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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Reanimación cardiopulmonar básica en pediatría

Regreso a las bases

 

J.J. Menéndez Suso

Servicio de Cuidados Intensivos Pediátricos. Hospital Universitario La Paz. Madrid

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(4): 252-260


Reanimación cardiopulmonar básica en pediatría

 

Introducción

Concepto de parada cardiorrespiratoria

Se entiende por parada cardiorrespiratoria, en adelante PCR, la interrupción, generalmente inesperada y potencialmente reversible, de la respiración y de la actividad mecánica del corazón.

 

Identificación de la PCR

El niño en situación de PCR, se identifica por la presencia de los siguientes tres signos clínicos fundamentales:

1. Inconsciencia.

2. Apnea o respiración agónica (gasping).

3. Ausencia de pulso o de signos vitales (no se mueve, no respira, no tose).

 

Incidencia de la PCR en la edad pediátrica

Afortunadamente, la PCR en el niño es un evento raro. La incidencia estimada de PCR extrahospitalaria en la edad pediátrica, es de 8 a 20 casos/100.000 niños/por año, y la de PCR hospitalaria, aproximadamente, cien veces mayor (2-6% de los niños ingresados en unidades de cuidados intensivos)(1,2).

A diferencia con el adulto, generalmente, no se presenta de manera inesperada, sino que se suele poder predecir. Esto es así, porque la causa que con más frecuencia conduce a la PCR en el niño, es la insuficiencia respiratoria, que suele instaurarse de manera gradual. Por el contrario, en el adulto, la PCR es, con más frecuencia, consecuencia de una insuficiencia cardiovascular, que suele precipitarse de manera brusca y, por tanto, es menos predecible.

 

Causas de PCR en la edad pediátrica

Las causas más frecuentes de PCR en el niño se resumen en la tabla 1. En general, la PCR en el niño suele ser de causa respiratoria y se presenta con más frecuencia en los lactantes, siendo las causas fundamentales en ellos: el síndrome de muerte súbita (SMSL), las malformaciones congénitas, las complicaciones de la prematuridad y la enfermedad respiratoria aguda. En el niño mayor de 1 año, la causa más frecuente de PCR es el traumatismo grave, generalmente, secundario a un accidente con vehículo a motor, seguido por las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. La PCR de origen cardíaco se observa casi exclusivamente en niños con cardiopatías congénitas, especialmente en el postoperatorio de la cirugía cardiaca(2).

 

 

 

Identificación del niño con riesgo de presentar una PCR

La identificación de los signos clínicos propios de la insuficiencia respiratoria y/o cardiovascular permite, por un lado, detectar precozmente los pacientes con riesgo de presentar PCR y, por otro, instaurar medidas terapéuticas específicas que prevengan su presentación. En este sentido, la prevención de la PCR debe ser un objetivo prioritario, debiéndose implementar tanto planes de formación específicos para los profesionales sanitarios como medidas de educación sanitaria para la población general y, especialmente, para los padres/cuidadores de niños con enfermedades crónicas.

Conviene recordar que, cuando una enfermedad precipita una situación de insuficiencia respiratoria o cardiovascular, suele existir una respuesta fisiológica inicial de compensación, con la que el organismo pone en marcha una serie de mecanismos que pretenden preservar la distribución de oxígeno y nutrientes, especialmente a los órganos vitales. Es en esta fase de compensación, cuando más conviene detectar al niño en riesgo. En la tabla 2, se resumen los principales signos de alarma que caracterizan las situaciones de insuficiencia cardiorrespiratoria grave.

 

 

 

Pronóstico de la PCR

Estudios recientes demuestran que, aunque del 43% al 64% de los pacientes pediátricos que presentan una PCR recuperan la circulación espontánea con la aplicación de maniobras de RCP, la supervivencia global a la PCR sigue siendo baja, superior al 25% en los casos de PCR intrahospitalaria y cercana al 10% en las ocurridas fuera del hospital. La supervivencia en los niños con PCR hospitalaria es del 24% cuando el ritmo inicial es una fibrilación ventricular (FV)/taquicardia ventricular (TV) sin pulso, del 38% cuando es una actividad eléctrica sin pulso (AESP), y del 24% si es una asistolia, siendo, en general, algo mejor la supervivencia en lactantes, que en niños y adultos. Los niños con mala perfusión y bradicardia grave, pero con pulso, en los que se administra RCP, son los que tienen mayor supervivencia (64%)(3-7).

Aunque es un campo todavía en estudio, actualmente se han identificado algunos factores que influyen significativamente en la supervivencia y la calidad de vida tras una PCR: el estado clínico previo del paciente, la causa de la PCR (las de causa respiratoria tienen mejor pronóstico que las de causa cardiaca), la aplicación precoz de la RCP, la calidad de las maniobras de RCP administradas y la calidad de los cuidados post-resucitación.

El inicio de las maniobras de RCP por los testigos que presencian una PCR mejora significativamente el pronóstico del paciente. Dado que, con un correcto entrenamiento, las maniobras de RCP básica son fáciles de aprender y de administrar, en la actualidad existe cada vez más conciencia de la necesidad de trasladar su conocimiento a toda la población y no solo al personal sanitario. En este sentido, hay que recordar que la mayoría de las paradas pediátricas extrahospitalarias se producen en el domicilio, cuando los niños están solos o acompañados por sus familiares.

Con el objetivo de mejorar la supervivencia y la calidad de vida tras la PCR, todas las estrategias de educación para la salud de la población y de mejora en la provisión de los servicios sanitarios deberían contemplar los 5 aspectos fundamentales que componen la denominada “cadena de supervivencia” (Fig. 1), y que son: prevención de la PCR, administración precoz de las maniobras de RCP, acceso rápido a los servicios médicos de emergencias y aplicación óptima de las maniobras de RCP avanzada y de los cuidados post-resucitación.

Figura 1. Cadena de supervivencia pediátrica.

Reanimación cardiopulmonar básica

Generalidades

Las maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) son un conjunto de medidas y actuaciones que, por un lado, permiten identificar la situación de PCR y, por otro, pretenden sustituir, primero, y tratar de recuperar, después, la respiración y la circulación espontáneas, constituyendo el tratamiento esencial de la PCR. Su objetivo fundamental es procurar una distribución suficiente de oxígeno al cerebro y a otros órganos vitales.

En la RCP básica, las maniobras de reanimación se realizan sin contar con ningún equipamiento específico, pudiendo ser realizadas por cualquier persona. En la RCP básica instrumentalizada, se contempla la incorporación de cierto material, con objeto de mejorar la ventilación (bolsas autoinflables, mascarillas faciales y cánulas orofaríngeas), el tratamiento de los ritmos desfibrilables (desfibrilador semiautomático) y la seguridad del reanimador (material de protección y bioseguridad). La RCP básica instrumentalizada la deberían poder administrar grupos específicos de la población (policías, bomberos, socorristas, protección civil, etc.), así como todo el personal sanitario, independientemente de su especialización. Por último, en la RCP avanzada, se cuenta con la ayuda de material específico, como, por ejemplo: oxígeno, material de instrumentalización de la vía aérea o fármacos, y se debe aplicar por personal sanitario especialmente entrenado y capacitado.

 

Guías para la realización de RCP en la edad pediátrica

En el año 2011, el Consejo Español de Resucitación, publica el Manual de Soporte Vital Pediátrico, basado en las guías del European Resuscitation Council (ERC) del 2010(8). Con fines didácticos y por evitar controversias innecesarias, el algoritmo de RCP básica (Fig. 2) es el recomendado por este manual.

 

Secuencia de RCP básica

A continuación, se detallan las maniobras que componen la RCP básica según las recomendaciones actuales. Con fines didácticos, se presentan como una secuencia escalonada de actuaciones. No obstante, cuando exista más de un reanimador, éstas podrán ser realizadas de forma simultánea (p. ej.: administrar ventilaciones de rescate y activar los servicios de emergencias).

Conviene también aclarar, que en lo que respecta a las guías de RCP, se consideran lactantes a los menores de un año (excluyendo al recién nacido) y niños, a los que tienen más de un año y hasta la pubertad, entendiéndose ésta como la presencia de desarrollo mamario en las niñas y de vello axilar en los niños. No obstante, si el reanimador considera que la víctima es un niño, deberá también seguir las recomendaciones pediátricas.

Por último, y aunque la American Heart Association (AHA), en sus guías del 2010, propone emplear la secuencia “CAB” y acceder rápidamente a un desfibrilador, comenzando la RCP por las compresiones y no por la ventilación(9-10), la ERC sigue recomendando mantener la secuencia clásica “ABC”, dado que, con mucha más frecuencia, la PCR en el niño es de causa respiratoria-hipóxica, siendo la bradicardia grave-asistolia el ritmo más habitual.

La secuencia de actuaciones que componen la RCP básica se describe a continuación, y se resume en la figura 2.

 

Figura 2. Algoritmo de la reanimación cardiopulmonar (RCP) básica pediátrica. SEM: Servicio de Emergencia Médica. DESA: desfibrilador semiautomático.

 

1. Garantizar la seguridad del niño y del reanimador:

Antes de iniciar la RCP, se asegurará la integridad del niño y la del reanimador, movilizando, si es preciso, a la víctima a un lugar seguro.

El reanimador se protegerá con todas las medidas que tenga disponibles (guantes, métodos barrera, dispositivos de señalización, etc.).

2. Comprobar la respuesta a la estimulación:

Estimular al niño: primero verbalmente preguntando en voz alta “¿cómo estás?” o llamándole por su nombre, si se conoce. Si no hay respuesta, aplicar estimulación táctil intensa o dolorosa (p. ej., pellizcos), evitando sacudidas vigorosas.

Se considerará que el niño responde si habla, llora, grita o se mueve.

Si hay respuesta a estímulos: mantener la posición, investigar la presencia de lesiones y valorar si precisa atención médica.

Si no hay respuesta a estímulos: el niño está inconsciente, y se debe continuar con la secuencia de RCP.

3. Solicitar ayuda y activar los servicios de emergencia médica (SEM):

Solicitar inmediatamente ayuda: gritar “ayuda”.

Activar los SEM y obtener un desfibrilador semiautomático (DESA): tras comprobar la inconsciencia y la apnea del paciente, mediante llamada telefónica al número de emergencias internacional (112) o local (061), o al equipo hospitalario especializado. En la tabla 3, se detalla la información mínima que se debe facilitar al activar los SEM.

 

 

- Dos o más reanimadores: uno permanece junto a la víctima y continua con la RCP, y otro llama al 112 y busca un DESA.

- Un reanimador: incluso aunque éste disponga de teléfono móvil, debe administrar 1 minuto de RCP básica antes de activar los SEM, salvo en el raro caso que presencie una parada súbita, especialmente si se conoce que el niño es cardiópata, que debe entonces activar primero los SEM y conseguir un DESA, para, después, iniciar la RCP.

4. Optimizar la posición del niño:

Colocar al niño sobre una superficie dura y plana (fundamental para optimizar la calidad de las compresiones torácicas), en decúbito supino y con la cabeza, cuello, tronco y extremidades bien alineados.

Si se sospecha la presencia de lesión espinal (accidentes de tráfico, caídas desde cierta altura, etc.), se movilizará al niño en bloque, al menos por 2 reanimadores, procurando proteger la columna cervical.

5. Abrir la vía aérea:

Ya que, en el niño inconsciente es frecuente la obstrucción parcial o completa de la vía aérea por la lengua o por secreciones/cuerpos extraños, es esencial aplicar correctamente las maniobras de apertura de la vía aérea, para permitir una correcta ventilación posteriormente.

Maniobra frente mentón: es la maniobra de elección. Una mano del reanimador en la frente y la otra elevando el mentón, como se describe en la figura 3, extendiendo la cabeza hasta una posición neutra en el lactante, y algo más, hasta la posición de “olfateo”, en el niño. Es importante, no hacer presión sobre los tejidos blandos bajo la mandíbula, ya que esto puede obstruir la vía aérea.

 

Figura 3. Maniobra de apertura de la vía aérea tipo frente-mentón y comprobación de la respiración espontánea (“ver-sentir-oír”).

 

Maniobra de tracción mandibular: similar a la anterior pero, en este caso, no se produce extensión cervical con la mano de la frente, y con la otra mano se tracciona de la mandíbula hacia arriba y hacia adelante, colocando el pulgar tras los incisivos y el índice y el corazón bajo el mentón. Esta técnica se debe emplear cuando se sospeche lesión cervical.

Tras abrir la vía aérea, inspeccionar la cavidad oral en busca de cuerpos extraños, procurando retirarlos mediante barrido lateral con el dedo, solo si están claramente accesibles.

6. Comprobar si existe respiración espontánea:

Comprobar la presencia de respiración espontánea acercando la mejilla a la boca del niño, para “ver” si hay excursiones torácicas, “oír” si hay ruidos respiratorios y “sentir” en su mejilla el movimiento del aire (Fig. 3). En este proceso no se debe invertir más de 10 segundos.

Si el niño está inconsciente pero respira, se colocará en posición de seguridad, como se detalla en la figura 4, siempre que no existan o se sospechen lesiones que lo impidan, buscando mantener la vía aérea permeable y reducir el riesgo de aspiración. Activar los servicios de emergencias y permanecer a su lado, reevaluando su situación periódicamente.

 

Figura 4. Posición de seguridad para el paciente inconsciente con respiración espontánea normal.

 

Si el niño está inconsciente y no respira o presenta movimientos respiratorios ineficaces, en forma de bocanadas ocasionales (gasping), se deben administrar 5 ventilaciones de rescate, para demostrar la permeabilidad de la vía aérea.

7. Administrar 5 insuflaciones de rescate:

Con las ventilaciones de rescate se pretende fundamentalmente demostrar la permeabilidad de la vía aérea.

Dar 5 insuflaciones, manteniendo la apertura de la vía aérea, con técnica de “boca a boca-nariz” en el lactante o “boca a boca” en el niño, como se describe en la figura 5, o con mascarilla facial y bolsa autoinflable (RCP básica instrumentalizada), como se describe en la figura 6, si se dispone de ellas en ese momento. También, se recomienda la ventilación con oxígeno siempre que esté disponible. Tras cada ventilación, el reanimador debe separar por completo su boca de la del niño, realizando una inspiración profunda antes de la siguiente, para así optimizar la cantidad de O2 y disminuir la cantidad de CO2 que se administra al niño. Las insuflaciones serán de aproximadamente 1 segundo, con la intensidad suficiente para producir una excursión evidente del tórax del niño.

 

Figura 5. Ventilación boca a boca-nariz en el lactante y boca a boca en el niño.

 

 

Figura 6. Técnica de sujeción de la mascarilla facial para ventilación con bolsa autoinflable.

 

 

Si no se consigue movimiento torácico con las primeras insuflaciones de rescate: optimizar la posición de apertura de la vía aérea y asegurar el correcto sellado de la boca y la nariz del niño.

Si aun así no se consigue expandir el tórax: considerar que existe una obstrucción completa de la vía aérea, e iniciar en ese momento las compresiones torácicas, sin necesidad de comprobar la circulación.

Si se consigue expandir el tórax, al menos con 2 de las 5 insuflaciones: se descarta la obstrucción completa de la vía aérea, y se debe continuar con la evaluación de la situación circulatoria (signos de vida).

8. Comprobar si existe circulación espontánea:

Comprobar el estado circulatorio mediante la búsqueda de “signos de vida” (movimientos, tos o respiraciones normales), sin emplear para ello más de 10 segundos. Habitualmente, esto se puede hacer mientras se administran las 5 insuflaciones de rescate.

Solo el personal sanitario con experiencia puede investigar también la presencia de pulsos centrales (braquial o femoral en el lactante; carotídeo o femoral en el niño).

Si se detectan signos de vida o si se palpa con seguridad un pulso central a una frecuencia mayor de 60 por minuto: continuar manteniendo la apertura de la vía aérea, administrando entre 12 y 20 ventilaciones por minuto, según la edad del niño. Reevaluar continuamente, la situación respiratoria y circulatoria hasta que llegue personal del SEM o más cualificado, o hasta que se recupere la respiración espontánea, debiéndose colocar al niño en posición de seguridad en ese momento.

Si no hay signos de vida: administrar compresiones torácicas.

9. Administrar compresiones torácicas:

Las compresiones torácicas son la piedra angular de la RCP básica; por lo que, la administración precoz y con calidad de las mismas es un objetivo prioritario. Para conseguir compresiones de calidad, se deben cumplir las siguientes recomendaciones:

Comprimir “rápido y con fuerza” (Push fast, Push hard): administrar “al menos” 100 compresiones/minuto, deprimiendo “al menos” un tercio del diámetro torácico anteroposterior (unos 4 cm en lactantes y 5 cm en niños).

Permitir una expansión torácica completa tras cada compresión, buscando favorecer el máximo llenado del corazón. La expansión incompleta del tórax durante la RCP se asocia a mayor aumento de la presión intratorácica, lo que dificulta el retorno venoso y la perfusión coronaria y cerebral(11).

El personal no sanitario: tras cada 30 compresiones administrar 2 ventilaciones (ratio 30:2), tanto en lactantes como en niños, procurando reducir al mínimo el tiempo que se interrumpen las compresiones torácicas.

El personal sanitario: tras cada 15 compresiones administrar 2 ventilaciones (ratio 15:2), tanto en lactantes como en niños, pudiendo también aplicarlas con el ratio 30:2 en caso de fatiga o si hay un único reanimador.

Con respecto a la técnica de las compresiones (Fig. 7):

 

Figura 7. Técnicas para administrar las compresiones torácicas en el lactante y en el niño.

 

- En lactantes: si solo existe un reanimador, comprimir con dos dedos el tercio inferior del esternón, justo bajo la línea intermamilar, evitando realizar las compresiones sobre el xifoides, las costillas o en el abdomen. Si hay dos o más reanimadores, abrazar el tórax con las manos y comprimir el tórax con los dos pulgares, en el mismo punto que con la técnica anterior.

- En niños: emplear una mano o las dos superpuestas, según preferencia del reanimador, manteniendo los brazos estirados, sin flexionar los codos, y separando ligeramente los dedos del tórax, para administrar la compresión con el talón de la mano sobre el tercio inferior del esternón.

Dado que en la edad pediátrica, la PCR suele ser de causa respiratoria, el éxito de la RCP es mayor cuando se combinan compresiones con ventilaciones, pero si el reanimador no tiene entrenamiento suficiente o no desea hacerlas, es preferible que administre solo compresiones torácicas (Hands-only) hasta la llegada de los SEM, en vez de que no realice nada.

Para evitar la fatiga, si hay más de un reanimador, cada 2 minutos estos se irán sustituyendo en la tarea de administrar las compresiones.

10. Comprobación de la eficacia de las maniobras de RCP:

Cada 2 minutos desde el inicio de la RCP, se detendrá brevemente la secuencia de compresiones-ventilaciones para reevaluar la presencia de respiración y circulación espontáneas, debiéndose emplear para ello el menor tiempo posible (no más de 10 segundos).

 

Duración de la RCP básica

Las maniobras de RCP se mantendrán hasta que:

Se comprueba la recuperación de la respiración y circulación espontáneas (signos vitales o pulso central a más de 60 por minuto).

Llega personal más cualificado que continua con la RCP.

El reanimador está agotado.

Integración del desfibrilador semiautomático en la RCP básica pediátrica

El desfibrilador semiautomático (DESA), mediante unos electrodos adhesivos que se colocan en el tórax, analiza el electrocardiograma del paciente, determina si está indicado el tratamiento con desfibrilación y, si es el caso, posibilita al reanimador su administración. Suelen ser aparatos sencillos, con un pulsador para comenzar el análisis del ritmo y otro para administrar la descarga, generalmente con una energía fija de 150-200 julios. Algunos equipos permiten atenuar la dosis de energía, sobre 50-75 julios, para su aplicación en la edad pediátrica.

Las guías de RCP del 2010 recomiendan el uso sistemático del DEA durante la RCP de niños mayores de 1 año. En niños mayores de 8 años (25 Kg), se debe emplear un DESA de adultos, pero en niños de 1 a 8 años de edad, se recomienda emplear un DESA pediátrico, con atenuador de energía, aunque, si no se dispone de el, también se recomienda utilizar un DESA de adulto (es más adecuado administrar alta energía que no administrar ninguna descarga a un niño en situación de PCR y ritmo desfibrilable). En los lactantes, no se ha establecido la seguridad del empleo del DESA, aunque también se recomienda emplearlo si se detecta un ritmo desfibrilable, aunque, en este caso, se preferiría un desfibrilador manual con selector de energía (2-4 J/kg), sobre los semiautomáticos. Los electrodos se deben posicionar, uno en la región infraclavicular derecha y otro en la línea medio-axilar izquierda (Fig. 8), aunque en los niños pequeños (<8 años), se pueden colocar uno en la parte anterior y otro en la parte posterior del tórax, para evitar que contacten entre sí. Aunque los electrodos suelen estar identificados como “derecho” e “izquierdo”, no importa si se colocan en la posición opuesta.

 

Figura 8. Posicionamiento de los electrodos del desfibrilador semi­automático (DESA) en un niño mayor.

 

A continuación se refleja la manera de integrar el uso del DESA en la RCP básica de niños:

Si no se dispone de él al iniciar la RCP:

- Un reanimador: administrar 1 minuto de RCP antes de ir a buscarlo (salvo parada súbita presenciada y sospecha de enfermedad cardiaca).

- Dos reanimadores: uno de los reanimadores inicia RCP y otro busca DESA.

Si se dispone de él al iniciar la RCP: administrar siempre 1 minuto de RCP antes de monitorizar y analizar el ritmo con el DESA (salvo en parada súbita, que se debe usar inmediatamente).

Para evitar que la calidad de la RCP disminuya: mantener las compresiones mientras se colocan los electrodos en el niño, finalizando el ciclo de RCP por las compresiones antes de analizar el ritmo, y reiniciar inmediatamente la RCP con compresiones, tras administrar la descarga eléctrica.

Obstrucción de la vía aérea por cuerpo extraño (OVACE)

En la tabla 4, se resumen las características propias de un episodio de obstrucción de la vía aérea por un cuerpo extraño (CE) y, en la figura 9, el algoritmo para su tratamiento, propuesto por el ERC en las guías del 2010, que se describe a continuación:

 

 
 

Figura 9. Algoritmo para el tratamiento de la obstrucción de la vía aérea por cuerpo extraño.

 

1. Si el niño respira eficazmente (habla o llora y tose con fuerza):

Animar a que el niño siga tosiendo o a que el lactante llore, vigilando su condición respiratoria y si se produce o no la expulsión del CE.

2. Si el niño no respira eficazmente (habla o llora con debilidad, tos ineficaz):

Revisar la cavidad oral y, solo si se identifica un CE accesible, intentar extraerlo realizando una maniobra de gancho con el dedo, haciendo un barrido de un lado a otro de la boca.

Si no se identifica un cuerpo extraño o éste no es accesible, se aplican las siguientes maniobras de desobstrucción (Fig. 10):

 

Figura 10. Maniobras de desobstrucción de la vía aérea en el lactante y en el niño.

 

- Lactantes: primero, colocar al lactante en decúbito prono, reposando sobre el antebrazo del reanimador, sujetándolo firmemente por la mandíbula y con la cabeza algo más baja que el tronco. En esta posición, administrar 5 compresiones, con el talón de la otra mano, en la zona interescapular. Posteriormente, cambiando al lactante de antebrazo, y en decúbito supino, se sujeta la cabeza con la mano algo más baja que el tronco. En esta posición, administrar 5 compresiones torácicas, en el mismo punto y con la misma intensidad que para realizar el masaje cardíaco, pero algo más lentas. Por último, examinar la cavidad oral en busca del CE, procurando extraerlo si está accesible, y comprobar la presencia y eficacia de la respiración. Si las maniobras no han sido eficaces, y el niño sigue consciente, repetir la secuencia.

- Niños: primero, administrar 5 compresiones interescapulares, para lo cual, el reanimador se colocará detrás del niño, haciendo pasar uno de sus brazos por debajo de la axila, para sujetarle a nivel de la región esternal, mientras se favorece la inclinación hacia delante de la cabeza. Posteriormente, administrar 5 compresiones abdominales (maniobra de Heimlich), abrazando al paciente por debajo de las axilas desde atrás, rodeando el tórax, y colocando los puños en la región epigástrica.

Se debe recordar que estas maniobras persiguen desobstruir la vía aérea, no expulsar el CE. Por tanto, si se recuperan la respiración y la tos eficaz, se deben suspender.

3. Si el niño está o se queda inconsciente (en apnea o con respiración ineficaz):

Solicitar ayuda y activar los SEM.

Tumbar al paciente en el suelo y colocarle en posición de RCP.

Abrir la vía aérea y revisar la cavidad oral en busca del CE, procurando extraerlo, solo si está accesible.

Administrar 5 ventilaciones de rescate para comprobar si existe o no, una obstrucción completa de la vía aérea:

- Si hay excursión torácica (ausencia de obstrucción completa): buscar signos de vida. Si están presentes, mantener las ventilaciones a la frecuencia apropiada para la edad del niño, hasta que lleguen los SEM. Si no lo están, iniciar compresiones torácicas, alternándolas con ventilaciones, con una relación 30:2 (personal no sanitario) o 15:2 (personal sanitario), revisando la cavidad oral periódicamente.

- Si no hay excursión torácica (obstrucción completa de la vía aérea): iniciar las compresiones torácicas, sin que sea necesario comprobar la presencia de signos de vida, alternándolas con ventilaciones con una relación 30:2 (personal no sanitario) o 15:2 (personal sanitario), revisando la cavidad oral periódicamente.

Bibliografía

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7. Atkins DL, Stewart SE, Sears GK, Daya M, Osmond MH, Warden CR, et al. Epidemiology and Outcomes From Out of-Hospital Cardiac Arrest in Children. The Resuscitation Outcomes Consortium Epistry–Cardiac Arrest. Circulation. 2009; 119: 1484-91.

8. Biarent D, Bingham R, Eich C, López-Herce J, Maconochie I, Rodríguez-Núñez A, Rajka T, Zideman D. European Resuscitation Council Guidelines for Resuscitation 2010 Section 6. Paediatric life support. Resuscitation. 2010; 81: 1364-88.

9. Berg MD, Schexnayder SM, Chameides L, Terry M, Donoghue A, Hickey RW, Berg RA, Sutton RM, Hazinski MF. Part 13: pediatric basic life support: 2010 American Heart Association Guidelines for Cardiopulmonary Resuscitation and Emergency Cardiovascular Care. Circulation. 2010; 122: S862-S875.

10. Kleinman ME, de Caen AR, Chameides L, Atkins DL, Berg RA, Berg MD, Bhanji F, Biarent D, Bingham R, Coovadia AH, Hazinski MF, Hickey RW, Nadkarni VM, Reis AG, Rodríguez-Núnez A, Tibballs J, Zaritsky AL, Zideman D; on behalf of the Pediatric Basic and Advanced Life Support Chapter Collaborators. Special report-pediatric basic and advanced life support: 2010 International Consensus on Cardiopulmonary Resuscitation and Emergency Cardiovascular Care Science With Treatment Recommendations. Circulation. 2010; 122: S466-S515.

 

Guía práctica de utilización de antimicrobianos para el tratamiento de las infecciones bacterianas más prevalentes

 
Regreso a las bases

 


J.M. Vilanova Juanola

ABS Florida Sud. Unitat de Gestió L’Hospitalet Nord.
SAP Delta del Llobregat. ICS. Barcelona

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(2): 115-123


Guía práctica de utilización de antimicrobianos para el tratamiento de las infecciones bacterianas más prevalentes

 

Introducción

El 90% de los antibióticos se prescriben en Atención Primaria (AP) y los servicios de urgencias, principalmente para tratar infecciones del tracto respiratorio (60%). Estos datos no incluyen las dispensaciones por receta privada y de mutualidades públicas de funcionarios.

La utilización adecuada de antibióticos reduce la morbimortalidad por infecciones bacterianas. El uso inadecuado es causa de fracaso terapéutico, incrementa los costes y favorece la inducción de resistencias. Además, supone un riesgo innecesario de reacciones adversas y aumenta futuras consultas por procesos leves. El problema es especialmente grave en la población pediátrica porque cada vez es más difícil disponer de moléculas que reemplacen aquellas para las que los patógenos han desarrollado resistencias. Es preocupante la expansión en la comunidad de microorganismos resistentes (enterobacterias productoras de beta-lactamasas de espectro extendido o S. aureus resistente a meticilina) que anteriormente sólo producían infecciones nosocomiales. Las infecciones por bacterias resistentes se asocian a una mayor morbilidad, mortalidad e incrementan el gasto sanitario.

La selección del tratamiento según guías clínicas y documentos de consenso, mejora los resultados, contribuye a frenar la expansión de cepas resistentes y reduce el gasto sanitario.

Este artículo da una orientación general para el uso adecuado de antibióticos en la patología infecciosa más frecuente en AP.

Situación actual(1,2)

España destacaba por el consumo de antibióticos y la alta prevalencia de resistencias bacterianas de las especies que causan infecciones comunitarias.

Esta tendencia se ha invertido y, en los últimos años, el consumo comunitario de antibióticos se mantiene en la media europea.

Amoxicilina y su asociación con ácido clavulánico suponen el mayor volumen de prescripciones, seguidos de macrólidos y cefalosporinas de primera y segunda generación. Se ha acentuado la diferencia entre amoxicilina y amoxicilina-clavulánico a favor de la primera y el consumo de cefalosporinas y macrólidos ha experimentado un descenso significativo.

Los pediatras españoles tienen buen conocimiento de los antibióticos y su prescripción está acorde con protocolos, guías clínicas y documentos de consenso. Los criterios de idoneidad por orden de importancia son: eficacia clínica, efectos secundarios, comodidad posológica, espectro antibacteriano, precio y resistencias.

 

Fuentes de información(3-5)

Los documentos de consenso y las guías actuales mejoran los resultados clínicos, reducen los efectos adversos, disminuyen las resistencias y facilitan la selección de tratamientos coste-eficaces. Sin embargo, algunas hacen una aproximación excesivamente economicista, otras están elaboradas por profesionales que desconocen la realidad de la AP y, en ocasiones, las recomendaciones son dispares.

En las guías pediátricas es esencial tener en consideración las formas galénicas adecuadas y sus características organolépticas. Las guías clínicas y documentos de consenso deben ser elaboradas por comisiones multidisciplinares, con la participación de los pediatras de urgencias y de AP.

Protocolos “on line” y la historia clínica informatizada con sistemas de ayuda a la prescripción son útiles para mejorar la política de antibióticos.

 

Tratamiento antimicrobiano adecuado versus óptimo

Se define “antibioterapia adecuada” como el régimen terapéutico con actividad demostrada in vitro frente al microorganismo causal. Sin embargo, al seleccionar el tratamiento, además de la sensibilidad in vitro, se deben considerar: eficacia clínica, facilidad de la adhesión, efectos secundarios y coste. Se considera “tratamiento antimicrobiano óptimo” aquel que está acorde con las recomendaciones vigentes y es correcto en dosificación, duración del tratamiento y elección de la presentación galénica.

 

Tipos de tratamientos antimicrobianos

Profiláctico. Indicado para la prevención de una potencial infección.

Empírico. Utilizado antes de conocer la etiología y sensibilidad del patógeno causante.

Dirigido. Utilizado una vez conocido el agente causal y su antibiograma.

Diferida. Prescripción de una receta para ser utilizada en caso de empeoramiento o persistencia de los síntomas tras un periodo de 48 a 72 horas. La antibioterapia condicionada a la evolución (wait and see) parece útil y segura en el manejo de faringitis, otitis y bronquitis aguda. Esta estrategia demuestra a los padres que los antibióticos no siempre son necesarios.

 

Evaluación de la calidad de la prescripción

La evaluación de la adecuación prescripción-indicación es la mejor forma de valorar la calidad de la utilización de los medicamentos y la mejor aceptada por los facultativos. Sin embargo, se utilizan indicadores indirectos basados en la evaluación de medicamentos seleccionados (indicadores de uso relativo) o de la cantidad de medicamento prescrito (tasas) sin tener en cuenta el diagnóstico.

 

Prescripción de antibimicrobianos, “pasarse o no llegar”

La adecuación de la prescripción de antibióticos consigue mayores tasas de curación y ratios de resistencia más bajos, pero es preocupante la aparición de médicos “resistentes a la prescripción de antibióticos que confían en la probabilidad de evolución favorable o trasladan la prescripción a otros compañeros o al Servicio de Urgencias. No es objetivo de este artículo discutir los motivos de este tipo de “política individual” de prescripción.

 

Patrón de sensibilidad de los patógenos responsables de las infecciones más prevalentes(6,7)

Las infecciones más comunes y sus agentes más probables se exponen en la tabla I. A continuación se detallan los microorganismos a los que nos vamos a enfrentar con mayor frecuencia y sus patrones de resistencia.

 

 

 

Streptococcus pyogenes

Agente causal de la faringitis estreptocócica y de infecciones cutáneas. S. pyogenes mantiene su sensibilidad a penicilina, amoxicilina y cefalosporinas. La resistencia a macrólidos es reversible y ha disminuido hasta un 20% por su menor consumo.

Los macrólidos de 16 átomos (josamicina y diacetilmidecamicina) y clindamicina son una buena alternativa en pacientes alérgicos o intolerantes a penicilinas, al mantener la actividad frente a cepas del fenotipo M. Un 15-25% de aislamientos expresan el fenotipo MLSB con resistencia a todos los macrólidos y clindamicina.

 

Streptococcus pneumoniae

Agente causal más frecuente de otitis media aguda (OMA), sinusitis aguda y neumonías típicas. La mayoría de aislamientos con sensibilidad disminuida a penicilina son de sensibilidad intermedia y menos del 10% son de alta. La resistencia se debe a modificaciones en las proteínas fijadoras de penicilina, afectando también a cefalosporinas. La resistencia a penicilinas y beta-lactámicos no se debe a la producción de beta-lactamasa, por lo que la asociación con ácido clavulánico no mejora su actividad.

Los aislamientos resistentes a macrólidos han disminuido hasta un 20%. Existe una clara asociación entre la resistencia a penicilina y macrólidos. Telitromicina es activa in vitrofrente a cepas resistentes a eritromicina y otros antibióticos.

Los serotipos 6B, 9V, 14, 19F y 23F incluyen casi el 90% de los serotipos resistentes a penicilina. Ninguna vacuna se ha diseñado para disminuir las resistencias a los antibióticos o su prescripción, pero la inmunización sistemática con la vacuna conjugada heptavalente reduce el uso de antibióticos y la aparición de cepas resistentes. Aunque los estudios preliminares son optimistas, es necesario investigar el efecto de la vacuna antineumocócica conjugada 13-valente (1, 3, 4, 5, 6A, 6B, 7F, 9V, 14, 18C, 19A, 19F y 23F).

 

Haemophilus influenzae

Segundo agente causal tras el neumococo de otitis media y sinusitis agudas.

Un tercio de cepas son resistentes a ampicilina y amoxicilina por producción de beta-lactamasa. Las cefalosporinas no están afectadas por las beta-lactamasas, siendo las más activas cefixima, cefpodoxima y ceftibuteno. La combinación amoxicilina-ácido clavulánico y cefuroxima también son activas. Entre los macrólidos, azitromicina y claritromicina son los de mejor actividad.

 

Moraxella catarrhalis

Patógeno oportunista que produce otitis media aguda, sinusitis, traqueítis y neumonías. Más del 90% de aislamientos son productores de beta-lactamasas y resistentes a ampicilina y amoxicilina. M. catarrhalis es uniformemente sensible a amoxicilina-clavulánico, cefalosporinas (cefuroxima, cefaclor, cefixima) y macrólidos.

 

Mycoplasma pneumoniae

Agente causal de infecciones de las vías respiratorias altas (faringitis y miringitis), traqueobronquitis y neumonía. M. pneumoniae es el agente causal más frecuente de “neumonías atípicas” en niños mayores de 5 años.

La ausencia de pared celular explica la resistencia a beta-lactámicos. M. pneumoniae es sensible a macrólidos, siendo azitromicina el tratamiento de elección. La resistencia a macrólidos es excepcional, en estos casos son útiles doxiciclina y levofloxacino.

 

Chlamydophila pneumoniae

Agente causal de infecciones de “neumonías atípicas” en niños mayores de 5 años.

C. pneumoniaees sensible a las tetraciclinas, macrólidos y fluoroquinolonas. El macrólido más activo es claritromicina y levofloxacino, la fluoroquinolona más activa.

Staphylococcus aureus

Agente causal de infecciones de piel y anexos cutáneos. Hasta el 90% de cepas producen beta-lactamasas. Cloxacilina, cefadroxilo, cefaclor y amoxicilina-ácido clavulánico son los fármacos más activos. Cloxacilina es el antimicrobiano de mayor actividad intrínseca pero su mala palatabilidad y la necesidad de administración cada 6 horas explican que se utilice poco en la población pediátrica. Cefadroxilo se considera el antimicrobiano de elección, tiene un elevada biodisponibilidad y alcanza concentraciones séricas altas con menos efectos sobre la microbiota intestinal que el resto de betalactámicos, puede administrarse cada 12 horas y es bien aceptado por su sabor. En la actualidad, no está comercializada la presentación de cefadroxilo en suspensión. La mejor alternativa para los niños que no son capaces de “tragar” la presentaciones sólidas es cefaclor por su excelente tolerancia y buen sabor.

En pacientes con alergia a beta-lactámicos, clindamicina y ácido fusídico son de elección pero tampoco se dispone de presentaciones líquidas. Los macrólidos no están indicados por el alto nivel de resistencia.

La prevalencia de infecciones por S. aureus resistente a meticilina adquiridas en la comunidad (SARM-AC) es baja pero se han comunicado casos en población pediátrica. En pacientes con sospecha de infección por SAMR-AC se recomiendan clindamicina o cotrimoxazol. Cotrimoxazol no cubre la infección por S. pyogenes, por lo que es aconsejable asociarlo con amoxicilina si hay sospecha de coinfección.

 

E. coli

Agente causal de la mayoría de infecciones de vías urinarias con elevadas tasas de resistencia frente a ampicilina, cefalosporinas de primera generación y cotrimoxazol. Amoxicilina-ácido clavulánico, cefuroxima y cefixima son activas frente a más del 90% de las cepas comunitarias. Un 97% de las cepas son sensibles a fosfomicina. Es preocupante el aumento en el ámbito comunitario de aislamientos de E. coliproductores de betalactamasas de espectro extendido con resistencia a cefixima, cefuroxima, aminoglucósidos, cotrimoxazol, ácido nalidíxico y quinolonas. Fosfomicina mantiene su actividad.

 

Enteropatógenos bacterianos

Los más prevalentes son Campylobacter (especialmente C. jejuni) y las salmonelas gastroentéricas.

La tasa de resistencia a macrólidos Campylobacter no es alta pero la tendencia es creciente. Azitromicina es el tratamiento de elección. Amoxicilina-clavulánico y clindamicina también mantienen una excelente actividad.

En la salmonelosis, S. enteritidis y S. typhimurium son las cepas más prevalentes y son resistentes a ampicilina y cotrimoxazol. El incremento de Salmonellaentérica resistente a amoxicilina-ácido clavulánico, cefalosporinas de tercera generación y fluoroquinolonas es un problema de importancia clínica.

 

Tratamiento empírico de las infecciones más frecuentes

Faringoamigdalitis aguda(8,9)

La etiología más frecuente es vírica. S. pyogenes es responsable del 20-30% de casos. La prevalencia es más baja en menores de 3 años (10-14%) y menor por debajo de los 18 meses.

Es difícil diferenciar, basándose en la clínica, las de etiología vírica y las producidas por S. pyogenes, por lo que se deben utilizar pruebas de detección rápida de antígeno estreptocócico. Cuando no se disponga de técnicas rápidas pueden ser útiles escalas clínicas.

El tratamiento antibiótico permite la resolución más rápida de los síntomas, reduce del tiempo de contagio y transmisión, y previene las complicaciones locales y la fiebre reumática.

Los criterios para iniciar tratamiento son:

  • Cultivo o detección antigénica positiva en pacientes sintomáticos.
  • Alta sospecha de origen bacteriano, 4-5 puntos de los criterios de McIsaac.
  • Faringoamigdalitis en el contexto familiar cuando se ha confirmado el origen estreptocócico en alguno de los convivientes.
  • Antecedentes de fiebre reumática en el niño o en algún contacto doméstico.

Las dosis y las pautas recomendadas se muestran en la tabla II.

 

 

 

Otitis media aguda(10,11)

La otitis media aguda (OMA) es la primera causa de prescripción de antibióticos en AP.

Los patógenos más frecuentes son S. pneumoniae (35%) y H. influenzae no tipificable (25%). En menores de 2 meses, hasta un 10% de los casos pueden ser causados por bacilos gram negativos como K. pneumoniae y E. coli.

En países donde las vacunas antineumocócicas conjugadas se administran de forma sistemática y en áreas con elevada cobertura vacunal, H. influenzae no tipificable asume mayor relevancia. En menores de 2 años, la asociación de otalgia y conjuntivitis purulenta sugiere que H. influenzae es el agente causal.

La decisión de observar o iniciar el tratamiento antibiótico depende de la edad, el grado de certeza diagnóstica, la severidad y de la presencia de comorbilidad o factores de riesgo de mala evolución.

Las guías recomiendan en niños con OMA leve o diagnóstico “incierto” una actitud de espera, tratando con antibióticos sólo si los síntomas empeoran o persisten al cabo de 48-72 horas.

El antibiótico de primera elección es amoxicilina a “dosis altas”, 80 mg/kg/día, que consiguen concentraciones en oído medio efectivas contra la mayoría de cepas S. pneumoniae.

La asociación amoxicilina-ácido con clavulánico (8:1) a dosis de amoxicilina de 80 mg/kg/día se considera de elección en:

  • Menores de 6 meses.
  • Clínica grave en menores de 2 años.
  • Fracaso terapéutico con amoxicilina.
  • Niños que han recibido amoxicilina en el último mes.
  • OMA con conjuntivitis supurada.

Amoxicilina y amoxicilina-ácido clavulánico (8:1) se administran cada 8 horas. En pacientes en los que se sospecha incumplimiento, son aceptables 2 dosis diarias. En los países donde está comercializada la presentación con una relación 14:1, la dosis recomendada es de 90 mg/kg/día de amoxicilina y 6,4 mg/kg/día de clavulánico en 2 dosis diarias.

Cefuroxima axetilo y cefpodoxima proxetilo cubren todo el espectro excepto neumococos resistentes a penicilina y son la alternativa en caso de alergia no anafiláctica a las penicilinas.

Las tasas de resistencia de S. pneumoniae a los macrólidos son altas, por lo que deben excluirse del tratamiento salvo en pacientes con reacción anafiláctica a la penicilina. Claritromicina y azitromicina son los macrólidos de elección. Clindamicina no es activa frente a H. influenzae.

En caso de fracaso del tratamiento con macrólidos, la guía nacional propone levofloxacino. En nuestro país no existe presentación líquida y tanto la FDA como la Academia Americana de Pediatría desaconsejan su uso. Levofloxacino y telitromicina pueden ser útiles en determinados casos, explicando a los padres las razones y la idoneidad de este tratamiento.

En menores de 2 años y niños con síntomas severos se recomiendan 10 días de tratamiento. También deben completarse 10 días de tratamiento en la OMA con perforación timpánica, OMA recurrente y en las recaídas tempranas. Un curso de 7 días es eficaz en niños de 2 a 5 años con OMA leve o moderada. Para mayores de 5 años con síntomas leves o moderados el tratamiento se prolongara entre 5 y 7 días.

En casos de intolerancia gástrica, puede empezarse el tratamiento con una dosis de ceftriaxona intramuscular de 50 mg/kg, continuando por vía oral en las siguientes 24 horas. Si la intolerancia persiste puede mantenerse 3 días. Ceftriaxona es de uso hospitalario, sino no está disponible, es aceptable el uso de cefonicid, una cefalosporina de segunda generación con espectro similar a cefuroxima.

Los tratamientos empíricos recomendados de la OMA se recogen en la tabla III.

 

 

 

Sinusitis bacteriana aguda(12,13)

La sinusitis bacteriana aguda (SBA) es una complicación frecuente de la infección viral de vías respiratorias altas. Es un diagnóstico poco habitual al considerarse erróneamente una entidad de diagnóstico radiológico.

Los agentes causales coinciden con los de la OMA, S. pneumoniae (30%), H. influenzae no tipificable (30%) y M. catharralis(10%). En áreas con altas coberturas de vacunación antineumocócica han aumentado los aislamientos de H. infuenzaeno tipificable y de M. catarrhalis.

Las últimas guías coinciden en el diagnóstico clínico, señalando como claves diagnósticas la persistencia, la gravedad y el empeoramiento de la sintomatología de un resfriado común. Las pruebas de imagen solo están indicadas ante la sospecha de complicaciones, mala respuesta al tratamiento, procesos recurrentes y en pacientes inmunosuprimidos o con enfermedad grave de base.

Aunque un 50-60% se resuelven espontáneamente, se recomienda iniciar el tratamiento antibiótico cuando se cumplan los criterios diagnósticos de SBA, a excepción de los niños con formas persistentes (Tabla IV).

 

 

El criterio fundamental para la selección del tratamiento es la actividad antineumocócica, porque S. pneumoniae, el agente etiológico más común, y la rinosinusitis neumocócica tiene menos tendencia a la resolución espontánea y mayor riesgo de complicaciones.

Amoxicilina y amoxicilina-ácido clavulánico a “dosis altas” son de elección para la mayoría de SBA. Cefuroxima axetilo y cefpodoxima proxetilo son la mejor opción en niños con alergia no anafiláctica a penicilinas. A partir de los 12 años puede utilizarse cefditoren pivoxilo, una cefalosporina de tercera generación, más activa que cefpodoxima y cefuroxima. Otras cefalosporinas orales de tercera generación, como cefixima y ceftibuteno, muy activas frente a H. influenzae, apenas lo son frente a cepas de S. pneumoniae resistentes a la penicilina, por lo que no deben considerarse alternativa.

Los macrólidos no son una buena opción por su alto porcentaje de resistencias (25-30%), en caso de alergia inmediata (tipo I) pueden utilizarse claritromicina, azitromicina o clindamicina. Como última opción, en pacientes con mala respuesta al tratamiento con macrólidos podrían emplearse levofloxacino (uso off label) o telitromicina.

Se recomienda una duración del tratamiento antibiótico de 7 a 14 días, la pauta más aconsejada es de 10 días.

Neumonía adquirida en la comunidad(14,15)

La incidencia de neumonía adquirida en la comunidad (NAC) es alta, especialmente en los menores de 5 años. El diagnóstico es clínico, aunque para la confirmación se requiera la radiografía de tórax. En algunos casos sin criterios de gravedad se acepta el diagnóstico sin confirmación radiológica.

Las NAC de etiología viral son más frecuentes por debajo de los 2 años y su prevalencia disminuye a partir de los 6. Excepto en el periodo neonatal, S. pneumoniae es el principal agente causal en todos los grupos etarios. La NAC neumocócica es la de mayor gravedad. M. pneumoniae y C. pneumoniae adquieren relevancia a partir de los 5 años. M. pneumoniae es el principal agente de NAC atípica.

Un 20-30% de las NAC son infecciones mixtas virus-bacteria, neumococo es la bacteria aislada con más frecuencia en las confecciones.

En base a la clínica y los hallazgos radiológicos, las NAC se clasifican en: NAC “típica”, de etiología probablemente neumocócica, “atípica” (producida por virus o bacterias atípicas) y “no clasificable” (casos que no cumplen criterios que permitan incluirlos en los 2 primeros grupos). Esta diferenciación es más difícil en menores de 4 años.

En los pacientes con criterios de neumonía típica, amoxicilina a dosis altas es el tratamiento de elección. En menores de 2 años puede utilizarse amoxicilina-ácido clavulánico.

Si la información disponible sugiere infección por M. pneumoniae o C. pneumoniae el tratamiento de elección es azitromicina.

En las NAC indeterminadas, especialmente en mayores de 4 años pueden utilizarse amoxicilina asociada o no a azitromicina. A partir de los 12 años telitromicina puede ser de elección en pacientes con alergia a beta-lactámicos o NAC indeterminada. Aunque las fluoroquinolonas no se prescriben en menores de 18 años, la experiencia en niños con enfermedades graves avala su seguridad y eficacia. Levofloxacino puede ser una opción cuando hay sospecha o evidencia de resistencias de neumococo a los macrólidos pues es efectiva contra neumococo y bacterias atípicas.

Pocos estudios han analizado la duración óptima de la terapia antimicrobiana, 10 días de tratamiento con beta-lactámicos y 5 días con azitromicina son los mejor estudiados.

Los tratamientos empíricos recomendados de la NAC se recogen en la tabla V.

 

 

 

Infecciones bacterianas de la piel y anejos(16,17)

Son motivo de consulta frecuente y generan una parte significativa de las prescripciones de antibióticos. Las bacterias que con mayor frecuencia participan son S. aureusy S. pyogenes.

El ácido fusídico y la mupirocina son los antiinfecciosos tópicos de elección. Retapamulina es efectiva en infecciones producidas por S. aureus mupirocín y meticilín-resistentes.

El tratamiento empírico debe cubrir S. pyogenes y S. aureus. El antibiótico de elección es cefadroxilo. Las presentaciones en suspensión de cefaclor y amoxicilina-ácido clavulánico y cefuroxima-axetilo son buenas alternativas hasta que la presentación líquida de cefadroxilo vuelva a estar comercializada.

Cuando los beta-lactámicos están contraindicados son de elección el ácido fusídico y clindamicina. Ácido fusídico es activo frente a S. aureus y S. pyogenes, pero la suspensión no está comercializada y, según la ficha técnica, solo puede utilizarse a partir de los 12 años. La tasa de resistencia de S. aureus a clindamicina ha disminuido y actualmente es cercana al 15%, no se dispone de presentaciones líquidas pero los comprimidos pueden disolverse en agua.

En España la prevalencia de infecciones por S. aureus resistente a meticilina adquiridas en la comunidad (SARM-AC) todavía es baja pero se han comunicado casos en población pediátrica, fundamentalmente celulitis, forúnculos y abscesos, a menudo recurrentes y de trasmisión intrafamiliar. En las infecciones por SARM-AC son de vital importancia el drenaje y desbridamiento precoces. En pacientes ambulatorios con sospecha de infección por SAMR-AC, se recomiendan clindamicina o cotrimoxazol. Cotrimoxazol no cubre la infección por S. pyogenes, por lo que se debe asociar a amoxicilina cuando se desconoce el agente causal.

Linezolid tiene una excelente eficacia pero debe reservarse para pacientes con infecciones severas que requieren hospitalización o que no han respondido a tratamientos previos.

Los tratamientos empíricos recomendados de las infecciones superficiales de piel y se recogen en la tabla VI.

 

 

Infección del trato urinario(18,19)

La infección del trato urinario (ITU) es frecuente especialmente en menores de 2 años. El diagnóstico se establece con el cultivo cuantitativo de una muestra de orina obtenida en condiciones bacteriológicamente fiables. En niños sin control del esfínter vesical, la recolección de muestras limita el diagnóstico por razones técnicas y “operativas”. En los niños con sospecha de ITU febril y en escolares con manifestaciones clínicas de pielonefritis aguda (PNA) el tratamiento debe iniciarse tras recoger la muestra para urinocultivo en condiciones bacteriológicamente fiables. Cuando no puede asegurarse la recogida de una muestra adecuada o no se cumplen los criterios para el procesado conveniente hay que remitir al paciente al servicio de urgencias.

E. coli es el principal agente causal (80-90%). La exposición previa a antibióticos, el antecedente de hospitalización o la existencia de anomalías urinarias aumentan la probabilidad de ITU por otros uropatógenos, como Proteus mirabilis, Klebsiella spp. o Pseudomonas aeruginosa. Debemos considerar también, especialmente en el lactante pequeño, Enterococcus faecalis.

El tratamiento empírico se basa en las tasas de resistencia de E. coli, más del 90% de las cepas son sensibles a amoxicilina-ácido clavulánico, cefalosporinas de segunda y tercera generación, fosfomicina, aminoglucósidos y nitrofurantoína.

Cefuroxima-axetilo y cefixima tienen un perfil discretamente superior a amoxicilina-clavulánico frente a E. coli y otras enterobacterias (P. mirabilis y K. pneumoniae). E. faecalispresenta, en cambio, buena sensibilidad a amoxicilina-clavulánico pero es resistente a las cefalosporinas.

Por vía oral, cefixima es el antibiótico más utilizado para el tratamiento empírico de la ITU febril.

Fosfomicina es activa frente al 95% de las cepas de E. coli. También son sensibles las cepas de E. coliy Klebsiella productores de beta-lactamasas de espectro extendido con resistencia a cefalosporinas, aminoglucósidos, cotrimoxazol, ácido nalidíxico y quinolonas. Fosfomicina cálcica está disponible en suspensión. Una dosis única de fosfomicina trometamol mantiene niveles terapéuticos durante 3 días, lo que favorece el cumplimiento y reduce la selección de resistencias.

Cotrimoxazol es un fármaco seguro y de bajo coste pero más del 20% de las cepas de E. coli son resistentes, sólo está indicado cuando su eficacia está confirmada por antibiograma.

Nitrofurantoína tiene buena actividad frente a un amplio número de uropatógenos (excepto P. mirabilis) pero no es de elección por su incómoda posología y sus efectos adversos. Nitrofurantoína y ácido nalidíxico se concentran en la orina, y son útiles el tratamiento o profilaxis de la ITU de vías bajas, pero no deben emplearse para tratar la PNA porque no alcanzan concentraciones séricas terapéuticas.

En los niños con PNA y vómitos que no están lo suficientemente enfermos para requerir hospitalización puede administrarse una dosis intramuscular de ceftriaxona, cefonicid o gentamicina, seguidos de antibióticos orales.

En niños mayores de 2 años con ITU de vías bajas están aprobadas pautas de tratamiento de 5 a 7 días. En la ITU de vías altas o menores de 2 el tratamiento se prolongará al menos 10 días.

La elección del tratamiento empírico y la duración del tratamiento propuestas son las detalladas en la tabla VII. La detección de bacteriuria por microscopia con tinción de Gram es el único test que permite orientar el tratamiento empírico.

 

 

 

Bacteriuria asintomática(20)

El término bacteriuria asintomática (BA) hace referencia a la presencia de bacterias en orina, detectada en repetidas muestras en un niño asintomático. La BA es frecuente en niñas de edad escolar.

Las cepas E. coli aisladas en la BA tienen baja virulencia, una sensibilidad mayor al efecto bactericida del suero y capacidad adhesiva muy pobre.

En la mayoría de las ocasiones se resuelve sin tratamiento y solo de forma excepcional evoluciona a ITU.

La BA solo debe tratarse en adolescentes embarazadas y pacientes que van a ser intervenidos quirúrgicamente en las vías urinarias.

 

Gastroenteritis y enterocolitis bacterianas(21)

Los enteropatógenos más prevalentes son C. jejuni y salmonelas gastroentéricas. La infección afecta especialmente a menores de 5 años. El tratamiento antibiótico solo es necesario en casos graves, inmunodeprimidos, pacientes con comorbilidad y en menores 6 meses.

Azitromicina es el tratamiento de elección de las infecciones por Campylobacter. Amoxicilina-clavulánico y clindamicina también mantienen una excelente actividad.

En la salmonelosis cefixima es el tratamiento de elección.

 

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Fiebre; utilización de analgésicos y antitérmicos

Regreso a las bases

 

J. de la Flor i Brú

Centro de Salud “Vila Vella”. ABS Sant Vicenç dels Horts-1. SAP Baix Llobregat-Centre. ICS. Barcelona

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 44-47


Fiebre; utilización de analgésicos y antitérmicos

 

Aspectos sanitarios y sociales

El pediatra de Atención Primaria (AP) dedica una considerable parte de su actividad asistencial al manejo de la fiebre, primer motivo de consulta urgente en cualquier servicio pediátrico, y segundo motivo de consulta, después de la tos, en AP. La fiebre es causa de angustia familiar, motiva un incalculable gasto derivado de visitas a consultorios y servicios de urgencia en AP y atención hospitalaria, exploraciones complementarias muchas veces innecesarias y tratamientos habitualmente injustificados, en muchas ocasiones antibióticos. La fiebre es, además, el motivo de consulta que más frecuentemente puede generar importantes errores diagnósticos por defecto, con posibles consecuencias negativas para el niño y potenciales repercusiones legales para el pediatra que lo atendió.

El objetivo de este artículo es recordar la fisiopatología de la fiebre y actualizar el manejo adecuado de la medicación sintomática.

Definiciones

Se define como fiebre el aumento de la temperatura corporal de causa patológica. Debe diferenciarse de la hipertermia fisiológica, que es la elevación de temperatura corporal que puede producirse en determinadas situaciones que hay que conocer y descartar por anamnesis: arropamiento excesivo o ambiente térmico cálido (especialmente, en lactantes), digestión de una comida copiosa, ejercicio intenso y ovulación.

Es un clásico motivo de discusión, la técnica que debe utilizarse para registrar la temperatura corporal y el nivel de corte que nos indica la presencia de una temperatura anormalmente elevada. La temperatura rectal es la única que muestra una correlación correcta con la temperatura central (“core”) del organismo(1). El pediatra de AP debe fomentar el registro de la temperatura rectal en menores de 3 años, edad en la que la toma de decisiones puede basarse en parte en el grado máximo de temperatura alcanzado (véase “Fiebre sin foco” en este mismo número), instruyendo a los padres en la técnica adecuada, y tratará de abolir las tomas inguinales, orales y de lectores por cinta de contacto cutáneo, que no presentan sensibilidad/especificidad adecuadas. La toma axilar es específica cualitativamente (su elevación suele ser debida al aumento de la temperatura central), pero no cuantitativamente (no tiene correlación con temperatura rectal) y tiene una sensibilidad muy baja (deja de detectar muchas fiebres reales). En cuanto al registro de temperatura ótica por termometría infrarroja, tan utilizada en la actualidad, presenta correlaciones pobres con los registros rectales, especialmente en niños pequeños. La termometría de arteria temporal (termómetro de infrarrojos que determina la temperatura cutánea de la frente y área temporal) presenta mejores resultados que la ótica, pero no suficiente correlación con la temperatura central. El termómetro más fiable es el de mercurio, si bien los termómetros electrónicos (“digitales”) muestran correlaciones aceptables. El termómetro, previa lubricación, debe introducirse en el recto por su parte metálica, que debe quedar oculta, favoreciendo la apertura del ano con los dedos índice y pulgar de la otra mano. Con la inmovilización adecuada, para la que pueden precisarse 2 personas, el riesgo de rotura es mínimo. Los termómetros de mercurio van a desaparecer por el riesgo de contaminación medioambiental de metilmercurio. En la actualidad ya no se distribuyen, si bien quedan stocks de unidades en las farmacias y en los centros médicos. La lectura de la temperatura rectal es muy cómoda, puesto que la columna sube con gran rapidez y se estabiliza en 30-40 segundos. Es obvio que, de la lectura obtenida, no hay que “restar” medio grado, como es práctica popular habitual. Ante la mitología que envuelve la fiebre y su medición, el pediatra de AP entregará unas normas escritas referidas a la fiebre, ya en el primer contacto con un nuevo paciente y aprovechando las frecuentes consultas por fiebre. En estas normas, deben figurar específicamente la técnica de medición de la temperatura, las situaciones de necesidad de valoración profesional de la fiebre y el fomento y descripción de medidas físicas antitérmicas. La toma de temperatura rectal está contraindicada en caso de neutropenia, por el riesgo remoto de causar una infección invasiva si se daña la mucosa.

Fiebre es una temperatura rectal igual o superior a 38°C. Si se utiliza la medición axilar, que se considera correcta a partir de los 3 años, el termómetro debe permanecer en contacto con la piel un mínimo de 3 minutos. Por convención se acepta definir como fiebre una temperatura axilar superior a 37,5°C, pero este nivel de corte se ha establecido arbitrariamente, dado que no tiene ninguna correlación demostrada con la temperatura central.

Fisiopatología

La fiebre se produce(2) por la acción de los llamados “pirógenos exógenos”, mayoritariamente agentes infecciosos, y en mucha menor medida toxinas, complejos antígeno-anticuerpo y fármacos que, en contacto con leucocitos, provocan la síntesis y liberación de interleukinas 1 y 6, factor de necrosis tumoral e interferón beta y gamma (“pirógenos endógenos”) que actúan sobre neuronas receptoras del hipotálamo posterior, en donde se ubica el termostato corporal. La respuesta del hipotálamo es provocar aumento de la tasa metabólica (mayor producción de calor) y vasoconstricción periférica (menor eliminación del mismo), con el resultado neto de aumento de la temperatura.

Etiología

La mayor parte de fiebres infantiles son debidas a infecciones víricas, banales y autolimitadas, pero es un reto diario del pediatra de AP detectar precozmente la enfermedad bacteriana grave entre las fiebres de causa banal que llenan nuestras consultas, especialmente en periodos epidémicos (rinovirus en otoño, gripe en invierno), en los que es más probable que la conducta se haga rutinaria, y no olvidar las poco frecuentes causas neoplásicas, por fármacos, alérgicas o por colagenosis.

Anamnesis

Es el aspecto más importante en la valoracion de la fiebre aguda y deberá seguirse una rutina en la que no hay que olvidar ninguna de las siguientes preguntas(3):

•Cuándo ha aparecido la fiebre.

•Cómo se ha registrado la temperatura y qué grado máximo ha alcanzado.

•Qué antitérmicos y a que dosis se han administrado al niño. A qué hora se ha administrado la última dosis.

•Qué otros síntomas presenta el niño. Hay que dirigir la anamnesis inquiriendo por aparatos: tos, rinorrea, obstrucción nasal, vómitos, diarrea, molestias urinarias, erupción cutánea…

•Qué otros medicamentos está tomando el niño.

•Qué enfermedades ha pasado previamente.

•Qué otras enfermedades hay en el ambiente familiar y escolar del niño.

A estas alturas de la visita, con la simple observación del niño, y antes de pasar a la exploración física, ya nos habremos hecho un juicio de lo que llamamos “sensación de enfermedad”, que no es más que la impresión que el pediatra experimentado tiene sobre la gravedad del proceso. Este juicio, basado en el “ojo clínico” del explorador, se ha tratado de objetivizar en diferentes escalas de valoración clínica. Las más conocidas son las de Yale y Mc Carthy(4), objeto de fuertes polémicas desde su publicación. La impresión actual es que son escalas muy específicas pero poco sensibles, especialmente en lactantes, precisamente el grupo potencial de mayor riesgo.

Exploración física

Debe ser meticulosa y debemos huir de la habitual rutina apresurada de ver la faringe, practicar la otoscopia, palpar el abdomen, auscultar el tórax y valorar los signos meníngeos. Además de estos ítems imprescindibles, debe observarse meticulosamente la piel, valorando el estado de hidratación, el color y la presencia de posibles lesiones iniciales. Las primeras petequias pasarían desapercibidas en un examen apresurado. Se explorarán las grandes articulaciones en lactantes, única manera de sospechar una artritis séptica. Se valorará toda la mucosa bucal y no únicamente la faringe posterior. De otro modo, no se apreciarán las primeras lesiones de una estomatitis herpética o de una varicela. No suspender nunca un examen físico aunque se haya detectado el “foco” que explique la presencia de fiebre.

Evaluación

En muchas ocasiones (hasta en un 30% de casos), después de proceder con la sistemática previamente descrita, no va a ser posible diagnosticar el episodio febril por el que se nos consulta. Si el niño aparece con mal estado general, “sensación de enfermedad” o “aspecto tóxico”, debe ser derivado urgentemente al servicio de urgencias del hospital de referencia para que se le practiquen exploraciones complementarias. El dilema se plantea en la situación mucho más frecuente, en que el niño presenta buen aspecto. Generalmente, se atribuye esta fiebre “sin foco aparente” a una infección vírica inespecífica o a la fase inicial (mal llamada “de incubación”) de una enfermedad infecciosa aún no diagnosticable. Todos hemos de desarrollar habilidad y capacidad persuasiva para explicar a la familia esta situación de una manera comprensible y que no genere desconfianza. Detengámonos a valorar esta reciente frase de Shapiro(5), que resume adecuadamente y en sintonía con la actualidad nuestro reto ante esta situación:

“La mayor parte de niños pequeños con fiebre sin focalidad aparente tienen infecciones víricas banales y autolimitadas. Una pequeña proporción pueden estar en la fase inicial de una enfermedad bacteriana seria o tener una bacteriemia oculta. De este último grupo, una muy pequeña proporción puede desarrollar una infección focal grave, como una meningitis. Los padres debidamente informados son más proclives que los pediatras a aceptar el pequeño riesgo que comporta adoptar conductas expectantes sin la práctica de pruebas diagnósticas ni la utilización de antimicrobianos.

La preocupación del pediatra ha de centrarse en la detección de la meningitis, dado que las otras posibles focalizaciones de una bacteriemia oculta casi siempre permitirán el tratamiento cuando se hagan aparentes (lo que llamamos “el principio de la segunda oportunidad”) y, generalmente, cursarán sin mortalidad ni secuelas”.

La práctica clásica de la Pediatría ha manejado esta situación con tres posibles conductas:

•Conducta expectante: se basa en el principio de la “segunda oportunidad”, según el cual, si la evolución es desfavorable, el pediatra podrá actuar en consecuencia. Mientras tanto, debe abstenerse de toda conducta diagnóstica o terapéutica y asegurarse el control evolutivo de la enfermedad a las 12-24 horas según la edad. Esta conducta, a priori la más lógica, debe fundamentarse en una confianza absoluta de la familia en el pediatra, en una comprensión total de la situación y de sus posibles riesgos y en la seguridad de poder practicar un control evolutivo posterior. No parece la más adecuada para visitas de urgencia practicadas por profesionales no habituales en la asistencia del niño o cuando no se produce una adecuada transferencia entre pediatra y familia. Todo pediatra ha experimentado o tiene referencias cercanas del trance que supone ver cómo un paciente febril sin foco y con perfecto estado general presenta, horas después, un cuadro bacteriano grave.

•Administrar antibióticos (ATB): ha sido una práctica muy extendida en Pediatría de AP, orientada al objetivo de abortar, en fase inicial, un posible proceso infeccioso grave. La potencial aparición de efectos secundarios, la selección de cepas bacterianas multirresistentes, el alto coste de su uso, el enmascaramiento y dificultad de un posible proceder diagnóstico o terapéutico posterior y la falsa sensación de tranquilidad que ofrece al médico y la familia son argumentos suficientes para desaconsejarla rotundamente como método sistemático.

•Solicitar exploraciones complementarias: su práctica indiscriminada en procesos mayoritariamente víricos, banales y autolimitados comporta un coste económico inaceptable, una molestia innecesaria para el niño y su familia y un rendimiento diagnóstico muy bajo.

Dado que ninguna de estas conductas parece universalmente recomendable, el reto, no totalmente resuelto en la actualidad, está en la definición de unos criterios de riesgo, lo suficientemente sensibles y específicos para detectar con un coste razonable a aquellos niños que pueden presentar bacteriemia oculta. En los últimos 40 años, se ha publicado muchísima literatura sobre el particular, envuelta en grandes polémicas y datos contradictorios. La conducta práctica puede consultarse en este mismo número (“fiebre sin foco”).

Tratamiento sintomático de la fiebre y el dolor en Pediatría de AP

La fiebre suele ser bien tolerada por los niños, en relación inversa con la edad, pese a lo cual es sobretratada con fármacos antipiréticos. Algunos estudios proponen que el tratamiento indiscriminado de la fiebre puede comprometer la respuesta inmunitaria del organismo frente a la infección, si bien no está clara la repercusión clínica que puede tener este hecho. En cambio, el dolor suele ser olvidado en pediatría, si bien, en la actualidad, hay una concienciación progresiva del profesional que atiende a niños ante el hecho de que el niño también experimenta dolor y éste debe recibir la misma consideración terapéutica que el adulto(6,7). Puesto que los fármacos analgésicos y antipiréticos suelen ser los mismos en Pediatría, ambos aspectos se discuten conjuntamente.

El pediatra de AP promoverá el uso de medidas antipiréticas físicas, suficientes en muchas ocasiones para reducir la temperatura: desabrigar parcialmente al niño en un ambiente térmico confortable (18-23 grados), ingesta de líquidos y baño en agua templada (32-36 grados) un mínimo de 15-20 minutos. No es eficaz la aplicación de paños húmedos o con hielo y hay que prohibir rotundamente las friegas con alcohol (que pueden producir intoxicación etílica por inhalación) y los baños con agua fría (que producen vasoconstricción cutánea, reducción de la temperatura de la piel y aumento posterior de la temperatura central, aparte de que aumentan el malestar del niño).

El uso de fármacos antipiréticos podría ser más recomendable en las siguientes situaciones:

•Antecedentes de convulsión febril. Si bien su uso no se ha demostrado que reduzca el riesgo de recidiva, parece casi obligado para controlar la angustia familiar.

•Cardiopatía o neuropatía descompensadas, alteraciones del equilibrio hidroelectrolítico, sepsis.

•Fiebre que cause angustia familiar, muy especialmente si es el único tratamiento que recibe el niño ante un proceso febril inespecífico o de origen viral.

•Fiebre que cause malestar general. En este caso, trataremos más el dolor asociado a la fiebre que la fiebre en sí. El mejorar el confort del niño nos ayuda a valorar más adecuadamente la gravedad de la enfermedad causante.

Hay que educar a la familia sobre los efectos reales del tratamiento antipirético. Éste empieza a hacer su acción a los 30-60 minutos y no debe esperarse una reducción superior a 0,5-1°C. El no conocimiento de estos detalles hará que muchos padres consideren fracaso terapéutico una respuesta normal.

La terapia combinada, tan utilizada en la actualidad, no tiene suficiente base en la que sustentarse. Estudios de utilización conjunta AAS-paracetamol no han demostrado mejores resultados que con la utilización a dosis correctas de cualquiera de los dos por separado, aumentando, en cambio, los efectos secundarios. En cuanto a la utilización conjunta de paracetamol-ibuprofeno, hay pocos datos que permitan avalar ni la eficacia ni la seguridad de la misma.

Fármacos antipiréticos y analgésicos habituales en Pediatría

Paracetamol

Es el antipirético de referencia. Su mecanismo de acción es la inhibición de la acción de la ciclooxigenasa que, en condiciones normales, metaboliza el paso de ácido araquidónico hacia prostaglandinas y tromboxanos. Las prostaglandinas son potentes vasodilatadores y mediadores de la inflamación. La acción del paracetamol es selectiva sobre la ciclooxigenasa central, sin efecto sobre la formación periférica de prostaglandinas, por lo que no tiene efecto antiinflamatorio, ni los efectos adversos sobre la función intestinal, renal o la adhesión de plaquetas propios del ácido acetilsalicílico y el ibuprofeno.

La dosificación recomendada es de 10 a 15 mg/kg/dosis. Estas dosis pueden repetirse en caso necesario cada 4 horas en niños de más de 6 meses y cada 6 horas en niños menores de esa edad, en los que el metabolismo hepático del fármaco está aún inmaduro. Si bien el intervalo de la dosificación se expresa según necesidad en caso de fiebre, en caso de dolor importante (otalgia, odontalgia) se recomienda pautarlo de manera fija al menos en las primeras 24 horas, para seguir después a demanda. Los límites diarios de dosificación se han establecido en 60 mg/kg/día en niños de menos de 12 meses y en 90 mg/kg/día en niños mayores de esa edad. La intoxicación se establece en 150 mg/kg en una dosis. Muchos supuestos fracasos con el paracetamol, que inducen a las familias a utilizar otros antitérmicos (ibuprofeno) con la creencia de que son más efectivos, se deben al uso de dosificaciones bajas.

Hay que fomentar el uso de la via oral, de absorción más segura y dosificación ajustable. El paracetamol tiene un sabor amargo y no es bien aceptado por algunos niños, si bien puede mezclarse con líquidos de más agradable sabor. Si por cualquier motivo la vía oral no es posible, debe utilizarse la vía rectal, lo que obliga a aumentar sensiblemente las dosis, hasta los 20-30 mg/kg/dosis.

Ácido acetilsalicílico (AAS)

La dosificación es la misma y con los mismos intervalos que el paracetamol. Su potencia analgésica y antipirética es similar. Tiene efecto central y periférico sobre la ciclooxigenasa, por lo que es un fármaco antiinflamatorio. Tiene mejor aceptación por su sabor, pero tambien más efectos secundarios potenciales, especialmente intolerancias gástricas y hemorragias digestivas, que son poco frecuentes. Debe recordarse su implicación en la producción de síndrome de Reye asociado a gripe y varicela, procesos en los que está absolutamente contraindicado. Ya no se utiliza en el tratamiento de la fiebre, pero puede ser una buena alternativa a recordar en analgesia.

Ibuprofeno

Es un fármaco bien aceptado por su sabor y, si bien su potencia antipirética y duración de la acción son algo superiores a paracetamol, las diferencias clínicas son poco relevantes. Su mecanismo de acción es semejante al AAS, con el que comparte efecto antiinflamatorio y potenciales efectos secundarios. Se recomienda la dosificación de 10 mg/kg/dosis cada 6 horas. Es una buena alternativa cuando el paracetamol a dosis máximas no se muestre eficaz en la reducción de la fiebre (o al revés), dado que hay niños que parecen responder mejor a un antitérmico que al otro. El preferir su uso en determinadas patologías banales que cursan con “inflamación” (otitis, faringitis) no tiene ningún fundamento. Si bien no se ha implicado en la producción del síndrome de Reye, se ha demostrado una asociación entre utilización de ibuprofeno en la varicela y aparición de complicaciones graves derivadas de infecciones estreptocócicas severas (fascitis necrotizante). Si bien no se ha establecido aún si esta asociación es causal o coincidente, parece recomendable hasta que no se defina con claridad este tema, escoger paracetamol en el tratamiento de la fiebre o el dolor en la varicela.

Codeína

Utilizada, sobre todo, como antitusígeno, su acción analgésica debe ser conocida por el pediatra de AP, puesto que su asociación con paracetamol permite controlar adecuadamente cuadros de dolor moderado que no ceden a dosis máximas de paracetamol o ibuprofeno (otalgias, odontalgias). Se dosifica a 0,5-1 mg/kg cada 6 horas. Recientemente(8), la AEMPS ha publicado una alerta en la que, tras conocerse casos graves, algunos mortales, asociados a la administración de codeína en níños para el tratamiento sintomático del dolor, recomienda las siguientes restricciones:

•La codeína está indicada únicamente para el tratamiento del dolor agudo moderado en niños mayores de 12 años para los que no se considere adecuado el uso de ibuprofeno o paracetamol como único analgésico.

•El uso de codeína se contraindica tras la amigdalectomía o adenoidectomía en niños menores de 18 años que sufran apnea obstructiva del sueño. Deberá usarse con precaución en mayores de 12 años que presenten compromiso de la función respiratoria o que hayan sido sometidos a cirugías extensas.

•Provisionalmente, y en espera de más datos, se extienden estas restricciones al uso de codeína como antitusivo.

Bibliografía

1.Sherman JM, Sood SK. Current challenges in the diagnosis and management of fever. Curr Opin Pediatr. 2012; 24: 400-6.

2.Ward, MA, Lentzsch C. Fever: pathogenesis and treatment. En: Feigin RE, Cherry JD, Demmler-Harrison GJ, Kaplan ShL, eds. Textbook of pediatric infectious diseases. 6ª ed. Philadelphia: Saunders Elsevier; 2008. p. 105-9.

3.Ogle JW. Acute fever without a source. En: Bajaj L, Hambidge SJ, Kerby Q, Nyquists AC, eds. Berman’s pediatric decision making. 5ª ed. Philadelphia: Elsevier Mosby; 2011. p. 174-83.

4.McCarthy PL. Fever without aparent source on clinical examination. Curr Opin Pediatr. 2000; 12: 77-84.

5.Shapiro ED. Fever without localizing signs. En: Long SS, Pickering LK, Prober CG, eds. Principles and practie of pediatric infectious diseases. 4ª ed. Philadelphia: Elsevier Saunders; p. 114-6.

6.Golianu B, Krane EJ, Galloway KS, Yaster M. Pediatric acute pain management. Pediatr Clin North Amer. 2000; 47: 559-87.

7.Tobias JD. Weak analgesics and nonesteroidal antinflammatory agents in the management of children with acute pain. Pediatr Clin North Amer. 2000; 47: 527-43.

8.Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios AEMPS. Alerta 2013074. 17-06-2013. Codeína: restricciones de uso como analgésico en pediatría.

 

Metodología diagnóstica en alergia infantil

Regreso a las bases

 

M. Fernández-Benítez

Ex-Consultor Departamento de Alergología e Inmunología Clínica. Clínica Universidad de Navarra, Pamplona

 

Pediatr Integral 2013; XVII(8): 581-585


Metodología diagnóstica en alergia infantil

 

Introducción

La importancia de hacer un buen diagnóstico, en cualquier tipo de patología tendrá como consecuencia el poder administrar un tratamiento adecuado. En alergología, podríamos clasificar las pruebas diagnósticas como: técnicas in vivo, que son aquellas que se realizan en el propio paciente, y técnicas in vitro, que son las que se realizan en el laboratorio, todas ellas encaminadas a determinar el alérgeno responsable de la patología presentada.

La responsabilidad del antígeno podemos demostrarla bien poniendo de manifiesto la reacción Ag (antígeno) Ac (anticuerpo), pero también midiendo los mediadores responsables de esta reacción.

Pruebas cutáneas

Se define como alérgeno a aquella sustancia capaz de producir anticuerpos (Ac) en un organismo sensibilizado y dar lugar a una reacción antígeno-anticuerpo (Ag-Ac) al nuevo contacto del organismo con el alérgeno. El descubrimiento del antígeno (Ag) y su correspondiente (Ac) específico, responsable de la reacción Ag-Ac y, por lo tanto, de la sintomatología clínica, es la base del diagnóstico etiológico en las enfermedades alérgicas. Una anamnesis detallada nos dará el grado de agresividad del antígeno que buscamos y, por lo tanto, una pauta para elegir la prueba diagnóstica adecuada, evitando así riesgos innecesarios para el paciente.

Tipos de test cutáneos

Se clasifican los test cutáneos según el tipo de sensibilización que queramos estudiar.

l.Sensibilización de tipo inmediato: mediada por IgE, para lo cual utilizamos la prueba del Prick o la prueba intracutánea como métodos más habituales(1,2). La reacción objetivada con estas pruebas está inducida, fundamentalmente, por la degranulación de los mastocitos cutáneos al contacto con el alérgeno, con la consiguiente liberación de mediadores como la histamina, triptasa, neuromediadores, etc., responsables de la respuesta inmediata. Podemos encontrar una respuesta tardía a las 6-8 horas, como consecuencia de procesos asociados a la respuesta inicial; ya que, muchos de los mediadores liberados por los mastocitos activados son mediadores quimiotácticos que actúan atrayendo hacia el lugar de la reacción células inflamatorias como eosinófilos, neutrófilos macrófagos, que contribuyen a perpetuar la inflamación. Los linfocitos CD4+ juegan un papel en la puesta en marcha y regulación de la respuesta tardía, por la generación y liberación de citoquinas.

2.Sensibilización tardía en la que interviene la inmunidad celular (linfocitos T), para lo que utilizamos las pruebas epicutáneas, también conocidas como pruebas del parche. La reacción alcanza su máxima expresión entre las 24-72 horas y las células que participan en el infiltrado son, predominantemente, linfocitos del tipo Th1 y monocitos.

Técnicas cutáneas de hipersensibilidad inmediata

Prick test

Es la prueba más utilizada para el diagnóstico in vivo.

Se realiza colocando gotas de los extractos que queremos estudiar y de la solución control sobre la superficie volar del antebrazo. Posteriormente, con una aguja, siendo las más estandarizadas las derivadas de la aguja Morrow-Brown, o bien con aguja hipodérmica, se hace una puntura a través de la gota y se inserta en la epidermis con un pequeño ángulo. Hay que tener la precaución de colocar las gotas con una separación adecuada con el fin de evitar reacciones enmascaradas (Figs. 1 y 2). Es necesario utilizar para cada extracto una aguja diferente. El prick test es una técnica segura, en la que es raro que se desencadenen reacciones sistémicas.

 

Figura 1. Material necesario prick.

 
 

>Figura 2. Técnica de prick.

 

Intracutánea

Era la prueba más difundida y utilizada de las pruebas cutáneas antes de que se estableciese el prick test.

Consiste en la inyección intradérmica de 0,05-0,07 ml de extracto alergénico, formando una pápula de 2-3 mm de diámetro. Las pruebas se pueden realizar en el antebrazo o en la espalda, al igual que con el prick, manteniendo entre los diferentes alérgenos una distancia de al menos 2 cm con el fin de evitar resultados enmascarados en caso de que se produzcan positividades; si se realizan en la espalda, también hay que cuidar la distancia a la línea vertebral ya que se pueden dar falsos positivos debido a los reflejos axónicos.

A diferencia del prick test, las pruebas intracutáneas pueden desencadenar reacciones sistémicas. Las precauciones y errores más frecuentes, así como las diferencias existentes entre las dos técnicas de pruebas cutáneas para el estudio de la hipersensibilidad inmediata, podemos verlos en las tablas I y II.

 

 
 

 

Extractos alergénicos y soluciones control

Los extractos utilizados hoy en día están estandarizados y son de alta calidad, esto permite un diagnóstico fiable y que las técnicas sean reproducibles. Únicamente y en ocasiones con alérgenos alimentarios, no utilizamos extractos estandarizados, sino el alimento en crudo, es lo que conocemos como prick-prick, tiene la ventaja de contener todas las proteínas presentes en el alimento.

Cualquier estudio con test cutáneos requiere testificar con un control negativo y un control positivo. El control negativo habitualmente es el conservante utilizado para los extractos alergénicos; como control positivo, habitualmente se utiliza la histamina.

Medición e interpretación de los test cutáneos

La respuesta cutánea inmediata frente a extractos alergénicos, caracterizada por la presencia de pápula y eritema en el lugar de la prueba, se obtiene en los primeros 20 minutos, entre 8-10 minutos para la histamina y entre 15-20 para los alérgenos. Habitualmente, utilizamos una regla milimetrada y calculamos la media entre el diámetro mayor y el menor de la pápula y/o eritema. Otras mediciones más sofisticadas, como las ultrasónicas o mediante Doppler con láser, nos permiten cuantificar el grosor y volumen de la pápula y poder estudiar la diferente reactividad de las pruebas.

Los criterios de positividad de las pruebas han sido estudiados por diferentes autores. Sabemos que en prick, positividades de más de 3 mm de pápula y 10 mm de mácula eritematosa son susceptibles de sensibilización clínica, pero siempre teniendo en cuenta la reactividad cutánea individual, así como la utilización de extractos estandarizados. Para las pruebas intracutáneas, seguiremos los criterios de Norman valorando pápula y eritema (Tabla III). Un test intracutáneo lo consideramos positivo cuando es un habón de 5 mm de diámetro, restando ya el diluyente control (Fig. 3).

 

Figura 3. Resultados prick.

 
 

 

En la interpretación de las positividades encontradas hay que ser cautelosos, ya que la positividad cutánea frente a un antígeno, por sí sola, no implica la repercusión del antígeno en las manifestaciones clínicas si no hay una clara relación con la anamnesis, pudiendo tratarse de positividades subclínicas o apatógenas, que merecen seguir su evolución. En otras ocasiones, nos obliga a reinterrogar al paciente y tratar de confirmar si existe repercusión clínica mediante técnicas in vitro o, incluso, una prueba de provocación controlada.

No hay que olvidarse de las positividades encontradas a panalérgenos responsables de la reactividad cruzada, tal y como ocurre con pólenes-frutas, etc.

Factores que pueden modificar la respuesta cutánea

El primer factor es la edad del paciente, y se sabe que, a partir del primer mes de vida, se puede obtener por prick una pápula significativa con el control positivo (histamina); no obstante, esta pápula va a ser más pequeña que en edades posteriores. Por eso, cuando realizamos pruebas cutáneas en lactantes, debido a esta menor reactividad, los criterios de positividad frente a los extractos van a tener que compararse con la reactividad frente al control positivo.

Cuando realizamos un estudio con pruebas cutáneas, sabemos que los resultados pueden verse alterados por múltiples factores. En primer lugar, porque la técnica no ha sido correcta; en este sentido, sabemos que la reactividad cutánea no es la misma en todas las partes del cuerpo, así la espalda es más reactiva que el antebrazo, la zona cubital es más reactiva que la radial, y la zona distal de la muñeca es menos reactiva que la proximal. Por otra parte, ya hemos dicho que la calidad de los extractos influye en la reactividad. Los extractos no estandarizados dan reacciones mayores que los estandarizados, muchas de ellas inespecíficas. Hay que tener en cuenta el ritmo circadiano; existe un pico de reactividad a última hora de la tarde y la reactividad es menor en la primera hora de la mañana.

Otro factor es también, dependiendo de los alérgenos que estemos probando, la estación del año; así, por ejemplo, pacientes con sensibilización al polen de gramíneas, durante la primavera presentarán mayor reactividad debido a la presencia de pólenes ambientales, situación que tenemos que tener presente para tomar precauciones, sobre todo con los test intracutáneos.

También, puede interferir en los resultados la toma de medicación, como ocurre con los antihistamínicos; los corticoides parece que únicamente influyen los administrados por vía tópica cutánea y, sobre todo, en la respuesta tardía, al igual que pasa cuando hay corticoterapia prolongada por vía sistémica.

La inmunoterapia específica por un tiempo prolongado también puede modificar la respuesta cutánea al alérgeno en estudio. Se ha visto disminución de la respuesta sobre todo con inmunoterapia frente a veneno de himenópteros y algunos neumoalérgenos, utilizando este parámetro para ver la respuesta al tratamiento.

Técnicas cutáneas de hipersensibilidad tardía

Pruebas epicutáneas

Estas técnicas las utilizamos para estudiar la hipersensibilidad tardía. Este tipo de pruebas se puede realizar por vía intradérmica, o aplicando directamente el alérgeno sobre la piel, prueba del parche o prueba epicutánea; tienen especial interés en el diagnóstico de las dermatitis alérgicas de contacto y hay estudios en las dermatitis atópicas(3).

El objetivo de estas pruebas es reproducir la lesión cutánea, limitando local y temporalmente la reacción(4).

La prueba consiste en la aplicación de una determinada sustancia, a una concentración ya establecida, sobre la piel del paciente en un lugar sensible. Para ello, utilizamos las zonas paravertebrales y la cara anterior del antebrazo. Esta sustancia se mantiene 48-72 horas.

La sustancia a testar se coloca sobre una superficie algodonosa y una capa aislante que queda fijada a la piel mediante esparadrapo; la piel debe estar limpia y libre de lesiones. Se recomendará no mojar la zona; si se presenta prurito intenso, acudir a la consulta antes de las 48 horas; no exponerse a las radiaciones solares, etc., ya que pueden modificarse los resultados.

Las reacciones pueden ser desde eritema hasta pápulas, vesículas o ampollas (Tabla IV). En el caso de pruebas negativas, es conveniente volver a ver al paciente a las 24 horas siguientes por si hubiera aparecido alguna reacción.

 

 
 

Figura 4. Técnica de espirometría.

 

Pruebas de función respiratoria

La exploración funcional respiratoria nos sirve para confirmar el diagnóstico de asma, cuantificar la gravedad de la enfermedad, monitorizar la evolución y objetivar la respuesta al tratamiento(5).

Espirometría

La espirometría permite el estudio de:

a.Capacidad vital forzada (CVF), volumen de aire espirado durante la maniobra de espiración forzada.

b.Flujo espiratorio en el primer segundo (FEV1), volumen de aire espirado en el primer segundo de la maniobra de espiración forzada.

c.Flujos espiratorios medios o mesoflujos (FEV25-75%), parámetro que indica el flujo espiratorio y que es independiente del esfuerzo; tiene un inconveniente que es la gran variabilidad de un enfermo a otro, incluso de una prueba a otra en el mismo paciente, por lo que no se debe valorar de una forma aislada;

d.Flujo espiratorio máximo (PEF), pico espiratorio de flujo.

e.Cociente FEV1/CVF, que es un parámetro indicador de flujo espiratorio, que en el niño se correlaciona más con la gravedad del asma que el FEV1.

Cada uno de estos parámetros nos va a dar una información de gran importancia en el asma bronquial. La disminución del FEV1 orienta hacia una obstrucción de vía aérea central (mayor de 2 mm de diámetro), el FEV25-75% informa de la vía aérea periférica (menor de 2 mm de diámetro) y la relación FEV1/CVF nos informa del grado de obstrucción. En cuanto al PEF, tiene indicaciones muy precisas, como objetivar la variabilidad en un asma inestable o ver la respuesta al tratamiento de una manera puntual, pero no se puede tomar como único criterio.

La técnica de espirometría consiste en una maniobra de capacidad vital forzada; es decir, a partir de una espiración normal efectuar una inspiración máxima, unos segundos de apnea y una espiración forzada hasta el volumen residual.

Interpretación de la espirometría

Los parámetros espirométricos nos permiten clasificar las alteraciones de la capacidad ventilatoria y establecer el grado de alteración funcional. Las alteraciones de tipo obstructivo cursan con un aumento de la resistencia de vías aéreas, y las que cursan con una reducción del volumen pulmonar, es decir, de la capacidad vital forzada (CFV), serían alteraciones de tipo no obstructivo. Hay patologías que cursan con características de ambos tipos de alteración ventilatoria, reducción de volumen y limitación al flujo aéreo; en este caso, hablaremos de alteraciones ventilatorias de tipo mixto.

De acuerdo con los criterios de la Americam Thoracic Society, se considera un patrón de tipo obstructivo cuando el cociente FEV1/CVF <75% (80% en niños), permaneciendo la CVF normal o ligeramente disminuida. El cociente FEV1/CVF es un parámetro más sensible, alterándose en mayor medida que el FEV1.

Test de broncodilatación (TBD)

El test de broncodilatación se debería realizar en todo paciente asmático al hacer la espirometría; ya que, por mínima que fuese la obstrucción, si el test es positivo, significa que existe una obstrucción al flujo aéreo, y no podrá considerarse una función pulmonar normal.

El Consenso Español(6) sobre el tratamiento del asma en pediatría establece realizar una espirometría forzada a los 15 minutos de administrar 400 µg de salbutamol = 4 puffs o equivalente de terbutalina, preferiblemente con cámara espaciadora, con un minuto de intervalo entre ambas, esperando de 10 a 20 minutos con el niño sentado y repitiéndose la espirometría forzada. Consideraremos un test de broncodilatación positivo cuando exista un porcentaje de cambio del FEV1 =12% sobre el FEV1 basal, o bien un FEV1 =9% sobre el FEV1 teórico, o un FEF25-75 =35%.

En algunas ocasiones, nos podemos encontrar que con 400 µg de salbutamol el test de broncodilatación es negativo, pudiéndose recurrir a una pauta corta (10 días) de corticoides orales y repetir la prueba.

Existen otras técnicas, como son la pletismografía o la oscilometría por impulsos, para niños que no saben colaborar con la maniobra de capacidad vital forzada.

Determinación de óxido nítrico en aire exhalado (ONex)

El ON juega un papel importante en el reclutamiento, migración e infiltración de eosinófilos y otras células en el árbol bronquial de los sujetos asmáticos. Se ha demostrado que el aumento del ONex está relacionado con factores que incrementan la inflamación en el asma(7), como la exposición a alérgenos y las infecciones respiratorias. Los esteroides orales o inhalados reducen los valores de ONex de forma dosis dependiente. Algunos estudios sugieren la correlación entre los valores del ONex y la intensidad de los síntomas, la hiperrespuesta bronquial, la atopia y otros marcadores de la inflamación.

 

Figura 5. Determinación de ONex.

 

Se realiza habitualmente por un método sencillo electroquímico que no precisa de calibración y es adecuado para niños a partir de los 5 años. La concentración se expresa en partes por billón (ppb), que equivale a nanolitros por litro (nl/l).

En la actualidad, se pueden medir otros marcadores de inflamación en condensado de aire exhalado, como son los isoprotanos, prostaglandinas, leucotrienos, etc.

Pruebas de provocación

Las pruebas de provocación consisten en poner de manifiesto la sintomatología clínica referida por el paciente tras la exposición al alérgeno, cuando no es posible demostrarlo por otras técnicas diagnósticas. De la propia definición, podemos deducir que son pruebas que conllevan un riesgo para el paciente, por lo que hay que tomar todas las precauciones(8).

Este tipo de pruebas las utilizamos cuando, por la historia clínica y las diferentes técnicas del laboratorio, es difícil encontrar el factor etiológico pese a que éste se sospecha. Otras veces existe una discordancia entre la historia clínica y los resultados de los test, in vivo e in vitro, y es necesario demostrar cuál de los alérgenos tiene repercusión clínica. En ocasiones, este mismo tipo de pruebas las utilizamos con el fin de demostrar una tolerancia al alérgeno(9,10).

Las pruebas de provocación pueden ser bronquiales, nasales, conjuntivales u orales, dependiendo del alérgeno que queramos estudiar y del órgano de choque.

Técnicas in vitro

Los avances de la inmunología han permitido estudiar los fenómenos implicados en las reacciones de hipersensibilidad. Hoy en día contamos con una serie de técnicas que permiten establecer un correcto diagnóstico alergológico y nos sirven de ayuda en la monitorización del enfermo alérgico y su respuesta al tratamiento.

Las pruebas in vitro nos confirman el diagnóstico sospechado por la historia y test cutáneos, o bien las reservamos para cuando no se puedan realizar los test in vivo, por circunstancias especiales de los pacientes.

Podríamos clasificar las técnicas in vitro en dos grandes grupos: las que estudian la reacción antígeno-anticuerpo, como serían la IgE, IgE antígeno específica(11) e IgG; y las que permiten determinar mediadores que se liberan en la reacción antígeno-anticuerpo, tales como: test de liberación de histamina, determinación de leucotrienos, determinación de triptasa test de activación de basófilos, proteína catiónica del eosinófilo, etc.

Bibliografía

1.Chan E, Dundas I, Bridge PD, Healy MJ, Mckenzie SA. Skin Prick testing as a diagnostic aid for childhood asthma. Pediatr Pulmonol. 2005; 39: 558-62.

2.Heinzerling L, Frew AJ, Bindslev-Jensen C, Bonini S, Bousquet J, Bresciani M, et al. Standard skin prick testing and sensitization to inhalant allergens across Europe- a survey from GA2Len network. Allergy. 2005; 60: 1287-300.

3.Nocerino R, Granata V, Di Costanzo M, PezellaV, Leone C, Passariello A, et al. Atopy patch test are useful to predict oral tolerance in children with gastrointestinal symtoms related non –IgE- mediated cow’smilk allergy. Allergy. 2013; 68(2): 246-8.

4.Van derValk PG, Devos SA, Coenraads PJ. Evidence-Based diagnosis in patch testing. Contac Dermatitis. 2003; 48: 121-5.

5.GEMA (Guía Española para el Manejo del Asma). Madrid: Editorial Luzán 5 SA; 2009.

6.Castillo Laita JA, de Benito Fernández J, Escribano Montaner A, Fernández-Benítez M, García de la Rubia S, Garde Garde J, et al, Consensus statement on the management of paediatric asthma. Update 2007.Allergol Immunopathol. 2008; 36(1): 31-52.

7.Kaiser G, Lim FCCP, Mottram C. The use of fraction of Exhaled Nitric Oxide in pulmonary practice. Chest. 2008; 133: 1232-42.

8.Martín Mateos MA. Tratado de alergología pediátrica. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2011.

9.García-Ara MC, Boyano MT, Díaz Pena JM, Quirce S. Eliciting doses of positive challenge test in cow´s milk specific IgE levels. Allergol et Immunopathol. 2008; 36(6): 315-9.

10.Martorell A, Gaecía Ara MC, Plaza AM, Boné J, Nevot S, Echeverría L, et al. The predictive value of specific immunoglobulin E levels in serum for the outcome of the development of tolerance in cow´smilk allergy. Allergol et Immunopathol. 2008; 36(6): 325-30.

11.Cabrera-Freitag P, Fernández-Benítez M, Goikoetxea MJ, Sanz ML. Diagnosis by microarray technique in anaphylaxis. Allergy. 2008; 63(Suppl 88): 514.

 

Morfología y función renal

Regreso a las bases

 

L.M. Rodríguez Fernández

Jefe de Sección. Unidad de Nefrología Pediátrica. Servicio de Pediatría. Complejo Asistencial Universitario de León (CAULE)

 

Pediatr Integral 2013; XVII(6): 433-440


Morfología y función renal

 

Introducción

El riñón es un órgano par situado en la parte alta de la región retroperitoneal, a ambos lados de los grandes vasos paravertebrales a los que se une por su pedículo vascular, y provisto de un conducto excretor, el uréter, que desemboca en la vejiga urinaria. Está formado por una serie de estructuras vasculares y epiteliales que funcionan en relación estrecha y que lo convierten en el órgano primordial del sistema urinario. Este sistema es el encargado de formar la orina y de eliminarla del cuerpo. La secreción de orina y su eliminación son cometidos vitales, pues constituyen en conjunto uno de los mecanismos básicos de la homeostasis del medio interno; hasta el punto de que, como se ha dicho, la composición de la sangre y del medio interno está regida, no por lo que se ingiere, sino por lo que los riñones conservan.

Además de desempeñar este papel esencial, el riñón tiene la capacidad de producir hormonas y autacoides (sustancias que actúan en el lugar en el que se producen), como la eritropoyetina, la renina o las prostaglandinas, que tienen gran influencia sobre el control de la tensión arterial, el metabolismo óseo o la formación de glóbulos rojos, y que lo convierten también en un órgano endocrino.

Las funciones que realiza el riñón son posibles gracias a su morfología. Para alcanzar una comprensión elemental de la fisiología renal, es indispensable disponer de un conocimiento suficiente de las estructuras en las que tienen lugar los distintos procesos en los que participa este órgano.

Morfología renal

Anatomía macroscópica(1)

Dimensiones, forma y localización

Los riñones tienen característicamente forma de habichuela y en la edad adulta llegan a pesar una media de 140 a 150 g y a medir longitudinalmente un promedio de 11,5 cm. En general, el riñón izquierdo es algo más voluminoso que el derecho. Durante la infancia van aumentando de tamaño; de forma que, en los niños, su longitud se correlaciona muy directamente con la talla. En las figuras 1 y 2, procedentes del estudio de Gavela y cols., se presentan los valores que va adquiriendo la longitud de cada uno de los riñones en relación con la talla de los niños(2).

 

Figura 1. Valor normal del tamaño del riñón izquierdo según la talla.

 

 

Figura 2. Valor normal del tamaño del riñón derecho según la talla.

 

Los riñones están situados detrás del peritoneo parietal contra la pared posterior del abdomen, un poco por fuera de las apófisis transversas de la 11ª y 12ª vértebras dorsales y las dos primeras vértebras lumbares, dentro de una celda celuloadiposa cerrada, limitada por una fascia perirrenal de tejido conectivo, que los fija a las estructuras adyacentes y ayuda a que conserven su situación normal, con el eje mayor algo inclinado hacia fuera. Por el lugar que ocupa el hígado, el riñón derecho se ve desplazado un poco más abajo que el izquierdo.

Estructura externa(1,3)

Cada riñón está rodeado por una cápsula resistente de tejido fibroso blanquecino que se interrumpe a nivel del hilio renal, una concavidad situada en su borde interno, por la que penetran en el riñón el uréter y los vasos sanguíneos.

Aunque hay un gran número de variaciones individuales en la vascularización renal, cada riñón está irrigado por una arteria renal que se origina de la aorta y que, poco antes de llegar al hilio, se bifurca en sus ramas anterior y posterior. Las venas renales se sitúan por delante de las arterias y desembocan en la vena cava inferior.

Estructura interna(1,3)

Al practicar la hemisección de los riñones a lo largo de su eje mayor, es posible observar que están formados por dos tipos de sustancia: la capa externa granulosa, corteza, y la porción interna o central de aspecto estriado, médula (Fig. 3). Esta última queda dividida en una docena o más de cuñas triangulares, las pirámides renales de Malpighi. La base de estas pirámides está orientada hacia la corteza y su vértice, orientado hacia el seno renal, forma unas eminencias redondeadas que protruyen en los cálices, denominadas papilas renales. La corteza se prolonga entre dos pirámides adyacentes, en formaciones que se llaman columnas renales de Bertin.

 

Figura 3. Aspecto macroscópico del corte frontal de un riñón.

 

El seno renal es una cavidad cuya abertura coincide con el hilio renal y cuyas paredes están constituidas por el parénquima renal. Contiene, en un tejido celuloadiposo, las ramificaciones de los vasos, los nervios y los primeros segmentos del aparato excretor urinario: los cálices y la pelvis renal.

Anatomía microscópica

La nefrona es la unidad estructural y funcional del riñón y comprende un elemento filtrante (corpúsculo renal de Malpighi) y un túbulo renal (Fig. 4). Se estima que cada riñón de un sujeto adulto sano contiene un millón de nefronas.

 

Figura 4. Descripción esquemática de la nefrona (las flechas en el interior de los túbulos indican la dirección del flujo).

 

Corpúsculo renal(1,3)

El corpúsculo renal de Malpighi está compuesto por el glomérulo capilar y la cápsula de Bowman que lo recubre (Fig. 5). Existe un espacio dentro de la cápsula, espacio de Bowman, hacia donde pasa el líquido filtrado procedente del glomérulo. La barrera de filtración del corpúsculo renal o membrana glomerular consta de tres capas: el endotelio de los capilares glomerulares, la membrana basal y una capa de células epiteliales especializadas con fenestraciones. Las células mesangiales se sitúan en la parte central del glomérulo entre las asas capilares, a veces penetrando en ellas de forma que conectan íntimamente con la célula endotelial. Estas células tienen función contráctil, gracias a los filamentos de actina y miosina, que les permiten regular el coeficiente de ultrafiltración en respuesta a distintos agonistas. Además, tienen capacidad fagocítica y pueden sintetizar y degradar la matriz extracelular. Intervienen también en la síntesis de determinados autacoides y factores de crecimiento que pueden actuar de forma autocrina y paracrina.

 

Figura 5. Esquema de un corpúsculo renal.

 

Túbulos renales(1,3)

El túbulo renal comienza con el túbulo próximal que inicialmente forma varias espiras (porción convoluta del túbulo proximal o túbulo contorneado proximal), seguida de una porción recta. El siguiente segmento es la rama delgada descendente del asa de Henle, que posee una morfología en horquilla, comenzando en su final con un ascenso paralelo a la rama descendente. En las asas largas, la primera porción de la zona ascendente permanece delgada, denominándose rama delgada ascendente del asa de Henle. Más allá de esta región, las asas largas se ensanchan en la rama ascendente gruesa del asa de Henle, en cuya parte final existe una zona engrosada denominada mácula densa, en la que el túbulo transcurre entre las arteriolas que irrigan su propio glomérulo. Tras ella comienza la parte convoluta del túbulo distal o túbulo contorneado distal que, a través de los conductos conectores, llega a los tubos colectores corticales que entran en la médula, convirtiéndose en tubos colectores medulares externos e internos. Estos últimos se unen a otros y todos los de una pirámide renal convergen para formar una estructura que desemboca en la papila renal en uno de los cálices menores.

Aparato yuxtaglomerular(1,3)

Está situado entre la primera porción del túbulo contorneado distal y las arteriolas aferente y eferente, pertenecientes al corpúsculo renal de su propia nefrona (Fig. 5). Lo componen tres tipos de células: las células yuxtaglomerulares, que son células mioepiteliales que rodean el final de la arteriola aferente, ricas en gránulos de secreción y que secretan el 90% de la renina; las células de la mácula densa, un tipo de células epiteliales diferenciadas de la pared del túbulo recto distal ascendente que en esta zona de contacto con el glomérulo, se vuelven más altas y estrechas, controlan la secreción de renina y la velocidad de filtración glomerular, y las células de Goormaghtigh o del lacis, que son células mesangiales extraglomerulares que responden a múltiples mediadores y controlan la superficie de filtrado.

El corpúsculo renal y los túbulos contorneados se encuentran en la corteza renal; en cambio, el asa de Henle y la mayor parte de los túbulos colectores se sitúan en la médula renal.

Ultraestructura de la barrera de filtración glomerular

La barrera de filtración glomerular es una barrera molecular situada entre la sangre y el espacio urinario capaz de evitar el paso, a su través, de la mayoría de las proteínas plasmáticas, pero que permite el paso del agua, de pequeñas moléculas de soluto y de iones. Está formada por tres capas: el endotelio vascular fenestrado, la membrana basal glomerular y la hendidura del poro y la zona que queda entre los pedicelos de los podocitos (Fig. 6).

 

Figura 6. Esquema de la barrera de filtración glomerular.

 

Endotelio vascular(1,3,4)

Está constituido por células de citoplasma aplanado, perforadas por poros o fenestraciones de 70-100 nm de diámetro, cuya superficie está cargada negativamente por la presencia de una proteína polianiónica, la podocalixina. La aglomeración de moléculas superficiales aniónicas y fenestraciones hace que el endotelio glomerular se diferencie de otras membranas plasmáticas endoteliales y permita el paso de moléculas de bajo peso molecular; aunque, no es muy eficiente para impedir el paso de macromoléculas.

Membrana basal glomerular(1,3)

La membrana basal glomerular impide el paso de macromoléculas en forma mecánica y eléctrica. Su integridad estructural es clave para el mantenimiento de la función de permeabilidad de la barrera al agua, pequeños solutos, iones y proteínas menores de 70 KDa. Está compuesta por dos capas finas, la lámina rara interna y la lámina rara externa, y una capa central gruesa, la lámina densa. Las células endoteliales y epiteliales adyacentes secretan moléculas tales como colágeno tipo IV, laminina, fibronectina y proteoglicanos de heparán sulfato, dando lugar a una estructura semejante a un enrejado.

Podocito y poro de filtración glomerular(1,3)

El tercer elemento de la barrera de filtración glomerular lo constituyen las células epiteliales viscerales o podocitos, encargados de sintetizar la membrana basal glomerular y formar los poros de filtración. Los podocitos son células muy diferenciadas que expresan una serie de proteínas específicas, indispensables para el mantenimiento de la compleja estructura de la barrera de filtración con los procesos pedicelares interdigitados (pedicelos) y los diafragmas de hendidura, pequeñas hendiduras cubiertas por una película proteica.

La superficie del podocito podría ser dividida, sin entrar en demasiado detalle, en tres dominios con diferentes localizaciones, componentes proteicos y funciones. En cada dominio existen proteínas, que son fundamentales para el mantenimiento y estabilidad global de la arquitectura del podocito. En el dominio apical encontramos podocalixina, ezrina y el complejo NHERF-2, que cubren la superficie del podocito. En el dominio del diafragma de filtración se encuentra la principal responsable de la de selectividad del diafragma, la nefrina. A este nivel, también encontramos P-cadherina, neph-1, podocina, filtrina, etc. El dominio basal o de anclaje es el encargado de fijar al pedicelo a la membrana basal glomerular, y en él encontramos el complejo distroglicano, el complejo integrina a3 b1 y la megalina(4).

Función renal

La función básica del riñón es la formación de orina para su eliminación a través del sistema excretor urinario. Dos procesos distintos determinan esta formación: la filtración de líquido a través de los capilares glomerulares hacia el espacio de Bowman y la modificación del volumen y de la composición del filtrado glomerular en los túbulos renales.

Filtrado glomerular(5,6)

El líquido pasa de los capilares glomerulares a la cápsula de Bowman por la existencia de un gradiente de presión entre estas dos áreas. Este proceso está favorecido por dos características estructurales que convierten los corpúsculos renales en membranas de filtración especialmente eficaces: los capilares glomerulares tienen un número de poros mucho mayor que otros capilares y la arteriola eferente tiene un diámetro menor que la aferente, provocando una mayor resistencia a la salida del flujo sanguíneo del glomérulo y aumentando la presión hidrostática glomerular. En condiciones normales se producen 120 ml/minuto o 180 l/día de filtrado. La tasa de filtración glomerular está determinada, además de por la diferencia de presión en el capilar glomerular, por el flujo plasmático renal y por el coeficiente de ultrafiltración glomerular, dependiente del área de filtración y de la permeabilidad de la membrana a través de la que ésta se produce.

Presión efectiva de filtración

La presión efectiva de filtración (PEF) es el resultado de la interacción de presiones a través de la membrana capilar glomerular, de acuerdo con la siguiente ecuación: PEF = (Presión hidrostática glomerular + Presión osmótica capsular) – (Presión osmótica glomerular + Presión hidrostática capsular).

La presión hidrostática glomerular es la fuerza impulsora fundamental del filtrado y tiende a expulsar líquido de los glomérulos; mientras que, la presión hidrostática capsular y la presión coloidosmótica sanguínea actúan en dirección opuesta. En sujetos sanos, la presión oncótica en la cápsula de Bowman debe ser cero, porque el filtrado glomerular no contiene proteínas. La presión hidrostática glomerular guarda cierta relación con la tensión arterial sistémica. La pérdida urinaria de proteínas aumenta inicialmente la tasa de filtrado glomerular al descender la presión osmótica sanguínea y aumentar la presión osmótica capsular.

Flujo plasmático renal

El flujo a través de un órgano depende de la presión de perfusión y de la resistencia al paso del mismo. Así, cambios en la presión producirían cambios en el mismo sentido en el flujo sanguíneo renal. Sin embargo, esto está modulado por la existencia de un sistema de autorregulación intrínsecamente renal que se produce incluso en ausencia de estímulos nerviosos u hormonales y que mantiene constante el flujo plasmático renal dentro de un rango de tensión arterial mediante modificaciones en la resistencia al flujo. El lugar principal donde se ejerce esta autorregulación es la arteriola aferente a través de dos mecanismos:

Mecanismo miogénico: el estiramiento de la pared vascular, causado por aumento de presión, provoca contracción de su músculo liso e incremento de la resistencia al flujo.

Retroacción tubuloglomerular: mantiene constante el flujo plasmático renal mediante modificación primaria de la tasa de filtración glomerular; de forma que, cuando existe un aumento de la tensión arterial, se produce inicialmente un aumento del flujo plasmático renal y se elevan la tasa de filtración glomerular, la velocidad del flujo y la oferta de sodio a través del túbulo. La mácula densa detecta estos cambios, desencadenando la producción de sustancias vasoconstrictoras (adenosina, ATP…) que actúan sobre la arteriola aferente disminuyendo el flujo plasmático renal al nivel basal. Sucede lo contrario en las situaciones de hipotensión.

El objetivo básico de la autorregulación renal es mantener un adecuado balance de líquido y sodio en el organismo, así como la preservación de la estructura glomerular.

Coeficiente de ultrafiltración glomerular

Finalmente, la tasa de filtración glomerular depende del coeficiente de ultrafiltación glomerular, que se expresa como el producto de la constante de permeabilidad hidráulica de la pared glomerular por la superficie disponible para la filtración. La permeabilidad de la membrana puede verse afectada en diferentes patologías glomerulares y el área de filtración puede sufrir modificaciones por contracción mesangial o en respuesta a sustancias vasoactivas, cuyo efecto permite al glomérulo modificar la superficie de filtración, tanto en condiciones normales como patológicas.

La función renal en el feto se caracteriza por una baja tasa de filtración glomerular determinada por una tensión arterial y un flujo plasmático renal bajos, un área de filtración menor y unas elevadas resistencias vasculares renales. Sin embargo, tras el nacimiento la función renal aumenta debido al ascenso de la tensión arterial y al importante descenso de las resistencias vasculares renales (Tabla I)(7).

 

 

Función tubular renal(5,8)

El ultrafiltrado glomerular es modificado en los túbulos renales por dos procesos: la reabsorción y la secreción tubulares.

Reabsorción tubular: recuperación de solutos y de la mayor parte del agua filtrada en los glomérulos desde el fluido tubular hacia la sangre de los capilares peritubulares.

Secreción tubular: adición de solutos al fluido tubular desde la sangre de los capilares peritubulares o desde las células tubulares.

El complejo equilibrio entre estos dos procesos, en ocasiones regulado por influjo hormonal y que se revisará a continuación someramente, posibilita la formación de orina con unas características determinadas y mantiene estable la composición del medio interno. De esta forma, entre el 97 y el 99% del agua y una parte importante de los solutos filtrados en el glomérulo volverán a la sangre y no formarán parte de la orina.

Manejo renal de sodio, cloro y agua

• En el túbulo proximal se produce reabsorción del sodio (Na+) filtrado, acompañado de un anión para mantener la electroneutralidad (75% Cl- y 25% HCO3-); también, se reabsorbe buena parte del agua filtrada gracias a la fuerza osmótica generada por la absorción de Na+ (Fig. 7).

 

Figura 5. Esquema de un corpúsculo renal.

 

• En la rama ascendente gruesa del asa de Henle, el Na+ y el Cl- son trasportados activamente desde la luz tubular por el cotransportador Na+-K+-2Cl- (NKCC2) en la membrana apical. Esta reabsorción de Na+ y Cl- sin reabsorción de agua aumenta la osmolaridad del intersticio, promoviendo la salida de agua de las asas descendentes del asa de Henle. A medida que asciende, la luz tubular de la rama ascendente gruesa del Asa de Henle se va volviendo hipotónica y, a nivel de la corteza, está diluida con respecto al plasma. El intersticio medular alcanza su mayor osmolaridad en la zona más profunda.

• En la parte convoluta del túbulo distal y en los conductos conectores existe reabsorción activa de Na+ y Cl- a través de un cotransportador Na+/Cl- activado por la aldosterona y por el aumento en la ingesta de sal.

• En los tubos colectores corticales, la reabsorción de Na+ se produce por canales de Na+ (ENaC) en las células principales sensibles a la acción de la aldosterona.

• El transporte de agua en los segmentos distales de la nefrona está sujeto a un estricto control fisiológico. Así, cuando la osmolaridad del plasma aumenta, los receptores hipotalámicos responden liberando hormona antidiurética (ADH) que se une a los receptores V2 en la membrana basolateral de los tubos conectores y colectores e induce la inserción en la membrana apical de canales para el agua (acuaporina 2), causando reabsorción de agua desde la luz tubular a medida que los túbulos colectores se dirigen hacia la papila, descendiendo a través del intersticio hiperosmótico. En ausencia de ADH no se produce reabsorción de agua a este nivel, por lo que la orina es muy diluida.

En resumen, el 65% del Na+, Cl- y agua filtrados se reabsorben en el túbulo proximal, el 20%, en la rama ascendente gruesa del asa de Henle, el 10%, en la parte convoluta del tubo distal y un 3-5%, en los conductos colectores.

Manejo renal del potasio

El K+ se filtra libremente en el glomérulo.

• El 50-60% del K+ filtrado se reabsorbe en el túbulo proximal de forma pasiva vía paracelular siguiendo la reabsorción de agua y Na+.

• En la rama ascendente gruesa del asa de Henle, la reabsorción de K+ se lleva a cabo por el cotrasportador NKCC2 (25% del K+ filtrado). El Na+ que entra en la célula es enviado al intersticio por la Na+/K+ ATPasa; mientras que, parte del K+ reabsorbido es reciclado a la luz tubular mediante canales ROMK. Además, la secreción tubular de K+ crea un gradiente eléctrico que favorece su reabsorción paracelular.

• La nefrona distal es el lugar más importante de la regulación renal de K+. Aquí el Na+ difunde pasivamente al interior de la célula principal por los canales ENaC apicales, siendo trasportado posteriormente al intersticio por la Na+/K+ ATPasa, lo que aumenta la concentración intracelular de K+, creando un gradiente que favorece su difusión a la luz tubular a través de canales selectivos. Existen también canales basolaterales de K+ que lo reciclan al intersticio, manteniendo la eficiencia de la Na+/K+ ATPasa. Además de esta secreción de K+ por las células principales, la nefrona distal es capaz de reabsorber K+ en situaciones de depleción del mismo o de acidosis metabólica a través de la acción de la H+/K+ ATPasa de las células intercaladas.

En contraste con otros iones, los cambios en la excreción urinaria de K+ son determinados principalmente por cambios en su secreción tubular y no por cambios en la reabsorción y filtración. La excreción urinaria de K+ en la nefrona distal se eleva en respuesta a diferentes factores, como son la mayor oferta de Na+, la mayor velocidad de flujo en el tubo distal que ocurren, por ejemplo, durante la expansión del volumen extracelular, acidosis metabólica y, sobre todo, en presencia de aldosterona, su regulador hormonal más potente.

Control renal del equilibrio ácido-base

• En el túbulo proximal (donde se reabsorbe un 80% del HCO3- filtrado), la anhidrasa carbónica (AC) intracelular cataliza la formación de HCO3- y H+. Los H+ salen a la luz tubular mediante el transportador NHE3 intercambiándose por Na+ reaccionando con el HCO3- filtrado formando ácido carbónico (H2CO3-) que, por acción de la AC de la membrana apical, se escinde en agua y CO2. Mientras, el HCO3- pasa al intersticio por intercambio con Cl- o en simporte con Na+.

• El mecanismo de reabsorción de HCO3- en la rama ascendente gruesa del asa de Henle y en los túbulos distales es similar (aproximadamente un 15%).

• En los túbulos colectores corticales, las células intercaladas son las responsables de la secreción de H+ a la luz tubular gracias a la existencia de una H+-ATPasa y una H+/K+-ATPasa apicales. El HCO3- reabsorbido (4%) sale de la célula por intercambio con Cl-.

Además de este mecanismo conservador del HCO3- filtrado, el riñón es capaz de añadir HCO3- a la sangre por otros dos mecanismos: la excreción de acidez titulable (AT) y la excreción de amonio (NH4+).

Manejo renal de fósforo

Aproximadamente un 80% del fósforo (P) filtrado se reabsorbe en el túbulo proximal. El paso de P al interior de la célula tubular se lleva a cabo por cotransportadores de Na+y P que forman parte de la superfamilia de transportadores de solutos SLC34. Los subtipos NaPi-IIa y NaPi-IIc existen en la membrana apical de las células tubulares. Un transportador tipo III de la familia SLC20 participa también en la conservación renal de P con la isoforma PiT2.

La reabsorción renal de P disminuye en las situaciones de acidosis metabólica, dietas ricas en P, hiperpotasemia, en presencia de hormona paratiroidea que actúa modificando las proteínas encargadas del transporte de los NaPi-II hacia la membrana apical, y en presencia de las denominadas fosfatoninas, que son proteínas con efecto fosfatúrico. La más importante, desde el punto de vista renal es el factor de crecimiento fibroblástico 23 (FGF-23) producido en el hueso y que aumenta la eliminación de P e inhibe la síntesis de vitamina D. El FGF-23 precisa para unirse a sus receptores de la célula tubular un cofactor, la proteína Klotho(9).

Manejo renal del calcio

La porción libre de calcio (Ca+2) es filtrada libremente, mientras que el resto es retenido en el plasma unido a albúmina. Sólo un 1-2% del Ca+2 filtrado se excreta en orina.

• Un 70% se reabsorbe en el túbulo proximal y un 10-15% en la rama ascendente gruesa del asa de Henle de forma pasiva vía paracelular a través de canales iónicos (claudinas) gracias al gradiente electroquímico y de concentración generado por la reabsorción de Na+ y agua en estos segmentos.

• En los túbulos distales se reabsorbe una pequeña cantidad de Ca+2. Aquí la entrada apical de Ca+2 se produce pasivamente a través de canales iónicos TRPV5 regulados por la PTH de forma directa en relación al balance de Ca+2 del organismo, mientras el paso hacia el intersticio está mediado por un intercambiador con Na+ y por la Ca+2-ATPasa. La reabsorción de Ca+2 en los conductos colectores es mínima.

Un elemento importante en el transporte renal del Ca+2 es el receptor sensible al calcio (CaSR) que se expresa en diferentes lugares del túbulo renal. En la membrana apical del túbulo proximal su activación disminuye la respuesta fosfatúrica de la PTH. En la membrana basolateral de la rama ascendente gruesa del asa de Henle disminuye la actividad de los canales ROMK, disminuyendo la reabsorción de Na+ y de Ca+2. Además, inhibe la fosforilación de Claudina-16, disminuyendo su acción paracelular impidiendo la reabsorción de Ca+2. Se encuentra también en la membrana apical de los tubos colectores donde interfiere con el tráfico de acuaporina 2 hacia la membrana apical, provocando dilución de la orina a la vez que aumenta la secreción de H+ por las células intercaladas.

Regulación renal de la presión arterial(10)

El riñón participa de manera importante en la regulación de la presión arterial merced a su acción sobre el equilibrio del Na+, un determinante importante de la presión arterial. La concentración de Na+ en el líquido tubular proximal se percibe en la mácula densa, parte del aparato yuxtaglomerular. En este lugar se valora también la presión de perfusión de la sangre, un indicador importante del estado del volumen intravascular en circunstancias normales. La escasez del Na+ y la menor presión de perfusión actúan como un estímulo para la liberación de la renina. La renina, una proteasa elaborada en las células yuxtaglomerulares, escinde el angiotensinógeno sanguíneo para generar angiotensina I, transformada en angiotensina II por la enzima convertidora de angiotensina. La angiotensina II aumenta la presión arterial provocando vasoconstricción y estimulando la secreción de la aldosterona, que favorece la retención del Na+ y del agua en el túbulo colector.

La depleción del volumen intravascular también desencadena la liberación de vasopresina. Receptores en el cuerpo carotídeo y otros captan la disminución en la presión arterial y activan las vías neurales autónomas y la liberación de vasopresina en el hipotálamo. En la membrana plasmática apical del túbulo colector renal, la vasopresina facilita la inserción de canales para el agua, aumentando su cantidad y, por tanto, la reabsorción de agua libre y, secundariamente, la tensión arterial.

Los riñones también tienen la capacidad de producir mensajeros químicos, como las prostaglandinas, las quininas y el óxido nítrico que participan en mecanismos hipotensores.

Función endocrina

El riñón sintetiza dos hormonas: la eritropoyetina y el calcitriol o vitamina D activa.

La eritropoyetina es una glicoproteína, producida por un grupo especial de células del intersticio renal que se libera, principalmente, en respuesta a la hipoxia y estimula la eritropoyesis en la médula ósea. En algunas patologías renales, especialmente en la enfermedad renal crónica, se produce un déficit en la producción de esta hormona y consecuentemente se acompaña de anemia.

La vitamina D se forma a partir del 7-dehidrocolesterol que, por acción de la luz solar en la piel, se convierte en colecalciferol. Esta sustancia es hidroxilada en el hígado, convirtiéndose en 25-hidroxicolecalciferol, pero el metabolíto más activo, llamado 1,25 dihidroxicolecalciferol o calcitriol se forma tras sufrir una nueva hidroxilación en las células del túbulo renal. El calcitriol, que interviene de forma principal en el metabolismo óseo tiene, por tanto, origen renal. Su déficit explica, en parte, el hipocrecimiento y la osteodistrofia de la enfermedad renal crónica(9).

Glucogénesis

Finalmente, es preciso señalar que, en los periodos de ayuno prolongado, los riñones son capaces de sintetizar glucosa a partir de ciertos aminoácidos y otros precursores, liberándola la sangre en cantidades que representan el 80% de la glucosa producida por el hígado.

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Otoscopia

Regreso a las bases

 

F. Sánchez Fernández*, S. Benítez Robaina**, L. Jiménez Ferreres***

*Facultativo-Especialista ORL. **Residente de 4º año de ORL. Hospital Universitario Ramón y Cajal. Madrid. ***Facultativo-Especialista ORL. Hospital San Rafael. Madrid

 

Pediatr Integral 2013; XVII(5): 360-367


Otoscopia

 

La patología que afecta al oído externo y medio con frecuencia es fácil de evaluar mediante una correcta anamnesis y una exploración clínica básica, llegando al diagnóstico en la mayoría de los pacientes sin precisar de pruebas complementarias.

La palabra otoscopia deriva del griego ous/otos, oreja/oído, y skopein, examinar. Como tal entendemos los procedimientos empleados para visualizar el aspecto del oído externo y de la membrana timpánica, y valorar el estado del oído medio, la presencia de secreciones en su interior, la capacidad de ventilación de la caja y, en los casos en que la membrana timpánica está perforada, valorar directamente el estado de la mucosa del oído medio y, en ocasiones, la cadena osicular.

Clásicamente el instrumento utilizado para este procedimiento es el otoscopio, del que existen numerosos modelos y sistemas, pero que podríamos simplificar como una fuente de luz acoplada a un espéculo de forma cónica que se adapta a la forma del conducto auditivo externo. También podemos explorar mediante el microscopio o el endoscopio que permite mayor amplificación de la imagen y la mejor obtención de imágenes para su estudio.

Técnica de exploración

El examen clínico del oído comienza con la inspección del pabellón auricular y región retroauricular prestando atención a la forma y posición, al despegamiento respecto a la cabeza, signos de infección o alteraciones de la piel (Fig. 1). Siempre, en especial cuando sospechemos la existencia de infecciones agudas, deberemos comenzar por el oído sano, o el menos sintomático, para evitar contaminaciones.

Elegiremos el espéculo mas grande que nos permita el oído, lo introduciremos en el conducto auditivo externo (CAE) cuidadosamente para evitar lesionar la piel o producir dolor. Dado que el CAE no es rectilíneo, nos ayudamos de una pequeña tracción del pabellón hacia atrás y arriba en niños mayores y adultos, o hacia atrás y abajo en los niños mas pequeños. Exploramos la piel del CAE, la existencia de lesiones, cera, secreciones o lesiones tumorales que, aunque infrecuentes, pueden asentar en esta zona (Fig. 2).

 

Figura 1. En el pabellón auricular normal encontramos una serie de relieves que dan a la oreja su forma característica: 1) raíz del Hélix; 2) hélix; 3) antehélix; 4) concha auricular; 5) fosita triangular; 6) trago; 7) antitrago; 8) meato auditivo externo; 9) lóbulo.

 

 

Figura 2. CAE. El conducto auditivo externo (CAE) no es un tubo rectilíneo, sino que presenta cierta angulación, habitualmente presenta restos de cera que muchas veces no es necesario retirar para visualizar correctamente el tímpano. La piel del CAE presenta un aspecto normal, no inflamado y sin productos patológicos.

 

Si el conducto es permeable, pasamos a valorar la membrana timpánica, su integridad, posición, coloración y transparencia, e intentaremos a través de ella valorar el estado del oído medio (Fig. 3). En pacientes con tímpanos muy transparentes podremos incluso visualizar la silueta de los osículos. En caso de no poder visualizar el tímpano por ocupación del CAE, retiraremos cuidadosamente el contenido con los instrumentos adecuados, y posteriormente valoraremos la membrana.

 

Figura 3. Tímpano normal: se aprecia una membrana timpánica íntegra, transparente brillante, de color nacarado o ligeramente sonrosado o amarillento. Por transparecia se intuye la caja timpánica aireada, sin líquido en su interior. Vemos el mango del martillo normoposicionado y el triángulo luminoso.

 

Otoscopia normal

La membrana timpánica está constituida por tres capas, la más superficial es la capa epitelio epidérmico que se continúa con la piel del conducto auditivo externo, una capa intermedia fibrosa y una capa interna de epitelio mucoso. Estas están presentes en toda su extensión salvo a nivel de la pars flácida que no encontramos capa intermedia.

En la unión al marco timpanal encontramos un engrosamiento que se conoce como annulus que sirve de fijación y soporte al hueso. Faltando también a nivel de la pars flácida.

En un oído normal se pueden identificar y valorar una serie de estructuras sólo con la otoscopia (Fig. 4).

 

Figura 4. Tímpano normal en el que se han dibujado los cuatro cuadrantes. Se muestran los puntos más importantes que debemos valorar en la otoscopia.

 

En primer lugar, la imagen del tímpano la dividimos en cuatro cuadrantes, la zona anterior y posterior viene dividida por el mango del martillo, mientras que la zona superior e inferior por una línea perpendicular a la anterior, a la altura del umbo, en cada uno de ellos podemos identificar lo siguiente:

• Anterosuperior: trompa de Eustaquio.

• Anteroinferior: triángulo luminoso de Politzer.

• Posterosuperior: pars flácida, ático, articulación incudoestapedial.

• Posteroinferior: promontorio y ventana redonda.

Malformaciones congénitas del oído externo

Concepto. Son anomalías del pabellón auricular y el conducto auditivo externo (CAE) por alteraciones en el desarrollo embriológico del niño. El oído medio e interno pueden ser normales, dado que tienen otro origen embriológico, aunque en ocasiones se producen en el seno de síndromes polimalformativos que pueden asociar hipoacusia. En la mayor parte de los casos no se determina la causa concreta, puede deberse a alteraciones hereditarias, infecciones connatales, o toxicidad durante el embarazo.

Clínica. La producida por la propia alteración estética, y aquellos casos que asocien hipoacusia.

Diagnóstico. Por la observación del pabellón auricular y la otoscopia. En ocasiones se precisa de pruebas de imagen para valorar el estado del oído medio e interno. Si se sospecha hipoacusia, debe ser valorada la audición del niño con las técnicas apropiadas a su edad.

• Alteraciones en el tamaño: existe gran variabilidad del tamaño del pabellón, considerándose patológico cuando es muy llamativo u ocasiona problemas de aceptación por el paciente.

• Alteraciones en el desarrollo (agenesia): la ausencia completa del pabellón (anotia) es muy infrecuente. A menudo se asocia la existencia de un pabellón pequeño y malformado en lo que llamamos microtia, que puede variar desde una pequeña alteración (microtia tipo I) hasta la sola presencia de rudimentos (microtia tipo III). Suele ir acompañado de estenosis o agenesia de CAE, condicionando una hipoacusia transmisiva. (Figs. 5 y 6).

 

Figura 5. Malformación leve del pabellón auricular (microtia grado I). Se aprecia una mayor plicatura del tercio superior del pabellón, con una deformidad del cartílago, mientras que los dos tercios inferiores tienen una configuración normal. La audición de la paciente era completamente normal.

 

 

Figura 6. Agenesia severa de pabellón auricular (microtia grado III): Aparecen restos de cartílago sin forma, mientras el lóbulo está mejor desarrollado. En ambos pacientes se asociaba una agenesia de CAE y una hipoacusia de transmisión. Las pruebas de imagen demostraron un oído medio e interno normales en ambos casos.

 

• Alteraciones de la forma o posición (orejas de implantación baja, orejas en asa, oreja en concha, oreja péndula…). Producidas por alteración en el desarrollo de los cartílagos, o por crecimiento facial anómalo (las orejas de implantación baja aparecen en muchos síndromes polimalformativos) (Fig. 7).

 

Figura 7. Malformación de pabellón auricular izquierdo en un recién nacido. Presenta un tamaño muy aumentado (macrotia) y una prolongación de la raíz (crus) del hélix; recibe el nombre de “Crus prolongada”.

 

• Alteraciones en el número (poliotia): la presencia de mamelones o apéndices auriculares por delante del pabellón, que puede ser normal o malformado.

• Fístulas y quistes preauriculares: Se presentan como un pequeño orificio por delante de la raíz del hélix y pueden producir cuadros infecciosos de repetición, siendo estos casos una indicación quirúrgica. Son el resultado de una mala fusión de los arcos branquiales primero y segundo (Fig. 8).

 

Figura 8. Fístula preauricular en un recién nacido. Se aprecia un agujerito por delante de la raíz del hélix (punta de flecha). Puede producir infecciones de repetición o ser completamente asintomático.

 

• Tubérculo de Darwin: prolongación superior del hélix, que ocasiona una forma puntiaguda del pabellón. Se considera un retraso en el desarrollo filogenético. Clásicamente se relacionó con la epilepsia o la criminalidad, aunque hoy en día no se sustenta esta asociación.

Tratamiento. Mediante cirugía reconstructiva de la malformación. Los casos que asocien una hipoacusia deberán ser tratados precozmente para asegurar el mejor desarrollo del niño.

Pericondritis

Concepto. Infección del pericondrio o cartílago del pabellón auricular. Habitualmente en el contexto de traumatismos y heridas que suponen una vía de entrada a esta región. Existen casos idiopáticos.

Clínica. Dolor y tumefacción en pabellón auricular. Puede acompañarse de otorrea.

Diagnóstico. Anamnesis y exploración física.

• Anamnesis: antecedente traumático con otohematoma o herida.

• Exploración física: tumefacción dolorosa a nivel del pabellón auricular perdiendo los relieves cartilaginosos habituales y respetando el lóbulo de la oreja (carente de tejido cartilaginoso) (Fig. 9).

 

Figura 9. La pericondritis es una inflamación del pabellón auricular, que no afecta al lóbulo (carente de cartílago). Produce un despegamiento del pabellón por inflamación de los tejidos blandos que no debe confundirnos con una mastoiditis.

 

Tratamiento. Antibioterapia cubriendo Pseudomona aeruginosa y Staphilococcus aureus. Se aconseja la administración intravenosa los primeros días, según la gravedad. Si precisa se asocian gotas antibióticas para la otorrea. Cuidado apropiado de las heridas. En caso de colecciones purulentas, drenaje quirúrgico.

Cuerpos extraños en CAE

Concepto. El hallazgo de cuerpos extraño en el CAE es especialmente frecuente en la edad pediátrica. En este grupo incluimos los tapones de cera y los objetos extraños introducidos de manera voluntaria o accidental.

Clínica. Muy frecuentemente asintomáticos, pueden producir molestias más o menos intensas según el grado de oclusión que produzcan. La introducción de animales (insectos) vivos en el CAE puede ser muy sintomática y precisa una actuación de forma urgente.

Diagnóstico. Otoscopia (Figs. 10-12).

 

Figura 10. Tapón de cera obstructivo, no permite la visualización de la membrana timpánica.

 
 

Figura 11. Cuerpo extraño en oído: se visualizan varios fragmentos de un cuerpo extraño (goma de borrar) introducidos por el propio niño. Es importante explorar siempre los dos oídos, porque es muy habitual que se hayan introducido cosas en ambos. La variabilidad de los cuerpos extraños está sólo limitada por la imaginación del niño y la posibilidad de conseguir pequeños fragmentos: papeles, piedras, plastilina, pequeños elementos de juguetes, fichas, imanes… Mucho cuidado con los insectos vivos y con las pilas de botón.

 
 

Figura 12. Los drenajes transtimpánicos también se comportan como un cuerpo extraño. Normalmente el tímpano “expulsa” el drenaje, y el crecimiento de la piel y la descamación lo van haciendo avanzar hacia el exterior. Se pueden retirar con unas pinzas de oído si el niño lo permite, pero no es imprescindible.

 

Tratamiento. La extracción instrumental del cuerpo extraño. Los insectos vivos se deben matar previamente. La pilas de botón deben ser extraídas de manera urgente, puesto que en contacto con la piel pueden producir lesiones cáusticas severas. Cuando no es posible la colaboración del niño, es necesaria la extracción bajo anestesia general o sedación.

Otitis externas

Concepto. Representa la forma de otitis más frecuente en periodo estival. Existen distintas entidades diferenciadas.

• Otitis externa difusa: de origen bacteriano, se presentan con un dolor intenso, habitualmente con otorrea escasa. El tratamiento con asociaciones de antibiótico tópico empírico y antiinflamatorio suele ser muy efectivo (Fig. 13).

 

Figura 13. La otitis externa difusa es una infección del CAE. La piel se muestra engrosada y eritematosa, con otorrea purulenta en la superficie. En ocasiones la inflamación es tan intensa que no permite valorar la membrana timpánica. La sola introducción del espéculo en el oído es muy dolorosa.

 

• Otitis externa micótica: es más infrecuente y se manifiesta de forma más larvada, con picor y otorrea de larga evolución, resistente a antibióticos tópicos. El tratamiento se realiza mediante antimicóticos tópicos y aspiración o lavado del oído, debe ser prolongado hasta confirmar la ausencia de lesiones. En casos graves, se puede asociar antimicótico sistémico.

• Otitis externa circunscrita (forúnculo de CAE): infección de un folículo piloso en el CAE. Produce una intensa otalgia en ausencia de otorrea. El tratamiento es el drenaje y la antibioterapia oral.

Diagnóstico. La otoscopia en todas ellas. En casos dudosos o que no responden adecuadamente al tratamiento, se puede realizar cultivo de la otorrea para identificación del agente causal.

Otitis seromucosa

Concepto. Presencia de líquido en oído medio sin síntomas o signos de infección aguda. En contexto generalmente de patología o inmadurez a nivel de la trompa de Eustaquio. Puede producirse como un proceso residual tras una otitis media aguda, en contexto de catarros de repetición o por una mala ventilación de la trompa de Eustaquio.

Clínica. Hipoacusia de transmisión en grado variable y sensación de taponamiento, en niños más pequeños, a menudo sólo se manifiesta como retraso del desarrollo del lenguaje, déficit de atención o mal rendimiento escolar.

Diagnóstico. Es fundamentalmente otoscópico, las pruebas complementarias como la impedanciometría nos ayudan a corroborar dicho diagnóstico.

Otoscopia. Es muy variable, podemos observar un leve abombamiento con una membrana timpánica más opaca, color amarillento-anaranjado, retracciones timpánicas, niveles hidroaéreos o burbujas de líquido. En algunas ocasiones puede asemejar un tímpano normal. Siempre deben estar ausentes los signos de infección aguda. Se puede completar la exploración con la otoscopia neumática observando un cambio de posición del nivel líquido o burbujas (Fig. 14).

 

Figura 14. La imagen otoscópica de la otitis serosa es muy variable, siendo frecuentemente difícil de distinguir de un tímpano normal. En la foto izquierda podemos ver burbujas retrotimpánicas. En la foto derecha apreciamos un tímpano levemente retraído con un nivel hidroaéreo inferior y la presencia de un líquido ambarino en el interior del oído medio.

 

Tratamiento. Ningún tratamiento médico ha demostrado efectividad basada en la evidencia. Es una patología que habitualmente cederá espontáneamente con el paso del tiempo. Pero los niños con hipoacusia o con retraso del lenguaje y la persistencia de moco en el oído durante más de 3 meses, deben derivarse al ORL por la posibilidad de beneficio con tubos de drenaje transtimpánicos (Fig. 15).

 

Figura 15. Tubo de ventilación transtimpánico en posición. La posición y coloración del tímpano son normales. No existe drenaje mucopurulento a través del tubo, que permanece permeable. Con el tiempo se almacenan restos de cera y descamación alrededor del drenaje.

 

Otitis media aguda

Concepto. Es un proceso infeccioso agudo que afecta al oído medio.

Clínica. Se manifiesta clínicamente como otalgia y fiebre, normalmente acompañado de hipoacusia de transmisión. Puede presentar otorrea purulenta. En niños pequeños es típica la presentación como llanto incontrolable a las pocas horas de acostar al niño.

Diagnóstico. Es clínico y otoscópico fundamentalmente, no requiere pruebas complementarias salvo que se sospeche una complicación.

Otoscopia. Hiperemia o bullas en membrana timpánica, abombamiento con ocupación mucopurulenta, perforación timpánica, otorrea mucopurulenta, incluso otorragia limitada (Fig. 16).

 

Figura 16. Otitis media aguda: 1) Tímpano eritematoso, íntegro, con caja ocupada y trasudación de la otorrea a través del tímpano. 2) Tímpano abombado a tensión, eritematoso, ocupación de oído medio sin otorrea. 3) Tímpano eritematoso, no se visualiza perforación pero se aprecia otorrea purulenta en CAE.

 

Tratamiento. Debe incluir medidas higiénicas para mejorar la ventilación y limpieza nasal. Antibioterapia vía oral y gotas tópicas en caso de otorrea, analgésicos y antiinflamatorios.

Retracción timpánica (Tabla I)

 

 

Concepto. La membrana timpánica se invagina o retrae hacia el oído medio en distinta medida. Se origina en el contexto de una mala ventilación tubárica o la presencia de moco retrotimpánico.

Clínica. Hipoacusia de transmisión.

Diagnóstico. Anamnesis y otoscopia.

• Anamnesis: hipoacusia, historia de otitis seromucosas.

• Otoscopia: según los distintos grados (Figs. 17 y 18).

 

Figura 17. Retracción timpánica leve (grado I) de la pars tensa (oído izquierdo). La parte retraída (marcada con la estrella) permite visualizar la parte inferior del annulus timpánico (puntas de fecha huecas). En la parte anterosuperior se ve una placa de miringoesclerosis (punta de flecha sólida).

 

 

Figura 18. Retracción timpánica moderada (grado II) de la pars tensa en hemitímpano posterior (oído izquierdo). El tímpano está en contacto con la cadena de huesecillos, pudiéndose apreciar claramente: 1) umbo; 2) mango del martillo; 3) apófisis corta del martillo; 4) rama larga del yunque; 5) articulación incudo-estapedial y cabezuela del estribo; 6) tendón del estribo; 7) apófisis piramidal. Podemos ver que el hemitímpano anterior (marcado con la estrella) permanece en posición.

 

Tratamiento. Grados I, II y III puede intentarse colocación de drenaje transtimpánico, si no es suficiente el tratamiento es quirúrgico. Si se trata de un grado IV y V el único tratamiento posible será la cirugía.

Otitis media crónica (OMC)

Se divide en dos tipos:

OMC colesteatomatosa: presencia de epitelio epidérmico en oído medio.

A su vez la clasificamos en tres tipos:

– Colesteatoma congénito: defecto en el desarrollo embrionario a nivel del segundo arco branquial que origina un acúmulo de epitelio en oído medio. No refieren historia de otorreas, otitis de repetición, traumatismo o cirugía previa.

– Colesteatoma adquirido primario: en el contexto de una mala ventilación tubárica, se origina una retracción timpánica en la cual se acumula epitelio y posteriormente evoluciona a una perforación de la membrana timpánica. Puede venir acompañado o no de lesiones de otras estructuras.

– Colesteatoma adquirido secundario: tras una perforación timpánica de cualquier etiología, se produce una migración de la piel del CAE hacia el oído medio a través de dicha perforación.

OMC simple: inflamación a nivel de la mucosa del oído medio de manera persistente o recurrente, manifestándose habitualmente en forma de otorreas de repetición. La perforación timpánica es una solución de continuidad de la membrana, que permite la comunicación entre el oído medio y el oído externo. Los episodios de otorrea pueden llegar a alterar la cadena osicular (Fig. 19).

 

Figura 19. La otitis media crónica se caracteriza por episodios repetidos de otorrea. En la foto izquierda se muestra una otorrea cremosa espesa que emerge a través del tímpano (oído derecho). Una vez aspirada (foto derecha), se visualiza una perforación central, con un tímpano engrosado y eritematoso. A través de la perforación se aprecia la mucosa de la caja también engrosada, con abundante otorrea acuosa.

 

Clínica de la OMC. Hipoacusia de transmisión, otorreas de repetición (en OMC colesteatomatosa se describe como otorrea maloliente), vértigo, parálisis facial, complicaciones intracraneales. El colesteatoma congénito puede ser asintomático, presentar hipoacusia de transmisión por erosión de cadena u otitis seromucosa por obstrucción tubárica.

Diagnóstico. Anamnesis y otoscopia.

• OMC colesteatomatosa: retracción timpánica o perforación timpánica con acúmulo de escamas de colesteatoma de color blanquecino. Generalmente en región atical (pars flácida). Lesiones de aspecto polipoideo, otorrea maloliente y, en ocasiones, otorragia. En el congénito la membrana timpánica permanece íntegra, con acúmulo de epitelio retrotimpánico que se trasluce más frecuente en cuadrante anterosuperior (Fig. 20).

 

Figura 20. Acúmulo de piel y restos de cera/otorrea en la pars fláccida, por encima de la cadena osicular, que parece erosionar el hueso. Posterior al mango del martillo, a través del tímpano se puede apreciar una ocupación perlada muy sugestiva de colesteatoma.

 

• OMC simple: perforación timpánica generalmente en pars tensa sin acúmulo de epitelio acompañado o no de otorrea. En ocasiones puede visualizarse la cadena de huesecillos (Fig. 21).

 

Figura 21. Perforación simple de la membrana timpánica (oídos derechos). 1) Muestra una perforación posterior, sin visualización de la cadena osicular. 2) Muestra una perforación anterior amplia, se puede visualizar la mucosa del oído medio que no se encuentra inflamada.

 

La audiometría tonal y las pruebas de imagen se realizan para completar el diagnóstico y para la planificación quirúrgica.

Tratamiento:

• En fase activa con otorrea, humedad o lesiones polipoideas: gotas óticas con antibiótico + corticoide.

• OMC colesteatomatosa: quirúrgico.

• OMC simple: tras un periodo de inactividad si persiste la perforación o han quedado secuelas, como una hipoacusia de transmisión, puede beneficiarse de una intervención quirúrgica. En niños se aconseja esperar hasta la maduración completa de la trompa, cuando las posibilidades de éxito quirúrgico son mayores.

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Instrumental ORL en la consulta de Atención Primaria

Regreso a las bases

 

L. Jiménez Ferreres*, M. George**

Servicio de Otorrinolaringología. *Hospital San Rafael. Madrid. **MD Anderson España

 

Pediatr Integral 2013; XVII(4): 296-300


Instrumental ORL en la consulta de Atención Primaria

 

Una historia clínica completa es el mejor instrumental para poder enfocar la exploración del paciente en la búsqueda de un diagnóstico definitivo.

La otorrinolaringología es una especialidad “visual”. Con ello queremos decir que la mayoría de las pruebas necesarias consisten en “ver”, ya sean los oídos, las fosas nasales, la orofaringe o la laringe, de manera directa o indirecta. Para ello, a lo largo de la historia, hemos dispuesto de diferentes instrumentos que, con el avance y universalización de las tecnologías, han mejorado y simplificado esta labor, pero lógicamente con una repercusión económica sólo rentable en una consulta especializada. En Atención Primaria, podemos seguir utilizando instrumental sencillo que nos permitirá realizar todas las exploraciones necesarias en otorrinolaringología.

Para poder ver necesitamos luz. Una fuente de luz que podremos usar para cualquier exploración. La más simple es un otoscopio, siempre presente en Atención Primaria y básica en otología. La podremos usar también para visualizar orofaringe o el 1/3 anterior de las fosas nasales (especialmente útil en población pediátrica) (Fig. 1). La mayoría de las casas comerciales disponen de equipos con múltiples adaptadores que transforman el mango del otoscopio, que no es otra cosa que una batería, en un oftalmoscopio u otro dispositivo diseñado para facilitar la visualización del resto de cavidades (Fig. 2). Personalmente no encuentro cómodo este instrumental y prefiero utilizar otras técnicas para el resto de exploraciones.

 



Figura 1. Uso del otoscopia para visualización de orofaringe y 1/3 anterior nasal.

 

Para una completa otoscopia es preferible el pneumotoscopio. La pera de Politzer adaptada al otoscopio nos permite realizar presión positiva y negativa en el conducto auditivo externo y, con ello, valorar la motilidad de la unidad tímpano-osicular del oído medio, y descartar la presencia de líquido en oído medio, afinando más nuestro diagnóstico visual inicial. Sustituye prácticamente a la perfección a la timpanometría o la reflectometría acústica(1). Si no disponemos de ella, podemos pedir al paciente que realice una maniobra de Valsalva y comprobar si la membrana timpánica se mueve o no.

Con la finalidad de poder manipular instrumental o simplemente para poder controlar al paciente si éste no coopera, como ocurre en pacientes pediátricos, necesitamos disponer de ambas manos libres. Para ello, podemos utilizar una fuente indirecta, como puede ser una simple bombilla o un foco especializado para otras funciones pero que, gracias a un espejo frontal (Fig. 3), reflejamos y nos permite visualizar y explorar las cavidades propias de la otorrinolaringología. También pueden utilizarse luces frontales directas que, con el tiempo, se están volviendo más asequibles, ya sean de luz halógena, xenón o LED (Fig. 4).

 



Figura 2. Equipo con adaptadores diversos para exploración en otorrinolaringología y oftalmología.

 

 



Figura 3. Espejo frontal y espejos laríngeos de García (véase uso en Fig. 6).

 

 



Figura 4. Laringoscopia con luz indirecta reflejada en espejo frontal y con espejos laríngeos de García. Véase la poca diferencia de iluminación con la exploración bucal con luz directa frontal con un fotoforo con fuente de luz LED.

 

Para la visualización de hipofaringe y de las cuerdas vocales nos ayudaremos de los espejos laríngeos –Manuel García, barítono español, fue el primero en utilizarlos en 1855– y son usados en otras especialidades como la odontología (Figs. 3 y 4). Con la ayuda de una gasa sujetamos la lengua del paciente, sin tirar ni presionar en exceso, e introducimos el espejo del tamaño más grande que nos permita el paciente con cuidado de no tocar los pilares amigdalinos ni la pared posterior faríngea, que son las zonas reflexógenas, para evitar las náuseas. En ocasiones, es necesario usar anestesia tópica en pacientes muy nauseosos. En la población infantil, al contrario de lo que puede parecer, la laringoscopia no es tan complicada, ya que, por su especial anatomía, la epiglotis se encuentra más elevada y las cuerdas vocales son fácilmente visibles.

 

 

Gracias a los avances y universalización de las nuevas tecnologías disponemos de un gran arsenal de instrumentación para la visualización directa laríngea, como son las ópticas rígidas de Hopkins y los fibroscopios o videofibroscopios que, con el tiempo y su disminución en el precio, se convertirán en material propio de consultas de Atención Primaria (Fig. 5) y nos permitirán una exploración más rápida y completa otorrinolaringológica.

El instrumental básico para la manipulación de cuerpos extraños en el conducto auditivo externo –y también en las fosas nasales– consiste en una cucharilla, batea, pinzas de bayoneta y pinzas de oído y una jeringa para irrigación de oídos (Fig. 6).

 



Figura 5. Ópticas rígidas de Hodking y fibroscopio para visualización directa.

 

 



Figura 6. Desde arriba derecha, cucharillas para cuerpos extraños, rinoscopio, espejo frontal, pinzas de bayoneta y de oído, batea y jeringa de 100 cc con cono fino.

 

Las pinzas sólo se utilizarán si estamos seguros de poder capturar el cuerpo extraño con ellas; en caso contrario, corremos el riesgo de empujarlos más profundamente.

El lavado del oído se realiza traccionando el pabellón auricular y proyectando el chorro de agua por encima del cuerpo extraño o tapón de cera hacia la parte superior del conducto. Igualmente, con las cucharillas nos hemos de asegurar sobrepasar el cuerpo extraño para extraerlo de dentro hacia fuera.

En la nariz se realiza con la ayuda de un rinoscopio y con visión directa. Usaremos una pinza de bayoneta si es posible o una cucharilla que pasaremos por encima del cuerpo extraño.

El rinoscopio se introduce cerrado y se abre posteriormente con cuidado, colocando el dedo índice sobre el reborde externo de la nariz. Lo movilizamos hacia abajo en dirección al lóbulo de la oreja para ver el suelo de la fosa nasal, el tabique –si está desviado o no– y los cornetes inferiores, y hacia arriba, hacia los ojos, pudiendo ver los cornetes medios y la presencia de masas que obstruyan la cavidad nasal. La utilización de vasoconstrictores nos permite visualizar mejor la cavidad y comparar el tamaño de los cornetes inferiores antes y después de su aplicación.

En caso de epistaxis, podemos introducir con una pinza en bayoneta un algodón impregnado de vasoconstrictor con anestesia para lograr hemostasia o previamente a la cauterización del punto sangrante con nitrato de plata en bastoncillos.

Si el paciente refiere hipoacusia y no disponemos de un audiómetro debemos realizar pruebas básicas subjetivas y objetivas de audición que nos permitan determinar la derivación o no del paciente al especialista. Tras la exploración otológica que nos descarte patología evidente del oído externo y medio, podemos realizar una acumetría con diapasones.

La utilización de los diapasones (Fig. 7) nos sirven para, una vez conocida la existencia de una hipoacusia, determinar la localización de dicha hipoacusia.

 



Figura 7. Esquema básico de la acumetría. A) Audición dentro de la normalidad o hipoacusia neurosensorial bilateral similar. B) Hipoacusia conductiva del oído derecho con oído izquierdo normal. C) Hipoacusia neurosensorial en el oído derecho con oído izquierdo normal.

 

Es la exploración más básica, pero precisa la colaboración del paciente. Se realiza con diapasones de distintas frecuencias (128 Hz, 256 Hz, 512 Hz,1024 Hz…), aunque los más utilizados son los de 256 y 512 Hz y las 2 pruebas básicas son:

Rinne: sirve para localizar la lesión. Se basa en la diferencia entre la audición por vía aérea –se coloca el diapasón frente al pabellón auditivo– y ósea –se presiona la base del diapasón en la mastoides. Si la audición es mejor por vía aérea (lo normal) el test es positivo y se supone una hipoacusia neurosensorial. Si por el contrario es por vía ósea, el test es negativo y determina que la hipoacusia es de transmisión.

• Weber: se posiciona el diapasón en línea media cefálica. Es una prueba de comparación biaural de la conducción por vía ósea, con el diapasón en la línea media del cráneo. En las hipoacusias de transmisión, el sonido se lateraliza hacia el lado enfermo. En las hipoacusias de percepción, hacia el lado sano.

En caso de disponer de un audiómetro y un impedanciómetro; disponemos de un potencial importante para diagnosticar tanto la localización como el grado de la hipoacusia. Se debe realizar si es posible dentro de una cabina para audiometría (Fig. 8).

 



Figura 8. Estudio audiométrico: audiómetro y cabina de audiología. Las pruebas audiológicas pueden realizarse con cascos, para la vía aérea, con un vibrador en mastoides para la vía ósea o en campo abierto como en la fotografía.

 

Las pruebas a realizar serán:

• Audiometría tonal: se realiza para determinar el nivel de audición del paciente. Se presentan sonidos a las distintas frecuencias hasta obtener le mínima intensidad a la que responde el paciente. Se realiza con auriculares para la vía aérea y vibradores para la ósea (Fig. 8). Se obtienen curvas que reflejan el nivel de pérdida en cada frecuencia y también si la patología es conductiva o neurosensorial. Normalmente una persona joven debería tener un umbral por debajo de 25 dB para todas las frecuencias entre 250 y 8.000 Hertz (Hz). Cuando el umbral es superior se considera anormal para esa determinada frecuencia. En las hipoacusias de transmisión la vía ósea está por encima de la vía aérea –responde mejor, a intensidades menores– (Fig. 9 – caso 1).

 



Figura 9. Caso 1. Hipoacusia de transmisión oído derecho. Oído izquierdo hipoacusia neurosensorial profunda, cofosis: Rinne negativo (mejor audición vía ósea) con Weber lateralizado a oído derecho (se oye mejor en este oído patológico) –en este caso en particular el oído izquierdo tiene una cofosis o pérdida de audición completa, con ausencia de respuesta en ninguna prueba de acumetría o audiología. El Weber lateraliza al oído derecho pero también lo haría en caso de normoacusia izquierda por oír mejor las vibraciones al estar disminuída la transmisión por vía aérea. Audiometría tonal y verbal.

 

En las neurosensoriales las gráficas de las vías óseas y aéreas transcurren prácticamente superpuestas (Fig. 10 – caso 2).

 



Figura 10. Caso 2. Acumetría en hipoacusia neurosensorial moderada oído izquierdo, oído derecho hipoacusia neurosensorial leve: Rinne positivo bilateral (mejor por vía aérea) con lateralización en Weber hacia el oído sano, en este caso el de mejor audición; el derecho. Audiometría tonal y verbal: hipoacusia neurosensorial moderada oído izquierdo, oído derecho con hipoacusia neurosensorial leve.

 

• Audiometría vocal verbal: nuestra habilidad para oír es mucho más compleja que escuchar tonos puros en una cabina aislada. Por tanto, para medir la habilidad del paciente para entender las palabras habladas se realizan estudios con listas de palabras (audiometría verbal o vocal). Se obtiene así el umbral de inteligibilidad –que es el mínimo nivel auditivo al que se identifican el 50% de las palabras– y la máxima inteligibilidad que, en una persona con audición normal, debería ser igual o mayor del 90%. Esta prueba determina la función de toda la vía auditiva y es de crucial importancia a la hora de decidir si un paciente se puede beneficiar o no de una prótesis auditiva. Un audífono podrá ampliar el sonido, pero sólo tendrá sentido indicarlo en aquellos pacientes que conservan buena discriminación, es decir, buena inteligibilidad (Figs. 9 y 10).

• Timpanometría: se utiliza para medir el estado de la membrana timpánica y del oído medio. Se valora la impedancia (resistencia a la presión) del oído medio, lo que ayuda a determinar el estado de la membrana timpánica, de la cadena osicular y de las cavidades aéreas. Es muy útil para ayudar a detectar fluidos en el oído medio cuando no es objetivable a la exploración física. Tipos de timpanogramas: timpanograma de tipo A: morfología normal con compliancia normal y centrado en 0 daPa (normal de -20 a +20, -50 a +50). Timpanograma de tipo B: totalmente aplanado. Ocurre cuando el oído medio está lleno de líquido o la membrana timpánica está perforada (no hay pico en la movilidad del tímpano). También nos aparecerá este tipo de curva en presencia de un tapón de cera. Estos problemas se pueden diferenciar leyendo el volumen de la impedancia o una otoscopia adecuada. Timpanograma de tipo C: el pico se encuentra desplazado hacia presiones negativas. Es una morfología típica de las membranas timpánicas retraídas por disfunción de la trompa de Eustaquio (Fig. 11).

• Reflejo estapedial: es un reflejo acústico-facial bilateral y simétrico, con función protectora, que se desencadena tras la llegada de estímulos sonoros de fuerte intensidad (a partir de 70 dB) al oído, condicionando la contracción del músculo del estribo. Este mecanismo consigue fijar el sistema tímpano-osicular, evitando así lesiones vibratorias en la transmisión sonora e, incluso, en la transmisión al laberinto. El reflejo va a limitar la movilidad de la cadena, tensar la membrana timpánica y reducir la sensibilidad del oído. Cada uno de los dos músculos insertados en la cadena osicular (estribo y martillo) desarrolla su propio reflejo defensivo. No estará presente en hipoacusias superiores a 70 dB, o en afectaciones del nervio facial.

Bibliografía

1. Takata GS. Pneumatic otoscopy can do as well as or better than tympanometry and acoustic reflectometry. Pediatrics. 2003; 112(6 Pt 1): 1379-87.

2. Dhillon RS, East CH. Ear nose and throat and head and neck surgery. Churchill Livingstone; 1994.

3. Tomás Barberán M, Bernal Sprekelsen M. Tratado de otorrinolaringología pediátrica. Ponencia oficial de la SEORL; 2000.

 

Entrevista clínica al adolescente

Regreso a las bases

 

L. Rodríguez Molinero

Doctor en Medicina. Pediatra acreditado en Medicina del Adolescente. Centro de Salud Casa del Barco. Valladolid

 

Pediatr Integral 2013; XVII(2): 128-132


Entrevista clínica al adolescente

 

“El engorroso proceso actual de formación suele convertir a jóvenes inteligentes y creativos, impulsados por el deseo de ayudar al prójimo, en personas frías y aisladas, que han perdido la mayoría de sus ideales originales sobre la práctica de la medicina… produciendo doctores con cualidades diametralmente opuestas a aquellas en las que ostensiblemente creen”.

T. J. Iberti

American Medical Education: Has It Created a Frankenstein?

Am J Med. 1985; 78: 179-81.

La relación médico-paciente. Generalidades

Atender adolescentes es una práctica muy gratificante que facilita el crecimiento personal y ayuda a los más jóvenes a entender la vida.

Ser médico y tratar a adolescentes es un trabajo muy agradable y que gratifica mucho a los profesionales que lo han escogido. Ser médico es una actitud en la vida, y un compromiso con la sociedad a través de la profesión. Es difícil definir al médico que decide atender a adolescentes. De la misma manera que hay tantas formas de vivir la adolescencia como adolescentes, los profesionales de la medicina dedicados a la adolescencia ejercemos la profesión de maneras muy diferentes. A todos nos caracteriza el querer ayudar a los pacientes. Esta relación de ayuda tiene una parte técnica y otra humanista. Pocas veces en el ejercicio de la medicina estas dos vertientes están tan ligadas como en el trato con los adolescentes y sus problemas de salud(1).

La idea “ser médico” es la idea de la comprensión del hombre enfermo. “Ser enfermo” no es lo mismo que “estar enfermo”. Hipócrates consideraba el primer concepto, es decir, consideraba que el hombre es un ser total; de manera que, toda su integridad se altera cuando una parte está dañada. Galeno, en cambio, opinaba que el cuerpo y el alma son dos partes separadas(2). La visión galénica facilitó el análisis del ser humano como conjunto de órganos, células, moléculas, separando lo físico de lo psíquico. Se ha pasado del concepto “ser un enfermo” (Hipócrates) al de “tener una enfermedad”(Galeno) determinado por el médico, que con su diagnóstico pone una etiqueta a un proceso morboso.

Actualmente, se entiende que todo proceso morboso afecta tanto a lo corporal como a lo mental. Cualquier proceso tiene un componente físico y otro psíquico. El efecto placebo es responsable del 30-40% del éxito de un tratamiento. Este efecto está basado en el aspecto psíquico o espiritual de la persona (relación chamánica)(3).

J. Alexander estudió las habilidades de un conjunto de psicólogos de éxito y encontró que éstas eran de dos tipos: unas llamadas de relación (empatía) y otras estructurales o de conocimiento (aprendizajes técnicos). Concluyó que la relación médico-paciente empezaba por habilidades de relación, luego estructurales y finalmente terminaba con habilidades de relación. Del total, las habilidades de relación constituían el 60% del éxito. Levi Strauss estudió esta relación y llegó a la conclusión de que se basaba en la creencia. Es ésta una condición básica para que se produzcan cambios en el sujeto: “el curandero no lo es porque cura, sino que cura porque es curandero”. La relación chamánica se refuerza con los rituales: el encuentro personal, la entrevista, la exploración física (el contacto corporal) y las pruebas complementarias.

La relación médico-paciente (RMP), a pesar del avance técnico, tendrá siempre una importancia definitiva en la curación de los pacientes. En esta relación es donde se contempla el componente emocional del ser humano menesteroso, en situación de necesidad o enfermo(2). Mientras no se atiendan las emociones de los pacientes, la relación médico-paciente estará incompleta.

El paciente acude al médico cargado de expectativas, de juicios, creencias, y culpas que producen un efecto que llamamos “transferencia”. El significado de la palabra “médico”/”doctor” etimológicamente es “el que cura, enseña, conoce y sabe”. El efecto que produce en el médico la relación con el paciente se llama “contratransferencia”. Desde siempre han existido dos actitudes extremas entre los médicos: la del médico “activista”, que pretende a toda costa buscar e intervenir en la enfermedad a base de usar todos los métodos diagnósticos, y la del médico que exagera el aspecto compasivo, invadiendo la vida del paciente. Llamamos contexto al ambiente físico, social y cultural en que se desarrolla la relación. Tanto en la práctica pública como en la privada, se han descrito dos contextos: uno extenso y otro reducido. El primero se refiere a la sala de espera, el sistema de citación, el tiempo de espera, la movilidad de los profesionales, el sistema de información y la existencia de otros profesionales con los que se trabaja. El contexto reducido se refiere al lugar de la propia consulta: el espacio, la camilla, la decoración, el tiempo dedicado, la entrada y salida de gente, la asistencia de la enfermera.

La historia clínica (HC) es un documento de apoyo a la entrevista. A través de ella establecemos una relación humana-profesional tan profunda como cada uno quiera. En la HC se descubren los problemas y las necesidades de salud de los pacientes, y se ponen a prueba los conocimientos y las habilidades clínicas, éticas y jurídicas del médico.

Todos los datos que se conocen a lo largo de la entrevista clínica (EC) se recogen en la HC. Los datos pueden ser administrativos, de filiación, datos de la familia y sociales, genograma familiar o un listado de otras consultas anteriores. Con la HC sabemos dónde vive, trabaja, nivel de estudios, tipo de familia, número de hijos o de hermanos, problemas familiares previos, datos de la infancia (parto, prematuridad, desarrollo psicomotor, estado vacunal…). Es un documento privado y protegido por ley. Si no se garantiza el secreto de los datos, será difícil que logremos la confidencialidad de los pacientes. Estos datos sirven para recordar y facilitar el seguimiento de los problemas sin tener que repetirlos, además de ser un instrumento importante para docencia e investigación. Y cuando se trabaja en equipo, el paciente será atendido por otros profesionales que deben estar al corriente de sus problemas gracias a la HC. Ésta exige una uniformidad de criterios y una disciplina a la hora de organizar los datos. Puede ser escrita o digital. La calidad de la HC está relacionada directamente con la presión asistencial, por lo que se pueden ir rellenando datos en sucesivas entrevistas, aunque la experiencia demuestra que los datos que no se recogen en la primera visita quedarán sin recoger.

La entrevista del médico con el adolescente (EMA) se enmarca dentro de una relación de ayuda (RA) definida como un encuentro personal entre alguien que pide ayuda y alguien que está dispuesto a darla, con el fin de modificar algunos aspectos de su modo de pensar, sentir y actuar, en un marco social adecuado(4).

La persona que pide ayuda sufre o se siente desmoralizada, suele pensar que el origen de su sufrimiento está fuera de su control. Cree que puede superar todo con la colaboración del que le ayuda (aunque sabe que él también ha de participar); se siente ambivalente y confuso ante el que le ayuda y está inserto en un contexto que tanto le puede ayudar como dificultar su camino. Y quiere modificar ciertos aspectos de su pensar, sentir y actuar.

La entrevista clínica con el adolescente

Los adolescentes son pacientes que, cuando se sienten atendidos, son muy gratificantes y estimulantes para el médico.

Todos los datos obtenidos en la entrevista con el adolescente se anotan en el documento de la HC y nos recordarán en las sucesivas entrevistas detalles importantes de la evolución y situaciones anteriores: forma de vestir, lenguaje, sentimientos, emociones, deseos, expectativas, resultados de análisis… La verbalización de las quejas o síntomas a lo largo de la EC forman parte del proceso relacional-terapéutico. Algunos datos son emocionalmente neutros pero otros serán privados, incluso secretos, con alto contenido afectivo, y no se revelarán mientras no se hayan garantizado algunos requisitos que den confidencialidad al encuentro. Aquí es donde la entrevista tiene todo su valor, por la importancia que el adolescente da a sus confidencias, siendo muchas veces clave en la comprensión de sus quejas. La entrevista se convierte en un conjunto de actitudes y técnicas fruto de un aprendizaje autocrítico, de modo que el buen entrevistador no “nace” sino que se “hace”(5).

Siguiendo la definición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), entrevistar es tener una conversación con una o varias personas con un fin determinado. La entrevista se basa en la comunicación, que el DRAE en su 3ª acepción define como “Transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor”. En todos los manuales de comunicación clínica, se citan como cualidades básicas para un buen entrevistador clínico: empatía, calidez, respeto, concreción y asertividad.

Se denomina empatía a la capacidad de comprender los sentimientos de los pacientes y, además, hacérselo ver. Se describen varios niveles de empatía. El nivel máximo es comprender los sentimientos y emociones y expresar su comprensión mediante lenguaje verbal o gestual. El grado menor es aquel en que el médico, además de no comprender los sentimientos y emociones del paciente, los rechaza explícitamente. La calidez de la relación clínica es la manifestación no verbal de proximidad. Una mirada amable, cierta proximidad física, una postura relajada y atenta, la voz suave, el saludo de mano o una palmadita…

Es importante manifestar al paciente lo que nos importa él, y el respeto, interés y compromiso que sentimos ante el problema que nos cuenta, independientemente de sus creencias, su nivel social o sus valores. Debemos comunicarle que comprendemos su lenguaje y devolverle una interpretación, de forma que produzca en el paciente la sensación que sentirse comprendido. Para ello habrá que recurrir a preguntas y formulaciones del tipo ”quiere Ud. decir”, “me parece entender que…”, “dígame si le entiendo bien…”.

También debemos expresar los deberes y derechos de un profesional de forma respetuosa y asertiva, considerando al mismo tiempo los deberes y derechos del paciente.

Todo esto exige un mínimo de seguridad personal y profesional. La seguridad profesional implica, en ocasiones, plantear la duda a la hora de interpretar los problemas de los pacientes, llegando en ocasiones a expresarla abiertamente de forma sincera y honesta. Expresiones como “no es fácil interpretar tal o cual prueba diagnóstica…”, “sería prudente volver a repetir la exploración pasado un tiempo…”, “algunas veces estas situaciones no suelen ser graves…”. La falta de asertividad en la entrevista tiene varias consecuencias: transmite poca confianza, devalúa las propias ideas, provoca rechazo a la propia entrevista, suele producir baja autoestima y genera altas dosis de ansiedad.

El médico que es asertivo asume y reconoce que puede cometer errores, que no es posible quedar bien con todos los pacientes, que aunque es el que tiene la autoridad en la consulta, a veces tiene que derivar a pacientes y contar con la ayuda de otros compañeros, lo que no le desprestigia ni le quita méritos, que es justo que se le reconozcan.

Principios sobre comunicación humana

La comunicación humana es una ciencia que nos ayuda a entender a los demás y a entendernos a nosotros mismos.

Desde el nacimiento estamos aprendiendo cómo satisfacer las necesidades básicas a través del tacto, la vista y el olfato. Posteriormente, vamos perfeccionando el lenguaje verbal o gestual. Serán nuestros cuidadores a través del afecto quienes irán enseñándonos qué debemos hacer para que se nos comprenda mejor. La vida es un proceso continuo de aprendizajes sociales y relacionales.

El psicólogo Abraham Maslow (1908-1970) expresó los diferentes niveles de necesidades de las personas, desde las más fisiológicas (comer, beber) hasta las más elaboradas o complejas (estéticas, trascendentales). Para este autor, es la comunicación la que nos permite satisfacer estas necesidades.

La comunicación es la acción por la cual un individuo establece con otro un contacto que le permite transmitir una información. En la comunicación intervienen diversos elementos, que se describen en la tabla I.

 

 
 

 

La comunicación eficaz entre dos personas se produce cuando el receptor interpreta el mensaje en el sentido que pretende el emisor. Es la comunicación ideal. La comunicación entre médicos y adolescentes puede ser buena o mala en función de los axiomas de Watzlawick(6). Los fracasos en la comunicación se describen en la tabla III y los éxitos, en la tabla IV. (Véanse enlaces de vídeo http://vimeo.com/37983123, http://vimeo.com/40888040 y http://vimeo.com/37989281.

 

 
 

 

Técnicas de comunicación eficaz

Todos conocemos, y podríamos citar en teoría, cuáles son los principios básicos para lograr una correcta comunicación. Pero, aunque parecen sencillos y evidentes, frecuentemente nos olvidamos de ellos. Algunas estrategias que podemos emplear:

1. La escucha activa es el esfuerzo por entender al que habla. Oír no es lo mismo que escuchar. Es una disposición psicológica a comprender lo mejor posible al adolescente y manifestarle esa comprensión de lo que quiere decir. No es fácil. Algunos elementos lo impiden: la distracción, las interrupciones al que habla, los juicios, subestimar los sentimientos (“…no te preocupes”), ofrecer ayuda prematuramente… la escucha activa exige algunas actitudes(7):

Mostrar empatía. Escuchar activamente las emociones de los demás es tratar de “meternos en su piel” y entender sus motivos y sentimientos y hacerle ver que “nos hacemos cargo”. No se trata de mostrar alegría, ni de ser simpáticos, sino simplemente, de ponernos en su lugar. Sin embargo, eso no significa aceptar ni estar de acuerdo con la posición del otro. Para demostrar esa actitud, usaremos frases como: “Entiendo lo que sientes”, “Noto que…”.

Parafrasear. Verificar con las propias palabras lo que parece que el emisor acaba de decir. Es muy importante en el proceso de escucha, ya que ayuda a comprender lo que el otro está diciendo y permite comprobar si realmente se está entendiendo lo que dice, y no malinterpretándolo. Un ejemplo de parafrasear puede ser: “entonces, según veo, lo que pasaba era que…”, “¿Quieres decir que te sentiste…?”

Emitir palabras de refuerzo o cumplidos. Pueden definirse como afirmaciones que suponen un halago para la otra persona o refuerzan su discurso, al transmitir que uno aprueba, está de acuerdo o comprende lo que acaba de decir. Algunos ejemplos serían: “esto es muy divertido”, “me encanta hablar contigo”. Otro tipo de frases menos directas sirven también para transmitir el interés por la conversación: “bien”, “umm” o “¡estupendo!”.

Resumir. Mediante esta habilidad informamos a la otra persona de nuestro grado de comprensión o de la necesidad de mayor aclaración. Expresiones de resumen serían: “si no te he entendido mal…”, “O sea, que lo que me estás diciendo es…”, “a ver si te he entendido bien…”, “¿es esto lo que quieres decir…?”, “¿estoy en lo cierto?”.

2. Algunos aspectos que mejoran la comunicación:

Cuando se habla de otras personas, comentar lo que hace, no lo que es, sin calificativos. Las etiquetas no ayudan a que la persona cambie, sino que refuerzan sus defensas. Hablar de lo que es una persona sería: “te has vuelto a olvidar de sacar la basura. Eres un desastre”; mientras que hablar de lo que hace sería: “te has vuelto a olvidar de sacar la basura. Últimamente te olvidas mucho de las cosas”.

Discutir los temas de uno en uno, no utilizar una situación para reprochar otras cosas. Por ejemplo, cuando llegan las notas y son bajas, aprovechar la ocasión para recordar que vuelve tarde a casa, es un vago y no es cariñoso.

Expresar las emociones negativas en vez de ir acumulándolas, dando lugar a una saturación emocional y terminar en una conducta explosiva.

No hablar del pasado. Rememorar antiguas situaciones, o sacar a relucir los “trapos sucios” del pasado, no sólo no aporta nada provechoso, sino que despierta malos sentimientos. El pasado sólo debe sacarse a colación constructivamente, para utilizarlo de modelo cuando ha sido bueno e intentamos volver a poner en marcha conductas positivas quizá algo olvidadas. Pero como es evidente que el pasado no puede cambiarse, hay que dirigir las energías al presente y al futuro.

Ser específico, concreto, preciso, es una de las normas principales de la comunicación. Cuando se es inespecífico, rara vez se moviliza nada. Si, por ejemplo, una chica puede quejarse del poco caso que en su casa se le hace y se expresa así: “no me hacéis caso”, “me siento sola”, “siempre estáis ocupados”, aunque tal formulación exprese un sentimiento, si no hace una propuesta específica, probablemente las cosas no cambiarán. Sería apropiado añadir algo más. Por ejemplo: “desde ahora vamos a procurar cenar todos los días juntos y hablar de lo que ha pasado a todos durante el día. ¿Qué os parece?” O “¿qué os parece si nos comprometemos a dejar todo lo que tenemos entre manos a las 9 de la noche, y así podremos cenar juntos y charlar?”.

Evitar las generalizaciones. Los términos “siempre” y “nunca” raras veces son ciertos y tienden a formar etiquetas. Es diferente decir: “Juan, últimamente te veo algo ausente” que “Siempre estás en las nubes”. Para ser justos y honestos, para llegar a acuerdos, para producir cambios, resultan más efectivas expresiones del tipo: “la mayoría de las veces”, “en ocasiones”, “algunas veces”, “frecuentemente”. Son formas de expresión que permiten al otro sentirse correctamente valorado.

Ser breve. Repetir varias veces lo mismo con distintas palabras, o alargar excesivamente el planteamiento, no es agradable para quien escucha. Produce la sensación de ser tratado como alguien de pocas luces, o como un niño. En todo caso, se corre el peligro de ser evitado por pesado cuando empiece a hablar.

Cuidar la comunicación no verbal, que debe ser acorde con la verbal. Mantener el contacto visual; saber transmitir afecto (mediante el tono de voz, la expresión facial…).

Saber buscar el momento y el lugar adecuados para hacer comentarios o preguntar algunas cosas son parte del éxito del encuentro.

Para ser prácticos

La entrevista es la herramienta clínica más importante en la RMP, y se usa para investigar los problemas de salud de los adolescentes. Hay varias preguntas clave: ¿cuál es el problema?, ¿quiénes son los que reconocen el problema? ¿Cómo afronta el problema el adolescente? y ¿cómo reacciona la familia, la escuela o la sociedad ante ese problema?

Durante la entrevista hay que considerar varios factores: la edad y el desarrollo del adolescente; la familia que le acompaña (o no); sus problemas de salud, sus quejas, sus vivencias, su autonomía; la confidencialidad, el tiempo y la legislación.

Los profesionales que atendemos a adolescentes debemos haber resuelto nuestra propia adolescencia (es decir, ser psicológicamente adultos, autónomos e independientes), debemos utilizar un lenguaje asequible para el muchacho, y debemos reconocer nuestro papel parental sustitutivo(5) (ya que muchos de los problemas del adolescente vienen de la ausencia de una figura parental funcional). Finalmente, debemos ser neutrales. Es una característica básica que nos permite asistir al encuentro con el adolescente sin prejuicios ni planteamientos morales.

Se recomienda identificarse como profesional, saber de qué forma le gusta al paciente-adolescente que se le llame; saber escuchar, procurar registrar las impresiones más relevantes, garantizar el secreto y confidencialidad y procurar un ambiente de calidez que facilite la entrevista.

Hay muchos tipos de pacientes: comunicativos, silenciosos, emocionales-llorosos y agresivos-oposicionistas. Cada caso exige actitudes distintas, pero siempre teniendo en cuenta lo dicho anteriormente: hay que facilitar el diálogo, no juzgar, manifestar simpatía y dejar la posibilidad de nuevos encuentros, en los que puedan cambiar la actitud.

En nuestro modelo asistencial público, el tiempo del que disponemos es escaso. Nosotros trabajamos por la mañana, cuando los chicos suelen estar en los lugares de enseñanza. Nuestras consultas son masivas, mientras que ellos necesitan tiempo. Al final, hay que buscar tiempos largos y a horas de disponibilidad. Las tardes, y sobre todo al final.

El tiempo del médico hay que considerarlo. Los adolescentes nos demandan demasiado. Ellos son exigentes y nosotros, limitados. ¿Cómo resolverlo? Motivar al adolescente es un problema de tiempo y seducción. No es fácil.

La autonomía del adolescente es una consideración básica en la relación del médico con él. El individuo es dueño de sus actos y decisiones. Ello implica ausencia de coacción, procurarle opciones reales de decisión e información suficiente y necesaria.

El secreto médico es un derecho de las personas, relacionado con su dignidad y recogido en las leyes. Por tanto, el secreto profesional es un deber, y quebrantarlo nos enfrentaría con la Justicia.

Bibliografía

1. Silber TJ. Perfil del médico que atiende a adolescentes. En: Hidalgo Vicario MI, Redondo Romero AM, Castellano Barca G, eds. Medicina de la Adolescencia. Atención Integral. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2012.

2. Laín Entralgo P. La Relación Médico Enfermo. Madrid: Alianza Editorial.

3. Lévi-Strauss C. books.google.es/books?isbn=8437061148 p 194

4. Madrid J. Los procesos de la relación de ayuda. Bilbao: Ed Desclée de Brouwer; 2005. p. 57.

5. Castellano G, Hidalgo I. Entrevista clínica del adolescente. En: Hidalgo Vicario MI, Redondo Romero AM, Castellano Barca G, eds. Medicina de la Adolescencia. Atención Integral. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2012. p. 11.

6. Watzlawick P. Teoría de la Comunicación Humana. Herder; 1981.

7. La escucha eficaz: la clave de la comunicación. books.google.es/books?isbn=8496743047 Jim Dugger – 2006 – education p96

8. Borrell y Carrió F. Manual de Entrevista Clínica. Barcelona: Doyma; 1989.

9. Borrell y Carrió F. La Entrevista Clínica. Manual de estrategias. Práctica. Barcelona: SEMFYC Ediciones; 2004.

10. Madrid Soriano J. Los procesos de la relación de ayuda. Biblioteca de Psicología; 2005.

 

Semiología y pruebas de laboratorio en Reumatología

Regreso a las bases

 

R. Merino, R. Alcobendas

Reumatología Pediátrica. Hospital Universitario La Paz. Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVII(1): 69.e1-69.e5


Semiología y pruebas de laboratorio en Reumatología

 

Introducción

La Reumatología se ocupa de las enfermedades no quirúrgicas que afectan a un órgano, el sistema músculo-esquelético, así como de una forma de enfermar en la que dicho sistema está implicado, las enfermedades autoinmunes y las enfermedades autoinflamatorias(1).

Los pacientes generalmente consultan por dolor, artritis, cojera, fiebre y lesiones cutáneas. Se trata de síntomas inespecíficos que, aislados o asociados, se observan en procesos banales y en patologías graves de etiología múltiple (Tabla I).

 

 

Este artículo pretende ofrecer una visión de conjunto de las enfermedades reumáticas, considerando que la anamnesis y la exploración son el pilar básico para establecer el diagnóstico de sospecha, que posteriormente se confirmará con las pruebas complementarias.

Manifestaciones clínicas

Dolor

El dolor es un motivo de consulta habitual. La historia clínica debe recoger sus características: 1) comienzo relacionado con traumatismo o microtraumatismos de repetición (sobreuso); 2) tiempo de evolución; 3) localización e irradiación; y 4) ritmo (mecánico cuando aparece con el ejercicio y cede con el descanso, inflamatorio si ocurre durante el reposo y mixto si se presenta en ambas situaciones). Así mismo, interesa conocer si limita total o parcialmente las actividades del paciente.

Etiología del dolor según los grupos de diagnóstico de la tabla I.

• En la artritis idiopática juvenil (AIJ), el dolor lo origina la artritis. A veces puede ser severo, aunque en general es poco intenso, siendo más llamativa la rigidez tras el reposo. También es dolorosa la entesitis (inflamación en los lugares de inserción de tendones, fascias y ligamentos) típica de la artritis relacionada con entesitis (ArE), una categoría de AIJ.

• Las conectivopatías pueden doler por artritis y serositis en el caso del lupus eritematoso sistémico (LES), por miositis en la dermatomiositis juvenil (DMJ) y por las úlceras vasculíticas distales en la esclerosis sistémica.

• La púrpura de Schönlein-Henoch cursa con dolor abdominal por vasculitis intestinal y con dolor articular por edema subcutáneo, que simula una artritis.

• En cuanto a las enfermedades autoinflamatorias, las lesiones cutáneas en ocasiones provocan sensación de quemazón.

• Dentro de los procesos mecánicos son dolorosas las fracturas, los esguinces, las lesiones por sobreuso y las osteocondrosis. Estas últimas son un grupo heterogéneo de trastornos con unos datos comunes: a) predilección por el hueso en formación; b) afectación de apófisis y epífisis; y 3) imágenes radiológicas características (Tabla II). A su vez, la hiperlaxitud articular facilita una movilidad exagerada y es un motivo de artralgias (dolor articular sin tumefacción).

 

 

• La artritis séptica es bastante dolorosa y el primer diagnóstico de sospecha en menores de 3 años con artritis y aumento de los reactantes de fase aguda(2). En la osteomielitis, el dolor se localiza a punta de dedo. La espondilodiscitis y la sacroileítis ocasionan una marcha anómala por dolor lumbar y la miositis aguda benigna produce impotencia funcional transitoria debida a la inflamación dolorosa de los músculos, fundamentalmente de los gemelos.

• Las leucemias y otros procesos malignos a veces debutan con artritis, aunque es más frecuente que originen dolor óseo intenso sin evidencia de signos inflamatorios.

• En el grupo Otros, el dolor depende de la enfermedad. Cuando un paciente consulta por molestias de años de evolución con escasa o nula limitación funcional y exploración normal, casi siempre se diagnostica de dolor inespecífico, sin una causa orgánica que lo justifique. Los dolores de crecimiento se localizan en las piernas de forma bilateral y alternante, en niños entre 3 y 12 años a los que despierta por la noche. Cursan con periodos libres de síntomas y no alteran la actividad diurna. Su etiología es desconocida, aunque algunos autores los atribuyen a sobreuso y para otros estarían incluidos en los síndromes de amplificación del dolor(3). Finalmente la osteoporosis no duele salvo que asocie fracturas.

Artritis

La artritis o sinovitis es la inflamación articular que asienta en articulaciones superficiales como la rodilla, dando lugar a tumefacción, o en articulaciones profundas, como la cadera sin tumefacción perceptible.

Causas de artritis según los grupos diagnósticos de la tabla I:

• En la AIJ el número de articulaciones inflamadas define la forma de comienzo y la evolución de la enfermedad. Por otra parte, las espondiloartropatías en los niños y jóvenes comienzan con artritis periférica y entesitis, siendo tardía la afectación axial en columna y/o articulaciones sacroiliacas. Para denominarlas se estableció el término ArE.

• La artritis de las pequeñas articulaciones de las manos es frecuente en el LES.

• En la enfermedad de Kawasaki, la inflamación articular no es un síntoma precoz, aparece cuando el paciente ha superado la fase aguda.

• La artritis en las enfermedades autoinflamatorias puede ser semejante a la de la AIJ, tratarse de una artropatía por sobrecrecimiento óseo en el caso de algunas criopirinopatías e incluso corresponder a un aumento de partes blandas y no a una artritis verdadera.

• La artritis traumática, como los esguinces y las roturas fibrilares, son excepcionales en los menores de 10 años. La enfermedad de Perthes simula una artritis de cadera, que hay que diferenciar de la artritis séptica y de la sinovitis transitoria (Tabla III). Clásicamente la sinovitis transitoria de cadera está incluida en los procesos mecánicos, a pesar de tratarse de un proceso inflamatorio idiopático, transitorio y autolimitado(4).

 

 

• La artritis séptica bacteriana suele ser monoarticular, sin embargo la artritis vírica habitualmente tiene un curso poliarticular.

• La hemofilia y otros trastornos de coagulación en ocasiones debutan con hemartros, simulando artritis.

• Finalmente, el grupo Otros abarca la artritis transitoria sin una etiología infecciosa o traumática definida que remite en pocos días, así como aquellos cuadros clínicos en los que el paciente tiene sensación de inflamación articular que la exploración no confirma.

Fiebre

Características de la fiebre según los grupos etiológicos de la tabla I:

• La presencia de fiebre es un criterio diagnóstico de AIJ sistémica (AIJs). Debe ser diaria en picos hasta 39°C, durante al menos dos semanas y objetivarse tres días seguidos. A su vez, la fiebre y la diarrea en un adolescente con ArE sugiere una posible enfermedad inflamatoria intestinal.

• En el grupo de las conectivopatías, el LES presenta fiebre, pérdida de peso, astenia y anorexia. La DMJ, en cambio, se caracteriza por la falta de fuerza para movimientos como subir o bajar escaleras y levantarse desde el suelo, sin manifestar síntomas constitucionales en la mayoría de los pacientes pediátricos.

• La púrpura de Schönlein-Henoch no muestra fiebre salvo que se acompañe de una infección respiratoria; mientras que, la fiebre es un criterio para el diagnóstico de la enfermedad de Kawasaki y de otras vasculitis.

• Respecto a las enfermedades autoinflamatorias, son responsables de cuadros febriles periódicos, recurrentes o persistentes. Los avances en su identificación y tratamiento han mejorado el pronóstico de los afectados, que hasta hace pocos años se diagnosticaban de fiebre de origen desconocido(5).

• Por último, conviene destacar que la primera posibilidad en un niño febril es la causa infecciosa, que las leucemias y tumores forman parte del diagnóstico diferencial de la fiebre prolongada y que, en los procesos mecánicos y los de grupo Otros, la fiebre no existe o es una consecuencia de procesos intercurrentes.

Cojera

La cojera se debe a la alteración de la marcha causada por dolor, debilidad o deformidad. Puede ser antiálgica cuando constituye un mecanismo de protección contra el dolor, y no antiálgica si corresponde a una adaptación frente a disfunción de los sistemas neuromuscular u osteoarticular. En una consulta de Reumatología, representa el 45% de los motivos de consulta, siendo de etiología inflamatoria en el 22% de los casos, infecciosa en el 17%, por sinovitis transitoria de cadera en el 13% y el 48% restante pertenece a un grupo heterogéneo de patologías(6).

Manifestaciones cutáneas

Siguiendo el esquema previo, se especifican algunas peculiaridades de las lesiones cutáneas según los grupos diagnósticos de la tabla I:

• El exantema maculopapuloso evanescente que se intensifica con la fiebre y asienta en la raíz de los miembros y el tronco es otro criterio diagnóstico de AIJs. La psoriasis y el antecedente de familiares con la misma son criterios de artritis psoriásica juvenil.

• El paciente con LES suele presentar en la cara el exantema en alas de mariposa y el afectado por DMJ, las pápulas de Gottron sobre las superficies dorsales de las pequeñas articulaciones de las manos.

• La púrpura de Schönlein-Henoch se identifica por las lesiones de púrpura palpable en las zonas declive y la enfermedad de Kawasaki ocasiona exantemas polimorfos.

• La mayoría de las enfermedades autoinflamatorias tienen participación cutánea.

• Un exantema puede sugerir una infección vírica, al tiempo que los niños con trastornos de coagulación manifiestan hematomas en lugares poco habituales.

• Los procesos mecánicos normalmente no asocian lesiones cutáneas.

• En el grupo Otros, la urticaria y su frecuente localización periarticular es un diagnóstico a diferenciar de la artritis.

Pruebas de laboratorio

Los test de laboratorio, además de apoyar una sospecha diagnóstica, ayudan a monitorizar la respuesta al tratamiento de los pacientes. En general son poco específicos y carecen de interés cuando se alteran de forma aislada. Por ello, su uso indiscriminado es un gasto inútil y una fuente de problemas innecesarios para el paciente, su familia y el médico.

Hace tiempo, cuando un niño presentaba fiebre o dolor músculo-esquelético, se realizaban “las pruebas reumáticas”. Tales pruebas eran la proteína C reactiva (PCR), el factor reumatoide (FR) y la antiestreptolisina O (ASLO). En la actualidad, esas determinaciones se practican con objetivos determinados. La PCR se solicita para confirmar inflamación o infección. El FR tiene interés en la forma poliarticular de AIJ. Por último, el ASLO elevado sin síntomas de fiebre reumática, entidad infrecuente en la actualidad, se interpreta como la respuesta normal a una infección faríngea por S. pyogenes y no precisa seguimiento.

El papel del pediatra general es reconocer las diferentes patologías reumáticas y derivar a los pacientes que lo requieran a un centro especializado (Tabla IV). Pero, igualmente, debe saber interpretar las pruebas de laboratorio más habituales(7-9).

 

 

Reactantes de fase aguda

En la tabla V, se exponen las principales proteínas relacionadas con inflamación.

 

 

• La velocidad de sedimentación globular es una medida indirecta de la reacción de fase aguda, que depende de la concentración de fibrinógeno. Posee algunos inconvenientes, puesto que los valores se modifican con la edad, con la forma y el tamaño de los hematíes y con la presencia de proteínas no inflamatorias. Aun así, continúa siendo útil para evaluar la inflamación. Su determinación es simple, reproducible, barata y existe una amplia experiencia de su manejo.

• La PCR se sintetiza en el hígado y mide de forma directa la reacción de fase aguda, guardando una estrecha relación con la intensidad de la inflamación. Es un buen parámetro para el seguimiento de los procesos inflamatorios por tener una cinética de respuesta muy rápida. Aumenta a las 4-6 horas del estímulo y alcanza el pico en las primeras 24-48 horas; mientras que, el fibrinógeno lo logra a los 7 ó 10 días desde el comienzo. Hasta ahora, la mayoría de los laboratorios la determinan con la técnica semicuantitativa de aglutinación con látex, aunque está prevista la generalización de métodos más sensibles.

• La ferritina es otro reactante de fase aguda. Su síntesis y expresión las regulan el hierro sérico, la interleucina (IL)-1, la IL-6, el factor de necrosis tumoral, algunas hormonas y el estrés oxidativo. Se incrementa en las enfermedades inflamatorias; de hecho, en el síndrome de activación del macrófago (SAM), la complicación más grave de la AIJs, su valor puede superar los 10.000 ng/ml.

Recuento de las células sanguíneas

• La anemia de las enfermedades reumáticas es multifactorial y se debe a acortamiento de la vida media del glóbulo rojo, disminución de la producción en médula ósea o menor absorción del hierro en el intestino. En los trastornos crónicos, como la AIJs, la ferritina aumenta, mientras que el valor corpuscular medio del hematíe, el hierro sérico y la transferrina disminuyen. Sin embargo, en el LES se puede apreciar anemia hemolítica autoinmune con un test de Coombs directo positivo, que difiere de la anemia hemolítica no autoinmune del SAM. En este último, la reacción inflamatoria desmedida activa los macrófagos y con ello la fagocitosis de todos los elementos formes de la sangre.

• La leucopenia y la linfopenia son habituales en el LES y la leucocitosis en las categorías de AIJs, poliartritis y ArE. A su vez, en los procesos malignos la serie blanca puede encontrarse aumentada o disminuida.

• La trombocitosis moderada es la norma en las enfermedades reumáticas y la trombocitosis significativa una característica evolutiva de la enfermedad de Kawasaki. Por el contrario, la trombopenia es un dato sugerente de LES y de síndrome antifosfolípido (SAF).

Tests específicos en Reumatología

• Los anticuerpos antinucleares (ANA) son autoanticuerpos que reaccionan con material nuclear. Se asocian con las categorías de AIJ de oligoartritis, poliartritis y artritis psoriásica y con un mayor riesgo de uveítis anterior crónica. Además, son un criterio de clasificación del LES. No obstante, conviene recordar que más del 20% de niños sanos o con enfermedades músculo-esqueléticas benignas tienen ANA (+). Determinados ANAs se asocian a enfermedades concretas (Tabla VI). Entre ellos los anti-DNA de doble cadena son muy útiles en el seguimiento de los pacientes con LES y participación renal, en los que pueden predecir recaídas.

 

 

La técnica más exacta para la determinación de los ANA es la inmunofluorescencia (IF) frente a células del epitelio humano (Hep-2) las cuales poseen un núcleo muy grande y expresan más de 100 antígenos nucleares. También, se utiliza un método comercial automatizado con enzyme-linked immunosorbent assay (ELISA), que tiene la desventaja de no disponer de todos los antígenos nucleares y puede proporcionar resultados falsos negativos.

• El FR es una inmunoglobulina (Ig), típicamente de clase M, dirigida contra la porción Fc de la IgG. En Reumatología Pediátrica se utiliza para clasificar la AIJ en poliartritis FR (+) y poliartritis FR (-). A diferencia de la artritis reumatoide (AR) del adulto en donde la mayoría de los pacientes son FR (+), el total de casos positivos en niños con AIJ ronda el 3%. Sin embargo, se considera que el curso evolutivo de ese pequeño grupo es especialmente agresivo.

• Los anticuerpos antipéptido citrulinado son muy específicos de AR y están presentes incluso antes del comienzo de los síntomas, indicando mal pronóstico. Su significado en AIJ no ha sido establecido.

• Los anticuerpos anticitoplasma del neutrófilo (ANCA) parecen jugar un papel patogénico en las vasculitis sistémicas con las que se asocian. Se determinan mediante dos métodos, IF indirecta y ELISA. La IF detecta dos patrones, el citoplásmico (c-ANCA) y el perinuclear (p-ANCA). El ELISA mide los anticuerpos dirigidos contra dos antígenos, la proteinasa 3 (PR3) y la mieloperoxidasa (MPO) localizadas en gránulos de los neutrófilos y los macrófagos. Generalmente el patrón c-ANCA se relaciona con un ELISA positivo para PR3 y ambos con la Granulomatosis de Wegener. Por el contrario, el patrón p-ANCA lo hace con un ELISA positivo para MPO y suele corresponder a una poliangeítis microscópica. Aunque las asociaciones entre técnicas y enfermedades no es rígida y cabe la posibilidad de ANCAs (+) en otras enfermedades autoinmunes, en infecciones y tras exposición a algunos fármacos.

• Los anticuerpos antifosfolípido (AAF) aumentan el riesgo de trombosis arterial y venosa. En los niños con frecuencia son positivos transitoriamente en relación con infecciones. Cuando persisten y se cumplen los criterios definidos al respecto, el cuadro clínico se denomina SAF, que puede ser primario sin una enfermedad subyacente, o secundario casi siempre a LES.

Los tres métodos más comunes para determinar los AAF son el anticoagulante lúpico (AL), un ELISA para anticardiolipina IgG e IgM y un ELISA para antiß2-glicoproteína-I IgG e IgM. Es habitual que en el laboratorio de los pacientes con AL (+) los tiempos de coagulación (tiempo parcial de tromboplastina activado y tiempo de veneno de víbora de Russel) se prolonguen paradójicamente, a pesar de tratarse de un estado clínico protrombótico. Parece ser que in vitro el AL interfiere con la habilidad de los fosfolípidos para promover trombosis y alarga los tiempos de coagulación referidos. La situación se distingue de un déficit de factores (VIII, IX u otro) porque la adición de plasma de individuos sanos no la corrige.

• En último lugar, el interés clínico de otras pruebas de laboratorio como las enzimas musculares, el complemento, la función renal, el ASLO y los test genéticos se muestran en la tabla VII.

 

 

Bibliografía

1. Cassidy JT, Petty RE. Introduction of the study of rheumatic diseases in children. En: Cassidy JT, Petty RE, Laxer RM, Lindsley CB, eds. Textbook of Pediatric Rheumatology. 6ª ed. Philadelphia: Elsevier Saunders;2011. p. 1-5.

2. Merino R, Martín-Vega A, García-Caballero J, García-Consuegra J. Evaluación de una vía clínica de artritis séptica. An Pediatr (Barc). 2007; 67: 22-9.

3. Weiser P. Approach to the patient with noninflammatory musculoskeletal pain. Pediatr Clin N Am. 2012; 59: 471-92.

4. Merino R, De Inocencio J, García-Consuegra J. Diferenciación de sinovitis transitoria y artritis séptica de cadera con criterios clínicos y ecográficos. An Pediatr (Barc). 2010; 73: 189-93.

5. Calvo-Rey C, Soler-Palacín P, Merino R, Saavedra J, Antón J, Aróstegui JI et al. Documento de consenso de la Sociedad de Infectología Pediátrica y la Sociedad de Reumatología Pediátrica sobre el diagnóstico diferencial y el abordaje terapéutico de la fiebre recurrente. An Pediatr (Barc). 2011; 74: 194.e1-194.e16.

6. Murias S, Remesal A, Quiles MJ, Merino R. Características de los pacientes con cojera en Reumatología. An Pediatr (Barc). 2012; 76: 290-3.

7. Mehta J. Laboratory testing in Pediatric Rheumatology. Pediatr Clin N Am. 2012; 59: 263-84.

8. Álvaro-Gracia JM. Evaluación analítica de la inflamación general y articular. En: Pascual E, Rodríguez V, Carbonell J, Gómez-Reino JJ, eds. Tratado de Reumatología. Madrid: Arán Ediciones SA; 1998. p. 291-302.

9. Breda L, Nozzi M, De Sanctis S, Chiarelli F. Laboratory tests in the diagnosis and follow-up of pediatric rheumatic diseases: an update. Semin Arthritis Rheum. 2010; 40: 53-72.

 

Utilización de cuestionarios/test psicométricos en Pediatría de Atención Primaria

Regreso a las bases

 

P.J. Rodríguez Hernández*, E. Pérez Hernández**

*Pediatra Acreditado en Psiquiatría Infantil (AEP) y Psicólogo. Hospital de Día Infantil y Juvenil “Diego Matías Guigou y Costa”. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario Ntra. Sra. de Candelaria. Tenerife. Fundación Internacional O´Belén. Tenerife. Gabinete Pediátrico “Don Carlos”-Plaza del Príncipe. Tenerife. **Psicóloga. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Universidad Autónoma de Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(10): 810.e1-810.e7


Utilización de cuestionarios/test psicométricos en Pediatría de Atención Primaria

 

Introducción

La importancia de la detección de los trastornos mentales infantiles

El pediatra de Atención Primaria tiene entre sus objetivos supervisar el desarrollo de los menores. De ahí que, el pediatra se convierta en una pieza clave a la hora de identificar a aquellos niños que necesitan una valoración más exhaustiva ante la sospecha de un posible trastorno mental o del desarrollo. En un estudio llevado a cabo por Álvarez, Soria y Galbe(1) se encontró que el 8,68% de la población general de 0-6 años atendida en la consulta de Pediatría de AP presentaba retraso o trastorno del desarrollo y que el 51,21% de estos evolucionaron hacia algún tipo de patología. Otro estudio ha encontrado que el nivel del lenguaje, tanto expresivo como receptivo de las niñas a los 10 meses, es un indicador del desarrollo cognitivo y del rendimiento académico que tendrá esa niña a los 10 años de edad; por lo tanto, el empleo por parte del pediatra de Atención Primaria de pruebas de cribado de forma sistemática se hace esencial para poder realizar las derivaciones en el momento oportuno y así evitar la aparición de problemas posteriores.

Incidencia de problemas de salud mental en la población infantil

Dentro de la amplia gama de enfermedades que afectan a la población de entre 0 y 15 años, los problemas de salud mental ocupan el tercer lugar, por detrás de la alergia crónica y el asma, según la última Encuesta Nacional de Salud(2). Además, existe una prevalencia diferencial en función del sexo, entre los 10 y los 15 años, el 2,9% de los niños de esta franja de edad han sido diagnosticados de algún trastorno mental, frente al 1,6% de las niñas. Se estima que el 22% de los menores españoles entre 4 y 15 años se encuentran en riesgo de presentar problemas de salud mental en un futuro próximo. Entre los trastornos de salud mental que más están aumentando en los países desarrollados se encuentra: la depresión, las alteraciones hipercinéticas (hiperactividad) y los trastornos mixtos de conducta y emocionales que han incrementado su incidencia en la morbilidad hospitalaria en los niños de 5 a 9 años. Por estos motivos, cada vez se hace más necesario establecer protocolos de evaluación encaminados a instaurar un adecuado diagnóstico precoz.

Diversas sociedades científicas, entre ellas la Academia Americana de Pediatría (AAP), recomiendan hacer pruebas de cribado estandarizadas de trastornos mentales y del desarrollo a los 9, 18 y 24 ó 30 meses y vigilar especialmente hasta los 5 años, ya que se trata de un periodo de especial vulnerabilidad y de vital importancia para poder realizar programas de intervención precoz. Recientemente, se ha llevado a cabo un estudio para comprobar la eficacia de la observación en las consultas de seguimiento del pediatra frente al uso sistemático de las pruebas de cribado en los tres momentos que indica la AAP. Los resultados del estudio apoyan las recomendaciones de la AAP de incluir en las visitas de seguimiento pruebas de cribado estandarizadas, ya que detectan más problemas que, de otra manera, pasarían inadvertidos.

Pruebas de cribado específicas para Pediatría

Los instrumentos de cribado o despistaje (screening en inglés) son herramientas breves, tanto en su aplicación como en su corrección, que permiten la detección de niños en riesgo de desarrollar un trastorno mental. Existen cuestionarios especialmente diseñados para identificar problemas en el ámbito general del desarrollo cognitivo y otras, enfocadas a detectar dificultades en un área específica como, por ejemplo, el lenguaje. Así mismo, se deben diferenciar los instrumentos de cribado de aquellas pruebas cuyo objetivo es realizar una evaluación más exhaustiva y extensa, permitiendo identificar los trastornos del desarrollo y que implica la participación de un profesional de la salud mental.

Es importante tener en cuenta que la técnica evaluadora principal e insustituible continúa siendo la historia clínica, incluyendo en la misma el periodo de observación del menor y la familia que se efectúa en el transcurso de la cumplimentación de la mencionada historia. Las restantes técnicas evaluadoras (test, cuestionarios, informes, etc.) se utilizan a modo de examen complementario, para cuantificar o precisar el problema ya detectado, o bien como instrumento de despistaje de patología psiquiátrica infantil en una población determinada; por ejemplo, para aplicar sobre todos los niños de una determinada edad que acuden a la consulta para la revisión del niño sano.

En este sentido, se han desarrollado una serie de instrumentos de cribado especialmente dirigidos a pediatría que en unos minutos permiten identificar precozmente posibles problemas de desarrollo, emocionales y del comportamiento, posibilitando su derivación lo más rápidamente posible. Los cuestionarios que se describen a continuación comparten una serie de características que son: fácil aplicación y corrección y se pueden encontrar gratuitamente en Internet (en la presente revisión se adjuntan algunas de ellas).

Evaluación del desarrollo por parte de los padres (Evaluation of Developmental Status, PEDS)(3)

Consta de una serie de diez preguntas que contestan los padres referidas al desarrollo motor y cognitivo hasta los 7 años y 11 meses. Aunque no se dispone de datos con población española, la prueba tiene una alta especificidad (74%) y sensibilidad (75%) en su versión anglosajona. Si los padres responden de forma afirmativa a dos o más preguntas del cuestionario, existe un 52% de probabilidades de que el menor vaya a necesitar adaptaciones curriculares y educación especial. Si los padres solo contestan una pregunta afirmativamente, existe un 29% de que el niño vaya a necesitar medidas de apoyo y refuerzo. Por lo tanto, una o más respuestas afirmativas reflejarían la necesidad de derivar al menor para que se realice una evaluación más pormenorizada. El PEDS es una prueba útil, breve y sencilla (véase tabla I).

 

 

Escala de desarrollo infantil de Kent(4)

Este instrumento está formado por 252 elementos que deben contestar los padres, que describen el comportamiento del niño normal hasta los quince meses de edad. Se evalúa el desarrollo cognitivo (52 elementos), social (51 elementos), motor (78 elementos), la autonomía (39 elementos) y el lenguaje (38 elementos); así mismo, se obtiene una puntuación general. Los padres deben indicar si la conducta que se describe, el niño: a) “lo hace”; b) “lo hacía pero al crecer ha dejado de hacerlo”; c) “todavía no lo hace o no se ha observado el comportamiento descrito”; y d) “lo hace pero por enfermedad lo ha dejado de hacer”. Los resultados obtenidos por cada área se pueden analizar como normales, en riesgo o con retraso. Los estudios realizados en nuestro país con esta escala demuestran que tiene buenas propiedades psicométricas.

Listado de síntomas pediátricos (Pediatric Symptom Checklist, PSC)(5)

El PSC es una prueba de cribado diseñada para identificar posibles problemas cognitivos, emocionales y conductuales. Está dirigida a niños entre 4 y 16 años y dispone de dos niveles: un cuestionario que cumplimentan los padres de los niños de 4 a 10 años y un autoinforme que contestan los niños de 11 años en adelante. Ambas versiones constan de 35 preguntas con tres opciones de respuesta (nunca = 0, algunas veces = 1, con frecuencia = 2). La puntuación total se consigue sumando todas las respuestas, las preguntas en blanco no puntúan. Un resultado mayor de 24 en niños de 4 y 5 años indica la necesidad de realizar una evaluación más profunda. En niños de 6 hasta los 16 años, la puntuación de corte es de 30 (véase tabla II). La prueba dispone de una versión construida con dibujos, muy útil para aquellas personas extranjeras que no dominan el castellano (disponible en: http://www.advancedpediatricassociates.com/images/website274/ppsc_spanish.pdf).

 

 

Inventario Eyberg de comportamiento (IECN)(6)

El IECN puede resultar muy útil como medida para identificar problemas de comportamiento en niños de 2 a 12 años. El inventario consta de 36 elementos, donde se describen comportamientos generales que constituyen las quejas más frecuentes formuladas en las consultas de Pediatría. Los padres deben contestar a cada afirmación en una escala de siete opciones, desde nunca (1) hasta siempre (7); así mismo, deben indicar si identifican esa conducta como problemática para ellos. En la prueba, se obtiene una escala de intensidad de las conductas y otra escala de problemas. En el trabajo García-Tornel y cols. (1998)(6) se puede encontrar el inventario en castellano de Eyberg y los datos baremados según las edades.

Cuestionario del bebé y niño pequeño CSBS DP(7)

El retraso en la adquisición del lenguaje es uno de los indicadores más claros de futuros problemas en el rendimiento académico y/o social. De ahí que, el CSBS DP sea un instrumento esencial para identificar aquellos casos que pueden evolucionar en un trastorno del lenguaje o del desarrollo social. El CSBS DP consta de 24 elementos divididos en tres áreas: comunicación (emociones y miradas, comunicación y gestos), lenguaje expresivo (sonidos y palabras) y simbolización (comprensión y uso de objetos), que recogen distintos aspectos del desarrollo del lenguaje en los bebés de 6 a 24 meses. Los padres deberán marcar entre tres opciones “todavía no; a veces; frecuentemente”, la que mejor describa el comportamiento de su hijo. Así mismo, para las preguntas de los apartados “sonidos; palabras; comprensión y uso de objetos”, deberán seleccionar series o rangos de números como: ninguno; de 1 a 2; de 3 a 4; de 5 a 8; y más de 8.

Las respuestas se puntúan en un rango entre 2 y 4 puntos (todavía no = 0; a veces = 1; y frecuentemente = 2); en los referidos a series o rangos de números: ninguno = 0; de 1 a 2 = 1; de 3 a 4 = 2; de 5 a 8 = 3; y más de 8 = 4. De esta manera, se obtienen puntuaciones por área (comunicación, lenguaje expresivo y simbolización) y una total. En la página web del Equipo Iridia Consultores en Discapacidad (www.equipoiridia.es) se puede encontrar en el apartado de recursos para profesionales de forma gratuita, tanto el baremo de la prueba como el cuestionario.

Cuestionario del desarrollo comunicativo y social en la infancia (M-CHAT)(8)

El M-Chat es un cuestionario que consta de 23 preguntas (sí/no) que se formulan a los padres de niños entre 16 y 48 meses con el objetivo de detectar trastornos generalizados del desarrollo (véase tabla III). La prueba tiene tanto una alta sensibilidad (87%) como especificidad (99%) y en estudios longitudinales de dos años se ha mostrado una prueba muy sensible y estable. La corrección es rápida y fácil. Si se marcan tres de los 23 elementos o al menos 2 de los 6 elementos críticos como “fallos”, se considera que el menor tiene un retraso comunicativo y social y requiere una evaluación más pormenorizada.

 

 

Escala de Conners revisada (EDAH)(9)

Las escalas de Conners son las más utilizadas para el cribado del trastorno por déficit de atención e hiperactividad y de problemas de conducta en la infancia. La escala de Conners revisada es la más útil para su utilización en Pediatría debido a su brevedad y sus excelentes propiedades psicométricas (véase la tabla IV). Consta de 20 ítems, que se responden con cuatro opciones: nada, poco, bastante o mucho. Para su corrección, se asigna el valor de 0 a la respuesta nada, 1 a la respuesta poco, 2 a bastante y 3 a mucho. Se obtienen tres puntuaciones. Puntuación del déficit de atención: se obtiene de sumar los puntos de las preguntas 1, 3, 5, 13 y 17. Para obtener la puntuación de la escala de hiperactividad: hay que sumar los puntos de las preguntas 2, 4, 7, 8 y 19; y para conocer el valor de la escala de trastorno de conducta, hay que sumar el resultado de las preguntas 6, 9, 10, 11, 12, 14, 15, 16, 18 y 20.

 

 

Por lo tanto, las puntuaciones por encima de 10 en la escala de déficit de atención y de hiperactividad y las mayores de 11 en la escala de problemas de conducta requerirían una evaluación más pormenorizada del menor.

El Cuestionario de Cualidades y Dificultades (SDQ)(10)

El Cuestionario de Cualidades y Dificultades (SDQ, de su nombre en inglés, The Strengths and Difficulties Questionnaire) detecta probables casos de trastornos mentales y del comportamiento en niños de 4 a 16 años. Es el instrumento de cribado más utilizado en el mundo. El cuestionario se puede conseguir, de manera gratuita, en la página web: www.sdqinfo.com. Está traducida a más de 40 idiomas, entre ellos el español, el gallego, el catalán y el euskera. En España, se ha empleado en la última Encuesta Nacional de Salud. Consta de 25 ítems que se dividen en 5 escalas de 5 ítems cada una (véase tabla V). Cuatro escalas miden conductas problemáticas. Dichas escalas hacen referencia a: síntomas emocionales, problemas de conducta, hiperactividad y problemas con compañeros. La quinta escala hace referencia a los comportamientos positivos: escala de conducta prosocial. Las cuatro escalas que miden conductas problemáticas conforman, a su vez, una sexta escala denominada escala total de dificultades. Cada ítem presenta tres posibilidades de puntuación: no es cierto, a medias es cierto y es absolutamente cierto, que se puntúan: 0, 1 ó 2. Para prevenir sesgos en la contestación, existen 5 ítems “inversos”, que se puntúan 2 (no es cierto), 1 (a medias es cierto) y 0 (absolutamente cierto). Estos ítems que se puntúan al contrario son los número 7, 11, 14, 21 y 25. En cada una de las cinco escalas se obtiene, por tanto, una puntuación situada entre 0 y 10, después de las sumas de los resultados de los ítems que contempla cada una de ellas. La escala total de dificultades se puntúa entre 0 y 40, sumándose los resultados parciales de cuatro de las cinco escalas, ya que la escala de conducta prosocial no interviene en la misma. En las tablas VI y VII, se presentan los puntos de corte en población española, además del número de los ítems que corresponde a cada escala. Los puntos de corte indican una situación anormal, límite o normal en cada una de las escalas. La escala total de dificultades representa una aproximación global a la existencia o no de un trastorno mental en el menor evaluado.

 

 
 

 
 

 

Conclusiones

El número de niños que presentan un retraso del desarrollo o un trastorno mental es cada vez mayor, por lo que se debe detectar lo antes posibles para tomar las medidas oportunas.

Diversos estudios han demostrado que el uso de forma sistemática de pruebas de cribado en las consultas de Pediatría de AP son instrumentos eficaces para la detección de problemas del desarrollo, conductuales y emocionales. El empleo de pruebas de cribado debe instaurarse como protocolo, al menos en las consultas de seguimiento, ya que ha demostrado ser una herramienta eficaz para detectar problemas en la salud mental de los menores.

Bibliografía

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2. Encuesta Nacional de Salud: Ministerio de Sanidad y Consumo; Instituto Nacional de Estadística; 2006.

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10. Goodman R. The Strengths and Difficulties Questionnaire: a research note. J Child Psychol Psychiatry. 1997; 38: 581-6.

 

Lectura del ECG

Regreso a las bases

 

A. Ortigado Matamala

Pediatra Cardiólogo. Servicio de Pediatría. Hospital Universitario Guadalajara.
Doctor en Medicina y Cirugía. Profesor de la Facultad de Medicina, Universidad de Alcalá, Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(9): 715-722


Lectura del ECG

 

Interpretación del ECG

El electrocardiograma (ECG) es un registro gráfico de los fenómenos eléctricos del corazón. El ECG es una prueba complementaria importante para la evaluación inicial de pacientes con sospecha de cardiopatía, la evaluación de la evolución de pacientes cardiópatas, e imprescindible para la evaluación de las arritmias, conocidas o sospechadas (síncopes, palpitaciones).

El ECG en pediatría presenta unas características propias condicionadas por la edad del paciente. En el feto predomina el ventrículo derecho y, tras el nacimiento, con el cambio de resistencias vasculares (aumento de las resistencias vasculares sistémicas y descenso de las resistencias vasculares pulmonares), se produce un predominio gradual del ventrículo izquierdo que condiciona el trazado del ECG (eje del complejo QRS). La frecuencia cardiaca disminuye con la edad, mientras que la duración de la onda P, del complejo QRS y el intervalo PR aumentan(1).

El ECG del neonato viene caracterizado por el predominio del ventrículo derecho y los cambios de la onda T en derivaciones precordiales derechas.

El ECG en la adolescencia puede tener unas características propias, posible transición del patrón ECG infantil al ECG del adulto (normalmente esto ocurre a los 12 años, pero puede retrasarse), puede mostrar ECG patológicos que realmente no lo son, como el bloqueo incompleto de rama derecha, el patrón de repolarización precoz y, en especial, el ECG del deportista(2).

El ECG de superficie no es una prueba exclusiva de la medicina hospitalaria, también está disponible en los centros de salud. El médico en Atención Primaria, en su consulta diaria, se va a encontrar en diversas situaciones en las que va a precisar un ECG y, por lo tanto, debe conocer su interpretación básica y, al menos, saber diferenciar un registro normal de uno patológico. El médico debe saber reconocer un ECG con riesgo de muerte súbita, incluso en pacientes asintomáticos (síndrome de Brugada, síndrome de QT largo, síndrome de QT corto).

Consideraciones previas

Antes de la realización de un ECG, es conveniente tener presente las siguientes recomendaciones para su correcta interpretación:

• Saber la edad del paciente pues condiciona el trazado del ECG.

• Saber la indicación del ECG, para saber encontrar lo que se busca.

• Saber si existen factores que condicionen el ECG: alteraciones electrolíticas, fármacos (digital, diuréticos, antiarrítmicos) o patología extracardiaca.

• Comparar con registros previos si se dispone de ellos.

• Verificar el calibrado del ECG: velocidad 25 mm/seg y sensibilidad 1 milivoltio = deflexión de 10 mm.

• Descartar posibles artefactos en el ECG: temblor muscular (niño nerviosos o tiritando por frío), mal contacto de los electrodos con la piel (presencia en la piel de restos de sangre, vómitos, sudor, pelo), desconexión de los electrodos…

Procedimiento

• Lavado clínico de manos.

• Colocar al paciente tumbado en posición decúbito supino, tranquilo (distraer su atención con algún objeto, ofrecer chupete, si precisa), evitar el movimiento (en neonatos, inmovilizar).

• Descubrir la zona en que se pondrán los electrodos (muñecas, tobillos, tórax), abrigando el resto del cuerpo si el paciente tiene frío.

• Limpiar la zona de piel en contacto con el electrodo con alcohol 70°, para disminuir la resistencia eléctrica.

• Utilizar electrodos apropiados para la edad del paciente (ventosas, parches).

• Verificar la correcta posición de los electrodos para cada derivación:

– RA (right arm), color rojo: muñeca derecha.

– LA (left arm), color amarillo: muñeca izquierda.

– LL (left leg), color verde: tobillo izquierdo.

– RL (right leg), color negro: tobillo derecho.

– V1: 4º espacio intercostal, junto al borde esternal derecho.

– V2: 4º espacio intercostal, junto el borde esternal izquierdo.

– V3: en el punto intermedio entre V2 y V4.

– V4: 5º espacio intercostal izquierdo, en la línea medio clavicular.

– V5: 5º espacio intercostal izquierdo, en la línea axilar anterior.

– V6: 5º espacio intercostal izquierdo, en la línea axilar media.

• Observe la calidad del trazado, si se considera que no es adecuada se debe repetir.

Ciclo cardiaco

El ciclo cardiaco está condicionado por el sistema de conducción del corazón. La secuencia de un ciclo normal es la siguiente (Fig. 1):

 

Figura 1.

Figura 1. Ciclo cardiaco normal (A) y sistema de conducción del corazón (B)

 

• El nódulo sinusal en la aurícula derecha es el marcapasos del corazón, genera el impulso eléctrico.

• El impulso eléctrico despolariza las aurículas, primero la aurícula derecha (AD) y luego la aurícula izquierda (AI), produciendo la onda P.

• El impulso eléctrico llega al nódulo auriculoventricular (AV), con la velocidad de conducción más lenta de todo el corazón y se produce el intervalo PR (enlentecimiento del nódulo AV).

• El impulso eléctrico alcanza el haz de His con sus dos ramas (izquierda y derecha), con una velocidad de conducción muy rápida, llega a los ventrículos a través de las fibras de Purkinje y se genera el complejo QRS.

• La repolarización ventricular produce la onda T, mientras que la repolarización auricular no suele ser visible en el ECG.

Por lo tanto, un ciclo cardiaco está representado en el trazado del ECG por una serie de ondas (onda P, complejo QRS y onda T), con dos importantes intervalos (PR y QT) y tres segmentos (PQ, ST y TP):

• Onda P: despolarización auricular (dos componentes: AD y AI).

• Complejo QRS: despolarización ventricular (tres componentes).

– Onda Q: 1ª onda negativa no precedida de onda R.

– Onda R: 1ª onda positiva (la 2ª es R´, la 3ª es R´´…).

– Onda S: 1ª onda negativa trás la onda R (las siguientes son S´, S´´…).

• Onda T: repolarización ventricular.

• Intervalo PR: desde el inicio onda P, hasta el inicio QRS.

• Intervalo QT: desde el inicio QRS, hasta el final onda T.

• Segmento PQ: desde el final onda P, hasta el inicio QRS.

• Segmento ST: desde el final QRS, hasta el inicio onda T.

• Punto J: unión entre QRS y segmento ST (útil para valorar desniveles del segmento ST).

• Segmento TP: desde el final onda T, hasta el inicio de la siguiente onda P (nuevo ciclo), es la línea isoeléctrica del corazón (sin actividad eléctrica), sirve como referencia para valorar desniveles del segmento ST (punto J).

Derivaciones ECG

Para poder realizar una correcta interpretación del ECG, es básico conocer las derivaciones, su orientación espacial y su polaridad. El corazón se convierte en una “casa” y cada derivación supone una “ventana”, a través de la cual, se puede “ver” su interior.

El ECG se basa en el registro gráfico del impulso eléctrico (vector) que genera una onda, la cual puede ser positiva (+) si se acercan al polo positivo de la derivación, y una onda negativa (-) si se aleja del mismo(3).

El ECG de superficie habitual consta de 12 derivaciones (Fig. 2):

 

Figura 2.

Figura 2. Sistemas de referencia hexaxial (A) y horizontal (B).

 

• Plano frontal (6 derivaciones): derivaciones I, II, III, aVR, aVL, aVF.

• Plano horizontal (6 derivaciones precordiales): V1, V2, V3, V4, V5 y V6.

Con ambos planos se definen unos sistemas de referencia y su combinación permite una “visión tridimensional” de la actividad cardiaca:

• Sistema de referencia hexaxial (plano frontal): informa de la relación izquierda-derecha y superior-inferior.

• Sistema de referencia horizontal: informa de la relación izquierda-derecha y anterior-posterior.

Lectura sistemática del ECG

Una interpretación correcta del ECG requiere un planteamiento sistemático siguiendo una secuencia para obtener un estudio completo. La siguiente secuencia es una de las muchas que se pueden utilizar(4,5):

1. Ritmo (sinusal o no).

2. Frecuencia cardiaca.

3. Eje QRS.

4. Intervalos: intervalo PR, duración QRS, intervalo QT.

5. Segmento ST y onda T.

6. Estudio de crecimientos de cavidades.

Ritmo

El ritmo normal del corazón es el ritmo sinusal (se produce en el nódulo sinusal en la aurícula derecha y se conduce de forma normal), y tiene las siguientes características:

1. Delante de cada complejo QRS hay una onda P (sólo una).

2. El intervalo PR es normal y constante.

3. La onda P es positiva en la derivación II y siempre igual.

Frecuencia

La velocidad habitual de registro del papel del ECG es de 25 mm/seg, por lo tanto 1 mm (división pequeña) supone 0,04 seg y 5 mm (división grande) supone 0,20 seg.

Para determinar la frecuencia cardiaca hay diferentes métodos:

• Para frecuencias rápidas: dividir 1.500 entre el número de divisiones pequeñas (cuadraditos de 1 mm) que hay en un intervalo RR.

• Para frecuencias lentas: dividir 300 entre el número de divisiones grandes (cuadraditos de 5 mm) que hay en un intervalo RR.

La frecuencia cardiaca varía con la edad del paciente, cuanto menor edad, mayor frecuencia cardiaca (neonato: 110-150 lpm; 2 años: 85-125 lpm; 4 años: 75-115 lpm; 6 años: 65-100 lpm; más de 6 años 60-100 lpm), también depende de la situación del paciente (despierto, dormido, llorando) y de otros factores (fiebre, hipovolemia, medicamentos…).

Taquicardia es una frecuencia más rápida que el rango superior de la normalidad para la edad y se clasifican en:

1. Taquicardia sinusal.

2. Taquicardia supraventricular (auricular, nodal o por reentrada): QRS estrecho.

3. Taquicardia ventricular: QRS ancho.

4. Flúter auricular: ondas F regulares, en “dientes de sierra” (300 lpm).

5. Fibrilación auricular: ondas auriculares irregulares (350-600 lpm).

Bradicardia es una frecuencia más lenta que el rango inferior para la edad y pueden deberse a:

1. Bradicardia sinusal.

2. Ritmo nodal.

3. Bloqueo auriculoventricular (AV) de 2º grado: algunas, pero no todas, las ondas P van seguidas de QRS (algunos latidos auriculares no se transmiten a los ventrículos). Existen dos tipos de bloqueo AV de 2º grado:

– Tipo Mobitz I (fenómeno de Wenckebach): hay un alargamiento progresivo del intervalo PR, hasta que un impulso auricular no llega al ventrículo y se reanuda el ciclo.

– Tipo Mobitz II (“todo o nada”): existe una conducción AV normal, con intervalo PR normal, sin alargamiento y un impulso auricular no llega al ventrículo (este tipo de bloqueo es más grave que el tipo I, porque puede evolucionar a un bloqueo AV completo).

4. Bloqueo auriculoventricular de 3er grado (completo): los ritmos auricular y ventricular son regulares pero independientes (ningún latido auricular se transmite a los ventrículos). La frecuencia ventricular es más lenta que la frecuencia auricular (en la disociación auriculoventricular, el ritmo auricular y ventricular también son independientes, pero la frecuencia ventricular es más rápida que la frecuencia auricular).

Eje QRS

La forma más conveniente para determinar el eje del QRS es usando el sistema de referencia hexaxial (plano frontal con las derivaciones de los miembros) (Fig. 2A), y consta de dos pasos:

1. 1er paso: localizar el cuadrante usando las derivaciones DI y aVF, según la polaridad del QRS (positivo o negativo) (Fig. 3).

 

Figura 3.

Figura 3. Eje QRS: localización de cuadrantes.

 

2. 2º paso: encontrar una derivación con QRS isodifásico (onda R = onda S). El eje QRS será perpendicular a esa derivación.

El eje normal del QRS varía con la edad:

– Neonato: +125° (límites: +30° y +180°).

– 1-3 meses: +90° (límites: +10° y +125°).

– 3 meses-3 años: +60° (límites: +10° y +110°).

– Mayor de 3 años: +60° (límites: +20º y +120°).

– Adultos: +50° (límites: -30 y 105°).

El eje normal de un adolescente se encuentra entre 0 y +90°. Una persona delgada tiene un eje vertical, hacia la derecha, mientras que una persona obesa lo tiene horizontal, hacia la izquierda.

Duración y morfología del QRS

La duración del QRS varía con la edad, aumentando con la misma. La duración media de QRS según la edad es la siguiente:

• Neonato prematuro: 0,04 seg (1 cuadradito de 1 mm).

• Neonato a término: 0,05 seg.

• 1-3 años: 0,06 seg.

• Mayor de 3 años: 0.07 seg.

• Adulto: 0,08 seg. (2 cuadraditos de 1mm).

La duración del QRS está aumentada (globalmente >0,10 seg) en:

1. Bloqueo de rama derecha del haz de His (BRD, fig. 3): patrón rSR´o RSR´en VI. La causa más frecuente es por cirugía del ventrículo derecho (por ejemplo, la tetralogía de Fallot).

2. Bloqueo de rama izquierda del haz de His (BRI, fig. 3): onda R con empastamiento “terminal” en V5-V6. Es infrecuente en niños y sus causas son por cirugía del ventrículo izquierdo, miocarditis y miocardiopatía hipertrófica.

3. Bloqueo intraventricular: empastamiento “global” del QRS.

4. Preexcitación (síndrome de Wolf-Parkinson-White): empastamiento “inicial” del QRS (onda delta).

5. Arritmias de origen ventricular (extrasístole ventricular).

El complejo QRS no está alargado, pero presenta alteración de su morfología en:

1. Bloqueo incompleto de rama derecha: patrón rSR´ ó RSR´en V1 no ensanchado. El patrón rSR´ se ve con cierta frecuencia en niños sanos, sin ninguna trascendencia y parece estar en relación con una variación en el grosor de la pared libre del ventrículo derecho y no con una verdadera alteración del sistema de conducción del corazón. El patrón RSR, sin embargo, es característico de cardiopatías con sobrecarga de volumen de ventrículo derecho, especialmente, con la comunicación interauricular.

2. Hemibloqueo anterior izquierdo: el fascículo anterior de la rama izquierda es superior, por eso su bloqueo produce un eje QRS muy izquierdo o superior (-30° a -90°), no ensanchado y patrón rS en derivaciones inferiores (II, III, aVF). Es característico del canal auriculoventricular y de la atresia tricuspídea.

3. Hemibloqueo posterior izquierdo: el fascículo posterior de la rama izquierda es inferior, por eso su bloqueo produce un eje QRS muy derecho (+120° a +180°), no ensanchado y patrón qR en derivaciones inferiores (II, III, aVF). Es muy raro en niños y de difícil diagnóstico pues los niños pequeños tienen el eje QRS derecho.

Intervalo PR

El intervalo PR se mide desde el inicio de la onda P hasta el inicio del complejo QRS, por lo que a veces es llamado intervalo PQ. El intervalo PR se mide en la derivación II o en otras derivaciones con ondas Q visibles. El intervalo PR varía con la edad y con la frecuencia cardiaca, pero de forma esquemática se puede resumir:

• Menor de 3 años: límite inferior/superior = 0,08 seg/ 0,15 seg.

• 3-16 años: límite inferior/superior = 0,10 seg/0,18 seg.

• Adulto: límite inferior/superior = 0,12 seg/0,20 seg.

Las alteraciones del intervalo PR pueden ser:

1. PR corto: preexcitación (síndrome de WPW, síndrome de Lown-Ganong-Levine).

2. PR largo (bloqueo auriculoventricular de 1er grado): miocarditis, intoxicación digital, hiperpotasemia, isquemia, niño sano (predominio vagal).

3. PR variable: marcapaso auricular migratorio, bloqueo AV de 2º grado con fenómeno Wenckebach (tipo Mobitz I).

Intervalo QT

El intervalo QT se mide desde el inicio del complejo QRS hasta el final de la onda T. El intervalo QT no varía con la edad, pero sí con la frecuencia cardiaca y por lo tanto se debe ajustar calculando el intervalo QT “corregido” (QTc), mediante la fórmula de Bazett:

QTc = QT/v intervalo RR (raíz cuadrada del RR).

El valor normal de QTc no debe superar los 0,44 seg, excepto en los lactantes que puede ser normal hasta 0,49 seg en los primeros 6 meses de vida.

El QT largo (>0,44 seg) puede ser causa de muerte súbita debido a arritmias ventriculares. El QT largo puede ser congénito (síndrome de Jerwell y Lange-Nielsen y síndrome de Romano-Ward) o adquirido (miocarditis, hipocalcemia, lesiones cerebrales, medicamentos…). Un QT corto (<0,33 seg) puede verse en la hipercalcemia y en el efecto digitálico. Recientemenete se ha descrito el síndrome de QT corto congénito, una entidad de alta malignidad por el riesgo de arritmias ventriculares y muerte súbita.

Segmento ST y onda T

El segmento ST y la onda T reflejan la repolarización ventricular y sus alteraciones son frecuentes en adultos por la elevada incidencia de cardiopatía isquémica. El segmento ST se mide desde el final del complejo QRS (punto J), hasta el inicio de la onda T. El segmento ST normal es horizontal e isoeléctrico (al mismo nivel que el segmento TP), sin embargo, desniveles de 1 mm son normales en los niños.

La elevación del segmento ST puede deberse a isquemia miocárdica, pericarditis aguda, hipertrofia del ventrículo izquierdo, hiperpotasemia, hipotermia y patrón de repolarización precoz (personas sanas).

El descenso del segmento ST aparece en el efecto digitálico, hipopotasemia, isquemia miocárdica subendocárdica, hipertrofia ventricular con sobrecarga.

Una entidad nueva con interés creciente es el síndrome de Brugada por su asociación a muerte súbita por arritmia cardiaca (taquicardia ventricular polimorfa) en corazones estructuralmente normales y de origen genético (transmisión autosómica dominante). El patrón electrocardiográfico es muy característico, con imagen de bloqueo de rama derecha y elevación del segmento ST (sin alargamiento) en V1 a V3 (RSR´, con el segmento ST como una “aleta de tiburón” con convexidad superior).

La onda T tiene un eje entre 0° y +90°, por lo tanto, el eje es anormal cuando está fuera de ese cuadrante y la onda T es negativa en DI o en aVF. La polaridad de la onda T en V1 varía con la edad, es positiva en los primeros 5-7 días de vida, luego pasa a ser negativa hasta los 10 años-adolescencia, donde vuelve a ser positiva como en el adulto.

Las alteraciones de la onda T pueden ser primarias (alteración de la repolarización ventricular) o secundarias, que son las más frecuentes y son secundarias a alteraciones de la despolarización ventricular (alteraciones del complejo QRS).

Las ondas T picudas se ven en la hiperpotasemia y en la hipertrofia ventricular con sobrecarga de volumen. Las ondas T aplanadas se observan en la hipopotasemia, hipotiroidismo, pericarditis y en neonatos normales.

El ángulo QRS-T normal es menor de 60°, y patológico si es mayor de 90º que aparece en la hipertrofia ventricular con sobrecarga (“tensión”), bloqueos de rama, miocarditis…

Crecimientos auriculares

Crecimiento aurícula derecha: ondas P altas y picudas en DII (“onda p-pulmonar”).

• Altura >2,5 mm (2 ½ cuadraditos).

• Duración <0,10 seg (2 ½ cuadraditos).

Crecimiento aurícula izquierda: ondas P anchas y bifásicas en V1 (“onda p-mitral”).

• Altura <2,5 mm (2 ½ cuadraditos).

• Duración >0,10 seg (2 ½ cuadraditos).

Crecimiento biauricular: ondas P altas y anchas.

• Altura >2,5 mm (2 ½ cuadraditos)..

• Duración >0,10 seg (2 ½ cuadraditos).

Crecimientos ventriculares

Crecimiento ventrículo izquierdo:

1. Desviación del eje del QRS a la izquierda (eje QRS mayor de -30°).

2. Aumento del voltaje de onda R en V5-V6 con onda S profunda en V1-V2.

3. Índice de Sokolow (onda S en V1 + onda R en V6 mayor de 35 mm.

4. Índice de Lewis (onda R en DI + onda S en DIII – onda R en DIII – onda S en DI) mayor de 17 mm.

5. Retardo del tiempo de deflexión intrinsecoide en V5-6 (intervalo entre vértice de onda q, hasta pico de onda R), mayor de 0,045 seg.

6. Desviación del plano de transición del QRS a la derecha en precordiales.

7. Signos de sobrecarga sistólica del ventrículo izquierdo (ondas T negativas en V5-6).

Crecimiento ventrículo derecho:

1. Desviación del eje del QRS a la derecha (eje QRS mayor de +105°).

2. Aumento del voltaje de onda R en V1-V2.

3. Índice de Enrique Cabrera (onda R/onda R + onda S en V1) mayor de 0,5 mm.

4. Índice de Lewis (onda R en DI + onda S en DIII – onda R en DIII – onda S en DI) menor de 14 mm.

5. Retardo del tiempo de deflexión intrinsecoide en V1 (intervalo entre vértice de onda q, hasta pico de onda R), mayor de 0,035 seg.

6. Desviación del plano de transición del QRS a la izquierda en precordiales.

7. Signos de sobrecarga sistólica del ventrículo derecho (ondas T negativas en V1-2). En niños es normal el patrón de ondas T negativas en V1.

Cambios normales del ecg con la edad

Casi todos los cambios en el ECG relacionados con la edad dependen de la relación ventrículo derecho/ventrículo izquierdo. El ECG refleja el cambio anatómico de la dominancia del ventrículo derecho (VD) en el período neonatal, que es sustituida gradualmente por la dominancia del ventrículo izquierdo (VI) en la infancia. La relación de peso VI/VD pasa de 0,8/1 al nacimiento, a 1,5/1 al mes de edad, a 2/1 a los 6 meses y, finalmente, 2,5/1 en el adulto.

Los cambios en el ECG debido a la edad se pueden resumir en(6):

1. Disminución de la frecuencia cardiaca desde el neonato (110-150 lpm) hasta los 6 años (60-100 lpm).

2. El eje del QRS cambia de dirección derecha y anterior (dominancia VD) en el lactante (eje QRS (+10° y +125°) a izquierda y posterior (dominancia VI) en el adulto (eje QRS +60°).

3. La amplitud de la onda R disminuye en precordiales derechas (V1-V2) y aumenta en precordiales izquierdas (V5-V6).

4. La amplitud de la onda S aumenta en precordiales derechas (V1-V2) y disminuye en precordiales izquierdas (V5-V6).

5. Se alarga el intervalo PR, pasa de 0,08 seg en el neonato a 0,16 seg en el adulto.

6. Se alarga la duración del QRS, pasa de 0,06 seg en el neonato a 0,08 seg en el adulto.

7. La polaridad de la onda T en V1 es positiva en los primeros 5-7 días de vida, luego pasa a ser negativa hasta los 10 años-adolescencia, donde se vuelve positiva como en el adulto.

ECG del deportista

• Bradicardia sinusal: ritmo sinusal lento a frecuencias de 45-65 lpm.

• Arritmia respiratoria sinusal marcada.

• Bloqueo auriculoventricular de primer grado con PR entre 200-400 mseg.

• Bloqueo auriculoventricular de 2º tipo Wenckebach que desaparece con el ejercicio

• Extrasístoles supraventriculares y ventriculares que ceden con el ejercicio.

• Complejos QRS de alto voltaje simulando hipertrofia ventricular izquierda o biventricular.

• El eje del QRS puede estar ligeramente desviado a la izquierda, pero la duración del QRS no se afecta.

• Bloqueo incompleto de rama derecha con R > R´ en V1.

• Patrón de repolarización precoz: elevación > 1mm del segmento ST, de forma cóncava, afectación difusa de precordiales y cara inferior, ondas T altas y picudas, empastamiento del final del complejo QRS (muesca en el punto J). El ECG se puede confundir con el de una pericarditis aguda, pero la clínica es clave (Fig. 4).

 

Figura 4.

Figura 4. ECG de pericarditis (A) y de repolarización precoz (B).

 

• Ondas T asimétricas, altas y picudas y, en ocasiones, pueden ser negativas en precordiales izquierdas, pero se normalizan con el ejercicio.

• Presencia de onda U (onda que sigue después de la onda T y de la misma polaridad), en precordiales derechas y transicionales.

“ECG de riesgo” en pacientes “sanos”

El ECG en el niño puede ser clave para la identificación de ciertas enfermedades en pacientes aparentemente sanos y asintomáticos pero con alto riesgo de presentar arritmias ventriculares y muerte súbita. Estas enfermedades son ciertas miocardiopatías arritmogénicas (miocardiopatía hipertrófica, displasia arritmogénica del ventrículo derecho) y las canalopatías (síndrome de Brugada, síndrome de QT largo, síndrome de QT corto, taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica).

La historia familiar de síncopes o muerte súbita debe hacer pensar en estas enfermedades, pues todas tienen una base genética y biología molecular que determinan su herencia(7,8).

• Miocardiopatía hipertrófica: complejos QRS de muy alto voltaje con ondas Q muy profundas y estrechas en cara inferolateral (DII, DIII, aVF. V5,V6), eje cardiaco muy izquierdo con importantes alteraciones de la repolarización que no se corrigen con un breve esfuerzo.

• Displasia arritmogénica del ventrículo derecho: ondas T negativas en precordiales derechas (V1-V3) junto a extrasístoles ventriculares frecuentes con imagen de bloqueo de rama izquierda, y dispersión de los intervalos QT de los diferentes latidos de una tira de ritmo que no supera los 80 milisegundos.

• Coronariopatías congénitas (origen anómalo de la coronaria izquierda en la arteria pulmonar, ALCAPA: Anomalous origin of the Left Coronary Artery from the Pulmonary Artery): presencia de ondas Q patológicas en I, aVL, V4-5-6. El ECG de esfuerzo es patológico (desniveles del ST, inversión de onda T), aunque no necesariamente el de reposo.

• Síndrome de Brugada: el patrón electrocardiográfico es muy característico con imagen de bloqueo de rama derecha (RSR´) y elevación del segmento ST >2 mm (sin alargamiento) en V1 a V3, con el segmento ST como una “aleta de tiburón” con convexidad superior (patrón tipo I) (Fig. 5). Existe una importancia clínica y epidemiológica por su asociación a muerte súbita por arritmia cardiaca (taquicardia ventricular polimorfa) en corazones estructuralmente normales y de origen genético (transmisión autosómica dominante). La fiebre puede ser un precipitante del desequilibrio iónico, por este motivo, se recomienda realizar ECG a toda persona con episodio de síncope o convulsiones en un cuadro febril, para evidenciar un patrón de Brugada que no se observa en estado normal, sin fiebre(9).

 

Figura 5.

Figura 5. Síndrome de Brugada, patrón tipo I.

 

• Síndrome de QT largo congénito: QTc >0,44 seg, alteraciones de la onda T (invertidas, bífidas, con muesca, alternantes) y bradicardia sinusal. Existe riesgo de desarrollar taquicardias ventriculares polimórficas tipo “torsade de pointes”.

• Síndrome de QT corto: QTc <0,33 seg, ondas T altas y picudas. Existe riesgo de arritmias ventriculares y fibrilación auricular.

• Taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica: el ECG basal es normal con QT normal; presentan bradicardia sinusal. Riesgo elevado de taquicardia ventricular en situaciones de liberación de catecolaminas (estrés físico y emocional) con alta mortalidad.

Arritmias benignas y frecuentes

Las arritmias cardiacas son numerosas y variadas; para desarrollar a fondo este tema se precisaría de un capítulo aparte. Existen diferentes clasificaciones de las arritmias, pero de forma simplificada se pueden agrupar en tres tipos:

1. Arritmias por alteración en la producción del impulso (aumento o disminución del automatismo): bradicardia sinusal, taquicardia sinusal-auricular-nodal-ventricular, flúter auricular, fibrilación auricular-ventricular, extrasístoles auricular-ventricular…

2. Arritmias por alteración en la conducción del impulso: bloqueo auriculoventricular.

3. Arritmias por alteración mixta: síndrome de preexcitación, taquicardia supraventricular paroxística.

El estudio detallado de una arritmia es a veces muy complejo y no es el objetivo de este trabajo. Sin embargo, una interpretación básica de una arritmia puede ser realizada con un registro de ECG. Un esquema sencillo pero completo para la valoración de una arritmia consta de ocho pasos:

• Paso 1: determinar la frecuencia cardiaca.

• Paso 2: determinar el ritmo del ventrículo, ¿es una arritmia regular o irregular? Comparar los intervalos R-R y ver si son iguales (regular) o no (irregular).

• Paso 3: identificar y analizar las ondas P, ¿hay ondas P?, ¿son sinusales o no?

• Paso 4: determinar la relación aurícula-ventrículo, ¿después de cada onda P hay un complejo QRS?, ¿cómo es el intervalo PR, constante o varía?

• Paso 5: identificar y analizar los complejos QRS, ¿son iguales todos los complejos QRS?, ¿están ensanchados?

• Paso 6: determinar el origen de la arritmia, ¿es sinusal, auricular, nodal o ventricular?

• Paso 7: identificar la arritmia.

• Paso 8: valorar el significado de la arritmia. En nuestro caso, ¿se deriva o no al cardiólogo?

Contestar a esta última pregunta es, a veces, difícil y, ante la duda, es preferible consultar con el especialista. El objetivo de este trabajo no es definir cada arritmia, una por una, pero sí se comentan las arritmias más frecuentes en la consulta de pediatría o medicina general y, además, benignas que no precisan derivación al cardiólogo:

1. Arritmia respiratoria sinusal: es la arritmia más frecuente en pediatría y consiste en el cambio de la frecuencia cardiaca con la respiración, aumenta con la inspiración y disminuye con la espiración, siempre en ritmo sinusal. Es un fenómeno normal por los cambios del tono vagal en relación con la respiración, que disminuye en la inspiración (aumenta la frecuencia cardiaca) y aumenta en la espiración (disminuye la frecuencia cardiaca). Esta arritmia es benigna, no implica cardiopatía alguna.

2. Marcapasos auricular migratorio (errante): es una arritmia que alterna el marcapaso normal del nódulo sinoauricular, con un marcapaso ectópico en las aurículas. En el ECG se aprecian ondas P variables en una misma derivación, varía su morfología, dirección, así como el intervalo PR (será más corto cuanto mas inferior sea el marcapaso auricular). Los complejos QRS son normales. Es una arritmia sin significado patológico y no requiere tratamiento en niños sanos sin cardiopatía.

3. Extrasístoles supraventriculares: es una contracción prematura que se produce antes del siguiente latido normal, con origen en las aurículas (onda P anormal, su eje y el intervalo PR dependen de su origen) o en el nodo AV (onda P ausente o retrógrada tras el QRS), el complejo QRS es normal, estrecho y la pausa compensadora es incompleta (la longitud de dos ciclos incluyendo el de la extrasístole es menor que la suma de dos ciclos sinusales normales). Las extrasístoles supraventriculares son frecuentes en niños sanos, sobre todo en recién nacidos; no tienen repercusión clínica y no precisan tratamiento.

El diagnóstico diferencial se debe realizar con las extrasístoles ventriculares, que también son una contracción prematura, pero originada en los ventrículos; el QRS es ancho y atípico, su morfología depende de su origen (si el origen es en el ventrículo izquierdo, el QRS ancho tiene morfología de bloqueo de rama derecha; mientras que, si se origina en el ventrículo derecho, el QRS tiene imagen de bloqueo de rama izquierda), la pausa compensadora es completa y la onda T tiene el eje invertido al del QRS.

Las extrasístoles ventriculares aisladas y que desaparecen con el ejercicio suelen ser benignas. Sin embargo, las extrasístoles ventriculares deben tenerse en consideración y derivar al cardiólogo si:

1. Son frecuentes, sobre todo agrupadas en parejas (bigeminismo).

2. Son multifocales (diferentes morfologías del QRS).

3. Aumentan con el ejercicio.

4. Existe antecedente personal de cardiopatía congénita o adquirida.

5. Existe antecedente familiar de síncope o muerte súbita.

Bibliografía

1. Van Hare GF, Dubin AM. The Normal Electrocardiogram. En: Allen HD, Gutgesell HP, Clarck EB, Driscoll DJ, editores. Moss and Adams´Heart Disease in Infants, Children, and Adolescents, including the Fetus and Young Adult. 6th ed. Philadelphia: Lippincott Williams Wilkins; 2001; p. 582-99.

2. Daniels CJ, Allen HD, Fontana ME. Adolescent and young adult cardiology. En: Allen HD, Gutgesell HP, Clarck EB, Driscoll DJ, editores. Moss and Adams´Heart Disease in Infants, Children, and Adolescents, including the Fetus and Young Adult. 6th ed. Philadelphia: Lippincott Williams Wilkins; 2001. p. 425-42.

3. Huszar RJ. El electrocardiograma: conceptos básicos y estudio de las derivaciones. En: Huszar RJ, editor. Arritmias: principios, interpretación y tratamiento. 3ª ed. Madrid: Mosby; 2005. p. 21-33.

4. Park MK. Electrocardiography I. En: Park MK, editor. Pediatric Cardiology for Practitioners. 3ª ed. St. Louis: Mosby; 1996. p. 34-51.

5. Hampton JR, Adlam D. ECG en la para práctica. 5ª ed. Barcelona: Elsevier España; 2009.

6. Ortigado A. Aspectos básicos del ECG. En: Muñoz MT, Hidalgo MI, Clemente J, editores. Pediatría Extrahospitalaria, fundamentos clínicos para Atención Primaria. 4ª ed. Madrid: Ergon; 2008. p. 539-44.

7. Huszar RJ. Interpretación del ECG: determinación de las arritmias. En: Huszar RJ, editor. Arritmias: principios, interpretación y tratamiento. 3ª ed. Madrid: Mosby; 2005. p. 70-97.

8. Kaltman J, Shah M. Evaluation of the child with an arrhytmia. Pediatr Clin North Am. 2004; 51(6): 1537-51.

9. Mivelaz Y, Bernardo S, Pruvot E, Meijoboom EJ, Sekarski N. Brugada síndrome in childhood: a potential fatal arrhytmia not always recognised by paediatricians. A case report and review of the literature. Eur J Pediatr. 2006; 165(8): 507-11.

 

Auscultación cardiaca

Regreso a las bases

 

R. Tamariz-Martel Moreno

Médico adjunto. Cardiología Pediátrica. Servicio de Pediatría. Hospital Universitário Príncipe de Asturias. Alcalá de Henares, Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(8): 656.e1-656.e5


Auscultación cardiaca

 

Introducción. Práctica de la auscultación cardiaca

La auscultación cardiaca es parte importante de la exploración del paciente pediátrico, ya que es en esta edad cuando se diagnostican la mayor parte de las enfermedades cardiovasculares congénitas. Su práctica requiere de un adiestramiento específico y ha de ser realizada regularmente.

Su origen se remonta a principios del siglo XIX, cuando el doctor René Laënnec desarrolló los primeros estetoscopios, desarrollándose posteriormente gracias al médico checo Joseph Skoda, quien describió, por primera vez los sonidos y soplos cardiacos. Éste determinó la localización de los mismos y definió los signos de la auscultación que permitían el diagnóstico de la patología cardiaca a través de la auscultación(1).

Ha de hacerse en las condiciones más favorables posibles, con el paciente en reposo y tranquilo. El estetoscopio ha de ser adecuado al tamaño del niño y estar en buenas condiciones de uso.

Hemos de realizarla de forma sistemática, escuchando cada uno de los ruidos y relacionándolos con las distintas fases del ciclo cardiaco, poniendo el fonendo en cada uno de los focos, usando tanto la membrana para detectar los ruidos de alta frecuencia, como la campana, para los de baja frecuencia. También, es importante valorar los cambios de dichos ruidos al modificar la postura del paciente, pasando del decúbito, a la sedestación y a la bipedestación(2,3).

Recordar que no es una exploración aislada y que es complementaria al examen general del paciente, la palpación de los pulsos a distintos niveles, la inspección y palpación torácica, la auscultación pulmonar y la exploración del abdomen del niño.

El ciclo cardiaco

Para entender qué es lo que estamos escuchando, y si esto es normal o patológico, es importante conocer las distintas fases del ciclo cardiaco y los eventos que en éstas ocurren. A modo de recordatorio, vamos a hacer un breve repaso de dichas fases(2,4) (Fig. 1).

 

Figura 1.

Figura 1.

 

El ciclo cardiaco se inicia con la sístole: al inicio de la misma hay un breve periodo conocido como contracción isovolumétrica, durante el cual la presión intraventricular aumenta rápidamente hasta que sobrepasa la presión arterial, produciéndose la apertura de las válvulas semilunares e iniciándose la fase de eyección ventricular. En ésta, la sangre es eyectada hacia la aorta y la arteria pulmonar. Al final de esta fase las válvulas semilunares se cierran, y se inicia la primera fase de la diástole, conocida como de relajación isovolumétrica, que finaliza con la apertura de las válvulas auriculoventriculares, produciéndose el llenado ventricular en dos fases, una inicial, de llenado pasivo, y otra, ya al final de la diástole, de llenado activo por la contracción auricular.

Ruidos cardiacos (Fig. 2)

 

Figura 2.

Figura 2.

 

Primer ruido cardiaco (R1)

Se produce por el cierre de las válvulas auriculoventriculares (mitral y tricúspide) al principio de la contracción ventricular isovolumétrica, cuando la presión de los ventrículos aumenta por encima de la de las aurículas y fuerza el cierre de dichas válvulas. Aunque el cierre de la mitral es más precoz que el de la tricúspide, se suele percibir como un sonido único, aunque podemos oírlo ligeramente desdoblado con frecuencias cardiacas bajas.

Se ausculta mejor en el área mitral y tricuspidea. Su intensidad está aumentada en situaciones de difi cultad absoluta o relativa de paso del flujo a través de los orifi cios auriculoventriculares, como en la estenosis tricuspídea o mitral, los cortocircuitos izquierda a derecha o los estados circulatorios hipercinéticos.

Segundo ruido cardiaco (R2)

Se produce por el cierre de las válvulas semilunares, aórtica y pulmonar, al final de la eyección ventricular, cuando la presión en los ventrículos desciende por debajo de la presión arterial. Normalmente, se aprecian dos componentes: uno más precoz e intenso, correspondiente al cierre aórtico, y un segundo, más tenue, correspondiente al cierre pulmonar. Se oye mejor en borde esternal izquierdo y foco pulmonar, donde es fácil distinguir el desdoblamiento fisiológico debido a sus dos componentes, que es variable y se modifica durante el ciclo respiratorio, separándose al final de la inspiración y acercándose durante la espiración.

El desdoblamiento fijo del segundo tono, es decir, la no modificación del desdoblamiento del mismo en las distintas fases de la respiración, es característico de las comunicaciones interauriculares. El segundo tono único se da en cardiopatías con atresia o cierre amortiguado de una de las dos válvulas semilunares (atresia pulmonar, tetralogía de Fallot, truncus arterioso, estenosis o atresia aórtica). La acentuación del segundo tono es característica de la hipertensión, tanto pulmonar como sistémica.

El periodo de tiempo comprendido entre el R1 y el R2 es por tanto, la sístole y es más corto que el tiempo comprendido entre el R2 y el siguiente R1, que es la diástole. Esta diferencia se hace menos evidente a frecuencias cardiacas elevadas. En el caso de que se haga difícil distinguirlos, puede servir de ayuda palpar a la vez un pulso arterial central (carotídeo, axilar o femoral). El R1 se produce a la vez que el inicio de la elevación del pulso.

Tercer ruido cardiaco (R3)

Se produce inmediatamente después del R2, durante llenado ventricular rápido. Se puede oír en niños y adultos jó-venes sanos.También en pacientes con ventrículos dilatados y situaciones en las que el llenado ventricular rápido aumenta, como cortocircuitos grandes, insuficiencia cardiaca congestiva, insuficiencia tricuspídea o miocardiopatías. Se ausculta mejor en el ápex o en borde esternal izquierdo bajo, con la campana.

Cuarto ruido cardiaco (R4)

Aparece en la diástole ventricular, justo antes del R1, coincidiendo con la sístole auricular. Es siempre patológico. Se ausculta mejor en el ápex, con la campana y traduce situaciones de baja distensibilidad ventricular.

Otros ruidos accesorios

Ritmo de galope: se caracteriza por la audición de un R3 y R4, generalmente acompañados de taquicardia y otros signos de insuficiencia cardiaca. Se produce por el llenado brusco de un ventrículo insuficiente. Cuando la frecuencia cardiaca es muy elevada, pueden llegarse a fusionar ambos extratonos, dando lugar al llamado “galope de sumación”.

Chasquido de apertura: ruido diastólico, de origen mitral o tricuspídeo, audibles en sus focos correspondientes, en el momento de inicio de llenado ventricular.Traduce situaciones de estenosis valvular.

Click sistólico de eyección: se oye cercano al R1. Aparece en la estenosis de las válvulas semilunares y cuando hay dilatación de los grandes vasos (hipertensión arterial o truncus).

Chasquido mesosistólico: característico del prolapso de la válvula mitral.

Roce pericárdico: originado por el contacto del pericardio visceral con el parietal, cuando ambos están infl amados. Se dice que el sonido es similar al que se produce cuando se rasca o araña cuero. Puede ser sistólico, diastólico o continuo, se escucha mejor con el diafragma, con el paciente sentado e inclinado hacia delante. Es sugestivo de pericarditis, y desaparece cuando la cuantía del derrame pericárdico es moderada o severa.

Soplos cardiacos

Los soplos cardiacos son ondas sonoras turbulentas audibles, producidas en el corazón y en los grandes vasos. Son muy frecuentes en los pacientes pediátricos y suponen la causa más frecuente de derivación a las consultas de Cardiología Pediátrica(2,3,5). La mayoría son inocentes o funcionales, es decir, son producidos en corazones sanos. Para definir si son inocentes o patológicos, hemos de aprender a caracterizarlos adecuadamente. En el estudio de un soplo cardiaco hemos de evaluar las siguientes características:

Localización en el ciclo cardiaco: según su posición relativa en el ciclo cardiaco y su relación con los ruidos cardiacos, hablaremos de soplos sistólicos, diastólicos y continuos.

Intensidad sonora o grado: los soplos se gradúan según una escala numérica descrita por Levine en 1933 que se describe a continuación. Cuando se refiere por escrito se suele consignar en forma de fracción (1/6, 2/6, 3/6…).

Recordemos que la intensidad del soplo no se correlaciona con la gravedad de la lesión.

Grado 1: audible solo con gran concentración y en circunstancias favorables.

Grado 2: débil, pero audible con facilidad.

Grado 3: fácil de oír, de intensidad intermedia.

Grado 4: fácilmente audible y acompañado de un thrill o frémito (vibración palpable en la pared torácica).

Grado 5: muy intenso, acompañado de frémito y audible con solo el borde del estetoscopio sobre la pared torácica.

Grado 6: audible sin necesidad de apoyar el estetoscopio.

Localización en el tórax: hemos de determinar tanto el punto de máxima intensidad del soplo, referido a los focos clásicos de auscultación (Fig. 3) como el área de irradiación del mismo hacia otras zonas del tórax. Los soplos que tienen su origen en la arteria pulmonar se suelen irradiar a la espalda; los aórticos, al cuello.

 

Figura 3.

Figura 3.

 

Duración y morfología: largos, cortos, al inicio de una fase del ciclo cardiaco o al fi nal de la misma… Romboidales o eyectivos, rectangulares…

Timbre: característica determinada por la presencia de armónicos o sobretonos: musicales, rudos, piantes…

Tipos de soplos según su localización en el ciclo cardiaco (Fig. 4)

 

Figura 4.

Figura 4.

 

Soplos sistólicos

Comienzan con o después del R1 y terminan antes del R2:

Pansistólico: se inician de forma brusca con el R1, y continúan con la misma intensidad hasta R2. Se representan gráficamente como rectangulares. Característicos de insuficiencias de las válvulas auriculoventriculares y de la mayoría de las comunicaciones interventriculares.

Eyectivos: son soplos cuya intensidad aumenta progresivamente para luego disminuir (crescendo-decrescendo). Se representan gráficamente de forma romboidal. Característicos de las estenosis de las válvulas semilunares o de los tractos de salida ventriculares.

Soplos protosistólicos (inicio de la sístole): se inician de forma abrupta con el primer ruido cardiaco para disminuir gradualmente de intensidad y desaparecer antes del segundo ruido. Se detectan casi exclusivamente cuando existen comunicaciones interventriculares pequeñas.

Soplos mesosistólicos (sístole media) o telesistólicos (final de la sístole): se asocian con chasquidos mesosistólicos producidos por el prolapso e insuficiencia de la válvula mitral.

Soplos diastólicos

Audibles durante la diástole, desde el cierre de las válvulas sigmoideas (R2) hasta el cierre de las auriculoventriculares (R1). Entre ellos se pueden distinguir:

Soplos protodiastólicos: son cortos, de intensidad decreciente. Producidos por insuficiencia de las válvulas aórtica o pulmonar.

Soplos mesodiastólicos: de morfología romboidal, se originan por el aumento de flujo a través de una válvula mitral o tricuspídea normales.

Soplos telediastólicos: son de intensidad creciente, y se auscultan en las estenosis de las válvulas auriculoventriculares, coincidiendo con la contracción auricular.

Soplos continuos

No están confinados a la sístole o a la diástole. Se producen cuando existen comunicaciones entre vasos arteriales y venosos.

Soplos inocentes

Un soplo inocente es aquel que se produce en ausencia de patología cardiaca, anatómica o funcional(2-4,6,7). Por tanto, se producen siempre en pacientes asintomáticos y las pruebas complementarias que se les realizan son normales. Son muy frecuentes en la infancia, considerándose que más de la mitad de los niños en edad escolar tienen o han tenido un soplo inocente.

Es importante conocer los distintos tipos de soplos inocentes y sus características auscultatorias para identificarlos y distinguirlos de los soplos patológicos.

Como características generales, podemos decir que:

• Pueden ser sistólicos, lo más frecuente, o continuos, pero nunca diastólicos.

• Son de bajo grado de intensidad, de grado 1 a 3, pero nunca superior, es decir, no se acompañan de thrill o frémito.

• Raramente se irradian a ciertas zonas, como la espalda, el cuello o las axilas.

En la tabla I, se pasan a describir las principales características de los distintos soplos inocentes(2-7).

 

 

Páginas de auscultación en la web

http://solutions.3m.com/wps/portal/3M/en_US/Littmann/stethoscope/education/heart-lung-sounds/

http://www.cardiosource.org/Certified-Education/eLearning-and-Products/Heart-Songs-3.aspx

http://depts.washington.edu/physdx/heart/demo.html

http://filer.case.edu/dck3/heart/listen.html

http://www.wilkes.med.ucla.edu/Physiology.htm

http://www.hhmi.org/biointeractive/vlabs/cardiology/ content/dtg/ausc/ausc.html

http://www.blaufuss.org/

http://www.med.umich.edu/lrc/psb/heartsounds/index.htm

http://www.egeneralmedical.com/listohearmur.html

Bibliografía

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3. Pelech AN. Evaluation of the pediatric patient with a cardiac murmur. Pediatr Clin N Am. 1999; 46(2): 167-89.

4. Geggel RL, Fyler DC. History, Growth, Nutrition, Physical Examination and Routine Laboatory Tests. En: Keane: Nadas’ Pediatric Cardiology. 2nd ed. Saunders; 2006. p. 129-44.

5. Allen HD, Phillips JR, Chan DP. History and Phisical examination. En: Moss and Adams. Heart Disease in Infants, Children, and Adolescents: Including the Fetus and Young Adults. 7th edition. Lippincott Williams & Wilkins; 2008. p. 59-66.

6. Newburger JW,Alexander ME and Fulton DR. Innocent Murmurs, Syncope and Chest Pain. En Keane: Nadas’ Pediatric Cardiology. 2nd ed. Saunders; 2006. p. 357-71.

7. Frank JE, Jacobe KM. Evaluation and Management of Heart Murmurs in Children. Am Fam Physician. 2011; 84(7): 793-800.

 

Valoración radiológica de imágenes líticas óseas

Regreso a las bases

 

G. Albi Rodríguez

Profesor asociado del Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Facultativo especialista en Radiodiagnóstico del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(7): 565-573


Valoración radiológica de imágenes líticas óseas

 

Introducción

Existe una gran variedad de patología ósea que puede afectar al niño. Puede ser tumoral, infecciosa, inflamatoria o malformativa. A su vez, clínicamente, se pueden manifestar como dolor óseo, aparecer de forma incidental en estudios de imagen realizados por otro motivo, presentarse como una fractura patológica, encuadrarse en procesos sistémicos, etc.

Las alteraciones óseas en los estudios radiológicos se pueden identificar de múltiples formas. En el presente artículo, nos vamos a centrar en aquellas lesiones que aparecen como imágenes líticas, en la mayoría de los casos por patología tumoral o infecciosa. Vamos a estudiar cómo se debe interpretar la radiografía simple en la que aparecen, qué hallazgos radiológicos nos van a obligar a hacer un estudio más exhaustivo, o qué lesiones no será necesario que investiguemos. También, describiremos las lesiones óseas malignas más frecuentes en la infancia, sobre todo tumores primarios, sus formas de presentación y sus características radiológicas; así como otras lesiones óseas de interés.

La técnica de imagen inicial de elección para la valoración de la patología ósea es la radiografía simple, que nos va a permitir detectar la mayoría de lesiones y establecer un diagnóstico diferencial bastante preciso. En muchas ocasiones, va a ser el único procedimiento que realicemos. La resonancia magnética (RM) se emplea para caracterizar la lesión detectada mediante la radiología, determinar su extensión y la afectación de partes blandas, y dar información útil al traumatólogo de cara a la cirugía. La tomografía computarizada (TC) se reserva para los casos en los que se quiere estudiar la existencia de afectación cortical, reacción perióstica o guiar una biopsia percutánea.

Interpretación

Cuando se explora radiológicamente una estructura ósea es obligatorio obtener dos proyecciones ortogonales, esto es, perpendiculares entre sí, para no pasar por alto patología que puede quedar oculta con un solo plano. Debe estar centrada y bien colimada en la zona de interés, por lo que es fundamental aportar en los datos clínicos la mayor cantidad de información posible.

La radiografía debe estar correctamente realizada desde un punto de vista técnico, de calidad de imagen suficiente para hacer un diagnóstico con la menor dosis de radiación posible y seguir el principio ALARA(1).

Datos clínicos

Para la interpretación de una lesión ósea identificada en una radiografía es imprescindible tener en cuenta: la edad del paciente, la localización y características de la lesión en la imagen(2,3).

Otros datos que pueden orientar en el diagnóstico son la existencia de dolor, fiebre, antecedente neoplásico, analítica compatible con un proceso infeccioso, etc.

Edad (Fig. 1)

 

Figura 1. Esquema de la distribución por edades de las lesiones óseas benignas y malignas más frecuentes en menores de 40 años.

Figura 1. Esquema de la distribución por edades de las lesiones óseas benignas y malignas más frecuentes en menores de 40 años.

 

Es un dato fundamental para establecer un diagnóstico diferencial, la incidencia de muchas lesiones óseas varían con la edad. Existen lesiones exclusivas de la edad pediátrica, mientras que otras pueden aparecer tanto en niños como en adultos. Por ejemplo, el neuroblastoma metastásico es más frecuente en menores de 2 años; el osteosarcoma y el sarcoma de Ewing en menores de 30 años. El tumor de células gigantes no aparece en menores de 25 años, ya que ocurre cuando la fisis está cerrada. Entre la patología benigna que podemos ver en la edad pediátrica están: el granuloma eosinófilo, el quiste óseo aneurismático, el quiste óseo simple, el fibroma no osificante y el condroblastoma. Aunque también existe patología que puede presentarse a cualquier edad, como la displasia fibrosa o la osteomielitis(2-4).

El osteosarcoma y el sarcoma de Ewing son los tumores primarios malignos más frecuentes en la infancia, con un pico de incidencia entre los 10 y 25 años. Las metástasis óseas son infrecuentes en la edad pediátrica, a excepción, como se ha comentado anteriormente, del neuroblastoma metastásico(5).

Dolor

El dolor óseo en el niño es muy común y la causa suele ser obvia. Es necesario realizar una historia clínica y exploración física completa, no solo centrada en la zona del dolor, sino también se deben buscar síntomas y signos sistémicos. En determinadas ocasiones, se deberán hacer estudios de laboratorio y de imagen(6).

Cuando la causa del dolor no puede ser establecida por la historia clínica, la exploración física y la analítica, es preciso hacer un estudio de imagen de la zona afectada, inicialmente una radiografía simple. Tanto la patología maligna (osteosarcoma y sarcoma de Ewing) como benigna (osteomielitis, histiocitosis de células de Langerhans) pueden debutar como dolor óseo(7).

En algunos casos, como en el osteoma osteoide, el dolor presenta unas características especiales, ya que se produce, generalmente, por la noche y suele ceder con la ingesta de antiinflamatorios no esteroideos(3).

Otras lesiones son asintomáticas, como la displasia fibrosa, el encondroma, el fibroma no osificante y el quiste óseo solitario(3).

Valoración de la radiografía simple(3,4,8)

Lodwick, en la década de 1960, sistematizó la valoración de los tumores óseos, clasificó su morfología en función de la destrucción ósea, la reacción perióstica, la mineralización de la matriz tumoral y el tamaño y forma de la lesión(8).

Cuando se evalúa una patología ósea en la radiografía hay que estudiar:

• La cortical ósea, el periostio y las partes blandas.

• La densidad de la lesión: líticas, esclerosantes o mixtas; y la matriz tumoral.

• La localización y multiplicidad.

Cortical ósea

Adelgazamiento cortical: festoneado endostal (como en el encondroma), agujeros intracorticales o reabsorción subperióstica.

Engrosamiento cortical: en algunos casos, como en el osteoma osteoide o en la fractura de estrés, se produce una esclerosis reactiva perilesional.

Fractura: se identifica una línea radiolucente sin esclerosis de sus márgenes.

Expansión cortical: en las lesiones de crecimiento lento y continuo se produce una erosión endóstica progresiva con formación de hueso perióstico, lo que simula un “abombamiento” cortical. En las lesiones de crecimiento más rápido no da tiempo a la formación del neocórtex, por lo que su margen periférico es tan fino que no se identifica en la radiografía.

Destrucción cortical: este signo se identifica en tumores malignos y en la osteomielitis, y se presenta de dos formas: agujero cortical, agujero de tamaño significativo con bordes irregulares; permeación cortical, la lesión atraviesa la cortical por múltiples perforaciones.

Periostio

Es una fina membrana que recubre la cortical del hueso que, cuando se ve agredida, reacciona formando hueso de distintas morfologías (Fig. 2):

 

Figura 2. Esquema de los diferentes tipos de reacciones periósticas.

Figura 2. Esquema de los diferentes tipos de reacciones periósticas.

 

• Reacción perióstica sólida continua. Se aprecia una capa continua de hueso nuevo. Puede ser delgada (1-2 mm), gruesa (ondulante o elíptica densa) o en contrafuerte. Suele ser en procesos de evolución lenta, generalmente benignos, como el osteoma osteoide (reacción perióstica elíptica densa).

• Reacción perióstica discontinua. Se da en lesiones agresivas, tanto benignas (osteomielitis, granuloma eosinófilo, fracturas) como malignas (sarcoma de Ewing, osteosarcoma). Pueden ser “en capas de cebollas”, varias capas alternativas concéntricas radiotransparentes y radiopacas, en lesiones de crecimiento cíclico, como el sarcoma de Ewing. Espiculada, son espículas perpendiculares a la cortical como resultado de un crecimiento tumoral progresivo, en “patrón en sol naciente” (osteosarcoma) o “patrón en cepillo” (sarcoma de Ewing). Triángulo de Codman, el tumor destruye la cortical mediante un agujero y en su crecimiento los restos periósticos forman una estructura triangular en los bordes, aparece en lesiones de crecimiento rápido, como el osteosarcoma.

Partes blandas

La radiografía no permite valorar correctamente los tejidos blandos, ya que las estructuras musculares, tendinosas, vasculonerviosas o masas tumorales no calcificadas se identifican como densidad agua, indistinguibles entre sí. El desplazamiento u obliteración de las líneas grasas nos pueden poner sobre la pista de la existencia de una masa de partes blandas asociada a la lesión ósea.

Cuando nos encontramos una masa de partes blandas con afectación ósea, puede ser difícil determinar su origen, una ayuda es el epicentro de la lesión (fuera o dentro del hueso), la angulación de los bordes del agujero cortical (hacia fuera o hacia dentro del hueso) y la presencia de reacción perióstica en las lesiones óseas. Esta disyuntiva puede darse en lesiones agresivas, como en varios tipos de tumores malignos o en la osteomielitis.

Densidad de la lesión(3,8)

Pueden ser osteolíticas o esclerosas.

Cuando estudiamos una lesión lítica tenemos que introducir un concepto nuevo, el de zona de transición, la interfase entre el hueso sano y la lesión. En aquellas de crecimiento lento, el hueso es capaz de reaccionar rodeándolas, por lo que tienen bordes bien definidos (zona de transición estrecha entre la lesión y el hueso). En las de crecimiento rápido, al hueso sano no le da tiempo a formar una reacción frente a la lesión, presentan bordes mal definidos (zona de transición amplia). Según este concepto, Lodwick describió tres patrones básicos:

Tipo I o patrón geográfico, área de destrucción completa del hueso con pérdida focal de la estructura y densidad óseas. Pueden ser con zona de transición estrecha (Tabla I) o amplia, y dependiendo de sus bordes se subdivide en:

 

 

– Tipo IA, bordes bien definidos escleróticos (zona de transición estrecha), generalmente benigna y de crecimiento lento.

– Tipo IB, bordes bien definidos no escleróticos (zona de transición estrecha).

– Tipo IC, bordes mal definidos (zona de transición amplia), orienta a lesiones agresivas, como el osteosarcoma o el sarcoma de Ewing.

Tipo II o patrón apolillado, aparecen múltiples aéreas de destrucción ósea, de tamaño variable (2-5 mm), en lesiones de rápido crecimiento con una zona de transición amplia. Sugestivo de tumores malignos, aunque la osteomielitis o el granuloma eosinófilo pueden presentarse con este patrón.

Tipo III o patrón permeativo, con múltiples áreas líticas de pequeño tamaño (menores de 2 mm), redondeadas, con una gran zona de transición, mal delimitada y con un margen casi imperceptible con el hueso sano. Un ejemplo de este patrón es el sarcoma de Ewing.

Las lesiones escleróticas siempre tienen una zona de transición estrecha independientemente de su agresividad, ejemplo de este tipo son el osteoma osteoide y el osteocondroma (exóstosis), o el osteosarcoma de tipo escleroso.

El patrón mixto, lítico-esclerótico, puede verse en la evolución de lesiones líticas benignas, como el fibroma no osificante, que llega a regresar espontáneamente. Durante la reparación de una fractura aparece un área de densidad mixta que evoluciona a un callo radiodenso, generalmente existe un antecedente traumático.

Matriz tumoral(3,8)

Ciertos tumores producen una sustancia extracelular mineralizada que se conoce como matriz, y que en algunos casos tiene una apariencia característica en la radiografía, de mucha utilidad para orientar el tipo histológico del tumor primario.

Matriz osteoide: formación densa y amorfa de osteoide, con forma de calcificaciones algodonosas o de nubes, como en el osteosarcoma.

Matriz cartilaginosa: son calcificaciones puntiformes, irregulares (en racimos o en palomitas de maíz) o curvilíneas (forma de comas, arcos o anillos). Patrón visualizado en tumores cartilaginosos como el encondroma o el osteocondroma.

Matriz fibrosa: se identifica en la radiografía simple como un aumento uniforme de densidad, con un aspecto en vidrio deslustrado, y aparece en lesiones como la displasia fibrosa.

Matriz grasa: es muy difícil de detectar mediante la radiología simple, para ello se requiere una TC. Se visualiza en el lipoma intraóseo.

Trabeculación(3)

En algunas lesiones se pueden identificar imágenes lineales densas en su interior, como en el quiste óseo aneurismático (trabéculas finas horizontales) o en el osteosarcoma telangiectásico.

Localización y multiplicidad(3,5,8)

Hay que valorar la distribución en el esqueleto, la localización en el hueso y si existe la posibilidad de encontrarnos varias lesiones en diferentes huesos.

En cuanto a la distribución de la patología ósea en la infancia, los tumores y las infecciones predominan en los huesos largos, alrededor de las rodillas y en el húmero proximal. Los tumores cartilaginosos en las manos y en los pies suelen ser benignos. El cordoma aparece en el clivus o el sacro. En la columna vertebral, los tumores malignos suelen presentarse en los cuerpos vertebrales; mientras que, los benignos lo hacen en los elementos posteriores, como el quiste óseo aneurismático o el osteoblastoma.

Un dato importante en el diagnóstico diferencial es la localización dentro del hueso (Tabla II), ya que refleja el sitio de mayor actividad celular. En la adolescencia, las zonas de mayor actividad son las metáfisis alrededor de la rodilla y en el húmero proximal; el osteosarcoma suele ser metafisario o metafisodiafisario, mientras que el sarcoma de Ewing es típicamente diafisario, aunque también puede originarse en la metáfisis. Otros tumores diafisarios son los originados en la médula ósea, como la leucemia, los linfomas, los neuroblastomas y los granulomas eosinófilos. Aunque hay que recordar que la patología tumoral que se desarrolla a partir de células de la médula ósea puede ocurrir a lo largo de todo el hueso. Las lesiones epifisarias en el niño son limitadas, podemos encontrarnos condroblastomas, abscesos (piógenos o tuberculosos) y, menos frecuentemente, osteomas osteoides, encondromas y granulomas eosinófilos.

 

 

La localización en el plano transversal también es de gran utilidad, pueden ser medular central, medular excéntrico, cortical o paraostal/yuxtacortical. Para determinar este hallazgo es fundamental, como se ha comentado anteriormente, realizar las exploraciones radiológicas en dos proyecciones ortogonales. También son de gran importancia la RM y la TC. Como ejemplos:

• Medular central: quiste óseo simple, displasia fibrosa, sarcoma de Ewing.

• Medular excéntrico: quiste óseo aneurismático.

• Cortical: osteoma osteoide, fibroma no osificante.

• Paraostal/yuxtacortical: osteocondroma, osteosarcoma paraostal.

Hay que tener en cuenta que lesiones que típicamente son excéntricas pueden aparecer centralmente cuando alcanzan un gran tamaño o el hueso afectado es de pequeño calibre.

Algunas lesiones tumorales, como los osteocondromas o la histiocitosis de células de Langerhans, pueden desarrollarse en varios huesos simultáneamente. También ocurre en la leucemia, el neuroblastoma metastásico o en la osteomielitis crónica recurrente multifocal.

Datos radiológicos de benignidad vs. malignidad(2,3)

La radiología simple en muchas ocasiones nos va a permitir determinar qué lesiones hay que ignorar o cuáles deben ser biopsiadas o tratadas, ya sea por sospecha de malignidad o por riesgo de producirse una fractura patológica.

En el estudio de las lesiones óseas no debemos emplear, en general, los términos de benignidad o malignidad, sino que debemos determinar la agresividad de la lesión. Como hemos comentado anteriormente, existen lesiones benignas, como la osteomielitis, que comparten características radiológicas de agresividad con la patología tumoral maligna.

A modo de resumen, las características radiológicas de baja agresividad son:

• Bordes bien definidos o esclerosos.

• Zona de transición estrecha.

• Ausencia de reacción perióstica o reacción perióstica sólida continua.

En contra, datos de agresividad son:

• Los bordes mal definidos de la lesión (tipo IC).

• Los patrones apolillado o permeativo.

• La destrucción cortical.

• La reacción perióstica discontinua (en capas de cebolla, espiculada o el triángulo de Codman).

• La presencia de masa de partes blandas.

Patología específica

Osteosarcoma(9,10)

Es el tumor óseo primario más frecuente en la infancia, sobre todo durante la pubertad, cuando ocurre un rápido crecimiento.

Histológicamente se trata de una neoplasia compuesta por células madre mesenquimales productoras de osteoide o hueso inmaduro. Se pueden clasificar de varias maneras, por la existencia de una enfermedad ósea previa, por el tipo histológico, o por la localización en el hueso. Así, el osteosarcoma clásico o convencional se origina del centro medular del hueso, mientras que los periostal y paraostal o yuxtacortical se producen en la superficie ósea. En este artículo nos vamos a referir, sobre todo, al osteosarcoma convencional, clásico o central.

Osteosarcoma convencional, clásico o central (Figs. 3-5):

 

Figura 3. Radiografía de la rodilla derecha en la que se aprecia un osteosarcoma clásico situado en la metáfisis proximal de la tibia.

Figura 3. Radiografía de la rodilla derecha en la que se aprecia un osteosarcoma clásico situado en la metáfisis proximal de la tibia. Se observa una lesión lítica con formación de matriz tumoral en su interior (calcificaciones mal definidas), con destrucción cortical y con un pequeño componente de partes blandas (flecha).

Figura 4. Osteosarcoma en la metáfisis proximal del fémur, con una masa de partes blandas (flecha gruesa) y matriz tumoral (flecha fina).

Figura 4. Osteosarcoma en la metáfisis proximal del fémur, con una masa de partes blandas (flecha gruesa) y matriz tumoral (flecha fina).

Figura 5. Osteosarcoma en la metáfisis proximal del fémur (flecha gruesa)

Figura 5. Osteosarcoma en la metáfisis proximal del fémur (flecha gruesa); lesión con signos de agresividad, destrucción cortical y reacción perióstica laminada discontinua tipo “triángulo de Codman” (flecha fina).

 

Edad: ocurre, fundamentalmente, en la 2ª-3ª década de la vida.

Género: más frecuentemente, en varones.

Clínica: dolor, tumefacción, limitación a la movilidad, calor y fiebre.

Localización: en metáfisis de los huesos largos (80%), fémur, tibia y húmero. El 50-75% de los casos en huesos de la rodilla. Menos frecuente en la diáfisis y excepcionales en la epífisis. La afectación rara de la columna suele ser en los cuerpos vertebrales.

Hallazgos radiológicos: lo habitual es un patrón mixto de osteólisis y osteoesclerosis. Aparece una lesión lítica agresiva metafisaria intramedular, mal definida, con rotura cortical y una gran masa de partes blandas. Formación de matriz ósea en forma de focos de esclerosis. Con reacciones periósticas agresivas, como el triángulo de Codman o el espiculado en “sol naciente”. Pueden extenderse a epífisis y a diáfisis.

Osteosarcoma telangiectásico. Se trata de un tipo histológico especial, con unas peculiaridades en la imagen, ya que presentan unas cavidades quísticas llenas de sangre.

Como en el osteosarcoma convencional, asienta en las metáfisis de los huesos tubulares, más frecuentemente en el fémur.

Se visualiza como una lesión lítica, expansiva, grande, sin formación de hueso perióstico, con masa de partes blandas. En la RM se pueden identificar unas cavidades quísticas con niveles líquido-líquido, parecidas a las que se aprecian en el quiste óseo aneurismático.

El osteosarcoma plantea el diagnóstico diferencial con el sarcoma de Ewing, lo fundamental es detectar los datos de agresividad de ambas entidades para no pasarlas por alto; y la osteomielitis.

Otras técnicas de imagen, como la TC y la RM, se utilizan para estudiar la extensión, la relación con estructuras neurovasculares vecinas y la respuesta al tratamiento, o realizar una biopsia guiada con TC.

Sarcoma de Ewing(7,9,10) (Figs. 6 y 7)

 

Figura 6. Lesión lítica permeativa en el radio

Figura 6. Lesión lítica permeativa en el radio, con destrucción cortical en forma de pequeños agujeros (punta de flecha), metafisodiafisaria distal, con una fractura asociada (flecha). Sarcoma de Ewing de localización poco habitual.

 

 

Figura 7. Radiografía lateral (A) y anteroposterior (B) del extremo distal de la pierna derecha

Figura 7. Radiografía lateral (A) y anteroposterior (B) del extremo distal de la pierna derecha, se aprecia una lesión ósea metafisoepifisaria tibial distal, con destrucción cortical (punta de flecha en A y B), reacción perióstica sólida lisa (flecha en B) pero con un gran componente de partes blandas (flecha en A), que se corresponde con un sarcoma de Ewing.

 

Es el segundo tumor óseo primario de la infancia. Es una neoplasia formada por células redondas, pequeñas y azules, originadas de células de la cresta neural.

Edad: el 95% de los casos ocurren entre los 5 y los 30 años.

Clínica: similar al osteosarcoma, con dolor, tumefacción, fiebre, pérdida de peso, anemia y leucocitosis.

Localización: característicamente, en huesos de la mitad inferior del cuerpo, en huesos largos de las extremidades inferiores, seguidos de la pelvis y columna. En orden de frecuencia: fémur, ilion, tibia, húmero, peroné y costillas. En los huesos tubulares es metafisodiafisario o diafisario. En la columna predomina la afectación sacra y de los cuerpos vertebrales. En el tórax asienta, fundamentalmente, en las costillas.

Hallazgos radiológicos: reflejan la agresividad de este tipo de neoplasia. Puede presentarse como una lesión lítica intramedular mal definida, con un patrón permeativo o apolillado, y con destrucción cortical; también como una lesión mixta lítica-esclerótica o predominantemente esclerótica. A menudo con reacción perióstica agresiva discontinua laminada en capas o espiculada en cepillo. Asocia gran masa de partes blandas. Al contrario que en el osteosarcoma, no es frecuente la formación de matriz tumoral.

La RM se emplea para determinar su extensión, tamaño y relaciones con las estructuras vecinas.

El diagnóstico diferencial se debe hacer con el osteosarcoma, el linfoma y con la osteomielitis.

Osteomielitis(7) (Figs. 8 y 9)

 

Figura 8. Radiografía anteroposterior (A) y lateral (B) del codo derecho

Figura 8. Radiografía anteroposterior (A) y lateral (B) del codo derecho, con una lesión lítica en el extremo distal del húmero, que presenta una importante reacción perióstica en capas (puntas de flechas), en relación con una osteomielitis que asocia una artritis de la articulación del codo (flechas).

 

 

Figura 9. Lesión lítica en la metáfisis distal del radio derecho (punta de flecha) con reacción perióstica en capas (flecha)

Figura 9. Lesión lítica en la metáfisis distal del radio derecho (punta de flecha) con reacción perióstica en capas (flecha), que se corresponde con una osteomielitis.

 

En los niños suele ser de origen hematógeno. Clínicamente, puede ser difícil de diagnosticar, en los niños pequeños se puede manifestar como cojera o dolor al movimiento pasivo, con fiebre, leucocitosis y proteína C reactiva (PCR) elevada, aunque en algunos casos puede ser normal. El hemocultivo es positivo solo en un 32-60% de los casos. El cultivo del aspirado del hueso afectado puede ser negativo en un 40-60%. El microorganismo más frecuente es el Staphylococcus aureus, seguido por el estreptococo beta hemolítico, el Streptococcus pneumoniae, la E. coli y la Pseudomona aeruginosa.

Puede ser aguda, subaguda o crónica. En un solo hueso o multifocal.

Suele afectar a las metáfisis de los huesos largos, sobre todo al fémur distal y a la tibia proximal, como el osteosarcoma.

En las primeras fases, la radiografía puede ser normal o sólo apreciarse edema en las partes blandas adyacentes a la metáfisis afectada. Se evidencia destrucción ósea y reacción perióstica a las 2-3 semanas. La destrucción suele ser de aspecto moteado, mal definida, con diferentes grados de pérdida cortical y, generalmente, en las metáfisis. Las reacciones periósticas pueden ser laminadas, en “capas de cebollas”, espiculadas o como un “triángulo de Codman”.

En la osteomielitis subaguda o crónica se puede formar un absceso de Brodie en la metáfisis, con un tamaño entre 1 y 4 cm. Radiológicamente, se visualiza como una lesión lítica redondeada u ovalada con esclerosis periférica, con una zona de transición estrecha y bien definida, al contrario de lo que ocurre en la osteomielitis aguda.

Histiocitosis de células de Langerhans(7,11,12)

Esta entidad se considera que puede manifestarse de tres formas distintas: el granuloma eosinófilo, la más leve, como lesiones óseas líticas únicas o múltiples, de curso benigno con un 100% de supervivencia con mínimo o ningún tratamiento; la enfermedad de Hand-Schüller-Christian, la más variada, crónica; y la enfermedad de Letterer-Siwe, aguda, que puede afectar a cualquier órgano y tiene peor pronóstico.

Las tres entidades tienen en común que, histológicamente, se encuentran células histiocíticas específicas (células de Langerhans) que contienen cuerpos citoplásmicos de inclusión.

El pico de incidencia es entre uno y cuatro años, aunque su presentación puede ser a cualquier edad.

El hueso es el órgano que más frecuentemente se afecta, y la mayoría de los casos se manifiestan como una lesión ósea solitaria, con predilección por los huesos planos, siendo la localización más frecuente el cráneo, seguida por la pelvis, la columna vertebral, la mandíbula y las costillas. Es la causa más frecuente de vértebra plana en la infancia. En un tercio de los casos se pueden afectar los huesos largos, sobre todo el fémur, el húmero y la tibia. En estos la localización más habitual es la diáfisis (58%) seguida por la metáfisis.

Los pacientes se presentan con edema y/o dolor que, inicialmente, solo es por la noche. La afectación vertebral puede tener un componente de partes blandas que, en ocasiones, puede dar síntomas neurológicos.

En cuanto a los estudios de imagen, la mejor técnica es la radiología simple; de hecho, cuando se sospecha o confirma esta entidad, es imprescindible realizar una serie ósea para descartar una afectación múltiple. La TC es muy útil para valorar las lesiones que afectan a los huesos planos, sobre todo la base del cráneo que, por su complejidad anatómica, es muy difícil de evaluar con radiología simple. La RM se utiliza para la evaluación de los huesos largos, el cráneo y el sistema nervioso central.

Los hallazgos radiológicos pueden variar dependiendo de la fase de la enfermedad. En la fase aguda, en el cráneo y en la pelvis aparecen como áreas líticas bien definidas sin esclerosis marginal. En los huesos largos se pueden presentar con rasgos de agresividad, como lesiones líticas con un patrón permeativo de márgenes mal definidos, similar al sarcoma de Ewing o a la osteomielitis. En ocasiones, el interior de la lesión puede tener un fragmento de hueso intacto conocido como secuestro, que lo diferencia de procesos malignos. Pueden evolucionar hacia la curación con bordes esclerosos bien definidos o progresar con un festoneado endostal, erosión cortical, reacción perióstica y masa de partes blandas. En la fase crónica, las lesiones son más definidas, con esclerosis reactiva alrededor, que puede ser un signo de curación y de buen pronóstico.

En el cráneo, las lesiones se suelen localizar en el díploe, son redondeadas u ovaladas con márgenes bien definidos, denominadas lesiones en sacabocados (Fig. 10). Cuando se afecta de forma desigual las tablas interna y externa dan un aspecto biselado. Cuando el secuestro aparece en el interior de una lesión craneal se le ha llamado “secuestro en botón”, que en niños también se puede dar en procesos infecciosos, quistes dermoides y epidermoides, necrosis por radiación y curación de un defecto quirúrgico. La reacción perióstica está ausente en lesiones que afectan a la bóveda craneal.

 

Figura 10. Lesión lítica en el díploe craneal (flecha)

Figura 10. Lesión lítica en el díploe craneal (flecha), bien definida, de bordes no esclerosos, en relación con histiocitosis de células de Langerhans.

 

Cuando asienta en la mandíbula o en el hueso maxilar, se produce una destrucción del hueso alveolar, y da una apariencia de “diente flotante”.

En la columna espinal existe una predilección por los cuerpos vertebrales torácicos, seguidos por los lumbares y cervicales. La afectación de los elementos posteriores es menos frecuente. Generalmente se manifiesta como una vértebra plana (Fig. 11) y, en ocasiones, como un acuñamiento anterior del cuerpo vertebral. En la TC y la RM se puede identificar el componente de partes blandas epidural que puede asociarse a estas lesiones. La recuperación total o parcial de la altura del cuerpo vertebral suele ser la tónica habitual en la curación de una vértebra plana, de modo que los déficit neurológicos generalmente se resuelven según se produce la curación ósea.

 

Figura 11. “Vértebra plana” (flecha)

Figura 11. “Vértebra plana” (flecha), como manifestación de una histiocitosis de células de Langerhans (granuloma eosinófilo).

 

Osteoma osteoide(10)

Es un tumor osteoblástico benigno, que aparece frecuentemente entre los 7 y los 25 años, generalmente en varones. Se manifiesta característicamente como dolor óseo nocturno que mejora con los salicilatos. Puede acompañarse de edema e inflamación de partes blandas.

El hueso que más se afecta es el fémur, seguido de la tibia, entre ambos suman el 50% del total de casos. Habitualmente, asienta en la diáfisis de los huesos largos, aunque puede extenderse a la metáfisis. Cuando aparece en las vértebras, suele ser en los elementos posteriores, sobre todo, en las lumbares.

Radiológicamente, se visualiza como una lesión lítica ovalada o redondeada rodeada por una zona de esclerosis. En los huesos largos aparece típicamente en la cortical ósea como un área radiolúcida de pequeño tamaño, habitualmente menor de un centímetro, con esclerosis y engrosamiento de la cortical que lo rodea. El “nidus” o lesión lítica puede ser uniformemente radiolucente o presentar calcificaciones en su interior, y suele localizarse en el centro de la zona esclerótica (Fig. 12). Se diferencia de las fracturas de estrés en que estas suelen ser lineales, y del osteoblastoma en que este generalmente es de mayor tamaño.

 

Figura 12. Radiografía anteroposterior (A) y lateral (B) de la rodilla derecha

Figura 12. Radiografía anteroposterior (A) y lateral (B) de la rodilla derecha, en la que se aprecia un osteoma osteoide en la metáfisis proximal de la tibia (flecha), como una lesión lítica cortical, menor de 1 cm, y con una pequeña calcificación en su interior (en B).

 

En los huesos del carpo, tarso o epífisis de los huesos largos, se localiza en el hueso esponjoso como una lesión bien delimitada, parcial o totalmente calcificada. Si aparece cuando un núcleo de osificación no está del todo desarrollado, puede producir una alteración en el crecimiento normal de la fisis.

En la columna vertebral suelen producir dolor intenso, por la noche y con los movimientos, a menudo acompañado de escoliosis. La lesión se localiza en el lado cóncavo de la curva. Se puede apreciar esclerosis de los pedículos, las láminas, los procesos articulares y, menos frecuentemente, de los procesos transversos o espinosos.

Como mejor se identifica el nidus es con la TC o la RM.

Fibroma no osificante y defecto fibroso cortical(10,13)

Son lesiones óseas frecuentes, histológicamente similares. Ambos términos se usan indistintamente, aunque el primero se aplica más correctamente a las lesiones mayores sintomáticas y, el segundo, a alteraciones más pequeñas y asintomáticas.

Pueden manifestarse como una fractura patológica o ser un hallazgo incidental en una radiografía simple.

Suelen aparecer como lesiones líticas en la cortical de la metáfisis de los huesos largos, fémur y tibia, fundamentalmente, a poca distancia de la fisis. Tienen una morfología ovalada o esférica, son bien definidas, sin reacción perióstica (Fig. 13). Las lesiones de mayor tamaño son más alargadas y de aspecto lobulado, pueden tener adelgazamiento o expansión cortical.

 

Figura 13. Lesión lítica cortical de borde escleroso y festoneado, en la metáfisis proximal del fémur izquierdo (flecha)

Figura 13. Lesión lítica cortical de borde escleroso y festoneado, en la metáfisis proximal del fémur izquierdo (flecha), compatible con un defecto fibroso cortical.

 

Por los hallazgos radiológicos específicos no es necesario hacer otros métodos de imagen. Y por su historia natural no se realiza ninguna medida terapéutica, ya que suele seguir una secuencia: inicialmente puede aumentar, luego migrar en dirección a la diáfisis, disminuir, desarrollar un borde esclerótico y, finalmente, desaparecer.

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13. Vanel D. The incidental skeletal lesion: ignore or explore? Cancer Imaging. 2009; 9: S38-43.

 

El duelo en la infancia y cómo dar malas noticias

Regreso a las bases

 

R. Martino Alba, C. del Rincón Fernández*

Pediatra. Coordinador de la Unidad de Cuidados Paliativos Pediátricos.
*Psicóloga de la Unidad de Cuidados Paliativos Pediátricos.
Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(6): 494.e1-494.e4


El duelo en la infancia y cómo dar malas noticias

 

El duelo

La muerte de un ser querido es considerada como el acontecimiento vital más estresante que puede afrontar el ser humano. El duelo es, en principio, un proceso normal que cumple una función adaptativa. Los niños pueden manifestar el duelo como un adulto, incluso desde los seis meses se pueden observar reacciones de duelo.

Definición de duelo

Duelo, del latín dolus (dolor), se refiere a la reacción de lástima, aflicción o sentimiento ante la pérdida de algo afectivamente importante para el doliente. El duelo es una reacción natural, normal y esperable tras una pérdida. No es una enfermedad ni sinónimo de sufrir una depresión, aunque las reacciones sean similares (pérdida de apetito, insomnio, tristeza…). El duelo es un proceso de adaptación psicológica. No requiere, en la mayoría de los casos, de intervenciones específicas, siempre que el doliente disponga de recursos adecuados, tanto internos como externos, para hacer frente a la pérdida.

Tras una reacción inicial emocionalmente intensa, se desarrolla un proceso de adaptación que culminará en la fase de restitución, cuando la persona en duelo puede volver a colocar sus emociones en la vida y en los vivos, y adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente. El proceso de duelo son las diferentes etapas o fases que, sin seguir un orden lineal, atraviesan los dolientes, ya que puede haber regresiones en la elaboración del duelo en fechas señaladas, o épocas de mayor estrés.

El proceso de duelo

Para aquellos pediatras que tengan que atender y acompañar a un niño ante el fallecimiento de un ser querido, les serán de utilidad las claves del profesor Worden sobre el asesoramiento psicológico en duelo que se utilizan en la actualidad. William Worden (1991)(1) se basó en los trabajos que realizaron Parkes (1970) y Bowlby (1993)(2) sobre el apego y la ansiedad de separación para desarrollar su teoría. Bowlby estudió las reacciones en la infancia de la pérdida temporal o permanente de sus figuras de apego. Los niños a partir de los cuatro o cinco años pueden manifestar el duelo por la pérdida de la figura parental como un adulto, incluso desde los seis meses se pueden observar reacciones de duelo. Aunque la tendencia del niño a vivir en el presente hace que su estado de ánimo sea cambiante y el tiempo que ocupan en recordarle es más corto, pues utilizan la negación como mecanismo de afrontamiento y suelen mantener la capacidad de disfrutar de situaciones agradables.

Worden plantea que, durante el proceso de duelo, el doliente, en este caso el niño, ha de llevar a cabo una serie de tareas que se van simultaneando entre ellas: a) aceptación de la pérdida; b) expresión emocional de la pérdida; c) adaptación al medio con ausencia de la persona querida: adquisición de habilidades nuevas; y d) recolocar emocionalmente al fallecido y continuar viviendo.

Manifestaciones de duelo en la infancia

En niños menores, las respuestas de duelo suelen ser más corporales, dificultades en la alimentación, el sueño… y en niños mayores ansiedad, problemas de conducta, de aprendizaje y, aunque los deseos de reunirse con su ser querido pueden ser frecuentes, no suelen acompañarse de intentos de suicidio. Las manifestaciones normales de duelo en los niños pueden ser (SECPAL, 2007)(3): conmoción y confusión, retraimiento social, ira e irritabilidad, alteraciones del sueño y/o alimentación, rechazo, tristeza y llanto, apatía, ansiedad, hiperactividad, culpa, problemas de conducta, falta de concentración, miedo escolar, miedo a la posible pérdida del padre no fallecido, a la propia muerte, regresión a etapas anteriores del desarrollo, protección a sus seres queridos, enuresis, dolor abdominal, accidentes (caídas…). Las manifestaciones del duelo en los adolescentes se asemejan a las de los adultos, aunque en los más jóvenes predomina el malestar fisiológico y en los mayores, el psicológico.

El objetivo en la atención al duelo en niños y adolescentes es el mismo que en los adultos, es decir, prevenir un duelo dificultoso. Es muy difícil determinar cuándo ha finalizado realmente un duelo, aunque se considera como momento clave aquel en que la persona es capaz de mirar hacia el pasado y recordar con afecto sereno (pena sin dolor) al fallecido y a la historia compartida. Si no es así, se habla de duelo complicado.

Predictores de riesgo de duelo complicado en la infancia

• Ambiente inestable con falta de figura responsable de los cuidados.

• Aislamiento en el proceso de información o participación en el cuidado del fallecido.

• Dependencia con el progenitor superviviente y forma inadecuada de reaccionar éste ante la pérdida.

• Sentimientos de abandono o soledad.

• Existencia de segundas nupcias y relación negativa con la nueva figura.

• Pérdida de la madre para niñas menores de 11 años y del padre en varones adolescentes.

• Falta de consistencia en la disciplina impuesta.

El duelo por la pérdida de un hermano ha sido menos estudiado y normalmente, por lo que refieren los padres, los síntomas que presentan sus otros hijos suelen coincidir con síntomas que se presentan ante otro tipo de pérdidas: ansiedad de separación, acercamiento a los padres, preocupación por la salud de miembros de la familia, trastornos del sueño, rabia, culpa, tristeza, problemas de relaciones sociales, síntomas psicosomáticos…

¿Cuándo consultar para el tratamiento del duelo?

Se debe buscar ayuda profesional cuando en su entorno no se asume dar la mala noticia o no se favorece la expresión emocional y si se encuentra aislado de sus seres queridos (accidentes, catástrofes…). También, si no mejoran los síntomas a partir de los dos meses del fallecimiento y si presenta negación prolongada de la pérdida. Si se revive intensamente el hecho traumático, muestra hipocondría, alteraciones psicosomáticas, deseos de venganza o síntomas depresivos intensos, también es necesario buscar ayuda profesional(4).

En principio, el duelo no requiere tratamiento psicofarmacológico, aunque puede ser útil como adyuvante del proceso de adaptación a la pérdida y está especialmente indicado el ajuste de la medicación si existen antecedentes psicopatológicos. Es conveniente pedir ayuda a un profesional si se da una presencia prolongada de alguno o varios de los siguientes problemas o señales de alerta:

• Síntomas de depresión, dificultades para dormir, pesadillas, baja autoestima, aislamiento social, rabietas frecuentes/prolongadas, apatía, insensibilidad.

• Fracaso escolar o indiferencia ante actividades extraescolares durante un periodo prolongado o no querer ir a la escuela.

• Deterioro de las relaciones familiares o con los amigos. Miedo a estar solo.

• Conductas de riesgo: abuso de alcohol y otras drogas, peleas.

• Negación del dolor y alardes de madurez o fortaleza.

• Comportamiento infantil durante un tiempo prolongado.

• Frecuentes dolores de cabeza, solos o acompañados de otras dolencias físicas.

• Imitación excesiva de la persona fallecida y expresiones repetidas del deseo de reencontrarse con él/ella.

¿Cómo puede ayudar el pediatra?

El fallecimiento de un familiar es la pérdida más dura para un niño y un adolescente. Muchas pérdidas secundarias pueden aparecer como consecuencia (económicas, alteración de la rutina diaria, menor apoyo emocional). La presencia de adultos estables y seguros que atiendan las necesidades y permitan hablar de la pérdida es muy importante para ayudar a que sobrelleve su pena(5). El pediatra puede ayudar a la familia a comprender esta presencia necesaria y fomentar la función protectora de la unidad familiar.

Desde el ámbito sanitario, podemos ayudar a que la familia minimice el impacto de la pérdida en el niño. Para ellos será muy difícil a nivel emocional informarle de la pérdida y el pediatra puede asesorarles para que se sientan más seguros y entiendan, al mismo tiempo, la importancia de que el menor esté informado, cuanto antes, de todo lo que ocurre en el ámbito familiar(6).

Además, es necesario incidir en que la persona que debe dar la mala noticia al menor de la pérdida debe ser alguien cercano a él, que dé seguridad y confianza, al que el profesional puede asesorar tanto en el contenido y en la respuesta emocional como en el lugar más apropiado para transmitir la información. Es necesario estar atento y, a su vez, atender a la forma de comunicación que se emplea; que sea serena, sin dramatismos, aunque se pueda manifestar preocupación o tristeza pero transmitiendo confianza y asegurándole que estará acompañado en este proceso. Dedicándoles tiempo, contacto físico y permitiéndoles la expresión emocional, transmitiendo información ajustada a su desarrollo cognitivo.

Ante reacciones de aflicción no complicadas, el interés del pediatra ayuda a estimular la sensación de bienestar del niño y su familia.

Cómo dar malas noticias

Para los profesionales de la salud, especialmente para el médico, resulta difícil transmitir información negativa. Definimos mala noticia como la información que altera de forma drástica la visión de futuro del informado. Cuando se transmite una mala noticia, ha de acompañarse de esperanza, pues se adquiere el compromiso de ayudar a asimilarla.

La bioética nos habla de la necesidad de autonomía de las personas, de poder ejercer el máximo control posible sobre sus procesos vitales y también de los efectos perjudiciales del paternalismo. Por todo ello, es necesario que los niños tengan el acceso a la información en la medida que lo deseen y de ello son responsables, al menos en gran medida, los profesionales de la salud.

Antes de sugerir algunas pautas en la comunicación con el niño, parece necesario entender cómo adquiere un niño los conceptos de enfermedad y muerte. El conocimiento de los niveles de desarrollo de los niños y sus percepciones sobre la muerte, pueden ayudar al profesional en la valoración y dirección del caso para asesorar a los padres.

Adquisición de conceptos de enfermedad y muerte

El concepto de muerte se define de forma multidimensional integrando la comprensión de tres conceptos fundamentales: universalidad, irreversibilidad y cesación de los procesos corporales. Los conceptos de Piaget del desarrollo cognitivo pueden ser aplicados en la adquisición del concepto de enfermedad unido al proceso de maduración biológico: hasta los 2 años el niño no tiene ningún concepto de muerte y lo fundamental del tratamiento es asegurar la comodidad física. A partir de 2 a 7 años, los niños conciben la muerte como un proceso reversible; es importante reducir al mínimo la ansiedad de separación y tratar los sentimientos de culpa. Entre 7 y 12 años, probablemente entiende la permanencia de muerte y puede sufrir por el miedo al abandono y los miedos de mutilación de cuerpo. El adolescente tiene el concepto de muerte como el adulto y, sobre todo, sufre por la pérdida de control sobre su cuerpo.

Comunicar versus informar

Dar malas noticias de un modo empático, directo y compasivo (compartir el dolor) puede mejorar la capacidad del paciente y su familia para adaptarse a su nueva situación y planificar su vida en función de objetivos realistas; puede apoyar al niño emocionalmente, al mismo tiempo que se estrechan los vínculos y la relación de confianza médico-paciente.

En la actualidad, se defiende la importancia de la comunicación con los pacientes sobre su enfermedad, pero existen pocas investigaciones que incluyan la perspectiva del niño. En el año 2007, se publicó un estudio(7) que trataba de identificar los aspectos de la comunicación de los médicos. Los niños y los padres identificaron cinco áreas de comunicación de los médicos que consideran muy relevantes e influyentes en la calidad de la atención: la construcción de la relación terapéutica, la demostración de esfuerzo y de la competencia profesional en su cuidado, el intercambio de información, la disponibilidad y adaptación del lenguaje al paciente y la participación de los padres.

Las características de los médicos que se consideraban dañinos en su relación con el paciente eran el tener una actitud irrespetuosa y arrogante, no establecer una relación de confianza con la familia, dar las malas noticias de forma insensible, retener información y el cambio de un tratamiento sin anticipación previa al paciente y la familia. Los padres necesitarán, en algunos casos, el asesoramiento del equipo que le atiende para evitar la sobreprotección y el ocultamiento de la información a sus hijos. Pueden sentir temor a ser culpados por transmitir información desagradable, o temor a perjudicar o provocar reacciones intensas que no podamos controlar, distanciamiento emocional… y valoran la competencia de los clínicos en la detección de las necesidades de comunicación entre la familia y los hijos, demandando formación en habilidades de comunicación para mejorar el cuidado.

Protocolo de la “Acogida” como modelo de comunicación de malas noticias

Varios expertos han elaborado guías de actuación para dar malas noticias. A continuación presentamos la propuesta de Arranz(8) adaptada de Buckman(9).

1. Preparación de la entrevista: se propone la realización de una entrevista interdisciplinar –médico, enfermera y psicólogo– con el paciente y aquellos allegados con los que él desee compartir lo que le sucede, una vez que se disponga de los datos necesarios. Se le explican los objetivos de la entrevista llamada la “Acogida”: tener un espacio y un tiempo para discutir lo que necesiten respecto a lo que le ocurre, el tratamiento y afrontamiento de la enfermedad.

2. Contexto temporo-espacial adecuado: asegurarse de tener un lugar en el que exista privacidad y no se den interrupciones. Disponibilidad de tiempo, en la medida de lo posible. Elección de un momento adecuado, tranquilo, considerando el estado emocional del paciente.

3. Explorar lo que sabe el paciente: una vez realizadas las presentaciones, se comienza la entrevista identificando lo que el niño conoce sobre su estado de salud: “¿qué crees que te sucede?”, “¿qué has entendido de lo que te han informado hasta ahora?”.

4. Identificar qué quiere saber el paciente: establecer lo que quiere y cuánto quiere saber el paciente. Existe una enorme variabilidad en la forma en que las personas quieren recibir información, en función de sus recursos internos y externos. Algunas personas prefieren delegar en algún familiar la información sobre la enfermedad, pero sí quieren tener información sobre el tratamiento o el ingreso hospitalario o sobre las implicaciones en su vida: “¿qué te gustaría saber sobre lo que te ocurre?”.

5. Compartir la información: una vez establecidas las bases de lo que sabe y de lo que quiere saber, el médico facilita la información de un modo empático y directo, sin incurrir en largos monólogos. Facilita un diálogo en el que el menor se encuentre cómodo y pueda realizar cuantas preguntas desee. Crea un ambiente de calma y ayuda que facilite la comunicación empática, habla y espera, escucha activamente y utiliza un lenguaje comprensible en los códigos que ha manifestado el paciente. Evaluando lo que se ha entendido. Respetando los silencios y no minimizando la seriedad de la situación, adecuando la cantidad y naturaleza de la información, respetando el tiempo de adaptación de cada persona. La información será fundamental para facilitar el afrontamiento de la situación clínica. Se informa sobre la enfermedad basándonos en su desarrollo cognitivo y su experiencia previa, los pasos de los tratamientos, las sensaciones que va a tener, los instrumentos y aparatos que verá así como las conductas que se esperan de él. La información correcta, clara, dosificada y adecuada sobre la hospitalización ayuda a atenuar el estrés y promueve expectativas más adecuadas.

6. Identificar, aceptar y responder a reacciones emocionales: el impacto emocional ante las malas noticias es normal que sea intenso. Las respuestas son muy variables: llanto, ansiedad, tristeza, miedo, culpa, negación, disociación, rabia… o gran parte de ellas mezcladas. Es importante dar tiempo a que los pacientes reaccionen, a pesar de que pueda resultar incómodo para los profesionales. Reconocer las propias emociones para poder hacerse cargo de las emociones de los pacientes, es un primer paso. Preguntar cómo se sienten y qué preocupaciones o temores emergen, ayuda a reconocer las propias emociones y abordarlas. Las reacciones emocionales son esperables, suelen ser conductas normales. Deben valorarse como procesos que facilitan la adaptación y vienen determinadas por la forma en que las personas perciben su situación. Facilitar la expresión emocional, manejar los tiempos de silencio para que puedan ir elaborando la situación y empatizar son fundamentales en este momento. Conviene que el sanitario conozca las posibles reacciones ante una mala noticia no esperada:

• Negación.

• Sorpresa, estupor, aturdimiento, bloqueo, pánico, shock emocional, pudiendo entrar en una crisis de ansiedad o quedar sumido en silencio y aturdimiento.

• Incredulidad, sentimientos de irrealidad como un sueño que no se puede creer.

• Sentimientos de soledad, culpa, impotencia, dolor y abandono.

7. Identificar preocupaciones: esta fase consiste, básicamente, en indagar acerca de sus preocupaciones. Con frecuencia, las preocupaciones más importantes para el paciente no son las mismas que para los profesionales. Una pregunta clave es: “¿qué es lo que más te preocupa?”. Se suelen poder afrontar las preocupaciones de un modo concreto. Es fundamental, en esta fase de identificación de problemas, poder separarlos y priorizarlos.

8. Planificación del futuro y seguimiento: establecer un plan de tratamiento y seguimiento adecuado a las necesidades con la mayor concreción posible para evitar la sensación de abandono.

Función del pediatra de Atención Primaria

Ante la muerte de un ser importante para el niño, el pediatra debe entender y evaluar las reacciones que se susciten, usando términos apropiados para la edad, además de estar alerta ante las respuestas normales o complicadas que pudieran surgir. También, deberá aconsejar a la familia en respuesta a las necesidades del niño. Así, será recomendable informar también al niño que en el futuro puede experimentar sensaciones desagradables ante la pérdida de salud o de un ser querido y que no dude en acudir a su pediatra de Atención Primaria siempre que lo necesite y que el pediatra sabrá cómo asesorarle. El hecho de compartir el apoyo familiar y la comunicación están asociados con una elaboración del duelo a largo plazo. El apoyo y cercanía del pediatra al comunicar la mala noticia permitirá al niño sentirse escuchado de manera que se facilita un modelo de relación afectiva con el médico que le permite expresarse y generalizar en el futuro.

Bibliografía

1. Worden, W. El tratamiento del duelo. Asesoramiento psicológico y terapia. Barcelona: Paidós; 1991.

2. Bowlby J. Attachment and loss. London: The Hogar Press; 1980. [Traducido al castellano: La pérdida afectiva. Tristeza y depresión. Barcelona: Paidós; 1993].

3. Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL). Guía de duelo para familiares.

4. Prigerson HG, Jacobs S. Traumatic grief as a distinct disorder: a rationale, consensus criteria, and a preliminary empirical test. Washington: American Psychological Association; 2001. p. 613-45.

5. Kroen WC. Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido. Barcelona: Oniro; 2002.

6. The Pediatrician and Childhood Bereavement. Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health. Pediatrics. 2000; 105(2): 445-7.

7. Hsiao JL, Evan EE, Zeltzer LK. Parent and child perspectives on physician communication in pediatric palliative care. Palliat Support Care. 2007; 5(4): 355-65.

8. Arranz A, Barbero J, Barreto P, Bayés R. Intervención emocional en cuidados paliativos. Modelo y protocolos. Barcelona: Editorial Ariel; 2005.

9. Buckman R. How to break bad news. 1992. Traducción catalana: Com donar les males noticies. Barcelona: EUMO; 1998.

 

Interpretación del hemograma

Regreso a las bases

 

M. Melo Valls*, T. Murciano Carrillo**

*Servicio de Oncohematología Pediátrica. **Servicio de Pediatría.
Hospital de Sabadell. Corporació sanitària Parc Taulí. Sabadell. Barcelona

 

Pediatr Integral 2012; XVI(5): 413.e1-413.e6


Interpretación del hemograma

 

Introducción

El hemograma, con todos sus parámetros, que se analizan según su normalidad o patología, pueden detectar posibles trastornos que ayudarán al diagnóstico de diversas patologías.

Como todas las herramientas que podemos usar en medicina, se debe utilizar de forma racional, selectivamente y para beneficio del niño. Plantearemos su realización en pacientes ambulatorios cuando haya sintomatología que lo justifique, si hay sospecha de enfermedades hematológicas o infecciosas o para monitorización de respuesta de algunos tratamientos.

La repetición de pruebas se debería limitar a los casos con curso clínico incierto. En aquellos que requieren un seguimiento se deberá realizar con el intervalo suficiente para que pueda ayudar en la toma de decisiones.

Los analizadores automáticos permiten cuantificar, con un elevado grado de fiabilidad, los principales parámetros hematológicos: recuento celular de hematíes, leucocitos y plaquetas, concentración de hemoglobina y los índices eritrocitarios de Wintrobe (volumen corpuscular medio, hemoglobina corpuscular media y concentración de hemoglobina corpuscular media).

Gracias a los analizadores, se ha reducido el número de fórmulas realizadas manualmente; sin embargo, el ojo humano sigue siendo imprescindible para detectar una buena parte de las alteraciones morfológicas que aparecen al observar una extensión de sangre periférica(1).

Serie roja

La principal función es transportar mediante la hemoglobina el oxígeno a los tejidos.

Recuento de hematíes (He)

Se expresa como He x 1012/L. La vida media es de 120 días. Se encuentra aumentado en número (poliglobulia) en las talasemias, en las cardiopatías, habitantes de grandes alturas, en estados de deshidratación y menos en las anemias ferropénicas. En cambio, en las anemias megaloblásticas se encontrará disminuido.

Hemoglobina (Hb)

Es una ferroproteína situada en el interior de los hematíes, encargada del transporte de oxígeno hacia los tejidos. Es el mejor parámetro para valorar la anemia, aunque la cifra de eritrocitos sea normal o incluso elevada. Se expresa en g/L de sangre. En los casos de anemia estará disminuida y en la poliglobulia estará elevada.

Hematocrito (Hto)

Es el volumen de elementos formes (hematíes) en relación a la cantidad de plasma. Se expresa en L/L. Se encontrará aumentado en las poliglobulias, ya sean falsas por hemoconcentración, verdaderas en aquellos casos donde el Hto es superior a 0,60 L/L o fisiológicas como en los recién nacidos (Tabla I).

 

 

Índices eritrocitarios de Wintrobe

Partiendo de la Hb, He y Hto se calculan una serie de índices útiles en la práctica clínica.

Volumen corpuscular medio (VCM)

Se calcula a partir del Hto y del número de hematíes (VCM = Hto x 1.000/ He). Se expresa en fl (fentolitro = 10-15 L). Un VCM elevado indica macrocitosis (hematíes grandes), siendo el caso de anemias megaloblásticas, anemias hemolíticas y en hepatopatías. En el recién nacido, la macrocitosis es fisiológica. En las microcitosis (hematíes pequeños), los valores están disminuidos, como en anemias ferropénicas y en talasemias.

Hemoglobina corpuscular media (HCM)

Se calcula a partir de la hemoglobina y del número de hematíes (HCM = Hb/He). Se expresa en pg (picogramo = 10-12 g). Se correlaciona con el VCM, ya que informa del contenido medio de hemoglobina de cada hematíe, por este motivo, estará alterado en los mismos casos.

Concentración de hemoglobina corpuscular media (CHCM)

Indica la concentración de hemoglobina por el total de masa de He (CHCM = Hb/Hto). Se expresa en g/L, siendo los parámetros de normalidad 330 ± 20 g/L. Valores aumentados (hipercromía) se observan exclusivamente en la esferocitosis. Valores disminuidos indican hipocromía, como en el caso de las anemias ferropénicas.

Otros índices de utilidad calculados actualmente por el autoanalizador:

Amplitud de distribución del tamaño de los eritrocitos (ADE o RDW)

Cuantifica la anisocitosis. Se expresa en porcentaje, siendo los valores normales 13 ± 1. Es un parámetro muy importante en el diagnóstico de las talasemias, donde será =15%.

Índice de dispersión de la Hb o distribución de Hb en los hematíes (HDW)

Se expresa en g/L con valores de normalidad entre 27 ± 5 g/L. Alterado cuando hay una doble población de hematíes, como es el caso de los pacientes transfundidos. También, lo observaremos en las anemias ferropénicas en tratamiento.

Morfología de los hematíes

Los eritrocitos normales son discos bicóncavos fácilmente deformables. La morfología de estos, ya sea por tamaño o forma, nos permite diagnosticar anemias, así como patologías que conllevan alteración de la membrana del hematíe (Fig. 1).

 

Figura 1. Morfología del hematíe y patología relacionada.

Figura 1. Morfología del hematíe y patología relacionada.

 

Los corpúsculos de Howell-Jolly son restos de núcleo del eritroblasto que normalmente el bazo se encarga de eliminar. Por este motivo, se encuentran en los esplenectomizados, anesplénicos y en los afectos de anemia hemolítica (Fig. 2). En pacientes afectos de malaria, puede observarse el protozoo (plasmodium) en el frotis de sangre periférica (Fig. 3).

 

Figura 2. Corpúsculos de Howell-Jolly.

Figura 2. Corpúsculos de Howell-Jolly.

Figura 3. Hematies infectados por Plasmodium.

Figura 3. Hematies infectados por Plasmodium.

 
 
 

Reticulocitos

Son hematíes jóvenes, no totalmente maduros. Su recuento es importante en el estudio de anemias y en la monitorización de su tratamiento; ya que, nos informa de la capacidad eritropoyética de la médula ósea. El valor normal 55 ± 20 x 109/L (1 ± 0,5%).

Un descenso se observa en anemias ferropénicas no tratadas, aplasias y leucemias. Aumentan en la anemia hemolítica, anemia hemorrágica intensa, después de una esplenectomía, en anemias ferropénicas en tratamiento y de forma fisiológica en el período neonatal.

Velocidad de sedimentación globular (VSG)

Se ha de valorar la 1ª hora. Los valores normales son 5-10 mm. Es un parámetro muy inespecífico, por lo que la podemos encontrar alterada en diversos procesos: infecciones, colagenosis, leucosis, tumores con participación hematológica, anemias y período post-prandial. En las poliglobulias y en el período neonatal (fisiológico), se encontrará disminuida.

Serie blanca

Los leucocitos son células presentes en sangre cuya función es la defensa del organismo frente a las agresiones del medio externo. Su estudio nos ayudará principalmente al diagnóstico de los procesos hematológicos e infecciosos(2,3).

Recuento de leucocitos (Le)

Se expresa en Le x 109/L, siendo los valores normales de 4 a 10 x 109/L (Tabla II). Se denomina leucopenia cuando se encuentran cifras inferiores a 4 x 109/L y leucocitosis a cifras superiores a 10-12 x 109/L. La vida media de los leucocitos es de seis a siete horas; por tanto, una fórmula leucocitaria puede variar completamente en este período.

 

 

La leucopenia puede ser indicativa de leucosis o infecciones. Tanto virus como bacterias pueden asociarse a leucopenia, pero en el último caso es sugestivo de infección grave. La leucocitosis puede ser fisiológica en el recién nacido y también se observa en: infecciones bacterianas, tos ferina, mononucleosis infecciosa, leucosis, tratamientos con corticoides o tras esplenectomía.

Una reacción leucemoide es aquella en la que encontramos cifras de leucocitos mayores de 50 x 109/L como puede ser el caso de infecciones bacterianas, mononucleosis infecciosa, en la fase de recuperación de una agranulocitosis o, más recientemente, por tratamientos con factores estimulantes de colonias granulopoyéticas (G-CSF, GM-GSF).

Formula leucocitaria

Nos permite cuantificar los diferentes tipos de leucocitos (neutrófilos, linfocitos, basófilos, eosinófilos y monocitos). Normalmente, se expresa en porcentaje, aunque los valores absolutos (x 109/L) son más precisos.

La linfocitosis fisiológica del lactante y el niño pequeño, suele desaparecer a partir de los 8 años, momento en el que la cifra de neutrófilos va aumentando y la de linfocitos disminuyendo equiparándose a la fórmula de los adultos.

La presencia de neutrófilos jóvenes se conoce como desviación a la izquierda y puede indicar la presencia de una infección bacteriana. Si la granulación de los neutrófilos es prominente, se denomina granulación tóxica e indica igualmente infección. Menos frecuente son los cuerpos de Döhle (manchas basófilas) presentes en algunas enfermedades hematológicas e infeccciones. La ausencia de neutrófilos en sangre periférica de denomina agranulocitosis.

Una hipersegmentación del núcleo se observa en las anemias megaloblásticas. La ausencia de segmentación se denomina anomalía nuclear de Pelger-Huët y no tiene trascendencia clínica, suele ser familiar y puede asociarse a algunas hemopatías.

La eosinofilia relativa es el ascenso de eosinófilos superior al 5%. Se encuentra en: parasitosis, hidatidosis, paludismo, patología alérgica o en el tratamiento con citostáticos. La ausencia de eosinófilos se puede observar en la apendicitis aguda y en la fiebre tifoidea.

En la monocitosis relativa encontramos valores superiores al 10%. Se halla siempre en la aplasia medular, tratamiento con citostáticos y en la mononucleosis infecciosa.

La linfocitosis puede indicar infección vírica, tos ferina o leucosis. Los linfocitos de tipo reactivo (estimulados) son de mayor tamaño, con núcleo voluminoso y citoplasma basófilo. Cifras superiores al 13% son características de la mononucleosis. La leucosis puede manifestarse con leucopenia o leucocitosis, siendo necesario identificar células blásticas para su diagnóstico.

Serie plaquetar

La función de las plaquetas es la hemostasia primaria, ayudando a la formación del tapón hemostático plaquetario.

Recuento de plaquetas (PLT)

Se expresan en PTL x 109/L. Los valores normales oscilan entre 150-400 x 109/L, siendo normales cifras hasta 500 x 109/L en niños. La vida media es de 8 a 11 días. Un número de plaquetas inferior a 100 x 109/L se denomina trombopenia y un valor superior a 400 x 109/L trombocitosis. Se resumen las principales causas en la tabla III.

 

 

Plaquetocrito (Ptc)

Se expresa en L/L. Corresponde al volumen de plaquetas en relación a la cantidad de plasma. Los valores normales oscilan entre 0,001-0,004 L/L.

Volumen plaquetar medio (VPM)

Se expresa en fl. siendo normal valores de 9 ± 2 fl. Un VPM elevado se observa en el caso de recuperación de trombopenia, en el síndrome de Bernard-Soulier, May-Hegglin y en la macrotrombopenia familiar.

Índice de dispersión de plaquetas o distribución de tamaño de plaquetas (PDW)

Se expresa en porcentaje y corresponde a la anisocitosis plaquetar. Los valores normales son: 45 ± 20%. Aumenta en las trombopenias en recuperación, en las trombocitosis y en algunas hemopatías.

Morfología plaquetar

La observación al microscopio nos podrá corroborar el resultado dado por el autoanalizador, siendo muy útil para identificar agregados plaquetares no cuantificados correctamente dando falsas plaquetopenias. También, permite detectar alteraciones en su tamaño y forma (plaquetas grises, degranuladas, dismórficas), que pueden indicar alteraciones en su funcionalidad, independientemente que el número sea normal.

Afectación simultánea de varias series. Pancitopenia

La pancitopenia es un trastorno en la formación de las tres series hematopoyéticas en la medula ósea y que se traduce en el hemograma por un descenso de éstas. Puede ser de causa central (aplasia), debido a radiaciones, tóxicos o virus (hepatitis), o de causa periférica, por procesos autoinmunes (síndrome de Evans), invasión medular (leucosis), hiperesplenismo o de causa idiopática.

Interpretación de la coagulación

Introducción

La función del sistema hemostático es mantener la sangre fluida en los vasos y detener la hemorragia, cuando existe lesión vascular, mediante la formación de un coágulo. Al romperse un vaso, se activan múltiples factores de coagulación, siendo el resultado la formación de un complejo de sustancias activadoras de la protrombina. Éstas catalizan la conversión de protrombina a trombina. La trombina actúa como enzima, convirtiendo el fibrinógeno en mayas de fibrina que atrapan plaquetas, células sanguíneas y plasma, formando el coágulo(4).

La activación de la coagulación se produce por la vía extrínseca con el daño tisular y la vía intrínseca actúa al afectarse la pared del vaso sanguíneo (Fig. 4).

 

Figura 4. Vía intrínseca y extrínseca. Activadores de la coagulación.

Figura 4. Vía intrínseca y extrínseca. Activadores de la coagulación.

 

La hemorragia es un fenómeno relativamente frecuente en la infancia, por lo que es necesaria una buena historia clínica para diferenciar aquellas banales propias de la edad, de aquellas que pueden esconder un trastorno de la coagulación. Su cribaje estará indicado en: presencia de sangrado con signos de alerta (Tabla IV), previo a cirugía y en niños asintomáticos con historia familiar de trastorno de la coagulación(5).

 

 

Métodos de estudio

Se deben realizar pruebas que abarquen el estudio de la hemostasia primaria (número y función plaquetar) y de la coagulación plasmática: el tiempo de protrombina (TP), tiempo de tromboplastina activada (TTPA) y el fibrinógeno (Tabla V), siendo en la mayoría de los casos suficientes para realizar una aproximación diagnóstica(6,7) (Tabla VI).

 

 

 

Para una correcta valoración, es imprescindible recoger una buena muestra. Ésta se debe depositar en un tubo con citrato, con una proporción de una parte de citrato por nueve de sangre. Se debe rellenar hasta el límite indicado; ya que, si no se obtiene muestra suficiente, existiría un exceso de anticoagulante, dando tiempos de coagulación falsamente alargados. Otro caso son las muestras de pacientes poliglobúlicos en los que, al presentar una menor proporción de plasma, también encontraríamos un exceso de anticoagulante(8). La muestra debe mezclarse bien y analizarse en las primeras 2 horas o en las 4 primeras si la muestra se mantiene entre 2-4°C.

Tiempo de protrombina (TP)

Mide el tiempo de coagulación en presencia de un exceso de tromboplastina cálcica. Detecta deficiencias de los factores de la vía extrínseca y común: factores vitamina K dependientes (II, VII y X), factor V y fibrinógeno(9). El resultado puede expresarse de 4 maneras diferentes: comparando en segundos el TP del paciente con el TP control; expresado como INR (International Normalized Ratio), exclusivamente en pacientes tratados con dicumarínicos; como ratio (TP paciente/TP control); o como índice (TP control)/(TP paciente) x 100.

Tiempo parcial de tromboplastina activada (TTPA)

Mide el tiempo de coagulación mediante la adición de tromboplastina activada con caolín o ácido elágico y cloruro cálcico a la muestra. Permite explorar la vía intrínseca (factores VIII, IX, XI, XII, precalicreína y quininógeno de alto peso molecular), la vía común (factores II, V, X y fibrinógeno) y monitorizar el tratamiento con heparina.

Tiempo de trombina (TT)

Mide el tiempo de formación de fibrina en presencia de trombina humana o bobina. Se alarga cuando existen alteraciones del fibrinógeno, hiperfibrinolisis o heparina.

Tiempo de reptilasa (TR)

La reptilasa es un enzima similar a la trombina pero procedente de veneno de serpiente. Es útil para detectar si una muestra está contaminada con heparina ya que encontraremos un TT alargado con un TR normal.

Factor von Willebrand (FvW)

Es una proteína que participa en la hemostasia primaria contribuyendo a la adhesión plaquetar ante un endotelio lesionado y en plasma como transportador del factor VIII coagulante. Su alteración puede ser causa de sangrado, pudiendo ser las pruebas básicas de coagulación normales. Se debe solicitar conjuntamente con la dosificación de factor VIII y cofactor de la ristocetina.

Bibliografía

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2. Díaz de Heredia C, Bastida P. Interpretación del hemograma pediátrico. An Pediatr Contin. 2004; 2(5): 291-6.

3. Dallman PR. Developmental Changes in Number in leukocytes. En: Rudolph A, editor. Rudolph’s Pediatrics. 19th ed. New York: Appleton & Lange; 1991. p. 1142-3.

4. Guyton AC, Hall JE. Tratado de fisiología médica. 10th ed. Madrid: McGraw-Hill; 2001. p. 509-12.

5. Toll MT. Trastornos hemorrágicos de la coagulación. An Pediatr Contin. 2007; 5(4): 181-8.

6. Carnelli V, Dozzi M, Gibelli M, Giovaniello A, Riva F, Seidita C, et al. Children with hemorrhagic diathesis: correct diagnostic and therapeuthic approach. Pediatr Med Chir. 1990; 12(1): 13.

7. Tripodi A, Chantarangkul V, Mannuci PM. Acquired coagulation disorders: revisited using global coagulation/anticoagulation testing. Br J Haematol. 2009; 147(1): 77-82.

8. Adcock DM, Kressin DC, Marlar RA. Minimun specimen volume requeriments for routime coagulation testing: dependence on citrate concentration. AM J Clin Pathol. 1998; 109: 595.

9. Zehnder JL. Clinical use of coagulation tests. In: UpToDate. Basow, DS (Ed.), UpToDate, Waltham, MA, 2011.

 

Principios de la terapéutica médica dermatológica

Regreso a las bases

 

R. de Lucas*, L. Noguera Morel**,
P. Maldonado Cid**, M. Feito Rodríguez***

*Jefe de Sección de Dermatología Pediátrica.
**Médicos Residentes. Dermatología.
***Adjunto de Dermatología Pediátrica. Hospital Infantil Universitario La Paz. Madrid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(4): 332.e1-332.e5


Principios de la terapéutica médica dermatológica

 

Introducción

Aunque actualmente para el tratamiento de las enfermedades dermatológicas, existen numerosas opciones terapéuticas, preparaciones prefijadas disponibles en el mercado tanto tópicas como sistémicas. Es importante que el médico antes de escoger, tenga claro algunos principios fundamentales, para poder realizar el tratamiento tópico de una manera eficaz, eficiente y sin efectos secundarios.

En el tratamiento de las lesiones cutáneas existen múltiples posibilidades:

a. Terapias tópicas.

b. Terapias sistémicas, tanto orales como inyectables.

c. Tratamiento quirúrgico, y

d. Terapias físicas, como los rayos UV, láser, etc.

El objetivo de este apartado es comentar el uso de las terapias habituales en Atención Primaria de niños, tanto tópicas como sistémicas, de las patologías más frecuentes(1).

Los principios generales de cuidado de la piel normal deben ser conocidos por cualquier médico, en especial los que nos dedicamos a la Atención Primaria, ya que la patología dermatológica es muy prevalente.

Terapéutica médica tópica

Los componentes aplicados tópicamente difunden siguiendo gradientes de concentración en la piel, existen variaciones de absorción según la zona del cuerpo, además el fármaco aplicado o su formulación puede afectar la barrera cutánea de forma temporal.

El principal compartimento que habitualmente limita la absorción es el estrato córneo y a partir de ahí el compuesto difunde algunas veces llegando hasta los vasos de la dermis profunda.

Las formulaciones tópicas se diferencian normalmente según para qué han sido diseñadas, así es necesario distinguir entres las que están hechas para permanecer en la superficie cutánea (por ejemplo, los protectores solares o productos cosméticos); las que difunden a los compartimentos de la piel (formulaciones tópicas) y las que están hechas para absorción sistémica (formulaciones transdérmicas).

Hay que tener siempre presente que en dermatología no sólo es importante la medicación tópica que se prescribe, sino que el vehículo del tratamiento elegido también debe ser apropiado para la condición que está siendo tratada y la superficie del cuerpo a tratar, dado que no es lo mismo aplicar una crema o pomada untuosa en cuero cabelludo que una loción acuosa, mucho más fácil de extender; además según la extensión de la superficie se administran más o menos gramos de la medicación en cada aplicación(2).

Hay que asumir aspectos básicos, como que en caso de inflamación aguda, con exudación, se debe elegir un vehículo acuoso, con propiedades secantes o incluso aplicar antes una solución astringente como el sulfato de cobre al 1/1.000, para hacer posible que el vehículo llegue a la capa córnea y pueda ser absorbido. En caso de lesiones crónicas, xeróticas es mejor usar componentes con mayor contenido en grasa, más lubricantes para ayudar a la penetración.

Los vehículos más utilizados en dermatología se describen a continuación, en la tabla I.

 

Aunque hoy en día hay muchos preparados prefabricados, existen varios tamaños con distintas cantidades de medicación, además si hay que realizar fórmulas magistrales es importante calcular la cantidad necesaria para que el paciente acabe el tratamiento.

Es normal hacer un cálculo de las necesidades según cuánto tiempo requiera de tratamiento el paciente, según la tabla que vemos a continuación (Tabla II).

 

Con estos principios básicos, podríamos decir que tenemos las herramientas necesarias para iniciar una terapéutica dermatológica adecuada que se correlacione con la patología y necesidades de nuestros pacientes.

Pasaremos ahora a resumir la principales características de los diferentes grupos terapéuticos usados en dermatología.

Glucocorticoides tópicos

Sin duda alguna los corticosteroides tópicos son los fármacos que más frecuentemente se prescriben en dermatología, son altamente efectivos en reducir la inflamación y los síntomas en las enfermedades cutáneas. En los últimos años las investigaciones en torno a estas drogas se han centrados en optimizar la potencia y efectividad y minimizar los efectos secundarios, de tal manera que las nuevas moléculas de hoy en día tienen un alto efecto antiinflamatorio con una sóla aplicación diaria con muy pocos efectos de atrofia y raramente inducen sensibilización cruzada(2).

Acción: actúa a través de su unión a un receptor específico citosólico, con posterior traslocación al núcleo hasta una región de ADN que se conoce como la región elemental de respuesta esteroidea, donde se producen la estimulación o inhibición de trascripción de genes que regulan el proceso inflamatorio.

El efecto antiinflamatorio se produce a través de la inhibición de la fosfolipasa A2 una enzima que es la encargada de la formación de prostaglandinas, leucotrienos y otros derivados de la vía del ácido araquidónico. Además inhiben otros factores proinflamatorios cono el FAP1, factor nuclear KB y la liberación de la IL-1a. Además estimulan la lipocortina 1 que a su vez también inhibe la fosfolipasa A2. Además tienen un efecto inmunosupresor por inhibición de la Il-1, TNF a y la IL-8, tiene un efecto antiproliferativo y vasconstrictor por mecanismos no bien conocidos aún.

Uso pediátrico: se ha demostrado eficaz con pocos efectos secundarios, sin embargo hay que tener en cuenta que la absorción en ellos puede ser mayor debido a que tienen mayor ratio de superficie corporal respecto a su peso, y metabolizan menos los corticoides con lo cual a igual potencia el efecto de la absorción puede ser mayor en niños que en adultos.

En el embarazo se consideran de categoría C, aunque numerosos estudios no han demostrado anomalías fetales con su uso, se recomienda usar con precaución sopesando riesgo/beneficio. No se conoce si tras su aplicación tópica se excretan en la leche materna, por tanto también hay que tener precaución.

Clasificación: los corticosteroides sistémicos se clasifican según su potencia, la cual se modifica con el vehículo utilizado en: potencia muy alta, alta, moderada y baja(3).

Uso y precauciones: normalmente se considera que sólo se absorbe el 1% de la aplicación tópica de un corticoide, hay que tener en cuenta que en mucosas, semimucosas y piel escrotal la absorción es mayor, que en cuero cabelludo, palmas y plantas.

En cara preferimos utilizar la potencia más baja, y vehículos en cremas.

Las preparaciones de potencia alta no deben utilizarse durante más de 2-3 semanas y es mejor reducir la aplicación de forma paulatina para evitar rebrotes.

Efectos adversos: pueden producir reacciones acneiformes, hipertricosis, hipopigmentación local, además de enmascarar o exacerbar procesos infecciosos.

 

Aunque es raro, es posible que se den reacciones alérgicas, de hipersensibilidad tipo 4, tanto al corticoide mismo como al excipiente del vehículo, en tal caso es necesario realizar pruebas cutáneas para aclararlo(2,3).

Han sido descritos casos aislados de efectos sistémicos con el uso de esteroides tópicos como el desarrollo de glaucoma e incluso la supresión del eje hipotálamo-hipofisario, pero estos efectos se producen con dosis muy altas (14 g/semana de clobetasol y 50 g/semana de betamentasona dipropionato).

Antibióticos tópicos

Los antibióticos tópicos se usan para tratar infecciones de piel por bacterias, su uso en el impétigo tiene el beneficio de evitar la administración sistémica, también son útiles en el tratamiento del acné y la rosácea(1,2).

Eritromicina: macrólido, utilizado para el tratamiento del acné, tiene acción frente a cocos gran positivos y bacilos gram negativos. Está disponible en cremas y lociones con excipiente alcohólico.

Clindamicina: lincosamina, indicada también para uso en acné, foliculitis, etc., ya sea sola o en combinación con peróxido de benzoilo. En este último caso está indicada como tratamiento del acné pápulopustuloso.

Metronidazol: es un derivado nitroimidazólico con acción anti-anaerobia y actividad frente a ciertos organismos protozoos. Se usa al 0,75% y 1% en gel, normalmente para la rosácea.

Ácido azelaico: ácido dicarboxílico con actividad frente al Propionibacterium acnes y Staphyloccoccus epidermidis, normalmente se utiliza para el acné y la rosácea, aunque inicialmente se usaba por su efecto despigmentante, para el tratamiento del melasma.

Sulfonamidas: son antibacterianos de amplio espectro que, en su combinación con plata, sulfadiazina argéntica se usa para realizar curas de úlceras y quemaduras.

Ácido fusídico: antibacteriano bacteriostático de acción contra gram positivos, especialmente el S. aureus con buena tolerancia y buen perfil de seguridad.

Mupirocina: es un antibiótico cuya principal actividad está dirigida contra cocos gram positivos: S. aureus y S. pyogenes, hay numerosos estudios que avalan su eficacia para el tratamiento de infecciones superficiales y para eliminar la colonización del SAMR a nivel nasal.

Bacitracina: antibiótico tópico con atividad frente a cocos gram positivos, algunos organismos gram negativos y esporas, se usa en infecciones superficiales, como impétigo, forunculosis, etc., pero se ha visto que produce numerosas reacciones de hipersensibilidad sobre todo de contacto.

Polimixina-B: antibiótico con actividad frente a gram negativos como Pseudomonas aeruginosa, Enterobacter y E. coli, se usa normalmente en combinación con bacitracina y neomicina, en preparados estándar.

Aminoglucósidos (neomicina y gentamicina): actividad frente a gram negativos incluyendo Pseudomonas, los dermatólogos utilizamos más la gentamicina, debido a que produce menos alergias de contacto. Habitualmente se usa en combinación con corticoides.

• La nitrofurazona es un antibiótico tópico que en dermatología se utiliza poco porque sensibiliza y acarrea dermatitis de contacto y foto alérgicas.

Antifúngicos tópicos

Son fármacos utilizados para las infecciones fúngicas superficiales, normalmente de superficies de extensión pequeñas, tienen la ventaja de ser bien tolerados con pocos efectos adversos, aunque están descritas dermatitis de contacto y reacciones urticariformes. Su coste es bajo(2,4).

En caso de grandes áreas de infección, o en uñas y cabello se prefiere la vía oral.

Hay que diferenciar en grupos:

1. Los derivados imidazólicos: impiden la síntesis de la pared fúngica, a través de la depleción de ergosterol, por varias vías lo que resulta en una inestabilidad e hiperpermeabilidad de la pared.

Cotrimazole, econazol, ketoconazol, sertaconazol, etc. Están indicados en las dermatofitosis, la pitiriasis versicolor, la candidiasis mucocutánea y la dermatitis seborreica.

2. Allylaminas y benzilaminas: inhiben la síntesis de ergosterol, al inhibir la enzima squaleno-oxidasa, son considerados fungicidas, porque el acumulo de squaleno intracelular lleva a la muerte celular, además se considera que tienen un efecto antiinflamatorio.

Se encuentran disponibles en el mercado: son la terbinafina y la griseofulvina, cuya principal indicación está en las dermatofitosis y la pitiriasis versicolor. Los riesgos y efectos adversos son similares al de los otros antifúngicos tópicos.

3. Ciclopirox: al contrario de los anteriores no interfiere con el ergosterol, su mecanismo de acción consiste en interrumpir el trasporte de membrana, alterando la función lo que conlleva finalmente a la muerte del hongo. Está indicado su uso en dermatofitosis, onicomicosis, candidiasis, pitiriasis versicolor, dermatitis seborreica e incluso cuando la infección fúngica se produce por saprófitos poco habituales.

Antiparasitarios

Existen numerosos agentes para el tratamiento de las parasitosis cutáneas superficiales más frecuentes: la escabiosis y las pediculosis.

A continuación exponemos los agentes antiparasitarios tópicos más frecuentes con su principal indicación(1,2)(Tabla IV).

 

En el caso de la permetrina su uso puede producir prurito y molestias en los sitios de aplicación, aunque su perfil de seguridad es excelente, usado a partir de los 2 meses de edad. Durante el embarazo es considerado de categoría B por la FDA.

El lindano, debido a su mecanismo de acción, puede producir espasmos musculares, convulsiones e incluso hay descritos casos de anemia aplásica. No se recomienda su uso en menores de 3 años. Embarazo: categoría C.

Inmunomoduladores tópicos: unhibidores de la calcineurina, tacrólimus y pimecrólimus

Son antiinflamatorios no esteroideos e inmunomoduladores, que reducen la expresión de numerosas citocinas proinflamatorias, que permiten el tratamiento de las dermatosis sin los efectos secundarios de los corticosteroides. En principio han sido aprobados para uso en dermatitis atópica, como terapia a largo plazo en niños mayores de 2 años. Su uso se ha masificado en numerosas indicaciones fuera de ficha técnica, de forma efectiva como forma de ahorrar el uso de corticosteroides(5).

Una revisión Cochrane en el año 2007 ha concluido que son menos efectivos que los corticoides de alta potencia, pero que su rol en comparación con los de mediana potencia necesita más estudio, sin embargo un metanálisis reciente de Svensson y cols. 2011, ha encontrado una eficacia similar con los corticoides de alta potencia, aunque también afirman que son necesarios más estudios.

Actualmente disponemos de: 1) pimecrólimus tópico en crema al 1% (Elidel®, Rizan®) se utiliza en dermatitis atópica leve/moderada, especialmente en cara; 2) tacrólimus tópico en pomada (Protopic®) un poco más potente que el anterior, existen 2 concentraciones, al 0,03% y al 0,1%. Hay que tener en cuenta que pueden producir una sensación de irritación local, con quemazón y prurito que puede dificultar su tolerancia(5,6).

No hay datos de seguridad disponibles sobre el uso en gestación y lactancia, por tanto se recomienda evitar en estos periodos.

La principal ventaja de este grupo de fármacos es el ahorro de corticoides que acarrea su uso, junto con un buen perfil de seguridad.

La pomada de tacrolimus está, además, indicada para el tratamiento de mantenimiento o preventivo de al dermatitis atópica. Para ello se usa dos noches a al semana en zonas de piel sana, dónde existió brote. Deben mantenerse durante varios meses para poder modificar el curso de la enfermedad.

Otros grupos terapéuticos: terapia para verrugas (infección cutánea HPV) y molluscum contagioso

Existen numerosos tratamientos que son eficaces, aunque es sabido que a veces existe remisión espontánea de las mismas. El tratamiento médico tópico, va dirigido a eliminar la epidermis hiperqueratósica, sustrato del virus. Se pueden utilizar difenilciclopropenona, 5-Fu, formaldehído, ácido mono, di, tricloroacético, ácido salicílico, ácido láctico, hidróxido potásico, etc.

Lo habitual es usar una combinación de cáusticos y queratolíticos, que suelen ir formulados en colodión elástico.

Habitualmente se recomienda, en el caso de las verrugas, limar un poco la superficie y, si es posible, después de aplicar ocluir con plástico 1-2 aplicaciones al día, hasta la remisión completa de las lesiones. En el caso de las lesiones de molluscum contagioso, si se decide optar por el tratamiento tópico preferimos hidróxido de potasio o la cantaridina(1,2).

Bibliografía

1. Arndt KA, Hsu JTS. Manual of dermatologic therapeutics. 7th ed. Philadephia, EE.UU.: Lippincott Williams and Wilkins; 2007.

2. Wolff K, Goldsmith LA, Katz SI, Gilchrest BA, Paller AS, Leffell DJ. Fitzpatrick’s Dermatology in General Medicine. 7ª ed. The McGraw-Hill Companies, Inc.; 2008.

3. Brazzini B, Pimpinelli N. New and established corticosteroids in dermatology. Am J Clin Dermatol. 2002; 3: 47.

4. Gupta AK, et al. An overview of topical antifungical therapy in dermatomycoses. A North American perspective. Drugs. 1998; 55: 645.

5. Svensson A, Chambers C, Gånemo A, Mitchell SA. A systematic review of tacrolimus ointment compared with corticosteroids in the treatment of atopic dermatitis. Curr Med Res Opin. 2011; 27(7): 1395-406. Epub 2011 May 12. Review.

6. Ashcroft DM, Chen LC, Garside R, Stein K, Williams HC. Topical pimecrolimus for eczema. Cochrane Database Syst Rev. 2007; (4): CD005500. Review.

 

Bases diagnósticas de las enfermedades cutáneas

Regreso a las bases

 

T. Pozo Román

Hospital Universitario Río Hortega de Valladolid

 

Pediatr Integral 2012; XVI(3): 252.e1-252.e19


Bases diagnósticas de las enfermedades cutáneas

 

Introducción

En Dermatología, los antecedentes personales o familiares, o los síntomas que pueda referir el paciente son importantes, pero el diagnóstico en general se basa en el reconocimiento e identificación de las lesiones (Tabla I), así que en este artículo nos vamos a centrar en la exploración del paciente, ayudándonos para ello de ejemplos de enfermedades en las que los datos de la exploración sean los más relevantes.

Tabla I. Lesiones elementales. Clasificación

Algunas lesiones cutáneas son tan características que su presencia prácticamente nos da el diagnóstico de la enfermedad, es el caso de los habones (urticaria) o las pápulas umbilicadas (molusco contagioso), pero con frecuencia tendremos que hacer un diagnóstico diferencial y para ello debemos fijarnos también en los demás aspectos de la erupción cutánea: el patrón de distribución, su disposición, su evolución y frecuentemente las complicaciones.

Lesiones elementales

Manchas o máculas

Por definición, una mancha es un cambio de coloración en la piel que no hace relieve, generalmente circunscrita, pero a veces más o menos generalizada. Según su origen, podemos clasificarlas en: hipocrómicas (ausencia de los melanocitos o disminución de su actividad), hipercrómicas (aumento del número o de la actividad de los melanocitos), vasculares (dilataciones vasculares permanentes), eritemas (dilataciones vasculares temporales), púrpuras (extravasaciones de hematíes) o por depósito de sustancias, ya sean de origen interno o externo.

Máculas hipocrómicas

El prototipo de mancha blanca es el vitíligo (Fig. 1). Las lesiones son absolutamente blancas (acrómicas) y se localizan característicamente sobre prominencias óseas (dorso de manos, rodillas, tobillos) y también en zonas donde la pigmentación suele ser mayor, como la zona genital, la cara, las axilas o las ingles. Es asintomático y es frecuente la existencia de antecedentes familiares.

Figura 1. Vitíligo.

Figura 1. Vitíligo.

El diagnóstico diferencial se plantea con el piebaldismo o albinismo parcial (Fig. 2), que existe desde el nacimiento y que cursa casi siempre con un mechón blanco de pelo. El halonevus de Sutton (Fig. 3), es un proceso que se asocia con el vitíligo y con otras enfermedades autoinmunes y que es un mecanismo de involución de lesiones pigmentadas. El nevus acrómico (Fig. 4) y el nevus anémico (Fig. 5) son otros 2 diagnósticos diferenciales bastante raros, consistentes en un mosaicismo pigmentario el primero y una malformación vascular con aumento de la sensibilidad de los vasos sanguíneos a las catecolaminas el segundo.

Figura 2. Piebaldismo o albinismo parcial.

Figura 2. Piebaldismo o albinismo parcial.

Figura 3. Halonevus de Sutton.

Figura 3. Halonevus de Sutton.

Figura 4. Nevus acrómico.

Figura 4. Nevus acrómico.

Figura 5. Nevus anémico.

Figura 5. Nevus anémico.

Las lesiones hipocrómicas propiamente dichas, es decir: con algo de color, son frecuentes tras la inflamación que producen algunas enfermedades, como el psoriasis o los eccemas, como es el caso de la pitiriasis alba faciei (Fig. 6), pero también pueden ocurrir sin reacción inflamatoria previa, como la hipocromía postpitiriasis versicolor (Fig. 7). En ambas situaciones, son lesiones temporales, pero también hay máculas hipocrómicas estables, como las manchas lanceoladas de la epiloia o enfermedad de Pringle-Bourneville.

Figura 6. Pitiriasis alba faciei.

Figura 6. Pitiriasis alba faciei.

Figura 7. Hipocromía postpitiriasis versicolor.

Figura 7. Hipocromía postpitiriasis versicolor.

Máculas pigmentadas

Entre las lesiones con aumento del número de melanocitos, tendríamos los nevus melanocíticos adquiridos y congénitos (Fig. 8), los léntigos (Fig. 9), las manchas café con leche, que pueden no tener ningún significado o ser un signo de enfermedades, como la neurofibromatosis (Fig. 10) o la enfermedad de McCune-Albright (Fig. 11), y otras alteraciones menos frecuentes como la mancha mongólica (Fig. 12), ya desde el nacimiento en los niños de razas oscuras y el nevus de Becker (Fig. 13), aunque este último suele originarse en la adolescencia, más que en la infancia.

Figura 8. Nevus melanocíticos.

Figura 8. Nevus melanocíticos.

Figura 11. Manchas café con leche (enfermedad de McCune-Albright).

Figura 11. Manchas café con leche (enfermedad de McCune-Albright).

Figura 9. Léntigo.

Figura 9. Léntigo.

Figura 10. Manchas café con leche (neurofibromatosis).

Figura 10. Manchas café con leche (neurofibromatosis).

Figura 12. Mancha mongólica.

Figura 12. Mancha mongólica.

Figura 13. Nevus de Becker.

Figura 13. Nevus de Becker.

Las pigmentaciones postinflamatorias (temporales, aunque a veces duran muchos meses) ocurren sobre todo en personas de piel oscura, y son muy típicas del líquen plano (Fig. 14) o la dermatitis ampollosa de los prados (Fig. 15). También, hay algunas enfermedades que cursan con lesiones oscuras, sin inflamación aparente, como la variedad café con leche de la pitiriasis versicolor (Fig. 16).

Figura 14. Pigmentación postinflamatoria (líquen plano).

Figura 14. Pigmentación postinflamatoria (líquen plano).

Figura 16. Pitiriasis versicolor (variedad café con leche).

Figura 16. Pitiriasis versicolor (variedad café con leche).

Figura 15. Pigmentación postinflamatoria (dermatitis ampollosa de los prados).

Figura 15. Pigmentación postinflamatoria (dermatitis ampollosa de los prados).

Máculas vasculares, eritemas y púrpuras

Dentro de las dilataciones vasculares planas, tenemos que distinguir entre los hemangiomas capilares infantiles (Fig. 17), que son tumores vasculares benignos que aparecen en los primeros meses de vida y que sólamente son planos en la fase inicial, porque habitualmente aumentan de volumen, y los nevus telangiectásicos o nevus flammeus (Fig. 18), que son malformaciones vasculares estables, aunque aumentan de tamaño con el paciente.

Figura 17. Hemangioma capilar infantil.

Figura 17. Hemangioma capilar infantil.

Figura 18. Nevus telangiectásico o flammeus.

Figura 18. Nevus telangiectásico o flammeus.

El eritema es una dilatación temporal de los vasos sanguíneos que desaparece a la vitropresión y normalmente nunca está aislado (se acompaña de escamas, vesículas, engrosamiento de la piel, etc.). Cuando son localizados, deben hacer pensar en agentes externos como la radiación UV (Fig. 19), o infecciones locales como la candidiasis (Fig. 20) o la erisipela (Fig. 21), y cuando son generalizados, en toxicodermias como la erupción por aceite de colza adulterado (Fig. 22), enfermedades infecciosas como la enfermedad de Gianotti-Crosti (Fig. 23) o enfermedades dermatológicas como la pitiriasis rubra

Figura 19. Quemadura solar.

Figura 19. Quemadura solar.

Figura 21. Erisipela.

Figura 21. Erisipela.

Figura 20. Candidiasis.

Figura 20. Candidiasis.

Figura 22. Erupción por aceite de colza adulterado.

Figura 22. Erupción por aceite de colza adulterado.

Figura 23. Exantema viral (enf. de Gianotti).

Figura 23. Exantema viral (enf. de Gianotti).

Figura 24. Pitiriasis rubra pilaris.

Figura 24. Pitiriasis rubra pilaris.

Las púrpuras o extravasaciones de hematíes son fácilmente distinguibles de los eritemas en tanto en cuanto no desaparecen a la vitropresión. Su aspecto es muy variable: lesiones puntiformes (petequias), lineales (víbices) o áreas irregulares mas/menos delimitadas (equímosis) y su significado varía enormemente. Las petequias localizadas o lineales, suelen significar aumento de la presión sobre el territorio capilar, como las que aparecen en el cuello o en la garganta, con la tos, pero también aparecen tras traumatismos repetidos en un punto, como por ejemplo el talón negro de los deportistas (Fig. 25). Cuando las petequias se distribuyen de forma irregular es cuando deben hacernos pensar en procesos más graves como las sepsis (Fig. 26). Las vasculitis leucocitoclásticas pueden dar lugar por la inflamación añadida a una púrpura “palpable” (Fig. 27). Las equimosis suelen ser consecuencia de pequeños traumatismos como las venopunciones (Fig. 28). Cuando el traumatismo es más grande y la extravasación considerable, además del cambio de coloración de la piel, la lesión es palpable, y hablamos de hematoma.

Figura 25. Talón negro.

Figura 25. Talón negro.

Figura 28. Equímosis.

Figura 28. Equímosis.

Figura 26. Sepsis.

Figura 26. Sepsis.

Figura 27. Púrpura palpable.

Figura 27. Púrpura palpable.

Máculas por depósito de sustancias

Las manchas por depósito de sustancias son generalmente de fácil diagnóstico, tanto si éstas proceden del propio organismo, por ejemplo la bilirrubina (ictericia), como si son extrañas a él, por ej. las pigmentaciones por fármacos como el 5-fluouracilo aplicado tópicamente para las verrugas (Fig. 29) o los tatuajes (Fig. 30).

Figura 29. Pigmentación ungueal por 5-fluouracilo tópico.

Figura 29. Pigmentación ungueal por 5-fluouracilo tópico.

Figura 30. Tatuaje.

Figura 30. Tatuaje.

Ronchas o habones

Son elevaciones circunscritas de la piel, de consistencia elástica y forma y dimensiones variables, debidas a la presencia de edema, tanto en la dermis papilar como en la dermis profunda y en la hipodermis, y cuyo rasgo más distintivo es la fugacidad. Habitualmente, tienen un halo eritematoso y son pruriginosos. Cuando son generalizados hablamos de urticaria (Fig. 31) y cuando son localizados tendremos que pensar en picaduras (Fig. 32) o contactos con plantas o sustancias urticantes (urticaria por frutas exóticas) o en un tipo de tumor característico de la infancia: el mastocitoma (Fig. 33), que al ser frotado desencadena la formación de un habón (signo de Darier). Cuando las lesiones se limitan a los sitios de presión, hablamos de dermografismo (Fig. 34).

Figura 31. Urticaria.

Figura 31. Urticaria.

Figura 32. Picaduras.

Figura 32. Picaduras.

Figura 33. Signo de Darier (mastocitoma).

Figura 33. Signo de Darier (mastocitoma).

Figura 34. Dermografismo.

Figura 34. Dermografismo.

El angioedema o edema de Quincke es una reacción edematosa profunda que aparece en áreas con dermis y tejido subcutáneo laxos, como los labios, causando su hinchazón.

Pápulas y placas

Son pequeñas elevaciones circunscritas, palpables, de contenido sólido, que curan sin dejar cicatriz.

Las lesiones ásperas al tacto (verrucosas), son típicas de las infecciones por virus del papiloma, ya sean verrugas planas (Fig. 35) o vulgares, pero cuando se trata de lesiones congénitas, debemos pensar en nevus epidérmicos o poroqueratosis de Mibelli (Fig. 36). Las pápulas foliculares son características de la queratosis pilar (Fig. 37) y del líquen espinuloso (Fig. 38), las umbilicadas del molusco contagioso (Fig. 39) y las poligonales, del líquen ruber plano (Fig. 40).

Figura 35. Verrugas planas.

Figura 35. Verrugas planas.

Figura 38. Líquen espinuloso.

Figura 38. Líquen espinuloso.

Figura 36. Poroqueratosis de Mibelli.

Figura 36. Poroqueratosis de Mibelli.

Figura 37. Queratosis pilar.

Figura 37. Queratosis pilar.

Figura 39. Molusco contagioso.

Figura 39. Molusco contagioso.

Figura 40. Líquen ruber plano.

Figura 40. Líquen ruber plano.

Cuando las lesiones son más grandes, hablamos de placas, que generalmente están constituidas por la agrupación de pápulas más pequeñas. Un ejemplo claro son las lesiones de psoriasis, que pueden ser: en gotas, en pequeñas placas o en grandes placas (Fig. 41).

Las infiltraciones son engrosamientos difusos de la piel, generalmente sin límites bien definidos, pero palpables y habitualmente enrojecidos. Suelen ser secundarios a procesos linfoproliferativos o tumorales (Fig. 42).

Figura 41. Psoriasis en placas.

Figura 41. Psoriasis en placas.

Figura 42. Infiltración por linfoma.

Figura 42. Infiltración por linfoma.

Las liquenificaciones o neurodermitis son “placas” de piel engrosada por rascado repetido, en las que están exagerados los pliegues normales de la piel, lo que da una imagen de pápulas romboidales o poligonales agrupadas (Fig. 43).

Figura 43. Liquenificación o neurodermitis.

Figura 43. Liquenificación o neurodermitis.

Nódulos, tubérculos y gomas

En un sentido estricto, tubérculos y nódulos son lesiones diferentes (el tubérculo es más superficial que el nódulo, y al curar suele dejar una cicatriz), pero en la práctica e incluso en la literatura, sobre todo en la anglosajona, se incluyan bajo el término de nódulos a los tubérculos e incluso a algunos tumores. Ambas son lesiones más o menos redondeadas, de contenido sólido y naturaleza inflamatoria, que aparecen más o menos bruscamente y al cabo de un tiempo ceden.

Las lesiones de este tipo, más características de la infancia en nuestro medio, son los eritemas nodosos (Fig. 44), que suelen salir en las piernas y que en la mayoría de los casos son una reacción frente a una enfermedad infecciosa: faringoamigdalitis, tiña inflamatoria, etc.

Los gomas son nódulos o tubérculos que se reblandecen y se ulceran eliminando un líquido gomoso, y que cuando curan, lo hacen generalmente con una cicatriz deprimida. Su etiología es generalmente infecciosa, siendo muy característicos de las enfermedades por mycobacterias (Fig. 45).

Figura 44. Eritema nodoso.

Figura 44. Eritema nodoso.

Figura 45. Granuloma por mycobacterias.

Figura 45. Granuloma por mycobacterias.

Tumores y quistes

El término tumor se emplea muchas veces para referirse a cualquier masa, ya sea benigna o maligna, que crece más o menos lentamente, generalmente sola y sin inflamación. Sin embargo, lo que realmente define a un tumor no es su aspecto, sino su evolución en el sentido de un crecimiento indefinido e independiente de los tejidos que le rodean. En la infancia, las lesiones que se ven más habitualmente son: hemangiomas (Fig. 46), el xantogranuloma juvenil (Fig. 47) el epitelioma calcificante de Malherbe o pilomatrixoma (una tumoración de consistencia dura, por su contenido en calcio, que se localiza sobre todo en extremidades) (Fig. 48) y los mastocitomas que con frecuencia son múltiples (Fig. 49). Otros tumores también benignos como el fibroqueratoma digital o los dermatofibromas son más raros en la infancia.

Figura 46. Hemangioma.

Figura 46. Hemangioma.

Figura 47. Xantogranuloma juvenil.

Figura 47. Xantogranuloma juvenil.

Figura 48. Epitelioma calcificante de Malherbe o pilomatrixoma.

Figura 48. Epitelioma calcificante de Malherbe o pilomatrixoma.

Figura 49. Mastocitomas.

Figura 49. Mastocitomas.

Los quistes son lesiones similares a los nódulos que se diferencian de los mismos por su consistencia elástica. Consisten en una pared conjuntiva tapizada por un epitelio que contienen líquido o un material semisólido. Los más habituales son los quistes epidérmicos, ya sean aislados o en el contexto de un acné severo (Fig. 50), el esteatocistoma múltiple (Fig. 51), los quistes de millium/inclusión (Fig. 52) que aparecen generalmente en el proceso de curación de heridas y los quistes de retención (p. ej.: de saliva –mucocele–) (Fig. 53).

Figura 50. Quistes epidérmicos.

Figura 50. Quistes epidérmicos.

Figura 51. Esteatocistoma múltiple.

Figura 51. Esteatocistoma múltiple.

Figura 52. Quistes de millium/inclusión (epidermolisis ampollosa distrófica).

Figura 52. Quistes de millium/inclusión (epidermolisis ampollosa distrófica).

Figura 53. Quiste de retención de saliva (mucocele).

Figura 53. Quiste de retención de saliva (mucocele).

Vesículas, ampollas y pústulas

Son elevaciones circunscritas de la epidermis con contenido líquido, seroso o hemorrágico. Si el contenido es purulento, se habla de pústula. Por convenio, se acepta un tamaño de <1 cm para las vesículas y de >1 cm para las ampollas.

Cuando las lesiones son generalizadas, tendremos que pensar en alguna de las enfermedades ampollosas y la localización y otras características nos ayudarán en el diagnóstico. Cuando las vesículas se localizan en codos, rodillas y espalda, pensaremos en la dermatitis herpetiforme (Fig. 54). Si lo hacen en el área genital y muestran una morfología arciforme, una dermatitis por IgA lineal (Fig. 55) y si afectan a todo el cuerpo con brotes sucesivos y evolucionan a la umbilicación: varicela (Fig. 56).

Figura 54. Dermatitis herpetiforme.

Figura 54. Dermatitis herpetiforme.

Figura 55. Dermatitis por IgA lineal.

Figura 55. Dermatitis por IgA lineal.

Figura 56. Varicela.

Figura 56. Varicela.

Las lesiones en dorso de manos, rodillas y cara (con aspecto en diana), son típicas del eritema exudativo multiforme (Fig. 57) y las vesículas o ampollas sobre un fondo eritematoso son indicativas de un síndrome de piel escaldada estafilocócico (Fig. 58) o de un síndrome de Lyell medicamentoso (Fig. 59).

Figura 57. Eritema exudativo multiforme.

Figura 57. Eritema exudativo multiforme.

Figura 58. Síndrome de piel escaldada estafilocócico.

Figura 58. Síndrome de piel escaldada estafilocócico.

Figura 59. Síndrome de Lyell medicamentoso (barbitúricos).

Figura 59. Síndrome de Lyell medicamentoso (barbitúricos).

Cuando son localizadas, tendremos que pensar en factores locales, aunque no se pueden excluir totalmente las enfermedades ampollosas, porque algunas como el pénfigo por ejemplo pueden permanecer limitadas a la mucosa oral durante varios meses. Sin embargo el pénfigo y el penfigoide no ocurren durante la infancia. En las piernas, son típicas del prúrigo-estrófulo (o culicosis) (Fig. 60). Cuando las vesículas están agrupadas hay que pensar en el herpes simple (Fig. 61), pero también en el herpes zoster si hay varias agrupaciones de vesículas siguiendo un trayecto nervioso (Fig. 62). Si hay antecedentes de aplicación de medicamentos, debemos pensar en un eccema agudo de contacto (Fig. 63).

Figura 60. Prúrigo-estrófulo o culicosis.

Figura 60. Prúrigo-estrófulo o culicosis.

Figura 61. Herpes simple.

Figura 61. Herpes simple.

Figura 62. Herpes zoster.

Figura 62. Herpes zoster.

Figura 63. Eccema agudo de contacto.

Figura 63. Eccema agudo de contacto.

Las pústulas son lesiones similares a las vesículas pero de contenido purulento. Generalmente son localizadas, aunque su origen es diverso. Pueden ser de origen infeccioso como los panadizos (Fig. 64) o las foliculitis (Fig. 65), o irritativo como en la sudamina (Fig. 66). En palmas y plantas son típicas de la pustulosis palmoplantar (Fig. 67) y cuando son generalizadas, hay que pensar en toxicodermias o psoriasis (Fig. 68).

Figura 64. Panadizo.

Figura 64. Panadizo.

Figura 65. Foliculitis.

Figura 65. Foliculitis.

Figura 66. Sudamina.

Figura 66. Sudamina.

Figura 67. Pustulosis palmoplantar.

Figura 67. Pustulosis palmoplantar.

Figura 68. Psoriasis.

Figura 68. Psoriasis.

Escamas y costras

Las escamas aparecen cuando las laminillas córneas, en lugar de desprenderse, se quedan adheridas a la piel. La causa puede ser un acortamiento en el proceso de cornificación, como en el psoriasis, o una retención anómala de las laminillas, como es el caso de ciertas ictiosis. Las escamas se definen por su tamaño: furfuráceas (muy pequeñas y finas), laminares (grandes), exfoliación (muy extensas, como por ejemplo la palma de la mano), pero también su aspecto sugiere el diagnóstico. Así, las escamas del psoriasis son brillantes, micáceas y nacaradas (Fig. 69), las de la ictiosis nigricans son negruzcas (Fig. 70) y las de la dermatitis seborreica son mates y untuosas al tacto (Fig. 71).

Figura 69. Psoriasis.

Figura 69. Psoriasis.

Figura 70. Ictiosis nigricans.

Figura 70. Ictiosis nigricans.

Figura 71. Dermatitis seborreica.

Figura 71. Dermatitis seborreica.

Cuando se disponen en collarete, son típicas de la pitiriasis rosada (Fig. 72) y cuando son furfuráceas de la pitiriasis versicolor (Fig. 73). Cuando son generalizadas, hablamos de xerosis (Fig. 74) o ictiosis vulgar (Fig. 75) y si se acompaña de eritema, de eritrodermia (Fig. 76).

Figura 72. Descamación en collarete (pitiriasis rosada).

Figura 72. Descamación en collarete (pitiriasis rosada).

Figura 73. Escamas pequeñas (pitiriasis versicolor).

Figura 73. Escamas pequeñas (pitiriasis versicolor).

Figura 74. Xerosis.

Figura 74. Xerosis.

Figura 75. Ictiosis vulgar.

Figura 75. Ictiosis vulgar.

Figura 76. Eritrodermia.

Figura 76. Eritrodermia.

Las costras son masas sólidas de consistencia variable, constituidas por la desecación de exudados, sangre y restos celulares o de otro tipo, que se encuentran más o menos mezclados con detritus epidérmicos y microbianos o parasitarios.

Las más habituales son las costras melicéricas (del color de la miel) que se producen por desecación de exudados serosos o purulentos y son típicas del impétigo (Fig. 77). Las costras negruzcas ocurren por desecación de la sangre y se ven por ejemplo en excoriaciones (Fig. 78). Con relativa frecuencia, escamas y costras se mezclan (escamo-costras), por ejemplo en la costra láctea (Fig. 79), que se observa en el cuero cabelludo en pacientes de pocos meses, o en la seudotiña amiantácea (Fig. 80), que se observa en niños más mayores, sobre todo cerca de la pubertad.

Figura 77. Costras melicéricas (impétigo).

Figura 77. Costras melicéricas (impétigo).

Figura 78. Costras hemorrágicas (dermatitis herpetiforme de During).

Figura 78. Costras hemorrágicas (dermatitis herpetiforme de During).

Figura 79. Costra láctea.

Figura 79. Costra láctea.

Figura 80. Seudotiña amiantácea.

Figura 80. Seudotiña amiantácea.

Erosiones y excoriaciones

Son pérdidas de sustancia en la piel, de forma y tamaño variables, circunscritas, deprimidas y exudativas, que afectan únicamente a la epidermis, por lo que no dejan cicatriz. Suelen ser provocadas por el rascado, ya sea sobre piel sana (Fig. 81) o sobre lesiones preexistentes como el prúrigo-estrófulo (Fig. 82), pero también pueden ocurrir de forma espontánea, cuando la piel se encuentra macerada, por ejemplo en una dermatitis del pañal (sifiloide posterosivo) (Fig. 83).

Figura 81. Lesiones de rascado en piel sana.

Figura 81. Lesiones de rascado en piel sana.

Figura 82. Prúrigo estrófulo excoriado.

Figura 82. Prúrigo estrófulo excoriado.

Figura 83. Dermatitis del pañal con erosiones (sifiloide posterosivo).

Figura 83. Dermatitis del pañal con erosiones (sifiloide posterosivo).

Fisuras, grietas o rágades

Son soluciones de continuidad de la piel, lineales y perpendiculares al eje de máxima elasticidad de la misma, que penetran en élla más o menos profundamente. Se producen cuando la piel pierde su elasticidad natural. Suelen ser dolorosas y se localizan sobre todo en los bordes de los orificios naturales y de los pliegues, por ej. en comisuras bucales (Fig. 84), región perianal, pliegues mamarios, retroauriculares (Fig. 85), etc. Son también típicas en los pulpejos de los dedos en pacientes con dermatitis plantar juvenil (Fig. 86) y en las queilitis de pacientes en tratamiento con isotretinoína o con dermatitis atópica (Fig. 87). Generalmente, curan sin dejar cicatriz.

Figura 84. Boqueras.

Figura 84. Boqueras.

Figura 85. Fisura retroauricular.

Figura 85. Fisura retroauricular.

Figura 86. Dermatitis plantar juvenil.

Figura 86. Dermatitis plantar juvenil.

Figura 87. Queilitis en dermatitis atópica.

Figura 87. Queilitis en dermatitis atópica.

Atrofias y esclerosis

El término atrofia implica una disminución del espesor de la piel a expensas de una, dos o las tres capas de que consta. Cuando es epidérmica, generalmente como consecuencia de la aplicación crónica de corticoides (Fig. 88), la piel se vuelve casi transparente, permitiéndonos la observación de la red vascular dérmica. Las atrofias dérmicas o hipodérmicas se manifiestan como una depresión de la piel. Hablamos de anetodermia cuando se afectan fundamentalmente las fibras elásticas (Fig. 89), atrofodermia cuando se afecta toda la dermis (Fig. 90) y lipoatrofia circunscrita (Fig. 91) cuando se afecta la hipodermis.

Figura 88. Atrofia epidérmica en cuello por corticoides.

Figura 88. Atrofia epidérmica en cuello por corticoides.

Figura 89. Anetodermia (pérdida de fibras elásticas).

Figura 89. Anetodermia (pérdida de fibras elásticas).

Figura 90. Atrofodermia (toda la dermis).

Figura 90. Atrofodermia (toda la dermis).

Figura 91. Lipoatrofia circunscrita semicircular.

Figura 91. Lipoatrofia circunscrita semicircular.

La esclerosis es una induración de los tejidos subepidérmicos, que se acompaña de pérdida de elasticidad de la piel, que se torna imposible de plegar. Se puede acompañar de atrofia epidérmica por la afectación de los vasos sanguíneos de la dermis y hablamos de líquen escleroatrófico (Fig. 92). Habitualmente, son lesiones de unos pocos cm de diámetro, pero pueden ser lineales (morfea lineal) (Fig. 93) o generalizadas (esclerodermia asociada al síndrome tóxico por aceite de colza adulterado) (Fig. 94).

Figura 92. Líquen escleroatrófico.

Figura 92. Líquen escleroatrófico.

Figura 93. Morfea lineal.

Figura 93. Morfea lineal.

Figura 94. Esclerodermia asociada al síndrome tóxico por aceite de colza adulterado.

Figura 94. Esclerodermia asociada al síndrome tóxico por aceite de colza adulterado.

Escaras, úlceras y cicatrices

Las escaras son áreas delimitadas de color negruzco y superficie plana o ligeramente deprimida, constituidas por tejido necrosado que al cabo del tiempo se elimina. Pueden ser secas, por obstrucción de un tronco arterial por ejemplo émbolos sépticos en una meningitis meningocócica (Fig. 95), o húmedas, cuando la necrosis se debe a fenómenos inflamatorios intensos, por ej., en algunas infecciones o por picaduras de arañas (Fig. 96).

Las úlceras son pérdidas de sustancia que afectan a epidermis y dermis, pudiendo llegar al plano muscular. La descripción detallada de sus características (el tamaño, la forma, el fondo, la presencia de tejido de granulación o esfacelos, la coloración y la evolución) es importante para el diagnóstico aunque lo es más para el tratamiento. Pueden ser secundarias a vasculitis, por ej., en la vasculitis livedoide (Fig. 97), de origen infeccioso, como las causadas por leishmaniasis (botón de Oriente) (Fig. 98), y también como consecuencia de la infección secundaria de otras lesiones por un cuidado deficiente (Fig. 99).

Figura 95. Necrosis en una sepsis (meningitis meningocócica).

Figura 95. Necrosis en una sepsis (meningitis meningocócica).

Figura 96. Necrosis por picadura de araña.

Figura 96. Necrosis por picadura de araña.

Figura 97. Vasculitis livedoide.

Figura 97. Vasculitis livedoide.

Figura 98. Leishmaniasis (botón de Oriente).

Figura 98. Leishmaniasis (botón de Oriente).

Figura 99. Ulceración de lesiones de varicela por infección secundaria.

Figura 99. Ulceración de lesiones de varicela por infección secundaria.

Las cicatrices consisten en la sustitución por tejido conectivo de una pérdida de sustancia (ulceración o necrosis) a nivel de dermis o hipodermis. El epitelio de superficie es reparado a partir del borde sano y de los restos que pudieran quedar de epitelio folicular. Generalmente, el epitelio que recubre la cicatriz, carece de glándulas y folículos, es atrófico y de menor resistencia.

Las cicatrices aunque tienen la forma de la lesión primitiva que reparan pueden mostrar variaciones en su color (rosadas, acrómicas, hiperpigmentadas) o en su superficie (lisas, deprimidas, exuberantes. atróficas, hipertróficas, queloideas, etc.). Son características las cicatrices atróficas que se producen en raices de miembros, nalgas, etc. en la adolescencia (estrías de distensión) (Fig. 100), las cicatrices hipertróficas (enrojecidas y sobrelevadas), que son muy frecuentes durante los primeros meses de curación de las heridas (Fig. 101) y los queloides (Fig. 102), que desbordan los límites de la herida y ocurren en personas y zonas especialmente predispuestas (jóvenes, raza negra, ángulo de la mandíbula, lóbulos de las orejas, y parte alta del tórax).

Figura 100. Estrías de distensión.

Figura 100. Estrías de distensión.

Figura 101. Cicatrices hipertróficas en heridas por roce.

Figura 101. Cicatrices hipertróficas en heridas por roce.

Figura 102. Queloide secundario a pendiente.

Figura 102. Queloide secundario a pendiente.

El patrón de distribución/localización

Hay múltiples asociaciones de lesiones con localizaciones, que nos permiten hacer el diagnóstico con gran seguridad. Las lesiones localizadas en zonas fotoexpuestas deben hacernos pensar en fotodermatosis, como la erupción primaveral juvenil, las porfirias o el hidroa vacciniforme (Fig. 103), y también en reacciones medicamentosas fotosensibles (Fig. 104).

Figura 103. Hidroa vacciniforme.

Figura 103. Hidroa vacciniforme.

Figura 104. Reacción fotosensible por Fenergan®.

Figura 104. Reacción fotosensible por Fenergan®.

Las lesiones en codos y rodillas son típicas de la psoriasis o, en niños pequeños, de las dermatitis por fricción (Fig. 105); mientras que, las lesiones en pliegues cubitales y poplíteos son características de la dermatitis atópica (Fig. 106). La localización en muñecas y tobillos, es también típica del líquen plano (Fig. 40), pero cuando los pliegues afectados son más húmedos (ingles, axilas) debemos pensar en infecciones, sobre todo candidiasis (Fig. 20).

Figura 105. Dermatitis por fricción.

Figura 105. Dermatitis por fricción.

Figura 106. Dermatitis atópica.

Figura 106. Dermatitis atópica.

La afectación de las mejillas en un contexto de afectación del estado general es sugestiva de eritema infeccioso (Fig. 107), pero cuando es más o menos permanente debe hacernos pensar en queratosis pilar (Fig. 108) o dermatitis atópica (Fig. 109).

Figura 107. Eritema infeccioso.

Figura 107. Eritema infeccioso.

Figura 108. Queratosis pilar.

Figura 108. Queratosis pilar.

Figura 109. Dermatitis atópica.

Figura 109. Dermatitis atópica.

La afectación periorificial y de genitales es muy típica de la acrodermatitis enteropática (Fig. 110) y la afectación simultánea de boca, manos y pies (vesículas) describe directamente una enfermedad vírica (Fig. 111).

Figura 110. Acrodermatitis enteropática.

Figura 110. Acrodermatitis enteropática.

Figura 111. Boca-mano-pie.

Figura 111. Boca-mano-pie.

La disposición

Las lesiones grupadas en racimo (disposición herpetiforme) es característica del herpes simple (Fig. 61) y cuando ocurre siguiendo un trayecto nervioso (zosteriforme), del herpes zoster (Fig. 62).

Las lesiones más o menos lineales, suelen ser artefactas (fenómeno de Koebner) como en el caso de las verrugas vulgares (Fig. 112), o siguen las líneas de Blaschko, como los nevus epidérmicos (Fig. 113).

Figura 112. Fenómeno de Koebner en verrugas vulgares.

Figura 112. Fenómeno de Koebner en verrugas vulgares.

Figura 113. Nevus epidérmico blaschkoide.

Figura 113. Nevus epidérmico blaschkoide.

Las lesiones circinadas son típicas de las tiñas (Fig. 114) pero también suceden en eccemas y urticaria (Fig. 31) y cuando simulan una escarapela, del eritema exudativo multiforme (Fig. 115).

Figura 114. Tiña (lesiones circinadas).

Figura 114. Tiña (lesiones circinadas).

Figura 115. Eritema exudativo multiforme.

Figura 115. Eritema exudativo multiforme.

El crecimiento centrífugo, es la característica fundamental del eritema anular centrífugo (Fig. 116), una dermatosis de causa desconocida que se ha descrito asociado a infecciones, tumores malignos, discrasias hematológicas o drogas, pero también de otras enfermedades que ocurren habitualmente en adultos, como el eritema gyratum repens (asociado a procesos malignos) o el eritema crónico migratorio (asociado a infección por Borrelia).

Figura 116. Eritema anular centrífugo.

Figura 116. Eritema anular centrífugo.

La evolución

Los brotes subintrantes son típicos de la dishidrosis (Fig. 117) y de los eccemas en general. La coincidencia con algunas actividades o estaciones también nos puede ayudar, como es el caso de los brotes de prúrigo-estrófulo (Fig. 60) coincidiendo con “ir al pueblo”. La aparición sucesiva de algunos tipos de lesiones como por ejemplo los brotes de eritema exudativo multiforme (Fig. 57) tras un episodio de herpes simple o el de pitiriasis rosada (Fig. 118) tras la aparición de múltiples lesiones, a los pocos días de la aparición de una primera (heraldo) también nos facilita el diagnóstico.

Figura 117. Dishidrosis.

Figura 117. Dishidrosis.

Figura 118. Pitiriasis rosada.

Figura 118. Pitiriasis rosada.

Algunas enfermedades tienden a recidivar en la misma localización, por ej. el herpes simple (Fig. 61) o el exantema fijo medicamentoso (Fig. 119).

Figura 119. Exantema fijo medicamentoso o pigmentoso.

Figura 119. Exantema fijo medicamentoso o pigmentoso.

Las complicaciones

Las lesiones cutáneas pueden complicarse con la aparición de nuevas lesiones distintas de las primeras, ya sea de forma espontánea, como es por ej. la impetiginización en el herpes simple (Fig. 120), o como consecuencia de los tratamientos que enmascaren el cuadro (tiña incógnito por corticoides) (Fig. 121) o le compliquen (eccematización secundaria por alergia de contacto o sobredosis), algo relativamente frecuente con antifúngicos tópicos (Fig. 122).

Figura 120. Impetiginización en el herpes simple.

Figura 120. Impetiginización en el herpes simple.

Figura 121. Tiña incógnito por corticoides.

Figura 121. Tiña incógnito por corticoides.

Figura 122. Eccematización secundaria.

Figura 122. Eccematización secundaria.

Recomendaciones generales para el diagnóstico

Hay que ver todas las imágenes posibles ya sea en atlas o mejor al natural, para “entrenar la vista” y hacernos con una memoria fotográfica que nos permita reconocer las señales que las enfermedades dejan en la piel.

Recordar que las lesiones cambian con el tiempo, al igual que la percepción del médico, lo que posibilita que una nueva exploración, pasados unos días de tratamiento sintomático, que no enmascare las lesiones, nos permita hacer el diagnóstico.

Cuando tengamos una sospecha clínica, debemos intentar confirmarla con los medios de que dispongamos: análisis, radiografías, estudios microbiológicos, biopsias, etc., pero en muchas ocasiones el diagnóstico es exclusivamente clínico, por lo que si seguimos teniendo dudas, la consulta a los compañeros puede ser la mejor estrategia.

Bibliografía

1. Lázaro Ochaita P. Dermatología. Texto y Atlas. 3ª edición. Madrid: Edit. Autor-Editor; 2003.

2. Fitzpatrick TB. Atlas en color y sinopsis de dermatología clínica. 5ª edición. Ed McGgraw-Hill Interamericana; 2005.

3. Rapini RP, Jorizzo JL, Bolognia JL. Bolognia Dermatology. 3ª edición. Edit Mosby; 2012.

4. Mancini AJ, Krowchuk D. Pediatric Dermatology. A Quick Reference Guide. 1ª edición. Edit. American Academy of Pediatrics; 2006.

5. Mancini A, Paller A. Hurwitzs clinical pediatric dermatology: a textbook of skin disorders of childhood and adolescence. 3ª edición. Edit. Saunders; 2006.

 

Semiología básica en radiología de tórax

Regreso a las bases

 

G. Albi Rodríguez

Profesor asociado del Departamento de Anatomía, Histología y Neurociencia de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Facultativo especialista en Radiodiagnóstico del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Madrid


Semiología básica en radiología de tórax

 

Introducción

La técnica de imagen de elección en el estudio de la patología respiratoria en el niño continúa siendo la radiografía simple de tórax. En la mayoría de las ocasiones, será la única prueba radiológica que se lleve a cabo y, en otras, indicará la realización de otros procedimientos, como una tomografía computarizada (TC) o una resonancia magnética (RM).

Recordar que en la edad pediátrica se debe disminuir, en lo posible, el número de exploraciones radiológicas por el potencial riesgo de cáncer secundario(1). Se debe seguir el principio ALARA (As Low As Reasonably Achievable: emplear la menor cantidad de radiación que sea posible para llegar a un diagnóstico), mediante radiografías diagnósticas con la menor dosis posible, y con indicaciones adecuadas(2).

Interpretación(3,4)

En la edad pediátrica, únicamente se utiliza una proyección de forma habitual, la lateral no se emplea de rutina para evitar radiación innecesaria; y se reserva para confirmar un hallazgo dudoso o localizar una determinada imagen. En los niños colaboradores, se realizará el estudio en bipedestación y en el resto, en decúbito supino.

La radiografía debe estar correctamente realizada, con una adecuada colimación y una calidad de imagen suficiente para hacer un diagnóstico, principio ALARA. Debe incluir las regiones supraclaviculares y la totalidad de las regiones diafragmáticas, se visualizará parte del hemiabdomen superior.

Es fundamental reconocer el grado de inspiración de la radiografía, ya que unos pulmones poco insuflados pueden llevar a error, y simular áreas de consolidación o infiltrados (Fig. 1); para ello es de gran ayuda contar el número de arcos costales anteriores. Una adecuada inspiración es cuando el diafragma está a la altura del sexto arco costal anterior; por debajo del octavo se considera hiperinsuflación y, por encima del cuarto, es compatible con hipoventilación.

 

Figura 1. Radiografía de tórax poco inspirada, se aprecian 5 arcos costales anteriores por encima de los diafragmas, por la poca ventilación de las bases pulmonares simula infiltrados bibasales.

 

Otro dato es el grado de rotación del estudio, ya que puede ocultar patología o bien hacer que determinadas estructuras anatómicas simulen procesos patológicos.

Lectura sistemática

Hay que seguir una metodología para detectar variantes de la normalidad (lóbulo accesorio de la vena ácigos, etc.) y la posible patología:

• La morfología del tórax: la forma normal en el neonato es similar a la pantalla de una lámpara, las costillas son horizontales y el tórax tiene forma trapezoidal. Con el crecimiento, el tórax se va alargando en el eje vertical y adopta la forma rectangular del adulto.

Cuello y hemiabdomen superior: cámara gástrica a la izquierda, aire ectópico, calcificaciones, efectos de masa y cuerpos extraños.

Pared torácica: las estructuras óseas del tórax, que incluyen las costillas, ambas clavículas, las escápulas, los extremos proximales de los húmeros y toda la columna vertebral que se identifique. Buscar fracturas antiguas o recientes, destrucción ósea (osteomielitis, sarcoma de Ewing, etc.), escoliosis y malformaciones óseas (hemivértebras, vértebras en mariposa, etc.). Evaluar las regiones paravertebrales (tumores o hernias de hiato) y los diafragmas (parálisis diafragmáticas, hernias congénitas).

• Del mediastino se deben valorar sus contornos, formados por la silueta cardiaca, la vena cava superior, el cayado aórtico y el tronco de la arteria pulmonar, en busca de adenopatías, masas, anomalías vasculares, alteración en el tamaño del corazón, etc. La mayoría de las masas torácicas en los niños se localizan en el mediastino.

Compartimentos del mediastino:

Anterior, limitado superiormente por las clavículas, posteriormente por la superficie anterior de los grandes vasos, anteriormente por el esternón e inferiormente por el diafragma. Contiene el timo y ganglios linfáticos.

Medio, entre el mediastino anterior y posterior, se encuentran el corazón y el pericardio, la aorta y sus ramas, venas sistémicas torácicas, las arterias y venas pulmonares, la tráquea y los bronquios principales, los nervios frénicos y vagos, así como ganglios linfáticos.

Posterior, limitado posteriormente por la pared torácica, anteriormente por una línea vertical imaginaria localizada a 2 cm por detrás del margen anterior de los cuerpos vertebrales, cranealmente por la entrada torácica y caudalmente por el diafragma. Contiene nervios, ganglios linfáticas y hueso.

• El timo es una glándula de consistencia blanda que forma parte del sistema inmune. Situado en el mediastino anterior. En el neonato presenta un gran tamaño en proporción con la caja torácica. No se suele identificar en los niños mayores de 5 años por el aumento del tórax. Puede adoptar múltiples morfologías al adaptarse a las estructuras vecinas. Se puede visualizar con una forma triangular unilateral (“signo de la vela”) (Fig. 2), como un festoneado por la impronta de los arcos costales anteriores (“signo de la ola”), o puede simular una cardiomegalia o una masa mediastínica, a veces indistinguible de un tumor o una neumonía.

 

Figura 2. “Signo de la vela tímica” (flecha). El timo prominente en un lactante parece una neumonía en el lóbulo superior derecho, pero éste tiene los bordes muy nítidos.

 

• La vía aérea: la tráquea se sitúa en la línea media, a la derecha del mediastino por el desplazamiento del arco aórtico, situado normalmente a la izquierda. Una anomalía en la posición de la tráquea puede sugerir patología vascular o una masa torácica. La vía aérea central se puede desplazar con el mediastino por un aumento o disminución unilateral del volumen pulmonar. Se debe valorar la bifurcación traqueal o carina, el espacio caudal a ella es asiento de adenopatías y masas, que pueden separar los bronquios principales.

• Los hilios deben ser valorados con detenimiento en busca de adenopatías, que pueden producir un adelgazamiento o desplazamiento de los bronquios (Fig. 3).

 

Figura 3. Adenopatías hiliares (flecha blanca en B) y subcarinales que producen una disminución del calibre de los bronquios principales (flechas negras en A), en un paciente con sospecha de tuberculosis y Mantoux positivo.

 

• En el parénquima pulmonar hay que evaluar la asimetría pulmonar, el grado de aireación, la existencia de densidades focales, difusas o determinados patrones radiológicos.

Asimetría pulmonar:

Hemitórax denso aumentado de tamaño: el aumento de densidad puede ser completo o parcial. Si el aumento de tamaño es significativo, puede haber un desplazamiento contralateral del mediastino. Causas: líquido en el espacio pleural (hemotórax, empiema, etc.); lesiones quísticas, pseudoquísticas y tumores (malformación adenomatoidea quística llena de líquido, secuestro, neoplasias, etc.); y vísceras abdominales sin aire (hernia diafragmática sin aire, etc.).

Hemitórax hiperlucente aumentado de tamaño: suele ser por una acumulación de aire a tensión. Lo fundamental es saber cuál de los pulmones es el patológico. En la hiperinsuflación obstructiva, la vascularización está disminuida por vasoconstricción en el pulmón que atrapa aire. En la hiperinsuflación compensadora, la vascularización es normal y la enfermedad se encuentra en el hemitórax contralateral. Si existen dudas es útil una radiografía en espiración, el pulmón patológico permanece aumentado e hiperclaro debido al atrapamiento aéreo; mientras que, el normal disminuye de tamaño y se hace más denso al expulsar el aire de su interior, como en los cuerpos extraños intrabronquiales. Causas pulmonares: el enfisema lobular congénito, la atresia bronquial, la malformación adenomatoidea quística (Fig. 4), etc. Causa pleural: el neumotórax.

 

Figura 4. En la radiografía de tórax (A) se aprecia un hemitórax izquierdo hiperlucente aumentado de tamaño, se observa un desplazamiento del mediastino y del hemidiafragma izquierdo. En la tomografía computarizada (B), se demuestran unas lesiones quísticas llenas de aire, de paredes finas, con un pulmón aumentado de tamaño. Diagnóstico: malformación adenomatoidea quística (malformación congénita de la vía aérea pulmonar).

 

Lesión hiperlucente expansiva: puede tener un aspecto de burbuja. Causas: la malformación adenomatoidea quística, el neumatocele, el secuestro pulmonar, la displasia broncopulmonar, las hernias diafragmáticas con aire intestinal, etc. Es necesario evaluar el abdomen, en el caso de una hernia diafragmática el aire intestinal estará disminuido.

Hemitórax denso con pérdida de volumen: atelectasias (por un tapón de moco, posición anómala del tubo endotraqueal, compresión extrínseca, etc.); agenesia pulmonar, etc.

Hemitórax hiperlucente de pequeño tamaño por hipoplasia pulmonar, síndrome de Swyer-James, neumonectomía parcial. Si un estudio está rotado o existe una ausencia del músculo pectoral, pueden dar un hemitórax pseudohiperlucente.

• El espacio pleural es una cavidad virtual, formada entre la capa visceral, que rodea los pulmones, y la parietal, que lo hace por toda la caja torácica y el mediastino. El neumotórax se identifica como una separación de las hojas pleurales llenas de gas con ausencia de vasos, generalmente de localización apical. El líquido pleural (derrame, empiema, hemotórax o quilotórax) se visualiza como un aumento de densidad agua (Fig. 5). En bipedestación, si la cantidad es suficiente, se aprecia una imagen de menisco a lo largo de la pared torácica lateral y posterior. En decúbito supino, se sitúa en la porción declive del tórax (posterior) y aparece como un aumento difuso de la densidad del parénquima pulmonar; o si la acumulación de líquido es significativa, como un hemitórax denso aumentado de tamaño. En ocasiones, adopta una disposición subpulmonar, con apariencia de sobreelevación diafragmática.

 

Figura 5. Radiografía en la que se aprecia una consolidación en el lóbulo superior izquierdo, con derrame pleural asociado (línea negra con flechas). Al estar en decúbito supino, el líquido pleural se acumula en la porción declive del tórax, aumentando discretamente la densidad del parénquima pulmonar suprayacente.

 

Patología infecciosa(3-7)

La infección de las vías respiratorias es una de las enfermedades más comunes en la edad pediátrica, con gran morbimortalidad e importante gasto sanitario. Habitualmente adquirida por la inhalación de secreciones infectadas desde la vía aérea superior.

Los causantes más habituales en los menores de 5 años son los virus. En los lactantes y niños pequeños es frecuente la sobreinfección bacteriana. Las neumonías bacterianas en pacientes mayores de 5 años suelen ser debidas a S. pneumoniae y Mycoplasma. Las neumonías bacterianas también son causas importantes de infección nosocomial. Hay un resurgir de las micobacterias como causantes de primoinfección pulmonar en la edad pediátrica. Otros agentes, como los hongos, son mucho menos frecuentes y se suelen dar en determinados grupos de pacientes, como inmunodeprimidos o con procesos crónicos (fibrosis quística, etc.). En este artículo, nos vamos a referir a los procesos acaecidos en pacientes inmunocompetentes.

Los virus suelen producir bronquiolitis, bronquitis o bronconeumonía. Las bacterias causan, generalmente, neumonía o bronconeumonía.

La radiografía no determina el patógeno causal, por solapamiento de las alteraciones radiológicas entre los procesos virales y bacterianos, hay que valorarla según el contexto clínico.

Los métodos de imagen se emplean para detectar la presencia de neumonía, determinar su localización y extensión, descartar complicaciones y otras causas de síntomas respiratorios. En la mayoría de ocasiones, la radiografía de tórax será la única prueba de imagen que se realice. Se utilizará la ecografía para comprobar si hay que drenar un derrame pleural. La TC se reserva para los casos en los que se sospeche, por la gravedad del paciente y por la mala evolución clínica, complicaciones o alguna causa subyacente que favorezca la infección pulmonar.

No existe evidencia en cuanto a que la radiografía mejore la evolución clínica en niños mayores de 2 meses atendidos de forma ambulatoria con sospecha clínica de infección respiratoria de vías bajas, debido a los efectos nocivos potenciales de las radiaciones ionizantes. Los beneficios deben ser sopesados en relación a dichos riesgos. Esta premisa no es necesariamente aplicable a niños hospitalizados o con síntomas de más de 14 días(8).

Manifestaciones radiológicas(7)

Se producen diferentes patrones radiológicos dependiendo del tipo de afectación: del espacio aéreo, de la vía aérea o de ambos (bronconeumonía). Si se afecta la vía aérea, son habituales las atelectasias y las alteraciones de la aireación.

Opacidades del espacio aéreo. Aumentos de densidad en el parénquima pulmonar, segmentarias o lobares, de bordes indefinidos, de aspecto algodonoso, por ocupación de los alveolos (Fig. 5). Denominadas consolidaciones o infiltrados parenquimatosos. También, se identifican en las bronconeumonías, de localización más central y con implicación de la vía aérea. La neumonía redonda es una forma especial, de bordes más definidos, típica de la edad infantil (Fig. 6).

 

Figura 6. Aumento de densidad bien definido, con broncograma en su interior y de morfología redondeada, en relación con una neumonía redonda.

 

Opacidades lineales, por afectación del intersticio de la vía aérea inferior, se visualizan como imágenes de aumento de densidad, circulares o lineales, traducen engrosamientos de la pared bronquial o del espacio peribronquial. Se observan sobre todo en la bronquiolitis (Fig. 7).

 

Figura 7. Paciente con clínica de bronquiolitis en el que se aprecian unos infiltrados perihiliares con engrosamientos peribronquiales y una atelectasia laminar (flecha). No se identifica consolidación pulmonar.

 

Atelectasias, aumentos de densidad con signos de pérdida de volumen (desplazamiento de estructuras mediastínicas, cisuras, etc.). Pueden ser lobares, parcheadas, subsegmentarias o lineales. Se suelen asociar con la bronquiolitis (Fig. 7) y con la neumonía intersticial.

Las opacidades nodulares y reticulonodulares, por afectación del intersticio pulmonar y de la vía aérea de pequeño tamaño. Son de pequeño tamaño, bilaterales y difusas. Estas neumonías intersticiales infecciosas pueden ser tanto tuberculosas como no tuberculosas.

El vidrio deslustrado, aumento de densidad tenue que deja ver los vasos a su través, se puede apreciar en el edema pulmonar no cardiogénico por sepsis o en neumonías difusas por Pneumocystis, hongo que afecta a pacientes con SIDA o inmunocomprometidos postrasplante.

Otros patrones menos frecuentes son los quistes y bullas que se identifican en neumonías complicadas con necrosis cavitaria o abscesos pulmonares; también, se aprecian en forma de neumatocele en la evolución de algunos casos de neumonía.

Los nódulos o masas, únicas o múltiples, se pueden ver en infecciones fúngicas o émbolos sépticos.

Bronquiolitis aguda(3,4,7)

Es más frecuente en <2 años, es una de las causas principales de morbimortalidad en este grupo de edad. Suele cursar con tos, fiebre más leve que en los procesos bacterianos, diferentes grados de insuficiencia respiratoria, signos de tiraje y taquipnea.

Sobre todo por el virus respiratorio sincitial, seguido del rinovirus; otros son: virus parainfluenza, adenovirus, virus influenza, etc.

No se recomienda el uso rutinario de la radiografía de tórax (nivel de evidencia II – grado de recomendación B). Además, tampoco existen criterios clínicos que nos permitan identificar a los pacientes que se beneficiarían de una radiografía de tórax, aunque podría considerarse en aquellos niños con un deterioro clínico evidente o en los que existan dudas diagnósticas(9).

Se produce una inflamación difusa de la vía aérea, con infiltración de las paredes bronquiales y bronquiolares, afectación del tejido peribronquial y de los tabiques interlobulillares y extensión hacia las vías aéreas distales. Suele estar respetado el espacio aéreo. Puede existir una obstrucción parcial o completa de las vías aéreas.

Los menores de 2 años son más susceptibles, porque los bronquiolos son de pequeño calibre y están pobremente desarrollos, unido a una mayor producción de moco.

En la imagen, se visualizan opacidades peri y parahiliares bilaterales con engrosamientos peribronquiales y líneas radiales a partir de los hilios, con o sin adenopatías. Signos de hiperinsuflación pulmonar, en forma de zonas más aireadas (hiperlucentes), por obstrucción parcial de la vía aérea. Aumentos de densidad periféricos, parcheados, cambiantes, que se resuelven rápidamente, en relación con atelectasias por tapones de mocos o por obstrucción completa de los bronquiolos (Fig. 7). Cuando aparecen aumentos de densidad de tipo alveolar, hay que sospechar una sobreinfección bacteriana.

Alteraciones similares se pueden ver en pacientes >2 años con bronquitis, aunque los cambios secundarios a la obstrucción de la vía aérea de pequeño calibre son menos frecuentes, por el mayor diámetro y desarrollo de los bronquiolos.

Neumonía

Neumonía aguda focal(5-7)

Se caracteriza por fiebre de más de 38,8°C, síntomas respiratorios y afectación general. Puede presentarse con dolor pleurítico, referido al abdomen si se sitúa en los lóbulos inferiores, y pueden llegar a simular un abdomen agudo.

El patógeno más frecuente es el Streptococcus pneumoniae, que produce típicamente una inflamación en los alvéolos; de forma progresiva, se acumulan células inflamatorias y fibrina. La inflamación se propaga al espacio aéreo circundante a través de los canales de Lambert y los poros de Kohn, lo que explica que a veces no siga una distribución segmentaria.

Otros patógenos menos frecuentes son: Haemophilus influenzae, Staphylococcus aureus, estreptococos del grupo A, Mycoplasma pneumoniae, Chlamydia pneumoniae, Mycobacterium tuberculosis, meningococos, enterobacterias, virus respiratorio sincitial, etc.

En la radiografía de tórax, típicamente, se identifica un aumento de densidad periférico por ocupación del espacio aéreo, segmentario o lobar, de bordes mal definidos o algodonosos, progresivamente confluente (Figs. 5 y 8). Al no afectarse la vía aérea, puede aparecer broncograma aéreo, por el contraste entre el aire de la vía y el espacio aéreo ocupado.

 

Figura 8. Aumento de densidad que borra el hemidiafragma izquierdo, en relación con una neumonía en el lóbulo inferior izquierdo.

 

Recuérdese que los cambios radiológicos son más tardíos que la clínica. Una radiografía de tórax puede ser normal al inicio del cuadro, y no aparecer alteraciones hasta 3-4 días más tarde.

La neumonía redonda es una apariencia atípica de una infección bacteriana pulmonar. Generalmente, en menores de 8 años, por la falta de desarrollo de los poros de Kohn y ausencia de los canales de Lambert. Habitualmente, por S. pneumoniae. Se manifiesta como un aumento de densidad focal, redondeado, generalmente único, de bordes bien definidos, sobre todo en las regiones perihiliares y en los lóbulos inferiores (Fig. 6). Puede confundirse con masas torácicas, deben buscarse signos de neumonía (broncograma aéreo, ausencia de desplazamiento de estructuras vasculares o bronquiales). Repetir la radiografía de tórax en 2-3 semanas, para comprobar su resolución. Algunas lesiones benignas o malignas pueden sobreinfectarse.

En la bronconeumonía, la infección empieza en los bronquios y bronquiolos y se extiende hacia el espacio aéreo contiguo. Por S. pneumoniae y virus. Se aprecian consolidaciones parcheadas, multifocales, bilaterales, heterogéneas, no confluentes y con engrosamientos peribronquiales asociados, generalmente en regiones perihiliares y que se continúan hacia la periferia pulmonar.

Neumonía atípica(7)

Tienen una clínica confusa, mala respuesta al tratamiento antibiótico habitual y una evolución lenta. Sin hallazgos típicos en los estudios de imagen ni una causa obvia.

Los agentes etiológicos más frecuente son el Mycoplasma, Chlamydia spp. y virus (adenovirus, citomegalovirus, etc.).

Mediante la radiografía de tórax, la mayoría de los casos se pueden clasificar en uno de los siguientes subgrupos o en una combinación de dos de ellos.

Neumonía intersticial aguda: patrón reticular o micronodular, parcheado y difuso. Generalmente, por un proceso viral autolimitado.

Neumonía subaguda mínimamente parcheada: una o más áreas parcheadas de aumento de densidad por opacificación del espacio aéreo. Frecuentemente, por Mycoplasma pneumoniae, Chlamydia pneumoniae y adenovirus.

Neumonía focal subaguda: opacificación focal del espacio aéreo, sin aparecer el resto de hallazgos de una neumonía focal aguda típica. Es obligado descartar una tuberculosis.

Cuando la infección pulmonar se produce por varios patógenos, se presenta como una neumonía atípica, incluso con afectación severa de otros órganos.

Los hallazgos en una neumonía viral son como los de la bronquiolitis, aunque también pueden aparecer otros patrones radiológicos. Casos de neumonías severas con fallo respiratorio y alta mortalidad, por coronavirus A y el virus influenza A H1N1 pueden tener alteraciones radiológicas peculiares. Inicialmente se presentan como densidades intersticiales, difusas o focales, perihiliares; que progresan rápidamente a áreas de consolidación bilaterales (Fig. 9). Incluso en niños con gripe A H1N1, la radiografía inicial puede ser normal, el diagnóstico se hace con un alto índice de sospecha clínica(6).

 

Figura 9. Extensos infiltrados perihiliares y engrosamientos peribronquiales que afectan a ambos lóbulos superiores y a la base pulmonar derecha en un paciente con gripe A.

 

Neumonía miliar o nodular(7)

Son opacidades de pequeño tamaño, en el patrón miliar menores de 5 mm; mientras que, los nódulos son menores de 6 cm. La causa más frecuente de un patrón miliar en Pediatría es la tuberculosis. La neumonía nodular se puede ver en émbolos sépticos, neumonía viral, neumonía intersticial linfocítica y algunas infecciones fúngicas y bacterianas. Los émbolos sépticos suelen ser por un foco infeccioso por S. aureus (endocarditis bacteriana, etc.) y pueden cavitarse.

¿Bronquiolitis o neumonía?

Son muy frecuentes en niños, comparten síntomas y signos clínicos y, en muchas ocasiones, se superponen las alteraciones radiológicas. Una bronquiolitis viral puede sobreinfectarse con una neumonía bacteriana. La imagen se debe correlacionar con la clínica.

Complicaciones agudas de las neumonías(7)

Complicaciones pulmonares

Necrosis cavitaria: área de necrosis en el interior de una neumonía, con quistes de paredes finas. En la radiografía de tórax, hasta que no se rellenan de aire no se pueden distinguir del parénquima pulmonar consolidado (Fig. 10). Se identifican en ecografía o TC.

 

Figura 10. Aumento de densidad en el lóbulo inferior izquierdo con unas imágenes de densidad aire con un nivel hidroaéreo en su interior, en una neumonía complicada con áreas de necrosis cavitaria.

 

Absceso pulmonar. Es un foco de necrosis y pus rodeado por una pared fibrosa bien definida. Generalmente, producido por S. aureus y Klebsiella pneumoniae. Infrecuente en niños inmunocompetentes. Es una complicación severa, a veces con un factor predisponente (anomalía pulmonar, inmunodeficiencia). Sospecharlo en la radiografía de tórax si en el interior de una neumonía aparece una lesión quística con un nivel hidroaéreo. La técnica de elección es la TC.

Neumatocele. Quiste de paredes finas relleno de aire tras la resolución de una infección severa, generalmente por Staphylococcus aureus. Estadio final de una área de necrosis. Suelen resolverse espontáneamente con el tiempo. Algunos de gran tamaño pueden sobreinfectarse.

Fístula broncopleural, comunicación entre el pulmón o la vía aérea y el espacio pleural. Sospechar si hay aire en la cavidad pleural. También, se puede ver en infecciones por organismos productores de gas.

Complicaciones pleurales

El derrame paraneumónico (Fig. 5) es el que se produce en el seno de una neumonía conocida. El empiema es un derrame pleural purulento y espeso, móvil o loculado. La ecografía se reserva para los casos significativos, previamente a la colocación de un tubo de drenaje torácico.

Tuberculosis(6,10,11)

La infección por el Mycobacterium tuberculosis está aumentando su incidencia en todo el mundo. La forma más habitual en niños es la primoinfección, que se adquiere por inhalación del microorganismo, con afectación de pequeños focos pulmonares y extensión hacia los ganglios linfáticos paratraqueales, hiliares o subcarinales. Estas adenopatías pueden ser lobuladas, presentar bordes bien definidos o irregulares y pueden estar parcial o completamente calcificadas.

En la tuberculosis postprimaria, habitual en la edad adulta, es menos frecuente la existencia de derrame pleural.

Primoinfección tuberculosa

Radiológicamente se manifiesta como cuatro entidades principales:

Enfermedad parenquimatosa: en niños es poco frecuente y puede manifestarse como un tenue aumento de densidad pulmonar, generalmente en los lóbulos inferiores. La clave diagnóstica, en muchos casos, nos la va a dar la existencia de adenopatías, el contexto clínico y la falta de respuesta al tratamiento antibiótico. En niños menores de 2 años pueden aparecer atelectasias lobares o segmentarias.

Adenopatías hiliares y/o mediastínicas (Fig. 3). Hasta en el 96% de los niños con tuberculosis pulmonar. Frecuentemente es la única manifestación radiológica en la primoinfección, ya que el foco primario pulmonar no se logra visualizar. Generalmente, se sitúan en el mismo lado que la afectación pulmonar, suelen ser unilaterales. Pueden producir diseminación broncógena, obstrucción bronquial, etc. Se identifica un aumento del tamaño de los hilios, con bordes lobulados u ocupación de la región paratraqueal o subcarinal, con horizontalización de los bronquios principales. La TC se reserva para casos dudosos con Mantoux positivo.

Enfermedad miliar. Puede darse en niños y en pacientes inmunocomprometidos. Habitualmente, la radiografía de tórax es normal. El patrón radiológico consiste en unos nódulos de 2-3 mm, difusos en ambos pulmones y de predominio en los lóbulos inferiores. La TC es mucho más sensible (Fig. 11). Pueden progresar y coalescer a formas focales o difusas de consolidación.

 

Figura 11. Nódulos milimétricos difusos, de predominio en la base derecha (flecha en A) que se confirman en una tomografía computarizada (flechas en B), en relación con un patrón miliar. También se visualizan adenopatías mediastínicas y una consolidación o atelectasia en la língula. En un paciente son sospecha de tuberculosis y Mantoux positivo.

 

Derrame pleural. Muy poco frecuente en la edad infantil, generalmente unilateral. En la ecografía se visualiza como un derrame complejo con tabiques.

Tuberculosis postprimaria(10,11)

Sigue siendo una enfermedad de adolescentes y adultos jóvenes. Se trata de la reactivación de una infección tuberculosa previa, o menos frecuente por reinfección.

Las alteraciones se suelen solapar con la primoinfección. Predilección por los lóbulos superiores y ausencia de adenopatías.

Enfermedad pulmonar: consolidaciones mal definidas, parcheadas, en segmentos apicales y posteriores de los lóbulos superiores; frecuentemente se afectan varios segmentos. A veces, cavitaciones de paredes irregulares y gruesas, únicas o múltiples, en la zona de consolidación.

Afectación de la vía aérea: la estenosis del bronquio da lugar a una atelectasia, a hiperinsuflación, a una neumonía obstructiva y/o a una impactación de moco. La propia estenosis no puede ser identificada en la radiografía simple, de elección la TC.

Derrame pleural: es poco frecuente en la tuberculosis postprimaria.

Complicaciones de la tuberculosis(10)

Pueden aparecer meses o años después de la infección tuberculosa: tuberculomas, cavidades de paredes delgadas, bronquiectasias, estenosis traqueobronquial, adenopatías calcificadas, fibrotórax, espondilitis, etc.

Alteraciones del desarrollo(3,12,13)

Las malformaciones congénitas pulmonares, en la actualidad, se consideran como un espectro; de manera que, las seis principales anomalías congénitas son un continuo, desde un pulmón anormal con vasos normales hasta un pulmón normal con vascularización anómala. De modo que, se pueden clasificar en 3 grupos (Tabla I). Pueden existir anomalías con más de uno de estos componentes. Si se sospecha en una radiografía se debe realizar una TC y/o una RM. La descripción pormenorizada de estas lesiones excede el carácter de este artículo.

 

 

Las malformaciones diafragmáticas(4,12)

Pueden asociarse con otras alteraciones pulmonares, y causar síntomas respiratorios graves.

Las hernias diafragmáticas se definen como el ascenso de vísceras abdominales al tórax a través de agujeros o defectos en el diafragma. La más frecuente es la de Bochdaleck, por el foramen pleuroperitoneal posterior, sobre todo izquierdo. Se visualizan como una masa de densidad de partes blandas en el interior del tórax, con varias asas intestinales rellenas de aire y disminución de las asas intrabdominales. La hernia de Morgagni, menos frecuente, de localización anterior y derecha, generalmente asciende el hígado o el colon. Existe un grado variable de hipoplasia pulmonar.

La eventración diafragmática congénita puede ser parcial o completa, generalmente derecha. Puede simular una hernia diafragmática, aunque, en la mayoría de los casos, son pequeñas y aparecen incidentalmente. En la paresia o parálisis diafragmática, la ecografía o la fluroscopia son de gran utilidad para intentar distinguirlas. Puede ser difícil diferenciarlas de una eventración.

Patología tumoral(14)

La radiografía es la técnica de imagen de elección en un niño con una masa palpable o síntomas torácicos sospechosos. Nos permite determinar la ubicación, tamaño, número de las masas torácicas y establecer un diagnóstico diferencial. Hay que valorar la existencia de cavitación, calcificaciones, anomalías óseas, pleurales o de partes blandas. Con los hallazgos obtenidos, se podrán recomendar los estudios de imagen adicionales más convenientes. Cuando se sospeche o identifique un tumor torácico, hay que hacer una ecografía, TC y/o RM, para caracterizar la lesión, su extensión y su relación con estructuras vitales.

En niños, las masas mediastínicas son más comunes que las pulmonares, con mayor probabilidad, malignas (Tabla II). La compartimentación del mediastino es útil para el diagnóstico diferencial. Varias lesiones, especialmente las adenopatías, el linfoma (Fig. 12) y lesiones vasculares o linfáticas, pueden aparecer en varios compartimentos diferentes. Las grandes suelen ocupar más de un compartimento. Puede deducirse su origen por el desplazamiento que producen sobre las estructuras adyacentes, como la tráquea.

 

 

Figura 12. Lesiones lobuladas en ambos hilios (flechas) en relación con adenopatías, en un paciente en el que se confirma posteriormente un linfoma.

 

Las masas pulmonares son menos frecuentes que las mediastínicas. La mayoría son lesiones congénitas o inflamatorias. Las neoplasias pulmonares suelen ser malignas y, más frecuente, metastásicas que primarias. Puede ser difícil determinar el origen de grandes lesiones pleurales, mediastínicas o de la pared torácica que se propagan y afectan a los pulmones por continuidad.

Las masas pleurales a menudo son por diseminación directa de lesiones intrapulmonares, de la pared torácica o del mediastino. Las neoplasias de la pared torácica son relativamente poco comunes en los niños. La mayoría de los bultos asintomáticos en la pared torácica se deben a variantes anatómicas benignas. Muchas lesiones benignas pueden tener una apariencia infiltrativa; mientras que, lesiones malignas pueden parecer bien delimitadas. Los tumores metastásicos de la pared torácica son más frecuentes que las neoplasias primarias. La RM es, generalmente, el mejor método para la evaluación de los tumores de la pared torácica.

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Metodologías diagnósticas en neumología pediátrica. Función pulmonar

Regreso a las bases

 

M.A. Zafra Anta

Médico Adjunto del Servicio de Pediatría, Área de Neumopediatría.
Hospital Universitario Fuenlabrada. Madrid


Metodologías diagnósticas en neumología pediátrica. Función pulmonar

 

Introducción

La ventilación se realiza según la mecánica de la respiración: acción de fuerzas generadas por los músculos respiratorios sobre el conjunto de la caja torácica y los pulmones y sus volúmenes(1,2).

El pulmón está constituido por unos 250.000 bronquiolos y 300 millones de alveolos que, desplegados, ocuparían una superficie de 70 metros cuadrados(2). La ramificación bronquial y la superficie alveolar ha sido descrita como un fractal(3); esto es, un tipo de estructura semi-geométrica que se ramifica y pliega sobre sí misma y se repite a diferentes escalas con autosimilitud. La forma fractal de los bronquios, alveolos y la barrera alveolocapilar pulmonar permite una optimización del aprovechamiento del espacio en la barrera alveolocapilar, y con ello se hace máximo el intercambio de CO2 y O2 en cada inspiración.

El estudio de la función pulmonar permite medir las capacidades ventilatorias, realizar una valoración diagnóstica objetiva de las enfermedades respiratorias e identificar la presencia de trastornos fisiopatológicos obstructivos y restrictivos. La utilización de las técnicas de exploración funcional respiratoria en Pediatría está cada vez más extendida, tanto en atención especializada hospitalaria como en Atención Primaria. Esta revisión se hace con la intención de contribuir a conocerlas en su importante valor actual. Entre las pruebas funcionales respiratorias de uso más frecuente para evaluar al niño y al adolescente con enfermedad respiratoria, destacan: espirometría, prueba de broncodilatación, pruebas de provocación bronquial con ejercicio y metacolina y flujometría(2,4,5). En niños no colaboradores, se utilizan otras pruebas, como: la pletismografía corporal, la oscilometría por impulsos, las resistencias por oclusión o la compresión toracoabdominal(2,6).

A lo largo de este texto, donde se dice niños y adolescentes se refiere a los dos géneros, salvo que se especifique lo contrario.

Breve reseña histórica

El término espirometría –spirare (latín: respiración y, a su vez, del griego spiro) metría (griego: metron medir)– se atribuye a Antoine L. Lavoisier. Se puede decir que la primera exploración funcional respiratoria moderna, así como el primer intento de medida del consumo de oxígeno por el hombre fue comunicada por los químicos Lavoisier y A. Seguin en 1789. El concepto spiro no sólo tiene el significado de respiración, sino que en la Antigua Grecia su raíz indicaba “fuego”, por cuanto los griegos creían que la respiración servía para mantener el fuego interior del organismo que sustentaba la vida y su vigor. Quizá no andaban muy desencaminados, por cuanto la respiración mantiene el metabolismo aerobio.

El invento del espirómetro moderno se ha atribuido al cirujano británico John Hutchinson; aunque, otros autores (p. ej.: Bourgery, en París, 1843) antes y después que él contribuyeron a su desarrollo. Entre 1846 y 1854, Hutchinson acuñó el término de capacidad vital, diseñó espirómetros, publicó medidas espirométricas y propuso que la espirometría podía tener valor para estudiar la función pulmonar en pacientes con enfermedad respiratoria. Otro autor que hay que destacar, cien años después, es el francés Robert Tiffeneau, que inició el desarrollo de la espirometría dinámica hacia 1945-49, y propuso que los cambios en los flujos espiratorios tras broncodilatador y broncoconstrictor podían servir para valorar a los pacientes con enfermedad de la vía aérea. En esa década de los 1950, se reconocieron útiles para medir la función pulmonar, primero, el volumen espiratorio forzado en 1 segundo y, posteriormente, el valor de la curva flujo-volumen en la espirometría forzada (véase Gaensler, Fry, Hyatt y otros)(1).

 

 

La estandarización de los equipos y de la realización de la prueba de espirometría forzada se publicó por primera vez en 1979 por la American Thoracic Society (ATS) y, para niños, en 1980 por Taussig y cols. En España, la SEPAR (Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica) editó una primera normativa en 1985(2).

Espirometría

Concepto

La espirometría es una herramienta fundamental en el estudio de procesos que afectan a la fisiología respiratoria, mide de forma controlada la magnitud absoluta de las capacidades y volúmenes pulmonares y la velocidad con que pueden ser inhalados o exhalados (flujos ventilatorios), con lo que permite reconocer si hay las limitaciones obstructivas y restrictivas. Es el método inicial más práctico para la valoración de las enfermedades obstructivas pulmonares, como: asma, fibrosis quística o las secuelas de la displasia broncopulmonar-enfermedad crónica pulmonar del prematuro.

La espirometría puede ser simple o forzada. La simple mide volumen corriente o volumen tidal, es decir, el aire utilizado durante un ciclo respiratorio normal, y mide también el volumen máximo que se puede inspirar o espirar, esto es, la capacidad vital. La espirometría forzada, que mide los volúmenes durante maniobras realizadas con la mayor rapidez que el paciente pueda ejecutar, tiene mayor relevancia clínica(1,4) (véase la tabla I).

La representación gráfica puede ser entre estas variables (volumen/tiempo) o entre sus derivadas (flujo/volumen). Inicialmente, los viejos espirómetros eran de campana, con quimógrafo y ofrecían la curva volumen/tiempo. Desde hace décadas, en la práctica clínica, han sido sustituidos por los neumotacómetros, que permiten relacionar la lectura instantánea de flujo con el cálculo diferencial del volumen, obteniendo parámetros y una representación gráfica del trazado de flujo/volumen. El neumotacógrafo consiste en un tubo con una resistencia fija, provisto de unos detectores de presión a la entrada y salida del tubo. La diferencia de presión es enviada a un amplificador y luego procesada. La tecnología biomédica ha desarrollado la posibilidad de acoplar espirómetros no electrónicos a accesorios electrónicos, y también espirómetros electrónicos, que utilizan un transductor neumotacómetro (tipo Fleish), tipo turbina o bien desechable (tipo Lilly), que ofrecen una mayor rapidez de lectura, memoria y lecturas ayudadas por ordenador. Permiten además envío por Internet de pruebas de pacientes (telemedicina), datos de chequeo del equipo y actualización de software (véase fig. 1).

Realización

La metodología de la espirometría debe ser seguida de forma estricta, según los estándares, para obtener resultados adecuados. Las especificaciones sobre los espirómetros y requisitos que deben cumplir, así como las recomendaciones sobre la instrucción, ejecución e interpretación de los resultados de la prueba son publicadas y actualizadas periódicamente por la ATS, la European Respiratory Society(7), así como por el Grupo de Técnicas de la Soci edad de Neumología Pediátrica de la AEP(6). Hay que realizar la prueba en un espacio físico adecuado. El personal debe ser cualificado (diplomado-grado de enfermería o similar) y estar preparado, con entrenamiento en un centro adecuado, conocer la técnica y sus fines, mostrar habilidad en el trato con enfermos y con niños y adolescentes, así como tener buena capacidad de toma de decisiones. Se debe explicar el procedimiento, hacer una demostración o incluso dejar que los “novatos” vean cómo hacen la maniobra los “veteranos”. La secuencia de la maniobra tendrá lenguaje claro y enérgico, verbal y gesticular (algunas enfermeras dicen, con lenguaje de cercanía, por ejemplo: “parecerá que te grito, pero no estoy enfadada”). Para los niños más pequeños, es recomendable disponer de sistemas de imágenes de incentivación en la pantalla del ordenador.

 

Figura 1. Sala-laboratorio de función pulmonar ambulatoria (en la foto, el espirómetro está al lado del medidor portátil de óxido nítrico exhalado).

 

El resumen de la técnica de la espirometría forzada es como sigue(2,4,5,8): se realiza inspiración rápida y completa, se debe mantener el aire 1-2 segundos e iniciar espiración forzada enérgica que se continúa hasta volumen residual. Se realizan un mínimo de 3 maniobras aceptables y un máximo de 8 intentos. Se eligen los mejores valores de FVC (capacidad vital forzada) y FEV1 (volumen espiratorio forzado en el primer segundo) obtenidos de cualquier maniobra y los mesoflujos de la mejor de las pruebas (las de mayores FEV y FVC). El tiempo espiratorio forzado debe ser mayor de 1 segundo en niños menores de 8 años y más de 2 segundos en los mayores de 8 años, y la diferencia entre los dos mejores FEV1 y FVC debe ser menor del 5% (o <200 ml). En adultos, el tiempo recomendado para completar la espiración forzada es de 6 segundos (véase la tabla II).

 

 

Recomendaciones para antes de la prueba(4,8):

• Ayunas de más de 2 h, evitar comidas previas abundantes y bebidas estimulantes. No llevar ropa ajustada.

• No realizar ejercicio vigoroso al menos 30-60 min. Abstenerse de fumar al menos 4 h.

• Controlar medicación que pueda interferir con los resultados: suspender ß-adrenérgicos de corta acción inhalados 6-8 h y, de larga, 24-48 h; los antihistamínicos 48 h, hasta 3 a 7 días, antileucotrienos 24 horas, teofilinas 12-48 horas). No hace falta retirar ni los corticoides inhalados ni los sistémicos (salvo a efectos de estudio).

Indicaciones y contraindicaciones

Las indicaciones son muy amplias por su gran rentabilidad diagnóstica funcional, por su bajo coste, por requerir poco tiempo para su realización (suele ser menos de 15 minutos) y por la ausencia de riesgos significativos si se realiza siguiendo las normas estandarizadas. La indicación puede ser con fines diagnósticos o de monitorización, en el ámbito de atención especializada hospitalaria, seguimiento ambulatorio, Atención Primaria, salud pública, investigación, medicina del deporte, medicina legal o evaluación de discapacidades(4,6,8) (véase la tabla III).

 

 

La mayoría de las contraindicaciones son relativas, deben valorarse individualmente (véase la tabla III). En la fase aguda de muchos de estos procesos, simplemente se pospondrá la realización de la espirometría para evitar molestias, complicaciones o resultados alterados.

Parámetros y curvas de la espirometría

• Curva volumen/tiempo. El registro de la curva muestra el tiempo en abscisas y el volumen en ordenadas (véase fig. 1). Permite estudiar la FVC, el FEV1, la relación FEV1/FVC y el FEF25-75%(2,4,6,8). Sólo el primer tramo de la curva es dependiente del esfuerzo del niño (véanse tabla I y fig. 2).

• FVC. Es un indicador de capacidad pulmonar y, en los individuos normales, sus valores son similares a los de la capacidad vital; pero, en ciertas circunstancias, es menor, por el colapso dinámico de la vía aérea. Está disminuida especialmente en enfermedades restrictivas y en los casos moderados o graves de enfermedad obstructiva (sobre todo por atrapamiento aéreo-hiperinsuflación).

• FEV1 (o VEMS). Mide el flujo de la vía aérea central, y su disminución tiene relación directa con la gravedad de la obstrucción bronquial. Es dependiente del esfuerzo. Está disminuido en las enfermedades obstructivas y, en menor cuantía, en las restrictivas.

En adultos con enfermedad pulmonar crónica, algunos autores plantean el uso futuro del FEV6 como alternativa a la FVC(9).

• Cociente FEV1/FVC. Su valor normal es del 80-85% y es el indicador espirométrico más sensible de obstrucción bronquial al flujo aéreo(2,4,8); aunque, en los casos graves, la disminución de ambos parámetros es similar y el cociente puede ser normal.

• Curva flujo/volumen. Se ha popularizado la curva flujo/volumen (espiratoria-inspiratoria), que representa la imagen habitual de la espirometría convencional en todo el mundo(2,4,6,8). La morfología de la curva nos da información de si hay patrón obstructivo o restrictivo, errores en la ejecución (tos, esfuerzo variable). Se registra el flujo en las ordenadas y los volúmenes dinámicos en la horizontal. Tiene un punto máximo al iniciar la espiración –pico espiratorio de flujo (peak expiratory flow PEF)– y disminuye hasta llegar al volumen residual. La curva suele ser convexa, mientras que tiende a la concavidad en las enfermedades obstructivas. La porción inspiratoria y el 25% inicial de la rama espiratoria son dependientes del esfuerzo, y no el resto espiratorio, hasta el plateau, porque es dependiente de la compresión dinámica de las vías aéreas.

 

Figura 2. Espirometría, curva volumen/tiempo. Esquema de la relación curva volumen/tiempo y flujo/volumen.

 

La curva flujo-volumen nos da los parámetros antes mencionados, también el PEF y los “mesoflujos”.

• PEF o pico-flujo o flujo espiratorio máximo (FEM). Máximo flujo que el sujeto puede espirar en el curso de una espiración forzada. Está muy influido por el esfuerzo muscular y se considera, por tanto, dependiente de la colaboración. Puede estar disminuido en enfermedades obstructivas.

• FEF25-75. FEF50. En la parte central de la curva, no es dependiente del esfuerzo. Es un parámetro muy sensible de obstrucción bronquial inicial, pero no tiene tan buena especificidad como el FEV1.

Los espirómetros actuales incorporan también un “inspirómetro”, que representa una curva, no sólo del aire espirado, sino también del aire inspirado forzado desde el volumen residual hasta la TLC (capacidad pulmonar total). La curva de flujo/volumen inspiratorio forzado puede ser útil para diagnosticar una obstrucción al flujo extratorácico (como, por ejemplo, en disfunción de cuerdas vocales).

Interpretación

Los resultados de los parámetros se deben referir a los valores teóricos de la población de referencia y se expresan en porcentaje respecto de ellos. Hay valores publicados y estandarizados, siendo lo decisivo la talla y el sexo, así como la raza y, en menor medida, el peso(4,6,8). Se debe considerar para cada paciente el cambio de sus propios valores a lo largo del tiempo, además de la relación con los valores teóricos. Los resultados deben ser interpretados siempre en función de la historia clínica.

La utilidad de las pruebas de función respiratoria en el niño para clasificar la gravedad del asma es menor que en el adulto(10): la mayoría de los niños con asma, incluso moderado-grave, pueden tener resultados de FEV1 dentro de los valores de referencia (grado de evidencia C). La relación FEV1/FVC se correlaciona mejor con la gravedad del asma que el FEV1 en el niño (evidencia C).

La Guía GEMA 2009(10) especifica los niveles de evidencia de la eficacia de medidas terapéuticas y de estudios diagnósticos con la clasificación alfabética con gradiente de confianza (categoría A corresponde a alta calidad, D calidad muy baja). Esta clasificación es más útil en eficacia terapéutica, sobre todo de fármacos, que en estudios diagnósticos, donde muchas son clasificadas con una C (la evidencia proviene de estudios no aleatorizados, observacionales o no controlados).

Los valores espirométricos se consideran normales cuando son iguales o superiores al 80% del valor teórico en: FVC, FEV1 y FEM. Igual o superior al 75% del valor teórico en FEV1/FVC, e igual o superior al 65% del valor teórico en el flujo espiratorio forzado entre el 25-75% de la FVC.

Según los diversos valores obtenidos de la espirometría, podremos clasificar el tipo de alteración ventilatoria en obstructiva, restrictiva o mixta(4-6,8) (véanse tabla IV y fig. 3).

 

 

Figura 3. Patrones básicos de las alteraciones ventilatorias en la curva flujo/volumen.

 

En general, los trastornos obstructivos afectan a los índices de flujo y los restrictivos a los de volúmenes. La clasificación de la alteración funcional depende de la capacidad total pulmonar (TLC) y de la relación entre sus componentes. Como se menciona a continuación, la relación FEV1/FVC habitualmente nos permite establecer la clasificación de una enfermedad pulmonar sin necesidad de medir los volúmenes.

• Alteraciones ventilatorias de tipo obstructivo. La obstrucción de las vías aéreas desde la tráquea a los bronquiolos es limitante del flujo durante la espiración. La FVC se mantiene normal o ligeramente disminuida. Hay disminución marcada del FEV1 (y del FEF y de los flujos mesoespiratorios) y de la relación FEV1/FVC menor del 75 al 80%.

En una fase muy inicial de obstrucción de la vía aérea fina, como sucede en niños con asma leve, el FEV1 puede ser normal, y estar sólo afectados el FEF25-75. FEF50 (8).

Según el valor del FEV1, podemos cuantificar el grado de afectación funcional en leve (65-80%), moderada (50-64%) o grave (menor de 50).

• Alteraciones ventilatorias de tipo no obstructivo (restrictivas), por una reducción del tamaño del pulmón, por alteraciones en la caja torácica o por alteraciones neuromusculares. Hay disminución marcada del FVC, mientras que permanece normal o está aumentada la relación FEV1/FVC.

• Alteraciones ventilatorias de tipo mixto. Algunos procesos pueden cursar con ambos tipos de alteraciones ventilatorias, y se precisan técnicas más sofisticadas para completar el estudio funcional (medida de los volúmenes pulmonares estáticos para delimitar cada componente).

Limpieza del espirómetro y accesorios

El equipo de espirometría puede tener riesgo de transmisión de infecciones si no se toman las recomendaciones adecuadas. Deben leerse las especificaciones técnicas de cada aparato respecto a su limpieza y mantenimiento.

Durante la exploración funcional, especialmente en el contexto de tuberculosis, hemoptisis y lesiones orales, deben tomarse las precauciones adecuadas para evitar el riesgo de transmisión a personal sanitario o a pacientes por la exposición a otros: lavado de manos, dispositivos barrera (guantes), e incluso otros métodos de aislamiento respiratorio-gotas, si fuera preciso.

Realidad del uso de la espirometría. Necesidad de potenciarla

En nuestro medio, el uso de la espirometría en Atención Primaria no está tan generalizado como recomiendan las guías actuales, especialmente de asma. Es una técnica idónea para realizar en Atención Primaria: no es invasiva, es relativamente simple y requiere poco tiempo. Además, está el bajo coste de la prueba: el de los espirómetros oscila en 1.000-2.500 euros, y el coste de la espirometría es poco más de unos 30-40. Sin embargo, de la herramienta espirometría se sirven no mucho los médicos de familia, y aún menos los pediatras(9). Hace unos pocos años, Lora Espinosa, en 2003, revisó la atención por pediatras de Atención Primaria a los niños con asma y comprobó que sólo el 48,6% tenía disponibilidad de espirómetros, y únicamente un 17,3% realizaba espirometrías. Estos resultados contrastaban con la medición de PEF, que entonces era incluso más utilizado que la espirometría (en hasta el 33,2% de los niños con asma)(9). Aunque ha mejorado, parece que queda mucho por hacer respecto a la disponibilidad y el empleo de esta herramienta fundamental, al menos hasta estos momentos. Esto ocurre en nuestro país y en otros. En una encuesta nacional en Estados Unidos realizada en los años 2007-2008 a 360 médicos que veían a pacientes con asma, se notificó un mayor uso de la espirometría por los médicos de familia que por los pediatras (75% frente a 35%). Sólo la mitad de los respondedores conocían la interpretación correcta de los resultados de la espirometría(11). Afortunadamente, dos tercios de los respondedores estaban conformes con realizar entrenamiento o formación continuada para implementar la espirometría en su práctica clínica.

Las barreras percibidas más referidas para la infrautilización del espirómetro son(9,11): no disponer de espirómetro, la falta de tiempo y la inexperiencia, la falta de entrenamiento para la realización e interpretación de la espirometría, de formación continuada y no tener familiaridad con los aparatos y con los patrones de normalidad (y en EE.UU. también la dificultad en el reembolso del coste de la exploración). Probablemente, también, sea una razón la falta de motivación y el considerar que los datos obtenidos no son necesarios para el diagnóstico o el seguimiento terapéutico.

La calidad de las exploraciones todavía genera importantes controversias. Coincidimos con otros autores en que la mala calidad de algunas espirometrías realizadas en atención primaria no debe ser un argumento para no utilizarlas, antes al contrario, es un acicate para hacerlo mejor: revisar espirómetros utilizados y la técnica empleada. Hay maneras de lograr la formación continuada, con programas en presencia o basados en programas de ordenador y también en técnicas de aprendizaje por Internet.

La realización de talleres para conocer las bases del funcionamiento de la espirometría podría redundar en una práctica clínica más ajustada a las guías clínicas. Esto ya se tiene en cuenta en reuniones y congresos de las asociaciones de pediatría con implicación en Atención Primaria.

La formación en espirometría de los profesionales de Atención Primaria es una tarea que corresponde a las administraciones sanitarias, a las sociedades médicas, a los grupos de trabajo, e incluso a los propios médicos de familia, pediatras y neumólogos.

Flujometría. Pico-flujo o FEM

El flujo espiratorio máximo (FEM) o pico espiratorio de flujo o ápice de flujo espiratorio (peak expiratory flow PEF), representa un índice de obstrucción de las vías aéreas de gran calibre, depende de forma fundamental del esfuerzo coordinado voluntario. El FEM mantiene un ritmo circadiano: los valores son menores por la noche y al levantarse, y mayores por la tarde.

El medidor de FEM es un dispositivo sencillo, de pequeño tamaño, de bajo coste, portátil, fácilmente disponible para el uso domiciliario. Dicho así suena como un dispositivo ideal para el diagnóstico y el automanejo del paciente; pero las cuestiones son la validación de su uso y si éste realmente mejora el control del asma, como veremos más adelante. El medidor es un tubo cerrado en un extremo, con una boquilla en el otro. La presión que genera el flujo de aire espirado mueve un diafragma por un carril hasta el punto máximo de flujo espiratorio, con rango de 0 a 400 L/min en monitores FEM pediátricos, y de 0 a 900 en los de adultos.

Hace ya unas décadas, la monitorización del FEM se propuso como método para el control evolutivo y seguimiento del asma por su aparente buena correlación con el FEV1 obtenido por espirometría forzada, si bien con sensibilidad diagnóstica inferior(2,4-6,8). Incluso se propuso como método de diagnóstico alternativo, tras la espirometría, tanto por la medida del valor, como por la reversibilidad o prueba de broncodilatación, y también por la medida de la variabilidad. A los 15-50 min de salbutamol (o tras una tanda de tratamiento con glucocorticoides) un aumento del 15% sobre el valor previo se considera positiva y favorece el diagnóstico de asma. También, se propuso la monitorización ambulatoria del pico-flujo o FEV1 durante dos semanas y sin medicación de control, como una posible alternativa a una prueba de broncoprovocación. En niños, una variabilidad superior al 30% se considera característica de asma, en adultos es sobre el 20%.

Quizá todavía se puede decir que hay cierta controversia en el uso del FEM y su monitorización.

Controversia. Algunos documentos donde se menciona la utilidad del uso de FEM

En muchas guías y consensos actuales todavía se considera que el FEM o pico-flujo puede ser útil para el diagnóstico de asma, para su manejo y control y para la anticipación de las crisis agudas (especialmente en los consensos para la edad adulta)(8,10).

La guía GEMA 2009(10) da valor al FEM o PEF, alternativo a la espirometría con prueba broncodilatadora negativa en diagnóstico de asma si hay una variabilidad del 20% o superior en el FEM (grado de evidencia C). La Guía GEMA también menciona la utilidad del “PEF o FEV1” para clasificar el control del asma en adultos, la variabilidad del PEF para clasificar la gravedad del asma en niños (persistente moderada una variabilidad del 20-30%, y grave >30%). Por último, según GEMA, también puede tener un papel el PEF en el manejo de la exacerbación (pero sólo en adultos).

El consenso PRACTALL (European Pediatric Asthma Group) de 2008 menciona escuetas líneas sobre el estudio de la función pulmonar en niños, y habla del PEF y el asa de flujo-volumen como las mediciones más utilizadas y accesibles.

La British Guideline on the Management of Asthma de 2008, actualizada en mayo de 2011, afirma sobre la espirometría que ésta es el método preferido para demostrar la obstrucción de la vía aérea porque:

• Identifica con mayor claridad la obstrucción de la vía aérea que el pico-flujo espiratorio, y sus resultados dependen menos del esfuerzo realizado.

• La variabilidad del PEF puede aumentar en enfermedades que se confunden con frecuencia con asma.

• El PEF debe utilizarse sólo si no se dispone de espirometría. Es decir, no se excluye de forma definitiva el uso del PEF.

Controversia. Datos en contra del uso de FEM

El FEM proporciona una información con mucha variabilidad. Las diferencias de exactitud y reproducibilidad entre los diversos modelos son significativas, en los homologados se acepta un máximo del 10% intraaparato y del 5% entre aparatos del mismo modelo. Los medidores van perdiendo su exactitud y, al cabo de 12 meses, sólo el 63% de las medidas permanecen en los límites de confianza del 95%.

Además, la información es incompleta: no hay correlación entre el PEF y FEF50, que está descendido hasta en el 30-50% de los niños con asma asintomáticos. Es posible que el asma se manifieste más como una mezcla de obstrucción de las vías de grande y pequeño calibre que, a su vez, da lugar a una distribución desigual a lo largo de la vía aérea(1,2).

Muchos autores y Grupos de Trabajo opinan que la alta variabilidad intra e interindividual del FEM, la necesidad de estandarización de valores de referencia y la dudosa concordancia de sus variaciones con los cambios en la función pulmonar han invalidado su aplicación. Otros, ni la mencionan(4-6).

Los planes de actuación por escrito son una parte muy importante dentro del automanejo de la enfermedad, en estos planes los valores del PEF se han utilizado para modificar el tratamiento en función del porcentaje del mejor valor personal o del predicho. Gibson y cols., en un estudio, encontraron que usar el mejor valor personal condujo a reducción de ingresos y del número de visitas a Urgencias(12), y la revisión Cochrane de 2003, sobre educación para el automanejo del asma en niños, aporta la mejoría de la educación en las mediciones de los flujos(13). Por el contrario, en un ensayo aleatorizado, controlado, con grupos paralelos, Wensley y cols. no encuentran este beneficio(14). No encontraron diferencias significativas entre los pacientes con un plan de automanejo basado en síntomas y registro del PEF, frente a síntomas y registro no visualizado del PEF: en registros, en diferencias en escores de calidad de vida, ni en uso de urgencias durante 12 semanas de seguimiento. Los síntomas fueron más sensibles que el PEF para efectuar los cambios de tratamiento.

Perez-Yarza y cols. comunicaron que la medida de la variabilidad del FEM no era válida para clasificar el asma en niños por niveles de gravedad(15). El FEM no sustituye a la espirometría en la prueba de broncodilatación para el diagnóstico del asma. En niños con síntomas de asma y una espirometría normal, medir la variabilidad del FEM durante un periodo de dos semanas es de poca utilidad en el diagnóstico de asma.

Nuevos dispositivos. Futuro inmediato

A esta controversia se une el importante desarrollo que está teniendo lugar en biotecnología, con aparatos electrónicos que miden PEF de forma más aproximada al FEV1 medido con neumotacografía y que podrían aportar datos más objetivos y validados en situaciones de monitorización domiciliaria o en urgencias hospitalarias como, por ej.: el Piko-1(16). También, hay un desarrollo importante en espirometrías portátiles (Spirobank, Spirotube, Datospir Micro, Spirothor), con posibilidad de descargar los datos por USB, bluetooth, etc. Esto quizá permitirá una pequeña revolución en el futuro en el manejo del asma grave y otras patologías pulmonares con implicación del paciente en el automanejo, uso de telemedicina y coordinación entre niveles asistenciales.

Posibles indicaciones del FEM en la actualidad

Las posibles indicaciones del FEM se exponen a continuación, sabiendo que la realización de espirometrías y consultas médicas, con la frecuencia de visitas que se precise, así como la potenciación de la relación atención primaria-especializada, está más validada y debe ser lo prioritario. La utilidad del pico-flujo sigue siendo controvertida en el autocontrol del paciente(2,8,15). En el caso de indicar la monitorización del FEM, se incluirán siempre los síntomas en los planes de actuación, y se vigilará estrechamente si el FEM beneficia en el control del paciente. Y, ante una crisis aguda, para interpretar la gravedad de la crisis, el FEM se evaluará conjuntamente con parámetros clínicos y pulsioximétricos. Las indicaciones actuales quedan restringidas a ciertos casos de:

• Pacientes con asma persistente moderada y grave.

• Pacientes con mala percepción de síntomas, o con abuso de medicación de rescate.

• Tras exacerbaciones recientes y graves.

• Identificación de factores desencadenantes de crisis.

Evaluación de la función pulmonar en preescolares. Espirometría en el niño entre 3 y 6 años

Se ha comprobado que los niños preescolares pueden alcanzar la limitación al flujo durante la espiración forzada. Los criterios de validez de una espirometría deben ser diferentes respecto de otras edades. Hay estudios donde se consiguen hasta un 80% de espirometrías técnicamente aceptables y reproducibles en niños y niñas de 3 a 6 años de edad entrenados adecuadamente(17).

Los preescolares tienen volúmenes pulmonares menores y proporcionalmente vías aéreas más grandes que los niños mayores y adultos. Por ello, la espiración forzada se completa en menos tiempo que en el adulto, a veces incluso en menos de 1 segundo. La morfología del asa espiratoria es diferente, la fase de descenso es con mucha frecuencia convexa, lo que indica cese rápido del flujo al final de la maniobra espiratoria. Esto podría depender de diferencias fisiológicas; pero también quizá tenga relación con el esfuerzo(2,10,17).

Los parámetros más utilizados son el FVC para el volumen pulmonar y el FEV1 para determinar la obstrucción. Se han propuesto parámetros como el FEV0,75 y el FEV0,5 (evidencia C).

Función pulmonar en preescolares no colaboradores

En los lactantes y niños menores no colaboradores pueden utilizarse otro tipo de pruebas, más complejas, en el ámbito de Atención Especializada, y muchas ocasiones de no fácil disponibilidad. Entre las distintas pruebas, destacan la dilución de gases y la técnica de la compresión torácica externa a través de chaquetilla inflable (RTC, tidal rapid thoraco-abdominal compression), que puede realizarse, además, con insuflación rápida previa (raised volume rapid thoraco-abdominal compression technique, RVRTC). De esta forma, pueden evaluarse variables similares obtenidas con la espirometría forzada en niños mayores, como la capacidad vital forzada (FVC) y los volúmenes espiratorios forzados (FEV0,4, FEV0,5, FEV0,75, FEV1) además de la morfología e índices de la curva flujo-volumen obtenida. Recientemente, se han publicado las recomendaciones para realizar pletismografía corporal en lactantes, que permiten la determinación de la FRC, sRaw y sGaw(18). En lactantes pequeños no colaboradores, continúa siendo necesaria la sedación; sin embargo, se ha descrito la posibilidad de la determinación de la sRaw, incluso en niños a partir de los 2 años, mediante fórmulas matemáticas obtenidas a través de la relación entre los cambios de presión en la cabina pletismográfica y el flujo respiratorio, sin interrupción del flujo(1,2,4,18). Las pruebas basales de función pulmonar son poco útiles para el diagnóstico de asma en preescolares, siendo más útil demostrar una respuesta broncodilatadora o una prueba de provocación bronquial (evidencia D).

 

Figura 4. Espirometría basal normal. Curva flujo-volumen y parámetros corregidos respecto a valores de referencia para peso-talla. Prueba de broncodilatación normal.

Figura 5. Espirometría basal con FEF 50 bajo (<65%). Curva flujo-volumen y parámetros corregidos respecto a valores de referencia para peso-talla. Prueba de broncodilatación alterada.

 
 

Prueba de broncodilatación

La prueba de broncodilatación objetiva la reversibilidad de la obstrucción del flujo de la vía aérea. Consiste en repetir una prueba de función pulmonar (llamada entonces basal) tras la administración de un fármaco broncodilatador. Debe constituir una exploración habitual en el estudio de la función pulmonar en el niño y adolescente ante la sospecha o evidencia de la existencia de un patrón obstructivo, cualquiera que sea el ámbito asistencial en el que se realice. Debe realizarse en la primera visita, aunque los valores basales de función pulmonar sean normales; también sirve para estudiar los cambios evolutivos(4-6,8,10) (véanse figs. 4 y 5). La realización de estudios epidemiológicos y de ensayos clínicos es también una indicación de la prueba con broncodilatación.

• Técnica: espirometría basal, y repetir prueba tras 15-20 minutos de medicación broncodilatadora (agonistas ß-2-adrenérgicos): salbutamol o terbutalina. Dosis de salbutamol: 200-400 µg mediante MDI (inhaladores de dosis medida) y cámara. Dosis de terbutalina: 500 µg en dispositivo de polvo seco. Sólo en la enfermedad pulmonar crónica (fibrosis quística) se emplean anticolinérgicos, por su eficacia, y se valorará la prueba broncodilatadora a los 30 min de la inhalación.

• Se expresa el aumento en porcentaje según las fórmulas:

Cambio FEV1 porcentual respecto al teórico:

[FEV1 post – FEV1 pre]/FEV1 teórico x 100 = ?%

Cambio FEV1 porcentual respecto al previo:

[FEV1 post – FEV1 pre]/FEV1 previo x 100 = ?%

Si el FEV1 aumentó el 9% o más sobre el valor teórico o un 12% sobre el previo basal o de 200 ml en valores absolutos (aunque, por su menor volumen pulmonar en niños, no es necesariamente exigible superar esos 200 ml), la prueba de broncodilatación se considera positiva y muy sugestiva de asma (evidencia C)(4,6,10).

Antes de realizar la prueba deben suprimirse los medicamentos que puedan interferir con la respuesta bronquial.

Los riesgos relativos son por el uso de ß-2: tirotoxicosis, insuficiencia cardiaca, hipertensión arterial, diabetes mellitus o bajo tratamiento con aminas simpaticomiméticas.

Para determinar la reversibilidad de la obstrucción de la vía aérea, se pueden utilizar otras pruebas de función pulmonar distintas de la espirometría forzada. La interpretación en estos casos es más compleja en general, la variabilidad es mayor y más difíciles de establecer los puntos de corte. En pletismografía corporal: aumentos superiores de la conductancia (sGaw) del 55% o bien caída de la resistencia (sRaw) del 25%. En oscilometría de impulsos: si la resistencia a 5 Hz cae un 25-30%. En resistencia por interrupción (Rint): caída de la resistencia más del 35%(4,6,8).

Medida de la hiperrespuesta bronquial

La hiperrespuesta bronquial se mide mediante pruebas de broncoprovocación; para lo cual, se emplean estímulos bronconstrictores(1,4,6,8), que se clasifican en:

• Estímulos directos: actúan sobre los receptores del músculo liso bronquial (metacolina, histamina, fundamentalmente).

• Estímulos indirectos: actúan en células distintas a la musculatura lisa (células inflamatorias, células epiteliales y neuronas), estimulando la liberación de mediadores celulares o neurotransmisores que provocan la contracción del músculo liso. Puede tratarse de estímulos físicos (ejercicio, soluciones hipoosmolares o hiperosmolares, hiperventilación con aire frío, manitol) o farmacológicos (adenosina).

Para las indicaciones y contraindicaciones, véase la tabla V.

 

 

Prueba de esfuerzo

El ejercicio actúa como uno de los principales desencadenantes de hiperreactividad bronquial, por el enfriamiento y la pérdida de humedad de las vías aéreas intratorácicas. La prueba de esfuerzo es sencilla, segura, muy específica para el asma y es la que mejor reproduce la vida real del niño, por lo que es empleada con frecuencia en los laboratorios de estudio de la función pulmonar(1,2,4,6,8).

Material necesario y condiciones previas

El ejercicio debe ser supervisado y las condiciones previas deben contemplar: ausencia de síntomas clínicos de asma en el momento de la prueba, exploración cardiorrespiratoria basal dentro de la normalidad, cifras basales de capacidad vital forzada (FVC) y FEV1 sobre el 80% del valor teórico. Se debe ir adecuadamente preparado para realizar el ejercicio, y no haber realizado ningún otro ese mismo día.

Diferentes fármacos pueden interferir con los resultados (veáse arriba, en apartado de realización de espirometría).

Falsos negativos: esfuerzos subóptimos durante tiempo prolongado, ejercicio físico previo a la prueba, periodo refractario. Falso positivo: FEV1 disminuidos por inspiraciones poco completas durante la espirometría.

Métodos: carrera libre, tapiz rodante, bicicleta ergométrica.

• Carrera libre: se trata del método más sencillo, y sería el más fisiológico, pero no se pueden controlar factores como humedad o los aeroalérgenos. El sujeto efectúa una carrera libre durante 6 minutos, con la intensidad suficiente para alcanzar una frecuencia cardíaca de 175 lpm o del 80% del máximo para su edad (210-edad en años).

Se realizan espirometrías a los 0, 5, 10, 15 minutos y, opcionalmente, a los 20 y 30.

Si presentara disnea o no recupera el FEV1 basal, se administraría un broncodilatador, controlando la respuesta clínica y la espirométrica.

En el laboratorio de función pulmonar, la prueba de esfuerzo se puede hacer más controlada, incluidas la temperatura (20-25°C) y la humedad relativa. Es mejor realizar la prueba con pinzas nasales, obligando al paciente a respirar por la boca.

• Tapiz rodante: se usa más en niños porque pueden mantener el esfuerzo deseado constante con más facilidad que en la bicicleta. La duración total del ejercicio será de 6-8 minutos. Durante los 2 primeros, se incrementa paulatinamente la velocidad (de 0 a 5-6 km/hora) e inclinación del tapiz, hasta conseguir una frecuencia cardiaca igual al 80% de la máxima para la edad del paciente. De forma opcional, se puede monitorizar durante la prueba la pulsioximetría, el electrocardiograma y la presión arterial.

Se realizan, igualmente, espirometrías a los 0, 5, 10, 15 y, opcionalmente, 20 y 30 minutos.

Se considera la prueba positiva cuando se produce un descenso de FEV1 del 15% respecto al basal, según la fórmula: FEV1 basal – FEV1 postejercicio/FEV1 basal x 100. Aunque un descenso del 10% del FEV1 basal tras el ejercicio ya se considera anormal. Generalmente, el valle se alcanza en los primeros 10 minutos del cese del ejercicio. Además de esta caída del FEV1, el paciente puede presentar tos, sibilancias y opresión torácica, siendo todo ello reversible tras la administración de un broncodilatador de acción rápida.

En circunstancias especiales, también se valora el descenso del 25% del flujo espiratorio forzado en el 25-75% de la capacidad forzada (FEF25-75) y el del 30% del pico de flujo espiratorio (PEF).

• Bicicleta ergométrica: la metódica de la prueba con la bicicleta ergométrica es similar a la referida con el tapiz rodante. Es necesario obtener el esfuerzo máximo en los primeros 4 min y su mantenimiento total durante 6 min.

Preferiblemente, tres determinaciones válidas (variación entre FEV1 mayor y siguiente <0,2 L).

Otras pruebas de medida de hiperrespuesta bronquial

Provocación bronquial con metacolina y adenosina

Indicaciones: diagnóstico de asma (historia sugestiva de asma en fase asintomática que no se ha podido constatar obstrucción reversible al flujo aéreo o variabilidad; clínica atípica o monosintomáticos)(1,2,4,8).

La prueba con metacolina tiene alto valor predictivo negativo: una provocación negativa excluye el diagnóstico. La respuesta a adenosina es un marcador más sensible y específico del asma bronquial que la metacolina (sensibilidad y especificidad del 98% para distinguir asma de sano y del 90% de otras enfermedades obstructivas pediátricas).

Métodos: dos protocolos equivalentes, uno de respiración a volumen corriente durante 2 minutos con un nebulizador de flujo continuo o bien un protocolo de 5 inhalaciones con dosímetro. Se analiza FEV1 mediante espirometría a los 30 y 90 segundos de cada nebulización en caso de metacolina o a los 60 y 180 segundos en caso de adenosina.

Normal: PC 20 >8 mg/ml o PD 20 > 7,8 µmol. PC 20 < 1 mg/ml más síntomas de asma es diagnóstica de asma.

Conclusiones

La espirometría basal y una prueba broncodilatadora son el pilar básico en el diagnóstico del asma y las enfermedades con repercusión respiratoria. Estas técnicas deben siempre estar dirigidas y ser interpretadas en función de una correcta historia, exploración y seguimiento clínicos. Resulta fundamental la comunicación cercana con el paciente. La educación del paciente y su familia, el favorecer el automanejo de su enfermedad y la progresiva toma de responsabilidades, así como la coordinación entre niveles asistenciales y el uso de la telemedicina, deben ir paralelas al desarrollo de las tecnologías y su adecuada validación.

Conflicto de intereses

El autor declara no tener ningún conflicto de intereses.

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