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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Manejo nutricional de los trastornos del comportamiento alimentario en el niño y adolescente

P.M. Ruiz Lázaro
Temas de FC


P.M. Ruiz Lázaro

Jefe de Sección de Psiquiatría Infanto-Juvenil HCU Lozano Blesa de Zaragoza. Profesor asociado médico de Psiquiatría. Universidad de Zaragoza. I+CS. Coordinador ZARIMA y ZARIMA-Prevención. Vocal ARBADA, AEETCA. UTCA Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa de Zaragoza

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Autor para correspondencia

pmruiz@aragon.es

Resumen

Los trastornos del comportamiento alimentario (TCA) en niños y adolescentes son patologías graves y frecuentes, discapacitantes y potencialmente mortales, que se asocian a patologías médicas multisistémicas. Con importante repercusión en la salud física, el desarrollo y el funcionamiento psicosocial. El tratamiento principal recomendado es la rehabilitación nutricional y la intervención psicoterapéutica con una terapia psicoconductual específica ambulatoria cognitivo-conductual, motivacional, basada en la familia. Se requiere hospitalización parcial o total solo en los casos más graves. Y se deben abordar las comorbilidades nutricionales, físicas y de salud mental por un equipo interdisciplinar.

 

Abstract

Eating disorders (ED) in children and adolescents are serious and frequent, disabling and life-threatening pathologies that are associated with multisystem medical pathologies. They present an important impact on physical health, development and psychosocial functioning. The main recommended treatment is nutritional rehabilitation and psychotherapeutic intervention with specific cognitive-behavioral, motivational, family-based outpatient psychobehavioral therapy. Partial or total hospitalization is required only in the most severe cases. Nutritional, physical and mental health comorbidities must be addressed by an interdisciplinary team.

 

Palabras clave: Trastornos de conducta alimentaria; Nutrición; Niños; Adolescentes.

Key words: Eating disorders; Nutrition; Children; Adolescents.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 181 – 187

 


OBJETIVOS

• Aproximarse a la detección y diagnóstico de los trastornos del comportamiento alimentario desde Atención Primaria.

• Conocer los tratamientos principales recomendados de manejo nutricional e intervención psicoterapéutica.

• Comprender la necesidad del tratamiento con hospitalización total o parcial solo en los casos más graves.

• Saber la importancia de evitar rehabilitar nutricionalmente de manera agresiva para evitar el síndrome de realimentación, pero con la meta de una recuperación ponderal relativamente rápida.

• Entender en qué consiste la prevención de los trastornos del comportamiento alimentario.

 

Manejo nutricional de los trastornos del comportamiento alimentario en el niño y adolescente

https://doi.org/10.63149/j.pedint.31

 

Introducción

Se reconocen seis trastornos del comportamiento alimentario (TCA) principales: anorexia nerviosa (AN), bulimia nerviosa (BN), trastorno por atracón (TA), trastorno por evitación-restricción de ingesta de alimentos (TERIA), pica y trastorno de rumiación (TR)(1).

Bajo este término TCA, se engloba un conjunto de enfermedades mentales que comparten la presencia persistente de una alteración del comportamiento alimentario, que afecta al estado nutricional y de salud, así como a la funcionalidad psicosocial(2). Los TCA en la infancia y adolescencia son trastornos psicosomáticos multifactoriales frecuentes, costosos, graves, discapacitantes y potencialmente mortales(1,3,4). Y afectan a las personas a lo largo de su vida, con especial impacto en el desarrollo físico y psicológico de niños y adolescentes(3). Los pacientes presentan comorbilidades médicas, psiquiátricas y posibles secuelas psicológicas(5,6).

Epidemiología

Los TCA pueden afectar a personas de cualquier edad, género, orientación sexual, etnia y geografía(1,7).

Adolescentes y adultos jóvenes, especialmente del género femenino, están en mayor riesgo. La AN comienza antes que la BN o el TA. La edad de inicio de la AN parece estar en descenso(1,7). Los grupos de riesgo lo son por edad (adolescencia), género (mujeres) o por la participación en actividades profesionales o de ocio (deportistas de élite, gimnastas, atletas, patinadores, bailarines, modelos)(8). Se pueden admitir unas horquillas de prevalencia de riesgo de TCA entre un 4 % y 12 % y de prevalencia de TCA entre el 1 % y 5 % en mujeres. Y menor del 1 % en hombres(9). Se estima una prevalencia vital en la adolescencia de AN del 0,5-1 %. Y de BN del 2-4 % en mujeres jóvenes, con inicio posterior que la AN(10).

Etiología

La AN es una enfermedad de origen multifactorial. Recientemente, se ha sumado el papel de las redes sociales y de la microbiota intestinal en la patogenia(2).

Fisiopatología

En los TCA, por la pérdida ponderal, aparecen signos/síntomas de desnutrición y de adaptación a la misma.

Con la malnutrición instaurada, en especial si esta es grave o rápida, los cambios fisiopatológicos en la AN son similares a otros estados de inanición. Con el ayuno prolongado se desarrollan mecanismos adaptativos para intentar mantener la vida. Funciones “no vitales”, como el crecimiento o la reproducción, pasan a segundo plano. Entre otros cambios, hay un hipogonadismo hipogonadotrófico adaptativo. Tales adaptaciones producen un deterioro funcional en otros sistemas que limitan la capacidad para realizar actividades físicas y mentales(11,12). En la AN, las reservas de glucosa, proteínas y micronutrientes se conservan a expensas de utilizar solo depósitos grasos; no hay cetoadaptación. Existe descenso de insulina, IGF-1, catecolaminas, T3, T4 e incremento de cortisol, glucagón y GH. Estas alteraciones permiten explicar signos y síntomas, como intolerancia al frío, disminución de frecuencia cardiaca, respiratoria o estreñimiento(11,12). En pacientes con BN se pueden observar cambios de semiinanición similares a la AN(12).

Clínica

Los TCA son entidades nosológicas diferenciadas con nexo común en una alteración continuada en la conducta alimentaria, con posible distorsión en la imagen corporal(12).

La comida, la percepción de la propia imagen y el peso corporal se transforman en los elementos centrales de la vida de las personas con TCA, relegando el resto de los aspectos a un segundo plano. Dentro de su clasificación, destacan los siguientes trastornos: AN, BN y trastorno de la conducta alimentaria no especificado (TCANE)(6,10). La AN es un trastorno de curso crónico con malnutrición, caracterizado principalmente por una negativa, restricción o disminución de la ingesta, junto a distorsión de la imagen corporal, con miedo intenso a ganar peso, a engordar, con negativa a mantener un mínimo peso normal(6,10-12). Dentro de la AN encontramos dos subtipos: restrictivo, sin atracones ni purgas, y purgativo, donde encontramos atracones y/o conductas purgativas. En la BN destaca la presencia de atracones de comida y posterior conducta compensatoria (purgas, vómitos autoprovocados, ejercicio intenso, laxantes, diuréticos…). Con marcadas alteraciones emocionales en relación con la evaluación de la imagen corporal. El trastorno por atracón se caracteriza por atracones sin conductas compensatorias. Se considera atracón al consumo rápido de una cantidad excesiva de comida, superior a la usual, con sensación de pérdida de control(6,12,13). Los TCANE serán los que no cumplen todos los criterios de los manuales al uso, como el DSM-5(6,10,12). TERIA, pica y TR se agregaron al capítulo revisado del DSM-5 TCA y de la ingestión de alimentos en 2013(12,14). El TERIA categoriza a pacientes con patrones de alimentación selectivos y/o restrictivos sin cognición distorsionada en relación con el peso, comida e imagen corporal. La pica es una forma de comportamiento peligroso, potencialmente mortal, con ingesta de sustancias no nutritivas, que ocurre con discapacidades del desarrollo y, en ocasiones, con deficiencias nutricionales (hierro, zinc)(12). El TR o mericismo es un TCA DSM-5 y un trastorno gastroduodenal funcional(12) en que la comida se regurgita y pasa a la boca, se mastica y expulsa.

Diagnóstico

La Atención Primaria es clave en su detección(4).

Hay resultados significativamente mejores para los pacientes identificados y tratados temprano, y se evita la evolución a formas crónicas(4).

Signos y síntomas de detección de TCA

En la tabla I se recogen signos y síntomas de detección de TCA.

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Sospecha de TCA

En la tabla II se recogen características que nos deben llevar a sospechar un posible riesgo de TCA.

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Ante la sospecha de un posible caso, se aconseja la utilización de instrumentos de criba, como el Cuestionario SCOFF (Sick, Control, One, Fat, Food questionnaire)(4) (Tabla III).

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Manejo del caso

En la AN, el peso y el índice de masa corporal (IMC) no son los únicos indicadores de riesgo físico, siendo recomendable una anamnesis y exploración física exhaustiva, y pruebas complementarias para un correcto diagnóstico etiológico(4).

Pruebas médicas

En la tabla IV se indican las pruebas médicas recomendadas.

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Exploración psicopatológica

En la tabla V se recoge la exploración psicopatológica recomendada.

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Diagnóstico diferencial

Con enfermedades consuntivas no neoplásicas (digestivas, endocrinas, infecciosas, hematológicas, reumatológicas, neurológicas, renales), neoplásicas y trastornos psiquiátricos(12). Los síntomas de la desnutrición pueden diagnosticarse erróneamente, como ansiedad, depresión o trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Tratamiento y manejo nutricional

Para todo TCA, el tratamiento principal recomendado de elección es rehabilitación nutricional y terapia psicoconductual, por lo general ambulatoria(1,11,12).

La intervención temprana mejora resultados. Es esencial un inicio rápido del tratamiento y atención especializados para los TCA, en lugar de la espera vigilante. Para casos leves o moderadamente graves, el primer paso es un tratamiento psicológico ambulatorio que involucre a la familia de manera apropiada para la edad. Si el riesgo médico o psicológico es alto o existe falta de respuesta a la atención ambulatoria, se puede brindar una atención más intensa diurna u hospitalaria. Alrededor del 20-35 % de los pacientes necesitarán este nivel más alto de atención. Para pacientes del espectro compulsivo, es posible secuenciar tratamientos, comenzando con autoayuda guiada y siendo seguidos por terapia cognitivo-conductual (TCC) o tratamiento farmacológico, o ambos. La recuperación es posible para más del 60 % de pacientes tras nueve años de enfermedad(1). El restablecimiento de un apropiado estado nutricional es un pilar fundamental del tratamiento en la AN. Para ello, hay que diseñar una intervención de renutrición individualizada que incluya educación nutricional(2).

Según gravedad, se trata con hospitalización total o parcial o tratamiento ambulatorio con diferentes psicoterapias, como la terapia basada en la familia (FBT), individual psicodinámica, TCC, terapia centrada en adolescentes, psicoterapia interpersonal o farmacoterapia, o su combinación. La FBT se considera de primera línea para la AN, y la segunda, la terapia centrada en adolescentes. Un tratamiento ateórico basado en la familia (FBT) es la principal modalidad de atención en niños y adolescentes. La psicoterapia focal para adolescentes puede usarse para personas más jóvenes con AN(12,16). En adolescentes con BN, la TCC es una terapia alternativa y, administrada en forma de autocuidado guiado, produce mejora más rápida en atracones que la FBT y el manual se puede compartir con los padres(1). En la BN, tanto el tratamiento familiar como la TCC son casi igual de eficaces. En el TA, la TCC y la psicoterapia interpersonal son las más beneficiosas. Para el TERIA, se podría considerar la psicoterapia o la hospitalización. Ningún medicamento ha sido aprobado por la FDA para los TCA en niños y adolescentes(15).

Las personas con TCA, a menudo, no reciben un tratamiento basado en pruebas científicas. Las nueve guías clínicas actuales respaldan los principales enfoques de tratamiento validados empíricamente con acuerdo considerable(12). Las terapias psicológicas efectivas son la primera línea en la atención y la mayoría de las personas se recuperan a medio y largo plazo(16). Las terapias psicológicas específicas, como la TCC transdiagnóstico mejorada (TCCT-M, CBT‐E), son el tratamiento de primera línea para todo TCA, con mayor impacto en reducción de síntomas(16).

Los pacientes con síntomas más graves o sin mejora ambulatoria pueden ser tratados en un programa hospitalario especializado parcial (Hospital de día) o completo, en unidad de corta estancia. Las terapias basadas en pruebas administradas por médicos, psicólogos y terapeutas formados sobre TCA se consideran las más eficaces. Y son las preferidas por las personas con TCA. Este enfoque también puede ser más rentable y reducir hospitalizaciones(12,16). El tratamiento debe abordar, además, comorbilidades nutricionales, físicas y de salud mental por un equipo interdisciplinar. En casos más complejos, como la mayoría de personas con AN, casos más graves de BN y TA, y aquellos que requieren atención hospitalaria, se requieren apoyos interdisciplinares adicionales en unidad específica (psiquiatra, enfermero, nutricionista, médico/pediatra, trabajador social/terapeuta familiar y terapeuta ocupacional y de ejercicio físico)(12,16). En la tabla VI se presentan criterios para hospitalizar.

tabla

 

El objetivo más común para la estabilización hospitalaria es la restauración nutricional(17). El tratamiento hospitalario conlleva apoyo nutricional, que en una proporción de pacientes con AN puede implicar alimentación nasogástrica. Una revisión sistemática del tratamiento nutricional en adolescentes encontró una gran variación en los protocolos, que van desde los cautelosos (por síndrome de realimentación) hasta aquellos que respaldan una resolución más rápida de la desnutrición. Una revisión posterior sugirió que algunos enfoques podrían ser demasiado conservadores(1,12). Es importante equilibrar dos objetivos contrapuestos: lograr un aumento de peso rápido y evitar el síndrome de realimentación(17). El síndrome de realimentación se refiere a cambios metabólicos y clínicos que, ocasionalmente, ocurren cuando un paciente desnutrido se rehabilita nutricionalmente de manera agresiva(15); las características distintivas son la hipofosfatemia y la disfunción multiorgánica. Una revisión sistemática de adolescentes hospitalizados con AN informó una incidencia promedio de hipofosfatemia de realimentación (sin necesariamente disfunción orgánica) del 14 %. Durante la última década, se ha desafiado una máxima largamente seguida: “comenzar con poco e ir despacio”. Varios centros han descrito el inicio de dietas a 1.400 kcal o más por día, con informes recientes que demuestran el tratamiento seguro de adolescentes con desnutrición leve y moderada mediante el uso de prescripciones calóricas iniciales de 2.200 a 2.600 kcal por día, mientras se logra un aumento de peso de aproximadamente 1,3 a 2 kg por semana(17). Pese a que el riesgo de síndrome de realimentación se correlaciona con el grado de inanición, se puede optar por un enfoque más cauteloso en niños gravemente desnutridos (70 % mediana IMC) hasta que haya más estudios(17).

La mayoría de programas americanos reservan la alimentación por sonda nasogátrica (SNG) para pacientes que no pueden completar las comidas. Internacionalmente, algunos centros informan del uso rutinario de alimentación por SNG, ya sea exclusivamente al principio o en combinación con las comidas. Los posibles beneficios de la alimentación por SNG incluyen un aumento de peso más rápido y una estabilización médica, con menor duración de la estancia hospitalaria. Aunque algunos la consideran invasiva o punitiva, otros la ven empática, al reducir el dolor físico y psicológico en las primeras etapas del tratamiento(17).

La hospitalización breve de adolescentes con AN (para estabilización médica) seguida de tratamiento familiar o diurno tuvo resultados similares a la más prolongada (recuperación de peso)(1,12). El tratamiento hospitalario es eficaz para mejorar la salud nutricional, pero puede haber recaídas. Se han añadido modificaciones para reducir la tendencia a recaer tras el alta, como intervenciones digitales y fomentar el apoyo de cuidadores(1,12). Durante la hospitalización, las familias que observan a los profesionales del hospital implementar un plan de nutrición organizado están más equipadas para sostenerlo al momento del alta en comparación con las familias que construyen un programa de alimentación organizado bajo la supervisión de un terapeuta ambulatorio(15).

Los programas de hospitalización diurna y parcial pueden ayudar a las personas con TCA médicamente estables que no requieren cuidados 24 horas, pero más que un tratamiento ambulatorio. Un equipo interdisciplinario brinda de 8 a 10 horas de atención cada día (comidas, terapia de grupo…) cinco días a la semana(15).

Para la mayoría de los pacientes con AN, lo ambulatorio es eficaz y tiene menor coste económico que el tratamiento hospitalario. Se proporciona a niños y adolescentes que se encuentran médicamente estables y cuyo riesgo psiquiátrico está controlado. Una variedad de opciones de tratamiento tiene como objetivo educar a los jóvenes y a sus padres sobre los efectos fisiológicos y psicológicos de la restricción de alimentos y ayudarlos a manejar los problemas de manera efectiva(15). La mayoría de los usos de psicofármacos son “no autorizados” (“off label”). En AN, TCANE y TERIA se limita a formas graves con agitación, hiperactividad y/o intensa rumiación, que interfieren en la rehabilitación nutricional e intervención psicoterapéutica, o para tratar la comorbilidad. En la AN se usa olanzapina. En la BN está indicado el uso de antidepresivos, como fluoxetina, asociada a TCC e intervención familiar. En el TA se emplean zonisamida y topiramato (este menos por sus efectos adversos), y se ha estudiado atomoxetina. La FDA ha aprobado la lisdexanfetamina para el TA en adultos moderado a grave y bajo control por psiquiatra especializado(1,12,16).

Prevención

La promoción de la salud, alfabetización y disonancia cognitiva se muestran hasta la fecha como los más eficaces para una adecuada prevención de los TCA(7,8,18,19).

Con técnicas de implicación, metodología pedagógica activa, participativa y experiencial, que responde a contenidos de procedimientos y actitudinales. Los estudios con mayores beneficios se dirigen a participantes con riesgo relativo mayor para TCA, son selectivos, interactivos, multisesión, con mujeres mayores de 15 años, sin contenido psicoeducativo, realizados por profesionales entrenados, con contenidos de aceptación corporal, alfabetización mediática o inducción de disonancia cognitiva, evaluados con medidas validadas y con periodos de seguimiento más cortos(7,8,12,18,19). La mitad de las intervenciones preventivas en TCA (un 51 %) reducen factores de riesgo y, más de un cuarto (29 %), la patología alimentaria actual o futura. Algunos programas con buenos resultados son: The Body Project, Sorority Body Image Program, Student Bodies o el currículo manualizado ZARIMA(18,19) (Fig. 1) y el DITCA en España(7,8).

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Figura 1. Guía Programa ZARIMA.

 

Función del pediatra de Atención Primaria

Detección temprana, prevención primaria y secundaria, supervisión médica de pacientes con TCA diagnosticado, coordinación de la atención y defensa de servicios adecuados.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1. Treasure J, Duarte TA, Schmidt U. Eating disorders. Lancet. 2020; 395: 899-911. Disponible en: https://doi.org/10.1016/s0140-6736(20)30059-3.

2.** Campos del Portillo R, Palma Milla S, Matía-Martín P, Loria-Kohen V, Martínez Olmos MA, Mories Álvarez MT, et al. Consenso del grupo de trabajo de los trastornos de la conducta alimentaria de SENPE (GTTCA-SENPE). Evaluación y tratamiento médico-nutricional en la anorexia nerviosa. Actualización 2023. Nutr. Hosp. 2024; 41; 1-60. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.05175.

3. Hornberger LL, Lane MA, Committee on Adolescence. Identification and Management of Eating Disorders in Children and Adolescents. Pediatrics 2021; 147: e2020040279. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2020-040279.

4. Ruiz-Lázaro PM. Protocolo – Guía de actuación ante los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en la adolescencia en Atención Primaria. Adolescere. 2020; VIII; 64.e1-e7. Disponible en: https://www.adolescere.es/protocolo-guia-de-actuacion-ante-los-trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-la-adolescencia-en-atencion-primaria/.

5. Uniacke B, Walsh BT. Eating Disorders. Ann Intern Med. 2022; 175: ITC113-28. Disponible en: https://doi.org/10.7326/aitc202208160.

6. Salmerón MA, Román C, Casas J. Trastornos del comportamiento alimentario. Pediatr Integral. 2017; XXI: 82-91. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2017-03/trastornos-del-comportamiento-alimentario-2/.

7.** Ruiz-Lázaro PM. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. En: Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Ediciones Pirámide; 2017. p. 25-53.

8. Ruiz-Lázaro PM. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria y los diversos ámbitos de actuación. En: Martínez MA, ed. Todo sobre los trastornos de la conducta alimentaria. Una visión multidisciplinar desde la experiencia y la evidencia científica. Tarragona: Publicaciones Altaria; 2015. p. 431-76.

9.** Ruiz-Lázaro PM, Calvo D, Pérez J, Gómez del Barrio JA, Calado M. Prevención secundaria de los trastornos de la alimentación en adolescentes escolarizados del norte de España. En: Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Pirámide; 2017. p. 267-83.

10. Díaz-Marsá M, Alberdi-Páramo I, Niell-Galmés Ll. Suplementos nutricionales en trastornos de la conducta alimentaria. Actas Esp Psiquiatr. 2017; 45: 16-36.

11. Faya M, Graell M, Plana MT. Anorexia nerviosa. En: Lázaro L, Moreno D, Rubio B. Manual de Psiquiatría de la infancia y la adolescencia. Barcelona: Elsevier España; 2021. p. 336-44.

12. Ruiz-Lázaro PM. Trastornos del comportamiento alimentario. Pediatr Integral. 2022; XXVI: 76-82. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2022-03/trastornos-del-comportamiento-alimentario-2022/.

13. Plana MT, Graell M, Faya M. Bulimia nerviosa y trastorno por atracón. En: Lázaro L, Moreno D, Rubio B. Manual de Psiquiatría de la infancia y la adolescencia. Barcelona: Elsevier España; 2021. p. 345-52.

14. Campuzano SH. Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 108-14. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-03/trastornos-de-la-conducta-alimentaria-en-el-nino-pequeno/.

15. Alharbi Y, Saleh F, Shahat KA. Effective Treatment Approaches for Eating Disorders in Children and Adolescents: A Review Article. Cureus. 2024; 16: e74003. Disponible en: https://doi.org/10.7759/cureus.74003.

16. Hay Ph. Current approach to eating disorders: a clinical update. Intern Med J. 2020; 50: 24-9. Disponible en: https://doi.org/10.1111/imj.14691.

17. Hornberger LL, Lane MA; Committee on Adolescence. Identification and Management of Eating Disorders in Children and Adolescents. Pediatrics. 2021; 147: e2020040279. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2020-040279.

18. Ruiz Lázaro PM, de Diego Díaz Plaza M, Belmonte Cortés S. Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria en la comunidad. Nutr Hosp. 2022; 39: 93-6. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.04184.

19. Ruiz-Lázaro PM. Programa ZARIMA. Guía de prevención de trastornos de conducta alimentaria. Zaragoza: Gobierno de Aragón. 2022.

Bibliografía recomendada

– Morandé G, Graell M, Blanco A, eds. Trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. Un enfoque integral. Madrid: Editorial Médica Panamericana. 2014.

El manual de referencia, en este momento en lengua española, precisaría una nueva edición actualizada.

– Ruiz-Lázaro PM, Velilla M, González E, coordinadores. Buenas prácticas en prevención de trastornos de la conducta alimentaria. Madrid: Ediciones Pirámide. 2017.

Se recopilan en este texto los programas de prevención primaria y secundaria españoles. Necesario, si se desea realizar prevención de los TCA.

– Campos del Portillo R, Palma Milla S, Matía-Martín P, Loria-Kohen V, Martínez Olmos MA, Mories Álvarez MT, et al. Consenso del grupo de trabajo de los trastornos de la conducta alimentaria de SENPE (GTTCA-SENPE). Evaluación y tratamiento médico-nutricional en la anorexia nerviosa. Actualización 2023. Nutr. Hosp. 2024; 41; 1-60. Disponible en: http://dx.doi.org/10.20960/nh.05175.

Artículo imprescindible, actualizado y consensuado, para el manejo nutricional de la AN.

Caso clínico

 

Mujer de 14 años de edad, gimnasta rítmica, que desde hace seis meses presenta conducta restrictiva adelgazante con ingesta muy reducida, con hiperactividad, ejercicio físico excesivo con finalidad adelgazante, sin purgas, con pérdida ponderal rápida y grave en tres meses superior a 1 kg semanal, con índice de masa corporal muy bajo de 15,1 kg/m2 con 40 kg, sin mejoría ambulatoria, con alimentación con rituales, disforia, irritabilidad, ansiedad con amenorrea primaria, miedo morboso a engordar, dismorfofobia de abdomen y muslos, con autolesiones autoinfligidas, extrema malnutrición con alopecia, lanugo, mareos, estreñimiento, dispepsia y frialdad. Con rasgos caracteriales premórbidos (sensible, perfeccionista), uso excesivo de pantallas y redes sociales.

 

 

algoritmo

 

Del fallo de medro a la desnutrición infantil: un cambio de paradigma

A. García Díaz*,  E. Román Riechmann**
Temas de FC


A. García Díaz*, E. Román Riechmann**

*Servicio de Pediatría. Hospital Universitario El Escorial. San Lorenzo de El Escorial. Madrid. **Servicio de Pediatría. Unidad de Gastroenterología Pediátrica. Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda. Majadahonda. Madrid

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Autor para correspondencia

alegarditri@hotmail.com

Resumen

A falta de consenso en la definición, se considera, en la actualidad, el fallo de medro, como la incapacidad para mantener una velocidad de crecimiento adecuada, tanto en peso como en longitud/talla, en menores de 3 años y que conlleva una situación de desnutrición. El diagnóstico diferencial es muy amplio, pues existen múltiples enfermedades graves o crónicas que pueden afectar al crecimiento del paciente pediátrico. Sin embargo, se estima que, en más del 80 % de los niños con un crecimiento inadecuado, no se halla ningún trastorno médico orgánico subyacente, por lo que no se recomiendan las pruebas de laboratorio de rutina. Una historia clínica y dietética cuidadosa y una exploración física exhaustiva, con una valoración antropométrica adecuada y exclusión de datos de organicidad, son las principales herramientas para orientar y plantear el abordaje nutricional. El objetivo es que el paciente alcance los requerimientos nutricionales para un adecuado crecimiento, logrando una ingesta adecuada y la recuperación nutricional. El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en estos casos, identificando y abordando de forma precoz estas situaciones y, en determinados casos, derivando a una Unidad de Gastroenterología Pediátrica.

 

Abstract

In the absence of consensus on the definition, failure to thrive is currently considered as the inability to maintain an adequate growth rate, both in weight and in length/height, in children under 3 years of age and that leads to a situation of malnutrition. The differential diagnosis is very broad, as there are multiple serious or chronic diseases that can affect the growth of the pediatric patient. However, it is estimated that in more than 80 % of children with inadequate growth no underlying organic medical disorder is found, so routine laboratory tests are not recommended. A careful clinical and dietary history and an exhaustive physical examination, with an adequate anthropometric assessment and exclusion of organic data, are the main tools to guide and plan the nutritional approach. The objective is for the patient to meet the nutritional requirements for adequate growth, achieving adequate intake and nutritional recovery. The role of the primary care pediatrician is essential in these cases, identifying and addressing these situations early and, in certain cases, referring them to a pediatric gastroenterology unit.

 

Palabras clave: Fallo de medro; Alteración del crecimiento; Desnutrición; Ingesta inadecuada; Valoración antropométrica; Índices nutricionales.

Key words: Failure to thrive; Growth faltering; Malnutrition; Inadequate intake; Anthropometric assessment; Nutritional indices.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 161 – 168

 


OBJETIVOS

• Entender el carácter descriptivo de la definición del “fallo de medro” y su evolución al concepto de “desnutrición”.

• Identificar, con los datos de la historia clínica y la exploración física, los casos de fallo de medro en la primera infancia.

• Interpretar las alteraciones en las medidas antropométricas.

• Reconocer el soporte nutricional óptimo según las distintas situaciones, así como el abordaje psicosocial y conductual más adecuado.

• Conocer los síntomas y signos de alarma que implican la necesidad de hospitalización.

 

Del fallo de medro a la desnutrición infantil: un cambio de paradigma

https://doi.org/10.63149/j.pedint.29

 

Introducción

Hay una falta de consenso en la definición del llamado fallo de medro (FM), contemplándose como un concepto descriptivo más que un diagnóstico clínico en sí. Se ha considerado como tal la incapacidad para mantener una ­velocidad de crecimiento adecuada, tanto en peso como en longitud/talla, en menores de 3 años, pudiendo desembocar en una situación de malnutrición grave, así como de afectación en el desarrollo psicomotor, social y emocional. Por su carácter evolutivo, es importante definir un intervalo de seguimiento adecuado, al menos dos meses, en menores de 6 meses, o de tres meses para los mayores de esa edad(1).

En la actualidad, el término equivalente en la literatura inglesa, failure to thrive, ha sido desplazado por el de growth faltering, sustituyéndose thrive por growth, por ser más descriptivo y menos peyorativo. Sin una clara traducción, se podría considerar “el niño que no gana bien”(2). En un periodo de crecimiento y desarrollo tan importante como son los primeros años, esto sería casi sinónimo de desnutrición y, según la Sociedad Norteamericana de Nutrición Parenteral y Enteral (ASPEN), se considerarían dos situaciones: la desnutrición relacionada con la enfermedad y la relacionada con la situación económica o social, que equivaldría al FM no orgánico(3).

La prevalencia del FM es difícil de establecer debido a la falta de consenso en cuanto a la definición de esta entidad. Se estima que puede presentarse en aproximadamente el 5-10 % de los niños atendidos en Atención Primaria y en el 3-5 % de los ingresos hospitalarios(4).

Etiología

A pesar de que, clásicamente, las causas de FM se dividían entre orgánicas y no orgánicas, siendo una clasificación práctica que puede ayudar en el ámbito asistencial, actualmente se prefiere abordar esta patología desde una perspectiva multifactorial, en la que pueden coexistir patologías médicas orgánicas con alteraciones conductuales o psicosociales.

Entre los factores de riesgo médicos que pueden dificultar un crecimiento adecuado se incluyen algunos, como la prematuridad, el crecimiento intrauterino restringido, algunas anomalías congénitas, exposiciones intrauterinas a drogas o fármacos y, en general, cualquier condición médica que desemboque en una nutrición deficiente. En cuanto a la etiología no orgánica, existen numerosos factores de riesgo psicosociales, como el síndrome de deprivación materna, la existencia de psicopatología en el entorno familiar, las diferentes creencias culturales o religiosas, la limitación al acceso de alimentos en entornos con un nivel socioeconómico bajo, el establecimiento de técnicas erróneas de alimentación o la existencia de patología de origen psicológico en el niño, como son los trastornos de la conducta alimentaria(5).

El diagnóstico diferencial, por tanto, es muy amplio, ya que existen múltiples enfermedades graves o crónicas que pueden afectar al crecimiento del paciente pediátrico, ya sea directa o indirectamente. Sin embargo, se estima que, en más del 80 % de los niños con un crecimiento inadecuado, no se halla ningún trastorno médico orgánico subyacente(6).

En la tabla I se resumen algunas de las causas de FM en función del mecanismo fisiopatológico.

tabla

De manera simplificada, se puede afirmar que el fallo de medro puede producirse por:

• Una nutrición insuficiente secundaria a una ingesta inadecuada.

• Una digestión o absorción inadecuada de nutrientes o un aumento de las pérdidas intestinales.

• Un aumento de los requerimientos nutricionales.

• Una utilización metabólica ine­ficaz(7).

Es importante destacar que existen variantes de la normalidad que pueden ser erróneamente atribuidas a un FM. Ejemplos de esto son los casos de talla baja familiar, con un crecimiento acorde a su talla diana, o pacientes prematuros o con antecedente de crecimiento intrauterino restringido, que pueden presentar percentiles de peso y/o talla por debajo de lo normal sin deberse a un crecimiento inadecuado. Por último, no es inusual observar un catch down en lactantes que fueron grandes para la edad gestacional al nacimiento debido a circunstancias prenatales, como la diabetes gestacional. Por ello, puede ser prudente una actitud expectante durante los primeros meses para detectar otros datos patológicos antes de hacer un diagnóstico o comenzar una evaluación de fallo de medro en un niño con buen aspecto y sin hallazgos sugestivos de enfermedad orgánica(6).

Evaluación diagnóstica

El diagnóstico del fallo de medro se basa en una adecuada anamnesis y una exploración física completa, con mediciones precisas de peso y de longitud o talla. La realización de pruebas complementarias solo sería necesaria en una minoría de los casos(8).

Anamnesis

Para evaluar el FM y orientar su etiología, es fundamental una historia clínica completa y que incluya los aspectos que se citan a continuación.

Antecedentes personales

• Antecedentes pre y perinatales: entre los factores prenatales se encuentra la exposición prenatal a fármacos o drogas, que pueden comprometer el crecimiento, al igual que la existencia de abortos previos de repetición, que puede sugerir patología genética. El bajo peso al nacer, la restricción del crecimiento intrauterino, el estrés perinatal y la prematuridad también son factores predisponentes importantes, al igual que la presencia de malformaciones congénitas en el recién nacido(1).

• Antecedentes médicos: es importante que la anamnesis recoja enfermedades crónicas y/o agudas de cualquier tipo que pueden afectar a la ingesta, absorción o a los requerimientos nutricionales; las hospitalizaciones previas y factores epidémicos que pueden influir en la alimentación del paciente, como puede ser la asistencia a guardería. También es necesario preguntar acerca de la edad de inicio del FM, así como de la coexistencia de síntomas respiratorios, digestivos o neurológicos que orienten a causas orgánicas. El FM se puede acompañar de síntomas digestivos, como vómitos, regurgitaciones, disfagia o síntomas de reflujo gastroesofágico, que pueden dificultar la ingesta, o de diarrea crónica, con el riesgo de pérdida de nutrientes. Estos síntomas pueden orientar hacia una patología orgánica. Por último, se deben incluir en la historia clínica los tratamientos actuales y previos que haya seguido el niño(9).

• Antecedentes familiares: en este apartado se incluirán las enfermedades de los padres y hermanos, haciendo hincapié en aquellas de base genética, como diabetes, enfermedad celiaca o fibrosis quística. Hay que considerar datos antropométricos de peso y talla, así como retrasos en la pubertad o en el desarrollo de los familiares de primer grado(10).

• Antecedentes psicosociales: la historia psicosocial es fundamental en la evaluación de los niños con FM, ya que este puede ser consecuencia de problemas sociales o psicológicos en el ámbito familiar.

Implica realizar una evaluación de los cuidadores del niño, la composición del hogar, la situación socioeconómica y el estrés familiar(6). Para ello, se recomienda abordar de forma específica:

– Recursos económicos y riesgo de pobreza. En familias con recursos limitados, identificar si existe inseguridad alimentaria y, por tanto, riesgo de carencias nutricionales.

– Conocimientos de los cuidadores sobre nutrición.

– Factores de estrés psicosociales, como cambios de domicilio o en la composición del hogar o conflictos en el núcleo familiar.

– Factores maternos perinatales, como la planificación o no del embarazo, el consumo de alcohol o drogas durante la gestación, la depresión posparto o lactancias maternas inadecuadas que pueden incentivar el rechazo de la alimentación complementaria.

– Negligencia infantil. Aunque sea infrecuente, debe considerarse si se detecta que existen exclusiones amplias de alimentos de forma intencionada o creencias sobre regímenes de salud y/o nutrición perjudiciales para el niño, además de en el caso de abusos físicos o emocionales(11).

Encuesta dietética

Hay que obtener información detallada sobre la alimentación del niño, incluyendo la duración de las comidas, el tipo y cantidad de alimento y la existencia o no de comportamientos selectivos, restrictivos o evitativos.

Es recomendable preguntar por el tipo y duración de la lactancia y sobre el momento y la forma en la que se introdujo la alimentación complementaria. El tipo de alimentos incluidos, las consistencias que ingiere y la relación que establece con la comida ayudarán a evaluar si existen problemas con la alimentación y, de ser así, cuándo y cómo se iniciaron y cómo repercuten, tanto en el paciente como en los cuidadores.

Conocer la cantidad y el tipo de alimentos (macro y micronutrientes) que el niño consume facilitará hacer una valoración de los aportes nutricionales y el riesgo de desnutrición que existe. Para ello, son útiles los cuestionarios de alimentación, que pueden proporcionar información sobre posibles carencias nutricionales. Se pueden realizar encuestas de 24 horas, de 3 días o cuestionarios de frecuencia de consumo(12). Mediante estas herramientas, se valorará la cantidad, variedad y frecuencia de alimentos, las posibles restricciones dietéticas voluntarias o involuntarias (por enfermedades como alergias o intolerancias), los hábitos dietéticos (horarios y número de comidas) y la conducta alimentaria del niño (entornos en los que se produce la ingesta, compañía durante la misma, comportamientos de rechazo o desinterés con la comida…)(13,14).

Exploración física

Para evaluar objetivamente el fallo de medro, es fundamental realizar mediciones antropométricas precisas y una exploración física completa, a fin de objetivar posibles signos de enfermedad orgánica o negligencia(12).

Hay que recoger datos antropométricos, tanto en el momento de la evaluación como previos a la consulta, para evaluar la evolución ponderoestatural. El peso, la talla, el perímetro cefálico (PC), el índice peso/talla en menores de 5 años y el IMC en mayores y los pliegues cutáneos son parámetros antropométricos muy útiles en la valoración del FM. En los niños menores de dos años se debe obtener la longitud en decúbito, en lugar de la altura de pie. Estas medidas, junto con el peso del niño para la longitud, se deben trazar en una gráfica de crecimiento estandarizada y controlarse con mediciones repetidas a lo largo del tiempo, valorando la adecuación a la ganancia esperada de peso y talla según la edad (Tabla II)(15). Generalmente, en los primeros años, se emplean las curvas de crecimiento de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es recomendable objetivar el momento en que se producen los cambios en las pendientes de las trayectorias de peso, longitud o PC para identificar posibles factores que contribuyen al FM (inicio de alimentación complementaria, aparición de diarrea, factores estresantes, inicio de guardería…).

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Como criterios diagnósticos de FM se han considerado clásicamente(1):

• Peso < percentil 3-5.

• Peso < 80 % del peso ideal para la talla.

• Disminución evolutivamente de 2 percentiles principales de peso y/o talla.

Al evaluar el crecimiento de los niños que nacieron prematuros, es importante corregir los parámetros de crecimiento en función de la edad gestacional. La OMS sugiere la corrección de los tres parámetros de crecimiento hasta los dos años de edad para los niños nacidos antes de las 32 semanas de gestación y, al menos, hasta los 12 meses de edad para los niños nacidos entre las 32 y 36 semanas de gestación(16).

El análisis antropométrico facilitará establecer el origen del FM:

• La afectación, tanto de peso, como de talla y PC, puede deberse a patología intrauterina o de origen congénito.

• La alteración de la talla, con peso y PC proporcionados, orienta a patología endocrina.

• La afectación de peso, con talla y PC normales, es sugestiva de una ingesta inadecuada, patología gastrointestinal o de enfermedades crónicas.

• Parámetros antropométricos normales al nacer, con desaceleración simultánea de longitud y peso antes de los dos años de edad y una velocidad de crecimiento normal después de los dos años de edad, son indicativos de baja estatura genética o retraso constitucional del crecimiento. Estos patrones de crecimiento normales, a menudo, se pueden confundir con FM(12).

También son herramientas de ayuda los índices nutricionales, que facilitarán graduar la gravedad de la desnutrición. El índice nutricional de Waterlow se basa en la comparación de la relación simple del peso y la talla del paciente con la relación del peso y talla medios para la correspondiente edad y sexo. Es de utilidad para determinar si el estado de malnutrición es agudo o crónico.

• Para valorar desnutrición aguda:

% peso para talla P50 = peso actual (kg) x 100 / peso para la talla en P50 (kg).

– Estadio 0 (normal): >90 %.

– Estadio I (malnutrición leve): 80-90 %.

– Estadio II (malnutrición moderada): 70-80 %.

– Estadio III (malnutrición grave): <70 %.

• Para valorar desnutrición crónica:

% talla para la edad = talla actual (cm) x 100 / talla P50 para la edad (cm).

– Estadio 0 (normal): >95 %.

– Estadio I (malnutrición leve): 90-95 %.

– Estadio II (malnutrición moderada): 85-90 %.

– Estadio III (malnutrición grave): <85 %.

Para evaluar la gravedad de la desnutrición, se puede utilizar el índice peso-talla (peso/talla), fundamentalmente en niños menores de 5 años, siendo la desnutrición leve si el Z-score de este índice es de -1 a -1,9 DE, moderada si es de -2 a -2,9 DE y grave si es <-3 DE.

También puede ser útil la evaluación antropométrica de la composición corporal de forma indirecta mediante la medida de los pliegues cutáneos o de los perímetros(17).

Por último, es necesario realizar una exploración física completa por órganos para objetivar si existen hallazgos de enfermedad orgánica subyacente y cuantificar el riesgo de desnutrición. Entre los signos de malnutrición, se incluyen: una piel poco elástica y turgente, escaso panículo adiposo subcutáneo, disminución de masa muscular, lanugo y cabello ralo, áspero y escaso. Otros hallazgos pueden orientar a un déficit de micronutrientes: xeroftalmia, queratomalacia (vitamina A), gingivitis (vitamina C), craneotabes, rosario costal (vitamina D), caries (flúor), bocio (yodo), queilitis angular (niacina, riboflavina), palidez conjuntival (hierro)(13).

Pruebas complementarias

Se ha demostrado que es poco probable que el ingreso hospitalario y las pruebas de laboratorio conduzcan a un diagnóstico orgánico específico en un niño cuyo retraso en el crecimiento no se explica después de una historia clínica y un examen físico cuidadosos. En consecuencia, no se recomiendan las pruebas de laboratorio de rutina, ya que se estima que solo clarifican una causa orgánica de fallo de medro en <1 % de los niños. En caso de sospecha de patología orgánica, el pediatra de Atención Primaria puede realizar un estudio de primer nivel y, según resultados, derivar al pediatra gastroenterólogo, quien, en función de la clínica y los hallazgos exploratorios, valorará realizar pruebas complementarias de segundo nivel orientadas, como se refleja en la tabla III(1,13,17).

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Abordaje terapéutico

Un adecuado abordaje terapéutico debería incluir un equipo multidisciplinar, constituido por: pediatra de Atención Primaria, pediatra gastroenterólogo, pediatra endocrinólogo, nutricionista, trabajador social, logopeda, psicólogo y terapeuta ocupacional, que evalúe y establezca un tratamiento integral del fallo de medro(18).

Este tratamiento debe incluir el manejo de la enfermedad orgánica de base subyacente, en caso de que exista una, un soporte nutricional óptimo y un abordaje conductual y psicosocial completo, con la modificación de los factores ambientales implicados.

El ámbito de atención variará en función de la gravedad de la desnutrición:

• Desnutrición leve: los niños con desnutrición leve generalmente pueden ser tratados por el médico de Atención Primaria en el ámbito ambulatorio. En el caso de los niños con sospecha de patología orgánica subyacente, puede estar justificado un tratamiento multidisciplinar y derivación a Atención Hospitalaria.

• Desnutrición moderada: en estos pacientes se recomienda un manejo interdisciplinar entre Atención Primaria y Hospitalaria, en el que participe el pediatra de Atención Primaria, el pediatra gastroenterólogo y, en caso de estar disponible, el dietista nutricionista.

• Desnutrición grave: en el caso de niños con desnutrición grave, se recomienda la derivación de forma preferente al hospital, considerando el ingreso para realizar estudio e iniciar tratamiento nutricional(19).

Entre los criterios de hospitalización, además de los casos de desnutrición grave, estarían: deshidratación significativa, enfermedad intercurrente grave, circunstancias psicosociales, falta de respuesta a varios meses de tratamiento ambulatorio, necesidad de documentar de forma precisa la ingesta energética, ansiedad importante de los padres o cuidadores, interacción cuidador-niño problemática o imposibilidad de tratamiento ambulatorio por circunstancias familiares.

Tratamiento de enfermedad de base

Si bien, la mayoría de los casos de FM no tienen una causa orgánica, el reconocimiento precoz de una enfermedad de base es fundamental para instaurar lo antes posible un tratamiento específico y adecuado.

Soporte nutricional

El soporte nutricional tiene como objetivo ayudar a que el paciente alcance los requerimientos nutricionales para un adecuado crecimiento, logrando una ingesta adecuada y un catch-up o recuperación nutricional.

Es fundamental la estimación de los requerimientos energéticos diarios, que se basa en el requerimiento energético estimado (REE) para niños sanos según la edad (Tabla II). Se calcula multiplicando los REE por el peso ideal para la talla (peso necesario para que el índice peso/talla del paciente estuviera en p50) dividido entre el peso actual: Requerimientos necesarios = REE x peso ideal talla / peso real(15).

Se deberá decidir la vía y la pauta de alimentación para alcanzarlos:

• Vías de alimentación: va a depender de la capacidad del paciente para alimentarse. La vía de elección va a ser la oral, al tratarse de la forma de nutrición más fisiológica y menos invasiva. Sin embargo, en algunas ocasiones, será necesaria la alimentación por sonda nasogástrica o transpilórica, bien por condiciones orgánicas o bien por alteraciones conductuales que impidan alcanzar los requerimientos a través de la vía oral. La nutrición parenteral solo será necesaria en una minoría de los casos(13).

• Pautas de alimentación: en este apartado se incluyen diferentes alternativas para alimentar al niño con fallo de medro, siendo estas, en muchas ocasiones, complementarias y no excluyentes:

– Enriquecimiento de la dieta con alimentos naturales: es la primera intervención nutricional que se debería plantear y consiste en aumentar la ingesta calórica con alimentos naturales (Tabla IV).

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– Módulos nutricionales: debido a que la práctica de concentrar la fórmula de lactantes ha caído en desuso por el aumento de la carga osmolar que implica y los errores en la preparación que se podían producir, el empleo de módulos nutricionales es una alternativa en lactantes, bien con lactancia materna o con fórmula adaptada. Los más utilizados son los módulos de hidratos de carbono, como las maltodextrinas, en dosis de 5 g/100 ml, para un aporte de 20 kcal/100 ml. Existen también módulos lipídicos en forma de triglicéridos de cadena media (aceite MCT), empleándose no más de 2 g/100 ml, lo que supone 17-18 kcal/100 ml.

– Fórmulas enterales: estas fórmulas son dietas completas que aportan macro y micronutrientes para cubrir las necesidades del paciente. La elección de la fórmula debe individualizarse en función de la edad y los requerimientos del niño. Así, existen fórmulas para lactantes (prematuros o a término), fórmulas de nutrición enteral pediátrica para niños y para adultos. También se distinguen diferentes fórmulas en función del contenido calórico (normocalóricas o hipercalóricas) o proteico (poliméricas, peptídicas, elementales)(19).

– Suplementos de vitaminas y minerales: no se recomienda el tratamiento con multivitamínicos de forma generalizada. Sin embargo, sí que es importante detectar las deficiencias de vitaminas y oligoelementos, en especial la ferropenia o anemia y el déficit de vitamina D, y tratarlas de forma específica. Algunos autores recomiendan la suplementación con zinc (0,3 mg/kg de zinc elemental por día; dosis diaria máxima de 6 mg) en pacientes con fallo de medro(20).

Tratamiento farmacológico

Los estimulantes del apetito, como la ciproheptadina, pueden ser útiles en determinadas circunstancias, aunque se dispone de datos limitados, no existen pautas de dosificación establecidas y no se han demostrado beneficios a largo plazo. En niños mayores de 2 años en los que no se logra una recuperación de peso tras 3-6 meses de tratamiento nutricional adecuado y tras haber descartado causas orgánicas, se puede valorar iniciar ciproheptadina a una dosis de 0,25 mg/kg al día por vía oral, dividida en dos dosis diarias, suspendiéndose el tratamiento si el peso no mejora tras 2-3 meses o si hay efectos secundarios importantes, como somnolencia(1).

Soporte psicosocial y conductual

El neurodesarrollo y la conducta de los niños con fallo de medro deben ser monitorizados, con el fin de detectar precozmente trastornos de la conducta y déficits del desarrollo. Además, es importante tener en cuenta que algunos de estos niños tienen alteraciones en el procesamiento sensorial que contribuyen a sus problemas con la alimentación. Por este motivo, en estos pacientes sería adecuada la valoración por un terapeuta ocupacional experto en integración sensorial, aunque desafortunadamente son contadas las unidades de gastroenterología y nutrición pediátricas que cuentan con estos profesionales.

Las modificaciones ambientales y conductuales también van a contribuir a una mejor recuperación nutricional. Para ello, es importante que los cuidadores tengan una actitud común y que el entorno en el que tienen lugar las comidas sea el adecuado, reduciéndose las distracciones y fomentando un ambiente relajado y de relación con el resto de familiares, evitando los castigos y fomentando el refuerzo positivo con los avances que se vayan produciendo.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria y el de la enfermería pediátrica es fundamental en el abordaje y orientación de estas situaciones, pues son los profesionales que van a detectar de forma precoz la alteración en el crecimiento de estos pacientes y a realizar la valoración y el abordaje desde el punto de vista nutricional y psicosocial. En muchos de los casos, el equipo de Atención Primaria podrá realizar el seguimiento, aunque en determinados casos será preciso derivar a una Unidad de Gastroenterología Pediátrica para estudios o intervenciones nutricionales que no son posibles de forma ambulatoria, por lo que es necesaria la coordinación entre el pediatra de Atención Primaria y el pediatra gastroenterólogo, para ofrecer una orientación común del tratamiento y poder transmitir a la familia un mensaje uniforme.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1.** De Hoyos López MC, León Jiménez JP, Puente Ubierna N, Barasoain Millán A, Bezanilla López C, Botija Arcos G, et al. Fallo de medro en Pediatría de Atención Primaria: recomendaciones para su abordaje y seguimiento. Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: e17-e29.

2. Moreno Villares JM. Fallo de medro: ¿un término a desaparecer? Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: 331-2.

3. Becker P, Carney LN, Corkins MR, Monczka J, Smith E, Smith SE, et al; Academy of Nutrition and Dietetics; American Society for Parenteral and Enteral Nutrition. Consensus statement of the Academy of Nutrition and Dietetics/American Society for Parenteral and Enteral Nutrition: indicators recommended for the identification and documentation of pediatric malnutrition (undernutrition). Nutr Clin Pract. 2015; 30: 147-61.

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8. Cooke R, Goulet O, Huysentruyt K, Joosten K, Khadilkar AV, Mao M, et al. Catch-Up Growth in Infants and Young Children With Faltering Growth: Expert Opinion to Guide General Clinicians. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2023; 77: 7-15.

9. Mash C, Frazier T, Nowacki A, Worley S, Goldfarb J. Development of a risk-stratification tool for medical child abuse in failure to thrive. Pediatrics. 2011; 128: e1467-73. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2011-1080.

10. Blair PS, Drewett RF, Emmett PM, Ness A, Emond AM. Family, socioeconomic and prenatal factors associated with failure to thrive in the Avon Longitudinal Study of Parents and Children (ALSPAC). Int J Epidemiol. 2004; 33: 839-47. Disponible en: https://doi.org/10.1093/ije/dyh100.

11. Wright C, Birks E. Risk factors for failure to thrive: a population-based survey. Child Care Health Dev. 2000; 26: 5-16. Disponible en: https://doi.org/10.1046/j.1365-2214.2000.00135.x.

12. Rayo AI, Ferrer C, Moreno JM, Urruzuno P, Barrio J, Salcedo E, et al. Anorexia infantil/fallo de medro. Grupo Gastro-Sur. Madrid. 2007. Disponible en: https://www.ampap.es/wp-content/uploads/2014/05/Anorexia_Fallo_de_medro_2007.pdf.

13. Herrero Álvarez M, García Calatayud S. Fallo de medro. Protoc Diagn Ter Pediatr. 2023; 1: 491-504.

14.** Lezo A, Baldini L, Asteggiano M. Failure to Thrive in the Outpatient Clinic: A New Insight. Nutrients. 2020; 12: 2202. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu12082202.

15.*** Kleinman RE, Greer FR; American Academy of Pediatrics. Malnutrition/Undernutrition/Failure to thrive. En: Kleinman RE, Greer FR (eds). Pediatric Nutrition (Sponsored Member Benefit). 8ª ed. Itasca, IL. 2020. p. 781.

16. Wright CM, Williams AF, Elliman D, Bedford H, Birks E, Butler G, et al. Using the new UK-WHO growth charts. BMJ. 2010; 340: c1140. Disponible en: https://doi.org/10.1136/bmj.c1140.

17. De la Mano Hernández A, Martínez Zazo AB, Castejón Ponce E. Fallo de medro. Dificultades en la alimentación infantil. Manual de Nutrición de la AEP; 2021. p. 20-9.

18. Cooke R, Goulet O, Huysentruyt K, Joosten K, Khadilkar AV, Mao M, et al. Catch-Up Growth in Infants and Young Children With Faltering Growth: Expert Opinion to Guide General Clinicians. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2023; 77: 7-15.

19. Rodríguez Salas M. Fallo de medro: aproximación diagnóstica y enfoque terapéutico. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 132-38. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-05/fallo-de-medro-aproximacion-diagnostica-y-enfoque-terapeutico/.

20. Kistin CJ, Frank DA. Failure to thrive. En: Augustyn M, Zuckerman B (eds.), Wolters Kluwer. Zuckerman Parker Handbook of Developmental and Behavioral Pediatrics for Primary Care. 4ª ed., Philadelphia; 2019. p. 256.

Bibliografía recomendada

– De Hoyos López MC, León Jiménez JP, Puente Ubierna N, Barasoain Millán A, Bezanilla López C, Botija Arcos G, et al. Fallo de medro en Pediatría de Atención Primaria: recomendaciones para su abordaje y seguimiento. Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: e17-e29.

Revisión actualizada del fallo de medro desde el punto de vista de la Atención Primaria, con un enfoque práctico de la orientación en el diagnóstico y el tratamiento. Se establecen unas líneas de actuación según las curvas de crecimiento y se define el papel del pediatra y de la enfermera pediátrica de Atención Primaria en el abordaje de esta patología.

– Lezo A, Baldini L, Asteggiano M. Failure to Thrive in the Outpatient Clinic: A New Insight. Nutrients. 2020; 12: 2202. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu12082202.

Revisión en la que se abordan los principales aspectos del fallo de medro, destacando el enfoque actual de esta patología, en el que se redefine esta situación como un estado nutricional deficiente relacionado con un crecimiento inadecuado.

– Kleinman RE, Greer FR; American Academy of Pediatrics. Malnutrition/Undernutrition/Failure to thrive. En: Kleinman RE, Greer FR (eds). Pediatric Nutrition (Sponsored Member Benefit). 8ª ed. Itasca, IL. 2020. p. 781.

Manual del comité de la Academia Americana de Pediatría, en el que, además de definirse el fallo de medro, se aborda su prevalencia, etiopatogenia, diagnóstico y manejo, incluyéndose una figura en la que se describe de forma gráfica el cambio de paradigma en la definición del fallo de medro hacia definiciones relacionadas con la etiología.

Caso clínico

 

Lactante de 12 meses que acude a consulta por estancamiento del peso desde los 6 meses de edad. Entre los antecedentes familiares, destaca intolerancia a la lactosa en la madre. Parto a término, inducido a las 37 semanas por crecimiento intrauterino restringido, con peso al nacimiento 2.320 g (p6 –1,52 DE), longitud en p18 y PC en p20. Lactancia materna hasta la actualidad. Los padres refieren curva ponderoestatural ascendente, en torno a p5 de peso y p15 de talla hasta los 6 meses. Refieren problemas de alimentación desde el inicio de alimentación complementaria a los 6 meses, con falta de interés por la comida y preferencia por lactancia materna. Sigue dieta variada, pero toma pocas cantidades. A los 8 meses inició asistencia a guardería, presentando desde entonces procesos infecciosos intercurrentes, durante los cuales empeoró la ingesta. Realiza una deposición al día tipo 4 de Bristol. Sin vómitos ni regurgitaciones. Se ha realizado analítica de sangre con hemograma y bioquímica normales, salvo ferritina de 8 ng/ml, con serología específica de celiaca negativa. Además aporta una tira de orina normal con urocultivo negativo y un examen de heces con parásitos negativos.

A continuación, se resumen los datos antropométricos desde el nacimiento:

– 2 meses: peso: 4,5 kg (P6, –1,60 DE); talla: 56 cm (P13, –1,11 DE); PC: 38 cm (P19, –0,88 DE). Índice de Waterlow (peso): 92,69 %. Índice de Waterlow (talla): 96,19 %.

– 4 meses: peso: 5,8 kg (P6, –1,60 DE) (OMS 2006/2007); talla: 61,8 cm (P17, –0,94 DE) (OMS 2006/2007); PC: 41 cm (P32, –0,48 DE) (OMS 2006/2007). Índice de Waterlow (peso): 89,47 %. Índice de Waterlow (talla): 96,93 %. Relación peso/longitud-talla: 0,09 (P9, –1,34 DE). Relación peso/longitud-talla: 0,08 (P20, –0,84 DE).

– 6 meses: peso: 6,5 kg (P4, –1,77 DE); talla: 65 cm (P12, –1,19 DE). Índice de Waterlow (peso): 89,21 %. Índice de Waterlow (talla): 96,24 %. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (P8, –1,39 DE) (OMS 2006/2007).

– 8 meses: peso: 6,8 kg (P2, –2,14 DE); talla: 68 cm (P12, –1,17 DE); PC: 43,5 cm (P21, –0,82 DE). Índice de Waterlow (peso): 84,72 %. Índice de Waterlow (talla): 96,35 %. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (P2, –1,99 DE).

12 meses: peso: 7,5 kg (P1, –2,28 DE); talla: 73 cm (P12, –1,15 DE); PC: 45 cm (P20, –0,83 DE). Índice de Waterlow (peso): 82,32 %. Índice de Waterlow (talla): 96,38. Relación peso/longitud-talla: 0,10 (<p1, –2,40 DE).

 

 

algoritmo

 

Alteraciones más frecuentes de micronutrientes

L.N. Magallares García
Temas de FC


L.N. Magallares García

Servicio de Gastroenterología Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

X

Autor para correspondencia

lorena.magallares@salud.madrid.org

Resumen

Una nutrición adecuada asegura un crecimiento fisiológico, a la vez que previene enfermedades. Tanto los macronutrientes como los micronutrientes en cantidades adecuadas son esenciales para una nutrición infantil equilibrada. La falta de un único micronutriente puede tener consecuencias importantes, perjudicando el crecimiento. Además, cada edad tiene sus necesidades nutricionales específicas. Factores intrauterinos y perinatales específicos, condiciones patológicas y restricciones dietéticas pueden representar factores de riesgo potenciales para deficiencias de micronutrientes en los primeros años de vida, que pueden tener consecuencias sistémicas negativas. Con el fin de apoyar los procesos fisiológicos de las diferentes edades, un conocimiento profundo de las necesidades nutricionales específicas de los niños, y cómo cambian de acuerdo con su edad y estado de salud, es una herramienta útil.

 

Abstract

Adequate nutrition ensures physiological growth while preventing disease. Both macronutrients and micronutrients in adequate amounts are essential for balanced infant nutrition. Lack of a single micronutrient can have major consequences, impairing growth. In addition, each age has its specific nutritional needs. Specific intrauterine and perinatal factors, pathological conditions and dietary restrictions may represent potential risk factors for micronutrient deficiencies in early life, which can have negative systemic consequences. In order to support the physiological processes of different ages, a thorough knowledge of the specific nutritional needs of children, and how they change according to their age and health status, is a useful tool.

 

Palabras clave: Deficiencia; Vitaminas; Oligoelementos.

Key words: Deficiency; Vitamins; Trace elements.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 197 – 207

 


OBJETIVOS

• Conocer las deficiencias más frecuentes de vitaminas y oligoelementos en la población infantil sana, durante las diferentes etapas del desarrollo.

• Identificar los síndromes clínicos asociados a los déficits de micronutrientes más comunes.

• Alertar a la población de los riesgos de las diferentes dietas y modelos de alimentación en el niño en desarrollo.

• Conocer y manejar las posibles carencias de micronutrientes asociadas a diferentes trastornos y patologías prevalentes en la infancia.

 

Alteraciones más frecuentes de micronutrientes

https://doi.org/10.63149/j.pedint.34

 

Introducción

La malnutrición relacionada con los micronutrientes es un tipo de malnutrición que incluye tanto la deficiencia de micronutrientes (la falta de vitaminas o minerales importantes) como su exceso.

La deficiencia se define como una ingesta por debajo de la recomendación estándar y la presencia de signos o síntomas clínicos o concentraciones en sangre/plasma por debajo del rango de referencia, junto con efectos metabólicos de insuficiencia(1).

La proporción de niños y adolescentes con dietas deficientes es alta en todo el mundo, y muchos niños pequeños no cumplen con la ingesta diaria recomendada de varios micronutrientes.

Las deficiencias de micronutrientes en los niños pueden ocurrir por múltiples razones, incluyendo un acceso deficiente a los alimentos, patrones dietéticos particulares (comedores selectivos o dietas veganas) o condiciones de salud que pueden afectar la absorción y utilización de nutrientes.

La desnutrición por micronutrientes puede ser denominada “hambre oculta” y puede ocurrir en presencia de una dieta por lo demás nutricional o energéticamente apropiada. Puede ser causada por comer alimentos baratos y saciantes, pero con deficiencia en micronutrientes esenciales, lo que es más probable en periodos de depresión económica(2). Un gran estudio de cohorte alemán mostró que la mayoría de los niños cubrían sus necesidades, pero que el yodo, el hierro y la vitamina D se encontraban con frecuencia en el límite inferior(3). En encuestas realizadas a nivel europeo, las deficiencias más comunes en los distintos grupos de edad incluyeron vitamina D, vitamina E y yodo(4).

En estudios recientes llevados a cabo en la población infantil y adolescente española, la ingesta habitual de vitamina D fue insuficiente en prácticamente todos los individuos. La de vitamina E, folato y calcio fue insuficiente, especialmente a partir de los nueve años, y la de magnesio y yodo a partir de los 14 años. La ingesta de sodio fue excesiva en un porcentaje considerable de la población, especialmente en varones, y aumentó con la edad. Finalmente, más de la mitad de los niños menores de cuatro años tenían ingestas habituales de zinc que superaban el nivel máximo tolerable(5).

Las deficiencias, ya sean específicas de enfermedades o debidas a la desnutrición global, tendrán efectos negativos a corto y largo plazo, incluyendo deterioro físico, cognitivo y del desarrollo, mayor susceptibilidad a infecciones, retrasando la maduración o determinando enfermedades carenciales, como raquitismo, escorbuto e hipotiroidismo, aumentando la morbilidad y mortalidad, y disminuyendo la productividad más adelante en la vida.

Riesgo de déficit de micronutrientes durante el desarrollo del niño

El niño necesita micronutrientes para sustentar su crecimiento y desarrollo fisiológico.

La leche materna es adecuada para cubrir las necesidades de micronutrientes del lactante en el primer semestre de vida: es rica en minerales y vitaminas. La leche materna es relativamente deficiente en hierro y zinc, pero, mientras que por un lado se absorben muy eficientemente, por otro lado sus depósitos formados durante el embarazo pueden sustentar las necesidades fisiológicas en los primeros 6 meses de vida, hasta el comienzo del destete(6). Entre los minerales, el calcio y el fósforo son esenciales para el crecimiento y la leche materna es rica en ellos. La leche materna aporta un contenido adecuado de yodo al lactante si la madre introduce con la dieta unos 250 µg/día. La vitamina D es esencial para la absorción de calcio y la síntesis de tejido óseo. Debido a que la leche materna es pobre en vitamina D, se recomienda una suplementación diaria de 400 UI en el primer año de vida. La vitamina A es esencial para la diferenciación celular y la modulación de la apoptosis. También regula la embriogénesis, el crecimiento, la función inmune y la visión. La vitamina K permite la activación de los factores de coagulación y su deficiencia determina hemorragias. La leche materna es deficiente en vitamina K, por lo que todos los bebés amamantados deben recibir suplementos de vitamina K por administración intramuscular al nacer.

Durante la primera infancia, los minerales y las vitaminas son esenciales para el crecimiento. Después del destete, una dieta variada es esencial para obtener una ingesta adecuada de micronutrientes.

En la edad preadolescente y adolescente, las necesidades de micronutrientes se satisfacen con una dieta variada. Los niños no necesitan suplementos, pero algunos alimentos, como la sal, se enriquecen con yodo para evitar el bocio y el hipotiroidismo. Durante la adolescencia, con el estirón del crecimiento, aumentan las demandas de micronutrientes, en particular, calcio, hierro, zinc y folato.

En cualquier país caracterizado por deficiencias endémicas de micronutrientes, esto debe abordarse específicamente con políticas de fortificación de alimentos generalizadas, ya que la administración de micronutrientes individual no podría lograr resultados equivalentes.

La fortificación de alimentos agrega vitaminas y minerales a los alimentos durante el procesamiento para aumentar su valor nutricional. Es una estrategia eficaz y segura para mejorar las dietas y prevenir y controlar las deficiencias de micronutrientes.

Varios países han estado fortificando alimentos desde la década de 1920, lo que ha dado como resultado la erradicación de enfermedades relacionadas con la nutrición. A diferencia de lo que ocurre en los países occidentales, la fortificación comercial o industrial de alimentos en los países de bajos ingresos es esporádica e ineficaz(8).

Síndromes clínicos por deficiencia de micronutrientes

Los micronutrientes con riesgo significativo de deficiencia durante la infancia en el niño sano, se muestran en la tabla I. Entre ellos, las deficiencias de ácidos grasos omega-3, vitaminas A, C, B9, B12 y D, y minerales como el yodo, zinc y el hierro, parecen ser los más involucrados en los síndromes clínicos(6).

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Dietas y conductas alimentarias con riesgo de deficiencia de micronutrientes

Dieta cetogénica

Las dietas cetogénicas se consideran un tratamiento adyuvante en varias patologías, incluidas las formas de epilepsia resistentes a los fármacos. Aprovechando un proceso conocido como cetosis nutricional, la reducción de la ingesta de carbohidratos en la dieta facilita la cetogénesis para proporcionar una fuente alternativa de energía.

La dieta cetogénica también plantea algunos problemas, como náuseas, estreñimiento, fatiga, deshidratación, desequilibrios electrolíticos y deficiencia de micronutrientes. La ingesta limitada de frutas, verduras, carbohidratos y alimentos ricos en calcio puede provocar deficiencias de vitaminas y minerales. En los niños que siguen una dieta cetogénica, algunas deficiencias comunes incluyen vitamina B, vitamina C, vitamina D, calcio, selenio y magnesio. Siempre se recomiendan suplementos multivitamínicos y minerales libres de carbohidratos para prevenir las deficiencias de micronutrientes. Se necesitan más estudios para investigar los posibles efectos a largo plazo de estas dietas cuando se inician en niños(6).

Dieta vegetariana

El grado de restricción de alimentos de origen animal define los diferentes patrones vegetarianos, aunque un enfoque más integral también considera la diversidad de alimentos incluidos. Históricamente, las dietas vegetarianas siempre se han desalentado durante la infancia debido a preocupaciones sobre deficiencias nutricionales y crecimiento deficiente. Por el contrario, los documentos de opinión de América del Norte afirman que las dietas vegetarianas y veganas bien planificadas, cuando se complementan adecuadamente, son adecuadas para todas las etapas de la vida(9).

Y parece que las dietas lacto-ovo-vegetarianas son generalmente bien equilibradas si incluyen cantidades suficientes de productos lácteos, huevo(10) y legumbres a diario. Sin embargo, las sociedades europeas recomiendan encarecidamente que no se adopten dietas vegetarianas/veganas sin supervisión médica y dietética(11). El riesgo de deficiencia de micronutrientes está presente en todas las dietas vegetarianas e incluye específicamente micronutrientes de los cuales los alimentos de origen animal representan un origen más biodisponible: vitamina B12, vitamina A, hierro, zinc, vitamina D y ácidos grasos esenciales. Durante el embarazo y la lactancia, las dietas vegetarianas proporcionan cantidades suficientes de proteínas y micronutrientes, excepto B12 y hierro, que la madre debe complementar. La dieta vegetariana materna representa la principal causa de deficiencia de vitamina B12 en los lactantes amamantados(12).

Parece prudente sugerir la suplementación personalizada solo bajo supervisión médica.

Dieta vegana

La dieta vegana es la más restrictiva y excluye todos los alimentos de origen animal, así como los productos que contienen ingredientes derivados de alimentos de origen animal. El principal problema de la dieta vegana es la falta total de vitamina B12 en los alimentos de origen vegetal.

Los recién nacidos con madres con deficiencia de vitamina B12 suelen ser asintomáticos al nacer y desarrollan signos clínicos a los 4-6 meses de edad, que van desde anemia megaloblástica hasta daño neurológico irreversible.

En el otro extremo, se ha descrito una alta prevalencia de sobresuplementación con niveles altos de vitamina B12 en sangre en niños veganos(12,13). La realización de análisis de sangre apropiados permite diagnosticar deficiencia o exceso(14), y la prescripción de suplementos adaptados durante periodos de crecimiento rápido limita el riesgo de deficiencia.

La vitamina A está presente en alimentos de origen animal y vegetal; su biodisponibilidad está condicionada por la cantidad y calidad de los lípidos consumidos, que permiten su absorción. El riesgo de deficiencia de vitamina A es bajo para la dieta ovolactovegetariana, pero aumenta para los niños en edad preescolar que siguen dietas veganas debido a sus limitadas preferencias alimentarias.

Por otro lado, la ingesta dietética tiene una influencia limitada en el estado individual de vitamina D, porque pocos alimentos son ricos en vitamina D, en su mayoría alimentos de origen animal. Tanto la dieta ovolactovegetariana como la vegana no garantizan una ingesta óptima de vitamina D. La suplementación con vitamina D es necesaria en el primer año, independientemente de la dieta seguida, y luego se ajusta la dosis según los hábitos dietéticos y la exposición solar.

La dieta vegana también supone un mayor riesgo de deficiencia de hierro en comparación con otras dietas vegetarianas. Los niños que siguen una dieta ovovegetariana obtienen una pequeña cantidad de hierro hemo procedente de los huevos, que es más biodisponible, mientras que los sujetos que siguen una dieta vegana ingresan únicamente hierro no hemo a través de su dieta. Además, la biodisponibilidad del hierro está limitada por la fibra dietética y el fitato, pero aumenta con la vitamina C. Por lo tanto, es necesario consumir alimentos fortificados con hierro.

El riesgo de deficiencia de yodo es particularmente alto en niños veganos estrictos, como lo demuestra un estudio checo reciente que incluyó una investigación de la función tiroidea(15). En cuanto a las consecuencias a largo plazo sobre la salud, no es posible establecer con certeza a qué edad se puede comenzar una dieta vegana sin efectos secundarios sobre el crecimiento y el estado nutricional. No se encontraron diferencias significativas en cuanto a la función tiroidea, pubertad precoz, telarquia prematura o irregularidades menstruales. Los efectos de las deficiencias de nutrientes están fuertemente relacionados con la etapa de desarrollo de cada área cerebral específica. Considerando los potenciales resultados a corto y largo plazo de la deficiencia de nutrientes en el desarrollo neurológico, las dietas veganas durante la infancia y adolescencia, sin una supervisión médica y suplementación adecuada, se consideran inadecuadas para un desarrollo psicomotor óptimo.

Dieta basada en productos ultraprocesados

En el análisis transversal de niños en el proyecto SENDO en nuestro país, se encontró una asociación lineal directa entre el consumo de alimentos ultraprocesados (UP) y el número medio de micronutrientes con ingesta inadecuada, con aumentos significativos cuando el consumo de UP estaba por encima del 60 % de la ingesta energética total.

En conclusión, se encontró que el consumo elevado de UP se asociaba con mayor probabilidad de ingesta inadecuada de ≥3 micronutrientes en la infancia, siendo el consumo promedio de UP del 38 %(16).

Comedor selectivo

La alimentación selectiva se considera a menudo una forma leve de dificultad para alimentarse.

Aunque no se ha llegado a un acuerdo sobre una definición formal de la alimentación selectiva, normalmente incluye el rechazo o la restricción de alimentos nuevos y desconocidos, lo que a menudo indica una especie de neofobia. La alimentación selectiva se observa con frecuencia en niños pequeños y puede generar un estrés parental significativo y afectar negativamente las relaciones familiares(17). El problema suele resolverse con poca o ninguna intervención médica(18).

Las dificultades de alimentación, como la alimentación selectiva, se observan principalmente en países desarrollados donde hay más margen para la selección de alimentos y abarcan un conjunto complicado de interacciones entre padres/cuidadores e hijos, centradas en la alimentación.

Las tasas de prevalencia informadas varían entre el 15 y el 40 % en preescolares. El amplio rango de prevalencia en la alimentación selectiva se puede atribuir a las variaciones en su definición y las diferencias en los métodos de evaluación utilizados.

La alimentación selectiva puede deberse a la interacción de factores psicológicos, factores físicos, demográficos, socioculturales y familiares. La cantidad de investigaciones que exploran los efectos de la alimentación selectiva en la diversidad y variedad de la dieta es relativamente baja. Varios estudios han demostrado que los niños que comen de forma selectiva tienen un mayor riesgo de tener bajo peso y un crecimiento deficiente. Es probable que esto se deba a una menor ingesta de energía, en combinación con una ingesta baja de micronutrientes como el zinc y el hierro, que son fundamentales para un crecimiento óptimo(19).

Por otro lado, una revisión sistemática reveló que una dieta diversificada se asoció significativamente con la ingesta adecuada de micronutrientes en lactantes y niños menores de 5 años. En algunos estudios, una diversidad dietética menor de 2 grupos de alimentos fue el mejor predictor de baja ingesta de micronutrientes(20).

El comportamiento alimentario y las elecciones de los niños están influenciados principalmente por los hábitos alimentarios y las técnicas de alimentación de sus padres. Los padres deben presentar a sus hijos opciones de alimentos nutritivos y dietas equilibradas y dar un buen ejemplo siendo modelos positivos.

Trastornos y patologías que se asocian a deficiencia de micronutrientes

Sobrepeso y obesidad

La obesidad puede estar asociada a deficiencias de múltiples micronutrientes debido a diferentes mecanismos.

Los déficits más relevantes y sus causas son:

• Hierro: ingesta nutricional deficiente. Aumento de los requerimientos debido a un volumen sanguíneo elevado para una mayor masa adiposa. Reducción de la absorción debido a una mayor inflamación.

• Ácido fólico y vitamina B12: ingesta nutricional deficiente y requerimientos aumentados.

• Vitamina D: secuestro en una masa adiposa aumentada. Reducción de la liberación por la piel. Inhibición mediada por leptina de la enzima renal responsable de la forma activa de la vitamina D.

Lamentablemente, solo existen unos pocos estudios sobre la eficacia de la suplementación oral o la pérdida de peso para el tratamiento de estos déficits, por lo que es necesario un seguimiento nutricional continuo(21).

Alergia alimentaria

Diferentes estudios han reportado una ingesta baja o insuficiente de calcio, fósforo, zinc, selenio, cobre, vitamina A, vitamina D, riboflavina y niacina en niños con alergia alimentaria.

En muchas sociedades, las fuentes dietéticas más importantes de calcio son la leche y los productos lácteos. Se estima que la contribución de los productos lácteos a la ingesta total de calcio es superior al 50 % en EE.UU., Alemania e Inglaterra, mientras que en los Países Bajos representa más del 70 %. Por este motivo, el consumo insuficiente de leche y productos lácteos como consecuencia de una afección médica, como la APLV, puede provocar el riesgo de una ingesta baja de calcio. Se evidenció que los niños que siguieron una dieta de eliminación debido a un diagnóstico de APLV durante más de cuatro años tenían un contenido y una densidad mineral ósea más bajos, y su edad ósea estaba retrasada 1,4 años. En este estudio, el consumo de calcio, calculado a partir de la ingesta de alimentos de los niños con APLV, comprendía solo el 25 % del valor recomendado(22).

Los factores de riesgo de déficits nutricionales en pacientes sometidos a dietas de eliminación están representados por alergias alimentarias múltiples, destete precoz, eliminación de alimentos básicos, como la leche de vaca o el trigo, y alimentación selectiva. Todos los pacientes alérgicos con dietas de eliminación se beneficiarían de una derivación a un dietista para aprender a sustituir los alimentos eliminados mientras se minimiza el riesgo de deficiencias de nutrientes y crecimiento deficiente. Los suplementos pueden ser necesarios en niños con alergias alimentarias múltiples, especialmente aquellos que excluyen otros alimentos además de la leche.

Insuficiencia renal

Se sabe poco sobre los requerimientos de micronutrientes de los niños con insuficiencia renal. Sería razonable indicar la dosis diaria recomendada de vitaminas, minerales y micronutrientes como para los niños sanos, con excepción del calcio, el fosfato, el magnesio, el sodio y el potasio, que pueden estar alterados y deben determinarse para cada niño en particular.

• Vitamina A: se debe tener cuidado de no administrar cantidades excesivas de vitamina A, ya que los altos niveles séricos resultantes pueden provocar hipercalcemia, anemia e hiperlipidemia.

• Vitamina D: no es necesario alcanzar la ingesta recomendada de vitamina D, ya que no se puede convertir a la forma activada. Las recomendaciones recientes para adultos son evaluar los niveles de 25-vitamina D, calcio, fósforo y PTH e iniciar tratamiento con vitamina D (colecalciferol o ergocalciferol), dieta y quelantes según sea necesario para evitar la enfermedad renal ósea, pero no existen recomendaciones equivalentes para niños. El valor objetivo de calcidiol en sangre es por encima de 30 ng/ml.

• En adultos en diálisis peritoneal, se ha descrito que las concentraciones sanguíneas de algunas vitaminas hidrosolubles (C, B6 y ácido fólico) son bajas. Esto se debe a una combinación de ingesta inadecuada, mayores pérdidas transperitoneales y mayores necesidades. En niños con diálisis peritoneal se han reportado ingestas bajas de cobre y zinc. El KDOQI (Kidney Disease Outcomes Quality Initiative) recomienda que se controle la ingesta de estos cada 4 a 6 meses y se administren suplementos si es necesario(23).

• El KDOQI recomienda que se considere la posibilidad de administrar suplementos de micronutrientes si la dieta oral por sí sola no alcanza la ingesta dietética de referencia, si los niveles de vitaminas en sangre están por debajo de los valores normales o si hay evidencia clínica de deficiencia.

• La anemia se puede prevenir con la prescripción de suplementos de hierro y agentes estimulantes de eritropoyetina.

Enfermedad hepática

Debido al deterioro del metabolismo de los macronutrientes, especialmente de los lípidos, la deficiencia de vitaminas liposolubles (A, E, D y K) puede estar presente entre el 20 al 35 % de los pacientes con enfermedad hepática colestásica, especialmente en aquellos con baja ingesta de alimentos que sean fuentes de vitaminas y que no reciben suplementos.

Estas deficiencias resultan en cambios visuales y cutáneos, trastornos neurológicos, raquitismo, osteoporosis, ataxia cerebelosa y coagulopatía. La mayoría de los pacientes con enfermedad hepática crónica deben recibir una dosis estándar de multivitamínicos con vitaminas liposolubles, según los resultados de laboratorio.

Las deficiencias de minerales y oligoelementos más comúnmente observadas son: hierro, zinc y calcio, lo que hace que el seguimiento de estos micronutrientes sea fundamental para adoptar cualquier tipo de suplementación.

La malabsorción de grasas también se asocia a una menor absorción intestinal de calcio y fosfato, lo que puede favorecer el desarrollo de enfermedades óseas, que, a su vez, no necesariamente responden a la normalización del nivel sérico de vitamina D. Durante la terapia de reemplazo de vitamina D, por ejemplo, todos los niños deben recibir suplementos de calcio, independientemente de la presencia o ausencia de hipocalcemia, para evitar la deficiencia(24).

Enfermedades metabólicas hereditarias

Se sabe que la dieta representa una forma primaria de tratamiento para muchas enfermedades metabólicas hereditarias y es esencial para prevenir y minimizar la discapacidad intelectual y la epilepsia.

Las estrategias terapéuticas pueden incluir una dieta restringida en proteínas, grasas y en uno o varios aminoácidos, dieta cetogénica, dieta libre de galactosa y de fructosa, y suplementación dirigida de macro y micronutrientes.

Además, la nutrición juega un papel crucial en los protocolos de emergencia para los días de enfermedad, especialmente en niños más pequeños con acidurias orgánicas, ciertas aminoacidopatías, trastornos del ciclo de la urea y defectos de oxidación de los ácidos grasos.

La restricción de componentes específicos de la dieta reduce potencialmente el estado de micronutrientes; por lo tanto, se debe proporcionar un suplemento integral de vitaminas y minerales y se convierte en un complemento esencial del tratamiento dietético(6).

Fibrosis quística

La fibrosis quística es la enfermedad autosómica recesiva más común que reduce la expectativa de vida. Los pacientes con fibrosis quística son propensos a la desnutrición y a la deficiencia de micronutrientes, principalmente porque las secreciones espesas obstruyen los conductos intrapancreáticos, lo que reduce el suministro de enzimas digestivas al intestino y perjudica la absorción de nutrientes clave. La insuficiencia pancreática exocrina conduce a una malabsorción de vitaminas liposo­lubles.

La colestasis y la enfermedad hepática relacionada con la fibrosis quística reducen las sales biliares disponibles, y la falta de secreciones de bicarbonato pancreático provoca acidificación intestinal, lo que limita aún más la absorción de ácidos grasos y vitaminas. Además, estos pacientes tienen una demanda metabólica intrínsecamente más alta, un mayor recambio de ácidos grasos esenciales y dismotilidad intestinal. Se recomienda una suplementación diaria de vitaminas liposolubles A, D, K y E. Debido al aumento de la sudoración, la malabsorción intestinal y la inflamación crónica, los pacientes con fibrosis quística pueden tener requisitos más altos de lo normal de electrolitos y minerales: ESPGHAN recomienda que se evalúe regularmente el estado de sodio, hierro, calcio y zinc y se complementen si es necesario. Además, parece que los antioxidantes pueden tener un impacto positivo en el pronóstico de la enfermedad(6).

Prematuridad y bajo peso al nacer

Los bebés prematuros y de bajo peso al nacer tienen un riesgo intrínseco de deficiencias de micronutrientes durante los primeros 1.000 días de vida, debido a reservas corporales limitadas, sistemas de regulación inmaduros y altas demandas nutricionales. Además, el tercer trimestre del embarazo es un periodo de rápido crecimiento y desarrollo cerebral fetal. Y la desnutrición fetal, ya sea en exceso o deficiencia, puede predisponer al desarrollo de patologías crónicas en la edad adulta.

La duración y la dosis de la suplementación con micronutrientes durante los primeros 1.000 días de vida difieren entre centros. Las deficiencias de micronutrientes peculiares en esta categoría de pacientes incluyen hierro, vitamina D, zinc, ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (LCPUFA, por sus siglas en inglés), calcio y fósforo.

La prematuridad detiene la transferencia de hierro placentario y el crecimiento de recuperación rápido posterior, típico de los bebés prematuros, reduce aún más las reservas de hierro del cuerpo. La AAP y la ESPGHAN recomiendan la suplementación con hierro personalizada según el peso al nacer, la edad gestacional, el tipo de alimentación y el estado de hierro, con mediciones del almacenamiento de hierro al momento del alta hospitalaria, durante el seguimiento y al comienzo de la alimentación complementaria. La ingesta dietética recomendada de hierro es de: 3 a 4 (máximo 6) mg/kg/día para lactantes de muy bajo peso al nacer (<1.000 g); 2 a 3 mg/kg/día para lactantes con peso al nacer <1.500 g; y 2 mg/kg/día para pesos entre 1.500 y 2.000 g. La lactancia artificial proporciona 2,25 mg/kg de hierro si se consume a 150 ml/kg/día; la lactancia materna exclusiva proporciona cantidades menores.

Debido a que carecen de un sistema de almacenamiento apropiado, los recién nacidos prematuros, a las 40 semanas de edad posconcepcional, tienen niveles séricos de zinc más bajos en comparación con los neonatos a término. Aunque no se recomienda la medición seriada de la concentración sérica de zinc, a menos que exista evidencia clínica de deficiencia de zinc, la suplementación con zinc durante el primer año de vida puede ser aconsejable, especialmente en niños con crecimiento deficiente. Ingesta diaria recomendada de 2-2,25 hasta 3 mg/kg en neonatos extremadamente prematuros.

Los bebés prematuros corren riesgo de osteopenia, porque la mayor parte de la mineralización ósea se produce durante el tercer trimestre del embarazo y la absorción de calcio posnatal es subóptima. Se recomienda la fortificación de la leche materna o el uso de fórmulas para prematuros en los hospitales, pero no hay consenso sobre su uso después del alta. La suplementación debe iniciarse cuando los niveles de fosfatasa alcalina sean iguales o superiores a 800-1.000 UI/ml, con una ingesta diaria total de 120-200 mg/kg/día y 70-115 mg/kg/día, respectivamente (ESPHGHAN 2022). El almacenamiento de vitamina D neonatal está directamente relacionado con el estado materno de vitamina D. Es difícil lograr un suministro suficiente de vitamina D incluso para los recién nacidos a término, porque tanto la leche materna como la de fórmula contienen niveles inadecuados; el crecimiento rápido y la hospitalización prolongada de los bebés prematuros pueden aumentar aún más el riesgo de deficiencia.

Por lo tanto, la profilaxis con vitamina D debe implementarse en todos los bebés durante el primer año de vida en una dosis de 400 UI/día; La ESPGHAN sugiere una dosis más alta para los bebés prematuros hasta la edad corregida de término completo (ingesta diaria de vitamina D de 400-700 UI/kg/día, dosis máxima de 1000 UI/día). La transferencia placentaria de LCPUFA (DHA, ácido docosahexaenoico y AA, ácido araquidónico) ocurre principalmente durante el tercer trimestre, y la acumulación cerebral es considerable. Además, los bebés prematuros no pueden convertir los precursores de ácidos grasos (ácido linoleico [LA] y ácido α-linolénico [ALA]) en DHA, debido a los altos requerimientos de ácidos grasos y la inmadurez metabólica. Como los resultados contradictorios se derivan de estudios que investigan los beneficios de la suplementación con LCPUFA, actualmente no hay evidencia suficiente para una recomendación de consenso.

Los bebés prematuros alimentados por vía oral podrían correr el riesgo de sufrir deficiencia de folato. Las fórmulas modernas para prematuros han reducido la necesidad de suplementación con ácido fólico, aunque la suplementación con ácido fólico sigue siendo común(6).

Trastornos del espectro autista y trastorno por déficit de atención e hiperactividad

Las deficiencias nutricionales y la calidad de la dieta se han relacionado con la patogénesis de varios trastornos mentales comunes, como la depresión, la esquizofrenia, el trastorno del espectro autista y el trastorno por déficit de atención e hiper­actividad. En concreto, la dieta puede interactuar con otros factores del estilo de vida, y los niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) muestran una menor adherencia a los patrones de alimentación saludable que los niños sin este trastorno.

En consecuencia, se detectan niveles bajos de zinc, magnesio y ferritina en sangre en niños con TDAH. Los problemas de alimentación, como la selectividad alimentaria, el rechazo de alimentos y los patrones dietéticos anormales, son muy frecuentes en niños con trastorno del espectro autista.

Al comparar el estado nutricional de los niños con autismo con el de los niños neurotípicos, se pueden encontrar diferencias en los biomarcadores que indican insuficiencia vitamínica y aumento del estrés oxidativo, y varios biomarcadores se asocian con variaciones en la gravedad del autismo. Los estudios informan una ingesta dietética reducida y niveles séricos más bajos en ácido fólico; vitaminas B12, D, A, E y K; hierro; calcio; y zinc en niños con autismo en comparación con controles neurotípicos. Por lo tanto, sería recomendable proporcionar una evaluación nutricional detallada e intervenciones nutricionales individualizadas para los niños con TDAH y trastornos del espectro autista(6).

Síndrome de intestino corto(25)

La absorción de vitaminas en pacientes con síndrome de intestino corto está influenciada por la anatomía remanente, aunque otros factores, como los medicamentos, la dieta, el uso de nutrición parenteral y los estados de inflamación, como la enfermedad inflamatoria intestinal también contribuyen a la malabsorción y a la deficiencia de vitaminas.

Debido a que el intestino delgado proximal generalmente permanece intacto, las deficiencias de vitaminas hidrosolubles son relativamente infrecuentes. Una excepción incluye a los pacientes con resección ileal terminal de más de 60 cm, ya que probablemente requerirán suplementos de vitamina B12 de por vida. Por el contrario, las deficiencias en las vitaminas liposolubles y ácidos grasos esenciales son comunes en estos pacientes.

Las deficiencias de los oligoelementos también son comunes, aunque generalmente son clínicamente silenciosas. Sin embargo, en pacientes cuyo intestino delgado proximal no es funcional, como en pacientes con resección proximal, fístula o ciertas anatomías de bypass intestinal, pueden ocurrir deficiencias clínicamente sintomáticas. La deficiencia de zinc, cobre y selenio ocurre comúnmente en pacientes con aumento de las pérdidas gastrointestinales. Las manifestaciones clínicas de déficit de cobre que podemos encontrar son: anemia refractaria al hierro, alteraciones óseas parecidas al escorbuto, hipopigmentación de piel y cabello, palidez, neutropenia y retraso psicomotor. En el caso del déficit de selenio, el paciente puede presentar cretinismo, cardiomegalia y/o edema pulmonar, debilidad muscular, elevación de transaminasas, macrocitosis y pseudoalbinismo. Aunque el hierro se absorbe en el intestino delgado proximal, que permanece intacto en la mayoría de los pacientes, la deficiencia de hierro es una de las deficiencias más comunes, particularmente en aquellos pacientes que requieren nutrición parenteral crónica, ya que no contiene hierro, debido a su incompatibilidad con los lípidos y propensión a causar una reacción alérgica.

Los pacientes frecuentemente requieren suplementos de micronutrientes y, a menudo, con dosis por encima de la ingesta dietética de referencia, para mantener los niveles séricos normales. Tenga en cuenta que la suplementación oral crónica de zinc puede competir con la absorción de cobre, lo que provoca deficiencias. Los intervalos de monitoreo recomendados oscilan entre 3 y 12 meses y se pueden determinar en función de la presencia de deficiencias existentes. En pacientes que requieren una reposición de vitaminas liposolubles, se deben tomar formulaciones orales con una comida o merienda que incluya grasa dietética para facilitar la absorción.

Interacción entre nutrición y fármacos(6)

La ingesta prolongada de algunos fármacos puede provocar deficiencias de micronutrientes debido a una menor absorción o una mayor pérdida gastrointestinal (Tabla II).

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Diagnóstico y monitorización

El tema del diagnóstico rara vez se aborda. Si bien, hoy en día, es posible determinar en sangre la mayoría de los valores plasmáticos de oligoelementos y vitaminas, estos no son indicadores absolutos de deficiencia y, en muchas ocasiones, son los signos clínicos los verdaderos indicadores de la existencia de déficit.

El concepto de déficit subclínico corresponde a valores plasmáticos y celulares disminuidos, y define las depleciones de vitaminas que preceden a los síntomas y signos del déficit.

La interpretación racional requiere un enfoque importante que, a menudo, se olvida; es decir, la integración en la evaluación clínica y la investigación de la presencia y magnitud de una respuesta inflamatoria concomitante o hipoproteinemia o condiciones que aumentan las necesidades de micronutrientes, como el hipertiroidismo. Estas situaciones pueden alterar también los valores de micronutrientes en sangre.

Por lo tanto, los niveles séricos no deben utilizarse como únicos indicadores del estado de vitaminas y oligoelementos: los factores clínicos (características del paciente, enfermedad subyacente y su tratamiento) y los signos clínicos de deficiencias o toxicidades deben ser parte de la evaluación(26).

Si se sospecha deficiencia o toxicidad de las siguientes vitaminas y oligoelementos, se pueden controlar según las indicaciones de la tabla III.

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Intervenciones dietéticas y suplementación (27)

Los suplementos de vitaminas y oligoelementos se incluyen en el campo general de los suplementos dietéticos, es decir, “productos alimenticios añadidos a la dieta normal que constituyen una fuente de sustancias nutricionales, como vitaminas y minerales, o sustancias con un efecto fisiológico o nutricional, como aminoácidos, ácidos grasos esenciales, fibras o extractos vegetales en formas predosificadas”. Existe una gran cantidad de material disponible sobre los suplementos vitamínicos, lo que a veces puede crear confusión tanto para los médicos como para los pacientes. Una información inadecuada puede conllevar el riesgo de atribuir propiedades beneficiosas y pasar por alto los efectos secundarios de estos suplementos, lo que lleva a su uso excesivo en el ámbito pediátrico.

Los datos actuales indican que entre el 24 % y el 38 % de los niños en edad escolar consumen suplementos en todo el mundo.

Los suplementos comerciales se enfrentan a la dificultad de diferentes DRI/RDA (ingesta diaria recomendada) según la edad: los productos disponibles para niños cubren las necesidades de una manera muy variable.

La organización alemana de consumidores reunió una amplia muestra de productos disponibles sin receta o en la web, y analizó su contenido, que, en algunos casos, fue problemático (dosis demasiado bajas o demasiado altas). Por lo tanto, la prescripción de suplementos debe seguir una historia dietética cuidadosa y abordar dos situaciones muy diferentes: la desnutrición global en la que la intervención debe ser “nutricional/energética”, con suplementos específicos orientados a las deficiencias más frecuentes y la situación de hábitos alimentarios selectivos o deficiencias relacionadas con enfermedades, donde los suplementos de micronutrientes solos, pueden ser la mejor opción. La elección del producto óptimo se basará en su capacidad para cubrir DRI sin ser excesivo, y en la detección de un nivel de ingesta subóptimo de micronutrientes específicos.

Función del pediatra de Atención Primaria

La desnutrición temprana en términos de macro y micronutrientes puede causar trastornos metabólicos que podrían perjudicar o retrasar el desarrollo físico y cognitivo del niño. Las deficiencias deben identificarse rápidamente para adaptar las estrategias de intervención específicamente a las necesidades metabólicas. Cuando no se satisfacen las ingestas dietéticas de referencia, es aconsejable la colaboración entre el pediatra y un nutricionista o dietista pediátrico.

Los biomarcadores nutricionales tienen limitaciones en términos de precisión.

Solo combinando la anamnesis, la evaluación clínica, el crecimiento y la evaluación dietética, los pediatras pueden identificar y abordar de manera efectiva las posibles deficiencias de micronutrientes en los niños.

En general, la mayoría de las deficiencias de micronutrientes se pueden prevenir a través de orientación nutricional, fortificación de alimentos o suplementos. La suplementación oportuna puede proporcionar un impacto ventajoso de por vida en el desarrollo del niño. Es evidente que los pediatras tienen una tarea fundamental. Sin embargo, tanto los factores ambientales como el deterioro cultural de los hábitos alimentarios lo dificultan. Por un lado, el contenido de micronutrientes puede verse alterado por el aumento de la temperatura y el aumento del dióxido de carbono atmosférico, reduciendo el rendimiento global de los alimentos ricos en micronutrientes (frutas, verduras, pescado y frutos secos). Por otro lado, el consumo de cantidades excesivas de alimentos refinados y procesados y bebidas azucaradas está aumentando, lo que contribuye a una ingesta inadecuada de micronutrientes.

Se necesitan políticas públicas e iniciativas de educación para la salud para eliminar los productos ultraprocesados y productos azucarados dirigidos a la infancia de las dietas de los niños y fomentar el consumo de productos no procesados y mínimamente procesados.

En conclusión, la nutrición durante la infancia a través de una guía correcta, específica y precisa podría ayudar a prevenir la mayoría de los efectos perjudiciales de la malnutrición sobre el desarrollo del niño.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de la autora.

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Bibliografía recomendada

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Esta guía tiene como objetivo proporcionar información para la práctica clínica diaria sobre la evaluación del estado de micronutrientes, seguimiento y tratamiento.

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En este manuscrito se abordan los nutrientes fundamentales en cada etapa del desarrollo del niño.

Caso clínico

 

Motivo de consulta: exantema resistente a inmunosupresores y diarrea.

Antecedentes personales: embarazo controlado con ecografías prenatales normales. RN pretérmino (35+5 semanas) de peso adecuado para su edad gestacional. Gestación gemelar monocorial-biamniótica, primer gemelo. Parto eutócico. Riesgo infeccioso por tiempo de bolsa rota prolongado sin signos clínicos de infección. Tiempo de bolsa rota: 21 horas. Frotis vaginal de SGB: negativo. Ingreso la primera semana de vida por pérdida de peso suprafisiológica. Hipoglucemia precoz asintomática. Cribado auditivo y endocrinometabólico sin alteraciones. Profilaxis VRS a los 2 días de vida. Lactancia artificial desde el nacimiento, con introducción de alimentación complementaria desde el sexto mes sin incidencias. Correcto desarrollo ponderoestatural. El paciente no presenta alergias conocidas. Pauta vacunal al día. Ingresos: 4 ingresos por bronquiolitis y broncoespasmo desde el mes de vida. Antecedente de reflujo gastroesofágico en primeros meses de vida, resuelto.

Historia actual: lactante de 11 meses de vida que permanece ingresado por lesiones cutáneas a estudio de 1 mes de evolución, acompañándose de episodio de diarrea de 3 semanas de evolución. Al inicio del cuadro clínico, diagnosticado de dermatitis del pañal, sin respuesta a corticoide tópico, corticoide oral, antibiótico oral y tópico. A la vez que las lesiones cutáneas, el paciente presenta aumento del ritmo de deposiciones, hasta 10 deposiciones diarias de consistencia semilíquida y coloración verdosa. Los padres refieren que, en las últimas dos semanas, el paciente había presentado estancamiento del desarrollo psicomotor (ha dejado de gatear). Encuesta nutricional: 6-7 biberones de 240 mL “coladitos de plátano” (hierven agua, plátano, panela y canela) y un puré al día de pollo y verdura desde los 5-6 meses de vida.

En la exploración física, destaca: buen estado general. Buen color. Bien hidratado. Masas musculares hipotróficas. Edema en miembros inferiores y escroto. Sin dificultad respiratoria. CARDIOPULMONAR: auscultación sin alteraciones. PIEL: lesiones eritematosas confluentes no sobreelevadas con zonas descamativas en región peribucal y genital. En zona genital, placas blanquecinas que no se despegan al tacto. En extremidades, lesiones eritematosas de aspecto geográfico y áreas de hipocromía. Las lesiones evolucionadas se observan como placas marronáceas no sobreelevadas. Pelo ralo de claro / pajizo (previamente tenían el pelo moreno). Uñas de las manos blandas, sin lesiones. Uñas de los pies endurecidas. ABDOMEN: distendido, no doloroso, no ascitis, no signos de irritación peritoneal ni megalias. NEUROLÓGICO: conecta bien, tranquilo, actividad espontánea normal. Fontanela normotensa.

Pruebas complementarias: ANALÍTICA DE SANGRE: hemograma normal. Equilibrio hidroelectrolítico sin alteraciones. Perfil lipoproteico normal. Perfil hepático normal, excepto hipoalbuminemia. Función renal normal. Proteína C reactiva normal. Serologías de enfermedad celiaca negativa. Vitamina B12, ácido fólico y vitaminas liposolubles normales. Elementos traza: zinc: 500 µg/L (670-1.200); cobre: 686 µg/L (700-1.550). Estudio inmunológico normal. MICROBIOLOGÍA: biopsia cutánea: Candida albicans. Coprocultivo: negativo. Serologías (CMV, VEB, CMV, VIH, parvovirus): negativo; PCR familia herpes y enterovirus (biopsia intestinal): negativo. Estudio portador nasal S. aureus: negativo. ORINA: no proteinuria, no leucocitos ni nitritos. Estudio de malabsorción en heces: elastasa levemente disminuida, no esteatorrea, alfa-1-antitripsina normal. Gastroscopia y colonoscopia sin hallazgos a nivel macroscópico ni histológico. Genética de fibrosis quística: estudio inicial (mutaciones prevalentes): resultados: no se ha detectado ninguna de las variantes patogénicas analizadas en el gen CFTR.

Al ingreso del paciente en planta de hospitalización, se inicia tratamiento con antibiótico y antifúngico intravenoso y se indica alimentación con nutrición parenteral y realimentación enteral progresiva con fórmula hidrolizada y alimentación complementaria, con resolución de lesiones cutáneas y diarrea tras 15 días de ingreso.

 

Prevención y tratamiento de la alergia gastrointestinal no mediada por IgE

G. Domínguez Ortega*,  S. Rodríguez Manchón**
Temas de FC


G. Domínguez Ortega*, S. Rodríguez Manchón**

*Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. **Hospital Vital Álvarez-Buylla. Mieres

X

Autor para correspondencia

gloriadominguezortega@yahoo.es

Resumen

Las alergias gastrointestinales no IgE mediadas son reacciones adversas a alimentos desencadenadas por un mecanismo inmunológico no mediado por IgE, que cursan con clínica digestiva de aparición tardía. Es una patología en aumento, dentro de la cual se incluyen diversas entidades, siendo la más frecuente la proctocolitis alérgica. Existe un interés creciente en identificar posibles estrategias preventivas que eviten su aparición o, en caso de no ser posible, disminuyan sus complicaciones y aceleren su resolución. Sin embargo, no existe evidencia suficiente para recomendar ninguna intervención en las madres gestantes ni lactantes, salvo una dieta saludable y variada sin exclusiones alimentarias. Tampoco existe evidencia suficiente sobre el papel preventivo de ninguna intervención dietética ni suplementación con probióticos en los lactantes. Una vez instaurada la alergia, la base del tratamiento será la evitación de los antígenos alimentarios causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores. Será necesario comprobar periódicamente la adquisición de tolerancia a los alimentos eliminados y realizar una adecuada intervención nutricional que asegure los requerimientos nutricionales de cada niño y prevenga el desarrollo de dificultades y trastornos de la alimentación.

 

Abstract

Non-IgE-mediated gastrointestinal food allergies (GIFA) are adverse food reactions triggered by a non-IgE mediated immune mechanism characterized by delayed onset gastrointestinal symptoms. Its prevalence seems to be increasing and allergic proctocolitis is the most frequent entity among them. There is a growing interest in identifying possible preventive strategies that prevent its appearance or, when not possible, reduce its complications and accelerate its resolution. However, there is not enough evidence to recommend any intervention in pregnant or lactating mothers other than a healthy and varied diet without dietary exclusions. There is also insufficient evidence on the preventive role of any dietary intervention or probiotic supplementation in infants. Once the allergy is established, the basis of treatment will be the avoidance of the causative food antigens, ensuring an adequate nutritional intake and minimizing their impact on eating behaviour and children’s and caregivers’ quality of life. It will be necessary to periodically check the acquisition of tolerance to the eliminated foods and to carry out an adequate nutritional intervention to ensure the nutritional requirements of each child and prevent the development of feeding difficulties and disorders.

 

Palabras clave: Alergia no IgE mediada; Alimentos; Pediatría; Prevención; Tratamiento.

Key words: Non-IgE gastrointestinal allergy; Food; Paediatrics; Prevention; Treatment.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 169 – 180

 


OBJETIVOS

• Conocer la importancia, por su frecuencia, de alergias gastrointestinales no IgE mediadas.

• Entender las bases de su etiopatogenia.

• Conocer las principales estrategias preventivas, estudiadas hasta el momento, para prevenir su aparición, disminuir sus complicaciones y acelerar su tolerancia.

• Conocer las bases del tratamiento de la alergia gastrointestinal no IgE mediada y sus principales complicaciones.

• Conocer el papel del pediatra de Atención Primaria en la prevención y tratamiento de las alergias gastrointestinales no IgE mediadas.

 

Prevención y tratamiento de la alergia gastrointestinal no mediada por IgE

https://doi.org/10.63149/j.pedint.30

 

Introducción

Las alergias alimentarias no IgE mediadas engloban distintos cuadros clínicos producidos por respuestas inmunológicas adversas frente a alimentos no mediadas por IgE.

Las alergias alimentarias son reacciones adversas a alimentos, desencadenadas por un mecanismo inmunológico que puede ser mediado por inmunoglobulina E (IgE), no mediado por IgE o mediado por un mecanismo mixto (Fig. 1)(1).

figura

Figura 1. Tipos de reacciones adversas a los alimentos basados en las definiciones.

Las alergias alimentarias gastrointestinales no IgE mediadas (AGI) se caracterizan por síntomas predominantemente digestivos de aparición tardía y en los cuales no suele ser posible confirmar la implicación de un mecanismo inmunológico mediante pruebas complementarias(2). Dentro de ellas, se engloban distintos cuadros clínicos diferenciados, aunque con solapamiento en las manifestaciones clínicas: la proctocolitis alérgica (PA), la enteropatía alérgica (EA) y el síndrome de enterocolitis inducida por proteínas alimentarias (FPIES, por sus siglas en inglés). Se incluyen también, dentro de este tipo de alergia, la esofagitis eosinofílica, los trastornos gastrointestinales eosinofílicos primarios (TGIEP), aunque existe controversia al respecto, también la dismotilidad alérgica. La descripción de los distintos cuadros clínicos, así como su diagnóstico, han sido ya abordados en un número previo de Pediatría Integral (https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-05/alergia-gastrointestinal-no-mediada-por-ige-en-pediatria/).

Epidemiología

Se trata de una patología en aumento en los últimos años, aunque su prevalencia exacta es desconocida. Dentro de ellas, la proctocolitis alérgica es la entidad más frecuente.

La PA es la entidad más frecuente, aunque se desconoce su prevalencia exacta. En un gran estudio israelí se objetivó una prevalencia global del 0,16 %(3), mientras que otro estudio prospectivo observacional estadounidense evidenció una incidencia del 17 %, aunque estas cifras pueden sobreestimar el diagnóstico ante la ausencia de confirmación con provocación diagnóstica(4).

La prevalencia de EA no ha sido adecuadamente estudiada, pero se considera una entidad más infrecuente y cuya incidencia parece en descenso(2). En cuanto al FPIES, aunque clásicamente se consideraba una entidad rara, recientemente se han descrito incidencias acumuladas en la infancia de entre 0,3-0,7 %(5) y, en España, un estudio multicéntrico registró 120 nuevos diagnósticos durante el año 2017(6).

Mecanismos de tolerancia oral

La alteración de la tolerancia oral desencadenará respuestas alérgicas indeseadas, secundarias a mecanismos no claramente establecidos, no mediados por IgE.

La mucosa intestinal es el mayor órgano inmune del cuerpo humano, constituido por la barrera epitelial, la lámina propia y el tejido linfoide asociado al tracto digestivo; distingue entre componentes beneficiosos y perjudiciales a nivel intestinal. La tolerancia oral es el estado de inhibición activa de las respuestas inmunitarias a un antígeno (alimentario y de microorganismos comensales) mediante la exposición previa a través de la vía oral y constituye la respuesta fisiológica a la ingesta de alimentos. Su malfuncionamiento se traduce en respuestas alérgicas indeseadas. Las reacciones IgE mediadas se caracterizan por manifestaciones clínicas inmediatas debidas a la liberación de mediadores desencadenada por la unión de anticuerpos IgE a mastocitos y basófilos. En cambio, aunque el mecanismo de las reacciones no IgE mediadas no está claramente establecido, parece secundario a respuestas mediadas por células T(7). En el FPIES, se ha demostrado la presencia de respuestas específicas de las células T frente a antígenos alimentarios y la existencia de un desequilibrio entre una secreción exagerada de TNF-α por las células T específicas de alimentos y una respuesta insuficiente de TGF-β. Se postula que estos mecanismos conducirían a una infiltración de células T y a la inflamación local, con el consiguiente aumento de la permeabilidad intestinal y, con ello, al incremento en el paso de antígenos(8). Sin embargo, también se han descrito en los FPIES respuestas Th2 típicas de las alergias IgE mediadas, que pueden atribuirse a la asociación en estos pacientes de otras comorbilidades atópicas(8). En la EA, el daño de la mucosa yeyunal parece ser secundario a la infiltración celular mediada por células T, especialmente CD8+, aunque se ha descrito también un incremento en los linfocitos intraepiteliales gδ-TCR+(9).

Prevención de la alergia alimentaria

Existen intervenciones preventivas dirigidas a evitar el desarrollo de alergia en niños no sensibilizados (primaria), en sensibilizados (secundaria) y otras dirigidas a prevenir las complicaciones y acelerar la tolerancia en las ya instauradas (terciaria).

Considerando el aumento de las alergias alimentarias, sus repercusiones socioeconómicas, su efecto sobre la morbilidad infantil y sobre la calidad de vida, existe un gran interés en el estudio de intervenciones que puedan prevenir su desarrollo o, en caso de no ser posible, modificar su curso natural a fin de conseguir una tolerancia oral más precoz. Hablaremos de prevención primaria, cuando se busca evitar el desarrollo de la alergia en individuos no sensibilizados; prevención secundaria, cuando la intervención se establece en sujetos ya sensibilizados que no han desarrollado aún clínica alérgica; y prevención terciaria, cuando se busca controlar los síntomas, prevenir sus complicaciones y el desarrollo de otras enfermedades alérgicas e intentar acelerar la tolerancia oral.

Prevención primaria: intervenciones en la madre durante la gestación y lactancia

No existe evidencia sobre el papel de las distintas intervenciones en la dieta de las madres gestantes ni lactantes ni sobre la modulación de su microbiota intestinal, como medidas preventivas del desarrollo de alergias alimentarias no IgE mediadas (Fig. 2).

figura

Figura 2. Factores que pueden estar involucrados en el desarrollo de alergias alimentarias en la infancia. Modificado y traducido de: J Allergy Clin Immunol Pract. 2024; 12: 1686-94.

Intervenciones dietéticas y suplementación

Diversos estudios han tratado de analizar el papel de las intervenciones dietéticas en la madre, durante el embarazo y la lactancia, en el desarrollo de alergia alimentaria en sus hijos, aunque se han centrado especialmente en alergias IgE mediadas(10). Actualmente, ante la ausencia de evidencia a favor de ninguna intervención y considerando los potenciales riesgos nutricionales, se desaconseja la exclusión de potenciales alérgenos alimentarios durante el embarazo y la lactancia. Tampoco existe evidencia suficiente sobre la suplementación con vitaminas, minerales ni omega-3(11). La dieta occidental, rica en productos con glicosilación final avanzada (advanced glycation end-products, AGEs) producidos tras el cocinado a alta temperatura de alimentos, como carne, aceites y queso o en presencia de altas concentraciones de azúcares, se ha relacionado con la sensibilización y alergia alimentaria. Por este motivo, parece recomendable una dieta saludable que evite alimentos ultraprocesados por su alto contenido en AGEs(12).

Modulación de la microbiota materna

Una adecuada colonización bacteriana resulta fundamental para el desarrollo de una mucosa intestinal saludable, mientras que una exposición bacteriana insuficiente en la primera infancia podría estimular respuestas Th2 y contribuir al desarrollo de respuestas inmunes inadecuadas, confiriendo mayor susceptibilidad al desarrollo de alergia. Tras el nacimiento, factores como el tipo de parto (vaginal o cesárea), el uso de antibióticos o el tipo de alimentación (lactancia materna o artificial) influyen en el desarrollo de la microbiota. También se ha descrito en modelos animales la posible transferencia de microbiota intestinal materna a través de la lactancia materna, favoreciendo la creación de un ambiente tolerogénico y disminuyendo el riesgo de alergia en la descendencia(13).En vista de estos hallazgos, se ha explorado la modificación de la microbiota fetal como forma de prevención del desarrollo de atopia. Sin embargo, los estudios publicados hasta el momento difieren en las cepas estudiadas, la cantidad administrada y la duración y el momento de la suplementación. Por todo ello, actualmente, no hay evidencia suficiente a favor de la suplementación prenatal con probióticos, aunque tampoco existen datos que sugieran efectos negativos en las madres ni los niños con su administración(11,14).

Prevención primaria y secundaria: intervenciones en el lactante

El papel de la lactancia materna en la prevención de las alergias es controvertido. No existe evidencia suficiente sobre el papel preventivo de ninguna intervención dietética ni suplementación con probióticos en los lactantes.

Papel de la lactancia materna

La lactancia materna es el alimento ideal para el lactante, ya que aporta los nutrientes necesarios para asegurar un adecuado crecimiento y desarrollo durante los primeros 6 meses de vida. Además, contiene diversos factores antimicrobianos e inmunomoduladores, como oligosacáridos, moléculas inmunoactivas, vitaminas, metabolitos y microbiota, que protegen al lactante frente a agentes infecciosos y promueven la adecuada maduración de su sistema inmune(10). Sin embargo, su papel en el desarrollo de alergias es controvertido. Existen estudios que sugieren un posible papel protector frente al desarrollo de alergias en lactantes de madres no atópicas, pero otros estudios describen ausencia de efecto y otros, realizados en madres atópicas, sugieren que la lactancia materna puede, incluso, suponer un riesgo mayor de desarrollar alergias, por su mayor contenido en citoquinas y quimioquinas y menores niveles de TGF-b1(15). No obstante, ante la ausencia de evidencia, considerando todos sus beneficios científicamente demostrados, se recomienda apoyar y favorecer la lactancia materna(11).

Suplementación con fórmula adaptada

Diversos estudios han analizado la evitación de la suplementación con fórmula adaptada de proteínas vacunas en los primeros días de vida en lactantes con riesgo atópico, pero únicamente en relación con el riesgo de alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) IgE mediada y sin resultados concluyentes ni generalizables a los lactantes sin dicho riesgo(10). Además, también en APLV IgE mediada, se ha descrito el posible beneficio de la ingesta continuada de fórmula adaptada, incluso en pequeñas cantidades, en aquellos lactantes que recibieron suplementación en los 3 primeros días de vida; mientras que la exposición ocasional se ha relacionado con un posible aumento del riesgo(16-18). Sin embargo, no existen aún estudios centrados en el riesgo de desarrollo de APLV no IgE mediadas, por lo que se requiere un mayor número de estudios para intentar dilucidar el papel de la suplementación precoz en el desarrollo de APLV no IgE mediada, así como el momento apropiado de la introducción de las proteínas lácteas, las cantidades necesarias y la duración más apropiada de la intervención.

Introducción precoz de los alimentos y suplementación en la dieta infantil

En los últimos años, diversos ensayos clínicos han descrito el beneficio de la introducción precoz de distintos alimentos en la prevención del desarrollo de alergias alimentarias IgE mediadas. Sin embargo, no existen todavía estudios que analicen el impacto del momento de introducción de los distintos alimentos en el desarrollo de alergias no IgE mediadas. Tampoco existe evidencia sobre el papel preventivo de la suplementación con vitamina D, antioxidantes ni ácidos grasos omega-3 en el desarrollo de AGI(11).

Consumo de fibra, pre- y probióticos

La disbiosis intestinal se ha relacionado con el desarrollo de alergias alimentarias y diversos estudios han tratado de dilucidar si la composición de la microbiota intestinal está involucrada en su aparición, persistencia e incluso resolución. Diversos metabolitos microbianos, especialmente el butirato, podrían proteger frente al desarrollo de alergia a través de su efecto sobre las células T reguladoras y la inhibición de las funciones proinflamatorias de las células dendríticas(19). Una dieta variada y rica en fibra resulta fundamental para incrementar la microbiota intestinal y la producción de butirato y, por ello, podría ser beneficiosa en la infancia(10). Así mismo, diversos estudios han tratado de analizar el posible efecto protector de la administración de prebióticos, probióticos y simbióticos en la prevención de alergias alimentarias, sin que exista evidencia suficiente para poder realizar recomendaciones ni a favor ni en contra de su uso en la infancia(11,14).

Utilización de emolientes

La dermatitis atópica es un reconocido factor de riesgo para el desarrollo de alergias alimentarias. La hipótesis dual del alérgeno propone que la alteración de la barrera cutánea y la presencia de inflamación podrían favorecer el desarrollo de sensibilización alimentaria a través de la piel. Por ello, diversos estudios han analizado el papel de los emolientes tópicos y del tratamiento agresivo de la dermatitis atópica en los primeros meses de vida para reducir el desarrollo de dermatitis atópica, sensibilización alimentaria y alergias alimentarias en la infancia(20). No obstante, no existe aún evidencia suficiente a favor ni en contra de la utilización de emolientes(10). La diversidad de resultados puede estar en relación con el momento de inicio de la intervención, ya que si el tratamiento se inicia una vez ya establecida la sensibilización, no será eficaz en la prevención, así como a las diferencias de emoliente empleado, el número de aplicaciones, la forma de aplicación o el mecanismo causante de la sensibilización alérgica; es decir, si es por deshidratación cutánea, por inflamación cutánea o por la combinación de ambos.

Prevención terciaria de las alergias alimentarias

Aunque se ha estudiado el papel de la suplementación con probióticos en las fórmulas hipoalergénicas, no existe evidencia suficiente para generalizar su uso.

En aquellos casos en los que no se ha logrado prevenir el desarrollo de la alergia alimentaria, será fundamental prevenir su progresión y el desarrollo de otras comorbilidades atópicas. En las AGI, la adquisición de tolerancia oral suele ser precoz, habiéndose resuelto la mayoría en la edad escolar; sin embargo, la resolución de algunos cuadros, como el FPIES, puede ser más tardía, entre los 3-5 años de edad, aunque dependerá del tipo de alimento, la presentación clínica y la localización geográfica(8). Por ello, algunos pacientes pueden requerir dietas prolongadas en periodos críticos de la infancia, por lo que será especialmente importante la búsqueda de intervenciones terapéuticas potencialmente curativas o que favorezcan o aceleren la adquisición de tolerancia oral. Estudios previos de un mismo grupo de trabajo han descrito una aceleración en la adquisición de tolerancia oral y una menor incidencia de otras manifestaciones alérgicas con el uso de una fórmula extensamente hidrolizada de caseína suplementada con Lactobacillus rhamnosus (LGG)(21,22). Este efecto se ha relacionado con un incremento en la producción de butirato y modificaciones epigenéticas. No obstante, es necesario confirmar estos hallazgos con ensayos clínicos de mayor tamaño muestral, que incluyan mayor número de pacientes con APLV no IgE mediada. En esta línea, en la reciente actualización de las guías DRACMA (Diagnosis and Rationale for Action against Cow’s Milk Allergy) de la Organización Mundial de Alergia (WAO), se indica, en forma de recomendación condicional en función de la escasa evidencia disponible, que al elegir una fórmula hipoalergénica para el tratamiento de la APLV no IgE mediada se recomiende emplear o una fórmula extensamente hidrolizada sin probióticos o una fórmula extensamente hidrolizada de caseína suplementada con LGG(23). En cualquier caso, serán necesarios nuevos ensayos clínicos, analizando el papel de otras cepas, como Bifidobacterium infantis o combinación de distintas cepas, en la prevención de atopia(10).

Existe también controversia en cuanto al efecto de las fórmulas elementales en la adquisición de la tolerancia oral, y se ha propuesto una adquisición de tolerancia a la leche más tardía por la ausencia de estimulación antigénica. Sin embargo, no existe suficiente evidencia al respecto y existen otros factores, como la severidad de la clínica y la presencia de otras comorbilidades o de alergias alimentarias múltiples, que pueden influir en la adquisición de tolerancia en pacientes alimentados con fórmula elemental, aunque en ellos sea necesario su uso(2).

La tabla I recoge un resumen de estrategias preventivas de alergia IgE mediada, que podrían ser extrapolables a AGI, en cuanto a la modulación inmune.

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Tratamiento de la alergia gastrointestinal no IgE mediada

La base del tratamiento es la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores.

El diagnóstico de AGI se apoya en la sospecha clínica, seguido de una prueba de eliminación y, en el caso de mejoría, confirmación con una prueba de provocación(2). En el FPIES, el diagnóstico se basa en una serie de criterios clínicos, quedando la prueba de provocación relegada a casos dudosos que no cumplan los criterios diagnósticos(24). La retirada del alimento sospechoso producirá la mejoría y resolución de los síntomas en un periodo variable: entre horas-días en el FPIES agudo, en 1-2 semanas en la PA, y en 2-4 semanas en la DA y en la EA, aunque la reparación mucosa puede requerir varios meses(1). En casos de lactancia materna exclusiva, tras el inicio de la dieta de exclusión en la madre, los alérgenos alimentarios pueden continuar eliminándose en la leche hasta 7-10 días, por lo que la respuesta puede ser más tardía(25).

Alimentos desencadenantes

La leche es el alimento causante más frecuentemente implicado, seguido de la soja. Otros desencadenantes frecuentes son: trigo, huevo, pescado, cereales y legumbres.

Globalmente, la leche es el alimento más implicado y supone el desencadenante en hasta un 40-50 % de los casos(2). La soja es el segundo alimento en frecuencia, describiéndose co-reactividad con la leche en hasta un 40-60 % de los FPIES y en hasta un 20 % de las PA(2). Sin embargo, prácticamente cualquier alimento puede comportarse como posible desencadenante. En los FPIES existen grandes variaciones geográficas, probablemente influenciadas por las diferencias dietéticas locales y por variaciones raciales en la predisposición genética. En España, además de la leche, son frecuentes desencadenantes el pescado, el huevo y el arroz(6). Además, entre un 15 % y un 35 % de los niños podrá presentar reacciones a varios alimentos(6,8). En el caso de las PA, además de la leche, se han implicado otros alimentos, como soja, trigo, huevo, maíz, pescado y/o sésamo a través de la lactancia materna, siendo posible la reacción a varios alimentos. Las EA, además de con leche y soja, se han relacionado con trigo y menos frecuentemente con huevo. En los casos más complejos de alergia gastrointestinal múltiple, se ha descrito una gran variabilidad de alimentos no tolerados, además de la proteína de leche de vaca, y un gran número de pacientes precisarán exclusión de múltiples alimentos e, incluso, alimentación con fórmula elemental de forma exclusiva.

Alergia gastrointestinal y lactancia materna

Las dietas de eliminación restrictivas en madres lactantes pueden conllevar riesgos nutricionales y repercutir negativamente en su calidad de vida y en su salud mental.

Las distintas proteínas alimentarias, como la proteína de la leche de vaca, el huevo, la soja y el trigo, son detectables en la leche materna horas e, incluso, días después de su ingesta y, por ello, pueden también desencadenar reacciones alérgicas no IgE mediadas. Las diversas sociedades científicas recomiendan favorecer y mantener la lactancia materna en todos los lactantes, incluso en niños con alergias alimentarias. Sin embargo, es importante considerar también los efectos nutricionales y los efectos psicológicos deletéreos que estas dietas de eliminación pueden conllevar en las madres. Las dietas de eliminación restrictivas, especialmente las que incluyan alimentos de elevado valor nutricional, como la leche, el huevo, la soja, el pescado o los frutos secos, pueden afectar significativamente a la composición nutricional de la lactancia materna y repercutir negativamente, tanto en la madre como en el niño(26,27). Por ello, será fundamental realizar un diagnóstico adecuado, a fin de evitar dietas de eliminación innecesarias en madres lactantes y, cuando sea posible, realizar una valoración y asesoramiento en estas madres por un dietista/nutricionista para garantizar una adecuada sustitución de los alimentos excluidos(27). Además, en casos severos en los que persistan síntomas a pesar de dietas maternas muy restrictivas, puede ser necesario valorar la retirada de la lactancia materna y el inicio de fórmulas especiales.

Manejo nutricional de las alergias gastrointestinales

La base del tratamiento es la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores.

El inicio habitual en los primeros años de vida y la necesidad de dietas de eliminación prolongadas hacen que estos pacientes sean especialmente sensibles al efecto de los déficits nutricionales, que pueden afectar negativamente a su crecimiento y desarrollo. Además, la presencia de AGI puede afectar negativamente al desarrollo precoz de las habilidades motoras, sensoriales, comunicativas y de comportamiento, que serán fundamentales para el desarrollo normal de una adecuada conducta alimentaria, contribuyendo al desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria del niño pequeño. Por todo ello, será fundamental hacer siempre una adecuada valoración nutricional al diagnóstico, una correcta intervención nutricional y un seguimiento estrecho. La valoración del estado nutricional deberá incluir siempre una valoración antropométrica completa registrando peso, talla/longitud y perímetro cefálico (en función de la edad), tanto actuales como previos. Será también importante registrar los antecedentes médicos del paciente, prestando especial atención a posibles comorbilidades atópicas, como asma, alergias alimentarias IgE mediadas o asma, así como necesidad de otros tratamientos médicos que, a su vez, puedan interferir en el estado nutricional. Será fundamental realizar una historia de la conducta alimentaria exhaustiva, identificando posibles signos de alerta que nos orienten hacia la existencia de problemas en la conducta alimentaria y una historia dietética completa. Será necesario registrar el volumen y el tipo de fórmulas especiales empleadas y los métodos de preparación, así como el posible uso de suplementos vitamínicos, minerales u homeopáticos que, frecuentemente, pueden contener entre sus ingredientes trazas de alimentos potencialmente alergénicos. En lactantes alimentados con lactancia materna exclusiva, será fundamental registrar las exclusiones dietéticas en la madre y la posible repercusión en ella, tanto nutricional como emocional y psicológica. La historia dietética nos permitirá también determinar qué alimentos se encuentran actualmente en la dieta, qué alimentos han sido eliminados, en qué momento y por qué motivo y qué alimentos aún no han sido introducidos. En la tabla II se incluyen indicadores de riesgo nutricional elevado en este tipo de pacientes.

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Además, siempre habrá que realizar una exploración física completa, identificando signos sugestivos de desnutrición y/o déficits específicos de micronutrientes y una valoración analítica del estado nutricional, centrada en la identificación de los déficits vitamínicos y de micronutrientes más habitualmente asociados (vitamina D, vitamina B12, ácido fólico, calcio, zinc y hierro)(28). La intervención nutricional deberá individualizarse en cada paciente, proporcionando una correcta educación y asesoramiento a los pacientes y sus cuidadores en la identificación de alérgenos, lectura de etiquetados (Reglamento UE Nº 1169/2011 de declaración obligatoria de alérgenos en el etiquetado de los alimentos) y sustitución de los mismos para minimizar la repercusión nutricional y en la calidad de vida y facilitar el cumplimiento terapéutico (Tabla III)(28). Además, en algunos casos, será necesario indicar suplementos específicos y su dosificación adecuada y proporcionar recursos, como grupos de apoyo, fuentes fiables con alimentos libres de alérgenos y recetarios. Existen fórmulas especiales con distintas indicaciones en los diversos cuadros de AGI. En pacientes menores de dos años con APLV no IgE mediada y lactancia artificial, podrán emplearse, como sustitutivos a la fórmula adaptada de proteínas vacunas, fórmulas extensamente hidrolizadas de caseína y/o seroproteína. Las fórmulas de arroz hidrolizado son también una alternativa en estos casos(12).

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Considerando el riesgo de co-reacción a soja en lactantes con APLV no IgE mediada, no se recomienda el uso de fórmulas de soja, especialmente en menores de 6 meses. Las fórmulas elementales serán de elección cuando fracase la fórmula hidrolizada, en la EA que curse con fallo de medro, hipoproteinemia y anemia graves, en FPIES graves, en alergia gastrointestinal a múltiples alimentos y en sangrado rectal importante que condicione inestabilidad hemodinámica(23). Así mismo, deberá también considerarse la retirada de la lactancia materna y el inicio de fórmulas elementales en clínica refractaria con lactancia materna exclusiva a pesar de dietas de exclusión extensas en la madre o cuando la dieta materna asocie en ella un riesgo nutricional y/o emocional significativo(25,27). En cuanto a la diversificación alimentaria, no se recomienda retrasar la introducción de la alimentación complementaria, sino que será necesario expandir el número de alimentos introducidos para asegurar un adecuado aporte nutricional y permitir la adquisición progresiva de habilidades en la alimentación y la exposición a diversas texturas y sabores(29,30). En pacientes con FPIES, se recomienda comenzar con un solo alimento (generalmente, vegetales y frutas) y esperar, al menos, 4 días antes de continuar con otro alimento, para evidenciar posibles reacciones(24,29). Aunque, potencialmente, cualquier alimento puede desencadenar síntomas en pacientes con AGI, se han propuesto en FPIES una serie de recomendaciones para la diversificación alimentaria, basadas en el riesgo de reacción de distintos grupos de alimentos (Tabla IV).

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En todas las entidades de AGI, durante el seguimiento será necesario comprobar, periódicamente, la adquisición de tolerancia a los alimentos eliminados, para lo cual deberá realizarse, de forma controlada, la reintroducción progresiva de cada alimento en la dieta. En el caso de los pacientes con FPIES, ante el riesgo de presentar reacciones potencialmente graves, la reintroducción de los alimentos desencadenantes deberá hacerse siempre mediante una prueba de exposición programada en medio hospitalario, recomendándose, en general, esperar entre 12-18 meses desde la última reacción. Aquellos pacientes con múltiples restricciones o con indicadores de riesgo precisarán un seguimiento más estrecho, pero sería recomendable en todos los casos, al menos, revisarlos antes y después de la diversificación alimentaria, al año de edad y cuando precisen la retirada de las fórmulas sustitutivas. La monitorización nutricional será fundamental para asegurar una adecuada intervención y que se cumplan los requerimientos nutricionales de cada niño.

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en el reconocimiento de los síntomas de AGI, sospechando la relación causal entre cada una de las entidades y la introducción de los diversos alimentos. Ante la sospecha de AGI, debe confirmar el diagnóstico con una prueba de eliminación y en el caso de mejoría, confirmación con una prueba de provocación. Aunque no existe evidencia suficiente sobre ninguna estrategia preventiva de AGI iniciada en el embarazo y la lactancia, se debe desaconsejar la exclusión de potenciales alérgenos alimentarios en la madre y recomendar, en cambio, una dieta variada y saludable sin abuso de ultraprocesados. Una vez instaurada la alergia, el pediatra debe ayudar a garantizar el mantenimiento de la dieta de eliminación de forma correcta, asegurando, cuando la situación clínica del paciente sea estable, una diversificación alimentaria adecuada sin retrasar la introducción de la alimentación complementaria, para asegurar un adecuado aporte nutricional y un adecuado desarrollo de la conducta alimentaria. El pediatra de Atención Primaria debe, además, aprovechar su contacto cercano con el paciente y sus familias para prevenir en lo posible el desarrollo de dificultades de alimentación y, en caso de instaurarse, realizar un diagnóstico y abordaje precoces.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de las autoras.

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Revisión sobre el papel preventivo en el desarrollo de alergias alimentarias IgE mediadas de las distintas intervenciones en las madres y neonatos.

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Documento de posicionamiento de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas sobre el diagnóstico, manejo y prevención de la alergia a la proteína de leche de vaca.

– Espín Jaime B, Díaz Martín JJ, Blesa Baviera LC, Claver Monzón Á, Hernández Hernández A, García Burriel JI, et al. Alergia a las proteínas de leche de vaca no mediada por IgE: documento de consenso de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP), la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP), la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP) y la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP). An Pediatría. 2019; 90: 193.e1-e11. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.anpedi.2018.11.007.

Artículo que resume las recomendaciones del documento de consenso elaborado por varias sociedades pediátricas españolas, para el diagnóstico y manejo de la alergia a la proteína de leche de vaca en niños menores de 2 años.

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Artículo de posicionamiento en cuanto al diagnóstico y manejo de las alergias gastrointestinales no IgE mediadas en niños con lactancia materna, elaborado con el fin de potenciar el mantenimiento de la misma en este subgrupo de pacientes.

– Groetch M, Henry M, Feuling MB, Kim J. Guidance for the Nutrition Management of Gastrointestinal Allergy in Pediatrics. J Allergy Clin Immunol Pract. 2013; 1: 323-31. Disponible en: https://doi.org/10.1016/j.jaip.2013.05.002.

Artículo sobre el manejo nutricional y dietético en este tipo de pacientes, con recomendaciones sobre su valoración inicial, sobre la intervención nutricional con pautas y recomendaciones sugeridas, así como del seguimiento.

Caso clínico

 

Niña de 4 meses y medio de edad, derivada desde Atención Primaria a consultas de gastroenterología infantil, por sospecha de alergia gastrointestinal no IgE mediada. Como antecedentes personales, se trata de la segunda hija de una madre con síndrome de intestino irritable, rinoconjuntivitis alérgica y alergia a marisco, y un padre celíaco con alergia a inhalantes y asma. Además, su hermano mayor de 7 años presentó, en los primeros años de vida, alergia a la proteína de leche de vaca no IgE mediada con adquisición de tolerancia a los 2 años y, actualmente, presenta alergia a pescado y dermatitis atópica. El embarazo fue adecuadamente controlado sin incidencias y el parto fue a término y eutócico. Ante los antecedentes familiares, su madre decidió realizar durante el embarazo una dieta saludable con alto consumo de fibra y ausencia de ultraprocesados y consumió un suplemento con omega-3 y un probiótico que le recomendaron desde su farmacia de confianza. Durante su estancia en la maternidad, su madre rechazó la administración de suplementos con fórmula adaptada, por lo que desde su nacimiento recibió alimentación de forma exclusiva con lactancia materna. No presentó en el periodo perinatal ni hasta el momento de la consulta actual otras enfermedades de interés.

En la primera consulta refieren inicio, a los 2 meses de edad tras las primeras vacunas, de cuadro consistente en diarrea con deposiciones pastosas con mucosidad (unas 6-8 al día) y hebras de sangre roja, ganancia ponderal escasa y episodios de llanto y regurgitaciones frecuentes tras las tomas. No relacionaban el inicio de los síntomas con ningún otro desencadenante infeccioso, habiéndose además recogido desde Atención Primaria estudio microbiológico en heces con coprocultivo negativo y antígeno positivo para rotavirus en relación con la reciente administración de la vacuna para el rotavirus oral. Desde el inicio de los síntomas, refieren haber realizado primero prueba con retirada de proteína de leche de vaca en la madre y suplementos con fórmula extensamente hidrolizada que rechazaba por el sabor. Ante la persistencia de la clínica y progresivo estancamiento ponderal en la niña, desde su centro de salud se ampliaron secuencialmente las exclusiones dietéticas en la madre, añadiendo a la dieta de eliminación retirada de soja, seguida posteriormente de huevo y gluten. En el momento de nuestra consulta, la madre refiere alimentación con lactancia materna exclusiva y, ante persistencia de los síntomas, decidió ampliar las exclusiones dietéticas, realizando actualmente dieta sin proteína de leche de vaca, soja, huevo, gluten, pescado ni legumbres. A pesar de ello, la niña continúa presentando diarrea con deposiciones con abundante moco y hebras de sangre roja y la madre manifiesta una profunda ansiedad por la situación de la niña y nos comenta que la dieta también está repercutiendo en ella, habiendo perdido 5 kg desde que comenzó la dieta y generando en ella un gran impacto emocional y psicológico.

Exploración física: en la antropometría, en la primera consulta presenta un peso de 5 kg (P1, –2,31 DE) (OMS 2006/2007), una talla de 62 cm (P33, –0,44 DE) (OMS 2006/2007) y una relación peso/talla de 0,08 (<P1, –2,79 DE) (OMS 2006/2007), lo que correspondería con una desnutrición aguda moderada, de acuerdo a los estándares de la OMS. En la exploración física presenta buen estado general, con un adecuado estado de hidratación, con masas musculares blandas, panículo adiposo escaso, pliegues de adelgazamiento y con buen aspecto de piel y faneras. Presenta una exploración abdominal y perianal normal y una adecuada neuroconducta para su edad.

Pruebas complementarias: en consulta se realiza reconstrucción de la evolución antropométrica de la niña, evidenciándose al nacimiento un peso en el percentil 30 con una longitud en el percentil 50 y una relación peso/longitud en el percentil 30. A partir de los dos meses de edad, se evidencia una afectación ponderal progresiva con un descenso en el percentil del peso hasta un percentil 1, manteniendo una longitud estable, con una afectación progresiva en la relación peso/longitud hasta un percentil inferior al 1 en el momento de la primera consulta. No se evidencia en la reconstrucción de la curva antropométrica una mejoría ponderal con ninguna de las medidas terapéuticas previamente realizadas.

 

 

algoritmo

 

Dislipemias

Temas de FC


A. Parra Rodríguez, L. Soriano Guillén

Unidad de Endocrinología Infantil. Servicio de Pediatría. Instituto de Investigación Biomédica-Fundación Jiménez Díaz. Universidad Autónoma de Madrid. Madrid

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Autor de correspondencia:

lsoriano@fjd.es; leandro.soriano@uam.es

Resumen

Las dislipemias constituyen un problema de salud pública de primer orden. De esta forma, conociendo que el inicio del proceso aterosclerótico aparece ya de forma temprana en los niños y es un factor clave en la morbimortalidad cardiovascular en la vida adulta, resulta fundamental identificar mediante un cribado poblacional qué pacientes son susceptibles de un diagnóstico y con ello la instauración de un tratamiento precoz. Todo ello constituye un gran reto para reducir la mortalidad cardiovascular en el mundo desarrollado, donde el pediatra de Atención Primaria resulta clave. Mediante la presente revisión pretendemos dar a conocer las medidas higiénico-dietéticas básicas para estos pacientes, así como el tratamiento médico de primera línea. Asimismo, se comentan las nuevas terapias destinadas al tratamiento de las dislipemias familiares.

 

Abstract

Dyslipidemia is a major public health problem. Therefore, since the onset of the atherosclerotic process is known to occur early in children and is a key factor in cardiovascular morbidity and mortality in adulthood, it is essential to identify by means of population screening which patients are susceptible to diagnosis and thus to initial treatment of hypercholesterolemia. All this constitutes a great challenge for reducing cardiovascular mortality in the developed world, where the primary care pediatrician plays a key role. The aim of this review is to provide information on the basic hygienic and dietary measures for these patients, as well as first-line medical treatment. New therapies for the treatment of familial dyslipidemias are also discussed.

 

Palabras clave: Dislipemia; Hipercolesterolemia; Cribado; Estatinas.

Key words: Dyslipidemia; Hypercholesterolemia; Screening; Statins.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (3): 188 – 196

 


OBJETIVOS

• Conocer los valores de normalidad de perfil lipídico por grupo de edad.

• Resaltar la importancia de la detección precoz de las dislipemias familiares.

• Enumerar los criterios de sospecha de formas genéticas.

• Manejo de hipercolesterolemia en Atención Primaria y necesidad de valoración por especialista.

• Asesorar sobre las medidas higiénico-dietéticas básicas para estos pacientes.

• Recalcar las indicaciones y efectos adversos de tratamientos de primera línea, así como cuándo recurrir a fármacos de segunda y tercera elección.

 

 

Dislipemias

https://doi.org/10.63149/j.pedint.32

 

Introducción

De forma general, se hablará de dislipemia cuando nos encontremos con los siguientes parámetros: colesterol total ≥200 mg/dl, C-LDL ≥130 mg/dl, triglicéridos ≥130 mg/dl y C-HDL ≤45 mg/dl. No obstante, conviene señalar que los parámetros anteriormente citados cambian con la edad, particularmente durante el desarrollo puberal, y están influenciados por el sexo. El proceso aterosclerótico se inicia a edades tempranas cuando existe exposición a niveles de colesterol muy elevados. Por ello, clasificar y diagnosticar a estos pacientes es fundamental para el inicio precoz de hábitos saludables y tratamiento farmacológico, previniendo el desarrollo de enfermedad cardiovascular en la vida adulta.

Se considera dislipemia a un valor por encima del p95 para la edad y sexo para el colesterol total (CT), lipoproteínas de baja densidad (C-LDL), triglicéridos (TG) e inferior al p10 de lipoproteínas de alta densidad (C-HDL). De forma orientativa, CT ≥200 mg/dl, C-LDL ≥130 mg/dl, TG ≥130 mg/dl y C-HDL ≤45 mg/dl (Tabla I).

Los valores plasmáticos de lipoproteínas varían a lo largo de la infancia y adolescencia. Así, desde el nacimiento, las lipoproteínas se elevan de forma muy lenta hasta quedar estabilizadas a los cuatro años, permaneciendo casi invariables durante la etapa prepuberal. Con posterioridad, se produce un descenso de CT y C-LDL de hasta un 10 % en los primeros años del desarrollo puberal. Seguidamente, se produce un ascenso de estos al final de la época puberal, estabilizando los valores del adulto a partir de los 20 años. Este aumento es más atenuado en las mujeres.

El C-HDL tiene un descenso marcado y mantenido en los varones durante la época puberal, lo que, junto con el mayor aumento de C-LDL, contribuye a presentar un patrón más aterogénico durante la etapa adulta.

La exposición mantenida a valores elevados de colesterol, predominantemente C-LDL, junto a factores ambientales desde edades tempranas, se manifiesta en pequeñas estrías lipídicas en la pared arterial. Estas progresan a un engrosamiento de la íntima y media vascular, derivando en un proceso inflamatorio causante de la placa de ateroma, principal etiología de la enfermedad cardiovascular (ECV), que, a su vez, es la principal causa de mortalidad en el mundo desarrollado. De la misma forma, la disminución de valores de colesterol desde edades precoces ha demostrado la reversibilidad de estas alteraciones estructurales iniciales y la reducción de eventos cardiovasculares en la vida adulta.

A pesar de ser infrecuente la aparición de ECV antes de los 20 años, resulta relevante el cribado en la población pediátrica para la detección de dislipemias con base genética, ya que en nuestro medio existe una alta prevalencia de hipercoelsterolemia familiar.

La identificación temprana de estos pacientes y la instauración de un tratamiento precoz son pilares básicos de la medicina preventiva del niño y el adulto. Si sumamos las campañas destinadas a evitar el tabaquismo y el exceso de peso, promocionar el ejercicio físico, así como la detección y tratamiento precoz de la hipertensión arterial, todo en su conjunto contribuye a disminuir la morbimortalidad cardiovascular de forma notable, mejorando la calidad y esperanza de vida(1).

Etiología

En las formas primarias, destaca la forma poligénica como la más frecuente, pero deben conocerse las formas familiares por la importancia de su diagnóstico precoz. Las formas secundarias, también frecuentes, siempre deben incluirse en el diagnóstico diferencial.

Se clasifican las dislipemias en formas primarias, de origen genético, y secundarias a una patología o factores exógenos.

Primarias

Hipercolesterolemias familiares (HF): de base monogénica, con herencia autosómica dominante, produciéndose por mutaciones del gen que codifica para el receptor del C-LDL en aproximadamente el 90 % de los casos (se han descrito más de 2.000 mutaciones, siendo la gravedad dependiente de la cantidad de actividad residual del receptor). De forma mucho más infrecuente, se han descrito mutaciones en ApoB, PCSK9 y LDLRAB1 (que contribuyen a la disminución de receptores de c-LDL en el hepatocito o al mal funcionamiento de este)(2). El estudio genético negativo no excluye el diagnóstico, si este es muy sugerente.

– Hipercolesterolemia familiar heterocigota (HFHe): herencia autosómica dominante, prevalencia aproximada de 1 entre 215-300 personas. Debe sospecharse en pacientes con C-LDL ≥160-190 mg/dl junto con antecedentes familiares de eventos cardiovasculares y/o hipercolesterolemia, más lesiones cutáneas o corneales (estas muchas veces no las presentan en edad pediátrica)(3).

– Hipercolesterolemia familiar homocigota (HFHo): herencia autosómica recesiva, prevalencia aproximada de 1 por cada 400.000-1.000.000, siendo la sospecha con cifras de C-LDL >330 mg/dl, lesiones cutáneas evidenciadas antes de los 10 años y antecedentes de ambos progenitores compatibles con HFHe. La gravedad del cuadro y la respuesta al tratamiento va a venir orientadas por la actividad residual del receptor de C-LDL, según el gen afecto y el tipo de mutación. Suele desarrollar aterosclerosis en la 1-2ª década de la vida y fallecer antes de los 30 años, si no recibe tratamiento.

Poligénica: la más frecuente, afecta al 4-8 % de la población, presenta niveles de C-LDL elevados (130-160 mg/dl), teniendo habitualmente antecedentes familiares con cifras similares de colesterol. En el momento actual, no existe una base genética conocida. Se especula sobre la interacción de varios genes con factores ambientales. Su debut suele ser más tardío que las formas anteriores.

Hipercolesterolemia familiar combinada: de herencia autosómica dominante, con genética más heterogénea, presentan habitualmente la combinación de elevación de CT, TG, C-LDL y apoB100 junto con familiar de primer grado con ECV y analítica similar.

Con mucha menor frecuencia:

Sitosterolemia: de herencia autosómica recesiva con afectación del gen ABCG5/8, implicado en el transportador intestinal de colesterol no esterificado. Presentan cifras muy elevadas de fitosteroles plasmáticos junto a cifras elevadas de colesterol. Se caracterizan por la aparición temprana de xantomas. Responden bien a medidas dietéticas y a tratamientos como resinas o ezetimiba.

Disbetalipoproteinemia: de herencia autosómica recesiva, presenta elevación de colesterol y triglicéridos por alteración en el gen de Apo E.

Hiperquilomicronemia familiar: en la mayoría de los casos se debe a alteraciones del gen de la lipoproteínlipasa. Se caracteriza por cifras muy elevadas de triglicéridos, lo que aumenta mucho el riesgo de hepatoesplenomegalia y pancreatitis(4).

Secundarias

El tratamiento estará orientado a la etiología de las patologías que la causan (Tabla II).

 

Diagnóstico

Cribado

El beneficio de una estrategia de cribado eficaz radica en encontrar a los pacientes con formas genéticas para un inicio de tratamiento precoz e identificación de familiares en riesgo. En la actualidad, sería deseable la combinación de un cribado universal antes de la pubertad junto con cribado en cascada.

Existen diferentes estrategias de cribado:

Universal: intenta alcanzar a toda la población, recomendándose entre los 9-11 años o después de los 17, sabiendo que puede detectarse el 90 % de los casos de HF(5).

Selectivo: solo si hay historial de evento cardiovascular o hipercolesterolemia familiar, o bien si el propio paciente tiene factores de riesgo (obesidad, HTA, hábito tabáquico u otra causa de dislipemia secundaria). Se estima que pueden diagnosticarse el 60 % de los casos mediante este modelo.

Cribado en cascada: estudiando a los familiares de primer grado del que se conoce la alteración genética. Considerado el mejor modelo desde un punto de vista costo-efectivo.

Cascada inversa: en el caso de que el niño sea el caso índice, se propone el estudio de los progenitores ante la sospecha de hipercolesterolemia familiar.

Cribado oportunista: objetivando la alteración lipídica de forma incidental en contexto de estudio de otra patología, estimándose que se captan aproximadamente <10 % de las formas familiares.

Hoy en día, sigue existiendo gran controversia entre modelos europeos y estadounidenses para establecer una estrategia costo-efectiva de cribado de dislipemia, sin una evidencia lo suficientemente fuerte para decantarse por un modelo y la edad a la cual realizarlo(6-8). Se estima que es realizado por el 9 % de los médicos de Atención Primaria(9).

Parece que la estrategia más aceptada es aquella que combina cribado en cascada y universal antes de la pubertad (9-11 años)(10); valorando el cribado selectivo solo antes de los 9 o en edad puberal (Tabla III). Otros autores consideran que el mejor momento de cribado podría ser antes de los 9; sin embargo, la gran mayoría no inicia tratamiento farmacológico antes de esa edad(9).

A pesar de ser clara la utilidad del cribado selectivo, depender solo de él limitaría el número de pacientes captados, ya que muchos familiares desconocen su perfil lipídico y todavía no han desarrollado ECV, si se trata de padres jóvenes(1).

Orientación diagnóstica

Tras el diagnóstico de dislipemia, resulta fundamental detectar los casos de hipercolesterolemia familiar. Estos deben ser derivados a un especialista para considerar la idoneidad de instaurar tratamiento farmacológico.

A raíz de alguno de los cribados anteriormente descritos, nos encontramos con un niño/adolescente con sospecha de dislipemia. Tras una anamnesis detallada y una exploración física orientada, deberemos tratar de diferenciar entre dislipemia primaria versus secundaria.

La anamnesis recogerá los siguientes datos:

• Antecedentes familiares: dislipemia primaria (causa genética conocida o sugerente con C-LDL ≥190 mg/dl), enfermedades cardiovasculares (edad de aparición, dando importancia a varones menores de 55 años y mujeres menores de 65 años).

• Antecedentes personales: patología causante de dislipemia secundaria o patología crónica que aumente el riesgo cardiovascular (obesidad, diabetes, hipertensión arterial, entre otras).

Dentro del examen físico, resultará de gran importancia:

• Datos antropométricos: peso, talla e índice de masa corporal. Calcularemos percentiles y Z-score.

• Tensión arterial.

• Lesiones cutáneas: xantomas tendinosos (más frecuentes en tendones extensores, como el tendón de Aquiles), xantomas tuberosos (en codos y rodillas), xantomas plantares o palmares, xantelasmas en región palpebral o lesiones de arco corneal.

De entrada, se solicitará una analítica de sangre, que incluya lipidograma completo (CT, TG, C-HDL y C-LDL) junto con lipoproteína A si está disponible (sobre todo, si casos o eventos familiares), útil como predictor de evento cardiovascular prematuro, manteniendo niveles similares en la infancia y edad adulta(1).

El colesterol “no HDL” (CT menos C-HDL) puede ser un marcador muy práctico, al ser un valor no dependiente de ayunas, informando de todas las lipoproteínas “aterogénicas”. Actualmente, se viene empleando como otro parámetro adicional de riesgo cardiovascular. De esta forma, se considera valor elevado ≥145 mg/dl.

En el caso de que existan cifras elevadas o en el límite de los intervalos sugeridos más adelante, donde deba valorarse la variabilidad interindividual (hasta un 20 % del valor normal), es aconsejable repetir analítica (entre 3 y 6 meses después), asegurando las condiciones estrictas de ayuno (al menos, 12 horas, sabiendo que afecta, sobre todo a los triglicéridos), con una orientación inicial de alimentación y ejercicio, estando en un periodo de dos meses libre de enfermedad aguda y/o cirugía. Además, se estudiará la función renal, hepática, proteínas totales/albúmina y función tiroidea (v. Algoritmo al final del artículo).

En función de la anamnesis junto con el examen físico y los datos analíticos, podremos tener las siguientes sospechas:

• Dislipemia secundaria.

• Dislipemia primaria:

– Hipercolesterolemia poligénica: valores de C-LDL elevados discretamente (130-160 mg/dl), con niveles similares en los familiares.

– HFHe: valores de C-LDL superiores a 190 mg/dl, con casos familiares, tanto de hipercolesterolemia marcada como de ECV, pueden asociar lesiones cutáneas/oculares.

– HFHo: valores de C-LDL superiores a 500 mg/dl, antecedentes familiares compatibles o diagnosticados con HFHe/HFHo y lesiones cutáneas/oculares presentes.

Para la detección de hipercolesterolemia familiar se han venido empleando diversos sistemas de puntuación clínica (Tabla IV)(2). En nuestro medio, se han empleado con mayor frecuencia los criterios planteados por el Dutch Lipid Clinic Network(2), recomendados por la OMS, de forma extrapolada a la edad pediátrica. En los últimos años, se ha incorporado el diagnóstico genético a estas escalas clínicas. Cabe señalar que dichos sistemas de puntuación se utilizan también en la mayoría de las comunidades autónomas para solicitud de reducción económica en el precio del tratamiento farmacológico.

Ante la sospecha clínica de hipercolesterolemia familiar, estos pacientes deben ser derivados a un centro hospitalario que disponga de especialista pediátrico con experiencia en el tratamiento de dislipemias, puesto que probablemente necesitarán tratamiento médico desde el diagnóstico.

¿A qué pacientes se recomendaría realizar el estudio genético? Atendiendo a la evidencia científica más reciente, sería aconsejable el estudio genético a todos los pacientes con alta probabilidad de hipercolesterolemia familiar(2). En el supuesto de que haya antecedentes familiares de primer grado con mutaciones genéticas causantes de HF, el estudio genético deberá ser dirigido. Por otra parte, mediante el análisis genético podremos conocer la actividad residual del receptor de LDL, favoreciendo la implementación de una medicina personalizada(3).

Tratamiento

Tras confirmarse la dislipemia de nuestro paciente, es aconsejable derivar a consultas especializadas en los siguientes supuestos (v. Algoritmo al final del artículo):

• Valores de C-LDL ≥190 mg/dl.

• Valores de C-LDL ≥160 mg/dl con antecedentes familiares de dislipemia o ECV y/o afectos de patología crónica (obesidad, diabetes mellitus, enfermedad renal crónica, trasplante de órganos y antecedente de enfermedad de Kawasaki con aneurismas).

• Siempre que tengan defecto genético conocido.

En los pacientes con C-LDL ≥130 mg/dl, parece razonable continuar el seguimiento en Atención Primaria, con repetición de nuevo control analítico en 6-12 meses tras implementar medidas higiénico-dietéticas y repasar el grado de actividad física que viene realizando. En esta línea, recomendamos considerar la suplementación con esteroles vegetales.

En las diferentes guías sobre hipercolesterolemia familiar en la infancia y adolescencia, se comenta como objetivo alcanzar valores de C-LDL por debajo de 130 mg/dl. A nuestro entender, deberemos individualizar a cada paciente, teniendo en cuenta las bases genéticas, antecedentes familiares de ECV y presencia de patología crónica. Asimismo, se tendrá presente la dosis más eficaz posible del fármaco empleado que no produzca efectos adversos.

Recomendaciones nutricionales y de ejercicio físico

Aunque en la gran mayoría de los casos debe recurrirse a terapia farmacológica, las medidas dietéticas y el ejercicio físico deben ser un pilar fundamental en todos los estadios de tratamiento.

Dieta: puede llegar a disminuir el C-LDL en un 10-15 %. Debe indicarse como medida general en los niños a partir de los dos años, junto con el objetivo de mantener el IMC en rangos normales (<p85).

Pueden establecerse dos niveles de dietas restrictivas, siendo el nivel más básico (basado en recomendaciones CHILD –1):

– Las grasas deben ser el 25-30 % de las calorías totales.

– Los ácidos grasos saturados: 8-10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos poliinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos monoinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos trans: <1 %.

– Colesterol: <300 mg/día.

Después de 3-6 meses con esta dieta, puede plantearse el paso a un segundo nivel de restricción (basado en recomendaciones CHILD-2), no siendo utilizada de forma habitual debido a su difícil adherencia:

– Las grasas deben ser <25 % de las calorías totales.

– Los ácidos grasos saturados: <7 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos poliinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos monoinsaturados: 10 % de las calorías totales.

– Ácidos grasos trans: <1 %.

– Colesterol: <200 mg/día.

Las dietas restrictivas, principalmente CHILD-2, presentan enormes problemas de adherencia y, en ocasiones, pueden condicionar alteraciones del comportamiento alimentario. Por ello, para la mayoría de los autores en la actualidad, resulta de más utilidad el asesoramiento nutricional mediante elección de comida:

– Reducir el consumo de carnes rojas a 1 vez por semana. En la actualidad no existe unanimidad científica sobre el consumo de huevos. A nuestro entender, sería razonable no superar las 4 unidades por semana (pudiéndose aumentar la cantidad de claras).

– Consumir pescado dos veces por semana, una de ellas incluyendo pescado azul.

– Evitar cocinado en aceite, priorizando plancha, vapor o cocido. Limitar rebozados o salsas.

– Retirar la grasa visible de los alimentos.

– Lácteos desnatados a partir de los dos años.

– Priorizar el uso de aceites vegetales, priorizando el aceite de oliva. Consumo muy ocasional de mantequilla y margarina.

– Consumo diario de frutas, verduras, cereales integrales. Incluir la legumbre y frutos secos varias veces a la semana, asegurando con estas medidas los aportes diarios de 6-20 g de fibra.

– Restringir los azúcares refinados y la sal sobreañadida.

– Restringir el consumo de bollería, snacks, embutido, repostería industrial y alimentos precocinados/procesados.

Suplementos nutricionales:

– Esteroles/estanoles vegetales: además de los naturalmente presentes en la dieta y alimentos enriquecidos, su uso como suplementos a partir de los 6 años, a dosis de 1,5-2,2 g/día, disminuye la absorción intestinal de grasas si se emplean durante las comidas principales. Diferentes ensayos clínicos han mostrado su utilidad, puesto que son capaces de reducir los valores de C-LDL en un 8-16 % de forma sobreañadida a la dieta implementada. No tienen efectos secundarios relevantes, debiendo asegurarse la ingesta concomitante de vitaminas liposolubles en la dieta(12). En nuestra experiencia, el uso de esteroles vegetales junto a recomendaciones nutricionales supone una medida muy eficaz en el tratamiento de la hipercolesterolemia poligénica.

– Los ácidos ω-3 a dosis altas pueden ser útiles en el tratamiento de hipertrigliceridemia. Paradójicamente, en ocasiones, pueden producir elevación de C-LDL.

– Si se cumplen las medidas dietéticas, no es necesario añadir suplementos de fibra(13).

– En la actualidad, no existe la evidencia científica suficiente como para recomendar de forma sistemática la suplementación con ajo, derivados de soja, levadura de arroz rojo o probióticos en la edad pediátrica(14).

Ejercicio: asegurar una actividad aeróbica de intensidad moderada un mínimo de tres días por semana (idealmente cinco) de 60 minutos. Asimismo, se aconseja combinar con ejercicios de fuerza, si el niño tiene la madurez suficiente. En suma, deben fomentarse las actividades no sedentarias.

• Es fundamental la prevención de la no exposición e inicio del hábito tabáquico y alcohólico.

Tratamiento médico (Tabla V)

 

Indicado si:

• C-LDL ≥190 mg/dl.

• C-LDL ≥160 mg/dl con antecedentes familiares de dislipemia o ECV prematura.

• C-LDL ≥160 mg/dl con factor de riesgo (obesidad, diabetes mellitus, enfermedad renal crónica, trasplante de órganos y enfermedad de Kawasaki con aneurismas).

Las estatinas constituyen el tratamiento de primera línea. Estos fármacos inhiben la enzima HMG CoA reductasa, disminuyendo la biosíntesis de colesterol hepático, junto con reducción de los receptores de C-LDL en la membrana celular. Pueden reducir hasta un 50 % de la cifra de C-LDL, de forma secundaria los triglicéridos en un 30 % y aumentar las cifras de C-HDL en un 10 %.

La FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos) y la EMA (Agencia Europea de Medicamentos) han autorizado el uso de rosuvastatina y pitavastatina a partir de los 6 años, pravastatina de los 8 años, fluvastatina de los 9 años, atorvastatina y simvastatina de los 10 años.

Debe comenzarse con la dosis más baja posible, de preferencia al acostarse, monitorizándose su efecto a los dos meses y, posteriormente, cada 6 meses, incluyendo en la analítica el perfil de transaminasas y creatinkinasa, dada la posible aparición de efectos adversos a nivel muscular y hepático (el aumento de 3 veces el nivel de transaminasas o 10 veces el nivel de CPK previo es indicación para suspender el tratamiento con estatinas y valorar retomar a partir de dos semanas de ausencia de síntomas).

La aparición de efectos adversos es mucho más frecuente en adultos, sobre todo por interacción con otros fármacos. Conviene señalar que no se ha demostrado repercusión sobre el crecimiento, desarrollo puberal y absorción de vitaminas liposolubles; sin embargo, sí existe controversia en la literatura sobre posible aumento de predisposición a diabetes tipo 2. No deben utilizarse durante la lactancia y embarazo(15).

Si con el empleo de estatinas a dosis máxima no se consigue mejorar el perfil lipídico o si el tratamiento no es bien tolerado, puede recurrirse a fármacos de segunda línea:

• Ezetimiba: inhibe selectivamente la absorción intestinal, tanto del colesterol alimentario como de origen biliar (bloqueo de NPC1L1). Reducen la cifra de C-LDL en un 20-27 % en monoterapia, existiendo registros de hasta un 90 % de reducción de C-LDL cuando se asocian con estatinas. Puede utilizarse a partir de los 10 años, habitualmente a dosis de 10 mg/día, independiente de la comida. Los principales efectos adversos son diarrea y dolor abdominal.

• Resinas de intercambio iónico: mediante la interferencia con la absorción de ácidos biliares, disminuyen el C-LDL en un 10-20 %. Pueden iniciarse a partir de los 6 años (colestipol y colestiramina) o 10 años (coleveselam), preferiblemente antes de cenar, siendo opciones muy seguras debido a la no absorción del fármaco; sin embargo, es muy difícil la adherencia debido a su mala palatabilidad. La alteración de la absorción de otros fármacos hace que suelan usarse en monoterapia y debe vigilarse también la absorción de vitaminas liposolubles.

Como tratamiento de tercera línea en edad pediátrica, se dispone de los inhibidores de PCSK9, anticuerpos monoclonales que actúan sobre dicha proteína a nivel hepático, reduciendo el número de receptores de LDL que van a ser degradados y, como consecuencia, aumentando su disponibilidad en membrana. Diferentes estudios han mostrado reducciones de C-LDL que oscilan entre un 24 % y un 30 %. En España disponemos de evolocumab (a partir de 10 años en casos de HFHe y HFHo) y alirocumab (a partir de los 8 años en HFHe). Son utilizados en niños que no responden a tratamiento a dosis máximas toleradas de estatinas o bien cuando surgen contraindicaciones para el empleo de estas. Habitualmente, se administran por vía subcutánea cada 2-4 semanas. Son fármacos relativamente seguros, limitando sus efectos adversos a reacciones locales, artralgias, mialgias, cefalea y posible aumento de cuadros respiratorios del tracto superior.

Formas específicas

HFHe

Se recomienda seguimiento por un especialista pediátrico con experiencia en dislipemias. En la mayoría de las ocasiones, va a ser preciso combinar terapia farmacológica con medidas dietéticas. Como se ha comentado, el tratamiento médico de elección serán las estatinas. La elección de esta dependerá de la edad del paciente, así como de la experiencia del centro. Una aproximación inicial sería pautar rosuvastatina a la dosis de 5 mg/día a partir de los seis años. Podría incrementarse hasta una dosis máxima de 10-20 mg/día (en función de la edad), con el objetivo de descender los valores de C-LDL por debajo de 160 mg/dl. Aunque, como se ha comentado previamente, deberemos abogar por una medicina de precisión adaptada a cada paciente(1). En función del grado de respuesta, podrá considerarse la adición de ezetimiba a dosis de 10 mg/día(2). Los inhibidores de PCSK9 pueden ser una buena opción en caso de mala tolerancia a las estatinas o dificultad para conseguir los objetivos planteados. Debe transmitirse la importancia a la familia de una buena adherencia al tratamiento junto con el mantenimiento de las recomendaciones dietéticas y de ejercicio físico.

HFHo

El seguimiento debe ser en un centro especializado en dislipemias primarias y con posibilidad de realizar aféresis. En estos casos, la respuesta al tratamiento va a depender de la actividad residual del receptor LDL (en los pacientes con actividad residual nula, los inhibidores de PCSK9 no serán eficaces). Desde el diagnóstico va a ser necesaria la combinación de terapia de estatina con fármacos de segunda o tercera línea, consiguiendo una reducción del 20-30 % de C-LDL. Por ello, en la mayoría de las ocasiones, será necesaria la posibilidad del tratamiento con aféresis, pudiendo iniciarse esta a partir de los 5 años y no más tarde de los 8 años, que de forma quincenal puede reducir hasta un 75 % la cifra de C-LDL. Esta respuesta a la aféresis ha condicionado un enorme cambio en el pronóstico vital de estos pacientes. En última instancia, conviene apuntar que son pacientes que pueden tener que recurrir al trasplante hepático.

Hipertrigliceridemia

El tratamiento inicial consistirá en implementar las recomendaciones dietéticas anteriormente mencionadas, con especial hincapié en el consumo de pescado, incluyendo pescado azul (sardina, salmón, atún, caballa, etc.), restringiendo bollería industrial, grasa de origen animal y azúcares refinados.

Si a pesar de la implementación de las medidas anteriormente comentadas la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 200 mg/dl, se recomienda la suplementación con ácidos grasos ω-3 que contengan ácido eicosapentanoico (EPA) y ácido docosahexaenoico (DHA). De entrada, dosis 500-1.000 mg/día y comprobar respuesta (pueden reducir las cifras de triglicéridos hasta en un 45 %).

Si a pesar de ambas medidas la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 200 mg/dl y se constata una elevación de CT y C-LDL, deberemos sospechar una hiperlipemia familiar combinada y sería recomendable añadir una estatina a los suplementos con ácidos grasos ω-3.

Si a pesar de la implementación de medidas higiénico-dietéticas junto con suplementos de ácidos grasos ω-3 la cifra de triglicéridos se mantiene por encima de 500 mg/dl, deberá plantearse el tratamiento con fibratos, siendo fenofibrato el más utilizado a dosis de 70-145 mg/día (máximo 200 mg/día). Estos fármacos presentan frecuentes y notables efectos adversos: rabdomiolisis, hipertransaminasemia, dispepsia, anemia, etc. No obstante, el elevado riesgo existente de desarrollar pancreatitis cuando se manejan estos valores de triglicéridos podría justificar el inicio de esta terapia. Por otra parte, conviene apuntar que, en estos casos, con cifras tan elevadas de triglicéridos, existe una mayor probabilidad de hipertrigliceridemia de causa genética. Por ello, los antecedentes familiares resultan relevantes para orientar el estudio genético.

Función del pediatra de Atención Primaria

Resulta fundamental en la detección de estos pacientes en una edad clave para la medicina preventiva, apoyándose en las estrategias de cribado descritas anteriormente. Así pues, es importante el despistaje de los pacientes candidatos a estudio genético e inicio de un tratamiento médico precoz.

Como función aún más relevante, está la de impartir hábitos de alimentación y ejercicio adecuados, siendo el primer escalón en cualquier tipo de hipercolesterolemia pediátrica.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Schefelker JM, Peterson AL. Screening and Management of Dyslipidemia in Children and Adolescents. JCM. 2022; 11: 6479.

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3.*** Mainieri F, Tagi VM, Chiarelli F. Recent Advances on Familial Hypercholesterolemia in Children and Adolescents. Biomedicines. 2022; 10: 1043.

4.*** Argente J, Martos GA, Soriano-Guillén L. Dislipemias. En: Manual de endocrinología pediátrica (3ª Edición). Madrid: Ergon S.A.; 2023. p. 393-404.

5. Corredor B, Güemes M, Muñoz-Calvo MT. Hipercolesterolemia familiar en la infancia y adolescencia: cribado, diagnóstico y tratamiento. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 166-73. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-05/hipercolesterolemia-familiar-en-la-infancia-y-la-adolescencia-cribado-diagnostico-y-tratamiento-2/.

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10. Gidding SS, Wiegman A, Groselj U, Freiberger T, Peretti N, Dharmayat KI. Paediatric familial hypercholesterolaemia screening in Europe: public policy background and recommendations. European Journal of Preventive Cardiology. 2022; 29: 2301-11.

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13. Fogacci F, ALGhasab NS, Di Micoli V, Giovannini M, Cicero AFG. Cholesterol-Lowering Bioactive Foods and Nutraceuticals in Pediatrics: Clinical Evidence of Efficacy and Safety. Nutrients. 2024; 16: 1526.

14. Abdullah, Zaheer A, Saeed H, Arshad MK, Zabeehullah, Iftikhar U, et al. Managing Dyslipidemia in Children: Current Approaches and the Potential of Artificial Intelligence. Cardiol Rev. 2024. Disponible en: https://doi.org/10.1097/crd.0000000000000816.

15. Ramaswami U, Humphries SE. Management of familial hypercholesterolaemia in childhood. Curr Opin Pediatr. 2020; 32: 633-40.

Bibliografía recomendada

– Argente J, Martos GA, Soriano-Guillén L. Dislipemias. En: Manual de endocrinología pediátrica (3ª Edición). Madrid: Ergon S.A.; 2023. p. 393-404.

Lectura fundamental para la formación completa en el estudio de dislipemia, hincapié especial en orientación diagnóstica y tratamiento.

– Mainieri F, Tagi VM, Chiarelli F. Recent Advances on Familial Hypercholesterolemia in Children and Adolescents. Biomedicines. 2022; 10: 1043.

Actualización en nuevos tratamientos, junto con pautas en el manejo de formas familiares.

– Fogacci F, ALGhasab NS, Di Micoli V, Giovannini M, Cicero AFG. Cholesterol-Lowering Bioactive Foods and Nutraceuticals in Pediatrics: Clinical Evidence of Efficacy and Safety. Nutrients. 2024; 16: 1526.

Amplia revisión de la bibliografía existente sobre suplementos en edad pediátrica.

Caso clínico

 

Motivo de consulta: acuden los padres de un niño de 7 años al Centro de Salud, solicitando información, ya que ambos refieren tener hipercolesterolemia y dudan de posible afectación en sus hijos.

Antecedentes familiares: madre: 35 años, con normopeso, hipercolesterolemia diagnosticada desde los 25 años, en tratamiento con estatinas desde los 28 años (último control: CT: 245 mg/dl; C-LDL: 178 mg/dl), sin otra patología de interés. Padre: 38 años, sobrepeso, hipercolesterolemia (último control: CT: 215 mg/dl; LDL: 143 mg/dl), en tratamiento con dieta exclusivamente, sin otra patología de interés.

Abuela materna: tuvo infarto de miocardio a los 54 años, en tratamiento con estatinas desde los 30 años.

Antecedentes personales: niño sano, bien vacunado, sin alergias conocidas.

Exploración física: peso: 28 kg (p50-75); talla: 126 cm (p50-75); IMC: 17,64 kg/m2 (p50-75); TA: 105/64 mm Hg; no presenta lesiones cutáneas ni alteraciones oculares, estadio de Tanner I.

Mediante cribado selectivo, se solicita estudio de perfil lipídico a través de un control analítico con ayunas de 12 horas, en el que se objetiva: CT: 287 mg/dl; C-LDL: 198 mg/dl; HDL: 67 mg/dl; triglicéridos: 75 mg/dl; perfil tiroideo: normal; glucosa basal: 95 mg/dl; y HbA1c: 5,4 %.

Decide enviarle a unidad especializada en lípidos, donde refieren los familiares que también le han iniciado tratamiento farmacológico.

 

 

algoritmo

 

 

Alimentación en el niño hasta los dos años de edad

 

E. Guerra Vilches, M.P. González Rodríguez
Temas de FC


E. Guerra Vilches, M.P. González Rodríguez

Pediatras de Atención Primaria. Centro de Salud Barrio del Pilar. Madrid

X

Autor para correspondencia

eguerra.vilches@gmail.com

Resumen

Durante los primeros años de vida ocurren grandes cambios tanto en el desarrollo físico como en el neurodesarrollo, donde la alimentación desempeña un papel fundamental. Desde la lactancia en los primeros seis meses hasta la incorporación de nuevos alimentos, se desarrollan habilidades como masticar, utilizar las manos e integrarse en la dinámica familiar durante las comidas. La alimentación complementaria incluye todos aquellos alimentos no lácteos que aportan nutrientes esenciales para el crecimiento. Durante el primer año de vida el ritmo de desarrollo es muy rápido, mientras que en el segundo año este proceso se desacelera. Es común que el apetito del niño varíe en esta etapa, por lo que es crucial fomentar buenos hábitos alimentarios, como compartir las comidas en familia, evitar forzar al niño a comer y respetar sus señales de saciedad. Una dieta saludable y variada debe incluir proteínas, cereales integrales, frutas, verduras y lácteos. Se recomienda evitar alimentos azucarados, ultraprocesados y con bajo valor nutricional. Existen herramientas para que el pediatra evalúe el desarrollo del niño y su dieta y poder proporcionar información a las familias sobre recursos electrónicos de utilidad.

 

Abstract

During the first years of life, great changes occur in both physical development and neurodevelopment, where food plays a fundamental role. From breastfeeding during the first six months to the incorporation of new foods, skills such as chewing, using the hands and integrating into the family dynamics during meals are developed. Complementary feeding includes all those non-dairy foods that provide essential nutrients for growth. During the first year of life the pace of development is very fast, while in the second year this process slows down. It is common for the child’s appetite to vary at this stage, so it is crucial to encourage good eating habits, such as sharing meals as a family, avoiding forcing the child to eat and respecting their satiety signals. A healthy and varied diet should include protein, whole grains, fruits, vegetables, and dairy. Avoiding sugary, ultra-processed foods with low nutritional value is recommended. There are tools for the pediatrician to evaluate the child’s development and diet and to be able to provide information to families about useful electronic resources.

 

Palabras clave: Nutrición infantil; Alimentación complementaria; Recomendaciones nutricionales; Alimentación dirigida por el bebé.

Key words: Infant nutrition; Complementary feeding; Nutritional recommendations; Baby led weaning.

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 94 – 101


OBJETIVOS

• Conocer las bases de una nutrición saludable en los primeros años.

• Informar de los aspectos actuales en alimentación infantil.

• Aprender a utilizar los recursos y herramientas para valorar la alimentación y el estado nutritivo en la consulta.

• Conocer y utilizar recursos disponibles para las familias.

 

Alimentación en el niño hasta los dos años de edad

https://doi.org/10.63149/j.pedint.16

 

Introducción

Los hábitos alimentarios saludables se construyen en los primeros años.

La alimentación en la primera infancia desempeña un papel fundamental en el crecimiento y desarrollo de los niños. A esta edad, se forman los hábitos alimentarios saludables. La lactancia materna, que favorece el crecimiento adecuado y mejora el desarrollo cognitivo, reduce el riesgo de sobrepeso, obesidad y enfermedades crónicas. La alimentación complementaria supone el cambio de succión a la ingesta de alimentos sólidos y promueve el desarrollo físico, neurológico y cognitivo.

Una dieta equilibrada protege contra la malnutrición y contribuye a prevenir enfermedades cardiovasculares, diabetes, obesidad y ciertos tipos de cáncer. En el desarrollo de los hábitos influyen la calidad y cantidad de alimentos ofrecidos, la relación emocional asociada a la comida y los patrones diarios.

En los últimos años, los cambios culturales y de estilo de vida han alterado los patrones de alimentación. El aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares libres y con bajo valor nutricional, desplaza opciones tradicionales y saludables, como la dieta mediterránea u otras propias de diferentes culturas.

Desarrollo del niño en los dos primeros años

En este periodo, el niño tiene un gran desarrollo físico, neurológico y social, una gran velocidad de crecimiento y un metabolismo acelerado.

Los primeros meses de vida son un momento crítico para el desarrollo del niño, donde una alimentación inadecuada puede provocar deficiencias nutricionales que condicionen negativamente el desarrollo.

El niño precisa ir adquiriendo hitos que le permitan modificar la alimentación basada en líquidos para ingerir sólidos. Los tres primeros años de vida constituyen la etapa más importante del neurodesarrollo(1).

En este periodo, el crecimiento es muy rápido: el peso al nacimiento se duplica entre los 4 y 6 meses, se triplica al año y se cuadriplica a los dos años. La talla aumenta 2 cm por mes durante el primer año y entre 10-12 cm el segundo año. En general, los lactantes pierden peso durante los primeros días, hasta un 8 %, y, progresivamente, recuperan el peso del nacimiento hacia el 10º-15º día.

Algunos niños pueden tener más dificultad en establecer una ganancia mantenida, en los que, sin embargo, las deposiciones, las micciones y las tomas son adecuadas.

Desde los 6 meses, aumenta la masa grasa con relación al conjunto corporal, condicionada por una mayor ingesta (pasa de 20 a 200 ml de capacidad gástrica en pocos meses). Pasados los dos años, la ganancia ponderal se estabiliza y el ritmo disminuye respecto a los primeros meses de vida(2).

Necesidades nutricionales

Energía

Los requerimientos energéticos dependen de la edad y otras características del niño (Tabla I), que condicionan la cantidad de veces que se alimenta, la preferencia por alimentos de diferente densidad energética o el tamaño de las porciones ingeridas gracias a la capacidad del lactante para autorregularse(3,4).

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Macronutrientes

Hidratos de carbono: representan el 40-50 % de las calorías totales en los primeros meses, aumentando hasta un 60 % al año de vida.

Lípidos: el aporte disminuye hasta el 35-40 % del valor calórico total (VCT) al año de vida. Se prioriza el consumo de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (LC-PUFA), como el ácido docosahexaenoico y el linoleico, esenciales para el adecuado neurodesarrollo, procedentes de aceites vegetales y pescado, o el araquidónico, procedente de la carne roja, así como insaturadas o monoinsaturadas. Las grasas saturadas, procedentes de fuentes animales, se limitarán a un 10 % del total calórico.

Proteínas: el 10 % de las calorías diarias (10-13 gramos/día), no excediendo el 15 % del VCT por el riesgo obesogénico de las dietas ricas en proteínas en la infancia temprana, como sugieren algunos estudios(5,6).

Fibra: hasta 10 gramos/día al año de vida: cereales, fruta y verdura.

Líquidos: 100 ml/kg/día a partir de los seis meses, predominando la lactancia y el consumo de agua frente a zumos o bebidas azucaradas(7).

Micronutrientes

Las ingestas recomendadas son orientativas, y deben adaptarse a las necesidades de cada niño y a las posibles carencias nutricionales previas (prematuridad, retraso del desarrollo psicomotor, enfermedad crónica del niño o de la madre, grado de madurez, dietas restrictivas) (Tabla II).

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Hitos del desarrollo alimentario

La aparición de hitos, como la sedestación estable y la coordinación mano-boca, son esenciales para introducir los alimentos sólidos.

Inicialmente, el lactante posee un patrón alimentario sencillo, caracterizado por la succión y deglución y los movimientos en avance-retroceso de la lengua, propicios para el manejo de líquidos.

En torno a los 5-6 meses, comienza la sedestación y la desaparición progresiva del reflejo de extrusión. La desaparición de este reflejo y la aparición del primer reflejo de masticación permiten el inicio de la alimentación complementaria cuando el niño reconoce ya la cuchara y abre la boca al aproximarse a ella. Cuando se sienta, ya es capaz de pasarse alimentos de una mano a otra y manejar purés de mayor consistencia. A los 6 meses ya puede estar preparado para los primeros sólidos (Tabla III)(8).

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El inicio del gateo se acompaña de la introducción de mayor variedad alimentaria. Para entonces suelen ser capaces de realizar movimientos laterales con la lengua, masticar con eficacia y beber de una taza sin ayuda.

Con la deambulación, surge la capacidad de utilizar una pajita, sostener el vaso con ambas manos y usarlas para alimentarse con soltura, consolidando sus capacidades para masticar y tragar cuando son capaces de caminar de manera independiente, momento que suele alcanzarse en torno al año de vida, indicativo de que pueden participar activamente de las comidas familiares(8,9).

Desarrollo de la conducta alimentaria

El mejor método de alimentación es aquel encaminado a favorecer la autonomía alimentaria y la capacidad de autorregulación del lactante.

El desarrollo alimentario es un conjunto de comportamientos aprendidos durante los dos primeros años de vida, en los que se incorporan nuevos alimentos y se adquieren nuevas habilidades, donde influyen las costumbres familiares y culturales(9).

El niño tiene predilección innata por los sabores dulces, con mayor densidad energética y proteica, y rechaza aquellos ácidos y amargos, relacionados con lo potencialmente tóxico presente en la naturaleza. Este reflejo hacia alimentos “más seguros” disminuye a medida que el individuo crece hasta la edad adulta(8).

Intraútero, el niño está expuesto a sabores a través de la barrera placentaria. Tras el nacimiento, los lactantes alimentados con lactancia materna (LM) experimentan una mayor variedad de sabores, a diferencia de los alimentados con fórmula artificial (FA), siendo por ello que la lactancia materna asociada a una dieta variada de la madre es la puerta de entrada a una futura conducta alimentaria menos restrictiva(8).

Uno de los objetivos de la alimentación complementaria (AC) es fomentar una relación sana del niño con la comida y es crucial, por ello, el marco afectivo en que se desarrolla: los padres deciden qué alimentos y de qué manera los va a recibir el lactante, potenciando su capacidad para autorregularse, su desarrollo cognitivo y social, la futura autonomía alimentaria y unos hábitos nutricionales saludables. Fomentar un estilo respetuoso y participativo es una conducta saludable, haciendo de la comida algo agradable (Tabla IV)(10,11).

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Están descritos diferentes métodos educativos en relación con la alimentación: controlador, indulgente, negligente y responsivo/perceptivo, que muchas veces se entremezclan en la misma familia y en diferentes momentos del proceso.

Ofrecer alimentos como consuelo está relacionado con un mayor riesgo de sobrepeso por la asociación de la oralidad con la gestión emocional(12). De igual manera, coaccionar, restringir cantidades, forzar o premiar a un niño para que coma interfiere con los mecanismos innatos de regulación del hambre y la saciedad e influye en su capacidad de percepción. Esta conducta, mantenida en el tiempo, se relaciona con mayor riesgo de sobrepeso y obesidad, por la menor capacidad de regulación de la saciedad, comportamientos aversivos a determinadas comidas, favoreciendo una alimentación poco variada y, además, potencia en los padres la sensación de que el niño es “mal comedor”. La crianza basada en el modelo de percentiles puede potenciar el abandono precoz de la LM, forzar la ingesta del niño o propiciar la introducción precoz de la AC.

Alimentación de 0 a 6 meses: alimentación láctea

La lactancia materna es la mejor forma de alimentación en las primeras etapas de la vida. Reúne innumerables ventajas a corto y largo plazo para la salud física y emocional tanto del lactante como de la madre(13).

El amamantamiento exclusivo los primeros seis meses, complementado de forma gradual con otros alimentos, y el mantenimiento hasta los 2 años de vida o hasta que la madre y el hijo quieran, aporta nutrientes, anticuerpos y sustancias que favorecen el desarrollo inmunológico del lactante. Para conseguirlo, es importante que los profesionales apoyen a las madres y a las familias.

Los cuidados para el mantenimiento de la lactancia materna deben empezar antes del nacimiento, aportando información sobre los beneficios de la lactancia, las técnicas correctas para amamantar, detectar posibles complicaciones de manera precoz y reconocer contraindicaciones reales para lactar. Estos cuidados deben seguir al nacer, favoreciendo el contacto piel con piel y el enganche precoz al pecho, y permanecer durante todo el tiempo que dure la lactancia.

El seguimiento incluye la valoración del estado del bebé y de la toma del pecho, el bienestar de la madre y de la familia. Es importante establecer la primera cita en las 48 a 72 horas tras el alta hospitalaria. De esta manera, se detectan problemas con la lactancia y se previenen situaciones, como deshidratación, abandono de la lactancia o problemas con el pecho, que pueden ser resueltos con una intervención temprana. Hay que preguntar: cuántas tomas hace, sensación de la madre con el agarre, dolor, duración o cantidad y aspecto de las deposiciones, que se espera sean frecuentes y de consistencia blanda-líquida, y de las micciones.

Valoración del bebé:

• Realiza, al menos, 8 tomas sin ayuno. Da señales de disposición para mamar: bostezos, movimientos oculares, chupeteo o búsqueda.

• Muestra buen agarre realizando succiones efectivas.

• Está bien hidratado, mucosas húmedas, piel elástica y turgente.

• Micciones frecuentes (seis o más al día) de color claro o amarillo pálido.

• Deposiciones: frecuentes (cinco a diez), líquidas de color amarillento.

Las mediciones de peso y longitud se registran en tablas de crecimiento(14). Para disponer de un patrón de crecimiento en lactantes amamantados, en el año 2006 la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó los patrones de crecimiento infantil, elaborados con una muestra de bebés amamantados de 6 países diferentes. Disponibles en: https://www.ihan.es/estandares-de-crecimiento/. Hay que tener en cuenta que las curvas de crecimiento no son la representación exacta del crecimiento real de los niños. Los bebés suelen fluctuar dentro de distintos percentiles, así que una bajada o un aumento es normal en la mayoría de las situaciones. Tampoco tiene que ver el percentil de nacimiento con la evolución posterior, que puede variar. Al valorar el percentil de peso se debe tener en cuenta la longitud y su consonancia. Un 3 % de niños sanos están por debajo del percentil 3. Solo si son muy discordantes con la longitud o no se produce aumento progresivo hay que valorar al bebé.

Alimentación de 6 a 12 meses: alimentación complementaria

La incorporación de los nuevos alimentos supone una oportunidad para la adquisición de hábitos saludables que perdurarán el resto de la vida.

La alimentación complementaria (AC) es la introducción de alimentos diferentes a la leche materna o de fórmula, una vez estas no son capaces de satisfacer los requerimientos nutricionales del lactante.

¿Cuándo y por qué introducirla?

Si bien la OMS recomienda mantener la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses, varias organizaciones [Asociación Española de Pediatría (AEP), European Society for Paediatric Gastroenterology Hepatology and Nutrition (ESPGHSN) o Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)] proponen un rango de edad entre los 4 y 6 meses, pues la evidencia científica no permite establecer un tiempo exacto, sino que el momento de la introducción de la AC debe individualizarse en cada niño(1,5,15).

En cuanto al límite inferior, la ESPGHAN establece que no debe ser antes de las 17 semanas de vida, por el riesgo de atragantamiento y aspiración, la inmadurez renal o digestiva(5,14).

Más allá de las 26 semanas de vida, las necesidades nutricionales (energía, hierro, zinc, calcio, vitaminas A, C y D) se ven comprometidas con el aporte exclusivo de la leche, especialmente en aquellos niños de riesgo, como los alimentados por madres con dietas restrictivas o en pobres condiciones de salud, prematuros, pequeños para la edad gestacional o lactantes con elevada velocidad de crecimiento(15,16).

Es, por tanto, esta ventana temporal de las 17 a las 26 semanas, una oportunidad clave para la diversificación de la dieta y la incorporación de diferentes texturas, apareciendo dificultades para la alimentación, mayor rechazo de nuevos alimentos y riesgo de problemas de masticación cuando la introducción se demora hasta los 9-10 meses(5), puesto que el aprendizaje de la capacidad masticatoria y el desarrollo emocional ligado al deseo de autonomía y la exploración oral del entorno evolucionan exponencialmente en esta época.

Tanto la American Academy of Pediatrics (AAP) como la ESPGHAN han enfatizado en no demorar la introducción de los alimentos alergénicos más allá de este límite, ya que la exposición reiterada y precoz dentro de estos márgenes temporales reduce el riesgo alérgico, independientemente de los antecedentes familiares.

¿Cuánta cantidad?

La lactancia constituye el alimento principal de la dieta durante todo el proceso de la alimentación complementaria hasta los 12 meses de vida.

La alimentación se ofrece en pequeñas cantidades, mientras la lactancia sigue siendo parte fundamental de la dieta. La AC aporta un 20-30% del VCT entre los 6-8 meses, aumentando progresivamente hasta el 50-55% entre los 12 y 23 meses.(9,12). Puede empezarse complementando con dos tomas al día, aumentando a medida que el niño afianza su capacidad para comer, de manera que hacia los 12 meses de vida la AC supone ya 4 o 5 comidas diarias, de manera similar al resto de la familia.

¿Qué alimentos introducir?

Cereales: a diario, preferentemente integrales, en forma de pan, pasta, arroz… El gluten a partir de los 4-6 meses(5,16,17).

Carnes: rica en hierro, zinc y ácido araquidónico, se introduce desde el inicio, como puré, hasta que sean capaces de manejar otras texturas. Las vísceras no ofrecen ventajas y sí exceso de hormonas y tóxicos.

Frutas y verduras: ricas en vitaminas, fibra, carotenoides (anaranjadas) y folatos (verde oscuras), se recomienda su consumo diario. Se recomienda evitar las verduras de hoja verde grande en altas cantidades por el alto contenido en nitratos durante el primer año de vida.

Pescado: rico en ácidos grasos omega 3 y 6, hierro, zinc, yodo y fósforo. Puede empezarse por el blanco, de digestión más fácil, y después por el azul, evitando los de gran tamaño por el alto contenido en metales pesados.

Huevo: de alto contenido en proteínas y hierro, bien cocinado, disminuyendo progresivamente el grado de cocción para facilitar su digestibilidad y evitar reacciones alérgicas.

Legumbres: alta densidad energética y contenido proteico, aunque de menor biodisponibilidad. Pueden introducirse en puré o en formatos más creativos en el Baby Led Weaning (BLW).

Frutos secos: se introducen triturados, desde el inicio de la alimentación complementaria y enteros a partir de los 4 años.

Agua: desde los 6 meses, especialmente los no amamantados y en los meses de calor(8).

Leche de vaca: a los 12 meses, leche entera y no antes por el riesgo de sobrecarga renal y de ferropenia. No está justificado el uso de leches de continuación salvo necesidad de fortificación con hierro o L-PUFA(11).

¿Cómo introducir los nuevos alimentos?

La AC puede prepararse en casa u obtenerse ya preparada, siendo más recomendable la primera(5,7). Se recomienda ir dando cada alimento poco a poco(4). Si genera rechazo, se puede ofrecer varias veces cambiando la presentación.

Cada alimento precisa habilidades motoras diferentes, que se inician hacia los 4 meses para los triturados y entre los 5 y 7 meses para otras texturas. El modelo tradicional de AC aboga por la introducción progresiva: primero, purés claros con cuchara desde el 6º mes, aumentando en consistencia, para introducir los sólidos una vez afianzadas la sedestación independiente, la masticación y la adecuada manipulación del alimento, en torno a los 8 meses.

En contraposición, el BLW y el BLISS (Baby Led Introduction to SolidS), obedeciendo a los criterios de alimentación perceptiva, ponen el foco en el comportamiento del bebé, que demuestra su hambre o saciedad, para administrar los alimentos que él tomará de manera espontánea. Precisa una sedestación estable, interés por la comida del adulto y una buena coordinación ojo-mano-boca, sin tener un límite temporal concreto, sino individualizando en cada caso. Se utilizarán alimentos saludables en consistencia blanda para que puedan ser fácilmente aplastados por las encías (no es obligatoria la dentición) y del tamaño de un dedo adulto (finger foods) para que puedan ser sostenidos en el puño y manejados fácilmente. Es necesario informar a las familias sobre el reflejo de arcada y el riesgo de atragantamiento. El BLISS difiere en que en cada comida siempre debe ofrecerse un alimento de alta densidad energética y otro de alto contenido en hierro.

En niños sanos a término y de peso adecuado al nacimiento, no se encuentran diferencias estadísticas relevantes entre el modelo tradicional y el dirigido por el bebé en cuanto al riesgo de obesidad, hipocrecimiento o atragantamiento, aunque podría sugerirse que los niños alimentados con BLW/BLISS presentan a largo plazo menor BMI y avidez por la comida(16). La tendencia actual aboga por un modelo mixto, adecuando la textura y consistencia a cada etapa y a cada niño, sin prolongar el uso de triturados y sin diferir la introducción de los sólidos más allá del 8º mes, independientemente del modelo(9,10,18).

Uso de suplementos durante la AC

Vitamina D: desde el inicio de la lactancia hasta los 12 meses como prevención del raquitismo. La cantidad diaria recomendada es de 400 UI, tanto para los lactantes amamantados como en aquellos alimentados con fórmula artificial. En niños prematuros, se recomienda hasta los 12 meses de edad corregida.

Hierro: la lactancia materna a partir de los 5 meses no es capaz de satisfacer los requerimientos de 1 mg/kg de hierro elemental diario. La AC debe suponer un 90 % del aporte(2) y para ello es suficiente con la inclusión de dos porciones diarias de hierro a través de alimentos proteicos o cereales fortificados(4,5). Los prematuros consumen las reservas sobre los 2-3 meses de edad corregida, por lo que se utilizan suplementos de hierro hasta los 11-14 mg/diarios(11,19).

Vitamina B12: los lactantes amamantados por madres veganas estrictas que no reciben suplementación en su alimentación o aquellos niños que siguen una AC vegana estricta deben recibir suplementos de vitamina B12 y llevar un seguimiento nutricional para prevenir otros déficits que perjudiquen el neurodesarrollo del niño(5).

Relación de la AC con otras entidades

Prematuridad

El niño pretérmino representa, por las dificultades intrínsecas a su inmadurez, mayor riesgo de déficits neurológicos y otras comorbilidades. No hay evidencias firmes sobre el método más adecuado, por lo que deberá individualizarse en cada caso, basándose en sus habilidades motoras y en la edad cronológica corregida, orientativamente en torno a los 5-8 meses de vida o bien en torno a los 3 meses de edad corregida, priorizando los alimentos ricos en hierro, al margen de que reciban suplementación.

Riesgo cardiovascular y caries

La ingesta de azúcares, especialmente la sacarosa, es el principal factor de riesgo para la formación de placa bacteriana y caries, además de incrementar el riesgo cardiovascular. Evitar el uso de chupetes con fruta y dormir con el biberón, así como iniciar la higiene desde la primera erupción dental.

Alimentación del niño de 1 a 3 años

A partir del primer año, la alimentación ha de permitir un crecimiento y desarrollo óptimos y procurar un aprendizaje de hábitos correctos que permanecerán a lo largo de la vida.

La OMS establece recomendaciones en cuanto a la alimentación entre 6 a 23 meses(19) referente a la lactancia materna, alimentación complementaria y alimentos recomendados para las familias, también recogido por el Grupo Español de Gastroenterología y Nutrición de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (Tabla V)(11).

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Requerimientos nutricionales. Alimentación saludable

La alimentación saludable mantiene un buen estado de salud cubriendo las necesidades nutricionales para el desarrollo y conservación del organismo.

Entre los 6 y 23 meses los niños deben consumir una dieta variada. Es recomendable la ingesta diaria de alimentos de origen animal (carne, pescado o huevo), frutas y verduras, y el consumo frecuente de legumbres, frutos secos y semillas. La tabla VI recoge las necesidades nutricionales partir del año.

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Se puede organizar en 4 a 5 comidas: 20-25 % en el desayuno, 10 % a media mañana, un 20-25 % en la comida, merienda un 10 % y cena 25 %. El desayuno es importante, ya que aporta la energía para el comienzo de la jornada tras un periodo de ayuno(20).

Cada niño precisa una cantidad de alimentos diferente y, además, el apetito es variable a lo largo de cada periodo de crecimiento. No se debe forzar a terminar una comida o distraerlo para que coma. El niño regula la cantidad de lo que come según su sensación de hambre, sin emplear la comida como recompensa o castigo.

No son recomendables los alimentos azucarados, ultraprocesados y/o con mucho contenido en grasas. Es preferible utilizar los hidratos de carbono complejos, ricos en fibra, y reducir el consumo de bollería y dulces.

Como bebida, agua y evitar los refrescos y bebidas azucaradas. Los zumos naturales contienen azúcar en forma libre, siendo mejor tomar fruta entera.

Para estructurar las comidas, se ha extendido la utilización del plato saludable. Se basa en el plato de Harvard que muestra cómo conseguir una dieta saludable y equilibrada en cuanto a proporciones y nutrientes. Su versión española es el Nutriplato (Fig. 1) (disponible en: https://www.nutriplatonestle.es/)(21).

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Figura 1. NUTRIPLATO®.
Fuente: Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

 

¿Qué cantidad hay que comer?

Es frecuente que las raciones que se ofrecen sean de un tamaño mayor que lo que el niño desea, sin tener en cuenta aspectos como la variabilidad del apetito, las diferentes necesidades a lo largo del crecimiento ni la autonomía del niño para alimentarse. La frase “no termina la comida” es habitual, tanto en familias como en escuelas infantiles. Forzarles a comer conlleva la pérdida del control de la saciedad y desarrollar obesidad. Igualmente, tampoco se recomiendan los fármacos estimulantes del apetito(22).

Un recurso para calcular de forma aproximada las cantidades que dar es el método de la mano, que utiliza la mano del niño para orientar la cantidad de cada grupo de alimentos en la comida (Fig. 2):

Verduras: la cantidad que cabe en dos manos juntas en forma de cuenco.

Hidratos de carbono: equivale al espacio que ocupa un puño cerrado en crudo.

Proteína: carne, pescado y huevo, la medida de la palma de la mano. Las legumbres se pueden medir como las verduras.

Frutas: la cantidad que cabe en una mano abierta en forma de cuenco.

Quesos: la ración equivalente en largo y ancho a los dedos índice y corazón.

Grasas: el primer tramo del dedo índice, o sea, la primera falange.

Azucares: no están recomendados a ninguna edad. Limitar su consumo.

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Figura 2. Método de la mano. Mirella Termes Escale.
Fuente: Cómo deben de ser las raciones de la comida en los niños. Sant Joan de Deu. Escola de Salut.

 

Alimentos no saludables

En las últimas décadas aumenta el consumo de alimentos ultraprocesados(23), ricos en sal, azúcar y grasas saturadas, en niños menores de 2 años. La OMS advierte que su consumo se asocia a desnutrición, sobrepeso y otras consecuencias adversas(24). Se recomienda evitar el consumo de estos alimentos de alto contenido calórico y bajo contenido nutricional que además desplazan el consumo de otros alimentos nutritivos.

Recursos online para profesionales

Valoración nutricional

• Calculadora de percentiles IHAN: https://www.ihan.es/calculadora-de-percentiles/.

• Patrones de crecimiento (OMS): https://www.who.int/tools/child-growth-standards/standards/length-height-for-age.

• Calcular antropometría y composición corporal online: https://www.webpediatrica.com/endocrinoped/antropometria.php.

Valoración de la ingesta

• Test de adherencia a la dieta mediterránea Kidmed: https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1137-66272010000100004#t1.

• Test de adherencia a dieta mediterránea Predimed: http://www.predimed.es/uploads/8/0/5/1/8051451/p14_medas.pdf.

• Recursos del centro de investigación de endocrinología y nutrición de la Universidad de Valladolid. Calculadora de dietas: https://calcdieta.ienva.org/?lang=es.

Recursos online para familias

Las familias pueden acceder a información sobre la salud y alimentación de sus hijos a través del pediatra y de recursos fiables de la red. En un estudio en España en 2023, la totalidad de los participantes habían consultado acerca de la salud en redes sociales, utilizándolas activamente el 72 %(25):

• Lactancia Materna AEP: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.LactanciaMaterna.AEP&hl=es_419. LactApp: https://lactapp.es/.

Enfamilia de la Asociación Española de Pediatría (AEPED): https://enfamilia.aeped.es/vida-sana/alimentacion.

Familia y salud en la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap): https://www.familiaysalud.es/vivimos-sanos/alimentacion.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es labor del pediatra conocer las diferencias madurativas de cada etapa del niño, sus necesidades nutricionales y cómo adecuar la alimentación en cada momento, para así asesorar a los padres en las sucesivas revisiones de salud. Se recomendará a los padres una nutrición rica en alimentos saludables y un modelo alimentario flexible y responsivo, que se adecúe a las respuestas del niño.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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4.** Duryea T. Introducing solid foods and vitamin and mineral supplementation during infancy. En: UpToDate, Abrahams S, Drutz J, Hoppin A (ed). UpToDate, Waltham, MA. 2024.

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9.** Blesa Baviera LC, Cenarro Guerrero T. Alimentación complementaria: alimentos y consejos prácticos. En: Manual de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. 1ª ed. Lúa Ediciones; 2021. p. 288-95.

10.*** Almazán Fernández de Bobadilla MV, García Mérida MJ, Ruiz Chércoles E, Castell Miñana M, Rodríguez Delgado J, Carbajo Ferreira ÁJ, et al. Análisis crítico de las nuevas directrices de la OMS sobre alimentación complementaria en el lactante de 6 a 23 meses de edad. Rev Pediatr Aten Primaria. 2024; 26: e51-65.

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15.*** EFSA NDA Panel (EFSA Panel on Nutrition, Novel Foods and Food Allergens), Castenmiller J, de Henauw S, Hirsch-Ernst K-I, Kearney J, Knutsen HK, Maciuk A, et al. Scientific Opinion on the appropriate age range for introduction of complementary feeding into an infant’s diet. EFSA Journal. 2019; 17: 5780.

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17.** Martiñón N, Picáns R, Leis R. Recomendaciones de alimentación complementaria según los comités de Nutrición de la AAP, ESPGHAN y AEP. Acta Pediatr Esp. 2020; 78: 48-53.

18.* Bergamini M, Simeone G, Verga MC, Doria M, Cuomo B, D’Antonio G, et al. Complementary Feeding Caregivers’ Practices and Growth, Risk of Overweight/Obesity, and Other Non-Communicable Diseases: A Systematic Review and Meta-Analysis. Nutrients. 2022; 14: 2646.

19.*** WHO Guideline for complementary feeding of infants and young children 6‐23 months of age. Geneva: World Health Organization. 2023. Disponible en: www.who.int/publications/i/item/9789240081864.

20.** Manera Bassols M, Serrano Machuet P. Alimentación saludable en la infancia: ¿qué ofrecer? (I). Form Act Pediatr Aten Prim. 2023; 16: 98-106.

21.** González Calderón O, Expósito de Mena H. Alimentación del niño preescolar, escolar y adolescente. Pediatr Integral. 2020; XXIV: 98-107. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2020-03/alimentacion-del-nino-preescolar-escolar-y-del-adolescente-2/.

22.* Bras i Marquillas. El niño mal comedor. Pediatr Integral. 2015; XIX: 277-88. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-05/el-nino-mal-comedor/.

23.* Carton Erlandsson L, Martín Duce A, de los Reyes Gragera Martínez R, Sanz Guijo M, Muriel García A, Mirón González R, et al. Uso de redes sociales como fuente de información sobre salud y alfabetización digital en salud en población general española: e202405034. Rev Esp Salud Pública. 2024; 98. e1-10. Disponible en: https://ojs.sanidad.gob.es/index.php/resp/article/view/213.

24.* Khoury N, Martínez MA, Garcidueñas Fimbres TE, Pastor Villaescusa B, Leis R, De las Heras Delgado S, et al. Ultraprocessed food consumption and cardiometabolic risk factors in children. JAMA Netw Open. 2024; 7: e2411852. Disponible en: https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2024.11852.

25.** Castell Miñana M, Hoyos Vázquez MS. Nutrición y dieta sana. Recursos en la red. En: AEPap (ed.) Congreso de actualización en Pediatría 2022. Madrid. Lua Ediciones 3.0; 2022. p. 237-48.

Bibliografía recomendada

– Alimentación del lactante y del niño de corta edad. Guías conjuntas de Patología Digestiva Pediátrica Atención Primaria-Especializada. 2019. Disponible en: https://www.ampap.es/wp-content/uploads/2019/04/Alimentacion-del-lactante-y-del-ni%C3%B1o-de-corta-edad.pdf.

Las guías de Gastrosur, elaboradas por pediatras de Atención Primaria y hospitalaria, de los grupos de gastroenterología y nutrición, son documentos actualizados que resumen los conocimientos actuales en temas de digestivo y, en este caso, de alimentación en el niño pequeño.

– Manual de Nutrición. AEP. Coordinadores del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. 2021. Lua Ediciones 3.0.

Documento elaborado por los comités de Nutrición y de Lactancia Materna de la AEP, que aborda aspectos nutricionales amplios y bien documentados, desde la alimentación en niños sanos, como en numerosas patologías.

Caso clínico

Niño de 12 meses que acude para una revisión de salud. Los padres lo ven más pequeño que otros niños de su edad. Le interesa la comida y probar cosas nuevas, pero creen que come poca cantidad. En la guardería, le han dicho que no quiere los purés. Intentan que los tome y el niño rechaza la cuchara. Observan que es activo y espabilado. Realiza una o dos deposiciones diarias de características normales.

Están preocupados. Les dicen que el niño come mal y que tiene un problema con la alimentación. Les recomiendan darle purés y hacer que coma más cantidad.

Antecedentes de embarazo, parto y periodo neonatal normales. Lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses y alimentación complementaria desde entonces. Mantiene la lactancia materna, especialmente por la mañana y la noche. Al nacer pesó 2,800 kg y midió 49 cm. Desde el inicio de la guardería a los 9 meses, ha tenido algunas infecciones leves.

En la exploración, peso: 8,200 kg (p5); talla: 73 cm (p10); IMC: 15,4 (p10). La exploración física es normal, sin signos de desnutrición. Desarrollo psicomotor en área motora, social e ítems del neurodesarrollo son apropiados.

Nutrición en la adolescencia

J.M. Moreno Villares*, R. Núñez Ramos**
Temas de FC


J.M. Moreno Villares*, R. Núñez Ramos**

*Departamento de Pediatría. Clínica Universidad de Navarra. Madrid. **Servicio de Pediatría. Hospital Universitario 12 de Octubre. Madrid

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Autor para correspondencia

jmorenov@unav.es

Resumen

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales, que tienen como resultado un aumento de las necesidades nutricionales. Este incremento en los requerimientos de energía, macro y micronutrientes, unido a los cambios en los hábitos alimentarios, los comportamientos sociales y la exposición ambiental, puede conducir a dietas desequilibradas o inadecuadamente suplementadas. Sin embargo, los efectos de la nutrición en el desarrollo del adolescente van más allá del crecimiento y abarcan la salud cardiovascular, el desarrollo intelectual y el estado inmunitario, por lo que debemos acercarnos a ella considerándola una valiosa oportunidad para transmitir normas dietéticas y consejos de vida saludables que pueden modificar el riesgo futuro de enfermedades relacionadas con la alimentación y que, si se interiorizan en esta etapa, se conservarán a lo largo de toda la vida adulta. Los adolescentes están sometidos a una triple carga: desnutrición, deficiencia de micronutrientes y exceso de peso. Para un abordaje integral de los problemas nutricionales en la adolescencia, debe actuarse no solo desde el mundo de la salud, sino también en el ámbito escolar y en la sociedad en su conjunto. Sobre todo, no podemos olvidar al propio adolescente como agente del cambio.

 

Abstract

Adolescence is a critical stage of development associated with widespread physical, psychological, social and emotional changes leading to higher nutritional needs. This increase in energy, macro and micro nutritional requirements, along with modifications in diet patterns, social behavior and ambient exposure, make adolescents a vulnerable population to unbalanced or inadequately supplemented diets. However, nutrition impact in teenage development goes beyond growth, and involves cardiovascular health, neurocognitive development and immune status, so it should be considered a valuable opportunity to transmit both dietetic and healthy lifestyle recommendations modulating the risk of diet-related conditions in the future. If these advises are internalized at this stage, they will be maintained throughout adult life. Adolescents suffer the triple burden of malnutrition, micronutrition deficiency and excess of body weight. For a comprehensive approach to nutritional problems in adolescence, action should be taken not only in the field of health, but also in the school environment and in society as a whole. Over all, adolescents should be considered as engines of change themselves.

 

Palabras clave: Adolescencia; Escuela; Trastorno de la conducta alimentaria; Obesidad; Prevención.

Key words: Adolescence; School; Eating disorder; Obesity; Prevention.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 109 – 118

 


OBJETIVOS

• Conocer las necesidades nutricionales de los adolescentes que los diferencian de otras etapas de la vida.

• Entender las particularidades de la alimentación en situaciones clínicas especiales, como el deporte de alta competición o el embarazo.

• Identificar los riesgos nutricionales de este grupo de edad.

• Entender los factores que explican el riesgo nutricional aumentado en esta población.

• Conocer las estrategias encaminadas a mejorar la situación nutricional de los y las adolescentes.

 

Nutrición en la adolescencia

https://doi.org/10.63149/j.pedint.18

 

Introducción

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales.

Se estima que los adolescentes constituyen alrededor del 16 % de la población mundial. En España, en 2023, había 5.111.805 individuos entre 11 y 20 años según el Ministerio de Sanidad(1). Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye hasta los 24 años en este periodo de edad, nos referiremos, siguiendo el criterio más habitual, al grupo de individuos entre los 10 y los 19 años. En última instancia, la adolescencia es el periodo de transición de la niñez a la edad adulta, desde el inicio de la pubertad hasta la mayoría de edad legal.

La adolescencia es un periodo crítico del desarrollo que se caracteriza por importantes cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales. Como consecuencia de estos cambios, las necesidades nutricionales aumentan, con requerimientos mayores que en la población adulta en la mayoría de nutrientes(2). Sin embargo, en las políticas nutricionales se presta poca atención a este grupo de edad, si exceptuamos los aspectos relacionados con la imagen corporal y los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), en especial si se compara con el periodo precedente (infancia)(3). Durante la infancia tardía y los primeros años de la adolescencia, la nutrición tiene un papel rector sobre el momento y el desarrollo de la pubertad, con consecuencias en la estatura final, los depósitos de grasa y la masa muscular, así como en el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles a lo largo de la vida. Los efectos de la nutrición en el desarrollo del adolescente van más allá del crecimiento y abarcan la salud cardiovascular, el desarrollo intelectual y el estado inmunitario(4).

Características de la nutrición en los adolescentes

Los requerimientos nutricionales en el adolescente variarán en función del sexo, edad puberal, altura, índice de masa corporal (IMC) y, especialmente, del grado de actividad física.

La adolescencia se caracteriza por un intenso desarrollo y crecimiento (mayor que en cualquier otra etapa si se excluyen los dos primeros años de vida, adquiriéndose el 50 % del peso definitivo y el 25 % de la talla adulta)(5). Se produce un aumento en la velocidad de crecimiento y se adquiere el pico de masa ósea. También, tiene lugar un cambio en la composición corporal en función del sexo, con un significativo incremento de la masa magra en varones y de la masa grasa en las mujeres, que hace que los requerimientos sean más elevados y diferentes en ambos sexos.

Por razones prácticas, las necesidades de energía y nutrientes durante la adolescencia se establecen en función de la edad cronológica; sin embargo, estarán íntimamente relacionadas con la velocidad de crecimiento y el cambio en la composición corporal. Las ingestas recomendadas son muy similares en ambos sexos hasta la pubertad, momento en el que se establecen diferencias en función del desarrollo y de la actividad física. Al igual que en otros grupos de edad, se recomienda hacer una aproximación de las necesidades energéticas a partir de ecuaciones para el cálculo del gasto energético en reposo, siendo en nuestro medio las más empleadas las de la OMS o Schofield (Tabla I). La distribución calórica recomendada es del 20-25 % en desayuno, 30-35 % en almuerzo, 15-20 % en la merienda y 25 % en la cena.

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Durante la adolescencia, al igual que en la niñez y en la etapa adulta, es necesario que exista un equilibrio entre la energía procedente de los 3 macronutrientes principales (Tabla II), recomendándose la siguiente distribución: 10-15 % de proteínas, 25-35 % de grasa (máximo 10 % en forma de grasa saturada, un 15 % monoinsaturada y el 10 % restante poliinsaturada, con una relación w-6:w-3 de 5:1 hasta 10:1) y 45-65 % de hidratos de carbono, que deben suponer la principal fuente energética de la dieta. Respecto a los micronutrientes, debido al incremento del gasto energético, hay una mayor necesidad de vitaminas del grupo B, que intervienen en el metabolismo intermediario de los hidratos de carbono y en la síntesis de ácidos nucleicos. Las vitaminas A, C, D y E tienen también unos requerimientos aumentados por su implicación en diversos procesos de crecimiento, diferenciación, proliferación y reproducción celular.

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Por último, entre los minerales, destacamos los siguientes por su especial importancia en la adolescencia:

Hierro: en la adolescencia aumentan los requerimientos debido a la mayor cantidad de hemoglobina originada por la expansión del volumen de sangre, por la mayor cantidad de mioglobina originada por el aumento de la masa muscular y por la instauración de la menstruación en la mujer, entre otros factores. Como se absorbe aproximadamente el 20 % del hierro procedente de las carnes (hemo) frente al 5 % procedente de frutas y verduras (no hemo), el déficit es más probable en el caso de dietas vegetarianas estrictas. Entre los elementos que favorecen la absorción del hierro, se encuentra el ácido ascórbico, mientras que los fitatos y el calcio disminuyen su absorción.

Calcio: implicado en el crecimiento de la masa ósea, las recomendaciones de calcio se han establecido basándose en un balance positivo de calcio y la adquisición del contenido mineral óseo que prevenga la osteoporosis. En general, se absorbe un 30 % del calcio consumido, lo que implica unas necesidades de calcio en la etapa de mayor crecimiento (alrededor de los 13 años en las chicas y los 14,5 años en los chicos) situadas entre 900 a 1.300 mg al día.

Zinc: forma parte de múltiples metaloenzimas y es indispensable para el aumento de la masa muscular, ósea y para la maduración sexual. Déficits leves producen retraso del crecimiento y de la maduración sexual, acné, anorexia, infecciones recurrentes, cicatrización inadecuada de las heridas y alteraciones del gusto, entre otras. Su principal fuente son las carnes, el pescado y los huevos.

Los requerimientos de vitaminas y minerales se resumen en las tablas III y IV.

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Nutrición del adolescente en situaciones especiales: embarazo, lactancia y deporte

Embarazo

Las adolescentes embarazadas deben satisfacer las necesidades de energía y nutrientes de su propio crecimiento residual, así como cubrir las demandas propias del embarazo.

El embarazo en la adolescencia es un fenómeno mundial con graves consecuencias sanitarias y socioeconómicas, que se define como aquel que se produce entre los 10 y los 19 años, independientemente de la edad ginecológica. En España, la tasa de fecundidad en adolescentes, aunque es variable según la nacionalidad y la franja de edad, se encuentra en descenso en los últimos años, desde 7,94 nacimientos por 1.000 mujeres españolas de 15 a 19 años en 2010 a 3,84 en 2022 en el mismo grupo de edad, según datos del Instituto Nacional de Estadística(1). Sin embargo, se trata de una situación muy compleja desde el punto de vista biológico, psicosocial y nutricional, cuya atención ha de ser multidisciplinar y exige una formación específica para acercarnos a todas las particularidades que conlleva. La gestación durante la adolescencia habitualmente es no planificada y ha de ser categorizada como de alto riesgo en la mayoría de los casos, por asociar una elevada morbimortalidad materna y perinatal, con tasas más altas de preeclampsia, parto prematuro y bajo peso al nacimiento. La prevención de estas complicaciones exige un acompañamiento global, en el que la valoración nutricional de la adolescente esté incluida(6).

Aunque el pico de la velocidad de crecimiento en las mujeres suele alcanzarse antes de la menarquia, las niñas continúan creciendo y presentan una ganancia media estimada de aproximadamente 6 cm hasta que cesa el crecimiento lineal. Aquellas adolescentes que se embarazan en los cuatro años siguientes a la menarquia estarán doblemente en riesgo; por una parte, los asociados al embarazo y, por otra, los propiamente nutricionales, ya que se crean dos tipos de demandas: deben satisfacer las necesidades de energía y nutrientes de su propio crecimiento residual, así como cubrir las demandas propias del embarazo, produciéndose un fenómeno conocido como competencia entre la madre y el feto por los nutrientes(7).

La gestación es una etapa anabólica en la que se sintetizan tejidos nuevos, lo que se traduce en un aumento progresivo de peso como resultado del crecimiento del feto, la placenta y el aumento del líquido amniótico. Los requerimientos de las adolescentes gestantes son mayores que los de las mujeres de la misma edad no embarazadas, aunque difíciles de determinar, ya que influyen varios factores, como el estado de crecimiento y el peso antes del embarazo, la etapa del mismo y el grado de actividad física.

La ingesta calórica debe aumentar aproximadamente 300 kcal/día durante el embarazo. Este incremento es discretamente desigual según el momento de la gestación; ya que, en el primer trimestre, los requerimientos energéticos son generalmente los mismos que en mujeres no embarazadas, estimándose que aumentan entre 340 y 450 kcal/día en el segundo y tercer trimestre, respectivamente. El reparto calórico se realizará siguiendo las bases de una alimentación equilibrada (12-15 % en forma de proteínas, 50-60 % en forma de carbohidratos y 20-35 % en forma de grasa). Sin embargo, si bien el incremento calórico es pequeño, los requerimientos de vitaminas y minerales aumentan en mayor proporción. Aunque las mujeres adultas con un adecuado estado nutricional pueden llegar a cubrir los requerimientos diarios a través de la dieta, en general es prudente recomendar suplementos de micronutrientes, y esto será especialmente importante en el caso de la adolescente embarazada, a su vez más susceptible de realizar dietas desequilibradas o de partir de algún déficit nutricional previo por el estirón puberal o la menarquia recientes, como es el caso del hierro. Otros nutrientes de interés son: el ácido fólico, el calcio, el yodo, el cobre, la vitamina C y la vitamina A, teniendo en cuenta que, para esta última, niveles altos pueden tener un efecto teratogénico, por lo que se deben evitar los suplementos sin receta, especialmente de dosis superiores a 4.000 UI, y el uso de análogos de la vitamina A vía oral (isotretinoína o etretinato) para el tratamiento del acné. Además, para las adolescentes se cumplen las mismas recomendaciones de suplementar 150 mcg de yodo en forma de yoduro potásico, así como la profilaxis universal con 400 mcg de ácido fólico en las 12 primeras semanas después de la concepción, para reducir el riesgo de defectos del tubo neural.

Por otra parte, deberá prestarse aún más atención en caso de embarazos consecutivos o gemelares, por el riesgo de agotamiento de los depósitos maternos de nutrientes.

En la adolescente embarazada será importante también informar, desde las primeras visitas, sobre las toxiinfecciones alimentarias que pueden suponer un riesgo adicional durante el embarazo, como la toxoplasmosis, la listeriosis y la brucelosis, evitando el consumo de alimentos crudos o poco cocinados, así como lácteos y derivados sin pasteurizar.

Lactancia

En general, las tasas de lactancia materna son inferiores en la adolescencia respecto a otros grupos de edad y, cuando se inicia, las madres adolescentes precisan más apoyo para mantener una lactancia materna exclusiva(8). Además, será particularmente importante reforzar los consejos dirigidos a evitar el consumo de alcohol, tabaco y otras drogas.

Desde el punto de vista nutricional, las necesidades del recién nacido son mayores que en cualquier otra etapa de su vida, y la leche materna debe garantizar la adecuada nutrición del lactante como continuación de la nutrición intrauterina. En general, podemos asumir que todas las madres, a excepción de aquellas que se encuentren extremadamente desnutridas, podrán producir leche en cantidad y calidad adecuadas. En esta etapa, el cuerpo de la madre siempre prioriza las necesidades del recién nacido y, por ello, la mayoría de los nutrientes, como el hierro, zinc, folato y calcio, se siguen excretando en la leche en un nivel adecuado a expensas de las reservas almacenadas durante la gestación (2-5 kg de reservas grasas) y de la dieta que realiza la madre durante la lactancia. Durante la lactancia, las necesidades nutricionales aumentan, estimándose este incremento en 500 kcal y 25 g de proteínas más diarias que las mujeres no lactantes. Deben, además, beber la cantidad de agua necesaria para satisfacer su sed. De forma general, los requerimientos de nutrientes aumentan un 10-20 % durante la lactancia respecto al embarazo, siendo especialmente difíciles de cubrir los requerimientos de calcio, yodo, ácido fólico y vitaminas A, E y D. Por ello, se recomienda incluir un suplemento diario multivitamínico que contenga 150 mcg de yoduro potásico. Esto será especialmente importante en mujeres con lactancias prolongadas o en tándem, por el riesgo de agotamiento de los depósitos maternos de nutrientes, ya que se estima que el 60 % de las primigestas adolescentes vuelven a quedarse embarazadas dentro de los 2 años siguientes.

Deporte

En el adolescente que practica deporte de competición, el peso no es un buen orientador de las necesidades nutricionales, y será mejor disponer de información sobre la composición corporal.

La actividad física en la infancia genera múltiples beneficios sobre el desarrollo del sistema cardiorrespiratorio y musculoesquelético, favoreciendo además la interacción social y el bienestar mental, por lo que todos los profesionales de la salud deben promoverla a cualquier edad, incluida la adolescencia. Las necesidades del adolescente deportista dependerán de varios factores, como la edad, el sexo, el desarrollo puberal y el tipo de deporte que practica. Dadas las diferentes tasas metabólicas entre el tejido graso y muscular, el peso no es en este contexto un buen orientador de las necesidades nutricionales, y será mejor disponer de información sobre la composición corporal.

De forma general, su gasto energético se verá incrementado de forma proporcional a la intensidad y el tiempo de la práctica deportiva. A diferencia del adulto, el niño y el adolescente en crecimiento suelen utilizar la grasa como fuente de energía, ya que sus reservas de glucógeno y su capacidad glucolítica son menores. En general, los hidratos de carbono se utilizan preferentemente en los deportes de alta intensidad y corta duración, y los lípidos en los de baja intensidad y duración prolongada.

Para los adolescentes que realizan actividad en el ámbito escolar y que no incluyen actividades de resistencia ni de alta competición, las recomendaciones serán las mismas que las de la población general y solo será preciso asegurar una correcta hidratación antes, durante y después de la práctica deportiva. Sin embargo, cuando la intensidad o el tiempo dedicado superen estos límites, será necesario incrementar el aporte calórico, ya que una práctica deportiva de competición puede suponer un reto para el organismo si coincide en un momento de cambio, como el estirón puberal y el desarrollo sexual. La dieta en este segundo escenario deberá proveer de energía y nutrientes en cantidad suficiente para reponer las reservas de glucógeno hepático y muscular, cubrir los requerimientos de macro y micronutrientes y garantizar el crecimiento. La proporción de macronutrientes es la misma que en la dieta de los niños que no practican deporte. Se recomienda insistir en el reparto de ingestas (5 comidas diarias) y establecer algunas recomendaciones sobre el aporte de hidratos de carbono, proteínas y líquidos antes, durante y después de la práctica deportiva (Tabla V)(9,10).

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Es importante resaltar también que el adolescente se encuentra en un periodo vulnerable y sensible a los mensajes relacionados con modificaciones dietéticas destinadas a modificar el peso corporal o al consumo de sustancias con el objetivo de aumentar el rendimiento deportivo. No está indicado el uso de ningún suplemento dietético en los adolescentes deportistas. La utilización de barritas energéticas, con una gran densidad calórica, grandes cantidades de proteínas y vitaminas, no parece reportar ningún beneficio y, en todo caso, se ha asociado al aumento de masa grasa. La bebida idónea para la hidratación es el agua.

Riesgos nutricionales durante la adolescencia

La calidad de la dieta tiende a disminuir en la transición de la infancia a la adolescencia, en especial en el grupo de edad de 14 a 18 años.

Los adolescentes están sometidos al riesgo de la “triple carga” de la malnutrición: desnutrición, deficiencia de micronutrientes y exceso de peso. Mientras que en los países de rentas medias y bajas coexisten la desnutrición y la obesidad, en los países del primer mundo, la obesidad constituye el principal problema nutricional(11). La necesidad aumentada de nutrientes en esta etapa, unida a los cambios en los hábitos alimentarios, en los comportamientos sociales y la exposición ambiental, hacen de los adolescentes un colectivo con un riesgo aumentado de desequilibrios nutricionales(4). Entre las deficiencias de micronutrientes, encontramos las deficiencias de vitaminas A, B6, B2, D y ácido fólico, calcio, hierro, yodo, zinc y selenio.

La calidad de la dieta tiende a disminuir en la transición de la infancia a la adolescencia, en especial en el grupo de edad de 14 a 18 años(12). Ese empobrecimiento se caracteriza por un bajo consumo de frutas, verduras y cereales integrales, así como de carne magra y lácteos desnatados y, por el contrario, un aumento en el consumo de alimentos ultraprocesados, bebidas carbonatadas, cereales refinados y comidas ya preparadas. El patrón de consumo también cambia, con tendencia a saltarse algunas comidas, en especial el desayuno, o sustituyéndolas por un tentempié (snacks)(13).

Causas de la peor calidad de la dieta en los adolescentes

La conducta alimentaria y los patrones de consumo de alimentos en esta edad están influidos por una pléyade de factores, individuales, sociales o culturales (Fig. 1 y Tabla VI).

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Figura 1. Factores individuales, sociales y ambientales que influyen en la alimentación de los adolescentes.

 

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La adolescencia se caracteriza por un aumento en las conductas de riesgo y un rechazo a la autoridad, al que acompañan cambios drásticos en el estilo de vida, influidos en gran medida por el entorno y por el grupo(14). Se unen así los factores individuales, como las preferencias y la imagen propia, a las preocupaciones por la salud o por la sostenibilidad del planeta, que determinan el qué comer y el cómo(15). Aparecen así comportamientos alimentarios que contribuyen al desequilibrio nutricional, como es el recurso de dietas hipocalóricas no adecuadamente planificadas, dietas restrictivas, etc.

También influyen la clase social y el estatus socioeconómico, siendo los estratos más bajos los que presentan patrones alimentarios menos equilibrados y un mayor índice de exceso de peso. El precio de los alimentos, su disponibilidad, así como el efecto de la publicidad, juegan asimismo un papel primordial en esas elecciones. También, el acceso a las máquinas de vending o a establecimientos de comida rápida en los entornos escolares. Se ha demostrado que existe una asociación directa entre la proximidad de establecimientos de comida “poco saludable” a los centros escolares y el sobrepeso/obesidad en jóvenes(16).

Consecuencias del empobrecimiento de la dieta en los adolescentes

Una dieta pobre en el adolescente tiene repercusiones a lo largo de toda la vida. La obesidad es el principal problema nutricional en los adolescentes.

Seguir un patrón alimentario poco equilibrado y, por tanto, una ingesta pobre de nutrientes en una etapa de gran crecimiento, pone a los adolescentes en riesgo de deficiencias nutricionales. La deficiencia en vitamina D entre los adolescentes es elevada, entre un 40 % y un 80 % en función de las series y países(17). De todos los déficits de micronutrientes, después de la deficiencia en vitamina D, el déficit de hierro ocupa el segundo lugar. Se asocia a un peor rendimiento escolar, mayor susceptibilidad a las infecciones y a modificaciones en el estado de ánimo(18). Es especialmente importante en mujeres adolescentes y en jóvenes que realizan deporte de alta competición. Se estima una prevalencia de deficiencia de hierro cercana al 10 % en adolescentes españoles, ligeramente superior en mujeres(19). El estado en otros micronutrientes, como el ácido fólico o el yodo, es aceptable en la mayoría de la población adolescente.

La malnutrición por exceso es, con mucho, el principal problema nutricional en este grupo de edad. Los últimos datos sobre obesidad y sobrepeso infantil en España corresponden al estudio ENE-COVID, publicado en 2023, con la información de 10.543 menores de entre 2 y 17 años. Según sus resultados, el 30 % de menores de entre 2 y 17 años en España tenía exceso de peso y 1 de cada 10, obesidad. La prevalencia de obesidad severa era del 2,1 %. La prevalencia de sobrepeso (+2,2 %), obesidad (+5,5 %), exceso de peso (+7,7 %) y obesidad severa (+1,7 %) es superior en los niños respecto a las niñas(20,21). El ser un adolescente con obesidad se relaciona muy directamente con la obesidad en el adulto y sus consecuencias cardiometabólicas (Fig. 2).

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Figura 2. Consecuencias de la obesidad infantojuvenil.

 

La obesidad infantil y juvenil constituye un factor de riesgo para el desarrollo a corto plazo de un amplio abanico de complicaciones: ortopédicas (pies planos, genu valgo), respiratorias (asma), digestivas (esteatosis hepática, reflujo gastroesofágico), endocrinológicas (resistencia a la insulina, prediabetes y dislipemias), hipertensión arterial y trastornos psicológicos (falta de autoestima, ansiedad, depresión y riesgo de sufrir acoso escolar), entre otras. Además, un gran número de estudios pone en evidencia que la obesidad juvenil tiende a perpetuarse en la edad adulta, favoreciendo el desarrollo precoz de la aterogénesis, incrementando el riesgo de desarrollar enfermedades graves, como las cardiovasculares, la diabetes y ciertas formas de cáncer, que hacen que en el futuro los pacientes con obesidad tengan una menor esperanza de vida. Todas estas comorbilidades asociadas a la obesidad son más prevalentes y severas en los niños y adolescentes con mayor grado de obesidad y con mayor tiempo de evolución de la misma(22).

Oportunidades para mejorar la nutrición de los adolescentes

Es posible conseguir mejorar los hábitos alimentarios de los adolescentes. En esta tarea participan todos: la escuela, las familias, las instituciones sanitarias y, sin duda, el propio adolescente.

Los adolescentes son agentes activos de cambio, también en lo que se refiere a la alimentación. Probablemente, la escasa presencia de estrategias encaminadas a mejorar la nutrición en este grupo de edad explica el bajo número de artículos publicados que recojan los resultados de las intervenciones en esta materia(23). Las acciones más eficaces en la promoción de la salud en los adolescentes son las que tienen en cuenta sus rápidos cambios emocionales, la formación de su identidad y las fuerzas sociales, como el contexto de su relación con los pares(24).

Las intervenciones más exitosas son las que se adecúan más con los valores de los propios adolescentes y su contexto social. Por ejemplo, su mayor sensibilidad a las influencias del ambiente. Estas acciones pueden englobarse dentro de cuatro grandes campos: la educación, el sistema sanitario, la cadena alimentaria y las acciones comunitarias(25).

El sector educativo

Las acciones sobre los menús escolares son la forma más directa de intervenir sobre los hábitos alimentarios en la población infantil. Sin embargo, probablemente, su eficacia sea muy limitada en el caso de los adolescentes. Otras aproximaciones, como, por ejemplo, las directrices sobre las máquinas expendedoras de alimentos en el entorno escolar, la elección de alternativas saludables en los menús escolares, las estrategias encaminadas a obtener habilidades prácticas (p. ej.: cultivar alimentos o cocinar), así como los huertos escolares o el compromiso con agricultores o ganaderos locales, han conseguido buenos resultados en algunos países. Sin embargo, dependen, en gran medida, del compromiso de los educadores y del resto del personal de las escuelas. Cada vez se da más valor a lo que se denomina “abordaje integral en el entorno escolar”, que incluye cambios en el currículum, integrando la nutrición y facilitando la actividad física y el transporte activo, la creación de un entorno alimentario seguro y, en ocasiones, programas de suplementación (p. ej.: desayunos saludables u otros similares), además del refuerzo individual por parte del personal del colegio(26). Existen iniciativas a nivel global, como “The School Meals Coalition” (https://schoolmealscoalition.org/), que recogen los resultados de estas intervenciones, con el fin de proporcionar un marco común de acción(27).

Área de la salud

El papel de los pediatras y del resto de profesionales de la salud se ha enfocado, sobre todo, a la detección precoz y al tratamiento del sobrepeso y la obesidad. Se han desarrollado un gran número de intervenciones, tanto individuales como grupales, que incluyen el consejo nutricional, la entrevista motivacional, programas personalizados de actividad física solos o en combinación. Las intervenciones que combinan todas estas actuaciones junto con la participación de la familia y el uso de herramientas digitales son las que han conseguido mejores resultados(28). El uso de la tecnología digital abre nuevos campos de intervención, tanto en la prevención como en la detección precoz y el tratamiento en adolescentes con exceso de peso(29).

Sistemas alimentarios, regulación y recursos familiares

No debemos olvidar el papel de las familias en esta etapa. Las comidas en familia son el mejor momento de practicar buenos hábitos alimentarios, al tiempo que es uno de los pocos momentos en los que compartir espacio con los adolescentes.

Las acciones encaminadas a modificar el consumo de determinados alimentos, por ejemplo, por medio de los subsidios a la agricultura y ganadería de proximidad, o el gravar con mayores impuestos determinados alimentos, o bien las campañas institucionales para disminuir el consumo de sal, entre otras estrategias, ejercen un efecto positivo sobre los hábitos alimentarios de las poblaciones, aunque existe escasa evidencia de sus efectos sobre la población adolescente. Pero incluso en el caso de facilitar el acceso a alternativas de alimentos saludables, también en adolescentes de menores recursos económicos, no debe subestimarse la influencia comercial(30), de ahí la importancia de regular la publicidad de los alimentos no saludables.

No debemos olvidar el papel de las familias en esta etapa(31). Las comidas en familia son el mejor momento de practicar buenos hábitos alimentarios, al tiempo que es uno de los pocos momentos en los que compartir espacio con los adolescentes. Conseguir un número mínimo de momentos a la semana en los que los adolescentes se sienten con el resto de la familia en la mesa debe ser un objetivo a cumplir.

Influencias sociales y comunitarias

Las intervenciones comunitarias proporcionan oportunidad para mejorar la alimentación y el estado de salud de los y las adolescentes, como promover el transporte activo limitando el acceso de vehículos a las zonas escolares, la restricción a la autorización de restaurantes de comida rápida o de venta ambulante en los entornos de escuelas e institutos, son algunas medidas. Pero también, desde un punto de vista activo, su mayor participación en las redes sociales, su mayor sensibilidad a problemas, como la sostenibilidad o la justicia social, les convierten en verdaderos agentes activos del cambio. Un ejemplo es el trabajo de los “Real Food Systems Youth Ambassadors” (https://www.realfoodsystems.org/), en el que se involucra a los adolescentes en la apuesta por la denominada “comida real”, es decir, productos mínimamente procesados o cuyo procesamiento no ha empeorado su calidad o reducido sus propiedades. Este movimiento, de moda en todo el mundo, defiende el derecho a una alimentación saludable y respetuosa con el medio ambiente.

Conclusiones

Las características fisiológicas, emocionales e intelectuales de los adolescentes son muy diferentes de las de las edades previas y de la etapa adulta. La nutrición durante esta etapa no ha recibido, probablemente, la atención necesaria, en un periodo en el que una de las grandes preocupaciones sobre la salud tiene que ver con la obesidad y el sobrepeso. Los y las adolescentes se ven sometidos, tanto a las consecuencias del exceso de peso como a la deficiencia de micronutrientes, fruto del uso inadecuado de dietas poco equilibradas, así como a la presión del ambiente sobre la imagen corporal. El fracaso en conseguir mejorar la alimentación y las conductas alimentarias en este grupo de edad puede tener repercusiones a largo plazo. Al mismo tiempo, se observa un cambio de actitud en la sociedad al considerarlos como agentes del cambio. Las intervenciones que involucran tanto al sector educativo como a los agentes de salud y a la comunidad son las que obtienen mejores resultados, sin olvidar, por supuesto, la participación del o de la adolescente.

Función del pediatra de Atención Primaria

En esta etapa de transición, quizá no se ha prestado una atención suficiente a la alimentación de los adolescentes y el enfoque principal se ha dirigido a la detección precoz del exceso de peso y a la identificación de los trastornos de la conducta alimentaria, así como a la prevención de las adicciones y, últimamente, al uso desmedido de las pantallas. El pediatra de Atención Primaria (PAP), además de continuar siendo un referente en el consejo nutricional y de hábitos saludables, debe contar con el/la adolescente como vector de cambio en su propia familia y en su entorno. La función del PAP es coordinar las acciones que se realizan en el entorno escolar y desde el ámbito de la salud. Y debe ser un actor importante a tener en cuenta en las medidas que instauran las administraciones públicas de carácter local. También, es clave el apoyo familiar para conseguir que nuestros jóvenes coman mejor. Un objetivo concreto puede ser considerar el número de veces que comen con el resto de la familia en casa.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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Bibliografía recomendada

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Descripción detallada y académica de las características nutricionales del adolescente: requerimientos, recomendaciones de dieta saludable, desequilibrios, así como educación nutricional y programas de actuación.

– Hargreaves D, Mates E, Menon P, Alderman H, Devakumar D, Fawzi W, et al. Strategies and interventions for healthy adolescent growth, nutrition, and development. Lancet. 2022; 399: 198-210.

Tercero de los tres capítulos que la revista Lancet dedicó en 2022 a la alimentación en la adolescencia. Este capítulo se centra en las intervenciones y estrategias para conseguir mejorar su alimentación.

– López-Sobaler AM, Aparicio A, Rubio J, Marcos V, Sanchidrián R, Santos S, et al. Adequacy of usual macronutrient intake and macronutrient distribution in children and adolescents in Spain: A National Dietary Survey on the Child and Adolescent Population, ENALIA 2013-2014. Eur J Nutr. 2019; 58: 705-19.

Estudio transversal de una muestra de 1.862 niños y adolescentes españoles que describe las características de su alimentación. Uno de los pocos estudios nacionales en este grupo de edad.

– Varea Calderón V, Moreno Aznar LA. Nutrición en la adolescencia. En: Rivero Urgell M, et al. (coords.). Libro Blanco de la Nutrición Infantil en España. Prensas Universitarias de Zaragoza; 2015. p. 123-30.

Análisis DAFO de la alimentación en este periodo de la vida, incluido en una amplia valoración de todos los aspectos relacionados con la alimentación infantil.

 

Caso clínico

Andrés tiene 14 años y siempre ha sido de complexión delgada. No tiene ningún antecedente médico de interés, salvo algún episodio reciente de mareos al salir de la ducha, que se han interpretado como hipotensión ortostática. Sus datos antropométricos son los siguientes: peso: 45 kg (P24, -0,71DE) (Hernández et al. 1988); talla: 169 cm (P83, 0,94DE) (Hernández et al. 1988); IMC: 15,76 kg/m2 (P3, -1,83DE) (OMS 2006/2007); puntos de corte IOTF: IMC-IOTF 17-18,5; SC: 1,49 (fórmula de Du Bois). Índices nutricionales: índice de Waterlow (peso): 78,27 %; índice de Waterlow (talla): 105,02 %. Viene acompañado de su padre y nos pregunta si podría hacer algo de musculatura en el gimnasio. También nos pregunta si podría tomar algún suplemento nutricional para mejorar su masa muscular. Ha visto que existen productos nutricionales para deportistas y piensa que pueden servirle. También le han hablado de la creatina. Su padre no está muy de acuerdo, pero piensa que quizá un complemento con vitaminas le podría venir bien. La exploración física es poco reseñable, con apariencia de delgadez, aunque tiene un aceptable panículo adiposo. Pliegues tricipital (PCT): 10 mm (P43, -0,17DE) (Hernández et al. 1988); perímetro braquial: 19 cm (P61, 0,27DE) (Hernández et al. 1988). En el recuerdo de ingesta de 14 horas, se obtiene que su ingesta calórica es de 1.850 kcal (41 kcal/kg/d) y unos 65 g de proteínas diarias (1,4 g/kg/día).

Comentario: para los adolescentes que realizan actividad en el ámbito escolar y que no incluyen actividades de resistencia ni de alta competición, las recomendaciones serán las mismas que las de la población general y solo será preciso asegurar una correcta hidratación antes, durante y después de la práctica deportiva. Sin embargo, cuando la intensidad o el tiempo dedicado superen estos límites, será necesario incrementar el aporte calórico. No existe un plan único en lo que respecta a la nutrición. Las necesidades individuales de nutrientes varían según el deporte, el tipo y la intensidad de la actividad, la edad, el tamaño corporal, los objetivos y el volumen de entrenamiento. En términos generales, cuanto más intensa sea la actividad y más horas entrene, mayores serán sus necesidades de carbohidratos y calorías. Dependiendo de sus objetivos, estado de entrenamiento y tipo de actividad, los atletas necesitan entre 1 y 2 gramos de proteína por kg de peso corporal. Como regla general, los jóvenes atletas pueden satisfacer sus necesidades diarias de proteínas asegurándose de incluir una fuente de proteínas magras, como huevos, leche, yogur, frutos secos, mantequilla de frutos secos, frijoles, lentejas, tofu, pollo o pescado en cada comida y refrigerio. No está indicado el uso de ningún suplemento dietético en los adolescentes deportistas. La utilización de barritas energéticas, con una gran densidad calórica, grandes cantidades de proteínas y vitaminas, no parece reportar ningún beneficio y, en todo caso, se ha asociado al aumento de masa grasa. Tampoco es necesario un aporte extra de vitaminas o minerales.

 

 

 

Dificultades técnicas en la lactancia materna

L. San Feliciano Martín*,  A. Jiménez Moya**,  D. Martínez Fernández***
Regreso a las bases


L. San Feliciano Martín*, A. Jiménez Moya**, D. Martínez Fernández***

*Pediatra. Complejo Asistencial Universitario de Salamanca. **Pediatra. Hospital Universitario Virgen de la Macarena de Sevilla. ***Matrona. Complejo Asistencial Universitario de León.

Resumen

El pediatra debe estar capacitado para detectar y poner medidas de apoyo a la lactancia natural para evitar un destete no deseado. La leche materna es el alimento óptimo de forma exclusiva durante los seis primeros meses de vida. Debería mantenerse hasta los dos años de edad, complementándose con otros alimentos. Como objetivo de este trabajo, se analizan las dificultades más comunes y se realizan propuestas de abordaje para el dolor, grietas, ingurgitación, alteraciones del pezón, obstrucción de un conducto lácteo, mastitis y absceso mamario. Los problemas técnicos que se presentan en la lactancia materna tienen un origen común: el vaciado incompleto del pecho por diversas causas. Para intervenir de forma adecuada, es imprescindible realizar una anamnesis y exploración de la madre, del niño y de la toma. El agarre no óptimo puede ser el origen y la causa inicial de los problemas más comunes. Las recomendaciones que seguir se basan en unas medidas de prevención esenciales desde el nacimiento.

 

Abstract

The pediatrician should be trained to detect and implement measures to support breastfeeding to avoid unwanted weaning. Breast milk is the optimal food for the infant from birth until the first six months of life, and should be maintained until two years of age, supplemented with other foods. In this article the most common difficulties are analyzed and proposals for approaching pain, cracks, engorgement, nipple alterations, obstruction of a milk duct, mastitis and breast abscess are made. The technical problems that occur in breastfeeding have a common origin: incomplete emptying of the breast due to various causes. In order to intervene appropriately, it is essential to carry out the medical history and examination of the mother, the child and the feeding. Suboptimal latch-on can be the origin and initial cause of the most common problems. The recommendations to follow are based on essential preventive measures from birth.

 

Palabras clave: Lactancia materna; Enfermedades de la mama; Alteraciones de los pezones; Mastitis.

Key words: Breast feeding; Breast diseases; Nipple disorders; Mastitis.

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 133 – 139


OBJETIVOS

• Analizar las dificultades más comunes y realizar propuestas de abordaje para el dolor, grietas, ingurgitación, alteraciones del pezón, obstrucción de un conducto lácteo, mastitis y absceso mamario.

• Presentar situaciones comunes de dificultades en la lactancia y describir cómo intervenir en cada caso.

 

Dificultades técnicas en la lactancia materna

https://doi.org/10.63149/j.pedint.21

 

Introducción

El papel del pediatra es fundamental en el apoyo a la lactancia natural. En nuestro medio, hasta un 30 % de mujeres sufren algún tipo de problema relacionado con la lactancia materna en las primeras semanas tras el nacimiento(1). Una intervención adecuada por parte del profesional sanitario ha demostrado ser positiva en la duración de lactancia materna en numerosos ámbitos(2,3). Para poder resolver adecuadamente algunas dificultades que se pueden presentar durante el proceso de la lactancia natural, es preciso tener unos conocimientos y una formación específica y actualizada.

El objetivo de esta revisión es presentar situaciones comunes de dificultades en la lactancia y describir cómo intervenir en cada caso.

Anamnesis y exploración física

Para abordar cualquier incidencia o dificultad durante el amamantamiento, siempre debe realizarse: una historia clínica completa, exploración física de la madre, examen del lactante y valoración de una toma.

Se recomienda que esta evaluación sea estandarizada(4). La valoración estandarizada permite medir los resultados y ayuda a la transmisión de la información entre los distintos profesionales y niveles asistenciales. Con las escalas de valoración podremos identificar a las madres con riesgo de abandono temprano de la lactancia, reconocer precozmente obstáculos y prevenir posibles complicaciones asociadas. Existen diferentes herramientas validadas(5-7) para valorar una toma, como las escalas LATCH (Tabla I), IBFAT (Breastfeeding Assessment Tool) o BSES (Breastfeeding Self-Efficacy Scale). La elección de una escala concreta dependerá del objetivo planteado, por ejemplo, para screening o como apoyo diagnóstico. Puntuaciones en la escala LATCH menores a 9 indican necesidad de apoyo y vigilancia por parte de profesionales.

 

Durante una toma se deben valorar varios aspectos, como la postura, posición y comportamiento del lactante, los signos de agarre, la dinámica de succión y la existencia de signos que indican transferencia de leche. Después de la toma, se debe observar cómo queda el lactante y la forma y color del pezón(8).

Si la madre se extrae leche, se debe valorar una sesión para observar la técnica de extracción, el ajuste entre el embudo y el reborde, la dinámica de succión y la frecuencia del ciclo con la bomba que usa la madre, y detectar posibles signos de traumatismo por la copa del extractor.

A continuación, se tratarán problemas y causas importantes de interrupción prematura de la lactancia materna y cómo abordarlos. Los problemas técnicos en la lactancia natural tienen un origen común, el vaciado incompleto del pecho por diversas causas(9). Actuaremos siguiendo el esquema propuesto de abordaje: realizar anamnesis, exploración y evaluación de la díada madre-hijo.

Dolor

El dolor y las molestias coincidentes con la lactancia materna son relativamente frecuentes en las primeras semanas después del parto.

Las molestias iniciales con el agarre temprano pueden considerarse fisiológicas, ya que, superado este periodo inicial de 1-2 semanas, el dolor suele desaparecer cuando el agarre ya se ha instaurado. El dolor que se presenta al inicio de la toma y que cede después de unos segundos se considera fisiológico en los primeros días(9).

En algunas mujeres puede ser complicado distinguir las molestias fisiológicas de aquellas que requieren una intervención por parte del profesional sanitario. Para el abordaje del dolor se muestra un esquema en la figura 1.

Figura 1. Abordaje del dolor en el amamantamiento.

 

A menudo, una posición no óptima es causa de dolor en los pezones, que puede causar un agarre superficial y una compresión anormal del pezón entre la lengua y el paladar del lactante(8).

La capacidad de un lactante para el agarre a la mama y la alimentación adecuados depende de factores, como la prematuridad, la anatomía oral y maxilar, el tamaño de la cavidad oral, su tono muscular y madurez neurológica, así como de aspectos maternos, como el flujo de leche, el tamaño de mama y pezón y la presencia de congestión mamaria. Otros factores importantes que considerar son el estado emocional de la madre y el tipo de parto (instrumentado, medicado, cesárea…).

La anquiloglosia o frenillo lingual corto, por la restricción del movimiento y proyección de la lengua más allá de la encía inferior, puede hacer difícil conseguir un agarre profundo y se asocia, a menudo, con dolor y lesiones del pezón materno. Se presenta aproximadamente en el 5 % de los recién nacidos, aunque esto es muy variable en función de las escalas de valoración(10). No todos los lactantes con anquiloglosia tienen problemas a la hora de mamar. Cuando el frenillo es corto y la madre siente dolor, se debe recomendar, en primer lugar, el cambio de postura para amamantar. La más útil es la postura de caballito. En el caso de no mejorar el dolor con el cambio de postura, la frenectomía puede mejorar el dolor(11).

Los lactantes que muerden o aprietan las mandíbulas mientras maman pueden causar lesiones en los pezones y dolor mamario. Los procesos que pueden llevar a este comportamiento y deben descartarse son: fractura de clavícula, tortícolis, traumatismo de cabeza, cuello o cara, asimetría mandibular, erupción dental…, o ser respuesta a un reflejo exagerado de expulsión de leche.

El dolor asociado a la lactancia materna puede ir acompañado de estrés psicológico importante. Las madres con dificultades durante la lactancia tienen un mayor riesgo de depresión posparto y de destete precoz y también de problemas psicosomáticos. Es importante identificar estas situaciones para acompañar y asesorar, poniendo en marcha nuestras habilidades de comunicación(9,12).

La identificación oportuna y el control adecuado del dolor persistente, asociado a la lactancia materna, son esenciales para su establecimiento y mantenimiento hasta que la madre y el lactante deseen.

Grietas

Las grietas o heridas en los pezones son una de las principales causas de abandono precoz de la lactancia materna por el intenso dolor que generan. Suelen ser complicaciones que se presentan en los primeros días tras el nacimiento, siendo rara su aparición cuando la lactancia está ya instaurada.

Pueden ser uni o bilaterales. Es bastante característico que el dolor sea máximo al inicio de la toma y que vaya disminuyendo poco a poco y que desaparezca cuando el lactante suelta el pecho. Otro signo que nos puede orientar a la presencia de grietas en los pezones es la aparición de sangre en algún vómito del lactante, secundario a la deglución de sangre materna. La leche materna se tiñe muy fácilmente con alguna gota de sangre.

La principal causa de las grietas es el agarre incorrecto. El recién nacido introduce en la boca una parte del pezón exclusivamente, dañándolo con las encías o al presionarlo contra el paladar duro. Ello conlleva dolor y la aparición de lesiones que harán el dolor más intenso. Ese mal agarre puede estar ocasionado por la posición o por alguna alteración anatómica del recién nacido. La forma y localización de las grietas puede orientarnos a saber qué las está produciendo. Así, una grieta lineal en el pezón suele ser consecuencia de un mal agarre; o cuando la grieta es circular sobre la base del pezón, la causa suele ser una mala posición del bebé respecto del pecho.

Otros factores favorecedores de la aparición de grietas son el lavado frecuente o la aplicación de pomadas en el pezón, que alteran la protección natural del pezón, aportada por la secreción de las glándulas de Montgomery. El uso o la introducción de chupetes y tetinas condicionan un agarre y succión diferente por parte del recién nacido y suele ser causa de dolor y lesión de los pezones(13).

El abordaje y manejo del dolor y las grietas consiste en evaluar y tratar la causa probable, siguiendo las siguientes recomendaciones:

• Facilitar una posición adecuada y un agarre correcto al pecho.

• No limitar el tiempo de lactancia materna, no alivia o previene el dolor, y va en detrimento del establecimiento de la lactancia.

• Evitar una higiene excesiva de las mamas.

• Realizar un masaje previo y extraer un poco de leche antes de comenzar la toma.

• Dejar secar al aire el pezón tras la toma.

• Si se utilizan discos absorbentes, cambiarlos con frecuencia para evitar humedad.

• No existe evidencia sobre productos tradicionalmente recomendados para el tratamiento de las erosiones, grietas y heridas en el pezón.

• Realizar la técnica de compresión mamaria para facilitar la salida de leche y acortar la duración de la toma.

• Comenzar la toma por el pezón menos afectado y, posteriormente, cambiar al lado más afecto puede aliviar.

• Realizar lactancia diferida del pecho afectado solo cuando el dolor sea muy intenso. Durante el tiempo de reposo de ese pecho afecto, se recomienda mantener la producción mediante extracción.

Ingurgitación

La ingurgitación mamaria consiste en un aumento de tamaño y dolor en las mamas. Puede provocar fiebre si la ingurgitación es importante. Asimismo, puede producir el cese prematuro de la lactancia, disminución de la producción de leche, el agrietamiento de los pezones y mastitis(14).

Puede afectar a toda la mama o solo a la zona de la areola. Suele ocurrir en dos etapas: la ingurgitación de las mamas precoz, que suele presentarse al comienzo de la lactancia, debida a un edema intersticial cuando la mama empieza a producir leche (denominada subida de la leche o plétora); o la secundaria, que puede ocurrir en cualquier otro momento, y se produce cuando hay un desequilibrio entre la producción de leche y el vaciado de la mama. Este segundo tipo es más raro, pero se puede presentar si un lactante toma menos, por dormir más tiempo, o por alguna enfermedad o por la separación de madre y lactante.

Se da más frecuentemente en el primer hijo y cuando se amamanta al bebé con horarios rígidos y haciendo pocas tomas al día, o cuando se ofrecen al recién nacido suplementos de suero o de fórmulas artificiales. La ingurgitación es rara cuando un lactante se pone al pecho, desde el primer momento tras el nacimiento, frecuentemente (unas 10-12 veces) y sin restricciones.

El tratamiento se basa en calmar el dolor y extraer la leche. Se sugiere que, antes de la toma, la madre con ingurgitación mamaria se dé una ducha caliente o se aplique compresas calientes, se masajee el pecho y realice una extracción manual que facilite la salida de la leche y el agarre del niño al pecho(15). Quien mejor extrae la leche es el lactante, pero cuando los pechos están muy tensos, el lactante puede tener dificultades para el agarre, y conviene ablandarlos primero, con la técnica de presión inversa suavizante y vaciando de forma manual o con un extractor, tras aplicar calor local para producir vasodilatación y facilitar la salida de la leche(14).

La técnica de ablandamiento por presión inversa resulta especialmente útil para tratar el edema mamario y en ella se aplica una presión positiva suave para ablandar una zona, cerca de la aréola que rodea la base del pezón. El objetivo consiste en desplazar temporal y ligeramente parte del edema hacia atrás y hacia arriba en la mama. Se ha demostrado que el desplazamiento del edema lejos de la aréola mejora el agarre del lactante durante la congestión mamaria(16).

La aplicación de frío entre las tomas alivia el dolor por su efecto vasoconstrictor y antiinflamatorio. Hay evidencia que sugiere que algunas terapias podrían emplearse para el alivio del dolor de la ingurgitación mamaria, como las hojas de col, las compresas de gel frío, las compresas de hierbas y los masajes, pero se necesitan más estudios para conocer el verdadero efecto de estas intervenciones(14).

Los medicamentos del tipo del ibuprofeno o el paracetamol alivian el dolor y son compatibles con la lactancia (https://www.e-lactancia.org/). La presión inversa suavizante puede ayudar a favorecer el agarre cuando se da una ingurgitación mamaria(17).

Obstrucción de un conducto lácteo

Surge como consecuencia de un vaciado defectuoso o ineficaz de un lóbulo mamario, a consecuencia de una mala técnica de lactancia o por la utilización de sujetadores de talla o modelo inadecuado que producen una compresión excesiva de la mama. En otros casos puede obedecer a una malformación u otras lesiones de la mama, como quistes o tumores, que producen la obstrucción del conducto(1).

Se manifiesta por la presencia de un bulto doloroso en el pecho y enrojecimiento de la piel de esa zona. Generalmente, no hay fiebre ni síntomas generales.

Para el tratamiento se debe aumentar la frecuencia de las tomas y aplicar calor local antes de las mismas. Como la mayoría de las veces ocurre por leche retenida, el tratamiento consiste en la evacuación de la leche retenida; por tanto, debemos recomendar no interrumpir la lactancia. Es de gran ayuda realizar durante la toma un masaje suave sobre la zona afecta, moviendo el pulgar por encima del bulto, en dirección hacia el pezón, para facilitar su drenaje.

Si hay mucho dolor con el amamantamiento, sería útil ofrecer primero el pecho sano para que el lactante realice las primeras succiones, que son más vigorosas, en el pecho que no duele y se ponga en marcha el reflejo de eyección, que facilitará la salida de la leche. Cuando la madre note la subida de la leche, cambiará al bebé de pecho para que vacíe bien el lado afecto. Se pueden recomendar antiinflamatorios y analgésicos.

La postura del bebé respecto al pecho es muy importante en estos casos. Hay que colocar al lactante de forma que su lengua facilite el drenaje del conducto obstruido. El lactante debe colocarse con la barbilla en la zona obstruida, ya que la zona del pecho que mejor se vacía con el movimiento del maxilar inferior es la que queda en contacto con la lengua.

Si el niño no vaciara bien el pecho, después de la toma conviene terminar de extraer la leche de forma manual o con un extractor.

La madre debe utilizar durante el día un sujetador adecuado, bien ajustado, pero elástico, que no provoque una excesiva presión.

Los galactoceles son quistes de retención de leche por un conducto bloqueado. Pueden ser grandes y pueden surgir durante la gestación o al finalizar la lactancia. Salvo que se infecten, no suelen ser dolorosos. No hay fiebre ni malestar. Se diagnostican por ecografía. Algunos disminuyen de tamaño por sí solos poco a poco. Si no fuera así, o fueran molestos, deben aspirarse mediante aguja o mediante extirpación quirúrgica. La lactancia debe continuar, nunca hay que interrumpirla(8).

Alteraciones del pezón

La forma del pezón no suele representar un problema para la lactancia, aunque a veces precisará ayuda durante los primeros días para el agarre al pecho. Es muy importante que los profesionales no juzguemos ni hagamos comentarios que puedan afectar a la confianza de la madre en su capacidad de lactar ante esta situación desde las consultas prenatales.

En la mayoría de las ocasiones, los pezones planos son elásticos y pueden protruirse un poco hacia afuera. Los pezones invertidos protruyen como reflejo al contacto o al frío; se puede tratar de estimular el pezón, rotándolo un poco o mojándolo con un poco de agua fría justo antes de que el recién nacido mame, o también se puede probar con un extractor de leche.

Cuando se trata de un pezón invertido “verdadero”, no protráctil, es más difícil conseguir un agarre adecuado. En algunos casos, se consigue que el bebé aprenda a agarrarse y vaya formando algo de pezón, pero, en otros, la lactancia no es posible directamente al pecho y es necesario recurrir a utilizar pezonera los primeros días, al extractor para vaciar los pechos y ofrecerle después la leche extraída al lactante por el método que se prefiera (lactancia diferida). No se recomienda la realización de ejercicios de Hoffman, ni el uso de escudos de pezón, ni el cepillado de estos de manera prenatal para favorecer el éxito de la lactancia materna en mujeres que presentan pezones invertidos(15).

Cuando el pezón es grande para la boca del recién nacido, profesionales expertos pueden ayudar a encontrar alguna postura que facilite el agarre. Si no puede conseguirse el amamantamiento, las pezoneras podrían ser útiles para reducir el tamaño y evitar que provoque náuseas al lactante al entrar en la boca. Se informará a la madre que, en unos días, con el crecimiento del bebé, se suele resolver la situación.

Mastitis

Una mastitis es la inflamación de la mama que puede estar acompañada o no de infección. Tiene una incidencia en torno al 10 % de las mujeres lactantes y causa un destete precoz no deseado en muchos casos(18).

En la mayoría de los casos, el origen es el vaciado ineficaz, que ocasiona una acumulación de leche y, posteriormente, una sobreinfección bacteriana debido al acúmulo de microorganismos producido por la estasis de la leche(17,19). En general, las condiciones que concurren en la fisiopatología de la mastitis se pueden prevenir y tratar de forma precoz. En ocasiones, si esta no se resuelve a tiempo, puede llegar a producirse un absceso mamario. Por tanto, la prevención es clave, es decir, una correcta técnica de lactancia con un vaciado completo de ambos senos(20).

La mastitis se manifiesta con signos inflamatorios locales, como enrojecimiento, dolor y calor…, a los que se asocian síntomas sistémicos, como fiebre, malestar general, mialgias, escalofríos…. El diagnóstico es clínico y no requiere pruebas complementarias. Solo en algunos casos determinados es preciso realizar cultivos de leche (Tabla II). En los últimos años se ha visto incrementada la realización de cultivos de leche ante la sospecha de mastitis de forma injustificada, que ocasionan un sobrediagnóstico y sobretratamiento por la dificultad en la interpretación del resultado de los cultivos y la manipulación incorrecta de las muestras de leche(21).

 

Ante la sospecha clínica de mastitis con síntomas leves, se recomienda mantener la lactancia y asegurar un correcto vaciamiento de ambos pechos con tomas frecuentes, así como revisiones frecuentes de la madre y prestar apoyo emocional. Es muy importante tomar medidas de prevención. Ya que, como hemos expuesto, el vaciado incompleto y la estasis de leche es el principal factor de riesgo, se debe comenzar por el apoyo a la lactancia, aumentar la extracción de leche para contrarrestar la estasis de leche y conseguir el vaciamiento del pecho(22).

El tratamiento, por tanto, se basa en optimizar el vaciado de la mama y la administración de antiinflamatorios(15,17). Se deben seguir unas indicaciones generales. En primer lugar, medidas para mantener la lactancia: apoyo emocional para afrontar el dolor y la incomodidad, adecuada nutrición y reposo, aplicar calor local antes de las tomas y compresas frías tras las mismas para reducir edema y dolor. Aunque no hay evidencia clara al respecto, parece que la aplicación de calor local antes de las tomas puede facilitar la salida de eche y la aplicación de frío después de que hayan finalizado podría tener efecto antiinflamatorio(15).

Para el vaciamiento del pecho, la succión más efectiva es la realizada por el lactante. Se recomienda iniciar la toma por la mama afectada, posicionar la barbilla del lactante sobre la zona afectada y masajear la mama durante la toma desde la zona obstruida hacia el pezón.

Utilizar la extracción manual o con sacaleches en caso de: lactante prematuro y/o con succión no efectiva, rechazo de la leche por parte del lactante o la no tolerancia de la succión del lactante en mama afecta por el dolor o por elección materna de no amamantar mientras dure la infección.

Como tratamiento analgésico y antiinflamatorio, se recomienda ibuprofeno 400 mg cada 4-6 horas o paracetamol 1 g cada 8 horas.

En el momento actual, los resultados del uso de probióticos son prometedores, pero aún no cuentan con la calidad y evidencia científica suficientes para ser recomendados como alternativa, por lo que se requieren más estudios. La leche materna contiene en su microbiota numerosas bacterias lácticas, como Lactobacillus salivarius, L. reuteri, L. plantarum, L. gasseri, L. fermentum, etc., que juegan un papel importante en el lactante(23,24).

En el caso de síntomas graves, se recomienda emplear antibióticos de forma precoz(15).

En formas no graves, es importante valorar si existe mejoría a las 24 horas de iniciado el tratamiento con las medidas generales. En el caso de continuar los síntomas, tras 24-48 horas, será necesario iniciar tratamiento antibiótico empírico, de menor espectro posible, frente a Staphylococcus aureus, que es el principal agente causal de mastitis bacterianas.

Se recomiendan(17,19) las cefalosporinas de primera generación, como cefalexina o cefadroxilo, o cloxacilina durante 10-14 días. Si la madre es alérgica a los betalactámicos, puede emplearse la clindamicina. En el caso de mastitis en mujer portadora de prótesis mamaria, el régimen antibiótico de elección es la asociación de vancomicina (30-60 mg/kg/día, repartidos en 2-3 dosis) con piperacilina/tazobactam (4 g piperacilina/0,5 g tazobactam cada 6 h, IV). Si la respuesta inicial es adecuada, se procederá al cambio a vía oral con clindamicina o trimetoprim-sulfametoxazol según el cultivo y antibiograma hasta completar 10-14 días de tratamiento. Si la causa son las micobacterias, se debe continuar tratamiento durante 8-12 semanas. Retirar la prótesis si no hay respuesta al tratamiento o en caso de sepsis o infección por hongos o micobacterias(17,19,25).

Absceso mamario

Entre el 3-11 % de las mastitis agudas pueden desarrollar un absceso mamario. Tiene lugar cuando la mastitis progresa a la formación de un flemón o absceso local, si no se trata precozmente o se hace de forma inadecuada(26).

El patógeno más frecuentemente causante es S. aureus (más del 50 % de las cepas son resistentes a meticilina) junto con S. epidermidis.

Se presenta como una zona con eritema e induración, localizada y bien delimitada y muchas veces palpable, acompañada o no de fiebre y afectación del estado general que no mejora con antibioterapia.

La ecografía es el método más eficaz para diferenciar la mastitis de un absceso mamario, de un galactocele o un tumor mamario, y también facilita el drenaje guiado(27). En una mastitis difusa se visualizan zonas hipoecogénicas y disminución de la definición de las estructuras y, en el absceso, observamos una colección bien delimitada, irregular y de predominio hipoecogénico.

El tratamiento consiste en antibiótico empírico previo al drenaje, drenaje completo de la colección y solicitud de cultivo microbiológico y mantener tratamiento antibiótico 7-10 días. La antibioterapia puede ser dirigida si se dispone de antibiograma; si no, antibioterapia empírica vía oral. El drenaje puede ser ecoguiado por aspiración cuando se trate de un absceso <5 cm, uniloculado y de fácil acceso. Ha de ser quirúrgico si fracasa el método previo o si el absceso es ≥5 cm, son múltiples, multiloculado o presentan formación de fístulas.

Recomendaciones finales

Los problemas técnicos en la lactancia natural tienen un origen común, el vaciado incompleto del pecho por diversas causas.

Es imprescindible realizar una anamnesis y exploración de la madre, del niño y de la toma para abordarlos adecuadamente.

El agarre no óptimo puede ser el origen y la causa inicial de los problemas, y el pediatra debe estar capacitado para detectar y poner medidas de apoyo a la lactancia natural para evitar un destete no deseado.

Las recomendaciones que seguir se basan en unas medidas de prevención esenciales desde el nacimiento:

1. Propiciar el contacto piel con piel precoz e ininterrumpido tras el parto durante la primera hora de vida. Facilitar un agarre espontáneo al pecho.

2. Fomentar el apego materno.

3. Posicionar correctamente al lactante y asegurar un correcto agarre al pecho.

4. Realizar una lactancia a demanda en frecuencia y duración de las tomas, sin restricciones, y permitiendo que el lactante permanezca en un pecho hasta que se suelte espontáneamente antes de ofrecer el otro.

5. Amamantar día y noche para asegurar una adecuada producción de leche.

6. Favorecer una lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses.

7. Evitar suplementos de leche artificial sin indicación médica.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

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Dietas vegetarianas y otras dietas alternativas

R. da Cuña Vicente, M. Mata Jorge, A. Hernández Hernández, C. Coronel Rodríguez
Temas de FC


R. da Cuña Vicente1, M. Mata Jorge2, A. Hernández Hernández3, C. Coronel Rodríguez4

1Pediatra de Atención Primaria. Zona Básica de Salud Íscar. Valladolid. 2Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Parquesol. Valladolid. 3Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Tacoronte. Santa Cruz de Tenerife. 4Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla

X

Corresponding author:

rebecadcv@gmail.com

Resumen

Existen numerosos mitos en Pediatría y, especialmente, en el ámbito de la Nutrición Infantil. En los últimos años, ha aumentado el número de familias que acuden a las consultas siguiendo un patrón de alimentación vegetariano, vegano o basado en opciones alternativas. Es necesario que los profesionales estén actualizados en estos temas para hacer las recomendaciones más adecuadas, así como resolver las dudas que puedan surgir, sobre todo en los primeros meses de vida del bebé y durante la adolescencia: ¿es posible y saludable?, ¿le faltará algún nutriente?, ¿hay que dar alguna vitamina?, ¿qué controles se deben realizar? Con este trabajo se pretende revisar la literatura escrita sobre la alimentación con dietas no tradicionales, especialmente vegetariana o vegana, y resolver estas cuestiones que nos preocupan a los profesionales, permitiendo guiar a las familias para llevarla a cabo de forma adecuada. Se realiza un análisis detallado de los nutrientes a vigilar, con recomendaciones para cubrir las necesidades de los mismos, así como una revisión de la evidencia en cuanto a los suplementos que se precisan en algunos casos. La leche materna es el alimento idóneo para el bebé. A partir de los 6 meses, se debe comenzar la alimentación complementaria, pudiendo ser vegetariana o vegana, si se basa en productos frescos poco procesados, incluye los nutrientes necesarios y se suplementa con, al menos, vitamina D hasta los 12 meses y vitamina B12 de por vida. Es posible realizar una alimentación vegetariana o vegana de forma adecuada y saludable en cualquier etapa de la infancia, siempre y cuando esté bien planificada, suplementada y supervisada por un profesional con experiencia.

 

Abstract

There are numerous myths in Pediatrics, and especially referred to Infant Nutrition. In recent years, the number of families attending clinics following a vegetarian, vegan, or alternative eating pattern has increased. It is essential for healthcare professionals to be up-to-date on these topics in order to make the most appropriate recommendations and resolve any questions that may arise, especially in the first months of a baby’s life and during adolescence: Is it possible and healthy?, will it lack any nutrients?, should any vitamins be given? what follow-up should be performed? This paper aims to review the literature on feeding with non-traditional diets, especially vegetarian or vegan, and address these questions that concern us as professionals, allowing us to guide families in appropriately implementing them. A detailed analysis of the nutrients to monitor is provided, with recommendations for meeting these needs, as well as a review of the evidence regarding the supplements required in certain cases. Breast milk is the ideal food for babies. From 6 months complementary feeding should be started, and it can be vegetarian or vegan provided it is based on fresh and minimally processed products, includes the necessary nutrients, and is supplemented with at least vitamin D until 12 months and vitamin B12 for life. A vegetarian or vegan diet can be adequately and healthily implemented at any stage of childhood, as long as it is well planned, supplemented, and supervised by an experienced healthcare professional.

 

Palabras clave: Alimentación; Niños; Adolescentes; Vegetariana; Vegana.

Key words: Food; Children; Teenagers; Vegetarian; Vegan

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 119 – 132

 


OBJETIVOS

• Revisar la posición de expertos respecto a la alimentación vegetariana y vegana en la infancia.

• Establecer las recomendaciones para la alimentación vegetariana en la infancia que cubra las necesidades en cada etapa.

• Determinar los nutrientes a vigilar y cómo hacerlo.

• Dar ideas concretas de alimentos para aconsejar a las familias con estos patrones de alimentación.

 

Dietas vegetarianas y otras dietas alternativas

https://doi.org/10.63149/j.pedint.19

Introducción

Alimentación en la infancia

La alimentación infantil constituye la base de la salud presente y futura del individuo, por lo que se debe asegurar que sea adecuada y suficiente.

Desde antes del nacimiento, en la etapa que se conoce como “los primeros 1.000 días” y que abarca desde la concepción hasta los 24 meses del niño, incluyendo los meses de gestación, el organismo utiliza los nutrientes y el estilo de vida para programar algunos de los procesos que le acompañarán siempre(1,2). Por ello, orientar a los padres acerca de los hábitos saludables y, concretamente, dar consejos adecuados sobre alimentación infantil, respetando las costumbres en la medida de lo posible, constituye uno de los pilares fundamentales de salud pública(3).

En las últimas décadas, se ha observado un aumento de la población con dietas vegetarianas y veganas, ya sea por motivos de salud, de ecología u otros. El 2-5 % de los adultos americanos son vegetarianos(4,5). Se calcula que en EE.UU. hay más de 20 millones de veganos(6). En Europa, entre el 3 y el 8 % de la población es vegetariana(6,7). Se estima que, en Alemania y Suecia, lo es hasta el 10 % y, aunque se desconoce el número de niños que siguen estas dietas, es más probable que estas familias opten por patrones similares(5,7). En Italia, Francia y España, hasta un 7 % de la población tiene este tipo de alimentación(8). En Polonia se obtienen tasas del 8 % en adultos y en Reino Unido del 12 %(7). En la India, el porcentaje asciende al 30 %(2,5,9). A veces, son los padres los que se sienten identificados con esta opción y, en otras ocasiones, son los propios niños los que expresan su deseo de evitar los productos de origen animal(10). En los niños más mayores, sobre todo si su familia es omnívora, se deben investigar las preocupaciones referidas a la alimentación y, en especial, a su imagen corporal, con el fin de descartar o detectar de forma precoz un trastorno de la conducta alimentaria como origen de las restricciones dietéticas(6,10,11).

¿Cuáles son los alimentos básicos en la infancia?

La principal alimentación que debemos promover de forma indiscutible y que ha demostrado ampliamente sus beneficios en la salud infantil es la lactancia materna. Además de disponible, modificable y adaptada a cada momento evolutivo, es completa para cubrir las necesidades nutricionales hasta los 6 meses de vida, porque dispone de los nutrientes que el bebé necesita(1,10). Se promueve la lactancia materna exclusiva como la óptima alimentación del bebé hasta los 6 meses de edad. Después, la leche materna sigue siendo la base y el principal componente de la dieta hasta los 2 años de edad, si bien es cierto que debe empezar a complementarse y a diversificarse los alimentos progresivamente desde que el lactante cumple los 6 meses. La lactancia materna se recomienda hasta, al menos, los 2 años de edad y, posteriormente, todo el tiempo hasta que madre e hijo lo deseen(1).

Si la lactancia materna no es posible o resulta insuficiente, el bebé debe ser alimentado con leche de fórmula, adaptada a sus necesidades, durante el primer año de vida. Existe una leche de vaca adaptada para los primeros 6 meses, llamada fórmula de inicio o tipo 1. Si se desea, a los 6 meses se puede cambiar por la llamada tipo 2 o fórmula de continuación. Desde los 12 meses de vida, el bebé ya está preparado para tolerar la leche de vaca entera. En el caso de las familias veganas, que no desean ofrecer leche de animal ni sus derivados, la opción recomendada durante el primer año de vida debe ser la fórmula de origen vegetal adaptada al bebé. No se deben dar otro tipo de bebidas destinadas a la población general, comerciales o caseras, como leche de almendras o de avena. Es importante que sean productos preparados específicamente para que sean tolerados y resulten suficientes para el crecimiento y desarrollo del lactante(10).

El resto de alimentos no son imprescindibles. No es “absolutamente necesario” que los niños coman carne, pescado, leche ni ningún otro alimento concreto. Lo que sí es importante es conocer cómo garantizar el aporte de los nutrientes necesarios, sea cual sea el origen de los mismos.

De la misma manera, a todas las familias se les debe insistir en la recomendación de limitar el consumo de productos ricos en azúcares simples, grasas saturadas y sal, los denominados ultraprocesados, debido a que se asocian con el desarrollo de enfermedades crónicas, como la obesidad, la hipertensión y la diabetes tipo 2. Con la llegada de la corriente vegetariana y vegana, unida en muchas ocasiones a la idea de salud, bienestar y ecología, la industria alimentaria ha aumentado la oferta de productos preparados con este sello, lo cual no garantiza que sean saludables, como sucede con gran cantidad de dulces, bollería, zumos y bebidas azucaradas. Toda dieta, omnívora o no, debe basarse en productos frescos poco procesados(10,11). Esto es especialmente importante en los primeros años de vida, en los cuales se desarrollan las preferencias alimentarias. Si la oferta de productos procesados es elevada, es probable que aparezca un rechazo a los alimentos frescos, ya que los primeros poseen una alta palatabilidad. Además, se recomienda no añadir sal a los alimentos que se ofrecen al bebé hasta los 12 meses de vida. El dulce añadido a los alimentos (azúcares libres en su mayor parte) se debe evitar lo máximo posible, al igual que los edulcorantes. Cuanto más tarde conozcan este tipo de sabores, más fácilmente aceptarán la variedad de productos que ofrece la naturaleza(11).

Los pediatras, especialmente de Atención Primaria, debemos estar actualizados para aconsejar a las familias, sea cual sea su patrón dietético. Independientemente de las costumbres alimenticias, cada vez se consumen más productos ricos en grasas saturadas, azúcares y sal, perjudicando la salud actual y futura de la población, por lo que tenemos por delante un amplio margen de mejora(12).

Patrones de alimentación basados en plantas

Existen numerosas variantes de la dieta vegetariana(10,13,14). Las principales se muestran en la tabla I. En este artículo nos vamos a centrar en los dos principales patrones alimentarios basados en productos vegetales, vegetarianismo y veganismo, dado que el resto de opciones no se recomiendan durante la infancia.

 

Vegetarianos: son las personas que no consumen alimentos obtenidos de la carne de los animales, incluyendo el pescado y el marisco, pero sí ingieren productos obtenidos de ellos en vida, como los lácteos, los huevos y la miel.

Veganos: en su dieta no consumen ningún producto obtenido mediante la utilización de los animales.

¿Es más saludable la alimentación vegetariana?

Para dar respuesta a esta cuestión, es importante tener en cuenta qué alimentos van a estar presentes en el menú de la familia. La presencia de alimentos ultraprocesados, ricos en grasas saturadas, azúcares, sal o combinaciones de ellos, puede ocurrir en cualquier tipo de patrón alimentario. Es decir, aunque no sean de origen animal, esos productos no tienen propiedades beneficiosas en sí mismos. Esto sucede, por ejemplo, con ciertos tipos de bollería industrial, bebidas azucaradas, snacks… Uno de sus reclamos publicitarios es ser “aptos para veganos” y distan mucho de ser adecuados para el organismo. Por el contrario, si una alimentación incluye productos de origen animal poco procesados (pescado, carne, queso, leche, yogur natural), pero está basada en frutas, verduras, cereales y semillas, puede ser más equilibrada y saludable que la vegetariana con exceso de superfluos. Todo depende del tipo de alimentos que se incluyan en cada patrón dietético. Debemos abordar el tema sin prejuicios y con rigor, mostrando interés real para comprobar si la familia dispone de los conocimientos necesarios y, de no ser así, orientar hacia un patrón alimentario óptimo para el niño.

En general, las dietas basadas en plantas tienen algunas ventajas, como una mayor cantidad de fibra, una menor cantidad de grasas saturadas que contribuye a un perfil lipídico más favorable, además de aportar antioxidantes y otros compuestos bioactivos beneficiosos para el organismo. Por otro lado, la huella hídrica de estos alimentos es mucho menor, siendo más sostenibles para el planeta y teniendo menor impacto medioambiental sobre los recursos naturales(3,11).

Ahora bien, para que una alimentación vegetariana sea adecuada, debe estar bien planificada y precisa conocimientos con evidencia científica(10).

¿Es adecuada la dieta vegetariana en la infancia?

La mayoría de entidades dedicadas a la Pediatría avalan el patrón de alimentación vegetariano y afirman que se puede alcanzar el crecimiento y desarrollo óptimo de los niños siguiendo este tipo de dietas. Aun así, todos los estudios señalan la importancia de que se tenga una adecuada información, se planifiquen los menús de forma correcta y se suplemente con vitamina B12, dado que la única fuente de ella son los productos de origen animal, no siendo suficientes los lácteos y huevos. Los estudios y entidades que no están a favor del vegetarianismo en la infancia remarcan el riesgo de deficiencias nutricionales en los casos que no están correctamente asesorados, fundamentalmente en hierro, yodo, ácidos grasos omega 3, vitamina D, calcio y vitamina B12(11). De ahí la necesidad de que los profesionales de la salud en contacto con las familias deban estar correctamente formados para dar recomendaciones y hacer un seguimiento de estos niños. Si no tienen los conocimientos necesarios, es fundamental derivar a las familias a un dietista-nutricionista experto en alimentación vegetariana para asegurar que la alimentación va a ser equilibrada y suficiente. Cuanto más pequeño es el niño y más restrictiva es la dieta, mayor probabilidad de que no se trate de un patrón dietético saludable, por lo que habrá que prestarle mayor atención. Es necesario asegurar el aporte de todos los nutrientes, en proporción y cantidad adecuada, lo que implica unos conocimientos concretos, de forma que pueda llevarse a cabo el crecimiento y las funciones óptimas del niño a cualquier edad(15).

Hay estudios que muestran peso inferior en los niños que siguen este patrón alimentario, con menores índices de sobrepeso y obesidad en este colectivo, siendo su crecimiento adecuado a cualquier edad. Parece que también disminuye el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas. Es necesario seguir investigando, ya que faltan estudios actualizados, a largo plazo, con muestras suficientes y homogéneas(2,10).

No existe consenso entre los expertos respecto a la alimentación vegetariana y vegana en la edad pediátrica. La tabla II resume la postura de diferentes organismos y países respecto al vegetarianismo en la infancia.

 

La Sociedad Alemana de Nutrición, la Academia Americana de Pediatría y la Academia de Medicina de Bélgica no recomiendan que los niños, adolescentes, embarazadas ni madres que lactan sigan dietas exentas en productos animales, especialmente el patrón vegano. Afirman que la dieta más adecuada en la infancia es la omnívora, con un consumo elevado de vegetales y moderado de carne, pescado y lácteos(5-7,15-17). Expertos de países como Francia o ­Italia, indican que se debe evitar que los niños sean veganos por el alto riesgo de deficiencias nutricionales, si no se suplementan, y promueven la suplementación sistemática con vitamina B12 y D, calcio y ácido docosahexaenoico (DHA), además de sal yodada(5,9,12,18). La Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN) lo desaconseja en menores de 12 meses(6,9,15). En la Guía Americana 2020-2025, se dan recomendaciones de patrón alimentario vegetariano a partir de los 12 meses de edad. Sin embargo, la Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos, la Sociedad de Pediatría de Canadá y la Sociedad Argentina de Nutrición sí consideran que es un patrón alimentario saludable a cualquier edad, siempre y cuando estén bien planificadas y suplementadas, con información veraz y adecuado seguimiento por profesionales expertos(3,5-7,15). Lo mismo opinan las Asociaciones de Dietética de Australia, Reino Unido, Italia, Portugal y países nórdicos(5,7,12). En Polonia, consideran que es necesaria la suplementación y el seguimiento por parte de un experto en Nutrición(12). En España, la Asociación Española de Pediatría (AEP) considera más adecuada la dieta omnívora, especialmente en lactantes, pero afirma que la alimentación vegetariana y vegana suplementada con vitamina B12 y bien planificada puede ser saludable a cualquier edad(5,10). Los más escépticos consideran que ningún sustituto equivale exactamente a los nutrientes de la carne, lo cual en los niños podría suponer un riesgo en la salud a corto y largo plazo. Algunos proponen reducir el consumo de carnes rojas aumentando la ingesta de aves y pescado en el llamado flexitarismo, con lo que podría reducirse el riesgo cardiovascular sin aumentar las posibilidades de deficiencias nutricionales. En general, las deficiencias de nutrientes se podrían evitar mediante la suplementación, con un seguimiento clínico y analítico adecuado por parte de profesionales bien cualificados y con experiencia(4,11).

¿Cómo debe ser la alimentación vegetariana o vegana?

Para proporcionar al niño todos los nutrientes necesarios, la dieta debe estar bien planificada, independientemente del tipo de patrón que se adopte. Esto significa que la oferta de alimentos sea amplia en variedad, incluyendo grasas vegetales, fuentes de omega 3, calcio y vigilando los aportes de vitamina D y B12(8). En el caso de las familias vegetarianas o veganas, se recomienda que cada comida incluya, al menos, uno de los siguientes grupos de alimentos: legumbres y sus derivados, cereales, frutos secos, semillas y, si los consumen, lácteos y huevos(11).

Si la familia lo desea, se le puede recomendar el asesoramiento por un especialista en nutrición. Para evitar déficits nutricionales, en ocasiones, es necesario un entrenamiento previo y un acompañamiento profesional. Un menú equilibrado y variado debe huir de improvisaciones y aplicar los conceptos básicos de la dieta vegetariana(4).

En la figura 1 se muestra la pirámide de alimentación basada en plantas que se ha elaborado en Francia. De una forma muy original, se muestran las raciones recomendadas de los distintos alimentos.

Figura 1. Pirámide alimentaria vegetariana.
Fuente: Pyramide alimentaire végétale – AVF (Association Végétarienne de France).
Disponible en:
https://www.vegetarisme.fr/produit/pyramide-alimentaire-vegetale/.

 

Planificando la dieta vegetariana y vegana

Para que el patrón de alimentación en la infancia sea saludable, es fundamental planificar las comidas.

Con el objetivo de garantizar el aporte de los nutrientes necesarios en la infancia y evitar el abuso de productos insanos, cualquier opción alimentaria debe estar organizada y plantearse de forma correcta. Esto es especialmente importante cuando se prescinde de algunos grupos de alimentos. En general, si la dieta está bien planificada, no suele haber deficiencias nutricionales. Con ello se logra poner el foco en aquellos componentes de la comida que son clave y merecen una especial atención, evitando deficiencias que pueden ser peligrosas para un organismo en crecimiento, como es el de los niños. El conocimiento de los padres sobre la alimentación y su asesoramiento por parte de un profesional determinan la calidad de la dieta de los niños vegetarianos y veganos(6).

Varios estudios que comparaban niños vegetarianos y veganos con omnívoros, constataron que la cantidad de energía consumida fue similar(19,20). Otros mostraban menor consumo de energía en los niños veganos(21). En general, los macronutrientes ingeridos por los niños vegetarianos y veganos son los necesarios para su óptimo crecimiento(22). Los niños omnívoros consumen más cantidad de proteínas, grasas (especialmente saturadas) y azúcares libres, mientras que los veganos ingieren mayor proporción de carbohidratos y fibra(19,21). También muestran mayor ingesta de colesterol, calcio, yodo, zinc, DHA y vitaminas B12, B2 y D en omnívoros. Los niños vegetarianos muestran menor ingesta de todos los aminoácidos, pero resultan suficientes para cubrir los requerimientos. Se observa en ellos un consumo más elevado de folatos, carotenoides, magnesio, hierro, vitaminas E, A, B1, B6, K y C, potasio, ácidos grasos monoinsaturados (MUFA) y ácidos grasos poliinsaturados (PUFA)(11,17,20-23). Si no se suplementan, presentan déficit de vitaminas, fundamentalmente B12 y D(19). Se han visto niveles más bajos de albúmina sérica en niños vegetarianos respecto a omnívoros, pero estaban dentro de los límites normales, al igual que los valores de aminoácidos en sangre. Estudios recientes muestran que los niños veganos ingieren mayor cantidad de algunas vitaminas y minerales, aunque el calcio se encuentra por debajo de los requerimientos. Los omnívoros superan en yodo, calcio y riboflavina. Las vitaminas B2 y B12 y el hierro se mostraron también inferiores en los niños con dietas veganas, aunque sin constatarse déficits séricos.

Todos los niños, independientemente de la dieta, tenían aportes escasos de vitamina D(12,19). El selenio podría ser un nutriente deficitario en vegetarianos y veganos de lugares con suelos pobres en este mineral. La tabla III resume los nutrientes en riesgo según el patrón alimentario(12).

 

Nutrientes en dietas basadas en plantas

En el patrón de alimentación vegetariano se debe tener en cuenta el aporte de distintos nutrientes.

Los nutrientes que deben vigilarse en las personas con dietas vegetarianas o veganas son: proteínas, hierro, zinc, yodo, selenio, ácidos grasos omega 3, vitamina D, calcio y vitamina B12. Se debe prestar especial atención cuando el niño presenta aversiones a grupos de alimentos, muy habituales en ciertas edades, ya que aumenta el riesgo de desnutrición o déficit. Existen estudios en niños que siguen dietas exentas de carne con resultados variables, pero la mayoría son antiguos y heterogéneos. Los más recientes muestran que, gracias a los alimentos fortificados y suplementos y al mejor conocimiento de las necesidades nutricionales infantiles, los patrones alimentarios vegetarianos son adecuados para el crecimiento.

Se ha visto que los niños vegetarianos tienen niveles séricos inferiores de colesterol total, lipoproteínas de alta densidad (HDL), vitamina B12 y D (sin suplementación), con glucosa y triglicéridos más elevados. En cambio, los veganos tienen menores valores de lipoproteínas de baja densidad (LDL), HDL, hierro, proteína C reactiva, vitamina B12 y D (sin aportes externos), con niveles más altos de homocisteína y volumen corpuscular medio(20,21). Los veganos también presentan menores niveles de vitaminas liposolubles, especialmente A y D(21). En el colectivo vegetariano se observa menor índice de estrés oxidativo. Si se planifica la dieta de forma adecuada, se observa un perfil inflamatorio más favorable, con un efecto protector de la dieta basada en plantas sobre el estado inflamatorio del organismo.

Calorías

Debemos asegurar el aporte necesario para el crecimiento del niño. Como, en general, los productos vegetales son menos calóricos que los alimentos de origen animal, se establece que el aporte de calorías en la dieta vegetariana puede ser un 10-15 % más elevado. Esto se consigue aumentando la cantidad, si lo toleran y lo aceptan, o escogiendo los alimentos con mayor densidad calórica, como puede ser el aguacate, las cremas de legumbres o de frutos secos o los huevos si los consumen.

Proteínas

La creencia de que a las dietas vegetarianas les faltan proteínas, en la mayoría de los casos, no sucede. Si el aporte de energía es suficiente, las necesidades de proteínas se cubren correctamente(3,5). Los llamados menús infantiles, de hecho, suelen contener un exceso de proteínas. El aporte de proteínas en el patrón de alimentación vegetariano está asegurado con una dieta variada y equilibrada que incluya en cada comida alguno de estos grupos de alimentos: legumbres (incluyendo la soja y sus derivados), cereales (trigo, avena, quinoa), semillas, frutos secos y leche o huevo si lo desean. Así, con 2-3 raciones diarias de estos alimentos, mejor si se van combinando, se aseguran los aportes(5,10,12,15). En la figura 2 se muestran alimentos vegetales ricos en proteínas.

Figura 2. Alimentos vegetales ricos en proteínas. Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Para lograr el aporte necesario de los aminoácidos esenciales, se deben combinar los alimentos (p. ej.: legumbres y cereales) a lo largo del día, no necesariamente en la misma comida, como se pensaba(3,5). En niños menores de 2 años, sí que parece ventajoso combinar las proteínas complementarias en tramos de 6 horas(8). Esto se debe a que los cereales son deficitarios en lisina y algunas legumbres lo son en metionina. Los garbanzos, la soja y otros vegetales, como la remolacha o los pistachos, poseen un perfil nutricional que incluye todos los aminoácidos esenciales, por lo que se recomienda incluirlos en la dieta habitual. El seitán, producto derivado del trigo, también es una buena fuente de proteínas de origen vegetal(11). Debemos recomendar el aporte de diferentes alimentos, intercalando unos con otros. Sucede también que la digestibilidad de las proteínas vegetales es menor que la de origen animal, lo cual contribuye a la necesidad de asegurar el aporte necesario para cubrir los requerimientos(23). Debido a todo lo expuesto, se recomienda aumentar el aporte de proteínas entre un 10 % y un 30 % diario, con el fin de garantizar las cantidades adecuadas durante la infancia y la adolescencia(5,8,13,15,19). De forma más concreta por edades, los menores de 2 años son quienes necesitan un mayor aumento del aporte de proteínas, alrededor de un 30-35 % más que los omnívoros, del 20 al 30 % hasta los 6 años y del 15 % a partir de esa edad(3,14).

Hierro

Algunos estudios muestran niveles inferiores de ferritina en los niños vegetarianos respecto a los omnívoros, pero no les suponía una deficiencia, ya que estaban dentro de los rangos normales, sin presentar mayores tasas de anemia(3,4,11,14,17). Además de la ferritina más baja, también se han visto valores más bajos de hepcidina y concentración aumentada del receptor de transferrina sérica(22). Por su contenido en taninos, polifenoles, fitatos y fibra, la biodisponibilidad del hierro de los vegetales es menor(6,16). En el colectivo vegetariano, la absorción del hierro se encuentra aumentada de manera fisiológica(2,3). De hecho, algunos estudios muestran una ingesta mayor de hierro en niños y adolescentes vegetarianos(17).

Los alimentos con alta cantidad de hierro, que deben formar parte de la dieta habitual del niño para lograr un buen aporte de este mineral, son las legumbres, las espinacas (a partir de los 12 meses), los huevos, las semillas, los frutos secos y los cereales integrales. Se puede favorecer su aprovechamiento si la ingesta se acompaña de alimentos ricos en vitamina C, como el kiwi, la mandarina, el tomate o la naranja, lo que contrarresta su menor biodisponibilidad(3,5,10,11,13). En la figura 3 se muestran algunos ejemplos de alimentos vegetales ricos en vitamina C. La absorción del hierro se mejora mediante la fermentación, germinación y remojo de legumbres y semillas, al disminuir el efecto quelante de los fitatos que contienen. Por el contrario, se debe evitar su asociación con alimentos ricos en fitatos, ácido oxálico y calcio(6). Es importante, por lo tanto, aumentar la ingesta de alimentos ricos en hierro en esta población. Se debe prestar aún más atención en la adolescencia, dado que el riesgo de ferropenia es mayor(12).

Figura 3. Alimentos vegetales ricos en ácido ascórbico o vitamina C.
Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations. Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Yodo

Se recomienda asegurar la ingesta de yodo con los alimentos o la leche hasta que pueda introducirse la sal yodada a los 12 meses de edad(8). A partir de esa edad, en España, se recomienda a toda la población cocinar con sal yodada, que está suplementada con este mineral. Con esta práctica, junto con una dieta variada y equilibrada, se aseguran los aportes necesarios. Las algas, un alimento que contiene elevadas cantidades de yodo, no se recomiendan en la dieta de los niños por riesgo de exceso y toxicidad(6,10).

Hasta los 6 años de edad, la ingesta diaria recomendada de este mineral es de 90 microgramos, siendo de 120 entre los 6 y los 12 años y de 150 a partir de la adolescencia(15).

Zinc

Aunque la ingesta de zinc en vegetarianos y veganos es menor que en omnívoros, esta suele ser suficiente para mantener los niveles en rango normal(11). Se encuentra en multitud de alimentos, como lácteos, huevos, legumbres, frutos secos, semillas y cereales, como la avena y la quinoa, pero algunos antinutrientes dificultan su absorción. Por ello, se recomiendan técnicas culinarias, como la fermentación o el remojo de legumbres. Es favorable su aporte junto con ácidos orgánicos de frutas y verduras(2,6).

Selenio

El selenio puede ser deficitario en dietas vegetarianas de niños que viven en zonas con suelos pobres en dicho mineral, por lo que se debe recomendar la ingesta de cereales, frutos secos y legumbres en estos colectivos, enmarcado en un patrón dietético variado y equilibrado. Se desaconseja el consumo excesivo de nueces de Brasil a largo plazo en niños pequeños por riesgo de exceso de selenio.

Ácidos grasos poliinsaturados (omega 3)

El perfil de ingesta de grasas es más saludable en dietas vegetarianas, con un estado antioxidante mejor, aunque hay que asegurar el aporte de omega 3 procedente fundamentalmente de pescados grasos en las dietas omnívoras(11).

Debido a las fuentes alimentarias incluidas en su dieta, los niños con dietas vegetarianas consumen menor cantidad de ácido eicosapentaenoico (EPA) y DHA, aunque los efectos de esta ingesta aún no se han determinado(6,10). En el caso de los veganos, su porcentaje de grasa ingerida con la dieta es aún más bajo y, en ocasiones, los omega 6 desplazan a los omega 3, lo cual no resulta saludable a largo plazo, por lo que se debe hacer seguimiento de los aportes de ambos grupos de lípidos(6). Para lograr unos niveles adecuados de ácidos grasos omega 3, que además estén equilibrados respecto a los ácidos grasos omega 6, se debe evitar el consumo de productos ultraprocesados. Se promoverá la utilización del aceite de oliva o el de girasol alto oleico, incluyendo, en la dieta habitual, alimentos con perfil lipídico saludable, como son los frutos secos, molidos o en crema los primeros 5 años de vida, especialmente las nueces, las semillas como el lino o la chía y la soja(10,15). Como recomendación, se debe fomentar el consumo regular de alimentos ricos en ácido alfa-linolénico (ALA), precursor de los omega 3 y que está presente en alimentos, como nueces, soja, semillas de lino y chía y verduras de hoja verde(11).

Podría ser interesante y beneficiosa la suplementación con DHA en los lactantes cuya proporción de lactancia materna no alcance la mitad de sus aportes diarios, e incluso se plantea la posibilidad de dar aceite de algas a todos los lactantes vegetarianos y veganos cuando comienzan la dieta sólida.

En algunos países como Italia, se recomienda que los niños de entre 6 meses y 3 años consuman 100 mg de DHA al día, independientemente del tipo de dieta(5,8).

Vitamina D y calcio

En todos los niños menores de 12 meses, sean o no vegetarianos, se recomienda la suplementación diaria con 400 UI de vitamina D, preferiblemente en forma de D3, que ya existe de origen vegetal(3,8,11). A partir de esa edad no suele ser necesario si la alimentación es variada, suficiente, equilibrada y poco restrictiva, aunque hay que valorarlo de forma individualizada, especialmente en veganos. Los estudios más recientes, realizados en niños, muestran niveles dentro del rango normal con tasa de recambio óseo similar a los omnívoros. Sí se observa menor contenido mineral óseo en veganos, lo que se corresponde con los niveles más bajos de consumo de calcio en este tipo de alimentación(20).

Debemos insistir en la necesidad de exposición solar diaria con protección. La principal fuente de vitamina D es la luz del sol. Basta con 15 minutos al día sobre cara, cuello y antebrazos para recibir los aportes necesarios. En los alimentos se encuentra en pocas cantidades y de forma variable, por lo que puede resultar interesante incluir alimentos fortificados(6). Es fundamental inculcar desde pequeños el hábito de la realización de ejercicio físico. Durante toda la infancia, se recomienda hacer 60 minutos diarios de actividad moderada o intensa. Además de otros muchos beneficios, esta práctica favorece el desarrollo adecuado de los huesos(10).

Las recomendaciones dietéticas deben ser individualizadas. Los alimentos de origen vegetal que aportan calcio son, principalmente: legumbres (en especial, alubias blancas, soja y sus derivados), cereales, frutos secos (almendras, tahini), higos, col, berza, repollo, grelos, berros, brócoli, rúcula, lácteos y huevos(3,13,14). La figura 4 muestra alimentos vegetales ricos en calcio. Se debe promover el consumo de verduras de hoja con bajo contenido de oxalato, como el brócoli, el kale o la col rizada, para evitar que disminuya su biodisponibilidad(5,10,11). Las verduras de hoja verde, como las espinacas y las acelgas, no son buenas fuentes de calcio por su baja absorción ante la presencia de oxalatos, además de que se deben evitar hasta los 12 meses, por el riesgo de metahemoglobinemia. El ácido fítico de las legumbres, frutos secos y semillas también reduce la biodisponibilidad del calcio.

Figura 4. Alimentos vegetales ricos en calcio.
Fuente: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Disponible en:
https://veganhealth.org/.

 

Por todo ello, las personas con patrón dietético basado en plantas deben aumentar en un 20 % los aportes de este mineral(6,15). En la tabla IV se muestran los aportes de calcio de algunos alimentos. En comparación, 100 ml de leche de vaca contienen 120 mg de calcio.

 

En ocasiones, se recomienda ofrecer a los niños alimentos enriquecidos o fortificados, según el caso y en función del aporte de nutrientes que reciben con la dieta habitual. Esto se debe hacer de manera individualizada. El consejo de un dietista nutricionista experto en alimentación vegetariana garantizará la adecuada administración de suplementos si se precisan. Esto es especialmente importante en los niños con alimentación vegana, ya que no consumen leche ni derivados y puede ser más difícil alcanzar los requerimientos de calcio(10). Por tanto, en niños veganos, se pueden recomendar alimentos fortificados con calcio, incluyendo el agua mineral, de tal forma que se asegure su aporte, o suplementos si es necesario(15). No se debe olvidar la leche materna como fuente de calcio. Su biodisponibilidad en ella es de casi el 60 %, mientras que en la leche de fórmula es del 38 %.

Vitamina B12

Es imprescindible su suplementación en todos los niños vegetarianos a partir de los 6 meses de edad, aunque consuman huevos y lácteos(15,23). Para poder alcanzar unos niveles de ingesta adecuados, la cantidad de estos alimentos que serían necesarios desequilibraría la dieta(10). En los primeros 6 meses de vida, si la madre es vegetariana, debe tomar ella un suplemento y con ello sería suficiente para cubrir los requerimientos del bebé. A partir de esa edad, la cianocobalamina se debe aportar externamente durante toda la vida(5,15).

La posología puede ser semanal o bien administrarse varias veces a la semana, variando según la edad y características del niño. Se pueden encontrar diversas recomendaciones con dosis diferentes según la pauta elegida, aunque lo más importante es facilitar el cumplimiento a largo plazo. Algunos estudios indican que es preferible tomar la dosis fraccionada durante la infancia, es decir, a diario o varias veces por semana, para así favorecer la absorción de la vitamina a nivel intestinal y lograr su óptimo aprovechamiento(8). Las altas dosis en una toma semanal única pueden saturar los receptores intestinales de la vitamina, con lo que se pierde gran parte al no poder absorberse(6,11). Se estima que aportes mayores de 2,5 microgramos saturan el factor intrínseco e impiden la absorción del resto, por lo que parece más beneficioso administrar la vitamina de forma fraccionada o con dosis únicas diarias(5).

En la figura 5 se pueden consultar las principales fuentes alimentarias vegetarianas de algunos nutrientes clave en este colectivo(14,23).

Figura 5. Fuentes vegetarianas de algunos nutrientes.

 

No se recomienda la suplementación con complejos multivitamínicos, ya que existe riesgo de interacción entre compuestos e incluso de intoxicaciones(5).

Técnicas culinarias

Algunos alimentos de origen vegetal contienen antinutrientes, como inhibidores de enzimas, polifenoles, fibra dietética, taninos o fitatos, entre otros, que interfieren en la capacidad de utilización de los aminoácidos y minerales. Además, en ocasiones, la digestión de ciertos alimentos resulta complicada, especialmente para los niños más pequeños.

Hay una serie de consejos de higiene alimentaria, como lavar bien las frutas y verduras antes de consumirlas y algunas técnicas culinarias que mejoran la digestibilidad o el aprovechamiento de la comida, como remojar las legumbres o no desechar el caldo de cocción de las verduras, que deben conocerse para asesorar a las familias. La preparación y el cocinado de ciertos productos influyen en su absorción(5).

Las recomendaciones para el cocinado incluyen: remojar las legumbres durante, al menos, 8 horas previas al cocinado, retirando el agua de cocción. Para facilitar su digestión y reducir la cantidad de gases que incomodan a los niños, se recomienda someterlas a ­cocciones prolongadas. Para optimizar la asimilación de los alimentos vegetales, se deben priorizar como formas de cocinado el hervido, la cocción, la germinación o la fermentación. El calor inactiva muchos de los antinutrientes, por lo que resulta beneficioso cocer o hervir algunos productos vegetales.

Ultraprocesados

Los productos ultraprocesados son aquellos elaborados por la industria alimentaria mediante técnicas o adición de sustancias que los hacen muy diferentes de los ingredientes originales. Es decir, se les ha modificado para aumentar su palatabilidad o mejorar sus características organolépticas. Suelen ser productos ricos en grasas saturadas, sal, azúcares simples o una combinación de ellos. La aparición de estos alimentos ha revolucionado la forma de comer de la población. Como, en su mayoría, se trata de productos listos para el consumo, que reducen el tiempo dedicado a la cocina, las familias, que muchas veces han de buscar la manera de conciliar las horas de trabajo con las de crianza, han incrementado su utilización hasta el punto de utilizarlos de forma diaria. Ya sea por comodidad o por preferencia alimentaria, los índices de consumo de este tipo de productos se han disparado en los últimos años. Estos datos son muy preocupantes, debido a la asociación entre este tipo de alimentación y el desarrollo de enfermedades crónicas, como las cardiovasculares, la obesidad o la diabetes.

La alimentación saludable, a cualquier edad, se basa en el consumo de alimentos frescos poco o nada procesados. Debemos insistir en que, por muy “de origen vegetal” que sea un producto altamente procesado, no resulta beneficioso para el organismo. Se trata de reclamos publicitarios que aprovechan la desinformación de la población y llevan a confusión. Se ha demostrado que las dietas vegetarianas no saludables, ricas en azúcares libres, sal y grasas saturadas, se relacionan con un perfil metabólico desfavorable, como elevación de LDL, hipertensión arterial o alteraciones en el metabolismo de la glucosa, por lo que se debe limitar la ingesta de este tipo de productos(9). La industria alimentaria puede implementar medidas para mejorar los productos que ofrece, contribuyendo a la salud pública de la población y, especialmente, de la infancia(12).

Recomendaciones generales por edades

Lactantes menores de 6 meses

Se debe recomendar y promocionar la lactancia materna a demanda en todas las familias. El único alimento del bebé debe ser la leche, si es posible materna o, en su defecto, fórmula adaptada de inicio que cumpla con la normativa (animal o vegetal).

La vitamina B12 se debe administrar a la madre en caso de que amamante. Suele estar añadida en la fórmula adaptada, si la lactancia es artificial. Además, en España se aconseja suplementar con vitamina D a todos los lactantes hasta los 12 meses de edad.

Niños de 6 meses a 2 años

Su alimento principal aún debe ser la leche, preferiblemente materna o, si esta no es posible, fórmula adaptada de continuación (animal o vegetal). A partir de esta edad, se aconseja utilizar las legumbres en sustitución de la carne, ofrecer alimentos ricos en hierro y nutritivos mediante el método baby led weaning (alimentación guiada por el bebé) (BLW) o baby led introduction to solids (introducción del bebé a los sólidos) (BLISS), si lo desean. En veganos puede ser interesante introducir yogures de soja enriquecidos con calcio. Resultan muy bien tolerados alimentos como el huevo, el hummus o paté de garbanzos, el tofu, el aguacate, los guisantes, las lentejas con arroz, los garbanzos con cuscús o la crema de cacahuete. Si es posible, es preferible utilizar cereales integrales, incluyendo variantes menos conocidas, como la quinoa o el amaranto. Se debe promover el consumo habitual de verduras ricas en vitamina A, como la zanahoria, la calabaza o la batata(10,13). En realidad, el menú del lactante debería ser similar al del resto de la familia, adaptado a su edad, siempre y cuando este sea equilibrado, bien planificado y basado en productos frescos poco procesados. Tras la introducción de los diferentes alimentos, se recomienda que los niños vegetarianos y veganos coman con frecuencia legumbres (incluyendo soja y derivados), frutas, verduras, frutos secos, semillas (lino, chía, sésamo) y huevos y productos lácteos, si los utilizan(8,11). Las legumbres son un magnífico alimento para los lactantes a partir de los 6 meses. Les aportan multitud de nutrientes, entre los que destacan: proteínas, hierro, zinc, calcio, magnesio, fibra, hidratos de carbono y antioxidantes. Son muy fáciles de masticar y hay gran variedad de presentaciones y derivados, como el tofu y el tempeh(11). Los frutos secos y las semillas son otro fantástico grupo de alimentos a tener en cuenta para la alimentación complementaria. Son fuente de proteínas, grasas mono y poliinsaturadas, fibra, antioxidantes, calcio, hierro, selenio, zinc y vitaminas del grupo B y E. Se pueden ofrecer a partir de los 6 meses, distribuidos a lo largo del día, siempre molidos o en crema hasta los 5 años de edad. Durante el primer año, hay que evitar ofrecer espinacas, acelgas, borraja, rúcula, miel y algas. Los alimentos con efectos laxantes, como las semillas de lino y chía, se deben ofrecer de forma ocasional y, preferiblemente, molidos(11). En los niños más pequeños, especialmente al inicio de la alimentación complementaria, se debe limitar la ingesta de fibra para no interferir con la absorción de nutrientes, principalmente calcio, hierro y grasas, ni provocar saciedad temprana(5,8). Se debe asegurar el aporte de hierro. Los alimentos ofrecidos deben ser de alta densidad nutritiva, con aporte de energía, proteínas, hierro, zinc y otros nutrientes, incluso con pequeñas cantidades. Ejemplo de ello son: legumbres, aguacate, huevo, tofu o frutos secos en crema o molidos(3). El hecho de variar los alimentos, además de hacer la dieta menos monótona y más divertida, contribuye a aumentar la saciedad y asegurar el aporte de nutrientes, especialmente importante en el colectivo vegano(17).

Se han elaborado algunas herramientas que pueden ayudar a planificar las comidas de los lactantes vegetarianos o veganos, como la rueda que se muestra en la figura 6. En ella se observan los diferentes grupos de alimentos a ofrecer, sin olvidar los suplementos de vitamina D y B12, la primera hasta los 12 meses (en España) y la segunda durante toda la vida, si no come carne ni pescado(8).

Figura 6. Necesidades alimentarias en el lactante.
Modificado de: Baroni L, Goggi S, Battino MA. Planning well-balanced vegetarian diets in infants, children and adolescents: the vegplate junior. J Acad Nutr Diet. 2019; 119: 1067-74.

 

Niño en edad escolar

A partir de los 2 años, los niños deben comer lo mismo que toda la familia, predominando los productos frescos.

En cada comida principal (2-3 raciones al día), se debe incluir, al menos, uno de los siguientes alimentos, procurando variarlos a lo largo de la semana: legumbres, cereales, frutos secos, semillas y, en el caso de las familias vegetarianas, lácteos y huevos. Se debe recomendar la ingesta de legumbres, al menos, una vez al día.

Ejemplos de una ración de proteínas: un huevo o un vaso de leche; en el caso de legumbres: un vaso de leche de soja, un cazo de lentejas cocidas, un puñado de soja texturizada y una hamburguesa de garbanzos.

Una ración de frutos secos: una cucharada de crema de cacahuete, una cucharada de almendras molidas, un puñado de nueces trituradas (los frutos secos enteros, a partir de los 5 años).

Algunos alimentos muy utilizados en las dietas basadas en plantas son:

Tempeh: preparado con fermentación de la soja. Se puede comer frito o a la plancha o se puede usar para dar textura a los platos.

Soja texturizada: es un preparado de soja que puede hidratarse y utilizarse como sustituto de la carne picada para preparar platos, como lasaña o pimientos rellenos.

Seitán: alimento elaborado con el gluten del trigo. Tiene una textura firme, por lo que puede tomarse solo o añadirse como ingrediente en muchas preparaciones (ensaladas, guisos…).

Tofu: es un preparado de soja cuajada, con aspecto similar al queso y textura variable según el tipo. Se puede consumir troceado o usarse para elaborar salsas o cremas.

Natto: es un producto hecho con habas de soja fermentadas, pero en este caso su textura es pegajosa. Se suele mezclar con arroz y condimentos.

Cuscús: es sémola de trigo duro. Necesita hidratación para consumirlo.

Miso: es un condimento en forma de pasta hecho a base de semillas de soja fermentadas. Lo más habitual es usarlo para hacer sopa.

Tahini: es una pasta elaborada con semillas de sésamo. Se utiliza en la elaboración del hummus.

No es necesario introducirlos en los menús, pero pueden facilitar el aporte de nutrientes y ampliar las posibilidades culinarias, por lo que son buenos recursos a tener en cuenta(14). Si son procesados, es preferible escoger los que no excedan el contenido en sal ni tengan añadidos azúcares o grasas saturadas, sobre todo si se utilizan con frecuencia.

Adolescente

En esta etapa hay que asegurar el aporte calórico y proteico, cuyas necesidades aumentan dado el estirón puberal. Aunque en estas edades mejora la capacidad de absorción del calcio, es un mineral que no puede ser deficitario en la adolescencia. De no poder asegurar su aporte en la cantidad necesaria, sobre todo en familias veganas, hay que recurrir a alimentos fortificados o suplementación. En el caso de las niñas, debemos incrementar el aporte de hierro, coincidiendo con la menarquia y las pérdidas menstruales.

Siempre se debe estar atento ante posibles conductas restrictivas que indiquen un trastorno del comportamiento alimentario encubierto(3).

Debemos recomendar el consumo diario de legumbres o sus derivados, además de lácteos y huevos, si así lo desean. A partir de los 10 años, una ración de huevo son 2 unidades y una ración de lácteo son 2 yogures(14).

Seguimiento y controles

El seguimiento de los niños con dietas vegetarianas debe ser individualizado.

En los niños que tienen un patrón dietético vegetariano, hay que hacer los controles necesarios para garantizar el óptimo crecimiento y desarrollo, como se haría con cualquier otro niño, teniendo en cuenta que, en ellos, debemos prestar atención a detectar posibles deficiencias nutricionales(5,9,19). En cada visita, se debe preguntar por síntomas, como cansancio, palidez, irritabilidad, caída del cabello o parestesias, que pueden ser causados por alguna carencia de micronutrientes. En la tabla V se resumen las manifestaciones de los estados carenciales de algunos nutrientes(17).

 

El seguimiento a largo plazo debe realizarse de manera individualizada por un profesional cualificado y con experiencia en el tema. No está justificado en todos los casos realizar analíticas o pruebas complementarias. Es preciso valorar la edad y otras circunstancias individuales, dado que no es el mismo seguimiento el que precisa un niño con patrón dietético ovolactovegetariano que uno vegano, o una familia con años de experiencia que un adolescente que inicia este tipo de alimentación. Los hábitos dietéticos varían mucho entre familias, por lo que se debe realizar una anamnesis adecuada que aporte la información necesaria sobre las características de la dieta en cada caso. Es preciso valorar la edad y otras circunstancias individuales, como el grado de restricción de grupos de alimentos(3). De forma general, hay grupos de expertos que sugieren la realización de una analítica sanguínea que incluya hemograma con reticulocitos, perfil férrico, vitamina B12 y homocisteína al inicio del cambio de patrón dietético. Del mismo modo, proponen la monitorización periódica con estudios analíticos cada 6 meses los primeros dos años de vida y durante la adolescencia, y una vez al año en el resto de la infancia. Es posible añadir otros estudios en función de la clínica o si lo sugieren el examen físico, el perfil de alimentos que consume el niño o el tipo de suplementación que realiza. Si se sospecha un déficit de vitamina B12, los marcadores precoces son la homocisteína, la transcobalamina y el ácido metilmalónico, por lo que deben solicitarse dichos niveles(5,6,15). Parece que los marcadores más adecuados para valorar el estado del hierro son la hepcidina y el receptor de transferrina, siendo menos variables en estados inflamatorios habituales en la infancia y permitiendo la detección precoz de deficiencias de hierro subclínicas(22,15).

Es fundamental comprobar que la dieta es equilibrada y que el niño crece dentro de los patrones adecuados, está activo y es feliz. De ser así, se le realizarán los mismos controles de salud que al resto de niños sanos.

Se ha observado que los niños vegetarianos tienen un menor índice de masa corporal (IMC) en comparación a los omnívoros, pero su crecimiento y desarrollo son normales(4,11). Un estudio mostró que los niños vegetarianos presentan menor adiposidad glúteo-femoral, pero similar proporción de grasa total y masa magra que los omnívoros, mientras que los veganos tienen índices menores de grasa corporal con masa magra parecida al resto(20). Otros resultados concluyen que los vegetarianos tienen menor índice de masa grasa. En algunos estudios no se encontraron diferencias en los parámetros de peso, talla e IMC(22).

En comparación con las escalas de peso y talla habituales, los niños menores de 5 años vegetarianos y veganos suelen mostrar valores inferiores, aunque dentro de límites normales. Esto no es siempre negativo, ya que los IMC actuales tienden al sobrepeso y la obesidad. En muchos casos, los niños con patrón dietético vegetariano y vegano han recibido o reciben mayor proporción de lactancia materna que los omnívoros, que, con frecuencia, son alimentados con fórmula, presentando patrones de crecimiento más acelerados(4).

En mayores de 12 meses se recomienda vigilar los aportes de vitamina D, incluso con monitorización de niveles. No obstante, la suplementación universal no está indicada, debido al riesgo de toxicidad en caso de sobredosificación. Durante la adolescencia, algunos estudios recomiendan la realización de una densitometría lumbosacra anual(6,15). Por el contrario, estudios realizados en 2001 mostraron densidad ósea adecuada en niños vegetarianos, dado que la capacidad de absorción de calcio resulta más efectiva en dicha población(15,24).

No debemos olvidar que la nutrición es algo más que comer. Son tradiciones, creencias, hábitos, rutinas y todo ello englobado en la realidad del día a día en las familias. Los profesionales debemos respetar estas elecciones, siendo capaces de realizar recomendaciones dirigidas a lograr el máximo nivel de salud infantil.

El futuro del colectivo vegetariano y vegano infantil

Esto ya se está empezando a plantear en algunos países con trayectorias más largas en estos tipos de alimentación. Aún faltan estudios con muestras más numerosas y características similares, utilizando marcadores y parámetros que permitan analizar la salud global de los niños con estos patrones alimentarios y haciendo seguimientos prolongados en el tiempo(12,17,18). Es necesario realizar investigaciones dirigidas a disipar las inquietudes y dudas que aún plantean algunos expertos y evidenciar la seguridad de este tipo de patrón alimentario bien planificado.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra debe ser capaz de escuchar, empatizar, entender y respetar las opciones dietéticas de la familia y las de cada persona, identificando posibles deficiencias que deban ser corregidas.

Como profesionales sanitarios, promotores de la salud infantil y responsables del seguimiento de los niños durante toda la infancia, los pediatras de Atención Primaria son pieza clave en las familias. Dentro de ello, un apartado fundamental es la alimentación. No siempre los síntomas que presenta el niño se deben a problemas nutricionales, algo que debe tenerse en cuenta también en las familias vegetarianas y veganas. Con una serie de preguntas se puede conocer la calidad de la alimentación del niño y tener una orientación sobre dónde poner el foco(23). Este cuestionario dirigido a las familias con patrón de alimentación basado en plantas reúne los puntos clave para reforzarlos y asegurar una nutrición óptima. Se basa en los siguientes aspectos, según la edad:

Menores de 2 años: la madre tiene apoyo para la lactancia materna, toma vitamina B12, DHA y yodo y come saludable; el bebé toma vitamina D3; si la lactancia es artificial, se realiza con fórmula adaptada durante el primer año de vida; si utiliza la leche adecuada (materna el tiempo que deseen, fórmula adaptada hasta los 12 meses y, a partir de entonces, leche de vaca entera o de soja enriquecida con calcio); el lactante toma legumbres, frutos secos y semillas, calorías suficientes y leche a demanda; incluyen, de forma habitual, aguacate, cremas de frutos secos, legumbres o sus derivados y tubérculos; saben qué alimentos evitar (sal y azúcares, miel, algas, verduras de hoja verde como espinacas, acelgas y borraja hasta los 12 meses, frutos secos enteros, alimentos redondos sin cortar, duros o con riesgo de atragantamiento hasta la edad escolar); el lactante toma suplementos de B12 de 6 meses en adelante y vitamina D3 hasta los 12 meses.

Mayores de 2 años: come frutas y verduras variadas en todas las comidas, incluyendo ricas en vitaminas A y C (boniato, zanahoria, pimiento, espinacas, brócoli, albaricoque, kiwi, naranja…); incluye un alimento proteico en cada comida; predominan los cereales integrales frente a los refinados; uso habitual de aceite de oliva o de girasol alto oleico; consume dos raciones diarias de lácteos con calcio (o en veganos se asegura la equivalencia); utilizan sal yodada; poco consumo de azúcares simples y de ultraprocesados; y suplemento adecuado de vitamina B12.

Por último, se debe individualizar cada caso para recomendar los suplementos necesarios. En la tabla VI se resumen los más importantes.

 

Conclusiones

La alimentación vegetariana y vegana bien planificada y suplementada en nutrientes (vitamina B12 y otros, según la edad y circunstancias) permite el adecuado crecimiento y desarrollo del niño. El pediatra de Atención Primaria es una figura clave para acompañar a estas familias.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

1. Moreno-Villares JM, Collado MC, Larqué E, Leis-Trabazo MR, Sáenz-de-Pipaon M, Moreno-Aznar LA. Los primeros 1000 días: una oportunidad para reducir la carga de las enfermedades no transmisibles. Nutr Hosp. 2019; 36: 218-32. Disponible en: https://dx.doi.org/10.20960/nh.02453.

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3. Academia de Nutrición y Dietética. Postura de la Academia de Nutrición y Dietética: Dietas Vegetarianas. 2016. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1016/j.jand.2016.09.025.

4. Elliott LJ, Keown-Stoneman CDG, Birken CS, Jenkins DJA, Borkhoff CM, Maguire JL. Vegetarian Diet, Growth, and Nutrition in Early Childhood: A Longitudinal Cohort Study. Pediatrics. 2022; 149: e2021052598. Disponible en: https://doi.org/10.1542/peds.2021-052598.

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8. Baroni L, Goggi S, Battino MA. Planning well-balanced vegetarian diets in infants, children and adolescents: the vegplate junior. J Acad Nutr Diet. 2019; 119: 1067-74.

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10.** Redecilla Ferreiro S, Moráis López A, Moreno Villares JM. Recomendaciones del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría sobre las dietas vegetarianas. An Pediatr (Barc). 2020; 92: 306.e1-e6.

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12. Neufingerl N, Eilander A. Nutrient Intake and Status in Children and Adolescents Consuming Plant-Based Diets Compared to Meat-Eaters: A Systematic Review. Nutrients. 2023; 15: 4341. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu15204341.

13. Aránzazu Ceballos AD, Osorno Gutiérrez AP, Ortega Sierra OL. Dieta vegetariana en Pediatría, un análisis desde la Pediatría y la nutrición. Pediatr. 2021; 54: 155-62.

14. Farran A, Illan L, Padró L. Dieta vegetariana y otras dietas alternativas. Pediatr Integral. 2015; XIX: 313-23. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es/publicacion-2015-06/dieta-vegetariana-y-otras-dietas-alternativas/.

15. Sociedad Argentina de Pediatría. Comité Nacional de Nutrición. Dietas vegetarianas en la infancia. Arch Argent Pediatr. 2020; 118: S130-S141.

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17. Schürmann S, Kersting M, Alexy U. Dietas vegetarianas en niños: una revisión sistemática. Eur J Nutr. 2017; 56: 1797-817.

18. Simeone G, Bergamini M, Verga MC, Cuomo B, D’Antonio G, Iacono ID, et al. Do Vegetarian Diets Provide Adequate Nutrient Intake during Complementary Feeding? A Systematic Review. Nutrients. 2022; 14: 3591. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu14173591.

19. Alexy U, Fischer M, Weder S, Längler A, Michalsen A, Sputtek A, et al. Nutrient Intake and Status of German Children and Adolescents Consuming Vegetarian, Vegan or Omnivore Diets: Results of the VeChi Youth Study. Nutrients. 2021; 13: 1707. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu13051707.

20. Desmond MA, Sobiecki JG, Jaworski M, Płudowski P, Antoniewicz J, Shirley MK, et al. Growth, body composition, and cardiovascular and nutritional risk of 5- to 10-y-old children consuming vegetarian, vegan, or omnivore diets. Am J Clin Nutr. 2021; 113: 1565-77. Disponible en: https://doi.org/10.1093/ajcn/nqaa445.

21. Hovinen T, Korkalo L, Freese R, Skaffari E, Isohanni P, Niemi M, et al. Vegan diet in young children remodels metabolism and challenges the statuses of essential nutrients. EMBO Mol Med. 2021; 13: e13492. Disponible en: https://doi.org/10.15252/emmm.202013492.

22. Ambroszkiewicz J, Klemarczyk W, Mazur J, Gajewska J, Rowicka G, Strucińska M, et al. Serum Hepcidin and Soluble Transferrin Receptor in the Assessment of Iron Metabolism in Children on a Vegetarian Diet. Biol Trace Elem Res. 2017; 180: 182-90. Disponible en: https://doi.org/10.1007/s12011-017-1003-5.

23.** Martínez-Biarge M. Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

24. Leung SS, Lee RH, Sung RY, Luo HY, Kam CW, Yuen MP, et al. Growth and nutrition of Chinese vegetarian children in Hong Kong. J Paediatr Child Health. 2001; 37: 247-53.

 

Bibliografía recomendada

– Gutiérrez M, Marín V, Raimann X, Le Roy C. Dietas vegetarianas en Pediatría: Recomendaciones de la Rama de Nutrición. Andes Pediatr. 2021; 92: 781-9.

En este artículo se realiza una revisión de la dieta vegetariana y vegana en la infancia, con especial énfasis en las recomendaciones culinarias. Resulta muy práctico, con las claves fundamentales por etapas y en condiciones especiales.

– Redecilla Ferreiro S, Moráis López A, Moreno Villares JM. Recomendaciones del Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría sobre las dietas vegetarianas. An Pediatr (Barc). 2020; 92: 306.e1-e6.

Se trata de un artículo sencillo de leer, actualizado, que revisa los nutrientes principales a considerar en el patrón de alimentación basado en plantas. Señala la suplementación recomendada y enfatiza en los puntos clave según la edad del niño.

– Martínez-Biarge M. Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

Artículo muy actualizado, completo y práctico. Dirigido especialmente a los profesionales de Atención Primaria, con recomendaciones muy útiles en la consulta.

– Web: https://veganhealth.org/

En esta web se comentan nutrientes, incluye tablas y ejemplos. Es muy práctica y visual. Fácilmente accesible para la población general.

– Web: https://www.vegweb.com/

Contiene recetas. Se comentan posibles alimentos sustitutos de otros de origen animal (huevo, leche). Muy útil para dar ideas.

– Web: https://www.unionvegetariana.org/

Incluye recetas. Dispone también de un Blog y de distintos servicios.

– Libro: Basulto J, Blanquer M, Manera M, Serrano P. Alimentación vegetariana en la infancia. DeBolsillo.

– Calculadoras: buscador DRV (EFSA). Tablas de composición nutricional (https://www.dietas.net/).

 

Caso clínico

 

Acude a la consulta una familia para la revisión de 6 meses de su primogénito. El crecimiento es armónico y desde el nacimiento se mantiene en el percentil 25-50 de peso, talla y perímetro cefálico. El desarrollo psicomotor es adecuado. Muestra interés por los alimentos, se mantiene sentado y se lleva las manos a la boca, aunque de momento solo le ofrecen lactancia materna a demanda.

Después de explicarles la alimentación complementaria, comentan con cierto recelo que, aunque saben que no “les gusta a los pediatras”, ellos en casa no consumen carne ni pescado desde hace años, por motivos éticos y ecológicos muy arraigados. Se han informado a través de varias asociaciones e incluso la madre ha cursado un título oficial relacionado con la alimentación.

La familia consume a diario frutas, verduras, legumbres, cereales y frutos secos. No descartan ofrecer al niño productos derivados de los animales que no supongan su sacrificio, como lácteos, huevos o miel. De todos modos, quieren saber la opinión de su pediatra de Atención Primaria.

 

 

 

 

 

10 Cosas que deberías saber sobre… la carotinemia

 
10 Cosas que deberías saber sobre… la carotinemia

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 140.e5

 

I. Bulnes Rodríguez, M. Cid Sainz, P. Rodríguez Díaz, M. García Boyano


El término carotinemia hace referencia a una condición médica consistente en la coloración anaranjado- amarillenta de la piel debida a una elevada concentración sérica de betacarotenos.

La causa más frecuente es la ingesta excesiva de alimentos ricos en betacarotenos. Estos son, sobre todo, frutas y verduras de colores amarillo, naranja, rojo y verde, aunque también se encuentran en otros alimentos como la leche (incluida la leche materna).

Otras posibles etiologías son: hipotiroidismo, diabetes mellitus, hiperlipidemias, anorexia nerviosa, errores congénitos del metabolismo y enfermedades renales y hepáticas.

El diagnóstico es clínico, cobrando especial importancia la realización de una encuesta dietética detallada.

En la exploración física, se objetiva coloración anaranjada-amarillenta, sobre todo en palmas y plantas, punta de la nariz, frente y pliegues nasolabiales.

Solo deben realizarse pruebas complementarias en aquellos casos donde se tenga una alta sospecha de otra etiología diferente a la dietética.

El principal diagnóstico diferencial debe plantearse con la ictericia, distinguiéndose de esta por la falta de coloración en esclerótica y mucosa oral (aunque sí en paladar) y por la intensificación de la coloración con luz artificial.

No se asocia a hipervitaminosis A, ya que la cantidad de betacarotenos que se transforma diariamente en vitamina A es reducida.

La carotinemia de origen dietético es benigna y no precisa de tratamiento farmacológico.

Si se desea eliminar la coloración anaranjado- amarillenta de la piel, debe disminuirse la cantidad de alimentos ricos en betacarotenos, consiguiendo la normalización de la piel en el plazo de varias semanas-meses.

 

Para saber aún más…

– Al Nasser Y, Jamal Z, Albugeaey M. Carotenemia. En: StatPearls. Treasure Island (FL): StatPearls Publishing; 2024. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK534878/.

– Villaizán C, Román J. Carotinemia. Form Act Pediatr Aten Prim. 2008; 1: 84-7. Disponible en: https://fapap.es/files/639-502-RUTA/c7d23179b4b6fc68c0e22537205fa30f.pdf.

– Priyadarshani AMB. Insights of hypercarotenaemia: A brief review. Clin Nutr ESPEN. 2018; 23: 19-24.

 

 

Nutrición en el preescolar y escolar

 

S.H. Campuzano Martín*, A. Hernández Hernández**, C. Coronel Rodríguez***
Temas de FC


S.H. Campuzano Martín*, A. Hernández Hernández**, C. Coronel Rodríguez***

*Centro de Salud Casco Vello. Vigo. Pontevedra. **Centro de Salud Tacoronte. Santa Cruz de Tenerife. ***Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla. Grupo de trabajo de Gastroenterología y Nutrición de la SEPEAP

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Autor para correspondencia

samuel.hector.campuzano.martin@sergas.es

Resumen

La edad preescolar y escolar se caracteriza por una desaceleración del crecimiento hasta estabilizarse y por una progresiva madurez psicosocial. En estas etapas se establecen las bases de los hábitos alimentarios saludables que van a influir a lo largo de toda la vida y que van a tener especial importancia en la prevención de enfermedades nutricionales a corto y largo plazo. Es un periodo de gran variabilidad individual en los hábitos, preferencias y necesidades nutricionales, que deben ser calculadas de manera particular, teniendo en cuenta la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona. Son objetivos de la nutrición pediátrica en estas edades asegurar un crecimiento y desarrollo óptimo adecuado a la actividad física, y promover hábitos dietéticos saludables y otras conductas, como la reducción del sedentarismo incrementando la actividad física. El pediatra dispone, en la consulta diaria y en las revisiones de salud, de la oportunidad y de las herramientas para valorar el estado nutricional del niño y dar a conocer las correctas normas nutricionales para cimentar las bases de un estilo de vida saludable.

 

Abstract

Preschool and school ages are characterized by a slowdown in growth until its stabilization and by progressive psychosocial development. In these stages of life the basis of healthy diet habits are established, and this will have an important influence throughout life, that will have special importance in the prevention of nutritional diseases, in the short and long term. It is a period of important individual varieties in habits, preferences and nutritional needs, which must be calculated in a particular way, according to age, sex, physical activity and physiological state of each person. Pediatric nutrition objectives at these ages are directed to ensure optimal growth and development, appropriate to physical activity, and to promote healthy feeding and lifestyle behaviors, such as reducing sedentary lifestyle and increasing physical activity. In the daily consultations and health check-ups the pediatrician has the opportunity and the tools to assess the child’s nutritional status and to promote correct nutritional standards to stablish the basis for a healthy lifestyle.

 

Palabras clave: Niño; Alimentación; Requerimientos nutricionales; Recomendaciones dietéticas.

Key words: Child; Food; Nutritional requirements; Dietary recommendations.

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 102 – 108


OBJETIVOS

• Conocer las características biológicas, psicológicas y sociales que influyen en la alimentación del niño en edad preescolar y escolar.

• Saber calcular las necesidades energéticas, de macronutrientes, vitaminas, minerales y oligoelementos en estas edades para garantizar un crecimiento y desarrollo adecuado.

• Conocer estrategias para una alimentación saludable en el preescolar y escolar. Saber aplicar recomendaciones prácticas para fomentarla y promover hábitos dietéticos saludables que prevengan el desarrollo de enfermedades nutricionales a corto y a largo plazo.

 

Nutrición en el preescolar y escolar

https://doi.org/10.63149/j.pedint.17

 

Introducción

La edad preescolar y escolar es una etapa clave en la educación del niño en hábitos dietéticos adecuados y de un estilo de vida saludable.

Disponemos de importantes conocimientos acerca de la lactancia materna y de la alimentación adecuada durante los dos primeros años de vida. Sin embargo, tradicionalmente, se ha dado menor importancia a la nutrición durante las etapas preescolar y escolar, considerando en muchas ocasiones a estos niños como adultos pequeños, lo cual puede tener consecuencias negativas en cuanto al mantenimiento de un estado de salud adecuado y la prevención de enfermedades crónicas.

La alimentación saludable es aquella que proporciona los nutrientes que el cuerpo necesita para mantener el buen funcionamiento del organismo, conservar o restablecer la salud, minimizar el riesgo de enfermedades y garantizar un desarrollo y crecimiento adecuados. Las necesidades calóricas y de nutrientes a estas edades irán en función de las características biológicas de cada edad, del grado de actividad física de cada individuo y de las circunstancias sociales(1).

Por otra parte, a lo largo de estos años, se establecen los hábitos alimentarios en los que se basa su futura alimentación, por lo que es parte fundamental del pediatra y de la familia educar al niño en hábitos dietéticos y en un estilo de vida saludable, que han demostrado ser importantes métodos de prevención de un importante número de enfermedades crónicas. El acto de la comida es una gran oportunidad para inculcar unas costumbres que repercutirán en el comportamiento nutricional del futuro individuo(2,3).

Características biológicas, psicológicas y sociales

En estas etapas se va adquiriendo una autorregulación de la ingesta a lo largo del día en función de las necesidades energéticas.

Nivel biológico: durante la edad preescolar (2-6 años) se produce una desaceleración, tanto del crecimiento (pasando de 8-9 cm/año en el tercer año a 5-7 cm/año) como de la ganancia ponderal (se estabiliza en un aumento de 2-3 kg/año), lo que conlleva un descenso de las necesidades de energía y nutrientes que puede condicionar un menor apetito, interpretado en ocasiones de forma errónea por parte de los padres o cuidadores del niño. Presentan un aumento del depósito mineral óseo y de la masa muscular (aumentando las necesidades proteicas), completándose la erupción dentaria temporal. La edad escolar (6-12 años) se caracteriza por un crecimiento estable (5-6 cm/año) y una ganancia de peso de 3-3,5 kg/año. Continúa la maduración de órganos y sistemas, y las necesidades energéticas dependen de manera importante de la actividad física realizada, que condiciona en estas edades una autorregulación de la ingesta a lo largo del día(4,5).

Nivel psicológico: en la edad preescolar se adquiere un rápido aprendizaje del lenguaje y un desarrollo importante de la psicomotricidad fina y gruesa. Aumenta la autonomía y curiosidad, desarrollando sus preferencias y su desconfianza ante todo lo nuevo, incluyendo los alimentos (neofobia), rechazando los desconocidos y solicitando otros de manera reiterada(6). En la edad escolar se incorporan habilidades, como la lectoescritura y la adquisición de conocimientos, siendo una época fundamental para establecer hábitos adecuados de alimentación para prevenir problemas de salud en el futuro.

Nivel social: son etapas importantes de socialización, con la incorporación a la guardería y a la escuela, y la influencia de otros niños y educadores. Adquieren significación los comedores escolares, aunque la familia sigue representando un importante modelo para la adquisición de hábitos y costumbres. En estas edades, la publicidad, la televisión, las redes sociales y el uso de otras tecnologías promueven el consumo de alimentos atractivos de dudoso valor nutricional (comida rápida, snacks, refrescos…)(1,3,4).

Requerimientos nutricionales

Las necesidades nutricionales deben ser calculadas de manera individualizada, teniendo en cuenta la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona.

Definiciones

• Necesidades nutricionales: son las cantidades de energía y nutrientes esenciales que cada persona requiere para lograr que su organismo se mantenga sano y pueda desarrollar sus variadas y complejas funciones. Dependen de la edad, sexo, actividad física y estado fisiológico de la persona.

• Requisitos medios estimados (Estimated Average Requirement, EAR): nivel diario estimado de ingesta para cubrir las necesidades de la mitad de la población sana.

• Ingesta dietética recomendada (Recommended Dietary Allowance, RDA): nivel diario estimado para cubrir las necesidades de casi toda la población sana (98 %).

• Ingesta adecuada (Adequate Intake, AI): niveles recomendados de nutrientes estimados de manera experimental. Se utiliza si no se puede determinar la RDA.

• Nivel superior de ingesta tolerable (Tolerable Upper Intake Level, UL): nivel superior medio diario de ingesta de nutrientes, por encima del cual existan efectos perjudiciales para la salud.

• Ingesta dietética de referencia (Dietary Reference Intakes, DRI): valores de referencia de ingesta de nutrientes, cuantitativamente estimados para ser utilizados en la planificación y asesoramiento de dietas para personas sanas.

El Food and Nutrition Board, Institute of Medicine norteamericano, en las publicaciones de las ingestas dietéticas de referencia entre 1997 y 2023(7-11), y la European Food Safety Authority(12) (2005-2024) han establecido la gran mayoría de recomendaciones que utilizamos en la actualidad.

Necesidades energéticas

Las calorías necesarias en la dieta deben ser calculadas de manera individual en función del peso, talla, sexo y nivel de actividad física según fórmulas (Schofield, Harris-Benedict, Fleisch) que calculan el gasto energético basal, al que hay que añadir el asociado a la absorción de alimentos, el gasto por actividad física y por crecimiento (Tabla I).

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Disponemos de herramientas, calculadoras y aplicaciones donde se puede obtener. El aporte calórico debe ir distribuido de manera proporcional a lo largo del día, aportando el 25 % de las mismas en el desayuno (incluyendo el almuerzo de media mañana), el 30-35 % en la comida, el 10-15 % en la merienda y el 25 % restante en la cena(13). El hábito de desayunar diariamente está establecido en la población infantojuvenil española, siendo la adolescencia el periodo que presenta un cumplimiento menor. Sin embargo, la proporción de niños/adolescentes que toman desayunos de alta calidad nutricional (que incluyan lácteos, cereales y fruta) es baja(14). El mejor indicador de un adecuado aporte calórico es comprobar que el niño presenta una buena progresión ponderoestatural, por lo que va a ser importante calcularlo en aquellos que presentan algún tipo de patología, incluyendo el fallo de medro.

Necesidades de macronutrientes

Los principios inmediatos deben ser aportados de manera proporcional según las calorías suministradas por cada uno de ellos. Los hidratos de carbono (HC) deben añadir el 50-60 % del total de la energía diaria, las proteínas el 10-15 % y los lípidos el 30-35 % a los 2-3 años y el 25-35 % a partir de los 4 años.

Hidratos de carbono y fibra: son necesarios 130 g/día (RDA) para cubrir las necesidades de glucosa del cerebro. Las fuentes principales deben ser HC complejos de absorción lenta (90 %), basados en la ingesta de cereales, legumbres, frutas y verduras. Los azúcares simples (miel, mermelada, dulces) deben constituir menos del 10 % de la ingesta total de HC, y los azúcares libres se deben minimizar o eliminar de la dieta(15). La fibra está compuesta por HC no digeribles (fruta, verdura, legumbres y tubérculos), importantes para regular la motilidad intestinal y la absorción de azúcares y grasas, prevenir el estreñimiento, la obesidad, la hipercolesterolemia y la diabetes(16,17). La ingesta recomendada en mayores de 2 años (g/d de fibra) se calcula con la fórmula: edad en años más 5-10 g (máximo 30 g)(18).

Proteínas: importantes en el crecimiento, con funciones estructurales, mecánicas y celulares. Se recomienda una ingesta (DRI) de proteínas de alto valor biológico de 1,05 g/kg/d en niños de 1-3 años, disminuyendo a 0,95 g/kg/d de 4-10 años. El consumo de proteínas en nuestro medio tiende a ser elevado, recomendándose un límite superior de ingesta de 2-3 g/kg/d en estas edades. Las proteínas de origen animal son de mayor valor biológico que las de origen vegetal, que son deficitarias en algunos aminoácidos, por lo que es importante combinar alimentos proteicos en la misma comida para compensar los déficits de alguno de los aminoácidos esenciales y aumentar el valor biológico de las proteínas ingeridas(19).

Lípidos: fuente importante de energía y de ácidos grasos esenciales, y transporte de vitaminas liposolubles. Se ha observado en edades precoces un aumento del riesgo de obesidad en dietas pobres en grasas, por lo que, en esas edades, las recomendaciones de ingesta cada vez son menos restringidas(17). La ingesta total de lípidos en estas etapas (30-35 % de la ingesta de energía a los 2-3 años y 25-35 % a partir de los 4 años) debe estar repartida entre: grasas monoinsaturadas (15 %) presentes en el aceite de oliva y los frutos secos; poliinsaturadas (10 %), fuentes de omega 3 (pescado azul) y de omega 6 (huevos y aceites vegetales), esenciales para mantener la integridad celular neuronal, en la diferenciación celular y en la neurogénesis del cerebro en desarrollo, reguladoras del colesterol y cardioprotectoras; y grasas saturadas (por debajo de un 10 %) presentes en carnes grasas y alimentos procesados o envasados con alto contenido en aceite de coco o palma, con importante potencial aterogénico. El aporte máximo de colesterol diario no debe superar los 300 mg. Por todo ello se recomienda incrementar en la dieta el consumo de aceite de oliva, pescado (evitando en menores de 10 años el consumo de especies con gran contenido en mercurio como el pez espada, el tiburón y el atún rojo), frutos secos naturales y restringir las carnes grasas, margarinas, alimentos preparados, bollería industrial, comida rápida y alimentos ricos en aceites de palma y coco.

Necesidades de vitaminas, minerales y oligoelementos (Tabla II)

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Vitaminas: en nuestro medio no es necesaria la suplementación vitamínica en niños preescolares y escolares sanos que consumen una dieta variada y equilibrada. Niños con factores de riesgo de déficit de vitamina D (síndromes malabsortivos, insuficiencia renal crónica, dietas restrictivas…) pueden precisar una monitorización y suplementación adecuada(8,10).

Minerales y oligoelementos: cumplen un papel fisiológico fundamental y su déficit puede tener consecuencias en el crecimiento y desarrollo. Las necesidades de calcio en estas etapas se logran con una ingesta diaria de 500 ml de leche entera o sus derivados. El déficit de hierro es la carencia de micronutriente más frecuente en el mundo; su ingesta se realiza a través de dos fuentes, el hierro hemo o animal (carnes rojas, huevo y pescado) con mayor biodisponibilidad que el hierro no hemo o vegetal (frutos secos, legumbres, frutas y verduras). El flúor solo debe ser suplementado en aquellas zonas donde el agua de consumo contenga cantidades insuficientes del mismo (0,3 mg/l), siendo las pautas cada vez más restrictivas por el riesgo de fluorosis dental(3).

Estrategias para una alimentación saludable

Los objetivos nutricionales a estas edades deben ser asegurar el crecimiento y desarrollo adecuados y promover hábitos dietéticos saludables a corto y largo plazo.

Pirámide de la Alimentación Saludable y Plato para Comer Saludable

A pesar de una ligera tendencia a la disminución del exceso de peso, debida a las disminuciones producidas en escolares con sobrepeso y de los pertenecientes a familias con más renta, más de un tercio de la población infantil de 6 a 9 años en España padece exceso de peso. La reducción de la obesidad y el sobrepeso infantil en los últimos años supone un avance en la situación, si bien estas cifras continúan siendo muy elevadas y persisten las diferencias atribuibles a las características económicas de las familias (Estudio Aladino 2023)(20).

Una guía útil para realizar una nutrición adecuada es la Pirámide de la Alimentación Saludable, que divide a los alimentos en varios escalones según el consumo que debemos hacer de ellos (Fig. 1)(21).

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Figura 1. Pirámide de la Alimentación Saludable de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) 2019(21).

 

En la base de la pirámide encontramos alimentos de consumo diario (frutas, verduras, cereales, aceite de oliva virgen, lácteos), en la zona media aquellos que se toman de manera alternativa a lo largo de la semana (pescados, carnes magras, carnes blancas, legumbres, huevos, frutos secos) y en el vértice los de consumo opcional, ocasional y moderado (carnes rojas, embutidos, dulces, bollería, snacks) sin raciones asignadas al no precisar de requerimientos mínimos. El tamaño de las raciones debe ser proporcional a la edad. La pirámide también incide en el uso variado de alimentos, en la importancia del uso del agua, necesaria como bebida que acompaña a todas las comidas, y en la práctica del ejercicio físico diario.

El mayor inconveniente de la Pirámide de Alimentación Saludable es que puede llegar a avalar el consumo de algunos productos de dudoso valor nutricional dentro del esquema de alimentación saludable, descontextualizándose el concepto de “ocasional”. Si consumimos cada uno de esos productos de manera ocasional, la cifra total dejará de ser moderada, superando la ingesta diaria(22). Son alimentos que suelen ser gustativamente muy apetecibles, con cantidades añadidas de grasas, sal y azúcar, lo que induce a nuestro cerebro a comerlos con más frecuencia de lo que sería deseable. Por todo ello, se ha desarrollado en los últimos años el concepto del Plato para Comer Saludable (Harvard School of Public Health)(23) (Fig. 2) o Nutriplato© (desarrollado por el Hospital Sant Joan de Déu y Nestlé©), herramienta educativa que muestra de manera muy intuitiva las proporciones adecuadas de los grupos de alimentos que forman parte de las dos comidas principales: la comida y la cena, mostrando de forma orientativa las cantidades recomendadas, y elimina los alimentos del vértice de la pirámide de alimentación.

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Figura 2. Healthy Eating Plate o Plato para Comer Saludable.
Fuente: Harvard T.H. Chan School of Public Health. The Nutrition source
(23).

 

Hábitos alimentarios

La alimentación es el acto relacional por excelencia, por lo que es fundamental la interrelación que existe entre padres e hijos para condicionar una adecuada conducta alimentaria. De esta manera, los diferentes estilos educativos (influidos por las normas culturales, la preocupación de los padres y las características del niño) pueden influir de manera tanto positiva como negativa en la adquisición de unos hábitos de alimentación saludables. Un estilo responsable o asertivo es el más adecuado, consiguiendo que el niño reconozca adecuadamente los signos de hambre y saciedad, y realice con más frecuencia una dieta equilibrada adecuada para su edad. Los padres guían al niño en la alimentación y fijan límites sin recurrir a técnicas de coacción, son sensibles y afectivos, hablan positivamente de los alimentos, siendo un modelo para sus hijos. Determinan claramente qué, dónde, cómo y cuándo debe comer el niño, dejándole decidir cuánto puede ingerir. Los padres y educadores enseñan a comer alimentos saludables y los niños son capaces de regular su ingestión en respuesta a la densidad energética de los alimentos administrados. Estilos educativos controladores, permisivos o negligentes influyen de manera negativa en la adquisición de hábitos positivos y pueden llegar a condicionar la aparición de algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria(6).

En cuanto a la distribución de las comidas, el desayuno es una comida muy importante tras 10-12 horas de ayuno; debe incorporar lácteos, cereales (preferiblemente integrales sin azúcares añadidos) y fruta (aconsejable entera, fresca y de temporada), destinando el tiempo necesario para realizarlo, influido por factores como el realizarlo de manera rápida, viendo la televisión u otros dispositivos (3 de cada 10 escolares están expuestos a más de 2 horas diarias de tiempo de pantalla) y haber dormido poco con el descanso inadecuado consiguiente. La comida de mediodía es la comida principal que incluye alimentos de todos los grupos, no debiendo ser excesivamente copiosa para evitar la somnolencia posterior que dificulte las actividades de la tarde. La cena cumple una función complementaria a la comida, aportando los alimentos y nutrientes que no se han tomado durante el día(24).

Comedores escolares

En España, 1,7 millones de niños comen en comedores escolares. El comedor escolar puede y debe ser un marco en el que día a día se adquieran unos hábitos alimentarios saludables y se conozcan de forma práctica las normas para una óptima alimentación y nutrición durante toda la vida. Además, la escolarización permite al niño adquirir cierto grado de autonomía en su alimentación, al realizar alguna comida sin supervisión familiar. Los menús escolares deben ajustarse a las recomendaciones dietéticas en composición energética y nutricional, raciones y variedad del menú, ya que una dieta variada dará lugar a una dieta equilibrada, cumpliéndose los requisitos nutricionales saludables. Por otro lado, es muy importante fomentar los conocimientos nutricionales y gastronómicos entre las familias y el alumnado. En la actualidad, existe una “Guía de comedores escolares”, dentro del programa Perseo(25), que aporta recomendaciones para que los menús escolares sean más saludables. Debe hacerse entrega de una guía de menús mensual para que los padres puedan adaptar el resto de comidas diarias de manera compensadora, y debe ofrecerse la posibilidad de adaptar menús a alergias alimentarias, enfermedad celiaca y otras alteraciones o enfermedades.

Recomendaciones prácticas para fomentar una alimentación saludable en el preescolar y escolar

El papel de los padres o cuidadores va a tener una importancia decisiva en la adquisición de hábitos de alimentación saludables.

• Servir raciones apropiadas en tamaño según la edad del niño y su gasto energético, calculado de manera individualizada en función del peso respecto a la talla y según el grado de actividad física.

• Ofrecer una alimentación variada (no más de un 25 % de las calorías en forma de un solo alimento), con una correcta proporción entre los principios nutritivos, teniendo en cuenta los gustos, aversiones, costumbres y condicionamientos sociales(24).

• Repartir las comidas en tres principales (desayuno, comida y cena) y una o dos intermedias (almuerzo y merienda), con solo agua entre ellas (evitando los snacks), aprendiendo el contraste entre hambre y saciedad. Utilizar formatos atractivos y variados, con preparaciones culinarias sencillas, que aporten poca grasa. Evitar fritos, empanados, rebozados y salsas realizadas con aceite, mantequilla o huevo.

• Establecer unos horarios y un lugar regular donde comer, sin permitir ruidos ni distracciones durante las comidas (televisión, teléfonos, juguetes) mientras se come. El ambiente debe ser agradable y distendido (nunca enfadarse ni parecer enfadado), manteniendo una actitud neutra agradable en las comidas, sin forzar ni amenazar, ni ofrecer alimentos como recompensa o castigo. En caso de presentar rechazo por alimentos nuevos, es importante ofrecerlos sistemáticamente poco a poco. Comer en familia siempre que se pueda, siendo los padres modelos de buenos hábitos alimentarios. Los padres eligen el tipo, los horarios y el lugar de alimentación, y el niño decide cuánta cantidad de alimento quiere ingerir(6).

• Favorecer la ingesta de hidratos de carbono complejos ricos en fibra (cereales, sobre todo, integrales, frutas, verduras y legumbres), y reducir la ingesta de azúcares libres para que sea menos del 5 % de la ingesta energética total, evitando azúcar, dulces y bollería.

• Combinar las proteínas de origen animal (huevos, lácteos y pescado) con las de origen vegetal (legumbres y cereales), para aumentar su valor biológico.

• Incrementar el consumo de grasas monoinsaturadas (aceite de oliva virgen, rico en antioxidantes) y poliinsaturadas (sobre todo, pescado rico en omega 3), evitando las saturadas (embutidos, bollería industrial, carnes grasas).

• Todo desayuno debe incluir lácteos, cereales (preferiblemente integrales sin azúcares añadidos) y fruta (entera, fresca y de temporada). La ingesta de lácteos debe cubrir las recomendaciones de vitamina D y calcio en las diferentes edades. Se recomiendan 500-1000 ml/día, restringiendo mantequilla, margarina y quesos grasos.

• Restringir la sal y el consumo de aperitivos y snacks, evitando el salero en el comedor. Usar sal yodada. Prevenir el consumo de alcohol y tabaco.

• Utilizar agua en cantidad suficiente como bebida en todas las comidas, evitando refrescos y zumos industriales que contribuyen al sobrepeso y a la obesidad, así como colas, té y café por su efecto excitante.

• Mantener un peso saludable, con equilibrio entre el aporte y el gasto energético. Estimular el ejercicio físico, se recomienda realizar 60 minutos de ejercicio diario moderado, divertido y atractivo.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria (AP) puede desempeñar una labor muy importante, dando a conocer en la consulta diaria, de manera individualizada, las correctas recomendaciones nutricionales.

Dentro de los objetivos del pediatra de AP, son de especial importancia el mantenimiento de un estado de salud óptimo y la prevención de enfermedades no solo infantiles, con importante repercusión en la vida adulta. El pediatra debe promover en la consulta diaria unas correctas normas nutricionales que pueden tener un papel decisivo en la adquisición de unos hábitos de alimentación saludables, siguiendo las guías vigentes de las diferentes sociedades científicas y haciendo uso de diferentes herramientas de educación nutricional de las que disponemos en la actualidad. Las diferentes consultas realizadas y, en especial, las revisiones programadas, son una oportunidad para valorar el estado nutricional del niño, su dieta, actividad física, uso de tecnologías y factores de riesgo para el desarrollo de enfermedades, como la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Es importante implicar a la familia y a los pacientes en el desarrollo de adecuados patrones, fomentando el conocimiento de unas pautas de nutrición y de vida saludable, críticas sobre las normas que imponen con frecuencia la sociedad actual y la publicidad.

Conflicto de intereses

No hay conflicto de interés en la elaboración del presente manuscrito ni fuente de financiación.

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio de los autores.

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2. Polanco Allue I. Alimentación del niño en la edad preescolar y escolar. An Pediatr, Monogr. 2005; 3: 54-63.

3.** Hernández Hernández A, Coronel Rodríguez C. Alimentación a partir de los 3 años. En: Manual de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. Lúa Ediciones 3.0, S.L.; 2021. p. 306-27.

4.** Ros Arnal I, Botija Arcos G. Nutrición en el niño en la edad preescolar y escolar. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 1: 455-66.

5.* Peña Quintana L, Ros Mar L, González Santana D, Rial González R. Alimentación del preescolar y escolar. En: Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica SEGHNP-AEP. Ergon; 2010. p. 297-306.

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7. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for energy, carbohydrate, fiber, fat, fatty acids, cholesterol, protein and amino acids. Washington DC: The National Academy Press; 2002.

8. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for calcium, phosphorus, magnesium, vitamin D and fluoride. Washington DC: The National Academy Press; 1997.

9. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for energy, carbohydrate, fiber, fat, fatty acids, cholesterol, protein, and amino acids (macronutrients). Washington DC: The National Academy Press; 2005.

10. Food and Nutrition Board. Institute of Medicine. Dietary Reference Intakes (DRIs) for vitamin D and calcium. Washington DC: The National Academies Press (US); 2011.

11.** Dietary Guidelines for Americans 2005. U.S. Department of Health and Human Services. U.S. Department of Agriculture. Disponible en: https://www.dietaryguidelines.gov/about-dietary-guidelines/previous-editions/2005-dietary-guidelines-americans.

12. European Food Safety Authority (EFSA). Dietary Reference Values for nutrients. Summary report. Update: 2019. Disponible en: https://doi.org/10.2903/sp.efsa.2017.e15121.

13. Sancho A, Dorao P, Ruza F. Valoración del gasto energético en los niños. Implicaciones fisiológicas y clínicas. Métodos de medición. An Pediatr (Barc). 2008; 68: 165-80.

14. Luis Moreno LA, Vidal Carou MC, López Sobaler AM, Varela Moreiras G, Moreno Villares JM. Papel del desayuno y su calidad en la salud de los niños y adolescentes en España. Nutr Hosp. 2021; 38: 396-409.

15.** Fidler Mis N, Braegger C, Bronsky J, Campoy C, Domellöf M, Embleton ND, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition:. Sugar in Infants, Children and Adolescents: A Position Paper of the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2017; 65: 681-96.

16. Recomendaciones dietéticas saludables y sostenibles. Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. 2022.

17.** Verduci E, Bronsky J, Embleton N, Gerasimidis K, Indrio F, Köglmeier J, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition. Role of Dietary Factors, Food Habits, and Lifestyle in Childhood Obesity Development: A Position Paper From the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2021; 72: 769-83.

18. Cobaleda Rodrigo A, Bousoño García C. Alimentación de los 2 a los 6 años. En: Muñoz Calvo MT, Suárez Cortina L, ed. Manual Práctico de Nutrición Pediátrica. Madrid. Ergon; 2007. p. 79-89.

19.* Gidding SS, Dennison BA, Birch LL, Daniels SR, Gillman MW, Lichtenstein AH, et al; American Heart Association. Dietary recommendations for children and adolescents: a guide for practitioners. Pediatrics. 2006; 117: 544-59.

20. Estudio ALADINO 2023 sobre la Alimentación, Actividad física, Desarrollo Infantil y Obesidad. Agencia Española de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Madrid. 2023.

21. Guía de la alimentación saludable para Atención Primaria y colectivos ciudadanos. Sociedad Española de Nutrición Comunitaria. Madrid. 2019.

22. Casabona Monterde C, Serrano Marchuet P. ¿Por qué tu hijo come peor de lo que piensas? (20 consejos útiles para la consulta del pediatra de Atención Primaria). En: AEPap (ed.). Congreso de Actualización Pediatría 2019. Madrid: Lúa Ediciones 3.0; 2019. p. 183-203.

23.* Harvard T.H. Chan School of Public Health. The Nutrition source. Healthy Eating Plate. Disponible en: https://nutritionsource.hsph.harvard.edu/healthy-eating-plate/.

24. Aranceta-Bartrina J, Partearroyo T, López-Sobaler A, Ortega R, Varela-Moreiras G, Serra-Majem L et al. Updating the Food-Based Dietary Guidelines for the Spanish Population: The Spanish Society of Community Nutrition (SENC) Proposal. Nutrients. 2019; 11: 2675. Disponible en: https://doi.org/10.3390/nu11112675.

25. Guía de comedores escolares. Programa Perseo. Ministerio de Sanidad y Consumo. Agencia española de Seguridad Alimentaria y Nutrición. Ministerio de Educación, Política Social y Deporte. Disponible en: https://www.sennutricion.org/media/guia08_COMEDOR_ESCOLAR_txt.pdf.

 

Bibliografía recomendada

– Ros Arnal I, Botija Arcos G. Nutrición en el niño en la edad preescolar y escolar. Protoc diagn ter pediatr. 2023; 1: 455-66.

Exhaustiva revisión de la alimentación del niño preescolar y escolar, desde el prisma de la Gastroenterología y Nutrición Pediátrica.

– Hernández Hernández A, Coronel Rodríguez C. Alimentación a partir de los 3 años. En: Manual de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Comité de Nutrición y Lactancia Materna de la AEP. Lúa Ediciones 3.0, S.L.; 2021. p. 306-27.

Reciente actualización, desde el punto de vista práctico, de la alimentación a partir de los 3 años.

– Gidding SS, Dennison BA, Birch LL, Daniels SR, Gillman MW, Lichtenstein AH, et al; American Heart Association. Dietary recommendations for children and adolescents: a guide for practitioners. Pediatrics. 2006; 117: 544-59.

Artículo que revisa, de manera completa y práctica, la alimentación en los niños a partir de los 3 años.

– Verduci E, Bronsky J, Embleton N, Gerasimidis K, Indrio F, Köglmeier J, et al; ESPGHAN Committee on Nutrition. Role of Dietary Factors, Food Habits, and Lifestyle in Childhood Obesity Development: A Position Paper From the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2021; 72: 769-83.

Importante artículo acerca del papel de los factores dietéticos, los hábitos alimentarios y el estilo de vida en el desarrollo de la obesidad infantil.

Caso clínico

Paciente que acude a la revisión de salud programada a los 8 años de edad. En la antropometría nos encontramos con los siguientes datos: peso: 35 kg (P98, 2,05DE); talla 130 cm (P69, 0,48DE); índice de masa corporal 20,71 (>P99, 2,37DE). Ante estos datos, realizamos una encuesta nutricional a la familia en la que destacan las siguientes afirmaciones: reconoce repetir plato de forma habitual, suele acompañar con frecuencia las comidas de refrescos y zumos comerciales, come rápido y viendo pantallas, escasa ingesta de verdura (2-3 veces a la semana y siempre en forma de puré) y toma una pieza de fruta al día, siendo el plátano la más frecuente. Realiza ejercicio físico en el colegio (1,5 horas/semana) y baloncesto (2 horas a la semana). Utiliza pantallas 1-2 horas/día en días laborables y 2-4 horas/día en fines de semana.

 

 

 

Vegetarian and other alternative diets

R. da Cuña Vicente, M. Mata Jorge, A. Hernández Hernández, C. Coronel Rodríguez
Topics on
Continuous Training



R. da Cuña Vicente1, M. Mata Jorge2, A. Hernández Hernández3, C. Coronel Rodríguez4

1Primary Care Pediatrician. Íscar Health Center. Valladolid. 2Primary Care Pediatrician. Parquesol Health Center. Valladolid. 3Primary Care Pediatrician. Tacoronte Health Center. Santa Cruz de Tenerife. 4Primary Care Pediatrician. Amante Laffón Health Center. Seville

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Corresponding author:

rebecadcv@gmail.com

Abstract

There are numerous myths in Pediatrics, and especially referred to Infant Nutrition. In recent years, the number of families attending clinics following a vegetarian, vegan, or alternative eating pattern has increased. It is essential for healthcare professionals to be up-to-date on these topics in order to make the most appropriate recommendations and resolve any questions that may arise, especially in the first months of a baby’s life and during adolescence: Is it possible and healthy?, will it lack any nutrients?, should any vitamins be given? what follow-up should be performed? This paper aims to review the literature on feeding with non-traditional diets, especially vegetarian or vegan, and address these questions that concern us as professionals, allowing us to guide families in appropriately implementing them. A detailed analysis of the nutrients to monitor is provided, with recommendations for meeting these needs, as well as a review of the evidence regarding the supplements required in certain cases. Breast milk is the ideal food for babies. From 6 months complementary feeding should be started, and it can be vegetarian or vegan provided it is based on fresh and minimally processed products, includes the necessary nutrients, and is supplemented with at least vitamin D until 12 months and vitamin B12 for life. A vegetarian or vegan diet can be adequately and healthily implemented at any stage of childhood, as long as it is well planned, supplemented, and supervised by an experienced healthcare professional.

 

Resumen

Existen numerosos mitos en Pediatría y, especialmente, en el ámbito de la Nutrición Infantil. En los últimos años, ha aumentado el número de familias que acuden a las consultas siguiendo un patrón de alimentación vegetariano, vegano o basado en opciones alternativas. Es necesario que los profesionales estén actualizados en estos temas para hacer las recomendaciones más adecuadas, así como resolver las dudas que puedan surgir, sobre todo en los primeros meses de vida del bebé y durante la adolescencia: ¿es posible y saludable?, ¿le faltará algún nutriente?, ¿hay que dar alguna vitamina?, ¿qué controles se deben realizar? Con este trabajo se pretende revisar la literatura escrita sobre la alimentación con dietas no tradicionales, especialmente vegetariana o vegana, y resolver estas cuestiones que nos preocupan a los profesionales, permitiendo guiar a las familias para llevarla a cabo de forma adecuada. Se realiza un análisis detallado de los nutrientes a vigilar, con recomendaciones para cubrir las necesidades de los mismos, así como una revisión de la evidencia en cuanto a los suplementos que se precisan en algunos casos. La leche materna es el alimento idóneo para el bebé. A partir de los 6 meses, se debe comenzar la alimentación complementaria, pudiendo ser vegetariana o vegana, si se basa en productos frescos poco procesados, incluye los nutrientes necesarios y se suplementa con, al menos, vitamina D hasta los 12 meses y vitamina B12 de por vida. Es posible realizar una alimentación vegetariana o vegana de forma adecuada y saludable en cualquier etapa de la infancia, siempre y cuando esté bien planificada, suplementada y supervisada por un profesional con experiencia.

 

Key words: Food; Children; Teenagers; Vegetarian; Vegan.

Palabras clave: Alimentación; Niños; Adolescentes; Vegetariana; Vegana.

 

 

Pediatr Integral 2025; XXIX (2): 119 – 132

 


OBJECTIVES

• To review the expert position on vegetarian and vegan nutrition in childhood.

• To establish recommendations for vegetarian nutrition in childhood that meet the needs at each stage.

• To determine the nutrients to monitor and how to do it.

• To provide food options to advise families with these eating patterns.


 

 

Vegetarian and other alternative diets

https://doi.org/10.63149/j.pedint.20

Nutrition in childhood

Infant nutrition is the foundation of an individual’s present and future health, so it must be ensured that it is adequate and sufficient.

From before birth, in the stage known as “the first 1,000 days” which covers from conception to 24 months of life, including the months of gestation, the body uses nutrients and lifestyle to program some of the processes that will accompany it forever(1,2). Therefore, guiding parents about healthy habits and, specifically, giving appropriate advice on infant nutrition, respecting traditions as much as possible, constitutes one of the fundamental pillars of public health(3).

In recent decades, there has been an increase in the number of people adopting vegetarian and vegan diets, whether for health, environmental, or other reasons. 2-5% of American adults are vegetarian(4,5). It is estimated that there are over 20 million vegans in the United States(6). In Europe, between 3 and 8% of the population is vegetarian(6,7). In Germany and Sweden, the figure is estimated to be as high as 10%, and while the number of children following these diets is unknown, these families are more likely to adopt similar patterns(5,7). In Italy, France, and Spain, up to 7% of the population follow this diet(8). In Poland, rates are as high as 8% among adults, and in the United Kingdom, 12%(7). In India, the percentage rises to 30%(2,5,9). Sometimes it is the parents who identify with this option, and other times it is the children themselves who express their desire to avoid animal products(10). In older children, especially if their family is omnivorous, concerns about food and, in particular, their body image should be investigated in order to rule out or detect early an eating disorder as the cause of the dietary restrictions(6,10,11).

What are the basic foods in childhood?

The main diet we should undeniably promote, and one that has widely demonstrated its benefits for infant health, is breastfeeding. In addition to being available, modifiable, and adapted to each stage of development, it is complete enough to cover nutritional needs up to 6 months of age, as it has the nutrients the baby needs(1,10). Exclusive breastfeeding is promoted as the optimal diet for infants up to 6 months of age. After that, breast milk remains the basis and main component of the diet until 2 years of age, although it is true that supplementation and diversification of foods should begin progressively once the infant turns 6 months old. Breastfeeding is recommended until at least 2 years of age and, thereafter, for as long as both mother and child desire(1).

If breastfeeding is not possible or is insufficient, the infant should be fed formula adapted to their needs during the first year of life. There is a cow’s milk adapted for the first 6 months, called starter formula or type 1. If desired, at 6 months it can be switched to type 2 or follow-on formula. From 12 months of age, the infant is ready to tolerate whole cow’s milk. For vegan families who do not wish to offer animal milk or its derivatives, the recommended option during the first year of life should be a plant-based formula adapted to the infant. Other beverages intended for the general population, whether commercial or homemade, such as almond or oat milk, should not be offered. It is important that the products be specifically prepared to be tolerated and sufficient for the infant’s growth and development(10).

Other foods are not essential. It’s not “absolutely necessary” for children to eat meat, fish, milk, or any other specific food. What is important is knowing how to ensure they get the necessary nutrients, regardless of their source.

Likewise, all families should be encouraged to limit their consumption of products rich in simple sugars, saturated fats, and salt, known as ultra-processed foods, because they are associated with chronic diseases such as obesity, hypertension, and type 2 diabetes. With the arrival of vegetarian and vegan trends, often linked to the idea of health, well-being, and environmental friendliness, the food industry has increased the supply of prepared products with this label, which does not guarantee that they are healthy, as is the case with many sweets, pastries, juices, and sugary drinks. Every diet, omnivorous or not, should be based on fresh, minimally processed products(10,11). This is especially important in the early years of life, when food preferences develop. If the supply of processed products is high, a rejection of fresh foods is likely to develop, since the former are highly palatable. Furthermore, it is recommended not to add salt to foods offered to babies until they are 12 months old. Sweeteners (mostly free sugars) should be avoided as much as possible, as should artificial sweeteners. The later they become familiar with these types of flavors, the more readily they will accept the variety of products nature offers(11).

Pediatricians, especially those in primary care, must be up-to-date in order to advise families, regardless of their dietary pattern. Regardless of eating habits, people are increasingly consuming foods rich in saturated fats, sugars, and salt, which is detrimental to the current and future health of the population. Therefore, we have ample room for improvement ahead(12).

Plant-based eating patterns

There are numerous variations of the vegetarian diet(10,13,14). The main ones are shown in table I. In this article, we will focus on the two main plant-based dietary patterns: vegetarianism and veganism, since the other options are not recommended during childhood.

Tabla

 

Vegetarians: these are people who do not consume foods derived from animal flesh, including fish and shellfish, but do consume products derived from live animals, such as dairy products, eggs, and honey.

Vegans: their diet does not include any products obtained through the use of animals.

Is a vegetarian diet healthier?

To answer this question, it is important to consider what foods will be included in the family’s menu. The presence of ultra-processed foods, rich in saturated fats, sugars, salt, or combinations of these, can occur in any type of dietary pattern. That is, even if they are not of animal origin, these products do not have beneficial properties themselves. This happens, for example, with certain types of processed pastries, sugary drinks, snacks, and so on. One of their advertising claims is that they are “suitable for vegans”, and they are far from being good for the body. On the contrary, if a diet includes minimally processed animal products (fish, meat, cheese, milk, natural yogurt) but is based on fruits, vegetables, grains, and seeds, it can be more balanced and healthier than a vegetarian diet with an excess of unnecessary ingredients. It all depends on the type of foods included in each dietary pattern. We must approach the topic without prejudice and with rigor, showing genuine interest in checking whether the family has the necessary knowledge and, if not, guiding them toward an optimal dietary pattern for the child.

In general, plant-based diets have some advantages, such as higher fiber content, lower saturated fat content, which contributes to a more favorable lipid profile, and providing antioxidants and other bioactive compounds beneficial to the body. Furthermore, these foods have a much smaller water footprint, making them more sustainable for the planet and having a lower environmental impact on natural resources(3,11).

However, for a vegetarian diet to be adequate, it must be well planned and requires knowledge based on scientific evidence(10).

Is a vegetarian diet suitable for children?

Most pediatricians support the vegetarian diet and affirm that optimal growth and development can be achieved in children following this type of diet. Even so, all studies point to the importance of adequate information, properly planned menus, and vitamin B12 supplementation, given that the only sources of vitamin B12 are animal products, and dairy products and eggs are insufficient. Studies and organizations that do not support vegetarianism in childhood emphasize the risk of nutritional deficiencies in cases where adequate counseling is not provided, particularly in iron, iodine, omega-3 fatty acids, vitamin D, calcium, and vitamin B12(11). Hence, the need for health professionals who work with families to be properly trained to provide recommendations and monitor these children. If they lack the necessary knowledge, it is essential to refer families to a dietitian-nutritionist expert in vegetarian diets to ensure that their diet will be balanced and sufficient. The younger the child and the more restrictive the diet, the greater the likelihood that the dietary pattern is unhealthy, so greater attention must be paid to it. Ensuring that all nutrients are supplied in the right proportion and quantity requires specific knowledge, so that optimal growth and function can be achieved at any age(15).

Studies show lower weight in children who follow this eating pattern, with lower rates of overweight and obesity in this group, and adequate growth at any age. It also appears to reduce the risk of developing chronic diseases. Further research is needed, as updated, long-term studies with sufficient and homogeneous samples are lacking(2,10).

There is no consensus among experts regarding vegetarian and vegan diets in children. Table II summarizes the positions of different organizations and countries regarding vegetarianism in childhood.

Tabla

 

The German Society of Nutrition, the American Academy of Pediatrics, and the Belgian Academy of Medicine do not recommend that children, adolescents, pregnant women, or breastfeeding mothers follow diets free of animal products, especially the vegan pattern. They state that the most appropriate diet in childhood is omnivorous, with a high intake of vegetables and a moderate intake of meat, fish, and dairy products(5-7,15-17). Experts from countries such as France and Italy indicate that veganism in children should be avoided due to the high risk of nutritional deficiencies if they do not receive supplements. They also promote systematic supplementation with vitamins B12 and D, calcium, and docosahexaenoic acid (DHA), in addition to iodized salt(5,9,12,18). The European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) advises against it in children under 12 months of age(6,9,15). The 2020-2025 American Guidelines recommend a vegetarian dietary pattern starting at 12 months of age. However, the American Academy of Nutrition and Dietetics, the Canadian Pediatric Society, and the Argentine Nutrition Society do consider it a healthy dietary pattern at any age, as long as it is well planned and supplemented, with accurate information and adequate monitoring by expert professionals(3,5-7,15). The same opinion is held by the Dietetic Associations of Australia, the United Kingdom, Italy, Portugal, and the Nordic countries(5,7,12). In Poland, they consider supplementation and monitoring by a nutrition expert to be necessary(12). In Spain, the Spanish Association of Pediatrics (AEP) considers an omnivorous diet more appropriate, especially for infants, but states that a well-planned vegetarian and vegan diet supplemented with vitamin B12 can be healthy at any age(5,10). The most skeptical consider that no substitute exactly matches the nutrients found in meat, which could pose a short- and long-term health risk for children. Some propose reducing red meat consumption by increasing poultry and fish intake in a so-called flexitarian approach, which could reduce cardiovascular risk without increasing the risk of nutritional deficiencies. In general, nutrient deficiencies could be avoided through supplementation, with appropriate clinical and analytical monitoring by well-qualified and experienced professionals(4,11).

What should a vegetarian or vegan diet be like?

To provide a child with all the necessary nutrients, the diet must be well planned, regardless of the type of diet adopted. This means a wide variety of foods, including vegetable fats, sources of omega-3, calcium, and monitoring vitamin D and B12 intake(8). For vegetarian or vegan families, it is recommended that each meal include at least one of the following food groups: legumes and their derivatives, cereals, nuts, seeds, and, if consumed, dairy products and eggs(11).

If the family wishes, advice from a nutrition specialist may be recommended. To avoid nutritional deficiencies, prior training and professional support are sometimes necessary. A balanced and varied menu should avoid improvisation and apply the basic concepts of a vegetarian diet(4).

Figure 1 shows the plant-based food pyramid developed in France. The recommended servings for different foods are shown in a very original way.

Figure 1. Vegetarian food pyramid. Source: Pyramide Alimentaire Végétale – AVF (Association Végétarienne de France).
Available in:
https://www.vegetarisme.fr/produit/pyramide-alimentaire-vegetale/.

 

Planning the vegetarian and vegan diet

For a healthy eating pattern in childhood, meal planning is essential.

To ensure the intake of necessary nutrients in childhood and avoid the overuse of unhealthy foods, any dietary choice must be organized and planned appropriately. This is especially important when certain food groups are omitted. Generally, if the diet is well planned, nutritional deficiencies are not likely to occur. This helps focus on those key components of food that deserve special attention, avoiding deficiencies that can be dangerous for a growing body, such as that of a child. Parents’ knowledge of nutrition and their professional advice determine the quality of the diet of vegetarian and vegan children(6).

Several studies comparing vegetarian and vegan children with omnivorous children found that the amount of energy consumed was similar(19,20). Others showed lower energy consumption in vegan children(21). In general, the macronutrients ingested by vegetarian and vegan children are those necessary for optimal growth(22). Omnivorous children consume more protein, fats (especially saturated fats) and free sugars, while vegans consume a higher proportion of carbohydrates and fiber(19,21). They also show higher intakes of cholesterol, calcium, iodine, zinc, DHA and vitamins B12, B2 and D than omnivores. Vegetarian children show lower intakes of all amino acids, but they are sufficient to cover their requirements. They have a higher intake of folates, carotenoids, magnesium, iron, vitamins E, A, B1, B6, K and C, potassium, monounsaturated fatty acids (MUFA) and polyunsaturated fatty acids (PUFA)(11,17,20-23). If they are not supplemented, they present vitamin deficiencies, mainly B12 and D(19). Lower levels of serum albumin have been observed in vegetarian children compared to omnivores, but they were within normal limits, as were the values of amino acids in the blood. Recent studies show that vegan children ingest higher quantities of some vitamins and minerals, although calcium is below requirements. Omnivores exceed iodine, calcium and riboflavin. Vitamins B2 and B12 and iron were also shown to be lower in children with vegan diets, although no serum deficiencies were observed.

All children, regardless of diet, had low vitamin D intakes(12,19). Selenium may be a deficiency nutrient in vegetarians and vegans living in areas with selenium-poor soils. Table III summarizes the nutrients at risk by dietary pattern(12).

Tabla

 

Nutrients in plant-based diets

In the vegetarian eating pattern, the contribution of different nutrients must be taken into account.

Nutrients that should be monitored in people on vegetarian or vegan diets include protein, iron, zinc, iodine, selenium, omega-3 fatty acids, vitamin D, calcium, and vitamin B12. Special attention should be paid when a child exhibits aversions to food groups, which are very common at certain ages, as this increases the risk of malnutrition or deficiency. Studies on children following meat-free diets have yielded variable results, but most are old and heterogeneous. The most recent studies show that, thanks to fortified foods and supplements and a better understanding of children’s nutritional needs, vegetarian dietary patterns are conducive to growth.

Vegetarian children have been shown to have lower serum levels of total cholesterol, high-density lipoproteins (HDL), vitamins B12 and D (without supplementation), with higher glucose and triglycerides. In contrast, vegans have lower values of low-density lipoproteins (LDL), HDL, iron, C-reactive protein, vitamins B12 and D (without external input), with higher levels of homocysteine and mean corpuscular volume(20,21). Vegans also have lower levels of fat-soluble vitamins, especially A and D(21). A lower index of oxidative stress is observed in vegetarians. If the diet is properly planned, a more favorable inflammatory profile is observed, with a protective effect of the plant-based diet on the inflammatory state of the body.

Calories

We must ensure the necessary intake for the child’s growth. Since, in general, plant-based products are lower in calories than foods of animal origin, it is established that the calorie intake in a vegetarian diet can be 10-15% higher. This is achieved by increasing the amount, if tolerated and accepted, or by choosing foods with greater calorie density, such as avocado, legume or nut creams, or eggs if they consume them.

Proteins

The belief that vegetarian diets lack protein is not true in most cases. If energy intake is sufficient, protein needs are adequately met(3,5). So-called children’s menus, in fact, often contain excess protein. Protein intake in a vegetarian eating pattern is ensured with a varied and balanced diet that includes one of these food groups at each meal: legumes (including soy and its derivatives), cereals (wheat, oats, quinoa), seeds, nuts, and milk or eggs if desired. Thus, with 2-3 daily servings of these foods, preferably combined, protein intake is assured(5,10,12,15). Figure 2 shows protein-rich plant foods.

Figure 2. Protein-rich plant foods. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

To achieve the necessary intake of essential amino acids, foods (e.g., legumes and cereals) should be combined throughout the day, not necessarily in the same meal, as was previously thought(3,5). In children under 2 years of age, it does seem advantageous to combine complementary proteins in 6-hour intervals(8). This is because cereals are deficient in lysine, and some legumes are deficient in methionine. Chickpeas, soybeans, and other vegetables, such as beetroot and pistachios, have a nutritional profile that includes all the essential amino acids, so it is recommended to include them in the daily diet. Seitan, a wheat-derived product, is also a good source of plant-based protein(11). We should recommend the intake of different foods, alternating them. It is also true that the digestibility of plant-based proteins is lower than that of animal proteins, which contributes to the need to ensure the necessary intake to cover requirements(23). For these reasons, it is recommended to increase protein intake by 10% to 30% daily to ensure adequate amounts during childhood and adolescence(5,8,13,15,19). More specifically, by age, children under 2 years of age require the greatest increase in protein intake, around 30-35% more than omnivores, 20-30% up to 6 years of age, and 15% thereafter(3,14).

Iron

Some studies show lower ferritin levels in vegetarian children compared to omnivores, but this did not indicate a deficiency, as they were within normal ranges and did not present higher rates of anemia(3,4,11,14,17). In addition to lower ferritin, lower hepcidin levels and increased serum transferrin receptor concentrations have also been observed(22). Due to their tannin, polyphenol, phytate, and fiber content, the bioavailability of iron from vegetables is lower(6,16). In vegetarians, iron absorption is physiologically increased(2,3). In fact, some studies show a higher iron intake in vegetarian children and adolescents(17).

Foods high in iron, which should be part of a child’s regular diet to ensure a good supply of this mineral, include legumes, spinach (from 12 months of age), eggs, seeds, nuts, and whole grains. Iron utilization can be enhanced by accompanying foods rich in vitamin C, such as kiwi, tangerines, tomatoes, or oranges, which counteracts its lower bioavailability(3,5,10,11,13). Figure 3 shows some examples of plant foods rich in vitamin C. Iron absorption is improved by fermenting, sprouting, and soaking legumes and seeds, which reduces the chelating effect of the phytates they contain. Conversely, their combination with foods rich in phytates, oxalic acid, and calcium should be avoided(6). It is therefore important to increase the intake of iron-rich foods in this population. Even more attention should be paid in adolescence, since the risk of iron deficiency is higher(12).

Figure 3. Plant foods rich in ascorbic acid or vitamin C. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

Iodine

It is recommended to ensure iodine intake through food or milk until iodized salt can be introduced at 12 months of age(8). From that age on, in Spain, the entire population is recommended to cook with iodized salt, which is supplemented with this mineral. This practice, along with a varied and balanced diet, ensures the necessary intake. Seaweed, a food that contains high amounts of iodine, is not recommended in children’s diets due to the risk of excess and toxicity(6,10).

Up to 6 years of age, the recommended daily intake of this mineral is 90 micrograms, 120 between 6 and 12 years of age and 150 from adolescence onwards(15).

Zinc

Although zinc intake is lower in vegetarians and vegans than in omnivores, it is usually sufficient to maintain normal levels(11). Zinc is found in a multitude of foods, such as dairy products, eggs, legumes, nuts, seeds, and grains like oats and quinoa, but some antinutrients hinder its absorption. Therefore, cooking techniques such as fermenting or soaking legumes are recommended. Zinc intake is beneficial alongside organic acids from fruits and vegetables(2,6).

Selenium

Selenium may be deficient in vegetarian diets of children living in areas with selenium-poor soils, so the intake of cereals, nuts, and legumes should be recommended for these groups as part of a varied and balanced diet. Long-term excessive consumption of Brazil nuts in young children is not recommended due to the risk of selenium excess.

Polyunsaturated fatty acids (omega 3)

The fat intake profile is healthier in vegetarian diets, with a better antioxidant status, although the intake of omega 3, mainly from fatty fish, must be ensured in omnivorous diets(11).

Due to the food sources included in their diet, children with vegetarian diets consume lower amounts of eicosapentaenoic acid (EPA) and DHA, although the effects of this intake have not yet been determined(6,10). In the case of vegans, their percentage of dietary fat is even lower, and sometimes omega 6 displaces omega 3, which is unhealthy in the long term, so the intake of both lipid groups should be monitored(6). To achieve adequate levels of omega 3 fatty acids, which are also balanced with respect to omega 6 fatty acids, the consumption of ultra-processed products should be avoided. The use of olive oil or high-oleic sunflower oil should be promoted, including, in the regular diet, foods with a healthy lipid profile, such as nuts, which can be ground or in cream form, during the first 5 years of life, especially walnuts, seeds such as flax or chia, and soy(10,15). As a recommendation, regular consumption of foods rich in alpha-linolenic acid (ALA), a precursor of omega 3 and present in foods such as nuts, soy, flax and chia seeds and green leafy vegetables should be encouraged(11).

DHA supplementation could be interesting and beneficial for infants whose breastfeeding does not reach half of their daily intake, and there is even the possibility of giving algal oil to all vegetarian and vegan infants when they begin solid food.

In some countries such as Italy, it is recommended that children between 6 months and 3 years consume 100 mg of DHA per day, regardless of the type of diet(5,8).

Vitamin D and calcium

For all children under 12 months of age, whether vegetarian or not, daily supplementation with 400 IU of vitamin D is recommended, preferably in the form of D3, which is already available from plant sources(3,8,11). From that age onwards, it is not usually necessary if the diet is varied, sufficient, balanced and not very restrictive, although it must be assessed individually, especially in vegans. The most recent studies, conducted in children, show levels within the normal range with a bone turnover rate similar to that of omnivores. Lower bone mineral content is observed in vegans, which corresponds to the lower levels of calcium consumption in this type of diet(20).

We must emphasize the need for daily sun exposure with protection. The main source of vitamin D is sunlight. Just 15 minutes a day on the face, neck, and forearms is enough to receive the necessary intake. It is found in small and variable quantities in food, so it may be worth including fortified foods(6). It is essential to instill the habit of physical exercise from a young age. Throughout childhood, it is recommended to do 60 minutes of moderate to intense activity daily. In addition to many other benefits, this practice promotes proper bone development(10).

Dietary recommendations should be individualized. Plant-based foods that provide calcium are primarily legumes (especially white beans, soybeans, and their derivatives), cereals, nuts (almonds, tahini), figs, cabbage, kale, collard greens, watercress, broccoli, arugula, dairy products, and eggs(3,13,14). Figure 4 shows plant-based foods rich in calcium. Consumption of leafy vegetables with low oxalate content, such as broccoli, kale, and collard greens, should be encouraged to prevent a decrease in oxalate bioavailability(5,10,11). Green leafy vegetables, such as spinach and chard, are not good sources of calcium due to their low absorption in the presence of oxalates. They should also be avoided until the age of 12 months due to the risk of methemoglobinemia. Phytic acid in legumes, nuts, and seeds also reduces calcium bioavailability.

Figure 4. Calcium-rich plant foods. Source: Vegan Health – Evidence-Based Nutrient Recommendations.
Available in:
https://veganhealth.org/.

 

For all these reasons, people following a plant-based diet should increase their intake of this mineral by 20%(6,15). Table IV shows the calcium intake of some foods. In comparison, 100 ml of cow’s milk contains 120 mg of calcium.

Tabla

 

Occasionally, it is recommended to offer children enriched or fortified foods, depending on the individual needs and the nutrient intake they receive from their regular diet. This should be done on an individual basis. The advice of a dietitian with expertise in vegetarian nutrition will ensure the appropriate administration of supplements if necessary. This is especially important for children on a vegan diet, as they do not consume milk or dairy products, and it may be more difficult for them to meet their calcium requirements(10). Therefore, for vegan children, calcium-fortified foods, including mineral water, may be recommended to ensure calcium intake, or supplements may be recommended if necessary(15). Breast milk should not be overlooked as a source of calcium. Its bioavailability is almost 60%, while that of formula milk is 38%.

Vitamin B12

Supplementation is essential for all vegetarian children from 6 months of age, even if they consume eggs and dairy products(15,23). To achieve adequate intake levels, the amount of these foods required would unbalance the diet(10). In the first 6 months of life, if the mother is vegetarian, she should take a supplement, which would be sufficient to cover the baby’s requirements. After that age, cyanocobalamin must be supplied externally throughout life(5,15).

Dosage may be weekly or administered several times a week, varying according to the child’s age and characteristics. Various recommendations can be found with different doses depending on the regimen chosen, although the most important thing is to facilitate long-term compliance. Some studies indicate that it is preferable to take the dose in fractions during childhood, that is, daily or several times a week, to promote intestinal absorption of the vitamin and achieve its optimal use(8). High doses in a single weekly dose can saturate intestinal vitamin receptors, resulting in the loss of a large part due to non-absorption(6,11). It is estimated that doses greater than 2.5 micrograms saturate the intrinsic factor and prevent the absorption of the remainder, so it seems more beneficial to administer the vitamin in fractions or in single daily doses(5).

Figure 5 shows the main vegetarian food sources of some key nutrients in this group(14,23).

Figure 5. Vegetarian sources of some nutrients.

 

Supplementation with multivitamin complexes is not recommended, as there is a risk of interaction between compounds and even poisoning(5).

Culinary techniques

Some plant-based foods contain antinutrients, such as enzyme inhibitors, polyphenols, dietary fiber, tannins, or phytates, among others, which interfere with the ability to utilize amino acids and minerals. Furthermore, certain foods can sometimes be difficult to digest, especially for young children.

There are a number of food hygiene tips, such as washing fruits and vegetables thoroughly before eating them and some cooking techniques that improve digestibility or food utilization, such as soaking legumes or not discarding the broth from cooking vegetables, that should be known in order to advise families. The preparation and cooking of certain products influence their absorption(5).

Cooking recommendations include soaking legumes for at least 8 hours before cooking, removing the cooking water. To facilitate digestion and reduce the amount of gas that bothers children, it is recommended to cook them for longer periods of time. To optimize the assimilation of plant foods, priority cooking methods should be boiling, stewing, sprouting, or fermenting. Heat inactivates many antinutrients, so cooking or boiling some plant products is beneficial.

Ultra-processed foods

Ultra-processed products are those produced by the food industry using techniques or the addition of substances that make them very different from the original ingredients. That is, they have been modified to increase their palatability or improve their organoleptic characteristics. They are usually products rich in saturated fats, salt, simple sugars, or a combination of these. The emergence of these foods has revolutionized the way people eat. Since they are mostly ready-to-eat products, which reduce the time spent in the kitchen, families, who often have to find ways to balance work and parenting hours, have increased their use to the point of using them daily. Whether for convenience or food preference, consumption rates of these types of products have skyrocketed in recent years. These data are very worrying, due to the association between this type of diet and the development of chronic diseases, such as cardiovascular disease, obesity, and diabetes.

Healthy eating, at any age, is based on the consumption of fresh, minimally or unprocessed foods. We must emphasize that no matter how “plant-based” a highly processed product may be, it is not beneficial to the body. These are advertising claims that exploit public misinformation and lead to confusion. It has been shown that unhealthy vegetarian diets, rich in free sugars, salt, and saturated fats, are associated with an unfavorable metabolic profile, such as elevated LDL cholesterol, high blood pressure, or altered glucose metabolism. Therefore, the intake of these types of products should be limited(9). The food industry can implement measures to improve the products it offers, contributing to the public health of the population, and especially children(12).

General recommendations by age

Infants under 6 months

Breastfeeding on demand should be recommended and promoted in all families. The infant’s only food should be milk, preferably breast milk or, failing that, an adapted infant formula (animal or plant-based) that complies with the regulations.

Vitamin B12 should be given to the mother if she is breastfeeding. It is usually added to the formula used for formula feeding. Furthermore, in Spain, vitamin D supplementation is recommended for all infants up to 12 months of age.

Children from 6 months to 2 years

Their main diet should still be milk, preferably breast milk or, if this is not possible, an adapted follow-on formula (animal or plant-based). From this age on, it is advisable to use legumes instead of meat, and to offer iron-rich and nutritious foods using the baby-led weaning (BLW) method or the baby-led introduction to solids (BLISS) method, if desired. For vegans, it may be worth introducing calcium-enriched soy yogurts. Foods such as eggs, hummus or chickpea pâté, tofu, avocado, peas, lentils with rice, chickpeas with couscous, or peanut butter are very well tolerated. If possible, it is preferable to use whole grains, including lesser-known varieties such as quinoa or amaranth. Regular consumption of vegetables rich in vitamin A, such as carrots, pumpkin, and sweet potatoes, should be encouraged(10,13). In reality, an infant’s menu should be similar to that of the rest of the family, tailored to their age, as long as it is balanced, well-planned, and based on fresh, minimally processed products. After introducing different foods, it is recommended that vegetarian and vegan children frequently eat legumes (including soy and soy products), fruits, vegetables, nuts, seeds (flax, chia, sesame), and eggs and dairy products, if used(8,11). Legumes are a wonderful food for infants from 6 months of age. They provide a multitude of nutrients, including protein, iron, zinc, calcium, magnesium, fiber, carbohydrates, and antioxidants. They are very easy to chew and come in a wide variety of forms and derivatives, such as tofu and tempeh(11). Nuts and seeds are another fantastic food group to consider for complementary feeding. They are a source of protein, mono- and polyunsaturated fats, fiber, antioxidants, calcium, iron, selenium, zinc, and vitamins B and E. They can be offered from 6 months of age, distributed throughout the day, always ground or in cream form until 5 years of age. During the first year, spinach, chard, borage, arugula, honey, and seaweed should be avoided. Foods with laxative effects, such as flax and chia seeds, should be offered occasionally and preferably ground(11). In younger children, especially at the beginning of complementary feeding, fiber intake should be limited so as not to interfere with the absorption of nutrients, mainly calcium, iron, and fats, or cause early satiety(5,8). Iron intake must be ensured. The foods offered should be of high nutritional density, providing energy, protein, iron, zinc, and other nutrients, even in small quantities. Examples of this are: legumes, avocado, eggs, tofu or nuts in cream or ground form(3).Varying foods, in addition to making the diet less monotonous and more fun, contributes to increasing satiety and ensuring the supply of nutrients, especially important in the vegan community(17).

Some tools have been developed that can help plan meals for vegetarian or vegan infants, such as the wheel shown in figure 6. It shows the different food groups to be offered, without forgetting vitamin D and B12 supplements, the first up to 12 months (in Spain) and the second throughout life, if the infant does not eat meat or fish(8).

Figure 6. Nutritional needs in infants.
Modified from: Baroni L, Goggi S, Battino MA. Planning well-balanced vegetarian diets in infants, children and adolescents: the vegplate junior. J Acad Nutr Diet. 2019; 119: 1067–74
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School-age children

From the age of 2, children should eat the same food as the rest of the family, with a focus on fresh produce.

Each main meal (2-3 servings per day) should include at least one of the following foods, trying to vary them throughout the week: legumes, grains, nuts, seeds, and, for vegetarians, dairy products and eggs. Legumes should be eaten at least once a day.

Examples of a protein serving: one egg or a glass of milk; for legumes: one glass of soy milk, a bowl of cooked lentils, a handful of textured soy, and a chickpea burger.

A serving of nuts: one tablespoon of peanut butter, one tablespoon of ground almonds, a handful of crushed walnuts (whole nuts, for children 5 and older).

Some foods widely used in plant-based diets are:

Tempeh: prepared by fermenting soybeans. It can be eaten fried or grilled, or it can be used to add texture to dishes.

Textured soya: it is a soy preparation that can be hydrated and used as a substitute for minced meat to prepare dishes such as lasagna or stuffed peppers.

Seitan: a food made from wheat gluten. It has a firm texture, so it can be eaten alone or added as an ingredient to many dishes (salads, stews, etc.).

Tofu: is a preparation of curdled soybeans, with an appearance similar to cheese and a texture that varies depending on the type. It can be consumed chopped or used to make sauces or creams.

Natto: this is a product made from fermented soybeans, but in this case, its texture is sticky. It is usually mixed with rice and seasonings.

Couscous: durum wheat semolina. It needs to be hydrated for consumption.

Miso: it is a condiment in paste form made from fermented soybeans. It is most commonly used to make soup.

Tahini: this is a paste made from sesame seeds. It is used to make hummus.

They do not necessarily need to be included in menus, but they can provide nutrients and expand culinary possibilities, making them good resources to consider(14). If they are processed, it is preferable to choose those that do not exceed the salt content and do not have added sugars or saturated fats, especially if they are used frequently.

Teenagers

At this stage, it is important to ensure adequate calorie and protein intake, as the need for these increases due to the pubertal growth spurt. Although calcium absorption improves at these ages, it is a mineral that cannot be deficient during adolescence. If it is not possible to ensure adequate intake, especially in vegan families, it is necessary to resort to fortified foods or supplements. For girls, we should increase iron intake, coinciding with menarche and menstrual bleeding.

The healthcare professional should always be alert to possible restrictive behaviors that indicate a hidden eating disorder(3).

Daily consumption of legumes or their derivatives, as well as dairy products and eggs, if desired, should be recommended. From the age of 10, a serving of eggs is 2 units, and a serving of dairy products is 2 yogurts(14).

Monitoring and check-ups

Monitoring of children on vegetarian diets should be individualized.

Children on a vegetarian diet should be monitored for optimal growth and development, as would be the case with any other child. However, we must also pay attention to detecting possible nutritional deficiencies in these children(5,9,19). At each visit, patients should be asked about symptoms such as fatigue, pallor, irritability, hair loss, or paresthesia, which may be caused by micronutrient deficiencies. The manifestations of deficiency states in some nutrients are summarized in table V(17).

Tabla

 

Long-term follow-up should be conducted individually by a qualified professional with experience in the field. Additional laboratory tests or analyses are not justified in all cases. Age and other individual circumstances must be assessed, since the follow-up required by a child following a lacto-ovo vegetarian diet is not the same as that required by a vegan child, or by a family with years of experience as that required by an adolescent starting this type of diet. Dietary habits vary greatly between families, so an adequate history should be taken to provide the necessary information on the characteristics of the diet in each case. Age and other individual circumstances, such as the degree of food group restriction, must be assessed(3). In general, some expert groups suggest performing a blood test that includes a complete blood count with reticulocyte count, iron profile, vitamin B12, and homocysteine levels at the start of a dietary change. Similarly, they propose periodic monitoring with laboratory tests every 6 months during the first two years of life and during adolescence, and once a year for the rest of childhood. Other tests can be added depending on the clinical presentation or if suggested by the physical examination, the child’s dietary intake, or the type of supplementation they receive. If vitamin B12 deficiency is suspected, early markers include homocysteine, transcobalamin, and methylmalonic acid, so these levels should be requested(5,6,15). The most appropriate markers for assessing iron status appear to be hepcidin and the transferrin receptor, as they are less variable in inflammatory states common in childhood and allow for early detection of subclinical iron deficiencies(22,15).

It’s essential to ensure that the child’s diet is balanced and that he or she is growing within the appropriate guidelines, is active, and is happy. If so, he or she will undergo the same health checks as other healthy children.

Vegetarian children have been observed to have a lower body mass index (BMI) compared to omnivores, but their growth and development are normal(4,11). One study showed that vegetarian children have lower gluteal-femoral adiposity, but a similar proportion of total fat and lean mass to omnivores, while vegans have lower body fat indices with lean mass similar to the rest(20). Other results conclude that vegetarians have a lower fat mass index. In some studies, no differences were found in the parameters of weight, height and BMI(22).

Compared with standard weight and height scales, vegetarian and vegan children under 5 years of age often show lower values, although within normal limits. This is not always negative, as current BMIs tend toward overweight and obesity. In many cases, children with vegetarian and vegan dietary patterns have been or are receiving a greater proportion of breastfeeding than omnivores, who are often formula-fed, showing more accelerated growth patterns(4).

In children older than 12 months, monitoring vitamin D intake is recommended, including monitoring levels. However, universal supplementation is not indicated due to the risk of toxicity in the case of overdose. During adolescence, some studies recommend annual lumbosacral bone densitometry(6,15). In contrast, studies conducted in 2001 showed adequate bone density in vegetarian children, given that this population’s calcium absorption capacity is more effective(15,24).

We must not forget that nutrition is more than just eating. It involves traditions, beliefs, habits, routines, and all of this is part of the daily reality of family life. As professionals, we must respect these choices and be able to make recommendations aimed at achieving the highest level of child health.

The future of the vegetarian and vegan children’s community

This is already being considered in some countries with longer trajectories of these dietary patterns. Studies with larger samples and similar characteristics, using markers and parameters that allow for analysis of the overall health of children with these dietary patterns and conducting long-term follow-ups, are still needed(12,17,18). Research is needed to address the concerns and doubts that some experts still have and to demonstrate the safety of this type of well-planned dietary pattern.

Role of the Primary Care pediatrician

The pediatrician must be able to listen, empathize, understand, and respect the family’s and individual’s dietary choices, identifying possible deficiencies that need to be corrected.

As healthcare professionals, child health promoters, and those responsible for monitoring children throughout childhood, primary care pediatricians are key players in families. Within this, a fundamental aspect is nutrition. A child’s symptoms are not always due to nutritional problems, something that should also be taken into account in vegetarian and vegan families. A series of questions can help determine the quality of a child’s diet and provide guidance on where to focus(23). This questionnaire, aimed at families with a plant-based eating pattern, brings together key points to reinforce them and ensure optimal nutrition. It is based on the following aspects, according to age:

Children under 2 years old: the mother is supported with breastfeeding, takes vitamins B12, DHA, and iodine, and eats a healthy diet; the baby takes vitamin D3; if formula is given, it is with an adapted formula during the first year of life; if the appropriate milk is used (breast milk for as long as desired, adapted formula up to 12 months, and thereafter, whole cow’s milk or calcium-enriched soy milk); the infant eats legumes, nuts, and seeds, has sufficient calories, and receives milk on demand; they regularly include avocado, nut butters, legumes or their derivatives, and tubers; they know which foods to avoid (salt and sugars, honey, seaweed, green leafy vegetables such as spinach, chard, and borage up to 12 months, whole nuts, uncut round foods, hard foods, or foods that pose a choking risk until school age); the infant takes B12 supplements from 6 months onwards and vitamin D3 up to 12 months.

Over 2 years old: he/she eats a variety of fruits and vegetables at every meal, including those rich in vitamins A and C (sweet potato, carrot, pepper, spinach, broccoli, apricot, kiwi, orange, etc.); includes a protein-rich food at every meal; focuses on whole grains over refined grains; regularly uses high-oleic olive or sunflower oil; consumes two daily servings of dairy products with calcium (or, for vegans, ensure the equivalent); uses iodized salt; minimizes consumption of simple sugars and ultra-processed foods; and takes an adequate vitamin B12 supplement.

Finally, each case must be individualized to recommend the necessary supplements. Table VI summarizes the most important ones.

Tabla

 

Conclusions

A well-planned vegetarian and vegan diet, supplemented with nutrients (vitamin B12 and others, depending on age and circumstances), allows for proper growth and development. The primary care pediatrician is a key figure in supporting these families.

Conflict of interest

There is no conflict of interest in the preparation of this manuscript nor source of funding.

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The asterisks indicate the authors’ opinion of the article’s interest.

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This article reviews the vegetarian and vegan diet in childhood, with special emphasis on culinary recommendations. It is very practical, with key points outlined by stage and under specific conditions.

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This is an easy-to-read, up-to-date article that reviews the key nutrients to consider in a plant-based eating pattern. It outlines recommended supplementation and emphasizes key points based on the child’s age.

– Martínez-Biarge M. Feasibility of vegetarian and vegan diets in childhood and adolescence. How should it be prescribed correctly? Factibilidad de la dieta vegetariana y vegana en la infancia y la adolescencia. ¿Cómo prescribirla correctamente? FMC. 2022; 29: 110-8.

A very up-to-date, comprehensive, and practical article. Specifically aimed at primary care professionals, it offers very useful recommendations for consultations.

– Web: https://veganhealth.org/

This website discusses nutrients, including tables and examples. It’s very practical and visual, and easily accessible to the general public.

– Web: https://www.vegweb.com/

It contains recipes. Possible substitutes for other animal-based foods (egg, milk) are discussed. Very useful for providing ideas.

– Web: https://www.unionvegetariana.org/

It includes recipes. It also has a blog and various services.

– Book: Basulto J, Blanquer M, Manera M, Serrano P. Vegetarian diet in childhood. Alimentación vegetariana en la infancia. DeBolsillo.

– Calculators: DRV search engine (EFSA). Nutritional composition tables (https://www.dietas.net/).

Clinical case

A family attends the clinic for a 6-month checkup of their firstborn. His growth is harmonious, and from birth he has remained in the 25th-50th percentile for weight, height, and head circumference. His psychomotor development is adequate. He shows interest in food, sits up, and brings his hands to his mouth, although he is currently only being offered breastfeeding on demand.

After explaining complementary feeding to them, they comment with some hesitation that, although they know pediatricians do not like it, they have not eaten meat or fish at home for years, for deeply rooted ethical and ecological reasons. They have sought information from various associations, and the mother has even completed an official certification related to nutrition.

The family consumes fruits, vegetables, legumes, grains, and nuts daily. They have not ruled out offering the child animal-derived products that do not involve slaughter, such as dairy products, eggs, or honey. However, they would like to hear the opinion of their primary care pediatrician.

 

 

Oligosacáridos de la leche humana y microbiota: impacto sobre la salud y obesidad infantil

Autora
De interés especial
 


A. Terrén Loraa, M. Maroto Péreza, J. Morales Ortad, A.G. Garcíaa,b,c

aInstituto Fundación Teófilo Hernando. bDepartamento de Farmacología. cInstituto de Investigación Sanitaria del Hospital Universitario de La Princesa, Facultad de Medicina, Universidad Autónoma de Madrid. Madrid. dAlter Farmacia S.A.

Artículo elaborado por la Cátedra UAM-Alter Nutrinfant


Resumen

Tras la lactosa y los lípidos, los Oligosacáridos de Leche Materna (OLM) son los compuestos sólidos más abundantes en la leche materna. Aunque se han identificado más de 200, 20 representan más del 90% y solo 3 han sido autorizados para su uso en alimentación infantil: la 2’-fucosilactosa (2’FL), la lacto-N-neotetraosa (LNnT) y la 6’-siali-lactosa (6’-SL). Dados sus notables efectos sobre la salud infantil y la abundante evidencia preclínica y clínica, existe un creciente interés por esclarecer sus mecanismos de acción en cuanto a su capacidad para prevenir o mitigar varias enfermedades del bebé. Entre los efectos reputados se encuentran los siguientes: (1) maduración de los linfocitos; (2) acción bactericida y viricida frente a varios patógenos; (3) disminuyen la incidencia de enterocolitis necrotizante en bebés prematuros; (4) influyen en la composición de la microbiota intestinal del bebé, con predominio de bifidobacterias; y (5) aumentan la producción de ácidos grasos de cadena corta. Dado que las fórmulas infantiles a base de leche de vaca carecen de OLM, actualmente hay un creciente interés por incorporarlos a la alimentación de los niños no amamantados y obtener así los beneficios para la salud del lactante citados anteriormente.

 

Abstract

After lactose and lipids, human milk oligosaccharides (HMOs) are the third most abundant solid components of human milk. Although more than 200 different HMOs have been identified, only 20 constitute over 90% and only 3 of them have been authorized to be used in infant nutrition, namely, 2’fucosyllactose (2’FL), lacto- N-neotetraose (LNnT) and the 6’-siali-lactose (6’-SL) sodium salt. Given their notable effects on infant health, and the proliferating experimental preclinical and clinical evidence, there is growing interest in clarifying their mechanism of action in preventing or mitigating various infant diseases. Among well-reported HMOs effects, the following can be found: (1) lymphocyte maturation, acting as preventive of allergies; (2) they possess antibacterial and antiviriasic effects against various pathogens causing infant respiratory and gastrointestinal infections; (3) they decrease the incidence of necrotizing enterocolitis of premature infants; (4) they exert an influence on the infant intestinal microbiota, where bifidobacteria predominates; (5) they augment the production of short chain fatty acids. Given the fact that most infant formulae are cow ́s milk-based, that possess scarce oligosaccharides concentrations; in light of their proven benefits in several infant diseases; and considering their contribution to the prevention of infant obesity, there is currently growing interest in the supplementation of powder infant milk formulae with authorized HMOs in order to improve infant health.

 

Palabras clave: Oligosacáridos de leche materna; Fórmula infantil; Obesidad infantil.

Key words: Human Milk Oligosaccharides; Infant Formula; Child obesity.

 

 

Pediatr Integral XXV (5): 267.e1 – 267.e8


Oligosacáridos de la leche humana y microbiota: impacto sobre la salud y obesidad infantil

 

Introducción

Los OLM presentan multitud de funciones fisiológicas, entre las que destacan la modulación de la microbiota intestinal.

La leche humana posee una variable y compleja composición, y ha evolucionado así para proporcionar al bebé los nutrientes que necesita para su desarrollo en los primeros meses de vida. Hay varios factores que pueden modificar su composición, por ejemplo: la nutrición y el estado de salud de la madre, el estado de salud del bebé o la etapa de la lactancia(1,2). En este contexto, se ha extendido la curiosa idea de que la madre “ajusta” la composición de su leche para adecuarla en cada momento a las necesidades de su bebé(3).

Uno de los componentes críticos de la leche humana son los oligosacáridos (OLM), a los que se les atribuyen múltiples funciones fisiológicas en el bebé, a saber: propiedades prebióticas, modulación y maduración de su sistema inmune, desarrollo de la barrera intestinal y actividades antimicrobianas(4-7). En esta revisión, nos centraremos en estas interesantes estructuras, en su impacto sobre la microbiota intestinal, en sus efectos sobre la salud infantil en general y sobre su capacidad para prevenir la obesidad infantil y, por ende, la obesidad en la vida adulta, que muchas veces es una extensión de la obesidad infantil. Algunos artículos recientes han tratado diversos aspectos parciales de esta temática. Ello se debe al hecho de que la suplementación con OLM de formulaciones infantiles de leche en polvo reviste creciente interés(8,4,9-11).

Oligosacáridos de la leche materna

Se han identificado más de 200 tipos de OLM y sus concentraciones y abundancias relativas varían a lo largo de todo el período de lactancia.

Los OLM constituyen un grupo de complejos glicanos multifuncionales que solo están presentes en la leche humana. Entre sus componentes sólidos más abundantes se encuentran: la lactosa y los lípidos y, en tercer lugar, se hayan los OLM(12,13). Cabe destacar que los OLM son más abundantes y poseen una estructura más variable que los encontrados en la leche de otros mamíferos(14,15). Se han identificado más de 200 OLM con 15 estructuras distintas(16). Sin embargo, solo 20 de ellos comprenden más del 90% de los OLM presentes en la leche humana(17).

Desde la óptica estructural (Fig. 1), los OLM poseen una lactosa unida a un monosacárido simple o ramificado.

Figura 1. Biosíntesis y estructura de los oligosacáridos de la leche humana (OLM). Los oligosacáridos fucosilados 2’-fucosilactosa (2’FL) y 3’-fucosilactosa (3’FL), necesitan la presencia del nucleótido guanosina difosfo-fucosa (GDP), que actúa como donante de residuos de fucosa, mientras que los oligosacáridos ácidos 3’-siali-lactosa (3’-SL) y 6’-siali-lactosa (6’-SL), contienen ácidos siálicos donados por el ácido citidina monofosfato-N-acetilneuroamínico (CMP). Los oligosacáridos neutros no fucosilados se forman a partir de la lactosa por medio de glucosiltransferasas. LNnT: lacto-N-neotetraosa; GlcNac: N-acetil glucosamina. Modificado de: Castanys-Muñoz y cols. 2013.

Algunos de ellos se encuentran fucosilados por la adición de una molécula de fucosa y otros están sialilados por la adición de una molécula de ácido siálico; pueden tener carácter neutro o ácido(18,19). Entre los fucosilados neutros se encuentra la 2’-fucosilactosa (2’FL), y entre los no fucosilados neutros está la lacto-N-neotetraosa (LNnT). Por su parte, los acídicos incluyen la 3’sialilactosa y 6’sialilactosa(20,21).

Los tipos y concentraciones de OLM (Tabla I) varían considerablemente entre las mujeres lactantes y a lo largo del curso temporal de la lactancia; pero dos de ellos son especialmente abundantes a saber, el 2’FL y el LNnT.

Así, en la leche madura las concentraciones de 2’FL oscilan entre 1,1 y 4,3 g/L(13,21-23). Por otra parte, las concentraciones de LNnT son más bajas y varían entre 0,1 y 0,6 g/L(24-27). Los niveles más altos se producen durante el primer mes de lactancia(24). En otros estudios, se ha encontrado que el calostro contiene 20-25 g/L de OLM totales, mientras que la leche materna producida entre los 5 y 90 días de lactancia contiene 5-20 g/L(4,28). Se han descrito algunas variaciones geográficas, pero la concentración media de OLM en la leche materna es similar en diversos países(29). Sin embargo, la concentración total de OLM varía hasta 4 veces entre madres individuales en el mismo periodo de lactancia(17).

Estas variaciones interindividuales en la estructura y abundancia de los OLM parecen tener un sustrato genético; aunque también, podrían influir en esta variabilidad los estímulos medioambientales que, sin embargo, se han estudiado escasamente. En particular, cabe resaltar que las enzimas que catalizan la fucosilación de los OLM se expresan distintamente en grupos de población específicos. Por ejemplo, el 80% de la población caucásica expresa la fucosil transferasa 2 y las madres se denominan “secretoras”; el estado no secretor es más común en poblaciones africanas o afroamericanas(30,31). El perfil secretor de OLM se centra fundamentalmente en el 2’FL, con menores cantidades de lacto-N-fucopentaosa 1 y difucosilactosa(32). Las no secretoras tienen una proporción menor de OLM fucosilados y una concentración más baja de OLM totales(30).

Otros estudios han demostrado cierta variabilidad en la composición de los OLM en relación con factores, tales como: la estación climática o la introducción de fórmulas infantiles y alimentos sólidos en la dieta del bebé(17); esta variabilidad se ha relacionado también con el índice de masa corporal (IMC) de las madres(33), aunque en otro estudio, esta relación resultó ser dudosa(29).

Los OLM parecen poseer un valor nutricional escaso, ya que son digeridos mínimamente en el tracto gastrointestinal del bebé. Pero sí que se absorben intactos en el tracto gastrointestinal proximal; además, en la parte distal del tracto digestivo comienzan a metabolizarse pronto por el microbioma en desarrollo del bebé(19). En los últimos años, están apareciendo estudios que revelan el importante papel de los OLM en la prevención de distintas enfermedades que amenazan la salud del bebé, así como en la prevención de la obesidad infantil. Los analizaremos seguidamente.

OLM y desarrollo del sistema inmune

Los OLM poseen un efecto inmunomodulador directo e indirecto, mediante una acción local en las células del sistema inmunológico del tracto gastrointestinal.

Los OLM contribuyen al desarrollo del sistema inmune del bebé por un mecanismo indirecto relacionado con sus efectos sobre la composición del microbioma y a través de sus efectos sobre ciertas respuestas de las células epiteliales del tracto gastrointestinal. Pero también se han conocido mecanismos directos de modulación de la respuesta inmune. Así, los OLM actúan sobre las células linfoides asociadas con la mucosa; es más, también pueden ejercer efectos moduladores sistémicos pues, aunque escasamente (1%), los OLM se absorben y alcanzan la circulación sistémica. Ello se respalda por estudios que demuestran la presencia de OLM en sangre de bebés amamantados por sus madres, en concentraciones entre 1 y 133 mg/L. De ahí que hoy se acepte que los OLM de la dieta puedan afectar directamente el desarrollo del sistema inmune en el bebé(34,35).

Puesto que los OLM poseen analogías estructurales con la proteína de adhesión selectina, es plausible que los OLM se unan directamente a las células inmunes(36). En este contexto, cabe resaltar que los OLM sialilados contribuyen a la maduración de los linfocitos, ejerciendo así un efecto preventivo de alergias. Este efecto se ha reforzado con un estudio realizado en ratones con síntomas de alergia producida por la alimentación oral con ovoalbúmina; los OLM amortiguaron los síntomas alérgicos, al tiempo que redujeron la liberación de quimiocinas(37).

OLM y enfermedades infecciosas (Fig. 2)

Figura 2. Actividad antibacteriana/antivírica de los oligosacáridos de la leche materna (OLM). A. Las bacterias y los virus se unen a los glicanos que forman el glicocalix de las células epiteliales enterales y provocan la infección del huésped. B. La presencia de los OLM inhibe la infección por bacterias y virus fijándolos en la luz intestinal. C. La presencia de los OLM impide la adhesión de virus y bacterias a los glicanos de la superficie celular.

Numerosos estudios han demostrado el papel de los OLM en la prevención de enfermedades infeccionas en el bebé; tanto gastrointestinales como respiratorias.

Se sabe que muchos virus y bacterias tienen que adherirse a la superficie de las células epiteliales enterales, con el fin de proliferar y producir una infección. Esta adhesión tiene lugar en los azúcares (glicanos) que forman el glicocalix epitelial. La estructura de los OLM remeda la de estos glicanos; de ahí que puedan actuar como receptores solubles o señuelos, bloqueando la unión de los gérmenes al epitelio, que serán expulsados por las heces, previniendo así las infecciones. Algunos ejemplos ilustran estos efectos de los OLM.

En un modelo de ratón, se ha observado que el oligosacárido 2’FL atenúa un 80% la invasión por Chlostridium jejuni, al tiempo que inhibe la liberación de mediadores proinflamatorios en la mucosa intestinal y reduce los episodios diarreicos. Por otra parte, el oligosacárido LNnT reduce el número de Streptococcus pneumonia en el pulmón de un modelo animal(4,19). Los OLM también ejercen un singular efecto antibacteriano contra el principal patógeno neonatal, el Streptococcus B, ya que actúan como un sustrato que modifica el crecimiento de esta bacteria(38). Por otra parte, el efecto antiadhesivo de los OLM también se extiende a ciertos parásitos protozoarios, caso de la Entamoeba histolytica, causante de disentería amebiana y de abscesos hepáticos. Para producir una infección, la E. histolytica requiere adherirse a la mucosa del colon pues, de lo contrario, se expulsan por las heces. Puesto que los OLM se digieren poco en el intestino delgado, llegan intactos al colon; allí reducen la adhesión del parásito a la mucosa y, por ende, también protegen el epitelio frente a sus efectos citotóxicos(39).

Uno de los ingeniosos mecanismos por el cual los OLM prestan protección frente a las enfermedades viriásicas, está relacionado con el bloqueo de los receptores virales de lectina; de esta manera, los virus no pueden reconocer los glicanos de las células epiteliales, previniendo así su adhesión y colonización. Hay un creciente número de estudios que documentan las acciones antivirales de los OLM. Por ejemplo, el OLM 2’FL bloquea con alta eficacia la adhesión de norovirus(40). Por otra parte, se sabe que la infección por rotavirus es la causa principal de gastroenteritis y diarrea en bebés y niños jóvenes; además, esta infección es la causa del 5% de todas las muertes que acontecen en niños menores de 5 años. El papel protector de los OLM frente a estas infecciones se apoya en algunos estudios que demuestran que la gastroenteritis por rotavirus es menos frecuente en bebés amamantados por sus madres, en comparación con bebés alimentados con fórmulas artificiales modificadas(41,42).

También, se han realizado estudios que demuestran un efecto protector de los OLM frente a virus respiratorios. Por ejemplo, los oligosacáridos 2’FL y LNnT reducen la carga viral del virus influenza, disminuyendo así su capacidad infecciosa. Es más, parece que los OLM de la leche materna incrementan la inmunidad innata frente a los virus respiratorios(43-45). Durante la lactancia, los OLM entran en contacto con la mucosa laringofaríngea; en esa región, pueden reducir la adhesión viral y la penetración de los gérmenes patógenos en la mucosa respiratoria, lo que explicaría su efecto preventivo de infecciones respiratorias(16).

Por otra parte, se ha descrito que los OLM reducen la frecuencia de infecciones por Streptococcus B. Ello se explica por sus efectos antibacterianos, que pueden prestar cierta sinergia con algunos antibióticos. Dado que los OLM están presentes en plasma y orina de bebés amamantados con leche natural, se explicaría así la menor tasa de infecciones estreptocócicas en los mismos(38).

Otras enfermedades

Los OLM reducen el riesgo de padecer enterocolitis necrotizante en bebés y mejoran la absorción de minerales para el mantenimiento de la salud ósea.

Se han realizado algunos estudios que demuestran el efecto beneficioso de los OLM sobre otras enfermedades, por ejemplo, en la enterocolitis necrotizante. Esta grave patología afecta al 5-10% de los bebés prematuros con pesos menores de 1,5 kg. Resulta curioso el hallazgo de que los bebés amamantados por sus madres posean un riesgo 6-10 veces menor de padecer enterocolitis necrotizante, en comparación con aquellos que se alimentaron con una fórmula infantil(46,47).

Por último, cabe reseñar un estudio sobre salud ósea realizado en ratas. Se observó que la administración de OLM aumentaban la mineralización, la densidad y la estructura del hueso, reduciendo la resorción ósea; concomitantemente, los OLM elevaron la absorción de calcio, magnesio y fósforo inorgánico, datos indicadores de un mejor desarrollo y mantenimiento de la salud ósea(48).

OLM y microbiota

La abundancia de bifidobacterias está determinada por la presencia de OLM en la alimentación del bebé, y sus concentraciones y abundancias relativas varían a lo largo de todo el período de lactancia.

El desarrollo de la microbiota intestinal es un proceso secuencial que acontece durante los 3 primeros años de vida del niño. En niños amamantados por sus madres predominan las bifidobacterias, con escasas bacterias de los géneros Chlostridium y Enterococcus, y casi nula presencia de Klebsiella y Enterobacter. La microbiota de los bebés alimentados con fórmulas artificiales es más compleja y remeda la microbiota de los adultos.

El predominio de bifidobacterias se debe a la presencia de OLM en la leche materna (Fig. 3).

Figura 3. Efecto prebiótico de los oligosacáridos de la leche materna (OLM). Los OLM de la leche materna llegan intactos al intestino de los lactantes, donde son fermentados por las bifidobacterias. Durante esta fermentación, se liberan ácidos grasos de cadena corta que acidifican el medio impidiendo el crecimiento de patógenos.

Estos oligosacáridos sufren un proceso de fermentación protagonizado por las bifidobacterias del intestino grueso. En este proceso se libera ácido acético, que reduce el pH del microambiente intestinal, ejerciendo así una acción bacteriostática inhibidora del crecimiento de gérmenes patógenos.

En este proceso, también se producen otros ácidos grasos de cadena corta (AGCC), tipo ácido propiónico y ácido butírico. Estos AGCC constituyen una importante fuente de energía para los enterocitos y son críticos para el mantenimiento de la salud intestinal. Cabe destacar que los OLM aumentan la producción de acetato, propionato y butirato, los tres AGCC predominantes; el lactato y el succinato, también presentes, se han estudiado poco(39).

Se han realizado otros estudios que demuestran que los AGCC ejercen efectos sistémicos. Tal es el caso de la regulación de la expresión de genes(49) y de la activación y diferenciación de células inmunes, un efecto relacionado con enfermedades alérgicas e inflamatorias(39,50,51).

OLM, microbioma y obesidad infantil

Diversos estudios apuntan a un efecto de los OLM sobre la composición corporal del bebé durante los primeros meses de vida.

Un vasto análisis realizado en 129 millones de niños, adolescentes y adultos revela el enorme impacto sociosanitario que a nivel mundial tiene la obesidad(52). En un estudio llevado a cabo en los EE.UU, se observó que en el periodo 2015-2016, el 35% de los niños tenían sobrepeso y el 18,5% eran obesos(53). Otro estudio hecho en Nueva Zelanda, concluyó que 1 de cada 3 niños en edad preescolar tenían sobrepeso o eran obesos(54).

Los niños obesos presentan un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardio-metabólicas (hipertensión, menor tolerancia a la glucosa, hiperinsulinismo y función hepática anormal)(55-58). Un estudio realizado en 689 niños y adolescentes entre los 4 y 18 años de edad, demostró la asociación entre la evolución del índice de masa corporal (IMC) durante el desarrollo infantil y la tardoadolescencia, y la aparición de marcadores de riesgo cardiometabólico durante el periodo entre adolescencia tardía y el adulto(59). Por otra parte, el niño obeso padece alteraciones del ánimo, la conducta y el sueño. Además, la obesidad infantil se asocia con una pobre adaptación psicosocial del niño que incluye: insatisfacción por el aspecto de su cuerpo, depresión, alteraciones en la ingesta alimentaria, conducta obsesiva con el control de peso, pobre relación social y, en general, una disminución de su calidad de vida(58,60).

Con frecuencia, la obesidad del adulto tiene su origen en la infancia. Así, los bebés que experimentan una rápida ganancia de peso poseen una probabilidad 4 veces más alta de sufrir sobrepeso u obesidad durante la infancia; es más, estos niños tienen el doble de probabilidad de padecer sobrepeso u obesidad durante su vida adulta, particularmente cuando la rápida ganancia de peso acontece durante su primer año de vida(61,62). En otro estudio, se concluye que hasta el 83% de los niños que presentan sobrepeso, serán obesos en la edad adulta(63). De ahí que la prevención de la obesidad en la infancia se haya convertido en una estrategia prioritaria en salud pública(64). Y en este contexto, existe gran interés por conocer la influencia de distintos OLM sobre el crecimiento y el peso del bebé en sus primeros meses de vida, como se refleja en los estudios que comentamos seguidamente.

La distinta composición en OLM de la leche materna se ha relacionado con el crecimiento del bebé y su composición corporal durante los primeros 6 meses de vida(65). En este estudio, se halló una correlación entre el porcentaje de OLM en la leche materna y un menor porcentaje de masa grasa al mes y 6 meses de edad de los bebés. Esta correlación fue positiva para el 2’FL y negativa para el LNnT. Esta relación podría explicarse en base a los AGCC producidos como resultado de la fermentación bacteriana de los OLM. Se sabe que estos compuestos modulan la homeostasia energética y el apetito(66). En un reciente estudio, se exploró la hipótesis de que el crecimiento normal o excesivo estaba relacionado con la distinta concentración del AGCC en las heces del bebé y con la de OLM en la leche de sus madres. Los autores concluyen que el crecimiento más rápido de los bebés se correlaciona con niveles más bajos de OLM en la leche de sus madres(67).

Otro estudio, también reciente, abordó la posible relación entre la composición en OLM de la leche materna y el crecimiento de los bebés en los primeros meses de vida. La población fue bastante amplia, pues para el análisis de los OLM se incluyeron muestras de leche de 802 madres. Los autores encontraron una asociación negativa entre la diversidad de OLM y la concentración de LNnT con la altura y el peso de los bebés; también observaron una correlación positiva entre el 2’FL y la altura y peso de los bebés. Los autores resaltan la relevancia de estos hallazgos en el contexto de los suplementos a base de los OLM 2’FL y LNnT, que se están empezando a introducir en las fórmulas de leches infantiles(68). Estos resultados concuerdan con el estudio antes analizado(65). En esa dirección va un tercer estudio exploratorio realizado en 30 pares de madres y bebés. Su objetivo era evaluar los OLM en leche materna en bebés con peso elevado, en comparación con los que tenían un peso normal. Los resultados sugieren que la concentración de LNnT se relaciona negativamente con la altura, ganancia de peso e índice de masa grasa a los 5 y 9 meses de edad. También, se observó una correlación positiva entre la concentración de 2’FL, la ganancia de peso y el índice de masa grasa a los 5 meses de vida(69).

La relación entre microbioma y la ganancia de peso se ha estudiado en algunos trabajos. Así, en dos estudios, se establece una correlación entre la composición del microbioma y el IMC de sujetos delgados u obesos(70,71). En otro estudio, se observó un predominio de Firmicutes en aquellos bebés con alimentación mixta, leche materna y fórmula, con respecto a bebés amamantados exclusivamente por sus madres; ello sugiere que la composición del microbioma del bebé está relacionada con los OLM que ingiere(14,72). En este sentido, cabe destacar otro estudio en el que se demuestra la existencia de una relación Firmicutes-Bacteroides más alta en niños, adultos y obesos(73). Finalmente, en una cohorte de 165 bebés noruegos se halló que el microbioma de bebés con tan solo 10 días de edad, se correlacionaba con el IMC a los 12 años de edad; dicha correlación fue incluso mayor entre el microbioma a los 2 años de edad y el IMC a los 12 años de edad(74).

También, se han realizado algunos estudios en modelos animales que, a pesar de la dificultad de extrapolar los hallazgos al contexto clínico pediátrico, revisten interés. Así, en varios estudios animales, se ha demostrado una asociación entre una elevada proporción Firmicutes-Bacteroides y obesidad(75). En otro curioso estudio, se observó que los ratones ganaban peso más rápidamente tras la administración de muestras fecales de humano obesos(76). Finalmente, en un estudio realizado en ratones y armadillos alimentados con oligosacáridos sialilados, se encontraron cambios paralelos entre el incremento de peso y el microbioma(77).

Bases para la suplementación de las formulaciones infantiles con oligosacáridos

Las fórmulas infantiles con los OLM 2´FL y LNnT son seguras. En algunos estudios, además se ha observado una morbilidad menor y un menor uso de antibióticos y antipiréticos en sujetos alimentados con este tipo de fórmulas.

Al contrario que la leche materna humana, la leche de vaca contiene niveles bajos de oligosacáridos. Además, y también en comparación con la leche humana, los oligosacáridos de la leche de vaca presentan una limitada diversidad estructural(78). Ello constituye el fundamento racional para la suplementación con los OLM 2’FL y LNnT, de las formulaciones infantiles basadas en la leche de vaca. La seguridad de esta suplementación tiene un apoyo experimental preclínico sólido(79,80). También, hay algunos ensayos clínicos diseñados para conocer la influencia de los OLM sobre la salud del niño en sus primeros meses de vida.

En un reciente ensayo clínico multicéntrico, se evaluó la seguridad de dos formulaciones infantiles basadas en leche de vaca con proteínas intactas; una se utilizó como control y la otra se complementó con 1 g/L de 2’FL y 0,5 g/L de LNnT. Se incluyeron bebés de 0 a 14 días de edad y se alimentaron, durante los 6 meses posteriores al reclutamiento, con la leche control (n=87) o con la leche suplementada con OLM (n=88). A partir de los 6 meses de edad, todos los bebés recibieron la fórmula suplementada con OLM, entre los 6 y los 12 meses. El objetivo primario fue la ganancia de peso a lo largo de 4 meses y los secundarios incluyeron medidas antropométricas, tolerabilidad gastrointestinal, patrones conductuales y morbilidad a lo largo de los 12 meses. El estudio concluyó que la fórmula suplementada con 2’FL y LNnT fue segura, se toleró bien y permitió un aumento adecuado de peso con la edad de los bebés. Además, entre las variables secundarias se observó una morbilidad más baja (particularmente bronquitis) y una disminución del uso de medicación (antipiréticos y antibióticos)(81).

Conclusiones

Los singulares oligosacáridos de la leche humana madura despliegan un amplio abanico de efectos “fisiofarmacológicos” positivos para la salud del bebé. Entre ellos cabe destacar: la regulación del sistema inmune, el desarrollo de la microbiota intestinal o la atenuación del riesgo de infecciones gastrointestinales y respiratorias. También existe creciente evidencia que sugiere la asociación entre desajustes de la microbiota intestinal del bebé y el potencial para desarrollar sobrepeso y obesidad infantil; esta dishomeostasia de la microbiota intestinal podría ser corregida por los OLM, disminuyendo así el riesgo de obesidad infantil y, por tanto, de obesidad en la vida adulta. Los estudios aquí analizados y las drásticas diferencias entre los OLM y los oligosacáridos de la leche de vaca, constituyen el fundamento racional para la suplementación con OLM de las fórmulas infantiles basadas en la leche de vaca. Los escasos ensayos clínicos realizados hasta ahora y otros futuros estudios, clarificarán hasta qué punto la suplementación de las fórmulas infantiles con OLM ejerce efectos fisiofarmacológicos parecidos a los OLM de la leche humana. Sería harto interesante la realización de ensayos clínicos en los que se evalúe simultáneamente, en el mismo bebé, la ingesta de fórmulas lácteas suplementadas con OLM, el microbioma y la ganancia de peso y grasa corporal.

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Hipovitaminosis D, ¿una epidemia real?

V. Martínez Suárez*, J. Dalmau Serra**
De interés especial


V. Martínez Suárez*, J. Dalmau Serra**

*Servicio de Salud del Principado de Asturias. Universidad de Oviedo. **Ex Coordinador del Comité de Nutrición de la AEP

Pediatr Integral 2020; XXIV (6): 351 – 355


Hipovitaminosis D, ¿una epidemia real?

“ Con los valores de corte propuestos los estudios provenientes de diferentes países han estimado que el estado deficitario está bastante extendido tanto niños como adultos de todas las edades. Pero solo en los próximos años tendremos una valoración más fiable y que nos ayude a dar una respuesta más precisa a la pregunta que nos hemos planteado”

El papel de la vitamina D (VD) en la mineralización esquelética fue la primera de sus funciones reconocidas. Su principal efecto sobre la salud ósea consiste en mantener el balance positivo de calcio necesario para dar contenido mineral al hueso en formación y para el desarrollo de la placa de crecimiento. En situación de deficiencia el hiperparatiroidismo secundario favorecerá una liberación de calcio esquelético para mantener sus niveles séricos, lo que en el niño se traduce en el desarrollo de raquitismo y osteomalacia. Además, dado que el pico de masa ósea alcanzado en edades tempranas de la vida se acepta como un predictor de riesgo de osteoporosis en la edad adulta, optimizar desde la infancia los factores modificables que puedan afectar a la masa ósea –incluido el estado de VD– se considera un objetivo de salud(1). Pero aparte de sus funciones en el metabolismo del hueso el nivel de esta vitamina puede influir en el desarrollo posterior de algunas enfermedades crónicas y modificar el riesgo de padecerlas. No obstante, existe acuerdo general sobre la necesidad de nuevos estudios para determinar la importancia de estas otras funciones(2).

La definición de su estado deficitario, sus requerimientos en relación con objetivos de salud, evitar deficiencias mediante una nutrición correcta o suplementación adecuada, la atención a las condiciones de riesgo de hipovitaminosis y el diagnóstico precoz de los estados carenciales, son temas que han concitado gran atención en los últimos años, lo que se ha traducido en un gran auge de publicaciones médicas sobre el tema, un rápido incremento de los estudios solicitados sobre el estado de VD y en reevaluaciones de las recomendaciones dietéticas. También en el ámbito comercial ha tenido lugar un aumento en las ventas de suplementos y de nuevos productos alimenticios fortificados.

Síntesis y efectos de la vitamina D

La vitamina D2 (ergocalciferol) se obtiene de algunos vegetales mientras que la vitamina D3 (colecalciferol) se sintetiza principalmente en la piel. El 7-dehidrocolesterol (provitamina D; presente en los estratos basal y espinoso de la epidermis) se convierte en previtamina D tras la exposición a la radiación ultravioleta B (UV-B), luego se isomeriza a colecalciferol y es transportada por la proteína de unión a la vitamina D (DBP) al hígado, donde la vitamina D 25-hidroxilasa microsómica cataliza su conversión en hidroxivitamina D (25-OH VD, calcidiol o calcifediol), la forma de almacenamiento y la molécula que se cuantifica cuando solicitamos niveles de VD. Esta 25-OH VD es transportada al riñón por la DBP para adquirir un nuevo radical hidroxilo por acción de la 25-hidroxivitamina D 1-α hidroxilasa citocrómica, convirtiéndose en 1,25 dihidroxivitamina D [1,25 (OH)2 VD] o calcitriol, la forma activa de VD.

La síntesis de VD y sus niveles plasmáticos varían según el tiempo de exposición a la radiación solar, las horas del día y estación del año, la edad, la pigmentación de la piel (raza/etnicidad del individuo), la superficie expuesta y la aplicación de protectores solares. Y está regulada estrechamente por los niveles plasmáticos de calcio y fósforo, la hormona paratiroidea (PTH) y otros factores identificados más recientemente, como las fosfatoninas (FGF23).

Quesada y Calañas(3) señalan que el colecalciferol no es una “vitamina”, sino un nutriente principal del “sistema endocrino de la vitamina D” (SEVD) que sirve como sustrato para la síntesis de calcitriol, con alta afinidad por su receptor nuclear (VDR) y que estimula o reprime entre 100 y 1.200 genes. El calcitriol se inactiva en otros metabolitos en un proceso controlado por el gen CYP24A1. Tanto el VDR como las enzimas para la activación y catabolismo de la VD se expresan en la mayoría de células y tejidos del organismo, con múltiples acciones además de las consabidas y tradicionales esqueléticas (Tabla I)(4).

Al entrar al núcleo de una célula, la 1,25-(OH)2 VD se une al VDR y recluta otro receptor nuclear conocido como receptor del ácido retinoico X (RXR). Esta molécula de calcitriol unida al complejo VDR/RXR se liga a pequeñas secuencias de ADN conocidas como “elementos de respuesta a vitamina D” (VDREs) e inicia una cascada de interacciones moleculares que modulan la transcripción de genes específicos mediadores de sus principales efectos.

Definición del estado deficitario

El rápido incremento de estudios epidemiológicos ha motivado que en los últimos años la deficiencia de VD haya sido calificada de pandemia, estimándose para Europa unos costos directos e indirectos asociados que ascienden a cientos de miles de millones de euros(5,6). Pero definir el estado de hipovitaminosis D en el niño y establecer el correspondiente significado clínico es todavía un tema de estudio y gran controversia. Existen discrepancias tanto para delimitar los criterios diagnósticos como para unificar los estándares técnicos de su determinación; tampoco se puede precisar cuáles pueden ser los niveles deseables que logren sus efectos extra óseos y cuándo la suplementación puede ser beneficiosa en los mismos.

Sabemos que la medida de la 1,25-(OH)2 VD aporta poca información por su fino control fisiológico. Sus concentraciones séricas son con frecuencia normales en niños con un estado deficiente debido al hiperparatiroidismo secundario y a su reposición por incremento de la síntesis renal. Información adicional sobre la adecuación de la homeostasis de calcio y VD se puede obtener con la medida de la concentración de PTH, aunque en la actualidad el mejor indicador se considera la concentración sérica de 25-OH VD, ya que no es regulada y refleja la ingesta dietética de vitamina D2 o D3 y la síntesis cutánea de D3. Sin embargo, no existe consenso sobre sus concentraciones óptimas y la delimitación de su estado deficitario (Tabla II).

Resulta relevante el que estudios recientes no hayan podido encontrar valores umbral de 25-OH VD relacionados con la supresión de la PTH y la absorción óptima del calcio. Un análisis de corte transversal no encontró límite para la supresión incluso con concentraciones superiores a 70 ng/ml(7). Esto contradice los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Examen de Nutrición de los EE.UU. (NHANES 2003-2006) que estimó la supresión máxima de la PTH con concentraciones de 25-OH VD de 40 ng/ml y mayores(8). Además, ambos estudios identificaron evidencia de hiperparatiroidismo leve (PTH sérica > 65 pg/ml) en individuos con niveles de 25-OH VD muy por encima de los 20 ng/ml, cuestionando el uso de la PTH como un indicador fiable de la insuficiencia de VD. Por otra parte, en mujeres adultas con estado de VD insuficiente (< 20 ng/ml) y suplementadas con dosis diarias de vitamina D3 de 400 a 4.800 UI se observó poco cambio (6%) en la absorción de calcio respecto al grupo control con un rango de 20 a 66 ng/ml(9), lo que puede ayudar a interpretar algunos datos incongruentes observados en los niños.

Estudios de suplementación en adultos de latitudes templadas indican que se requieren ingestas de VD de 800-1.000 UI/día para alcanzar niveles de 25-OH VD sérica de por lo menos 30 ng/ml(10). Sumado a ello, se ha señalado que las concentraciones de 25-OH VD total pueden no reflejar adecuadamente la biodisponibilidad y suficiencia de la vitamina(11), lo que refuerza la necesidad de evidencia adicional para mejorar la determinación del estatus de la VD en algunas poblaciones(12).

No obstante, las Academias Nacionales de Ciencias de los EE.UU. a través de su Instituto de Medicina (IOM) afirman en un documento de 2011(13) que aunque el nivel sérico de 25-OH VD no está validado como sustituto de resultados en salud, puede servir como referencia; y concluye que es razonable considerar 20 ng/ml como el límite inferior de normalidad para casi toda la población. Aun así, sigue habiendo controversia respecto a las concentraciones deseables y podría resultar simplista la pretensión de ofrecer un umbral único de suficiencia para todos los niños. Tras una cuidadosa revisión de la evidencia afirman que niveles de 16 ng/ml cubren los requerimientos de aproximadamente la mitad de la población y niveles de 20 ng/ml los del 97,5% de la misma. Los datos acerca de los beneficios de niveles séricos más altos son escasos, en particular los que hacen referencia a los efectos a largo plazo de concentraciones altas mantenidas de forma crónica. En adultos la correlación inversa entre los niveles de 25-OH VD y PTH ha permitido aceptar la frontera para la deficiencia en 20 ng/ml, cifra por encima de la cual la PTH deja de descender y se establece una meseta(14). Esta correlación se ha descrito también en niños mayores y adolescentes, pero en lactantes está menos clara. Y si bien no hay datos disponibles para extrapolar este concepto a la población infantil, esa cifra tiende a aplicarse también a los niños de cualquier edad.

Diferentes Comités de Nutrición, como el de la Asociación Española de Pediatría (AEP)(15), la ESPGHAN(16) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)(17), aceptan como concentración adecuada la superior a 20 ng/ml, que se conseguiría con aportes de 400 UI/día (AI: ingesta adecuada)) en niños de 0 a 12 meses, y de 600 UI/día (RDA: ingesta dietética recomendada)) en niños y adolescentes de 1 a 18 años (Tabla III).

Diferentes estudios españoles han documentado ingestas inferiores a estas recomendaciones, especialmente en niños pequeños y adolescentes. Por ello debe insistirse en que el pediatra debe asegurar que todos los niños sanos reciban una ingesta adecuada de vitamina, ya sea con alimento o como suplemento farmacológico, y valorar en la población de riesgo el administrar dosis superiores si fuera necesario.

En adultos, la Sociedad de Endocrinología estadounidense ha propuesto para la hipovitaminosis D valores similares a los definidos en niños(10). Sin embargo, estos rangos se apoyan en estudios observacionales y no en ensayos controlados aleatorios.

Otra cuestión de interés. La amplia variación en los resultados de medición de la 25-OH VD representa un problema para evaluar de manera fiable la dimensión de la hipovitaminosis D y proponer guías de actuación clínica que resulten útiles. Hay una notable disparidad metodológica en su determinación y en los biomarcadores de referencia, con datos de sensibilidad y especificidad diferentes, de homogeneidad de las poblaciones de estudio y sobre la influencia en la formación epidemiológica de factores condicionantes del estado de VD. También se maneja información procedente de un número muy escaso de ensayos clínicos aleatorizados en los diferentes grupos de edad y con objetivos bien definidos. Todo ello hace que muchos estudios resulten difícilmente comparables (Tabla IV).

Esta preocupación ha llevado a crear el Programa de Estandarización de Vitamina D (VDSP)(18), cuyos objetivos incluyen:

1. Estandarizar a nivel mundial la medición de la concentración de 25-OH VD en las encuestas nacionales de salud.

2. Evaluar conjuntamente cualquier diferencia observada en las mismas.

3. Extender los esfuerzos de homogeneización a los ensayos clínicos y a los laboratorios clínicos, comerciales y de investigación.

4. Promover la uniformidad en la medida de los metabolitos emergentes del estado de la VD.

5. Facilitar el intercambio de datos para optimizar la atención al paciente y las estrategias de salud pública.

Desde el punto de vista práctico puede hacerse otro comentario sobre este apartado: basándose en las informaciones de estudios que han tenido como referencia los valores de mayor consenso, actualmente deben aceptarse como indicaciones para realizar una evaluación del estado de VD y considerarse grupos de riesgo principales en la población infantil los que aparecen resumidos en las tablas V y VI.

¿Existe un problema real?

Según los criterios actuales la hipovitaminosis D está presente en toda la población europea, con tasas de prevalencia preocupantes y que requieren acciones desde una perspectiva de salud pública. Su valoración atendiendo a objetivos de salud refuerza esa percepción a cualquier edad. La dirección que tome cualquier estrategia sanitaria general dependerá de decisiones políticas, pero debe apuntar a una prudente exposición a la luz solar (suficiente y segura) y a garantizar la ingesta que proteja frente su deficiencia a la mayoría de la población.

Tiene que insistirse en que la cuantificación del problema parte de informaciones muy variadas y de una gran dispersión de datos, con frecuencia en niños que varían entre el 1 y el 78%. Así, el Comité Científico Asesor sobre Nutrición del Reino Unido(19) informó que el 22-24% de los adultos de 19 a 64 años y 17-24% de más de 65 años tenían deficiencia de VD. Es frecuente en el resto del mundo, incluso en países de climas soleados, como Australia y Nueva Zelanda(20). En los Estados Unidos el 47% de los bebés afroamericanos y el 56% de los caucásicos tienen deficiencia de VD, mientras que las cifras en Irán, Turquía y la India superan el 90%. En EE.UU. el déficit afecta al 35% de la población adulta, mientras que en Pakistán, India y Bangladesh llega al 80%. Si segregamos los datos pertenecientes a los ancianos en Estados Unidos alcanza el 61%, frente al 90% en Turquía, el 96% en India, el 72% en Pakistán y el 67% en Irán(21).

En nuestro país se han publicado numerosos estudios poblacionales. En escolares de entre 10 y 14 años(22), se halló una prevalencia de niveles insuficientes de VD del 45,2%, con más frecuencia en niñas en edad puberal y con un mayor índice de masa corporal (IMC). En una investigación llevada a cabo en diferentes países González-Gross et al. comunicaron en el nuestro, que alrededor del 80% de la muestra tenía niveles sub óptimos (39% tenía niveles insuficientes, 27% deficientes y 15% severamente deficientes). Observaron además que las concentraciones de VD aumentaban con la edad y mostraban tendencia a disminuir según el IMC, con notables diferencias geográficas(23). En una muestra de niños aragoneses sanos (78,5% varones y edad media de 7,2 años) se encontró una concentración media de VD de 26 ng/ml, con un 73% en niveles insuficientes. Se observó además en el grupo con hipovitaminosis un predominio de varones, también de mayor IMC y presencia de fototipos extremos (piel oscura), así como padres inmigrantes. También presentaban mayor riesgo de hipovitaminosis los que no habían realizado profilaxis durante el primer año de vida(24). En una muestra de 283 niños asturianos la media fue de 20,1 ng/ml, con el 8,8% mayor de 30, el 38,5% entre 20-20,9 ng/ml y el 52,7% inferior a 20 ng/ml, y sin relación entre los niveles plasmáticos y la ingesta de VD, el tiempo al aire libre, el IMC, ni el sexo, pero sí con los niveles de sus madres durante la gestación(25). Y en Navarra se halló una alta prevalencia de deficiencia de VD en niños de 3 a 15 años, especialmente en los meses de primavera (75,3%)(26).

En resumen, con los valores de corte propuestos los estudios provenientes de diferentes países han estimado que el estado deficitario está bastante extendido y que tanto niños como adultos de todas las edades están en riesgo elevado de insuficiencia y deficiencia. En los próximos años tendremos una valoración más fiable y que nos ayude a dar una respuesta más precisa a la pregunta que nos hemos planteado. Desde un enfoque práctico y coherente con los datos disponibles, tendríamos que administrar suplementación a los pacientes que la necesitan, buscando mantener niveles séricos de 25-OH VD entre 20 y 50 ng/ml(27), ya que niveles más altos son innecesarios, estarían por encima del umbral nutricional necesario y podrían favorecer efectos secundarios. Por último, debemos recordar que siempre es necesario indicar un aporte adecuado de calcio como complemento de estas medidas.

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Trastorno de evitación y restricción de la ingestión de alimentos en Pediatría: un diagnóstico novedoso para una entidad frecuente en la práctica clínica

 
De interés especial
 


Y. Suspes Cruz*, S. Orejarena Serrano**

*Pediatra. Departamento de Pediatría. Facultad de Ciencias de la Salud. Grupo de investigación PAIDOS. Univ. Industrial de Santander. **Psiquiatra Infantil. Departamento de Pediatría. Facultad de ciencias de la Salud. Universidad Industrial de Santander (Bucaramanga-Colombia). Grupo de Investigación en Neurociencias Básicas y Aplicadas. Universidad Católica Luis Amigó (Medellín-Colombia)

 

Resumen

Introducción: el rechazo a los alimentos es el síntoma principal de los trastornos de la alimentación en menores de 12 años, quienes frecuentemente eran considerados inapetentes y diagnosticados con neofobia alimentaria, trastorno de la ingestión alimentaria de la infancia o trastorno de la conducta alimentaria no especificada. Este trastorno en la actual clasificación del Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos Mentales (DSM-5), recibe el nombre de trastorno de evitación y restricción de la ingestión de alimentos (TERIA), el cual puede presentarse en niños pequeños y persistir hasta la edad adulta. Metodología: revisión de artículos relevantes publicados en los últimos veinte años que abordan los trastornos restrictivos de la alimentación y, específicamente, aquellos que abordaron el tema del TERIA. Las palabras clave utilizadas para la búsqueda en las bases de PubMed y ScienceDirect incluyeron: trastornos de la alimentación, neofobia alimentaria, niños y niñez. Resultados y discusión: el trastorno de evitación y restricción de la ingestión de alimentos tiene un patrón alimentario maladaptativo, cuyo principal síntoma impacta significativamente en la salud del niño, debido a complicaciones como pérdida de peso, compromiso del crecimiento, deficiencias nutricionales, así como dependencia de soporte nutricional o alimentación enteral. Tiene su pico máximo de aparición entre los 2 y 6 años, por lo que muchos pacientes cursan con el trastorno desde la infancia, pero son diagnosticados tardía o erróneamente, lo que hace fundamental que el clínico tenga claridad acerca de los criterios y diagnósticos diferenciales. Conclusiones: el DSM-5 realiza importantes cambios en la definición de los trastornos de la alimentación e introduce en el trastorno de la evitación/restricción de los alimentos. Este trastorno es de particular interés para el pediatra y el psiquiatra infantil en el ámbito ambulatorio y hospitalario. La utilidad clínica del presente artículo se basa en la síntesis y revisión de los criterios diagnósticos, diagnósticos diferenciales, pronóstico, intervenciones de tratamiento y seguimiento de estos pacientes. El abordaje deberá ser interdisciplinario e incluye la participación de: cuidadores, pediatra, psiquiatra y nutricionista.

 

Abstract

Background: food rejection is the main symptom of eating disorders in children under 12 years of age, who were frequently referred to as lacking appetite and diagnosed with eating neophobia, childhood food intake disorder or unspecified eating behavior disorder. This disorder is defined in the current classification of the Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5) as avoidant restrictive food intake disorder (ARFID), which can occur in young children and persist into adulthood. Methods: review of articles published in the last twenty years about restrictive eating disorders and specifically those that addressed ARFID. Keywords on PubMed and ScienceDirect included eating disorders, food neophobia, children and/or childhood. Findings and discussion: the disorder of avoidance and restriction of food intake is represented by a maladaptive eating pattern, which significantly impacts patients’ health due to complications including weight loss, growth retardation, nutritional deficiencies, and dependence on nutritional support or enteral feeding. Its incidence rises between 2 and 6 years-old; therefore, most patients exhibit symptoms since childhood but are diagnosed late or erroneously. Consequently, clinicians should be aware of its criteria and differential diagnoses. Conclusions: DSM-5 proposes important changes on the definition of eating disorders and introduces the disorder of avoidance/restriction of food. This disorder is of particular interest to pediatricians and child psychiatrists at the outpatient and inpatient setting. The relevance of this article relies on its synthesis and description of the diagnostic criteria, differential diagnoses, prognosis, treatment interventions and follow-up schemes of these patients. The approach should be multidisciplinary and includes the assistance of caregivers, pediatricians, child psychiatrists and nutritionist.

 

Palabras clave: Trastornos de la alimentación; Niñez; Adolescentes.

Key words: Eating disorders; Childhood; Teenagers.

 

Pediatr Integral 2020; XXIV (4): 234.e1 – 234.e7


Trastorno de evitación y restricción de la ingestión de alimentos en Pediatría: un diagnóstico novedoso para una entidad frecuente en la práctica clínica

Introducción

Los trastornos relacionados con la ingesta de alimentos y hábitos alimentarios en niños menores de 12 años tienen, como síntoma principal, el rechazo por los alimentos. En este grupo encontramos a los niños comúnmente denominados “inapetentes” o “quisquillosos con las comidas”, quienes en el ámbito clínico se diagnosticaban como neofobia alimentaria, trastorno de la ingestión alimentaria de la infancia o trastorno de la conducta alimentaria no especificado(1,2). En la actual clasificación del Manual Estadístico de los trastornos Mentales (DSM-5)(3), estos trastornos adquieren el nombre de trastorno de evitación y restricción de la ingestión de alimentos (TERIA)(4). Este diagnóstico, al igual que la pica y el trastorno por rumiación, forma parte ahora del capítulo de los trastornos de conducta alimentaria y no de los trastornos habitualmente diagnosticados en la infancia, con la intención de que el clínico tenga en cuenta que, aunque los síntomas de esta enfermedad son frecuentemente observados en niños pequeños, pueden persistir en la infancia tardía, adolescencia y edad adulta(5). Así mismo, el inicio de los síntomas puede incluso presentarse en niños mayores, adolescentes(6) o en el adulto mayor, donde se puede asociar a desnutrición en esa etapa de la vida(7).

El pediatra debe considerar este diagnóstico en el grupo de niños que están en riesgo de desnutrición o con desnutrición, sin una enfermedad que justifique dicho estado.

Definición

Se refiere a un patrón alimentario maladaptativo, que resulta en una repercusión significativa de la salud con: pérdida de peso, alteración del crecimiento y déficit nutricional, en consecuencia, con dependencia de alimentación enteral o soporte nutricional(8). En este diagnóstico, están incluidos ahora los pacientes antes diagnosticados con trastorno de la alimentación de la primera infancia y también los pacientes con neofobia alimentaria; estos últimos se diferenciaban porque el síntoma central es el temor a probar alimentos desconocidos, llevando a una falta de variedad dietética con ansiedad evidente, una actitud defensiva específica frente a los nuevos alimentos y comportamiento problemático durante las comidas, lo que puede asociarse con evitación de situaciones sociales relacionadas con la alimentación, como negación de ir al colegio o al trabajo(9).

Epidemiología

Los trastornos de la alimentación, clínicamente significativos, tienen un rango de prevalencia entre el 5 y el 25% en niños y jóvenes(10) y, de estos, entre el 12 y 14% corresponden a casos de TERIA(11), aunque algunos centros especializados han reportado que hasta el 41% de los pacientes con trastornos de la conducta alimentaria (TCA) correspondían a casos de TERIA(1). Así mismo, en un programa de Hospital de Día para TCA, la tasa fue hasta del 22,5%(12). La prevalencia en algunas poblaciones es similar a la encontrada para anorexia nerviosa (AN) y mayor que la de bulimia nerviosa (BN)(1).

En población general, la prevalencia puntual encontrada en niños escolarizados de 8 a 13 años es de 3,2%(13). Mascola y cols., hallaron que el 39% de los niños de cualquier edad son considerados por sus padres como quisquillosos para comer en algún momento de la infancia y se observa que la mayoría mejoran antes de los 6 años, quedando solamente un 3% de los pacientes con síntomas después de esta edad(14). En mayores de 15 años, se encontró una prevalencia del 0,3%(15) y en un estudio retrospectivo en pacientes seguidos por gastroenterología, con edades entre 8 y 18 años, se encontró que 1,5% de los pacientes tenían criterios de TERIA, y un 2,4% adicional, también tenían retrospectivamente características, pero su diagnóstico no podía ser confirmado o rechazado por falta de información(10).

En relación con AN y BN, se ha observado que los pacientes con TERIA son más jóvenes (gran número de pacientes tienen menos de 12 años) y hay mayor proporción de varones que en los otros trastornos de conducta alimentaria(1), encontrándose en algunos estudios, porcentajes de varones hasta del 20,6% vs 8,7%(16), presentando además, con mayor frecuencia: trastornos comórbidos psiquiátricos (principalmente de tipo ansioso) o médicos y mayor duración de los síntomas(1,16). En las poblaciones de adolescentes y adultos, se mantiene el patrón de mayor proporción de varones con respecto a los otros trastornos de conducta alimentaria(15).

Diagnóstico

Su principal característica diagnóstica es la evitación o restricción en la ingesta de alimentos que, en el DSM-5, se especifica mejor en el apartado A y debe asociarse a, al menos, una de cuatro condiciones: pérdida de peso significativa (o fracaso para alcanzar el peso o crecimiento esperado para la edad); deficiencias nutritivas significativas; dependencia de la alimentación enteral o de suplementos nutritivos por vía oral; y afectaciones importantes en el ámbito psicosocial (Tabla I).

El diagnóstico se realiza exclusivamente en los casos de niños con dificultades de ganancia de peso o crecimiento, o si el adolescente no satisface sus necesidades nutricionales y estas tienen como consecuencia una pérdida de peso significativa. También, se realiza cuando se presentan: deficiencias nutricionales, dependencia de suplementos nutricionales o si los síntomas interfieren significativamente con su funcionamiento psicosocial(18,19)

En algunos casos, puede ser requerida la observación directa de la exposición del niño a alimentos familiares y no familiares con características organolépticas variadas, además de determinar la falta de interés o preferencia por cada uno de ellos y, al mismo tiempo, evaluar las interacciones entre el niño y el padre o cuidador(18).

Características clínicas

Este trastorno tiene su punto máximo entre los 2 y 6 años de vida, con reducción gradual de los síntomas en el tiempo, de tal manera que son pocos los afectados en los primeros años de la edad adulta. Los patrones de presentación clínica son variados, pudiendo encontrarse pacientes con sensibilidad a las características sensoriales de algunos alimentos, entre los que frecuentemente se encuentran: verduras, frutas, carne, leche y queso; otro grupo de pacientes puede presentar restricción en la cantidad de alimentos que come, por poco apetito o pobre interés en la comida. Un tercer grupo de pacientes puede dejar de comer algunos alimentos o dejar de comer totalmente después de una experiencia traumática alimentaria, como: asfixia, vómito y otros síntomas gastrointestinales. También se pueden presentar pacientes con síntomas de los tres grupos anteriores, los cuales tienen peor pronóstico(19). El conocimiento del trastorno por parte del personal de salud es limitado, lo que da lugar a que los pacientes se queden sin diagnóstico o tengan un diagnóstico erróneo por muchos años(20).

Así pues, muchos pacientes pueden cursar con el trastorno desde la infancia, pero solo son diagnosticados en la adolescencia, ya que muchas veces se considera apropiado el crecimiento de un niño en los percentiles de límite inferior para el peso y la talla, pero una vez llegada la adolescencia, los problemas de su comer restrictivo y selectivo se acentúan o no son suficientes para mantenerlos en su curva de crecimiento, lo cual alerta al pediatra que es, en la mayoría de los casos, a quien acuden por primera vez(9). Para otros niños, el primer contacto ocurre con: el terapeuta ocupacional, dietista, gastroenterólogo, psicólogo, psiquiatra o médico de salud del adolescente(10).

Los pacientes se caracterizan por tener factores médicos y psiquiátricos que afectan la ingesta nutricional, pero sin alteración de la percepción de su cuerpo o preocupación por la imagen corporal. Los niños evitan los alimentos, debido a que tienen poco apetito, poco interés en las comidas o para evitar síntomas como: náuseas, dolor, vómito o por miedo a la asfixia, evadir gustos o texturas diversas, o emociones estresantes con las comidas, por lo que algunos pacientes solo aceptan una determinada marca de alimentos o son selectivos con el lugar donde se debe comprar lo que comen(9).

En adultos, las características clínicas difieren, los adultos rechazan las combinaciones de alimentos o que los alimentos hayan sido tocados por otras personas y, cuando son invitados por otros, temen no poder encontrar alimentos de su agrado. A esta edad reconocen que sus hábitos de alimentación no son saludables(21).

Comparando muestras de adultos con otros rangos de edad, se observa más asociación con síntomas como tristeza y ansiedad (83%), sensación de estar lleno, dolor abdominal o distensión abdominal (42%) y, en menor proporción, temor a atragantarse (10,5%) en comparación a lo encontrado en niños. La evasión de gustos, olores o texturas como causa del rechazo a comer, también es poco frecuente en este grupo de edad(22).

La evaluación clínica debe incluir una anamnesis completa que incluya encuesta alimentaria, datos sociodemográficos, de función familiar, de seguridad alimentaria y acceso a los servicios de salud. Debe realizarse antropometría completa, valoración nutricional, estado de hidratación, examen neurológico y del neurodesarrollo(23); igualmente, se deben determinar condiciones médicas que precisen tratamiento urgente (deshidratación grave, desnutrición severa o sospecha de maltrato) y la debida derivación a otro nivel de atención. Los exámenes complementarios se realizarán en relación a dichas condiciones.

Diagnóstico diferencial

El primer diagnóstico diferencial que el clínico debe considerar es el proceso de desarrollo normal en el que el lactante, con capacidad de desplazarse y de expresar sus sentimientos, se niega a recibir algunos alimentos como parte de su proceso de individuación, propio en esta etapa de la vida. En esta etapa del desarrollo, que generalmente comienza alrededor de los dieciocho meses, los niños progresan a diferentes velocidades. El rechazo inicial se convierte en un rasgo que representa la apertura subyacente a los nuevos alimentos, sin asociarse específicamente con síntomas de ansiedad ni cambios en la dinámica familiar, además con la resolución total de los síntomas alrededor de los 6 años.

Por otra parte, los pacientes con TERIA se diferencian de los pacientes con BN y AN, porque la pérdida de peso, en los casos de TERIA, no se debe a problemas en la percepción de la imagen corporal y el inicio del TERIA es, en general, en la infancia temprana, en contraste con lo observado en AN y BN, donde el inicio se observa con más frecuencia en adolescentes y adultos jóvenes(18). En adultos, se ha observado que, aunque los pacientes con TERIA y AN tienen índices de masa corporal similares (IMC), los pacientes con TERIA tienen menor índice de masa corporal premórbido y el máximo de IMC durante la vida es mayor en los pacientes con AN. Por otro lado, los pacientes con TERIA no tienen episodios de atracones ni conductas purgativas(12,17,22). Por su parte, los pacientes con TERIA desean aumentar de peso, pero no logran ingerir los alimentos necesarios para hacerlo.

Por último, algunos pacientes con TERIA evitan algunos tipos de alimentos por temor a tener problemas de salud (diabetes, problemas cardiacos o de colesterol), por casos presentados por otras personas o por el currículo académico que enseña medidas de alimentación saludable; esto se debe diferenciar de la evitación de alimentos calóricos y distorsión de la imagen corporal en los casos de AN y BN(12).

En cuanto a otro tipo enfermedades, se debe descartar: el hipertiroidismo, la diabetes, la insuficiencia de glucocorticoides y enfermedades gastrointestinales, como la enfermedad inflamatoria intestinal, la enfermedad celiaca y la úlcera péptica; se deben descartar las neoplasias y las infecciones crónicas como la tuberculosis(18).

Comorbilidades

Los pacientes con TERIA pueden presentar síntomas gastrointestinales como: dolor abdominal, temor a vomitar, quejas de sensación de plenitud gástrica y náuseas. Igualmente, se ha encontrado que estos pacientes tienen más prevalencia de: alergias alimentarias, enfermedad por reflujo gastroesofágico e intolerancias alimentarias, lo que aumenta las prescripciones médicas dietarias y la ansiedad familiar(1).

Desde el punto de vista ginecológico, las pacientes tienen con frecuencia amenorrea y osteopenia(16). Desde el punto de vista cardiovascular, se ha encontrado bradicardia y prolongación del QT y se han evidenciado carencias de vitaminas A, E, B12, D y K, además de alteraciones de los electrolitos, principalmente hipokalemia. Dichas deficiencias se pueden encontrar incluso en pacientes con TERIA que no presentan bajo peso. Algunos autores han encontrado casos de alteraciones nutricionales ligadas al exceso de consumo de alimentos con niveles altos de mercurio (p. ej., atún) en pacientes con regímenes alimenticios muy selectivos(21).

En cuanto a comorbilidades psiquiátricas, uno de los trastornos más frecuentemente asociados son los trastornos del espectro autista y, dada la alta prevalencia de TERIA en este grupo de pacientes, algunos autores han propuesto que la presencia de síntomas de TERIA severos deben hacer sospechar al clínico la posibilidad de que el paciente tenga un trastorno del espectro autista(24). Otras comorbilidades incluyen la discapacidad intelectual y el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH); situación en la que el TERIA complica el manejo del TDAH, dado que los medicamentos utilizados para tratarlo tienen, como efecto indeseable frecuente, la hiporexia(25).

Se ha encontrado igualmente, una comorbilidad frecuente con el trastorno obsesivo compulsivo y trastornos de ansiedad (hasta en el 72%) y, en menor proporción, trastornos del estado de ánimo(21,12).

Tratamiento

Las intervenciones tempranas se recomiendan, debido a los riesgos que conllevan para la salud, la vida social y familiar de los pacientes los trastornos de la alimentación no tratados(26). En todos los casos, se debe realizar una evaluación integral e iniciar un tratamiento multidisciplinario del paciente, sin dejar a un lado el apoyo al grupo familiar.

Las consideraciones en el tratamiento se relacionan con: el efecto sobre el peso y el crecimiento, el estado nutricional, la afectación de la vida social y la función del individuo, lo que se traduce en un enfoque nutricional y uno conductual. No se dispone, en la actualidad, de guías de manejo y las recomendaciones existentes no pueden ser generalizadas para todos los pacientes(9).

El tratamiento debe individualizarse sobre la premisa principal de la dificultad para la alimentación y los factores que contribuyen al mantenimiento de la patología; así como el manejo de los factores de resistencia al tratamiento, los cuales pueden ser: personales, familiares y culturales. Es de señalar que, en algunas culturas, hay estigmatización y temor asociado al diagnóstico de una enfermedad mental y al uso de psicofármacos, por lo que se puede observar resistencia al tratamiento, siendo pertinente entonces realizar intervenciones orientadas a la aceptación del diagnóstico y adherencia al tratamiento(6).

El grupo de trabajo debe contar con: un profesional en salud mental, un pediatra o internista (según la edad del paciente), un nutricionista, un psicólogo, un terapeuta familiar, un terapeuta ocupacional y un fonoaudiólogo(18,27); el rol de cada integrante del grupo puede variar según el caso.

El tratamiento se debe orientar inicialmente a la estabilización del peso y al control de las alteraciones nutricionales que pongan en riesgo la vida del paciente, para lo que, en ocasiones, se debe inicialmente administrar complementos nutricionales, contar en lo posible con programas intensivos diurnos y hospitalización para alimentación por sonda nasogástrica o para nutrición enteral, y se ha planteado también, en algunos casos, la alimentación por gastrostomía(18,19).

Una vez estabilizado nutricionalmente el paciente y resueltos los problemas médicos relevantes, se debe rápidamente limitar el uso de la alimentación por sonda y los suplementos, ya que estos pacientes pueden generar una dependencia y disminución del deseo de comer alimentos sólidos. Se debe vigilar la adecuada nutrición e hidratación, para evitar la pérdida de peso eventual en la transición de la alimentación con sonda a la vía oral autónoma, proceso que debe apoyarse en un tratamiento conductual intensivo(19,28).

Se han planteado técnicas conductuales basadas en el paradigma de la desensibilización sistemática (inicialmente, presentar mediante juego los alimentos sin que se tenga la obligación de probarlos y aumentar los estímulos sensitivos del alimento progresivamente) y el condicionamiento operante, con recompensas como hacer del momento de la comida un momento agradable en familia, alabanzas (recompensas verbales) y, en los niños, aumento del tiempo dedicado a otras actividades, si el paciente ingiere adecuadamente sus alimentos(19). Se debe igualmente limitar la ingestión de alimentos preferidos por el paciente entre comidas y no aceptar las exigencias recurrentes de tipo obsesivo de los pacientes(24), conservando los horarios de comida y los refrigerios, ya que la restricción de alguna comida puede crear el hábito de no comer y pérdida de las señales de hambre. El paciente puede presentar ansiedad anticipatoria, al saber que se va a enfrentar a múltiples momentos de alimentación durante el día y específicamente temor al anticipar la siguiente comida, lo que se debe manejar con apoyo emocional y distracción con temas diversos durante y después de cada comida(28).

Los pacientes pueden requerir intervenciones fonoaudiológicas orientadas a: disminuir la hipersensibilidad táctil, optimizar el rango de apertura y fortaleza de la mordida, mejorar la masticación, la deglución y la retención de alimentos(27,20).

La terapia cognitiva conductual (TCC) ha mostrado ser también eficaz y se plantean, como objetivos de terapia, la gestión de la ansiedad y limitar la relación exposición-respuesta(18).

Se han descrito tratamientos que involucran terapia familiar orientada a limitar la presión que la familia ejerce en las comidas, ya que esta se ha asociado con síntomas de rechazo, menor ingestión y menor peso corporal en la infancia; en adolescentes universitarios con patrones anormales de alimentación(29), se plantea si la presión familiar se asocia con el peor pronóstico o si la intensidad de los síntomas lleva a mayor presión familiar(19,30).

Del mismo modo, se han propuesto intervenciones individuales orientadas a reducir la ansiedad y la depresión maternas, así como terapias de grupo, que han mostrado ser eficaces en la reducción de los síntomas maternos y en el patrón alimentario de sus hijos(31).

Respecto a los medicamentos, se utilizarán los necesarios para tratar los trastornos comórbidos, como la ansiedad y trastornos del ánimo, idealmente indicados por el psiquiatra infantil. La ciproheptadina, un antihistamínico y antiserotoninérgico, ha sido utilizado como estimulante del apetito en niños, posiblemente por su acción en el núcleo ventromedial del hipotálamo y por su efecto sobre el eje de la hormona del crecimiento y el factor de crecimiento semejante a la insulina. El uso de dicho medicamento debe considerarse cuando las intervenciones psicológicas y nutricionales no han sido eficaces(18,32), siendo la dosis recomendada en Pediatría 0,25 mg/kg/día, dividida en 2 o 3 tomas al día y se debe administrar por intervalos de una a tres semanas, momento en el cual se requiere suspensión por un periodo de 4 a 7 días, antes del reinicio si es necesario, dicha pausa tiene un efecto positivo sobre el apetito, dado que su uso continuo lo puede atenuar. Los efectos indeseables más frecuentes son irritabilidad y somnolencia; para disminuir su presentación, se recomienda iniciar los primeros días con un cuarto de la dosis. La seguridad de este medicamento en menores de 2 años no ha sido evaluada. Su eficacia aumenta si se acompaña de un manejo multidisciplinario(32).

Por otra parte, el uso de risperidona en trastornos de conducta alimentaria, en especial en casos de AN y TERIA, es comúnmente utilizada, aunque faltan estudios que muestren el beneficio estadístico y aún no se conoce el mecanismo específico por el cual la Risperidona logra aumentar el apetito en los pacientes(25).

Pronóstico

Dado el cambio reciente de la clasificación diagnóstica, se disponen de pocos estudios prospectivos aptos para evaluar el pronóstico. Algunos autores afirman que los adultos que consultan por TERIA manifiestan que sus síntomas se iniciaron en la infancia temprana y persistieron hasta la edad adulta(20). A pesar de esto, se ha encontrado que muchos pacientes con TERIA abandonan el tratamiento durante el primer año de manejo, posiblemente por la utilización errónea de protocolos para AN(11).

Se ha encontrado que los niños con TERIA pueden presentar otros trastornos de la alimentación en la adolescencia o en la edad adulta(33) y requieren mayor número de hospitalizaciones por alteraciones hidroelectrolíticas (hasta en el 23% de las hospitalizaciones por TERIA). Con respecto a lo encontrado en AN, requieren menos hospitalizaciones por bradicardia o por prolongación del QT. Las hospitalizaciones suelen ser prolongadas y requerir, en muchos casos, alimentación enteral y complementos nutricionales, para lograr consumir las calorías necesarias; el riesgo de requerir nuevas hospitalizaciones es similar a lo encontrado en AN(34). Otros estudios señalan un peor pronóstico que los pacientes con AN y BN(20).

Por el contrario, en un estudio clínico realizado en Japón con pacientes entre 15 y 40 años, se encontró que a diferencia de lo encontrado en niños, los adolescentes y adultos con TERIA tienen: menor duración de la enfermedad, menor psicopatología, requieren menos hospitalizaciones y menos nutrición enteral que los pacientes con AN(22).

Prevención

Se ha evidenciado que la exposición en la infancia a diferentes alimentos, incluyendo vegetales, el ejemplo por parte de los padres en cuanto al consumo adecuado de diversos alimentos, el entrenamiento a padres en diversas preparaciones rápidas de alimentos saludables y la lactancia materna, son factores que mejoran la cantidad y la variedad de alimentos aceptados por los niños(35).

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Novedades en probióticos: evidencias, indicaciones y seguridad

A. Hernández Hernández*, C. Coronel Rodríguez**, J.M. Gil Vázquez***
Temas de FC


A. Hernández Hernández*, C. Coronel Rodríguez**, J.M. Gil Vázquez***

*Pediatra del CS Tacoronte. Tenerife. **Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla. ***CAP Gracia-Merinals. Sabadell. Barcelona

Resumen

Este documento es continuación del publicado previamente en esta misma revista, en 2015, sobre la microbiota, prebióticos, probióticos y simbióticos(1).
En dicho artículo se revisaron diferentes aspectos de la flora gastrointestinal o microbiota, desde el momento de su adquisición, antes, durante y tras el nacimiento, composición y distribución de la misma en diferentes nichos o tramos intestinales. Se realizó un recordatorio anatomo-histo-fisio-inmunológico de la barrera intestinal y se analizó las importantes funciones que la microbiota y el microbioma (interacción de los genes bacterianos con el huésped), considerados “el órgano olvidado”, desempeñan. A saber: 1) Mejora de dicha barrera mediante diferentes mecanismos, optimizando el propio trofismo mucoso a través de adherencia competitiva sobre patógenos o con la producción de bactericinas y otras sustancias tóxicas para patógenos. 2) La función metabólica, mediante la cual, la flora comensal degrada los restos carbonados y proteicos no digeridos en el intestino delgado, dando lugar a ácidos grasos de cadena corta y a otros que modifican el pH intestinal, favoreciendo la absorción de oligoelementos. Además, contribuye a regular el metabolismo del colesterol y constituye un aporte de energía extra para el organismo, al tiempo que sintetiza vitaminas y metaboliza sustancias tóxicas. 3) Una de las funciones más importantes es la inmunomodulación, dado que la microflora actúa modulando la respuesta tolerogénica de homeostasis intestinal Th2, frente a la proinflamatoria Th1, mediante un complejo mecanismo de señales intercelulares en las que las bacterias, células epiteliales, células dendríticas y del sistema inmunológico, actúan coordinadamente con el objetivo de eliminar patógenos, permitir la supervivencia de comensales y la tolerancia a los alimentos.
En dicha publicación, también se valoró la composición, dosificación, mecanismos y efectos beneficiosos de los prebióticos, probióticos y simbióticos, así como las normativas generales por las que se rigen dichos productos bioterapéuticos, considerados comercialmente como nutracéuticos, y con normativas más laxas que los medicamentos propiamente dichos. Se incluyó, finalmente, una somera tabla de usos e indicaciones en Pediatría, según el consenso de World Gastroenterology Organisation (WGO) publicado en 2011(1).
Desde entonces, han surgido nuevos productos bioterapéuticos: postbióticos (sustancias producidas por los probióticos liberadas al medio, beneficiosas para la salud); psicobióticos (probióticos y otros que, consumidos en cantidades adecuadas, producen un beneficio en la salud de pacientes con trastornos psiquiátricos); y paraprobióticos o probióticos fantasma (células microbianas no viables, intactas o rotas, o extractos de células no fragmentados con composición química compleja que, cuando se administran por vía oral o tópica en cantidades adecuadas, confieren un beneficio para el consumidor humano o animal), que se constituyen en el paradigma de los probióticos y de la premisa de su necesaria viabilidad para ser efectivos. Además, el mercado de los bioterapéuticos se ha incrementado de forma exponencial y se prevé que seguirá en esa tónica, y han pasado de ser un producto de uso preventivo en población sana para utilizarse como terapia en algunas patologías en pacientes, en muchos casos, con cierto compromiso orgánico, por lo que surgen dudas y controversias en cuanto a su seguridad y potenciales efectos secundarios, aspectos que ahora se revisan.
También se han publicado recientemente diferentes consensos de indicaciones, tanto preventivas como con finalidad terapéutica, en adultos y en Pediatría, que se analizan ampliamente en este artículo, comparándolos con los previamente publicados, con el objetivo de que se utilicen, en general y en ciertas patologías, con mayor evidencia y rigor (Tabla I).

 

Abstract

This document is a continuation of the one previously published in this same journal, in 2015, on the microbiota, prebiotics, probiotics and symbiotics(1).
In that article, different aspects of the gastrointestinal or microbiota flora were reviewed, from the moment of its acquisition, before, during and after birth, composition and distribution of it in different niches or intestinal sections. A histo-patho-physio-immunological reminder of the intestinal barrier was performed and the important functions that the microbiota and the microbiome (interaction of bacterial genes with the host), considered “the forgotten organ”, were reviewed. Namely: 1) Improvement of such barrier through different mechanisms, optimizing the mucous trophism itself through competitive adherence on pathogens or with the production of bactericins and other toxic substances for pathogens. 2) The metabolic function, through which the commensal flora degrades the undigested carbon and protein residues in the small intestine, giving rise to short-chain fatty acids and others that modify the intestinal pH, favoring the absorption of trace elements. In addition, it helps regulate cholesterol metabolism and constitutes an extra energy supply for the body, while synthesizing vitamins and metabolizing toxic substances. 3) One of the most important functions is immunomodulation, since microflora acts by modulating the Th2 intestinal homeostasis tolerogenic response, against proinflammatory Th1, through a complex mechanism of intercellular signals, in which bacteria, epithelial cells, dendritic cells and the immune system, act in coordination with the objective of eliminating pathogens, allowing the survival of commensals and food tolerance.
This publication also assessed the composition, dosage, mechanisms and beneficial effects of prebiotics, probiotics and symbiotics, as well as the general regulations governing these biotherapeutic products, considered commercially as nutraceuticals, with lax regulations. Finally, a brief table of uses and indications in pediatrics was included, according to the WGO consensus published in 2011(1).
Since then, new biotherapeutic products have emerged: postbiotics (health benefits of substances produced by probiotics released into the environment); psychobiotics (probiotics and others that, if consumed in adequate amounts, produce a health benefit in patients with psychiatric disorders); and phantom paraprobiotics or probiotics (non-viable, intact or broken microbial cells, or extracts of non-fragmented cells with complex chemical composition that, when administered orally or topically in adequate amounts, confer a benefit to the human or animal consumer), which constitute the paradigm of probiotics and
the premise of their necessary viability to be effective. In addition, the biotherapeutic market has increased exponentially and this trend is expected to continue, as they have evolved from being a product of preventive use in the healthy population to be extended as therapy in some pathologies, in patients in many cases organically-compromised, hence doubts and controversies regarding its safety and potential side effects arise; aspects that will now be reviewed.
Different consensus agreements have been published recently, both preventive and therapeutic, in adults and in children, which are widely analyzed in this article, comparing them with those previously published, with the aim of being used, in general and in certain pathologies, with greater evidence and rigor.

 

Palabras clave: Paraprobióticos; Psicobióticos; Postbióticos; Guías sobre uso de probióticos;
Seguridad en pacientes vulnerables

Key words: Paraprobiotics; Psychobiotics; Postbiotics; Probiotic use guidelines; Safety in vulnerable patients.

 

Pediatr Integral 2020; XXIV (3): 151 – 165

 


Novedades en probióticos: evidencias, indicaciones y seguridad

Psicobióticos

Probióticos específicos que podrían mejorar algunos trastornos psiquiátricos, tales como: depresión, ansiedad, síndrome de intestino irritable y otros.

Término introducido en 2013 por Ted Dinan, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Cork (Irlanda). Inicialmente, lo define como: aquellos organismos vivos que, cuando se consumen en cantidades adecuadas, producen un beneficio en la salud de pacientes con trastornos psiquiátricos(2). Recientemente, se amplía su definición a aquellos probióticos, prebióticos y otras estrategias que, al actuar sobre el eje microbiota-intestino-cerebro, pueden conferir beneficios para la salud mental. Se incluye así a los prebióticos, pero también el ejercicio físico y la dieta, que afectan a las comunidades bacterianas en el intestino e influyen en el estado de ánimo y en la cognición(3).

El principal problema de esta nueva versión es que se apoya, principalmente, en estudios realizados in vitro y en animales, por lo que los científicos muestran cautela a la hora de valorar cualquier resultado que pueda parecer prometedor. La comunidad científica reconoce el término de psicobiótico, pero lo limita a aquellos probióticos con posibles efectos positivos en personas con patologías psiquiátricas. La depresión, la ansiedad y el síndrome del espectro autista son las tres enfermedades que, a priori, se podrían beneficiar más de los avances en este nuevo campo de estudio. También se ha estudiado en el síndrome del intestino irritable, donde se han reportado beneficios positivos para varios organismos, incluido Bifidobacterium infantis, y en el síndrome de fatiga crónica.

Se ha demostrado que algunas bacterias intestinales de los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium segregan o modulan sustancias neurotransmisoras como GABA, acetilcolina o serotonina, implicadas en la regulación de muchos procesos fisiológicos y neurológicos, cuya disfunción se relaciona con la ansiedad o la depresión.

Posibles mecanismos de acción

Se barajan varias posibilidades:

• Que los microorganismos actúen directamente sobre el sistema nervioso entérico, encargado de controlar el aparato digestivo mediante la producción de neurotransmisores (serotonina, ácido gamma-amino-butírico), que a su vez se comunica con el SNC.

• Que regulen el sistema inmunitario intestinal, el cual produce citoquinas que modulan SNC.

Que produzcan metabolitos que alteren la actividad de la barrera hemato-encefálica en el cerebro.

Los microorganismos podrían utilizar una o varias de estas vías y, a la vez, para producir efectos beneficiosos en la salud mental. Hay diversos trabajos que apoyan este tipo de acciones.

En un estudio en ratas modificadas con depresión, se observó que podía revertirse la patología administrando Bifidobacterium infantis. Los resultados muestran que se incrementan los niveles de triptófano en plasma y de metabolitos como la dopamina en la cortical, y se reducen las concentraciones de serotonina en la corteza frontal, disminuyendo los síntomas de la depresión(4).

En otro estudio, se analizaron las heces de 55 individuos, tanto con depresión como sin ella, encontrando un incremento de bacterias fecales en los pacientes con depresión(5).

En un artículo de revisión de 2015, sobre el potencial de los psicobióticos en la salud mental, se analizaron los únicos 10 estudios que cumplían los siguientes requisitos: realizarse en humanos, con sistema de doble ciego, asignación aleatoria y donde se comparasen los efectos de psicobióticos y placebos. No se encontraron pruebas concluyentes de los efectos psicológicos de los probióticos.

En 2016, un nuevo estudio examinó el impacto de ciertos probióticos en personas con depresión. Se proporcionó placebo o bacterias a dos grupos de 20 pacientes durante 8 semanas. Quienes consumieron las bacterias mejoraron su grado de depresión, según el inventario de depresión de Beck (BDI). Los resultados demuestran efectos beneficiosos significativos relacionados con la mejoría metabólica en cuanto al mantenimiento inalterado de los niveles de glucosa, disminución de la resistencia a insulina, disminución de los marcadores oxidativos, con incremento del glutatión total en plasma. Sin embargo, los probióticos que usan no están bien caracterizados: indican la especie (Lactobacillus acidophilus, Lactobacillus casei y Bifidobacterium bifidum), pero no la cepa(6).

Otra investigación realizada con la bacteria Bifidobacterium longum 1714, arrojó resultados prometedores. Durante 4 semanas, 22 varones tomaron placebo. A continuación, ingirieron el probiótico durante otras 4 semanas. Se analizó su respuesta al estrés, así como su actividad cerebral y cognitiva, con diferentes cuestionarios y electroencefalografías. El consumo de la bacteria se asoció a una disminución del estrés y a una mejora de la memoria(7).

En un estudio reciente, a 81 pacientes (36,5 ± 8,03 años) diagnosticados de depresión mayor y divididos en tres grupos similares, se les administra durante 8 semanas una mezcla de probióticos (Lactobacillus helveticus y Bifidobacterium longum), un prebiótico (galactooligosacárido) y un placebo, respectivamente. Se evaluaron los cambios en pacientes con trastorno depresivo mayor (TDM) mediante BDI, como resultado primario, así como las relaciones quinurenina/triptófano y triptófano/aminoácidos de cadena ramificada, como resultados secundarios. Se concluye que 8 semanas de suplementos probióticos a estos pacientes mejoró el BDI en comparación con el grupo placebo, así como los parámetros neuroquímicos mencionados, y no se observó ningún efecto significativo en el grupo al que se le administró prebióticos(8).

Paraprobióticos

Probióticos muertos o fantasmas con similares acciones y efectos que los probióticos vivos. Constituyen una nueva esperanza para ser utilizados en pacientes más vulnerables sin riesgos.

El término paraprobiótico (probióticos fantasma) se ha propuesto para definir células microbianas no viables (intactas o rotas) o extractos de células no fragmentados con composición química compleja que, cuando se administran (por vía oral o tópica) en cantidades adecuadas, confieren un beneficio para el consumidor humano o animal.

La inactivación de probióticos se puede conseguir por varios métodos, incluido el uso de: calor, productos químicos (p. ej., formalina), rayos gamma o ultravioleta, y sonicación (sonoporación, inactivación de material biológico por ultrasonidos). Los diferentes métodos de inactivación pueden afectar los componentes estructurales de la célula de manera diferente e influir en su actividad inmunomoduladora. El tratamiento térmico parece ser el método de elección para la inactivación de cepas probióticas en la mayoría de los estudios(9,10).

En cuanto a los mecanismos de acción de los probióticos inactivados por calor o muertos, aun siendo poco conocidos, son similares a la de los probióticos vivos, pero con algunas particularidades. Como posibles inconvenientes señalar:

• Capacidad reducida para la adhesión a la mucosa, que incluye las propiedades adhesivas de BoPA, una lipoproteína de la superficie celular identificada en Bifidobacterium (B.) bifidum. Sin embargo, se ha demostrado que para la cepa Propionibacterium freundereichii se obtiene una mayor capacidad de adhesión después de la inactivación por calor(11). En estudios preclínicos con lactobacilos viables y muertos, la alteración de la adhesividad a la mucosa producida por el calor ha hecho que se distribuyan de diferente forma, observándose las bacterias vivas en las placas de Peyer y en la lámina propia, mientras que las destruidas por el calor estaban en la luz y eran eliminadas rápidamente, pero mantenían la capacidad de inhibición del patógeno a la mucosa por exclusión competitiva, mejorando la barrera intestinal(12).

• Menor capacidad para ejercer efecto antiinflamatorio, sin embargo en las cepas inactivadas por calor Lactobacillus (L.) casei, Shirota o L. fermentum se ha demostrado eficacia para modular la respuesta inflamatoria al regular: la IL-10 (una anti-citocina inflamatoria), la B-defensina humana y otras citocinas proinflamatorias; también para Bifidobacterium (B.) breve y B. bifidum aumenta la capacidad de secreción de IL-10.

• Los extractos de la pared celular, el ácido lipoteicoico, el ADN bacteriano y las proteínas de la capa de superficie (S) pueden tener efectos inmunomoduladores por varios mecanismos, incluidos aumento de la producción de IgA salival, modulación de las respuestas de células T del huésped y expresión génica. Los probióticos vivos e inactivados tuvieron efectos comparables sobre la inmunidad innata. En cuanto a la respuesta fagocítica de B. lactis HN019 vivo y muerto en células de sangre periférica, solo las bacterias viables aumentaron la actividad fagocítica de las células peritoneales(13). En cuanto a la inmunidad adaptativa, la mayoría de estudios observan más beneficios con el uso de probióticos viables(14), pero algunos muestran que ambas formas tienen efectos similares sobre el fenotipo y las funciones de las células dendríticas mieloides humanas(15).

Resumiendo, la evidencia de los estudios preclínicos y clínicos sugiere que en algunas situaciones, dependiendo del mecanismo de acción, los efectos probióticos no dependen de la viabilidad celular.

Como posibles, ventajas cabe señalar que los paraprobióticos mejoran la seguridad y su vida útil es más larga. Los probióticos muertos tuvieron varias respuestas biológicas, incluidas: los efectos antiinflamatorios, la atenuación de la colitis, la reducción de la producción de IL-8, la estimulación del sistema inmunitario intestinal y la estimulación de la producción de IL-6, en estudios preclínicos. Por lo tanto, los microbios muertos podrían modular los efectos antiinflamatorios tan efectivamente como los probióticos vivos(16).

En una revisión sistemática de ensayos de bacterias, en las que se compararon microbios modificados (paraprobióticos) con placebo, o con la misma cepa probiótica, o con terapia estándar, para la prevención o tratamiento de diversas enfermedades, no se aprecia diferencia significativa entre los probióticos y los microbios modificados en el 86% de los ensayos de prevención y en el 69% de los tratamientos. La incidencia de eventos adversos fue comparable para microbios modificados, probióticos y otros controles. En general, hubo alguna evidencia de que los microbios modificados pueden ser útiles para algunas condiciones, por ejemplo, el L. acidophilus modificado como adyuvante en el tratamiento de la diarrea aguda. Sin embargo, esta revisión incluye limitaciones, tales como: la heterogeneidad de la metodología y las cepas evaluadas, y sus pequeños tamaños de muestra(10).

Otra publicación reciente realiza una revisión sistemática de los efectos, tanto de los probióticos como de los paraprobióticos, como posibles candidatos en la prevención y tratamiento de diversas enfermedades virales, dado la interacción de los mismos con el sistema inmunitario de la mucosa, produciendo inmunomodulación, tanto innata como adquirida, así como el papel en la producción de IFN tipo 1 (interferones tipo 1) implicado en los procesos de eliminación viral y en la regulación de las citocinas inflamatorias, que está mediada por receptores de reconocimiento de patrones, como los receptores tipo Toll y el gen I-inducible por ácido retinoico. Los estudios han comenzado a dilucidar los efectos inmunoestimuladores de las bacterias del ácido láctico y han informado de su capacidad para contribuir a la prevención de infecciones virales, incluida la gripe, así como en el tratamiento de la infección por Helicobacter pylori (17).

En este mismo artículo, se demuestra como L. lactis JCM 5805, utilizando células dendríticas derivadas de la médula ósea murina obtenida de varios tipos de modelos experimentales de ratones, es el estimulador más potente de la producción de IFN tipo 1 (IFN-α), que juega un papel importante en la mediación de la respuesta inmune antiviral al inducir la actividad citotóxica de las células asesinas naturales, lo que contribuye a la defensa del huésped contra la infección viral. Llegan a la conclusión de que, aun siendo necesaria una investigación más detallada, se espera que los probióticos y/o paraprobióticos se encuentren entre las opciones coadyuvantes racionales para el tratamiento y la profilaxis de las infecciones virales(17).

Hay varios estudios que demuestran el efecto de los paraprobióticos en la reducción de grasa corporal total, el IMC, otros parámetros antropométricos como modificaciones y regulación del metabolismo lipídico, de la glucosa y del síndrome metabólico. En un estudio hecho en Japón con voluntarios sanos, que incluía sujetos con sobrepeso y obesidad con un índice de masa corporal (IMC) con un rango de 25 o más, pero menos de 30 kg/m2, a los que se dividió en dos grupos de 98 y 99 pacientes (grupo prueba y control, respectivamente), se les administró dosis de 200 mg en forma de leche de Lactobacillus amylovorus CP1563 fragmentado, obtenido de muestras fecales, cultivado, lavado e inactivado por calor y liofilizado al grupo prueba, y similar preparado placebo al grupo control. Se realizaron registros de todas las ingestas y actividad física durante 16 semanas, y medidas antropométricas y de demás parámetros analíticos a las 4-8-12 semanas, momento en el que se terminó con la dosis de paraprobióticos, y a las 16 semanas. Aunque se necesitan más ensayos clínicos e investigaciones sobre los mecanismos de acción, los resultados de este estudio sugieren que el consumo de alimentos que contienen CP1563 fragmentado durante 12 semanas por sujetos obesos de clase I mejora: las mediciones antropométricas, los marcadores relacionados con el metabolismo de los lípidos y de la glucosa, sin ningún efecto adverso, previene el síndrome metabólico y las complicaciones.

El mecanismo de acción de estos fragmentos de Lactobacillus amylovorus CP1563 (CP1563) es el mismo que realizan los agonistas en el receptor activado por proliferador de peroxisoma (PPAR) α y γ. Algunos fármacos agonistas del PPARα (fibratos) reducen la concentración de triglicéridos y aumentan la concentración sérica de colesterol HDL. El PPARγ se expresa altamente en adipocitos y regula la diferenciación de los mismos, el almacenamiento de lípidos y el metabolismo de la glucosa. Los agonistas farmacológicos del PPARγ (glitazonas) mejoran la resistencia a la insulina y se usan ampliamente en el tratamiento de la dislipemia. Los agonistas farmacológicos (glitazars) de doble PPAR (PPARα/γ) ejercen efectos positivos sobre el metabolismo de los lípidos y la glucosa, y se han desarrollado recientemente como agentes prometedores para el tratamiento de la diabetes mellitus tipo 2 con dislipemia. La activación PPARα del CP1563 fragmentado también fue significativamente mayor que la de las células intactas y se correlacionó inversamente con el tamaño de la trituración, es decir, la longitud de los fragmentos(18).

Otro estudio utilizó la cepa de B. animalis subsp lactis inactivada por calor, en ratas Wistar de 6 semanas de vida durante 12 semanas, que siguieron dos tipos de dietas, la estándar y la dieta de cafetería (hipercalórica, rica en grasa que induce la aparición de síndrome metabólico). No se observaron cambios en el peso, pero las ratas que toman la B. animalis inactiva: disminuye la adiposidad y aumenta la sensibilidad a la insulina y mejora la dislipemia(19).

Postbióticos

Sustancias simples o complejas, producto de los probióticos con efectos similares a los mismos y sin los riesgos de estos en el caso de uso en pacientes comprometidos.

Se definen como sustancias solubles generadas del metabolismo de los probióticos y liberadas al medio extracelular, con actividad beneficiosa sobre la salud(20).

Este concepto hace referencia no solo a moléculas más simples producidas por los probióticos al interaccionar con las células intestinales, como factores solubles o secretados (denominados genéricamente metabolitos bacterianos bioactivos), sino también a moléculas más complejas y sobrenadante libre de células. Entre los metabolitos bacterianos bioactivos se encuentran: ácidos orgánicos (acetato, acetil acético, butirato y propionato); aminoácidos como: triptófano, taurina, histamina; otras proteínas y polisacáridos extracelulares como: espermina y bacteriocinas; y en las más complejas, componentes como: fracciones microbianas, proteínas funcionales, polisacáridos secretados, lisados celulares, ácido teicoico, muropéptidos derivados del peptidoglucano, estructuras de tipo pili y fragmentos celulares. Por ello, en algunas publicaciones, se incluyen los paraprobióticos, comentados previamente, como un tipo más de postbióticos(21,22).

En cuanto a los mecanismos de acción, los postbióticos tienen el mismo que los probióticos e igual capacidad, debido a la presencia de metabolitos secundarios sin una célula viva. Pueden reducir el pH intestinal e inhibir la proliferación de patógenos oportunistas en la alimentación y en el intestino de los animales. Los postbióticos obtenidos de Lactobacillus plantarum exhiben acción inhibitoria sobre diversas bacterias patógenas, incluidas: Listeria monocytogenes, Salmonella Typhimurium, Escherichia coli y Enterococos resistentes a la vancomicina(23).

En pollos de engorde en condiciones normales, la suplementación postbiótica mejora el rendimiento del crecimiento y la salud, al promover el estado inmune y el buen estado intestinal a través de la mejora de las vellosidades intestinales y el aumento de la población de bacterias de ácido láctico, y la reducción de la población de Enterobacteriaceae y el pH fecal(24).

Tsilingiri, et al. propusieron la utilización de postbióticos en el tratamiento y prevención de enfermedades intestinales, como la enfermedad inflamatoria intestinal(20). Los sobrenadantes de cultivo de Lactobacillus casei y Lactobacillus paracasei, cepas aisladas de la leche materna humana que tienen bioactividad de citotoxicidad y apoptosis contra las células del cáncer cervical, tienen el potencial de ser fármacos antitumorales naturales(25).

El uso de moléculas postbióticas se ha convertido en una estrategia prometedora para tratar muchas enfermedades inflamatorias, ya que estas moléculas imitan los efectos terapéuticos útiles de los probióticos y evitan el riesgo de administrar microorganismos vivos a un huésped con un sistema inmunitario deteriorado. Ha resultado ser así en varios estudios que utilizan modelos de ratón de enfermedades inflamatorias, como: colitis, artritis, asma, gota y neumonía. Los resultados enfatizan las complejas interacciones entre el huésped y los metabolitos modulados por microbiota, lo que constituye un área interesante de investigación futura(26).

Los mecanismos moleculares subyacentes a los efectos de los postbióticos parecen estar mediados por una interacción entre el huésped y los productos microbianos. Estos, al interaccionar con el sistema inmunitario del huésped, pueden desencadenar una respuesta antiinflamatoria. Aunque dichos mecanismos no son bien conocidos, una posible acción de inmunomodulación por postbióticos en humanos, podría derivarse de un experimento in vitro que muestra la respuesta innata de los macrófagos a Lactobacillus casei no viable. Se observó un aumento en la expresión de citocinas proinflamatorias y una mejora de la transcripción de receptores tipo Toll (TLR-2, TLR-3, TLR-4 y TLR-9) y se presume que los compuestos postbióticos de Lactobacillus spp pueden ejercer actividad de inmunomodulación aumentando los niveles de citocinas asociadas a Th1 (respuesta tolerogénica), reduciendo las citocinas asociadas a Th2 (respuesta proinflamatoria).

Los experimentos con ratones con fórmula infantil fermentada que contiene postbióticos derivados de Bifidobacterium breve C50 y Streptococcus thermophilus 065 han demostrado una supervivencia y maduración prolongadas de las células dendríticas, e indujeron una alta producción de IL-10 a través de TLR-2, lo que sugiere funciones de regulación inmunitaria. Además, se ha demostrado que los postbióticos de estas cepas mejoran la función de barrera epitelial y estimulan la respuesta Th1 en modelos de ratón, destacando la participación de componentes postbióticos en la función inmune del huésped.

Los postbióticos, a diferencia de los probióticos, no necesitan, para mantener su eficiencia, de la necesaria colonización, para la cual es preciso mantener los microorganismos viables y estables en el producto a una dosis alta. Esto facilita la entrega de los ingredientes activos en la ubicación deseada en el intestino, mejora la vida útil y puede simplificar el embalaje y el transporte. Los postbióticos también se pueden usar en situaciones en las que es más difícil controlar y mantener las condiciones de producción y almacenamiento, como en los países en desarrollo. Además, se ha sugerido que el uso de postbióticos podría ser una alternativa atractiva para otros “bióticos” en pacientes críticos, niños pequeños y recién nacidos prematuros(21).

Los avances recientes en la comprensión de los efectos biológicos de los postbióticos y los mecanismos relacionados, algunos de ellos comentados aquí, indican que pueden ser una estrategia preventiva eficaz prometedora contra la enterocolitis necrotizante, al tiempo que evitan el riesgo de administrar microorganismos vivos a los recién nacidos prematuros, que podrían translocarse y causar infección. Sin embargo, se necesitan más datos de ensayos que investiguen la eficacia, y se deben abordar los problemas relacionados con su régimen óptimo, y el inicio y duración del tratamiento(27).

Principales indicaciones de probióticos en Pediatría

En el tratamiento de la gastroenteritis aguda en niños, coadyuvante de la erradicación del Helicobacter pylori. En la prevención de: la diarrea aguda e infecciones comunes de guarderías, la diarrea asociada a antibióticos, la diarrea nosocomial, la enterocolitis necrotizante y las enfermedades alérgicas. Y en el tratamiento y prevención de: el cólico del lactante, los trastornos funcionales gastrointestinales ligados al dolor abdominal y la enfermedad inflamatoria intestinal. También se valoran las precauciones y posibles efectos secundarios del uso de probióticos, sobre todo, en pacientes comprometidos.

A pesar del uso cada vez más extendido de los probióticos, los estudios publicados hasta la fecha tienen gran diversidad en su diseño y muestran, en muchas ocasiones, resultados no concluyentes, originando una importante dificultad para el desarrollo de guías definitivas de tratamiento que faciliten un uso racional de los mismos.

En esta revisión, se repasan las últimas recomendaciones y pautas del uso de probióticos en la prevención y tratamiento de diferentes patologías, principalmente intestinales, y solo de niños, basadas en los diferentes documentos de consenso de los paneles de expertos de distintas sociedades científicas expuestos en los dos últimos años. Se hace referencia también a los cambios efectuados con respecto a las guías previas y se analizan las precauciones y posibles efectos secundarios de dichos probióticos, sobre todo, al ser utilizados en pacientes con cierto compromiso orgánico.

Todos los probióticos han de cumplir una serie de características fundamentales:

• Ausencia de virulencia bajo cualquier circunstancia, lo que les ha permitido ser catalogados como organismos: Generally Regarded As Safe (GRAS) por la Food and Drug Administration de EE.UU. y Qualified Presumption of Safety (QPS) por la European Food Safety Authority.

• Ser capaces de atravesar los tramos altos del tubo digestivo manteniendo su supervivencia, tener capacidad de adherencia y de colonización del epitelio intestinal para seguir los efectos sobre la salud deseados: de tipo inmunomodulador, efectos sobre la barrera intestinal y capacidad de influir en algún proceso metabólico.

• Verificación mediante ensayos clínicos de las expectativas derivadas de que sus propiedades demostradas in vitro se cumplen tras su administración en humanos.

Se debe tener en cuenta que los efectos clínicos de los probióticos se consideran cepa-específicos y dosis dependientes, a valorar a la hora de interpretar la evidencia científica y realizar sus indicaciones en la práctica clínica. Las recomendaciones de las sociedades científicas se basan en meta-análisis y revisiones sistemáticas publicadas sobre los beneficios encontrados en el empleo de cepas específicas a dosis determinadas, en patologías concretas(1,28).

En las diferentes guías, se hace referencia a niveles de evidencia según el Centro Oxford para Medicina Basada en la Evidencia:

1. Revisión sistemática de ensayos aleatorizados o ensayos de n=1.

2. Ensayo aleatorizado o estudio observacional con efecto dramático (significativo).

3. Estudio de cohorte controlado no aleatorizado/de seguimiento*.

4. Serie de casos, estudios de control de casos, o estudios controlados históricamente*.

5. Razonamiento basado en un mecanismo.

*Una revisión sistemática suele ser mejor que un estudio individual(29).

En el tratamiento de la gastroenteritis aguda en niños

Ya se recoge en la Guía Práctica de la Organización Mundial de Gastroenterología: probióticos y prebióticos (WGO Practice Guideline: Probiotics and Prebiotics) del 2011. El Lactobacillus rhamnosus GG, a dosis de 1010–1011 UFC, dos veces por día durante 5-7 días muestra evidencia 1 a, refrendado por 1 metaanálisis de ECAs, recomendación ESPGHAN/ESPID; y el Saccharomyces boulardii, cepa de S. cerevisiae CNCM I-745, a dosis de 250-750 mg/día, durante 5-7 días, con igual evidencia, en 2 meta-análisis de ECAs, recomendación ESPGHAN/ESPID(30,32).

En la guía de 2017, dichos probióticos siguen manteniendo la misma evidencia e indicación. Se añade con evidencia 2, el L. reuteri DSM 17938 a dosis de 108 a 4 × 108 UFC/día, habitualmente 5-7 días; y con el mismo grado de evidencia, formulaciones multicepa que incluyen diferentes combinaciones de: Lactobacillus acidophilus-rhamnosus 573L/1, 573L/2, 573L/3 a dosis de 1,2 × 1010 UFC dos veces al día, durante 5 días, con efecto solo en diarrea rotavirus, o bien Lactobacillus helveticus R0052 y L. rhamnosus R0011; o con un mayor número de probióticos asociados, Lactobacillus delbrueckii var. bulgaricus, L. acidophilus, Streptococcus thermophilus, Bifidobacterium bifidum (cepas LMG-P17550, LMG-P 17549, LMG-P 17503 y LMG-P 17500) a dosis de 109 UFC, 109 UFC, 109 UFC y 5 × 108 UFC, respectivamente(29). Recomendación ESPGHAN, ESPID, AAP: puede emplearse como tratamiento adyuvante a las soluciones de rehidratación(32).

Conviene observar que, si bien la eficacia de los probióticos no está estrictamente relacionada con la etiología, es probable que la mayor eficacia se ejerza en la gastroenteritis viral en lugar de la bacteriana, siendo la originada por el rotavirus la más estudiada. El norovirus es un agente etiológico emergente, y los datos sobre la eficacia de L. rhamnosus GG, S. boulardii y otros probióticos contra este virus son limitados.

No hay datos claros sobre la eficacia de los probióticos en pacientes con cólera, aunque existen pruebas débiles de que los probióticos pueden tener algún efecto preventivo. Además, hay poca evidencia con respecto a la eficacia y seguridad de los probióticos en niños desnutridos(31).

En la prevención de la diarrea aguda e infecciones comunes de guarderías

En la guía WGO del 2011 para la prevención de las infecciones gastrointestinales comunes adquiridas en la comunidad, se recomienda, con igual grado de evidencia 1b, el L. casei DN-114 001 en leche fermentada 1010 UFC, una vez por día; el B. lactis Bb-12 o L. reuteri ATCC 55730 107 UFC/g polvo de fórmula o L. casei Shirota en leche fermentada 1010 UFC, una vez al día(30).

En la guía WGO de 2017, se habla, en general, de prevención de infecciones de niños que asisten a guarderías, del uso del LGG sin especificar ni cepa ni dosis con evidencia 1, relegando a evidencia 2 a los probióticos: L. reuteri DSM 17938 a dosis de 108 UFC/día durante 3 meses y al L. casei DN-114001 y el L. casei Shirota a igual dosis que las previamente referidas(29).

En sus comentarios, se limitan a mencionar que “en la prevención de la diarrea de adultos y niños, hay pruebas de que ciertos probióticos pueden ser eficaces en algunos contextos en particular”(29).

La ESPGHAN considera que la mayoría de los estudios que investigaron el uso de probióticos para prevenir las infecciones del tracto respiratorio superior, también investigaron el efecto de los mismos sobre el riesgo de contraer infecciones gastrointestinales, pero la evidencia sobre estas últimas fue aún más débil.

Las cepas probióticas más estudiadas fueron Lactobacillus rhamnosus GG (LGG) y Bifidobacterium (B). animalis subsp. Lactis (BB-12). LGG se examinó en tres estudios con un total de 1.375 niños que recibieron dosis de 108 a 109 UFC/día. Todos los estudios informaron de efectos positivos en la reducción de la incidencia de infecciones respiratorias, no así la otra cepa investigada B. animalis subsp. lactis BB-12, que mostró escaso efecto.

Se concluye que, si se consideran los probióticos para la prevención de infección respiratoria del tracto superior en niños que asisten a guarderías, durante los meses de invierno, solo se debe considerar LGG. Sin embargo, la evidencia es limitada, y no hay evidencia convincente para recomendar el uso de probióticos para prevenir infecciones gastrointestinales en guarderías(32).

En la prevención de la diarrea asociada a antibióticos (DAA)

En WGO de 2011, se recomienda S. boulardii, cepa de S. cerevisiae, a dosis de 250 mg, dos veces por día con evidencia 1 a, basada en, al menos, dos meta-análisis de ECAs bien diseñados. También los siguientes probióticos con menor grado de evidencia 1 b: L. rhamnosus GG 1010 UFC, una o dos veces al día; el Bifidobacterium lactis Bb12 + Streptococcus thermophiles 107 + 106 UFC/g de fórmula; y el L. rhamnosus (cepas E/N, Oxy y Pen), 2 × 1010, dos veces al día. Sin embargo, hay un estudio en adultos hospitalizados que muestra que L. casei DN-114 00 es eficaz para evitar la DAA y diarrea provocada por C. difficile(30).

En la WGO de 2017, se continúa recomendando con evidencia 1: el Saccharomyces boulardii CNCM I-745, a dosis de 5×109 UFC/cápsula o 250-500 mg dos veces al día y el Lactobacillus rhamnosus GG a dosis de 1010 UFC/cápsula dos veces al día. Con igual evidencia, en adultos, además se indica la combinación: Lactobacillus acidophilus CL1285 y L. casei (Bio-K+ CL1285) ≥ 1010 UFC/día o yogur con Lactobacillus casei DN114, L. bulgaricus, y Streptococcus thermophilus ≥ 1010 UFC/día(29).

El Grupo de trabajo ESPGHAN sobre prebióticos y probióticos aconseja el uso de LGG o Saccharomyces (S). boulardii para la prevención de DAA. Del mismo modo, una recomendación de 2017 para los niños de la región de Asia y Pacífico, apoyó el uso de LGG o S. boulardii para la prevención de la DAA(31,32).

En cinco estudios que cubren 445 niños se mostró que, en comparación con placebos o ningún tratamiento, la administración de LGG redujo el riesgo de DAA de 23% a 9,6% (RR 0,48, IC 95%: 0,26-0,89) y el número necesario para tratar fue de 8 (IC 95%: 6-40). En un estudio que abarcaba 1.653 niños, la administración de S. boulardii redujo el riesgo del 20,9% al 8,8% en 6 ECAs (RR 0,43, IC del 95%: 0,30 a 0,60) y el número necesario para tratar fue de 9 (IC del 95%: 7 a 12). Por otra parte, S. boulardii redujo el riesgo de diarrea asociada con Clostridium difficile en 2 ECAs (RR 0,25; IC del 95%: 0,08 a 0,73), en otro estudio que abarcaba 579 niños.

Desde un punto de vista práctico:

• Con el fin de evitar DAA, LGG o S. boulardii debe ser considerado.

S. boulardii debe también tenerse en cuenta para evitar diarrea asociada a C. difficile.

• Actualmente, no se recomiendan otras cepas de probióticos, cepas individuales o combinadas.

• No se dispone de datos de seguridad sobre el uso de probióticos para prevenir la DAA en niños gravemente enfermos y, por tanto, su uso debe someterse a un escrutinio especial(32).

Prevención de la diarrea nosocomial

En las guías de 2011, se recomendaban con evidencia 1 b el L. rhamnosus GG a dosis de 1010-1011 UFC, dos veces por día, y la combinación B. lactis Bb12 + S. thermophiles, 108 + 107 UFC/g de fórmula en polvo30. En las guías de 2017, se da evidencia 1 al LGG pero se rebaja la evidencia a 2 de la combinación anteriormente mencionada(29).

La ESPGHAN sobre prebióticos y probióticos recomienda que para prevenir la diarrea nosocomial se considera el LGG, y debe usarse a una dosis de, al menos, 109 UFC/día, mientras dure la estancia hospitalaria. No hay recomendaciones para prevenir las infecciones respiratorias de vías altas en niños hospitalizados(32). Del mismo modo, se ha recomendado en 2017, para los niños de la región de Asia y Pacífico(31).

Tratamiento y prevención del cólico del lactante

Ya en la guía WGO del 2011, aparecía el L. reuteri DSM 17938, 108 UFC/día administrado durante 21-30 días con evidencia 1 b para el tratamiento del cólico del lactante(30). Un meta-análisis de 2014 incluyó 3 ECAs y descubrió que, en comparación con los placebos, la administración de L. reuteri DSM 17938 redujo los tiempos de llanto en el día 21 en 43 minutos (diferencia media 43 min/día, IC 95%: 68 a 19), pero principalmente en lactantes amamantados exclusiva o predominantemente (diferencia media 57 min/día, IC 95%: 67 a 46). Otros estudios con cepas LGG y mezclas de probióticos no tenían efecto(32).

En la última guía WGO de 2017, en base a este meta-análisis, se mantiene dicha recomendación apoyada ahora con evidencia 1: L. reuteri DSM 17938 es la única cepa que se muestra eficaz en el tratamiento del cólico infantil en lactantes amamantados. La dosis de L. reuteri DSM 17938 para el tratamiento debe ser de, al menos, 108 UFC/día, durante 21-30 días; y para la prevención, se establece igual evidencia y la misma dosis, pero prolongada durante 3 meses(29). Sin embargo, para la ESPGHAN la evidencia es limitada y excluye recomendaciones específicas(32).

Tratamiento coadyuvante de la erradicación del Helicobacter pylori

En las guías WGO de 2011, se recomendaba el L. casei DN-114 001 en leche fermentada 1010-1012 UFC diariamente, durante 14 días, administrado conjuntamente con la triple terapia omeprazol, amoxicilina y claritromicina en ciclo de 7 días con evidencia 1 b(30).

En la guía de 2017, se añade al anterior el Saccharomyces boulardii CNCM I-745 a dosis de 500 mg/día en dos tomas, durante 2-4 semanas, pero se rebaja el grado de evidencia a 2 con ambos probióticos, dado que no hay evidencias que apoyen la eficacia de un probiótico por sí solo, sin antibióticos concomitantes, en la erradicación del Helicobacter pylori(29).

Una revisión sistemática y un meta-análisis de 11 ECAs, que incluyeron un total de 2.200 participantes (de los cuales 330 eran niños), encontró un aumento en la tasa de erradicación de H. pylori con la adición de S. boulardii al tratamiento con antibióticos. El 80% de los pacientes en el grupo de S. boulardii logró la erradicación de H. pylori en comparación con el 71% de los pacientes en el grupo control. Además, S. boulardii redujo el riesgo general de diarrea relacionada con la terapia antibiótica. Sin embargo, dado que el número de niños incluidos en los estudios fue limitado, se precisan ensayos adicionales(33).

Un documento de consenso internacional, desarrollado después de la V Conferencia de Consenso de Maastricht/Florencia, en 2016, concluyó que ciertos probióticos (como Lactobacilli y S. boulardii) muestran resultados favorables como tratamiento adyuvante en la infección por H. pylori para reducir los efectos secundarios, con una mejora en la adherencia al tratamiento antibiótico(34).

No obstante, los autores resaltan la gran heterogeneidad de las publicaciones incluidas, tanto en: la población a estudio (niños y adultos), los métodos diagnósticos, las terapias de erradicación y las cepas empleadas, por lo que la calidad de la evidencia no se puede considerar adecuada como para establecer una recomendación, aunque sí pueda ser útil para los pacientes en los que no se haya logrado la erradicación(31).

Tratamiento y prevención de trastornos funcionales gastrointestinales ligados al dolor abdominal

La guía WGO de 2011 proponía el L. rhamnosus GG 1010-1011 UFC, dos veces al día, con evidencia 1 a y al L. reuteri DSM 17938 108 UFC, dos veces al día, con evidencia 1 b efectivo para el alivio de algunos síntomas de los trastornos intestinales funcionales(30).

En WGO de 2017, se mantienen dichas recomendaciones, administrando dichos probióticos de 4-8 semanas con evidencia 1; y da cierta utilidad al VSL#3* administrando 1 sobre/día en niños de 4-11 años de edad, 1 sobre/12 h para los de 12-18 años, durante 6 semanas, con evidencia 3.

(*VSL#3: Lactobacillus plantarum, Lactobacillus casei, Lactobacillus acidophilus, Lactobacillus delbrueckii subsp. bulgaricus, Bifidobacterium infantis, Bifidobacterium longum, Bifidobacterium breve y Streptococcus salivarius subsp. Thermophilius)(29).

En conclusión, hay alguna evidencia de que los probióticos podrían disminuir la intensidad del dolor en niños con problemas funcionales de trastornos de dolor abdominal y solo dos probióticos (LGG y L. reuteri DSM 17 938) demuestran ser efectivos en más de 2 ECAs. Sin embargo, es difícil interpretar los resultados, ya que incluyen diferentes protocolos de estudio, duraciones de intervenciones, resultados primarios y tipo de dolor. Debido a las limitaciones de la evidencia disponible y la falta de pautas estandarizadas, no se puede proporcionar ninguna recomendación sobre el uso de probióticos para el tratamiento o prevención de trastornos funcionales gastrointestinales asociados a dolor abdominal en niños(32).

Prevención de la enterocolitis necrotizante (ECN)

En la WGO de 2011, se recomendaba Infloran®: B. bifidum NCDO 1453,+ L. acidophilus NCDO 1748, 109 UFC para cada cepa, dos veces al día, con evidencia 1 b, y con igual evidencia también otras combinaciones: L. acidophilus +B. infantis 108 UFC para cada uno, dos veces al día, u otras como B. infantis, B. bifidum, S. thermophilus 109 UFC para cada uno, una vez al día(30).

En la guía WGO de 2017, establece que “las sociedades científicas no han dado indicaciones claras sobre qué cepa o cepas de probióticos se debería recomendar”, aunque se reconoce que producen reducción del riesgo de ECN y mortalidad en lactantes con peso al nacer <1.500 g. De hecho, se pronuncian al respecto con similares argumentos a los de 2011: “hay ensayos clínicos que muestran que la suplementación probiótica reduce el riesgo de enterocolitis necrotizante de los recién nacidos prematuros. Las revisiones sistemáticas de los ensayos controlados aleatorizados también han demostrado una reducción del riesgo de muerte en grupos tratados con probióticos. Para impedir la muerte de un prematuro por cualquier causa, el número necesario a tratar (NNT) con probióticos es de 20”(29).

Las siguientes cepas han resultado NO ser efectivas: Saccharomyces boulardii CNCM I-745, Bifidobacterium breve BBG-001, Bb12(29).

La ESPGHAN no llega a pronunciarse sobre el tema(32). Existe un debate dentro de la comunidad científica sobre el uso de probióticos para la prevención de la ECN. Varios estudios informan que los probióticos reducen tanto la incidencia de ECN, como de mortalidad asociada a ECN, en recién nacidos prematuros y varios meta-análisis han confirmado estos resultados(31).

En 2014, se realizó un extenso meta-análisis que incluyó 24 ensayos. Encontraron que la suplementación con probióticos enterales redujo significativamente la incidencia de ECN grave (estadio II o más) (20 estudios, 5.529 neonatos) y mortalidad (17 estudios, 5.112 neonatos). No hubo evidencia de una reducción significativa de la sepsis nosocomial (19 estudios, 5.338 recién nacidos). Los ensayos incluidos no informaron de infección sistémica con el organismo probiótico suplementario. Dicha revisión concluye que el uso de probióticos reduce la aparición de ECN y la muerte en bebés prematuros que nacen con un peso inferior a 1.500 gramos. No hay datos suficientes con respecto a los beneficios y los posibles efectos adversos en los lactantes con mayor riesgo que pesan menos de 1.000 gramos al nacer(35).

En 2016, se incorporaron 13 ensayos (n = 5.033), encontrando reducción en la incidencia de ECN grave y mortalidad por todas las causas. No se mostró mayor incidencia de sepsis achacable al probiótico en los cultivos. Y, aunque concluyen que los bebés prematuros se benefician de los probióticos para prevenir la ECN grave y la muerte, la heterogeneidad de los organismos y los regímenes de dosificación estudiados, evitan que se haga una recomendación de tratamiento específico de especie(36).

Ante estos resultados, la Cochrane Neonatal Review Group apoya un cambio en la práctica clínica mediante el uso sistemático de probióticos en prematuros, excepto en aquellos de muy bajo peso para la edad gestacional (<1.000 g), debido a la falta de datos específicos en este grupo de alto riesgo, mientras que el Grupo de Nutrición y Metabolismo Neonatal de la SENeo considera que el uso de probióticos debería tenerse en cuenta en el prematuro ≤32 semanas de gestación o <1.500 g, incluidos los menores de 1.000 g, si bien su uso, en especial en los recién nacidos con menos de 1.000 g, debe someterse a una estrecha monitorización. La suplementación debe indicarse precozmente, en cuanto el neonato inicia la nutrición enteral y mantenerse hasta alcanzar una edad gestacional corregida de 36-37 semanas o hasta el alta(37).

Tratamiento y prevención de la enfermedad inflamatoria intestinal (EII)

Hay escasas evidencias sobre las recomendaciones del uso de probióticos en la edad pediátrica.

En las guías de 2011 solo aparecía, con evidencia 1 b, la siguiente recomendación al respecto en edad pediátrica: el uso de mezcla VSL#3, 4 a 9 x 1011 UFC, 2 veces al día, para el tratamiento de la colitis ulcerosa levemente activa, junto al tratamiento con salicilatos, mejorando las tasas de inducción, remisión y mantenimiento al año de seguimiento frente a placebo.

Para los adultos, sí que recogía más experiencia y se recomendaba con igual evidencia 1 b, Escherichia coli Nissle 1917, 5 × 1010 bact. viables, dos veces al día, para el mantenimiento y la remisión en la colitis ulcerosa. El VSL#3, 2 a 9 × 1011 UFC, dos veces al día, tanto para el tratamiento como para la prevención y mantenimiento de la remisión de la colitis o pouchitis ulcerosa de actividad leve(30).

En las guías WGO de 2017 para la edad pediátrica, la evidencia es más modesta, tipo 2, y se recomiendan tanto E. coli Nissle 1917 como el VSL#3 a igual dosis y pauta que las referidas para la inducción a la remisión de la colitis ulcerosa.

En adultos con pouchitis o reservoritis (una complicación que puede aparecer con el tiempo en pacientes colectomizados), la mezcla VSL#3 se mostró con mayor evidencia 1 en mantenimiento de la remisión que en el tratamiento de la pouchitis activa, en la que mostró menor evidencia 2.

En la colitis ulcerosa, E. coli Nissle 1917 y VSL#3 mostraron evidencias más modestas, tanto en el mantenimiento de la remisión 2, como en la inducción de dicha remisión 3, respectivamente(29).

En resumen: con respecto a la pouchitis, hay buena evidencia de la eficacia de VSL#3 para prevenir el episodio inicial y las recaídas adicionales después de la inducción de la remisión con antibióticos. En general, las pautas concluyen que los probióticos se recomiendan para pacientes con pouchitis de actividad leve o como terapia de mantenimiento para aquellos en remisión. Para la colitis ulcerosa, las pautas sugieren que E. coli Nissle puede ser tan eficaz como la mesalazina para mantener la remisión de la colitis ulcerosa, y que VSL#3 tiene eficacia en la inducción y el mantenimiento de la remisión de la colitis ulcerosa leve a moderada. Para la enfermedad de Crohn, las directrices señalan que los probióticos son menos efectivos, como se informó en una revisión sistemática de la Cochrane, que concluyó que no hay evidencia que indique un efecto beneficioso de los probióticos en el mantenimiento de la remisión en la enfermedad de Crohn(31).

Prevención de las enfermedades alérgicas

En la guía WGO de 2011, no aparece ninguna recomendación específica de uso de probióticos para la prevención de las alergias, pero sí especifica que solo unos pocos estudios han evidenciado alguna utilidad en el tratamiento de un subgrupo de pacientes con eczema atópico. También que se conoce poco sobre la eficacia en la prevención de la alergia alimentaria(30).

En la guía de 2017 para la dermatitis atópica, especifica que “todavía no hay ninguna indicación clara en cuanto a qué probióticos utilizar”. Sin embargo, el beneficio neto de los probióticos durante el período perinatal previniendo enfermedades alérgicas, ha llevado a una recomendación de la Organización Mundial de Alergia sobre el uso de probióticos durante: el embarazo, la lactancia materna y el destete en familias con alto riesgo de enfermedad alérgica(29,38).

Aunque la Organización Mundial de Alergia recomienda el uso de probióticos en la madre, tanto durante el embarazo como durante la lactancia, y en bebés con alto riesgo de atopia, la ESPGHAN considera que no existe aún suficiente evidencia de calidad para recomendar rutinariamente su empleo en este apartado, principalmente debido a la heterogeneidad de los diferentes estudios analizados, en las cepas empleadas, el modo de administrarlas y la dosis y duración de la suplementación.

El meta-análisis más reciente comprendió 17 ECAs, que cubrieron a 4.755 niños, y mostró que el uso de probióticos, en general, disminuye el riesgo de dermatitis atópica, especialmente si se usa una combinación de probióticos. Sin embargo, no se encuentran diferencias significativas en términos de prevención del asma, sibilancias o rinoconjuntivitis. El análisis agrupado mostró que los probióticos podrían reducir el riesgo de atopia de manera más eficiente si se administran prenatalmente a la madre embarazada y postnatalmente al niño(39). Los estudios de seguimiento revelaron que, aunque el riesgo de dermatitis atópica se mantuvo reducido con el tiempo, el riesgo de otras enfermedades alérgicas, como sibilancias y rinoconjuntivitis alérgica, aumentó en el grupo de probióticos. Concluyen que la evidencia para recomendar cepas o combinaciones de probióticos específicos para la prevención de la atopia es insuficiente(32,40).

En cuanto a la posibilidad de utilizar probióticos para acelerar la tolerancia oral en niños con alergia a proteínas de leche de vaca (APLV), dos estudios, uno llevado a cabo en 2012 y otro en 2017, por los mismos autores, y ampliando la primera muestra de 55 a 220 lactantes (110 reciben fórmula hidrolizada y 110 la misma, suplementada con Lactobacillus GG), encuentran que en términos de adquisición de tolerancia, a los 12, 24 y 36 meses, fue mayor en los niños suplementados, tanto en casos de APLV IgE como no IgE mediada(41).

Los probióticos y prebióticos han demostrado estar relacionados con patologías que están fuera del espectro normal de la enfermedad gastrointestinal. Las nuevas evidencias sugieren que la microbiota intestinal puede tener efecto sobre afecciones no gastrointestinales, estableciendo así un vínculo entre esas afecciones y el tracto gastrointestinal. Muchos estudios han demostrado que los probióticos pueden reducir la vaginosis bacteriana, la cistitis, reducir los patógenos orales y las caries dentales, y reducir la incidencia y duración de las infecciones comunes del tracto respiratorio superior, incluidas las otitis. También, se están probando probióticos y prebióticos para la prevención de algunas manifestaciones del síndrome metabólico, incluyendo: exceso de peso, diabetes tipo 2 y dislipemias, alteraciones del estado de ánimo, como la ansiedad, etc.; pero están fuera del objetivo de esta revisión, que se ha centrado en el uso en aquellas patologías pediátricas en las que más evidencia se ha encontrado.

Precauciones y posibles efectos secundarios del uso de los probióticos

El uso de probióticos, debido al conocimiento de sus potenciales beneficios para la salud, mantiene un crecimiento exponencial, dando lugar a una gran variedad de productos comerciales denominados genéricamente nutracéuticos; es decir, de origen natural, beneficiosos para la salud, con propiedades biológicas activas y capacidad preventiva y/o terapéutica definida. Dichos productos también se utilizan como complemento en los llamados alimentos funcionales(1). Los productos probióticos están llegando al mercado en una amplia gama de formas diferentes. Por ejemplo, se agregan a los alimentos o se proporcionan como suplementos envasados en: cápsulas, píldoras, suspensiones, bolsitas de polvo, aerosoles y granulados. Estos productos se rigen por normativas, tanto europeas como americanas, diferentes, que en general deben ofrecer al consumidor información fiable sobre sus posibles efectos beneficiosos para la salud y la ausencia de virulencia “bajo cualquier circunstancia”, lo que les permite ser catalogados como organismos Generally Regarded As Safe (GRAS) por la Food and Drug Administration de EE.UU. y Qualified Presumption of Safety (QPS) por la European Food Safety Authority. Estos criterios son significativamente menos estrictos que los de origen medicamentoso o medicamentos. La administración de estos probióticos en población sana se ha demostrado, a lo largo de los años, como segura, reflejo de ello ha sido el escaso número de complicaciones publicadas. Sin embargo, el uso creciente en un amplio abanico de patologías, ha hecho reconsiderar el posible riesgo de complicaciones en algunas de ellas(29).

Los problemas de seguridad no se han establecido para la mayoría de probióticos, y los datos solo se han generado como resultados secundarios. Es importante señalar que faltan estudios que evalúen la seguridad como resultado primario del estudio. La mayoría de los efectos adversos informados se basaron en informes de casos o series de casos, y se deben realizar ECAs diseñados adecuadamente para evaluar este problema. Todo ello ha generado dudas sobre la calidad y la seguridad de dichos productos al ser aplicados en pacientes más vulnerables de presentar efectos secundarios indeseables(32).

En 2011, la Agencia de Investigación y Calidad de la Salud de EE.UU. publicó un informe sobre la seguridad de los probióticos, basado en una revisión sistemática de 622 ECAs, concluyendo que:

1. La mayoría de las cepas probióticas que se estudiaron deberían considerarse generalmente como seguras, pero la evidencia que abordaba adecuadamente la seguridad era limitada.

2. Los efectos adversos eran más frecuentes en pacientes con problemas de salud.

3. No hay evidencia concluyente de que el uso de una mezcla de diferentes cepas probióticas tuviera más eventos adversos que el uso de una única.

4. Los efectos a largo plazo del uso de cepas probióticas es desconocido(42).

En general, los efectos secundarios del uso de probióticos pueden ser potencialmente importantes como: infecciones sistémicas, actividades metabólicas nocivas, estimulación inmunológica en poblaciones susceptibles, síntomas gastrointestinales y la transferencia de genes que codifican características bacterianas potencialmente peligrosas, como la resistencia a los antimicrobianos. Además, pueden aparecer otros que incluyen efectos metabólicos, como la producción de d-lactato con acidosis láctica, la desconjugación de las sales biliares y los efectos inmunomoduladores a corto y largo plazo. Estos últimos son particularmente relevantes para el uso neonatal y la transferencia de material genético como los plásmidos que codifican la resistencia antimicrobiana de las bacterias probióticas a las bacterias más patógenas. Finalmente, también hay efectos adversos limitados a síntomas gastrointestinales leves, como: calambres abdominales, náuseas, diarrea, flatulencia y alteración del gusto, aunque los estudios no describieron ninguna diferencia en comparación con el placebo.

Las especies o cepas de Bifidobacterium, Lactobacillus y Saccharomyces son con las que mayoritariamente se informan de efectos adversos, dado que estas son las más utilizadas, en particular para el LGG y para el S. boulardii. También hay mayores preocupaciones de seguridad sobre el uso de probióticos si otras especies que pertenecen a los mismos géneros son patógenas (Streptococcus, Bacillus y Enterococcus)(32).

Los mayores riesgos específicos del uso de probióticos son:

Septicemia

Los pacientes que potencialmente corren un riesgo de diseminación séptica son: los inmunocomprometidos, prematuros y enfermos oncológicos debilitados. Los factores de riesgo menores son: la presencia de un catéter venoso central, barrera intestinal deteriorada, síndrome de intestino corto, administración de probióticos por yeyunostomía, administración concomitante de antibióticos de amplio espectro (resistencia a los probióticos), la patogenicidad conocida de las cepas probióticas y enfermedad valvular cardíaca(32).

Se estima que el riesgo de desarrollar bacteriemia por lactobacilos ingeridos es inferior a uno por un millón de los que lo ingieren, y los factores de riesgo asociados son: la existencia de inmunosupresión, de comorbilidades subyacentes graves o de hospitalizaciones, tratamiento antibiótico o intervenciones quirúrgicas previas (especialmente en pacientes con síndrome de intestino corto), cirugía cardiaca y parálisis cerebral.

El riesgo de desarrollar fungemia por Saccharomyces boulardii se estima en uno por 5,6 millones de consumidores. El riesgo de fungemia asociado con S. boulardii aumenta en pacientes críticos, los que están en unidades de cuidados intensivos, usan ventilación mecánica o catéteres venosos centrales, aquellos tratados con antibióticos de amplio espectro, o los que están inmunosuprimidos o son recién nacidos prematuros. Las guías de práctica clínica no recomiendan el uso de S. boulardii en pacientes con infecciones por C. difficile en estado crítico.

Pancreatitis severa en adultos

Sobre todo, cuando además hay isquemia intestinal, la administración de un preparado multiespecie (Lactobacillus acidophilus, Lactobacillus casei, Lactobacillus salivarius, Lactococcus lactis, Bifidobacterium bifidum y Bifidobacterium lactis) se relacionó con mayor mortalidad. Por lo tanto, se contraindica su uso en estas circunstancias(32).

Efecto sobre el sistema inmune

Hay varios estudios que han valorado la posibilidad de prevenir enfermedades alérgicas, administrando diferentes probióticos desde antes del nacimiento a embarazadas, y desde o poco después del nacimiento al niño. Se ha visto que, si bien, tienen un efecto protector sobre la dermatitis atópica durante un tiempo, el riesgo de otras enfermedades alérgicas, como sibilantes y rinoconjuntivitis alérgica aumentó en el grupo de prueba, como ya se ha comentado(40). Aunque no hay estudios a largo plazo que hayan probado los efectos de los probióticos sobre el sistema inmune, sí que parecen tener algún efecto sin que se conozcan los mecanismos exactos.

El riesgo de reacciones alérgicas por la ingesta de probióticos en pacientes alérgicos a las proteínas de la leche o el huevo, es relativamente frecuente y depende no del probiótico en sí, sino de los excipientes o componentes de la matriz de encapsulación. Martín-Muñoz, et al. en 2012(43), revisan los contenidos de trazas de proteínas de leche de vaca y huevo en diferentes productos comercializados con probióticos (7 suplementos dietéticos y 4 preparados farmacéuticos), encontrando contaminación y trazas de huevo en 3, y de proteínas de leche de vaca en 10, con valores de hasta 2,5 mg/kg en 3 de ellos, y algunos sin clara advertencia de su existencia en el etiquetado. Dado que las alergias a las proteínas de leche de vaca y al huevo son dos de las alergias alimentarias más comunes, el uso de probióticos en estos pacientes debe limitarse a los productos que no contengan alérgenos alimentarios y reflejar claramente dicha circunstancia en el etiquetado(29).

La transferencia de resistencia a los antimicrobianos

La posibilidad de transferencia de resistencia antimicrobiana desde los probióticos a bacterias patógenas se ha comprobado en algunas cepas: Lactobacillus, es naturalmente resistente a la vancomicina; LGG no tiene plásmidos que contengan resistencia a antibióticos; Lactobacillus reuteri ATCC 55730 tenía un rasgo de resistencia transferible para tetraciclina y lincomicina y, por lo tanto, fue reemplazado por una nueva cepa, L. reuteri DSM 17938(44); y no se recomienda el uso del Enterococcus faecium SF68 en la gastroenteritis aguda en niños, debido a la posible transferencia de genes resistentes a la vancomicina(32).

 

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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En este artículo, se revisan diferentes aspectos sobre la flora gastrointestinal o microbiota, desde el momento de su adquisición, antes, durante y tras el nacimiento, composición y distribución de la misma en diferentes nichos o tramos intestinales. Se realiza un recordatorio anatomo-histo-fisio-inmunológico de la barrera intestinal y se analizan las funciones de la microbiota y el microbioma: 1) Mejora de dicha barrera mediante diferentes mecanismos. 2) La función metabólica, mediante la cual la flora comensal degrada los restos carbonados y proteicos no digeridos en el intestino delgado. 3) Una de las funciones más importantes es la inmunomodulación, dado que la microflora actúa modulando la respuesta tolerogénica de homeostasis intestinal Th2, frente a la proinflamatoria Th1.

También, se valoró la composición, dosificación, mecanismos y efectos beneficiosos de los prebióticos, probióticos y simbióticos, así como las normativas generales por las que se rigen dichos productos bioterapéuticos, considerados comercialmente como nutracéuticos y con normativas más laxas que los medicamentos propiamente dichos. Se incluye una somera tabla de usos e indicaciones en Pediatría (Tabla I), según el consenso de WGO publicado en 2011.

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Interesante revisión donde se realiza un estudio sistemático y un meta-análisis del uso de probióticos modificados (muertos por calor o sonicados), los llamados paraprobióticos, valorando la eficacia y seguridad para prevenir y tratar diversas enfermedades, dado el potencial riesgo del uso de probióticos vivos para el tratamiento o prevención de determinadas patologías en pacientes comprometidos. Se efectúa una amplia búsqueda en diferentes bases de datos. Se incluye un total de 40 ensayos (n = 3.913): 14 ensayos para la prevención de enfermedades (15 brazos con probióticos modificados y 20 brazos control), y 26 ensayos para el tratamiento de diversas enfermedades (29 brazos con probióticos modificados y 32 brazos control). El objetivo primario fue el análisis de la eficacia para prevenir o tratar la enfermedad, y el resultado secundario fue la incidencia de eventos adversos.

Se obtuvo los siguientes resultados: los probióticos modificados (paraprobióticos) se compararon con placebo (44%) o con la misma cepa probiótica viva (39%) o solo con terapias estándar (17%). Los microbios modificados no fueron significativamente más o menos efectivos que los probióticos vivos en el 86% de los ensayos preventivos y el 69% de los ensayos de tratamiento. Las cepas probióticas modificadas fueron significativamente más efectivas en el 15% de los ensayos de tratamiento. Las tasas de incidencia de eventos adversos fueron similares para los probióticos modificados y vivos, y otros grupos de control, pero muchos ensayos no recopilaron datos de seguridad y homogeneidad comparables adecuados, por lo que no se pudo llegar a conclusiones firmes de indicación para el tratamiento de enfermedades específicas, precisando una ampliación de estudios y ensayos.

Todo ello, rompe con la premisa de viabilidad para asegurar un efecto de dichos probióticos y abre un nuevo camino de investigación en la utilización de sustancias, bien secretadas por los propios probióticos (postbióticos) o bien los propios probióticos desvitalizados o incluso fragmentados con el menor riesgo, en cuanto a translocación o fungemia, que potencialmente podrían tener los probióticos cuando se usan en pacientes comprometidos.

– Guarner F, Sanders ME, Eliakim R, Fedorak R, Gangl A, Garisch J, et al. World Gastroenterology Organisation Global Guidelines. Probiotics and prebiotics. 2017. Acceso el 1 de diciembre de 2019. Disponible en: http://www.worldgastroenterology.org/guidelines/global-guidelines/probiotics-and-prebiotics.

Esta nueva guía de la Organización Mundial de Gastroenterología (WGO) es renovación de la ya previamente publicada en 2011. Realiza un repaso de las diferentes patologías, tanto en adultos como en edad pediátrica, de las indicaciones de los probióticos, con grado de evidencia y dosis; además, aporta unas tablas resumen muy prácticas. Es de necesaria lectura y manejo como herramienta a la hora de hacer una adecuada prescripción de dichos probióticos.

– Hojsak I, Fabiano V, Pop TL, Goulet O, Zuccotti GV, Cullu F, et al. Guidance on the use of probiotics in clinical practice in children with selected clinical conditions and in specific vulnerable groups. Acta Paediatr. 2018; 107: 927-37.

Esta revisión de las sociedades europeas resume las recomendaciones y las directrices científicamente acreditadas sobre el uso de probióticos en niños con condiciones clínicas seleccionadas, y proporciona puntos de práctica.

La Asociación Europea de Pediatría, la Unión de las Sociedades y Asociaciones Nacionales Europeas de Pediatría (EPA/UNEPSA) convocó a un panel de expertos europeos independientes para examinar la suplementación con probióticos.

Se realizaron búsquedas en las bases de datos de PubMed y Cochrane Library hasta septiembre de 2017 respecto a directrices, recomendaciones y documentos de posición relevantes que cubriesen las indicaciones clínicas pediátricas que se seleccionaron, recuperando las pruebas de alta calidad más recientes. Determinaron qué cepas probióticas específicas eran efectivas para prevenir: la diarrea asociada a antibióticos y nosocomial, tratar la gastroenteritis aguda y el cólico infantil en los lactantes. El panel decidió no incluir alimentos que contuviesen probióticos, prebióticos y simbióticos, porque estaba fuera del alcance de ese documento. También excluyeron el uso de bacterias vivas para prevenir la enterocolitis necrotizante en bebés prematuros.

Se recomienda especial precaución para ciertos grupos, incluidos los bebés prematuros, los pacientes inmunocomprometidos y los pacientes críticos.

Caso clínico

 

Niño de 4 años y 2 meses, conocido de consulta, que acude por cuadro de disconfort, dolor abdominal recidivante de tipo cólico, que puede prolongarse varias horas. En ocasiones, se acompaña de vómitos y abundante flatulencia que suele causar alivio. Su madre lo ha relacionado en principio con la toma de leche, aunque ha probado a dar hidrolizados, tanto de leche de vaca como a base de soja, e incluso ha probado, por indicación hospitalaria, una leche altamente hidrolizada a base de aminoácidos esenciales. Todo le sienta igual de mal, también otros alimentos proteicos (pescado, carne de res y pollo) y verduras (habichuelas verdes y bubango). En ocasiones, le ha producido dicho malestar, en otras los come sin problemas. Ha retirado sistemáticamente uno por uno estos alimentos durante 3-4 semanas sin que hubiera respuesta positiva, incluso ha hecho dieta exenta de FODMAPs sin resultados. No ha tenido problemas con el huevo y, actualmente, toma yogures normales, que parece tolerar mejor que la leche. En cuanto al hábito intestinal, tiene periodos de estreñimiento (Bristol 1-2), otros de heces más flojas sin llegar a ser líquidas (Bristol 5-6), y mucha flatulencia maloliente. Nunca ha tenido deposiciones sanguinolentas ni reacciones alérgicas en piel, a pesar de que presenta una leve atopia.

Su desarrollo póndero-estatural ha sido correcto, aunque en percentiles bajos de talla y peso (Pc 10 de peso y Pc 3 de talla), pero la talla diana está dentro de la talla genética y el desarrollo psicomotor ha sido adecuado en todo momento.

A la exploración: peso: 15 kg (Pc 15; -1,04 DE); talla: 97 cm (Pc 3; -1,96 DE), IMC (Pc 14,96; -0,05 DE). Buen estado general con normocoloración de piel y mucosas, doble pliegue palpebral y lengua geográfica, piel algo seca, sin descamación ni eritemas. Adecuado trofismo de cabello y dientes caducos sin caries ni alteraciones del esmalte. Resto de exploración por órganos y aparatos, sin hallazgos llamativos.

Exámenes complementarios realizados: RAST y prick test a PLV negativos, prueba de provocación APLV superada (aunque su madre sigue evitando darle mucha leche, porque nota que le sienta mal).

Estudios de hemograma, proteína C reactiva, VSG, bioquímica sanguínea: glucemia con perfil hepático, renal, iones (Ca, P, Zn, Cl, Na), ferritina, inmunoglobulinas, vitamina B12, ácido fólico, hormonas tiroideas TSH y T4L, todo dentro de límites normales. Serología de enfermedad celiaca: Ac antitransglutaminasa y antipéptido deaminado de gliadina, resultó negativa. Orina A/S, Ca/cr, citratos: normales. Heces: coprocultivo y parásitos, negativos. Determinación de grasa en heces (Van de Kamer), pH fecal, sustancias reductoras en heces, Ag de Helicobacter pylori y Calprotectina en heces: todo negativo. Electrolitos en sudor dentro de la normalidad. Ecografía abdominal, sin hallazgos anormales.

 

 

Las grasas en la alimentación

A. Farrán-Codina
Regreso a las bases


A. Farrán-Codina

Departamento de Nutrición, Ciencias de los Alimentos y Gastronomía, Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona

Resumen

Las grasas constituyen un nutriente esencial en la alimentación humana, debido a su papel como fuente de energía, elemento estructural y regulador. Su digestión es un proceso complejo, en el cual participan diferentes lipasas y sustancias emulsionantes contenidas en la bilis. La absorción se produce a través de difusión pasiva micelar que puede ser facilitada por proteínas de la membrana apical del enterocito. El transporte de sustancias grasas se realiza a través de diferentes lipoproteínas plasmáticas (principalmente: quilomicrones, VLDL, LDL, HDL). Las principales fuentes de grasas en alimentación humana son: los aceites y grasas vegetales, y las grasas animales. Existen, sin embargo, algunos alimentos cuyo contenido alto en grasa no es evidente para el consumidor. Las recomendaciones de ingesta en población infantil se centran en controlar la ingesta de grasas, limitar la ingesta de saturados y ácidos grasos trans, asegurando un mínimo de ingesta de ácidos grasos poliinsaturados.

 

Abstract

Fats are an essential nutrient in human diet due to their role as an energy source, as well as a structural and regulatory element.
Its digestion is a complex process, in which different lipases and emulsifying substances contained in the bile participate. Absorption occurs through passive micellar diffusion that can be facilitated by proteins of the apical membrane of the enterocyte. The transportation of fatty substances is carried out through different plasma lipoproteins (mainly: chylomicrons, VLDL, LDL, HDL). The main sources of fats in human food are: vegetable fats and oils, and animal fats. However, there are certain foods whose high fat content is not evident to the consumer. The recommendations in children are focused on controlling fat intake, and limiting saturated and trans fatty acids, ensuring a minimum intake of polyunsaturated fatty acids.

 

Palabras clave: Grasas; Lípidos; Digestión; Absorción; Metabolismo; Fuentes alimentarias; Recomendaciones de ingesta.

Key words: Lipids; Digestion; Absorption; Metabolism; Food sources; Intake recommendations

Pediatr Integral 2020; XXIV (3): 174.e1 – 174.e6


Las grasas en la alimentación

Introducción

Se entienden por grasas o lípidos, al conjunto de compuestos orgánicos de naturaleza hidrofóbica y que normalmente se disuelven en disolventes orgánicos de baja polaridad (p. ej.: la acetona, el cloroformo, o bien el éter). Los compuestos que forman parte de esta fracción son diversos y varían considerablemente en su tamaño y polaridad (Tabla I)(1).

La importancia de las grasas de la dieta para la fisiología humana radica principalmente en el elevado valor energético de los triacilglicéridos (9 kcal/g = 37,6 kJ/g) y la presencia de ácidos grasos esenciales y vitaminas. Además, las grasas tienen importantes propiedades organolépticas gracias a su punto de fusión, sabor agradable y capacidad disolvente de sustancias sápidas y olorosas. De todas las grasas mencionadas en la tabla I y dejando aparte las vitaminas, los triacilglicéridos (TAG) y los ácidos grasos (AG), los fosfolípidos (glicerofosfolípidos y esfingolípidos, FL) y los esteroles, son las más importantes en nutrición humana.

Triacilglicéridos y ácidos grasos

Los TAG constituyen de largo la fracción más importante de la grasa consumida por los humanos en su alimentación.

La molécula de TAG está compuesta de 3 ácidos grasos esterificados con una molécula de glicerol. Los aceites y grasas comestibles son mayoritariamente TAG y los AG constituyen la casi totalidad de su masa de TAG (un 90% aproximadamente). Los AG de los TAG pueden variar de manera importante en su longitud de cadena y grado de insaturación. Se suele distinguir entre familias de AG, en función de la distancia del primer doble enlace con respecto al grupo metil terminal del ácido graso. Así se habla, por ejemplo, de los AG n-3 y n-6 (también llamados omega-3 y omega-6). La esencialidad de los AG depende de la distancia del primer doble enlace desde el terminal metilo. Las enzimas biosintéticas humanas pueden sintetizar AG de novo insertando dobles enlaces en la posición n-9 o superior, pero no pueden insertar enlaces dobles en ninguna posición más cercana al extremo metilo. Por esta razón, los AG n-3 (especialmente, el ácido linolénico, ALA) y n-6 (especialmente, el ácido linoleico, LA) se consideran esenciales y deben obtenerse de la dieta. A partir de estos AG pueden sintetizarse otros de la serie n-3, como por ejemplo: el docosahexaenoico (DHA) y el eicosapentaenoico (EPA); o bien de la serie n-6, como el ácido araquidónico (AA)(2).

Fosfolípidos

Los FL se distinguen de los TAG en que presentan grupos polares que le confieren a la molécula disponer de una zona básicamente hidrofílica y otra hidrófoba (molécula anfipática), otorgándole la propiedad de poder estar parcialmente diluida en agua o en medio orgánico apolar.

Esto los convierte, por ejemplo, en componente fundamental de las membranas de bicapa lipídica de las células o en moléculas adecuadas para solubilizar los ácidos biliares y favorecer la digestión de las grasas.

Esteroles

El colesterol es una molécula anfipática que puede encontrarse libre o esterificada con AG.

El colesterol es un componente importante de las membranas celulares animales y es un precursor de numerosas moléculas de nuestro organismo. Se encuentra casi exclusivamente en alimentos de origen animal. En alimentos de origen vegetal encontramos fitoesteroles, algunos de los cuales tienen cierta capacidad de interferir en la absorción del colesterol, especialmente los conocidos como fitoesteroles saturados o fitoestanoles.

Digestión y absorción

La digestión de los lípidos empieza ya en la cavidad bucal, gracias a la acción de la lipasa lingual (pH óptimo = 4,5, pero activa en un rango de pH = 2-7,5). La hidrólisis de los TAG continúa en el estómago, gracias a la lipasa gástrica (pH óptimo = 3-6), producida en las glándulas fúndicas del estómago. La acción de ambas lipasas permite hidrolizar hasta un 10-15% de los TAG presentes en el bolo alimenticio antes de que este llegue al intestino, con preferencia sobre los AG de cadena corta que forman parte de TAG. La grasa que entra al duodeno contiene un 70% de TAG, siendo el resto una mezcla de productos parcialmente hidrolizados(2).

La digestión de las grasas en el intestino delgado requiere de bilis y lipasa pancreática. Los tres principales componentes lipídicos de la bilis son: las sales biliares, los FL (principalmente, la fosfatidilcolina) y el colesterol sin esterificar.

La bilis tiene una acción emulsionante que permite reducir el tamaño de las gotas de grasa. En el intestino delgado, la lipasa pancreática continua la hidrólisis de los enlaces éster de los TAG que se encuentran en las gotas lipídicas, con la ayuda de una proteína conocida como colipasa. La colipasa, además, facilita la transferencia de los productos de la hidrólisis de las grasas (2-monoacilglicéridos y AG libres) hacia las micelas formadas por las sales biliares. Las lipasas actúan sobre los enlaces éster de las posiciones terminales (1 y 3) de los TAG, pero no sobre el ácido graso central (posición 2). Los 2-monoacilglicéridos, los FL y los ésteres de colesterol son resistentes a la acción hidrolítica de las lipasas. La acción hidrolítica de la lipasa pancreática puede ser inhibida por una sustancia bacteriana llamada tetrahidrolipstatina, denominada genéricamente orlistat(3).

La hormona secretina y la presencia de TAG en el intestino delgado, estimulan la síntesis de la lipasa y la colipasa en el páncreas. La liberación de sales biliares y lipasa pancreática también se regula humoralmente. La presencia de aminoácidos y productos de digestión de grasas provoca la liberación de colecistoquinina (CCK) y secretina en la circulación. La CCK estimula la producción de enzimas pancreáticas exocrinas, mientras que la secretina aumenta la producción de electrolitos pancreáticos. La CCK también induce la síntesis de la bilis hepática y su liberación a través de la contracción de la vesícula biliar(2).

En los lactantes, los TAG son digeridos por la acción concertada de: la lipasa gástrica, la lipasa pancreática dependiente de colipasa y una lipasa estimulada por las sales biliares (LESB) presente en la leche materna. La lipasa gástrica inicia la digestión del glóbulo graso de la leche y la LESB la finaliza, convirtiendo de forma no selectiva los monoacilglicéridos resultantes en glicerol y AG libres. Este proceso aumenta la eficiencia de su absorción(2,4).

Los productos de la hidrólisis digestiva de las grasas (2-moacilgliceroles y AG libres) forman micelas gracias a la acción emulsionante de las sales biliares y los FL (principalmente, la fosfatidilcolina) presentes en la bilis en una proporción 1:3, respectivamente. La incorporación de 2-monoacilglicéridos a la micela mejora su capacidad de solubilizar AG libres y colesterol. En cambio, tanto los diacilglicéridos como los TAG se incorporan en cantidades muy bajas. Una vez formadas las micelas mixtas que contienen AG libres, 2-monoacilglicéridos, colesterol, FL y sales biliares, estas migran hacia la capa líquida no agitada de la mucosa intestinal(3).

La digestión de los FL (ya sean de la dieta o biliares) se produce gracias a la acción hidrolítica del enzima pancreático fosfolipasa A2, rindiendo lisofosfoglicéridos y AG libres. El colesterol también puede ser de origen dietético (hasta un 65% está esterificado) o bien biliar (todo sin esterificar). La hidrólisis del enlace éster se realiza gracias a la acción de una colesterol éster hidrolasa pancreática dependiente de sales biliares. Los productos de ambos procesos son absorbidos a través de las micelas mixtas, siguiendo el proceso antes mencionado. Los fitoesteroles tienen una absorción mucho menor que el colesterol (10% versus 50%), siendo prácticamente nula en los fitoestanoles. Se ha comprobado que algunos fitoesteroles (p. ej., el sitoesterol) reducen la absorción de colesterol al competir con este durante la formación de micelas mixtas, siendo esta reducción más importante si se trata de fitoesteroles saturados (p. ej., sitoestanol), consiguiendo incluso disminuir los niveles circulantes de colesterol(2,3).

Los AG libres y el colesterol entran dentro del enterocito a través de un proceso de difusión facilitada mediada por proteínas de transporte. El 2-monoacilglicerol usaría esta misma vía, pero es de suponer que la difusión pasiva a través de la membrana también es posible. Dentro del enterocito, los 2-monoacilgliceroles y los AG libres (excepto aquellos con menos de 14 carbonos en su cadena) son reesterificados a través de la vía del monoacilglicerol y el colesterol, gracias a la acil-CoA colesterol aciltransferasa(3).

Transporte en el organismo

El transporte de unas moléculas básicamente hidrofóbicas como las grasas en un medio acuoso, se consigue gracias a la formación de agregados de grasas y proteínas llamados lipoproteínas (Tabla II).

Los componentes proteicos de las lipoproteínas (llamados apolipoproteínas) incrementan la solubilidad de las partículas y el reconocimiento por parte de enzimas y receptores.

Los TAG son empaquetados junto con FL y proteínas, particularmente la apolipoproteína B, formando los quilomicrones. Los quilomicrones están compuestos de grandes gotas de lípidos rodeados por una fina capa de FL, colesterol y proteínas solubles en agua. Una vez formados, los quilomicrones dejan los enterocitos, pasan a los vasos linfáticos y, lentamente, hacia el conducto torácico y luego a la vena cava. A través de la circulación sanguínea, llegan hasta los capilares que irrigan los tejidos donde la lipoproteinlipasa hidrolizará los TAG que contienen. Los AG generados pasan a las células de los tejidos. Los remanentes de quilomicrones incorporarán ésteres de colesterol de las HDL y se dirigirán hacia el hígado. Los AG libres de menos de 14 carbonos pasan directamente de los enterocitos a la sangre y son transportados asociados a albúmina vía circulación portal hacia el hígado(2,3).

Importancia del consumo de grasa

Las grasas, principalmente los TAG, contienen una importante cantidad de energía metabolizable (más del doble que los carbohidratos) lo que las hace ideales para constituir la reserva de energía de nuestro organismo.

Cerca del 50% de toda la energía que gastamos diariamente en reposo o realizando actividades ligeras, procede de la oxidación de los AG. Los AG se oxidan a través de la vía catabólica de la β-oxidación, la cual es más lenta que la glucólisis oxidativa(2). Cuando la actividad física se hace más intensa y se requiere un flujo mayor de energía, el consumo de AG disminuye con relación al de los de carbohidratos, el cual se incrementa. Por otro lado, hay que tener en cuenta que después de una ingesta, cuando los niveles de glucosa en sangre se incrementan, muchos tejidos se adaptan al consumo de glucosa y disminuyen la tasa de oxidación de AG(3). En el caso de que la dieta aporte una cantidad en exceso de AG que finalmente no sea consumida, estos se almacenarán en forma de TAG en el tejido adiposo.

La grasa tiene también funciones aislantes y protectoras. Por ejemplo, el tejido adiposo de la hipodermis o el que envuelve a los riñones. Por otra parte, la presencia de grasa en la dieta es fundamental para hacer posible la absorción de las vitaminas liposolubles, ya que estas se absorben a través de las micelas mixtas(2). Cualquier proceso que dificulte la formación de tales micelas (falta de grasa en la dieta, falta de lipasa pancreática, insuficientes sales biliares) provocará una disminución en la absorción de las citadas vitaminas. Las grasas también son importantes en su proceso de digestión y absorción, justamente porque algunas de las sustancias necesarias son de naturaleza lipídica o bien tienen precursores de este grupo (v. apartado Digestión y absorción).

Los FL y los ésteres de colesterol son constituyentes fundamentales de las membranas plasmáticas celulares y de los diferentes orgánulos de la célula. La fluidez y otras propiedades de estas membranas dependen en gran medida de la cantidad de AG esenciales presentes formando parte de los FL de membrana. Los elementos principales que determinan la distribución final de ácidos grasos poliinsaturados (AGP) de cadena larga en los FL de las células, incluyen las proporciones relativas en la dieta de las familias de AG n-3, n-6 y n-9, y de AGP de cadena larga preformados, en relación con sus precursores de cadena más cortas(2,4). Los AG esenciales también son imprescindibles en la síntesis de unos metabolitos oxigenados denominados eicosanoides (prostaglandinas, tromboxanos, leucotrienos, AG hidroxilados y lipoxinas). Los eicosanoides modulan las funciones: cardiovasculares, pulmonares, inmunes, reproductivas y secretoras en muchas células. Los seres humanos dependen de la presencia en la dieta de las familias n-3 y n-6 de AGP de cadena larga para la biosíntesis adecuada de eicosanoides. Los estudios hasta la fecha, han mostrado la eficacia antiinflamatoria de la ingesta de n-3 AGP de cadena larga. Existen evidencias convincentes de que la ingesta de n-3 AGP, cuando sustituye la ingesta de AGS, disminuye el riesgo de accidentes cardiovasculares(2).

Los FL también son necesarios para la formación de las lipoproteínas plasmáticas. El colesterol, como ya se ha dicho, es un precursor de numerosas moléculas: vitamina D, hormonas sexuales, corticoesteroides, sales biliares y otras.

El consumo elevado de ácidos grasos saturados (AGS), especialmente los que presentan una cadena de 12 a 16 átomos de carbono, y de AG trans incrementa los niveles de colesterol asociado a la LDL (c-LDL) y el colesterol total, posiblemente debido a cambios en el metabolismo de los hepatocitos. En cambio, parece ser que la sustitución en la dieta de AGS por AGP n-6 disminuye los niveles de c-LDC y de colesterol total. Por último, parece ser que los AGP n-3 tienen un efecto neutro sobre los niveles de colesterol plasmático, pero en altas cantidades disminuyen la concentración de triacilglicéridos plasmáticos. Los ácidos grasos monoinsaturados (AGM) disminuyen el c-LDL, incrementando al mismo tiempo el c-HDL(2,4).

Fuentes de grasas en la alimentación

Existen una serie de alimentos cuyo contenido de grasa es bastante obvio o fácilmente detectable: aceites, manteca de cerdo, mantequilla y nata, margarinas, mayonesa (y salsas similares), la grasa presente en la carne o determinados productos cárnicos (jamón, salchichón, etc.) o en pescados.

Sin embargo, existen numerosos alimentos en los cuales el contenido de grasas no es tan evidente y, sin embargo, pueden contener cantidades muy importantes: bollería, galletas, pasteles, helados, determinados productos cárnicos (chopped, frankfurts), chocolates, galletas saladas y similares, patatas fritas y aperitivos salados, quesos y frutos secos(5). Cuando se trata de reducir el consumo de grasa, todos ellos deben ser tenidos en cuenta. Aún más, la calidad de las grasas de los diferentes alimentos es variable y tiene sentido, cuando se trata de reducir el consumo de grasa, reducir principalmente aquellos alimentos que aportan ácidos grasos que resultan menos interesantes, debido a su efecto sobre el organismo (Tabla III).

Además, puede que resulten menos interesantes nutricionalmente por otros factores, como contener una cantidad alta de sodio (por ejemplo, los aperitivos salados) o bien contener un alto aporte energético, pero bajo contenido mineral y vitamínico (p. ej., bollería). El queso fresco aporta cantidades moderadas de grasas, pero el queso curado (aunque sea “tierno”) puede llegar a contener cantidades importantes de grasa láctea (25-40 g/100 g) que, además, es altamente saturada. Sin embargo, el queso aporta cantidades importantes de otros nutrientes (proteínas, minerales y vitaminas). Los frutos secos también contienen cantidades importantes de grasas (40-60 g/100 g), pero ésta es rica en AGM o poliinsaturados (Tabla III), y al mismo tiempo aportan cantidades muy apreciables de proteínas, fibra alimentaria, minerales y vitaminas(5).

En el mercado existen numerosos productos con cantidades reducidas de grasas o bien 0% de grasas como, por ejemplo, los lácticos desnatados. Son productos interesantes cuando se trata de reducir y controlar el aporte de grasa a la dieta. Sin embargo, la extracción de grasa “arrastra” consigo también las vitaminas liposolubles. Así, los productos lácteos con 0% de grasa han perdido todas las vitaminas liposolubles excepto que estas hayan sido restituidas(5). Además, los llamados productos “light” dan una sensación de falsa protección al consumidor, lo que conduce a comportamientos tan paradójicos, como los de desayunar un croissant con un café con leche desnatada y sacarina, o consumir cantidades extras porque el producto “no engorda”.

Por último, los métodos de preparación pueden modificar la cantidad de grasa en los alimentos. En este sentido, cabe destacar la fritura como un método muy usado en nuestra cultura culinaria y que incrementa considerablemente el contenido de grasa de los alimentos: 100 g de patatas pueden incorporar entre 10 y 35 gramos de grasa durante la fritura, dependiendo básicamente de cómo se corte la patata y el tipo de fritura usada(2,5).

Recomendaciones de ingesta

No existen recomendaciones específicas para la población infantil española en cuanto a ingesta de grasas y ácidos grasos, por lo que es necesario usar las recomendaciones de la FAO(4) o bien extrapolar las recomendaciones establecidas para los adultos(6).

La Asociación Española de Pediatría (APE)(7) indica que las recomendaciones de consumo de grasa deben realizarse no solo en cuanto a la cantidad de grasas, sino también teniendo en cuenta su calidad en relación con el aporte de AG. También señala que la ingesta de grasa en la población infantil española hasta los 3 años es adecuada y ligeramente superior a lo recomendado en escolares y adolescentes (40% del valor calórico total, VCT), exceso que puede conducir a un aumento del riesgo de sobrepeso y obesidad en estas edades(8). Aunque la ingesta de grasa sea adecuada hasta los 3 años, a partir del año, se observa un aumento del consumo de AGS en detrimento de los AGP, lo cual es negativo y recomienda:

1. Disminuir y controlar el consumo de grasa, eliminando la llamada grasa visible, así como la piel del pollo.

2. Disminuir el consumo de embutidos, dando preferencia a los magros.

3. Consumir leche semidesnatada a partir de los 2 años.

4. Aumentar la calidad de la grasa de la dieta a través de:

a. Aumentar el consumo de pescado a 3-4 veces a la semana, si se trata de pescado blanco o 2 veces si es azul, para asegurar un consumo adecuado de AG n-3.

b. Dar preferencia al consumo de aceites vegetales, especialmente al de oliva. Si se consumen grasas untables, dar preferencia a las margarinas ricas en poliinsaturados.

c. Controlar el consumo de frituras, prefiriendo siempre el aceite de oliva como aceite para freír. Preferir formas culinarias sencillas: hervido, plancha y horno.

La FAO, en su consulta de expertos sobre grasas y ácidos grasos en nutrición humana(4), establece las ingestas dietéticas recomendadas de grasa y ácidos grasos para población lactante (0-24 meses) y niños (2-18 años), categorizando según el grado de evidencia existente. Se trata de un documento muy técnico y detallado, que puede consultarse por Internet. Las principales recomendaciones del documento se resumen en la tabla IV.

Bibliografía

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3. Frayn KN. Metabolic regulation: a human perspective. 3ª ed. New York: Wiley-Blackwell; 2010.

4. FAO. Grasas y ácidos grasos en nutrición humana. Consulta de expertos. Estudio FAO alimentación y nutrición. 2012. 1-204 p. Disponible en:
http://www.fao.org/3/i1953s/i1953s.pdf
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5. Farran A, Zamora R, Cervera P. Tabla de composición de los alimentos del CESNID. McGraw-Hill/Interamericana-Ediciones UB. Madrid; 2003.

6. Ros E, Miranda JL, Picó C, Rubio MA, Babio N, FESNAD, et al. Consenso sobre las grasas y aceites en la alimentación de la población española adulta: postura de la Federación Española de Sociedades de Alimentación, Nutrición y Dietética (FESNAD). Nutr. Hosp. [online]. 2015; 32: 435-77. Disponible en:
http://www.nutricionhospitalaria.com/pdf/9202.pdf.

7. Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Decálogo sobre las grasas en la alimentación de niños y adolescentes. Disponible en: https://www.aeped.es/comite-nutricion-y-lactancia-materna/nutricion-infantil/documentos/decalogo-sobre-las-grasas-en-alimentacion. 2014. Consultad en enero de 2020.

8. Güemes-Hidalgo M, Muñoz-Calvo MT. Obesidad en la infancia y la adolescencia. Pediatr. Integral. 2015; XIX(6): 412-27. Disponible en: https://www.pediatriaintegral.es//publicacion-2015-07/obesidad-en-la-infancia-y-adolescencia/.

Alergia gastrointestinal no mediada por IgE en Pediatría

G. Domínguez Ortega, S. Rodríguez Manchón
Temas de FC


G. Domínguez Ortega, S. Rodríguez Manchón

Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

Resumen

Las alergias gastrointestinales no mediadas por IgE son reacciones adversas a alimentos desencadenadas por un mecanismo inmunológico no mediado por IgE, que cursan con clínica digestiva generalmente de aparición tardía. Es una patología en aumento, dentro de la cual se incluyen diversas entidades con características clínicas, gravedad y pronóstico variables. Ante la falta de biomarcadores para su diagnóstico, este se basará en la sospecha clínica seguida de una prueba de eliminación y, en el caso de mejoría, confirmado con una prueba de provocación. Será fundamental realizar un diagnóstico preciso, ya que la base del tratamiento es la evitación de los antígenos alimentarios causantes, siendo los alimentos más frecuentemente relacionados: leche de vaca, soja, huevo y trigo. Las dietas de exclusión en la infancia suponen un desafío para mantener una adecuada nutrición y tienen un impacto significativo en la calidad de vida de los niños y sus familias, con un coste financiero importante. Aunque el pronóstico general en la mayoría de los casos es bueno, la edad a la que se alcanza la tolerancia es variable en las distintas entidades y en cada paciente, por lo que regularmente habrá que comprobar la adquisición de tolerancia oral.

 

Abstract

Non-IgE-mediated gastrointestinal food allergies (GIFA) are adverse food reactions triggered by a non IgE mediated immune mechanism, mostly characterized by delayed onset gastrointestinal symptoms. Its prevalence seems to be increasing. Various entities with different clinical characteristics, severity and prognosis are included. Considering the lack of diagnostic biomarkers, the diagnosis is based on the clinical suspicion followed by a trial of food elimination and in case of improvement, confirmed by an oral food challenge. A precise diagnosis is of utmost importance since the mainstay of treatment is the elimination of the causal food antigens from the diet, being the foods most commonly excluded cow’s milk, soya, egg and wheat. Elimination diets in infancy not only pose a challenge to maintain an adequate nutritional status but also have a significant impact in quality of life of children and their families and an important financial cost. Even though prognosis is generally good, the age in which food tolerance is acquired is variable in each patient and entity, so tolerance should be periodically assessed.

 

Palabras clave: Alergia gastrointestinal; Alergia alimentaria no IgE mediada; Dietas de eliminación.

Key words: Gastrointestinal allergy; Non IgE mediated food allergy; Elimination diets.

 

Pediatr Integral 2020; XXIV (3): 139 –150


Alergia gastrointestinal no mediada por IgE en Pediatría

 

Introducción

Las alergias alimentarias gastrointestinales incluyen un espectro de trastornos que resultan de las respuestas inmunológicas adversas a los antígenos de la dieta(1) y que son fundamentalmente no mediadas por IgE.

Las reacciones adversas a los alimentos son respuestas desfavorables del organismo producidas tras la ingestión de un alimento. Hablamos de intolerancias alimentarias, cuando la respuesta no es inmunomediada y, de alergias alimentarias, cuando existe un mecanismo inmunológico subyacente. Estas a su vez, se clasifican en: alergias mediadas por IgE, no mediadas por IgE o mixtas (Fig. 1).

Figura 1. Tipos de reacciones adversas a los alimentos, basado en las definiciones del Panel de Expertos de 2010 del National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID)(1) y adaptado de Connors, et al(8).

Las alergias alimentarias mediadas por IgE se producen por anticuerpos IgE específicos frente a un antígeno alimentario y cursan con sintomatología inmediata: cutánea, digestiva, respiratoria y/o cardiovascular. En cambio, las alergias no mediadas por IgE se caracterizan por síntomas predominantemente cutáneos y/o digestivos, de aparición generalmente tardía y en los cuales no suele ser posible confirmar la implicación de un mecanismo inmunológico mediante pruebas complementarias(2). En este artículo de revisión, nos centraremos en las alergias gastrointestinales no IgE mediadas (AGI). Las alergias alimentarias IgE mediadas y las intolerancias alimentarias han sido abordadas en otros números de esta revista: nº2 de 2018 y nº7 de 2019.

Epidemiología

Aunque se desconocen datos fiables sobre su prevalencia real, la AGI es una patología en aumento en los últimos años.

Al igual que otras enfermedades atópicas, la AGI es una patología en aumento en países con un estilo de vida occidental. La prevalencia estimada de alergia alimentaria en niños oscilan entre el 3-8%(3,4). Aunque la mayoría de los estudios reflejan prevalencias de alergia IgE mediada, existe un reconocimiento creciente de las no mediadas por IgE. Las cifras publicadas de la alergia a la proteína de leche de vaca (APLV) no IgE mediada, según un estudio europeo (0,13-0,72%)(4) parecen subestimar su incidencia real. En este estudio, solo se consideró el diagnóstico de alergia no IgE mediada en aquellos pacientes sin sensibilización IgE que manifestaron síntomas cutáneos, digestivos o respiratorios en las primeras 2 h o cuyo eccema empeoró en las primeras 48 h tras la provocación oral, obviando los que tuvieron otras manifestaciones más tardías.

Fisiopatología

El malfuncionamiento del sistema inmune de mucosas resulta en una pérdida de la tolerancia oral que puede traducirse en respuestas alérgicas indeseadas frente a los alimentos.

La mucosa intestinal es el mayor órgano inmune del cuerpo humano, constituido por la barrera epitelial, la lámina propia y el tejido linfoide asociado al tracto digestivo, y tiene el papel de distinguir entre componentes beneficiosos y perjudiciales a nivel intestinal(5). La tolerancia oral es el estado de inhibición activa de las respuestas inmunitarias a un antígeno (alimentario y de microorganismos comensales), mediante la exposición previa a través de la vía oral y constituye la respuesta fisiológica a la ingesta de alimentos. El malfuncionamiento del sistema inmune de la mucosa del tracto digestivo resulta en una pérdida de la tolerancia oral que se traduce en respuestas alérgicas indeseadas. La predisposición genética y el ambiente (tipo de parto, higiene, nutrición, exposición a antibióticos…) determinan su aparición. La microbiota participa en este sistema contribuyendo al mecanismo de barrera intestinal, interviniendo en la presentación de antígenos y modificando la respuesta inmune(2,5).

Alergia gastrointestinal no mediada por IgE (AGI)

Las AGI engloban cuadros clínicos diferenciados, aunque con solapamiento en las manifestaciones clínicas (Tabla I).

Dentro de las AGI, se incluyen: la proctocolitis alérgica, la enteropatía alérgica y el síndrome de Enterocolitis Inducida por Proteínas Alimentarias (FPIES por sus siglas en inglés)(2). Aunque existe controversia al respecto, se incluye también la dismotilidad alérgica (enfermedad por reflujo gastroesofágico [ERGE], estreñimiento, cólicos y síndrome de intestino irritable [SII]); ya que, aunque no se ha demostrado un mecanismo inmunológico subyacente, la mejoría sintomática tras la retirada del alimento causante y su recurrencia con su reintroducción, junto con la falta de respuesta a tratamientos médicos convencionales, apoya su inclusión dentro de este grupo de patologías(6). La esofagitis eosinofílica (EEo) y los trastornos gastrointestinales eosinofílicos primarios (TGIEP), la enfermedad celíaca y la anemia ferropénica inducida por APLV, se consideran también alergias no mediadas por IgE, pero no serán abordadas en este artículo.

Proctocolitis alérgica inducida por proteínas alimentarias

La proctocolitis alérgica (PA) se considera la AGI más frecuente. Se estima causante de entre el 18-64% de los casos de sangrado rectal aislado en lactantes, aunque son estudios de baja calidad metodológica(2,7). Es la entidad más benigna y se caracteriza por inflamación a nivel distal del tracto digestivo. El cuadro clínico típico es el de un lactante de aspecto sano que presenta, en los primeros meses de vida, hebras de sangre en las heces. Puede asociar: irritabilidad, diarrea, deposiciones con mucosidad, dolor con la defecación, vómitos intermitentes y, en casos graves, anemia y/o hipoalbuminemia, sin repercusión ponderoestatural. Infrecuentemente, se han descrito casos de comienzo entre los 2-18 años(8). Su inicio suele ser insidioso tras la introducción del alimento, con un periodo latente prolongado. Aproximadamente, un 60% de los casos, ocurrirán en lactantes con lactancia materna exclusiva (LME), en los cuales el alimento ingerido por la madre pasa a la leche materna en forma inmunológicamente reconocible, siendo los alimentos frecuentemente implicados: leche de vaca, soja y huevo. En niños alimentados con fórmula de inicio, se asocia a fórmula adaptada de proteínas vacunas y menos frecuentemente de soja(9). Aunque se desconoce su patogenia, se ha descrito inflamación de predominio eosinofílico en biopsias rectales(2). En lactantes con LME generalmente será suficiente con la eliminación en la dieta materna del alimento causante. En casos de escasa respuesta a la eliminación materna de PLV, será necesario descartar transgresiones inadvertidas o valorar excluir también soja y posteriormente huevo. Aun así, en una minoría puede ser necesario iniciar una fórmula hipoalergénica [fórmula extensamente hidrolizada (FEH), hidrolizado de arroz o elemental]. Hasta en un 4-10% puede persistir a pesar de alimentación con FEH. No obstante, en algunos de estos lactantes con LME puede resolverse espontáneamente sin cambios en la dieta materna(2). En la mayoría de los casos, el pronóstico es bueno con adquisición de tolerancia antes del año, pero puede tardar más en niños con alergias múltiples(2).

Enteropatía alérgica (EA) inducida por proteínas alimentarias

Aunque su prevalencia es desconocida, parece haber disminuido en las últimas décadas(2). Se caracteriza por afectación del intestino delgado y cursa con diarrea crónica que puede asociar estancamiento ponderal en más del 50% de los casos, y en menor frecuencia: distensión abdominal, saciedad precoz, vómitos intermitentes, anorexia y clínica malabsortiva. Se inicia de forma gradual entre los 2-9 meses de edad y los alimentos más frecuentemente implicados serán la leche de vaca, seguida de la soja, el huevo y el trigo(2,9,10). Puede manifestarse pocas horas tras la ingesta o, de forma más larvada, tras 3-4 semanas. En algunas ocasiones, puede desencadenarse tras una gastroenteritis infecciosa, lo que dificulta su diferenciación de un síndrome post-enteritis. En su patogenia, se ha involucrado la presencia en la mucosa intestinal de eosinófilos, linfocitos Th 2 y la producción local de IgE(2). En cuanto al pronóstico, la tolerancia se conseguirá entre los 24-36 meses de edad, aunque en algunos casos, puede persistir hasta edad escolar(10,11).

Síndrome de enterocolitis inducida por proteínas alimentarias (FPIES)

Aunque existen pocos datos sobre su incidencia real, es una de las patologías de AGI más estudiadas en los últimos años, con un aumento en el número de casos detectados. Se describen prevalencias acumuladas de FPIES por leche de vaca entre 0,34-0,36% e incidencias de hasta 15,4/100.000 en niños menores de 24 meses(11,12). En España, un estudio multicéntrico registró 120 nuevos diagnósticos de FPIES durante el año 2017(12). El FPIES es la entidad potencialmente más grave de AGI. En su forma aguda, se manifiesta como vómitos repetidos de inicio entre 1-4 horas tras la ingesta, a los cuales se asocia letargia y palidez. En las siguientes 24 horas, puede aparecer diarrea acuosa, ocasionalmente, con sangre y mucosidad. Los casos más graves pueden provocar: deshidratación, acidosis metabólica e hipotensión, y confundirse con un cuadro séptico. El fenotipo clínico y la severidad dependerán de la edad de inicio, la frecuencia y cantidad de la ingesta, y la presencia de sensibilizaciones alérgicas(11,12). El patrón agudo ocurrirá con ingestas intermitentes o tras un periodo de evitación del alimento, y los síntomas se resolverán tras 24 horas de la eliminación.

El FPIES crónico es una entidad más larvada y peor caracterizada. Las reacciones ocurren con la ingesta mantenida del alimento causante (generalmente, fórmula adaptada de leche de vaca o soja) e incluyen: vómitos intermitentes, diarrea crónica, retraso ponderal y/o estatural. Tras el inicio de una dieta de eliminación, suelen recuperar su estado previo en 3-10 días, aunque en casos graves, puede requerirse reposo intestinal y sueroterapia intravenosa. La clínica puede confundirse con una EA, pero tras la ingesta del alimento después de un periodo de evitación, se producirá una reacción tipo FPIES agudo que confirmará el diagnóstico(11).

La leche de vaca es el alimento causal más frecuentemente descrito (en España, el 40%) y, aunque existen casos en niños alimentados con LME, suponen menos de un 5%(12). En cuanto al resto de alimentos causantes, existen variaciones geográficas, siendo en España frecuentes desencadenantes: el pescado (32%), el huevo (11%) y el arroz (10%)(12). Otros alimentos involucrados son: soja, avena, pollo, frutas y verduras(11). Aunque la mayoría de pacientes presentará FPIES a un alimento (84%), hasta un tercio puede presentar reacciones a varios alimentos(11). La edad de inicio típica es entre los 2-7 meses, coincidiendo con la introducción, tanto de las fórmulas adaptadas como de los alimentos sólidos. Por ello, el debut de FPIES suele ser más precoz (antes de 6 meses) si el desencadenante es leche de vaca, con respecto a los alimentos sólidos (5-9 meses). Existen también casos en niños mayores y adultos relacionados con la ingesta de huevo, pescado y marisco(11). Aunque es una entidad distinta de las alergias IgE mediadas, existe una asociación entre FPIES y atopia, y entre el 4-30% de los niños pueden tener IgE positiva a alimentos, bien al inicio o durante el seguimiento, constituyendo el denominado FPIES atípico(11). Aunque la patogenia del FPIES es desconocida, se ha descrito activación del sistema inmune innato y una posible implicación de las vías neuroendocrinas(2,11). El momento de adquisición de tolerancia dependerá del alimento causante y de la presencia de sensibilización alimentaria. Se ha descrito tolerancia entre los 18-36 meses de edad en las reacciones a leche de vaca y cereales, y más tardía (en torno a los 5 años) con otros alimentos como el huevo o el pescado(11).

Dismotilidad alérgica (DA)

Enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE)

Se ha descrito alergia alimentaria no IgE mediada confirmada con provocación en un 23-59% de los niños con ERGE(6,10) y las últimas guías ESPGHAN/NASPGHAN de 2018 recomiendan considerar prueba con dieta de eliminación en lactantes con ERGE persistente tras optimizar medidas no farmacológicas, especialmente en aquellos con comorbilidades atópicas(13) (Algoritmo 1). La DA ocasionaría un retraso en el vaciamiento gástrico y una distensión gástrica prolongada y con ello un aumento en los episodios de reflujo(10). Los síntomas suelen comenzar en los primeros 6 meses de vida, aunque pueden iniciarse más tarde, coincidiendo con la introducción de la leche de vaca y se caracterizarán por: regurgitaciones o vómitos dolorosos, irritabilidad, arqueamiento con las tomas, afectación ponderoestatural y/o dificultades de alimentación. La leche de vaca es el principal alimento involucrado, seguido de la soja, y la tolerancia se conseguirá a una edad similar al resto de AGI, tolerando la mayoría antes de los 4 años de edad(6).

Estreñimiento

Puede ser una forma de presentación de AGI, especialmente en niños con comorbilidades atópicas. Se describen en estudios prospectivos, tasas de respuesta variables a la dieta de eliminación (28-78%) y se postula que la infiltración de la mucosa rectal por eosinófilos y mastocitos podría condicionar un incremento en la presión en reposo del esfínter anal que justificaría la retención fecal(14). Los alimentos más involucrados serán: la leche de vaca, la soja y el trigo, y a diferencia del resto de entidades de AGI, la presentación será más tardía, en torno a 1-2 años de edad con el 80% de los pacientes alcanzando la tolerancia al año del diagnóstico(14).

Cólicos

El papel de la alergia en los cólicos del lactante es discutido, aunque diferentes revisiones sistemáticas sugieren el beneficio del uso de fórmulas extensamente hidrolizadas y del inicio, en LME, de dieta materna exenta de: leche de vaca, soja, huevo, trigo, pescado y frutos secos(6). Sin embargo, los estudios incluidos muestran limitaciones metodológicas, lo cual unido al carácter transitorio del cólico dificulta su interpretación. No obstante, aunque no hay evidencia suficiente para recomendar de forma rutinaria dietas de eliminación en las madres de todos los lactantes con cólicos, se podría considerar en aquellos con síntomas importantes, con comorbilidades atópicas y que asocien otros síntomas gastrointestinales(6).

Síndrome de intestino irritable (SII)

En los últimos años, se ha descrito el papel de las AGI en el SII(15). Hasta un 71% refieren mejoría en los síntomas con dietas de eliminación y exacerbaciones tras ingesta de determinados alimentos, y recientemente se ha evidenciado en pacientes adultos con SII y respuesta clínica a determinados alimentos, especialmente al trigo, aumento de la permeabilidad intestinal, incremento de los linfocitos intraepiteliales e infiltración eosinofílica duodenal tras contacto con los alimentos sospechosos(15). También se ha descrito mayor frecuencia de trastornos gastrointestinales funcionales en niños con antecedentes de APLV en los primeros años de vida, aunque son necesarios más estudios para confirmar esta asociación(10).

Diagnóstico

El diagnóstico se basará en la sospecha clínica de AGI, seguido de una prueba de eliminación y, en el caso de mejoría, confirmación con una prueba de provocación.

Será fundamental una historia clínica exhaustiva registrando: los síntomas, su momento de inicio, los alimentos sospechosos, la relación temporal con la ingesta y la reproducibilidad con ingestas repetidas del mismo alimento. Se preguntará por los antecedentes familiares y personales de atopia y si ha recibido tratamientos farmacológicos previos, y la respuesta a ellos. Además, habrá que realizar una historia nutricional y dietética completa, indicando: la cronología de la introducción alimentaria, los síntomas asociados a cada alimento y la actitud frente a la alimentación del niño y los familiares(2). Se preguntará también por la presencia de manifestaciones extraintestinales como: fatiga, ojeras, aftas orales, artralgias, hiperlaxitud articular, mala calidad del sueño, sudoración nocturna profusa, cefalea y enuresis nocturna, que se han descrito asociadas a AGI(16). En el FPIES, las últimas recomendaciones internacionales recogen los criterios diagnósticos (Tabla II)(11) y en la PA y la EA se han propuesto criterios diagnósticos basados en la práctica clínica (Tabla III)(2). Será fundamental además realizar un adecuado diagnóstico diferencial (Tabla IV)(2).

 

 

La exploración física debe incluir: una valoración antropométrica y una exploración cutánea, respiratoria y digestiva detallada, en busca de datos de atopia, alergia o sugerentes de otros diagnósticos. En la PA, será fundamental buscar signos de otras causas de sangrado rectal (infecciones, enterocolitis necrotizante, invaginación intestinal o fisuras anales). En el FPIES agudo, deberá prestarse atención a los signos de: deshidratación, coloración de piel y estado neurológico. En la EA, puede haber signos de: desnutrición, deshidratación, distensión abdominal y/o edemas(8).

Prueba de eliminación-provocación

Siempre que se sospeche AGI, será necesario realizar una prueba de eliminación del alimento sospechoso de la dieta durante 2-4 semanas(2). Esta retirada producirá la mejoría y resolución de los síntomas en un periodo variable: entre horas-días en el FPIES agudo, en 1-2 semanas en la PA, y en 2-4 semanas en la DA y en la EA, aunque en este último caso, la reparación mucosa puede tardar varios meses(6,8,9). En casos de LME, tras el inicio de la dieta de exclusión en la madre, los alérgenos alimentarios pueden continuar eliminándose en la leche hasta 7-10 días, por lo que la respuesta puede ser más tardía(17). Si no se evidenciara una mejoría clínica, deberían considerarse diagnósticos alternativos (Tabla IV) o valorar la existencia de alergia a otro alimento. Además, en el caso de la APLV, algunos niños pueden precisar fórmula elemental por persistencia de los síntomas a pesar de FEH, por lo que en ellos la prueba de eliminación se prolongará hasta 4-6 semanas.

En cualquier caso, siempre que exista respuesta clínica a la dieta de eliminación, será necesario confirmar el diagnóstico con una prueba de provocación, siendo el patrón de referencia la prueba de provocación doble ciego, aunque por su difícil aplicación se suele hacer abierta.

Solo se podrá eludir esta, en casos en los que por la severidad de la reacción inicial el riesgo de reproducirla sea elevado, como en el FPIES con criterios diagnósticos claros o en casos graves de otras formas de AGI(8,9,11). No obstante, con la excepción de las últimas recomendaciones españolas para el manejo de la APLV en menores de 2 años(17), no existen guías unificadas sobre cómo ni dónde realizarla (qué cantidades emplear, tipo de procesamiento alimentario, intervalos, incrementos, tiempos de respuesta ni duración de la misma). En los casos de PA, EA leve y DA, la sintomatología que puede aparecer suele ser leve y de fácil manejo ambulatorio, por lo que la reintroducción podrá realizarse en el domicilio por indicación del pediatra y con un registro parental completo de los síntomas(2,17). En el caso del FPIES y la EA grave, la provocación puede desencadenar reacciones importantes que requieran atención urgente, por lo que la reintroducción debe efectuarse en medio hospitalario(8,9,17). También se realizará en medio hospitalario, cuando existan dudas sobre un posible mecanismo inmunológico IgE mediado(8). La reaparición de la clínica puede ser tardía y requerir dosis crecientes del alimento desencadenante, por lo que se considerará una respuesta positiva a la provocación si reaparecen los síntomas en las 4 semanas tras la reintroducción(2,17).

Pruebas complementarias

No existen biomarcadores diagnósticos específicos, por lo que solo serán necesarias cuando existan dudas en el diagnóstico y para excluir otros alternativos o concomitantes. Debe descartarse enfermedad celíaca en todos los pacientes con AGI que consumen gluten, especialmente si se sospecha una enteropatía. En FPIES agudo puede existir: leucocitosis con neutrofilia y eosinofilia, trombocitosis, acidosis metabólica, elevación de la PCR y/o metahemoglobinemia; en PA anemia e hipoalbuminemia leve; y en EA: malabsorción, anemia e hipoproteinemia(8-10). La determinación de anticuerpos IgE específicos y las pruebas cutáneas serán negativas en la mayoría y solo estarán indicadas cuando existan comorbilidades atópicas, como dermatitis atópica severa o existan dudas sobre un posible mecanismo IgE mediado, así como en FPIES antes de la provocación alimentaria(11,17). No se recomienda la realización de pruebas epicutáneas con alimentos, la determinación de IgG ni IgG4 específicas a alimentos, ni la realización de calprotectina fecal, salvo ante la sospecha de Enfermedad Inflamatoria Intestinal (EII)(6,8). La presencia de sangre oculta en heces positiva es un marcador inespecífico y poco fiable en el diagnóstico y seguimiento(8).

La endoscopia digestiva alta con biopsias se requería clásicamente para el diagnóstico de EA en ausencia de enfermedad celíaca(2,9). En el resto de entidades se han descrito diversos hallazgos endoscópicos(2). En la actualidad, considerando la inespecifidad de estos hallazgos y que generalmente no modificarán el manejo, la decisión de realizar endoscopia quedará a criterio del gastroenterólogo pediátrico y habitualmente se realizará en casos graves sin respuesta a la dieta de exclusión, para descartar otra patología (EII, enteropatía autoinmune, enteropatía en penacho, enfermedad de inclusiones vellositarias) y cuando se sospeche una EEo o TGIEP(2,6-10).

Tratamiento

La base del tratamiento consiste en la eliminación en la dieta de los alimentos causantes, asegurando un adecuado aporte nutricional y minimizando su repercusión en la conducta alimentaria y en la calidad de vida del niño y sus cuidadores.

Al igual que en las alergias IgE mediadas, la piedra angular del tratamiento será evitar los antígenos alimentarios causantes, siendo los más frecuentemente implicados: la leche de vaca, el trigo, el huevo, las legumbres, incluida la soja, el pescado, el marisco y los frutos secos. Sin embargo, la eliminación de estos alimentos puede contribuir significativamente al estado nutricional del niño (Tabla V), afectar a su calidad de vida y a la de sus familias y conllevar un coste financiero y emocional significativo(18,19).

Las dietas de eliminación pueden acarrear déficits de micronutrientes (especialmente calcio, vitamina D, zinc, hierro, vitaminas del grupo B y ácidos grasos) y favorecer o desencadenar dificultades en la alimentación(18). Será necesario hacer una adecuada valoración nutricional al diagnóstico, una correcta intervención nutricional (Tabla VI) y un seguimiento estrecho, comprobando periódicamente la adquisición de la tolerancia oral a fin de evitar dietas prolongadas innecesarias.

La intervención nutricional debe individualizarse, proporcionando una correcta educación y asesoramiento a los pacientes y sus cuidadores en la identificación de alérgenos, lectura de etiquetados y sustitución de los mismos(19). No se recomienda retrasar la introducción de la alimentación complementaria y será necesario expandir el número de alimentos introducidos para asegurar un adecuado aporte nutricional y permitir la adquisición progresiva de habilidades en la alimentación y la exposición a diversas texturas y sabores(18). En pacientes con FPIES, se recomienda comenzar con un solo alimento (generalmente vegetales y frutas) y esperar, al menos, 4 días antes de continuar con otro alimento para evidenciar posibles reacciones(11).

Alergia a proteína de leche de vaca no IgE mediada(17)

El manejo de la APLV merece mención especial por ser la más frecuente en los lactantes. En niños con LME, esta debe mantenerse indicando la retirada de las PLV de la dieta materna y asegurando una suplementación de las madres con 1 g de calcio y 600 UI vitamina D al día. Cuando exista alta sospecha de AGI y persistan los síntomas a pesar de una dieta materna adecuada, se podría valorar la exclusión de otros alimentos (especialmente soja y/o huevo) y si persistieran, podría ser necesario iniciar una FEH o FE. En niños con lactancia mixta, si los síntomas coinciden con la introducción de la fórmula, se mantendrá la lactancia materna sin ser necesaria la dieta de exclusión materna, pero sustituyendo los suplementos por FEH. En niños alimentados con fórmula para lactantes, serán de elección las FEH de caseína y/o seroproteínas. Las fórmulas de arroz hidrolizado pueden ser una alternativa a cualquier edad en algunos casos que rechacen o no respondan al tratamiento con FEH de caseína y/o seroproteínas. Dado el riesgo de correacción a soja en lactantes con APLV no Ig E mediada, no se recomienda el uso de fórmulas a base de soja, especialmente en menores de 6 meses. Las fórmulas elementales serán de elección cuando fracase la FEH, en la enteropatía que curse con fallo de medro, hipoproteinemia y anemia graves, FPIES graves, en alergias alimentarias múltiples, en clínica refractaria con lactancia materna exclusiva a pesar de dieta de exclusión en la madre y eccema grave o sangrado rectal importante que condicione inestabilidad hemodinámica(17). No deben emplearse las fórmulas parcialmente hidrolizadas por mantener en su composición péptidos potencialmente antigénicos, ni leches ni fórmulas procedentes de otros mamíferos (cabra, oveja, yegua, camella, burra…) por el riesgo de reacciones cruzadas. En niños mayores de 2 años que mantengan la exclusión de PLV, deberán asegurarse unos aportes adecuados de calcio y vitamina D, suplementado acorde a sus ingestas dietéticas de referencia (RDI).

Prueba de adquisición de tolerancia

Periódicamente, deberá realizarse de forma controlada la reintroducción progresiva del alimento en la dieta para comprobar la adquisición de tolerancia oral al mismo.

La reintroducción del alimento causante se realizará bajo supervisión médica y se registrará la reaparición de los síntomas. El momento en el que realizarla dependerá de: la edad al diagnóstico, la entidad clínica y la gravedad de los síntomas iniciales(2). En los FPIES, la edad de tolerancia será distinta dependiendo del alimento desencadenante y del país de origen, pero de forma general, se recomienda esperar entre 12-18 meses desde la última reacción(11,17). En el resto de entidades podrá valorarse realizar prueba de adquisición de tolerancia tras 3-6 meses de dieta en casos leves y tras 6-12 meses en los más graves(3,17). Tras un periodo de exclusión prolongado, los niños con: sintomatología inmediata, antecedentes personales de atopia (dermatitis atópica, broncoespasmo de repetición, rinitis alérgica y/o sensibilización IgE mediada a otros alimentos) y/o FPIES, pueden desarrollar un mecanismo mediado por IgE frente al alimento excluido, por lo que será recomendable la valoración conjunta por el alergólogo y realizar prick test o determinación de IgE específica al alimento excluido antes de efectuar la prueba de adquisición de tolerancia(17). En las PA, EA y formas leves de DA, si no existe sensibilización al alimento ni antecedente de reacción grave previa, la reintroducción podrá hacerse de forma gradual en domicilio bajo supervisión médica. En los casos graves, en los FPIES o cuando exista sensibilización IgE mediada, la prueba de adquisición de tolerancia se hará en medio hospitalario(2,17). Si reaparecen los síntomas tras la prueba de tolerancia, habrá que reevaluarla de forma periódica cada 6-12 meses. Si tras 4-8 semanas de su reintroducción no reaparecen los síntomas, se mantendrá el alimento en la dieta.

Prevención

No hay suficiente evidencia para recomendar ninguna medida de prevención eficaz de la alergia alimentaria(20-22). Ni las intervenciones dietéticas en la madre durante la gestación o la lactancia, ni el uso de FEH, probióticos ni prebióticos en lactantes de riesgo, ni el retraso en la introducción de la alimentación complementaria han demostrado que puedan prevenir el desarrollo de AGI(17-19,23). Las recomendaciones actuales se dirigen al mantenimiento de una alimentación equilibrada en la madre y en el lactante, rica en alimentos naturales no procesados y con aportes de todos los nutrientes necesarios.

Papel del pediatra de atención primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria es fundamental en el reconocimiento de los síntomas de AGI, sospechando la relación causal entre cada una de las entidades y la introducción de los diversos alimentos. Es frecuente un retraso diagnóstico en estas patologías, por lo que es importante el conocimiento de las mismas por todos los pediatras para poder realizar un diagnóstico precoz y evitar así la repercusión nutricional y el desarrollo de trastornos de conducta alimentaria secundarios. En casos dudosos, con riesgo nutricional elevado o cuando sea necesario valorar la realización de pruebas complementarias, la derivación al gastroenterólogo pediátrico puede agilizar el proceso diagnóstico y terapéutico.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Caubet JC, Szajewska H, Shamir R, Nowak- W?grzyn A. Non-IgE-mediated gastrointestinal food allergies in children. Pediatr Allergy Immunol. 2017; 28: 6-17.

Artículo de revisión sobre las alergias gastrointestinales no IgE mediadas, que aborda las principales entidades y la dismotilidad alérgica, desde sus características clínicas, a su diagnóstico, manejo y pronóstico.

– Berin MC, Shreffler WG. Mechanisms underlying induction of tolerance to foods. Immunol Allergy Clin North Am. 2016; 36: 87-102.

Interesante artículo de revisión sobre el mecanismo de tolerancia oral, el sistema inmune de mucosas y las posibles implicaciones de su disfunción en el mecanismo de las alergias alimentarias.

– Meyer R, Chebar Lozinsky A, Fleischer DM, et al. Diagnosis and management of Non-IgE gastrointestinal allergies in breastfed infants – An EAACI Position Paper. Allergy. 2020; 75: 14-32.

Muy reciente artículo de posicionamiento en cuanto al diagnóstico y manejo de las alergias gastrointestinales no IgE mediadas en niños con lactancia materna, elaborado con el fin de potenciar el mantenimiento de la misma en este subgrupo de pacientes.

– Nowak-W?grzyn A, Chehade M, Groetch ME, Spergel JM, Wood RA, Allen K, et al. International consensus guidelines for the diagnosis and management of food protein-induced enterocolitis syndrome: Executive summary-Workgroup Report of the Adverse Reactions to Foods Committee, American Academy of Allergy, Asthma & Immunology. J Allergy Clin Immunol. 2017; 139: 1111-26.e4.

Guía Internacional para el diagnóstico y manejo del síndrome de enterocolitis inducida por proteínas alimentarias, de obligada lectura para tener una visión global de todos los aspectos de esta entidad, con recomendaciones basadas en la evidencia actual.

– Espín Jaime B, Díaz Martín JJ, Blesa Baviera LC, Claver Monzón A, Hernández Hernández A, García Burriel JI, et al. Alergia a las proteínas de leche de vaca no mediada por IgE: documento de consenso de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP), la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP), la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP) y la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP). An Pediatr (Barc) 2019; 90: 193.e1-e11.

Artículo de obligada lectura que resume las recomendaciones del documento de consenso elaborado por varias sociedades pediátricas españolas para el diagnóstico y manejo de la APLV en niños menores de 2 años, basado en la última evidencia disponible.

Groetch MS, Henry M, Feuling MS, Kim J. Guidance for the Nutrition Management of Gastrointestinal Allergy in Pediatrics. J Allergy Clin Immunol Pract. 2013; 1: 323-31.

Artículo muy útil sobre el manejo nutricional y dietético en este tipo de pacientes, con recomendaciones sobre su valoración inicial, la intervención nutricional, con pautas y recomendaciones sugeridas, así como del seguimiento. Incluye, además, de forma muy didáctica, casos clínicos con sugerencias adaptadas a cada uno de los mismos.

 

Caso clínico

 

Anamnesis

Historia actual: niña de 2 años y 3 meses que es derivada a consultas de Digestivo desde Atención Primaria por sospecha de reacción adversa a la leche de vaca. Refieren inicio del cuadro clínico 3 meses antes, coincidiendo con un síndrome gripal. Tras el mismo, presenta: deposiciones de consistencia líquida, malolientes, sin productos patológicos, en número de 2-3 al día, junto con vómitos alimentarios intermitentes, 1-2 h tras la toma del biberón de leche de vaca (5-6 vómitos a la semana). Tras valoración por su pediatra, se indicó retirada de proteína de leche de vaca (PLV) de la dieta e inicio de bebida de soja. Con ello, refieren desaparición de la sintomatología con normalización de las deposiciones, pero persistencia de escasa ganancia ponderal. En el momento de la consulta, se encuentra asintomática desde el punto de vista digestivo. Realiza una alimentación variada con ingesta regular del resto de grupos alimentarios.

Antecedentes personales: antecedentes pre y perinatales sin incidencias. Desarrollo psicomotor normal, aunque póndero-estatural lento desde los primeros meses de vida. Lactancia artificial desde el nacimiento bien tolerada y diversificación reglada sin incidencias. Inmunizaciones según calendario. Dermatitis atópica, sin otras comorbilidades atópicas.

Antecedentes familiares: madre sana sin comorbilidades atópicas. Padre con urticaria crónica, asma leve y psoriasis. Hermano con antecedente de alergia al huevo superada.

Exploración física

Antropometría: talla: -1.7 DE según OMS; peso: -2.2 DE según OMS; IMC: -2 DE según OMS; estado nutricional (OMS): desnutrición aguda moderada. Buen estado general. Masas musculares algo blandas, escaso panículo adiposo, sin pliegues de adelgazamiento. Bien hidratada y perfundida. Normocoloración cutáneo-mucosa. Piel seca. Exploración abdominal y perianal normal. Resto de exploración sin alteraciones.

Pruebas complementarias

Analítica sanguínea: leucocitos: 14.6 x 1.000/μL (5-15); Eosinófilos: 2,82 x 1.000/μL (0-0,5), resto de fórmula sin alteraciones. Hemoglobina, coagulación, plaquetas, perfil férrico, vitaminas A, D, E y bioquímica con perfil hepato-renal e iones normales. Inmunoglobulina E total 687 kU/l (0-45), con IgE específicas negativas a leche de vaca, soja, trigo y gluten. Anticuerpos de celiaquía negativos.

Endoscopia digestiva alta: macroscópicamente normal. Histológicamente, a nivel de mucosa duodenal, hiperplasia de las criptas, atrofia parcial de las vellosidades y linfocitosis intraepitelial (40-44 linfocitos/100 enterocitos) encuadrable en grado 3a de la clasificación de Marsh-Oberhuber.

Evolución

En la valoración inicial, ante el estancamiento ponderal a pesar del inicio de la dieta de eliminación y con los datos antropométricos de desnutrición moderada, se decide realizar endoscopia digestiva alta, en la que se evidencian hallazgos compatibles con enteropatía. En la consulta de revisión, los padres refieren reaparición de la diarrea y de vómitos intermitentes, unos 2 meses tras el inicio de la bebida de soja. Por este motivo, en Urgencias se les indicó retirada de soja de la dieta tras lo que se resolvieron los síntomas. Refieren además en una ocasión aislada transgresión accidental con leche de vaca sin presentar síntomas inmediatos. En la consulta se le indica mantener dieta estricta exenta de PLV y soja, y se revisa a la paciente de forma seriada.

 

 

 

Hipercolesterolemia familiar en la infancia y la adolescencia: cribado, diagnóstico y tratamiento

B. Corredor Andrés*, M. Güemes**, M.T. Muñoz Calvo***
Temas de FC


B. Corredor Andrés*, M. Güemes**, M.T. Muñoz Calvo***

*Sección de Endocrinología, Hospital Virgen de la Salud. Toledo. **Servicio de Endocrinología, Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid. ***Unidad de Endocrinología, Servicio de Pediatría. H. Ruber Internacional. Madrid

Resumen

La hipercolesterolemia familiar (HF) es el trastorno genético más prevalente en la edad pediátrica; sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos, pasa totalmente desapercibida. Se caracteriza por niveles plasmáticos elevados de C-LDL (lipoproteínas de baja densidad) que pueden detectarse ya desde el nacimiento, así como por presentar una alta tasa de morbimortalidad por enfermedad cardiovascular en edades tempranas. Se revisan las recomendaciones actuales de las guías de consenso en el tratamiento de la HF, describiéndose las características de la dieta preventiva y terapéutica, así como la promoción de la actividad física. Se recomienda iniciar tratamiento en la HF heterocigota entre los 8 y 10 años, tras 3-6 meses de dieta y ejercicio físico. Las estatinas deben ser incluidas entre los potenciales fármacos de primera línea, por la experiencia adquirida en los últimos años y por su capacidad de disminuir los niveles de C-LDL. Asimismo, se revisan las nuevas terapias emergentes.

 

Abstract

Although familial hypercholesterolemia (FH) is the most prevalent genetic disorder in the pediatric age, it remains underdiagnosed. It is characterized by high levels of plasma LDL-cholesterol (low density lipoproteins) since birth, and it associates a high morbidity and mortality rate due to cardiovascular disease (CVD) at an early age. The current treatment consensus recommendations are revised, including the characteristics of preventive and therapeutic nutrition as well as the promotion of physical activity. The treatment onset for heterozygous FH is recommended between the ages of 8 and 10 years, following 3-6 months of diet and physical exercise. Statins should be included among the potential first-line agents given the experience attained over the last years and considering their ability to decrease LDL- cholesterol concentrations. In addition, new emerging therapies are reviewed.

 

Palabras clave: Hipercolesterolemia; Colesterol total; LDL-colesterol; Cribado; Estatinas.

Key words: Hypercholesterolemia; Total cholesterol; LDL-cholesterol; Screening; Statins.

 

Pediatr Integral 2020; XXIV (3): 166 – 173

 


Hipercolesterolemia familiar en la infancia y la adolescencia: cribado, diagnóstico y tratamiento

Introducción

La hipercolesterolemia familiar (HF) es una enfermedad genética monogénica, caracterizada por niveles plasmáticos elevados de C-LDL (lipoproteínas de baja densidad) que pueden detectarse ya desde el nacimiento, así como por presentar una alta tasa de morbimortalidad por enfermedad cardiovascular (ECV) en edades tempranas.

Existen dos formas de HF, la forma heterocigota (HFHe) es el trastorno hereditario más frecuente, con una prevalencia de 1/200-250 individuos, y la forma homocigota (HFHo), con una prevalencia de 1/400.000 individuos(1). En menores de 18 años en nuestro país, la prevalencia con fenotipo de HFHe es de 1/217 individuos(2). En países con programas de cribado genético como Holanda, se alcanzan porcentajes de detección superiores al 70%. Los adolescentes con HFHo presentan un elevado riesgo, desarrollando enfermedad coronaria antes de los 20 años si no son tratados intensamente, y generalmente fallecen antes de los 30 años. Por ello, el diagnóstico y el tratamiento precoz son muy importantes para su pronóstico y evolución a largo plazo(3).

Hay evidencias que demuestran que los niveles elevados de C-LDL en el niño, inducen a la formación y al desarrollo de la lesión ateromatosa en edades tempranas. El grosor íntima-media de la carótida de niños con fenotipo de HF es superior si se compara con el de niños normolipémicos, estando relacionado directamente con los niveles de C-LDL. Esta diferencia fue observada en niños a partir de los siete años(4).

La detección de la HF es un gran desafío para el pediatra, ya que la inmensa mayoría no son diagnosticados, lo que conlleva un retraso en el inicio del tratamiento, (cambios en los estilos de vida y farmacológico), y este hecho puede contribuir a elevar el riesgo cardiovascular de esta población en la edad media de vida(1).

Niveles de lipoproteínas en la infancia y la adolescencia

Los niveles plasmáticos de lipoproteínas son diferentes en la infancia y la adolescencia en comparación con la edad adulta.

Los niveles de colesterol total (CT), C-LDL, colesterol unido a proteínas de alta densidad (C-HDL) y triglicéridos (TG) ascienden paulatinamente desde el nacimiento y se estabilizan entre los 2 y 4 años, manteniéndose en un mismo percentil a lo largo del tiempo durante los años prepuberales (fenómeno tracking del colesterol). A partir de los 10-12 años, los niveles plasmáticos de CT y C-LDL disminuyen entre un 5 y un 10% en ambos sexos –siendo más evidente en varones–, debido al descenso acusado del C-HDL, pero en los últimos años de la adolescencia, se produce un nuevo ascenso de los niveles de CT y C-LDL alcanzando niveles medios de adulto a partir de los 20 años. La disminución de los niveles de C-HDL en varones es el patrón más aterogénico que se produce durante la pubertad, y va a permanecer durante la etapa adulta(5).

Para evaluar el riesgo de ECV en función de los niveles de CT, C-LDL, C-HDL y triglicéridos, la Guía del National Heart, Lung, and Blood Institute (NHLBI), National Institutes of Health de EE.UU. ha propuesto unos puntos de corte de los lípidos plasmáticos (Tabla I). Existen diferencias en las concentraciones de colesterol en función de la edad, sexo y desarrollo puberal(5-6).

 

De modo práctico, debe considerarse como hipercolesterolemia, concentraciones de CT y C-LDL superiores al percentil 95: CT ≥ 200 mg/dL y C-LDL ≥ 130 mg/dL. Además, deben considerarse anormales niveles de triglicéridos > 100-130 mg/dL y los niveles de colesterol unido a lipoproteínas de alta densidad (C-HDL) < 40 mg/dL(6–8).

 

Identificación de la población pediátrica de riesgo

 

Existen distintas estrategias para el diagnóstico (Fig. 1):

Figura 1. Cribado de hipercolesterolemia en pediatría. IMC: índice de masa corporal; FC: frecuencia cardiaca; TA: tensión arterial; HF: hipercolesterolemia familiar; DE: desviación estándar; ECV: enfermedad cardiovascular; ACV: accidente cerebro vascular.

 

Cribado universal: consiste en la determinación de los niveles de CT de forma rutinaria, a los niños en una edad concreta. Se ha demostrado que este método permite detectar el 90% de los niños con HF(9).

Cribado selectivo: consiste en la determinación de los niveles de CT en todos aquellos con historia familiar de ECV o con historia familiar de hipercolesterolemia en alguno de los progenitores. Este tipo de cribado ha sido recomendado por el Programa Nacional de Colesterol de EE.UU., la Asociación Americana del Corazón y la Academia Americana de Pediatría, detectándose solo el 30-60% de niños con HF(9).

Cribado en cascada directa: si conocemos la variante genética patológica causal de la HF del progenitor, se extiende el estudio genético a los familiares de primer grado, incluyendo a los niños. Este tipo de cribado genético tiene el 100% de sensibilidad y especificidad en el estudio de los familiares, recomendándose por ser la mejor técnica por su coste-efectividad(10).

Cribado en cascada inversa: a partir de la detección de hipercolesterolemia en el niño, se inicia el estudio de los progenitores. Si uno de estos presenta una puntuación ≥ 6 en los criterios clínicos del “Dutch Lipid Clinic Network”(12), se solicitará el estudio genético(11).

Cribado oportunista: la determinación de CT en cualquier estudio analítico(11).

 

Diagnóstico

No hay un criterio único respecto a la edad en la que se debe hacer el diagnóstico de hipercolesterolemia. En general, se recomienda entre los 2 y los 10 años. Su importancia radica en que cuanto antes se realice, más fácil será la adherencia a los hábitos de vida saludables.

La sospecha diagnóstica deberá establecerse en función de los niveles elevados de C-LDL y la historia familiar de hipercolesterolemia y/o de ECV(12).

• Si la concentración de CT es ≥ 200 mg/dL o C-LDL ≥130 mg/dL, se debe repetir el análisis tras 3 meses en condiciones estandarizadas (dieta normal, tras 12 horas de ayuno) con determinación de C-HDL, C-LDL, triglicéridos, y descartar las causas secundarias de hipercolesterolemia. Si existen antecedentes familiares de ECV, se recomienda la medición de: apoproteína B (ApoB), apoproteína A (ApoA) y lipoproteína A (Lpa). Niveles superiores a 30-50 mg/dL de Lpa son un buen factor predictor de ECV, y el índice ApoB/ApoA1 > 0,82 se ha considerado buen marcador para la detección de niños con HF(2,12) (V. algoritmo).

• Las causas más frecuentes de hipercolesterolemias secundarias son: hipotiroidismo, consumo de alcohol, ciertos medicamentos (contraceptivos, corticoides, beta bloqueantes, retinoides, antirretrovirales, anabolizantes, etc.). La hipercolesterolemia secundaria a la obesidad se caracteriza por hipertrigliceridemia y niveles disminuidos de C-HDL. Otras enfermedades que cursan con hipercolesterolemia suelen dar sintomatología evidente de la enfermedad primaria: diabetes, hepatopatías, síndrome nefrótico, enfermedades de depósito, etc.(3,13).

• Debemos recomendar un periodo de dieta de tres a seis meses. Si tras este periodo, en una nueva determinación, persisten los niveles de C-LDL ≥130 mg/dL, debemos sospechar una HF(5).

• Si los niveles de C-LDL son ≥190 mg/dL, obtenidos en dos determinaciones consecutivas con un intervalo de 2-3 meses, las probabilidades de hallar una mutación causal de HF son muy elevadas. Si presenta niveles de C-LDL ≥ 160 mg/dL tras un periodo de tratamiento dietético y/o existe una historia de ECV en familiares de primer grado (hombres <55 años, mujeres <60 años), indicaría una alta probabilidad de ser portador de una mutación causal de HF (v. algoritmo).

Es recomendable realizar el estudio genético ante la sospecha de hipercolesterolemia familiar. Se debe efectuar en un laboratorio acreditado y debe incluir la secuenciación completa para identificar mutaciones puntuales y deleciones/inserciones para los genes: RLDL, APOB y PCSK9 (13).

Se debe recordar que la ausencia de detección de una mutación no descarta el diagnóstico; debido a que, un 5-30% de los casos son debidos a causa genética no identificada.

Hipercolesterolemia familiar heterocigota (HFHe)

• El mecanismo de transmisión es autosómico dominante y, aproximadamente, la mitad de la descendencia de una persona afectada presentará la enfermedad. Se produce principalmente por mutaciones en el gen del receptor LDL (RLDL). Actualmente, se han descrito más de 1.700 mutaciones diferentes de este gen, situado en el cromosoma 19 (p13.2). En menor proporción, se han descrito defectos en el gen que codifica la Apo B y en el gen que codifica la proproteína convertasa subtilisina-kesina tipo 9 (PCSK9), representando entre el 5 y 1%, respectivamente(10).

• El diagnóstico clínico se basará en: concentraciones elevadas de C-LDL (entre 190-500 mg/dL), historia familiar de hipercolesterolemia, antecedentes de ECV y presencia de arco corneal y/o xantomas (Fig. 2).

Figura 2. A. Arco corneal juvenil, línea blanco-grisácea situada en los márgenes de la córnea, debido a depósito extracelular de partículas lipídicas, principalmente ésteres de colesterol, dentro del estroma corneal en la región del limbo esclero-corneal.

Figura 2. B.Xantomas: acúmulo de macrófagos espumosos en tejido conectivo dérmico y tendones, donde se producen masas tumorales.

• La prevalencia y el elevado riesgo de desarrollar ECV hacen de la HFHe un problema de salud pública y, aun así, la mayoría de los pacientes están sin diagnosticar ni tratar. El diagnóstico precoz permite adecuar medidas preventivas que reducirían el riesgo de ECV(1,3,10,13).

Hipercolesterolemia familiar homocigota (HFHo)

Es una enfermedad rara y potencialmente mortal que se caracteriza clínicamente por la presencia de: niveles plasmáticos de CT (superior a 500 mg/dL), xantomas antes de los 10 años y ECV prematura (Tabla II).

Es debida a un defecto de la capacidad de unión e internalización de las partículas de LDL, generalmente causado por mutaciones en los dos alelos del RLDL (>95%), y cada uno de sus progenitores presenta una HFHe. Recientemente, se han identificado mutaciones en alelos de otros tres genes secundarios: APOB (2-5%), PCSK9 (<1%) y LDLRAP1 (<1%, que codifica la proteína adaptadora 1 del receptor de LDL). Los pacientes son homocigotos, con la misma mutación en ambos alelos del mismo gen o, más a menudo, heterocigotos compuestos con mutaciones diferentes en cada alelo del mismo gen, o heterocigotos dobles con mutaciones en dos genes diferentes que afectan a la función del receptor de LDL(14). Independientemente del defecto genético, la gravedad del fenotipo de HFHo depende de la actividad residual del receptor de LDL (LDLR). Según los ensayos in vitro realizados con los fibroblastos cultivados, se han clasificado como pacientes con receptor negativo (actividad residual < 2%) o con receptor defectuoso (actividad residual 2-25%). Los pacientes con HFHo que son LDLR negativo tienen niveles más altos de C-LDL y un pronóstico clínico más desfavorable que los pacientes con LDLR defectuoso. Si no reciben tratamiento, la mayoría de estos pacientes desarrollan arteriosclerosis sintomática antes de los 20 años y generalmente fallecen antes de los 30 años(14).

 

Diagnóstico diferencial

Hipercolesterolemia poligénica: es la más frecuente de las hipercolesterolemias primarias y la de riesgo menos elevado. La prevalencia en población general es aproximadamente del 4%. Se caracteriza por niveles de C-LDL discretamente elevados, mayor de 130 mg/dL, con padres y hermanos con concentraciones similares (agregación familiar).

Su etiología es desconocida, se piensa que ocurre por alteraciones en diversos genes reguladores interaccionando con factores ambientales, especialmente la dieta, que darían lugar al aumento del colesterol total. Suele presentarse a partir de la segunda década de la vida(3).

Hipercolesterolemia familiar combinada: es genéticamente heterogénea, solo el 10-20% muestran niveles elevados en la infancia (usualmente, en forma de hipertrigliceridemia). La prevalencia es del 1-2% en la población general. Su diagnóstico requiere niveles de C-LDL y/o triglicéridos en percentil mayor de 95 (aproximadamente mayor de 130-140 mg/dL y mayor de 110 mg/dL, respectivamente). Las lipoproteínas de uno de los progenitores deben tener igual comportamiento (C-LDL y/o triglicéridos superiores a 160 y 200 mg/dL, respectivamente). Suele presentarse a partir de la segunda década de la vida y es frecuente la asociación con obesidad, hipertensión arterial y diabetes tipo 2(5).

Sitosterolemia: tiene un patrón de herencia autosómica recesiva, por lo que los progenitores pueden presentar niveles normales de colesterol. Presentan: concentraciones plasmáticas marcadamente elevadas (>30 veces) de fitoesteroles, niveles elevados de colesterol que responden bien a la dieta y a los secuestradores de ácidos biliares o ezetimiba, y xantomas tendinosos y/o tuberosos que pueden desaparecer después de las dos primeras décadas de vida. El diagnóstico se confirma mediante análisis genético, por mutación del transportador ABCG5/ABCG8 implicado en el transporte del colesterol no esterificado por las células epiteliales intestinales hacia el lumen del intestino(3).

Hipercolesterolemia autosómica recesiva: es debida al déficit del adaptador de la proteína ARH o a la incapacidad del mismo para interactuar con el receptor de LDL, por ello cursa con disminución del aclaramiento de LDL y aumento de C-LDL y CT. Su fenotipo es similar a la hipercolesterolemia familiar homocigota pero, en general, menos severo y con mayor respuesta a los fármacos hipolipemiantes. Cursa con xantomas grandes desde la infancia, niveles de CT mayor de 500 mg/dl, y aparición de ECV en menores de 30 años(3).

Disbetalipoproteinemia: tiene un patrón de herencia autosómico recesivo, y es secundaria a alteraciones en el gen APOE, localizado en el cromosoma 19 (19q 13.2), con predominio de la isoforma Apo E2. Su incidencia en la población general es de un caso por 10.000. Cursan con hipercolesterolemia e hipertrigliceridemia y, en algunos casos, con xantomas estriados palmares(3,5,12).

Tratamiento

Debe ser multidisciplinar y comprender: una dieta equilibrada, un ejercicio físico regular y un tratamiento farmacológico(12).

Dietético

El objetivo primordial del tratamiento dietético de la hipercolesterolemia será lograr que los niveles de C-LDL disminuyan, consiguiendo un descenso de un 10 a un 15%, aunque existen grandes variaciones individuales y dependiendo del tipo de mutación.

La ingesta calórica debe ser adecuada para favorecer el crecimiento y desarrollo de los niños y adolescentes, recomendándose:

• Hidratos de carbono: 50-60%; proteínas: 15%; y grasas: 25-30%; de las calorías totales.

• Ácidos grasos saturados <8-10% de las calorías totales.

• Ácidos grasos monoinsaturados + ácidos grasos poliinsaturados ≤ 20% del total de calorías.

• Colesterol máximo diario de 300 mg, aunque quizás sería más aconsejable la recomendación de 100 mg/1.000 calorías.

• Restricción de ácidos grasos con isómeros trans (<1% de calorías).

• Fibra dietética soluble de 5 a 15 g al día. Se ha demostrado que el uso de alimentos ricos en fibra soluble, como el salvado de avena, reducen los niveles de TG y C-LDL. Es recomendable el aumento de consumo de fibra de forma progresiva, para evitar posibles molestias intestinales(12).

• Uso de esteroles y estanoles vegetales 1,5-2 g/día en niños mayores de 6 años con HFHe. Se ha visto que podrían reducir los niveles de C-LDL entre un 8-10%, aunque son necesarios ensayos clínicos que investiguen su efecto en la reducción de eventos cardiovasculares(12).

• Micronutrientes: vigilar especialmente el aporte de vitaminas liposolubles (especialmente vitamina D) y minerales (hierro, zinc y calcio)(13).

Actividad física

Los niños y adolescentes deben dedicar un número establecido de horas al día al ejercicio físico en los colegios, y se debe promover su participación en actividades deportivas. Se debe preguntar sobre sus intereses y los medios disponibles a su alcance, para poder realizar un plan personalizado. De la misma manera, se deben potenciar las actividades deportivas en familia(3).

Farmacológico (Tabla III)

Estatinas

Deben ser incluidas entre los potenciales fármacos de primera línea, por la experiencia adquirida en los últimos años y por su capacidad de disminuir los niveles de C-LDL en torno a 18-45%, y sin afectación del crecimiento ni del desarrollo puberal(15).

Los objetivos del tratamiento recomendados en la HFHe son: en niños ≥10 años, llegar a niveles de C-LDL <130 mg/dl, y en niños entre 8 y 10 años una reducción del 30-50% respecto a los niveles previos de C-LDL.

Edad de inicio

Diferentes guías recomiendan iniciar tratamiento en la HFHe, entre los 8 y 10 años tras 3-6 meses de dieta y ejercicio físico(15).

Se recomienda iniciar tratamiento si los niveles de:

• C-LDL ≥ 190 mg/dl.

• C-LDL ≥ 160 mg/dl con historia de ECV prematura en familiares de primer grado y/o si existen otros factores de riesgo cardiovascular (tabaco, C-HDL bajo, lipoproteína A elevada, hipercolesterolemia familiar) o presencia de enfermedades con elevado riesgo cardiovascular (diabetes, síndrome metabólico, obesidad, hipertensión arterial, enfermedades inflamatorias crónicas, VIH, insuficiencia renal crónica, trasplante de órganos).

En la actualidad, están aprobados, por la FDA y la Agencia Europea del Medicamento (EMA):

• Rosuvastatina y Pitavastina, a partir de los 6 años.

• Pravastatina, a partir de los 8 años.

• Atorvastatina, Lovastatina, Simvastatina y Fluvastatina, en mayores de 10 años.

Dosificación

• Empezar con la dosis más baja una vez al día, generalmente al acostarse. Medir niveles basales de CPK, ALT y AST(12).

• Tras 4 semanas de tratamiento, determinar: perfil de lipoproteínas en ayunas, CPK, ALT y AST. Repetir el control analítico a las 8 semanas y a los 3 meses. Posteriormente, cada 3-6 meses en función de los resultados.

• Si hay anomalías de laboratorio (elevación de transaminasas tres veces superior al límite de la normalidad) o aparecen síntomas, suspender temporalmente el fármaco y repetir analítica en 2 semanas. Cuando los valores retornen a la normalidad, el fármaco puede reiniciarse con monitorización estrecha(12).

• Para evitar elevaciones de CPK secundarias a ejercicio físico intenso, se deberá evitar realizar ejercicio físico intenso tres días antes de la extracción sanguínea.

Seguimiento

• Valorar el ritmo de crecimiento y el desarrollo puberal (peso, talla, índice de masa corporal, estadio de Tanner).

• Monitorizar el perfil de lipoproteínas en ayunas, CPK, ALT y AST cada 3-6 meses.

• Insistir al paciente sobre medidas dietéticas e informar sobre otros factores de riesgo, tales como: sobrepeso, sedentarismo y tabaquismo, entre otros.

Eficacia y seguridad

• Se han publicado revisiones sobre su utilización en la infancia, concluyendo que, a la vez de seguras son muy eficaces. Un estudio de seguimiento en 214 niños con HF tratados con Pravastatina durante 20 años, ha demostrado su seguridad a largo plazo y la reducción del engrosamiento de la íntima-media de la carótida(15,16).

• En cuanto a los efectos adversos, no se han publicado casos de miositis, miopatía o rabdomiólisis. Se han encontrado algunos casos de elevaciones asintomáticas de la CPK y enzimas hepáticas, que han revertido con un descenso de las dosis de la medicación sin necesidad de suspender el tratamiento. Tampoco se han encontrado alteraciones del ritmo de crecimiento, desarrollo puberal ni del metabolismo de las vitaminas.

• Las estatinas están contraindicadas en el embarazo, por lo que debe advertirse a las adolescentes y remitirlas, en caso necesario, a consejo ginecológico.

Si el niño presenta insuficiencia renal, estaría indicada la atorvastatina, ya que su eliminación renal es mínima(12,15,16).

Ezetimiba

Actúa inhibiendo selectivamente la absorción intestinal de colesterol (tanto dietético como de origen biliar) en el borde en cepillo de los enterocitos.

Es un fármaco de segunda línea y se puede administrar de forma combinada con una estatina. Los principales efectos adversos son: gastrointestinales (diarrea y dolor abdominal) y cefalea. Reducen los niveles de C-LDL un 20%.

Su uso está autorizado por la FDA y la EMA, a partir de los 10 años de edad. No existen datos de seguridad a largo plazo en población pediátrica(17).

Resinas de intercambio iónico

Actúan inhibiendo la absorción de ácidos biliares a nivel intestinal. No se absorben y son seguras a largo plazo. Sin embargo, por su baja palatabilidad y por sus efectos adversos a nivel gastrointestinal como flatulencia y estreñimiento, han caído en desuso. Reducen los niveles de C-LDL de un 16% a un 19%(12).

Indicado en niños mayores de 6 años con hipercolesterolemia grave en los que aún no se consideren indicadas las estatinas. La dosis media recomendada es de 0,25-0,35 g/kg/día, con una dosis máxima de 10 g/día para el colestipol y de 8 g para la colestiramina. Se debe iniciar el tratamiento con dosis bajas, e incrementar progresivamente.

En tratamientos prolongados, se puede alterar la absorción de vitaminas liposolubles y de ácido fólico, por lo que puede ser necesaria su monitorización. El Colesevelam es la resina comercializada más recientemente, y ha sido autorizado por la FDA y no por la EMA. Puede administrase en monoterapia o en combinación con estatinas en niños mayores de 10 años(18).

Nuevas moléculas hipolipemiantes

Inhibidores PCSK9

La PCSK9 es una proteína enzimática de la familia de la subtilisina de serinas-proteasas, que se sintetiza primariamente en el hígado, aunque también se encuentra en el intestino y riñón. Son un nuevo grupo de fármacos, con gran eficacia y seguridad.

La inhibición de PCSK9 reduce el número de receptores que van a ser degradados, aumentando así su densidad en la superficie celular, con la subsiguiente reducción del colesterol plasmático. En España, han sido aprobados evolocumab y alirocumab en HFHe en población adulta, en la que con una dosis máxima tolerada de hipolipemiantes no se consigue alcanzar los objetivos terapéuticos.

Niños con HFHo también han sido incluidos en los ensayos clínicos con evolocumab, pero no se ha establecido la seguridad en menores de 12 años. Se han observado reducciones del C-LDL en niños portadores de receptores LDL defectuosos; sin embargo, no se observó ningún efecto en los portadores de receptores nulos. Esto ayudaría a disminuir las sesiones de LDL-aféresis(13,19).

Lomitapida

Esta molécula de administración oral, inhibe la proteína de transferencia microsomal de triglicéridos, una enzima clave en el acoplamiento y la secreción de lipoproteínas que contienen ApoB, tanto en el hígado (VLDL con ApoB 100) como en el intestino (quilomicrones con ApoB 48). Por tanto, la inhibición de esta enzima disminuye la síntesis y secreción de la VLDL y de los quilomicrones, y así es capaz de reducir los niveles plasmáticos de CT, TG, C-LDL y C-VLDL(3).

Ha sido aprobada por la FDA y la EMA para el tratamiento de la HFHo. Se ha demostrado en un estudio, que puede reducir hasta en un 50% adicional la concentración de C-LDL. Los efectos secundarios son muy frecuentes y fundamentalmente son de tipo gastrointestinal. Asimismo, se han descrito elevaciones de las transaminasas y desarrollo de esteatosis hepática; ello exigirá su monitorización a lo largo del tratamiento(13).

Mipomersen

Es un oligonucleótido antisentido que inhibe la transcripción del ARNm de la ApoB. La reducción de la síntesis de la ApoB da lugar a una disminución de las VLDL a nivel intrahepático y, consecuentemente, del C-LDL. Recientemente, se ha publicado un estudio a largo plazo, donde el tratamiento con este fármaco se asocia a una reducción de eventos CV en pacientes con HF(13).

No ha sido aprobado por la EMA, debido a la presencia de numerosos efectos adversos, fundamentalmente reacciones locales en el lugar de la inyección y elevación de las transaminasas(12,13).

Tratamiento de la HFHo

• Se basa en una combinación de cambios del estilo de vida, estatinas con ezetimiba y aféresis de LDL.

• La terapia hipolipemiante con fármacos debe iniciarse a partir de los 2 años.

• La aféresis de LDL se debe realizar en todos los pacientes y debe iniciarse preferentemente a los 5 años y no más tarde de los 8 años.

• Lomitapida debería considerarse como tratamiento complementario, para reducir adicionalmente los niveles plasmáticos de C-LDL en pacientes con HFHo, con o sin aféresis.

• Los métodos hormonales anticonceptivos están contraindicados en la HFHo. Las mujeres que deseen quedarse embarazadas deberán recibir asesoramiento y someterse a una evaluación cardiovascular. Las mujeres embarazadas deberán tratarse con aféresis de LDL.

• El apoyo psicológico debería integrarse dentro de la atención médica habitual.

• Los grupos de apoyo al paciente y a la familia tienen un papel relevante.

• Puede considerarse la cirugía para extirpar xantomas cutáneos y/o tendinosos grandes por motivos funcionales o estéticos(14).

LDL aféresis

Es una estrategia costo-efectiva y segura. Se recomienda iniciarla antes de los 5 años y nunca después de los 8 años. La reducción de C-LDL y lipoproteína A conseguida se encuentra entre un 50 y un 75% de los niveles basales, cuando se utiliza de forma semanal o cada dos semanas.

El tratamiento con estatinas se debe mantener para retrasar el efecto rebote en el aumento de los niveles de C-LDL. Es un procedimiento bien tolerado, con efectos adversos en menos del 5%, que incluyen: hipotensión, dolor abdominal, náuseas, hipocalcemia, anemia ferropénica y aquellos relacionados con el acceso venoso(3,14,20).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

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Documento de Consenso de la Sociedad Española de Arterioesclerosis sobre Hipercolesterolemia. Es una excelente guía para conocer de manera global las bases fisiopatológicas de la enfermedad, su detección precoz, así como el diagnóstico y tratamiento.

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Documento de la Sociedad Europea de Cardiología. Realiza de forma sistemática una revisión resumida de la hipercolesterolemia familiar. A destacar los puntos claves relacionados con el cribado y el tratamiento. Es un artículo muy interesante para que el pediatra pueda tener un conocimiento global de la enfermedad.

– Mach F, Baigent C, Catapano AL, Koskina KC, Casula M, Badimon L, et al. 2019 ESC/EAS guidelines for the management of dyslipidaemias: Lipid modification to reduce cardiovascular risk. Atherosclerosis. 2019; 290: 140-205.

Guía de la Sociedad Europea de Cardiología sobre el enfoque de las dislipemias. Tiene especial interés el apartado de las modificaciones en el estilo de vida y el específico para la edad pediátrica.

– Plana N, Rodríguez-Borjabad C, Ibarretxe D, Masana L. Hipercolesterolemia familiar en la infancia y la adolescencia: una realidad oculta. Clin Investig Arterioscler. 2107; 29: 129-40.

Revisión sobre la hipercolesterolemia familiar en la infancia. Es un artículo muy bien estructurado, que permite al lector adquirir, de manera rápida, los conocimientos actuales sobre el diagnóstico y tratamiento.

– Ascaso JF, Mata P, Arbona C, Civeira F, Valdivielso P, Masana L. Hipercolesterolemia familiar homocigota: Adaptación a España del documento de posición del grupo de consenso sobre hipercolesterolemia familiar de la Sociedad Europea de Arteriosclerosis. Documento de Consenso de la Sociedad Española de Arteriosclerosis (SEA) y la Fundación Hipercolesterolemia Famil. Clin Investig Arterioscler. 2015; 27: 80-96.

Documento Consenso de la Sociedad Española de Arterioesclerosis sobre la hipercolesterolemia familiar homocigota, enfermedad rara y potencialmente mortal. El artículo recomienda el tratamiento con una combinación de cambios del estilo de vida, terapia hipolipemiante con fármacos y aféresis de LDL.

Caso clínico

 

Niña de 12 años que acude a la revisión del niño sano.

Antecedentes personales: sin enfermedades previas y vacunas según calendario.

Antecedentes familiares: madre de 35 años, sana, G1A0V1. Padre de 43 años, hipercolesterolemia en tratamiento con estatinas desde hace 16 años (atorvastatina 40 mg/día). Abuelos maternos sanos. Abuela paterna hipertensión arterial. Abuelo paterno fallecido de infarto agudo de miocardio a los 53 años y antecedente de hipercolesterolemia. Tío paterno con hipercolesterolemia en tratamiento, con estatinas desde hace 20 años.

Examen físico: peso: 47 kg (p79, 0,84 DE). Talla: 150 cm (p59, 0,24 DE). IMC: 20,89% (p67, 0,45 DE). Superficie corporal: 1,4 m2. Tensión arterial: sistólica: 100 mmHg (p28 -0,6 DE); diastólica: 54 mmHg (p21, -0,81 DE). Sin xantomas, resto de exploración normal, Tanner III.

Dados los antecedentes familiares en rama paterna, se realiza analítica donde se objetiva: colesterol total: 296 mg/dL (100-200); C-HDL: 54,3 mg/dL (35-65); C-LDL: 234,3 mg/dL (60-130); C-VLDL: 7,4 mg/dL (6,5-27); triglicéridos: 37 mg/dL (35-135). Hormonas tiroideas: TSH: 4,5 μU/l (0,64-6,2); T4L: 1,5 ng/dl (0,89-1,76).

Es remitida por su pediatra a consulta de Endocrinología donde, evolutivamente se solicita el estudio genético donde se demuestra una variante en un alelo del gen del receptor de LDL, RLDL, (c.1879G>A). Se inicia tratamiento con pravastatina 10 mg al día antes de acostarse, junto con medidas higiénico-dietéticas (dieta y ejercicio físico regular).

 

 

 

Fallo de medro: aproximación diagnóstica y enfoque terapéutico

M. Rodríguez Salas
Temas de FC


M. Rodríguez Salas

Unidad de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. UGC Pediatría, Críticos y Urgencias. Hospital Universitario Reina Sofía

Resumen

El fallo de medro (FM) es una situación a la que se enfrentan los pediatras de Atención Primaria, son los primeros profesionales en su detección y pueden distinguir aquellos casos en los que subyace una enfermedad orgánica para su orientación y tratamiento, así como implementar un asesoramiento nutricional inicial desde el diagnóstico de dicha situación. No existe, en la actualidad, una definición consensuada de FM, pero en la práctica clínica, se determina por una serie de criterios antropométricos evaluados en un intervalo de tiempo, para describir la tendencia del crecimiento de ese individuo. Una vez reconocida la situación, se debe investigar sobre su etiología que, en muchas ocasiones, es suficiente con la realización de una buena historia clínica y exploración física. Los pilares del tratamiento se basan en un asesoramiento nutricional, psicosocial y corrección de errores en la dinámica de alimentación en el núcleo familiar.

 

Abstract

Primary care pediatricians are faced with cases of failure to thrive (FTT), often being the first professionals to detect it. They can establish the diagnosis and treatment, as well as implement the initial nutritional advice for cases caused by an underlying organic disease. Although there is still no consensus definition of FTT, in the clinical practice it is determined by a series of anthropometric criteria evaluated over a period of time in order to describe the growth trend of an individual. Upon recognition of FTT, the etiology must be investigated, where a thorough medical history and physical examination are often sufficient. The pillars of treatment are based on nutritional, psychosocial advice and correction of errors in the feeding dynamics within the family nucleus.

 

Palabras clave: Fallo de medro; Curvas de crecimiento; Nutrición; Nutrición enteral.

Key words: Failure to thrive; Growth curves; Nutrition; Enteral nutrition.

 

Pediatr Integral 2020; XXIV (3): 132 – 138

Fallo de medro: aproximación diagnóstica y enfoque terapéutico

Introducción

El fallo de medro (FM) es una entidad frecuente en el ámbito pediátrico que acontece entre 1-5% de los menores de 3 años, en la que influyen: factores orgánicos, conductuales y psicosociales. Es fundamental su conocimiento para su prevención y tratamiento precoz.

En el contexto pediátrico, encontramos sinónimos como: retraso ponderoestatural, retraso de crecimiento o, de una forma más globalizada, fallo de medro (FM), para referirnos a un problema relativamente frecuente, tanto en Atención Primaria como en el ámbito hospitalario.

Los datos epidemiológicos de que disponemos son muy variables por diferentes motivos, como: disparidad en la definición de FM, diferencias étnicas y socioculturales de las poblaciones sometidas a estudio, así como los objetivos examinados en las diferentes investigaciones. A pesar de ello, de una manera global, aproximadamente presentan FM entorno al 2%, ascendiendo dicho porcentaje en pacientes hospitalizados con afecciones quirúrgicas o médicas(1).

Definición

La definición de FM no está consensuada. Habitualmente, se emplean criterios antropométricos que deben ser repetidos en el tiempo, para ver la tendencia de la curva de crecimiento del individuo, permitiendo la identificación de un cuadro de FM.

Es de primordial importancia para el enfoque diagnóstico y terapéutico, clasificar a los individuos que presenten FM con una definición clara y consensuada, que en la actualidad no existe(2,3).

De forma práctica, se define el FM como una de las siguientes situaciones acontecidas en niños menores de 2 años que se repiten a lo largo de un intervalo de tiempo estimado de 2-3 meses (no existe acuerdo en la duración), ya que un único registro es insuficiente para identificar dicha situación:

• Peso por debajo del percentil 3 en varias mediciones en gráfica de curva de crecimiento ajustada, según edad y sexo.

• Peso inferior al 80% del peso ideal para la edad.

• Desaceleración en la ganancia ponderal que cae 2 o más líneas de percentiles.

• Una tasa de ganancia de peso diario inferior a lo esperado para la edad.

Para matizar de una manera óptima las situaciones descritas anteriormente que incluye el término FM, debemos realizar varias puntualizaciones útiles a la hora de la detección temprana o, por el contrario, para evitar poner etiquetas erróneas a nuestros pacientes(4,5):

La valoración antropométrica debe realizarse por personal con experiencia, ya que en numerosas ocasiones, un resultado inesperado se debe a medición incorrecta o traslado erróneo a la curva de crecimiento. De esta forma, la obtención del peso debe realizarse con el paciente desnudo en báscula pesabebés y la longitud en decúbito sin calzado. No debemos olvidar el perímetro cefálico con una cinta no extensible hasta los 3 años de edad.

¿Todos los niños que cumplen estos criterios antropométricos presentan un FM? En algunos casos indagando en la aproximación diagnóstica se encuentran casos con una clara etiología que se desmarcan del FM como por ejemplo prematuridad o retraso del crecimiento intrauterino así como el catch down en niños que nacen con pesos superiores a su potencial genético y normalizan su curvan antes de los 2 años de edad.

¿El crecimiento en esta etapa es lineal? Dicha afirmación es equívoca, ya que en los niños el crecimiento es escalonado, detectando períodos de falta de crecimiento en niños sanos. Por lo tanto, debemos de apartar de nuestros conceptos que los niños siguen un canal de crecimiento determinado biológicamente y cualquier alteración supone un problema subyacente a priori.

Conviene destacar que en muchas ocasiones de una forma errónea se emplea el término FM como un diagnóstico en nuestra práctica clínica y hemos de puntualizar que lo que destaca es un signo de desnutrición que engloba muchos procesos médicos, psicosociales y ambientales que conducen a un crecimiento insuficiente y en muchos de los casos conviven varios factores etiopatogénicos.

Así, el FM puede tener consecuencias importantes para el menor en cuanto a alteraciones en el desarrollo psicomotor, secuelas sociales, así como talla baja permanente e inmunodeficiencias secundarias(3,4). Por todo ello, es fundamental reconocer esta situación en el paciente pediátrico de forma precoz, para abordarla e investigar su etiología y plantear el tratamiento multidisciplinar que requiera.

Factores etiopatogénicos y fisiopatología

El FM es un síndrome, un problema clínico, etc., cuya etiología puede tener un origen diverso, aunque lo más común es que convivan diversos factores etiológicos que den como resultado dicha situación.

Clásicamente, el FM como de origen orgánico o no orgánico. Dicha clasificación tan estanca puede haberse quedado algo obsoleta ya que en la mayoría de las causas de FM conviven ambas etiologías y, por lo tanto, no son excluyentes. Tan sólo el 5% del global de los FM descritos en la literatura pertenecen a procesos orgánicos y de ahí es lo verdaderamente importante reconocer dichos procesos orgánicos, que comprenden a parte del FM en sí mismo; otros síntomas o signos característicos de la enfermedad latente se encuentran resumidos en la tabla I(3).

En cuanto a la etiología no orgánica, se especifican numerosos factores psicosociales de riesgo como: síndrome de deprivación materna, psicopatología en el entorno familiar, creencias culturales o religiosas, limitación al acceso de alimentos en casos de exclusión social y pobreza, técnicas erróneas de alimentación o bien trastornos de la conducta alimentaria(6,7). Todos estos datos se especifican junto a las variantes de la normalidad que se denominan falso FM en la tabla II.

Existen 3 mecanismos fisiopatológicos descritos para este proceso, que los podemos resumir en los siguientes puntos(4):

1. Ingesta calórica insuficiente: que sería uno de los principales motivos de FM en el 80% de los pacientes afectos. Puede deberse, bien a unos aportes reducidos, siendo ejemplo de ello, las enfermedades que cursan con anorexia, limitación en el acceso de la alimentación, como se han reseñado en los casos de maltrato infantil, o bien en la dificultad en la ingesta, en la que se incluyen enfermedades neurológicas o individuos con disfagia orofaríngea o esofágica, por diversas causas.

2. Malabsorción de los nutrientes: generalmente, se observan en enfermedades crónicas de tipo digestivo, como: fibrosis quística, enfermedad celíaca, enfermedad inflamatoria intestinal y metabolopatías.

3. Requerimientos nutricionales aumentados: situación muy común en enfermedades de tipo oncológico y cardiorrespiratorias.

Aproximación diagnóstica ante un niño con fallo de medro

Una vez reconocido el FM, se debe realizar una evaluación inicial con una historia clínica en la que se recojan encuesta dietética y observación de la ingesta, entre otros datos, para dilucidar si es necesario realizar pruebas complementarias más exhaustivas.

En una evaluación inicial, el objetivo es identificar factores causales específicos, para plantear pruebas complementarias de segundo nivel, si son necesarias, o simplemente reconocer una variante de la normalidad del crecimiento.

Comenzaremos con la realización de una historia clínica en la que se revisen los siguientes puntos:

Antecedentes perinatales: edad gestacional, peso al nacimiento y patología perinatal.

Antecedentes personales: enfermedades crónicas o frecuencia de los procesos infecciosos.

Antecedentes familiares: enfermedades destacables, datos antropométricos de peso y talla en progenitores y hermanos, así como alteraciones en la pubertad o retraso del desarrollo.

Encuesta dietética: introducción de la alimentación complementaria, técnica alimentaria, preferencias o aversiones a ciertos alimentos, y valoración cuantitativa mediante un recuerdo de la ingesta de 24 horas o 3 días.

Posibles síntomas investigados por sistemas: síntomas digestivos, tales como: vómitos, reflujo gastroesofágico y características de las deposiciones entre otros, como sintomatología respiratoria o infecciosa.

Aspectos psicosociales y dinámica familiar en el momento de la comida. En la actualidad, para ver distintos aspectos en esta área, se puede solicitar vídeo de una de las tomas de la alimentación para evaluar muchos de estos matices(8).

En cuanto a la exploración física, se debe realizar una general, buscando signos de desnutrición u otros característicos de enfermedades crónicas. En este caso, nos centraremos con mayor detalle en la valoración antropométrica, ya que es la que nos va a proporcionar los datos objetivos para clasificar a nuestro paciente dentro de un fallo de medro(1,3,5). Dicha evaluación queda especificada en la tabla III.

En el caso de precisar una evaluación avanzada con pruebas complementarias(9), que es apropiado tan solo en un porcentaje pequeño de pacientes, estas se detallan en la tabla IV y en el algoritmo diagnóstico-terapéutico que se puede visualizar al final del artículo.

Los signos de alarma que pueden encaminar a hacer un estudio más exhaustivo son los clásicos de malnutrición como pérdida de turgencia piel, escaso panículo adiposo, lanugo, queilitis, alopecia así como xerolftalmia, gingivitis, craneotabes, rosario costal, caries, bocio o palidez conjuntival. También se puede objetivar como signo de alarma rasgos dismórficos sugestivo de trastorno genético o incluso signos de malos tratos.

Abordaje terapéutico del fallo de medro infantil

El tratamiento del FM debe ser multidisciplinario y su abordaje va a depender de la causa que lo ocasione, pero siempre es necesario un asesoramiento nutricional y psicosocial, como pilar básico para poder revertirlo.

Objetivos y consideraciones generales

El objetivo principal del tratamiento de FM es la mejora del estado nutricional del paciente y, por lo tanto, debe iniciarse ya en la primera consulta (incluso sin haberse establecido el diagnóstico), organizando un abordaje multidisciplinar que, en la mayoría de los casos, es necesario y en los que se implican diversos profesionales como: pediatra, enfermería, nutricionista, psiquiatra o psicólogo y trabajador social(10).

Como ya hemos descrito en el apartado de etiología del FM, en aquellos casos en los que se identifique una causa orgánica, de forma paralela, el tratamiento irá dirigido al tratamiento del trastorno subyacente. Sin embargo, a pesar de la corrección del agente causal, es fundamental el tratamiento nutricional. Así, los pilares básicos del tratamiento son los siguientes: asesoramiento nutricional, modificación del comportamiento y asistencia psicosocial(4,9,10).

Asesoramiento nutricional

Como se ha descrito anteriormente, este asesoramiento debe iniciarse desde la primera consulta, por lo que puede ser manejado desde Atención Primaria de forma ambulatoria. A continuación, describiremos los puntos importantes a tener en cuenta para iniciar el tratamiento nutricional en estos pacientes(11):

Seguimiento cercano del estado nutricional y velocidad de crecimiento: la frecuencia en la obtención de los datos antropométricos va a variar según la edad del individuo; por ejemplo, en el caso de un lactante hasta los 6 meses, a corto plazo, podemos pesarlo cada 2 semanas y medir su longitud cada 4 semanas para ver el progreso y, a largo plazo, cada 2 meses. Si la evolución lo recomienda, a medida que la edad del niño es mayor y debemos asesorar en este punto a las familias, para evitar generar ansiedad con mediciones muy cercanas(4,5,9,10).

Valoración de la funcionalidad del aparato digestivo: este punto es clave para decidir la vía de administración de los nutrientes. En aquellos procesos en los que sea funcionante, siempre se optará por la vía enteral, ya sea por vía oral o con dispositivos de administración de nutrición enteral (sonda nasogástrica, sonda transpilórica o gastrostomía). En caso en el que el aparato digestivo no sea funcionante, se empleará la nutrición parenteral(11).

Cálculo de las necesidades nutricionales: en esta fase, debemos realizar un cálculo de los requerimientos nutricionales, incluyendo las necesidades calóricas y proteicas para conseguir la recuperación. Lógicamente, esta estimación siempre va a ser superior a las que necesite un individuo sano de la misma edad.

De forma práctica, una fórmula sencilla que se emplea para calcular la energía de recuperación es la siguiente:

Kcal/ kg = 120 x Peso ideal para
la talla (kg) / peso real (kg)

Ejemplo práctico: varón de 12 meses con peso de 7 kg (p<1 DE -3,01) y longitud 76 cm (p50). El peso ideal para la talla serían 10 kg. Su cálculo sería el siguiente: Kcal/kg = 120 x 10/7 = 171,4 kcal/kg/día.

Ante estos cálculos de la cantidad de calorías para conseguir la energía de recuperación del paciente con FM, el volumen de alimento a ofrecer en general es muy grande, problema difícil de resolver; ya que, en la mayoría de los casos, supone un rechazo o incapacidad para la ingesta en este tipo de pacientes(12). De esta forma, una vez realizado el cálculo, el paso siguiente a matizar es la forma de administrar dichas calorías a nuestro paciente que se detalla a continuación.

Pautas de alimentación tras cálculo de requerimientos nutricionales:

Medidas de primer nivel: enriquecimiento de las comidas con ingredientes naturales: uso de salsas tipo mahonesas, bechamel, yogur o bien a los alimentos en forma de puré, añadir: maicena, huevo, leche en polvo o bien adicción de pan tostado, frutos secos en dichos platos, que aumentan las calorías, mejora la palatabilidad y la textura. Aumentar la frecuencia de rebozados en el caso de carne y/o pescado; en el caso de los postres, emplear: nata, chocolate o leche condensada o el uso de mantequilla en bocadillos o aceite. Todas estas preparaciones deben ofrecerse con recetas atractivas para que resulten apetecibles y vehiculizar alimentos que pueden ser de menor preferencia. Otra de las medidas de primer nivel básicas, sería ofrecer poca cantidad del alimento en muchas ocasiones al día, para que la ingesta llegase más al nivel deseado.

Medidas de segundo nivel: en el caso de los lactantes, la práctica de concentrar la fórmula habitual ha caído en desuso por las consecuencias conocidas: aumento de la carga osmolar y errores en la preparación. Es muy habitual en estos pacientes, adición de módulos nutricionales en forma de hidratos de carbono como las maltodextrinas, conociendo que en dosis de 5 g/100 ml aportamos 20 Kcal/100 ml extras y es lo que generalmente se suplementa en menores de 6 meses. Existen módulos lipídicos en forma de triglicéridos de cadena media (aceite MCT), que en lactantes pequeños no debería sobrepasarse 2 g/100 ml, lo que supone 17-18 Kcal/100 ml extras; lactantes mayores podrían tolerar mayores cantidades hasta 5-6 g/100 ml como máximo.

Medidas de tercer nivel: en la actualidad, son las que se usan de forma más frecuente para evitar errores con los módulos nutricionales, estas son las denominadas fórmulas de nutrición enteral pediátricas que, en la práctica real, se emplean en FM asociado a enfermedades orgánicas patentes, ya que bajo estas indicaciones son susceptibles de financiación por parte del sistema nacional de salud. Estas fórmulas generalmente son dietas completas que aportan los 3 macronutrientes y micronutrientes para cubrir las necesidades del paciente con un volumen determinado. La elección de la fórmula debe individualizarse con lo comentado anteriormente (requerimientos y funcionalidad del aparato digestivo) y la edad del paciente que es lo más determinante. En la actualidad, existen en el mercado: fórmulas para lactantes (prematuros o a término), fórmulas de nutrición enteral pediátrica para niños entre 1 y 10 años, fórmulas para niños mayores de 10 años y adultos. Se ha de reseñar también, que existen fórmulas específicas de enfermedad, siendo ejemplos comunes las fórmulas para: insuficiencia renal crónica, hepatopatía crónica, enfermedades metabólicas o para diabetes(13,14).

Tratamiento farmacológico: hay que prestar atención a las deficiencias de vitaminas y oligoelementos, en especial: ferropenia, vitamina D, A y C, que deben ser tratadas. Los estimulantes del apetito, no disponen de estudios que avalen su eficacia y presentan efectos adversos no desdeñables(4).

Modificación del comportamiento y asesoramiento psicosocial

En este apartado, como profesionales, es importante proporcionar a las familias información veraz sobre las etapas de crecimiento infantil y desmitificar algunos errores heredados de la alimentación infantil dando consejos prácticos y útiles sobre alimentación sana en estas primeras etapas de la vida, siendo un pilar básico en el abordaje de los niños con FM, se recogen estos conceptos en la
tabla V
(6-8).

En general, deberíamos suministrar información para alertar a los padres de las posibles dificultades de la alimentación de cada etapa, siendo las recomendaciones encaminadas a: no forzar al niño en las comidas, no premiar ni castigar con comida, intentar no crear un ambiente de hostilidad a la hora de la comida dando refuerzos positivos o una actitud de indiferencia ante el síntoma de rechazo o no acostumbrar a trucos, juegos o estímulos externos a la hora de la alimentación. Con todo ello, nos anticipamos a los posibles problemas y recomendamos unas pautas si el cuadro ya está establecido.

Función del pediatra de Atención Primaria

Es importante lograr una detección temprana de los cuadros de FM desde la Atención Primaria, orientar aquellos pacientes subsidiarios de pruebas complementarias exhaustivas y realizar una prevención primaria y secundaria, promocionando actitudes saludables en el comportamiento alimenticio.

El papel del pediatra de Atención Primaria es clave a la hora de reconocer de forma precoz aquellos cuadros que cursen con FM, así como su seguimiento cercano y realizar un trabajo de prevención a la hora de la corrección de alteraciones del comportamiento, tanto del menor como de los padres en la alimentación, proporcionando una información veraz sobre los cambios fisiológicos normales del crecimiento del niño y de su apetito, transmitiendo conductas óptimas(4).

Por otro lado, son los pediatras de Atención Primaria en este seguimiento, los que van a discernir aquellos individuos que presentan signos de alarma de un trastorno orgánico subyacente, para poner en marcha la realización de pruebas complementarias dirigidas y remitir a la atención especializada si precisa(14). En estos pacientes que van a ser derivados a la atención hospitalaria, el feedback con su pediatra de Atención Primaria debe ser cercano, implicando a ambos en el seguimiento de dicho paciente.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1. Olsen EM, Petersen J, Skovgaard AM. Failure to thrive: the prevalence and concurrence of anthropometric criteria in a general infant population. Arch Dis. 2007; 92: 109-14.

2.** Cole SZ, Lanham JS. Failure to thrive: an update. Am Fam Physycian. 2011; 83: 829-34.

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4.*** Bueno Pardo S. Fallo de medro. Pediatr Integral. 2015; XIX(5): 308-12.

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7. Black MM, Tilton N, Bento S, Cureton P, Feigelman S. Recovery in young children with weight faltering: child and household risk factors. J Pediatr. 2016; 170: 301-6.

8. Ramsay M, Gisel EG, McCusker J, Bellavance F, Platt R. Infant sucking ability, non-organic failure to thrive, maternal characteristics, and feeding practices: a prospective cohort study. Dev Med Child Neurol. 2002; 44: 405-14.

9. Larson-Nath CM, Goday P. Failure to thrive: a prospective study in a pediatric gastroenterology clinic. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2016; 62: 907-13.

10.*** Goday PS, Huh SY, Silverman A, Lukens CT, Dodrill P, Cohen SS, et al. Pediatric feeding disorder: consensus definition and conceptual framework. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2019; 68: 124-9.

11. Lama Moré RA, Moráis López AB. Soporte nutricional en la infancia. Nutrición enteral. An Pediatr Contin. 2011; 9: 224-31.

12.** Moráis López A, Rivero de la Rosa MC, Galera Martín R, Ros Arnal I, Herrero Álvarez M, Rodríguez Martínez G. Grupo GETINI. Cálculo de los requerimientos energéticos proteicos para el soporte nutricional en la práctica clínica Acta Pediatr Esp. 2011: 69: 211-6.

13.*** Pedrón Giner C, Moreno Villares JM, Dalmau Serra J. Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Fórmulas de nutrición enteral en Pediatría. An Form Cont. 2011; 9: 209-23.

14. Larson-Nath C, St Clair N, Goday P. Hospitalization for failure to thrive: a prospective descriptive report. Clin Pediatr (Phila). 2018; 57: 212-9.

Caso clínico

 

Anamnesis

Paciente de 5 meses procedente de África subsahariana, derivado a la atención hospitalaria para valoración de tratamiento quirúrgico de cardiopatía congénita compleja con: insuficiencia cardíaca congestiva, cianosis y escasa ganancia ponderal. Desde su nacimiento no ha recibido tratamiento médico ni quirúrgico para dicha afección.

Exploración física y pruebas complementarias

Los datos más relevantes de su valoración inicial son los siguientes: aceptable estado general con aspecto de desnutrición moderada, cianosis peribucal, taquipneico y sudoración profusa. Saturación: 82-83% con oxígeno suplementario a 1 lpm. Pulsos saltones. Auscultación cardiorrespiratoria: soplo pansistólico en borde esternal izquierdo. Abdomen: hepatomegalia 2-3 cm bajo reborde costal. Masas musculares disminuidas con escaso panículo adiposo. Datos antropométricos: peso: 3.590 g (p <1 DE -2,81); talla: 52 (p<1 DE -2,77); PC: 38 cm (p1 -2,26). Índice de Shukla: 69,57, compatible con malnutrición grave, comparando con los datos obtenidos de informe de hospital de origen se encontraba en datos similares previamente.

Pruebas complementarias: a parte de las propias realizadas por Servicio de Cardiología (angioTac), los datos analíticos reflejan: anemia ferropénica, hipovitaminosis D, albúmina y proteínas totales disminuidas.

Diagnóstico

La valoración diagnóstica concluye una cardiopatía congénita compleja con hipertensión pulmonar: truncus arterioso tipo II y fallo de medro severo.

Abordaje terapéutico inicial

Se programa cirugía correctora con circulación extracorpórea y estancia en cuidados intensivos pediátricos, pasando a planta de hospitalización al décimo día tras la intervención, con el soporte nutricional adyuvante como tratamiento de su fallo de medro.

 

 

 

 

Mitos en alimentación infantil

J.M. Moreno Villares
Regreso a las bases


J.M. Moreno Villares

Departamento de Pediatría, Clínica Universidad de Navarra

Resumen

La alimentación es un buen caldo de cultivo para el mito. Precisamente, por su relación directa con la salud. Y en la era de las tecnologías de la comunicación y la información, la población se ve abrumada por una cantidad de mensajes, pocas veces contrastados, muchos contraproducentes. La revisión de los aspectos controvertidos en la alimentación infantil se centrará exclusivamente en el periodo de lactante y de niño de corta edad (hasta su tercer año). Una de las razones para acotarlo a este periodo es el creciente conocimiento de la importancia de la alimentación en las primeras etapas de la vida (los 1.000 primeros días) en la salud futura. También, porque es el momento en el que se adquieren los hábitos alimentarios que perdurarán en el tiempo. La actitud de los padres frente a la alimentación de sus hijos adquiere un carácter clave. Probablemente, la introducción de la alimentación complementaria sea uno de los momentos sobre el que se generan más preguntas. Desde: cuál es el momento ideal, con qué alimento comenzar, la prevención de alergia o cuál es el consejo actual sobre la introducción del gluten en la alimentación del bebé, son algunos de los temas que se revisan en el artículo. La deficiencia en vitamina D o el exceso de proteínas de la dieta de los más pequeños, son también aspectos que merecen la pena ser revisados. La última parte del capítulo se centra en la conveniencia de adecuar los momentos de las comidas a los tiempos de actividad (crononutrición) y la importancia de hablar más de patrones alimentarios que de alimentos y nutrientes.

 

Abstract

Feeding has always been a good breeding stock for myths. And the reason is its relationship with health outcomes. In this era of communication and information technology, people are overwhelmed by countless messages, sometimes confusing and even malicious. A review of some of the most controversial aspects of infant and toddler nutrition will center the content of this paper. One of the reasons to restrict the review to such a period is the growing knowledge of the importance of nutrition during early life (the so called 1000 days) in long-term health. Besides, because this is the time for developing feeding habits that will prevail. Parents ́ attitude on infant feeding is a key point on achieving this target. The introduction of complementary feeding (weaning period) is likely to be the moment where a higher number of questions arise. Starting with the ideal time to begin with foods other than milk, following by which is the most convenient food to start with, how to prevent food allergy or gluten introduction, are common queries in the paediatrician ́s clinic. Vitamin D deficiency or the excess of protein intake are also questions that are worth being reviewed. The last part of the manuscript is dedicated to the convenience of adapting feeding schedule to activity (chrono-nutrition) and to the importance of talking about dietary patterns and not only about foods and nutrients.

 

Palabras clave: Lactancia; Alimentación complementaria; Mito; Vitamina D; Alergia; Patrón dietético.

Key words: Breastfeeding; Weaning; Myth; Vitamin D; Allergy; Dietary pattern.

Pediatr Integral 2020; XXIV(2): 115.e1 – 115.e6


Mitos en alimentación infantil

Introducción

La cuarta acepción del término “mito” en el Diccionario de la Real Academia Española es: “persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene”. Y cuando hablamos de alimentación, esos atributos pueden ser atributos positivos o negativos. Una actividad humana, como es la alimentación, influida por las tradiciones y la disponibilidad de alimentos, y sometida al influjo de modas y de opiniones de todo calado, no se ve libre de esta amenaza. No lo ha estado nunca. ¿Qué ha cambiado entonces ahora?, ¿por qué se genera tanta preocupación en torno a la forma de alimentarnos, en especial, a la forma en cómo alimentamos a nuestros hijos? Uno de los aspectos, sin duda, es la pérdida de referentes. ¿Es hoy el pediatra el referente para la alimentación del lactante y del niño pequeño? Websites comerciales, blogs, e-forums, libros escritos por periodistas, madres, otros profesionales, son con frecuencia el primer punto de contacto que buscan los padres de la generación que hemos llamado “milenials” o “generación Y”, nacidos entre 1980 y 1999, cuando quieren informarse sobre la alimentación de los más pequeños. En un estudio italiano publicado en 2012, usando con los buscadores convencionales: “alimentación complementaria” o “diversificación”; en las 5 primeras páginas de las 131 direcciones encontradas, ninguna hacía referencia a datos de agencias oficiales o sociedades científicas. El pediatra –en colaboración con otros profesionales de salud, en especial la enfermera de pediatría–, debe volver a ser el referente cualificado. No usar y no completar nuestros conocimientos actuales en nutrición para mejorar la salud de los niños representa un atentado a los derechos de los niños(1).

La revisión de los aspectos controvertidos en la alimentación infantil se centrará exclusivamente en el periodo de lactante y de niño de corta edad (hasta su tercer año).

¿Por qué tanto énfasis en los primeros años, si la alimentación es importante en todas las etapas de la vida?

Cierto. Alimentarse bien es importante toda la vida. De hecho, la mayoría de las recomendaciones sobre una dieta saludable se realizan para individuos mayores de 2 años(2). Sin embargo, cada vez hay más evidencias de la importancia para la salud futura de la alimentación –y de otros hábitos saludables– de los primeros años de vida del individuo. Se entiende así que la alimentación infantil sea una ventana de oportunidad para mejorar la salud del mañana. La estrategia en torno a los 1.000 primeros días constituye un punto de inflexión para la mejora de la salud de las poblaciones, tanto en países de rentas altas –con riesgo elevado de exceso de peso–, como en países emergentes –con la doble carga de la desnutrición y el sobrepeso(3)– (Fig. 1).

Figura 1. Periodos críticos del desarrollo. Los 1.000 primeros días abarcan el periodo comprendido entre la concepción y el final del 2º año.

Pero también, porque es en esta etapa cuando se adquieren los hábitos alimentarios que van a perdurar, con pocas variaciones, a lo largo de la vida. Es lo que denomino: “el valor de la coherencia”. En la última década, el interés ha pasado a centrarse en los patrones de alimentación más que en alimentos individuales, ya que engloban la ingesta de todos los alimentos y bebidas, así como los nutrientes y, por tanto, consideran también los posibles efectos acumulativos e interacciones entre ellos. En el estudio ANIBES, se identificaron cuatro patrones alimentarios principales en la alimentación de los adultos en España: el patrón ‘tradicional’, el patrón ‘mediterráneo’, el patrón ‘aperitivos’ y el patrón ‘lácteos y alimentos azucarados’ (http://www.fen.org.es/anibes/index.php). No están tan claramente definidos en los niños, pero existe una clara influencia en lo establecido en los primeros años de vida en la constitución del patrón alimentario(4).

Desde un punto de vista antropológico, la alimentación de los primeros años se ha caracterizado, a lo largo del mayor tiempo de la historia de la humanidad, por los siguientes aspectos: dar de comer para calmar, comer con frecuencia, raciones grandes, preferencia por los alimentos favoritos y la obligación de terminar toda la comida. En una época de abundancia, esos mensajes tienen efectos negativos y llevan al exceso de peso. Por lo tanto, la actitud de los padres frente a la alimentación de sus hijos más pequeños, debe guiarse más por: la interpretación de las claves de hambre y saciedad de los niños, una oferta variada y amplia de alimentos, asociar los alimentos con los contextos y las consecuencias de comer (“win-win”) y el aprendizaje observacional (“un ejemplo vale más que mil palabras”)(5).

Algunas puntualizaciones sobre la lactancia (pocas)

Ningún pediatra duda sobre los efectos beneficiosos de la lactancia, tanto para el niño como para la madre o para la sociedad. No hace falta abundar en el tema. Sin embargo, no viene mal hacer algunas precisiones. La decisión última sobre el amamantamiento la tiene la madre, bien asesorada por los profesionales que cuidan de ella y del niño, antes y después del parto. Nunca una decisión de una madre puede ser juzgada –en uno u otro sentido–. Se precisan estrategias de apoyo que consideren las circunstancias: personales, culturales, ideológicas y estructurales que rodean a la lactancia(6). De forma interesante, se ha podido demostrar que los efectos de la lactancia sobre la ganancia de peso no son tan dependientes de la composición de la leche como del propio hecho del amamantamiento(7). Los efectos positivos sobre el desarrollo cognitivo en lactantes con leche materna pueden verse influidos por los estilos parentales y se atenúan con el tiempo(8). Por último, una puntualización sobre la lactancia materna a demanda, necesaria para establecer una buena lactancia en los primeros instantes, pero que puede ser contraproducente en el periodo de alimentación complementaria, en el que las actitudes parentales tienen mayor importancia, si cabe, que el propio alimento.

Controversias en alimentación complementaria

Todo un capítulo de este número está dedicado a la alimentación complementaria, por lo que solo se tratarán algunos de los aspectos controvertidos de esta etapa. No es de extrañar que la mayor parte de las preguntas –y de las controversias– tengan lugar en este momento. Para ponernos en contexto: se pasa de un periodo en el que un alimento de textura líquida –la leche– constituye la única forma de alimentación y es suficiente para cubrir las necesidades de todos los nutrientes, a otro instante (alrededor del año) en el que el niño casi puede incorporarse a la mesa familiar. Es decir, la exposición a una gran variedad de alimentos con texturas diversas. Si el aprendizaje en el ser humano es por repetición sobre una base de maduración de aptitudes y habilidades, se entiende fácilmente que sea un periodo donde puedan surgir las dudas y, en ocasiones, los problemas. Una buena reflexión: cuando unos padres nos plantean una preocupación sobre la alimentación de sus niños, es suficiente para la intervención activa del pediatra.

¿Nos aclaramos: desde cuándo se puede comenzar a introducir alimentos distintos de la leche?

Cuando hablamos para todo el mundo, el mensaje es claro: la Organización Mundial de la Salud recomienda la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses. Sin embargo, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), tras una revisión pormenorizada de la literatura, si bien afirma que la mayoría de lactantes no necesitan la alimentación complementaria por razones nutricionales hasta alrededor de los seis meses –excepto algunos niños amamantados con riesgo de ferropenia–, no existen datos suficientes para determinar la edad precisa para su introducción en los lactantes europeos, señalando que esa edad estaría entre los 3-4 meses y alrededor de los 6(9). No parece haber ninguna justificación para distinguir entre los alimentados con lactancia natural o los que reciben una fórmula infantil. Y si esta pregunta tiene difícil respuesta para el lactante sano, más difícil todavía es para el pretérmino. Lo más prudente es recomendar su introducción entre los 4 y 6 meses de edad corregida, aunque esta recomendación está basada en muy poca evidencia científica.

Por otro lado, en nuestro medio, es excepcional que más allá de los 6 meses de edad, todavía no se haya comenzado a ofrecer otros alimentos distintos de la leche. Se desaconseja demorar el inicio de la alimentación complementaria por encima de las 26 semanas de edad, ya que esto también puede aumentar el riesgo de problemas nutricionales, como el déficit de hierro. La introducción tardía, además de riesgos nutricionales, puede llevar a una peor aceptación de nuevas texturas y sabores, y una mayor posibilidad de alteración de las habilidades motoras orales.

¿Con qué debo comenzar?

Queda fuera de esta revisión el método con el que comenzar o, lo que es lo mismo, la guerra de siglas (PLW, parent-led weaning o método tradicional; BLW, baby-led weaning o alimentación dirigida por el bebé; BLISS, Baby-Led Introduction to SolidS), dedicando esta parte a los mitos sobre el orden de introducción de los alimentos.

Las pautas varían mucho entre regiones y culturas. No se deben dar “instrucciones” rígidas. No hay alimentos mejores que otros para empezar, aunque se recomienda ofrecer, de manera prioritaria, alimentos ricos en hierro y zinc. Asimismo, se recomienda introducir los alimentos de uno en uno, con intervalos de unos días, para observar la tolerancia y la aceptación, y no añadirles sal, azúcar ni edulcorantes, para que el bebé se acostumbre a los sabores naturales de los alimentos(10).

Pero ¿alguna directriz habrá?

Hay algunos puntos claros y sencillos, pero no tantos. Algunas son de carácter general, por ejemplo, limitar el consumo: de sal (hasta los 12 meses, menos de 1 g de sal al día, menos de 0,4 g de sodio; y entre 1 a 3 años: 2 g/día, 0,8 g de sodio) y de azúcar (menos del 5% del consumo calórico total como azúcares libres). Otras son más específicas: no consumir miel antes del año o leche de vaca antes de esa edad; por ejemplo, algunas van acompañadas de indicaciones de las autoridades sanitarias: evitar las espinacas, acelgas y borraja en el primer año de vida, o evitar el consumo de grandes pescados azules en los <10 años.

¿Se puede prevenir la alergia?

Si hay un tema en el que han variado más las recomendaciones, es sobre la prevención de la alergia alimentaria. Se ha pasado de recomendar su introducción tardía –en alguna guía incluso por encima de los dos años– a no hacer ninguna distinción entre alimentos potencialmente alergizantes –huevo, pescado, determinadas frutas– y el resto de los alimentos. Incluso algunos estudios recientes sugieren que existe una ventana de oportunidad para promover la tolerancia, y que puede ser distinta para cada alimento. Por ejemplo, a raíz de los estudios LEAP (learning about peanut allergy) y EAT (enquiring about tolerance study), entre otros, se sugiere que la introducción de cacahuetes en el primer año de vida, disminuye el riesgo de alergia a los cacahuetes. Los resultados son mucho más limitados para los frutos secos y las semillas(11).

Una variedad más amplia de alimentos en la diversificación en el primer año de vida, puede tener un efecto protector en el desarrollo de enfermedad alérgica, como el asma en niños.

Díganos algo del gluten

Hoy en día, se desconoce cuál es la mejor forma de introducir el gluten, con el objetivo de disminuir la incidencia de enfermedad celíaca. Hasta hace unos años, se pensaba que la mejor forma de introducir el gluten era junto a la lactancia materna, entre los 4 y 6 meses, pero actualmente no hay evidencia de que esto sea así. Están en marcha diversos estudios para poder conocer cuál es la pauta más adecuada.

La recomendación actual es introducir el gluten entre los 4 y los 11 meses de edad, idealmente alrededor del 6º mes y en pequeñas cantidades al inicio(12) (Tabla I).

Deficiencias y excesos

Se dispone tan solo de algunas encuestas de ámbito nacional sobre las ingestas medias de este grupo de edad y son mucho más escasos los datos sobre marcadores biológicos. En España, disponemos de dos estudios recientes transversales descriptivos, el ENALIA y el ALSALMA, ambos de 2013-2014. El estudio ENALIA se realizó en 1862 niños de 6 meses a 17 años, con un muestreo aleatorio, en el que destaca el bajo consumo de hidratos de carbono y el exceso del aporte de proteínas y grasas, especialmente saturadas, así como una ingesta elevada de colesterol y sodio. También, destaca la baja ingesta de vitamina D. En el estudio ALSALMA han participado 1.701 niños de 7 a 36 meses, reclutados por pediatras. Se demuestra que el 95,9% de los niños tiene una ingesta proteica superior al doble de las recomendaciones (RDA) y que porcentajes importantes no alcanzan la ingesta media estimada recomendada de: vitamina D, vitamina E, ácido fólico, calcio e iodo, por lo que están en riesgo de deficiencia. Se observa también que un mayor consumo diario de proteínas y de hidratos de carbono, y menor de grasas, se relaciona con un aumento del índice de masa corporal (IMC), independientemente del consumo energético. El panel sobre Productos Dietéticos, Nutrición y Alergias (NDA) de EFSA emitió en 2013, a petición de la Comisión Europea, un informe sobre los requerimientos de nutrientes y las ingestas dietéticas de lactantes y niños pequeños en la Unión Europea. En él se señala que las ingestas de energía, proteínas, sal y potasio son elevadas, mientras que las de fibra son bajas. También señalaba el informe que, para algunos nutrientes (ácido alfa-linolénico, ácido docosahexaenoico, hierro, vitamina D y yodo), existe población en riesgo de ingestas insuficientes (https://efsa.onlinelibrary.wiley.com/doi/epdf/10.2903/j.efsa.2013.3408).

Los datos reales de deficiencias son escasos. No existe deficiencia de yodo ni, por tanto, necesidad de suplementación. Solo existe un estudio publicado en 94 lactantes sanos de 12 meses, en el que se encontró una prevalencia de ferropenia del 9,6% y de anemia ferropénica del 4,3%. Solo parece ser necesaria la suplementación con hierro en el grupo de lactantes de riesgo: prematuros, bajo peso al nacimiento, gestaciones múltiples, lactancia materna exclusiva prolongada con escasa/tardía introducción de alimentos con hierro, entre otros(13).

El nutriente que, sin embargo, concita mayor controversia es la vitamina D. Con los niveles de suficiencia vigentes (>20 mg/dl o 50 nmol/L de 25-OH-vitamina D), la prevalencia llega a casi el 40% en la población europea, aunque no específicamente referidos a lactantes y niños pequeños. Sin embargo, a la vista de los datos científicos disponibles no parece necesario modificar las recomendaciones actuales de 400 UI/día durante el primer año para todos los lactantes(14).

¿Importa más cuándo y cómo que lo que se come?

La vida se ha organizado tradicionalmente en torno a los cambios ambientales; de los cuales, el binomio noche/día es el más obvio. En esa regulación de las actividades a lo largo del día, tienen un lugar predominante los momentos de trabajo y descanso, así como el reparto de las comidas. Así, el organismo prima alimentarse en determinados momentos y restringir el acceso a la comida en otros. Aunque es indudable el interés que despierta la adecuación de algunos de nuestros hábitos a esos ciclos del organismo, existen muchos aspectos por conocer, en especial, en lo referente a su aplicabilidad práctica. Por ejemplo, la frase: “desayuna como un rey, come como un príncipe, cena como un mendigo”, como un consejo de buena alimentación, ¿se basa en algún dato científico?, ¿es aplicable también en la edad infantil?, ¿es cierto que hay alimentos que engordan más cuando se comen en la cena?

Se ha demostrado la influencia de los patrones circadianos en la alimentación en población infantil, en especial en lo referente a la omisión del desayuno y su relación con el sobrepeso. Saltarse el desayuno aumenta el riesgo de obesidad en adultos y sobrepeso, y adiposidad visceral en niños. Los datos en lactantes y niños pequeños son mucho más escasos. En el reciente estudio de Cheng, en 349 lactantes que comían preferentemente de día o preferentemente de noche, se observó que en estos últimos, la puntuación Z para el peso a los dos años era mayor y, por tanto, el riesgo de sobrepeso (OR: 2,78; IC 95%: 1,11-6,97; p = 0,029). Algunos patrones de alimentación en los primeros meses de vida (p. ej., lactancia materna exclusiva en los seis primeros meses), condicionan el patrón de alimentación posterior (en los lactantes amamantados es menos frecuente la incidencia de comedores nocturnos).

¿Alimentos buenos y alimentos malos?, ¿hábitos saludables o hábitos insanos?

Realmente no pueden categorizarse los alimentos en “buenos” y “malos”, aunque indudablemente comer algunos de ellos (verduras, frutas, cereal integral, semillas) sea más saludable que comer de otros (ultraprocesados). Algunos alimentos de consumo ordinario y tradicionalmente presentes en la alimentación europea –p. ej.: la leche y los lácteos–, sufren un claro descrédito en esas fuentes de información “gris” (no procedente de datos científicos), mientras que se loa a otros (chía, quinua, soja y derivados, algunas algas) sin un suficiente fundamento científico.

Por otra parte, las recomendaciones dietéticas –ya sean guías, pirámides o platos– proporcionan los fundamentos para conseguir cumplir con las necesidades nutricionales y reducir el riesgo de padecer enfermedades crónicas. Sin embargo, los alimentos están constituidos por complejas combinaciones de nutrientes y otros compuestos que interactúan o actúan de forma sinérgica en el mismo alimento o con otros alimentos. Parece mucho más razonable –y en ese camino se mueve la investigación epidemiológica nutricional– hablar de patrones dietéticos o patrones de alimentación. Esta aproximación tiene en cuenta el efecto que la combinación de alimentos y la frecuencia de consumo tienen para la salud. La investigación sobre los efectos sobre la salud debe partir, sin embargo, de los alimentos individuales, mientras que el conocimiento de su composición en nutrientes permite ahondar en el conocimiento de la razón de esos efectos (Tabla II).

Este conocimiento más completo permite también clasificar a los alimentos en esenciales (core foods) o en prescindibles (discretionary foods) y ayuda en la elaboración de políticas de salud y en herramientas para el etiquetado de los productos(15).

La alimentación es un caldo de cultivo para el mito, en uno u otro sentido. Hay responsabilidades individuales que nos deberían llevar a comer de una forma más saludable, pero también hay responsabilidades públicas que deben favorecer que se consuma lo más saludable –no necesariamente en cantidades más grandes– y se limite lo menos saludable. Como señala el profesor Miguel Ángel Martínez González en su libro “Salud a ciencia cierta”: “la clave está en cuidar la salud con sabiduría y a ciencia cierta”.

Bibliografía

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2. 2015–2020 Dietary Guidelines for Americans. En línea:
https://health.gov/dietaryguidelines/2015/
(consultado el 6 de marzo de 2020).

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7. Li R, Magadia J, Fein SB, Grummer-Strawn LM. Risk of bottle-feeding for rapid weight gain during the first year of life. Arch Pediatr Adolesc Med. 2012; 166(5): 431-6. doi: 10.1001/archpediatrics.2011.1665.

8. Gibbs BG, Forste R. Breastfeeding, parenting, and early cognitive development. J Pediatr. 2014; 164: 487-93. doi: 10.1016/j.jpeds.2013.10.015.

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12. Szajewska H, Shamir R, Mearin L, Ribes-Koninckx C, Catassi C, Domellöf M, et al. Gluten Introduction and the Risk of Coeliac Disease: A Position Paper by the European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2016; 62: 507-13. doi: 10.1097/MPG.0000000000001105. PubMed PMID: 26815017.

13. Moráis López A, Dalmau Serra J. Comité de Nutrición de la AEP. (Iron deficiency in infants and toddlers: impact on health and preventive strategies). An Pediatr (Barc). 2011; 74: 415.e1-e10. doi: 10.1016/j.anpedi.2011.01.036.

14. Mimouni FB, Huber-Yaron A, Cohen S. Vitamin D requirements in infancy: a systematic review. Curr Opin Clin Nutr Metab Care. 2017; 20: 232-6. doi: 10.1097/MCO.0000000000000368.

15. Tapsell LC, Neale EP, Satija A, Hu FB. Foods, Nutrients, and Dietary Patterns: Interconnections and Implications for Dietary Guidelines. Adv Nutr. 2016; 7: 445-54. doi: 10.3945/an.115.011718.

Bibliografía recomendada

Guideline: Counselling of Women to Improve Breastfeeding Practices. Geneva: World Health Organization; 2018.

En esta guía se revisa la evidencia disponible y se hacen recomendaciones para mejorar la práctica de la lactancia materna.

– Kerzner B, Milano K, MacLean WC Jr, Berall G, Stuart S, Chatoor I. A practical approach to classifying and managing feeding difficulties. Pediatrics. 2015; 135(2): 344-53. doi: 10.1542/peds. 2014-1630.

Aunque muchos padres perciben que sus hijos tienen problemas para comer, son solo unos pocos los que tienen un verdadero trastorno de la conducta alimentaria. Tanto el patrón de conducta alimentaria de los hijos como la actitud de los padres frente a la alimentación, son objeto de revisión en este artículo.

– Gómez Fernández-Vegue M. Comité de Lactancia Materna y Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría sobre alimentación complementaria, 2018. Disponible en:
https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/recomendaciones_aep_sobre_alimentacio_n_complementaria_nov2018_v3_final.pdf
.

Guía actualizada de recomendaciones sobre alimentación complementaria elaboradas por los Comités de Lactancia Materna y de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría.

– Wang Y, Allen KJ, Koplin JJ. Dietary intervention for preventing food allergy in children. Curr Opin Pediatr. 2017; 29: 704-10. doi: 10.1097/MOP.0000000000000552.

La introducción en edades tempranas de alimentos alergizantes es una intervención prometedora para reducir el riesgo de alergia alimentaria en algunos niños de riesgo elevado.

– Pinto-Sánchez MI, Verdu EF, Liu E, Bercik P, Green PH, Murray JA, et al. Gluten Introduction to Infant Feeding and Risk of Celiac Disease: Systematic Review and Meta-Analysis. J Pediatr. 2016; 168: 132-43.e3. doi: 10.1016/j.jpeds.2015.09.032.

No hay datos suficientes que permitan recomendar la introducción precoz del gluten con una disminución del riesgo de padecer enfermedad celíaca, pero sí en que una incorporación tardía, se asocia a mayor riesgo.

Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño

S.H. Campuzano Martín
Temas de FC


S.H. Campuzano Martín

Pediatra. CS Casco Vello. Vigo. Pontevedra. Grupo de Trabajo de Gastroenterología y Nutrición SEPEAP

Resumen

La preocupación de los padres por la alimentación de sus hijos es un motivo frecuente de consulta en Pediatría, que merece nuestra consideración. Si bien, en la mayoría de los casos, nos encontramos ante una falsa percepción de los cuidadores, hasta en un 5% de los niños puede existir un verdadero trastorno de la conducta alimentaria (TCA). La labor del pediatra de Atención Primaria es clave. En primer lugar, detectando mediante la anamnesis, la exploración física y la antropometría, las señales de alarma que indican la presencia de una patología orgánica subyacente o la existencia de un TCA complejo; y en segundo lugar, determinando la naturaleza de la dificultad de la alimentación del paciente para poder realizar una adecuada intervención terapéutica. La clasificación de Kerzner (2015) en: niños con poco apetito, niños con ingesta selectiva y niños con miedo a comer, puede ser muy útil para enfocar el manejo de estos pacientes, que requerirá de un tratamiento nutricional (consejo nutricional y posibilidad de necesitar soporte nutricional) y conductual individualizado. Los casos complejos requieren un manejo multidisciplinar por parte de psicólogos, logopedas y especialistas en nutrición.

 

Abstract

Parental concern regarding children ́s feeding
is a frequent consultation in Pediatrics that deserves our consideration. Although in most cases we are faced with a false perception of caregivers, up to 5% of children can have a true Feeding Disorder. The role of the Primary Care Pediatrician is critical, firstly by detecting it through history taking, physical examination and anthropometry, the alarm signals that indicate the presence of an underlying organic pathology or the existence of a complex Feeding Disorder, and secondly, by determining the nature of the child ́s feeding difficulties in order to perform an adequate therapeutic intervention. Kerzner ́s classification of feeding problems (2015) in three categories (children with limited appetite, children with selective intake and children with fear of feeding), can be useful to focus the management of patients requiring nutritional treatment (nutritional advice and possibly nutritional support) and individualized behavioral therapy. Complex cases will require multidisciplinary management by Psychologists, Speech Therapists and Nutrition specialists.

 

Palabras clave: Trastorno alimentario; Fallo de medro; Miedo a comer; Apetito limitado; Ingesta selectiva.

Key words: Eating disorder; Failure to thrive; Fear of feeding; Limited appetite; Selective intake.

Pediatr Integral 2020; XXIV(2): 108 – 114


Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño

Introducción

El pediatra de Atención Primaria debe tener en cuenta la preocupación de los padres para prevenir y detectar la presencia de trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño.

“Este niño no come nada”. Esta frase constituye un motivo muy frecuente de consulta en nuestro trabajo, como pediatras de Atención Primaria. Aunque tengamos la tentación de no dar importancia a estas palabras por parte de los padres, debemos siempre tomar en serio estas preocupaciones y ofrecer una orientación adecuada. Básicamente, si los padres dicen que hay un problema, hay un problema, existiendo trabajos que demuestran una asociación entre la preocupación de los cuidadores respecto a la dificultad de la alimentación de los niños y su crecimiento ponderal(1). Aunque en la mayoría de los casos nos encontramos ante una percepción errónea del poco apetito del niño por parte de los progenitores, un pequeño porcentaje de estos niños puede presentar un trastorno de alimentación grave, e incluso los niños levemente afectados pueden estar recibiendo unas conductas de alimentación inadecuadas que acaben teniendo consecuencias a medio y largo plazo si no son corregidas y encauzadas adecuadamente. Una correcta orientación temprana puede evitar que la situación derive en un trastorno mayor.

En estos casos, la labor del pediatra de Atención Primaria es fundamental; en primer lugar, para detectar los signos de alarma o “banderas rojas” que requieran: atención inmediata, investigación en profundidad y tratamiento especializado(2,3). En segundo lugar, podrá intentar averiguar las causas y el tipo de trastorno de la conducta alimentaria (TCA) que presente el paciente, fundamentalmente mediante la anamnesis, la exploración física y la antropometría; y en tercer lugar, establecerá unas pautas de tratamiento conductual y nutricional adecuadas e individualizadas para cada niño.

Definiciones y terminología

Es conveniente aclarar la terminología, dado que muchas veces puede inducir a la confusión(4,5).

Neofobia: fenómeno habitual en los primeros años de vida, basado en el rechazo de alimentos nuevos o desconocidos para el niño. Normalmente, constituye un problema leve que se resuelve con exposiciones repetidas al alimento rechazado.

Picky eating: inconsistente término anglosajón usado en la literatura que incluye niños “quisquillosos” con poco apetito. Habitualmente, se trata de un problema leve o transitorio.

Fallo de medro: incapacidad para mantener una velocidad de crecimiento normal, en peso o en longitud, en menores de 3 años, y que supone un riesgo para la salud, así como para el correcto desarrollo motor, social y emocional del niño.

Dificultad en la alimentación: amplio término que engloba cualquier problema relacionado con la alimentación del niño, desde falsas percepciones por parte de los padres a verdaderos TCA.

Trastorno de la conducta alimentaria del niño pequeño: problema relacionado con la conducta alimentaria, lo suficientemente importante para producir un trastorno nutricional o socioemocional en el niño (entre 0-6 años de edad) y en los cuidadores, y que requerirá de un tratamiento específico. Equivale al diagnóstico de trastorno de evitación/restricción de la ingesta de alimentos en el DSM-V(6). Recientemente, Goday ha definido el trastorno de alimentación en la edad pediátrica, como: la existencia de una ingesta oral alterada no apropiada para la edad, asociada a problemas médicos, nutricionales, de habilidades de la alimentación y/o disfunción psicosocial(7).

Epidemiología

En la mayoría de los casos, nos encontramos ante una falsa percepción de los cuidadores, pero hasta en un 5% de los niños puede existir un verdadero TCA.

Los TCA del niño pequeño aparecen habitualmente entre los 0 y 6 años, siendo mucho más frecuentes por debajo de los 3 años. Especialmente importantes y delicadas son las etapas de transición, de la lactancia materna o biberón a la cuchara, y de la comida triturada a la sólida(8).

Es difícil establecer su incidencia con claridad, debido a la heterogeneidad de las situaciones que engloban estos cuadros clínicos. Se estima en hasta un 20-30% de los niños sanos con desarrollo normal y en un 80% en niños con necesidades especiales o alteraciones del desarrollo, de los cuales, la gran mayoría se tratará de trastornos leves o percepciones erróneas por parte de los padres, y solo en un 1-5% de los niños estaremos ante un verdadero TCA(9).

Etiología

Los TCA pueden aparecer como un problema aislado, influido por problemas: genéticos, ambientales, conductuales y emocionales, o como un trastorno concomitante a una enfermedad orgánica subyacente, o anomalía estructural.

El acto de comer no solo es una necesidad primaria para el niño, sino que contribuye de manera esencial a la relación con su familia y entorno. El desarrollo de la alimentación se inicia desde el nacimiento, evolucionando a medida que las funciones psicomotoras y sensoriales van madurando. En este proceso intervienen factores: genéticos, biológicos, conductuales, emocionales y ambientales, que van evolucionando, y su interacción influye de manera directa en la regulación de la sensación de hambre y saciedad del niño, que se verá alterada si todos estos factores no funcionan de manera coordinada(9).

La literatura recoge numerosos factores de riesgo que pueden predisponer a presentar un TCA en el niño pequeño (Tabla I).

La alimentación es el acto relacional por excelencia, por lo que es fundamental la interrelación que existe entre padre e hijos para condicionar una adecuada conducta alimentaria(10). De esta manera, los diferentes estilos educativos (influidos por las normas culturales, la preocupación de los padres y las características del niño) pueden influir de manera tanto positiva como negativa en la aparición de este tipo de trastornos. Estas prácticas se han clasificado en 4 tipos fundamentales(5), y conocer ante cual nos encontramos nos ayudará a un mejor enfoque y manejo del caso.

1. Estilo responsable o asertivo: los padres guían al niño en la alimentación y fijan límites sin recurrir a técnicas de coacción, son sensibles y afectivos, hablan positivamente de los alimentos, siendo un modelo para sus hijos. Determinan claramente qué, dónde, cómo y cuándo debe comer el niño, dejándole decidir cuánto puede ingerir. Este estilo educativo es el más adecuado, consiguiendo que el niño reconozca adecuadamente los signos de hambre y saciedad, y realicen con más frecuencia una dieta equilibrada adecuada para su edad.

2. Estilo controlador o autoritario: ejercen un control estricto sobre el niño, llegando a la fuerza, el castigo y la coacción, ignorando las señales de hambre y saciedad en el niño. Convierten las comidas en un infierno, siendo claramente contraproducentes a medio plazo.

3. Estilo indulgente o permisivo: es el caso diametralmente opuesto al anterior. El niño hace lo que le place, manejando a sus padres a voluntad, sin establecerse ningún límite. Come lo que le apetece, en el sitio que más le place y cuando le da la gana, lo que condiciona una dieta inadecuada y un mayor riesgo de obesidad.

4. Estilo negligente: son padres sin sentido de la responsabilidad y desapegados, pudiendo llegar a presentar problemas emocionales y psiquiátricos. No establecen ninguna pauta, ignoran las necesidades afectivas y físicas de sus hijos, pudiendo llegar a tener consecuencias graves. 

Podremos diferenciar ante qué estilo nos encontramos mediante la observación directa de las comidas (grabación de vídeo) o realizando 3 preguntas sencillas: ¿está muy preocupado por la alimentación de su hijo?, ¿qué ocurre durante las comidas?, ¿qué hacen ustedes cuando su hijo no come?(5).

Diagnóstico

Se basa en la anamnesis detallada, exploración física y antropometría, descartando posibles patologías orgánicas e identificando el tipo de TCA ante el que nos encontramos.

Debido al escaso tiempo del que disponemos en la consulta, nuestra tentación ante la preocupación de los padres por el niño mal comedor será quitarle importancia y banalizar sus causas y consecuencias. Debemos tener en cuenta que podemos encontrarnos ante un TCA, y que una adecuada orientación a tiempo puede evitar llegar a situaciones graves, estando alerta ante la posible existencia de signos de alarma (“banderas rojas”), tanto orgánicos como conductuales (Tabla II), que nos indiquen que puede existir una patología orgánica subyacente o un TCA que requiera una atención preferente(11,12).

Historia clínica

Historia clínica sistemática teniendo en cuenta los siguientes puntos:

• Antecedentes familiares: genéticos, físicos (talla baja, patrón de crecimiento…), socioeconómicos y psicosociales (composición familiar, estilos educativos, situaciones estresantes…).

• Antecedentes personales: embarazo, parto, enfermedades previas, desarrollo psicomotor, adquisición de hitos desarrollo, patrón de sueño y alimentación.

• Historia nutricional:

- Estilo de alimentación de los padres (responsable, controlador, negligente o indulgente).

- Rechazo del alimento: tiempo de evolución, rechazo global o selectivo y relación con enfermedad o experiencia traumática.

- Conducta y hábitos alimentarios: lugar, calidad, duración, variedad, ambiente, actitud de los padres y observación de las comidas directa o indirecta (vídeos).

- Historia dietética o encuesta nutricional (de 1 a 3 días), valorando un adecuado aporte calórico y de nutrientes.

Exploración física y antropometría

Examen completo por aparatos para descartar posibles patologías orgánicas, incluyendo exploración de la función motora oral (valorar presencia de babeo y náuseas excesivas, dificultad ante texturas avanzadas y en los hitos de la alimentación). La valoración antropométrica incluirá: peso, talla, perímetro cefálico y perímetro braquial, valorando su evolución a lo largo del tiempo. Los índices más prácticos para evaluar el estado de nutrición del paciente son el índice de masa corporal (peso/talla2)y la relación peso/talla (curva percentilada, Z score)(11).

Pruebas complementarias

Su realización, en principio, no aportará información significativa, y se reservará para los casos en los que exista sospecha de patología orgánica, datos de alarma conductuales o valoración antropométrica y nutricional alterada. Podremos solicitar de manera individualizada: hemograma, bioquímica (metabolismo hierro, función hepática y renal, niveles de proteínas, electrolitos), hormonas tiroideas, sedimento urinario, anticuerpos de enfermedad celíaca, parásitos en heces y una radiografía de muñeca (en función de la edad y el crecimiento del paciente).

Clasificación

La clasificación de Kerzner en niños con poco apetito, niños con ingesta selectiva y niños con miedo a comer, puede ser muy útil para el enfoque y manejo de los TCA.

Los trastornos alimentarios en el niño han sido objeto de numerosos intentos de clasificación, desde que en el año 1994 se introdujeran por primera vez como categoría diagnóstica psiquiátrica en la cuarta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-IV, como: trastorno alimentario del lactante y el niño, posteriormente siendo denominado en el DSM-V: trastorno evitativo/restrictivo de la ingesta alimentaria. Más completa y utilizada ha sido la clasificación de Chatoor(13,14), distinguiendo seis tipos de TCA sobre la base de criterios psiquiátricos y conductuales: 1) alteración del estado de regulación; 2) reciprocidad inadecuada (vínculo madre-hijo); 3) anorexia infantil; 4) aversión alimentaria sensorial; 5) alteración asociada a patología orgánica; y 6) alteración postraumática.

Por último, Kerzner(4,15) unificó todo lo anterior, estableciendo una clasificación muy útil en la que nos centraremos, al resultar muy práctica para el pediatra de Atención Primaria. Establece tres categorías teniendo en cuenta el comportamiento del niño y el estilo de alimentación de los cuidadores: niños con poco apetito, niños con ingesta selectiva y niños con miedo a comer. Cada una de ellas comprende varias subcategorías y cada paciente puede albergar más de una a la vez. Disponemos de herramientas y cuestionarios que nos pueden orientar hacia el tipo de trastorno ante el que nos encontramos (IMFeD: Identification and Management of Feeding Difficulties) y que han demostrado utilidad en la práctica clínica(16).

1. Niños con poco apetito: incluye 4 grupos:

a. Falsa percepción por los padres: niños que comen poco, pero que al realizar una historia dietética, se comprueba que su ingesta es adecuada. Existe una excesiva preocupación de los padres a pesar de presentar un adecuado perfil ponderoestatural, por lo que nuestra función debe ser: tranquilizar a la familia, explicar las variaciones normales del apetito, demostrar un patrón de crecimiento normal y revisar las pautas básicas de alimentación. Puede llegar a ser un problema si la preocupación de los cuidadores conlleva que realicen prácticas de alimentación inadecuadas.

b. Niño activo con apetito limitado: caracterizados por Chatoor(13) como “anorexia infantil”. Son activos, inquietos, más interesados en jugar y hablar que en comer. Es muy difícil mantenerlos sentados en la mesa y comen pocas cantidades, lo que conlleva, en ocasiones, un estancamiento ponderal. El conflicto entre padres e hijos puede llegar a dificultar un desarrollo cognitivo óptimo. Es preciso establecer un programa de alimentación que fomente el hambre: limitando el número de comidas, evitando “picoteos” entre horas, “menús a la carta” y estableciendo unos límites y unos horarios regulares. Pueden ser útiles estrategias de refuerzo positivo y “time out” (no prestar atención ante comportamientos inadecuados)(17).

c. Niño apático y retraído: no tienen interés por la alimentación ni por su entorno. Niños y cuidadores parecen deprimidos e interactúan mal. La desnutrición puede ser evidente, siendo a la vez causa de depresión y anorexia. Precisan de una interacción positiva con un alimentador experimentado que sirva de modelo, siendo necesaria, en ocasiones, el apoyo de los servicios de protección infantil.

d. Niño con poco apetito debido a enfermedad orgánica: enfermedades gastrointestinales, cardiorrespiratorias, neurológicas, metabólicas y estructurales(9), provocan un descenso en el apetito. Requieren un abordaje individualizado de dicha patología.

2. Niños con ingesta selectiva: incluye 4 grupos:

a. Falsa percepción por los padres de la neofobia, típica a los 18-24 meses, que se resolverá educando a los padres y exponiendo repetidamente los nuevos alimentos sin presión. Este fenómeno parece ser menos frecuente en los alimentados con lactancia materna.

b. Selectividad leve: comen menos alimentos, “caprichosos”, ingiriendo suficiente cantidad de energía y nutrientes, pero la exposición repetida de alimentos no mejora la conducta alimentaria(5). El conflicto familiar en torno a la alimentación puede desencadenar problemas de conducta posteriores (ansiedad, depresión…). En su manejo, pueden ser útiles trucos, como: usar formatos atractivos para los alimentos (emplatados divertidos, palitos para mojar…), involucrar a los niños en su preparación, usar salsas, nombres sugerentes… Es interesante dejar que el niño se interese por los alimentos nuevos a través de la comida de los padres, pidiendo probar de ellos.

c. Altamente selectivos: ingieren en su dieta únicamente 10-15 alimentos. Chatoor los define como aversión alimentaria sensorial(13), ya que rechazan los alimentos en función de su color, textura, olor, temperatura o apariencia. Alguno pueden presentar manifestaciones sensoriales como respuestas a: ruidos, luces y texturas. El ejemplo más común serían los problemas de alimentación del autismo. Requieren una terapia conductual más profunda, encadenando alimentos progresivamente, premiando con alimentos favoritos si prueba uno nuevo, cambiar colores, formas, texturas(17)… Pueden llegar a presentar deficiencia de micronutrientes que precisen de suplementación (vitaminas D y E, calcio, hierro y zinc)(18).

d. Ingesta selectiva de origen orgánico: relacionada con respuestas alteradas a las propiedades sensoriales de los alimentos y/o a un retraso en las habilidades motoras orales.

3. Niños con miedo a comer: cualquier experiencia traumática relacionada con la alimentación puede causarlo.

a. Percepción errónea: en determinadas ocasiones, el llanto excesivo del lactante (cólicos…) es percibido erróneamente como hambre, siendo forzados a comer. Hay que evaluar las causas del malestar del niño y aliviar la ansiedad del cuidador.

b. Miedo a la alimentación: una experiencia negativa previa traumática (atragantamiento, quemarse la boca con un alimento, forzar enérgicamente la alimentación del niño), condiciona un rechazo a la alimentación, habitualmente de sólidos. Suelen precisar técnicas cognitivo-conductuales(1) (refuerzos positivos, distracciones…), incluso valoración psiquiátrica y uso de ansiolíticos. En el lactante, se puede intentar alimentar cuando el niño está adormilado.

c. Miedo a comer de causa orgánica: cualquier causa que origine dolor al comer puede condicionar un miedo a la alimentación: niños alimentados por sonda, esofagitis, gastroparesia, estomatitis, etc. Requerirán un tratamiento individualizado y, en ocasiones, más complejo (desensibilización oral motora, exposición gradual no amenazante de la alimentación…)(17,19).

Tratamiento

Los pilares de tratamiento de los TCA del niño pequeño son: tratamiento de la enfermedad orgánica subyacente (si existe), tratamiento nutricional (consejo nutricional y valorar la necesidad de requerir soporte nutricional) y conductual individualizado.

El pediatra de Atención Primaria puede manejar un alto porcentaje de casos (leves y moderados) con esta problemática, teniendo en cuenta que su abordaje debe ser individualizado y se basa en dos pilares: tratamiento nutricional y conductual, tanto del niño como de la familia. La aplicación de una terapia adecuada en los TCA es altamente efectiva (hasta del 90% según algunos autores)(9). Los casos más complejos (niños con uso prolongado de sonda enteral, trastornos generalizado del desarrollo, patología orgánica, oromotora o psicológica importante) precisarán de un manejo multidisciplinar por parte de diferentes especialidades (Gastroenterología y Nutrición, Psicología, Psiquiatría y Logopedia)(18). El ingreso hospitalario estará justificado en caso de: falta de mejoría con el tratamiento ambulatorio, sospecha de abuso o negligencia, presencia de lesiones traumáticas, signos de desnutrición grave o deterioro psicosocial severo del cuidador(11). Las tres bases del tratamiento son:

1. Tratamiento específico: de la enfermedad orgánica si existe.

2. Tratamiento nutricional: tras la valoración del estado nutricional y de la ingesta dietética, realizaremos un consejo nutricional: estableciendo unas pautas básicas de alimentación (Tabla III), marcando unos horarios de comidas y evitando los picoteos para fomentar el apetito.

En caso de presentar un estado nutricional afectado, nos plantearemos la necesidad de establecer algún tipo de soporte nutricional, aumentando el aporte de energía y nutrientes de forma alternativa, o como complemento a la alimentación habitual. Si la afectación del estado nutricional es leve, podemos realizar cambios en la dieta para aumentar el contenido calórico sin aumentar la cantidad a ingerir, usando en los lactantes, fórmulas con mayor contenido calórico, y en los mayores utilizando: salsas, rebozados, empanados, alimentos de alto valor energético (frutos secos, aguacate…), guarniciones, batidos caseros hipercalóricos o incluso mediante módulos nutricionales(11). Algunos pacientes pueden precisar suplementos de micronutrientes de los que presenten carencias(18), sobre todo en los casos de ingesta selectiva. Los casos de afectación nutricional moderada o grave, requieren una valoración especializada con necesidad de soporte nutricional artificial de manera oral o enteral (principalmente con sonda nasogástrica).

Por último, el uso de fármacos no está indicado de entrada en el tratamiento de los niños con poco apetito, aunque se han utilizado en algunos estudios con éxito(20). Los mal llamados “estimulantes del apetito”, como la ciproheptadina o el pizotifeno, son antihistamínicos que tienen como efecto secundario producir un incremento del apetito, con la posibilidad de producir efectos adversos.

3. Tratamiento conductual: es parte fundamental del tratamiento de los trastornos de la alimentación, siendo sus objetivos: aumentar la ingesta oral o la variedad de alimentos, disminuir los problemas de comportamiento en las comidas, aumentar las interacciones placenteras en las comidas entre padres e hijos, disminuir el estrés de los padres en las comidas y avanzar en la ingesta adecuada para la edad y desarrollo del niño. Las estrategias para mejorar la influencia del cuidador durante las comidas incluyen: controles ambientales que modifican los horarios de ingesta y la configuración de las comidas regulando el ciclo de hambre y saciedad del niño, recomendando actividades tranquilas antes de las comidas y rutinas para facilitar la transición a la mesa (p. ej.: lavar las manos). Los planes para aumentar las conductas alimentarias deseables incluyen el uso de entrenamiento de refuerzos positivos y negativos (estos últimos solo en determinados casos, bajo la supervisión de un psicólogo) y el entrenamiento en discriminación o refuerzo diferencial (reforzando conductas positivas y minimizando las negativas). Las estrategias para reducir las conductas de alimentación negativas incluyen: la extinción (retención de un refuerzo positivo), el castigo (corrección verbal con un “NO” firme y varios segundos de retirada de atención, girar o retirar al niño de la mesa) y la desensibilización (asociar un estímulo agradable o suprimir uno aversivo a la exposición de un nuevo alimento). La mayoría de planes de tratamiento incluirán una combinación de técnicas, según el tipo de trastorno ante el que nos encontremos (niño con poco apetito, ingesta selectiva y miedo a comer), y podremos recomendar unas pautas adecuadas para cada niño. Tras una instrucción adecuada, lo podrá realizar la familia(17), teniendo en cuenta que una mala gestión de la conducta (un refuerzo inadvertido de patrones de alimentación inapropiados) contribuye a la cronificación de los problemas. Los casos complejos requerirán ayuda especializada.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1. Lee WS, Tee CW, Tan AG, Wong SY, Chew KS, Cheang HK, et al. Parental concern of feeding difficulty predicts poor growth status in their child. Pediatr Neonatol. 2019; 60: 676–83.

2. Levine A, Bachar L, Tsangen Z, Mizrachi A, Levy A, Dalal I, et al. Screening criteria for diagnosis of infantile feeding disorders as a cause of poor feeding or food refusal. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2011; 52: 563–8.

3. Levy Y, Levy A, Zangen T, Kornfeld L, Dalal I, Samuel E, et al. Diagnostic clues for identification of nonorganic vs organic causes of food refusal and poor feeding. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2009; 48: 355–62.

4.** Martínez Rubio A, Santana Vega C, Ros Arnal I. Falta de apetito. En: Guía de Algoritmos en Pediatría de Atención Primaria. Disponible en: http://algoritmos.aepap.org/algoritmo/23/falta-de-apetito. Consultado en junio de 2019.

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7. Goday PS, Huh SY, Silverman A, Lukens CT, Dodrill P. Pediatric Feeding Disorder. Consensus Definition and Conceptual Framework. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2019; 68: 124-9.

8.** San José MA, Moráis A. Trastornos de la conducta alimentaria del niño pequeño. El niño que no come. En: Continuum. Asociación Española de Pediatría. Disponible en: https://continuum.aeped.es/files/guias/Material_descarga_unidad_4_nutricion.pdf.

9.** Rybak A. Organic and nonorganic feeding disorders. Ann Nutr Metab. 2015; 66: 16-22.

10. Graell M, Villaseñor A, Faya M. Signos de alerta en los trastornos de la conducta alimentaria en Atención Primaria. Del nacimiento a la adolescencia. En: AEPap, ed. Curso de Actualización Pediatría 2015. Madrid. Lúa Ediciones 3.0; 2015. p. 423–30. Disponible en:
http://www.aepap.org/sites/default/files/cursoaepap2015p423-430.pdf.

11.*** Madruga Acerete D, Martínez Zazo A, De la Mano Hernández B. Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño. En: Ribes Koninckx C (coord.). Tratamiento en Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. 4.ª edición. Madrid. Ergon; 2016.

12. Salmerón MA, Román Hernández C, Casa Rivero J. Trastornos del comportamiento alimentario. Pediatr Integral. 2017; XXI(2): 82-91.

13. Chatoor I. Feeding disorders in infants and toddlers: diagnosis and treatment. Child Adolesc Psychiatr Clin N Am. 2002; 11: 163-83.

14. Chatoor I, Ganiban J. Food refusal by infants and young children: diagnosis and treatment. Cogn Behav Pract. 2003; 10: 138-46.

15.** Kerzner B. Clinical investigation of feeding difficulties in young children: a practical approach. Clin Pediatr. 2009; 48: 960-5.

16. Lin CC, Ni YH, Lin LH, Lau BH, Chao HC, Lee HC. Effectiveness of the IMFeD tool for the Identification and Management of Feeding Difficulties in Taiwanese children. Pediatr Neonatol. 2018; 59: 507-14.

17.*** Silverman AH. Behavioral management of feeding disorders of childhood. Ann Nutr Metab. 2015; 66: 33-42.

18.*** Milano K, Chatoor I, Kerzner B. A Functional Approach to Feeding Difficulties in Children. Curr Gastroenterol Rep. 2019; 21: 51. https://doi.org/10.1007/s11894-019-0719-0.

19. Romano C, Hartman C, Privitera C, Cardile S, Shamir R. Current topics in the diagnosis and management of the pediatric non organic feeding disorders (NOFEDs). Clin Nutr. 2015; 34: 195–200. Disponible en: http://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S0261561414002192.

20. Sant’Anna AM, Hammes PS, Porporino M, Martel C, Zygmuntowicz C, Ramsay M. Use of cyproheptadine in young children with feeding difficulties and poor growth in a pediatric feeding program. J Pediatr Gast Nutr. 2014; 59: 674–8.

Bibliografía recomendada

Kerzner B, Milano K, MacLean WC Jr, Berall G, Stuart S, Chatoor I. A practical approach to classifying and managing feeding difficulties. Pediatrics. 2015; 135: 344-53.

Artículo fundamental en el que Kerzner clasifica de manera muy práctica los TCA del niño pequeño en tres categorías, teniendo en cuenta el comportamiento del niño y el estilo de alimentación de los cuidadores.

Madruga Acerete D, Martínez Zazo A, De la Mano Hernández B. Trastornos de la conducta alimentaria en el niño pequeño. En: Ribes Koninckx C (coord.). Tratamiento en Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. 4.ª edición. Madrid. Ergon; 2016.

Exhaustiva revisión de los TCA del niño pequeño, desde el prisma de la Gastroenterología y Nutrición Pediátrica.

Silverman AH. Behavioral management of feeding disorders of childhood. Ann Nutr Metab. 2015; 66: 33-42.

Artículo que revisa de manera completa y práctica el manejo conductual de los pacientes con TCA.

Milano K, Chatoor I, Kerzner B. A Functional Approach to Feeding Difficulties in Children. Curr Gastroenterol Rep. 2019; 21: 51. https://doi.org/10.1007/s11894-019-0719-0.

Reciente actualización, desde el punto de vista práctico, del abordaje y manejo de los TCA en la consulta de Atención Primaria.

 

Caso clínico

 

Paciente de 4 años cuyos padres manifiestan en la revisión programada de salud, gran preocupación por la alimentación de su hijo. Refieren ingesta de muy pocos alimentos (alrededor de 20 productos), negándose a probar cosas nuevas, “siempre quiere comer lo mismo”. No relatan experiencia traumática ni introducción de ningún alimento que haya desencadenado dicho comportamiento. Rechaza los alimentos muchas veces, negándose a probarlos a pesar de ofrecérselos repetidamente, presentando ansiedad si se fuerza a comer alimentos que rechaza. Cuando se le prepara para comer un alimento que no le gusta, el niño refiere que “le da asco”. Los padres acaban ofreciendo al niño el alimento deseado, utilizando a menudo distracciones como dispositivos electrónicos o dándole alimento mientras está jugando. Este problema con la comida angustia mucho a los padres, ya que genera un conflicto familiar en torno a la alimentación y están preocupados porque esta sea adecuada a su hijo en cantidad y calidad.

Antecedentes familiares: sin interés.

Antecedentes personales: embarazo, parto y período neonatal sin incidencias. Lactancia materna durante 3 meses. Peso recién nacido 3.120 g. Evolución ponderoestatural progresiva adecuada a valores actuales. Desarrollo psicomotor adecuado.

Exploración física: peso: 14,6 kg (P19); talla: 101 cm (P29); relación peso/talla: 0,14 (P20); IMC: 14,31 kg/m2 (P20). Exploración por aparatos dentro de la normalidad.

 

 

 

Alimentación del niño preescolar, escolar y del adolescente

O. González Calderón*, H. Expósito de Mena**
Temas de FC


O. González Calderón*, H. Expósito de Mena**

*Servicio de Pediatría. Sección Escolares. Hospital Universitario de Salamanca. Coordinadora grupo docencia y MIR SEPEAP. **Servicio de Pediatría. Unidad de Gastroenterología Infantil. Hospital Universitario de Salamanca

Resumen

Es conocido que la salud está íntimamente relacionada con la alimentación y que en gran medida, depende de ella. En nuestro medio, las enfermedades no transmisibles (ENT): cardiovascular, diabetes, obesidad y cáncer, son las primeras causas de mortalidad y morbilidad. Algunos de los principales factores de riesgo relacionados con las ENT son: hipertensión arterial, exceso de peso, ingesta energética excesiva y una dieta pobre en frutas, verduras y rica en grasas saturadas. Por eso, la nutrición, en especial en la población infantil, toma un papel relevante en el control de esos factores de riesgo, ya que los hábitos alimentarios se establecen en los primeros años de vida y se mantienen en el tiempo.
Para adecuar la ingesta calórica y de nutrientes a cada niño, es importante conocer las diferentes características biológicas de cada periodo (preescolar, escolar y adolescente), y tener en cuenta las diferencias personales marcadas por el grado de actividad y las circunstancias sociales. Tras un periodo de crecimiento muy rápido, en la época de lactante, donde la alimentación está muy supervisada por el pediatra y los padres, entramos en un periodo como el del preescolar (2 a 6 años) y escolar (7 a 12), objeto de menos estudios, donde el crecimiento se ralentiza y entran en juego en la alimentación diferentes factores mucho más sociales, como comida en familia, comedores escolares o educadores; para terminar en la pubertad y adolescencia, donde el crecimiento vuelve a acelerarse y se producen grandes cambios fisiológicos y de la personalidad, que van a condicionar los hábitos de alimentación futuros.
El pediatra tiene en sus manos las herramientas para afianzar las bases de un estilo de vida saludable, donde la alimentación toma un papel crucial para el mantenimiento de un estado de salud adecuado y en la prevención de futuras enfermedades.

 

Abstract

It is known that health is closely related to food and depends largely on it. In our environment non-communicable diseases (NCDs): cardiovascular disease, diabetes, obesity and cancer, are the first cause of mortality and morbidity. Some of the main risk factors related to NCDs are high blood pressure, overweight, excessive energy intake and a diet with low content of fruits, vegetables and high in saturated fats. That is why nutrition, especially in children, takes a relevant role in controlling these risk factors, since eating habits are established during the first years of life and maintained over time.
In order to adapt the caloric and nutrient intake of each child, it is important to know the different biological characteristics of each childhood development stage (infancy, early and middle childhood and adolescence) and to take into account the individual differences related to the amount of physical activity and social circumstances. After a fast-growing period, during infancy, where feeding is provided by the parents and supervised by the pediatrician, the child becomes a preschooler (age 2 to 6 years) and afterwards, a schooler (7 to 12 years). During these periods of development, growth slows down and social factors, such as family meals, school canteens and educators, play a role in children ́s nutrition. In adolescence growth accelerates again, and important physiological and personality changes occur, which affects their eating habits.
The pediatrician has the tools to establish the basis for a healthy lifestyle, where food takes a crucial role in maintaining an adequate health level and in the prevention of future diseases.

 

Palabras clave: Requerimientos nutricionales; Niño; Adolescente; Alimentación.

Key words: Nutritional requirements; Child; Adolescent; Food.

Pediatr Integral 2020; XXIV(2): 98 – 107


Alimentación del niño preescolar, escolar y del adolescente

Introducción

Hay una relación directa entre los hábitos de vida y de alimentación adquiridos en la infancia y el riesgo de desarrollar enfermedades a lo largo de la vida.

Las enfermedades crónicas son la principal causa de muerte en los países desarrollados y muchas de ellas son prevenibles modificando los hábitos de vida(1). La alimentación es uno de los pilares fundamentales de un estilo de vida saludable y podría evitar el desarrollo de un gran número de casos de: obesidad, cáncer, diabetes o enfermedad cardiovascular. Por ello, cada vez cobran más importancia las recomendaciones que hagamos los profesionales sanitarios sobre alimentación.

Hay un gran conocimiento y suficiente bibliografía sobre la lactancia materna y la alimentación en las primeras etapas de la vida (lactante y niño pequeño), incluso en la adolescencia, sin embargo poca se interesa por las franjas de la edad preescolar y escolar, donde se le considera muchas veces como un adulto pequeño, y se le alimenta muchas veces disminuyendo la ración respecto al adulto. Se trata de un concepto erróneo, que puede tener consecuencias negativas en el mantenimiento de un estado de salud adecuado y en la prevención de futuras enfermedades nutricionales como: obesidad, hipercolesterolemia, hipertensión y osteoporosis.

El sobrepeso y la obesidad se han convertido en la nueva epidemia del siglo XXI con valores cada vez más crecientes en los niños españoles, con un 26% de niños con sobrepeso y un 9% en el rango de obesidad(2,3). Por ello en España, la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) puso en marcha en el año 2005, la Estrategia de la Nutrición, Actividad física y Prevención de la Obesidad (NAOS) para la promoción de una alimentación saludable y de la actividad física y la prevención de la obesidad en sintonía con las estrategias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y las instituciones europeas. La educación como medida de prevención, se constituye como un elemento capital, especialmente en niños y adolescentes, para inculcar conocimientos básicos que les hagan entender que la forma en que nos alimentamos tiene consecuencias muy importantes sobre la salud(4).

Podemos entender como alimentación saludable, aquella que nos aporta energía y nutrientes (energéticos, plásticos y sustancias reguladoras) en cantidad y calidad suficiente, y que además cumpla una serie de criterios como son: ser variada, moderada y equilibrada.

Alimentación en el preescolar y escolar

Características biológicas y otros condicionantes de la alimentación de la edad escolar y preescolar

La desaceleración del crecimiento en las etapas preescolar y escolar, conlleva una disminución de la necesidad en energía y nutrientes.

La edad preescolar (2-6 años) engloba el periodo desde que el niño adquiere autonomía en la marcha hasta que empieza a asistir regularmente a la escuela.

En este periodo, se produce una desaceleración del crecimiento: 8-9 cm en el 3º año y, a partir de esa edad, unos 5-7 cm/año, lo cual conlleva una disminución de las necesidades en energía y nutrientes específicos en relación al tamaño corporal. De forma paralela, el aumento de peso también se enlentece y el incremento ponderal pasa a ser de 2-3 kg anuales. Hay un aumento de la masa muscular, disminuyendo la cantidad de agua y grasas. A esta edad presentan un rápido aprendizaje del lenguaje, una maduración en la motricidad fina y gruesa y es una etapa importante de socialización. Se inicia la adquisición de los hábitos y costumbres propias de la familia, esta representa un modelo de dieta y conducta alimentaria que los niños aprenden(5), y de la cultura en que vive.

Además de la familia, adquiere cada vez mayor importancia la influencia ejercida por los comedores escolares. La incorporación a la guardería o a la escuela conlleva la influencia de los educadores y de otros niños en todos los ámbitos, incluido el de la alimentación, especialmente en aquellos que acuden al comedor escolar.

En cuanto al desarrollo emocional, en esta etapa preescolar, aumenta la actividad, la autonomía y la curiosidad, se vuelven caprichosos con las comidas y, a veces, presentan fobias a todo lo nuevo, incluidos los alimentos. El niño va desarrollando sus preferencias y clasifica los alimentos entre los que le gustan y los que no le gustan, influido por su aspecto, sabor y olor. A su vez, tiene capacidad para regular la ingesta de energía a lo largo del día. Es frecuente que haga varias tomas pequeñas a lo largo del día, pudiendo realizar un gran ingreso energético en unas comidas en detrimento de otras, si bien, con un consumo calórico global normal(6) y estable.

El periodo escolar (6-12 años) comprende desde los 6 años que el niño inicia la escuela hasta el comienzo de la pubertad, generalmente tras los 12 años de edad, aunque con amplias variaciones, dado que la etapa prepuberal puede, en algunos casos, ser más prolongada.

La edad escolar se caracteriza por un crecimiento lento y estable, el crecimiento longitudinal es de 5-6 cm al año y el aumento de peso de 3 a 3,5 kg por año, con aumento a 4 a 4,5 kg/ año cerca de la pubertad.

Con el aumento de la edad, el apetito se recupera y tienden a desaparecer las apetencias caprichosas, es un periodo de gran variabilidad interindividual de los hábitos, incluido el alimentario o el de la actividad física, y con un aumento progresivo de influencias externas a la familia, como son: compañeros, escuela y tecnologías de la información y la comunicación (TICs). La disponibilidad de dinero hace posible comprar alimentos sin control parental. En la merienda, se recurre frecuentemente a productos manufacturados y bebidas azucaradas, y el horario de comidas es más irregular.

En el periodo de la edad escolar, la alimentación saludable es imprescindible para la consecución de un crecimiento y desarrollo óptimos, y el acto de la comida debe ser un medio educativo familiar para la adquisición de hábitos saludables que deben repercutir en el comportamiento nutricional a corto, medio y largo plazo(7).

Es importante remarcar que el niño tiene una gran capacidad para ajustar su ingesta en respuesta a la densidad energética de los alimentos administrados. Hay evidencias de que un control familiar rígido, o estricto de la dieta de los niños es un factor negativo para su respuesta a la densidad calórica(8).

Junto a estos aspectos, relacionados con las características biológicas de cada periodo y el medio familiar, la alimentación se ve influida en estas etapas por los cambios sociales. En todos los países desarrollados hay un cambio de hábitos alimentarios, que se caracterizan por un mayor consumo de alimentos de origen animal, ricos en proteínas y grasas, mayor consumo de energía y mayor consumo en productos manufacturados, que son ricos en azúcares refinados y en grasas.

En estos cambios influyen también: la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, la disminución del número de hijos por familia, la influencia del mensaje en televisión o redes sociales (la televisión y el uso de otras TICs se han convertido en la primera actividad de los niños después de dormir), la incorporación cada vez más temprana de los niños a la guardería donde reciben parte importante de su dieta diaria y la adaptación de costumbres importadas de otros países, como las comidas en hamburgueserías, los snacks o un consumo importante de refrescos y zumos industriales.

Requerimientos nutricionales

En Pediatría, la gran mayoría de las recomendaciones se basan en la edad y sexo, pero no tienen en cuenta: diferencias interindividuales, factores genéticos, actividad física, estadio madurativo, ritmo de crecimiento o enfermedad.

Las necesidades nutricionales se definen como la cantidad de todos y cada uno de los nutrientes que precisa un individuo, en cualquier periodo de la vida, para mantener un correcto estado nutricional, evitar la enfermedad y asegurar un crecimiento correcto en la etapa pediátrica.

La determinación de las necesidades nutricionales es compleja y ha sido publicada por diversos organismos internacionales. La publicación en 1998-2002 de las DRI (Dietary Reference Intake), por parte del instituto de Medicina norteamericano, ha supuesto una completa renovación del concepto de ingestas recomendadas(9). Definimos una serie de conceptos básicos:

• RDI: Ingestas Dietéticas Recomendadas, son valores de referencia de ingesta de nutrientes que están cuantitativamente estimados para ser utilizados en la planificación y asesoramiento de dietas para personas sanas.

• RDA: Recomended Average Requeriment, ingesta dietética diaria suficiente para cubrir las necesidades de un nutriente del 97-98% de los individuos sanos de un grupo de edad y sexo.

• AI: Adequate Intake, cantidad de nutrientes recomendados cuando no existen datos suficientes para estimar las recomendaciones respecto a un nutriente en una población.

Necesidades energéticas y macronutrientes

La dieta debe ser variada, equilibrada e individualizada. De forma general, podemos poner como valores de referencia los siguientes: niños de 2-3 años; de 1.300 a 1.500 kcal/día, siempre dependiendo de la actividad física; de los 4 a los 6 años, 1.800 kcal/día (90 kcal/kg/día); y de los 7 a los 12 años, 2.000 kcal/día (70 kcal/kg/día)(10) (Tabla I).

En la página web de la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (https://www.seghnp.org/), en herramientas profesionales, tenemos una aplicación nutricional de utilidad donde podemos calcular el gasto energético Schofield/OMS.

Las diferentes proporciones adecuadas entre los diferentes principios inmediatos administrados son las siguientes:

Hidratos de carbono y fibra: deben constituir el 50-60% del total de energía. De ellos, el 90% serán hidratos de carbono complejos (cereales, legumbres, arroz, frutas) y el 10% en forma de azúcares simples(11). Evitar zumos y batidos envasados, cereales azucarados y bollería industrial. Debe moderarse el consumo de sacarosa, para prevenir caries dental, hiperlipemia y obesidad. La fibra dietética es de gran importancia para el funcionamiento del tubo digestivo, pero también para regular los niveles de glucemia y reducir la absorción del colesterol de la dieta.

Proteínas: papel principal en el crecimiento y en el mantenimiento de la estructura corporal. Una dieta equilibrada debe incluir del 10 al 15% de proteínas de alto valor biológico (1-1,2 g/kg/día) con un 65% de origen animal (carne, pescado, leche, huevos y derivados lácteos) y el resto de origen vegetal. Se ha sugerido que una ingesta excesiva de proteínas puede causar una excesiva movilización del calcio de los huesos con efectos desfavorables para su mineralización(12).

Grasas: fuente importantísima de energía, soporte para el transporte de vitaminas liposolubles y proveedor de ácidos grasos esenciales. Las recomendaciones de la ingesta de lípidos en las fases precoces de la vida están cada vez menos restringidas, dado que se ha observado que dietas bajas en grasas pueden aumentar el riesgo de obesidad, no así en la edad adolescente, donde una ingesta alta sí produce obesidad. La ingesta total de grasa debe estar entre el 30-35% de la ingesta de energía para los preescolares de 2 a 3 años y entre el 25-35% para niños mayores de 4 años. Con un reparto de: 15% de monoinsaturada (aceite de oliva, frutos secos); 10% de poliinsaturada, especialmente de omega 3 (pescados); y hasta el 10% restante como grasa saturada. Restringir la ingestión de ácidos grasos trans y grasa saturada, por lo que se debe evitar el consumo de: carnes grasas, comida rápida, mantequilla y margarina, alimentos industriales hidrogenados, alimentos procesados, bollería industrial y alimentos ricos en aceite de palma y coco. No debe sobrepasarse la cifra de 100 mg/1.000 kcal de colesterol total (Tabla II).

Necesidades de vitaminas, minerales y oligoelementos

Las vitaminas y minerales carecen de aporte calórico y su presencia en cantidades suficientes se garantiza con una dieta variada. Destacan entre ellos, por su importancia: calcio, hierro y vitamina D. El aporte de calcio y vitamina D, que es vital para alcanzar una masa ósea adecuada, se ha comprobado que es inferior al recomendado en el 77% y 100% de los niños españoles, la ingesta diaria de calcio en esta época es algo menor que en la adolescencia, unos 800 mg/día, que se garantiza con una ingestión diaria de 500 ml de leche u otros productos lácteos. El déficit de hierro también es frecuente en estas etapas de la vida, debido a múltiples factores donde juegan un papel importante las infecciones. La ingesta aconsejada de hierro es de 7-10 mg/día, que se garantiza con la ingesta de carnes y frutos secos (cuidado con el atragantamiento).

Se consideran oligoelementos o elementos traza, aquellos que desempeñan un papel fisiológico fundamental o presentan toxicidad potencial, y que se encuentran normalmente en cantidades inferiores a 250 mg/g en los tejidos corporales, alimentos o agua de bebida; la deficiencia de algunos de ellos tiene consecuencias importantes en el crecimiento y desarrollo de los niños (Tablas III y IV).

Estrategias para una alimentación saludable

Los objetivos principales de una alimentación saludable pasan por cubrir las necesidades que permitan un correcto desarrollo y crecimiento, y lo más importante, adquirir hábitos alimentarios saludables que eviten la aparición de enfermedades crónicas en la vida adulta.

Una dieta saludable es aquella que tiene una proporción de alimentos que se ajusta a la distribución contemplada en la dieta equilibrada en términos de nutrientes; para ello, nos podemos guiar por la pirámide de alimentación de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) en el año 2019 (Fig. 1).

Figura 1. Pirámide de Alimentación saludable. SENC (Sociedad Española de Nutrición Comunitaria) publicada en 2019.

Si tenemos que hacer una distribución práctica de la cantidad de alimentos a lo largo del día, y sabiendo que no se recomienda la ingestión de más de un 25% de calorías en forma de un solo alimento, podemos promover la siguiente proporción: 20-25% en el desayuno, 10% media mañana, la comida de medio día un 30-35%, la merienda un 10% y la cena el 20-25% (Fig. 2).

Figura 2. Distribución de los alimentos en las comidas del día.

Especial importancia tiene el desayuno; es una comida principal, rompe el ayuno de 10-12 horas y restituye la homeostasis corporal. Sin embargo, cada vez más, un número importante de niños o no desayunan, o lo hacen insuficientemente. Así, en España, el estudio enKid(13), pone de manifiesto como el 8% no desayuna y el 75% lo hace insuficientemente, no alcanzando el 20-25% de las calorías del día, ni la diversidad de alimentos recomendados (lácteos, cereales, fruta, aceite de oliva, miel o mermelada y, en ocasiones, jamón o fiambre). Un desayuno inadecuado está favorecido por varios factores, como: comer rápido, solo y de pie o viendo la televisión, acostarse tarde y dormir pocas horas. En este contexto, la estrategia para la Nutrición, Actividad física y Prevención de la Obesidad (NAOS) ha establecido un programa como primer paso para una alimentación saludable y de prevención de la obesidad (Fig. 3).

Figura 3. Alimentación de tus niños y niñas. Nutrición saludable de la infancia a la adolescencia. Tomado de: Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad.

Los beneficios del desayuno no solo son nutricionales y metabólicos, sino que también puede favorecer los mecanismos de atención y memoria; un desayuno inadecuado o inexistente se asocia a una disminución de la atención y a un peor rendimiento escolar(14). También se asocia a un riesgo aumentado de sobrepeso en edades posteriores. Esta es la comida familiar que debería ser más calmada, cálida y de mayor convivencia.

La comida de mediodía es la comida principal y debe incorporar alimentos de todos los grupos, muchas veces es excesiva, ya que el niño tiene hambre tras un desayuno frugal, y esto le produce somnolencia excesiva para las tareas de la tarde.

Merienda: debe ser breve, no muy tarde para que el niño llegue con hambre a la cena y completa: lácteos variados, pan, cereales, fruta, etc. Debemos evitar los alimentos tipo snacks, refrescos y dulces. La llamada merienda-cena es una opción nutricional aceptable si incluye alimentos suficientes y variados.

Cena: importante tener en cuenta lo que el niño ha comido a lo largo del día para equilibrar la ración alimentaria y reforzarse en lo que falta, que suelen ser verduras y lácteos.

El agua debe acompañar a todas las comidas. En la mesa no debe estar presente el azucarero ni el salero y el ambiente de las comidas debe ser tranquilo, acompañado, en especial por la familia y realizando la ingesta de forma pausada.

Un concepto novedoso, complementario a la pirámide nutricional, desarrollado por un equipo multidisciplinar formado por 20 profesionales del ámbito de la nutrición del Hospital Sant Joan de Déu y la industria alimentaria (Nestlé®) es el desarrollo de Nutriplato®. Este método de educación nutricional está dirigido a padres y profesionales de la salud, e inspirado en otras iniciativas llevadas a cabo en EE.UU. Incluye un plato didáctico a tamaño real, con diseño atractivo, que muestra las proporciones de los grupos de alimentos que deberían estar presentes en las dos comidas principales del día de los niños (comida y cena): verduras y hortalizas (50%); carne, pescado, huevos, legumbres y frutos secos (25%); y cereales integrales y/o tubérculos 25% (Fig. 4).

Figura 4. Nutriplato®. Tomado de: nutriplatonestlé.es.

En el borde del plato incluye una serie de mensajes para reforzar los buenos hábitos alimentarios y promover un estilo de vida saludable: muévete, come fruta, bebe agua y usa aceite de oliva.

De forma resumida, realizamos al final del tema un decálogo para fomentar hábitos saludables en la alimentación del niño y el adolescente.

Alimentación en el adolescente

La nutrición posee un papel crucial en el desarrollo del adolescente.

La adolescencia es el período de la vida comprendido entre la niñez y la edad adulta.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) la definió en 1975, como la etapa de transición comprendida entre los 10 y 19 años, posteriormente UNICEF postula que se trata de la época donde se desarrollan los cambios: biológicos, psicológicos, emocionales y sociales, necesarios para alcanzar la vida adulta(15).

Estos cambios condicionarán la alimentación de los adolescentes, tanto en las necesidades nutricionales como en la adquisición de los hábitos alimentarios(16).

La nutrición juega un papel crucial en el desarrollo del adolescente. El crecimiento somático y la maduración sexual pueden verse afectados por una inadecuada dieta.

Requerimientos nutricionales

La adolescencia es una etapa de gran aceleración de crecimiento y desarrollo, lo que implica un aumento de los requerimientos calóricos.

El principal objetivo de las recomendaciones nutricionales en este periodo será conseguir un estado nutricional óptimo y mantener un ritmo de crecimiento adecuado. Las necesidades nutricionales se encuentran elevadas, debido a los rápidos cambios que se suceden del ritmo de crecimiento y de la composición corporal(17). Es la segunda época de mayor crecimiento después de la etapa de lactante, donde se gana aproximadamente el 20% de la talla que va a tener como adulto y el 50% del peso.

Los requerimientos nutricionales en el adolescente variarán en función de: sexo, edad puberal, altura, índice de masa corporal (IMC) y, especialmente, grado de actividad física. Por ello, es difícil establecer unas recomendaciones estándar que se ajusten a todos los adolescentes por igual.

En promedio, las necesidades energéticas se calculan entre 2.500- 2.750 kilocalorías en los chicos y 2.200-2.300 en las chicas (Tabla I). En líneas generales, la proporción de macronutrientes recomendada en la dieta de los adolescentes no varía mucho de la que se recomienda para niños escolares o para adultos (12-15% de proteínas, 25-35% de lípidos, 50-58% de hidratos de carbono)(9,18) (Tablas I y II); aumentando las necesidades de hierro, vitaminas (A, D y C), ácido fólico y calcio. Son superponibles todas las recomendaciones dadas en el apartado anterior de alimentación en el niño, para alcanzar una dieta saludable basadas en la pirámide de alimentación(19) o en los actuales modelos de plato nutritivo.

En cuanto a recomendaciones específicas por grupo de alimentos, destacaremos las publicadas recientemente acerca del consumo del azúcar. El Comité de Nutrición de la European Society for Paediatric Gastroenterology Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) recomienda en niños y adolescentes, evitar la ingesta de “azúcares libres” al mínimo posible (<5% requerimientos energía diarios, lo que corresponde con 15-28 g y 16-37 g de azúcar en niñas y niños, respectivamente) para evitar efectos deletéreos: caries dentales, obesidad, diabetes mellitus tipo 2(11).

Hábitos alimentarios

La conformación de la personalidad y las adquisiciones sociales de independencia, entre otros aspectos, afectará a los hábitos alimentarios y el estilo de vida.

En esta etapa, se suceden múltiples cambios en el estilo de vida que conformarán nuevos hábitos alimentarios(20). Se perfila la personalidad, se vuelven independientes, controlan la ingesta según sus preferencias, así como qué actividad física realizar. Todo ello bajo la influencia del entorno que les rodea (grupo de amigos, publicidad…). Siguen “patrones de alimentación social”: se saltan comidas principales o las sustituyen por “picoteos”, pasan más tiempo fuera de casa con aumento de consumo de comida rápida o realizan dietas erráticas o caprichosas.

Estos hábitos adquiridos van a repercutir no solo en el estado de salud actual, sino que a la larga pueden producir efectos no deseados en su salud como: irritabilidad, trastornos del sueño, problemas digestivos, dificultad de concentración, detención de crecimiento, alteraciones menstruales, etc.; así como van a jugar un papel clave en la prevención de enfermedades crónicas importantes, donde podemos incluir: obesidad, enfermedad coronaria, algunos tipos de cáncer, síndrome metabólico o la diabetes tipo 2.

La obesidad y el sobrepeso es también uno de los mayores y preocupantes problemas nutricionales en la adolescencia. Como ya hemos comentado, en el año 2005, en España, desde las instituciones centrales, se pone en marcha la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad (NAOS), encaminada a la promoción de hábitos alimentarios saludables e impulsar la práctica regular de la actividad física, especialmente durante la etapa infantil(21). A pesar de ello, las cifras de sobrepeso y obesidad en España siguen mostrando crecimiento. El estudio ALADINO 2015(22), reflejó datos sobre la prevalencia de obesidad en la población infantojuvenil del 18,1%, frente al 13, 9% publicado en el estudio transversal Enkid en el 2004(13). Por todo ello, la adolescencia es considerada un período vulnerable desde el punto de vista de la alimentación. Es frecuente que los adolescentes adopten “formas no convencionales de alimentación”, que pueden desembocar en verdaderos trastornos del comportamiento alimentario, si no se detectan. En este sentido, parece razonable ser conocedor de estas formas de alimentación peculiares o poco convencionales, y de los errores nutricionales más frecuentes en los jóvenes (Tabla V).

Riesgos nutricionales en la adolescencia

Período de especial riesgo nutricional, debido a las características fisiológicas distintivas de esta etapa.

Como ya hemos comentado, en esta etapa se dan una serie de condiciones que aumentan el riesgo nutricional. Destacando entre los múltiples factores de riesgo nutricional: incremento de las necesidades, dietas erráticas y caprichosas, aumento del consumo de snack, comida rápida y bebidas refrescantes. A ello se asocian otras situaciones que pueden coexistir en la adolescencia, potenciando el riesgo nutricional como: presencia de enfermedad crónica, embarazo, actividad deportiva intensa o de competición, medicación crónica (antiepilépticos, anticonceptivos orales…) y abuso de drogas.

En líneas generales, se observa en este grupo de edad: bajo consumo de hidratos de carbonos complejos, fibras, frutas y vegetales, mientras que existe un aumento del consumo de: proteínas, grasas saturadas, colesterol, hidratos de carbonos refinados y sal. En función de estas deficiencias observadas, proponemos una serie de recomendaciones y consejos prácticos para la elaboración de una dieta saludable (ver más adelante, apartado Decálogo). Una opción idónea es aconsejar la dieta mediterránea, que ha demostrado proporcionar beneficios para la salud(23).

Reiteramos la presencia de trastornos nutricionales como: obesidad, desnutrición y añadimos situaciones de carencia de nutrientes específicos(24):

• Déficit de hierro. Es el más frecuente. Las necesidades de hierro se incrementan durante la adolescencia, debido a la formación de los tejidos musculares y sanguíneos y, en el caso de las chicas, por las pérdidas secundarias a la menstruación. Las ingestas recomendadas oscilan según la edad y el sexo, entre 8 y 15 mg/día. Debemos aconsejar alimentos ricos en hierro (carnes, mariscos y/o frutos secos) y un aporte adecuado de vitamina C, que aumenta la absorción de hierro.

• Déficit de calcio. Para asegurar el crecimiento óptimo y alcanzar el pico máximo de masa ósea, se precisa un balance positivo, estableciéndose ingesta diaria recomendada de 1.200-1300 mg de calcio; siendo el nivel máximo tolerable de 2.500 mg/día. El consumo de leche y productos lácteos será la clave para asegurar un aporte adecuado y, así de este modo, prevenir la osteoporosis en la época adulta. No se deben sobrepasar las recomendaciones, ya que puede condicionar hipercalciurias y alterar la absorción intestinal de hierro y zinc.

• Déficit de zinc. Es esencial para el crecimiento y la maduración sexual. Las últimas recomendaciones aconsejadas son de 11 mg/día en varones y 9 mg/día en mujeres, entre 14-18 años. Las principales fuentes son: pescado (lenguado, atún, salmón), carnes, hígado, leche, huevos y queso. El zinc de los vegetales es poco biodisponible, por lo que puede provocar carencias en las dietas vegetarianas extremas.

• Déficit de vitaminas. Para los adolescentes se recomiendan, especialmente, las vitaminas que se relacionan con la síntesis de proteínas y la proliferación celular:

- Vitamina A: se encuentra mayoritariamente en la materia grasa de alimentos de origen animal, como: carnes, hígado de pescado o de ternera, cordero o yema de huevo, leche, mantequilla, queso o nata, y margarina enriquecida.

- Vitamina D: está relacionada con el metabolismo del calcio y del fósforo. Se sintetiza gracias a la exposición solar.

- Ácido fólico: es muy importante en la síntesis de ADN y en el metabolismo proteico.

- Vitamina B12 y B6, riboflavina, niacina y tiamina: todas están implicadas en el metabolismo energético, debido a que intervienen en diferentes reacciones enzimáticas.

Decálogo para fomentar hábitos saludables en la alimentación del niño
y el adolescente

Podemos resumir de una manera práctica en 10 sencillos puntos, las recomendaciones para una alimentación saludable en estas edades:

1. Servir las raciones apropiadas en tamaño, para asegurar un aporte calórico suficiente, según la edad del niño y su actividad física, así como una correcta proporción entre los principios nutritivos.

2. Tener en cuenta las preferencias, gustos y aversiones del niño. Los alimentos se deben presentar en forma atractiva y variada. Invitar a participar de las comidas en familia (compra, preparación y disfrute).

3. Es el niño el que regula la cantidad de lo que come, según la sensación de hambre o saciedad. No se le debe forzar ni amenazar. Los alimentos no se deben ofrecer como recompensa o castigo.

4. El aporte de alimentos se debe distribuir en 4 o 5 comidas al día, evitando la ingesta entre horas.

5. Hacer un buen desayuno: levantar al niño con tiempo suficiente para que pueda desayunar tranquilamente. Todo desayuno debe incluir, al menos: lácteos, cereales y fruta.

6. Completar en la cena la comida del mediodía, sobre todo en los niños que usan comedores escolares.

7. Aumentar la ingesta de alimentos ricos en hidratos de carbono complejo, ricos en fibra y reducir el consumo de: azúcares, bollería, y dulces. No premiar, sobornar o recompensar a los niños con estos alimentos u otros típicos de comida rápida.

8. Ingerir carnes pobres en grasa y estimular la ingesta de pescado rico en grasa poliinsaturada con omega 3.

9. Usar aceite de oliva como grasa principal, utilizando lo menos posible grasa de origen animal.

10. La bebida principal de las comidas debe ser el agua, restringiendo el consumo de refrescos y bebidas carbonatadas que contribuyen a la obesidad.

Estas características las cumple la dieta mediterránea, que es el mejor ejemplo de alimentación saludable. En nuestro país, su puesta en práctica es fácil, porque se dispone de todos los alimentos que la componen.

Además, las anteriores recomendaciones las debemos de acompañar de 60 minutos de ejercicio físico diario al aire libre, siempre que sea posible, comer en familia sin distracciones y hacer un uso razonable de las TICs.

Función del pediatra de Atención Primaria

El pediatra de Atención Primaria tiene en sus manos la prevención de las enfermedades no transmisibles, que son la primera causa de morbi-mortalidad en nuestro mundo, controlando los principales factores de riesgo asociados a ellas.

El pediatra de Atención Primaria debe implicarse de forma activa en la consecución de una dieta saludable, así como en la adquisición de hábitos alimentarios adecuados.

En las visitas que realiza la familia y el niño, sobre todo en las revisiones programadas, tiene que valorar: dieta, actividad física, uso de las TICs, medir la tensión arterial y antropometría del niño con peso, talla e IMC; así será posible detectar factores de riesgo importantes para el desarrollo de enfermedades como: obesidad, hipertensión, diabetes, etc.

Se puede ayudar de material publicado a tal efecto, como son las “Guías Alimentarias” de diferentes sociedades. Estas pueden constituir una herramienta de educación nutricional y de promoción de la salud de gran utilidad para trasladar una serie de recomendaciones mediante mensajes claros y asequibles, con el objetivo de promover los beneficios de una alimentación más saludable.

Deben saber implicar a la familia, ya que esta puede ejercer una influencia favorable en la dieta y el desarrollo de adecuados patrones de conducta alimentaria de niños y adolescentes.

Hay que pensar que la adolescencia puede ser la última etapa en la que poder influir en los hábitos alimentarios, fomentando el desarrollo de un pensamiento crítico sobre las normas que, en materia de alimentación, impone la sociedad y la publicidad, en la actualidad.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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22. Estudio ALADINO 2015: Estudio de Vigilancia del Crecimiento, Alimentación, Actividad Física, Desarrollo Infantil y Obesidad en España 2015. Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición. Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Madrid. 2016.

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Bibliografía recomendada

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Revisión detallada de la EFSA, basada en 32 opiniones científicas durante 7 años que abarcan los valores de referencia dieteticos en: agua, grasas, carbohidratos, fibra, proteínas, energía, 14 vitaminas y 13 minerales.

- Expert panel on integrated guidelines for cardiovascular health and risk reduction in Children and Adolescents: Summary report. Pediatrics. 2011; 128: 213-56.

Revisión de los factores de riesgo en la infancia y adolescencia, que aceleran el desarrollo de la enfermedad cardiovascular aterosclerótica en el adulto.

- ESPGHAN Committee on Nutrition. Supplementation of N-3 LCPUFA to the Diet of children Older Than 2 Years: a commentary by the ESPGHAN Committee on Nutrition. JPGN. 2011; 53(1).

Revisión del comité de nutrición de la EPSGHAN sobre el beneficio de la suplementación con ácidos grasos poliinsaturados (LCPUFA) en la alimentación de niños mayores de 2 años con enfermedades crónicas como asma, TDAH, fenilcetonuria y fibrosis quística.

- EPSGHAN Committee on Nutrition. Role of Dietary Factors and Food Habits in the Development of Childhood Obesity: A Commentary by the ESPGHAN Committee on Nutrition. JPGN. 2011; 52(6).

Comentario del Comité de Nutrición de la ESPGHAN donde se hace un resumen de los factores relacionados con la nutrición en la prevención de la obesidad en niños de 2 a 18 años.

- Tojo R, Leis R y grupo de trabajo estrategia NAOS. La obesidad en la infancia y adolescencia. Nutrición, actividad física y prevención de la obesidad. Estrategia NAOS. Ministerio de Sanidad y Consumo. Madrid: Médica Panamericana. 2007. p. 69-112.

Revisión de los factores de riesgo de obesidad y sus comorbilidades en niños. Establece las recomendaciones a pediatras, familia y escuela para la prevención de la misma dentro de la estrategia NAOS.

- Mozaffarian D, Katan MB, Ascherio A, Stampfer MJ, Willett WC. The trans fatty acids and cardiovascular disease. N Engl J Med. 2006; 354: 1601-13.

Revisión sobre el efecto negativo de los ácidos grasos trans sobre la salud cardiovascular. Efecto que es tanto o más negativo que el de los ácidos grasos saturados. Alerta sobre el efecto de la comida rápida.

- Demory-Luce D, Motil KJ. Adolescent eating habits. Uptodate. Actualizado en octubre de 2019 (consultado en enero de 2020). Disponible en: https://www.uptodate.com/contents/adolescent-eating-habits.

Revisión sistemática actualizada de las necesidades nutricionales y de los comportamientos alimentarios en los adolescentes.

- Guía de la alimentación saludable para Atención Primaria y colectivos ciudadanos. Sociedad Española de Nutrición Comunitaria. Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC). Madrid 2019. Disponible en: http://www.nutricioncomunitaria.org/es/noticia/guia-alimentacion-saludable-ap

Nueva Guía de alimentación saludable elaborada por la colaboración de múltiples sociedades científicas entre las que se encuentra la SEPEAP. Pretende acercar a los profesionales de la salud y al público en general, las cualidades y beneficios de una alimentación y hábitos saludables.

Otro material de interés:

– https://doi.org/10.17226/10490. Institute of Medicine. 2005. Dietary Reference Intakes for Energy, Carbohydrate, Fiber, Fat, Fatty Acids, Cholesterol, Protein, and Amino Acids. Washington, DC: The National Academies Press.

Guía Americana que establece recomendaciones para: energía, carbohidratos, fibra, grasa, ácidos grasos, colesterol, proteínas y aminoácidos con RDI y RDA.


– https://sede.educacion.gob.es/publiventa/programa-de-alimentacion-nutricion-y-gastronomia-para-educacion-infantil-pangei-el-gusto-es-mio/educacion-infantil-y-primaria-alimentacion/20892.

Programa de Alimentación, Nutrición y Gastronomía para la Educación Infantil (PANGEI), desarrollado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y AECOSAN. Guía con recursos didácticos para profesores, para que los escolares se interesen por los alimentos y la salud, y disfruten con una alimentación sana.

http://www.aecosan.msssi.gob.es/AECOSAN/web/nutricion/subseccion/material_didactico_familias.htm

Guía para la alimentación de los niños, dando pautas importantísimas a las familias basadas en la estrategia NAOS 2011.

http://www.aecosan.msssi.gob.es/AECOSAN/docs/documentos/nutricion/educanaos/documento_consenso.pdf.

Documento de consenso sobre la alimentación en los centros educativos dentro de la estrategia NAOS de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN).

- La alimentación de tus niños y niñas. Nutrición saludable de la infancia a la adolescencia. Agencia española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Madrid. 2010.

 

Caso clínico

 

Paciente de 14 años que acude a consulta programada con su pediatra para revisión de niño sano. En la exploración física destaca: peso: 62 kg (p80, +0. 85 DE); talla: 165 cm (p49, -0,02DE); e índice de masa corporal (IMC): 22,8 kg/m2 (p89, 1,20 DE). Sin antecedentes personales relevantes.

Dado los datos antropométricos en rango de sobrepeso, realizamos encuesta nutricional a la familia con los siguientes datos destacados:

No suele desayunar a diario. Fines de semana toma restos de la cena del día anterior.

Come en el comedor escolar, pero rechaza la toma de pescado, frutas y verduras.

Suele acompañar las comidas principales los fines de semana con bebidas carbonatadas o zumos comerciales.

Algunas tardes que tiene actividad extraescolar de idioma no merienda por falta de tiempo.

Cena grandes cantidades, según refiere el niño por llegar con mucho apetito.

Suele hacer picoteos a lo largo del día de productos manufacturados comprados con la paga de sus abuelos.

No realiza actividad física reglada salvo la realizada en la hora de educación física en el instituto. Suele ocupar su tiempo libre en horas de televisión y con el móvil, él mismo cree que puede estar hora y media diaria viendo la televisión y dos o tres horas con el móvil.

 

 

Alimentación complementaria

V. Martínez Suárez*, J. Dalmau Serra**
Temas de FC


V. Martínez Suárez*,
J. Dalmau Serra**

*Servicio de Salud del Principado de Asturias.
**Ex Coordinador del Comité de Nutrición de la AEP

Resumen

La introducción de la alimentación complementaria es un acontecimiento importante en la historia nutricional del niño, pudiendo tener consecuencias inmediatas y condicionar su salud futura. Además de determinar el aporte de macro y micronutrientes necesarios para un adecuado crecimiento, en determinadas circunstancias se relaciona con otros problemas de salud. Por eso el momento de incorporación de nuevos alimentos a su dieta, el orden en que se deben ofrecer y la necesidad de los nutrientes que pueden contener han sido ampliamente debatidos, cambiando las recomendaciones a lo largo del tiempo. En este documento se analiza la relación entre la alimentación complementaria –cuándo, qué, cómo– y el impacto que podría tener sobre el riesgo de enfermedad del niño, revisando la influencia atribuida a la nutrición en el desarrollo de enfermedad celíaca, diabetes y obesidad, aparte de malnutriciones específicas de algún elemento. Todo ello exponiendo indicaciones sobre los requisitos nutricionales infantiles y algunas sugerencias prácticas.

 

Abstract

The introduction of complementary feeding is an important event in the nutritional history of the child, as it may have immediate consequences and condition future health. In addition to its contribution of macro and micronutrients necessary for adequate growth, in certain circumstances it can be related to other health issues. Therefore the time of introduction of new foods into the diet, the order in which they should be offered and the need for the nutrients they may contain have been widely debated and recommendations modified over time. In this document we will analyze the relationship between complementary feeding – when, what, how – and the impact that it could have on the risk of child disease, reviewing the influence attributed to nutrition in the development of celiac disease, diabetes and obesity, apart from specific element malnutrition situations. This will be revised whilst sharing children’s nutritional requirement indications and practical suggestions.

 

Palabras clave: Alimentación complementaria; Alergia; Enfermedad celíaca; Diabetes; Destete dirigido por el bebé.

Key words: Complementary feeding; Allergy; Celiac disease; Diabetes; Baby led weaning.

Pediatr Integral 2020; XXIV (2): 90 – 97


Alimentación complementaria

Existe una gran variación en las recomendaciones y propuestas

Hay datos que indican que el tipo de leche que reciba el niño pequeño y la composición de su régimen alimentario se asocian a variaciones importantes en el aporte de macro y micronutrientes, pudiendo tener efectos sobre la salud a corto, medio y largo plazo. Además, se acepta de forma general que la lactancia materna (LM) durante los primeros meses de vida seguida por una alimentación complementaria (AC) correcta deben considerarse objetivos prioritarios en las políticas sanitarias. Pero a diferencia de lo que ha ocurrido con la leche materna o con las fórmulas infantiles, sobre la AC ha existido escasa investigación y se dispone de una evidencia científica limitada. Como consecuencia tenemos gran variación en las recomendaciones y mucha más en la práctica, influida además por factores cada vez más descontrolados, como quién la recomienda, cómo deciden sobre ella los padres y qué papel juega la confusión generada por Internet, las redes sociales y la presión comercial. Existen otros elementos que mantienen la variabilidad y el debate abierto. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el año 2003 recomendó como medida de salud global que los niños tomasen leche de su madre de forma exclusiva durante los primeros seis meses de vida(1), teniendo que recibir a partir de ese momento una AC nutricionalmente adecuada y segura. La tendencia actual es a cambiar esa declaración respecto a la diversificación de la dieta a partir de una edad fija (180 días) por la definición de un rango de tiempo (4-6 meses), dejando las decisiones para cada caso a los profesionales de la salud y a los padres. Sumado a lo anterior, la forma en que se introduce la AC en la dieta del lactante está fuertemente arraigada a costumbres culturales, históricas y sociales(2).

Su denominación hace referencia a su función (completar lo que le falta a la leche materna o de fórmula) y se extiende al período de la vida del lactante en que se introducen en la dieta de forma gradual diferentes alimentos hasta que llegue a adquirir el modelo de alimentarse propio del niño mayor. Esta definición se basa en la propuesta por la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN)(3), que está en línea con la dada posteriormente por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)(4), el Comité Asesor Científico de Nutrición del Reino Unido (SACN)(5), el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA)(6) y la Academia Americana de Pediatría (AAP)(7). En su posicionamiento la OMS también consideraba AC a los sustitutos de la leche de mujer, pero el resto de instituciones y órganos consultivos consideran que esa valoración lleva a la confusión, aunque reconociendo que pudiera tener algún efecto protector de la LM en los países en vías de desarrollo.

Al plantearnos el balance entre beneficios y riesgos de modificar la dieta, hemos de tener en cuenta las necesidades nutricionales del niño, las características de cada alimento y las condiciones individuales, además de las circunstancias que puedan influir en las mismas (Tabla I).

El conocimiento y la decisión sobre todo ello, son obligación y responsabilidad principalmente del pediatra.

Necesidades nutricionales

El pediatra ha de conocer las orientaciones propuestas y las desviaciones posibles.

Diferentes organismos nacionales e internacionales proporcionan indicaciones específicas sobre la idoneidad de la LM exclusiva durante los primeros 6 meses de vida. Sin embargo, en la segunda mitad del primer año la leche de mujer no es capaz por sí sola para suministrar una cantidad suficiente en calorías, proteínas, zinc, hierro, ácidos grasos de cadena muy larga (LC-PUFAs) y vitaminas liposolubles (vitaminas A, D, K), necesarias para garantizar un crecimiento adecuado del lactante. Las ingestas recomendadas que se señalan en la tabla II para los lactantes sanos de entre seis y doce meses de edad fueron extraídas de los documentos de la EFSA aparecidos en los últimos años y de las DRI del Institute of Medicine americano (IOM) y aparecen disponibles en su página oficial.

Dichos requisitos solo deberían servir como una orientación para el pediatra, que ha de conocer las desviaciones más frecuentes(8) y en caso necesario saber realizar una evaluación individual de las necesidades del niño y como suplirlas.

Propuesta de introducción de la alimentación complementaria

Se debe individualizar cada caso y reconocer aquellos que merecen mayor atención.

Existe un tema fundamental y en el que siempre se debe de insistir: hay que individualizar cada caso y tener en cuenta los grupos de niños que exigen mayor atención. Para el lactante que fue recién nacido a término, de peso adecuado, sano, de cultura culinaria familiar europea, sin antecedentes familiares ni personales de atopia, sin fuertes antecedentes de obesidad, con curva de ganancia de peso adecuada, el margen de libertad (seguridad) es amplio. Pero hay situaciones especiales (de probable riesgo) que se deben reconocer ya desde la primera entrevista (Tabla III).

Tras valorar esas situaciones y teniendo en cuenta las circunstancias que rodean a cada lactante, ha de decidirse la edad de comienzo, con qué alimentos empezar, en qué cantidades y de qué forma hacerlo.

Momento de inicio

No existe una edad precisa de introducción de los alimentos complementarios, aunque sí un período con menores riesgos.

La decisión debería ser individualizada y basada tanto en las necesidades de nutrientes específicos y en su evolución antropométrica como en la evaluación de su madurez neurológica y el interés por la comida(9). En los países desarrollados hoy se aconseja que la introducción de alimentos diferentes de la leche no se realice nunca antes de las 17 semanas ni después de las 26. Algunos organismos hacen recomendaciones diferentes según los niños tomen LM o fórmula artificial, pero el Comité de la ESPGHAN no cree conveniente esta separación porque puede llevar a confusión. En una reciente actualización la EFSA ha realizado una revisión de sus declaraciones anteriores en relación al tema, manteniendo el criterio de que no existe una edad precisa a la que se deban introducir alimentos complementarios. Opina que la mayoría de los lactantes no necesitan AC antes de los seis meses de edad, porque la alimentación exclusiva con leche de mujer proporciona suficientes nutrientes hasta esa edad, excluyendo únicamente de este planteamiento general a aquellos en riesgo de carencia de hierro (nacidos con escasas reservas: prematuros, bajo peso al nacer, preeclampsia, desprendimiento de placenta, cesárea, pinzamiento precoz del cordón o que tienen una velocidad de crecimiento elevada; o expuestos a una deficiencia por ser hijo de madre diabética o vegetariana), que se beneficiarían de la introducción temprana de alimentos ricos en este mineral. Salvo ese caso, no hay evidencia de que el inicio de la diversificación de la dieta antes de los 6 meses sea beneficioso o perjudicial(10). Un estudio multicéntrico europeo que incluyó a nuestro país muestra una introducción de la AC antes de la edad recomendada en un porcentaje alto de niños (alrededor del 25% antes de los 4 meses)(11). También recoge que la edad se adelanta en los niños alimentados con fórmula en comparación con los niños amamantados (a los 4 meses el 37,2% de los lactantes con fórmula inició la AC, frente a un porcentaje del 17,2% en los que maman). Y el análisis de regresión múltiple de los datos obtenidos reveló la baja edad de la madre, el bajo nivel educativo y el tabaquismo materno como factores predictores de una introducción precoz de sólidos.

Orden

No existen pruebas sobre que sea preferible una secuencia de introducción de alimentos sobre otra.

Como idea general, la elección de alimentos para comenzar la ingesta de alimentos complementarios puede plantearse de dos maneras: teniendo en cuenta nutrientes específicos para la edad (hierro, zinc, aminoácidos esenciales, ácidos grasos de cadena larga) o por el tipo o grupo de alimentos. Actualmente no existen pruebas científicas sobre los beneficios de la introducción de la AC en una secuencia específica. Sin embargo, sí disponemos de experiencias publicadas que indican que además de atender a la necesidad de energía extra, en algunos casos en que el contexto lo sugiera los alimentos ricos en hierro y zinc, como los cereales y la carne, deben ser tenidos como una opción mejor que otras para comenzar este proceso.

Alimentación complementaria y alergia

Retrasar la introducción de alimentos potencialmente alergénicos no tiene ningún efecto preventivo.

El retraso en la introducción de alimentos potencialmente alergénicos (pescado, huevo, frutos secos, algunas frutas) no tiene ningún efecto preventivo en el desarrollo de alergias ni en la población sana ni en la población con riesgo atópico. Esta afirmación basada en datos epidemiológicos cambia la tendencia tradicional, aceptándose que más importancia que la capacidad alergénica intrínseca de algunos alimentos tienen los factores ambientales y genéticos. Ya en 2008 el Comité de Nutrición (CN) y la Sección de Alergia e Inmunología de la Academia Americana de Pediatría y el CN de la Asociación Española de Pediatría (AEP)(12) habían resaltado la falta de datos científicos convincentes para aplazar la exposición a alimentos potencialmente alergénicos después de los 6 meses, indicando que incluso pudiera ser perjudicial. Esto viene siendo ratificado en las recomendaciones efectuadas por otros comités científicos en base a publicaciones más recientes(13). En cambio, sí existe evidencia de que la introducción muy precoz de sólidos (antes de los 4 meses) aumenta el riesgo de atopia.

Al considerar el efecto del pescado debe señalarse que su consumo como complemento de la alimentación con leche no solo no favorece la alergia, sino que sus LC-PUFAs ω-3 pudieran contribuir a su prevención. De hecho el documento de la EFSA citado recomienda que las mujeres que dan el pecho a sus hijos consuman pescado para aumentar la concentración de estos ácidos grasos en la leche, ya que es un nutriente cuya concentración depende de su ingesta. Por tanto, tanto las mujeres que lactan como los lactantes deben consumir pescado blanco con frecuencia (3-4 veces por semana). Respecto al huevo, debe recordarse que la tendencia a retrasar su consumo y de realizar la introducción de la yema y la clara secuencialmente carece de fundamento científico. La introducción del huevo debe hacerse teniendo en cuenta los nutrientes que aporta: es un alimento con un alto contenido en proteínas de alto valor biológico (3,6 g en la clara y 2,6 g en la yema, por unidad), contiene ácidos grasos oleico y linoleico, vitamina D (18 UI/unidad) e hierro (0,5 g/unidad, aunque su biodisponibilidad es inferior a la de otros alimentos proteicos)(14). En resumen, no existe ningún motivo relacionado con la alergia para mantener la LM exclusiva más allá de los 6 meses.

Enfermedad celíaca y diabetes mellitus

La introducción del gluten entre los 4 y 7 meses de forma progresiva es actualmente la opción más recomendable.

Datos de estudios observacionales sugieren que una introducción temprana del gluten (antes de los 4 meses de edad) y, sobre todo, su introducción tardía (después de los 6) podrían aumentar el riesgo de enfermedad celíaca (EC) y retrasar su diagnóstico. Sobre el papel preventivo de la LM disponemos de un pequeño número de ensayos clínicos prospectivos que no permiten establecer consejos generales. Por otro lado, no se ha alcanzado ningún consenso sobre el riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 1 (DMT1) según la edad de introducción del gluten. En los últimos años se ha investigado la posibilidad de inducir tolerancia al gluten mediante prácticas de alimentación en lactantes con riesgo genético de EC, aunque esta estrategia para la prevención primaria es controvertida y no hay recomendaciones definitivas. Respecto a la forma de introducir el gluten, los resultados de un estudio epidemiológico observacional sueco señalan que la administración de gluten en grandes cantidades favorecería el desarrollo de EC en comparación con la administración de raciones pequeñas y medianas, aunque esos resultados fueron puestos en duda recientemente. La duración de la LM tampoco modificó la incidencia de EC en uno y otro caso.

El comité de Nutrición de ESPGHAN era hace unos años categórico en este punto, aconsejando la introducción entre los 4 y 7 meses. Y hacerlo de forma progresiva, preferiblemente mientras el niño está siendo alimentado con LM. La razón que se daba era que incorporar una proteína heteróloga en aquellos individuos con predisposición genética –que son casi el 30%– induciría en este periodo ventana y de forma progresiva la tolerancia con más facilidad. En su último posicionamiento(4) se pone en duda lo anterior, no se sabe aún si esta medida puede tener efecto sobre la incidencia de EC; lo que sí se ha comprobado a lo largo de los últimos años es que la política anterior (retraso en la introducción de gluten y exposición “repentina” al mismo) no ha probado ningún efecto positivo.

Otra cuestión de actualidad. La introducción temprana (en los primeros 4 meses) de leche de vaca, fruta y zumo de fruta pudiera relacionarse con un riesgo mayor de desarrollar autoanticuerpos contra los islotes pancreáticos y favorecer la aparición de DMT1, pero a día de hoy los resultados de las investigaciones en este campo son pocos y fragmentarios.

Prevención del déficit de hierro el segundo semestre de vida

Prolongar la lactancia materna exclusiva más allá de los 6 meses aumenta el riesgo de un estatus férrico deficitario.

Las necesidades de hierro en esta época de la vida son fácilmente variables dependiendo de las pautas de alimentación y de otros factores, como la velocidad de crecimiento y las infecciones. Si el niño recibe LM exclusiva más allá de los seis meses corre el riesgo de desarrollar un déficit de hierro y anemia, ya que a partir de los 4-6 meses los depósitos de hierro se van agotando, especialmente en madres con ferropenia con o sin anemia, y el equilibrio solo puede mantenerse gracias a los aportes exógenos. La atención a este nutriente debe ser especialmente importante en niños con riesgo de nacer con depósitos de hierro disminuidos y, por tanto, más vulnerables a desarrollar una anemia ferropénica.

Alimentación complementaria y riesgo de obesidad

La introducción precoz de alimentos complementarios y el exceso de proteínas en la dieta pueden aumentar el riesgo de obesidad

Algunos estudios observacionales sugirieron que una introducción de alimentos complementarios por debajo de los 4 meses podría aumentar el riesgo de sobrepeso/obesidad, aunque hoy no se dispone de evidencia suficientemente consistente para aceptar que la edad de inicio en su consumo tenga algún efecto ni sobre el exceso de peso ni sobre la diabetes tipo 2, la hipertensión y la enfermedad coronaria. Por el contrario, una ingesta de proteínas de más del 15% de la energía total entre los seis y veinticuatro meses de edad puede conducir en algunos sujetos a fenómenos de rebote adiposo temprano, favoreciendo así el desarrollo de obesidad futura. Hasta la fecha no se ha encontrado asociación entre un consumo de grasas elevado tras los 4 meses y la obesidad en edades posteriores. Respecto a los zumos de fruta, los jugos de vegetales y bebidas azucaradas, no ofrecen beneficio nutricional alguno, aumentan la ingesta calórica total y pudieran marcar la apetencia por el sabor dulce. Un consumo temprano de sal podría dar lugar a una preferencia por los sabores salados, con la consiguiente ingesta persistente de sal también en las siguientes edades, lo que se ha relacionado con niveles mayores de presión arterial especialmente en niños predispuestos genéticamente. Por tanto, sería beneficioso moderar la ración proteica (sobre todo la que acompaña al puré del mediodía en forma de proteína de alto valor biológico, carne y/o pescado), que con 25-30 gramos sería suficiente. Y según la información disponible hasta después del año de edad no tendría que añadirse ni azúcar ni sal a la comida del niño.

Riesgos nutricionales especiales: dietas vegetarianas

El vegetarianismo en el lactante es un riesgo nutricional reconocido y exige un control especial.

Respecto a las dietas vegetarianas la ESPGHAN las considera de alto riesgo y aconseja que el lactante y el niño tomen diariamente 500 ml de leche materna o leche de fórmula y derivados lácteos. Este consejo no hace sino ratificar la noción de especial vulnerabilidad en que pueden estar estos niños, a los que en todo caso habría que hacer un seguimiento especial. Una dieta estrictamente vegana, sin ningún suplemento de nutrientes, pone al lactante en trance de desarrollar una situación de deficiencias nutricionales que pueden tener graves consecuencias. En particular, la ingesta inadecuada de vitamina B12 puede causar daño neurológico irreversible en el lactante pequeño con una sintomatología semejante a la de una acidemia orgánica cuyo diagnóstico diferencial solo puede hacerse mediante los estudios analíticos pertinentes(15). Este riesgo también está presente en los que son amamantados por una madre vegana. Desde el ámbito sanitario ha de insistirse en que una dieta vegana es deficiente en ácidos grasos esenciales, vitamina D, hierro y zinc, y en el niño pequeño es perjudicial para su salud y desarrollo.

Por otra parte, hemos de considerar que nuestra sociedad tiende cada vez más a la realización de dietas especiales, y algunas de ellas excluyendo alimentos fundamentales en el lactante (literalmente “individuo que lacta”, que toma leche), tales como las llamadas bebidas vegetales como sustitutos de la leche en la dieta, sin ningún control pediátrico, con muy baja densidad calórica (20-40 kcal/100 ml) y que pueden llevar a los niños a desequilibrios nutricionales. Ninguna bebida “vegetal” suple a la leche en valor nutricional; tampoco en su fácil disponibilidad y precio.

Modos de introducción de los nuevos alimentos

La forma mixta BLW y alimentación con cuchara puede ser una manera razonable de llevar a cabo la diversificación de la dieta.

No se dispone de estudios que con un diseño adecuado hayan abordado los aspectos prácticos de la introducción de alimentos complementarios, aunque basándose en la experiencia se recomienda que se realice de forma individual (un nuevo alimento cada vez), preferentemente cocinados mediante hervido, sin sal, edulcorantes, saborizantes ni conservantes, a intervalos de dos a cuatro días, observando su tolerancia y aceptación. Se debe hacer hincapié en la importancia de la combinación de grupos de alimentos (carne, cereales, verduras, frutas y legumbres) y en su integración, con la que en poco tiempo el lactante consumirá los principales alimentos en combinación con la leche humana o de fórmula. Las texturas han de ir cambiando gradualmente (de líquido a puré, de puré a picado y cortado en cubitos), aumentando la consistencia a medida que el niño crece. A los doce meses de edad pueden recibir el mismo tipo de comida que el resto de la familia, evitando alimentos que puedan causar atragantamientos o asfixia, como frutos secos, granos enteros sin cocinar y golosinas. Las habilidades de alimentación se adquieren mientras el lactante crece y se desarrolla con una evolución ordenada y dependiente del grado de estimulación que recibe(16) (Tabla IV).

Los alimentos procesados y fortificados desempeñan un papel fundamental en el suministro adecuado de nutrientes a los lactantes y niños de corta edad en sociedades eminentemente urbanas y sometidas a grandes cambios sociales, con disponibilidad a veces escasa de preparados de alimentos complementarios a partir de productos frescos(17). Se comercializan sometidos a una rigurosa reglamentación técnica y sus ventajas respecto a los de elaboración doméstica aparecen recogidas en la tabla V.

Baby lead weaning

En los últimos años han surgido nuevas técnicas para llevar adelante la AC que rompen algunos esquemas anteriores(18). La AC dirigida por el bebé (Baby-led weaning, BLW) es una alternativa a la alimentación con cuchara por parte de los cuidadores, ofreciendo piezas de comida que el niño puede ir consumiendo por propia iniciativa. Inicialmente este planteamiento provenía de una experiencia práctica anecdótica, seguida de estudios observacionales a pequeña escala manejados por Gill Rapley en la redacción de su trabajo de doctorado(19). Estos niños deben ser alimentados fundamentalmente con leche, idealmente amamantados exclusivamente y a demanda, ofreciéndoles alimentos complementarios a partir de los seis meses de edad, una vez lograda la estabilidad postural para sentarse y agarrar objetos. Según refieren algunos autores tendría algunas ventajas, como el mejor control del apetito, la prolongación del amamantamiento, la consecución de una dieta más variada, mejorar las relaciones familiares durante las comidas, fomentar el desarrollo de habilidades motoras, promover la autonomía del bebé, ahorrar tiempo y dinero y alentar una ingesta dietética más saludable para los padres. No obstante, la escasez de datos fiables sobre el BLW es un motivo de incertidumbre y preocupación para los pediatras, que consideran para este modelo algunos riesgos (Tabla VI).

Lo cierto es que para ofrecer pautas basadas en la evidencia y proporcionar apoyo profesional bien informado a los padres, sería necesario un fundamento empírico más consistente, idealmente distinguiendo qué elementos del método son efectivos. La realidad es que Google ofrece casi ocho millones de resultados sobre este tema con informaciones heterogéneas (consultado en noviembre de 2019). Puede decirse que la falta de estudios con base científica puede esgrimirse tanto frente sus defensores como a sus detractores.

Recientemente, el Comité de Lactancia Materna y el Comité de Nutrición de la AEP(20), tras revisar los posibles inconvenientes comentan los siguientes aspectos:

1. ¿Se pueden dar triturados si se aplica el BLW? A pesar de que no hay consenso claro sobre la definición de BLW, la más clásica asume que en ella es el bebé el único que coge los alimentos, sin que el adulto “le dé de comer”.

2. ¿Cómo se debe ofrecer la comida si se realiza BLW? Al principio se debe ofrecer la comida tipo “finger food” o en palitos. Así, él podrá agarrar la comida con su puño y comer lo que sobresale. Cuando la habilidad motora mejora, se puede ofrecer comidas seguras cortadas en pequeños trozos.

En la práctica, la mayoría de los padres adoptan un enfoque mixto para el destete y en solo el 8% de los casos se adopta un enfoque estricto dirigido por el bebé(21). Esa forma mixta con BLW y alimentos en puré dados con una cuchara podría asegurar una ingesta de hierro y calorías en aquellos sujetos con riesgos específicos.

Falsos mitos y negligencias

En torno a la AC circulan –quizá más que en otros temas pediátricos– muchas ideas equivocadas y existen algunos mitos o prácticas acientíficas o pseudocientíficas, alguna de las cuales resumimos en la tabla VII.

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

1. Pan American Health Organization/World Health Organization. Guiding principles for complementary feeding of the breastfed child. Washington DC: Pan American Health Organization. 2003. Disponible en: https://www.who.int/nutrition/publications/guiding_principles_compfeeding_breastfed.pdf.

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4.** EFSA Panel on Nutrition, Novel Foods and Food Allergens (NDA). Scientific Opinion. Appropriate age range for introduction of complementary feeding into an infant’s diet. EFSA Journal 2019;17(9):5780. doi: 10.2903/j.efsa.2019.5780.

5. Feeding in the first year of life: SACN report The Scientific Advisory Committee on Nutrition (SACN) report on feeding in the first year of life. 2018. Disponible en:
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6. English LK, Obbagy JO, Wong YP, Butte NF, Dewey KG, Fox MK, et al. Complementary feeding and developmental milestones: a systematic review. Am J Clin Nutr. 2019; 109: 879S-89S. doi: 10.1093/ajcn/nqy321.

7. American Academy of Pediatitrics. Committee on Nutrition. Complenetary Feeding. In Kleinman RE, Greer FR (eds). Pediatric Nutrition. 7th edition. Elk Grove Village. 2014, p. 23-139.

8.*** Dalmau J, Peña-Quintana L, Moráis A, Martínez V, Varea V, Martínez MJ, et al. Análisis cuantitativo de la ingesta de nutrientes en niños menores de 3 años. Estudio ALSALMA. An Pediatr. 2015; 82: 255-66.

9. Koplin JJ, Allen K. Optimal time for solid introduction- why are the guidelines always changing? Clin Exp Allergy. 2013; 43: 826-34. doi: 10.1111/cea.12090.

10. Castenmiller J, de Henauw S, Hirsch-Ernst K-I, Kearney J, Knutsen HK, Maciuk, A, et al. EFSA Panel on Nutrition, Novel Foods and Food Allergens (NDA). Appropriate age range for introduction of complementary feeding into an infant’s diet.
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11.** Schiess SA, Grote V, Scaglioni S, Luque V, Martin F, Stolarczyk A, et al. Introduction of complementary feeding in 5 European Countries. J Ped Gastraenterol Nutrition. 2010; 50: 92-8. doi: 10.1097/MPG.0b013e31819f1ddc.

12. Dalmau J, Martorell A y Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría. Alergia a las proteínas de la leche de vaca: Prevención primaria. Aspectos nutricionales. An Pediatr (Barc). 2008; 68: 295-300.

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14.*** Dalmau J, Moreno JM. Alimentación complementaria: puesta al día. Pediatr Integral 2017; XXI(1): 47.e1– e4.

15.*** Prell C, Koletzko B. Breastfeeding and Complementary Feeding. Dtsch Arztebl Int. 2016; 113: 435-44. doi:10.3238/arztebl.2016.043.

16. Butte N, Cobb K, Dwyer J, Graney L, Heird W, Rickard K. The start healthy feeding guidelines for infants and toddlers. J Am Diet Assoc. 2004; 104: 442-54. http://dx.doi.org/10.1016/j.jada.2004.01.027.

17.** Gil A, Uauy R, Dalmau J y Comité de Nutrición de la AEP. Bases para una alimentación complementaria adecuada de los lactantes y los niños de corta edad. An Pediatr (Barc). 2006; 65: 481-95.

18.** Moreno Villares JM, Galiano Segovia MJ, Dalmau Serra J. Alimentación complementaria dirigida por el bebé (“baby-led weaning”). ¿Es una aproximación válida a la introducción de nuevos alimentos en el lactante? Acta Pediatr Esp. 2013; 71: 99-103.

19. Rapley G. Can babies initiate and direct the weaning process? (Interprofessional health and community studies; care of the breastfeeding mother and child MSc). Kent: Canterbury Christ Church University College; 2003.

20. Comité de Lactancia Materna y Comité de Nutrición. Asociación Española de Pediatría. Disponible en: https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/recomendaciones_aep_sobre_alimentacio_n_complementaria_nov2018_v3_final.pdf.

21.** Cameron SL, Heath LM, Taylor RW. How feasible is Baby led Weaning as an approach to Infant feeding? A Review of the evidence. Nutrients. 2012; 2: 1575-609. doi: 10.3390/nu4111575.

Lecturas recomendadas

Fewtrell M, Bronsky J, Campoy C, Domello M, Embleton N, Fidler MN, et al. Committee on Nutrition. Complementary Feeding: A Position Paper by the European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition (ESPGHAN). J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2017; 64: 119-32.

Último posicionamiento de la ESPGHAN sobre la alimentación complementaria, con una exhaustiva puesta al día de la bibliografía y unas recomendaciones fundamentadas en los estudios de mayor calidad.

Moráis A, Dalmau J y Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría (AEP). Importancia de la ferropenia en el niño pequeño: repercusiones y prevención. An Pediatr. 2011; 74: 415.e1-10.

Excelente revisión sobre el metabolismo del hierro, sobre los grupos de riesgo que pueden padecer deficiencia de este mineral, sus consecuencias y su abordaje asistencial. Realiza recomendaciones dietéticas preventivas y de apoyo terapéutico.

Greer FR, Sicherer SH, Burks AW, Committee on Nutrition and Section on Allergy and Immunology. Effects of early nutritional interventions on the development of atopic disease in infants and children: The role of maternal dietary restriction, breastfeeding, timing of introduction of complementary foods, and hydrolyzed formulas. Pediatrics. 2008; 121: 183-91.

Informe clínico que ha ejercido una gran influencia desde su publicación. Aborda el papel de la dieta materna e infantil temprana en la prevención de enfermedades atópicas, incluyendo dermatitis atópica, asma y alergia alimentaria. Con la evidencia disponible en aquel momento, limita el papel de las restricciones dietéticas maternas durante el embarazo o la lactancia, afirma que no se pueden sacar conclusiones sobre el papel de la lactancia materna para prevenir la aparición de alergias alimentarias específicas y que tampoco está justificado retrasar la introducción de alimentos alergénicos.

 

Caso clínico

 

Lactante de 9 meses con estancamiento en la ganancia de peso desde aproximadamente 2 meses y medio antes; incremento de la longitud dentro de lo normal (P-3 y P-50, respectivamente, en el último control). Hiporexia las últimas semanas, con alteración del sueño e irritabilidad. No existen otras manifestaciones aparentes de enfermedad: ni vómitos ni diarrea ni estreñimiento.

Antecedentes del embarazo, parto y período neonatal normales. Recibió lactancia materna exclusiva los primeros 5 meses, desde entonces acompañada de una “leche vegetal” a base de cebada. Madre vegana.

En la exploración física se observan signos de desnutrición leve-moderada, con pérdida del turgor cutáneo, xerosis difusa, pliegues en nalgas, pelo ralo y sin brillo. Eritema en el área del pañal. Discreta palidez de piel y mucosas. Abdomen globuloso, aparentemente distendido, con hepatomegalia discreta (1-2 cm bajo el reborde costal) de consistencia normal.

Estudios complementarios: se realiza un análisis de orina, con elemental y sedimento normal, urinocultivo negativo. Pruebas sanguíneas (datos de referencia del laboratorio):

Hemograma: glóbulos rojos: 3,1 millones/ml; hemoglobina: 9,2 mg/dl (10,5-13-5); hematocrito: 26% (33-39); VCM: 68 µl/ mm3 (75-87); HCM: 19 pg (24-30); CHCM: 22 g/dl (31-37); reticulocitos: 12/1.000 hematíes (4-20). Resto de células sanguíneas dentro de límites normales.

Hierro: 22 µg/ml (50-120); ferritina: 7 ng/ml (7-140); IST: 6%.

GOT/AST: 67 UI/l (20-55); GPT/ALT: 60 UI/l (3-37).

Glucosa, proteínas totales, γ-GT, fosfatasa alcalina, CPK, sodio, potasio dentro de los valores de referencia.

TSH/T4 en cifras de normalidad.

25-OH VD de 14 pg/ml (30-60).

Reactantes de fase aguda en límites normales.

Equilibrio ácido-base sin alteraciones.

Anticuerpos antigliadina deaminada clase Ig G y antitransglutaminasa Ig A: negativos (<7 UI/ml para ambas).

Ecografía abdominal: hepatomegalia de densidad homogénea y normal.

Tras recibir los primeros datos analíticos se solicitó al laboratorio la determinación del zinc en el suero remanente: 23,2 µg/dl (51,7-99,7).

 

 

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