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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

PEDIATRÍA INTEGRAL Nº7 – OCT-NOV 2025

Efectos secundarios por el uso prolongado de inhibidores de la bomba de protones en lactantes

De interés especial
 


N. Silva Caparrós*, A. Rodríguez Martínez*, C. Coronel Rodríguez**

*Sección de Gastroenterología, Hepatología, Nutrición Pediátrica y EIM. UGC de Pediatría. Hospital Universitario Virgen del Rocío. Sevilla
**Grupo de Gastroenterología de la SEPEAP. Centro de Salud “Amante Laffón”. Sevilla


Resumen

El uso de inhibidores de la bomba de protones (IBP) en lactantes ha experimentado un incremento notable en la última década, pese a las recomendaciones internacionales que limitan su empleo. El objetivo de este artículo es realizar una puesta al día sobre los efectos adversos asociados al uso prolongado de IBP en esta población. Se realizó un análisis de la literatura reciente, incluyendo guías de práctica clínica y estudios observacionales. Los resultados indican que, aunque los IBP son eficaces en casos seleccionados de enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) con complicaciones, su prescripción en lactantes regurgitadores sin signos de alarma carece de justificación. La mayoría de los episodios de reflujo son fisiológicos y autolimitados, sin necesidad de supresión ácida. Entre los efectos adversos descritos por la exposición prolongada, destacan alteraciones de la microbiota con aumento de infecciones intestinales y respiratorias, malabsorción de hierro, vitamina B12 y magnesio, hipergastrinemia con repercusión sobre la densidad ósea, incremento del riesgo de alergias, asma, enfermedades autoinmunes y afectación renal. En conclusión, los IBP deben reservarse a casos estrictamente seleccionados, con tratamientos cortos (4-8 semanas), evitando la medicalización de procesos fisiológicos. Es esencial reforzar las medidas no farmacológicas y transmitir tranquilidad a las familias.

 


Abstract

The use of proton pump inhibitors (PPIs) in infants has markedly increased over the past decade, despite international recommendations restricting their use. The aim of this article is to provide an updated review of the adverse effects associated with long-term PPI therapy in this population. A comprehensive analysis of recent literature was conducted, including clinical practice guidelines and observational studies. Findings indicate that, although PPIs are effective in selected cases of gastroesophageal reflux disease (GERD) with complications, their prescription in infants with uncomplicated regurgitation and no alarm signs is not justified. Most reflux episodes are physiological and self-limiting, requiring no acid suppression. Reported adverse effects of prolonged PPI exposure include alterations of the gut microbiota with an increased incidence of gastrointestinal and respiratory infections, malabsorption of iron, vitamin B12, and magnesium, hypergastrinemia with negative impact on bone density, and a higher risk of allergies, asthma, autoimmune diseases, and renal impairment. In conclusion, PPIs should be reserved for strictly selected cases, with short treatment courses (4-8 weeks), while avoiding the medicalization of physiological processes. Reinforcing non-pharmacological measures and reassuring families are essential components of management.

 

Palabras clave: Inhibidores de la bomba de protones; Lactantes; Enfermedad por reflujo gastroesofágico; Efectos adversos; Microbiota.

Key words: Proton pump inhibitors; Infants; Gastroesophageal reflux disease; Adverse effects; Microbiota.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (7): 547.e1–547.e6


Efectos secundarios por el uso prolongado de inhibidores de la bomba de protones en lactantes

https://doi.org/10.63149/j.pedint.87

 

Introducción

El aumento del uso de inhibidores de la bomba de protones (IBP) en pediatría ha despertado cierta preocupación por su habitual prescripción en lactantes regurgitadores, con facilidad para el vómito, irritabilidad, llanto frecuente u otro tipo de manifestaciones clínicas no siempre patológicas. Cada vez, con mayor frecuencia, asistimos al abuso de este grupo de fármacos, sobre todo por su empleo prolongado en el tiempo, observándose prescripciones incluso como preventivo de bronquitis de repetición. Pensamos que el reflujo, en lactantes, como causa de irritabilidad, ha sido sobrediagnosticado y sobretratado y, como todo fármaco, su uso no es inocuo y no está exento de efectos adversos. Por ello, es recomendable usar la mínima dosis efectiva durante el menor tiempo posible(1,2). Quizás su coste, muy reducido actualmente, tanto en su presentación dispensable en farmacia como en fórmula galénica, ha hecho que este sobreuso no despierte el interés de las autoridades sanitarias, y menos de las inspecciones de las prescripciones farmacéuticas. Su coste en la presentación de 2 mg/ml, que es de las más utilizadas en estas edades, puede llegar a no superar los 10 € la solución de 100 ml (Fig. 1) y, en ocasiones, basta un único envase para un mes de tratamiento.

Figura 1. Fórmula magistral de omeprazol dispensada en una farmacia.

 

El reflujo gastroesofágico (RGE) es el paso del contenido gástrico al esófago, con o sin regurgitación y vómitos, y se cataloga de enfermedad por reflujo (ERGE) cuando este repercute en la actividad diaria o aparecen complicaciones. En la mayoría de los lactantes es fisiológico, “regurgitador feliz”, y suele ser de baja acidez. En los casos de enfermedad, se desarrollan síntomas inespecíficos, que se pueden presentar tanto en lactantes con ERGE como sin él, como pérdida de peso, irritabilidad, llanto, disfagia, arqueamiento de la espalda durante la alimentación y retraso del crecimiento(1,2).

A pesar de que las nuevas guías de 2018 de las sociedades europeas(1) y norteamericanas de gastroenterología, hepatología y nutrición pediátrica desestimasen el uso generalizado de IBP en la infancia, recomendando un uso más estricto –por la falta de evidencia frente a placebo–, se observa una tendencia creciente en el uso de IBP en lactantes. En el estudio realizado por Lyamouri M et al.(2) se puso de manifiesto esta tendencia creciente en tres países nórdicos, con un aumento de 4,4 veces en la dispensación de IBP a lactantes, siendo esta tendencia también evidente en otros muchos países(1,2).

Las familias suelen ejercer una gran presión para iniciar terapias antirreflujo o realizar pruebas diagnósticas, debido a la gravedad percibida de los síntomas, pero hay que recordar que, en ausencia de signos de alarma y si los síntomas no afectan la alimentación, el crecimiento ni a la adquisición de los hitos del desarrollo, no son necesarias ni las pruebas diagnósticas ni las terapias, incluida la supresión ácida(1).

En pediatría, más aún en lactantes, falta información acerca de la seguridad y eficacia de terapias a largo plazo con inhibidores de la bomba de protones. La metabolización del fármaco es hepática, llevada a cabo por el complejo enzimático del citocromo p450. Esta enzima está ausente en aproximadamente el 3 % de la raza blanca y el 20 % de la asiática, por lo que podría haber casos de intoxicación al usar el medicamento incluso a las dosis habituales.

Posología

El pediatra siempre ajustará la cantidad de omeprazol en función del peso del niño, pero como norma general:

• Neonatos: 0,5-1,5 mg/kg/dosis (una vez al día).

• Lactantes: dosis de 0,7 mg/kg/dosis (una vez al día) han demostrado ser eficaces.

• Niños de más de un año y que pesen entre 10 y 20 kg, 10 mg (una vez al día).

• Niños de más de 20 kg, 20 mg (una vez al día).

En esofagitis por reflujo, lo habitual es que la duración del tratamiento sea de 4 a 8 semanas.

En el tratamiento sintomático del ardor y la regurgitación ácida en la enfermedad por reflujo gastroesofágico, la duración del tratamiento es de 2-4 semanas. Si no se ha logrado un control de los síntomas tras 2-4 semanas, debe evaluarse de nuevo al niño, pero algunos con enfermedades crónicas pueden necesitar un tratamiento más a largo plazo, aunque no se recomienda por lo general.

Los efectos del tratamiento comienzan a ser percibidos por la familia, cuando existe una correcta indicación, a partir de la segunda dosis, notando al bebé menos irritado y descansando más tranquilo.

Es importante hacer la observación de que el omeprazol suspensión vía oral se mantiene estable y conserva el 90 % de su potencia hasta 14 días después sin refrigerar (a 22ºC), por lo que precisa para su estabilidad de refrigeración (2ºC-8ºC) y ser protegida de la luz, conservando una fecha de caducidad de hasta 60 días desde la elaboración. Lo ideal es guardarlo en la puerta del refrigerador, y si se hace en un estante, hay que asegurarse de que no se acerque a la pared posterior, ya que podría congelarse y perder su efectividad.

Manejo de enfermedad por reflujo

Siguiendo el algoritmo propuesto en la última guía de Rosen et al.(1) (Fig. 2), dado que los IBP no presentan efectividad en los síntomas extraesofágicos, que los lactantes presentan principalmente reflujo no ácido y considerando los potenciales efectos secundarios que pueden presentarse con el uso prolongado de IBP, su empleo de forma mantenida en el tiempo se debe reservar solamente a aquellos casos en los que la derivación a gastroenterología pediátrica no sea posible(1).

Figura 2. Algoritmo del manejo diagnóstico y terapéutico de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) en lactantes. Tomada y modificada de la nueva actualización de la guía para el manejo de la ERGE(1).

 

Según este mismo documento, se recomienda, como primera medida terapéutica, la modificación de alimentación mediante el empleo de fórmulas o espesantes o mediante la administración de volúmenes de alimentación más reducidos. Si esto no es efectivo, se realizará una prueba terapéutica con fórmulas extensamente hidrolizadas o a base de aminoácidos durante 4 a 8 semanas; en los casos en que persista la sintomatología, considerar derivación a los servicios de gastroenterología infantil o realizar una prueba terapéutica con IBPs durante un máximo de 8 semanas, posteriormente retirar para valorar la sintomatología; si no mejoran o recurren, se deberían realizar otros estudios y buscar otras causas.

Diagnóstico de ERGE

Es importante realizar una correcta anamnesis, prestando atención a los síntomas de alarma de la ERGE (Tabla I) y realizando un correcto diagnóstico diferencial (Tablas II y III).

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En la historia clínica se deberá recoger: la edad de inicio de los síntomas; el historial completo de alimentación y dieta (duración del periodo de alimentación, volumen de cada toma, tipo de fórmula, presencia o no de lactancia materna, métodos de mezcla de la fórmula, empleo de aditivos, restricción de alérgenos maternos, intervalo entre las tomas…); el patrón de las regurgitaciones y los vómitos (postprandiales o mucho después de las tomas, nocturnos, digeridos versus no digeridos); los antecedentes médicos familiares y personales (incluidos los psicosociales); la existencia de posibles desencadenantes ambientales (como el consumo de tabaco y la exposición al humo de tabaco ajeno); la trayectoria de crecimiento del paciente; las intervenciones farmacológicas y dietéticas previas; y la presencia o no de signos o síntomas de alarma. Sin olvidar ofrecer educación y apoyo a los padres como parte del tratamiento.

El exceso de irritabilidad y dolor sin clínica sugestiva de ERGE, en raras ocasiones, se asocia con la misma. Además, existe evidencia de que los IBP, como tratamiento para el llanto y la irritabilidad, no resultaron mejores que el placebo(1,2). Por ello, insistimos en que el uso de omeprazol en el cólico del lactante, así como en una amplia variedad de síntomas funcionales (flatulencias, rechazo en la alimentación, distensión abdominal, etc.), no tiene un apoyo científico y su uso debe ser desaconsejado. Más aún, cuando la ERGE se caracteriza por iniciarse generalmente después de los 6 meses de vida, y es muy poco frecuente antes de esa edad.

Una excepción la suponen ciertas patologías que tienen mayor riesgo de presentar ERGE, como son: parálisis cerebral infantil, fibrosis quística, hernia diafragmática congénita o enfermedades pulmonares crónicas(3).

Efectos secundarios de los IBP en lactantes

Aunque los estudios en lactantes son limitados, los efectos secundarios descritos, atribuidos a la exposición prolongada a IBP, son: cefalea, diarrea, náuseas o estreñimiento, y otros, como hipoclorhidria e hipergastrinemia, deficiencias de vitaminas y minerales, deterioro de la salud ósea, alergias alimentarias e interacciones farmacológicas(2,4,5). A continuación, describimos entidades que se han relacionado negativamente con el empleo de IBP en pediatría.

Osteoporosis

Aunque la evidencia es limitada en la población pediátrica, existen estudios que relacionan riesgo de baja densidad mineral ósea y fracturas óseas en etapas posteriores de la vida tras el uso prolongado de IBP. En hasta un 16 % de los pacientes, se observa una hiperplasia de las células parietales que, ligado a una hipergastrinemia crónica (hasta en el 73 % de los pacientes), puede provocar una hiperplasia paratiroidea, y una consiguiente mayor pérdida de calcio del hueso. Del mismo modo, la hipoclorhidria puede aumentar la actividad osteoclástica, disminuyendo así la densidad ósea(2,5,6).

Enterocolitis necrotizante

No existen datos suficientes sobre la seguridad y eficacia de los IBP en neonatos con ERGE. Se sugiere que el ascenso del pH gástrico provoca alteraciones en la microbiota, favoreciendo la enterocolitis, pero faltan estudios que confirmen esta hipótesis. De hecho, los escasos estudios en estos pacientes sugieren que la clínica de reflujo tiene más que ver con el volumen que con la propia acidez; por ello, no sería recomendable el uso de IBP en estos pacientes(4,7,8).

Malabsorción

En un primer momento, se postuló que la hipoclorhidria favorecía el déficit de hierro en pacientes sanos, porque limitaba la oxidación del mismo para su absorción. Sin embargo, no se han encontrado estudios relevantes que apoyen este hecho. No obstante, en pacientes con anemia ferropénica o en riesgo de la misma, como son los lactantes con lactancia materna, el uso de IBP de manera crónica interfiere con el tratamiento oral con hierro. Por este motivo, se recomienda monitorizar el perfil férrico en pacientes con factores de riesgo o anemia previa que requieran tratamiento prolongado con omeprazol. Por otro lado, la secreción gástrica ácida es necesaria para la absorción de la vitamina B12, pudiendo favorecer el déficit de la misma. Aunque no se conoce la causa como tal, pueden favorecer la hipomagnesemia mantenida, que solo se corrige con la retirada del IBP y podría ser un factor favorecedor(9,6).

Microbiota e infecciones

Los IBP alteran la microbiota gastrointestinal, provocando una disminución de la diversidad bacteriana y generando cambios en la microbiota gástrica, asemejándola a la de la cavidad oral. Esto se asocia con un mayor riesgo de infecciones intestinales, que se reduce con la interrupción del tratamiento. Estas modificaciones pueden favorecer fenómenos de translocación bacteriana e influir en el microbioma intestinal. Estas alteraciones del microbioma y la presencia de hipoclorhidria se han visto relacionados con un aumento de infecciones por Clostridium difficile, gastroenteritis por Campylobacter o Salmonella y microorganismos resistentes. Además, parece existir cierta relación entre el empleo prolongado de IBP y el desarrollo de sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado(2,6).

En pacientes con un sistema inmunitario comprometido, la disminución de la barrera protectora gástrica se ha asociado con un aumento de casos de sepsis nosocomial. Aunque se postulaba que el aumento de la colonización bacteriana en el estómago podría aumentar el número de infecciones respiratorias bajas por aspiración, en el estudio reciente de Blank M-L et al. no observaron diferencias significativas(4,6,10).

Gastritis atrófica

El empleo prolongado de IBP favorece el desarrollo de una gastritis crónica atrófica, que es una atrofia progresiva del epitelio glandular con pérdida de células parietales y células principales. La pérdida de las glándulas exocrinas normales de la mucosa gástrica provoca hipoclorhidria y, como consecuencia, un aumento del pH gástrico y el desarrollo de pólipos en las glándulas fúndicas. Ambas alteraciones desaparecen con la supresión del tratamiento. Los hallazgos publicados actualmente brindan a pacientes y médicos observaciones tranquilizadoras de que el uso prolongado de IBP no aumenta significativamente el riesgo de cáncer gástrico(6).

Enfermedades autoinmunes, alergia y asma

El uso de medicamentos supresores de ácido parece relacionarse con el aumento del riesgo de ser diagnosticado de alergia a la leche de vaca y llega a duplicar la probabilidad de desarrollar asma(6,11). El estudio de Räisänen et al. demostró una asociación entre la exposición a IBP y el desarrollo de enfermedades autoinmunes pediátricas, en particular la enfermedad inflamatoria intestinal(12).

Enfermedad renal

El uso de IBP se ha asociado al desarrollo de nefritis intersticial aguda (NIA), que es independiente de la dosis del IBP. Puede producirse recurrencia o exacerbación con una segunda exposición y a un mayor riesgo de enfermedad renal crónica (ERC), progresión de la ERC y enfermedad renal terminal, desconociéndose el mecanismo subyacente(6).

Recomendaciones

• El RGE es fisiológico en la mayoría de los lactantes y no precisan tratamiento.

• El primer escalón de la ERGE son las modificaciones dietéticas; suelen mejorar con modificaciones de volumen.

• El IBP presenta baja efectividad por el reflujo débilmente ácido de los lactantes.

• El uso de IBP en lactantes está reservado a casos seleccionados y con una duración del tratamiento baja (máximo 4-8 semanas).

• El uso de IBP se ha relacionado con múltiples complicaciones a largo plazo.

• Se necesitan más estudios sobre los efectos adversos de los IBPs a largo plazo.

• Es imperativo no medicalizar los procesos fisiológicos.

• Es importante brindar apoyo a la familia y transmitir un mensaje de normalidad.

 

Bibliografía

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