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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Traumatismos dentales

J. Falgás Franco
Temas de FC


J. Falgás Franco

Estomatólogo del ABS Vila Vella, Sant Vicenç dels Horts, Barcelona

Resumen

Los traumatismos dentales son frecuentes en la población pediátrica. Se considera que son la segunda causa de demanda odontológica urgente después de las caries dentales. Las lesiones traumáticas en dientes temporales pueden condicionar alteraciones estéticas y morfológicas en los dientes permanentes que deben recambiarse por los temporales. Los traumatismos dentales son difíciles de prevenir, pero el conocimiento de las causas que pueden provocarlo y de cómo actuar si se produce, tanto de los padres como del personal de la escuela, puede mejorar y evitar en parte la aparición de los mismos, y mejorar el pronóstico de los traumatismos ya establecidos. Describimos los diferentes tipos de fracturas que pueden presentarse, tanto en dentición temporal como permanente. La avulsión dentaria de un diente permanente se considera una verdadera urgencia odontológica, donde el pronóstico y la viabilidad de la pieza reimplantada dependerá del tiempo que transcurra desde el traumatismo y la reimplantación de la pieza en su alveolo dentario.

 

Abstract

Dental trauma is common among pediatric population. It is considered to be the second cause of urgent dental consultation after tooth decay. Traumatic lesions of temporary teeth could lead to aesthetic and morphological alterations of permanent teeth that must be replaced by temporary teeth. Dental trauma is difficult to prevent, but awareness of the causes that can cause it and how to act if it happens, both parents and school staff, can improve and partly avoid the appearance of them, and improve the prognosis of the already established injuries. The different types of fractures that can happen in both temporary and permanent dentition are here described. Dental avulsion of a permanent tooth is considered a true dental emergency, where the prognosis and viability of the reimplanted piece will depend on the time elapsed between the trauma and the reimplantation of the piece in its dental alveolus.

 

Palabras clave: Traumatismo dental; Fracturas dental; Luxación dental; Avulsión.

Key words: Dental trauma; Dental fracture; Dental luxation; Avulsion.

Pediatr Integral 2019; XXIII (7): 322 – 329


Traumatismos dentales

Traumatismos dentales

Los traumatismos dentales son muy frecuentes en la infancia y adolescencia. Se considera que es la segunda causa de demanda odontológica urgente después de la caries dental.

Dan alteraciones médicas, estéticas y, en algunos casos, emocionales-psicológicas, siendo estas últimas más importantes en los padres, cuanto más pequeño es el niño. En la adolescencia, sufrir un traumatismo dentario comporta una alteración estética, con amplia repercusión emocional por el efecto de verse con el diente fracturado en su vida de relación, ya que en la mayoría de ocasiones, se afectan los dientes incisivos superiores. Es frecuente asistir a una urgencia por traumatismo dental en sector anterior, y encontrarse tanto al niño como a los padres muy asustados tanto por el traumatismo en sí, como por el problema estético que comporta.

No es lo mismo un traumatismo en dentición temporal, donde la fractura de un incisivo va a comportar una alteración transitoria del diente afecto hasta que sea recambiado por el diente permanente, que la afectación de un incisivo permanente que comportará un hándicap en dicha pieza de por vida, aunque los tratamientos estéticos que tenemos a nuestro alcance en la actualidad, pueden minimizar en parte o totalmente el aspecto estético del traumatismo.

Es importante conocer y tratar de forma adecuada cada caso según la complejidad del traumatismo, ya que la mayoría de secuelas post-traumáticas son consecuencia de tratamientos inadecuados o de no haber actuado dentro del plazo de tiempo necesario. Algunos pacientes, dependiendo del traumatismo, no acuden a la consulta odontológica hasta el cabo de semanas o meses. El diagnóstico y tratamiento temprano de estos traumatismos va a condicionar, en la mayoría de los casos, el pronóstico a medio y largo plazo y la viabilidad de la pieza o piezas dentales afectas.

Los traumatismos dentales tienen un impacto negativo sobre la calidad de vida en relación con la salud oral, tanto en preescolares como en escolares(1).

Epidemiología

Puede variar en la literatura según las poblaciones a estudiar, dependiendo de las condiciones sociales, ambientales y culturales, de las subpoblaciones analizadas, y también en qué ámbito se realice el estudio, dependiendo de si es en urgencias hospitalarias o en Atención Primaria.

Los estudios epidemiológicos indican que la incidencia anual de traumatismos dentales a nivel mundial es de un 4,5% aproximadamente(2).

La prevalencia varía desde el 10 al 47% o incluso al 59% según autores(3), con dos picos de incidencia, en dentición temporal entre los 2 y 3 años, cuando la coordinación motora está en desarrollo, y en dentición permanente entre los 8 y 10 años. Existe una gran variación en la notificación de prevalencia de traumatismos dentales en el mundo.

Son más frecuentes en el sexo masculino 2:1, algo menos evidente en la dentición temporal 0,9-1,3:1. Esta frecuencia aumenta más con la edad, lo que podría ser debido al tipo de juegos, juguetes (patinetes, monopatines) o la práctica de deportes de más riesgo, en el sexo masculino.

Es habitual que la etiología sea multifactorial, con tres grupos de factores etiológicos: los determinantes del comportamiento humano con la toma de riesgos, falta de atención, hiperactividad… los determinantes ambientales, la casa donde vives con sus muebles en un entorno inseguro y los determinantes orales o predisponentes orales(4). La mayoría de los traumatismos dentales producidos en niños están relacionados con la edad, así en menores de 3 años, se producen más frecuentemente en su propio hogar, entre los 7 y los 12, en relación con caídas por juegos y deporte, y de los 13 a 17 años, con deportes de más riesgo como: baloncesto, balonmano, waterpolo, o deportes con raqueta.

Las causas más frecuentes de estos traumatismos corresponden a: caídas, actividades deportivas, accidentes de tráfico (tanto coche, como bicicleta o moto) y las peleas. No deberíamos de olvidar los casos de maltrato, que aunque normalmente existen otras lesiones corporales más evidentes, también acostumbran a existir traumatismos dentales y/o de partes blandas oro-faciales.

Entre los determinantes orales o factores predisponentes orales, destacan la existencia de unos dientes incisivos superiores protruidos, con un resalte u overjet de más de 3 mm (Fig. 1) como consecuencia de una maloclusión o el uso excesivo de chupete o hábito de succión de dedo, o la existencia de un labio corto o incompetente que no cubra en su totalidad a los dientes(5)(Tabla I).

Figura 1. Maloclusión con resalte-overjet

 

Las piezas dentales afectadas más frecuentemente son: los incisivos centrales superiores (80%), los incisivos laterales superiores y, con menos frecuencia, los incisivos centrales inferiores.

En muchas ocasiones, los padres acuden de urgencias al Pediatra para valorar al niño que ha sufrido el traumatismo, siendo importante que si existe afectación dental, se le recomiende la necesidad de una valoración inmediata por el odontólogo, para valorar y descartar la necesidad de un tratamiento de urgencias del caso.

Las lesiones más frecuentes son: las fracturas de corona no complicadas de esmalte o de esmalte-dentina, seguido de las subluxaciones, y la avulsión dentaria. Se considera que aproximadamente el 10% de las alteraciones del esmalte que aparecen en los dientes permanentes en el sector anterior, están en relación con traumatismos sufridos en los dientes deciduos. La avulsión y la luxación intrusiva de los dientes temporales son las lesiones que provocan más frecuentemente alteraciones en el desarrollo de los permanentes, siendo más importantes cuando más pequeño sea el niño. La subluxación y la extrusión dentaria, tienen menos riesgo de afectar a los permanentes(6).

Clasificación de los traumatismos dentarios

La clasificación más utilizada sigue siendo la de la OMS modificada por Andreasen(7), que diferencia la afectación de los tejidos dentarios y la de los periodontales o de soporte de las piezas dentales
(Tabla II).

Diagnóstico

Es básicamente clínico con la evidencia de la existencia de un traumatismo previo.

Diferentes factores como: la fuerza, dirección y la velocidad del impacto, así como el objeto que o con qué se impacta, pueden ayudarnos en la realización del diagnóstico.

Hay que realizar una inspección y palpación para descartar la existencia de heridas contusas e inciso contusas de tejidos blandos, tanto encía, mucosa yugal, lengua o labios. Prestar especial atención a la parte interna vestibular de los labios que pueden sufrir heridas con frecuencia, por el impacto con los dientes en el momento del traumatismo. Hay que descartar al realizar la exploración intraoral que existan cuerpos extraños en boca o en las heridas.

Se debe valorar que los dientes tengan su posición y aspecto normales, con sus coronas alineadas, y que no existan desplazamientos verticales o antero-posteriores de sus coronas para descartar luxaciones. En ocasiones, si existen dientes desplazados, se debe consultar a los padres si ya estaban desplazados antes del traumatismo. Se debe valorar que no existan fracturas de las piezas dentales, ni asimetrías faciales.

La palpación se debe realizar con dos dedos o dos instrumentos para valorar la existencia de movilidad de la pieza o piezas dentales afectas, que puede indicarnos afectación del tejido de soporte con luxación o fractura dental o alveolar. El sangrado en el surco gingival puede indicarnos la lesión del ligamento periodontal. El grado de movimiento dental, se define con un índice que va de 0 a 3.

0: sin movilidad.

1: movilidad horizontal menor de 1 mm.

2: movilidad horizontal mayor de 1 mm.

3: movilidad axial.

La percusión puede identificar, en caso de duda, cuál es el diente que presenta dolor y mayor afectación, y evalúa la existencia de lesión en el ligamento periodontal.

La realización de test de vitalidad pulpar, mediante la utilización de pruebas térmicas, normalmente al frío (tetrafluoruretano) o pruebas eléctricas con pulpómetro, valoran la afectación o no de la pulpa dental. En las fases agudas tiene menos valor, pero sí como referencia inicial para ver la evolución de la lesión en los siguientes controles. En dentición temporal no se utiliza por dar resultados poco fiables e inconsistentes.

Entre las exploraciones complementarías destacan las radiográficas, para descartar fracturas asociadas, (óseas o alveolares) destacarían la ortopantomografía o panorámica de los maxilares y la telerradiografía lateral de cráneo. Para realizar un diagnóstico más preciso dento-alveolar, se deberían realizar radiografías intraorales, como las periapicales o las oclusales.

Prevención

Los traumatismos en general y los dentales en particular son difíciles de prevenir, pero el conocimiento de las causas que pueden provocarlos y de cómo actuar si se producen, tanto de los padres como del personal de la escuela, puede mejorar y evitar en parte la aparición de los mismos, así como, mejorar el pronóstico de los traumatismos ya establecidos.

Cuando el niño empieza a caminar, estará expuesto a caídas que pueden afectar a cara y dientes. La afectación temprana de estos dientes temporales por un traumatismo puede determinar lesiones en el diente permanente que pueden condicionarle alteraciones estéticas.

La existencia de parques infantiles con pavimentos acolchados, pavimento antideslizante en duchas, bañeras y piscinas, el uso de casco y de protecciones cuando los niños van en coche, como los cinturones, pueden ayudar sin duda a disminuir la incidencia de traumatismos.

En niños más mayores, es muy importante la identificación de factores de riesgo individuales, con la utilización de protectores bucales para la realización de deportes donde pueda existir contacto y, en la adolescencia, evitar la ingesta de alcohol, drogas y peleas, también puede reducir la frecuencia de fracturas dentales.

La Asociación Dental Americana indica que más de 200.000 lesiones bucales al año se previenen con el uso de protectores bucales. El 84% de los niños no llevan protectores bucales, mientras practican deportes organizados, pero en cambio sí utilizan otro tipo de protectores de otras partes del organismo. La utilización e incorporación de los protectores bucales en las prácticas deportivas, reduciría al mínimo los traumatismos dentales y reduciría el grado de severidad de los mismos(8).

Hay estudios que han observado que después de un traumatismo con avulsión dentaria del incisivo permanente, los pacientes llegan muy tarde después del incidente, sin el diente o en un medio de conservación inadecuado, lo que indica la poca información y conocimiento que existe sobre este tipo de lesión, en las personas que están con los niños en su ámbito doméstico y escolar(9).

Clínica y tratamiento

Dependiendo de si se trata de dentición temporal o permanente, y del tipo de afectación dental, periodontal o mixta, cursará con un tipo de clínica y precisará de distinto tratamiento (Fig. 2).

Figura 2. Tipos de fracturas dentales

Los dientes afectados con más frecuencia son los incisivos centrales superiores. Dependiendo de la edad, de la fuerza del impacto y del tiempo que falte para que se produzca el recambio por la pieza permanente, la lesión puede ser distinta. En casos en que falte poco para el recambio dental, el traumatismo puede provocar la avulsión del diente temporal sin afectar al permanente. En edades más tempranas, tanto las lesiones por intrusión (parte o la totalidad del diente entra en el hueso alveolar) y la avulsión (exfoliación traumática de todo el diente) pueden afectar al diente permanente. Cuanto más pequeño es el niño, más afectación del permanente pueden dar.

En dentición temporal, las lesiones más frecuentes son: las luxaciones, por estar ubicados en un hueso aún muy esponjoso que permite la movilidad de los dientes con facilidad; y las fracturas no complicadas de corona, que muchas veces pasan desapercibidas y no son diagnosticadas en el momento del traumatismo, si no que se detectan al realizar una exploración en boca por otro motivo, objetivando un cambio de coloración en la corona del diente.

En dentición permanente, la lesión más frecuente es la fractura de corona no complicada sin afectación de la pulpa. Lo más normal es que el traumatismo afecte a 1 o 2 piezas dentales.

Los traumatismos dentales son más frecuentes: en casos de protrusión de los incisivos, por uso excesivo de chupete, hábito de succión de dedo, labio superior corto que no cubre a los dientes y la incompetencia labial.

Pueden afectar a las piezas dentales y a los tejidos periodontales que sostienen y fijan a las piezas dentales (Tabla III).

Fracturas dentales en dentición temporal y permanente

Siguiendo las directrices clínicas de la Sociedad Española de Odontopediatría (SEOP) junto a la International Association of Dental Traumatology y la Clasificación de Andreasen y de Dentaltraumaguide.org (https://dentaltraumaguide.org), exponemos las situaciones clínicas y tratamiento a realizar, tanto en dentición temporal como permanente(10-13).

Fracturas no complicadas: infracción, fracturas de esmalte y de esmalte-dentina

Infracción del esmalte de la corona

Es una fractura incompleta del esmalte, sin pérdida de estructura dental.

Se objetiviza una línea o fisura mínima en el esmalte.

La percusión es negativa y no existe movilidad dental. No acostumbra a dar sintomatología y no requiere Rx.

No precisa tratamiento.

En dentición permanente, la prueba de sensibilidad pulpar es positiva (es decir, normal).

Fractura coronal del esmalte

Son frecuentes y se objetiviza una pérdida de estructura dental.

Solo afecta al esmalte (Fig. 3).

Figura 3. Fractura coronal de esmalte.

La percusión es negativa.

La movilidad es negativa y no requiere Rx en dentición temporal.

En dentición permanente, la prueba de sensibilidad pulpar es positiva y se recomienda Rx para descartar fractura radicular o desplazamiento.

El tratamiento en dentición temporal consistiría en el pulido de las aristas fracturarías que puedan existir, para evitar lesiones del labio por rozaduras y derivación a Odontología para restauración de la fractura en función del tamaño y de la edad del paciente respecto al proceso de exfoliación fisiológico. Tratamiento analgésico si precisa. Se aconseja control evolutivo a las 3-4 semanas.

En dentición permanente, además, se debería pulir o reconstruir la zona fracturada, según la extensión de la misma.

Fractura coronal de esmalte-dentina (amelo-dentinaria)

La fractura afecta al esmalte y dentina, con pérdida de estructura dental, pero no al tejido pulpar (Fig. 4).

Figura 4. Fractura coronal de esmalte-dentina.

La percusión es negativa. Si existe dolor evidente a la percusión, descartar luxación o fractura radicular.

La movilidad es negativa.

En dentición temporal, no es necesario realizar Rx excepto en caso de duda, para ver la proximidad de la cavidad pulpar a la línea fracturaría.

En dentición permanente, la prueba de sensibilidad pulpar será positiva, aunque en algunos casos, inicialmente puede ser negativa por afectación pulpar transitoria. Habrá que realizar controles seriados de vitalidad para ver si se positiviza o negativiza. Se deberían realizar Rx para descartar luxación o fractura radicular.

Se debe tratar con analgesia, si precisa, derivar a Odontología para restauración de la fractura y control evolutivo a las 3-4 semanas, tanto en dentición temporal como en permanente. En dientes permanentes, si existe el fragmento fracturado y nos lo trae el paciente o un familiar, en ocasiones, se puede adherir al diente fracturado.

Fracturas complicadas

Fractura coronal complicada de esmalte-dentina–pulpa

Es una fractura amelo-dentinaria con exposición pulpar.

Se objetiviza un punto rojizo o de sangre que corresponde a la pulpa. Normalmente, presentan dolor, aunque la percusión acostumbra a ser negativa o ligeramente positiva.

No existe movilidad.

Se debería realizar una Rx periapical u oclusal para descartar fractura radicular o luxación.

El tratamiento debería ser combinado de analgesia más antibioticoterapia.

Derivar a Odontología para decidir en dentición temporal, si se realiza tratamiento conservador o exodoncia, dependiendo del grado y extensión de la fractura y de la edad del paciente en relación al recambio-exfoliación de la pieza.

En dentición permanente, dependiendo de si la pieza está ya del todo formada y el ápice radicular (final de la raíz) está ya cerrado o no, se realizará la endodoncia de la pieza o la pulpotomía parcial con hidróxido de calcio Ca(OH)2 o agregado trióxido mineral (MTA). Se deberán realizar controles evolutivos clínicos y radiográficos.

Fractura radicular

Afecta a la raíz de la pieza dentaria, pudiendo, en ocasiones, ser mixtas, con afectación coronal y radicular. Son fracturas donde el paciente presenta dolor importante espontáneo o al mínimo contacto con la pieza afecta.

Hay que descartar que exista interferencia oclusal que impida el cierre de la boca.

La percusión es positiva.

Existe movilidad de la corona de la pieza fracturada.

Se debe realizar Rx para confirmar, ubicar el nivel de la fractura y ver si existe desplazamiento coronal (Fig. 5).

Figura 5. Imagen radiográfica de fractura radicular.

Precisará de analgesia y cobertura antibiótica, y se deberá derivar de Urgencias a Odontología. En dentición temporal, hay que evitar el contacto oclusal y decidir si se realiza tratamiento conservador, en caso de que no exista desplazamiento de la corona o exodoncia, si existe desplazamiento o en edades muy próximas a la del recambio fisiológico de las piezas permanentes. Si se debe realizar la exodoncia, se puede realizar solo de la parte coronal y hacer un seguimiento evolutivo del fragmento radicular hasta que se produzca la reabsorción fisiológica del mismo. Se debe recomendar dieta blanda y si no se realiza la exodoncia, no utilizar el chupete.

En dentición permanente, el test de vitalidad puede dar resultados negativos por afectación pulpar transitoria o definitiva. En casos en que la corona fracturada del diente permanente se haya avulsionado, se debe intentar reimplantar, siguiendo el protocolo de los dientes avulsionados y ferulizar a los dientes adyacentes durante 4 semanas. En los demás casos de fractura radicular, también se debe realizar una ferulización a las piezas adyacentes. Cuanto más apical, es decir, cuanto más hacia al final de la raíz sea la fractura, menos probable es que pierda la vitalidad pulpar, y cuanto más coronal, peor pronóstico. También el aumento de la diástasis favorece la necrosis del fragmento coronal, incrementa su movilidad y empeora el pronóstico. Las fracturas horizontales tienen mejor pronóstico que las verticales.

Precisa de seguimiento evolutivo clínico y radiográfico del caso.

Fractura alveolar

Existe afectación del hueso alveolar y, además, normalmente con afectación de más de una pieza dental.

Acostumbran a existir interferencias oclusales.

Movilidad positiva de todo el conjunto fracturado.

Percusión positiva.

Es necesario realizar Rx para un diagnóstico más detallado del caso.

Derivar de Urgencias a Odontología para reducir y recolocar la fractura alveolar, bajo anestesia. Precisará de una inmovilización con una férula semirrígida durante 4 semanas, y después reevaluar, tanto en dentición temporal como en permanente.

Se debe realizar un seguimiento evolutivo clínico y radiográfico del caso.

Lesiones periodontales post traumatismo en dentición temporal y permanente

Concusión

Es un traumatismo sobre las estructuras de soporte del diente, pero sin desplazamiento ni fractura.

Da dolor por la contusión de las partes blandas, presentando dolor ligero a la percusión.

La movilidad es negativa.

Se debería realizar Rx para descartar fractura radicular, al existir dolor a la percusión.

No requiere tratamiento, solo sintomático, si precisa, y control evolutivo.

En dentición permanente, la prueba de vitalidad es positiva.

Se debería derivar a Odontología para control radiográfico.

Subluxación

Se produce una afectación de los tejidos de soporte del diente, pero no existe fractura ni desplazamiento de la pieza dental.

Normalmente, se objetiva un sangrado del sulcus (unión diente-encía) por afectación del ligamento.

La percusión produce dolor leve o sensibilidad.

Existe ligera movilidad.

En dentición permanente, el test de vitalidad puede ser positivo en la mitad de los casos. En los casos negativos, nos denota una afectación pulpar transitoria o permanente. Se deben realizar controles de vitalidad seriados.

Se recomienda realizar Rx para descartar fractura radicular o desplazamiento.

Tratamiento sintomático del dolor y evitar el contacto del diente afecto con los antagonistas. Se puede colocar una ferulización flexible que estabilice al diente, para comodidad del paciente, durante 2 semanas.

Realizar controles evolutivos clínicos, radiográficos y de sensibilidad pulpar.

Luxación extrusiva

El diente está más salido y con movilidad por una desinserción parcial o total del ligamento periodontal. Se trata de una avulsión parcial de la pieza dental.

Clínicamente es muy evidente, donde se ve un diente más largo que los demás.

Percusión positiva.

Existe mucha movilidad.

Test de vitalidad negativo.

Se recomienda Rx para descartar fractura radicular.

Derivación a Odontología para evaluar el caso. En dentición temporal, si la extrusión es menor de 3 mm, dejar evolucionar y quitar de oclusión (que no toque con los antagonistas). Ver evolución del caso.

En extrusiones mayores de 3 mm en un diente temporal completamente desarrollado, la exodoncia es el tratamiento de elección.

En los 2 casos, se debe realizar tratamiento sintomático y decidir si antibioticoterapia.

Puede dar una coloración oscura del diente afecto.

En dentición permanente, la superficie radicular expuesta debe limpiarse con suero salino antes de ser reposicionado en su posición normal. Normalmente, se puede realizar la recolocación sin anestesia local. Se debe ferulizar a los dientes adyacentes durante 2 semanas. Se deben realizar controles de la vitalidad pulpar, para ver el grado de afectación de la misma y para descartar una reabsorción radicular asociada.

Requiere control: clínico, radiográfico y de vitalidad pulpar seriados.

Luxación intrusiva

El diente se ha desplazado hacia dentro del hueso alveolar pudiendo impactar sobre la tabla ósea o sobre el germen dentario de la pieza permanente en formación, en caso de dentición temporal. Es una de las lesiones que puede afectar a la pieza permanente intraósea con más frecuencia.

Dependiendo del grado de intrusión el diente se ve más corto, o no se ve la pieza si la intrusión es completa, pareciendo un caso de avulsión. En algunos pocos casos, la intrusión total del diente podría llegar hasta las fosas nasales.

La percusión, si se visualiza la pieza, dará como un sonido metálico anquilótico al estar completamente enclavada.

No existe movilidad.

Test de vitalidad negativa.

Se debería realizar Rx para ver la relación de la pieza temporal intruida con el permanente, y para ver la existencia de la pieza intruida en caso de que sea una intrusión total, como diagnóstico diferencial con la avulsión.

Debe derivarse a Odontología. En dentición temporal, si la pieza se ha desplazado hacia la tabla ósea vestibular, se debe dejar evolucionar a la extrusión espontánea y pasiva de la pieza intruida. Si se ha desplazado hacia el germen dentario del permanente, se deberá proceder a la exodoncia de la pieza temporal, para minimizar en parte las complicaciones en el permanente. Puede dar una coloración oscura del diente.

En dentición permanente, la prueba de vitalidad pulpar puede ser negativa.

La intrusión tiene riesgo de pérdida de la pieza afecta por reabsorción radicular progresiva, por anquilosis o por reabsorción por infección.

Como tratamiento, al igual que en la dentición temporal, se puede esperar a que se produzca una reposición espontánea, sobre todo, en piezas no del todo formadas y con ápice radicular abierto, y en casos con intrusiones mínimas.

Si no se mueve espontáneamente la pieza, requerirá una recolocación bajo anestesia local de la misma. En casos con intrusiones de larga evolución, es posible que precisen recolocación mediante ortodoncia. Se deberá realizar en todos los casos, tratamiento endodóncico de la pieza.

Se deberá realizar control evolutivo clínico y radiográfico.

Luxación lateral

El diente está desplazado lateralmente hacia afuera o hacia dentro de la boca. Es más frecuente el desplazamiento hacia palatino; es decir, hacia dentro de la boca. Se acompaña de una fractura alveolar de la región palatina o vestibular (si se desplaza hacia afuera de la boca). Se acompañan de una desinserción parcial o total del ligamento periodontal (Fig. 6).

Figura 6. Luxación lateral palatina.

La percusión puede ser ligeramente dolorosa y con sonido metálico anquilótico.

En la mayoría de los casos, no existe movilidad.

Es recomendable realizar Rx para ver la relación con la pieza permanente intraósea.

Se debe derivar a Odontología. En dentición temporal, los casos de desplazamientos palatinos, hacia dentro, producen interferencias oclusales al cerrar la boca, siendo en estos casos la recolocación de la pieza luxada, bajo anestesia local, el tratamiento electivo. Si se trata de poca interferencia oclusal, puede mejorar con un retoque de la oclusión para que no toque con el antagonista. Si no existen interferencias oclusales, se puede dejar que espontáneamente la pieza se reposicione. En luxaciones severas hacia vestibular (hacia adelante), el tratamiento de elección es la exodoncia de la pieza temporal para evitar lesionar el germen de la pieza permanente.

En dentición permanente, el tratamiento consiste en reposicionar el diente luxado a su posición anatómica, bajo anestesia local, para intentar que se produzca la recuperación y la curación pulpar y del ligamento periodontal.

Se debe realizar una ferulización durante 4 semanas.

Requiere control evolutivo del caso.

Avulsión

Es la exfoliación traumática de la pieza dental. Vemos la falta de una pieza dental en boca. En ocasiones, los acompañantes traen la pieza exfoliada. No se deben reimplantar los dientes temporales avulsionados para evitar daños en los permanentes.

Se debe realizar Rx para descartar una luxación intrusiva total.

Descartar una aspiración o deglución del diente, si no aparece.

Derivar a Odontología para control radiográfico. En dentición temporal, solo precisa tratamiento sintomático y control evolutivo, informando a los padres que debido al traumatismo, podrían existir alteraciones en el diente permanente, con manchas en el mismo o con un eje de erupción anómalo.

En dentición permanente, la avulsión dentaria se considera la urgencia odontológica por excelencia.

Normalmente, se trata de un incisivo central superior, que requiere de su reimplantación dentro de su alvéolo dentario. Lo ideal sería que se realizara la reimplantación en el mismo lugar donde se produce el traumatismo, cogiendo la pieza dental por la corona, evitando tocar la raíz. Si está sucio el diente, lavar con agua durante 10 segundos y reimplantarlo, manteniéndolo estable hasta llegar a la consulta de Odontología de urgencias. Si no es posible reimplantarlo en ese momento, se debería guardar y transportar en leche o suero salino, y si no fuera posible, en la misma boca del paciente. No se debe guardar en agua(14).

El pronóstico y viabilidad de la pieza implantada mejora cuanto menor sea el tiempo que transcurra desde el traumatismo hasta su reimplantación en el alveolo dentario, considerándose máximo 30 minutos el tiempo óptimo para obtener un resultado bueno a largo plazo, disminuyendo drásticamente esta posibilidad en los casos de tratamiento realizado después de las 2 horas (según algunos autores 1 hora). En todos los casos, se debe realizar una ferulización de la pieza reimplantada, a las piezas dentales vecinas, durante 2-4 semanas según el caso.

A los 7-10 días y dependiendo de si la pieza tiene el ápice cerrado o no, se procederá a la realización de la endodoncia de la pieza.

Se deben evitar los deportes de contacto durante 2 semanas y debe recomendarse la utilización de protectores bucales en la práctica de deportes de riesgo.

Tratamiento sintomático con antibioticoterapia y dieta blanda durante 2 semanas. Dependiendo del lugar donde se ha producido el traumatismo, consultar el estado de las vacunas recibidas, y valorar si es necesario administrar dosis de vacuna anti tetánica.

En cualquiera de estos links puede verse los pasos a seguir en caso de avulsión dentaria:

https://www.iadt-dentaltrauma.org/for-patients.html

https://www.odontologiapediatrica.com/protocolos/

Es importante hacer un seguimiento evolutivo de los dientes que han sufrido traumatismos dentarios, tanto en dentición temporal como en los permanentes, ya que en dentición temporal, pueden dar necrosis pulpar y abscesos, y en la dentición permanente, la pérdida de vitalidad pulpar puede indicar la necesidad de realizar la endodoncia de la pieza (Tabla IV).

Bibliografía

Los asteriscos muestran el interés del artículo a juicio del autor.

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En:
https://www.odontologiapediatrica.com/protocolos/

12.** Diangelis AJ, Andreasen JO, Ebeleseder KA, Kenny DJ, Tope M, Sigurdsson A, et al. Guidlines for the Management of traumatic Dental Injuries: 1. Fractures and Luxatins of Permanent Teeth. Pediatr Dent. 2017; 39: 401-11. Doi: 10.1111/j. 1600-96657. 2011.01103.x.

13.** Malmgren B, Andreasen JO, Flores MT, Robertson A, DiAngelis AJ, Andersson L, et al. Guidelines for the Management of Traumatic Dental Injuries: 3. Injuries in the Primary Dentition. Pediatr Dent. 2016; 38: 377-85.

14.** Andersson L, Andreasen JO, Day P, Heithersay G, Trope M, Di Angelis AJ, et al. Guidelines for de Management of Traumatic Dental Injuries: 2.Avulsion of Permanent Teeth. Pediatr Dent. 2017; 39: 412-9. Doi: 19.1111/j. 1600-9657.2012.011125.x.

 

Bibliografía recomendada

Andreasen JO, Andresen FM, Andersson L. Textbook and Color Atlas of Traumatic injuries to the teeth. 5th editin. Wiley Blackwell. 2018.

Se trata de la 5ª edición de un clásico de referencia en Traumatología Dental del Prof. Andreasen. Nos describe gráficamente y con iconografía muy bien cuidada, tanto la descripción clínica como las guías terapéuticas, tanto de la dentición temporal como permanente.

 

Caso clínico

 

Paciente de 12 años que en la escuela practicando deporte en el patio, sufre un traumatismo dental, que le provoca la avulsión traumática de un incisivo superior. Acude de urgencias a nuestra consulta acompañado de su tutor.

 

 

Dolor abdominal agudo

D. Muñoz-Santanach, C. Luaces Cubells
Temas de FC


D. Muñoz-Santanach, C. Luaces Cubells

Servicio de Urgencias Pediátricas. Hospital Sant Joan de Déu. Barcelona

Resumen

Se define el dolor abdominal agudo como: la presencia de dolor abdominal de instauración reciente, constante e intenso, que suele acompañarse de vómitos, afectación del estado general y palpación abdominal dolorosa. El 5% de los niños con dolor abdominal agudo que se atienden de forma urgente requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica. En función de la edad, existen distintas causas de dolor abdominal agudo. Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en: inflamatorio o peritoneal, oclusivo, perforativo, traumático y anexial. La anamnesis y la exploración física permiten orientar la mayoría de casos de dolor abdominal agudo y realizar un uso juicioso de las exploraciones complementarias. La analgesia, en función de la intensidad del dolor que presente el paciente, es un pilar fundamental en el tratamiento del dolor abdominal hasta que se instaure el tratamiento etiológico.

 

Abstract

Acute abdominal pain is defined as: the presence of abdominal pain of recent instauration, constant and intense, usually accompanied by vomiting in a clinically affected individual and painful abdominal palpation. 5% of children with acute abdominal pain who request urgent assessment require hospital admission and 1-2% surgical intervention. There are different causes of acute abdominal pain depending on the age. Attending to syndromic groups, abdominal pain can be divided into: inflammatory or peritoneal, occlusive, perforative, traumatic and adnexal. History taking and physical examination will allow to guide the etiology in the majority of cases of acute abdominal pain and make a judicious use of complementary tests. Analgesia, depending on the intensity of the pain, is a fundamental pillar in the treatment of abdominal pain until the etiological treatment is established.

 

Palabras clave: Dolor abdominal agudo; Analgesia; Apendicitis; Invaginación intestinal

Key words: Acute abdominal pain; Analgesia; Appendicitis; Intestinal intussusception

 

Pediatr Integral 2019; XXIII (1): 15 – 24


Dolor abdominal agudo

Introducción

El dolor abdominal es un motivo de consulta frecuente en toda la edad pediátrica. En la mayoría de casos, se debe a procesos benignos, pero puede ser una emergencia médica o quirúrgica. Se estima que el 5% de los niños con dolor abdominal agudo que se atienden de forma urgente requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica.

El dolor abdominal es un motivo de consulta muy frecuente en toda la edad pediátrica, tanto en los Centros de Atención Primaria como en los Servicios de Urgencias Hospitalarios. En EE.UU., se estima que entre el 5 y el 10% de las consultas de niños a los Servicios de Urgencias son por este motivo(1-3). Aunque, en la mayoría de casos, el dolor abdominal se debe a procesos benignos, en ocasiones, se trata de una verdadera emergencia médica o quirúrgica, por lo que un diagnóstico adecuado permite un tratamiento precoz y una disminución de su morbilidad(1). Se define el dolor abdominal agudo (o abdomen agudo) como: la presencia de dolor abdominal de instauración reciente, constante e intenso, que suele acompañarse de vómitos, afectación del estado general y palpación abdominal dolorosa(4-7). Se estima que el 5% de los niños con dolor abdominal agudo, que se atienden de forma urgente, requiere ingreso hospitalario y el 1-2% intervención quirúrgica(1,3).

El objetivo de este trabajo es exponer las causas de dolor abdominal agudo y la mejor forma de orientar un paciente con dolor abdominal agudo, que se presenta en las consultas de Atención Primaria o en los servicios de urgencias.

Fisiopatología y causas de dolor abdominal agudo

Etiopatogénicamente, el dolor abdominal se puede clasificar en tres categorías: visceral, parietal y referido. En función de la edad, existen distintas causas de dolor abdominal agudo. Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en: inflamatorio o peritoneal, oclusivo, perforativo, traumático y anexial.

Etiopatogénicamente, el dolor abdominal se puede clasificar en tres categorías: visceral, parietal y referido(4,5), cuyas características se recogen en la tabla I. Existen multitud de causas de dolor abdominal en la edad pediátrica(1).

En la tabla II, se recogen las causas más frecuentes de dolor abdominal según la edad del paciente.

La causa médica más frecuente de dolor abdominal agudo es la gastroenteritis y la causa quirúrgica más frecuente, la apendicitis aguda(1). Por grupos sindrómicos, el dolor abdominal se puede dividir en:

Síndrome inflamatorio o peritoneal. Se caracteriza por un dolor debido a una irritación o inflamación del peritoneo, en general, por un proceso infeccioso bacteriano. El ejemplo típico es la apendicitis aguda.

Síndrome oclusivo. Se produce por la imposibilidad del tránsito del contenido intestinal, lo que conduce a una distensión del intestino, que está por encima del lugar obstruido. El dolor abdominal se acompaña de vómitos (que pueden ser biliosos), estreñimiento y distensión abdominal. Se divide en dos tipos, según la obstrucción sea de origen dinámico (íleo paralítico) o de origen mecánico (íleo mecánico).

Síndrome perforativo. Se produce como consecuencia de la rotura de una víscera hueca en la cavidad intestinal. El dolor abdominal se suele acompañar de cierto grado de distensión abdominal, disminución de los ruidos intestinales y rigidez de la musculatura de la pared anterior del abdomen.

Síndrome traumático. Se debe a la irritación peritoneal como consecuencia de la presencia de sangre o contenido intestinal en la cavidad abdominal. Los traumatismos abdominales aparecen en el 25% de los niños con politraumatismo. En la mayoría de ocasiones, son cerrados y se producen por contusión de las vísceras abdominales sólidas. La víscera más frecuentemente dañada es el bazo seguido del hígado.

Síndrome anexial. Es el dolor generado en el aparato genital. En los varones, la causa más frecuente de dolor abdominal agudo de causa anexial es la torsión testicular. En las mujeres adolescentes, predominan como causa de dolor abdominal procesos fisiológicos, como son: la ovulación o la dismenorrea; sin embargo, es importante tener en cuenta otras causas importantes de dolor abdominal, como la enfermedad inflamatoria pélvica, en las adolescentes sexualmente activas(8).

Diagnóstico

La anamnesis dirigida y la exploración física detallada son los puntos fundamentales para orientar la mayoría de casos de dolor abdominal agudo. La valoración del dolor, utilizando escalas adaptadas a la edad, es fundamental para la valoración de la intensidad del dolor y su correcto tratamiento. Se recomienda un uso racional de las exploraciones complementarias en la valoración del dolor abdominal.

La anamnesis, junto a una exploración física detallada, debería ser suficiente para orientar la etiología en la mayoría de casos de dolor abdominal agudo(1-7).

Anamnesis

Es un punto fundamental para el diagnóstico etiológico. Es importante realizar una anamnesis dirigida, que debe incluir los siguientes datos.

Localización

Según se sitúe el dolor, podemos clasificarlo en: epigástrico (dolor originado en el hígado, páncreas, vías biliares, estómago y porción alta del intestino); periumbilical (originado en la porción distal del intestino o en el ciego y colon proximal); hipogástrico (originado en la parte distal del intestino grueso, vías urinarias o órganos pélvicos); o generalizado. En general, cuanto más distal al ombligo sea la localización del dolor, mayor riesgo de patología quirúrgica.

Intensidad

Es un punto clave, no solo para el diagnóstico, sino también, para el correcto tratamiento del dolor y su posterior revaloración. La evaluación subjetiva de los padres o del médico, a menudo, no refleja de forma fiable el dolor que siente el niño, por esta razón se han ideado herramientas objetivas para facilitar la valoración del dolor en la edad pediátrica(9). Se recomienda utilizar las escalas validadas, en función de la edad del niño, para establecer la intensidad del dolor.

Características

Se refiere tanto a la forma de presentación como al tipo de dolor. En cuanto a la forma de presentación, esta puede ser: aguda (que suele indicar procesos mecánicos como la perforación intestinal, la invaginación, la torsión testicular o la torsión ovárica); gradual (como en los procesos inflamatorios, como: la apendicitis, pancreatitis o colecistitis); o intermitente (en la gastroenteritis o en el dolor referido de las vías biliares o urinarias). En cuanto al tipo de dolor, este puede ser: cólico o punzante (que suele expresar el movimiento) o continuo (que está en relación a procesos inflamatorios agudos). Asimismo, es importante conocer si existe irradiación del dolor. El tiempo de evolución es importante, ya que un dolor abdominal intenso de más de seis horas de evolución es sugerente de una patología quirúrgica. Es importante conocer los factores aliviantes y agravantes del dolor, por ejemplo: el dolor abdominal de la apendicitis suele empeorar con el movimiento y calmar con el reposo; o un dolor que empeora con la micción, debe hacer pensar en un origen urinario.

Síntomas acompañantes

Síntomas digestivos: los vómitos, a menudo, acompañan al dolor abdominal, y cuando son persistentes, biliosos o fecaloideos orientan a una patología quirúrgica. La presencia de deposiciones líquidas y abundantes orienta hacia una gastroenteritis, y hacen poco probable una patología quirúrgica. Hay que tener en cuenta que en determinadas patologías, como la apendicitis, pueden aparecer deposiciones de consistencia blanda y escasas. El estreñimiento aislado es un hallazgo frecuente en el dolor abdominal inespecífico, pero cuando se asocia a vómitos, obliga a descartar un síndrome de obstrucción intestinal. La presencia de restos hemáticos en las deposiciones puede aparecer en la invaginación intestinal.

Síntomas extradigestivos: incluyen la fiebre, que se asocia a procesos infecciosos (quirúrgicos o no) y los síntomas urinarios (que orientan a procesos de vías urinarias, como infecciones de orina o cólico renal). La presencia de síntomas respiratorios y fiebre obliga a descartar un proceso neumónico. La presencia de alteraciones ginecológicas puede orientar a la presencia de: enfermedad inflamatoria pélvica, dismenorrea, aborto o un embarazo ectópico.

Antecedentes patológicos

Es importante conocer la presencia de antecedentes de cirugía abdominal o de episodios previos de dolor abdominal, así como antecedentes traumáticos o enfermedades de base. En el caso específico de las mujeres adolescentes, es importante recoger la historia ginecológica, que debe incluir la fecha de la última menstruación, así como la presencia de conductas sexuales de riesgo y uso de métodos anticonceptivos.

Exploración física

Valoración inicial: Triángulo de Evaluación Pediátrica(4-6)

Su aplicación permite identificar problemas fisiológicos principales y poner en marcha la estabilización inicial, basándose en la valoración del aspecto, trabajo respiratorio y coloración.

Valoración de la intensidad del dolor

La utilización de escalas adaptadas a la edad debe permitir determinar la intensidad del dolor que presenta el paciente y su correcto tratamiento(9).

Exploración general por aparatos

Debe ser minuciosa y completa, ya que el dolor abdominal es un síntoma a menudo inespecífico que puede estar en relación con patología extradigestiva.

Exploración abdominal

Se inicia con la observación de la conducta y actitud del niño en la camilla de exploración. Debe realizarse: inspección (cicatrices previas, tumoraciones o masas); auscultación (peristaltismo aumentado, disminuido o alternante); percusión (el timpanismo se asocia a los síndromes obstructivos o peritoníticos); y, finalmente, se realizará la palpación, que deberá iniciarse por el cuadrante más alejado del dolor que refiere el paciente y con una palpación suave, observando la expresión del niño para localizar la zona de máximo dolor. Una palpación más profunda puede revelar masas abdominales. La presencia de signos de irritación peritoneal debe hacer sospechar una patología quirúrgica.

Genitales externos

La inspección y palpación de los genitales externos es indispensable para la correcta valoración del dolor abdominal en el varón. La exploración ginecológica en la adolescente, se debería realizar en aquellas sexualmente activas y en aquellas en las que la historia clínica y el resto de exploración sugieran una etiología ginecológica del dolor abdominal(8).

Tacto rectal

Se trata de una exploración que resulta molesta para el niño, actualmente, no se recomienda realizarla de forma sistemática ante un dolor abdominal; si bien, puede ser útil en casos de sospecha de un síndrome peritoneal(10,11).

Exploraciones complementarias

La anamnesis y exploración física permiten orientar la causa del dolor abdominal en la mayoría de los casos, de forma que se recomienda un uso racional de las exploraciones complementarias en la valoración del dolor abdominal. En el algoritmo del final del artículo, se muestra el manejo del dolor abdominal agudo en la edad pediátrica.

Analítica sanguínea

La presencia de un recuento leucocitario elevado, así como una elevación de los reactantes de fase aguda, sugieren un proceso infeccioso como en el caso de la apendicitis. En los pacientes que presenten vómitos incoercibles o signos de deshidratación en la exploración física, se debe descartar la presencia de trastornos hidroelectrolíticos, hipoglicemia y alteración de la función renal. También es útil el estudio de los enzimas hepáticos y pancreáticos, si la historia clínica sugiere una patología hepática o pancreática(1-7). Debe valorarse la realización de unas pruebas de coagulación siempre que se sospeche un dolor abdominal de causa quirúrgica.

Analítica de orina

Debe realizarse de forma sistemática cuando exista un síndrome miccional asociado al dolor abdominal. Se debe indicar cuando el dolor abdominal afecte a lactantes, ya que la infección de orina forma parte de su diagnóstico diferencial. Usualmente, la apendicitis pélvica puede mostrar leucocituria y/o microhematuria aisladas asociadas a irritación vesical. El test de embarazo en orina debería tenerse en cuenta en las adolescentes postmenárquicas con dolor abdominal agudo(8).

Radiografía simple de abdomen

En la mayoría de casos, no es útil para proporcionar un diagnóstico etiológico del dolor abdominal(12-14). Su interpretación es difícil y somete al paciente a una radiación no despreciable (una radiografía de abdomen equivale a 50 radiografías de tórax). Las recomendaciones actuales son no realizar radiografías de abdomen de forma sistemática en los niños con dolor abdominal(1-7). Su papel queda restringido a la obstrucción intestinal(1-7), donde muestra la presencia de distensión abdominal y niveles hidroaéreos. En los casos de apendicitis aguda, puede mostrar: una escoliosis antiálgica, el borramiento de la línea del psoas derecho, niveles hidroaéreos en fosa ilíaca derecha o la presencia de un asa centinela o de un apendicolito. En la invaginación intestinal evolucionada, son clásicas la presencia de un efecto masa en el cuadrante superior derecho y la imagen en sombra de media luna, que corresponde a la cabeza de la invaginación.

Radiología de tórax

Permite el diagnóstico de neumonías que pueden simular un abdomen agudo. Se recomienda su realización siempre que exista una alteración en la auscultación respiratoria, así como en menores de 3 años con fiebre persistente y síntomas catarrales asociados al dolor abdominal(4-6).

Ecografía abdominal

Es una herramienta muy útil en la valoración del dolor abdominal agudo y, frente a otras exploraciones, tiene la ventaja de que no somete al paciente a irradiación(14-15). Es diagnóstica en el caso de la invaginación intestinal y puede ayudar al diagnóstico de una apendicitis aguda. Ocasionalmente, puede revelar la presencia de una adenitis mesentérica. La ecografía genital femenina es muy útil para el diagnóstico de patología anexial y la ecografía testicular puede ser útil en determinados casos de escroto agudo. La ecografía abdominal realizada a pie de cama por clínicos entrenados, es una herramienta cada vez más utilizada para la valoración del dolor abdominal traumático o no(14,16-18).

Tomografía computarizada (TC) abdominal

La exposición a la radiación de una TC abdominal es elevada. Las modalidades de imagen alternativas, como la ecografía o la imagen de resonancia magnética (RM) pueden proporcionar, con frecuencia, una mayor certeza diagnóstica sin exposición a la radiación. Se recomienda utilizar estudios focalizados y con baja dosis de radiación. La TC con contraste es útil para la evaluación de pacientes con dolor abdominal agudo, cuando se considera una amplia variedad de diagnósticos, además tiene una alta sensibilidad y especificidad para diagnosticar la apendicitis y es la prueba de imagen más sensible para la nefrolitiasis pediátrica(14,19).

Resonancia magnética (RM) abdominal

En la mayoría de casos, no se utiliza para la valoración del dolor abdominal agudo en el niño, por ser una exploración larga y que requiere sedación, pero su utilidad en el diagnóstico de apendicitis aguda es similar a la de la TC, sin someter al paciente a irradiación(20,21).

Tratamiento

Los dos pilares del tratamiento del dolor abdominal agudo son el tratamiento etiológico y la analgesia. Determinados estudios clínicos han concluido que la analgesia en niños con dolor abdominal agudo, proporciona una reducción significativa del dolor sin afectar el examen o la capacidad de identificar afecciones quirúrgicas.

Incluye dos pilares: el tratamiento etiológico y el tratamiento del dolor. La práctica de administrar analgesia durante la evaluación de un niño con dolor abdominal agudo ha sido controvertida en el pasado, por el temor a que la analgesia dificultara el proceso diagnóstico. Existen ensayos clínicos que han concluido que la analgesia con morfina, en niños con dolor abdominal agudo, proporciona una reducción significativa del dolor sin afectar al examen o a la capacidad de identificar a aquellos con afecciones quirúrgicas(22-24). Sin embargo, existen datos que indican que los niños evaluados en el servicio de urgencias por dolor abdominal, pueden no recibir una analgesia adecuada(9). La recomendación actual es que los niños con dolor abdominal agudo reciban analgesia en función de la intensidad de dolor que presenten, determinado por escalas validadas(25). En la tabla III, se recogen los analgésicos más utilizados para el tratamiento del dolor abdominal en la edad pediátrica.

 

Principales causas de dolor abdominal agudo en la población pediátrica

La apendicitis aguda es la causa más frecuente de abdomen agudo quirúrgico en la infancia. La anamnesis y la exploración física son fundamentales para diagnosticar una apendicitis aguda. La Escala de Alvarado y la Pediatric Appendicitis Score (PAS) de Samuel M. ayudan a determinar el riesgo de apendicitis aguda. La invaginación intestinal es la segunda causa de obstrucción intestinal en los niños de entre 3 meses y 3 años de edad, tras la hernia incarcerada; la ecografía es una herramienta fundamental para su diagnóstico y tratamiento.

Apendicitis aguda

Es la causa más frecuente de abdomen agudo quirúrgico en la infancia(1) y, la apendicectomía, la intervención quirúrgica abdominal de emergencia más realizada. Se define como una inflamación del apéndice cecal, producido por una obstrucción de su luz por tejido linfoide o por material fecal, que conduce a una distensión del apéndice y posterior isquemia y necrosis.

Se estima una incidencia anual de 86 casos por 100.000 habitantes en todo el mundo, con aproximadamente 70.000 casos en niños cada año en EE.UU. La apendicitis aguda es el diagnóstico definitivo entre el 1 y el 8% de los niños que presentan dolor abdominal. El riesgo de padecerla varía entre el 7 y el 8% a lo largo de toda la vida. Actualmente, la mortalidad global es del 0,1%, aunque llega al 5% en los casos de apendicitis perforada. La dificultad diagnóstica en los pacientes menores de 3 años, comporta una tasa de apendicitis perforada que llega al 90% en este grupo de edad(26).

El mecanismo etiopatogénico fundamental parece ser la obstrucción de la luz apendicular, en la mayoría de los casos, debido a una hiperplasia de los folículos linfoides submucosos. La obstrucción, que solo es claramente demostrable en el 30-40% de los casos, condiciona: un aumento de la presión intraluminal por secreciones, un aumento de la proliferación bacteriana y un compromiso de la irrigación vascular que puede provocar la necrosis y posterior perforación de la mucosa.

Se distinguen cuatro estadios evolutivos (apendicitis catarral, fibrinosa, purulenta o gangrenosa) en función del grado de inflamación del apéndice. La perforación apendicular conduce a la contaminación de la cavidad abdominal, produciendo una peritonitis circunscrita, cuando el proceso inflamatorio intraabdominal queda bien definido alrededor del apéndice, o una peritonitis aguda difusa, cuando el organismo no es capaz de mantener el proceso inflamatorio bien delimitado, como ocurre en el niño(4-6).

El dato clínico más importante es el dolor abdominal, inicialmente de tipo visceral, por la distensión apendicular, poco intenso y mal delimitado y, posteriormente, cuando el proceso inflamatorio implica a la serosa, de tipo somático, de mayor intensidad, bien localizado en la fosa iliaca derecha y que empeora con el aumento de la presión intraabdominal(1). Suele ir acompañado de anorexia, náuseas y vómitos. Usualmente, puede acompañarse de deposiciones escasas y líquidas, denominadas pujos, o de síndrome miccional. La presencia de deposiciones diarreicas abundantes debe hacer dudar de su diagnóstico. En lactantes y niños pequeños, puede manifestarse de forma atípica, dificultando su diagnóstico, que suele realizarse en etapas tardías de la enfermedad, como un síndrome peritonítico u obstructivo.

El estado general del paciente suele ser bueno, aunque en estados avanzados puede deteriorarse. El paciente suele estar quieto, evitando los movimientos innecesarios, ya que empeoran el dolor. La exploración abdominal suele revelar la presencia de dolor a la palpación de fosa ilíaca derecha, sobre todo en el punto de McBurney. En las apendicitis retrocecales, el dolor puede estar desencadenado por la flexión del muslo (signo de psoas) y, en las apendicitis pélvicas, por la rotación interna pasiva del muslo derecho (signo del obturador). El tacto rectal (que no debe realizarse de forma sistemática) puede revelar dolor a la palpación del fondo de saco de Douglas o una masa a este nivel. Cuando existe participación del peritoneo parietal, aparecen los signos de irritación peritoneal, como: dolor a la descompresión abdominal (signo de Blumberg), dolor en la fosa ilíaca derecha cuando se percute la fosa ilíaca izquierda (signo de Rovsing) y la contractura muscular.

Cuando la apendicitis aguda se presenta de la forma típica, la clave para su diagnóstico es la exploración física y ningún otro examen es necesario para llegar al diagnóstico. En los casos dudosos, algunas exploraciones complementarias pueden ayudar al diagnóstico. La analítica sanguínea es poco específica y es frecuente detectar un recuento leucocitario y/o unos reactantes de fase aguda moderadamente elevados. La ausencia de fiebre y un recuento leucocitario normal en un paciente con dolor abdominal agudo, hace muy improbable el diagnóstico de apendicitis(27). El sedimento de orina puede ayudar a descartar la presencia de una infección de orina como causa del dolor abdominal, aunque se debe recordar la posibilidad de cierto grado de irritación vesical en casos de apendicitis pélvicas, que se mostraría como leucocituria y microhematuria inespecíficas. La radiografía de abdomen puede mostrar signos indirectos, como: escoliosis antiálgica, borramiento de la línea del psoas derecho o la presencia de niveles hidroaéreos en la fosa ilíaca derecha, o signos específicos, como: la presencia de un apendicolito, que aparece en el 5-10% de los casos. Las recomendaciones actuales son las de no realizar, de forma sistemática, una radiografía de abdomen en la evaluación de una posible apendicitis aguda(1-6). Cuando existe clínica respiratoria, está indicada la realización de una radiografía torácica para descartar una neumonía como causa del dolor abdominal. La ecografía abdominal tiene una sensibilidad y una especificidad superiores al 90% para el diagnóstico de apendicitis aguda, cuando es posible visualizar el apéndice(14-18). Está especialmente indicada en niños menores de 3 años. El hallazgo ecográfico más sugestivo es el engrosamiento de la pared apendicular (>2 mm) o una distancia entre ambas paredes apendiculares superior a 6 mm. La tomografía ha demostrado su clara utilidad cuando persisten dudas diagnósticas tras la realización de una ecografía abdominal(14-18).

Existen publicadas escalas clínicas para el diagnóstico de apendicitis, las más conocidas son: la Escala de Alvarado(28) (y su versión modificada) y la Pediatric Appendicitis Score(29)(PAS) de Samuel M. En las dos escalas, se tienen en cuenta: síntomas, signos y datos analíticos (Tabla IV).

En un estudio reciente que compara las dos escalas clínicas, se concluye que las dos escalas son equiparables, que no existen diferencias entre ellas, y que el corte de punto óptimo es 7 para ambas escalas(30).

El tratamiento de la apendicitis aguda es quirúrgico; por ello, se recomienda una valoración por el cirujano lo más precoz posible, además de mantener al paciente a dieta absoluta. La administración de analgésicos se debe iniciar lo más precoz posible. Estudios recientes demuestran que la utilización de analgésicos en los cuadros de abdomen agudo, no dificulta ni enmascara una posible patología quirúrgica(22-25). Los fármacos más utilizados en la literatura son los opioides. Aunque la administración de antibióticos no cambia el curso de la enfermedad, deben iniciarse antes de la intervención quirúrgica, los más utilizados son la asociación de ampicilina con gentamicina y metronidazol.

La mayor parte de complicaciones son infecciosas. La persistencia de fiebre o dolor tras la intervención, debe hacer sospechar un absceso o flemón abdominal (que aparece en el 1-6% de los casos). A largo plazo, la complicación más frecuente es la obstrucción abdominal secundaria a bridas.

Invaginación intestinal

Es la segunda causa común de obstrucción intestinal en los niños de entre 3 meses y 3 años de edad, tras la hernia inguinal incarcerada(4-6,31). Es una verdadera emergencia pediátrica y ocupa el segundo lugar tras la apendicitis como causa más frecuente de abdomen quirúrgico en los niños. Se define como la introducción anterógrada de un segmento de intestino en el intestino distal, provocando una congestión venosa y un edema de la pared intestinal, que si no se reconoce y se trata adecuadamente, puede conducir a una obstrucción arterial y producir necrosis intestinal, evolucionando a una perforación. La invaginación se clasifica según el segmento intestinal invaginado y el segmento receptor. Alrededor del 80-90% de las invaginaciones son ileocólicas.

Es una enfermedad principalmente de lactantes y niños pequeños, presentando una incidencia máxima entre los 5 y 9 meses de edad; solo del 10 al 25% de los casos ocurre después de los dos años y, rara vez, se produce en menores de dos meses, pero puede ocurrir incluso en recién nacidos. El trastorno predomina en varones, a razón de 2:1. En menores de 2 años, no se detecta una cabeza de invaginación patológica en más del 90% de los casos (invaginación primaria o idiopática) y, al parecer, la invaginación se relaciona con la hiperplasia linfática de las placas de Peyer. En el 1,5-12% de los niños con invaginación, se identifica una cabeza de la invaginación (divertículo de Meckel, duplicación intestinal, linfomas…), siendo más frecuente en los niños mayores.

Las manifestaciones clínicas de la invaginación intestinal son variables, por lo que debe considerarse en el diagnóstico diferencial de diferentes situaciones clínicas, como: dolor abdominal agudo, vómitos, deposiciones con sangre, masa abdominal palpable, letargo y alteración del estado mental. La tríada clínica clásica de: dolor abdominal intermitente, masa palpable y heces mucosanguinolentas o en jalea de grosella, se produce con poca frecuencia y su aparición está relacionada con la edad. La manifestación más frecuente es el dolor abdominal tipo cólico de 2 a 10 minutos de duración, seguido de un periodo asintomático durante el cual el lactante se tranquiliza, pero hasta un 20% de los niños están libres de dolor en su presentación inicial. Los vómitos (inicialmente biliosos, pero que pueden llegar a ser fecaloideos) son también comunes y pueden ser el único hallazgo clínico. Las crisis de llanto pueden relacionarse con invaginaciones intestinales intermitentes. En los niños mayores, la presentación es el dolor abdominal de tipo cólico junto a los vómitos biliosos. Inicialmente, las deposiciones son normales, pero pueden aparecer restos hemáticos en jalea de grosella, cuando la enfermedad avanza y se produce isquemia de la pared intestinal.

El estado general del paciente puede ser normal o estar afectado, presentado desde hipotonía a obnubilación o letargo. El examen físico es normal hasta en el 15-30% de los casos. En más del 50% de los casos, puede detectarse la presencia de una masa palpable en el cuadrante superior derecho, que en la forma ileocólica, suele estar mal definida, con forma de salchicha y que aumenta con los episodios de dolor. Los ruidos intestinales pueden ser normales o estar aumentados o disminuidos según la fase de la enfermedad. Muchos niños con invaginación intestinal se presentan con signos y síntomas inespecíficos, pudiendo retrasar el diagnóstico hasta en un 60% de los casos.

Los datos de laboratorio, por lo general, son inespecíficos y no contribuyen al diagnóstico, aunque pueden ser útiles para descartar otras etiologías. La radiografía de abdomen puede ayudar al diagnóstico, pero una radiografía de abdomen normal no descarta una invaginación intestinal. Los hallazgos radiológicos que sugieren una invaginación intestinal incluyen: la presencia de una lesión ocupante de espacio, el signo de la diana, el signo de la semiluna (que está constituido por la protusión de la cabeza invaginante en el asa del intestino distal), la ausencia de aire y heces en el intestino distal y la presencia de signos de obstrucción intestinal. La ecografía abdominal es, en la actualidad, la exploración más útil para el diagnóstico de invaginación intestinal. La interpretación por un radiólogo con experiencia para el diagnóstico ecográfico de invaginación intestinal se ha asociado con una tasa de certeza del 100%. Los hallazgos característicos incluyen: el signo de la rosquilla en la proyección transversal y el signo del pseudo-riñón en la proyección longitudinal. Un examen físico y una radiografía simple de abdomen, en general, no son suficientes para descartar una invaginación intestinal, por lo que el diagnóstico definitivo debe ser ecográfico. El enema de contraste con bario o aire es la modalidad radiológica óptima para el diagnóstico, aunque su disponibilidad reducida, limita su uso. Los enemas de contraste con bario o aire están contraindicados en casos en que se sospeche una perforación intestinal, una peritonitis o un shock.

Ante la sospecha de una invaginación intestinal es imperativo, para realizar una valoración quirúrgica, interrumpir la alimentación oral y, en algunos casos, iniciar una reposición hidroelectrolítica por vía endovenosa. El tratamiento de la invaginación intestinal es, en la mayoría de los casos, un hidroenema guiado por ecografía, si no existen signos de perforación intestinal o peritonismo. Si este no es efectivo, puede ser necesario un enema aéreo y, en algunos casos, la reducción quirúrgica de la invaginación. El procedimiento quirúrgico incluye una apendicectomía reglada. En niños mayores, es necesario descartar la presencia de una lesión que actúe como cabeza invaginante.

Otras causas de dolor abdominal agudo

Malrotación y vólvulo de intestino medio

La malrotación intestinal es una malformación congénita que se caracteriza por un proceso anormal de la rotación y fijación del intestino, que conduce a la formación de adherencias peritoneales entre el ciego y la pared abdominal, que puede acabar provocando una obstrucción duodenal. La ausencia de fijación del intestino medio puede conducir al giro de este sobre su pedículo de anclaje, condicionando una isquemia del intestino medio. Esta entidad clínica se conoce como vólvulo de intestino medio y ocurre hasta en el 70% de los neonatos con una malrotación intestinal. La malrotación intestinal ocurre en 1 de cada 500 nacidos vivos, sus síntomas se producen, en la mayoría de los casos, en el primer mes de vida, llegando al 25-40% en la primera semana.

La principal manifestación clínica de la malrotación intestinal son los vómitos biliosos, que son también el primer indicio del vólvulo. Una vez establecido el vólvulo, aparece el dolor abdominal agudo y, cuando progresa la isquemia, pueden existir rectorragias. El examen físico puede ser normal en la malrotación intestinal o revelar distensión abdominal o signos de peritonitis, según el momento de presentación. La radiografía simple de abdomen puede ser normal o mostrar signos de oclusión intestinal alta, con distensión gástrica y ausencia de aire distal. La prueba de elección para llegar al diagnóstico es la radiología con contraste. El tránsito digestivo alto pone de manifiesto una obstrucción de la tercera porción duodenal, y el enema opaco permite localizar el ciego en el lado izquierdo o en el hipocondrio derecho.

La presencia de vómitos biliosos en una lactante y, sobre todo, en un neonato, sin otro trastorno evidente, deben hacer sospechar la posibilidad de una malrotación intestinal. El lactante estable deberá recibir un estudio radiológico con contraste para descartarla, pero en un lactante inestable con un cuadro agudo y un diagnóstico de presunción, no deberá demorarse la intervención quirúrgica para realizar las exploraciones complementarias.

Hernia inguinal incarcerada

La hernia inguinal es la patología quirúrgica más prevalente en la infancia. Su principal complicación es la incarceración, que en el 70% de los casos afecta a menores de 1 año. La progresiva inflamación del contenido del saco herniario provoca que este no pueda reducirse, conduciendo a un compromiso del retorno venoso y del drenaje linfático que aumentarán la compresión, produciendo finalmente un compromiso de la circulación arterial. La primera manifestación clínica de la hernia inguinal incarcerada es la irritabilidad o el dolor abdominal, que puede ser intenso y mal localizado. Suele asociarse: anorexia, náuseas, vómitos y distensión abdominal, si el cuadro clínico progresa. La exploración de los orificios herniarios revelará la presencia de una masa fija, eritematosa y dolorosa que dará la clave diagnóstica. En el 90% de los casos, se consigue una reducción manual de la hernia. Una vez reducida la hernia, se aconseja observación hospitalaria hasta la desaparición de los signos inflamatorios de la zona, momento en que se procederá a la resolución quirúrgica de la hernia.

Obstrucción intestinal por bridas

Se produce hasta en el 5% de los pacientes sometidos a cirugía abdominal. Se produce por la formación de unas bandas fibrosas o bridas que pueden provocar, desde cuadros suboclusivos a vólvulos de intestino. El 80% de los casos aparece en los dos años posteriores a la cirugía y, el 95%, en los 10 primeros. El síntoma más importante es el dolor abdominal agudo que puede acompañarse de vómitos, que pueden llegar a ser biliosos, y ausencia total o parcial de deposiciones. La clave diagnóstica la dan las manifestaciones clínicas y el antecedente quirúrgico. La radiografía abdominal puede demostrar signos de oclusión intestinal. Los pacientes estables pueden beneficiarse de una descompresión intestinal mediante: sonda nasogástrica, dieta absoluta y colocación de una perfusión intravenosa. Los pacientes con signos de isquemia o de obstrucción completa o parcial sin mejoría serán tributarios de tratamiento quirúrgico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Reust CE, Williams A. Acute Abdominal Pain in Children. Am Fam Physician. 2016; 93: 830-6.

El dolor abdominal agudo representa, aproximadamente, el 9% de las visitas al consultorio de Atención Primaria infantil. Los síntomas y signos que aumentan la probabilidad de una causa quirúrgica de dolor, incluyen: fiebre, vómitos biliosos, diarrea sanguinolenta, ausencia de ruidos intestinales, protección voluntaria, rigidez y sensibilidad al rebote. La edad del niño puede ayudar a enfocar el diagnóstico diferencial. Las pruebas de laboratorio iniciales incluyen: hemograma completo, tasa de sedimentación de eritrocitos o proteína C reactiva, análisis de orina y una prueba de embarazo. La radiografía abdominal se puede utilizar para diagnosticar el estreñimiento u obstrucción. La ecografía es la elección inicial en niños para el diagnóstico de: colecistitis, pancreatitis, quiste ovárico, torsión ovárica o testicular, enfermedad inflamatoria pélvica, patología relacionada con el embarazo y apendicitis. La apendicitis es la causa más común de dolor abdominal agudo que requiere cirugía, con una incidencia máxima durante la adolescencia. Cuando el apéndice no es claramente visible en la ecografía, se puede utilizar la tomografía computarizada o la resonancia magnética para confirmar el diagnóstico.

– Hayes R. Abdominal pain: general imaging strategies. Eur Radiol. 2004; 14: L123-37.

El dolor abdominal agudo es la afección más común que requiere ingreso quirúrgico en un hospital pediátrico. La gran mayoría de los casos se debe a apendicitis o dolor abdominal agudo inespecífico; sin embargo, hay muchas otras afecciones que se presentan con dolor abdominal agudo en la infancia, que pueden simular una apendicitis. Algunas de estas condiciones, rara vez se encuentran en la práctica de adultos. Las radiografías simples de abdomen aún se obtienen inicialmente en muchos niños que presentan dolor abdominal. Sin embargo, en ausencia de síntomas asociados, como vómitos, es más probable que la ecografía aclare la causa subyacente del dolor que la radiografía simple. Si bien, la tomografía computarizada se usa ampliamente en la investigación de adultos con dolor abdominal, debe evitarse su uso generalizado en los niños en aras de la protección radiológica.

– Bailey B, Bergeron S, Gravel J, Bussières JF, Bensoussan A. Efficacy and impact of intravenous morphine before surgical consultation in children with right lower quadrant pain suggestive of appendicitis: a randomized controlled trial. Ann Emerg Med. 2007; 50: 371-8.

Los objetivos del estudio son evaluar la eficacia de la morfina antes de la consulta quirúrgica en niños que acuden al servicio de urgencias pediátricas con dolor en el cuadrante inferior derecho sugestivo de apendicitis y determinar si tiene un impacto en el tiempo, entre la llegada a urgencias y la decisión quirúrgica. Se incluyen niños de entre 8 y 18 años que acudieron a un servicio de urgencias pediátrico con un diagnóstico presuntivo de apendicitis, fueron elegibles para ser incluidos en un ensayo aleatorizado, doble ciego, controlado con placebo. La principal conclusión es que el uso de morfina en niños con diagnóstico presuntivo de apendicitis, no retrasó la decisión quirúrgica.

Caso clínico

 

Acude a su consulta una niña de 10 años de edad que refiere dolor en hemiabdomen derecho de características cólicas, de 36 horas de evolución. Ha realizado 3 deposiciones dispépticas, escasas, en el día de la consulta, refiere disuria y ha realizado 3 vómitos en la última hora. En el momento de la consulta, refiere un dolor moderado (EVA -Escala Visual Analógica- de 7 puntos) y a la exploración física la paciente presenta un buen aspecto general, con respiración y coloración normales. La temperatura es de 38,3ºC. La palpación abdominal muestra un abdomen algo distendido, doloroso de forma global, de predominio en fosa ilíaca derecha, con una descompresión positiva. Puño percusión lumbar bilateral negativa. El resto de la exploración física es normal.

 

 

 

Endoscopia digestiva pediátrica

J.F. Viada Bris, R.A. Muñoz Codoceo
Regreso a las bases


J.F. Viada Bris, R.A. Muñoz Codoceo

Hospital Infantil Universitario Niño Jesús. Sección de Gastroenterología y Nutrición. Madrid

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 139-143


Endoscopia digestiva pediátrica

 

Introducción

El desarrollo de la endoscopia pediátrica se inicia en los años 70, proporcionando un impulso fundamental al conocimiento y comprensión de las enfermedades digestivas del niño. Esta técnica permite el estudio de las lesiones mucosas superficiales y de la hemorragia gastrointestinal, permitiendo detallar su historia natural a través de su observación in vivo. Además, la posibilidad de la toma de biopsias para estudio histológico potencia su valor en el diagnóstico de múltiples patologías digestivas.

Conceptos básicos

La palabra endoscopia proviene, etimológicamente, de las palabras endo, que significa dentro, y skopein, que significa observar o mirar. Por tanto, podemos definir la endoscopia como una técnica basada en la exploración de las partes internas del organismo a través del uso de equipamiento visual apropiado. Dependiendo del acceso para la realización del examen endoscópico, podemos dividir esta técnica en dos grandes grupos: la endoscopia por orificio natural (esofagoscopia, gastroscopia, duodenoscopia, colonoscopia, etc.) y la endoscopia por apertura artificial (artroscopia, laparoscopia, etc.). En el caso de la endoscopia digestiva, el acceso por orificio natural contribuye a que la técnica modifique mínimamente las porciones exploradas.

Según el tipo de endoscopio utilizado (rígido o flexible), la exploración varía considerablemente, por lo que podemos diferenciar dos tipos de endoscopia: endoscopia rígida y endoscopia flexible. En la actualidad, la mayoría de las técnicas se realizan con endoscopios flexibles, dadas las ventajas frente a los rígidos. Un endoscopio flexible consta básicamente de cuatro partes fundamentales: el grupo de mando o unidad de control, el tubo de inserción, el extremo distal y sección de angulación y, por último, los sistemas de fuente de luz, insuflación de aire, aspiración, abastecimiento de agua y fuente de diatermia.

Todos los endoscopios flexibles disponen de un canal de trabajo, por el cual se pueden introducir distintos instrumentos, como son: pinzas de biopsia, escobillones para citología, asas de polipectomía, pinzas o garfios para la extracción de cuerpos extraños, cestillas, etc. Esto hace que la endoscopia no sea una técnica meramente diagnóstica, sino también terapéutica.

Los endoscopios están diseñados para sostener el grupo de mando o unidad de control con la mano izquierda. El dedo corazón gira el mando que mueve el extremo distal, arriba y abajo, y el pulgar es el que controla los movimientos de izquierda-derecha. El dedo índice controla los canales de aire-agua y de aspiración. La mano derecha controla el tubo de inserción y los accesorios a través del canal de trabajo.

Existen distintas modalidades de endoscopia a tenor del área del aparato digestivo explorada. La esofagogastroduodenoscopia (o panendoscopia oral) es la exploración del tubo digestivo hasta la segunda porción duodenal, aunque, en ocasiones, puedan alcanzarse porciones más distales. La rectoscopia, rectosigmoidoscopia y colonoscopia (completa o parcial) exploran los distintos tramos del intestino grueso. Mediante la colonoscopia, es posible acceder al íleon terminal a través de la válvula ileocecal, técnica conocida como ileocolonoscopia.

Hasta hace aproximadamente una década, la exploración del intestino delgado era compleja. Eran precisos unos conocimientos y habilidades específicas y se utilizaban unos enteroscopios de mayor tamaño que los convencionales. En la actualidad, la cápsula endoscópica es la técnica de elección para explorar este tramo del tubo digestivo. Sin embargo, la limitación en cuanto a la toma de biopsias y la posibilidad de realizar diferentes técnicas terapéuticas mediante estos dispositivos, hacen preciso el desarrollo de nuevas alternativas que ofrezcan mayor rendimiento.

La colangiopancreatografía retrógrada endoscópica es una modalidad con indicaciones mucho más restringidas y principalmente terapéuticas en Pediatría. Es una técnica mixta que agrupa la endoscopia y la radiología para la exploración de la vía biliar y de los conductos pancreáticos.

De todas estas modalidades de endoscopia, algunas se consideran técnicas básicas que cualquier gastroenterólogo debe dominar. Otras, de mayor complejidad, son técnicas avanzadas que requieren un entrenamiento especial y el equipamiento instrumental adecuado, que hace necesario centralizarlas en determinadas unidades de endoscopia. Los “simuladores endoscópicos”, de los que existen varios modelos por ordenador y bio-simuladores, intentan reducir el tiempo de aprendizaje y mantener las habilidades en actividades endoscópicas avanzadas.

En este artículo, nos centraremos en las dos técnicas de endoscopia más realizadas: la endoscopia digestiva superior (alta) y la endoscopia digestiva inferior (baja). Puesto que la exploración de la vía digestiva mediante endoscopia es un procedimiento invasivo y con potenciales complicaciones, es imprescindible realizarla con obtención del consentimiento informado. Se deberá proporcionar la información necesaria a los padres/tutores legales del paciente, así como al propio paciente si la edad lo permite. Mediante terminología fácil y concisa, deberemos explicar: en qué consiste la técnica, cuáles son las indicaciones para realizarla, los riegos derivados de la misma en población general, así como los riesgos derivados de la propia situación individual de cada paciente. Deberemos tener en cuenta también, que, además de ser una prueba invasiva, exige cierto grado de colaboración por parte del paciente. Este hecho puede ser un factor limitante para la realización de la técnica en población pediátrica por las características intrínsecas de este tipo de pacientes. La sedoanalgesia ha contribuido a minimizar el estrés y los eventos traumáticos derivados de la ejecución de esta técnica, así como a disminuir los riesgos, impulsando este tipo de exploraciones en niños.

Endoscopia digestiva superior (EDS)

Es la exploración del tracto digestivo superior. Según se va avanzando por el mismo, la exploración recibe distintos nombres: esofagoscopia, gastroscopia y dudodenoscopia (Fig. 1). Dependiendo de los fines que se persigan con la exploración, se distingue entre endoscopia digestiva superior terapéutica y diagnóstica. (Tablas 1, 2 y 3, indicaciones y contraindicaciones de la endoscopia digestiva superior).

 

Figura 1. Imágenes de los distintos tramos del tubo digestivo explorados mediante la endoscopia digestiva superior.

 
 

 

 

 
 


 

Debe indicarse exploración endoscópica urgente ante: hemorragia digestiva, impactación de un cuerpo extraño, ingestión de cáusticos y, a corto plazo, cuando el paciente precise dilatación de una estenosis que impida el tránsito digestivo normal.

La preparación del paciente es un aspecto fundamental de la técnica. En este caso, se deberá recomendar un periodo de ayunas suficiente para asegurar que la cámara gástrica no contenga restos alimentarios, ya que aparte de impedir una visualización correcta, podría ocasionar una aspiración. El tiempo de ayunas varía según la edad del paciente. En los recién nacidos y lactantes menores de 3 meses, el ayuno se limita a 4 horas; en niños, entre 6 y 36 meses, puede ser de 6 horas, y en mayores de 36 meses es de 8 horas. Ante la sospecha de un vaciamiento gástrico enlentecido, se podrá indicar dieta líquida 24 horas antes de la EDS y aumentar el periodo de ayuno entre 8 y 12 horas. Los fármacos antiácidos, antibióticos o citoprotectores deben suspenderse 24 horas antes del estudio. En paciente con riesgo de endocarditis, se deberá pautar el tratamiento antibiótico según pauta habitual.

Antes de iniciar el procedimiento, debe comprobarse el correcto funcionamiento de todo el instrumental necesario.

Actualmente, se dispone de aparatos de calibre adaptado a niños de cualquier peso y edad. Aproximadamente, a partir de los 2 años de edad pueden emplearse los endoscopios de 9-10 mm de diámetro utilizados para adultos. Los instrumentos más pequeños, «pediátricos», de diámetros entre 5 y 7 mm pueden utilizarse incluso en recién nacidos.

Para su ejecución, se coloca al paciente en decúbito lateral izquierdo con la cabeza levemente flexionada. La colocación de un abrebocas del tamaño adecuado favorecerá el paso del endoscopio, impedirá el daño de las piezas dentarias y ayudará a mantener la línea media. Posteriormente, se procederá a la intubación del esófago. Para su realización existen tres técnicas. Lo ideal es realizarla bajo visualización directa de las estructuras de la orofaringe, glotis y orificio de entrada del esófago. Esta es la técnica más segura, pero en ocasiones, si no existe colaboración o el nivel de sedación no es el indicado, se recurrirá a la intubación a ciegas. Para ello, se progresará el extremo distal hasta hipofaringe y aprovechando los movimientos deglutorios que relajan el esfínter cricofaríngeo, se entrará suavemente al esófago. La intubación guiada con el dedo es un método menos utilizado. Se realizará colocando el dedo índice del endoscopista a lado izquierdo del tubo de inserción, sirviendo este como guía. Una vez en esófago, se avanzará a través del tracto digestivo superior visualizando en todo momento la luz. La toma de biopsias, en caso de ser necesaria, se hará en el proceso de retirada del endoscopio.

Pese a ser una técnica invasiva, la endoscopia digestiva superior es un procedimiento seguro. Las complicaciones secundarias a la técnica son excepcionales cuando la realiza personal experto. Entre las posibles complicaciones, las más frecuentes son: la perforación y la hemorragia. La perforación puede aparecer entre el 0,03% al 0,1% de los estudios, con una tasa de mortalidad de 0,001%. En la mayoría de las ocasiones, ocurre como consecuencia de una técnica inadecuada, por falta de colaboración del paciente y/o por lesiones severas de la mucosa. En cuanto a la hemorragia, presenta la misma incidencia que la perforación. Suele ocurrir en el estómago y se asocia con la toma de biopsias o en presencia de trombopenia o coagulopatía. Existen otras complicaciones, como son: la abdominalgia, la distensión abdominal y la transmisión de infecciones. Las dos primeras se asocian a una técnica incorrecta. En cuanto a la transmisión de enfermedades a través del tubo, hay que destacar que es un suceso poco frecuente (1 por 1,8 millones de procedimientos). La bacteriemia y la neumonía aspirativa son las más comunes.

Endoscopia digestiva inferior

Es la exploración del tracto digestivo inferior. Al igual que en la EDS, según se avanza por el tracto digestivo bajo, la exploración recibe distintos nombres: rectoscopia, rectosigmoidoscopia o colonoscopia. En determinadas ocasiones, puede atravesarse la válvula ileocecal llegando a íleon terminal (ileoscopia) para la visualización de este segmento y la obtención de muestras (Fig. 2).

 

 

En cuanto a las indicaciones y contraindicaciones de este procedimiento, quedan recogidas en las tablas 4 y 5 (indicaciones y contraindicaciones de la endoscopia digestiva inferior).

 

 

 

 

Al igual que ocurre con los aparatos endoscópicos utilizados en la EDA, existen diferentes colonoscopios adaptados a las necesidades de la edad pediátrica. Los colonoscopios de adultos (11,7-13 mm de diámetro) pueden utilizarse en adolescentes. Para los menores, se emplean colonoscopios pediátricos (<11,7 mm de diámetro), e incluso gastroscopios para los niños más pequeños y lactantes.

Para la realización de la endoscopia digestiva inferior, es fundamental la limpieza previa del colon. Los restos de heces en el intestino grueso, aparte de dificultar la visualización correcta de la mucosa dificultando el avance de la técnica, pueden suponer un riesgo incrementado de lesión de la pared intestinal. La preparación depende de la edad del paciente, el tipo de alimentación y la patología de base. En lactantes con dieta exclusivamente láctea, no será necesario suspender la misma, previa a la realización del procedimiento. Será suficiente la administración de un enema de limpieza, 1 o 2 horas antes de la prueba. En los niños con alimentación sólida, estará indicada una dieta pobre en residuos las 24 horas antes de la prueba, siendo aconsejable la sustitución de la misma por una dieta polimérica. En niños mayores y adolescentes, se utilizarán soluciones evacuantes compuestas por macromoléculas de polietilenglicol las 12 horas previas a la prueba, junto con dieta pobre en residuos las 48 horas anteriores a la misma.

En cuanto a la realización de la técnica, también varía según la edad del paciente. En los niños mayores y adolescentes, se colocará al paciente en decúbito lateral izquierdo, mientras que los lactantes y niños pequeños lo harán en decúbito supino con las piernas flexionadas. Antes de iniciar el procedimiento, se debe realizar una inspección de la región perianal y un tacto rectal.

Se requiere formación y habilidades específicas para realizar una endoscopia digestiva inferior. Es una técnica compleja, dado que el colon es un órgano flexible y elástico, con tramos móviles a nivel del sigma que con frecuencia forman asas rígidas que causan molestias al paciente e impiden el avance del endoscopio. Esta técnica debe hacerse insuflando la mínima cantidad de aire para distender la pared y con movimientos de introducción-retroceso ejecutados de forma suave y sincrónica, con los movimientos realizados desde el grupo de mando.

Las complicaciones derivadas del procedimiento también son raras, aunque hemos de tener presente que su incidencia puede aumentar ante la existencia de inflamación del intestino grueso, en caso de estenosis y durante el procedimiento de polipectomía. La perforación de colon se estima entre un 0%-5% según las distintas series publicadas en la literatura en población pediátrica. La existencia de pérdidas poco importantes de sangre serán normales, como consecuencia de la fricción del tubo de endoscopia con la mucosa y por la toma de biopsias. La complicación más frecuente es la aparición de dolor y distensión abdominal, cuya incidencia disminuye considerablemente cuando la prueba se ha ejecutado de forma adecuada.

Informe endoscópico y terminología mínima estándar

Los hallazgos y detalles del procedimiento, tanto de la endoscopia digestiva superior como inferior, quedan reflejados en el informe endoscópico. Este documento debe estar estandarizado en formato y contenido. Los objetivos del mismo son: ser un expediente médico permanente, comunicar información, apoyar el criterio médico (toma de decisiones terapéuticas), garantizar la calidad del procedimiento, permitir revisiones (controles posteriores), permitir la investigación clínica y servir como documento docente.

Los datos comunicados con este informe endoscópico deben ser: exactos, concisos, completos, legibles y de fácil acceso. Para su elaboración, se debe utilizar la terminología mínima estándar cuya intención es suministrar una terminología específica utilizada por la comunidad endoscópica en la creación de los informes de endoscopia. El fin de esta terminología busca confeccionar un informe con tres pasos fundamentales:

1. Descripción: traduce en términos los hallazgos macroscópicos del examen. Este apartado se dividirá, a su vez, en secciones para cada órgano explorado, haciendo una descripción de la anatomía endoscópica de cada uno de ellos: luz, contenido, elasticidad de la pared, peristaltismo, mucosa, hemorragia, lesiones planas, lesiones elevadas y lesiones excavadas.

2. Interpretación: resume los hallazgos en un diagnóstico clínico.

3. Diagnóstico final:junto con la citología o biopsia, hace una conclusión final.

Siguiendo estas recomendaciones podremos unificar la terminología simplificando las descripciones.

Con el uso de la terminología estándar lograremos confeccionar informes endoscópicos estructurados en un lenguaje común que podrán ser interpretados sin lugar a equívoco por los distintos profesionales sanitarios.

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Estreñimiento y Encopresis

M. Mata Jorge, R. da Cuña Vicente
Temas de FC


M. Mata Jorge, R. da Cuña Vicente

Pediatras de Área en el C. S. Valladolid Rural I. Valladolid

 

Resumen

El estreñimiento es un síntoma derivado de una defecación dificultosa. Es un problema frecuente en nuestras consultas de Atención Primaria, llegando a afectar de media a un 20% de los niños; la mayor parte de los casos es funcional, si bien hay un 5% con causa orgánica que debemos descartar en su evaluación. Es habitual su comienzo asociado a la retirada del pañal o al inicio de la etapa escolar. Su cronificación puede dar lugar a complicaciones, como las fisuras anales o la temible encopresis.
El estudio del estreñimiento no suele requerir la realización de pruebas diagnósticas. El tratamiento se basa en medidas higiénico-dietéticas, apoyadas por el uso de laxantes, en ocasiones, y, excepcionalmente, otras terapias (p. ej. cirugía en la enfermedad de Hirschsprung)

 

Abstract

Constipation is a symptom resulting from a difficult defecation. It is a common problem in primary care, reaching an average of 20% of children; most of cases are functional, although there is a 5 % with organic cause that we must rule out. It usually starts when children are giving up diapers or beginning school. Chronic constipation can lead to complications such as anal fissures or fearsome faecal incontinence.
We don ́t usually require diagnostic tools when evaluating constipation. The treatment is based on hygienic education and dietary intervention, sometimes supported by the use of laxatives and exceptionally by other therapies (e.g. surgery in Hirschsprung disease)

 

Palabras clave: Estreñimiento; Encopresis; Impactación fecal; Laxante

Key words: Constipation; Soiling; Faecal impaction; Laxative

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 127-138


Estreñimiento y Encopresis

 

Introducción

El estreñimiento en los niños es habitualmente funcional; es una patología frecuente, que en ocasiones, se ve complicada por la encopresis.

El estreñimiento es uno de los problemas digestivos que origina mayor número de consultas al pediatra, tanto en Atención Primaria como en Especializada. Es un trastorno que provoca gran malestar al niño y que, a menudo, resulta de difícil tratamiento, ya que suele tener un componente psicológico importante, siendo la mayor parte de las veces una entidad funcional, sin causa orgánica reconocida.

Puede definirse como una disminución en la frecuencia de las deposiciones, por lo que es fundamental conocer el patrón que se considera normal(1).

Los recién nacidos realizan más de 4 deposiciones diarias, durante las primeras semanas de vida; el número habitual de deposiciones sufre un descenso con la edad, como observamos en la tabla I. En los lactantes influye, además, especialmente el tipo de alimentación: con lactancia materna exclusiva presentan mucha variabilidad en la frecuencia de las deposiciones, siendo rangos normales, desde una por toma hasta una cada 4 días, siempre y cuando el niño tenga buena ganancia ponderal y no esté irritable.

 

 

Como hemos referido, la mayor parte de los casos de estreñimiento son funcionales (EF); se definen, siguiendo las recomendaciones de la ESPGHAN, según los criterios de Roma III(2):

• Dos o menos deposiciones a la semana.

• Al menos, un episodio de incontinencia fecal a la semana (en los menores de cuatro años, tras haber alcanzado el control del esfínter anal).

Antecedente de posturas o actitudes retentivas para evitar la defecación.

• Defecación dolorosa.

• Fecalomas en el recto.

• Deposiciones muy voluminosas que obstruyen el WC.

En menores de 4 años, deben presentarse dos o más de los síntomas previos durante un mes, pudiendo además aparecer como síntomas acompañantes: irritabilidad, hiporexia y/o saciedad precoz, que desaparecen tras una deposición abundante.

Los niños de 4 años en adelante cumplen los criterios de EF si presentan dos o más de los síntomas previos, al menos, una vez a la semana durante 2 meses, siempre en ausencia de criterios de síndrome de intestino irritable(3).

Una de las complicaciones del estreñimiento es la encopresis, que supone el escape involuntario de heces en un niño mayor de 4 años; suele producirse por rebosamiento al estar repleta la ampolla rectal, con el consiguiente ensuciamiento de la ropa del niño y los inconvenientes sociales que ello conlleva, especialmente el rechazo de sus compañeros escolares y de juegos.

Si se realiza un abordaje correcto de esta patología desde las consultas de Atención Primaria, podemos evitar pruebas diagnósticas y derivaciones innecesarias, así como aliviar el sufrimiento de estos niños y de sus familias.

Epidemiología

La prevalencia del estreñimiento va en aumento y es motivo de consulta en numerosas ocasiones.

El estreñimiento tiene una prevalencia real en los niños desconocida, pero se manejan cifras que oscilan entre el 0,7 y el 29,6%(4); estas cifras tan dispares se deben a las diferencias en los criterios de inclusión: mientras en unos estudios son estrictos (criterios de Roma III), en otros, el diagnóstico se realiza mediante entrevista a los padres. La prevalencia de EF ha ido en aumento(5) y, aunque se asocia a países desarrollados, hay estudios realizados en países asiáticos en desarrollo, que confirman también una elevada prevalencia.

Se presenta en un 3-5% de nuestras consultas de Atención Primaria y un 10-25% de las consultas especializadas de Gastroenterología Infantil. Supone, además, entre el 3 y el 16% de las visitas a Urgencias por dolor abdominal.

En la mayor parte de los estudios, no hay diferencias significativas de prevalencia en cuanto al sexo; sí que las hay, en cambio, en la prevalencia de la encopresis: afecta al 4% de niños mayores de 4 años, siendo más frecuente en los niños (68%) que en las niñas (52%).

Fisiopatología

Las alteraciones en la formación, transporte y eliminación de las heces están implicadas en la patogenia del estreñimiento.

A continuación, realizaremos un breve repaso de la anatomofisiología de la defecación, para comprender mejor cómo se origina el estreñimiento(6):

Las heces son el resultado del paso del material procedente de la digestión a través del colon. Al colon derecho llega el quimo, a través de la válvula ileocecal, allí se realiza la absorción de agua y electrolitos y, mediante los movimientos peristálticos, las heces resultantes se transportan hacia el colon transverso y, desde aquí, hacia el rectosigma, donde se almacenan.

El esfínter anal tiene dos partes bien diferenciadas: el esfínter interno y el externo (Fig. 1).

Figura 1. Mecanismo de la defecación (adaptado de Navarro J, Christophe F. La constipation chez l’enfant. París: Laboratorios Zyma; 1995).

 

El esfínter interno es el responsable del 80% del tono del esfínter anal y se encuentra contraído de forma permanente; el externo permite la contracción de forma voluntaria. Cuando el recto está repleto de heces, se produce el deseo de defecar, que desencadena estos tres reflejos:

1. Reflejo anorrectal, que provoca una contracción del recto que provoca el avance del bolo fecal.

2. Reflejo anal inhibitorio (RAI), que relaja el esfínter interno, facilitando que las heces lleguen al canal anal; es innato y está ausente en la enfermedad de Hirschsprung.

3. Reflejo anal excitador (RAE), que permite mantener la continencia contrayendo el esfínter externo hasta que se encuentra el momento adecuado para la defecación; entonces cesa este reflejo y el esfínter se relaja de forma voluntaria; si se demora mucho el realizar la deposición, el niño comienza con actitudes retentivas: estira las piernas, se balancea, contrae la musculatura pélvica y glútea. El RAE es aprendido a partir de los 18-30 meses.

Cualquier alteración en los elementos anatomofuncionales que intervienen en la defecación puede originar estreñimiento:

• Aumento de la reabsorción de agua en el colon derecho.

• Alteración de la motilidad en colon transverso.

Aumento de la actividad segmentaria.

• Almacenamiento inapropiado en colon izquierdo.

• Anomalías de la relajación del esfínter externo y de la musculatura puborrectal.

• La encopresis aparece cuando el recto se habitúa a estar distendido, anulándose el deseo de defecar. Esto ocurre, especialmente, cuando la defecación es difícil y dolorosa, dando lugar a posturas retentivas; desaparece el RAE y se producen fugas fecales, que provocan el ensuciamiento (Fig. 2).

Figura 2. Fisiología de la encopresis (adaptado de Navarro J, Christophe F. La constipation chez l’enfant. París: Laboratorios Zyma; 1995).

 

Etiología

Aunque la mayor parte de los casos de estreñimiento son funcionales, debemos descartar siempre las causas orgánicas, especialmente la enfermedad de Hirschsprung.

Factores desencadenantes

Aproximadamente, un 95% de los casos de estreñimiento no tienen una causa orgánica reconocida (estreñimiento funcional)(1). Hay numerosos casos que se atribuyen a cambios que afectan a la alimentación (típico del destete, o al introducir lactancia mixta) y son catalogados de estreñimiento, sin que cumplan los citados criterios de Roma III.

En los lactantes, el cambio de leche materna a la artificial disminuye el número de las deposiciones y esto provoca consultas y demandas de tratamiento para un problema inexistente. La introducción de la alimentación complementaria es otro hito que disminuye la frecuencia de las deposiciones, por lo que también va a ocasionar este tipo de consultas. Nuestra misión fundamental en estos casos, es la de tranquilizar a las familias, siempre y cuando la frecuencia de las deposiciones y su consistencia esté dentro de lo normal para su edad, el niño realice la deposición sin demasiado esfuerzo ni llanto y no se encuentre irritable.

Debemos distinguir estas situaciones de la disquecia del lactante, que consiste en que un niño menor de 6 meses sano, llora o empuja con gran esfuerzo, al menos, 10 minutos antes de realizar una deposición blanda, sin que exista ninguna otra causa que lo provoque. Tampoco precisa tratamiento y hay que evitar que los padres estimulen continuamente el ano del niño para ayudarle a realizar la deposición, ya que puede empeorar la disquecia; mejora espontáneamente en unas semanas.

El papel de la leche como desencadenante del estreñimiento ha sido objeto de numerosos estudios; hay diferencias entre la leche materna y la artificial que pueden influir en la defecación(7). Los niños que reciben lactancia materna presentan el reflejo gastrocólico más repetido, ya que realizan las tomas con mayor frecuencia, lo que favorece la deposición. En cambio, los péptidos gastrointestinales provocan un enlentecimiento del tránsito gastrointestinal en los niños que reciben lactancia artificial. Las fórmulas infantiles han procurado equiparar su contenido en ácidos grasos saturados y probióticos a la leche materna, intentando así mejorar la consistencia de las heces. Desafortunadamente, a veces no es suficiente con modificar el palmítico y añadir prebióticos a las fórmulas para evitar el estreñimiento.

Existen numerosos estudios que asocian la leche de vaca al estreñimiento(8). Con todo, no debemos desaconsejar la ingesta de leche de vaca en el estreñimiento, salvo que sospechemos una alergia o intolerancia a la misma.

El estreñimiento en los lactantes puede desencadenarse, además, por una ingesta escasa de líquidos, por deshidratación provocada por enfermedades agudas (gastroenteritis, procesos febriles, etc.) o por la toma de algunos medicamentos.

Un 40% de los niños con estreñimiento debuta a los 2-3 años, cuando se intenta conseguir el control esfinteriano demasiado pronto o coincidiendo con el comienzo de la escolarización.

Es muy importante el buen manejo de los episodios agudos de estreñimiento durante la infancia para evitar la cronicidad, ya que se comprueba que más del 60% de los niños con EF y encopresis ha tenido dolor al defecar antes de los 3 años de edad(1).

Habitualmente, no se debe retirar el pañal al niño antes de los dos años y medio; si le obligamos a efectuar las deposiciones en el WC contra su voluntad, es fácil que provoquemos una encopresis asociada al EF crónico.

El comienzo de la etapa escolar, en niños que ya controlan sus esfínteres, es otro momento crucial en el desencadenamiento del estreñimiento: permanecen durante horas sentados, aguantando las ganas de defecar. A esto se une, a veces, un rechazo de los baños públicos, pudiendo ocasionar el inicio de actitudes retentivas. Previamente, hemos reseñado ya el antecedente de dolor con la defecación, que aparece en muchos de estos niños, debido a fisuras, dermatitis perianal, etc. Esto empeora la conducta retentiva por miedo al dolor que va a provocar la deposición.

Factores de riesgo

Los factores de riesgo asociados al estreñimiento son(9): antecedentes familiares de estreñimiento (sobre todo, maternos), falta de ejercicio, ausencia de horarios regulares para ir al baño, insuficiente consumo de fibra (verdura, legumbres y fruta).

Los factores psicológicos también deben tenerse en cuenta: el estreñimiento se ha asociado significativamente al estrés (motivado por circunstancias familiares adversas, problemas escolares, etc.)(10). Además, numerosos trastornos se asocian a EF(11): retraso mental, autismo, síndrome de Asperger, trastorno oposicionista desafiante, depresión, ansiedad, déficit de atención e hiperactividad.

Hay factores constitucionales y genéticos que influyen también en el desarrollo del EF, aunque se encuentran en estudio.

Causas orgánicas

Para llegar al diagnóstico de EF debemos descartar las causas orgánicas(1), que suponen un 5% (Tabla II).

 

 

Existe una serie de signos de alarma que nos deben hacer sospechar organicidad(11) (Tabla III).

 

 

Una de las enfermedades que más nos interesa descartar, y precozmente, es la enfermedad de Hirschsprung (EH). Afecta a 1/5000 recién nacidos, siendo más frecuente en varones (4:1). Consiste en una ausencia de células ganglionares en la pared intestinal que se extiende desde el ano; en un 75%, afecta únicamente al rectosigma, pero en el 10% de los casos, se afecta todo el colon. Es importante su diagnóstico precoz, ya que se puede complicar con enterocolitis grave por hiperproliferación bacteriana y provocar una sepsis. Esto suele ocurrir especialmente en el 2º-3er mes de vida y su pronóstico es grave, con una mortalidad del 20%; debemos tener en cuenta que, un lactante estreñido que comienza con diarrea sanguinolenta y distensión abdominal puede presentar una EH con enterocolitis. La EH debe sospecharse en un recién nacido que expulsa el meconio más tarde de lo habitual (48 horas), así como en los que comienzan a tener dificultades para defecar en los primeros días de vida.

Clínica

El estreñimiento puede considerarse un síntoma derivado de la dificultad para la defecación.

Los padres de los niños afectos de estreñimiento van a consultar frecuentemente por: abdominalgia, dificultad para realizar la deposición, deposiciones duras y de gran tamaño, defecación dolorosa y sangrado rectal provocado por fisuras anales; con menor frecuencia, la consulta es provocada por la encopresis(1). En estos casos, hay que tener precaución, ya que a veces la consulta se realiza por la falsa diarrea que puede presentarse al fugar heces líquidas, en casos de retención fecal importante. La encopresis, entendida como incontinencia fecal funcional, nos orienta acerca de la severidad del cuadro, así como de la respuesta al tratamiento del estreñimiento; es frecuente que se asocie a problemas emocionales y trastornos de conducta. El dolor abdominal recurrente (DAR) puede aparecer hasta en el 50% de los niños con estreñimiento; con menor frecuencia, podemos encontrar casos de prolapso rectal. En algunas ocasiones, el estreñimiento se asocia a infecciones urinarias, al ocasionar un megarrecto que comprime las vías urinarias.

A la hora de describir las deposiciones, disponemos de la escala de Bristol para evaluar la forma de las mismas de manera sencilla y muy visual (Fig. 3).

 

Figura 3. Escala de Bristol (adaptada de Lewis SJ, Heaton KW. Stool form scale as a useful guide to intestinal transit time. Scand J Gastroenterol. 1997; 32: 920-4).

 

Basándonos en ella, la guía NICE describe los siguientes hallazgos sugestivos de estreñimiento en el patrón defecatorio:

• Menos de 3 deposiciones completas a la semana (tipo 3 o 4 de la escala Bristol). Esto no se aplica a niños con lactancia materna exclusiva, de más de 6 semanas y menos de 1 año de edad.

• Deposición grande y dura (en niños mayores puede atascar el WC).

• Deposición tipo 1 escala de Bristol.

• En niños mayores de 1 año puede haber escapes de heces blandas, muy malolientes, sin ser percibidos. También, pueden ser heces gruesas y pastosas o secas y escamosas.

Diagnóstico

El diagnóstico del estreñimiento, en la mayoría de los casos, no requiere realizar ninguna prueba complementaria.

El diagnóstico del estreñimiento debe realizarse en el ámbito de la Atención Primaria(12). Como en todas las patologías, ante un niño que se presenta en la consulta con estreñimiento, hay que realizar una minuciosa anamnesis y un examen físico detallado, que muchas veces es suficiente para establecer el diagnóstico. Solo deben realizarse pruebas complementarias para descartar causas orgánicas del estreñimiento o en aquellos casos más complicados(12-15).

Resulta fundamental conocer el momento de inicio del problema, si se trata de un niño que lo presenta desde el nacimiento o si por el contrario es un niño con ritmo intestinal normal que en cierto momento modifica sus hábitos. Esto último es lo más frecuente y casi siempre orienta a un pronóstico favorable. Sin embargo, si al preguntar por los antecedentes neonatales nos indican que fue nacido a término y tardó más de 2 días en expulsar el meconio, hay que plantearse la realización de pruebas complementarias para catalogar su estreñimiento(12-15) (Ver Algoritmo al final del artículo).

Se debe hacer un registro de las deposiciones, conociendo tanto su frecuencia, como su color, consistencia, tamaño y, por supuesto, se debe investigar la actitud del niño frente a ellas: si lo rechaza, si llora… Para facilitarlo, debemos recurrir a calendarios y a escalas, como ya se ha explicado. Es importante preguntar si hay dolor o sangrado con la defecación(12-15). De la misma manera, hay que interrogar acerca de la alimentación del niño, lo cual también va a permitir detectar errores nutricionales que influyen negativamente en el estreñimiento. No debemos olvidar preguntar acerca de los tratamientos que utilizan, incluyendo los que están catalogados como “naturales”(9).

A modo de esquema, podemos resumir la anamnesis en la investigación de los siguientes aspectos:

1. Antecedentes familiares de estreñimiento u otras patologías, gastrointestinales o de otro tipo.

2. Antecedentes personales (expulsión de meconio, desarrollo general).

3. Antecedentes quirúrgicos.

4. Alimentación (especialmente los cambios en el tipo de lactancia y la introducción de nuevos alimentos) y ejercicio físico.

5. Historia psicosocial (acontecimientos recientes, cambios, actitud en el colegio).

6. Edad de comienzo (si es muy precoz puede haber una causa orgánica) y posibles desencadenantes (retirada del pañal, inicio de la escolaridad).

7. Aspecto de las heces y presencia de productos patológicos en ellas (sangre, moco, pus).

8. Sintomatología asociada (dolor abdominal, cambios en el apetito, náuseas, vómitos, meteorismo, alternancia con diarrea, clínica miccional, problemas psicológicos).

9. Medicamentos (incluso los comprados sin prescripción, p. ej.: antitusivos con derivados opiáceos).

10. Duración y respuesta a tratamientos previos, si los hubo.

La exploración del niño debe incluir:

• Un examen general, que incluya valoración del crecimiento en peso y talla, para detectar si existe repercusión en el mismo o alguna malformación asociada, prestando especial atención a la columna vertebral y zona sacra(12,14,15).

• Un estudio abdominal que incluya observación, auscultación y palpación, a fin de detectar distensión, dolor o heces en marco cólico(12-15).

• Una valoración de la zona lumbosacra, para descartar fositas, mechones u otras malformaciones(12-14).

• En último lugar, no hay que dejar de realizar un examen de la región anal y perianal, incluyendo, cuando sea preciso un tacto rectal que, en ocasiones, puede ser de gran utilidad; no obstante, no debe realizarse de rutina en el estreñimiento no complicado. En ocasiones, los niños son reacios a esta exploración, por lo que debemos ganar su confianza y dejarlo para el último lugar. Si aparece miedo excesivo a la exploración, asociado a otros hallazgos, como hematomas, siempre hay que descartar la existencia de abuso sexual. Con la inspección, se deben descartar erosiones, tumefacciones y malformaciones, como ano imperforado o mal posicionado. Además, se debe realizar una exploración neurológica de la zona, viendo los reflejos e incluyendo las extremidades inferiores, para valorar el tono y la fuerza muscular y los reflejos osteotendinosos. Si existe sospecha de enfermedad de Hirschsprung o mala respuesta al tratamiento, hay que efectuar un tacto rectal(11,12).

El tacto rectal permite valorar el tono del esfínter, el grosor de la ampolla rectal y diferenciar si hay presencia o no de heces. Ante una ampolla rectal vacía, con un esfínter hipertónico en un niño con alteración del estado nutricional que presenta estreñimiento y realiza deposiciones acintadas, se debe sospechar enfermedad de Hirschsprung. Por el contrario, un niño con somatometría normal que realizaba deposiciones normales anteriormente y que acude por estreñimiento de reciente aparición, a veces asociado a encopresis, y presenta ampolla rectal llena, lo más probable es que presente un estreñimiento funcional(13,14).

Cuando el niño que se está valorando presenta un buen estado nutricional y una exploración física normal, casi nunca es preciso realizar más pruebas diagnósticas. En el resto de casos, hay que dirigir las mismas a la sospecha clínica, ya sea alergia, hipotiroidismo, hipercalcemia u otras. No se deben solicitar de rutina estos estudios de laboratorio, aunque en el caso de la alergia a la proteína de leche de vaca, los estudios son contradictorios y la evidencia dudosa. En determinadas ocasiones, es necesario solicitar: un test de sangre oculta en heces, una radiografía simple del abdomen, un enema opaco, una ecografía pélvica, una manometría, una biopsia rectal u otras(12-17).

La radiografía simple puede ayudar en los casos en que se sospeche la existencia de un acúmulo de heces o una malformación de la columna ósea(12-15).

La ecografía permite medir la ampolla rectal para diagnosticar el megarrecto(12,14).

El enema opaco permite visualizar la morfología de la región distal del colon que, en el caso del Hirschsprung, presentaría zonas de estenosis precedidas de otras dilatadas en respuesta a la obstrucción. Esto permite determinar la longitud del segmento afectado(12-15).

La manometría anorrectal consiste en analizar los reflejos locales de la defecación y el funcionamiento de los esfínteres. Se realiza en los casos graves, para descartar la enfermedad de Hirschsprung, en la cual el esfínter interno no realiza la relajación que permite la defecación (ausencia de reflejo anal inhibitorio). Si hay síntomas atípicos o se sospecha organicidad, se debe realizar el estudio de la función anorrectal(12,14,15).

La biopsia rectal sirve para confirmar el diagnóstico. En la enfermedad de Hirschsprung, los hallazgos consisten en ausencia de células ganglionares y aumento de fibras acetilcolinesterasa. En la displasia neuronal intestinal, por el contrario, existe un aumento de las células ganglionares. Si la biopsia rectal es normal y hay ausencia de reflejo anal inhibitorio, se puede diagnosticar de acalasia anal(12,13,15).

Otros estudios no están recomendados de inicio. Solo en los casos complicados, sugestivos de diferentes patologías, o refractarios al tratamiento, se pueden considerar: cálculo del tiempo de tránsito colónico, que puede detectar la incontinencia fecal funcional de tipo no retentivo; ecografía rectal transabdominal; resonancia magnética lumbar; defecografía fluoroscópica, como técnica dinámica para comprobar la función anorrectal y detectar desde disinergia del suelo pélvico hasta anomalías estructurales; defecografía con resonancia magnética, que evita la radiación pero es mucho más cara y menos accesible; biopsia de pared total; y ecografía de la vesícula biliar, que, como se ha demostrado recientemente, puede mostrar una motilidad disminuida en algunos niños con estreñimiento crónico funcional, lo cual podría tener relación con una motilidad alterada a nivel de todo el tubo digestivo(12,15-17).

Con todos los apartados que se han comentado, habría que saber realizar correctamente el diagnóstico diferencial entre el estreñimiento funcional y la enfermedad de Hirschsprung, que es fundamental en la práctica (Tabla IV).

 

 

Tratamiento

El estreñimiento debe tratarse siempre con medidas higiénico-dietéticas, algunas veces con fármacos y, según la etiología, con cirugía o medidas específicas dependiendo de la enfermedad de base.

No cabe duda de que si el estreñimiento se debe a una alergia, a hipotiroidismo, a un fármaco o a cualquier otra causa que posea un tratamiento específico, este debe añadirse a las medidas que se refieren al propio estreñimiento. Dicho esto, existen tres apartados a tener en cuenta. En primer lugar, se debe reeducar al niño en su hábito defecatorio y favorecer las deposiciones con los alimentos y la hidratación adecuados, lo que en numerosas ocasiones resulta definitivo para solucionar el problema. Para ello, debemos dar los consejos oportunos y hacer que el niño (y no solo los padres), se implique en llevar a cabo las medidas planteadas. En segundo lugar, puede ser necesario recurrir a fármacos. Por último, puede ser necesario recurrir a la cirugía en algunos casos. Se trata, como vemos, de un tratamiento multidisciplinar, distinto al que se emplea en los adultos, que debe llevarse a cabo con la colaboración tanto del paciente como de su familia, para lo que hay que lograr una empatía y confianza con ellos(9,12-14). Además, hay que tener en cuenta que, en ocasiones, los padres deciden tomar medidas basadas en su experiencia o en la de sus conocidos, lo cual debemos investigar por la posibilidad de interferir en los resultados finales del tratamiento. Y aún diríamos más, que en la medida de lo posible, se debe también buscar la colaboración de los profesores y otros cuidadores, ya que tienen gran influencia en la evolución del problema. Los niños pasan muchas horas fuera del hogar y se debe intentar que tanto las instalaciones como los cuidadores se adecúen a las necesidades de cada niño(9,13,14).

Nutricional-dietético

Es fundamental concienciar a los padres y cuidadores, al igual que al propio niño si tiene edad para comprenderlo, de la importancia de adquirir unos hábitos correctos a la hora de realizar las deposiciones. Puede ser por pudor o por prisa, pero cuando se interroga a muchos niños reconocen que no suelen atender la necesidad de defecar siempre que se presenta. A veces, les da vergüenza por estar fuera de casa o tienen los horarios tan apretados que no encuentran el momento. Todo ello, contribuye a que aparezca el estreñimiento y lo perpetúa(9,14). Cuando el estreñimiento ya está instaurado, se debe reeducar la conducta, de forma que el niño dedique, al menos, diez minutos después de cada comida a sentarse en el WC, sin distracciones y bien apoyado (con un banzo para poner los pies y que no queden las piernas colgando). De la misma manera, se le debe insistir en que reconozca y atienda la necesidad en el momento y lugar que se presente, aunque al principio puede ser necesario que permanezca en los lugares que le resultan cómodos y familiares para realizar la reeducación de la defecación. Todo ello, se puede combinar con métodos de refuerzo positivo, como los sistemas de recompensas con cartulinas y pegatinas u otras similares(13-15). El tratamiento conductual precisa de un mayor número de estudios que apoyen su evidencia(12).

Para lograr una adecuada motilidad intestinal, se debe favorecer el ejercicio físico diario, frenando la actual tendencia al alza del sedentarismo en los niños(12).

Muy ligado a lo anterior, se encuentran los hábitos dietéticos, que en muchos casos son incorrectos. Se tiende a abusar de los precocinados y de los dulces, y cada vez se ingieren menos alimentos de la saludable dieta mediterránea, como son las frutas, las verduras y las legumbres. El aumento de la ingesta de fibra y cereales integrales parece que mejora los síntomas del estreñimiento, aunque hacen falta más estudios que lo avalen.

Se debe asegurar una adecuada ingesta de fibra, que se puede cuantificar conociendo la cantidad de fibra de los alimentos (Tabla V). Se recomiendan dosis de 5 gramos al día a partir de los 6 meses y, en mayores de 2 años, la dosis en gramos se obtiene al sumar 5 más la edad del niño (p. ej., 13 gramos a los 8 años). No se recomiendan los suplementos de fibra, sino que hay que asegurar una ingesta normal de fibra en la dieta habitual(9,12-15).

 

 

Además de la fibra, para que esta sea efectiva, debe también realizarse una correcta hidratación, sin exceder de lo normal, lo cual permitirá que el volumen de las heces aumente y favorezca el peristaltismo intestinal. Los zumos con sorbitol, como los de ciruela, pera y manzana, facilitan las deposiciones por ambos mecanismos(9,12-15).

En algunos estudios, se ha visto que la exención de la proteína de leche de vaca de la dieta durante 2 a 4 semanas, en niños con estreñimiento funcional refractario, tiene resultados satisfactorios(12,18).

Se ha recomendado el uso de oligosacáridos que, actuando como prebióticos, pueden resultar efectivos. También parece que algunos probióticos, en concreto el Lactobacillus Reuteri, pueden resultar beneficiosos en el estreñimiento, aunque la evidencia no ha demostrado que ninguno de ellos, pre o probióticos, sean útiles, por lo que no se deben pautar de forma rutinaria(9,12-14).

Farmacológico

En ocasiones, el niño con estreñimiento presenta lesiones en la zona perianal, que precisan tratamiento específico dependiendo de si hay o no una infección asociada. Este puede incluir: baños de asiento, antisépticos, cicatrizantes, corticoides, antibióticos u otros(13-15).

Podemos dividir el tratamiento farmacológico en dos apartados, el primero se utiliza para eliminar el acúmulo de heces, y el segundo para lograr unas deposiciones más numerosas y de consistencia más blanda(14,19).

Desimpactación

Cuando se inicia el tratamiento de un niño con estreñimiento es necesario, en primer lugar, dejar vacío el recto, a lo que se denomina desimpactación.

Lo ideal en esta fase es utilizar un laxante por vía oral, con dosis diferentes a las empleadas en la fase de mantenimiento. Son de elección los macrogoles. La dosis de polietilenglicol recomendada para lograr la desimpactación corresponde a 1-1,5 g/kg/día cada 12 horas, 2-3 días. Se podría prolongar la pauta hasta 7 días(12-14,19).

También, se pueden emplear enemas de fosfatos hipertónicos a dosis de 3-5 ml/kg/12 horas, hasta un máximo de 5 días, aunque en la actualidad, se tiende a no prescribirlos; se utilizan, en ocasiones, en los centros sanitarios. En los menores de 6 meses o en aquellos niños que aún no presentan distensión rectal, pueden ser útiles los supositorios de glicerina o de bisacodilo(13,14).

Los senósidos en esta fase se utilizan a dosis de 10-20 gotas, aunque están contraindicados en los niños.

Si nada de lo anterior sirve para resolver la situación, hay que recurrir a medidas más agresivas, como son el lavado oral o la desimpactación manual que precisan ingreso hospitalario(13,14).

Tratamiento de mantenimiento

El objetivo de esta fase es que no se vuelva a producir una acumulación de heces. Para ello, es fundamental que tanto los padres como el niño realicen adecuadamente las medidas higiénico-dietéticas ya indicadas. A esto se añaden los laxantes, que pueden ser: osmóticos, lubricantes o secretores. Se utilizan para asegurar que la evacuación intestinal sea la correcta(13-15,19). No se debe retirar el tratamiento hasta asegurarse de que el ritmo intestinal es normal, para lo cual suele precisarse, al menos, 2-3 meses(12-14).

Los fármacos empleados en la fase de mantenimiento, se resumen en la tabla VI.

A pesar del uso generalizado de los laxantes, no está demostrado que sea lo adecuado y habría que realizar estudios más numerosos y extensos. En algunos trabajos, se ha visto que el polietilenglicol lograba mejores deposiciones y mejor respuesta que la lactulosa, con menor necesidad de asociar otro tipo de tratamiento. También, obtenía mejores resultados, aunque con poca significación, que el magnesio. Otros estudios dan ventaja a la parafina líquida frente a la lactulosa. No se encontraron diferencias entre el polietilenglicol y los enemas, entre la dieta rica en fibra y la lactulosa, entre los senósidos y la lactulosa, entre el lactitol y la lactulosa y entre el polietilenglicol y la parafina líquida(20).

El polietilenglicol resulta el fármaco de elección en muchos de los casos, dado que parece seguro y su tolerancia es buena. Sus efectos secundarios más frecuentes son gastrointestinales (gases, abdominalgia, náuseas y diarrea), pero también puede producir cefalea. Con o sin electrolitos añadidos, su tolerancia y eficacia son óptimas, por lo que se puede recomendar su uso sin peligro, incluso en largos periodos. Para modificar la dosis, dado que su funcionamiento es a nivel local y no sistémico, lo recomendable es hablar de número de sobres al día, hasta lograr una respuesta adecuada. Lo habitual es emplear 1-2 sobres al día(12,14,15,19,20).

La parafina líquida también se tolera bien y mejora los síntomas del estreñimiento, aunque no se ha demostrado que sea mejor que la lactulosa. Los efectos secundarios más frecuentes de la parafina son: abdominalgia, distensión y heces líquidas. Se ha descrito que, por su condición oleosa, puede producir malabsorción de algunas vitaminas(12,14).

Los laxantes salinos (magnesio, sales de fosfato) pueden alterar el equilibrio electrolítico y producir deshidratación(12,14).

Los laxantes estimulantes (senósidos, bisacodilo) pueden producir lesiones celulares.

Los efectos secundarios principales de los laxantes osmóticos (sorbitol, lactulosa, lactitol) tienen que ver con la producción de gases(12,14).

No se recomienda el uso de enemas para la fase de mantenimiento.

La duración del tratamiento medicamentoso debe ser la suficiente hasta que se logre un adecuado hábito de defecación y que este pueda considerarse “definitivo”. No debe presentarse ningún síntoma durante, al menos, 4 semanas antes de retirar el fármaco, pues en caso contrario, el riesgo de recaída es muy elevado. Se habla de un mínimo de 2 meses de tratamiento. La retirada del fármaco se debe hacer de forma progresiva y no bruscamente(12,13,15,19). Si el niño no mejora en 6 meses, a pesar de ser un tratamiento correcto, debería ser derivado a un gastroenterólogo(12,14,15).

Quirúrgico

En casos muy concretos, se debe recurrir a la intervención quirúrgica, ya sea para desimpactar el colon con enemas anterógrados, como para resolver el problema en el caso del Hirschsprung. En esta enfermedad, se ha utilizado laparotomía y colostomía, pero cada vez más se emplea la cirugía laparoscópica y transanal.

Otros tratamientos

El biofeedback y el tratamiento cognitivo-comportamental parecen aportar algún beneficio si se combinan con el resto de tratamientos, pero es necesario realizar estudios en profundidad. El biofeedback persigue que el niño controle los movimientos de los músculos perianales, algo que precisa madurez y colaboración por parte del paciente. Las revisiones concluyen que no hay evidencia de que su utilización mejore el estreñimiento infantil(12-14,16). En los casos que haya alteraciones importantes del comportamiento y la conducta, puede ser necesaria la derivación al especialista correspondiente(12,15).

También, se utilizan tratamientos de homeopatía y medicina alternativa (masajes, yoga) que no están recomendados de forma rutinaria(12).

En casos determinados, se puede plantear la estimulación nerviosa percutánea(12).

En la enfermedad de Hirschsprung, el futuro del tratamiento parece dirigirse hacia las células madre neuronales, pero hay que esperar a comprobar los efectos.

Prevención

El objetivo es lograr un hábito intestinal normal, que evite que las heces se acumulen en el organismo.

La prevención debe realizarse cuando se ha logrado resolver el problema en los niños que presentaban estreñimiento, pero no solo en ellos. También, hay que prestar atención a todos los niños que están en riesgo, como son aquellos que se encuentran en el momento de retirar el pañal o al inicio de la escolarización. Se ha visto que hay varios factores que se pueden considerar de riesgo para padecer estreñimiento: antecedentes familiares de dicha patología, ausencia de horario prefijado para acudir al WC y dieta reducida en fibra. Esto nos orienta hacia qué niños debemos centrar la prevención. Por otro lado, existen factores que se consideran protectores y que podemos transformar en recomendaciones para evitar el estreñimiento, como son: el consumo de verduras, la ingesta de agua y el uso del inodoro en la escuela(9,14).

Es fundamental, en nuestra labor de educación sanitaria, el fomentar una dieta sana y rica en frutas, verduras y legumbres, en lugar de la bollería industrial, los snacks y platos precocinados, que son tan habituales en la alimentación de nuestros niños; asimismo, debemos promover el deporte como fuente de salud e intentar inculcar a los padres la importancia de la regularidad en los horarios para realizar la deposición y así evitar el EF en lo posible. Además de modificar la dieta y el estilo de vida, en el sentido que ya hemos explicado, hay que tratar de que el niño logre un hábito diario y regular para realizar la deposición, tanto cuando se encuentra en el domicilio como cuando está fuera de él, especialmente en el colegio. Para ello, se precisa que el personal docente colabore y preste atención a las necesidades de cada niño(9,14).

Todos estos consejos son importantes especialmente en los primeros años de vida, en los cuales se genera la flora intestinal del niño y se instauran los hábitos de alimentación y de vida(9). Cuanto más esperemos a que el niño crezca, más difícil será modificar su conducta, por lo que debemos huir de la típica frase: “ya comerá fruta cuando sea mayor”.

Función del pediatra de Atención Primaria

• Evaluar posibles causas orgánicas y derivar estos casos al especialista en Gastroenterología o Cirugía Pediátrica.

• Realizar la prevención y el seguimiento del estreñimiento funcional, intentar confirmar el cumplimiento de los tratamientos prescritos y derivar al especialista los casos que no respondan.

• Tratar las posibles complicaciones, como las fisuras anales, para evitar un empeoramiento del cuadro, así como proporcionar apoyo psicológico (derivando si es preciso al Psicólogo Infantil) cuando sea necesario, especialmente a los niños encopréticos.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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12.*** Tabbers MM, Di Lorenzo C, Berger MY, Faure C, Langendam MW, Nurko S, Staiano A, Vandenplas Y, Benninga MA. Recomendaciones de ESPGHAN y NASPGHAN basadas en evidencia para la evaluación y tratamiento del estreñimiento funcional en infantes y niños. Pediatr Gastroenterol Nutr. 2014; 58: 265-81.

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14.** Infante D, Hernández A, Mata M, Martínez V. Manejo del estreñimiento funcional en Pediatría. Guía SEPEAP. 2012.

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Bibliografía recomendada

- University of Michigan Health System. Functional constipation and soiling in children. Ann Arbor (MI): Universitiy of Michigan Health System; 2008. 15p. (En línea) (consultado el 18-11-2014). Disponible en http://cme.med.umich.edu.

Guía clínica, en inglés, acerca de los aspectos diagnósticos y terapéuticos del tema. Muy práctica y esquemática.

- National Institute for Health and Clinical Excellence. Constipation in children and young people. Diagnosis and management of idiopathic childhood constipation in primary and secondary care. London: RCOG Press; 2010. 248 p. (en línea) (consultado el 18-11-2014). Disponible en: http://www.nice.org.uk/guidance/CG99/.

Guía clínica, en inglés, que profundiza sobre el diagnóstico (especialmente la exploración, anamnesis y los signos de alerta) y presenta, además, las recomendaciones terapéuticas más actuales.

- Tabbers MM, Di Lorenzo C, Berger MY, Faure C, Langendam MW, Nurko S, Staiano A, Vandenplas Y, Benninga MA. Recomendaciones de ESPGHAN y NASPGHAN basadas en evidencia para la evaluación y tratamiento del estreñimiento funcional en infantes y niños. Pediatr Gastroenterol Nutr. 2014; 58: 265-81.

Excelente revisión del tema, centrada en el diagnóstico y el tratamiento. Incluye recomendaciones de expertos. Disponible en inglés y español.

- Sánchez F, Gilbert J J, Bedate P, Espín B. Estreñimiento y encopresis. Protocolos diagnóstico-terapéuticos de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica SEGHNP-AEP. Ergón. 2010; 7: 53-65. (en línea) (consultado el 10-11-2014). Disponible en: http://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/estre_encopresis.pdf.

Protocolo muy completo, que abarca todos los aspectos (etiología, fisiopatología, clínica, diagnóstico y tratamiento). Fácil de leer y práctico.

 

Caso clínico

 

Niño de 2 años que consulta por estreñimiento habitual, que no mejora a pesar de una dieta adecuada y tratamiento con diversos laxantes; los padres suelen administrarle polietilenglicol a diario con escaso resultado, realiza una deposición acintada cada 2 días.

Antecedentes familiares

Madre: estreñimiento habitual; abuela materna: hipotiroidea.

Antecedentes personales

Estreñimiento iniciado ya en las primeras semanas de vida; screening neonatal normal (incluye hipotiroidismo, fenilcetonuria, fibrosis quística e hiperplasia suprarrenal congénita). Dos episodios de consulta al Servicio de Urgencias por irritabilidad, diagnosticado de abdominalgia inespecífica asociada al estreñimiento; curva ponderal en Pc 3-10. Bronquitis de repetición.

Exploración física

Abdomen distendido, timpanizado; en el tacto rectal, encontramos la ampolla rectal vacía, con cierto aumento del tono esfinteriano.

Pruebas complementarias

Radiografía simple de abdomen con dilatación de asas intestinales que contienen gas abundante, realizada durante una de sus visitas a Urgencias (Fig. 4).

En estudio realizado por estacionamiento ponderal, presenta analítica sanguínea, incluyendo sistemático y bioquímica con perfil hepático y VSG normales; inmunoglobulinas e IgA antitransglutaminasa normales; TSH normal; urocultivo negativo.

 

Figura 4. Radiografía de abdomen que muestra la dilatación de asas intestinales (http://www.medicina.uanl.mx/id/wp-content/uploads/2013/).

 

 

 

 

Enfermedad inflamatoria intestinal pediátrica

M.J. Martínez Gómez
Temas de FC


M.J. Martínez Gómez

Sección de Gastroenterología. Hospital Universitario Niño Jesús. Madrid

 

Resumen

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) es la inflamación crónica del tubo digestivo, que comprende dos enfermedades claramente diferenciadas: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, y una tercera que comparte características de ambas: la enfermedad inflamatoria intestinal no clasificada o colitis indeterminada. En el niño tiene características propias, en relación a la mayor agresividad de la enfermedad en esta edad, junto con la repercusión sobre el crecimiento, la maduración ósea y el estado nutricional. El tratamiento, sobre todo, en el caso de la enfermedad de Crohn debe orientarse para minimizar la repercusión de la enfermedad en estos aspectos y conseguir una mejor calidad de vida, junto con un crecimiento y desarrollo adecuados

 

Abstract

Inflammatory bowel disease (IBD) is chronic inflammation of the digestive tract comprising two distinct diseases: Crohn’s Disease and Ulcerative Colitis and a third that shares characteristics of both, the Unclassified Inflammatory Bowel Disease or indeterminate colitis. The child has specific characteristics in relation to the increased aggressiveness of the disease in this age, along with the impact on growth, bone maturation and the impact on nutricional state. Treatment, especially in the case Crohn Disease, should aim to minimize the impact of the disease in these areas and get a better quality of life, along with proper growth and development

 

Palabras clave: Enfermedad inflamatoria intestinal; Colitis ulcerosa; Enfermedad de Crohn; Endoscopia; Tratamiento nutricional; Terapias biológicas

Key words: Inflammatory bowel disease; Ulcerative colitis; Crohn’s disease; Endoscopy; Nutritional therapy; Biological therapies

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 119-126


Enfermedad inflamatoria intestinal pediátrica

 

Definición

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) es la inflamación crónica del tubo digestivo, caracterizada por la alternancia de periodos de actividad (recidivas o brotes) con fases de remisión.

Dentro de este grupo, se incluyen dos enfermedades con diferentes características clínicas y evolución: colitis ulcerosa y enfermedad de Crohn, y una tercera, que comparte características de ambas: la enfermedad inflamatoria intestinal no clasificada o colitis indeterminada.

Colitis ulcerosa (CU). Enfermedad inflamatoria intestinal crónica que afecta de forma muy difusa y continua exclusivamente a la mucosa de colon.

Enfermedad de Crohn (EC). Enfermedad inflamatoria intestinal crónica que puede afectar a todo el tubo digestivo, desde la boca hasta el ano, de forma segmentaria, siendo su característica histológica la afectación transmural de la mucosa y la presencia de granulomas no caseificantes.

Enfermedad inflamatoria intestinal no clasificada o colitis indeterminada (EII-nc). Enfermedad inflamatoria intestinal crónica que afecta exclusivamente a colon y cuyas características clínicas, endoscópicas e histológicas no permiten su inclusión en las dos entidades anteriores(1,2).

Epidemiología

La EII que era excepcional antes de la década de los 90, ha sufrido un aumento progresivo desde hace 20 años, situándose la incidencia en países desarrollados en 10-15 casos por 100.000 habitantes y año.

El registro pediátrico español refiere un aumento de incidencia en los últimos veinticinco años de 2,51 casos por 100.000 habitantes y año, en pacientes menores de 18 años hasta el año 2010(3).

La CU ha sufrido menor aumento de incidencia que la EC, estando en relación el incremento de esta última, a la mayor incidencia de casos pediátricos. Se calcula que aproximadamente un 30% de los casos de EII aparecen antes de los 20 años de edad, aunque los menores de 5 años suponen menos de un 5% del total de casos. La prevalencia global se estima en 0,4%(1,2).

La EII predomina en países industrializados y áreas urbanas, siendo más frecuente en raza caucásica y especialmente en judíos.

Etiopatogenia

La EII es una enfermedad compleja y poligénica, en cuya patogenia se implican distintos factores genéticos y ambientales. Se considera que existe una base genética que condiciona una respuesta inmune anómala a determinadas variaciones en la microflora bacteriana.

La posibilidad de desarrollar EII cuando uno de los padres está afectado es del 9,2% para la EC y del 6,2% para la CU. Cuando padre y madre padecen EII, el riesgo de padecerla los hijos aumenta hasta el 30%. Asimismo, la concordancia en padecer la enfermedad en gemelos apoya la base genética de la misma.

Distintos genes se han asociado con EII. El gen que codifica NOD2, situado en el cromosoma 16, renombrado como CARD15 a partir de la publicación del genoma humano, se ha asociado con EC de inicio temprano y con EC estenosante. La explicación de este hecho está en la función de CARD15 en el reconocimiento bacteriano, la apoptosis y la señalización inflamatoria.

Otros factores genéticos, sin influir en la susceptibilidad pueden, sin embargo, condicionar el curso de la misma, como: la presencia de HLA DR2 asociado con colitis ulcerosa en japoneses; el HLA-DR3-DQ2 con pancolitis ulcerosa; o el HLA-DRB*0103* con presencia de manifestaciones extraintestinales y con la necesidad de cirugía en la EC.

Existe, por tanto, una disregulación genéticamente determinada de la respuesta inmune frente a la flora bacteriana, que da lugar a la activación de linfocitos T-CD4 y que produce una inflamación intestinal incontrolada que se autoperpetúa por aumento de mediadores proinflamatorios La respuesta inmune es diferente en ambas entidades, estando en el caso de EC mediada por Th1 y en la CU por anticuerpos.

Distintos factores ambientales se han relacionado con la EII, entre ellos: la lactancia materna como protector para el desarrollo de la misma, el tipo de dieta, el tabaco y la apendicetomía previa (protectores para CU y de riesgo para EC)(2).

Clínica

Las manifestaciones de la EII en niños (dolor abdominal, diarrea con moco y sangre y pérdida de peso), son similares a las del adulto y, en estos casos, el diagnóstico no ofrece dudas; sin embargo, este se ve dificultado en nuestros pacientes, porque la sintomatología inicial es superponible a procesos infecciosos, como gastroenteritis aguda o colitis pseudomembranosa, y complicado por la repercusión sobre el estado nutricional(4,5).

Existen diferentes subgrupos evolutivos de EII:

• Aguda fulminante, que se da en el 5% de las CU como forma de inicio.

• Crónica intermitente: con periodos de actividad-remisión.

• Crónica continua: refractaria al tratamiento después de 6 m, con mejoría parcial o remisiones cortas.

Colitis ulcerosa

La sintomatología comienza de forma brusca con: diarrea con moco y sangre, dolor abdominal, tenesmo nocturno y urgencia para defecar, acompañada de otros síntomas, como: fiebre, malestar general y pérdida de peso.

Las formas clínicas varían según la gravedad y la extensión de la presentación.

Dependiendo de la extensión de la enfermedad y según la clasificación de París del año 2009, denominamos como:

• Rectitis o proctitis (E1): cuando solamente está afecto el recto.

• Colitis izquierda (E2): cuando la afectación llega al ángulo esplénico.

• Colitis extensa (E3): cuando se afecta el colon transverso.

• Pancolitis (E4): si la afectación incluye ciego.

 A esta nomenclatura, se añaden los subtipos:

S0: nunca evolución grave.

• S1: grave a lo largo de la evolución.

 En los niños, la proctitis aislada es menos frecuente que en adultos, siendo más frecuentes la colitis extensa y la pancolitis, que ocurre sobre todo, en pacientes menores de 5 años. En casos leves, no existe repercusión sobre el estado general, ni analítica, pero, al menos, un 10% de casos pediátricos corresponden a formas graves de la enfermedad.

Enfermedad de Crohn

La presentación de forma insidiosa, que se acompaña de síntomas inespecíficos durante años, contribuye al retraso en el diagnóstico. Los síntomas más frecuentes son: dolor abdominal crónico, retraso ponderoestatural y anemia ferropénica refractaria al tratamiento.

Solamente un 25% de los pacientes presenta la tríada clásica de: dolor abdominal, pérdida de peso y diarrea.

La EC puede afectar a cualquier zona del tracto digestivo, desde la boca hasta el ano, pudiendo complicarse su evolución por la aparición de fístulas y abscesos intraabdominales y por posibles estenosis, que obligan a tratamientos quirúrgicos repetidos en estos pacientes.

Las formas más precoces se asocian con formas más graves y extensas de la enfermedad.

En pacientes pediátricos, la existencia de dolor epigástrico, náuseas, vómitos y anorexia, son factores predictivos de afectación del tracto digestivo superior.

En aquellos casos con síntomas poco evidentes de EII, un examen físico cuidadoso puede poner en evidencia: palidez muco-cutánea, como resultado de la anemia, presencia de masas abdominales o un deficiente estado nutricional que pueden orientar al diagnóstico. Por otra parte, ante el hallazgo de lesiones perianales, es obligado descartar EC(4-6).

Los síntomas más frecuentes en ambas enfermedades quedan recogidos en la tabla I.

 

 

La clasificación de EC según los criterios de Montreal(7), modificada en los criterios de Porto de 2012(5), queda reflejada en la tabla II.

 

 

Manifestaciones extradigestivas

Las manifestaciones extradigestivas son múltiples y pueden preceder o coincidir en el tiempo con el debut de la enfermedad. Pueden aparecer en, al menos, un 30% de los casos. Las más frecuentes son las osteoarticulares, seguidas de las cutáneas, orales y oculares. En general, la actividad sigue el mismo curso que la inflamación intestinal, pero algunas como la colangitis esclerosante, pueden seguir un curso independiente de la misma.

Las manifestaciones extraintestinales más frecuentes quedan referidas en la tabla III.

 

 

Una consideración especial requiere la aparición de osteoporosis como complicación extradigestiva de la EII. Su prevalencia es variable, entre 8 y 40%, según las distintas series. Es más frecuente en pacientes con EC que en CU, sobre todo, en aquellos con retraso de crecimiento, malnutrición o toma prolongada de corticosteroides. La realización de densitometrías seriadas y el tratamiento con vitamina D y calcio, junto con un adecuado soporte nutricional y el empleo de terapias alternativas a los corticoides, es imprescindible para prevenir la aparición de fracturas en la vida adulta(8,9).

Fallo de crecimiento

Constituye el hecho diferencial más importante a tener en cuenta entre la enfermedad en el adulto y la EII pediátrica.
Puede afectar hasta al 40% de los niños con EII, siendo una constante en la EC de larga evolución, si no se instaura el tratamiento nutricional adecuado. La etiología del fallo de crecimiento es multifactorial, encontrándose entre las causas del mismo: disminución de la ingesta, malabsorción por enteritis, aumento de pérdidas por heces y aumento de requerimientos de energía secundarios a la inflamación, dado que las citoquinas proinflamatorias tienen un efecto inhibidor directo sobre el cartílago de crecimiento, disminuyen la leptina que tiene efecto sobre el apetito y dan lugar a descenso de IGF-I.

Los casos de EC con afectación de intestino delgado están más frecuentemente afectos que los casos de afectación colónica exclusiva o en la CU. Aun con el tratamiento nutricional adecuado, un 15% de pacientes no recuperan la talla de forma definitiva(10,11).

Diagnóstico

Laboratorio

La anemia ferropénica es una constante en los casos de EII y puede preceder durante años al diagnóstico de EC. Aunque los datos analíticos son inespecíficos, la existencia de reactantes de fase aguda elevados, aun en ausencia de clínica digestiva, es orientativa de EII: VSG, PCR, orosomucoide, fibrinógeno, ferritina. En brote agudo, se puede encontrar además: leucocitosis, trombocitosis e hipoalbuminemia.

La ferritina es un reactante de fase aguda, por lo que la anemia ferropénica no se acompaña de ferritina baja. La calprotectina fecal, como proteína de degradación de polimorfonucleares, es el marcador más sensible de inflamación intestinal y su elevación es discriminativa en el diagnóstico de brote agudo de la enfermedad(4).

La determinación de p-ANCA (anticuerpo anticitoplasma perinuclear de los neutrófilos) y ASCA (anticuerpo anti- Sacharomyces cerevesiae) puede ser útil en caso de diagnóstico dudoso, p-ANCA es positivo en 50-60% de CU y 5-10% en EC, ASCA en 50-80% de EC y 10% de CU. Su negatividad no excluye la enfermedad(4-6,11).

Endoscopia

La colonoscopia es la técnica exploratoria más utilizada para el estudio de los pacientes con EII(13,14). La colonoscopia completa con ileoscopia debe realizarse como evaluación inicial de todos aquellos pacientes con sospecha diagnóstica de EII.

Es aconsejable, en esta primera evaluación, realizar también endoscopia digestiva alta, que es obligada en los siguientes casos(14):

• Evaluación inicial de paciente con EC.

• Pacientes con EII-nc.

• Sospecha de otras enfermedades asociadas: enfermedad celíaca, enfermedades linfoproliferativas, gastritis autoinmune o infecciosa, etc.

• Pacientes con CU y clínica digestiva alta.

La afectación del colon es común a la CU y a la EC, aunque las características endoscópicas e histológicas son totalmente distintas en ambos casos.

La valoración endoscópica inicial es imprescindible antes de iniciar el tratamiento, ya que este puede modificar las características macroscópicas de ambas enfermedades.

La exploración previa de la región anal y perianal es obligada, ya que la presencia de lesiones en esa zona indica la existencia de EC.

A lo largo de su vida, los pacientes pediátricos con EII precisarán múltiples endoscopias altas y colonoscopias, por lo que la realización de estas debe restringirse a las situaciones en las que, ante un posible brote de la enfermedad, se sospeche un cambio en la localización o extensión o interese documentar la curación mucosa después de un tratamiento.

La endoscopia puede diferenciar la CU de la EC aproximadamente en el 80-90% de los casos.

Cuando esto no es posible, la histología no es patognomónica y existe afectación exclusiva del colon, se establece el diagnóstico de enfermedad inflamatoria intestinal no clasificada (EII-nc), entidad que comparte características comunes a ambas enfermedades y que es más frecuente en niños pequeños, en los que evolutivamente el proceso se decantará en uno u otro sentido(13,14).

Características endoscópicas de la colitis ulcerosa

La CU se caracteriza por los siguientes datos endoscópicos (Fig. 1):

Figura 1. Colitis ulcerosa con úlceras profundas en sacabocados.

 

• Afectación continua desde el recto hasta ciego con mayor intensidad distal.

• Afectación de toda la circunferencia del colon.

Granularidad, friabilidad y pérdida del patrón vascular.

• Erosiones y úlceras puntiformes que pueden confluir dando lugar a ulceraciones grandes profundas en sacabocados, en la mayoría de los casos recubiertas de fibrina.

Dependiendo de la extensión de la enfermedad hablamos de:

• Rectitis o proctitis: cuando solamente está afecto el recto.

• Rectosigmoiditis: afectación de recto y sigma.

• Colitis izquierda: cuando la afectación llega a ángulo esplénico.

• Colitis extensa: cuando se afecta colon transverso.

• Pancolitis: si la afectación incluye ciego.

El examen histológico demuestra: distorsión de la arquitectura de las criptas, depleción de mucina y abscesos crípticos, todo ello limitado a la mucosa.

Características endoscópicas de la enfermedad de Crohn

A diferencia de la CU, los hallazgos endoscópicos en la EC son los siguientes (Fig. 2):

Figura 2. Enfermedad de Crohn con pseudopólipos y estenosis en ciego.

 

• Afectación discontinua y segmentaria.

• Aspecto en empedrado.

Vascularización conservada.

Úlceras aftoides, serpiginosas o en sacabocados.

• Fístulas.

• Afectación de íleon terminal y válvula ileocecal.

Según la localización:

• Ileítis.

• Ileocolitis.

• Colitis.

• Yeyuno-ileítis difusa.

• Afectación esofagogastroduo­denal.

• Afectación perianal pura.

La histología en la EC demuestra inflamación transmural y la presencia de granulomas epiteliodes, presentes en menos del 50% de las biopsias, pero que cuando se encuentran son patognomónicos de la enfermedad.

La única contraindicación absoluta de colonoscopia es la presencia de megacolon tóxico. En este caso, se debe esperar a su resolución para realizar la exploración, ya que nunca es tan urgente diferenciar entre colitis ulcerosa o colitis de Crohn, como para arriesgar al paciente a una posible perforación del colon. La exploración debe realizarse con precaución si existe un brote grave de la enfermedad o si existen úlceras profundas o estenosis(13).

Pruebas de imagen

En la actualidad, el tránsito gastrointestinal baritado ha sido sustituido por la entero-resonancia magnética, que aporta una excelente calidad de imagen en la localización de lesiones de intestino delgado y que tiene como ventaja la ausencia de radiación para el paciente.

Precisa la colaboración del niño, que debe ingerir un alto volumen de líquido, lo que impide realizar su prueba bajo anestesia e imposibilita la realización en niños pequeños. En los casos en que la prueba no pueda realizarse o no se disponga de esta posibilidad diagnóstica en el centro, puede recurrirse a la práctica de capsuloendoscopia.

La resonancia magnética de la región pélvica es imprescindible en aquellos casos de EC con afectación perianal o en aquellos en que exista sospecha de enfermedad fistulizante.

El algoritmo diagnóstico cuando exista sospecha de EII, queda reflejado en la figura 3.

Figura 3. Evaluación del niño/adolescente con síntomas digestivos o extradigestivos sugestivos de enfermedad inflamatoria intestinal (EII). Tomado de: ESPGHAN revised Porto criteria for diagnosis of IBD. JPGN. 2014. CU: colitis ulcerosa; EC: enfermedad de Crohn; ERM?: considerar enteroresonancia magnética (enteroRM); EII-I: EII-indeterminada.

 

Tratamiento

La mayoría de los fármacos utilizados en la EII pediátrica han sido adaptados a partir de la experiencia en adultos, con la única modificación de su adecuación al peso del niño. Sin embargo, es obligado, dadas las características de la enfermedad en estas edades, con repercusión importante sobre el crecimiento y desarrollo, el abordaje de la misma atendiendo a los aspectos nutricionales. Conseguir la recuperación nutricional es uno de los objetivos prioritarios, pero no menos importante es el efecto terapéutico en sí mismo de la nutrición, no solamente por su impacto sobre el crecimiento, sino también, porque gracias a su papel inmunomodulador da lugar a la curación de la mucosa y a la remisión clínica(4,5).

La creación de equipos multidisciplinarios que atiendan a estos pacientes en el contexto de Unidades de Cuidado Integral de EII es fundamental para el manejo clínico de los aspectos médicos, quirúrgicos, nutricionales y psicosociales que la enfermedad conlleva.

Aminosalicilatos

La sulfasalazina ha sido sustituida en los últimos años por compuestos derivados del 5-aminosalicílico (5ASA), debido a sus innumerables efectos secundarios. La mesalazina puede utilizarse como tratamiento inicial de la EII, en brote leve a moderado. Los 5ASA están indicados en presencia de enfermedad cólica, aunque existen preparaciones en gránulos con cubierta entérica que son eficaces en íleon distal. Su utilización en CU, a largo plazo, puede prevenir la aparición de cáncer, pero su eficacia en el mantenimiento a largo plazo en EC es escasa. La dosis es de 30-50 mg por kilogramo de peso y día, repartida en 2-3 tomas.

Existen preparados en supositorios y enemas, útiles en tratamiento de colitis distal.

Corticoides

Se puede utilizar prednisona o 6-metil prednisolona por vía oral o intravenosa, respectivamente, o budesonida, disponible en cápsulas y enemas para tratamiento local.

Los corticoides son eficaces en inducir la remisión en EII en un porcentaje elevado de pacientes, pero los importantes efectos secundarios que conllevan los hacen desaconsejables como terapia de mantenimiento.

La dosis es de 1-1,5 mg/kg/día durante 4-6 semanas, con descenso progresivo escalonado a razón de 5 mg a la semana.

Antibióticos

Los antibióticos pueden ser útiles en determinadas formas de EII, modulando la respuesta inmune a las bacterias intestinales causantes de la inflamación.

En casos graves, deben usarse antibióticos de amplio espectro como preventivos de sepsis con puerta de entrada intestinal.

En la EC perianal o fistulizante y en casos de reservoritis, estaría indicado utilizar metronidazol a 15-20 mg/kg/día o ciprofloxacino a 20 mg/kg/día. La rifaximina es una alternativa terapéutica en estos casos.

Inmunomoduladores

La azatioprina y la 6-mercaptopurina son los inmunomoduladores más utilizados en el mantenimiento de la remisión, tanto de EC como de CU. Los niveles terapéuticos se alcanzan a las 8-12 semanas del inicio de tratamiento. La dosis efectiva está entre 2-3 mg/kg de peso. La instauración precoz de tratamiento con azatioprina se asocia con mejor evolución a largo plazo de la enfermedad y con una tasa menor de recurrencia. En el momento actual, se recomienda iniciar tratamiento con azatioprina en el primer brote de EC junto con terapia nutricional, manteniendo el inmunomodulador hasta, al menos, 2 años después del último episodio de actividad y, al menos, hasta después de finalizado el crecimiento.

Entre los efectos adversos, precoces que ocurren en los primeros días o semanas del tratamiento, pueden presentarse: náuseas, vómitos, temblores, dolor muscular, aparición de pancreatitis y hepatitis tóxica; por lo que en las primeras semanas, hay que controlar con hemograma, determinación de enzimas hepáticos y pancreáticos. Pueden darse efectos adversos tardíos, fundamentalmente pancitopenia e infecciones oportunistas.

Cuando la azatioprina es mal tolerada, puede recurrirse a inmunomoduladores de segunda línea: metrotexate, ciclosporina o tacrolimus, o bien iniciar tratamiento con fármacos biológicos anti-TNF.

Anticuerpos anti factor de necrosis tumoral (anti-TNF)

En el momento actual, tanto el infliximab (IFX), que es un anticuerpo monoclonal quimérico humano (75%) y murino (25%), como el adalimumab (ADA) (100% humano), tienen indicación para el tratamiento de la EC pediátrica y autorizados para la terapia de CU en adultos, pudiendo utilizarse en niños, en casos de CU grave o refractaria. La objetivación de que la respuesta es mejor en aquellos casos en que el tratamiento se instaura en los dos primeros años, tras el debut clínico y en pacientes jóvenes, ha conducido a invertir en algunos casos la estrategia terapéutica, pudiendo indicarse como tratamiento inicial en: EC extensa, fistulizante o perianal y en aquellos casos que se acompañan de manifestaciones extradigestivas(15,16).

La dosis de infliximab es de 5 mg/kg intravenoso, hasta un máximo de 300 mg, con 3 dosis iniciales en el intervalo de 6 semanas y, posteriormente, una administración cada 8 semanas como mantenimiento. Cuando existe pérdida de respuesta, es posible aumentar la dosis hasta 10 mg/kg o acortar el intervalo entre dosis.

El adalimumab se administra en dosis quincenales de 20 mg subcutáneos, con una dosis de inducción de hasta 80 mg la primera semana, en relación al peso del niño.

La pérdida de respuesta junto con la posible aparición de reacciones infusionales y de hipersensibilidad tardías se relaciona con la posible formación de anticuerpos anti-TNF.

Entre los efectos adversos están la aparición de: infecciones oportunistas (tuberculosis, neumonías, herpes zóster), enfermedades desmielinizantes, neuritis óptica, convulsiones y enfermedades autoinmunes (1%).

Se ha relacionado la azatioprina con la aparición de linfoma hepatoesplénico, por lo que se recomienda suspender esta cuando el estado del paciente lo permita.

Tratamiento nutricional

La terapia nutricional cumple una doble función: por una parte, de soporte nutricional, corrigiendo las deficiencias de micro y macronutrientes y aportando las proteínas y calorías necesarias para la recuperación del estado nutricional; y, por otra parte, terapéutica. En la CU, la nutrición actúa exclusivamente como soporte; sin embargo, en la EC constituye una importante alternativa al tratamiento con corticoides. Diversos trabajos en EC pediátrica han demostrado que la terapia nutricional es tan eficaz como los corticoides para inducir la remisión, careciendo de los efectos adversos sobre el crecimiento de estos(17).

Los mejores resultados de la nutrición enteral exclusiva se dan en pacientes de nuevo diagnóstico con afectación ileal, con peor respuesta en la EC gastroduodenal, perianal o con manifestaciones extradigestivas. La utilización de dieta polimérica modificada con adición de TGF-beta (transforming growth factor beta), parece ser más eficaz que la dieta polimérica convencional en la disminución de los índices de actividad clínicos y de IL-1B (interleuquina 1B), IL-8 (interleuquina 8) e interferón gamma, en mucosa intestinal(18).

El protocolo terapéutico en EC de nuevo diagnóstico se recoge en el algoritmo al final del artículo.

Leucocitoaféresis

La leucocitoaferesis es una novedosa técnica que consiste en el filtrado de sangre a través de un sistema de micropartículas de acetato de celulosa, con lo que se consigue la adsorción de leucocitos circulantes activados, induciendo cambios funcionales en estas células que dan lugar a la disminución de citoquinas proinflamatorias, con lo que se consigue un efecto inmunomodulador sobre la enfermedad. Ha sido utilizada con buenos resultados en pacientes adultos y pediátricos con CU corticodependiente y corticorresistente, en CU de nuevo diagnóstico y puede ser una buena alternativa terapéutica en el mantenimiento de la remisión de CU(19).

Cirugía

En la CU grave refractaria a tratamiento médico, la colectomía con reservorio íleo-anal es curativa.

Los pacientes con EC pueden precisar cirugía a lo largo de su vida, sobre todo, para el tratamiento de fístulas y abscesos, y en casos de cuadros obstructivos por estenosis, fundamentalmente de íleon terminal. El tratamiento quirúrgico, en este último caso, mantiene la remisión durante periodos prolongados.

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Caso clínico

 

Motivo de ingreso

Niño de 8 años y 9 meses, que ingresa en planta desde Urgencias por fiebre y acceso perianal de 6 semanas de evolución.

Antecedentes familiares y personales: sin interés.

Historia digestiva

Desde hace meses, dolor abdominal localizado en fosa ilíaca derecha que se acompaña de cansancio, falta de apetito y pérdida de peso de 6 kg, en ese tiempo, de forma progresiva. A estos síntomas, se añaden hematoquecia y dolor con la defecación, seis semanas antes de consultar. Se objetivaron dos fisuras anales, por lo que recibió tratamiento tópico con pomadas con corticoides. Ante el aumento del dolor e inicio de fiebre, acudió a Urgencias, donde objetivaron absceso perianal, que drenó espontáneamente sin precisar desbridamiento quirúrgico. Mantuvo la fiebre de forma intermitente, hasta un máximo de 39,4ºC. Durante el ingreso, desaparece la sangre en heces, pero persiste con deposiciones blandas.

Exploración

Peso: 25 kg (P25-50). Talla: 143 cm (P 90-97).

Buen estado general. Regular estado de nutrición con masas musculares blandas y escaso panículo adiposo. Color pálido de piel y mucosas. AC: rítmica, soplo sistólico I/VI en borde esternal izquierdo. AP: normal. Abdomen blando depresible, sin masas ni visceromegalias, dolor a la palpación en fosa ilíaca izquierda. Abombamiento y enrojecimiento de la pared anal izquierda. ORL: normal. Genitales normales. Estadío de Tanner I.

Pruebas complementarias

Analítica al ingreso

• Hemograma: leucocitos 16,57 x 1000/µl (neutrófilos 71,4%, cayados 4%), Hb: 11,8 g/dl, VCM: 70 fl, Plaquetas: 468.000 x 1000/µl. VSG: 58 mm. T. protrombina: 85%.

• Fósforo: 4,9 mg/dl, calcio: 9,4 mg/dl, F. alcalina: 66 U/l.

• Fe sérico 33 mg/dl. Ferritina 96 ng/ml. Proteínas totales: 6,1 mg/dl. Albúmina: 2,8 mg/dl.

• PCR: 11,5 mg/dl. Orosomucoide: 264 mg/dl.

• Calprotectina fecal: > 600 mg/g.

Resonancia magnética pélvica: trayecto fistuloso interesfinteriano con inicio en segmento medio de conducto anal, con signos de actividad, pero sin cambios inflamatorios circundantes ni imagen de absceso actual.

Endoscopia digestiva alta: esofagitis grado I, pangastritis con úlceras antrales y duodenitis aftoide.

Colonoscopia: pancolitis severa con múltiples úlceras aftoides a lo largo del trayecto y afectación ileal compatible con enfermedad de Crohn activa.

Anatomía patológica

Esófago: esofagitis grado I.

Fundus y antro gástrico: gastritis crónica moderada con marcada actividad inflamatoria a expensas de linfocitos y polimorfonucleares y ulceración inespecífica. No se observa H. pylori.

Duodeno: patrón vellositario conservado sin lesiones relevantes.

Íleon: inflamación inespecífica.

Colon: mucosa con arquitectura distorsionada, incremento de población linfoplasmocitaria en lámina propia, y polimorfonucleares que permean el epitelio de las criptas. Granulomas epiteliodes no necrotizantes en todas las muestras.

Conclusión: cambios compatibles con enfermedad inflamatoria intestinal idiopática (enfermedad de Crohn).

Diagnóstico

Enfermedad de Crohn con afectación digestiva alta, íleocolónica y perianal (A1a, L3, L4a,P, B1, G0, según clasificación de París, en brote moderado-severo).

Tratamiento

Una vez analizados los datos de la exploración física y los datos analíticos de este paciente, se podría realizar el cálculo teórico de las necesidades mediante la fórmula de Schofield, que, en este caso, nos indica un gasto basal calculado de 1.306 kcal/día, aunque si es posible, es conveniente realizar una determinación del gasto energético en reposo, mediante una calorimetría indirecta. En este niño, la prueba mostró los siguientes resultados:

Estos requerimientos basales deben ser multiplicados por un factor de corrección, entre 1,4 y 1,7, en relación al grado de malnutrición y de actividad de la EII.

Se trata, por tanto, de un niño con enfermedad de Crohn en brote moderado-severo, con malnutrición moderada, ferropenia e hipoalbuminemia.

El tratamiento nutricional en niños con enfermedad de Crohn tiene un doble objetivo: por una parte, conseguir la remisión clínica y la curación mucosa; y por otra, la recuperación nutricional.

En este paciente, se empleó como tratamiento, la nutrición por vía oral exclusiva con dieta polimérica isocalórica suplementada en TGF-beta (transforming growth factor beta), con un volumen total en 24 horas de 2.000 ml, repartidos en 6-7 tomas a lo largo del día, durante 8 semanas. Durante los primeros 15 días, recibió metronidazol oral, lo que permitió el cierre del trayecto fistuloso.

Se planteó la posibilidad de comenzar el tratamiento con un fármaco biológico, dada la afectación perianal, pero la buena respuesta conseguida con tratamiento nutricional y azatioprina hizo innecesario esta pauta.

Se inició asimismo tratamiento con azatioprina a dosis de 2,5 mg/kg.

Se indicaron suplementos de sulfato ferroso, calcio y vitamina D3.

Evolución

La evolución ha sido muy satisfactoria desde el inicio, desapareciendo la sintomatología en 2 semanas, normalizando los parámetros inflamatorios y tolerando, a partir de las 6 semanas de tratamiento, la reintroducción progresiva de la alimentación normal. En la última revisión, 4 meses después del debut de la enfermedad, el peso es de 33 kg y la talla de 145 cm. Sigue tomando, como suplemento nutricional, dieta polimérica.

 

 

 

 

Enfermedad celíaca

C. Coronel Rodríguez
Temas de FC


C. Coronel Rodríguez*,
B. Espín Jaime**, M.C. Guisado Rasco***

*Centro de Salud Amante Laffón. Sevilla. **Unidad de Gastroenterología Pediátrica.
Hospital Universitario Virgen del Rocío. Sevilla. ***Centro de Salud El Cachorro. Sevilla

 

Resumen

La Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN) define a la enfermedad celíaca (EC), en las recomendaciones publicadas en el año 2012, como una “enfermedad sistémica de carácter permanente, inmunomediada, provocada por el gluten y prolaminas relacionadas, en individuos genéticamente susceptibles, y que se caracteriza por la presencia de una combinación variable de: manifestaciones clínicas dependientes del gluten, anticuerpos específicos de EC, haplotipos HLA DQ2 o DQ8 y enteropatía”.
Se sabe que existe una predisposición hereditaria con penetración incompleta, puesto que los familiares de primer grado tienen 20 veces más riesgo de sufrirla y se desarrolla como resultado de la interacción entre factores: genéticos, inmunológicos y ambientales, donde las prolaminas del gluten son el principal factor medioambiental.
El espectro clínico es como un “iceberg”, en el que las formas sintomáticas serían solo la parte visible, mientras el resto está aún por diagnosticar. El tratamiento, actualmente, es la exclusión del gluten de la dieta de manera estricta y de por vida. Aunque existen muchas líneas de investigación, todavía es pronto para adelantar la implantación de estas alternativas, dado que existen pocos estudios preclínicos.
El descubrimiento del anticuerpo antitransglutaminasa tisular humana, ha supuesto un gran avance en el diagnóstico y es el método serológico de elección para el despistaje y seguimiento de la enfermedad celíaca, puesto que tiene un elevado valor predictivo, alta sensibilidad y especificidad, se puede realizar de forma cómoda y relativamente económica.
Actualmente, siempre debemos remitir los casos de sospecha al gastroenterólogo infantil, pero una vez confirmado el diagnóstico, deben ser remitidos nuevamente a su pediatra de Atención Primaria para su seguimiento. No hay que olvidar que pronto dejarán de ser niños enfermos para ser solo celíacos y los controles posteriores que precisan, a nivel individual y familiar, en nada requieren de atenciones especializadas, sino un mejor conocimiento del funcionamiento de la estructura familiar y del entorno socio-económico de la misma. El control idóneo de la enfermedad no se alcanzará, por tanto, hasta conseguir la coordinación y colaboración de todos los recursos implicados, incluyendo la atención médica y la información mediante las asociaciones de celíacos

 

Abstract

According to the guidelines published in 2012, The European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition (ESPGHAN) defines the celiac disease as a “permanent immune-mediated systemic disease caused by gluten and related prolamines in genetically sensitive people. It is characterized by the presence of a variable combination of clinical manifestations dependent on gluten, specific celiac antibodies, haplotypes HLA DQ2 or DQ8 and enteropathy. It is known that there is a hereditary predisposition with incomplete penetration, since first degree family members have 20 times more risk of suffering it and developing it because of the interactions between genetic, immunological and environmental factors,in which the gluten prolamines are the principal environmental factor.
The clinical spectrum is like an “iceberg,” in which the symptomatic forms would only be the visible part while the rest would still be undiagnosed. Treatment is currently strictly avoiding gluten in the diet over the entire lifetime. Although there are many lines of investigation, it is still early to implement these alternatives given that there are few preclinical studies. The discovery of the human anti-tissue transglutaminase antibody meant a significant advance in its diagnosis. This is the serological method of choice for screening and follow-up of celiac disease since it has high predictive value, high sensitivity and specificity, and it can be performed comfortably and relatively economically.
Currently, we should always refer the cases of suspicion to the child gastroenterologist. However, once the diagnosis has been confirmed, the patient should also be referred to the Primary Care pediatrician for follow- up. It must be remembered that the patient will soon stop being an ill child and will become just a celiac child, and that subsequent controls needed at an individual and family level will not require specialized medical attention, but a better knowledge of how its family structure and socio-economic environment work. Therefore, the suitable disease control will not be achieved until there exists the coordination and collaboration of all the resources involved, including medical attention and the information through celiac associations

 

Palabras clave: Enfermedad celíaca; Enteropatía inducida por gluten; Esprúe no tropical; Criterios diagnósticos; Niños

Key words: Celiac disease; Enteropathy caused by gluten; Non tropical sprue; Diagnostic criteria; Children

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 102-118


Enfermedad celíaca

 

Definición y concepto

En los últimos 10 años, se han descrito afecciones relacionadas con la ingestión de gluten: la alergia al trigo (de todas ellas la menos frecuente); la forma autoinmune (que incluye la enfermedad celíaca, la dermatitis herpetiforme y la ataxia por gluten); la intolerancia al trigo; y la sensibilidad al gluten inmuno-mediada (considerada hoy en día como la más frecuente). En la tabla I, describimos sus características principales(1).

 

 

La enfermedad celíaca (EC) se define en la actualidad, como una afección: multisistémica, de tipo autoinmune desencadenada por el consumo de gluten y prolaminas relacionadas, que aparece en individuos con predisposición genética (principalmente HLA DQ2 y DQ8).

La enfermedad celíaca (EC) se caracteriza por una expresividad clínica muy variable, incluyendo tanto la afectación digestiva como la extradigestiva e, incluso, la ausencia completa de síntomas, y que persiste de forma permanente, es decir, se mantiene durante toda la vida(2). También, se la conoce como: esprúe celíaco, enteropatía sensible al gluten o esprúe no tropical.

Las primeras descripciones sobre celíacos fueron realizadas en la segunda mitad del siglo segundo después de Cristo, por Areteo de Capadocia (85?-138 d.C.), médico que trabajó en Roma en la época de Nerón. En ellas, Areteo definía el estado celíaco (procedente de la palabra griega “κοιλιακος”, que significa abdomen y que originariamente se empleó para dirigirse a “los que sufren del intestino”) como: la eliminación fecal de alimentos no digeridos, acompañada de acentuada emaciación y estado de debilidad. El término celíaco describía el síntoma característico de la enfermedad, en los niños con una presentación clínica clásica, es decir, la distensión abdominal(3,4).

En 1888, el pediatra inglés Samuel J. Gee publicó en la revista del Hospital St. Bartholomew de Londres, un trabajo en el que describía por primera vez una enfermedad que denominó “coeliac affection” y en la que (textualmente): “la regulación de la alimentación es la parte más importante del tratamiento”(3).

Epidemiología

La EC es la patología crónica intestinal más frecuente en España.

Aunque puede presentarse en cualquier época de la vida, es 5 veces más frecuente en niños que en adultos, con una relación mujer/varón de 2:1. Su distribución es universal, con una prevalencia del 1% (menor en chinos y japoneses y mayor, hasta un 5%, en el África subsahariana), estando todavía en la actualidad claramente subestimada y, por tanto, insuficientemente diagnosticada(4-6).

Según la FACE (Federación de Asociaciones de Celíacos de España), hay 40.000 personas diagnosticadas de EC en España. La prevalencia mundial se estima en 1/266, mientras que en España oscila entre 1/118 en la población infantil y 1/389 en la población adulta. Esta prevalencia se ha visto aumentada en los últimos años, debido a la utilización generalizada de marcadores serológicos que nos han permitido conocer la existencia tanto de las formas latentes como de las silentes de EC, por lo que hay trabajos que hablan de una incidencia de 1/70 de los recién nacidos, aunque solo el 10% de ellos se han diagnosticado(5,6).

Etiopatogenia de la enfermedad celíaca

En la etiopatogenia, participan factores genéticos y ambientales, entre los que, junto con el gluten, destacan la microbiota intestinal y la respuesta inmune.

Se conoce desde antiguo que existe una predisposición hereditaria a la EC con penetración incompleta, puesto que los familiares de primer grado tienen 20 veces más riesgo de desarrollar la enfermedad en comparación a la población en general. Hoy en día, se calcula que la heredabilidad de la EC (proporción del riesgo de padecer una enfermedad que es atribuible a factores genéticos, frente a los ambientales) está cerca del 87%.

Se describe una fuerte asociación entre la EC y los heterodímeros de los alelos DR3-DQ2 y DR5/DR7-DQ2 del sistema HLA de clase II (situado en el cromosoma 6) en el 90-95% de los pacientes, mientras que en el resto suele predominar un segundo heterodímero, el alelo DR4 (el HLA-DQ8). No obstante, la presencia de dichos genes se considera necesaria, pero no suficiente, debiendo existir otros factores implicados, como refleja el hecho de que un 30-35% de la población general en nuestro medio sean portadores de los mismos sin que presenten la enfermedad(6).

El factor tóxico desencadenante de la EC es el gluten, un conjunto de proteínas contenidas en la harina de diversos cereales, fundamentalmente el trigo (gliadinas y gluteninas), pero también cebada (hordeínas), centeno (secalinas), avena (aveninas) o cualquiera de sus variedades e híbridos (espelta, escanda, kamut, triticale…)(1,4). Su ingesta pone en marcha una respuesta inmune, en la que se sabe que los linfocitos T CD4+ de la lámina propia de la mucosa intestinal constituyen un elemento fundamental, puesto que estos son los encargados de reconocer los péptidos de gliadinas modificados por la enzima transglutaminasa, liberando citoquinas y otros mediadores de la inflamación que determinan los cambios histológicos característicos y la aparición de anticuerpos dirigidos contra antígenos propios (reticulina, transglutaminasa, etc.) y extraños (gliadina, etc.)(1,4).

La respuesta Th1 es una de las principales respuestas inflamatorias de la EC y la citoquina más característica de esta respuesta es el interferón Y. Se ha observado que la producción de esta citoquina está significativamente aumentada en la enfermedad activa, llegando hasta niveles 240 veces mayores en situaciones de atrofia total.

Por otro lado, se ha demostrado una relación del tipo de flora intestinal con la EC. La microbiota de los niños afectos de EC mostraría un disbalance (o disbiosis), que estimularía la síntesis de moléculas pro-inflamatorias por parte de células del sistema inmune en mayor grado que los no afectos de EC, a lo que habría que sumar el efecto toxico del gluten(3,4).

Sensibilidad al gluten no celíaca (SGNC)

Desde hace una década aproximadamente, cada vez con mayor frecuencia, se observan pacientes que tienen una clínica idéntica a los celíacos, pero muestran una serología negativa, marcadores genéticos (HLA-DQ2/DQ8) heterocigotos o negativos y mínimas alteraciones en las biopsias duodenales, y aunque pueden presentar un incremento de los linfocitos intraepiteliales, su proporción es generalmente inferior al 25%, por lo que no pueden ser catalogados como celíacos genuinos. Sin embargo, al igual que ellos, muestran una clara mejoría al ponerlos a dieta sin gluten (DSG), y se reproducen los síntomas cuando realizan transgresiones voluntarias o inadvertidas.

Esta entidad clínica se denomina sensibilidad al gluten no celíaca, enteropatía sensible al gluten o enteritis linfocítica no celíaca, y se estima que afecta en torno al 8-12% de la población general. Junto a la sintomatología digestiva, pueden aparecer manifestaciones sistémicas extra-intestinales, entre las que se incluyen diversos síntomas neurológicos, tales como: cefaleas, hormigueos en manos y pies, dolores músculo-esqueléticos, ataxia y cansancio aumentado sin motivo aparente. También, se ha descrito su asociación con trastornos de índole psiquiátrica, como el autismo y algunos casos de esquizofrenia.

Aunque, por el momento, este síndrome no está del todo dilucidado, algunas observaciones han contribuido a definir la SGNC como una reacción al gluten no asociada a un aumento en la permeabilidad intestinal, en la que la expresión del marcador de células T FOXP3-reguladora está disminuida y en la que se han excluido tanto los mecanismos alérgicos (IgE y otros) como los autoinmunes (anticuerpos antiendomisio [AAE] y/o antitransglutaminasa [AAT] negativos)(7).

Diagnóstico

Como en otras patologías, el diagnóstico precoz es fundamental para evitar las complicaciones a largo plazo, descritas más adelante, y es sinónimo de calidad de vida. Actualmente, se estima que existe un retraso de unos 12 años en el diagnóstico de EC, a pesar de que el celíaco se convierte en un hiperfrecuentador de nuestras consultas y es tratado de muchas enfermedades que no tiene. El uso de la DSG como herramienta diagnóstica es totalmente inadecuado y referir que un niño es celíaco solo por la clínica es, actualmente, una utopía plantearlo.

Hasta el 2012, el diagnóstico de EC incluía ratificar la existencia de una enteropatía mediante biopsia intestinal, siendo la 2ª biopsia opcional y estando la provocación reservada para los casos dudosos o en los que no se efectuó la 1ª biopsia(3,8).

En dicho año, se publican las actuales recomendaciones ESPGHAN, en las que se valoran y reconsideran los cuatro pilares o herramientas diagnósticas clásicas: clínica, anticuerpos, genética y anatomía patológica. Destaca entre sus novedades, que en la infancia y adolescencia, la biopsia intestinal podría omitirse en sujetos sintomáticos con títulos de anticuerpos AAT-IgA superiores a 10 veces lo normal, verificados por los AAE y HLA DQ2 y/o DQ8 positivos. Solo en este supuesto, se podría realizar el diagnóstico e iniciar la DSG sin biopsia intestinal previa (ver algoritmo 1 al final del artículo)(2,8,9).

Clinica

Se compara el espectro clínico que presenta la enfermedad con un “iceberg”, en el que las formas sintomáticas serían solo la parte visible del mismo, mientras el resto de las formas se dispondrían en la parte sumergida y reflejarían las que están aún por diagnosticar(1,3,10).

Las manifestaciones clínicas de la EC según la edad de presentación, se describen en la tabla II(5,6,11).

 

 

Se debe considerar que:

No existe un patrón común para todos los celíacos, ya que su clínica es muy variada.

Las formas de presentación de la EC más frecuentes son las denominadas “no clásicas”, que predominan en los adultos, pero que también aparecen en niños a cualquier edad.

Las formas clásicas suelen aparecer en niños menores de 2 años.

Las presentaciones clínicas son múltiples y variadas, con presencia de uno o varios síntomas, signos y/o enfermedades asociadas, y variaciones en el mismo sujeto dependiendo de la edad.

Es habitual presentar formas asintomáticas a pesar de estar activa la enfermedad, especialmente durante la adolescencia.

Las características clínicas de la EC difieren considerablemente en función de la edad de presentación, variando de un paciente a otro, y oscilando entre una sintomatología clínica evidente hasta otras identificadas gracias a la utilización de los distintos marcadores serológicos (Tabla III). En el registro nacional de la SEGHNP (REPAC), la EC en su forma clásica se describe en un 71% (91% en menores de 3 años), atípica en el 22% (46% de 6-15 años) y silente en el 7% (25% de 6 a 15 años).

 

 

El diagnóstico clínico debe acompañarse siempre de una valoración del estado nutricional del paciente, mediante la determinación de peso, talla y estudio analítico exprofeso en este sentido (hemograma, estudio metabólico del hierro, ácido fólico, vitamina B12, calcio, fósforo, fosfatasa alcalina, creatinina, proteínas totales, albúmina y transaminasas).

Entre las formas clínicas de presentación, cabe destacar (Tabla III)(3,4,6):

EC clásica o típica. La más fácil de detectar y en la que predominan los trastornos intestinales. Se inicia en niños con edades comprendidas entre 6 y 24 meses, quienes tras un período variable desde la introducción del gluten en la dieta comienzan a presentar un retraso póndero-estatural, incluso con pérdida de peso y estancamiento del crecimiento, diarrea crónica, vómitos y pérdida de apetito. Este conjunto de síntomas clínicos, con aspecto de malnutrición y distensión abdominal, es lo que se denomina “hábito celíaco”. Los anticuerpos séricos son positivos y existe atrofia grave de las vellosidades. Este patrón de presentación es, hoy en día, excepcional en la edad adulta.

Frecuentemente, existe coincidencia simultánea de intolerancia a la lactosa. Algunas series refieren un 10% de los casos, pero este porcentaje se ve incrementado hasta el 50% cuando la EC se manifiesta con un síndrome de malabsorción, aunque en estas condiciones al tratarse de una intolerancia secundaria, con el inicio de la DSG y la recuperación de las lactasas intestinales, la digestión del disacárido queda restablecida.

EC pauci u oligo o monosintomática. Actualmente, es la forma más frecuente de EC; aunque, según el Registro REPAC, no en la población pediátrica de nuestro entorno, y puede cursar con síntomas intestinales y/o extraintestinales. El espectro histológico es variable y el porcentaje de positividad de autoanticuerpos séricos también, dependiendo de la gravedad histológica.

La forma más frecuente en la infancia es la talla baja, generalmente, no acompañada de manifestaciones digestivas. La dermatitis herpetiforme es la expresión cutánea de la EC. Se suele presentar en niños mayores, adolescentes y adultos jóvenes en forma de lesiones vesiculares pruriginosas, en piel normal o sobre placas maculares localizadas simétricamente en cabeza, codos, rodillas y muslos.

EC silente. No hay manifestaciones clínicas, pero sí lesiones histológicas características. Estos casos suelen descubrirse por una determinación de marcadores séricos indicada por pertenecer a alguno de los grupos de riesgo (Tabla IV).

 

 

EC latente. Es una forma de expresividad variable, ya que puede o no tener síntomas y los anticuerpos pueden ser positivos o negativos. La biopsia es normal o a lo sumo presenta aumento de los linfocitos intraepiteliales con las características propias de la EC, pero lo que define a la EC latente es que, en un futuro, desarrollarán la enteropatía si mantienen la ingesta de gluten.

EC potencial(9). Son aquellos individuos que no presentan alteraciones histológicas características de la enfermedad, pero por sus características genéticas (HLA-DQ2/DQ8) o inmunológicas (en ocasiones anticuerpos séricos positivos), presentan un riesgo “potencial” de desarrollarla.

EC refractaria. Hace referencia a aquellos pacientes con lesión histológica bien documentada (generalmente con atrofia vellositaria), cuyos síntomas no desaparecen después de haber excluido el gluten de la dieta, al menos, durante un período de seis meses. Tiene mal pronóstico, con solo un 50% de supervivencia, ya que la predisposición a desarrollar procesos neoformativos, como el linfoma intestinal, e infecciones concomitantes es muy alta.

Screening

El cribado masivo de EC en la población general cumple muchos de los criterios establecidos por la OMS para ser considerada una actividad recomendable como política de salud pública.

Es un trastorno frecuente, disponemos de métodos de cribado sensibles y específicos, además de aceptables por gran parte de la población, y tiene un tratamiento dietético eficaz. Pero, por otro lado, este cribado masivo tiene importantes connotaciones logísticas de organización de la asistencia, medicalización de la vida de los pacientes, así como costes directos e indirectos derivados del cribado y de los falsos positivos.

Por ello, no se recomienda el cribado sistemático de la EC en la población general (calidad de la evidencia II-3; fuerza de la Recomendación: C según la clasificación de la Canadian Task Force on Preventive Health Care), pero sí el cribado en los adultos y niños definidos como población de alto riesgo (calidad de la evidencia II-3; fuerza de la recomendación C): familiares de primer y segundo grado consanguíneo de personas con EC y de enfermedades asociadas (Tabla IV)(3,5,6).

Grupos de riesgo

Los individuos pertenecientes a poblaciones de riesgo son aquellos con una frecuencia de EC superior a la que le correspondería por azar (se describen en la tabla IV). En estos casos y en ausencia de síntomas, el screening se empieza solicitando los tipaje HLA (Algoritmo 2). Solo en el caso de que sea de riesgo (DQ2, DQ8), es recomendable efectuar determinaciones periódicas de los marcadores serológicos, sin existir en el momento actual ningún protocolo satisfactorio sobre la frecuencia con la que deben repetirse(9).

Son grupos de riesgo de padecer la enfermedad celíaca:

1. Los familiares de primer grado de enfermos celíacos. La prevalencia de la misma en este grupo se sitúa entre el 10 y el 20%. La presencia de dos miembros de la fratría con la enfermedad, aumenta tres veces el riesgo para el resto de la familia. Clínicamente, pueden estar asintomáticos o tener formas clínicas de expresión leve. Una vez diagnosticado al niño de EC, se debe realizar un estudio familiar de forma sistemática, incluyendo, al menos, a los familiares de primer grado, para detectar la posible existencia de nuevos casos subclínicos o silentes dentro de la misma familia.

Con respecto a los hermanos celiacos, el “corte de edad” para el cribado serológico, a la luz de los estudios hasta ahora reportados por diferentes autores, parece aconsejable que sea pasados los 2-6 años de vida y, si bien no está clara la edad idónea, se estima que deberían pasar, al menos, cuatro años desde la introducción del gluten, a no ser que se constate algún síntoma antes de esta edad, en cuyo caso se efectuará el cribado rápidamente. Según las estadísticas actuales, la posibilidad de positivizarse los marcadores es relativamente baja pasada esta edad, mientras que antes de los 4 años pueden ser negativos dichos marcadores, sobre todo, los anticuerpos AAT y AAE, y positivizarse posteriormente(11).

2. Otras enfermedades asociadas a la celiaquía. La EC, como proceso sistémico de naturaleza autoinmune, se acompaña de manifestaciones extra-digestivas, que pueden ser carenciales, autoinmunes o de diversos tipos y diferentes localizaciones. Estas pueden preceder, manifestarse simultáneamente e incluso aparecer después del diagnóstico. Una posible explicación de esta asociación podría ser que comparten algún mecanismo patogénico aún no explicado. Estas se describen en la tabla IV(3,5,6).

Pruebas complementarias

En caso de sospecha de EC deberíamos solicitar:

Estudio analítico

Estudio analítico básico que incluya:

Hemograma: puede revelar la presencia de anemia.

Bioquímica sanguínea: puede mostrar alteraciones, como: ferropenia, hipertransaminasemia y/o hipoproteinemia.

Inmunoglobulina A (IgA) total: es importante su cuantificación, puesto que los anticuerpos más utilizados en la detección de la celiaquía son de tipo IgA y la mayor tasa de falsos negativos son debidos a la coexistencia de un déficit de IgA.

Estudio serológico

La determinación de los anticuerpos de EC alcanza cifras de sensibilidad y especificidad superiores al 95%, resultando importante para(11):

• Seleccionar pacientes en los grupos de riesgo que puedan tener enfermedad, aún en ausencia de sintomatología.

• Identificar aquellos niños para los cuales la biopsia es necesaria.

• Controlar la adherencia a la dieta.

• Facilitar el diagnóstico diferencial.

• Realizar estudios epidemiológicos de prevalencia de la enfermedad.

Para una correcta valoración de los resultados obtenidos al determinar el nivel de anticuerpos, es necesario tener en cuenta las siguientes premisas (Algoritmo 1):

• Nivel de IgA total.

• Administración de inmunosupresores o corticoides que puedan condicionar la respuesta inmunológica.

• Contenido de gluten en la dieta, ya que un bajo aporte puede ocasionar falsos negativos.

• Algunos test pueden dar falsos positivos en caso de parasitación por Giardia Lamblia, por lo que si el paciente presenta diarrea crónica, es conveniente realizar un estudio de parásitos en heces para descartar esta infestación.

• La serología es un paso previo a la histología en todos los algoritmos para el diagnóstico de la EC.

El estudio serológico incluye anticuerpos frente a un antígeno alimentario (gliadina deaminada) y frente a antígenos tisulares (antiendomisio y antitransglutaminasa). La determinación de otros marcadores, como los anticuerpos antirreticulina o antiyeyunales, no tiene ningún interés práctico adicional, no son organoespecíficos y pueden estar presentes en otras patologías.

También, se ha descrito un aumento de otros anticuerpos alimentarios, probablemente como consecuencia del aumento de la permeabilidad de la membrana intestinal.

Los anticuerpos antigliadina han sido empleados desde hace muchos años en el diagnóstico de la EC, y desde el año 2000 han sido desplazados por los más específicos anticuerpos anti-péptidos deaminados de gliadina (AAG), dirigidos contra fragmentos de gluten, una vez han sido deaminados por la enzima transglutaminasa tisular a nivel del intestino. Se determinan por técnica de ELISA comercial, y aunque su sensibilidad es mayor que la de AAE o AAT en menores de dos años, su menor especificidad por encima de esta edad hace que no sea recomendable su utilización con fines diagnósticos tras esta edad(10). Los de la clase IgA parecen ser los más indicados para el seguimiento de los pacientes con DSG.

Los anticuerpos antiendomisio (AAE) son determinados por inmunofluorescencia indirecta, sobre unos cortes de porción distal del esófago de mono o cordón umbilical humano. Los de tipo IgA resultan muy útiles en el diagnóstico, no así en el seguimiento de la DSG, pues su coste es muy superior a los AAT y los AAG.

Los anticuerpos antitransglutaminasa (AAT) aparecen en el año 1997, cuando Dieterich identifica la transglutaminasa tisular como el autoantígeno reconocido por los AAE. Es, actualmente, el método serológico de elección para el despistaje y seguimiento de la EC, ya que tiene un elevado valor predictivo (superior al 90-95%), una sensibilidad global entre 92-100% y una especificidad entre 91-100%. Se realiza mediante un ELISA comercial, es cómodo, relativamente económico y se puede automatizar.

Los AAT y/o AAE de clase IgA (si la IgA sérica total es normal) se consolidan como marcadores de elección para la EC, en las últimas recomendaciones de la ESPGHAN(2), mientras que los AAG son considerados marcadores adicionales de posible utilidad en niños menores de 2 años de edad, con sospecha de EC en los que los AAT son negativos.

La determinación de estos anticuerpos en saliva puede ser un adelanto en la detección y screening precoz de la EC en la población general, fácil e inocua de realizar, pero aún no está validada(12).

Estudio genético

La susceptibilidad genética para el desarrollo de la EC está fuertemente asociada a genes del complejo mayor de histocompatibilidad, HLA tipo II, codificados en el cromosoma 6, pero el 25-30% de la población general tiene dichos genes, por lo que su valor en el diagnóstico de la enfermedad es limitado. Lo que realmente importa es la ausencia de estos marcadores al presentar un alto valor predictivo negativo, lo que permite excluir la EC con un 99% de certeza y seleccionar individuos de alto riesgo de desarrollarla en un futuro(3,9) (Algoritmo 2).

La forma de conocer el HLA es tan sencilla como obtener un análisis de sangre(4) y su utilidad clínica en las situaciones siguientes(6):

• Excluir susceptibilidad genética en familiares de primer grado.

• Excluir EC en pacientes sintomáticos con serología negativa y biopsia normal.

• Seleccionar individuos de alto riesgo entre familiares de pacientes con enfermedades asociadas a EC, con serología positiva y biopsia normal.

• Pacientes con biopsia intestinal compatible con EC y serología dudosa o negativa.

• EC latente.

• Pacientes asintomáticos a los que se ha retirado el gluten sin biopsia intestinal previa.

• Personas con anticuerpos positivos que rechacen la biopsia.

Estudio histológico: biopsia intestinal

La prueba de oro para establecer el diagnóstico definitivo consiste en la práctica de una biopsia duodeno-yeyunal (tomada mediante capsula peroral o por endoscopia), que se efectuará siempre antes de iniciar la DSG, previa normalidad del estudio de coagulación. Como ya se ha referido anteriormente, solo en niños sintomáticos con cifras de AAT > 10 veces lo normal, verificados por los AAE y HLA DQ2 y/o DQ8 positivos, es factible llegar a un diagnóstico sin necesidad de efectuar biopsia intestinal(2).

El informe anatomopatológico debe recoger: orientación y grado de atrofia vellositaria, profundidad de las criptas, relación vellosidad/cripta, número de linfocitos intraepiteliales observados y establecer el nivel de afectación por la clasificación de Marsh: normal (0), infiltrativa (1), hiperplásica (2), atrofia parcial (3a), atrofia subtotal (3b) y atrofia total (3c). De esta forma, se pretende evitar informes parciales que puedan interpretarse erróneamente.

En dicha interpretación, debemos tener en cuenta que la lesión histológica que aparece en la EC se caracteriza por ser:

• Parcheada, por lo que una biopsia negativa no descarta el diagnóstico en presencia de un cuadro clínico y de laboratorio compatible. Para evitar estas situaciones, se aconseja la toma de, al menos, cuatro muestras para el análisis histológico.

• Heterogénea, con un espectro que abarca desde la histología normal, pasando por el aumento de linfocitos intraepiteliales (enteritis linfocítica), hiperplasia de las criptas hasta la atrofia vellositaria parcial o total.

No específica. Existen casos descritos de falsos positivos anatomopatológicos, a considerar en el diagnóstico diferencial de la EC, que se describen en la tabla V, destacando por su frecuencia: la enfermedad de Crohn, la giardiasis y las alergias a proteínas alimentarias.

 

 

La lesión Marsh I no es específica de la EC, pudiendo encontrarse en otras patologías, como la infección por Helicobacter pylori y en cuadros de parasitosis u otras enteropatías, por lo que la idoneidad de la DSG en estos pacientes en ausencia de sintomatología es controvertida.

Otros estudios

Además, se solicitarán otras pruebas complementarias para el despistaje de las enfermedades asociadas o complicaciones, siempre que las circunstancias clínicas del paciente lo requieran (Tabla VI)(3,5,6), destacando el estudio de parásitos en heces, ya que la infestación por Giardia Lamblia puede provocar sintomatología compatible con EC y falsos positivos en algunos test serológicos.

 

 

Tratamiento

Que tu alimento sea tu medicina, y que tu medicina sea tu alimento (Hipócrates de Kos). El tratamiento de la EC es la exclusión del gluten de la dieta de manera estricta y de por vida.

Esta es la única medida que conduce a la desaparición de los síntomas clínicos, así como a la normalización de la mucosa intestinal y a la prevención de las complicaciones. Se eliminará de esta cualquier producto que lleve como ingrediente algunos de los cereales considerados como tóxicos: trigo y sus especies (trigo duro, espelta o trigo verde o salvaje, kamet, cuscús), avena (por contaminación cruzada, principalmente por trazas de harinas de otros cereales), cebada, centeno y sus híbridos (triticale, obtenido de trigo y centeno). Las harinas adecuadas o toleradas son las de: arroz, maíz, mijo, sorgo, alforfón o trigo sarraceno, tapioca, almorta, goma garrofín (E-410), goma guar (E-412), amaranto, frijoles, ararais, quinoa…; sin embargo, estas harinas no se comportan como el trigo al amasarlas, no son panificables, salvo que se adicionen espesantes o gasificantes, como el bicarbonato sódico(1,3).

En niños pequeños, dependiendo del grado de malabsorción y/o de malnutrición, en el tratamiento dietético inicial, puede ser necesario recomendar una dieta hipoalergénica, hipercalórica o pobre en fibra y, a veces, excluir temporalmente la lactosa de la dieta, hasta la recuperación de las enzimas de la pared intestinal, especialmente de la lactasa. Los suplementos de hierro y/o otros minerales no suelen ser precisos, excepto en situaciones de deterioro nutricional importante.

No debe iniciarse una DSG sin haber confirmado previamente el diagnóstico que lo justifique. La prescripción de esta dieta por la sospecha clínica o por el resultado de los anticuerpos específicos elevados, es un error que se comete con frecuencia y lo único que se consigue es retrasar, enmascarar el diagnóstico de una posible EC o someter de forma innecesaria a personas no celíacas a los problemas que una DSG conlleva.

La dieta mediterránea supone una exposición media de 10-15 g de gluten al día, por lo que no resulta fácil excluirlo de la dieta. Se estima que el gluten forma parte del 80% de los alimentos manufacturados, bien de forma directa bien, como espesante, soporte de aromas y aglutinantes.

Etiquetado y legislación. Si bien, hoy en día, existen abundantes productos sustitutivos, fabricados sin gluten, junto a normativas y asociaciones que informan adecuadamente a estos pacientes y a sus familias, algunos productos etiquetados «sin gluten» o «aptos para dietas sin gluten» o que llevan el símbolo internacional «sin gluten» (espiga barrada), a menudo contienen trazas de gluten y, en ocasiones, sobrepasan todos los límites establecidos.

Coste. Los productos sin gluten (PSG) suelen ser escasos y caros. Hay que evitar, que productos básicos como el pan, se conviertan en un lujo para el celíaco, ya que su precio quintuplica el de la harina de trigo.

Ser celíaco supone una gran repercusión en el núcleo familiar, induce cambios de hábitos y costumbres, y según la edad del niño la familia va a cambiar para poder adaptarse a la dieta de un celíaco y dificulta su mantenimiento y control en el tiempo, en muchos casos. Un objetivo importante es entender que los celíacos son personas normales, no tienen porque sentirse diferentes, para lo cual es fundamental que su entorno esté debidamente informado de esta peculiaridad.

Teniendo en cuenta todo esto, la DSG, por tanto, debe basarse en comer cosas sencillas ricas y naturales(1,3,6). De forma general, debemos eliminar de la dieta todos aquellos productos elaborados que en su composición refieran harina, almidón, amiláceos, fécula, fibra, espesante, sémola, proteína, hidrolizado de proteínas, malta o extracto de malta, levadura o su extracto, especias, aromas y conservantes (E- 1404, 1410, 1412, 1413, 1414, 1420, 1422, 1440, 1442, 1450). Si queremos ahorrar memoria, considerar excluir todos aquellos aditivos que presentan la E-seguida de más de 3 números, por si apareciese alguno nuevo, y evitar el consumo de productos manufacturados que no estén dentro de estas listas(3,5).

Para la correcta adquisición de PSG, la FACE distribuye unas listas actualizadas entre sus socios, recogidas en un libro, con aquellos alimentos que se pueden consumir sin peligro alguno, aun siendo: manufacturados, medicamentos, fabricantes, etc.; el próximo será repartido en febrero de 2015(5) y se pueden consultar dudas, no solo por vía web sino también por teléfono 24 horas, el contenido de esta lista de forma general y también resumida o “chiquilista”(4,5).

Además, contamos con aplicaciones móviles y un nuevo dispositivo tecnológico consistente en un lector de código de barras (Fig. 1), y se puede adquirir a través de la FACE(5), que emite una señal roja o verde al pasarlo por la etiqueta de los diferentes productos y nos permite acortar significativamente el tiempo dedicado a las compras o bien despejar dudas sobre su idoneidad de consumo, permitiendo actualizaciones periódicas.

 

Figura 1. Lector de código de barras de alimentos sin gluten.

 

Entre los avances recientes para controlar la idoneidad de un producto, destaca el test de “GlutenTox Home®”, de venta en farmacias, que contiene un nuevo anticuerpo G12, desarrollado para reconocer específicamente la fracción tóxica del gluten con una sensibilidad de 10-20 ppm y que tiene la garantía de “regulado por FACE”.

Si bien, la DSG es segura, está claro que impone restricciones alimenticias a veces difíciles de seguir fuera del domicilio, sobre todo, en jóvenes. Los problemas suelen aparecer en la adolescencia, siendo frecuentes las transgresiones, dado que el paciente se puede encontrar bien y sin síntomas, aunque ingiera, en ocasiones determinadas cantidades de gluten. Hemos de ser comprensivos ante estos posibles excesos de la edad y procurar huir de un cierto fundamentalismo que se ha creado alrededor del cumplimiento de la dieta, produciendo en algunos casos: obsesiones, frustraciones y sentidos de culpa por parte de los progenitores, como si estos fueran “celíacos suicidas”.

El consumo de pequeñas cantidades de gluten puede causar trastornos clínicos, biológicos e histológicos, y aunque parece establecido actualmente que el límite de seguridad está entre 10 y 100 mg al día, se necesitan más estudios para fijar la cantidad inofensiva(8).

La norma del Codex Alimentarius(5) define un alimento como “sin gluten”, cuando tiene menos de 200 ppm = 20 mg de gluten (10 mg de gliadina) por 100 g de alimento. Pero el Codex no legisla, solo recomienda. Algunas asociaciones de enfermos celíacos europeos y delegaciones gubernamentales, entre ellas la española, son partidarias de rebajar el límite de 200 a 20 ppm, puesto que es sabido que la ingesta de cantidades mínimas de gluten puede producir lesiones mínimas en la mucosa intestinal, sin que ello conlleve manifestaciones clínicas. La adquisición de productos con el logotipo (Fig. 2) “Controlado por FACE” es un signo de garantía que indica que el producto que lo lleva tiene un contenido en gluten inferior a 10 ppm (o 1 mg de gluten/100 g de producto), conforme a los criterios recogidos en la norma UNE: EN45011:98, que es el límite crítico actualmente establecido, puesto que aquellos que llevan el símbolo internacional de “sin gluten” (Fig. 3) o espiga barrada, no lo garantizan del todo, tan solo que se acoge al Códex Alimentarius(3-6).

 

Figura 2. Anagrama de la FACE. Alimento con contenido en gluten inferior a 10 ppm.

 
 

Figura 3. Anagrama Internacional de producto sin gluten. Su contenido en gluten es inferior a 20 ppm, o entre 20-100 ppm, dependiendo de que sean productos especiales o convencionales, respectivamente (DOUE, 2009).

 

Algunas empresas y cadenas de supermercados indican por iniciativa propia una leyenda de “SIN GLUTEN”. Estos productos, previa autorización y tras superar los requisitos exigidos, son incorporados a la lista de la FACE, puesto que solo es seguro su consumo si aparecen en el libro editado por la FACE de actualización anual o bien a través del lector de código de barras (Fig. 1), descrito anteriormente.

Por todo lo anterior, se ha llegado a un acuerdo internacional en la CEE, aprobado a propuesta de España, reflejado en el REGLAMENTO (CE) No 41/2009 DE LA COMISIÓN, de 20 de enero de 2009, sobre la composición y etiquetado de productos alimenticios apropiados para personas con intolerancia al gluten (Diario Oficial de la Unión Europea 21-1-2009) y que entró en vigor el pasado 1-1-2012, por el cual se permita etiquetar como alimento sin gluten, cuando el contenido de esta proteína no supere los 20 mg/kg. Además, hace unos días, el pasado 13 de diciembre de 2014 ha entrado en vigor el reglamento comunitario 1169/2011 que obliga a todos los bares y restaurantes a informar en sus cartas de los productos que contienen alérgenos, entre los que se encuentra el gluten, y que es de obligado cumplimiento para la hostelería.

Futuros tratamientos de la enfermedad celíaca

Las numerosas transgresiones a la dieta, que hacen los adultos y muchos adolescentes, han hecho que se planteen alternativas al tratamiento dietético que puedan mejorar su calidad de vida, pero la falta de un modelo animal dificulta la evaluación de la efectividad e inocuidad de estas estrategias terapéuticas y, es poco probable, que puedan elaborarse fármacos con perfiles de seguridad similares al hecho de seguir una DSG.

Los principales campos de investigación están basados en las siguientes líneas(8):

1. Encaminadas a modificar el factor tóxico y su contacto con el sistema inmune:

• Cereales sin las fracciones tóxicas del gluten obtenidos por ingeniería genética.

• Tratamiento oral con enzimas exógenas, que degradarían las fracciones tóxicas antes de que alcancen la mucosa. Esta “píldora anticeliaquía” consumida con las comidas, podría impedir el paso del gluten al organismo y evitar el daño en la mucosa intestinal.

• Fármacos capaces de actuar a nivel de la zonulina, sustancia que controla el paso de sustancias a través de la barrera intestinal.

• Vacuna que bloquearía el sitio de unión del gluten con los receptores HLA DQ2/8, lo que evitaría el proceso inflamatorio intestinal subsecuente(1,3,11).

2. Encaminadas a modificar o neutralizar la respuesta inmune:

• Inducción de tolerancia al gluten, de forma similar a los trastornos alérgicos. De acuerdo con esta estrategia, está siendo estudiada una vacuna (Nexvax2®) de administración nasal y la utilización del péptido33-mer o sustancias similares a las fracciones tóxicas (análogos peptídicos) en la vacunación oral para la enfermedad.

• Empleo de anticuerpos monoclonales para neutralizar las interleuquinas.

• Inmunoterapia: tratamientos inmunomoduladores, que intentan inhibir la tranglutaminasa tisular; empleo específico de interferones para inducir la tolerancia y no desencadenar reacción inmunológica; o bien, generar mecanismos reguladores específicos de antígenos con delección, o anergia clonal de linfocitos T, o aumento de la producción de interleuquinas concretas (IL-10). Pero esta estrategia cuenta con la limitación de su posible actuación en otros sitios diferentes al intestino delgado.

• El parásito Necator americanus puede inhibir la respuesta inmune Th1 contra el gluten en los celíacos mediante la inducción de una respuesta Th2.

Prevención

El verdadero reto de toda enfermedad es su prevención primaria. Comprobar si esta es posible, ha sido el objetivo del estudio “Prevent CD” y otros publicados recientemente. El tema del momento ideal de introducción del gluten es apasionante, cada vez tenemos más datos y conocimiento, pero conviene ser prudentes en los consejos, porque todavía existen muchas lagunas y, como ya ha sido expresado por otros autores, es una historia interminable la cuestión de ¿a qué edad y cómo debe introducirse el gluten en la dieta de los lactantes?(11).

Se ha sugerido una ventana de oportunidad para reducir el riesgo de enfermedad celíaca mediante la introducción del gluten en los lactantes entre los 4 y 6 meses de edad, sobre la base de los resultados publicados por Norris en 2003, que mostraban un incremento en la prevalencia de la enfermedad en aquellos que comenzaban la ingesta antes de los 4 meses o después de los 7.

Así, en 2008, la ESPGHAN(13) llega a recomendar la introducción del gluten de forma gradual en dicho periodo de edad, siendo preferible efectuarla mientras se mantiene la lactancia materna. No obstante, a día de hoy no hay pruebas contundentes que confirmen el efecto preventivo de esta forma de actuar, ya que estudios recientes concluyen que la LM, independientemente de si es exclusiva o si persiste durante la introducción del gluten, no influye significativamente en el desarrollo de EC(14). En comparación con el placebo, la introducción de pequeñas cantidades de gluten entre las 16 a 24 semanas de edad no llega a reducir el riesgo de la EC a los 3 años de edad en un grupo de niños de alto riesgo, y la introducción más tardía de gluten se asocia no con una prevención en el desarrollo de EC sino con un retraso en el inicio de la enfermedad. Cuál es el efecto más allá de los 3 años de edad, queda aún por dilucidar(15).

Función del pediatra de Atención Primaria: seguimiento y evolución de la enfermedad celíaca

¿Cuándo derivar al especialista?: siempre.
Actualmente y con los criterios antes definidos, siempre debemos remitir los casos de sospecha al gastroenterólogo infantil (v. Algoritmo 1), pero igualmente, una vez confirmado el diagnóstico, este debe ser remitido a su PAP para su seguimiento.

No hay que olvidar que NO es un niño enfermo, es celíaco, y los controles posteriores que precisa a nivel individual y familiar, en nada requieren de atenciones especializadas, sino de un mejor conocimiento del funcionamiento y estructura familiar y socio-económico de la misma.

Se hace indispensable un seguimiento permanente de los pacientes con los siguientes objetivos:

Asesorar al paciente y sus familiares. La edad del recién diagnosticado y la percepción que los padres tengan del diagnóstico determinará su capacidad para afrontarlo; por tanto, es necesario recordar que cada circunstancia personal, familiar y social necesitará distintos enfoques. El celíaco es un niño normal que come diferente. Para ello, se hace imprescindible la participación de profesionales con experiencia en este tipo de dietas (médicos, nutricionistas, dietistas, enfermeros), establecer contacto con las Asociaciones de Celíacos y realizar una correcta educación sobre la enfermedad y medidas de soporte. Facilitar el apego a la DSG, integrarla con una alimentación sana y equilibrada no es fácil, y controlar la respuesta clínica al tratamiento son los objetivos básicos del seguimiento médico. La participación en una asociación de pacientes es uno de los factores relacionados de manera consistente con una mejor adherencia a la DSG. En ellas, se facilitan unas excelentes instrucciones sobre los regímenes alimentarios y recetas (trucos culinarios, etc.) específicas sin gluten, lista de alimentos sin gluten y sus constantes actualizaciones, mantenimiento de la DSG en diferentes circunstancias, información sobre la EC y la problemática social de la DSG.

Constatar la mejoría sintomática. La desaparición de los síntomas no solamente es un elemento importante en el diagnóstico, sino que además, es el más valorado por el paciente. Aprovechar esta mejoría ha de convertirse en un argumento incentivador para animar al mantenimiento de la DSG.

Valoración del desarrollo póndero-estatural y madurativo del paciente. En cada una de estas revisiones, se debe constatar la determinación de parámetros nutricionales.

Comprobar la adherencia a la dieta sin gluten. La determinación de los anticuerpos. Su valoración nos aportará información sobre el consumo consciente o inadvertido de gluten y, por tanto, ayudará al médico a interpretar la situación clínica del paciente.

Identificar la existencia de enfermedades asociadas o complicaciones. Descritas en las tablas IV y VII, respectivamente. Cuando los síntomas o signos o los anticuerpos positivos se mantienen tras el inicio de la DSG, o bien, si reaparecen después de haber conseguido el control de la enfermedad, estamos obligados a descartar situaciones, como el consumo de gluten, diagnóstico incorrecto o incompleto, así como la coexistencia de algunas de sus complicaciones o enfermedades autoinmunes asociadas, o evaluación de las correcciones de todas las deficiencias nutricionales iniciales, confirmando la corrección de las mismas, por lo que las pruebas de laboratorio en el seguimiento deberán individualizarse (Tabla VI).

Todas las Sociedades Médicas y la opinión de los expertos internacionales, están a favor de la utilidad de realizar un seguimiento médico; sin embargo, no existe un consenso unánime acerca de cuál es la mejor forma de realizarlo en la práctica. El seguimiento se basa en prácticas locales y/o personales. La frecuencia de dichos controles, aunque sujetos a la individualización de cada paciente, podrían comenzar a los tres meses del diagnóstico con una valoración clínica y del cumplimiento de la dieta. Posteriormente, se realizará la determinación de los marcadores serológicos a los seis meses y las revisiones también se harán, a partir de ese momento, cada seis meses, hasta la negativización de la serología para, a continuación, tener un carácter anual (Algoritmo 3). Después, la periodicidad vendrá determinada por la evolución de cada caso; aunque, de forma general, se recomiendan que sean anuales.

La Asociación Americana de Gastroenterología aconseja la realización de los siguientes estudios generales de laboratorio en las visitas de seguimiento: hemograma completo, folato, ferritina, calcio y fosfatasa alcalina. Por el contrario, la Sociedad Americana de Gastroenterología Pediátrica, Hepatología y Nutrición (NASPGHAN) no recomienda realizar estudios generales de laboratorio en niños celíacos, de forma rutinaria, en las visitas de seguimiento, y sí un estudio analítico sistemático de marcadores de EC y opcional, dependiendo de las circunstancias individuales y sintomatología asociada (Tabla VI) para la detección precoz de otras enfermedades autoinmunes, como la diabetes mellitus o el hipotiroidismo.

Deben realizarse los estudios analíticos habituales para identificar deficiencias nutricionales, entre los que se incluyen: hemoglobina, vitamina B12, ácido fólico, hierro, albúmina sérica y calcio. Estas deben medirse, fundamentalmente: en el momento del diagnóstico, en las primeras revisiones postratamiento, durante las recaídas sintomáticas y de forma sistemática en el seguimiento anual.

A pesar de lo comentado anteriormente, en la actualidad, la mayor parte de los pacientes siguen control hospitalario, suponiendo una pérdida de jornadas laborales y escolares (unos 2 o 4 días al año), por la asistencia a consultas y realización de pruebas complementarias, con menor accesibilidad y de posibilidad de cambios de fechas y/o horarios, como cuentan para la atención por su PAP. Además, no existen estudios que demuestren que la visita con un dietista y/o un médico, sea mejor en términos de pronóstico. Un estudio hecho en Finlandia sugiere que un alto porcentaje de adherencia a la dieta puede obtenerse con un seguimiento médico realizado por el médico de asistencia primaria(1,6).

El control idóneo de la enfermedad no se alcanzará, por tanto, hasta conseguir la coordinación y colaboración de todos los recursos implicados, incluyendo la atención médica y la información mediante las asociaciones y otras fuentes, como Internet.

Marcadores serológicos en la monitorización dietética

Tras el cese del consumo de gluten, se pone en marcha un proceso regenerativo de la mucosa intestinal y se normaliza la respuesta inmunológica, lo que se traduce en una disminución progresiva de los marcadores inmunes.

La respuesta serológica a la DSG es particular para cada paciente, el tiempo de DSG estimado como necesario para la desaparición de los autoanticuerpos específicos es de 12 meses(2), pudiendo oscilar entre 3 meses y 3 o 4 años, en función del grado de sensibilidad al gluten y el marcador serológico.

Los AAG tipo IgG permanecen elevados en suero tras 9-12 meses de dieta estricta, pero los AAG tipo IgA desaparecen mucho antes, entre los 3 y 6 meses, confirmando su especificidad y valor predictivo negativo. Los AAE tardan más tiempo en normalizarse, probablemente, porque su elevación está en relación con la integridad de la mucosa intestinal; en la mayoría de casos, se normaliza a los 6-12 meses del tratamiento con DSG y, excepcionalmente, pueden encontrarse títulos positivos tras doce meses de cumplimiento dietético, lo que podría indicar una persistencia del proceso inflamatorio intestinal. La velocidad de desaparición es variable, no dependiendo del nivel de respuesta inicial ni de la edad del paciente.

En aquellos pacientes que continúan con síntomas o presentan recidivas a pesar del régimen sin gluten, es obligado llevar a cabo una búsqueda intencionada de fuentes ocultas de gluten en la dieta, o de transgresiones mínimas, pues ambas situaciones explican la mayoría de los casos.

La mejoría de los síntomas es más rápida que la histológica, la primera suele durar menos meses y la recuperación completa de la mucosa intestinal tras la retirada del gluten de la dieta, en los niños, puede tardar un año, y en los adultos hasta más de dos(3). El único método disponible en la actualidad para evaluar de forma definitiva la recuperación de la mucosa intestinal es la biopsia intestinal, aunque la necesidad de realizarla durante el seguimiento genera gran controversia. La vídeo-cápsula es una nueva técnica que puede detectar las lesiones de la mucosa, sin embargo, no ha sido evaluada de forma sistemática como método de seguimiento clínico.

Aunque las trasgresiones dietéticas se asocian a una nueva elevación de los niveles de AAG tipo IgA y el no cumplimiento sistemático de la misma a unos niveles permanentemente elevados, es importante destacar que las transgresiones leves/moderadas no suelen positivizar los marcadores serológicos, ni en muchas ocasiones sintomatología clínica. A veces, se han descrito sutiles retrasos en la velocidad de crecimiento, ferropenia y alteración en la mineralización ósea, valorada mediante densitometría, que podrían ser los mejores detectores de aquellos mal cumplidores continuos, pero es preciso disponer de datos basales de dichas exploraciones, para poder compararlos con los datos obtenidos. Este dato es importante, porque los pacientes que toleran el consumo “ocasional” de ciertas cantidades de gluten sin síntomas aparentes, tienden a ser más incumplidores, aunque existe una marcada diferencia individual de cada paciente en la respuesta(5,9).

Complicaciones

Los sujetos afectos de EC sintomática que no efectúan la dieta presentan mayor morbilidad de diferente índole, mortalidad más elevada y un riesgo aumentado del desarrollo de linfomas y carcinomas; si bien, tras cinco años de mantener esta dieta libre de gluten, el riesgo de malignización se iguala al de la población no celíaca.

Son evoluciones posibles de la EC cuando el diagnóstico no se realiza precozmente o en pacientes con escasa adherencia a la DSG, y a veces, son las formas (Tabla VII) bajo las que se presenta en personas de más de 50 años; de ahí, la importancia del diagnóstico precoz y de la adherencia a la dieta de manera estricta posteriormente(3,5,6).

 

 

Además, los celíacos tienen una menor densidad mineral ósea y, por lo tanto, un aumento del riesgo de fractura. Igualmente se sospecha que existe un riesgo de hipoesplenismo funcional, con el correspondiente riesgo de sufrir infecciones por gérmenes encapsulados, como el neumococo, eso los hace ser un colectivo susceptible de vacunación y, por otro lado, es frecuente que no presenten seroconversión tras la vacuna del VHB, aunque se comprueba que estos están bien inmunizados, si bien, no cuentan con niveles plasmáticos adecuados de anticuerpos anti VHB.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.*** Rodrigo L y Peña AS, editores. Enfermedad celíaca y sensibilidad al gluten no celíaca. Barcelona, España: OmniaScience; 2013.

2.*** European Society for Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition Guidelines for the Diagnosis of Coeliac Disease. Husby S, Koletzko S, Korponay-Szabo IR, Mearin ML, Phillips A, Shamir R, Troncone R, Giersiepen K, Branski D, Catassi C, Lelgeman M, Mäki M, Ribes-Koninckx C, Ventura A, and Zimmer KP, for the ESPGHAN Working Group on Coeliac Disease Diagnosis, on behalf of the ESPGHAN Gastroenterology Committee. JPGN. 2012; 54: 136–160.

3.** Coronel Rodríguez C, Guisado Rasco MC: Enfermedad celíaca. Pediatr Integral. 2011; 15, 2: 109-125.

4.*** Wikipedia: Celiaquía. [Internet, fecha de consulta: 4/1/2015] Url disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Celiaquía.

5.** Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE). ¿Qué es FACE? [Internet, fecha consulta: 4/1/2015]. Url disponible en: http://www.celiacos.org/face/ique-es-face.html.

6.*** Vergara Hernández J, Vergara Díaz MA, Vergara Rodríguez E.: Guías Clínicas – Enfermedad celíaca. Guías Clínicas 2014 Última revisión 11-9-2014; [Internet, fecha de consulta: 4/1/2015] Url disponible en: http://www.fisterra.com/guias-clinicas/enfermedad-celiaca/.

7.** Pérez-Moneo Agapito B. Características clínicas, serológicas e histológicas de la sensibilidad al gluten en niños. Contínuum. El portal de formación en Pediatría de la AEP [actualizado el 02 octubre 2014; Internet, fecha consulta el 13-10-2014]. Url disponible en http://continuum.aeped.es.

8.*** Vitoria JC, Bilbao JR.: Novedades en enfermedad celíaca. An Pediatr (Barc). 2013; 78, 1: 1-5.

9.** Miranda Díaz M, Alonso Romero L, De Castro Ochoa M, Millán Jiménez A.: Enfermedad celíaca, nuevos criterios diagnósticos. Vox Paediatrica. 2012; 19,2: 28-33.

10.* García Martín M.: La enfermedad celíaca hoy. Vox Paediatrica. 2003; 11,1: 37-42.

11.* Galbe Sánchez-Ventura J y Grupo PrevInfad/PAPPS. Cribado de enfermedad celíaca. En: Actualización en Pediatría. 2009; 45-54.

12.* Cuestas Montañés E, Ortega Páez E. La enfermedad celíaca se podría detectar con una determinación de anticuerpos antitransglutaminasa en la saliva. Evid Pediatr. 2011; 7: 56.

13.** ESPGHAN Committee on Nutrition: Agostoni C, Decsi T, Fewtrell M, et al.: Complementary Feeding: A Commentary by the ESPGHAN Committee on Nutrition. ESPGHAN Committee on Nutrition. Medical Position Paper. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2008; 46: 99-110.

14.** Vriezinga SL, Auricchio R, Bravi E, Castillejo G, et all.: Randomized Feeding Intervention in Infants at High Risk for Celiac Disease. N Engl J Med. 2014; 371: 1304-1315 [Internet, fecha consulta el 4-1-2015]. Url disponible en http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25271603.

15.** SIGENP (Italian Society of Pediatric Gastroenterology, Hepatology, and Nutrition) Working Group on Weaning and CD Risk.: Introduction of Gluten, HLA Status, and the Risk of Celiac Disease in Children. N Engl J Med. 2014; 371: 1295-130.3 [Internet, fecha consulta el 4-1-2015]. Url disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/25271602.

Bibliografía recomendada

- Arranz E y Garrote JA.: La enfermedad celíaca. Introducción al conocimiento actual de la enfermedad celíaca. Madrid, Ergón 2009. ISBN: 978-84-8473-720-9.

Manual de bolsillo de fácil lectura. Amplia, densa y profunda exposición, que abarca y actualiza todos los conocimientos pasados, presentes y de investigación sobre esta enfermedad.

- Consejería de Sanidad y Consumo de la Comunidad de Madrid: Todo sobre de la Enfermedad Celíaca. Madrid B.O.C.M. 2007. Dep. legal: M-10-220-2007.

Libro Coordinado por la asociación de celíacos de Madrid con participación de múltiples profesionales de las diferentes especialidades con implicación en la enfermedad celíaca. Amplía nuestros conocimientos y detalles de la misma.

- Farré C y Vilar P.: La enfermedad celíaca, paso a paso. Barcelona Edebé 2007. ISBN: 978-84-236-8300.

Manual dirigido a celíacos, sus familiares y profesionales interesados en el tema. En él, se exponen de forma clara y minuciosa muchas preguntas y respuestas que nos formulamos sobre esta enfermedad.

- Polanco Allué I.: Enfermedad Celíaca. Presente y futuro. Madrid. Ergón. 2013: ISBN: 978-84-15351-77-1.

Libro que repasa en sus 20 capítulos, aquello que hemos pretendido sintetizar en este artículo. Nos recuerda que existe un amplio conocimiento y experiencia acumulada sobre esta enfermedad, pero que lo que nos queda por descubrir de la misma y de sus incógnitas puede ser aún más.

- Polanco I y Grupo de Trabajo sobre “Diagnóstico precoz de la enfermedad celíaca”. Diagnóstico precoz de la enfermedad celíaca. Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo; Madrid 2008.

Libro monográfico con participación de profesionales de todas las especialidades, que abarca todos los diferentes aspectos y edades de esta enfermedad, así como de asociaciones y colectivos de enfermos. Es muy interesante como consulta, a destacar el decálogo para el diagnóstico precoz. Si tuviéramos presente esta página 49 en nuestras consultas, captaríamos muchos más niños con este diagnóstico.

- Rodrigo L y Peña AS, editores. Enfermedad celíaca y sensibilidad al gluten no celíaca. Barcelona, España: OmniaScience; 2013. ISBN: 978-84-940234-3-9.

Libro muy actualizado que recoge en sus 25 capítulos el conocimiento acumulado y la experiencia de expertos en las diferentes facetas de la enfermedad celíaca, podríamos citar cada uno de sus artículos, pues se pueden descargar de forma independiente. Conseguir obtener un resumen del mismo, sería un éxito para este artículo.

 

Caso clínico

 

Varón de 12 años de edad en el momento de la consulta.

Antecedentes familiares. Segundo hijo de padres no consanguíneos, abuela materna afecta de diabetes mellitus tipo 2, madre con tiroiditis de Hashimoto, padre con dermatitis de contacto y hermano de 17 años sano.

Antecedentes personales. Embarazo controlado, sin incidencias. Parto eutócico a término. Antropometría al nacimiento normal.

Lactancia materna 6 meses (exclusiva 5 meses).

Introducción de la alimentación complementaria sin incidencias. Introducción del gluten sin precisar.

Curvas de crecimiento de peso y talla oscilando sobre los percentiles 45 y 75, respectivamente. Refiere una evolución sin incidencias durante la infancia. Está vacunado según calendario oficial, con pauta completa en todos los casos.

Enfermedad actual. Consulta por presentar deposiciones diarreicas sin productos patológicos de diecisiete días de evolución. Se acompaña de malestar general, halitosis y pérdida de peso no cuantificada.

Refiere que toda la familia, tras un viaje de vacaciones, ha presentado diarrea de carácter autolimitado a 2-3 días, menos en el paciente, que aún persiste. Han consultado en dos ocasiones a los servicios de urgencias, siendo diagnosticado de gastroenteritis aguda y ha iniciado tratamiento con racecadotrilo (Tiorfam®) y varios tipos de probióticos. Durante todo el proceso no ha presentado episodios de vómitos, cefalea, mialgias, aftas, fiebre u otra sintomatología asociada.

A la exploración, presenta un excelente estado general, buena coloración e hidratación de piel y mucosas y sin otros hallazgos de interés, salvo dolor abdominal generalizado a la palpación, con aumento de borborigmo intestinal. Antropometría: peso 31,5 kg (p = 3), talla 147 cm (p30), índice de masa corporal 14,6 kg/m2.

Pruebas complementarias. Se solicitó desde Atención Primaria: coprocultivo y estudio de parásitos en heces.

A los 5 días, se le informa de la normalidad de las pruebas complementarias y ante la persistencia de la diarrea (22 días) y pérdida de peso constatada (800 g en estos 5 días) se solicita: nuevo coprocultivo y estudios de parásitos en heces, sedimento de orina, hemograma, reactantes de fase aguda, marcadores de enfermedad celíaca y estudio de alergia alimentaria.

Los resultados de todas ellas fueron normales a excepción de: ferritina: 15 ng/ml (normal >20); AAT IgA > 80 UI/ml (valores de referencia: negativo <7 U/ml, equívoco de 7-10 U/ml y positivo mayor de 10 U/ml); estudio de parásitos en heces: quistes de Giardia Lamblia en las 3 muestras enviadas.

Evolución

Iniciamos tratamiento con metronidazol para combatir dicha infestación, quedando el paciente asintomático tras el tratamiento durante 15 días para comenzar, posteriormente, con episodios ¿diarreicos?, por lo que se remite a consultas externas de hospital de referencia al servicio de digestivo.

Juicio clínico. Celiaquía falso positivo por giardiasis.

Servicio de Gastroenterología de su Hospital de referencia

Se amplía estudio analítico y se efectúa biopsia intestinal mediante endoscopia, obteniéndose, tras tres meses del inicio del cuadro clínico, los siguientes resultados:

• Parásitos en heces: negativo y no se observan quistes de parásitos en heces en los controles repetidos.

• Marcadores enfermedad celíaca: persisten AAT IgA > 80 UI/ml, AAG >80 UI/ml.

• Estudio de coagulación e inmunoglobulinas normales.

• Estudio genético: HLA-DQA1*0501*0505; HLA- DQB1*0201*0202*0301.

• Endoscopia duodenal: imagen de atrofia vellositaria.

• Biopsia duodenal: atrofia vellositaria parcial, linfocitocitosis intraepitelial. Compatible con Marsh IIIb.

Juicio clínico.Enfermedad celíaca.

Evolución. Actualmente, se encuentra asintomático, con resolución completa de la sintomatología tras excluir el gluten de la dieta y mejoría de los valores antropométricos, que a los tres meses de iniciar la dieta son: peso: 39,2 kg (p37, –0,32DE), talla: 149 cm (p44, –0,16DE), IMC: 17,66 kg/m2 (p37, –0,33DE). Índice nutricional de Shukla: 90,86%.

La normalización analítica con negativización de los marcadores serológicos se constata a los 7 meses del tratamiento.

 

 

 
 

 
 

 

 

Diarrea crónica

A.J. Carbajo Ferreira
Temas de FC


A.J. Carbajo Ferreira

Estomatólogo del EAP Vila Vella. Sant Vicenç dels Horts, Barcelona

 

Resumen

La diarrea crónica es aquella que se prolonga durante más de 14 días. Su etiología es muy variada, con un espectro clínico amplio, desde procesos banales, como la diarrea funcional, hasta enfermedades muy graves, con elevada mortalidad, como la diarrea grave rebelde de origen genético. La gran variedad de causas hace necesario un protocolo diagnóstico complejo y escalonado, que va desde las causas más frecuentes a las menos comunes. La anamnesis y la exploración física son fundamentales para la elección de las pruebas complementarias más adecuadas. El primer nivel de pruebas complementarias se realizará en la consulta del pediatra de Atención Primaria y permitirá el diagnóstico de las causas más frecuentes. Si no se llega al diagnóstico o la enfermedad requiere un seguimiento o tratamiento complejo, se derivará al paciente a la consulta de gastroenterología infantil. Las enfermedades diarreicas suelen acompañarse de desnutrición. La prevención y el tratamiento de la misma son objetivos primordiales junto con el tratamiento etiológico, cuando este sea posible

 

Abstract

Chronic diarrhea is one that continues for more than 14 days. Its etiology is varied, with a wide clinical spectrum, which extends from trivial processes, such as functional diarrhea, to serious illnesses, with a high mortality rate, such as genetic severe intractable diarrhea.
The wide variety of causes calls for a phased complex diagnostic protocol and going from the most common to less common causes. The history and physical examination are essential for select the most appropriate complementary tests. The first level of complementary tests will be performed in the primary care pediatrician’s office and will allow the diagnosis of the most common causes. If the diagnosis is not reached or the disease requires a complex monitoring or treatment, the patient should be referred to the children’s gastroenterology consultation. Diarrheal diseases are often accompanied by malnutrition. The prevention and treatment of it are primary objectives, combined with the etiological treatment, when possible

 

Palabras clave: Diarrea crónica; Malabsorción intestinal; Niño

Key words: Chronic diarrhea; Intestinal malabsorption; Child

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 92-101


Diarrea crónica

 

Introducción

La diarrea crónica, definida como aquella que dura más de 14 días, es un motivo frecuente de consulta en Atención Primaria. Las posibilidades etiológicas son múltiples, por lo que se requiere un complejo protocolo de diagnóstico y de coordinación entre los niveles asistenciales.

La diarrea es un síntoma caracterizado por el aumento en el volumen fecal, acompañado de aumento en el número de deposiciones y/o una disminución de su consistencia, con relación al patrón defecatorio habitual del individuo. Se considera patológica una cantidad de heces superior a 10 g/kg/día en los lactantes o superior a 200 g/m2/día en niños mayores(1). La diarrea crónica es la que se prolonga durante más de dos semanas. Algunos autores distinguen la diarrea crónica, como aquella que tiene un comienzo gradual de los síntomas, de la diarrea persistente, con un comienzo más agudo(2). En la práctica, es difícil distinguir los dos cuadros. Por ello, en esta revisión hablaremos en todos los casos de diarrea crónica.

La enfermedad diarreica sigue siendo una de las principales causas de morbimortalidad en los países subdesarrollados. La diarrea crónica afecta al 3-5% de la población mundial(3). Los factores de riesgo que hacen que una diarrea aguda evolucione hacia la cronicidad son: la malnutrición calórico-proteica, las deficiencias de micronutrientes (vitamina A y zinc), no recibir lactancia materna, la infección intestinal por determinados patógenos (Escherichia coli enterotoxigénica, Shigella) y la infección VIH(4-6).

En nuestro medio, la prevalencia de diarrea crónica es mucho menor y la mortalidad es excepcional, casi siempre relacionada con diarreas intratables congénitas. El aumento de la lactancia materna, la mejora de las fórmulas lácteas infantiles y evitar el ayuno prolongado en las gastroenteritis agudas, contribuyen a la disminución de la incidencia de diarrea crónica en los países desarrollados.

Etiología

Múltiples enfermedades del aparato digestivo se manifiestan como diarrea crónica.

En la tabla I, se hace una clasificación de las principales causas de diarrea crónica en el niño. Algunas son muy comunes, como la diarrea crónica inespecífica o la enfermedad celíaca. Otras son muy infrecuentes y es excepcional que sean vistas por el pediatra de Atención Primaria a lo largo de su carrera profesional. De cualquier modo, han de ser incluidas en el diagnóstico diferencial. Las causas más frecuentes en cada edad se muestran en la tabla II.

 

 

 

 

A continuación, expondremos las principales características de algunos cuadros clínicos, que son causa frecuente de diarrea crónica en la infancia. La enfermedad celíaca, la enfermedad inflamatoria intestinal y la parasitosis intestinal serán abordados extensamente en otros artículos de la revista.

Diarrea crónica inespecífica

La diarrea crónica inespecífica o diarrea funcional del niño pequeño es la causa más frecuente de diarrea crónica en la infancia.

La diarrea crónica inespecífica (DCI) es una alteración funcional que está incluida en el grupo G5 de la clasificación de trastornos funcionales digestivos propuesta por el grupo de trabajo de los criterios Roma III(7). Los criterios diagnósticos de DCI son:

• Evacuación indolora de tres o más deposiciones al día voluminosas y poco formadas.

• Duración de la diarrea mayor de cuatro semanas.

• Inicio de las síntomas en niños de 6-36 meses de edad.

• Las deposiciones ocurren solo durante el día.

• No se altera el crecimiento ponderoestatural, si la ingesta calórica es adecuada.

En los niños con DCI, su único síntoma es la diarrea, que no tiene repercusión en su estado de salud ni en su desarrollo. La consistencia de las deposiciones es variable y suele ir disminuyendo a lo largo del día. Es frecuente que las heces tengan restos vegetales sin digerir. La diarrea suele ser intermitente y remite antes de los cinco años de edad.

La causa de este trastorno no se conoce. Algunos niños con DCI toman dietas hipograsas y ricas en hidratos de carbono simples. Se ha visto que estos pacientes tiene una alteración de la motilidad intestinal: no se interrumpe la fase III del complejo motor migratorio en el periodo postprandial, con lo que disminuye el tiempo de tránsito del intestino delgado. Se observa, además, una elevación significativa de prostaglandina F2?. Finalmente, se han descrito factores psicosociales (estrés, problemas familiares, maltrato) que alteran la motilidad intestinal, dando lugar a una DCI(8).

El diagnóstico es clínico. Las pruebas complementarias solo estarían indicadas para descartar otros trastornos prevalentes, como la giardiasis o la enfermedad celíaca. En la DCI, las pruebas complementarias son normales.

El tratamiento consiste en tomar una dieta equilibrada, evitando restricciones dietéticas. La ingesta grasa, que enlentece el tránsito digestivo, debe suponer un 30-50% del total de calorías. Es conveniente reducir la ingesta de hidratos de carbono simples (zumos de fruta y golosinas), así como de productos dietéticos que contengan fructosa y sorbitol. Es muy importante tranquilizar a los padres, informándoles del carácter benigno y autolimitado de la diarrea y que no tiene ninguna repercusión sobre el niño.

Síndrome postenteritis

La mejora nutricional y el tratamiento adecuado de la gastroenteritis aguda han favorecido la disminución del síndrome postenteritis en nuestro medio.

El síndrome postenteritis es el cuadro clínico caracterizado por una persistencia de diarrea durante más de 14 días, después del inicio de una gastroenteritis aguda (GEA). Los factores que favorecen la evolución de una GEA hacia un síndrome postenteritis son: malnutrición, inmunodeficiencias y tratamientos inadecuados de la diarrea aguda (ayunos prolongados, dietas hipocalóricas o hiperosmolares). Es más frecuente en niños menores de 18 meses.

La etiopatogenia no ha sido definitivamente aclarada. Se ha atribuido: a una infección entérica persistente, a infecciones repetidas, a sobrecrecimiento bacteriano, a la sensibilización por proteínas alimentarias y a la pérdida de disacaridasas del borde en cepillo, como consecuencia del daño mucoso existente(1).

Gracias a la mejora de la nutrición, ha disminuido su incidencia en los países desarrollados, pero sigue siendo una causa frecuente de diarrea en los países del tercer mundo.

La lesión mucosa conduce, en ocasiones, a una intolerancia secundaria a la lactosa o a una intolerancia a las proteínas de la leche de vaca. Se recomienda retirar la lactosa de la alimentación. Si hay una buena respuesta, se mantendrá la exclusión durante 4-6 semanas con reintroducción posterior progresiva. Si no hay respuesta, se retirarán las proteínas de la leche de vaca, administrando una fórmula extensamente hidrolizada o una fórmula semielemental(9). En el caso de que en el coprocultivo se aísle un germen responsable de infección persistente, está indicado el tratamiento etiológico.

Síndrome de sobrecrecimiento bacteriano

El síndrome de sobrecrecimiento bacteriano se produce como consecuencia de una proliferación anómala de bacterias propias del colon en el intestino delgado.

Este trastorno se asocia a alteraciones anatómicas intestinales (duplicación intestinal, divertículos, fístulas enterocólicas, intestino corto, resección de la válvula ileocecal), alteraciones de la motilidad intestinal (pseudoobstrucción intestinal, asa ciega), desnutrición, inmunodeficiencia o hipocloridria. Como consecuencia de la proliferación bacteriana, se produce la fermentación intraluminal de carbohidratos en el intestino delgado y una desconjugación de sales biliares.

Los síntomas clínicos son: diarrea, dolor abdominal y malabsorción. La vitamina B12 es consumida por las bacterias y puede estar disminuida en suero.

El diagnóstico se basa en el test de hidrógeno espirado o en una prueba terapéutica. El cultivo del jugo duodenal con cuantificación del número de bacterias se ha considerado el gold standard, pero es un método engorroso y no se suele emplear en la práctica clínica. En el test de hidrógeno espirado, se observa, después de la administración de una solución de glucosa o lactosa, una elevación del hidrógeno espirado superior a 10-12 partes por millón (ppm), en la primera hora después de la prueba. Esta prueba tiene muchos falsos positivos y falsos negativos. Por ello, muchos autores admiten la prueba terapéutica con antibióticos, seguida de mejoría clínica, como procedimiento diagnóstico(10).

Los antibióticos más utilizados para el tratamiento son: el metronidazol y la amoxicilina-ácido clavulánico durante 1-3 semanas. Este tratamiento se basa en consenso de expertos, pues no hay evidencias fuertes que apoyen un tratamiento de elección.

Intolerancia a hidratos de carbono

La intolerancia a hidratos de carbono se manifiesta con una diarrea acuosa, explosiva y ácida, que irrita con frecuencia la zona perianal. Se acompaña de flatulencia y distensión abdominal.

La intolerancia a hidratos de carbono se produce como consecuencia de la maldigestión y/o malabsorción de azúcares en el intestino delgado. Las disacaridasas se encuentran en el borde en cepillo de la mucosa intestinal. El déficit enzimático de disacaridasas puede ser primario o secundario a una lesión del intestino delgado, como consecuencia de infecciones o trastornos inflamatorios. El hidrato de carbono no absorbido llega al colon, donde es fermentado por las bacterias, produciendo ácidos orgánicos y gases, como metano e hidrógeno. La presencia en el colon de un contenido osmóticamente activo dificulta la absorción de agua y electrolitos y, por otra parte, atrae agua a la luz intestinal. Como consecuencia de todo ello, se produce una diarrea osmótica, caracterizada por un pH ácido y la presencia de azúcares reductores o no reductores en heces(11).

Los síntomas clínicos son: diarrea crónica, flatulencia, distensión y dolor abdominales.

La intolerancia secundaria a carbohidratos más frecuente es la intolerancia a la lactosa. Entre las intolerancias primarias se encuentran:

Déficit congénito de lactasa, que es muy infrecuente; sus síntomas se producen con la exposición a la lactosa de la leche en el periodo neonatal.

La hipolactasia primaria de tipo adulto, se manifiesta a partir de los 4-5 años; el déficit de lactasa puede ser parcial o total; es la forma más frecuente de déficit de disacaridasas y afecta al 15% de adultos de raza blanca, al 40% de asiáticos adultos y al 85% de negros adultos de EE. UU.(11).

El déficit congénito de sacarasa-isomaltasa es un trastorno autosómico recesivo en el que la diarrea suele aparecer tras la introducción en la alimentación del lactante de la fruta o los cereales, que contienen sacarosa, o de una fórmula infantil que contenga polímeros de glucosa.

El déficit congénito de trehalasa, que es una enzima necesaria para digerir la trehalosa, se manifiesta con diarrea después de ingerir setas.

La malabsorción de glucosa galactosa es una rara enfermedad autosómica recesiva de inicio neonatal, en la que falla el sistema de cotransporte intestinal de glucosa y galactosa/Na+.

Para el diagnóstico de estos trastornos se emplea: la determinación del pH y de sustancias reductoras en heces, curva de glucemia tras la sobrecarga oral de azúcares (cada vez menos empleada), test de hidrógeno espirado, estudio genético y biopsia intestinal con estudio de la actividad enzimática.

El tratamiento consiste en retirar de la alimentación, el azúcar al que se es intolerante. En la intolerancia secundaria a la lactosa, se puede introducir esta después de la curación de la mucosa. Los pacientes con hipolactasia primaria de tipo adulto pueden tolerar pequeñas cantidades de lactosa cuando el déficit enzimático es parcial. En el caso del déficit de sacarasa-isomaltasa, los pacientes suelen irse haciendo tolerantes con la edad.

Enteropatía sensible a las proteínas de la leche de vaca

La enteropatía sensible a las proteínas de la leche de vaca (PLV) se debe sospechar en un lactante que comienza con diarrea crónica, malabsorción y mala curva de peso, días después de la introducción de las PLV y que mejora al retirar estas de la alimentación.

Es una reacción adversa inducida por las PLV, una enteropatía inmune no mediada por IgE, con atrofia vellositaria, que suele ser parcheada. Otros alimentos, como: la soja, los frutos secos, el pescado o el gluten, pueden producir una enteropatía similar, pero la leche de vaca es la causa más frecuente de enteropatía inmune en los primeros meses de vida.

Los síntomas clínicos son: diarrea crónica, anorexia, vómitos, distensión abdominal y estancamiento ponderal o pérdida de peso. Aparecen días o, incluso, alguna semana después de la introducción de una fórmula láctea infantil en la alimentación. Al no producirse síntomas inmediatos tras la ingesta de las proteínas lácteas, con frecuencia es difícil establecer la relación existente entre la ingesta de leche y los síntomas.

La IgE sérica específica frente a las PLV y el prick-test son negativos. El diagnóstico se basa en la mejoría clínica que se produce al retirar la fórmula infantil y la recaída después de la provocación. Desde la retirada de las proteínas lácteas hasta la remisión de los síntomas, pueden pasar 2-4 semanas(12).

El tratamiento consiste en la sustitución de la fórmula infantil por una fórmula extensamente hidrolizada. Dentro de estas, se prefieren las fórmulas semielementales, que tampoco contienen lactosa, pues con frecuencia no es bien tolerada, debido al déficit de lactasa secundario a la lesión vellositaria. Si no se observa mejoría con la fórmula semielemental, se administrará una fórmula elemental, en la que el aporte proteico se hace en forma de aminoácidos. No se recomiendan las fórmulas de soja, porque un alto porcentaje de niños con enteropatía inducida por PLV, también son sensibles a la soja.

La alergia a las PLV es habitualmente un cuadro autolimitado. La alergia no mediada por IgE, como es el caso de la enteropatía, tiende a resolverse antes que la mediada por IgE, casi siempre antes de los dos años de edad(13).

Fibrosis quística

La fibrosis quística es la causa más frecuente de insuficiencia pancreática exocrina en los niños.

La fibrosis quística es una enfermedad autosómica recesiva. El defecto genético afecta a un gen localizado en el brazo largo del cromosoma 7, que codifica una proteína reguladora de conducción a través de las membranas (CFTR). Su alteración provoca la formación de secreciones espesas que alteran el normal funcionamiento de los órganos afectados. Los principales síntomas de la enfermedad son: respiratorios y digestivos. En la fisiopatología de la afectación digestiva, influyen las siguientes alteraciones(14):

Insuficiencia pancreática: alteración de la secreción y del transporte de las enzimas pancreáticas.

• Alteración de la absorción y excreción de los ácidos grasos esenciales.

• Malabsorción de sales biliares en el íleon terminal.

• Sobrecrecimiento bacteriano.

Hay varias formas clínicas de sintomatología digestiva, según la edad: íleo meconial en el recién nacido, diarrea crónica en el lactante, dolor abdominal y retraso de crecimiento en el niño mayor.

El diagnóstico se basa en: la clínica, antecedentes familiares, test de cribado neonatal, test del sudor, anomalía del potencial nasal transepitelial y estudio genético(15).

Fisiopatología

Cualquier alteración en los procesos de digestión, absorción, secreción y motilidad intestinales puede ocasionar diarrea, que será crónica en el caso de que la causa se perpetúe.

La función principal del aparato digestivo es la incorporación, a partir de los alimentos ingeridos, de nutrientes, agua y sales minerales, mediante varias fases consecutivas: digestión, absorción y transporte hacia los sistemas venoso y linfático. El tracto gastrointestinal maneja volúmenes diarios de líquido de 280 ml/kg/24 horas. Es necesario que exista un equilibrio entre los procesos de absorción y secreción. Las vellosidades intestinales son las unidades funcionales del intestino delgado, donde tienen lugar la mayoría de los procesos de absorción. En las células indiferenciadas de las criptas, predomina la secreción. Cuando hay un desequilibrio entre absorción y secreción, se produce diarrea.

En los enterocitos, hay varios transportadores intercambiadores de iones, que regulan el paso de los mismos a través de la membrana y generan un gradiente osmótico (Fig. 1). El agua cruza libremente las membranas como respuesta a ese gradiente. En algunas enfermedades genéticas, poco frecuentes, hay alteración en el funcionamiento de estos transportadores: en la diarrea clorada congénita, está alterado el cotransportador Cl-HCO3; y en la diarrea sódica congénita, el cotransportador Na+-H+. En ambos casos, se produce una diarrea grave rebelde de comienzo neonatal.

 

Figura 1. Transporte de iones a través de la membrana del enterocito. El AMPc, el GMPc y el calcio inhiben la absorción de Cl y Na+ en las vellosidades y aumentan la secreción de Cl en las criptas.

 

En la tabla III, se muestra la clasificación fisiopatológica de la diarrea crónica(1,16).

 

 

A continuación, se detallan las principales características de cada tipo:

Diarrea osmótica. Está producida por la presencia en la luz intestinal de nutrientes o solutos no absorbidos, que ocasionan un gradiente osmótico que arrastra agua hacia la luz. El ejemplo clásico de diarrea osmótica es la que se produce en la intolerancia a la lactosa. Mejora con el ayuno y las heces tienen un pH bajo.

Diarrea secretora. Se produce por una secreción activa de agua y electrolitos hacia la luz, que supera la capacidad de absorción. Hay una inhibición de la absorción neutra de ClNa en los enterocitos de las vellosidades y/o un incremento de la secreción de cloro en las células de las criptas. Las deposiciones son voluminosas, acuosas y alcalinas. No mejora con el ayuno. Las enterotoxinas bacterianas, determinados factores hormonales y citoquinas proinflamatorias aumentan la concentración intracelular de adenosín monofosfato cíclico (AMPc), de guanosin monofosfato cíclico (GMPc) y calcio(17), que son los responsables de las alteraciones en el transporte iónico transmembrana (Fig.1). También, se produce diarrea secretora en la diarrea clorada congénita y en la diarrea sódica congénita. La diferencia entre la diarrea osmótica y la secretora se muestran en la tabla IV.

 

 

Diarrea por trastorno de motilidad. Cuando hay un aumento de motilidad (diarrea crónica inespecífica, síndrome de intestino irritable) se produce una aceleración del tránsito y una disminución de la absorción de agua. La disminución de la motilidad (pseudoobstrucción intestinal, malnutrición, asa ciega, esclerodermia) lleva consigo un sobrecrecimiento bacteriano, que provoca desconjugación de sales biliares y una diarrea secretora.

Diarrea por trastorno inflamatorio. Determinados procesos inflamatorios (enfermedad inflamatoria intestinal, infecciones enteroinvasivas, enteropatía sensible a las proteínas de la leche de vaca) producen lesiones mucosas con exudación de moco, proteínas y sangre a la luz intestinal.

Diarrea por alteración de la fase luminal. Se produce un compromiso en la digestión de nutrientes que lleva consigo una gran esteatorrea. Se distinguen dos grupos: la insuficiencia pancreática exocrina (fibrosis quística y otras enfermedades exocrinas pancreáticas) y la alteración en la formación de micelas (colestasis, sobrecrecimiento bacteriano).

Diarrea por alteración de la absorción. Puede ser ocasionada por lesiones mucosas (enfermedad celíaca, desnutrición, enfermedad inflamatoria intestinal, enteropatía sensible a proteínas de la leche de vaca) o como consecuencia de trastornos del transporte postmucoso (linfangiectasia intestinal, abetalipoproteinemia).

Diarrea por fermentación. Se produce como consecuencia de la llegada de hidratos de carbono sin digerir el intestino grueso, donde son fermentados por la flora bacteriana colónica. Las deposiciones son líquidas acuosas y acompañadas de gases.

Diagnóstico

La historia clínica (anamnesis y exploración) es esencial para el enfoque diagnóstico inicial y la selección de pruebas complementarias necesarias para el diagnóstico etiológico.

Anamnesis

La edad y el tiempo de evolución de la diarrea ayudan a acotar las múltiples posibilidades etiológicas, dirigiendo la sospecha inicial a las causas más frecuentes en cada grupo de edad (Tabla II). Se debe recoger cómo ha sido el inicio de la sintomatología. La cronología de la introducción de alimentos ayuda a establecer posibles relaciones entre la ingesta de alguno de ellos y la aparición de la diarrea (alergias o intolerancias alimentarias). Es importante investigar la posible asociación con la ingesta de fármacos o un exceso de líquidos azucarados, con un viaje al extranjero (parasitosis), o con síntomas de gastroenteritis aguda (síndrome postenteritis).

Las características de las heces orientan a determinadas etiologías. Así, unas deposiciones líquidas, ácidas, con emisión de gases orientan hacia una intolerancia a azucares; las deposiciones pálidas, brillantes, aceitosas, que flotan, sugieren una esteatorrea (insuficiencia pancreática exocrina o enfermedad celíaca); moco y sangre en las heces, junto con tenesmo, están presentes en la enfermedad inflamatoria intestinal y en la colitis alérgica; en la diarrea funcional, las deposiciones solo son diurnas y empeoran a lo largo del día, con frecuencia acompañadas de restos vegetales sin digerir(9).

Es conveniente preguntar sobre la existencia de síntomas acompañantes digestivos (vómitos, anorexia, dolor abdominal, síntomas perianales, alteración del apetito) y extradigestivos (fiebre, artralgias, edemas, irritabilidad, cambios de carácter, síntomas respiratorios y cutáneos). Asimismo, se indagará sobre la repercusión de la diarrea en el estado general del niño y en la curva ponderoestatural, y si mejora con el ayuno, como sucede en la diarrea osmótica, al contrario que en la secretora, que no mejora.

En cuanto a los antecedentes familiares, se debe interrogar sobre historia familiar de diarrea intratable, que sugiera una enfermedad genética, y de otras enfermedades digestivas: enfermedad celíaca, enfermedad inflamatoria intestinal, fibrosis quística o parasitosis.

Exploración física

Es fundamental la búsqueda de signos de malabsorción y/o malnutrición: peso, talla, índice de masa corporal, valoración del panículo adiposo y de las masas musculares. Es muy útil ver la curva de peso y talla desde el nacimiento y observar cambios en relación con el inicio de la diarrea. El peso suele afectarse antes que la talla; la afectación de la talla sugiere una mayor cronicidad.

En la inspección, se valorará el estado de hidratación, la coloración de piel y mucosas y la presencia de edemas. La exploración abdominal y perianal son importantes.

Algunos hallazgos exploratorios nos orientan en el diagnóstico de presunción: hábito malabsortivo (enfermedad celíaca), dismorfias faciales (diarrea sindrómica), acropaquias (fibrosis quística, enfermedad inflamatoria intestinal), irritación perianal (intolerancia a azúcares), eccema (alergia alimentaria), dermatitis herpetiforme (enfermedad celíaca), descamación periorificial (acrodermatitis enteropática)(1).

Pruebas complementarias

Las pruebas complementarias a realizar varían según la edad del paciente y el diagnóstico clínico de presunción, obtenido este a partir de los datos de la anamnesis y exploración física.

Inicialmente, se realizarán un grupo de pruebas básicas disponibles en Atención Primaria, que permitirán el diagnóstico de las causas más frecuentes y la evaluación de la repercusión bioquímica de la diarrea. En los casos en los que no se llegue al diagnóstico, se continuará con las pruebas de segundo nivel, generalmente en la consulta de gastroenterología infantil. Las pruebas complementarias de primero y segundo nivel se muestran en las tablas V y VI.

 

 
 

 

Tratamiento: recomendaciones generales

Los pilares del tratamiento de la diarrea crónica son: el tratamiento etiológico, cuando sea posible, y la prevención y tratamiento de la desnutrición.

No es un objetivo de esta revisión, detallar los tratamientos específicos de cada una de las enfermedades que producen diarrea crónica. Dichos tratamientos pueden ser curativos, como en el caso de la dieta sin gluten en la enfermedad celíaca o el tratamiento antibiótico. Otros tratamientos no son curativos, como en el caso del tratamiento con enzimas pancreáticas en la fibrosis quística.

En todos los casos, es primordial el tratamiento nutricional. El objetivo es proporcionar un adecuado aporte de calorías y nutrientes. Las dietas hipocalóricas y desequilibradas aumentan la desnutrición que, a su vez, puede empeorar la diarrea, entrando en el círculo vicioso diarrea-malnutrición-diarrea. La rehabilitación nutricional tiene efectos beneficiosos en el estado general, la función intestinal y la inmunorrespuesta(5). Si el niño está alimentado al pecho, se mantendrá la lactancia materna. En los lactantes que estén tomando una fórmula láctea infantil, puede ser conveniente sustituirla por fórmulas semielementales, que tienen las proteínas hidrolizadas, polímeros de glucosa en lugar de lactosa y parte de la grasa en forma de triglicéridos de cadena media, de más fácil absorción cuando existe maldigestión grasa o lesión vellositaria. Si no se obtiene mejoría, puede estar indicada una fórmula elemental, en la que el aporte proteico se realiza en forma de aminoácidos. Los niños mayores pueden precisar suplementos nutricionales (formulas poliméricas) por vía oral para conseguir un óptimo aporte calórico y un aporte adecuado de vitaminas, zinc y ácido fólico, en el caso de que se objetive déficit de estos nutrientes. Es conveniente restringir los zumos envasados, por su alto contenido en azúcares simples, y evitar ayunos prolongados.

No se recomienda el tratamiento con fármacos inhibidores del peristaltismo, como la loperamida, debido a sus importantes efectos adversos(18).

En estudios randomizados y metaanálisis, se observa una modesta eficacia de los probióticos en la prevención y tratamiento de la diarrea crónica. No obstante, no hay pruebas suficientes que permitan recomendar el uso generalizado de probióticos para esta indicación(19).

Función del pediatra de Atención Primaria

El papel del pediatra de Atención Primaria en la atención al niño con diarrea crónica, es importante en todas las fases del proceso asistencial: contacto inicial con el paciente, manejo diagnóstico, valoración de criterios de derivación, diagnóstico, seguimiento y coordinación con el pediatra gastroenterólogo.

El pediatra de Atención Primaria es el responsable médico del niño en el primer nivel asistencial. Su papel es importante en la prevención de la diarrea crónica, mediante el tratamiento adecuado de la gastroenteritis aguda, con una realimentación precoz, manteniendo la lactancia materna y evitando ayunos prolongados y dietas hipocalóricas, con el objeto de que no evolucione a una malnutrición, con el consiguiente daño intestinal que conduzca hacia la cronicidad del proceso.

Cuando el paciente consulte por diarrea crónica, de más de 14 días de evolución, la labor del pediatra se centrará en una adecuada anamnesis y exploración física que oriente sobre posibles diagnósticos de presunción, así como identificar alteraciones del estado general, de la hidratación, nutrición y criterios de derivación urgente, que se detallarán posteriormente. Partiendo de los distintos diagnósticos de presunción obtenidos en la historia clínica, se programarán las pruebas complementarias de primer nivel. Si se llega al diagnóstico etiológico y la patología del paciente es susceptible de ser tratada en Atención Primaria, se instaurará el tratamiento oportuno (ver algoritmo al final del artículo).

Los criterios de derivación de un niño con diarrea crónica a un servicio hospitalario de gastroenterología infantil son los siguientes:

• Retraso importante de crecimiento que no responde al tratamiento.

• Diarrea desde el nacimiento.

• Diarrea crónica en la que no se llega al diagnóstico etiológico después de la realización de las pruebas complementarias de primer nivel y que persiste después de una prueba terapéutica en la que se retiran, según sospecha clínica, la lactosa, las proteínas de la leche de vaca y/o los zumos envasados.

• Sospecha de enfermedad celíaca.

• Sospecha de enfermedad inflamatoria intestinal.

• Rectorragia mantenida con cultivos negativos.

• Niños en los que se ha llegado a un diagnóstico, pero que precisan el seguimiento en unidades especializadas, como en el caso de la fibrosis quística.

Los criterios de derivación urgente a un centro hospitalario son:

• Desnutrición grave.

• Deshidratación asociada a desnutrición.

• Deshidratación grave.

• Alteración electrolítica.

• Circunstancias familiares adversas.

• Signos de infección grave.

En los casos de patología compleja, que precisen seguimiento y tratamiento hospitalario, la coordinación entre el pediatra de Atención Primaria y el pediatra gastroenterólogo es importante, dado que gracias a la accesibilidad del primer nivel asistencial, el pediatra puede seguir de cerca el estado nutricional, hacer educación sanitaria, supervisar el cumplimiento de las recomendaciones dietéticas y detectar precozmente las complicaciones.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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9.*** Albañil R, Escribano E, Pérez B, Barrio J, Cilleruelo ML, Fernández S, et al; Grupo Gastro-Sur-Oeste (Madrid). Diarrea crónica. En: Guías Conjuntas de Patología Digestiva Pediátrica Primaria – Especializada; 2010. [Fecha de acceso 17 dic 2014]. Disponible en http://www.ampap.es/wp-content/uploads/2014/05/Diarrea_cronica_2010.pdf.

10.** Román E, Barrio A. Síndrome de sobrecrecimiento bacteriano. En: Polanco I, ed. Atlas de Gastroenterología Pediátrica. Madrid: Ergon; 2014. p. 39-48.

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14. Argüelles F, Rivero MC. Aspectos digestivos y nutricionales de la fibrosis quística. En: Moro M, Málaga S, Madero L, eds. Cruz Tratado de Pediatría. Madrid: Panamericana; 2014. p. 1485-9.

15. Infante D, Miserachs M. Manifestaciones digestivas de la fibrosis quística. Pediatr Integral. 2011; XV(2): 126-33.

16. Rivera J. Manejo integral del niño con diarrea crónica. Rev Peru Pediatr. 2008; 61(3): 170-5.

17.** Guarino A, Branski D. Diarrea crónica. En: Kliegman RM, Stanton BF, St Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson Tratado de Pediatría. 19ª ed. Barcelona: Elsevier España; 2013. p. 1395-402.

18.*** Kellermayer R, Shulman RJ. Approach to the diagnosis of chronic diarrhea in developed countries. UpToDate; 2014. [Fecha de acceso 17 dic 2014]. Disponible en http://www.uptodate.com/contents/approach-to-the-diagnosis-of-chronic-diarrhea-in-children-in-developed-countries?source=search_result&search=diarrea+cronica&selectedTitle=3~150.

19. Bernaola G, Bada C, Carreazo N, Rojas R. Probióticos para el tratamiento de la diarrea persistente en niños. Cochrane Database of Systematic Reviews 2010 Issue 11. Art. No.: CD007401. DOI: 10.1002/14651858.CD00740. [Fecha de acceso 17 dic 2014]. Disponible en http://www.bibliotecacochrane.com/BCPGetDocument.asp?SessionID=%209286437&DocumentID=CD007401.

Bibliografía recomendada

- Albañil R, Escribano E, Pérez B, Barrio J, Cilleruelo ML, Fernández S, et al; Grupo Gastro-Sur-Oeste (Madrid). Diarrea crónica. En: Guías Conjuntas de Patología Digestiva Pediátrica Primaria – Especializada; 2010. [Fecha de acceso 17 dic 2014]. Disponible en http://www.ampap.es/wp-content/uploads/2014/05/Diarrea_cronica_2010.pdf.

Es un protocolo diagnóstico terapéutico de coordinación entre Pediatría Primaria y Hospitalaria, elaborado por el Grupo Gastro-Sur-Oeste de Madrid, donde se revisan de forma sencilla y clara la fisiopatología y todos los pasos a realizar en el manejo clínico de los pacientes con diarrea crónica.

- Codoceo R, Perdomo M, Muñoz R. Interpretación del laboratorio en gastroenterología. En: Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. Tratamiento en gastroenterología, hepatología y nutrición pediátrica. 3ª ed. Madrid: Ergon; 2012. p. 351-66.

Explica la utilidad de las pruebas de laboratorio para estudiar los distintos aspectos de la patología digestiva. Es de imprescindible lectura para quien esté interesado en el diagnóstico de laboratorio de la diarrea crónica y del síndrome de malabsorción.

 

Caso clínico

 

Niño de seis años de edad, que acudió a la consulta de Pediatría de Atención Primaria porque desde hacía dos meses había aumentado el número y había disminuido la consistencia de las deposiciones. Hacía 3-4 deposiciones al día de olor penetrante, algunas pastosas y otras acuosas, sin moco ni sangre. En las dos últimas semanas, vomitaba casi todos los días después del desayuno. Además, refería dolor abdominal esporádico, que se aliviaba al ventosear. No se referían antecedentes familiares ni personales de enfermedad digestiva. No había consultado por clínica compatible con gastroenteritis aguda al inicio del cuadro clínico.

La exploración física fue normal. Estaba bien hidratado. El peso se encontraba en el percentil 25 y la talla en el percentil 10. En el control pediátrico de los 4 años, el peso y la talla se hallaban en esos mismos percentiles.

Se realizaron las pruebas analíticas de primer nivel que fueron normales. En el coprocultivo y en la prueba de detección de parásitos en heces no se aisló ningún patógeno. Los anticuerpos antitransglutaminasa fueron negativos.

 

 

 

Gastritis, úlcera y hemorragia digestiva

E. Ramos Boluda
Temas de FC


E. Ramos Boluda

Servicio de Gastroenterología Infantil. Hospital Universitario La Paz. Madrid

 

Resumen

El término gastritis es un concepto histológico que hace referencia a un proceso inflamatorio de la mucosa gástrica. En ocasiones, está asociado al concepto de enfermedad péptica, aunque no siempre es así. Las úlceras pépticas son lesiones de la mucosa de mayor o menor profundidad. Pueden afectar a la mucosa gástrica o duodenal. Una de las causas más frecuentes de gastritis y enfermedad péptica en el niño es la infección por Helicobacter pylori. El papel del H. pylori en otros cuadros diferentes de la enfermedad péptica es, en ocasiones, controvertido. Por otra parte, la hemorragia digestiva puede ser alta (sangrados proximales al ángulo de Treitz) o baja (distales al mismo). En el caso de la hemorragia digestiva alta, la manifestación puede ser hematemesis o melena, mientras que el sangrado bajo puede presentarse como rectorragia, hematoquecia o melenas. En este trabajo, se revisan las causas más frecuentes de estas entidades

 

Abstract

The term gastritis refers to an inflammatory condition of the gastric mucosa. It is sometimes associated with the concept of peptic disease, although it is not always like that. Peptic ulcers are mucosal lesions of varying depth. They can affect gastric or duodenal mucosa. One of the most common causes of gastritis and peptic disease in children is infection with Helicobacter pylori. The role of H. pylori in other entities different from peptic disease is sometimes controversial. Gastrointestinal bleeding can be upper bleeding (above the ligament of Treitz) or lower (distal to this structure). In upper gastrointestinal bleeding, the manifestation can be hematemesis or melena, while the lower can be revealed in rectal bleeding, hematochezia or melena. In this manuscript we review the most frequent causes of these affections

 

Palabras clave: Gastritis; Úlcera; Hematemesis; Melena; Rectorragia

Key words: Gastritis; Ulcer; Hematemesis; Melena; Rectorrhagia

 

Pediatr Integral 2015; XIX (2): 83-91


Gastritis, úlcera y hemorragia digestiva

 

Gastritis y enfermedad ulcerosa péptica

Introducción

El término gastritis debe hacer referencia exclusivamente a un criterio histológico. La causa más frecuente de úlcera péptica en el niño es la infección por Helicobacter pylori.

El término gastritis es, con frecuencia, utilizado de forma indebida. A menudo, el clínico lo utiliza para hacer referencia a un cuadro clínico consistente en epigastralgia o dispepsia y los radiólogos para referirse a cambios inespecíficos en la imagen radiológica. No obstante, la gastritis debe referirse exclusivamente a criterios histológicos y, por definición, consiste en la aparición de un infiltrado inflamatorio en la mucosa gástrica. A pesar de todo, por extensión, muchas veces engloba trastornos gástricos que cursan con lesión de la mucosa de índole no inflamatoria y que, siendo estrictos en la nomenclatura, deben ser englobados dentro del concepto de gastropatía. Otros términos en relación con la patología gástrica son: erosión, que es una lesión de la mucosa gástrica que no alcanza la muscularis mucosae, frente a la úlcera, que se extiende más allá de ella. Han sido varias las clasificaciones que se han hecho, las más conocidas son las de Sidney(1) y la de Dohil et al(2). En las tablas I y II se muestran ambas. La clasificación de Sidney tiene una utilidad limitada en Pediatría, ya que la base de la misma es la existencia de atrofia y/o metaplasia, hechos excepcionales en los niños. La de Dohil, en cambio, se trata de una clasificación específicamente pediátrica.

 

 

 


 

Respecto a la enfermedad ulcerosa, se clasifica en primaria y secundaria. La causa más frecuente de úlcera primaria en la edad pediátrica es, con diferencia, la infección por Helicobacter pylori. Generalmente, aparece en niños mayores de 10 años, se localiza habitualmente en el duodeno y suele ser de curso crónico. Otras causas de úlcera primaria son: cuadros de hipersecrección, como el síndrome de Zollinger-Ellison, hiperplasia de células G, mastocitosis, etc., todas ellas excepcionales en niños. Las úlceras secundarias suelen ser agudas, tienen lugar en niños más pequeños y aparecen en estómago o duodeno indistintamente. En el caso de neonatos o lactantes, la mayor parte de las úlceras son secundarias, de localización gástrica y en relación con situaciones de estrés (sepsis, traumatismos, quemaduras, etc.).

Dada la importancia por su frecuencia de la infección por H. pylori, vamos a exponer con más detalle esta entidad, haciendo una breve descripción del resto de los cuadros clínicos.

Infección por Helicobacter pylori

Introducción

La infección por H. pylori se ha asociado con el desarrollo de gastritis, enfermedad ulcerosa y algunos tumores gástricos.

El Helicobacter pylori es una bacteria espiriforme gram negativa. Su asociación con la gastritis antral del adulto fue descrita en 1983 por Warren y Marshall(3). Coloniza mucosa gástrica no solo localizada en el estómago, sino también ectópica, como el esófago de Barret o el divertículo de Meckel. En adultos, la infección por H. pylori se ha asociado con la aparición de gastritis crónica activa, enfermedad ulcerosa y tumores, como el adenocarcinoma gástrico o el linfoma del tejido linfoide asociado a la mucosa gástrica (MALT)(4). Asimismo, también, se ha relacionado con cuadros extradigestivos, como: fallo de medro, anemia ferropénica o púrpura trombocitopénica idiopática (PTI)(5).

Epidemiología

La infección por H. pylori está ampliamente extendida. El mecanismo de transmisión no está bien establecido.

Afecta aproximadamente al 50% de la población mundial(6), aunque puede llegar al 80% en países en vías de desarrollo(7) o en pacientes institucionalizados. El hombre es el reservorio natural de esta bacteria y la transmisión se produce de persona a persona (fecal-oral, gastro-oral u oral-oral). El agua contaminada por residuos fecales podría constituir un reservorio ambiental(8). No obstante, el mecanismo de transmisión no está bien establecido. La infección se adquiere frecuentemente en la infancia, sobre todo, antes de los 5 años de edad. Una vez conseguida la erradicación, la reinfección es rara (menor del 2% al año).

Fisiopatología

Tras la infección, se produce una inflamación de la mucosa que solo produce sintomatología en un 20-30% de los infectados.

Una vez que la infección se ha establecido, se produce una inflamación de la mucosa gástrica con un predominio de la localización antral. No está claro por qué solo se produce infección sintomática en un 20-30% de las personas infectadas. Se cree que influyen factores como: la virulencia del germen, factores propios del huésped y factores ambientales. Un factor determinante en la virulencia del germen es su capacidad para producir ureasa, ya que le confiere resistencia frente al ácido gástrico. La presencia en la bacteria del gen asociado a citotoxina (CagA) o la habilidad para producir citotoxina vacuolizante (VacA), también favorecen el desarrollo de patología asociada a la infección. En adultos, a veces, se produce una gastritis predominantemente corporal con el desarrollo de una gastritis atrófica y una hipoclorhidria. Esta situación favorecería la aparición de metaplasia intestinal y el consiguiente aumento en el riesgo de desarrollar adenocarcinoma. Este acontecimiento es más frecuente cuando existen antecedentes familiares de dicha patología y cuanto más prolongada es la infección.

Clínica

La úlcera duodenal se manifiesta fundamentalmente como dolor epigástrico. No parece existir relación entre la infección y el dolor abdominal recurrente funcional.

La presencia de úlcera duodenal se manifiesta, habitualmente, como un cuadro de dolor abdominal de localización preferentemente epigástrica, aunque no de forma exclusiva, sobre todo en preescolares, y que frecuentemente provoca despertares nocturnos. A veces, se acompaña de vómitos. La relación del dolor con la ingesta es menos evidente en los niños que en los adultos. La existencia de antecedentes familiares apoyaría el diagnóstico, basado más en factores ambientales comunes que genéticos (es más frecuente entre cónyuges y en personas institucionalizadas). La aparición de hematemesis sería altamente sugestiva del cuadro.

Aunque la infección por H. pylori está presente en más del 90% de los niños diagnosticados de úlcera duodenal, solo un pequeño número de pacientes infectados por el germen desarrollan esta complicación (menos de un 5% de los niños menores de 12 años y el 10% de los adolescentes con síntomas e infección por Helicobacter, presentaron enfermedad ulcerosa en un estudio multicéntrico europeo)(9). Este riesgo es mayor en los pacientes que reciben tratamiento crónico con antiinflamatorios no esteroideos. Hay poca evidencia de que el H. pylori provoque síntomas en ausencia de úlcera.

Se ha hablado mucho de la asociación entre infección por H. pylori y dolor abdominal recurrente (DAR), definido inicialmente por Apley(10) y, posteriormente, modificado según los criterios de Roma(11,12). Numerosos trabajos muestran una ausencia de relación entre ambos cuadros clínicos. La evidencia de la ausencia de asociación es menor cuando el dolor es de localización epigástrica, pudiéndose en­globar dentro del cuadro denominado dispepsia; de tal forma que se ha visto que los niños referidos al gastroenterólogo por epigastralgia, tienen entre 2 y 3 veces más probabilidad de tener infección por H. pylori que el resto de los niños(13). También, se ha especulado con la posible influencia de la infección por Helicobacter y la sintomatología, severidad y respuesta a tratamiento de los pacientes que presentan enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE).

Se ha asociado la infección por Helicobacter con cuadros extradigestivos. Uno de estos cuadros es la anemia ferropénica refractaria. Se postulan diversos mecanismos. Inicialmente, se pensó que se debería a una pérdida hemática oculta mantenida en relación con la existencia de gastritis, pero este hecho no se ha confirmado. Parece estar más relacionado con la interferencia de la bacteria en el metabolismo del hierro, ya que requiere de su presencia para su crecimiento, compitiendo con el huésped por el hierro de la dieta. También, la hipoclorhidria que, en ocasiones, podría impedir la reducción del hierro necesaria para su absorción (esto sería más propio del adulto). Varios estudios han confirmado la respuesta de la ferropenia al tratamiento erradicador, mientras que los suplementos de hierro solos, no fueron efectivos. La relación de otros cuadros hematológicos, como la púrpura trombopénica idiopática (PTI), está menos establecida, sobre todo en el caso de la población pediátrica.

También se ha asociado al desarrollo de adenocarcinoma gástrico y linfoma MALT. Según algunos estudios, el tratamiento erradicador del Helicobacter disminuiría el riesgo de desarrollar adenocarcinoma en los pacientes que no han desarrollado lesiones precancerosas (gastritis atrófica o metaplasia intestinal), no teniendo ningún efecto, si estas lesiones ya se han establecido. En el caso del linfoma MALT, el tratamiento erradicador conduce a la remisión en un porcentaje muy significativo de los casos.

La asociación con otras manifestaciones extradigestivas, como el retraso ponderoestatural, las alergias alimentarias o el síndrome de muerte súbita del lactante, está insuficientemente documentada en el momento actual.

Diagnóstico

La detección de la infección por Helicobacter no indica la necesidad de tratamiento. Está indicado en caso de úlcera y anemia refractaria. No está indicado en asintomáticos. Otras indicaciones son más controvertidas.

La prueba diagnóstica de referencia es la endoscopia con toma de muestras para examen histológico y/o cultivo. Permite diagnosticar la existencia de gastritis o úlcera péptica. Se ha descrito que el aspecto “en empedrado” de la mucosa antral es altamente sugestivo de gastritis por infección por Helicobacter en el niño (Fig. 1). La úlcera muestra un aspecto inespecífico (Fig. 2). Deben realizarse varias tomas de muestras de diferentes zonas para aumentar la sensibilidad de la prueba, ya que la afectación puede ser parcheada. El examen histológico con tinción de Giemsa o de plata permite la visualización de formas compatibles con el germen. El cultivo de la mucosa es algo dificultoso, pero permite la realización de antibiograma. Debe realizarse la siembra de forma inmediata y, a veces, exige tiempos de crecimiento largos, sobre todo, en niños, en los que el número de colonias suele ser menor. El test de la ureasa en la mucosa se basa en la capacidad que tiene el germen en hidrolizar la urea. Es un test rápido y sencillo de realizar. Es bastante sensible en adultos, pero no tanto en niños, por la misma razón que el cultivo. Aunque la endoscopia sigue siendo la prueba de elección para el diagnóstico de enfermedad por Helicobacter, por ser invasiva tienden a utilizarse otros métodos diagnósticos en determinadas ocasiones.

Figura 1. Aspecto típicamente “en empedrado” de la mucosa gástrica antral en el niño infectado por H. pylori

Figura 2. Úlcera gástrica.

El test del aliento con urea marcada con13C ha demostrado utilidad en el diagnóstico de la infección por Helicobacter. Posee una alta sensibilidad (>96%) y especificidad (>97%). Es difícil de realizar en niños menores de 3 años, por precisar un mínimo de colaboración y por el elevado número de falsos positivos por debajo de los 6 años, por producción de ureasa por los gérmenes orales en este grupo de edad. Es en estos casos en los que algunos autores recomiendan la determinación de antígeno en heces mediante anticuerpos monoclonales. Es importante resaltar que estas pruebas no invasivas indican infección por Helicobacter pylori, no enfermedad ulcerosa, por lo que no servirían para hacer la indicación de tratamiento. La endoscopia tiene la ventaja de diagnosticar la gastritis o úlcera y descartar otras causas que expliquen la clínica diferente de la infección por H. pylori (enfermedad inflamatoria, gastritis eosinofílica, esofagitis, etc.).

Es importante indicar que para la obtención de unos resultados fiables en estas pruebas, debe evitarse el uso de antibióticos en las 4 semanas previas a la prueba y de antiácidos, fundamentalmente inhibidores de la bomba de protones (IBPs), 2 semanas antes.

La serología (IgG) frente a H. pylori no se considera de utilidad. La seroconversión es tardía y permanece positiva años después de la erradicación. Además, sus valores no están estandarizados en el niño.

Una vez establecidas las diferentes pruebas diagnósticas, debe definirse qué pruebas y a quién se deben realizar. Ya hemos dicho que, con las evidencias que existen hasta el momento, no está indicado el tratamiento indiscriminado de la infección por Helicobacter; de tal forma que el objetivo fundamental debe ser determinar la causa de la sintomatología referida, no solo la presencia de la bacteria.

Según las últimas recomendaciones de la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN)(14)>, debe considerarse la realización de pruebas de detección de H. pylori en pacientes con anemia ferropénica refractaria, en los que se hayan descartado otras causas y pacientes con antecedentes de cáncer de estómago en familiares de primer grado. No se aconseja su realización en el caso de cuadros de dolor abdominal de características funcionales ni otros cuadros extradigestivos, como infecciones respiratorias, alergias alimentarias, síndrome de muerte súbita del lactante, PTI, retraso ponderoestatural, etc. También aconseja que el diagnóstico inicial se haga mediante la realización de endoscopia con toma de biopsias, basando el diagnóstico de la infección en la obtención de un examen histopatológico positivo, con test de la ureasa positivo o un cultivo positivo. Se aconsejan los métodos no invasivos (test del aliento o determinación de antígeno en heces) para la realización de controles de erradicación. No se consideran útiles otros test diagnósticos.

Otros grupos(15) consideran razonable realizar una estrategia de “test and treat”, que consiste en el diagnóstico de la infección por Helicobacter mediante un test no invasivo y su tratamiento sin realizar endoscopia. Consideran que es apropiado si el riesgo de cáncer es bajo (como sería en el caso de los pacientes pediátricos). Este grupo también acepta el tratamiento de pacientes con cuadros clínicos compatibles con dispepsia funcional, ya que produciría una mejoría de la sintomatología en uno de cada 12 pacientes (más efectivo que cualquier otro tratamiento). También, incluye en este grupo a los pacientes que reciben AINEs o IBPs de forma crónica (incrementaría el riesgo de complicaciones en el caso de los AINEs o del desarrollo de gastritis atrófica en los IBPs) o los que padecen PTI.

En resumen, existe consenso sobre la no indicación en pacientes asintomáticos o con dolor abdominal funcional, retraso de medro y otros cuadros extradigestivos y sobre la recomendación de tratamiento en pacientes con enfermedad ulcerosa y ferropenia refractaria, mientras que el consejo no es unánime en el caso de dispepsia no ulcerosa, gastritis o PTI.

Tratamiento

El tratamiento estándar es la triple terapia con inhibidor de bomba de protones y dos antibióticos.

El tratamiento estándar frente al H. pylori es triple terapia con IBP y dos antibióticos, los más utilizados son: amoxicilina y claritromicina (v. Tabla III y IV). Las tasas de erradicación son muy variables según las regiones, oscilando entre el 50 y el 90%. La duración debe ser entre 7 y 14 días (no hay consenso en este punto, pero la ESPGHAN aconseja 2 semanas).

 

 

 

 

En el caso de países con alta tasa de resistencia a claritromicina, como es el nuestro, otras pautas han mostrado mayor eficacia, como IBP con amoxicilina y metronidazol, con tasas de curación superiores al 80%.

La pauta secuencial (IBP+amoxi­cilina durante 5 días seguida de IBP+claritromicina+metronidazol otros 5 días) ha mostrado mayores tasas de éxito según algunos estudios, aunque aún no se ha consolidado como pauta de elección.

Otros tratamientos que incluyen subcitrato de bismuto, levofloxacino o cuádruples terapias, conforman tratamientos de segunda línea.

Por último, y en caso de fracaso de tratamiento, se aconseja cultivo de mucosa gástrica con antibiograma y tratamiento dirigido según el resultado del mismo. El uso de probióticos (Lactobacillus sp) como coadyuvante no está sistematizado en el momento actual.

Otras gastritis

Como ya hemos dicho, en la tabla II se enumeran otras causas de gastritis menos frecuentes en el niño que la asociada a infección por Helicobacter. De todos estos cuadros, vamos a destacar dos entidades que, por su frecuencia en el niño y peculiaridades (gastritis eosinofílica) y por su importancia en el adulto en el otro (gastritis atrófica), merecen mención especial.

Gastritis eosinofílica

El cuadro clínico es atribuido a una hipersensibilización alimentaria. El diagnóstico es histológico y el tratamiento la dieta de exclusión.

La gastritis eosinofílica (GE) forma parte del grupo de trastornos eosinofílicos gastrointestinales. Este grupo incluye, además la esofagitis eosinofílica, la gastroenteritis eosinofílica y la colitis eosinofílica. Excepto en el caso de la esofagitis eosinofílica (que ha sido bien descrita individualizadamente), el resto forma parte de un grupo difícil de caracterizar de forma aislada; ya que, en la mayor parte de los casos, se trata de cuadros solapados en los que los diferentes tramos del tubo digestivo se ven implicados con variable intensidad. La GE consiste en la existencia de eosinofilia en la mucosa gástrica, sin causa sistémica que lo justifique (parasitosis, fármacos, enfermedad inflamatoria intestinal, etc.).

El cuadro se atribuye a una sensibilización a antígeno alimentario, bien por un mecanismo IgE o no IgE mediado. De hecho, un porcentaje importante de pacientes asocian historia de atopia o de alergias alimentarias. El antígeno más frecuentemente implicado es la proteína de leche de vaca, seguido de trigo, huevo y frutos secos. Es más frecuente en los primeros 6-12 meses de vida.

Las manifestaciones clínicas son muy variables, aunque el dolor abdominal, los vómitos y la hemorragia digestiva son los síntomas más frecuentes. La eosinofilia en sangre periférica no es constante y se observa, aproximadamente, en un 25-50% de los casos.

El diagnóstico se basa en la sospecha clínica con exploración endoscópica (el aspecto endoscópico es inespecífico, con: eritema, erosiones, edema, etc.) y toma de muestras para examen histológico, donde se confirmará el infiltrado eosinófilo.

El tratamiento consiste en la dieta de supresión basada en el estudio alérgico o empírico. En el caso de lactantes, unos de los grupos más frecuentemente afectados, se utilizan fórmulas extensamente hidrolizadas, o elementales en aquellos casos sin respuesta a estas. En general, el trastorno es transitorio, similar a otras manifestaciones de la alergia a proteínas de leche de vaca, y su manejo también es similar.

Gastritis atrófica

En niños, los cuadros más frecuentes son: la anemia perniciosa y la gastritis asociada a enfermedades autoinmunes.

Se define atrofia de la mucosa gástrica, como la pérdida del tejido glandular.

La gastritis atrófica de la clasificación de Sidney del adulto(1) se corresponde con la anemia perniciosa y la gastritis de las enfermedades autoinmunes de la clasificación de Dohil en los niños(2) (Tablas I y II).

En el adulto, es frecuente también, la gastritis atrófica asociada a la infección por H. pylori, hecho excepcional en el niño. Es de localización predominantemente antral, se corresponde con la nomenclatura clásica gastritis crónica tipo B y, a menudo, se acompaña del desarrollo de metaplasia intestinal, que predispone al desarrollo de adenocarcinoma gástrico.

La anemia perniciosa, llamada también gastritis tipo A, es una gastritis atrófica resultado de un proceso autoinmune que afecta a las glándulas oxínticas, produciéndose anticuerpos anti-células parietales y anti-factor intrínseco. Afecta fundamentalmente al cuerpo y fundus (no al antro) y el resultado es una hipoclorhidria con hipergastrinemia y anemia por déficit de vitamina B12, por alteración de la absorción de la misma, que precisa el factor intrínseco. Coexiste frecuentemente con otras enfermedades autoinmunes, como tiroiditis, diabetes o vitíligo. El riesgo de desarrollar neoplasias está también aumentado, por lo que está indicado hacer controles endoscópicos periódicos.

La gastritis asociada a enfermedades autoinmunes es una gastritis atrófica que se distingue de la anterior en que el infiltrado inflamatorio es más intenso y persistente, no se acompaña de hiperplasia de células enterocromafines, por lo que no presenta hipergastrinemia, y afecta a cuerpo y antro. Al igual que en los cuadros anteriores está aumentado el riesgo de desarrollo de neoplasia.

Hemorragia digestiva

La hemorragia digestiva es la emisión de sangre acompañando al vómito o a través del ano. Es importante establecer la existencia del sangrado y su origen.

Se define hemorragia digestiva, como la emisión de sangre acompañando al vómito o a través del ano. Conviene, en primer lugar, definir los términos con los que nos referimos a la hemorragia digestiva. La emisión de sangre roja o digerida (oscura) mezclada con el vómito recibe el nombre de hematemesis. Existen varios términos para referirse al sangrado rectal. La rectorragiase define como la emisión de sangre roja por el ano, con o sin emisión de heces. La hematoquecia, en cambio, se refiere a este mismo tipo de sangrado, pero mezclado con las heces. Por último melena hace referencia a la presencia de sangre oscura (negra) en las heces. A veces, el sangrado es pequeño y se presenta de forma “oculta”. En ese caso, la anemización o ferropenia pueden ser los únicos síntomas.

Las manifestaciones clínicas del sangrado van a depender por una parte de la intensidad, por otra de lo agudo del cuadro (menores manifestaciones clínicas cuanto más crónico es el sangrado) y de la causa del mismo.

El primer reto diagnóstico consiste en confirmar que se trata de sangrado. Algunos alimentos, colorantes y fármacos pueden conferir al contenido gástrico o las heces un aspecto parecido al sangrado (tomate, fresas, colorantes en caso de sospecha de hematemesis, espinacas, bismuto, hierro, etc., en caso de melenas). Tradicionalmente, se ha utilizado el guayacol que es oxidado por el peróxido de hidrógeno contenido en el grupo hemo. Es un test simple y barato, pero tiene sus limitaciones, ya que no es específico de sangre humana puede dar falsos positivos con algunos alimentos como la carne y algunos vegetales (coliflor, melón, brécol, uvas…). La ingesta de hierro no provoca falsos positivos en la prueba. Más recientemente, se han empezado a utilizar técnicas inmunoquímicas, que detectan exclusivamente sangre humana.

El segundo punto es definir si el sangrado es digestivo. Hay que recordar que sangrados como la epistaxis, sangrados orofaríngeos (amígdalas, cavum) o hemoptisis pueden conducir, si son deglutidos, a confusión. A veces, estos sangrados son evidentes, pero en ocasiones, sobre todo los sangrados de vías respiratorias, son difíciles de diagnosticar debido a la dificultad para expectorar de los niños más pequeños, que sistemáticamente degluten las secreciones respiratorias.

Por último, distinguir sangrado digestivo alto y bajo. Se define sangrado digestivo alto, como el que se produce por encima del ángulo de Treitz, y bajo cuando es distal al mismo. La hematemesis es la presentación clásica del sangrado digestivo alto y la rectorragia la del sangrado bajo. La hematoquecia, melena y sangrado oculto pueden presentarse en ambos cuadros. Es en este caso cuando la colocación de una sonda nasogástrica permitiría diagnosticar un sangrado gástrico o esofágico activo, no obstante, no diferencia sangrados bajos de sangrado altos inactivos o duodenales.

Hemorragia digestiva alta

La prioridad es establecer la gravedad y estabilizar al paciente si es preciso. El diagnóstico, en gran parte de los casos, exige la realización de una endoscopia.

El primer paso ante una hemorragia digestiva alta es valorar la repercusión. Obviamente, si el sangrado es agudo y cuantioso puede constituir una emergencia y precisar la estabilización mediante transfusión y otras medidas urgentes. Como hemos dicho, la colocación de una sonda nasogástrica puede ser útil en algunos casos, pero no se aconseja el lavado con suero salino frío, ya que se ha visto que puede producir hipotermia. Una vez estabilizado, o si el sangrado es escaso y sin repercusión, trataremos de establecer un diagnóstico. En la tabla V, se encuentran las causas más frecuentes de sangrado por grupos de edad(16). Hay que señalar que, aunque no aparece reflejada por su benignidad, una de las causas más frecuentes en nuestro medio, en lactantes y niños, es la ingesta de gastroerosivos, como antiinflamatorios no esteroideos (ibuprofeno) en el contexto de viriasis. En general, suele provocar hematemesis de escaso contenido hemático, sin repercusión hemodinámica ni anemización y autolimitada en el tiempo al retirar el fármaco. El diagnóstico es clínico y no exige inicialmente (salvo complicaciones) exploración ni tratamiento alguno, excepto protector gástrico de forma transitoria (antisecretor o antiácido). En la tabla VI, se exponen los antiácidos y antisecretores más utilizados.

 

 
 

 

En el neonato la causa más frecuente es, con mucho, la ingesta de sangre materna, bien en el canal del parto, bien durante la lactancia por presencia de erosiones en el pezón materno. El diagnóstico es sencillo, mediante el test de detección de hemoglobina fetal (test de Apt), y no precisa tratamiento. El déficit de vitamina K (enfermedad hemorrágica del recién nacido) es también frecuente y fácilmente corregible con la administración de vitamina K intramuscular o intravenosa. Suelen ser sangrados de escasa cuantía, pero hay que tener en cuenta que en este grupo de edad los sangrados provocan repercusión de forma muy precoz, por lo que la vigilancia debe ser estrecha. El resto de las causas son más raras en este grupo de edad.

En el lactante y niño pequeño, las causas más frecuentes son: las gastritis/úlceras por estrés en el enfermo crítico, la alergia a proteína de leche de vaca u otros antígenos alimentarios, la enfermedad péptica (esofagitis, gastritis) y el síndrome de Mallory-Weiss, que es un desgarro de la mucosa esofágica en relación al esfuerzo en los cuadros que cursan con vómitos repetidos. No suelen provocar repercusión y se manifiestan más como irritabilidad o rechazo de tomas. Las lesiones vasculares en cambio, si pueden producir sangrados importantes.

En el niño mayor, las causas más frecuentes son parecidas a las del grupo anterior. Aparecen como causa las varices que, aunque no son frecuentes, si provocan sangrados importantes.

El diagnóstico se basa en el estudio endoscópico, que solo se debe realizar si el paciente está hemodinámicamente estable. La radiología simple aporta poca información y la ecografía puede ser útil para valorar procesos obstructivos o hipertensión portal que condiciona la aparición de varices. La angiografía se puede utilizar en casos seleccionados, pero precisa sangrados importantes (0,5 ml/min) para poder ser detectados.

El tratamiento consiste en la estabilización para los sangrados más graves. En esto, a veces, es útil el empleo de sustancias vasoactivas como el octreotido. En el resto, tratamiento antisecretor o antiácido y de la causa, si es posible. A veces, puede ser preciso terapia endoscópica (esclerosis, coagulación o ligadura de varices) o cirugía si el sangrado es incoercible o la causa lo precisa (obstrucción intestinal, membranas gástrica o duodenal, etc.).

Hemorragia digestiva baja

El aspecto del sangrado puede orientar sobre el origen. Comprende un amplio grupo de entidades de relevancia muy variable.

En el sangrado digestivo bajo, al igual que en alto, lo primero es valorar la repercusión. A veces, es difícil intentar cuantificar el sangrado ya que, frecuentemente, es sobrevalorado por los padres por su efecto alarmante. Una vez establecida la estabilidad hemodinámica, se pasa al diagnóstico etiológico. En la tabla VII, se enumeran las causas más frecuentes de sangrado digestivo bajo, por grupos de edad(17).

 

 

Respecto al origen del sangrado, de forma general, se puede decir que cuanto más oscura es la sangre, más proximal es el sangrado. De tal forma que, la emisión de sangre roja aislada, en forma de gotas o con las heces (sin mezclarse) correspondería a sangrados rectales. Si la sangre es roja brillante, pero mezclada con heces indica un posible origen colónico (si va mezclada con moco hay que pensar en un pólipo o en la existencia de colitis). Cuando es algo oscura, es probable que venga de intestino delgado. Estos hallazgos pueden verse modificados si el tránsito es más rápido o más lento de lo normal. Vamos a comentar, de forma muy breve, solo los cuadros más frecuentes.

En el neonato, hay que pensar en la enterocolitis necrosante, proceso isquémico de la mucosa intestinal que cursa con sangrado digestivo, distensión abdominal y alteración del estado general. Es más frecuente en pretérminos. Frecuentemente, se acompaña de traslocación bacteriana de gérmenes de la luz intestinal, que da lugar a cuadros de sepsis. El diagnóstico es clínico con el apoyo de estudios de laboratorio donde se aprecia elevación de reactantes, y radiológico, con la aparición de signos de isquemia intestinal (adelgazamiento de pared, neumatosis intestinal y neumoperitoneo, en caso de perforación). La exploración endoscópica está absolutamente contraindicada. El tratamiento en los casos leves es conservador, con la instauración de soporte nutricional parenteral, antibioterapia y medidas de sostén. Los casos más graves exigen cirugía. El vólvulo, en el contexto de una malrotación, es una urgencia quirúrgica. Se presenta como un cuadro obstructivo con gran alteración del estado general. La sospecha diagnóstica se establece por la radiología, pero la confirmación se realiza en la laparotomía. La proctocolitis alérgica y la enfermedad hemorrágica del recién nacido son cuadros clínicos de curso más benigno y que mejoran al introducir fórmulas extensamente hidrolizadas en un caso, y suplementos de vitamina K en el otro.

En los lactantes y niños más mayores, la causa más frecuente es la fisura anal. Generalmente es secundaria a estreñimiento. El diagnóstico se basa en la historia clínica de defecación dificultosa y dolorosa y en la inspección anal. La colitis infecciosa es también una causa muy frecuente de sangrado, sobre todo, si se acompaña de diarrea y fiebre. Es provocado por gérmenes enteroinvasivos, como: Salmonella, Shigella, Campylobacter, E. coli, etc. El diagnóstico se basa en el cultivo, y el tratamiento es el de cada entidad específica, cuando está indicado. La invaginación intestinal es también frecuente en esta edad. Es un cuadro obstructivo agudo, con afectación del estado general y, a veces, se acompaña de la emisión de heces sanguinolentas. El diagnóstico es radiológico y el tratamiento, que constituye una urgencia, es la reducción neumática o hidrostática, o quirúrgica en los casos fallidos. Hay que tener en cuenta que, si la invaginación se produce en niños mayores de 2 años, hay que pensar en una causa favorecedora, como: una hiperplasia linfoide, un pólipo, etc. El divertículo de Meckel es una malformación congénita consistente en una persistencia del conducto onfalomesentérico en el íleon terminal. Aproximadamente, la mitad contienen mucosa gástrica ectópica, que puede ulcerarse y es el origen del sangrado, que a veces es importante y con anemización. La rectorragia, en este caso, es típicamente indolora. El diagnóstico se hace mediante gammagrafía con pertecnectato Tc99 y el tratamiento es quirúrgico. Por último, la hiperplasia folicular linfoide es un cuadro clínico muy frecuente, manifestación de la hiperrespuesta linfoide del niño. Es una hiperplasia de los folícu­los linfoides de la mucosa del colon. Son sangrados escasos, sin repercusión y autolimitados. Es más frecuente en caso de alergia alimentaria, parasitosis o déficit de IgA. El diagnóstico es endoscópico y no precisa tratamiento.

En los niños mayores, además de los anteriormente comentados, aparecen los pólipos. En el niño, los más frecuentes son los pólipos juveniles, hamartomatosos, benignos, habitualmente solitarios y con escasa sintomatología. El diagnóstico es endoscópico e histológico y el tratamiento es la resección mediante endoscopia con asa de diatermia. A veces, se producen autoamputaciones. En ocasiones, los pólipos forman parte de una poliposis generalizada, muchas de ellas familiares, adenomatosas y con potencial capacidad de malignización, por lo que el correcto diagnóstico de estas entidades es crucial, ya que está indicada la vigilancia endoscópica periódica. Otras causas de sangrado son: la púrpura de Schönlein-Henoch, el síndrome urémico-hemolítico y la enfermedad inflamatoria intestinal, que suele llevar aparejados otros síntomas de la enfermedad de base.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Tres guías de manejo de la infección por Helicobacter, indicación de pruebas diagnósticas, indicación de tratamiento y diferentes pautas erradicadoras. Se pone de manifiesto la unanimidad en algunos criterios y el desacuerdo en otros.

 

 

Caso clínico

 

Lactante de 5 meses que acude a urgencias por presentar un cuadro de vómitos de unos 6-7 episodios al día y de unas dos semanas de evolución. Inicialmente, se acompañaban de restos hemáticos escasos, que han ido en aumento, motivo por el que ingresa para valoración y estudio. Refiere, asimismo, heces oscuras y fétidas. Curva ponderal ascendente.

Antecedentes personales

Embarazo controlado de curso normal. Parto vaginal a término. PRN: 3.450 g. Periodo neonatal sin incidencias. Lactancia mixta desde el nacimiento, con fórmula de inicio y fórmula antirreflujo. Diversificación no iniciada.

Antecedentes familiares

Primera hija de padres sanos no consanguíneos. Sin antecedentes familiares de interés.

Exploración física

P: 8.500 g (P97); Talla: 64 cm (P50).

BEG. Bien nutrida e hidratada. Buena coloración de piel y mucosas. Lesiones eccematosas hipocrómicas generalizadas. ACP: normal. Tonos puros y rítmicos, sin soplos. Abdomen: blando, depresible, no distendido. No masas ni megalias. Neurológico: normal. Fontanela normotensa.

Exploraciones complementarias

Hemograma: Leucocitos: 16.700 (24,9% neutrófilos; 56,4% linfocitos; 14,2% monocitos; 4,4% eosinófilos); Hematíes: 5.290.000; Hb: 11,4 g/dl; Hto: 34,5%; plaquetas: 773.000.

Bioquímico: Glucosa: 109 mg/dl; Urea: 15 mg/dl; Creatinina: 0,3 mg/dl; Proteínas totales: 6,7 d/dl; Ca: 9,6 mg/dl; Na: 136 mEq/l; K: 4,1 mEq/l; Cl: 102 mEq/l; AST: 17 UI; ALT: 27 UI; Bilirrubina total: 0,1 mg/dl; PCR: 5 mg/dl.

Gasometría venosa: pH: 7,39; pO2: 61,2 mmHg; pCO2: 43,5 mmHg; HCO3: 25,6; EB: 0,5.

E. coagulación: T. protrombina: 11,7; Act. protrombina: 103%; INR: 1; TTPA: 27,9´´; Ratio: 0,9; Fibrinógeno: 690 mg/dl.

IgE específica frente a proteínas de leche de vaca (CAP) y prick test: negativos.

Esofagogastroduodenoscopia: Mucosa esofágica sin alteraciones. Línea Z a nivel. Buena coaptación de cardias por retro. Mucosa gástrica de fórnix, cuerpo y antro intensamente eritematosa, edematosa y friable con erosiones, hemorragias mucosas y exudado fibrinoso. Píloro edematoso. Mucosa de bulbo y segunda porción duodenal edematosa y nodular. Tercera y cuarta porciones duodenales sin alteraciones. Diagnóstico endoscópico: gastroduodenitis aguda erosiva.

Biopsia de antro gástrico: mucosa gástrica con erosiones y abundante infiltrado eosinófilo.

Biopsia duodenal: mucosa duodenal con atrofia parcial ligera de las vellosidades y leve inflitrado eosinófilo.

Tratamiento y evolución

A su ingreso, tras unas horas a dieta absoluta, se reintroduce la alimentación utilizando una fórmula extensamente hidrolizada con buena tolerancia. Durante su estancia, permanece asintomática, motivo por el que es dada de alta para seguimiento ambulatorio. A los 2 meses del ingreso, ha iniciado diversificación sin incidencias. Al año de edad, se decide provocación hospitalaria con fórmula de inicio con buena tolerancia.

 

 

Exploraciones clínicas, bioquímicas y técnicas de imagen en la valoración de la patología digestiva y hepatobiliar

D. Lledín Barbancho*, R. Vecino López**
Regreso a las bases

 

D. Lledín Barbancho*, R. Vecino López**

*Médico adjunto del Servicio de Hepatología y Trasplante hepático. Hospital Infantil La Paz.

**Médico adjunto especialista en Digestivo Infantil, Hospital Universitario de Torrejón, Madrid

 

Resumen

La sintomatología referida al aparato digestivo es un motivo muy frecuente de consulta en la práctica pediátrica, en la mayoría de las ocasiones, se trata de procesos banales que no van a precisar ninguna prueba complementaria para el diagnóstico, tratamiento y seguimiento posterior. El principal reto para el pediatra es detectar aquellos casos que precisarán algún estudio más extenso.
Además, en ocasiones, puede resultar complicado el enfoque del niño con patología hepatobiliar, por ser esta menos frecuente. Es importante hacer una buena anamnesis y exploración física, fijándose en los signos típicos del niño con patología hepática y valorar en ese contexto las pruebas de laboratorio solicitadas, así como saber qué estudio de imagen es el más apropiado en cada situación.
En esta revisión, exponemos de la forma más esquemática y orientándolo a la práctica clínica, las pruebas más utilizadas, sus ventajas y limitaciones para el diagnóstico

 

Abstract

Symptomatology of gastrointestinal disease is a very common cause of pediatric consultation in the clinical practice. The majority of cases are not important processes and need no further diagnostic laboratory or imaging work-up. The main challenge for paediatricians is to detect those cases that need them.
The approach to the evaluation of children with hepatobiliary disease may occasionally be a difficult task. Therefore, a thorough history and clinical examination is mandatory, focusing on key findings that may ultimately lead to diagnosis. An accurate interpretation of laboratory and radiological tests, as well as a rationale use of the latter has to be the rule in this context. Here we review in a clear, brief and practical presentation the most important diagnostic tests in liver disease, its advantages and limitations

 

Palabras clave: Síntomas gastrointestinales; Enfermedad hepatobiliar; Pruebas de función gastrointestinal y hepática; Técnicas de imagen hepáticas; Test de función gastrointestinal

Key words: Gastrointestinal symptoms; Liver-biliary disease; Test function liver; Hepatic imaging; Functional gastrointestinal test

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 66.e1–66.e18


Exploraciones clínicas, bioquímicas y técnicas de imagen en la valoración de la patología digestiva y hepatobiliar

 

Manifestaciones clínicas digestivas

Los síntomas de los trastornos del aparato digestivo son muy poco específicos y comunes a otras patologías de otros sistemas, por lo que es necesario realizar un amplio diagnóstico diferencial. En el enfoque inicial, se debe realizar una historia clínica exhaustiva y una exploración dirigida en busca de signos de alarma que puedan indicar procesos orgánicos. Si estos signos de alarma se objetivan, puede ser necesaria la realización de pruebas complementarias. La escasa ganancia ponderal en el niño es uno de los signos de alarma más importantes a considerar.

A continuación, exponemos los síntomas que con mayor frecuencia son motivo de consulta.

Dolor abdominal

Es un motivo de preocupación y consulta muy frecuente en Pediatría. El dolor es percibido de forma muy distinta de unos individuos a otros, siendo la tolerancia interpersonal muy variable. El dolor abdominal agudo es el que comienza de forma brusca y es generalmente intenso, siendo producido, en la mayoría de las ocasiones, por procesos autolimitados, pero en ocasiones, nos advierte realmente de una urgencia médica o quirúrgica. El dolor abdominal crónico se define como episodios de dolor recurrente, más de uno a la semana y de duración superior a un mes, y puede ser de carácter funcional u orgánico. Los criterios de Roma III clasifican los procesos intestinales que son de carácter funcional (Tabla I)(1,2). Si el dolor es de carácter orgánico de tipo visceral, se describe como “sordo”, de localización difusa y, generalmente, se percibe a nivel del dermatoma de la víscera afectada. Cuando el origen está en el hígado, páncreas, árbol biliar, estómago y porción superior del intestino, se suele percibir a nivel del epigastrio. Si el origen está en la porción distal del intestino, ciego, apéndice y colon proximal, se percibe a nivel periumbilical. Por último, cuando el origen está en el colon, tracto urinario o vísceras pélvicas, es referido a nivel suprapúbico.

Regurgitaciones

Es el paso del contenido gástrico a la cavidad oral que se genera sin esfuerzo y no de forma proyectiva, debido a la incompetencia o inmadurez del esfínter esofágico inferior. En los lactantes, el reflujo gastroesofágico (RGE) se considera un proceso fisiológico que se produce en hasta un 75% en los menores de 4 meses. Hay que diferenciarlo de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), que se produce cuando se acompaña de síntomas esofágicos o extraesofágicos molestos y/o complicaciones tales como: fallo de medro, pérdida de peso, esofagitis, disfagia o alteraciones respiratorias. Mientras el RGE fisiológico no requiere tratamiento, la ERGE suele precisarlo y, si no mejora, además, requiere estudios para realizar un diagnóstico diferencial con otros procesos patológicos(3).

Vómitos

Se define como la expulsión forzada y repentina del contenido gástrico asociada a contracción de la musculatura tóraco-abdominal. Es un síntoma muy inespecífico, que puede tener como causa una patología gastrointestinal o de otro origen: sistema nervioso central, renal, infeccioso, metabólico, etc. Se puede producir en el contexto de cuadros banales y autolimitados, pero también en enfermedades graves que comprometen la vida del paciente y que requieren tratamiento inmediato. El contenido del vómito puede orientar al diagnóstico, pueden ser: alimentario (comida no digerida), bilioso (amarillo-verdosos), mucoso, hemático (sangre fresca), “en posos de café” (sangre digerida) o fecaloideo. Los signos de alarma que orientan a una etiología grave son: aparición en el periodo neonatal, fontanela abombada, afectación del estado general o deshidratación, contenido hemático o bilioso, distensión abdominal, dolor abdominal intenso, vómitos “en escopetazo” o vómitos persistentes(3).

Diarrea

Se define como el aumento en el volumen y número de deposiciones, junto con una disminución de su consistencia habitual. La cantidad máxima que se considera normal en un lactante pequeño es de 10 g/kg/día, que va aumentando hasta un máximo de 200 g/m2/día en el adulto. Dependiendo de la duración de la diarrea, se clasifica en: aguda (proceso autolimitado durante 3-6 días), prolongada (supera las 2 semanas) y crónica (supera las 6-8 semanas). Se describen cuatro mecanismos básicos de producción de la diarrea: osmótica (presencia en el intestino de solutos no absorbidos que aumentan la carga osmótica y arrastran agua a la luz intestinal desde el plasma), secretora (mayor secreción de agua y electrolitos desde el plasma a la luz intestinal que supera la capacidad de absorción), inflamatoria o exudativa (aumento de la permeabilidad de la mucosa intestinal con secreción pasiva de solutos y agua a la luz intestinal) y por alteraciones de la motilidad intestinal (Tabla II).

Estreñimiento

Se define como la disminución en la frecuencia de las deposiciones o la dificultad para defecar que causa dolor y que persiste en el tiempo. La frecuencia normal de defecación de los niños entre 1 y 4 años de edad, generalmente, es de 1 a 2 veces al día, y más del 90% defeca como mínimo pasado un día. Cuando un niño que ya presentaba control de esfínteres está estreñido por un tiempo prolongado, puede comenzar a ensuciar su ropa interior con heces que pueden ser líquidas y que expulsa de forma involuntaria, situación que se conoce como encopresis o ensuciamiento y que, en ocasiones, se confunde con diarrea. Cuando hay una importante acumulación de material fecal en el recto, que resulta en una masa abdominal dura en la parte inferior del abdomen, se ha producido una impactación fecal. El estreñimiento funcional o psicógeno constituye el 95% de las causas de estreñimiento crónico en los niños y hay que diferenciarlo del estreñimiento orgánico, sobre todo, el producido por la enfermedad de Hirschsprung, las malformaciones anorrectales, la fibrosis quística o el hipotiroidismo. Los signos de alarma que nos deben orientar hacia un proceso orgánico son: retraso en la expulsión de meconio, escasa ganancia ponderal, distensión abdominal, vómitos biliosos, inicio tras la introducción de leche de vaca y ampolla rectal vacía(4).

Hemorragia gastrointestinal

En Pediatría, generalmente es un motivo de alarma en los padres, aunque la mayoría de las veces no traduce una patología grave. Dependiendo de la localización del sangrado, hablamos de hemorragia digestiva alta, cuando se produce proximalmente al ángulo de Treitz, y hemorragia digestiva baja, cuando es distal a este. Las manifestaciones clínicas van a variar en función de la localización, volumen y rapidez de instauración. Clínicamente, se define como hematemesis a la emisión de sangre por la boca en forma de vómito. El origen puede ser de la zona ORL o de la porción proximal del tracto digestivo (esófago, estómago y duodeno). El sangrado suele ser rojo, aunque si la sangre ha estado en contacto con los jugos gástricos o intestinales, puede tener un color marrón o “en posos de café”. La hematoquecia es la emisión de sangre roja con las heces, que puede estar mezclada o no. Generalmente, se debe a hemorragias digestivas bajas aunque, en ocasiones, pueden tener su origen en tramos superiores si existe una aceleración del tránsito intestinal. La rectorragia es la emisión de sangre roja por el recto, generalmente de origen en colon distal, mientras que las melenas son deposiciones negras y pegajosas que traducen un sangrado digestivo alto. Cuando la sangre no se observa macroscópicamente, se habla de sangre oculta en heces. Para su detección, es necesario utilizar análisis microscópicos o test de laboratorio. Las causas del sangrado digestivo en Pediatría son múltiples y difieren según la edad (Tabla III).

Distensión abdominal

Puede estar motivada por acúmulo de gases que, además, se puede acompañar de dolor. En otras ocasiones, puede estar producida por una hepatomegalia u otras masas que precisarán estudios más detallados. También, es frecuente en niños celíacos o con procesos de malabsorción intestinal.

Técnicas diagnósticas en la patología del tracto digestivo

La sintomatología referida al aparato digestivo es un motivo muy frecuente de consulta en la práctica pediátrica y, en un gran número de casos, hace referencia a patologías funcionales y, muchas veces, banales. El pediatra debe discernir entre qué situaciones es necesario ir más allá de los datos clínicos y realizar pruebas complementarias que ayuden al diagnóstico de una patología que se beneficie de un tratamiento concreto.

Estas pruebas deben orientarse según la parte del aparato digestivo en que se sospeche que radica el problema.

Pruebas funcionales esofágicas

El esófago tiene dos funciones básicas que son las que pueden verse alteradas por distintos procesos: el transporte del bolo alimenticio y la prevención del flujo retrógrado del contenido gastrointestinal.

Manometría esofágica

Es una técnica fundamental para el estudio de la función contráctil del esófago y el diagnóstico de procesos que causan una alteración en su motilidad normal (disfunciones cricofaríngeas, acalasia y espasmos esofágicos). Para su realización, se coloca una sonda de varios canales de presión conectada a un sistema manométrico, con transductores de presión y sistema de registro. Se valora, por un lado, la presión del esfínter esofágico superior e inferior basal y su relajación en respuesta a la deglución y, a nivel del cuerpo esofágico, la amplitud, duración y propagación de las contracciones(5).

pHmetría e impedanciometría

La pHmetría esofágica es una técnica que mide la acidez del contenido gástrico, lo que la convierte en el método de referencia para el estudio de la ERGE. Está indicada en caso de síntomas sugestivos y evolución desfavorable a pesar del tratamiento correcto, si se desea establecer relación entre RGE y síntomas extradigestivos o como control de la eficacia del tratamiento del RGE moderado-severo previamente diagnosticado por pHmetría. Se realiza una medición continua del pH esofágico, habitualmente durante 24 horas, incluyendo tanto periodo diurno como nocturno. Cuando el pH baja de 4, se considera que hay reflujo y los 4 parámetros clásicos empleados para medirlo son:

1. IR:índice de reflujo o fracción de tiempo con pH < 4. El diagnóstico de RGE se realiza cuando el IR es > 4-5% o siempre que haya un episodio de RGE con duración mayor a 20 minutos. También, se emplea para clasificar el RGE en leve (IR < 10%), moderado (IR del 10-20%) y grave (IR > 20%).

2. NR:número de episodios de reflujo, definido como pH esofágico menor de 4 durante más de 30 segundos. Valor normal: < 22 episodios.

3. NR > 5: número de episodios de duración mayor a 5 minutos. Valor normal: < 3.

4. DR + L: duración del reflujo más largo. Valor normal: < 15 minutos.

Los 3 últimos parámetros son útiles para indicar si existe un problema de barrera (NR alto, el resto normal) o de aclaramiento (NR > 5 y DR + L aumentado).

La pHmetría presenta diversos inconvenientes: se debe retirar la medicación antirreflujo y antiácida, al menos 72 horas antes; no mide reflujos con pH > 4 (que son la mayoría en los lactantes); y no se correlaciona con el grado de intensidad del reflujo (Fig. 1).

 


Figura 1. Ejemplo de pHmetría en niño con bronquitis de repetición asociado a importante reflujo esofágico que precisó tratamiento quirúrgico. Se objetiva que presenta un RGE severo (IR 22,7%), que se debe, por un lado, a un problema de barrera (NR 61) y, por otro, a un problema de aclaramiento (NR+5 es 8 y DR+L es 71).

 

La impedanciometría es una nueva técnica que se basa en la detección de un cambio de la resistencia al flujo de corriente entre dos electrodos cuando un bolo líquido (baja la impedancia) o de gas (sube la impedancia) cruza a través de estos. Actualmente, se recomienda el empleo conjunto con la pHmetría, ya que presenta la ventaja de registrar los reflujos no ácidos y los débilmente ácidos, y determina si se correlacionan con la sintomatología del paciente. Además permite especificar si el material refluido es sólido, líquido, gaseoso o mixto, y también mide la altura a la que asciende. Las limitaciones de esta técnica son: su alto coste, la falta de unificación de criterios en el estudio de RGE en el paciente pediátrico y que la lectura del registro requiere un tiempo prolongado, ya que los sistemas de análisis automático aún presentan múltiples errores que es necesario corregir antes de obtener el resultado final de la prueba, lo que hace que, además, sea observador dependiente(6).

Pruebas funcionales gástricas

Biomarcadores plasmáticos

En pacientes con dispepsia, la determinación de los niveles de gastrina 17 y pepsinógeno (PG) I y II ayuda en el diagnóstico de gastritis atrófica. Mientras que en adultos, este tipo de gastritis es frecuente en relación con la evolución en el tiempo de la infección por H. pylori, en el paciente pediátrico es excepcional y aparece, sobre todo, en el contexto de síndromes poliglandulares autoinmunes. La gastrina 17 está aumentada en los pacientes con anemia perniciosa y en gastrinomas, siendo el valor sérico normal en niños de 15-95 pg/ml. El PG I está aumentado en la atrofia gástrica, y el valor normal en niños es <80 pg/ml. La determinación del cociente PG I/PG II normal es 2-6, si fuera inferior a 2 indicaría también atrofia de la mucosa gástrica(7).

Pruebas para la detección de Helicobacter Pylori

El H. pylori es un bacilo gran negativo que coloniza el epitelio gástrico y se ha relacionado con la enfermedad péptica, siendo la principal causa de gastritis crónica en todas las edades y, en adultos, además de úlceras gástrica y duodenal. Está claramente relacionado con el cáncer gástrico, tanto de tipo adenocarcinoma como de linfoma tipo MALT (linfoma de tejido linfoide asociado a mucosa). Los niños infectados con gastritis antral desarrollan úlcera duodenal, en un porcentaje pequeño, inferior al 10 %, y úlcera gástrica en un porcentaje aún menor, siendo excepcional el cáncer gátrico. El estudio de infección se basa en la actividad ureasa de la bacteria, que le permite desdoblar la urea en NH3 y CO2, metabolitos que se utilizan en los test de detección. El método invasivo de detección de infección y enfermedades es la gastroscopia con toma de biopsias, que se emplea para estudio anatomopatológico y cultivo con antibiograma, además de que permite la realización de la prueba de urea rápida, que da el resultado en aproximadamente una hora. En el estudio de las muestras de biopsias, se pueden identificar los genotipos citotóxicos (VacA o CagA). Los métodos no invasivos demuestran solo colonización o infección, pero no enfermedad, siendo la prueba de aliento con urea marcada 13C la más sensible y específica, además de la más utilizada. Otras pruebas no invasivas son: por un lado, la determinación de antígeno fecal, útil en niños pequeños que no colaboran para la realización del test de aliento, y por otro, la determinación de anticuerpos frente a H. pylori mediante técnica ELISA en suero, saliva o heces, que solo se emplea para estudios epidemiológicos. Para el control de erradicación tras finalizar el tratamiento, también se utilizan los métodos no invasivos(8).

Pruebas funcionales intestinales

Parámetros bioquímicos del estado nutricional

Mediante la determinación de determinados parámetros bioquímicos, se puede obtener información acerca del estado nutricional del paciente:

Proteínas séricas: son sintetizadas por el hígado y por células inmunocompetentes.

Proteínas de vida media larga (albúmina, transferrina y somatomedina). Indican el estado nutricional del paciente en las últimas semanas. La albúminatiene vida media de 18-20 días y su valor normal es 3,5-5 g/dl. Normalmente, el 40% está en la sangre, pero en situación de estrés disminuye (pasa a tejidos, sobre todo, a la piel); mientras que, en la malnutrición pasa lo contrario (se sobreestima). Disminuye en: estrés fisiológico, hepatopatía, nefropatía, hipotiroidismo y exceso de cortisol sérico. La transferrina tiene vida media de 8-10 días. Puede elevarse si hay ferropenia y disminuye en situaciones de enfermedad hepática, síndrome nefrótico e infección. La somatomedina C (IGF-I) se produce como respuesta a la estimulación de la hormona de crecimiento. Disminuye en la malnutrición proteico-calórica, pero se normaliza en 3-15 días tras la terapia nutricional (en este tiempo, el resto de marcadores proteicos no se modifican).

Proteínas de vida media corta (prealbúmina, proteína transportadora del retinol y fibronectina). Son indicadores muy útiles para la monitorización de cambios nutricionales agudos (en las últimas 48 horas). La prealbúmina o transtirretina tiene vida media de 2 días y su valor normal es 15-30 mg/dl. Responde más rápidamente que la albúmina y la transferrina a los cambios del estado proteico. El RBP o proteína transportadora del retinol tiene vida media de 12 horas. Su utilidad clínica es muy limitada, puesto que sus valores se alteran en múltiples situaciones (déficit de vitamina A o zinc, inflamación, enfermedades renales y hepáticas). La fibronectina tiene una vida media de 20 horas. La sintetizan células hepáticas, endoteliales y fibroblastos, por lo que disminuye, no solo en la malnutrición, sino también si hay quemadura extensa, sepsis o traumatismo.

Perfil lipídico, vitaminas y minerales. El perfil lipídico solamente se altera en los casos de malnutrición crónica. Las vitaminas liposolubles (A, D, E y K) disminuyen en cuadros de colestasis y en otros de maldigestión o malabsorción de grasa; mientras que, las hidrosolubles (B y C) suelen indicar déficit alimentario. El déficit de hierro está relacionado con pobre ingesta o difícil absorción, aunque también con malnutrición leve. El déficit de zinc, cobre, cromo o selenio indica una patología malabsortiva grave o una malnutrición moderada-grave.

Estudios de maldigestión y/o malabsorción de nutrientes

La digestión de nutrientes comienza en la boca con la secreción de saliva, pero su absorción se realiza casi exclusivamente en el intestino delgado. Esta última no se realiza de forma uniforme en toda su longitud, por lo que la malabsorción puede ser selectiva de un nutriente o global de todos ellos. El dato clínico característico de maldigestión y/o malabsorción es la diarrea(9-11).

Maldigestión y/o malabsorción de hidratos de carbono. La digestión parcial y la absorción incompleta de los hidratos de carbono produce una diarrea osmótica (al ser sustancias osmóticamente muy activas que atraen agua y electrólitos a la luz intestinal) y fermentativa (por ser hidrolizados por las bacterias colónicas, produciendo gases y ácidos), acompañándose con frecuencia de dolor abdominal, flatulencia e irritación perianal. Ante estos datos clínicos, puede ser necesario confirmar la sospecha mediante un cribado de azúcares o/y pruebas de sobrecarga con azúcares. El cribado de azúcares consiste en la determinación, por un lado, de azúcares en las heces que no han sido absorbidos (glucosa, sacarosa y cuerpos reductores) y, por otro, de parámetros que indican que son fermentados por las bacterias (pH fecal ácido < 5). El pH fecal normal es de 6-8; aunque, durante la lactancia materna son normales valores más bajos: 4,5-6. Podría ser normal en los casos de tránsito digestivo muy rápido, sin que dé tiempo a que las bacterias fermenten el azúcar, o si carece de dichas bacterias (antibioterapia). La sacarosa no es un agente reductor, por lo que es necesaria la hidrólisis ácida previa: test de Selivanoff. Hay dos tipos de pruebas de sobrecarga con azúcares. En primer lugar, el test de hidrógeno espirado, se basa en que, si un azúcar no se absorbe, cuando llega al colon (a los 90 minutos, aproximadamente), se empieza a metabolizar por las bacterias, generándose hidrógeno, que se absorbe a la sangre y se elimina por el pulmón. Tras una sobrecarga del azúcar específico, se determina la elevación de la concentración de hidrógeno espirado a lo largo del tiempo. Sería patológico si se produce una elevación tardía (a los 90-120 minutos) de 10-20 ppm de hidrógeno sobre el basal. Una elevación precoz en los primeros 90 minutos es característica de sobrecrecimiento bacteriano o tránsito acelerado. Pueden existir falsos negativos por uso previo de antibióticos o por la existencia de flora no fermentadora. En segundo lugar, el test de absorción de mono-disacáridos complementa la prueba anterior con la determinación seriada de glucemia capilar, tras la administración del azúcar correspondiente. El paciente será “absorbente” si la glucemia aumenta por encima de 20 mg respecto a la basal, en las dos horas posteriores a la ingesta, con curva de hidrógeno normal. También, se determina si el paciente es o no “tolerante” en función de si dicha ingesta le produce sintomatología. La determinación de oligosacaridasas en biopsia intestinal solamente se emplea para confirmar la sospecha de casos de intolerancia congénita a hidratos de carbono por déficit enzimático.

Maldigestión y/o malabsorción de grasas. La esteatorrea hace referencia al exceso de grasa en las heces, que le da un aspecto brillante y un olor rancio. Se produce en aquellas enfermedades en las que se produce alteración de la lipólisis (disfunción del páncreas exocrino), atrofia vellositaria, (enfermedad celíaca, entre otras), disminución de ácidos biliares u obstrucción de los vasos linfáticos. La cuantificación directa de grasa fecal se ha realizado, tradicionalmente, con la técnica de Van de Kamer, que requiere la recogida de heces durante 72 horas, tras una dieta con una sobrecarga de 100 g de grasa al día. Esta técnica es engorrosa debido a la necesidad de manipulación de las heces, por lo que se están utilizando nuevas técnicas de absorción en el infrarrojo cercano (FENIR). Los parámetros relevantes que se recogen son:

Peso de las heces: sirve como indicador de una recogida correcta de las heces. Lo normal en niños pequeños serían 4 g/kg y, en mayores, de 100 a 120 g.

Gramos de grasa total en 24 h: sirve para detectar esteatorrea si las heces han sido bien recogidas. Los valores normales son: lactante < 2,5 g/d, niño mayor <3-4 g/d, y adolescentes < 6 g/d. La esteatorrea leve (< 6-8 g/d) es inespecífica y se puede producir incluso en situaciones de sobrecrecimiento bacteriano, si es moderada (8-15 g/d) puede ser malabsortiva, como en un niño celíaco y, si es grave (> 15-20 g/d), ya es indicativa de insuficiencia pancreática.

Cociente de absorción de grasas (CAG): requiere combinar la prueba con una encuesta dietética y una calibración de la dieta ingerida. Se calcula con la fórmula: [grasa ingerida-grasa excretada (g)/grasa ingerida (g)] x 100. Los valores normales son: en recién nacido pretérmino, 60-65%; en recién nacido a término, 80-85%; en niños de 10 meses a 3 años, 85-95%; y en niños mayores de 3 años, > 95%.

Maldigestión y/o malabsorción de proteínas. La creatorrea o aumento del contenido proteico de las heces se puede producir por malabsorción proteica (como en la enfermedad pancreática) o por secreción desde la mucosa (como en una enteropatía exudativa). Se valora mediante la determinación de nitrógeno fecal y de a1-antitripsina en heces. Si ambas están aumentadas, orienta el diagnóstico hacia una enteropatía exudativa, mientras que el incremento aislado del nitrógeno fecal orienta más hacia una malabsorción proteica. El valor normal en niños de nitrógeno fecal es de 0,8-1,2 g/24 horas por el método de NIRA. La α1-antitripsinaes una proteasa sintetizada por el hígado que se filtra en pequeña cantidad a través de la pared intestinal y se elimina por las heces, aumentando dicha filtración en enteropatías exudativas proteicas. Es resistente a otras proteasas intestinales, pero se descompone en medio ácido con pH < 3, como el del jugo gástrico, por lo que no es útil en el diagnóstico de gastropatía pierde proteínas (como la enfermedad de Ménétrier). El valor normal en niños es de 0,2-0,7 mg/g de heces secas. La determinación simultánea de su valor sérico permite conocer su aclaramiento, cuyo valor normal es de < 12 ml/24 h.

Estudio de heces

El examen de las heces tiene su máxima indicación clínica en el diagnóstico diferencial de la diarrea crónica. Para diferenciar entre diarrea osmótica y secretora, es muy útil la determinación de iones en heces y el cálculo del GAP osmolar. El GAP osmolar es la diferencia entre la osmolaridad habitual plasmática y la calculada a partir de los iones fecales, y se obtiene por la fórmula: 290 – 2 [(Na+) + (K+)]. En la diarrea secretora, las partículas osmóticamente activas son electrólitos (Na+, K+, Cl–, HCO3), por lo que la osmolaridad de las heces será similar a la plasmática; mientras que, en la diarrea osmótica, las principales partículas osmóticas no son electrólitos y el GAP osmolar será mayor de 20 mmol/kg. Los exámenes macroscópico y microscópico de las heces también orientan hacia el diagnóstico de las distintas causas de diarrea. En la malabsorción de grasas, es típico encontrar unas heces voluminosas, brillantes, pastosas y fétidas. En las enfermedades inflamatorias, encontraríamos moco, sangre o pus, y en las alteraciones de la motilidad, presencia de restos vegetales sin digerir. El estudio microscópico de virus, bacterias y parásitos es la prueba definitiva para llegar al diagnóstico de las diarreas infecciosas. Por último, en la diarrea inflamatoria es útil la determinación de ciertas proteínas fecales derivadas de los neutrófilos (lactoferrina, lisozima, elastasa, mieloperoxidasa y calprotectina), ya que su elevación se correlaciona con la actividad inflamatoria intestinal.

Marcadores específicos de enfermedad celíaca

La enfermedad celíaca se considera actualmente como un trastorno sistémico mediado inmunológicamente, provocado por la ingestión de gluten en individuos genéticamente susceptibles. Se caracteriza por la presencia de una combinación variable de manifestaciones clínicas dependientes del gluten, marcadores serológicos específicos de la enfermedad, haplotipos HLA DQ2 o DQ8 y enteropatía con atrofia de la mucosa intestinal. En las últimas guías de diagnóstico de la enfermedad en pacientes pediátricos, propuestas por la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN), aumenta la importancia de los marcadores serológicos, ya que se considera que no siempre se precisa una biopsia intestinal, que demuestre atrofia mucosa, para iniciar el tratamiento con dieta sin gluten, que tradicionalmente siempre se indicaba. De entre estos marcadores, los anticuerpos antitransglutaminasa tisular de clase IgA (anti-TG2) son los de elección para el diagnóstico de la enfermedad en la práctica clínica. Los anticuerpos antiendomisio de clase IgA (AAE) tienen una alta especificidad y sensibilidad pero, como desventaja, su determinación es un método largo y costoso y requiere bastante experiencia del examinador. Los anticuerpos antigliadina (AAG) son menos específicos que los anti-TG2 y los AAE, con más porcentaje de falsos positivos, aunque su sensibilidad es mayor que la de estos, en niños menores de dos años; por lo que, en ese rango de edad, es útil la determinación simultánea de AAG y AGTt.

Marcadores específicos de enfermedad inflamatoria intestinal (EII)

La EII conlleva la inflamación de la lámina propia de la mucosa intestinal, con activación de distintas células de la inflamación que producirán citosinas, que inducen la formación de reactantes de fase aguda. La determinación de estos reactantes de fase aguda es útil para medir la actividad de la enfermedad y la respuesta al tratamiento. La proteína C reactiva (PCR) y la velocidad de sedimentación globular (VSG) son reactantes de fase aguda plasmáticos inespecíficos, mientras que los marcadores fecales son más específicos de EII. La calprotectina fecal es el marcador fecal que presenta mayor sensibilidad y especificidad en el estudio de EII y su valor de normalidad descrito en adultos es de 50 mg/L, pero en los pacientes pediátricos no está bien definido. Por otro lado, los marcadores serológicos son útiles en el diagnóstico de la EII y en la diferenciación entre enfermedad de Crohn (EC) y colitis ulcerosa (CU), pero no se correlacionan con la actividad de la enfermedad. Los marcadores serológicos más utilizados son: los anticuerpos anticitoplasma de los neutrófilos o p-ANCA(su positividad indica con mayor probabilidad una CU) y los anticuerpos anti-Saccharomyces cerevisiae o ASCA (más específicos de EC).

Manometría intestinal

La manometría antroduodenal se utiliza en estudios de gastroparesia y en los casos de pseudo-obstrucción intestinal, mientras que la manometría del esfínter de Oddi se usa para estudiar los espasmos de este. La manometría anorrectal se utiliza para el despistaje de la enfermedad de Hirschsprung, al valorar la ausencia de reflejo anal inhibitorio (RIA) (Fig. 2).

 


Figura 2. Manometría anorrectal en lactante con estreñimiento. Se descarta la enfermedad de Hirschprung al presentar reflejo anal inhibitorio (RIA).

 

Pruebas funcionales del páncreas exocrino

Marcadores de reserva funcional

La evaluación de la función pancreática exocrina en los niños, se basa en métodos indirectos, empleando los métodos directos, excepcionalmente, por su complejidad e invasividad. El método directo más importante es el test de estimulación hormonal con secretina o colecistoquinina (hormonas que estimulan la secreción pancreática) con sondaje duodenal, aspiración del contenido duodenal y medición de la actividad enzimática y bicarbonato. Es una prueba altamente sensible y específica, pero apenas se utiliza en la práctica, actualmente. Como pruebas indirectas, están aquellas que detectan esteatorrea, al ser característica de la insuficiencia pancreática, y la determinación de quimiotripsina y elastasa fecal. La quimiotripsina fecal es una enzima proteolítica cuya concentración en heces está relacionada con la función exocrina del páncreas. El valor normal en heces de 24 horas es > 20 U/g de heces y, en muestra aislada, 6-30 U/g de heces. Valores < 2-3 U/g obligan a descartar fibrosis quística, entre 4 y 12 U/g a valorar otras causas de insuficiencia pancreática, y entre 12 y 21 U/g se pueden encontrar en situación de malnutrición. Si está en tratamiento con enzimas pancreáticas, es necesario suspenderlo 5 días antes, por lo que es de utilidad en el diagnóstico pero no en el seguimiento. La elastasa-1 fecal es una endopeptidasa resistente a la degradación de la flora intestinal. En su determinación no interfiere el tratamiento enzimático, por lo que su determinación seriada es el método de elección para el control evolutivo de los pacientes con insuficiencia pancreática en tratamiento sustitutivo. Su valor normal es >200 µg/g de heces (ideal > 400 µg/g); valores entre 100 y 200 µg/g indican insuficiencia pancreática moderada y, si es < 100 µg/g, insuficiencia pancreática grave.

Marcadores de pancreatitis

Las enzimas pancreáticas en situación normal deben pasar a la luz intestinal donde realizan su acción pero, en caso de inflamación y exceso de producción, parte pueden pasar a la sangre donde se determinan. La amilasa sérica es una enzima secretada en la saliva (60%) o por el páncreas (40%). Una elevación mayor de 127 U/L indica patología por aumento de la saliva (parotiditis, traumatismo de parótida, obstrucción de conducto salival, cetoacidosis diabética…), pancreática (pancreatitis > 330 U/L, obstrucción del conducto pancreático, obstrucción biliar, tumor pancreático, ulcus gástrico penetrante en el páncreas…) o de ambas (insuficiencia renal, tumor cerebral, quemaduras…). La elevación en pancreatitis aguda es precoz, a partir de las 2-12 horas del inicio del cuadro clínico, y suele permanecer elevada hasta el tercer o quinto día, sin que exista correlación con la gravedad del proceso. La lipasa sérica se eleva (>140 U/L) en pancreatitis aguda (más específica que la amilasa), carcinoma de páncreas y en la cirrosis hepática. Permanece elevada durante más tiempo, alrededor de dos semanas, y tampoco se correlaciona con la gravedad. El TIRS o tripsina inmunorreactiva sérica tiene un valor normal entre 10 y 57 ng/ml. Aumenta en etapas tempranas de la fibrosis quística (uso en el cribado neonatal), aunque también en la pancreatitis aguda y en la coledocolitiasis. Disminuye en pancreatitis crónica con insuficiencia exocrina(5,6,9).

Estudio específico de la fibrosis quística (FQ)

La FQ es una enfermedad hereditaria de carácter autosómico recesivo, debida a un defecto en el transportador epitelial de electrólitos, que conduce al desarrollo de una insuficiencia pancreática exocrina. Es la causa más frecuente de insuficiencia pancreática en los niños. La determinación de TIRS es la base del cribado neonatal. Se realiza una primera determinación en sangre de talón a los 2-5 días de vida que, si está elevada (>70 ng/ml), indica que debe realizarse una segunda a los 45-60 días. Si esta segunda determinación se mantiene elevada o, por el contrario, está muy baja, habrá que realizar estudio genético para descartar FQ. El test del sudor o ionotest se basa en que los enfermos con FQ producen un sudor con mayor concentración de sodio y cloro. Consiste en realizar una iontoforesis inducida por pilocarpina y una corriente eléctrica de baja intensidad, recogiéndose el sudor, donde se mide la concentración de cloruro sódico. Si el resultado es < 40 mEq/L, se considera normal, entre 40 y 60 mEq/L sería dudoso, y si es igual o superior a 60 mEq/L, patológico. El ionotest se considera un método de cribado, por lo que su resultado debe confirmarse midiendo la conductividad de cloro, que es patológica cuando es mayor de 50 mEq/L(10).

Pruebas de imagen

Dependiendo de la clínica del paciente y de la sospecha diagnóstica, se pueden realizar diversas pruebas de imagen. Sería conveniente siempre utilizar la más precisa e inocua en cada momento.

Radiografía simple de abdomen

Ofrece mucha información sobre el patrón de distribución de aire, efecto masa, presencia de fecalitos, aire libre en peritoneo, signos de obstrucción intestinal, etc.

Ecografía abdominal

Muy utilizada en Pediatría por su inocuidad. Permite el estudio de vísceras abdominales con posibilidad, además, de valorar el flujo arterial y las resistencias vasculares por estudio Doppler. Se considera de elección en casos de sospecha de: estenosis hipertrófica de píloro, invaginación intestinal, apendicitis, masas abdominales, hematomas en hígado o bazo, ascitis o líquido libre, entre otros.

Tomografía axial computarizada (TAC)

Útil para el estudio de traumatismos abdominales, estudio de masas o abscesos o en determinadas patologías en casos seleccionados. Actualmente, la TAC helicoidal ofrece importantes ventajas en Pediatría por el poco tiempo empleado para su realización y por las reconstrucciones que se pueden obtener.

Resonancia magnética (RM)

La excelente definición anatómica de tejidos blandos que se obtiene, junto con el hecho de no requerir contrastes yodados ni radiaciones ionizantes, le confiere cada vez más importancia en Pediatría. Destaca el uso cada vez mayor de la entero-RM en el diagnóstico de la EII, ya que permite valorar mejor el tránsito digestivo, la afectación inflamatoria, definir el grado de actividad y valorar complicaciones extraluminales.

Radiografías con contraste baritado

Tránsito digestivo: se administra el contraste por vía oral y se realizan radiografías seriadas. Evalúa alteraciones a nivel de la luz o de la pared del tracto digestivo, permitiendo el diagnóstico de: estenosis atresias, fístulas, hernias, malrotaciones o vólvulos. Es útil en el diagnóstico de alteraciones deglutorias (valorando la deglución del contraste a nivel orofaríngeo) y en alteraciones de la motilidad, como en la acalasia esofágica.

Enema de bario: se administra el contraste en forma de enema. Ofrece información sobre el intestino grueso, es útil en el seguimiento en casos de EII (evidencia fístulas, abscesos o divertículos) y en la pseudoobstrucción intestinal, en la que detecta dilataciones o estenosis (Fig. 3).

 


Figura 3. Niño con enfermedad de Crohn ileocólica con respuesta parcial al tratamiento médico con fármacos biológicos y que presenta peristaltismo de lucha. En el tránsito intestinal completo, se objetivan, en la porción distal del íleon, dos zonas de estenosis.

 

Endoscopia

La endoscopia digestiva alta y la colonoscopia son una herramienta fundamental para el diagnóstico de un importante número de patologías digestivas (localización de sangrados intestinales, estudio de procesos inflamatorios o tumorales), además de que constituye una herramienta terapéutica (esclerosis de varices esofágicas, polipectomía). Permite la observación directa de la luz del tubo digestivo, la mucosa y la toma dirigida de biopsias.

Angiografía selectiva

Se utiliza para la localización de un punto sangrante en el intestino y posterior embolización, si fuera necesario.

Pruebas de medicina nuclear

Gammagrafía con pertecnato tecnecio99m:se administra el isótopo por vía intravenosa. Es la primera prueba de imagen no invasiva a realizar en la sospecha de divertículo de Meckel sintomático (generalmente, asociado a presencia de mucosa gástrica ectópica). Presenta una sensibilidad del 85% y especificidad del 95%.

Gammagrafía con leucocitos marcados con tecnecio 99m o indio 111:se extrae una muestra de sangre al paciente, los leucocitos se marcan con el trazador y se administra, posteriormente, vía intravenosa. La existencia de un foco inflamatorio provoca la llegada de leucocitos de la circulación a dicho foco. Tiene su principal indicación en la EII, para la localización de los segmentos afectos, valoración de la extensión y del grado de actividad.

Gammagrafía con glóbulos rojos marcados:es útil para detectar las hemorragias de origen oscuro; es decir, aquellas que no se detectan ni con endoscopia alta ni con colonoscopia.

Manifestaciones clínicas hepáticas

Al explorar a un paciente con sospecha de patología hepática, debemos realizar una exploración meticulosa para hacernos una correcta primera impresión diagnóstica.

Debemos buscar diversos signos típicos de patología hepática.

Hepatomegalia

Se considera patológico cuando el hígado sobrepasa el reborde costal en 2-3 centímetros en neonatos, 1-2 centímetros en lactantes y niños pequeños, y no se debe palpar en los adolescentes. Hay que tener en cuenta que, diversas situaciones pueden producir una falsa hepatomegalia, como las patologías que cursan con dificultad respiratoria y que producen un descenso del diafragma. Es importante anotar las características a la palpación: su consistencia (dura o pétrea en los casos de cirrosis, como por ejemplo, en la atresia de vías biliares, importante hepatomegalia blanda en la mayoría de las glucogenosis…), presencia de masas, dolor a la palpación, etc. Además, es obligatorio comprobar la existencia de esplenomegalia, lo que puede indicar una situación de hipertensión portal o una enfermedad de depósito o infiltrativa(20).

Existen múltiples causas de hepatomegalia: por afectación hepática o extrahepáticas (insuficiencia cardíaca congestiva, leucemia…), como se exponen en la tabla IV.

Ictericia

El tinte amarillo de piel y conjuntivas se hace evidente cuando la cifra de bilirrubina alcanza los 2-3 mg/dl; en los neonatos, pueden ser necesarios valores más altos. La ictericia puede traducir situaciones de colestasis, en ese caso se acompaña de coluria y puede presentar también hipocolia o acolia.

Las causas de ictericia son variadas y para su diagnóstico es importante conocer el tipo de bilirrubina predominante: directa o indirecta (Tabla V).

Arañas vasculares

Se caracterizan por tener una arteriola central que se irradia en pequeñas vénulas, se localizan en cara, tórax y extremidades superiores. Suelen ser más típicas de patología crónica. Se relacionan con alteraciones en el metabolismo de los estrógenos.

Eritema palmar

Es un eritema parcheado más evidente en la punta de los dedos y región tenar e hipotenar; se debe a la vasodilatación e incremento del flujo. Suele reflejar una hepatopatía crónica.

Xantomas

Se deben al acúmulo de lípidos en dermis y tejido celular subcutáneo. Se manifiestan más típicamente en los párpados y superficie extensora de los miembros. También, suele traducir una hepatopatía crónica(19).

Prurito

Se produce en pacientes con colestasis por el acúmulo de ácidos biliares y bilis. No se correlaciona con las cifras de bilirrubina. En ocasiones, el prurito puede llegar a ser muy intenso, pudiéndose apreciar lesiones de rascado. Para su tratamiento, se emplean sustancias que quelan los ácidos biliares como la colesteramina o agentes coleréticos, como el fenobarbital y el ácido ursodeoxicólico. Otros tratamientos empleados son: los antihistamínicos, los antagonistas de los opiáceos y la rifampicina. En ocasiones, algunos pacientes se benefician de una derivación biliar parcial externa.

Acropaquias

Se ven en patologías crónicas que se acompañan de hipertensión portal, debido a los shunt arteriovenosos intrapulmonares (síndrome hepatopulmonar)(19)(Fig. 4).

 


Figura 4. Acropaquias en paciente con síndrome hepato-pulmonar.

 

Ascitis

Es el acúmulo de líquido en la cavidad abdominal. Puede ser debido a enfermedades infecciosas, renales, cardiacas, tumorales y en pacientes con cirrosis e hipertensión portal, siendo esta última la más frecuente en el ámbito pediátrico(23). En casos de pequeños acúmulos de líquido, es difícil evidenciarlos únicamente con la exploración física, siendo necesario recurrir a la ecografía abdominal.

Dependiendo de las características bioquímicas del líquido, se clasifica en: trasudado, cuando la concentración de proteínas es < 2,5 g/dL, y en exudado, si la concentración de proteínas es más elevada(19) (Fig. 5).

 


Figura 5. Circulación colateral y ascitis en paciente con cirrosis.

 

Afectación neurológica

La encefalopatía hepática se puede observar en pacientes con shunt porto-sistémico y en situaciones de disfunción hepática severa. Se puede desencadenar por distintos procesos intercurrentes, como: infecciones, sangrado digestivo, medicamentos… En su patogenia, se han implicado los niveles altos de amonio, aunque no existe una correlación directa entre sus niveles en sangre y el grado de encefalopatía, y otras sustancias, como neurotransmisores inhibitorios del SNC, entre ellos el más estudiado es el GABA.

En los lactantes, la clínica inicial puede ser muy anodina, consistiendo, inicialmente, en: irritabilidad, decaimiento y/o somnolencia. En los niños más mayores, además podemos observar asterixis o flapping, consistente en un temblor fino distal (Tabla VI).

Signos de hipertensión portal

Se produce cuando la presión en la vena porta supera los 10 mm Hg. Las manifestaciones clínicas suelen consistir en la aparición de circulación colateral (venas dilatadas alrededor del ombligo, varices rectales y varices esofágicas), con el consiguiente riesgo de sangrado dando lugar a hematemesis o melenas. El sangrado digestivo es la principal causa de mortalidad y morbilidad de los pacientes con hipertensión portal. Es típico en estos niños encontrarnos un mayor o menor grado de esplenomegalia y datos de hiperesplenismo con: trombocitopenia, leucopenia, petequias o equimosis(19).

Otros

Los pacientes con hepatopatías crónicas pueden presentar alteraciones en diversos sistemas durante el curso de su enfermedad, pudiendo presentar: disfunción renal (síndrome hepato-renal), afectación pulmonar (síndrome hepato-pulmonar e hipertensión porto-pulmonar) y alteraciones endocrinológicas (retraso del crecimiento), entre otras.

Pruebas diagnósticas de la patología hepatobiliar

Pruebas bioquímicas de función hepática

A la hora de valorar los parámetros bioquímicos, conviene recordar que no existe ninguna prueba patognomónica de una determinada patología; por lo tanto, hay que hacer un análisis secuencial, junto con las manifestaciones clínicas acompañantes, para una correcta interpretación.

Los parámetros utilizados evalúan las distintas funciones del hígado: su actividad bioquímica y su capacidad de síntesis.

Es relativamente frecuente encontrarnos alteraciones analíticas en sujetos asintomáticos que, en la mayoría de las ocasiones, no traducen ninguna enfermedad hepática. Pero es importante recordar que varias patologías pueden debutar por leves disfunciones, como: enfermedad de Wilson, hepatitis autoinmunes y hepatitis C, entre otras, por lo que se deberá realizar un seguimiento y, si fuera necesario, estudios más avanzados para llegar a un diagnóstico.

Marcadores de daño hepatocelular

Transaminasas: indican daño celular y necrosis. Son dos: la aspartato aminotransferasa (AST), que cataliza la trasferencia de un grupo amino del ácido aspártico al a-cetoglutárico para formar ácido oxaloacetato y ácido glutárico; y la alanino aminotransferasa (ALT), que cataliza la transferencia de un grupo a amino desde la alanina al ácido a– cetoglutárico para formar ácido pirúvico y glutámico.

La AST, también denominada con las siglas GOT (transaminasa glutámico-oxalacético sérica), se encuentra en las mitocondrias y en el citosol del hepatocito. Es una enzima muy ubicua, que podemos encontrar en otros tejidos como: corazón, músculo, riñón, páncreas y glóbulos rojos, además del hígado. Generalmente, no es necesario, en la práctica clínica, estudiar las diferentes isoenzimas.

Hay que valorar con cautela, elevaciones desproporcionadas de la GOT, puesto que pueden ser debidas a causas extrahepáticas, como extracciones dificultosas (por hemólisis y al masajear el músculo), a cuadros hemolíticos, a rabdomiolisis, etc. En estos casos, son de ayuda la determinación de otras sustancias como: creatín fosfoquinasa (CPK), aldolasa, lactato deshidrogenasa (LDH) y haptoglobina. También, puede ser debida a una macro AST aislada (macroenzima formada por un complejo de AST unido a inmunoglobulinas)(23).

La ALT o transaminasa glutamato piruvato sérica (GPT) es más específica de enfermedad hepática, ya que se encuentra en el citosol de los hepatocitos. Su aumento puede indicar lesión funcional severa. Las elevaciones de esta suelen ir paralelos a aumentos de la GOT.

Las cifras absolutas de transaminasas no guardan correlación directa con la severidad del cuadro clínico ni con el pronóstico; así, tras la fase aguda de patologías con gran necrosis hepática, como las hepatitis fulminantes, podemos hallar cifras de transaminasas levemente elevadas o incluso normales, indicando la escasa reserva del parénquima hepático restante.

La relación entre ambas AST/ALT es útil para el diagnóstico de algunas patologías más habituales en adultos, como la hepatitis alcohólica, donde el cociente es mayor de 2. Cuando se produce una inversión del cociente (AST mayor que ALT) está reflejando un daño hepático severo. En las situaciones de hepatitis isquémicas, se puede encontrar una elevación llamativa de la LDH sérica, siendo la relación ALT/LDH menor de 1(16) (Tabla VII).

Marcadores de colestasis

Bilirrubina: este pigmento procede de la degradación del grupo hem de la hemoglobina y de la mioglobina. La bilirrubina se encuentra en el organismo en dos formas: forma no conjugada y forma conjugada.

La forma no conjugada o liposoluble es transportada por la albúmina desde su lugar de producción al hígado. Cuando se sobrepasa la capacidad de transporte de la albúmina, la fracción libre atraviesa la barrera hematoencefálica, produciendo lesiones en el SNC (kernicterus).

En el hígado, se realiza la conjugación de la bilirrubina, que se produce al unirle dos moléculas de ácido glucorónico, obteniéndose dos formas de bilirrubina conjugada o hidrosoluble: la mono y digliconidasa.

En las analíticas rutinarias, los valores de bilirrubina vienen expresados como bilirrubina indirecta y directa que corresponderían, de forma aproximada, a la fracción no conjugada y conjugada del plasma, respectivamente. El método de laboratorio consiste en un análisis por espectrofotometría que mide la fracción que reacciona directamente con un reactante (bilirrubina directa) y la que necesita un alcohol como acelerador (bilirrubina total). La fracción indirecta se obtiene de la diferencia entre ambas.

Siempre que exista un predominio de bilirrubina directa (> 2 mg/dl o > 15% de la total) se debe considerar patológico. La coluria se debe siempre a un aumento de la bilirrubina conjugada(16).

Urobilinógeno urinario: se forma en el intestino a partir de la degradación de la bilirrubina conjugada por las bacterias intestinales. Hasta un 20% se reabsorbe por la circulación enterohepática. Si existe disfunción hepática, el hígado no reabsorbe toda la cantidad y aparece en orina. No se considera un parámetro útil para evaluar la función hepática, puesto que existen múltiples factores que influyen en su excreción renal (Ph, alteraciones tubulares…).

Fosfatasa alcalina (FA): el término de FA se refiere a una familia de enzimas que cataliza la hidrólisis de los esteres de fosfato a un pH alcalino. El aumento de su actividad se correlaciona con situaciones de colestasis, pero no es un marcador útil para diferenciar las formas intrahepáticas de las extrahepáticas.

La actividad de la FA no es exclusiva del hígado, aparece en otros tejidos como: hueso, intestino delgado, riñón y placenta.

En la etapa de crecimiento, se producen elevaciones de esta enzima de, hasta tres veces por encima de sus valores normales, por lo que siempre hay que valorarla conjuntamente con otros parámetros de función hepática para poder establecer el diagnóstico de patología biliar. Actualmente, se dispone de los reactantes necesarios para poder estudiar los distintos isoenzimas, en los casos que sea necesario. Entre las causas extrahepáticas que pueden elevar la FA, se encuentran: afectaciones óseas (raquitismo, osteomielitis…), afectación del intestino delgado, linfoma de Hodgking, hipotiroidismo…

5`Nucleotidasa: es una enzima muy específica de origen hepático. Sirve para confirmar el origen hepático de la FA. No se usa habitualmente en la práctica clínica(16).

Gamma-glutamiltranspeptidasa (GGT): es una enzima de origen microsomal, que se localiza en el epitelio de los pequeños ductus y hepatocitos, además de en otros tejidos, por lo que es posible encontrarla elevada en diversas patologías extrahepáticas, como: cardiacas, renales, pulmonares y pancreáticas. En las patologías del árbol biliar, se encuentra aumentada paralelamente a la FA, sin servir tampoco para diferenciar entre colestasis extra o intrahepática.

En los recién nacidos, es posible encontrar valores hasta cinco veces superiores a las cifras normales del adulto, siendo esto más llamativo en los prematuros; progresivamente, los valores se van normalizando hacia los 6-9 meses de vida. La actividad de la GGT puede ser inducida por ciertos fármacos, como el fenobarbital y la fenitoína(23).

También, resulta útil para el diagnóstico de ciertas patologías hepáticas que cursan con colestasis y GGT normal, como ciertos errores innatos en la síntesis de ácidos biliares, y en las colestasis familiares por defecto de FIC1 (colestasis intrahepática familiar 1) y por defecto de BSEP (bomba exportadora de sales biliares).

Ácidos biliares: se forman en el hepatocito a partir del colesterol y se eliminan en la bilis (ácidos biliares primarios: cólico y quenodeoxicólico). En el intestino delgado, por acción de las bacterias, se transforman en ácidos biliares secundarios (deoxicólico y litocólico). La mayor parte del pool se reabsorbe por la circulación enterohepática en el íleon distal. En ciertas patologías, se puede producir una reentrada de los ácidos biliares, desde el hepatocito o desde la vía biliar dañada hacia la sangre. Su estudio es útil en el caso de los errores innatos del metabolismo de los ácidos biliares, donde se cuantifican mediante técnicas de espectrometría de masas (FAB-MS y GC-MS) en una muestra de sangre u orina, detectándose los ácidos biliares atípicos acumulados por el defecto enzimático(23).

Marcadores de la función de síntesis

Proteínas plasmáticas y albúmina

La albúmina es la principal proteína del plasma, se sintetiza en el retículo endoplásmico del hepatocito. Su misión es transportar ciertas sustancias del suero: calcio, bilirrubina y fármacos, además de mantener la presión oncótica. La vida media de la albúmina es de aproximadamente 20 días, por lo que no es útil como marcador de patología hepática en la fase aguda. Los niveles de albúmina se alteran cuando el daño hepático es intenso, considerándose un marcador de gravedad en las hepatopatías crónicas. En los pacientes con cirrosis y ascitis asociada, podemos encontrarnos, además, niveles bajos por la dilución, al aumentar el volumen plasmático(16).

Otras patologías que pueden asociar niveles bajos de albúmina son: situaciones de malnutrición (ver en el apartado anterior), síndrome pierde proteínas y patología renal, como se ha expuesto anteriormente.

Globinas: en este grupo se incluyen el resto de las proteínas plasmáticas. Su valor se obtiene restando las proteínas totales menos la albúmina.

Las distintas fracciones de las proteínas se obtienen mediante técnica de electroforesis, a su vez, cada una de ellas se compone por distintos tipos.

• Alfa 1: incluye la alfa 1-antitripsina y la ceruloplasmina, ambas reactantes de fase aguda, por lo que las podemos encontrar elevadas en diversos procesos inflamatorios.

• Alfa 2: incluye la haptoglobina entre otras, también considerada como reactante de fase aguda.

• Beta: transferrina y beta lipoproteína.

• Gamma: Inmunoglobulinas (IgG, IgA e IgM) sintetizadas por los linfocitos B.

Las anomalías en estas proteínas pueden verse tanto en patologías hepáticas como extrahepáticas. Se pueden observar elevaciones en la fracción gamma en el caso de patologías de origen autoinmune, como la hepatitis autoinmune, entre otras.

Amonio: se forma a partir de las proteínas de la dieta por la acción de las bacterias del intestino grueso que contienen ureasa. Es eliminado por el hígado a través del ciclo de la urea. En situaciones como: shunts porto-sistémicos, enfermedades metabólicas y alteraciones graves del parénquima hepático, el amonio no es depurado y llega al SNC produciendo clínica de encefalopatía. No existe correlación directa entre la cifra de amonio y el grado de encefalopatía. Con frecuencia, podemos encontrarnos niveles falsamente elevados por problemas en la extracción y procesamiento de la muestra sanguínea, ya que hay que realizarlo de forma muy precisa y rigurosa(21).

En hepatópatas crónicos compensados, distintas circunstancias como: episodios de sangrado digestivo agudo, catabolismo aumentado, etc., pueden conducir a que el amonio aumente de forma significativa y produzca un empeoramiento de las manifestaciones neurológicas (Tabla VIII).

Coagulación: el hígado es un órgano clave en la coagulación, ya que interviene en la síntesis de todos los factores (excepto el factor Von Willebrand) y de otros componentes que participan en la coagulación: plasminógeno y factor activador del plasminógeno.

Los factores vitamina K dependientes (II, VII, IX y X) pueden alterarse en las patologías colestáticas, porque la capacidad de almacenamiento de esta vitamina por parte del hígado es muy limitada(22).

En la absorción de la vitamina K intervienen varias variables: la ingesta, la secreción biliar y la mucosa intestinal integra.

Los parámetros de la coagulación que se estudian de forma rutinaria son:

• Tiempo de protrombina (TP): valora el tiempo en formarse la trombina a partir de la protrombina; para ello, es necesario la presencia de los factores V, VII y X. Evalúa la vía extrínseca de la coagulación. Su valor normal oscila entre 11 y 15 segundos. Si el alargamiento del TP es debido a una situación de colestasis que produce malabsorción, se corregirá en 24-48 horas tras la administración de vitamina K parenteral. En pacientes con patología hepatocelular, se considera un parámetro muy útil, que refleja rápidamente variaciones en la función hepática y es indicador pronóstico.

• Tiempo de tromboplastina parcial activado (TPPa): mide la formación de trombina por la vía intrínseca, evaluando los factores XII, IX, XI y VIII.

• El fibrinógeno es sintetizado por el hígado y por otros tejidos. Niveles bajos se pueden observar en los cuadros que cursen con CID (coagulación intravascular diseminada) y en situaciones de disfribrinogenemia, que pueden coexistir a la vez con algunas hepatopatías. Niveles altos se dan en situaciones de disfunción hepática y como reactantes de fase aguda (Fig. 6) (Tabla IX).

 


Figura 6. Cascada de la coagulación.

 

Otros parámetros bioquímicos

Metabolismo de los lípidos: en el hígado, se sintetiza la mayor parte de los lípidos (colesterol, triglicéridos, fosfolípidos) y de las apoproteínas, excepto los quilomicrones. Las alteraciones hepáticas se pueden acompañar de alteraciones en el perfil lipídico. En las situaciones de colestasis, se produce un aumento del colesterol sérico debido a la regurgitación del colesterol de la vía biliar a la sangre, por aumento de la síntesis hepática y por una disminución de la actividad de la LCAT (enzima lecitina colesterol acil transferasa), entre otras causas. Cifras por encima de cinco veces los valores normales favorecen su acúmulo en la piel formando los xantomas. Son característicos, niveles muy elevados de colesterol en ciertas patologías que cursan con colestasis, como el síndrome de Alagille, y en enfermedades metabólicas por déficit de la lipasa ácida lisosomal (enfermedad por depósito de ésteres de colesterol y enfermedad de Wolman), entre otras.

Metabolopatías: se pueden encontrar alteraciones hepáticas en un amplio número de metabolopatías: tirosinemia, galactosemia, fructosemia, acidemias orgánicas, defectos del ciclo de la urea, defectos de la beta oxidación de los ácidos biliares, enfermedades por depósito lisosomal, etc. En otros capítulos, se abordarán extensamente estas patologías.

Otras determinaciones útiles para el diagnóstico de ciertas patologías, son:

• Alfa 1-antitripsina: cuantificación y determinación del fenotipo.

• Ceruloplasmina y cobre en sangre y en orina de 24 horas, para diagnóstico de la enfermedad de Wilson. Las cifras de ceruloplasmina están disminuidas fisiológicamente en los primeros 6 meses de vida.

• Estudio del metabolismo del hierro: estarán elevados de forma llamativa en la hepatitis congénita aloinmune, que presenta cifras muy elevadas de ferritina y porcentaje de saturación de transferrina > 80%.

• Alfa fetoproteína estará elevada en los casos de hepatoblastoma y en la tirosinemia tipo I, teniendo en cuenta que los niveles están elevados de manera fisiológica durante los primeros meses de vida.

• Anticuerpos séricos: ANA, LKM, músculo liso y antitransglutaminasa, entre otros.

• Marcadores serológicos de hepatitis víricas.

• Porcentaje de transferrina deficiente en carbohidratos para el estudio del grupo de enfermedades englobadas dentro del déficit de glucosilación de carbohidratos, también estarán alterados en la galactosemia y en la intolerancia hereditaria a la fructosa.

• Determinación de la galactosa 1-fosfato-uridil transferasa en la galactosemia, no siendo válido si el paciente ha recibido una trasfusión de concentrado de hematíes las semanas previas.

• Estudios genéticos cada vez más amplios y útiles para el diagnóstico de múltiples enfermedades, como: enfermedad de Wilson, colestasis intrahepáticas familiares, síndrome de Alagille, fibrosis quística, enfermedades mitocondriales, glucogenosis, fructosemia, enfermedad de Niemann-Pick, etc.

• Estudio inmunohistoquímico en biopsia hepática, para el diagnóstico de ciertas formas de colestasis intrahepática familiar progresiva tipo 2 y 3, por defecto de BSEP y de MDR3, respectivamente(23).

Técnicas de imagen y estudio anatomopatológico

El abanico de pruebas de imagen para el estudio de las patologías hepatobiliares es muy amplio. El más útil en la Pediatría primaria es la ecografía, pero conviene recordar la indicación y el valor de otras exploraciones.

Radiología simple de abdomen: tiene una utilidad limitada en el estudio de la patología hepatobiliar, en ella podemos estudiar:

• Lesiones calcificadas: quistes hidatídicos, cálculos, tumores, lesiones vasculares…

• Aerobilia: aire en las vías biliares.

• Tamaño hepático y situación: se puede apreciar hepatomegalia.

Ecografía: es la técnica más utilizada en el manejo de la patología hepática en Pediatría, debido a su bajo coste y a la no radiación de los niños. Gracias a los distintos tipos de ecografía (modo B, doppler color, elastografía y ecografía con contraste ecogénico), la información obtenida con esta técnica es cada vez mayor(18,23).

A continuación, enumeramos su utilidad en las distintas situaciones:

• Patología de la vía biliar: es muy sensible y específica para su estudio. Podemos apreciar: barro biliar, colelitiasis, dilatación de vías biliares, colecistitis, tumores, compresión externa, etc. Aunque las técnicas que ofrecen más sensibilidad para el diagnóstico de este tipo de patologías son: la colangio-RM o la colangiografía.

• En caso de lesiones parenquimatosas, tiene mayor resolución para lesiones focales (quistes, abscesos…), que para lesiones difusas (esteatosis, hepatitis, infiltración, cirrosis…).

• Valoración del grado de ascitis o líquido libre peritoneal.

• Características de los vasos abdominales: venas suprahepáticas, vena porta, arteria hepática, estudio de venas colaterales porto-sistémicas…

• Con el estudio doppler permite estudiar los flujos, sus velocidades y resistencias en los vasos. Siendo de gran utilidad en el seguimiento de los pacientes con trasplante hepático.

• Realización de PAAF (punción aspiración con aguja fina) bajo control ecográfico.

• La elastografía (fibroscan) consiste en un traductor de ultrasonidos que emite unas ondas que, dependiendo de la elasticidad del parénquima, se propagan a distintas velocidades. Es útil para determinar el grado de fibrosis en ciertas patologías, como las hepatitis B y C crónicas y en la esteatohepatitis(23) (Fig. 7).

 


Figura 7. Ecodoppler de la arteria hepática en un paciente con trasplante hepático.

 

TAC: se obtiene mayor definición en los estudios anatómicos, comparándolo con la ecografía. Como desventaja, supone un mayor coste económico, mayor radiación y, en niños muy pequeños, la necesidad de sedación para su realización. Existen tres tipos de TAC: secuencial, helicoidal y multicorte. Las nuevas técnicas como el PET-TAC (tomografía por emisión de positrones) y el SPECT-TAC (por emisión de fotón único) pueden estar indicadas en determinadas patologías.

• Útil para el estudio de masas hepáticas, pudiendo administrar contraste para aumentar su resolución (abscesos, tumores, afectación de vasos…), mediante el estudio de las fases arteriales, portales y venosa tardía.

• En enfermedades difusas, tiene menor utilidad, excepto en determinadas patologías como la hemocromatosis neonatal (hepatitis congénita aloinmune).

• Para el estudio de la vía biliar, la primera prueba a realizar sería la ecografía, la TAC permitiría localizar e identificar con más exactitud las lesiones.

Resonancia magnética (RM): sus indicaciones se solapan con las de la TAC. Si se realiza una secuencia T2, se puede visualizar con detalle la vía biliar y pancreática sin necesidad de inyectar contraste (colangioRM). También, es útil para el estudio de la anatomía vascular (angioRM). Otras modalidades son: las técnicas de espectroscopia por RM (estudio del espectro de los componentes bioquímicos) y la elastrografía por RM (estudio de la rigidez de los tejidos).

Gammagrafía con isótopos: consiste en inyectar un contraste con isótopos radioactivos que son captados por el hígado y eliminados en la bilis. Dependiendo del estudio que se quiera realizar, se pueden utilizar diferentes isótopos.

El más utilizado en Pediatría es el Tecnecio 99 con ácido iminodiacético. Su principal indicación es el diagnóstico diferencial entre colestasis intrahepáticas y extrahepáticas, aunque en la actualidad su indicación se limita a casos concretos. Habitualmente, antes de someterlos a esta prueba, se pauta fenobarbital durante unos días para estimular el flujo biliar y así aumentar su sensibilidad.

La prueba consiste en medir el tiempo que tarda el contraste en ser captado por el hígado y en eliminarse por la bilis, apareciendo en el intestino delgado que, en condiciones normales, es en las dos siguientes horas tras la infusión iv., haciéndose controles incluso a las 24 horas.

En el caso de la atresia de vías biliares extrahepática, la captación por el hígado es normal, pero no existe excreción al intestino; en cambio, en las hepatitis neonatales la captación es pobre, pero sí existe excreción. Existen situaciones con gran colestasis intrahepática que no eliminan el contraste al intestino, por lo que hay que interpretarlo con cautela y siempre en el contexto de la evolución clínica y analítica del paciente.

Colangiografía percutánea transhepática (CPTH): bajo control radiológico, se llega al árbol biliar con una aguja fina, donde se inyecta contraste radiopaco, visualizándose con precisión la anatomía de la vía biliar. En determinadas circunstancias, las zonas de estenosis visualizadas (frecuente en los trasplantes hepáticos infantiles) se pueden dilatar in situ mediante balones inflables de distintos calibres, evitándose en muchas ocasiones, la realización de cirugía en la vía biliar para resolver la obstrucción.

Colangiografía endoscópica retrógrada (CPER): consiste en la canalización de la papila de Vater por visión directa mediante endoscopia. Se inyecta contraste en la vía biliar y pancreática. Las ventajas que ofrece respecto a la anterior es que, en situaciones de estenosis distal, se puede realizar esfinterectomía, extracción del cálculo, etc.

Arteriografía selectiva: se utiliza en caso de tumores para estudiar la afectación vascular y estudio de la anatomía vascular para la cirugía de derivaciones porto-sistémicas, entre otros.

Biopsia hepática: habitualmente se obtiene mediante PAAF guiada por ecografía. Es una técnica relativamente segura, precisando, en la mayoría de los casos, que el paciente esté sedado. Entre las complicaciones que pueden aparecer, figuran: hemorragias, hematomas, fístulas arteriovenosas, peritonitis biliar y neumotórax.

Las indicaciones son variadas: estudio de metabolopatías, estudio de enfermedades de depósito y seguimiento de ciertas patologías como: trasplantes hepáticos, hepatitis, etcétera (Fig. 8).

 


Figura 8. Imagen de biopsia hepática, donde se visualizan células gigantes (hepatocitos multinucleados) en un paciente con hepatitis a células gigantes asociada a anemia autoinmune.

 

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Bibliografía recomendada

– Codoceo R, Perdomo M. Interpretación del laboratorio en gastroenterología. En: Tratamiento en gastroenterología, hepatología y nutrición pediátrica. Madrid: Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición pediátrica; 2004. p. 241-55.

Excelente resumen de las pruebas de laboratorio en el campo de la gastroenterología pediátrica. El texto se divide en apartados que desarrollan las pruebas funcionales de cada parte del aparato digestivo. Es de gran utilidad en la práctica y facilita los valores normales y patológicos de las distintas determinaciones en niños.

– Jara P. Enfermedad hepática en el niño. Ed Tile Von Spain. S.L. 2013.

Libro dirigido por la Dra. Jara, impulsora de la Hepatología Infantil en España, que abarca la patología hepática infantil con capítulos elaborados por autores nacionales e internacionales de gran experiencia y prestigio. Este manual es de fácil lectura, con tablas y gráficos muy didácticos, enfocado sobre todo, a la práctica clínica.

Caso clínico
 

Niño de 12 años que acude a Urgencias por tercera vez en 20 días al persistir un cuadro consistente en dolor abdominal en hipogástrico, de tipo cólico, asociado a 4-5 deposiciones diarreicas líquidas diarias. En las ocasiones anteriores, dado el buen estado general y de hidratación, fue dado de alta con el diagnóstico de probable gastroenteritis aguda infecciosa, recomendando sueroterapia oral. En esta ocasión, ha sido remitido por su pediatra de Atención Primaria para nueva valoración al referir en la última semana detección de abundante sangre y moco en las heces, además de evidenciar una pérdida de 2 kg de peso desde el inicio del cuadro clínico. Como antecedentes familiares relevantes, destaca que la madre padece colitis ulcerosa y la tía materna enfermedad de Behçet. Respecto a los antecedentes personales, solo destaca que en los últimos 2 años había presentado dolor abdominal recurrente en mesogastrio, catalogado como trastorno funcional y estreñimiento ocasional. Está bien vacunado y no ha precisado ingresos hospitalarios.

En la exploración física, se objetiva febrícula de 37,5ºC, regular estado general, palidez de piel y mucosas y signos de leve deshidratación. El abdomen es blando y depresible, pero presenta dolor y sensación de empastamiento a la palpación en fosa ilíaca izquierda y en la zona suprapúbica. Se detecta hepatomegalia a 2 traveses. No se objetiva tumefacción articular ni lesiones cutáneas o mucosas. Los datos antropométricos son: peso 38 kg (p 22), talla 160 cm (p 71), IMC 14,8 kg/m2 (p 13).

Se realiza analítica urgente con los siguientes resultados: hemoglobina 10,5 g/dl; hematocrito 32%; plaquetas 428.000/mm3; serie blanca normal; VSG 35 mm/h; PCR 16 mg/l; ferritina 9 ng/ml; coagulación normal. Bioquímica: GOT: 76 U/l, GPT 134 U/l, GGT 330 mg/dl, bilirrubina total 2,8 mg/dl y directa 1,5 mg/dl. Se realiza además ecografía abdominal urgente, que no evidencia datos de abdomen agudo ni signos de ileítis, con ligera hepatomegalia de ecogenicidad homogénea. Se decide ingreso hospitalario para ampliar estudio y realizar diagnóstico diferencial entre proceso infeccioso y enfermedad inflamatoria intestinal. Se realiza estudio microbiológico de heces (coprocultivo, estudio de parásitos, toxina de Clostridium difficile: negativos), calprotectina fecal (618 mg/g), estudios serológicos (inmunoglobulinas normales, ANCA positivo, ASCA negativo, ANA negativo, antitransglutaminasa IgA negativo), Mantoux negativo y radiografía de tórax normal. El estudio endoscópico alto es normal, pero en la ileocolonoscopia se objetivan datos de colitis izquierda moderada. Los hallazgos histológicos son compatibles con colitis ulcerosa. Se realizó tratamiento del brote con corticoides orales y mesalazina oral, con buena respuesta en la primera semana, con descenso progresivo de la dosis de corticoides hasta su retirada a las 12 semanas sin complicaciones. Se ajusta la mesalazina oral a dosis de mantenimiento.

 

Parásitos intestinales

V. Fumadó
Temas de FC


V. Fumadó

Doctor en Medicina, Máster en Medicina Tropical, Máster en Salud Pública. Profesor Asociado de la Universidad de Barcelona. Responsable de Patología Importada en el Servicio de Pediatría del Hospital Universitario de Sant Joan de Deu, de Barcelona

 

Resumen

Las infecciones parasitarias afectan a la población pediátrica más que a la adulta. Aunque en la mayoría de casos suele ser patología banal, algunos parásitos pueden causar gran morbilidad e incluso mortalidad en algunas circunstancias. Es importante reconocer las manifestaciones clínicas para buscarlos activamente y saber cuándo se debe dar tratamiento, cuál y cómo. El objetivo de un tratamiento adecuado es la curación por eliminación del parásito, reducir el número de parásitos y conseguir disminuir la morbilidad y complicaciones que estos pueden ocasionar. Hay que conocer la forma de prevenir y disminuir el riesgo de transmisión

 

Abstract

Parasitic infections affecting more the pediatric population rather than the adult. Although in most cases this will be banal pathology, some parasites can cause significant morbidity and even mortality. Is important to recognize the clinical manifestations, and actively look for the parasites, also is important know when you should treat, and how give the treatment. The goal of treatment is adequate healing parasite clearance, reduce the number of parasites, and get reduce morbidity and complications they may cause. It must know how to prevent and reduce the risk of transmission

 

Palabras clave: Parásitos intestinales; Niños

Key words: Intestinal parasites; Children

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 58-65


Parásitos intestinales

 

Introducción

Las infecciones parasitarias intestinales provocan un número importante de infestaciones en niños en nuestro país. Los parásitos más frecuentes en nuestro medio son: giardias, oxiuros y, en menor grado, ascaris; pero, en las últimas décadas, los pediatras hemos podido observar un incremento del número de casos y parásitos no tan habituales, debidos al incremento de niños procedentes de otros países con menos recursos (PBR), debido tanto a la inmigración, como a la adopción internacional.

En los niños que proceden de PBR, es frecuente encontrar sintomatología digestiva, de la cual la más frecuente es la diarrea. Las causas pueden ser múltiples y, aunque las más frecuentes son bacterias y virus, los parásitos también pueden ser causa de diarrea, especialmente los protozoos (Entamoeba histolytica y Giardia lamblia); por lo que, la determinación de parásitos en tres muestras de heces seriadas estará indicada siempre en la primera visita en estos pacientes y siempre que haya sintomatología sugestiva.

La diarrea crónica y las manifestaciones clínicas digestivas inespecíficas deben hacer insistir en la búsqueda de parásitos, lo mismo que la presencia de eosinofilia en sangre.

Todo ello representa un reto para los pediatras, que deben afrontar una patología no tan frecuente en nuestro entorno, hasta hace relativamente poco tiempo. Es importante conocer la epidemiología, la clínica, el diagnóstico y el tratamiento de las parasitosis intestinales, así como la patogenicidad de los parásitos intestinales que pueden afectar a la población pediátrica y ocasionar clínica.

Las parasitosis intestinales son infecciones del tubo digestivo, que pueden producirse por la ingestión de quistes de protozoos, huevos o larvas de gusanos, o por la penetración de larvas por vía transcutánea, desde el suelo. Cada parásito va a realizar un recorrido específico en el huésped y afectará a uno o varios órganos, según sea este recorrido. Estas infecciones se pueden clasificar según el tipo de parásito y la afectación que provoquen en los diferentes órganos y sistemas. También, es importante saber reconocer algunas especies que no requieren tratamiento porque no son patógenas para los humanos (Tabla I).

 

 

La importancia de los parásitos intestinales radica en que infectan a más de la mitad de la población humana y la población pediátrica es la más afectada. Las consecuencias no son del todo conocidas ni valoradas en toda su profundidad, ya que presentan una elevada morbilidad y mortalidad, sobre todo, en países de baja renta.

Las consecuencias de las parasitosis no son del todo conocidas, ni tampoco son valoradas en toda su profundidad, las parasitosis presentan una elevada morbilidad y mortalidad, sobre todo, en países de baja renta.

Clasificación de los parásitos intestinales

En Pediatría, podemos realizar una clasificación de los parásitos intestinales según su repercusión directa en el aparato digestivo y según la familia a la que pertenecen. Básicamente, la primera diferenciación la realizaremos entre Protozoos (Tabla II) y Helmintos (Tabla III).

 


 

 

 

Protozoos

Son organismos unicelulares, que se reproducen sexual y asexualmente en el huésped, son muy infectivos y con larga supervivencia. Crean resistencias con facilidad y la principal vía de transmisión es fecal-oral.

• Protozoos con afectación únicamente digestiva: Giardia lamblia.

• Protozoos con afectación digestiva y en otros tejidos: Amebiasis: (Entamoeba hystolitica/dispar) y Criptosporidiasis.

Giardia lamblia

La Giardia lambliapresenta una clínica muy variada. Tras la ingesta de quistes del protozoo, estos dan lugar a trofozoítos en el intestino delgado (ID) que permanecen fijados a la mucosa hasta que se produce su bipartición, en la que se forman quistes que caen a la luz intestinal y son eliminados por las heces. Los quistes son muy infectantes y pueden permanecer viables por largos períodos de tiempo en suelos y aguas hasta que vuelven a ser ingeridos mediante alimentos contaminados. Son muy frecuentes en niños en PBR, aunque es una infección cosmopolita.

Clínica

Las manifestaciones clínicas pueden ser muy variadas: asintomática, más frecuente en áreas endémicas de PBR; en forma aguda, con diarrea acuosa que puede ser esteatorreica, náuseas, deposiciones fétidas y dispépticas y distensión abdominal; y en forma crónica, con síntomas digestivos subagudos, con clínica compatible con procesos de malabsorción, que puede ocasionar desnutrición y anemia con déficit de hierro.

Diagnóstico

Determinación directa de quistes en heces o de trofozoítos en el cuadro agudo con deposiciones acuosas. La eliminación es irregular y recoger muestras seriadas en días alternos, aumenta la rentabilidad diagnóstica. En el caso de pacientes que presentan sintomatología persistente y estudio de heces negativo, se recomienda realización de ELISA en heces (Ag de G. lamblia).

Tratamiento

Las formas asintomáticas en nuestro medio se tratan siempre, pero en países con bajos recursos es dudoso su tratamiento y limitado a las personas que manipulan alimentos.

El tratamiento de elección (tanto si es asintomático como sintomático) es el metronidazol 15-30 mg/kg/día/8 h, durante 5-7 días, repetir al cabo de una semana. El tratamiento alternativo es el tinidazol, 50 mg/kg/24 h solo 1 día o mepacrina a 8 mg/kg cada 8 h, durante 5 días.

De persistir la clínica tras el tratamiento, volver a tratar y plantearse descartar inmunodeficiencia (sobre todo, déficit de IgA) y volver a tratar con metronidazol, tinidazol (50-60 mg/kg/24 h, dosis única), o mepacrina (8 mg/kg/8 h). Otra alternativa al tratamiento es el albendazol, 15 mg/kg/24 h, durante 5 días.

La Giardia lamblia, aunque puede ser asintomática, en nuestro medio es de tratamiento obligado siempre, es la causante de diarrea en niños que acuden a guardería.

Entamoeba histolytica

La clínica se inicia tras la ingestión de quistes que pueden estar en alimentos y/o aguas contaminadas o por déficit de higiene de manos. Los trofozoítos de la Entamoeba eclosionan en la luz intestinal y pueden permanecer en ese lugar o invadir la pared intestinal para formar nuevos quistes tras bipartición, que posteriormente son eliminados al exterior por la materia fecal y vuelven a contaminar agua, tierra y alimentos. En el proceso de invasión de la mucosa y submucosa intestinal, producen ulceraciones que son responsables de parte de la sintomatología de la amebiasis. Existe la posibilidad de diseminación a distancia y afectación de otros órganos diana, como el hígado (absceso hepático amebiano, que cursa con fiebre y dolor).

Clínica

Se presenta de forma muy variada. Asintomática, aunque si se diagnostica, se debe tratar con un amebicida intraluminal. Con clínica de enfermedad aguda, básicamente clínica digestiva, es lo que se conoce como amebiasis intestinal invasora aguda o colitis amebiana disentérica. Cursa con gran número de deposiciones con contenido mucoso y hemático, tenesmo franco, con volumen de la deposición muy abundante en un principio y casi inexistente posteriormente, y con dolor abdominal importante, de tipo cólico. Se debe tratar con un amebicida sistémico, seguido de amebicida intraluminal. En casos de pacientes malnutridos o inmunodeprimidos, pueden presentarse casos de colitis amebiana fulminante, con perforación intestinal y formación de amebomas con cuadros de obstrucción intestinal asociados.

En la enfermedad aguda con absceso hepático, si la respuesta es insuficiente al tratamiento mencionado anteriormente, deberemos añadir cloroquina.

Con manifestaciones clínicas crónicas, la llamada amebiasis intestinal invasora crónica o colitis amebiana no disentérica. Cursa con: dolor abdominal, de tipo cólico, con alternancia de periodos de diarrea y estreñimiento, tenesmo leve, náuseas, distensión abdominal, meteorismo y borborigmos.

Diagnóstico

Mediante visualización de quistes en materia fecal o de trofozoítos en cuadro agudo con deposiciones acuosas. Para diferenciar E. histolytica, ameba patógena, de E. dispar, ameba no patógena que no precisa tratamiento, es necesario una PCR-RT, prueba que solo puede realizarse en algunos centros especializados. Ante la duda, sino podemos identificar el género trataremos como E. histolytica.

Tratamiento

Amebicidas intraluminales: la absorción es baja, actúan a nivel intestinal y son activos frente a quistes y trofozoítos.

En niños, la elección es la Paramomicina, a 25-35 mg/kg/día/8 h, durante 7 días. Y la alternativa es el Iodoquinol, 30-40 mg/kg/día/8 h, durante 20 días.

Amebicidas sistémicos: en niños, el tratamiento de elección es metronidazol, a 30-50 mg/kg/día/8 h, durante 10 días. El tratamiento alternativo es tinidazol, 50 mg/kg/día (máximo: 2 g), de 3 a 10 días.

En caso de absceso hepático y poca respuesta al tratamiento, se debe añadir cloroquina.

Criptosporidiasis

Este cuadro clínico es debido a Cryptosporidium parvum. Es un coccidio protozoario, de distribución universal, que puede producir infección en animales y humanos. La infección se produce por ingesta de oocitos que están en alimentos y aguas contaminados, o bien, por vía fecal-oral (es frecuente en guarderías). Tras la ingesta de oocitos en alimentos o aguas contaminados, se liberan esporozoítos con capacidad de unirse al borde en cepillo de las células epiteliales intestinales. Se reproducen de forma asexual o sexual (esta última mediante formación de micro y macro-gametos, su unión y la formación de nuevos oocitos); posteriormente, son eliminados junto a la materia fecal y pueden perpetuar la posibilidad de infección.

Clínica

La presentación clínica puede ser muy variada, sintomática o asintomática. Las formas sintomáticas pueden ser intestinales o extraintestinales. Las formas intestinales cursan con: dolor abdominal, fiebre, náuseas, vómitos y signos de deshidratación, habitualmente con pérdida de peso. Las formas extraintestinales, características de pacientes inmunodeprimidos (SIDA), cursan con afectación respiratoria, hepatitis, afectación ocular y artritis.

Diagnóstico

Visualización directa de oocitos en materia fecal. También se utilizan frecuentemente técnicas de EIA (enzimoinmunoanálisis) en muestra fecal, con alta sensibilidad y especificidad.

Tratamiento

En pacientes inmunocompetentes, la curación es espontánea en 2 o 3 días. Hay que tener en cuenta el estado nutricional del paciente y las medidas de soporte de reposición de líquidos y electrolitos, si la diarrea es grave. Si decidimos tratar, especialmente en inmunodeprimidos, en el caso de los niños de 1 a 3 años, la elección es Nitazoxamida, a la dosis de 100 mg/12 h, durante 3 días; mientras que, en los niños de 4 a 11 años, la dosis es doble, 200 mg/12 h, también durante 3 días.

El tratamiento alternativo es la paramomicina, a 25-35 mg/kg/día/8 h, durante 10 días.

En pacientes con SIDA, la terapia antirretroviral consigue mejoría en el estatus inmune y disminuir la sintomatología.

Helmintos

Los helmintos son organismos pluricelulares que presentan ciclos vitales complejos y que pueden causar patología por sus larvas o bien por sus huevos. En general, el gusano no se multiplica dentro del huésped humano. Los parásitos pluricelulares crean resistencias más lentamente que los unicelulares. La transmisión es por ingesta, pero algunas especies también pueden penetrar en el organismo por la piel o a través de vectores.

Habitualmente, en casi todos los casos, para aumentar el número de gusanos hace falta reexposición, y la prevalencia de los parásitos helmintos en los niños inmigrantes disminuye con el tiempo de estancia en el país receptor.

Nematodos (gusanos cilíndricos)

Nematodos con afectación exclusivamente digestiva

Son, en general, las parasitosis más frecuentes. Afectación digestiva: Enterobius vermicularis y Trichuris trichiura (tricocefalosis).

Enterobius vermicularis

La hembra del E. vermicularis se desplaza hasta zona perianal, principalmente con horario nocturno, donde deposita sus huevos, muy infectantes, que quedan adheridos a la piel o en la ropa. Con el rascado de la zona, se establecen bajo las uñas y se perpetúa la autoinfección por transmisión fecal-oral.

Clínica

Mucho más habitual en niños que en adultos, frecuentemente asintomática. Síntomas por acción mecánica (prurito o sensación de cuerpo extraño), invasión genital que suele dar manifestaciones de vulvovaginitis, despertares nocturnos, sobreinfección secundaria a excoriaciones por rascado y dolor abdominal que, en ocasiones, puede ser recurrente, localizarse en FID y simular apendicitis aguda.

El bruxismo se relaciona tradicionalmente con la infección, pero no está demostrada su relación con síntomas que tradicionalmente se relacionan con la presencia de E. vermicularis.

Diagnóstico

Test de Graham: uso de cinta adhesiva transparente (celo) toda la noche o por la mañana antes de la defecación o lavado. O visualización directa de los huevos depositados por la hembra en zona perianal. También, se puede visualizar directamente el gusano adulto al realizar la exploración anal o vaginal.

Tratamiento

El tratamiento de elección es Mebendazol, 100 mg dosis única, pero es conveniente repetir en dos semanas. La alternativa es el tratamiento con Pamoato de pyrantel, 11 mg/kg dosis única, máximo 1 g. Repetir en 2 semanas.

Es primordial tratar a toda la familia y extremar las medidas de higiene; ya que, aproximadamente, el 40% de los niños en edad escolar están infectados.

Trichuris trichiura

Es un geohelminto que produce clínica por la ingesta de huevos embrionados procedente de alimentos, tierra o aguas contaminadas. Las larvas maduran en ciego y colon ascendente, donde permanecen enclavadas a la mucosa, produciendo lesión mecánica y traumática con inflamación local, y desde donde vuelven a producir nuevos huevos fértiles que son eliminados por materia fecal.

Clínica

La clínica depende del grado de parasitación: desde asintomática, dolor cólico y deposiciones diarreicas ocasionales, hasta cuadros de disentería con deposiciones muco-sanguinolentas (más común en pacientes inmunodeprimidos) y puede dar prolapso rectal.

Diagnóstico

Observación de huevos en heces. En casos graves y en presencia de disentería, se plantea el diagnóstico diferencial con: amebiasis, disentería bacilar y colitis ulcerosa.

Tratamiento y prevención

Mebendazol, 100 mg/12 h 3 días o 500 mg dosis única, o Albendazol, 200-400 mg/día, dosis única. Se han de extremar las medidas de higiene personal y la eliminación de heces ha de ser adecuada, utilización de agua potable y correcto lavado de alimentos. Y se ha de extremar la vigilancia de los juegos con tierra y arena de los niños en los parques y realizar adecuada higiene de manos.

Nematodos con afectación digestiva y pulmonar

Ascaris lumbricoides, Ancylostoma duodenale y Necator americanus.

Ascaris lumbricoides

Es la helmintaisis más frecuente. Las larvas, tras la ingesta de material contaminado, eclosionan en el intestino delgado, atraviesan la pared intestinal, se incorporan al sistema portal y llegan al pulmón, donde penetran en los alveolos y ascienden hasta las vías respiratorias altas y, por la tos y deglución, llegan de nuevo al intestino delgado, donde se transforman en adultos y producen nuevos huevos, que se eliminan por la materia fecal.

Clínica

Puede ser digestiva: dolor abdominal difuso, por irritación mecánica, y, con menos frecuencia, meteorismo, vómitos y diarrea.

Clínica respiratoria: puede ser inespecífica, pero puede llegar a manifestarse como síndrome de Löeffler, que es un cuadro respiratorio agudo con: fiebre de varios días, tos, expectoración abundante y signos de condensación pulmonar transitoria. Es la consecuencia del paso pulmonar de las larvas del parásito, asociada a una respuesta de hipersensibilidad.

Puede presentarse, además, otra clínica: anorexia, obstrucción intestinal, malnutrición o absceso hepático.

Diagnóstico

Observación del parásito o de sus huevos en heces o de las larvas en esputo o vómito gástrico, si coincide con su fase pulmonar.

Tratamiento

Es el mismo que para Trichuris trichiura.

Ancylostoma duodenale y Necator americanus (Uncinarias)

Los huevos de ambos helmintos se eliminan por las heces y eclosionan dando lugar a un tipo de larvas que infectan mediante penetración por la piel, aunque el A. duodenaletambién puede provocar infección por ingesta oral. Al atravesar la piel, a través del sistema venoso o linfático llegan al sistema cardiaco derecho y a la circulación pulmonar, donde penetran en los alveolos, maduran y, por vía respiratoria, ascienden para ser deglutidas y pasan al duodeno y después al yeyuno, donde se fijan, y producen huevos nuevos ya fecundados. Al fijarse en el intestino delgado, los gusanos adultos lesionan mecánicamente la mucosa y provocan pérdida sanguínea de forma progresiva y crónica.

Clínica

La clínica dependerá de su recorrido por el organismo. En la piel, produce el síndrome de la “larva migrans: dermatitis transitoria, pruriginosa y recurrente en las zonas por donde penetran y se desplazan hasta el sistema circulatorio. La clínica respiratoria va desde síntomas inespecíficos hasta síndrome de Löeffler, ya descrito. La clínica digestiva es: dolor en epigástrico, náuseas, pirosis y, ocasionalmente, diarrea. También, por la pérdida sanguínea crónica, pueden manifestarse como un síndrome anémico.

Las uncinariasis pueden ser causa de anemia, y se ha de valorar la presencia de anemia en el diagnóstico.

Diagnóstico

Observación de huevos del parásito en las heces. La clínica de síntomas cutáneos y/o pulmonares, más anemia es muy sugestiva.

Tratamiento

El mismo que en los otros geohelmintos ya mencionados (Tabla IV), pero en presencia de anemia habrá que tratar esta. La prevención se basa en el uso de letrinas, calzado, saneamiento ambiental, medidas de educación a la población y tratamiento comunitario en zonas de alta endemia.

 

 

En los geohelmintos, dado que en muchos casos se dan infecciones mixtas, los fármacos de primera línea son el Albendazol, 400 mg/día en dosis única, o el Mebendazol, 100 mg/12 h durante tres días, y extremar las medidas higiénicas, control del agua y lavado de manos.

Nematodos con afectación cutánea, digestiva y pulmonar

Strongyloides stercolaris

Esta geohelmintiasis presenta un ciclo vital complejo con diferentes posibilidades y afectación digestiva, pulmonar y cutánea: estrongiloi­diasis.

Strongyloides stercoralis mantiene un ciclo autoinfectivo, por lo que sobrevive durante años después de haber abandonado el Trópico y puede producir un síndrome de hiperinfestación en los inmunodeprimidos.

El ciclo directo: la larva, que se encuentra en el suelo, penetra a través de la piel en el sistema circulatorio, por donde llega al sistema cardiaco derecho y a la circulación pulmonar, asciende por las vías respiratorias hasta ser deglutida y dirigirse a la mucosa del intestino delgado. Allí, se transforma en adulto hembra infectante, produce nuevos huevos que eclosionan y se dirigen a la luz intestinal, desde donde son eliminados al exterior.

El ciclo indirecto: incluye una o varias generaciones de larvas en vida libre, hasta que se produce la modificación que hace que la larva pueda infectar al hombre.

Ciclo de autoinfección: la modificación larvaria se produce en la luz intestinal, en lugar de en el exterior y, posteriormente, penetra en el sistema circulatorio y realiza un recorrido similar al del ciclo directo.

Es lo que se denomina síndrome de hiperinfestación, y explica que pueda existir una parasitosis persistente sin necesidad de reinfecciones externas, así como la afectación de otros órganos: hígado, pulmón, SNC…

Clínica

Dependerá del estado inmunitario y del recorrido del parásito.

En la piel: “síndrome de Larva Currens”: dermatitis pruriginosa por el paso cutáneo de la larva hasta llegar a la circulación sistémica.

Clínica respiratoria: provoca sintomatología menor, como tos y expectoración, pero también se han descrito casos de neumonitis y síndrome de Löeffler.

Clínica digestiva: la intensidad de la sintomatología está en relación con el grado de parasitosis, en general: dolor epigástrico, vómitos, anorexia y períodos de diarrea que se alternan con estreñimiento.

Síndrome de hiperinfestación: se dará en el paciente inmunocomprometido. Y la sintomatología descrita será más grave.

Diagnóstico

La visualización del parásito en heces es difícil porque el parásito se elimina de forma irregular. Se puede realizar serología mediante EIA, con sensibilidad > 90%, pero tiene reactividad cruzada con filarias y otros nematodos. La eosinofilia en sangre es importante y un signo indirecto de la parasitación. Es más evidente si la extracción de sangre coincide con el paso pulmonar del parásito.

Tratamiento y prevención

El tratamiento de elección es la Ivermectina, 0,2 mg/kg/día cada 24 h, máximo 12 mg y durante tres días. La alternativa es Albendazol, 200 mg/12 h 3-5 días y, si existe hiperinfestación, el tratamiento ha de durar 7 días. En pacientes inmunodeprimidos y si existe hiperinfestación, hace falta repetir el tratamiento una semana más tarde.

La curación ha de ser comprobada por la ausencia de parásitos. La prevención se basa en el uso de letrinas, calzado, saneamiento ambiental y educación a la población.

Cestodes (gusanos planos)

Afectación solo digestiva: Himenolepiasis: Hymenolepis nana. Teniasis: Taenia saginata.

Posibilidad de afectación digestiva y potencialmente a tejidos: Teniasis: Taenia soliumy Cisticercosis. En general, responden todos a los mismos fármacos, pero las pautas de tratamiento son diferentes.

Hymenolepis nana

Los huevos son ya infectantes al salir por las heces y son ingeridos por escasa higiene. Los huevos alcanzan el duodeno, donde se adhieren a la mucosa intestinal y penetran en la mucosa, obteniendo la forma de cisticercoide. Posteriormente, pasa a la luz intestinal y forma el parásito adulto con capacidad productora de huevos.

Clínica

Los síntomas son digestivos, generalmente leves. Puede aparecer dolor abdominal, meteorismo, diarrea y, si la infección se prolonga en el tiempo, puede afectarse el peso.

Diagnóstico

Visualización de huevos en heces. También, puede existir eosinofilia en sangre si el parásito está circulante.

Tratamiento

En general, es una tenia más resistente, debido a la presencia de cisticercoides en la mucosa intestinal, por lo que el ciclo de tratamiento con Praziquantel, 20 mg/kg/día/24 h en dosis única, debe repetirse a la semana.

El tratamiento alternativo y recomendado para los menores de dos años es la Niclosamida: 40 mg/kg/ el primer día, seguido por 20 mg/kg/día, durante 6 días más. Repetir el tratamiento a la semana.

Taenia solium y Taenia saginata

El humano parasitado elimina proglótides y huevos por las heces, que son ingeridos por animales, cerdo en T. solium y vaca en T. saginata. En los animales, se forman cisticercos en músculo estriado, que son posteriormente ingeridos por el hombre mediante carnes poco o mal cocinadas. Una vez en el intestino delgado, el parásito se adhiere a la pared, crece y comienza a producir de nuevo proglótides y huevos. La mayoría son infecciones únicas, producidas por una tenia solamente.

Clínica

Es debida a la irritación mecánica, suele ser una clínica digestiva inespecífica: meteorismo, náuseas, dolor abdominal, etc. Puede producirse la salida de proglótides por el ano con molestia y prurito perineal.

A diferencia de otros parásitos que con el tiempo pueden autolimitarse, la Taenia solium puede sobrevivir durante años en el tubo digestivo excretando huevos, que una vez ingeridos, al llegar al intestino delgado, penetran en la pared hasta alcanzar el sistema circulatorio, el pulmón y al corazón izquierdo, desde donde son distribuidos por la circulación arterial por el organismo, con más frecuencia al SNC, tejido celular subcutáneo, músculo, etc. En los tejidos, forman quistes o cisticercos que al morir provocan una importante reacción inflamatoria. Cuando asientan en el SNC, pueden producir una neurocisticercosis (epilepsia de aparición tardía, cefaleas, síndrome psicótico, meningitis aséptica, etc.).

En el niño inmigrante, la neurocisticercosis es la causa más frecuente de crisis comiciales y epilepsia.

Los nódulos subcutáneos y musculares blandos y no dolorosos, generalmente se asocian a la neurocisticercosis. La afectación ocular es generalmente unilateral, pero la muerte de la larva puede ocasionar reacción uveal, desprendimiento de retina y ceguera.

Diagnóstico

La visualización de proglótides en heces. En heces, se puede realizar coproantígenos por EIA (presenta reacción cruzada con otros cestodos).

Si existe sintomatología neurológica, es imprescindible realizar TC cerebral o RM cerebral. También, se pueden realizar pruebas de inmunodiagnóstico con Inmunoblot, que tiene mayor sensibilidad y especificidad que el diagnóstico por EIA.

Tratamiento

En las teniasis por T. solium o T. saginata, Praziquantel, a 10 mg/kg/día/24 h, solo 1 día, o Niclosamida a 50 mg/kg/día/24 h, 1 día.

Cisticercosis: Albendazol 15-20 mg/kg/día/12 h, máximo: 800 mg, 14-28 días, o Praziquantel, 50 mg/kg/día/8 h, durante 15 días. Se deben administrar junto a corticoides.

Tremátodos

Fasciola hepática

Los tremátodos adultos de fasciola habitan en los conductos biliares, vesícula biliar y en otros lugares ectópicos. Los huevos que están en las heces eclosionan y, en forma de miracidia, penetran en los caracoles. Después de 4 a 7 semanas, aparece la cercaria y se enquista en plantas acuáticas, berros u otro tipo de plantas. Los mamíferos herbívoros (incluyendo: ovejas, cabras, vacas, llamas, camellos, cerdos, venados y conejos) se infectan con metacercarias al pastar, o por el consumo del agua contaminada con metacercarias. Las fasciolas larvas pasan a la pared duodenal e invaden la cavidad peritoneal y luego al hígado, donde pueden causar trayectos eosinófilicos de 1 a 4 mm de diámetro y abscesos focales necróticos mientras se mueven a través del parénquima. En los conductos biliares, maduran a tremátodos y comienzan a producir huevos, esto ocurre de 3 a 4 meses después de la infección.

Clínica

Las larvas de fasciola invaden el organismo, causan una enfermedad aguda o subaguda con clínica agrupada en un síndrome de varias semanas de duración, que se caracteriza por: fiebre, eosinofilia y dolor epigástrico, raramente acompañado de ascitis o derrame pleural derecho. Los niveles séricos de las transaminasas hepáticas, bilirrubina directa e indirecta y los valores de fosfatasa alcalina pueden estar elevados.

Después de que los parásitos adultos penetren en los conductos biliares, la infección puede llegar a ser asintomática. En las infecciones graves, los pacientes pueden presentar un cuadro clínico similar al de la clonorquiasis u opistorquiasis, con: ictericia, colangitis, o cálculos biliares; pero el colangiocarcinoma no se ha asociado con fascioliasis. Las complicaciones de la infección incluyen: hemorragia aguda del árbol biliar, que puede presentarse clínicamente como hematemesis o melena, o en ocasiones, la migración aberrante de larvas que puede dar lugar a abscesos ectópicos o nódulos en la piel, intestino, pulmón, corazón y cerebro.

Diagnóstico

El examen de heces tras concentración o de bilis obtenida por sondaje puede demostrar la presencia de parásitos. La serología específica también es posible para el diagnóstico.

Tratamiento

El triclabendazol, 10 mg/kg en una o dos dosis por vía oral; en casos graves, se puede repetir a las 12 h. La alternativa es Bithionol, 30-50 mg/kg oral a días alternos, de 10-15 dosis en total. En los casos graves, se deben administrar corticoides simultáneamente.

Esquistosomiasis

Si el niño procede de un área endémica de esquistosomiasis, se indagará acerca de los riesgos de exposición; o sea, baños en agua dulce (ríos o lagos). Los humanos se infectan en contacto con aguas infestadas, por penetración en la piel de las formas larvarias del parásito, que son liberadas por caracoles de agua dulce. En el organismo humano, las larvas se convierten en esquistosomas adultos, que viven en los vasos sanguíneos, donde las hembras ponen sus huevos. Dependiendo de la especie, localizaremos los huevos en heces o en orina, por donde salen del organismo y continúan el ciclo vital del parásito (Tabla V). Otros quedan atrapados en los tejidos corporales, donde causan una reacción inmunitaria y un daño progresivo de los órganos.

 

 

Clínica

Esquistosomiasis aguda

De 4 a 7 semanas después de la infección inicial, puede aparecer un síndrome febril, coincidiendo con la maduración de los gusanos hembras y la puesta de huevos (fiebre de Katayama). Los signos y síntomas son: escalofríos, tos, dolor abdominal, diarrea, náuseas, vómitos, dolor de cabeza, erupción cutánea (urticaria en ocasiones), linfadenopatía y hepatoesplenomegalia leve. En contraste con la esquistosomiasis crónica, la eosinofilia periférica es más preponderante en la esquistosomiasis aguda.

Los síntomas de la esquistosomiasis son causados por la reacción del organismo a los huevos del parásito y no por el parásito (gusano) en sí mismo.

Esquistosomiasis intestinal y enfermedad hepática

La esquistosomiasis intestinal puede producir: dolor abdominal, diarrea y sangre en las heces. Es frecuente la hepatomegalia, que se puede asociar a ascitis e hipertensión portal, y la esplenomegalia. La presencia de varices esofágicas puede ocasionar hemorragias graves.

Esquistosomiasis urinaria

La esquistosomiasis urinaria es causada únicamente por el Schistosoma haematobium. El signo clásico de la esquistosomiasis urogenital es la hematuria acompañada de disuria o no. En algunas áreas endémicas donde la transmisión es intensa, la hematuria es tan común en los varones, que se considera un paso normal a la edad adulta. En los casos avanzados, son frecuentes la fibrosis de la vejiga y de los uréteres, así como las lesiones renales. Y la pielonefritis obstructiva crónica o recurrente puede ocasionar hipertensión o enfermedad terminal renal. El cáncer de vejiga es una complicación tardía de la enfermedad. En los niños, puede causar anemia, retraso de crecimiento y problemas de aprendizaje, aunque estos efectos suelen ser reversibles con el tratamiento. La esquistosomiasis crónica puede afectar a la capacidad de trabajo y en algunos casos puede ser mortal. En el África subsahariana, hay más de 200.000 muertes al año por esquistosomiasis.

Diagnóstico

Detección de los huevos del parásito en muestras de heces u orina. Los niños infestados por S. haematobium tienen casi siempre microhematuria, que se puede detectar con tiras reactivas. Las técnicas serológicas e inmunológicas pueden ser útiles para detectar la infección en personas residentes en zonas no endémicas o de baja transmisión, pero no sirven para la monitorización del tratamiento. La presencia de eosinofilia puede ser un signo indirecto de esquistosomiasis.

Prevención, control y tratamiento

El tratamiento de elección es el praziquantel, 20-40 mg/kg/día, durante tres días. La prevención y el control de la esquistosomiasis a nivel comunitario, se basa en la quimioprofilaxis, que se realiza con praziquantel, el control de los caracoles, la mejora de medidas ecológicas de saneamiento, el control vectorial y la educación sanitaria.

Conclusiones

Los parásitos intestinales, aunque pueden autolimitarse y, en general, causan poca morbilidad, en ocasiones, dependiendo del parásito, del grado de la infestación y del estado inmunitario del huesped, pueden causar patología grave e incluso causar mortalidad. En cuanto al tratamiento, hay pocas novedades, sigue siendo farmacológico (Tabla VI). En ocasiones, son medicamentos extranjeros que hay que solicitar específicamente, e individualmente para cada caso, y no se tienen almacenados. Es importante, por tanto, además de conocer las dosis y como realizar la administración de los fármacos, saber cómo conseguirlos, siguiendo el procedimiento de solicitud de medicación extranjera.

 

 

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Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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Caso clínico

 

Niña de 3 años que acude al servicio de urgencias por presentar deposiciones diarreicas de 6 semanas de evolución. Las deposiciones son líquido-pastosas, fétidas, sin sangre ni productos patológicos, y la niña presenta además dolor abdominal de tipo cólico, sin fiebre y sin vómitos.

Antecedentes personales: familia procedente de Guinea Bissau, la niña reside en España desde hace 2 meses. No otros antecedentes de interés. Está en proceso de actualización de vacunas. No alergias conocidas.

Exploración física: estable, afebril. Buen estado general, normocoloreada, normohidratada, con estado nutricional afectado. Peso 10,7 kg (-2 DS; P<3), talla 95 cm (P 50), IMC: 12 kg/m2 (p<3).

En la exploración por aparatos: destaca soplo sistólico de características funcionales, abdomen blando y depresible, de aspecto distendido, dolor difuso a la palpación profunda. No defensa. Peristaltismo conservado, discretamente aumentado.

No adenopatías. No visceromegalias. Eritema perianal, sin fisuras. Resto: normal.

Orientación diagnóstica: niña inmigrante de 3 años con deposiciones diarreicas de 6 semanas de evolución. Diarrea crónica.

 

 

Gastroenteritis aguda

A.M. Benéitez Maestre*, F. de Miguel Durán**
Temas de FC


A.M. Benéitez Maestre*, F. de Miguel Durán**

*C.S. Barajas. **C.S. Paracuellos del Jarama

 

Resumen

La gastroenteritis aguda es una de las enfermedades más frecuentes en los niños y la segunda causa de morbilidad y mortalidad en el mundo. En nuestro medio, constituye una las patologías más frecuentes en las consultas de Pediatría de Atención Primaria, siendo un proceso autolimitado para la mayoría de los niños. La etiología más habitual son las infecciones virales (rotavirus) y el diagnóstico es clínico, no precisándose la realización de pruebas complementarias de manera rutinaria. La base fundamental del tratamiento es la hidratación con soluciones de rehidratación oral y no se precisa realizar cambios importantes en la alimentación. El tratamiento con probióticos ayuda en la mejoría de los síntomas y otros tratamientos, como los antibióticos, se deben reservar para determinados casos, generalmente, con clínica importante. La vacuna para el rotavirus juega un papel importante en la prevención de la infección por este virus, el más frecuente en nuestro medio, y se recomienda en Europa

 

Abstract

Acute gastroenteritis (AGE) is a common problem in childhood and is associated with high rates of morbidity and mortality throughout the world. It is one of the most prevalent conditions in our Paediatrics practice and viral origin (rotavirus)is the most frequent cause. It is generally mild and self-limited. Diagnostic tests should not be routinely performed in children with AGE. Oral rehydration with oral rehydration solutions should be the first-line treatment for the management of these children, and normal feeding should be continued. Probiotics may be an effective adjunct to the management of diarrhea. Other drugs, like antibiotic therapy, are not needed in most cases of AGE. Prevention with antirotavirus vaccination is recommended for all children in Europe

 

Palabras clave: Diarrea; Gastroenteritis aguda; Deshidratación; Soluciones de rehidratación oral; Rotavirus

Key words: Diarrhea; Acute gastroenteritis; Dehydration; Oral rehydration solutions; Rotavirus

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 51-57


Gastroenteritis aguda

 

Definición

El dato más importante para su definición y diagnóstico es el cambio de consistencia de las heces respecto a las habituales del niño.

La gastroenteritis aguda (GEA) se define como una disminución de la consistencia de las deposiciones o un aumento en el número de las mismas (3 o más en 24 horas), que puede ir acompañada de vómitos, dolor abdominal y/o fiebre. Su duración suele ser menor de 7 días y para considerarla como aguda, siempre menor de 2 semanas(1). Es más significativo para su diagnóstico el cambio en la consistencia de las deposiciones respecto a las habituales del niño, que el número de estas, sobre todo en los lactantes que suelen tener un número elevado de deposiciones de manera habitual. La GEA es más frecuente y potencialmente más grave en menores de 5 años y, sobre todo, en los primeros meses de vida.

Epidemiología

La incidencia de GEA en Europa es de 0,5-2 casos/año en menores de 3 años.

La diarrea aguda es una de las enfermedades más frecuentes en los niños, constituyendo la segunda causa de morbilidad y mortalidad infantil a nivel mundial(2). En los países desarrollados, no supone prácticamente riesgo de mortalidad, pero es la enfermedad más frecuente en Europa para los niños sanos, con una incidencia anual aproximada de 0,5-2 episodios/año en menores de 3 años(1). Es la segunda causa de asistencia a un servicio de urgencias pediátrico, tras las infecciones respiratorias.

Etiopatogenia

Las infecciones son la principal causa de GEA, siendo el rotavirus en nuestro medio el responsable de la mayoría de los casos.

La principal causa de GEA son las infecciones entéricas, aunque se pueden considerar otras causas (Tabla I). La mayoría de los episodios de GEA ocurren entre octubre y mayo, con un pico de incidencia entre enero y marzo. En los estudios realizados en Europa, el agente causal más frecuente es el rotavirus, seguido por noravirus y adenovirus. Los agentes bacterianos que se aíslan con más frecuencia son Campylobacter jejuni y Salmonella spp. La incidencia de estos enteropatógenos está influenciada por el clima y la estación en cada uno de los países, así como por el nivel socioeconómico de las distintas regiones(1). Por edades, rotavirus es la causa más frecuente en menores de 2 años, mientras que Campylo­bacter es más frecuente en mayores de 5 años. En España, los estudios realizados también demuestran que los virus producen el 80% de los casos de GEA, siendo el rotavirus el agente etiológico más frecuente, seguido por adenovirus, calicivirus (noravirus) y astrovirus. El rotavirus es el que produce los casos más graves, afectando casi a la totalidad de los niños por debajo de los 4 años de edad, con un máximo de incidencia entre los 6 y los 24 meses de edad. Entre las GEAs bacterianas, los enteropatógenos aislados con mayor frecuencia son Campylobacter spp y Salmonella spp, seguidos de Shigella spp, Aeromona spp, Yersinia spp y E. coli(3-4).

 

 

Los parásitos son una causa infrecuente de GEA en nuestro medio, siendo los más hallados Cryptosporidium y Giardia, que tienden además a producir episodios más prolongados de diarrea. En los países en vías de desarrollo, las infecciones parasitarias son endémicas y una de las causas de malnutrición(2).

Fisiopatología

La interacción entre los distintos agentes causales y la mucosa intestinal lleva a una eliminación aumentada de agua y electrolitos por las heces.

La diarrea aparece cuando el volumen de agua y electrolitos presente en la luz intestinal supera la capacidad de absorción del colon, con la consecuente eliminación aumentada por las heces(5). Esto ocurre fundamentalmente por dos motivos: por un aumento de la secreción y/o una disminución de la absorción. Los patógenos ocasionan daño en la mucosa intestinal bien directamente, con invasión de la mucosa (diarreas invasivas), o a través de toxinas. De cualquiera de las dos formas se produce un daño físico y funcional en los mecanismos de absorción de agua y electrolitos de la mucosa intestinal, una estimulación de la eliminación de los mismos y un daño en las hidrolasas presentes en la mucosa, con la posible malabsorción de lactosa y otros nutrientes, lo que favorece la deshidratación y la desnutrición.

Clínica

El dato clínico relevante que condiciona el tratamiento y el pronóstico es la deshidratación.

El rasgo que define a la GEA es el cambio en la consistencia de las deposiciones y un aumento en el número de las mismas. Acompañando a la diarrea, pueden aparecer fiebre, vómitos, dolor abdominal, inapetencia, síntomas respiratorios y signos de afectación del sistema nervioso central (SNC). Los vómitos y los síntomas respiratorios asociados sugieren etiología viral. Las infecciones por rotavirus suelen producir sintomatología más intensa, más vómitos y más casos de deshidratación que otros virus(3,5).

La fiebre por encima de 40ºC, la aparición de sangre en las heces, el dolor abdominal intenso y los signos de afectación del SNC (irritabilidad, decaimiento, convulsiones) son signos sugestivos de etiología bacteriana. La consecuencia más importante, y que condiciona el tratamiento y el diagnóstico de la GEA, es la aparición de deshidratación. La forma más fiable de diagnosticar y medir el grado de deshidratación es la pérdida de peso, pero esto solo es factible en muy pocas ocasiones, ya que normalmente no se suele conocer el peso exacto del niño antes del inicio de la GEA.

La clasificación de los niños según su grado de deshidratación es importante para el tratamiento. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS)(2), se deberían establecer 3 grupos: niños sin deshidratación o mínima deshidratación (<3% de pérdida de peso corporal), niños con deshidratación moderada (3-9% pérdida de peso) y niños con deshidratación grave (>9% pérdida de peso).

Como la pérdida de peso solo es posible comprobarla en una minoría de los casos, se debe intentar estimar el grado de deshidratación a través de los datos recogidos en la anamnesis y los signos de la exploración física. En la anamnesis, se debe preguntar por el número, frecuencia, consistencia y volumen de las deposiciones, si hay vómitos (número y volumen), ingesta de líquidos y nutrientes, la diuresis (en los lactantes el número de pañales mojados y su peso), la actividad física que mantiene el niño y su estado general. Los distintos estudios demuestran que la fiabilidad de los signos de la exploración no es muy buena a la hora de diagnosticar la deshidratación y que la mayoría de los médicos suelen realizar una sobreestimación(1,5) (Tabla II). Los datos que son más fiables a la hora de determinar el grado de deshidratación son el relleno capilar, la turgencia de la piel y la existencia de un patrón respiratorio alterado.

 

 

• La turgencia de la piel se debe medir en la piel del lateral de la pared abdominal, a la altura del ombligo. Lo normal es que el pliegue cutáneo vuelva a su forma normal inmediatamente después de soltarlo. Un aumento en el tiempo de recuperación del pliegue indica deshidratación. Si existe aumento de la grasa subcutánea o en el caso de deshidratación hipernatrémica puede aparecer un falso negativo y en los niños malnutridos existe un aumento del tiempo de recuperación del pliegue de manera basal.

• El relleno capilar se debe medir en un dedo, con el brazo colocado a la altura del corazón, en un ambiente templado y con el niño tranquilo. Hay muchos factores que pueden influir en este tiempo, como fármacos, luz ambiental o cualquier factor que influya en el sistema nervioso autónomo del niño (frío, nerviosismo, etc.). En un niño sano, el tiempo hasta que el dedo recupera su color normal debe ser de menos de 1,5-2 segundos.

• Otros signos clínicos que pueden ser valorados son el frío en las extremidades, la ausencia de lágrimas con el llanto o el pulso débil. Las mucosas secas, los ojos hundidos o la fontanela deprimida son menos fiables a la hora del diagnóstico de deshidratación.

 

Los criterios clínicos para derivar a un niño al hospital para un posible ingreso hospitalario son: deshidratación moderada-grave o shock, diarrea inflamatoria grave con apariencia de afectación del estado general (sepsis), síntomas neurológicos (letargia, convulsiones), incapacidad para la rehidratación oral (bien sea por incapacidad o intolerancia de las soluciones orales o por vómitos incoercibles o biliosos), sospecha de patología quirúrgica abdominal y pacientes de alto riesgo (inmunodeprimidos, enfermedad grave de base o menores de 3 meses).

Diagnóstico

El diagnóstico de la gastroenteritis aguda es clínico y no se precisa realizar pruebas diagnósticas complementarias en la mayoría de los casos.

La GEA es un proceso autolimitado en la mayoría de los niños, su diagnóstico es clínico y no se precisa la realización de ningún tipo de prueba diagnóstica, ya que su resultado no modificaría la actitud terapéutica(1). La realización de estas pruebas está, por tanto, limitada a aquellos casos en los que su resultado podría modificar el tratamiento de la GEA.

Estudios microbiológicos

Coprocultivo. La mayoría de los casos de GEA se producen por virus, por lo que el coprocultivo solo se debe realizar en casos de diarrea persistente o cuando existe la posibilidad de necesitar tratamiento antibiótico, por ejemplo, en pacientes inmunodeprimidos o con enfermedad grave de base(4). También se puede realizar cuando se quiere descartar la infección como causa de una patología intestinal o en el caso de brotes, sobre todo, hospitalarios. Los criterios clínicos que pueden decidir la realización de un coprocultivo son: más de 10 deposiciones en las últimas 24 horas, fiebre elevada, sangre o moco en las deposiciones, dolor abdominal importante, niños mayores o antecedente de haber viajado a países con alto riesgo de diarrea bacteriana o sospecha de infección parasitaria. Los problemas que presenta el cultivo son que su resultado no se tiene hasta pasados 2-3 días y que la existencia de portadores asintomáticos de determinadas bacterias complica la interpretación de sus resultados.

La determinación de virus en heces (antígenos de rotavirus, adenovirus y astrovirus) se puede realizar de manera rápida y es una forma de comprobar el origen viral de la diarrea. De todas formas, sigue siendo innecesaria su realización de manera rutinaria, ya que no modifica la actitud terapéutica que se indicaría según los datos clínicos del paciente.

La toxina de Clostridium difficile se puede determinar en pacientes con patologías graves de base, postquirúrgicos y pacientes multitratados con antibióticos.

Analítica de sangre

Se realizaría en casos de pacientes con deshidratación moderada o severa y en todos aquellos en los que se vaya a realizar una rehidratación con fluidos intravenosos. Se pediría un hemograma, un ionograma, bioquímica sanguínea (glucemia, función renal) y gasometría. El resultado del ionograma con los valores de sodio y la osmolaridad permite clasificar las deshidrataciones en isotónicas o isonatrémicas (Na =130-150 mEq/l, osm = 200-300 mOsm/l), hipotónicas o hiponatrémicas (Na<130 mEq/l, osm<280 mOsm/l) e hipertónicas o hipernatrémicas (Na>150 mEq/l, osm>300 mOsm/l). La mayoría de los casos tienen deshidrataciones isotónicas.

Tratamiento

El tratamiento con soluciones de rehidratación oral es el principal y casi único tratamiento para los niños con GEA.

Soluciones de rehidratación oral

No existe ningún tratamiento específico para la GEA, por lo que el objetivo es la prevención y el tratamiento de la deshidratación. Las soluciones de rehidratación oral (SRO) constituyen el principal tratamiento para los niños con GEA(6). Las soluciones de rehidratación clásicas contienen 90 mmol/l de Na+, pero, en la actualidad, se recomiendan las denominadas SRO hipotónicas, que contienen aproximadamente 60 mmol/l de Na+ o las recomendadas por la OMS como soluciones de osmolaridad reducida con 75 mmol/l de Na+. En nuestro medio, las soluciones que se suelen utilizar siguen las recomendaciones de la European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition (ESPGHAN) de 1992, con 60 mmol/l de Na+ (hipotónicas)(1,7). Las principales SRO comercializadas en España se especifican en la tabla III.

 

 

Se debe iniciar la rehidratación con SRO tan pronto como sea posible, recomendándose la administración de forma fraccionada, en pequeñas cantidades, cada 2-3 minutos. Las cantidades aproximadas que se deberían aconsejar son, si no hay deshidratación, de 10 ml/kg por cada deposición realizada y de 2 ml/kg por cada episodio de vómitos, con ingesta libre fraccionada entre episodios. En casos de deshidratación leve, se deberían ofrecer de 30-50 ml/kg durante unas 4 horas, para recuperar el déficit, más 10 ml/kg por cada deposición líquida. Si hay signos de deshidratación moderada, 75-100 ml/kg para compensar el déficit más pérdidas. En caso de mala tolerancia por vía oral, es preferible la administración de SRO a través de sonda nasogástrica (reduce el número de complicaciones y el tiempo de estancia hospitalaria) que pasar a la vía intravenosa (IV). El fracaso global de la rehidratación oral es de menos del 4% en nuestro medio.

No se deben administrar como SRO los refrescos comerciales, bebidas para deportistas o preparados caseros, porque suelen tener bajo contenido en sodio, alto contenido en glucosa y osmolaridad elevada.

Se han hecho diversos estudios para valorar la efectividad de distintos componentes añadidos a las SRO, las denominadas super-SRO(1), con el objetivo de mejorar el tratamiento de la GEA. Algunos de ellos han demostrado cierta eficacia en el tratamiento (Tabla IV), pero las SRO tradicionales siguen siendo la base del tratamiento de la diarrea.

 

 

La rehidratación por vía IV está reservada exclusivamente para aquellos niños en los que, derivados al hospital, no sea posible la administración de líquidos por vía oral, como casos con deshidratación grave, afectación hemodinámica, alteración del nivel de conciencia, sospecha de cuadro quirúrgico abdominal o niños con vómitos o deposiciones muy persistentes o abundantes, que impidan lograr un balance hídrico positivo por vía oral.

Tratamiento nutricional

No existe ninguna evidencia científica que justifique la realización de cambios significativos en la dieta del niño para el tratamiento de una diarrea aguda. En los niños que no están deshidratados, se debe continuar su alimentación de forma normal y, cuando existe deshidratación, se recomienda un periodo de ayuno (en el que se administran SRO) no superior a 4-6 horas antes de reiniciar la alimentación.

En los lactantes alimentados con lactancia materna, se debe continuar con esta de manera normal, ya que varios estudios han demostrado que la lactancia disminuye la intensidad y la duración de la GEA. En niños lactados con fórmula, no se deben hacer cambios en su fórmula normal, ni dar biberones con la fórmula más diluida. Las leches sin lactosa(8) no se utilizarán en la mayoría de las ocasiones y deben quedar reservadas para aquellos niños en los que, llevando ya varios días de diarrea, aparezcan signos sugestivos de intolerancia a la lactosa (lo recomendable sería hacer detección de cuerpos reductores y pH en heces, pero el diagnóstico se puede basar en signos clínicos, como heces explosivas, acuosas, ácidas, con irritación importante del área perianal).

En los niños mayores, se debe hacer una dieta normal, apetecible, intentando evitar los alimentos muy ricos en azúcares refinados o alimentos muy grasos. Varios estudios han demostrado que los carbohidratos complejos, las verduras, las frutas, los lácteos y las carnes magras son alimentos bien tolerados por los niños con GEA(1).

Tratamientos farmacológicos

La mayoría de los niños con GEA en nuestro medio no van a necesitar ningún tipo de tratamiento farmacológico. Los fármacos que se podrían utilizar se detallan a continuación.

Antieméticos. No se deben utilizar de forma rutinaria en los niños con vómitos en el contexto de una GEA. En varios estudios se ha demostrado que, aunque tanto ondasetrón como metoclopramida reducen los vómitos, tienen efectos secundarios importantes y pueden aumentar la diarrea posiblemente por la retención de toxinas que habrían sido eliminadas con los vómitos. En la actualidad, el único aconsejado sería el ondasetrón y solo para casos muy seleccionados de vómitos incoercibles y en ámbito hospitalario(1).

Antiperistálticos. La loperamida no se debe usar en el tratamiento de la GEA en niños (recomendación II, B), por sus importantes efectos secundarios(1).

Antibióticos. El tratamiento con antibióticos no es necesario en la mayoría de los niños con GEA, dado que la mayor parte de los casos son producidos por infecciones víricas e incluso en el caso de diarrea bacteriana suele ser un proceso autolimitado, donde no existen evidencias que demuestren que este tratamiento sea efectivo para la disminución de los síntomas y la duración de la GEA(4,9). Los antibióticos quedarían reservados para unos patógenos muy concretos como:

Shigella. El tratamiento antibiótico de las diarreas por Shigella reduce los síntomas y el tiempo de eliminación de la bacteria, lo que disminuye la infectividad, siendo un dato importante en los casos en hospitales o en instituciones. El tratamiento disminuye también el riesgo de síndrome hemolítico urémico, asociado a la infección por Shigella dysenteriae. Han aumentado a nivel mundial las resistencias antibióticas de las especies de Shigella, por lo que el tratamiento recomendado sería azitromicina, cefalosporinas de tercera generación (cefixima o ceftriaxona), ácido nalidíxico o fluorquinolonas.

Salmonella. No se debe usar habitualmente tratamiento antibiótico en el tratamiento de las GEA por Salmonella, porque aumenta los casos de portadores asintomáticos. Solamente se usará en niños con riesgo aumentado de infección extraintestinal o sepsis, como inmunodeprimidos, asplenia, tratamiento con corticoides o inmunosupresores, enfermedad inflamatoria intestinal, aclorhidria y menores de 3 meses.

Campylobacter. El tratamiento con antibióticos de la diarrea por Campylobacter es eficaz para mejorar la sintomatología y disminuir la infectividad, si se establece antes de 3 días después del inicio de la sintomatología. El tratamiento de elección son los macrólidos.

Escherichia coli enterotoxigénica. No se recomienda en niños la utilización de antibióticos por este patógeno de forma rutinaria.

• Otras bacterias para las que se recomienda tratamiento antibiótico son: Yersiniaspp (cuando hay afectación extraintestinal o general), Vibrio cholerae (doxiciclina o cotrimoxazol) o las diarreas asociadas a Clostridium difficile.

 

Dado que la GEA es un proceso autolimitado y el resultado microbiológico se suele retrasar unos días, el tratamiento antibiótico se debe iniciar de manera empírica en los niños con sospecha de GEA bacteriana. Los datos clínicos que pueden orientar para decidir un tratamiento antibiótico son:

• Casos severos de diarrea enteroinvasiva, definida por la aparición de deposiciones con moco y sangre y fiebre elevada. La etiología de estos casos suele ser por Shigella spp, Campylobacter spp o Salmonella enterica. Es importante tratar a estos niños que estén hospitalizados o en instituciones, para disminuir el riesgo de transmisión a otros pacientes.

• Diarreas con sangre o moco en las deposiciones, pero con clínica moderada y poca fiebre, no se debe realizar tratamiento antibiótico de rutina, excepto si se encuentran dentro de un brote conocido de shigellosis.

• En el caso de diarreas acuosas, y en nuestro medio, solo en aquellos pacientes con antecedentes de viajes a zonas con cólera, donde se pueda sospechar esta patología.

• El tratamiento antibiótico por vía parenteral se reserva para niños hospitalizados con intolerancia oral, pacientes inmunodeprimidos con clínica severa, sospecha de bacteriemia y neonatos o menores de 3 meses con fiebre.

Las infecciones parasitarias en nuestro medio suelen estar producidas por Cryptosporidium y Giardia. Giardia se detecta en el 8-10% de los niños como portadores asintomáticos, en los que no está indicado ningún tratamiento. Cuando aparece clínica, no suele ser como GEA, sino casos de diarreas o dolor abdominal de larga duración. Si se diagnostica, el tratamiento se puede hacer con metronidazol, tinidazol o nitazoxanida. Las infecciones por Cryptosporidium son frecuentes en los 2 primeros años de vida, pero no precisan tratamiento en la mayoría de los casos. Solo se tratarán en niños inmunodeprimidos con clínica importante. En pacientes con antecedente de viaje a zonas con amebiasis, se debe investigar la existencia de Entamoeba histolytica si aparece diarrea con deposiciones con sangre.

Racecadotrilo. Es un fármaco antisecretor, que funciona a través de la inhibición de la encefalinasa intestinal, reduciendo la secreción de agua y electrolitos a la luz intestinal. En los niños con diarrea moderada o grave, el racecadotrilo asociado a las SRO reduce la intensidad y la duración de la diarrea, mejorando además la tolerancia de las SRO. Es un fármaco que puede ser considerado como tratamiento de las diarreas moderadas o graves (recomendación II, B)(1,10).

Probióticos. Los probióticos pueden ser eficaces en el tratamiento de las diarreas. Se recomienda utilizar aquellos que han demostrado eficacia en los estudios realizados y a las dosis adecuadas. Hasta el momento, los dos probióticos que han demostrado su eficacia en los distintos metaanálisis son: Lactobacillus GG (I, A) y Saccharomyces boulardii (II, B). Reducen la intensidad y la duración de la diarrea, más en los casos de diarreas secretoras o virales, que en el caso de patógenos enteroinvasivos(1). Las dosis utilizadas deben ser superiores a 1010-1011 UFC y su eficacia es mayor cuanto antes se empiezan a administrar tras el inicio de los síntomas.

Prebióticos. Los prebióticos son alimentos o nutrientes no digeribles que favorecen el desarrollo y la actividad de la flora saprofita colónica habitual. De momento, no está demostrada su utilidad en el tratamiento de la GEA y no se recomienda su administración (II, B).

Otros fármacos. La esmectita es un adsorbente (silicato de aluminio y magnesio), que tiene la capacidad la captar las enterotoxinas producidas por los patógenos intestinales, incrementando la reabsorción de agua y electrolitos y favoreciendo la recuperación de la mucosa intestinal. Se usa en varios países europeos y, aunque en las guías internacionales no se recomienda su uso de manera rutinaria, se acepta su posible utilidad y uso en niños con GEA.

Homeopatía y medicina natural. No existe evidencia científica que justifique la utilización de estos tratamientos en la GEA en niños (III, C).

Micronutrientes. La OMS recomienda los suplementos de zinc para todos aquellos niños con GEA a nivel mundial(2). El déficit de zinc es común en niños malnutridos en los países en vías de desarrollo y está asociado con una disminución en la reabsorción de agua y electrolitos a nivel intestinal. Por eso, los suplementos de zinc en estos países, disminuyen la clínica y la duración de las diarreas, aconsejando la OMS su uso (10-20 mg/día), durante 10-14 días, en todos los niños con diarrea. En nuestro medio, la ESPGHAN no recomienda su uso de forma rutinaria en Europa, ya que no produce beneficios respecto al tratamiento habitual (III,C), aconsejándolo solamente para los niños malnutridos, en los que se debe administrar según las pautas de la OMS(11,12).

Otros micronutrientes, como el ácido fólico o la glutamina, no se recomiendan para el tratamiento de los niños con GEA (II,B).

Prevención

La medida de higiene más importante para prevenir la transmisión de las infecciones que producen diarrea es el adecuado lavado de manos.

La principal vía de contagio de los patógenos que producen GEA es la fecal-oral, por lo que el adecuado lavado de manos con agua y jabón o con desinfectantes hidroalcohólicos, después del contacto con el paciente o sus secreciones, es la medida de higiene más importante para prevenir la transmisión de estas infecciones. Esta es la medida en la que se debe insistir, tanto a nivel familiar como en los colegios y guarderías, para evitar la aparición de brotes en estas instituciones.

La única medida disponible de prevención primaria es la vacuna para el rotavirus(13). En nuestro medio, el Comité de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría la recomienda para todos los lactantes, existiendo en la actualidad una sola vacuna comercializada, no financiada por el sistema sanitario público, (Rotateq®), de la que se administran 3 dosis por vía oral, que se pueden administrar hasta las 32 semanas de edad. Numerosos ensayos clínicos han demostrado la eficacia de la vacuna, sobre todo, en la prevención de los casos más graves y en la disminución de la necesidad de hospitalización, así como la seguridad de la vacuna (no relacionada con casos de invaginación intestinal).

Papel del Pediatra de Atención Primaria

El Pediatra de Atención Primaria va a diagnosticar y tratar la mayoría de los casos de GEA en nuestro medio. Su papel es fundamental en el adecuado tratamiento de estos niños y en la detección de los casos graves que deben ser derivados al hospital.

En la última revisión publicada de la ESPGHAN, se especifica que una consulta telefónica es suficiente para el adecuado manejo de la GEA en la mayoría de los casos. Solo precisarían consulta médica presencial aquellos niños con más de 8 deposiciones/día, vómitos persistentes, enfermedad de base o menores de 2-3 meses. De igual forma, aconsejan el inicio precoz del tratamiento con SRO en el domicilio, lo que reduce el número de consultas médicas. Esto no suele ser lo habitual en nuestro entorno donde, por la gran accesibilidad de nuestro sistema sanitario, la mayoría de los pacientes van a ser vistos y tratados en las consultas de Pediatría de Atención Primaria.

Las preguntas más importantes a la hora de evaluar a un niño con GEA son: la edad del niño, la duración del proceso, el número de deposiciones y de vómitos, la diuresis aproximada y el estado neurológico del niño (activo, decaído). Los datos que deben sugerir la derivación a un servicio de urgencias hospitalario son: deshidratación grave, shock, alteraciones del estado neurológico, vómitos incoercibles, fracaso del tratamiento con SRO, sospecha de patología quirúrgica como causa de los síntomas y factores sociales (familias con incapacidad para proporcionar los cuidados adecuados en domicilio).

Otro de los puntos que va a manejar el Pediatra son los aspectos relacionados con el contagio de la enfermedad a otros niños. La medida que se debe recomendar es el adecuado lavado de manos, con agua y jabón o soluciones hidroalcohólicas, después de estar en contacto con los fluidos contaminados del paciente (deposiciones, vómitos). Esta es la misma medida que se debe recomendar a los cuidadores de las guarderías para evitar la aparición de brotes en las mismas. Respecto a la vacuna del rotavirus, al no estar financiada por el sistema público, el Pediatra debe informar a los padres de la existencia y características de la vacuna, para que sean ellos los que, en último término, decidan su administración.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.** Guarino A, Albano F, Ashkenazi S et al. European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition/European Society for Paediatric Infectious Diseases: Evidence-based guidelines for the management of acute gastroenteritis in children in Europe. JPGN. 2008; 46: S81-S122.

2.* World Health Organization. The treatment of diarrhoea. Geneva: WHO Press; 2005.

3. Alcolea A, Díaz V, Polanco I. Diarrea aguda. En: Decisiones en Gastroenterología Pediátrica. Madrid: Ergon. 2013; p. 189-196.

4. Gavilán C, García B, González R. Gastroenteritis aguda. En: Protocolos diagnósticos-terapéuticos de Infectología. Madrid: Ergon. 2011; p. 113-124.

5. Román E, Barrio J, López MJ. Diarrea aguda. En: Protocolos diagnósticos terapéuticos de Gastroenterología Pediátrica. Madrid: Ergon. 2010; p. 11-20.

6.* Gutiérrez P, Polanco I, Salazar E. Manejo de la gastroenteritis aguda en menores de 5 años: un enfoque basado en la evidencia. Guía de práctica clínica Ibero-Latinoamericana. An Pediatr (Barc). 2010; 72(3): 220.e1-220e20.

7. Hernández Merino R. Soluciones de rehidratación oral (v.3.2/2010). Guía_ABE. Infecciones en Pediatría.Disponible en http://www.guia-abe.es.

8. Molina M, Ortega E. ¿Es eficaz la dieta exenta de lactosa en la gastroenteritis aguda infantil? Evid Pediatr. 2014; 10: 24.

9. Albert de la Torre L, Roa Francia MA. Gastroenteritis aguda (v.4/2011). Guía-ABE. Infecciones en Pediatría. Guía rápida para la selección del tratamiento antimicrobiano empírico.Disponible en http://www.guia-abe.es.

10. Benito AM. Racecadotrilo en la gastroenteritis en niños: metaanálisis realizado con datos individuales de pacientes. Evid Pediatr. 2013; 9: 35.

11. Benito AM. Tratamiento de la diarrea con zinc. Efectos sobre la morbilidad, mortalidad e incidencia de episodios futuros. Evid Pediatr. 2011; 7: 48.

12. Cortés RB, Sánchez I, Buñuel JC. La administración de zinc oral en niños con gastroenteritis aguda en países desarrollados no tiene efecto beneficioso sobre la duración o gravedad del episodio. Evid Pediatr. 2011; 7: 9.

13. Documento de consenso de las Sociedades Científicas. Vacunación frente a rotavirus. 2008.

Bibliografía recomendada

- Guarino A, Albano F, Ashkenazi S et al. European Society for Paediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition/European Society for Paediatric Infectious Diseases: Evidence-based guidelines for the management of acute gastroenteritis in children in Europe. JPGN. 2008; 46: S81-S122.

Está pendiente de publicación un nuevo documento de la ESPGHAN de revisión de la GEA (con fecha de publicación 2014), disponible en los próximos meses.

Caso clínico

 

Varón de 9 meses, que acude a su pediatra por presentar desde el día anterior más deposiciones de las habituales, líquidas y abundantes (ha realizado 6-7 deposiciones en la mitad del día), ha vomitado 2 veces y ha tenido fiebre de 38,2ºC como máxima temperatura. El bebé ha realizado tomas de lactancia materna, aunque escasas, y ha rechazado otro tipo de comida. La madre refiere que le ha cambiado 2 pañales mojados en todo el día.

Exploración física. Tª: 37,9ºC. Buen estado general, tendencia fácil al llanto con lágrimas. Buena coloración, turgencia cutánea normal. Auscultación cardiopulmonar normal, abdomen levemente distendido con abundantes gases en marco cólico. Exploración neurológica normal, fontanela normal. Exploración ORL con faringe levemente hiperémica, mucosa de la lengua algo pastosa. Extremidades algo frías, relleno capilar enlentecido.

Actitud. Se deja en observación, intentando rehidratación con SRO de forma progresiva y ofreciendo lactancia materna a demanda.

 

  

 

Dolor abdominal crónico y recurrente. Infección por Helicobacter pylori

A. Hernández Hernández*, M. Monge Zamorano**, C. Quintana Herrera***
Temas de FC


A. Hernández Hernández*, M. Monge Zamorano**, C. Quintana Herrera***

*Pediatra del Centro de Salud de Tacoronte
y Adjunto de guardias del Hospital Universitario de Canarias, Tenerife.
**Pediatra del Centro de Salud de Tacoronte y Colaboradora del Servicio de Nefrología del Hospital Universitario de Nuestra Señora de la Candelaria, Tenerife.
***Pediatra del Centro de Salud de Tacoronte, Tenerife

 

Resumen

El dolor abdominal crónico y recurrente (DAC y DAR) constituye un motivo de consulta frecuente en la consulta en Atención Primaria (AP) de Pediatría. Suele tratarse de un niño con aparente buen estado de salud, pero con dolor abdominal de larga duración, de carácter intermitente y recurrente, que causa una gran preocupación familiar. Supone un reto para el pediatra en cuanto al diagnóstico, que ha de basarse en una historia clínica exhaustiva, una adecuada exploración física y unos sencillos exámenes complementarios, en busca de signos de alarma que ayuden a discernir entre la etiología orgánica, psicológica (somatización) o funcional. El pediatra de AP ha de mostrar grandes dosis de empatía y actitud comprensiva ante estos pacientes, en pro de recuperar una funcionalidad alterada, más que hacer un diagnóstico de exclusión, y derivar a atención hospitalaria a aquellos pacientes que pudieran requerir estudios más complejos o tratamiento y seguimiento específicos

 

Abstract

Chronic and recurrent abdominal pain (CAP/ RAP) is a frequent issue in pediatric outpatient primary care (PC). The patient is often a child who is apparently in good health but has a long duration abdominal pain, intermittent and recurrent, causing a serious concern in his family. It is a challenge for the pediatrician and the diagnosis has to be based on a thorough medical history, appropriate physical examination and a few simple additional tests looking for warning signs that could help to distinguish between organic or functional, or psychological (somatization) etiology. PC pediatrician has to show a large dose of empathy and understanding attitude towards these patients to help them in recovering an altered functionality. Patients requiring more complex studies or treatment, or specific monitoring, should be referred to hospital care

 

Palabras clave: Dolor abdominal funcional; Dolor abdominal crónico; Infección por Helicobacter pylori

Key words: Functional abdominal pain; Chronic abdominal pain; Helicobacter pylori infection

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 33-50


Dolor abdominal crónico y recurrente. Infección por Helicobacter pylori

 

Conceptualización

DAR: más de 3 episodios de dolor suficientemente grave durante al menos 3 meses en el año previo al estudio; DAC: si dura al menos 2 meses.

En 1958, J. Apley y N. Naish, en un estudio de 1.000 escolares, denominan como DAR el que presentan niños con, al menos, 3 episodios de dolor suficientemente grave, que interfiera su actividad habitual, en un periodo no menor de 3 meses, con crisis continuas en el año precedente al estudio(1).En al año 2005, la Academia Americana de Pediatría (AAP) define DAC como aquel que supere los 2 meses de duración y recomiendan poner en marcha estudios para descartar organicidad o trastorno somatomorfo(2).

Epidemiología

Afecta al 10-19% de los niños que consultan.

El dolor abdominal de larga duración afecta al 10-19% de los niños que consultan en Pediatría. La prevalencia es del 11,8% y 17% en niños entre 4-6 años y adolescentes, respectivamente. En un 21%, el dolor es suficientemente intenso como para interferir su actividad habitual(3).

Clasificación

Se basa en la posible etiología orgánica, somática o funcional, según la edad y los criterios de Roma III (Tabla I).

 

 

En la práctica clínica, los niños con DAC pueden agruparse en mayores o menores de 4 años. Esta edad puede extenderse hasta los 7 años debido a la variabilidad en el desarrollo individual para expresar o no los síntomas. Sin embargo, los nuevos criterios de Roma III los separa definitivamente en menores y mayores de 4 años(4).

En los menores de 4 años, el DAC se establece como un “diagnóstico” y siempre se debe descartar organicidad o somatización; no puede establecerse el diagnóstico de “dolor abdominal funcional” al basarse este en un conjunto de síntomas que a esta edad no puede ser expresado por el niño.

En los mayores de 4 años, el DAC no es un diagnóstico sino un “síntoma” referible por el niño y el diagnóstico de funcional se acepta siguiendo los criterios de Roma III, que hacen referencia a un conjunto de síntomas que a esta edad sí pueden ser referidos por el niño. Debe descartarse organicidad y somatización. El dolor abdominal funcional es la causa más frecuente del DAC, es un diagnóstico específico, y aunque se ha usado de forma intercambiable como: “dolor no orgánico”, “dolor psicógeno” y “dolor abdominal recurrente”, la AAP y la NASPGHAN (North American Society Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition) proponen en 2005 abandonar el DAR como sinónimo de dolor abdominal funcional y dolor abdominal psicógeno(2).

El DAC funcional, a su vez, lo podemos clasificar en una serie de subcategorías según criterios de Roma III para niños entre 4 y 18 años de edad que se recogen en la tabla II.

 

 

Fisiología

Se puede explicar por una hiperreactividad, hiperalgesia intestinal y convergencia víscero-somática a nivel cerebral del dolor intestinal.

En la generación y perpetuación del DAC, van a influir diversos factores etiopatogénicos:

• Existencia de una reactividad intestinal anormal frente a diferentes estímulos fisiológicos (alimentos, cambios hormonales, distensión intestinal), nociceptivos (procesos inflamatorios) o psicológicos estresantes (separación de los padres, ansiedad, etc.).

• Una disminución del umbral álgico en respuesta a cambios de presión abdominal.

• Hiperalgesia visceral relacionada con la intensidad de los síntomas. Se reconocen dos tipos.

- La hiperalgesia visceral primaria, ocasionada por los estímulos dolorosos precoces y múltiples que origina una sensibilización de las neuronas de los ganglios de la cadena dorsal, produciendo dolor ante estímulos habitualmente por debajo del umbral de dolor, hiperalgesia propiamente dicha o incluso por estímulos que normalmente no producen dolor, alodinia.

- La hiperalgesia secundaria, producida por incremento de la percepción consciente de dolor, que estaría ocasionada por cambios bioquímicos en la vía sensitiva aferente, que envía los estímulos dolorosos de la médula espinal a la corteza cerebral.

Los procesos inflamatorios de la mucosa causados por infecciones, alergias o enfermedades inflamatorias primarias pueden provocar una sensibilización de los nervios aferentes, iniciándose la hiperalgesia visceral. De hecho, algunos pacientes inician el cuadro de dolor a partir de una gastroenteritis aguda, frecuentemente producida por campylobacter o salmonella(2).

• La convergencia víscero-somática explica cómo las vías sensitivas de la piel, músculos abdominales y nervios aferentes viscerales, cuyos receptores se encuentran en la superficie serosa, en el mesenterio y dentro de la pared de las vísceras huecas, establecen sinapsis en las mismas inter-neuronas, produciendo dispersión del dolor visceral y dificultando la diferenciación entre dolor visceral y musculoesquelético que explica, además, el dolor referido o irradiado que se percibe en los dermatomas cutáneos que comparten el mismo nivel de la médula espinal que las entradas viscerales. Por ejemplo, los estímulos nociceptivos de la vesícula biliar entran en la médula espinal por las metámeras entre T5 a T10; por lo tanto, el dolor de una vesícula biliar inflamada puede ser percibido en la escápula. La localización del dolor en el cuadrante superior derecho en los pacientes con colecistitis aguda, generalmente, ocurre una vez que el peritoneo parietal que la recubre se inflama.

La expresión del dolor a nivel central está a su vez modulada por la interacción de una serie de factores: biológicos, medioambientales y psicológicos, que interactúan entre sí para modificar la respuesta al dolor. Todo ello se visualiza mediante un modelo biopsicosocial del padecimiento del DAC, desarrollado por J. S. Hyams y P. E. Hyman(6), cuando es aceptado por los padres y el paciente facilita su control y extinción (Fig. 1).

 

Figura 1. Modelo biopsicosocial del dolor abdominal(6,11).

 

Sistemática diagnóstica

Se establece básicamente con una historia clínica y exploración física exhaustivas, buscando los factores desencadenantes y los signos de alarma, relegando los exámenes complementarios a un segundo plano y solo si se sospecha organicidad.

Una historia clínica exhaustiva y una exploración física completa son las mejores herramientas para valorar a cualquier paciente con DAC. Algún examen complementario puede ser necesario, pero queda relegado a un segundo plano.

Conviene establecer la mejor relación de confianza posible con el niño y sus padres, compartiendo su preocupación y entendiendo el dolor como real, no imaginario. El objetivo ha de ser el de discernir si el origen del DAC es de causa orgánica, psicológica (somatización) o funcional, teniendo en cuenta que estas tres causas no son excluyentes entre sí y pueden coexistir e interactuar entre ellas. Es muy importante que, tanto el paciente como su familia, estén seguros de que el pediatra buscará cualquier causa identificable del DAC, permitiendo así establecer una alianza diagnóstico-terapéutica temprana.

La historia clínica ha de ser completa, considerando en primer lugar, posibles causas orgánicas del DAC, más relevantes en los niños menores de 7 años y, principalmente, en los de menos de 3-4 años. Pueden variar entre el 5-40%, dependiendo de: población estudiada, edad de inicio, definición de organicidad, exámenes complementarios realizados e interpretación de los mismos (Tabla III).

 

 

Se debe indagar sobre los signos de alarma, tanto al hacer la historia clínica como al realizar la exploración física (Tabla IV). Son la base para la indicación de los exámenes complementarios diagnósticos más o menos específicos, dirigidos y escalonados (Tabla V).

 


 

 

 

 

Varios estudios han demostrado que en ausencia de signos de alarma, hay poca evidencia de que las pruebas de laboratorio o imagen sean útiles para identificar una enfermedad orgánica(2) y tampoco el resultado de dichas pruebas parece influir en el pronóstico del DAC(8).

En la historia clínica, hay que preguntar sobre:

Antecedentes familiares: dispepsia, úlceras duodenales, enfermedades digestivas (enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca), alergias o intolerancias alimentarias, cólicos nefríticos, litiasis en vesícula, malformaciones.

Características del dolor: quemante, tipo cólico, como calambres, etc.

Localización: peri-umbilical: propio del dolor funcional en niños mayores de 8 años, no así en menores de esta edad; epigástrico: dispepsia funcional, origen esófago, estómago, duodeno, páncreas; cuadrante superior derecho: vesícula biliar, hígado, cabeza de páncreas; cuadrante inferior derecho: apéndice, íleon terminal y ciego; cuadrante inferior izquierdo: recto-sigma, divertículo de Meckel, proctitis ulcerativa, síndrome intestino irritable funcional.

Si es fijo o se irradia hacia la espalda, pensar en pancreatitis, hacia la ingle, descartar cólico renal.

Severidad del mismo: se puede objetivar mediante una escala facial del dolor de Wong-Baker, útil para niños mayores de 3-5 años y hasta 13 años, siendo 0 no dolor, entre 1-3 dolor leve, 4-6 dolor moderado, 7-9 dolor intenso y 10 dolor insoportable (Fig. 2). Comprobar si altera la actividad familiar y del paciente, y cuál es la respuesta familiar para identificar actitudes que refuerzan dicho dolor.

Figura 2. Escala de Wong-Baker para niños de 3 hasta 13 años.

 

Momento del día en que se inicia: nocturno y/o en la mañana temprano: migraña abdominal; de predominio nocturno: reflujo GE; su coincidencia o no con las comidas, en la enfermedad péptica sucede después de estas.

Duración y frecuencia.

Sintomatología asociada: rash, síntomas vagales, distención abdominal, afonía, tos crónica, diarrea, cefaleas, etc.

Factores desencadenantes. Triggers: alimentos como: lácteos, intolerancia a lactosa o alergia PLV, cítricos, grasas, bebidas con cafeína, gaseosas, sorbitol que se encuentra en dulces, goma de mascar sin azúcar y otros. FODMAPs (oligosacáridos fermentables, disacáridos, monosacáridos y polioles), que son hidratos de carbono de cadena corta pobremente absorbidos que pueden conducir a la producción de gas y distensión del intestino grueso y dolor abdominal; otros alimentos que producen gases, como: frijoles, cebolla, apio, pera, plátano, albaricoque, ciruela, coles de Bruselas, germen de trigo, etc. Otros desencadenantes frecuentes son determinadas actividades que pueden estresar al paciente: escolares, extraescolares o familiares.

Medidas adoptadas para alivio del dolor: medicación, evitar determinados alimentos, etc.

Cuando todo lo anterior es difícil de especificar, es conveniente realizar un calendario, de al menos una semana de duración, donde se registre todo lo mencionado.

Además, se ha de indagar sobre hábitos dietéticos del niño, ingesta de fibra (estreñimiento funcional), dietas de exclusión o caprichosas. Hábito intestinal: cantidad, frecuencia y consistencia de las heces, para lo cual puede servir la escala de Bristol (a los familiares se les suele pasar desapercibido el estreñimiento funcional). Si es una mujer, características de la menarquia y de la menstruación. Historia personal de cirugías previas (adherencias, malformaciones intestinales) y familiar de antecedentes de enfermedad gastrointestinal (síndrome de intestino irritable, migraña, enfermedad celíaca, péptica o inflamatoria).

Se debe confeccionar una historia psicosocial amplia, valorando la actitud del niño, de sus padres y la relación entre ambos, los antecedentes de trastornos psiquiátricos familiares, la presencia de eventos estresantes o disruptivos en la vida familiar, social o escolar, síntomas emocionales y conductuales, y funcionamiento familiar. En el caso de adolescentes, para realizar una evaluación psicosocial sistemática se le entrevistará directamente, sin presencia de sus padres, siendo de utilidad el acrónimo HEADSS: Home (hogar y familia), Education and employment (aspectos escolares, rendimiento escolar, notas, etc.); Activities (ejercicio, deportes y otras actividades extraescolares); Drugs (uso y relación con las drogas, alcohol, tabaco y otros); Sexuality (orientación sexual, experiencias, relaciones consentidas vs obligadas); y Suicide/depression (detección de síntomas depresivos, ideas suicidas)(9). Por otra parte, hay que identificar una serie de factores psicosociales predisponentes, tanto individuales como familiares, precipitantes y mantenedores del DAC por somatización, que se resumen en la tabla VI.

 

 

En la exploración física, ha de valorarse el aspecto general, peso, talla, estado de nutrición, velocidad de crecimiento, TA. Ha de incluirse una detallada exploración abdominal, palpación buscando masas, visceromegalias, puntos dolorosos, en particular, el signo de Carnett, que sirve para diferenciar el dolor parietal, (hasta el 20% de los DAC), del visceral. Se realiza con el paciente en decúbito supino, ejerciendo presión con el dedo sobre el punto doloroso y haciendo que el paciente contraiga la musculatura abdominal, realizando una flexión de la cabeza y el tronco. Dicho signo es positivo, dolor parietal, si el dolor aumenta o persiste con dicha maniobra, y negativo, dolor visceral, si se alivia o atenúa (sensibilidad del 78-85%, especificidad del 88-97%). Valoración, en su caso, del signo del psoas mediante maniobra de hiperextensión de la cadera (absceso del psoas). Evaluación de la madurez sexual, inmadurez concomitante con organicidad; exploración de la zona perianal (fístulas, fisuras, ano anterior); tacto rectal ineludible en todo niño con DAC y estreñimiento; y presencia de hoyuelo sacro-coccígeo con vellos. En las niñas, descartar hematocolpos, masas ováricas, etc.

La historia clínica extensa y una adecuada exploración física sirven para hacer una primera evaluación del cuadro clínico y orientan sobre la necesidad de qué exámenes complementarios iniciales solicitar. En ocasiones, puede estar indicada la colaboración del paido-psiquiatra, o incluso iniciar tratamiento de forma empírica. Ha de explicarse a los padres, de forma sencilla, la impresión diagnóstica, tanto si se sospecha un problema orgánico, psicosomático o funcional, así como lo que se espera de los exámenes complementarios y el posible pronóstico del DAC funcional, recordando que el 29% de los niños con DAC mantiene el dolor tras varios años de seguimiento(8). Es aquí donde la confianza en el pediatra ha de preservarse para un adecuado seguimiento y tratamiento de dicha patología.

Los exámenes complementarios, como se ha comentado, han de realizarse en función de la presencia de signos de alarma, solicitándose de forma escalonada y dirigidos según el diagnóstico de sospecha dado(10) (Tabla V).

En un primer nivel asistencial, se han de solicitar pruebas de laboratorio básicas, descartando la presencia de sangre oculta en heces, su positividad es un dato siempre a tener en cuenta, aunque es muy inespecífica, al igual que la PCR. En este nivel asistencial, la mayoría de los autores consideran que no parece estar justificado la realización de exploraciones para despistaje de enfermedad celíaca (EC) o helicobacter pylori, dado que se ha comprobado que solo 1/227 niños con DAC mayor de 5 años tiene EC(11); por otra parte, se ha encontrado igual prevalencia (30-40%) de helicobacter en pacientes con o sin DAC, además de lo inespecífico del dolor abdominal asociado a helicobacter. Por ello, no es recomendable este tipo de estudios en Atención Primaria(2,12).

Teniendo en cuenta que la prevalencia de hipercalciuria idiopática en España es del 6,5 y 7,8%, y en zonas con gran tasa de endogamia como La Gomera, entre 10,6 y 28,4%, creemos que está justificado determinar calcio, creatinina y citrato en primera orina de la mañana, ya que es una prueba no invasiva y barata, y en algunas series hasta el 14% de los niños con hipercalciuria presentan dolores abdominales (M. Luis Yanes et. al, Canarias Pediátrica2005, 29: 47-56).

Los estudios basales de imagen que pueden solicitarse, la ecografía pélvica y abdominal, no parecen tener rendimiento óptimo sin la presencia de alguno de los signos de alarma(2). En manos expertas y con los nuevos aparatos de ecografía, puede detectarse patología muy variada, del tracto urogenital, genitales femeninos, hepato-bilio-esplénica, malrotación intestinal, enfermedad inflamatoria intestinal, alteraciones vasculares mesentéricas (síndrome compresivo de arteria mesentérica superior), etc. No está justificado el uso de radiografía simple de abdomen de forma rutinaria, salvo para comprobación de fecaloma en la retención fecal funcional, o la detección de heces abundantes tras deposición en niños con estreñimiento oculto(10).

Ninguno de los exámenes complementarios es necesario para hacer el diagnóstico de DAC funcional en ausencia de signos de alarma, aunque se acepta que estas pueden ayudar a tranquilizar al paciente, familia y al propio médico sobre la ausencia de enfermedad orgánica, sobre todo, si el dolor empeora significativamente la calidad de vida del paciente(2,10). La realización de dichas pruebas, con el fin de tranquilizar o facilitar la aceptación de un diagnóstico de DAC funcional, debe ser equilibrada y proporcional, ya que la solicitud de excesivos exámenes complementarios adicionales podrían tener el efecto opuesto, reforzando los temores de los padres y del niño de padecer una enfermedad orgánica grave, afectando negativamente la confianza en el pediatra(13).

En un segundo nivel asistencial o incluso en AP según las posibilidades disponibles del petitorio, la pericia del pediatra y la sospecha clínica, puede solicitarse:

• Serología de enfermedad celíaca (IgA antitransglutaminasa tisular, IgG antigliadina) y remisión para endoscopia confirmativa en su caso.

• Detección de Ag en heces de helicobacter pylori y test C13 urea en aliento, remitiendo para confirmación de enfermedad péptica mediante endoscopia y tratamiento erradicador oportuno.

Rast (determina IgE específica) o prick test a proteína de leche de vaca y a otros alimentos, en su caso, dejando los test de provocación y estudios más extensos de IgE específica para los servicios de alergología.

• Test de hidrógeno espirado con leche o solución de lactosa, para detección de intolerancia o malabsorción de lactosa, o con lactulosa, para diagnóstico de sobrecrecimiento bacteriano o intestino contaminado, y remisión para confirmación y tratamiento oportuno en su caso(14).

• Determinación de electrólitos en sudor y hormonas tiroideas en caso de DAC acompañado de estreñimiento.

• Test de embarazo en adolescentes con DAC y amenorrea secundaria.

• Determinación de calprotectina en heces, que ha mostrado ser un test de utilidad diagnóstico sensible, aunque no específico, para diferenciar aquellos niños que presentan patología orgánica y, por lo tanto, precisan de estudio colonoscópico, de los que muestran patología funcional y no necesitan esta técnica invasiva(15).

Hay que ser cautos en la interpretación de los resultados de estos estudios y la positividad de los test no siempre va indicar que sea la causa del DAC.

En un segundo o tercer nivel asistencial, una vez que el niño es remitido al especialista correspondiente (gastroenterólogo, cirujano pediátrico, ginecólogo, nutricionista, etc.), según la sospecha clínica específica, pueden ser necesarios otros exámenes: Phmetría, tránsito intestinal superior, enema opaco, endoscopia de tracto digestivo superior, colonoscopia, biopsia intestinal, manometría ano-rectal, TAC, RMN, cápsula endoscópica, laparoscopia… El pediatra de AP ha de conocer las indicaciones de dichas pruebas, aunque no se aborden en este tema.

Tratamiento del DAC

Se basa en medidas de apoyo biopsicosocial, siendo de escaso valor las medidas dietéticas o farmacológicas.

El tratamiento ha de tener en cuenta que, como se ha mencionado, las etiologías orgánicas, psicosomáticas o funcionales no son excluyentes y pueden inter­actuar en un número no despreciable de pacientes y, por lo tanto, a considerar desde un punto de vista terapéutico.

El tratamiento del DAC orgánico ha de ser etiológico, de la enfermedad orgánica diagnosticada, que puede ser anatómica, inflamatoria, metabólica o neoplásica.

El tratamiento del DAC por somatización corresponde al paido-psiquiatra, que debe establecer el tratamiento en colaboración con el pediatra de AP u hospitalario, identificando los factores predisponentes y precipitantes que pueden desencadenar dicha patología en una persona vulnerable, así como los factores de riesgo que pueden cronificar el proceso (Tabla VI).

 

 

El tratamiento del DAC funcional se basa en lo recogido en el consenso de la AAP y NASPGHAN en 2005(2), que consideran que la mayoría de los niños con DAC funcional pueden recibir tratamiento en el ámbito de AP, con una explicación de un modelo biopsicosocial de la enfermedad funcional, enmarcando esta en términos de un diagnóstico positivo en lugar de un diagnóstico de exclusión, ganándose la confianza familiar y asegurando un seguimiento periódico de apoyo clínico-terapéutico a la familia y al niño. Ello implica:

• Resumir los síntomas del paciente y explicar con términos sencillos que, siendo el dolor real y frecuente, es poco probable que sufra enfermedad orgánica. No obstante, como profesional, se estará atento por si apareciese algún signo de alarma. Puede compararse con la cefalea, un trastorno funcional frecuente, que experimentan la mayoría de los adultos y que muy raras veces se asocia con enfermedad grave.

• Aportar ejemplos claros y apropiados para la edad de los procesos que se asocian con hiperalgesia, como cicatrices en fase de curación, y las interacciones del cerebro y el intestino, como las diarreas y vómitos que pueden experimentar los niños en situaciones estresantes (p. ej., antes de un examen o de una competición deportiva importante).

• Establecer una relación de confianza con el niño y sus padres es importante, dado que un 29% de estos pacientes van a tener dolor abdominal persistente en el tiempo y es aquí donde la confianza en el pediatra se pone en juego. Se ha comprobado que la cronicidad del dolor abdominal funcional depende más de las característica de los padres que del niño y de que estos hayan o no aceptado el modelo biopsicosocial de la enfermedad antes mencionado(8,13).

• Establecer unos objetivos de tratamiento razonables, dirigidos, sobre todo, a la recuperación de la función normal, procurando mejorar la tolerancia al dolor, haciendo que el niño siga una vida familiar y escolar menos condicionada y mejorando la ansiedad y la depresión que todo dolor crónico puede causar, independientemente de la etiología.

La mayoría de los niños mejoran con métodos sencillos de apoyo psicológico y de modificación de su conducta para el mejor manejo del dolor abdominal.

Las medidas psicosociales que pueden estar al alcance del pediatra de AP, básicamente son:

Las técnicas de relajación muscular, con ejercicios de respiración profunda o relajación muscular progresiva de diferentes grupos musculares, actuando como “coach” un miembro de la familia suficientemente adiestrado por el pediatra, si es necesario.

La distracción, para desviar la atención del dolor mediante conversación, juegos o la imaginación guiada, también llamada hipnoterapia o autohipnosis, que es una técnica de distracción a través de la cual el niño entra en un estado de imaginación de sonidos y sensaciones que lo desconecta de los estímulos dolorosos.

Otras medidas psicosociales que precisan de un profesional psicoterapeuta más experto son:

La terapia cognitivo-conductual, que incluye un programa individual de reeducación, relajación, manejo del estrés y técnicas de modificación de la conducta.

Biofeedback (biorretroalimentación), técnica que proporciona una representación visual o auditiva de las respuestas fisiológicas al dolor y a la ansiedad (frecuencia cardiaca, temperatura de la piel, etc.).

Estas técnicas han demostrado igual o superior eficacia que la terapia médica estándar, en reducir la frecuencia e intensidad de los episodios de dolor(16).

En algunos casos, pueden ser útiles otras medidas dietéticas, manejo de los triggers o factores desencadenantes (ciertas restricciones dietéticas) y farmacológicas, para el tratamiento de síntomas predominantes, según el tipo de DAC.

Modificaciones dietéticas: en una revisión sistemática de 2009, se llegó a la conclusión de que no existe evidencia de alta calidad que indique que las intervenciones dietéticas son eficaces en el tratamiento del dolor abdominal funcional en niños(17). Por otra parte, las restricciones dietéticas pueden dar lugar a deficiencias nutricionales (Ca, Vit. D); por lo tanto, no parece justificado indicarlas en niños con DAC funcional. Sin embargo, en un tratamiento individualizado puede ensayarse una exclusión limitada a 2-4 semanas para determinados alimentos identificados como triggers o desencadenantes que ya se han comentado. Así, la limitación de FODMAPs parece útil en pacientes adultos con colon irritable, pero no se ha demostrado en niños. Puede restringirse los alimentos ricos en fructosa, en aquellos niños en los que se sospeche una intolerancia a la misma, siempre que se obtengan resultados positivos.

La exclusión de la lactosa por corto periodo de prueba puede ser útil, si la clínica hace sospechar intolerancia a la misma (dolor de tipo cólico, gases, borborigmo y diarrea líquida tras ingesta de alimentos ricos en lactosa) y, en los casos dudosos, podría indicarse un test de hidrógeno espirado para lactosa, complementando la dieta con aportes adecuados de Ca y vitamina D, incluso con sustitutos de la enzima lactasa. Sin embargo, en un estudio en niños con DAC funcional, no se encontró diferencia en la respuesta entre el grupo con déficit de lactasa y los que no la tenían al dar una dieta exenta de leche, ni tampoco con respecto al grupo control que siguió una dieta normal(17).

En cuanto al gluten, se han popularizado las dietas sin gluten para el tratamiento del DAC, bajo la hipótesis de una sensibilización a este o al trigo, sin evidencia de EC en la biopsia intestinal. No parece estar justificada dicha restricción, pues se ha evidenciado que menos del 4,4º/oo de niños con DAC tienen EC(11).

Los probióticos pueden ser útiles en el tratamiento del DAC funcional y, concretamente, se han utilizado en el síndrome de intestino irritable. Los mecanismos de acción no están claros, podrían mejorar los síntomas gastrointestinales restaurando el equilibrio microbiano en el intestino, mediante la competencia metabólica con los patógenos, restableciendo la barrera de la mucosa intestinal o alterando la respuesta inflamatoria intestinal. Los más usados han sido preparados comerciales que contienen: L. rhamnosus, L. reuteriy Saccharomyces boulardii. Los resultados no han sido concluyentes: en unos estudios, han demostrado disminuir la intensidad y frecuencia del dolor y, en otros, solo la intensidad, pero no la frecuencia.

Los aportes de fibra suplementaria soluble en agua, tipo psyllium hidrófilo mucoide (cáscara de ispaghula) o goma guar, en dosis tales que la ingesta total de fibra en gramos sea de no más de 5-10 + la edad del niño en años, se han utilizado para el DAC asociado con síndrome de intestino irritable en niños y estreñimiento funcional crónico, no así la fibra insoluble tipo salvado de trigo o maíz.

Las medidas farmacológicas: no hay evidencia suficiente en cuanto a sus beneficios, pero pueden prescribirse fármacos en niños con sintomatología grave que no han respondido a los tratamientos más simples y con la intención de mitigar alguno de los síntomas más molestos durante periodos de tiempo cortos, no más de 2 semanas. Se han utilizado diferentes fármacos(13):

Medicamentos antiespasmódicos, tales como aceite de menta e hiosciamina. Se cree que son útiles para el dolor abdominal funcional y el síndrome de intestino irritable, a través de sus efectos en la disminución de los espasmos del músculo liso en el tracto gastrointestinal, que pueden ser responsables de síntomas tales, como dolor.

El mentol, que es el ingrediente activo en el aceite de menta, es un monoterpeno cíclico con propiedades de bloqueo de los canales del calcio, que se supone que se activa en el músculo liso íleal y en el colon. Los efectos secundarios informados incluyen: ardor rectal, dolor esofágico o acidez estomacal y reacciones alérgicas. En los niños que recibieron aceite de menta, se evidenció una mejoría en la escala de gravedad de los síntomas del síndrome de colon irritable en comparación con el grupo placebo (p<0,001). Sin embargo, no hubo diferencia entre los grupos en cuanto a la acidez, eructos, patrón de heces y su consistencia.

• El aceite de menta (peppermint), aunque no disponible en España, en EE.UU. se presenta en dos formas comerciales: cápsulas con recubrimiento entérico de 187 mg/8 h para niños entre 30-45 kg y las de 374 mg/8 h para los mayores de 45 kg.

La hiosciamina y diciclomina se consideran antiespasmódicos, debido a sus efectos anticolinérgicos en el músculo liso. La hiosciamina se ha utilizado en los niños durante un corto plazo para tratamiento de los síntomas del dolor gastro-intestinal, pero su uso a largo plazo se ha asociado con efectos secundarios anticolinérgicos, como: sequedad de boca, retención urinaria, visión borrosa, taquicardia, somnolencia y estreñimiento.

Los antidepresivos pueden estar justificados dado la frecuente asociación de depresión al DAC. Estos pueden indicarse por el pediatra o paidopsiquiatra si la ansiedad y la depresión actúan como factores desencadenantes o perpetuantes del DAC.

Los mecanismos de acción incluyen la reducción de la percepción del dolor, la mejora del estado de ánimo y de los patrones de sueño, así como la modulación del tracto gastrointestinal, a menudo a través de efectos anticolinérgicos. Los antidepresivos, como los tricíclicos y los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), se han mostrado beneficiosos para el tratamiento del dolor abdominal funcional en adultos. Sin embargo, el uso de medicamentos antidepresivos en niños y adolescentes, se ha cuestionado recientemente por el aumento de pensamientos suicidas y/o alteración del comportamiento, aunque no se ha evidenciado que estos conduzcan a un mayor riesgo de suicidio.

Los antidepresivos tricíclicos actúan no solo a través de vías noradrenérgicas y serotoninérgicas, sino que también tienen propiedades antihistamínicas y antimuscarínicas. Los agentes anticolinérgicos reducen la velocidad de tránsito en el tracto gastrointestinal, beneficiando a los pacientes con síndrome de intestino irritable en los que predomine la diarrea, pero a su vez pueden empeorar el estreñimiento. Es necesario realizar un ECG basal para la evaluación del síndrome de QT prolongado antes de iniciar el tratamiento, es lo que recomienda la American Heart Association, debido a la posibilidad de inducir arritmias cardíacas. En varios estudios, se ha comparado la amitriptilina con el placebo para el tratamiento de síndrome de intestino irritable, dolor funcional o dispepsia funcional en niños. La respuesta global al tratamiento fue de alivio del dolor abdominal, sin diferencia significativa entre los dos grupos (63 y 57,5%, respectivamente), aunque sí se redujeron las puntuaciones de ansiedad (p<0,0001) en el grupo de la amitriptilina, no evidenciándose tampoco diferencia en la discapacidad, depresión o puntuaciones de somatización durante el ensayo de 4 semanas.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) actúan mediante el bloqueo de la captación de la 5-hidroxitriptamina (5-HT) y el aumento de su concentración en las terminaciones nerviosas presinápticas. Además de sus efectos sobre el SNC en el estado de ánimo y la ansiedad, los ISRS también puede ser beneficiosos para el tratamiento del DAC. La serotonina es un neurotransmisor importante en el tracto gastrointestinal, ya que se encuentra en mayor concentración en las células enterocromafines del intestino. El papel exacto de la serotonina en el tracto GI no ha sido totalmente dilucidado, pero se ha implicado en la modulación de la motilidad del colon y el dolor visceral en el intestino. Son escasos los ensayos pediátricos aleatorizados y bien controlados sobre el uso de los ISRS en niños. El citalopram se ha ensayado en pacientes con edades entre 7-18 años, con dolor abdominal funcional durante 12 semanas, resultando que el 84% fueron respondedores mejorando la enfermedad. También, se informó de beneficios sobre el dolor abdominal, ansiedad, depresión y otros síntomas somáticos. Aunque estos resultados son prometedores, necesitan confirmarse con ensayos clínicos adicionales.

Los inhibidores de la recaptación de monoaminas, como la duloxetina y la venlafaxina, representan un grupo reciente de medicamentos antidepresivos con efectos sobre los sistemas serotoninérgicos y adrenérgicos de inhibición del dolor. Estos medicamentos han mejorado el dolor en los pacientes con fibromialgia y neuropatía diabética, pero no se han realizado estudios sobre el tratamiento del dolor abdominal funcional pediátrico.

La ciprohetadina es un medicamento con efectos antihistamínicos, anticolinérgicos, antiserotonérgicos y, posiblemente, bloqueante de los receptores del calcio usado para la estimulación del apetito y como preventivo de migraña. Puede utilizarse durante 2 semanas para prevenir el dolor y los vómitos en la migraña abdominal y en el síndrome de vómitos cíclicos.

Los agentes procinéticos que estimulan la motilidad gastrointestinal, se han empleado para los pacientes con DAC, especialmente en condiciones que implican estreñimiento o retraso del vaciado gástrico, tales como el síndrome de intestino irritable y la dispepsia funcional. Los antagonistas de los receptores D2 de la dopamina, tales como la metoclopramida y la domperidona, mejoran la motilidad gástrica, pero su uso en dolor abdominal pediátrico y síndrome de intestino irritable está limitado por sus posibles efectos secundarios, incluyendo: reacciones extrapiramidales, somnolencia, agitación, irritabilidad y fatiga. La eritromicina, un antibiótico con propiedades agonistas del receptor de motilina en el estómago, a dosis de 1-2 mg/kg/dosis, también puede ser útil para los síntomas de dolor o dispepsia, pero no hay datos pediátricos que apoyen su uso rutinario en el DAC funcional.

La loperamida es un agonista de los receptores opiáceos que ralentiza el tránsito colónico, actuando sobre los receptores del plexo mientérico del intestino grueso. Aunque la loperamida se usa comúnmente en el tratamiento de la diarrea y la urgencia en pacientes con síndrome de intestino irritable con predominio de diarrea, los estudios en adultos han demostrado eficacia solo contra los síntomas de la diarrea, pero no en el dolor abdominal.

• Por último, el sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado se ha sugerido como una posible causa de los síntomas del síndrome de intestino irritable, tales como la producción de gas y la hinchazón anormal. El tratamiento de la proliferación bacteriana con antibióticos, como neomicina y rifaxamin, es beneficioso en adultos con síndrome de intestino irritable, pero se carece de estudios similares en niños y adolescentes(13).

Los antisecretagogos o antiácidos se han utilizado en la dispepsia funcional con tratamientos de 4-6 semanas y resultados variables. Se distinguen:

- Bloqueantes de H2: cimetidina, famotidine, ranitidina o nizatidina.

- Inhibidores de la bomba de protones: omeprazol, lanzoprazol o esomeprazol.

Recomendaciones terapéuticas según cada subtipo de DAC

Tratamiento de la dispepsia funcional

Se recomiendan comidas poco voluminosas pero frecuentes, evitando los AINEs y alimentos que agravan la dispepsia (cafeína, picantes, comidas grasas). La dispepsia funcional tiene una alta tasa de respuesta al placebo. En casos tórpidos, puede ensayarse un tratamiento empírico con antagonistas de los receptores de H2, con inhibidores de la bomba de protones o con sucralfato durante 4-6 semanas, y si no hay respuesta retirarlo. En ocasiones, pueden ser útiles bajas dosis de procinéticos, antieméticos o antidepresivos tricíclicos.

Tratamiento del síndrome de intestino irritable

Se suele iniciar con cambios dietéticos, eliminando por un corto periodo de tiempo, 2-4 semanas de prueba, aquellos alimentos identificados como desencadenantes. No debe restringirse la lactosa, salvo prueba documentada de intolerancia o malabsorción de la misma, pues no hay evidencia de que su supresión disminuya los síntomas del DAC(17).

Una dieta rica en fibra soluble puede mejorar la sintomatología de los niños con síndrome de intestino irritable con predominio de estreñimiento, aunque con escasa efectividad.

Cuando la sintomatología persiste a pesar de los cambios dietéticos, la respuesta al placebo también es alta o pueden utilizarse diversos fármacos según la sintomatología predominante: espasmolíticos, menos recomendables los anticolinérgicos, cuando predomine los cólicos. Si la diarrea es el síntoma invalidante, aparte de una nota para el colegio para que se le permita ir al baño cuando lo solicite, no están justificadas las restricciones dietéticas, salvo si se identifica a la lactosa, sorbitol o fructosa como desencadenante de la misma. Tampoco está justificado el uso de antidiarreicos, dado que estas suelen ser de corta duración. Si son diarreas muy frecuentes, más de 3 deposiciones sueltas o acuosas/día, con duración de más de 2 semanas, hay que descartar causa orgánica. Puede estar justificado el tratamiento de la ansiedad, depresión y estrés, que suele asociarse al síndrome de intestino irritable, para el que son útiles los ISRS tipo fluoxetina.

Tratamiento de la migraña abdominal

Lo primordial es evitar desencadenantes alimentarios, farmacológicos o emocionales cuando estos se han identificado. Se han utilizado diversos fármacos como preventivos: propanolol, ciproheptadina, pizotifeno, algunos inhibidores del calcio (flunarizina) o el sumatriptan en los ataques agudos y en adolescentes.

Tratamiento del dolor abdominal funcional

Es importante establecer una alianza terapéutica con los padres y el niño. Las restricciones dietéticas solo están justificadas para aquellos alimentos desencadenantes de la sintomatología. Es imprescindible actuar sobre los factores psicosociales asociados con antidepresivos o no. El citalopran ha mostrado resultados favorables.

Seguimiento

Es fundamental para asegurar el control de la enfermedad y la confianza en el médico.

Los niños con DAC funcional requieren seguimiento regular para mantener la relación terapéutica, proporcionar una educación continua, tranquilizar al niño y a su familia, supervisar la respuesta a las diferentes pautas terapéuticas y controlar el desarrollo de signos de alarma a los que el pediatra de AP ha de estar siempre atento, para derivación al gastroenterólogo, psicólogo o paido-psiquiatra, según el caso; reconociendo el pediatra de AP sus limitaciones y la conveniencia de que el paciente acuda a un segundo escalón, en el caso de mala evolución o pérdida de la confianza.

Pronóstico

Depende más de la actitud de los padres ante el cuadro clínico, que del resto de medidas terapéuticas.

El DAC se resuelve en la mayoría de los niños, pero persiste hasta en un 29,1% a los 5 años de seguimiento, como se ha comentado. Los factores que favorecen la mejoría del DAC funcional son:

• La aceptación de un modelo biopsi­cosocial de la enfermedad.

• Sintomatología poco invalidante en el momento de la presentación, con poco tiempo de evolución.

• Obtención de una respuesta favorable al principio.

Las circunstancias que se han visto involucradas en la persistencia del DAC funcional son:

• No aceptación del modelo biopsicosocial por parte de los padres.

• Familias que refuerzan el papel de enfermo del paciente, no enviándolos al colegio o sacándolos del mismo por el dolor, magnificando las actuaciones terapéuticas y diagnósticas.

• Familias dolorosas, afectas de otros trastornos que producen dolor crónico: fibromialgias, colon irritable, enfermedades reumáticas.

• Presencia de acontecimientos vitales negativos: separación parental, muerte familiar, cambio de colegio.

• Larga duración del dolor, mayor de 6 meses antes de consultar.

• Edad menor de 6 años.

• Presencia de ansiedad y síntomas depresivos concomitantes.

Se ha comprobado que algunos de los niños con DAC funcional acaban desarro­llando un síndrome de intestino irritable del adulto y presentan mayor riesgo de desarrollar ansiedad y depresión.

Infección por Helicobacter pylori y DAC

Introducción

La detección de una infección por helicobacter pylori no siempre indica un tratamiento del mismo.

En AP es muy frecuente el DAC; por otra parte, se conoce la alta incidencia de infección por helicobacter pylori (HP) en la población general y la posibilidad que esto se traduzca en enfermedad péptica en el adulto, que puede iniciarse desde la infancia tardía y adolescencia, con una sintomatología inespecífica similar al DAC. Además, existe la posibilidad de un diagnóstico relativamente sencillo y asequible de la infección por helicobacter, para ofrecer un tratamiento correctamente indicado. Esto ha generado una serie de controversias que se intentan aclarar.

¿Cuándo realizar estudio de infección por HP en AP?

Solo se ha de buscar HP, en pacientes con signos de alarma y que sean subsidiarios de tratamiento para erradicar al HP.

Para dar respuesta a la pregunta que se ha de plantear el pediatra de AP, de si debe o no iniciar el estudio de infección por HP en un niño con DAC con alta sospecha de ser causado por enfermedad péptica, relacionada con HP, ha de tener en cuenta que:

• El HP convive con el hombre desde hace más de 60.000 años. Es en el año 1982 cuando Barry J. Marshall y J. Robin Warren lo aíslan de la mucosa gástrica y, posteriormente, se considera factor de riesgo de primer orden para el desarrollo de: ulcus duodenal o gástrico, gastritis crónica activa, atrofia metaplásica, así como de adenocarcinoma gástrico y linfoma MALT (del inglés: tejido linfoide asociado a mucosa), sobre todo, en adultos. En los niños, las lesiones observadas más frecuentemente son: la gastritis antral superficial, que puede variar de leve eritema a intensa nodularidad, y en la biopsia observarse menor actividad neutrofílica y mayor linfocítica, a diferencia de los adultos; y, con muy poca frecuencia, el ulcusduodenal o gástrico e inexistente adenocarcinoma gástrico. Por otra parte, no parece tampoco estar clara la evolución de una situación a otra.

• La falta de relación de la presencia del germen con los síntomas de DAC, dado que la infección de HP se detecta con igual prevalencia entre pacientes con o sin DAC. Tampoco se encuentra evidencia concluyente entre dolor epigástrico e infección con HP en niños, mientras que sí parece relacionarse esta más con dolor abdominal inespecífico (aquel que no cumple completamente los criterios de dolor funcional) a nivel hospitalario, o sea en pacientes que previamente han sido remitidos por sospecha de organicidad, y no en pacientes de AP(2,12).

En vista de estos resultados, no parece justificado el estudio de HP en pacientes con DAC funcional típico, sino en niños con dolor epigástrico de corto tiempo de evolución y con signos de alarma (sangrado, dolor epigástrico superior, dolor abdominal inespecífico con anemia ferropénica refractaria, saciedad precoz, pérdida de peso inexplicable, disfagia progresiva, odinofagia, vómitos recurrentes, antecedentes familiares de cáncer gastrointestinal, cáncer esofágico-gástrico).

¿Cuál ha de ser la actitud diagnóstica-terapéutica?

Los exámenes no invasivos proporcionan un diagnóstico rápido y asequible en pacientes de AP con síntomas de alarma, pero su utilidad para indicar un tratamiento está en entredicho.

En los adultos con síntomas gastrointestinales altos, se acepta el diagnóstico no invasor de infección como causante de probable enfermedad péptica y tratamiento correspondiente según consenso de Maastricht III(18). En la edad pediátrica, la mayoría de protocolos propone el test de urea C13 en el aliento, con o sin la detección de Ag monoclonal en heces por ELISA (enzime linked immunosorbent assay), como diagnóstico de colonización con sensibilidad y especificidad próximas al 100%, que son las que indicarán la endoscopia confirmadora o no de presencia de enfermedad péptica susceptible de tratamiento para erradicar al HP y la confirmación, por estas pruebas no invasoras, de la efectividad de dicho tratamiento; evidentemente, todo ello en el ámbito hospitalario. Otros aceptan, de forma similar a los adultos, el uso de estos exámenes no invasores como abordaje inicial diagnóstico-terapéutico de los pacientes pediátricos, una vez descartadas otras causas de dolor abdominal, obviando la endoscopia en el diagnóstico inicial, pues si bien la especificidad es del 100%, no así la sensibilidad, y por lo tanto, no exenta del peligro de dejar sin tratar a los falsos negativos, a expensas de sobre-tratar falsos positivos de enfermedad péptica. Por último, hay autores que proponen el tratamiento de prueba con antisecretores, para indicar endoscopia en los casos de persistencia de los síntomas(19).

De lo anterior se deduce que, no hay recomendaciones claras sobre el abordaje inicial del diagnóstico en estos pacientes y que no parece indicada la búsqueda de HP en DAC funcional en niños en AP. Sin embargo, no es improcedente solicitar exámenes no invasivos si existe una fuerte sospecha de organicidad, de cara a efectuar un diagnóstico más rápido y preciso(12,19). Tampoco parece descabellado realizar tratamiento para erradicar HP en pacientes con síntomas dispépticos, pero no de alarma para desarrollar cáncer gástrico, con diagnóstico positivo de infección por HP mediante test de urea C13 en aliento y/o test Ag heces monoclonales, dejando la endoscopia para cuando existan signos de alarma o fracaso por posibles resistencias, según las recientes recomendaciones de Maastricht IV(21) (ver algoritmo diagnóstico terapéutico).

Pruebas diagnósticas para HP

El test de urea marcada con C13 es la prueba no invasiva prínceps de infección por HP y la endoscopia con test de ureasa rápido de confirmación de enfermedad péptica; la PCR, aunque no se usa de forma rutinaria, resulta prometedora para la detección del HP en cualquier muestra biológica.

Los exámenes complementarios pueden ser de dos tipos: no invasivos (de diagnóstico de infección) e invasivos (de diagnóstico de enfermedad péptica).

Los exámenes no invasivos son:

El test del aliento con urea marcada con C13. Se basa en la capacidad que tiene el HP de producir ureasa, que hidroliza la urea administrada liberando en la respiración CO2 marcado que se determina por espectrometría de masas o espectrocolorimetría, siendo el test positivo si se detecta = de 4 ppm o 2,5 ppm, respectivamente, después de administrar 50 o 100 mg de urea marcada con C13, según que el peso sea menor o mayor de 35 kg, y con ayuno previo de al menos 6 horas. Esta prueba tiene una sensibilidad y especificidad cercana al 100% para el diagnóstico de infección por HP. Es el método más factible de seguimiento y control de la infección, es muy sencillo y puede realizarse a todas las edades, incluso en lactantes, aunque los resultados son menos fiables en niños menores de 6 años.

Detección de antígenos monoclonales en heces mediante ELISA en niños infectados por HP. Presenta una sensibilidad y especificidad del 97%, no así con el uso de antígenos policlonales u otros métodos de laboratorio como inmunocromatografía, con resultados más heterogéneos(20). Este examen complementario es útil, tanto para el diagnóstico de infección como para el control del tratamiento de erradicación del HP junto con el test urea C13 en el aliento. Por otra parte, se cuenta con un test rápido de detección de Ag en heces cuyo resultado se puede conocer en la misma consulta. Hay que considerar que dicho test, al igual que el del aliento, pueden ver atenuada su sensibilidad y especificidad por toma previa de inhibidores de la bomba de protones (IBP), antibióticos o sangrado gástrico.

Detección de Ac IgG anti HP en sangre periférica mediante ELISA o EIA (enzime immunoassay). Presenta una sensibilidad del 90% en adultos y especificidad entre el 50-90%, y menor del 60% en niños. Ha dejado de utilizarse como prueba diagnóstica o de control de la erradicación, ya que dicha serología puede persistir positiva hasta más de 18 meses post-erradicación, aunque conserva su validez para estudios epidemiológicos, al igual que la detección de Ac en orina o saliva, y en el caso de que no podamos suprimir el tratamiento anti-secretor. Por otra parte, se ha de tener en cuenta que, en las zonas geográficas donde haya una baja prevalencia (<20%) de infectados por HP, disminuye sensiblemente el valor predictivo positivo de dicha prueba, por lo tanto ante una serología positiva habría que pensar que se trate de un falso positivo que precise confirmación con otros test, como el del aliento con urea marcada o el de la determinación del Ag monoclonal en heces. En este escenario, una serología negativa tiene mayor valor predictivo negativo, o sea, podría ser útil para descartar la infección.

La detección por inmunoblot de Ac IgG circulantes frente a proteínas cag A y vac A (citotóxica y vacuolizante, respectivamente), que son factores implicados en la patogenicidad del HP y en su capacidad para generar úlcera péptica y cáncer gástrico, es un marcador de riesgo del HP.

La determinación de DNA del HP por PCR (Polymerase Chain Reaction) en muestras de heces, tiene utilidad en el diagnóstico de infección activa de HP con especificidad del 98% (94,3-98,6%) y sensibilidad del 80,8% (75,3-85,6%). De momento, no sustituye a la determinación de Ag de HP en heces como medio diagnóstico de infección, aunque sí que es útil para determinar la presencia de HP en muestras de biopsias gástricas cuando el cultivo es difícil.

La endoscopia es un método invasivo, sensible y específico, para la confirmación de enfermedad péptica, el grado de afectación, la presencia de agente etiológico y, sobre todo, para la obtención de muestras para cultivo y valoración de resistencias microbianas o detección de factores de patogenicidad, como la proteína cag A y vac A. En las muestras de biopsia gástrica o duodenal en su caso, obtenidas de los diversos puntos de lesión, se pueden realizar los siguientes estudios:

Test de ureasa rápida, en el mismo quirófano, que detecta la presencia de HP en pocos minutos sobre las muestras obtenidas. Tiene una sensibilidad del 90% y especificidad del 95%. Dicha sensibilidad puede verse disminuida por el tratamiento previo o la presencia de sangrado.

Examen histológico, permite observar predominio de actividad inflamatoria linfocítica mayor que neutrofílica e identificar al HP por tinción de Giemsa o Gram. Tiene una especificidad del 100%, pero sensibilidad variable dado el riesgo de biopsias de zonas no afectas.

Cultivo microbiológico tiene como hándicap, el lento crecimiento del HP, que puede precisar hasta de 8-10 días. Pero es útil para identificar diferentes cepas, resistencia microbiana y detección de factores de patogenicidad. Presenta una especificidad de 100%, pero sensibilidad variable, entre 60-98%; además, disminuye significativamente por tratamientos previos. Es muy influenciable por la técnica de recogida, conservación y procesamiento de la misma, para el adecuado cultivo. Se indica ante la presencia de sospecha de resistencia antibiótica, estudio de sensibilidad para el tratamiento de las reinfecciones.

PCR (Polymerase Chain Reaction), su utilidad es la detección del ADN del HP en muestra de biopsia, por lo tanto diagnóstico de infección activa, identificación de mutaciones asociadas a resistencia antimicrobianas (p. ej. la mutación A2/93G se ha asociado a resistencia a claritromicina) y factores de virulencia de HP.

Tratamiento

La triple terapia sigue siendo válida, preferiblemente durante 14 días. Cuando esta fracasa, ha de comprobarse por medios invasivos y cultivo, el tratamiento más idóneo y la erradicación postratamiento, a la que puede contribuir el uso de algún probiótico.

El diagnóstico de infección por HP conlleva tratamiento en pacientes con sintomatología gastrointestinal y confirmación de enfermedad péptica mediante endoscopia gástrica. También, puede realizarse tratamiento en pacientes muy sintomáticos sin demostración de enfermedad péptica, con endoscopia negativa, pero con pruebas no invasivas positivas, test del aliento con urea marcada y Ag monoclonales en heces, sobre todo, cuando hay antecedentes familiares de enfermedad péptica o cáncer gástrico con HP positivo(21).

La realización previa de cultivo microbiológico y estudio de resistencias antibióticas en las muestras de biopsias no se recomienda de forma rutinaria, sino que se reserva para los pacientes con enfermedad refractaria, principalmente en los países donde hay una alta incidencia de resistencia a claritromicina y metronidazol (mayor del 15%).

La comprobación de erradicación mediante test de urea marcada en aliento o Ag en heces y, en su caso, endoscopia superior con cultivo en las muestras de biopsias, a las 4-6 semanas después de tratamiento, está indicada en pacientes que tienen síntomas persistentes después de tratamiento correcto de clínica dispéptica, los que presentan úlcera péptica asociada a HP y en los que se observa tejido linfoide asociado a mucosa gástrica o linfoma (MALT) en presencia de HP. No se usa de rutina en pacientes respondedores(21).

El tratamiento de primera línea, tanto en niños como en adultos, sigue siendo la triple terapia, que combina dos antibióticos con un antisecretor, inhibidor de la bomba de protones (IBP) o sales de bismuto (B). Los fármacos de uso más frecuente y las distintas pautas de tratamiento se encuentran en la tabla VII.

En los alérgicos a amoxicilina, puede sustituirse esta por metronidazol, tinidazol o levofloxacino.

Como antisecretores, pueden utilizarse tanto los IBP como las sales de bismuto, este último parece más eficaz que el primero, mostrando mayores tasas de erradicación, aunque es peor tolerado por los niños. La ranitidina puede ser una alternativa válida para los que no toleran el omeprazol.

La clásica triple terapia OCA (Tabla VII) sigue siendo el tratamiento válido en zonas de baja incidencia (<15%) de resistencia a macrólidos. En presencia de tasas elevadas de resistencia a claritromicina o metronidazol o bien porque el paciente los usa frecuentemente por otros motivos, se pueden utilizar otras alternativas de triple terapia, sustituyendo la claritromicina por metronidazol o levofloxacino y los IBP por las sales de B; esto es, usar el BAM/OAM. Se puede acudir a la terapia cuádruple, que combina dos antisecretores (IBP y B) con dos antibióticos (M, Tc o Dx), por ejemplo, BOMTc (Dx) para niños de más de 8 años. Hay que tener en cuenta que las tetraciclinas están contraindicadas en niños menores de 8 años, dados sus efectos deletéreos sobre el esmalte. También, se puede usar una terapia secuencial: OA durante 5 días, seguida de OCM/Tn por 5 días más u otras que las amplían hasta los 14 días: LzA durante 7 días, seguida de Lz C M por otros 7 días más. Este tipo de tratamiento secuencial no parece añadir beneficios significativos a la triple terapia en los niños y sí que puede incrementar los efectos secundarios.

En los casos de HP persistente en pacientes con enfermedad péptica previa, se ha usado terapia de rescate, en la que entra en juego el levofloxacino o el rifabutin (derivado semisintético de la rifampicina) en diferentes combinaciones: OALv o OAR. En estos casos, siempre está indicado el estudio previo de sensibilidad antimicrobiana que asegure un tratamiento específico.

En cuanto a la duración del tratamiento, existen discrepancias. Por lo general, son más eficaces los de 14 días; sin embargo, hay estudios que no encuentran diferencias significativas con los de 7 o 10 días, mejor tolerados.

Los IBP han de tomarse antes del desayuno, en medio ácido (yogur o zumo). Las sales de bismuto pueden darse media hora antes o después de las comidas y los antibióticos después de las comidas, para facilitar el contacto con la pared gástrica.

El tratamiento coadyuvante consiste en el uso de probióticos, concretamente, el lactobacilus reuteri o el sacharomyces boulardi mejoran la tolerancia a los antibióticos y disminuyen las diarreas, las náuseas y la dispepsia, e incluso pueden inhibir el crecimiento del HP mejorando las tasas de erradicación(22).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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3.* Saps M, Seshadri R, Sztainberg M, et al. A prospective school-based study of abdominal pain and other common somatic complaints in children. J Pediatr. 2009; 154(3): 322-6.

4.*** Appendix A. Rome III diagnostic criteria for functional gastrointestinal disorders. http://www.romecriteria.org/assets/pdf/19_RomeIII_apA_885-898.pdf (Accessed on July 18, 2013).

5. Cervero F. Neurophysiology of gastrointestinal pain. Baillieres Clin Gastroenterol. 1988; 2: 183.

6. Hyams JS, Hyman PE. Recurrent abdominal pain and the biopsychosocial model of medical practice. J Pediatr. 1998(4); 133: 473-78.

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8.** Gieteling MJ, Bierma-Zeinstra SM, Passchier J, Berger MY. Prognosis of chronic or recurrent abdominal pain in children. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2008; 47: 316-26.

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11.** Hyams JS, Treem WR, Justinich CJ, et al. Characterization of symptoms in children with recurrent abdominal pain: resemblance to irritable bowel syndrome. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 1995; 20(2): 209-14.

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14.* Hernández Hernández A. Estudio del perfil de hidrógeno espirado y permeabilidad intestinal en recién nacidos sometidos a fototerapia. Tesis doctoral. Universidad de La Laguna, Tenerife 1996: 40-63.

15.*** Bonnin Tomás A, Vila Vidal M, Rosell Camps A. Calprotectina fecal como marcador diferencial entre patología gastrointestinal orgánica y funcional. Rev Esp Enferm Dig. 2007; 99: 689-93.

16.** Levy RL, Langer SL, Walker LS, et al. Twelve-month follow-up of cognitive behavioral therapy for children with functional abdominal pain. JAMA Pediatr. 2013; 167(2): 178-84.

17.*** Huertas-Ceballos AA, Logan S, Bennett C, Macarthur C. Dietary interventions for recurrent abdominal pain (RAP) and irritable bowel syndrome (IBS) in childhood.Cochrane Database Syst Rev. 2009; CD003019.

18.*** Malfertheiner P, Megraud F, O’Morain C, Bazzoli F, El –Omar E, Graham D, et al. Current concepts in the management of Helicobacter pylori infection: the Maastricht III Consensus Report. Gut. 2007; 56: 772-81.

19.** Molina Arias M, Martínez-Ojinaga Nodal E. Helicobacter pylori. Tras la tempestad, ¿vendrá la calma? Evid Pediatr. 2010; 6: 26.

20.** Ochoa Sangrador C, Andrés de Llano JM: Algunas pruebas de detección de antígeno de Helicobacter pylori en heces son suficientemente válidas en la infancia. Evid Pediatr. 2011; 7: 65.

21.*** Malfertheiner P, Megraud F, O’Morain CA, et al. Management of Helicobacter pylori infection –the Maastricht IV/ Florence Consensus Report.Gut 2012; 61: 646-64.

22.* Szajewska H, Horvath A, Piwowarczyk A. Meta-analysis: the effects of Saccharomyces boulardii supplementation on Helicobacter pylori eradication rates and side effects during treatment. Aliment Pharmacol Ther. 2010; 32: 1069-79.

Bibliografía recomendada

- American Academy of Pediatrics Subcommittee on Chronic Abdominal Pain, North American Society for Pediatric Gastroenterology Hepatology and Nutrition. Chronic abdominal pain in children. Pediatrics 2005; 115: 812-5.

Este artículo constituye una verdadera guía, para la conceptualización, diagnóstico y tratamiento del dolor abdominal crónico de los niños. Este informe se ha preparado sobre la base de una revisión sistemática e integral y la clasificación de literatura médica. El subcomité examinó el valor diagnóstico y terapéutico de la historia médica y psicológica, pruebas de diagnóstico y terapia farmacológica y conductual. La presencia de síntomas o signos de alarma se asocia con una mayor prevalencia de enfermedad orgánica y, en ausencia de ellos, es poco probable encontrar enfermedad orgánica. La mayoría de los niños que acuden a la consulta del pediatra de Atención Primaria con dolor abdominal crónico es poco probable que requieran pruebas de diagnóstico. Los estudios pediátricos sobre intervenciones terapéuticas se mostraron limitados y no concluyentes en cuanto a su eficacia.

- Saps M, Seshadri R, Sztainberg M, et al. A prospective school-based study of abdominal pain and other common somatic complaints in children. J Pediatr. 2009; 154(3): 322-6.

El objetivo de este trabajo fue determinar la prevalencia y el impacto del dolor abdominal pediátrico. Para ello, se evaluaron 237 estudiantes de tercero a octavo grado de 2 escuelas públicas, semanalmente, durante 6 meses. Las conclusiones a las que llegan fueron que, el dolor abdominal es común en los niños en edad escolar y se asocia con una peor calidad de vida, comorbilidades psicológicas, absentismo escolar y ausencias al trabajo de los padres.

- Appendix A. Rome III diagnostic criteria for functional gastrointestinal disorders. http://www.romecriteria.org/assets/pdf/19_RomeIII_apA_885-898.pdf (Accessed on July 18, 2013).

Los criterios pediátricos de Roma II para los trastornos gastrointestinales funcionales (FGID) se definieron en 1999 para ser utilizados como herramientas de diagnóstico y avanzar en la investigación empírica. En este documento, el Comité de Roma III actualiza y revisa los criterios pediátricos. El proceso de toma de decisiones para definir los criterios de Roma III, para niños de 4 a 18 años, consistió en llegar a un consenso basado en la experiencia clínica y revisión de la literatura. En los nuevos criterios, desaparecen el síndrome de vómitos cíclicos, la rumia y la aerofagia, así como el estreñimiento funcional y la incontinencia fecal no retentiva. Otros cambios notables de Roma II que incluye Roma III son la disminución de 3 a 2 meses de duración de los síntomas necesarios para los trastornos crónicos y la modificación de los criterios de dolor abdominal funcional en niños y adolescentes. Roma III representa una evolución de Roma II y puede ser muy útil para los clínicos y los investigadores que se ocupan de los FGID en la infancia. La disponibilidad futura de los datos basados en la evidencia adicional es probable que conlleve una modificación de los criterios pediátricos para el “dolor abdominal crónico”, nuevo término acuñado por dicho consenso para describir el dolor abdominal intermitente o constante (de etiología funcional u orgánica) de, al menos, dos meses de evolución. El término “dolor abdominal crónico” abarca “el dolor abdominal recurrente”, por lo que este último concepto se desecha como diagnóstico.

- Gieteling MJ, Bierma-Zeinstra SM, Passchier J, Berger MY. Prognosis of chronic or recurrent abdominal pain in children. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2008; 47: 316-26.

La conclusión a la que se llega en este artículo, es el escaso valor diagnóstico y pronóstico de los exámenes complementarios en el DAC sin signos de alarma.

- John M. Goldenring, MD, MPH, & Eric Cohen, MD in: Contemporary Pediatrics, Getting into Adolescent Heads.1988.

En este capítulo, se explica ampliamente el uso de la herramienta HEADSS en la entrevista sistemática del Adolescente con DAC.

- Wright NJ, Hammond PJ, Curry JI. Chronic abdominal pain in children: help in spotting the organic diagnosis. Arch Dis Child Educ Pract. Ed 2013; 98: 32-39.

En este artículo, mediante la exposición de casos clínicos típicos, se repasa ampliamente la sistemática de estudio del dolor abdominal crónico y concluye:

• El DAC en los niños es común, afecta al 10-14% de los niños en el Reino Unido.

• Solo el 5-10% de los niños con DAC tiene una causa orgánica subyacente.

Los exámenes complementarios no ayudan a distinguir entre el dolor abdominal orgánico y el funcional, en ausencia de síntomas y signos de alarma, y se deben evitar.

• El dolor abdominal funcional se maneja de manera óptima al hacer un diagnóstico positivo, brindando tranquilidad y educación, evitando extensas investigaciones y se centra en un retorno a la función normal en lugar de a la resolución del dolor.

• Los síntomas y signos de alarma deben impulsar una mayor investigación y derivación adecuada a un gastroenterólogo pediátrico o cirujano, como se indica en la guía basada en la evidencia proporcionada.

- Hyams JS, Treem WR, Justinich CJ, et al. Characterization of symptoms in children with recurrent abdominal pain: resemblance to irritable bowel syndrome. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 1995; 20(2): 209-14.

En este estudio, se ha pretendido relacionar los síntomas en niños con dolor abdominal recurrente con el síndrome del intestino irritable (SII) del adulto, con el objetivo de encontrar un subgrupo que se asemeje a dicho síndrome. El estudio no solo confirma la heterogeneidad clínica de los niños con dolor abdominal recurrente, sino que también demuestra simultáneamente que la mayoría de los niños con este trastorno tienen síntomas que cumplen los criterios estandarizados para el SII en los adultos. La identificación de subgrupos de niños con dolor abdominal recurrente puede proporcionar un marco para el diagnóstico de la enfermedad funcional del intestino, así como establecer la necesidad de pruebas invasivas y costosas.

- Spee LA, Madderom MB, Pijpers M, et al. Association between helicobacter pylori and gastrointestinal symptoms in children. Pediatrics. 2010; 125(3): e651-69.

En esta revisión, no se encontró asociación entre dolor abdominal recurrente e infección por helicobacter pylori en los niños, ni evidencia concluyente para asociar dolor epigástrico con infección por H. pylori. Se halló evidencia de una asociación entre esta infección y dolor abdominal inespecífico, pero no se pudo confirmar este hallazgo en población atendida de forma ambulatoria. De acuerdo a esta revisión, parece que no estaría indicado la realización inicial, en Atención Primaria, de pruebas diagnósticas buscando H. pylori, dentro del algoritmo diagnóstico del dolor abdominal recurrente en niños. No obstante, sería de interés establecer una regla clínica sobre en qué situaciones se debería sospechar la existencia de la infección por H. pylori.

- Chiou E, Nurko S. Functional abdominal pain and irritable bowel syndrome in children and adolescents.Therapy. 2011; 8(3): 315-31.

Este artículo aborda la epidemiología, mecanismos propuestos, enfoque clínico y opciones terapéuticas para el manejo del dolor abdominal funcional y el síndrome de intestino irritable en niños y adolescentes, evidenciando la necesidad de establecer el dolor abdominal funcional como diagnóstico positivo, no de exclusión y su enfoque multidisciplinar e integrado.

- Hernández Hernández A. Estudio del perfil de hidrógeno espirado y permeabilidad intestinal en recién nacidos sometidos a fototerapia. Tesis doctoral. Universidad de La Laguna, Tenerife 1996: 40-63.

En esta tesis se hace un amplio y profundo estudio del test de hidrógeno espirado, su utilidad, indicaciones, interpretación y modo de realización a cualquier edad, incluida la neonatal.

- Bonnin Tomás A, Vila Vidal M, Rosell Camps A. Calprotectina fecal como marcador diferencial entre patología gastrointestinal orgánica y funcional. Rev Esp Enferm Dig. 2007; 99: 689-93.

En este artículo, los autores determinan el valor de la calprotectina fecal en una serie de 42 niños, comparando su utilidad en el diagnóstico y seguimiento de los mismos para la distinción entre patología orgánica y funcional, y llegan a la conclusión de que se trata de un marcador sensible, pero no específico, que permite seleccionar pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal que requieren colonoscopia para su diagnóstico definitivo, disminuyendo o evitando su realización en pacientes con patología gastrointestinal funcional, por las incomodidades y dificultades que conlleva su realización en pacientes pediátricos.

- Levy RL, Langer SL, Walker LS, et al. Twelve-month follow-up of cognitive behavioral therapy for children with functional abdominal pain.JAMA Pediatr. 2013; 167(2): 178-84.

En este estudio, se ha reclutado a unos 200 niños con dolor abdominal funcional y se ha entrenado a los padres en tres estrategias: de aprendizaje social, de terapia cognitivo-conductual y una basada en la educación y apoyo. Los resultados sugieren la eficacia a largo plazo de una intervención breve para reducir las demandas de los padres y aumentar las habilidades de afrontamiento. Esta estrategia puede ser una alternativa viable para niños con dolor abdominal funcional.

- Huertas-Ceballos AA, Logan S, Bennett C, Macarthur C. Dietary interventions for recurrent abdominal pain (RAP) and irritable bowel syndrome (IBS) in childhood.Cochrane Database Syst Rev. 2009; CD003019.

Revisión amplia de Cochrane DS, que pone en evidencia la inutilidad de las diversas estrategias de modificaciones dietéticas en niños con dolor abdominal recurrente (DAR), porque en la mayoría es posible tratarles estimulando su confianza y con otras medidas sencillas. La conclusión es que hay una falta de pruebas de alta calidad sobre la efectividad de las intervenciones dietéticas. Esta revisión no aporta pruebas de que los suplementos de fibra, las dietas libres de lactosa o de suplementos de lactobacillus sean eficaces en el tratamiento de los niños con DAR.

- Malfertheiner P, Megraud F, O’Morain C, Bazzoli F, El –Omar E, Graham D, et al. Current concepts in the management of Helicobacter pylori infection: the Maastricht III Consensus Report. Gut. 2007; 56: 772-81.

En la tercera conferencia de consenso de ­Maastricht participaron expertos de 26 países, incluidos médicos de Atención Primaria, ampliando y renovando algunas de las directrices de Maastricht II. En la misma, los grupos de trabajo se ocuparon de tres temas relacionados con la infección por H. pylori: indicaciones/contraindicaciones para la erradicación, exámenes de diagnóstico y tratamiento de la infección, y prevención del cáncer gástrico y otras complicaciones. Se hacen una serie de recomendaciones amplísimas, tanto en aspectos diagnósticos como de tratamiento, algunas llamativas, como las siguientes: en el caso de la dispepsia, en países de baja incidencia de infección por HP, una alternativa es tratarla con la supresión ácida de prueba, dejando para el fracaso de esta la investigación de HP; la opción de iniciar tratamiento de erradicación en niños con síntomas abdominales superiores o anemia ferropénica refractaria a tratamiento con hierro basadas en diagnóstico de test urea C13 en aliento o antígeno monoclonal en heces; y distintas pautas de tratamientos antibióticos y estrategias ante la presencia de resistencia a los mismos.

- Molina Arias M, Martínez-Ojinaga Nodal E. Helicobacter pylori. Tras la tempestad, ¿vendrá la calma? Evid Pediatr. 2010; 6: 26.

Es un interesante artículo de revisión, muy crítico y como su título indica, el tiempo pone a cada cual en su sitio. Se discute la indicación de investigar la infección por HP, porque contamina a un alto porcentaje de la población mundial, así como las indicaciones para realizar la endoscopia y el tratamiento erradicador.

- Ochoa Sangrador C, Andrés de Llano JM: Algunas pruebas de detección de antígeno de Helicobacter pylori en heces son suficientemente válidas en la infancia. Evid Pediatr. 2011; 7: 65.

En este artículo, se confirma la validez de la determinación de Ag HP por ELISA monoclonales como prueba válida (sensibilidad y especificidad del 97% equivalente al test urea C13 en aliento) para el diagnóstico de infección por HP y su uso como comprobación de la erradicación postratamiento.

- Malfertheiner P, Megraud F, O’Morain CA, et al. Management of Helicobacter pylori infection –the Maastricht IV/ Florence Consensus Report.Gut. 2012; 61: 646-64.

En la cuarta Conferencia de Maastricht/Consenso de Florencia, 44 expertos de 24 países tomaron parte activa y examinaron los aspectos relacionados con el papel clínico de H. pylori. La reunión se centró en las indicaciones, el diagnóstico y los tratamientos de la infección por H. pylori, con énfasis adicional en la prevención, en particular, en la del cáncer gástrico. Se proporcionaron recomendaciones sobre la base de la mejor evidencia actual y plausibilidad para guiar a los médicos que participan en el manejo de esta infección, asociada con diversas condiciones clínicas, entre ellas: la estrategia de pruebas no invasivas, el test urea C13 en aliento y determinación de Ag monoclonal en heces, y qué tratamiento es apropiado en situaciones en las que el riesgo de que el paciente tenga cáncer gástrico es bajo. Dicho riesgo es para diferente punto de corte de edad, en pacientes dispépticos según los países. En los grupos de pacientes con un mayor riesgo de cáncer gástrico (más de un punto de la edad de corte local o con síntomas o signos de alarma), no se recomienda la estrategia anterior, sino la de tratamiento tras verificación endoscópica.

- Szajewska H, Horvath A, Piwowarczyk A. Meta-analysis: the effects of Saccharomyces boulardii supplementation on Helicobacter pylori eradication rates and side effects during treatment. Aliment Pharmacol Ther. 2010; 32: 1069-79.

El objetivo del estudio fue investigar los efectos del saccharomyces boulardii, administrado suplementando a la triple terapia de erradicación del helicobacter pylori en un total de 1.307 participantes, 90 de ellos niños, concluyendo que hay evidencias para recomendar el uso de S. boulardii junto con la triple terapia estándar como opción para aumentar las tasas de erradicación y reducción de los efectos secundarios generales relacionadas con el tratamiento, sobre todo, diarrea.

 

Caso clínico


Historia actual

Niña de 7 años y 9 meses edad, que acude a consulta por historia de, al menos, un año de evolución, consistente en dolor abdominal de tipo cólico, localización periumbilical, de 1-2 horas de duración, de predominio nocturno, antes de acostarse y después de cenar, pero que nunca ha llegado a despertarla, acompañado en ocasiones de sensación nauseosa y palidez facial, pero sin llegar a vomitar. Achacan el inicio de dichas crisis de dolor, a raíz de que un compañero de su edad, le dio un golpe en el estómago hace más de un año, sigue en el mismo cole, pero no en la misma aula. Dichos dolores se presentaban primero de forma esporádica, tanto en época escolar como en vacaciones, y se fueron haciendo más frecuentes, primero mensuales o cada 15-20 días, pero últimamente parecen ser más frecuentes y se suceden semanalmente, cediendo espontáneamente. Presenta un hábito intestinal con heces cada 1-2 días, la consistencia de las heces es variable, algo más duras (Bristol 2-3) en ocasiones y en otras normales (Bristol 4-5), no diarrea ni fiebre en ningún momento y curva de peso y talla normales, percentiles 50-75 y 90-97, respectivamente.

Antecedentes personales

Recién nacido a término (40 semanas) de peso adecuado a su edad gestacional (PRN: 3.480 g), test de APGAR 9/9, producto de parto eutócico. Desde el periodo neonatal tardío, se detecta escafocefalia y craneosinostosis de sutura sagital que se corrige mediante craniectomía laparoscópica a la edad de 13 meses, sin incidencias. A los 6 años, tuvo infección por giardia lamblia que se resolvió sin problemas.

Antecedentes familiares

Madre en la adolescencia fue intervenida de “apendicitis crónica”. Actualmente, afecta de “síndrome de colon irritable”. Comenta que no pudo estudiar por las molestias digestivas que le producían los exámenes.

Padre padece migraña.

Analítica: Hemograma, perfil bioquímico y enzimático, PCR normales, estudio del hierro, inmuno-globulinas normales, TSH, IgE específica a ácaros, proteínas de la leche y huevo negativas, orina A/S, estudio de Ca/Cr, oxalatos, citratos en orina normales, parásitos en heces, Ag anti HP en heces y sangre oculta en heces negativas.

Ecografía: abdominal, hígado, vesícula biliar, páncreas, riñones y vías urinarias normales, asas intestinales peristálticas, sin engrosamientos murales y sin líquido libre en cavidad abdominal.

 

 


 

 

Patología bucal

J. Falgás Franco
Temas de FC


J. Falgás Franco

Estomatólogo del EAP Vila Vella. Sant Vicenç dels Horts, Barcelona

 

Resumen

La patología bucodental más frecuente en Pediatría es por causa odontológica, donde la caries sigue siendo la primera causa de demanda de tratamiento, aunque la disminución de esta patología, en las encuestas epidemiológicas de población infantil realizadas en los últimos años, nos puede inducir a pensar en una probable disminución de la frecuentación, en las próximas décadas, por esta causa. Le siguen en frecuencia los traumatismos bucodentales y la maloclusión dentaria.
En este capítulo, expondremos la patología bucal no odontológica, que afecta a la cavidad bucal y que no está en relación con enfermedades exantemáticas que cursen con manifestaciones orales, ya bien conocidas en Pediatría.
Exponemos la patología de la mucosa oral más prevalente en la infancia, como: estomatitis aftosa recurrente, enfermedades víricas de la mucosa oral, candidiasis orales, lesiones mucosas producidas por traumatismos y patología de la articulación temporomandibular, cada vez más presente en las consultas de Pediatría, en donde el estrés actúa como factor determinante para su aparición

 

Abstract

The most common pediatric oral pathology is due to dental causes, where caries remains the leading cause of treatment demand, although the reduction of this disease in epidemiological surveys conducted among children in recent years, can induce us to think of a likely decrease in its frequency in the coming decades. Caries is followed in frequency by oral trauma and dental malocclusion.
In this chapter, we expound the non-dental pathology, which affects the oral cavity and is not in connection with exantemic diseases associated with oral symptoms, as well known in pediatrics.
The most prevalent pathology that affects the oral mucosa in childhood, will be expounded, such as recurrent aphtous stomatitis, viral diseases of the oral mucosa, oral candidiasis, mucosal lesions caused by trauma, and pathology of the temporomandibular joint, increasingly present in pediatric consultations, where stress acts as a determining factor for its appearance

 

Palabras clave: Lesiones mucosa oral; Frenillo bucal; Estomatitis aftosa; Herpes oral; Candidiasis oral

Key words: Lesions of the oral mucosa; Buccal frenum; Aphtous stomatitis; Oral herpes; Oral candidiasis

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 13-20


Patología bucal

 

Patología de los frenillos bucales

Los frenillos bucales son bandas de tejido conectivo fibroso, muscular o mixto, recubiertas de una membrana mucosa situada en la línea media y de origen congénito. Existen tres variedades de frenillos patológicos: labial superior, labial inferior y lingual.

Frenillo labial superior

Es el más frecuente y su aparición provoca habitualmente la separación de los dientes (diastemas) incisivos centrales superiores, que ocasiona esencialmente alteraciones estéticas y, en muy pocas ocasiones, alguna alteración fonética (sonido balbuceante o de silbido).

Su diagnóstico es clínico, mediante: la observación de la presencia de diastemas incisales(1), la inserción baja del frenillo (casi tocando a los incisivos) (Fig. 1) y el grosor del frenillo. Para evaluar si el diastema es patológico, además de la observación clínica, se debe realizar el test de isquemia o maniobra de Graber, que consiste en la tracción del labio hacia arriba y adelante, observando si se produce isquemia o blanqueamiento en el frenillo y en la papila palatina. Si se isquemiza es probable que el frenillo no se corrija con el tiempo y se deba corregir quirúrgicamente. No obstante, hoy se tiende a demorar la intervención, como mínimo hasta la erupción de los incisivos laterales superiores (5-7 años) según ciertos autores, o hasta la erupción de los caninos superiores (11 años) según la mayoría, porque existe un porcentaje elevado de corrección espontánea con cierre de diastema incluido. Si se precisa corrección quirúrgica, se realiza mediante cirugía ambulatoria con anestesia local. El cierre del diastema puede precisar, en la mayoría de los casos, de tratamiento ortodóncico posterior.

 

Figura 1. Frenillo labial superior.

 

Frenillo labial inferior

La hipertrofia o inserción anómala del frenillo labial inferior es menos frecuente que la del frenillo superior. Como signos clínicos, puede dar también diastema interincisal inferior, aunque en menos casos que en el superior. Normalmente, cursa con alteración periodontal de la zona incisal inferior; en concreto, recesión (retracción) gingival de los incisivos centrales inferiores. Si produce recesión gingival, se debe proceder a la exéresis del frenillo, seguido de técnicas de cirugía periodontal, mediante anestesia local.

Frenillo lingual inferior

El frenillo lingual (frenulum linguae) se define como: un pliegue vertical de la mucosa que aparece en la línea media, situado en la superficie ventral de la lengua, y que une la parte libre de esta al suelo de la boca. En muchas ocasiones, el frenillo lingual del neonato es muy corto y se inserta cerca de la punta lingual. En la mayoría de los casos, se corrige espontáneamente en los primeros años de vida (2-5 años), por el crecimiento en altura de la cresta alveolar y el desarrollo lingual. En ocasiones, persiste el frenillo anómalo que, básicamente, origina dos problemas: la fijación de la lengua al suelo de la boca (anquiloglosia) y el diastema interincisivo inferior. La existencia de anquiloglosia puede provocar dificultades en la deglución y en la fonación. El diagnóstico es clínico, con la observación de un frenillo lingual corto que dificulta los movimientos de la lengua e impide que esta se proyecte hacia fuera de la boca o que sea incapaz de contactar la punta lingual con el paladar duro o con los dientes ántero-superiores.

Si se precisa cirugía, siempre que la edad del niño sea inferior a los 6 años, se recomienda realizar esta cirugía bajo anestesia general, por la escasa colaboración del paciente, siendo los riesgos de esta técnica elevados antes de los seis meses de edad, por lo que el tratamiento se suele diferir por lo menos hasta los 3-5 años de edad, dependiendo de la necesidad de tratamiento en función de la gravedad de las alteraciones que presente.

Patología gingival

Durante la infancia, las enfermedades gingivales graves son poco frecuentes, pero debido a la erupción de las piezas dentales permanentes y a la exfoliación de las temporales, es común la existencia de gingivitis, en muchas ocasiones acentuada por una mala higiene oral.

Es muy importante el control de estas gingivitis para evitar su paso a periodontitis (de periodonto: estructuras que soportan las piezas dentales), en el que personas susceptibles, probablemente con marcadores inmunológicos específicos para esta enfermedad, pueden presentar además de la inflamación gingival, una pérdida del soporte óseo, en mayor o menor grado y movilidad de las piezas dentales. La periodontitis es muy poco prevalente en niños, pero la importancia del cuadro clínico obliga a controlar todas las gingivitis para evitar su evolución a periodontitis (no todas las gingivitis evolucionan a periodontitis, tan solo una pequeña parte dependiendo de la susceptibilidad individual). El sistema inmunitario tiene un papel relevante en la patogenia de la periodontitis.

Pueden existir hiperplasias gingivales secundarias a fármacos, como: la hidantoína y la ciclosporina, y también en niños que llevan aparatos de ortodoncia, con mala higiene que produce una hipertrofia de las papilas interdentales y gingivorragias. Desaparecen con el cambio de medicación, si es posible en el primer caso, y con la mejora del control de la higiene buco dental en el segundo.

Estomatitis aftosa recidivante

Son muy frecuentes entre la población general, ya que del 40 al 60% de individuos en algún momento de su vida han presentado un brote de aftas (del griego aphtay, quemadura)(2) . En los niños, es la forma más común de úlceras orales. Se presenta con mayor frecuencia en el sexo femenino. Se denomina aftosis cuando el proceso, de mayor o menor intensidad, cursa con aftas (varias aftas). Y se denomina aftoide cuando las lesiones simulan a las aftas, pero su etiología, a diferencia de estas, es conocida y, por tanto, no verdaderas aftas, siendo producidas por agentes químicos (ácido acetil-salicílico, agentes cáusticos, antisépticos, etc.), por agentes biológicos (virus del herpes) o bien enfermedades sistémicas, como: hemopatías, déficits nutricionales y enfermedades auto­inmunes.

Etiología

Se desconocen los factores etiológicos y se cree, en la actualidad, que su etiología es multifactorial, interviniendo unos factores predisponentes, factores inmunológicos y, en algunos casos, asociación con enfermedades sistémicas.

Factores predisponentes

• Factores genéticos: parece que podría ser debido a una herencia multifactorial o poligénica. Los pacientes con antecedentes familiares de aftosis recidivante desarrollan aftas a edades más tempranas y con clínica más severa.

• Alérgenos alimentarios: no se ha comprobado científicamente, pero sí que es cierto que muchos pacientes relacionan la toma de ciertos alimentos (frutas, tomates, chocolate, quesos, etc.) con la aparición de aftas, por lo que se consideraría un factor precipitante adicional, más que un factor etiológico.

• Ciclo menstrual: se ha relacionado con los niveles de estrógenos y progesterona en la fase menstrual o durante la ovulación, que aumentaría la susceptibilidad a la aparición de aftas, pero los estudios existentes no son concluyentes.

• Estrés: situaciones de ansiedad, nervios etc., pueden desencadenar brotes de aftas actuando como factor precipitante.

• Irritantes: traumas de la mucosa oral, manipulaciones dentales, cese del hábito de fumar, dentífricos y enjuagues dentales que contengan lauril sulfato sódico y determinados fármacos (aines, anticonvulsivantes, captopril y tiroxina), también pueden desencadenar un brote de aftas.

Factores inmunológicos

La mayoría de los estudios sugieren que es una enfermedad inflamatoria de las mucosas de etiología no infecciosa, produciéndose por una respuesta inmunológica local mediada por linfocitos T.

Enfermedades generales asociadas

Algunas enfermedades sistémicas cursan con aparición de aftas orales como:

• Síndrome de Behçet (aftas orales con ulceraciones genitales, lesiones cutáneas y oculares).

• Enfermedad de Crohn y colitis ulcerosa, gastritis crónica atrófica(3) , neutropenia cíclica, síndrome de Reiter, síndrome de fiebre periódica (aftosis, faringitis y adenitis) y síndrome de Sweet o dermatosis neutrófila aguda febril.

• Alteraciones hematológicas, como: déficit de hierro, ácido fólico y vitamina B12, que pueden actuar como factores desencadenantes, y en donde se ve una mejoría de las recidivas del cuadro de aftas al suplementar los déficits.

• Déficit vitamínico: con disminuciones de B1, B2 y B6, que pueden tener efectos adversos en el sistema inmune y aumentar la aparición de aftas.

• Déficit de zinc: se experimentan mejorías al suplementar con zinc, probablemente debido al papel del zinc en la cicatrización de heridas y al mantenimiento de la integridad epitelial.

Clínica

La lesión de afta es una úlcera de aspecto blanquecino, dolorosa, inicialmente necrótica y recidivante (Fig. 2).

 

Figura 2. Aftas orales.

 

Aunque se trate de una sola afta puede producir dolor intenso, sobretodo, a la masticación, o simular un cuadro amigdalar por presentar odinofagia, si se presenta en los bordes laterales linguales.

La clasificación clínica más aceptada es la que divide a las aftas en función de su tamaño, distinguiéndose las formas menores, mayores y herpetiformes.

Aftas menores (aftas de Mikulicz)

Son las más frecuentes y suponen el 75-85% de los casos. Su tamaño es menor de 1 cm (de 5 a 10 mm). Son de forma ovalada, con profundidad escasa, bordes eritematosos, no muy numerosas y su duración se sitúa entre los 10 y 14 días, curando sin secuelas espontáneamente. Afectan principalmente a: mucosas yugales, labiales, fondo de vestíbulo, suelo de la boca y lengua.

Aftas mayores

Son lesiones mayores de 1 cm y representan entre el 10 y el 15% del total de las aftas. Generalmente, comienzan después de la pubertad. Suelen aparecer 1 o 2 lesiones aisladas, su duración es de más de 2 semanas, pudiendo superar el mes, y con posibilidades de resolverse dejando cicatriz. Su ubicación más frecuente es el paladar blando y la faringe. Suelen ser redondeadas, más profundas que las menores y de color blanco-amarillento.

Existen dos formas clínicas especiales de aftas mayores: la aftosis bipolar de Newman, que se caracteriza por la aparición simultanea de aftas en mucosa oral y genital; y la enfermedad de Sutton o periadenitis mucosa necrótica recurrente, que es una afta mayor en la vecindad de una glándula salival menor, en donde la inflamación y la necrosis afectan también a esta.

Ulceraciones herpetiformes recurrentes

Representan el 5-10% de las aftas. Son lesiones de tamaño muy pequeño, pero muy numerosas, con tendencia a unirse y formar úlceras más grandes e irregulares, que pueden confundir con un cuadro herpético. Afectan a la mucosa blanda móvil y no queratinizada, a diferencia del herpes intraoral. Su duración es de 10 a 14 días y se resuelven sin dejar cicatriz.

Diagnóstico

Es básicamente clínico.

Diagnóstico diferencial

Herpes intraoral: cursa con vesículas de aspecto irregular en paladar duro y encías (mucosa queratinizada) y con antecedentes de herpes labial recurrente o intraoral.

• Eritema exudativo multiforme: en el que aparecen vesículas, ampollas, erosiones y costras, junto con lesiones en la piel.

• Reacciones de hipersensibilidad a ciertas sustancias que actúan como alérgenos (alimentos, medicaciones, metales, etc.), aunque suelen dar quemazón, eritema y edema, más que aftas.

• Carcinoma oral de células escamosas: en donde el aspecto es distinto, con una ulceración con un fondo necrótico, lesión indurada, con los bordes evertidos.

Tratamiento

Diversos tratamientos tópicos se utilizan, incluyendo antisépticos, como: clorhexidina en gel o colutorio, antiinflamatorios (amlexanox), antibióticos (tetraciclinas) y corticoides (triamcinolona en colutorios o orabase®)(4) . En la actualidad, la tendencia inicial es a la utilización tópica del ácido hialurónico al 0,2% (gel, colutorios o spray), considerándose una terapia eficaz y segura(5) . En pacientes con brotes muy frecuentes y con aftas muy sintomáticas, sin demasiada eficacia del tratamiento tópico, estaría indicada la utilización de la terapia sistémica con corticosteroides.

Enfermedades víricas de la mucosa oral

Virus herpes simple (VHS)

Infección producida por el virus del herpes simple tipo 1, que se considera la infección más frecuente en la especie humana con excepción de las infecciones víricas respiratorias.

Cuadro clínico oral:

• Herpes primario: gingivoestomatitis herpética primaria.

• Herpes recurrente oral: en pacientes con inmunidad normal y en inmunodeprimidos.

Herpes primario. Gingivoestomatitis herpética primaria

La primoinfección por VHS en la infancia puede ser asintomática o provocar síntomas inespecíficos, como: cuadro catarral, faringitis o fiebre sin foco aparente(6) .

La manifestación clínica más frecuente es la gingivoestomatitis, que afecta a niños de 2 a 5 años y que cursa con: fiebre alta, malestar, inapetencia, adenopatías submandibulares y cervicales inflamatorias y lesiones vesiculosas que, en 24 horas, dan lugar a erosiones y úlceras superficiales sangrantes en los labios, encías, paladar duro, lengua y mucosa yugal. Estos síntomas se acompañan de disfagia y sialorrea intensa y los niños apenas pueden comer. En la mayoría de los casos, existen lesiones extraorales, sobre todo faciales, pero también en la zona periungueal de los dedos de las manos. Puede ser especialmente grave en niños con dermatitis atópica, porque se puede producir una generalización de la infección (erupción variceliforme de Kaposi). Debe estarse atento al control de la deshidratación que puede producirse. Se produce la resolución espontánea a los 10-15 días.

Diagnóstico

Es básicamente clínico, aunque como confirmación se pueden utilizar: el estudio citológico del contenido de la vesícula (test de Tzanck), que es fácil de realizar y nada traumático, el estudio mediante PCR para VHS, en casos de duda, y la detección de anticuerpos circulantes.

Se debe realizar diagnóstico diferencial con: herpangina, enfermedad mano-pie-boca, síndrome de Stevens-Jonhson, mononucleosis infecciosa y pénfigo vulgar.

Tratamiento

Control de la hidratación del niño, ya que un 8% de los casos, especialmente en menores de 2 años, requerirán hospitalización para rehidratación parenteral (este porcentaje puede haber disminuido desde la utilización del aciclovir como tratamiento). El aciclovir oral (20 mg/kg/dosis-máximo 800 mg/día-) disminuye la duración de las lesiones, aunque existen dudas de que sea eficaz en reducir el número de lesiones orales(7) . Prescribir analgésicos como tratamiento sintomático.

Herpes recurrente oral

Pacientes con inmunidad normal

Herpes labial

Es la forma clínica más frecuente. Cursa con una fase prodrómica con escozor y sensación pruriginosa en la zona del labio donde se instaurará la lesión. Con el tiempo, el paciente conoce muy bien estos síntomas iniciales. Al cabo de 2-3 días, aparecen vesículas entre 8-10 en ramillete con contenido claro. Estas vesículas evolucionan primero abriéndose, desecándose y formando una costra que al final desaparece. Curan en 7-10 días. El tratamiento con aciclovir en crema al 5%, aplicado 5 veces al día en fase prodrómica, puede evitar la aparición del cuadro o suavizar el mismo.

Herpes intraoral

Su presentación es también frecuente, aunque menor que la forma labial. Da escasos síntomas, apareciendo las lesiones en mucosa masticatoria (paladar duro y encía), formando un ramillete semejante al herpes labial, aunque aquí no aparecen costras.

Si se considera preciso y la lesión es accesible, el aciclovir tópico puede estar indicado.

Pacientes inmunodeprimidos

La aparición de lesiones herpéticas en estos pacientes (leucemia, SIDA) ocurre en el 15-40% de los casos.

Las lesiones se localizan en: paladar, lengua y rebordes alveolares, cursando con vesículas que se ulceran y dan lesiones muy grandes con márgenes blanquecinos, que son muy dolorosas al comer o hablar, y que suelen durar muchos más días que en los pacientes con inmunidad normal.

Herpangina

Producida por los virus Coxsackie A, B y ECHO. Poco frecuente en neonatos y más frecuente en pre-escolares y niños mayores. Cursa con vesículas y ulceraciones en: paladar blando, pilares amigdalinos anteriores, úvula y faringe. Presenta un inicio súbito con fiebre y odinofagia, suele darse en epidemias en verano. Desaparece espontáneamente. Tratamiento sintomático.

Enfermedad mano-pie-boca

Originada por el virus Coxsackie A 16 y menos frecuentemente por el A 5 y A 10. Excepcional en neonatos. Tras una incubación de 3-5 días, aparece febrícula acompañada de malestar en boca y odinofagia. Característicamente, aparecen lesiones vesiculosas en la mucosa oral, así como pápulas y pequeñas vesículas en manos y pies. El proceso suele durar una semana y remite espontáneamente. Tratamiento sintomático.

Mononucleosis infecciosa

Causada por el virus de Epstein-Barr, cursa con la aparición de una pseudomembrana blanco-grisácea en las amígdalas y pilares amigdalinos, con eritema y edema intensos a su alrededor. También, suele dar petequias en paladar blando, gingivitis y úlceras aftoides. Cursa con gran linfadenopatía cervical acompañada de fiebre. Es más frecuente en adolescentes. El tratamiento consiste en reposo y tratamiento sintomático si no surgen complicaciones.

Candidiasis orales

Las formas más frecuentes en la infancia son: la pseudomembranosa o muguet, la eritematosa y la queilitis angular.

Candidiasis pseudomembranosa o muguet

Se caracteriza por la presencia de unas pseudomembranas blanquecinas algodonosas, que se desprenden con facilidad con un depresor, dejando una mucosa inflamada. Pueden aparecer en cualquier localización oral. Dan escasa sintomatología.

Candidiasis eritematosa aguda

Puede ser una evolución del muguet o puede empezar como tal. Se producen áreas eritematosas y erosivas, normalmente en dorso lingual, dando lugar a una lengua depapilada, roja y brillante (más frecuente en candidiasis eritematosas crónicas). Son frecuentes post-toma de antibióticos de amplio espectro, como resultado de la destrucción de la flora bacteriana saprófita habitual y del aumento de la capacidad patogénica de la cándida. No obstante, como esto no ocurre en todas las personas que toman antibióticos, indica que existen factores individuales intrínsecos que favorecen la aparición de estas lesiones. También, se ha visto su aparición después de tratamientos con corticoides y en niños con deficiente higiene oral, en diabéticos y en SIDA(8) .

Queilitis angular

A veces, puede cursar con la aparición de lesiones eritematosas y fisuras en las comisuras de los labios (rágades o boqueras), que pueden erosionarse al abrir y cerrar la boca. Son más habituales en adultos con falta de piezas dentales, lo que comporta un sellado labial mayor.

Tratamiento de las candidiasis orales

Normalmente, suele ser suficiente la administración de antifúngicos tópicos, como el miconazol o la nistatina, aplicados 4 o 5 veces al día. En caso de necesidad de antimicóticos sistémicos, se pueden utilizar, preferentemente: fluconazol, itraconazol y ketoconazol.

Patología de los tejidos blandos

Épulis

Se utiliza el término épulis para describir los tumores gingivales localizados. En niños, pueden presentarse tres tipos de épulis: el fibroso, el granuloma piogénico y el granuloma de células gigantes. Son el resultado de irritaciones locales y se localizan, normalmente, en el margen gingival o en las papilas de la parte anterior de la boca. Su tratamiento es la escisión quirúrgica y el control de los factores etiológicos irritativos.

Papiloma oral

Es un pequeño tumor epitelial que adopta un aspecto verrugoso (en forma de coliflor), causado por el virus del papiloma humano. Generalmente son filiformes, a veces sésiles, de pocos milímetros de tamaño. Su ubicación más frecuente es la lengua, labios, encía o paladar blando cerca de la úvula (Fig. 3). Es de color blanquecino y su tratamiento es la escisión quirúrgica mediante anestesia local.

 

Figura 3. Papiloma oral.

 

Mucocele

Es una inflamación blanda, nodular de la mucosa oral(9) con contenido salivar, cuyo tamaño puede variar de 2-3 mm a 1-2 cm. Se presenta con mayor frecuencia en el labio inferior (Fig. 4), pudiendo ser de dos tipos: el quiste mucoso de retención y el de extravasación.

 

Figura 4. Mucocele.

 

Son más frecuentes los de extravasación, producidos por un traumatismo en un pequeño conducto de alguna glándula salival menor, como por ejemplo una mordedura.

Aunque en ocasiones, se abre y se resuelve espontáneamente (43%), es fácil su recidiva. Si se localiza en el suelo de la boca se denomina ránula (Fig. 5).

 

Figura 5. Ránula.

 

El tratamiento consiste en la exéresis quirúrgica junto con el tejido glandular subyacente, aunque en un 8% recidivan(10) .

Variaciones de la mucosa oral normal

Manchas de Fordyce

Son glándulas sebáceas ectópicas. Dan pápulas de color amarillento agrupadas en la mucosa yugal y, a veces, en la vertiente vestibular de la mucosa labial.

Perlas de Epstein y nódulos de Bohn

Son pápulas muy pequeñas, de 2-3 mm, blanquecinas o amarillentas en el paladar duro (Epstein) o en el reborde gingival (Bohn) que están presentes en el 85% de los recién nacidos. Desaparecen espontáneamente en semanas.

Mucosa mordisqueada (mordiscatio insensibilis)

Es muy frecuente, sobre todo en niños nerviosos, que aprietan los dientes (bruxismo) o que tienen la costumbre de mordisquearse la mejilla. Se observa una lesión lineal o festoneada de color blanco, coincidiendo con la línea de oclusión dental. En ocasiones, si las cúspides de las piezas dentales son muy agudas, conviene redondearlas mecánicamente.

Lengua dentada

Es muy frecuente. Se observan unas indentaciones en ambos bordes laterales linguales que corresponden al apoyo de las piezas dentales. Se produce por una excesiva presión de la lengua sobre los dientes, por macroglosia, por ansiedad del paciente, por bruxismo o por problemas de espacio en bocas pequeñas. También, si es preciso, se pueden redondear las cúspides más cortantes.

Lengua geográfica (glositis migratoria benigna)

Se da en población infantil en un 1-2%. Más en niños que niñas, asociándose con: dermatitis seborreica, bronquitis espasmódica, atopias, alergias, psoriasis y lengua fisurada. Su etiología es desconocida, aunque es más frecuente en casos de ansiedad y tensión emotiva. Aparecen unas placas únicas o múltiples depapiladas con centro eritematoso y bordes algo sobreelevados que afectan al dorso y márgenes linguales. Puede dar escozor lingual, en cuyo caso pueden ser útiles los enjuagues con antisépticos, difenhidramina y los corticoides tópicos. En general, no precisa tratamiento si no da sintomatología clínica.

Lengua fisurada, escrotal o plegada

Cursa con unos pliegues o surcos linguales muy marcados y profundos. Puede provocar halitosis y predispone a la sobreinfección por cándidas. Es especialmente frecuente en pacientes afectos de síndrome de Down y síndrome de Melkerson-Rosenthal, junto a la queilitis granulomatosa y a la parálisis facial periférica. Requiere una limpieza lingual más sistematizada para evitar halitosis y sobreinfecciones.

Lengua vellosa

Consiste en la hipertrofia de las papilas filiformes del dorso de la lengua ubicadas en sus 2/3 anteriores, por delante de la V lingual. Predomina en el sexo masculino. El color varía desde un blanco amarillento hasta un color negro. Entre los factores etiológicos están: la administración de antibióticos de amplio espectro, corticoides y la aplicación tópica de agua oxigenada, perboratos y agentes oxidantes. También, se ha sugerido que la cándida albicans pueda ser un factor etiológico decisivo en esta entidad.

La duración depende de la persistencia de los factores etiológicos. Se debe mejorar la higiene y el cepillado lingual, y si se sospecha sobreinfección por cándidas se debe tratar.

Lesiones traumáticas de la mucosa oral

Las ulceraciones traumáticas se presentan con una prevalencia del 12%, la mayoría producidas por contacto continuado con una cúspide o arista dental muy marcada, cuyo microtraumatismo de repetición puede condicionar la aparición de una úlcera, normalmente lingual (bordes laterales) o labial, difícil de desaparecer y que recidiva con frecuencia mientras persista la causa etiológica.

A la exploración, es frecuente ver que la ubicación de la lesión ulcerosa siempre aparece en la misma localización intraoral, y que coincide con la prominencia dental causante. Su tratamiento consiste en retocar la cúspide dental aguda, remodelándola en roma, y dejando que la lesión desaparezca espontáneamente una vez eliminado el agente etiológico.

En ocasiones, en lactantes aparece una úlcera traumática en la punta de la lengua o en el frenillo lingual, producida por la rozadura con los dientes existentes, a veces por la presencia de dientes natales y neonatales (Fig. 6), normalmente en niños que presentan tos abundante, que aumenta la rozadura hasta la aparición de una ulcera aislada. También puede aumentar con la succión. Esta entidad se denomina enfermedad de Riga Fede(11) . La incidencia de dientes natales oscila entre 1:2.000 a 1:3.500 nacimientos.

 

Figura 6. Dientes natales.

 

También, puede producirse por traumatismos repetitivos, mordeduras sobre todo, la aparición de fibromas traumáticos, que son hiperplasias fibrosas simples, en donde existe el antecedente del trauma previo local. Son frecuentes en labios, mucosa yugal y lengua. La lesión es rosada, a veces blanquecina, indolora y no sangrante. El tratamiento es la resección de la lesión y corrección de los factores desencadenantes. El pronóstico es excelente.

Patología de la articulación temporomandibular

La frecuencia de parafunciones dentales, como el bruxismo (apretamiento de dientes), son cada vez más frecuentes en las consultas de Pediatría, que pueden ser factores predisponentes a la presencia de lesiones de la articulación temporomandibular (ATM) a medio plazo.

Esta patología produce normalmente en niños con un gran componente de ansiedad. El conocimiento de esta entidad, su abordaje y prevención en edades tempranas podría evitar, en algunos casos, la instauración de la patología en años posteriores. El término “Patología de ATM”, no obstante, no solo engloba los casos donde las parafunciones pueden tener un papel predisponente, sino que también existen trastornos de origen traumático, autoinmune, infeccioso, neoplásico, anomalías congénitas o de desarrollo condilar, que pueden condicionarlo.

La presencia de esta patología cursa con dolor uni o bilateral que aumenta con la masticación y con la apertura bucal. Normalmente, a la exploración, se objetivizan facetas de desgaste dental por bruxismo (normalmente inconsciente y nocturno), un dolor selectivo a la palpación de la articulación afectada y la posibilidad de presentar ruidos articulares (clics o crujidos) al abrir y cerrar la boca.

El diagnóstico es, básicamente clínico, por la presencia de dolor principalmente matutino en la zona articular que aumenta al masticar y que, en ocasiones, puede irradiar hacia la región temporal. En ocasiones, el tipo de dolor y su ubicación puede confundir con una otitis(12). La utilización de pruebas complementarias, como radiografías, resonancias, etc., son de uso en pacientes adultos.

El tratamiento es sintomático, disminuyendo en lo posible el grado de ansiedad del niño, utilizando fármacos analgésico-antiinflamatorios, si precisa, y colocando una férula de descarga de descanso nocturno si se objetiva bruxismo, aunque en pacientes pediátricos es difícil saber a qué edad estaría indicada la colocación de dicha férula, ya que depende de la erupción de las piezas dentales, del grado de severidad de los desgastes, de la sintomatología clínica y del grado de madurez del niño para poder ser portador de la férula. A partir de los 6 años, dependiendo de cada caso, se podría pensar en instaurarla.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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11. Costacurta M, Maturo P, Docimo R. Riga-Fede disease and neonatal teeth. Oral Implantol (Rome). 2012; 5(1): 26-30.

12. Cebrián JL, Demaría G, Rivas S. Alteración funcional de la ATM: Otitis externa de presentación atípica. Rev Esp Cirug Oral y Maxilofac. 2009; 31 (6): 376-380.

Bibliografía recomendada

- Bagan JV. Medicina y Patología Bucal. Valencia. Medicina Oral. 2013.

Se trata de un magnífico compendio de medicina bucal totalmente actualizado, de gran utilidad en la práctica diaria y gran riqueza iconográfica con más de 1.650 figuras.

- Ramírez S, Gómez E, Bonet J. Frenillos labiales y linguales. En: García F, García-Rozado A, Cebrián JL, Monje F. Protocolos clínicos de la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial. Madrid: GlaxoSmithKline. 2006; 29-47.

Libro de consulta, esquematizado y eminentemente práctico, para consultas sobre cirugía bucal.

Caso clínico

 

Niña de 9 años que, en vísperas de Navidad, presenta dolor en oído derecho de varios días de evolución, de predominio matutino al despertar, sin fiebre, con irritabilidad y con rechazo de los alimentos cada vez más marcado. No existe antecedente de traumatismo previo. A la exploración, la niña presenta dolor a la palpación en región anterior de oído derecho, sin dolor al tocar el pabellón auricular, y sin apreciarse supuración, ni enrojecimiento por el conducto auditivo externo. Dolor a la masticación, lo que le hace que evite el comer, y también dolor a la apertura bucal.

 

 


 

 

Vómitos y regurgitaciones, reflujo gastroesofágico y estenosis pilórica

M.E. Vázquez Fernández*, M. Cano Pazos**
Temas de FC


M.E. Vázquez Fernández*, M. Cano Pazos**

*Pediatra de Atención Primaria. **MIR.
Centro de Salud de Arturo Eyries. Valladolid

 

 

Resumen

Los vómitos y regurgitaciones son síntomas muy comunes en lactantes y niños. Aunque muchas veces se deben a problemas leves, es prioritario descartar enfermedades graves (hipertensión intracraneal, obstrucción intestinal, meningitis, etc.). La regurgitación, característicamente, se da en niños sanos, con buena ganancia ponderal y en los que no subyace ninguna enfermedad de base. La evolución natural es a la desaparición, debiendo evitar intervenciones innecesarias y tratando de calmar la ansiedad familiar. Sin embargo, cuando la frecuencia o duración del reflujo es lo suficientemente intensa, el reflujo gastroesofágico (RGE) se convierte en patológico y entonces, se habla de enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE). El RGE patológico provoca una gran variedad de procesos, ya sea por afectación esofágica, alteración nutricional, trastorno del sueño o de la vía aérea respiratoria. El diagnóstico es fundamentalmente clínico y tan solo se utilizarán pruebas complementarias en casos determinados. El tratamiento va a depender del grado de afectación. Las opciones terapéuticas son: medidas generales, tratamiento farmacológico y cirugía. Los inhibidores de la bomba de protones (IBP), junto a nuevos enfoques o combinaciones, son los fármacos más utilizados. Como proceso obstructivo intestinal, se describe la estenosis pilórica, realizándose un análisis de los factores de riesgo y patogénicos asociados con su desarrollo, la clínica y el tratamiento quirúrgico.

 

Abstract

Vomiting and regurgitation are very common symptoms in childhood. Although most are considered minor functional disorders, it is necessary to rule out serious diseases (intracranial hypertension, intestinal obstruction, meningitis).
The regurgitation typically occurs in healthy children, with good weight gain and in which there are not any underlying disease. The natural evolution is towards the disappearance, it is not necessary interventions and it is necessary to calm the anxiety family. However when the frequency or duration of reflux is enough severe, the gastroesophageal reflux (GER) becomes abnormal and it is called gastroesophagel reflux disease (GERD). GERD causes a variety of processes by esophageal affectation, nutritional impairment, sleep disorder or respiratory airway. Diagnosis is essentially clinical and laboratory tests will be used only in certain cases. Treatment will depend on the degree of affectation. The options of treatment are general measures, drugs and surgery. Proton Pump Inhibitors (PPI) along with new approaches and combinations are the drugs most commonly used.
As intestinal obstruction pyloric stenosis process is described through an analysis of the risk factors associated with pathogenic and development, clinical and surgical treatment.

 

Palabras clave: Vómito; Regurgitación; Reflujo gastroesofágico; Estenosis pilórica; Inhibidores de la bomba de protones

Key words: Vomiting; Regurgitation; Gastroesophageal reflux; Pyloric stenosis; Proton Pump inhibitors

 

Pediatr Integral 2015; XIX(1): 21-32


Vómitos y regurgitaciones, reflujo gastroesofágico y estenosis pilórica

 

Vómitos

El vómito es la expulsión forzada del contenido gástrico por la boca con contracción abdominal, generalmente precedido de náusea y acompañado de síntomas vegetativos.

Etiología

En la práctica, cualquier enfermedad puede cursar con vómitos, sería necesario un repaso de toda la Pediatría para no olvidarnos de ninguna.

Pueden presentarse tanto en procesos leves como en enfermedades graves (Tabla I). Hay niños que vomitan con mucha facilidad, especialmente los lactantes y niños pequeños. Los procesos que con más frecuencia se asocian con vómitos son los infecciosos, desde gastroenteritis, cuadros catarrales banales, amigdalitis, otitis, infecciones urinarias, etc., hasta procesos más graves, como neumonía, meningitis u otros. Lo prioritario es descartar causas graves que precisan tratamiento urgente(1).


 

Diagnóstico

La mayoría de los niños que consultan por vómitos, pueden ser diagnosticados sin necesidad de ninguna prueba complementaria.

La mejor herramienta diagnóstica es una historia clínica detallada. Hay que valorar: los antecedentes (traumatismo craneal o abdominal, polihidramnios, ingestión de tóxico), la edad (estenosis pilórica e invaginación intestinal en lactante, ingestión de algún alimento nuevo), la duración (agudos o crónicos), la frecuencia (los episodios recurrentes de vómitos con intervalos de normalidad nos harían pensar en los vómitos cíclicos de la infancia, sobre todo, si se acompañan de antecedentes familiares de migrañas), las características del vómito (contenido, intensidad, relación con la ingesta), los síntomas asociados (diarrea, fiebre, pérdida de peso, poliuria, dolor abdominal, toma de medicación), la técnica de alimentación (se le fuerza a comer, errores en la preparación) y la dinámica familiar y escolar. Hay que diferenciar un vómito verdadero de la regurgitación: expulsión sin náusea y sin contracción de la musculatura abdominal.

Posteriormente, se realizará un examen físico, donde en primer lugar, se valorará el estado general (hidratación, hemodinámica y neurológico). Son signos de deshidratación: el decaimiento general, la pérdida importante de peso, la sed intensa, la disminución de diuresis, la sequedad de piel y mucosas, la depresión de la fontanela en lactantes y el signo del pliegue. También, si el abdomen está doloroso, duro o hinchado.

En casos de larga evolución, hay que valorar realizar una analítica sanguínea con: hemograma, glucemia, iones, BUN, orina y urocultivo, si asocia diarrea, recoger coprocultivo. Ocasionalmente, se realizarán: pruebas alérgicas, cuerpos cetónicos en orina, serologías de celiaca, ácidos orgánicos o, incluso, despistaje de tóxicos dirigidos por la anamnesis y la exploración. A veces, serán necesarios estudios de imagen, cuando se sospecha obstrucción digestiva. Se remitirán al hospital para tratamiento y para realizar pruebas (endoscopia, pHmetría), algunas veces urgente (TAC, ecografía, fondo de ojo, reactantes de fase aguda, hemocultivo, líquido cefalorraquídeo), todos los pacientes en los que se sospeche una situación grave o al menos importante.

Tratamiento

El tratamiento siempre que sea posible, debe ser etiológico. El objetivo principal es evitar la deshidratación.

Los pilares fundamentales del tratamiento son: la rehidratación y la alimentación precoz. Por lo general, pueden tratarse en el domicilio, ofreciendo pequeñas cantidades (aproximadamente una cucharada cada 10 minutos) de soluciones de rehidratación oral de venta en farmacia (evitando preparados caseros, zumos y refrescos comerciales), aumentando paulatinamente la frecuencia. Cuando el paciente tolere el líquido, se le ofrecerá comida blanda en tomas pequeñas, hasta que progresivamente se adapte a la dieta normal, evitando alimentos con mucha grasa o azúcar. No hay que forzar al niño a comer. En caso de no tolerancia oral, se recomendará la administración de sueroterapia intravenosa.

Los antieméticos se usan pocas veces. Pueden ser útiles en: cinetosis, postanestesia, quimioterapia, vómitos cíclicos y trastornos de la motilidad intestinal. Pero no existe evidencia suficiente sobre la eficacia y seguridad de los antieméticos para mejorar la tolerancia oral y evitar la deshidratación en pacientes con vómitos repetidos. Entre ellos destacan:

• Metoclopramida, cleboprida y domperidona, tienen la capacidad de acelerar el vaciamiento gástrico. Sin embargo, provocan efectos secundarios neurológicos de tipo extrapiramidal, especialmente en población pediátrica. En estos casos, los síntomas remiten al suspender al tratamiento, pero puede ser necesaria la administración de benzodiacepinas en niños o anticolinérgicos en adolescentes.

• Dimenhidrinato: indicado especialmente en la cinetosis.

• Ondansentrón: antagonista de los receptores serotoninérgicos. Raramente, produce reacciones extrapiramidales. Tiene su indicación por encima de los dos años, en los vómitos y náuseas asociados al tratamiento de quimioterapia, radioterapia y postcirugía. También se puede emplear, en condiciones distintas de las autorizadas (prescripción off label): en los casos anteriores por debajo de los 2 años y en el síndrome de vómitos cíclicos (dados los altos niveles de serotonina durante la crisis)(2). No hay evidencia suficiente para recomendar la utilización rutinaria de ondansetrón en los vómitos producidos en el curso de las gastroenteritis agudas en los niños(3).

Regurgitaciones

Se trata de un trastorno gastrointestinal funcional transitorio, llamado reflujo gastroesofágico no complicado o fisiológico.

La regurgitación es un retorno involuntario de secreciones o alimentos previamente deglutidos a la boca, sin esfuerzo. Este proceso ocurre de forma fisiológica varias veces al día en niños sanos (hasta el 75% de los lactantes a los 4 meses de edad)(4) y también en adultos. Para explicar el origen de estos trastornos, hay que tener en cuenta la interacción de factores biológicos y psicosociales, actuando sobre un aparato digestivo inmaduro, en fase de crecimiento rápido, y a factores como el predominio de la postura en decúbito y de alimentación casi exclusivamente líquida.

Fue en el año 2006, donde se establecen los criterios Roma III(5), que definen como claves diagnósticas de la regurgitación infantil: niños sanos de 3 semanas a 12 meses de edad, que presentan todo lo siguiente:

1. Dos o más regurgitaciones durante un mínimo de 3 semanas.

2. Ausencia de síntomas de alarma: náuseas, hematemesis, aspiración, apnea, fallo de medro, trastorno de deglución/alimentación o de posturas anómalas.

La persistencia de estos signos entre los 18 y 24 meses o la posible aparición de síntomas de alarma, nos obligaría a reconsiderar el diagnóstico. Podría, en estos casos, sugerir la existencia de una enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), cuyo abordaje diagnóstico y terapéutico veremos en el siguiente apartado. También, la intolerancia a las proteínas vacunas debe considerarse en pacientes con este síntoma.

Los lactantes que regurgitan, pero están felices (“happy spitter”) y crecen bien, no necesitan ningún tratamiento ni cambios en su alimentación o cuidado. El papel del pediatra es tranquilizar a la familia, explicando que no necesita ninguna prueba especial, que su hijo mejorará a medida que tome más sólido y que se mantenga más tiempo sentado y de pie.

En caso de gran angustia familiar, se puede recomendar usar cereales o fórmulas antiregurgitación con diversos espesantes, según normas de la EPSGHAN (procesado de arroz, maíz o almidón de patata, goma guar o goma de algarrobo). No existen diferencias en la eficacia y seguridad de los distintos espesantes. Aunque se consideran productos seguros, la alergenicidad y riesgos nutricionales de estas fórmulas no han sido demostrados. El añadido de cereales suele requerir una tetina con un orificio agrandado para permitir un flujo adecuado. Disminuye clínicamente el número de regurgitaciones, tranquilizando a la familia, pero originan que el alimento refluido sea más espeso y que tarde más en aclararse, aumentando de esta manera la exposición a ácido de la mucosa esofágica. Es por esto, por lo que no se recomiendan, de forma indiscriminada, en niños con regurgitaciones y adecuada ganancia ponderoestatural(6).

Reflujo gastroesofágico

Es el paso del contenido gástrico hacia el esófago con o sin regurgitación y vómitos. La mayoría de los episodios de RGE se producen en el periodo post­prandial y causan pocos o ningún síntoma. En contraste, se habla de ERGE cuando el reflujo del contenido gástrico causa síntomas y/o complicaciones(7-9).

Fisiopatología

El desarrollo de la ERGE es complejo y multifactorial.

La eficacia limitada de la barrera anatómica antirreflujo y, especialmente, las relajaciones espontáneas e inapropiadas del inmaduro esfínter esofágico inferior (EEI) del lactante, han sido implicadas como partícipes del RGE, aunque también se ha podido demostrar su presencia ante la normalidad estructural de estos elementos.

Por otra parte, hay enfermedades que facilitan el reflujo, como: las respiratorias, que aumentan la presión abdominal por el esfuerzo respiratorio y por los tratamientos farmacológicos (beta-adrenérgicos y teofilinas disminuyen el tono del EEI); y las neurológicas, por las alteraciones en la motilidad digestiva y la inmovilidad generalizada del paciente.

Diagnóstico

No existe una prueba definitiva para el diagnóstico de RGE.

En los niños mayores y adolescentes, la historia y el examen físico pueden ser suficientes para diagnosticar la ERGE, si los síntomas son típicos. En los lactantes y niños pequeños, es más difícil de distinguir, porque no los saben describir. Las pruebas complementarias nos van a permitir: documentar la existencia de RGE y sus complicaciones, evaluar la eficacia del tratamiento y excluir otras causas de los síntomas, como anomalías anatómicas que precisen corrección. De todos modos, hay que tener en cuenta que la existencia de RGE no indica necesariamente una relación causa-efecto.

Historia clínica y exploración física

La anamnesis debe recoger información sobre la historia dietética y alimentaria, el patrón de los vómitos, antecedentes personales y síntomas.

En cuanto a la historia dietética y alimentaria, puede ser interesante conocer: las cantidades ingeridas y frecuencia de las tomas para descartar sobrealimentación, el modo de preparación de la fórmula, posibles cambios recientes en la alimentación, qué posición mantiene el niño durante la alimentación y la actitud del niño durante la comida (arcadas, tos, rechazo del alimento, eructos).

Hay que interrogar a los padres sobre el patrón de los vómitos. Frecuencia y cantidad, si contienen sangre o bilis, si son proyectivos o si se asocian con fiebre, letargia, diarrea o dolor.

Algunos antecedentes personalesrelevantes son: prematuridad, problemas de alimentación, enfermedades respiratorias de repetición y enfermedades o cirugías que haya tenido el niño.

El RGE puede manifestarse con síntomas digestivos y extradigestivos:

• Síntomas digestivos: vómitos con alteración del desarrollo ponderoestatural y síntomas de esofagitis, que en los niños más pequeños se puede manifestar como irritabilidad, alteraciones del sueño y rechazo del alimento, y en los mayores como sensación de plenitud, pirosis, dolor retroesternal o disfagia. La esofagitis puede originar una hemorragia digestiva que se manifiesta con: anemia ferropénica, hematemesis, sangre oculta en heces e incluso melenas.

• Síntomas extradigestivos, de forma menos habitual:

- Respiratorios: tos crónica, disfonía, neumonías recurrentes, asma intratable, procesos ORL (laringitis, otalgia, otitis de repetición), apnea, episodio aparentemente letal (EAL) e incluso muerte súbita.

- Neuroconductuales: rumiación, posturas anómalas, síndrome de Sandifer, hiperextensión o tortícolis.

En los pacientes con encefalopatía profunda, debe tenerse un alto índice de sospecha de ERGE y tener en cuenta la variable expresión clínica, que pueden presentar.

La exploración física será completa y prestará especial atención al estado nutricional.

Monitorización del pH esofágico

La pHmetría es una medida cuantitativa válida de la exposición esofágica al ácido, con parámetros y rangos normales establecidos. Mide la frecuencia y duración de episodios de reflujo ácidos (pH <4), mediante una serie de parámetros, como: número total de reflujos en 24 horas, duración del reflujo más largo o el más importante y el tiempo total con pH intraesofágico<4 (índice de reflujo: IR). Sin embargo, no es necesaria para el diagnóstico de la ERGE, ni se correlaciona consistentemente con la severidad de los síntomas o sus complicaciones. No detecta esofagitis, ni mide reflujos no ácidos. Lo correcto sería realizarlo, cuando la evolución no fuera favorable con el tratamiento instaurado o para valorar su eficacia. Puede ser útil para correlacionar los síntomas (por ejemplo: tos, neumopatías crónicas, estridor o laringitis) con episodios de reflujo ácido(10). Requiere suspender la medicación antiácida entre 72 y 96 horas antes del inicio de la monitorización.

Combinado de impedancia intraluminal múltiple (MII) y pHmetría

Esta prueba detecta movimientos de fluido dentro del esófago, sea cual sea su pH, y combinada con la pHmetría proporciona más información sobre la severidad de la enfermedad y la respuesta al tratamiento. Las guías de práctica clínica de la NASPGHAN lo recomiendan en lactantes con irritabilidad persistente, en los que se ha descartado alergia a proteínas de la leche de vaca, niños mayores de 18 meses con vómitos y regurgitaciones persistentes y en niños con episodios de posible amenaza a la vida (ALTE), con síntomas que sugieren RGE crónico. Hoy en día, esta prueba está proliferando y en breve dispondremos de resultados que nos permitan establecer estándares adecuados de comparación, para todos los grupos de edad.

Manometría

El estudio de la motilidad esofágica puede ser útil para confirmar una acalasia u otros trastornos motores del esófago que se pueden confundir con ERGE, pero no es lo suficientemente sensible ni específica para confirmar la ERGE ni para predecir la respuesta al tratamiento. De hecho, podemos encontrarnos con un tono del EEI bajo, normal o alto.

Endoscopia y biopsia

Permite visualizar la mucosa esofágica distal ante la sospecha de esofagitis. Se recomienda realizar siempre biopsia de la mucosa, aunque macroscópicamente sea normal, ya que no siempre existe correlación entre el aspecto y el estudio histológico. Los hallazgos de eritema, palidez y aumento o disminución del patrón vascular son muy subjetivos e inespecíficos, y pueden ser variantes de la normalidad. La presencia de eosinófilos, hiperplasia de células basales, aumento del tamaño de las papilas y dilatación de espacios intercelulares, solos o en combinación, son más sensibles y específicos de esofagitis por reflujo. Sin embargo, la ausencia de estos cambios no descarta la ERGE (puede haber ERGE sin esofagitis). También, la biopsia endoscópica es importante para descartar otras causas de esofagitis (esofagitis eosinofílica, enfermedad de Crohn, etc.) y para diagnosticar y controlar el esófago de Barret (metaplasia del epitelio escamoso de la mucosa esofágica) y sus complicaciones.

Radiología

El tránsito digestivo superior con papilla de bario es poco útil para el diagnóstico del RGE. Presenta mayor utilidad cuando el paciente refiere disfagia u odinofagia, para descartar alteraciones anatómicas del tracto gastrointestinal superior, como: estenosis esofágica, acalasia, hernia hiatal, estenosis pilórica o páncreas anular.

Ecografía

Permite descartar obstrucciones, como la estenosis pilórica o duodenal. También se pueden ver episodios de reflujo, pero no diagnóstica la ERGE ni cuantifica el reflujo.

Gammagrafía con Tc99 añadido al alimento

Esta prueba no es recomendada para la evaluación rutinaria de pacientes pediátricos con sospecha de ERGE. Permite detectar reflujos no ácidos y medir el vaciamiento gástrico. Es especialmente interesante en el diagnóstico de aspiración pulmonar, en pacientes con síntomas respiratorios crónicos refractarios al tratamiento, aunque una prueba negativa no descarta microaspiraciones.

Estudio de lactosa, pepsina o macrófagos cargados de lípidos en aspirados de oído, pulmón y esófago

Aunque esta técnica ha sido propuesta para el diagnóstico de la ERGE con afectación de vías respiratorias, no existen estudios controlados que demuestren que la presencia de estas células confirme que el RGE sea la causa de la otitis, sinusitis o enfermedad pulmonar(11).

Tratamiento empírico de supresión de ácido

En los niños mayores y adolescentes con síntomas sospechosos de ERGE, puede hacerse una prueba diagnóstica con inhibidores de la bomba de protones (IBP), durante 2 o 4 semanas. Sin embargo no lo confirma, ya que los síntomas pueden deberse a un reflujo no ácido, o bien, mejorar espontáneamente o por un efecto placebo. En los lactantes y niños pequeños, con síntomas menos específicos, no se ha demostrado suficiente evidencia.

Tratamiento

Los objetivos del tratamiento son: reducir la exposición del esófago al contenido gástrico y prevenir las complicaciones asociadas.

Las opciones para el tratamiento de la ERGE incluyen: medidas generales, tratamiento farmacológico y cirugía(12).

Medidas generales (alimentación y tratamiento postural)

Son siempre necesarias y, en muchos casos, puede ser suficientes. Fomentar la lactancia materna: amamantados y lactantes alimentados con fórmula tienen una frecuencia similar de RGE fisiológico, aunque la duración de los episodios de reflujo medido por pHmetría es más corto en los bebés alimentados con leche materna. También parece justificado, en niños alimentados con fórmula y vómitos recurrentes, utilizar un hidrolizado de proteínas durante 2 a 4 semanas, ya que la clínica de alergia y ERGE es indistinguible y, en algunos casos, coexisten. Si están alimentados con lactancia materna, se debe indicar a las madres que no tomen leche de vaca, productos lácteos ni alimentos con leche ni huevo durante al menos 2 semanas. Si se produce una mejoría de los síntomas, hay que reintroducir las proteínas de leche de vaca (PLV) y comprobar la reaparición de los síntomas para establecer el diagnóstico. Si no existe mejoría, se debe indicar volver a la fórmula habitual.

El uso de fórmula antiregurgitación, como ya hemos aclarado anteriormente, disminuye la regurgitación visible, pero no disminuye los episodios de reflujo. Tampoco es aconsejable sugerir cambios en la frecuencia, volumen o densidad calórica de las tomas, salvo en los bebés con aumento de peso insuficiente, debido a las pérdidas por regurgitación.

Respecto a las recomendaciones posturales, el decúbito prono es la postura que más disminuye el reflujo, pero está asociada con incremento de muerte súbita, por lo que en menores de 12 meses; se recomienda el decúbito supino con ligera elevación de la cabecera de la cuna. Solo se acepta el prono con el niño despierto, por encima del año o en los casos de menores, en los que el riesgo de muerte por reflujo sea superior al de muerte súbita y, en estos casos, se recomiendan colchones duros.

En niños mayores y adolescentes, es aconsejable evitar fumar, reducir el volumen de las comidas, adelantar las cenas y reducir la obesidad. Hay evidencia de que el ejercicio físico aeróbico durante 30 minutos al día, puede aliviar la sintomatología de muchos pacientes (evitando los ejercicios intensos y bruscos). No hay evidencias suficientes para evitar tomar de forma rutinaria determinados alimentos como: cafeína, chocolate, bebidas carbonatadas o comidas muy grasas o picantes, salvo que produzcan aumento de los síntomas. Por otra parte, la posición en prono o decúbito lateral izquierdo durante el sueño y/o elevación del cabecero, pueden disminuir el RGE, como muestran estudios realizados en adultos.

Tratamiento farmacológico

El arsenal terapéutico disponible actualmente para el manejo de la ERGE en la infancia se compone de 5 grupos de fármacos (Tabla II). El uso de estos, añadido a las medidas comentadas en el apartado anterior, mejora su efecto terapéutico(13). Aunque la bibliografía no avala la eficacia y la seguridad de la mayoría de estos tratamientos en determinados tramos de edad, se pueden prescribir cuando existan datos de ERGE y/o esofagitis en menores de edad (prescripción off-label)(14).

 


 

Inhibidores de la bomba de protones (IBP): son el tratamiento de elección.

Son medicamentos supresores de la secreción de ácido, más eficaces que los fármacos bloqueadores de los receptores H2 de la histamina (anti H2) para la curación y el alivio de los síntomas, y no desarrollan taquifilaxia. En niños y adolescentes, se recomienda un tratamiento de 2 a 4 semanas a las dosis que se recogen en la tabla II. Los niños pequeños presentan un metabolismo mayor, por lo que precisan dosis proporcionalmente mayores por peso, que en niños mayores y adultos. Se recomienda tomarlos una vez al día, media hora antes del desayuno. Si no mejora en 4 semanas, se incrementa la dosis, si existe mejoría, se mantiene tratamiento durante 3 meses (en casos graves hasta 6 meses) y la retirada se hará de forma gradual (para evitar efecto rebote de la secreción ácida). Posteriormente, se realizará tratamiento a demanda.

Los IBP autorizados actualmente en España para la edad pediátrica son: Omeprazol, Lansoprazol y Esomeprazol(15). El Rabeprazol, Pantoprazol y Dexlansoprazol son otros tres IBP que no se recomiendan en niños debido a su experiencia limitada. Desde el punto de vista clínico, no hay diferencias relevantes entre ellos, pero cuentan con gran apoyo investigador. Las presentaciones de Omeprazol son en cápsula y el niño que no sea capaz de tragarla debe abrirla y los gránulos deben ser suspendidos en un vehículo ácido (como yogur o zumos de frutas). Los gránulos no deben masticarse ni machacarse, para evitar que la cubierta de los gránulos se disuelva en el pH prácticamente neutro del esófago y el fármaco sea destruido en el estómago. El Esomeprazol dispone de una formulación específica y autorizada, aunque no está financiada, para niños pequeños en forma de sobre con gránulos gastrorresistentes para disolver en agua. El Lansoprazol se presenta en comprimidos bucodispersables y en cápsulas, aunque se puede reconstituir a solución oral mediante fórmula magistral. De todos modos, hay ya preparados comercializados de omeprazol y lansoprazol en suspensión fuera de España y es posible preparar fórmulas magistrales en farmacias y Servicios de Farmacia hospitalarios.

En su utilización a corto plazo, los efectos secundarios más habituales son: episodios de diarrea, náuseas, mareo y jaquecas, y también se han descrito algunos casos de erupción cutánea. Estas manifestaciones son casi siempre transitorias y de leve intensidad. A largo plazo, no se ha demostrado claramente aumento de infecciones (neumonía adquirida en la comunidad, gastroenteritis y, en el caso de recién nacidos prematuros, candidemia y enterocolitis necrotizante) ni el riesgo carcinogénico (tumores carcinoides), asociados a la inhibición de la secreción ácida gástrica, que conlleva una proliferación de la flora faríngea o intestinal, una elevación de la gastrinemia y una proliferación de las células parietales y enterocromafines de la mucosa gástrica. Con una repercusión en Pediatría muy limitada, los IBP también alteran la absorción de determinados medicamentos como: antifúngicos, hierro y vitamina B12, por disminución de la acidez gástrica, y de los anticonvulsivantes y antiagregantes que se metabolizan vía citocromo P450. En adultos, sobre todo ancianos, se ha descrito nefritis intersticial, déficit de vitamina B12 y fractura de cadera.

Antagonistas de los receptores de la histamina 2: en general son seguros en lactantes y son útiles para el tratamiento de la esofagitis leve (menos en la grave). Tienen un efecto de acción rápido, pero la taquifilaxia o tolerancia es un inconveniente de su uso crónico. Además, en lactantes se han descrito efectos secundarios, como: irritabilidad, movimientos o “golpeteos” de cabeza, cefalea y somnolencia, que podrían ser interpretados de forma errónea como síntomas derivados del propio reflujo, dando como resultado un aumento inapropiado de la dosis. El más utilizado en Pediatría es la Ranitidina(14). Su uso está autorizado vía oral a partir de los 3 años, pero se puede utilizar antes en condiciones distintas a las autorizadas (prescripción off-label). Al igual que ocurre con los IBP, no existen formulaciones comerciales en presentación líquida, por lo que debe prescribirse como fórmula magistral en lactantes a una concentración recomendada de 1,5% (15 mg/ml). La Cimetidina se asocia con un mayor riesgo de efectos secundarios hepáticos y con ginecomastia (no está comercializado en España). La Famotidina y Nizatidina no tienen demostrada su eficacia y seguridad en niños.

Antiácidos: actúan de forma rápida neutralizando la secreción ácida, aliviando de esta forma los síntomas desencadenados por el reflujo. Los más utilizados son el hidróxido de aluminio y de magnesio (almagato) en tratamientos a corto plazo, en episodios de reflujo poco frecuentes. El uso crónico no se recomienda, porque tienen componentes absorbibles como el aluminio y magnesio, que ocasionan efectos adversos (osteopenia, anemia microcítica, raquitismo, neurotoxicidad, neutropenia). La utilización en niños requiere especial precaución en los lactantes.

Agentes barrera: ninguno de ellos está recomendado como tratamiento único.

- Alginato sódico: se trata de un fármaco que se desplaza hacia arriba, a la zona del fundus gástrico, produciendo un efecto puramente mecánico, como “tapadera”, durante aproximadamente 4 horas, impidiendo el reflujo del contenido gástrico (Figura 1)(16). Se puede utilizar solo (en casos leves) o en combinación con IBP, mejorando la eficacia en pacientes no respondedores al IBP. Los alginatos actúan como una alternativa en los casos de reflujo no ácido, mejorando la función de barrera de la unión esofagogástrica. Se recomienda utilizar durante cortos periodos de tiempo y no para el tratamiento crónico de la ERGE en el niño. Aunque existe poca experiencia en niños y su uso solo está incluido en ficha técnica para mayores de 12 años, se puede utilizar en menores (prescripción off label). Presenta buen perfil de tolerancia y seguridad, incluso en mujeres embarazadas y durante la lactancia. Actualmente en España, no se encuentran preparados comerciales para niños, pero sí los hay en otros países. Preocupa, no obstante, su alto contenido en calcio y sodio (al ir combinado con bicarbonato de sodio y carbonato cálcico). No se deben dar con grandes cantidades de leche o productos lácteos, y se debe tener en cuenta en pacientes que precisan dietas pobres en sal.

 

Figura 1. Efecto de acción del alginato sobre la cámara ácida que se forma tras la comida en la zona proximal del estómago. Crea una balsa o tapadera que flota por encima del contenido gástrico e impide el reflujo(16).

 

- El sucralfato es un quelante de sales biliares, por lo que resulta de utilidad en el reflujo alcalino duodenogástrico. Pero tiene tendencia a causar bezoar y posible toxicidad por aluminio. Existen escasos estudios en niños.

Procinéticos: aumentan el tono del EEI y mejoran el vaciamiento gástrico, pero debido a sus efectos secundarios han sido relegados a un segundo plano. Domperidona incrementa del riesgo de arritmias ventriculares graves o muerte súbita de origen cardíaco, por ello se recomienda utilizar la dosis mínima. La pauta de administración recomendada es 0,25 mg/kg cada 8 horas hasta un máximo de 30 mg/día. La metoclopramida puede asociarse con efectos secundarios neurológicos de tipo extrapiramidal, sobre todo, en lactantes y niños pequeños. Se contraindica en niños menores de 1 año y no se recomienda su uso en niños y adolescentes de edades comprendidas entre 1 y 18 años. El cisapride, dado su potencial arritmogénico (alargamiento del intervalo QTc), ya no está disponible en el mercado farmacéutico.

Tratamiento quirúrgico

Las indicaciones de la cirugía antirreflujo incluyen: el fracaso del tratamiento médico, la necesidad permanente de tratamiento, la falta de adherencia al tratamiento o los problemas respiratorios severos, claramente relacionados con RGE. La mayoría se realiza en pacientes que presentan patología de base neurológica, como parálisis cerebral. Cuando la indicación de la cirugía es la esofagitis crónica, debe comprobarse el diagnóstico con endoscopia, biopsia y pHmetría de 24 horas, excluyendo otras etiologías como esofagitis eosinofílica.

La técnica más empleada es la funduplicatura de Nissen por vía laparoscópica, ya que disminuye el tiempo de recuperación. Aunque se han descrito pocas complicaciones, es necesario explicárselas a la familia, incluyendo la recurrencia de síntomas. Precisan reintervención el 20% de los pacientes y el ratio de mortalidad se sitúa entre el 0-5%.

Actualmente, se están desarrollando nuevas técnicas quirúrgicas alternativas, mediante métodos endoscópicos y tratamiento endoluminal (con suturas, grapas, tratamientos térmicos, radiofrecuencia, neuroestimuladores, etc.).

Estenosis pilórica

La estenosis pilórica es la obstrucción digestiva a nivel pilórico, causada por la hiperplasia e hipertrofia de las capas musculares de la región antropilórica. Es la enfermedad que más comúnmente requiere intervención quirúrgica antes del primer año de vida.

Etiopatogenia

No se conoce la causa exacta, no se sabe si es congénita o adquirida, aunque se relaciona con varios factores etiopatogénicos.

La estenosis pilórica afecta típicamente a lactantes pequeños, entre las 2 y 8 semanas, con un pico entre las 3 y las 5 semanas. Los bebés prematuros pueden manifestar los síntomas más tarde que los a término. La prevalencia se ha estimado en 1 a 5 casos cada 1.000 neonatos.

Aunque no se conoce exactamente la causa de este fenómeno, se propone como hecho principal, una descoordinación entre el peristaltismo gástrico y la relajación pilórica, que llevaría a contracciones gástricas sobre un píloro cerrado y que causaría hipertrofia muscular. Se describe una afectación neurogénica (disminución de óxido nítrico sintetasa, calcitonina y sustancia P, a nivel neuronal) y miogénica (aumento de la expresión de factores de crecimiento similares a la insulina), lo que traduce, por una parte, una inervación deficitaria y, por otra, una hipertrofia de las células musculares a nivel pilórico(17).

En ella juegan un claro papel etiopatogénico diversos factores. Factores hereditarios poligénicos, predominio en raza blanca, hijos primogénitos y sexo masculino están claramente establecidos.

Existen otros factores predisponentes cuya relación no está clara y son objeto de estudio, como administración o exposición (a través de la leche materna) a eritromicina durante las primeras semanas de vida (su efecto procinético promovería la contracción de la musculatura gástrica y la hipertrofia muscular)(18), tabaquismo materno, ansiedad y estrés de la madre en periodo gestacional, infecciones y la influencia de variaciones estacionales, entre otros.

Clínica

Se presenta clínicamente como una obstrucción al flujo de salida del estómago.

El síntoma característico es la aparición de vómitos explosivos postpandriales, de carácter alimentario, en torno a las 3 semanas de vida (aunque no es habitual, el margen se extiende desde las primeras 24 horas hasta los 5 meses). Al principio, puede parecer regurgitación. Esto impide una alimentación adecuada, por lo que el paciente adelgaza, se estriñe y muestra avidez por la leche. Finalmente, el niño se deshidrata, apareciendo los signos clínicos característicos (pérdida de peso, sequedad de mucosas, enlentecimiento del tiempo de rellenado capilar, ausencia de lágrimas, alteración en el estado de conciencia y pérdida de turgencia de la piel).

Diagnóstico

El método más utilizado para confirmar el diagnóstico clínico es el ultrasonido abdominal.

Generalmente nos encontramos con un niño despierto, con ojos exaltados y ligeramente ictérico, que presenta un grado variable de desnutrición y deshidratación, en el que dependiendo de nuestra destreza podemos palpar el píloro engrosado (“oliva pilórica”: masa dura, lisa y ovalada de 1,5 o 2 cm).

El hallazgo analítico más característico es la alcalosis metabólica hipoclorémica, provocada por la pérdida de ácido clorhídrico con los vómitos, junto a un grado variable de hemoconcentración por la deshidratación. Por ello, puede aparecer elevación de la creatinina, BUN y densidad urinaria, sin signos de infección. Otro parámetro generalmente elevado, es la cifra de bilirrubina, debido al aumento de circulación enterohepática de bilirrubina y la disminución de la actividad glucoroniltransferasa por la disminución de tránsito. El preoperatorio para todos exige bioquímica completa y estudio de coagulación.

La prueba prínceps en esta patología es la ecografía del píloro. Permite medir el píloro. Si se logra evidenciar un espesor pilórico mayor de 4 mm, una longitud mayor de 15 mm y un estrechamiento del canal (“signo de doble riel”), nos encontramos ante signos inequívocos de estenosis del píloro. Aunque en niños prematuros o de bajo peso hay que ser cauteloso en su interpretación. El transito gastroduodenal con contraste solo se indica cuando existen dudas.

Diagnóstico diferencial

La sospecha de estenosis hipertrófica de píloro en un lactante debe contrastarse con otros procesos que cursan con vómitos.

El diagnóstico diferencial incluye alteraciones que ponen en peligro la vida del lactante, como un vólvulo intestinal asociado o no a una rotación anómala y que cursa con vómitos biliosos y rápido deterioro del estado general, una invaginación que suele ocurrir en lactantes más mayores, una enterocolitis necrotizante, una sepsis neonatal o trastornos metabólicos que se presentan con vómitos, letargia e hipoglucemia. Otros trastornos obstructivos congénitos del tubo digestivo como: la atresia intestinal, el páncreas anular y la atresia duodenal, deben ser considerados.

Trastornos más comunes como: reflujo gastroesofágico, infecciones respiratorias, gastrointestinales y urinarias, también se pueden presentar durante la edad neonatal con clínica similar, debiendo en ocasiones recurrir a exploraciones complementarias.

Tratamiento

El tratamiento es quirúrgico, ya que carece prácticamente de complicaciones y el pronóstico excelente.

Aunque el tratamiento actualmente es quirúrgico, se deben corregir antes los trastornos hidroelectrolíticos (alcalosis, hipocloremia, hipokalemia y deshidratación) antes de que el paciente entre al quirófano. La estabilización puede demorarse unas 24 a 48 h. La cirugía no es urgente. Si el paciente entra en la sala de operaciones con alcalosis metabólica, se aumenta el riesgo de apnea posoperatoria; además, el estrés quirúrgico puede empeorar los trastornos electrolíticos.

El tratamiento definitivo es la pilorotomía extramucosa, mediante abordaje laparoscópico umbilical o suprambilical, con anestesia espinal(19). Tiene una mortalidad menor al 0,5 % y la recuperación es muy rápida. En general, se reinicia la alimentación con leche materna o artificial de forma temprana. Los estudios de seguimiento no han demostrado diferencias significativas respecto al tiempo de vaciamiento gástrico o al reflujo duodenogástrico, entre pacientes sometidos a pilorotomía y los controles.

El tratamiento médico con antiespasmódicos se había dejado de usar desde mediados de 1960. Sin embargo, está siendo reevaluado recientemente por diferentes investigadores. Existen estudios que abordan el tratamiento farmacológico con sulfato de atropina a dosis de 0,01 mg/kg intravenoso, hasta que se resuelven los vómitos y, posteriormente, vía oral a dosis de 0,02 mg/kg cada 4 horas antes de las tomas, con buenos resultados y escasos efectos secundarios. No obstante, por el momento se recomienda el tratamiento quirúrgico, dada la facilidad de la técnica(20).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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15.** Orenstein SR, Hassall E, Furmaga-Jablonska W, Atkinson S, Raanan M. Multicenter, doublé-blind, randomized, placebo- controlled trial assessing the efficacy and safety of proton pump inhibitor lansoprazol in infants with symptons of gastro-esophageal reflux disease. J Pediatric. 2009; 90: 956-60.

16. Serra Pueyo J. Puesta al día en el reflujo gastroesofágico. Gastroenterol Hepatol. 2014; 37: 73-82.

17.** Paredes Esteban RM, Salas Molina J, Ocana Losa JM, García Ruiz M. Estudio inmunohistoquímico en la estenosis hipertró­fica del píloro. Cir Pediatr. 2003; 16: 61-5.

18.** Sørensen HT, Skiver MV, Pedersen L, Larsen H, Ebbesen F, Schønheyder HC. Risk of infantile hypertrophic pyloric stenosis after maternal postnatal use of macrolides. Scand J Infect Dis. 2003; 35: 104-6.

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20.** Noguera-Valverde Ronald Armando. Estenosis hipertrófica del píloro. Rev Cubana Pediatr. 2009; 81(3). [consultada el 8 de septiembre 2014]. Disponible en: http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-75312009000300008&lng=es.

Bibliografía recomendada

- Torré M, Molina JC. Vómitos. En: Protocolos diagnósticos terapéuticos de la Asociación Española de Pediatría: Urgencias Pediatría. Madrid. Asociación Española de Pediatría, 2010. (acceso 8 de septiembre de 2014). Disponible en http://www.aeped.es/documentos/protocolos-urgencias-pediatricas.

Protocolo actualizado de la Asociación Española de Pediatría. Contiene, en términos sencillos y prácticos, el diagnóstico etiológico de los vómitos.

- Vilar PJ, Barrio A, Marugán JM. Regurgitación y enfermedad por reflujo gastroesofágico, síndrome de vómitos cíclicos y vómitos crónicos o recurrentes de otra etiología. An Esp Pediatr. 2002; 56: 151-164.

Se trata de una serie de guías prácticas sobre nutrición, recomendadas por la Sociedad Española de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. En ellas, se recogen recomendaciones diagnósticas y terapéuticas.

- González Rodríguez MP. Metaanálisis: utilización de ondansetrón en los vómitos en la gastroenteritis aguda en los niños. Evid Pediatr. 2009; 5:76. Traducción autorizada de: Centre for Reviews and Dissemination (CRD). Meta-analysis: ondansetron for vomiting in acute gastroenteritis in children. University of York. Database of Abstracts of Review of Effects web site (DARE) [en línea] [Fecha de actualización: 2009. Fecha de consulta: 4-09-2014]. Disponible en: http://www.crd.york.ac.uk/CRDWeb/ShowRecord.asp?ID=12007000782.

Esta revisión concluyó diciendo que hay evidencia insuficiente para recomendar la utilización rutinaria de ondansetrón en los vómitos producidos en el curso de las gastroenteritis agudas en los niños, a pesar de que tiene algunos beneficios clínicos.

- Campanozzi A, Boccia G, Pensabene L et al. Prevalencia e historia natural del reflujo gastroesofágico: encuesta prospectiva pediátrica. Pediatrics. 2009; 67 (3): 145-149.

Estudio interesante en el que se evalúa la prevalencia e historia natural de la regurgitación en lactantes italianos durante los 2 primeros años de vida, utilizando por primera vez los criterios Roma III.

- Hyman PE, Milla PJ, Benninga MA, Davidson GP, Fleiser DF, Taminiau J. Childhood functional gastrointestinal disorders: neonato/toddler. Gastroenterology. 2006; 130: 1519-1526.

Documento de consenso establecido por un comité de expertos, acerca de los trastornos funcionales gastrointestinales, donde se distinguen dos grandes categorías según la edad: para los menores de 5 años y para un segundo de escolares y adolescentes.

- ESPGHAN Committee on Nutrition. Antireflux or antiregurgitation milk products for infants ang young children: a commentary by ESPGHAN Committee on Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2002; 34: 496-498.

Últimas recomendaciones del Comité de Nutrición de la ESPGHAN para la utilización de fórmulas antirregurgitación, aconsejando su uso solo cuando las regurgitaciones ocasionan escasa ganancia de peso; no se deben utilizar indiscriminadamente en todo lactante que regurgite.

- Ortigosa L, Armas H. Reflujo gastroesofágico. An Pediatr Contin. 2007; 5: 313-322.

Es un excelente artículo de revisión del reflujo gastroesófagico en niños. Es útil para quien desee conocer los aspectos básicos de esta patología, en términos claros y sencillos.

- Carbajo AJ. Vómitos y regurgitaciones. Reflujo gastroesofágico. Pediatr Integral. 2003; 7: 15-33.

Este artículo contiene una revisión actualizada del RGE, presentando algoritmos de gran utilidad práctica en el manejo diagnóstico y terapéutica de distintos aspectos de la enfermedad.

- Armas H, Ferrer JP. Reflujo gastroesofágico. En: Protocolos diagnósticos y terapéuticos en Pediatría (monografía en Internet). Madrid. Asociación Española de Pediatría, 2003. (acceso 8 de septiembre de 2014). Disponible en www.aeped.es/protocolos/gastroenterol/19.pdf.

Artículo que revisa aspectos fisiopatológicos, clínicos, diagnósticos y terapéuticos del RGE. Establecen un algoritmo para el manejo de la pHmetría en combinación con otras pruebas.

- Armas H, Molina M, Peña L, et al. Indicaciones actuales de la monitorización de la pHmetría esofágica. An Esp Pediatr. 2002; 56 :49-56.

Realizado por un grupo de trabajo de la Sociedad Española de Gastroenterología y Nutrición Pediátrica (SEGHNP). Establece las consideraciones técnicas, indicaciones e interpretación de la pHmetría.

- Cano I, García A, Antón-Pacheco J. Influencia del reflujo gastroesofágico en el desarrollo de enfermedades de la vía aérea superior. An Pediatr, Monogr. 2003; 1: 47-54.

Se trata de una revisión de la patología otorrinolaringológica, en la que el RGE puede ser un factor agravante o cronificador. Se describe la técnica del lavado broncoalveolar para la detección de macrófagos cargados de lípidos, procedentes de aspiración.

- Vandenplas Y, Rudolph CD, Di Lorenzo C, et al. Pediatric gastroesophageal reflux clinical practice guidelines: joint recommendations of the North American Society of Pediatric Gastroenterology, Hapatology, and Nutrition and the European Society of Pediatric Gastroenterology, Hepatology and Nutrition. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2009; 49: 498-547.

Guía clínica sobre reflujo gastroesofágico que recoge las recomendaciones de la Sociedad Norteamericana de Gastroenterología Pediátrica, Hepatología y Nutrición (NASPGHAN) y la Sociedad Europea de Gastroenterología Pediátrica, Hepatología y Nutrición (ESPGHAN). Proporciona directrices para el diagnóstico y tratamiento del RGE y de la ERGE en la población pediátrica, aunque no como sustituto de un adecuado juicio clínico. Se establece el grado de evidencia científica de cada recomendación.

- Lightdale JR, Gremse DA and Section on Gastroenterology, Hepatology and Nutrition. Gastroessophageal reflux: management guidance for the pediatrician. Pediatrics. 2013; 131: e1684-95.

Nueva guía, en la que se describe las distintas opciones de tratamiento en niños por reflujo gastroesofágico y enfermedad por reflujo gastroesofágico.

- Comité de Medicamentos de la Asociación Española de Pediatría. Pediamécum. Edición 2012. Ranitidina, Omeprazol, Lansoprazol, Esomeprazol. Disponible en: http://www.pediamecum.es. Consultado en (10/08/1014).

Es una base de datos documental totalmente actualizada de los principios activos de uso común en Pediatría, creada y mantenida por el Comité de Medicamentos de la Asociación Española de Pediatría.

- Orenstein SR, Hassall E, Furmaga-Jablonska W, Atkinson S, Raanan M. Multicenter, doublé-blind, randomized, placebo- controlled trial assessing the efficacy and safety of proton pump inhibitor lansoprazol in infants with symptons of gastro-esophageal reflux disease. J Pediatric. 2009; 90: 956-60.

Se trata de una revisión de estudios que evalúan la eficacia de distintos IBP (esomeprazol [EPZ], lansoprazol [LPZ], pantoprazol [PPZ] y omeprazol [OPZ]), para tratar los síntomas de la enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), diagnosticada clínicamente en lactantes de 1 a 12 meses de edad.

- Serra Pueyo J. Puesta al día en el reflujo gastroesofágico. Gastroenterol Hepatol. 2014; 37: 73-82.

Trabajo que recoge avances en el conocimiento de la fisiopatología del reflujo, como es la identificación del papel del sobrenadante de ácido postpandrial y que permite recomendar el tratamiento con fármacos, que intentan actuar sobre la barrera de la unión esofagogástrica.

- Paredes Esteban RM, Salas Molina J, Ocana Losa JM, García Ruiz M. Estudio inmunohistoquímico en la estenosis hipertró­fica del píloro. Cir Pediatr. 2003; 16: 61-5.

Estudio relacionado con la etiopatogenia de la estenosis pilórica, basado en técnicas de inmunohistoquímica para valorar el desarrollo neuronal en el músculo pilórico. Se demuestra una escasa inervación en el músculo pilórico de los bebés, que han presentado estenosis pilórica.

- Sørensen HT, Skiver MV, Pedersen L, Larsen H, Ebbesen F, Schønheyder HC. Risk of infantile hypertrophic pyloric stenosis after maternal postnatal use of macrolides. Scand J Infect Dis. 2003; 35: 104-6.

Estudio retrospectivo realizado en Dinamarca, en que se concluye que la exposición a macrólidos a través de la leche materna aumenta el riesgo de presentar estenosis pilórica.

- Fernández Jimenez J, Sánchez Abuín A, De Diego García E et al. Estenosis hipertrófica de píloro y anestesia espinal. Bol Pediatr. 2009; 49: 2444-247.

Trabajo español en el que se demuestra la facilidad de la técnica de intervención de la estenosis pilórica, mediante anestesia espinal, logrando una más rápida recuperación.

 

Caso clínico

 

Niño de 1 mes y 10 días de vida, con antecedentes de embarazo no controlado y parto eutócico. Peso al nacimiento de 3.100 g y talla de 50 cm. Lactancia materna desde el nacimiento, ha comenzado a ayudar con una pequeña cantidad de fórmula artificial hace dos semanas, porque cree que se queda con hambre. Refiere regurgitaciones ocasionales. Desde los 30 días de edad, las regurgitaciones se han hecho más frecuentes y abundantes y desde hace 24 horas presenta vómitos frecuentes, postprandiales precoces y explosivos con estreñimiento. Asocia llanto permanente, toma con avidez, y presenta escasa ganancia de peso. No ha tenido fiebre en ningún momento.

Exploración física: P: 3.900 g. Signos de deshidratación moderada. Abdomen blando, sin visceromegalias, se palpa dudosa oliva pilórica en el cuadrante superior derecho.

 

 


 

 

Dolor abdominal agudo en la infancia

Temas de FC


R.E. Lora-Gómez

Doctor en Medicina y Cirugía. Médico Especialista en Pediatría.
Unidad de Gestión Clínica Los Montecillos de Dos Hermanas. Sevilla 

Resumen

En nuestra práctica diaria, es frecuente encontrarnos con niños que presentan dolor abdominal agudo (DAA). La mayoría de los casos carecerán de relevancia clínica; aunque sí es cierto que el DAA genera angustia en la mayoría de los padres y madres. Son necesarios conocimientos médicos y suficiente experiencia clínica para dilucidar, en poco tiempo y con escasos medios, si ese niño puede presentar una patología grave y si ésta puede ser subsidiaria de cirugía urgente. Una buena anamnesis, dirigida hacia las patologías más frecuentes por tramos etarios, y una cuidadosa exploración física siguen siendo los pilares en la orientación diagnóstica del DAA. Una o más exploraciones complementarias serán, a veces, necesarias para acercarnos o llegar al diagnóstico. Ante la duda, se debe consultar o derivar pues, a veces, puede de ello depender la vida del paciente. Por su frecuencia e importancia, valoraremos especialmente en este artículo, la invaginación intestinal y la apendicitis aguda.

 

Abstract

In our daily practice is common to find children with Acute Abdominal Pain (DAA). Most cases will lack clinical relevance, although it is true that the DAA is distressing for most parents. Medical and sufficient clinical experience to elucidate soon and with little means knowledge is necessary if the child may have a serious condition and if it can be in favor of urgent surgery. A good history directed toward the most common diseases by age ranges and careful physical examination remain the cornerstones in the diagnostic orientation DAA. One or more additional tests are sometimes necessary to approach or reach a diagnosis. When in doubt should consult with or refer, because sometimes it can depend on the patient’s life. By frequency and importance will value this article especially intussusception and acute appendicitis.

 

Palabras clave: Dolor abdominal agudo; Invaginación intestinal; Apendicitis aguda.

Key words: Acute abdominal pain; Intestinal invagination; Acute appendicitis.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(4): 219-228


Dolor abdominal agudo en la infancia

 

Introducción

Son necesarios, para una correcta valoración de un dolor abdominal agudo en la edad pediátrica, una serie de conocimientos médicos, así como suficiente experiencia clínica pediátrica, que nos permita diferenciar una abdominalgia realmente urgente, de otra que no parece serlo. Debemos reconocer lo que puede esperar en la sala de espera y lo que debe pasar de inmediato, y debemos saber qué mandar a un Servicio de Urgencias hospitalario, por sospecha de patología que precise cirugía urgente(1,2).

En Pediatría de Atención Primaria, el dolor abdominal constituye uno de los motivos de consulta más frecuente, tanto en su presentación como episodios agudos, como en la presentación de dolores abdominales de manera intermitente y recurrente. En el caso de cuadros agudos, existe mayor número de causas orgánicas; mientras que, en el dolor abdominal crónico o recidivante, encontramos con mayor frecuencia una etiología funcional(3).

El dolor abdominal agudo (DAA) comprende todas aquellas situaciones clínicas donde el síntoma principal es la sensación dolorosa intensa abdominal. Representa, por ello, un claro motivo de urgencia. El dolor puede ser secundario a múltiples causas, tanto relacionadas con patologías intraabdominales, como extraabdominales(4,5).

El estudio y manejo del dolor abdominal agudo son de gran importancia, pues de una correcta valoración, puede depender, en ocasiones, la vida del paciente. En el ámbito extrahospitalario, contamos con muy escasos exámenes complementarios que nos puedan ayudar a investigar la etiología del cuadro clínico; por lo que, una buena anamnesis y exploración física son esenciales en la valoración de un dolor abdominal agudo. En el ámbito hospitalario, se realizan una cuidada anamnesis y exploración física, ayudadas, si procede, de algunas exploraciones complementarias, las que permitan llegar a un correcto diagnóstico y descartar precozmente una causa que precise tratamiento quirúrgico inmediato, denominado abdomen agudo(6).

Fisiopatología

El dolor abdominal agudo puede estar originado tanto a nivel abdominal como extraabdominal. Puede presentarse como: dolor visceral, dolor somático-peritoneal o dolor referido.

El tipo de dolor abdominal agudo puede ser, en función de su origen, abdominal o extraabdominal.

Abdominal: el que se origina en cualquier segmento del tubo digestivo, en cualquier víscera sólida o estructura abdominal (hígado, bazo, páncreas, vesícula o mesenterio), del sistema genitourinario, de la columna vertebral, de la piel o estructuras blandas de la pared abdominal.

Extraabdominal: cuyo origen puede situarse fuera del abdomen, como puede ser el tórax, estructuras ORL o bien neuropsicológico.

Fisiopatológicamente, el dolor abdominal agudo puede ser de tres tipos: dolor visceral, dolor somático o peritoneal y dolor referido.

El dolor visceral tiene su origen en los receptores situados en las vísceras huecas o sólidas abdominales, en las serosas que las recubren o en el peritoneo visceral. Es un dolor de transmisión lenta y se hace a través de las fibras C de las vías aferentes vegetativas. Se percibe con poca precisión, está mal localizado y es difuso. Frente a este dolor, el paciente tiende a doblarse sobre sí mismo para calmarlo, cambia frecuentemente de postura y muestra inquietud. La intensidad suele ser variable y se asocia con frecuencia a manifestaciones vagales.

El dolor somático o peritoneal tiene su origen en los receptores del peritoneo parietal, piel y músculos, y es conducido por las fibras aferentes de tipo A de los nervios espinales, que son fibras de transmisión rápida. Se trata de un dolor que se localiza bien, punzante, muy intenso y que provoca una quietud absoluta, originando una clara posición antiálgica, la cual se intenta mantener de una forma permanente.

El dolor referido es el que tiene su origen en regiones alejadas de donde se manifiesta. Se trata de un dolor de proyección cerebral, cuyo origen puede ser tanto visceral como somático(7).

Diagnóstico

El estudio diagnóstico del dolor abdominal agudo se basa en: una obtención pormenorizada de datos anamnésicos, una metódica exploración física y una petición racional de pruebas complementarias.

Es fundamental, el conocimiento de las principales patologías, que pueden dar DAA según tramos etarios y frecuencia (Tabla I).

 

 

Anamnesis

Antecedentes: episodios previos similares, cirugía abdominal, historia familiar de DAA, traumatismos, alimentos consumidos, medicamentos recibidos, ingestión accidental o intencionada de drogas, antecedentes ginecológicos u obstétricos y otras patologías personales o familiares previas de interés.

Modo de presentación: agudo, gradual o intermitente. El dolor repentino o súbito suele indicar problemas mecánicos, como: perforación intestinal, invaginación, embarazo ectópico o torsión ovárica o testicular. Cuando la presentación es lenta, se asocia con procesos inflamatorios, como: apendicitis, pancreatitis o colecistitis. La presentación intermitente, con carácter cólico, suele corresponder con: dolores referidos de vesícula biliar o de sus conductos, de conductos pancreáticos, riñón o vías urinarias, del útero o de las trompas de Falopio.

Duración: un dolor abdominal severo de más de seis horas de evolución es sugerente de patología quirúrgica.

Tipo: continuo, cólico punzante o difuso. El dolor continuo se da en relación con procesos inflamatorios agudos. El dolor cólico punzante sugiere obstrucción del tracto gastrointestinal o del genitourinario. El dolor difuso suele presentarse en situaciones evolucionadas de los anteriores procesos.

Localización: epigastrio, periumbilical, hipogastrio o suprapúbico, generalizado y sacro. El dolor situado en epigastrio puede ser originado en: hígado, páncreas, vías biliares, estómago y porción alta del intestino delgado. A nivel periumbilical, encontramos el procedente de porción distal del intestino delgado, ciego y colon proximal. En hipogastrio o suprapúbico, el originado en parte distal del intestino grueso, vías urinarias y órganos pélvicos. El dolor generalizado puede encontrarse en casos de dolor referido de otros órganos no abdominales. La localización sacra se relaciona con el dolor originado en recto.

Síntomas asociados: digestivos (vómitos, diarrea o estreñimiento, anorexia) o extradigestivos (fiebre y cefalea, síntomas respiratorios, síntomas urinarios, síntomas ginecológicos en adolescentes). Los vómitos persistentes, alimentarios, biliosos, fecaloideos y los posteriores al dolor, orientan más a una patología quirúrgica. Otras veces, los vómitos se asocian a gastroenteritis o cólicos biliares, o renales. Conocer si coexiste con el dolor, diarrea o estreñimiento y la presencia de moco, pus o sangre en heces, nos serán de ayuda orientativa hacia procesos como: gastroenteritis, enfermedad de Hirschprung, enfermedad inflamatoria intestinal, invaginación, divertículo de Meckel o púrpura de Schönlein-Henoch. La anorexia asociada a dolor abdominal, sugiere posible patología quirúrgica. La fiebre y cefalea son síntomas más asociados a problemas infecciosos, pero su unión con afectación del estado general nos hará pensar en problemas quirúrgicos. Cuando la fiebre es muy alta desde el comienzo, sugiere patología infecciosa(8). La presencia de síntomas respiratorios nos obligará a descartar neumonía de lóbulos inferiores. Los síntomas urinarios pueden estar asociados a: infección de orina, cólico renal, pielonefritis, síndrome hemolítico-urémico o púrpura de Schönlein-Henoch, entre otros. Los síntomas ginecológicos en adolescentes pueden estar en relación con: enfermedad inflamatoria pélvica, embarazo ectópico, aborto o dismenorrea.

Exploración física

Exploración física general: es fundamental crear, siempre que sea posible, una buena empatía con el niño y ganarnos su confianza para que nos deje explorar de manera correcta. Debemos valorar la sensación de gravedad del paciente, su estado de consciencia, su actividad, la presencia de fiebre, estado de frecuencia cardiaca (la taquicardia marcada, puede sugerir un estado de shock compensado, indicativo de una sepsis o hipovolemia), tipo de respiración (una respiración rápida con dolor abdominal, sugiere una peritonitis o una neumonía; una respiración tipo Kusmaull, puede corresponderse con una cetoacidosis diabética), estado de tensión arterial (hipertensión en púrpura de Schönlein-Henoch y síndrome hemolítico-urémico; shock hipovolémico y adolescente puede relacionarse con un embarazo ectópico) y perfusión periférica… Buscaremos signos de posibles causas extraabdominales, como: focos infecciosos ORL, meningitis, neumonía, ITU… En piel, la presencia de púrpura nos sugerirá al explorar un dolor abdominal, la posibilidad de que el paciente presente una púrpura de Schönlein-Henoch; la presencia de eritema nodoso y piodermitis granulosa, se asocia a enfermedad inflamatoria intestinal.

Exploración física abdominal:

1. Inspección: cicatrices de cirugía previa, distensión, hematomas, rash, petequias, púrpura, inflamación externa, masas inguinales o escrotales, signos externos de movimientos intestinales…

2. Auscultación: la presencia de ruidos abdominales con signos de lucha y alternándose con periodos de silencio, sugieren obstrucción. La disminución de ruidos abdominales nos hace pensar en peritonitis y la ausencia total de ellos nos indicará la existencia de un íleo. Debemos realizar también auscultación cardiopulmonar, pues pueden hallarse signos que nos ayuden al diagnóstico del dolor abdominal (disminución de murmullo vesicular en casos de neumonías, auscultación de latidos cardíacos de predominio en hemitórax derecho en casos de situs inversus…).

3. Percusión: la presencia de un timpanismo generalizado nos hará pensar en obstrucción o perforación intestinal. La existencia de matidez nos ayudará a valorar organomegalias y áreas de defensa generadas por peritonismo.

4. Palpación: deberemos realizarla de manera suave y valorando la expresión del niño, buscando rigideces y masas. La iniciaremos por el área menos dolorosa y, finalmente, localizaremos el área de mayor intensidad dolorosa. También, buscaremos signos como el de Blumberg, Rovsing o el de McBurney. Debemos conocer la correlación anatómica de los nueve cuadrantes, en los que puede ser dividido el abdomen. Constituye la parte más importante de la exploración, para evaluar el aparato digestivo, y requiere una sistematización y dedicación, que no permita pasar por alto detalles que pudieran ser importantes(9).

5. Tacto rectal: en situaciones de sospecha de síndrome peritoneal, permite conocer si existe dolor lateralizado a nivel del fondo de saco de Douglas o algún efecto masa. Resulta útil en la valoración de retención fecal y contribuye a valorar genitales internos en niñas, puesto que facilita la palpación del cuello y cuerpo uterino, así como la inflamación de anejos.

6. Maniobras activas: en caso de afectación peritoneal, se encuentran limitadas las siguientes maniobras: sentarse desde la posición de tumbado, levantar las piernas o intentar saltar.

7. Genitales externos: en el varón, la existencia de balanitis o uretritis puede justificar la existencia de dolor abdominal agudo. La inflamación testicular con hidrocele puede hacernos sospechar la posible afectación del cordón espermático, una torsión testicular o la existencia de una hernia inguinal. A veces, podemos encontrarnos como causa de dolor abdominal, las consecuencias clínicas evolutivas de un himen imperforado o de una atresia vaginal.

Exploraciones complementarias

La profusa etiología del dolor abdominal agudo nos enfrenta a múltiples posibles pruebas complementarias. Será cada situación clínica, la que nos hará racionalmente seleccionar uno o varios exámenes complementarios que nos aproximen o identifiquen la causa diagnóstica (Tabla II).

 

 

Hematimetría: la leucocitosis con neutrofilia se encuentra en la mayoría de los casos de apendicitis, en algunas colecistitis y en aproximadamente, la mitad de los casos de obstrucción intestinal. La presencia de anemia nos orientará a patología con pérdidas sanguíneas. El examen de células periféricas puede evidenciar la destrucción de hematíes y la existencia de trombopenia, como señales de un síndrome hemolítico-urémico.

Bioquímica: los niveles en suero de amilasa, transaminasas y lacticodeshidrogenasa, ayudarán en el diagnóstico de pancreatitis, enfermedades del tracto biliar o hepatitis. Los niveles de urea y creatinina nos ayudarán en la valoración de función renal y estado de hidratación. Podemos encontrar hiperglucemia con acidosis metabólica, en situaciones de cetoacidosis diabética. Una acidosis respiratoria nos guiará a estudiar patologías respiratorias que puedan ocasionar dolor abdominal. Tanto una VSG elevada como una PCR elevada son elementos de sospecha de infección e inflamación(6).

Orina: piuria en infecciones urinarias o en casos de apéndice retrocecal o próximo a la uretra. Puede existir hematuria en litiasis renal e infecciones de orina. Si la hematuria se asocia a proteinuria, tendremos que valorar la posibilidad de una púrpura de Schönlein-Henoch o de un síndrome hemolítico-urémico. Glucosuria y cetonuria podemos hallarlas en debut diabético.

Test de embarazo: en adolescentes con actividad sexual. En primer lugar, para descartar la posibilidad de embarazo antes de realizar estudios radiológicos. En segundo lugar, para el estudio de DAA en situaciones de embarazo, como embarazo extrauterino.

Radiografía simple de abdomen: en bipedestación, decúbito supino o decúbito lateral derecho, principalmente. Valorar silueta, tamaño y localización de riñones, hígado y bazo. Los bordes del psoas deben ser nítidos, su borrosidad podrá indicarnos un proceso inflamatorio o un tumor retroperitoneal. La existencia de calcificaciones podemos encontrarlas en litiasis de vías biliares o de vías urinarias; también, en: apendicolitos, ganglios calcificados y en algunos tumores. Será patológica la existencia de niveles hidroaéreos, asas dilatadas o engrosadas y la presencia de neumoperitoneo o de neumatosis intestinal. Podemos encontrarnos ausencia de aire distal en el síndrome obstructivo.

Ecografía abdominal: es una prueba de imagen de gran relevancia dentro del estudio de DAA. Presenta utilidad en la valoración de apendicitis aguda y es altamente válida en la invaginación intestinal. Ayuda al diagnóstico de patología pancreática, de vesícula biliar, hidronefrosis, quistes ováricos, torsiones ováricas y presencia de embarazos. La ecografía doppler será de gran ayuda diagnóstica en la torsión testicular y en la epididimitis.

Tomografía computarizada abdominal: puede ayudar en algunas apendicitis, en tumores y traumatismos abdominales.

Otros exámenes complementarios: según la particularidad de cada caso, como: radiografía anteroposterior de tórax, en casos de sospecha de patología pulmonar, como neumonías basales; o estudios de moco cervical y vaginal, en casos de sospecha de enfermedad inflamatoria pélvica.

Invaginación intestinal

Es la causa más frecuente, de obstrucción intestinal entre los 2 meses y los 2 años de vida. Se estima su incidencia en 0,5-4/1.000 nacidos vivos, siendo más frecuente en varones (4:1) y en raza blanca.

Su etiología es desconocida en el 95% de los casos. Es frecuente que aparezca tras una gastroenteritis aguda o infecciones respiratorias, por la hipertrofia del tejido linfático. La localización más frecuente, entre el 70-75% de los casos, es la ileocólica, siendo en un 10% ileoileal. En un 5-10% de los casos, se encuentra su origen en: un divertículo de Meckel, una duplicación, un pólipo o, en niños mayores, se ha encontrado asociado a afecciones linfoides del intestino. La porción intestinal proximal se introduce dentro del segmento distal, produciendo una compresión vascular que lleva a una isquemia con edema y sangrado.

El cuadro clínico consiste, habitualmente, en: dolor abdominal brusco, con encogimiento, palidez e irritabilidad. Inicialmente, el paciente permanece asintomático entre las crisis de dolor, pero, al cabo de unas horas, aparece palidez y decaimiento. Existen vómitos, aproximadamente, en un 50% de los casos. Al principio, puede haber heces de consistencia normal, pero, es frecuente, el estreñimiento acompañado de la ausencia de expulsión de gases por ano. La aparición de heces en “jalea de grosella”, con sangre y moco, ocurre cuando el cuadro clínico está ya evolucionado. En cualquier niño menor de tres años, con crisis agudas de dolor abdominal tipo cólico, debe sospecharse el diagnóstico de invaginación abdominal(10).

La exploración física suele ser normal entre los episodios y, en ocasiones, puede palparse la cabeza de la invaginación, “morcilla”, habitualmente en la parte superior del hemiabdomen derecho. Al progresar el cuadro clínico, la palpación abdominal se hace dolorosa, con signos de peritonismo y distensión abdominal. Al tacto rectal, se puede apreciar mucosidad sanguinolenta y, en raras ocasiones, el intestino invaginado prolapsa a través de ano.

El diagnóstico, fundamentalmente, es clínico. La radiografía abdominal puede estar alterada en el 90% de los casos, con distribución anómala del aire, imagen en “lengua de gato”, efecto de masa, distensión de asas del intestino delgado, niveles hidroaéreos… Una radiografía de abdomen normal no es excluyente de invaginación intestinal. La ecografía abdominal confirma el diagnóstico, con imagen típica de “diana” o “rosquilla”. El enema opaco proporciona la típica imagen en escarapela.

El tratamiento consiste en la reducción hidrostática, mediante enema opaco, enema de aire o suero salino, bajo estricto control radiológico. Está contraindicada esta técnica en casos de: sospecha de perforación o necrosis, invaginación ileoileal, distensión abdominal importante, hemorragia rectal, shock o cuadro clínico de 48 o más horas de evolución. En el caso de fallo resolutorio mediante enema o si éste estuviera contraindicado, se procederá a la reducción quirúrgica.

La tasa de éxito de la reducción radiológica guiada mediante fluoroscopia o ecografía es de alrededor del 50%, si los síntomas duran más de 48 horas, y del 70-90%, si la reducción se realiza en las primeras 48 horas. Las perforaciones intestinales ocurren en el 0,5-2,5% de los intentos de reducción con bario o hidrostática (salino). La tasa de perforación con la reducción con aire varía entre el 0,1 y el 0,2%.

La recurrencia suele estar entre un 5-8%, con tratamiento conservador, y alrededor de un 2% con tratamiento de reducción quirúrgica. El riesgo mayor de recidiva se produce en el periodo de 24 horas tras la reducción.

Apendicitis aguda

La apendicitis aguda es la urgencia abdominal quirúrgica de mayor frecuencia en la infancia. Su incidencia máxima se sitúa entre los 6 y 12 años de edad, siendo excepcional en menores de 2 años. Se estima una incidencia anual de 4 casos por cada 1.000 niños menores de 14 años. Existe un predominio de varones frente a mujeres, en la mayoría de las series. Con respecto al establecimiento diagnóstico, hay que mencionar que es más difícil en la infancia que en la edad adulta, y de especial dificultad en niños menores de 4 años. En el grupo de 1 a 4 años, existe un mayor riesgo de evolución y perforación, pudiendo llegar este riesgo hasta el 75% para dicho grupo etario.

La clínica se caracteriza por un cuadro de dolor, inicialmente, periumbilical o epigástrico, con posterior emigración hacia fosa ilíaca derecha. Inicialmente, el dolor de tipo visceral, manifestándose como un dolor sordo y urente; posteriormente, al evolucionar el proceso inflamatorio y haber participación del peritoneo, se pone en marcha el reflejo peritoneocutáneo de Morley y el dolor se localiza con más precisión, en fosa ilíaca derecha. El dolor puede aparecer, también, en otras localizaciones, como: hipogastrio, pelvis o en ingle, si el apéndice tiene localización retrocecal. En otras ocasiones, el dolor puede estar situado en fosa ilíaca izquierda, como ocurre en pacientes donde su apéndice, debido a su particular desarrollo embriológico, aparece en dicha localización. El dolor empeora con los movimientos e incluso con la tos. Pueden aparecer otros síntomas, como: náuseas, vómitos, estreñimiento, diarrea, febrícula o fiebre y anorexia. También, pueden presentarse síntomas miccionales. Es muy importante preguntar si el paciente está recibiendo o ha recibido recientemente antibioterapia o analgesia, pues la sintomatología puede estar enmascarada.

A la exploración física, podremos encontrarnos defensa abdominal y rigidez si existe perforación, existiendo los signos clásicos de peritonismo (Blumberg, del psoas y del obturador).

El diagnóstico es eminentemente clínico; si bien, en el hemograma suele existir leucocitosis con neutrofilia y en la radiografía de abdomen, que aunque puede ser normal, también puede aparecer, ocasionalmente: signos de efecto masa, obliteración de la imagen del psoas, escoliosis antiálgica, asa centinela, aire extraintestinal o presencia de apendicolito. La ecografía puede ser de gran utilidad, visualizándose la imagen de absceso. La TAC puede ser de ayuda diagnóstica en casos seleccionados(11). Aunque el diagnóstico a veces es claro, otras veces puede dar una lección de humildad, incluso a los clínicos más experimentados(12).

El tratamiento de la apendicitis aguda es quirúrgico, teniendo en los últimos años, un aumento del uso de cirugía laparoscópica(13,14). Si existe perforación, será necesaria también, la administración de antibióticos. Una perforación de apéndice puede dar, como daño colateral, una futura infertilidad femenina.

Linfadenitis mesentérica

Suele presentarse como un cuadro de dolor localizado en zona periumbilical o fosa ilíaca derecha, de carácter intermitente y que puede venir acompañado de náuseas y vómitos. Aparece, habitualmente, en mayores de 2-3 años.

Su etiología es desconocida, si bien, se ha relacionado con la existencia de cuadros infecciosos respiratorios previos y con infección intestinal por Yersinia enterocolítica. Histológicamente, se observa una hiperplasia nodular linfoide de los folículos situados en la lámina propia intestinal.

A veces, puede representar un diagnóstico diferencial difícil con una apendicitis aguda, teniendo en más de una ocasión que recurrir a la laparotomía. En otras ocasiones, aparece como cuadros de dolor abdominal recidivante acompañando a los procesos infecciosos de vías altas.

Divertículo de Meckel

Un 2% de las personas tienen un vestigio ileal del conducto vitelointestinal, en forma de divertículo de Meckel, que puede contener: mucosa gástrica o tejido pancreático ectópicos. La mayoría son asintomáticos, pero, pueden dar lugar a hemorragias rectales graves, que no son de sangre roja ni melenas verdaderas. Otras formas de presentación son: la invaginación, el vólvulo alrededor de una banda o la diverticulitis que simula una apendicitis. En un 70% de los casos, la escintigrafía con tecnecio revela un aumento de la captación por la mucosa gástrica ectópica. Su tratamiento es la extirpación quirúrgica.

Malrotación

Cuando el mesenterio del intestino delgado no está fijado en la flexura duodenoyeyunal o en la región ileocecal, su base es más corta de lo normal y predispone al vólvulo. Esto puede ocurrir ya en el feto, debido a una rotación inadecuada hacia la izquierda de la flexura duodenoyeyunal, alrededor de los vasos mesentéricos superiores o del ciego, que no rota y desciende por la derecha. Las bandas de Ladd pueden cruzar el duodeno, contribuyendo a la obstrucción.

Podemos encontrarnos con la presencia de sangre en el aspirado gástrico o en las heces, cuando se produce un infarto intestinal. La obstrucción con vómitos biliosos suele manifestarse en los primeros días de vida, aunque puede hacerlo en edades más avanzadas. A todo niño con vómitos verdosos oscuros se le debe hacer un estudio gastroduodenal alto, con contraste, para valorar la rotación intestinal, salvo que existan signos de compromiso vascular, en cuyo caso hay que realizar una laparotomía de urgencia.

En la intervención, se invierte el giro del vólvulo, se moviliza el duodeno y se coloca al intestino en una posición no rotada, con la flexura duodenoyeyunal a la derecha, y el ciego y el apéndice a la izquierda. La malrotación no se “corrige”, pero se ensancha el mesenterio. Para evitar posibles futuras confusiones diagnósticas, en caso de ocurrir una apendicitis, se puede proceder a la extirpación del apéndice(15).

Pancreatitis

Afortunadamente, se trata de una patología poco frecuente en niños. Entre la etiología conocida más frecuente, se encuentra la traumática, así como por tóxicos o fármacos.

La clínica destacable consiste en: dolor abdominal, vómitos y fiebre. Aparece dolor epigástrico que aumenta tras la ingesta y que se puede irradiar a espalda. La forma más aguda y grave es la pancreatitis hemorrágica, siendo ésta rara en niños.

El diagnóstico se realiza por la clínica y se confirma mediante la determinación de amilasa y/o lipasa. El niño puede adoptar una postura antiálgica, con caderas y rodillas flexionadas. El abdomen suele estar distendido, con ausencia de movimientos peristálticos y presenta exploración dolorosa, en ocasiones, con palpación de una masa. La radiografía de tórax y abdomen pueden dar hallazgos inespecíficos. La ecografía abdominal y la TAC son de gran utilidad, tanto en el diagnóstico como en el seguimiento.

En cuanto el tratamiento, los objetivos son: aliviar el dolor y corregir las alteraciones metabólicas. Se realiza tratamiento conservador, con: dieta, corrección hidroelectrolítica y analgesia. En ocasiones, puede ser necesaria cirugía.

Hernia inguinal incarcerada

El 1-4% de los niños presentan hernias inguinales. Son más frecuentes en el sexo masculino (6/1) y en el lado derecho. Los recién nacidos pretérmino tienen mayor riesgo de presentar hernias. La mayor parte de las hernias incarceradas se presentan durante el primer año de vida.

Las hernias asintomáticas suelen manifestarse como una masa indolora en la región inguinal. Cuando tiene lugar la incarceración, se hacen prominentes y dolorosas. El primer síntoma de una hernia incarcerada suele ser el llanto brusco, con irritabilidad y rechazo de tomas; posteriormente, vómitos, que pueden llegar a ser bi­liosos.

El diagnóstico se realiza, en la mayoría de los casos, por la clínica y la exploración física. Puede ser ayudado por ecografía.

En cuanto al tratamiento, podemos intentar la reducción manual, aplicando frío local, analgésicos y situando al niño en posición de Trendelenburg. Si la reducción no es posible, la hernia lleva mucho tiempo incarcerada o existen signos de isquemia, se precisa de cirugía(16).

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1. Van Heurn LW, Pakarinen MP, Wester T. Contemporary management of abdominal surgical emergencies in infants and children. Br J Surg. 2014 Jan; 101(1): e24-33.

2. Shah S. An update on common gastrointestinal emergencies. Emerg Med Clin North Am. 2013 Aug; 31(3): 775-93.

3. Eizenga W, Gieteling MJ, Berger M, Geijer RM. Summary of the NHG guideline “Abdominal pain in children”, the 100th NHG guideline. Ned Tijdschr Geneeskd. 2013; 157(15): A6191.

4.** Balachandran B, Singhi S, Lal S. Emergency management of acute abdominal in children. Indian J Pediatr. 2013 Mar; 80(3): 226-34.

5. Zachariou Z. Abdominal pain in children. Ther Umsch. 2011 Aug; 68(8): 444-8.

6.*** Peña Quintana L, Beltrà Picó R. Dolor abdominal agudo. En: Cruz. Tratado de Pediatría, 11ª ed. Madrid: Panamericana. 2014; p. 1465-8.

7. García Aparicio J. Abdomen agudo en el niño. En: Benito J, Luaces C, Mintegi S, Pou J. Tratado de Urgencias en Pediatría. Madrid: Ergon. 2005; p. 332-7.

8.*** De la Torre Ramos CA, Miguel Ferrero M, Hernández Oliveros F. Dolor abdominal. En: Manual de Diagnóstico y Terapeútica en Pediatría, 5ª ed. Madrid: Publicación de Libros Médicos S.L.U. 2011; p. 146-55.

9.** Varea Calderón V. Exploración clínica y funcional del aparato digestivo. En: Cruz. Tratado de Pediatría, 11ª ed. Madrid: Panamericana. 2014; p. 1381-8.

10. Vandertuin L, Vunda A, Gehri M, Sanchez O, Hanquinet S, Gervaix A. Intestinal intussusception in children: truly a classic triad? Rev Med Suisse. 2011 Feb 23; 7(283): 451-5.

11. Hennelly KE, Bachur R. Appendicitis update. Curr Opin Pediatr. 2011 Jun; 23(3): 281-5.

12. Aiken JJ, Oldham KT. Apendicitis aguda. En: Kliegman RM, Behrman RE, Jenson HB, Stanton BF. Nelson Tratado de Pediatría, 18ª ed. Barcelona: Elsevier España S.L. 2009; p. 1628-34.

13. Sahm M, Pross M, Lippert H. Acute appendicitis – changes in epidemiology, diagnosis and therapy. Zentralbl Chir. 2011 Feb; 136(1): 18-24.

14. Li X, Zhang J, Sang L, et al. Laparoscopic versus conventional appendectomy –a meta-analysis of randomized controlled trials. BMC Gastroenterol. 2010 Nov 3; 10: 129.

15.*** Lissauer T, Clayden G. Dolor abdominal agudo. En Lissauer T, Clayden G. Texto ilustrado de Pediatría, 3ª ed. Barcelona: Elsevier España S.L. 2009; p. 209-13.

16.** Benéitez Maestre AM, Sarría Osés JM, Tovar Larrucea J. Dolor abdominal. En: Manual Práctico de Pediatría en Atención Primaria, 2ª ed. Madrid: Publimed. 2013; p. 551-62.

Bibliografía recomendada

- Peña Quintana L, Beltrà Picó R. Dolor abdominal agudo. En: Cruz. Tratado de Pediatría, 11ª ed. Madrid: Panamericana. 2014; p. 1465-8.

- Varea Calderón V. Exploración clínica y funcional del aparato digestivo. En: Cruz. Tratado de Pediatría, 11ª ed. Madrid: Panamericana. 2014; p. 1381-8.

Capítulos del texto clásico de la Pediatría española en su última edición 2014. En el primero de ellos, se hace un estudio general del cuadro. En el segundo, es destacable el apartado de “Palpación manual del abdomen”.

- Benéitez Maestre AM, Sarría Osés JM, Tovar Larrucea J. Dolor abdominal. En: Manual Práctico de Pediatría en Atención Primaria, 2ª ed. Madrid: Publimed. 2013; p. 551-62.

Manual práctico, muy útil para todo Residente de Pediatría y Pediatra en cualquier tema de Atención Primaria; también, para el dolor abdominal agudo. Estilo directo y rápido.

- Balachandran B, Singhi S, Lal S. Emergency management of acute abdominal in children. Indian J Pediatr. 2013 Mar; 80(3): 226-34.

Buen artículo sobre el manejo general, en urgencias, del dolor abdominal agudo. Analiza etiología, actitud diagnóstica y terapeútica. Hace especial hincapié, en la necesidad de una atención monitorizada, con exámenes físicos repetidos en su evolución.

- De la Torre Ramos CA, Miguel Ferrero M, Hernández Oliveros F. Dolor abdominal. En: Manual de Diagnóstico y Terapeútica en Pediatría, 5ª ed. Madrid: Publicación de Libros Médicos S.L.U. 2011; p. 146-55.

Conocido como el “Libro Verde” del Hospital la Paz. Capítulo bien estructurado y con útil información práctica, de uno de los manuales más utilizados en los servicios de urgencias pediátricas.

- Lissauer T, Clayden G. Dolor abdominal agudo. En Lissauer T, Clayden G. Texto ilustrado de Pediatría, 3ª ed. Barcelona: Elsevier España S.L. 2009; p. 209-13.

Es un texto muy agradable de leer, por su claridad expositora y complementada, con numerosas fotografías, dibujos y esquemas.

Caso clínico

Niña de 9 años de edad, que acude junto a su madre a consulta por haber iniciado, la noche previa, molestias en fosa iliaca izquierda (FII). En sus antecedentes personales, consta estreñimiento crónico; por el cual, refiere su madre que ha tenido, en otras ocasiones, que acudir al Servicio de Urgencias para administración de enema rectal. A la exploración abdominal, se detectan molestias a la palpación en FII. Se indica administrar enema rectal en domicilio y aumentar la dosis de su laxante habitual; así como, incidir más en dieta rica en fibra y líquidos. A última hora de consulta, reacude por haberse intensificado el dolor y presentar febrícula y náuseas.

 

 

Decisiones en gastroenterología pediátrica / Medicina y arte

Crítica de libros

Carlos Marina

Pediatra y Médico Puericultor del Estado

 


Crítica de libros

DECISIONES EN GASTROENTEROLOGÍA PEDIÁTRICA.

¿Qué debemos hacer ante un niño con…?

F. Argüelles Martín. Madrid: Ergon 2013.

Es un hecho incontrovertible la permanente y predominante incidencia de la patología del aparato digestivo –sin olvidar la del aparato respiratorio– durante la edad pediátrica. El pediatra de Atención Primaria va a ser siempre el primer profesional médico implicado en la correspondiente recepción y estudio de tantos recién nacidos, lactantes, niños y adolescentes afectos de cuadros patológicos, en este caso, de estirpe gastroenterológica. De ahí, el marcado interés de libros como el que se comenta que, sin perder el enfoque propio de la Pediatría General, adquiere un reconocido carácter monográfico sobre patología digestiva infantojuvenil.

El autor de este interesante trabajo, el Prof. Federico Argüelles, pone de manifiesto su triple experiencia: asistencial, docente e investigadora, diseñando sabiamente una tan ambiciosa realidad como el libro que se comenta, y coordinando hábilmente a un tan brillante grupo de medio centenar de colaboradores expertos representando, en estos momentos, a la élite Gastroenterológica Pediátrica de habla hispana.

El resultado no ha podido ser más brillante, útil y práctico. El interesado lector va a quedar bien pronto satisfecho por la claridad expositiva de los autores, estimulado por el interés creciente de cada tema seleccionado, sin dejar de sentirse progresivamente entusiasmado con la amena lectura, compatible con el enorme valor didáctico conseguido, de cada uno de los 26 capítulos que integran la obra.

Temas todos de enorme incidencia en la práctica clínica diaria: halitosis en el niño, aftas bucales recurrentes, regurgitaciones, náuseas, disfagia, sangrado gastrointestinal, masa abdominal, dolor abdominal crónico, etc., etc., para terminar con un original capítulo sobre saciedad precoz postprandial. Todo ello, en menos de 250 páginas, enriquecidas con numerosas tablas y figuras encargadas de facilitar la comprensión, consulta y aprendizaje de lo tratado. La habitual impecable edición de Ergon enriquece la presentación de este libro-guía tan recomendable para todos los implicados en el cuidado de la salud durante la edad pediátrica.

MEDICINA Y ARTE

Bueno-Sánchez M, Bueno-Lozano G, Calatayud V, Carapeto Francisco J.

Real Academia de Medicina de Zaragoza 2013. 102 páginas.

Doy la bienvenida y espero que en nombre de muchos a esta bella monografía publicada recientemente por la Real Academia de Medicina de Zaragoza con el patrocinio de la Diputación de Aragón. Esta vez lo hago, no sólo como pediatra clínico, que puede aprender todavía mucho con su lectura, ni como docente siempre atento a encontrar pinceladas históricas o imágenes demostrativas que sirvan de apoyo a un intento más o menos afortunado de transmitir a colegas y discípulos sus conocimientos.

Ahora escribo estas líneas como académico, porque resulta que al final fui captado por el espíritu de las reales academias de medicina, de las que no tenía un concepto demasiado claro en mis años de plena actividad. Así desde hace 20 años fui participando en ellas y recibiendo distinciones inmerecidas, como académico de honor en las Reales Academias de Cádiz, Canarias, Granada y Valencia, además de participar regularmente como académico numerario de la Real Academia de Medicina de Cataluña. Ya que, entre las preocupaciones de estas instituciones, está la de aunar criterios, evitando las consecuencias de la creciente fragmentación debida a la especialización necesaria, y por tanto, procurar que no se olvide la consideración global de la persona y se evite un peligro de deshumanización en su asistencia.

La monografía que tengo el placer de presentar a los lectores de Pediatría integral, ha sido preparada por los profesores Manuel Bueno Sánchez, Gloria Bueno Lozano, Vicente Calatayud Maldonado y Francisco José Carapeto y Márquez de Prado, todos ellos miembros ilustres de la Universidad aragonesa y de la Real Academia de Medicina de Zaragoza, siendo de ésta su excelentísimo presidente el profesor Manuel Bueno. Precisamente, con este libro se inicia una serie de actividades relacionadas con la Medicina y las Humanidades. La primera parte la dedican Manuel Bueno y Gloria Bueno, a la siempre interesante representación en el arte, de la baja talla patológica, en la segunda Manuel Bueno expone sus grandes conocimientos básicos sobre la obesidad, y los ilustra con valiosos ejemplos de su expresión artística, la tercera el catedrático Emérito de Neurocirugía Vicente Calatayud la titula “otras miradas al cerebro”, en cuanto se basa en obras de arte realizadas por pacientes y personas próximas, y la cuarta y última corresponde a F.J. Carapeto que expone, junto a los conceptos actuales de la Dermatología, el atractivo panorama de la piel en la pintura universal.

Muchos hemos tenido la suerte de escuchar parte de los aspectos citados, pero ahora los podemos recordar y al mismo tiempo ampliar, ojeando con deleite las páginas del libro de M. Bueno, G. Bueno, V. Calatayud y F.J. Carapeto. Junto con las instituciones que han hecho posible su publicación, todos merecen nuestra gratitud y felicitación.

Manuel Cruz

Enfermedad Inflamatoria Intestinal en Pediatría

Crítica de libros

Carlos Marina

Pediatra y Médico Puericultor del Estado

 


Crítica de libros

ENFERMEDAD INFLAMATORIA INTESTINAL EN PEDIATRÍA

Dr. César Sánchez Sánchez
Hospital General Universitario Gregorio Marañón
(Madrid). Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica. Servicio de Pediatría

Madrid: Ergon; 2013

El interés que genera entre los Pediatras en general y no digamos entre los Gastroenterólogos Pediátricos de manera especial, tanto el diagnóstico lo más precoz posible y el tratamiento más actual de esta peculiar patología del Aparato Digestivo en el niño y adolescente, justifica plenamente el encomiable esfuerzo realizado por el Dr. César Sánchez Sánchez, como Editor y Coordinador de 80 Autores, representando a la élite Gastroenterológica Pediátrica de toda España, junto con la puntual colaboración profesional de una distinguida invitada de Cali (Colombia). El resultado: un libro enormemente atractivo, configurado, dado su denso y completo contenido, como auténtico y actualizado Tratado sobre Enfermedad Inflamatoria Intestinal en Pediatría.

La labor del Pediatra de Atención Primaria –el primero en enfrentarse con esta patología– se va a centrar en valorar lo más acertadamente posible la sintomatología clínica de la colitis ulcerosa y de la enfermedad de Crohn, y sus variantes, tanto en el niño como en el adolescente; su curso intermitente, en brotes, sus peculiaridades etiopatogénicas, fenotípicas y epidemiológicas, sin olvidar la actitud terapéutica, diferente a la del adulto; y todo ello con elevados costes sanitarios e importantes repercusiones psicosociales tanto en pacientes como en el entorno familiar.

La imprescindible derivación del enfermo al experto gastroenterólogo infantil da paso a la importancia de libros, como el que se comenta, convertido en auténtica “guía” y “puesta al día” diagnóstica y terapéutica para el estudioso y preocupado pediatra en su trabajo clínico con estos pacientes.

Nos encontramos ante un proceso patológico crónico que, por tanto, va a tener gran impacto sobre el propio enfermo como sobre todos los que le rodean: padres, cuidadores, compañeros y educadores fundamentalmente. Va a ser misión del pediatra, siempre bajo la dirección científica del gastroenterólogo pediátrico, el saber comunicar y explicar qué está ocurriendo, alentando siempre la esperanza a pesar del curso más o menos tórpido del proceso, estimulando el cumplimiento de las pruebas diagnósticas necesarias, así como del tratamiento a seguir a largo plazo, contribuyendo así al mejor pronóstico y la consecución de una buena calidad de vida para el paciente.

La labor del pediatra, eminentemente clínica, habrá de saber valorar el más interesante marcador sensible de inflamación persistente del tracto intestinal: el retraso del crecimiento y del desarrollo puberal del niño o adolescente afectados. Este hecho, detectado por el pediatra, va a ser motivo de alerta de sospecha diagnóstica inicial de enfermedad inflamatoria intestinal en cualquiera de sus variantes, hasta tal punto que la necesaria promoción del crecimiento y desarrollo solo vendrá dada cuando se obtenga la curación histológica del proceso causante.

La atenta y puntual lectura de cada capítulo de este interesante libro va a ayudar sobremanera a aclarar dudas y a ilustrar sobre todas las novedades, tanto diagnósticas como terapéuticas surgidas en el riguroso estudio de la Enfermedad Inflamatoria Intestinal en Pediatría. Aprenderemos, así, a combatir el círculo vicioso iniciado por la inflamación y deterioro de la mucosa intestinal, y seguido por la anorexia, malnutrición y malabsorción con esteatorrea, para terminar conduciendo al hipocrecimiento e intensificación de la malnutrición. El detallado conocimiento del tratamiento antiinflamatorio precoz necesario, preferiblemente mediante nutrición enteral específica, fármacos y, excepcionalmente, cirugía, terminarán por destacar el carácter multidisciplinar de la patología considerada.

Libro, pues, recomendado como de alto interés pediátrico y de auténtica referencia para todo lo relacionado hoy en día con la Enfermedad Inflamatoria Intestinal en Pediatría. La impecable presentación conseguida por la Editorial Ergon realza el extraordinario contenido científico de la obra aquí comentada, cuyo éxito aseguramos.

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