(5).

Homeostasis de la glucosa

Los mecanismos homeostáticos encargados del mantenimiento de la glucemia son mecanismos de supervivencia y, por ello: múltiples, escalonados y redundantes, al objeto de que el fallo de uno o de varios de sus componentes no comprometa la vida del sujeto.

La GP deriva de tres posibles fuentes: 1) la absorción intestinal de hidratos de carbono de la dieta; 2) la liberación de los depósitos de glucosa acumulados en forma de glucógeno (glucogenolisis); y 3) la liberación de glucosa sintetizada de novo (gluconeogénesis) a partir de precursores, incluyendo: lactato, piruvato, aminoácidos (especialmente alanina y glutamina) y, en menor medida, glicerol. Muchos tejidos poseen los sistemas enzimáticos necesarios para sintetizar glucógeno e hidrolizarlo (glucógeno-sintetasa y fosforilasa), pero solo el hígado y el riñón expresan la glucosa 6-fosfatasa, la enzima necesaria para poder liberar la glucosa a la circulación. El hígado y el riñón expresan también las enzimas necesarias para la gluconeogénesis: piruvato-carboxilasa, fosfoenol-piruvato carboxiquinasa y fructosa 1-6 bifosfatasa(6).

La GP, pese a las variaciones en la actividad física y a la ingesta intermitente de nutrientes, se mantiene relativamente estable a lo largo del día; de forma que, raramente sobrepasa los 130 mg/dL postingesta, y no suele descender por debajo de los 70 mg/dL en los períodos interprandiales. La excepción la constituyen algunos niños, habitualmente menores de 4 años, que pueden presentar, al despertarse por la mañana, glucemias inferiores a 70 mg/dL y cetonemia, como consecuencia de su baja tolerancia al ayuno(7).

En condiciones normales, después de una comida (fase absortiva), las concentraciones de insulina aumentan desde 3-10 µU/mL a 20-50 µU/mL, permitiendo que el organismo consuma la glucosa procedente de los hidratos de carbono ingeridos (aumento de la utilización periférica), así como su almacenamiento en forma de glucógeno (glucogenogénesis) en diferentes tejidos, especialmente hígado y músculo. En el hígado, se favorece también la síntesis de triglicéridos, que serán finalmente transportados y almacenados en el tejido adiposo(1). La presencia de insulina en la sangre inhibe la gluconeogénesis, la lipolisis y la cetogénesis. A medida que la glucosa es consumida y almacenada (3-4 horas postingesta), la GP comienza a descender (fase postabsortiva) y los mecanismos contrarreguladores de la hipoglucemia se van poniendo en marcha de manera secuencial para prevenir el desarrollo de hipoglucemia(6,7). Estos mecanismos son mecanismos de supervivencia y, por ello, son: múltiples, escalonados y redundantes, al objeto de que el fallo de uno o de varios de sus componentes no comprometa la vida del sujeto.

1. El primer mecanismo defensivo frente a la hipoglucemia es la disminución de la secreción de insulina por las células β pancreáticas, que se inicia cuando la glucemia se aproxima a los 80-85 mg/dL. Como consecuencia, disminuye el consumo de glucosa por los tejidos periféricos insulín-sensibles, favoreciendo un adecuado aporte a los órganos glucodependientes, y se favorece la liberación de glucosa a partir del glucógeno hepático y renal (glucogenolisis). En condiciones normales, por debajo de 45-50 mg/dL de GP, la secreción de insulina estaría abolida.

2. El segundo mecanismo defensivo es la secreción de glucagón por las células alfa pancreáticas, que se pone en marcha cuando la glucosa cae justo por debajo de su nivel fisiológico (65-70 mg/dL) y que dispara la glucogenolisis hepática.

3. El tercer mecanismo de respuesta, crítico cuando la secreción de glucagón está alterada, es la secreción por la médula suprarrenal de adrenalina, que se produce, al igual que la liberación de glucagón, cuando la glucosa cae por debajo de 65-70 mg/dL. La adrenalina estimula la glucogenolisis hepática y renal, la gluconeogénesis y la lipólisis (efecto β), al tiempo que disminuye la utilización de glucosa por los tejidos periféricos insulín-sensibles (efecto β) y disminuye la propia secreción de insulina (efecto α), contrarrestando el efecto β estimulante de la secreción de insulina.

4. Un cuarto mecanismo de respuesta, menos importante en la respuesta aguda a la hipoglucemia, pero de gran importancia en el mantenimiento de la glucemia en situaciones de ayuno prolongado, es la liberación de cortisol y hormona de crecimiento (GH). Esta liberación se produce también con niveles de glucosa de 65-70 mg/dl, y ambas hormonas actúan de forma sinérgica con el glucagón y la adrenalina, incrementando los niveles de glucemia. La GH estimula la gluconeogénesis y la lipolisis; mientras que, el cortisol estimula preferentemente la gluconeogénesis.

5. Cuando la glucemia disminuye por debajo de 50-55 mg/dl, aparecen los síntomas de hipoglucemia y, entre ellos, y como consecuencia de una respuesta simpático-adrenal más intensa, la ansiedad por ingerir hidratos de carbono, una conducta defensiva que induce el aumento de los aportes exógenos de glucosa. Por último, se ha postulado que, cuando las cifras de glucemia disminuyen por debajo de 50 mg/dL, otros factores no hormonales, como estímulos neurales directos del cerebro sobre el hígado o la postulada “autorregulación hepática de la glucosa”(8), podrían actuar como mecanismos contrarreguladores complementarios.

Respuesta fisiológica al ayuno(1,2,6,9)

Los mecanismos homeostáticos de la glucosa en el niño, fuera del período neonatal, son esencialmente idénticos a los del adulto, pero los lactantes y niños pequeños, a diferencia de niños mayores y adultos, son incapaces de mantener la glucemia tras ayunos relativamente cortos (24-36 horas), debido a que: “cuanto más pequeño es el niño, mayor es su consumo proporcional de glucosa, menores sus depósitos de precursores neoglucogénicos y más vulnerable su cerebro a la hipoglucemia”.

En condiciones de ayuno (periodo postabsortivo), la interacción entre insulina y hormonas contrarreguladoras mantiene los niveles de GP relativamente estables:

• Si el ayuno es corto, la glucemia se mantiene principalmente a partir de la liberación de los depósitos de glucógeno (glucogenolisis). El glucógeno almacenado en hígado y riñón sería capaz, por sí mismo, de mantener la glucemia dentro del rango normal durante, al menos, 4-6 horas en el lactante pequeño, y durante más de 8 horas en niños mayores (Fig. 1).

Figura 1. Fases de la homeostasis de la glucosa durante el ayuno (adaptado de Ruderman, et al., 1976). El consumo de glucosa refleja las necesidades medias de un adulto. La duración de la segunda fase es tanto más corta cuanto más pequeño es el niño, debido al menor tamaño de los depósitos hepáticos de glucógeno.

La glucogenolisis es complementada por la gluconeogénesis a partir de los aminoácidos liberados en el recambio proteico (especialmente alanina y glutamina, cuyos niveles séricos se incrementan).

• Si el ayuno se prolonga más de 8-16 horas en un niño normal (24-36 horas en un adulto), los depósitos de glucógeno se van agotando y la gluconeogénesis asume el principal papel en el mantenimiento de la glucemia (fase de ayuno prolongado). Para evitar una excesiva pérdida de proteínas, el tejido adiposo se convierte en la fuente principal de energía para el organismo. Los triglicéridos acumulados en él se descomponen en glicerol (sustrato para la gluconeogénesis) y en ácidos grasos libres (AGL) de cadena larga. Los AGL son oxidados en las mitocondrias hepáticas (β -oxidación) para generar la energía necesaria para la gluconeogénesis, y también en otros tejidos, como el músculo esquelético y cardíaco, contribuyendo al ahorro de glucosa. La β -oxidación de los AGL produce acetil-CoA, que, en ausencia de carbohidratos, no puede ser reciclado a través del ciclo de Krebs y se acumula activando la cetogénesis y generando los cuerpos cetónicos (β -hidroxibutírico y acetoacético), que son utilizados como fuente alternativa de energía por numerosos órganos, contribuyendo también a aumentar la disponibilidad de glucosa para los órganos glucodependientes. A diferencia de los AGL, los cuerpos cetónicos y el lactato atraviesan la barrera hematoencefálica y pueden ser utilizados directamente por las neuronas para obtener energía. De este modo, la producción de cuerpos cetónicos durante el ayuno puede considerarse un mecanismo adaptativo que permite minimizar el consumo de glucosa, evitando así un excesivo catabolismo muscular y lipídico. En los niños pequeños, la presencia de cuerpos cetónicos se observa tras solo 12-18 horas de ayuno; mientras que, en niños mayores, puede no aparecer hasta pasadas 18-24 horas.

Los mecanismos que mantienen la homeostasis de la glucosa en el niño, fuera del período neonatal y una vez que se ha completado la transición entre la vida intra y extrauterina, son esencialmente idénticos a los del adulto. En adultos sanos, la glucemia se mantiene prácticamente en rango normal incluso durante períodos de ayuno de varias semanas; por el contrario, los lactantes y niños pequeños son incapaces de mantener la glucemia tras ayunos relativamente cortos (24-36 horas). La principal diferencia entre lactantes, niños y adultos radica en el ritmo de utilización de la glucosa y en el volumen de sus depósitos neoglucogénicos (Tabla I); de forma que, cuanto más pequeño es el niño, mayor es su consumo proporcional de glucosa, menores sus depósitos de precursores neoglucogénicos y más vulnerable su cerebro a la hipoglucemia. Esta mayor vulnerabilidad del tejido cerebral es especialmente marcada durante los dos primeros años de vida, cuando su crecimiento y desarrollo son mayores y más rápidos.

Homeostasis de la glucosa en el periodo fetal

La glucemia fetal depende fundamentalmente de la GP materna a través de su transferencia placentaria mediante un mecanismo de difusión facilitada a favor de gradiente no regulado por insulina.

Los GLUTs placentarios, incluido el más importante, el GLUT1(2), no son regulados por la insulina y la glucemia fetal depende, fundamentalmente, de la GP materna a través de su transferencia placentaria mediante un mecanismo de difusión facilitada a favor de gradiente de concentración. El resultado es una correlación lineal entre la GP materna y fetal; de forma que, esta última se mantiene alrededor de 60-80 mg/dL, unos 9 mg/dL por debajo de la glucemia materna (70-90 mg/dl)(10). Se cree que la insulina materna, que no atraviesa la barrera placentaria, regularía la GP fetal a través de la GP materna; mientras que, la insulina fetal tendría un papel más relevante en la regulación de los procesos de crecimiento y favorecería el acúmulo de depósitos de energía en el feto, en forma de glucógeno y grasa(10).

En la segunda mitad de la gestación, la secreción de grandes cantidades de lactógeno placentario, progesterona y estrógenos genera en la madre una marcada insulinorresistencia, incrementando la disponibilidad fetal de sustratos maternos (glucosa, aminoácidos y lípidos), lo que favorece el rápido incremento fetal de peso(2). Una de las consecuencias de este aumento del anabolismo fetal es el incremento progresivo de los depósitos de glucógeno hepático, especialmente a partir de la 36 semana de edad gestacional (EG), que pasarían de unos 25 mg/g de hígado, a las 17 semanas de EG, a unos 50 mg/g en el recién nacido (RN) a término. La reducción del flujo placentario puede condicionar un retraso de crecimiento intrauterino (RCIU) y un bajo peso para la EG (BPEG), con disminución de los depósitos de glucógeno, especialmente si el parto se produce prematuramente, lo que favorecería la hipoglucemia perinatal.

Homeostasis de la glucosa en el periodo perinatal(2,10,11)

Los niveles de glucemia, en los RN normales y en las primeras horas de vida, caen a 55-65 mg/dl y en un 30% por debajo de 50 mg/dl, probablemente como resultado de un hiperinsulinismo leve y transitorio, y tienden a normalizarse en 1-3 días (70-100 mg/dl). Es lo que se conoce como “hipoglucemia transicional” y debe diferenciarse de otras causas patológicas de hipoglucemia transitoria o persistente.

Inmediatamente después del nacimiento, la interrupción de la transferencia materna de glucosa obliga al RN a movilizar sus depósitos de glucosa y a ajustar su secreción de insulina a sus niveles de glucemia. Todo ello en un contexto de aportes intermitentes de leche que, además, en los lactados al pecho, contiene en los primeros días mucha grasa y proteínas (calostro), pero escasa cantidad de hidratos de carbono. El resultado es que la glucemia del RN cae en las 2 primeras horas de vida a 55-65 mg/dl (unos 25-30 mg/dL); posteriormente, tiende a aumentar lentamente hasta alcanzar, en 1-3 días, la concentración normal en lactantes, niños y adultos; es decir, alrededor de 70-100 mg/dL. Los niveles más bajos de glucemia se dan en las primeras horas postparto y, como consecuencia, alrededor de un 30% de los RN normales presentarán glucemias < 50 mg/dL en las primeras 24 horas de vida, pero solo un 0,5% después de pasado este periodo(2). Esta caída en los niveles de glucemia en las primeras horas de vida en los RN normales es lo que se conoce como “hipoglucemia transicional” y debe diferenciarse de otras causas patológicas de hipoglucemia transitoria o persistente.

La etiopatogenia de la hipoglucemia transicional no está plenamente aclarada. Los estudios disponibles sugieren que sería una forma leve y transitoria de hiperinsulinismo (hipoglucemia hipocetósica), debido a una disminución en el dintel de GP necesario para suprimir la secreción de insulina en la célula β , 50-65 mg/dL en vez de los 80-85 mg/dl de los niños mayores y adultos(10). Se ha postulado que sería debido a la persistencia transitoria de un mecanismo adaptativo fetal desarrollado para mejorar el crecimiento intraútero. El dintel de GP más bajo en el feto que en la madre permitiría a este mantener su secreción basal de insulina y un crecimiento normal, cuando la glucemia materna, y con ella la fetal, bajan como consecuencia del ayuno o de la disminución de nutrientes. En estas situaciones, el cerebro fetal dispondría, como nutriente alternativo a la glucosa, de abundantes cuerpos cetónicos procedentes de la cetogénesis materna, mucho más acelerada que en mujeres no gestantes.

Situaciones patológicas, como: asfixia perinatal, retraso de crecimiento intrauterino, toxemia materna o eritroblastosis fetal, podrían agravar y prolongar días, semanas e incluso meses, este mecanismo adaptativo, de forma que podría llegar a requerir tratamiento farmacológico.

Concepto de hipoglucemia

Pese a las dificultades en la definición de hipoglucemia(12), en la práctica clínica, existe un cierto consenso en considerar como hipoglucemia un valor de GP ≤ 46 mg/dL(11), a cualquier edad por encima de las 48-72 horas de vida (periodo transicional). En pacientes con DM, la hipoglucemia suele definirse por valores ≤ 70 mg/dL(13).

El primer problema que se plantea a la hora de orientar el diagnóstico de una hipoglucemia es su propia definición que, desde hace años, es objeto de controversia(12). Podríamos definir clínicamente la hipoglucemia, como: una GP lo suficientemente baja como para causar alteración de la función cerebral. Sin embargo, esta definición, como cualquier otra, plantea numerosos problemas:

• Los síntomas de la hipoglucemia son inespecíficos y difíciles de reconocer, y, por otro lado, un valor de GP disminuido puede ser un simple artefacto. Por ello, las guías clínicas de diagnóstico y tratamiento de la hipoglucemia en adultos(14) enfatizan la importancia diagnóstica de documentar la llamada tríada de Whipple: 1) presencia de sintomatología consistente con hipoglucemia; 2) hallazgo de niveles de GP disminuidos; y 3) resolución de los signos y síntomas cuando la GP se normaliza. En los niños, la posibilidad de documentar la tríada de Whipple pocas veces es factible, debido a una sintomatología todavía más inespecífica y a la limitada-ausente capacidad para reconocer y comunicar los síntomas, especialmente en los más pequeños.

• No es posible establecer un punto de corte que delimite lo que es una GP normal-anormal o un nivel de GP por debajo del cual se produzca daño neurológico. Ello se debe a que la respuesta cerebral a la hipoglucemia se produce en un rango relativamente amplio de GP (continuum) y este rango puede verse alterado por la presencia de sustratos alternativos (cuerpos cetónicos, lactato) o por antecedentes recientes de hipoglucemia (hipoglucemias repetidas)(12). Por otro lado, la posibilidad de ocasionar daño cerebral depende no solo del valor de la GP, sino también de otros factores, como: duración, gravedad o, lo que es más importante, coexistencia de otros potenciales agentes lesivos, como la hipoxia o la isquemia.

• La interpretación de una determinación de GP puede estar sujeta a potenciales artefactos o errores en la técnica: consumo de glucosa por tiempo excesivo en procesar la muestra, extracción de vías sin adecuado lavado, etc. Uno de los errores más frecuentes es considerar como fiables los resultados obtenidos mediante glucómetros o reflectómetros portátiles. La utilización de estos aparatos puede conllevar errores de distinto tipo: 1) técnicos, por fallos del aparato, de la metodología empleada o por la utilización de muestras escasas o contaminadas (desinfectantes y agua); 2) de fiabilidad, estos aparatos suelen tener un rango de error en torno al 10-15%, que puede ser mucho mayor cuando la glucemia es baja o alta; y 3) por el tipo de muestra empleado (sangre total y no plasma). La glucemia en sangre total (capilar, arterial o venosa) es un 10-15% más baja que la plasmática, debido al bajo contenido en glucosa de los eritrocitos, por lo que, el rango de error puede aumentar en situaciones de policitemia o anemia. Pese a todas estas posibles fuentes de error, la determinación de la glucemia con estos dispositivos a la cabecera del enfermo posee una incuestionable utilidad derivada de la rapidez de resultados; si bien, cualquiera valor de glucemia por debajo de 60 mg/dL, debería ser confirmado mediante la determinación en laboratorio de la GP y valorar tratamiento si el valor es confirmado. Valores por debajo de 50 mg, especialmente si son sintomáticos, deben recibir tratamiento urgente a la espera de la confirmación por el laboratorio mediante la administración de glucosa oral o intravenosa.

La rapidez para determinar la glucemia en la cabecera del paciente, mediante reflectómetros portátiles de los empleados habitualmente en el control de la diabetes, posee una incuestionable utilidad diagnóstico-terapéutica, pero sus múltiples fuentes de error conllevan que cualquiera valor de glucemia por debajo de 60 mg/dL, debería ser confirmado mediante la determinación en laboratorio de la GP.

Pese a las dificultades en la definición de hipoglucemia, en la práctica clínica, existe un cierto consenso en considerar como hipoglucemia y, por tanto, criterio para iniciar estudios más complejos, un valor de GP ≤ 46 mg/dL (≤ 2,6 mmol/L)(11), a cualquier edad por encima de las 48-72 horas de vida (periodo transicional). Este valor es el que mejor predice la aparición de signos neurofisiológicos de disfunción cerebral, independientemente de que el paciente muestre o no síntomas neuroglucopénicos. En pacientes con diabetes mellitus y en la práctica clínica, suele utilizarse como dintel para iniciar el tratamiento de la hipoglucemia valores ≤ 70 mg/dL (≤ 3,9 mmol/L)(13), dado el mayor riesgo que presentan de hipoglucemia grave y que no es deseable, de cara a una mayor estabilidad glucémica, que se pongan en marcha los mecanismos contrarreguladores.

Concepto de hipoglucemia en el periodo transicional

La definición e interpretación de la hipoglucemia en las primeras 48-72 horas de vida es todavía más compleja y controvertida, especialmente en los prematuros; ya que, el hallazgo de valores de GP por debajo de 30 mg/dl de GP es relativamente frecuente y podría representar un mecanismo de adaptación fisiológica. Más aún, no está claro si el cerebro del RN tiene mayor o menor susceptibilidad a la hipoglucemia que en edades posteriores(7), ni si la hipoglucemia en este periodo es responsable o no de alteraciones posteriores en el neurodesarrollo(4,15).

El hecho estadístico es que, aproximadamente, un 50% de los RN con riesgo de hipoglucemia tendrá una GP< 46 mg/dL y un 19% <36 mg/dL, en la mayoría de los casos en las primeras 24 horas(11), y ello pese a que se promueva una alimentación temprana y frecuente. Por todo ello, no existe un consenso internacional que establezca qué niveles de GP requieren intervención en el RN, ni cuándo ni cómo debe realizarse el cribado de hipoglucemia en los pacientes de riesgo (Tabla II)(7).

Un consenso de expertos ha propuesto utilizar, más que una cifra determinada de GP para definir la hipoglucemia en todos los neonatos (p. ej.: 46 mg/dL), dinteles operacionales que faciliten las decisiones terapéuticas a adoptar ante una determinada situación (hipoglucemia sintomática, asintomática, edad gestacional…)(16). Esta orientación pragmática, a la espera de datos fiables que permitan establecer la relación o no de la hipoglucemia neonatal con la alteración del neurodesarrollo, permitiría evitar investigaciones e intervenciones innecesarias(16-18). A modo de ejemplo, el protocolo de la Sociedad de Pediatría Canadiense, recomienda:

- Realizar el screening de hipoglucemia en pacientes de riesgo a las 2 horas del nacimiento y, posteriormente, cada 3-4 horas hasta que se considere que el riesgo ha disminuido.

- Intervenir cuando la GP sea <32 mg/dL, administrando glucosa i.v., o < 46 mg/dL, administrando suplementos orales(11).

Manifestaciones clínicas

Las manifestaciones clínicas de la hipoglucemia varían, dependiendo, entre otros factores, de la edad del niño, pero son, en general, inespecíficas(1,2,9,19). Esta inespecificidad es tanto mayor cuanto menor es la edad del niño, pudiendo llegar a confundirse en los RN y lactantes pequeños con cuadros clínicos de sepsis o insuficiencia cardiaca.

La semiología de la hipoglucemia (Tabla III) se divide clásicamente en dos categorías: autonómica y neuroglucopénica:

• Las manifestaciones clínicas autonómicas resultarían de la activación, en respuesta a la hipoglucemia, del sistema nervioso simpático y de la médula suprarrenal, que van a liberar: adrenalina, noradrenalina (taquicardia, temblor, ansiedad…) y, en menor medida, acetilcolina (sudoración, hambre…). Suelen preceder a las manifestaciones neuroglucopénicas; por lo que, se consideran una sintomatología de alarma”. Los síntomas suelen ser más evidentes en hipoglucemias postprandiales y, normalmente, aparecen con glucemias relativamente elevadas (70-40 mg/dL). Si la glucemia sigue descendiendo (50-20 mg/dL) o la hipoglucemia se instaura de manera más lenta y progresiva, aparecen los síntomas neuroglucopénicos.

• Las manifestaciones neuroglucopénicas resultarían de la falta de glucosa en el sistema nervioso central y pueden oscilar, desde síntomas muy sutiles (falta de concentración, irritabilidad…) a convulsiones, coma e incluso la muerte. En los niños mayores, la hipoglucemia grave puede, en ocasiones, inducir déficits neurológicos transitorios de mecanismo etiopatogénico incierto (vasoespasmo cerebral, convulsión focal…), como es el caso de: hemiplejia, hemiparesia (parálisis de Todd), parálisis de pares craneales, etc.

La hipoglucemia puede, también, ser prácticamente asintomática, especialmente cuando la reiteración de episodios de hipoglucemia hace que la percepción por el paciente de los síntomas autonómicos de alarma disminuya (hipoglucemias inadvertidas o hipoglucemias asociadas a fallo autonómico); de forma que, las únicas manifestaciones de la hipoglucemia grave sean las neuroglucopénicas. Este fenómeno es especialmente frecuente, pero no específico, de la reiteración de hipoglucemias en el diabético(5). No obstante, incluso un episodio aislado de hipoglucemia moderada o grave puede bloquear o disminuir el dintel de activación de la respuesta neuroendocrina (activación simpática y hormonas contrarreguladoras) durante 24 horas o más. Por el contrario, en la hiperglucemia crónica, el dintel de glucosa para la respuesta contrarreguladora aumenta(9); de forma que, los síntomas autonómicos pueden aparecer con niveles de glucemia normales.

Etiopatogenia

El mantenimiento de la euglucemia depende de la integridad de un complejo sistema en el que intervienen numerosos elementos(1,11): 1) la ingesta de carbohidratos y su correcta absorción desde el tubo digestivo; 2) la normalidad funcional del hígado, incluyendo la de las enzimas involucradas en la síntesis y la degradación de glucógeno, en la gluconeogénesis, en la β -oxidación de los ácidos grasos y en la cetogénesis; 3) la disponibilidad de sustratos neoglucogénicos endógenos (aminoácidos, glicerol y lactato); y 4) el control óptimo de los procesos anteriores por parte del sistema neuroendocrino. Una alteración en cualquiera de estos elementos puede ser responsable de la aparición de hipoglucemia persistente, por lo que el diagnóstico diferencial de las causas de la misma es extenso y complejo (Tabla IV).

En el periodo neonatal(2,7,10) son frecuentes y características las hipoglucemias transitorias; es decir, aquellas que se resuelven en la primera semana de vida. Son debidas, en muchos casos, a bajos depósitos de glucógeno y de sustratos para la gluconeogénesis (prematuridad, restricción del crecimiento intrauterino) y a la inmadurez de los mecanismos de adaptación al ayuno (pobre desarrollo de la gluconeogénesis y cetogénesis), pero también, como ya ha sido comentado, a hiperinsulinismos transitorios(10), asociados, entre otros factores a: diabetes gestacional o estrés perinatal (Tabla II). No comentaremos más ampliamente estas formas transitorias, porque la gran mayoría de ellas se resuelven espontáneamente en pocos días, necesitando, en ocasiones, de suplementos orales o intravenosos de glucosa; no obstante, en algunos casos, en especial los asociados a hiperinsulinismos, pueden persistir durante semanas o incluso meses(19). Afortunadamente, la mayoría de estos hiperinsulinismos transitorios responden bien a la terapia médica con diazóxido. La utilización de glucocorticoides en RN con hipoglucemia persistente de etiología incierta está desaconsejada.

La etiopatogenia de las hipoglucemias persistentes en la infancia varía con la edad(1,19), de forma que: 1) en los 2 primeros años de vida, los hiperinsulinismos son la primera causa de hipoglucemia, seguidos de los déficits enzimáticos y deficiencias de hormonas contrarreguladoras (hipopituitarismos); 2) entre los 2 y los 8 años, la causa más frecuente es la hipoglucemia cetósica idiopática de la infancia; y 3) en mayores de 8 años, dejando aparte fracasos hepáticos o intoxicaciones, los adenomas/insulinomas pancreáticos, asociados o no a la neoplasia endocrina múltiple tipo 1.

A continuación, intentaremos describir, de forma somera, las causas más importantes de hipoglucemia y sus mecanismos etiopatogénicos.

Hiperinsulinismos congénitos persistentes (HICP)

El HICP es la causa más común y más grave de hipoglucemias reiteradas en el período neonatal y una causa importante de hipoglucemia en edades posteriores.

Su frecuencia varía mucho dependiendo de la población estudiada, oscilando entre 1:20.000 y 1:50.000 RN vivos; si bien, dado el marcado predominio de las formas de herencia autosómico-recesiva (AR), la incidencia puede ser mucho mayor (1:2.500) en comunidades cerradas con alto grado de consanguinidad(1,20).

El término de “hiperinsulinismo” indica la liberación inapropiada de insulina para el nivel de glucemia. El diagnóstico se establece ante la presencia de niveles detectables de insulina (>2-3 µUI/ml) o péptido C durante un episodio de hipoglucemia espontáneo o inducido (test de ayuno) (Tabla V).

La gravedad de las hipoglucemias asociadas a HICP reside en que el exceso de insulina limita todas las posibles fuentes energéticas (glucosa, cuerpos cetónicos, ácido láctico y AGL), favoreciendo, más que ninguna otra forma de hipoglucemia, el daño cerebral.

Alrededor del 60% de los HICP se manifiestan en la primera semana de vida, incluyendo las formas más graves que, con frecuencia, asocian también macrosomía fetal, debido al efecto estimulador de la hipersecreción fetal de insulina intraútero. Las formas más leves o moderadas tienden a presentarse con la característica sintomatología inespecífica del niño pequeño (convulsiones, letargia, retraso de desarrollo…) durante el primer año de vida, pero pueden hacerlo más tarde, a veces incluso en la edad adulta.

En los últimos años, se ha producido un considerable avance en el conocimiento de los mecanismos fisiopatológicos que regulan la secreción de insulina y de las bases genéticas de los HICP(21,22); pese a ello, solo en alrededor del 50% de los casos, la base molecular es conocida (Tabla IV).

Desde el punto de vista histológico(20), se distinguen tres formas mayores de HICP: difusas, focales y atípicas. El interés de esta clasificación radica en que tanto las formas focales como las atípicas pueden ser susceptibles de curación mediante pancreatectomía parcial; mientras que, las formas difusas requerirán tratamiento médico prolongado o pancreatectomía total en caso de falta de respuesta al tratamiento médico.

Las anomalías más frecuentes y más graves son las mutaciones inactivantes que afectan a los genes ABCC8 (subunidad SUR1) y KCNJ11 (subunidad Kir6.2), ambos localizados en 11p15.1, que regulan la expresión del canal de potasio dependiente de ATP (KATP) de la célula β (canalopatías). La mayoría y, además, las de mayor severidad y precocidad (inicio en periodo neonatal) son debidas a mutaciones inactivantes, de herencia AR (homocigosis o heterocigosis compuesta), en uno de estos dos genes (Tabla IV), que habitualmente no responden a diazóxido, el fármaco considerado de primera elección en HICP. Las mutaciones inactivantes en ABCC8 o KCNJ11 de herencia autosómica dominante (AD) suelen causar formas de HICP menos graves y de inicio más tardío y suelen, aunque no siempre, responder a diazóxido.

Las mutaciones germinales AR o AD en los genes ABCC8 y KCNJ11 dan lugar a formas histológicas difusas. Las formas focales afectan a áreas pequeñas y pobremente delimitada del páncreas (≈ 2-10 mm de diámetro) que pueden presentar tentáculos o áreas satélites próximas, lo que exige, en caso de tratamiento quirúrgico, unos bordes relativamente amplios de extirpación para evitar recurrencias.

La herencia de las formas focales suele ser esporádica y el mecanismo genético conlleva dos eventos independientes: 1º) una mutación germinal en el alelo paterno de ABCC8 o KCNJ11; 2º) una pérdida somática del alelo materno 11 p (11p15.1-11p15.5) en la región de la lesión focal, lo que condiciona una disomía uniparental paterna para una serie de genes improntados y localizados en esa área cromosómica (genes tumorales supresores maternos H19 y CDKN1C, y del gen paterno IGF2), responsable, probablemente, de la hiperplasia focal adenomatosa del clon de células β afectadas. Más recientemente, han sido descritas las formas focales atípicas, caracterizadas por la presencia en el páncreas de dos tipos de células que coexisten (mosaicismo histológico), unas grandes con citoplasma y núcleo grandes y otras pequeñas con citoplasma y núcleo pequeño. Las células grandes son hiper­activas y tienden a confinarse en uno o pocos lóbulos, lo que las hace susceptibles de extirpación (pancreatectomía parcial) y curación del HICP. Esas células grandes presentan una hipersecreción de insulina con dintel bajo de glucosa, con sobrexpresión en la mayoría de los casos de hexoquinasa 1.

La segunda causa más común de HICP son las mutaciones con ganancia de función en GLUD1, el gen que codifica para la glutamato-dehidrogenasa (GDH). Esta enzima modula la secreción de insulina inducida por aminoácidos. Se heredan de forma AD, aunque el 80% son mutaciones de novo. El cuadro clínico se caracteriza por episodios repetidos de hipoglucemia moderada-grave que, a veces, por su inespecificidad clínica, no se reconocen hasta los 1-2 años, y que se producen, con frecuencia, 30-90 minutos después de la ingestión de proteínas (hipoglucemia sensible a proteínas) y acompañadas de ligera hiperamoniemia (60-150 µmol/l)(23). Las HICP por mutaciones activadoras en GLUD1 suelen responder positivamente a diazóxido. La hiperamoniemia no requiere tratamiento, pero da nombre a la enfermedad: “síndrome de hiperinsulinismo-hiperamoniemia”.

Hiperinsulinismos adquiridos

Las hipoglucemias, debidas a un exceso relativo de insulina, son la complicación aguda más frecuente de la diabetes mellitus(DM)(13). La mayoría de los episodios de hipoglucemia suelen ser aislados y leves, sin afectación de la conciencia. En estos casos, el tratamiento consistirá en reposo y administración de suplementos de hidratos de carbono, 10-20 gramos, de absorción rápida, en forma de: glucosa, azúcar, zumos, etc. Se deben esperar, al menos, 15 minutos antes de volver a medir la glucemia para evitar la sobrecorrección y la hiperglucemia posterior. Si va a transcurrir más de una hora antes de la siguiente comida planificada, el paciente debe ingerir otros 10-20 g de hidratos de carbono de absorción más lenta (pan, leche, fruta). Si la hipoglucemia es grave, con afectación del nivel de conciencia (coma, incoherencia, desorientación, convulsiones, etc.), el aporte oral de glucosa está contraindicado por el riesgo de aspiración, pero puede inducirse la liberación endógena de glucosa a partir de los depósitos de glucógeno hepático mediante la administración de glucagón parenteral (0,1-0,3 mg/kg por vía s.c., i.m. o i.v.; dosis máxima de 1 mg). En medio hospitalario y ante una hipoglucemia grave lo ideal es administrar glucosa i.v al 10% (2 ml/kg) y, posteriormente, suero glucosado al 10%. La administración de glucagón i.m. puede también ser de utilidad en estos casos si se presentan dificultades en la obtención de una vía. Si las hipoglucemias son graves o reiteradas, será necesario modificar la pauta habitual de tratamiento, al objeto de prevenir nuevos episodios.

Dejando aparte la DM, los insulinomas son la causa más frecuente de hipoglucemia por hiperinsulinismo persistente en el niño mayor y en el adulto, aunque pueden presentarse a edades muy precoces(24). En el niño, suelen ser de pequeño tamaño y de difícil localización, generalmente esporádicos, pero ocasionalmente asociados a neoplasia endocrina múltiple de tipo 1 (MEN1). Los insulinomas pueden, en ocasiones, responder a diazóxido, pero el tratamiento definitivo consistirá en la extirpación del adenoma y si este no es localizable con las diferentes técnicas de imagen, pancreatectomía distal subtotal.

La hipoglucemia puede ser también el resultado de la administración errónea o en el contexto de un síndrome de Munchausen por poderes de insulina o hipoglucemiantes orales (sulfonil-ureas). El diagnóstico de un síndrome de Munchausen por poderes requiere de un alto índice de sospecha; ya que, las sulfonil-ureas remedan perfectamente un hiperinsulinismo endógeno (aumento de insulina y péptido C) y los nuevos análogos de insulina no son detectados en los inmunoensayos convencionales de insulina (patrón clínico-metabólico sugerente de hiperinsulinismo, pero con insulina y péptido C indetectables).

La hipoglucemia autoinmune (síndrome de Hirata)(25) es una causa excepcional de hipoglucemia, salvo en Japón y Corea. Es una hipoglucemia, habitualmente de aparición postprandial, que puede ocurrir a cualquier edad, aunque es excepcional en la edad pediátrica, y resultaría de la presencia de anticuerpos dirigidos contra la insulina (insulina muy elevada y péptido C elevado) o el receptor de insulina (insulina y péptido C bajos). Se asocia a determinados fenotipos HLA y a enfermedades autoinmunes, y parece ser desencadenado, en la mayoría de los casos por fármacos, sobre todo, portadores del grupo sulfidrilo (metimazol, carbimazol, hidralacina…). Suele ser transitoria (meses) y normalizarse tras la retirada del fármaco, y suele responder a tratamiento dietético (comidas frecuentes), aunque en ocasiones, la plasmaféresis o el tratamiento esteroideo pueden ser necesarios.

La hipoglucemia hiperinsulinémica postprandial se produce 1-2 horas tras la ingesta, como consecuencia de una secreción inapropiada de insulina en respuesta a la comida. La causa más frecuente es un síndrome de dumping tras cirugía (funduplicatura de Nissen)(26). En estos casos, se recomiendan los carbohidratos complejos, evitando los de absorción rápida, y suplementos de acarbosa en las comidas (12-75 mg/dosis). También, se han descrito situaciones de hipoglucemias, denominadas reactivas, con sintomatología sugerente de hipoglucemia, 2-4 horas tras la comida, de etiología desconocida. Son frecuentes en niñas adolescentes con historia familiar positiva de síntomas similares en la madre. El diagnóstico conlleva la confirmación de la hipoglucemia y descartar otras posibles causas, como el hiperinsulinismo.

Deficiencia de hormonas contrainsulares

Entre un 10 y un 25% de los hipopituitarismos, bien por deficiencia aislada de hormona de crecimiento o de hormona adrenocorticotropa, o bien por deficiencia hipofisaria múltiple, se asocian con hipoglucemia por disminución de la gluconeogénesis. La presencia de defectos morfológicos de línea media (labio leporino, paladar hendido, displasia septo-óptica…) e hipoglucemia, debe hacer sospechar hipopituitarismo. La supresión iatrogénica de la secreción de cortisol puede, en situaciones de estrés intercurrente, provocar vómitos, hipotensión e hipoglucemia (insuficiencia suprarrenal aguda). La asociación de hipoglucemia e hiperpigmentación cutánea debe orientar hacia situaciones de insuficiencia suprarrenal primaria (enfermedad de Addison). El tratamiento en todas estas situaciones consistiría en la sustitución de la hormona u hormonas deficitarias.

Errores innatos del metabolismo (EIM)(2,7,11,19,27,28)

La mayoría de las enfermedades metabólicas son de herencia AR; por lo que, son extremadamente infrecuentes excepto en situaciones de consanguinidad. Pueden producir hipoglucemia por mecanismos muy variados y algunas de ellas están incluidas en los programas de detección de enfermedades metabólicas del cribado neonatal.

EIM que afectan al depósito o liberación de glucógeno (glucogenosis)

Las glucogenosis (GSD: Glycogen Storage Disease), junto con el hiperinsulinismo y el hipopituitarismo, son las causas principales de hipoglucemia en el período neonatal, aunque la mayoría de ellas se presentan más tardíamente. Como la mayoría de los EIM, son enfermedades raras (incidencia combinada de ≈ 1:20.000 RN vivos) y la mayoría de herencia AR. Los tipos de GSD que producen hipoglucemia son aquellos que tienen una afectación fundamentalmente hepática, y lo hacen habitualmente tras 3-12 horas de ayuno. Además del déficit de glucógeno-sintetasa hepático (GSD 0), se incluyen: GSD I (déficit de glucosa 6 fosfatasa), GSD III (déficit de la enzima desrramificante, amilo-1-6-glucosidasa), GSD VI (déficit de fosforilasa hepática) y GSD IX (deficiencia de fosforilasa quinasa). Salvo la GSD 0, que además es extremadamente rara (solo se han descrito algunos casos aislados), el resto de GSD hepáticas se acompañan de marcada hepatomegalia.

El tipo I de GSD (GSD1) es la forma más frecuente y grave de GSD, y se debe a la deficiencia de la enzima que hidroliza la glucosa 6 fosfato a glucosa libre (GSD1a) o de su transportador microsomal (GSD1b), último paso de la glucogenolisis, pero también es una enzima de la gluconeogénesis. La afectación de ambas vías metabólicas favorece el desarrollo de hipoglucemia persistente y recurrente. En su forma clásica (GSD1a, frecuencia 1:100.000), los pacientes presentan hipoglucemia desde la infancia temprana junto con: hepatomegalia severa, obesidad troncular, xantomas eruptivos (hipertrigliceridemia e hipercolesterolemia), acidosis metabólica (marcada acidosis láctica y moderada cetosis), hiperuricemia, hipofosfatemia, alteraciones de la adhesividad plaquetaria y severo fallo de crecimiento. La hipertransaminasemia generalmente es más moderada que en el resto de los tipos. La sintomatología de la hipoglucemia suele ser escasa y los pacientes exhiben una alta tolerancia a la hipoglucemia crónica, reflejando la adaptación crónica cerebral a fuentes alternativas (láctico). En el tipo GSD1b se asocia, además, neutropenia y anomalías funcionales del neutrófilo, que condicionan infecciones bacterianas graves de repetición y úlceras en la mucosa oral e intestinal.

En las GSD tipo III y tipos VI y IX, la hipoglucemia es menos frecuente y la hepatomegalia menos severa. La menor elevación de hormonas contrarreguladoras en respuesta a la hipoglucemia limita la acidosis láctica, la hiperlipemia, la cetonemia y la hiperuricemia. La elevación de las transaminasas suele ser mayor, particularmente en la GSD tipo III. Además, en la GSD tipo IIIa, debido a la afectación muscular, los niveles séricos de creatín-fosfoquinasa (CPK) están elevados.

El diagnóstico definitivo de las GSD debe establecerse mediante estudios moleculares, ante una sospecha clínica y bioquímica compatible, puesto que la mayoría de las mutaciones para cada una de las GSD han sido establecidas. La biopsia hepática con la medición de la actividad enzimática está en desuso y debe reservarse para los casos de diagnóstico incierto(28).

El tratamiento de las GSD consiste básicamente en evitar las hipoglucemias mediante la administración frecuente durante el día de hidratos de carbono (c/2-3 horas), preferentemente en forma de hidratos de carbono complejos, junto con un suplemento continuo de glucosa durante la noche mediante sonda nasogástrica (6-8 mg/kg/min).

EIM que afectan a la gluconeogénesis(27)

Estos EIM se caracterizan por hipoglucemias recurrentes con acidosis láctica y un mayor o menor grado de cetosis. En este grupo, se incluyen los déficits de: piruvato-carboxilasa, fosfoenol-piruvato-carboxiquinasa, fructosa 1-6-bifosfatasa y el tipo 1 de GSD (déficit de glucosa 6 fosfatasa). La hipoglucemia en ayunas es frecuente, debido a la imposibilidad de sintetizar glucosa a partir de precursores carbonados (alanina, piruvato, lactato y glicerol) una vez deplecionados los depósitos de glucógeno.

La deficiencia de piruvato-carboxilasa suele presentarse en los primeros meses de vida con retraso psicomotor y episodios intermitentes de acidosis metabólica. Se caracteriza por un cuadro de acidosis láctica con afectación severa del sistema nervioso central (encefalopatía, convulsiones, hipotonía y coma), que puede acompañarse de hipoglucemia y afectación tubular renal (acidosis tubular). Esta enzima mitocondrial cataliza la formación de oxalacetato a partir de piruvato en presencia de ATP, primer paso en la gluconeogénesis. La disminución/ausencia de oxalacetato bloquea el primer paso de la gluconeogénesis (hipoglucemias de ayuno), interfiere en el correcto funcionamiento del ciclo de Krebs (aumento de lactato, piruvato y otros metabolitos intermedios) y, en las formas más graves, puede provocar, por reducción de los niveles de aspartato, intermediario del ciclo de la urea, acúmulo de citrulina y amonio. La acidosis láctica se incrementa como consecuencia de la interferencia con el ciclo de Cori (intercambio cíclico de glucosa y láctico entre el hígado y el músculo). Bioquímicamente, las formas más graves de presentación neonatal (tipo B) se caracterizan por: acidosis láctica, ratio lactato/piruvato muy elevado (>30; VN: <10), hipercetonemia postprandial, ratio beta-OH-butírico/acetoacético normal o bajo (<1,5), hiperamoniemia, citrulinemia e hiperlisinemia. No existe tratamiento satisfactorio y se recomienda una dieta rica en hidratos de carbono y bicarbonato para compensar la acidosis láctica.

La deficiencia de fosfoenol-piruvato-carboxiquinasa es extremadamente rara y la hipoglucemia aparece durante la infancia asociada a infiltración grasa del hígado (hepatomegalia), riñón y otros órganos debido al incremento en la formación de acetil Co A. Hipotonía, fallo de medro y acidosis láctica son otros hallazgos frecuentes.

La deficiencia de fructosa 1-6 bifosfatasa es una causa rara de hipoglucemia que suele manifestarse en el período neonatal, aunque el 50% lo hace más tardíamente. Transforma la fructosa 1-6 difosfato en fructosa 6 fosfato y es la enzima clave en el proceso de gluconeogénesis, desde lactato, piruvato, alanina y glicerol. Las hipoglucemias suelen ser graves (convulsiones y coma) y presentarse en relación con el ayuno o la presencia de enfermedades intercurrentes, acompañadas de: marcada acidosis láctica, cetosis, hepatomegalia (sin hipertransaminasemia) e hiperuricemia. El diagnóstico se realiza por estudios moleculares o enzimáticos, en biopsia hepática, y el tratamiento consiste en evitar el ayuno prolongado y reducir el aporte de fructosa de la dieta.

EIM que afectan al metabolismo de los ácidos grasos(27-29)

Desde su descripción inicial en 1973, se han identificado más de 20 EIM diferentes que afectan a la β -oxidación de los AGL, todos ellos heredados de manera AR. Los AGL representan en el niño la principal fuente energética (80%) en situaciones de ayuno prolongado (12-24 horas de ayuno); de ahí que, sus defectos suelan hacerse aparentes clínicamente solo con el ayuno o la inanición asociada a enfermedades catabólicas y vómitos. Los estudios metabólicos realizados fuera de estas situaciones pueden ser normales; por lo que, es necesario un alto índice de sospecha para su diagnóstico.

Algunos tejidos, como el hígado y el tejido muscular esquelético, son capaces de catabolizar los AGL de cadena larga (C14 a C20), mediante β -oxidación, hasta CO2 y H2O. En el citoplasma celular, los AGL se acilan con el CoA citoplasmático por acción de la acil CoA sintetasa, formando AGL-acil CoA, que son transportados a la mitocondria, precisando en el caso de los de cadena larga (> 12 carbonos) un sistema de transporte unido a carnitina (ciclo de la carnitina). La β -oxidación mitocondrial tiene como función acortar en dos átomos de carbono los AGL-acil-CoA, generando acetil-CoA, que puede entrar en el ciclo de Krebs para generar la energía necesaria para la gluconeogénesis y, en el hígado, además, en situación de ayuno, puede ser empleado para sintetizar cuerpos cetónicos (cetogénesis: β -hidroxibutírico y acetoacético), que son utilizados, a su vez, como fuente alternativa de energía por numerosos órganos (cetolisis), incluido el cerebro. La falta de síntesis de Acetil-CoA en las alteraciones de la β -oxidación no activa la gluconeogénesis (hipoglucemia) y no se sintetizan cuerpos cetónicos (hipocetosis), fracasando la síntesis de sustratos energéticos e inactivándose el ciclo de la urea (hiperamoniemia) con toxicidad neuronal grave. Un hallazgo diagnóstico característico de estos EIM es un cociente AGL (mMol)/3-OH-butirato (mMol) mayor de 2.

Varias vías metabólicas alternativas adquieren importancia cuando la β -oxidación mitocondrial está alterada. La β -oxidación peroxisomal permite continuar el metabolismo de los AGL de cadena larga (>20 átomos de carbono); mientras que, la ω -oxidación en el citosol conduce a la producción de los característicos ácidos grasos dicarboxílicos, a menudo presentes en estos trastornos. Tanto los AGL-acil CoA como los dicarboxílicos se esterifican con carnitina (acilcarnitinas) y glicina (acilglicinas). El exceso de formación de acilcarnitinas, además de ser tóxico, produce una deficiencia de carnitina libre y un exceso de carnitina esterificada, lo que inhibe el sistema transportador de carnitina y genera una deficiencia de carnitina total. Cada una de las diferentes alteraciones de la β-oxidación genera un perfil de carnitinas y acil carnitinas que puede ser de utilidad en el diagnóstico de estos EIM, orientando los estudios moleculares, que son la base actual del diagnóstico de estas enfermedades.

Las manifestaciones clínicas de los defectos de la β-oxidación pueden ser muy variables, pero obedecen a dos mecanismos básicos: déficit energético y/o intoxicación por la acumulación de determinados metabolitos. El corazón, el músculo esquelético y el hígado son, desde el punto de vista energético, particularmente dependientes de esta vía y la acumulación de determinados metabolitos tóxicos parece ser la responsable de las arritmias, de la afectación neurológica, junto con la hipoglucemia, y, posiblemente también, de los episodios de descompensación fulminante y muerte súbita. Las manifestaciones clínicas afectan especialmente: hígado (hipoglucemia hipocetósica con hiperlactacidemia, hepatomegalia, hiperamoniemia, esteatosis, elevación de transaminasas), miocardio (muerte súbita, arritmias y cardiomiopatía dilatada o hipertrófica), músculo esquelético (hipotonía, miopatía lipídica, rabdomiolisis o elevación de CPK), retina (retinopatía pigmentosa) y cerebro (síndrome de Reye-like, hipsarritmias, leucodistrófia, edema cerebral…).

Aunque los trastornos de la β-oxidación son enfermedades raras, son más frecuentes de lo que se cree, especialmente algunos de ellos, como es el caso de la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena media (MCAD; metaboliza los acil-CoA de 6-12 átomos de carbono), que afecta aproximadamente a 1:10.000 RN. También, relativamente frecuentes y responsables de hipoglucemia serían: la deficiencia de 3-hidroxiacil-CoA deshidrogenasa de cadena larga (LCAD; acil-CoA de 10-18 átomos de carbono) y la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena muy larga (VLCAD: acil-CoA de 14-24 átomos de carbono).

Algunas drogas o substancias químicas, como el ácido valproico (VPA), de uso frecuente en Pediatría, pueden interferir con la β-oxidación de los AGL y simular o empeorar estos trastornos congénitos. EL VPA es un ácido graso ramificado, que se metaboliza principalmente por ?-oxidación hepática, siendo la carnitina la responsable de su entrada en la mitocondria. Su uso, por tanto, puede ocasionar una depleción de carnitina. Además, el VPA puede generar una inhibición de la N-acetil-glutamato sintetasa (NAGS), bloqueando o dificultando el flujo normal del ciclo de la urea y empeorando esta situación. Así pues, el VPA puede producir hipoglucemia hipocetósica con síndrome Reye-like, hiperamoniemia y deficiencia secundaria de carnitina. De ahí, la conveniencia, en pacientes en tratamiento con VPA, de vigilar (vómitos, decaimiento o encefalopatía) y tratar una posible deficiencia de carnitina e, incluso, de suplementar sistemáticamente con cartinina a pacientes con dicho tratamiento.

El tratamiento urgente de los errores de la β-oxidación de los AGL (debut y/o descompensaciones) incluye: 1) el aporte de glucosa intravenosa para mantener glucemias entre 100-120 mg/dL; 2) el aporte de bicarbonato para la corrección de la acidosis; 3) la utilización de N-carbamil-glutamato (Carbaglu®), a una dosis inicial de 100 mg/kg, seguida de 100-250 mg/kg/día repartido en 4 dosis, para mejorar la hiperamoniemia; 4) la hemodiafiltración o hemodialisis para limpiar de metabolitos tóxicos; y 5) el aporte de cofactores, carnitina y riboflavina, dependiendo del tipo de defecto de la β-oxidación.

El tratamiento de mantenimiento o de prevención de las descompensaciones incluiría medidas: dietéticas, farmacológicas y sintomáticas. Desde el punto de vista dietético, se deben prevenir los períodos de ayuno (no más de 8 horas), asegurar un aporte calórico suficiente durante los períodos de estrés catabólico y restringir el aporte graso, incrementando el aporte de carbohidratos. En lo que al tratamiento farmacológico se refiere, dependería de la alteración, pero se basa en la utilización de detoxificadores, como la carnitina o la glicina, y de coenzimas, como la riboflavina. Es importante, también, evitar fármacos que consuman carnitina, entre otros: ácido piválico, valproico, salicilatos y paracetamol.

EIM que afectan al metabolismo intermediario y a la homeostasis de la glucosa(27-29)

Varios trastornos del metabolismo de los aminoácidos (acidemias orgánicas) pueden acompañarse de hipoglucemia, como es el caso, entre otros, de: la acidemia metilmalónica (primaria por EIM o secundaria a déficit de vitamina B12), la aciduria 3-hidroxi-3-metil glutárica (un trastorno que también afecta a la β-oxidación de los AGL), la enfermedad de la orina con olor a jarabe de arce o la tirosinemia hereditaria. Todos estos EIM son extremadamente raros y, aunque la hipoglucemia (cetósica o no, dependiendo del trastorno) puede estar presente y mediada por mecanismos fisiopatológicos diferentes, no suele ser la manifestación más llamativa. En general, estos pacientes suelen presentarse con retraso del crecimiento, afectación neurológica grave y vómitos recurrentes, asociados a hiperamoniemia y acidosis metabólica. El diagnóstico suele orientarse a partir de la determinación de ácidos orgánicos en orina y del perfil de aminoácidos en plasma. Posteriormente, la sospecha diagnóstica se confirma, en la mayoría de los casos, mediante estudios moleculares.

La intolerancia a la fructosa es el resultado del déficit de fructosa 1-fosfato aldolasa y las manifestaciones clínicas se inician con la introducción de la fructosa en la dieta, habitualmente por encima de los 4 meses de vida. La ingestión de fructosa provoca: vómitos, dolor abdominal, diarrea crónica, hipoglucemia por inhibición de la gluconeogénesis y de la glucogenolisis (acúmulo de fructosa 1-P), con hiperlactacidemia e hiperuricemia, que puede evolucionar a shock y fallo hepático. La ingestión crónica de pequeñas cantidades de fructosa ocasiona fracaso de crecimiento con fallo hepático, tubulopatía Fanconi-like presencia de cuerpos reductores en orina. Los pacientes tienden a mostrar aversión por los alimentos que contienen fructosa, sacarosa o sorbitol.

En la galactosemia clásica, por deficiencia de galactosa 1-fosfato uridil-transferasa (metaboliza el monosacarido galactosa a glucosa 1-fosfato) la hipoglucemia es infrecuente y las manifestaciones clínicas predominantes son otras: vómitos, diarrea, ictericia, sepsis por E. Colli, fallo de medro, fracaso hepático (hipertransaminasemia, alteración de la coagulación) y renal (tubulopatía proximal) con galactosuria (cuerpos reductores en orina positivos: Clinitest®). Las manifestaciones clínicas se producen en las primeras semanas de vida tras la ingestión de galactosa (lactancia) en el período neonatal y solo aparece hipoglucemia cuando el fracaso hepático es prácticamente terminal. El tratamiento consiste en la supresión de por vida de todas las fuentes de galactosa de la dieta, incluida la lactosa presente en medicamentos y múltiples productos comerciales.

Hipoglucemia cetósica idiopática

Es la causa más común de hipoglucemia en la infancia y se caracteriza por episodios recurrentes de hipoglucemia cetósica en niños pequeños, coincidiendo con las infecciones habituales y la reducción de la ingesta.

En estos niños, un ayuno de 12-24 horas determina la hipoglucemia, que se acompaña de cetonemia y cetonuria intensas. El cuadro clínico se presenta habitualmente entre los 18 meses y los 5 años, remitiendo espontáneamente a los 8-9 años de edad. Es más frecuente en niños con retraso póndero-estatural (masa muscular escasa) y con antecedentes de hipoglucemia transitoria en el período neonatal. Los mecanismos fisiopatológicos subyacentes no están plenamente aclarados y la respuesta hormonal y metabólica a la hipoglucemia es prácticamente normal. El único hallazgo patológico es la marcada disminución, en situación de hipoglucemia, de los niveles séricos de alanina, el principal aminoácido precursor de la gluconeogénesis, cuya formación y liberación desde el músculo, en situaciones de restricción calórica, está aumentada por la presencia del ciclo alanina-glucosa (ciclo de Cahill) y por su formación de novo en el músculo a partir del catabolismo de aminoácidos de cadena ramificada. Por ello, se ha sugerido que el defecto en la hipoglucemia cetósica idiopática radicaría, probablemente, en algunos de los complejos pasos metabólicos implicados en el catabolismo proteico o en la síntesis y liberación de alanina por el músculo. También, se ha sugerido que podría resultar del efecto sinérgico o acumulativo de deficiencias parciales de enzimas implicadas en la homeostasis de la glucosa.

El tratamiento es, principalmente, preventivo, a la espera de la resolución espontánea del cuadro clínico con la edad. Deben evitarse los períodos de ayuno prolongados, sobre todo durante la noche, aportando a última hora hidratos de carbono de absorción lenta. En los períodos de enfermedad intercurrente, deben ofrecerse frecuentemente alimentos líquidos con alto contenido en hidratos de carbono y vigilar en orina la presencia de cuerpos cetónicos, cuya aparición precede en unas horas al desarrollo de la hipoglucemia. Si los aportes orales de hidratos de carbono no son tolerados por el niño, este debe ser ingresado para administración intravenosa de glucosa. Si las hipoglucemias son reiteradas o graves, deben descartarse otras causas de hipoglucemia cetósica, siendo en estos casos, la hipoglucemia cetósica idiopática un diagnóstico de exclusión.

Hipoglucemia asociada a enfermedades graves

La hipoglucemia es frecuente en pacientes con fallo multiorgánico o enfermedad grave, tales como: sepsis, traumatismo craneal severo, fallo cardíaco o renal, necrosis hepática aguda, pancreatitis… La etiopatogenia en estos casos suele ser multifactorial: falta de sustratos, malnutrición, aumento del consumo de glucosa, alteración de la gluconeogénesis, drogas administradas, citoquinas… La malaria grave se asocia específicamente a hipoglucemia como resultado del aumento de consumo de glucosa por el parásito, pero también por el efecto de la medicación que, como la quinina puede estimular la secreción de insulina.

Orientación diagnóstica(1,2,5-7,9,11,19,20,22,30)

Al objeto de evitar estudios innecesarios, solo deben estudiarse las hipoglucemias: en niños mayores con la tríada de Whipple documentada, en niños pequeños con glucemia plasmática (no capilar) < 60 mg/dL y en RN solo a partir de las 48-72 horas de vida (pasada la hipoglucemia transicional)(7).

La sintomatología de la hipoglucemia puede ser muy inespecífica en niños y existe el riesgo de realizar estudios innecesarios en pacientes con falsa sospecha de hipoglucemia. Por ello, la guía de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica para el manejo de la hipoglucemia en niños(7) recomienda estudiar solamente:

• A los niños mayores (capaces de explicar sus síntomas) solo si la tríada de Whipple está documentada.

• A los niños más pequeños, con dificultades para expresar y comunicar sus síntomas, solo cuando se haya documentado en laboratorio una GP inferior al dintel normal de respuesta neurogénica (< 60 mg/dL).

• En el caso de RN con alta sospecha de hipoglucemia persistente, realizar evaluaciones diagnósticas solo a partir de las 48-72 horas de vida, cuando el periodo de regulación transicional de la glucosa haya pasado, y solo en aquellas situaciones de riesgo (Tabla II), antes del alta, mediante estudios diagnósticos específicos o asegurando que el niño es capaz de tolerar un ayuno de 6-8 horas (durante el test de ayuno, glucemia ≥ 70 mg/dL).

Averiguar la causa de la hipoglucemia es esencial para planear el tratamiento más adecuado, pero no siempre es sencillo. Se recomienda llevar a cabo una aproximación diagnóstica sistemática y gradual, antes de someter al paciente a las numerosas pruebas diagnósticas disponibles, muchas de las cuales son potencialmente peligrosas y difíciles de interpretar. La anamnesis y la exploración física detalladas permiten sospechar la causa de la hipoglucemia en más del 90% de los pacientes.

Historia clínica

Se deben buscar y recoger antecedentes familiares: de consanguinidad, dada la frecuencia de enfermedades de herencia AR responsables de hipoglucemia; de fallecimientos en la infancia de causa no aclarada (muerte súbita del lactante) o de síndrome de Reye, sugerentes de enfermedad metabólica (EIM no diagnosticados), especialmente de alteraciones de la ?-oxidación de ácidos grasos; de hiperinsulinismos o deficiencias hormonales; y de enfermedades autoinmunes (hiperinsulinismo autoinmune).

La edad de presentación y la relación de los episodios con la ingesta (tiempo de ayuno previo a la aparición de la hipoglucemia y coincidencia temporal con la introducción de ciertos alimentos) son dos datos esenciales para orientar el diagnóstico etiológico:

• El inicio de los episodios de hipoglucemia en el primer año de vida sugerirá, en primer lugar, hiperinsulinismo, pero también EIM o deficiencias hormonales hipofisarias. Pueden presentarse a cualquier edad, pero de no hacerlo en el periodo neonatal, es más frecuente que lo hagan a partir de los 6-7 meses de vida, cuando el lactante realiza una pausa alimentaria nocturna relativamente prolongada y padece numerosas infecciones que dificultan la alimentación. Si los síntomas se inician a partir de los 12-18 meses, el diagnóstico más probable será el de hipoglucemia cetósica idiopática y, con menor frecuencia, hiperinsulinismos tardíos o alteraciones metabólicas leves. Los hiperinsulinismos que aparecen en niños mayores deben hacer sospechar la existencia de un adenoma pancreático.

• Los mecanismos contrarreguladores de la hipoglucemia se van poniendo en marcha de forma secuencial: disminución de la secreción de insulina, glucogenolisis, gluconeogénesis a expensas de aminoácidos y, finalmente, lipólisis (?-oxidación de los ácidos grasos y cetogénesis) con gluconeogénesis a partir de glicerol. De ahí que, la relación de los episodios de hipoglucemia con la ingesta de nutrientes y el tiempo transcurrido desde la última ingesta sean un excelente orientador diagnóstico del defecto subyacente:

- Si la hipoglucemia se desencadena de forma inconsistente con el tiempo de ayuno o en las 2-3 horas siguientes a la ingesta, la causa más probable es el hiperinsulinismo.

- Los episodios de hipoglucemia que aparecen tras la ingesta de alimentos proteicos (hipoglucemia leucín-sensible) sugieren hiperinsulinismo por mutaciones en GLUD1 (síndrome hiperinsulinismo-hiperamoniemia) o en HADH (deficiencias de 3-hidroxiacil-CoA-deshidrogenasa, AR), pero también pueden aparecer en algunas enfermedades metabólicas. Los pacientes con galactosemia pueden presentar hipoglucemia postprandial en los primeros días o semanas de vida (la leche materna y las fórmulas habituales contienen galactosa); mientras que, la intolerancia hereditaria a la fructosa se manifiesta 2-3 horas después de la ingesta de frutas o miel, habitualmente a partir de los 5-6 meses de vida y, a veces, con determinados jarabes que llevan fructosa como excipiente.

- La mayoría de las hipoglucemias en la infancia aparecen tras un cierto tiempo de ayuno. El tiempo de tolerancia al ayuno es corto en la glucogenosis tipo I (2-4 horas) y en la deficiencia de glucógeno sintetasa (4-8 horas). Puede ser algo más prolongado (10-20 horas) en las alteraciones de las enzimas gluconeogénicas y en la hipoglucemia cetósica idiopática. En los pacientes con alteraciones de la ?-oxidación y en aquellos con alteraciones de la cetogénesis y la cetólisis, la hipoglucemia suele aparecer tras ayunos muy prolongados (más de 16-24 horas). Se debe tener en cuenta que, en general, los niños pequeños son más vulnerables a la hipoglucemia de ayuno que los mayores.

• Las enfermedades metabólicas con frecuencia se manifiestan solo cuando el paciente se ve expuesto a situaciones estresantes que conllevan un aumento del catabolismo (infecciones, intervenciones quirúrgicas o traumatismos graves). Raramente, el ejercicio intenso puede desencadenar los síntomas, salvo en la excepcional forma de hiperinsulinismo, desencadenada por el ejercicio (mutaciones en SLC16A1: solute carrier family 16, member 1; AD).

• Es importante evaluar el ambiente sociofamiliar para detectar posibles casos de maltrato (hipoglucemia facticia secundaria a la administración de insulina o de hipoglucemiantes orales). La hipoglucemia secundaria a otras intoxicaciones suele ser reconocida en la anamnesis (etanol, sulfonilureas, salicilatos, quinina, etc.).

Exploración clínica

Algunos datos de la exploración pueden contribuir a orientar el diagnóstico:

• La presencia de talla baja, micropene o alteraciones de la línea media (paladar hendido, incisivo superior único, hipoplasia del nervio óptico…) deben hacer pensar en hipopituitarismos. En estos casos, la longitud al nacimiento es normal, pero el hipocrecimiento se hace evidente alrededor de los 5-6 meses de vida. Las enfermedades metabólicas, exceptuando las alteraciones de la β-oxidación de ácidos grasos, suelen cursar con escasa ganancia ponderal y de talla. El bajo peso se asocia también a la hipoglucemia cetósica idiopática. La obesidad o el antecedente de macrosomía neonatal es característica de los hiperinsulinismos.

• Deben buscarse rasgos sindrómicos, especialmente si existen antecedentes de macrosomía neonatal, por la posibilidad de hiperinsulinismos sindrómicos, como, por ejemplo: los síndromes de: Beckwith-Wiedemann (onfalocele, macroglosia, hemihipertrofia, surcos en el lóbulo auricular…), Kabuki o Silver-Rusell, entre otros.

La presencia de genitales ambiguos y cariotipo 46, XX sugiere hiperplasia suparrenal congénita; mientras que, la hiperpigmentación cutánea pueden indicar la existencia de insuficiencia suprarrenal primaria (hipoplasia suprarrenal congénita, adrenalitis autoinmune…) o resistencia a la ACTH (por mutaciones en el receptor de ACTH o en su vía de señalización, o en el síndrome de Allgrove).

• Las enfermedades metabólicas suelen cursar con acidosis e hiperventilación y también es frecuente la afectación neurológica grave.

• La hepatomegalia puede ser muy evidente en las glucogenosis (la asociación de talla baja y hepatomegalia es característica). Una hepatomegalia moderada puede verse también en: las alteraciones de la gluconeogénesis, galactosemia, intolerancia a la fructosa, defectos de la β-oxidación de los AGL e, incluso, también, en los pacientes con hiperinsulinismo que reciben aportes elevados de glucosa para evitar la hipoglucemia. Si la hepatomegalia es dolorosa, se debe sospechar una enfermedad hepática aguda.

Pruebas complementarias básicas

La hipoglucemia espontánea supone el fracaso, por una u otra causa, de los mecanismos contrarreguladores. En situación de hipoglucemia, los niveles circulantes de determinados metabolitos y hormonas reflejan la integridad o la alteración de esos mecanismos contrarreguladores. Por ello:

Los estudios analíticos (muestra crítica) para analizar la causa de una hipoglucemia deben efectuarse cuando los mecanismos de respuesta estén en marcha; es decir, en situación de hipoglucemia espontánea o bien en situación de hipoglucemia provocada, mediante test de ayuno. Estos estudios exigen disponer de una buena vía de acceso venosa.

• La muestra de sangre en hipoglucemia (muestra crítica) debe ser extraída, si es posible, sin utilizar compresor (aumento facticio de láctico y amonio), y antes de administrar ningún tratamiento. Dado que los parámetros a determinar son múltiples (Tabla VI), se recomienda disponer de una buena vía de acceso venosa que permita tanto las extracciones de sangre necesarias, como la administración posterior de medicación: glucagón (test de glucagón) o glucosa al 10% para revertir la hipoglucemia. La sangre debe ser enviada inmediatamente en hielo al laboratorio para iniciar el proceso diagnóstico. Debe recogerse también la orina de la primera micción tras el episodio de hipoglucemia.

• En caso de que no pueda extraerse sangre suficiente para realizar todas las determinaciones recomendadas, deberían cuantificarse los siguientes parámetros por este orden de prioridad: glucosa, β-hidroxibutirato, función hepática, AGL, insulina, láctico y cortisol. En Urgencias, como mínimo, GP y cetonemia/cetonuria. Es preferible cuantificar el β-hidroxibutirato en sangre, ya sea con métodos estándar de laboratorio o mediante un reflectómetro portátil, que la cetonuría; en cualquier caso, la orina debe ser analizada en busca de sustancias reductoras (Clinitest®) y de acetona (si β-hidroxibutirato en sangre no disponible). Cualquier excedente de plasma y la 1ª orina tras la hipoglucemia debería congelarse, preferiblemente a –70ºC, por si fuera necesario realizar determinaciones adicionales, posteriormente.

Test de tolerancia al ayuno y test de glucagón

Con bastante frecuencia, no es posible obtener las muestras críticas durante el primer episodio de hipoglucemia. En ese caso, si la causa de la hipoglucemia no es obvia (malnutrición, escasos aportes…), se debe ingresar al paciente y recurrir a la prueba de tolerancia al ayuno (test de ayuno):

• Siempre debe realizarse tras ingerir una dieta rica en carbohidratos durante, al menos, 3 días para saturar los depósitos hepáticos de glucógeno y evitar la aparición de una hipoglucemia facticia. La vía venosa de acceso debe estar bien establecida antes de plantearse el inicio de la prueba.

• Se trata de una prueba potencialmente peligrosa, por lo que siempre debe realizarse en régimen de hospitalización y retrasarse en caso de que el paciente presente cualquier enfermedad intercurrente, por leve que sea. Los riesgos son mayores en los pacientes con alteraciones del metabolismo de la carnitina o de la ?-oxidación de los AGL de cadena larga que, además de la hipoglucemia, pueden desarrollar arritmias (incluso parada cardíaca) durante la prueba, por lo que se debe excluir esta posibilidad antes de indicar una prueba de ayuno mediante la determinación del perfil de acilcarnitinas y la concentración de carnitina total y libre en sangre (puede hacerse con una muestra recogida en papel de filtro fuera del episodio de hipoglucemia). Se recomienda también excluir la posibilidad de miocardiopatía realizando un ecocardiograma previo.

• La duración máxima del ayuno debe ser decidida a priori en función de la edad del niño y del máximo tiempo que transcurre habitualmente entre dos tomas consecutivas. El momento de inicio de la prueba debe ser calculado según los datos anteriores para que la hipoglucemia aparezca preferiblemente durante las horas del día con más personal disponible, generalmente por las mañanas:

- En niños < 6 meses (rara vez es necesaria), la duración será de 8 h (inicio a las 4 a.m.).

- En niños de 6-8 meses, la duración será de 12 h (inicio a las 12 p.m.).

- En niños de 8-12 meses la duración será de 16 h (inicio a las 8 p.m.).

- En niños de 1-7 años la duración será de 18-20 h (inicio a las 4-6 p.m.).

- En niños > 7 años la duración será de 24 h (inicio a las 12 a.m.).

• Al comienzo de la prueba, habitualmente cuando se omite la primera toma (generalmente en torno a las 8 de la mañana), se realiza una gasometría, se determina la concentración de glucosa, β-hidroxibutirato, AGL, lactato, alanina e insulina, y se congela una alícuota de suero y orina. A partir de entonces, en función de la historia clínica y la edad del paciente, se determina la glucemia capilar periódicamente (cada 1-2 horas y si aparecen síntomas). Si durante la prueba, el paciente desarrolla hipoglucemia, se deben extraer las muestras críticas. En caso contrario, las muestras se deben extraer igualmente al final de la prueba. Es importante no olvidar la recogida de orina de la micción siguiente a la hipoglucemia. Algunos autores recomiendan, además, determinar la presencia de cetonuria en cada micción durante la prueba, o mejor β-OH-butírico capilar.

• Si se realiza adecuadamente, la prueba de ayuno es extremadamente útil en el diagnóstico de la hipoglucemia, hasta el punto de que raramente se necesita recurrir a otras exploraciones complementarias. Además, ofrece información útil para el tratamiento de los pacientes, ya que permite estimar el tiempo que el paciente puede permanecer en ayunas de forma segura.

• Si durante la prueba de ayuno el paciente desarrolla hipoglucemia, se debe realizar un test de glucagón después de extraer las muestras críticas (siempre y cuando la situación clínica del paciente permita retrasar el tratamiento con glucosa). Es especialmente útil en el diagnóstico diferencial de las hipoglucemias que se presentan en las primeras 8 horas de ayuno. Se realiza administrando 0,03 mg/kg de glucagón por vía i.m. o i.v. (máx.: 1 mg) y tomando muestras de sangre cada 10 minutos durante media hora. En los pacientes con hiperinsulinismo (endógeno o exógeno), se observa una marcada respuesta glucémica (elevación de glucemia >30-40 mg/dL); mientras que, una respuesta inferior a 20 mg/dL indica depleción de los depósitos de glucógeno (hipoglucemia cetósica idiopática) o incapacidad para convertir el glucógeno en glucosa (glucogenosis). Si a los 20’ de la administración de glucagón la elevación de la glucemia es inferior a 20 mg/dL, se debe suspender la prueba y administrar glucosa intravenosa para revertir la hipoglucemia.

Interpretación de los resultados

En condiciones normales, cuando la glucemia empieza a descender y se sitúa alrededor de 50 mg/dL: 1) los depósitos de glucógeno están exhaustos (no se produciría respuesta de glucemia a la administración de glucagón); 2) los niveles séricos de precursores neoglucogénicos han disminuido ligeramente (láctico < 1,5 mmol/L); 3) los AGL se han triplicado (1,5-2,0 mmol/L) y el β-hidroxibutírico, el principal cetoácido, se ha multiplicado por 50-100 (2-5 mmol/L); y 4) la insulinemia ha disminuido a valores prácticamente indetectables (< 2 µU/mL). La comparación de estos valores normales con los hallados en un paciente en situación de hipoglucemia, aporta la información básica para orientar el diagnóstico de la causa subyacente.

Una vez confirmada la hipoglucemia plasmática en el laboratorio (espontánea o inducida por el test de ayuno), el primer paso en el diagnóstico diferencial es analizar el grado de cetosis durante el episodio según los niveles plasmáticos de ?-hidroxibutirato (Fig. 2):

Figura 2. Algoritmo diagnóstico de la hipoglucemia en la infancia, fuera del periodo neonatal. AGL: ácidos grasos libres; EIM: error innato del metabolismo; GH: hormona de crecimiento; IGFs: factores de crecimiento semejantes a la insulina; T4L: tiroxina libre.

Niveles elevados de β-hidro­xibutirato (>2,5 mmol/L). Constituye el perfil endocrino-metabólico más habitual e inespecífico, conocido como hipoglucemia cetósica, e indica que el paciente es capaz de movilizar AGL desde el tejido adiposo y metabolizarlos a cuerpos cetónicos en el hígado. Se observa en la hipoglucemia cetósica idiopática, en algunas enfermedades metabólicas (glucogenosis, acidemias orgánicas) y en las deficiencias de hormonas contrarreguladoras después del período neonatal.

El diagnóstico diferencial dentro de este grupo requiere valorar, además de la historia clínica, la presencia de acidosis metabólica y la concentración de otros metabolitos y hormonas en el momento de la hipoglucemia. Durante la hipoglucemia, los niveles de hormonas contrarreguladoras (GH y cortisol) deben ser elevados (cortisol >20 µg/dL y GH >6 µg/L). Los valores inferiores deben ser considerados sospechosos y confirmados mediante la realización de las pruebas funcionales adecuadas (test de ACTH para cortisol y test de estimulación farmacológica de GH). La deficiencia de GH y/o cortisol durante el periodo neonatal y primer año de vida pueden presentarse solo con leve-moderada cetosis (<2,5 mmol/L).

Las concentraciones elevadas de lactato, piruvato, alanina y/o glicerol sugieren un defecto de la gluconeogénesis, de la glucogenolisis o de la glucolisis. La hiperlactacidemia sugiere una alteración de la gluconeogénesis (especialmente la deficiencia de fructosa-1,6-bisfosfatasa), de la glucogenolisis (glucogenosis tipo I) o de la β-oxidación de AGL de cadena larga. Las alteraciones de la cadena respiratoria mitocondrial y la deficiencia de piruvato carboxilasa también pueden producir hiperlactacidemia con hipoglucemia, pero generalmente se presentan de forma más crónica. Las glucogenosis tipo III y tipo VI raramente cursan con hiperlactacidemia. La cuantificación de ácidos orgánicos en orina es especialmente útil para diagnosticar las acidemias orgánicas.

Cetosis leve o moderada (β-hidro­xibutirato <2,5 mmol/L). La presencia de cetosis leve-moderada durante la hipoglucemia (hipoglucemia hipocetósica) indica que los AGL no están siendo movilizados adecuadamente desde los adipocitos (hiperinsulinismo) o no pueden ser metabolizados a cuerpos cetónicos (alteraciones de la ?-oxidación o de la cetogénesis).

La coexistencia de concentraciones muy bajas de β-hidroxibutirato (<0,5-1 mmol/L) y de AGL (<0,5 mmol/L) sugiere la existencia de hiperinsulinismo. Este diagnóstico se ve apoyado por unos niveles plasmáticos de insulina/péptido C elevados o inadecuadamente normales (si GP< 45 mg/dL: insulinemia < 2 µg/mL). Con mucha frecuencia, el diagnóstico de hiperinsulismo es difícil de comprobar debido a dos hechos fisiológicos fundamentales: 1) por un lado, al carácter pulsátil de la secreción de insulina y su corta vida media; y 2) por otro, a que se cuantifica la insulina en sangre venosa periférica y no en sangre portal, que es la que determina el efecto sobre la función metabólica del hígado y que puede ser 10 veces superior a la insulinemia periférica. En los casos dudosos, es necesario apoyarse en otros hallazgos para hacer el diagnóstico de hiperinsulinismo (Tabla V).

El hiperinsulinismo endógeno o secundario a intoxicación por sulfonilureas cursa con niveles elevados de péptido C; mientras que, niveles disminuidos de péptido C sugieren la administración de insulina exógena (insulinemia >100 µU/mL). La concentración medida de insulina en este último caso puede no ser elevada, si lo que se ha administrado son análogos de insulina, debido a la incapacidad de los anticuerpos monoclonales frente a la insulina humana para detectarlos.

La presencia de niveles elevados de AGL (>3 mmol/L) junto a una concentración baja de ?-hidroxibutirato sugiere una alteración de la ?-oxidación de los ácidos grasos o de la cetogénesis. En estos casos, la insulinemia suele estar adecuadamente suprimida (salvo en la deficiencia de hidroxiacil-coA-deshidrogenada por mutaciones en el gen SCHAD, que determina también hiperinsulinismo). Además de la hipoglucemia, los pacientes suelen presentar un mayor o menor grado de afectación multisistémica (debilidad muscular y miocardiopatía en la deficiencia primaria de carnitina o episodios de rabdomiolisis en la de carnitina-palmitoil-transferasa) con hiperuricemia y elevación de las transaminasas y la CPK, así como alteraciones neurológicas producidas por el efecto tóxico de algunos metabolitos (síndrome Reye-like). Debido a que muchos de los parámetros bioquímicos se normalizan fuera de las crisis, es importante recoger las muestras adecuadas durante la hipoglucemia y almacenarlas congeladas para su análisis posterior (excreción urinaria de ácidos dicarboxílicos, conjugados de glicina y carnitina; concentración plasmática de carnitina total y cociente acilcarnitinas/carnitina total).

Los pacientes con glucogenosis tipo I también pueden tener una cierta hipocetosis. Sin embargo, es relativamente sencillo distinguirlos de los anteriores por sus otras características clínicas y bioquímicas: gran hepatomegalia (salvo en el período neonatal), hipertrigliceridemia, ausencia de respuesta glucémica tras la administración de glucagón, pero marcado aumento de los niveles de lactato, etc.

Otras pruebas complementarias

En algunos casos, se puede recurrir a la realización de otras pruebas complementarias más específicas para confirmar el diagnóstico(30), como son: pruebas para evaluar la producción hepática de glucosa (sobrecargas i.v. de alanina, fructosa, galactosa…) o estudios funcionales que analizan la actividad de la enzima responsable en células del paciente (linfocitos, fibroblastos cutáneos, hígado, mucosa intestinal o músculo esquelético). Para el estudio de las hipoglucemias postprandiales, las pruebas de sobrecarga oral de glucosas o de alimento mixto pueden ser de utilidad. El desarrollo de la genética molecular ha relegado, en la mayoría de los casos, muchas de estas pruebas a un segundo plano.

Estudios moleculares

La confirmación diagnóstica definitiva de las hipoglucemias de origen genético requiere realizar el estudio de mutaciones en el correspondiente gen (HICP, glucogenosis, EIM…), generalmente en ADN obtenido de linfocitos de sangre periférica. En ocasiones, la gran mayoría de los pacientes tienen la misma mutación, lo que simplifica el estudio genético; por ejemplo, en el caso de la deficiencia de acil-CoA deshidrogenasa de cadena media (MCAD), la alteración más frecuente de la β-oxidación de los ácidos grasos (1:10.000 RN), en la que el 90% de los pacientes caucásicos presentan la mutación K329E (incluida en el cribado metabólico en países con alta frecuencia de esta mutación)(31). Otras veces, las mutaciones responsables de la enfermedad se distribuyen a lo largo del genoma, siendo necesario aplicar métodos de secuenciación masiva o next-generation sequencing (estudios de paneles de genes, exoma o genoma). En el caso de los HICP que no responden a diazóxido, se encuentra una causa genética en el 80-90% de los casos; mientras que, este porcentaje se reduce al 22-47% en los que sí responden a diazóxido(32). El hallazgo de mutaciones en ABCC8 y KCNJ11 en el alelo paterno puede sugerir hiperinsulinismo focal y posibilidad de curación completa mediante pancreatectomía parcial. En los pacientes con hiperinsulinismo congénito que se someten a pancreatectomía subtotal o parcial, puede ser conveniente, también, realizar estudios genéticos en el tejido pancreático extirpado. En los pacientes con insulinoma, debería realizarse sistemáticamente estudio de mutaciones asociadas a MEN1(24).

Pruebas de imagen

En los pacientes con hiperinsulinismo que no responden a diazóxido, antes de planificar la cirugía (pancreatectomía subtotal o parcial) es conveniente realizar un PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA que puede permitir diferenciar entre formas focales y difusas de hiperinsulinismo(33,34). Esta técnica de reciente disponibilidad, requiere de personal experto para su interpretación, pero ha revolucionado el tratamiento quirúrgico de los hiperinsulinismos y relegado a otras técnicas de imagen (ecografía de alta resolución, TAC-RM abdominal o arteriografía selectiva del tronco celíaco) o pruebas de localización técnicamente difíciles de realizar y que no suelen estar disponibles (cateterización venosa selectiva por vía percutánea transhepática). La sensibilidad y especificidad medias del PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA para distinguir entre hiperinsulinismo focal y difuso, en un reciente metanálisis(35), fue del 89% (entre 81-95%) y 98% (entre 89 y 100%), respectivamente. En el caso de los adenomas, la prueba de imagen de primera línea es la RM(24), con sensibilidades que oscilan entre el 30 y el 85%, debido, probablemente, a que el tamaño tumoral puede ser, en ocasiones, muy pequeño; en estos casos, el PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA podría estar indicado.

En pacientes con deficiencias hormonales, puede ser necesario realizar una RM hipotálamo-hipofisaria y/o estudios de imagen de las glándulas suprarrenales.

Orientación terapéutica

Tratamiento urgente

El tratamiento agudo de la hipoglucemia se basa en aportar al paciente la glucosa necesaria para normalizar la glucemia, evitando siempre la sobrecorrección. En EIM con acidosis metabólica suele estar indicada, también, la administración de bicarbonato.

En los casos graves o cuando existe un acceso vascular disponible

Se debe administrar un bolo i.v. de 200 mg/kg de glucosa en forma de suero glucosado al 10% (2 mL/kg). No deben infundirse soluciones más concentradas por vía periférica, dado el alto riesgo de lesión tisular en caso de extravasación. El bolo debe administrarse lentamente (2-3 mL/min.) para evitar la hiperglucemia, que podría dar lugar a la liberación de insulina y a una hipoglucemia reactiva. Tras el bolo, se iniciará una perfusión continua de glucosa a un ritmo de 6-8 mg/kg/minuto en lactantes y 3-5 mg/kg/minuto en el niño mayor. El ritmo debe ser continuamente ajustado en función de los sucesivos controles de glucemia para mantenerla por encima de 70 mg/dL (>100 mg/dl ante la sospecha de EIM). Los controles deben realizarse inicialmente, al menos, cada 30-60 minutos, hasta que la glucemia sea estable y cada 2-4 horas después. Nunca debe interrumpirse bruscamente la administración de glucosa por el riesgo de hipoglucemia de rebote. El ritmo de la infusión de glucosa se descenderá progresivamente a medida que el niño tolere la alimentación oral o responda al tratamiento farmacológico o dietético específico.

Los requerimientos de glucosa, para mantener glucemias >70 mg/dL, superiores a 8-10 mg/kg/min sugieren la existencia de un hiperinsulinismo, pudiendo llegar, en ocasiones, a los 20-25 mg/kg/min. En estos casos, para minimizar la sobrecarga de volumen, puede recurrirse a la administración de soluciones de glucosa hipertónica a través de una vía central, así como asociar temporalmente una perfusión continua de glucagón i.v. o s.c. (5-20 µg/kg/hora) y/o octreótido s.c. (5-40 µg/kg/día). La hipoglucemia secundaria a sobredosis de sulfonilureas se trata con bolos de glucosa i.v. y, en caso de que no sea suficiente, con octreótido i.m. o s.c. (1-1,5 µg/kg; máximo: 150 µg, cada 6 horas).

En hipoglucemias graves sin acceso venoso

Se pueden tratar con glucagón i.m. o s.c. (0,03 mg/kg/dosis; dosis máxima: 1 mg). El glucagón es efectivo, sobre todo, en los pacientes diabéticos o con hiperinsulinismo, que poseen grandes depósitos de glucógeno susceptible de ser liberado a la sangre, pero la respuesta suele ser transitoria (alrededor de una hora); por lo que, puede ser necesario administrar más de una dosis si la tendencia a la hipoglucemia persiste.

Medidas terapéuticas diferidas

El tratamiento específico a largo plazo depende de la causa de la persistencia de la hipoglucemia y, en gran medida, se ha comentado a lo largo del artículo. La guía de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica(7), recomienda como objetivos glucémicos:

• Para RN con sospecha de hipoglucemia persistente y para el resto de los niños con trastorno hipoglucémico confirmado, mantener GP > 70 mg/dL.

• Para RN con alto riesgo de hipoglucemia, pero sin sospecha de trastorno hipoglucémico congénito, mantener la GP > 50 mg/dL, en menores de 48 horas, y > 60 mg/dL en mayores de 48 horas.

• Se recomienda un enfoque individualizado del tratamiento en función de la enfermedad responsable de la hipoglucemia, teniendo en consideración la seguridad del paciente y las preferencias de la familia.

Medidas dietéticas

Los pacientes con hipoglucemia cetósica idiopática, glucogenosis, alteraciones de la gluconeogénesis, de la β-oxidación de los ácidos grasos e hiperinsulinismos leves deben evitar los ayunos prolongados, realizando tomas más o menos frecuentes en función de la enfermedad de base con una dieta personalizada; aunque, en todos los casos, se recomiendan preferentemente carbohidratos de absorción lenta. Los pacientes con glucogenosis tipo I pueden requerir la administración continua, mediante una sonda nasogástrica o gastrostomía, de polímeros de glucosa o maltodextrina (almidón de maíz crudo en niños mayores y adultos). La dieta de los pacientes con alteraciones de la ?-oxidación o de la cetogénesis debe ser pobre en grasas, aunque en caso de alteración comprobada de la β-oxidación de AGL de cadena larga, puede aumentarse el contenido calórico de la dieta añadiendo MCT (triglicéridos de cadena media). Los pacientes con intolerancia hereditaria a la fructosa deben evitar la ingesta de fructosa (azúcar de mesa, frutas, miel, muchos jarabes) y los pacientes con galactosemia, los alimentos y fármacos que contengan galactosa o lactosa.

Algunos de los EIM, así como la hipoglucemia hipocetósica idiopática, pueden descompensarse durante las enfermedades intercurrentes. En estas situaciones, deben ofrecerse frecuentemente líquidos con alto contenido en hidratos de carbono y, si la ingesta resulta inadecuada, administrar glucosa por vía i.v. No deben administrarse lípidos i.v. a pacientes con alteraciones de la β-oxidación o de la cetogénesis.

Hiperinsulinismo(20-21,36-39)

En las formas más leves, puede ser suficiente con realizar tomas frecuentes de alimentos con bajo índice glucémico. En los demás casos, el fármaco de primera elección es el diazóxido v.o. (5-15 mg/kg/día en 3 dosis), una droga que actúa abriendo los canales de K dependientes de ATP. El diazóxido produce hirsutismo y retención hídrica, especialmente en el periodo neonatal; en este caso, puede asociarse hidroclorotiazida v.o. (7 mg/kg/día en 2 dosis; máxima dosis: 10 mg/kg/día). Más raramente aparecen otros efectos adversos graves que obligan a interrumpir el tratamiento (neutropenia, trombopenia, insuficiencia cardíaca). Se considera que no hay respuesta a diazóxido cuando: después de, al menos, 5 días de tratamiento con diazóxido a dosis de 15 mg/kg/día, el niño sigue requiriendo, para mantener su glucemia normal, aportes intravenosos de glucosa y/o es incapaz de mantener la GP durante una noche de ayuno. La respuesta clínica a diazóxido marca un antes y un después, en la orientación diagnóstico-terapéutica de los pacientes con HICP (Fig. 3).

Figura 3. Algoritmo diagnóstico de la hipoglucemia persistente por hiperinsulinismo. Modificado de referencias 20 y 21.

Si no hay respuesta a diazóxido, puede considerarse la asociación de análogos de somatostatina, como: octreótido s.c. (5-25 µg/kg/día c/6-8 h, máximo: 40 µg/kg/día) o lanreótido (Somatulina Autogel®: 30-60 mg/mes, s.c.). La administración continuada de análogos de somatostatina, se ha asociado a enterocolitis necrotizante, en el periodo neonatal, y, en edades posteriores, puede producir taquifilaxia, esteatorrea, colelitiasis y alteración del crecimiento. Recientemente, se han incorporado nuevos fármacos, todavía insuficientemente probados, al tratamiento del hiperinsulinismo, como son: exendin, un antagonista del receptor de GLP1 (glucagón-like peptide 1), y sirolimus (rapamicina), un inmunomodulador, que inhibe la vía mTOR (mammalian target of rapamycin) y genera insulinorresistencia por un mecanismo insuficientemente aclarado, pero que ha sido utilizado en el tratamiento de insulinomas malignos.

Si el tratamiento farmacológico no es eficaz, el PET-TAC con 18-fluor-L-dopa muestra un hiperinsulinismo focal o atípico o se sospecha un adenoma productor de insulina, debe transferirse el paciente a un centro especializado para realizar una pancreatectomía, preferiblemente por vía laparoscópica(38). La pancreatectomía será más o menos extensa, según los hallazgos del PET-TAC con 18-fluor-L-DOPA. En caso de hiperinsulinismos difusos que no responden a la terapia médica, pueden ser necesarias pancreatectomías casi-totales (95-98%).

Evolución

El pronóstico de los pacientes con hipoglucemia depende de la enfermedad subyacente. La hipoglucemia cetósica idiopática tiende a resolverse espontáneamente en torno a los 5 años, cuando el niño adquiere la masa muscular y el tejido adiposo suficientes para prevenir la hipoglucemia en caso de ayuno. Las enfermedades metabólicas y las deficiencias hormonales requieren tratamiento de por vida, que puede, en ocasiones, ser muy efectivo para prevenir la recurrencia de los episodios de hipoglucemia, pero no tanto para el pronóstico general, determinado por la enfermedad de base. En los pacientes con hiperinsulinismo, el pronóstico depende fundamentalmente de la causa del mismo. El hiperinsulinismo leve que responde a diazóxido puede necesitar tratamiento continuado, pero permite realizar una vida normal; en algunos casos, se puede producir una remisión espontánea y dejar de requerir tratamiento. Se puede probar a retirar el tratamiento cuando se requieran < 5 mg/kg/día de diazóxido o < 5 µg/kg/día de octreótido para mantener glucemias por encima de 70 mg/dl y se tolere un test de ayuno, adecuado a su edad y peso. Las lesiones focales se curan con pancreatectomía parcial. En las formas difusas que no responden al tratamiento farmacológico, casi exclusivas del período neonatal, la pancreatectomía subtotal puede no controlar completamente las hipoglucemias (con secuelas neurocognitivas a largo plazo frecuentes), requiriendo medicación (diazóxido, octerótido…) o, por el contrario, producir diabetes mellitus secundaria e insuficiencia pancreática exocrina.

Papel del pediatra de Atención Primaria (AP)

Aunque el estudio de las hipoglucemias persistentes o recurrentes es una patología de ámbito hospitalario, el papel del pediatra de AP en estas patologías es muy importante, sobre todo en el periodo de lactante, donde la inespecificidad de las hipoglucemias obliga a este a mantener un alto índice de sospecha que haga posible un diagnóstico más precoz que pueda disminuir/evitar las secuelas neurológicas que, de mayor o menor entidad, se asocian a las hipoglucemias reiteradas. Además, la hipoglucemia cetósica idiopática, la forma de hipoglucemia más frecuente entre los 18 meses y los 5 años de edad es patrimonio del pediatra de AP. Esta entidad es fácilmente diagnosticada sin necesidad de costosos estudios complementarios, por la edad de inicio, los antecedentes personales (bajo peso al nacimiento, malos comedores…) y el contexto clínico en que se desarrollan los episodios de hipoglucemia, habitualmente leves. Estos pacientes pueden ser perfectamente controlados mediante consejos de alimentación y prevenidas las hipoglucemias mediante la determinación de cetonuria con tiras reactivas, en su domicilio, durante los procesos infecciosos intercurrentes, a la espera de su desaparición espontánea con la edad; no obstante, en caso de hipoglucemias graves o reiteradas, deberán ser remitidos para su estudio hospitalario.

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Excelente artículo con las recomendaciones de la Sociedad Americana de Endocrinología Pediátrica respecto a cuándo y cómo deben ser estudiadas las hipoglucemias en la infancia, para evitar un excesivo gasto en pruebas innecesarias.

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Dos excelentes revisiones, del mismo grupo de trabajo, que ponen al día las hipoglucemias por hiperinsulinismo, la causa más frecuente de hipoglucemias persistentes en el periodo neonatal y uno de los campos que más ha evolucionado en los últimos años, desde el punto de vista diagnóstico (valor de la 18-fluor-L-dopa), molecular (nuevos y viejos genes implicados) y terapéutico (descripción de formas histológicas focales, susceptibles de curación mediante cirugía, y el empleo experimental de nuevos fármacos).

Caso clínico

 

Niño de 16 meses que fue remitido para estudio por hipoglucemia. Refería en los últimos 4 meses, tres episodios de convulsión tónico-clónica generalizada, sin fiebre ni aparente causa desencadenante, en la última de las cuales se había detectado una glucemia capilar de 27 mg/dL. Los padres no referían otra sintomatología sugerente de hipoglucemia.

Ambos progenitores eran jóvenes y sanos, no consanguíneos, sin antecedentes de enfermedades familiares, ni de abortos o mortinatos y el paciente tenía un hermano de 4 años sano. Había nacido tras un embarazo normal y un parto a término, eutócico, con peso y longitud al nacimiento de 3.500 g y 50 cm, respectivamente. Desarrollo psicomotor normal y sin otros antecedentes personales de interés. La exploración física era normal, con genitales normales (estadio I de Tanner), peso de 10,9 kg (PC 75-90) y longitud de 81,5 cm (PC 25-50).

El paciente fue ingresado para estudio, realizándose un perfil glucémico durante 48 horas que confirmó la tendencia a presentar glucemias en el rango bajo de la normalidad (60-70 mg/dL) con hipoglucemias leves esporádicas (40-45 mg/dL), preferentemente postprandiales y con escasa sintomatología acompañante (decaimiento, palidez). El control de la glucemia precisó inicialmente aportes de glucosa intravenosa de hasta 8 mg/kg/min. Tras su estabilización, se inició alimentación oral, con dieta fraccionada cada 4 horas, junto con nutrición enteral nocturna a débito continuo, pese a lo cual continuó presentando episodios de hipoglucemia, por lo que se instauró nutrición enteral continua con aportes elevados de hidratos de carbono, normalizándose las cifras de glucemia.

Las determinaciones analíticas realizadas en hipoglucemia espontánea (muestra crítica), en sangre (insulina, péptido C, amonio, ácido láctico y pirúvico, hormona de crecimiento, cortisol, cuerpos cetónicos, ácidos grasos libres, alanina, aminoácidos, carnitina y acilcarnitina) y orina (cuerpos cetónicos y ácidos orgánicos en orina de 24 horas) fueron normales, salvo la presencia de niveles detectables de insulina (16,9 µUI/mL) e hiperamoniemia (147 µmol/L; VN: 10-40) en presencia de hipoglucemia (glucemia plasmática de 38 mg/dL).

El paciente fue diagnosticado de hiperinsulinismo pautándose tratamiento con diazóxido oral (13,6 mg/kg/día, c/8 horas). Se observó respuesta clínica positiva a las 48 horas de iniciado el tratamiento, lo que permitió la retirada progresiva de los aportes endovenosos de glucosa, así como de la alimentación enteral y el paso a la alimentación fraccionada, con posterior descanso nocturno. El estudio molecular demostró que el paciente era heterocigoto para una mutación de novo en el exón 7 del gen GLUD-1 (G979A), confirmando el diagnóstico de síndrome de hiperinsulinimo hiperamoniemia.

 

 

Abordaje de las quemaduras en Atención Primaria

I. Manrique Martínez*, C.M. Angelats Romero**
Temas de FC


I. Manrique Martínez*, C.M. Angelats Romero**

*Director del Instituto Valenciano de Pediatría. Socio de honor de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria. **Responsable de Urgencias Pediátricas Hospital Universitario Francesc de Borja de Gandía

Resumen

Las quemaduras representan una de las principales causas de lesiones no intencionadas en la población pediátrica, con una repercusión social importante dada su morbimortalidad y posteriores secuelas. Estas presentan un amplio espectro de posibles tratamientos en función de su etiología, grado de afectación y momento de tratamiento (agudas o crónicas). El éxito de nuestra actuación desde Atención Primaria dependerá de su adecuado diagnóstico, valoración, tratamiento y remisión, si procede, a centro hospitalario, así como del seguimiento ambulatorio y las posibles derivaciones secundarias en caso de detectar complicaciones.

 

Abstract

Burn injuries represent one of the main causes of unintentional injuries in the pediatric population with an important social repercussion given their morbidity, mortality and possible sequelae.
There is a wide spectrum of possible treatments depending on their etiology, degree of involvement, and time of treatment (acute or chronic).
The success of the intervention provided in the primary care setting will depended on its proper diagnosis, assessment, and referral to a more specialized center if needed, as well as outpatient follow-up and possible secondary referrals in case of detecting complications.

 

Palabras clave: Quemaduras; Cicatrización de heridas; Accidentes; Niños

Key words: Burns; Wound Healing; Accidents; Children

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 81-89


Abordaje de las quemaduras en Atención Primaria

Introducción

Una quemadura es una lesión en la piel u otro tejido orgánico causada principalmente por la acción de agentes: físicos, químicos y biológicos, que induce la desnatura­lización de las proteínas tisulares implicadas(1-2).

Las quemaduras constituyen la tercera causa de muerte por lesiones no intencionadas en menores de 14 años (detrás de los accidentes de tráfico y los ahogamientos) y la segunda en menores de 4 años. Además, puede producir una morbilidad persistente derivada de las cicatrices antiestéticas, secuelas funcionales y psicológicas (Tabla I)(3-4).

 

Son más frecuentes en varones de 2 a 4 años y las localizadas en extremidades superiores, cabeza y cuello. La mayoría ocurren en el domicilio (cocina).

El 80-90% son producidas por agentes térmicos (escaldaduras) y no hay que olvidar que hasta un 10% de los niños maltratados presentan quemaduras, siendo el tipo más habitual la escaldadura por inmersión(2,5).

En Estados Unidos, las quemaduras representan un promedio de 1.230 visitas al día en los servicios de urgencias. Si bien, muchas de estas lesiones se curarán espontáneamente, casi 1 de cada 10 es lo suficientemente grave como para requerir hospitalización o traslado a un centro especializado en quemaduras. De los pacientes que ingresaron, el 18% eran menores de 5 años. El 70% de los casos tenían quemaduras inferiores al 10%.

Etiología

La etiología tiene importancia, especialmente en la actuación durante la emergencia y la urgencia(2).

Agentes físicos

Quemaduras térmicas: por líquidos u objetos calientes, llamas o vapor.

Quemaduras eléctricas: por fogonazo, arco voltaico o eléctricas. Su intensidad depende de la resistencia del tejido y del voltaje (bajo <1.000 V).

Quemaduras por radiación: por contacto con luz ultravioleta o radiación nuclear, la víctima puede sufrir quemaduras por radiación.

Quemaduras por frío: generalmente, temperaturas por debajo de los 0 grados y, con más frecuencia, en zonas acras. La lesión se produce por la cristalización extra e intracelular y la disminución del flujo vascular. Puede asociar hipotermia(6).

Quemaduras por fricción: asocian un componente mixto, abrasión y quemadura por calor; por ejemplo: lesiones de áreas expuesta en gimnasios.

Quemaduras por inhalación: podemos encontrar lesiones térmicas por: llamas, humo o vapor, lesión química pulmonar por tóxicos inhalados o CO.

Agentes químicos

Quemaduras químicas: producidas por sustancias ácidas (necrosis licuefactiva) o básicas (necrosis coagulativa). La gravedad, en estos casos, depende de la concentración y el tiempo de exposición.

Agentes biológicos

Seres vivos: como puede ser el caso de: arañas, medusas, peces eléctricos o incluso de origen vegetal, como las resinas(1).

Fisiopatología

La piel es un órgano que cuando pierde su integridad se producen 3 efectos principales: pérdida de líquidos, pérdida de calor (lo que puede causar hipotermia) y pérdida de la acción barrera frente a los microorganismos, aumentando la susceptibilidad de infección(2-3).

Secundariamente, la destrucción celular causada por la quemadura genera toxinas y activa la liberación de sustancias inflamatorias y vasoactivas (histamina, serotonina, prostaglandinas, tromboxanos, leucotrienos, citoquinas, radicales libres…) que desencadenan una reacción inflamatoria local, dando lugar a la aparición de: edema, flictenas y exudado seroso.

Cuando la quemadura sobrepasa el 10-15% de la superficie corporal total (SCT), estas sustancias pasan también al torrente circulatorio y se extienden provocando alteraciones sobre los órganos, pudiendo llegar a provocar el SIRS (síndrome inflamatorio reactivo sistémico)(6).

En quemaduras mayores de un 10% de Superficie Corporal Quemada (SCQ), ocurre reacción de aumento de permeabilidad capilar, ya no en el área quemada, sino, generalizada a todos los órganos, esto origina una extravasación de proteínas y, con ellas, líquido al compartimiento extravascular que, junto a los mediadores inflamatorios, da como resultado la formación de edema en tejido no quemado.

Diagnóstico diferencial

Diferencias con el adulto(2-3)

• Los niños son más susceptibles a la intoxicación por CO.

• Mayor predisposición a la hipotermia, por su mayor área de superficie corporal (ASC) e inmadurez termorreguladora.

• Diferentes proporciones en cuanto al ASC, lo que puede afectar al cálculo de la extensión de la quemadura al usar escalas no pediátricas.

• La piel de los niños es hasta 15 veces más fina que la de los adultos; por ese motivo, se quema a temperaturas más bajas y alcanza mayor profundidad.

Diferenciar lesiones no intencionadas de malos tratos(3,7)

• Tardanza en búsqueda de atención > 24 h.

• Afectividad inapropiada del niño y/o padres.

• Historia inconsistente sin relación entre el mecanismo de producción de la quemadura y la localización de la lesión que estamos viendo.

• Imagen sugestiva: profundas, simétricas y con clara delimitación (plancha, radiador, cigarrillo…).

• Localización sugestiva en zonas de castigo como: mejillas, orejas, glúteos, genitales y periné.

• Quemaduras de repetición.

Para un diagnóstico certero de una quemadura, además de la etiología, se debe conocer muy bien la extensión, profundidad, localización o zonas comprometidas, esto nos ayudará a conocer la magnitud de la lesión y, de esta manera, su índice de gravedad, lo que nos permitirá definir el tratamiento más adecuado para cada paciente.

Clasificación de las quemaduras

Según su profundidad (Tabla II)(2-5)

 

Consejos para la valoración de la profundidad

• El aspecto de la lesión debe coincidir con la sensibilidad del paciente. Si existen dudas, revalorar la lesión en 24 h.

“Test de la aguja”: valorar la sensibilidad pinchando con una aguja o con el capuchón de la aguja, alternando. Si lo distingue claramente sin mirar con qué objeto se le está tocando, la quemadura es superficial. En caso contrario, es profunda.

“Signo del pelo”: consiste en tirar de los pelos que queden en la zona quemada, si ofrece resistencia o causa dolor, la raíz del pelo no está afectada, la quemadura es 2ª superficial. En caso contrario, es 2ª profunda.

• Es posible que algunas quemaduras dérmicas superficiales o profundas, al inicio no presenten ampollas, por lo que ante duda diagnóstica es recomendable revalorar la quemadura al cabo de unas horas(6).

Según la extensión

Recordar que nunca debemos de contabilizar las quemaduras de primer grado. Para calcular la extensión de las quemaduras, los métodos más utilizados son los siguientes:

Regla de la palma de la mano

Se mide la palma de la mano del niño, incluyendo los dedos y juntos, considerándola como un 1% de la superficie corporal, nunca utilizar la mano del examinador.

Esta regla es especialmente útil si la superficie total afectada es menor del 10% o bien si es superior al 85%, dado que en estos casos, se podría calcular la superficie sana fácilmente (Fig. 1). También útil en quemaduras parcheadas o irregulares. Ventaja: fácil de estimar. Inconveniente: menos exacta y poco útil en superficies extensas(2-3).

Figura 1. Regla de la palma de la mano. ©David Cantillo.

Regla de los 9 de Wallace

Aunque no es precisamente la más exacta en niños, es un método fácil de recordar y usada ampliamente por los pediatras. Consiste en asignar múltiplos de 9 a diferentes zonas corporales (Fig. 2). Ventaja: se usa para calcular grandes superficies de forma rápida. Inconveniente: depende de la superficie corporal(2).

Figura 2. Regla de los 9 de Wallace (Total Burn Care. 2018. 5th Edition).

 

Tabla de Lund y Browder

Existen tablas más elaboradas, como la de Lund y Browder (Tabla III).

 

Se especifican las proporciones del niño en relación a su edad. En la tabla III, el porcentaje se refiere a la parte anterior o posterior de la región referida.

Es el método más recomendado para calcular el área de superficie corporal quemada (SCQ) en los niños. Ventaja: la más exacta, útil en quemaduras extensas y múltiples. Inconveniente: la más laboriosa(2).

Según su localización

Las quemaduras conllevan mayor gravedad en zonas de riesgo, como son: cara, cuello, manos, pies, genitales, zona perianal y todas las zonas de flexión y las que implican un mayor riesgo de secuelas estéticas y funcionales.

Factores agravantes

• Quemaduras por llamas que se han producido en espacios cerrados (sospechar inhalación de humo).

• Exposición a monóxido de carbono o a cianuro (combustión de carburos o materiales sintéticos, como: poliuretano, nylon, acrílicos…).

• Historia de caídas o explosiones (sospechar otras lesiones).

• Quemaduras eléctricas (mayor lesión interna que externa) pueden asociar: arritmias cardiacas, fracturas, síndromes compartimentales y rabdomiolisis.

• Quemaduras químicas: requieren irrigación copiosa. Presentan más profundidad y complicación que las térmicas, ya que el periodo de acción del tóxico es mayor.

Clasificación y derivación

Para realizar la valoración de la quemadura es necesario determinar: la extensión (% de superficie corporal quemada), el grado de profundidad y la localización. También, hay que considerar: las circunstancias del accidente, los antecedentes personales y la localización (factores agravantes) (Tabla IV)(2,4-8).

 

Atención inicial del paciente quemado

Primeros auxilios extra hospitalarios(5-7,9)

• Asegurar la seguridad del entorno. Desconectar el cuadro de luces, abrir ventanas, evitar contacto con tóxicos, etc.

• Interrumpir el agente causal, extinguiendo las llamas cubriéndolas con una manta, o bien utilizando agua u otros líquidos que ayuden a apagar el fuego.

• Detener el proceso de quemadura, quitando la ropa (no se recomienda retirar la ropa si está muy pegada a la piel), anillos e irrigando partes afectadas con agua corriente a temperatura ambiente durante 15 min.

Envolver al paciente en un paño o una sábana limpia y transportarlo al Centro Sanitario más cercano para que reciba atención médica.

En el centro de salud y hospital(1-2,8)

• Véase algoritmo 1.

Cuidado local de las quemaduras

Enfriamiento de la quemadura

En el momento inmediato posterior al accidente, lo prioritario es contrarrestar los efectos nocivos del agente causal para detener su acción y ello se consigue rápidamente enfriando la quemadura.

El enfriamiento de la quemadura limita la extensión y la profundidad de la lesión, además de disminuir el edema y el dolor. Comentaremos dos tipos de enfriamiento.

Enfriamiento con agua o suero fisiológico

Se realiza mediante rociamiento indirecto, a unos 15 cm de la quemadura, a una temperatura de 15º (el agua del grifo oscila entre 8º y 18º), durante 15-20 minutos, en ángulo de 15º para evitar el encharcamiento. Finalizado el tiempo de enfriamiento, hay que aplicar gasas secas o paños estériles. Se protegerá al paciente con una manta térmica aluminizada y con mantas convencionales para evitar la hipotermia(6).

El uso de agua fría o helada produce vasoconstricción acelerando la progresión de la quemadura local y aumentando el dolor. El caso de extensiones elevadas, favorece el riesgo de hipotermia.

Enfriamiento con apósitos de hidrogel (Water-jel®)(10)

Los apósitos de gel de agua (water-jel®) son otra opción para quemaduras de origen térmico. Es un compuesto con un contenido en agua del 96%, al que se añade un espesante que transforma el agua en gel. A diferencia de las gasas o toallas húmedas, no se adhieren a las zonas cruentas (es hidrosoluble, por lo que puede ser fácilmente eliminado con agua) y retirado de forma indolora. Contienen un antiséptico natural (árbol de té) que evitaría la proliferación de gérmenes y por su efecto “traje de buzo” (enfría la quemadura no al paciente) disminuye el riesgo de hipotermia (produce un descenso de la temperatura en la superficie quemada de unos 5º en unos 15 minutos, estabilizándose posteriormente la temperatura durante unas 6 horas).

Limpieza de las quemaduras

Solo se debe utilizar agua potable o suero fisiológico con un jabón suave para lavar las quemaduras leves. Los antisépticos (clorhexidina al 1-4%, Hibiscrub®) pueden interferir en el proceso de cicatrización, solo los utilizaremos si hay alto riesgo de contaminación y deberán ser enjuagados posteriormente(2,5).

En los sucesivos cambios de cura, se debe enjuagar solo con agua o con suero fisiológico, idealmente a 30-32ºC para eliminar exudado o restos de pomadas y aplicar un nuevo apósito, según necesidades.

Manejo de las flictenas y del epitelio necrosado

Recomendaciones(6):

• Ampollas rotas, se elimina el tejido necrótico.

• Ampollas íntegras, liquido turbio o que se rompen con facilidad (articulaciones), extensas o de piel fina, removerlas de forma estéril.

• Ampollas íntegras con líquido limpio, pequeñas (< 6 mm) o de piel gruesa, se dejan intactas.

Cobertura de las quemaduras

El principal objetivo es limitar el crecimiento de microorganismos, evitando posibles infecciones y favoreciendo la epitelización.

Según la evidencia científica, no hay ningún producto que sea el mejor para todo tipo de quemaduras, ni para todas las fases de la misma quemadura(2,6,11).

Antibióticos tópicos

No se recomienda el uso rutinario de antibióticos tópicos en el tratamiento de las quemaduras menores.

Cada uno ofrece ventajas y desventajas y afectan de forma distinta a la cicatrización. Si los empleamos, debemos ser consecuentes con los tiempos recomendados para las curas o recambios posteriores(5).

Sulfadiazina argéntica (Silvederma®, Flammazine®)

Es el antibiótico tópico de primera elección. Tiene acción antimicrobiana contra gram (+), gram (-), pseudomona aeruginosa y cándidas. Es hidrófila (aplicación y retirada fácil). Poca penetración en las escaras. Está contraindicado en menores de 2 meses, déficit de G6PDH y embarazadas. Puede retrasar el cierre de la herida y debe suspenderse en fase de reepitelización. Aplicado con cerio (Flamazine®) potencia la acción antimicrobiana y añade poder de penetración en la escara, pero no se recomienda su uso rutinario. Curas cada 12-24 horas(2,6).

Nitrofurazona (Furacin®)

Muy usada en nuestro medio, pero su indicación cada vez es más restringida por su espectro reducido y las posibles reacciones alérgicas en el 4% de los pacientes. Curas cada 24-48 h(12).

Bacitracina (Tulgrasum®)

Es la alternativa a la sulfadiacina argéntica. Se puede aplicar cuando la quemadura esté localizada en zonas expuestas al sol, como la cara y en pacientes con hipersensibilidad a las sulfamidas. No se recomienda su uso durante el embarazo o lactancia, en recién nacidos ni en superficies muy extensas (elevado riesgo de absorción sistémica)(6).

Apósitos

Su función es: proporcionar alivio del dolor, actuar de barrera frente a la infección, absorber el exudado que esta produce y promover la cicatrización, por lo que si cumplimos estos parámetros, independientemente del apósito que usemos, estaremos realizando un adecuado tratamiento(6). En el mercado, existen numerosos tipos de apósitos (Tabla V) que emplearemos según las características de la quemadura(2,4-6,8,12):

 

Recomendaciones:

• El tipo de apósito debe establecerse de forma individualizada según las características de cada lesión: profundidad, extensión, localización, riesgo de infección, fase evolutiva, exudación, sensibilidad, dolor y pautas de curas posibles.

• Las quemaduras de primer grado no requieren ningún tratamiento tópico específico. Para disminuir el dolor, se pueden emplear cremas hidratantes, de aloe vera y analgesia vía oral. El uso de corticoides tópicos está actualmente desaconsejado(2,4,8).

• En quemaduras de segundo grado superficial, una opción adecuada serían las gasas con parafina, solas o asociadas a antibióticos según las características de la herida. Si extensas, valorar apósitos hidrocoloides con plata o biosintéticos(2,4,6,13).

• A las de segundo grado profundo y tercer grado, aplicar antibiótico tópico, podríamos usar una asociación de apósitos hidrocoloides con plata o biosintéticos. Hay que tener en cuenta que estas quemaduras necesitarán individualizar el apósito según el tipo de lesión y estadio en el que se encuentren, además de valoración quirúrgica para escarotomía, escarectomía o desbridamiento(4-5).

• Los apósitos hidrocoloides se pueden cambiar a partir del 3er-5º día(2).

• Si en el cambio del apósito hidrocoloide este no se despega, no forzar, retirarlo por capas(2). Recortar y colocar otro sobre este. Vendar y mantener elevado el miembro afectado.

Vendajes

En general, se usan compresas y/o gasas sobre los apósitos (en longitudinal con respecto a la lesión) y vendajes compresivos no ajustados (de distal a proximal) en extremidades o sujeción con mayas, según la localización anatómica. Recordar mantener el área afectada elevada(6).

Analgesia y profilaxis antitetánica

La analgesia suele ser necesaria para controlar el dolor derivado de la quemadura, de su limpieza o de los cambios de apósitos.

Los analgésicos más usados en quemaduras menores son: paracetamol, ibuprofeno y metamizol. En caso de quemaduras de segundo grado profundas, puede ser útil emplear morfina hidrocloruro subcutáneo: 0,1-0,15 mg/kg, máximo 10 mg/dosis(6).

Valoremos la necesidad de una sedación consciente con analgesia en curas prolongadas y la asociación con medidas no farmacológicas(14).

Recordar que puede ser útil la administración oral de antihistamínicos para aliviar el prurito que acompañará posteriormente a la reepitelización (Tabla VI)(6).

 

Es necesario conocer el estado de inmunización de tétanos en todos los casos de heridas por quemaduras y seguir el protocolo de profilaxis antitetánica(6-7).

Secuelas

En las quemaduras de poca gravedad, para evitar en lo posible las cicatrices, se recomienda hidratar la zona de la quemadura una vez reepitelizada y caída la cicatriz (aceite rosa de mosqueta, Repavar®), y emplear protección solar de pantalla durante el día los 6 meses posteriores a la quemadura. Existen productos que se comercializan, como reductores de cicatrices con base de silicona como stratatriz® y mepiform®(15).

Si una quemadura superficial no ha iniciado la reepitelización después de 1 semana de curas, remitir para valoración.

Las quemaduras más profundas tienen más riesgo de dejar cicatrices hipertróficas.

No hay que olvidar la posibilidad de secuelas psicológicas. El cuidadoso control del dolor en la fase aguda, ayudará a que no aparezcan.

Es también importante la asistencia a los padres, cuyo sentimiento de culpabilidad va a condicionar posteriores comportamientos.

Quemaduras especiales

Quemaduras eléctricas

Su gravedad se ve determinada por: amperaje, voltaje, resistencia, tipo de corriente, duración y trayecto. Todas son consideradas quemaduras mayores, salvo las lesiones locales, producidas por corrientes de bajo voltaje, no transtorácicas, asintomáticas y sin alteraciones en el electrocardiograma ni mioglobinuria, que podrán ser dadas de alta tras observación(7-8).

Quemaduras químicas

El tratamiento fundamental es la irrigación con suero fisiológico tibio (30-60 min.), neutralización si tuviese y la desbridación de las ampollas, en todos los casos. Observación, incluso en quemaduras SCQ menor al 10% y consulta con Cirugía plástica u Oftalmología. Las producidas por cal viva se deben cepillar antes de lavar, ya que el agua activa la cal(2,4,6-8).

Quemaduras por frío

Se usa la misma clasificación que para el resto de quemaduras. El tratamiento es el recalentamiento tras estabilizar al paciente si hipotermia. En caso de quemaduras por áreas, realizar inmersiones a 37ºC por períodos de 20 minutos(4).

Quemaduras por inhalación

Es fundamental conseguir permeabilizar la vía aérea, sobre todo, en los casos graves y de alta sospecha, como: dificultad respiratoria, quemaduras orofaciales, esputo oscuro o resto de carbón en mucosas asociados a llamas, humo, vapor caliente en lugares cerrados o tóxicos inhalados(5).

Prevención

El mejor tratamiento de las quemaduras es evitarlas y es el pediatra quién debe informar a los padres. Realizamos las siguientes recomendaciones basadas en las de la OMS y otras guías centradas en la prevención de lesiones(3,9):

• Limitar la temperatura en los grifos de agua caliente. Existen dispositivos especiales para estos efectos.

• Comprobar la temperatura de la bañera con el codo y no con la mano, ya que esta es menos sensible a altas temperaturas.

• Remover el agua antes de sumergir al niño, ya que la distribución del calor puede no ser uniforme y estar más caliente en zonas profundas.

• El uso de detectores de humo en las viviendas.

• El uso de telas ignífugas para la ropa de dormir de los niños.

Instalar protectores de seguridad en las tomas de corriente, así como evitar el uso de alargaderas y conexiones múltiples.

• Evitar la manipulación de cables, mechero o fuego en general, frente a los niños por el riesgo de imitación.

• Limitar dispositivos eléctricos en los baños o durante el baño del niño.

• Los niños no deben jugar con petardos ni bengalas.

• Limitar el acceso a la cocina y, siempre que permanezcan ahí, será bajo supervisión.

• Los mangos de la cocina deben estar girados de forma que no sobresalgan del canto externo.

• Limitar el uso de microondas para calentar biberones y favorecer el uso de calienta-biberones; así como comprobar siempre la temperatura del líquido en el dorso de la muñeca.

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Bibliografía recomendada

Esparza MJ, Mintegi S, Azkunaga B. Guía para padres sobre la prevención de lesiones no intencionadas en la edad infantil. Madrid: Asociación Española de Pediatría Fundación Mapfre; 2016.

Interesante guía para padres, desarrollada por el Comité de Seguridad y Prevención de lesiones Infantiles de la Asociación Española de Pediatría, con datos epidemiológicos actualizados y recomendaciones detalladas sobre la prevención de quemaduras, así como otras lesiones no intencionadas.

– Guía de práctica clínica para el cuidado de personas que sufren quemaduras (2011). [ebook] Sevilla: Servicio Andaluz de Salud. Consejería de Salud. Junta de Andalucía. Consultado: 28 de agosto de 2018.
Disponible en:
http://www.guiasalud.es/GPC/GPC_485_Quemados_Junta_Andalucia_completa.pdf.

Completa guía de práctica clínica basada en la evidencia desarrollada por el Servicio Andaluz de Salud en 2011. Incluye un documento principal desarrollado minuciosamente con recomendaciones, utilizando el sistema GRADE para clasificar la evidencia, así como un formato resumen y una guía para padres.

– Herndon D. Total Burn Care. 5a ed. Edinburgh: Elsevier Inc.; 2018.

Magnífico libro sobre quemaduras. Reeditado cada 5 años aproximadamente, actualmente en su 5a edición, es para nosotros uno de los documentos más completos sobre el tema, abordando de forma minuciosa todos los detalles: médicos, quirúrgicos, de enfermería, intra y extrahospitalarios, con un formato amigable y bien estructurado.

– Baltá L, Berenguer M, Capdevilla G, García E. Clasificación de los productos de curas por indicación. AMF. 2011; 7: 581-608.

Encontraremos pocas clasificaciones tan completas como esta, sobre los distintos tipos de productos indicados para curas en nuestro medio. Es un enfoque práctico, bien estructurado y con imágenes, lo que lo convierte en un buen material de referencia.

 

Caso clínico

 

Motivo de consulta

Niña de 13 años que consulta en su Centro de Salud por quemadura con agua hirviendo al caérsele la cacerola mientras cocinaba. El padre le aplica pasta de dientes y cubre la lesión con gasas húmedas y acuden a nuestra urgencia.

Exploración física

A la exploración, se aprecia una lesión de 8 x 5 cm de diámetro, muy dolorosa, con ampollas íntegras en los bordes y una flictena rota con base eritematosa, pero alguna zona pálida (0,5 cm) en los bordes, menos dolorosa con la prueba de la aguja. Es predominantemente exudativa.

 

 

 

Urgencias oncológicas en Pediatría

M.C. Mendoza Sánchez, S. Riesco Riesco, A. González Prieto
Temas de FC


M.C. Mendoza Sánchez, S. Riesco Riesco, A. González Prieto

Unidad de Hematología y Oncología Infantil. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca

Resumen

El cáncer constituye la principal causa de mortalidad por enfermedad en la infancia. En las últimas dos décadas, se ha producido un importante aumento en la supervivencia de dicha patología, especialmente debido a la mejora en los tratamientos, la terapia de soporte y el manejo de las situaciones urgentes asociadas. Las urgencias oncológicas son entidades graves, potencialmente letales que deben ser reconocidas de forma temprana para instaurar medidas terapéuticas y poder así reducir la morbimortalidad asociada. Estas alteraciones, a menudo, aparecen en el momento del diagnóstico, pero pueden presentarse a lo largo de la enfermedad o en caso de recurrencia/progresión, por lo que debemos tenerlas en cuenta a la hora de evaluar al niño oncológico o con sospecha de patología tumoral. La mayoría ocurren debido a alteraciones metabólicas, al tratamiento de la enfermedad o a la compresión del tumor sobre órganos vitales. Una valoración multidisciplinar que incluya al profesional de Urgencias, al oncólogo y, en algunos casos, al intensivista pediátrico y al radioterapeuta, es necesaria para conseguir una adecuada evaluación.

 

Abstract

Cancer is the most frequent medical cause of death in children. In the last two decades there has been significant improvement in childhood cancer survival, especially due to advances in treatment, supportive care and management of the associated emergency situations. Oncologic emergencies are severe conditions that should be recognized immediately in order to implement early measures and interventions to reduce mortality and morbidity. These urgencies are often present at the time of diagnosis but may occur during the course of the oncologic malignancy or in case of recurrence/progression. Knowledge of these entities is paramount to improve the quality of life of these patients. Most oncologic emergencies are due to metabolic abnormalities, treatment of the disease or tumor compression of vital organs. A multidisciplinary approach involving the emergency care provider, the oncologist and, in some cases, intensive care physician and radiation oncologist, is critical in improving short and long term prognosis.

 

Palabras clave: Urgencias oncológicas en Pediatría; Síndrome de lisis tumoral; Compresión de la médula espinal; Fiebre y neutropenia; Síndrome de vena cava superior

Key words: Pediatric oncologic emergencies; Tumor lysis syndrome; Spinal cord compression; Fever and neutropenia; Superior vena cava syndrome

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (2): 65 – 80


Urgencias oncológicas en Pediatría

Introducción

El cáncer infantil constituye la principal causa de muerte por enfermedad en niños mayores de 3 meses(1). Los avances diagnósticos y terapéuticos experimentados en los últimos años han incrementado las tasas de supervivencia, alcanzándose cifras superiores al 80% en general. Uno de los principales factores implicados es la mejora en el manejo de las situaciones urgentes, que pueden aparecer relacionadas y que conllevan importante morbilidad y mortalidad. La mayoría de urgencias oncológicas ocurren debido a alteraciones metabólicas, al tratamiento citorreductor o a la compresión del tumor sobre órganos vitales, y pueden presentarse en cualquier momento de la enfermedad. Es fundamental aprender a identificarlas para estabilizar al paciente y aplicar las medidas terapéuticas necesarias de manera precoz(2).

En el presente artículo vamos a describir las principales manifestaciones clínicas, los métodos empleados para el diagnóstico y el tratamiento de las urgencias oncológicas pediátricas más significativas.

Urgencias metabólicas

Las alteraciones metabólicas son un hallazgo relativamente frecuente. Una estrecha monitorización clínico-analítica y el adecuado manejo de líquidos son la base de la prevención.

Síndrome de lisis tumoral

Definición

El término síndrome de lisis tumoral (SLT) hace referencia al conjunto de alteraciones metabólicas resultantes de la rápida destrucción de las células malignas y cuyas consecuencias pueden ser potencialmente graves. Se caracteriza por la presencia de hiperuricemia, hiperkaliemia, hiperfosfatemia e hipocalcemia, las cuales pueden aparecer de manera espontánea o en los primeros días tras el inicio del tratamiento citotóxico.

En el año 2004, Cairo y Bishop publican un sistema de clasificación del SLT, el cual nos permite definirlo mediante criterios clínicos o analíticos(3) (Tablas I y II).

 

Fisiopatología

Las alteraciones de laboratorio surgen de la liberación masiva de metabolitos intracelulares, como potasio, fósforo, citoquinas y ácidos nucleicos, cuyo catabolismo da lugar a la producción de ácido úrico. El exceso de estos productos supera la capacidad excretora del riñón, lo que lleva a su acumulación y posterior desarrollo del SLT. La excesiva producción de ácido úrico favorece la precipitación del mismo en forma de cristales en los túbulos renales; de igual manera, la hiperfosfatemia favorece la formación y precipitación de cristales de fosfato cálcico, cuando el producto de la multiplicación de ambos supera 70, dando lugar a la aparición secundaria de hipocalcemia. Consecuencia de lo anterior, se puede producir una nefropatía obstructiva que desemboque en una insuficiencia renal aguda. El daño renal agudo favorece el desarrollo del SLT, al dificultar la eliminación de los metabolitos, al tiempo que este perpetúa el daño renal(4,5) (Algoritmo. 1).

Clínica

Las manifestaciones clínicas vienen determinadas por las alteraciones metabólicas y la enfermedad de base. Entre ellas, se incluyen náuseas, vómitos, calambres, tetania, letargia, convulsiones e incluso riesgo de arritmias y parada cardiaca.

Estratificación y grupos de riesgo

El síndrome de lisis tumoral ocurre con mayor frecuencia en pacientes afectos de linfomas no Hodgkin (LNH), sobre todo, los de tipo Burkitt, leucemias agudas linfoblásticas (LLA), especialmente las de estirpe T y leucemias agudas mieloblásticas (LMA). Existen una serie de factores de riesgo bien conocidos para el desarrollo de SLT, entre los que se incluyen(5):

Gran masa tumoral (diámetro >10 cm).

• Tumores de alto grado con rápida proliferación (LDH >2 veces el límite superior de la normalidad; cifra de leucocitos >25.000/mcl).

• Fallo renal previo o infiltración tumoral a ese nivel.

• Tratamiento con agentes citorreductores altamente efectivos y rápidos.

• Empleo de fármacos que puedan aumentar los niveles de ácido úrico.

En el año 2010, Cairo y cols., publican unas recomendaciones que permiten clasificar a los pacientes en 3 grupos de riesgo (bajo, intermedio y alto), en función de la enfermedad de base, la existencia de afectación renal y la presencia de alteraciones analíticas y/o clínicas.

De acuerdo con la enfermedad de base, se incluyen en el grupo de riesgo intermedio los pacientes que presentan alguno de los siguientes criterios:

• Tumores sólidos que se presentan con masa Bulky (>10 cm) o en estadios avanzados, como los tumores de células germinales o el neuroblastoma.

• Leucemia linfoide crónica con recuento de leucocitos >50 x 109/l y/o que recibe tratamiento con terapias dirigidas o biológicas.

Leucemia mieloblástica aguda con cifras de leucocitos entre >25 x 109/l y <100 x 109/l, o recuentos <25 x 109/l junto con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Leucemia linfoblástica aguda con recuentos leucocitarios <100 x 109/l y cifras de LDH <2 veces el límite superior de la normalidad.

• Linfoma de Burkitt o linfoma linfoblástico en estadios precoces (I-II).

• Linfoma anaplásico de células grandes, linfoma difuso o linfoma mediastínico primario de células grandes B en estadios avanzados.

Se consideran dentro del grupo de alto riesgo los pacientes que presentan:

• Leucemia linfoblástica aguda con recuentos leucocitarios <100 x 109/l y cifras de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Leucemia linfoblástica o mieloblástica aguda con cifras de leucocitos >100 x 109/l.

• Leucemia linfoblástica aguda B madura o tipo Burkitt.

• Linfoma de Burkitt o linfoma linfoblástico en estadios avanzados (III-IV) o en estadios precoces (I-II) con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

• Linfoma difuso o linfoma mediastínico primario de células grandes B en estadios avanzados con valores de LDH >2 veces el límite superior de la normalidad.

Los pacientes que no cumplan ninguna de las características previamente descritas serán considerados de bajo riesgo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la presencia de disfunción y/o afectación renal hace que los pacientes se clasifiquen en un grupo de riesgo superior. De igual manera, si los niveles de ácido úrico y potasio o fósforo se encuentran por encima de los límites normales, los pacientes aumentan de riesgo(6).

Profilaxis

Es fundamental clasificar de forma adecuada a los pacientes para poder reconocer a aquellos que presentan un riesgo elevado de desarrollar SLT e iniciar de forma precoz medidas profilácticas que permitan prevenir su aparición y las posteriores complicaciones. Estas medidas se instaurarán previo al inicio de la quimioterapia y se mantendrán hasta 5-7 días después, según evolución. La profilaxis del síndrome de lisis tumoral se basa en:

1. Líquidos: se recomienda instaurar hiperhidratación a 3 litros/m2 (200 ml/kg/día en 10 kg), sin añadir potasio, fósforo ni calcio y asegurando una diuresis de 100 ml/m2/h (4-6 ml/kg/h si 10 kg). Para mejorar la excreción urinaria, puede ser necesario el empleo de diuréticos, tales como furosemida (0,5-1 mg/kg), salvo en situaciones de uropatía obstructiva o hipovolemia en las que su uso estaría contraindicado. El objetivo de estas medidas es aumentar el volumen intravascular, el flujo renal y el filtrado glomerular, favoreciendo así la excreción de fósforo y ácido úrico.

2. Alcalinización: no se recomienda en la actualidad, ya que aumenta el riesgo de precipitación de los cristales de fosfato-cálcico, al tiempo que disminuye la solubilidad de precursores del ácido úrico, como la xantina e hipoxantina.

3. Agentes uricosúricos: en la prevención del síndrome de lisis tumoral se emplean fundamentalmente dos:

Alopurinol: es un inhibidor de la enzima xantina oxidasa, que actúa bloqueando la conversión de hipoxantina en xantina y de esta en ácido úrico (Algoritmo. 1). Disminuye la formación de ácido úrico y la precipitación de cristales a nivel de los túbulos renales, pero no elimina el previamente formado, por lo que su efecto terapéutico se retrasa entre 24-72 horas. Se debe iniciar entre 12-24 horas antes del inicio de la quimioterapia, se administra vía oral (vo) a una dosis de 100 mg/m2/8 horas o 200-400 mg/m2/día, divididos en 1-3 dosis por vía endovenosa (ev), precisando ajuste de dosis en caso de fallo renal. Indicado su empleo, conjuntamente con la hiperhidratación, en pacientes de riesgo intermedio (Algoritmo 2).

Rasburicasa: forma recombinante de la enzima urato oxidasa, que transforma el ácido úrico en alantoina (5-10 veces más soluble que el ácido úrico) (Algoritmo. 1). Inicio de acción inmediato, actuando sobre al ácido úrico pre-existente y disminuyendo los niveles en las primeras 4 horas tras su administración, lo que permite iniciar el tratamiento quimioterápico de forma más segura respecto al empleo de alopurinol. Se administra por vía endovenosa a 0,15-0,2 mg/kg, diluidos en 50 ml de SSF, en infusión de 30 minutos. Contraindicada en pacientes con déficit de glucosa-6-fosfato-deshidrogenasa. Indicada en pacientes de alto riesgo y en aquellos de riesgo intermedio que desarrollan hiperuricemia a pesar de las medidas anteriormente descritas.

4. Monitorización estrecha: control de diuresis, recurriendo al sondaje vesical si fuera preciso, con balance de líquidos cada 8 horas. Control analítico que incluya: hemograma, perfil renal, ácido úrico, iones y gasometría cada 12-24 horas en pacientes de bajo riesgo, cada 8-12 horas en los de riesgo intermedio y cada 4-6 horas en aquellos de alto riesgo (Algoritmo 2)(3,4,7).

Tratamiento

El objetivo del tratamiento es corregir las alteraciones metabólicas existentes y evitar la aparición de un fallo renal agudo. Como hemos explicado en el apartado previo, es fundamental el manejo de líquidos, asegurando una adecuada diuresis mediante la estrecha monitorización de los pacientes. Las recomendaciones de tratamiento son las siguientes:

1. Hiperuricemia: hiperhidratación y rasburicasa. Se recomienda mantener el tratamiento durante 3-7 días, en función de los niveles de ácido úrico. Las muestras de sangre deben colocarse en hielo, para evitar la degradación del ácido úrico por la rasburicasa a temperatura ambiente y asegurar un adecuado control de los niveles.

2. Hiperfosfatemia: en los casos asintomáticos, se debe asegurar una adecuada hidratación y diuresis. Ocasionalmente, se han empleado quelantes del fósforo, como el hidróxido de aluminio (50-150 mg/kg/día cada 6 horas vo), pero su inicio de acción lenta, mala tolerancia y la toxicidad acumulada por el aluminio hacen que no se recomiende de forma rutinaria.

3. Hipocalcemia:

• Los casos asintomáticos no requieren tratamiento, ya que la elevación de los niveles puede favorecer la formación y precipitación de cristales de fosfato-cálcico.

• En los pacientes sintomáticos, se debe instaurar tratamiento con gluconato cálcico al 10% (50-100 mg/kg ev) y monitorización electrocardiográfica (ECG).

4. Hiperkaliemia:

• En pacientes asintomáticos con K 6 mEq/L, se debe evitar el aporte exógeno de potasio, administrar furosemida ev e iniciar tratamiento con resinas de intercambio iónico (1g/kg/4 horas + 1 ml/kg de glucosa al 10%).

• En pacientes sintomáticos y/o K 7 mEq/L, se deben iniciar medidas de manera urgente:

- Gluconato cálcico al 10% (1 ml/kg ev en 10 minutos). Es necesario realizar monitorización electrocardiográfica y, en caso de bradicardia, suspender.

- Bicarbonato sódico 1M (1-2 mEq/kg ev en 10-20 minutos).

- Insulina regular (0,1-0,2 UI/kg) + glucosa (0,5-1 g/kg) en 30-60 minutos.

- Furosemida ev (1 mg/kg).

- Salbutamol nebulizado (0,15 mg/kg) o endovenoso (5 mcg/kg en 15 minutos).

Cuando estas medidas fracasan y se produce un fallo renal agudo hay que recurrir a técnicas de depuración extrarrenal, siendo la hemodiálisis la técnica de elección(4,5,7).

Hiponatremia / SIADH

La hiponatremia es una de las alteraciones electrolíticas más frecuentes en los pacientes con cáncer. Se define por la presencia de cifras de sodio sérico (Na) <135 mcmol/L, considerándose hiponatremia grave cifras <125 mcmol/L, a partir de las cuales el riesgo de edema cerebral aumenta significativamente. La rapidez de instauración de la hiponatremia es determinante en la presentación clínica, siendo los síntomas neurológicos, como somnolencia, letargia, convulsiones o coma, los más llamativos.

Los niveles bajos de sodio pueden aparecer en situaciones de hipovolemia, euvolemia e hipervolemia, por lo que es fundamental realizar una adecuada valoración del estado de hidratación de los pacientes para poder instaurar el tratamiento más adecuado en cada caso(4,7,8).

Dentro de las entidades que cursan con hiponatremia, cabe destacar por su frecuencia, hasta un 30% de las hiponatremias en niños oncológicos, el síndrome de secreción inadecuada de hormona antidiurética (SIADH). Se define por la presencia de niveles de sodio bajos con osmolaridad plasmática baja (<280 mOsm/L) junto con las siguientes características:

Excreción urinaria de sodio >20 mEq/L.

• Osmolaridad urinaria elevada (>100 mOsm/L).

• Diuresis baja (<2 ml/kg/hora).

• Normovolemia.

• Función cardiaca, renal, tiroidea y suprarrenal normal.

Surge como resultado de una secreción excesiva de hormona antidiurética (ADH), que provoca un aumento en la reabsorción de agua en los túbulos, con la consiguiente hemodilución que da lugar a la hiponatremia. Para intentar compensar, se produce un aumento de la natriuresis, pero debido a la situación de antidiuresis la orina persiste hipertónica y la hiponatremia se perpetúa(1,4).

La causa más frecuente en los pacientes pediátricos son los agentes quimioterápicos, entre los que destacan vincristina, vinblastina, los agentes alquilantes, cisplatino y melfalán. Otros factores etiológicos serían el daño directo sobre el tejido cerebral, tanto por cirugía como radioterapia, o más raramente la presencia de un tumor secretor de ADH.

El tratamiento de las formas asintomáticas, que representan la mayor parte de los casos, consiste en la restricción hídrica, aproximadamente a 2/3 de las necesidades basales.

Los casos sintomáticos requieren un manejo cuidadoso, por lo que se recomienda el ingreso de estos pacientes en unidades de cuidados intensivos pediátricos en las que se llevará a cabo: vigilancia clínica, balance hídrico y determinación de electrolitos y osmolaridad en sangre y orina cada 1-2 horas, al inicio. Dentro del tratamiento, se incluye la restricción hídrica (50% de las necesidades basales), siendo esta especialmente compleja en aquellos pacientes en tratamiento con agentes quimioterápicos que precisan aumento de los aportes de líquidos para su administración. El empleo de diuréticos, como la furosemida, puede ser de utilidad en los casos graves para favorecer la eliminación de agua libre. Es importante mantener aportes adecuados de sodio, realizando correcciones hasta 130 mEq/L con ClNa 3% (según la fórmula: Na requerido (mEq/l) = (130-Na medido) x 0,6 x peso en kg) y evitando aumentos de la natremia > 2 mEq/l/hora(1,4,7).

Hipercalcemia maligna

La hipercalcemia maligna es un hallazgo infrecuente en los pacientes pediátricos, con una incidencia aproximada del 0,4-1,3%. Se define por cifras de calcio sérico > 12 mg/dL, con niveles de albúmina dentro de la normalidad, considerándose grave cuando es > 14 mg/dL.

Se ha descrito en tumores sólidos con afectación ósea metastásica, como rabdomiosarcoma o neuroblastoma, linfomas Hodgkin y no Hodgkin, tumores del sistema nervioso central y en leucemias agudas, dentro de las cuales la LLA es la causa tumoral más frecuente(9).

Habitualmente, se debe a la producción por parte del tumor de sustancias como la proteína relacionada con la hormona paratiroidea (PTHrP), que actúa sobre los osteoclastos aumentando la resorción ósea, así como en el riñón favoreciendo la reabsorción de calcio y la excreción de fósforo. Otros mediadores, como citoquinas (IL-1, IL-6,..) o la vitamina D3 y sus metabolitos, también han sido descritos(9).

Los síntomas son inespecíficos y dependen de la gravedad de la hipercalcemia y la velocidad de instauración. Con niveles < 13 mg/dl, los pacientes suelen estar asintomáticos. Clínicamente, se puede presentar en los casos leves con debilidad, náuseas, vómitos, dolor abdominal, poliuria-polidipsia, con riesgo de fallo renal, hipertensión grave y/o arritmias cardíacas, en los pacientes más graves.

El tratamiento consiste en:

1. Disminuir la absorción intestinal restringiendo la ingesta dietética de calcio y de vitamina D3.

2. Aumentar la excreción renal:

• Calcio >12 mg/dl y <14 mg/dl: hidratación con suero salino fisiológico (SSF) a 1,5-2 litros/m2/día.

• Calcio 14 mg/dl: hiperhidratación con SSF a 3 litros/m2/día + furosemida ev (1-2 mg/kg/6 horas).

3. Inhibir la resorción ósea de calcio:

• Bifosfonatos: el pamidronato por vía endovenosa es el más empleado (0,5-1 mg/kg en 4 horas, dosis única). Indicado en casos de hipercalcemia grave. Es necesario monitorizar los niveles de fósforo, magnesio y potasio.

• Calcitonina: acción rápida (2-6 horas), pero breve; en combinación con los bifosfonatos, se prolonga el efecto. Se administra por vía ev, intramuscular (im) o subcutánea (sc) a una dosis de 4-8 UI/kg/6-12 horas durante 2-4 días.

• Corticoides: en neoplasias corticosensibles (LLA y linfomas) la prednisona a dosis de 1,5-2 mg/kg/día vo puede ser de utilidad.

4. Hemodiálisis: indicada en caso de hipercalcemia refractaria al tratamiento conservador(4,7,9).

Hiperleucocitosis

La leucostasis es la principal complicación y constituye una emergencia médica. El tratamiento se basa en la hiperhidratación y el inicio de tratamiento citorreductor.

El término hiperleucocitosis hace referencia a recuentos de leucocitos superiores a 100 x 109/l. Ocurre fundamentalmente en pacientes afectos de hemopatías malignas y su presencia tiene implicaciones pronósticas. La incidencia en la leucemia linfoblástica aguda es mayor que en la mieloblástica; sin embargo, las formas sintomáticas aparecen con mayor frecuencia en esta última, incluso con niveles de leucocitos <100 x 109/l. Por otro lado, se han descrito asociaciones frecuentes con los subtipos M4 y M5 de la LMA, así como con las traslocaciones t(4;11) y t(9;22) de la LLA.

Clínicamente, puede dar lugar a la aparición de leucostasis, síndrome de lisis tumoral y/o coagulación intravascular diseminada (CID). La leucostasis es la principal complicación y constituye una emergencia médica. Se define como: la obstrucción de los vasos sanguíneos, secundaria al aumento de los recuentos leucocitarios, que conduce a una hipoxia tisular. Los pulmones y el Sistema Nervioso Central son los órganos más comúnmente afectados y entre los síntomas que pueden aparecer se incluyen disnea, taquipnea, hipoxemia, hemorragia alveolar difusa, somnolencia, mareo, convulsiones, visión borrosa, estupor y coma(10).

El diagnóstico se basa en la presencia de clínica sugestiva en un paciente con diagnóstico reciente de leucemia.

El tratamiento se basa en las siguientes medidas:

1. Tratamiento de soporte:

Prevención del síndrome de lisis tumoral: hiperhidratación + alopurinol o rasburicasa. Los diuréticos se deben emplear con precaución, hasta que desciendan los recuentos leucocitarios, ya que pueden aumentar la viscosidad de la sangre.

Tratamiento de la coagulación intravascular diseminada: transfusión de plaquetas y medidas para tratar la coagulopatía, como la administración de plasma fresco congelado o fibrinógeno.

Transfusión de concentrado de hematíes: deben evitarse, salvo anemia grave o inestabilidad hemodinámica, ya que pueden favorecer el desarrollo de leucostasis. En caso de necesidad, se recomienda transfundir a dosis de 5 ml/kg.

2. Citorreducción:

Leucoaféresis: consiste en la extracción selectiva de los leucocitos de la sangre. Un único procedimiento puede reducir los recuentos en un 20-50%, aunque el efecto es generalmente transitorio, por lo que es necesario iniciar o continuar con otras medidas que favorezcan la citorreducción. La única indicación absoluta es la presencia de clínica de leucostasis. Entre las complicaciones destacan las relacionadas con: accesos venosos, descenso en los recuentos de glóbulos rojos y plaquetas y problemas de anticoagulación.

Exanguinotransfusión: de elección frente a la anterior en pacientes con peso <12 kg.

Hidroxiurea: hace efecto en 24-48 horas. Se suele emplear como terapia puente en pacientes que no tienen un diagnóstico definitivo de hemopatía maligna o en los que la quimioterapia de inducción está contraindicada.

Quimioterapia de inducción: citarabina en la LMA y prednisona en la LLA(4,10).

Urgencias cardiotorácicas

En los niños, las masas en mediastino anterior pueden producir compresión del árbol traqueobronquial asociada a compresión de vena cava superior, produciéndose el síndrome de mediastino superior. Es fundamental mantener una estrecha vigilancia de síntomas sugerentes de compromiso de la vía aérea.

Síndrome de vena cava superior (SVCS), compresión traqueo bronquial y síndrome de mediastino superior (SMS)

En los niños, la tráquea y los bronquios principales son muy vulnerables a la compresión, debido a que presentan diámetros intraluminales menores que los de los adultos(1). Hablamos de compresión traqueo bronquial cuando es producida por una masa mediastínica. En la infancia, está casi siempre asociada a obstrucción de la vena cava superior (también vulnerable a la compresión por su delgada pared y su baja presión intraluminal), produciendo el denominado síndrome de vena cava superior. Dicha alteración produce una elevación de la presión venosa y la dilatación retrógrada de las venas proximales a la obstrucción en cabeza, cuello, extremidades superiores y parte superior del tronco, promoviendo la aparición de colaterales. Se denomina síndrome de mediastino superior (SMS) a la suma de la compresión traqueobronquial y de la cava superior y suele producirse por masas en mediastino anterior.

La presencia de una masa en el mediastino en el niño plantea un diagnóstico diferencial diferente del que uno consideraría en un paciente adulto(2). En dicho diagnóstico, hay que tener en cuenta la edad del niño, la velocidad de presentación de los síntomas y el compartimento en el que se encuentra la masa (Tabla III). En el niño pequeño, hay que pensar también en anomalías congénitas.

La mayoría de los niños y adolescentes que tienen una masa mediastínica van a presentar etiología maligna y, en la gran parte de los casos, se tratará de un linfoma, sobre todo, linfoblástico. También, es relativamente frecuente en las leucemias linfoblásticas de estirpe T. El incremento en el uso de dispositivos centrales, ha aumentado la prevalencia de SVCS relacionado con trombosis(1,2). La compresión, asimismo, puede ser debida a adenopatías.

La clínica varía según el grado de obstrucción, su localización y la velocidad de instauración. Los pacientes con SMS y/o SVCS pueden estar asintomáticos en el momento del diagnóstico o presentar síntomas similares a los de una infección respiratoria, como tos, fiebre o sibilancias. El síntoma más frecuente es la disnea. Las manifestaciones iniciales también pueden incluir edema facial, venas prominentes superficiales en el tórax y en cuello, ortopnea y estridor. Otros síntomas que pueden aparecer son plétora o cianosis facial, en el cuello o en los miembros superiores; cefalea que aumenta con el decúbito; quemosis; edema periorbitario; síndrome de Bernard Horner; disfagia y disfonía; y vértigo o acúfenos. Comparado con los niños mayores y los adultos, los niños pequeños tienen menor probabilidad de presentación de síncope, confusión o alteraciones de la visión. La gravedad de los síntomas no siempre se correlaciona con el grado de compromiso de la vía aérea.

El compromiso hemodinámico y respiratorio pueden empeorar con la posición en supino o en flexión (al realizar una punción lumbar), con el ejercicio físico o el estrés emocional(4).

El método diagnóstico inicial de elección es la radiografía simple de tórax. En ella se puede apreciar ensanchamiento mediastínico, así como signos indirectos de obstrucción (desviación de la tráquea o reducción del calibre de la vía aérea). También, puede haber derrame pleural y pericárdico asociado.

Otra prueba diagnóstica importante es la tomografía computerizada (TC), teniendo en cuenta factores de riesgo, como la posición en supino o la necesidad de sedación. Es la técnica que mejor permite estimar el grado de compresión de la tráquea y de la vena cava superior. Además, permite describir las principales características de la masa, tener una primera aproximación etiológica y aportar información sobre el estadiaje. Otras pruebas de imagen para el diagnóstico son ecografía Doppler y resonancia. La espirometría también puede añadir información de utilidad.

En la mayoría de los casos, el SMS/SVCS se establece de forma gradual, por lo que siempre que sea posible hay que intentar realizar un diagnóstico etiológico antes de iniciar tratamiento. Es frecuente que la respuesta al tratamiento dirigido sea rápida y, por ello, es la medida de elección siempre que el paciente se encuentre estable. Para el diagnóstico definitivo, deben emplearse las pruebas menos invasivas posibles (Algoritmo 3).

En caso de que sea necesario el uso de pruebas que precisen sedación o anestesia general, debe ser evaluado el riesgo de mayor compromiso de vía aérea con dichas actuaciones. Las complicaciones asociadas a la anestesia son más frecuentes si el paciente presenta: ortopnea, edema del hemicuerpo superior, disnea en reposo, disminución del diámetro traqueal mayor del 50% respecto a lo normal para la edad y sexo del paciente, compresión grave de uno o ambos bronquios principales, pico espiratorio de flujo menor del 50% o derrame pericárdico asociado. La ortopnea es el parámetro que más se correlaciona con el riesgo(2). Si es necesaria intubación para algún procedimiento, debe ser valorado de forma multidisciplinar el riesgo (UCIP, anestesista, oncólogo y ORL), ya que puede ser difícil la extubación posterior.

Entre las medidas terapéuticas generales para el SMS / SVCS, se encuentran: posición elevada de cabeza y cuello aproximadamente 30-45º, mantener situación de calma en el niño, oxígeno suplementario y, en ocasiones, puede ser necesario el uso de diuréticos. Hay que tener precaución con la hiperhidratación, vigilando balances de forma estrecha. En los casos relacionados con trombosis del catéter central, puede estar indicada su retirada, así como la anticoagulación sistémica y, en algunas ocasiones, la implantación de un stent.

Si estamos ante un caso grave, con compromiso vital, puede ser necesario iniciar tratamiento antes de tener un diagnóstico etiológico, valorando el uso de corticoides (dexametasona a 0,5-2 mg/kg/d o prednisona a 40-60 mg/m2), agentes quimioterápicos como la ciclofosfamida e incluso la radioterapia local. Dichas medidas pueden dificultar el diagnóstico histológico posterior, aunque se apliquen durante poco tiempo.

Derrame pericárdico y taponamiento cardíaco

El pericardio está compuesto por dos capas (mesotelial y fibrosa parietal), entre las cuales se acumulan aproximadamente 50 ml de un líquido que actúa como lubricante(4). Es distensible hasta un volumen de 2 litros si el aumento se produce de forma lenta, pero acúmulos rápidos o más abundantes que sobrepasen la presión crítica intrapericárdica pueden alterar el llenado de las cámaras cardíacas y el gasto cardíaco, produciendo compromiso hemodinámico. Esta consecuencia final se denomina taponamiento cardíaco y precisa actuación urgente.

El derrame pericárdico puede aparecer como consecuencia de la enfermedad primaria o por metástasis, secundario a tratamientos, como la radioterapia, o debido a una infección.

En relación con la clínica, el paciente puede estar asintomático. La disnea de esfuerzo es el síntoma de presentación más frecuente, pero también suelen aparecer tos y dolor torácico. La taquicardia está casi siempre presente, así como el pulso paradójico (descenso de la presión sanguínea sistólica mayor de 10 mmHg en inspiración). En algunos casos, sobre todo de instauración rápida, puede aparecer la tríada clásica de Beck con: hipotensión, aumento de presión venosa yugular y disminución de los tonos cardíacos.

En la evaluación diagnóstica, debe incluirse una radiografía de tórax, en la que puede apreciarse cardiomegalia y corazón en forma “de botella”. El ECG puede mostrar bajo voltaje y alternancia eléctrica(11). La ecocardiografía es la prueba definitiva, siendo el colapso de aurícula derecha el marcador más sensible de taponamiento cardíaco y el colapso del ventrículo derecho el más específico(11).

El manejo del paciente con tapo­namiento cardíaco debe ser en UCIP, intentando mantener adecuada normovolemia y evitando el uso de diuréticos salvo que haya sobrecarga de volumen, ya que pueden empeorar el retorno venoso. Los cuidados de soporte incluyen, también, oxigenoterapia y analgesia. En los casos de derrame pericárdico grave con compromiso hemodinámico, debe considerarse la realización de pericardiocentesis para drenaje del líquido, si es posible, bajo control ecográfico. Dicho procedimiento puede provocar inestabilidad hemodinámica paradójica, incrementándose en el caso de enfermedades hematológicas malignas. En algunos casos, puede ser necesario dejar un catéter de drenaje y, en los casos recurrentes, podría valorarse la realización de una ventana pericárdica o pericardiectomía. Hay que tener en cuenta que la intubación endotraqueal puede reducir la precarga y la postcarga, con riesgo de parada cardíaca, por lo que no se recomienda la intubación profiláctica de rutina(11).

Urgencias abdominales

En el niño oncológico, es importante mantener un alto índice de sospecha ante infecciones abdominales potencialmente graves, como la tiflitis o síntomas sugerentes de obstrucción intestinal.

El dolor abdominal es un síntoma frecuente en el niño con cáncer. El diagnóstico diferencial es muy amplio, pudiendo ser secundario a patología benigna, como el estreñimiento, a efectos secundarios del tratamiento, como la mucositis, a alteraciones asociadas con la inmunosupresión o como consecuencia de la enfermedad primaria.

La anamnesis y la exploración física van a constituir los pilares diagnósticos principales, siendo fundamental descartar signos sugerentes de repercusión hemodinámica. Las pruebas complementarias se orientarán en función de dicha valoración inicial.

En relación al estreñimiento, es importante evitar el uso de enemas en estos pacientes y la realización de tacto rectal, ya que pueden dañar la mucosa aumentando el riesgo de infección.

Mucositis

La mucositis se produce como consecuencia de la lesión de las células epiteliales y mucosas que recubren todo el tracto gastrointestinal. La alteración puede variar desde el simple eritema hasta la ulceración y/o necrosis grave. Los principales responsables son la quimioterapia y la radioterapia utilizadas para el tratamiento de la enfermedad tumoral, aunque también influyen factores relacionados con el paciente, como polimorfismos genéticos en las enzimas encargadas del metabolismo de los diferentes fármacos(4,7). Otros determinantes que pueden empeorar la afectación son: presencia de caries, patología periodontal, neutropenia o mala higiene bucal.

En la mucosa oral, puede producir eritema y/o edema, sensación de quemazón, dolor, sequedad o alteración del gusto, ulceración, sangrado y dificultad en el habla o para abrir la boca. En los casos más graves, puede aparecer una membrana mucosa blanquecina debida a úlceras confluentes. Las manifestaciones en caso de afectación gastro-intestinal pueden ser abdominalgia difusa o diarrea acuosa con dolor, y en casos graves, puede complicarse con perforación, formación de fístulas y obstrucción intestinal.

Existen numerosas escalas para determinar la gravedad de la afectación oral. Una de las más utilizadas es la de la Organización Mundial de la Salud (WHO) que se expone en la tabla (Tabla IV).

La mucositis predispone a la aparición de infecciones secundarias, ya que los pacientes normalmente presentan neutropenia asociada, destacando la candidiasis orofaríngea y la estomatitis herpética.

El tratamiento de la mucositis es básicamente de soporte, siendo importante:

• Mantener adecuada higiene bucal, evitando soluciones alcohólicas que resecan la mucosa y que pueden empeorar el dolor.

• Analgesia adecuada: desde frío local o anestésicos tópicos, como la lidocaína viscosa al 2%. En ocasiones, es necesario el empleo de opiáceos.

• Tratamiento tópico con ácido hialurónico.

• En caso de sobreinfección fúngica y/o por virus herpes simple, instaurar tratamiento específico adecuado.

• Alimentación blanda y fría, evitando ácidos. Valorar de forma estrecha la capacidad de ingesta y el estado nutricional del paciente para administrar suplementos en casos necesarios e incluso instaurar nutrición parenteral en casos graves y prolongados.

• Vigilar la frecuencia y características de las deposiciones, así como la presencia de sangrado o mucosidad que puede indicar afectación grave del tracto digestivo inferior.

Tiflitis

También denominada enterocolitis necrotizante o síndrome ileocecal, debido a que el ciego está casi siempre afecto por su distensibilidad y flujo sanguíneo limitado. Sin embargo, el término más correcto es el de enterocolitis neutropénica, que hace referencia a su patogenia(12). Puede afectar a cualquier segmento del tracto gastrointestinal y es debida a invasión bacteriana y/o fúngica de la pared abdominal, siendo frecuente la etiología polimicrobiana.

El factor de riesgo más importante es la administración de altas dosis de citostáticos, especialmente citarabina y etopósido. El estreñimiento y el íleo favorecen el crecimiento bacteriano y fúngico en la luz intestinal, aumentando también el riesgo de infección, especialmente si existe mucositis asociada. También, puede intervenir en su patogenia la infiltración de la pared por células neoplásicas. Se describe con más frecuencia en pacientes con leucemia aguda, sobre todo, mieloblástica y linfoblástica en inducción, y en linfomas de Burkitt, siendo menor en tumores sólidos.

La incidencia está en ascenso debido al uso de regímenes de quimioterapia más intensivos, el aumento de la supervivencia y la optimización del diagnóstico con técnicas como la TC.

La clínica suele aparecer a los 10-14 días tras finalizar la quimioterapia. Se debe sospechar el diagnóstico ante un paciente neutropénico con abdominalgia, sobre todo, en cuadrante inferior derecho o difusa, distensión abdominal y fiebre(1). También puede presentar: náuseas, vómitos, diarrea, a menudo acuosa y con hebras sanguinolentas, y disminución de los ruidos intestinales. A veces, a la palpación impresiona de masa en fosa ilíaca derecha. Dado que los síntomas son bastante inespecíficos, el diagnóstico puede resultar difícil y, a menudo, no se hace de forma temprana. Así mismo, hay que tener en cuenta que el tratamiento con corticoides puede enmascarar los signos de inflamación.

Las técnicas de imagen de elección son la ecografía y la TC abdominal, en las que se aprecia engrosamiento mural intestinal (mayor de 3-5 mm en transverso según los distintos autores(12). No se recomienda la realización de endoscopia digestiva, por el riesgo de perforación. El diagnóstico diferencial debe realizarse con otras entidades similares, como gastroenteritis, apendicitis, mucositis, colitis pseudomembranosa o suboclusión intestinal.

Se trata de una situación grave que puede complicarse con sepsis, shock séptico, CID, oclusión, perforación intestinal, peritonitis y hemorragia digestiva. Se describe una mortalidad de hasta el 11%(12), por lo que en un primer momento, es importante valorar la presencia de signos de gravedad, como la taquicardia o la alteración en la perfusión tisular.

El tratamiento es conservador en la mayoría de los pacientes. Requiere: reposo intestinal, hidratación, soporte transfusional, oxigenoterapia en casos necesarios, administración de G-CSF (factor estimulante de colonias de granulocitos), valoración de sonda nasogástrica, suspensión de la medicación antitumoral y analgesia adecuada, evitando derivados opiáceos en la medida de lo posible, dado que favorecen el íleo paralítico. Cuando el reposo digestivo se prolongue, debe pautarse nutrición parenteral. También es necesario iniciar de forma precoz antibióticos de amplio espectro, recomendándose meropenem de primera elección (cefepime + metronidazol como alternativa) y, en los casos graves, asociar amikacina, vancomicina, +/- metronidazol y+/- antifúngicos. Es importante descartar infección concomitante por Clostridium difficile. En pacientes con afectación leve-moderada, la normalización de la cifra de neutrófilos logra generalmente contener el proceso.

Ante la sospecha de complicaciones, será precisa la valoración por Cirugía Pediátrica, especialmente en caso de peritonitis, perforación intestinal, hemorragia persistente pese a corrección de coagulopatía y trombopenia, así como deterioro clínico que no responde al tratamiento médico.

Obstrucción intestinal y perforación

La obstrucción intestinal y el íleo son más frecuentes en los pacientes adultos, pero los cambios asociados a la quimioterapia o los efectos tras la cirugía pueden contribuir también a su aparición en niños. La vincristina de forma característica tiene efectos neurotóxicos, favoreciendo el íleo, la distensión abdominal y el sobrecrecimiento bacteriano. También puede ocurrir por efecto directo del propio tumor, como en el caso de los linfomas de Burkitt.

Es importante recordar que la invaginación intestinal en niños mayores de 3 años, debe hacer pensar en etiología maligna, así como tener alto índice de sospecha en invaginaciones no reducibles. En niños con enfermedad oncológica conocida, que presenten una invaginación, debe tenerse precaución a la hora de utilizar enemas de aire o contraste por el riesgo de infección o perforación de la mucosa intestinal.

El dolor abdominal es el síntoma más frecuente en los casos de obstrucción intestinal, asociándose de forma habitual a vómitos biliosos y distensión abdominal. La técnica diagnóstica de imagen de elección es la radiografía simple de abdomen en decúbito donde se puede apreciar distribución anormal del aire, así como niveles hidroaéreos.

En relación con el tratamiento, será fundamentalmente de soporte con: hidratación intravenosa, corrección de las alteraciones hidroelectrolíticas asociadas, antibióticos de amplio espectro, soporte transfusional en casos necesarios y vigilancia hemodinámica estrecha.

En pacientes con abdominalgia y distensión importante o disminución de los ruidos intestinales, hay que sospechar la posibilidad de perforación intestinal. La radiografía simple puede mostrar aire libre y la ecografía o la TC, líquido libre. Se trata de una urgencia quirúrgica en caso de confirmarse.

Urgencias nefro-urológicas

La cistitis hemorrágica es la principal causa de hematuria en el paciente oncológico. La hiperhidratación y el empleo de agentes protectores del urotelio son las principales herramientas para su prevención.

Cistitis hemorrágica

Se define como la presencia de hematuria mantenida asociada a síntomas del tracto urinario inferior, en ausencia de infección urinaria (ITU) bacteriana o fúngica. Se trata de una cistitis estéril no infecciosa asociada a hematuria franca.

Ocurre, fundamentalmente, en pacientes tratados con ifosfamida y altas dosis de ciclofosfamida, así como en niños sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH).

Está causada por:

• Varios agentes quimioterápicos: busulfán, doxorrubicina, fludarabina y, sobre todo, ifosfamida y ciclofosfamida.

• Radiación pélvica.

En el contexto del trasplante hematopoyético, infecciones víricas, sobre todo BK/JC poliomavirus, pero también CMV y adenovirus.

La presentación clínica es muy variable; desde hematuria microscópica con disuria, polaquiruia y urgencia miccional escasas, a hematuria masiva con intenso dolor.

En los casos de hematuria secundaria a quimioterapia, esta suele aparecer a las 24-48 horas de la administración. Sin embargo, en el caso de la radioterapia, su aparición puede demorarse meses o años desde la administración del tratamiento.

El diagnóstico se basa en una clínica compatible con el antecedente de exposición a quimioterapia, radioterapia y/o TPH (trasplante de progenitores hematopoyéticos), descartando otras causas potenciales de esta sintomatología (ITU bacteriana o fúngica, urolitiasis, invasión tumoral). Entre las pruebas necesarias para el diagnóstico, se incluyen:

• Sedimento y urinocultivo.

• Otras pruebas de imagen en función de la gravedad del cuadro: ecografía de abdomen, TC, resonancia magnética nuclear (RMN), cistografía o cistoscopia.

• En pacientes sometidos a TPH, detección de virus en sangre u orina, habitualmente, por PCR.

El mejor tratamiento de la cistitis hemorrágica es una adecuada profilaxis. En todos los pacientes que reciban ifosfamida o ciclofosfamida, debe realizarse prevención mediante hiperhidratación (3 l/m2) y administración de 2-mercapto-etano-sulfonato de sodio (MESNA), que protege la mucosa vesical. Además, se mantendrá una estrecha vigilancia durante el tratamiento, con controles de tiras de orina.

El tratamiento se basa en(7):

• Aumentar la hiperhidratación y forzar la diuresis.

En caso de trombopenía o alteraciones de la coagulación, se corregirán las mismas.

• Uso de analgésicos y espasmolíticos.

• Suspensión del agente causante, en caso de haberlo.

• En las cistitis víricas, que ocurren principalmente en pacientes post-TPH, se llevará a cabo el tratamiento adecuado con antivíricos.

• En caso de obstrucción del flujo urinario por la presencia de coágulos, el siguiente paso es la colocación de un sondaje vesical para realizar un lavado vesical continuo con suero salino. Debe administrarse de forma concomitante una correcta analgesia, así como profilaxis antibiótica.

• Si las medidas previas no son suficientes, se realizará cistoscopia que permite localizar puntos sangrantes y extracción de coágulos.

• Se han utilizado numerosos fármacos como: solución de aluminio al 1%, prostaglandinas, ácido aminocaproico o cidofovir en administración intravesical.

Existen pocos estudios prospectivos que proporcionen guías para el tratamiento de la cistitis hemorrágica en niños. Múltiples modalidades terapéuticas, algunas de ellas con efectos secundarios no desdeñables, pueden ser utilizadas. Esto va a requerir un abordaje multidisciplinar(13).

Obstrucción del tracto urinario

Se trata de la restricción del flujo urinario, que puede ocurrir tanto en las vías altas (uréteres) como en las bajas (vejiga y uretra). La presentación clínica, el diagnóstico y el tratamiento van a depender del grado, la duración y la naturaleza de la obstrucción.

La obstrucción puede estar causada por:

Compresión extrínseca por: tumores abdominales, linfomas, sarcomas, metástasis ganglionares, etc.

• Invasión tumoral directa.

• Infiltración leucémica.

• Fibrosis secundaria a radioterapia o cirugía agresivas en retroperitoneo.

• Compresión intrínseca por tumores de las vías urinarias, coágulos o cálculos.

• Retención urinaria secundaria a afectación neurológica por tumores cerebrales o espinales, o a compresión medular o radicular por lesiones extramedulares.

En cuanto a la clínica, la obstrucción de vías altas puede ser brusca, cursando en ese caso con un característico dolor cólico abdominal, o ser más lenta, originando una clínica menos llamativa, cuyo principal dato de alarma puede ser el deterioro de la función renal por lesión parenquimatosa.

En el caso de la obstrucción aguda de vías bajas, la clínica referida es dolor en hipogastrio, dificultar para orinar (incluso anuria), globo vesical e insuficiencia renal aguda.

Entre las pruebas diagnósticas se incluyen:

• Analítica de sangre y orina, para valorar función renal, iones, ácido úrico, etc.

• Pruebas de imagen para confirmar el diagnóstico de obstrucción: ecografía de abdomen y vías urinarias, TC y/o RMN.

El tratamiento debe iniciarse lo antes posible, con el fin de evitar un deterioro en la función renal. La obstrucción vesical o de vías bajas puede ser tratada con un sondaje vesical. En el caso de que la obstrucción sea en el tracto urinario alto, se llevará a cabo la colocación de una nefrostomía percutánea bajo control radiológico. Tras esto, debe iniciarse el tratamiento correspondiente para el tumor causante de la obstrucción con quimioterapia, radioterapia y/o cirugía(7).

Urgencias neurológicas

Las complicaciones neurológicas, aunque poco frecuentes, asocian una importante morbi-mortalidad, siendo necesario realizar un diagnóstico precoz. Los corticoides constituyen la base del tratamiento.

Síndrome de compresión medular

La compresión medular es una de las complicaciones más serias del cáncer, y se estima que ocurre en un 5% de los niños y adolescentes con procesos oncológicos(1). Se define como la compresión de la médula espinal o sus raíces nerviosas, ocurrida al diagnóstico del tumor o bien en su recaída o progresión; y supone una emergencia médica que precisa de un rápido diagnóstico y tratamiento para prevenir posibles secuelas neurológicas.

Los tumores responsables de este síndrome en la edad pediátrica, son diferentes a los que lo originan en la edad adulta. Sarcomas, especialmente el sarcoma de Ewing, neuroblastomas, tumores de células germinales, linfomas y tumores renales, son los más frecuentemente involucrados en los niños(1).

El dolor de espalda es el síntoma de debut más habitual. Suele ser un dolor de intensidad creciente, que empeora por la noche y, en ocasiones, puede ser radicular. Habitualmente, precede a la aparición de los síntomas neurológicos, varias semanas, por lo que ante cualquier dolor de espalda persistente en pacientes oncológicos, debe plantearse la posibilidad de este síndrome. La sintomatología neurológica aparece en estados más avanzados de compresión, y suele ser motora preferentemente (debilidad, hiperreflexia, parálisis), y menos habitualmente sensitiva (parestesias, entumecimiento). La alteración de esfínteres es un hallazgo tardío en la evolución de la compresión.

El diagnóstico se basa en una alta sospecha clínica en cualquier paciente oncológico que presente dolor de espalda, o en cualquier niño con un dolor de espalda persistente o inexplicado, que deben ser sometidos a una cuidadosa exploración neurológica. La RMN es el método diagnóstico de elección, que permite localizar la lesión y valorar su extensión; y debe ser realizada tan pronto como sea posible.

Los factores pronósticos más importantes son la función motora pretratamiento y la rapidez de instauración de la sintomatología. Cuánto más precoz sea el diagnóstico, menor es la posibilidad de que queden secuelas neurológicas permanentes(14).

Los corticoides (dexametasona) representan la primera línea de tratamiento en la mayor parte de los pacientes con compresión medular. La dosis y la duración del tratamiento debe ser individualizada, en un esfuerzo por lograr el mayor efecto posible con los menores efectos adversos. El tratamiento inicial, si hay disfunción medular progresiva, puede hacerse con dexametasona ev a dosis altas (1-2 mg/kg en bolo, seguido de 0,25-0,5 mg/kg/6 horas. Además de los corticoides, las opciones terapéuticas disponibles son radioterapia, neurocirugía y quimioterapia. En aquellos casos en los que la compresión medular sea la forma de debut de la enfermedad, puede optarse por la cirugía con toma de biopsia y resección, si esta es posible, seguida de quimioterapia y/o radioterapia. En las recaídas o situación de progresión de la enfermedad, la radioterapia suele ser el tratamiento utilizado. En cualquier caso, debe realizarse un abordaje multidisciplinar, con la participación en la elaboración del plan de tratamiento por neurocirujano, radioterapeuta y oncólogo(15).

Hipertensión intracraneal

Se define como la presencia de signos y síntomas ocasionados por un aumento de la presión intracraneal, una de cuyas causas puede ser la tumoral. Los tumores del SNC constituyen la segunda causa de patología tumoral en el niño, y su forma de presentación puede ser la hipertensión intracraneal. Otras causas de hipertensión intracraneal en el niño con cáncer son: infiltración leptomeníngea por leucemias o linfomas, metástasis cerebrales, hemorragias intracraneales o abscesos cerebrales(1).

La clínica característica de este cuadro es la cefalea, de predominio matutino o que despierta durante el sueño, que puede ir acompañada de vómitos no precedidos por náuseas. Pueden asociarse trastornos visuales, diplopía, parálisis del VI par, tortícolis y papiledema. En el caso de los lactantes, la sintomatología puede ser diferente, predominando irritabilidad, letargia, detención del desarrollo psicomotor o pérdida de habilidades ya adquiridas. Puede observarse también un aumento del perímetro cefálico. Si el cuadro evoluciona, puede ocurrir una herniación cerebral, con desplazamiento de la masa cerebral, lo que conlleva la aparición de alteraciones del nivel de conciencia, de las pupilas, trastornos en la motilidad ocular y trastornos del patrón respiratorio.

El diagnóstico se basa en una anamnesis y exploración neurológica exhaustiva, la realización de fondo de ojo, en busca de papiledema y de TC craneal, dada su mayor accesibilidad.

El manejo de estos pacientes requiere su ingreso en Unidades de Cuidados Intensivos Pediátricos. El tratamiento médico inicial se basa en: posición con elevación de la cabeza a 30°, oxigenoterapia, analgésicos, antieméticos y dexametasona (dosis recomendadas: dosis de carga de 1 mg/kg ev, seguido de 1-2 mg/kg/día, cada 4-6 horas ev o vo). Puede ser necesario asociar manitol al 20% (0,5 g/kg ev) y solución de suero salino al 3% (25 mg/kg/dosis ev). Si pese al tratamiento médico, el deterioro clínico progresa, será necesaria la valoración neuroquirúrgica para la colocación de una válvula de derivación si procede(7).

Fiebre y neutropenia

La presencia de fiebre en niños oncológicos, debe ser valorada de forma urgente. La estabilización hemodinámica y la instauración de un tratamiento antibiótico precoz son la base de su manejo.

La neutropenia febril es una de las principales complicaciones que pueden presentar los pacientes oncológicos. El riesgo de infecciones es mayor debido a la inmunosupresión producida por los tratamientos aplicados, la neutropenia, la hipogammaglobulinemia y la ruptura de las barreras fisiológicas(1,2). La presencia de accesos venosos centrales también incrementa el riesgo. Existen diferentes guías para el manejo de la neutropenia febril, siendo las más importantes: Children Oncology Group (COG), Sociedad Americana de Oncología Clínica, guías IDSA (Infectious Disease Society of America) y ECIL (European Conference on Infections in Leukemia), estando todas ellas en continua actualización(16-18).

La etiología puede ser bacteriana, vírica, parasitaria o fúngica, siendo los pacientes más susceptibles a presentar complicaciones o diseminación de patógenos habituales. También, puede haber infecciones procedentes de crecimiento de la flora habitual o por patógenos oportunistas.

La definición generalmente aceptada de fiebre en el paciente neutropénico es la presencia de temperatura aislada mayor de 38,3ºC o temperatura mayor o igual a 38ºC en dos ocasiones en menos de 12 horas(2). Hay que tener en cuenta que el tratamiento con corticoides puede enmascarar la presencia de fiebre y que, en pacientes neutropénicos, pueden estar ausentes los signos inflamatorios locales. Por este motivo, las infecciones pulmonares pueden no asociarse a signos patológicos en la auscultación ni a infiltrados pulmonares en la radiografía.

Se define neutropenia grave como la cifra de neutrófilos menor de 500/mcl o menor de 1.000/mcl, pero en un paciente al que se ha administrado recientemente quimioterapia y se espera que descienda en las siguientes 24-48 horas. En pacientes neutropénicos, el riesgo de infecciones potencialmente letales es mayor, especialmente si presentan menos de 200/mcl y aquéllos en los que la duración de la neutropenia es mayor de 10 días. Los niños con LLA en el momento diagnóstico también deben ser considerados como neutropénicos a pesar de tener recuentos normales o elevados, ya que es frecuente que sean disfuncionantes.

El primer paso en la valoración, es determinar la gravedad de la situación y estabilizar al paciente en caso de sepsis grave o shock séptico. Se recomienda una historia y exploración clínica completa de forma temprana, prestando especial atención al tórax y al abdomen, y sin olvidar la cavidad oral, la zona perianal, los accesos y recorrido de catéteres venosos centrales, así como cualquier zona de dolor localizado. Los estudios complementarios deben incluir, como mínimo: hemograma, función hepática y renal, electrolitos, reactantes de fase aguda y, en casos graves, gasometría y coagulación. También, deben extraerse cultivos para bacterias y hongos de los dispositivos centrales, urocultivo y cultivo de cualquier sitio sugerente de infección. El sistemático de orina puede no mostrar piuria debido a la neutropenia, por lo que tiene una utilidad limitada, estando indicada la realización de urocultivo. En el caso de niños pequeños y lactantes, la recogida de orina por sondaje vesical está desaconsejada por el riesgo, debido a la neutropenia y la trombopenia que puede haber asociada. En caso de que el paciente sea portador de un catéter central con más de una luz, se debe extraer cultivo de cada una de las luces. En guías más recientes(17), se recomienda también la realización de hemocultivo periférico para cultivo diferencial, de forma que si el obtenido del catéter se positiviza, al menos, 120 minutos antes que el periférico, es altamente probable que el origen de la infección sea el catéter. La radiografía de tórax debe reservarse para los niños con síntomas respiratorios y, en los que presenten diarrea, hay que realizar cultivo bacteriano y detección de toxina de Clostridium difficile en heces.

Dado que el grupo de niños con neutropenia febril no es homogéneo, existen numerosas publicaciones sobre predictores de riesgo para realizar un tratamiento estratificado. Estos estudios son muy variables, dificultando la generalización de los resultados y el tratamiento en cada centro debería realizarse según un protocolo específico, teniendo en cuenta las características epidemiológicas y de resistencia local, así como evaluando los resultados de forma periódica. Algunos de los factores de riesgo más aceptados de forma universal se exponen en la tabla V(17,19).

Existen algunos casos que podrían considerarse de bajo riesgo y beneficiarse de tratamiento ambulatorio con amoxicilina clavulánico y/o ciprofloxacino, pero en ellos sería necesario tener en cuenta factores sociales, como las características familiares y la cercanía del domicilio al centro hospitalario, realizar una monitorización estrecha para asegurar el adecuado cumplimiento terapéutico y la mejoría clínica, así como explicar bien a los padres los signos sugerentes de empeoramiento para que acudan al hospital en caso de que se presenten.

El resto de pacientes deben recibir tratamiento intravenoso. La administración de antibióticos de amplio espectro tiene que realizarse lo más rápidamente posible, idealmente en los primeros 30 minutos de su valoración(2), sin que deba retrasarse por los resultados de las pruebas complementarias. Diferentes estudios han mostrado relación directa entre la mortalidad y el tiempo de instauración de tratamiento antibiótico, especialmente en los pacientes que presentan taquicardia o alteración de la perfusión en el momento de su consulta.

El tratamiento empírico debe basarse en la clínica, los factores de riesgo para presentar una infección grave, el antecedente de colonización por gérmenes resistentes y los patrones de resistencia locales. Puede realizarse con monoterapia en pacientes estables y en centros que presenten baja tasa de patógenos resistentes, con un antibiótico beta-lactámico de amplio espectro con cobertura para Pseudomona aeruginosa(20). Los más utilizados son piperacilina/tazobactam, cefepime y meropenem. En general, se recomienda reservar los carbapenémicos para los pacientes inestables o aquéllos que asocien dolor abdominal moderado-intenso o se sospeche enterocolitis neutropénica. La ceftazidima tiene limitada actividad frente a gérmenes gram positivos, por lo que puede no cubrir de forma adecuada infecciones por Streptococcus viridans, Staphilococcus meticilín sensibles, Streptococcus pneumoniae y algunos gérmenes gram negativos resistentes. No se recomiendan los glicopéptidos de entrada salvo en algunas situaciones.

Según la evaluación clínica y las resistencias locales puede ser necesario asociar otros antibióticos(2):

• En el caso de pacientes inestables, se debería administrar meropenem e incluir un glicopéptico y un aminoglucósido (estrategia de “desescalado”).

• Ampliar cobertura frente a gérmenes gram positivos con un glicopéptido en situaciones como: mucositis grave, signos de infección del catéter venoso central o signos de infección de la piel o tejidos blandos, colonización por Staph aureus resistente a meticilina, así como tratamiento reciente con altas dosis de citarabina (estos casos tienen riesgo especial de infección por Streptococo viridans).

• Añadir un segundo agente frente a Gram negativos, como un aminoglucósido, en caso de que se sospechen gérmenes resistentes o en centros con alta prevalencia de dichos patógenos. En situaciones de resistencia a carbapenémicos, podría valorarse el empleo de colistina o fosfomicina, así como nuevos antibióticos, como la tigeciclina o el ceftolozano.

• Si el paciente presenta dolor abdominal moderado grave o infección perirrectal, se debe ampliar la cobertura frente a anaerobios (meropenem o adición de metronidazol).

• Si existen síntomas respiratorios añadidos, hay que valorar tratamiento también para organismos atípicos (macrólidos) y considerar la adición de vancomicina y trimetoprim-sulfametoxazol (para cobertura de Pneumocystis jirovecii que se asocia de forma característica a infiltrados difusos en la radiografía de tórax, hipoxia grave y elevación de LDH).

Las modificaciones sobre el tratamiento inicial suelen hacerse a las 72-96 horas y deben basarse en el estado clínico del paciente y los resultados microbiológicos(18). Es frecuente la ausencia de crecimiento en los hemocultivos de los niños con fiebre y neutropenia, pero en el caso de que se identifique el agente responsable, se ajustará la terapia al germen y al antibiograma correspondiente. En caso de persistencia de fiebre, se debe reevaluar de forma completa al paciente, pero si este permanece estable, la fiebre no es criterio suficiente para modificar la pauta antibiótica(17,18). Si se produce deterioro clínico y el paciente está recibiendo monoterapia, es necesario ampliar cobertura frente a gram positivos resistentes, gram negativos y anaerobios.

Algunos pacientes presentan alto riesgo de infección fúngica invasiva como las recaídas de la leucemia, LLA de alto riesgo, LMA o pacientes que han recibido TPH, por lo que debe tenerse en cuenta también esta etiología en caso de procesos febriles.

Dentro de las medidas generales en la atención a estos niños, hay que recordar que cuando consulten en los Servicios de Urgencias, se debe intentar valorarlos lo más rápidamente posible, evitando las salas de espera generales. En caso de que el paciente esté recibiendo trimetropim-sulfametoxazol profiláctico, no debe suspenderse durante el tratamiento de la neutropenia febril. En los niños con sepsis graves, puede utilizarse G-CSF en el tratamiento, para intentar reducir la duración de la neutropenia.

Extravasación de citostáticos

Se denomina extravasación a la salida accidental del tratamiento quimioterápico durante su administración intravenosa al espacio extravascular(4,8). Según el riesgo de producir daño tisular, los diferentes agentes citostáticos se clasifican en:

• Vesicantes: pueden producir necrosis de los tejidos, con daño funcional y desfiguración. Entre ellos se encuentran las antraciclinas, los alcaloides de la vinca y la mitomicina C.

• Irritantes: causan reacción inflamatoria, pero no necrosis. Es el caso de los derivados del platino, taxanos, ciclofosfamida y etopósido.

• No agresivos: asparraginasa, metotrexate y citarabina.

Esta clasificación no es absoluta, porque la gravedad del daño depende de la concentración y el volumen del fármaco, así como de los excipientes. Algunos derivados de platino y taxanos pueden comportarse como vesicantes en caso de altas concentraciones o volúmenes.

La presentación clínica es muy variable. Los síntomas pueden ocurrir inmediatamente después del incidente o pasados días o semanas. En la mayoría de las extravasaciones de vesicantes aparece: dolor, induración, cambios de color o sensación de quemazón. En los casos graves, puede haber necrosis de la piel y de los tejidos subyacentes, infección, escaras y daños anatómicos y funcionales importantes. En los fármacos irritantes, los síntomas incluyen: eritema, calor, aumento de la sensibilidad. En el recorrido de la vena puede aparecer: flebitis, hiperpigmentación y esclerosis, que normalmente se resuelven en semanas.

La principal medida terapéutica es la prevención, con enfermería especializada en la administración de citostáticos, una adecuada dilución de los mismos, empleo de accesos venosos centrales y la utilización de protocolos normalizados de trabajo.

Una vez que se sospecha, incluso si es asintomática, la infusión debe suspenderse e iniciar el tratamiento inmediatamente, así como elevar el miembro afecto. Se debe intentar aspirar el fármaco del área afecta a través del catéter y retirar posteriormente la aguja, así como cubrir la lesión con una gasa estéril y seca. En algunos casos, se pueden aplicar tratamientos específicos, como el dexrazoxano ev en el caso de las extravasaciones de antraciclinas, o hialuronidasa en punciones subcutáneas alrededor de la zona afecta en extravasaciones de alcaloides de la vinca o etopósido(4). Se recomienda también aplicar frío en la zona, excepto con alcaloides de la vinca y epipodofilotoxinas como el etopósido, en cuyo caso se recomienda aplicar calor seco moderado.

La necrosis producida por los fármacos vesicantes puede ocurrir varias semanas después del episodio, por lo que debe monitorizarse al paciente de forma frecuente.

Resumen

El reconocimiento temprano de las urgencias oncológicas es muy importante en el pronóstico de los pacientes pediátricos afectos de cáncer. Su diagnóstico requiere un alto grado de sospecha, por lo que es necesario conocer las diferentes entidades y tenerlas en cuenta a la hora de evaluar al niño oncológico o con sospecha de patología tumoral.

El pediatra de Atención Primaria puede ser el primer profesional que valore a un niño con sospecha de patología oncológica, así como un paciente conocido con fiebre o síntomas de progresión, o que haya terminado tratamiento y presente una recaída, por lo que debe saber reconocer los síntomas y signos para realizar la estabilización inicial y la derivación de forma urgente.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Prusakowski MK, Cannone D. Pediatric Oncologic Emergencies. Hematol Oncol Clin N Am. 2017; 31: 959-80.

Reciente revisión de las principales urgencias oncológicas en Pediatría, así como las recomendaciones terapéuticas.

- Jones GL, Will A, Jackson GH, Webb NJ, Rule S. Guidelines for the management of tumor lysis syndrome in adults and children with haematological malignancies on behalf of the British Committee for Standards in Haematology. British Journal of Haematology. 2015; 169: 661-71.

Guía sencilla que repasa los principales conceptos relacionados con el síndrome de lisis tumoral, incluyendo profilaxis y tratamiento.

- Lehrnbecher T, Robinson P, Fisher B, et al. Guideline for the management of fever and neutropenia in children with cancer and hematopoietic stem-cell transplantation recipients: 2017 Update. J ClinOncol. 2017; 35: 2082-94.

Guía actualizada basada en la evidencia, sobre el manejo de la fiebre y neutropenia en niños con cáncer y sometidos a trasplante de progenitores hematopoyéticos.

 

Caso clínico

 

Niño de 8 años, sin antecedentes de interés, que consulta en el Servicio de Urgencias Pediátricas por cuadro de astenia de 2 semanas de evolución, acompañado de cefalea holocraneal en las últimas 48 horas que responde mal a tratamiento con ibuprofeno oral. No refieren procesos infecciosos intercurrentes, ni otra sintomatología asociada.

Exploración física

Buen estado general. Buena hidratación, nutrición y perfusión. Palidez de piel y mucosas. Hematomas en diferentes estadios evolutivos en ambas extremidades inferiores. No otras lesiones cutáneas. Eupneico. Auscultación cardiaca: soplo sistólico I-II/VI en borde esternal izquierdo. Auscultación pulmonar: buena entrada de aire bilateral, sin ruidos añadidos. Abdomen: blando, depresible, no doloroso a la palpación. No se palpan masas, ni visceromegalias. A nivel del sistema ganglionar, no se evidencian adenopatías palpables. Exploración neurológica compatible con la normalidad.

Pruebas complementarias

– Hemograma: Hb: 6,8 g/dl. Leucocitos: 15,7 x 109/l (neutrófilos: 0,9 x 109/l; linfocitos: 14,1 x 109/l). Plaquetas: 82 x 109/l.

– Bioquímica: perfil renal normal, potasio: 4,2 mg/dl, fósforo: 4,6 mg/dl, ácido úrico: 5, 3mg/dl, calcio: 9,8 mg/dl, LDH: 400 UI/l. Resto normal.

– Frotis de sangre periférica: 78% de blastos de aspecto linfoide.

– Aspirado de médula ósea: compatible con leucemia linfoblástica aguda B común.

Evolución

Ante los hallazgos de las pruebas complementarias, se ingresa al paciente, se instauran medidas de soporte y se inicia tratamiento quimioterápico según protocolo SEHOP-PETHEMA 2013, con controles analíticos seriados. Clínicamente, el paciente permanece estable, sin presentar incidencias. En la bioquímica realizada a las 48 horas, destaca una cifra de ácido úrico de 7,8 mg/dl y un potasio de 5 mg/dl con LDH estable y resto de parámetros dentro de la normalidad.

 

 

 

 

 

Episodio aparentemente letal y muerte súbita

M.J. Martín Díaz
Temas de FC


M.J. Martín Díaz

Servicio de Urgencias. Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, Madrid

Resumen

La muerte súbita es una muerte natural, inesperada y rápida. El síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL) es la muerte de un lactante menor de un año de edad previamente sano, que ocurre aparentemente durante el sueño, inexplicada después de una minuciosa investigación post mortem. Es una patología multifactorial y, aunque es imprevisible, puede disminuirse el riesgo con buenas prácticas en el sueño de los lactantes.
Los episodios de apnea o atemorizadores para el observador, que presentan algunos lactantes, no tienen relación con el SMSL. Recientemente, la definición de episodio aparentemente letal ha sido sustituida por la de episodio breve resuelto inexplicado, intentando categorizar mejor a estos pacientes en función del riesgo de presentar nuevos episodios o alguna patología subyacente, así como de protocolizar la actuación diagnóstica y terapéutica de los pediatras. Actualmente, solo hay recomendaciones para los casos de bajo riesgo.

 

Abstract

Sudden death is a natural, unexpected and quick death. Sudden infant death syndrome (SIDS) is the sudden unexpected death of an apparently healthy infant younger than age 12 months, during the sleep, whose cause of death remains unknown despite a thorough post mortem investigation.
It is a multifactorial pathology and though it is unpredictable the risk can be decreased with good habits in infants ́sleep.
Apneic or frightening events some infants present have no relation with SIDS. Recently, the term apparent life threatening event (ALTE) has been replaced by the term brief resolved unexplained event (BRUE), with the objective of classifying these patients based on the risk of the infant having another repeated event or having a serious underlying disorder, and giving formal recommendations about its diagnosis and treatment. Nowadays, there are only recommendations for low risk patients.

 

Palabras clave: Muerte súbita; Síndrome de muerte súbita del lactante; Episodio aparentemente letal; Episodio breve resuelto inexplicado

Key words: Sudden death; Sudden infant death syndrome; Apparent life threatening event; Brief resolved unexplained event

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 37 – 45


Episodio aparentemente letal y muerte súbita

MUERTE SÚBITA INFANTIL

Introducción

La muerte súbita es una muerte natural rápida e inesperada, un acontecimiento con gran impacto familiar, social y mediático. La causa más frecuente en la infancia y la adolescencia es cardiovascular.

El Síndrome de la Muerte Súbita del Lactante (SMSL) se define como: “muerte súbita de un niño de menos de un año de edad, que ocurre aparentemente durante el sueño y que permanece sin explicación después de la realización de una minuciosa investigación post mortem, que incluye: práctica de la autopsia, examen del lugar del fallecimiento y revisión de la historia clínica”. Esta es la definición aceptada actualmente, que surgió en una reunión multidisciplinar con profesionales de Europa, Norteamérica y Australia en el año 2004, en San Diego. El SMSL es un acontecimiento desesperante para los padres: encontrarse a su bebé sano, muerto en el lugar donde dormía. Es un problema universal y grave. A pesar de haber cada vez más investigaciones al respecto, sigue siendo un problema impredecible(1,2).

En España, hasta el año 1985, el SMSL era un tema en el que los pediatras tenían escasa formación, que apenas se citaba en el apartado de miscelánea en los libros de texto de Pediatría. En 1986, se realizó el primer estudio clínico en hospitales españoles sobre los casos de SMSL. El estudio demostró la precariedad del conocimiento sobre la situación real en España y abrió el interés de los pediatras en el tema. En 1991, se creó el Grupo de Trabajo para el Estudio y Prevención de la Muerte Súbita del Lactante (GEMSL) de la Asociación Española de Pediatría (AEP), incluyendo miembros de diferentes especialidades médicas, que desde entonces, realizan diversas labores. Las más importantes se pueden considerar, las campañas para reducir los factores de riesgo de SMSL:

• Promover que los lactantes duerman boca arriba.

• Evitar el sobrecalentamiento del niño mientras duerme.

• Suprimir el tabaquismo en el ambiente del niño.

En 1996, el GEMSL elaboró la primera edición del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil, realizando una somera revisión del tema, incluyendo protocolos de actuación para los profesionales de Atención Primaria y Hospitalaria. Desde entonces, se ha actualizado con otras dos ediciones, la última del año 2013. Desde el año 2009, este grupo se denomina Grupo de Trabajo de la Muerte Súbita Infantil (GTMSI)(2).

Epidemiología

A pesar de haber disminuido su incidencia, la literatura actual refleja que, en el mundo desarrollado, la muerte súbita infantil es la primera causa de muerte en el primer año de edad, dejando fuera el período neonatal, siendo en edades posteriores, menos frecuente.

Se estima que, al disminuir la práctica de acostar a los lactantes en decúbito prono, ha disminuido la incidencia de muerte súbita entre un 20 y un 60%: de 1,2 por cada 1.000 nacidos vivos en 1996, hasta 0,55 por cada 1000 nacidos vivos en el año 2006(1,3).

El SMSL representa solo un pequeño porcentaje dentro de la totalidad de casos de muerte súbita, pero con unos devastadores efectos en las familias que lo sufren. Hasta el 85% de los casos ocurren en los primeros 6 meses de vida. Las tasas de mortalidad encontradas en estudios epidemiológicos varían considerablemente de un país a otro y, dentro de nuestro propio país, de unas Comunidades Autónomas a otras. No se conoce la causa de estas aparentes discrepancias, que quizá tengan su origen en una falta de consenso a la hora de hallar una definición de SMSL satisfactoria para todos.

Fisiopatología

El conocimiento actual sugiere una patogenia en la que intervienen 3 tipos de riesgo: una susceptibilidad individual, junto a factores de riesgo extrínsecos, en un momento crítico del desarrollo.

Esta hipótesis implica que el lactante nace con una susceptibilidad, debida a una alteración del desarrollo surgida en el período fetal. Se ha trabajado con hipótesis acerca de diferentes causas (infecciosas, estrés térmico, cardiogénicas, obstrucción respiratoria…); sin embargo, la mayoría de los autores coinciden en que es un problema multifactorial, es decir, que distintos factores pueden combinarse para desembocar en una vía común que conduce a la muerte súbita(1,2).

Aunque el SMSL afecta a todos los niveles sociales y a todos los grupos étnicos, se han encontrado factores asociados a un mayor riesgo y, a su vez, otros protectores(1-4) (Tabla I).

Actuación médica ante un caso de muerte súbita infantil

El adecuado abordaje del SMSL precisa la colaboración de distintos especialistas, siendo la mejor medida la creación de Grupos de Trabajo Multidisciplinares. A lo largo de los años, se han ido elaborando protocolos de autopsia y de examen del escenario que han mejorado y homogeneizado el estudio de estos casos y que, con frecuencia, han llevado al diagnóstico de asfixia accidental.

Actualmente, existe en España un protocolo para el estudio post mortem de los casos de muerte súbita infantil, desarrollado por la Sociedad Española de Patología Forense, elaborado en colaboración con el GTMSI de la AEP en el que se incluyen:

• La historia clínica prenatal.

El examen del lugar de la muerte.

• La autopsia (macro y microscópica).

• Exámenes complementarios.

• Recogida de muestras en el hospital.

El GTMSI de la AEP ha protocolizado la actuación inicial del pediatra (en urgencias, el centro de salud o el domicilio del paciente) en estos casos, con los objetivos de mejorar su diagnóstico y así su prevención (si se conoce la etiología de estos episodios será más fácil avanzar en su prevención), de mejorar la atención a los padres, y estudiar a los hermanos posteriores de los pacientes (dependiendo de los resultados del estudio etiológico, habrá que estudiar también a los hermanos anteriores, incluso a los padres). Las recomendaciones están recogidas en el capítulo 8 del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. En este texto, se reproduce como resumen en el algoritmo del final del artículo.

Lo más frecuente es que los padres o cuidadores lleven al lactante al hospital o al centro de salud, aunque hay casos en los que se avisa a los equipos de emergencias que atienden el caso en el domicilio. Si el paciente llega inviable, con signos de muerte avanzada, ni siquiera se intentará la reanimación. La otra posibilidad es que no responda a ella. Debe realizarse siempre una exploración física exhaustiva y deben reflejarse en el informe médico, todas las maniobras de reanimación y exploraciones llevadas a cabo. Después, se extraerá una muestra de sangre para las determinaciones señaladas en el algoritmo, al final del artículo. Se informará al Juez de guardia y, con su permiso, se procederá a la obtención de muestras específicas para el estudio de muerte súbita infantil, según consta en el Anexo 3 del Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil de la AEP. A la vez, hay que informar a los padres y/o cuidadores y preguntarles por todo lo relacionado con el caso. Es importante informar en todo momento, del estado del paciente y de las maniobras que se están llevando a cabo en los casos que no llegan con signos claros de muerte al hospital. La noticia de la muerte debe darse en un lugar privado, donde los padres y el médico que informa puedan sentarse a un mismo nivel, transmitiendo todo el apoyo y comprensión ante el terrible drama que supone la muerte de un hijo. Es importante informar de lo que es la muerte súbita: impredecible, las posibilidades diagnósticas que plantea y el plan a seguir según los protocolos vigentes. Debe proporcionarse un tiempo para que los padres puedan estar con su hijo a solas, así como un espacio para que ellos puedan permanecer también a solas, con la posibilidad de acceder fácilmente a alguien de confianza en quien apoyarse. Si es posible, se les ofrecerá asistencia psicológica en ese momento. Por último, hay que informarles de la necesidad de la autopsia judicial.

La muerte súbita infantil, por definición, es natural; además, ocurre de forma inesperada y rápida. Estas dos características hacen que haya que hacer el diagnóstico diferencial con la muerte de causa violenta (accidental u homicida), lo cual hace necesaria la práctica de una autopsia. Dado que son muertes sospechosas de criminalidad, el Certificado de Defunción y la inscripción en el Registro Civil se realizarán después de completarse una autopsia judicial que pueda establecer su causa.

Prevención

Aunque el SMSL no es completamente prevenible, el riesgo disminuye mucho siguiendo el ABC del sueño seguro1-4):

• A: alone (solo). Los lactantes deben dormir solos, sin otra persona al lado, ni almohadas, mantas sueltas en la cama, muñecos…

• B: back (espalda). Los lactantes deben dormir boca arriba y no de lado ni boca abajo.

• C: crib (cuna). Los lactantes deben dormir en su cuna y no en camas de adultos, sofás ni otras superficies blandas, ni en sillas para coches.

La medida más influyente es colocar a los lactantes en decúbito supino para dormir, hasta que cumplan un año de edad o hasta que son capaces de voltearse en ambas direcciones (de decúbito prono a supino y al revés). Aunque durante décadas se ha creído lo contrario, la posición en decúbito supino no aumenta el riesgo de atragantamiento ni aspiración, ni siquiera en niños con reflujo gastroesofágico (RGE).

Varios estudios han mostrado que la lactancia materna es un factor protector frente al SMSL, más cuando es exclusiva.

El uso de chupete para dormir también se relaciona con un menor riesgo, aunque debe postponerse hasta que la lactancia materna se ha establecido sólidamente. No debe sujetarse el chupete con cuerdas o cadenas con riesgo de estrangulamiento.

Cuando se relacionó el SMSL con episodios de apnea prolongados, se comenzó a utilizar la monitorización cardiorrespiratoria, con el fin de prevenir estos acontecimientos. Los candidatos elegidos eran niños que habían sufrido un episodio aparentemente letal (ALTE, del inglés: apparent life threatening event). Sin embargo, se ha comprobado que los ALTE no están relacionados con el SMSL, que este último es imposible de prever y tampoco se ha podido demostrar su relación causal con la apnea; por lo que, actualmente, es muy controvertida esta práctica. Además, después de tres décadas de haberse utilizado la monitorización cardiorrespiratoria domiciliaria, se ha visto que no ha disminuido los casos de SMSL, que los monitores dan falsas alarmas con frecuencia, aumentando la ansiedad de los padres y cuidadores, y no se ha podido comprobar que, en casos de apnea realmente peligrosos, den la alerta a tiempo para una actuación eficaz. Las recomendaciones actuales de la Academia Americana de Pediatría (AAP) son no utilizarla para prevenir el SMSL.

EPISODIOS APARENTEMENTE LETALES (ALTE)

Introducción

Los episodios de apnea o percibidos como de “casi muerte” en un lactante, son atemorizadores para los padres/cuidadores y muchas veces para los pediatras. El diagnóstico diferencial es muy amplio, incluyendo patologías con riesgo vital y otras benignas (incluso ausencia de patología).

El término Episodio Aparentemente Letal ALTE (de las siglas en inglés) surgió en 1986, en la Conferencia de Apnea Infantil y Monitorización Domiciliaria de los Institutos Nacionales de Salud de la AAP. Se definió como: un episodio, atemorizador para el observador, en el que se combinan alguno de los siguientes: apnea (central u obstructiva), cambio de coloración (cianosis lo más frecuente, aunque se admite palidez y enrojecimiento), cambio significativo del tono muscular (hipotonía normalmente) o atragantamiento. Previamente, se había usado durante años el término “síndrome de muerte súbita abortada”, pero al comprobarse que los lactantes que presentaban estos episodios no tenían mayor riesgo de muerte súbita, se cambió por el de ALTE. Sin embargo, este último concepto siguió planteando problemas(5,6):

• Su carácter impreciso y subjetivo hace que se engloben en el mismo grupo, lactantes totalmente sanos y otros con síntomas y alteraciones persistentes en la exploración física.

• Al incluir en la definición el “amenazante para la vida”, la ansiedad y preocupación de los padres aumenta en muchas ocasiones, aunque el episodio no sea realmente consecuencia de ninguna patología.

• Con frecuencia, esta falsa gravedad inherente al término, hace que los médicos responsables de evaluar el episodio, realicen acciones diagnósticas y terapéuticas innecesarias.

Aunque las causas de un ALTE pueden ser muy diversas, incluyendo patologías graves, la mayoría de los pacientes que se presentan tras el episodio con una exploración normal, tienen un riesgo de recurrencia o de patología muy bajo. Por ello, en mayo de 2016, la AAP publicó unas Guías de Práctica Clínica para los BRUE (episodios breves resueltos inexplicados, del inglés: brief resolved unexplained events), los antes llamados ALTE. Son las primeras guías de actuación dadas para estos episodios por la AAP, y surgen con 3 objetivos principales(6):

• Sustituir el término ALTE por otro más concreto (BRUE), que permite estratificar mejor el riesgo de los lactantes con estos episodios.

• Orientar la evaluación de estos pacientes en función de los factores de riesgo que tengan para presentar nuevos episodios o una patología seria subyacente.

• Establecer unas guías de actuación basadas en la evidencia científica, para los casos de bajo riesgo.

Un BRUE es un episodio que ocurre en un lactante menor de 1 año de edad, repentino, corto y resuelto al consultar, en el que se combinan dos o más de los siguientes:

• Cianosis o palidez (se excluye el enrojecimiento, muy frecuente en niños sanos durante el llanto, la tos…).

• Cese, enlentecimiento o irregularidad marcada de la respiración.

Alteración brusca del tono muscular, con hiper o hipotonía.

• Alteración de la respuesta a estímulos.

Aunque las definiciones de ALTE y BRUE se solapan, hay notables diferencias(5-7):

• La más importante es que para diagnosticar un suceso como BRUE, debe ser inexplicado después de una cuidadosa valoración.

• El límite de edad estricto (menores de un año).

• El diagnóstico de BRUE se hace en función de la caracterización de los hechos que hace el médico y no por la percepción subjetiva del observador.

• El médico debe concretar si ha habido palidez o cianosis durante el episodio (y no simplemente cambio de color), quedando fuera el enrojecimiento, tan frecuente en los lactantes después de episodios de tos y con el llanto.

• En el BRUE, se amplían los criterios respiratorios más allá de la apnea.

• Los signos de asfixia o atragantamiento excluyen el diagnóstico de BRUE.

Hay que especificar si ha habido un cambio de tono brusco y claro, incluyendo hipertonía o hipotonía.

• La respuesta anormal a estímulos es una novedad que no se incluía en la definición de ALTE.

Actuación del pediatra ante un BRUE

Una vez que un episodio se ha categorizado como BRUE, el siguiente paso es completar meticulosamente la anamnesis y la exploración física en busca de factores que indiquen patología (Tablas II y III).

Cualquier hallazgo patológico en la historia actual o previa del lactante (p. ej.: datos antropométricos en rangos patológicos, síntomas de infección viral coincidiendo con el episodio…), así como en la exploración física (incluyendo las constantes vitales), dejan el caso fuera del grupo de BRUE de bajo riesgo. La literatura disponible sobre los ALTE, hace que ciertas características iniciales se consideren de alto riesgo de patología subyacente o de nuevos episodios(5):

• Edad menor de 2 meses (en realidad, este factor se ha encontrado como de riesgo en algunos estudios y en otros como protector; pero en las guías de la AAP, se considera de riesgo, teniendo en cuenta la inmadurez neurológica e inmunitaria de este grupo de edad, y que es más probable que patologías congénitas no se hayan manifestado todavía).

• Prematuridad (edad gestacional menor de 32 semanas) con una edad postconcepcional menor de 45 semanas.

• Episodios previos.

• Haber requerido maniobras de resucitación durante el episodio por parte de personal entrenado.

Si no se encuentra ninguno de estos factores ni ningún hallazgo patológico en la anamnesis y la exploración física, el BRUE es clasificado como de bajo riesgo. En las Guías de la AAP, se establecen recomendaciones para la atención de estos pacientes, basadas en la evidencia científica, derivada de los estudios publicados sobre ALTE. Son recomendaciones de grado moderado-fuerte(5-7):

Se debe:

- Educar a los padres sobre los BRUE y facilitar su participación en la actuación diagnóstica y terapéutica.

- Ofrecer entrenamiento en maniobras de reanimación básica a padres y cuidadores.

No se debe:

- Realizar: hemograma, iones, reactantes de fase aguda, despistaje metabólico con amonio, aminoácidos o gasometría.

- Realizar cultivo de sangre, orina ni LCR (líquido cefalorraquídeo).

- Realizar pruebas diagnósticas de RGE (reflujo gastroesofágico).

- Realizar radiografía de tórax.

- Realizar ecocardiograma.

- Realizar electroencefalograma (EEG).

- Realizar monitorización cardiorrespiratoria.

- Iniciar terapia con antiácidos ni con antiepilépticos.

Con carácter débil se dan las siguientes recomendaciones:

Se puede:

- Monitorizar durante unas horas al paciente con pulsioximetría continua y reevaluaciones clínicas seriadas.

- Realizar un electrocardiograma (ECG).

- Recoger una muestra para detección de Bordetella pertussis.

No se necesita:

- Hospitalizar al paciente para realizar monitorización cardiorrespiratoria.

- Realizar pruebas de neuroimagen.

- Realizar: glucemia, análisis de orina, detección de virus respiratorios, determinar bicarbonato y lactato en sangre.

En el grupo de recomendaciones con evidencia débil, al hablar de “se puede” y “no se necesita”, las guías siguen siendo difíciles de aplicar con cada paciente en concreto.

Los autores de las guías recomiendan un período de observación de 1 a 4 horas para comprobar que el paciente está estable, aunque reconocen que no existe ninguna evidencia de cuál es la duración más adecuada. La monitorización de la saturación de oxígeno es mejor método que la monitorización cardiorrespiratoria, aunque hay que tener en cuenta que niños sanos pueden tener desaturaciones espontáneas durante el sueño, sin significado patológico.

La determinación de la glucemia se ha propuesto por algunos autores como screening de los errores innatos del metabolismo (especialmente, los defectos de la oxidación de ácidos grasos), que pueden suponer del 0 al 5% de los casos de ALTE según la literatura(8,9). Los autores de las guías argumentan que no es necesaria, porque los pacientes con estas patologías tienen episodios repetidos y/o antecedentes familiares, lo cual los sacaría del grupo de bajo riesgo. Otros autores abogan por la realización de la glucemia en los episodios, porque algunas enfermedades metabólicas solo cursan con alteraciones durante las crisis agudas y es una técnica fácil y barata.

Hay poca evidencia para defender la realización rutinaria de un ECG en los pacientes con BRUE de bajo riesgo. Las guías recomiendan tenerlo en cuenta individualmente, siendo su valor predictivo positivo muy bajo para la detección de cardiopatías (en cambio, si es normal, sí es alto su valor predictivo negativo y se puede considerar que no es necesario ningún otro estudio cardiológico).

La tosferina puede causar paroxismos de tos con cianosis/palidez y pausa respiratoria en lactantes sin otros síntomas acompañantes. Se investigará en función: de la situación epidemiológica actual en la población, de los antecedentes de contacto con casos de tosferina y del estado vacunal del paciente.

Fundamentalmente, lo que establecen estas guías es que los pacientes con BRUE de bajo riesgo no precisan ninguna prueba más allá de un período de observación y educación sobre estos episodios, para los padres y cuidadores. Pueden ser dados de alta, aunque hay que asegurar que habrá una nueva valoración pediátrica en las siguientes 24 horas.

Actuación del pediatra ante un BRUE de alto riesgo

El término BRUE tiene el inconveniente de que muchos lactantes con episodios apneicos o atemorizadores no cumplen criterios de inclusión y quedan inclasificados. Con frecuencia, serán sometidos a pruebas diagnósticas y terapéuticas, incluso ingresos hospitalarios innecesarios, con sus consecuentes inconvenientes. Por otro lado, en los lactantes clasificados como BRUE de alto riesgo, algún hallazgo de la historia y/o la exploración física indican la necesidad de continuar con exploraciones diagnósticas y terapéuticas, pero las guías no establecen ninguna recomendación por falta de evidencia o protocolos consensuados. Conocer las causas más frecuentes de los anteriormente llamados ALTE, puede orientar la actitud con estos pacientes(6,8,9):

1. Reflujo gastroesofágico (RGE). Es muy frecuente en los lactantes, por lo que es importante reflexionar antes de atribuir un episodio de este tipo al RGE. Está demostrado que puede causar apnea e hipoxia por laringoespasmo y aspiración, siendo la causa más frecuente de ALTE. Las características que sugieren RGE son: atragantamiento, regurgitación, arcada o vómito, tos durante el episodio, que con frecuencia es posterior a una toma. En ocasiones, los cuidadores ven restos de leche en la boca o la nariz. Es frecuente que el lactante se ponga rojo y que parezca que le cuesta respirar. La irritabilidad frecuente, el arqueamiento hacia atrás y una escasa ganancia ponderal apoyan el diagnóstico. El diagnóstico es básicamente clínico y no requiere la hospitalización. Lo más importante es la educación de los padres, que sepan en qué consiste el RGE, que tiene su pico de sintomatología en torno a los 4 meses de edad y suele desaparecer a los 12 meses; que es esperable que si el RGE ha provocado un ALTE, vuelva a hacerlo.

2. Maltrato. Es una causa probada de episodios apneicos y de ALTE, a menudo difícil de diagnosticar, por lo que es importante tenerla en cuenta siempre que se valore algún lactante con muerte súbita o BRUE/ALTE. La forma más frecuente es el trauma craneal y hay que tener en cuenta que la mortalidad de los ALTE de esta etiología es alta (hasta el 30% según las series). Hay datos en la anamnesis que alertan de un probable maltrato: incongruencias o cambios en la historia del episodio, un retraso en la consulta, episodios previos de ALTE/BRUE, llamadas a emergencias previas a la consulta por el episodio, irritabilidad, vómitos o convulsiones a la hora de valorar al lactante, antecedentes de BRUE/ALTE o SMSL en hermanos. En la exploración física, los hallazgos de alarma serán: sangrado por la nariz o por la boca, petequias, hemorragias subconjuntivales, hematomas, hemorragias retinianas, cefalohematomas, fontanela abombada, macrocefalia o crecimiento anormal del perímetro cefálico. Cuando se sospeche, se realizará una prueba de neuroimagen. El examen del fondo de ojo en busca de hemorragias retinianas y la serie ósea pueden ayudar, pero pueden ser normales. En pacientes con bajo riesgo de maltrato, por la historia y la exploración, no están indicadas las pruebas de neuroimagen. Habrá que tener en cuenta otras formas de maltrato que pueden ser mortales: la intoxicación y la sofocación intencionada.

3. Infecciones respiratorias. Son la causa de aproximadamente un 8% de los ALTE. Los patógenos más frecuentes son el virus respiratorio sincitial (VRS) y B. pertussis. Otras infecciones respiratorias virales pueden producir episodios de apnea con desaturación de oxígeno. Los factores de riesgo para presentar una pausa de apnea en la bronquiolitis son: prematuridad (edad postconcepcional menor de 48 semanas), edad menor de 2 meses, comorbilidad (patología respiratoria o neuromuscular), historia previa de apnea. En presencia de síntomas respiratorios, hay que considerar la infección como una posible causa de un ALTE/BRUE. En pacientes de riesgo, los episodios de apnea pueden ser la presentación de una infección por VRS y, con menos frecuencia, en infecciones por B. pertussis. La probabilidad de infección por VRS depende, sobre todo, del estado epidémico poblacional y de los síntomas de bronquiolitis.

4. Infecciones bacterianas invasivas. Es raro que estas infecciones (meningitis, bacteriemia, infección del tracto urinario, neumonía) sean causa de un BRUE: estos lactantes suelen estar febriles y con afectación del estado general en su presentación. En poblaciones donde las vacunas para H. influenzae y para neumococo están universalizadas, es muy baja la probabilidad de presentar una infección bacteriana invasiva solo con fiebre y con buen estado general. En menores de 2 meses, la infección urinaria, actualmente, es la que hay que tener más en cuenta como posible causa de ALTE, aunque no de BRUE, ya que suelen presentar síntomas (fiebre, rechazo del alimento, varios episodios repetidos). Se recomienda un despistaje de sepsis en lactantes menores de 2 meses que presentan: un ALTE con fiebre, antecedentes de prematuridad, apariencia alterada o varios episodios encadenados.

5. Crisis epilépticas. Los síntomas sugestivos en el episodio son: alteración de la consciencia, obstrucción respiratoria, mirada fija y/o desviada, movimientos tónico-clónicos o sacudidas, hipo o hipertonía, además de alteraciones físicas previas, como micro o macrocefalia y fenotipo dismórfico. Las crisis epilépticas en la lactancia, pueden ser la presentación de una epilepsia o de otras patologías neurológicas como: infecciones, traumatismos o enfermedades metabólicas. Si se sospecha una crisis epiléptica como causa de un ALTE/ BRUE de alto riesgo, es adecuado ingresar al paciente, valorando realizar un estudio de sepsis y, posteriormente, una evaluación neuropediátrica. En los pacientes en que no hay indicios que hagan sospechar una crisis comicial, no está indicado realizar EEG, ni prueba de imagen, y menos iniciar tratamiento antiepiléptico empírico.

6. En los lactantes más mayores, pueden considerarse los espasmos del sollozo como posible causa de un ALTE/BRUE (a partir de los 6 meses de edad). Son espasmos laríngeos desencadenados por: sorpresa, enfado, miedo, frustración, que pueden producir apnea, llegando a la pérdida de consciencia, con palidez o cianosis acompañantes y con hipotonía en los casos más graves. Son episodios transitorios que se resuelven espontáneamente, no peligrosos.

7. Patologías cardiacas: arritmias (taquicardia supraventricular, síndrome de preexcitación, síndrome de QT largo congénito, síndrome de Brugada), miocarditis y miocardiopatías congénitas (cardiopatía hipertrófica o dilatada). Hay que considerarlas en pacientes con antecedentes de muerte súbita en familiares de primer grado y en lactantes que presentan dificultad para la alimentación, con diaforesis o cianosis. En estos casos, está indicado realizar un ECG. En los casos con ECG anormal o alteraciones en la exploración y en la historia clínica, sugestivos de cardiopatía, habrá que realizar una valoración cardiológica.

8. Habrá que tener en cuenta un posible síndrome de apnea obstructiva del sueño en lactantes con malformaciones craneofaciales (micrognatia, principalmente), laringomalacia, enfermedades neuromusculares, acondroplasia, síndrome de Prader Willi, síndrome de Down o malformación de Chiari. También, son factores de riesgo: la prematuridad, las madres fumadoras, la displasia broncopulmonar y la obesidad.

9. Los errores innatos del metabolismo (sobre todo, las alteraciones en la oxidación de los ácidos grasos y las alteraciones del ciclo de la urea) pueden ser la causa de hasta el 5% de los ALTE. Pueden orientar hacia su diagnóstico: alteraciones en el desarrollo del lactante, historia familiar de enfermedad metabólica, de retraso psicomotor o de SMSL. Los episodios pueden ser prolongados o recurrentes, a veces, asociados a crisis epilépticas. Con frecuencia, continúan sintomáticos cuando los padres consultan. Cuando se sospeche una de estas enfermedades, se realizará un hemograma (hay alteraciones sugestivas de enfermedades concretas), una bioquímica sérica, incluyendo ácido láctico y amonio (la muestra debe extraerse sin compresión de la vena) y una gasometría venosa (el pH y el bicarbonato son los parámetros a valorar). La hipoglucemia, la hipocalcemia y las alteraciones de la función tiroidea son otras causas metabólicas de ALTE.

Pronóstico

Un metanálisis publicado en junio de 2018(10), intentando cuantificar por primera vez el riesgo de muerte en lactantes que habían sufrido un BRUE de bajo riesgo, encuentra un riesgo de muerte en los siguientes 4 meses (las muertes más allá de este período, se consideran no relacionadas), similar a la población general de menos de un año de edad. Este hallazgo apoya la recomendación de dar de alta hospitalaria a estos pacientes y hacer un seguimiento ambulatorio. Algunos estudios epidemiológicos han intentado ponderar el riesgo de muerte en los lactantes que han sufrido un ALTE, pero el escaso número de pacientes, su heterogeneidad y la rareza de la muerte en ellos, ha hecho imposible sacar conclusiones al respecto.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Goldberg N, Rodríguez-Prado Y, Tillery R, Chua C. Sudden Infant Death Syndrome: A Review. Pediatr Ann. 2018; 47: e118-e123.

2.*** Grupo de trabajo de la Muerte Súbita Infantil-AEP. Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. 3ª edición. Madrid: Ergon Creación S.A. 2013.

3. Kassa H, Moon RY, Colvin JD. Risk Factors for Sleep-Related Infant Deaths in In-Home and Out-of-Home Settings. Pediatrics. 2016; 138: e20161124.

4.** Moon RY. Task force on sudden infant death syndrome. SIDS and Other Sleep-Related Infant Deaths: Updated Recommendations for Safe Infant Sleeping Environment. Pediatrics. 2016; 138: e20162940.

5.*** Tieder JS, Bonkowsky JL, Etzel RA, et al. Clinical Practice Guideline: Brief Resolved Unexplained Events (Formerly Apparent Life-Threatening Events) and Evaluation of Lower-Risk Infants.Pediatrics. 2016; 137: e20160590.

6.** McFarlin A. What to Do when Babies Turn Blue: Beyond the Basic Brief Resolved Unexplained Event. Emerg Med Clin North Am. 2018; 36: 335-47.

7. Tate C, Sunley R. Brief resolved unexplained events (formerly apparent life-threatening events) and evaluationof lower-risk infants. Arch Dis Child Educ Pract Ed. 2018; 103: 95-8.

8. Fu LY, Moon RY. Apparent life-threatening events: an update. Pediatr Rev. 2012; 33: 361-8.

9.** Tieder JS, Altman RL, Bonkowsky JL, Brand DA, Claudius I, Cunningham DJ, et al. Management of appa­rent life-threatening events in infants: a systematic review. J Pediatr. 2013; 163: 94-9.

10. Brand DA, Fazzari MJ. Risk of Death in Infants Who Have Experienced a Brief Resolved Unexplained Event: A Meta-Analysis. J Pediatr. 2018; 197: 63-7.

Bibliografía recomendada

– Grupo de trabajo de la Muerte Súbita Infantil-AEP. Libro Blanco de la Muerte Súbita Infantil. 3ª edición. Madrid: Ergon Creación S.A. 2013.

Se trata de una revisión sistemática, detallada y global de la Muerte Súbita Infantil, llevada a cabo por el Grupo de Trabajo de la Muerte Súbita Infantil de la AEP, que debe ser el referente para los pediatras a la hora de abordar estos casos. En él, se encuentran disponibles los protocolos de actuación en la muerte súbita infantil, en nuestro medio.

Tieder JS, Bonkowsky JL, Etzel RA, et al. Clinical Practice Guideline: Brief Resolved Unexplained Events (Formerly Apparent Life-Threatening Events) and Evaluation of Lower-Risk Infants.Pediatrics. 2016; 137: e20160590.

Es la publicación donde se define por primera vez el término BRUE (episodio breve resuelto inexplicado). Se establece la distinción clara con los ALTE y se hace una revisión de la evidencia científica para establecer las Guías de Actuación en los BRUE de bajo riesgo: dar de alta a domicilio, si después de unas horas de observación se confirma la ausencia de factores de riesgo y la normalidad de la exploración física.

Caso clínico

 

Acuden a urgencias de un hospital terciario los padres de un lactante de 2 meses y medio, porque hace 20 minutos ha presentado un episodio de respiración ausente o muy lenta, con cianosis labial y palidez facial, que se ha resuelto en unos segundos tras estimulación. En la valoración del triaje, el lactante tiene un triángulo de evaluación pediátrica normal, una temperatura de 36,4ºC, una FC de 119 lpm, una TA de 81/47 mm Hg y una FR de 31 rpm.

En la consulta, el pediatra realiza una anamnesis y una exploración física completas:

La madre refiere que tenía en brazos al bebé dormido cuando se ha fijado en que respiraba muy despacio o no respiraba (no sabe concretarlo), y se ponía pálido con los labios morados. Asustada lo ha agitado y en unos segundos el niño ha roto a llorar, calmándose en pocos minutos. Después, ha realizado una toma de lactancia materna y su estado ha sido aparentemente normal, aunque los padres están muy alarmados porque “les parecía que se moría”.

Se trata del segundo hijo de la pareja, que vive en una vivienda con condiciones higiénico-ambientales adecuadas, sin compartirla con nadie más. Niegan consumo de tóxicos y la posibilidad de que haya llegado hasta el lactante cualquier tipo de fármaco. El embarazo fue controlado, sin patología, y también el parto, espontáneo, eutócico en la semana 39+4. Hasta el momento, no había tenido ninguna enfermedad y está vacunado correctamente. Ni la hermana ni los padres tienen ningún antecedente patológico significativo. Tampoco hay casos de enfermedades congénitas o metabólicas en los familiares de segundo grado. El lactante no había tenido ningún síntoma las horas ni los días previos. En ocasiones, regurgita, pero es algo esporádico y durante el episodio no ha tenido signos de ahogo ni regurgitación. El peso, la longitud y el perímetro cefálico son normales desde el nacimiento, siguiendo un adecuado desarrollo.

Se decide dejar en observación al lactante. Permanece 5 horas en el hospital, en las que realiza dos tomas de lactancia materna, continúa con buen estado general y comportamiento normal y mantiene unas constantes normales.

Es diagnosticado de BRUE de bajo riesgo, se informa a los padres acerca de estos episodios, del escaso riesgo de recurrencia o patología, de que no están relacionados con la muerte súbita infantil y se da de alta con revisión en menos de 24 horas por su pediatra. Al día siguiente, se contacta con este/a último para comprobar que ha sido reevaluado.

 

 

 

Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

N. Silva Higuero*, E. Borrego Sánz**, A. García Ruano***
Temas de FC


N. Silva Higuero*, E. Borrego Sánz**, A. García Ruano***

*Médico de Urgencias Hospitalarias. Hospital Medina del Campo. Valladolid. **Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Virgen del Cortijo. Madrid. ***Médico de Atención Primaria. Centro de Salud de Mombuey. Zamora

Resumen

En los niños, la parada cardiorrespiratoria suele aparecer en el contexto de enfermedades que alteran la función respiratoria, y la obstrucción aguda de la vía respiratoria superior está incluida entre las causas más frecuentes. Lo primero en estos pacientes es detectar, de forma precoz, la situación de gravedad; para ello, el Triángulo de Evaluación Pediátrica es una herramienta útil y fácil que nos ayudará a priorizar el tratamiento, que siempre debe comenzar por asegurar la permeabilidad de la vía aérea. El abordaje de estas patologías suele iniciarse, en la mayoría de los casos, en Atención Primaria, pudiendo llegar al diagnóstico con la clínica y la exploración física. Las causas agudas de obstrucción de vía respiratoria superior se relacionan con procesos inflamatorios o infecciosos como: laringitis aguda, crup espasmódico, traqueítis bacteriana, epiglotitis, angioedema hereditario/anafiláctico y obstrucción por cuerpo extraño. La anamnesis, el tipo de estridor y los síntomas infecciosos sirven para hacer el diagnóstico diferencial. El tratamiento es específico según la etiología. En el caso de la laringitis aguda, las escalas de gravedad permiten seleccionar el tratamiento más adecuado. Solo está indicada la antibioterapia empírica en la traqueítis bacteriana y en la epiglotitis.

 

Abstract

In children, cardiorespiratory arrest usually appears in the context of diseases that alter respiratory function, and acute upper airway obstruction is included among the most frequent causes. The first step in these patients is to rapidly detect the serious situation, for which the Pediatric Evaluation Triangle is a useful and easy tool that will help us to prioritize the treatment, which must always begin by ensuring the permeability of the airway. The approach of these pathologies usually begins in the majority of the cases in the Primary Health Care setting, being able to arrive at the diagnosis with the clinical picture and the physical examination. Acute causes of upper airway obstruction are related to inflammatory or infectious processes such as: acute laryngitis, spasmodic croup, bacterial tracheitis, epiglottitis, hereditary / anaphylactic angioedema and foreign body obstruction. History taking, the type of stridor and the infectious symptoms aid in making the differential diagnosis. Treatment is specific according to the etiology. In the case of acute laryngitis, the severity scales allow selecting the most appropriate treatment. Empirical antibiotic therapy is only indicated in bacterial tracheitis and epiglottitis.

 

Palabras clave: Obstrucción respiratoria aguda; Estridor;  Crup; Laringitis; Angioedema

Key words: Acute respiratory obstruction; Stridor; Croup; Laryngitis; Angioedema

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 25 –36


Obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

Introducción

La obstrucción aguda de la vía respiratoria superior (OAVRS) es un motivo frecuente de consulta en los servicios de urgencias pediátricos y en las consultas de Atención Primaria (AP). Es importante detectar las causas que producen la obstrucción respiratoria y valorar su repercusión clínica, puesto que está incluida entre las causas más frecuentes de parada cardiorrespiratoria (PCR) en el niño(1,2).

La presentación de la obstrucción aguda de la vía respiratoria superior es variable en sus manifestaciones clínicas, y gravedad. Puede cursar, simplemente con estridor y/o disfonía, sin ninguna o muy escasa repercusión en la función respiratoria. Otras veces, el fracaso respiratorio aparece rápidamente o progresa desde síntomas leves a compromiso importante en poco tiempo, pudiendo desembocar en una emergencia vital con hipoxia grave e incluso PCR(3).

En los niños, a diferencia del adulto, la PCR suele presentarse en el contexto de enfermedades que cursan con una alteración de la función respiratoria, como: obstrucciones anatómicas, inflamatorias o infecciosas de la vía aérea, neumonías o accidentes (aspiración de cuerpo extraño, inhalación de gas, ahogamiento, traumatismo torácico…). Es importante y tiene mejor pronóstico, detectar a tiempo el deterioro respiratorio progresivo, pudiendo evitar que evolucione hacia una PCR(1,2).

La finalidad de este artículo es aportar al pediatra de AP las claves para detectar, de forma precoz, las situaciones de riesgo vital debidas a una obstrucción aguda de la vía respiratoria superior y conocer las causas más frecuentes de la misma, así como su abordaje terapéutico.

Detección precoz y actuación en situaciones de riesgo vital

Los signos más importantes para evaluar la gravedad de la obstrucción respiratoria son: el aspecto general del niño y la intensidad del esfuerzo respiratorio. La prioridad frente a cualquier maniobra diagnóstica o terapéutica es asegurar siempre la permeabilidad de la vía aérea(3).

La patología respiratoria grave suele mostrarse de forma progresiva, dando tiempo al personal sanitario a detectar los síntomas y poder intervenir de forma precoz. Una herramienta útil que permite hacer una valoración inicial del paciente grave es el Triángulo de Evaluación Pediátrica (TEP), que valora tres elementos fundamentales: Apariencia o estado general, Respiración y Circulación cutánea. Puede realizarse visualmente en 30 a 60 segundos y nos facilita saber, en poco tiempo, dónde se produce la patología que puede poner en riesgo al paciente(4-6) (Fig. 1).

Figura 1. Triángulo de evaluación pediátrica (TEP).

Cuando detectamos un fallo respiratorio o una dificultad respiratoria (Tabla I), el niño se encuentra en una situación inestable y debe ser derivado desde Atención Primaria a urgencias hospitalarias.

Entre tanto, en el centro de salud, debemos iniciar las siguientes medidas: apertura de vía la aérea, aspiración de secreciones y ventilación con mascarilla y ambú, si fuera preciso, posición semincorporada, O2 al 100%, y terapias específicas en relación con la causa etiológica de la obstrucción respiratoria(6,9).

Causas de obstrucción aguda de la vía respiratoria superior

Independientemente de la causa, la clave para sospechar que se trata de una obstrucción de la vía respiratoria superior es detectar el síntoma clínico más característico de este tipo de patología, que es el estridor(7).

Se define el estridor como: un ruido fuerte, con distinta tonalidad (normalmente agudo) que se origina como consecuencia del paso de aire a través de una vía aérea estrecha, originando un flujo turbulento. El nivel de la obstrucción puede sospecharse por las características del estridor, que puede ser: inspiratorio, más típico de patología supraglótica (por encima de las cuerdas vocales); espiratorio, que aparece, sobre todo en obstrucciones intratorácicas, (por debajo de las cuerdas vocales); y bifásico, que nos indica afectación de vía aérea glótica, subglótica y de tráquea extratorácica(3,7-9).

Un signo que nos debe alertar de la mala evolución clínica del proceso es la desaparición del estridor acompañado del aumento del trabajo respiratorio, que puede desembocar en un agotamiento y fracaso respiratorio completo(10). Aunque el estridor sea el síntoma guía, alguna patología puede cursar con disfonía o incluso alteraciones de la deglución, que pueden llevar a atragantamientos o episodios de aspiración(3).

Las causas de obstrucción de la vía respiratoria superior pueden ser congénitas o adquiridas y clasificarse por su localización anatómica o por su origen infeccioso o no infeccioso. En general, las obstrucciones crónicas están relacionadas con alteraciones anatómicas congénitas o patología funcional, mientras que las agudas se suelen relacionar con procesos inflamatorios o infecciosos(3,7). En las tablas II y III, se recogen las causas más frecuentes de obstrucción aguda de la vía respiratoria superior y su diagnóstico diferencial.

Laringitis aguda/laringotraqueítis viral/crup viral

Es un cuadro clínico con obstrucción secundaria a inflamación de la región subglótica de la laringe, de etiología viral y caracterizado por la tríada: estridor inspiratorio, tos perruna y disfonía, acompañados de dificultad respiratoria variable(11-13).

Esta entidad clínica engloba diferentes términos: crup viral, laringotraqueítis, laringotraqueobronquitis, laringitis subglótica, laringitis catarral o crup espasmódico. En la práctica clínica, conviene diferenciar dos entidades: la laringitis aguda de etiología viral, precedida de pródromos catarrales y más progresiva en su instauración; y el crup espasmódico, que se caracteriza por predomino nocturno, de instauración brusca sin cuadro catarral asociado, autolimitado y recurrente(10,13).

La laringitis aguda representa el 15-20% de las enfermedades respiratorias y es un motivo de consulta frecuente en urgencias, ya que genera angustia al niño y a la familia. Solo un 5-6% de estos niños requieren permanecer en observación, un 1% ingreso hospitalario y, de ellos, la mitad lo hacen en cuidados intensivos. Puede aparecer a cualquier edad, pero predomina entre los 3-6 meses y 3 años, con una incidencia máxima a los 2 años. Predomina en los meses de otoño e invierno y afecta más a varones, con una relación 2:1((11-14).

La etiología es vírica. El virus parainfluenza tipo 1, es el responsable del 75% de los casos en periodo otoñal, aunque también están implicados: virus parainfluenza 2 y 3, virus respiratorio sincitial (VRS), virus influenza A y B, adenovirus, metapneumovirus o coronavirus, rinovirus, o enterovirus. Hay otro pico menor de incidencia en invierno, relacionado con: virus influenza A, VRS y parainfluenza tipo 3. En primavera y verano son menos frecuentes, pero se asocian a infecciones por virus parainfluenza tipo 3, que puede producir cuadros más graves y, menos frecuentemente, con: adenovirus, rinovirus y M. Pneumoniae. Es infrecuente la etiología bacteriana, por Mycoplasma pneumoniae (3%), y la sobreinfección bacteriana por: Staphylococcus aureus, Haemophilus influenzae, Streptococcus pneumoniae o Streptocuccus pyogenes(12-14).

Lo más habitual es que se presente como un cuadro clínico leve, que se inicia con clínica catarral en los 2-3 días previos, con o sin fiebre, y que evoluciona apareciendo: estridor inspiratorio, tos perruna y disfonía (voz o llanto ronco). El estridor suele ser al principio audible solo con la respiración profunda y en fase inspiratoria, pero a medida que el estrechamiento aumenta, el estridor empieza a ser audible en inspiración y espiración, e incluso cuando el niño está en reposo. Este estridor va disminuyendo a medida que se inicia el agotamiento respiratorio del niño, lo cual nos indica máxima gravedad. Por todo ello, hay que estar muy atentos al trabajo respiratorio del paciente, ya que la clínica puede empeorar en cuestión de horas(7,12,13). Hay que evitar situaciones que empeoren la sintomatología, como pueden ser: agitación, llanto o posición horizontal. La aparición de los síntomas y el empeoramiento del cuadro clínico suele ser de predominio nocturno(7,12). La laringitis vírica típica suele durar unos 2-7 días, aunque el cuadro catarral acompañante y la tos pueden permanecer más tiempo(11,12).

El diagnóstico de la laringitis aguda es fundamentalmente clínico, sin necesidad de pruebas complementarias, aunque es importante determinar la satO2 y aplicar escalas de gravedad para seleccionar el tratamiento más adecuado(10,11,14,15).

En Atención Primaria, la gravedad podemos estimarla de la siguiente manera(14,15):

• Episodio leve: tos ronca, sin estridor ni trabajo respiratorio, buena ventilación y SatO2 >= 95%.

• Episodio moderado: estridor en reposo con retracciones leves y buena ventilación global con SatO2 >= a 95%.

• Episodio grave: estridor en reposo con retracciones marcadas, hipoventilación pulmonar y /o SatO2 <= 94% o alteración de conciencia o cianosis.

Las escalas de gravedad más conocidas son: la escala de Taussig y la escala de Westley(10,11) (Tabla IV).

También nos parece de utilidad la escala propuesta por el Grupo Interdisciplinar de Emergencias Pediátricas de Osakidetza (GIDEP)(15) (Tabla V).

El tratamiento depende del grado de la obstrucción respiratoria(7)y se debe iniciar en AP. Solo en las laringitis graves o que no mejoran con el tratamiento, hay que derivar a urgencias hospitalarias (Fig. 2).

Figura 2. Algoritmo de tratamiento de laringitis aguda.

Laringitis leve

Se utilizan corticoides sistémicos, por su efecto anitiinflamatorio y vasoconstrictor rápido en la vía aérea superior(13). Hay evidencia de su utilidad en todos los niveles de gravedad, ya que disminuye la necesidad de hospitalización, la necesidad de intubación y el uso de adrenalina nebulizada(12,14). La administración de corticoides intravenosos o intramusculares no ha demostrado ninguna ventaja sobre la administración oral y, además, fomentan el estrés del niño, pudiendo empeorar el grado de obstrucción(7,14).

El corticoide de elección es la dexametasona oral en dosis única de 0,15 mg/kg (dosis máxima 10 mg) por su fácil administración y acción más larga(14). El efecto antiinflamatorio comienza a la hora de su administración y persiste 48-72 h, sin ser necesario repetir dosis(13). Para poder administrarla, hay que preparar una solución oral mediante fórmula magistral (suspensión oral de dexametasona 1 mg/ml dexametasona 100 mg + jarabe simple 64% c.s.p 100 ml)(14,16). Si no se dispone de dexametasona, se utiliza la prednisona o la prednisolona, ambas con potencia equivalente (Tabla VI)(14,15).

La ventaja de la prednisolona es que existen preparados comerciales para su administración vía oral más apropiados para el niño(12,13). La dosis de prednisolona es 1-2 mg/kg/24 h, 2-3 días. No está demostrado, si el uso de dosis única o repartida en 3 dosis diarias tiene los mismos beneficios(12). Según los estudios publicados hasta el momento, los niños tratados con prednisolona consultan de nuevo más veces y/o ingresan más, que los tratados con dexametasona(14,16).

No precisan tratamiento con corticoides los niños con ronquera o disfonía en el curso de un cuadro viral respiratorio o en el crup espasmódico con un score de 0, teniendo en cuenta el exceso de dosis anuales cuando tienen un carácter recidivante(14,15). En estos casos y en las laringitis con buena respuesta al tratamiento, es importante, al alta, explicar las medidas generales (respirar aire fresco, elevar cabecera, humedad ambiental, etc.) e informar a los padres de que el estridor, que es el síntoma que más les angustia por la sensación de ahogo del niño, suele resolverse en 48 h, y que deben evitar irritar al niño, porque puede empeorar la obstrucción respiratoria(7,12).

Laringitis moderada

Las guías más recientes proponen administrar dexametasona oral en dosis única de 0,6 mg/kg (dosis máxima 10 mg). Debe administrarse, conjuntamente, con adrenalina nebulizada. La dosis varía según autores, unos determinan el cálculo por peso a razón de 0,5 ml/kg de adrenalina 1:1000 hasta un máximo de 5 ml, y otros aconsejan 5 ml, independientemente del peso. La administración de adrenalina nebulizada a las dosis habituales de 3-5 ml es bastante segura, con pocos efectos secundarios, salvo aumento ligero de la frecuencia cardiaca(14). Sin embargo, si el paciente precisa de más de una dosis, se aconseja monitorización cardiaca. La nebulización debe durar unos 10-15 minutos, con un flujo de O2 de 4-6 l/min, y la dilución debe prepararse añadiendo suero salino fisiológico hasta completar 5 ml de volumen total(13-15).

La adrenalina actúa reduciendo el edema de la mucosa inflamada de forma rápida, a los 30 minutos de su administración alcanza el pico máximo de acción, lo cual es especialmente beneficioso para aquellos pacientes con un compromiso moderado-severo de la vía aérea, en los que buscamos rapidez de acción. La vida media de la adrenalina nebulizada es de 2 h y, tras este tiempo, el paciente puede volver a su clínica basal (efecto fin de dosis) y precisar, por tanto, dosis repetidas; por lo que, para evitarlo, se debe administrar siempre, conjuntamente, con el corticoide. Antes de dar el alta al paciente, debemos dejarlo en observación 2-4 horas tras su administración(7,12-14). Si el paciente está estable, será dado de alta, pero si no mejora, debe repetirse la dosis de adrenalina y derivar a urgencias hospitalarias(14,15).

Si el niño no tolera el corticoide por vía oral, se puede usar la dexametasona por vía i.m. o i.v. a la misma dosis o budesonida 2 mg (independientemente del peso del niño) en solución y dosis única nebulizada, al mismo tiempo que la adrenalina(15). El tratamiento de dexametasona oral + budesonida inhalada no proporciona beneficio adicional ni en las escalas de gravedad ni en los ingresos, frente al tratamiento por separado(14).

Laringitis grave

Puede suponer una situación de gravedad extrema para el niño; por eso, en todos los casos, se debe: activar el servicio de emergencias (112), estabilizar al paciente y poner el tratamiento específico. Debemos administrar 0,6 mg/kg de dexametasona vía oral en dosis única (máx. 10 mg) y adrenalina nebulizada a dosis de 0,5 ml/kg (máx. 5 ml). En estos pacientes, seguramente, necesitemos repetir la nebulización de adrenalina hasta un máximo de 3 dosis cada 15-20 minutos(14,15). Se debe administrar oxígeno humidificado para mejorar el trabajo respiratorio y la hipoxemia(13,15). En los casos de laringitis refractaria, algunos protocolos aconsejan el uso de Heliox (mezcla de oxígeno y helio en diferentes proporciones 70/30 o 80/20), siempre asociado a glucocorticoides(13,18,19).

Traqueítis bacteriana

La traqueítis bacteriana debe incluirse en el diagnóstico diferencial de toda OAVRS, por su gravedad. Debe mantenerse permeable la vía aérea en todo momento, derivar a urgencias e iniciar antibioterapia empírica intravenosa lo antes posible(20).

Desde 1979, se conoce la traqueítis bacteriana como entidad propia, considerándose siempre como una causa grave, aunque poco frecuente de patología obstructiva de la vía respiratoria superior, que ha adquirido mayor relevancia clínica en los últimos años, en detrimento de la epiglotitis por efecto de la vacunación(20). Actualmente, el riesgo de fracaso respiratorio agudo por traqueítis bacteriana es tres veces mayor que el riesgo producido por epiglotitis y crup combinados(10). Su incidencia estimada es algo inferior a 0,1 casos por 100.000 niños al año. Aunque la incidencia global es baja, supone una causa relevante de obstrucción grave de vía aérea, requiriendo intubación en más de un 80% de los casos, lo cual puede evitarse administrando precozmente el tratamiento antibiótico(7,20).

Afecta más a varones con un rango de edad promedio de 4-6 años y los agentes causales más frecuentes son: Staphylococcus aureus, Streptococcus y Haemophilus Influenzae(7,10).

La traqueítis se inicia con una infección respiratoria alta 2-3 días previos y posterior deterioro respiratorio grave rápidamente progresivo en las siguientes 24 h, en las que el niño, además, presenta un cuadro infeccioso con: fiebre alta, afectación del estado general y tos productiva con secreciones espesas mucopurulentas, que pueden generar dolor retroesternal al intentar expulsarlas(7,20). Es frecuente que aparezca el síntoma guía de estas patologías, es decir, el estridor, que se caracteriza por ser precoz y súbito, y, en ocasiones, ronquera(3). Los niños con traqueítis bacteriana tienen escasa o nula respuesta al tratamiento con adrenalina nebulizada y corticoides(7,20).

El diagnóstico en AP, se debe tener en cuenta en cualquier niño febril, con aspecto tóxico y dificultad respiratoria. Ante la sospecha, se debe activar el servicio de emergencias (112) y derivar a urgencias hospitalarias. La prioridad terapéutica será mantener siempre permeable la vía aérea en todos los casos, sabiendo que puede ser una urgencia vital y que la intubación puede ser muy difícil por la presencia de secreciones espesas; por tanto, debe ser llevada a cabo por un médico experimentado y realizar, siempre que sea posible, aspiración y envío de muestras de las secreciones para cultivo(7). Cuando la vía aérea está asegurada, se tomarán las muestras analíticas, incluidos hemocultivos, y se iniciará antibioterapia empírica intravenosa, según los microorganismos más frecuentes, hasta que llegue el resultado del cultivo. Si sospecha de estafilococo, cefalosporinas, como la ceftriaxona. Vancomicina o clindamicina si hay alta incidencia de S. Aureus meticilín resistente. Se añadirá ciprofloxacino si sospecha de pseudomonas(7,9).

Las alteraciones analíticas muestran, en la mayoría de los casos, una leucocitosis con desviación izquierda inespecífica. La radiografía lateral de cuello y posteroanterior de tórax son poco útiles, podrían visualizarse bordes irregulares en región traqueal, pero una radiografía normal no descarta esta patología(9,20). La confirmación diagnóstica se realizará con la observación directa, por laringoscopia y/o broncoscopia, de secreciones mucopurulentas y espesas que obstruyen la vía aérea a nivel traqueal. Por eso, a esta entidad también se la conoce como crup pseudomembranoso(3,20).

Epiglotitis

La disminución en la incidencia de la epiglotitis, debida a la vacunación frente al Haemophilus influenzae tipo b, no implica que no haya que tenerla en cuenta al plantear el diagnóstico diferencial ante una OAVRS en el niño, ya que pueden darse casos en niños no vacunados, por fallo vacunal o estar causada por otros agentes infecciosos.

Se produce por la inflamación de las estructuras supraglóticas de la laringe. Además de la afectación de la propia epiglotis, suelen estar afectadas otras estructuras de esa zona, como: tejidos blandos circundantes, parte posterior de la lengua y pliegues aritenoepiglóticos(10). Es una enfermedad grave que puede requerir la intubación del paciente.

La etiología de la epiglotitis suele ser infecciosa, siendo su principal agente causante el Haemophilus influenzae tipo b, responsable de aproximadamente el 90% de los casos de epiglotitis en niños hasta principios de los años 90, momento en el que se comienza la vacunación frente a esta bacteria en los países desarrollados, produciéndose una brusca disminución de la incidencia de esta enfermedad(7,10,11,20). Otros agentes infecciosos que pueden causar epiglotitis son: Haemophilus Influenzae no b, Streptococcus pyogenes, Streptococcus pneumoniae y Staphylococus aureus(10,11).

Clínicamente, la epiglotitis suele manifestarse por una sintomatología de instauración brusca, generalmente en edades entre 2 y 5 años, consistente en: fiebre, odinofagia, disfonía y disnea(7,10,11). El intenso dolor de garganta hace que estos pacientes eviten realizar maniobras de deglución, lo que provoca babeo constante. Cuando la enfermedad está instaurada, provoca un estado general deteriorado con aspecto de gravedad (estado tóxico). Son niños que toleran muy mal el decúbito, por lo que es frecuente que intenten estar sentados con las manos apoyadas hacia atrás, con hiperextensión cervical y la boca abierta, para intentar una máxima apertura de la vía aérea superior, postura llamada “en trípode”(10).

La sospecha diagnóstica de epiglotitis en AP, que se debe realizar en un niño febril con aspecto tóxico, disfonía, dificultad para deglutir (babeo) y respirar (signo de trípode), siempre es criterio de derivación a urgencias hospitalarias. Es importante no realizar técnicas ni maniobras que puedan generar estrés al niño, como obligarle a tumbarse, venopunciones y exploración orofaringea, entre otras; ya que pueden provocar el llanto y precipitar el fracaso respiratorio. Es importante asegurar la permeabilidad de la vía aérea, si fuera necesario, mediante intubación endotraqueal(10).

La prueba complementaria que puede apoyar el diagnóstico de epiglotitis es la radiografía lateral de cuello en hiperextensión, en la que se puede observar la imagen “en porra” o “signo del pulgar”(11). El hemograma es mucho menos específico, pudiendo mostrar leucocitosis con neutrofilia.

El diagnóstico de certeza de epiglotitis se establece inspeccionando la zona supraglótica mediante visualización directa o laringoscopia, que mostrarán una epiglotis inflamada con un característico color “rojo cereza”. Hay que tener en cuenta que esta exploración deberá realizarse en quirófano o UCI pediátrica para poder asegurar la vía aérea(11).

Tras la obtención de hemocultivos, se iniciará tratamiento antibiótico empírico intravenoso, generalmente con cefalosporinas de tercera generación o meropenem(11). En algunos casos, se pueden utilizar corticoides para evitar complicaciones o de forma previa a la extubación, que generalmente se puede realizar entre las 48 y 96 horas de inicio del tratamiento antibiótico(10,11).

Edema laríngeo anafiláctico

Los síntomas respiratorios de la anafilaxia son más frecuentes en niños. El estridor secundario a edema laríngeo puede convertirse en una obstrucción aguda de la vía respiratoria superior(21,22).

La anafilaxia es una urgencia médica que puede ser potencialmente mortal por su rápida instauración, al considerarse una reacción alérgica grave. Los alérgenos más frecuentes en edad pediátrica son: los alimentos (leche, huevos, frutos secos y pescados), las picaduras de himenópteros (abejas, avispas) y los fármacos. La clínica de la anafilaxia se desencadena normalmente en las 2 h siguientes a la exposición al alérgeno, a los 30 minutos si es por alimentos e, incluso antes, si se debe a medicamentos intravenosos o picaduras de himenóptero.

Las manifestaciones clínicas dependerán de los órganos afectados. En la mayoría de los casos hay síntomas cutáneos, pero en niños, los síntomas respiratorios son más frecuentes y la presencia de estridor nos orienta a un posible edema laríngeo(21,22). El tratamiento de elección en todos los casos de anafilaxia, es la adrenalina 1:1.000 intramuscular (i.m.) a dosis de 0,01 mg/kg (máx. 0,5 mg) y debe administrarse en la parte lateral del muslo, lo más precozmente posible, pudiéndose repetir cada 5-15 minutos si fuese necesario. Independientemente de la situación respiratoria del paciente, se debe administrar oxígeno para mantener satO2 > 94-96%(22). Si sospechamos, además, obstrucción de la vía respiratoria superior, se debe mantener al paciente en posición de sedestación y administrar nebulización de adrenalina 1:1.000 a dosis de 0,5ml/kg (máx. 5 ml), algunos protocolos incluyen también la budesonida inhalada(22,23). Los pacientes que en el contexto de anafilaxia presentan sintomatología respiratoria, deben permanecer en observación hospitalaria, al menos, 6-8 h(21). Otros tratamientos, como los antihistamínicos, son útiles para mejorar la sintomatología cutánea; se puede administrar dexclorfeniramina por vía intravenosa (i.v.) o i.m. a dosis de 0,15 mg/kg/dosis (máx. 5 mg/dosis), puede repetirse cada 6-8 h (máx. 18-20 mg/día). Para evitar los síntomas prolongados de la anafilaxia y, sobre todo, si hay asociado broncoespasmo, son útiles los corticoides. El comienzo de acción más rápido se consigue con la hidrocortisona i.v. a dosis de 5-15 mg/kg/dosis (máx. 250-500 mg), que puede repetirse cada 6 h; otra opción es la metilprednisolona, 1-2 mg/kg/dosis (máx. 60 mg) por vía oral (v.o) o i.v.(22,24,25) (Fig. 3).

Figura 3. Algoritmo de tratamiento de anafilaxia.

Tras el episodio agudo, se pueden valorar al alta, los siguientes tratamientos: antihistamínicos, como la desclorferinamina 0,05-0,1 mg/kg/dosis cada 6-8 h o la hidroxicina 1-2 mg/kg/día cada 8 h y/o corticoides orales, como: prednisona, metilprednisona o metilprednisolona a dosis de 1-2 mg/kg/día(25). A todos los niños que sufran anafilaxia, el pediatra de Atención Primaria deberá prescribirle autoinyectores de adrenalina y darle pautas para poder afrontar otro posible episodio de anafilaxia(22,25).

Angioedema hereditario

El angioedema hereditario (AEH) debe sospecharse ante cualquier paciente que acude por angioedema (AE) recurrente sin urticaria acompañante y que no mejoran con tratamiento de adrenalina, corticoides o antihistamínicos(7,26).

El AEH es una enfermedad genética poco frecuente, autosómica dominante, causada por una anomalía del gen que codifica la proteína inhibidora de la C1 esterasa activada (C1-INH), que genera una síntesis insuficiente (AEH Tipo I) o anómala de dicha proteína (AEH Tipo II). Esta alteración genética conlleva una activación anormal de la vía clásica del complemento, acompañada de inactivación de ciertos factores de la coagulación. Como consecuencia de dichas alteraciones, se produce liberación de sustancias vasoactivas y mediadoras de la inflamación que son responsables del angioedema(7,26). La enfermedad suele debutar en la segunda década de la vida, pudiéndose identificar desencadenantes como: fármacos, traumatismo, infecciones o situaciones de estrés(7,26,27).

El AEH se caracteriza por ataques recurrentes de AE, localizado en piel o mucosas del tracto gastrointestinal o respiratorio alto, con intensidad variable y duración entre 48 y 72 horas, incluso hasta 5 días(26,28). El AE de piel se caracteriza por no ser doloroso, ni pruriginoso, ni eritematoso, y localizarse a cualquier nivel. Cuando el dolor abdominal secundario al AE intestinal es el único síntoma presente, puede confundirse con un abdomen agudo quirúrgico(26,28,29). La afectación de la vía respiratoria superior se manifiesta clínicamente con: estridor, disnea, disfagia y disfonía secundarios al edema faríngeo y laríngeo, que puede llevar al compromiso grave de la vía aérea por asfixia(7,26,28).

La sospecha diagnóstica de AEH se debe hacer en las siguientes situaciones: pacientes con clínica recurrente de AE sin urticaria y que no reponden a tratamiento habitual con adrenalina, corticoides o antihistamínicos; niños con dolor abdominal agudo de repetición sin causa aparente y autolimitados; o niños con edema laríngeo recurrentes de causa no filiada(27,29). Los antecedentes familiares de AEH apoyan el diagnóstico, pero su ausencia no excluye la enfermedad, ya que hay un 20% de diagnósticos de novo(26,27). El diagnóstico se confirma por los niveles plasmáticos disminuidos de C4 e importante reducción de función y/o niveles bajos de C1-INH o exámenes genéticos(28). Si durante el ataque agudo no se detectan niveles bajos de C4, se puede descartar el AEH(27).

El tratamiento del ataque agudo está indicado en las siguientes situaciones: AE en piel de cualquier localización moderada/grave, dolor abdominal moderado/grave y afectación de la vía respiratoria superior, siempre independientemente del nivel de gravedad, ya que una mala evolución puede requerir intubación o incluso traqueotomía de urgencia. El tratamiento de elección es con concentrados de C1 inhibidor, derivados del plasma humano (Berinert® dosis de 20U/kg i.v. o Cinryze® dosis 1.000 U i.v., no usar en < 12 años según ficha técnica). Su efecto se inicia a los 30 minutos y dura entre 3 y 5 días. Otros tratamientos son: antagonista del receptor B2 de la bradiquinina, icatibant (Firazyr® 30 mg sc, no usar en < 18 años según ficha técnica)(26,29) y plasma fresco congelado o tratado con solvente/detergente, que solo debe usarse en caso de urgencia y en ausencia de los concentrados de C1 inhibidor, ya que existe un riesgo potencial de agravamiento del ataque(7,29).

La profilaxis a corto plazo está indicada en procedimientos diagnósticos o terapéuticos que puedan conllevar traumatismos y edemas locales, sobre todo, si afectan a la región cervicofacial. A pesar de la profilaxis, el riesgo de ataque agudo no se anula por completo, por lo que hay que tener siempre a mano el tratamiento del episodio agudo durante las 48 h posteriores al procedimiento. Lo más indicado es Berinert® 10-20 U/kg i.v. 1-6 horas preprocedimiento o, como alternativa, andrógenos atenuados, como el Danazol®, 10 mg/kg día en dos o tres tomas 5-7 días pre-procedimiento y 2-3 días port-procedimiento, o antifibrinolíticos, como el ácido tranexámico (menos utilizado por riesgo protrombótico). La profilaxis a largo plazo está indicada: si hay más de un ataque de AE al mes, en cualquier paciente que haya sufrido un ataque grave o afectación de la vía respiratoria superior, crisis frecuentes que supongan alteraciones en la calidad de vida, más de 3 visitas al año por urgencias, predisposición para traumatismos, acceso dificultoso a la asistencia en Atención Primaria, etc. En estos casos, para evitar los efectos secundarios, se indica tratamiento con antifibrinolíticos en menores de 18 años y andrógenos atenuados en adultos(26).

Aspiración de cuerpo extraño

La clínica y evolución de la aspiración de un cuerpo extraño (CE) dependerá de: la naturaleza (orgánico o inorgánico) y tamaño del mismo, la localización, el grado de obstrucción y el tiempo de permanencia del CE en la vía aérea, que puede ocasionar clínica aguda (fallo respiratorio), o crónica (atelectasias, bronquiectasias, neumonías…)(30).

Figura 4. Algoritmo de maniobras de desobstrucción de vía aérea por aspiración de cuerpo extraño en paciente pediátrico.

La obstrucción de la vía aérea superior (VAS) por un CE, ya sea parcial o completa, es un evento que puede producirse, sobre todo en niños entre 18 meses y 3 años (85%). Los cuerpos extraños que con mayor frecuencia pueden obstruir la vía aérea son los alimentos de tipo vegetal (frutos secos, trozos de fruta), aunque también se han descrito con: trozos de carne, botones, agujas, tornillos, trozos de globo y pequeños juguetes(30,31).

Hasta en un 80% de los casos, se evidencia el “síndrome de penetración” o “crisis de sofocación”, que consiste en un espasmo de la glotis con crisis de asfixia y, posteriormente, una tos expulsiva, que puede eliminar o no el CE(10,31,32).

La manifestación clínica más frecuente es la tos persistente y, según la localización del CE, pueden aparecer los siguientes síntomas(30,31):

• Laringe: dificultad respiratoria, estridor inspiratorio, afonía y odinofagia.

• Tráquea: dificultad respiratoria, estridor inspiratorio y espiratorio y un ruido característico, “ruido en bandera”, que es el sonido de la vibración del CE al paso del aire(33).

• Bronquios: es la localización más frecuente (80%), sobre todo en el bronquio principal derecho. Puede permanecer asintomático por un período de tiempo variable, días, meses e incluso años. El síntoma más frecuente, aunque poco específico, es la tos persistente (90-95%) y sibilancias espiratorias variables, según el grado de obstrucción. Los CE que permanecen largo tiempo ocasionan reacción inflamatoria e infecciosa, dando lugar a neumonías, bronquiectasias o atelectasias. La Rx en inspiración/espiración forzada (o decúbito lateral), puede ayudar en el diagnóstico (visualización de CE radiopaco, atelectasias, hiperinsuflación unilateral, neumotórax o neumonía), aunque es normal en un 12-25% de los casos(30,33). Si la sospecha es alta, realizar fibrobroncoscopia, que identifica y localiza el CE, para después realizar su extracción con broncoscopia rígida(30,31,34).

El tratamiento va a depender del grado de obstrucción, del nivel de conciencia del paciente, de la presencia de tos efectiva o inefectiva y de que se trate de un lactante o un niño > 1 año. La actuación y las maniobras de desobstrucción de la vía aérea se muestran en la figura 4. Recordar que la tos efectiva es la mejor maniobra para expulsar el CE, que la extracción manual del CE solo está indicada en pacientes inconscientes y siempre que el objeto sea fácil de ver y extraer, está contraindicado el barrido digital a ciegas, y por último, que la maniobra de Heimlich, que consiste en compresiones abdominales, está contraindicada en el lactante. Tras cada maniobra, siempre hay que reevaluar al paciente y comprobar si se ha expulsado el CE o si ha disminuido el nivel de conciencia. Cuando el paciente esté estable, si no expulsa el CE, se podrá realizar una extracción dirigida con broncoscopia(30,35).

En AP, es fundamental la educación sanitaria para prevenir que niños pequeños manipulen objetos de poco tamaño, así como enseñar las maniobras de desobstrucción aguda de la vía aérea a la población general, padres, cuidadores y a todo el que esté en entorno educativo y sanitario. También, es muy importante advertir en envases de productos pequeños (juguetes, caramelos, frutos secos…) la peligrosidad y riesgo de asfixia por aspiración(30-32).

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Documentos con revisiones continuadas de la patología respiratoria por el Grupo de Vías Respiratorias de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, que facilitan al profesional, mantenerse informado y actualizado en todo momento.

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Protocolos muy prácticos, revisados de forma continuada por el Grupo Interdisciplinar de Emergencias Pediátricas de Osakidetza, que permiten facilitar el abordaje de la patología más urgente en el niño.

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Es un manual de libre acceso de la SEICAP, que realiza una revisión muy actual de la patología anafiláctica en el niño.

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Artículo sobre el algoritmo diagnóstico y tratamiento del angioedema hereditario, una enfermedad muy heterogénea en cuanto a la gravedad y con un diagnóstico y tratamiento complejo, que se resume de forma muy práctica en este artículo.

Caso clínico

 

Acude al centro de salud una madre con su hijo de 5 años, por cuadro catarral con febrícula y tos poco productiva de 24 h de evolución. En la exploración física, tan solo se objetivan restos de secreción en orofaringe. Se le diagnostica de cuadro catarral y se le da el alta con tratamiento sintomático y antitérmico.

Después de 3 días el paciente acude nuevamente a consulta, y la madre está muy ansiosa porque refiere que su hijo está respirando muy mal, hace “un ruido muy raro”, le duele el pecho y no para de toser porque le cuesta mucho eliminar el moco. A la exploración objetivamos que el niño está febril (39ºC) aunque mantiene un buen aspecto general, con coloración normal, y reactivo. Llama la atención la presencia de un estridor espiratorio severo que es audible sin necesidad de fonendoscopio, con leve tiraje y una satO2 de 95%.

 

 

 

Dolor abdominal agudo

D. Muñoz-Santanach, C. Luaces Cubells
Temas de FC


D. Muñoz-Santanach, C. Luaces Cubells

Servicio de Urgencias Pediátricas. Hospital Sant Joan de Déu. Barcelona

Resumen

Se define el dolor abdominal agudo como: la presencia de dolor abdominal de instauración reciente, constante e intenso, que suele acompañarse de vómitos, afectación del estado general y palpación abdominal dolorosa. El 5% de los niños con dolor abdominal agudo que se atienden de forma urgente requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica. En función de la edad, existen distintas causas de dolor abdominal agudo. Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en: inflamatorio o peritoneal, oclusivo, perforativo, traumático y anexial. La anamnesis y la exploración física permiten orientar la mayoría de casos de dolor abdominal agudo y realizar un uso juicioso de las exploraciones complementarias. La analgesia, en función de la intensidad del dolor que presente el paciente, es un pilar fundamental en el tratamiento del dolor abdominal hasta que se instaure el tratamiento etiológico.

 

Abstract

Acute abdominal pain is defined as: the presence of abdominal pain of recent instauration, constant and intense, usually accompanied by vomiting in a clinically affected individual and painful abdominal palpation. 5% of children with acute abdominal pain who request urgent assessment require hospital admission and 1-2% surgical intervention. There are different causes of acute abdominal pain depending on the age. Attending to syndromic groups, abdominal pain can be divided into: inflammatory or peritoneal, occlusive, perforative, traumatic and adnexal. History taking and physical examination will allow to guide the etiology in the majority of cases of acute abdominal pain and make a judicious use of complementary tests. Analgesia, depending on the intensity of the pain, is a fundamental pillar in the treatment of abdominal pain until the etiological treatment is established.

 

Palabras clave: Dolor abdominal agudo; Analgesia; Apendicitis; Invaginación intestinal

Key words: Acute abdominal pain; Analgesia; Appendicitis; Intestinal intussusception

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 15 – 24


Dolor abdominal agudo

Introducción

El dolor abdominal es un motivo de consulta frecuente en toda la edad pediátrica. En la mayoría de casos, se debe a procesos benignos, pero puede ser una emergencia médica o quirúrgica. Se estima que el 5% de los niños con dolor abdominal agudo que se atienden de forma urgente requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica.

El dolor abdominal es un motivo de consulta muy frecuente en toda la edad pediátrica, tanto en los Centros de Atención Primaria como en los Servicios de Urgencias Hospitalarios. En EE.UU., se estima que entre el 5 y el 10% de las consultas de niños a los Servicios de Urgencias son por este motivo(1-3). Aunque, en la mayoría de casos, el dolor abdominal se debe a procesos benignos, en ocasiones, se trata de una verdadera emergencia médica o quirúrgica, por lo que un diagnóstico adecuado permite un tratamiento precoz y una disminución de su morbilidad(1). Se define el dolor abdominal agudo (o abdomen agudo) como: la presencia de dolor abdominal de instauración reciente, constante e intenso, que suele acompañarse de vómitos, afectación del estado general y palpación abdominal dolorosa(4-7). Se estima que el 5% de los niños con dolor abdominal agudo, que se atienden de forma urgente, requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica(1,3).

El objetivo de este trabajo es exponer las causas de dolor abdominal agudo y la mejor forma de orientar un paciente con dolor abdominal agudo, que se presenta en las consultas de Atención Primaria o en los servicios de urgencias.

Fisiopatología y causas de dolor abdominal agudo

Etiopatogénicamente, el dolor abdominal se puede clasificar en tres categorías: visceral, parietal y referido. En función de la edad, existen distintas causas de dolor abdominal agudo. Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en: inflamatorio o peritoneal, oclusivo, perforativo, traumático y anexial.

Etiopatogénicamente, el dolor abdominal se puede clasificar en tres categorías: visceral, parietal y referido(4,5), cuyas características se recogen en la tabla I. Existen multitud de causas de dolor abdominal en la edad pediátrica(1).

En la tabla II, se recogen las causas más frecuentes de dolor abdominal según la edad del paciente.

La causa médica más frecuente de dolor abdominal agudo es la gastroenteritis y la causa quirúrgica más frecuente, la apendicitis aguda(1). Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en:

Síndrome inflamatorio o peritoneal. Se caracteriza por un dolor debido a una irritación o inflamación del peritoneo, en general, por un proceso infeccioso bacteriano. El ejemplo típico es la apendicitis aguda.

Síndrome oclusivo. Se produce por la imposibilidad del tránsito del contenido intestinal, lo que conduce a una distensión del intestino, que está por encima del lugar obstruido. El dolor abdominal se acompaña de vómitos (que pueden ser biliosos), estreñimiento y distensión abdominal. Se divide en dos tipos, según la obstrucción sea de origen dinámico (íleo paralítico) o de origen mecánico (íleo mecánico).

Síndrome perforativo. Se produce como consecuencia de la rotura de una víscera hueca en la cavidad intestinal. El dolor abdominal se suele acompañar de cierto grado de distensión abdominal, disminución de los ruidos intestinales y rigidez de la musculatura de la pared anterior del abdomen.

Síndrome traumático. Se debe a la irritación peritoneal como consecuencia de la presencia de sangre o contenido intestinal en la cavidad abdominal. Los traumatismos abdominales aparecen en el 25% de los niños con politraumatismo. En la mayoría de ocasiones, son cerrados y se producen por contusión de las vísceras abdominales sólidas. La víscera más frecuentemente dañada es el bazo seguido del hígado.

Síndrome anexial. Es el dolor generado en el aparato genital. En los varones, la causa más frecuente de dolor abdominal agudo de causa anexial es la torsión testicular. En las mujeres adolescentes, predominan como causa de dolor abdominal procesos fisiológicos, como son: la ovulación o la dismenorrea; sin embargo, es importante tener en cuenta otras causas importantes de dolor abdominal, como la enfermedad inflamatoria pélvica, en las adolescentes sexualmente activas(8).

Diagnóstico

La anamnesis dirigida y la exploración física detallada son los puntos fundamentales para orientar la mayoría de casos de dolor abdominal agudo. La valoración del dolor, utilizando escalas adaptadas a la edad, es fundamental para la valoración de la intensidad del dolor y su correcto tratamiento. Se recomienda un uso racional de las exploraciones complementarias en la valoración del dolor abdominal.

La anamnesis, junto a una exploración física detallada, debería ser suficiente para orientar la etiología en la mayoría de casos de dolor abdominal agudo(1-7).

Anamnesis

Es un punto fundamental para el diagnóstico etiológico. Es importante realizar una anamnesis dirigida, que debe incluir los siguientes datos.

Localización

Según se sitúe el dolor, podemos clasificarlo en: epigástrico (dolor originado en el hígado, páncreas, vías biliares, estómago y porción alta del intestino); periumbilical (originado en la porción distal del intestino o en el ciego y colon proximal); hipogástrico (originado en la parte distal del intestino grueso, vías urinarias o órganos pélvicos); o generalizado. En general, cuanto más distal al ombligo sea la localización del dolor, mayor riesgo de patología quirúrgica.

Intensidad

Es un punto clave, no solo para el diagnóstico, sino también, para el correcto tratamiento del dolor y su posterior revaloración. La evaluación subjetiva de los padres o del médico, a menudo, no refleja de forma fiable el dolor que siente el niño, por esta razón se han ideado herramientas objetivas para facilitar la valoración del dolor en la edad pediátrica(9). Se recomienda utilizar las escalas validadas, en función de la edad del niño, para establecer la intensidad del dolor.

Características

Se refiere tanto a la forma de presentación como al tipo de dolor. En cuanto a la forma de presentación, esta puede ser: aguda (que suele indicar procesos mecánicos como la perforación intestinal, la invaginación, la torsión testicular o la torsión ovárica); gradual (como en los procesos inflamatorios, como: la apendicitis, pancreatitis o colecistitis); o intermitente (en la gastroenteritis o en el dolor referido de las vías biliares o urinarias). En cuanto al tipo de dolor, este puede ser: cólico o punzante (que suele expresar el movimiento) o continuo (que está en relación a procesos inflamatorios agudos). Asimismo, es importante conocer si existe irradiación del dolor. El tiempo de evolución es importante, ya que un dolor abdominal intenso de más de seis horas de evolución es sugerente de una patología quirúrgica. Es importante conocer los factores aliviantes y agravantes del dolor, por ejemplo: el dolor abdominal de la apendicitis suele empeorar con el movimiento y calmar con el reposo; o un dolor que empeora con la micción, debe hacer pensar en un origen urinario.

Síntomas acompañantes

Síntomas digestivos: los vómitos, a menudo, acompañan al dolor abdominal, y cuando son persistentes, biliosos o fecaloideos orientan a una patología quirúrgica. La presencia de deposiciones líquidas y abundantes orienta hacia una gastroenteritis, y hacen poco probable una patología quirúrgica. Hay que tener en cuenta que en determinadas patologías, como la apendicitis, pueden aparecer deposiciones de consistencia blanda y escasas. El estreñimiento aislado es un hallazgo frecuente en el dolor abdominal inespecífico, pero cuando se asocia a vómitos, obliga a descartar un síndrome de obstrucción intestinal. La presencia de restos hemáticos en las deposiciones puede aparecer en la invaginación intestinal.

Síntomas extradigestivos: incluyen la fiebre, que se asocia a procesos infecciosos (quirúrgicos o no) y los síntomas urinarios (que orientan a procesos de vías urinarias, como infecciones de orina o cólico renal). La presencia de síntomas respiratorios y fiebre obliga a descartar un proceso neumónico. La presencia de alteraciones ginecológicas puede orientar a la presencia de: enfermedad inflamatoria pélvica, dismenorrea, aborto o un embarazo ectópico.

Antecedentes patológicos

Es importante conocer la presencia de antecedentes de cirugía abdominal o de episodios previos de dolor abdominal, así como antecedentes traumáticos o enfermedades de base. En el caso específico de las mujeres adolescentes, es importante recoger la historia ginecológica, que debe incluir la fecha de la última menstruación, así como la presencia de conductas sexuales de riesgo y uso de métodos anticonceptivos.

Exploración física

Valoración inicial: Triángulo de Evaluación Pediátrica(4-6)

Su aplicación permite identificar problemas fisiológicos principales y poner en marcha la estabilización inicial, basándose en la valoración del aspecto, trabajo respiratorio y coloración.

Valoración de la intensidad del dolor

La utilización de escalas adaptadas a la edad debe permitir determinar la intensidad del dolor que presenta el paciente y su correcto tratamiento(9).

Exploración general por aparatos

Debe ser minuciosa y completa, ya que el dolor abdominal es un síntoma a menudo inespecífico que puede estar en relación con patología extradigestiva.

Exploración abdominal

Se inicia con la observación de la conducta y actitud del niño en la camilla de exploración. Debe realizarse: inspección (cicatrices previas, tumoraciones o masas); auscultación (peristaltismo aumentado, disminuido o alternante); percusión (el timpanismo se asocia a los síndromes obstructivos o peritoníticos); y, finalmente, se realizará la palpación, que deberá iniciarse por el cuadrante más alejado del dolor que refiere el paciente y con una palpación suave, observando la expresión del niño para localizar la zona de máximo dolor. Una palpación más profunda puede revelar masas abdominales. La presencia de signos de irritación peritoneal debe hacer sospechar una patología quirúrgica.

Genitales externos

La inspección y palpación de los genitales externos es indispensable para la correcta valoración del dolor abdominal en el varón. La exploración ginecológica en la adolescente, se debería realizar en aquellas sexualmente activas y en aquellas en las que la historia clínica y el resto de exploración sugieran una etiología ginecológica del dolor abdominal(8).

Tacto rectal

Se trata de una exploración que resulta molesta para el niño, actualmente, no se recomienda realizarla de forma sistemática ante un dolor abdominal; si bien, puede ser útil en casos de sospecha de un síndrome peritoneal(10,11).

Exploraciones complementarias

La anamnesis y exploración física permiten orientar la causa del dolor abdominal en la mayoría de los casos, de forma que se recomienda un uso racional de las exploraciones complementarias en la valoración del dolor abdominal. En el algoritmo del final del artículo, se muestra el manejo del dolor abdominal agudo en la edad pediátrica.

Analítica sanguínea

La presencia de un recuento leucocitario elevado, así como una elevación de los reactantes de fase aguda, sugieren un proceso infeccioso como en el caso de la apendicitis. En los pacientes que presenten vómitos incoercibles o signos de deshidratación en la exploración física, se debe descartar la presencia de trastornos hidroelectrolíticos, hipoglicemia y alteración de la función renal. También es útil el estudio de los enzimas hepáticos y pancreáticos, si la historia clínica sugiere una patología hepática o pancreática(1-7). Debe valorarse la realización de unas pruebas de coagulación siempre que se sospeche un dolor abdominal de causa quirúrgica.

Analítica de orina

Debe realizarse de forma sistemática cuando exista un síndrome miccional asociado al dolor abdominal. Se debe indicar cuando el dolor abdominal afecte a lactantes, ya que la infección de orina forma parte de su diagnóstico diferencial. Usualmente, la apendicitis pélvica puede mostrar leucocituria y/o microhematuria aisladas asociadas a irritación vesical. El test de embarazo en orina debería tenerse en cuenta en las adolescentes postmenárquicas con dolor abdominal agudo(8).

Radiografía simple de abdomen

En la mayoría de casos, no es útil para proporcionar un diagnóstico etiológico del dolor abdominal(12-14). Su interpretación es difícil y somete al paciente a una radiación no despreciable (una radiografía de abdomen equivale a 50 radiografías de tórax). Las recomendaciones actuales son no realizar radiografías de abdomen de forma sistemática en los niños con dolor abdominal(1-7). Su papel queda restringido a la obstrucción intestinal(1-7), donde muestra la presencia de distensión abdominal y niveles hidroaéreos. En los casos de apendicitis aguda, puede mostrar: una escoliosis antiálgica, el borramiento de la línea del psoas derecho, niveles hidroaéreos en fosa ilíaca derecha o la presencia de un asa centinela o de un apendicolito. En la invaginación intestinal evolucionada, son clásicas la presencia de un efecto masa en el cuadrante superior derecho y la imagen en sombra de media luna, que corresponde a la cabeza de la invaginación.

Radiología de tórax

Permite el diagnóstico de neumonías que pueden simular un abdomen agudo. Se recomienda su realización siempre que exista una alteración en la auscultación respiratoria, así como en menores de 3 años con fiebre persistente y síntomas catarrales asociados al dolor abdominal(4-6).

Ecografía abdominal

Es una herramienta muy útil en la valoración del dolor abdominal agudo y, frente a otras exploraciones, tiene la ventaja de que no somete al paciente a irradiación(14-15). Es diagnóstica en el caso de la invaginación intestinal y puede ayudar al diagnóstico de una apendicitis aguda. Ocasionalmente, puede revelar la presencia de una adenitis mesentérica. La ecografía genital femenina es muy útil para el diagnóstico de patología anexial y la ecografía testicular puede ser útil en determinados casos de escroto agudo. La ecografía abdominal realizada a pie de cama por clínicos entrenados, es una herramienta cada vez más utilizada para la valoración del dolor abdominal traumático o no(14,16-18).

Tomografía computarizada (TC) abdominal

La exposición a la radiación de una TC abdominal es elevada. Las modalidades de imagen alternativas, como la ecografía o la imagen de resonancia magnética (RM) pueden proporcionar, con frecuencia, una mayor certeza diagnóstica sin exposición a la radiación. Se recomienda utilizar estudios focalizados y con baja dosis de radiación. La TC con contraste es útil para la evaluación de pacientes con dolor abdominal agudo, cuando se considera una amplia variedad de diagnósticos, además tiene una alta sensibilidad y especificidad para diagnosticar la apendicitis y es la prueba de imagen más sensible para la nefrolitiasis pediátrica(14,19).

Resonancia magnética (RM) abdominal

En la mayoría de casos, no se utiliza para la valoración del dolor abdominal agudo en el niño, por ser una exploración larga y que requiere sedación, pero su utilidad en el diagnóstico de apendicitis aguda es similar a la de la TC, sin someter al paciente a irradiación(20,21).

Tratamiento

Los dos pilares del tratamiento del dolor abdominal agudo son el tratamiento etiológico y la analgesia. Determinados estudios clínicos han concluido que la analgesia en niños con dolor abdominal agudo, proporciona una reducción significativa del dolor sin afectar el examen o la capacidad de identificar afecciones quirúrgicas.

Incluye dos pilares: el tratamiento etiológico y el tratamiento del dolor. La práctica de administrar analgesia durante la evaluación de un niño con dolor abdominal agudo ha sido controvertida en el pasado, por el temor a que la analgesia dificultara el proceso diagnóstico. Existen ensayos clínicos que han concluido que la analgesia con morfina, en niños con dolor abdominal agudo, proporciona una reducción significativa del dolor sin afectar al examen o a la capacidad de identificar a aquellos con afecciones quirúrgicas(22-24). Sin embargo, existen datos que indican que los niños evaluados en el servicio de urgencias por dolor abdominal, pueden no recibir una analgesia adecuada(9). La recomendación actual es que los niños con dolor abdominal agudo reciban analgesia en función de la intensidad de dolor que presenten, determinado por escalas validadas(25). En la tabla III, se recogen los analgésicos más utilizados para el tratamiento del dolor abdominal en la edad pediátrica.

 

Principales causas de dolor abdominal agudo en la población pediátrica

La apendicitis aguda es la causa más frecuente de abdomen agudo quirúrgico en la infancia. La anamnesis y la exploración física son fundamentales para diagnosticar una apendicitis aguda. La Escala de Alvarado y la Pediatric Appendicitis Score (PAS) de Samuel M. ayudan a determinar el riesgo de apendicitis aguda. La invaginación intestinal es la segunda causa de obstrucción intestinal en los niños de entre 3 meses y 3 años de edad, tras la hernia incarcerada; la ecografía es una herramienta fundamental para su diagnóstico y tratamiento.

Apendicitis aguda

Es la causa más frecuente de abdomen agudo quirúrgico en la infancia(1) y, la apendicectomía, la intervención quirúrgica abdominal de emergencia más realizada. Se define como una inflamación del apéndice cecal, producido por una obstrucción de su luz por tejido linfoide o por material fecal, que conduce a una distensión del apéndice y posterior isquemia y necrosis.

Se estima una incidencia anual de 86 casos por 100.000 habitantes en todo el mundo, con aproximadamente 70.000 casos en niños cada año en EE.UU. La apendicitis aguda es el diagnóstico definitivo entre el 1 y el 8% de los niños que presentan dolor abdominal. El riesgo de padecerla varía entre el 7 y el 8% a lo largo de toda la vida. Actualmente, la mortalidad global es del 0,1%, aunque llega al 5% en los casos de apendicitis perforada. La dificultad diagnóstica en los pacientes menores de 3 años, comporta una tasa de apendicitis perforada que llega al 90% en este grupo de edad(26).

El mecanismo etiopatogénico fundamental parece ser la obstrucción de la luz apendicular, en la mayoría de los casos, debido a una hiperplasia de los folículos linfoides submucosos. La obstrucción, que solo es claramente demostrable en el 30-40% de los casos, condiciona: un aumento de la presión intraluminal por secreciones, un aumento de la proliferación bacteriana y un compromiso de la irrigación vascular que puede provocar la necrosis y posterior perforación de la mucosa.

Se distinguen cuatro estadios evolutivos (apendicitis catarral, fibrinosa, purulenta o gangrenosa) en función del grado de inflamación del apéndice. La perforación apendicular conduce a la contaminación de la cavidad abdominal, produciendo una peritonitis circunscrita, cuando el proceso inflamatorio intraabdominal queda bien definido alrededor del apéndice, o una peritonitis aguda difusa, cuando el organismo no es capaz de mantener el proceso inflamatorio bien delimitado, como ocurre en el niño(4-6).

El dato clínico más importante es el dolor abdominal, inicialmente de tipo visceral, por la distensión apendicular, poco intenso y mal delimitado y, posteriormente, cuando el proceso inflamatorio implica a la serosa, de tipo somático, de mayor intensidad, bien localizado en la fosa iliaca derecha y que empeora con el aumento de la presión intraabdominal(1). Suele ir acompañado de anorexia, náuseas y vómitos. Usualmente, puede acompañarse de deposiciones escasas y líquidas, denominadas pujos, o de síndrome miccional. La presencia de deposiciones diarreicas abundantes debe hacer dudar de su diagnóstico. En lactantes y niños pequeños, puede manifestarse de forma atípica, dificultando su diagnóstico, que suele realizarse en etapas tardías de la enfermedad, como un síndrome peritonítico u obstructivo.

El estado general del paciente suele ser bueno, aunque en estados avanzados puede deteriorarse. El paciente suele estar quieto, evitando los movimientos innecesarios, ya que empeoran el dolor. La exploración abdominal suele revelar la presencia de dolor a la palpación de fosa ilíaca derecha, sobre todo en el punto de McBurney. En las apendicitis retrocecales, el dolor puede estar desencadenado por la flexión del muslo (signo de psoas) y, en las apendicitis pélvicas, por la rotación interna pasiva del muslo derecho (signo del obturador). El tacto rectal (que no debe realizarse de forma sistemática) puede revelar dolor a la palpación del fondo de saco de Douglas o una masa a este nivel. Cuando existe participación del peritoneo parietal, aparecen los signos de irritación peritoneal, como: dolor a la descompresión abdominal (signo de Blumberg), dolor en la fosa ilíaca derecha cuando se percute la fosa ilíaca izquierda (signo de Rovsing) y la contractura muscular.

Cuando la apendicitis aguda se presenta de la forma típica, la clave para su diagnóstico es la exploración física y ningún otro examen es necesario para llegar al diagnóstico. En los casos dudosos, algunas exploraciones complementarias pueden ayudar al diagnóstico. La analítica sanguínea es poco específica y es frecuente detectar un recuento leucocitario y/o unos reactantes de fase aguda moderadamente elevados. La ausencia de fiebre y un recuento leucocitario normal en un paciente con dolor abdominal agudo, hace muy improbable el diagnóstico de apendicitis(27). El sedimento de orina puede ayudar a descartar la presencia de una infección de orina como causa del dolor abdominal, aunque se debe recordar la posibilidad de cierto grado de irritación vesical en casos de apendicitis pélvicas, que se mostraría como leucocituria y microhematuria inespecíficas. La radiografía de abdomen puede mostrar signos indirectos, como: escoliosis antiálgica, borramiento de la línea del psoas derecho o la presencia de niveles hidroaéreos en la fosa ilíaca derecha, o signos específicos, como: la presencia de un apendicolito, que aparece en el 5-10% de los casos. Las recomendaciones actuales son las de no realizar, de forma sistemática, una radiografía de abdomen en la evaluación de una posible apendicitis aguda(1-6). Cuando existe clínica respiratoria, está indicada la realización de una radiografía torácica para descartar una neumonía como causa del dolor abdominal. La ecografía abdominal tiene una sensibilidad y una especificidad superiores al 90% para el diagnóstico de apendicitis aguda, cuando es posible visualizar el apéndice(14-18). Está especialmente indicada en niños menores de 3 años. El hallazgo ecográfico más sugestivo es el engrosamiento de la pared apendicular (>2 mm) o una distancia entre ambas paredes apendiculares superior a 6 mm. La tomografía ha demostrado su clara utilidad cuando persisten dudas diagnósticas tras la realización de una ecografía abdominal(14-18).

Existen publicadas escalas clínicas para el diagnóstico de apendicitis, las más conocidas son: la Escala de Alvarado(28) (y su versión modificada) y la Pediatric Appendicitis Score(29)(PAS) de Samuel M. En las dos escalas, se tienen en cuenta: síntomas, signos y datos analíticos (Tabla IV).

En un estudio reciente que compara las dos escalas clínicas, se concluye que las dos escalas son equiparables, que no existen diferencias entre ellas, y que el corte de punto óptimo es 7 para ambas escalas(30).

El tratamiento de la apendicitis aguda es quirúrgico; por ello, se recomienda una valoración por el cirujano lo más precoz posible, además de mantener al paciente a dieta absoluta. La administración de analgésicos se debe iniciar lo más precoz posible. Estudios recientes demuestran que la utilización de analgésicos en los cuadros de abdomen agudo, no dificulta ni enmascara una posible patología quirúrgica(22-25). Los fármacos más utilizados en la literatura son los opioides. Aunque la administración de antibióticos no cambia el curso de la enfermedad, deben iniciarse antes de la intervención quirúrgica, los más utilizados son la asociación de ampicilina con gentamicina y metronidazol.

La mayor parte de complicaciones son infecciosas. La persistencia de fiebre o dolor tras la intervención, debe hacer sospechar un absceso o flemón abdominal (que aparece en el 1-6% de los casos). A largo plazo, la complicación más frecuente es la obstrucción abdominal secundaria a bridas.

Invaginación intestinal

Es la segunda causa común de obstrucción intestinal en los niños de entre 3 meses y 3 años de edad, tras la hernia inguinal incarcerada(4-6,31). Es una verdadera emergencia pediátrica y ocupa el segundo lugar tras la apendicitis como causa más frecuente de abdomen quirúrgico en los niños. Se define como la introducción anterógrada de un segmento de intestino en el intestino distal, provocando una congestión venosa y un edema de la pared intestinal, que si no se reconoce y se trata adecuadamente, puede conducir a una obstrucción arterial y producir necrosis intestinal, evolucionando a una perforación. La invaginación se clasifica según el segmento intestinal invaginado y el segmento receptor. Alrededor del 80-90% de las invaginaciones son ileocólicas.

Es una enfermedad principalmente de lactantes y niños pequeños, presentando una incidencia máxima entre los 5 y 9 meses de edad; solo del 10 al 25% de los casos ocurre después de los dos años y, rara vez, se produce en menores de dos meses, pero puede ocurrir incluso en recién nacidos. El trastorno predomina en varones, a razón de 2:1. En menores de 2 años, no se detecta una cabeza de invaginación patológica en más del 90% de los casos (invaginación primaria o idiopática) y, al parecer, la invaginación se relaciona con la hiperplasia linfática de las placas de Peyer. En el 1,5-12% de los niños con invaginación, se identifica una cabeza de la invaginación (divertículo de Meckel, duplicación intestinal, linfomas…), siendo más frecuente en los niños mayores.

Las manifestaciones clínicas de la invaginación intestinal son variables, por lo que debe considerarse en el diagnóstico diferencial de diferentes situaciones clínicas, como: dolor abdominal agudo, vómitos, deposiciones con sangre, masa abdominal palpable, letargo y alteración del estado mental. La tríada clínica clásica de: dolor abdominal intermitente, masa palpable y heces mucosanguinolentas o en jalea de grosella, se produce con poca frecuencia y su aparición está relacionada con la edad. La manifestación más frecuente es el dolor abdominal tipo cólico de 2 a 10 minutos de duración, seguido de un periodo asintomático durante el cual el lactante se tranquiliza, pero hasta un 20% de los niños están libres de dolor en su presentación inicial. Los vómitos (inicialmente biliosos, pero que pueden llegar a ser fecaloideos) son también comunes y pueden ser el único hallazgo clínico. Las crisis de llanto pueden relacionarse con invaginaciones intestinales intermitentes. En los niños mayores, la presentación es el dolor abdominal de tipo cólico junto a los vómitos biliosos. Inicialmente, las deposiciones son normales, pero pueden aparecer restos hemáticos en jalea de grosella, cuando la enfermedad avanza y se produce isquemia de la pared intestinal.

El estado general del paciente puede ser normal o estar afectado, presentado desde hipotonía a obnubilación o letargo. El examen físico es normal hasta en el 15-30% de los casos. En más del 50% de los casos, puede detectarse la presencia de una masa palpable en el cuadrante superior derecho, que en la forma ileocólica, suele estar mal definida, con forma de salchicha y que aumenta con los episodios de dolor. Los ruidos intestinales pueden ser normales o estar aumentados o disminuidos según la fase de la enfermedad. Muchos niños con invaginación intestinal se presentan con signos y síntomas inespecíficos, pudiendo retrasar el diagnóstico hasta en un 60% de los casos.

Los datos de laboratorio, por lo general, son inespecíficos y no contribuyen al diagnóstico, aunque pueden ser útiles para descartar otras etiologías. La radiografía de abdomen puede ayudar al diagnóstico, pero una radiografía de abdomen normal no descarta una invaginación intestinal. Los hallazgos radiológicos que sugieren una invaginación intestinal incluyen: la presencia de una lesión ocupante de espacio, el signo de la diana, el signo de la semiluna (que está constituido por la protusión de la cabeza invaginante en el asa del intestino distal), la ausencia de aire y heces en el intestino distal y la presencia de signos de obstrucción intestinal. La ecografía abdominal es, en la actualidad, la exploración más útil para el diagnóstico de invaginación intestinal. La interpretación por un radiólogo con experiencia para el diagnóstico ecográfico de invaginación intestinal se ha asociado con una tasa de certeza del 100%. Los hallazgos característicos incluyen: el signo de la rosquilla en la proyección transversal y el signo del pseudo-riñón en la proyección longitudinal. Un examen físico y una radiografía simple de abdomen, en general, no son suficientes para descartar una invaginación intestinal, por lo que el diagnóstico definitivo debe ser ecográfico. El enema de contraste con bario o aire es la modalidad radiológica óptima para el diagnóstico, aunque su disponibilidad reducida, limita su uso. Los enemas de contraste con bario o aire están contraindicados en casos en que se sospeche una perforación intestinal, una peritonitis o un shock.

Ante la sospecha de una invaginación intestinal es imperativo, para realizar una valoración quirúrgica, interrumpir la alimentación oral y, en algunos casos, iniciar una reposición hidroelectrolítica por vía endovenosa. El tratamiento de la invaginación intestinal es, en la mayoría de los casos, un hidroenema guiado por ecografía, si no existen signos de perforación intestinal o peritonismo. Si este no es efectivo, puede ser necesario un enema aéreo y, en algunos casos, la reducción quirúrgica de la invaginación. El procedimiento quirúrgico incluye una apendicectomía reglada. En niños mayores, es necesario descartar la presencia de una lesión que actúe como cabeza invaginante.

Otras causas de dolor abdominal agudo

Malrotación y vólvulo de intestino medio

La malrotación intestinal es una malformación congénita que se caracteriza por un proceso anormal de la rotación y fijación del intestino, que conduce a la formación de adherencias peritoneales entre el ciego y la pared abdominal, que puede acabar provocando una obstrucción duodenal. La ausencia de fijación del intestino medio puede conducir al giro de este sobre su pedículo de anclaje, condicionando una isquemia del intestino medio. Esta entidad clínica se conoce como vólvulo de intestino medio y ocurre hasta en el 70% de los neonatos con una malrotación intestinal. La malrotación intestinal ocurre en 1 de cada 500 nacidos vivos, sus síntomas se producen, en la mayoría de los casos, en el primer mes de vida, llegando al 25-40% en la primera semana.

La principal manifestación clínica de la malrotación intestinal son los vómitos biliosos, que son también el primer indicio del vólvulo. Una vez establecido el vólvulo, aparece el dolor abdominal agudo y, cuando progresa la isquemia, pueden existir rectorragias. El examen físico puede ser normal en la malrotación intestinal o revelar distensión abdominal o signos de peritonitis, según el momento de presentación. La radiografía simple de abdomen puede ser normal o mostrar signos de oclusión intestinal alta, con distensión gástrica y ausencia de aire distal. La prueba de elección para llegar al diagnóstico es la radiología con contraste. El tránsito digestivo alto pone de manifiesto una obstrucción de la tercera porción duodenal, y el enema opaco permite localizar el ciego en el lado izquierdo o en el hipocondrio derecho.

La presencia de vómitos biliosos en una lactante y, sobre todo, en un neonato, sin otro trastorno evidente, deben hacer sospechar la posibilidad de una malrotación intestinal. El lactante estable deberá recibir un estudio radiológico con contraste para descartarla, pero en un lactante inestable con un cuadro agudo y un diagnóstico de presunción, no deberá demorarse la intervención quirúrgica para realizar las exploraciones complementarias.

Hernia inguinal incarcerada

La hernia inguinal es la patología quirúrgica más prevalente en la infancia. Su principal complicación es la incarceración, que en el 70% de los casos afecta a menores de 1 año. La progresiva inflamación del contenido del saco herniario provoca que este no pueda reducirse, conduciendo a un compromiso del retorno venoso y del drenaje linfático que aumentarán la compresión, produciendo finalmente un compromiso de la circulación arterial. La primera manifestación clínica de la hernia inguinal incarcerada es la irritabilidad o el dolor abdominal, que puede ser intenso y mal localizado. Suele asociarse: anorexia, náuseas, vómitos y distensión abdominal, si el cuadro clínico progresa. La exploración de los orificios herniarios revelará la presencia de una masa fija, eritematosa y dolorosa que dará la clave diagnóstica. En el 90% de los casos, se consigue una reducción manual de la hernia. Una vez reducida la hernia, se aconseja observación hospitalaria hasta la desaparición de los signos inflamatorios de la zona, momento en que se procederá a la resolución quirúrgica de la hernia.

Obstrucción intestinal por bridas

Se produce hasta en el 5% de los pacientes sometidos a cirugía abdominal. Se produce por la formación de unas bandas fibrosas o bridas que pueden provocar, desde cuadros suboclusivos a vólvulos de intestino. El 80% de los casos aparece en los dos años posteriores a la cirugía y, el 95%, en los 10 primeros. El síntoma más importante es el dolor abdominal agudo que puede acompañarse de vómitos, que pueden llegar a ser biliosos, y ausencia total o parcial de deposiciones. La clave diagnóstica la dan las manifestaciones clínicas y el antecedente quirúrgico. La radiografía abdominal puede demostrar signos de oclusión intestinal. Los pacientes estables pueden beneficiarse de una descompresión intestinal mediante: sonda nasogástrica, dieta absoluta y colocación de una perfusión intravenosa. Los pacientes con signos de isquemia o de obstrucción completa o parcial sin mejoría serán tributarios de tratamiento quirúrgico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Reust CE, Williams A. Acute Abdominal Pain in Children. Am Fam Physician. 2016; 93: 830-6.

El dolor abdominal agudo representa, aproximadamente, el 9% de las visitas al consultorio de Atención Primaria infantil. Los síntomas y signos que aumentan la probabilidad de una causa quirúrgica de dolor, incluyen: fiebre, vómitos biliosos, diarrea sanguinolenta, ausencia de ruidos intestinales, protección voluntaria, rigidez y sensibilidad al rebote. La edad del niño puede ayudar a enfocar el diagnóstico diferencial. Las pruebas de laboratorio iniciales incluyen: hemograma completo, tasa de sedimentación de eritrocitos o proteína C reactiva, análisis de orina y una prueba de embarazo. La radiografía abdominal se puede utilizar para diagnosticar el estreñimiento u obstrucción. La ecografía es la elección inicial en niños para el diagnóstico de: colecistitis, pancreatitis, quiste ovárico, torsión ovárica o testicular, enfermedad inflamatoria pélvica, patología relacionada con el embarazo y apendicitis. La apendicitis es la causa más común de dolor abdominal agudo que requiere cirugía, con una incidencia máxima durante la adolescencia. Cuando el apéndice no es claramente visible en la ecografía, se puede utilizar la tomografía computarizada o la resonancia magnética para confirmar el diagnóstico.

– Hayes R. Abdominal pain: general imaging strategies. Eur Radiol. 2004; 14: L123-37.

El dolor abdominal agudo es la afección más común que requiere ingreso quirúrgico en un hospital pediátrico. La gran mayoría de los casos se debe a apendicitis o dolor abdominal agudo inespecífico; sin embargo, hay muchas otras afecciones que se presentan con dolor abdominal agudo en la infancia, que pueden simular una apendicitis. Algunas de estas condiciones, rara vez se encuentran en la práctica de adultos. Las radiografías simples de abdomen aún se obtienen inicialmente en muchos niños que presentan dolor abdominal. Sin embargo, en ausencia de síntomas asociados, como vómitos, es más probable que la ecografía aclare la causa subyacente del dolor que la radiografía simple. Si bien, la tomografía computarizada se usa ampliamente en la investigación de adultos con dolor abdominal, debe evitarse su uso generalizado en los niños en aras de la protección radiológica.

– Bailey B, Bergeron S, Gravel J, Bussières JF, Bensoussan A. Efficacy and impact of intravenous morphine before surgical consultation in children with right lower quadrant pain suggestive of appendicitis: a randomized controlled trial. Ann Emerg Med. 2007; 50: 371-8.

Los objetivos del estudio son evaluar la eficacia de la morfina antes de la consulta quirúrgica en niños que acuden al servicio de urgencias pediátricas con dolor en el cuadrante inferior derecho sugestivo de apendicitis y determinar si tiene un impacto en el tiempo, entre la llegada a urgencias y la decisión quirúrgica. Se incluyen niños de entre 8 y 18 años que acudieron a un servicio de urgencias pediátrico con un diagnóstico presuntivo de apendicitis, fueron elegibles para ser incluidos en un ensayo aleatorizado, doble ciego, controlado con placebo. La principal conclusión es que el uso de morfina en niños con diagnóstico presuntivo de apendicitis, no retrasó la decisión quirúrgica.

Caso clínico

 

Acude a su consulta una niña de 10 años de edad que refiere dolor en hemiabdomen derecho de características cólicas, de 36 horas de evolución. Ha realizado 3 deposiciones dispépticas, escasas, en el día de la consulta, refiere disuria y ha realizado 3 vómitos en la última hora. En el momento de la consulta, refiere un dolor moderado (EVA -Escala Visual Analógica- de 7 puntos) y a la exploración física la paciente presenta un buen aspecto general, con respiración y coloración normales. La temperatura es de 38,3ºC. La palpación abdominal muestra un abdomen algo distendido, doloroso de forma global, de predominio en fosa ilíaca derecha, con una descompresión positiva. Puño percusión lumbar bilateral negativa. El resto de la exploración física es normal.

 

 

 

Traumatismos craneoencefálicos

R. Hernández Rastrollo
Temas de FC


R. Hernández Rastrollo

UCI pediátrica. Hospital Universitario Materno Infantil de Badajoz

Resumen

Los traumatismos craneoencefálicos (TCE) tienen una elevada incidencia en la edad pediátrica. La mayoría son leves, pero también son la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de un año, y su pronóstico ha variado poco, a pesar de los avances en monitorización y terapia. El reto para el pediatra es detectar los casos que presentan riesgo de lesiones intracraneales. En los últimos años, se han desarrollado y validado algoritmos, basados en la clínica y los datos del mecanismo traumático, que nos pueden ayudar a tomar la decisión más adecuada. El TC craneal es la prueba diagnóstica de elección, pero no debe realizarse de forma rutinaria, ya que no está exenta de riesgos. Una observación prolongada es una alternativa válida en casos dudosos. La actitud inicial ante un TCE clínicamente importante, consiste en asegurar las funciones vitales, así como tomar medidas de protección cervical y para la prevención del daño secundario.

 

Abstract

Traumatic brain injuries (TBI) have a high incidence in pediatric patients. Most are mild, but they are also the leading cause of death or disability in children over one year of age, and their prognosis has varied little, despite advances in monitoring and therapy. The challenge for the pediatrician is to detect cases that present risk of intracranial injury. In past years, algorithms have been developed and validated, based on clinical and traumatic mechanism data that can help us make the right decision. Cranial CT is the diagnostic test of choice, but should not be performed routinely, because it is not free of risks. A prolonged observation is a valid alternative in doubtful cases. The initial attitude towards a clinically important TBI is to ensure vital functions, as well as taking cervical protection measures and preventing secondary injury.

 

Palabras clave: Traumatismo craneal; Cuidados de emergencia; Pediátrico; Lesión intracraneal

Key words: Traumatic brain injury; Emergency care; Pediatric; Intracranial injury

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 6 – 14


Traumatismos craneoencefálicos

Introducción

Los TCE constituyen la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de 1 año. Su pronóstico ha cambiado poco en los últimos años, a pesar de los avances terapéuticos.

El traumatismo craneoencefálico (TCE) es la consecuencia de la acción de fuerzas externas, de diverso tipo –especialmente mecánicas–, sobre la cabeza, con potencial capacidad de lesión del cráneo y/o de su contenido. Con frecuencia, el riesgo de lesión se extiende a las estructuras cervicales, que deben ser objeto de protección en caso de duda.

Es un problema importante por su elevada incidencia y por su potencial gravedad. Ocasiona un elevado número de consultas en los servicios de urgencias y de actuaciones de los sistemas de emergencias sanitarias. En los países desarrollados, constituye la primera causa de muerte o incapacidad en niños mayores de un año. Además, el pronóstico de este tipo de lesiones ha cambiado poco en los últimos años, a pesar de los avances terapéuticos. La prevalencia de discapacidad en sujetos que han requerido hospitalización como consecuencia de un traumatismo craneoencefálico se aproxima al 20% en estudios recientes(1).

La tradicional clasificación de los TCE en leves, moderados y graves, en función de la puntuación en la escala de Glasgow es, en la práctica, insuficiente. Traumatismos considerados leves (Glasgow 14 o 15) pueden tener consecuencias clínicamente importantes(2), lo que hace necesario el análisis de otros datos que nos permitan tomar decisiones acertadas acerca de qué niños deben ser sometidos a mayor observación o exámenes complementarios(3).

El mecanismo traumático puede ser muy diverso. Desde los más impactantes, hasta los más sutiles, sin olvidar los que son ocultados (p. ej., los que son consecuencia de maltrato). Es relevante obtener información fiable sobre este punto, ya que la energía del mecanismo traumático es uno de los datos que hay que valorar en la toma de decisiones.

El papel del pediatra ante este tipo de evento no es solamente detectar aquellos casos con riesgo de lesiones intracraneales, que deben ser derivados, por tanto, a centros que permitan su adecuado tratamiento. Es igualmente importante iniciar las actuaciones necesarias, dentro de las posibilidades de nuestro ámbito de trabajo, para optimizar las funciones vitales básicas y prevenir el daño secundario. Tampoco debemos olvidar que puede haber lesiones en otros órganos (tórax, abdomen, etc.), que pueden suponer, también, un riesgo vital.

Epidemiología

La incidencia por edad es bimodal, con un pico en los dos primeros años de vida, principalmente por caídas; y otro en la pubertad, ocasionados por prácticas deportivas y uso de vehículos.

Los estudios con base poblacional muestran una incidencia de TCE en niños y jóvenes entre 400 y 700 por 100.000 sujetos. La cifra más alta incluye jóvenes hasta los 20 años(1) y la más baja hasta los 15 años(4). Entre el 10% y 21%, requirieron hospitalización. Esto supone que, aproximadamente, el 80% de los TCE no tienen consecuencias relevantes. Por otro lado, la letalidad no es desdeñable; en el estudio de Thurman(1), se produjo en el 12,1% de los que requirieron hospitalización (1,3% de los que acudieron a los servicios de emergencia con TCE). En los TCE graves, la mortalidad oscila entre el 17% y el 33% de los casos, y es especialmente elevada en los menores de 1 año(5,6). Por otro lado, ya hemos señalado la elevada prevalencia de discapacidad ocasionada por este tipo de lesiones.

La incidencia por edad es bimodal, con un pico en los dos primeros años y otro en la pubertad. En los menores de 5 años, la causa principal son las caídas. En los primeros años de la adolescencia, aumentan los relacionados con prácticas deportivas y vehículos de motor(1,4). En los lactantes, es importante valorar la posibilidad de maltrato como causa de TCE.

Igual que la mayoría de los traumatismos, los TCE son más frecuentes en los varones en todos los grupos de edad(1), y la diferencia se acentúa a partir de los 10 años. También se asocia una mayor incidencia con un estatus socioeconómico bajo(4).

Fisiopatología

El daño cerebral primario, provocado directamente por la fuerza mecánica, no se puede evitar. Pero el daño cerebral secundario, mediado por diversos factores, como el aumento de la presión intracraneal, sí es prevenible.

El TCE es consecuencia de la acción de fuerzas mecánicas de diversa índole (golpes, compresión, aceleración y desaceleración rápidas) sobre un organismo, con potencial capacidad de lesión del cráneo y de las estructuras intracraneales(7). Algunas peculiaridades anatómicas propias de la edad pediátrica, especialmente de los pacientes más pequeños, como: un cráneo más fino con mayor superficie relativa y mayor tamaño en relación al tronco que en los adultos; una musculatura cervical más débil; o un menor grado de mielinización del tejido encefálico, con mayor contenido de agua, lo hacen más susceptible de sufrir lesiones intracraneales, respecto al resto de la población(8).

La acción directa de las fuerzas mecánicas es la responsable del daño cerebral primario, que vendrá determinado por el tipo y la severidad del traumatismo, el lugar del impacto y la resistencia ofrecida por los tejidos, como factores principales. Este daño directo ocasionado sobre el cráneo, el tejido encefálico, los vasos sanguíneos, etc., es inmediato tras el evento traumático y de difícil o imposible prevención, una vez que el mismo se ha producido. A su vez, este daño primario inicia un proceso de cambios celulares complejos, con liberación de mediadores inflamatorios y neuroquímicos, que van a culminar, tras un intervalo variable (entre horas y semanas) y con una intensidad igualmente variable, con una serie de hechos nocivos, que incluyen: alteración de la perfusión cerebral (con posible pérdida de la autorregulación), hipoxia, daño axonal, aumento de la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, edema, estrés oxidativo, daño mediado por radicales libres, liberación de neurotransmisores excitadores y aumento de la presión intracraneal, que incrementan el daño original y que constituyen lo que denominamos daño cerebral secundario. Como hemos señalado, entre el daño primario y el secundario hay un intervalo de tiempo variable, lo que permite implementar medidas protectoras frente al mismo, así como otras terapias que reviertan el efecto nocivo de estos mecanismos(7).

Es posible también, que lesiones producidas a nivel sistémico sobre los sistemas orgánicos vitales, provoquen o agraven aún más el daño encefálico, por: hipotensión con bajo gasto cardiaco, hipoxemia, hipercapnia o anemia. En los traumatismos graves, es frecuente la pérdida de la autorregulación cerebral(5), lo que condiciona un flujo cerebral bajo en caso de hipotensión. Es por esto también, que el manejo inicial de estos pacientes debe comenzar con la optimización de las funciones vitales(8,9).

En el síndrome del niño zarandeado (shaken baby syndrome), una de las formas más frecuentes de abuso en lactantes y niños pequeños, el daño se produce por la acción de fuerzas rotacionales, de aceleración y desaceleración, al bambolear cabeza y cuello sobre el tronco. Salvo que se produzca, además, impacto de la cabeza sobre un plano duro, puede no haber signos externos de trauma, lo que dificulta el diagnóstico. Las lesiones más frecuentes en este cuadro son el hematoma subdural y las hemorragias retinianas, pero también puede haber daño cerebral difuso(10).

Clínica, diagnóstico y clasificación de los TCE

La clínica es muy variable y no siempre hay buena correlación entre los síntomas iniciales y las lesiones intracraneales. El tipo de traumatismo, junto con los datos de anamnesis y exploración ayudarán a determinar qué casos deben recibir atención especializada.

La clínica de los TCEs es muy variable, oscilando entre la ausencia completa de síntomas o signos, hasta el coma profundo o síntomas de hipertensión intracraneal grave con riesgo de enclavamiento inminente, pasando por todos los grados intermedios de alteraciones neurológicas y síntomas asociados. Sin embargo, no hay una relación determinista clara y unívoca entre el tipo o intensidad de los síntomas iniciales y la gravedad de las lesiones que se producen. La inmensa mayoría de los TCE no van a tener consecuencias relevantes, van a ser banales y no van a precisar ingreso hospitalario ni actuaciones clínicas importantes(1,8,11). El reto es, precisamente, decidir correctamente, basándonos en la clínica y los datos de la anamnesis, qué pacientes no están incluidos en esa categoría benigna y, por tanto, son tributarios de mayor observación y/o exámenes complementarios.

La anamnesis debe registrar, al menos: la edad del paciente; lugar del traumatismo y tiempo transcurrido desde el mismo; mecanismo del traumatismo (los considerados de elevada energía (Tabla I) nos obligarán a decisiones menos conservadoras); y síntomas asociados, en especial, si hubo pérdida de conciencia y duración de la misma. Una historia poco consistente o incongruente debe ponernos en la pista de posible maltrato, especialmente en los menores de dos años.

La evaluación inicial o primaria debe seguir la secuencia ABCD, que permita descartar riesgo vital. En este caso, la A, además de la comprobación de la permeabilidad de la vía aérea, debe asegurar la protección cervical. La eficacia de la ventilación (B) será comprobada mediante auscultación y observación del ritmo respiratorio. La toma de pulso mediante palpación nos informará de su frecuencia, intensidad y ritmo; también comprobaremos el relleno capilar y la presión arterial, como datos iniciales de valoración de la circulación (C). A continuación, realizaremos la exploración neurológica inicial (D), que debe incluir el Glasgow y la simetría y reactividad pupilar. En caso de politraumatismo, algunos autores(12) proponen la realización, en esta fase inicial, de una ecografía rápida dirigida (FAST: Focused Assessment with Sonography for Trauma), con el fin de detectar líquido libre en peritoneo, pericardio y tórax, siempre que no interfiera con el resto de las actuaciones.

En la tabla II, se incluyen los síntomas y signos clínicos que pueden ir asociados a un TCE. El dato inicial más relevante es la presencia o no de alteración del nivel de conciencia tras el evento traumático y la gravedad de la misma, ya que tiene valor pronóstico(5,6,11).

Clásicamente, se utiliza la puntuación en la Escala de Glasgow, adaptada a la edad del niño (Tabla III), para la clasificación de la gravedad del TCE.

Es ampliamente conocida, relativamente objetiva y fácil de aplicar repetidamente, lo que facilita el registro de la evolución del nivel de conciencia. Basándonos en esta escala, se clasifica el TCE como: leve, cuando la puntuación obtenida es 14 o 15; moderada, cuando obtenemos entre 9 y 13 puntos y grave, cuando la puntuación de Glasgow es inferior a 9. No obstante, su utilidad tiene importantes limitaciones y su capacidad de predicción pronóstica es discutida(7). Existen varios factores que pueden influir en la evaluación, como: la presencia de hipotensión o hipoxia, así como el uso de fármacos, sistemas de sujeción o la ingesta de tóxicos. El estímulo aplicado debe ser adecuado y siempre debemos consignar la mejor respuesta obtenida en cada uno de los tres apartados; el motor es el más relevante de la evolución del paciente(5). La escala de Glasgow no recoge otros datos que tienen también interés en la valoración de la gravedad de un TCE, como: existencia de amnesia postraumática, vómitos persistentes, cefalea progresiva, convulsiones o simetría y reactividad pupilar.

Una vez estabilizado el paciente, se debe hacer una evaluación secundaria, más detallada, con una evaluación sistémica y neurológica más exhaustiva. Es importante detectar: fracturas en otras localizaciones, signos de sangrado, signos de fractura en base de cráneo (Tabla II), heridas que hayan pasado desapercibidas y palpación de suturas, y fontanela en los lactantes.

Comparado con los TCE moderados y graves, en los que la definición y las pautas de actuación se han mantenido más o menos estables, ya que todos ellos serán tributarios de ingreso hospitalario y exámenes complementarios, principalmente el TC craneal, como veremos; en los últimos años, el interés se ha centrado en las pautas de actuación ante los TCE considerados leves que son, con diferencia, los más frecuentes, y en los que la valoración inicial y la toma de decisiones pueden presentar más dudas. En este sentido, el trabajo más relevante es el publicado en 2009, por la Pediatric Emergency Care Applied Research Network (PECARN)(2), con una muestra de más de 40.000 menores de 18 años enrolados en un estudio prospectivo, que ha vuelto a ser validado recientemente(13). Este estudio establece el concepto de TCE clínicamente importante (TCEc.i.), que sería aquél que cumple alguno de los siguientes criterios: provoca la muerte del paciente; requiere una intervención neuroquirúrgica de cualquier tipo (incluido implantar un monitor de presión intracraneal); provoca la necesidad de intubación durante más de 24 horas; o necesita, al menos, dos noches de hospitalización y presenta algún tipo de lesión traumática en el TC. Tras el análisis de sus resultados, el estudio establece dos conjuntos de datos que serían relevantes para identificar un TCEc.i., uno para menores de 2 años y otro para niños de 2 años o mayores (Tabla IV).

Proponen también, dos algoritmos de decisión (Figs. 1 y 2), uno para cada intervalo de edad, con recomendaciones concretas basadas en el cálculo del riesgo de TCEc.i., según los criterios clínicos que se hallaron relevantes en su trabajo.

Figura 1. Algoritmo para decisión sobre TC craneal en ≤ 2 años con Glasgow 14 o 15 después de traumatismo craneoencefálico (TCE).

 

Figura 2. Algoritmo para decisión sobre TC craneal en > 2 años con Glasgow 14 o 15 después de TCE.

En los estudios de validación realizados por los mismos(2) y otros autores(13), la sensibilidad de estos algoritmos es muy elevada; es decir, prácticamente ningún niño con TCE, clínicamente importante, fue erróneamente clasificado. La especificidad es media y algo mayor en los niños menores de 2 años (57,8%) que en los de 2 a 18 años (40,6%).

Destaca en esta propuesta de valoración, que no indica en ningún caso la radiografía simple de cráneo, cuya idoneidad, por otra parte, ya había sido cuestionada por otros(6,9), aunque se mantiene para algunos casos en otras guías de actuación(8). Otro punto que puede resultar controvertido es la pauta de actuación en el grupo de riesgo intermedio, en los que se considera válida, tanto la observación como la realización de TC. Es un grupo bastante numeroso de pacientes (en torno al 30% de los casos) y la decisión final se tomaría en función de factores no siempre bien definidos, como la experiencia del examinador o la preferencia de los padres, lo que puede implicar importantes diferencias locales en la frecuencia de realización de TC. En este sentido, hay que señalar que los periodos de observación clínica prolongados (entre 3 y 6 horas), se han asociado con menor utilización de TC(14,15) y que hay que tener presente los riesgos inherentes a esta prueba de imagen: elevado nivel de radiación, probable necesidad de sedación en los pacientes más pequeños y menos colaboradores y la pérdida del contacto visual directo entre el clínico asistente y el paciente durante la prueba. Un amplio estudio(16) encuentra una incidencia de cáncer 24% mayor en niños y adolescentes expuestos a TC, comparado con individuos no expuestos. Todo ello debe ser convenientemente ponderado antes de tomar la decisión. El objetivo es que, sin perder sensibilidad en la detección de TCEc.i., se eviten costes y riesgos innecesarios.

Exámenes complementarios

El TC craneal es la prueba diagnóstica de elección, pero no debe hacerse rutinariamente, ya que no es una prueba exenta de riesgos. Una observación prolongada (3 a 6 horas) permite evitar pruebas innecesarias.

Ya hemos mencionado que el TC craneal es la prueba diagnóstica de elección en el TCE y las posibles indicaciones de la misma, puesto que no debe hacerse de forma rutinaria. Es rápida, sensible y específica, tanto para la detección de fracturas como de lesiones intracraneales(5,6). El estudio detallado de las posibles lesiones escapa de los objetivos de esta revisión. En líneas generales, podemos decir que las lesiones intracraneales pueden ser: focales (contusiones, hematoma epidural y subdural, y hemorragias intraparenquimatosas) difusas (swelling y lesión axonal difusa); hemorragias subaracnoideas y neumoencéfalo. Es importante detectar una lesión ocupante de espacio (fundamentalmente, hematomas), porque pueden requerir una actuación neuroquirúrgica urgente. También son relevantes las lesiones difusas que sugieran aumento de la presión intracraneal, como disminución o desaparición de los ventrículos y cisternas de la base.

La radiografía simple de cráneo entraña menos riesgo, pero da mucha menos información, ya que solo permite detectar fracturas, por lo que su utilización está cuestionada. No obstante, es posible que mantenga algunas indicaciones: sospecha de maltrato (debe valorarse la realización de una serie ósea), lesiones penetrantes (para descartar la presencia de un cuerpo extraño), no disponibilidad de TC e incluso en niños de bajo riesgo en los que se considera necesario para mantener una relación de confianza con la familia, según algunos autores(11).

En lactantes con fontanela abierta, puede ser útil la realización de una ecografía transfontanelar. Es rápida y no precisa sedación, pero la ventana de exploración es limitada, por lo que no siempre permite una correcta valoración de todas las estructuras intracraneales. No obstante, nos puede permitir detectar de forma precoz algunas lesiones hemorrágicas(6).

La resonancia magnética (RM), aunque es más sensible que la TC para la detección de lesiones intraparenquimatosas de pequeño tamaño, no debe ser una prueba de elección inicial. El objetivo principal de una prueba de imagen en estos pacientes es detectar una lesión que requiera cirugía, y para esto no supera al TC, que es una prueba más rápida y accesible. Sí estará indicada en casos con sospecha de lesión medular y puede valorarse en pacientes cuya clínica no sea explicable por los hallazgos de la TC.

Pruebas de imagen más específicas, como angioTC, angio-resonancia o angiografías convencionales, pueden ser necesarias en los casos con sospecha de lesiones vasculares intracraneales, como traumatismos penetrantes, pero son excepcionales(9).

Además de las pruebas de imagen, y dependiendo de la clínica que presente el paciente, pueden ser necesarias otras pruebas como: equilibrio ácido-base, hemograma y bioquímica sanguínea básica. En lactantes con sospecha de lesiones por maltrato, debemos examinar el fondo de ojo, en busca de lesiones retinianas.

Manejo pre-hospitalario y transporte

El abordaje inicial consistirá en estabilizar las funciones vitales del paciente que lo precisen, hacer una valoración inicial de la gravedad y tomar medidas para la prevención del daño secundario.

El manejo pre-hospitalario es crucial, ya que el 50% de las muertes por TCE se producen en las primeras horas tras el traumatismo(9). La actuación inicial ante un TCE está encaminada a la estabilización del paciente, siguiendo el esquema ABCD de la evaluación inicial y a la prevención de lesiones secundarias.

En los traumatismos leves con bajo riesgo (Figs. 1 y 2), se informará a los adultos responsables del resultado de la valoración y se les entregará por escrito las recomendaciones de observación y vigilancia domiciliaria (Tabla V), con los signos de alerta que deben motivar una nueva consulta. En los casos de sospecha de maltrato, se recomienda siempre el ingreso hospitalario(8,11).

Los traumatismos con factores de riesgo medio o alto, deben ser transferidos al hospital de referencia para observación y/o realización de exámenes complementarios (principalmente, TC craneal). No obstante, es obligado iniciar el protocolo de estabilización sin demora, y mantenerlo durante el traslado del paciente, así como otras medidas de prevención del daño secundario. En la tabla VI, se señalan los objetivos que deben ser cubiertos en la primera hora.

Entre las medidas generales, no debemos olvidar la protección cervical, en todas las manipulaciones, ya que se detecta lesión cervical hasta en el 10% de los TCE(9). La cabeza debe mantenerse alineada con el tronco y elevada unos 30 grados, para favorecer el retorno venoso. Se realizará control térmico y se combatirá la hipertermia; la hipotermia no ha demostrado utilidad(17). Utilizaremos analgésicos, inicialmente no sedantes, para combatir el dolor. El uso de fármacos sedantes puede dificultar la exploración neurológica, por lo que intentaremos evitarlos en los momentos iniciales. No obstante, en caso de agitación, que puede aumentar tanto la presión intracraneal como la demanda metabólica, podría estar justificado su uso.

Es clásica la recomendación de aislamiento de vía aérea mediante intubación cuando el Glasgow es inferior a 9, así como en casos de politrauma con shock o trabajo respiratorio aumentados, como principales indicaciones. Sin embargo, los estudios en este campo realizados en niños son limitados, y algunos autores encuentran que los intentos de intubación precipitada, sobre todo, cuando son realizados por paramédicos (algo inusual en nuestro medio) o personal poco experimentado en el manejo de pacientes pediátricos, pueden ocasionar un aumento de la mortalidad(18). Los dispositivos de ventilación supraglóticos, como la mascarilla laríngea, podrían ser una alternativa válida(9). En cualquier caso, el objetivo es mantener una adecuada oxigenación (saturación de O2 >= 95%) y normocapnia, con pCO2 entre 35-40 mmHg. El uso de dispositivos que miden el CO2 exhalado es útil para monitorizar este parámetro. No está indicada la hiperventilación preventiva.

El objetivo hemodinámico es evitar la hipotensión arterial, que podría comprometer la perfusión cerebral. Se debe establecer un acceso venoso e iniciar la perfusión de cristaloides isotónicos, como salino fisiológico o cristaloides balanceados, evitando los sueros hipotónicos y glucosados, que pueden exacerbar el edema cerebral. Si hay signos clínicos de mala perfusión o se detecta hipotensión, estaría indicada la administración en bolo rápido (20 mL/kg) de los cristaloides isotónicos, que puede repetirse hasta alcanzar objetivos (Tabla VI). Los signos de hipovolemia son: taquicardia, pulso filiforme y aumento del tiempo de relleno capilar (más de 2 segundos)(5,9).

En cuanto al soporte neurológico, además de la vigilancia continuada del nivel de conciencia (mediante aplicación repetida de la escala de Glasgow), es esencial el tratamiento de las convulsiones y la detección de signos de hipertensión intracraneal grave con herniación cerebral, que puede resultar letal en pocos minutos, si no se toman las medidas adecuadas; para este punto, es importante el examen periódico de la simetría y reactividad pupilar, además del patrón respiratorio, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial.

Si se evidencian convulsiones, el tratamiento de las mismas con diazepam siguiendo las pautas habituales es obligado(11), ya que estas aumentan: la demanda metabólica cerebral, la presión intracraneal y la probabilidad de daño secundario. El riesgo de convulsiones precoces tras un TCE grave se estima en un 10%-20%, por lo que diversos autores(6,9) recomiendan tratamiento profiláctico de las mismas y el fármaco recomendado es la fenitoína (20 mg/kg en infusión lenta como dosis de choque inicial), aunque cada vez se utiliza con más frecuencia, levetiracetam con el mismo objetivo(9); sin embargo, no disponemos por ahora de estudios de alta calidad que justifiquen el cambio de fármaco ni el uso sistemático de esta profilaxis(19). No parece que estos tratamientos eviten la aparición de convulsiones tardías.

El aumento de la presión intracraneal (que puede ocurrir por diversos mecanismos en el TCE: hemorragia, edema, inflamación, bloqueo en el drenaje del LCR, etc.) es un importante condicionante del daño cerebral secundario que debemos considerar ante cualquier TCE. La medición de la presión intracraneal solo es factible en el ámbito hospitalario. El valor de la misma, que se considera elevado cuando supera los 20 mmHg, permite estimar la presión de perfusión cerebral (diferencia entre la presión arterial media y la presión intracraneal), cuyo valor en niños debe situarse por encima de los 45-60 mmHg (el valor bajo del rango sería apropiado para lactantes y el más alto para niños y adolescentes). Por otro lado, el tratamiento empírico de una supuesta hipertensión intracraneal no está exento de riesgos. La hiperventilación se asocia con aumento del riesgo de isquemia cerebral y la terapia hiperosmolar podría ocasionar hipotensión(9,19); es por ello, que estas terapias no están indicadas de forma preventiva. Sin embargo, ante la presencia de signos clínicos sugestivos de enclavamiento, como son: pupilas asimétricas arreactivas, respuesta motora en extensión o flacidez, disminución progresiva del nivel de conciencia (caída del Glasgow superior a 2 puntos) o la denominada triada de Cushing (hipertensión arterial, bradicardia y respiración irregular) es obligado iniciar tratamiento empírico de hipertensión intracraneal, con las medidas de primer nivel: hiperventilación moderada (pCO2 de 30 a 35 mmHg, puede monitorizarse mediante capnografía) y terapia osmolar. La hiperventilación reduce la presión intracraneal, induciendo vasoconstricción, que reduce el flujo sanguíneo cerebral, su efecto es inmediato y debe suspenderse (pasando a normoventilación), si desaparecen los signos clínicos de alerta. Debe evitarse una hiperventilación más agresiva por el riesgo de isquemia cerebral. En cuanto a la terapia osmolar, que induciría una reducción del edema cerebral, son efectivos tanto el manitol (0,25-1 g/kg, en bolo i.v. rápido) como el salino hipertónico al 3% (5-10 mL/kg, i.v. en 10 minutos). Aunque no hay estudios comparativos de alta calidad, en general, se prefiere el salino hipertónico en niños(9,19), especialmente en caso de hipotensión. Estas terapias serán añadidas a las medidas generales y a la optimización de las medidas de soporte que se hayan instaurado.

Tratamiento hospitalario

Los pacientes que precisen realización de TC, observación prolongada o medidas terapéuticas especializadas, deben ser derivados al hospital.

La derivación de los pacientes con TCE al hospital se realizará cuando esté indicada observación prolongada, realización de TC o la continuación de las terapias iniciadas previamente. Una vez obtenida la neuroimagen, será valorada conjuntamente con el neurocirujano. En caso de hematoma epidural o contusiones hemorrágicas con efecto masa, puede ser prioritaria la evacuación quirúrgica. La monitorización de la presión intracraneal (PIC) estará indicada en todos los pacientes con Glasgow < 8 y en aquellos con TC craneal que evidencien lesiones con riesgo de hipertensión intracraneal o que requieran sedación por otros motivos(20). Si se realiza mediante un catéter intraventricular, permite también la extracción de LCR para reducir la PIC.

El estudio detallado de la monitorización y terapias avanzadas excede a los objetivos de esta revisión. Generalmente, se realizan en la UCI pediátrica. Las terapias de control de PIC ya señaladas, pueden ser optimizadas mediante medición de saturación venosa en el bulbo de la yugular (SjO2) o doppler transcraneal, entre otras. También, es posible el uso de otras terapias de segundo nivel, como la craniectomía descompresiva o el coma barbitúrico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Thurman DJ. The Epidemiology of Traumatic Brain Injury in Children and Youths: A Review of Research Since 1990. J Child Neurol. 2016; 31: 20-7.

2.*** Kupperman N, Holmes JF, Dayan PS, et al. Identification of children at very low risk of clinically-important brain injuries after head trauma: a prospective cohort study. Lancet. 2009; 374: 1160-70.

3. Lumba-Brown A, Owen Yeates K, Sarmiento K, et al. Center for Disease Control and Prevention Guideline on the Diagnosis and Management of Mild Traumatic Brain Injury Among Children. JAMA Pediatr. doi:10.1001/jamapediatrics.2018.2853.

4. Trefan L, Houston R, Pearson G, et al. Epidemiology of children with head injury: a national overview. Arch Dis Child. 2015; 0: 1-6.

5.** Serrano A, Casado Flores J. Traumatismo craneoencefálico grave. En Casado Flores J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave, 3ª ed. Madrid: Ergon; 2015. p 880-91.

6. Cambra Lasaosa FJ, Serrano González A. Traumatismo craneoencefálico. En: Moro M, Málaga S, Madero L, eds. Cruz Tratado de Pediatría, 11ª ed. Buenos Aires: Panamericana; 2014. p. 396-402.

7. Namjoshi DR, Cheng WH, Panenka W, Richards D, Cripton PA, Wellington CL. Towards clinical management of traumatic brain injury: a review of models and mechanisms from a biomechanical perspective. Dis Model Mech. 2013; 6: 1325-38.

8. Manrique I, Alcalá PJ. Manejo del traumatismo craneal pediátrico. En: AEP, eds. Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Urgencias Pediátricas SEUP-AEP, 2ª ed. Madrid: Ergon; 2010. p. 211-30.

9.** Garvin R, Mangat H. Emergency Neurological Life Support: Severe Traumatic Brain Injury. Neurocrit Care. 2017; 27: S159-S169.

10. Joyce T, Huecker MR. Pediatric Abusive Head Trauma (Shaken Baby Syndrome) (Actualizado: 27 de octubre de 2018). En: StatPearls (Internet). Treasure Island (FL): StatPearls Publishing; 2018 Jan-.Available from: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK499836/.

11. Silva Higuero N, García Ruano A. Traumatismos craneoencefálicos. Pediatr Integral. 2014; XVIII(4): 207-18.

12. Renter Valdovinos L, de Paz B. Ecografía en Politrauma: EFAST, Cuerpos extraños y fracturas. Diagnóstico de ascitis y paracentesis. Grupo de Trabajo de Ecografía de la Sociedad Española de Cuidados ­Intensivos Pediátricos (SECIP). https://secip.com/wp-content/uploads/2018/09/4-ECOGRAF%C3%8DA-EN-POLITRAUMA.-EFAST.-CUERPOS-EXTRA%C3%91OS-Y-FRACTURAS-.pdf

13. Nakhjavan-Shahraki B, Yousefifard M, Hajighanbari MJ, Oraii A, Safari S, Hosseini M. Pediatric Emergency Care Applied Research Network (PECARN) prediction rules in identifying high risk children with mild traumatic brain injury. Eur J Trauma Emerg Surg. 2017; 43: 755-62.

14. Atabaki SM. Updates in the General Approach to Pediatric Head Trauma and Concussion. Pediatr Clin N Am. 2013; 60: 1107-22.

15. Chong SL, Lee KP, Lee JH, Ong GYK, Ong MEH. Pediatric head injury: a pain for the emergency physician? Clin Espe Emerg Med. 2015; 2: 1-8.

16. Mathews JD, Forsythe AV, Brady Z, et al. Cancer risk in 680.000 people exposed to computed tomography scans in childhood or adolescence: data linkage of 11 million Australians. BMJ. 2013; 346: f2360.

17. Adelson PD, Wisniewski SR, Beca J, et al. Comparison of hypothermia and normothermia after severe traumatic brain injury in children (Cool Kids): A phase 3, randomised controlled trial. Lancet Neurol. 2013; 12: 546-53.

18. Bossers SM, Schwarte LA, Loer SA, Twisk JW, Boer C, Schober P. Experience in prehospital endotracheal intubation significantly influences mortality of patients with severe traumatic brain injury: a systematic review and meta-analysis. PLoS One. 2015; 10: 20141034.

19. Belisle S, Lim R, Hochstadter E, Sangha G. Approach to pediatrics traumatic brain injury in the emergency department. Curr Pediatr Rev. 2018; 14: 4-8.

20. Palomeque A, Cambra FJ, Esteban E, Pons M. Traumatismo craneoencefálico y raquimedular. En: López-Herce, Calvo, Rey, Rodríguez y Baltodano, eds. Manual de Cuidados Intensivos Pediátricos 4ª ed. Publimed, Madrid; 2013. p. 542-52.

Bibliografía recomendada

Kupperman N, Holmes JF, Dayan PS, et al. Identification of children at very low risk of clinically-important brain injuries after head trauma: a prospective cohort study. Lancet. 2009; 374: 1160-70.

Importante estudio de cohortes, prospectivo, que ha permitido la elaboración de un protocolo de actuación en casos de TCE leves, con gran sensibilidad y aceptable especificidad.

– Serrano A, Casado Flores J. Traumatismo craneoencefálico grave. En: Casado Flores J, Serrano A, eds. Urgencias y tratamiento del niño grave, 3ª ed. Madrid: Ergon; 2015. p 880-91.

Excelente revisión del TCE grave, que aborda tanto los aspectos de la evaluación y atención inicial como los más especializados. Abundante iconografía de buena calidad.

– Garvin R, Mangat H. Emergency Neurological Life Support: Severe Traumatic Brain Injury. Neurocrit Care. 2017; 27: S159-S169.

Revisión de la actuación de emergencia en caso de TCE grave, con especial énfasis en los objetivos iniciales, en cuanto al soporte vital y neurológico, que deben abordarse desde el ámbito pre-hospitalario.

Caso clínico

 

Un niño de 3 años es llevado al centro de salud, porque, aproximadamente una hora antes, se ha caído mientras jugaba en el parque desde un columpio. Refieren que no iba a mucha velocidad y que la altura era menor de 1 metro, pero que el golpe ha sonado fuerte. El niño ha caído de espalda y se ha golpeado la cabeza por detrás. Inicialmente, se ha quedado “quieto” y ha tardado unos segundos en romper a llorar, pero no creen que haya perdido la conciencia. Mientras lloraba, ha comenzado a toser y ha echado mocos. No le ven heridas, pero están preocupados porque el golpe les ha parecido fuerte. Durante la exploración, el niño está alerta, aunque asustado, pero se tranquiliza en brazos de su padre, dice su nombre cuando se le pregunta y coge con las manos un objeto que se ofrece. En la exploración, se aprecian algunas lesiones equimóticas y de rozadura en la espalda, pero no se aprecian lesiones en la cabeza. Las pupilas son isocóricas y reactivas. Dice sentir dolor en la espalda y también se toca la zona de occipucio.

 

 

 

Glosario de la medicina del sueño pediátrica

G. Pin Arboledas
Temas de FC


G. Pin Arboledas

Unidad de Pediatría Integral. Unidad de Sueño. Hospital Quironsalud Valencia

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 451 – 453


Glosario de la medicina del sueño pediátrica

A

Acrofase (v. biorritmo): tiempo en el que se observa el valor máximo del biorritmo de una variable.

Actimetría: medición de la actividad motriz. Permite valorar las fases de reposo y actividad. Se explora de manera ambulatoria con un actímetro.

Actímetro (actígrafo): aparato biomédico del tamaño de un reloj. Permite detectar los movimientos corporales durante la actividad. Ofrece información sobre la cronología y la duración de los episodios del sueño. Los momentos de inactividad sugieren episodios del sueño.

Agenda del sueño: herramienta utilizada en la valoración subjetiva del sueño durante 15 días. Se anotan durante dos semanas los momentos de inicio de las rutinas de sueño, el momento de inicio del sueño, cuando aparecen los eventos a estudiar o los despertares durante el sueño y la hora del final del periodo de sueño durante las 24 horas. Su objetivo es valorar: la latencia de sueño, número de despertares, localización en el tiempo de los diversos eventos, así como el tiempo total de sueño (TTS). La agenda libre, esto es, la realizada permitiendo que el niño inicie y finalice el periodo de sueño según sus necesidades, sin tener en cuenta el horario exterior impuesto permite, al mismo tiempo, conocer el cronotipo del niño.

Alfa (ritmo): actividad del EEG, cuya frecuencia está comprendida entre 8 y 13 ciclos/segundo (algunos autores, 8-12 c/s). Amplitud inferior a 50 μV en el adulto. Comienza a aparecer de manera fisiológica en el estado de vigilia desde los 4 años. Su frecuencia disminuye en el momento de la somnolencia.

Alfa-delta (actividad): actividad del EEG inusual que se observa durante el sueño profundo.

Alucinaciones hipnagógicas: son fenómenos perceptivos del comienzo del sueño. Se trata de alucinaciones esencialmente visuales, compuestas por imágenes más o menos animadas y, a veces, auditivas, que sobrevienen durante el adormecimiento, como si el individuo integrara el ambiente en su sueño. En algunos pacientes con narcolepsia, aparecen especialmente al luchar contra el sueño.

Alucinaciones hipnopómpicas: se refieren a fenómenos perceptivos producidos en el momento de pasar del sueño al estado de vigilia. Se trata, fundamentalmente, de alucinaciones auditivas o visuales que sobrevienen al despertar.

Amplitud de biorritmo: mitad de la altura que supera un valor máximo del mínimo a lo largo de todo un ciclo de un biorritmo.

Amplitud de onda: mitad de la diferencia pico-valle para el periodo considerado. Es uno de los parámetros que permiten definir el ritmo.

Apnea central (síndrome de): nominaciones alternativas: apnea del sueño infantil, apnea de la infancia, apnea central primaria del recién nacido. Hallazgos esenciales: apnea prolongada, predominantemente central, en un niño de más de 37 semanas de gestación. Los eventos se suelen asociar a hipoxemia y bradicardia, que requieren maniobras de reanimación. Se pueden asociar a apneas obstructivas.

Apnea-hipoapnea del sueño (síndrome de): nominaciones alternativas: síndrome de apnea obstructiva del sueño, apnea del sueño, trastorno respiratorio del sueño, síndrome de hipopnea del sueño, obstrucción de la vía aérea superior durante el sueño. Hallazgos esenciales: obstrucción intermitente completa o parcial (hipopnea) de la vía aérea, que altera la ventilación durante el sueño, los patrones del sueño o ambos. Los niños pueden presentar diferentes patrones respiratorios durante el sueño. Muchos de estos niños tienen historia previa de ronquidos. La excesiva somnolencia diurna no es excepcional, así como los problemas de aprendizaje y conductuales.

Apnea-hipopnea (índice): número total de apneas obstructivas, centrales y mixtas y de hipopneas contabilizadas por hora de sueño. En el niño debe ser menor de 3-5 según autores.

Aumento de resistencia de las vías respiratorias superiores (síndrome del): episodios de aumento progresivo de las presiones endotorácicas (presión esofágica), asociado con un flujo inspiratorio limitado que suele terminar con un microdespertar.

Avance de fase (síndrome de): típico en los niños con cronotipo matutino (también llamado cronotipo alondra), que presentan necesidad irresistible del sueño, antes de la hora deseada, muy pronto al atardecer y un despertar matutino temprano con imposibilidad de conciliar el sueño de nuevo. Es un cronotipo mucho menos frecuente que su contrario (retraso de fase o cronotipo “búho”).

B

Beta (ritmo): actividad del EEG de 13-35 ciclos/segundo con amplitud menor de 30 μV. Típico de la fase 2N. En ella se producen los husos del sueño con frecuencias de entre 12 y 14 hz.

Biorritmo: oscilaciones periódicas de las variables biológicas que estudia la cronobiología, el biorritmo es un cambio funcional que se repite o recurre en un período de tiempo. La dimensión “tiempo” incide en el diagnóstico, la terapéutica y la prevención de la enfermedad y la salud.

BIPAP(Bilevel Positive Airway Pressure): aparato de ventilación con dos niveles de presión.

Bruxismo: movimientos estereotipados de masticación y rechinamiento de los dientes que pueden sobrevenir durante el sueño (parasomnia). Se manifiesta por el cierre o rechinamiento de los dientes que pueden ocasionar un ruido desagradable.

C

Capnografía: método de medición continua de la tasa de anhídrido carbónico.

Cataplejia: disminución o abolición brusca del tono muscular sin alteración de la conciencia. Puede ser parcial, en algunos músculos esqueléticos, y provocar debilidad de las rodillas, caída de la cabeza o imposibilidad de articular palabras; también puede ser más generalizado, con caída e incapacidad de moverse. Generalmente, desencadenado por una emoción (risa, cólera). Su duración es variable. Constituye uno de los síntomas principales de la narcolepsia.

Catatrenia: generalmente se asocia a una espiración alargada durante el sueño REM. Típicamente, una inspiración profunda es seguida por una espiración prolongada y una vocalización monótona.

Ciclo del sueño: es la unidad del sueño compuesta por un episodio de fases del sueño NREM seguida de un episodio del sueño REM. En los adultos, dura alrededor de 90 minutos. En los niños, se incrementa desde 40 minutos en el lactante hasta esos 90 minutos alrededor de los 10 años. Los primeros ciclos de la noche tienen más sueño 3N (profundo) y menos sueño REM.

Circadiano (ciclo): ritmo biológico cuya repetición es alrededor de cada 24-25 horas. Se establece a partir de los 5-6 meses de edad postnatal en los niños nacidos a término.

Complejo K: grafoelemento del EEG compuesto por una onda negativa puntiaguda (hacia arriba en el EEG) lenta y de gran amplitud, seguida de una onda positiva (hacia abajo en el EEG) aún más lenta y menos amplia. Tiene una duración de 0,5-3 segundos. Aparece en la fase 2N. No se observan antes de los 6 meses de vida, e incluso, en algunos niños, hasta los dos años.

Cosinor: método para analizar matemáticamente una serie temporal. Es el método más utilizado para la caracterización estadística de los ritmos biológicos.

CPAP (Continuous positive airway pressure): tratamiento de los trastornos respiratorios del sueño mediante la administración de una determinada presión constante durante el sueño a la vía aérea superior.

Cronobiología: ciencia (logía) que considera la estructura temporal (crono) de la vida (bio); es decir, la estructura del tiempo vital.

Cronodisrupción (CD): la CD se define como una alteración relevante del orden temporal interno de los ritmos circadianos bioquímicos, fisiológicos y de comportamiento. Estudios epidemiológicos muestran una relación entre la CD y el aumento en la incidencia de: síndrome metabólico, enfermedades cardiovasculares, deterioro cognitivo, trastornos afectivos, alteraciones del sueño, algunos tipos de cáncer y envejecimiento acelerado. La CD puede ser el resultado de alteraciones en los distintos componentes del sistema circadiano (marcapasos central y osciladores periféricos, entradas al reloj, principalmente debidas a defectos de la visión, y salidas del marcapasos y osciladores). La exposición a diferentes sincronizadores (luz, actividad física y social, alimentación), de manera regular, robustece el funcionamiento del sistema circadiano mediante la cronopotenciación, que puede atenuar la CD asociada al envejecimiento.

Cronoterapia: manipulación de los sincronizadores externos y modificación de la conducta del niño para recuperar los ritmos biológicos perturbados. Puede utilizar la exposición matinal a la luz, cambio progresivo de las horas de acostarse y levantarse…

D

Delta (ritmo): actividad del EEG con frecuencia menor de 4 Hz. Típica del sueño lento profundo.

Desfase de los husos horarios (síndrome del) o jet-lag: alteraciones biológicas, clínicas y sociales relacionadas con el paso rápido de varios husos horarios en los viajes aéreos. Ocasiona: astenia, alteraciones del sueño, ansiedad, disminución del rendimiento… El niño sufre menos alteraciones que el adulto.

Despertar confusional: despertar desde la fase del sueño lento profundo (3N) de la primera mitad de la noche, que puede acompañarse de un estado confusional, desorientación y de amnesia de intensidad variable.

Distonia paroxística nocturna: movimientos involuntarios nocturnos caracterizados por la asociación de movimientos tónicos de las cuatro extremidades y del eje corporal, posturas distónicas, automatismos, vocalizaciones y mímicas afectivas, que sobrevienen durante el sueño lento profundo. Muchos autores consideran que se trata de una forma de epilepsia parcial.

E

Eficiencia del sueño (índice de): es la relación entre el tiempo total del sueño y el tiempo transcurrido en la cama.

Electroculograma (EOG): registro de las diferencias de potencial inducidas por el desplazamiento de los globos oculares, captadas por medio de electrodos superficiales colocados en la región periorbitaria. Su registro es indispensable para detectar el sueño REM.

Ensueño: fenómeno psicológico involuntario que se produce mientras el individuo duerme. Constituido por una serie de imágenes, más o menos animadas, que pueden memorizarse parcialmente. En general se producen durante la fase de sueño REM.

Época: en polisomnografía, la época se define como: el intervalo que sirve de unidad de base para la lectura de las fases del sueño. Corresponde (a una velocidad de 10 mm/s) a una pantalla que refleje 30 segundos de registro.

EPWORTH (escala de somnolencia): cuestionario subjetivo que permite apreciar el nivel de somnolencia en meses precedentes. Existe una adaptación para niños no validada en castellano.

F

Fase 1 (1N): forma parte del sueño NREM (actualmente: N). Es la primera fase del sueño que aparece tras la vigilia. Es el sueño superficial. En general, es la transición de la vigilia a la fase de sueño profundo (3N). En ella, la actividad alfa del EEG ocupa menos del 50% del tiempo.

Fase 2 (2N): generalmente sigue a la Fase 1 e indica un sueño más profundo. Forma parte del sueño NREM. En ella, se dan los husos del sueño y los complejos K. Representa la mayor parte del tiempo del sueño.

Fase 3 (3N): forma parte del sueño NREM. Es el sueño profundo con ondas lentas.

Fase REM: se caracteriza por la presencia de movimientos oculares rápidos, atonía muscular y ondas de frecuencias mixtas y bajo voltaje. En el RN ocupa el 50% del sueño y se va reduciendo hasta valores del 20-22% en el adulto. En esta fase, se producen las ensoñaciones y las pesadillas.

Fototerapia: tratamiento mediante la luz. Se recomienda en el síndrome de retraso de fase.

Frecuencia (biorritmo): Inverso al período. Expresa el número de ciclos o períodos en una unidad de tiempo.

H

Higiene del sueño: valora las relaciones existentes entre las conductas, hábitos, factores ambientales, cambios de ritmo, alimentación… y el sueño.

Hipersomnia: alargamiento patológico para la edad del tiempo total del sueño en 24 horas, o un sueño especialmente profundo con dificultades para el despertar. Los valores de tiempo total de sueño se posicionan por encima del percentil 97 para la edad del niño.

Hipoventilación alveolar central congénita (síndrome de): nominaciones alternativas: síndrome de Ondine. Hallazgos esenciales: disfunción autonómica por la mutación del gen PHOX2B. Se caracteriza por el inicio de la hipoventilación desde el nacimiento, que empeora durante el sueño y no se explica por problemas: primarios pulmonares, neurológicos o metabólicos.

Hipnagógica (mioclonía): sacudidas breves.

Hipnograma: representación gráfica de la organización cronológica de la vigilia y de las diferentes fases del sueño. Proporciona una visión de conjunto de la arquitectura del sueño de una noche.

Hipnótico: medicamento que, en dosis terapéuticas, puede inducir y mantener un sueño parecido al fisiológico. El hipnótico ideal pediátrico no existe.

Hipopnea del sueño: interrupción incompleta de la respiración durante, al menos, dos ciclos respiratorios con disminución de la ventilación, al menos, del 40-50% (según autores), con respecto a la amplitud ventilatoria de referencia. Puede acompañarse de desaturación.

Homeostasis: hecho funcional de regulación y mantenimiento del equilibrio del medio interno. Se complementa con el concepto de biorritmo, como regulación de las relaciones del organismo con el medio externo, para facilitar la integración en él.

Husos del sueño: actividad EEG que se observa en la fase 2N.

I

Inercia del sueño: período de hipovigilancia, confusión y desorientación, que se produce durante los minutos siguientes al despertar (a veces, brusco). Su intensidad no parece tener ritmo circadiano, pero sí depender de la fase del sueño en la que estaba el niño.

Insomnio: el sueño se aprecia como insuficiente, insatisfactorio, no reparador. Puede ser de inicio (cuesta que inicie el sueño), de mantenimiento (se despierta muchas veces en medio de la noche) o despertar precoz (¡demasiado madrugadores, incluso los domingos!). Para los distintos tipos de insomnio, véase el artículo correspondiente de esta monografía.

Insomnio agudo: nominación alternativa: insomnio de corta duración, insomnio de ajuste. Hallazgos esenciales: una dificultad para iniciar y/o mantener el sueño que ocasiona preocupación sobre el sueño en el niño y/o la familia. Se puede acompañar de preocupaciones diurnas sobre el sueño o dificultades escolares, con la familia o de otras áreas del comportamiento. En general su duración es menor a 3 meses.

Insomnio crónico: nominación alternativa: insomnio primario, insomnio comórbido, dificultades de inicio y mantenimiento del sueño, insomnio conductual infantil, insomnio por malos hábitos, insomnio por ausencia de límites. Hallazgos esenciales: dificultad frecuente y persistente para iniciar o mantener el sueño, acompañada de preocupación sobre el sueño en el niño y/o la familia. En los niños pequeños, estas dificultades suelen ir unidas a asociaciones inadecuadas o ausencia de límites educativos, con asociación en el momento de inicio del sueño, de formas específicas de estimulación (TV), objetos (alimentos) o lugares (sofá, habitación de los padres…).

Insuficiencia del sueño (o privación crónica del sueño): tiempo dedicado al sueño de manera deliberada o insuficiente oportunidad para dormir según las necesidades para la edad del niño. Es la causa más frecuente de somnolencia diurna excesiva. Muy relacionada con el uso en el dormitorio de informática o TV y los horarios paternos. Generalmente, ocasiona intentos de “recuperaciones del sueño” cuando se les da la oportunidad.

J

Jactatio capitis: véase ritmias del sueño.

Jet lag: véase desfase de husos horarios.

K

K alfa: corresponde a un microdespertar. En el EEG, se observa un complejo K (véase su definición), seguido de ritmo alfa (típico de vigilia).

Klein-Levin (síndrome de): es una hipersomnia rara de tipo recurrente. Períodos de hipersomnia, acompañados de hiperfagia, hipersexualidad (conductas masturbatorias), desinhibición social, irritabilidad y agitación. Puede asociarse a: alucinaciones, un estado confusional con desorientación y deficiente memoria del evento. Es una afección benigna.

M

Mantenimiento del sueño (índice de): cociente entre el tiempo total del sueño (TTS) y el período total del sueño (PTS) expresado en porcentaje. Suele ser superior al 95%.

Melatonina: neurohormona derivada de la serotonina y sintetizada, fundamentalmente, en la glándula pineal, regulada por los núcleos supraquiasmáticos del hipotálamo. Tiene una secreción circadiana, con incremento durante la fase de oscuridad. Su función fundamental es regular el ritmo circadiano. Actualmente, no se tienen datos de la seguridad a medio-largo plazo del uso de melatonina exógena en niños menores de 6 años.

Mesor (Midline Estimating Static of Rhythm): valor promedio, en torno al cual, oscilan todos los valores medidos de un biorritmo.

Microestructura del sueño: técnica de evaluación de los diferentes estados de corta duración, que suceden rápidamente durante el sueño. Está representado por el patrón alternante cíclico (CAP).

Microsueño: resolución rápida, reversible y espontánea de la vigilia. Son episodios de sueño de corta duración (< 30 segundos).

Mioclonía hipnagógica: sacudidas mioclónicas breves, generalizadas, que aparecen en el inicio del sueño, en la transición a la fase 1.

Mioclonías neonatales benignas: accesos mioclónicos breves, espontáneos, frecuentes, de escasa intensidad, sin pérdida del conocimiento y nunca en serie, que se desarrollan entre el cuarto mes y el primer año de vida en un lactante sano, sin antecedentes patológicos, a excepción de una historia familiar de convulsiones o epilepsia. No se acompañan de otro tipo de crisis, persisten durante el sueño ligero, pero desaparecen en el sueño lento profundo. En EEG sobre un fondo normal, se observan descargas de punta-onda y de polipunta-onda generalizadas. Requiere remisión a neuropediatría.

Modafinilo: fármaco estimulante no anfetamínico. Estimula la vigilancia a través de la activación de las sinapsis alfa-1 noradrenérgicas centrales.

Movimientos oculares rápidos (densidad de): es la frecuencia de los movimientos oculares por minuto del sueño REM. En la depresión, hay un aumento de la densidad.

Movimiento periódico de las extremidades (síndrome del): movimientos estereotipados y episódicos que aparecen durante el sueño. Se produce una extensión del pulgar y flexión dorsal del pie. Se diagnostica mediante polisomnografía.

N

Nadir: mínimo de la amplitud de un ritmo. Es lo contrario de la acrofase.

Narcolepsia: enfermedad familiar caracterizada por: excesiva somnolencia diurna, cataplejia y alucinaciones hipnagógicas. En ocasiones, se producen parálisis del sueño, especialmente al despertarse.

Neurolépticos: fármacos psicotropos.

Nictemeral: ritmo que tiene exactamente el período de 24 horas.

O

Ondina (síndrome de):véase hipoventilación alveolar central.

P

P300 (onda): respuesta evocada positiva, endógena, que se sitúa entre 300 y 350 milisegundos tras el estímulo que se debe identificar.

Parálisis del sueño: incapacidad para moverse que aparece en el momento del despertar. El sujeto está consciente, puede oír los ruidos, pero se siente paralizado completamente. Es uno de los síntomas secundarios de narcolepsia. En ocasiones, es el primer síntoma que aparece y, solo años después, aparecen el resto de los síntomas. También, puede observarse en individuos sanos.

Parasomnia: eventos físicos inesperados, no deseados, que ocurren alrededor del sueño. Son manifestaciones de activación del sistema nervioso central transmitidos a los músculos esqueléticos y al sistema nervioso autónomo.

Patrón alternante cíclico: activación periódica del sueño lento. En el EEG, se caracteriza por ondas de duración limitada. Incluye dos fases (A y B).

Período (biorritmo): intervalo de tiempo que separa dos episodios o accidentes idénticos, que se producen durante la evolución de un ritmo o tiempo requerido, para que una oscilación describa un ciclo completo.

Pesadillas: ensueño desagradable, angustioso o espantoso. El niño lo recuerda al día siguiente. Se producen durante el sueño REM. Es muy frecuente alrededor de los 5 años.

Piernas inquietas (síndrome de las): sensaciones desagradables difusas, de hormigueos en las piernas (a veces, en los brazos) con necesidad irresistible de moverse. El movimiento mejora los síntomas. Más acentuados en reposo y al final del día. Diagnóstico por cuestionario. Presente en aproximadamente el 2% de los niños.

Polisomnografía: registro continuo y simultáneo de las diferentes variables fisiológicas durante el sueño. Incluye: canales de electroencefalograma, electrooculograma, electromiograma, electrocardiograma y variables respiratorias.

Presión positiva continua: su utilización en la apnea del sueño se inició en 1981. Se basa en aplicar una presión positiva en las vías respiratorias superiores, al mismo tiempo que el niño continúa respirando. De ese modo, se suprime el efecto anómalo de la presión negativa generada durante el esfuerzo inspiratorio.

Presión positiva continua automática: su objetivo es detectar precozmente cualquier variación para evitar el microdespertar.

Pulxiosimetría: evaluación continua y no lesiva de la saturación de oxígeno en sangre mediante espectrofotometría. Una pulxiometría normal no descarta la presencia de trastorno respiratorio durante el sueño.

Punta onda continua del sueño (epilepsia con): proceso poco frecuente que aparece antes de los 11 años, caracterizado por una actividad paroxística subcontinua que aparece durante el sueño lento y, en general, se acompaña de crisis epiléptica. Las crisis clínicas diurnas o nocturnas son muy variables (generalizadas motoras, parciales motoras, ausencias…).

Puntas rolándicas (trenes de): en el EEG, grafoelementos puntiagudos, triangulares, que aparecen en brotes de 4-5 ciclos/segundo en la fase 2 del sueño. Pueden ser agudas, pero se consideran fisiológicas en niños de 18 meses a 3 años, y cuando aparecen localizadas en las regiones centrales y son estrictamente simétricas.

R

Reacción de despertar (trastorno): este término incluye las parasomnias que pueden relacionarse con una anomalía de los mecanismos de despertar (sonambulismo, terrores del sueño y despertares confusionales).

Retraso de fase del sueño (síndrome del):más frecuente en adolescentes y adultos jóvenes. El tiempo de vigilia-sueño está, habitualmente, retrasado, generalmente durante más de dos horas, en relación con el tiempo convencional o socialmente aceptado de inicio del sueño. Los afectados tienen dificultad para dormirse pero, una vez se duermen, el sueño es completamente normal y tienen dificultad para despertarse. Típico en cronotipos vespertinos (cronotipo “búho”).

Ritmias del sueño: movimientos corporales, repetitivos, estereotipados, simétricos, con un ritmo de un movimiento por segundo; a menudo acompañados de sonido, que se producen en el inicio del sueño y durante el sueño. Son muy frecuentes en los lactantes y en el 30% de los casos, persisten más allá de los 4 años. Su persistencia más allá de los 6 años exige evaluación.

Ritmo de curso libre (biorritmos): expresa el ritmo endógeno cuando se ha suprimido toda la influencia ambiental.

Rituales del momento de acostarse (rutina del sueño): conjunto de conductas repetitivas observadas sistemáticamente por la noche en el momento de acostarse.

Ronquido: ruido inspiratorio relacionado con la vibración del tejido del paladar blando en el momento del paso del aire en el niño dormido. Implica un aumento de la resistencia al paso del aire. Presente en el 12% de la población infantil, como ronquido habitual. Aproximadamente, la mitad de ellos evoluciona a un trastorno mayor.

S

Sacudidas de adormecimiento: proceso benigno que se manifiesta en el momento del adormecimiento, por breves y súbitas contracciones de las extremidades y el cuello. La sensación de caída en el vacío, estaría causada por una disminución del tono muscular que aparece normalmente durante la transición de la vigilia al sueño.

Sincronizador: donante de tiempo. Son factores endógenos o exógenos (zeitgeber) que determinan el emplazamiento temporal del ritmo biológico.

Somniloquia: parasomnia frecuente que corresponde a la emisión de habla o, simplemente, de sonidos durante el sueño, sin que el niño sea consciente de ello.

Somnolencia: estado de torpeza próximo al sueño, en el que también pueden aparecer episodios de microsueños de varios segundos de duración.

Sonambulismo: parasomnia, trastorno del despertar, de la fase 3N, caracterizada por deambulación automática, involuntaria. Ausencia de recuerdo al día siguiente.

Sueño activo: fase del sueño que se observa en el RN y en el lactante menor de 3 meses. Se caracteriza por una respiración y frecuencia cardiaca irregulares, motilidad corporal fásica que interrumpe la atonía muscular, movimientos oculares rápidos. Hasta los 3 meses, es el estado en el que habitualmente se duerme el lactante. Es el precursor del sueño REM.

Sueño indeterminado: se observa en el RN y el lactante. Corresponde a un conjunto de actividad poligráfica que no responde al cuadro típico de sueño tranquilo o de sueño activo. Es el 20% del tiempo total del sueño del RN.

Sueño (latencia de): tiempo que transcurre desde que se apaga la luz hasta que aparece una fase del sueño.

Sueño lento (o no REM): EEG caracterizado por la presencia de husos y ondas lentas.

Sueño paradójico (latencia de): tiempo transcurrido entre el inicio del sueño y el primer episodio del sueño REM.

Sueño paradójico: sueño REM.

Sueño tranquilo o inactivo: se observa en el recién nacido y en el lactante. Los ojos están cerrados, la respiración y la frecuencia cardiaca son regulares, no se observan ni movimientos corporales intensos ni movimientos oculares rápidos y persiste el tono muscular de la barbilla. Es el precursor del sueño lento.

T

Terrores del sueño: parasomnia del despertar, típica de los 3-6 años. El episodio aparece en el primer tercio de la noche, su duración es de 1 a15 minutos.

Test de latencias múltiples del sueño: es una técnica de laboratorio del sueño que se utiliza para valorar objetivamente la excesiva somnolencia diurna. Tras una polisomnografia nocturna, se dan oportunidades de siesta (hasta cinco). Valora, por un lado, la latencia de sueño en esas siestas y si el niño inicia su sueño en sueño NREM o en sueño REM.

Test del mantenimiento de la vigilia: esta prueba permite evaluar la aptitud del individuo para permanecer despierto. El niño debe permanecer sentado en la habitación, con una iluminación normal y recibe la consigna de resistirse al sueño.

THETA (ritmo): actividad del EEG con frecuencia entre 3-8 Hz con amplitud variable (20-100μV). Muy frecuente en el niño e infrecuente en el adulto.

U

Ultradiano (ritmo): ritmo biológico con un período inferior a 20 horas (p. ej., la alimentación del RN).

Z

Zeitgeber: sincronizador externo. Término derivado del alemán (zeit: tiempo; geber: dador), sin traducción exacta al castellano. Cualquier clave externa que sea capaz de sincronizar un ritmo endógeno.

 

 

El sueño en Patología pediátrica general: asma, alergia, reumatología, celiaquía, TDAH, TEA y determinados síndromes

G. Pin Arboledas*, P.J. Rodríguez Hernández**
Temas de FC


G. Pin Arboledas*, P.J. Rodríguez Hernández**

*Pediatra. Hospital Quironsalud Valencia.**Pediatra, Psiquiatra de Niños y Adolescentes y Psicólogo.Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife

Resumen

Se ha investigado la asociación entre fenómenos relacionados con el sueño y enfermedades crónicas en determinados grupos de pacientes. Los niños con patología crónica son susceptibles de desarrollar con mayor frecuencia alteraciones en el sueño, de la misma manera que los trastornos del sueño pueden coexistir con enfermedades crónicas y determinadas alteraciones psiquiátricas, y su prevalencia es, con frecuencia, superior en esos grupos en comparación con la población general. En conclusión, los pacientes con enfermedades crónicas necesitan un seguimiento especial. Los médicos deberían tener en consideración esas condiciones médicas que producen alteraciones en el sueño. Algunas investigaciones han encontrado que el tratamiento de los problemas del sueño produce mejoría en la calidad de vida y en la funcionalidad del paciente. La patología orgánica no explica por sí misma la elevada prevalencia de trastornos del sueño en pacientes con enfermedades crónicas, por lo que es importante considerar los factores psicológicos y sociales asociados.

 

Abstract

The association between sleep complaints and chronic illnesses has been investigated in several groups of patients. Children with chronic illnesses are more likely to develop sleep disorders, and sleep disorders may coexist with chronic physical and psychiatric conditions, and its prevalence is often higher among patients with these conditions than in the general population. Conclusions: Patients with chronic illnesses require follow-up. Clinicians should focus on medical conditions that disturb sleep. Some research has shown it is possible to treat sleep disorders, which in turn increases the quality of life and functioning of these patients. Organic disease per se does not explain the prevalence of sleep disorders in patients with chronic illnesses. Psychological and social factors seem to significantly contribute to the prediction of sleep disorders in patients with chronic illnesses.

 

Palabras clave: Sueño; Asma; Alergia; TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad); TEA (trastorno del espectro autista)

Key words: Sleep; Asthma; Allergy; ADHD (attention deficit hyperactivity disorder); SAD (autism spectrum disorder)

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 446 – 450


El sueño en Patología pediátrica general: asma, alergia, reumatología, celiaquía, TDAH, TEA y determinados síndromes

Introducción

Determinadas condiciones, enfermedades o trastornos infantiles pueden afectar al patrón normal del sueño. Es fundamental identificar y analizar las variables clínicas implicadas, para discernir el tipo de intervención, según la etiología del problema. En algunos casos, la enfermedad y el trastorno del sueño coexisten. En otros casos, la alteración del sueño desencadena o exacerba los síntomas de una enfermedad o viceversa. En la presente revisión, se recogen las enfermedades y trastornos que se asocian con más frecuencia a alteraciones del sueño y se exponen los hallazgos más significativos basados en las evidencias actuales. Es importante destacar que aún quedan muchos aspectos que no han sido investigados, por lo que tan solo se mencionan los datos de los que existe constancia.

Asma

Los niños con asma tienen despertares nocturnos con más frecuencia que los grupos control.

Se ha detectado que el 33% de los asmáticos presenta, al menos, un despertar y el 13% tres o más cada noche(1). Existe una disminución en el sueño de ondas lentas y cambios en la arquitectura del sueño, que se relacionan con los índices de gravedad del asma. Por el día, el 34% experimentan sensación de somnolencia/cansancio, al menos, una vez a la semana(2).

El empeoramiento nocturno de la función pulmonar en los asmáticos se atribuye a factores circadianos como: aumento de la resistencia de la vía aérea, disminución del volumen pulmonar o aumento de la inflamación de la vía aérea. La amplitud de estos cambios circadianos es mayor en los asmáticos que en los controles; estos cambios son más importantes en el último tercio de la noche, independientemente del estadio del sueño, por lo que en ese periodo, la calidad del sueño es peor.

Alergia

Las alteraciones del sueño son más frecuentes en los niños con dermatitis atópica (DA).

Los niños con DA tienen más despertares nocturnos, les cuesta más tiempo volver a dormir después de estos despertares y presentan un mayor porcentaje de movimientos nocturnos (relacionado con el incremento de la actividad de la quimokina), de manera que los padres de los niños con DA moderada-intensa duermen una media de 39 minutos menos de sueño cada noche. La eficiencia del sueño está reducida (70% vs 90%), mientras que en el gasto energético durante el sueño, en el consumo de oxígeno y en la producción de anhídrido carbónico no hay diferencias.

En resumen, el sueño del niño con DA se caracteriza por recurrentes y prolongados despertares. Sin embargo, se conserva el tiempo de sueño, que es similar a los controles, así como la arquitectura del sueño, con una latencia REM similar y similar proporción de estadios(3).

Reumatología

La patología que más se asocia a trastornos del sueño es la artritis reumatoidea juvenil idiopática (AJI).

Los niños con AJI activa tienen una latencia de sueño menor que los niños con AJI inactiva, pero esta diferencia es pequeña (menos de 2 minutos)(4).

En la polisomnografía (PSG) se observa: más frecuencia de arousal y despertares, la duración media de sueño más corta, pero sin interrupciones, un mayor número de cambios de fase y mayor porcentaje de sueño alfa-delta.

Así mismo, a nivel de la microestructura del sueño, se aprecia un mayor porcentaje de los parámetros de cambios en la microestructura del sueño en estadio NR3 y aumento de la duración de las secuencias de patrón cíclico alternante (CAP). La tasa de CAP se correlaciona positivamente con el número de articulaciones afectadas y negativamente con la VSG.

Estos pacientes tienen más riesgo de síndrome de apnea hipopnea del sueño (SAHS). Se ha observado que el 70% presentan retrognatia y 50% rotación posterior de la mandíbula, lo que facilita la presencia de SAHS.

En general, la ARJ se asocia a interrupción del sueño, dolor y excesiva somnolencia diurna(5).

Celiaquía

Existen más alteraciones del sueño en el momento del diagnóstico de celiaquía, incluso durante la dieta exenta de gluten, en comparación con los controles sanos(6).

La condición de proceso inflamatorio crónico de la enfermedad celíaca puede ser un factor que predisponga al desarrollo de trastornos respiratorios durante el sueño (presentes en algunas series hasta en el 30% de los niños con enfermedad celíaca, frente al 1-5,7% en los niños sin enfermedad). La dieta exenta de gluten mejora esta situación. Tras 6 meses de dieta exenta de gluten, la incidencia de trastornos respiratorios del sueño disminuye significativamente, por lo que también mejora el sueño(7).

Como dato final, en pacientes con síndrome de piernas inquietas y niveles bajos de ferritina sin una causa evidente de la misma, está indicado un cribado serológico de la enfermedad celíaca.

Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)

El TDAH se acompaña con frecuencia de problemas en el sueño.

El presentar problemas del sueño, estaba incluido en los criterios diagnósticos del TDAH hace unos años, aunque no en la actualidad. La relación entre ambas entidades se puede producir por distintas circunstancias:

• Coexistencia entre el TDAH y trastornos del sueño. El TDAH afecta al 5% de los niños y adolescentes(8), mientras que los distintos trastornos del sueño afectan desde el 1-3% (apnea obstructiva) hasta el 20-30% (insomnio), por lo que pueden coexistir.

• La sintomatología del TDAH desencadena trastornos del sueño. Tanto los síntomas primarios del TDAH como las situaciones de comorbilidad que se suelen presentar (problemas de ansiedad, del estado de ánimo o de conducta) pueden afectar al sueño de distintas maneras. Además, existen más problemas del sueño y más graves cuanto mayor es la sintomatología del TDAH(9).

• El trastorno del sueño influye sobre la sintomatología del TDAH. Existe evidencia del efecto que produce un sueño de mala calidad: en el incremento de la somnolencia diurna, en la regulación conductual y en otras funciones de la corteza prefrontal, incluyendo la atención. Por esa razón, un trastorno del sueño puede producir sintomatología similar al TDAH, exacerbar los síntomas del TDAH de niveles subclínicos a clínicos o agravar el TDAH ya establecido. Además, también puede afectar al estado anímico, lo que ayuda a empeorar el comportamiento y a disminuir la respuesta al tratamiento.

• El tratamiento para el TDAH produce trastornos del sueño. Los tratamientos farmacológicos más utilizados en el TDAH son los psicoestimulantes. Pueden producir insomnio de conciliación por dos mecanismos. Por el efecto del propio psicoestimulante, en las presentaciones de más duración y por el efecto “rebote” que se observa en algunos casos, cuando el tratamiento deja de hacer efecto muy pronto, en la tarde. En estas circunstancias, es necesario adaptar el psicofármaco al perfil del paciente mediante cambio en la presentación según la duración de su efecto y, también, se puede recurrir a la utilización de melatonina.

Trastorno del espectro autista (TEA)

La prevalencia estimada de problemas en el sueño, se encuentra situada alrededor del 60%, principalmente insomnio.

En el TEA, la aparición de trastornos del sueño se debe a una interacción múltiple y compleja entre distintos factores(10). Además, existe alteración en la fase REM y disminución del tiempo total de sueño. Los trastornos del sueño en los niños con TEA suponen una dificultad más, añadida a las múltiples dificultades que presentan los pacientes. Produce un notable empeoramiento de la calidad de vida familiar al igual que incremento en la sintomatología autística del niño. Además de la utilización de medidas de higiene del sueño y técnicas conductuales, existe vinculación entre el TEA y la producción de melatonina nocturna deficiente, por lo que el tratamiento con melatonina puede ser útil.

Diabetes

El niño diabético presenta un incremento de despertares nocturnos.

Además, los estudios epidemiológicos revelan que los niños con diabetes tipo 1 presentan más episodios de apnea del sueño y apneas más largas. El control de la enfermedad condiciona el sueño. Los niños con una diabetes mal controlada tienen más apneas que los pacientes con un buen control y que los niños sin diabetes, de manera que los eventos respiratorios durante la noche se correlacionan significativamente con el control de la glucosa y con la duración de la diabetes(11).

En otros estudios, se ha concluido la existencia de relaciones complejas entre el SAHS y los sistemas endocrinos. El SAHS aumenta la predisposición del niño obeso al síndrome metabólico a través de múltiples mecanismos que incluyen efectos sobre el tejido adiposo y el sistema nervioso autónomo. La adiponectina es una hormona sensibilizante a la insulina, secretada por el tejido adiposo, que disminuye la liberación hepática de glucosa y aumenta la oxidación de ácidos grasos por el músculo. Niveles séricos bajos de adiponectina se asocian a: obesidad, diabetes tipo 2 e hipertensión. Las catecolaminas suprimen la secreción/producción de adiponectina. El incremento del tono simpático asociado al SAHS puede suprimir la adiponectina sérica, contribuyendo potencialmente a la resistencia a la insulina. Como datos que refuerzan estas relaciones, en niños puberales, los marcadores polisomnográficos de la gravedad del SAHS se asocian negativamente con la adiponectina. También, se ha observado que el SAHS se asocia con un aumento del riesgo de resistencia a la insulina en el púber obeso(12).

En cuanto a la influencia del control de la glucemia y los fenómenos del sueño, se ha detectado que los episodios de hipoglucemia nocturna (que se dan en el 33% de los niños con diabetes tipo 1) se asocian a una mayor eficacia de sueño, comparados con los niños sin episodios de hipoglucemia nocturna y también con un aumento del porcentaje de sueño de ondas delta. Es decir, los niños con hipoglucemias nocturnas tienen significativamente mayor poder delta (mayor sueño profundo).

Reflujo gastroesofágico (RGE)

El RGE se asocia significativamente con despertares nocturnos.

Esa relación se observa incluso cuando el reflujo no es ácido. Los despertares durante el sueño pueden comportarse como un importante mecanismo protector de la respiración, debido a que los movimientos de deglución durante el sueño disminuyen y los movimientos peristálticos durante el despertar, después del inicio del sueño, pueden ayudar a la limpieza del esófago(13).

En niños, a diferencia de lo que ocurre en adultos, el reflujo es predominantemente no ácido. Por ese motivo, y ante la ausencia del estímulo dolor, se plantean incógnitas en cuanto al mecanismo del despertar. Existe la hipótesis de que la asociación entre reflujo no ácido y los despertares, es diferente a la asociación con el reflujo ácido. En el reflujo ácido, la sensación dolorosa en el esófago es generada por mecanorreceptores y quimiorreceptores sensibles al pH ácido. Con el tiempo, los episodios de reflujo ácido alteran el umbral de percepción del estímulo dolor y se necesitan exposiciones más largas para originar el despertar(14).

Por otro lado, la relación entre RGE y SAHS es cada vez más evidente. Hasta un 15% de los eventos de apnea, se han relacionado con RGE en un determinado grupo de pacientes. Además, se considera que existe RGE en el 12% de todos los pacientes con SAHS.

Probablemente, las terapias no farmacológicas sean la primera línea de tratamiento en los niños con interrupciones del sueño por RGE, debido a la elevada frecuencia de reflujo no ácido.

Fibrosis quística (FQ)

Más del 30% de los niños con FQ tienen problemas con el sueño.

En más del 20% de los niños con FQ, dichos problemas son importantes(15).

En esta enfermedad, se ha estudiado la relación entre el sueño y algunos índices espirométricos. Un FEV1 del 64% es predictivo de desaturación nocturna, definida como: una saturación mínima menor al 85% o una saturación menor al 90% durante el 30% del tiempo de sueño. Una saturación diurna en reposo menor al 94% predice que un 40% de los pacientes tengan saturaciones nocturnas menor al 90% durante más del 5% del tiempo de sueño(16). Además, la desaturación es mayor en la fase REM, probablemente por cambios en los músculos ventilatorios.

En estos pacientes, se ha comprobado que la melatonina mejora la eficiencia del sueño y tiende a mejorar su latencia.

Síndrome de Prader-Willi (PW)

Los pacientes con PW pueden tener excesiva somnolencia diurna por una serie de alteraciones del sueño que incluyen: SAHS, apnea central, narcolepsia o algunas de las manifestaciones del PW per se.

Se ha demostrado que los problemas relacionados con la respiración durante el sueño son frecuentes e incluyen, tanto la apnea obstructiva como la central y la hipoventilación(17).

Se han identificado algunos de los factores de riesgo para desarrollar SAHS. Además de la obesidad o la hipertrofia adenoamigdalar, intervienen: la dismorfia facial, la hipotonía y las secreciones viscosas asociadas frecuentemente a la patología. Sin embargo, la frecuencia de la apnea obstructiva en pacientes con PW referidos en la literatura varía mucho (de 0 a 100%), probablemente por dificultades metodológicas en las investigaciones, como el sesgo en la selección de pacientes.

En cuanto a la frecuencia de eventos relacionados con el sueño, algunas investigaciones sugieren que los más importantes son las apneas centrales(18).

La excesiva somnolencia diurna en los pacientes con PW, puede ocurrir en las primeras etapas de la vida y puede causar importantes problemas al paciente. En pacientes sin apneas, se ha hallado una latencia corta nocturna de la fase de sueño REM, y los hallazgos en el test de latencias múltiples manifiestan una latencia corta y dos o más inicios de sueño en la fase REM. Por ello, se considera que son pacientes con una narcolepsia sintomática o secundaria.

Algunos pacientes con PW sin apnea del sueño presentan también excesiva somnolencia diurna sin cumplir los criterios de narcolepsia. En esos casos, probablemente, la somnolencia diurna sea una manifestación misma del PW(19).

En definitiva, los hallazgos más importantes son:

• Los pacientes con PW tienen con frecuencia SAHS, en parte debido a la hiperfagia y obesidad.

• Los pacientes con PW presentan una elevada frecuencia apnea central.

• El PW es una de las causas de narcolepsia debida a una enfermedad, según la clasificación actual de los trastornos del sueño.

• Los pacientes con PW pueden padecer excesiva somnolencia diurna sin la presencia de apnea o narcolepsia, y ello ser una manifestación misma del síndrome.

• El tratamiento con hormona del crecimiento (HGH) puede empeorar la SAHS en algunos pacientes. Se han descrito casos de muerte súbita tras el inicio de la terapia con HGH; sin embargo, no se ha encontrado una relación clara entre esta muerte súbita y la apnea del sueño.

Función del pediatra de Atención Primaria

Algunas de las funciones del pediatra de Atención Primaria en los trastornos del sueño en patología pediátrica general son:

• Conocer la patología pediátrica que, con más frecuencia, puede producir alteraciones en el sueño.

• Interpretar la relación entre las enfermedades pediátricas y los patrones de alteración de sueño, mediante los registros objetivos y subjetivos del sueño.

• Establecer un plan terapéutico específico, teniendo en cuenta las particularidades de las patologías y su asociación con los trastornos del sueño.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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Revisión de algunas enfermedades y las alteraciones en el sueño que se pueden presentar en ellas. La publicación es del 2004, por lo que no recoge algunos de los hallazgos relevantes de los últimos años. Sin embargo, no existe desde entonces, una revisión más amplia y con una descripción sintomatológica más útil para la práctica clínica diaria. Se debe considerar un manual de referencia como “primer enfoque” del problema.

- Honaker SM, Meltzer LJ. Sleep in pediatric primary care: a review of the literature. Sleep Med Rev. 2016; 25: 31-9.

La principal virtud del artículo, se sitúa en la vertiente diagnóstica en Atención Primaria. Aunque no se desarrollan las relaciones entre el sueño y las enfermedades en profundidad, puede resultar útil para tener una idea global sobre el problema.

- Chamorro M, Lara JP, Insa I, Espadas M, Alda-Díez JA. Evaluación y tratamiento de los problemas de sueño en niños diagnosticados de trastorno por déficit de atención/hiperactividad: actualización de la evidencia. Rev Neurol. 2017; 64: 413-421.

El TDAH y los trastornos del sueño son uno de los binomios que sostiene un mayor número de publicaciones e investigaciones. Las dificultades en el sueño fueron un criterio diagnóstico para el TDAH durante muchos años. El artículo mencionado es una excelente revisión sobre el tema, imprescindible para profundizar en los aspectos etiológicos, diagnósticos y terapéuticos.

 

Caso clínico

 

Borja es un niño de 12 años, diagnosticado de TDAH con 7 años y en tratamiento con metilfenidato desde ese momento. La respuesta al metilfenidato ha sido buena, con mejoría de los síntomas, incluyendo un adecuado rendimiento escolar. A los 9 y 11 años, su pediatra intenta la suspensión del fármaco, reproduciéndose la sintomatología, por lo que se reintroduce de nuevo. Hasta hace 3 meses (comienzo de primer curso de la E.S.O.), se encuentra en tratamiento con metilfenidato de liberación prolongada 30:70 (duración de la acción 8 horas). La familia consulta en ese momento, debido a la necesidad de disponer de más efecto del tratamiento en las últimas horas de la tarde, motivado por el incremento de la necesidad de estudio y de mayor presión en la cantidad de deberes en casa. El pediatra decide suspender el metilfenidato de liberación prolongada 30:70 y comenzar con metilfenidato de liberación osmótica (duración de la acción 12 horas).

En el momento actual acuden a consulta, debido a que desde el cambio de tratamiento, existen dificultades para dormir. Según refiere su familia, durante el curso anterior Borja se dormía a las 10 de la noche, pero ahora no se puede dormir hasta las 12 de la noche. También existe un leve empeoramiento de los síntomas del TDAH (menor atención y disminución del rendimiento).

La anamnesis y agenda de sueño revelan una actividad escolar habitual durante la mañana, actividad deportiva a última hora de la tarde y horario de estudio a primera hora de la tarde y última, después de la actividad deportiva. Debido al volumen de deberes, algunos días se retrasa la hora de ir a la cama. Uno o dos días a la semana, realiza una siesta de dos horas antes de la actividad deportiva, motivada, según refiere la familia, por la falta de horas de sueño la noche anterior. Esos días, el inicio del sueño se retrasa hasta la una o dos de la madrugada.

El pediatra de Atención Primaria comienza la intervención clarificando los aspectos más importantes de los hábitos del sueño que incluyen: trasladar la hora del baño del momento antes de dormir a la mañana, debido al posible efecto estimulante que puede tener el baño en algunos niños, evitar siestas, trasladar la actividad deportiva de la tarde-noche a horas más tempranas y establecer mayores rutinas en los horarios del sueño.

Además, recomienda volver al metilfenidato de liberación prolongada 30:70 e intentar adelantar la hora de realización de los deberes lo máximo posible, añadiendo horas de estudio los días sin clase en horario de mañana, cuando el estudio en el resto de los días no sea suficiente.

Durante las siguientes semanas, existe una normalización progresiva de los parámetros del sueño. El pediatra plantea la posibilidad de añadir melatonina, aunque finalmente no es necesario.

 

 

Déficit crónico de sueño. Causas. Narcolepsia

E. Maiques Tobías*, M. Merino Andreu**
Temas de FC


E. Maiques Tobías*, M. Merino Andreu**

*Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Dr. Peset, Valencia.**Unidad Pediátrica de Trastornos de Sueño. Hospital Universitario La Paz. Madrid

Resumen

El déficit crónico de sueño es la principal causa de la somnolencia diurna excesiva (SDE). Dependiendo de la edad, los pacientes pueden presentar diferentes manifestaciones, que van desde: somnolencia, déficit cognitivo y síntomas psiquiátricos en los adolescentes, hasta hiperactividad, problemas de aprendizaje, alteraciones del sistema inmune, endocrino y del desarrollo mental en los niños más pequeños. En este artículo, se exponen las causas y el diagnóstico que suele ser difícil, ya que las manifestaciones clínicas pueden ser confundidas con otras patologías y a ello se añade el escaso conocimiento por parte de los sanitarios. Una exhaustiva historia clínica con: exploración física, pruebas complementarias y determinadas herramientas (agenda del sueño, cuestionarios…), pueden ayudar a realizar un diagnóstico y tratamiento lo más precoz posible, ya que ello va a mejorar el pronóstico. Igualmente, se aborda la narcolepsia, un trastorno neurológico crónico con manifestaciones clínicas en la infancia, diferentes de los adultos, que dificulta su diagnóstico y repercute negativamente en la calidad de vida. El haplotipo (HLA-DQB1:0602) está asociado en la mayoría de estos pacientes, pero el mejor predictor de narcolepsia tipo 1 (con cataplejia) es la deficiencia de la hipocretina. Su manejo es complejo y la mayoría de los medicamentos recomendados en adultos no están autorizados en menores de 18 años.

 

Abstract

Chronic sleep deprivation is the main cause of excessive daytime sleepiness (EDS). Depending on the age, patients can present different manifestations, ranging from drowsiness, cognitive deficiency and psychiatric symptoms in adolescents, to hyperactivity, learning issues, and alterations of the immune, endocrine and mental development system in younger children. This manuscript presents the causes and diagnosis, which is usually challenging given that the clinical manifestations can be confused with other pathologies, plus the scant knowledge on this subject among health professionals. An exhaustive clinical history with physical examination, complementary tests and certain tools (sleep agenda, questionnaires …) can help to make a diagnosis and treatment as early as possible since this will improve the prognosis. Likewise, narcolepsy is a chronic neurological disorder with clinical manifestations in childhood that differ from those in adulthood, making its diagnosis difficult and negatively impacting the quality of life. The haplotype (HLA-DQB1: 0602) is present in most of these patients, however the best predictor of type 1 narcolepsy (with cataplexy) is hypocretin deficiency. Its management is complex and most of the recommended medications in adults are not authorized yet in children under 18 years of age.

 

Palabras clave: Somnolencia diurna excesiva; Hiperactividad; Narcolepsia; Hipocretina; Metilfenidato; Oxibato sódico

Key words: Excessive daytime sleepiness; Hyperactivity; Narcolepsy; Hypocretin; Methylphenidate; Sodium oxybate

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 437 –445


Déficit crónico de sueño. Causas. Narcolepsia

Definición del déficit crónico de sueño: dícese de los periodos de tiempo prolongados sin sueño (suspensión periódica, naturalmente sostenida, de relativa inconsciencia).

Introducción

El déficit crónico de sueño se encuentra clasificado dentro de la clasificación de los trastornos del sueño en el apartado de: el niño que se duerme durante el día.

Los problemas del sueño de la infancia pueden ser conceptualizados, en los que existe una duración inadecuada del sueño para la edad y las necesidades de sueño (cantidad de sueño insuficiente, déficit de sueño) o una interrupción y fragmentación del sueño (mala calidad del sueño) como resultado de despertares breves frecuentes y repetitivos durante el sueño.

Algunas causas menos frecuentes, pero importantes, de las alteraciones del sueño en la infancia, implican un horario inadecuado del periodo de sueño (alteraciones del ritmo circadiano) o los trastornos primarios de somnolencia diurna excesiva (hipersomnias centrales, como la narcolepsia).

El sueño insuficiente es generalmente la consecuencia de la dificultad en el inicio (retraso del inicio del sueño) y/o mantenimiento del sueño (despertares nocturnos prolongados), pero, especialmente en niños mayores y adolescentes, también puede representar una decisión consciente de estilo de vida para sacrificar el sueño en favor de prioridades que compiten con él, como las tareas escolares o las actividades sociales. Las causas subyacentes del retraso del inicio del sueño/despertares nocturnos prolongados o la fragmentación del sueño pueden, a su vez, estar relacionadas con factores principalmente conductuales y/o causas médicas.

Determinadas poblaciones pediátricas son relativamente más vulnerables a los problemas agudos o crónicos de sueño. Estas poblaciones incluyen los niños con problemas médicos, como: enfermedades crónicas o patologías dolorosas, y enfermedades agudas; los niños que toman fármacos o sustancias con estimulantes que alteran el sueño o que sedan durante el día; niños ingresados en el hospital; y niños con gran variedad de trastornos psiquiátricos(1). Los niños con trastornos del neurodesarrollo y los trastornos del espectro autista tienen unas prevalencias especialmente elevadas. Pueden estar recibiendo fármacos que alteran el sueño, con frecuencia son propensos a las convulsiones nocturnas, tienen mayores dificultades para ser condicionados por las señales ambientales y, por tanto, son más vulnerables a la alteración del ritmo circadiano, y es más probable que presenten comorbilidad psiquiátrica y conductual que les predisponen aún más a un trastorno del sueño.

Dentro de la clasificación de los trastornos del sueño, se hace distinción de tres grandes grupos. El primero es el niño al que le cuesta dormirse, dentro de este se encuentra: el insomnio, el síndrome de piernas inquietas (SPI) y el síndrome de retraso de fase (SRF). El segundo grupo es el el niño que presenta eventos anormales durante la noche, incluidos en este apartado: el síndrome de apnea-hipoapnea del sueño (SAHS), las parasomnias y los movimientos rítmicos relacionados con el sueño. Por último, se encuentra el grupo o apartado del niño que se duerme durante el día, abarcando aquí: el déficit crónico de sueño y la narcolepsia.

Epidemiología

A pesar de que la frecuencia de déficit crónico de sueño en la población pediátrica es elevada, su diagnóstico es escaso.

Desafortunadamente, existen pocos estudios que definan la prevalencia del déficit crónico de sueño en niños; en cambio, no es así cuando nos referimos a adolescentes, donde sí existen varios estudios que evalúan el déficit de sueño en este rango de edad. Estos estudios epidemiológicos del sueño, generalmente, se basan en datos de cuestionarios autorellenados por padres para documentar los patrones de sueño de los adolescentes y los factores que les afectan. La principal ventaja de este método es la facilidad de evaluación de grandes tamaños de muestra. Como resultado, los estudios epidemiológicos pueden determinar los patrones de sueño en todas las franjas de edad en adolescentes. El hallazgo de consenso entre los estudios epidemiológicos es que los adolescentes no están durmiendo lo suficiente(1-4).

Es importante destacar que los estudios que comparan la duración del sueño de manera autorreportada con respecto a la cantidad de sueño medida de manera objetiva (mediante actigrafía), sugieren que las autoevaluaciones de sueño, a menudo, sobrestiman la duración real del sueño, lo que significa que el problema de la pérdida crónica de sueño en adolescentes puede ser incluso mayor de lo que los datos indican(5).

Estudios internacionales(3,6,7) revelan que a medida que los estudiantes crecen, la duración del sueño disminuye, y con ello, el aumento del déficit crónico de sueño.

El déficit crónico de sueño, en relación con el entorno y estilo de vida, es la principal causa de somnolencia diurna excesiva en la población pediátrica.

En nuestro país, en lo que respecta a la somnolencia diurna excesiva, existe el estudio de Pin y cols.(8), en el que se incluyeron 750 adolescentes entre 13-14 años. Estos acudían a clase con menos de 8 horas dormidas y con la consiguiente somnolencia diurna excesiva de hasta un 52,8%.

Etiología

El déficit crónico de sueño es la principal causa de somnolencia diurna excesiva. Posibles causas del déficit crónico de sueño son: el uso de las nuevas tecnologías, horarios inadecuados, trastornos primarios del sueño…

El déficit crónico de sueño en relación con el entorno y el estilo de vida es la principal causa de SDE (somnolencia diurna excesiva) en niños y adolescentes (Fig. 1). Por ello, es necesario evaluar en todos estos pacientes el rendimiento escolar y analizar problemas comportamentales (como el trastorno por déficit de atención). Estas serían las consecuencias de la somnolencia diurna excesiva.

Figura 1. Factores que influyen en la excesiva somnolencia diurna (EDS: excessive daytime sleepiness). SRF: síndrome de retraso de fase; SAF: síndrome de adelanto de fase; SAHS: síndrome de apnea-hipopnea del sueño; SPI: síndrome de piernas inquietas; PCI: parálisis cerebral infantil. Fuente: Pin y cols. 2008.

Las hipersomnias son un grupo de trastornos caracterizados por una somnolencia diurna excesiva, con la consiguiente disminución de la alerta y/o una duración excesiva de sueño nocturno que interfieran con las actividades normales de la vida.

Dentro del grupo de las hipersomnias, se encuentran las hipersomnias “primarias”, que son todas aquellas situaciones o patologías que cursan con sueño insuficiente y como consecuencia producen SDE. Las primarias tienen un origen en el SNC (sistema nervioso central); entre ellas, destaca la narcolepsia, que se comentará de forma más amplia a continuación, pero también engloba: el síndrome de Kleine-Levin y la hipersomnia idiopática.

En el grupo de las hipersomnias secundarias destaca, por su frecuencia, el déficit crónico de sueño, siendo como se ha comentado anteriormente, la principal causa de SDE en Pediatría.

Las causas de déficit crónico de sueño son (Tabla I):

• El uso de las nuevas tecnologías: los niños de hoy en día, nacen y crecen rodeados de nuevas tecnologías. La era digital ha cambiado el momento y la forma en la que los niños acceden y se comunican a través de plataformas. Los niños conviven en sus casas con un smartphone, una tablet o una videoconsola y, prácticamente, no hay que enseñarles a usarlas, ellos manejan las nuevas tecnologías por imitación. El uso de esta tecnología puede afectar al sueño de los niños, ya que pueden estar perdiendo horas de sueño. La televisión, el uso de ordenadores, tablets o móviles por la noche, puede provocar una cierta excitación mental no indicada para conciliar el sueño de forma adecuada. Otro mecanismo que se ha descrito es la sobreexposición a la luz azul que emiten los dispositivos electrónicos con pantalla, esto interfiere con la producción de melatonina produciendo un estado de vigilia más prolongado.

• Horarios inadecuados, las cuestiones laborales y sociales de los padres, que suelen aprovechar para relacionarse con sus hijos a última hora de la tarde-noche y esto puede retrasar la hora de ir a la cama.

• Problemas médicos agudos o crónicos que estén pasando los niños en determinados periodos, pueden alterar la hora de irse a dormir o incluso hacer que la calidad de sueño no sea buena, trastornos neurológicos (cefaleas, TDAH, epilepsia, parálisis cerebrales infantiles…), trastornos, psiquiátricos (ansiedad, depresión).

• Trastornos primarios del sueño, como: SAHS (síndrome de apnea-hipoapnea del sueño), SPI (síndrome de piernas inquietas), MPE (movimientos periódicos de extremidades.

- El síndrome de apnea-hipoapnea del sueño es capaz de producir un sueño fragmentado y poco reparador. El síndrome de piernas inquietas, en la que existe una necesidad urgente de mover las piernas en reposo, asociada a una sensación desagradable. Tienen un impacto en la calidad de vida, ya que pueden producir: un insomnio al iniciar el sueño, fatiga diurna y una disminución de la atención e hiperactividad paradójica en niños y adolescentes.

- También, los movimientos periódicos de las extremidades, que son sacudidas bruscas, pseudorrítmicas y estereotipadas que aparecen en el transcurso del sueño. Más habituales en piernas, se manifiestan con una extensión del primer dedo del pie, dorsiflexión del tobillo y, en ocasiones, de la rodilla y cadera. En estos casos, suele existir un sueño nocturno fragmentado e inestable provocado por los movimientos de las extremidades que se repiten de forma periódica y estereotipada.

• Trastornos del ritmo circadiano: el síndrome de retraso de fase y el de adelanto de fase, con la consiguiente sintomatología de insomnio, si se les obliga a establecer unos horarios, y somnolencia diurna excesiva por el déficit crónico de sueño.

• Parasomnias: caracterizadas por conductas o fenómenos anormales coincidiendo con el sueño, con algunas de sus fases específicas o con las transiciones sueño-vigilia. Por todo ello, pueden influir en el sueño

• Una inadecuada higiene del sueño(9).

• Efectos secundarios a medicaciones: cualquier medicamento puede llegar a alterar el sueño. Medicamentos relativamente inocuos que son prescritos para tratar enfermedades agudas o crónicas pueden llegar a perturbar el sueño (p. ej.: los antibióticos, los broncodilatadores…).

• Insomnio(10): es la incapacidad del niño para conciliar el sueño. Todo ello junto con la resistencia y ansiedad a la hora de acostarse, conlleva a un inicio del sueño retrasado o presencia de múltiples despertares y, consecuentemente, una falta de mantenimiento del sueño una vez iniciado este.

Manifestaciones clínicas

Existe variabilidad de presentación clínica en los pacientes pediátricos. En el adolescente, puede presentarse una sintomatología muy similar al adulto, relacionada principalmente con la somnolencia; en cambio, en el niño pequeño, puede haber una hiperactividad paradójica.

Los estudios de privación de sueño, total o parcial permiten conocer mejor las funciones del sueño y su fisiopatología(10). En el adulto, a diferencia del paciente pediátrico, la falta de sueño provoca: somnolencia, déficit cognitivo y síntomas psiquiátricos, como trastornos del ánimo e irritabilidad. La privación total del sueño promueve la fatiga y disminución de las funciones: perceptiva, cognitiva y psicomotora. Si se prolonga esta falta de sueño, puede existir desorientación y alucinaciones.

En cambio, en los pacientes pediátricos, la falta de sueño se relaciona, además, con manifestaciones comportamentales que se manifiestan como: hiperactividad paradójica, déficit de atención, problemas de aprendizaje y del desarrollo mental.

Según los diferentes tipos de sueño, la privación del mismo conlleva consecuencias diferentes. Al sueño NREM (Non Rapid Eye Movement) se le ha relacionado con la mayor profundidad del sueño y con la secreción de la hormona del crecimiento. La disminución crónica de este tipo de sueño provoca retraso del crecimiento y menor regeneración de tejidos. La falta de sueño REM (rapid eye movements) provoca, además de los síntomas cognitivos y conductuales descritos anteriormente, dificultades para una correcta interacción social y menor capacidad de juicio y toma de decisiones, lo que se manifiesta en los niños como impulsividad.

Asimismo, las manifestaciones clínicas van a variar dependiendo de la edad del paciente pediátrico(11):

• Lactante y preescolar: que un paciente preescolar o lactante presente un sueño prolongado durante la noche y las siestas, se considera normal y no es motivo de preocupación. Ahora bien, determinados signos nos deben poner en alerta y sospechar que exista una SDE: necesidad de realizar siestas una vez pasados los 6 años de edad, que el paciente se encuentre somnoliento y poco activo con respecto a sus compañeros o síntomas de inatención o hiperactividad.

• Escolar: que presente signos de hiperactividad y alteración de la conducta, disminución del rendimiento escolar o tendencia a un menor nivel de actividad al final del día.

• Adolescente: el adolescente puede presentar una sintomatología muy similar al adulto relacionada principalmente con la somnolencia, también se puede observar: cambio de carácter y conducta(12), agresividad, disminución del rendimiento escolar, etc. De la misma manera que una de las consecuencias directas del déficit crónico de sueño en un niño pequeño puede ser la hiperactividad paradójica, consecuencia de aumentar su actividad motora para compensar la somnolencia, en el paciente adolescente, se manifestará de manera más clara la somnolencia(13).

El no dormir de forma adecuada conduce a un pobre rendimiento escolar, alteraciones del humor, alteraciones del sistema inmune, endocrino y de la función metabólica con obesidad(14). En los adolescentes, además, se observa un aumento del uso de alcohol y estimulantes como: cafeína, nicotina e incremento de conductas arriesgadas, de los accidentes y lesiones.

Narcolepsia en la edad pediátrica

Los síntomas de narcolepsia pueden ser diferentes a los de adultos y dificultan el diagnóstico. Un 50% de los adultos diagnosticados de narcolepsia reconocen que el inicio de los síntomas se produjo en la etapa pediátrica(15), aunque solo un 5% de casos se diagnostican antes de la pubertad(16). En adultos, el diagnóstico se retrasa más de 10 años(17). Es una enfermedad muy poco frecuente, que aparece en 25-40 pacientes por 100.000 habitantes(18), pero no hay datos de su prevalencia en niños y adolescentes.

Características típicas en Pediatría

La narcolepsia no tiene las mismas manifestaciones en niños y en adultos, con una presentación atípica en la edad pediátrica.

El diagnóstico de narcolepsia no es sencillo y ante un paciente con somnolencia, lo primero que debe hacer un pediatra, un neurólogo pediátrico o un especialista pediátrico de sueño es excluir otras causas mucho más frecuentes (privación crónica de sueño por hábitos inadecuados, apneas de sueño, síndrome de retraso de la fase del sueño, otras causas de hipersomnia central o trastornos de ánimo)(19). Los episodios de sueño pueden no ser típicos (breves y reparadores), sino que puede estar presente solo una sensación de “borrachera”. La cataplejia puede aparecer en niños que describen mal los síntomas. Por otra parte, la tétrada típica (somnolencia-cataplejia-alucinaciones hipnagógicas/hipnopómpicas-parálisis de sueño) es muy infrecuente.

Somnolencia diurna excesiva

Habitualmente, el primer síntoma de la narcolepsia es la somnolencia diurna excesiva, que es fluctuante y con ataques de sueño prolongados y no reparadores (NEV). A veces, tienen episodios de despertar confusional o sensación de “borrachera” de sueño, pudiendo manifestarse como un déficit de atención o, incluso, como hiperactividad para combatir la sensación de somnolencia(21). Sin embargo, en muchas ocasiones, la familia no reconoce la somnolencia hasta que aparecen los episodios de cataplejia.

Cataplejia

Los episodios de cataplejia, síntoma patognomónico del tipo 1, aparecen hasta en un 75% de los pacientes(20). En la población pediátrica es muy característica la debilidad facial, con apertura de boca, protrusión de lengua y caída de parpados, que aparece en un tercio de ellos al inicio de la enfermedad(17) y también es provocada por las emociones. En niños y adolescentes, la cataplejia se manifiesta en muchas ocasiones solo en la cara, en un estado semipermanente y con ocasionales exacerbaciones, siendo confundida con episodios de somnolencia. De breve duración (segundos a minutos), la debilidad facial puede progresar de forma rostro-caudal, extendiéndose a tronco y extremidades, llegando a caer al suelo. Plazzi, et al., han descrito síntomas “negativos” (hipotonía) y “positivos” (discinesias, estereotipias) asociados a la cataplejia, a modo de “trastorno de movimiento complejo” al inicio de la enfermedad, que desaparece posteriormente(22). Se ha descrito la posible participación de una infección estreptocócica, responsable de los síntomas y de los movimientos involuntarios(23).

Otros síntomas

En la narcolepsia existe una disociación, con presencia de manifestaciones del sueño REM en vigilia, habitualmente asociadas: ensoñaciones-alucinaciones hipnagógicas/hipnopómpicas (AH) y atonía muscular-parálisis de sueño (PS). Menos de la mitad de los niños con narcolepsia tienen AH(17) y, a diferencia de los adultos, son menos angustiosas (imágenes de formas, personas, animales) y acompañan a los episodios de somnolencia(24). La PS se manifiesta con imposibilidad para moverse durante segundos o minutos, preservándose la respiración y los movimientos oculares. La PS es menos frecuente que las AH (29-60%)(17). El sueño nocturno fragmentado es una queja muy frecuente en estos niños y, al ser preguntados por ello, hasta el 89% de los padres reconoce este síntoma(17), en muchos casos, con ensoñaciones vividas y pesadillas. En otros casos, los niños con somnolencia presentan conductas automáticas que pueden ser confundidos con estados epilépticos.

Características de los niños con narcolepsia

• Trastornos del ánimo y de la conducta, con sentimiento de inferioridad, labilidad emocional, irritabilidad y depresión(19), con repercusión a nivel escolar y afectación de su calidad de vida.

• Obesidad y sobrepeso, a veces relacionadas con trastorno alimentario nocturno, que ocurre en un 25% de los pacientes(25). Este síntoma aparece al inicio de los síntomas, a pesar de cambios dietéticos, ejercicio o medicación(25), y tiene un mecanismo desconocido (posibles alteraciones del equilibrio leptina-ghrelina, metabolismo basal lento, etc.).

• Pubertad precoz, próxima al inicio de la ganancia ponderal(26), por aparente disfunción hipotalámica.

La narcolepsia secundaria o sintomática aparece hasta en un 33% de todos los pacientes pediátricos, principalmente provocada por lesiones cerebrales estructurales (tumores supraselares, síndrome de Coffin–Lowry, enfermedad de Norrie, enfermedad de Niemann–Pick, síndrome de Prader-Willi y, raramente, esclerosis múltiple o parálisis cerebral con afectación hipotalámica)(24). En comparación con la forma idiopática, el inicio de los síntomas es más precoz y la cataplejia es el síntoma predominante, incluso como un estatus catapléjico. Normalmente, la anamnesis, los estudios de neuroimagen o test genéticos, son suficientes para descartar una de estas patologías.

Etiología

Aunque existe una implicación de mecanismos inmunológicos, no se ha demostrado que exista una alteración de la autoinmunidad.

La narcolepsia tipo 1 está causada por una pérdida de neuronas productoras de hipocretina 1 en hipotálamo dorso-lateral(24), a través de un mecanismo inmunomediado. Recientemente, se ha demostrado que estas neuronas son especialmente sensibles al estreptococo y al virus de la gripe A (H1N1) a través de linfocitos B y T, con incremento de la prevalencia tras la campaña de vacunación promovida en 2010(27), pero sin anticuerpos específicos dirigidos a las neuronas que sintetizan Hcrt-1. El componente genético es de mayor importancia con presencia del HLA DQ B1* 0602 en más del 98% de los pacientes con narcolepsia tipo 1, en comparación con el 12-30% en la población general(24).

Diagnóstico

Ante una sospecha de narcolepsia, las pruebas de laboratorio permiten confirmar el diagnóstico. En caso de duda, es necesario realizar una punción lumbar.

Los síntomas de narcolepsia son menos típicos en edades pediátricas. La somnolencia diurna excesiva puede ser difícil de reconocer en niños pequeños, que duermen más en los primeros años de vida. En muchas ocasiones, los niños “luchan” contra la somnolencia, presentando un comportamiento hiperactivo(21). Si este síntoma se acompaña de un déficit de atención provocado por la somnolencia durante el día(21), el cuadro puede ser diagnosticado erróneamente como un “trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH)”. En otros casos, son calificados como “vagos” o “perezosos y, a menudo, tienen problemas sociales y escolares. Los episodios de cataplejia pueden ser evaluados como una debilidad muscular por patología neuromuscular o como ataques epilépticos(17). En cuanto a los episodios de parálisis de sueño o alucinaciones, a menudo son ignorados porque el niño es incapaz de describirlos.

Diario (o agenda) de sueño y actigrafía

Un diario o agenda de sueño, que muestre el patrón vigilia-sueño durante las 24 horas del día y durante varios días, es un método muy útil y barato para descartar unos hábitos u horarios inadecuados como causa de la somnolencia patológica. La alternativa a estos diarios es la astigrafía, que es un método que evalúa el mismo patrón vigilia-sueño de forma objetiva, registrando la actividad motriz.

Polisomnografía (PSG) y Test de Latencias Múltiples de Sueño (TLMS)

Las pruebas realizadas en el laboratorio de sueño (polisomnograma, test de latencias múltiples de sueño) confirman la sospecha clínica, pero los criterios diagnósticos no están validados en niños pequeños, menores de 6 años(24). La monitorización PSG continua ambulatoria durante 24 horas, es un método más útil en niños pequeños, quienes colaboran deficientemente para realizar las pruebas diagnósticas estando ingresados en el hospital, o en niños mayores, como fuente de información adicional para detectar siestas diurnas o episodios de cataplejia. En niños mayores de 6 años, la PSG nocturna debe realizarse seguida de un TLMS(18) y la prueba realizada durante la noche excluye algunas causas de somnolencia diurna excesiva (apneas durante el sueño, movimientos periódicos en extremidades, insomnio, parasomnias, etc.), aunque estos eventos pueden coexistir con la propia narcolepsia(24).

El TLMS es un método diagnóstico estandarizado utilizado en escolares, pero los criterios diagnósticos no se han establecido por grupos de edad, teniendo en cuenta que los adolescentes tienen hipersomnia fisiológica y que los preadolescentes pueden mostrar latencias medias de sueño superiores a 8 minutos(24). En relación a la presencia del sueño REM durante las siestas diurnas, en niños como en adultos, se considera patológico registrar 2 o más episodios de SOREMp (SOREMp: Sleep Onset REM period o episodio de sueño REM con una latencia igual o inferior a 15 minutos).

Tipaje HLA

El tipaje del Antígeno de Histocompatibilidad (HLA en inglés) es una herramienta diagnóstica útil y no invasiva en niños. La presencia del haplotipo HLA DQ B1* 0602 es muy característica de la narcolepsia tipo 1 y añade una información muy valiosa cuando existe la sospecha clínica, incluso si no existe cataplejia(24). Su negatividad no excluye el diagnóstico (narcolepsia tipo 2, narcolepsia sintomática) y tampoco es especifico de la enfermedad, objetivándose en un 30% de sujetos no narcolépticos(24).

Determinación de la concentración de hipocretina-1 (Hcrt-1) en LCR

Niveles indetectables o concentraciones inferiores a 110 pg/mL son el mejor marcador diagnóstico en niños y el mejor predictor de cataplejia. El déficit de Hcrt-1 tiene una elevada especificidad como test diagnóstico en narcolepsia con cataplejia(24), por lo que la Academia Americana de Medicina del Sueño (AASM) propone este parámetro para diferenciar los 2 tipos de narcolepsia reconocidos por la Clasificación Internacional de Trastornos de Sueño vigente: Narcolepsia tipo 1 (con déficit de Hcrt-1) y Narcolepsia tipo 2 (sin déficit de Hcrt-1)(24). En pacientes que presentan únicamente somnolencia diurna excesiva, niveles indetectables de Hcrt-1 pueden predecir la aparición de cataplejia(24), reclasificándose como una narcolepsia tipo 1 (Tabla II).

Cuestionarios de somnolencia y cataplejia

En población infanto-juvenil, es necesario el empleo de cuestionarios ajustados a su edad. En niños pequeños y escolares, se utilizan la Escala Pediátrica de Somnolencia Pediátrica (Pediatric Daytime Sleepiness Scale)(28) y el Cuestionario de Somnolencia de Epworth adaptado (Adapted Epworth Sleepiness Score, en el que el ítem “quedarse dormido conduciendo o parado durante un atasco de tráfico”, es sustituido por “quedarse dormido en el colegio”)(28). La Escala de Severidad de Cataplejia (Cataplexy Severity Rating Score), puntúa de 1 a 3 en función de la gravedad del síntoma (leve caída de mandíbula hasta caída al suelo)(28).

Diagnóstico diferencial

”No todo lo que parece epilepsia es una epilepsia”.

En niños pequeños, los ataques de cataplejia se confunden frecuentemente con crisis epilépticas (atónicas) y drop-attacks(29) pero, a diferencia de estos, no existe pérdida de conciencia, y los episodios son provocados por emociones bruscas. En preescolares, la somnolencia diurna suele atribuirse a apneas durante el sueño u otro trastorno respiratorio relacionado con el sueño(24) pero, en estos casos, suele existir ronquido y episodios de cese/limitación de la respiración. En niños mayores y adolescentes, el síndrome de retraso de fase provoca insomnio de conciliación y somnolencia diurna, que puede confundirse con narcolepsia(24). Aunque los episodios de parálisis de sueño, con atonía muscular, pueden ser identificados erróneamente como un síntoma relacionado con trastornos psicogénicos, existen ataques de pseudocataplejia, más prolongados y precipitados por pensamientos negativos o ánimo bajo(30). En preadolescentes, las alucinaciones hipnagógicas pueden diagnosticarse como una esquizofrenia(30) y los síntomas depresivos asociados a la narcolepsia, pueden enmascarar el diagnóstico correcto.

Una de las mayores dificultades es distinguir una narcolepsia de otras hipersomnias centrales (primarias) cuando no existe cataplejia, por las características de la somnolencia diurna en los niños (siestas prolongadas y no reparadoras).

Tratamiento y manejo de la narcolepsia en niños

Aunque hay varios fármacos útiles y seguros, no existen protocolos terapéuticos en niños, en la actualidad.

A diferencia de los adultos, no existen tratamientos aprobados para el manejo de la narcolepsia (Food and Drug Administration-FDA, European Medicines Agency-EMA, Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios-AEMPS), que incluye medidas farmacológicas y no farmacológicas(24,31).

Niños y cuidadores deberían ser informados del curso crónico de la enfermedad y de la necesidad de tratamiento a largo plazo. Es fundamental iniciar el tratamiento inmediatamente tras el diagnóstico de la enfermedad, teniendo en cuenta los posibles efectos adversos y los beneficios.

Tratamiento no farmacológico

La medida no farmacológica más eficaz en el manejo de la narcolepsia es la planificación de siestas, con el fin de mitigar la somnolencia diurna excesiva. En preadolescentes y adolescentes, se recomiendan, al menos, 2 siestas “reparadoras”(24).

Los niños deberían participar en actividades escolares y extraescolares, practicar deportes y otras actividades, con el fin de mejorar y aumentar la estimulación y reducir la somnolencia y favorecer la integración con otros niños. A los adolescentes, se les debe aconsejar que no consuman alcohol ni drogas ilegales, no conducir automóviles o motocicletas ni realizar actividades peligrosas. En todos los casos, la estrecha colaboración con padres y profesores es fundamental, incluso proporcionando información escrita a unos y a otros.

Lo fundamental, antes de iniciar el tratamiento farmacológico, es establecer cuál es el síntoma más limitante, aunque es raro que un paciente sea tratado únicamente con un único fármaco.

Tratamiento farmacológico para la somnolencia diurna excesiva

Actualmente, no existe ningún tratamiento aprobado para combatir la somnolencia en niños, por lo que su uso está basado en fundamentos empíricos. Anfetaminas y metilfenidato, indicados como tratamiento del TDAH en niños mayores de 6 años, son los tratamientos tradicionales, sin aprobación por las diferentes agencias de medicamentos(31). El mecanismo de acción es similar, con mayor liberación a nivel presináptico e inhibición de la recaptación de dopamina y norepinefrina, con potenciales efectos adversos: cefalea, molestias digestivas, anorexia, nerviosismo, insomnio, etc.(31). La formulación (liberación inmediata, liberación modificada o liberación prolongada) debe elegirse en función de la distribución de la somnolencia.

El modafinilo es un fármaco promotor de la vigilia, que incrementa los niveles de catecolaminas e histamina en hipotálamo(31). Es un tratamiento con efectos adversos habitualmente leves (cefalea, nerviosismo, irritabilidad, anorexia), que también puede desarrollar tolerancia. Por el riesgo de reacciones cutáneas graves o hipersensibilidad severa, ni la EMA ni la FDA recomiendan su uso en menores de 16 años, por lo que ninguna de ellas ha sido aprobada para el uso en estos pacientes, aunque han demostrado su eficacia en el manejo de la somnolencia(31,32), como en los adultos(24).

Los antagonistas del receptor de Histamina (RH3), como el Pitolisant, también se están utilizando en el tratamiento de la somnolencia en narcolepsia. La histamina es un neurotransmisor excitatorio que facilita la vigilia. El RH3, vía feedback negativo, promueve la somnolencia, por lo que sus antagonistas favorecen el arousal(33). Aprobado por la FDA y la EMA, no tiene potencial de abuso, pero en nuestro país, solo puede ser administrado como fármaco de uso compasivo.

Fármacos para cataplejia

Inicialmente, se han empleado fármacos anticolinérgicos, al demostrarse una implicación de la acetilcolina en la aparición de cataplejia. Por ello, los antidepresivos clásicos (clomipramina, e imipramina) han sido ampliamente utilizados en pacientes con narcolepsia y cataplejia, sin evidencias científicas demostradas(31), pero con una amplia experiencia clínica. Estos fármacos no han sido autorizados por la FDA o la EMA como tratamiento en pacientes narcolépticos de menos de 16 años. Los efectos adversos incluyen: sequedad bucal, visión borrosa, somnolencia, hipotensión ortostática y ganancia ponderal. Los antidepresivos inhibidores de la recaptación de serotonina y otros neurotransmisores (fluoxetina, atomoxetina o venlafaxina) son mejor tolerados, aunque pueden provocar: nerviosismo, insomnio o temblor. De ellos, el más utilizado en población pediátrica con cataplejia es la venlafaxina, cuya utilidad está basada en estudios aislados y en recomendaciones de expertos(31). En todos los casos, la retirada de los antidepresivos debe ser progresiva para evitar la aparición de un “estatus catapléjico”, con aparición de cataplejia de forma semicontinua.

El oxibato sódico (OS) o gamma-hidroxibutirato es un agonista de receptores GABA tipo B y es el fármaco de primera elección en adultos con cataplejia. Es una sal sódica que debe tomarse en 2 dosis, en ayunas, al acostarse y 3 horas después, para conseguir un efecto durante todo el día. El mecanismo de acción es desconocido, pero se ha demostrado en adultos que reduce las entradas en sueño REM, reduciendo significativamente el número de episodios de cataplejia. Además, también estabiliza el sueño, reduce los despertares nocturnos y mejora la alerta de forma más modesta que el efecto sobre la cataplejia(34). Varios estudios muestran una mejoría en los niños catapléjicos(31,34), el más reciente de ellos, realizado en niños de 7 a 16 años de edad, a quienes se ha administrado 2-9 g/d de OS en función del peso corporal. Los efectos adversos del OS incluyen: náuseas, vómitos, cefalea, enuresis, debilidad, pérdida de peso, agravamiento de ronquido/apneas y sonambulismo. Antes de comenzar el tratamiento con OS, es necesario excluir un historial de abuso potencial de drogas, depresión o trastorno respiratorio. El fármaco está aprobado únicamente en adultos que presentan cataplejia(24) y va a ser autorizado próximamente en nuestro país. En cualquier caso, la AEMPS recomienda que el tratamiento debe iniciarse y mantenerse bajo la dirección de un médico con experiencia en el tratamiento de trastornos del sueño (Tabla III).

Inmunoterapia

Dada una posible implicación de un mecanismo inmuno-mediado que desencadena los síntomas de narcolepsia tipo 1, algunos investigadores han propuesto administrar inmunoglobulina intravenosa precozmente. Los resultados obtenidos no son concluyentes, con muestras que incluyen pocos pacientes, estudios observacionales no controlados y sin poder excluir la posibilidad de remisiones espontaneas(31). No existen datos respecto a la modulación de la inmunidad mediada por células T.

En definitiva, el diagnóstico de narcolepsia en niños, implica un diagnóstico y tratamiento precoz, para evitar las consecuencias negativas en la calidad de vida. Modafinilo, oxibato sódico y antidepresivos, aunque no están autorizados, han demostrado su eficacia y seguridad en los estudios realizados.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria presenta un papel primordial en la detección de trastornos del sueño; una exhaustiva anamnesis, exploración física y la utilización de herramientas son básicos para un correcto diagnóstico.

A pesar de que el déficit crónico de sueño tiene una prevalencia alta en la población pediátrica, el diagnóstico es escaso debido a varias razones:

• La poca evidencia clínica hasta que se producen dificultades escolares e interferencias en la vida social.

• Hay dificultad en interpretar los síntomas en familia y en el colegio. El déficit crónico de sueño produce en los niños: hiperactividad y déficit de atención, pudiendo ser etiquetados de TDHA, en cambio, en los adultos produce somnolencia.

• Hay falta de conocimiento e información entre los profesionales sanitarios.

• Muchos de los síntomas del déficit crónico de sueño se pueden confundir con problemas psiquiátricos como: depresión, ansiedad, entre otras.

Todos los pediatras de Atención Primaria deben ser conocedores de los trastornos para reconocerlos y diagnosticarlos. El primer paso es realizar una exhaustiva anamnesis (cantidad de sueño, patrón de sueño de los días escolares y de los fines de semana, ambiente en el que duerme, problemas durante el sueño como roncar, movimientos de los miembros, despertares, siestas, medicaciones…), además de completar la historia clínica con: exploración física, pruebas complementarias (electroencefalograma, analítica sanguínea, polisomnografía, test de latencias múltiple) y determinadas herramientas, entre ellas destaca: la agenda del sueño durante, al menos, dos semanas consecutivas, cuestionarios para valoración de sueño o incluso vídeos.

Es importante realizar un diagnóstico y tratamiento lo más precoz posible, pues ello mejora el pronóstico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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Última guía práctica clínica sobre trastornos del sueño en la infancia y adolescencia en Atención Primaria. Recomendaciones desarrolladas para ayudar a los profesionales y a los pacientes a tomar decisiones sobre los problemas del sueño. Pendiente de actualización.

- Merino Andreu M, Hidalgo Vicario MI. Hipersomnia. Somnolencia diurna excesiva y alteraciones del ritmo circadiano en Pediatría. Pediatr Integral. 2010; 9: 720-34.

Última revisión para la revista de Pediatría Integral acerca de la importancia y repercusión que conlleva la somnolencia diurna excesiva y las alteraciones del ritmo circadiano en Pediatría.

– Serra L, Montagna P, Mignot E, Lugaresi E, Plazzi G. Cataplexy features in childhood narcolepsy. Mov Disord. 2008; 23: 858-65.

Los investigadores describen todas las características clínicas de los episodios de cataplejia, que pueden incluir fenómenos motores negativos (p. ej., atonía) o positivos (p. ej., mioclonías peribucales).

– Kotagal S. Treatment of narcolepsy and other organic hypersomnias in children. Paediatr Respir Rev. 2018; 25: 19-24.

El Dr. Kotagal revisa el abordaje terapéutico de todas las hipersomnias centrales (narcolepsia, hipersomnia idiopática y S. Kleine-Levin).

– Lehert P, Falissard B. Multiple Treatment Comparison in Narcolepsy: a Network Meta-analysis. Sleep. Acceso: 19 de septiembre de 2018 (in press).

En este meta-análisis se analizan 14 ensayos clínicos aleatorizados, realizados con 3 fármacos que mejoran la somnolencia y la cataplejia (modafinil, oxibato sódico, pitolisant).

– Plazzi G, Ruoff C, Lecendreux M, Dauvilliers Y, Rosen CL, Black J, et al. Treatment of paediatric narcolepsy with sodium oxybate: a double-blind, placebo-controlled, randomised-withdrawal multicenter study and open-label investigation. Lancet Child Adolesc Health. 2018; 2: 483-94.

Este trabajo multicéntrico, firmado por expertos de primer nivel en el manejo de la narcolepsia tipo 1 en edad pediátrica, evalúa la eficacia del oxibato sódico en el manejo de la cataplejia y la somnolencia, demostrando una mayor eficacia y seguridad del mismo frente a placebo.

 

Caso clínico

 

Niña de 9 años con frecuentes episodios de desconexión con el entorno y fracturas en brazos por caídas al suelo. Acude al hospital para descartar episodios de ausencia (epilepsia generalizada) y, durante la realización del electroencefalograma, se queda dormida. Interrogada la paciente y su familia, comentan que se queda dormida en clase, en el coche e, incluso, comiendo, pero ellos lo atribuyen a un sueño nocturno muy interrumpido. Al ser preguntados si tiene debilidad con la risa, responden que “se le doblan las piernas” y hace muecas extrañas cuando le cuentan chistes y que, en muchas ocasiones, cae al suelo. Tiene sobrepeso desde que duerme durante el día y mal rendimiento escolar.

En las pruebas realizadas, se objetiva una marcada somnolencia subjetiva (escalas de valoración) y objetiva (actigrafía), siestas frecuentes durante el día (agenda de sueño), sueño fragmentado sin apneas ni eventos motores (polisomnografía) y presencia de sueño REM durante las siestas diurnas (test de latencias de sueño). Se ha detectado presencia del haplotipo HLA DQ B1* 0602 y niveles indetectables de hipocretina en LCR. Diagnosticada de “narcolepsia con cataplejia” (desde 2017, denominada “narcolepsia tipo 1”), se inicia tratamiento con modafinil (ineficaz) y, posteriormente, metilfenidato, venlafaxina y, desde hace 10 años, oxibato sódico. En la actualidad, cursa estudios superiores y se encuentra aceptablemente bien.

 

 

Trastornos respiratorios del sueño. Síndrome de apnea-hipoapnea del sueño en la infancia

J.M. Ademà Alcover, E. Esteller Moré, E. Matiñó Soler, R. López Diu, G. Pedemonte Sarrias, J.C. Villatoro Sologaistoa
Temas de FC

M.L. Alonso Álvarez*, R. Mínguez Verdejo**

*Coordinadora Unidad Multidisciplinar de Sueño y Ventilación , Dr. J. Terán Santos. Hospital Universitario de Burgos. Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Respiratorias (CIBERES). **Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud de Algemesí. Valencia

Resumen

Los trastornos respiratorios del sueño en la infancia constituyen una entidad prevalente y con consecuencias importantes, sobre todo, en la esfera neurocognitiva. El síndrome de apnea hipopnea del sueño (SAHS) en la infancia constituye uno de los trastornos respiratorios del sueño, la hipoxia intermitente, asociada a la fragmentación del sueño, producen una respuesta inflamatoria sistémica y el subsiguiente daño multisistémico. La hipertrofia adenoidea y amigdalar es una de las causas frecuentes en la primera infancia y la obesidad infantil ha provocado un aumento en la prevalencia de esta patología. Tampoco debemos olvidar que algunos pacientes, diagnosticados de trastorno de atención con hiperactividad, pueden tener como causa fundamental esta entidad. El retraso en el diagnóstico, provocará importantes secuelas, como en la esfera neurocognitiva, en estos niños. El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en el diagnóstico y derivación para su mejor tratamiento.

 

Abstract

Sleep disordered Breathing (SDB) in childhood is a prevalent entity with important consequences especially in the neurocognitive sphere. Obstructive Sleep Apnea Syndrome in childhood (pediatric OSA) is a SDB, where intermittent hypoxia and sleep fragmentation lead to a systemic inflammatory response and subsequent multisystem damage. Another common cause in early childhood is adenoid and tonsillar hypertrophy, influenced by the increase in prevalence of childhood obesity. Furthermore, some children diagnosed as attention-deficit hyperactivity disorder could have this entity as a main cause. Diagnosis delay will lead to neurocognitive consequences in these children. The role of the primary health care pediatrician is essential in the diagnosis and referral for its best management.

 

Palabras clave: SAHS infantil; Síndrome de apnea-hipoapnea del sueño infantil; Ronquido; Diagnóstico y tratamiento del SAHS infantil

Key words: Obstructive sleep apnea in children, sleep- disordered breathing, pediatric OSA, infant, obstructive sleep apnea, pediatric, snoring, diagnosis and treatment

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 422 – 436


Trastornos respiratorios del sueño. Síndrome de apnea-hipoapnea del sueño en la infancia

Introducción

Los trastornos respiratorios del sueño (TRS) describen un conjunto de alteraciones que incluyen, según la última clasificación International Classification of Sleep Disorders – Third Edition (ICSD-3)(1), 4 tipos:

• Trastornos de apnea obstructiva del sueño (dos subtipos: del adulto y de la infancia).

• Trastornos de apnea central del sueño.

• Trastornos de hipoventilación relacionados con el sueño.

• Trastornos de hipoxemia relacionados con el sueño.

En este artículo vamos a tratar especialmente el primer grupo en la infancia, el síndrome de apnea-hipopnea obstructiva del sueño (SAHS). El SAHS es una alteración de la respiración durante el sueño, caracterizada por una obstrucción parcial, prolongada, de la vía aérea superior y/u obstrucción intermitente completa, que interrumpe la ventilación normal durante el sueño y los patrones normales del sueño(2).

Desgraciadamente, esta patología está muy infradiagnosticada. El retraso en el diagnóstico conlleva importantes complicaciones: disminución del rendimiento intelectual, problemas de comportamiento, hipersomnia diurna, retraso del desarrollo psicomotor, falta de crecimiento, hipertensión arterial y Cor Pulmonale(3).

Uno de los aspectos del SAHS al que se le ha dado más importancia en los últimos años, es el de su papel en el desarrollo de alteraciones neuropsicológicas, y se ha comprobado que los niños con SAHS son más propensos a tener problemas de aprendizaje, atención y desarrollo neurocognitivo(4).

Se estima que el uso de los servicios sanitarios que realizan los niños afectos de TRS no diagnosticados y no tratados incrementa en un 20% el número de visitas, con reducción del gasto sanitario después de su tratamiento(3).

El síntoma más común de los TRS es el ronquido durante el sueño. Es importante preguntar en las revisiones de salud sobre este síntoma. Es posible que un niño que inicialmente presenta un ronquido simple, empeore presentando un SAHS que precise tratamiento.

Es importante preguntar, en las revisiones de salud, sobre el síntoma ronquido y tenerlo anotado como diagnóstico codificado en las historias de salud (CIE 9: 786.09).

Actualmente, se cuestiona la inocuidad del ronquido y algunos estudios han encontrado asociación entre el ronquido habitual y trastornos neurocognitivos (falta de atención, hiperactividad, problemas de conducta o rendimiento escolar).

Prevalencia

La prevalencia del ronquido habitual se sitúa en un 7,45% (95% CI 5,75-9,61) y la del síndrome de apneas-hipopneas durante el sueño (SAHS) se sitúa entre el 1 y 5%, con un pico de incidencia máxima entre los 2 y 6 años(2,3).

La prevalencia del SAHS en población infantil obesa, se sitúa entre el 21,5 y el 46,6%, como se demostró en el estudio NANOS, primer estudio prospectivo que valora la prevalencia del SAHS en niños obesos de la comunidad y no en población clínica(5).

Fisiopatología

El niño presenta una serie de características anatómicas, fisiológicas y madurativas de la vía aérea superior (VAS), diferentes a las del adulto. La faringe debe ser colapsable para facilitar la salivación y el habla, sin embargo, esta colapsabilidad puede ser un obstáculo para la respiración. Durante la inspiración, se produce una presión negativa que favorece el colapso de los tejidos hacia el interior, que se contrarresta por la acción de los músculos dilatadores faríngeos. La faringe simula un modelo de resistor de Starling, de forma que cualquier factor que disminuya el tamaño faríngeo o aumente la compliance faríngea, puede favorecer el desarrollo de eventos respiratorios obstructivos. Así, la presión crítica (Prcrit), utilizada como medida objetiva de colapsabilidad de la VAS, es mayor (es decir, menos negativa) en niños con SAHS que en niños con ronquido primario(2,6).

La patogenia del SAHS infantil es multifactorial, siendo la conjunción de factores anatómicos y funcionales que, interactuando con factores ambientales y genéticos, conducen a un desequilibrio de la Vía Aérea Superior (VAS) traducido en un aumento de la colapsabilidad de la misma, que conduce a una alteración de la respiración y de la ventilación normal durante el sueño.

Factores anatómicos

La hipertrofia del tejido linfático de la vía aérea superior, particularmente la hipertrofia adenoidea y amigdalar en la edad infantil, supone la causa más frecuente de SAHS(2,3,6). Las amígdalas y las adenoides son mayores con respecto a las estructuras que las contienen entre los 3 y 6 años de edad, coincidiendo con un pico de incidencia máxima del SAHS en la infancia. En estudios realizados con Resonancia Magnética Nuclear (RMN)(6), se muestra como las medidas volumétricas obtenidas de las adenoides y las amígdalas de los niños con SAHS son significativamente mayores que las obtenidas en niños control. No obstante, es necesario considerar que no todos los niños con hipertrofia adenoamigdalar desarrollan SAHS.

Otra causa de estrechamiento de la VAS son las alteraciones cráneo-faciales, como: la micrognatia, la retrognatia o la hipoplasia mandibular o mediofacial, que suelen ir asociadas a síndromes malformativos como: el síndrome de Pierre–Robin, el síndrome de Treacher–Collins, el síndrome de Down, el síndrome de Crouzon o el síndrome de Apert, entre otros; patologías en las que la incidencia de SAHS está aumentada, sobre todo, en los niños menores de 2 años de edad(7).

Factores funcionales

Relacionados con la hipotonía faríngea del sueño REM y el control neurológico anómalo. La inmadurez neuromuscular, que conduce a hipotonía faríngea, es una de las teorías propuesta como mecanismo fisiopatológico del colapso dinámico inspiratorio de las estructuras supraglóticas que tiene lugar en la laringomalacia. La laringomalacia es una anomalía congénita frecuente en el recién nacido, presentando trastornos respiratorios obstructivos hasta en un 26% y, por tanto, causa frecuente de SAHS en niños menores de 2 años(7).

Factores genéticos

El SAHS es una patología heterogénea que engloba diferentes fenotipos que, a su vez, son influenciados por el efecto de: la obesidad, la edad, la raza y la comorbilidad, argumentando fuertemente la naturaleza poligénica del SAHS. En un estudio reciente, el índice apnea hipopnea por hora de sueño (IAH) se asoció significativamente con polimorfismo en el receptor GPR83 de la proteína G, una proteína expresada en múltiples regiones cerebrales de relevancia en el SAHS, como: el núcleo hipogloso, el núcleo motor dorsal del vago y el núcleo del tracto solitario(8).

La obesidad

En los últimos años, la obesidad ha adquirido rangos epidémicos afectando a todas las edades, incluida la edad infantil. Todos los mecanismos fisiopatológicos descritos previamente para niños no obesos, serían también aplicables para niños con obesidad, pero además, la obesidad en sí misma puede producir estrechamiento faríngeo, debido al depósito de tejido adiposo entre los músculos y en el tejido blando de la vía aérea superior (VAS). La interrelación entre obesidad e hipertrofia amigdalar en la patogenia del SAHS infantil, ha sido evaluada en el estudio NANOS(5), demostrándose que la hipertrofia adenoamigdalar y la obesidad son factores de riesgo independientes de SAHS infantil. Por otro lado, se ha sugerido una interacción recíproca entre obesidad y SAHS, y así, la obesidad predispone al SAHS, y el SAHS en sí mismo, puede también contribuir a la patogénesis de la obesidad. El SAHS se ha asociado con resistencia a la leptina y aumento de los niveles de grelina, favoreciendo la obesidad(6).

Clasificación

La clasificación que recoge el amplio abanico de posibilidades etiológicas es la propugnada por Arens(9), que clasifica el SAHS infantil en cuatro fenotipos distintos:

• SAHS fenotipo I: hipertrofia adenoamigdalar.

• SAHS fenotipo II: craneofaciales.

SAHS fenotipo III: neurológicos.

• SAHS fenotipo IV: obesos.

Comorbilidades

Las consecuencias inmediatas de la obstrucción de la vía aérea superior durante el sueño son: cambios en la presión intratorácica, hipoxemia intermitente, fragmentación del sueño e hipoventilación alveolar, asociándose con importante morbilidad, con afectación de diferentes órganos y sistemas; de ahí, la importancia de un diagnóstico precoz y de un tratamiento adecuado del SAHS infantil.

Alteraciones del crecimiento

El retraso en el crecimiento o estancamiento ponderal es una de las manifestaciones clínicas del SAHS en la infancia, sin embargo, es necesario tener en cuenta que realmente se trata de una consecuencia de la presencia de un SAHS no tratado, siendo su origen multifactorial(3).

Morbilidad cardiovascular

Hipertensión arterial sistémica: recientemente se ha demostrado que la presencia de un IAH (índice de apneas/hipopneas) > 5/hora, se asocia a aumentos de la TA sistólica y diastólica(10). Los niños con SAHS presentan niveles más altos de tensión arterial diastólica nocturna y una disregulación de la tensión arterial, con aumento de la variabilidad de la TA.

Alteraciones de la geometría y de la estructura del ventrículo izquierdo y derecho: cuando se comparan: niños sanos, niños con ronquido habitual sin apneas y niños con SAHS, se encuentran diferencias significativas en estos parámetros, implicándose al péptido natriurético (BNP) como uno de los factores relacionados con estos cambios(6).

Disfunción endotelial: la disfunción endotelial es considerada como un precursor temprano de aterosclerosis y se ha comprobado que en los niños con SAHS, la respuesta hiperémica post-oclusiva revela deterioro de la función endotelial y, en los niños en los que concurren SAHS y obesidad, la magnitud de la disfunción endotelial es mayor(11).

Hipertensión pulmonar: una de las primeras complicaciones descritas del SAHS en niños fue la hipertensión pulmonar y el cor pulmonale. Las desaturaciones de oxígeno durante el sueño inducen vasoconstricción pulmonar, pudiendo conducir a elevación de la presión a nivel de la arteria pulmonar. Sin embargo, los mecanismos por los cuales, solo en determinados casos graves, se desarrolla hipertensión pulmonar no son aún, suficientemente conocidos(2,3,7,10).

Morbilidad neurocognitiva del SAHS

La hipoxia intermitente se ha relacionado con efectos deletéreos sobre las funciones neuronales e intelectuales.

Trastornos del comportamiento, como: trastornos de conducta, labilidad emocional, ansiedad y síntomas depresivos, son más frecuentes en niños con trastornos respiratorios del sueño (TRS)(2,3,10).

Inatención e hiperactividad: los TRS en los niños se asocian con aumento de frecuencia de síntomas de inatención e hiperactividad (conducta TDAH-like) y, por otro lado, los niños con déficit de atención e hiperactividad presentan aumento de la frecuencia de TRS(10).

Déficits cognitivos: los TRS del sueño en niños se han asociado a un aumento de la prevalencia de déficit cognitivo y dificultades académicas. El estudio CHAT (A Randomized Trial of Adenotonsillectomy for Childhood Sleep Apnea)(12) es el primero y, hasta el momento, único estudio controlado, randomizado, realizado en población infantil, que valora los cambios neurocognitivos en los niños diagnosticados de SAHS y tratados con adenoamigdalectomía, frente a los niños no tratados en lista de espera. Se incluyeron 464 niños entre 5 y 9 años y, aunque el tratamiento quirúrgico demostró: mejoría significativa en los parámetros respiratorios del sueño, sintomatología clínica, calidad de vida y comportamiento, la mejoría en la esfera cognitiva no alcanzó significación estadística. Sin embargo, es necesario tener en cuenta que este estudio no incluyó niños menores de 5 años, ni SAHS moderado-grave con desaturaciones importantes y el seguimiento fue solo de 7 meses.

La excesiva somnolencia diurna asociada al SAHS en los niños, ha sido valorada fundamentalmente mediante valoración subjetiva por medio de cuestionarios validados, siendo pocos los estudios realizados con medidas objetivas, como el test de latencias múltiples del sueño (MSLT); sin embargo, cuando se han utilizado estas medidas objetivas, se muestra un aumento de la somnolencia diurna en niños con SAHS y, sobre todo, en niños obesos con SAHS, y la magnitud de la reducción de la latencia al sueño se ha asociado con medidas de inflamación sistémica, como el TNF-Alfa(6,10).

Enuresis nocturna

Los niños con SAHS presentan una alta prevalencia de enuresis nocturna(10). En la relación del SAHS y la enuresis, se han postulado como mecanismos patogénicos: la presencia de arousals y fragmentación del sueño, así como la alteración de la secreción hormonal, como el BNP (péptido natriurético auricular), y así en niños con SAHS se han comunicado niveles elevados de BNP matutino(6).

Morbilidad endocrino-metabólica

El término síndrome metabólico se define como: la asociación de resistencia a la insulina, dislipemia, hipertensión arterial y obesidad, siendo un claro factor de riesgo cardiovascular. La presencia de TRS puede aumentar hasta 6,5 veces la probabilidad de desarrollar síndrome metabólico en relación con los niños que no presentan trastornos respiratorios durante el sueño(2,6,10).

En los niños pequeños prepuberales, el SAHS se asocia a un aumento de la resistencia a la insulina, fundamentalmente cuando concurren SAHS y obesidad(2,3,6), y los estudios que han valorado el efecto del tratamiento del SAHS sobre los parámetros metabólicos aportan resultados discordantes. Así, mientras que el estudio CHAT no encuentra mejoría en las lipoproteínas circulantes en niños de 5-9 años con SAHS después del tratamiento quirúrgico de adenoamigdalectomía, estudios recientes muestran mejoría en los niveles de colesterol total, HDL-colesterol y LDL-colesterol, tanto en niños obesos como en no obesos(6).

Es necesario tener en cuenta que la población infantil es población en continuo crecimiento y desarrollo y, por tanto, sujeta a cambios endocrino-metabólicos, lo cual justifica en parte los resultados discordantes encontrados en los estudios realizados, estando influenciado por la edad, el estado puberal y la concurrencia de obesidad.

Inflamación

Los ciclos repetidos de hipoxia, reoxigenación y restauración de la ventilación durante los periodos de obstrucción de la vía aérea superior, están implicados en la producción de estrés oxidativo e inflamación. Las evidencias científicas actuales demuestran que el SAHS actúa como una entidad desencadenante de mediadores inflamatorios. Los niños con SAHS presentan aumento de citokinas proinflamatorias como: la IL-6, el interferón γ y el TNF-α. La proteína C reactiva, reactante de fase aguda producida en el hígado, emerge como un fuerte e independiente predictor de morbilidad cardiovascular. Se ha demostrado que, en los niños con SAHS, la proteína C reactiva se correlaciona con la severidad de la enfermedad y desciende después del tratamiento efectivo, aunque también es necesario tener en cuenta que no todos los niños con SAHS presentan aumento de los niveles de proteína C reactiva, habiéndose relacionado con variantes genéticas(13).

En cuanto a la morbilidad relacionada con el SAHS, es importante considerar que no todos los niños con SAHS desarrollan comorbilidad, lo cual puede estar relacionado con la existencia de una determinada susceptibilidad individual mediada genéticamente.

Clínica

Los pacientes que presentan SAHS muchas veces pasan desapercibidos; pues, en muchas ocasiones, los padres no consultan por esta patología y los pediatras deberemos estar atentos a distintos síntomas que pueden presentarse. Los síntomas de estos niños los podemos clasificar en: nocturnos, diurnos y asociados a la hipertrofia amigdalar (Tabla I).

Hay diferencias en la sintomatología en los niños obesos, más parecido al SAHS del adulto, presentando más frecuentemente: somnolencia diurna asociada y menores síntomas de hiper­actividad.

Diagnóstico en Atención Primaria

El diagnóstico de sospecha de los TRS se debería iniciar desde los primeros controles de salud incluidos en el programa del niño sano. Así, la Academia Americana de Pediatría recomienda que, en los controles de salud, se investigue el sueño en todos los niños. Si el niño presenta ronquido y síntomas o hallazgos clínicos sugestivos de SAHS, se iniciará la escalada diagnóstica específica de TRS. Para ello, es útil el cuestionario de BEARS (Tabla II) y, si se detecta ronquido, utilizar el cuestionario de Chervin (Tabla III)(14).

Añadir un cuestionario específico de apnea del sueño, incrementa la probabilidad diagnóstica (de un 26% por historia clínica a un 53% con un cuestionario específico)(3,14,15).

La evaluación de un niño con sospecha clínica de SAHS debe incluir: la historia clínica general y específica de sueño, así como la exploración física completa y de la esfera otorrinolaringológica, con especial atención a la anatomía craneofacial y de la vía aérea superior(2,3,10,15).

Historia y anamnesis

• Antecedentes familiares (SAHS, hábito tabáquico, alergias). Posición habitual durante el sueño. Presencia e intensidad del ronquido. Evidencia de pausas nocturnas. Preocupación paterna sobre la respiración del niño. Respiración bucal. Despertares nocturnos frecuentes. Enuresis secundaria. Cambios escolares o conductuales. Excesiva somnolencia diurna (no predice SAHS en niños pequeños, sí en obesos).

• Cuestionario PSQ de Chervin (Tabla III): para niños de entre 2-18 años, con una línea de corte 33% con sensibilidad 0,85 y especificidad 0,87. Valora entre otras cosas, la calidad de vida del niño antes y después de la intervención.

Exploración clínica

• Anatomía craneofacial y vías respiratorias altas, valorando: la presencia de respiración bucal, facies adenoidea, hipertrofia amigdalar (Fig. 1), Mallampati (Fig. 2), retrognatia, maloclusión, maxilar estrecho y macroglosia.

Figura 1. Valoración de la hipertrofia amigdalar: la hipertrofia amigdalar se define clásicamente en 4 grados, de 0 a IV, en función del grado de obstrucción del espacio inter-amigdalino, de 0% a 100%.

Figura 2.

Puntuación modificada de Mallampati: valoración del espacio libre entre amígdalas según la escala o clasificación de Mallampati. Esta escala analiza la anatomía de la cavidad oral para predecir la facilidad de intubación.
• Clase I: total visibilidad de las amígdalas, úvula y paladar blando.
• Clase II: visibilidad del paladar duro y blando, porción superior de las amígdalas y úvula.
• Clase III: son visibles el paladar duro y blando y la base de la úvula.
• Clase IV: solo es visible el paladar duro.

• Exploración cardiopulmonar, valorando: la presencia de posible desplazamiento impulso máximo, soplo sugestivo de regurgitación tricuspídea observación del trabajo respiratorio, cianosis, variabilidad de la frecuencia cardiaca, medida de la tensión arterial sistólica y diastólica, descripción del patrón y frecuencia respiratoria y presencia de pectus excavatum.

• Somatometría y cambios recientes.

Criterios diagnósticos

Los siguientes criterios diagnósticos (Algoritmo 1) han sido publicados en 2011(3), en el Documento de Consenso del Síndrome de Apneas hipopneas durante el Sueño en niños, y los clasifica en criterios mayores y criterios menores:

• Cuando un roncador habitual presenta 4 criterios mayores o 3 criterios mayores + 2 criterios menores, debe ser derivado al otorrinolaringólogo y/o a unidad de sueño. Estos criterios serían menos aplicables en niños más pequeños o con comorbilidades (enuresis, hiperactividad o problemas de aprendizaje).

• Otros autores (Kadmon G, Chung SA, Shapiro CM) aconsejan un cuestionario sencillo I’M SLEEPY (Tabla IV, adaptadas al castellano), que presenta una alta sensibilidad (82%) y una más modesta especificidad (50%).

Ante un diagnóstico de SAHS infantil, debemos anotarlo con código diagnóstico (CIE 9: 327.23) para el adecuado seguimiento.

Pruebas complementarias

• Radiografía lateral de faringe y cefalometría: no indicada para el diagnóstico de SAHS, pues estando el niño despierto y en bipedestación, no se observaría el colapso de la vía aérea.

• Audio y videograbación en el hogar: en el SAHS, en la mayoría de las ocasiones, la exploración e inspección durante la vigilia es completamente normal y se hace necesaria la observación del niño durante el sueño. Esto se realiza mediante una videograbación que se realiza durante media hora, con la cabeza y el tórax del niño visibles, sin ropa que impida observar los movimientos respiratorios. Suele realizarse sobre las 5 a 5 y media de la mañana o cuando los padres hayan observado con anterioridad una mayor incidencia de alteraciones respiratorias. Se valora según el score de Sivan (Tabla V).

Tiene una sensibilidad del 94% y una especificidad del 68%, presentando una alta correlación con la polisomnografía (84%). Las puntuaciones de vídeo >10 fueron altamente predictivos de SAHS, mientras que los puntuaciones <5 se asociaron con la normalidad. En niños con score entre 6-10, se debería realizar una polisomnografía (PSG). Es importante visualizar el vídeo en pantalla grande, pues si se visualiza en el móvil, pueden no ser tan llamativas las retracciones torácicas y la puntuación sería menor.

• La nasofaringoscopia con endoscopio flexible nos permite valorar la localización de la región de la obstrucción y, actualmente, prácticamente ha sustituido a la radiografía lateral de cráneo.

También, hay que estar atento en el seguimiento de ciertas patologías que no son frecuentes, pero en las cuales, la prevalencia del SAHS es mayor:

• Malformaciones craneofaciales, con retrognatia, micrognatia, macroglosia o hipoplasia mediofacial.

• Enfermedades neuromusculares: enfermedad de Duchenne, parálisis cerebral infantil, poliomielitis, traumatismo craneoencefálico o tumores cerebrales.

• Otras enfermedades: de depósito (Cushing, mixedema, Hurler, Hunter), metabolopatías, laringomalacia, drepanocitosis o asma.

Diagnóstico en laboratorio de sueño

Todas las guías clínicas y consensos existentes establecen que el diagnóstico de certeza del SAHS en niños, requiere la realización de un estudio de sueño(2,3,7,10,15).

En el año 2011, el Documento de Consenso del síndrome de apneas-hipopneas durante el sueño en niños(3), plantea una estrategia diagnóstico-terapéutica en la que se incluyen la historia clínica y la exploración física, como herramientas que ayudarán a la priorización de la realización de estudios de sueño y a establecer un abordaje diagnóstico-terapéutico.

En el año 2015, la Task-Force Europea(10) realiza una revisión sistemática de la literatura desde 1970 a diciembre del 2014, y de nuevo se establece la necesidad de realización de un estudio de sueño para establecer el diagnóstico y graduar la severidad del SAHS en población infantil, planteando al igual que el Documento de Consenso, una estrategia de abordaje diagnóstico-terapéutico en la que, además, se incluyen poblaciones de riesgo diferentes a la hipertrofia adenoamigdalar y/o obesidad (como síndrome de Down, malformaciones craneofaciales o enfermedades neuromusculares, etc.).

Polisomnografía nocturna (PSG)

El método diagnóstico de elección del SAHS en los niños sigue siendo, hoy en día, la Polisomnografía Nocturna (PSG) vigilada, realizada en laboratorio de sueño.

La PSG nocturna consiste en el registro continuo y supervisado del estado de vigilia y de sueño espontáneo, mediante el registro de variables neurofisiológicas y cardiorrespiratorias. Requiere un entorno específico adecuado para la edad infantil y adaptarse al horario de los niños, además de personal entrenado, tanto en la realización de la técnica como en su interpretación. En el año 2006, se publican los valores polisomnográficos de normalidad en niños y, en 2007, la American Academy of Sleep Medicine (AASM) publica los criterios para: la identificación de apneas y su clasificación, hipopneas, limitaciones al flujo, hipoventilación nocturna y de respiración periódica en niños, siendo actualizados estos criterios en el 2012 y en el 2015(16). Estos criterios permiten una valoración cuantitativa objetiva de los trastornos respiratorios del sueño y de los patrones de sueño, sin embargo, la estratificación en categorías de severidad ha sido realizada de forma empírica. El IAH: número de apneas obstructivas, centrales, mixtas e hipopneas por hora de sueño, es el parámetro polisomnográfico más utilizado para la descripción de la severidad del SAHS, otro parámetro utilizado es el RDI (Respiratory Disturbance Index), que englobaría el número de apneas obstructivas, centrales y mixtas, hipopneas y RERAS (respiratory events related arousals) por hora de sueño.

Un índice de apneas de 1 es estadísticamente significativo, sin embargo, se ha utilizado como punto clínicamente relevante el IAH correspondiente a más de 3 desviaciones estándar de los valores normales de IAH en niños sanos. En los últimos años, se establece la importancia de tratar al paciente no únicamente en función de los valores obtenidos del estudio de sueño, sino englobados en el conjunto de severidad de síntomas, factores de riesgo y presencia de morbilidad relacionada con el SAHS, que permitan establecer una adecuada estrategia diagnóstico-terapéutica.

Actualmente, se consideran dos definiciones de puntos de corte en niños entre 2-18 años(10):

• Definición 1: IAH obstructivo ≥ 2/hora de sueño o un índice de apnea obstructiva por hora de sueño ≥ 1 en presencia de síntomas sugestivos de TRS e hipertrofia adenoamigdalar, con o sin obesidad y sin otras anomalías.

• Definición 2: utilizada en la mayoría de los estudios publicados, SAHS definido como: síntomas de trastornos respiratorios del sueño en combinación con IAH ≥ 1/hora de sueño.

Poligrafía respiratoria (PR)

La PSG no es una técnica al alcance de todos los centros, por tanto, es necesaria la búsqueda de técnicas diagnósticas alternativas. Los sistemas portátiles o de poligrafía respiratoria (PR) son sistemas diseñados inicialmente para su utilización en el domicilio y que típicamente incluyen la medida de variables cardiorrespiratorias, pero no de variables neurofisiológicas, debiendo incluir: flujo oronasal (generalmente, medido con termistor y/o cánula nasal), esfuerzo respiratorio (torácico y/o abdominal), saturación de oxígeno por pulsioximetría, posición corporal, ronquido y frecuencia cardiaca. La limitación principal de la PR es que carece de parámetros neurofisiológicos y, por tanto, no permite conocer la estructura de sueño y tampoco la diferenciación del sueño y la vigilia, pudiendo conducir a una infraestimación. La PR ha sido validada para su utilización en niños(17) y así se refleja en el Documento de Consenso para Diagnóstico y Tratamiento del SAHS infantil(2) y la Task-Force Europea(10), que reconocen la utilidad diagnóstica de la PR, siempre que sea realizada en el marco de Unidades de Sueño debidamente acreditadas y con polígrafos validados en población infantil. Su principal indicación sería el estudio de pacientes con alta o baja probabilidad de padecer un SAHS, mientras que los pacientes con probabilidad media y aquellos con comorbilidad asociada o resultados dudosos se deberán realizar una PSG completa.

En los últimos años, se han realizado importantes esfuerzos en la investigación de pruebas diagnósticas alternativas a la PSG, como: las grabaciones audio-vídeo, cuestionarios, radiografía lateral de cuello, pulsioximetría, poligrafía respiratoria y marcadores plasmáticos y urinarios. La validez diagnóstica de estas técnicas fue analizada en una revisión sistemática, obteniendo elevada precisión diagnóstica: la poligrafía cardiorrespiratoria y los biomarcadores(18).

Técnicas diagnósticas prometedoras, actualmente en investigación y que en el futuro nos ayudarán en el diagnóstico del SAHS infantil son: la determinación de biomarcadores y la pulsioximetría mediante la utilización de redes neurales.

Tratamiento

El esquema de tratamiento del SAHS obstructivo en niños, siguiendo el Consenso Español y la Task-Force Europea se muestra en el algoritmo 2.

Estaría indicado tratamiento independientemente de la presencia o no de morbilidad asociada, si en el estudio de sueño (PSG o poligrafía respiratoria validada) presenta un IAH ≥ 5/hora de sueño.

Cuando el IAH se sitúa entre 1 y 5, se debe valorar la presencia de morbilidad asociada: cardiovascular, neurocognitiva, enuresis, retraso o fracaso del crecimiento, descenso de la calidad de vida o la presencia de factores de riesgo para la persistencia de trastornos respiratorios del sueño.

El tratamiento de elección del SAHS en los niños es quirúrgico (adenoamigdalectomía)(2,3,10,15).

Tratamiento quirúrgico

La adenoamigdalectomía es el tratamiento de elección para los TRS en el niño y obtiene la normalización de los trastornos respiratorios, de la sintomatología diurna y la reversión en muchos casos de las complicaciones asociadas al SAHS. La eficacia de la adenoamigdalectomía es de aproximadamente el 78% en el SAHS infantil(19), sin embargo, esta eficacia es variable en los estudios publicados, dependiendo de las poblaciones incluidas y del criterio utilizado para establecer el diagnóstico y la tasa de éxito quirúrgico (variando entre 27,2-66,3%), y son aún menores en población infantil obesa (12-49%)(5,10) El estudio CHAT demostró que el tratamiento quirúrgico mejora de forma significativa los parámetros respiratorios del sueño, la calidad de vida y el comportamiento. El riesgo posquirúrgico pediátrico oscila entre el 0 y el 1,3%, sin embargo, en los niños con SAHS, se han encontrado tasas de entre el 16-27%(2,3,10), con mayor incidencia de complicaciones respiratorias (9,4%), hasta 5 veces más frecuentes que en los niños sin SAHS. Por ello, se recomienda monitorización en el postoperatorio en los casos de mayor riesgo: edad menor de 3 años, anomalías craneofaciales, retraso de crecimiento, obesidad, parálisis cerebral, cor pulmonale y/o graves alteraciones en el estudio polisomnográfico previo a la intervención quirúrgica.

Determinados grupos poblacionales presentan aumento de riesgo de SAHS residual, recomendándose reevaluación clínica en todos los niños SAHS después de la cirugía.

Otros tratamientos quirúrgicos, como la tonsilotomía, no muestra diferencias significativas en la resolución del SAHS cuando se compara con la tonsilectomía y, sin embargo, el riesgo de recurrencia del SAHS es significativamente mayor(6,7).

Otras técnicas quirúrgicas estarían indicadas únicamente en casos seleccionados. La cirugía craneofacial se ha mostrado útil en niños con alteraciones craneofaciales sindrómicas. La traqueotomía es eficaz en el tratamiento del SAHS, pero se asocia con peor calidad de vida y problemas psicosociales, además de las complicaciones asociadas. En la práctica clínica, las cirugías craneofaciales y la traqueotomía únicamente estarían indicadas ante SAHS grave con contraindicación o fracaso de otros tratamientos quirúrgicos o no quirúrgicos(6,7,10).

CPAP (presión positiva continua sobre la vía aérea)

Constituye la segunda línea de tratamiento del SAHS en la infancia(2,3,10), el tratamiento con CPAP estaría indicado ante: SAHS residual tras adenoamigdalectomía, SAHS relacionado con obesidad, alteraciones craneofaciales o enfermedades neuromusculares añadidas a la hipertrofia adenoamigdalar o sin hipertrofia adenoamigdalar(2,3,7,10).

La titulación de presión de CPAP en niños es necesario realizarla con PSG nocturna(2,3,10) y es necesaria la realización de controles periódicos, puesto que son niños en crecimiento, y los requerimientos en presión y el ajuste de la mascarilla cambian con el crecimiento y el desarrollo, siendo muy importante la detección precoz de efectos secundarios derivados del tratamiento.

La CPAP no es un tratamiento curativo, lo cual implica que su aplicación debe ser continuada, por ello obtener un adecuado cumplimiento resulta imprescindible.

El estudio de los factores predictores de adherencia al tratamiento con CPAP en niños muestra que el uso durante la primera semana de tratamiento predice su utilización a largo plazo. Técnicas de reforzamiento y conductuales han demostrado ser eficaces para mejorar la adherencia a la CPAP.

El tratamiento con cánulas nasales de alto flujo puede ser una alternativa al tratamiento con CPAP, requiriéndose actualmente más estudios.

Oxigenoterapia

El tratamiento con oxígeno en niños con SAHS puede ocasionar aumento de los niveles de CO2 por ello no se debe administrar oxígeno a los niños con SAHS, sino es asociado a monitorización cardiorrespiratoria o en presencia de soporte ventilatorio(3).

Tratamiento conservador

En todo niño obeso, la dieta es una de las primeras medidas terapéuticas, aunque, incluso en niños obesos con hipertrofia adenoamigdalar, la primera opción de tratamiento es la adenoamigdalectomía(2,3,6,10). Se ha demostrado la eficacia de la pérdida de peso como tratamiento en adolescentes obesos, sin embargo, no hay estudios en este sentido en niños obesos más pequeños.

Tratamiento farmacológico

El tratamiento con corticoides tópicos nasales y/o antagonistas de receptores de leucotrienos, administrados durante 6-12 semanas, reduce la severidad del SAHS leve-moderado, con respuesta menos favorable en los niños obesos o mayores de 6 años(6,10), y es eficaz en el SAHS residual post adenoamigdalectomía.

Tratamiento ortodóntico

En pacientes seleccionados con alteraciones craneofaciales, procedimientos ortodóncicos, como la expansión rápida del maxilar, que aumenta el diámetro transverso del paladar duro, pueden ser eficaces. La Cochrane concluye que los dispositivos intraorales son beneficiosos como tratamiento coadyuvante en niños con SAHS no sindrómicos o con alteraciones craneofaciales, sin embargo, aún faltan estudios que valoren la respuesta al tratamiento ortodóncico con respecto a las consecuencias del SAHS(2,3,6,10,20).

El objetivo del tratamiento del SAHS infantil es la completa resolución de los TRS y no debe enfocarse desde la perspectiva de una única opción de tratamiento, sino que debe ser un tratamiento individualizado y, en muchos casos, en niveles y combinado, que conduzcan a la resolución de los trastornos respiratorios del sueño.

Seguimiento

Todo niño con SAHS debe ser reevaluado después de cada tratamiento.

Todo niño con SAHS debe ser reevaluado clínicamente a los 6-12 meses de tratamiento, valorando: síntomas, calidad de vida, morbilidad cardiovascular y neurocognitiva, enuresis y patrón de crecimiento(3) (Algoritmo 3).

Los estudios de sueño estarían indicados en el seguimiento del SAHS infantil(3,10):

- En población de riesgo de persistencia del SAHS: niños que presentaran SAHS grave, previo a cirugía y en aquellos que, aunque no fueran SAHS grave, persistan factores de riesgo de SAHS o persistan síntomas de SAHS tras la cirugía.

- En SAHS leve, que hayan recibido tratamiento con corticoides tópicos y/o tratamiento con antagonistas de leucotrienos.

En cuanto a cuándo realizar el estudio de sueño, estaría indicado a partir de las 6 semanas del tratamiento quirúrgico de adenoamigdalectomía, a las 12 semanas del tratamiento con corticoides tópicos y/o antileucotrienos, a los 12 meses del tratamiento con expansión rápida del maxilar o antes, si los síntomas persisten, y a partir de los 6 meses del tratamiento con dispositivos orales(10).

Durante el seguimiento, puede estar indicada la realización de técnicas de evaluación de la vía aérea superior, sobre todo, en los casos de recidiva del SAHS y en SAHS residual:

• La tomografía axial computarizada (TAC) y resonancia magnética nuclear (RMN) pueden ser útiles en casos seleccionados, sin embargo, su utilidad y relación coste-eficacia es controvertido, no siendo recomendable su realización de forma habitual.

• La fibroendoscopia durante el sueño inducido por drogas (DISE), tiene el propósito de evaluar de manera dinámica, la vía aérea en la posición supina durante un estado de sueño inducido. Permite evaluar otras posibles causas de SAHS como: la laringomalacia, la hipertrofia de la amígdala lingual o la glosoptosis y, actualmente, se propone como parte de la rutina para determinar el origen de la obstrucción de la vía aérea en los niños con persistencia de enfermedad tras adenoamigdalectomía.

Los factores identificados hasta el momento, como factores de riesgo de SAHS residual son: obesidad, SAHS severo prequirúrgico con un IAH > 20/hora de TST (TST: tiempo total de sueño), edad > 7 años, Mallampati grado III-IV, raza afro-americana, asma, anomalías craneofaciales, anomalías cromosómicas, como la trisomía 21, y enfermedades neuromusculares.

La ganancia de peso post-tratamiento del SAHS es uno de los factores de riesgo que es necesario monitorizar y controlar; en el estudio CHAT, encuentran mayor aumento del IMC en los niños después de adenoamigdalectomía que en los niños en lista de espera, Los niños con rápido aumento de peso post-operatoriamente tienen más riesgo de recurrencia apnea obstructiva del sueño.

Los TRS pueden resolverse espontáneamente, en el estudio CHAT, un 42% de los niños en lista de espera mostró normalización de su IAH a los 5 meses, esta mejoría puede deberse al crecimiento de la vía aérea o a la regresión del tejido linfoide, pero faltan datos de seguimiento a más largo plazo.

Factores de riesgo identificados para la persistencia del SAHS no tratado, incluyen: obesidad y aumento del percentil IMC, género masculino, severidad del SAHS con un IAH obstructivo > 5, raza afroamericana y condiciones complejas subyacentes, como: alteraciones cromosómicas, enfermedades neuromuscular o anomalías craneofaciales.

Es necesario considerar que hay importantes variaciones fenotípicas en términos de morbilidad específica para cada grado de severidad del SAHS y, en esta línea, las investigaciones recientes se centran en la identificación de biomarcadores para la caracterización de fenotipos y predicción del éxito del tratamiento, que conducirá a la individualización del tratamiento.

Función del pediatra de Atención Primaria en el SAHS

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental, pues él será el responsable del diagnóstico precoz de esta patología. En las revisiones de salud, se interrogará en relación al ronquido. Si fuera el caso, habría que utilizar un cuestionario específico de diagnóstico y realizar una visita programada para indicar a la familia la importancia del despistaje de esta enfermedad, y una exploración detenida en este sentido. Para ello, es muy útil la realización de vídeo que nos pondrá en evidencia: las pausas respiratorias, los microdespertares y el esfuerzo respiratorio. Así, el diagnóstico será más preciso y la derivación al ORL o a la unidad de sueño, con mayor número de datos clínicos. El tratamiento correcto evitará las complicaciones. Hay ciertas patologías que se asocian al SAHS: obesidad, niños con retraso de crecimiento, niños hiperactivos, síndrome de Down, alérgicos, niños con reflujo gastroesofágico, rinitis alérgica, asma, pacientes con malformaciones craneofaciales o también síndromes genéticos. Tampoco hay que olvidar el seguimiento correcto de estos pacientes, de ahí la importancia en la codificación correcta, tanto del ronquido como del SAHS, incluso después del tratamiento, pues existen recidivas.

Los pediatras de Atención Primaria tienen un papel esencial en la detección precoz del SAHS infantil y, por lo tanto, en la prevención de las complicaciones y secuelas a largo plazo.

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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15.*** Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en el SNS: UETS n.º 2009/8. (Fecha de acceso: 28 de junio de 2018). Disponible en:
http://www.guiasalud.es/GPC/GPC_489_Trastorno_sue%C3%B1o_infadol_Lain_Entr_compl.pdf.

16. Berry RB, Brooks R, Gamaldo CE, Harding SM, Lloyd RM, Marcus CL and Vaughn BV for the American Academy of Sleep Medicine. The AASM Manual for the Scoring of Sleep and Associated Events: Rules, Terminology and Technical Specifications, Version 2.2. www.aasmnet.org. Darien, Illinois: American Academy of Sleep Medicine, 2015.

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Bibliografía recomendada

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El Documento de Consenso del síndrome de apneas-hipopneas durante el sueño en niños publicado en 2011, vigente en el momento actual, es el primer documento elaborado por especialistas procedentes de diferente ámbitos de la medicina de sueño de nuestro país y avalado por 5 sociedades médicas. En este documento, se realiza una revisión de la literatura, abarcando: los aspectos de definición, fisiopatología, comorbilidad relacionada con el síndrome de apneas-hipopneas del sueño en niños y un abordaje diagnóstico y terapéutico que se inicia desde Atención Primaria, aportando una estrategia no basada únicamente en los valores obtenidos de los estudios de sueño, sino también, teniendo en cuenta la comorbilidad asociada y la selección del tratamiento más adecuado. Dentro de esta estrategia diagnóstico-terapéutica, se incluye también el seguimiento y control después del tratamiento.

- Task-Force Europea: Kaditis AG, Alonso-Álvarez ML, Boudewyns A, Alexopoulos EI, Ersu R, Joosten K, et al. Obstructive sleep disordered breathing in 2- to 18-year-old children: diagnosis and management.Task-Force Report. ERS Statement. Eur Respir J. 2016; 47: 69-94. doi: 10.1183/13993003.00385-2015. Epub 2015 Nov 5. PMID: 26541535.

The European Respiratory Society (ERS) Scientific Committee aprobó el desarrollo de este documento de diagnóstico y tratamiento de los trastornos respiratorios del sueño en niños en abril del 2012, con la participación de expertos de diferentes países europeos. Inicialmente, se realizó una revisión sistemática de la literatura y la calidad de los artículos fue graduada de I-IV de acuerdo a “The American Academy of Neurology Clinical Practice Guideline Process Manual”. Inicialmente, se revisaron 15.149 artículos y fueron utilizadas 362 referencias para la preparación del documento ERS Task-Force. Las características fundamentales de la Task-Force Europea es que se refiere a todo el espectro de trastornos respiratorios del sueño de carácter obstructivo en los niños de 2 a 18 años, abarcando desde el ronquido primario a la apnea obstructiva del sueño. La Task-Force describe paso a paso, el abordaje diagnóstico terapéutico, estructurada en 7 partes que abarcan desde los factores de riesgo para el desarrollo de trastornos respiratorios del sueño al abordaje diagnóstico y terapéutico con reconocimiento de la morbilidad y trastornos coexistentes con los TRS.

– CHAT (A Randomized trial adenotonsillectomy for childhood sleep apnea): Marcus CL, Moore RH, Rosen CL, Giordani B, Garetz SL, Taylor HG, et al; Childhood Adenotonsillectomy Trial (CHAT). A randomized trial of adenotonsillectomy for childhood sleep apnea. N Engl J Med. 2013; 368: 2366-76. doi: 10.1056/NEJMoa1215881. Epub 2013 May 21. PMID: 23692173.

El estudio CHAT es el primer y único estudio randomizado-controlado realizado en población infantil, cuyo objetivo principal es valorar la eficacia del tratamiento quirúrgico de adenoamigdalectomía frente a no tratamiento en niños con síndrome de apneas-hipopneas durante el sueño. La principal aportación del estudio es la demostración de la efectividad del tratamiento quirúrgico y, aunque el objetivo principal era demostrar el impacto neurocognitivo y no se alcanzó significación estadística, sí se demostró: la mejoría de los síntomas, de las variables polisomnográficas, calidad de vida y comportamiento. Asimismo, en este estudio se demuestra cómo la población infantil obesa y los niños con SAHS más grave, presentan mayor riesgo de persistencia de SAHS tras el tratamiento quirúrgico. Este estudio es el único randomizado y constituye un referente.

- Estudio nanos: Alonso-Álvarez ML, Terán-Santos J, Navazo-Egüia AI, Martínez MG, Jurado-Luque MJ, Corral-Peñafiel J, et al; Spanish Sleep Network. Treatment outcomes of obstructive sleep apnoea in obese community-dwelling children: the NANOS study. Eur Respir J. 2015; 46: 717-27. doi: 10.1183/09031936.00013815. Epub 2015 Jun 11. PMID: 26065566.

El estudio NANOS es el primero en la literatura que valora la prevalencia de SAHS en población infantil obesa de la comunidad y no en población clínica, como eran los estudios existentes previamente. Este estudio demuestra que la obesidad en sí misma es un factor de riesgo de SAHS en población infantil. El tratamiento de elección del SAHS infantil es la adenoamigdalectomía, pero además, es necesario tener en cuenta que otras opciones terapéuticas también pueden ser necesarias. En este estudio se demuestra, además, que los resultados del tratamiento en población infantil obesa son peores, con mayor riesgo de persistencia del SAHS después de tratamiento, siendo: la edad, el índice de apneas-hipopneas en el momento del diagnóstico y la obesidad, los factores relacionados con persistencia de enfermedad.

- Guía de trastornos del sueño en la infancia y la adolescencia: Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en el SNS: UETS Nº 2009/8.

Se trata de una Guía de Práctica Clínica dirigida especialmente para Pediatría, en la que se abordan los diferentes trastornos del sueño, incluyendo los trastornos respiratorios del sueño. En esta Guía, se realiza una graduación de la evidencia existente, que permite trasladar el conocimiento a la práctica clínica, incluyendo la descripción de las técnicas necesarias para el diagnóstico en cada uno de los niveles asistenciales, abarcando desde la historia clínica y exploración física hasta la realización de estudios de sueño, utilizando la estrategia diagnóstica-terapéutica descrita en el Consenso del 2011.

Caso clínico

 

Niña de 5 años que acude a revisión escolar. En la anamnesis refiere la madre normalidad, sin embargo, al utilizar el cuestionario BEARS para anamnesis del sueño, refiere la madre, ronquido, al que la madre no le daba importancia.

Anamnesis: en relación a antecedentes familiares: sobrepeso y asma en la madre. Antecedentes personales: peso al nacimiento de 4.400 g e hipoglucemia neonatal, solo presentó 2 amigdalitis y una otitis.

Exploración: se constata hipertrofia amigdalar grado IV (Fig. 3) y sobrepeso (Peso: 30 kilos [P97]; Talla: 118,5 cm [P75]; IMC: 21,36 [P97]; TA 88/62 mmHg). No alteraciones craneofaciales.

Figura 3. Imagen de hipertrofia amigdalar grado IV (caso clínico).

Se reseña en la ficha dos diagnósticos codificados: ronquido (786,09) y sobrepeso (278,02). Se le indica a la madre realizar otra visita, para aclarar más datos en relación al ronquido y al sobrepeso. En la siguiente visita, la madre insiste en que la niña no ronca y se le dan indicaciones de mejora en la alimentación y realización de ejercicio regular que a la niña le guste, y citas para seguimiento del sobrepeso. Un año después de la revisión acude de nuevo la madre, pero preocupada porque el ronquido es llamativo incluso con apneas. Se anota en la ficha el diagnóstico CIE 9: 327.23: apnea del sueño obstructiva (adulto) (pediátrica). Se realiza un test de Chervin (Tabla VI), es positivo para 9 parámetros, lo que es sugestivo de SAHS. Se codificó al paciente con diagnósticos de SAHS infantil y se remitió al ORL.

Vuelve la paciente con el informe del ORL (realizan Rx de cavum) y descartan SAHS, dando al paciente el alta. En la consulta del pediatra con todos los datos clínicos incluido el Chervin, un vídeo domiciliario de 30 minutos (test de Sivan positivo), se remite a la unidad de sueño.

En la unidad de sueño realizan polisomnografía preferente, tardaron 7 meses y los resultados fueron: latencia sueño 8,5 minutos, 168 hipopneas (IAH: 30/hora), saturación O2 mínima 92%, sueño fragmentado: 10 episodios de vigilia de 27 minutos por eventos respiratorios, 345 sacudidas bruscas de tendencia periódica en extremidades inferiores (49/hora) independientes de los eventos respiratorios (Fig. 4). Los diagnósticos: SAHS severo y movimientos periódicos de las piernas, y remiten al ORL.

Figura 4. Polisomnografía: imagen de 3 minutos en la que se puede observar la presencia de eventos respiratorios tipo hipopneas, caracterizados por disminución del flujo y acompañados de arousals y aumento de esfuerzo respiratorio al final del evento. También se puede observar la presencia de movimientos de piernas al final del evento.

Tratamiento: el ORL programa para intervención de amígdalas y adenoides. Se le practicó dicha intervención sin complicaciones.

Evolución: desaparición del ronquido, mejoría del movimiento periódico de las piernas y mejoría ponderal (disminución de peso a los 8 meses de la intervención, pasando al percentil 90 (Fig. 5). Pendiente realizar polisomnografía de control, dado que era un SAHS grave.

Figura 5. Curvas de peso y talla de la paciente.

Este caso clínico pone de manifiesto las dificultades del pediatra para conseguir un tratamiento correcto. Aunque las sospechas diagnósticas fueron correctas desde la consulta de Pediatría, este caso clínico puso de manifiesto la demora en el diagnóstico, el ORL descarta el SAHS sin realizar una nasofibroscopia y confía en la Rx de cavum, esta prueba actualmente no se recomienda, es una prueba a la que se le da poco valor, pues en sueño y en fase REM, el colapso de la vía respiratoria es mayor que con el niño despierto y en bipedestación, y con la nasofibroscopia se consigue ver mejor la vía aérea. También hubo demora en la unidad de sueño (tardaron 7 meses para realizar la polisomnografía preferente). En relación a la evolución, preocupaba el posible aumento ponderal de la niña tras la intervención, sin embargo, la madre manifestó el cambio de conducta en la niña, se hizo más activa y esto condujo a una mejoría del IMC.

 

 

 

Parasomnias. Epilepsia nocturna y trastornos del movimiento

V. Soto Insuga*, O.R. Sans Capdevila**
Temas de FC


V. Soto Insuga*, O.R. Sans Capdevila**

*Neuropediatra. Fundación Jiménez Díaz. Madrid. **Director Médico de Adsalutem Institute y Coordinador de la Unidad de Sueño del Hospital Sant Joan de Déu

Resumen

El abordaje ante un niño que “se mueve por la noche” (movimientos paroxísticos nocturnos) debe incluir un amplio diagnóstico diferencial de entidades, entre las que se encuentran: las parasomnias, las epilepsias relacionadas con el sueño y el síndrome de piernas inquietas. Las parasomnias son experiencias no deseadas que acontecen durante el sueño, caracterizadas por la aparición de actividad músculo-esquelética y cambios en el sistema nervioso autónomo. Es fundamental diferenciarlas de muchos síndromes epilépticos que se manifiestan con crisis durante el sueño, los cuales son muy frecuentes en la infancia. El síndrome de piernas inquietas es un trastorno infradiagnosticado en población infantil, que afecta a un 2% de niños en edad escolar. Es necesario un diagnóstico precoz de estas alteraciones que permita la instauración de un tratamiento específico. La mayoría de estos trastornos pueden ser diagnosticados con una correcta anamnesis y exploración física, pudiendo ser de gran ayuda material audiovisual del episodio (grabación con móviles), sin necesidad de otras pruebas complementarias. Por tanto, el diagnóstico y tratamiento de la mayoría de estas alteraciones
del sueño, que son causa importante de afectación en la calidad de vida del paciente y familiares, se puede y debe realizarse en la mayoría de las ocasiones por el pediatra de Atención Primaria.

 

Abstract

The approach to a child who “moves at night” (nocturnal paroxysmal movements) must include a broad differential diagnosis of entities among which are parasomnias, sleep-related epilepsies and restless legs syndrome. Parasomnias are unwanted experiences that occur during sleep characterized by the appearance of musculoskeletal activity and changes in the autonomic nervous system. It is essential to differentiate them from many epileptic syndromes that manifest with crises during sleep, which are very frequent in childhood. Restless legs syndrome is an underdiagnosed disorder in children that affects 2% of school-aged children. An early diagnosis of these abnormalities will allow the establishment of a specific treatment. Most of these disorders can be diagnosed with a correct history taking and physical examination, where available audio-visual recording of the episode (with a cellphone) can be highly valuable, avoiding the need of further complementary tests. Therefore, the diagnosis and treatment of most of these sleep disturbances, which impact the quality of life of the patient and family members, can and should be performed by the Primary Health Care Pediatrician.

 

Palabras clave: Parasomnia; Síndrome de piernas inquietas; Epilepsia; Terrores nocturnos; Pesadillas

Key words: Parasomnia; Restless legs syndrome; Epilepsy; Night terrors; Nightmares

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 412 – 421


Parasomnias. Epilepsia nocturna y trastornos del movimiento

Parasomnias del sueño no REM (NREM) y del sueño REM

A pesar de considerarse un trastorno benigno, las parasomnias pueden tener implicaciones negativas, tanto en el desarrollo infantil (conducta, rendimiento escolar, crecimiento) como en la calidad de vida del niño y de sus familiares.

Las parasomnias son experiencias no deseadas que acontecen durante el sueño. Muchas de ellas son manifestaciones de la actividad del sistema nervioso central (SNC) y sus características más destacadas son la aparición de actividad musculoesquelética y cambios en el sistema nervioso autónomo(1). Según la Clasificación Internacional de los Trastornos del Sueño (ICDS-3), las parasomnias pueden dividirse en tres subgrupos: trastornos del arousal, parasomnias asociadas al sueño REM y otras parasomnias(2).

Las parasomnias son mucho más frecuentes en preescolares y su incidencia decrece de manera significativa dentro de la primera década de la vida. En un estudio prospectivo, en el que se incluían un total de 1.000 niños entre los 2,5-6 años, seguidos de manera longitudinal, se objetivó que hasta un 88% presentaron, al menos, un episodio de parasomnia, 39,8% terrores nocturnos y 14,5% sonambulismo(3).

Parasomnias del sueño NREM (trastornos del arousal)

Deben ser consideradas como un continuo, ya que presentan características que se superponen. Estos fenómenos transcurren habitualmente en la transición al sueño lento (fase N3 de sueño NREM), aunque también pueden ocurrir en la fase N2; presentan un comportamiento automático con percepción alterada del ambiente y habitualmente amnesia de lo sucedido(4). Habitualmente, acontecen en el primer tercio de la noche. El mecanismo por el cual se producen es desconocido, pero se sugiere su posible relación con una disfunción en la progresión normal del sueño. Los pacientes no suelen recordarlos al día siguiente. Hay múltiples factores que pueden influir: privación de sueño, cuadros infecciosos, estrés, fármacos (neurolépticos, hipnóticos, psicoestimulantes y antihistamínicos), movimientos periódicos de piernas (MPP) y síndrome de apnea obstructiva del sueño (SAHOS). Existe cierta predisposición familiar para el desarrollo de este tipo de parasomnias. Dentro de las parasomnias del sueño NREM, se incluyen: los despertares confusionales, los terrores nocturnos y el sonambulismo.

Despertares confusionales

Es un trastorno muy frecuente en niños de entre 2-5 años(1). Un episodio típico consiste en un despertar parcial dentro de las 2-3 primeras horas de sueño, con desorientación en tiempo y espacio. Los niños aparentan confusión, pudiendo estar con los ojos abiertos o cerrados y adquiriendo conductas inapropiadas. La afectación autonómica durante el episodio en forma de: sudoración, piloerección o enrojecimiento facial es mínima y muy poco habitual. Los esfuerzos por despertarlos son ineficaces y se resisten a ser consolados por los padres. Presentan habitualmente una duración breve de entre 5-20 minutos (a veces más) hasta que el niño vuelve a dormirse. La intervención en el evento puede prolongarlo e incluso empeorarlo(1-4).

Terrores nocturnos

Afectan aproximadamente al 3-15% de los niños de entre 4 y 12 años. Presentan un pico máximo de aparición entre los 5 y 7 años, aunque se describen casos antes de los 2 años; su fase de resolución típica es la preadolescencia. Durante el terror nocturno, el niño se despierta bruscamente: agitado, con gritos, llanto y sensación de miedo. Puede asociar una activación autonómica con: sudoración, enrojecimiento facial, midriasis, diaforesis y taquicardia. Pueden referir ser atacados (por monstruos, arañas, serpientes, entre otros), por lo que intentan defenderse de estas amenazas. El paciente no responde a estímulos externos, mostrándose confuso y desorientado(1-4).

Sonambulismo

Es un fenómeno frecuente de predominio infantil con un pico de incidencia máxima entre los 4 y 8 años. Consiste en la instauración de conductas complejas iniciadas durante el sueño lento y que progresan hacia la deambulación con mantenimiento del mismo. Habitualmente, están calmados y sin expresión de miedo. La trascendencia del episodio se limita a la proporción de la movilidad: desde unos pasos hasta intentos de salir de casa, pudiendo sufrir traumatismos. Suelen finalizar espontáneamente, volviendo al sueño normal. Si se les despierta durante el episodio, suelen mostrarse confusos durante unos minutos(1-4).

Estudios complementarios en parasomnias

La videopolisomnografia, que incluye: polisomnografia con variables clásicas, junto con la monitorización audiovisual del paciente en el laboratorio del sueño, se considera el patrón oro para diagnosticar episodios motores o conductuales durante el sueño, aunque no suele ser necesaria para establecer el diagnóstico de los trastornos del arousal(1). Según la American Academy of Sleep Medicine (AASM), la polisomnografia está indicada en aquellos casos en los que el paciente presenta síntomas sugestivos de parasomnias, pero que son inusuales o atípicos, bien por: la edad de inicio de los episodios, el momento del sueño en el que ocurren, la duración, frecuencia, o bien por las características propias del patrón motor (estereotipado, repetitivo o focal). Cuando se sospeche un trastorno intrínseco del sueño (SAHOS, MPP…) como desencadenante del trastorno, está también indicado un estudio polisomnográfico nocturno(5). En casos de parasomnias típicas, no complicadas y que no han causado lesiones, o en los casos de pacientes con crisis epilépticas sin sospecha de un trastorno del sueño, la polisomnografia no estaría indicada de manera rutinaria(5).

Tratamiento de las parasomnias NREM

El principal objetivo terapéutico debe ir dirigido a tranquilizar a los padres, explicándoles que los trastornos del despertar son frecuentes en la niñez y que pueden ser manejados eficazmente. Es primordial mantener una correcta higiene de sueño. Las medidas de seguridad son importantes, especialmente en el sonambulismo (dobles cerrojos en la puerta principal de la casa, no dejar las llaves de la puerta de casa colgadas en el pomo, bajar persianas de ventanas y puertas del balcón…). Se debe insistir a los padres en que no se debe despertar al niño ni intentar interactuar con él durante el episodio (haciéndole preguntas como: “¿qué haces?”, “¿qué te pasa?), dado que este podría prolongarse. Cuando los eventos transcurren previsiblemente a una hora determinada, la técnica de los despertares programados puede ser efectiva. Esta técnica consiste en establecer mediante un registro (diario del sueño), en qué momento de la noche suele aparecer alguna de estas parasomnias. Cuando ya lo sabemos, se trata de intentar despertar al niño, sin hacerlo del todo, unos 15-30 minutos antes de la hora que sabemos que ocurrirá la parasomnia, para evitarle el episodio. Con esta técnica, habremos interrumpido el ciclo de sueño que lo llevaba a la fase de sueño más profundo (N3), en la que habitualmente se desencadenan estas parasomnias.

Si los episodios son muy frecuentes o no mejoran con las medidas de higiene y rutinas del sueño, es muy importante investigar la presencia de los factores precipitantes como: SAHOS, los movimientos periódicos de piernas (MPP) o el reflujo gastroesofágico, y tratarlos de manera eficaz.

La medicación debe ser reservada para aquellos casos en los que la parasomnia es muy frecuente, no asociándose a otros trastornos del sueño y existiendo riesgo de daño físico. En estas situaciones, el clonazepam a dosis bajas y durante un tiempo no superior a los 4 meses, puede resultar eficaz, aunque nunca nos lo plantearemos como la primera medida terapéutica(1-4).

Parasomnias habitualmente asociadas con el sueño REM

Pesadillas

La ISCD-3 las define como: “episodios recurrentes de despertares nocturnos, en los que el niño recuerda el contenido de un sueño desagradable, en el que se incluyen emociones como: miedo, ansiedad, tristeza, rabia o disgusto, entre otras emociones disfóricas”. Desde el punto de vista clínico, las pesadillas provocan el despertar inmediato del paciente, asociando un recuerdo de sufrimiento durante el sueño, que puede provocar dificultad para reiniciarlo. El contenido del sueño y su elaboración dependerá de la edad del niño. Como durante la fase de sueño REM, el tono muscular se encuentra abolido, no deberemos ver movimientos corporales durante la pesadilla. Suelen aparecer aproximadamente a los 3 años y se presentan hasta en el 30% de los niños, existiendo cierta predisposición genética. Se han asociado a trastornos psiquiátricos hasta tres veces más que en la población general y pueden ser desencadenados por traumas (trastorno de estrés post-traumático) o experiencias negativas vividas(1-4). Desde el punto de vista del tratamiento, se puede recomendar terapia de tipo cognitivo-conductual en aquellos casos en los que los episodios sean frecuentes, de contenido perturbador y lleguen a afectar de manera importante al niño.

Trastorno de conducta de sueño REM (TCSR) durante la infancia(3)

El trastorno de conducta de sueño REM (TCSR) fue descrito por primera vez en el año 1987 por Schenck y cols., en adultos de avanzada edad, quienes presentaban una representación del contenido de sus sueños con actitudes motoras violentas y agresivas durante la fase de sueño REM. Describieron, además, que esos pacientes no presentaban la correspondiente atonía muscular asociada a esta fase de sueño. Con el tiempo, esta parasomnia se ha visto que puede presentarse en edades medias de la vida, en ambos sexos, aunque parece ser relativamente infrecuente durante la edad infantil, donde es difícil poder estimar su prevalencia. Este fenómeno en la infancia, parece que no se asocia a sinucleinopatías (demencia por cuerpos de Lewy, Parkinson idiopático…), aunque se puede ver en pacientes pediátricos afectos de narcolepsia con cataplejia. Por otro lado, alteraciones del neurodesarrollo (trastorno del espectro autista, síndrome de Moebius o el síndrome de Smith Magenis), lesiones a nivel del troncoencéfalo (tumores toncoencefálicos, Chiari tipo I…), Parkinson juvenil y el uso de antidepresivos (ISRS, Venlafaxina, clomipramina, antidepresivos tricíclicos), se han asociado a la presencia de un TCSR secundario.

Parálisis aislada del sueño

Aunque forman parte de la tétrada de la narcolepsia, pueden observarse de forma aislada en individuos sanos. Es una parasomnia frecuente. Se produce cuando la atonía muscular, característica del REM, persiste durante algunos minutos al despertar del sueño. Se observan en niños o adolescentes en situaciones de fatiga, estrés o asociadas a privación de sueño(1).

Otras parasomnias

Enuresis nocturna

Consiste en la emisión espontánea de orina durante el sueño. Se considera normal en niños menores de 5 años, siendo su prevalencia del 15 a 25% a esta edad y del 4% a los 10 años. Esto demuestra que es un proceso madurativo normal de la vejiga. Se divide en 3 tipos: enuresis primaria, secundaria y sintomática. La enuresis primaria tiene un origen multifactorial: herencia, inmadurez vesical, factores psicológicos, trastorno en los mecanismos del despertar, etc. La enuresis secundaria, que aparece después de un período de control miccional no inferior a seis meses, suele deberse a factores de tipo emocional. La enuresis sintomática, secundaria a un proceso orgánico, es más infrecuente que las anteriores. La relación varón/mujer es de 1,5-2:1. Existe una relación familiar estrecha: si ambos padres presentaron enuresis nocturna, la posibilidad de que el niño la padezca es del 77%; si solo la presentó uno de los progenitores, la probabilidad desciende al 43%; y si ninguno de los padres la padecieron, se reduce a un 15%.

Han sido descritas diferentes etiologías: poliuria, en ocasiones, relacionada con el descenso de la hormona antidiurética durante el sueño; disfunción del músculo detrusor, con baja capacidad de la vejiga durante la noche y enuresis diurna; descenso de la capacidad de despertar. El SAHOS como condición comórbida que puede provocar enuresis nocturna debe ser descartada, desde el punto de vista del experto en sueño, cuando se realiza el abordaje diagnóstico y de tratamiento de estos pacientes(1,6).

Síndrome de piernas inquietas (SPI)

El síndrome de piernas inquietas es un trastorno de sueño frecuentemente infradiagnosticado en niños, con importantes repercusiones médicas, conductuales y de aprendizaje.

Aunque el síndrome de piernas inquietas (SPI) o enfermedad de Willis-Ekbom fue descrito por primera vez en los años 40 del siglo pasado, en el ámbito pediátrico, fue descrito por primera vez en la literatura médica en el año 1994(7). A diferencia del paciente adulto, el diagnóstico y tratamiento de esta condición en niños no está tan extendida, porque presenta criterios diagnósticos diferentes, particularidades clínicas y de manejo específicas.

Epidemiología y características clínicas

El SPI es una condición común en la población adulta (4-10%). Aproximadamente, un 25-40% de estos pacientes refieren sintomatología compatible con SPI de inicio antes de los 20 años. Un estudio epidemiológico a gran escala realizada en los Estados Unidos por Pichietti y cols., establece una prevalencia de SPI del 1,9% en niños y del 2% en adolescentes(8). No se objetivaron diferencias en la prevalencia de SPI entre niños y niñas. La presentación clínica difiere de la del adulto. Los síntomas pueden ser muy inespecíficos y abarcan desde: un sueño intranquilo, despertares nocturnos, dificultades para conciliar el sueño, somnolencia durante el día o dolores de crecimiento. Una historia de dolores de crecimiento se ha recogido en un 78-85% de las historias clínicas de niños y adolescentes con SPI. Otra característica es la dificultad que tienen los pacientes de menor edad en poder expresar las molestias o sensaciones asociadas al SPI. Es por ello, por lo que recomendamos que al interrogar por los síntomas, permitamos al niño explicarlo con su propio lenguaje. Algunos ejemplos podrían ser: “sensación de cosquillas por las piernas” “como burbujas de refresco”, “hormiguitas subiendo por las piernas”, “mucha energía”…

Una historia familiar positiva para SPI o MPP nos ayudará en la realización del diagnóstico de SPI en niños o incluso apuntar la posibilidad de un posible diagnóstico futuro en aquellos niños que todavía no cumplan los criterios diagnósticos específicos(8).

Fisiopatología

Diversos factores se han propuesto dentro de la fisiopatología del SPI y de los MPP, incluyendo: factores genéticos, disfunción dopaminérgica y bajas reservas de hierro. Estudios poblacionales demuestran la asociación entre el SPI y MPP; de hecho, alteraciones intrónicas del gen BTBD9 se relacionan con una mayor susceptibilidad genética para sufrir, tanto SPI como MPP. Otras variantes genéticas en los genes MEIS1 y MAP2K5, o en el factor de transcripción LBXCOR1, han sido involucrados también en la fisiopatología del SPI.

Existe un importante grado de evidencia en la literatura científica, respecto al papel que juega el hierro en la fisiopatología del SPI o de los MPP. Bajos niveles de reservas de hierro se han encontrado en muestras de líquido cefalorraquídeo (LCR), en pruebas de neuroimagen (resonancia magnética y ecografías cerebrales) en informes de autopsias de pacientes con SPI. En la población pediátrica, los bajos niveles de la reserva de hierro se evidencian por bajos niveles de ferritina o hierro medidos en analítica de sangre. Niveles bajos de hierro en tejido cerebral, pueden provocar SPI o MPP, debido a una disfunción del sistema dopaminérgico(9).

Diagnóstico

El diagnóstico de SPI es complicado en niños, especialmente en aquellos más pequeños, por la dificultad que pueden tener a la hora de expresar los síntomas o por el hecho de que la sintomatología típica del SPI todavía no se ha manifestado en un paciente tan joven. El intervalo de tiempo que pasa entre el inicio de los problemas de sueño y el diagnóstico definitivo de SPI es de 11,6 años(10), lo que manifiesta que el SPI pediátrico continua siendo una entidad poco reconocida y, por lo tanto, infradiagnosticada. El grupo internacional de estudio del síndrome de piernas inquietas (siglas en inglés IRLSSG) realizó una actualización en el año 2013, referente a los criterios diagnósticos del SPI para niños(11). De esta manera, al igual que en el paciente adulto, son cinco los criterios esenciales que se deben cumplir en la población pediátrica para definir SPI. También, se dieron una serie de características especiales que deben considerarse en la población infantil, así como otras características clínicas que se recomiendan ser tenidas en cuenta, para reforzar el diagnóstico de SPI (Tabla I).

Como el diagnóstico de SPI en población pediátrica tiene un componente evolutivo, la IRLSSG propone las categorías de diagnóstico de SPI probable y SPI posible (con fines de investigación), que permitan capturar el espectro completo de la enfermedad. Así, la IRLSSG propone como diagnóstico de SPI probable, si el niño cumple los 5 criterios esenciales de SPI del adulto excepto el punto número 4, en el que no es imprescindible que el empeoramiento de síntomas se produzca al atardecer o por la noche. El SPI posible es definido: cuando el niño muestra manifestaciones de disconfort en extremidades inferiores, cuando se encuentra sentado o tumbado, acompañado de actividad motora de las extremidades afectas y que mejora con el movimiento.

Diagnóstico diferencial: dolores de crecimiento

Los dolores de crecimiento (DC) fueron descritos por primera vez por Duchamp en 1823. La prevalencia varía del 2,6% al 49,4%. Los DC ocurren entre los 4 y los 14 años, con un pico alrededor de los 4-6 años. Se han propuesto muchísimos mecanismos anatómicos, posturales e incluso psicógenos. Los dolores se localizan generalmente en ambas piernas, muslos (predominante en localización anterior), gemelos y región posterior de la rodilla. Los resultados de la exploración son normales, al igual que los estudios complementarios. Los criterios diagnósticos de los DC y de SPI son muy parecidos, salvo por dos excepciones: los DC son bilaterales, mientras que en el SPI, la localización puede ser uni o bilateral y que, en los DC, los pacientes refieren dolor en piernas, mientras que en el síndrome de piernas inquietas, pueden referir dolor o disconfort no doloroso. De las características que son comunes para el SPI y los DC, se incluyen: edad de inicio, predominio nocturno, localización de los síntomas, naturaleza intermitente de los síntomas, normalidad en la exploración física, así como en las exploraciones complementarias, y que no existe limitación durante la actividad o movimiento de las extremidades(12). En un reciente estudio realizado en gemelos, se sugiere cierto solapamiento genético entre ambas entidades(13).

Herramientas diagnósticas

Aunque el diagnóstico del SPI se realiza basándose en los criterios clínicos reseñados, su insuficiente sensibilidad y especificidad puede dar lugar, en ocasiones, tanto a falsos positivos como a falsos negativos. Por este motivo, en determinados casos, es necesaria la realización de pruebas complementarias como método auxiliar para asegurar su diagnóstico y evaluar la gravedad.

Vídeo-polisomnografía nocturna (VPSG)

En un paciente pediátrico con sospecha de SPI, la VPSG va a permitir detectar y cuantificar los movimientos periódicos de las piernas (MPP, del inglés periodic leg movements), que constituyen la fenomenología motora del SPI, así como descartar otras patologías de sueño. Los MPP son movimientos de flexión dorsal de dedos y pie que aparecen con cierta ritmicidad durante el sueño, especialmente en las fases más superficiales (N1 y N2). Pueden asociarse, ir precedidos o sucedidos de microdespertares, y ocasionan la fragmentación del sueño. Los trabajos más recientes sitúan el límite de la normalidad en la población pediátrica en 5 movimientos por hora de sueño(14). De todas formas, incluso un índice elevado de MPP no es suficientemente específico de SPI, pues puede encontrarse en individuos asintomáticos, especialmente en personas mayores. También pueden aparecer asociados a otras patologías de sueño, como: SAHOS, narcolepsia o TCSR. Por otro lado, hasta un 12% de los pacientes con clínica clara de SPI, no tienen un índice de MPP anormal. Por tanto, mientras el diagnóstico de MPP se basa fundamentalmente en criterios polisomnográficos (>5 movimientos/hora), el SPI se basa en criterios clínicos de urgencias de movimiento de los miembros inferiores. Aunque se recomienda su realización en la población pediátrica para diagnosticar la presencia de MPP, la PSG no puede nunca, por sí sola, dar el diagnóstico de SPI. Como máximo, sería una técnica de apoyo diagnóstico que puede aportar información útil, pero no definitiva(12,14).

Actimetría

La actimetría consiste en el registro del movimiento físico en la vida real del paciente mediante un dispositivo pequeño y portátil. Los actímetros registran movimiento, tanto voluntario como involuntario (temblor, cambios posturales durante el sueño, MPP, etc.). En el SPI, la actimetría permite realizar una estimación de manera ambulatoria de los MPP. Para ello, el actímetro se suele colocar en el tobillo. Las principales ventajas de la actimetría son: su coste, la posibilidad de medir los síntomas durante varios días y la posibilidad de realizarlo de manea ambulatoria. Sin embargo, la actimetría tiene algunas limitaciones para evaluar el SPI, fundamentalmente: la ausencia de valoración de síntomas subjetivos y la inespecificidad de los movimientos registrados. Además, tiende a infraestimar la frecuencia de MPP durante el sueño y la información sobre los periodos de sueño puede ser equívoca, particularmente si este está fragmentado. Por tanto, la actimetría adolece de falta de especificidad para el diagnóstico de SPI(14).

Consecuencias del SPI

Estudios recientes han demostrado que el SPI se puede asociar a comorbilidad cognitiva y cardiovascular, tanto en niños como en adultos. Asimismo, se ha demostrado que aquellos niños que padecen SPI presentan un mayor riesgo de sufrir depresión y trastorno por ansiedad. Dentro de las consecuencias del SPI, es importante mencionar la relación existente entre el TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) y el SPI. Dicha relación puede justificarse por dos hipótesis diferentes: una alteración del sueño secundaria al SPI(14) y que ambas entidades comparten una disfunción dopaminérgica común(15) que es la ferropenia. Otra consecuencia frecuentemente asociada al SPI y a los MPP, es la presencia de parasomnias NREM y REM. La resolución de las parasomnias después de tratar el SPI/MPP, sugiere que la disrupción del sueño que provocan el SPI/MPP serían los factores facilitadores o precipitantes de la aparición de dichas parasomnias.

Tratamiento

Tratamiento no farmacológico

Siempre recomendaremos una correcta higiene de sueño. Suele ser útil, siempre que resulte posible, retrasar la hora de acostarse, de manera que el comienzo del sueño no coincida con el momento de máxima intensidad del SPI. Las medidas no farmacológicas (baños de agua fría o caliente, masajes, ejercicio, yoga, relajación, etc.) pueden ayudar en algunos casos, a mejorar los síntomas, pero no suelen ser suficientes en casos moderados y graves. Advertiremos a los padres de la restricción en el uso de cafeína en niños y de alcohol y tabaco en adolescentes, ya que estas sustancias precipitan o empeoran la sintomatología del SPI. De igual manera, hemos de preguntar si el niño toma fármacos que puedan haber causado o agravado el SPI, como: los antidopaminérgicos, antidepresivos o antihistamínicos(12,14).

Tratamiento con hierro. La falta de hierro, ya sea en forma de anemia ferropénica o bajas reservas a nivel de los depósitos férricos (ferritina baja), juega un papel muy importante en la fisiopatología del SPI y de los MPP. Muchos estudios demuestran los beneficios de aumentar los niveles de ferritina sérica por encima de los 50 ng/mL. Para ello, se sugiere una dosis de hierro oral de unos 3 mg/kg/día, con una duración que puede ir de los 3 meses hasta un año. El tratamiento con hierro oral se asocia con mejoría clínica de los síntomas del SPI y debe considerarse el tratamiento de elección, cuando los niveles de ferritina sérica estén por debajo de los 50 ng/mL(16).

Tratamiento farmacológico

A pesar de que empieza a existir un elevado conocimiento sobre el uso de medicaciones dopaminérgicas (ropinirol o pramipexol) para el tratamiento del SPI en niños, ninguna de estas medicaciones tiene indicación en población pediátrica. En EE.UU., la clonidina se usa de manera frecuente para el tratamiento de las dificultades en el inicio del sueño en niños y puede ser beneficiosa en el tratamiento del SPI/MPP pediátrico. El clonazepam puede usarse para tratar el SPI/MPP, pero puede empeorar la hiperactividad en niños que además tengan un TDAH. La gabapentina ha demostrado mejoría en los síntomas asociados al SPI y en la calidad del sueño percibida(17). Repetir la VPSG nocturna estaría indicado en el caso de un niño afecto de MPP, que no ha respondido de manera satisfactoria al tratamiento con hierro oral, antes de plantearse iniciar otras alternativas farmacológicas(12).

Pronóstico

A día de hoy, disponemos de poca información referente a la evolución a largo plazo de estos niños que sufren de SPI/MPP. En adultos, con un inicio de síntomas precoz (antes de los 40 años), se ha descrito una progresión lenta de la enfermedad con periodos de estabilidad clínica. Un bajo porcentaje de pacientes presentan remisión de la enfermedad(10-13).

Epilepsia relacionada con el sueño

Durante el sueño aumenta la actividad epileptiforme y es más frecuente presentar crisis epilépticas, especialmente en las epilepsias del lóbulo frontal y en determinados síndromes epilépticos de la infancia.

El término epilepsia deriva del griego epilambaneim, que significa “coger por sorpresa” y denomina a una enfermedad cerebral que se caracteriza por la predisposición a sufrir crisis epilépticas, definidas como: aquellas manifestaciones clínicas paroxísticas resultantes de una actividad neuronal anormal, sincrónica y excesiva. La prevalencia estimada de la epilepsia es de 7,6/1.000 habitantes (95% CI 6,17-9,38), siendo mayor en la infancia(18). Existe una relación bidireccional entre epilepsia y sueño, de forma que las alteraciones en el sueño son más frecuentes en los niños con epilepsia: 10 veces más probabilidades de presentar trastornos de sueño, 83% de insomnio y 27% de malos hábitos de sueño. Asimismo, el tratamiento de las mismas mejora, tanto la calidad de vida del paciente como el control de las crisis(19).

Durante el sueño, se activa la actividad epileptiforme y es más probable presentar crisis epilépticas (entre el 20-40% de los niños con epilepsia solo la presentarán mientras duermen), especialmente si son crisis focales. Existen determinados síndromes epilépticos en la infancia que se encuentran íntimamente relacionados con el sueño(20):

• Epilepsias focales idiopáticas o epilepsias “benignas” de la infancia, especialmente la epilepsia rolándica y el síndrome de Panayiotopoulus, en el que el 70-80% de las crisis ocurren durante el sueño.

• Epilepsia generalizada idiopática, caracterizadas por crisis que se suelen presentar en las primeras dos horas tras despertar.

• Encefalopatías epilépticas tipo síndrome de punta-onda continua durante el sueño (POCS) o síndrome de Landau-Kleffner, en los cuales la continua actividad epiléptica de estos pacientes mientras duermen, se asocia a una regresión cognitiva y conductual.

• Otras, como las crisis tónicas nocturnas del síndrome de Lennox-Gastaut o la agrupación de crisis al despertar en los espasmos epilépticos.

Aunque las epilepsias del lóbulo temporal y occipital pueden manifestarse con crisis durante el sueño, esta asociación es más característica en las epilepsias del lóbulo frontal. La etiología de las crisis que se originan a nivel frontal puede ser: estructural (displasias), idiopática o genética en forma autósomico dominante, que explica el 25% de los casos (epilepsia hipermotora del sueño). Estas crisis se caracterizan por aparición brusca y breve de automatismos hipermotores abigarrados (pedalear, golpear y realizar gesticulaciones, entre otros), así como de posturas distónicas uni o bilaterales. El 70% de estas epilepsias se controlan con fármacos antiepilépticos, fundamentalmente carbamazepina, siendo: la lacosamida, la lamotrigina y el topiramato, otras opciones terapéuticas. Mientras que en otras epilepsias, la técnica diagnósticagold standard es el registro electro-encefalográfico de un evento crítico; en esta epilepsia, los datos del EEG suelen ser inespecíficos: 50-66% no se registra actividad epileptiforme intercrítica y, en el 40-45% de las ocasiones, no se identifica un patrón ictal reconocible. Por tanto, ya que un EEG normal no descarta la probabilidad de epilepsia frontal, el diagnóstico se basa fundamentalmente en la clínica y descripción de los episodios(21).

Diagnóstico de epilepsia versus parasomnia

Es fundamental una correcta descripción del episodio para poder conocer su etiología, siendo de gran utilidad la grabación del mismo mediante vídeo-casero (móvil).

Ante un niño que presenta movimientos paroxísticos durante el sueño, es fundamental un diagnóstico precoz que permita un tratamiento específico. El diagnóstico diferencial es amplio (Tabla II) y, en muchas ocasiones, supone un duro reto diagnóstico.

Esta dificultad en la identificación del trastorno se observa en que los pacientes con epilepsia frontal, suelen haber sido diagnosticados erróneamente de parasomnias hasta en el 55% de las ocasiones, con una media de demora hasta el diagnóstico de 12,8 años desde el debut de las crisis. Asimismo, el 20-36% de pacientes son diagnosticados de epilepsia, cuando en realidad presentan parasomnias(22).

La principal dificultad es poder diferenciar crisis epilépticas frontales de parasomnias no-REM, ya que ambas se manifiestan con: alertamientos frecuentes durante el sueño, movimientos complejos y sintomatología autonómica. De hecho, parece que los pacientes con epilepsia hipermotora relacionada con el sueño presentan una mayor prevalencia de parasomnias (hasta del 35% en edad adulta), lo que parece sugerir un mismo mecanismo fisiopatológico común(23).

La descripción de las características del episodio es el dato diagnóstico más relevante para poder diferenciar entre crisis epilépticas frontales y parasomnias, más que cualquier prueba complementaria, incluido el electroencefalograma (Tabla III).

Los episodios muy estereotipados, que se acompañan de percepción de aura, con componentes hipermotores y distónicos que se repiten frecuentemente en una misma noche, son más sugestivos de un origen epiléptico, especialmente si ocurren en los primeros treinta minutos al iniciar el sueño, ya que son frecuentes en fases N1 y N2. En cambio, eventos de mayor duración, con: vocalizaciones coherentes, interacción adecuada con el entorno y con amnesia del episodio, suelen corresponderse con trastornos del arousal(24).

Diagnóstico de un niño con movimientos durante el sueño

Lo más importante para un adecuado diagnóstico ante un niño con movimientos durante la noche, es una anamnesis detallada del episodio.

Para un correcto diagnóstico, es necesaria una historia detallada el evento. Esta debe recoger: el tipo de movimiento que realiza, la duración, frecuencia, momento de la noche en que sucede, así como presencia de comorbilidades (trastornos de sueño, conductuales o de problemas de aprendizaje) y antecedentes familiares de epilepsia (Algoritmo 1). En este sentido, puede ser de gran utilidad para el clínico, la grabación por parte de los familiares del episodio mediante dispositivos móviles. Será también necesario, una completa exploración pediátrica y neurológica, que pueda orientarnos a la presencia de trastornos del neurodesarrollo. En un estudio en 122 niños, con episodios de movimientos paroxísticos durante la noche, una correcta anamnesis permitió un diagnóstico adecuado en el 94% de los casos(22). Existen cuestionarios clínicos que pueden ser de gran utilidad, como la escala FLEP (del inglés Frontal Lobe Epilepsy and Parasomnias) (Tabla IV), que ha demostrado tener un alto valor predictivo positivo (91%) y negativo (100%) para diferenciar entre parasomnias y crisis epilépticas frontales(25).

En caso de sospecha de epilepsia, será necesario la realización de un vídeo-EEG, aunque en los casos de crisis frontales, existe una alta probabilidad de no registrar actividad epileptiforme. El estudio mediante polisomnografía (con o sin EEG asociado) puede estar indicado en casos concretos, como parasomnias de características atípicas y resistentes al tratamiento o cuando existe una alta sospecha de un trastorno de sueño comórbido (SAHS).

Función del pediatra de Atención Primaria

El abordaje diagnóstico ante un niño “que realiza movimientos mientras duerme” es amplio e incluye muy diversas patologías, algunas de ellas infradiagnosticadas en la infancia, como el síndrome de piernas inquietas. La mayoría de estos trastornos pueden ser diagnosticados con una correcta anamnesis y exploración física, pudiendo ser de gran ayuda, material audiovisual del episodio (grabación con móviles), sin necesidad de otras pruebas complementarias. Por tanto, el diagnóstico y tratamiento de la mayoría de estas alteraciones del sueño, que son causa importante de afectación en la calidad de vida del paciente y familiares, se puede y debe realizarse por el pediatra de Atención Primaria.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.*** Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y en la Adolescencia en Atención Primaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en SNS:UETS Nº.2009/8.

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Bibliografía recomendada

- Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y en la Adolescencia en Atención Primaria. Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en SNS:UETS Nº.2009/8.

Guía clínica que recoge las últimas evidencias científicas acerca del diagnóstico, tratamiento y prevención de los principales trastornos de sueño en la infancia.

- American Academy of Sleep Medicine. International Classification of Sleep Disorders (ICSD-3). AASM; 2014.

Última clasificación de los trastornos de sueño realizada por la Academia Americana de Medicina del Sueño.

- Picchietti D, Allen RP, Walters AS, et al. Restless legs syndrome: prevalence and impact in children and adolescents–the Peds REST study. Pediatrics. 2007; 120: 253-66.

Uno de los primeros y principales estudios acerca de la importancia del síndrome de piernas inquietas en edad pediátrica, así como las características específicas que presenta en esta edad.

Caso clínico

 

Anamnesis: Niña de 6 años que acude a consulta por sospecha de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). La paciente presenta síntomas de inquietud motriz “desde siempre” asociado a inatención. Cursa 1º de Primaria con malos resultados (3 suspensos). En el domicilio, los padres refieren mala tolerancia a la frustración, la cual también le limita en la relación con sus iguales.

Al preguntar acerca de la calidad del sueño de la paciente, los padres refieren problemas de conciliación (60-90 minutos), así como despertares frecuentes (1-2 cada noche) en los que, en ocasiones, suele tener problemas para conciliar de nuevo (hasta 30-60 minutos). También refieren inquietud motriz durante el sueño (“no para de moverse”) y “dolores de crecimiento”, con una frecuencia de 2-3 por semana. Al ampliar la historia clínica acerca de estos “dolores”, los padres los describen como una “molestia que necesita que le den masajes” en las pantorrillas, de manera unilateral, alternante, durante 10-15 minutos, que en muchas ocasiones, son la causa de los despertares. Probaron melatonina de acción inmediata (1 mg) sin eficacia hace un año. Ocurren frecuentemente por la noche, aunque en ocasiones, también los refiere durante el día, especialmente en clase “cuando lleva mucho tiempo sentada”.

Al interrogar a la paciente acerca de estos episodios, la paciente refiere “que es como si le picaran unos bichos por las piernas” y que, cuando sucede por las mañanas, es “porque no puede parar de mover las piernas”.

Antecedentes

• No antecedentes personales de interés.

• Antecedentes familiares: madre con insomnio y “molestias” en miembros inferiores. que achaca a problemas de “circulación” que ceden con el movimiento. No antecedentes neurológicos.

Exploración pediátrica y neurológica normal. Ítems del desarrollo psicomotor adquiridos a una edad adecuada.

Pruebas complementarias

• Criterios DSM-V de TDAH (respondidos por padres): déficit de atención: 8/9, hiperactividad: 6/6, impulsividad: 3/3.

• Se le solicita a la paciente que dibuje las “molestias” (Fig. 1).

• Analítica sanguínea: hemograma, perfil tiroideo (T4/TSH), creatinina normal. Anticuerpos anti-gliadina (IgA) normales. 25-OH vitamina D 24 ng/ml. Ferritina ng/ml.

Figura 1.

 

 

 

Insomnio en la infancia y adolescencia

M.I. Hidalgo Vicario*, T. de la Calle Cabrera**, M.J. Jurado Luque***
Temas de FC


M.I. Hidalgo Vicario*, T. de la Calle Cabrera**, M.J. Jurado Luque***

*Pediatra. Centro Salud Universitario Barrio del Pilar. SERMAS. Madrid. Grupo de Sueño de la SEPEAP. **Pediatra. Centro de Salud Tamames. SACYL. Salamanca. Grupo de Sueño de la SEPEAP. ***Neurofisióloga. Unidad Multidisciplinar de Sueño, Hospital Universitari Vall d´Hebron, Barcelona

Resumen

El insomnio es un síntoma o conjunto de síntomas que resulta de la influencia de diferentes factores. El insomnio infantil probablemente se empieza a gestar intraútero y, posteriormente, influye en un desequilibrio en los componentes que intervienen en la maduración del sueño: circadiano, homeostático, ambiental, educativo y neuroendocrino; además, intervienen factores: predisponentes, precipitantes y perpetuantes. El insomnio conlleva una grave repercusión en el paciente: cognitiva, en el aprendizaje, emocional y física, afectando en la calidad de vida, tanto del niño como de la familia. El diagnóstico es clínico, con una completa anamnesis general, exploración física, y agenda de sueño. El tratamiento se basa principalmente en medidas de higiene del sueño y conductuales, como: la extinción sin modificaciones, la extinción gradual y la prevención/educación parental. En algunas situaciones, puede estar justificado el uso de fármacos como la melatonina, ya que puede mejorar significativamente los efectos del tratamiento, aunque no debe ser la primera ni la única opción terapéutica. El pediatra debe saber detectar, orientar y abordar el insomnio sin necesidad de excesivas pruebas complementarias.

 

Abstract

Insomnia is a symptom or set of symptoms resulting from the influence of different factors. Infantile insomnia may probably commence intrauterine with subsequent influences (circadian, homeostatic, environmental, educational and neuroendocrine) that cause imbalance in the maturation of sleep. In addition, predisposing, precipitating and perpetuating factors intervene. Insomnia causes a serious cognitive, learning, emotional and physical repercussion in the patient and It also impacts the quality of life of the child and the whole family. The diagnosis is clinical, made with a thorough history taking, physical examination and a sleep agenda. The treatment is mainly based on sleep hygiene and behavioral measures such as extinction without modifications, gradual extinction and prevention / parental education. In some situations the use of drugs such as melatonin may be justified since it can significantly improve the effects of the treatment, although it should not be the first or the only therapeutic option. The pediatrician must know how to detect, guide and treat insomnia without the need for excessive complementary tests.

 

Palabras clave: Insomnio; Infancia; Tratamiento conductual; Higiene del sueño; Melatonina

Key words: Insomnia; Childhood; Behavioral treatment; Sleep hygiene; Melatonin

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 396 – 411


Insomnio en la infancia y adolescencia

Introducción

En las últimas décadas, diversos estudios han demostrado la relación entre los problemas del sueño en la infancia y las alteraciones en diferentes áreas de su desarrollo: físicas, psicológicas, emocionales, cognitivas y sociales.

Los trastornos del sueño constituyen una queja frecuente en las consultas pediátricas de Atención Primaria y, con frecuencia, están infradiagnosticados. Los profesionales deben saber identificar, orientar y abordar estos trastornos sin necesidad de excesivas pruebas complementarias o derivaciones a especialistas. Durante el primer año de vida, la queja más frecuente es la dificultad para iniciar el sueño y/o despertares nocturnos, seguidos por las parasomnias (despertar confusional) y problemas respiratorios relacionados con el sueño (síndrome de apnea hipopnea del sueño [SAHS]). Desde la etapa preescolar en adelante, los problemas están relacionados a menudo con una inadecuada higiene del sueño y en la adolescencia, además, hay que descartar los trastornos del ritmo circadiano (síndrome de retraso de fase) o movimientos excesivos durante el sueño (síndrome de piernas inquietas [SPI]).

En este artículo, se aborda el insomnio en la infancia y adolescencia y se revisan: la etiopatogenia, las diferentes formas clínicas de presentación, la evaluación y herramientas diagnósticas, el diagnóstico diferencial y sus diferentes tratamientos.

Definición

La Academia Americana de Medicina del Sueño (AASM) en su tercera edición(1) define el insomnio crónico como: “una dificultad persistente en la iniciación, duración, mantenimiento o calidad del sueño, que sucede a pesar de una adecuada oportunidad y circunstancias para dormir y que conlleva algún tipo de alteración en el funcionamiento diurno”.

Esta dificultad para iniciar o mantener un sueño de calidad puede concretarse en la presencia de una latencia de sueño mayor de 30 minutos y/o despertares de más de 20 minutos de duración, que pueden originar deterioro importante en diferentes áreas de funcionamiento.

En el insomnio infantil, son los padres/cuidadores los que transmiten la queja (influenciada por las expectativas previas y el tipo de crianza) y, además, las consecuencias afectan al niño y a toda la familia. Es necesario tener en cuenta el proceso madurativo del niño, ya que determinados aspectos del sueño infantil pueden considerarse alteraciones en un momento de su desarrollo y normales en otro.

Prevalencia

Según diversos estudios, el insomnio afecta entre el 10-50% de la población infantojuvenil y más a los niños que presentan problemas psiquiátricos o del neurodesarrollo(2,3).

El aumento en la prevalencia que se ha observado en los últimos años se relaciona con los hábitos sociales familiares (alteración entre el ritmo sueño-vigilia del niño y los requerimientos sociales). La prevalencia varía también con la edad, en los primeros dos años de vida es más alta, alrededor del 30%, y después del tercer año, se mantiene estable alrededor de un 15%.

En nuestro país, según un estudio llevado a cabo en la Comunidad Valenciana, el 27% de los niños de 5-12 años presentan resistencia para ir a dormir, el 11% latencia de sueño prolongada, el 6% despertares frecuentes y el 17% dificultades para levantarse por la mañana(4).

En adolescentes, el 38,5% presenta mala calidad subjetiva del sueño, y el 23,1% latencia de sueño mayor de 30 minutos(5).

Etiopatogenia

El insomnio es un síntoma o conjunto de síntomas que resulta de la influencia de diferentes factores (multifactorial).

El sueño nocturno del lactante se estabiliza a lo largo de los primeros meses de vida. El aumento progresivo de los períodos de sueño más largos y su cambio acumulativo a las horas nocturnas es muy rápido en los primeros tres meses de vida, estabilizándose alrededor de los 4-6 meses, cuando el ciclo sueño/vigilia del niño pasa de ser dirigido por el hambre y la saciedad a ser orquestado por el ritmo circadiano, el ambiente social y los cambios luz-oscuridad; a partir de los 9 meses de vida, vuelve a producirse un incremento del tiempo más largo de sueño nocturno sin interrupciones.

El concepto de “dormir toda la noche” en un lactante no significa dormir sin interrupción, sino que es un proceso progresivo que se basa en la adquisición de tres habilidades:

1. Un período continuado de tiempo durmiendo.

2. Horario de sueño nocturno que coincida con el resto de la familia.

3. Capacidad de volver a dormirse de manera autónoma tras los despertares fisiológicos(6,7).

El insomnio infantil es la consecuencia del desequilibrio de los cinco componentes que intervienen en la maduración del sueño infantil(7):

1. Componente circadiano: el desconocimiento de la fisiología y evolución del sueño favorece una descoordinación entre la hora seleccionada por los padres para que el niño se duerma y el ritmo biológico personal del niño. Dicho ritmo biológico se establece a partir de los 5-6 meses de vida, con una hora circadiana individualizada para cada bebé. Es por ello, que tiene poco sentido hablar de insomnio o problemas relacionados con la conciliación o mantenimiento del sueño en un bebé menor de 6 meses.

2. Componente homeostático: mecanismo regulador del sueño que establece que: a más horas de vigilia previas al sueño (y con ello mayor acúmulo de adenosina), mayor es la presión de sueño y, por ello, menor la dificultad para iniciarlo.

3. Componente ambiental: presencia o ausencia de luz durante el día y la noche. La concentración de melatonina aumenta durante la noche (oscuridad) y se reduce o se impide una concentración adecuada en el momento de ir a la cama en presencia de luz. El porcentaje de supresión de la secreción de melatonina en presencia de luz nocturna en los niños es del 88,2%, significativamente mayor que en adultos (46,3%)(8). Esta diferencia es debida, en gran medida, por el tamaño relativo de la pupila y su capacidad de dilatación.

4. Componente educativo: el sueño forma parte de los hábitos de una vida saludable. La educación sanitaria es básica, pues el establecimiento de rutinas del sueño se asocia a una mejor calidad de sueño.

5. Componente neuroendocrino: el establecimiento del ritmo circadiano del cortisol y la adquisición por parte del lactante de la habilidad de dormir toda la noche están íntimamente relacionados; esto es, la instauración del ritmo circadiano del cortisol se produce coincidiendo con la instauración del ritmo circadiano de vigilia-sueño(9).

Es importante tener en cuenta, el binomio madre-hijo, que constituye un sistema de adaptación complejo, ya que están interconectados y se complementan(10). El sueño del lactante está influenciado por el ambiente que ha vivido en la etapa fetal. El estrés materno durante el tercer trimestre del embarazo, facilita la permeabilidad de la placenta a los corticoides, condicionando: un incremento de los corticoides fetales, un retraso en la aparición del ritmo diurno del cortisol y una hiperrespuesta hipotálamo-gonadal a situaciones de estrés(11).

El tipo de parto y la atención inmediata al binomio madre-hijo son importantes para el establecimiento de una buena lactancia y un buen ritmo de vigilia-sueño durante las primeras semanas de vida. La alimentación en los primeros meses tras el nacimiento influye de manera decisiva en la evolución de los patrones de sueño; la concentración de melatonina en la leche materna es mínima al inicio del día y se incrementa en las tomas de la tarde-noche; es posible que así se induzca el sueño del bebé y favorezca una reducción de la actividad gastrointestinal nocturna (que se observa en determinadas fases del sueño en niños mayores y adultos) y, con ello, del llamado cólico del lactante, promocionando así una mejor calidad de sueño(12).

En definitiva, el insomnio es el resultado de un proceso que, probablemente, se empezó a gestar intraútero y donde pueden influir múltiples factores: una predisposición circadiana (insomnio de origen circadiano) unida a una falta de respeto, por desconocimiento, al ritmo circadiano propio del niño, genera una respuesta educativa determinada que condiciona un apego inseguro-dependiente (insomnio educativo), ocasionándose el insomnio mixto (circadiano + educativo).

Hay, además, numerosos factores que influyen en el sueño infantil. Factores predisponentes: herencia genética, conductas durante la gestación, expectativas parentales… Sobre estos factores influyen factores precipitantes: ambiente familiar (relaciones fallidas de apego, familias desestructuradas, el estrés familiar…), higiene de sueño deficiente, pautas educativas negativas (actitud paterna demasiado permisiva o demasiado estricta, colecho reactivo, límites imprecisos). A la vez, actúan otros factores perpetuantes: situaciones médicas, problemas de comportamiento, fármacos o drogas, niños con un tiempo cronobiológico tardío cuyos padres tienen unas expectativas poco realistas del momento de inicio de sueño), etc. En la tabla I, pueden verse diferentes causas/factores desencadenantes del insomnio según la edad.

Clasificación del insomnio

Se han dado diversas clasificaciones sobre los trastornos del sueño(13). El DSM-IV-TR y la American Academy of Sleep Medicine (AASM), en su 2ª versión de 2005(14), distinguían las formas primarias de insomnio con varios subtipos (insomnio psicofisiológico, idiopático, paradójico, por higiene inadecuada, e insomnio conductual de la infancia) y las formas secundarias relacionadas con trastornos psiquiátricos, médicos o por abuso de sustancias.

Recientemente, en su 3ª edición, la AASM(1) ha demostrado que los diagnósticos previos son difíciles de determinar de una forma fiable y son de dudosa validez; por ello, abandona la clasificación anterior en favor de una nosología más global y defendible. Incluye tres categorías:

1. Trastorno de insomnio crónico (TIC). Problema crónico para iniciar el sueño y/o quejas de mantenimiento del mismo, asociados con un deterioro durante el día. Este término se reserva para las personas cuyas dificultades del sueño superan los umbrales mínimos de frecuencia y duración (al menos, tres veces por semana y persisten durante, al menos, tres meses), además, se asocia a una morbilidad significativa. Los criterios pueden verse en la tabla II.

2. Trastorno de insomnio a corto plazo. Se caracteriza por dificultades del sueño/vigilia que no cumplen con los criterios mínimos de frecuencia y duración del TIC. Se asocia con insatisfacción del sueño clínicamente significativa o deterioro de la vigilia. Los criterios pueden verse en la tabla III.

3. Otros trastornos de insomnio. Se asignan a los raros casos que no cumplan los criterios de insomnio a corto plazo y que tienen síntomas suficientes de insomnio para necesitar una atención médica.

Estos diagnósticos se aplican a los pacientes con y sin comorbilidades, independientemente de si estas son potencialmente perjudiciales para el sueño.

Manifestaciones clínicas

Trastorno de insomnio crónico

La sintomatología puede verse en la tabla II. Aunque el TIC es más frecuente en adultos y en el sexo femenino, puede darse en cualquier momento durante la infancia. El inicio puede ser insidioso o agudo. El curso varía y depende de la causa. Cuando se resuelve esta (límites, asociaciones negativas…), mejora el sueño. Las complicaciones se deben a la pérdida de sueño e incluyen: irritabilidad, somnolencia, disminución de la atención, afectación cognitiva, de la memoria, del rendimiento escolar y cambios de humor(15-19). También, hay pérdida del sueño de los cuidadores y aumento de las tensiones familiares. Algunos de los que desarrollan TIC en la infancia pueden continuar en la edad adulta.

El déficit crónico de sueño tiene también potenciales efectos nocivos para la salud, ya que se puede afectar el sistema cardiovascular, inmunológico y metabólico, incluyendo el metabolismo de la glucosa y de la función endocrina con obesidad y afectación del crecimiento(13).

El concepto previo de insomnio primario y secundario a otra condición se ha cambiado; se prefiere referirlo como: insomnio comórbido o coexistente, para evitar que se asocie a causalidad(15). La discriminación del insomnio en niños es más difícil que en los adultos, ya que el paciente no acude a la consulta con quejas de falta de sueño, sino que se presentan los padres con preocupaciones y observaciones subjetivas. El insomnio es diferente en niños con desarrollo normal de los que presentan trastorno del neurodesarrollo tanto en severidad, como en frecuencia y cronicidad(15). Se debe tener en cuenta el desarrollo normal durante la infancia y lo que se considera comportamiento normal a la hora de iniciar el sueño, así como su duración, pues es diferente en bebes de 6 meses, un niño de 6 años o un adolecente de 16 años. Se deben considerar igualmente los aspectos culturales (valores y creencias sobre la importancia del sueño).

En general, el diagnóstico de insomnio se establece a partir de los 6 meses de edad, pero cuando las dificultades del sueño son persistentes e importantes en lactantes menores, debe considerarse la presencia de una causa médica subyacente (reflujo, trastorno respiratorio, dolor).

A continuación, se especifica el insomnio por diferentes causas y/o asociaciones:

1. Insomnio conductual. En niños pequeños, la dificultad para conciliar y mantener el sueño, a menudo, es el resultado de una asociación inapropiada con el inicio del sueño o del establecimiento de límites inadecuados; es el llamado insomnio conductual, que puede ser por una u otra causa o por ambas (mixto), y sucede en el 10-30% de los niños(1). Es el motivo más frecuente de consulta de insomnio en Atención Primaria. Esta conducta del niño no solo altera su sueño y su comportamiento durante el día, sino también el sueño de los padres y el funcionamiento familiar.

Insomnio por asociaciones inapropiadas con el inicio del sueño. Es el resultado de la dependencia del niño a una estimulación específica con objetos o determinados ajustes para iniciar el sueño o volver a dormirse tras un despertar. Se manifiesta con despertares frecuentes durante la noche y/o temores nocturnos o ansiedad para dormir solo. El proceso de quedarse dormido se asocia con una forma específica de estimulación (p. ej.: mecedora, TV), objeto (biberón, comidas excesivas), o ambientes (habitación iluminada, padres en la habitación, o en la cama de estos). Cuando tales condiciones están ausentes, los niños experimentan la clínica descrita. Si se restablecen las condiciones, en general, reanuda el sueño con relativa rapidez. Se considera trastorno, si cumple las siguientes condiciones(1):

- Las asociaciones son muy problemáticas y exigentes.

- El inicio del sueño se retrasa significativamente o el sueño se interrumpe en ausencia de esas condiciones.

- Se requiere con frecuencia la intervención del cuidador para la aparición o la reanudación del sueño.

Insomnio por ausencia de límites. Se caracteriza por la negación del niño a acostarse reforzado por un inapropiado o inconsistente uso de límites por el cuidador. También puede producir despertares nocturnos, dependiendo de la respuesta del cuidador durante la noche.

2. Insomnio por inadecuada higiene del sueño. Se produce por realizar actividades de la vida diaria incompatibles con el mantenimiento de un sueño de buena calidad y una alerta normal por el día. Las actividades nocivas son diversas: siestas durante el día, mantener un horario de sueño/vigilia muy irregular, consumo de productos que alteran el sueño (cafeína, té, bebidas energizantes, cola, chocolate, tabaco, alcohol), participación en actividades mentales, emocionales o físicas excitantes y perturbadoras demasiado cerca de la hora de acostarse, utilizar rutinariamente la cama y el dormitorio para actividades distintas del sueño, o no mantener un ambiente confortable para dormir (ruidos, estimulación luminosa, TV, ordenadores). Todo ello produce una disminución de la funcionalidad del niño por el día y alteración de su calidad de vida.

3. Insomnio psicofisiológico. Es frecuente en niños mayores y adolescentes. Hay una gran preocupación y niveles elevados de excitación, miedo a dormir o a no ser capaz de dormir, temor a elementos próximos a su habitación y/o recuerdos de experiencias negativas previas, y por ello duermen mejor fuera de su entorno. Aquí se combinan: factores de riesgo (genético, psiquiátrico), desencadenantes (estrés) y otros (mala higiene del sueño).

4. Insomnio idiopático. Problemas con el sueño de inicio insidioso durante la infancia sin causa conocida, persistente en el tiempo. Se le asocia con alteraciones genéticas.

5. Insomnio paradójico o percepción errónea del tiempo de sueño. Perturbación del sueño severa y sin evidencia objetiva. Se cree que está alterado el sistema de excitación sueño/vigilia.

6. Insomnio con trastorno mental y neurológico. El insomnio es una queja frecuente en los trastornos mentales y neurológicos, sobre todo en pacientes con trastornos del estado de ánimo y trastornos de ansiedad. También, en los trastornos del comportamiento alimentario, TDAH, epilepsia, retraso mental o trastorno del espectro autista, así como en determinados síndromes genéticos (X-frágil, Rett, Angelman, Prader-Willi).

7. Insomnio asociado a trastorno médico, sobre todo, las entidades que cursan con: dolor continuo, malestar, limitación de la movilidad, problemas para respirar, dermatitis, reflujo gastroesofágico, alergias, etc.

8. Insomnio por fármacos o drogas estimulantes, antidepresivos, beta-antagonistas o corticoides.

9. Insomnio debido a trastornos primarios del sueño. SAHS, SPI con o sin movimiento periódico de las extremidades, retraso de fase.

Trastorno de insomnio a corto plazo

La sintomatología puede verse en la tabla III. Aunque es más frecuente en la edad adulta, puede ocurrir a cualquier edad de forma aislada o comórbido con trastorno mental, médico o uso de drogas. A veces, sucede de forma episódica, coincidente con factores estresantes, otras veces no hay causa identificable. Puede cursar solo con problemas para iniciar el sueño o para mantenerlo y, más frecuentemente, con ambos. Puede acompañarse de síntomas durante la vigilia similares al TIC, como: fatiga, problemas de atención y concentración, mala memoria, irritabilidad y angustia por la falta de sueño. Si es debido a un acontecimiento estresante, pueden incluir: ansiedad, preocupación, tristeza o depresión. En los niños son factores precipitantes: tener un padre con insomnio, alteraciones de los horarios sueño/vigilia, problemas familiares, duelos, cambiarse de casa o cambios en el entorno del sueño. Se sugiere una predisposición constitucional. Muchos experimentan remisión con el tiempo y otros evolucionan a TIC. Este diagnóstico puede ser difícil en los bebes, ya que es complicado vincular los factores de estrés.

Diagnóstico de insomnio

El diagnóstico de insomnio debe ser fundamentalmente clínico, con una adecuada y completa anamnesis general, exploración física y agenda de sueño, que descarte otras posibles enfermedades físicas, neurológicas y psiquiátricas. Se reservan los estudios complementarios para los casos en que haya dudas o posibles comorbilidades(7).

La historia clínica va a proporcionar en la mayoría de los casos información suficiente para realizar el diagnóstico de insomnio u orientar el trastorno de sueño y, en numerosas ocasiones, también dará pistas sobre factores causales o desencadenantes. Es fundamental también para que el médico valore la repercusión del problema sobre el niño y su familia.

La historia de sueño debe ser estructurada(20), con tiempo suficiente para realizarla. El pediatra debe ser consciente de que los hábitos de sueño y las rutinas diarias son propios de cada familia, que un padre puede ver como normal algo que otro no. Para obtener respuestas útiles sobre hábitos familiares y rutinas, el médico debe investigar de forma amable sin culpabilizar, pero con preguntas abiertas, claras y concisas.

Por tanto, el diagnóstico de insomnio se basa en 3 pilares:

1. Anamnesis general e historia clínica estructurada de sueño, que debe incluir(13,20):

Horarios detallados de sueño nocturno y diurno, incluyendo: pequeñas siestas diurnas, diferencias entre días laborales y festivos, horarios de despertar. Horarios y duración de las siestas diurnas.

Rutinas previas a la hora de acostarse si existen, en qué consisten, horarios, objetos de transición que usa el niño y si se utilizan dispositivos electrónicos.

Asociaciones con el sueño: si el niño precisa algún tipo de conducta u objeto para conciliar el sueño (chupete, un muñeco, estar tomando biberón, ser mecido, estar en un sitio diferente a su cama o cuna). Si es capaz de conciliar el sueño estando solo o si precisa la presencia de los padres.

Ambiente nocturno de la habitación: presencia de algún tipo de luz, temperatura, ruidos. Presencia de ordenador, TV u otro dispositivo en la habitación del niño.

Conductas del niño durante la noche: frecuencia y duración de los despertares nocturnos, qué creen los padres que necesita el niño para volverse a dormir, cuál es la respuesta de los padres a los despertares. Si el niño presenta conductas extrañas o movimientos de extremidades por la noche. Si el niño ronca o parece que tiene problemas para respirar mientras duerme.

Comportamiento del niño durante el día: si está descansado, cómo es su rendimiento escolar, cómo es su relación con el entorno. Explorar posibles rasgos de hiperactividad o somnolencia diurna. Si realiza ejercicio físico y a qué hora. Horarios de las comidas principales. Uso de pantallas (móviles, tabletas electrónicas) con luz azul a última hora de la tarde.

Desde cuándo dura el problema. Estrategias que la familia ha intentado poner en práctica y respuestas.

Repercusión del problema en la vida familiar y en los padres.

Posible asociación a fármacos o estimulantes.

Otros problemas médicos que puedan interferir con el sueño, por ellos mismos o por sus tratamientos (p. ej.: asma tratada con B agonistas o montelukast, TDAH tratada con metilfenidato, RGE, dermatitis atópica).

Tipo de apego y pautas educativas que presiden en la familia. Relación madre-hijo. Estrés materno actual y en el embarazo. Establecimiento de lactancia materna. Ítems del desarrollo psicomotor. Investigar la presencia de límites en relación al sueño y también en otras áreas educativas. Expectativas paternas y aspectos culturales.

Antecedentes familiares de insomnio o problemas de sueño.

2. Exploración clínica completa buscando signos que hagan sospechar algún proceso patológico. Evaluación del desarrollo póndero-estatural y psicomotor. Valoración ORL, (ronquido, hipertrofia adenoidea, malformaciones). Gastrointestinal (reflujo, anomalías). Alteraciones neurológicas, ITU, alteraciones dermatológicas (atopia), etc.

3. Agenda o diario de sueño (Fig. 1): es una herramienta imprescindible para el diagnóstico y seguimiento de la mayoría de los trastornos de sueño. Consiste en un registro diario de los horarios de sueño, incluyendo la hora de acostarse y el despertar, tanto nocturno como las siestas diurnas, durante un tiempo entre dos y cuatro semanas. Se les pide a los padres que anoten todas las mañanas la hora de acostarse y levantarse del niño, la hora a la que se durmió y los despertares nocturnos. Aporta información sobre lo ocurrido, tanto días laborables como festivos. Idealmente, no debe ser inferior a dos semanas de registro(13).

Figura 1. Agenda/diario de sueño.

Pinte una cuando inicie el sueño y una cuando se levante. Tanto en el sueño de noche como durante las siestas.
Oscurezca el área del cuadro que corresponde al tiempo en que su hijo está durmiendo.
Deje en blanco el área del cuadro que corresponde al tiempo en el que está despierto/a.
Escriba un “x” cuando realice la conducta anómala durante el sueño (llanto, movimientos…).
En la última columna puntúe de 0 a 5 la calidad de la noche (0 = muy mala noche).

Evita el sesgo de la historia clínica consistente en que los padres recuerdan más lo ocurrido en las últimas noches, así como las peores noches de sueño, sobre todo, si son ellos los que han pedido la consulta para quejarse del sueño de su hijo.

La agenda de sueño aporta una visión más objetiva sobre los patrones de sueño del niño. También, es útil para que los padres asuman la importancia de las rutinas y hábitos en el problema. Se dice que, en ocasiones, es terapéutica, además de un procedimiento diagnóstico, porque los padres pueden darse cuenta por sí solos de la relación de determinados acontecimientos con peor calidad de sueño del niño (p. ej.: el efecto de siestas prolongadas o a deshoras, con inicios tardíos de sueño o con despertares nocturnos).

Para el diagnóstico de insomnio, es preferible que la agenda sea con horario de sueño libre(7); es decir, el niño se acuesta cuando tiene sueño y se despierta por él mismo, sin interferencia de horarios escolares o de trabajo. La agenda de sueño es útil, tanto para el diagnóstico inicial del trastorno de sueño como para la valoración de la evolución, una vez instauradas medidas terapéuticas.

Con una historia clínica cuidadosa, la exploración y la agenda de sueño, el pediatra de Atención Primaria puede ser capaz de diagnosticar a la mayoría de los niños con síntomas de insomnio.

La Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño, en su tercera edición (ICSD-3)(1), incluye los criterios diagnósticos para el Trastorno de Insomnio Crónico (Tabla II) y el Trastorno de Insomnio de corta duración (Tabla III).

4. Exploraciones complementarias. No se requieren para el diagnóstico de insomnio. Se reservan para los casos en que haya dudas diagnósticas con otros procesos, neurológicos o psiquiátricos, o bien se sospeche asociación con otros trastornos de sueño (posible existencia de SAHS, movimientos periódicos de las piernas). Hay que tener en cuenta la importante comorbilidad que se encuentra entre trastornos de sueño, por lo que hay que investigar si un paciente con insomnio puede tener otro trastorno de sueño añadido.

Actigrafía: consiste en un registro de los movimientos corporales que realiza el paciente durante la noche, mediante un dispositivo similar a un reloj de pulsera. La actigrafía es un método sencillo, cómodo, que recoge datos del paciente en su entorno habitual y durante un periodo de 5 a 14 días, lo que supone importantes ventajas respecto a la polisomnografía, que registra una única noche de sueño en un laboratorio. Proporciona información sobre los patrones de sueño y vigilia, de forma más objetiva que la agenda de sueño. Se utiliza principalmente en investigación y por expertos en sueño…

Polisomnografia (PSG): consiste en una grabación durante toda la noche para caracterizar la arquitectura de sueño y su patología. Se miden: numerosos parámetros fisiológicos, electroencefalograma, electrocardiograma, movimientos oculares, electromiograma, movimientos de extremidades, movimientos torácicos y flujo respiratorio, así como grabación de audio y vídeo. Se lleva a cabo en un laboratorio de sueño y debe ser interpretado por un especialista en sueño. Está indicado en el insomnio cuando existe una comorbilidad sospechada que deba ser confirmada con:

- Síndrome apnea-hipopnea: la PSG es el patrón de oro para el diagnóstico de SAHS; si bien, dada su complejidad y gasto que conlleva, en algunas ocasiones, puede plantearse una poligrafía cardiorrespiratoria ambulatoria.

- Trastorno por movimiento periódico de las piernas.

- Parasomnias atípicas o que exijan despistaje de epilepsia nocturna, si el EEG por sí solo no es concluyente.

La videograbación nocturna: si existen datos en la historia que apunten a eventos durante la noche o ronquido nocturno con posible SAHS asociado.

5. Herramientas de cribado. La prevalencia de insomnio y otros trastornos de sueño es tan elevada en la población infanto-juvenil y sus consecuencias tan importantes sobre el niño y la familia(20), que justifica la búsqueda de forma activa desde Atención Primaria de problemas de sueño(7,13). Existen estudios que demuestran la poca efectividad de la simple pregunta: “¿qué tal duerme el niño?” para poner a la luz problemas de sueño. El pediatra debe conocer y manejar las herramientas de cribado que existen.

En las revisiones periódicas de salud del niño sano, pueden utilizarse fácilmente: el test BISQ (Brief Infant Sleep Questionnaire), para menores de 2 años (que aporta información sobre horarios, dónde y cómo duerme el niño), y para mayores de 2 años, el test BEARS (Bedtime problems, Excessive daytime sleepiness, Awakenings during the night, Regularity and duration of Sleep, Sleep-disordered breathing) (Tabla IV y Fig. 2).

Figura 2. Cuestionario BISQ adaptado de cribado de problemas de sueño hasta los 3 años de edad. Traducción: Paz Tardío Baeza (Licenciada en Traducción e Interpretación), Gonzalo Pin Arboledas (Unidad Valenciana del Sueño) Adaptado de: Sadeh A, Mindell J, Luedtke K, Wiegand B. Sleep and sleep ecology in the first 3 years: a web- based study. J. Sleep Res. 2009; 18: 60-73.

Son útiles como cribado general de trastornos del sueño(13). Si en algún momento aparece la posibilidad de que exista un trastorno de sueño, puede ser de utilidad para orientar el diagnóstico la Escala de trastornos del sueño para niños de Bruni (SDSC) (Sleep disturbance Scale for Children). Consta de 27 preguntas y está diseñada para detectar trastornos del sueño. Evalúa los últimos 6 meses. Las preguntas 1-5, 10 y 11 orientan hacia la evaluación de problemas de inicio y mantenimiento del sueño. Estos test se explican ampliamente en otro capítulo de este monográfico.

Diagnóstico diferencial

Es preciso realizar el diagnóstico diferencial con la presencia de otras patologías y factores(7, 13,16), teniendo en cuenta que el insomnio puede ser comórbido con ellas.

Variaciones normales del sueño: el patrón de sueño y su duración va cambiando a lo largo del ciclo vital con gran variabilidad interindividual.

Trastornos médicos: Dolor, prurito, alergias alimentarias, cefaleas, trastornos respiratorios (asma, obstrucción) o gastrointestinales (reflujo G-I, dolor abdominal crónico, estreñimiento, cólicos o enfermedad inflamatoria intestinal). Ante un traumatismo craneoencefálico, hay que tener en cuenta que puede aparecer el insomnio meses después.

- Trastornos del neurodesarrollo: TDAH (entre el 25-50% tienen trastornos del sueño y son cinco veces más frecuentes que en niños sanos), trastornos del espectro autista (entre el 50-80%), parálisis cerebral (45%), trastornos cognitivos y determinados síndromes genéticos.

- Epilepsia: el sueño modula la génesis de las crisis epilépticas. Los pacientes con epilepsias tienen un sueño más fragmentado con muchos despertares nocturnos. La epilepsia del lóbulo frontal debe diferenciarse de los despertares nocturnos o parasomnias.

- Ferropenias: se ha observado que niveles de ferritina menores de 35-50 ng/ml, incluso sin anemia, se relacionan con insomnio.

- Trastornos primarios del sueño: SAHS, SPI, enuresis y trastornos del ritmo circadiano.

Trastornos psiquiátricos: ansiedad (más del 50% tienen alteración del sueño) y depresión (en ambos trastornos hay correlación bidireccional entre ellos), fobias específicas, trastornos por abuso de drogas y trastornos alimenticios.

Factores ambientales: luz excesiva, aparatos electrónicos, ruido, temperatura inadecuada, falta de ejercicio, hábitos inadecuados de sueño.

Fármacos y sustancias de abuso: cafeína, alcohol, nicotina, beta adrenérgicos (salbutamol), estimulantes (metilfenidato, lisdexanfetamina; tener presente la posibilidad de efecto rebote tras finalizar el tratamiento), corticoides, antiepilépticos (lamotrigina) o antidepresivos (ISRS).

Tratamiento

El documento de consenso sobre el manejo del insomnio en la infancia y la adolescencia(7), elaborado por representantes de: la Asociación Española de Pediatría, la Sociedad Española de Sueño, la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y de Atención Primaria, la Sociedad Española de Medicina de la Adolescencia, la Sociedad Española de Psiquiatría Infantil y la Sociedad Española de Neurología Pediátrica, recomienda que el tratamiento global del insomnio se debe basar principalmente en medidas de higiene del sueño y medidas conductuales.

La evidencia científica sugiere la terapia conductual como la opción terapéutica con mayor apoyo empírico por su eficacia en la conciliación del sueño y despertares nocturnos, así como en el bienestar del niño y de los padres.

En algunas situaciones clínicas, el uso de fármacos puede estar justificado y puede mejorar significativamente los efectos terapéuticos del tratamiento conductual, aunque no debe ser la primera ni la única opción de tratamiento(7,13,21-24).

Tratamiento conductual

Las revisiones sistemáticas y metaanálisis centrados en aquellos tratamientos no farmacológicos con apoyo empírico para los problemas de sueño al ir a dormir y despertares nocturnos en niños pequeños, evidencian que las medidas de higiene del sueño y las medidas conductuales son eficaces en reducir la latencia de sueño, la frecuencia de despertares nocturnos y la duración de los despertares, a corto-largo plazo(21-24). La mayoría de ellos incluyen principalmente niños menores de 5 años (edad media 16-17 meses) y objetivan que más del 80% de los niños presentan una mejoría clínicamente significativa cuando se aplican medidas conductuales, y se mantienen a lo largo de 3-6 meses(22). Sin embargo, en los niños más mayores y adolescentes, el nivel de evidencia es bajo, probablemente por un número insuficiente de niños de esta franja de edad, más que por una falta de resultados(24).

Hay distintas estrategias conductuales. En general, aquellas que han demostrado una eficacia mayor son: la extinción sin modificaciones, la extinción gradual y la prevención/educación parental.

Cualquier plan de tratamiento conductual que se realice, siempre se acompañará de unas medidas de higiene del sueño.

En la consulta, es importante evaluar las expectativas de los padres, así como proponer y consensuar con estos la estrategia conductual que se adapte mejor a sus preferencias, nivel de tolerancia y nivel de implicación de manera activa, de los propios padres y al temperamento del niño.

Medidas de higiene del sueño

La higiene del sueño comprende aquellas prácticas y hábitos que son necesarias para tener una cantidad y calidad de sueño y una vigilia óptimos.

Incluyen:

• Medidas que fomentan la regulación del sueño actuando sobre el sistema circadiano y homeostático del sueño: levantarse y acostarse todos los días aproximadamente a la misma hora, con una variación de no más de una hora entre los días de colegio y los que no lo hay; establecer una rutina adecuada de siestas según la edad y necesidades del niño; mantener un horario regular de rutinas de actividades y comidas; y evitar la luz brillante e intensa en la habitación al ir a dormir y durante la noche, incrementando su exposición por la mañana.

• Medidas que fomentan el sueño: limitar actividades que facilitan el desvelo en la cama (p. ej.: ver la televisión, jugar con el móvil) y utilizar la cama solo para dormir; no utilizar el ir a dormir a la cama como castigo; y evitar dormir en otro entorno o lugar que no sea su habitación.

• Medidas que fomentan la relajación y disminuyen la excitación: mantener los dispositivos electrónicos fuera de la habitación y limitar su uso antes de ir a dormir; disminuir juegos estimulantes antes de ir a dormir; evitar cenas copiosas y ejercicio intenso antes de ir a dormir; disminuir la estimulación cognitiva y emocional antes de ir a dormir; eliminar cafeína; incluir en la rutina pre-sueño actividades que sean relajantes.

• Medidas que fomentan la cantidad y calidad del sueño: fijar una hora de ir a dormir y de levantarse que asegure un sueño adecuado según la edad y necesidades del niño; mantener un entorno seguro y cómodo (niveles de luz y ruido bajos, temperatura adecuada, superficie adecuada).

Extinción

Tanto la extinción sin modificaciones como la extinción gradual, están indicadas en el insomnio de inicio y el objetivo de ambas es facilitar el desarrollo de la capacidad del niño para autocalmarse o autorregularse para conciliar el sueño de forma autónoma. La mayoría de niños mejoran en la primera semana de iniciar este tipo de medida conductual.

Extinción sin modificaciones. Los padres han de acostar al niño a la hora adecuada y en el lugar apropiado (p. ej.: en su cuna en su habitación), cuando el niño esté aún despierto. Los padres han de salir de la habitación e ignorar cualquier conducta de protesta hasta la mañana siguiente, excepto aquellas situaciones de peligro o enfermedad. En la consulta, suele ser una intervención con la que los padres muestran una baja tolerancia y cumplimiento, a pesar que en los estudios de investigación tiene una eficacia elevada.

Extinción gradual. De forma similar a la extinción sin modificaciones, los padres han de acostar al niño somnoliento, pero despierto a la hora adecuada y en el lugar apropiado y salir de la habitación. Sin embargo, los padres ignorarán las demandas de atención a intervalos que pueden ser fijos o bien graduales y progresivamente más prolongados. Según la edad, temperamento del niño y tolerancia de los padres, para la primera intervención pueden esperar 1, 3 o 5 minutos para entrar a la habitación del niño e ir aumentando progresivamente el intervalo de tiempo en las sucesivas intervenciones a 5, 10 minutos o bien a intervalos fijos, siempre cada 5 o 10 minutos. O bien, hay variaciones de esta extinción gradual en las que uno de los padres puede quedarse en la habitación hasta que el niño se duerma y cada noche ir disminuyendo la interacción.

El éxito de esta medida depende de la capacidad de los padres para ser consistentes cada noche y soportar el empeoramiento transitorio de la conducta de protesta del niño al comenzar este tratamiento, también llamado “estallido de extinción”.

Medidas preventivas y de educación parental

Programas de educación dirigidos a los padres sobre los patrones normales del sueño del lactante, niño y adolescente, así como del establecimiento de hábitos positivos del sueño y de rutinas. El objetivo es facilitar la asociación del entorno al sueño y fomentar la capacidad del niño para conciliar y mantener el sueño de forma autónoma y evitar la aparición de asociaciones inadecuadas. En los adolescentes, mantener una disciplina respecto al sueño, con restricción del uso de ordenador/móvil por la noche.

En este sentido, el Grupo Pediátrico de la Sociedad Española de Sueño (SES) y el Grupo de Sueño de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP) desarrollaron un informe sobre medidas preventivas de los problemas del sueño desde el nacimiento hasta la adolescencia(25).

Rutinas positivas al ir a dormir

Consiste en desarrollar una serie de actividades o rutinas con las que el niño disfrute para prepararse e ir a la cama, evitando la asociación del acto de ir a dormir con una actividad estresante. En niños mayores, también es posible establecer un sistema de recompensas si el niño permanece en su cama hasta la mañana sin ir a la habitación de los padres o sin llamarlos.

Restricción de tiempo en cama con retraso en la hora de acostarse

Implica retrasar temporalmente la hora de acostar al niño para que coincida con el tiempo del inicio real del sueño. Esta técnica incide sobre el sistema de regulación homeostático de sueño; de manera que, el hecho de acostar al niño más tarde incrementa la propensión al sueño y, por tanto, facilita la conciliación al sueño y disminuye la duración de la resistencia a dormirse. Si se combina con rutinas positivas al ir a dormir y el niño aprende a dormirse antes, los padres pueden ir avanzando de forma muy gradual la hora de acostarlo y así aumentar el tiempo de sueño del niño, hasta la hora que sea adecuada por edad y necesidades del niño.

Si se comienza con esta técnica, en la mayoría de las ocasiones, se facilita el cumplimiento de otras intervenciones conductuales, además de ser mejor tolerado por los padres.

Despertares programados

Los padres despiertan parcialmente al niño con una mínima estimulación justo antes de su despertar espontáneo, permitiendo que vuelva a dormirse otra vez espontáneamente.

Tratamiento farmacológico

A día de hoy, hay poca evidencia científica sobre la eficacia y seguridad del tratamiento farmacológico para el insomnio infantil. Ningún fármaco ha sido aprobado por las agencias reguladoras del medicamento: Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (AGEMED), Agencia Europea del Medicamento (EMEA) y la US Food and Drug Administration (FDA), para su uso en el insomnio infantil y están fuera de indicación técnica.

A pesar de ello, en algunas situaciones clínicas, el uso de fármacos puede estar justificado:

• Cuando los padres no pueden realizar las medidas conductuales.

• Estas medidas no tienen resultados adecuados.

• El insomnio está en un contexto de una enfermedad médica.

Como norma general, al iniciar un tratamiento farmacológico, deben asociarse siempre medidas de higiene del sueño y medidas conductuales, y debe plantearse por un tiempo limitado y utilizando la dosis mínima eficaz(7).

El documento de consenso sobre el manejo del insomnio en la infancia y la adolescencia(7) considera que, además, de la valoración del uso del hierro, están indicados dos grupos de fármacos: la melatonina como primera elección y los antihistamínicos de primera generación, si tras 4 semanas de tratamiento con melatonina, el resultado no es satisfactorio. Si estas opciones terapéuticas no son eficaces, se recomienda la derivación a unidades especializadas.

Melatonina

La melatonina o N-acetil-5-metoxi-triptamina es una hormona sintetizada por la glándula pineal que regula el ciclo vigilia-sueño. Su secreción es nocturna, controlada por el núcleo supraquiasmático del hipotálamo (NSQ), con un pico entre las 2 y 4 a.m., y su producción y liberación se inhibe por la luz. La vía de síntesis es de L-triptófano de la dieta a serotonina, a N-acetil-serotonina y, finalmente, a melatonina.

La melatonina es eficaz reduciendo la latencia de sueño y adelantando su inicio, así como disminuyendo la fragmentación del sueño, especialmente en niños con trastornos del neurodesarrollo. Los datos sobre efectos secundarios durante un corto período de tiempo (4 semanas) parecen bastante seguros y, estudios de seguimiento a tres años, no evidencian ningún efecto adverso. Además, su uso no interfiere en la producción endógena de melatonina ni en el desarrollo puberal.

El documento de consenso sobre el uso de melatonina en el insomnio de inicio(26), elaborado por representantes de: la Asociación Española de Pediatría, la Sociedad Española de Sueño, la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y de Atención Primaria, la Sociedad Española de Medicina de la Adolescencia, la Sociedad Española de Psiquiatría Infantil y la Sociedad Española de Neurología Pediátrica, recomienda iniciar melatonina con dosis de 1-3 mg en lactantes y pre-escolares, de 2,5-5 mg en niños mayores y de 1-5 mg en adolescentes y, gradualmente, ajustar la dosis según respuesta. Se ha de administrar siempre a la misma hora, entre 30 y 60 minutos antes de la hora habitual de ir a dormir.

Antihistamínicos de primera generación

Los antihistamínicos de primera generación atraviesan la barrera hematoencefálica y bloquean los receptores H1 del SNC. Se utilizan habitualmente como inductores del sueño, a pesar de que causan: sedación diurna, efectos adversos anticolinérgicos e hiperactividad paradójica, con una tendencia a desarrollar tolerancia con el tiempo de uso. Con respecto al sueño, no alteran la arquitectura de sueño.

Su uso puede considerarse durante un corto periodo de tiempo o, de forma ocasional, en niños pequeños, especialmente en aquellos con enfermedad atópica, como apoyo en el inicio de la terapia conductual. Es un fármaco bien aceptado por los padres y bien tolerado por el niño.

Los dos antihistamínicos aprobados en España como hipnóticos en adultos, que no necesitan prescripción son: la difenhidramina a dosis de 0,5-1,5 mg/kg y la doxilamina a dosis de 12,5-25 mg. Otros antihistamínicos utilizados en población infanto-juvenil son: la hidroxicina a dosis de 0,6 mg/kg y la alimemazina a dosis en niños de 2-3 años de 1,25-2,5 mg (1-2 gotas sol. 4%) y en niños > 3 años de 2,5-5 mg (2-4 gotas sol. 4%).

Benzodiacepinas y sus análogos benzodiacepínicos

Las benzodiacepinas se unen a los receptores benzodiacepínicos del complejo ácido gamma-aminobutírico (GABA), de manera que potencian la acción inhibitoria mediada por el GABA, con efectos: sedantes, hipnóticos, ansiolíticos, anticonvulsivos, amnésicos y miorrelajantes.

Diversas benzodiacepinas y sus análogos están comercializadas y aprobadas como hipnóticos en adultos, según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). En general, estos agentes disminuyen la latencia de sueño y aumentan el tiempo total del mismo. Sin embargo, las limitaciones fundamentales de su uso se basan en los efectos indeseables sobre la vigilia, provocando: sedación diurna, probablemente por una vida media prolongada, así como hiperactividad paradójica, alteración de la memoria, tolerancia y dependencia. Además, alteran la estructura del sueño con una supresión del sueño REM y sueño profundo, y con un incremento de sueño superficial.

La AEMPS recomienda su uso solo cuando sea imprescindible (p. ej.: en niños con problemas neurológicos o psiquiátricos), a la mínima dosis eficaz y por un periodo no superior a cuatro semanas, revisando de forma periódica la necesidad de mantener el tratamiento. Se contraindica su uso en aquellos niños con trastorno respiratorio durante el sueño.

Antidepresivos

Los antidepresivos mejoran el sueño por su actividad en los neurotransmisores serotonina, histamina y acetilcolina, los cuales están involucrados en la regulación del sueño y vigilia. Se utilizan frecuentemente para el manejo del insomnio en la práctica clínica, en aquellos casos con presencia de trastorno del humor comórbido o bien otro trastorno mental o del neurodesarrollo. Las dosis que se requieren para mejorar el insomnio suelen ser menores que las utilizadas para tratar un trastorno del humor.

Los antidepresivos que tienen un perfil más sedante y, por tanto, más adecuado para el insomnio son: mirtazapina, trazodona, paroxetina, citalopram, fluvoxamina, imipramina, doxepina y amitriptilina. La mayoría de ellos, sobre todo aquellos con efectos anticolinérgicos, suprimen el sueño REM, por lo que su retirada brusca puede conducir a la aparición o incremento de pesadillas por un rebote de sueño REM.

Agonistas alfa-2 clonidina

La clonidina es un agonista alfa-2 adrenérgico en el sistema nervioso central con propiedades sedantes, indicado para la hipertensión en adultos. Utilizado en el insomnio por sus efectos de sedación, con mejoría en la latencia de sueño y de los despertares nocturnos. Como efectos secundarios: hipotensión, bradicardia, efectos anticolinérgicos, irritabilidad, disforia y tolerancia; así como altera la arquitectura de sueño suprimiendo el sueño REM. Indicado en aquellos casos que asocian cefalea o bien en el insomnio asociado a TDAH.

La guanfacina es otra alternativa con un perfil más selectivo que la clonidina y con un potencial menor de efectos adversos. También utilizado en aquellos niños con insomnio asociado a TDAH o estimulantes.

Fitoterapia

Mención especial merecen las plantas medicinales con propiedades relajantes, hipnóticas y sedantes. La Agencia Europea del Medicamento (EMA; Committee for Herbal Medicinal Products [HMPC]) destaca que el uso de estos medicamentos a base de plantas se fundamentan en el «uso tradicional» para el alivio de los síntomas leves de tensión nerviosa y para ayudar a conciliar el sueño. Aunque no existan pruebas suficientes procedentes de ensayos clínicos, la eficacia de estos medicamentos a base de plantas es plausible y hay datos que demuestran que llevan utilizándose así de manera segura, al menos, 30 años (incluidos los últimos 15 años en la UE). No se ha establecido su uso en niños menores de 12 años, por no disponerse de datos adecuados. Hay que tener en cuenta que no existen leyes que regulen su fabricación estandarizada.

• Valeriana (Valeriana officinalis). Se ha sugerido que la valeriana interactúa con el neurotransmisor GABA y que esta interacción es dosis dependiente. Disponible en forma sólida o líquida para tomar por vía oral.

• Amapola de California (Eschscholzia californica Cham.). Efecto sedante y ansiolítico, posiblemente relacionado con la afinidad por los receptores GABA. Disponible en forma sólida por vía oral y con frecuencia se asocian a otros productos herbales sedantes (raíz de valeriana, melisa, pasiflora).

• Lavanda (Lavandula angustifolia). La exposición a aceite esencial de lavanda disminuye la actividad motora, el periodo de latencia del sueño y prolonga la duración del sueño.

• Pasiflora (Passiflora incarnata). Presenta una afinidad por el receptor GABA-A. Suele presentarse como infusiones de hierbas para beber o en forma sólida o líquida para administrar por la boca.

Función del pediatra de Atención Primaria

La prevalencia de insomnio y trastornos de sueño en general, en la población pediátrica, es tan elevada, y sus consecuencias tan importantes para el niño y su familia, que el pediatra de Atención Primaria (PAP) debe estar lo suficientemente concienciado y formado en los problemas de sueño.

Es papel del PAP preguntar por el sueño en las revisiones periódicas de salud del niño sano y también de forma oportunista, no de forma general, sino en detalle, por ejemplo, utilizando los test de cribados disponibles.

El diagnóstico de insomnio es clínico, puede ser realizado en Atención Primaria, sin más herramientas que una adecuada historia clínica, exploración física y agenda de sueño. Además, el tratamiento debe ser integral, teniendo en cuenta al niño y su familia, y la dimensión bio-psico-social del problema(7). El PAP es la persona indicada para acompañar a la familia en el recorrido terapéutico, por su cercanía y facilidad de acceso. La Atención Primaria es el ámbito ideal para explicar y proponer pautas de mejora de higiene de sueño y del ambiente que rodea el sueño.

Si es necesario, el tratamiento farmacológico, el PAP puede valorar la necesidad de administrar hierro oral si está indicado(7). Además, el Consenso sobre uso de melatonina en niños y adolescentes(26) y el Documento de Consenso de Insomnio en niños y adolescentes(7) avalan el uso de melatonina desde Atención Primaria como fármaco de primera elección en el insomnio de inicio. Si fracasa, asimismo desde Atención Primaria, se puede hacer prueba terapéutica con antihistamínicos de primera generación(7).

En casos de fracaso terapéutico o que se sospeche comorbilidad con otros trastornos de sueño o el trastorno tenga consecuencias muy graves sobre el niño o su familia, el PAP puede derivar al niño a la Unidad de Sueño que le corresponda.

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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26.*** Pin Arboledas G, Merino Andreu M, de la Calle Cabrera T, Hidalgo Vicario M I, Rodríguez Hernández PJ, Soto Insuga V M, Madrid Pérez J A. Consenso sobre el uso de melatonina en niños y adolescentes con dificultades para iniciar el sueño. An Pediatr (Barc). 2014; 81: 273.

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Bibliografía recomendada

- Pin Arboledas G, Soto Insuga V, Jurado Luque MJ, Fernández Gomariz C, Hidalgo Vicario MI, Lluch Rosello A, et al. Insomnia in children and adolescents. A consensus document. An Pediatr. 2016; 27: 30209-0.

Documento de consenso, elaborado por diversas sociedades científicas, para la actuación del pediatra ante el insomnio en la población infantojuvenil.

- Grupo de trabajo de la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria: Guía de Práctica Clínica sobre trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en el SNS: UETS N° 2009/8.

Guía de Práctica Clínica elaborada por diversas sociedades científicas, para la actuación sobre trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Se aporta una graduación de la evidencia científica existente que permite trasladar el conocimiento a la práctica clínica, incluyendo la descripción de las técnicas necesarias para el diagnóstico en cada uno de los niveles asistenciales.

- Pin Arboledas G, Merino Andreu M, de la Calle Cabrera T, Hidalgo Vicario M I, Rodríguez Hernández PJ, Soto Insuga V M, Madrid Pérez J A. Consenso sobre el uso de melatonina en niños y adolescentes con dificultades para iniciar el sueño. An Pediatr (Barc). 2014; 81: 273.

Documento de consenso, elaborado por diversas sociedades científicas, para conocer en qué situaciones se puede utilizar la melatonina, asimismo la dosis y cómo se debe utilizar.

Caso clínico

 

Lactante de 18 meses de vida que acude a su visita, dentro del programa de revisión del niño sano, en su centro de Atención Primaria. Durante la visita, el niño se muestra irritable, con demanda constante hacia la madre, llora, no se entretiene con los juguetes que se le ofrecen. La madre se ve cansada, nerviosa y desesperada, ya que tanto ella como su marido no pueden dormir debido a que su hijo se despierta hasta 10 veces por noche, muy inquieto, gritando y llorando hasta que lo cogen y lo mecen en brazos hasta que se duerme o bien se lo llevan a su cama.

 

 

 

Organización funcional del sistema circadiano humano. Desarrollo del ritmo circadiano en el niño.Alteraciones del ritmo vigilia-sueño. Síndrome de retraso de fase

J.A. Madrid*, G. Pin Arboledas**, M.C. Ferrández Gomariz***
Temas de FC


J.A. Madrid*, G. Pin Arboledas**, M.C. Ferrández Gomariz***

*Laboratorio de Cronobiología. IMIB-Arrixaca, Universidad de Murcia. CIBERFES, Instituto de Salud Carlos III. España. **Coordinador Unidad Pediatría Integral y Unidad de Sueño. Hospital Quironsalud. Valencia. ***Pediatra de Atención Primaria. Tenerife. Grupo de sueño de la SEPEAP

Resumen

El sistema circadiano está constituido por un conjunto de estructuras que generan, coordinan y sincronizan el ritmo de sueño-vigilia y el resto de los ritmos circadianos, tanto internamente como con el ambiente, sincronizando la fase de los diferentes ritmos con el ciclo de luz-oscuridad natural. Este sistema está compuesto por: marcapasos centrales, osciladores periféricos, un reloj molecular, retina, glándula pineal y vías de entrada y de salida de información. Durante el primer semestre de la vida, van apareciendo y madurando los diferentes ritmos circadianos en el lactante. Destaca la influencia de la interacción sincrónica madre-hijo como elemento preventivo de la cronodisrupción. En ese aspecto, el papel del pediatra de Atención Primaria, como educador sanitario, es de enorme importancia. Cada individuo tiene un ritmo circadiano endógeno; de tal manera que, según el momento de actividad y descanso, de dormir y despertar, pueden existir diferentes variaciones (cronotipos). Existe un cronotipo matutino que se duerme y se despierta muy temprano y que está más alerta, con más capacidad de trabajo y ejercicio por la mañana y un cronotipo vespertino en el que todos estos procesos se retrasan, ya que se duermen y se despiertan muy tarde. La mayoría de la población se encuentra en algún punto intermedio entre ambos cronotipos.

 

Abstract

The circadian system is constituted by a set
of structures that generate, coordinate and synchronize the sleep-wake rhythm and the rest of the circadian rhythms, both internally and with the environment, synchronizing the phase of the different rhythms with the natural light-dark cycle. This system is composed of: central pacemakers, peripheral oscillators, a molecular clock, retina, pineal gland and pathways to transmit the input and output signals. During the first semester of life the different circadian rhythms appear and mature in the infant. It is important to highlight the influence of synchronic mother-child interaction as a preventive element of chronodisruption. In this aspect, the role of the primary health care pediatrician as a health educator is of enormous importance. Each individual has an endogenous circadian rhythm, in such a way that depending on the moment of activity and rest, of sleep and awakening, different variations may exist (Chronotypes). There is a morning chronotype that falls asleep and wakes up very early and that is more alert, with more capacity for work and exercise in the morning and an evening chronotype in which all these processes are delayed because they fall asleep and wake up very late. The majority of the population is somewhere in between the two chronotypes.

 

Palabras clave: Ritmo circadiano; Sueño-vigilia; Cronotipo

Key words: Circadian rhythm; Sleep-wake; Chronotype

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 385 –395


Organización funcional del sistema circadiano humano.
Desarrollo del ritmo circadiano en el niño
.
Alteraciones del ritmo vigilia-sueño. Síndrome de retraso de fase

Organización funcional del sistema circadiano humano


La vida en la Tierra no se manifiesta de forma constante a lo largo del día. Los animales, las plantas e incluso los organismos unicelulares varían su actividad con un ritmo sincronizado al ciclo de rotación de 24 horas del planeta. Esto ocurre gracias a la presencia de un reloj circadiano que, en organismos superiores, debido a su complejidad, es considerado un auténtico sistema medidor del tiempo, el sistema circadiano.

El sistema circadiano está constituido por un conjunto de estructuras que generan, coordinan y sincronizan el ritmo de sueño-vigilia y el resto de los ritmos circadianos, tanto internamente (organizando los diferentes ritmos biológicos en el organismo y en cada una de sus células), como con el ambiente, sincronizando la fase de los diferentes ritmos con el ciclo de luz-oscuridad natural. Este sistema está compuesto por: un marcapasos central, osciladores periféricos, un reloj molecular, retina, glándula pineal y vías de entrada y de salida de información.

Marcapasos y osciladores circadianos

El núcleo supraquiasmático es el marcapasos central, pero todos los tejidos y órganos poseen su propio oscilador circadiano (osciladores periféricos).

El principal regulador de los ritmos circadianos son los núcleos supraquiasmáticos (NSQ), localizados en el hipotálamo anterior(1,2). La actividad eléctrica de cada neurona individual de los NSQ puede oscilar con un período de aproximadamente 24 h en respuesta a la actividad de un reloj molecular que comprende varios bucles de retroalimentación positivos y negativos, generados por la expresión rítmica de genes de reloj y sus proteínas correspondientes.

Las neuronas de los NSQ parecen organizarse en grupos o “clusters”, cuya actividad oscilante está internamente sincronizada, activándose cíclicamente con un periodo propio y ligeramente diferente a las 24 h. En el embrión, pueden aparecer ritmos circadianos como consecuencia de las señales sincronizadoras enviadas por la madre a través de la placenta; sin embargo, tras el nacimiento, este patrón circadiano es sustituido por un ritmo ultradiano. Esto ocurre como consecuencia de que cada cluster está desacoplado de los demás, lo que favorece la aparición del patrón ultradiano a partir de diferentes patrones circadianos desacoplados entre sí. Con la edad, aumenta progresivamente el grado de acoplamiento entre clusters, produciendo finalmente un patrón circadiano maduro. Por último, al final de la vida, de nuevo se produce un progresivo desacoplamiento, volviendo a emerger el patrón ultradiano(3). La actividad física y la exposición al ciclo natural de luz-oscuridad favorecen el acoplamiento interno en el NSQ.

Además del marcapasos central, todos los tejidos y órganos poseen su propio oscilador circadiano (osciladores periféricos) con una fase específica que, en condiciones fisiológicas, está orquestada por los NSQ. El mantenimiento de un orden temporal adecuado y preciso de los ritmos generados por diferentes osciladores circadianos es una condición necesaria para preservar un estado saludable. Sin embargo, bajo ciertas condiciones, los osciladores periféricos pueden desacoplarse del NSQ y se comportan como osciladores autónomos, generando su propia estructura circadiana. Esta característica apoya la teoría de que el sistema circadiano se comporta como una red resonante y no tanto como un sistema jerárquico. Los relojes periféricos permitirán que los tejidos y órganos individuales respondan de manera diferente a las señales generadas por el NSQ y reaccionen selectivamente a algunas señales ambientales, como el tiempo de alimentación.

Entradas al sistema circadiano: zeitgebers

El marcapasos circadiano debe ajustarse periódicamente por la acción de ciertos factores ambientales, denominados sincronizadores o zeitgebers.

La actividad de los NSQ es suficiente para que aparezcan los ritmos circadianos. Sin embargo, para que estos ritmos puedan sincronizarse con los ciclos ambientales, el marcapasos circadiano debe ajustarse periódicamente por la acción de ciertos factores ambientales, denominados sincronizadores o zeitgebers, que oscilan rítmicamente con un periodo de 24 horas y que, en conjunto, actúan como las entradas al reloj. Entre estos sincronizadores, el más importante es el ciclo de luz-oscuridad, aunque los horarios de las comidas, la actividad física, los horarios de sueño y los contactos sociales también actúan como sincronizadores(4).

La información fótica se transmite al NSQ a través del tracto retinohipotalámico, formado por axones originados en una subpoblación de células ganglionares de la retina, que no participan en la formación de imágenes conscientes. Estas células contienen un fotopigmento, melanopsina, cuya sensibilidad es máxima a la luz azul de 460-480 nm, que no está presente en bastones y conos(5). La presencia de estas células fotosensibles, que se proyectan al NSQ, explica por qué los ritmos circadianos de ratas ciegas (sin conos y bastones) permanecen sincronizados con el ciclo de luz-oscuridad ambiental(6).

Salidas del sistema circadiano: melatonina

Uno de los mediadores humorales del NSQ mejor caracterizados es la melatonina. Esta hormona interviene en la regulación del sueño y en los ritmos circadianos.

El NSQ utiliza: señales físicas (temperatura), neurales (conexiones selectivas del SNA simpático y parasimpático) y humorales (glucocorticoides y melatonina), para transmitir su información temporal a otras estructuras cerebrales que participan, por ejemplo, en la regulación del ritmo de sueño y vigilia. Uno de los mediadores humorales del NSQ mejor caracterizado es la melatonina. Esta hormona interviene en la regulación del sueño y en los ritmos circadianos y estacionales(7). Su síntesis está bajo una doble regulación, ya que responde a la estimulación noradrenérgica del NSQ, activada durante la noche subjetiva, pero a la vez, está sujeta a la acción inhibitoria directa de la luz. La producción de esta hormona muestra un ritmo circadiano marcado, con niveles plasmáticos bajos durante el día y con un pico durante la noche, independientemente de las características nocturnas o diurnas del organismo(8). Por lo tanto, la melatonina también se conoce como: “la hormona de la oscuridad”.

La melatonina ejerce numerosas funciones fisiológicas y muestra efectos pleiotrópicos en todo el organismo. Participa en la regulación de los ritmos circadianos mediante la modulación de la actividad eléctrica de los NSQ y mediante el ajuste de la fase del reloj circadiano. Estos efectos cronobiológicos de la melatonina están mediados por sus interacciones con los receptores de membrana MT1/MT2(9). Así, mientras la activación de MT1 modula la actividad eléctrica de los NSQ, parece que la de los receptores MT2 está implicada en el ajuste de fase de los ritmos. Efectos que dependen: del momento circadiano, la duración de la exposición y la sensibilidad de los receptores a la melatonina. Así, cuando la melatonina exógena se administra durante la tarde al comienzo de la noche, induce un avance en la fase del reloj circadiano; por el contrario, se observan retrasos en los ritmos circadianos, cuando la melatonina se administra al final de la noche o en las primeras horas del día. Además de su papel como cronobiótico(10), la melatonina tiene propiedades antitumorales, neuroprotectoras, inmunomoduladoras, antiinflamatorias y antioxidantes(9,11). Los efectos protectores de la melatonina frente al estrés oxidativo pueden estar mediados parcialmente por su interacción con la enzima quinona reductasa 2 y los receptores RORα, así como por su capacidad para actuar como un bloqueante directo de los radicales libres(12).

La actividad de los NSQ generando ritmos circadianos y su capacidad para responder a algunos de estos ritmos está estrechamente unida. Por ejemplo, los ritmos de sueño-vigilia se pueden considerar como una salida de los NSQ, pero, a su vez, este ritmo determina: la exposición a la luz, el tiempo de alimentación y el ejercicio físico, todos ellos considerados como zeitgebers del sistema circadiano. De acuerdo con Roenneberg(13,14), podemos llamar a estos ritmos, que son a la vez entrada y salida del sistema circadiano, zeitnehmers (del alemán “tomador del tiempo”). Además del ritmo sueño-vigilia, la melatonina y la actividad física pueden considerarse también como zeitnehmers.

El reloj molecular circadiano

Cada célula porta un reloj molecular interno que, gracias a la acumulación y degradación de ciertas proteínas, asegura la periodicidad de procesos tan importantes como el sueño o el hambre.

Tanto en los NSQ como en los relojes periféricos, cada célula se comporta como un oscilador circadiano autónomo. A nivel celular, los osciladores circadianos son el resultado de la existencia de ciclos de retroalimentación positivos y negativos, en los cuales los productos de la expresión de determinados genes (genes reloj) inhiben su propia transcripción, generando una ritmicidad de alrededor de 24 horas(15). Los principales componentes que se han identificado en el reloj de los mamíferos son: los genes Clock y Bmal1, como elementos positivos, y los genes Per (Per1, Per2 y Per3) y los criptocromos (Cry1 y Cry2), como elementos negativos(16).

El componente positivo del circuito de retroalimentación está integrado por las proteínas CLOCK y BMAL1, que heterodimerizan en el citoplasma y se trasladan al núcleo, donde activan la transcripción de genes reloj (Per, Cry, Rev-Erbα) y genes controlados por reloj (clock controlled genes o CCG), entre los que se incluyen: genes reguladores clave del ciclo celular y del metabolismo. Los CCG representan aproximadamente el 10% del genoma, dependiendo del tejido.

El circuito de retroalimentación negativa comprende los heterodímeros PER: CRY, que se translocan al núcleo donde suprimen su propia transcripción al inhibir la actividad de CLOCK y BMAL1. Mientras tanto, la proteína REV-ERBα suprime la transcripción de Bmal1 al unirse a los elementos que conforman la respuesta a Rev-erbα/ROR presente en su promotor. En consecuencia, los niveles de ARN de Bmal1 disminuyen, mientras que los de Per y Cry aumentan. Cuando los heterodímeros CRY: PER suprimen su propia transcripción a nivel nuclear (al actuar sobre CLOCK-BMAL1), también inhiben la transcripción de Rev-erbα, permitiendo que se active la transcripción de Bmal1.

La frecuencia aproximada de 24 horas del reloj molecular se deriva principalmente de modificaciones postraduccionales, como la fosforilación y la ubiquitinación, procesos que afectan la estabilidad y la translocación de los genes del reloj al núcleo. De esta manera, la caseína quinasa 1 épsilon (CK1ε) y la caseína quinasa 1 delta (CK1ð) son los factores críticos que modulan el funcionamiento del reloj. La importancia de estas modificaciones postraduccionales de los componentes del reloj queda demostrada por estudios que muestran que las mutaciones en CK1ε tienen un efecto sobre la periodicidad circadiana. CK1ε fosforila las proteínas PER, por lo que no están disponibles inmediatamente para formar dímeros, lo que lleva a un ciclo circadiano con un período más largo. Cuando este gen muta y la proteína muestra una actividad de fosforilación reducida, las proteínas PER se internalizan en el núcleo más rápidamente, acortando el ciclo (Fig. 1).

Figura 1. Esquema del funcionamiento del reloj molecular. A. Durante la noche, los factores de transcripción BMAL1 y CLOCK se unen a una secuencia de ADN E-BOX favoreciendo la expresión de los genes reloj Per y Cry. B. Estos genes dan lugar a la síntesis de las proteínas PER y CRY, que dimerizan espontáneamente y se acumulan en el citoplasma de la célula. C. Al comenzar el día, los dímeros PER-CRY translocan al interior del núcleo donde producen el desacoplamiento de BMAL1 y de CLOCK, de modo que dejan de expresarse los genes Per y Cry. D.Al final del día, los dímeros PER-CRY son degradados y comienza un nuevo ciclo mediante el acoplamiento de BMAL1 y de CLOCK. Estos factores de transcripción no solo regulan la expresión de genes reloj, sino que también modulan la expresión de aproximadamente un 10-20% de todo el genoma de las células, lo que permite organizar sus actividades siguiendo un orden temporal preciso. J.A. Madrid. Laboratorio de Cronobiología, Universidad de Murcia 2018©

Cronodisrupción

La alteración mantenida en el orden temporal interno de los ritmos de variables fisiológicas, bioquímicas y comportamentales es causa de la aparición de diversas patologías.

Con el término “cronodisrupción” (CD) o disfunción circadiana, se denomina la alteración mantenida en el orden temporal interno de los ritmos de variables fisiológicas, bioquímicas y comportamentales, que es causa de la aparición de diferentes patologías o que predispone a ellas, no necesariamente relacionadas con el sueño. También se considera CD: la alteración persistente de la relación normal de fase entre los ritmos circadianos y los ciclos ambientales de 24 h. Entre las patologías que aparecen o empeoran en relación con la CD se encuentran: la obesidad, la diabetes, la hipertensión, el insomnio, los trastornos cognitivos y afectivos, ciertos tipos de cáncer, como el colorrectal, el de mama y el de próstata, el envejecimiento acelerado y el deterioro del sistema inmunitario(4). En el caso de la población joven, la CD se asocia a estados depresivos, distimia y falta de motivación.

Desde un punto de vista práctico, la CD se detecta como una reducción de la amplitud de los ritmos, a veces, incluso como la pérdida total de los mismos, mientras que en otros casos, se caracteriza por una desincronización interna, que es un desfase anómalo entre diferentes ritmos que deben mantenerse sincronizados entre sí, para que los procesos fisiológicos se mantengan inalterados.

Una de las causas de CD está relacionada con la privación de sueño o con la alteración en el momento en el que este ocurre. Tal y como se ha publicado recientemente en la revista Science(17), el sueño dirige uno de los ritmos cerebrales de mayor amplitud: el de la activación del sistema linfático, responsable de la retirada de componentes químicos y estructurales (beta-amiloide, alfa-sinucleína…). Para que este proceso sea eficaz, es necesario un tiempo y profundidad mínimo de sueño.

Desarrollo del ritmo circadiano en el niño


Introducción

El ambiente en la que un animal es criado en sus primeras etapas vitales, puede tener un fuerte impacto en sus ritmos circadianos durante su vida posterior.

En la vida intrauterina hay evidencias del inicio del funcionamiento del marcapasos endógeno, así como de la aparición tanto del sueño tranquilo como del sueño activo, durante las últimas 10 semanas de la gestación(18). A pesar de ello, los ritmos circadianos de la madre predominan y trasmiten las variaciones al feto, de manera que desde el tercer trimestre del embarazo y las primeras semanas de vida extrauterina, el sistema circadiano inmaduro del feto y del lactante se sincroniza con el medio ambiente a través de las influencias maternas. Esta influencia materna va cediendo su influjo a lo largo del tiempo de manera progresiva, mientras se incrementan las influencias del medio ambiente, especialmente de la luz en un ser humano que nace con unos ritmos escasamente desarrollados, debido a la inmadurez de los sistemas neurológicos de control.

En general, al inicio de la vida extrauterina, los ritmos predominantemente son ultradianos. Posteriormente, y mediante el estudio de los patrones de actividad/inactividad de manera continua con la técnica de monitorización ambulatoria de actigrafía, se ha podido detectar un ritmo circadiano a la edad postconcepcional de 34 semanas.

Con la misma técnica de monitorización y mediante estudios longitudinales de la díada madre-lactante, a la edad de 3, 6, 9 y 12 semanas se ha detectado el establecimiento de un ritmo circadiano alrededor de las 12 semanas de vida; de manera que, en general, durante estas 12 primeras semanas de vida, los ritmos circadianos del lactante que gobiernan diferentes funciones fisiológicas adquieren su mayor desarrollo.

Los padres como marcadores externos principales

En el desarrollo de estos ritmos circadianos del lactante, son de vital importancia los patrones de actividad que constituyen la representación crítica de la sincronía fisiológica de la pareja madre-hijo, como predictores de la autorregulación posterior del lactante. La madre se constituye en el primer “zeigeber” del lactante y puede manipular el medio ambiente donde este se desarrolla, especialmente la exposición a la luz y, al mismo tiempo y de manera recíproca, la actividad del lactante modifica los ritmos circadianos de la madre.

Esta interacción sincrónica madre-hijo es un precursor básico de la organización e integración fisiológica, cognitiva, emocional y conductual del lactante y, especialmente, de sus ritmos circadianos. En ese sentido y con estudio mediante actigrafía, la correlación postnatal precoz adecuada y rítmica entre madre e hijo se asocia a un tipo de patrón diurno rítmico del niño, mientras que alteraciones en esta sincronización, se relacionan con dificultades de alimentación y a un desarrollo de ritmos circadianos y patrón de sueño erráticos.

Pocos estudios han examinado el desarrollo longitudinal de los ritmos circadianos del lactante, así como los cambios paralelos que se producen en los ritmos circadianos de la madre o la coordinación entre ambos, a pesar de que la coordinación temporal del lactante y su madre representa un claro ejemplo de sincronía biológica, un elemento básico para una adecuada interacción entre ambos y uno de los fundamentos de la capacidad de autorregulación del lactante. Durante las primeras etapas de la vida, el binomio madre-hijo es un claro ejemplo del concepto de “sistema adaptativo complejo” , constituyendo una red dinámica de sistemas que actúan en paralelo de manera interconectada y que se complementan mutuamente; de manera que, un sistema (el niño) no puede ser entendido sin la presencia del otro (la madre) y sus interrelaciones.

Así pues, los ritmos del sueño varían según el ambiente en el que se desarrolla el niño y según los ritmos trasmitidos por los cuidadores. Así, se ha estudiado el desarrollo del ritmo circadiano de vigilia/sueño mediante actigrafía realizada en lactantes con el mismo ambiente, pero con ritmos externos regulares o ritmos externos irregulares. A las 27 semanas, el patrón diurno de vigilia/sueño está bien establecido en los dos. Posteriormente, en el lactante, en el que desde su nacimiento se mantiene un determinado ritmo de alimentación, exposición a la luz…,aparece el patrón circadiano estable muy rápidamente, mientras que en el lactante en el que, por diversas razones, los ritmos exteriores son más irregulares, se retrasa la aparición del ritmo circadiano diario. A pesar de que en la semana 27 ya aparece un patrón nictameral, la variabilidad de los ritmos vigilia/sueño en el lactante con ritmos exteriores irregulares es mayor. De manera que, la maduración de los patrones es diferente como respuesta a la irregularidad de los ritmos externos, si bien desconocemos la varianza de la aparición del ritmo circadiano atribuible a las diferencias genéticas y/o al comportamiento ambiental(19). Teniendo en cuenta estos factores, la mayoría de los estudios coinciden en que el desarrollo de los ritmos de sueño-vigilia y de temperatura durante las 24 horas se desarrollan aproximadamente desde la edad de tres meses, con una disminución significativa de la media de 24 horas de la temperatura de la piel a los 3 meses de edad y la aparición de ritmo de temperatura entre las 10 y las 12 semanas de edad, disminuyendo los ritmos ultradianos y aumentando paulatinamente los componentes circadianos hasta alcanzar a los 5-6 meses de edad un ritmo circadiano de una manera paralela a la maduración de determinadas estructuras del Sistema Nervioso Central y previa al establecimiento del ritmo circadiano de la vigilia/sueño.

Cronología de la consolidación de los diferentes ritmos circadianos

En la figura 2, se muestra la edad de consolidación de diferentes ritmos circadianos en el lactante desarrollado en un ambiente rítmico.

Figura 2. Edad media de consolidación de los diferentes ritmos circadianos. Tomada con permiso de: Ardura J, et al. Desarrollo del sistema circadiano en el R.N. En: Cronobiología Básica y Clínica. Ed: J.A. Madrid, A. Rol del Lama. Editec@Red, Madrid 2006.

La influencia de factores externos (tipo de alimentación, desarrollo del vínculo, horas y momento de la exposición a la luz y el tipo de la misma…) están todavía por dilucidar, aunque es de suponer que su relevancia no será pequeña.

Los ritmos circadianos de los prematuros son menos robustos que los que muestran los controles de la misma edad cronológica, caracterizándose por presentar una menor regularidad, mayor fragmentación y menor amplitud que los controles. Sin embargo, la mayoría de estas diferencias desaparecen cuando se corrige la edad de los prematuros, con la excepción de la persistencia del adelanto de la hora del sueño nocturno al mes y los tres meses y de la hora de la siesta a los seis meses observada en los prematuros(20).

Conclusión

Si bien, el desarrollo de los ritmos circadianos es innato y endógeno, el papel materno como elemento zeitgeber durante el último trimestre del embarazo, junto con el entorno durante los primeros 4-6 meses de edad, es básico para el buen desarrollo de la ritmicidad del lactante. El pediatra de Atención Primaria, como educador sanitario, es un elemento básico de prevención de la cronodisrupción.

Alteraciones del ritmo vigilia-sueño


Cronotipos

Cada individuo tiene un ritmo circadiano endógeno; de tal manera que, según el momento de actividad y descanso, de dormir y despertar, pueden existir diferentes variaciones (cronotipos). Existe un cronotipo matutino, que se duerme y se despierta muy temprano y que está más alerta, con más capacidad de trabajo y ejercicio por la mañana, y un cronotipo vespertino, en el que todos estos procesos se retrasan, ya que se duermen y se despiertan muy tarde. El cronotipo influye en los hábitos y estos pueden inducir adaptaciones metabólicas. La mayoría de la población se encuentra en algún punto intermedio entre ambos cronotipos(21).

Alteraciones del ritmo circadiano

Vivimos en un entorno cíclico de 24 horas y, por lo tanto, casi todos los seres vivos presentan ritmos de 24 horas en sus funciones, pero los ritmos biológicos son endógenos, por lo que en cada ser vivo existe una estructura capaz de organizar las funciones fisiológicas del organismo en función del ciclo día-noche y que tiene la capacidad de sincronización para adaptarse a las condiciones ambientales y adoptar el mismo periodo que el medio ambiente (relación estable de fase), pero si existe una alteración en los sistemas de mantenimiento del tiempo circadiano, podemos encontrarnos con diferentes tipos de problemas de sueño de origen circadianos, como es: el síndrome de retraso de fase (SRF), relativamente frecuente en edad pediátrica, que puede ir o no acompañado de jet lag social y que se desarrollará extensamente en el siguiente apartado. Otros trastornos circadianos, más propios de la edad adulta, son: el síndrome de avance de fase, que consiste en que la persona no puede mantenerse despierta en horarios vespertinos y nocturnos en donde la mayoría de la gente aún está activa, de manera que se duerme pronto, mientras que se despierta en la madrugada sin poder volver a conciliar el sueño; el trastorno del ritmo de sueño irregular; ritmo diferente a las 24 horas (o ritmo en curso libre, propio de invidentes, patología prequiasmática); trabajo por turnos… jet lag social(22). En la figura 3, se muestran los principales trastornos de sueño de origen circadiano.

Figura 3. Principales trastornos de sueño de origen circadiano. Para cada alteración cronobiológica, se muestra: el perfil de melatonina (línea roja), el periodo de sueño (barra naranja), la fase de oscuridad (rectángulo azul oscuro y la fase de luz (rectángulo amarillo). La corrección de los trastornos de sueño de origen circadiano requiere la sincronización previa del sistema circadiano. Forzar el inicio de sueño sin una corrección cronobiológica puede derivar en un insomnio psicofisiológico (en el caso del retraso de fase).

El síndrome de retraso de fase (SRF)

El Síndrome de la Fase del Sueño Retrasada (SFSR), conocido en inglés como Delayed Sleep Phase Syndrome (DSPS) o Delayed Sleep Phase Disorder (DSPD) se define como: la presencia de un tiempo de inicio y finalización del sueño retrasado más de dos horas en relación con los tiempos de sueño aceptables social o convencionalmente (en el SRF, el inicio del sueño suele ser entre las 23,30 y las 5,30). Existe dificultad para dormir en las horas aceptadas socialmente, pero una vez el sueño se inicia, este es de características normales. Con frecuencia, presentan problemas socio-laborales-escolares, ya que sus horas más activas en los aspectos físico e intelectual suelen ser después de la medianoche(22).

El SRF fue descrito por primera vez en 1981, por el doctor Elliot D. Weitzman y su equipo del Montefiore Medical Center, en 30 de 450 pacientes atendidos por insomnio primario y en los que se había probado distintos tratamientos sin éxito(23).

Es difícil conocer la prevalencia del síndrome de retraso de fase, debido a diferentes criterios de definición, diagnóstico y método de evaluación, así como ubicación geográfica o factores socioeconómicos y culturales, aunque el trastorno se considera más prevalente en los adolescentes, variando según los diferentes estudios entre un 3,3 y un 8,4%(24).

Fisiopatología

En la adolescencia, se dan una serie de circunstancias que favorecen la pérdida de horas de sueño y que convierten a los adolescentes en un grupo de edad con déficit crónico de sueño.

Diferentes factores pueden estar implicados, tanto conductuales y psicológicos como biológicos, entre estos últimos, fundamentalmente: la genética, las respuestas individuales a la luz y la homeostasis del sueño.

Entre los factores genéticos, se han descubierto una serie de mutaciones en diferentes genes circadianos que podrían estar involucrados. Se ha descrito una forma hereditaria en la que existe una variación de codificación dominante en el gen del reloj circadiano central (mutación en el gen CRY1 clock, que crea un inhibidor transcripcional con afinidad mejorada para las proteínas activadoras circadianas Clock y Bmal1) y se alarga el período de los ritmos circadianos.

Algunos investigadores han sugerido que la fisiopatología puede implicar un período circadiano intrínseco más largo que el habitual, que es de aproximadamente 24 horas, además de un retraso en la secreción endógena de melatonina.

Otras explicaciones se basan en anomalías en la curva de fase de respuesta a la luz. Así, por ejemplo, tanto la hipersensibilidad retiniana a la luz vespertina o a la matutina que retrasan o adelantan el ritmo circadiano, respectivamente, podrían ser alguno de estos factores.

Otros factores de riesgo asociados tienen que ver con la edad y el género. La tendencia a acostarse tarde y dormir más los fines de semana es común en los adolescentes, y más entre los varones que entre las chicas. Algunos estudios han mostrado que la aparición del SRF es rara entre las personas mayores y que los pacientes diagnosticados de SRF señalaron el inicio de sus síntomas durante la niñez o adolescencia. En este sentido, existe una tendencia fisiológica al retraso de fase que antecede incluso al inicio de la pubertad.

Entre los cambios que existen al llegar a la adolescencia, quizás uno de los más importantes es el de las características de su sueño. El preadolescente tiende a dormirse a una hora relativamente temprana y con una latencia de sueño generalmente corta, pero cuando empieza la pubertad el ritmo vigilia- sueño se retrasa y la latencia de sueño se alarga.

A medida que maduran los estadios de Tanner, suceden algunas cosas importantes en la fisiología del sueño: las necesidades de sueño permanecen constantes, pero la duración de cada estadio de sueño varía a lo largo de la maduración de los estadios(25-27).

Aspectos de la organización familiar: los adolescentes están en una etapa en la que necesitan momentos para estar solos sin que nadie los moleste y esto solo pueden darse una vez que sus padres ya se han acostado. Solo en el 9% de los adolescentes de 14 años, los padres continúan controlando los horarios de acostarse en los días escolares.

Los horarios no coinciden con su fase circadiana: nuestra sociedad transmite la sensación al adolescente de que dormir es perder el tiempo y oportunidades para hacer cosas, haciendo más difícil que el adolescente entienda y acepte los cambios biológicos y sus necesidades de sueño. El 40% de los adolescentes españoles dispone de algún tipo de aparato electrónico (TV, ordenador, tablet, móvil o consola en su dormitorio).

Aspectos grupales: tienden a hacer lo mismo que el resto, lo que está de moda. Cuando los adolescentes y/o su ambiente no entienden estos cambios fisiológicos y se resisten o los ignoran, presentan problemas para ajustarse a su nuevo ritmo biológico(28).

Clínica

En el adolescente, el periodo del reloj biológico tiende a alargarse: su día no es de 24 horas, sino de 25 o más, mientras sus horarios escolares generalmente permanecen estables o incluso se adelantan.

Entre las características del sueño del adolescente que se asocian al SRF, se encuentra el inicio de sueño tardío de manera persistente, generalmente después de medianoche. Con frecuencia, el adolescente es calificado de “vago”, ya que se resiste a levantarse, muestra un rendimiento deficitario a nivel escolar de concentración y bajo estado de ánimo.

El retraso en su reloj biológico justifica su gran dificultad para despertarse a la hora requerida, para realizar actividades sociales y/o académicas, con disminución del nivel de alerta por las mañanas, y la dificultad persistente para iniciar el sueño en una hora más temprana. Aunque esporádicamente consigan dormirse a una hora más temprana, su tendencia al retraso de fase se mantiene, hecho que se observa especialmente durante los fines de semana, en los que su sueño se retrasa y alarga su duración, fenómeno conocido como jet lag social.

Con frecuencia, muestra una sintomatología propia de insomnio si se le obliga a acostarse a una hora temprana, somnolencia diurna excesiva por el déficit crónico de sueño y escasa dificultad para mantener la continuidad del sueño.

Para el diagnóstico, son precisas una serie de circunstancias que se exponen en la tabla I.

Diagnóstico diferencial

Es fundamentalmente con el insomnio (insomnio aprendido secundario a las dificultades para iniciar el sueño), síndrome de piernas inquietas, mala higiene de sueño, estilo de vida, fobia escolar, alteración psiquiátrica: depresión, ansiedad (v. algoritmo al final del artículo).

Tratamiento

El objetivo general en el tratamiento de este trastorno es lograr la resincronización entre el ritmo endógeno y el horario socialmente aceptable para dormir.

El primer paso del tratamiento es educar sobre una correcta higiene del sueño, favorecer cambios saludables en el estilo de vida y tratar las comorbilidades psiquiátricas y médicas, si las hubiere.

Y, aunque el nivel de evidencia no sea alto, los pilares del tratamiento son: la higiene de sueño, el uso controlado de zeitgebers (el más importante es la luz), la cronoterapia y el uso de melatonina(24). Las recomendaciones de la guía de práctica clínica se exponen en la tabla II.

A la hora de planificar el tratamiento, es necesario determinar, mediante agendas de sueño realizadas durante dos semanas con horario libre (días libres sin necesidades laborales/ escolares y sin despertarlos): la fase de sueño (fracción del ritmo que transcurre a partir de un momento convencional), la temperatura corporal mínima (TCM), que suele aparecer aproximadamente 2 horas antes del despertar, así como el momento de inicio de la secreción de melatonina bajo luz tenue (DLMO), que se puede realizar mediante la detección de melatonina salivar, y que suele ser aproximadamente 2-3 horas antes del inicio del sueño.

La forma práctica de aplicar la luminoterapia es: exposición lumínica durante 1- 2 h empezando 1 hora después de la TCM. Se puede ir avanzando la exposición lumínica media hora cada día o cada dos días, hasta alcanzar la hora deseada. Una vez alcanzada la hora deseada, se mantiene la terapia lumínica, al menos, 7 días (incluido fin de semana). La luz del sol suele ser la más eficaz. En invierno, se puede utilizar luz de lámparas ricas en espectro azul (la luz amarilla no contribuye al avance de fase).

La cronoterapia consiste en retrasar o adelantar progresivamente la hora de acostarse hasta que se alcanza la hora deseada. Al avanzar la hora de despertar, no suele producirse de manera inmediata un avance en la hora de inicio de somnolencia, así que durante el inicio de la terapia, el paciente estará con déficit de sueño y somnolencia diurna. Se recomienda que no se hagan siestas; si no hay más remedio, se permitirá una siesta de no más de 15 minutos, al menos, 6 horas antes de la hora de acostarse (las siestas de 10 minutos alivian la somnolencia por un período de 3 horas, sin interferir en el sueño nocturno).

Para la administración de melatonina hay que tener en cuenta, entre otros factores, la hora circadiana. En la tabla III, se expone una guía orientativa para su uso.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

- Cronobiología Básica y Clínica. Ed: J.A. Madrid, A. Rol del Lama. Editec@Red, Madrid 2006.

Se trata de un libro elaborado por el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Murcia, que explica con un lenguaje asequible a los no cronobiólogos los puntos básicos de la Cronobiología.

- Matilde Zornoza. Influencia de la diabetes gestacional en el desarrollo psicomotor y la regulación de los ritmos circadianos durante el primer año de vida. Tesis Doctoral. Universidad de Murcia. 2014.

El objetivo de esta tesis doctoral se centró en conocer, si el neurodesarrollo y la regulación de los ritmos circadianos de los niños pueden estar influidos por la presencia de diabetes gestacional materna (GDM). Además, se desarrolló una técnica para el registro del ritmo circadiano de temperatura periférica en recién nacidos.

- Silvia Fuentes Hernández. Estudio de maduración de los ritmos circadianos de temperatura y movimiento en prematuros, como marcadores precoces del desarrollo neurológico. Tesis Doctoral. Universidad de Murcia. 2017.

Tesis doctoral que valora la aparición de los ritmos circadianos en el pretérmino, según el ambiente en el que se desarrolla.

Caso clínico

 

Los padres de un niño de 13 años consultan porque va mal en clase, la profesora cree que tiene algún problema (¿déficit de atención?), ya que lo encuentra despistado y, a veces, se duerme en clase. En la última evaluación, ha suspendido 4 asignaturas y lo encuentran algo decaído, menos hablador. Creen que esto se debe al cambio de amigos y a que está todo el día con el móvil. Consideran que tiene un cambio importante de conducta y quieren que se derive al psicólogo.

En la anamnesis realizada al paciente, este nos cuenta que últimamente le cuesta mucho levantarse, se encuentra cansado, tiene la primera clase a las 8, es de matemáticas y no se entera mucho. Come bien, hace ejercicio (algo más que antes, ya que quiere aumentar la musculatura). No ha estado enfermo en los últimos meses. No toma ningún tratamiento. No consume nada. Desde hace un tiempo (no recuerda), cuando se va a acostar no tiene sueño y aprovecha para ver cosas en internet, chatear con los amigos o ver alguna película en la TV de su cuarto. El padre nos cuenta que a él le cuesta dormirse.

La exploración física es normal. La analítica general que incluye: estudio de hierro y hormonas tiroideas es normal. También se solicita una Agenda de sueño (insistimos en que sea agenda libre durante 2 semanas y que incluya los fines de semana), se le proporciona la agenda que incluye actividad física y uso de tecnología (Fig. 4).

Figura 4. En esta agenda, vemos como inicia el sueño entre la 1:00 y las 2:00 h, no se despierta durante toda la noche. En el tiempo que ha estado haciendo esta agenda, se levanta descansado y bien, pero este horario es incompatible con su actividad normal de clase. Cuando empiece la clase nuevamente, no se podrá levantar a las 12:00 h. También se observa un uso constante de tecnología antes del inicio de sueño, así como ejercicio físico en las horas previas al mismo.

 

 

 

 

Herramientas diagnósticas. Nuevas tecnologías. Educación de los hábitos de sueño. Medidas preventivas en familia

J.M. Ademà Alcover, E. Esteller Moré, E. Matiñó Soler, R. López Diu, G. Pedemonte Sarrias, J.C. Villatoro Sologaistoa
Temas de FC


M. Pla Rodríguez1, A. Navarro Albert2, A. Lluch Roselló3, J. Albares Albares4

1Adjunta de Pediatría H. Dr. Peset de Valencia. Integrante grupo trabajo sueño SEPEAP. 2Residente de Pediatría Hospital Dr. Peset de Valencia. Integrante grupo trabajo sueño SEPEAP. 3Pediatra de Atención Primaria Valencia. Grupo trabajo sueño SEPEAP.4Director médico Medicina del Sueño Doctor Albares. Unidad del Sueño Centro Médico Teknon

Resumen

Dormir es una función esencial para restablecer el equilibrio físico y psíquico de nuestro organismo, con el fin de poder llevar a cabo nuestra actividad diaria.
Es tal la importancia, que el ser humano invierte aproximadamente 1/3 de su vida en dormir. En la edad pediátrica aún cobra más importancia, ya que se trata de una etapa vulnerable de crecimiento y desarrollo constante, que puede verse afectado si existe cualquier tipo de trastorno del sueño. Por ello, es importante educar a los padres en aspectos del sueño y ofrecerles consejos sobre higiene del sueño en las diferentes edades. Aunque la prevención es el mejor instrumento, en ocasiones, aparecen trastornos del sueño y es labor del pediatra de Atención Primaria, por todas las consecuencias negativas que acarrea, detectarlo y tratarlo de forma precoz, contando para ello con una serie de herramientas diagnósticas sencillas y de fácil uso en la consulta.

 

Abstract

Sleep is an essential function to restore the physical and psychic balance of our body in order to carry out our daily activity. Such is its importance, that humans spend approximately 1/3 of their life sleeping. It is even more important in the pediatric age, since it is a vulnerable stage of growth and constant development which can be affected if there is any type of sleep disorder. Therefore, it is important to educate parents on sleep aspects and offer advice on sleep hygiene at different ages. Although prevention is the best instrument, sleep disorders sometimes appear and, considering all the negative consequences that they entail, it is the function of the Primary health care pediatrician to detect and treat them early, counting with a series of simple and easy diagnostic tools.

 

Palabras clave: Trastornos del sueño; Cuestionarios de sueño; Educación; Prevencion

Key words: Sleep disorders; Sleep questionnaires; Education; Prevention

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 372 – 384


Herramientas diagnósticas. Nuevas tecnologías. Educación de los hábitos de sueño. Medidas preventivas en familia

Introducción

Los problemas y/o alteraciones del sueño son frecuentesen Pediatría. Su prevención primaria incluye: explicar a los padres los patrones normales del sueño y facilitarles recomendaciones para su adecuada maduración en función de la edad del niño.

Los problemas y/o alteraciones del sueño son frecuentes en la edad pediátrica, sin embargo, se encuentran infradiagnosticados. Esto es debido a la falta de reconocimiento por parte del pediatra o porque la consulta de los padres depende en gran medida de la tolerancia con la que estos afronten el problema.

De manera general, en niños menores de cinco años, se estima que, aproximadamente, un 30% presentan problemas y/o alteraciones del sueño y menos de un 50% de los menores de un año son capaces de conciliar el sueño de manera autónoma. La educación de los hábitos del sueño desde el nacimiento es la mejor medida preventiva ante las alteraciones del sueño. Debemos tener en cuenta que una vez instaurada la alteración, corregirla va a ser mucho más complicado que tratar de prevenirla.

Para educar en el sueño, es necesario conocer que, al igual que existen unos hitos del neurodesarrollo, también podemos hablar de unos “hitos del sueño”. A medida que el niño crece, disminuye el porcentaje de tiempo de sueño y madura la arquitectura del mismo. Durante el primer año de vida, conforme se produce la maduración neuronal y disminuye la necesidad de ser alimentados frecuentemente, se establece el ritmo vigilia-sueño con un sueño nocturno de hasta 5 horas a los 6 meses de edad. Por ello, es importante conocer las características del sueño en función de la edad del paciente y adaptar las medidas preventivas a cada franja etaria.

Una vez instaurado el problema/alteración del sueño y debido a la importante repercusión en el desarrollo bio­psicosocial del paciente y en la dinámica familiar, es indispensable el diagnóstico precoz y correcto abordaje. Para ello, el pediatra de Atención Primaria ejerce un papel fundamental en el diagnóstico precoz, apoyándose en el uso de herramientas diagnósticas como los cuestionarios de cribado.

Herramientas de prevención y diagnósticas

Existen dos tipos:

• Herramientas de prevención.

• Herramientas diagnósticas básicas de cribado.

Herramientas de prevención

Es fundamental fomentar la educación en el ámbito del sueño, explicándoles a los padres los patrones normales de sueño según la edad del niño y dar información sobre hábitos correctos del sueño(1). A continuación, enumeraremos unas pautas de higiene generales (Tabla I) para, posteriormente, abordar dichas medidas preventivas en función de la edad del niño (Tabla II).

 

Menores de 2 meses

Los padres deben saber reconocer el “sueño activo” característico de esta edad para NO interrumpirlo. Es momento de no realizar prácticas inadecuadas que puedan predisponer al desarrollo de problemas y/o trastornos del sueño.

• Es conveniente saber que hasta los 2 meses de edad, la arquitectura del sueño es diferente, existiendo un sueño activo (el equivalente al posterior sueño REM) y un sueño tranquilo (equivalente al sueño NO REM). A diferencia de lo que ocurre en el sueño REM del adulto, caracterizado por una atonía muscular, en el sueño activo del bebé existen movimientos musculares, incluso emisión de quejidos. Este tipo de sueño es normal y debe conocerse para NO interrumpirlo. Suele durar unos 30-40 minutos para posteriormente entrar en un sueño más profundo, el “sueño tranquilo”(2).

• El niño puede dormirse piel con piel o en brazos de un cuidador, al contrario de lo que se recomendaba con anterioridad, cuando se indicaba dejar al niño en la cuna somnoliento, pero despierto para que aprendiera a dormirse solo. Sin embargo, sigue siendo totalmente desaconsejable el mecimiento para no favorecer el desarrollo de insomnio por asociaciones inadecuadas. Ello es debido a que durante el sueño existen microdespertares fisiológicos cada 60-90 minutos al final de cada ciclo y tras los cuales nos volvemos a dormir. Si enseñamos al niño a asociar vigilia-mecimiento-sueño, este no será capaz de “autocalmarse” y volver a dormirse solo, demandando la atención de los padres mediante el llanto y acudiendo en su búsqueda cuando crezca. Es por ello que el insomnio por asociaciones inadecuadas suele manifestarse como despertares nocturnos prolongados(3).

• La medida de tratar de asociar comida a vigilia, estimulando al bebé durante las tomas, también ha quedado obsoleta, podemos dejarlo dormirse al pecho o con el biberón. Sin embargo, se mantiene la recomendación de que las tomas de la noche sean más cortas y aburridas, alimentándolo en silencio y con poco estímulo, pues esta toma será la que vaya desapareciendo a medida que el niño crece. Hay que enseñarle que “la noche es para dormir”(4).

• Puede ofrecerse el chupete una vez establecida adecuadamente la lactancia materna o desde el inicio si la lactancia es artificial, el reflejo de succión calma al bebé y lo relaja hasta la siguiente toma.

• Es muy recomendable que la madre siga los mismos horarios de sueño que el niño.

¿Colecho?

La decisión de dormir con los hijos debe ser una opción de los padres, en función de la cultura y los deseos de cada familia sobre la relación con sus hijos. A los profesionales de la salud, nos corresponde dar información sobre ciertas circunstancias que puedan suponer mayor riesgo para los niños si se practica el colecho, principalmente entre los menores de 6 meses de edad. El Comité de Lactancia Materna y el Grupo de Trabajo para el Estudio de la Muerte Súbita Infantil de la AEP, elaboraron en 2014, un documento de consenso de recomendaciones sobre el colecho, la lactancia materna y el síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL)(5):

• La forma más segura de dormir para los lactantes menores de seis meses es en su cuna, boca arriba, cerca de la cama de sus padres. Existe evidencia científica de que esta práctica disminuye el riesgo de SMSL en más del 50%.

• La lactancia materna tiene un efecto protector frente al SMSL y, por otro lado, el colecho es una práctica beneficiosa para el mantenimiento de la lactancia materna, pero también se considera un factor que aumenta el riesgo de SMSL, por lo que no debe ser recomendado en:

- Lactantes menores de tres meses de edad.

- Prematuridad y bajo peso al nacimiento.

- Padres que consuman tabaco, alcohol, drogas o fármacos sedantes.

- Situaciones de cansancio, especialmente de cansancio extremo, como el postparto.

- Colecho sobre superficies blandas, colchones de agua, sofá o sillones.

- Compartir la cama con otros familiares, con otros niños o con múltiples personas.

• Aquellos padres que deseen mantener una mayor proximidad con su bebé durante la noche, pueden optar por colocar la cuna al lado de la cama o utilizar una cuna tipo “sidecar” (superficie independiente adosada a la cama de los padres), que facilita la lactancia y no interfiere con la frecuencia de las tomas de pecho.

Un concepto diferente es el de colecho reactivo, aquel en el que el niño duerme con sus padres no como elección primaria de crianza, sino como reacción a la actitud del niño. Este tipo de colecho puede tener efectos negativos en el niño. Según la GPC, el colecho reactivo está correlacionado con irse a la cama más tarde, despertares nocturnos más tardíos y una duración del sueño más corta, lo que conlleva resistencia a la hora de acostarse, ansiedad y despertares durante el sueño y la consiguiente somnolencia diurna.

Entre 2-6 meses

Las rutinas y tranquilizar al niño antes de dormir mejoran la calidad del sueño.

• Aproximadamente, a partir de los 3 meses de edad, ya podemos comenzar a dejar al bebé en la cuna somnoliento, pero aún despierto, para que aprenda a dormirse solito. Esta medida ayuda a prevenir el insomnio por asociaciones inadecuadas(3).

• Esta es la edad en la que va desapareciendo la necesidad de ser alimentado con tanta frecuencia. La toma nocturna va siendo menos necesaria y ello contribuye a la maduración del sueño. Si el bebé no se despierta, no habrá que interrumpirle el sueño para alimentarlo; por el contrario, si se despierta y llora, tendremos que esperar cinco minutos e intentar calmarlo antes de ofrecerle la toma. “Llanto” no siempre equivale a “hambre”.

• Hasta los 6 meses de edad, y aún mejor durante el primer año, la AAP recomienda compartir la habitación, porque esto puede reducir el riesgo del SMSL hasta en un 50%, y es mucho más seguro que compartir la cama. Además, compartir la habitación facilitará alimentar, tranquilizar y cuidar a su bebé(6).

Entre 6 y 12 meses

A partir de los 6 meses, el ritmo circadiano ya está establecido, sin embargo, los despertares nocturnos son fisiológicos y habituales, use el objeto de transición.

• Instaurar una rutina presueño. Dejar en la cuna/cama somnoliento, pero aún despierto.

• Un niño sano a esta edad, como se ha ido comentando previamente, ya no precisa la toma nocturna, por tanto, debe suprimirse.

• Durante los primeros 8 meses, puede ser habitual y normal que el bebé se despierte por la noche, en ese caso, deberemos consolar al niño con caricias y frases cariñosas, alterando al mínimo el ambiente en el que se encuentre (no sacarlo de la cuna, no encender la luz, no alimentarlo…).

• A partir de los 6 meses de edad, puede plantearse que el bebé empiece a dormir en su propia habitación, manteniendo abierta la puerta del cuarto. Podemos presentarle un objeto de transición (peluche, mantita) como compañero de sueño.

Entre los 12 meses y 2 años

Hay que evitar las siestas tardías y/o prolongadas. Ante los despertares, transmita seguridad, no pierda la calma. Cada familia tiene su nivel de tolerancia y sus propias creencias: no hay sistemas buenos ni malos, solo diferentes.

• Mantener la rutina presueño, finalizarla siempre en el dormitorio.

• Es importante la regularidad de los horarios: la hora de levantarse y acostarse será aproximadamente la misma todos los días y se evitarán las siestas tardías y/o prolongadas.

• Proporcionar las condiciones ambientales adecuadas para facilitar el sueño: ambiente oscuro (algunos niños pueden necesitar una pequeña luz tenue)(3), temperatura agradable, no ruido… todo ello contribuye a evitar los despertares nocturnos.

• El niño debe continuar aprendiendo a dormir solo. A esta edad irse a dormir puede implicar una sensación de separación de los padres, favoreciendo la aparición de rabietas; de ahí, la importancia de establecer un “apego seguro”. El empleo de la rutina presueño es una actividad predecible que puede facilitar una buena separación y evitar que el niño responda con ansiedad. Si tiene rabietas hay que ser firmes y actuar siempre de la misma manera, estableciendo límites claros (una nana, un cuento…), intentar restarle importancia y transmitir el mensaje al niño de que le estamos enseñando a dormir solito y debe aprender a disfrutar de ello, el objeto transicional puede servir de ayuda.

• Si se saca al niño de la cama nunca aprenderá a dormirse solo. El sueño de los niños mayores que duermen con los padres es menos reparador (recuérdese lo mencionado anteriormente respecto al colecho reactivo).

Entre 2 y 5 años

Cuando el niño tenga dificultades para conciliar el sueño, se debe reflexionar sobre lo acontecido ese día y no chillarle ni ponerlo nervioso. Las siestas son necesarias. El niño debe dormirse en su cama.

• Mantener la rutina presueño, finalizarla siempre en el dormitorio.

• Durante 1-2 horas previas al sueño, se evitarán actividades vigorosas.

• Hasta los 2 años, un niño realiza dos siestas y, hasta los 5 años, una. La siesta más allá de esta edad, debe alertarnos de un problema del sueño. Es importante que con la incorporación del niño a la guardería/colegio se siga ofreciendo la posibilidad de mantener la siesta, evitando las tardías o prolongadas, pues podrían alterar el descanso nocturno.

• Si de modo esporádico existen dificultades para dormir, no hay que reñir o chillar al niño, sino transmitir seguridad y tranquilidad. Los padres pueden turnarse para atender las necesidades del niño durante la noche, si se “pierden los nervios” es mejor salir de la habitación y una vez serenos, atender al niño.

Adolescente

A esta edad existe un retraso de fase que puede asociarse a un insomnio psicofisiológico o condicionado. Es importante mantener la regularidad de los horarios y evitar actividades excitantes o vigorosas previo al descanso nocturno (en la habitación no debe haber ni TV, ni móviles, ni ordenadores…).

• En la edad escolar es cuando los niños presentan un mejor descanso nocturno. Sin embargo, en la adolescencia aparece de modo fisiológico el síndrome de retraso de fase(1,2). Ello es debido a que los adolescentes, a menudo, desarrollan un ritmo circadiano que es levemente más largo que 24 horas, lo que resulta en un retraso en el sueño y en el tiempo de despertar, con una adecuada calidad del mismo.

• Este fenómeno fisiológico puede generar ansiedad a la hora de dormirse por la dificultad que ello representa, hecho que se conoce como insomnio psicofisiológico o condicionado (ansiedad en torno a la dificultad para conciliar o permanecer dormido, que puede ser el primer síntoma de un trastorno de ansiedad más generalizado).

• Es importante explicar al adolescente y a sus padres este fenómeno. Las intervenciones para este tipo de alteración del ritmo circadiano incluyen las estrategias de sueño saludable descritas en la tabla II.

• Es especialmente importante alentar a los pacientes en las siguientes medidas:

- Mantener un horario regular en las horas de acostarse y las horas de despertarse, incluso el fin de semana.

- Crear un ambiente adecuado para dormir en cuanto a luz, temperatura y ruido. Es muy importante respetar el ciclo luz-oscuridad, la exposición a luz intensa por la mañana ayuda a adelantar la fase de sueño. Del mismo modo, el sueño debe conciliarse en un ambiente oscuro, pues la luz interfiere negativamente en la síntesis de melatonina. En este sentido, queda terminantemente prohibido el uso de pantallas (móvil, tabletas, ordenador, televisión) a la hora de irse a dormir.

- El ejercicio físico moderado-intenso deberá practicarse a ser posible por la mañana o al inicio de la tarde, evitando hacerlo en las 2 horas previas al sueño. En la escuela, deberá intentarse programar la clase de educación física a primera hora de la mañana y evitar las clases que requieran un mayor esfuerzo intelectual a esta hora.

- Evitar el consumo de alimentos/bebidas excitantes (chocolate, refrescos) y otras sustancias con efectos nocivos para la salud (tabaco, alcohol, drogas).

• Se debe usar la cama solo para dormir, y levantarse de ella si no puede conciliar el sueño (control de estímulo), restringiendo el tiempo en la cama al tiempo real de sueño (restricción de sueño).

• Uso de técnicas de relajación y estrategias cognitivo-conductuales para reducir la ansiedad.

• Los padres deberán ser entrenados en el reconocimiento del déficit de sueño: irritabilidad-difícil despertar, recuperación durante el fin de semana. Además, deberán favorecer el ambiente propicio al sueño al final de la tarde y dar ejemplo con unas adecuadas medidas de higiene del sueño.

Herramientas diagnósticas

Anamnesis

Es fundamental preguntar por el sueño en todos los controles rutinarios de salud. Es tan importante preguntar lo que pasa por la noche como por el día, puesto que lo que sucede por el día nos aporta mucha información de la noche(1).

Generalmente, son los padres quienes transmiten la información, aunque si el niño es suficientemente mayor debe ser él quien lo relate.

De forma resumida, podríamos preguntar las siguientes cuestiones:

• ¿Cuándo duerme?

• ¿Cuánto duerme?

• ¿Cómo duerme?

• ¿Qué postura o actividad tiene?

• ¿Cómo está al día siguiente?

 Para profundizar en la anamnesis, podemos incluir los siguientes aspectos:

• Historia familiar de trastornos del sueño, ya que existen procesos con base hereditaria.

• Edad de inicio. Por ejemplo, la aparición de la siesta más allá de los 6 años puede indicar un trastorno del sueño.

• Higiene del sueño: valorar los horarios, uso de tecnología y momento en relación con el sueño, así como la respuesta de los padres.

• Describir el sueño durante las 24 horas: cómo y cuánto.

• Evaluar qué pasa durante la noche y el día, puesto que lo que ocurre durante el día es un reflejo de lo que sucede por la noche (Tabla III).

• Evaluar si estamos ante un trastorno transitorio puntual secundario a un desencadenante (p. ej.: el nacimiento de un hermano) o ante un trastorno asociado a problemas crónicos.

• Valorar el comportamiento y rendimiento escolar.

• Si existe afectación de otras funciones biológicas, como por ejemplo: la alimentación.

• Clínica típica de diferentes trastornos del sueño: SAHS, SPI…

• Presencia de otra patología: orgánica (RGE, asma…), neurológica (cefalea…), psiquiátrica (TDAH…) o problema social (maltrato, abuso…).

• Uso de fármacos y drogas (antihistamínicos, antidepresivos, abstinencia de tabaco y/o drogas en los adolescentes…) que puedan afectar al sueño.

• Presencia de patología que se asocia a trastornos del sueño como: síndrome de Down, trastornos del espectro autista…

• Factores culturales.

Exploración física

Exploración física por aparatos de forma completa. Deberemos buscar signos que nos hagan sospechar de alguna patología, observando si existe afectación del desarrollo pondo-estatural y signos de obstrucción de la vía aérea aguda o crónica. Además de la antropometría, deberemos valorar otras constantes como la tensión arterial.

Percentiles de sueño

No existe una cantidad de sueño exacta, sino que las necesidades de sueño dependen de cada niño y edad, pero los percentiles nos permiten conocer si la duración del sueño se encuentra dentro de los límites considerados como normales para la mayoría de los niños de su edad (Figs. 1 y 2).

Figura 1. Percentiles de duración del sueño en 24 horas desde la infancia a la adolescencia. Modificado de: Iglowstein I, et al. Pediatrics, 2003.

 

Figura 2. Percentiles de horas de sueño según edad del paciente.

Se sabe que la causa más frecuente de somnolencia diurna excesiva en un niño aparentemente sano, es el déficit crónico de sueño.

Autorregistros: agenda/diario de sueño (Fig. 3)

Figura 3. Agenda de sueño e interpretación de los resultados.

Pinte una ↓ cuando inicie el sueño y una ↑ cuando se levante. Tanto en el sueño de noche como durante las siestas.

Oscurezca el área del cuadro que corresponde al tiempo en que su hijo está durmiendo.

Deje en blanco el área del cuadro que corresponde al tiempo en el que está despierto/a.

Escriba un “x” cuando realice la conducta anómala durante el sueño (llanto, movimientos…).

En la última columna puntúe de 0 a 5 la calidad de la noche (0 = muy mala noche).

La agenda del sueño es la herramienta fundamental ante la sospecha de un trastorno del sueño.

Es fundamental conocer los horarios de sueño y vigilia durante las 24 horas del día y esto se registra a través de la agenda de sueño, instrumento sencillo y de gran utilidad del que se dispone en Atención Primaria(7,8). Se ha comprobado que presenta una adecuada correlación con la actigrafía (método objetivo de medición del sueño).

• Debe realizarse, al menos, durante 15 días, de forma que se incluya el fin de semana, para obtener unos datos más fiables sobre las características del sueño del paciente.

• Debe ser libre, es decir, que el paciente marque el ritmo diario, de manera que el día empieza cuando el paciente se levanta, porque de esta forma podemos conocer su ritmo circadiano. Por ello es conveniente que se realice en periodo vacacional o, si el problema es importante y está afectando al rendimiento escolar, se debería hablar con los profesores para hacerlos conocedores del problema y la necesidad de realizar la agenda del sueño para su estudio.

• Aporta datos como: las horas de sueño, latencia para dormirse, despertares nocturnos, rutinas en la hora de acostarse/levantarse y valoración subjetiva de la calidad de la noche.

• Además de diagnóstica, puede ser terapéutica, puesto que muchas veces los padres pueden darse cuenta de los errores que se están cometiendo.

Existe otra agenda elaborada para niños mayores de 5 años, en la que además de valorar el sueño, se valoran el uso de la tecnología y la realización de actividad física y su relación con el sueño (Fig. 4).

Figura 4. Agenda/diario de sueño para niños mayores de 5 años. Marcar con una línea roja la franja desde que se acuesta hasta que se levanta.
Línea verde uso de tecnología. Línea azul: actividad física

Escalas

En Atención Primaria, además del resto de herramientas que se han ido comentando, se puede realizar un despistaje de los trastornos del sueño a través de cuestionarios sencillos.

Según el algoritmo de la Guía de Práctica Clínica, en función de la edad, se emplea el cuestionario BISQ (< 2 años) o el cuestionario BEARS (> 2 años).

Cuestionario BISQ (Brief Infant Sleep Questionnaire) (Tabla IV)

Se trata de un cuestionario multidimensional para niños entre 3-30 meses, dirigido a detectar: factores de riesgo de muerte súbita del lactante, rutinas para dormir y detección por parte de los padres de problemas de sueño en lactantes.

Está compuesto de 14 ítems divididos en la identificación demográfica del menor (4) y en los hábitos del sueño (10), dando respuesta a 3 preguntas (cómo, cuánto y dónde).

Recientemente, se ha publicado un artículo en el que se valida el cuestionario BISQ en el ámbito español, atendiendo a las diferencias de horario (en nuestro país los horarios son más tardíos) respecto al previo(9).

Dada la variabilidad de los patrones de sueño a estas edades y su carácter semicualitativo, no pretende establecer un diagnóstico de trastorno del sueño, sino identificar de forma precoz y sencilla a aquellos menores que pudieran beneficiarse de mejoras en los hábitos de sueño o de un seguimiento más cercano(10).

Cuestionario BEARS (B= bedtime issues, E= excessive daytime Sleepiness, A= night awakenings, R= regularity and duration of Sleep, S= snoring) (Tabla V)

Se emplea en niños con edad comprendida entre 2-18 años, estableciéndose 3 grupos de edad: 2-5 años, 6-12 años y de 13-18 años, con preguntas dirigidas a niños y padres(11).

Valora 5 aspectos del sueño: existencia de problemas al acostarse, somnolencia diurna excesiva, despertares nocturnos, regularidad y duración del sueño y presencia de ronquido.

Si alguna de las preguntas es positiva, se deberá realizar un cuestionario más amplio y detallado que oriente hacia el problema de sueño, como el test de Bruni.

Escala de trastornos del sueño para niños de Bruni (SDSC, Sleep disturbance scale for children) (Tabla VI)

Se realiza tras detectarse alguna alteración en las respuestas del cuestionario de cribado inicial. Consta de 26 ítems y está diseñada para detectar trastornos del sueño, evaluándose los últimos 6 meses. En función de las respuestas alteradas, orientan hacia una determinada patología del sueño.

Como se sabe, existen enfermedades que asocian con mayor predisposición trastornos del sueño y estos, a su vez, exacerban más la patología existente.

Un ejemplo de ello son los pacientes con trastorno del espectro autista (TEA), siendo de interés conocer que existen unas escalas adaptadas para detectar trastornos del sueño en estos pacientes (Tabla VII).

En este cuestionario, a mayor puntuación obtenida, mejor higiene del sueño presenta el paciente.

También existe otro cuestionario adaptado para niños con TEA, más amplio que equivale al BRUNI (Fig. 5).

Figura 5. Cuestionario específico T. sueño en niños con TEA.

Existen otras escalas más específicas para valorar un trastorno concreto del sueño, que serán vistas en artículos posteriores.

Vídeo doméstico

Se trata de una herramienta accesible para muchas personas además de útil, para valorar durante la noche la existencia de posibles trastornos respiratorios durante el sueño, las parasomnias con movimientos rítmicos y los movimientos periódicos de extremidades(12).

Exige tiempo por parte de los padres para realizar la grabación y por parte del profesional que, en muchas ocasiones, tiene que ver el vídeo tras finalizar la consulta.

A lo largo del artículo, se han visto una serie de herramientas útiles y sencillas que el pediatra de Atención Primaria (v. algoritmo al final del capítulo) puede emplear en la consulta para detectar y tratar, de forma precoz, cualquier trastorno del sueño o, en su caso, derivar al especialista para su manejo.

Nuevas tecnologías

Los niños menores de 2 años no deben usar las TIC, ya que influyen directamente en el desarrollo del niño y en su sueño.

Las nuevas tecnologías de la información y comunicación (TIC) son todas aquellas herramientas y programas que trasmiten y comparten información mediante soportes electrónicos. Los soportes más utilizados por niños y adolescentes son los teléfonos móviles y tabletas. Se centran fundamentalmente en internet y en todos los dispositivos electrónicos conectados a la red.

El avance vertiginoso en los últimos años, hace que los responsables de enseñar y educar en la infancia y adolescencia tengan el reto de formarse en el uso responsable y adecuado de las TIC.

La incorrecta utilización de las TIC puede tener riesgos para la salud de niños y adolescentes.

Los niños menores de 2 años no deben usar las TIC, ya que influyen directamente en el desarrollo del niño y en su sueño. Según el informe FAROS(13) (Observatorio de Salud de la Infancia y la Adolescencia) del Hospital Sant Joan de Déu de Esplugues, casi la mitad de los niños menores de dos años utiliza tabletas y móviles y es de suponer que, muchos de ellos, lo harán también antes de dormir.

Se ha demostrado que, en niños y adolescentes, el uso continuado de las TIC disminuye la cantidad y calidad del sueño, causando además, horarios irregulares de sueño. Por una parte, el contenido de las TIC muchas veces activa cerebralmente, incluso, en ocasiones, puede generar ansiedad y miedo, dificultando conciliar el sueño y favoreciendo la aparición de pesadillas y sonambulismo. Por otra parte, la luz emitida por las pantallas inhibe la liberación de melatonina, la neurohormona del sueño. La luz en las horas previas al sueño provoca un retraso de fase del sueño, retrasando el inicio del sueño y el despertar(14). El despertar matutino está condicionado por el horario escolar, que suele interrumpir el sueño de niños y adolescentes, muy pocos se despiertan de forma natural sin necesidad de alarmas, generándose una privación crónica de sueño.

Existe, además, un círculo vicioso entre las TIC y el sueño. Los niños que no duermen suficiente tienden a realizar actividades más sedentarias, como ver la TV, utilizar vídeo-juegos o diferentes TIC, teniendo mayor riesgo de sobrepeso y obesidad, que a la vez favorece la aparición de ronquido y apneas del sueño, que empeoran el sueño.

El sueño insuficiente o de mala calidad disminuye la calidad de vida de niños y adolescentes, repercutiendo además en su rendimiento escolar, comportamiento diurno (problemas de concentración y atención) y estado de ánimo (ansiedad, irritabilidad, bajo ánimo)(15).

La Asociación Americana de Pediatría recomienda poner límites de horarios en los que se pueda estar “conectado”. Además, recuerda que el tiempo “online” no tiene por qué ser un tiempo en solitario. Además, hace las siguientes recomendaciones sobre el uso de las TIC(16):

• Evitar el uso de pantallas antes de los 18 meses.

• Seleccionar un contenido de alta calidad entre los 18 y 24 meses.

• Seleccionar contenidos de alta calidad, no más de una hora entre los dos y cinco años.

• A partir de los seis años, uso de los dispositivos con equilibrio y sentido común, para que no afecten al sueño, a la actividad física y a su modo de comunicarse con otros niños y adultos.

Otras recomendaciones para los padres:

• Crear espacios y momentos sin tecnologías es otra clave: comidas, reuniones familiares, así como las habitaciones infantiles que deben estar libres de pantallas.

• También es buena idea apagar el televisor cuando nadie lo esté viendo, así como cargar los dispositivos electrónicos de noche y fuera del cuarto del hijo, para evitar que se sienta tentado a usarlo.

• No usar la tecnología como un chupete emocional. Los dispositivos electrónicos pueden ser muy efectivos en calmar y tranquilizar a los niños, pero no debe ser la única forma que aprendan para tranquilizarse. Los niños deben aprender a reconocer y manejar sus emociones.

Nuevas tecnologías como método diagnóstico en medicina del sueño

En los últimos años, han aparecido gran número de aplicaciones y programas de las TIC para estudiar el sueño. Si bien, pueden ser útiles para obtener datos globales del sueño, ninguna de ellas ha demostrado validez para el diagnóstico de las distintas patologías del sueño, no pudiéndose correlacionar sus resultados con la prueba gold estándar, la polisomnografía.

Sin embargo, para el estudio de los trastornos del ritmo circadiano, tan frecuentes en adolescentes, los estudios cronobiológicos que miden: actividad, temperatura corporal periférica, cantidad de luz recibida y posición, son de gran eficacia para el diagnóstico de dichos trastornos.

Función del pediatra de Atención Primaria sobre unos correctos hábitos de sueño

Es fundamental el papel del pediatra de Atención Primaria en educar a los padres sobre unos correctos hábitos de sueño, así como evaluar en cada visita el sueño de sus pacientes, con el fin de detectar y tratar, de forma precoz, posibles trastornos del sueño.

Cada vez son más los estudios que objetivan una elevada prevalencia de los trastornos del sueño y sus repercusiones, siendo la edad pediátrica una etapa vulnerable en la que el crecimiento y desarrollo del niño pueden verse afectados. Por ello, es necesario que el pediatra de Atención Primaria informe a los padres sobre las características del sueño en función de la edad y les facilite consejos para establecer un hábito adecuado de sueño.

Por otra parte, el pediatra ejerce una importante labor en la detección precoz de cualquier trastorno del sueño, para lo cual debe evaluar el sueño de forma rutinaria en los diferentes controles de salud, pues en muchas ocasiones, los padres no detectan o no consultan de forma explícita por este motivo.

Para ello, desde Atención Primaria, se debe contar con una serie de herramientas diagnósticas sencillas y económicas, según se ha presentado en el presente trabajo y que ayudan a poner de manifiesto cualquier tipo de trastorno con la finalidad de tratarlo precozmente y evitar que el problema se cronifique y repercuta en el desarrollo biopsico-social del paciente y en la dinámica familiar.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.** Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en el SNS: UETS N.o 2009/8.

2.** Lluch Roselló MA, Callol Malla MT, Ferrando Pons A, Chorda Uncio G, Mateos Cruz AB, Ruíz Ferrando E. Prevención de los trastornos del sueño: funciones del pediatra y de la enfermería en Atención Primaria. Pediatr Integral. 2010; XIV(9): 744-8.

3. Owens JA. Behavioral sleep problems in children – UpToDate. Última actualización: 11 de septiembre de 2018. Disponible en:
https://www.uptodate.com/contents/behavioral-sleep-problems-in-children?search=Behavioral%20sleep%20problems%20in%20children&source=search_result&selectedTitle=1~150&usage_type=default&display_rank=1
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4. Grupo pediátrico SES y Grupo pediátrico SEPEAP. Medidas preventivas de los de problemas del sueño desde el nacimiento hasta la adolescencia. Acta Pediatr Esp. 2010; 68: 167-73.

5. Colecho, síndrome de muerte súbita en el lactante y lactancia materna. Recomendaciones actuales de consenso. 2014. Comité de lactancia materna de la Asociación Española de Pediatría. Disponible en: https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/201406-colecho-muerte-subita.pdf.

6. Moon RY. Cómo mantener seguro a su bebé cuando duerme: explicamos la política de la AAP. Última actualización: 1 de diciembre de 2017. Fuente: American Academy of Pediatrics. Disponible en: https://www.healthychildren.org/spanish/ages-stages/baby/sleep/paginas/a-parents-guide-to-safe-sleep.aspx.

7. Pin Arboledas G, Ugarte Libano R. Lo que el pediatra de Atención Primaria debería saber sobre el sueño. Rev Pediatr Aten Primaria. 2010; 12; s219-s230.

8. Pin Arboledas G. Alteraciones del sueño: herramientas diagnósticas y terapéuticas en Atención Primaria. Rev Pediatr Aten Primaria. 2007; 9: S65-75.

9. Cassanello P, et al. Adaptación y estudio de propiedades métricas de un cuestionario de valoración del sueño para lactantes y preescolares. An Pediatr (Barc). 2018; 89: 230-7.

10. Pin Arboledas G. Anexo: cuestionarios y herramientas. Pediatr Integral. 2010; XIV(9): 749-58.

11. Pin Arboledas G, Ugarte Libano R. Taller de sueño infantil. Herramientas para su interpretación por el pediatra de Atención Primaria. Rev Pediatr Aten Primaria. 2009; 11: s399-s404.

12. Cruz Navarro M, Morera Sanz I, Palomino Urda N. Trastornos del sueño infantil. Herramientas de valoración para el pediatra de Atención Primaria. Form Act Pediatr Aten Prim. 2013; 6: 246-56.

13. Roca E, Carmona J, Boix C. et al. El aprendizaje en la infancia y la adolescencia: claves para evitar el fracaso escolar. Cuadernos Faros, Observatorio de Salud de la Infancia y la Adolescencia. Hospital Sant Joan de Déu, Barcelona, 2010.

14. Vijakkhana N, Wilaisakditipakorn T, Ruedeekhajorn K, Pruksananonda C, Chonchaiya W. Evening media exposure reduces night-time sleep. Acta Paediatr. 2015; 104: 306-12.

15. Hinkley T, Verbestel V, Ahrens W, et al; IDEFICS Consortium. Early childhood electronic media use as a predictor of poorer well-being: a prospective cohort study. JAMA Pediatr. 2014; 168: 485-92.

16. American Academy of Pediatrics, Council on Communications and Media. Media use in school-aged children and adolescents. Pediatrics. 2016; 138.

Bibliografía recomendada

Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria. Plan de Calidad para el Sistema Nacional de Salud del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Unidad de Evaluación de Tecnologías Sanitarias de la Agencia Laín Entralgo; 2011. Guías de Práctica Clínica en el SNS: UETS N.o 2009/8.

Guía de práctica clínica sobre los trastornos del sueño en la infancia, incluye medidas preventivas, tanto en el ámbito familiar como en el escolar.

Pin Arboledas G, Ugarte Libano R. Lo que el pediatra de Atención Primaria debería saber sobre el sueño. Rev Pediatr Aten Primaria. 2010; 12; s219-s230.

Artículo en el que se hace hincapié en la especial importancia que tiene el pediatra de Atención Primaria en la detección de trastornos del sueño. Se hace un breve resumen de las características del sueño y cómo va cambiando a lo largo de la edad pediátrica, nombrando los principales trastornos del sueño que pueden aparecer en función de la edad e indicando una serie de síntomas que deben levantar nuestra sospecha, así como un recordatorio breve de las herramientas terapéuticas de que disponemos en Atención Primaria.

Caso clínico

 

Escolar varón de 9 años de edad que acude a su pediatra por dificultades escolares desde hace aproximadamente 1-2 años. En el colegio presenta déficit de atención y comportamiento agresivo ocasional.

Preguntando por el sueño, los padres nos comentan que durmió de forma rutinaria la siesta hasta los 5 años y desde hace un año ha vuelto a reintroducir la siesta de una hora. Además, cuentan que siempre que puede, aprovecha para dormirse (trayecto en coche de la escuela a domicilio).

Por las mañanas cuesta despertarlo y por la noche se duerme de forma rápida sin problemas. No ronquido nocturno. Refieren que duerme unas 8 horas diarias y que toda la sintomatología mejora en verano coincidiendo con que puede dormir más.

Exploración física

• Somatometría: peso p50, talla p75.

• Constantes adecuadas para la edad.

• Colaborador y alerta durante la exploración.

• Exploración por aparatos normal.

 

 

 

Fisiología del sueño y sus trastornos. Ontogenia y evolución del sueño a lo largo de la etapa pediátrica. Relación del sueño con la alimentación. Clasificación de los problemas y trastornos del sueño

G. Pin Arboledas*, M. Sampedro Campos**
Temas de FC


G. Pin Arboledas*, M. Sampedro Campos**

*Clínica Quirón. Valencia. **C.S. Novoa Santos. Ourense

Resumen

Conocer la regulación del sueño con sus tres facetas (circadiana, homeostasis y evolutiva), la estructura interna del sueño y la relación sueño-nutrición, basada en el concepto de crononutrición, que se resumen en este artículo, permite al pediatra de Atención Primaria: enfocar de manera adecuada la prevención de los problemas del sueño, adecuar las expectativas de las familias a la realidad fisiológica por etapas y sentar las bases de una adecuada atención a los problemas y/o trastornos más comunes relacionados con el sueño. Ese es el objetivo fundamental de estas páginas.

 

Abstract

Understanding the regulation of sleep in its three aspects (circadian, homeostasis and evolutionary), the internal structure of sleep and the sleep-nutrition relationship based on the concept of chrononutrition, that are summarized in this article, will allow the primary health care pediatrician to adequately focus on the prevention of sleep problems, to adapt the families’ expectations to the physiological reality in stages and to lay the foundations for an adequate approach to the most common disorders related to sleep. That is the fundamental objective of these pages.

 

Palabras clave: Sueño REM; Circadiano; Crononutrición; EEG

Key words: REM sleep; Circardian; Chrononutrition; EEG

 

Pediatr Integral 2018; XXII (8): 358 – 371


Fisiología del sueño y sus trastornos. Ontogenia y evolución del sueño a lo largo de la etapa pediátrica. Relación del sueño con la alimentación. Clasificación de los problemas y trastornos del sueño

Fisiología del sueño y sus trastornos


Introducción

El sueño es un fenómeno activo, complejo, necesario para la vida y que representa un logro en el desarrollo psicomotor del niño.

Desde que en 1951, Aserinsky y Kleitman, descubrieron el sueño de movimientos oculares rápidos (REM), los estudios sobre el sueño empezaron a tener auge, dejando de considerarlo como un estado pasivo en el que no ocurría nada, en el que muchas de las funciones corporales quedaban suspendidas y otras permanecían en un estado de mantenimiento automático con los mínimos necesarios para mantener la vida. Actualmente, se sabe que el sueño es un estado en el que intervienen diferentes sistemas que se influyen mutuamente. Es un fenómeno activo, necesario, periódico y complejo, que sigue una periodicidad circadiana (20-28 h) que en el adulto es aproximadamente de 24 h. Es, además, un proceso evolutivo que comienza ya en la etapa prenatal, de tal forma que dormir toda la noche es un logro en el desarrollo psicomotor gobernado principalmente por factores madurativos, constitucionales y genéticos. El buen dormir es el resultado de la combinación de las leyes biológicas, el apego y la actitud de la familia. El ser humano invierte, aproximadamente, un tercio de su vida en dormir, lo que demuestra que dormir es una actividad absolutamente necesaria en la que se llevan a cabo funciones fisiológicas imprescindibles para el equilibrio psíquico y físico. La duración del sueño varía en función de la edad, estado de salud, estado emocional y otros factores, y su duración ideal es la que nos permite realizar las actividades diarias con normalidad(1,2).

Fases del sueño

En circunstancias normales, el sueño se divide en dos estados diferenciados: sueño no REM (NREM o NR) y sueño REM (R) o sueño de ondas lentas o sueño de movimientos oculares rápidos:

1. Fase NREM (No Rapid Eye Movement) también llamada NR.

Comprende, a su vez, varios estadios:

• Fase N1: es la más corta y abarca el sueño más superficial.

- Es fácil despertar al sujeto desde este estadio.

- Los ojos se mueven lentamente por debajo de los párpados cerrados sin ritmicidad.

- La respiración es calmada y la frecuencia cardiaca lenta.

- Existen algunos movimientos groseros en busca de posiciones cómodas.

- La situación todavía se relaciona con los problemas diurnos, aunque después de 10 minutos en este sueño, no se recuerda lo que se ha escuchado, leído o preguntado justamente antes de dormirse.

• Fase N2: supone el 50% del sueño total.

- En esta fase ya se aprecian ondas cerebrales típicas, con los complejos K y los “husos de sueño” (a partir de los 3 meses de edad).

- Ausencia de movimientos oculares.

- Frecuencia cardiaca lenta con alguna arritmia.

- Los sueños son raros y no se suelen recordar.

• Fase N3: sueño muy profundo y reparador.

- Presencia de ondas delta cerebrales.

- Ausencia de movimientos oculares.

- Frecuencias cardiaca y respiratoria muy lentas.

- Ausencia de sueños.

2. Fase REM (R). También llamado sueño paradójico o sueño MOR (movimientos oculares rápidos).

Se caracteriza por:

• Presencia de movimientos oculares rápidos (Rapid Eye Movements).

• Frecuencia cardiaca y respiración irregulares.

• Cuerpo “paralizado” a excepción de pequeños músculos periféricos y pequeñas sacudidas.

Presencia de sueños emocionales activos.

• Es más frecuente al final de la noche.

• El EEG se parece al de la vigilia.

• Esta fase se incrementa durante el proceso de aprendizaje activo.

• Se asocia con una elevada actividad cerebral.

Concepto de hipnograma

Se llama HIPNOGRAMA a la representación gráfica de las diferentes fases del sueño a lo largo de una noche, esto es, de la arquitectura del sueño.

A lo largo de la noche hay varios ciclos de sueño, cuya duración se va alargando de 40 minutos en la infancia a 80-90 minutos en el adulto, y en los que se alternan ambos estados NR y R; la representación gráfica de la cronología de las diferentes fases del sueño se conoce como hipnograma (Fig. 1).

Figura 1. Hipnograma. Desp: vigilia. REM: sueño R (representado con las barras en azul). NREMs y NREMp corresponden al N1, N2 y N3.

A lo largo de una noche de sueño, tras un breve periodo denominado latencia de sueño (que suele durar entre 20 y 30 minutos según la edad del niño), se va entrando progresivamente a la fase de sueño profundo, pasando por las dos fases anteriores de sueño más superficial (N1 y N2). Si se realiza una polisomnografía (detecta los cambios que se producen en el organismo durante el sueño) en la que se registra EEG, electrooculograma (EOG), electromiograma (EMG) y otras variables, como: actividad cardiaca, movimientos respiratorios, etc. Se puede observar como progresa el sueño, apreciándose ondas cerebrales típicas con los complejos K y los “husos de sueño”, para pasar finalmente a constatarse la presencia de ondas delta típicas del sueño profundo. Si se continúa con el registro, a los 40-90 minutos (según la edad), comienza una serie de cambios en el EEG con la aparición de frecuencias similares a la vigilia, y en el EOG movimientos oculares rápidos, sin embargo, la actividad muscular alcanza una relajación total. Estaríamos en fase REM y se completa así un ciclo de sueño. Cada vez que esto ocurre, casi se produce un despertar, es lo que se denomina “despertares superficiales, arousal o microdespertares”(1).

A lo largo de la noche, se producen varios ciclos de sueño, los periodos de sueño REM son más cortos al principio de la noche y más largos al final, el sueño NR profundo se produce al principio y al final de la noche, durante el resto del tiempo predomina el sueño NR superficial.

Regulación del ciclo sueño-vigilia

El sueño, como el resto de funciones del organismo, funciona mediante ciclos, es decir, que se repiten de forma reiterativa cada determinado tiempo.

Se considera que el sueño y la vigilia obedecen a tres tipos de procesos:

1. Un proceso homeostático, que controla la producción sucesiva del sueño y vigilia.

2. Un proceso circadiano, que determina la organización del sueño y la vigilia en torno a un ciclo de 24 h.

3. Un proceso ultradiano que produce, dentro del sueño, las oscilaciones entre sueño NREM y sueño REM.

En cronobiología(3), se suele utilizar como unidad de frecuencia el día y, según su frecuencia, los ritmos se clasifican en:

• Ritmos circadianos: circa (cerca) die (día), cuya duración es alrededor de 24 h.

• Ritmos infradianos, de duración mayor a 24 h.

• Ritmos ultradianos, de duración menor a 24 h.

El ciclo vigilia sueño es un claro ejemplo de ritmo circadiano. La expresión de los ritmos circadianos depende de un conjunto de elementos estructurales que constituyen el sistema circadiano. Este sistema mantiene organizado temporalmente el organismo del niño y le permite sincronizarse con la oscilación ambiental (zeitgeber). Uno de los zeitgeber más potentes es el ciclo de la luz diurna y la oscuridad nocturna y, por ello, la importancia desde el inicio de la vida de la exposición del niño a estos ciclos luz/oscuridad. Este ritmo está generado y organizado por una estructura marcapaso o reloj circadiano: el núcleo supraquiasmático (NSQ), localizado en el hipotálamo y que precisa de sincronizadores tanto externos como internos; de los externos, la luz y los hábitos sociales son los más importantes. La luz percibida por las células ganglionares fotosensibles de la retina se transforma en impulsos nerviosos que llegan al NSQ que, a su vez, transmite la información de la duración del día a los osciladores secundarios.

Entre los sincronizadores internos destacan: secreción de melatonina, secreción de cortisol y temperatura corporal.

En la fisiología del sueño intervienen también mecanismos homeostáticos que tienden a mantener un equilibrio interno, cuantas más horas pasa un individuo durmiendo, menor es la necesidad de dormir (la regulación del sueño es similar a la del apetito y la sed, actividades también controladas por el hipotálamo).

Otro factor importante lo constituye la edad. El reloj circadiano humano, a veces, se altera y va demasiado rápido o demasiado lento, de manera que los ritmos empiezan relativamente avanzados o retrasados con respecto a lo que está preprogramado. Este ritmo circadiano varia también con la edad: los adolescentes y adultos jóvenes prefieren acostarse tarde y levantarse tarde, mientras que la gente mayor tiende a acostarse y levantarse pronto. Parece ser que esto es el resultado de que el reloj biológico se acelera con la edad(1,4).

Duración del sueño

Eficiencia sueño: tiempo dormido/tiempo en la cama.

La cantidad total de sueño se expresa por el número de horas y la profundidad. Cada persona tiene unas necesidades de sueño específicas que, en el caso de los niños, puede coincidir o no con lo que los padres desean, de tal manera que podemos obligar a dormir más a los niños, pero esto hace que disminuya la profundidad del sueño, además de la eficiencia del mismo.

La duración del sueño nocturno presenta diferencias individuales, pero también se relaciona con la ubicación geográfica y la cultura. Así, hay diferencias de más de 1,7 horas entre los países del norte, sur y este de Europa. Existen percentiles de tiempo dedicado al sueño(4).

Teniendo en cuenta el concepto de eficiencia del sueño y los hábitos de sueño individual, se puede hacer una clasificación en la que aparecerán diferentes patrones de sueño desde el inicio de la vida:

• Dormidores cortos: necesitan pocas horas de sueño para encontrarse plenos durante el día (estarían en percentiles 3-25 de las curvas de sueño).

• Dormidores largos: necesitan más horas de sueño que la media (percentiles por encima de 75).

• Dormidores “tipo alondra”: necesitan acostarse y levantarse temprano.

• Dormidores tipo “búho” o “mochuelo”: desean trasnochar y, por consiguiente, levantarse más tarde.

Ontogenia del sueño: evolución del sueño del feto al adolescente, la etapa de maduración


Evolución de los ciclos del sueño del niño pretérmino al niño a término

El SNC es el sistema ejecutivo que controla el sueño, sus componentes y el ciclo vigilia/ sueño, de manera que la arquitectura del sueño está sujeta al estado de maduración cerebral.

Los estudios del sueño en el feto, recién nacido pretérmino y recién nacido a término son escasos y con unas características determinadas, entre las que podemos destacar(5):

La diferenciación de los estadios de sueño en el pretérmino, se basa más en sus características conductuales y ciertos cambios fisiológicos que en el EEG(6).

• Los periodos que no pueden ser definidos claramente en alguno de los tres estados (vigilia, sueño activo o sueño tranquilo), se denominan sueño indeterminado o de transición. Este sueño predomina en el gran pretérmino, pero representa únicamente el 3% en el ciclo del recién nacido.

• Vigilia: se define por periodos en los que los ojos están abiertos con aspecto de alerta, movimientos corporales al azar, vocalizaciones y respiración irregular.

• Sueño activo: se caracteriza por la presencia conjunta de movimientos oculares, movimientos corporales, disminución del EMG y un patrón EEG continuo.

• Sueño tranquilo: se caracteriza por incremento del tono EMG, respiración regular y ausencia de movimientos corporales. En él se da el trazado EEG llamado alternante y el de alto voltaje de ondas lentas.

• Las alteraciones relacionadas con el sueño en los niños pretérmino, generalmente, están eclipsadas por los problemas médicos que presentan, por lo que la atención se centra en la conservación y mantenimiento de la ventilación y la protección e integridad del frágil SNC.

• Los estudios polisomnográficos realizados a un recién nacido pretérmino, a menudo, son difíciles de interpretar y suelen estar llenos de artefactos ocasionados por la atención médica y técnica, y se realizan generalmente tras la estabilización clínica.

• Tanto el estado de sueño como el estado de vigilia, se inician como procesos independientes del ambiente, enraizados en la regulación genética del metabolismo monoamino, de manera que el desarrollo de los ritmos actividad/reposo durante el primer año de vida refleja la maduración del comportamiento vigilia/sueño del niño.

• El ritmo ultradiano y la periodicidad diurna de 24 horas se desarrollan pronto después del nacimiento. El ritmo de 24 horas emerge rápidamente, pero muestra un desarrollo completo sólo después de los 3-4 meses de edad. El patrón de desarrollo diurno de descanso/actividad está fuertemente influenciado por la madre.

Debido a estas dificultades, se ha valorado la maduración de los movimientos corporales del pretérmino como una guía para valorar el sueño en estos niños, con el siguiente orden:

• Los movimientos corporales a las 28 semanas de gestación.

• Los movimientos oculares a las 30 semanas de gestación.

• La respiración a las 34 semanas de gestación.

Valoraremos, pues, la evolución del patrón electroencefalográfico, el ritmo cardiaco y la actividad muscular, como las variables que nos van a permitir clasificar y estudiar el sueño a lo largo de la vida fetal.

Por esta razón, en prematuros y neonatos, son muy importantes las observaciones conductuales, que deben hacerse directamente en el registro poligráfico y deben incluir comentarios sobre los ojos, la boca, expresión facial, movimientos corporales, vocalizaciones e intervenciones de los cuidadores(7).

Los patrones de motilidad antes de la semana 38 son predictivos acerca de los patrones electrofisiológicos, de manera más frecuente que a la inversa.

Valoraremos la maduración de los ciclos del sueño en diferentes etapas de la vida fetal, teniendo en cuenta que el EEG del pretérmino es dependiente de la edad concepcional: el desarrollo del ritmo vigilia-sueño en pretérminos, depende más de su edad cronológica que del ambiente. No se retrasa si estos son dados de alta de las Unidades de Cuidados Intensivos Neonatales, con luz constante, antes de que el reloj biológico innato del niño esté lo suficientemente maduro para responder al ciclo ambiental; sin embargo, este ritmo es menos estable durante el primer año de vida, si lo comparamos con los nacidos a término.

Evolución del EEG de sueño durante la gestación(8)

El sueño y la vigilia del feto no pueden ser diferenciados antes de las 24 semanas de gestación.

El EEG de sueño antes de las 24 semanas de gestación

A partir de aproximadamente las 12 semanas de gestación, los patrones EEG son reemplazados por diferentes ritmos eléctricos en distintas localizaciones, de manera que la actividad eléctrica está presente antes de las 24 semanas de gestación, pero el sueño y la vigilia no pueden ser diferenciados por las características del EEG o por el comportamiento del feto.

El EEG de sueño de la 24 a 28 semanas de gestación(9,10)

El EEG muestra un patrón discontinuo: periodos de actividad eléctrica limitada de aproximadamente 3 minutos están separados por picos de actividad de aproximadamente 20 segundos, que se pueden observar en pretérminos neurológicamente normales de más de 27 semanas de gestación.

Generalmente, esta actividad es simétrica, rítmica y puede estar compuesta por frecuencias alfa, theta y delta.

A las 28 semanas, ya se pueden observar variaciones cíclicas del EEG asemejando a unos ciclos vigilia-sueño tempranos. Estas variaciones cíclicas podrían representar intercambios tálamo-corticales e indicar la integridad de la función del SNC, de manera que podría ser útil como un test no invasivo de la función cerebral del pretérmino.

Las ondas punta son frecuentes a esta edad y son normales si son frontales o son esporádicas en cualquier localización. Se consideran anormales si son repetitivas, unilaterales u ocurren durante el periodo tranquilo del patrón discontinuo.

El sueño de transición (TS) está presente probablemente en los mamíferos en general, y es la actividad observada en el cerebro aislado. Es de corta duración en los animales y es probablemente esencial para la supervivencia de la especie.

El EEG de sueño de la 28 a 32 semanas de gestación(11,12)

El patrón discontinuo persiste, pero los picos de actividad caen dramáticamente en duración (1 o 2 segundos).

A esta edad, es difícil identificar el sueño tranquilo, pues más del 85% es sueño activo.

El sueño activo se caracteriza por un incremento del flujo sanguíneo de inicio rápido que coincide con una disminución de la resistencia vascular cerebral, de manera que estos cambios en la resistencia son críticos para determinar las características de los cambios del flujo sanguíneo en el sueño activo. El óxido nitrico (NO) juega un papel importante en el cerebro neonatal, promoviendo la vasodilatación durante el sueño y contribuyendo a las diferencias que se observan en el flujo sanguíneo cerebral entre los estadios del sueño.

Predomina el ritmo theta. Las ondas delta reaparecen en la semana 30; a menudo, la actividad de 10 a 20 Hz se superpone a estas ondas lentas hasta el término.

A partir de la semana 30, se observan períodos de inmovilidad corporal durante el sueño, pero hacia la semana 32, los movimientos corporales están ausentes en el 53%.

El mayor porcentaje de tiempo en vigilia se produce entre las 2 y las 5 de la mañana.

Entre las 28-30 semanas de gestación, el sueño activo se puede identificar por la presencia de:

• Movimientos oculares.

• Movimientos corporales.

• Movimientos respiratorios irregulares.

EL EEG de sueño de la 32 a 36 semanas de gestación

Se pueden distinguir ya dos patrones de EEG:

• Durante el sueño tranquilo: un patrón discontinuo de ondas lentas de 1-2 ciclos por segundo, especialmente en zona occipital.

• Durante el sueño activo y la vigilia: ondas de 1 a 2 Hz, continuas, sincrónicas y rítmicas distribuidas difusamente en el área occipital, temporal y central.

Los niños de 31 a 34 semanas de gestación tienen ciclos más largos, debido fundamentalmente a períodos de sueño activo más largos:

• Se observan períodos interrumpidos de sueño activo de más de 13 minutos y de sueño tranquilo de más de 5 minutos.

• El intervalo desde el inicio al primer periodo de sueño tranquilo varía de 0 a 63 minutos y el intervalo hasta el inicio del ciclo más largo varía de 5 a 84 minutos.

• Hay un patrón estable y bien organizado de transición entre los estadios de sueño en los niños clínicamente estables de 30 a 36 semanas de gestación.

• La duración de la transición del sueño activo al sueño tranquilo (el tiempo necesario para la desaparición de las características del sueño activo y el establecimiento de las características del sueño tranquilo), es más larga que la duración de la transición del sueño tranquilo al activo. La explicación de este fenómeno no es conocida, aunque se piensa que es debido a que necesita una mayor despolarización de las neuronas talamocorticales.

• El primer cambio que se produce es el cese del movimiento ocular rápido y, de la misma manera, el inicio de los movimientos oculares rápidos es el primer hecho de la transición del sueño activo al tranquilo.

• Los niños generalmente se duermen en sueño activo y este sueño activo, tras el periodo de vigilia, es significativamente más corto que el siguiente período de sueño activo.

El sueño indeterminado es aproximadamente el 30% del total del ciclo a las 31-34 semanas y disminuye al 12% en las semanas 35-36.

Tanto la duración como el porcentaje de sueño activo y sueño tranquilo aumentan a las 35-36 semanas y permanecen estables a las 39-41 semanas de gestación.

La duración media del ciclo se incrementa desde, aproximadamente, 46 minutos en las semanas 31-34 a 70 minutos en las semanas 35-36.

Antes de las 36 semanas, hay pocos períodos de actividad tónica, por lo que es difícil de evaluar el tono mandibular.

La ventilación artificial no modifica la organización del sueño en los niños pretérmino neurológicamente normales, por lo que la polisomnografía puede aportar datos valiosos de la maduración e integridad de los sistemas nerviosos autónomo y central durante el tratamiento, especialmente en aquellos niños sometidos a ventilación mecánica.

La evolución de los estadios de sueño entre la semana 34 a 36 se resume en la Tabla I.

 

A diferencia de lo que ocurre en los adultos, la cafeína no parece modificar la organización del sueño en pretérminos neurológicamente normales y clínicamente estables, según los datos de Cursi-Dascalova.

La organización de la conducta, en términos de ritmo vigilia-sueño, y la distribución de los estadios de sueño en el pretérmino con un buen estado neurológico está acelerada frente al niño con un peor pronóstico neurológico.

En los niños pretérmino, el consumo de oxígeno es diferente durante el sueño activo que va seguido de un despertar, cuando se le compara con el sueño activo que va seguido de sueño tranquilo; por otro lado, la evolución de la temperatura corporal en el sueño activo no parece predecir el estadio siguiente.

El EEG en el feto de la 36 a 40 semanas de gestación(13)

Tanto la duración como el porcentaje de sueño activo y tranquilo aumentan para las semanas 35-36 y se mantienen estables durante las semanas 39 a 41 de gestación.

A medida que se aproxima el término, se van identificando dos patrones EEG:

1. Continúa el patrón alternante, pero las pausas son cortas y se asocia al sueño tranquilo (es el patrón dominante en este sueño al término y desaparece progresivamente entre las semanas 40-44).

2. Se observa un segundo patrón con ondas lentas continuas, irregulares, de frecuencia delta y theta, que aparecen durante la vigilia y el sueño activo.

A la edad concepcional del término (aunque ya se pueden observar, a veces, en la semana 38) se pueden identificar 4 patrones EEG:

1. Irregular de bajo voltaje.

2. Trazado alternante.

3. Alto voltaje.

4. Mixto.

Los patrones EEG ya son claramente diferenciables en cada estadio de sueño:

• En la transición del sueño activo al sueño tranquilo, pueden observarse:

- En las regiones frontales, ondas lentas que suelen ser monomorfas, de 50 a 70 mV (disritmia lenta anterior) o elementos agudos difásicos.

- En las áreas rolándicas, se observa actividad con una frecuencia de 4 a 5 Hz o de 7 a 8 Hz, y puntas negativas aisladas o repetitivas, ocasionalmente asimétricas.

• Al inicio del sueño tranquilo, existe un predominio de las puntas rolándicas sobre los elementos agudos difásicos frontales y las ondas lentas anteriores.

• El sueño tranquilo está formado por ondas lentas continuas, con una mayor amplitud en comparación con las que se observan en los trazados de vigilia y de sueño activo.

La disminución del tono muscular mandibular durante el sueño activo es irregular antes de la semana 37 de gestación (incluso en el término es muy variable).

En el recién nacido a término (RNT), las fases de sueño se suceden de forma cíclica y se pueden observar hasta 20 ciclos de sueño durante el primer día, con una duración de estos ciclos muy variable.

La duración media del ciclo de sueño en el RNT es de aproximadamente 60 minutos, con una horquilla entre 30 y 70 minutos.

La duración media del sueño tranquilo es de 20 minutos y la del sueño activo de 25 minutos.

En los RNT, se pueden identificar tres estadios diferentes de sueño:

1. Sueño activo (equivalente al futuro sueño REM).

2. Sueño tranquilo (equivalente al futuro sueño NREM).

3. Sueño indeterminado (definido por ser un estadio en el cual no se identifican los criterios de clasificación de sueño REM ni de sueño NREM).

Diferencias electroencefalográficas del RNT y postérmino de la misma edad conceptual:

Las medidas electroencefalográficas de sueño extraútero varían significativamente del niño a término del pretérmino. Cuando el pretérmino es comparado con el RNT, el pretérmino muestra:

• Una mayor duración del ciclo ultradiano (70 m versus 53 m).

• Un mayor porcentaje de sueño tranquilo y trazado alternante (34% versus 28%).

• Arousal menores en frecuencia y de menor duración.

• Menor número de movimientos corporales, especialmente durante el sueño tranquilo.

Menor número de movimientos oculares durante el sueño activo.

Parece que no existe una diferencia en la edad cronológica entre el término y el pretérmino con respecto a:

• La edad de cambio de sueño activo a sueño REM en el inicio del sueño.

• Los porcentajes de sueño activo y sueño tranquilo con respecto al sueño total.

• La edad de desaparición de las ondas pico frontales.

Desde el punto de vista clínico, las características madurativas del EEG de sueño se pueden aplicar al niño pretérmino y a término sin requerir una corrección significativa por edad concepcional:

• El patrón alternante del sueño tranquilo puede ser identificado en casi todos los niños a las dos semanas post-término, pero desaparece completamente a las 6 semanas de edad.

• El inicio en sueño activo ocurre en el 80% de los episodios de sueño diurno a la 1-3 semanas de vida. Esto disminuye rápidamente en las siguientes 4-6 semanas, aunque todavía puede estar presente en el 5-10% de los episodios de sueño diurno a las 8-13 semanas de edad.

• Las spindles características del estadio 2 aparecen, de manera inmadura, en las 4 semanas de vida y, de manera madura, a las 8 semanas, mientras que los complejos K no aparecen hasta los 6 meses de vida.

A modo de resumen de los cambios EEG de sueño durante la gestación, podríamos decir que:

• Antes de las 28 semanas de edad gestacional, la vigilia no está claramente determinada por un patrón EEG único y solo hay una actividad EEG discontinua. Dreyfus-Brisac afirma que es muy difícil hablar de sueño y vigilia antes de esta edad gestacional y propone el término “estado indefinido”.

Entre la 28 y 31 semanas persiste este patrón discontinuo, pero se intercalan breves salvas (1-2 s) de actividad theta a 4-6 c/s, rítmica y bisíncrona.

• Entre las 32 y 35 semanas se instaura un patrón de actividad delta a 1-2 c/s, continua y rítmica, tanto en vigilia como en sueño activo.

• Y entre las 36 y 40 semanas aparece un nuevo patrón, integrado por una actividad lenta, continua, irregular y difusa, de relativo bajo voltaje (<50 µV), durante la vigilia y el sueño activo; el EOG revela movimientos conjugados de los ojos y el EMG demuestra movimientos en la vigilia activa. El ritmo cardíaco se muestra relativamente rápido y la respiración es irregular, aunque más estable durante la vigilia activa.

Comportamiento de la frecuencia cardiaca durante el sueño fetal(13)

• Antes de la semana 37, la frecuencia cardiaca muestra variaciones periódicas, tanto en el sueño activo como en el tranquilo.

• Después de la semana 37, las variaciones periódicas todavía están presentes en el sueño activo, pero son más llamativas las variaciones sincrónicas con el ciclo respiratorio.

• Las variaciones rápidas persisten en el sueño tranquilo, de manera que la variabilidad de la frecuencia cardiaca es mayor en el sueño activo (REM) que en el sueño tranquilo.

• La frecuencia cardiaca disminuye entre 4-8 pulsaciones por minuto al pasar de vigilia a sueño tranquilo; esta reducción de la frecuencia cardiaca durante el sueño es paralela a cambios en la tensión arterial.

Actividad muscular durante
el sueño en el pretérmino y en el término

Los movimientos corporales, como ya dijimos, son el primer parámetro utilizable como indicador del estadio de sueño.

Si analizamos los movimientos faciales y de los miembros superiores e inferiores, entre la semana 32 y el término, observamos:

• Los movimientos faciales aumentan del 48 al 60%.

• Los movimientos de los miembros inferiores disminuyen del 31 al 11%.

• Los movimientos de los miembros superiores permanecen estables entre el 12 y 18%.

Los movimientos durante el sueño tranquilo tanto en pretérminos como en niños a término son parecidos a:

• Los reflejos primitivos del recién nacido (Moro like).

• Los movimientos generalizados fásicos.

• Incremento de la actividad muscular tónica submentoniana.

Por el contrario, el sueño activo se caracteriza por patrones de movimientos más incoordinados y localizados, actividad tónica local y actividad muscular clínica corta.

El electromiograma mandibular es uno de los parámetros más variables:

• A las 34 semanas, es típico un alto nivel de tono en el sueño tranquilo. A las 37 semanas, la asociación con los otros parámetros típicos del sueño tranquilo es irregular; mientras que a las 45 semanas, de nuevo se asocia con el sueño tranquilo.

• Con el aumento de la edad gestacional, se produce una disminución de los movimientos fásicos generalizados, así como de los movimientos fásicos localizados, mientras que la actividad tónica localizada tiende a ser constante durante toda la gestación.

Cuando ya se puede identificar claramente el estadio REM, los movimientos corporales revelan una relación clara con el estado de sueño:

• Un continuum de movimientos se puede observar con una frecuencia decreciente entre el estado de vigilia, el sueño transicional, sueño REM, estadio 2 y sueño de ondas lentas, de manera que unos estadios de sueño prolongados e ininterrumpidos sin movimientos corporales o cambios de posición pueden indicar un desarrollo anormal de la respuesta de arousal y puede ser una indicación para la investigación del desarrollo del SNC.

• En el recién nacido, la posición tiene un importante efecto sobre la organización del estadio de sueño: Hashimoto demostró hace ya años que el sueño tranquilo ocupa el mayor porcentaje de sueño cuando el RN está en posición de decúbito prono y, de la misma manera, en esta posición durante el sueño existen menos movimientos groseros y actividad muscular fásica, aunque persisten el mismo número de movimientos localizados.

Indicaciones de la polisomnografía en la época neonatal

En líneas generales, la polisomnografía es de utilidad en recién nacidos con problemas de ventilación asistida y en aquellos con crisis comiciales o en los que la integridad del proceso madurativo del SNC está amenazada:

• Apnea de la prematuridad.

Síndrome de hipoventilación central congénita.

• Hipoxemia inexplicada.

• A.L.T.E. (Apparent Life-Threatening Event).

• Estridor.

• Hermano de víctima de muerte súbita del lactante.

• Crisis de tipo comicial.

• Hipotonía congénita.

• Hipertonía.

• Malformaciones congénitas de cabeza, cara y tórax.

Evolución del sueño extrautero(13,14)

Los patrones del sueño infantiles son el resultado, entre otras cosas, de la acción del niño sobre el ambiente y de la respuesta que obtiene de este.

La edad es el mayor modulador de las características del sueño durante la infancia. En los primeros meses de vida, el niño se despierta más a menudo durante el sueño REM que durante el NREM.

Etapas normales del desarrollo, tales como: un llanto excesivo, la ansiedad de separación o el desarrollo de la autonomía personal, pueden acompañarse de alteraciones del sueño y provocar respuestas parentales caracterizadas por una alta intensidad de respuesta, una baja duración de la misma y una gran diversidad.

Cada vez tenemos más evidencias que sugieren que la organización del sueño se produce más rápidamente en condiciones de una estimulación coordinada y escasa. Este ambiente de estímulo medido, coordinado y rítmico ocasiona unos estados mejor definidos de sueño y vigilia, mayor cantidad de sueño tranquilo y menor inquietud y llanto.

Esto implica que los padres pueden influir profundamente en el desarrollo de la organización del sueño si ellos sobreestimulan al niño.

De forma que los padres pueden inadvertidamente quitarle la oportunidad al bebé de aprender a dormirse sin necesidad de ayuda si lo sobreestimulan; de manera que, incluso, algunos bebés excesivamente estimulados pueden dormirse como un camino de evitar la sobreestimulación.

Hasta los tres meses de edad, la secreción de melatonina es muy baja y continua, es decir, no existe un ciclo de secreción circadiano (Kivelä A, 1990) (Attanasio A, 1991) y, según establece Kennaway, la concentración de 6-sulfatoximelatonina (el metabolito urinario de la melatonina) es extremadamente baja hasta las nueve o doce semanas. A partir de este momento, se adquiere un ciclo circadiano, aunque difiere del patrón adulto, tanto en la cantidad y duración, como en el momento en que se consigue su máxima secreción (Kennaway DJ, 1992).

En el RN, la duración total del sueño suele ser de 16 a 17 h al día.

Evolución del sueño de 1 a 3 meses de vida

En el lactante, se pueden identificar 6 estados:

1. Sueño tranquilo: respiración regular sin movimientos espontáneos, sueño REM ni succión.

2. Sueño ligero (superficial): respiración irregular, movimientos espontáneos, sueño REM y movimientos de succión ocasionales.

3. Transición-somnoliento: mirada poco precisa y de admiración, actividad variable con reacción tardía a estímulos.

4. Consciente-alerta: mirada viva, reacción enfocada a los estímulos con actividad espontánea mínima.

5. Consciente-hiperactivo: expresión vocal desorganizada, muy reactivo a estímulos, está perfectamente despierto, tiene mayor actividad motora y, a veces, llora.

6. Llanto: llanto y grito sostenido e intenso, mayor actividad motora, reacción no focalizada a estímulos.

En los 2 primeros meses de vida, es frecuente que aparezcan breves despertares, a esta edad comienza a establecerse el ritmo nictameral. Al mismo tiempo, el cerebro del niño inicia el ritmo circadiano de liberación de cortisol y melatonina: el ritmo circadiano de la temperatura corporal es el primero que aparece precozmente después del nacimiento, hacia el día 45 aparece el ritmo circadiano de despertar y hacia el día 56 de vida aparece el ritmo circadiano de sueño.

A los 3 meses de edad, se organiza el sueño NREM coincidiendo con el desarrollo de los hemisferios cerebrales. A esta edad, el 70% de los niños tienen un período de 5 horas de sueño nocturno.

El sueño se inicia en fase REM y este representa el 40% del sueño total, los cambios cíclicos ocurren cada 3-4 horas.

A estas edades desaparece el trazado alternante del EEG y aparecen los husos.

Hacia los 3 meses de edad, la maduración de los sistemas de control produce una distribución casi estable de los periodos de sueño y vigilia diurnos; de tal forma, que los patrones diurnos están relativamente bien establecidos hacia las 12-16 semanas de vida. Un arousal sin movimientos corporales es muy raro en los niños antes de los 3-6 meses de edad, a diferencia de lo que ocurre en los adultos.

Durante los primeros 3 meses, el adormecimiento nocturno se produce generalmente con facilidad, pero a partir de esta edad, se observa cierta dificultad en alcanzarlo, quizás relacionado con el deseo de relación con el entorno.

Tanto el tiempo despierto, como la duración de los períodos de vigilia, se doblan desde el nacimiento hasta los 3 meses de edad en los RNT. Antes de los tres meses de edad, el estado de vigilia puede ser alterado por las condiciones ambientales, lo que sugiere que el despertar todavía no posee los mecanismos de autorregulación que posee el sueño.

Existe una diferenciación clara de esta periodicidad diurna en el 66% de los bebés durante la quinta semana y un 98% de la diferenciación durante la duodécima semana.

El tiempo total de sueño se incrementa de aproximadamente 8,3-9 horas, en la semana octava, a 10 horas en la semana 24, permaneciendo a este nivel a lo largo del primer año.

El periodo de sueño más largo es de 210 minutos o el 23% del tiempo total de sueño a las 3 semanas, y se incrementa a una media de 430 minutos a la semana 20, y se mantiene a este nivel a partir de este punto.

Entre las 3 y 6 semanas de vida, el periodo de sueño más largo ocurre indistintamente durante el día o durante la noche, a partir de las 6 semanas de vida suele ocurrir durante el periodo nocturno. Después de las 6 semanas, este período largo de sueño suele ser de 5-6 horas.

El tiempo de vigilia durante la noche se mantiene persistente en un 6% del tiempo total de sueño nocturno.

El patrón diurno está relativamente bien establecido entre las 12 y 16 semanas de vida.

La respiración periódica es muy frecuente durante el sueño activo las primeras 7 semanas de vida, pero a partir de entonces, su aparición es infrecuente.

De la semana 10 a la 12 de vida, el niño atraviesa un periodo crítico de reorganización, en el que el comportamiento del sueño infantil adquiere formas más maduras con significativos cambios del patrón de sueño.

Las horas totales de sueño disminuyen progresivamente, siendo alrededor de 14 a 15 h a las 16 semanas de vida y 13 a 14 h hacia los 6 u 8 meses.

La mayoría de bebés sanos pueden dormir durante 12 horas por la noche al llegar a la edad de tres meses.

Sueño y cólico del lactante: los niños con cólico del lactante tienen hallazgos normales desde el punto de vista PSG a los 2 y 7 meses de edad, incluyendo: la estructura del sueño, movimientos durante el mismo y la respiración, salvo la mayor presencia de apneas obstructivas durante la fase REM en los niños con cólico (sin embargo, este número está situado dentro de los parámetros normales de <1 a 2/h de REM).

Los niños con cólico presentan los mismos despertares nocturnos a los dos meses que los niños control. A pesar de tener menos tiempo de sueño diario, los datos disponibles no sugieren que el cólico esté asociado a algún desorden del sueño (Tabla II).

 

Los niños que han padecido cólico del lactante tienen mayor tendencia a desarrollar: temperamento difícil, sueños de menor duración y despertares más frecuentes entre los 4 y los 8 meses de edad. De la misma manera, los padres tienden a valorar los despertares nocturnos más frecuentemente como un problema.

En los niños que han sufrido cólico del lactante, es posible hacia los 4 meses de edad, disminuir los despertares nocturnos y alargar el tiempo de sueño, solamente, si los padres establecen y mantienen unos comportamientos regulares con el sueño de su hijo, pues los problemas del sueño no están ocasionados por alteraciones biológicas, sino más bien, por la imposibilidad de los padres de establecer unos hábitos regulares.

Evolución del sueño de los 3 a los 12 meses de edad

A estas edades aparecen los estadios I, II y III de la fase NREM y los complejos K.

Los spindles, que se han desarrollado a los dos meses de edad, no son frecuentes ni se corresponden con un determinado estadio de sueño hasta los 6 meses de edad. Por ello, no son un buen elemento como criterio de arousal, al menos, durante los 6 primeros meses de vida.

A la edad de 6 meses, el porcentaje de episodios de sueño que se inician en sueño activo ha disminuido al 18%. Entre los 4 y 13 meses de edad, la distribución de las latencias de sueño activo parecen tener un tipo bimodal, con latencias tan cortas como de 8 minutos (con tendencia a aparecer al inicio de la noche) o tan largas como 16 minutos (con tendencia a suceder en la segunda parte de la noche), y con cierta dependencia de la duración del periodo de vigilia previa.

A partir de los 8-10 meses, la organización y los ciclos del sueño comienzan a ser muy parecidos a los del adulto.

El REM es el 30% del sueño total a los 6 meses; a los 7 meses de edad, 1/3 del sueño es REM y 2/3 es NREM.

Entre el 4º y el 6º mes, se consolida el largo periodo de sueño nocturno y se establece el ritmo de temperatura (Tª).

A partir de los 3-4 meses de vida, se observa una reducción de esta variabilidad de los ciclos nocturnos; que implica aspectos madurativos del desarrollo; de igual manera, la evolución de las diferentes formas de despertar a lo largo de la infancia refleja aspectos organizativos.

Entre los 3 y los 6 meses de edad, el niño desarrolla un ritmo “multimodal” de sueño, caracterizado por una siesta en la mañana, siesta en la tarde y largo sueño nocturno. Hacia los 6 meses de edad, el período más largo de sueño tiende a ser de algo más de 350 minutos o aproximadamente la mitad del tiempo total de sueño. La duración media de los episodios diurnos de vigilia aumenta desde 95 a 123 minutos entre los 3 y los 9 meses, mientras que la duración de los despertares nocturnos lentamente disminuye desde 13,6 a 10,3 minutos.

De la misma manera, el número medio de despertares nocturnos suele ser aproximadamente de 9 al mes de edad y de 4,5 al año de edad.

Curiosamente, al realizar seguimiento de niños diagnosticados de cólico del lactante a los 3 y 12 meses de edad y compararlos con niños sin este diagnóstico, no se encuentran diferencias significativas en los patrones del sueño de ambos grupos.

Los niños alimentados al pecho se alimentan más frecuentemente y tienen intervalos entre comidas más cortos, los patrones de alimentación son uno de los marcadores de los patrones de sueño, por lo que los niños alimentados al pecho adquieren el patrón de sueño nocturno continuado más tarde.

Aproximadamente, el 6% del tiempo en la cuna es tiempo en vigilia.

Los episodios de arousal(15) sin movimientos corporales son muy raros en los niños antes de los 3-6 meses de edad, en contraste con lo que ocurre en adultos.

Evolución del sueño del primer al segundo año de vida(16-17)

A partir del año de edad, los cambios madurativos son más lentos.

Hacia el año y medio de edad, se retira la siesta matinal y aparece un ritmo “bimodal” con una siesta a medio día. Aparecen las ondas alfa lentas durante la vigilia relajada.

El sueño total es de 14-15 horas y se consolida un largo período de sueño nocturno de 10 a 12 horas. La latencia de sueño es de entre 15-30 minutos.

El estadio II-NREM aparece entre 3-5 minutos después de que el niño se duerma, y el sueño de ondas lentas 11 minutos después.

El porcentaje de niños que duermen 5 horas seguidas durante la noche se va incrementando: 70% a los 3 meses, 80% a los 6 meses y 90% a los 12 meses.

Durante la última parte del primer año, el sueño REM ocupa aproximadamente 1/3 del tiempo de sueño total. Los movimientos corporales asociados al sueño activo son menos frecuentes.

Evolución del sueño de los 2 a los 5 años de edad

En contraste con los rápidos cambios que se producen durante el primer año de vida, los cambios en este periodo son más graduales.

El sueño empieza a consolidarse en un largo periodo nocturno de aproximadamente 10 horas.

Durante los 2-3 primeros años, el sueño diurno continúa con siestas diurnas cortas y, entre los 3-5 años de edad, se consolida en un único periodo nocturno: 25% de niños de dos años tienen dos siestas por día, el 66% una única siesta y el 8% tienen siestas de manera irregular. De dos a 5 años, las cantidades de sueño permanecen estables (11 horas) con un 10% de niños durmiendo más de 12 horas y un 10% durmiendo menos de 9,5 horas

Los niños de 4 años no duermen siesta cada día y, únicamente el 50%, la duerme una o dos veces a la semana.

A los 2-3 años de edad, los niños todavía tienen unos ciclos de sueño de aproximadamente 60 minutos, con el primer periodo de sueño REM hacia la hora de inicio del sueño (a diferencia de los adultos), es a partir de los 4-5 años de edad, cuando los ciclos se van alargando progresivamente hasta los 90 minutos típicos del adulto. Hacia los dos años, se adquiere un patrón EEG similar al del sueño característico del adulto.

La distribución del sueño REM/NREM también varía: el sueño REM desciende progresivamente desde el 30% del tiempo total de sueño al nivel normal de adulto de 20-25%. Estos cambios están estrechamente relacionados con el incremento de los periodos de vigilia diurna. La disminución del periodo REM es continua hasta los 3/4-6 años en los que desaparece la siesta diurna.

Típicamente, los niños a esta edad suelen tener 7 ciclos de sueño durante cada periodo de sueño nocturno. La transición entre los diferentes ciclos a esta edad es regular y tranquila, mientras que los adultos se mueven bruscamente al paso de un ciclo a otro(18).

En general, se produce un declive del tiempo total de sueño de 20 minutos por año.

A los 2 años de edad, el 20% de los niños se despiertan, cifra que se reduce al 14% a los 3 años.

Evolución del sueño de los 5 a los 10 años de edad(18)

Los patrones del sueño ya muestran una cierta estabilidad y se parecen al de los adultos.

El tiempo total de sueño suele ser 2 horas y media más largo que el adulto.

En los niños en edad escolar, parece existir una “ventana del despertar”, que se suele localizar entre los 90 y 120 minutos después del inicio del sueño.

La mayoría de los despertares en este grupo de edad se producen en el estadio 2NREM. En esta edad escolar, la duración de los despertares aumenta progresivamente con la profundidad del sueño NREM, con despertares menos largos después del sueño REM o los estadios 1-2 NREM.

A esta edad, la presencia de manera constante de siestas diurnas nos debe alertar sobre la existencia de algún proceso patológico. Owen et al. (2000), encontraron una prevalencia del insomnio del 6,7% en niños entre 4 y 11 años de edad y, al mismo tiempo, notaron una gran diferencia en los despertares informados por los padres y los niños mayores (4,6% versus 14,6%).

La duración media de la latencia del sueño suele ser de alrededor de 15 minutos lo que demuestra un estado importante de alerta y vigilancia(19).

La eficacia del sueño ya es mayor del 95% con pocos despertares espontáneos y un despertar matutino pleno de energía.

En niños mayores de 10 años, se debe tener en cuenta que hasta un 27% son roncadores habituales, cifra que se eleva a 47% en presencia de infección respiratoria superior. Estos roncadores habituales tienen de forma significativa una mayor incidencia de somnolencia diurna, síndrome de hiperactividad y sueño de peor calidad.

En los niños con trastorno de déficit de atención, se ha observado: un marcado aumento del porcentaje de sueño delta, una disminución de la latencia del sueño y frecuentes despertares nocturnos.

Entre los 5 y los 10 años, se produce una deceleración continua de la cantidad de sueño de alrededor de 20 minutos por año.

Curiosamente, al comparar las características del sueño entre niños obesos y no obesos no se observan grandes diferencias, salvo una discreta disminución del sueño REM.

El sueño de los adolescentes(16,20-22)

Los estudios de Carskadon sugieren que el período circadiano intrínseco de los adolescentes es más prolongado, de alrededor de 25 horas (población en general, 24,5 h), lo que indica que la tendencia al retraso de fase es primariamente biológica más que social. Las necesidades de sueño permanecen constantes, pero su distribución varía a lo largo de la maduración, según los estadios de Tanner (Tabla III)(23-24).

 

El déficit de sueño aumenta a pesar de mantener la misma cantidad de sueño total:

• Tanner II: TLMS (test de latencias múltiples del sueño) de 18 minutos.

• Tanner V: TLMS de 16 minutos.

El sueño REM permanece constante. Los adolescentes son más vulnerables al déficit de sueño.

Hay una correlación positiva entre la hora de inicio de la secreción de melatonina y el estadio de Tanner. Kahn describe también una disminución gradual del sueño de ondas lentas a través de los estadios de Tanner, con aproximadamente una disminución del 35% del estadio 1 al 5.

Carskadon observó una reducción del sueño de ondas lentas de aproximadamente el 40% durante la segunda década de la vida.

Al mismo tiempo, la maduración del adolescente se acompaña de una disminución de la latencia del REM y una disminución de la densidad REM (frecuencia de los movimientos oculares durante el REM).

Entre los 10 y los 13 años de edad, el tiempo en cama de los días escolares se recorta cada año, alcanzando una diferencia al final de 63 minutos y en los días no escolares solo en 14 minutos. Hacia los 13 años, la diferencia en el tiempo en cama entre los días escolares y los fines de semana es de 45 minutos.

Existe un decline marcado en el tiempo en cama en los días escolares entre los 20 y los 13 años, mientras que el tiempo en cama en los fines de semana permanece más estable. Los sujetos con un estadio puberal más avanzado están una media de 31 minutos más en la cama.

De la misma manera, en niños de 6 a 15 años, el sueño NREM está marcado por una disminución progresiva del porcentaje de sueño delta.

En muchos casos, la consecuencia de esta tendencia biológica al retraso de fase es que los adolescentes tienen dificultad para acostarse pronto (durante el período en el que su temperatura corporal está aumentada) y levantarse pronto (en el período en el que su temperatura corporal está descendida), hasta que el ritmo de su temperatura corporal sea adelantado (lo cual requiere una conducta constante durante semanas). Esto crea un círculo vicioso de deprivación de sueño y síntomas de Jet lag.

En los adolescentes, el problema más frecuente es la excesiva somnolencia diurna que representa, en la mayoría de los casos, un sueño insuficiente o inadecuado, aunque otras causas de excesiva somnolencia diurna en la adolescencia son:

• Cantidad insuficiente de horas de sueño.

• Apnea obstructiva del sueño.

• Narcolepsia.

• Síndrome de Kleine- Levine.

• Síndrome de piernas inquietas (Restless Leg Syndrom/ Periodic Limb Syndrom).

Alteraciones del movimiento.

• Síndrome de retraso de fase.

• Enfermedad psiquiátrica

• Uso de cafeína, drogas o alcohol.

Retirada de drogas ilegales o alcohol.

Se ha observado la aparición de síntomas depresivos en adolescentes que duermen menos de 6 horas cada noche los días escolares y/o informan de una diferencia mayor de dos horas en el sueño entre días escolares y días no escolares.

En estas circunstancias, el inicio temprano de las actividades escolares ocasionará una reducción del sueño total debido a la dificultad para avanzar la fase de sueño por la tarde en orden a obtener una cantidad adecuada de sueño.

Wolfson y Carskadon informan que los adolescentes que duermen 6 h y 15 m o menos tienen una mayor tendencia depresiva que los que duermen 8 h y 45 m o más. Solo un 11% de los adolescentes reúnen los criterios de una buena calidad de sueño.

Los estudiantes que regularmente tienen 8 horas de sueño nocturno, pero que cambian su horario de sueño más de dos horas, pueden experimentar alteraciones en: atención, concentración, razonamiento y habilidades psicomotoras, así como un incremento de su irritabilidad, ansiedad y depresión(25).

Se ha demostrado que, incluso a estas edades, aumentar el conocimiento de los adolescentes sobre la higiene del sueño incrementa las prácticas saludables de sueño.

Influencia de la alimentación en el sueño y del sueño en la alimentación


Crononutrición y microbiota

La microbiota intestinal juega un papel principal en el desarrollo del SNC y los ritmos circadianos desde el momento del nacimiento. La crononutricion, fundamentalmente, consiste en administrar la alimentación en coordinación con los ritmos del organismo.

Nuestro reloj endógeno puede reflejar qué comemos y cuándo comemos.

La microbiota intestinal comunica con el SNC indirectamente vía tracto gastrointestinal a través del parasimpático o directamente vía señales originadas por los propios microbios(26); al mismo tiempo, comunica con el conectoma intestinal, que es una red de células neuronales, inmunes, endocrinas… a través de los metabolitos de la misma microbiota, produciendo cambios en la función intestinal y, a su vez, modulando el comportamiento de la propia microbiota intestinal.

El conectoma cerebral regula el SNA y sus influencias, que modifican la composición de la microbiota y su función al modular el ambiente microbiano intestinal.

En esta relación bidireccional intestino-SNC, juega un importante papel la serotonina. Como prueba de ello, las células enterocromafines contienen el 90% de la serotonina corporal. Las alteraciones de esta relación bidireccional secundarias a estrés psicosocial o alteraciones digestivas pueden alterar la estabilidad de este complejo sistema, manifestándose como alteraciones gastro-cerebrales y/o alteraciones del sueño.

De manera que no debe sorprender el importante papel que la microbiota juega en el desarrollo cerebral desde el nacimiento.

Por otro lado, el momento del día de la ingesta es un factor al que cada vez se le está otorgando mayor valor(27). Alimentarse a horas irregulares o sin tener en cuenta los ritmos circadianos favorece la cronodisrupción y esta modifica la circulación de ácidos grasos poliinsaturados en el hipotálamo, lo cual ocasiona alteraciones de la conducta alimentaria (Fig. 2).

Figura 2. Efectos de la cronodisrupción. La melatonina actúa manteniendo la integridad de la barrera intestinal. El enterobacter aerogenes (EA) de la microbiota favorece esta acción de la melatonina, de manera que el incremento de la producción de melatonina que sigue a la ingesta favorece esta preservación de la mucosa intestinal a través de su interacción con la microbiota. La colonización de la microbiota en las primeras etapas de la vida y el desarrollo de la microbiota tienen un importante papel en el desarrollo cerebral postnatal.

LA: lactancia materna; NAD: Nicotinamida Adenina Dinucleótido; SNA: Sistema Nervioso Autónomo; SNC: Sistema Nervioso Central.

De todo ello se observa la importancia del concepto de CRONONUTRICIÓN que, fundamentalmente, consiste en administrar la alimentación en coordinación con los ritmos del organismo con dos componentes básicos:

• La composición de la alimentación que regula el sistema circadiano; por ejemplo: dietas ricas en grasa alteran el ritmo de la lipogénesis, la actividad locomotora y la conducta alimentaria.

• El horario de las comidas que afecta las salidas del centro circadiano, por ejemplo: la alimentación nocturna o no desayunar, aumenta el riesgo de obesidad. 

El 13% de los lípidos (especialmente di y triglicéridos) tienen oscilaciones circadianas, con un pico aproximado de 8 h después de apagar las luces. Horarios regulares ayudan a prevenir alteraciones metabólicas facilitadas por dietas de alto contenido graso.

Comer en el momento adecuado durante el día y de manera sincronizada entre el sistema circadiano central y el periférico favorece la salud.

Los ritmos del tejido adiposo se aplanan a medida que el sujeto es más obeso.

Alimentar al niño en el momento adecuado del día, es muy importante para sincronizar el reloj circadiano central y el periférico(28); los individuos que consumen un mayor porcentaje de sus calorías diarias entre el inicio de la secreción nocturna de melatonina (DLMO) y las 4 horas previas, tienen un mayor porcentaje de grasa corporal, situación relacionada con la presencia de un menor efecto hipotérmico de la ingesta (TEF) que puede contribuir a un balance positivo y ganancia de peso(29).

Duración de sueño e IMC

A pesar de las limitaciones del conocimiento actuales, los datos indican que una mayor duración del sueño se asocia en general a una mejor composición corporal, mejor regulación emocional y crecimiento en los niños de 0 a 4 años(30); así, en niños de 7 a 12 años de edad, dormir menos de 8 horas se asocia a un mayor riesgo de obesidad (OR: 3,75; IC: 1,56-9,05)(31).

Esta relación entre déficit de sueño y mayor IMC persiste tras valorar diferentes factores de confusión (actividad/inactividad física, dieta, peso al nacimiento y factores maternos, como: nivel de educación, IMC y tabaco durante el embarazo). Así, por cada hora adicional de sueño a los 3-5 años de edad, se aprecia una reducción del IMC de 0,48 (IC: 0,01-0,96) y una reducción del riesgo de sobrepeso (IMC superior a percentil 85) de 0,30 (IC: 0,20-0,63) a la edad de 7 años(32).

Hoy en día, se piensa que esta relación tiempo de sueño-IMC se basa en una respuesta metabólica adaptativa a lo largo de la historia de la humanidad, al coste que representa un mayor tiempo de vigilia, pero, hoy en día, situado en un ambiente social moderno que conlleva un mayor consumo de energía y una vida más sedentaria, convierten esta respuesta adaptativa en una respuesta incorrecta(33).

Definición de trastorno del sueño en la infancia


El trastorno de sueño es una alteración real, no una variación, de una función fisiológica que controla el sueño y opera durante el mismo.

El acople del feto al ritmo sueño-vigilia comienza intrautero, como una respuesta pasiva a la secreción materna de melatonina. En el lactante y el niño pequeño, la exposición a la luz controla el tiempo de secreción de melatonina y, por consiguiente, el tiempo de sueño. Los ritmos circadianos están completamente desarrollados en los primeros 6 meses de vida. El número de horas de oscuridad (menos de 3 lux) a las que el niño está expuesto puede influir en la duración de la secreción de melatonina y en el número de horas que el niño duerme. La propensión a dormir del niño está influenciada por: la hora en la que es despertado, el tiempo expuesto a luz artificial y su intensidad después de anochecer y antes del alba, las conductas y horarios alimenticios, el momento de ejercicio físico y el momento en el que se realizan las relaciones sociales.

La amplitud del ritmo circadiano (esto es, la diferencia entre el pico y el nadir de Tª, por ejemplo) es una estimación de la capacidad de oscilar cada día del sueño profundo a la alerta intensa. Esta amplitud del ciclo circadiano es mínima al nacimiento y alcanza niveles de adulto dentro del primer año.

La definición de los trastornos del sueño en la infancia es sorprendentemente difícil por varias razones:

• Los problemas del sueño son patrones de sueño insatisfactorios para los padres, el niño o el pediatra. Con más frecuencia, existen problemas del sueño en lugar de verdaderos trastornos del sueño. Pueden estar relacionados con el bienestar del niño o con el de la familia. No todos los problemas del sueño son anormalidades ni todos precisan tratamiento.

El trastorno, por el contrario, se definirá como una alteración real, no una variación, de una función fisiológica que controla el sueño y opera durante el mismo. Así pues, el trastorno representa una función anormal, mientras que el “problema” puede representarla o no.

• Frecuentemente el problema es para los padres y no para el niño. Situaciones que para unas familias son problemáticas no lo son para otras del mismo entorno. Se ha calculado que en el primer año de vida del niño, los padres suelen perder entre 400 y 750 horas de sueño.

• Las diferencias entre lo normal y lo anormal, muchas veces, está más relacionado con la edad que con el patrón de sueño.

En ocasiones, el tratamiento va a ser semejante se trate, bien de un trastorno, bien de un problema del sueño, debido a que los patrones específicos del sueño infantil pueden causar serios problemas, incluso cuando se trate únicamente de variaciones de la normalidad(34).

Los mismos trastornos del sueño van a tener una clínica y unas consecuencias diferentes en el adulto y en el niño (el adulto que padece insomnio se manifiesta con somnolencia diurna, mientras el niño lo puede hacer con un síndrome de hiperactividad, los problemas del sueño infantil implican a la familia…), por lo que la intervención terapéutica debe ser diferente.

Clasificación de los trastornos del sueño


Existen varias clasificaciones para los trastornos del sueño en la infancia y adolescencia(34-36). La Academia Americana de Medicina del Sueño (AASM), propuso en el año 2005, la Clasificación Internacional de los Trastornos del Sueño. En nuestro país, en la Guía de Práctica Clínica sobre Trastornos del Sueño en la Infancia y Adolescencia en Atención Primaria, publicada en el año 2011, se propuso una clasificación, mucho más práctica para su aplicación en Atención Primaria, cuyos cuadros se irán exponiendo en los siguientes capítulos de esta monografía:

1. El niño al que le cuesta dormirse: síndrome de retraso de fase, insomnio por higiene de sueño inadecuada, insomnio conductual, síndrome de piernas inquietas.

2. El niño que presenta eventos anormales durante la noche, las parasomnias: sonambulismo, terrores del sueño, despertar confusional, pesadillas, movimientos rítmicos del sueño y del síndrome de apnea hipopnea del sueño (SAHS).

3. El niño que se duerme durante el día: privación crónica de sueño por diferentes causas, narcolepsia.

Bibliografía

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Caso clínico

 

María tiene 12 meses. Desde siempre despierta de noche una o dos veces para tomar pecho, al principio, cada 2-3 horas y ahora una vez (biberón), aunque también se despierta sin comer. Por la mañana, echa un sueño corto (en ocasiones, en el carrito paseando) y después de comer una buena siesta (se despierta). La madre cree que no es normal que despierte tantas veces. Por lo demás, la niña come bien y es muy sana. Como solución, lo que hace es meterlo en la cama con ellos. El padre al principio se despertaba, pero ahora lo “lleva bien”. El hermano de 4 años durmió toda la noche desde los pocos meses. Antecedentes personales: nada destacable, salvo reacción febril a las vacunas. Exploración física: normal. Actitud: BISQ (menor de 2,5 años) y agenda libre de sueño. Control de 2 semanas.

Se duerme en el regazo todos los días, toma biberón todas las noches y se despierta para reclamar colecho. Sombreado rojo, corresponden a despertares y sombreado verde a sueño.

En la última columna, se representa la puntuación (0 a 5), que la madre valora, según haya sido la noche, en cuanto a su calidad de sueño.

Comentario

Como se refleja en el texto (“Evolución del sueño extrauterino”): ”cada vez existen más evidencias que sugieren que la organización del sueño se produce más rápidamente, en condiciones de escasa estimulación del niño”.

El número de despertares nocturnos, es aproximadamente de 4-5, al año de edad. Los patrones de alimentación son uno de los marcadores de los patrones del sueño.

Como vemos en el caso clínico, el paciente se despierta 2-3 veces, durante la noche, una para alimentarse y otra para demandar colecho, sería pues, un patrón de sueño compatible con la normalidad.

La valoración materna de la noche, como vemos en la agenda de sueño, es baja, frustrante para ella, (el anterior hijo no presentaba despertares nocturnos).

Este caso nos ilustra hacia la importancia de la información a los padres, de la variabilidad del sueño y de los despertares. En las consultas diarias, el personal sanitario debe informar a los padres de las características del sueño en los niños, para no crear falsas expectativas.

 

 

 

Infección VIH en Pediatría

M.L. Navarro Gómez
Temas de FC


M.L. Navarro Gómez

Médico Especialista en Pediatría. Sección Enfermedades Infecciosas. Servicio de Pediatría. Profesor Asociado de la Universidad Complutense. Hospital General Universitario Gregorio Marañón

Resumen

La infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es un importante problema de salud mundial(1). Los casos de infecciones en Pediatría se producen fundamentalmente por transmisión vertical, a través de una madre con VIH, siempre que esta no reciba tratamiento antirretroviral combinado (TAR) para evitar la transmisión del virus a su recién nacido. La realización del test de VIH en el embarazo y la práctica de los protocolos de prevención de la transmisión maternoinfantil han disminuido las nuevas infecciones de niños que nacen en nuestro medio, siendo los nuevos casos, aquellos que han nacido en otros países distintos al nuestro y que vienen a nuestro país con sus familias biológicas o bien con familias adoptivas mediante adopción internacional(2). Sin TAR, la infección VIH produce un deterioro del sistema inmune, de modo que el niño presenta: infecciones bacterianas de repetición, fallo de medro, afectación neurológica y disminución de su esperanza de vida(3). Los nuevos fármacos antirretrovirales han hecho que se modifique el curso de la infección, disminuyendo la morbilidad y mortalidad(4) y normalizando la calidad de vida. Este tratamiento está indicado de forma universal(5) y debe realizarse de por vida. El efecto del tratamiento debe monitorizarse, ya que el objetivo del mismo es conseguir que este sea capaz de controlar la replicación viral y que no produzca toxicidad a corto y largo plazo(6,7). El seguimiento del niño con VIH debe hacerse por un equipo multidisciplinar, compuesto por un pediatra especializado en VIH, así como otros profesionales de la salud, como son: personal de enfermería, psicólogos, trabajadores sociales, que traten al niño y den apoyo a las familias(3). El pediatra de Atención Primaria será uno de los profesionales que participe en la atención de estos niños. En el niño con VIH, se deben realizar los controles de salud inculcándose hábitos saludables en alimentación y ejercicio, así mismo debe recibir el calendario de vacunación completo, estando indicado la vacunación frente a: neumococo, meningococo, papilomavirus, varicela, hepatitis A y gripe estacional(8). La infección VIH actualmente es una infección crónica y al paciente se le debe preparar para una vida de adulto en la que sepa asumir su diagnóstico, conozca plenamente en qué consiste la infección VIH, cuáles son las formas de contagio y sea consciente de la importancia de la toma del TAR para tener una vida plena(9). Por último, no debemos olvidar a la población adolescente; así, uno de los retos actuales para los profesionales de salud que atienden población en edad pediátrica y preadolescente, es trabajar en la prevención de la infección VIH, intentando evitar las nuevas infecciones en este grupo etario, para lo que es imprescindible ofrecer educación sobre las vías de infección del VIH.

 

Abstract

HIV is a major health problem worldwide(1). Cases of pediatric infections occur mainly through vertical transmission, through a mother with HIV, provided that she does not receive combined antiretroviral therapy (ART) to prevent transmission of the virus to her newborn. The carrying out of the HIV test in pregnancy and the practice of protocols for the prevention of mother-to-child transmission have reduced new infections in our environment. The new cases are those who were born in other countries and who come with their biological families or with adoptive families through international adoption. We must not forget that if the test is negative in the first trimester of pregnancy, it must be repeated, at least in the third trimester(2). HIV infection causes a deterioration of the immune system so that the child has recurrent bacterial infections, failure to thrive, neurological involvement and this is shortened life expectancy if not receiving ART(3). The new antiretroviral drugs have changed the course of infection decreasing morbidity and mortality(4) and normalizing the quality of life of the child with HIV. This treatment is universally indicated(5) and must be done for life. The effect of the treatment must be monitored since the objective of the treatment is to ensure that it is capable of controlling viral replication and that it does not produce short- and long-term toxicity(6,7). The monitoring of the child with HIV should be done by a multidisciplinary team composed of a pediatrician specialized in HIV as well as other health professionals such as nurses, psychologists, social workers, who treat the child and give support to families(3). The primary care pediatrician will be one of the professionals involved in the care of these children. In the child with HIV, health checks must be carried out, inculcating healthy habits in food and exercise, as well as receiving the full vaccination schedule, with vaccination against pneumococcal, meningococcal, papillomavirus, varicella, hepatitis A and seasonal flu being indicated(8). HIV infection is currently a chronic infection and the patient should be prepared for an adult life in which he knows how to take his diagnosis, fully know what HIV infection consists of, what are the forms of infection and be aware of the importance of taking the TAR to have a full life(9). Finally, we must not forget the adolescent population, so one of the current challenges for health professionals who care for pediatric and pre-adolescent population is to work on the prevention of HIV infection trying to avoid new infections in this age group, for which it is essential to offer education on the routes of HIV infection.

 

Palabras clave: Virus de la inmunodeficiencia humana; VIH; Pediatría; Adolescencia.

Key words: Human immunodeficiency virus; HIV; Pediatrics; Adolescence.

 

Pediatr Integral 2018; XXII (7): 333 – 341


Infección VIH en Pediatría

Introducción

La infección VIH en Pediatría ha experimentado cambios muy favorables, debido, en primer lugar, a que gracias a los protocolos de prevención de la transmisión maternoinfantil, hoy en día, apenas nacen niños infectados en países como el nuestro. Además, podemos decir que la infección se ha convertido en crónica, gracias a los fármacos disponibles para tratar a los niños con VIH, de modo que gracias al TAR el niño se encuentra totalmente integrado en la vida diaria, con una vida plena y sin diferencias con respecto a un niño no VIH.

Debemos conocer cómo se presenta la clínica en un niño VIH sin diagnóstico previo y, por tanto, sin TAR, para poder sospechar la infección y hacer su diagnóstico y no confundirlo con otras enfermedades crónicas, ello hará que podamos iniciar el TAR para mejorar y, en muchos casos, resolver su sintomatología. El fallo de medro, la afectación neurológica, problemas respiratorios crónicos, linfadenopatías, hepatoesplenomegalia o hipertransaminasemia, pueden ser signos de alarma para realizar un test de VIH, sobre todo en niños que han nacido fuera de nuestro país, donde los protocolos de prevención no se aplican de forma universal.

Es importante conocer el seguimiento de salud y las vacunas que deben recibir estos niños. El tratamiento antirretroviral debe ser indicado y controlado por los especialistas en el hospital; si bien, el pediatra de Atención Primaria debe conocer y reforzar el tratamiento y su cumplimiento.

La prevención de las nuevas infecciones en los adolescentes, debe hacerse realizando educación sobre sexualidad, así como educación sobre conductas de riesgo que incluyan consumo de sustancias de adicción, lo que puede favorecer la adquisición de enfermedades de transmisión sexual, así como también del VIH.

Epidemiología

Gracias a los protocolos de prevención de la transmisión maternoinfantil, la mayoría de los nuevos casos que se diagnostican y se siguen actualmente de VIH pediátrico en nuestro medio, son niños que han nacido en otros países y que vienen a vivir a nuestro país, bien con sus familias biológicas o con familias adoptivas, a través de adopciones internacionales.

La infección por VIH es considerada, hoy en día, una epidemia a nivel global de difícil control. Se trata de una infección crónica que, sin tratamiento, origina importantes tasas de mortalidad. Para las Naciones Unidas, poner freno a las nuevas infecciones VIH ha sido uno de los objetivos iniciales en la lucha contra la epidemia y, actualmente, el nuevo plan global para la infancia sería conseguir la eliminación de nuevas infecciones en niños y mantener a sus madres con vida, una estrategia denominada “Start Free, Stay Free AIDS Free”.

Los registros epidemiológicos publicados por ONUSIDA estiman que, a finales de 2017, se encontraban viviendo con VIH en el mundo 36,9 millones de personas, la mayoría en África Subsahariana (25,8 millones), de las cuales 1,8 millones son niños y adolescentes (<15 años). En 2017, se infectaron 1,8 millones de personas, de las que 150.000 eran menores de 15 años, y en ese año fallecieron 940.000 de los que 110.000 eran menores de 15 años(1).

La información de los casos de VIH en edad pediátrica que existen en España, la tenemos a través de la cohorte nacional CoRISpe (cohorte de la red de Investigación en SIDA de VIH de niños y adolescentes), cohorte que recoge prácticamente el 95% de los casos de niños y adolescentes seguidos en las unidades Pediátricas de los Hospitales del territorio Nacional desde el año 2008. En diciembre de 2017, se encontraban registrados en CoRISpe, 1.335 pacientes que habían sido seguidos en 62 hospitales, 93,5% de transmisión vertical, de los que 383 continúan su seguimiento en Pediatría y 651 se han transferido para su seguimiento a Unidades de Adultos. La realidad es que gracias a los protocolos de prevención de la infección maternoinfantil, se pueden evitar los casos de nuevas infecciones pediátricas y así, en los últimos años, hemos visto que los casos en seguimiento en Pediatría, cada vez son menos y los nuevos casos vienen a ser niños que han nacido fuera de nuestro país y vienen a vivir a España(10,11).

Fisiopatología

EL VIH es un virus con especial tropismo por el sistema inmune y el sistema nervioso (linfotrópico y neurotrópico).

El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es un retrovirus que posee una enzima, la transcriptasa inversa, lo que le permite integrarse en el genoma humano, transformando el RNA en DNA, con lo que es capaz de perpetuar la replicación viral codificando nuevas partículas virales.

El VIH es capaz de infectar distintas células humanas, dentro de las que se encuentran fundamentalmente los linfocitos TCD4. También, se afectan otras células de estirpe macrofágica, como son: monocitos, macrófagos, células de Langerhans y células dendríticas. De este modo, el VIH afecta fundamentalmente al sistema inmune, linfotropismo, y también tiene tropismo por el sistema nervioso.

En relación a la afectación de los linfocitos CD4, esta es muy activa, y así el virus destruye de manera directa una enorme cantidad de estas células, con lo que se produce una afectación de la inmunidad celular. Existen también mecanismos indirectos que colaboran a la destrucción de los linfocitos CD4, como son la destrucción por mecanismos celulares y humorales citotóxicos.

La alteración inmune hace que exista una importante afectación de la respuesta frente a agentes infecciosos, así como también se originen tumores.

Clínica

La clínica que produce el VIH sin TAR es un deterioro rápido y acelerado, manifestando síntomas el primer año de vida, (20% SIDA en el primer año), evolucionando a SIDA en los primeros 4 años y presentado una supervivencia de 7-8 años de edad.

La mayoría de las infecciones suceden cercanas al parto, de modo que el recién nacido suele nacer asintomático. El periodo de incubación de la infección tras la transmisión vertical del virus es muy corto, 4-5 meses, siendo la sintomatología clínica inespecífica, presentando síntomas sugestivos en su primer año la mayoría de los niños. Los síntomas que aparecen son linfadenopatías (axilares e inguinales), hepatoesplenomegalia, dermatitis tipo eczema seborreico y candidiasis oral. Algunos de estos lactantes que progresan rápidamente desarrollan SIDA hasta en el 40% en el primer año. La edad media de progresión a SIDA en general es de 4-6 años, siendo mayor el riesgo en el primer año de vida (10-30%). Entre los síntomas que aparecen con mayor frecuencia en los primeros años, es un fallo de medro, así como infecciones bacterianas de repetición, otitis supuradas, neumonías, pudiendo estas ser graves (sepsis, meningitis). Algunos niños evolucionan rápidamente con enfermedades diagnóstico de SIDA como son las infecciones oportunistas, como la neumonía por Pneumocystis o la encefalopatía asociada al VIH.

En ausencia de tratamiento, la mortalidad asociada al VIH es elevada durante el primer año (6-16%), siendo la mediana de supervivencia entre los 7 y los 8 años(3).

El sistema de clasificación de la enfermedad, vigente desde el año 1994 según el CDC (Centers for Disease Control)(12) para los menores de 13 años, tiene en cuenta tanto la situación clínica como inmunológica. Según esta clasificación, se categoriza la enfermedad en 4 estadios excluyentes, que son: N (pacientes asintomáticos o con una sola manifestación leve), A (sintomatología leve), B (síntomas moderados) y C (síntomas graves, criterios de diagnóstico de SIDA). La neumonía intersticial linfoide (NIL) es una entidad clínica que, si bien es considerada criterio de SIDA, viene incluida dentro de las formas moderadas, ya que los pacientes con esta forma clínica tienen una progresión más lenta (Tabla I).

Las categorías inmunes se establecen en función de las cifras de CD4 según la edad (<1 año, 1-5 años y de 6-12 años), siendo las categorías: 1, sin inmunodeficiencia; 2, inmunodeficiencias moderadas y 3, inmunodepresiones graves (Tabla II).

En 2014, los CDC establecen una nueva clasificación basada fundamentalmente en criterios clínicos y reclasifican los síntomas según tres estadios: Estadio 1 (síntomas leves), Estadio 2 (síntomas moderados) y Estadio 3 (síntomas graves o SIDA). Del mismo modo, las categorías inmunológicas también se han redefinido(13). Esta nueva clasificación no ofrece un mayor beneficio clínico si se usa en lugar de la clasificación anterior, por lo que habitualmente los pacientes se siguen clasificando según las categorías de los criterios antiguos.

Dentro de las manifestaciones clínicas que podemos encontrar, de forma más frecuente son las siguientes:

Manifestaciones inespecíficas: muy frecuentes, consisten en: hiperplasia del tejido linfático, parecido a una mononucleosis (linfadenopatías generalizadas), muy típicas las axilares que pueden tener gran tamaño, hepatomegalia y esplenomegalia, candidiasis oral persistente, dermatitis ezcematosa, fallo de medro, fiebre persistente y diarrea prolongada.

Infecciones bacterianas: características de la infancia, recurrentes y, a veces, graves, como son: otitis, sinusitis, neumonías, abscesos, celulitis y, también, sepsis y gastroenteritis por enteropatógenos. Originadas por: Streptococcus pneumoniae, Haemophilus influenzae, Staphylococcus aureus,enterobacterias como Salmonella sp y Campylobacter y Pseudomonas sp, esta última en pacientes con mayor inmunosupresión y neutropenia.

Neumonía intersticial linfoide (NIL): se considera criterio diagnóstico de SIDA en menores de 13 años. Más de la mitad de los niños sin TAR desarrollarán esta forma clínica. Se trata de una afectación pulmonar debida a infiltración progresiva de células linfoides y plasmáticas. Clínicamente, se produce insuficiencia respiratoria con hipoxemia crónica y tos. El paciente presenta evolutivamente un tórax hiperinsuflado y acropaquias. Dentro de este tipo de manifestación, está la parotiditis crónica recidivante, muy frecuente en la infancia y que obliga a descartar la infección VIH.

Manifestaciones organoespecíficas: el VIH es una infección multisistémica que puede producir alteración de los distintos órganos y sistemas. La hepatitis es frecuente pudiéndose encontrar incremento de transaminasas de forma intermitente, debido al VIH. Debe descartarse la coinfección por otros virus hepatotropos que comparten el mismo mecanismo de adquisición, como son el VHC y el VHB. Afectación cardiaca, como miocarditis o miocardiopatías. Alteraciones renales, síndrome nefrótico con anatomía patológica en la que se encuentra glomeruloesclerosis focal o glomerulonefritis mesanquial proliferativa. Afectación digestiva, enteritis por VIH que origina un cuadro malabsortivo, pancreatitis, hidrops vesicular. Vaculopatías, afectación neuropática y miositis, en el caso del pulmón se produce hipertensión pulmonar. Alteraciones hematológicas, pudiéndose afectar cualquiera de las tres series. La mayoría de las veces, la alteración es de tipo periférico, por afectación inmune. Puede encontrarse trombopenia, muy frecuente asociada al VIH, revierte tras el inicio del TAR, anemia, a veces con Coombs directo positivo, leucopenia y neutropenia. También pueden producirse alteraciones de la coagulación.

Afectación neurológica: presente en un 20% de los niños sin TAR. Puede presentarse como “forma progresiva”, afectando a lactantes y niños pequeños y es la forma más grave. El niño pierde las adquisiciones conseguidas y se afectan de forma progresiva todas las funciones cerebrales (cognitiva, motora, del lenguaje), siendo típica la tetraparesia espástica. Otra forma de presentación es la forma llamada “estática”, de curso lento, presentando un deterioro neurológico que ocasiona retraso en el cociente intelectual, pero sin presentar pérdida de adquisiciones. La encefalopatía es considerada criterio de SIDA por su gravedad.

Infecciones oportunistas: poco frecuentes en la infancia. La más frecuente es la neumonía por Pneumocystis jirovecci. Puede presentarse en los lactantes, siendo en muchas ocasiones, el debut de la enfermedad. La incidencia ha disminuido al incorporar la profilaxis con cotrimoxazol en el primer año de vida, en todos los lactantes con VIH y cuando los CD4 son inferiores al 15%. Otras infecciones oportunistas son: la candidiasis esofágica, las infecciones diseminadas por CMV, toxoplasmosis, infección por criptosporidium, infecciones diseminadas por micobacterias atípicas, por herpes simplex, por VVZ, tuberculosis, leucoencefalopatía por JC y criptococosis, estas últimas poco frecuentes en niños.

Infecciones virales: pueden ser graves si el paciente se encuentra inmunodeprimido, como es el caso del sarampión; es necesario testar la inmungenicidad tras la vacunación y, en caso de no respuesta, revacunar y administrar gammaglobulina al entrar en contacto con un caso. El herpes zóster recidivante, frecuente en el niño en la era pre TAR, la vacunación con la vacuna de varicela junto con el TAR ha disminuido su incidencia. Otras infecciones virales frecuentes en la edad pediátrica, como son: VRS, adenovirus, parainfluenza, influenza o enterovirus, pueden tener mayor morbilidad en el niño VIH, presentando además sobreinfecciones bacterianas, por lo que está indicada la vacunación anual frente a gripe.

Tumores: poco frecuentes en la infancia. Se han descrito algunos casos de sarcomas de kaposi, linfomas Burkit y linfoma primario del SNC. Así como leiomiomas asociados a EBV.

Síndrome de reconstitución inmune: se produce cuando el paciente VIH presenta un empeoramiento clínico tras el inicio del TAR. Se debe a una respuesta inflamatoria que aparece ante infecciones que padece el paciente y que están latentes y toleradas, debido a la inmunosupresión. En Pediatría, es frecuente la BCGitis en niños pequeños vacunados de BCG, y también la aparición de sintomatología tuberculosa, entre otras. Es muy importante realizar un despistaje de infecciones oportunistas ocultas antes de iniciar el TAR, sobre todo en un paciente que va a iniciar TAR, encontrándose muy inmunodeprimido. No se debe interrumpir el TAR y, en algunas circunstancias, puede ser útil el uso de corticoides, además de tratar la infección que se ha desenmascarado(14).

Diagnóstico

El diagnóstico del VIH se establece por marcadores virológicos en los primeros 18 meses, y Acs específicos en los mayores de 18 meses.

El diagnóstico de la infección VIH se puede sospechar por la sintomatología que el niño presenta, así como por las alteraciones analíticas que el VIH produce. La confirmación de la infección se hará empleando distintas técnicas en función de la edad del niño. Si este tiene más de 18 meses, se debe realizar una serología específica, pero si el niño es menor de 18 meses de edad, se deberán realizar test de diagnóstico virológico para detectar las partículas virales en la sangre.

Diagnóstico en el recién nacido expuesto a VIH: debe realizarse en las primeras 48 horas de vida, una prueba de RNA-VIH cualitativa mediante técnicas de biología molecular (carga viral). Esta técnica detecta el virus libre en plasma antes de que se integre en el linfocito, de modo que se ha utilizado como diagnóstico precoz de la infección en el recién nacido, llegando a diagnosticar hasta el 93% de los niños infectados en el momento del parto. La técnica de detección de DNA-VIH por PCR, que identifica el VIH integrado en el linfocito, es una técnica diagnóstica que se ha usado mucho hasta la actualidad, pero puede no ser positiva inicialmente en los casos de infección en el parto. Hoy en día, tiene el inconveniente de que cuando se usan kits comerciales pueden no identificarse los subtipos no B del VIH, cada vez más predominantes en todo el mundo.

Para completar el estudio de diagnóstico neonatal, debe realizarse una segunda prueba de diagnóstico virológico mediante PCR a las 6-8 semanas de vida y, posteriormente, otra entre los 4-6 meses de edad.

Toda prueba positiva debería confirmarse mediante una segunda prueba sin demorar el inicio del TAR. La infección VIH se descarta mediante dos o más pruebas negativas de VIH realizadas en dos muestras de sangre independientes, después del mes de vida, y una de ellas más allá de los 4 meses. La infección puede excluirse razonablemente mediante pruebas serológicas específicas (Western blott), dos serologías negativas después de los 6 meses, separadas, al menos, un mes. La infección se descarta definitivamente con una serología negativa a los 18 meses.

Seguimiento del niño VIH

En el seguimiento del niño VIH, se deben realizar controles de salud que incluyen la administración de la vacunación sistemática con algunas consideraciones. En cada visita, se debe realizar anamnesis detallada del cumplimiento del TAR, ya que la toma correcta es lo que garantiza el buen pronóstico del paciente.

El seguimiento del niño VIH debe realizarse mediante los controles de salud que se realizan en otros niños, pero además es importante tener en cuenta que se necesita una monitorización por parte de un equipo de atención multidisciplinar especializado en VIH, ya que es necesario efectuar controles analíticos y clínicos periódicos en un paciente que toma un TAR ininterrumpido y en el que se debe ir realizando la revelación de la infección de forma gradual. En las visitas de las consultas hospitalarias, uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta, es realizar siempre una anamnesis detallada sobre la toma de la medicación antirretroviral y su cumplimiento, ya que es lo que garantizará el buen pronóstico del paciente. Llegada a la adolescencia, hay que tener en cuenta que el estilo de visita debe modificarse, para dar protagonismo al paciente, creando espacios en los que este entre solo a la consulta. Es importante hablar con el paciente de aspectos relacionados con la sexualidad, así como con el consumo de sustancias ilícitas o que puedan crear adicción. Debe derivarse a la adolescente a la consulta de ginecología. Con todo ello, se irá preparando al paciente a una etapa que llegará pasados unos años, que es la transición a las consultas de Adultos. Es tarea del equipo de Pediatría lograr que el adolescente adquiera autonomía y responsabilidades, para que la transición culmine con éxito, lo cual significa que el paciente una vez trasferido a Adultos, no se desvincule de su TAR y su seguimiento por los sistemas de Salud(3,9).

Vacunación(8)

• Dentro del seguimiento, es imprescindible la optimización en el calendario de inmunización. Estos niños deben recibir todas las vacunas que se encuentran en el calendario sistemático sin excepciones. Las vacunas de virus vivos atenuadas se administrarán siempre que el recuento de CD4 sea >15%. Se tendrá en cuenta que algunas vacunas no están financiadas en los calendarios y estos niños deben recibirlas.

• La vacuna BCG no está indicada en niños VIH, debido a la posibilidad de diseminación de la micobacteria.

• La vacuna de poliomielitis debe administrarse de forma parenteral.

• La vacuna de fiebre amarilla solo se administrará si hay un riesgo muy elevado en el niño que va a viajar.

• Se recomienda la vacunación anual frente a gripe en niños infectados por VIH a partir de los 6 meses de edad.

• El niño infectado por VIH debe ser inmunizado frente a neumococo con los dos tipos de vacunas; inicialmente, con la vacuna conjugada (PCV13) y, a partir de los 2 años, con la vacuna polisacárida (PPV 23 valente).

• La inmunización con vacuna meningocócica está también indicada, debiéndose proteger frente a todos los serotipos para los que hay disponible vacuna, mediante la administración de las vacunas conjugadas MenB y la tetravalente MenACWY.

• Se recomienda vacunación con vacuna de rotavirus en el periodo de lactante

• Se recomienda vacunación con vacuna papilomavirus humano, tanto en la niña como en el niño.

• Es recomendable realizar una monitorización periódica del estado de seroprotección siempre que sea posible, siendo aconsejable la administración de dosis de refuerzo si se necesita. El estudio de Acs protectores vacunales se recomienda realizarlo en torno a: 4-6 años de edad, 9-11 años de edad, 14-16 años de edad. Debe valorarse la revacunación en caso de tener títulos de Acs por debajo del nivel protector recomendado.

• Ante exposición a casos de infección de sarampión, rubéola, parotiditis o varicela, debe recibir inmunoprofilaxis pasiva con inmunoglobulina si se desconoce el estado de protección, no tiene títulos protectores o se encuentra con inmunodeficiencia grave (<15% CD4).

• Debe recibir profilaxis antimicrobiana si ha estado en contacto con un caso de meningitis meningocócica o por Haemophylus.

• Debe recibir tratamiento y profilaxis con oseltamivir en caso de infección y contacto con gripe, siempre que no esté vacunado y presente inmunosupresión moderada o grave o, en el caso de estar vacunado, tenga inmunosupresión grave y dificultades en los cuidados.

• Los convivientes del niño VIH deberían estar inmunizados correctamente.

Profilaxis frente a infecciones oportunistas

• Neumonía por Pneumocystis jirovecci: todos los lactantes menores de 1 año independientemente de sus cifras de CD4, así como en mayores, cuando estos sean <15%, deben recibir profilaxis con cotrimoxazol para evitar la neumonía por PNJ.

• Tuberculosis: ante una induración de PPD > de 5 mm se realizará profilaxis secundaria con isoniazida a 10-15 mg/kg/día. También, si el niño se expone a un caso de tuberculosis como profilaxis primaria.

• Profilaxis frente a otras infecciones oportunistas, como Mycobacterium avium complex y toxoplasma. Se recomienda profilaxis, si la inmunosupresión es muy grave con cifras de CD4 muy bajas.

Revelación de la infección

Se hará de forma gradual, adecuando la información a la edad del paciente y contando siempre con la colaboración y aceptación de la familia. Lo ideal es que al llegar a la adolescencia, el paciente tenga conocimiento de su estado de infección, para que pueda asumir su diagnóstico con toda la información necesaria en cuanto a lo importante que es la toma del TAR y cuáles son los mecanismos de transmisión.

Tratamiento

El TAR es tan exitoso que ha conseguido normalizar la calidad de vida de los niños con VIH. El TAR es Universal para todos los niños con VIH. Se debe concienciar a la familia de que el cumplimiento del TAR es lo que va a garantizar el buen pronóstico del niño, y de que este debe ser cercano al 100%. La eficacia y toxicidad del TAR debe monitorizarse periódicamente realizándose controles analíticos.

El tratamiento antirretroviral es lo que ha demostrado disminuir la morbilidad y mortalidad, así como ha normalizado la calidad de vida del niño VIH. Hoy en día, las indicaciones de TAR son universales, todas las personas con VIH deberían recibir TAR independientemente de su situación clínica e inmune. Se ha demostrado que la TAR ofrece beneficios, no solo en cuanto a la inmunidad sino también en cuanto a inflamación y envejecimiento, presente y acelerado en los pacientes con VIH que no reciben TAR.

Recibirán TAR de forma “urgente” todos aquellos niños que tengan sintomatología clínica y que tengan afectación inmune. Si no existe clínica y los CD4 no se encuentran afectados, el inicio del TAR debe hacerse de una forma preferente en niños menores de 5 años y adolescentes, pudiéndose post­poner en los niños mayores. El motivo de que el TAR sea preferente en niños pequeños, se debe a la rápida progresión de la infección en estos y, en el caso del adolescente, porque se ha demostrado que si el paciente tiene carga viral indetectable, no transmite el VIH por vía sexual(6,7).

El TAR es un tratamiento combinado que incluye fármacos de familias distintas. Las familias de fármacos actúan en distintas dianas de la replicación del virus, lo que hace al TAR más eficaz y evita la generación de mutaciones de resistencias. Existen los inhibidores de la transcriptasa inversa análogos de los nucleósidos (abacavir [ABC], didanosina [ddI], emtricitabina [FT], estavudina [d4T], lamivudina [3TC] y zidovudina [AZT]) o nucleótidos (tenofovir [TDF]) y no análogos (nevirapina [NVP], efavirenz [EFV], etravirina [ETV]), los inhibidores de la proteasa que deben ir potenciados con ritonavir (r) o cobicistat (CB) para tener buenos niveles y evitar la generación de resistencias (atazanavir [ATZ], lopinavir [LPV], darunavir [DRV], indinavir [IDV], fosamprenavir [FPV], saquinavir [SQV], tipranavir [TPV]) y los inhibidores de la integrasa (rategravir [RTV], elvitegravir [EVG] y dolutegravir [DTG]). Estos serían los que se utilizan con más frecuencia, otros fármacos menos empleados serían los inhibidores de los correceptores CCR5% y los inhibidores de la fusión.

Existen unas guías de TAR en Pediatría, en las cuales se especifican cuáles son los fármacos de primera línea y cuáles están disponibles y aprobados según las edades. El tratamiento recomendado en la actualidad, consiste en un régimen de tres fármacos: 2 análogos nucleósidos de la transcriptasa inversa (INTI) (ABC+3TC o FTC, ZDV+3TC o FTC) y 1 inhibidor de la proteasa (IP) (LPV/r, DRV/r o ATZ/r) o dos INTI + un inhibidor de la trranscriptasa no análogo (INNTI) (NVP, ETV, EFV). Los fármacos de la nueva familia de Inhibidores de la Integrasa (II) (RTV,EVG,DTG) también pueden emplearse como tercer fármaco en combinación junto a los dos INTI, existiendo formulaciones combinadas en un solo comprimido que están aprobadas a partir de 12 años, haciendo más fácil el cumplimiento del TAR en la adolescencia(6,7).

Antes de iniciar el TAR, debe realizarse el estudio del HLAB5701 en el paciente, ya que este predice hipersensibilidad a ABC, debiéndose evitar su uso si este fuese positivo. También, se debería realizar estudio de mutaciones de resistencias.

El TAR debe realizarse de forma diaria, siendo la medicación comprimidos o jarabes, y cuyo cumplimiento debe ser óptimo, suponiendo ello el cumplimiento de más del 95% de las tomas para evitar la generación de resistencias. Es muy importante concienciar a los adultos responsables del niño de la importancia del TAR y su adherencia correcta. Además, se debe tener en cuenta que las formulaciones y los fármacos no están todos disponibles para todas las edades y estos deben ir modificándose según el peso y superficie corporal del paciente. Se deben realizar controles periódicos para comprobar la eficacia y toxicidad del TAR, cada 3 meses, si el paciente está bien controlado, y de forma más frecuente si no está bien controlado (C viral detectable), acaba de modificarse este, es un niño pequeño que cambia de peso rápidamente o si es un adolescente con problemas en la adherencia. Un paciente en TAR debe mantener controlada la replicación del VIH, manteniendo cargas virales indetectables (<20 copias/ml), si esto no fuese así, debe investigarse la causa. La mayoría de las veces suele ser debido a problemas de cumplimiento, deben descartarse también interacciones farmacológicas, mala dosificación entre otras causas y, si todo ello está descartado, se valorará la posibilidad de que el fracaso sea por falta de eficacia del TAR por resistencias al mismo.

El beneficio del TAR es incuestionable y, además, los fármacos actuales son menos tóxicos que los que se usaban anteriormente. Con el inicio del TAR precoz, así como con el empleo de los nuevos fármacos, apenas se observan toxicidades que se veían en épocas anteriores, relacionadas con la redistribución de la grasa corporal (lipodistrofia), ni tampoco toxicidades mitocondriales. Se debe monitorizar los lípidos, la glucemia y la resistencia periférica a la insulina, el riñón (función renal y toxicidad tubular), el hueso (densidad mineral ósea mediante DEXA), la función hepática, la afectación del sistema nervioso central en relación con trastornos del sueño y trastornos psiquiátricos, entre otras posibles toxicidades.

Prevención

Debe realizarse educación sexual en la preadolescencia y adolescencia para evitar las nuevas infecciones en la población joven. El test de VIH se debe hacer de forma universal en el embarazo y si fuese negativo, se repetirá, al menos, en el tercer trimestre.

La prevención de la infección VIH en la población infantil y en la adolescencia, consiste en intentar evitar las nuevas infecciones, interviniendo en los puntos en los que se adquiere el VIH.

Adquisición de la infección: en la edad pediátrica, la forma de adquisición de la infección puede ser por dos vías, vertical (de la madre con VIH) y horizontal (sexual o parenteral).

Transmisión de la infección:

1. Transmisión vertical: ha sido y es la forma más frecuente de infección en niños. La tasa de transmisión, sin poner en práctica los protocolos de transmisión maternoinfantil, oscilan entre un 14% y un 35%. En 1994, el ensayo ACTG076, que utiliza zidovudina como profilaxis, demuestra que el tratamiento antirretroviral al final de la gestación, en el parto y en el recién nacido, puede reducir las tasas a un 3,7%-8%. Este hito fue de enorme importancia como prueba de concepto, y así, posteriormente, se ha demostrado que el control de la carga viral en el embarazo mediante el tratamiento combinado en la gestante es el objetivo a conseguir para evitar la transmisión de la infección al recién nacido.

Hoy en día, la realización del test del VIH en las gestantes de forma universal es lo que ha conducido, junto con la aplicación de los protocolos actuales de profilaxis de transmisión maternoinfantil, a disminuir la infección vertical en Pediatría a menos de un 1% si se lleva a cabo de forma correcta. El test de VIH debe realizarse en el primer trimestre del embarazo y posteriormente en el resto de controles si este fuese negativo, sobre todo, siempre repetirlo en el tercer trimestre. Si la gestante estuviese infectada por VIH, se aplicarán los protocolos de prevención de la transmisión maternoinfantil.

La lactancia materna está contraindicada en nuestro medio, ya que la infección se puede adquirir por este mecanismo.

2. Transmisión horizontal: en nuestro medio el control de los hemoderivados hace que no se produzcan infecciones por esta vía. Los niños que acuden de países donde no hay un control tan estricto hace que algunos casos puedan adquirirse de este modo. La vía sexual es una vía de infección por la que pueden infectarse los adolescentes. La población joven está teniendo las relaciones sexuales a edades cada vez más tempranas y, a pesar de tener enorme acceso a la información, la falta de protección hace que se produzcan infecciones de transmisión sexual, entre ellas la infección por el VIH.

En la población adolescente sexualmente activa es imprescindible realizar campañas de educación sexual. Así mismo, como pediatras, es necesario no pasar por alto la educación de la población preadolescente y adolescente en hábitos tóxicos, como son el empleo de drogas consideradas de uso ilícito y otras sustancias adictivas.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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2.** Documento de consenso para el seguimiento de la infección por el VIH en relación con la reproducción, embarazo, parto y profilaxis de la transmisión vertical del niño expuesto. Grupo de expertos de la Secretaría del Plan Nacional sobre el Sida (SPNS), Grupo de Estudio de Sida (GeSIDA)/Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) y Sociedad Española de Infectología Pediátrica (SEIP). Marzo 2018. Disponible en:
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3.*** Recomendaciones CEVIHP/SEIP/AEP/SPNS para el seguimiento del paciente pediátrico infectado por el virus de la inmunodeficiencia humana VIH. Junio de 2009. Disponible en:
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6. Panel on Antiretroviral Therapy and Medical Management of Children Living with HIV. Guidelines for the Use of Antiretroviral Agents in Pediatric HIV Infection. Última actualización: May 22, 2018; Last Reviewed: May 22, 2018. Disponible en:
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8.*** Vacunación en niños infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Sección III: Inmunización en circunstancias especiales. Manual de vacunas en Linea de la AEP. Comité Asesor de Vacunas (CAV). Mayo 2015. Disponible en http://vacunasaep.org/print/documentos/manual/cap-15.

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Caso clínico

 

Lactante de tres meses de edad con fiebre/febrícula de dos semanas. Su médico la deriva al Servicio de Urgencias del Hospital, porque ha comenzado con irritabilidad y rechazo de las tomas. Al inicio del cuadro clínico, es diagnosticada de una otitis media, prescribiendo amoxicilina/clavulánico, sin haber mejorado en todo este tiempo.

Exploración:

Peso (p75%), BEG, muguet, exantema macular parduzco generalizado sin descamación, ACP normal, abdomen con hepatomegalia de 3 cm.

Con el diagnóstico de fiebre prolongada, se realizan exploraciones complementarias: Hb: 10,8; 7.700 leucocitos (76% L); GOT: 188; GPT: 68; PCR 0,2 mg/dl; orina sin alteraciones; hemocultivo (pendiente); serologías (pendientes); y Rx tórax (sin hallazgos).

Antecedentes familiares:

• Madre (nacida en Perú), GAV: 413, proceso febril a las pocas semanas del parto de la paciente, que obligó a retirar lactancia, vista en Urgencias, se realiza una analítica donde se objetiva leucopenia y se la diagnostica de “probable viriasis”. El embarazo de la paciente había sido controlado: presentando en primer trimestre ELISA VIH + con WB-, no se repite posteriormente.

• Padre (nacido en Perú), visto en médico de Atención Primaria por faringitis y estomatitis de repetición. No es el padre de los otros hijos que tiene la madre.

Exploraciones complementarias:

Serologías (TORCH, HCV, HBV, Epstein Bar, Brucela, parvovirus negativas), Mantoux, eco abdominal normal.

Evolución:

Durante el ingreso:

• Fiebre de hasta 40ºC.

• Hb: 14,4; leucocitos: 7.600 (57%L); plaquetas: 306.000; VSG: 14; AST: 742; ALT: 317; FA: 394; GGT: 549; PCR: 0.

VIH ELISA positivo, W. Blott indeterminado, se inicia profilaxis con cotrimoxazol.

Carga viral VIH >500.000 copias, CD4 22% (1.540/mm3); CD8 13% (910/mm3); IgG 289 mg/dl; IgA<6; IgM 46 mg/dl.

• Durante el ingreso:

- Fiebre, candidiasis oral/faríngea (esofágica), hepatoesplenomegalia, alteración neurológica, afectación motora, regresión desarrollo neurológico (pérdida sostén cefálico, alteración de la movilidad del miembro superior derecho).

• Estudio familiar:

- Madre y padre proceden de Perú diagnosticados de infección por VIH (tras el diagnóstico de la paciente; padre pérdida peso >5 kg y aftas orales).

Diagnóstico: infección VIH C2.

Tratamiento:

Se pauta tratamiento para su infección VIH, según las guías y recomendaciones, así como tratamiento para la candidiasis de mucosas. También, se pauta profilaxis con cotrimoxazol.

• Lopinavir/ritonavir+abacavir+lamivudina (sonda nasogástrica).

• Profilaxis cotrimoxazol.

• Fluconazol oral.

 

 

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